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Title: La desheredada
Author: Pérez Galdós, Benito, 1843-1920
Language: Spanish
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La desheredada

Benito Pérez Galdós



Primera parte


_Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué, algunas dolencias
sociales, nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se viene
haciendo de los benéficos reconstituyentes llamados_ =Aritmética=, =Lógica=,
=Moral= _y_ =Sentido Común=, _convendría dedicar estas páginas... ¿a quién?
¿al infeliz paciente, a los curanderos y droguistas que, llamándose
filósofos y políticos, le recetan uno y otro día?... No; las dedico a
los que son o deben ser verdaderos médicos: a los maestros de escuela._

B. P. G.

Madrid.--Enero de 1881.



    PERSONAJES DE ESTA PRIMERA PARTE

    ISIDORA RUFETE,   _protagonista._
    MARIANO RUFETE,   _su hermano._
    LA SANGUIJUELERA,   _tía._
    AUGUSTO MIQUIS,   _estudiante de Medicina._
    JOAQUÍN PEZ,   _Marqués viudo de_
    SALDEORO,   _hijo de_
    DON JUAN MANUEL JOSÉ DEL PEZ,   _Director general en el
      Ministerio de Hacienda._
    DON JOSÉ DE RELIMPIO Y SASTRE,   _espejo de los vagos._
    DOÑA LAURA,   _su esposa_
    MELCHOR DE RELIMPIO   _hijos_
    EMILIA   _hijos_
    LEONOR   _hijos_
    LA MARQUESA DE ARANSIS.
    EL MAJITO,   _niño._
    ZARAPICOS   _pícaros_
    GONZALETE   _pícaros_
    TOMÁS RUFETE.
    EL SEÑOR DE CANENCIA.
    MATÍAS ALONSO,   _conserje de la casa de Aransis._
    UN CONCEJAL.
    UN COMISARIO DE BENEFICENCIA.
    MI TÍO EL CANÓNIGO   _(que no sale)._

    _Hombres y mujeres del pueblo, niños, Peces de ambos sexos,
       criados, guardias civiles, etc._

    _La escena en Madrid, y empieza en la primavera de 1872._



Capítulo I

Final de otra novela


=--I--=

«...¿Se han reunido todos los ministros?... ¿Puede empezar el
Consejo?... ¡El coche, el coche, o no llegaré a tiempo al Senado!...
Esta vida es intolerable... ¡Y el país, ese bendito monstruo con cabeza
de barbarie y cola de ingratitud, no sabe apreciar nuestra abnegación,
paga nuestros sacrificios con injurias, y se regocija de vernos
humillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo te llamas?
Te llamas _Envidiópolis_, la ciudad sin alturas; y como eres puro suelo,
simpatizas con todo lo que cae... ¿Cuánto va? Diez millones,
veinticuatro millones, ciento sesenta y siete millones, doscientas
treinta y tres mil cuatrocientas doce pesetas con setenta y cinco
céntimos...; esa es la cantidad. Ya no te me olvidarás, pícara; ya te
pillé, ya no te me escapas, ¡oh cantidad temblorosa, escurridiza,
inaprehensible, como una gota de mercurio! Aquí te tengo dentro del
puño, y para que no vuelvas a marcharte, jugando, al caos del olvido, te
pongo en esta gaveta de mi cerebro, donde dice: _Subvención personal..._
Permítame Su Señoría que me admire de la despreocupación con que Su
Señoría y los amigos de Su Señoría confiesan haber infringido la
Constitución... No me importan los murmullos. Mandaré despejar las
tribunas... ¡A votar, a votar! ¿Votos a mí? ¿Queréis saber con qué
poderes gobierno? Ahí los tenéis: se cargan por la culata. He aquí mis
votos: me los ha fabricado Krupp... Pero ¿qué ruido es este?¿Quién
corretea en mi cerebro? ¡Eh!, ¿quién anda arriba?... Ya, ya; es la gota
de mercurio, que se ha salido de su gaveta...».

El que de tal modo habla (si merece nombre de lenguaje esta expresión
atropellada y difusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden
al espantoso fraccionamiento de ideas) es uno de esos hombres que han
llegado a perder la normalidad de la fisonomía, y con ella la
inscripción aproximada de la edad. ¿Hállase en el punto central de la
vida, o en miserable decrepitud? La movilidad de sus facciones y el
llamear de sus ojos, ¿anuncian exaltado ingenio, o desconsoladora
imbecilidad? No es fácil decirlo, ni el espectador, oyéndole y viéndole,
sabe decidirse entre la compasión y la risa. Tiene la cabeza casi
totalmente exhausta de pelo, la barba escasa, entrecana y afeitada a
trozos, como un prado a medio segar. El labio superior, demasiado largo
y colgante, parece haber crecido y ablandádose recientemente, y no cesa
de agitarse con nerviosos temblores, que dan a su boca cierta semejanza
con el hocico gracioso del conejo royendo berzas. Es pálido su rostro,
la piel papirácea, las piernas flacas, la estatura corta, ligeramente
corva la espalda. Su voz sonora regalaría el oído si su palabra no fuera
un compuesto atronador de todas las maneras posibles de reír, de todas
las maneras posibles de increpar, de los tonos del enfático discurso y
del plañidero sermón.

Acércase a él un señor serio y bondadoso, pónele la mano en el hombro
con blandura y cariño, le toma el pulso, lee brevemente en su extraviada
fisonomía, en sus negras pupilas, en el caído labio, y volviéndose a un
joven que le acompaña, dice a este:

«Bromuro potásico, doble dosis».

Sigue adelante el médico, y el paciente toma de nuevo su tono oratorio,
tratando de convencer al tronco de un árbol. Porque la escena pasa en un
gran patio cuadrilongo, cerrado por altos muros sin resalto ni relieve
alguno que puedan facilitar la evasión. Árboles no muy grandes,
plantados en fila, tristes y con poca salud, si bien con muchos pájaros,
dejan caer uniformes discos de sombra sobre el suelo de arena, sin una
hoja, sin una piedra, sin un guijarro, llano y correcto cual alfombra de
polvo. Como treinta individuos vagan por aquel triste espacio; los unos
lentos y rígidos como espectros, los otros precipitados y jadeantes.
Este da vueltas alrededor de dos árboles, trazando con su paso infinitos
ochos, sin cesar de mover brazos, manos y dedos, fatigadísimo sin sudar
y balbuciente sin decir nada, rugoso el ceño, huyendo con indecible
zozobra de un perseguidor imaginario. Aquel, arrojado en tierra, aplica
la oreja al polvo para oír hablar a los antípodas, y su cara de idiota,
plantada en el suelo, es como un amarillo melón que se ríe. Un tercero
canta en voz alta, mostrando un papel o estado sinóptico de los
ejércitos europeos, con división de armas y los respectivos soberanos o
jefes, todo lo cual debe ser puesto en música.

El médico va de uno a otro, interrogándoles, contemporizando
graciosamente con las manías de ellos, sin dejar de hacer objeciones
discretas a cada una. Ya se detiene a echar un párrafo con aquel, de
rostro estúpido, que lleva el pecho cargado de medallas, escapularios y
amuletos; ya habla rápidamente con un viejecillo encanijado y risueño
que, paseándose solo y tranquilo junto al muro, con un mugriento kempis
en la mano, parece filósofo anacoreta o Diógenes del Cristianismo, por
el abandono de su traje y la unción bondadosa de su fisonomía. Es un
sacerdote que tuvo mucho seso. Está meditando ahora la carta que ha de
dirigir al Papa en este día, siguiendo una costumbre que se repite
infaliblemente en los trescientos sesenta y cinco de cada año, y ya
lleva veinte de encierro. Estrecha con mucho afecto la mano del doctor,
échale unos cuantos latines muy bien encajados en la conversación, y por
último pregunta si ha sido echada al correo su epístola del día
anterior, a lo que contesta el médico que sí, y que forzosamente Su
Santidad anda muy distraído en Roma cuando no se digna contestar a
comunicaciones de tanta importancia.

Vuelve el médico hacia donde está el que en los primeros renglones hemos
descrito, y antes de llegar a él dice al practicante:

«Este desgraciado Rufete va a pasar a _Pobres_, porque hace tres meses
que su familia no paga la pensión de segunda. Él no se dará cuenta del
cambio de situación. Si se exacerba esta tarde, será preciso
encerrarle».

Poniéndole la mano en el hombro, el facultativo dice a Rufete:

«Basta, basta ya de violencias. Ya hemos dicho que seremos amigos,
siempre que usted no se me salga de las vías legales... El país le hará
justicia... Calma, serenidad. Si pudiera usted dejar el poder por unos
cuantos meses, ¡qué bien nos vendría a los dos! Nos dedicaríamos a curar
radicalmente ese constipado...

--No es constipado--replica Rufete con prontitud, describiendo arcos con
la cabeza--. Es una gota de mercurio... Anda rodando y escurriéndose...
Ahora está aquí, en la sien derecha... Ahora corre y pasa a la sien
izquierda... Son ciento sesenta y siete millones, doscientas...

--Ya, ya sé... Yo quisiera que no se ocupase usted más de esa cantidad,
puesto que está segura.

--No, no está segura--dice Rufete, demostrando terror--. No sabe usted
qué guerra me hacen esos pillos. No me pueden ver. Pero yo gozo con sus
infamias. Cuando un verdadero genio se empeña en subir a la gloria, la
envidia le proporciona escaleras. Deme usted una envidia tan grande como
una montaña, y le doy a usted una reputación más grande que el mundo...
Adiós; me voy al Congreso. ¿No sabe usted que se han sublevado los
maceros?... Abur, abur».

El médico hace a su compañero la expresiva seña de _no tiene remedio_, y
pasa adelante.


=--II--=

No consta si fue aquel día o el siguiente cuando trasladaron al infeliz
Rufete desde el departamento de pensionistas al de pobres. En el primero
había tenido ciertas ventajas de alimento, comodidad, luz, recreo; en el
segundo disfrutaba de un patio insano y estrecho, de un camastrón, de un
rancho. ¡Ay! Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y se
encontrase en el departamento de pobres, entre turba lastimosa de seres
que sólo tienen de humano la figura, y se viera en un corral más propio
para gallinas que para enfermos, volvería seguramente a caer en
demencia, con la monomanía de ser bestia dañina. ¡En aquellos locales
primitivos, apenas tocados aún por la administración reformista, en el
largo pasillo, formado por larga fila de jaulas, en el patio de tierra,
donde se revuelcan los imbéciles y hacen piruetas los exaltados, allí,
allí es donde se ve todo el horror de esa sección espantosa de la
Beneficencia, en que se reúnen la caridad cristiana y la defensa social,
estableciendo una lúgubre fortaleza llamada manicomio, que juntamente es
hospital y presidio! ¡Allí es donde el sano siente que su sangre se
hiela y que su espíritu se anonada, viendo aquella parte de la humanidad
aprisionada por enferma, observando cómo los locos refinan su locura con
el mutuo ejemplo, cómo perfeccionan sus manías, cómo se adiestran en
aquel arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el buen sentido nos
ordena!

Si en unos la afasia excluye toda clase de dolor, en otros la superficie
alborotada de su ser manifiesta indecibles tormentos... ¡Y considerar
que aquella triste colonia no representa otra cosa que la exageración o
el extremo irritativo de nuestras múltiples particularidades morales o
intelectuales... que todos, cuál más, cuál menos, tenemos la
inspiración, el estro de los disparates, y a poco que nos descuidemos
entramos de lleno en los sombríos dominios de la ciencia alienista!
Porque no, no son tan grandes las diferencias. Las ideas de estos
desgraciados son nuestras ideas, pero desengarzadas, sueltas, sacadas de
la misteriosa hebra que gallardamente las enfila. Estos pobres orates
somos nosotros mismos que dormimos anoche nuestro pensamiento en la
variedad esplendente de todas las ideas posibles, y hoy por la mañana lo
despertamos en la aridez de una sola. ¡Oh! Leganés, si quisieran
representarte en una ciudad teórica, a semejanza de las que antaño
trazaban filósofos, santos y estampistas, para expresar un plan moral o
religioso, no, no habría arquitectos ni fisiólogos que se atrevieran a
marcar con segura mano tus hospitalarias paredes. «Hay muchos cuerdos
que son locos razonables». Esta sentencia es de Rufete.

El cual no se dio cuenta de aquella caída brusca desde las grandezas de
pensionista a la humildad del asilado. El patio es estrecho. Se codean
demasiado los enfermos, simulando a veces la existencia de un bendito
sentimiento que rarísima vez habita en los manicomios: la amistad.
Aquello parece a veces una Bolsa de contratación de manías. Hay demanda
y oferta de desatinos. Se miran sin verse. Cada cual está bastante
ocupado consigo mismo para cuidarse de los demás. El egoísmo ha llegado
aquí a su grado máximo. Los imbéciles yacen por el suelo. Parece que
están pastando. Algunos exaltados cantan en un rincón. Hay grupos que se
forman y se deshacen, porque si no amistad, hay allí misteriosas
simpatías o antipatías que en un momento nacen o mueren.

Dos loqueros graves, membrudos, aburridos de su oficio, se pasean
atentos como polizontes que espían el crimen. Son los inquisidores del
disparate. No hay compasión en sus rostros, ni blandura en sus manos, ni
caridad en sus almas. De cuantos funcionarios ha podido inventar la
tutela del Estado, ninguno es tan antipático como el domador de locos.
Carcelero--enfermero es una máquina muscular que ha de constreñir en sus
brazos de hierro al rebelde y al furioso; tutea a los enfermos, los da
de comer sin cariño, los acogota si es menester, vive siempre prevenido
contra los ataques, carga como costales a los imbéciles, viste a los
impedidos; sería un santo si no fuera un bruto. El día en que la ley
haga desaparecer al verdugo, será un día grande si al mismo tiempo la
caridad hace desaparecer al loquero.

Rufete huía maquinalmente de los loqueros, como si los odiara. Los
funcionarios eran para él la oposición, la minoría, la prensa; eran
también el país que le vigilaba, le pedía cuentas, le preguntaba por el
comercio abatido, por la industria en mantillas, por la agricultura
rutinaria y pobre, por el crédito muerto. Pero ya le pondría él las
peras a cuarto al señor país, representado en aquellos dos señores
tiesos, que en todo querían meterse, que todo lo querían saber, como si
él, el eminentísimo Rufete, estuviera en tan alta posición para dar
gusto a tales espantajos. Le miraban atentos, y con sus ojos
investigadores le decían: «Somos la envidia que te mancha para bruñirte
y te arrastra para encumbrarte».

Todos los habitantes del corral tienen su sitio de preferencia. Esta
atracción de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra,
es un resto de la simpatía local que aquellos infelices llevan a la
región de tinieblas en que vive su espíritu. Constantemente se agitaba
Rufete en un ángulo del patio, tribuna de sus discursos, trono de su
poder. La pared remedaba las murallas egipcias, porque el yeso,
cayéndose, y la lluvia, manchando, habían bosquejado allí mil figuras
faraónicas.

Cuando Rufete se cansaba de andar, sentábase. Tenía mucho que hacer,
despachar mil asuntos, oír a una turba de secretarios, generales,
arzobispos, archipámpanos, y después..., ¡ah!, después tenía que echar
miles de firmas, millones, billones, cuatrillones de firmas. Se sentaba
en el suelo, cruzaba los brazos sobre las rodillas, hundía la cara entre
las manos, y así pasaba algunas horas oyendo el sordo incesante resbalar
del mercurio dentro de su cabeza. En aquella situación, el infeliz
contaba los ciento sesenta y siete millones de pesetas. Esto era fácil,
sí, muy fácil; lo terrible era el pico de aquella suma. ¿Por qué se
escapaban las cifras, huyendo y desapareciendo en menudas partículas del
metal líquido por los intersticios del tul del pensamiento? Era preciso
pensar fuerte y espesar la tela, para coger aquellas 233.412 pesetas,
con sus graciosas crías los 75 céntimos.

Los vestidos de este sujeto sin ventura eran puramente teóricos. Había
sobre sus miserables y secas carnes algunas formas de tela que
respondían en principio a la idea de camisa, de levita, de pantalón;
pero más era por los pedazos que faltaban que por los pedazos que
subsistían. ¡Hacía tanto tiempo que su familia no le llevaba ropa!...
Últimamente le pusieron una blusa azul. Pero una mañana se comió la
mitad. Era el más indócil y peor educado de todos los habitantes de la
casa. No obstante, sobre aquellos harapos se ponía todos los días una
corbata no mala, liándosela con arte y esmero delante de la pared, hecha
espejo de un golpe de imaginación. Aquel negro dogal sobre la carne
desnuda del estirado cuello, impedíale a veces los movimientos; pero
llevaba con paciencia la molestia en gracia del bien parecer.

Cuando anochecía o cuando el tiempo era malo, Rufete era el último que
dejaba el patio. Comúnmente los loqueros se veían en el caso de llevarle
a la fuerza. Dormía en una sala baja, húmeda, con rejas a un largo
pasillo, el cual las tenía a la huerta. Desde los duros camastros veíase
la espesura del arbolado; pero, al través de las rejas dobles, la
alegría del intenso verdor llegaba a los ojos de los orates mermada o
casi perdida, con un efecto de país bordado en cañamazo. En el
dormitorio no cesaban, ni aun a horas avanzadas, los cantos y gritos.
Las tinieblas eran para la mayor parte de ellos lo mismo que el claro
día. Algunos dormían con los ojos abiertos. Oíase desde la sala la
murmuración del chorro de una fuente, la cual con tal constancia
estimulaba el oído, que Rufete se pasaba horas enteras en conversación
tirada con el agua charlatana en estos o parecidos términos: «En todo lo
que Su Señoría me dice, señor chorro, hay mucha parte de razón y mucho
que no puede admitirse. Subí al poder empujado por el país que me
llamaba, que me necesitaba. El primer escalón fue mi mérito, el segundo
mi resolución, el tercero la lisonja, el cuarto la envidia... ¿Pero qué
habla usted de convenios reservados, de pactos deshonrosos? Cállese
usted, tenga usted la bondad de callarse; le ruego, le mando a usted que
se calle».

Y colérico se abalanzaba a la reja, ponía el oído, hacía señales de
conformidad o denegación, oprimía los barrotes. La fluida elocuencia del
chorro no tenía fin jamás. Era como uno de esos oradores incansables que
siempre están hablando de sí mismos. La aurora le encontraba engolfado
en la misma tesis, y a Rufete diciendo con espantosa jovialidad: «No me
convence, no me convence Su Señoría».

¡La aurora!, aun en una casa de locos es alegre; aun allí son hermosos
el risueño abrir de ojos del día y la primera mirada que cielo y tierra,
árboles y casas, montes y valles se dirigen. Allí los pájaros
madrugadores gorjean lo mismo que en las alamedas del Retiro sobre las
parejas de novios; el sol, padre de toda belleza, esparce por allí los
mismos prodigios de forma y color que en las aldeas y ciudades, y el
propio airecillo picante que menea los árboles, que orea el campo, que
estimula a los hombres al trabajo y lleva a todas partes la alegría, el
buen apetito, la sazón y la salud, derrama también por todas las zonas
del establecimiento su soplo vivificante. Las flores se abren, las
moscas emprenden sus infinitos giros, las palomas se lanzan a sus
remotos viajes atmosféricos; arriba y abajo cada cual cede al impulso
excitante según su naturaleza. Los locos salen de los cuartos o
dormitorios con sus fieros instintos poderosamente estimulados.
Redoblan, en aquella hora del despertamiento general, sus acostumbrados
dislates, hablan más alto, ríen más fuerte, se arrastran y se embrutecen
más; algunos rezan, otros se admiran de que el sol haya salido de noche,
aquel responde al lejano canto del gallo, este saluda al loquero con
urbanidad refinada; quién pide papel y tinta para escribir la carta, ¡la
indispensable carta del día!; quién se lanza a la carrera, huyendo de un
perseguidor que aparece montado en el caballo del día, y todo aquel
carnavalesco mundo comienza con brío su ordinaria existencia.

La numerosa servidumbre de la casa emprende la faena de limpieza, y
estrépito de escobazos corre por salas y pasillos, confundiéndose con el
sacudir de ropas, el arrastrar de muebles. A misa llama la campana de la
capilla, el Director administrativo sale de su despacho a inspeccionar
los servicios, y las hermanas de la Caridad, alma y sostén del asilo por
estar encargadas de su régimen doméstico, van y vienen con actividad de
madres de familia. Sus faldas azules, azotadas por enorme rosario, sus
blancas tocas aladas, respetables y respetadas como enseña de paz, se
ven por todas partes, entre el verdor de la huerta, entre los estantes
de la botica, en la enorme cocina, cuyos hogares de hierro vomitan
lumbre; en la despensa llena de víveres; en el lavadero, donde ya saltan
los chorros de agua; en el alto secadero que domina la huerta, y en el
patio de mujeres, en la región de las locas, que es el departamento de
trabajo más penoso y de las dificultades más terribles.

¡Las locas! Estamos en el lugar espeluznante de aquel Limbo enmascarado
de mundo. Los hombres inspiran lástima y terror; las hijas de Eva
inspiran sentimientos de difícil determinación. Su locura es, por lo
general, más pacífica que en nosotros, excepto en ciertos casos
patológicos exclusivamente propios de su sexo. Su patio, defendido en la
parte del sol por esteras, es un gallinero donde cacarean hasta veinte o
treinta hembras con murmullo de coquetería, de celos, de cháchara
frívola y desacorde que no tiene fin, ni principio, ni términos claros,
ni pausa, ni variedad. Óyese desde lejos, cual disputa de cotorras en la
soledad de un bosque... Las hay también juiciosas. Algunas pensionistas,
tratadas con esmero, están tranquilas y calladas en habitación clara y
limpia, ocupándose en coser, bajo la vigilancia y dirección de dos
hermanas de la Caridad. Otras se decoran con guirnaldas de trapo, flores
secas o con plumas de gallina. Sonríen con estupidez o clavan en el
visitante extraviados ojazos.

También la _hermosa mitad_ tiene sus jaulas de dobles rejas. No serían
mujeres si no necesitaran alguna vez estar bajo llave. Es frecuente ver
dos manos flacas y nerviosas asidas a una reja, y oír la voz ronca de
una desgraciada que pide le devuelvan los hijos que nunca ha tenido. Hay
una que corre por pasillos y salas buscan _do su propia persona._

Volvamos al patio de varones pobres. Aquel día faltaba en él Rufete.
Creeríase que había crisis. Poco después de amanecer se dirigió al
loquero y le dijo: «Hoy no estoy para nadie, absolutamente para nadie».
Después cayó en un marasmo profundo. Enmudeció. El chorro de la fuente
preguntaba por él y ninguno de los asilados allí presentes sabía darle
razón.

Lleváronle a la enfermería. El médico mandó que le dieran una ducha, y
fue llevado en brazos a la inquisición de agua. Es un pequeño balneario,
sabiamente construido, donde hay diversos aparatos de tormento. Allí dan
lanzazos en los costados, azotes en la espalda, barrenos en la cabeza,
todo con mangas y tubos de agua. Esta tiene presión formidable, y sus
golpes y embestidas son verdaderamente feroces. Los chorros afilados, o
en láminas, o divididos en hilos penetrantes como agujas de hielo,
atacan encarnizados con el áspero chirrido del acero. Rufete, que ya
conocía el lugar y la maquinaria, se defendió con fiero instinto. Le
embrazaron, oprimiéndole en fuerte anilla horizontal de hierro sujeta a
la pared, y allí, sin defensa posible, desnudo, recibió la acometida.
Poco después yacía aletargado en una cama con visibles apariencias de
bienestar. Al fin, durmió profundamente.


=--III--=

A la misma hora que esto pasaba, una joven llegó a la puerta del
establecimiento. Quería ver al señor Director, al señor facultativo,
quería ver a un enfermo, a su señor padre, a un tal don Tomás Rufete;
quería entrar aunque se lo vedaran; quería hablar con el señor capellán,
con las hermanas, con los loqueros; quería ver el establecimiento;
quería entregar una cosa; quería decir otra cosa...

Estos múltiples deseos, que se encerraban en uno solo, fueron expresados
atropelladamente y con turbación por la muchacha, que era más que
medianamente bonita, no por cierto muy bien vestida ni con gran esmero
calzada. Temblaba al hacer sus preguntas y ponía extraordinario ardor en
la expresión de su deseo. Sus ojos expresivos habían llorado, y aún
lloraban algo todavía. Sus manos algo bastas, sin duda a causa del
trabajo, oprimían un lío de ropa seminueva, mal envuelta en un pañuelo
rojo. Rojo era también el que ella en su cabeza llevaba, descuidadamente
liado debajo de la barba a estilo de Madrid. ¿Con qué prenda se cubría?
¿Sotana, mantón, gabán de hombre? No: era una prenda híbrida, un arreglo
del ruso al español, un cubrepersona de corte no muy conforme con el
usual patrón. Ello es que su pañuelo rojo, sus lágrimas acabadas de
secar, su gabán raído y de muy difícil calificación en indumentaria, su
agraciado rostro, su ademán de resignación, sus botas mayores que los
pies y ya entradas en días, inspiraban lástima.

No le fue difícil llegar al despacho del señor Director. Al verle y
darse a conocer y preguntar por el Sr. Rufete, se le vinieron tantas
lágrimas a los ojos y la garganta se le obstruyó de tal modo, que tuvo
que callarse. El Director, hombre compasivo, la mandó sentar, rogándole
que se calmase.

«Hace tres meses que no se ha pagado la pensión--dijo ella al cabo,
metiendo la mano en alguna parte de su extraña vestimenta».

Porque el gabán tenía un bolsillo hondo. Su autora había sido pródiga en
esto, presumiendo tener mucho que guardar. De aquel pozo de tela sacó un
paquete de papel que parecía contener dinero.

«Luego, luego veremos--dijo el Director, resistiéndose a tomar la
suma--. ¡Ah! ¿También trae ropa? Veo que no se descuida usted... Está
bien, bien. El pobre D. Tomás tenía ya mucha falta... Déjelo usted ahí.
Luego... Siéntese usted y descanse.

--¿Pero no le veré ahora mismo?--preguntó ella con ansiedad.

--No es fácil, no es fácil. Ya sabe usted que se excitan mucho al ver a
las personas de su familia. Precisamente el pobre Sr. Rufete está
sufriendo ahora una crisis bastante peligrosa».

La del ruso cruzó las manos, y miró al techo.

«El señor facultativo está haciendo ahora la visita... Le hablaremos,
veremos lo que dice. Si él consiente... Pero no lo consentirá. No
conviene que usted vea a su señor padre ahora. Más tarde... Siéntese
usted, tranquilícese. Ya, ya recuerdo cuando vino usted con él hace
bastante tiempo. Usted se llama...

--Isidora, para servir a usted... ¡Pobrecito papá! Si no me le dejan
ver, dígale usted que estoy aquí, que está aquí su Isidorita, que viene
a darle un beso, que mañana traeré a Mariano, mi hermanito... ¡Ah Dios
mío!; pero él no entenderá, no entenderá nada. ¡Pobre hombre! ¿Y no hay
esperanzas de que vuelva a la razón?».

El Director hizo signos de cabeza y boca sumamente desconsoladores.
Parecía empeñado en quitar toda esperanza. Isidora, rendida de
cansancio, se sentó en una banqueta. Habiéndole recomendado con frases
convencionales, si bien generosas, la resignación y una tranquilidad que
era imposible, el Director salió.

No se quedó sola la joven en el despacho. En un ángulo de este había una
mesa de escribir. Sentado tras ella, con la espalda a la pared, un
hombre escribía, fija la vista en el papel, trazando con seguro pulso
esos hermosos caracteres redondos y claros de la caligrafía española. La
mesa estaba llena de papeles que parecían estados, listas de nombres,
cuentas con infinitas baterías de números. Un alto estante repleto de
papeles y libros rayados indicaba que aquel buen señor de pluma y suma
ayudaba al Director, cuya mesa no distaba mucho, en la difícil
administración del Establecimiento. Era el tipo del funcionario antiguo,
del ya fenecido covachuelista, conservado allí cual muestra del
metódico, rutinario y honradísimo personal de nuestra primitiva
burocracia. Era de edad provecta, pequeño, arrugadito, bastante moreno y
totalmente afeitado como un cura. Cubría su cabeza con un bonetillo
circular, ni muy nuevo ni muy raído, contemporáneo de los manguitos
verdes atados a sus codos. Escribía con trazos tan seguros, uniformes y
ordenados, que parecía escribientil máquina. Sin alzar los ojos del
papel estiraba de rato en rato toda la piel de la boca, mostraba los
dientes blancos, finos y claros, y por entre los huecos de ellos sorbía
una gran porción de aire. Isidora, harto ocupada de su dolor, no hacía
caso del anciano escribiente; pero este no cesaba de echar ojeadas
oblicuas a la joven como buscando un motivo de entablar conversación.
Siendo al fin más fuerte que su timidez su apetito de charlar, rompió el
silencio de esta manera:

«Señorita, ¿se cansa usted de esperar?... Todo sea por Dios. No hay más
remedio que conformarse con su santa voluntad».

A Isidora (¿por qué ocultarlo?) le gustó que la llamaran señorita. Pero
como su ánimo no estaba para vanidades, fijó toda su atención en las
palabras consoladoras que había oído, contestando a ellas con una mirada
y un hondísimo suspiro.

«Esta casa--añadió el amanuense dando a conocer mejor su voz melodiosa y
dulce, que llegaba al alma--no es una casa de divertimiento; es un asilo
triste y fúnebre, señorita. Yo me hago cargo, sí, señorita, me hago
cargo de su dolor de usted...».

Y se envasó en el cuerpo, aspirándola por entre los dientes, otra gran
cantidad de aire. Jugaba graciosamente con la pluma, y mojándola y
sacudiéndola a golpecitos metódicos, prosiguió así:

«Pero no debe esperarse de este pícaro mundo otra cosa que penas,
¡ay!... penas y amarguras. Usted es joven, usted es una niña, y
todavía... vamos, todavía no conoce más que las flores que suelen
adornar al principio los bordes del camino; pero cuando usted ande más,
más...».

Isidora dio otro suspiro. Grandísimo consuelo le infundían las palabras
sensatas y filosóficas de aquel bondadoso sujeto, a quien desde entonces
tuvo por sacerdote.

«¿Es usted...._por casualidad_ sacerdote?--le preguntó con timidez.

--No, señora--repuso el otro, escribiendo un poco--. Soy seglar. Hace
treinta y dos años que trabajo en esta oficina. Pero, volviendo al
asunto, el mundo, señorita, es un valle de lágrimas. Váyase usted
acostumbrando a esta idea. Afortunadamente hemos nacido y vivimos en el
seno de la religión verdadera, y sabemos que hay un _más allá_, sabemos
que en ese _más allá_, señorita, nos aguarda el premio de nuestros
afanes; sabemos que hemos de volver a ver a los que hemos perdido...».

El anciano se conmovió un poco, Isidora tanto, que volvieron a salir
lágrimas de sus ojos. Llevándose a ellos la punta del pañuelo rojo,
exclamó:

«¡Mi pobre enfermo!...

--¡Ah!... ¡qué bello es el dolor de una hija!--dijo el bebedor de aire
soltando resueltamente la pluma--, ¡cuán meritorio a los ojos de Aquel
que todo lo ve, que todo lo pesa, que da a cada uno lo suyo!... Llore
usted, llore usted; no seré yo quien trate de combatir su pena con
consuelos triviales. Lo único que le diré es que la religión y el tiempo
la curarán de este mal: la religión elevando su espíritu y haciéndole
ver una segunda vida de premio y descanso donde los que hemos llorado
seremos consolados, donde los que tuvimos hambre y sed de justicia
seremos hartos; el tiempo, pasando su mano suave, suave, por estas
nuestras heridas y cerrándolas poco a poco. Usted es aún muy joven.
Puede ser que el Señor le reserve aquí en la tierra algo de lo que, por
no tener otra palabra, llamamos felicidades; usted será esposa de algún
hombre honrado, madre de familia, dignísima abuela...».

Acababa de liar un cigarrillo, y con mucha finura dijo así:

«¿Le molesta a usted el humo del tabaco?

--¡Oh! no, señor; no, señor.

--Más cómodamente estará usted en el sillón que en ese banco. ¿Por qué
no se sienta usted allí?

--No, señor; muchas gracias. Aquí estoy bien».

Isidora estaba encantada. La discreta palabra de aquel buen señor,
realzada por un metal de voz muy dulce, su urbanidad sin tacha, un no sé
qué de tierno, paternal y simpático que en su semblante había,
cautivaban a la dolorida joven, inspirándole tanta admiración como
gratitud. El ancianito la miraba como para inundarla, digámoslo así, con
las corrientes de bondad que afluían de sus ojos. Había en su mirar
tanta compasión, un interés tan puro y cristiano, que la pobre joven se
felicitó interiormente de aquella amistad que le deparaba Dios en
momentos de aflicción. Pensándolo así y dando gracias a Dios por un
socorro moral de tanta valía, se sintió tocada del deseo de confiarse,
de abrir un poco su corazón para mostrar sus penas. Era naturalmente
expansiva, y las circunstancias la ponían en el caso de serlo más aún
que de ordinario.

«¿Conoce usted a mi padre?--preguntó.

--Sí, hija mía, le conozco y me da mucha lástima... Bastante se ha hecho
en la casa por aliviar sus penas y combatir sus manías... Pero Dios no
ha querido. Contra Él no se puede nada. Consolémonos todos pensando en
que la grandiosa armonía del mundo consiste en el cumplimiento de la
voluntad soberana».

Esta sentencia afectó a la de Rufete, haciéndole pensar en lo cara que a
ella sola le costaba la armonía de todos. Enjugándose otra vez las
lágrimas, dijo así:

«¡Y si viera usted qué bueno ha sido siempre!... ¡Cuánto nos quería! No
tenía más que un defecto, y es que nunca se contentaba con su suerte,
sino que aspiraba a más, a más. Es que el pobrecito tenía talento, se
encontraba siempre en último lugar debiendo estar en el primero... ¡Hay
en el mundo cada injusticia...! Por eso él no se conformaba nunca, y
estaba siempre de mal humor y se enojaba y reñía con mi madre. Como era
caballero y sus posibles no le daban para portarse como caballero,
padecía lo indecible. Y no es que no trabajase... Iba a la oficina casi
todos los días y se pasaba en ella lo menos dos horas. Fue secretario de
tres Gobiernos de provincia y no llegó a gobernador por intrigas de los
del partido. Mi madre le decía: «¡Ah!, mejor te valdría haber aprendido
un oficio que no vivir colgado a los faldones de los ministros, hoy me
caigo, hoy me levanto...». ¡Pero quia!; él sabía de oficina más que la
_Gaceta_, y cuando hablaba de las rentas, del presupuesto y de esas
cosas de gobernar, todos los que le oían estaban asombrados. Su padre,
mi abuelito, había sido también de oficina. El pobre murió de mala
manera. ¿Le conoció usted?...

--No, hija mía. Siga usted, que la oigo con mucho interés.

--Fue, en no sé qué tiempo, de la Milicia Nacional, hizo barricadas,
hablaba mucho, y para él todos los que gobernaban eran ladrones. Cuando
yo era niña jugaba con el morrión de mi abuelo... ¡Qué cosas!... Oiga
usted... El que llamo mi padre fue más listo que el que llamo mi abuelo.
¡Oh!, sí, era caballero y tenía talento. En el partido le temían. Él
mismo lo decía: «Yo tengo que llegar a donde debo llegar, o me volveré
loco...» ¡Pobrecito! Cuando estaba cesante se desesperaba. Iba a las
sesiones del Congreso y hacía mucho ruido en la tribuna aplaudiendo a la
oposición. Salía de Madrid con recados secretos. No hablaba más que de
la que se iba a armar, de una cosa tremenda..., ¿me entiende usted?».

El anciano, después de tragarse la mitad de la atmósfera del cuarto,
hizo signos afirmativos, arqueando las cejas y sonriendo como hombre
conocedor de las debilidades de sus semejantes.

«La última vez que le dejaron cesante, nos vimos tan mal, tan mal, que
no se podía esperar a que le colocaran. Yo trabajaba; mi mamá cayó
enferma; mi padre entró de corrector de pruebas en una imprenta donde se
hacía un periódico grande, muy grande... Trabajaba todas las noches
junto a un quinqué de petróleo que le abrasaba la frente. Se tragaba mil
discursos, artículos, sueltos, decretos, y cuando llegaba la mañana
(porque el trabajo duraba toda la noche) y volvía a casa, no descansaba,
no, señor. ¿Qué creerá usted que hacía? Pues ponerse a escribir. Todos
los días entraba con una mano de papel y la llenaba de cabo a rabo. ¿Qué
creerá usted que escribía?

--Cartas al Soberano, al Santo Padre, a los embajadores y ministros. Por
ahí empiezan muchos.

--¡Quia!; no, señor. Escribía decretos, leyes y reales órdenes. Aunque
al salir de su cuarto cerraba siempre, yo hallé una noche medios de
abrir, y vimos todo. Mi mamá y yo decíamos: «Quizás esté copiando para
traernos algo de comer». ¡Qué chasco nos llevamos!; todo se volvía:
_Artículo primero_, tal cosa; _artículo segundo_, tal cosa. Y luego:
_Quedo encargado de la ejecución del presente decreto_. Hacía preámbulos
atestados de disparates. Conforme llenaba pliegos los iba coleccionando
con mucho cuidado, y a cada legajo le ponía un letrero diciendo: _Deuda
Pública_, o _Clases Pasivas_, _Aduanas_, _Banco_, _Amillaramientos_.
También ponía en ciertos paquetes rótulos que no entendíamos, porque
eran ya locura manifiesta, y decían: _Ruinas_, o bien _Fanatismo_,
_Barbarie_, _Urbanización de Envidiópolis_, _Vidrios rotos_, _Sobornos_,
_Subvención Personal_, y así por este estilo. «¡Ay Dios mío!--dijimos
mamá y yo--; ya no tenemos marido, ya no tenemos padre. Este hombre está
loco». Estuvimos llorando toda la noche.

--Todo sea por Dios--dijo, con emoción el viejo, al ver que Isidora se
interrumpía para llorar--. Pero ¿qué es eso, hija mía, comparado con lo
que Cristo padeció por nosotros?

--Mi madre murió en aquellos días--prosiguió Isidora, casi completamente
ahogada por el llanto--. Aquel día, ¡oh Dios mío, qué día!, mi padre
hizo los disparates más atroces; no lloró, no se afectó nada. Cuando mi
madre expiró en mis brazos, él dio dos o tres paseos por el cuarto, y
mirándome con unos ojos..., ¡Jesús, qué ojos!..., me dijo: «Se le harán
los honores de tenienta generala muerta en campaña...». No puedo
recordar estas cosas; me muero de pena. Fue preciso encerrarle aquí. Un
pariente bastante acomodado que teníamos en el Tomelloso se condolió de
mí y ofreció dar la pensión de segunda. Yo me fui a la Mancha con él, y
mi hermanito se quedó aquí con una tía de mi madre. Pasado algún tiempo,
mi tío el canónigo se olvidó de pagar la pensión. Es el mejor de los
hombres; pero tiene unas rarezas...».

Desde la mitad de esta relación, ya tenía Isidora que beberse las
lágrimas entre palabra y palabra. El bendito señor que la oía,
enternecido de tanta desdicha, levantose de su asiento y dio algunos
pasos para vencer su emoción.

«Todo sea por Dios--dijo liando nerviosamente otro cigarrillo--. Noble
criatura, su juventud de usted ha sido muy triste; ha nacido usted en un
páramo...

--Y todo cuanto he padecido ha sido injusto--añadió ella prontamente,
sorbiendo también una regular porción de aire, porque todo es contagioso
en este mundo--. No sé si me explicaré bien; quiero decir que a mí no me
correspondía compartir las penas y la miseria de Tomás Rufete, porque
aunque le llamo mi padre, y a su mujer mi madre, es porque me criaron, y
no porque yo sea verdaderamente su hija. Yo soy...».

Se detuvo bruscamente por temor de que su natural franco y expansivo la
llevase, sin pensarlo, a una revelación indiscreta. Pero el escribiente,
con esa rapacidad de pensamiento que distingue a los hombres
perspicaces, se apoderó de la idea apenas indicada, y dijo así:

«Sí, entiendo, entiendo. Usted por su nacimiento pertenece a otra clase
más elevada; sólo que circunstancias largas de referir la hicieron
descender... ¡Cosas de Nuestro Padre que está en los Cielos! Él sabrá
por qué lo hace. Acatemos sus misterios divinos, que al fin y a la
postre, siempre son para nuestro bien. Usted, señorita--añadió tras
breve pausa, quitándose cortesanamente la gorra--, no ve, no puede ver
en el infelicísimo Rufete más que un padre putativo, tal y como el Santo
Patriarca San José lo era de Nuestro Señor Jesucristo».

¡De qué manera tan clara relampagueó el orgullo en el semblante de
Isidora al oír aquellas palabras! Su rubor leve pasó pronto. Sus labios
vacilaron entre la sonrisa de vanidad y la denegación impuesta por las
conveniencias.

«Yo no quisiera hablar de eso--dijo tomando un tonillo enfático de calma
y dignidad, que no hacía buena concordancia con su ruso--. ¡Respeto
tanto al que llamo mi padre, le quiero tanto, nos quiso él tanto a mí y
a mi hermanito!..., ¡fuimos tan mimados cuando éramos niños!... Nos
hacía el gusto en todo, y como entonces mandaba el partido y él tenía
una buena colocación (porque estaba en Propiedades del Estado), vivíamos
muy bien. En aquella época Rufete puso nuestra casa con mucho lujo, con
un lujo... ¡Dios de mi vida! Como él no tenía más idea que aparentar,
aparentar, y ser persona notable...

--Hija mía--dijo el anciano con vivacidad--, una de las enfermedades del
alma que más individuos trae a estas casas es la ambición, el afán de
engrandecimiento, la envidia que los bajos tienen de los altos, y eso de
querer subir atropellando a los que están arriba, no por la escalera del
mérito y del trabajo, sino por la escala suelta de la intriga, o de la
violencia, como si dijéramos, empujando, empujando...».

No bien hizo el venerable sujeto esta sustanciosa observación, que
indicaba tanto juicio como experiencia, marchó con acompasado y no muy
lento andar hacia el rincón opuesto del despacho. Reflexionaba Isidora
en aquellas sabias palabras, fijos los ojos en las rayas de la estera de
cordoncillo; pero su pena y la situación en que estaba la reclamaron, y
volvió a suspirar y a asombrarse de que el Director tardase tanto.
Cuando alzó los ojos, el anciano pasaba por delante de ella en dirección
de la mesa; en seguida pasaba de nuevo en dirección del ángulo. Sin
advertir que el buen señor estaba muy agitado, sin duda por hacerse
generosamente partícipe de las penas que había oído referir, Isidora se
distraía un poco, pues por grande que sea una desdicha y por mucho que
embargue y ahogue, hay momentos en que deja libre el espíritu para que
dé un par de vueltas o paseos por el campo de la distracción, y se
fortifique antes de volver al martirio. Un dilatado aburrimiento, un
largo período de antesala, ayudan este fenómeno del alma.

Como en el despacho aquel reinaban el silencio y la calma; como en el
pasar y repasar del anciano escribiente había algo de oscilación de
péndulo; como, además, del propio interior de Isidora se derivaba una
dulce somnolencia que aletargaba su dolor, la joven se entretuvo, pues,
un ratito contemplando la habitación. ¡Qué bonito era el mapa de España,
todo lleno de rayas divisorias y compartimientos, de columnas de números
que subían creciendo, de rengloncitos estadísticos que bajaban
achicándose, de círculos y banderolas señalando pueblos, ciudades y
villas! En la región azul que representaba el mar, multitud de barquitos
precedidos de flechas marcaban las líneas de navegación, y por la gran
viñeta de la cabecera menudeaban las locomotoras, los vapores, los
faros, y además muelles llenos de fardos, chimeneas de fábricas, ruedas
dentadas, globos geográficos, todo presidido por un melenudo y furioso
león y una señora con las carnes bastante más descubiertas de lo que la
honestidad exige... ¡Qué silencio tan hondo y suave se aposentaba en la
sosegada estancia, y cómo se sentía el ambiente puro del campo! Sólo
cuando se abría la puerta entraba un eco lejano y horripilante de risas
y gritos que no eran como los gritos y risas del mundo. ¡Y cuántos y
cuán bonitos libros encerraba el armario de caoba, sobre el cual
gallardeaba un busto de yeso! Aquel señor blanco sin niñas en los ojos,
con los hombros desnudos como una dama escotada, debía de ser alguno de
los muchos sabios que hubo en tiempos remotos, y en él, en el estante de
los libros y en el mapa gráfico--estadístico se cifraba toda la
sabiduría de los siglos.

En este reconocimiento del lugar empleó Isidora menos de un minuto. De
pronto se fijó en el anciano, que seguía pasando por delante de ella con
rapidez creciente, y se asombró de ver la agitación de sus manos, el
temblor de sus labios y la vivacidad de sus ojos, apariencias muy
distintas de aquella su anterior facha bondadosa y simpática. Parándose
ante Isidora, exclamó con palabra torpe y muy conmovida:

«Señora, nunca hubiera creído esto en una persona como usted.

--¡Yo!--murmuró Isidora, llena de espanto.

--¡Sí!--dijo el otro alzando la voz--, usted me está insultando; usted
me está insultando».

El disparatado juicio, la voz alterada del viejo, su agitación
creciente, fueron un rayo de luz para Isidora. Se levantó buscando la
puerta; corrió hacia ella despavorida. El terror le daba alas. Entre
tanto el anciano gritaba:

«Insultándome, sí, sin respeto a mis canas, a mis sufrimientos de
padre... ¡Oh, Señor! Perdónala, perdónala, Señor, porque no sabe lo que
se dice».

Isidora salió al pasillo cuando llegaba el Director, que al instante
comprendió la causa de su miedo. Sonriendo, la tomó de la mano para
obligarla a entrar.

«El pobre Canencia...--dijo--. Cosa rara... Hace tanto tiempo que está
tranquilo... Pero es un ángel, es incapaz de hacer el menor daño».

Ambos le miraron. El semblante del anciano no expresaba ira, sino
emoción, y dos lágrimas rodaban por sus mejillas.

«También usted me insulta, señor Director--dijo oprimiéndose el pecho, y
con la entonación y los ademanes de un cómico mediano--. No puedo más,
no puedo más... ¡Adiós, adiós, ingratos!».

Y salió escapado.

«Eso le pasa pronto--indicó el Director a Isidora, que aún no había
vuelto de su espanto--. Es un bendito; hace treinta y dos años que está
en la casa y pasa largas temporadas, a veces dos y tres años, sin la más
ligera perturbación. Sus accesos no son más que lo que usted ha visto.
Principia por decir que tiene dos máquinas eléctricas en la cabeza y
luego sale con que le insulto. Echa a correr, da unos cuantos paseos por
la huerta, y al cabo de un rato está ya sereno. Trabaja bien, me ayuda
mucho, y, como usted habrá visto si le ha oído, es de encargo para dar
consejos. Parece un santo y un filósofo. Yo le quiero al pobre Canencia.
Vino por cuestiones y pleitos con sus hijos... Historia larga y triste
que no es de este lugar. Vamos a la de usted, que tampoco es alegre, y
hoy menos que nunca».

El Director dio un gran suspiro, expresión oficial de sus sentimientos
compasivos, e Isidora quedose fría, aguardando terribles noticias. ¡Cómo
miraba al buen señor, deletreando en su cara, y qué bien le decía esta
que no esperara nada bueno!

«Yo quisiera verle...--balbució Isidora.

--Eso es imposible. ¡Verle!, ¿y para qué?... Mal, muy mal está el pobre
Rufete--afirmó el Director, moviendo la cabeza--. Llénese usted de
paciencia, porque, verdaderamente, si esta enfermedad es incurable, si
no cesa de atormentarse el que la padece, mejor es que se vaya a
descansar... Yo, lo digo con franqueza, si tuviera alguna persona de mi
familia en ese estado, desearía...».

Trabajo le costó a Isidora admitir la funesta verdad que se le quería
anunciar con caritativas precauciones, y tragando saliva para deshacer
aquel nudo que en su garganta se formaba, habló con medias palabras de
esta manera:

«Quién sabe... Todavía... Pero yo quiero verle.

--Vamos, que no... Ya...».

El buen señor estaba impaciente. Tenía que hacer.

«Siéntese usted...--murmuró acercando un sillón--. ¿Quiere usted que le
traiga un vaso de agua?».

Isidora no decía nada. Sus ojos, aterrados, se clavaron en el busto de
yeso. Lo examinó bien y estúpidamente, viéndole con claridad, por esa
atracción rara que en el momento de recibir una noticia grave ejerce
sobre los sentidos un objeto material cualquiera, que luego queda por
algún tiempo asociado a la noticia misma...


=--IV--=

Al mismo tiempo que Isidora contaba sus desdichas al inocentísimo
Canencia, ocurría no lejos de allí un hecho que, con ser muy triste, no
afectaba grandemente a los que lo presenciaban. Eran éstos el Director
facultativo, el administrativo, un practicante, alumno de Medicina, el
capellán y un enfermero. El moribundo, pues de morirse un hombre se
trata, era Rufete. La crisis era violenta y calmosa, de desarrollo fácil
y término decidido. El enfermo apenas tenía movimiento y vida más que en
la cabeza; no padecía nada; se iba por rápida y llana pendiente, sin
choque, sin batalla, sin convulsiones, sin defensa.

«Muere bien»--dijo en voz baja el médico.

El paciente dio un gran suspiro, abrió los ojos, miró a todos uno por
uno; y no con furia, no con espasmos de insensato, ni iracundas
recriminaciones, sino con apagada voz, con sentimiento tranquilo, que
más que nada era profundísima lástima de sí mismo, pronunció estas
palabras: «Caballeros, ¿es cierto lo que me figuro?... ¿Es cierto que
estoy en Leganés?».

El médico le quiso consolar con palabras campechanas.

«Hombre, no sea usted tonto...; si está usted en su casa... Vamos, que
se va usted a poner bueno».

El enfermo movió tristemente la cabeza. Permaneció largo rato mudo.
Después tomó la mano del cura, la besó... Quiso hablar, no pudo, se le
vio luchar con la palabra. Al fin, tras un desesperado esfuerzo de
voluntad, pudo decir a media voz:

«Mis hijos..., la marquesa...».

Y calló para siempre. Médico y aprendiz observaron con la atención y la
frialdad de la ciencia aquel caso de tránsito, y después se fueron a
extender el parte. Acercose a ellos el Director, manifestándoles con más
lástima que alarma la presencia en la casa de una hija del muerto. El
aprendiz de médico declaró al punto conocerla, y alegrándose de que allí
estuviera, quiso participar de las dificultades de darle la noticia y
del compromiso de consolarla y darle algún socorro si lo había menester.

Fue el Director a su despacho en busca de Isidora, y allí pasó lo que
referido queda. Ya la desgraciada joven del ruso empezaba a comprender
la certeza de su desdicha, cuando entró en el despacho un mozo como de
veinticuatro años, el cual, llegándose a ella con muestras de confianza,
le dijo:

«¿Conque usted por aquí, Isidora?... ¡Y en qué momento tan triste!...
¿Pero no me conoce usted? ¿Tan desmemoriada estamos, Isidora? ¿No se
acuerda usted de D. Pedro Miquis, el del Toboso, que iba muchas veces al
Tomelloso a buscar a su tío de usted, el señor Canónigo, para salir
juntos de casa? Pues yo soy hijo de D. Pedro Miquis. ¿No se acuerda
usted tampoco de mi hermano Alejandro? ¿No se acuerda de que algunas
veces, por vacaciones, íbamos acompañando a mi padre?... Pues hace cinco
años que estoy aquí estudiando Medicina. ¿Y cómo está su señor tío?
¿Hace mucho que ha dejado usted aquel célebre Tomelloso?...».

Isidora le miraba por una rasgadura hecha en la nube negra de su pena;
le miraba y le reconocía. Sí, su memoria se iba iluminando ante aquella
fisonomía que con ninguna otra podía confundirse. Aquel semblante pálido
y moreno, tan moreno y tan pálido que parecía una gran aceituna; aquella
brevedad de la nariz contrastando con el grandor agraciado de la boca,
cuyos dientes blanquísimos estaban siempre de manifiesto; aquella ceja
ancha, tan negra y espesa que parecía cinta de terciopelo, y aquellos
ojos garzos donde anidaban traidoras todas las malicias y toda la ironía
del mundo; aquella fealdad graciosa, aquella desenvoltura de maneras,
aquel abandono en el vestir, y, por último, la desenfadada manera de
insinuarse, pregonaban, sin dejar lugar a dudas, a Augustito Miquis, el
hijo de D. Pedro Miquis, el del Tomelloso. De golpe entraron a la mente
de Isidora ideas mil y recuerdos de una época en que la infancia se
confundía con la adolescencia, época de tonterías, de miedos, de
inocentes confianzas y de lances cuya memoria no siempre es agradable.
No acertó a contestar sino con medias palabras. Miquis se hizo cargo de
la situación, y poniéndose todo lo serio que podía, cosa en él de
grandísima dificultad, dijo en tono grotescamente compungido:

«Lo primero es que usted salga de esta casa...; ¡ay, qué casa!... Nada
hay que hacer aquí. Si va usted a Madrid tendré mucho gusto en
acompañarla».

Isidora manifestó deseos de marcharse pronto. Quiso dejar el dinero que
había traído para pagar los atrasos de la pensión de Rufete, pero el
Director no lo consintió. En cuanto a las ropas, tanto instó al
bondadoso señor para que las admitiera, que este hubo de dejarlas, dando
las gracias en nombre de los demás enfermos pobres que tanto las
necesitaban.

Salieron Isidora y Augusto de la morada de la sinrazón y se alejaron
silenciosos del tristísimo pueblo, en el cual casi todas las casas
albergan dementes. Isidora no hablaba, y el charlatán Miquis, respetando
su dolor, tan sólo indicó esto:

«En Carabanchel hallaremos coches. Dicen que van a poner un tranvía».

Al llegar al arroyo de Butarque, Miquis creyó oportuno distraer a su
compañera de viaje, porque, realmente, ¿a qué conducía aquel llorar
continuo, si nada podía remediarse? Era preciso hacer frente al dolor,
fiero enemigo que se ceba en los débiles; convenía sobreponerse, pues...
hacerse cargo de que... Tras estos emolientes que hicieron, como
siempre, un efecto completamente nulo, Miquis habló de la belleza del
primaveral día (que era uno de los hermosos de abril), del barranco de
Butarque, a quien dio el nombre de oasis, y finalmente invitó a Isidora
a descansar a la sombra de un espeso y verde olmo, porque picaba el sol
y la jornada iba a ser un poco larga.

Sentados uno junto a otro, callaron largo rato, él contemplativo,
dolorida ella. Miquis canturriaba entre dientes. Isidora cuidaba de
ocultar sus pies para que Miquis no viera lo mal calzados que estaban.

«Isidora...

--¿Qué?

--No me acuerdo bien de una cosa. Ayude usted mi memoria. ¿Es cierto o
no que en el Tomelloso nos tuteábamos?».



Capítulo II

La Sanguijuelera


En el domicilio de su pariente y padrino, don José de Relimpio (de quien
se hablará cuando sea menester), pasó Isidora la noche de aquel día de
abril, esperando con impaciencia el amanecer del siguiente para visitar
a Encarnación y a su hermanito, que habitaban en uno de los barrios más
excéntricos de Madrid. La que llamaremos todavía, por respeto a la
rutina, hija de Rufete, tenía la costumbre de representarse en su
imaginación, de una manera muy viva, los acontecimientos antes que
fueran efectivos. Si esperaba para determinada hora un suceso cualquiera
que la interesase, visita, entrevista, escena, diversión, desde mediodía
o medianoche antes el suceso tomaba en su mente formas de extraordinario
relieve y color, desarrollándose con sus cuadros, lugares, perspectivas,
personas, figuras, actitudes y lenguaje. Así, mucho antes del alba,
Isidora, despierta y nerviosa, imaginaba estar en la casa de su tía y de
su hermano; los veía como si los tuviera delante; hablaba con ellos
preguntando y respondiendo, ya con seriedad, ya con risas, y oía las
inflexiones de la voz de cada uno.

Las ocho serían cuando salió para hacer verdadero lo imaginado; pero
como tenía que ir desde la calle de Hernán Cortés a la de Moratines, en
el barrio de las Peñuelas, deteniéndose y preguntando por no conocer muy
bien a Madrid, ya habían dado las diez cuando entró por el conocido y
gigantesco paseo de Embajadores. No le fue difícil desde allí dar con la
morada de su tía. A mano derecha hay una vía que empieza en calle y
acaba en horrible desmonte, zanja, albañal o vertedero, en los bordes
rotos y desportillados de la zona urbana. Antes de entrar por esta vía,
Isidora hizo rápido examen del lugar en que se encontraba, y que no era
muy de su gusto. Tenía, juntamente con el don de imaginar fuerte, la
propiedad de extremar sus impresiones, recargándolas a veces hasta lo
sumo; y así, lo que sus sentidos declaraban grande, su mente lo trocaba
al punto en colosal; lo pequeño se le hacía minúsculo, y lo feo o bonito
enormemente horroroso, o divino sobre toda ponderación.

Al ver, pues, las miserables tiendas, las fachadas mezquinas y
desconchadas, los letreros innobles, los rótulos de torcidas letras, los
faroles de aceite amenazando caerse; al ver también que multitud de
niños casi desnudos jugaban en el fango, amasándolo para hacer bolas y
otros divertimientos; al oír el estrépito de machacar sartenes, los
berridos de pregones ininteligibles, el pisar fatigoso de bestias
tirando de carros atascados, y el susurro de los transeúntes, que al dar
cada paso lo marcaban con una grosería, creyó por un momento que estaba
en la caricatura de una ciudad hecha de cartón podrido. Aquello no era
aldea ni tampoco ciudad; era una piltrafa de capital, cortada y arrojada
por vía de limpieza para que no corrompiera el centro.

Y siguiendo en su manía de recargar las cosas, como viera correr por la
calle--zanja aguas nada claras, que eran los residuos de varias
industrias tintóreas, al punto le pareció que por allí abajo se
despeñaban arroyuelos de sangre, vinagre y betún, junto con un licor
verde que sin duda iba a formar ríos de veneno. Alzose con cuidadosa
mano las faldas, y avanzó venciendo su repugnancia. No tuvo que andar
mucho para encontrar la puerta que buscaba. Sí, allí era. Bien reconocía
la muestra que años atrás estaba en la calle de la Torrecilla, y que
decía clarito, con azules caracteres, _Cacharrería_. Reconoció también
una amistad vieja en la otra tablita blanquecina, donde,
jeroglíficamente, se anunciaba un importante comercio. ¡Cómo recordaba
Isidora haber visto en su niñez la redoma pintada, en cuyo círculo
aparecían nadando unas culebrillas, o curvas negras de todas formas, que
servían de insignia industrial a Encarnación Guillén, conocida en
distintos barrios con el nombre de _la Sanguijuelera_!

La puerta tenía una trampilla en la parte baja, la cual parecía servir
de mostrador, de resguardo contra los perros y los chicos, y hasta de
balcón en caso de que por allí, cosa no imposible, pasasen procesiones
cívicas o religiosas. Isidora se había figurado que su tía (o más bien
tía de su supuesta madre) estaría en la puerta; pero esto, como otras
muchas cosas de las que imaginaba, no resultó cierto. Asomose a la
tienda, y de un golpe de vista abarcó la menguada granjería, sacando
consecuencias poco lisonjeras del estado pecuniario de Encarnación
Guillén. ¡Cómo había descendido la infeliz de grado en grado, desde su
gran comercio de loza y sanguijuelas de la antigua calle del Cofre, en
tiempos desconocidos para Isidora, hasta aquel miserable ajuar de
cacharros ordinarios! Y los anélidos que componían su escudo, ¿dónde
estaban? ¡Oh!, no podían faltar; allí se los veía en enormes botellas,
con la viscosa trompa o ventosa pegada al cristal, enroscados,
aburridos, quietos, como si acecharan una víctima y esperasen a que
entrara por la puerta. Isidora admiró después el orden y aseo con que
todo estaba puesto y arreglado en tienda de tan poco fuste.

Los pucheros de Alcorcón, los jarros de Talavera y Andújar, los botijos
y la cristalería de Cadalso, las escobas, las cajas de arena y tierra de
limpiar metales revelaban una mano tan hacendosa como inteligente. Ni
faltaba un poco de arte en aquellos cuatro trebejos colocados sobre
cuatro no muy iguales tablas. Pero lo que mejor declaraba la limpieza de
Encarnación era un estantillo que a mano izquierda de la puerta estaba,
y que contenía diversidad de artículos, compañeros infalibles del ramo
de cacharrería. En un hueco había flor de malva, en otro cercano
violetas secas, más allá greda para limpiar, adormideras, cerillas de
cartón. Seguía el pimentón molido, que sirve para pintar la comida del
pueblo, y luego los cañamones, de que se sustentan los pajarillos
presos. El espliego se daba la mano con los estropajos, y no faltaban
algunas resmas de papel picado con que las cocineras adornan los
vasares. Entre tanta chuchería, Isidora encontró otro antiguo conocido,
otra amistad de su infancia. Era un cartel que decía:

       Ojo al Cristo.
    Aquí murió el fiar
    y el prestar también murió,
    y fue porque le ayudó
    a morir el mal pagar.

Isidora sabía de memoria esta composición epigramática de su tía, que
terminaba así:

       Si fío,
    aventuro lo que es mío.
    Y si presto,
    al pagar ponen mal gesto.
    Pues para librarme de esto,
    ni doy, ni fío, ni presto.

Estas observaciones y recuerdos duraron segundos nada más. Isidora
gritó: «¡Tía, tía!».

Apareció entonces _la Sanguijuelera_, y tía y sobrina se abrazaron y
besaron. La joven callaba llorando; la anciana empezó a charlar desde el
primer momento, porque no había situación en que pudiese guardar
silencio, y antes se la viera muerta que muda.

«¡Oh quimerilla!..., ya estás aquí... Pues mira, te esperaba hoy. Anoche
supe que cerró el ojo Tomás... No te aflijas, paloma. Más vale así...
¿Qué vas a sacar de esos sentimientos? Siéntate... Espera que quite
estos botijos... Si Tomás ya no vivía ¡el pobre! Bien lo dije yo hace
cinco mil domingos: «Este acabará en Leganés». Nunca tuvo la cabeza
buena, hija, y con sus locuras despachó a tu madre, aquella santa,
aquella pasta de ángel, aquel coral de las mujeres... ¡Pobre Francisca,
niña mía!

--¿Y Mariano?--dijo Isidora, que extrañaba no ver allí a su hermano.

--Está en el trabajo... Le he puesto a trabajar. ¡Hija, si me comía un
carcañal!... Es más malo que Anás y Caifás juntos. No puedo hacer
carrera de él. ¡Vaya, que ha salido una pieza _colunaria_!... Yo le
llamo _Pecado_, porque parece que vino al mundo por obra y gracia del
demonio. Me tiene asada el alma. ¿Sabes dónde está? Pues le puse en la
fábrica de sogas de ese que llaman _Diente_, ¿estás?, y me trae
dieciocho reales todas las semanas...

--¿Y no va a la escuela?--preguntó Isidora expresando no poco disgusto.

--¡Escuela! Que si quieres... ¿Y quién le sujeta a la escuela? Bueno es
el niño. Ahí le puse en esa de los _Herejes_, donde dicen la misa por la
tarde y el rosario por la mañana. Daban un panecillo a cada muchacho, y
esto ayuda. Pero aguárdate; un día sí y otro no, me hacía novillos el
tunante. Después le puse en los _Católicos_ de ahí abajo, y se me
escapaba a las pedreas... Es un purgatorio saltando. Nada, nada, a
trabajar. ¡Qué puñales!..., no están los tiempos para mimos. Estoy muy
mal de acá, hija. Ya ves este escenario. ¿Te acuerdas de mi
establecimiento de la calle de la Torrecilla? ¡Aquéllos sí que eran
tiempos majos! Pero tu divina familia me arrumbó; tu papaíto, que de
Dios goce, ¡tres puñales, me trajo a esta miseria! ¡Ya ves qué polla
estoy!; sesenta y ocho años, chiquilla, sesenta y ocho miércoles de
Ceniza a la espalda. Toda la vida trabajando como el obispo y sin salir
nunca de cristos a porras. Hoy ganado y mañana perdido. Todo se hace sal
y agua. Eso sí, siempre tiesa como un ajo, y todavía, aquí dónde me ves,
le acabo de dar una patada a la muerte porque el año pasado tuve una
ronquera, pero una ronquera... Pues nada, Dios y la flor de malva
aclararon el modo de hablar, y aquí me tienes. Soy la misma
_Sanguijuelera_, más saludable que el tomillo, más fuerte que la puerta
de Alcalá, siempre ligera para todo, siempre limpia como los chorros del
oro, más fiera que el león del Retiro, si se ofrece, resignada con la
mala suerte, sin deber nada a nadie, y más charlatana que todos los
cómicos de Madrid».

Era Encarnación Guillén la vieja más acartonada, más tiesa, más ágil y
dispuesta que se pudiera imaginar. Por un fenómeno común en las personas
de buena sangre y portentosa salud, conservaba casi toda su dentadura,
que no cesaba de mostrarse entre su labios secos y delgados durante
aquel charlar continuo y sin fatiga. Su nariz pequeña, redonda, arrugada
y dura como una nuececita, no paraba un instante: tanto la movían los
músculos de su cara pergaminosa, charolada por el fregoteo de agua fría
que se daba todas las mañanas. Sus ojos, que habían sido grandes y
hermosos, conservaban todavía un chispazo azul, como el fuego fatuo
bailando sobre el osario. Su frente, surcada de finísimas rayas curvas
que se estiraban o se contraían conforme iban saliendo las frases de la
boca, se guarnecía de guedejas blancas. Con estos reducidos materiales
se entretejía el más gracioso peinado de esterilla que llevaron momias
en el mundo, recogido a tirones y rematado en una especie de ovillo, a
quien no se podría dar con propiedad el nombre de moño. Dos palillos mal
forrados en un pellejo sobrante eran los brazos, que no cesaban de
moverse, amenazando tocar un redoble sobre la cara del oyente; y dos
manos de esqueleto, con las falanges tan ágiles que parecían sueltas, no
paraban en su fantástico girar alrededor de la frase, cual comentario
gráfico de sus desordenados pensamientos. Vestía una falda de diversos
pedazos bien cosidos y mejor remendados, mostrando un talle recto, liso,
cual madero bifurcado en dos piernas. Tenía actitudes de gastador y paso
de cartero.

Era mujer de buena índole, aunque de genio tan turbulento y díscolo, que
nadie que junto a ella estuviese podía vivir en paz. No había tenido
hijos ni había sido casada. Crió a una sobrina, a quien quiso a su
manera, que era un amor entreverado de pescozones y exigencias. La tal
sobrina casó con Rufete, resultando de esta unión una desgraciada
familia y el violentísimo odio que _la Sanguijuelera_ profesaba a todos
los Rufetes nacidos y por nacer. Aquel matrimonio de una mujer bondadosa
y apocada con un hombre que tenía la más destornillada cabeza del orbe,
consumió diferentes veces las economías y la paciencia de Encarnación,
que era trabajadora y comerciante, y tenía sus buenas libretas del Monte
de Piedad. «Todo se lo comió ese descosido de Rufete--decía--, ese
holgazán con cabeza de viento. Mi comercio de la calle del Pez se hizo
agua una noche para sacarle de la cárcel, cuando aquel feo negocio de
los billetes de lotería. La cacharrería de la calle de la Torrecilla se
resquebrajó después, y pieza por pieza se la fueron tragando el médico y
el boticario, cuando cayó Francisca en la cama con la enfermedad que se
la llevó. He ido mermando, mermando, y aquí me tienen, ¡qué puñales!, en
este confesonario, donde no me puedo revolver. Quien se vio en aquellos
locales, con aquellas anaquelerías y aquel mostrador donde había un
cajón de dinero que sonaba a cosa rica..., verse ahora en este nido de
urracas, con cuatro trastos, poca parroquia, y en un barrio donde se
repican las campanas cuando se ve una peseta..., ¡qué puñ...!».

Francisca murió; Rufete fue encerrado en Leganés. De los dos hijos,
Encarnación recogió al pequeñuelo, e Isidora partió al Tomelloso a vivir
al amparo de su tío el Canónigo. De lo demás, algo sabe el lector, y el
resto, que es mucho y bueno, irá saliendo.

«¿Sabes que estás muy cesanta?»--dijo _la Sanguijuelera_, observando el
vestido y las botas de Isidora, cosas que en verdad dejaban mucho que
desear.

Isidora contestó con tristeza que su tío el Canónigo no era hombre de
muchas liberalidades. Después _la Sanguijuelera_ observó con malicia el
rostro y talle de la joven, diciéndole:

«Pero estás guapa. Pues no lo parecías... Cuando niña tenías un
empaque... Me acuerdo de verte en aquella casa..., ¡qué casa!... Era la
jaula del león..., pues andabas por allí en pernetas con un mal
faldellín. Parecías el Cristo de las enagüillas. ¡Qué flaqueza!, ¡qué
color! Yo decía que te habían destetado con vinagre y que te daban tu
ración en moscas... Vaya, vaya, en la Mancha has engordado..., ¡qué
duras carnes!--añadió pellizcándola en diferentes partes de su cuerpo--.
Y en la cara tienes ángel. De ojos no andamos mal. ¡Qué bonitos dientes
tienes! Veremos si te duran como los míos. Mírate en este espejo».

Y le enseñó su doble fila de dientes, muy bien conservados para su edad.
Isidora se aburría un poco. Mirando con tristeza a la calle, preguntó:

«¿En dónde está trabajando Mariano? Yo quiero verle.

--Si la vecina no tiene que hacer y quiere guardarme la tienda, iremos
allá. No es a la vuelta de la esquina; pero yo ando más que un molino de
viento... ¡Señá Agustina!...».

Gritó desde la puerta; pero como no respondiera al llamamiento su
vecina, salió impaciente. No tardó cinco minutos en volver acompañada de
una mujer joven y flacucha, insignificante, lacrimosa, horriblemente
vestida, pero peinada con increíble esmero. Aquella gente tiene su lujo,
su aseo y su elegancia de cejas arriba, y aunque se cubra de miserables
trapos, no pueden faltar el moñazo empapado en grasa y bandolina, ni los
rizos abiertos y planchados sobre la frente, como una guirnalda de
negras plumas, pegada con goma. Arrastraba aquella mujer una astrosa
bata de lana roja con cuadros negros, que parecía haber servido de
alfombra en un salón de baile de Capellanes.

«Guárdeme la tienda un ratito--le dijo _la Sanguijuelera_--, que voy con
mi sobrina a un recado... ¿No conocía usted a mi sobrina? ¿Ve usted qué
moza?... Isidora, esta señora es una amiga..., pared por medio. Se llama
la señora _A ti suspiramos_, porque no resuella como no sea para
lamentarse. Verdad es que ella está enferma, su marido es borracho, su
padre ciego, y la casa, ¡qué puñales!, no está empedrada con
pesetas...».

Agustina dio un conmovedor suspiro, seguido de dos expectoraciones. Con
esto anunciaba un relato sentidísimo de sus desgracias. Pero _la
Sanguijuelera_, cortándole la palabra, se echó un mantón sobre los
hombros y salió con su sobrina, tomando el camino de la calle de las
Amazonas, adonde llegaron pronto.



Capítulo III

Pecado


«Ese tunante de _Pecadillo_--dijo _la Sanguijuelera_ metiéndose por un
portal obscuro--no sospecha que viene a verle su hermana. No te
conocerá. Era un cachorro cuando te fuiste. Pero qué..., ¿no ves?
Agárrate a mí, que yo veo en lo negro como las lechuzas».

Atravesaron un antro. Encarnación empujó una puerta. Halláronse en
extraño local de techo tan bajo que sin dificultad cualquier persona de
mediana estatura lo tocaba con la mano. Por la izquierda recibía la luz
de un patio estrecho, elevadísimo, formado de corredores sobrepuestos,
de los cuales descendía un rumor de colmena, indicando la existencia de
pequeñas viviendas numeradas, o sea de casa celular para pobres. La
escasa claridad que de aquella abertura, más que patio, venía, llegaba
tan debilitada al local bajo, que era necesario acostumbrar la vista
para distinguir los objetos; y aun después de ver bien, no se podía
abarcar todo el recinto, sino la zona más cercana a la puerta, porque lo
demás se perdía en ignoradas capacidades de sombra. Era como un gran
túnel, del cual no se distinguía sino la parte escasamente iluminada por
la boca. El fondo se perdía en la indeterminada cavidad fría de un
callejón tenebroso. En la parte clara de tan extraño local había grandes
fardos de cáñamo en rama, rollos de sogas blancas y flamantes, trabajo
por hacer y trabajo rematado, residuos, fragmentos, recortes mal
torcidos, y en el suelo y en todos los bultos una pelusa áspera,
filamentos mil que después de flotar por el aire, como espectros de
insectos o almas de mariposas muertas, iban a posarse aquí y allá, sobre
la ropa, el cabello y la nariz de las personas.

En el eje de aquel túnel que empezaba en luz y se perdía en tinieblas,
había una soga tirante, blanca, limpia. Era el trabajo del día y del
momento. El cáñamo se retorcía con áspero gemir, enroscándose lentamente
sobre sí mismo. Los hilos montaban unos sobre otros, quejándose de la
torsión violenta, y en toda su magnitud rectilínea había un
estremecimiento de cosa dolorida y martirizada que irritaba los nervios
del espectador, cual si también, al través de las carnes, los
conductores de la sensibilidad estuviesen sometidos a una torsión
semejante. Isidora lo sentía de esta manera, porque era muy nerviosa, y
solía ver en las formas y movimientos objetivos acciones y
estremecimientos de su propia persona.

Miraba sin comprender de dónde recibía su horrible retorcedura la soga
trabajada. Allá en el fondo de aquella cisterna horizontal debía de
estar la fuerza impulsora, alma del taller. Isidora puso atención, y en
efecto, del fondo invisible venía un rumor hondo y persistente como el
zumbar de las alas de colosal moscardón, zumbido semejante al de
nuestros propios oídos, si tuviéramos por cerebro una gran bóveda
metálica.

«Es la rueda--dijo _la Sanguijuelera_, adivinando la curiosidad de su
sobrina y queriendo iniciarla en los misterios de aquella considerable
industria.

--¡La rueda! ¿Y Mariano, dónde está?».

Miraba a todos lados y no veía ser vivo. Pero de pronto apareció un
hombre, que salía de la oscuridad andando hacia atrás muy lentamente y
con paso tan igual y uniforme como el de una máquina. En su cintura se
enrollaba una gran madeja de cáñamo, de la cual, pasando por su mano
derecha y manipulada por la izquierda, salía una hebra que se convertía
instantáneamente en tomiza, retorcida por el invisible mecanismo. Aquel
hombre del paso atrás, ovillo animado y huso con pies, era el principal
obrero de la fábrica, y estaba armando los hilos para hacer otra soga.

«¿No está D. Juan?»--le preguntó _la Sanguijuelera_ extrañando no ver
allí al dueño del establecimiento.

El huso vivo movió bruscamente la cabeza para decir que no, sin dignarse
expresarlo de otro modo.

«¿Pero dónde está mi hermano?»--preguntó Isidora con angustia.

La anciana señaló a lo obscuro, diciendo con aterrador laconismo: «En la
rueda».

Isidora echó a andar hacia adentro, dando la mano a su tía. A causa de
los accidentes del piso y de la oscuridad, necesitaban apoyarse
mutuamente. Anduvieron largo trecho tropezando. ¡Oh! La soga era larga,
la caverna parecía interminable. En lo obscuro, aun se veía la cuerda
blanca gimiendo, sola, tiesa, vibrante. Cuando las dos mujeres
anduvieron un poco más, dejaron de ver la soga; pero oyeron más fuerte
el zumbar de la rueda acompañado de ligeros chirridos. Se adivinaba el
roce del eje sobre los cojinetes mal engrasados y el estremecimiento de
las transmisiones, de donde obtenían su girar las roldanas, en las
cuales estaban atadas las sogas. Pero nada se podía ver.

«¡Mariano, hermanito!--exclamó Isidora, que creía sentir su garganta
apretada por uno de aquellos horribles dogales--. ¿En dónde estás? ¿Eres
tú el que mueve esa rueda? ¿No estás cansado?».

No se oyó contestación. Pero el artefacto amenguaba la rapidez de su
marcha. Las roldanas, las transmisiones, la rueda, se emperezaban como
quien escucha.

«_Pecado_, ¿qué tal te va?»--gritó con bufonesco estilo _la
Sanguijuelera_.

Y añadió, volviéndose a su sobrina:

«Es un holgazán. Así criará callos en las manos, y sabrá lo que es
trabajar y lo que cuesta el pedazo de pan que se lleva a la boca... ¿Qué
crees tú? Es buen oficio... No podía hacer carrera de este gandul. Todo
el día jugando en el arroyo y en la praderilla. Al menos, que me gane
para zapatos. Tiene más malicias que un Iscariote».

Desde el comienzo de este panegírico, redoblose bruscamente la marcha
del mecanismo, y acreció el ruido hasta ser tal que parecían
multiplicarse las transmisiones, las roldanas y los ejes.

«¡Mariano!--gritó Isidora extendiendo los brazos en la obscuridad--.
¡Para, para un momento y ven acá! Quiero abrazarte. Soy tu hermana, soy
Isidora. ¿No me conoces ya?».

El ruido volvió a ceder, y la maquinaria tomaba una lentitud amorosa.

«No puede pararse el trabajo»--dijo Encarnación.

Pero como realmente se detenía, oyose un grito del huso viviente que
dijo: «¡Aire! ¡Aire a la rueda!».

Y en efecto, la rueda volvió a tomar su aire primero, su paso natural.
Las dos mujeres callaron, consternada y atónita la joven, aburrida la
vieja. Como había pasado algún tiempo desde su llegada al término de la
caverna, los ojos de entrambas comenzaron a distinguir confusamente la
silueta del gran disco de madera, que trazaba figura semejante a las
extrañas aberraciones ópticas de la retina cuando cerramos los ojos
deslumbrados por una luz muy viva.

«¿Ves aquellas dos centellitas que brillan junto a la rueda?... Son los
ojos de _Pecado_...».

Isidora vio, en efecto, dos pequeñas ascuas. Su hermano la miraba.

«Pronto serán las doce--indicó la anciana--. Esperemos a que levanten el
trabajo, y nos iremos los tres a comer».

La hora del descanso no se hizo esperar. Soltó el obrero el cáñamo,
parose la rueda, y el que la movía salió lentamente del fondo negro,
plegando los ojos a medida que avanzaba hacia la luz. Era un muchacho
hermoso y robusto, como de trece años. Isidora le abrazó y le besó
tiernamente, admirándose del desarrollo y esbeltez de su cuerpo, de la
fuerza de sus brazos, y afligiéndose mucho al notar su cansancio, el
sudor de su rostro encendido, la aspereza de sus manos, la fatiga de su
respiración.

«Es un gañán--dijo Encarnación examinándole la ropa con tanta severidad
coma un juez que interroga al criminal ante el cuerpo del delito...--.Ya
me ha roto los calzones... Ya verás, Holofernes, ya verás».

Turbado por la presencia y los cariños de su hermana, a quien no
conocía, Mariano no despegaba sus labios. La miraba con atención
semejante a la estupidez. Por último, dijo así con aspereza, remedando
el hablar francote y brutal de la gente del bronce:

«Chicáaaa..., no me beses más, que no soy santo.

--A casa»--dijo _la Sanguijuelera_, saltando sobre el cáñamo.

Aquel día añadió Encarnación a su olla algo extraordinario. Comieron en
la trastienda, que más bien era pasillo por donde la tienda se
comunicaba con un patio. Durante el festín, que tuvo su añadidura de
pimientos y su contera de pasas, no habría sido fácil explicar cómo con
una sola boca podía _la Sanguijuela_ engullir medianamente y hablar más
que catorce diputados. Isidora, triste, cejijunta, ni hablaba ni hacía
más que probar la comida. Observaba a ratos con gozo la voracidad de su
hermano.

«Ya ves qué lindo buitre me ha puesto Dios en casa--decía Encarnación--.
Es capaz de comerme el modo de andar, si le dejo. Él come y yo soy quien
se harta; sí, me harto de trabajar para su señoría. Pero oye, león,
¿dirás algún día: «Ya no quiero más»?».

_Pecado_ devoraba con el apetito insaciable de una bestia atada al
pesebre, después de un día de atroz trabajo.

«Y tú, linda mocosa, ¿no comes?--añadió la vieja--. ¿O es que te has
vuelto tan pava y tan persona decente que no te gustan estos guisos
ordinarios? Vamos, que para otro día te pondré alas de ángel... Se
conoce que allá en el Tomelloso se estila mucha finura».

Isidora no contestó. Parecía que estaba atormentada de una idea. Cuando
se acabó la comida y se marchó _Pecado_ para jugar un poco antes de
volver al trabajo, Isidora, sin dejar su asiento y mirando a su tía, que
a toda prisa levantaba manteles, le dijo:

«Tía Encarnación, tengo que hablar con usted una cosa.

--Aunque sean cuatro».

Como quien se quita una máscara, Isidora dejó su aspecto de sumisa
mansedumbre, y en tono resuelto pronunció estas palabras:

«No quiero que mi hermano trabaje más en ese taller de maromas; no
quiero y no quiero.

--Le señalarás una renta--replicó la anciana con ironía--¡Le pondrás
coche! Y para mis pobres huesos, ¿no habrá un par de almohadones?

--No estoy de humor de bromas. Mi hermano y yo somos personas
decentes...

--Ya lo creo...

--Pues claro.

--Pues turbio.

--Somos personas decentes.

--Y príncipes de Asturias.

--Aquel trabajo es para mulos, no para criaturas. Yo quiero que mi
hermano vaya a la escuela.

--Y al colegio.

--Eso es, al colegio--replicó Isidora marcando sus afirmaciones con el
puño sobre la endeble mesa--Yo lo quiero así..., y nada más».

¡Qué fierecilla! ¡Cómo hinchaba las ventanillas de su nariz, y qué
fuertemente respiraba, y qué enérgica expresión de voluntad tomó su
fisonomía! Todo esto lo pudo observar _la Sanguijuelera_ sin dejar su
ocupación. Amoscándose un poco, le dijo:

«¿Sabes que estás cargante, sobrina, con tus colegios y tus charoles? A
ver, echa aquí lo que tengas en el bolsillo. ¿Crees que la gente se
mantiene con cañamones? ¿Crees que hay colegios de a ochavo como los
buñuelos? ¡Qué puño!... Dame guita y verás.

--Tengo para no pordiosear.

--¿Te ha dado el Canónigo?

--Lo bastante para poner a Mariano en una escuela y para vestirme con
decencia.

--¡Ah!, canóniga..., tú pitarás... Hablemos claro».

Y se sentó, haciendo silla de una tinaja rota. Puesto el codo en la
mesilla y el hueso de la barba en la palma de la mano flaca, aguardó las
explicaciones de su sobrina.

«Tía...--murmuró esta sintiendo mucha dificultad para iniciar la cosa
grave que iba a decir--. Usted sabe que yo y Mariano... ¿Pero usted no
lo sabe?

--No sé sino que sois un par de perchas que ya, ya. Nada habría perdido
el mundo con que os hubierais quedado por allá..., en el Limbo. Venís de
Tomás Rufete, y ya sé que de mala cepa no puede venir buen sarmiento.

--A eso voy, tía, a eso voy. Precisamente... Usted lo debe saber, como
yo... Precisamente, ni yo ni mi hermano venimos de Tomás Rufete.

--Justo, justo; mi Francisca, mi ángel os parió por obra del Espíritu
Santo, o del demonio.

--¿Para qué andar con farsas? No somos hijos de D. Tomás Rufete ni de
D.ª Francisca Guillén. Esos dos señores, a quienes yo quiero mucho,
muchísimo, no fueron nuestros padres verdaderos. Nos criaron fingiendo
ser nuestros papás y llamándonos hijos, porque el mundo..., ¡qué mundo
este!».

_La Sanguijuelera_ cambió bruscamente de disposición y de tono. No
palideció, por ser esto cosa impropia de la inanimada sustancia de los
pergaminos; pero abrió los ojos, y empuñando el brazo de su sobrina, le
golpeó el codo contra la mesa, y le dijo con ira:

«¿De dónde has sacado esas andróminas? ¿Quién te ha metido esa estopa en
la cabeza?

--Mi tío el Canónigo.

--Me parece a mí que tu tío el Canónigo...

--Él me ha contado todo--afirmó Isidora con acento de profundísima
convicción--. Usted se hace de nuevas, tía; usted me oculta lo que
sabe... No se haga usted la tonta. ¿Es la primera vez que una señora
principal tiene un hijo, dos, tres, y viéndose en la precisión de
ocultarlos por motivos de familia, les da a criar a cualquier pobre, y
ellos se crían y crecen y viven inocentes de su buen nacimiento, hasta
que de repente un día, el día que menos se piensa, se acaban las farsas,
se presentan los verdaderos padres?... Eso, ¿no se está viendo todos los
días?

--En sesenta y ocho años no lo he visto nunca... Me parece que tú te has
hartado de leer esos librotes que llaman novelas. ¡Cuánto mejor es no
saber leer! Mírate en mi espejo. No conozco una letra... ni falta. Para
mentiras, bastantes entran por las orejas... Pero acábame el cuento.
Salimos con que sois hijos del Nuncio, con que una señorita principal os
dio a criar, y desapareció...

--¡Usted lo sabe, usted lo sabe!--exclamó la joven rebosando alegría.

--No sé más sino que te caes de boba. Eres más sosa que la capilla
protestante.

--Mi madre--declaró Isidora poniéndose la mano en el corazón, para
comprimir, sin duda, un movimiento afectuoso demasiado vivo--, mi
madre... fue hija de una marquesa».

Como un petardo que estalla, así reventó en estrepitosa risa _la
Sanguijuelera_, apretándose la cintura y mostrando sus dos filas de
dientes semisanos. Se desbarataba riendo, y después le acometió una tos
de hilaridad que le hizo suspender el diálogo por más de un cuarto de
hora. Algo confusa, Isidora esperó a que su tía volviese en sí de aquel
síncope burlesco para seguir hablando. Por último, dijo con malísimo
humor:

«¡Qué bien finge usted!

--Perdone vuecencia--replicó Encarnación en el tono más cómico del
mundo--. Perdone vuecencia que no la hubiera conocido... Pero vuecencia
tendrá que hacer diligencias y buscar papeles.

--Tengo papeles..., ¡y qué papeles!

--¿Quiere vuecencia que le preste dos reales?..., porque tendrá que
untar escribanos.

--No creo que sea preciso, porque esta bien claro mi derecho.

--Vuestra serenísima majestad cogerá una herencia, porque sin herencia
todo sería pulgas, ¿verdad, hermosa?

--Mi madre no vive. Mi abuela sí.

--¡Ah!, ¿la abuelita de tu vuecencia vive? ¿Y quién es la señora
pindonga?

--No se burle usted, tía. Esto es muy serio--declaró Isidora tocada en
lo más vivo de su orgullo--. Es usted lo más atroz... Yo que venía a que
me diese pormenores y su parecer...

--Voy a darte mi parecer, hijita de mi alma--repuso _la Sanguijuelera_
levantándose--. Pues tú has querido que yo te dé pormenores..., pobre
almita mía...».

En el rincón del pasillo había una larga caña que servía para descolgar
los cacharros. Encarnación revolvió sus ojos buscándola.

«Vaya que ha sido una picardía haberle ocultado a estos angelitos que
salieron del vientre de una marquesa».

Y tomó la caña.

«¡Quién será el dragón que ha querido birlarlos la herencia!... ¡A ese
tunante le sacaría yo las entrañas!... Cuidado que engañar así a mis
niños, haciéndolos pasar por hijos de un Rufete... Quitad allá, pillos,
que mi niña es duquesa y mi niño es vizconde... ¡Re-puñales!».

Honradez y crueldad, un gran sentido para apreciar la realidad de las
cosas, y un rigor extremado y brutal para castigar las faltas de los
pequeños, sin dejar por eso de quererles, componían, con la verbosidad
infinita, el carácter de Encarnación _la Sanguijuelera_. Su flaca pero
fuerte mano empuñó la caña, y descargándola sin previo anuncio sobre la
cabeza de su sobrina, la rompió al primer golpe. Puso el grito en el
cielo la víctima, exclamando: «¡Pero, tía!...». La vieja recogió y unió
los dos pedazos de la caña, de lo que resultaba que podía pegar más a
gusto, y ¡zas!, emprendió una serie de cañazos tan fuertes, tan bien
dirigidos, tan admirablemente repartidos por todo el cuerpo de Isidora,
que esta, sin poder defenderse, gesticulaba, manoteaba, gemía, se dejaba
caer en el suelo, se arrastraba, escondía la cabeza, se revolvía. Y en
tanto la feroz vieja, incitada al castigo por el castigo mismo,
encendíase más en furia a cada golpe, y los acompañaba de estas
palabras:

«¡Toma, toma, toma duquesa, marquesa, puños, cachas!... Cabeza llena de
viento... Vivirás en las mentiras como el pez en el agua, y serás
siempre una pisahormigas... Malditos Rufetes, maldita ralea de
chiflados... ¡Ah, puño!, si yo te cogiera por mi cuenta, con un pie de
solfeos cada día te quitaría el polvo. Toma vanidad, toma lustre».

Y cada palabra era un golpe y cada golpe un cardenal leve (es decir,
subdiácono), un rasguño o moledura. Incapaz Isidora de desarmar a su
verdugo, aunque lo intentó devolviendo cólera por cólera, hubo de
rendirse al fin, y sucumbió diciendo con gemido: «Por Dios, tía, no me
pegue usted más».

En sus veinte años, Isidora tenía menos fuerza que la sexagenaria
Encarnación. Sin aliento yacía en tierra la víctima, recogiendo sus
faldas y sacudiéndoles la tierra, tentándose en partes diversas para ver
si tenía sangre, fractura o contusión grave, mientras _la
Sanguijuelera_, respirando como un fuelle en plena actividad, arrojaba
los vencedores pedazos de caña y alargaba su mano generosa a la víctima
para ayudarla a levantarse.

«¡Cómo se conoce--dijo al fin la sobrina con vivísimo tono de
desprecio--que no es usted persona decente!

--¡Más que tú, marquesa del pan pringao!--gritó la vieja, esgrimiendo de
tal modo las manos, que Isidora vio los diez dedos de ella a punto de
metérselos por los ojos.

--Usted no es mi tía. Usted no tiene mi sangre.

--Ni falta... A mucha honra... De gloria y descanso te sirva tu ducado,
harta de miseria. Mira, como vuelvas aquí, ¿sabes lo que hago?

--¿Qué?--preguntó Isidora, sintiéndose con más fuerzas para rechazar un
nuevo ataque.

--Pues si vuelves aquí, cojo la escoba... y te barro ¡qué puño!, te echo
a la calle como se echa el polvo y cáscaras de fruta».

Isidora no dijo nada, y recobrándose marchó hacia la puerta. Abierta con
trémula mano la trampilla, salió andando aprisa, cuesta arriba, en busca
de la ronda de Embajadores, que debía conducirla a país civilizado.
Temía que la vieja iría detrás injuriándola, y no se equivocó. _La
Sanguijuelera_, echando la cabeza fuera de la puerta, la despedía con
una carcajada que produjo siniestros ecos de hilaridad en toda la calle.
Asomaban caras curiosas, frentes guarnecidas de rizos, bocas de
amarillos dientes descubiertos hasta la raíz por estúpido asombro,
bustos envueltos en pañuelos de distintos colores; y más de cuatro
andrajosos chiquillos saltaron detrás de Isidora para festejarla con
gritos y cabriolas.

Sin detenerse, la joven lanzó desde lo profundo de su alma, llena de
pena y asco, estas palabras:

«¡Qué odioso, qué soez, qué repugnante es el pueblo!».



Capítulo IV

El célebre Miquis


=--I--=

Salvo algunas ligeras neuralgias de cabeza, Isidora gozaba de excelente
salud. Tan sólo era molestada de frecuentes y penosos insomnios, que a
veces la hacían pasar de claro en claro las noches. La causa de esto
parecía ser como una sed de su espíritu, que se fomentaba, sin
aplacarse, de audaces previsiones de lo futuro, de un perpetuo imaginar
hechos que pasarían, que tendrían que pasar, que no podían menos de
tomar su puesto en las infalibles series de la realidad. Era una segunda
vida encajada en la vida fisiológica y que se desarrollaba potente,
construida por la imaginación, sin que faltase una pieza, ni un cabo, ni
un accesorio.

En aquella segunda vida, Isidora se lo encontraba todo completo, sucesos
y personas. Intervenía en aquellos, hablaba con estas. Las funciones
diversas de la vida se cumplían detalladamente, y había maternidad,
amistades, sociedad, viajes, todo ello destacándose sobre un fondo de
bienestar, opulencia y lujo. Pasar de esta vida apócrifa a la primera
auténtica, érale menos fácil de lo que parece. Era necesario que las de
Relimpio, con quienes vivía, le hablasen de cosas comunes, que fuese muy
grande el trabajo y empezase muy temprano el ruido de la máquina de
coser, o que su padrino, el bondadosísimo D. José de Relimpio, le
contase algo de su vida pasada. Como estuviera sola, Isidora se
entregaba maquinalmente, sin notarlo, sin quererlo, sin pensar siquiera
en la posibilidad de evitarlo, al enfermizo trabajo de la fabricación
mental de su segunda vida.

Cinco días después de su llegada a Madrid y a los cuatro de la escena
con _la Sanguijuelera_, levantose Isidora más tarde que de costumbre,
por haber dormido la mañana, y se arregló aprisa. Aquel día estrenaba
unas botas. ¡Qué bonitas eran y qué bien le sentaban! Esto pensó ella
poniéndoselas y recreándose en la pequeñez y configuración graciosa de
sus pies, y dijo para sí con orgullo: «Hoy, al menos, no me verá con el
horrible calzado roto que traje del Tomelloso». La vergüenza que sintió
al mirar las botas viejas que en un rincón estaban, también muertas de
vergüenza, no es para referida. Juró dar aquellos miserables despojos al
primer pobre que a la puerta llegase.

Púsose su vestidillo negro, que a toda prisa se había hecho aquellos
días, colocose el velito en la cabeza y hombros, mirándose al espejo con
movimientos de pájaro, y se dispuso a salir. Antes abrió el balcón, y
mirando a la calle, dijo: «Allí está ya. ¡Qué puntual y qué caballero
es!».

Salió. Las de Relimpio le preguntaron que dónde iba.

«Voy en busca de mi tía»--repuso ella.

Y bajando la escalera decía para sí:

«He tenido que mentir. Cuando yo esté en mi posición, en mi verdadera
posición, no diré jamás una mentira. ¡Cuánto me repugna lo que no es
verdad!... ¿Pero qué pensaría esa gente si yo les dijera que voy de
paseo con Miquis?... Es domingo, hoy no tiene clase, y anoche me dijo
que quería enseñarme las cosas bonitas de Madrid, el Museo, el Retiro,
la Castellana».

Y volvió a mirarse las botitas. Los documentos de que se ha formado esta
historia dicen que eran de becerro mate con caña de paño negro cruzada
de graciosos pespuntes.

«Me han costado tres duros--pensó Isidora en los últimos peldaños--. Con
siete del vestido son diez; seis que di a doña Laura a cuenta, son
dieciséis. Aún me queda para vestir a Mariano y ponerlo en la escuela.
Después el tío me mandará más, y después...».

Isidora vivía en el 23 de la calle de Hernán Cortés. Miquis se paseaba
desde la lechería a la esquina de la calle de Hortaleza, y estaba
embozado en su capa de vueltas rojas, porque si bien el día era claro y
hermoso, se sentía fresco.

Saludáronse y emprendieron su marcha hacia el Retiro. Isidora, conforme
a su costumbre de anticiparse a las ideas y a las intenciones de los
demás, pensaba así durante los primeros pasos: «Ahora me va a decir que
parezco otra, que me he transformado desde que estoy aquí...».

Pero también se equivocó esta vez, como otras muchas, porque Miquis
habló de cosa muy distinta.

«Me parece--dijo--que yo conozco a esas de Relimpio. Las he visto en las
regiones etéreas. ¿No entiendes? En el paraíso del Teatro Real.

--Sí, allá van alguna vez. Son dos chicas, Emilia y Leonor. Trabajan
mucho, cosen a máquina; pero ganan tan poco... Me han cedido un cuartito
con balcón a la calle. Antes no sé si lo ocupaba un señor sacerdote.
Necesitan ayudarse las pobres. Son muy buenas. Mi padrino D. José es el
tipo más célebre del mundo».

Isidora rompió a reír, y después, haciendo gala de uno de sus talentos
más brillantes, el de retratar en cuatro rasgos a una persona, se
explicó así:

«¿No le conoces? Si le hubieras visto alguna vez no le olvidarías. Es un
galán viejo con la cara sonrosada. Tiene un bigotito rubio que parece
cabello de ángel, y hace pliegues con la boca... Los ojos son de
almíbar; qué sé yo... Parecen dos uvas demasiado maduras. Usa un gorro
con borla de oro, y es tan fino, tan relamido... Ha sido un tenorio,
según dicen. Cose a máquina para ayudar a las chicas; pero su oficio es
lo que llaman la Partida Doble. Se entretiene en poner todos los gastos
en un libro grande, ¿sabes?... Es preciso que le conozcas.

--¿Hace falta médico en la casa?

--Hombre, sí. Doña Laura se queja de un dolor..., no sé dónde.

--Pues entraré contigo. Iré a hacerte una visita de ceremonia, diciendo
que me manda tu tío el de Tomelloso.

--Ya veremos el modo de que entres».

Siguieron hablando de otras cosas, y avanzaban poco en su paseo, porque
Isidora se detenía ante los escaparates para ver y admirar lo mucho y
vario que en ellos hay siempre. También era motivo de sus detenciones el
deseo oculto de mirarse en los cristales, pues es costumbre de las
mujeres, y aun en los hombres, echarse una ojeada en las vitrinas, para
ver si van tan bien como suponen o pretenden.

En el Museo las impresiones de aquella singular joven fueron muy
distintas, y sus ideas, levantando el vuelo, llegaron a zonas mucho más
altas que aquella por donde andaban al rastrear en los muestrarios
llenos de chucherías. Sin haber adquirido por lecturas noción alguna del
verdadero arte, ni haber visto jamás sino mamarrachos, comprendía la
superioridad de lo que a su vista se presentaba; y con admiración
silenciosa, su vista iba de cuadro en cuadro, hallándolos todos, o casi
todos, tan acabados y perfectos, que se prometió ir con frecuencia al
edificio del Prado para saborear más aquel goce inefable que hasta
entonces le fuera desconocido. Preguntó a Miquis si también en aquel
sitio destinado a albergar lo sublime dejaban entrar al pueblo, y como
el estudiante le contestara que sí, se asombró mucho de ello.

Llegaron por fin al Buen Retiro, cuyo lindo nombre ha querido en vano
cambiarse con el insulso rótulo de _Parque de Madrid_. Allí las
emociones de Isidora fueron una alegría casi infantil, un deseo vivo de
correr, de despeinarse, de entrar descalza en los charcos de las
acequias, de subir a las ramas en busca de nidos, de coger flores, de
dormir a la sombra, de cantar. Aquella naturaleza hermosa, aunque
desvirtuada por la corrección, despertaba en su impresionable espíritu
instintos de independencia y de candoroso salvajismo. Pero bien pronto
comprendió que aquello era un campo urbano, una ciudad de árboles y
arbustos. Había calles, plazas y hasta manzanas de follaje. Por allí
andaban damas y caballeros, no en facha de pastorcillos, ni al desgaire,
ni en trenza y cabello, sino lo mismo que iban por las calles, con
guantes, sombrilla, bastón. Prontamente se acostumbró el espíritu de
ella a considerar el Retiro (que sólo conocía por vagos recuerdos de su
niñez) como una ingeniosa adaptación de la Naturaleza a la cultura;
comprendió que el hombre, que ha domesticado a las bestias, ha sabido
también civilizar al bosque. Echando, pues, de su alma aquellos vagos
deseos de correr y columpiarse, pensó gravemente de este modo: «Para
otra vez que venga, traeré yo también mis guantes y mi sombrilla».

Después de admirar el afeitado Parterre, fueron a dar la vuelta al
estanque grande, que es un mar de bolsillo, como decía Miquis. Este la
llevó luego por sitios escondidos y por las callejuelas y laberintos que
están entre el estanque y la fuente de la China. Miquis estaba alegre
como un niño, porque también en él, parroquiano constante del Retiro,
hacía sentir su influjo la vegetación nueva de Primavera, los juegos del
sol entre las ramas, el meneo de las hojas acariciándose, y aquel
ambiente, compuesto de frescura y tibieza, que al mismo tiempo
atemperaba el cuerpo y el alma. La capa le daba calor. Se la quitó
arrojándola por tierra. Hizo después una almohada de ella y se tendió en
el suelo. Isidora se sentó frente a él.

«¿Oyes los pájaros?--dijo Miquis--Son ruiseñores».

Isidora había oído hablar de los ruiseñores como cifra y resumen de toda
la poesía de la Naturaleza; pero no los había oído. Estos artistas no
iban nunca por la Mancha. Puso atención, creyendo oír odas y canciones,
y su semblante expresaba un éxtasis melancólico, aunque a decir verdad
lo que se oía era una conversación de miles de picos, un galimatías
parlamentario--forestal, donde el músico más sutil no podría encontrar
las endechas amorosas de que tanto se ha abusado en literatura. Miquis
se echó a reír, y como si tuviera gusto en despoetizar la hermosa
situación en que ambos se encontraban, dijo de improviso:

«Isidora, ayer he estado trabajando en el anfiteatro con el Dr. Martín
Alonso desde las dos hasta las cinco. Éramos tres alumnos. Le ayudábamos
a hacer la autopsia de un viejo que murió de corazón. ¡Si vieras,
chica!...».

Isidora se puso las manos ante la cara con muestras de horror.

«Es el trabajo más bonito--añadió Miquis--. Tonta, ¿por qué no se ha de
hablar de esto? Si es la realidad, la ciencia... ¿Qué sería de la vida
si no se estudiara la muerte? Nada me gusta como la Cirugía, chica. O he
de ser un gran cirujano, o nada. Verás. Cuando el doctor no estaba allí,
cogíamos uno de los brazos del muerto, y ¡zas!, nos pegábamos bofetadas
unos a otros...».

Isidora dio un grito.

«Eres tonta... Pues si vieras lo que yo gozo cuando levanto un músculo
con mi escalpelo, cuando me apodero de una entraña...».

Isidora se levantó, echando a correr y metiéndose un dedo en cada oído.

«Aguarda, ruiseñora, no hablaré más de esto».

Luego se iban a otro sitio. Isidora, sentada junto a un tronco, se
quedaba meditabunda, mirando por un hueco del ramaje las blancas masas
de nubes que avanzaban sobre lo azul del cielo con soberana lentitud.
Miquis cogía una rama seca, y acercándose cautelosamente por detrás de
la joven, se la pasaba por la cara y decía con voz lúgubre: «¡La mano
del muerto!».

Isidora daba un chillido; después reían los dos. Miquis cantaba trozos
de ópera, corrían un poco; escondíase él tras las espesas matas de
aligustre, para que ella le buscase; encontrábanse fácilmente; se cogían
las manos; se sentaban de nuevo; charlaban, convidados de la hermosura
del día y del lugar, donde todo parecía recién criado, como en aquellos
días primeros de la fabricación del mundo, en que Dios iba haciendo las
cosas y las daba por buenas.


=--II--=

Augusto Miquis, por quien sabemos los pormenores de aquellas escenas, es
hoy un médico joven de gran porvenir. Entonces era un estudiante
aprovechadísimo, aunque revoltoso, igualmente fanático por la Cirugía y
por la Música, ¡qué antítesis!, dos extremos que parecen no tocarse
nunca, y sin embargo se tocan en la región inmensa, inmensamente
heterogénea del humano cerebro. Recordaba las melodías patéticas, los
graciosos ritornelos y las cadencias sublimes allá en la cavidad
taciturna del anfiteatro, entre los restos dispersos del cuerpo de
nuestros semejantes. Él, en presencia de Raoul y Valentina, o ante la
sublime conjuración de Guillermo Tell, o en la sala de conciertos,
pensaba en la aponeurosis del gran supinador. Él, posado sobre los
libros, como un ave sobre su empolladura, soñaba con un monumento
colosal que expresase los esfuerzos del genio del hombre en la conquista
de lo ideal. Aquel monumento debía rematarse con un grupo sintético:
¡Beethoven abrazado con Ambrosio Paré!

Nació en una aldea tan célebre en el mundo como Babilonia o Atenas,
aunque en ella no ha pasado nunca nada: el Toboso. Diole el Cielo
inteligencia superior, que en aquella edad era todavía un desordenado
instinto genial. Su aplicación no era constante como la de las
medianías, sino intermitente y caprichosa. Tan pronto devoraba libros,
emprendía penosos estudios y practicaba con ardor la cirugía, como lo
abandonaba todo para leer partituras al piano, tocándolo con pocos dedos
y menos nociones de Música. Pero en estas alternativas de trabajo y
holganza, se ha apoderado poco a poco de la ciencia, y cada idea que
llegaba a ser suya, daba al punto en su mente magníficos frutos.

Todas las teorías novísimas le cautivaban, mayormente cuando eran
enemigas de la tradición. El transformismo en ciencias naturales y el
federalismo en política le ganaron por entero. Tenía gran facilidad de
dicción. Se asimilaba prodigiosamente las ideas de los libros y las
ideas de los maestros orales, sus frases, su estilo y hasta su metal de
voz. Burla burlando, imitaba a todos los profesores de la Facultad, y
como poseía extraordinaria retentiva, lo mismo era para él repetir un
_allegro_ lleno de dificultades, que pronunciar dos o tres discursos
sobre Medicina o Filosofía naturalista.

Su carácter siempre alegre, erizado de malicias, se manifestaba en
punzadas mil, en bromas a veces nada ligeras, en apropósitos y en
charlar voluble, compuesto ya de hipérboles, ya de pedanterías
burlescas, que ciertamente no indicaban que él fuese pedante, sino que,
por bromear, bromeaba hasta con la ciencia. Tomando un tono hueco, hacía
pasar por sus labios todas las palabras retumbantes, todas las frases
obscuras de la fraseología científica, y las intercalaba de paradojas de
su propia cosecha, graciosas y originales.

Aún hoy, que es un hombre de saber sólido, no ha perdido Miquis aquellas
mañas, y nos divierte con sus chuscas habladurías. A veces parece querer
zaherir aquello que adora; pero en realidad no hace más que mofarse de
lo que es realmente pedantesco. Entonces no; sus burlas no perdonaban ni
la verdad misma, ni la ciencia adorada. En la leonera que tenía por
vivienda y que era una caverna de disputas, se oía su voz declamatoria,
diciendo estas o parecidas cosas: «... porque, señores, a todas horas
estamos viendo que, unidas en fatal coyunda las enfermedades diatésicas,
determinan la depauperación general, la propagación de los vicios
herpético y tuberculoso, que son, señores, permitidme decirlo así, la
carcoma de la raza humana, la polilla por donde parece marchar a su
ruina...». O bien, elevándose a lo teórico, gritaba: «Reconociendo,
señores, la revolución que las ciencias naturales, y especialmente la
Química, han hecho en la materia médica moderna, no conviene afirmar que
la Química, señores, forma un sistema médico por sí sola, porque antes
que las leyes químico--orgánicas están las leyes vitales. Volved la
vista, señores, a Paracelso, Helmoncio y Agrícola, y ¿qué hallaréis,
señores?...».

Isidora vio un araña que se descolgaba de un hilo, un pájaro que llevaba
pajas en el pico, una pareja de mariposas blancas que paseaban por la
atmósfera con esa elegante desenvoltura que tanto ha dado que hablar en
poesía, y sobre estos accidentes y otros dijo cosas que hicieron reír a
Miquis. Hablando y hablando, Augusto llegó a decir:

«Señores, evolución tras evolución, enlazados el nacer y el morir, cada
muerte es una vida, de donde resulta la armonía y el admirable plan del
Cosmos».

¡El Cosmos! ¡Qué bonito eco tuvo esta palabra en la mente de Isidora!
¡Cuánto daría por saber qué era aquello del Cosmos!..., porque
verdaderamente ella deseaba y necesitaba instruirse.

«¿Quieres saber lo que es eso, tonta?--le preguntó Miquis--. Vamos, veo
que eres un pozo de ignorancia.

--No sé más que leer y escribir; deseo aprender algo más, porque sería
muy triste para mí encontrarme dentro de algún tiempo tan ignorante como
ahora. Enséñame tú. Yo me pongo a pensar que será esto de morirse. Pues
el nacer también...

--También tiene bemoles--añadió Augusto en tono sumamente enfático--,
porque, señores, debemos principiar declarando que todo el mundo se
compone de las mismas sustancias no creadas, no destructibles, y se
sostiene por las mismas fuerzas imperecederas que actúan según las
mismas leyes, desde el átomo invisible hasta la inmensa multitud de
cuerpos celestes, conservándose invariables en el conjunto de su efecto
total... ¿Te has enterado?

--El demonio que te entienda... ¡Qué jerga!

--¡Qué bonitos ojos tienes!

--Tonto... Vamos a ver las fieras.

--No me da la gana. ¿Qué más fiera que tú?

--El león.

--¡Leoncitos a mí!... Esos dos hoyuelos que te abrió Natura entre el
músculo maseter y el orbicular me tienen fuera de mí... No te pongas
seria, porque desaparecen los hoyuelos.

--Vámonos de aquí--dijo Isidora con fastidio.

--Estamos en el lugar más recogido del laboratorio de la Naturaleza.
Señores, hemos sido admitidos a presenciar sus trabajos misteriosos.
Entremos en la selva profunda y sorprenderemos el palpitar primero de
las nuevas vidas. Ved, señores, cómo de los infinitos huevecillos
acariciados por el sol salen infinitos seres que ensayan entre las ramas
su primer paso y su primer zumbido. ¿No oís cómo estrenan sus
trompetillas esos niños alados, que vivirán un día y en un día
alborotarán la vecindad de este olmo? En el reino vegetal, señores, la
nueva generación se os anuncia con una fuerte emisión de aromas
mareantes, alguno de los cuales os afecta como si la esencia misma de
vivir fuera apreciable al olfato. Las oleadas de fecundidad corren de
una parte a otra, porque la atmósfera es mediadora, tercera o Celestina
de invisibles amores. Sentís afectado por estas emanaciones lo más
íntimo de vuestro ser. Mirad los tiernos pimpollos, mirad cómo al
influjo de esa fuerza misteriosa desarrollan las menudas florecillas sus
primeras galas, cómo se atavían las margaritas mirándose en el espejo de
aquel arroyo, cómo se acicalan...

--Cállate... Pues no tendrías precio para catedrático...

--Para catedrático--poeta, que es la calamidad de las aulas. Mira: el
día en que yo sea médico, voy a poner una cátedra para explicar...

--¿Qué?

--Para dar una lección de armonía de la Naturaleza--dijo Miquis,
mirándola a los ojos--, y explicar esos radios de oro que nacen en tu
pupila y se extienden por tu iris... Déjame que lo observe de cerca...

--¡Qué pesado! Quita... enséñame las fieras.

--Vamos, mujer, esposa mía, a ver esas alimañas--dijo Augusto en tono de
paciencia--. Desde que me casé contigo me traes sobre un pie. Eras tan
amable de polla, ahora de casada tan regañona y exigente... Vamos,
vamos, y me pondré un tigre en cada dedo... ¿Qué más? Se te antoja una
jirafa. ¡Isidora, Isidorilla!».

Ambos se detuvieron mirándose entre risas.

«Si no me das un abrazo me meto en la jaula del león... Quiero que me
almuerce. O tu amor o el suicidio.

--Si pareces un loco.

--El suicidio es la plena posesión de sí mismo, porque al echarse el
hombre en los amorosos brazos de la nada... Pero vamos a ver a esos
señores mamíferos.

--¿Qué son mamíferos?--preguntó Isidora, firme en su propósito de
instruirse.

--Mamíferos son coles. Vidita, no te me hagas sabia. El mayor encanto de
la mujer es la ignorancia. Dime que el sol es una tinaja llena de
lumbre; dime que el mundo es una plaza grande y te querré más. Cada
disparate te hará subir un grado en el escalafón de la belleza. Sostén
que tres y dos son ocho, y superarás a Venus.

--Yo no quiero ser sabia, vamos, sino saber lo preciso, lo que saben
todas las personas de la buena sociedad, un poquito, una idea de
todo..., ¿me entiendes?

--¿Sabes coser?

--Sí.

--¿Sabes planchar?

--Regularmente.

--¿Sabes zurcir?

--Tal cual.

--Y de guisar, ¿cómo andamos?

--Así, así.

--Me convienes, chica. Nada, nada, te digo que me convienes, y no hay
más que hablar.

--Pues a mí no me convienes tú.

--_¡Boa constrictor!_

--¿Qué es eso?

--Tú.

--Pero que, ¿es cosa de Medicina?

--Es una culebra.

--¿La veremos aquí?... Entremos. ¿Es esto la Casa de Fieras?

--¿Quieres ver al oso? Aquí me tienes.

--Sí que lo eres»--dijo Isidora riendo con toda su alma.

Y entraron. Un tanto aburrido Miquis de su papel de indicador, iba
mostrando a Isidora, jaula por jaula, los lobos entumecidos, las
inquietas y feroces hienas, el águila meditabunda, los pintorreados
leopardos, los monos acróbatas y el león monomaníaco, aburridísimo,
flaco, comido de parásitos, que parece un soberano destronado y cesante.
Vieron también las gacelas, competidoras del viento en la carrera, las
descorteses llamas, que escupen a quien las visita, y los zancudos
canguros, que se guardan a sus hijos en el bolsillo. Satisfecha la
curiosidad de Isidora, poca impresión hizo en su espíritu la menguada
colección zoológica. Más que admiración, produjéronle lástima y
repugnancia los infelices bichos privados de libertad.

«Esto es espectáculo para el pueblo--dijo con desdén--. Vámonos de aquí.

--Aunque enamorado--indicó Miquis al salir--, estoy muerto de hambre. Lo
divino no quita lo humano. Amémonos y almorcemos».


=--III--=

También Isidora estaba desfallecida. Discutieron un rato sobre si darían
por terminado el paseo en aquel punto, yéndose cada cual a su casa; pero
al fin Miquis hizo triunfar su propósito de almorzar en uno de los
ventorrillos cercanos a los Campos Elíseos. No eran ciertamente modelo
de elegancia ni de comodidad, como Isidora tuvo ocasión de advertir al
tomar posesión de una mesa coja y trémula, de una silla ruinosa, y al
ver los burdos manteles y el burdísimo empaque de la mujer sucia y
ahumada que salió a servirles.

Compareció sobre el mantel una tortilla fláccida que, por el color, más
parte tenía de cebolla que de huevo, y Miquis la dividió al punto. El
vino que llegó como escudero de la tortilla era picón y negro, cual
nefanda mixtura de pimienta y tinta de escribir. El plato, mal llamado
fuerte, que siguió a la tortilla, y que sin duda debía la anterior
calificación a la dureza de la carne que lo componía, no gustó a Isidora
más que el local, el vino y la dueña del puesto. Con desprecio mezclado
de repugnancia observó la pared del ventorrillo, que parecía un mal
establo, el interior de la tienda o taberna, las groseras pinturas que
publicaban el juego de la rayuela, el piso de tierra, las mesas, el
ajuar todo, los cajones verdes con matas de _evónymus_, cuyas hojas
tenían una costra de endurecido polvo, el aspecto del público de capa y
mantón que iba poco a poco ocupando los puestos cercanos, el rumor soez,
la desagradable vista de los barriles de escabeche, chorreando
salmuera...

«¡Qué ordinario es esto!--exclamó, sin poderse contener--. Vaya, que me
traes a unos sitios...

--¡Bah, bah!... ¿No te gusta conocer las costumbres populares? A mí me
encanta el contacto del pueblo... Para otra vez, marquesa, iremos a uno
de los buenos _restaurants_ de Madrid... Perdóname por hoy... Tenías
carita de hambre atrasada.

--Esto no es para mí--dijo Isidora con remilgo.

--¡Impertinencia, tienes nombre de mujer!--exclamó el estudiante, a un
tiempo riendo y mascando--¡Descontentadiza, exigente! ¿A qué vienen esos
melindres? Somos hijos del pueblo; en el seno del noble pueblo nacimos;
manos callosas mecieron nuestras cunas de mimbre; crecimos sin cuidados,
mocosos, descalzos; y por mi parte sé decir que no me avergüenzo de
haber dormido la siesta en un surco húmedo, junto a la panza de un
cerdo. Usted, señora duquesa, viene sin duda de altos orígenes, y ha
gateado sobre alfombras, y ha roto sonajeros de plata; pero usted se ha
mamado el dedo como yo, y ahora somos iguales, y estamos juntos en un
ventorrillo, entre honradas chaquetas y más honrados mantones. La
humanidad es como el agua; siempre busca su nivel. Los ríos más
orgullosos van a parar al mar, que es el pueblo; y de ese mar inmenso,
de ese pueblo, salen las lluvias, que a su vez forman los ríos. De todo
lo cual se deduce, marquesa, que te quiero como a las niñas de mis ojos.

--Vámonos--dijo Isidora con fastidio.

--Vámonos a Puerto Rico--replicó Miquis, después de pagar el gasto--.
Vámonos despacito hacia la Castellana, para que te hartes de ver coches,
aristócrata, sanguijuela del pueblo... Si digo que te he de cortar la
cabeza... Pero será para comérmela».

¡Con qué inocente confianza y abandono iban los dos, en familiar pareja,
por los senderos torcidos que conducen desde el camino de Aragón a
Pajaritos! Bajaban a las hondonadas de tierra sembrada de mies
raquítica; subían a los vertederos, donde lentamente, con la tierra que
vacían los carros del Municipio, se van bosquejando las calles futuras;
pasaban junto a las cabañas de traperos, hechas de tablas, puertas rotas
o esteras, y blindadas con planchas que fueron de latas de petróleo;
luego se paraban a ver muchachos y gallinas escarbando en la paja; daban
vueltas a los tejares; se detenían, se sentaban, volvían a andar un
poco, sin prisa, sin fatiga.

Miquis, a ratos, hacía burlescos encarecimientos del paisaje.
«Allá--decía--las pirámides de Egipto, que llamamos tejares; aquí el
despedazado anfiteatro de estas tapias de adobes. ¡Qué vegetación!
Observa estos cardos seculares que ocultan el sol con sus ramas; estas
malvas vírgenes, en cuya impenetrable espesura se esconde la formidable
lagartija. Mira estos edificios, San Marcos de Venecia, Santa Sofía, el
Escorial... ¡Ay! Isidora, Isidora, yo te amo, yo te idolatro. ¡Qué
hermoso es el mundo! ¡Qué bella está la tarde! ¡Cómo alumbra el sol!
¡Qué linda eres y yo qué feliz!».

Pasaban otras parejas como ellos; pasaban perros, algún guardia civil
acompañando a una criada decente; pastores conduciendo cabras; pasaban
también hormigas, y de cuando en cuando pasaba rapidísima por el suelo
la sombra de un ave que volaba por encima de sus cabezas. Y ellos charla
que charla. Miquis empezó contándole su historia de estudiante, toda de
peripecias graciosas. Su hermano mayor, Alejandro Miquis, que estudiaba
Leyes, había muerto algún tiempo antes, de una enfermedad terrible.
Augusto despuntaba, desde muy niño, por la Medicina, y jamás vaciló en
la elección de carrera. Su padre le enviaba treinta y cinco duros al
mes, y él sabía arreglarse. ¡Había tenido diez y siete patronas!
Entregábale las mesadas, y tenía además el encargo de vigilarle y darle
consejos, un hombre de posición humilde y sanas costumbres, bastante
viejo, amigo y aun algo pariente de los Miquis del Toboso. Este bravo
manchego se llamaba Matías Alonso y era conserje de la casa de Aransis.

Al oír este nombre Isidora palideció, y el corazón saltó en el pecho. Su
espontaneidad quiso decir algo; pero se contuvo asustada de las
indiscreciones que podría cometer. Después salió a relucir el tema más
común en estos paseos de parejas. Hablaron de aspiraciones, del
porvenir, de lo que cada cual esperaba ser. Miquis habló seriamente, sin
dejar su expresión irónica, por ser la ironía, más que su expresión, su
cara misma. Él esperaba ser un facultativo de fama y operador
habilísimo. Llevaría un sentido por cada operación, y viviría con lujo,
sin olvidar a su bondadoso y honrado padre, labrador de mediana fortuna,
que tantos sacrificios hacía para darle carrera. En cuanto esta fuese
concluida pensaba el buen Miquis hacer oposición a una plaza de
hospitales.

«En los hospitales--decía--, en esos libros dolientes es donde se
aprende. Allí está la teoría unida a la experiencia por el lazo del
dolor. El hospital es un museo de síntomas, un riquísimo atlas de casos,
todo palpitante, todo vivo. Lo que falta a un enfermo le sobra a otro, y
entre todos forman un cuerpo de doctrina. Allí se estudian mil especies
de vidas amenazadas y mil categorías de muertes. Las infinitas maneras
de quejarse acusan los infinitos modos de sufrir, y estos las infinitas
clases de lesiones que afligen al organismo humano; de donde resulta que
el supremo bien, la ciencia, se nutre de todos los males y de ellos
nace, así como la planta de flores hermosas y aromáticas es simplemente
una transformación de las sustancias vulgares o repugnantes contenidas
en la tierra y en el estiércol».

Pensaba Miquis trabajar y aplicarse mucho, sin desdeñar espectáculo
triste, ni dolencia asquerosa, ni agonía tremenda, porque de todas estas
miserias había de nutrir su saber. Después vendrían las visitas bien
remuneradas, las consultas pingües. Él se dedicaría a una especialidad.
Al fin completaría sus satisfacciones abonándose a diario a la Ópera,
para que su espíritu, cansado del excesivo roce con lo humano, se
restaurase en las frescas auras de un arte divino.

Luego tocaba a Isidora explanar sus pretensiones. ¡Pero le era tan
difícil hacerlo!... Sus ideales eran confusos, y su posición particular,
su delicadeza, no le permitían hablar mucho de ellos. ¡Oh!, si dijera
todo lo que podía decir, Miquis se asombraría, se quedaría hecho un
poste. ¡Pero no, no podía explicarse con claridad! La cosa era grave.
Quizás entre el presente triste y el porvenir brillante habrían de
mediar los enojos de un pleito, cuestiones de familia, escándalos,
revelaciones, proclamación de hechos hasta entonces secretos, y que
llenarían de asombro a la buena sociedad, a la _buena sociedad_, fijarse
bien, de Madrid. Entretanto, únicamente se podía decir que ella no era
lo que parecía, que ella no era Isidora Rufete, sino Isidora... A su
tiempo madurarían las uvas; a su tiempo se sabría el apellido, la casa,
el título... Vivir para ver. Estas cosas no ocurren todos los días, pero
alguna vez...

Pasó un naranjero.

«¿Son de cáscara fina?--preguntó Miquis al comprar cuatro naranjas--.
Toma, cómete esta para que se te vaya refrescando la sangre. La fluidez
de la sangre despeja el cerebro, da claridad a las ideas...

--Así es--prosiguió Isidora con cierta fatuidad mal disimulada--, que si
me preguntas cosas que no sean de lo que ahora está pasando, quizás no
te podré contestar. ¿Qué sé yo lo que será de mí? ¿Conseguiré lo que
deseo y lo que me corresponde? ¡Hay tanta picardía en este mundo!

--Verdaderamente que sí--dijo Augusto en el tono más enfáticamente
burlesco que usar sabía--. El mundo es una sentina, una cloaca de
vicios. En él no hay más que dolor y falsía. Malo es el mundo, malo,
malo, malo. ¡Duro en él! En cambio nosotros somos muy buenos; somos
ángeles. La culpa toda es del pícaro mundo, de ese tunante. Es el gato,
hija mía, el gato, autor de todas las fechorías que ocurren en... el
Cosmos. ¡Ah, mundo, pillín, si yo te cogiera!... Pero ven acá, alma mía;
puesto que vas a dar un salto tan brusco en la escala social..., dime:
allá, en esos Olimpos, ¿te acordarás del pobre Miquis?

--¿Pues no me he de acordar? Serás entonces un médico célebre.

--¡Y tan célebre!... Vamos a lo principal. ¿Y tendrás a menos ser esposa
de un Galeno?

--¿De un qué?... ¿De una notabilidad?... ¡Oh, no! Poco entiendo de cosas
del mundo; pero me parece que los grandes doctores pueden casarse con...

--Con las reinas, con las emperatrices.

--Y sobre todo chico--añadió Isidora--, de algo ha de valer que nos
conozcamos ahora. Y lo que es a mí...».

¡Cuánta ternura brilló en sus ojos, mirando a Miquis, que la devoraba
con los suyos!

«Lo que es a mí... no me han de imponer un marido que no sea de mi
gusto, aunque esté más alto que el sol.

--¡Bendita sea tu boca!--exclamó Augusto, apoderándose de las dos manos
de ella--. ¡Ay!, prenda, ¡qué frías tienes las manos!

--¡Y las tuyas, qué calientes!».

Isidora volvió a pensar en que nunca más saldría a la calle sin guantes.

«¿Querrás siempre a este pobre Miquis, que te quiere más?... Desde que
te vi en Leganés, me estoy muriendo, no sé lo que me pasa, no estudio,
no duermo, no puedo apartar de mí esos ojos, ese perfil divino y todo lo
demás».

Ella empezó a comer otra naranja, y él la miraba embebecido. Nunca le
había parecido tan guapa como entonces. Sus labios, empapados en el
ácido de la fruta, tenían un carmín intensísimo, hasta el punto de que
allí podían ser verdad los rubíes montados en versos de que tanto han
abusado los poetas. Sus dientecillos blancos, de extraordinaria igualdad
y finísimo esmalte, mordían los dulces cascos como Eva la manzana, pues
desde entonces acá el mundo no ha variado en la manera de comer fruta.
Saboreando aquella, Isidora ponía en movimiento los dos hoyuelos de su
cara, que ya se ahondaban, ya se perdían, jugando en la piel. La nariz
era recta. Sus ojos claros, serenos y como velados, eran, según decía
Miquis, de la misma sustancia con que Dios había hecho el crepúsculo de
la tarde.

Miquis intentó abrazarla. Isidora había despuntado un casquillo con
intención de comérselo. Variando de idea al ver las facciones de su
amigo tan cerca de las suyas, alargó un poco la mano y puso el pedazo de
naranja entre los dientes de Miquis. Él se comió lo que era de comer y
retuvo un rato entre sus labios las yemas de aquellos dedos rojos de
frío.

Isidora se levantó bruscamente, y echó a correr por el sendero.

Corrieron, corrieron...

«¡Ya te cogí!--exclamó Augusto, fatigadísimo y sin aliento, apoderándose
de ella--. Perla de los mares, antes de cogerte se ahoga uno.

--Formalidad, formalidad, señor doctorcillo--dijo Isidora, poniéndose
muy seria.

--¡Formalidad al amor! El amor es vida, sangre, juventud, al mismo
tiempo ideal y juguete. No es la Tabla de Logaritmos, ni el Fuero Juzgo,
ni las Ordenanzas de Aduanas.

--Juicio, mucho juicio, Sr. Miquis.

--El juicio está claro, señorita. Yo sé lo que me digo. Oye bien. Por mi
padre, que es lo que más quiero, juro que me caso contigo.

--¡Huy, qué prisa!...

--Está dicho.

--¡Mira éste!

--Un Miquis no vuelve atrás; _un re non mente_; la palabra de un Miquis
es sagrada.

--¡Bah, bah!

--Soy del Toboso, de ese pueblo ilustre entre los pueblos ilustres. Un
tobosino no puede ser traidor.

--Pero puede ser tinaja.

--No te rías; esto es serio. Estamos hablando de la cosa más grave, de
la cosa más trascendental».

Y era verdad que estaba serio.

«No nos detengamos aquí--dijo Isidora viendo que el estudiante buscaba
un sitio para sentarse--. Hace fresco.

--Sigamos. En otra parte hablaremos mejor.

--¿A dónde quieres llevarme? Yo no voy sino a mi casa.

--Por ahora bajemos a la Castellana, para que veas cosa buena.

--Sí, sí, a la Castellana. Mi tío el Canónigo me decía que es cosa sin
igual la Castellana.

--Escribiré mañana a tu tío el Canónigo.

--¿Para qué?

--Para pedirte. Agárrate de mi brazo. Vamos aprisa... Cuando digo que me
caso... Sí, estudiante y todo. Mi padre pondrá el grito en el cielo;
pero cuando te conozca, cuando vea esta joya... desprendida de la corona
del Omnipotente...».

Las risas de Isidora oíanse desde lejos. Al llegar al barrio de
Salamanca guardaron más compostura y desenlazaron sus brazos. Descendían
por la calle de la Ese, cuando Isidora se detuvo asombrada de un rumor
continuo que de abajo venía.


=--IV--=

«¿Hay aquí algún torrente?--preguntó a Miquis.

--Sí, torrente hay... de vanidad.

--¡Ah! ¡Coches!...

--Sí, coches... Mucho lujo, mucho tren... Esto es una gloria
arrastrada».

Isidora no volvía de su asombro. Era el momento en que la aglomeración
de carruajes llegaba a su mayor grado, y se retardaba la fila. La
obstrucción del paseo impacientaba a los cocheros, dando algún descanso
a los caballos. Miquis veía lo que todo el mundo ve: muchos trenes,
algunos muy buenos, otros publicando claramente el _quiero y no puedo_
en la flaqueza de los caballos, vejez de los arneses y en esta tristeza
especial que se advierte en el semblante de los cocheros de gente
tronada; veía las elegantes damas, los perezosos señores, acomodados en
las blanduras de la berlina, alegres mancebos guiando faetones, y mucha
sonrisa, vistosa confusión de colores y líneas. Pero Isidora, para quien
aquel espectáculo, además de ser enteramente nuevo, tenía particulares
seducciones, vio algo más de lo que vemos todos. Era la realización
súbita de un presentimiento. Tanta grandeza no le era desconocida.
Habíala soñado, la había visto, como ven los místicos el Cielo antes de
morirse. Así la realidad se fantaseaba a sus ojos maravillados, tomando
dimensiones y formas propias de la fiebre y del arte. La hermosura de
los caballos y su grave paso y gallardas cabezadas, eran a sus ojos como
a los del artista la inverosímil figura del hipogrifo. Los bustos de las
damas, apareciendo entre el desfilar de cocheros tiesos y entre tanta
cabeza de caballos, los variados matices de las sombrillas, las libreas,
las pieles, producían ante su vista un efecto igual al que en cualquiera
de nosotros produciría la contemplación de un magnífico fresco de
apoteosis, donde hay ninfas, pegasos, nubes, carros triunfales y
flotantes paños.

¡Qué gente aquella tan feliz! ¡Qué envidiable cosa aquel ir y venir en
carruaje, viéndose, saludándose y comentándose! Era una gran recepción
dentro de una sala de árboles, o un rigodón sobre ruedas. ¡Qué bonito
mareo el que producían las dos filas encontradas, y el cruzamiento de
perfiles marchando en dirección distinta! Los jinetes y las amazonas
alegraban con su rápida aparición el hermoso tumulto; pero de cuando en
cuando la presencia de un ridículo simón lo descomponía.

«Debían prohibir--dijo Isidora con toda su alma--que vinieran aquí esos
horribles coches de peseta.

--Déjalos... En ellos van quizás algunos prestamistas que vienen a
gozarse en las caras aburridas de sus deudores, los de las berlinas. El
simón de hoy es el _landau_ de mañana... Esto es una noria; cuando un
cangilón se vacía otro se llena».

Apareció un coche de gran lujo, con lacayo y cochero vestidos de rojo.

«El Rey Amadeo--dijo Miquis--El Rey. Mira, mira, Isidora... No me
quitaré yo el sombrero como esos tontos.

--Si apenas le saludan...--observó Isidora con lástima--. Pues cuando
vuelva a pasar, le hago yo la gran cortesía. Mí tío el Canónigo dice que
está excomulgado este buen señor; pero el Rey es Rey».

Pasado su primer arrobamiento, Isidora empezó a ver con ojos de mujer,
fijándose en detalles de vestidos, sombreros, adornos y trapos.

«¡Qué variedad de sombreros! ¡Mira este, mira aquel, Miquis!... ¡Vaya un
vestidito! Y tú, ¿por qué no montas a caballo, para parecerte a aquel
joven?...

--Es un cursi.

--Y tú un veterinario... ¡Qué hermosas son las mantillas blancas! Es
moda nueva, quiero decir, moda vieja que han desenterrado ahora... Creo
que es cosa de política. Mi tío el Canónigo decía...

--Hazme el favor de no nombrarme más a tu tío el Canónigo, quiero decir,
a mi querido tío... Esto de las mantillas blancas es una manifestación,
una protesta contra el Rey extranjero.

--¡Qué salado! Si yo tuviera una mantilla blanca también me la pondría.

--Y yo te ahorcaría con ella.

--¡Ordinario!

--Tonta.

--Esta gente--afirmó Isidora con mucho tesón--sabe lo que hace. Es la
gente principal del país, la gente fina, decente, rica; la que tiene, la
que puede, la que sabe.

--Trampas, fanatismo, ignorancia, presunción.

--¿Pues y tú?..., grosero, salvaje, pedante...

--Isidora, mira que eres mi mujer.

--¿Yo mujer de un albéitar?...

--Isidora, mira que te cojo... y ni tu tío el Canónigo te saca de mis
manos.

--Basta de bromas. ¡Vaya, que te tomas unas libertades!... Nuestros
gustos son diferentes.

--Su gusto de usted, señora, se amoldará al gusto mío. Eso se lo
enseñará a usted mi secretario, que es una vara de fresno.

--¡A mí tú!--exclamó ella con brío, deteniéndose y mirándole.

--No hagas caso... Te quiero como a la Medicina... Haz de mí lo que
gustes...

--Eso ya es otra cosa...

--Cuando nos casemos, como yo he de ganar tanto dinero, tendrás tres
coches, catorce sombreros y la mar de vestidos...

--¡Si yo no me caso contigo!...»--declaró la joven en un momento de
espontaneidad.

Había en su expresión un tonillo de lástima impertinente, que poco más o
menos quería decir: «¡Si yo soy mucho para ti, tan pequeño!».

«Falta saberlo. Te casarás por fuerza. Te obligaré. Tú no me conoces.
Soy un tirano, un monstruo, un Han de Islandia; beberé tu sangre...

--¿Qué es eso de Han de Islandia?--preguntó ella en su prurito de
ilustrarse.

--Han de Islandia es berenjenas. Déjese usted de sabidurías. Coser,
planchar y espumar el puchero.

--No espumaré yo el tuyo, paleto.

--¡Marquesa de pañuelo de hierbas!

--Sacamuelas».

Los dos se echaron a reír.

«No te quiero--murmuró Isidora.

--Pues me echo a llorar.

--No te quiero ni pizca, ni esto.

--Pues yo te adoro. Mientras más me desdeñas, más me gustas. Cuando
pienso que ya se acerca la hora de separarnos, no sé qué me da... Se me
antoja robarte.

--¡Y cuánta gente a pie!--exclamó ella sin hacer caso de las gracias de
Augusto.

--Aquí, en días de fiesta, verás a todas las clases sociales. Vienen a
observarse, a medirse y a ver las respectivas distancias que hay entre
cada una, para asaltarse. El caso es subir al escalón inmediato. Verás
muchas familias elegantes que no tienen qué comer. Verás gente
dominguera que es la fina crema de la cursilería, reventando por parecer
otra cosa. Verás también despreocupados que visten con seis modas de
atraso. Verás hasta las patronas de huéspedes disfrazadas de personas, y
las costureras queriendo pasar por señoritas. Todos se codean y se
toleran todos, porque reina la igualdad. No hay ya envidia de nombres
ilustres, sino de comodidades. Como cada cual tiene ganas rabiosas de
alcanzar una posición superior, principia por aparentarla. Las
improvisaciones estimulan el apetito. Lo que no se tiene se pide, y no
hay un solo número uno que no quiera elevarse a la categoría de dos. El
dos se quiere hacer pasar por tres; el tres hace creer que es cuatro; el
cuatro dice: «Si yo soy cinco», y así sucesivamente.

--Ya se van los coches»--dijo Isidora, que apenas había oído la charla
de su amigo.

Era tarde. Llegaba el momento en que, cual si obedeciera a una consigna,
los carruajes rompen filas y se dirigen hacía el Prado. Es tan
reglamentario el paseo, que todos llegan y se van a la misma hora.
Isidora notó la confusión del desfile al galope, tomándose unos a otros
la delantera, escurriéndose los más osados entre el tumulto; y oía con
delicia el chasquido de látigos, el _¡eh!_... de los cocheros, y aquel
profundo rumor de tanta y tanta rueda, pautando el suelo húmedo entre
los crujidos de la grava. Ella habría deseado correr también. Su
corazón, su espíritu, se iban con aquel oleaje. Allá lejos brillaban ya
no pocas luces de gas entre el polvo del Prado. Aquella neblina que se
forma con el vaho de la población, las evaporaciones del riego y el
continuo barrer (de que son escobas las colas de los vestidos), se iban
iluminando hasta formar una claridad fantástica, cual irradiación
lumínica del suelo mismo. Viendo cómo los coches se perdían en aquel
fondo, Isidora apresuró el paso.

«Vámonos por aquí--dijo Miquis, desviándola de los paseos para subir
hacia el Saladero y acortar camino.

--¡Jesús!, siempre me llevas por lo más feo, por donde no se encuentran
más que tíos. ¿Hay también aquí ventorrillos?

--¿Quieres que comamos juntos? Iremos a una fonda.

--No, no, no. Basta de paseos. Esto no está bien... ¡Qué se dirá de mí!
Para calaverada, basta.

--¡Maldita sea la hora en que nací!--gruñó el estudiante--. ¿Dejarte
ahora, separarnos?... ¿Vas a tu casa?

--Sí, hombre. ¡Qué dirán!

--¡Oh!, sí, ¡qué dirán los marqueses de Relimpio!

--No son marqueses, pero son personas honradas.

--¿Quieres ir esta noche al Teatro Real?».

¡El teatro Real! Otro golpe mágico en el corazón y en la mente de la
sobrina del Canónigo.

«Pero a eso que llamas paraíso, ¿van personas?...

--¿Personas decentes?... Lo más decente de Madrid, la flor y nata».

Como no estaba bien que ella saliese sola con Miquis por la noche,
convinieron en que este convidaría también a las niñas de Relimpio. A
esto debía anteceder la presentación reglamentaria de Augusto en el
domicilio de D.ª Laura, para lo que se acordó, tras cortas vacilaciones,
una mentirijilla venial. Isidora diría que al volver a su casa desde la
de su tía se había encontrado al joven, amigo íntimo, deudo y aun
pariente lejano del señor Canónigo. Era, no ya estudiante, sino médico
hecho y derecho, y bien podía prestar servicios tan excelentes como
gratuitos a una familia que no gozaba de perfecta salud.

Despidiéronse con fuertes apretones de manos, que a Miquis no le
parecían nunca bastante fuertes. Isidora subió sumamente fatigada. Las
de Relimpio le dijeron que había venido a visitarla un caballero de muy
buen porte. Entró la joven en su cuarto, donde la esperaba una gratísima
sorpresa. Sobre la cómoda había una tarjeta con el pico doblado.



Capítulo V

Una tarjeta


El corazón quería salírsele del pecho al ver los bonitos caracteres que
decían:

_El marqués viudo de Saldeoro_.

Largo rato estuvo perpleja, la cartulina en la mano, sin apartar los
ojos del sortilegio que sin duda contenían las letras negras del nombre
y las pequeñitas de las señas: _Jorge Juan, 13_. Las emociones varias
que se sucedieron en Isidora, las cosas que pensó en rápido giro de la
mente, no son para contadas. Todo se resolvió en alegría, de la que se
derivaban, como de rico manantial, diversas corrientes de sentimientos
expansivos; a saber: un profundo agradecimiento al distinguido caballero
que la visitaba, y un deseo vivo de que llegase pronto, muy pronto, lo
más pronto posible, el día siguiente.

Su buen tío había escrito a dos principales señores de Madrid, hijo y
padre, para que la ampararan, defendieran y aconsejaran en el grave
negocio de reclamar su posición y herencia. ¡Cosa extraña y digna de
gratitud! Una de las personas a quienes venía recomendada, el hijo, el
marqués de Saldeoro, de cuya gallardía y proezas galantes habían llegado
noticias al mismo Tomelloso, no esperaba a ser visitado por ella, sino
que, dando una prueba más de su acatamiento al bello sexo, apresurábase
a visitarla en tan humilde morada...

Y como la impresionable joven, cuando se entretenía en ver las cosas por
su faz risueña y en hacer combinaciones felices llegaba a límites
incalculables, empezó a ver llano y expedito el camino que antes le
pareciera dificultoso; pensó que se le abrirían voluntariamente las
puertas que creyó cerradas, y que todo iba bien, perfectamente bien.
Usando entonces de aquella propiedad suya que ya conocemos, dio realidad
en su mente al marqués de Saldeoro, favorito de las damas, según decían
lenguas mil; le tuvo delante, le oyó hablar agradecida, le preguntó
ruborizada; construyó, si así puede decirse, con material de
presunciones y elementos fantásticos, la visita personal que al
siguiente día no podía menos de realizarse.

Consecuencias precisas de esta febril concomitancia con un personaje a
quien adornado suponía de seductoras cualidades, fueron un desdén muy
vivo hacia el pobre Miquis y una vergüenza de las escenas de aquel día.
El paseo con el estudiante, la escena del ventorrillo, la vil tortilla
cebolluna, las naranjas comidas en campo raso, las confianzas, las
carreritas, se reprodujeron en su imaginación como un sabor amargo y
malsano, haciendo salir el rubor a su semblante. Habían sido aquellas
aventurillas tan contrarias a su dignidad y a su posición futura, que
diera cualquier cosa porque no hubieran pasado.

Tan metida en sí misma estaba con estos bochornos y aquellas alegrías,
que apenas comió. Como recordara en la mesa que debía hablar algo de
Augusto para preparar su presentación, dijo que era un estudiante pobre,
un buen chico, hijo de labradores, algo tocado de la cabeza, más músico
que médico y más médico que fino. Cuando Augusto llegó, negose Isidora a
ir al teatro, porque le había dado jaqueca. Emilia y Leonor no quisieron
ir tampoco, y el buen estudiante quedó en la situación más desairada del
mundo. Pero como era tan listo, y maravillosamente a todo se plegaba,
hasta dominar las situaciones más difíciles, bien pronto cautivó a la
familia con sus donaires. Doña Laura propuso jugar a la brisca; trajo D.
José de su cuarto una sebosa baraja, y en el comedor, bajo la pestífera
llama del petróleo mal encendido, formaron el más alegre corrillo que
vieron casas de huéspedes.

Huyendo de tanta vulgaridad, retirose Isidora a su cuarto, donde se
encerró.

«Ese pobre Miquis--decía--es un buen muchacho, pero tan ordinario...
¡Pobrecillo!, me da lástima de él; pero ¿qué puedo hacer? ¿Puedo hacer
yo que las cosas sean de otra manera que como Dios las ha dispuesto?...
Está que ni pintado para Emilia o para Leonor... Me alegraré mucho de
que sea un hombre de provecho. Necesitará protección de las personas
acomodadas, y en lo que de mí dependa...».

Se acostó, no para dormir, sino para seguir dando vida ficticia en el
horno siempre encendido de su imaginación a la visita del día siguiente
y a las consecuencias de la visita. El marqués de Saldeoro entraba; ella
le recibía medio muerta de emoción, le hablaba temblando; él le
respondía finísimo. ¡Y qué claramente le veía! Ella rebuscaba las
palabras más propias, cuidando mucho de no decir un disparate por donde
se viniera a conocer que acababa de llegar de un pueblo de la Mancha...
Él era el más cumplido caballero del mundo... Ella se mostraba muy
agradecida... Él dejaría su sombrero en un sillón... Ella tendría
cuidado de ver si alguna silla estaba derrengada, no fuera que en lo
mejor de la visita hubiera una catástrofe... Él había de dirigirle
alguna galantería discreta... Ella tenía que prever todas las frases de
él para prepararse y tener dispuestas ingeniosas contestaciones...
¡Cielo santo!, y aún faltaba una larga noche y la mitad de un larguísimo
día para que aquel desvarío fuera realidad...

Era preciso arreglar el cuarto lo mejor posible... ¡Qué pensaría el
caballero ante aquellos miserables trastos!... Isidora no podía mirar
sin sentir pena las tres láminas que ornaban las paredes empapeladas de
su cuarto. Aquí una vieja estampa sentimental representaba la _Princesa
Poniatowsky en momento de recibir la noticia de la muerte de su esposo_;
allí el cuadro del _Hambre_; enfrente, dos amantes escuálidos,
esmirriados y de pie muy pequeño, él de casaca con mangas de pemil, ella
con sombrero de dos pisos, se juraban fidelidad junto a un arroyo... Si
D.ª Laura no se incomodase, Isidora arrojaría a la calle las tres
laminotas... Pues, ¿y la cómoda con su cubierta de hule manchado? Más
valía no verla... Pero ella se levantaría temprano y fregotearía bien la
cómoda, el lavabo de tres patas y haría maravillas de orden y
limpieza... Después compraría una corbata bonita... Rogaría a D.ª Laura
que la dejase traer de la sala dos sillas de damasco con sus fundas de
percal... En fin... No contenta con pensar lo que pasaría al siguiente
día, pensó los sucesos del tercer día y los del otro y los del mes
próximo, y los del año venidero, y los de dos, tres o cuatro años más.

Dejémosla mal dormida, abrazada consigo misma, a las altas horas de la
noche, cuando todo ruido cesara en la casa. ¿Era aquello felicidad o
martirio? Dice Miquis, y quizás dice bien, que no existiría ni siquiera
el nombre de felicidad si no se hubieran dado al hombre, como se da al
niño el juguete, el consuelillo de esperarla.



Capítulo VI

¡Hombres!


=--I--=

Aquella buena mujer que pared por medio de _la Sanguijuelera_ vivía,
tenía por consorte a un rico mercader americano. Entiéndase bien que lo
de rico se le aplica por ser tal su apellido (se llamaba Modesto Rico),
y lo de americano por tener un establecimiento, no en las Américas que
están de la otra banda del mar, sino en aquellas, menos pingües y
lejanas, que se extienden por la Rivera llamada de Curtidores, pasan la
procelosa Ronda de Toledo y van a perderse entre basuras, escombros y
residuos de carbón en las Pampas de la Arganzuela, cerca de donde, por
fétidas bocas, arroja Madrid sobre el Manzanares lo que no necesita para
nada.

Modesto Rico tenía un tingladillo de clavos usados, espuelas rotas,
hebillas, cerraduras mohosas, jaulas de loros, abolladas alambreras y
tinteros de cobre. Era además lañador y lañaba de lo lindo. Ganaba poco,
y este poco se lo quitaba su afición a la horchata de cepas. Animal más
digno de desprecio y lástima no se ha visto ni verá. Una y otra vez en
el curso de la semana, y principalmente los domingos y lunes, hacía sus
cuentas sobre las costillas de su mujer con una vara de acebuche o
simplemente con la mano, más dura que granito.

Pues de esta unión había nacido un niño, el más bonito, el más gracioso,
el más esbelto, el más engañador y salado que en el barrio había.
Contaba a la sazón diez años, que parecían doce, según estaba el rapaz
de espigado y suelto. Su cara era fina y sonrosada, el corte de la
cabeza perfecto, los ojos luceros, la boca de ángel chapado a lo
granuja, las mejillas dos rosas con rocío de fango; y su frente clara,
despejada y alegre, rodeada de graciosos rizos, convidaba a depositar
besos mil en ella. Por estas lindezas, por la soltura de sus miembros y
gallardía de su cuerpo alto y delicado, estaba más orgullosa de él su
madre que si hubiera parido un príncipe. Hablaba el lenguaje de su edad,
con graciosos solecismos, comiéndose medio idioma y deshuesando el otro
medio. Si en el Cielo hay algún idioma o dialecto, el oír cómo lo
destrozan los ángeles será el mayor regocijo y entretenimiento del Padre
Eterno.

Hacía grandes esfuerzos Angustias (a quien llamaban también
_Palo--con--ojos_) por poner sobre aquellas tiernas carnes ropa
apropiada a la preciosa cara y al bonito cuerpo de su hijo. Su pobreza
no le permitía el lujo más ansiado de su corazón. Pero allá Dios le daba
a entender, con guiñapos del Rastro y otros arreglados por ella,
conseguía vestirle a su placer, y se recreaba en él; mirábase en aquel
espejo que era su vida y sus amores; se henchía de satisfacción oyendo
los encomios que del muchacho hacían las vecinas. Para los domingos
tenía un pantalón azul, más bien recortado que corto, unas botas usadas,
de segunda mano, o mejor, de segundos pies, y una camisola que su madre
cuidaba de planchar el sábado. Pero lo más lindo era una chaquetilla de
felpa roja, tan raída como bien ajustada, sobre la cual liaba Angustias
una faja hecha de dos o tres cintas de colores perfectamente cosidas,
con lo que el muchacho parecía un sol, más que un príncipe, algo de
sobrenatural en belleza y gallardía, como un Niño Jesús vestido de
torero. Desde que apareció por primera vez en la calle de Moratines, le
pusieron por apodo _el Majito_, y así se llamó toda su vida. Su nombre
era Rafael. Decían los vecinos que todas aquellas galas habían sido de
niños muertos y de despojos allegados, sabe Dios cómo, del obscuro borde
de la tumba. No nos corresponde aclarar esto, y tuvieran o no razón las
murmuradoras, ello es que _el Majito_ estaba majísimo con aquellos
arreos.

Lo que vamos a contar pasó en un domingo. _El Majito_ salió brincando de
su casa para ir a enredar a las ajenas. Mirole salir gozosa
_Palo--con--ojos_; mas no era fácil que el regocijo se pintase en su
cara, por tenerla casi toda cubierta con un pañuelo, a causa del dolor
de muelas y de la hinchazón que estaba sufriendo aquel día. Y aun así no
faltaban alrededor de su frente las sortijillas pegadas con tragacanto,
ni la canastilla y peinas. Era la carátula más grotesca que imaginarse
puede, pues uno de los lados de su rostro parecía calabaza, y era tal el
peso, que no separaba de aquella parte la mano.

_El Majito_ se metió de un salto en la tienda de _la Sanguijuelera_.
Esta solía mimarle y le obsequiaba unas veces con piñones y otras con
azotes.

«Hola, lagartijilla, ¿ya estás aquí?... No enredes en la tienda, porque
vas a cobrar.

--¿Y _Pecado_?

--En el taller... Dios le tenga allá...».

Aquel día, aunque era festivo, el soguero tenía trabajo hasta las doce.
No había querido ir Mariano; pero su severa tía le cogió por una oreja,
y... ¡Valiente holgazán!

«¿Y _Pecado_?--volvió a preguntar _el Majito_.

--Te digo que está en el trabajo... No te montes sobre la tinaja. Si me
la rompes, vas a ver. ¡Eh, eh! No te encarames, o te vas de aquí más
pronto que la vista.

--¿En dónde está _Pecado_?».

Para preguntar, los sabios y los chicos. _La Sanguijuelera_, cansada de
responder a la misma pregunta, le cogió con una mano los dos carrillos,
estrujándoselos, con lo que la boca del _Majito_ resultó como una
guinda. Le dio un beso en ella, diciéndole: «¡Qué pesado eres..., y qué
rebonito!».

«¡Suéltame, vieja!--exclamó Rafael, limpiándose la cara.

--Eso es, frótate, bobo... Y me has llenado de babas.

--¿Y _Pecado_?

--¡Toma _Pecado_!».

Y le arreó dos nalgadas. Como un jilguero saltó _el Majito_, y de un
brinco se puso en el pasillo, y de otro brinco en el patio interior, y
con un tercer brinco se metió en el aposento donde Encarnación vivía, el
cual no era notable por su desahogo ni por sus claridades. Difícilmente
se podría determinar, sin tener costumbre de andar dentro de tal
laberinto, lo que allí había; pero _el Majito_, que conocía el local
como un ratón conoce las entradas y salidas de la casa que habita, subió
a eminencias que parecían camas; descendió a negros abismos que parecían
arcones abiertos; trepó por las gastadas graderías de un estante viejo;
se arrastró por suelos polvorientos; metió su brazo por tortuosas
grietas formadas de informes bultos arrimados a la pared. Sin duda
buscaba algo. Su flexible cuerpecillo se escurría y deslizaba en
silencio de hueco en hueco, hasta que al fin, apoyado en un cofre, dio
una voltereta agitando las patitas en el aire, y se sumergió como el
nadador en persecución de la perla.

Era un rincón obscuro, polvoroso, lleno de cachivaches, antes
apreciables al tacto que a la vista, objetos de cartón, de cuero, de
metal, algo como mochilas, bayonetas, cartucheras, trozos de arreos
militares, desechados por inútiles en la liquidación de un bazar de
juguetes. _El Majito_ miró y se estuvo quieto, atento. Sus ratoniles
ojos veían en la obscuridad aquel montón de cosas. Era un cuadro en las
profundidades del mar, con ansiedad de buzo y resplandor de mariscos
entre el lívido verdor del agua. Las arañas se paseaban sobre los
objetos, pero Rafael no les tenía miedo. Las correderas entraban y
salían por los intersticios, huyendo azoradas al ruido, pero _el Majito_
tampoco las tenía miedo. Estuvo un rato en acecho, dudoso, mirando y
eligiendo. Fuerte cosa era decidir cuál objeto tomaría. Por último,
decidido, tiró de una brillante empuñadura y sacó un sable. Después
revolvió el conjunto y vio un brillo seductor de galones. Diole un salto
el corazón de ratero y tomó lo que brillaba. Era un sombrero que parecía
escudilla, un ros de cartón, deforme, cuarteado, pero con tres tiras de
papel dorado pegadas en redondo. _El Majito_, que tan poco sabía del
mundo, sabía que los tres entorchados son la insignia del capitán
general, y que esta es la jerarquía más alta del ejército. ¡Vaya usted a
averiguar dónde esos diablos de chicos aprenden estas cosas!

Se puso el ros y vio que era bueno. Empuñó el sable. Era un palito
pinchante amarrado a una empuñadura de metal, que en su origen parecía
haber sido asa de un brasero de cobre. Había en la prenda militar una
fabricación tosca, pero ingeniosa, que denotaba tanta habilidad como
falta de medios. Autor y dueño de aquellos arreos era, como se habrá
comprendido, el famoso _Pecado_, gran amigo de cosas de guerra, y que
desde su tierna infancia se mostraba muy precoz para las artes
mecánicas. Él apandaba, no se sabe dónde, aunque es de presumir que
fuera de sus viajes por las Américas, restos de juguetes, pedazos de
hojalata, de madera, de hierro; y con un clavo viejo, una cuerda, una
navaja rota y un enorme guijarro que servía de martillo y de piedra de
afilar, hacía maravillas.

En cuanto al ros, justo es consignar que no vino a sus manos por causa
de rapiña, sino que lo cogió en la calle, en el momento de caer de un
balcón, arrojado por unos niños. Era pieza lastimosa; pero ¡cómo se
trasformó en sus hábiles manos! Púsole visera que no tenía para lo cual
le bastó media suela de una zapatilla; lo moldeó y le dio forma, que
casi había perdido; adornole con una vistosa placa, que sacó de la chapa
circular de un botecillo de betún, y por último, con ciertos tirajos de
papel dorado, sutilmente desprendidos de una caja de mazapán, le puso
sus tres entorchados. ¡Muy bien! ¡Así se hacen las cosas! El ros tuvo en
sus orígenes plata y oro, insignias de comandante. _Pecado_ le hizo
ganar de un salto la mayor jerarquía militar con una prontitud que
envidiaría la misma _Gaceta_..., ¡hala!

Dejemos a _Majito_ con el ros encasquetado, el sable en la derecha mano,
en actitud tan belicosa, que si le viera el sultán de Marruecos
convocara a toda su gente a la guerra santa. Con la mano siniestra se
limpió el polvo y las telarañas que no querían desprenderse de la felpa
de su chaqueta, y dando después tres o cuatro brincos, se puso en la
calle gritando con todo el vigor de su pecho infantil: «Soy _Plin_».

¡Ser Prim! ¡Ilusión de los hijos del pueblo en los primeros albores de
la ambición, cuando los instintos de gloria comienzan a despuntar en el
alma, entre el torpe balbucir de la lengua y el retoñar, casi
insensible, de las pasiones! Esta ilusión, que era entonces común en las
turbas infantiles, a pesar de la reciente trágica muerte del héroe, se
va extinguiendo ya conforme se desvanece aquella enérgica figura. Pero
aún hoy persiste algo de tan bella ilusión; aún se ven zamacucos de
cinco años, con un palo al hombro y una gorra de papel en la cabeza, que
quieren ser Prim o ser O'Donnell. ¡Lástima grande que esto se acabe, y
que los chicos que juegan al valor no puedan invocar otros nombres que
los gárrulos motes de los toreros!

Ya lo hicimos--dijo Encarnación mirando al _Majito_--. Apandó los
chirimbolos, y cuando el otro venga tendremos la de no te menees».

_El Majito_ se dejó ir con grave paso por la calle de Moratines abajo.
Era el día ventoso, frío y seco, hijo maldito de la malditísima
primavera de Madrid. La pluma del ros del _Majito_ (porque una pluma de
pavo tenía) se torcía con la fuerza del viento. La cola de las gallinas
que andaban por la calle se doblaba también, obligándolas a dar tumbos
entre el fango. Todo lo que colgaba de las paredes, ropa, trapos, sogas,
se ponía horizontal; balanceábanse las bacías de cobre colgadas en la
puerta del barbero; las faldas de las mujeres se arremolinaban; se
rompían las vidrieras; los hombres se iban sujetando con la mano sus
gorras y sombreros, los curas apenas podían andar; todo lo flotante
tendía a tomar la horizontal, y en medio de esta desolación relativa,
_el Majito_ avanzaba tieso y altanero, como hombre supinamente
convencido de la importancia de sus funciones.

En la calle de Ercilla tenía ya un séquito de seis muchachos; en la del
Labrador, ya se le había incorporado una partida de diez y siete, entre
hembras y varones, siendo las primeras, ¡cosa extraña!, las que más
bulla metían. Los tres chicos del capataz de la fundición de hierro
salieron batiendo marcha sobre una plancha de latón, y pronto se
agregaron a ellos, para aumentar tan dulce orquesta, los dos del
tendero, tañendo esas delicadas sonatas de Navidad, que consisten en
descargar golpes a compás sobre una lata de petróleo. Eran estos
enemigos del género humano pequeñuelos y sucios. Calzaban botas
indescifrables, pues no se podía decir a ciencia cierta dónde acababa la
piel y empezaba el cordobán. Estaban galoneados de lodo desde la cabeza
a los pies. Si la basura fuera una condecoración, los nombres de
aquellos caballeritos se cogerían toda la _Guía de forasteros_.

Al desembocar el ya crecido ejército en la plaza de las Peñuelas, centro
del barrio, agregose una chiquillería formidable. Eran los dos nietos de
la _Tía Gordita_, los cuatro hijos de Ponce el buñolero, las del
sacamuelas y otros muchos. Mayor variedad de aspecto y de fachas en la
unidad de la inocencia picaresca no se ha visto jamás. Había caras
lívidas y rostros siniestros entre la muchedumbre de semblantes alegres.
El raquitismo heredado marcaba con su sello amarillo multitud de
cabezas, inscribiendo la predestinación del crimen. Los cráneos
achatados, los pómulos cubiertos de granulaciones y el pelo ralo, ponían
una máscara de antipatía sobre las siempre interesantes facciones de la
niñez. En un momento se vio a la partida proveerse de palos de escoba,
cañas, varas, con esa rapidez puramente española, que no es otra cosa
que el instinto de armarse; y sin saber cómo surgieron picudos gorros de
papel con flotantes cenefas que arrebataba el viento, y aparecieron
distintivos varios, hechos al arbitrio de cada uno. Era una página de la
historia contemporánea, puesta en aleluyas en un olvidado rincón de la
capital. Fueran los niños hombres y las calles provincias, y la aleluya
habría sido una página seria, demasiado seria. Y era digno de verse cómo
se coordinaba poco a poco el menudo ejército; cómo sin prodigar órdenes
se formaban columnas; cómo se eliminaba a las hembras, aunque alguna
hubo tan machorra que defendió a pescozones su puesto y jerarquía.

Crecía el estrépito, engrosaban las haces. ¿De dónde había salido toda
aquella gente? Eran la discordia del porvenir, una parte crecida de la
España futura, tal que si no la quitaran el sarampión, las viruelas, las
fiebres y el raquitismo, nos daría una estadística considerable dentro
de pocos años. Eran la alegría y el estorbo del barrio, estímulo y apuro
de sus padres, desertores más bien que alumnos de la escuela, un plante
del que saldrían quizás hombres de provecho y sin duda vagos y
criminales. De su edad respectiva poco puede decirse. Eran niños, y
tenían la fisonomía común a todos los niños, la cual, como la de los
pájaros, no determina bien los años de vida. La variedad de estaturas
más bien indicaba los grados de robustez o cacoquimia que los años
transcurridos desde que vinieron al mundo. El mal comer y el peor vestir
pasaba sobre todos un triste nivel. Algunos llevaban entre sus labios, a
modo de cigarro, un caramelo largo, de esos que parecen cilindro de
vidrio encarnado, y con un fácil movimiento de succión le hacían entrar
en la boca o salir de ella, repitiendo este gracioso mete y saca con
presteza increíble.

El militar paseo tenía por música, además del estruendo de las latas, el
reír inmenso de la bandada, el pío pío mezclado de voces prematuramente
roncas, y salpicado de esos dicharachos que, al ser escupidos de la boca
de un niño nos recuerdan al feo abejón cuando sale zumbando del cáliz de
la azucena. Había en las filas renacuajos de dos pies de alto, con las
patas en curva y la cara mocosa, que blasfemaban como carreteros; había
quien, mudando los dientes, escupía por el colmillo; había quien llevaba
una colilla de cigarro detrás de la oreja y una caja de fósforos en un
hueco, que no bolsillo, de la ropa. Había piernas blancas desnudas
asomándose a las ventanas de un pantalón que a pedazos se caía; había
zancas negras, esbeltas cinturas ceñidas por sucia cuerda o por tirajo
informe; chaquetones que fueron de abuelos, y calzones que fueron
mangas; blusas que aún se acordaban de haber sido chalecos; gorras
peludas que fueron, ¡ay!, manguito de elegantes damas. Pero la animación
principal de aquel cuadro era un centellear de ojos y un relampaguear de
alegrías divertidísimo. Con aquel lenguaje mudo decía claramente el
infantil ejército: «¡Ya somos hombres!». ¡Cuántas pupilas negras
brillaban en el enjambre con destellos de genio y chispazos de
iniciativa! ¡En cuántas actitudes se observaban pinitos de fiereza!
¡Allí la envidia, aquí la generosidad, no lejos el mando, más allá el
servilismo, claros embriones de egoísmo en todas partes! En aquel
murmullo se concentraban los chillidos para decir: «Somos granujas; no
somos aún la humanidad, pero sí un croquis de ella. España, somos tus
polluelos, y cansados de jugar a los toros, jugamos a la guerra civil».


=--II--=

Llegaron a la vía férrea de circunvalación que corta el barrio, sin
valla, sin resguardo alguno. La miseria se familiariza con el peligro
como con un pariente. Sintieron silbar la máquina, y los condenados se
pusieron a bailar sobre los carriles desafiando el tren mugidor que
venía. Lo azuzaban, lo escarnecían, hasta que apareció la locomotora en
la curva, y al verla cerca se dispersaron como bandada de gorriones. El
tren de mercancías pasó, enorme, pesado, haciendo temblar la tierra, y
ellos a un lado y otro de la vía le saludaban con espantosa rechifla, le
amenazaban con puños y palos, le trataban de tú, remedaban con insolente
escarnio los bufidos de la máquina, el desengonzado movimiento de las
bielas, y por último pusieron al guardafreno como hoja de perejil. El
tren les hacía tanto caso como a una nube de mosquitos, y desapareció
dejando atrás su humo y su ruido.

Volviose a ordenar la hueste y siguieron marchando, con _el Majito_ a la
cabeza. ¡Ah! Todavía mandaba. Goza, goza del brillo de tu alta posición,
que tiempo vendrá en que las grandezas se humillen y las altas torres se
desplomen. Avanzaban por la planicie que se extiende entre el hospital
del Niño Jesús y los collados áridos que rodean el barranco. Allí no hay
casas todavía, es decir, no hay miseria. ¿Quién diréis que salió a
recibirlos? Pues un pavo que habitaba en muladar próximo, y que todas
las mañanas se paseaba solo por el llano, con la gravedad enfática que
tanta semejanza le da con ciertos personajes. El pavo los miró; ellos le
miraron y se detuvieron. Hizo él la rueda y les echó una arenga, es
decir, que después de soltar dos o tres estornudos, que son la
interjección natural del pavo, les soltó esa carcajada que parece
ladrido. Los chicos se echaron a reír en inmenso coro, y el animal
volvió a hacer la rueda y a echarles otra arenga, diciendo «amados
compatricios míos...» con el cuello rojo cual la esencia del bermellón,
el moco tieso, las carúnculas inyectadas como un orador herpético. Más
gritaban ellos, más gargajeaba él. A cada voz respondía con sus
estornudos y su carcajada. Parecían aclamaciones a la patria, _vivas_
contestados con _hurras_. Después dio media vuelta y marchó delante. Era
esa caricatura militar de antaño que se llamaba tambor mayor. El viento
le despeinaba las plumas, y al arrastrar las alas y dar el estornudo era
el puro emblema de la vanidad. No le faltaban más que las cruces, la
palabra y la edad provecta para ser quien yo me sé.

Había llegado el momento en que la partida necesitaba hacer algo para
justificar su existencia. ¿Qué haría? ¿Una simple fiesta militar, o
dividirse en dos bandos para batirse en toda regla? El susurro y la
confusión indicaban que la falange se hacía a sí misma aquella pregunta.
Bien pronto nadie se entendía allí. La discordia descompuso las filas, y
todo eran empujones, codazos, gritos. No había uno que no quisiera ser
Prim, incluso el renacuajo de las patas corvas. Pues qué, ¿_el Majito_
no habían mandado ya bastante? Hasta el pavo, con aquella carcajada que
parecía un vómito de sonidos, exclamaba: «¡Abaa... jojojo _el Majito_!».

«Miá este--dijo uno de los chicos del carbonero, atacando al general en
jefe con el codo, así como los pollos embisten con el ala--. Dice que me
ponga detrás... Si no te callas, puñales, te pego la bofetá del siglo.

--Pega, hombre, pega--chilló Rafael preparándose a recibirle, animoso,
imponente, con el puño cerrado, y presentando también el codo y
antebrazo como un escudo--. Vamos, hombre...

--No vus perdáis, muchachos; no vus perdáis--dijo en tono conciliador el
del herrero, interponiéndose.

--Ponte atrás, ¡coles!--gritó _el Majito_--. ¡Qué coles! Si no te pones
atrás, verás...

--Que no me da la gana, hombre...

--Achúchale, achúchale--dijeron algunos que querían ver reñir al
_Majito_ con el hijo del carbonero.

--No vus perdáis, muchachos--volvió a decir el otro, sin soltar de la
boca sucia el caramelo largo.

--¡Que le achuche, que le achuche!»--graznaron varios, arremolinándose.

_El Majito_ y _Colilla_, que así se llamaba el del carbonero, se
sacudieron el primer golpe en los hombros.

«¡Leña!

--¡Atiza!».

A los primeros golpes cayó a tierra el ros. Más pronto que la vista lo
cogió Gaspar (el de las patas corvas), se lo puso, y echó a correr hacia
abajo, en dirección a las Yeserías. Allí le detuvieron dos muchachos que
subían del río; le quitaron la codiciada prenda, y uno de ellos se la
puso. Mirose en un charco verdoso, y estalló en risa. En tanto la
refriega había cesado, y _el Majito_, con la cara soplada, los ojos
encendidos, el corazón hirviendo de rabia, se había subido a una colina
de las inmediatas al barranco, y desde allí gritaba que iba a matar a
uno y a reventar a seis si no le devolvían su sombrero.

Los que subían del río eran como de doce años, descalzos, negros,
vestidos de harapos. El uno traía una espuerta de arena. Los dos
mostraban grandes manojos de una hierba que se cría en aquellas
praderas. Es una liliácea, que algunos llaman matacandil y otros jacinto
silvestre o cebolla de lagarto. Tiene un tallo o tuetanillo que se
chupa, ¡y es dulce!

«¡Matacandiles!»--chillaron muchos, arrojando las armas y saliendo a
recibir a los dos individuos, conocidos en la república de las picardías
con los nombres de _Zarapicos_ y _Gonzalete_.

«¿A cómo?--preguntó una voz.

--A cinco.

--¡Qué coles!..., a cuatro.

--¡A cinco! El que no dé cinco no chupa.

--Maldita sea tu madre..., ¡a cuatro!

Y empezó un regatear febril, una disputa de contratación que retrasaba
las ventas. Pero ¿qué se vendía y qué se compraba allí? Los matacandiles
que en las tardes de primavera dan materia a un animado comercio
infantil, ¿se cambiaban por dinero? No, porque la escasez de numerario
lo vedaba. Sin embargo, no puede decirse que no fuera metálico el
segundo término del cambio, porque los matacandiles se cambiaban por
alfileres.

_Zarapicos_ y _Gonzalete_ eran comerciantes. No daban un paso por
aquellos muladares habitados, ni aun por las calles de Madrid, sin que
sacaran de él alguna ganancia. ¡Bien por los hombres guapos! Vivían de
sus obras y de sus manos; su casa era la capital de España, ancha y
ventilada; su lecho el quicio de una puerta o cualquier rincón de casa
de dormir; su vestido una serie de agujeros pegados unos a otros por
medio de jirones de tela; su sombrero, el aire y el sol; sus zapatos,
los adoquines y baldosas de las calles. No eran hermanos; eran amigos.
Habían llegado cada uno a Madrid por distinta vía y puerta; _Zarapicos_,
por el Norte; _Gonzalete_, por el Sur. Tenían padres; pero ya no se
acordaban de ellos. Vinieron pidiendo limosna. Después habían visto que
Madrid es un campo inmenso para la actividad humana, y a la limosna
habían unido otras industrias.

_Zarapicos_ fue durante algún tiempo lazarillo de un ciego; _Gonzalete_
sirvió a una mujer que, al pedir en la puerta de la iglesia, le
presentaba como hijo. Uno y otro se cansaron de aquella vida mercenaria
y poco independiente, y ansiosos de libertad se lanzaron a trabajar por
su cuenta. Entonces se conocieron, y entablaron cariñosa amistad. Ambos
aspiraban a vender _La Correspondencia_ o _El Imparcial_, pero ¡ay!
ciertas posiciones, por humildes que parezcan, no están al alcance de
todos los individuos. Eran demasiado granujas todavía, demasiado
novatos, demasiado pobres, y no tenían capital para garantizar las
primeras manos. Uno de ellos logró vender _El Cencerro_ los lunes; otro
merodeaba contraseñas en las puertas de los teatros. Eran dos
millonarios en capullo. _Zarapicos_ decía a _Gonzalete_: «Verás, verás
cómo semús cualquier cosa».

Antes de llegar a las altas posiciones comerciales tenían que pasar por
humillante aprendizaje y penoso noviciado. ¡Recoger colillas! Ved aquí
un empleo bastante pingüe. Pero tal comercio tiene algo de trabajo, y
exige recorrer ciertas calles, instalarse en las puertas de los cafés,
consagrarse al negocio con cierta formalidad. Eran niños, necesitaban
juego como el pez necesita agua, y así por las tardes se iban al río a
recoger matacandiles. Allí se presentaba inopinadamente algún bonito
recreo, tal como cortar la cuerda de una cabra que estuviera atada en
los bardales, y a veces se presentaban buenos negocios. Ocurría con
frecuencia el caso de tropezar con una herradura en la carretera del
Sur, y ¡cuántas veces, junto a las fábricas, podían recogerse pedazos de
lingote, clavos y otras menudencias que, reunidas, se vendían en el
Rastro! Con estas cosillas resultaba que tanto _Zarapicos_ como
_Gonzalete_ pudieran tocarse el titulado pantalón para sentir sonar algo
como retintín de un cuarto dando contra otro. Eran ricos; pero no
gastaban un ochavo en comer. Dos veces al día la guarnición de Palacio
da a los chicos las sobras del rancho, a trueque de que estos les laven
los platos de latón. Esta sopa boba, a la cual los granujas llaman
_piri_, atrae a mucha gente menuda a los alrededores del cuerpo de
guardia, y se la disputan a coscorrones.

Después de bien llena la panza, nuestros dos amigos bajaban hacia el
río. Si tenían ganas de trabajar, ayudaban a las lavanderas a subir la
ropa; si no, tiraban hacia las Yeserías. Aquel día cogieron tantos
matacandiles, que apenas podían llevarlos. Por la mucha abundancia,
_Zarapicos_ fijó en cinco alfileres el precio de la docena de
matacandiles. Hubo temporada en que se cotizaron a diez y once,
manteniéndose firme este precio durante toda una semana.

Lo mismo _Zarapicos_ que _Gonzalete_ tenían las solapas de sus deformes
chaquetas llenas de alfileres tan bien clavados, que sólo asomaban la
cabeza. El borde de la tosca tela parecía claveteado como un mueble...
Las transacciones empezaron en seguida. Unos daban tallos, los otros
chupaban y pagaban. Muchos tenían repuesto de alfileres; otros corrían a
sus casas, encontraban a sus madres peinándose al sol, en las puertas de
las casas, y les quitaban la moneda o se la robaban.

En tanto _el Majito_, desde la cumbre de una eminencia formada por
escombros, increpaba a la muchedumbre infantil de abajo, diciendo que
iba a reventar a patadas a todos y cada uno si no le devolvían su
sombrero. ¡Qué vergüenza! _Zarapicos_ lo tenía puesto, y estaba tan
contento de su adquisición, que amenazó al _Majito_ con subir y sacarle
las tripas si no se callaba. Con el viento y la bulla que el pavo metía
apenas se sentían las chillonas voces provocativas. _El Majito_, cansado
de parlamentar sin fruto ni resultado alguno, lanzó una piedra en medio
de la turba de comerciantes. Al voltear, haciendo honda de su elástico
brazo, parecía un gallito de veleta, obedeciendo más al viento que al
coraje. _Gonzalete_, al recibir la piedra en un hombro, gritó:
«¡Repuñales! ¡Maldita sea tu sangre!».

Entonces _Zarapicos_ tiró al _Majito_; la piedra silbó en el aire y no
hirió al muchacho, que al punto disparó la segunda suya.
Instantáneamente, sin que se dieran órdenes ni se concertara cosa
alguna, generalizose la pelea. Muchos se pasaron al bando del _Majito_,
sin darse la razón de ello; otros permanecieron abajo, y todos tiraban,
soldados bravos, saliendo a la primera fila y desafiando el proyectil
que venía. Bajarse, elegir el guijarro, cogerlo, hacer el molinete con
el brazo y lanzarlo, eran movimientos que se hacían con una celeridad
inconcebible.

Para que no les viera la gente mayor del barrio ni los del Orden
Público, se corrieron al barranco de Embajadores, lugar oculto y
lúgubre. Ninguna orden se dio entre ellos para este hábil movimiento,
nacido, como la batalla misma, de un superior instinto. _El Majito_ y
los suyos ocupaban la altura, _Zarapicos_ y su mesnada el llano. Piedra
va, piedra viene, empezaron las abolladuras de nariz, las hinchazones de
carrillos y los chichones como puños. Mientras mayor era el estrago,
mayor el denuedo: «¡Leña!, ¡atiza!, ¡dale!». ¡Qué ardientes gritos de
guerra! Ni las moscas se atrevían a pasar por el espacio en que se
cruzaban las voladoras piedras. Una de estas alcanzó a una mujer y la
detuvo en su camino, obligándola a retirarse con la mano en un ojo.
Muchos chiquillos se retiraron también berraqueando, porque el dolor les
enfriaba los ánimos, dando al traste en un punto con todo su coraje.

El barranco de Embajadores, que baja del Salitre, es hoy en su primera
zona una calle decente. Atraviesa la Ronda y se convierte en
despeñadero, rodeado de casuchas que parecen hechas con amasada ceniza.
Después no es otra cosa que una sucesión de muladares, forma intermedia
entre la vivienda y la cloaca. Chozas, tinglados, construcciones que
juntamente imitan el palomar y la pocilga, tienen su cimiento en el lado
de la pendiente. Allí se ven paredes hechas con la muestra de una tienda
o el encerado negro de una clase de Matemáticas; techos de latas
claveteadas; puertas que fueron portezuelas de ómnibus, y vidrieras sin
vidrios de antiquísimos balcones. Todo es allí vejez, polilla; todo está
a punto de desquiciarse y caer. Es una ciudad movediza compuesta de
ruinas. Al fin de aquella barriada está lo que queda de la antigua
Arganzuela, un llano irregular, limitado de la parte de Madrid por
lavaderos, y de la parte del campo por el arroyo propiamente dicho. Este
precipita sus aguas blanquecinas entre collados de tierra que parecen
montones de escombros y vertederos de derribos.

La línea de circunvalación atraviesa esta soledad. Parte del suelo es
lugar estratégico, lleno de hoyos, eminencias, escondites y burladeros,
por lo que se presta al juego de los chicos y al crimen de los hombres.
Aunque abierto por todos lados, es un sitio escondido. Desde él se ven
las altas chimeneas y los ventrudos gasómetros de la fábrica cercana;
pero apenas se ve a Madrid. Hay un recodo matizado de verde por dos o
tres huertecillas de coles, el cual sirve de unión entre la plaza de las
Peñuelas y la Arganzuela. En este recodo el transeúnte cree encontrarse
lejos de toda vivienda humana. Sólo hay allí una choza guardada por un
perro, dentro de la cual un individuo, al modo de gitano, cuida los
plantíos de coles.

Pues bien: por este paso, que se llama la Casa Blanca, los valientes
muchachos se corrieron desde las Peñuelas a la Arganzuela, lugar que ni
hecho de encargo fuera mejor para descalabrarse a toda satisfacción.

¡Zas, zas!, iban y venían los pedruscos del campo del _Majito_ al campo
de _Zarapicos_ y viceversa. Ocupaba el primero, como hábil capitán, las
alturas sinuosas, y los desalmados del bando contrario se dispersaban
por el llano, al borde de los charcos verdosos. Habíalos seguido el
pavo, y colocándose en lugar seguro, de donde dominar pudiera la
perspectiva del campo de batalla, les animaba con sus guerreros toques a
degüello. Más enfurecidos ellos cuanto mayor era el número de los que se
retiraban contusos, se atacaban con creciente furor. Estaban rojos. Sus
brazos, al parecer descoyuntados, elásticos, flexibles como una banda de
cuero, funcionaban con aterradora prontitud. Ni _Zarapicos_ se acordaba
ya de los matacandiles, ni _Gonzalete_ de los alfileres. Morir matando
era su ilusión. Estaban ebrios, y los más intrépidos se reían de los
pucheros de los desanimados...

De improviso hubo entre los combatientes de uno y otro ejército un
movimiento de sorpresa. Oyose una voz, dos, veinte, que dijeron
«_¡Pecado!_», y cien ojos se volvieron hacia el barranco. Por él venía,
descendiendo a saltos, un muchacho fornido, rechoncho, tan mal vestido
como los demás, el cual a cada paso lanzaba una interjección y amenazaba
con el puño. Era el gallito del barrio, el perdonavidas de la partida,
capitán de gorriones, bandolero mayor de aquellos reinos de la
granujería, angelón respetado y temido por su fuerza casi varonil, por
su descaro, por su destreza en artes guerreras y de juego. Así no hubo
en el cotarro uno solo que no temblara al oírle gritar: «¡Estarvus
quietos!.., ¡vus voy a reventar!...».


=--III--=

Detuviéronse las manos ardientes que empuñaban la piedra, y todos le
miraron. Fundábase la superioridad de _Pecado_ en la fuerza, de donde
venía la justicia, es decir, que solía dirimir contiendas de chicos,
unas veces a trompada limpia y otras con atinadas y comedidas razones,
aunque todo hace creer que el primer argumento era el que con más
frecuencia usaba.

«¿Por qué vos zurráis?»--preguntó ceñudo, tremendo.

_El Majito_ había salido a su encuentro. _Pecado_ era para él más que un
amigo, un protector, un maestro amado. Al verle, todo aquel valor
homérico de que dio pruebas en la altura, se trocó en llanto de
desconsuelo, cosa natural en chicos, cuya rabia se deshiela en lágrimas,
y haciendo pucheros que desfiguraban su hermosura, exclamó:

«Picos..., mi sombrero... Yo soy _Plim_.».

En vez de llorar, el desvergonzado _Zarapicos_ se echó a reír como un
sátiro. Con inflamados ojos miró _Pecado_ su querido ros en la cabeza de
aquel monstruo de la rapacidad, y poniéndose los brazos en jarra, habló
así:

«¿Sabes lo que te digo?..., que si no sueltas el ros te reviento a
patás.

--¡Ladrón!»--chilló _el Majito_, sintiéndose otra vez más valiente por
la presencia de Mariano.

Al oírse llamar con nombre tan infamante, _Zarapicos_, que era un rapaz
honrado, aunque pobre, no pudo contener el ímpetu de su ira, y echando
la mano al cuello del insolente _Majito_, le derribó en tierra,
diciendo:

«¡Figuerero!..., ¡coles!, ¡te deslomo!».

Pero _el Majito_ supo reponerse, sacudirse, levantarse, y, una vez en
pie, sus manos alzaron un canto tan grande como medio adoquín.

«Suéltalo»--le dijo prontamente _Pecado_ con voz y gesto de prudencia.

_El Majito_ soltó la piedra refunfuñando feroces amenazas de asesinato.
Volviéndose a los desvergonzados comerciantes, _Pecado_ les dijo con
imperioso ademán, en que había tanta energía como orgullo:

«Dirvos.

--No nos da la gana.

--Dirvos, digo.... y venga mi sombrero.

--Miale, miale... ¿Te quieres callar? El sombrero es mío».

Al oír _Pecado_ una afirmación tan contraria a los sagrados derechos de
propiedad, no se pudo contener más. Huyó de su corazón la generosidad,
de su espíritu la prudencia, y arremetió a _Zarapicos_ con tal empuje
que este dio algunos pasos atrás, y habría caído en tierra si no fuera
también un muchachote robusto. Lucharon, ¡ay!, con varonil fiereza. Las
bofetadas se sucedían a las bofetadas, los porrazos a los porrazos. De
cada golpe se inflaba un carrillo. Trabados al fin de manos y brazos,
cayeron rodando. _Zarapicos_ debajo, _Pecado_ encima. _Pecado_ vencía, y
machacó sobre su víctima con ferocidad. El niño rabioso supera en
barbarie al hombre. ¿Habéis visto reñir a dos pájaros? El tigre es un
animal blando al lado de ellos.

Bien molido estaba _Zarapicos_, cuando acercó a coger entre sus dientes
un dedo de _Pecado_. ¡Oh! ¡Con qué inefable delicia apretó las quijadas!
Mariano dio agudísimo grito, y saltó como gallo herido. El otro se
levantó. Su rostro era un conjunto de dolor, de vergüenza, totalmente
embadurnado de fango y lágrimas. Al mismo tiempo reía y lloraba.
_Pecado_ se cegó; no veía nada; llevó la mano a la cuerda que sujetaba
sus calzones a la cintura. La última injuria que cambiaron fue referente
a sus respectivas madres. Cuando nada inmundo les queda por decir,
arrojan aquel postrer salivazo de ignominia sobre la cuna que poco antes
les ha mecido.

«Tu madre es una _acá_ y una _allá_.

--Tu madre es esto o lo otro».

_Pecado_ no dijo ni oyó más; sacó de la cintura una navajilla,
cortaplumas o cosa parecida, un pedazo de acero que hasta entonces había
sido juguete, y con él atacó a _Zarapicos_. Del golpe, el infeliz
chiquillo cayó seco.

¡Hombres ya!

Silencio terrorífico. Los muchachos todos se quedaron yertos de miedo.
Al principio no comprendían la realidad abominable del hecho. Cuando la
comprendieron, los unos echaron a correr llevados de un compasivo
horror; los otros rompieron a llorar con ese clamor intenso, sonoro,
dolorido, que indica en ellos la intuición de las grandes desdichas.

Aquello no era una travesura; era algo más. Aquello de que estaba
manchado _Zarapicos_ no era el almagre de que se pintaban alguna vez
para jugar; era sangre, ¡sangre! _Zarapicos_ no jugaba al muerto; no
hacía gestos para hacer reír a sus compañeros; no decía con voz doliente
¡madre! para representar una comedia; era que se moría realmente...
Temblando, pálido y siniestro, con los ojos secos, sin tener clara idea
de su acción, _Pecado_ arrojó el arma que había sido juguete. El
instinto le mandaba huir, y huyó.

Alborotose en un instante el barrio de las Peñuelas. Salieron todas las
mujeres a la calle, gritando, algunas con el cabello a medio peinar. Los
hombres corrían también. La Guardia Civil, que tiene su puesto en la
calle del Labrador, se puso en movimiento; y hasta un señor concejal y
un comisario de Beneficencia, que a la sazón paseaban por el barrio
eligiendo sitio para el emplazamiento de una escuela, corrieron al lugar
del atentado. ¡Horror y escándalo!

Las mujeres clamoreaban alzando al cielo sus manos; los hombres gruñían;
_la Sanguijuelera_ misma salió de su tienda a buen paso, medio muerta de
terror y vergüenza, y por todas partes no se oía sino: «_Pecado_,
_Pecado_».

La Arganzuela se llenó de gente. Unos corrían en busca del juez; otros
decían que el juez no le encontraría vivo; los más hablaban de llevarle
a la Casa de Socorro, y todos decían: «¡_Pecado_!».

Vino corriendo el boticario con árnica y vendajes, diciendo también:
«¡_Pecado_!». El concejal, seguido del comisario de Beneficencia (que
por ser hombre muy grueso no podía seguirle aprisa), hacía, siguiendo a
la multitud, las consideraciones más sustanciosas sobre un hecho que, si
bien algo extraordinario, no era nuevo en los anales de la criminalidad
de Madrid.

«Van siete casos de esta naturaleza en diez años--decía el comisario de
Beneficencia, harto sofocado, por ser poco compatibles su gordura y la
celeridad del paso.

--Terrible es el matador hombre; pero el matador niño, ¿qué nombre
merece?... Dicen que este tiene trece años.

--¡Qué país!

--¡Pero qué país!

--En Málaga son frecuentes estos casos.

--Y en Madrid lo van siendo también.

--¡Y nos ocupamos de escuelas! ¡Presidios es lo que hace falta!

--Escuelas penitenciarias, o cárceles escolares... Es mi tema».

Cuando llegaron al sitio de la catástrofe, los dos señores, dignísimos
representantes de lo más meritorio y venerable que hay en los pueblos
modernos, se echaron recíprocamente el uno sobre el otro estas
dramáticas exclamaciones:

«¡Esto es espantoso!

--Esto parte el corazón

--Escuelas, Sr. de Lamagorza.

--Presidios, Sr. D. Jacinto.

--Yo digo que jardines Froebel.

--Yo digo que maestros de hierro que no usen palmeta, sino fusil
Remington.

--Pero qué, ¿se lo llevan ya?

--No está muerto; pero parece grave.

--¡Golpe más bien dado!--murmuró un chulo--. Ese chico es de _buten_.

--¡Vaya, que la madre que parió tal patíbulo!--apuntó una de estas que
llaman del partido.

--El asesino, el asesino, ¿dónde está?--gritó el concejal dándose gran
importancia, y brujuleando en la muchedumbre con fieros ojos--.
Guardias, busquen ustedes al criminal... ¡Qué País!... Pero guardias...,
los del Orden Público, ¿dónde están?».

Pero ya la Guardia Civil había comenzado sus pesquisas. Los chicos, que
en estas cosas suelen ser más diligentes que los hombres, indicaban la
dirección que siguió _Pecado_ en su fuga. Las opiniones eran diversas.
Unos decían que se había refugiado en la Quinta de la Esperanza; otros
que había tomado por la vía férrea adelante. Un naranjero, que con su
comercio portátil de naranjas, cacahuetes y caramelos largos, se había
acercado al lugar de la pelea, aseguró haber visto al matador saltar la
tapia de una corraliza inmediata a las huertecillas de coles y acelgas
que rodean el arroyo. Fundada era la declaración del naranjero.
Acercáronse hombres y mujeres a la corraliza; unos empinándose sobre la
punta de los pies, otros subiéndose a una piedra, miraron por encima de
las bardas de adobes, y vieron al terrible chico tratando de esconderse
en un ángulo. _Pecado_ miró con receloso espanto la hilera de cabezas
que en el borde de la tapia se le aparecía, y ante aquella visión de
pesadilla se sintió domeñado, aunque no cobarde. Terrible coro de
amenazas e injurias brotó de aquella fila de bocas, y más de cincuenta
brazos se extendían rígidos por encima de la tapia. Pero el alma de
_Pecado_ se componía de orgullo y rebeldía. Su maldad era todavía una
forma especial del valor pueril, de esa arrogancia tonta que consiste en
querer ser el primero. El estado casi salvaje en que aquella arrogancia
crecía, trájole a tal extremo. De esta manera, un muñeco abandonado a
sus instintos llega a probar el licor amargo de la maldad y a saborearlo
con infernal delicia. A _Pecado_ se le conquistaba fácilmente con
hábiles ternuras. Era tan bruto, que _el Majito_ mismo, con un poco de
mimo y otro poco de esa adulación que algunos chicos manejan como nadie,
le tenía por suyo. Pero de ningún modo se le conquistaba con la fuerza.

Así, cuando vio aquel cerco de semblantes fieros; cuando se vio
amenazado por tantas manos e injuriado por tantas lenguas, desde la
provocativa de las mujeronas hasta la severa y comedida del guardia
civil; cuando notó la saña con que le perseguía la muchedumbre, en quien
de una manera confusa entreveía la imagen de la sociedad ofendida,
sintió que nacían serpientes mil en su pecho, se consideró menos niño,
más hombre, y aun llegó a regocijarse del crimen cometido. Cosas tan
tremendas como desconocidas para él hasta entonces, la venganza, la
protesta, la rebelión, la terquedad de no reconocerse culpable,
penetraron en su alma. Por breve tiempo la ocupaba el miedo, y lágrimas
de fuego escaldaban sus mejillas; pero pronto la ganó por entero el
instinto de defensa. Entrevió, como un--ideal glorioso, el burlar a toda
aquella gente, escapándose y aumentando el daño antes causado con otros
daños mayores.

Esta era la situación moral de _Pecado_ cuando el comisario de
Beneficencia, llevado de un celo que nunca será encomiado bastante, se
empinó como pudo sobre una piedra, y asomando la cabeza y hombros por
encima de la tapia, dirigió al criminal su autorizada y en cierto modo
paternal palabra, diciendo:

«Mequetrefe, sal pronto de ahí, o verás quién soy».

¡Cuánto habría dado el criminal por que cada mirada suya fuera una
saeta! Quería despedir muertes por los ojos. Cogió un ladrillo, y
apuntando a la por tantos títulos respetabilísima cabeza del apóstol de
la Beneficencia oficial, lo disparó con tan funesta puntería, que el
buen señor gordo gritó: «¡Carástolis!», y estuvo a punto de caer
desvanecido. Testigos respetables dicen que en efecto cayó.

¡Víctima ilustre ciertamente!

¿Nos atrevemos a decir que la agresión inicua y casi sacrílega de que
había sido objeto el señor comisario, provocó algunas sonrisas y aun
risotadas entre aquella gentuza, y que hubo quien entre dientes dijo que
había tenido el chico la mejor sombra del mundo?... Digámoslo, sí, para
eterno baldón de la clase chulesca.

_Zarapicos_ fue llevado en gravísimo estado a la Casa de Socorro, y la
nueva víctima pateaba y rabiaba de ira al sentir el dolor de su frente y
ojo, y al verse manchada de sangre aquella mano benéfica que sólo para
alivio de los menesterosos existía.

«¡Guardias, guardias, reventad a ese miserable!... ¡Vaya un monstruo!...
¡Carástolis! ¡Ay!, ¡ay! Sr. Lamagorza, este truhán me ha matado... ¡Qué
país!, ¡qué país!».

Alguien apoyaba por allí cerca estas sentidas razones con otras
igualmente enérgicas, que revelaban una indignación fulminante. Era el
pavo, que avanzó haciendo la rueda y arrastrando las alas hacia el señor
comisario herido. En tanto _Pecado_, rápido como el pensamiento, se
subió al cobertizo y se dejó caer en el arroyo por una vertical de más
de cinco metros, deslizándose por la escabrosa superficie de tierra.
Dieron vuelta hacia la otra parte los guardias y el público para
cogerle; pero él se escurrió por el borde del arroyo, metió los pies en
el agua cuando le faltó el terreno, y buscó un refugio en el agujero
negro de la alcantarilla por donde aquella agua blanquecina y nada
limpia desembocaba.

«Que le cojan ahora--dijo una mujer del pueblo, que después de la
descalabradura del señor comisario, simpatizaba, ¡oh vilipendio!, con el
criminal.

--¡Que venga la guardia de la alcantarilla!»--exclamó el concejal
inflamado de coraje.

Los guardias civiles y los de Orden Público trataron de remontar el
arroyo; pero venía muy crecido. Peligraba el lustre de las botas y aun
las botas mismas.

«¿Quién pesca ahora a ese condenado?

--Hay una reja que no le dejará internarse. Ha de estar a cuatro o cinco
varas de la boca».

Miraban todos y no le veían. Un guardia civil arriesgó las botas,
acercándose a la boca. Llevaba fusil.

«Allí está--gritó--. Le veo los ojos».

El guardia distinguía dos luceros en la obscuridad. Desde allí _Pecado_
atisbaba a sus perseguidores con cierta serenidad provocativa.

«¡Granuja!--gritó el civil--, sal de ahí o te hago fuego.

--¡Fuego, fuego!»--clamó a lo lejos la voz del comisario, a quien
piadosas chulapas ponían una venda.

_Pecado_ había entrado con ánimo de no parar hasta verse en lugar
seguro, aunque tuviera que ir a las entrañas de la tierra. Pero la
obscuridad y el espanto de aquel sitio acongojaron su corazón, aún no
suficientemente varonil para arrostrar ciertos lugares. Se detuvo; viose
entre dos especies de muerte, y vaciló... Le consolaba que los guardias
no podían entrar a cogerle. ¿Y si le hacían fuego?... Entonces se achicó
tanto, que volvió a ser niño y a tener miedo. Dirigió la mente a ciertas
ideas confusas de su tierna niñez; pero aquellas ideas estaban tan
borradas, tan lejanas, que poco o ningún alivio encontró en ellas. De
Dios no quedaba en él más que un nombre. Era como un rótulo escrito
sobre un arca vacía, de la cual, pieza por pieza, han ido sacando los
ricos tesoros. Nada sabía; su tía le hablaba poco de Dios, y el maestro
de escuela le había dicho sobre el mismo tema mil cosas huecas que nunca
pudo comprender bien. Las nociones de su tía y las palabras del maestro
se le habían olvidado con el penoso trabajo del taller de sogas y
aquella vida errante de juegos, raterías y miseria.

Sin saber cómo, este orden de ideas llevole a reconocerse culpable. Algo
chillaba dentro de él que se lo decía. Era criminal, y sus perseguidores
tenían razón en perseguirle, y aun en matarle atándole en un palo y
estrangulándole. Esto le hizo estremecer de espanto, ¡a él que había
visto una y otra ejecución en el Campo de Guardias sin conmoverse!...
Pero aunque se reconoció bien perseguido, su orgullo estaba allí para
aconsejarle no entregarse... ¡Fuera miedo!... Desgraciadamente para él,
estos fieros pensamientos se aplacaban con el agotamiento de las fuerzas
físicas. Estaba cansado; en todo el día no había comido más que el
currusco de pan que le dio su tía al ir al trabajo. ¡Y había dado tantas
vueltas a la rueda en el aposento obscuro del soguero!... ¡Y corrió
tanto después para ir desde la calle de las Amazonas a su casa!...
¡Tenía un hambre tan atroz y una sed!...; sobre todo, una sed de padre y
muy señor mío. A estas insufribles molestias se unió el frío. Sus pies
desaparecían en el agua, y desde lo interior del cañón de ladrillo venía
un aliento glacial que le empujaba hacia afuera. ¿Qué haría?

Determinose entonces en él ese fenómeno de observación retrospectiva que
suele acompañar a las situaciones de gran perplejidad. El espíritu
turbado abandona el palenque de la duda, y se refugia en los hechos que
han precedido inmediatamente a la situación terrible. Espantose de no
haber previsto lo que le pasaba, y comparo la serenidad de la mañana con
el apuro y desasosiego de la tarde. ¡Qué lástima haber vivido aquel
día!... ¡Qué lejos estaba de que iba a cometer barbaridad tan grande! No
había ido con gusto al trabajo por ser domingo. Nunca iba con gusto,
porque él daba a la rueda y su tía cobraba. Pero al fin, con gusto o sin
él, allá fue tranquilo, pensando en que por la tarde se divertiría en el
Canal o en la Arganzuela. Había estado toda la mañana esperando con
mucho anhelo la hora de soltar el trabajo. Contaba los segundos por las
vueltas de la odiosa rueda. Creíase motor del misterioso reloj del
tiempo. Dale que le dale, había llegado al fin la hora, y la manivela,
que para él era parte de sus propias manos, se había quedado sola en el
taller, quieta y muda.

Sin decir adiós al maestro, porque el maestro no le saludaba a él a
ninguna hora, _Pecado_ había salido y bajado a saltos por la Ribera de
Curtidores.

Aún le parecía ver los puestos rastreros y las manos recogiendo
cachivaches. Era día de toros. Aquellos barrios estaban muy animados.
Todo lo recordaba perfectamente; todo lo veía, como si lo tuviera
delante, revivido a sus ojos en la obscuridad de su escondite. Se
acordaba de que, al llegar a la Ronda, le había detenido el paso un
perezoso carromato de cinco mulas, de esos que no acaban de pasar nunca.
El muchacho, impaciente y atrevido, atravesó por debajo de la panza de
una de las mulas, que por más señas era torda. Después vio un entierro;
luego encontró a dos chicas del barrio que le dieron un cacahuet, y
él..., él las había administrado un par de nalgadas a cada una, porque
eran muy bonitas... Representábase luego la llegada a su casa; recordaba
que su tía, antes de darle de comer, le había anunciado el hurto del
ros, y que él, sin poderse contener al oír tan atroz noticia, abandonó
la comida, y subiendo otra vez a la Ronda, se lanzó por el barranco
abajo en busca de la cuadrilla. Lo demás, por ser más reciente y
desagradable, se le representaba con matices aún más vivos. El
ensangrentado cuerpo de _Zarapicos_ no se quitaba ya de delante de sus
ojos... Su orgullo y sus malos instintos rebuscaban todos los sofismas
del egoísmo para producir una reacción; pero si estos ganaban algún
terreno, al punto lo perdían. Los sofismas hacían grandes esfuerzos por
destruir la hermosa flor del arrepentimiento; pero cuantas más hojas le
arrancaban, más lozanas las echaba ella.

«¡Date, date, canallita!--gritó el guardia--, o te dejo seco».

_Pecado_ miró al guardia. No, no se entregaría. Antes morir que
entregarse. Eso de que le llamaran canallita, le exasperaba... Vislumbró
el presidio, como en sus sueños infantiles había vislumbrado otras veces
el Cielo... Pero si el hambre y la sed le devoraban, ¿qué podía hacer
más que entregarse? Y el guardia aquel era precisamente un hombre a
quien Mariano admiraba mucho por su gallardía y su simpático rostro. Se
llamaba Mateo González, y servía en el puesto de la calle del Labrador.
_Pecado_ le imitaba en el modo de andar. En sus sueños de ambición, no
se le ocurría jamás ser general, ni obispo, ni banquero, ni comerciante
famoso, sino ser Mateo González.

Este, que era ladino, tuvo una idea feliz. _Pecado_ le vio desaparecer,
y por un momento tembló de alegría. Pero no le dio tiempo el guardia a
regocijarse, porque otra vez apareció por el arroyo adelante. En vez de
fusil, traía dos naranjas en la mano derecha.

«¡Eh, Marianín!--gritó inclinándose para verle mejor y mostrarle lo que
llevaba--. Sal; no seas tonto. No te haremos nada... ¿Ves? Si sales, te
doy estas dos naranjas».

_Pecado_ dio un salto hacia fuera y se arrojó en brazos del guardia.

«¡Ah tunante...!»--dijo este con alegría, echándole la zarpa al cuello y
dejándose arrebatar las naranjas.


=--IV--=

Consagremos un recuerdo de consideración y lástima, en el último renglón
de esta tragedia, al digno señor comisario de Beneficencia, autor de
tantos y tan hermosos expedientes. Él solo sería capaz, si le dejaran,
de elevar en pocos años a una altura increíble, dentro de los archivos
nacionales, esos grandiosos monumentos papiráceos en que se cifra
nuestra bienandanza. Sería preciso tener corazón de estuco para no
afligirse al verle descalabrado, con la mano en la frente y esta ceñida
por un pañuelo, corriendo en coche simón hacia la Casa de Socorro de la
calle de Embajadores, donde por la noche se vistió de la luz de los
serafines el pobrecito _Zarapicos_.

_La Correspondencia_ recogió en el Juzgado de guardia una nota del
suceso de aquel día, y lo dio a sus lectores en un sueltecillo crudo.
Cuando lo leyeron los amigos que acompañaban al señor de Lamagorza en su
casa, y cuando este les refirió detalles del hecho, oyéronse las
exclamaciones más ardientes sobre el estado moral e intelectual del
país; se recordaron otros hechos análogos ocurridos antes en Madrid,
Valencia y Málaga, y por último se declaró con unanimidad muy
satisfactoria que era preciso hacer algo, ¡algo, sí!, y consagrar muchos
ratos y no pocas pesetas a la curación del cuerpo social. Como la prensa
alarmada acalorase el asunto en los días sucesivos, se formaron juntas,
se nombraron comisiones, las cuales a su vez parieron diversas especies
de subcomisiones; y hubo discursos seguidos de aplausos... y se lucieron
los oradores; y otros, que ávidos estaban de dar sus nombres al público,
adquirieron esa celebridad semanal que a tantos desvanece.

Tanta actividad, tanta charla, tanto proyecto de escuelas, de
penitenciarías, de sistemas teóricos, prácticos, mixtos, sencillos y
complejos, celulares y panoscópicos, docentes y correccionales, fueron
cayendo en el olvido, como los juguetes del niño, abandonados y rotos
ante la ilusión del juguete nuevo. El juguete nuevo de aquellos días fue
un proyecto urbano más práctico y además esencialmente lucrativo.
Ocupáronse de él juntas y comisiones, las cuales trabajaron tan bien y
con tanto espíritu de realidad, que al poco tiempo se alzó grandiosa,
provocativamente bella y monumental, toda roja y feroz, la nueva Plaza
de Toros.



Capítulo VII

Tomando posesión de Madrid


La noticia de la barrabasada de su hermano fue para Isidora un golpe
terrible. Precisamente, cuando supo el extraño caso, hallábase en la más
lisonjera situación de espíritu que un alma juvenil puede apetecer.
Todas sus ideas tenían como un tinte de aurora; detrás de cuanto
pensaba, creía notar un resplandor delicioso, el cual, demasiado vivo
para contenerse en su alma, salía por los sentidos afuera y matizaba de
extrañas claridades todos los objetos. Nada veía que no fuera para ella
precioso, seductor, magnífico o por cualquier concepto interesante, y
hasta un carro de muertos que encontró al salir de la casa, más que por
fúnebre, le chocó por suntuoso.

Había salido temprano a comprar varias cosillas, o si se quiere, había
salido por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible,
espejo de tantas alegrías, con sus calles llenas de luz, sus mil
tiendas, su desocupado genio que va y viene como en perpetuo paseo. Los
domingos por la mañana, si esta es de abril o mayo, los encantos de
Madrid se multiplican; crecen la animación y el regocijo; hay bulla que
no aturde y movimiento que no marea. Mucha gente va a misa, y a cada
paso halla el transeúnte bandadas de lindas pollas, de cintura bien
ceñida y velito en la frente, que salen de la iglesia, devocionario en
mano, joviales y coquetuelas.

Las campanas dijeron algo a Isidora, y entró a oír misa en San Luis, en
cuya escalerilla se estrujaba la gente. Dentro, las misas sucedían a las
misas, y los fieles se dividían en tandas. Unos se marchaban cuando
otros caían de rodillas. Allí se persignaba una tanda entera, aquí se
ponía en pie otra, y las campanillas, anunciando los diversos actos del
sacrificio, sonaban sin interrupción.

«¡Qué bueno es el Señor--pensaba Isidora delante de la Hostia--, que me
allana mi camino y me manifiesta su protección, desde el primer paso que
doy para lograr mi puesto verdadero...! No podía ser de otra manera,
porque lo justo justo es, y Dios no puede querer cosas injustas, y si yo
no fuera ante el mundo lo que debo ser, o mejor dicho, lo que soy ante
mí, resultaría una injusticia, una barbaridad...».

Y luego, cuando el sacerdote consumía:

«Bendito sea el Señor que me ha deparado la ayuda del marqués de
Saldeoro, ese caballero sin igual, fino y atento como no hay otro... ¡Y
qué hermosos ojos tiene, qué guapo es y con qué elegancia viste! Aquello
es vestirse; lo demás es taparse... ¡Qué bien habla, y cómo se interesa
por mí! Tiene razón cuando me dice: «¡Oh!, esté usted tranquila, que si
esto no se arregla por bien, como yo espero, entonces... ahí tenemos los
tribunales. ¡Es asunto ganado!». ¡Oh! Sí, los tribunales. ¡Qué bonitos
son los tribunales!... Todo será cuestión de algunos meses. Después...».

Por la mente de Isidora pasaba una visión tan espléndida, que a solas y
en presencia del sacerdote, del monaguillo y de los fieles, la venturosa
muchacha sonreía.

«No es caso nuevo ni mucho menos--decía--. Los libros están llenos de
casos semejantes. ¡Yo he leído mi propia historia tantas veces...! ¿Y
qué cosa hay más linda que cuando nos pintan una joven pobrecita, muy
pobrecita, que vive en una buhardilla y trabaja para mantenerse; y esa
joven, que es bonita como los ángeles y, por supuesto, honrada, más
honrada que los ángeles, llora mucho y padece, porque unos pícaros la
quieren infamar; y luego, en cierto día, se para una gran carretela en
la puerta, y sube una señora marquesa muy guapa, y ve a la joven, y
hablan, y se explican, y lloran mucho las dos, viniendo a resultar que
la muchacha es hija de la marquesa, que la tuvo de un cierto conde
calavera? Por lo cual de repente cambia de posición la niña, y habita
palacios, y se casa con un joven que ya, en los tiempos de su pobreza,
la pretendía, y ella le amaba... Pero ha concluido la misa. ¿Pies, para
qué os quiero?».

Y con tanta prisa y con tal desgaire bosquejaba la señal de la cruz
sobre la frente, cara y pechos, y tan atropelladamente mascullaba un
Padre Nuestro, al despedirse del santo altar, que parecía decir: «Abur,
Dios».

En la puerta, las vendedoras de flores entorpecían el paso de la gente,
y alargaban sus manos con puñados de rosas y otras florecillas,
gritando: «Un ramito de olor...». «Cuatro cuartos de rosas». Isidora
compró rosas para acompañarse de su delicado aroma por todo el camino
que pensaba recorrer. Al punto empezó a ver escaparates, solicitada de
tanto objeto bonito, rico, suntuoso. Esta era su delicia mayor cuando a
la calle salía, y origen de vivísimos apetitos que conmovían su alma,
dándole juntamente ardiente gozo y punzante martirio. Sin dejar de
contemplar su faz en el vidrio para ver qué tal iba, devoraba con sus
ojos las infinitas variedades y formas del lujo y de la moda.

¡Cuántas invenciones del capricho, cuántas pompas reales o
superfluidades llamativas! Aquí las soberbias telas, tan variadas y
ricas que la Naturaleza misma no ofreciera mayor riqueza y variedad;
allí las joyas que resplandecen, asombradas de su propio mérito, en los
estuches negros...; más lejos ricas pieles, trapos sin fin, corbatas,
chucherías que enamoran la vista por su extrañeza, objetos en que se
adunan el arte inventor y la dócil industria, poniendo a contribución el
oro, la plata, el níquel, el cuero de Rusia, la celuloide, la cornalina,
el azabache, el ámbar, el latón, el caucho, el coral, el acero, el raso,
el vidrio, el talco, la madreperla, el chagrín, la porcelana y hasta el
cuerno...; después los comestibles finos, el jabalí colmilludo, la
chocha y el faisán asados, cubiertos de su propio plumaje, con otras mil
y mil cosas aperitivas que Isidora desconocía y la mayor parte de los
transeúntes también...; más adelante los peregrinos muebles, las
recamadas tapicerías, el ébano rasguñado por el marfil, el roble tallado
a estilo feudal, el nogal hecho encaje, las majestuosas camas de
matrimonio, y por último, bronces, cerámicas, relojes, ánforas,
candelabros y otros prodigios sin número que parecen soñados, según son
de raros y bonitos.

El hechizo que estas brillantes instalaciones producían en el ánimo de
Isidora era muy particular. Más que como objetos enteramente nuevos para
ella, los veía como si fueran recobrados después de un largo destierro.
El entusiasmo y la esperanza que llenaban su alma la inducían a mirar
todo como cosa propia, al menos como cosa creada para ella, y decía:
«Con esas pieles me abrigaré yo en mi coche; en mi casa no habrá otros
muebles que esos; pisaré esas alfombras; las amas de cría de mis niños
llevarán esos corales; mi esposo..., porque he de tener esposo..., usará
esas petacas, bastones, escribanías, fosforeras, alfileres de corbata; y
cuando alguno esté enfermo en casa, se tomará esas medicinas tan buenas,
guardadas en tan lindas cajas y botecillos».

Por mirarlo todo, deteníase también a contemplar las encías con que los
dentistas anuncian su arte, las caricaturas políticas de los periódicos,
colgados en las vidrieras de los cafés, los libros, los cromos, los
palillos de dientes, las aves disecadas, las pelucas y postizos, las
condecoraciones, las fotografías, los dulces y hasta los comercios
ambulantes en que todo es _a real_.

Necesitaba comprar algo, poca cosa... Pero con el tiempo..., cuando ella
saliera de su destierro social, ¡qué gusto ir de tienda en tienda, mirar
todo, escoger, esto tomo, esto dejo, pagar, mandar llevar a casa el
objeto comprado, volver al día siguiente...! Entró en una tienda de
paraguas a comprar una sombrilla. ¡Le pareció tan barata!... Todo era
barato. Después compró guantes. ¿Cómo iba a salir sin guantes, cuando
todo el mundo los llevaba? Sólo los pordioseros privaban a sus manos del
honor de la cabritilla. Isidora hizo propósito de usarlos
constantemente, con lo cual, y con la abstinencia de todo trabajo duro,
se le afinarían las manos hasta rivalizar con la misma seda.

Después de adquirir un abanico no pudo resistir a la tentación de
comprar un imperdible. ¡Cayó en la cuenta de que le hacía tanta
falta!... Incapaz de calcular las mermas de su nada abundante peculio,
vio en los Diamantes Americanos ciertos pendientes que, una vez puestos,
habrían de parecer como nacidos en sus propias orejas. Comprolos, y no
tardó en enamorarse de un portamonedas. ¿Cómo podía pasarse sin aquella
útil prenda, tan necesaria cuando se tiene algún dinero? No había cosa
peor, según ella, que llevar las monedas sueltas en el bolsillo,
expuestas a perderse, a confundirse y a caer en las largas uñas de los
rateros. Puesto el tesoro en el flamante portamonedas, siguió viendo
cosas, y a cada instante emigraban de él las pesetas y los duros, ya
para tomar algo de perfumería, ya para horquillas, ¡de que tenía tanta
falta!, bien para una peina modesta, bien para papel de cartas, con su
elegante timbre de iniciales. Verdaderamente no se podía pasar sin papel
de cartas, ¡ni de qué servía un papel que no tuviera timbre!...

«Aún me queda bastante--dijo al regresar a su casa--para poner a Mariano
en un colegio y comprarle algo de ropa...».

Hacía cuentas mentalmente; pero las cifras sustraídas eran tan rebeldes
a su espíritu, que ni se acordaba bien de ellas, ni acordándose sabía
darles su justo valor. Como todos los gastadores (cuya organización
mental para la aritmética les hace formar un grupo aparte en la especie
humana), veía siempre engrosadas las cifras del activo, y atrozmente
flacas e insignificantes las del pasivo. Este grupo de los derrochadores
arrastraría a la humanidad a grandes catástrofes, si no lo contrapesara
el grupo de los avaros, creados por las leyes del equilibrio.

Isidora se había dejado la calderilla suelta en el bolsillo, como cosa
indigna de ocupar un departamento en los pliegues de raso del
portamonedas, y por la calle iba dando limosna a todos los pobres que
encontraba, que no eran ciertamente pocos. Eso sí: corazón más blando ni
que más fácilmente se enterneciera con ajenas lástimas y desdichas no
existió jamás. En su mano había quizás un vicio fisiológico, y decimos
vicio, porque si esta noble parte de nuestro cuerpo parece hecha para el
acto de la aprehensión, o por la aprehensión formada (que en esto hay
graves diferencias entre los doctores), la suya parecía hecha para el
acto contrario, y no habría tenido razón de ser, si el dar no existiera.

Entró en su casa tarde, cargada de compras, porque añadió a las
indicadas arriba dos cucuruchos con orejones y galletas para obsequiar a
D. José Relimpio. Con tanto paquete entre las manos se le ajaron las
rosas. Púsolas en un vaso con agua fresca, almorzó, y escribió dos
cartas, gastando en ellas, por su torpeza en la caligrafía, ocho
plieguecillos del timbrado papel, y habría gastado más si no le dieran a
la sazón la noticia del crimen de su hermano. Dejolo todo y salió
agitada, para enterarse en el Juzgado, visitar a Mariano en la cárcel y
ver el partido que debía tomar. Entonces cayó en la cuenta de que
necesitaría gastar algún dinero, y segura de tener bastante, registró
los huequecillos rojos del portamonedas, contó, revisó, pasó las piezas
de una parte a otra; pero por más vueltas que daba y trasiegos que
hacía, resultaba siempre que apenas tenía dos docenas de pesetas. ¿En
dónde estaba lo demás? ¿La habían robado?

Por un momento creyose Isidora víctima de los infinitos timadores que
hormiguean en Madrid; pero repasando las compras y estableciendo por la
fuerza incontrastable de la Aritmética, que a veces se impone a sus
mayores enemigos, la realidad de las cifras, hizo liquidación neta de
todo y declarose ratero de sí misma. Su siempre viva imaginación veía
las monedas que había tenido, la media onza, la pieza de a cuatro, los
tres duros algo anticuados y por lo mismo más valiosos. ¿En dónde
estaban? Poco a poco fue recordando que la primera había caído en tal
tienda, la segunda más allá, y que a ocupar su lugar venían pesetas
gastadas y algún duro flamante que parecía de lata. Cuando el manirroto
suelta las monedas, le queda en el alma, a la manera de un dejo
numismático, cierta creencia de que no las ha soltado, y conserva la
idea o imagen de ellas, y no se convence de su error hasta que la
necesidad le impele a trazar una cuenta. Entonces vienen los ceñudos
números cargados de lógica y ponen las cosas en su lugar.

Nada sacó en limpio Isidora de las diligencias de aquella tarde, sino un
nuevo gasto en coches y tranvías. Acompañábala D. José Relimpio, el cual
mostró tales deseos de fumar, que Isidora, sensible a esta necesidad
como a todas, le obsequió con un paquete de puros de a medio real.
Cuando regresaron, ella desalentada y pesarosa, él tieso y humeante, D.ª
Laura recibió a su digno esposo con endemoniado gesto, y le dijo:

«Quita allá; vicioso... Ya tenemos la chimenea encendida. ¡Contenta me
tienes! Tú, con mirarte al espejo y chupar el maldito coracero, crees
que no hace falta nada más. Mejor trabajaras...».



Capítulo VIII

Don José y su familia


=--I--=

A la mano se viene ahora, reclamando su puesto, una de las principales
figuras de esta historia de verdad y análisis. Reconoced al punto el
original del retrato exacto y breve trazado con tanta destreza por
Isidora. El bigotito de cabello de ángel, de un dorado claro y húmedo;
los ojos como dos uvas, blandos y amorosos; la cara arrebolada, fresca y
risueña, con dos pómulos teñidos de color rosa, marchita; el mirar
complaciente, la actitud complaciente, y todo él labrado en la pasta
misma de la complacencia (barro humano, del cual no hace ya mucho uso el
Creador), formaban aquel conjunto de inutilidad y dulzura, aquel
ramillete de confitería, que llevaba entre los hombres el letrero de
José de Relimpio y Sastre, natural de Muchamiel, provincia de Alicante.
Rematemos este retrato con dos brochazos. Era el hombre mejor del mundo.
Era un hombre que no servía para nada.

Tenía sesenta años. Procedía de honrada y decentísima familia. Había
sido militar en sus mocedades; pero, por no servir para la milicia,
viose forzado a dejar la pesadez y estruendo de las armas. Había sido
empleado en Rentas, pero cumplía tan mal y se tomaba tan largas
vacaciones, que le despidieron de la oficina. Fue contador de un teatro,
y se arruinó la empresa. Fue asociado de un contratista de fielatos, y
por razón de su maldita amabilidad, la parte mayor de las vituallas
entraban sin pagar. Fue marido de D.ª Laura, y gastó el reducido
patrimonio de esta en varias suertes de amabilidades.

Doña Laura, mujer de áspera naturaleza, agriada por la vejez y por el
cansancio de aquella vida de tentativas penosas y sin fruto, le decía
con dramático acento:

«Hombre inútil, hombre--muñeco. El día en que me casé contigo debió el
Señor haberme llevado de este mundo. ¿Para qué sirves tú, como no sea
para comer?

--Soy tenedor de libros»--respondía D. José, satisfecho de una razón
que, a su juicio, excusaba todas las demás razones; y consideraba para
sí cuán lejos está de la mente del vulgo aquel precioso arte o ciencia
en que era maestro. Bien por su larga permanencia en oficinas, bien
porque se dedicó resueltamente a ello, lo cierto era que D. José conocía
la Partida Doble como conoció Newton las Matemáticas y Colón la Náutica.
Hay afinidades verdaderamente extrañas entre el espíritu humano y los
distintos modos del saber, y aquel que por su organización parece no
prendarse de las cosas ideales y halagüeñas, encuentra en las arideces
de la Contabilidad los mayores encantos. Habiendo dominado esta ciencia,
emprendió el escribir un tratado de ella en sus ratos de ocio, que eran
los más del año, y si no lo dejara a la mitad, habría sido un monumento
de la humana sapiencia. Sobre cada parte de la Teneduría tenía escritos
substanciosos tratados, y era de ver con qué inspirada sagacidad
explicaba la _Banca en comisión_, las _Cuentas de Resaca_, la _Gruesa
ventura a cobrar_, las _Fianzas_ y _Avales_, los _Depósitos_ y
_Mercaderías_. Suspendió el trabajo al llegar a ocuparse del precioso
tema de _Mi cuenta_, _Su cuenta_ y _Cuenta común_, y es lástima que en
tan interesante punto lo suspendiese.

Lo extraño era que siendo D. José poseedor de los más escondidos
secretos de la Contabilidad, no tuviera nada que contar. El movimiento
de sus fondos y el manejo de la casa no merecían que se emplease en
ellos una gota de tinta; pero D. José, que tratándose de hacer números
iba siempre más allá de las necesidades, tenía en su cuarto el libro
_Mayor_, el _Diario_, el _Diario provisional_, el _Mayor de mercancías_,
el de _Caja_, el de _Cuentas corrientes_, el de _Efectos a cobrar_, el
de _Facturas_, y otros voluminosos mamotretos, en cuyas hojas ponía más
números que arenas tiene el mar, sin que la familia supiese qué
sustancia sacaba de ello.

Pero lo que más a D.ª Laura enfurecía era que, con ser viejo y cascado,
se mirase tanto al espejo. En efecto; además de que en su cuarto, a
solas, se pasaba las horas muertas mirándose, no entraba en pieza alguna
donde hubiese un espejillo sin que, ya con disimulo, ya sin él, se
echase una visual para examinar su empaque, y atusarse después el
bigote, o poner mano en los contados cabellos que venían flébiles y
pegajosos, desde la nuca, a tapar el gran claro de la coronilla.

«Eso es, mírate bien--le decía D.ª Laura--, para que no te olvides de
esa cara preciosa. ¡Lástima que no vengan los pintores a sacar tu figura
de gorrión mojado!».

Don José se reía con esto. ¡Era tan bueno!... Si la miel es condición y
substancia precisa en la naturaleza del hombre, aquel era, más que
hombre, un merengue andando. Riendo decía a su cara consorte:

«No todos tenemos la suerte de conservarnos como tú, que estás tan
hermosa y frescachona como cuando te conocí.

--Calla, Sardanápalo.

--La verdad por delante. Todavía, todavía... Vamos, que alguien daría un
resbalón.

--Quita, quita--clamaba la señora con expresión de asco--. ¿Me tomas por
esas...?».

Don José había sido un galanteador de primera. No lo podía remediar:
estaba en su naturaleza, en su doble condición de tenedor de libros y de
galán joven, y así, ya casado y viejo, no veía mujer bonita en la calle
sin que la siguiera y aun se propasase a decirle alguna palabreja. Entre
sus amigos, solía llevar la conversación desde los temas trillados a los
motivos de amor y aventuras; y todo se volvía almíbar, hablando de pies
pequeños, de tal pantorrilla hermosa, vista al subir de un coche, de una
mirada, de un gesto. Las aventuras no pasaban generalmente de aquí y
eran pura charla, porque su timidez le ponía grillos para pasar a cosas
mayores.

Pero aun en aquellos días de vejez y decadencia, cuando salía a tomar el
sol, embozado en su raída capita, iba a los lugares más concurridos de
muchachas guapas. Si topaba con alguna que fuese sola, se aventuraba a
seguirla con su paso vacilante, sin malicia, sólo por _rutina del
oficio_, como solía decir; y siempre que en sitio y ocasión de
apreturas, como parada militar y procesión de Corpus, se hallaba en
contacto inmediato con alguna beldad, el alma se le salía a los labios,
toda acaramelada y jaleosa, para decir: «¡Cómo me gusta usted,
señora!... ¡Vaya una real moza!... Dichoso el mortal que tal posee».

Este libertino platónico era tío de Isidora en tercer grado, por ser
primo segundo de Tomás Rufete; y además la había sacado de pila. La
había visto nacer y crecer, y desde aquellos tiempos había profetizado,
con la seguridad de un conocedor profundo en teneduría de destinos
humanos, que la niña sería una hermosa mujer, quizás elegante y famosa
dama. ¡Cuánto se alegró de volver a verla ya crecida, y cuánto
compadeció sus desgracias, y con qué puro interés se ofreció a ella para
servirla en todo lo que hubiese menester!

La familia Relimpio vivía pobremente, porque D. José, con ser tan
maestro en números, no había sacado de ellos ninguna sustancia. Doña
Laura conservaba una casa y una viña en Dolores, que le daban mil reales
al año. Las niñas trabajaban para las camiserías. Tenían máquina, y
cosiendo noche y día, velando mucho y quedándose sin vista, allegaban de
cinco a siete reales diarios. Melchor, el varón, no había llevado hasta
entonces un solo céntimo a la casa, como no fuera el caudal inmenso de
ilusiones y proyectos; pero la familia fundaba en él grandes esperanzas.
Melchor, recién salido del vientre de la madre Universidad, tan desnudo
de saber como vestido de presunción, había de ser pronto un personaje,
una notabilidad. ¿No lo eran otros? Este era un punto inconcuso, el
axioma de la familia, pues no hay familia que no tenga algún axioma.

Para pagar con desahogo la casa, la familia tenía que ceder un gabinete
a caballero decente, sacerdote, o señora viuda sin hijos. Durante tres
años proporcionáronle este alivio distintos sujetos. Vacó dos meses el
gabinete, hasta que vino Isidora, y con ella los cuatro reales diarios,
y a más los ocho de la comida. Sin este refuerzo la hacienda de Relimpio
se habría resentido bastante.

Pero las cosas vienen según Dios quiere, y no según nuestro gusto y
conveniencia, y Dios quiso que a Isidora se le acabase el dinero, para
lo cual le inspiró aquel desordenado apetito de compras, antes
mencionado. Él se sabría los motivos de esto. Doña Laura, que gustaba de
meterse a descifrar los designios del Ordenador de todas las cosas,
decía que este le había mandado a Isidora, como una plaga de Egipto,
para probar su paciencia.

En suma, la de Rufete se quedó sin un cuarto, y su tío el Canónigo
mostraba la mayor pachorra del mundo para enviarle fondos. ¡Ay!, esa
gente de provincias cree que una onza es un millón. ¡Un mes llevaba la
pobre de grandes apuros, haciendo diligencias inútiles en pro de su
hermano, que en la cárcel seguía, y privada de todo, viendo tantas cosas
bonitas sin poder comprarlas! Cumplido el vencimiento del hospedaje, no
sólo no pudo pagar el dinero del gabinete ni los ocho reales de la
comida, sino que, por añadidura, tuvo que pedir prestada cierta cantidad
a D.ª Laura. Diósela esta con el gesto menos gracioso que se puede
imaginar; pero la esperanza de un nuevo envío del Canónigo, a todos
consolaba. Remolón era el buen señor, y transcurrió otro mes sin que
entrase por las puertas la ansiada libranza. Áspera y recelosa D.ª
Laura, invitó a Isidora a trabajar con espaciosos argumentos. ¿No tenía
manos? ¿No sabía coser? ¿No trabajaban como negras aquellas dos
señoritas decentes, Emilia y Leonor?

Isidora era hábil en la costura y en prepararla, pero no sabía manejar
la máquina. En esto era consumada maestra Emilia, la más inteligente y
trabajadora de las dos hermanas. Había llegado a amar la máquina como se
quiere a un animal querido; conocía los secretos de su maravilloso
artificio, y había hecho de este un esclavo sumiso. Semanalmente la
engrasaba con cariño, la recorría con interés fraternal, para ver si
alguna parte o miembro de ella necesitaba reparación, y todos los días
cosía en ella con presteza increíble. Cuando llegaba la hora del reposo
la cubría y la abrigaba bien para que no le cayese polvo. Entre las dos
costureras, una de hierro y otra de carne, hacían los pespuntes más
preciosos, largos o menudos, según fuera menester. Además de esto,
Emilia, a quien inspiraba sin duda el espíritu venturoso de Elías Howe,
dominaba los mecanismos auxiliares para hacer dobladillos, enjaretar,
marcar y coser bastillas.

Don José conocía regularmente la máquina (que era la _Canadiense_ de
Raymond) y sabía prepararla; pero aunque sus hijas y su mujer le
apremiaban a todas horas para que cosiese y las ayudase, él no se daba a
partido, bien porque le parecía impropio de varón aquel trabajo, bien
porque creyera (y esto es lo más probable) que una cuenta bien llevada
aprovechaba a la familia más que todas las costuras del mundo. A él que
no le sacaran de apuntar números, de leer _La Correspondencia_, hacer
cigarrillos y charlar. Todo lo demás era ocupación denigrante. Una noche
de verano, sin embargo, en que estaba toda la familia reunida en el
comedor, como de costumbre, D. José empezó a mover la máquina.

«Papá--le dijo Emilia--, ya que no nos ayuda usted, al menos enseñe a
coser a Isidora».

Don José quería tanto a su ahijada y gustaba tanto de verse próximo a
ella, que aceptó gozoso. Las primeras explicaciones tuvieron poco éxito.
Isidora no podía comprender aquel endiablado mete y saca de hilo
superior, que por tantos agujerillos tiene que pasar hasta que lo coge
en su horadado pico la aguja, y empieza, debajo de la placa, la rápida
esgrima con el hilo interior. Se atacan con encarnizamiento, se cruzan,
se enlazan, se anudan y se retiran tiesos, para volver a embestirse
después que pasa una vigésima parte de segundo.

¡Lástima que Isidora no tuviera su espíritu aquella noche en disposición
de atender a las sabias enseñanzas de su padrino! Estaba aburridísima.
Habían pasado tres meses sin que su situación variara sensiblemente. El
Canónigo la había mandado fondos; mas eran tan escasos que, cubiertas
algunas atenciones perentorias, volvieron las escaseces y apuros.
Mariano continuaba en la cárcel, y la causa seguía adelante. El interés
que el público y la prensa habían mostrado por aquel grave suceso,
quitaba toda esperanza de arreglarlo satisfactoriamente. A estos motivos
de pena añadía la de Rufete el ningún adelanto que en tantos días había
tenido el principal y más interesante negocio de su vida, con más otras
cuitas, sobre las cuales, por tenerlas ella como en delicado secreto, no
nos atrevemos a aventurar palabra alguna. Tan distraída estaba, de tal
modo se le escapaba el pensamiento para entregarse a su viciosa maña de
reproducir escenas y hechos pasados, presentes y futuros, el habla y
figura de distintas personas, que no atendía a la lección más que con
los ojos y con un mutismo respetuoso que Relimpio tomaba por la mejor
forma de atención posible.

Empezaba el verano. El comedor, expuesto al Poniente, estaba caldeado
como un horno. Emilia y Leonor hilvanaban junto a la mesa, ya despojada
de manteles, a ratos silenciosas, a ratos charlando por lo bajo sobre
cosas que las hacían reír. Doña Laura había abierto la ventana que daba
a un denegrido patio, por donde subía el vaho infecto de una cuadra de
caballos de lujo instalada en el fondo de él; y acomodándose en un
sólido sillón que, como señora gruesa, tenía para su exclusivo uso, se
quedó dormida. En la misma mesa y en el lado opuesto al ocupado por las
dos hermanas, tenía Relimpio máquina y discípula, y sobre aquel círculo
amoroso de confianza y trabajo derramaba una colgada lámpara su media
luz, tan pobre y triste, que los que de ella se servían no cesaban de
recriminarla, achacando su falta de claridad a la escasez de petróleo, a
la falta de mecha, o bien a lo mal que la preparara la moza. Todo era
darle a la llave para subir la mecha, con lo cual se ahumaba el tubo, o
para bajarla, con lo que se quedaban todos de un mismo color. Pero sin
acobardarse por la pestilencia del petróleo ni por la penumbra de su
avara luz, seguían trabajando aquellas pobres chicas, sometidas a la ley
de la necesidad, que obliga a comprar el pan de hoy con los ojos de
mañana.

«Ahora voy a enseñarte a llenar una canilla--decía D. José--. ¿Ves este
carretillo de acero que saco de la lanzadera? Pues hay que llenarlo de
hilo, para lo cual se pone aquí, y con el mismo volante de la máquina se
le hace dar vueltas y...».

Isidora fijaba los ojos en la operación; pero ¡cuán lejos andaba su
pensamiento!

«¡Qué triste vida!--decía para sí--. La deshonra que ha echado Mariano
sobre mí me impide reclamar por ahora nuestros derechos... Parece que
Dios me desampara... Una persona me demostró interés. ¿Por qué no viene
a verme ya? ¿Qué ha pasado? ¿Qué piensa de mí?...».

«Ahora, ya que tenemos la canilla bien repleta de hilo la metemos en la
lanzadera. Ajajá. Fíjate bien en la maña con que hay que ponerla. Pif,
ya está. Ahora viene lo más delicado. De esto depende el coser bien o el
coser mal. Atiende, hija; pon aquí tus cinco sentidos. Hay que pasar la
punta del hilo por estos agujeritos, ¿ves?

--Será preciso que yo le escriba. ¿No me recomendó mi tío a él y a su
padre?... Pues le escribiré. Así no puedo vivir. ¡Qué triste es el
verano en esta tierra! Toda la gente elegante se va, y yo me quedo sola,
sin amigos, sin amparo...

--Cojo la punta del hilo, sacándola por la izquierda de la canilla, la
meto con mucho cuidado por el primer agujero, pif, ya está. Mira...
Ahora mi señor hilo tiene que meterse por el segundo agujero, pif. Muy
bien, y después allá va por el tercero. En seguida..., que no se te
olvide esta particularidad..., el hilo pasa por debajo de la uncella, y
ya está. Ahora pongo mi canillita en su puesto, enganchó el hilo de
abajo con el de arriba, para lo cual hasta dar una vuelta, y... adelante
con los faroles. Niñas, tela.

--Hace cerca de veinte días que no viene a verme. ¿Se habrá ido a
veranear sin despedirse de mí?... ¿Creerá que soy una impostora?... Esta
idea me mata.

--Ahora, bajo mi pisatela, acorto el punto, dándole una vuelta al
tornillo..., atiende bien..., y después de aflojar un poco el hilo
superior, empiezo. Anda, maquinita, que a casa vas...

--¡Qué idea me ocurre! Iré a su casa... No, eso no debe ser... Le
escribiré con cualquier pretexto... Quizás no sea preciso... El corazón
me dice que vendrá mañana... ¡Oh! Dios de mi vida, si viniera...».


=--II--=

Doña Laura dio varias cabezadas, y entre dormida y despierta, exclamó
con ira: «Siempre mirándote al espejo».

«Mujer--dijo, riendo D. José sin dejar su obra--. Si no me miro al
espejo, si estoy cosiendo...».

Las niñas sonreían. Algo azarada D.ª Laura despertaba del todo, y decía:
«No, no estaba dormida. Yo sé lo que me digo».

Había en el comedor un reloj de pared que era el Matusalén de los
relojes. Su mecanismo tenía, al andar, son parecido a choque de huesos o
baile de esqueletos. Su péndulo descubierto parecía no tener otra misión
que ahuyentar las moscas, que acudían a posarse en las pesas. Su muestra
amarilla se decoraba con pintada guirnalda de peras y manzanas. De
repente, cuando más descuidada estaba la familia, dejó oír un rumor
amenazante. Allí dentro iba a pasar algo tremendo. Pero tanta
fanfarronería de ásperas ruedas se redujo a dar la hora. Sonaron once
golpes de cencerro.

Doña Laura se levantó y las niñas dejaron la costura. La criada tomó el
dinero de la compra. Isidora desapareció, mientras Emilia guardaba la
máquina. Don José tenía la costumbre de acostarse una hora más tarde que
su señora y niñas, y esa hora la empleaba en leer _La Correspondencia_,
deleite sin el cual no podía pasar, y después de hacer cigarrillos de
papel, valiéndose de un aparato conocido, cilindro de madera lleno de
agujeritos, donde se introduce el papel liado, y se cargan y atascan
después de picadura. Echose al cuerpo el periódico, leyendo con
extremada atención las conferencias de hombres políticos, y repasando al
fin los muertos y los anuncios. Luego, mientras atarugaba la máquina de
pitillos, meditaba sobre los sucesos del día y sobre política general.
No carecía de convicciones arraigadas en materia de gobernación del
reino. Declarábase enemigo de todos los partidos; sostenía que los
españoles debían unirse para bien de la patria, y entonces se acabarían
las trapisondas y las revoluciones. Sentía por las glorias de su patria
un entusiasmo ardiente. Tres cosas le indignaban: 1.ª Que los ingleses
no nos devolvieran Gibraltar. 2.ª Que los ministros tuvieran treinta mil
reales de cesantía. 3.ª Que no se hubiera levantado un monumento a
Méndez Núñez. En aquellos tiempos, el repertorio de sus ideas se había
enriquecido con una, muy firme, que no cesaba de manifestar en todas las
ocasiones. «Nada, nada--decía--; este D. Amadeo es una persona decente».

Cuando el reloj dio las doce, retirose D. José, dejando _La
Correspondencia_ sobre la mesa, para que la leyera Melchor, que entraba
siempre alrededor de las dos. Mucho sorprendió a Relimpio, cuando se
acercó al lecho conyugal, ver a su cara mitad todavía despierta.

«¿Estás en vela, chica?--le dijo quitándose su gorrete--. Acabo de leer
el periódico... ¡Qué cosas pasan! ¡Cómo marean a ese pobre señor! Yo
sigo en mis trece; sostengo que D. Amadeo es una persona decente.

--Déjame en paz. ¡Contenta me tienes! Estoy desvelada pensando en esa...
Valiente mocosa se nos ha posado encima.

--Quia, quia, mujer. Es una huérfana...

--¿Es mi casa hospicio? Nos va a arruinar esa... Dios me perdone el mal
juicio; pero creo que acabará mal tu dichosa ahijadita. No le gusta
trabajar, no hace más que emperifollarse, escribir cartas, pasear y
lavarse. Eso sí; más agua gasta ella en un día que toda la familia en
tres meses.

--Quia, quia. Déjala que se lave. Pues también trabaja. Esta noche ha
tomado con tanta atención y empeño la lección de costura, que dentro de
poco coserá en máquina mejor que yo.

--Eres bobo, Relimpio. Esa chica tendrá mal fin. ¡Y qué humos, bendito
Dios, qué pretensiones! ¡Y qué morros nos pone a veces, después que la
estamos manteniendo! Hay que echarle memoriales algunos días para
poderle hablar.

--Es una huérfana. ¿Crees tú que el Canónigo la desamparará? No, yo no
lo creo.

--Fíate del Canónigo y no corras. Lo más gracioso..., no sé cómo me río,
es que ella está echando chispas de rabia porque no puede gastar en
bicocas... Vamos, que si esta tuviera dinero, gastaría un lujo asiático,
y tendría lacayos colorados como ese Rey...

--El cual, la verdad por delante, es la persona más decente...

--¡Ay, Isidorita, Isidorita!, me parece que usted es una buena pieza, y
el día menos pensado la voy a plantar a usted en la calle.

--¡Laura!--exclamó tímidamente D. José, ya acostado.

--Quita, quita. Fuera moscones. No nos faltara quien ayude a pagar el
alquiler. No quiero líos en mi casa.

--¿Líos...? ¡Quia!

--Líos, sí; ¿pues qué quieren decir las visitas del marqués de Saldeoro?
¿Sabes quién es ese danzante?

--Una persona decentísima, un caballero, un joven...--murmuró Relimpio
aletargándose.

--Sea lo que quiera, esas visitas me apestan. No es mi casa para estas
cosas, señorita doña Isidora. Tú, Relimpio, como eres tan alma de Dios,
no te fijas; yo sí. Ese marquesito, o lo que sea, vino aquí un día y
estuvo de visita con ella un cuarto de hora. Volvió a la semana
siguiente, y la encerrona fue más larga, ¿te enteras? Después siguió
viniendo cada tres o cuatro días. ¡Oh, cómo se le conoce en la cara a
esa berganta, cuando le espera, cuando tarda, cuando no ha de venir! Tú
eres un simple y no ves nada. Yo me he puesto detrás de la puerta a
escucharles, y les he sentido charlar muy animados, sumamente animados;
pero no he podido entenderles una sola palabra. Les he oído reír, sí,
reír mucho, pero ¿de qué...? Aquí hay algo, Relimpio; aquí hay algo».

Don José, que ya estaba, si no enteramente dormido, a punto de llegar a
estarlo, murmuró claramente estas dulces palabras, que salieron de sus
labios envueltas en una sonrisa:

«¡Y qué guapa es...!

--Quita allá, quita, esperpento. ¡Contenta me tienes!...

--Nada, mujer; decía que D. Amadeo es una persona...

--¡Quita, quita...!

--¡Quia, quia...!».


=--III--=

Las relaciones de Isidora con las hijas de su padrino, si cordiales al
principio de la vida común, fueron enfriándose poco a poco. Isidora no
disimulaba bien su idea de la inferioridad de Emilia y Leonor, ya en
posición social, ya en hermosura, buen gusto y maneras de presentarse.
Se creía tan por encima de sus primas en esto, que cuando se trataba de
prendas de vestir, de la elección de un color, flores o adorno
cualquiera, la de Rufete manifestaba a las de Relimpio un desdén
compasivo. «Estas pobres cursis--decía para sí--de despepitan por
imitarme, y no pueden conseguirlo».

Algo de verdad había en esto. Isidora tenía una maestría singular y no
aprendida para arreglarse. Con ella nació, como nace con el poeta la
inspiración, aquella facultad de sus ojos para ver siempre lo más bello,
sorprender lo armonioso y elegir siempre de un modo magistral, así como
la destreza de sus manos para colocar sobre sí misma cualquier adorno.
Poseía la rarísima afición a la sencillez, que comúnmente no se halla en
las zonas medias de la sociedad, sino que es don especial de la
civilización primitiva o de la muy refinada cultura. Las niñas de don
José, reconociendo esta superioridad, se aconsejaban de ella,
consultándole sobre todos los arreglos de trapos que hacían. Su pobreza
les vedaba ciertamente el lujo; pero como es ley que todas las clases de
la sociedad, a excepción de la jornalera, vistan de la misma manera, y
como hay un verdadero delirio en los pequeños por imitar el modo de
presentarse de los grandes (de donde resulta que la hija de un empleado
de doce mil reales apenas se distingue, en la calle, de la hija de un
prócer), las de Relimpio se emperifollaban tan bien con recortes,
desechos, pingos y cosas viejas rejuvenecidas, que más de una vez dieron
chasco a los poco versados en fisonomías y tipos matritenses.

Eran ambas agradables, y Emilia bastante bonita, de ese tipo fino,
delicado y esbelto que tanto en Madrid abunda. Largos meses vivieron con
un solo vestido bueno para las dos, un par de botinas comunes y una
pelliza blanca de invierno, de lo que resulta que cada día le tocaba a
una sola niña salir a paseo con D.ª Laura. Mas a fuerza de trabajar, de
desvelos y de casi inverosímiles economías, lograron vestirse y calzarse
ambas de la misma manera, y aun tener sendos sombreros de moda,
arreglados por ellas, bajo la inspección de Isidora, con despojos y
reliquias de otros sombreros que conseguían de balde en una tienda para
la cual trabajaban. ¿Qué mujer no tiene sombrero en los años que corren?
Sólo las pordioseras que piden limosna se ven privadas de aquel atavío;
pero día llegará, al paso que vamos, en que también lo usen. La
humanidad marcha, con los progresos de la industria y la baratura de las
confecciones, a ser toda ella elegante o toda cursi.

Con ser tipos perfectos de la miseria disimulada, las niñas de D. José
se habrían horrorizado de que se les propusiera casarse con un hábil
mecánico, con un rico tendero o con un propietario de aldea. Doña Laura
misma, hecha ya al vivir miserable, barnizado y compuesto para que no lo
pareciese, no pensaba en alianzas denigrantes. Sus ilusiones eran que
Emilia se casase con un médico, de estos chicos listos que salen ahora,
por cuya razón no veía con malos ojos las visitas de Miquis. En cuanto a
Leonor, a quien su madre suponía dotada de un talento no común, le
vendría bien un oficial de Estado Mayor, de Ingenieros, o cosa así.

En el paraíso del Teatro Real, adonde iban un par de veces por semana,
tenían estas dos niñas finas su círculo de mozuelos galanteadores y
estudiantes y empleados de esas categorías ínfimas que rayan en lo
microscópico. Ellas se daban una importancia colosal, aparentando,
particularmente Leonor, lo que ni en sueños podían tener; y como eran
agradables de cara y sueltas de lengua, muchos inocentes caían en el
lazo, y las miraban como lo granadito de la sociedad. La confusión de
clases en la moneda falsa de la igualdad.

Hablemos ahora de Melchor, honra y gala de la familia, orgullo de su
madre, y esperanza de todos, pues primero se dudara allí de los Cuatro
Evangelios que de la próxima ascensión del joven Relimpio a una posición
coruscante. ¿Cómo no, si Melchor era, según D.ª Laura, lo más selecto
del orbe en hermosura, talento y sociabilidad? Y verdaderamente, si la
figura y buen talle es la escalera por donde los humanos han de subir a
la gloria o a la riqueza, Melchor debía empinarse más que ningún otro
porque tenía la mejor fachada personal que pudiera desear un hombre. Era
el primer fruto del matrimonio de D. José con D.ª Laura, y aún decían
malas lenguas que era tresmesino, cosa que no nos importa averiguar. Su
edad no pasaba de veintiséis años. Tenía la barba negra, los ojos ídem,
el pelo ídem, el entendimiento ídem; mas su filiación era difícil en lo
tocante a la primera de estas señas personales, pues muy a menudo
variaba la ornamentación capilar de su cara; de modo que si este mes se
le veía con barba corrida, el que entra llevaba patillas; al año
siguiente aparecía con bigote solo; después con bigote y perilla, como
si quisiera inscribir en su cara, con la navaja de afeitar, la
caprichosa inconstancia de sus pensamientos.

Con ser primogénito y hombre, era el Benjamín y el niño mimado de la
casa. Todos los sacrificios parecían pocos, y se le había acostumbrado a
la humillación de sus padres ante la majestad de sus antojos. Mirábanle
D. José y D.ª Laura como un ser superior, sagrado, que por casualidad o
por misterioso intento de la Providencia, había nacido del vientre de
aquella mujer humilde. En las cuestiones con sus hermanas, siempre tenía
razón Melchor, y las niñas podían carecer de lo más preciso para que
Melchor disfrutara de lo superfluo. Doña Laura comía mal o no comía para
que su hijo fumase bien. A D. José se le negaba el vino en la mesa para
que Melchor pudiese tomar café y no hacer un mal papel entre sus amigos.
En las casas pobres suelen vestirse los hijos con la ropa desechada de
los padres. Allí, por el contrario, le hacían a D. José chaquetas de los
gabanes viejos de Melchor, y todas las corbatas de éste pasaban, después
de usadas, a decorar el cuello paterno.

El bolsillo de D. José estaba siempre más limpio que patena, porque era
hombre tan derrochador que, si allegaba algún cuarto, cometía la vil
acción de comprar castañas y sentarse a comérselas en un banco del
Retiro. Pero en el chaleco de Melchor siempre sonaba algo, aunque fuera
media docena de pesetas, reunidas por D.ª Laura, Dios sabe cómo, con mil
apuros, con el enfermizo velar de las niñas y el ahorro llevado a
límites increíbles.

Melchor había seguido la carrera de Derecho. Un chico tan sin segundo,
tan extraordinariamente dotado por Dios en talento y finura, no podía
degradarse en oficios mecánicos y bajos menesteres. Darle carrera poco
lucida habría sido contrariar sus altos destinos. Tenía doña Laura un
hermano, que era y es afamado ortopédico de Madrid, hombre que ha
labrado una fortuna en su taller. Este laborioso industrial, luego que
Melchor, de quien era padrino, llegó a los quince, quiso llevarle
consigo y enseñarle aquel honrado oficio; pero tanto D.ª Laura como D.
José consideraron esto como un insulto. ¡Melchor ortopedista, arreglador
de jorobas, corrector de hernias, fabricante de muletas y aparatos tan
feos!... Vamos, vamos, esto era monstruoso. Doña Laura oyó las
proposiciones de su hermano, no ya con indignación, sino con asco. El
joven mismo, cuando ya despuntaba en la Universidad y tenía su barniz
literario, reíase de su tío el ortopédico. Sólo la idea de ir a trabajar
con él en aquella odiosa tienda le sublevaba. ¿Cómo podían entenderse él
y su tío, él tan sabio, tan listo, llamado a sublimes destinos, y su tío
un hombre tosco y rudo que sólo sabía hacer suspensorios y cazar, un
bárbaro que llamaba _cláusulas_ a las cápsulas, y que cuando se puso el
primer tranvía hablaba de la _tripulación_ de los coches, en vez de
decir trepidación?

Salió Melchor de la Universidad hecho, como decía Miquis, _un pozo de
ignorancia_. Entre todas las ciencias estudiadas, ninguna tenía que
quejarse por ser menos favorecida; es decir, que de ninguna sabía una
palabra.

Se trató entonces de _lanzarle_. Era un bonito bajel, recién hecho y
pintado, al cual no faltaba ya más que hacerle flotar en el mar sin fin
de las ambiciones. El diputado por Monóvar le consiguió un destino en la
Dirección de Rentas Estancadas, asunto del cual Melchor entendía tanto
como de cantar la epístola. Vamos, vamos, que entraba con pie derecho.
Desgraciadamente pasó algunos años alternando entre colocaciones
miserables y calamitosas cesantías. El joven se desesperaba, viendo la
desproporción grande entre su posición real y la artificial, que se
había creado con amistades de chicos pudientes, con la necesidad de
vestir bien y sus eternas pretensiones, fomentadas sin cesar por toda la
familia.

No tenía amor al estudio, porque oía decir constantemente que el estudio
de poco aprovecha. Pero el roce con muchachos listos le había
suministrado un mediano caudal de frases hechas y de ideas de
repertorio, por lo cual no era de los más callados en los cafés.
Disputaba sobre política, y aun metió su cuarto a espadas en ella,
escribiendo en algún periodiquejo. Era de notar que siempre lo hacía en
tono tan indignado y mostrando tal ira contra el Gobierno, que sus
trabajillos gustaban en las redacciones y aun le produjeron algunos
cuartos.

Fue colocado, y durante una temporada corta se dedicó al espiritismo. Se
le veía en nocturnas reuniones de esta secta, que es la antesala del
Limbo, y llegó a adquirir esas convicciones tenaces que sólo se
encuentran en los prosélitos de los sistemas más absurdos. Muchas horas
de la noche pasaba en su casa en tétrica conversación con las patas de
las mesas, o bien escribiendo con mano temblona lo que, según él, le
decían este y el otro espíritu; y aunque tales majaderías no agradaban
mucho a D.ª Laura, por ser remachada católica, la bendita señora no le
decía una palabra, ni trataba de arrancar de la mente de su hijo las
telarañas de aquella ridícula doctrina.

Pero pasó el tiempo, y con él el espiritismo de Melchor, dejando el
puesto a otros ideales más prácticos. Veía transcurrir los años sin que
sus medios pecuniarios estuvieran en armonía con sus pretensiones, ni
con aquel porvenir brillante que su buena madre le anunciaba. El no era
rico, pero era preciso parecerlo; es decir, vestirse como los ricos,
tratar con ricos. Es cruel eso de que todos seamos distintos por la
fortuna y tengamos que ser iguales por la ropa. El inventor de las
levitas sembró la desesperación en el linaje humano.

Padecía con esto Melchor horriblemente, y cada día sufría una
humillación nueva. El lujo de los demás le azotaba la cara. Paseaba.
¿Por qué era suyo el cansancio y de los demás el coche? ¿Por qué razón
el sentía el amor, y era otro el que tenía la querida? Iba al teatro.
¿Por qué era suya la afición a la música y ajeno el palco? Estas
cuestiones brotaban sin cesar en su cerebro como las chispas en la
fragua. Para colmo de pena, oía la historia de fortunas improvisadas. En
el café, en los círculos todos, se referían maravillosos cuentos, como
los de magia. Aquí un pobrete audaz había redondeado colosal ganancia en
pocos meses. Allá una idea feliz, engendrando el más pingüe de los
negocios, había hecho poderoso al que un año antes era mendigo. Mil
agentes bullían en Madrid, realizando, con maravillosos beneficios, esas
combinaciones obscuras entre el Tesoro y los usureros, entre los
servicios y las contratas, de que resultaban los únicos milagros del
siglo XIX.

Desde que le asaltaron estos pensamientos, Melchor ideaba todas las
semanas un plan o arbitrio nuevo. Lo maduraba en su mente, lo comunicaba
a su madre expuesto ya en claras cifras; encontrábalo de perlas D.ª
Laura; trataba él de llevarlo a la práctica, y entonces, de las
dificultades venía la muerte del plan y el engendro de otro.

Primero tratábase de una cosa muy sencilla: «Son habas contadas,
mamá»--decía él. Consistía en combinar un sistema de anuncios con un
sistema de regalos, ofrecidos por las tiendas a cuantos comprasen en
ellas. El plan era soberbio. Produciría millones, con tal que todos los
tenderos de Madrid aceptaran la cosa, y con tal que todos los
industriales facilitasen los anuncios. Ya se había entendido él con un
litógrafo que le haría las primeras tarjetas crómicas.

A estas habas contadas sucedieron otras. Tratábase de una red de
tranvías aéreos. ¿El capital? Seguridad tenía de encontrarlo cuando los
banqueros conocieran su plan. Pero estos no supieron ver la inmensidad
de millones que podía dar de sí el negocio, y los tranvías aéreos se
quedaron en los aires. Después se trató..., también habas contadas...,
de conseguir del Gobierno el privilegio de expender fósforos, luego de
montar una agencia para conseguir destinos, y sucesivamente de otros
delirios y extravagancias.

Entre tantas combinaciones no se le ocurrió al joven Relimpio la más
sencilla de todas, que era trabajar en cualquier arte, profesión u
oficio, con lo que podía ganar, desde un peseta para arriba, cualquier
dinero. Pero él fanatizado por lo que oía decir de fortunas rápidas y
colosales, quería la suya de una pieza, de un golpe, no ganada ni
conquistada a pulso, sino adquirida por arte igual al hallazgo de la
mina de oro o del sepultado tesoro de diamantes. En los días a que
nuestra historia se refiere, andaba Melchor algo desanimado, y
grandísima confusión reinaba en su espíritu. En su mente lo inverosímil
luchaba en sombrío pugilato con lo posible. ¿Saldría de este batallar
alguna idea grande, algún plan jamás soñado de otro alguno? Las visiones
de la riqueza real se peleaban dentro de él con las imágenes del
bienestar ajeno, entre el estruendo de los rebeldes apetitos, tanto más
revoltosos cuanto más distantes de ser saciados.

Llegaba a su casa todas las noches entre una y dos de la madrugada,
fatigado, triste, pensativo; soltaba la capa; ponía los codos sobre la
mesa del comedor, las quijadas entre las palmas de las manos, y así se
quedaba media hora o más en reposada meditación. Si había entrado
fumando, que era lo más probable, consagraba su atención a curar,
ennegrecer o _culotar_ (no hay otra manera de decirlo) una boquilla de
espuma de mar, empeño que le traía muy atareado a diferentes horas del
día. Llevaba adelante su obra con tanto esmero y paciencia, que en el
café oía más de un elogio por la perfección e igualdad de ella. Hay
orgullos muy singulares. El que Melchor fundaba en su pipa era
disculpable, porque la pipa iba pareciéndose al ébano más puro y
reluciente, y el artista, después de arrojar sobre ella,
distribuyéndolos bien, chorros de espeso humo, la frotaba con el
pañuelo, y se miraba después en aquel espejo de azabache... Cuando
concluía de fumar, guardaba la pipa en el estuche y se iba a la cama, de
donde no salía hasta la una del siguiente día.

Isidora no simpatizaba con el mimado hijo de los Relimpios. Aquella
hermosura tan ponderada por D.ª Laura parecíale a ella ordinaria, y los
modales y vestir del joven afectados y cursis. En cuanto a las altas
cualidades morales y mentales con que, en opinión de la familia, estaba
agraciado por Dios, Isidora no comprendía nada. Parecíale el más
desaforado holgazán, el más bárbaro egoísta del mundo.



Capítulo IX

Beethoven


=--I--=

El palacio de Aransis, situado en la zona de la parroquia de San Pedro,
es un edificio de apariencia vulgar, como todas las moradas señoriales
construidas en el siglo XVII, las cuales parecen responder a la idea de
que Madrid fuese una corte provisional. Seguros los grandes de que tarde
o temprano se fijaría el Rey en otra parte, hacían, en vez de casas,
enormes pabellones o tiendas de campaña, empleando en vez de lienzo y
tablas el ladrillo y el yeso. La importancia artística de tales
caserones es nula; su solidez mediana, y en cuanto a comodidades
interiores, solamente es habitable lo que ha sido reformado, pues los
señores antiguos parece se acomodaban a vivir sin luz y sin abrigo, ya
en anchas cavidades desnudas, ya en obscuras estrecheces.

La casa de Aransis es de las reformadas en el siglo pasado. Al exterior,
fuera de su puerta almohadillada, por la cual entrarían sin inclinarse
los gigantones del Corpus, nada absolutamente tiene de particular.
Interiormente conserva bastantes obras de mérito, como tapices, muebles
y cuadros, sin que ninguna de ellas raye, ni con mucho, en lo
extraordinario. El abandono en que sus dueños la tienen nótase desde la
puerta al tejado, pues aunque todo está en orden y bien defendido de la
polilla, hay allí olor de soledad y presentimiento de ruina. Digan lo
que quieran los que se empeñan en que ha de ser bueno todo lo que no es
moderno, el interés artístico de los salones de Aransis no pasa de
mediano.

Desde el 63 todo estaba cerrado allí; sólo se abría los días de
limpieza. La casa tenía por habitantes el silencio, que se aposentaba en
las alcobas, entre luengas colgaduras hechas a imagen del sueño, y la
obscuridad se agasajaba en las anchas estancias. Por algunas rendijas la
luz metía sus dedos de rosa, arañando las tapicerías. De noche, ni
ruido, ni claridad, ni espíritu viviente moraban allí.

Un día de otoño del 72 alegrose de súbito el palacio; abriéronse puertas
y ventanas; entraron aire y luz a torrentes, y los plumeros de media
docena de criados expulsaron el polvo que mansamente dormía sobre los
muebles. Luego sucedió traqueteo de sillas, lavatorio de cristales y
preparación de luces. En medio de este alboroto, oíanse las notas
sueltas de un piano, martirizado en manos del afinador. Al día
siguiente, hubo estruendo de baúles descargados, oficiosa actividad de
lacayos, rodar tumultuoso de carruajes en la calle y en el portal
inmenso, desnudo, vacío. Una señora de cabello entrecano y gallarda
estatura envuelta en pieles, tapada la boca, trémula de frío, subió la
escalera, dando el brazo a un señor cacoquimio, y pasó de pieza en
pieza, sin parar hasta aquella donde debía reposar del viaje.
Acompañábanla, además del señor cacoquimio, un jovencito como de catorce
años, que llevaba tras sí, atado de una cadena, un enorme perro negro, y
cerraban la comitiva dos criadas jóvenes y guapas, que no tenían facha
de gente española.

La marquesa de Aransis, viuda desde el 54, vivía de asiento en París, en
Londres durante la temporada o _season_, parte del verano en un puerto
de Bretaña, y algunos inviernos solía venir a España para templar su
salud, no muy buena, en el clima de Córdoba, donde tenía casa y
posesiones. En Madrid no estaba sino cuatro o cinco días, de paso para
Córdoba o Granada. Aquel año efectuaba su viaje a fines de septiembre, y
mostrándose, sin saber por qué, menos cariñosa que otras veces con su
patria, había dicho al entrar en la casa: «Esta vez no estaré sino tres
días». Era lunes.

Descansó hasta las dos, hora en que el jovencito que la acompañaba se
puso al piano para tocar dificilísimos ejercicios, y no lo dejó hasta la
hora de comer. Recibió luego la señora muchas visitas, comió con el
señor cacoquimio, el muchacho pianista, la marquesa de San Salomó, el
apoderado de la casa y dos personas más, y retirose a su alcoba después
de rezar mucho.

Empleó casi todo el día siguiente en devolver visitas y se encerró a las
cuatro. No quería recibir a nadie. Deseaba estar sola. Aquella casa la
repelía arrojando sobre su alma una sombra triste y lúgubre, y al mismo
tiempo la llamaba a sí y la retenían los amorosos recuerdos. Llegó la
temprana noche. La marquesa había resuelto abrir el cuarto de su hija
difunta, que estaba cerrado desde la muerte de esta, acaecida nueve años
antes. En tan largo espacio de tiempo no había permitido la madre que
fuese abierta por nadie la fúnebre alcoba; no había querido abrirla ella
misma, porque la miraba como a una tumba y las tumbas no se abren. Pero
en aquella ocasión decidiose a quebrantar su propósito. Ya desde París
había traído la idea de realizar aquel acto tristísimo. Su deseo
procedía de una piedad entrañable, del temor mismo, que a veces nos
estimula robando su aguijón a la curiosidad.

«Lo abriré esta noche»--, pensó dando un gran suspiro, y después de
comer se trasladó a un hermoso gabinete, la mejor y más rica pieza de la
casa. En uno de los testeros estaba el gran piano de Erard donde tocaba
mañana y tarde el jovencito que había venido con la señora; en otro el
espejo de la gran chimenea reproducía con misteriosa indecisión la
cavidad adornada de la estancia. Frente al espejo, la abertura de dos
cortinas, pesadamente recogidas, dejaba ver una puerta blanca, lisa,
puerta en la cual se echaba de menos un epitafio.

De las paredes colgaban cuadros modernos de dudoso mérito y algunos
retratos de señores de antaño, de esos que están metidos en cincelada
armadura de ceremonia, el brazo tieso y en la mano un canuto, señal de
mando. Los muebles no eran de lo más moderno. Pertenecían a los tiempos
del tisú y de la madera dorada, y los bronces proclamaban con su
afectada estructura griega la disolución de los Quinientos y los
_senatus consultus_ de Bonaparte. Aunque no hacía frío, la humedad de la
desamparada casa era tal, que fue preciso encender la chimenea.

El joven, más bien niño, entró jugando con el perro, a quien llamaba
_Saúl_.

«No alborotes, hijo--indicó la señora, molesta por el ruido--; deja en
paz a _Saúl_».

Poco después estaba el animal regiamente echado en medio de la sala, y
parecía un león de ébano. Su hermosa cabeza destacábase soberbia,
inteligente, a un tiempo cariñosa y fiera, sobre el ramaje de colores de
la alfombra, y sus ojos devolvían en chispas vivísimas la lumbre de la
chimenea.

Trató de abrir la marquesa la puerta, mas con mano tan insegura lo
hacía, que la llave tanteaba en el hierro sin acertar a introducirse. Al
fin sonó el chasquido de la metálica lengua al recogerse. Empujada,
cedió la puerta con lastimero sollozo de herrumbres, y mostró el ámbito
negro, del cual salía un aliento de humedad estacionada, que se nutre de
las tinieblas, de la quietud, de la soledad.

La marquesa, que se había detenido en el umbral, paralizada del temor y
respeto que aquel interior, no abierto en nueve años, le infundía,
retrocedió un instante; tomó una de las dos lámparas que en el gabinete
había, y resuelta, con devoción y ánimo, penetró en la habitación, cuya
puerta de par en par abrió.

«Hija de mi alma, ya te hemos perdonado»--murmuró a manera de rezo, al
dar los primeros pasos.

En el centro había una mesa, sobre la cual dejó la señora la lámpara.
Sentose en un sillón junto a la mesa, y cruzando las manos empezó a
llorar y a rezar, derramando su vista por todos los objetos de la
estancia, los muebles y cortinas, y fijándola en algunos con la saña que
a veces emplea contra sí misma el alma dolorida. La sed de ver se nutría
del temor de ver, englobándose uno en otro, miedo y apetito, para que el
alma no supiera distinguir del suplicio el goce. Entonces oyéronse las
notas medias del piano acordadas dulcemente, indicando un motivo lento y
sencillo de escaso interés musical, pero que semejaba una advertencia,
el _érase una vez_ del cuento maravilloso.

La marquesa no hacía caso de aquella música que estaba cansada de oír.
Su nieto era un precoz pianista, un monstruo, un fenómeno de agilidad y
de buen gusto. Había sido discípulo y era ya émulo de los primeros
pianistas franceses. Orgullosa de esta aptitud, la marquesa obligaba al
muchacho a estudiar diez horas al día. Sin hacerle caso aquella noche,
ni aun darse cuenta de lo que el niño tocaba, la ilustre señora,
solicitada de otros pensamientos y emociones más crudas y reales que las
que produce la música, seguía mirando todo. No había visto aquellos
objetos desde el día en que expiró su hija. La muerte estampaba su sello
triste en todo. La falta de luz había dado a la tela de los muebles
tonos decadentes. El polvo deslustraba las hermosas lacas, y tendido
sobre todo una neblina áspera y gris que no podía ser tocada sin
estremecimiento de nervios. Sobre la chimenea permanecía un jarrón con
flores que fueron naturales y frescas nueve años antes. Eran ya un
indescriptible harapo cárdeno, que al ser tocado, caía en partículas
secas y sonantes, como los despojos de cien otoños. En los muebles
finísimos de caprichosa construcción, los dorados se habían vuelto
negros. Un armario ropero de triple luna tenía las puertas
entreabiertas, y de su seno de cedro se veían salir desordenados
vestidos, rasos y granadinas, fayas y gros riquísimos, todo ajado y
descolorido, todo en tal manera invadido por la muerte, que parecía
próximo a caer; si se le tocaba, en menudas partículas como las flores
de antaño. Olor de polilla y de flores mustias y de perfumería podrida y
descompuesta por la vejez, salía de aquellos despojos. Veíanse también
por el suelo, junto al armario, zapatos y botitas apenas usados, y un
corsé cuyo cordón suelto describía rúbricas por el suelo.

Mirando esto, la marquesa recordó el más triste detalle de aquel día
triste. Pocas horas antes de morir, su hija, creyéndose bien por una de
esas raras alucinaciones del temperamento, que son la más tremenda
ironía de la muerte, había tenido el antojo de engalanarse. Sintiendo en
aquel instante engañosas fuerzas, se había vestido con febril ansiedad
diciendo que ya no estaba mala y que iría al teatro aquella noche.
Después había sentido de súbito como una puñalada en el corazón, y cayó
al suelo. Le quitaron las ropas de lujo, la descalzaron, le fueron
arrancando una a una las bellas prendas, profanadoras del sepulcro, y
poco después dejó de existir.

Este recuerdo, que siempre la horrorizaba, llevó a la marquesa a
contemplar un hermoso cuadro colocado sobre la chimenea. Era un retrato
de mujer, en cuyo agraciado rostro hacía contraste la sonrisa de los
labios frescos con la melancolía de los ojos pardos, debajo de las cejas
más galanas que han podido verse. Resultaba una doble expresión de
enamorada y de burlona, y allí se echaba de ver el sentimiento hondo y
fuerte, mal disimulado con la hipocresía de un carácter superficialmente
picaresco.

La marquesa no se saciaba de mirar al retrato. ¡Era tan parecido; era la
pintura, como de Madrazo, tan fina, tan conforme con la distinción,
elegancia y gracia del original! ¡Qué admirable aquella circumpostura
del cabello abundante, guarneciendo el rostro, no ciertamente muy oval,
antes bien tirando a una redondez algo voluptuosa! ¡Qué palidez tan
encantadora! ¡Qué armonía entre lo enfermizo y las inexplicables
seducciones! ¡Y aquella mano blanca recogiendo la negra mantilla, qué
airosa, qué viva en su admirable modelado!... A la madre se le escaparon
en un murmullo de dolor estas palabras:

«¡Pobre hija mía! ¡Pobre pecadora!».

Y diciendo esto, levantose de la caja del piano próximo un murmullo
vivo, que pronto fue un lamento, expresión de iracundas pasiones. Era la
elegía de los dolores humanos, que a veces, por misterioso capricho de
estilo, usa el lenguaje del sarcasmo. Luego las expresiones festivas se
trocaban en los acentos más patéticos que pudiera echar de sí la voz
misma de la desesperación. Una sola idea, tan sencilla como
desgarradora, aparecía entre el vértigo de mil ideas secundarias, y se
perdía luego en la más caprichosa variedad de diseños que puede concebir
la fantasía, para reaparecer al instante transformada. Si en el tono
menor estaba aquella idea vestida de tinieblas, ahora en el mayor se
presentaba bañada en luz resplandeciente. El día sucedía a la noche y la
claridad a las sombras en aquella expresión del sentimiento por el
órgano musical, tanto más intenso cuanto más vago.

De modulación en modulación, la idea única se iba desfigurando sin dejar
de ser la misma, a semejanza de un histrión que cambia de vestido. Su
cuerpo subsistía, su aspecto variaba. A veces llevaba en sus sones el
matiz duro de la constancia; a veces, en sus trémolos la vacilación y la
duda. Ora se presentaba profunda en las octavas graves, como el
sentimiento perseguido que se refugia en la conciencia; ora formidable y
guerrera en las altas octavas dobles, proclamándose vencedora y rebelde.
Sentíase después acosada por bravío tumulto de arpegios, escalas
cromáticas e imitaciones, y se la oía descender a pasos de gigante,
huir, descoyuntarse y hacerse pedazos... Creyérase que todo iba a
concluir; pero un soplo de reacción atravesaba la escala entera del
piano; los fragmentos dispersos se juntaban, se reconocían, como se
reconocían, como se reconocerán y juntarán los huesos de un mismo
esqueleto en el juicio final, y la idea se presentaba de nuevo
triunfante como cosa resucitada y redimida. Sin duda alguna una voz de
otro mundo clamaba entre el armonioso bullicio del clave: «Yo fui
pasión, duda, lucha, pecado, deshonra, pero fui también arrepentimiento,
expiación, redención, luz y Paraíso».


=--II--=

La marquesa, que no había dejado de mirar el rostro de su hija hasta que
las lágrimas echaron un velo sobre sus ojos, volvió a rezar, y mientras
pronunciaba una oración especialmente consagrada a las ánimas, pensaba
así:

«Dios te habrá perdonado, pobre alma querida, como te perdoné yo».

Y empezó a traer a la memoria recuerdos mil, algunos tristes como
reflejo del cariño herido, otros punzantes y terribles como la imagen
del honor vulnerado. Recordó que si las faltas de la hija habían sido de
estas que en los términos sociales no tienen excusa, la severidad de la
madre había sido implacable. Con estas lastimosas memorias, la marquesa
sintió algo que podría llamarse el remordimiento del deber. ¿Había sido
cruel con su hija? El descubrimiento de liviandades que pronto se
hicieron públicas, puso a la señora a punto de morir de indignación y
vergüenza. ¡Qué bien recordaba esto, y cómo se renovaban su iras con las
memorias, enardeciéndole la sangre! Ella entonces encerró a su hija, con
todo el rigor que la palabra indica. Habíala recluido en aquella
habitación, de donde no salía nunca, ni tenía comunicación alguna con el
exterior. Vivió como emparedada seis meses. ¿De que murió? No se sabía
bien. Murió de encierro, y fue víctima de la inquisición del honor.

¡Oh rigor extremo! La marquesa era una mujer de otras edades. Estaba
forjada en el yunque Calderoniano con el martillo de la dignidad social,
por las manos duras de la religión. No cabían en ella las viles
condescendencias que son el fruto amargo de una de las maneras de la
civilización. Mientras su hija estuvo prisionera, se le permitía
engalanarse, pero no salir del cuarto. La marquesa no hablaba con ella
más que lo preciso, sin usar jamás frase cariñosa ni vocablo atento. La
buena señora recordaba, como se recuerda la impresión de una quemadura,
estas palabras de fuego dichas por su hija el día antes de caer enferma:
«Mamá, mátame con cuchillo; no me mates con tus miradas».

De súbito la enfermedad, incubada perezosamente, estalló,
desarrollándose con rapidez en seis días. Desde el primero anunciose un
fin desgraciado. Todo el rigor de la madre cedió al instante, como el
hielo que se funde. ¡Qué bien recordaba, al cabo de nueve años, la
expresión de la cara del médico, las medicinas, los antojillos de la
enferma, nacidos de terribles aberraciones nerviosas! Ya pedía flores,
ya helados que no había de tomar. De pronto pedía todos los libretos de
ópera que se pudieran adquirir. Otra vez hizo llevar a su casa gran
parte del almacén de música de Romero. «Pájaros, pájaros...». Le
llevaron media plaza de Santa Ana. «¡Oh! ¡Tengo que contestar tantas
cartas...!» Y se ponía a escribir. De estos deseos locos, ansiosos, que
eran como los tirones que daba la muerte para arrancarla más pronto de
raíz, se alimentaba su fiebre galopante.

«Moriste como una pobre mártir--pensó la marquesa, rezando otra vez--.
Moriste reconciliada con Dios, recitando oraciones y besando la santa
imagen de Nuestro Redentor».

Oyose otra vez la voz del clave, con triste elocuencia de salmodia. La
frase tenía un segundo miembro. Bien podría creerse que un alma dolorida
preguntaba por su destino desde el hueco de una tumba, y que una voz
celestial contestaba desde las nubes con acentos de paz y esperanza.
Descansaba el motivo sobre blandos acordes, y este fondo armónico tenía
cierta elasticidad vaga que sopesaba muellemente la frase melódica. A
esta seguían remedos, ahora pálidos, ahora vivos, sombras diferentes que
iban proyectando la idea por todos lados en su grave desarrollo. Las
sabias formas laberínticas del canon sucedieron a la sencillez soberana,
de donde resultó que la hermosa idea se multiplicaba, y que de tantos
ejemplares de una misma cosa formábase un bello trenzado de peregrino
efecto, por hablar mucho al sentimiento y un poco al raciocinio,
juntando los encantos de la mística pura a los retruécanos de la
erudición teológica. Bruscamente, una modulación semejante a un hachazo
variaba, con el tono, el número, el lenguaje, el sentido. Estrofa
amorosa, impregnada de candor pastoril, aparecía luego, y después el
festivo rondó, erizado de dificultades, con extravagancias de juglar y
esfuerzos de gimnasta. Enmascarándose festivamente, agitaba cascabeles.
Se subía, con gestos risibles, a las más agudas notas de la escala, como
sube el mono por una percha; descendía de un brinco al pozo de los
acordes graves, donde simulaba refunfuños de viejo y groserías de
fraile. Se arrastraba doliente en los medios imitando los gemidos
burlescos del muchacho herido, y saltaba de súbito pregonando el placer,
el baile, la embriaguez y el olvido de penas y trabajos.

Abriendo el pupitre de un escritorio de ébano, la marquesa revolvía
papeles, cartas, objetos diversos. Sus ojos deseaban y temían encontrar
las cosas; fijáronse en un paquete de cartas, recorrieron con sobresalto
algunos renglones, y se apartaron con horror como de un espectáculo de
oprobio. «Se quemará todo esto»--dijo poniendo a un lado el paquete
execrable. Después halló un pliego en que estaba empezada una carta. La
enferma había tenido delirio de escribir cartas; pero apenas comenzadas,
las dejaba. En algunas sólo se veían deformes garabatos, hechos al
rasguear de la pluma temblorosa; en otras las letras claras manifestaban
ideas sueltas, palabras tiernas agrupadas sin sentido alguno. En algún
papel la melancolía había repetido muchas veces una misma palabra,
trazándola primero con grandes letras, que luego iban disminuyendo hasta
ser como puntos.

«Se quemará todo»--volvió a decir la marquesa, haciendo un montón de lo
que se destinaba a la hoguera.

Revolviendo más, encontró un retrato. La señora puso muy mala cara al
verlo. Le causaba horror; mas por lo mismo volvió a mirar la aborrecida
imagen, porque el odio tiene también sus embebecimientos. No bastaba
destinar al fuego la cartulina. Era preciso descuartizar primero al reo.
La marquesa rompió en menudos pedazos el retrato.

¡Cómo se reía entonces Beethoven! Su alegría era como la de Mephisto
disfrazado de estudiante. Luego entonaba graciosa serenata, compuesta de
lágrimas de cocodrilo y arrullos de paloma. Pero la marquesa no ponía
atención y seguía rebuscando.

«¿Qué será esto?»--pensó al tomar un paquetito atado con cinta de color
de rosa.

Desdobló el paquete y vio un collar de perlitas, con un papel que decía:
«Para mi hija. Le suplico que sea buena y rece por mí».

La marquesa lloraba de nuevo. Su mano halló al instante un paquete más
chico. Abriolo. Dentro vio una sortija pequeña, con un papel que decía:
«Para mi niño, que hoy cumple cinco años. 12 de abril de 1863. Deseo que
sea bueno y piense en mí».

La marquesa lloraba ya con ruidosos gemidos. Acudió el perro negro y
puso su hermosa cabeza sobre las rodillas de la dama, mirándola de hito
en hito con sus ojos negros y cariñosos, a cuya dulzura nada podía
compararse. Dejó de oírse la voz inefable del piano, y Beethoven, con su
mundo de sentimientos y de formas, desapareció en el silencio como una
viva luz tragada por las tinieblas. Acudió el niño músico, y asustado de
ver a la señora tan afligida, le preguntó la causa de su duelo. La
marquesa le besó en la frente, le tomó después la mano, buscó en ella un
dedo...

«¿Es para mí esa sortija?--preguntó el muchacho.

--Para ti. Quizás sea demasiado pequeña... Pero en el meñique bien puede
entrar. Ya está. No la pierdas.

--¿Es regalo tuyo?

--Sí».

Y poco después se volvía a cerrar la triste alcoba, y retirándose
personas y luces, todo quedaba en silencio y soledad tristísima. Y al
día siguiente se hizo una mediana hoguera en la chimenea, donde ardieron
con chisporroteo, que parecía una protesta contra la Inquisición,
papeles varios, recuerdos, flores, mechones de cabello, cartulinas.
Majestuosamente sentado sobre sus cuatro remos, el perrazo negro
presenciaba con atención solemne aquel acto, retratando en sus pupilas
de endrina la llama movible que se comía, sin hartarse, las páginas del
ignorado drama. Cuando la llama se extinguía, lamiendo las últimas
cenizas, _Saúl_ bostezó con soberano fastidio.

Y no hubo más. El piano sonó también casi todo aquel día, y al siguiente
la señora marquesa, acompañada del caballero cacoquimio, del niño
músico, de las dos criadas extranjeras y del perro, partió para Córdoba;
y el caserón de Aransis se quedó otra vez solo, frío, obscuro, mudo,
como inagotable arca de tristezas que, después de saqueada, conserva aún
tristezas sin número.



Capítulo X

Sigue Beethoven


El caserón, no obstante, tenía su alegre nota. Como la voz del grillo en
una grieta del sepulcro, así era la voz del conserje Alonso, cantando
peteneras en su habitación cercana al portal y en el patio. Era un
hombre casi viejo, de buena pasta, honrado y comedido. Vivía allí con su
mujer enferma, de la cual no tenía hijos, y la mitad del día se la
pasaba trabajando en carpintería, por pura afición, bien haciendo marcos
de láminas, para lo que tenía especiales aptitudes, bien arreglando
muebles antiguos para venderlos a los aficionados. No se sabe qué
funciones había desempeñado en la casa en su juventud. Creemos que fue
montero, porque siempre acompañaba al marqués de Aransis en sus
excursiones venatorias. Lo cierto es que en una de estas tuvo Alonso la
desgracia de perder una pierna, de lo que le vino aquel destino
sedentario. A pesar de ser hombre acomodado (pues a sus gajes y ahorros
añadía una regular herencia), nunca quiso abandonar el puesto humilde de
conserje. Era natural del Toboso, y algo pariente de los Miquis.
Manejaba los capitalitos de algunos manchegos que querían colocar su
dinero en fondos públicos. Y ved aquí un banquero que pasaba horas
largas limpiando metales, quitando el polvo, haciendo recorrer tejados y
chimeneas, y cobrando, por ayudar al administrador, los recibos de
inquilinato de las muchas casas que el marquesado de Aransis posee en
Madrid.

Estaba una mañana el buen hombre en el patio, cuando se abrió la puerta
y aparecieron tres personas. Una de ellas saludó con mucha afabilidad a
Alonso, el cual dijo así:

«¡Dichosos los ojos que te ven, Augusto, cabeza sin tornillos...! Ayer
tuve carta de tu padre. Dice que le escribes poco y que andas
distraidillo.

--¡Pobre viejo!... Si le escribo todas las semanas... ¿Y cómo está
Rafaela?¿Qué tal va con las píldoras?

--Pues no va mal. Hoy, como está el día tan bueno, le dije: «Anda,
mujer, anda a que te dé un poco el aire». Y con efecto, ha salido. Ya
sabes que un hermano suyo ha venido a establecerse en Madrid. Hará
dinero, porque estos catalanes saben ganarlo. ¿No le has oído nombrar?
Juan Bou, litógrafo. Está viudo; necesita quien le ayude a arreglar su
casa..., y con efecto, Rafaela ha ido allá... Es calle de Juanelo. Yo
debía haber ido también, y con efecto...

--Con efecto--dijo Miquis repitiendo el estribillo de su amigo--,
veníamos... Ya me parece que hablé a usted de ello la semana pasada.
Estos dos amigos, esta señorita y este caballero, desean ver el palacio
de Aransis. Cuentan que es tan hermoso...».

Alonso era complaciente. Entró en su vivienda, sacó un manojo de llaves,
y señalando la escalera, dijo con formas respetuosas:

«Pasen los señores. Verán lo que hay».

Miquis, presentando a los que le acompañaban, no pudo reprimir sus
instintos de malignidad zumbona, y habló así con afectada finura:

«El Sr. D. José de Relimpio y Sastre, ¡consejero de Estado!».

Don José se inclinó turbado, sin atreverse a contestar.

«Y su sobrina, la señorita de Rufete, que acaba de llegar de París...».

Isidora miró a Miquis con tan indignados ojos, que el estudiante no se
atrevió a seguir. El conserje echó una mirada a la poco flamante levita
de D. José y al traje sencillamente decoroso de Isidora, sin hallarse
completa armonía entre el vestido y las personas. O quizás, hecho a las
burlas de Miquis, no quiso llevar adelante sus investigaciones.
Subieron.

«Esto es del género Luis XV--dijo con ínfulas de cicerone instruido,
enseñándoles la primera sala--. La decoró el señor marqués viejo. Aquí
todo es antiguo».

Como en nuestra moderna edad, tan pronto demasiado enfatuada como
descontenta de sí misma, se ha convenido en que sólo lo antiguo es
bueno, Miquis, que hacía el papel de artista magistralmente, empezó a
manifestar esa admiración lela de viajero entusiasta, y a lanzar
exclamaciones, y a torcerse el pescuezo para mirar el techo, quedándose
una buena pieza de tiempo con la boca abierta.

«Esto es maravilloso--decía--. Vaya con las patitas de las consolas...
¡Qué elegancia de curvas! ¿Y esas cortinas con amorcillos y
guirnaldas?... ¡Pero dónde llega el techo...! ¡María Santísima! Yo me
estaría toda la vida mirando esas pastoras que dan brincos y esos niños
que cabalgan en un cisne. Ha de convenir usted conmigo, Sr. D. José, en
que hoy por hoy no se hacen más que mamarrachos. Aquí tenemos un salón
que usted debía tomar por modelo para el palacio que está usted
construyendo en la Castellana. Verdad que no tiene usted allí una pieza
tan grande; pero mucho se puede hacer todavía mandando tirar algún
tabique».

Don José le daba con disimulo codazos y más codazos para que cesara en
sus burlas. También Relimpio creía de su deber honrar la casa que
visitaban, embobándose de admiración y lanzando interjecciones cada vez
que el bueno de Alonso señalaba un espejo, un cuadrito o el biombo de
cinco hojas, tan lleno de pastores que ni la misma Mesta se le igualara.

«Y a ti, Isidora, ¿qué te parecen estas maravillas?--prosiguió Augusto,
cuando pasaban a otra sala--. Probablemente no te llamarán mucho la
atención, porque vienes del centro mismo de la elegancia y del lujo, de
aquel París... Mira, mira estos retratos de caballeros y señoras de los
siglos XVI y XVII... ¡Qué nobles fisonomías! Aquel que empuña un canuto,
semejante a los de los licenciados del ejército, debe de ser algún
guerrero ilustre. ¡Vaya unos nenes! Aquella señora de empolvado pelo,
¡cuán hermosa es y qué bien está dentro de su tonelete! ¿Y aquella
monja?...

--Es el retrato de sor Teodora de Aransis--indicó Alonso con respeto--,
superiora del convento de San Salomó, donde murió ya muy anciana y en
olor de santidad hace diez años.

--¡Guapa monja! ¿Qué tal, D. José?».

Don José dijo al oído de Miquis:

«¡Si pestañeara!...».

Pasaron de sala en sala, cada vez más admirados; Miquis, enfático y
grandilocuente; D. José, repitiendo como un eco las exclamaciones de su
amigo; Isidora, muda, absorta, abrumada de sentimientos extraños a las
emociones del arte; mirándolo todo con cierta ansiedad mezclada de
respeto, que más bien parecía el devoto arrobamiento que inspiran las
reliquias sagradas.

Llegaron al gabinete donde estaba el piano. Dejando que marcharan
delante Alonso e Isidora, D. José se llegó a Miquis y en voz baja le
dijo:

«Oiga usted lo que pienso, amigo D. Augusto: ¡Lo que es el mundo!...
¡Que unos tengan tanto y otros tan poco!... Es un insulto a la humanidad
que haya estos palacios tan ricos, y que tantos pobres tengan que dormir
en las calles... Vamos, le digo a usted que tiene que venir una
revolución grande, atroz.

--Eso digo yo, Sr. D. José. ¿Por qué todo esto no ha de ser nuestro? A
ver, ¿qué razón hay? ¿Qué pecado hemos cometido usted y yo para no vivir
aquí?

--Justamente: ese es mi tema.

--Hay que decir las cosas muy claritas.

--Que venga esa revolución, que venga. ¿Somos iguales, sí o no?

--Sí--afirmó Miquis con acento de Mirabeau.

--Así es que yo no me explico...».

La mente de D. José caía en un mar de confusiones, hundiéndose más a
medida que veía más objetos, ya de lujo, ya de comodidad. Iba a seguir
emitiendo juicios muy filosóficos sobre aquella revolución próxima,
cuando Miquis acertó a ver el piano. Verlo, correr hacia él, abrirlo,
hojear los papeles de música, y dar con su dura mano un acorde en la
octava central, fue cosa de un instante.

Beethoven estaba en aquel ingente librote, que por lo grande, lo
revuelto, lo obscuro, tenía algo de mar; allí estaba su turbulento genio
escondido debajo de mil líneas, puntos, rasgos, tildes y garabatos que
parecen oscilar, encresparse y confundirse con la rítmica hinchazón de
las olas. En la superficie alborotada de un libro de sonatas difíciles,
sólo es dado navegar al músico experto. También estaba allí la nave,
admirable construcción de Erard. No faltaba más que el piloto, el
músico, el intérprete, bastante hábil para lanzarse al abismo con ánimo
valeroso y manos seguras. Miquis sentía la inspiración en su mente; pero
sus dedos, tan adiestrados en la cirugía, apenas acertaban a manejar
torpemente algunas teclas, esto es, que no sabían apartarse de la
orilla.

Pero tocó. Apenas podía leer la enmarañada escritura del autor de
_Prometeo_. Los sonidos equivocados, que eran los más, le desgarraban
los oídos. El tono era difícil, y anunciaba sus asperezas una sarta de
infames bemoles, colgados junto a las dos claves, como espantajo para
alejar a los profanos. No obstante, ayudado de su voluntad firme, de su
anhelo, de su furor músico, Miquis tocaba. Pero ¡qué sonidos roncos, qué
acordes sesquipedales, qué frases truncadas, qué lentitud, qué tanteos!
Resultaba lastimosa caricatura, cual si la poesía sublime fuera rebajada
a pueril aleluya.

En tanto, Alonso abría la puerta de la alcoba, y sin traspasar el umbral
de ella, en voz baja y con respetuoso acento, hablaba de una persona
muerta allí nueve años antes, de la puerta cerrada, del retrato, de la
quema de papeles, de la piedad de la señora marquesa...

«Y con efecto--añadió tocándose la punta de la nariz con la ídem del
dedo índice--; dicen, y yo estoy en que será verdad, que para el año que
viene se hará aquí una capilla... ¡Qué guapa era la señorita! ¿No es
verdad?».

Los tres contemplaron en silencio el retrato: Alonso, con lástima;
Relimpio, con la curiosidad mundana del que se cree experto en cosas
femeninas; Isidora, con doloroso pasmo en toda su alma, el cual crecía,
dándole tantas congojas, que retiró su vista del cuadro y se apartó de
allí para no dar a conocer lo que sentía.

Ninguno de los presentes conocía el secreto de su vida. No quería
confiarlo a D. José, por ser demasiado sencillo, ni a Miquis, por
excesivamente malicioso. En la semana anterior fue grande su disgusto al
saber, por Saldeoro, que la marquesa de Aransis había estado en Madrid
tres días y que ella, por ignorarlo, no se había presentado a la noble
señora. ¡Qué contrariedad tan penosa! Pasados algunos días, como
sintiese cada vez más vivo el deseo de ver el palacio de Aransis, no
quiso dejar de satisfacer prontamente aquel antojo y se valió de Miquis,
cuya amistad con el guardián de la casa le era conocida. ¡Qué día aquel!
Todo cuanto allí vio le había causado profundísimas emociones; pero el
retrato, ¡cielos piadosos!, habíala dejado muerta de asombro y amor.

«¡Si pestañeara!--dijo para sí aquel calaverón incorregible de D. José
Relimpio--. Yo he visto esa cara en alguna parte; esa fisonomía no me es
desconocida».

Alonso seguía dando noticias discretas y mostrando algunas
preciosidades, a lo que atendía con mucha urbanidad el padrino de
Isidora. Pero esta no veía ni oía nada. Se había quedado de color de
cera, y temblaba de frío. Por un instante sintiose a punto de perder el
conocimiento, y a su turbación uníase, para hacerla más honda, el miedo
de darla a conocer ridículamente. Se sentó; hizo firme propósito de
serenarse. La endemoniada, balbuciente y atroz música de Augusto le
rompía el cerebro. No era aquello el canto numeroso ni el expresivo
lloro de las Musas, sino el berraquear insoportable de un chico mimoso y
recién castigado.

«Música alemana, ¿eh?--indicó Relimpio con airecillo de suficiencia--.
Señor de Miquis, si eso parece un solo de zambomba...

--¡Pobre Beethoven mío!--exclamó el estudiante dejando de tocar y
haciendo un gesto de desesperación--. ¡Qué lejos estabas de caer entre
mis dedos!

--Me parece que debemos marcharnos--dijo el tenedor de libros ofreciendo
un pitillo a Alonso, que respondió: «No lo gasto»--. ¿Nos vamos,
Augusto?

--A escape. Ya no me acordaba de que tienen ustedes que ir a comer a la
embajada inglesa...».

Salieron, desandando las habitaciones, no sin volver a contemplar de
paso lo que ya detenidamente habían admirado. Isidora se quedó atrás.
¡Qué ansiosas miradas! Sin duda querían recoger y guardar en sí las
preciosidades y esplendores del palacio... Cuando llegó a la última sala
se oprimió el corazón, dilatado por furioso anhelo, y no con palabras,
sino con la voz honda, tumultuosa de su delirante ambición, exclamó:
«¡Todo es mío!».



Capítulo XI

Insomnio número cincuenta y tantos


«¡Qué hermoso palacio, Dios de mi vida! ¡Cuánto habrá costado todo
aquello! ¡Pensar que es mío por la Naturaleza, por la ley, por Dios y
por los hombres, y que no puedo poseerlo!... Esto me vuelve loca. Dios
no quiere protegerme, o quiere atormentarme para que aprecie después
mejor el bien que me destina. Si así no fuera, Dios hubiera hecho que yo
me enterara de que la marquesa estaba en Madrid. El corazón no puede
engañarme, el corazón me dice que cuando yo me presente a ella, cuando
me vea... No, no quiero pleitos; quiero entrar en mi nueva, en mi
verdadera familia con paz, no con guerra, recibiendo un beso de mi
abuela y sintiendo que la cara se me moja con sus lágrimas. ¡Es tan
buena mi abuelita!... Y aquel Alonso cojo, ¡qué fiel y honrado
parece!... Siempre, siempre seguirá en la casa, con su pata de palo, que
va tocando marcha por las escaleras... Mis papeles están en regla. Debo
tomar el tren y marcharme a Córdoba. ¿Y con qué dinero, Virgen
Santísima? Vaya, que mi tío se porta... Tantas promesas y tan poca
substancia. ¡Ah! ¡Señor Canónigo, cómo se conoce la avaricia! Temo
presentarme a mi abuela con esta facha innoble. Ya mis botas no están
decentes, ya mi vestido está muy _cesante_, como dice _la
Sanguijuelera_. Tanta vergüenza tengo de mí, que quisiera no hubiese
espejos en el mundo... Siento llegar a ese lindo ganso de Melchor: es la
una. Yo debería dormirme. ¡Si Dios quisiera darme un poquito de
sueño!... Me volveré de este otro lado.

»Ya siento un poco de sueño. Detrás de los ojos noto pesadez... Si no
fuera por este pensar continuo y esto de ver a todas horas lo que ha
pasado y lo que ha de pasar... Ven, sueñecito, ven... ¿Pero cómo he de
dormir? Me acuerdo de mi hermano preso, y la cabeza se me despeja,
doliéndome. Está visto, no me dormiré hasta las dos. ¡Pobre, infeliz
hermano! ¡Qué afrenta tan grande para mí y para él! No, mientras esto no
se arregle y Mariano salga de la cárcel no diré una palabra, no daré un
solo paso, no veré a mi abuela... ¡Ay, infeliz Isidora, infeliz mujer,
infeliz mil veces! ¿Cómo quieres dormir con tanta culebrilla en el
pensamiento? Aquí, debajo de este casco de hueso, hay un nido en el cual
una madre grande y enroscada está pariendo sin cesar... El palacio, mi
abuela, mi hermano criminal, yo sin botas, yo llena de deudas, y luego
aquel, aquel, aquel, que ha venido a trastornarme más... ¡Qué hermosos,
qué divinos ojos los de mi madre! Cuando la vi en pintura me pareció
verla viva, que me miraba y se reía, diciéndome cosas de esas que se les
dicen a los hijos. Madre querida, mándame un beso y con él un poco de
sueño. Quiero dormir; pero no se duerme sin olvidar, y yo no puedo echar
de mi cabeza tanta y tanta cosa. ¡Si se lograra dormir cerrando mucho
los ojos; si se pudiera olvidar apretándose las sienes!... Me volveré de
este otro lado. ¿Para qué, si al instante me he de cansar también? Más
vale que abra los ojos, que me distraiga rezando o contándome cuentos.
¡Jesús, qué negro está mi cuarto! Si no duermo, vale más que encienda
luz y me levante, y abra el balcón y me asome a él... Pero no, tendré
frío, me constiparé, cogeré una inflamación, una erisipela. ¡Ay, qué
horror! Me pondré tan fea..., y es lástima, ¡porque soy tan guapa, me
estoy poniendo... divina! Aquí, recogida una en sí, y en esta soledad
del pensar, cuando se vive a cien mil leguas del mundo, se puede una
decir ciertas cosas, que ni a la mejor de las amigas ni al confesor se
le dicen nunca. ¡Qué hermosa soy! Cada día estoy mejor. Soy cosa rica,
todos lo afirman y es verdad... ¡Dios de mi vida, las dos! Este
chasquido que oigo es el muellecito de la caja en que Melchor guarda su
pipa. El asno bonito se acuesta...¡Las dos, y yo despierta!...

»¡Qué silencio en la casa! Me volveré de este otro lado... ¡Oh!, ¡qué
calor tengo! Me deslizaré a esta otra parte que está más fresca. Tengo
un cuerpo precioso. Lo digo yo y basta... Vamos, ¿pues no me estoy
riendo, cuando son las dos y no he podido dormirme? Virgen Santísima,
sueño, sueño, olvido... Esta es otra; ¿por qué me palpita el corazón? Lo
mismo fue hace dos noches. Yo tengo algo, yo estoy enferma. Este latido,
este sacudimiento no es natural. Parece que se me salta... ¡Jesús, madre
mía! ¿Qué siento? ¡Pasos en mi cuarto! ¡Alguien ha entrado!... ¡Ah!, no,
no hay nada: es como una pesadilla... ¡Cómo sudo, y qué sudor tan frío!
¡Si al menos me durmiera! ¿Pero cómo, si el corazón sigue palpitando
fuerte?... Tengamos serenidad. Corazón, estate quieto. No bailes tanto,
que me dueles... ¡Cuidado, que te me rompes, que te me rompes!... ¡Qué
cosas pienso! Cuando estoy despabilada y paso toda la noche afinando el
pensar, hasta se me figura que me entra talento... Y vamos a ver, ¿por
qué no he de tener yo talento? Sí que lo tengo. Eso, antes que los
demás, lo conoce la misma persona que lo tiene. No, mamá mía, no has
echado tontos al mundo. Yo.... ya ves; y en cuanto a Mariano, deja que
salga de esa maldita cárcel, que se afine, que se pulimente, que se
instruya... ¡Dios me valga! ¡Las tres!

»¿Pero las horas se han vuelto minutos? La noche vuela, y yo no duermo.
Daré otra vuelta y cerraré los ojos; los apretaré aunque me duelan...
¿Por qué no puedo estar quieta un ratito largo? ¿Qué es esto que salta
dentro de mí? ¡Ah!, son los nervios, los pícaros nervios, que cuando el
corazón toca, ellos se sacan a bailar unos a otros. ¡Qué suplicio! Me
muero de insomnio... Un baile en aquellos salones. Cielo santo, ¡qué
hermoso será! ¡Cuándo verás en ti, garganta mía, enroscada una serpiente
de diamantes, y tú, cuerpo, arrastrando una cola de gro!... Me gustan,
sobre todas las cosas, los colores bajos, el rosa seco, el pajizo claro,
el tórtola, el perla. Para gustar de los colores chillones ahí están
esas cursis de Emilia y Leonor... ¡Cómo me agradan los terciopelos y las
felpas de tonos cambiantes! Un traje negro con adornos de fuego, o claro
con hojas de Otoño resulta lindísimo... El buen gusto nace con la
persona...

»Vamos, gracias a Dios que me duermo. Poquito a poco me va ganando el
sueño. Al fin descansaré: bien lo necesito... Ya llegan los convidados,
mi abuelita me manda que los reciba. Estoy preciosa esta noche... Entran
ya. ¡Cuánta sonrisa, cuánto brillante, qué variedad de vestidos, qué
bulla magnífica! y... en fin, ¡qué cosa tan buena! Hay una tibieza en el
aire que me desvanece; me zumban los oídos, y en los espejos veo un
temblor de figuras que me marea. Pero esto es precioso, y ya que una ha
de morirse, porque no hay más remedio, que se muera aquí. ¡Jesús, qué
cosa tan buena! Mi vestido es motivo de admiración. Eso bien se conoce.
Acaba de llegar Joaquín y se dirige hacia mí... ¿Qué campanas son estas?
¡Las cuatro! Si estoy despierta, si no he dormido nada, sí estoy en mi
cuarto miserable... Dios no quiere que yo descanse esta noche. Me
volveré de este otro lado...

»El tal marqués viudo de Saldeoro está loco por mí; pero no seré tonta,
no le daré a conocer que me gusta... ¡Y cómo me gusta!... En fin,
suspiremos y esperemos. Conviene tener dignidad. ¿Soy acaso como esas
cursis que se enamoran del primero que llega? No, en mi clase no se
rinde el corazón sin defenderse. Firmeza, mujer. Si Miquis te es
indiferente y el marqués viudito te encanta, no des a entender tu
preferencia... ¡Los hombres! ¡Ah!... que se fastidien. Se dice que son
muy malos, y yo lo creo... Pero el marquesillo me gusta tanto... Es lo
que ambiciono para marido; y él me jura que lo será... ¡Jesús, qué cosa
tan buena! ¡Qué hermosa figura, qué modales, qué manera de vestir tan
suya...! Pero yo me pregunto una cosa: ¿dirá que me quiere porque sabe
que voy a ser riquísima?... Mucho cuidado, mujer; no te fíes, no te
fíes... Por de pronto le agradezco sus invenciones delicadas para
ofrecerme dinero y obligarme a aceptarlo... Por nada del mundo lo
aceptaría... ¡Humillarme yo!... Antes morir... ¡Las cinco, Virgen del
Carmen, y yo despierta!

»No quiero pensar en Joaquín, ni en mi abuela, ni en mi hermano, ni en
mis botas rotas, a ver si de este modo me olvido y duermo. Meteré la
cabeza debajo de la almohada. ¡Ah!, esto me da algún descanso... Hace
dos semanas que no veo a Joaquín, y me parece que hace mil años. ¡Estuve
tan fuerte aquel día!... ¡Me fingí tan incomodada! Verdad es que él fue
atrevido, atrevidísimo... Es tan apasionado, que no sabe lo que se
hace... Estaba fuera de sí. ¡Qué ojos, qué fuerza la de sus manos! ¡Pero
qué seria estuve yo!... Con cuánta frialdad le despedí..., y ahora me
muero porque vuelva... ¡Jesús, acaban de dar las cinco y ya dan las
seis! Esto no puede ser. Ese reloj está borracho... Tengamos calma.
Siento mucho sueno. Al fin el cansancio me hará dormir. Si yo no
pensase... ¡Qué felices deben de ser los burros!... Firme, mujer;
mientras más apasionado esté Joaquín, más fría y tiesa tú... Ya siento a
D.ª Laura trasteando por la casa. Ya entra la luz del sol en mi cuarto.
¡Es de día y yo despierta! Todos, todos los talentos que hay en mi
cabeza, los doy, Señor, por un poco de sueño. Señor, dame sueño y déjame
tonta...

»Ya siento bulla en la calle... Pasan carros por la de Hortaleza; pronto
empezarán los pregones. Mañana, ¿qué digo mañana?, hoy es miércoles, 17.
¿Recibiré carta y libranza de mi tío? Mi tío no es; pero así le llamo.
¡El pobrecito es tan bueno, pero tan avaro!... Doña Laura riñe con la
criada... ¡Maldita sea D.ª Laura! El día en que tenga con qué pagar a
esa mujer feroz, será el más alegre de mi vida... ¡Las siete ya! Quiero
dormir, aunque no despierte más. Esta cama es un potro, un suplicio. Si
dentro de un rato no duermo, me levantaré. No puedo estar así. En mi
cabeza hay algo que no marcha bien. Esto es una enfermedad. ¿Si se
morirá la gente de esto, de no dormir?... Entonces la muerte será un
despabilamiento terrible. Francamente, envidio a las ostras. ¡Cómo entra
el sol por mi cuarto! El pícaro va derecho a iluminar mis pobres botas,
que ya no sirven para nada. También da de lleno en mi vestidillo para
hacerle, con tantísima luz, más feo de lo que es. ¡Qué miserable estoy,
Dios mío! Esto no puede seguir así; no seguirá. Voy a escribir a mi tío,
a la marquesa, a D. Manuel Pez, a Joaquín... ¡Las ocho, Dios de mi vida!
Me levanto. Dormiré mañana a la noche».



Capítulo XII

Los Peces (sermón)


=--I--=

Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente...

Y crió Dios las grandes ballenas, y toda ánima que vive y se mueve, que
reprodujeron las aguas según sus especies... Y vio Dios que era bueno.

Y las bendijo diciendo: Creced y multiplicaos y henchid las aguas de la
mar...

(_Génesis_, cap. I, versículos 20, 21 y 22.)

Amados hermanos míos: Feliz mil veces _la postrera de las tierras hacia
donde el sol se pone_, esta nuestra España, que concibió en su seno y
crio a sus pechos a D. Manuel José Ramón del Pez, lumbrera de la
Administración, fanal de las oficinas, astro de segunda magnitud en la
política, padre de los expedientes, hijo de sus obras, hermano de dos
cofradías, yerno de su suegro el Sr. D. Juan de Pipaón, indispensable en
las comisiones, necesario en las juntas, la primera cabeza del orbe para
acelerar o detener un asunto, la mejor mano para trazar el plan de un
empréstito, la nariz más fina para olfatear un negocio, servidor de sí
mismo y de los demás, enciclopedia de chistes políticos, apóstol nunca
fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio
de nuestra gloriosa apatía nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar
reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, ordeñador mayor
por juro de heredad de las ubres del presupuesto, hombre, en fin, que
vosotros y yo conocemos como los dedos de nuestra propia mano, porque
más que hombre es una generación, y más que persona es una era, y más
que personaje es una casta, una tribu, un medio Madrid, cifra y
compendio de una media España.

Don Manuel José Ramón Pez andaba, en la época a que se refiere este
nuestro panegírico, entre los cincuenta y los sesenta años. Desde su
tierna edad servía en esta maternal Administración española. De niño
había tenido el amparo de otros peces mayores y de los Pipaones, que
también eran Peces por la rama materna. Más adelante se gobernó solo, y
casi siempre desempeñó elevados y ubérrimos destinos, con intervalos de
cesantías; que nada hay estable ni completo en este mundo. Gozaba
reputación de honrado, lo que el predicador declara con gusto, aunque
esto de la honradez bien sabemos todos que ha llegado a ser una idea
puramente relativa. De sus principios políticos no queremos hablar,
porque no hay para qué. Ni esto importa gran cosa, con tal de establecer
que aquellos principios, presupuesto que los hubiera, tenían por
atributo primero una adaptación tan maravillosa como la de los líquidos
a la forma y color del vaso que los contiene. Eran, pues, principios
líquidos, lo que no es ciertamente el colmo de la incohesión, pues
también los hay gaseosos. Si un carácter ha de formarse de una sola
pieza y de una sola substancia, descartando las demás como puramente
ornamentales, el carácter de D. Manuel se componía de una sola y
homogénea cualidad, la de servir a todo el mundo, prefiriendo siempre,
por la ley de gravitación social, a los poderosos.

Es fama que no hay cosa, debajo de la jurisdicción de lo humano, que no
se consiguiera por mediación de Pez, y de aquí que Pez estuviera en
aquellos días de apogeo tan abrumado de recomendaciones como lo está de
ex--votos un santo milagroso. La recomendación es entre nosotros una
segunda Providencia; equivale a lo que otros pueblos menos
expedientescos llaman suerte, fortuna. Por ella se puede llegar a
cumbres altísimas; por ella se abren los caminos que hallan cerrados el
trabajo y el talento. Debemos al misticismo esa forma administrativa de
la paciencia que se llama el expediente; debemos al favoritismo esa
forma gubernamental del soborno que se nombra la recomendación.

No como una segunda fase de su carácter servicial, sino como una
ampliación de él, tenía don Manuel la virtud de la filogenitura, o sea
protección decidida, incondicional, una protección frenética y
delirante, a la copiosísima, a la inacabable, a la infinita familia de
los Peces. En aquellos días, amados hermanos míos, desempeñaba una de
las principales direcciones de Hacienda, y aun se le indicaba para
ministro. En los mismos días veríais repartidos por toda la redondez de
la Península número considerable de funcionarios que por llevar el claro
nombre de Pez, manifestaban ser sobrinos, primos segundos, cuartos o
séptimos, o siquiera parientes lejanos de D. Manuel. Había cuatro o
cinco Peces entre los oficiales generales del ejército, todos con buenos
lotes en direcciones o capitanías generales. Los magistrados y jueces y
promotores fiscales del género Pez se contaban por centenares,
distribuidos en toda la España. Para que en todas las jerarquías hubiera
algún miembro de esta omnisciente familia de bendición, también había un
obispo pisciforme, y hasta doce canónigos y beneficiados que pastaban en
el banco del Culto y Clero. En ayudantes de obras públicas, capataces,
recaudadores de contribuciones, empleados de Sanidad, vistas de Aduanas,
inspectores de Consumo, jefes de Fomento, oficiales cuartos, séptimos y
quincuagésimos de Gobiernos de provincia, el número era tal que ya no se
podía contar. Invoquemos el texto divino: _Crescite et multiplicamini,
et replete aguas maris_.

De la Mancha, centro y venturoso nido de aquella familia, no hay que
hablar, porque allí los había hasta de las más bajas categorías. Sin
contar alcaldes, secretarios de Ayuntamiento, cuyo parentesco con D.
Manuel era evidente, aunque remotísimo, coleaban mil y mil Pececillos,
sólo relacionados con el ilustre jefe por los servicios mutuos y el
apellido, que tomaban su parte de sopa boba, ya de peones camineros, ya
de peatones, quier de maestro de escuela, quier de sacristán. Para
decirlo todo de una vez, y concretándonos al distrito perpetuo de D.
Manuel, basta decir que era una pecera. Amados hermanos míos, recordemos
la opinión que acerca de esta gente formó el _Apóstol de las Escuelas_,
Augusto Miquis, manchego. De sus profundos estudios ictiológicos sacó la
clasificación siguiente: Orden de los _Malacopterigios abdominales_.
Familia, _Barbus voracissimus_. Especie, _Rémora vastatrix_.


=--II--=

Amados hermanos míos: si de la Mancha pasamos, pues todo es España, a la
Dirección de que era jefe D. Manuel, hallaremos un espectáculo no menos
patriarcal. De su matrimonio con una de las hijas de D. Juan de Pipaón
(que de Dios goza), había tenido D. Manuel siete criaturas. Descontando
al hijo mayor, Joaquín Pez, de quien se hablará cuando le toque;
descartando también a las dos señoritas de Pez, ya casaderas, quedaban
cuatro pimpollos. Luis, de veintiséis años, tenía treinta mil reales en
la Secretaría del Ministerio; Antoñito, de veintidós Navidades, gozaba
veinticuatro en una Dirección limítrofe; Federico, de diez y nueve, se
dignaba prestar sus servicios al lado del papá por la remuneración de
catorce mil reales; Adolfito, de quince, había admitido un bollo de ocho
mil entre los escribientes, y el gato..., no, el gato no había recibido
aún la credencial; pero la recibiría en justo galardón de su celo
persiguiendo a los ratoncillos que roían los papeles de la oficina.

No pasaremos adelante, por respeto al mismo Sr. de Pez, sin hacer una
breve excursión al campo de la Aritmética. Es una observación o problema
que el público ha formado muchas veces ante ciertas antítesis, que, a
fuerza de repetirse, han llegado a sernos familiares. Cuando D. Manuel
era Director, el boato de su familia igualaba al de una familia
propietaria con quince o veinte mil duros de renta. El no tenía bienes
raíces de ninguna clase, no estaba inscripto en el gran libro, no debía
de tener tampoco economías. Sumando su sueldo con el sueldo de los
pececillos, el total no alcanzaba, con las mermas del descuento, a seis
mil duros. Problema: ¿por qué misteriosas alquimias pasaba esta cantidad
para alimentar las siguientes partidas: casa de diez y ocho mil reales,
buena mesa, estreno constante de ropa por todos los individuos de la
familia, lujosos vestidos de baile para las niñas, landó, palco a primer
turno al Teatro Real, excursiones a los otros teatros, viajes de verano,
imprevistos, etc...? Aun suponiendo doble el activo por lo que D. Manuel
percibía de algunas compañías de ferrocarriles, quedaba la mitad del
gasto en el aire. Pero estos rompecabezas, que en tiempos pasados
preocupaban algo a los vagos, amigos de averiguar vidas ajenas, ya, por
ser de todos los momentos, han llegado a parecer cosa natural y
corriente. Familiarizada la sociedad con su lepra, ya ni siquiera se
rasca, porque ya no le escuece.

Introduzcámonos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta
redoma de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este
matrimonio dichoso, y de esta prole dichosísima. Los tiempos eran
prósperos. Tocaba entonces estar arriba. El árbol fecundísimo del poder
protegía con su plácida sombra a la familia. Bastaba alargar la mano
para coger sus sabrosas frutas. El aroma de sus flores embriagaba. De
situación tan bella procedía en todos aquel deseo febril de goces y el
delirio de llamar la atención, de parecer mucho más de lo que realmente
eran. La señora de Pez ya no aspiraba simplemente a que sus hijas
casasen con hombres ricos y decentes. No; sus yernos habían de ser
millonarios, y además, duques, o cuando menos, marqueses; ellas mismas
(dañadas ya sus inocentes almas por la fatuidad) habían hecho suyas las
ideas de su endiosada mamá, y aún iban más lejos, y soñaban con
príncipes, ¿por qué no con reyes?

Eran dos niñas preciosas, de hermosura delicada y frágil, de esa que
luce en la juventud con la belleza enfermiza de una flor de estufa, y
luego se disipa en el primer año de matrimonio; rubias, delgadas,
quebradizas, porcelanescas. Sus ojos claros lucían demasiado grandes en
la delgadez linda y afilada de sus caritas de cera. A fuerza de ser
traídas y llevadas por su mamá de salón en salón, de teatro en teatro,
de fiesta en fiesta, parecían fatigadas, pero no hartas de frívolos
pasatiempos y goces. Se las educaba en la inmodestia, de donde resultaba
que estas tales niñas apenas podían esconder, bajo el barniz de la
urbanidad, el desprecio que sentían hacia todo lo que fuera o pareciese
inferior a la esfera en que ellas estaban. No se les caía de la boca la
palabra _cursi_, aplicándola a este o aquel que no viviese inmergido en
el mar de felicidades de la familia Pez; y al hablar de este modo no
comprendían las tontuelas que ellas caían también debajo del fuero de la
cursilería, porque esta es un modo social propio de todas las clases, y
que nace del prurito de competencia con la clase inmediatamente
superior. Aquellas niñas, mil veces dichosas, no habían visto el mundo
sino por su lado frívolo; no conocían la sociedad ni su mecanismo, ni
sus orbes y gravitación admirables. Su instrucción se circunscribía a un
poco de Catecismo, una tintura de Historia, ¡y qué Historia!, algunos
brochazos de Francés y un poco de Aritmética. Pero ¿de que servían los
rudimentos de esta ciencia madre a las preciosas Josefa y Rosita, si no
les cabía en la cabeza que ellas careciesen de cosas que la hija del
duque de Tal poseía en abundancia? En aquellos cerebros, tan limpios de
malicia como de sindéresis, cerebros atiborrados de hojas de rosa, para
ahuyentar las ideas, como si estas fueran cucarachas, no podía entrar la
comparación entre los diez millones de renta del duque de Tal y los
cincuenta mil reales del Director de Hacienda, aun suponiéndole Pez, y
Pez grandísimo. _Creavit Deus Cete grandia_ (los grandes cetáceos).

Dejémoslas en paz. Eran dichosas. ¿A qué conturbar su felicidad,
picoteándola con números? Que gocen de la vida, de los verdes años.
Ocupémonos de Adolfito, el precoz funcionario, que no iba a la oficina
sino cuando le daba la gana; que había encargado un velocípedo a Londres
y había extendido él mismo la orden para que el administrador de la
Aduana de Irún lo dejase pasar sin derechos, ¡qué rasgo de genio! «Tú
irás muy lejos, niño», le dijo el jefe de Negociado. Y realmente aquel
rasgo valía una cartera. ¡Genialidad infantil que anunciaba el embrión
de un hombre de Estado español!

Ocupémonos también, amados hermanos míos, de Federico y Antoñito Pez,
que estaban a punto de ser abogados, y que eran el uno filósofo (muchos
filósofos de hoy tienen diez y siete abriles) y el otro economista. ¡Ah!
La Economía política es una ilusión que se pierde siempre a los veinte
años. Federico se había distinguido en esos círculos de sabiduría
temprana donde centenares de ángeles juegan al discurso. Era oradorcito.
Allí era de oír lo siguiente: «El señor que me ha precedido en el uso de
la palabra...». Y el tal preopinante no llevaba chichonera porque hoy es
moda que los niños de teta usen sombrero. Las controversias de los
menudos filósofos y economistas tomaban siempre un tono de acaloramiento
y personalismo, que agriaba los nobles caracteres. La Memoria escrita
por Federico sobre no sé qué, pasó desde la tribuna a la prensa,
apareció en una Revista; el niño se creció; inscribiose en un círculo
más nombrado; hízose oír; le aplaudieron. Primero hablaba y luego
gritaba. Ensordecía los pasillos. Llegó a envanecerse con su facilidad
de palabra, y a creerse un Moret, un Gabriel Rodríguez. Hubo de volverse
loco porque le dijeron que aún mamaba. ¡Disparate! El no mamaba sino del
presupuesto.

Antoñito, que era el filósofo, empleaba las horas de oficina en hacer
revistas musicales para un periódico de teatros. La Filosofía y la
Música tienen un alma de diez y nueve años, una afinidad que parece
parentesco. Son dos cuerdas distintas del laúd de la tontería. Antoñito,
que había hecho en su cabeza una especie de pasta filosófica, amasando
al padre Taparelli con Augusto Comte, era además un wagnerista
furibundo, aunque, la verdad ante todo, en jamás de los jamases había
oído música de Wagner. En sus artículos llamaba a todas las cantantes
_divas_, y a toda las obras _spartitos_. Era severísimo con los artistas
cuando no le daban butaca.

Ocupémonos, finalmente, de Luis Pez, el cual no era filósofo, ni
economista, ni músico; era jinete. Había comenzado una carrera militar,
pero tuvo que abandonarla por falta de luces. Su pasión eran los
caballos. Se ocupaba del propio tanto como de los ajenos, y deploraba
que no tuviéramos hipódromo (1872). Como el de sus hermanas, estaba su
cerebro tan limpio de Aritmética, que no acertaba a comprender por qué
él tenía un solo caballo, mientras su amigo, el hijo de los duques de
Tal, montaba alternativamente cinco, sin contar los veinte que ocupaban
la cuadra de la calle de San Dámaso. He aquí una contradicción económica
ante la cual Federico Pez, un Bastiat en estado de larva, habría tenido
quizás algo que decir. Iba nuestro galán centauro a la oficina lo menos
que podía. Estaba agregado a la Comisión de empleados que redactaban las
nuevas Ordenanzas de Aduanas. ¿Para qué había de molestarse este digno
funcionario en asistir a su trabajo si él no sabía lo que era comercio;
si no sabía lo que era un puerto; si no había visto otra mar que el mar
sin barcos de Biarritz; si ignoraba lo que es un buque, un cargamento,
lo que son derechos, valores, rol, tasa, escala alcohólica, arancel, y
demás cosas que atañen al tráfico y desarrollo del cambio? Bostezaba en
la oficina, cobraba su sueldo, esperaba con ansia la hora y la calle.
Amados hermanos míos, tiempo es ya de que digamos con el ángel. _¡Ave,
María!_


=--III--=

Sorprendamos a D. Manuel José Ramón Pez (o del Pez) cuando, recién
abandonadas las ociosas plumas, entraba en su despacho a enterarse de
varios asuntos, ajenos a su empleo, aunque muchos tenían con él relación
misteriosa, sólo de él conocida. Envuelto en su abrigadora bata, calados
los lentes o quevedos, afeitada y descañonada ya la barbilla violácea,
bien peinadas y perfumadas con colonia las patillas de un gris de
estopa, revolvía cartas, consultaba notas, hojeaba _memorándums_,
ordenaba _in mente_ lo que no tenía orden, hacía cálculos, esbozaba
proyectos, trazaba planes. La frase y el guarismo se entrecruzaban en su
cerebro, demarcando en su frente una arruga fina, delicada, que parecía
hecha con tiralíneas; abismábase en meditaciones; después, tarareando
una cancioncilla, pasaba la vista por los periódicos de la mañana, daba
algunas órdenes a sus escribientes y se ocupaba un poco de teatros y
diversiones.

A cada instante era visitado el despacho por un ángel que entraba
retozando. ¡Qué cháchara suplicatoria y qué mendicidad mezclada de
regocijo! «Papá, dale el dinero a Francisco para que vaya por el palco
de la Comedia... Papá, no olvides que hoy se renueva el abono del
Real... Papaíto, págame esta cuenta de Bach... Papá, el sastre... Papá,
la modista... Papa, la florista... Papá, la cuenta de Arias... Papá,
nuestros abanicos... Papá, el caballo... Papá, papá, papá...». Era un
pío pío que no cesaba. Por fortuna don Manuel José Ramón era la imagen
viva de la Providencia, según generosamente daba y repartía, sin
quejarse, sin regañar; antes bien, regodeándose de ver tanto gusto y
apetito satisfechos. Adoraba a la familia y se recreaba en ella. También
él era feliz, porque si algún bien positivo hay en el mundo, es el que
sienten mano y corazón en el momento de dar algo.

Y en tanto, en el recibimiento de la casa se agolpaba un gentío fosco,
siniestro, una turba preguntona y exigente, que quería hablar con el
señor, ver al señor, decir dos palabritas al señor. Sonaba a cada
instante la campanilla, y entraba uno más. Eran los desfavorecidos de la
fortuna, pretendientes, cesantes de distintas épocas, de la época de Pez
y de la época del antecesor de Pez. Algunas bocas famélicas pedían pan;
otras no pedían más que justicia. Aquellos, sofocados por la necesidad,
pedían para el momento; estos para el mes que viene, y algunos estaban
atrofiados ya y tan sin fuerzas para pretender, que pedían _para cuando
hubiese una vacante_. Con este gentío calagurritano se mezclaban los
postulantes de otra esfera, personajes y señorones que pasaban al
despacho desde que llegaban. El criado no podía contener a la turba
impaciente, desesperanzada, a veces rabiosa, que tenía en sus maneras el
ímpetu del asalto. Una mujer mal vestida atropelló en cierta ocasión al
criado, se metió por el pasillo adelante, entró sin anunciarse en el
despacho, y encarándose con D. Manuel, dijo con lágrimas y gestos de
teatro: «Señor, soy viuda de un Pez».

Don Manuel repartía promesas, limosnas, a veces credenciales de poca
monta, y para todos tenía un consuelo, una palabra o un duro. Era
bondadoso y muy bien educado. Había en su mente, junto a la idea de su
derecho al presupuesto, la idea de ciertos deberes ineludibles para con
la humanidad cesante y desposeída.

Por concluir nuestro panegírico con un hecho concreto de la vida del
santo, diremos que una mañana D. Manuel mandó que no entrase nadie.
Estaba fatigado. Quería ir pronto a la oficina, donde tenía cita con el
marqués de Fúcar y con el ministro para tratar de salvar al Tesoro,
haciéndole un préstamo.

«¡Ah!, se me olvidaba...--murmuró, echando la vista sobre una carta--.
Francisco, dile al señorito Joaquín que suba».

Joaquín Pez, el mayor de los Pececillos, tenía treinta y cuatro años. Se
había casado por amor con la hija única de la marquesa de Saldeoro.
Quedose viudo a los ocho años de matrimonio, no exento de alborotos, y
cuando las cosas de esta relación ocurren estaba asombrosamente
consolado de su soledad. Por dos calidades, de mucho valer ambas, se
distinguía; física la una, moral la otra. Era su corazón bueno y
cariñoso. Era su figura y rostro de lo más apuesto, hermoso y noble que
se pudiera imaginar. Tenía toda la belleza que es compatible con la
dignidad del hombre, y a tales perfecciones se añadían un aire de
franqueza, una agraciada despreocupación, o sí se quiere más claro, una
languidez moral muy simpática a ciertas personas, una cháchara frívola,
pero llena de seducciones, y por último, maneras distinguidísimas, humor
festivo, vestir correcto y con marcado sello personal, y todo lo que
corresponde a un tipo de galán del siglo XIX, que es un siglo muy
particular en este ramo de los galanes.

Y hablemos ahora, amados hermanos míos, del defecto de Joaquín Pez,
defecto enorme, colosal, reprobado por la Filosofía, por la Iglesia, por
los Santos Padres y hasta por la gente de poco más o menos. Este defecto
era la debilidad, deplorable incuria para defenderse del mal, dejadez de
ánimo y ausencia completa de vigor moral. Conocidas las condiciones
físicas y sociales del Pez, bien se comprenderá que este vicio del alma
había de tener por expresión sintomática el desenfreno de las pasiones
amorosas.

Disculpémosle. Era tan guapo, tenía tanto partido, que más que el tipo
del seductor leyendario, tal como nos lo han transmitido los dramas, era
en varias ocasiones un incorregible seducido. Las mujeres absorbían su
atención, todo su tiempo y todo su dinero, muy abundante al recibir la
herencia de su esposa, pero muy mermado ocho años después. Cuando le
conocemos, Joaquín estaba en el apogeo de sus triunfos, y en todos los
terrenos sociales se presentaba con su carcaj y flechas; es decir, que
no despreciaba ninguna pieza de caza, ya estuviese en palacios, ya en
cabañas o andurriales.

Ya os oigo decir, amados míos, que estas cacerías, lejos de fortificar
al hombre, le desmedran y embrutecen. Tan claro es eso como el agua;
pero nuestro vigoroso Pez no había llegado aún, cuando le conocimos, al
grado de envilecimiento que es el término de las pasiones locas. Su
vicio era todavía un vicio del corazón, intervenido con la fantasía. Aún
persistían en él ilusiones juveniles, con sus delicadezas y entusiasmos,
con sus melancolías, sus arrebatos e impaciencias. El cuerpo principiaba
a envejecer antes que el alma, porque esta retardaba su extenuación con
fantasmagorías y esfuerzos de iluminismo, de que nacían, aunque por modo
artificioso, afectos parecidos a la ternura.

Vivía solo este joven, en el piso bajo de la casa, cuyo principal
ocupaban sus padres. Levantábase tarde, almorzaba con su familia, y
después de la una rara vez le volvían a ver sus padres hasta el día
siguiente.

«Pero, hombre, ¿has visto?--le dijo el papá Pez, prejuzgando con su
tonillo burlón el asunto de que iba a tratar--. Otra carta del Canónigo
en que viene con las mismas historias... Nos recomienda a esa tal
Isidora y a su hermano para que les aconsejemos y les dirijamos..., ¡qué
tonterías!, en su pretensión... Dice que son nietos de la marquesa de
Aransis; que él lo probará ante los Tribunales. ¿Tú crees esto?

--Yo..., yo, verdaderamente...--manifestó Joaquín con aquella indolencia
que de su cuerpo a su pensamiento se extendía--. No lo afirmo ni lo
niego.

--Logomaquias, hombre--dijo D. Manuel apartando de sí con desprecio la
carta de su amigo el Canónigo, cacique y faraute de los Peces en buena
parte de la Mancha--. Esto es novela... ¡Nietos de la marquesa de
Aransis!... Cierto es que aquella pobre Virginia... ¿Conoces tú a esa
Isidora?

--Sí.

--¿Y ella sostiene...?

--Como el Evangelio.

--Logomaquias. Estas historias de muchachos mendigos que a lo mejor
salen con la patochada de tener por papás a duques o príncipes, no
pueden pasar en el día, mejor dicho, yo creo que no han pasado nunca.
Admitámoslo en las novelas; ¡pero en la realidad...! En fin, sea lo que
quiera, es preciso atender al Canónigo, que nos sirve bien. Entérate.
Dice que pongamos a disposición de la muchacha algunas cantidades. En lo
que no le haré el gusto, por ahora, es en lo de hablar de ello a la
marquesa de Aransis. Es cosa muy delicada. Cumpliremos diciéndoselo a su
apoderado, el marqués de Onésimo... Logomaquias, hombre...

--Yo me encargaré de esto--replicó decididamente Joaquín--. Ya he visto
a esa hija de reyes. Es una muchacha simpática, discreta y buena, que
merece, sí, merece, sin duda algo más de lo que posee».

Cuando Isidora llegó a Madrid, recibió don Manuel una carta del Canónigo
recomendando a su sobrina, e indicando de un modo vago el asunto que
tanto había hecho reír al señor Director. Por encargo de este, Joaquín
la visitó; encontrola guapa el primer día, el segundo muy guapa, y el
tercero deliciosísima, con lo que la diputó por suya. Trazó las primeras
paralelas; halló resistencia; trazó las segundas y halló más
resistencia, una tenacidad que anunciaba el heroísmo. De aquí vino
aquella retirada hábil que desconcertó, como antes se dijo, a la joven,
no vencida por el ataque, sino por el aburrimiento de no verse atacada.
¡Cuán cierto es que el ocio enerva y rinde al más aguerrido ejército
antes que el fuego y las balas!

Las dotes militares de Joaquín, más que de general de tropas regladas,
eran de guerrillero hábil en golpes de mano. Viene esto de la índole de
los tiempos, que repugnan la epopeya. No pueden substraerse los amores a
esta ley general del siglo prosaico... El atrevido capitán de partidas,
desde que habló con su padre, ideó, pues, la emboscada más hábil que
concertaron guerrilleros en el mundo. No pondría sitio. Enviaría un
parlamentario al enemigo para hacerle salir de la plaza. Si el enemigo
caía en el lazo, si pasaba el río de la Prudencia y se ponía bajo los
fuegos del desfiladero de la Audacia...

En el capítulo siguiente veréis, ¡oh amados feligreses!, lo que pasó.



Capítulo XIII

¡Cursilona!


Serían las cuatro cuando Isidora, acompañada de su padrino, llegó al
portal de la casa de Joaquín Pez. Su ansiedad era grande, porque había
recibido una elegante esquela en que el viudito de Saldeoro, después de
declararse imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita de
Rufete a venir a su casa, donde sería enterada de una comunicación del
Canónigo en que se le enviaba dinero, y de un asunto extraordinariamente
importante y venturoso. Los comentarios que hizo Isidora desde la calle
de Hernán Cortés a la de Jorge Juan no cabrían en este volumen, aunque
fuese doble. ¡De qué manera y con qué fecundidad de imaginación dio vida
en su mente a la entrevista próxima a verificarse! Al llegar al portal,
y al decir a D. José: «dese usted una vueltecita por el barrio y vuelva
aquí dentro de media hora», ya había ella desarrollado en sí misma cien
visiones distintas de lo que había de pasar. Cuando ella entraba, salían
las dos niñas de Pez con su mamá para subir al coche que las esperaba en
la calle. ¡Qué elegantes! Isidora las miró bien; pero iba ella, a su
parecer, tan mal, con tan innoble traza, que de buena gana se hubiera
escondido para no ser vista de las otras. Porque la de Rufete, pobre y
mal ataviada, se consideraba fuera de su centro. Su apetito de
engrandecerse no era un deseo tan sólo, sino una reclamación. Su pobreza
no le parecía desgracia, sino injusticia, y el lujo de los demás
mirábalo como cosa que le había sido sustraída, y que tarde o temprano
debía volver a sus manos.

Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que entraba. Pero esta
las examinó bien, y en menos de lo que se dice hizo de ellas crítica
acerba, las desnudó, les quitó los sombreros, censuró aquellos talles de
araña, y concluyó por considerar en su mente lo que resultaría si la más
guapa de las chicas de Pez se vistiera con los arreos de Isidora, y esta
se pusiera los de la chica de Pez.

Entró en casa de Joaquín, y el criado la encerró en un gabinete mientras
pasaba recado al señorito. ¡Qué hermosos y finos muebles, qué cómodos
divanes, qué lucientes espejos, qué blanda alfombra, qué graciosas
figuras de bronce, qué solemnidad la de aquel reloj, sostenido en brazos
de una ninfa de semblante severo, y sobre todo, qué magníficas estampas
de mujeres bellas! La escasa erudición de Isidora no le permitía saber
si aquellas señoras eran de la Mitología o de dónde eran; pero la
circunstancia de hallarse algunas de ellas bastante ligeras de vestido
le indujo a creer que eran Diosas o cosa tal. ¡Y qué bonito el armario
de tallado roble, todo lleno de libros iguales, doraditos, que mostraban
en la pureza de sus pieles rojas y negras no haber sido jamás leídos!
«Pero ¿qué harán en los rincones aquellos dos señores flacos? ¡Ah! Esa
pareja se ve mucho por ahí. Son Mefistófeles y D. Quijote, según ha
dicho Miquis. Yo no haré nunca la tontería de tener en mi casa nada que
se vea mucho por ahí. Vamos, que aún puedo yo dar lecciones a esta
gente». Mirando y remirando los ojos de Isidora toparon con el Cristo de
Velázquez, y estaba ella muy pensativa tratando de averiguar qué haría
nuestro Redentor entre tanta diosa, cuando entró Joaquín.

«¡Albricias!--le dijo de buenas a primeras, tomándole las dos manos y
apretándoselas mucho--. Papá ha tenido una carta del Canónigo... Papá se
propone hablar a la marquesa de Aransis. Todo se arreglará... Esto va
bien. ¿No lo dije yo?».

Isidora quedó tan turbada por esta irrupción brusca de buenas noticias,
que no acertó a decir nada. Miraba embebecida a Joaquín. Pasada la
primera impresión de las noticias, lo que dominó en el espíritu de la
joven fue la vergüenza de que Joaquín, tan admirador de ella, la viese
mal vestida. Había estado dos horas arreglándose para disimular su mala
facha. Venía compuesta con galana sencillez, respirando aseo y
coquetería; pero todo el aseo del mundo, toda la gracia y sencillez no
podían disimular la fea catadura del descolorido traje, ni menos, ¡y
esto era lo más atroz!, la desgraciadísima vejez y mucho uso de las
botas, que no sólo estaban usadas y viejas, sino ¡rotas! Lo que Isidora
padecía con esto no es decible. Cuidadosamente escondía bajo las faldas
sus pies, tan pequeños como mal calzados, para que Joaquín no se los
viera.

Pero ya él se los había visto, sin perder por eso el amor, o llámese
como se quiera, que sentía; antes bien, exaltándose más. Por efecto de
esas aberraciones del gusto que marcan el tránsito de la pasión al
vicio, Joaquín la amaba más con aquel atavío grosero; y si estuviera
completamente derrotada, como mendiga de las calles, viera en ella
sublimado el ideal del momento.

«¿Y cuándo hablará su papá de usted a la marquesa?--preguntó Isidora ya
más dueña de sí--. La marquesa está en Córdoba...

--¿En Córdoba?... Ya--murmurró Joaquín, a quien no le importaba gran
cosa que la marquesa estuviera donde mejor le acomodase--. Eso no
importa. La marquesa vendrá... ¡Ah!, ya me olvidaba de decir a usted lo
mejor. Tenemos orden del señor Canónigo para entregar a usted las
cantidades que necesite. Usted dirá.

--¡Las cantidades que necesite!»--repitió Isidora embelesada, viendo en
su imaginación una cascada de dinero.

¡Tener dinero! ¡Qué alborozo! Parecía que en su alma, como en alegre
selva iluminada de repente, empezaran a trinar y a saltar mil
encantadores pajarillos. ¡De tal modo se le anunciaban las necesidades
satisfechas, los goces cumplidos, las deudas pagadas y otras
satisfacciones más, traídas por la soberana virtud del oro!

Conocedor Joaquín de la manera de tocar ciertos registros del alma
humana y de los efectos de la sorpresa teatral en los sentidos del
hombre, y más aún de la mujer, llegose a la chimenea, tomó de ella una
cajita, abriola y mostró a los ojos admirados de Isidora porción
cumplida de dinero, monedas de oro y plata, y dos o tres manojillos de
billetes de Banco.

«No sé lo que habrá aquí--dijo Pez revolviendo el tesoro con sus dedos,
y afectando hacerlo con indiferencia para dar a entender su familiaridad
con los millones--. Mil, dos, cuatro, ocho... Usted dirá».

El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando
su alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien
la cantidad no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes
pequeños, la pobre joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole,
creía ver pasar por entre los dedos de Joaquinito Pez toda la corriente
del dorado Pactolo.

«Usted dirá--repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si
fueran libritos de papel de fumar--. Mi parecer es que usted, por quien
es y por la posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella
casa. Usted debe tomar una casa para sí y su hermano, ponerse en otro
pie de vida, no escatimar ciertas comodidades, en fin... ¿Quiere usted
que yo me encargue de buscarle casa, de proporcionarle muebles,
modista...?».

Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una
descripción del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando
Joaquín la miró tan de cerca que ella podía contarle los pelos de la
barba rubia y los radios dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al
mismo ángel de la puerta del Paraíso mostrando las llaves de él... Por
un instante Isidora no hizo más que saltar la mirada de la cajita al
rostro, y del rostro a la cajita. La profunda admiración que por el
joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño entrañable. ¡Era tan
seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan distinto de todos
los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y
traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.

«Usted dirá»--volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y
tomando las manos de Isidora.

Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo,
más seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones
imaginables.

«¿Me porto mal--dijo él con voz blanda--; me porto mal en pago de la
ofensa que usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía
quererme?».

Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida.
Después sintió frío.

«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su
camino--prosiguió él--. En vez de quererme entonces como ha prometido,
me despreciará... ¡Será usted entonces tan superior a mí!...».

La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos
los pliegues del disimulo.

Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se
sentía como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima
del joven Pez pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores
celestes que van y vienen. ¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla
de palabras ardientes, que jamás oyera ella sino en sueños? Joaquín la
tuteaba, Joaquín se extralimitaba de palabra. Rápidamente conoció
Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas inspiraciones de
dignidad y honor que son propias en las naturalezas no gastadas. Su
debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra parte,
era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así
como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que
rápidamente pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que
dio a su dignidad de Aransis para que se despertase y saliese a
defenderla. Ello es que saltó del asiento con tal rapidez, que no pudo
Joaquín detenerla, y con velocidad de pájaro se puso en la puerta. El
violento palpitar de su seno, cortándole la respiración, apenas le
permitió decir:

«No quiero nada, no quiero nada».

Evidentemente, referíase al contenido de la cajilla. Joaquín corrió tras
ella, diciendo: «Formalidad, formalidad». Pero la de Rufete, valiente y
decidida, trató de abrir la puerta. Estaba cerrada. Era de ver su
ligereza de gorrión, su prontitud para correr de un punto a otro,
perseguida, mas no alcanzada. Corrió a la ventana, que por ser de piso
bajo estaba a dos varas de la calle, abriola, y apoyándose en el
alféizar, vuelta hacia dentro, dijo así con animosa voz:

«Si usted no me abre la puerta y me deja salir, grito desde aquí y pido
socorro».

Quedose parado el Pez; reflexionó un instante. De repente su amor se
deshizo en despecho y su despecho en risa.

«¿Escenita?... ¿Gritar en la calle? ¡Qué ridiculez! Usted se empeña en
que hagamos el oso».

La ira retozaba en sus labios. Miró a Isidora con tanto enojo, que esta
se turbó y creyó haber sido desconsiderada y excesivamente altanera.
Después el joven abrió la puerta. Indicó a Isidora la salida, dejando
escapar de sus labios, trémulos de ira, esta palabreja:

«_¡Cursilona!..._»

Tres minutos después, Isidora se unía a don José en la esquina de la
calle, y marchaba hacia su casa con el alma llena de turbación, alegre
de la victoria y triste de la pobreza, satisfecha y desconcertada,
diciendo para sí:

«Me ofende por que soy huérfana, y me insulta porque soy pobre; y a
pesar de todo...».



Capítulo XIV

Navidad


=--I--=

Al día siguiente recibió Isidora una carta de Joaquín incluyéndole
algunos billetes de Banco, y pidiéndole perdones mil por el caso del día
anterior. Decíale que si alguna palabra áspera y malsonante salió de sus
labios al despedirla, la tuviese por dicha en son de broma o por no
dicha. Finalmente, le pedía permiso para verla de nuevo en casa de
Relimpio. Agradeció ella con toda su alma el desagravio, y sus
aflicciones de aquel día se le disiparon con la grata vista del pan
bendito, o llámese papel--moneda. Dio al olvido sus agravios; pero si
perdonó fácilmente a Joaquín la injuria intentada contra su honor, tuvo
que hacer un esfuerzo de bondad para perdonarle el que le hubiera
llamado _cursilona_. Tal es la condición humana, que a veces el rasguño
hecho al amor propio duele más que la puñalada asestada contra la honra.
El marqués viudo la visitó dos días después, y su comedimiento, después
de las audacias referidas, la cautivaba más, o si se quiere de otro modo
más claro, su comedimiento tenía la virtud de hacer disculpable y aun
amable la osadía pasada; que así se contradicen los corazones en su
lógica de misterios. Poco a poco, con las visitas y el largo charlar de
ellas, Isidora iba queriendo al viudo, y el viudo aficionándose tanto a
ella, que llegó un punto en que hubo de sorprenderse y asustarse de la
formalidad de su cariño. En tanto el asunto marchaba satisfactoriamente.
Don Manuel Pez y el marqués de Onésimo habían escrito a la marquesa de
Aransis, y aunque esta no contestaba, era de presumir que contestaría
pronto y a gusto de todos. También llevaba buen camino lo de la causa
criminal de Mariano. Joaquín bebía los vientos para que le soltase el
juez, aunque fuera bajo fianza, por razón de la irresponsabilidad que le
daban sus pocos años. Isidora visitaba a su hermano dos veces por
semana, llevándole ropa y golosinas. Algunas veces se encontraba en la
cárcel a _la Sanguijuelera_, que iba con fin semejante; y ambas se
trataban de palabras, distinguiéndose la vieja por la procacidad de su
lenguaje y erizado de _puños_ y el ningún respeto que a su sobrina
tenía.

Llegó Navidad, llegaron esos días de niebla y regocijo en que Madrid
parece un manicomio suelto. Los hombres son atacados de una fiebre que
se manifiesta en tres modos distintos: el delirio de la gula, la
calentura de la lotería y el tétanos de las propinas. Todo lo que es
espiritual, moral y delicado, todo lo que es del alma, huye o se
eclipsa. La conmemoración más grande del mundo cristiano se celebra con
el desencadenamiento de todos los apetitos. Hasta el arte se encanalla.
Los teatros dan mamarracho, o la caricatura del Gran Misterio en
nacimiento sacrílegos. Los cómicos hacen su agosto; la gente de mal
vivir, hembras inclusive, alardea de su desvergüenza; los borrachos se
multiplican. Tabernas, lupanares y garitos revientan de gente, y con las
palabras obscenas y chabacanas que se pronuncian estos días habría
bastante ponzoña para inficionar una generación entera. No hay más que
un pensamiento: la orgía. No se puede andar por las calles, porque se
triplica en ellas el tránsito de la gente afanada, que va y viene
aprisa. Los hombres, cargados de regalos, nos atropellan, y a lo mejor
se siente uno abofeteado por una cabeza de capón o pavo que a nuestro
lado pasa.

Las confiterías y tiendas de comidas ofrecen en sus vitrinas una
abundancia eructante y pesada que, por la vista, ataruga el estómago. No
bastan las tiendas, y en esquinas y rincones se alzan montañas de
mazapán, canteras de turrón, donde el hacha del alicantino corta y
recorta sin agotarlas nunca. Las pescaderías inundan de cuanto Dios crió
en mares del Norte y del Sur. Sobre un fondo de esteras coloca Valencia
sus naranjas, cidras y granadas rojas, llenas de apretados rubíes. En
los barrios pobres las instalaciones son igualmente abundantes; pero la
baratura declara la inferioridad del género. Hay una caliza dulzona que
se vende por turrón, y unas aceitunas negras que nadan en tinta. De la
Plaza Mayor hacia el Sur escasea el mazapán cuanto abunda el cascajo. La
escala gradual de la gastronomía abraza desde los refinamientos de
Pecastaing, Prast y la Mahonesa, hasta la cuartilla de bellota y la
pasta de higos pasados que se vende en una tabla portátil hacia las
Yeserías. El enorme pez de Pascuas comprende todas las partes y
substancias de cosa pescada, desde el ruso _caviar_ hasta el escabeche y
el arenque de barril, que brilla como el oro y quema como el fuego.

Una familia podrá morirse toda entera; pero dejar de celebrar la Noche
Buena con cualquier comistrajo, no. Para comprar un pavo, las familias
más refractarias al ahorro consagran desde noviembre algunos cuartos a
la hucha. ¿Cómo podían faltar los de Relimpio a esta tradicional
costumbre? También ellos, pobres y siempre alcanzados, tenían su pavo
como el que más, gracias a los estirones que D.ª Laura daba al dinero, y
tenían, asimismo, sus tres besugos de dos libras y media, que se
presentarían engalanados de olorosos ajos y limón. Don José era el
hombre más venturoso de Madrid desde el día 22. Ocupábase en recorrer
los puestos de la Plaza del Carmen para traer a su mujer noticias
auténticas del precio de la merluza, el besugo, los pajeles. Tratábase
de esto en Consejo, y D. José decía con gravedad: «Todo está por las
nubes. Veremos mañana». El 23, D. José y D.ª Laura tomaban un berrinche
porque no les había caído la lotería, fenómeno extraño que todos los
años se reproducía infaliblemente. Opinaba D.ª Laura que todos los
premios se los embolsaba el Gobierno, y que la lotería era un puro
engaño; pero más juicioso D. José, aseguraba que el número jugado era
muy bonito y que no habían faltado más que dos unidades (¡que te
quemas!) para que tocara premio. Concluían ambos por exclamar con
cristiana paciencia: «Otro año será».

Pero llegaba la mañana del 24, y entonces D. José era la imagen de la
felicidad, siempre que nos representemos a esta embozada en su capa y
con su gran cesto enganchado en el brazo derecho. Don José llevaba el
cesto y D.ª Laura el dinero, y aquí era el recorrer tiendas, el mirar
todo, el preguntar precios, no arriesgándose a la empresa de sus compras
hasta no estar seguros de que compraban lo mejor. Ya Relimpio estaba
enterado de los puntos donde era legítimo el turrón de Alicante y
Jijona, donde era más barato el mazapán, más dulces las granadas y más
gordas las aceitunas. De todo compraban aunque fuera en cortísima
cantidad.

Los comentarios de él sobre la calidad de las cosas compradas no tenían
término. Y luego, cuando entraban en la casa, ella con la bolsa vacía,
él doblado bajo el grato peso de la cesta, ¿quién no se conmovería
viéndole sacar todo con amor para enseñarlo a las chicas, y poner cada
cacho de turrón ordenadamente sobre la mesa, diciendo a qué clase
pertenecía cada uno, y regañando si algún ignorante confundía el de yema
con el de nieve? Lo que no podía sufrir D.ª Laura era que él probase de
todo para darlo por bueno, y con este motivo había ruidosas peloteras;
pero él aseguraba que todo estaba riquísimo, que todo era gloria, y con
esto y con recoger D.ª Laura las compras para guardarlas con siete
llaves, concluían las cuestiones. Después, D. José se metía también en
la cocina para ayudar y dar más de un consejo; que algo se le entendía
de arte de estofados y otros culinarios estilos. Las niñas dejaban la
costura aquel día; no se pensaba más que en la cena, y entre componerse
para ir al Teatro Martín con Miquis, y ayudar un poco a su madre, se les
pasaba la tarde.

Don José, a quien las horas se le hacían siglos, no pensaba en apuntar
en el Diario ni en el Mayor los gastos extraordinarios de aquel día. Por
la tarde ocupábase de instalar la mesa en la sala, por ser el comedor
muy pequeño para tan gran festín. Después se miraba diez y nueve veces
al espejo, se acicalaba, y en el colmo ya del regocijo, les quitaba a
los chicos del tercero el tambor con que atronaban la casa toda, y
tocaba por los pasillos con furor y denuedo, seguido de la turba
infantil y por ésta con alegres chillidos aclamado.

A la bendita y honesta cena de esta excelente familia no asistía nunca,
desde muchos años, el señorito Melchor, que cenaba con sus amigos. Lejos
de censurar esto, D.ª Laura hallaba natural que su hijo, escogido entre
los escogidos, no se sentase a la vulgar mesa de sus padres. Mejor papel
haría en otra parte. Ya Melchor se rozaba con literatos, diputados,
artistas y empleados de cierta categoría. Probablemente, aquel año iría
a cenar en casa de un marqués.

En cambio les acompañaba el ortopédico, hermano de D.ª Laura, y el hijo
de este, llamado Juan José. ¡Ah! El ortopédico era saladisímo para una
cena. Hombre de gran formalidad, se trocaba en el más gracioso del mundo
en cuanto bebía dos vasos de vino; decía los disparates más chuscos que
se podrían imaginar. Él y Relimpio, que también perdía la chaveta en
cuanto empinaba un poco, por estar privado de mosto durante el año
entero, eran los héroes de la fiesta; brindaban con gritos, se abrazaban
riendo como locos, y por fin rompían a llorar. En suma, que era preciso
llevarlos a cuestas a la cama, con gran algazara y risa de todos los
comensales. Los únicos convidados de fuera de casa eran Miquis y un
poeta presentado por este en la casa, llamado Sánchez Berande, el cual
hacía monos y versos no se sabe bien si a Emilia o a Leonor.

Ea..., ya tenemos la mesa arreglada en la sala, por ser el comedor
pequeño para tanto gentío. Don José, que se pintaba sólo para arreglar
un banquete, contemplaba su obra con legítimo orgullo, y se recreaba en
el brillo de la loza y la cristalería, en la muchedumbre de luces, en el
adorno y opulencia de la mesa. Después esparcía miradas de felicitación
por toda la capacidad de la sala, por la sillería de reps que había sido
desnudada de sus fundas de percal, y por las cajitas de dulces, las
bandejas de latón y demás chucherías... Todo estaba bien, perfectamente
bien. Hasta el retrato del dueño de la casa, al óleo, detestable,
colgado en la pared principal, rebosaba satisfacción en su acaramelado
semblante. «Estoy hablando», decía Relimpio siempre que lo miraba.
Frente al retrato había una laminota, en la cual D.ª Laura se inspiraba
siempre para increpar a su marido. Era Sardanápalo quemándose con sus
queridas... Completaban el decorado de la pieza tres o cuatro
fotografías de niños muertos. Eran los hijos que se le habían malogrado
a D.ª Laura en edad temprana. Vistos a la luz de las bujías del próximo
festín, los pobrecitos tenían cara de muy desconsolados por haberse ido
del mundo tan pronto sin alcanzar la hartazga de aquella noche.


=--II--=

Isidora no cabía en sí de júbilo. Aquel día, el 24, soltarían a Mariano.
Ella misma iba a sacarle de la horrenda cárcel. ¡Oh! ¡Si no se hallara
muy mal de dinero, aquel día habría sido uno de los más felices de su
vida! ¿En qué había gastado lo que le diera dos meses antes el marqués
de Saldeoro por cuenta del Canónigo? Verdaderamente ella no lo sabía.
Había pagado a doña Laura, se había comprado ropa... ¿Pero lo demás
dónde estaba? Isidora reflexionó.

En perfumería había adquirido lo bastante para tres años. ¿Y de qué le
servían aquellos candeleros de bronce, y el jarro de porcelana, y el
_cabás_ de cuero de Rusia? Cosas eran estas que compró por la sola razón
de comprarlas. ¡Eran tan bonitas!... Pues ¿y aquel vaso de imitación de
Sajonia, de qué le servía?... ¿Y las botellas para poner cebollas de
jacinto?

Más necesario era sin duda el librito de memorias, el plano de Madrid,
las cinco novelas y la jaula, aunque todavía le faltaba el pájaro.
Estaba muy desconsolada por no tener un buen baño; ¿pero cómo podía
satisfacer este gusto en casa tan pequeña? Luego, la maldita D.ª Laura
se ponía frenética por la mucha agua que Isidora gastaba. Si esta no
podía disfrutar de una hermosa pila de mármol, en cambio se había
provisto de tarjetas, de papel timbrado, de una canastilla de paja
finísima, de una plegadera de marfil para abrir las hojas de las
novelas, de un _antucás_, de pendientes de tornillo con brillantes
falsos, de un juego de la cuestión romana y de algo más, tan lindo como
caprichoso. Mucha, muchísima falta le hacía un buen mundo para poner la
ropa; pero ya lo compraría más adelante. Tampoco estaba bien de ropa
blanca; pero tiempo habría de hacerse un hermoso equipo.

Gozosa, daba la última mano a su atavío para salir en busca del hermano.
La orden del juez para soltarlo debía de estar ya en las oficinas de la
cárcel. Salió radiante y satisfecha; mas no quiso tomar el breve camino
de la calle de Hortaleza, porque le daba vergüenza de pasar por cierta
tienda donde debía algunas cantidades, poca cosa en verdad.

Ya anochecía cuando Isidora regresó acompañada de su hermano, el cual,
vergonzoso y cohibido, bajaba los ojos delante de la gente. Recibiole D.
José Relimpio con ciertos asomos de severidad, dándole una palmada en el
hombro y diciendole: «Hombre, veremos cómo te portas ahora». Pero D.ª
Laura, implacable y fiera, dijo que Mariano no se sentaría a su mesa,
aunque bajase Cristo a mandarlo. Oyó esto Isidora con rabia; mas
conteniéndose, devoró tal afrenta y se amordazó la boca para que no
saliesen las palabras que del corazón le brotaban. Encerrose con el
chico en su cuarto, le lavó y vistió, para lo que tenía apercibida gran
cantidad de agua y ropa nueva. El muchacho observó en los ojos de
Isidora una lágrima, más bien que del sentimiento, nacida del despecho,
y le dijo:

«¿Por qué lloras? ¿Por lo que ha dicho esa tía bruja?

--¡Gente ordinaria!...--murmuró Isidora.

--¿Por qué no le contestaste?--dijo Mariano con extraña rudeza.

--No me rebajo yo a tanto.

--¡Puño!».

Mariano dio un puñetazo sobre su propia rodilla. Luego Isidora le echó
un sermón sobre su detestable maña de decir a cada paso palabras
malsonantes, y aunque el muchacho alegó, para defenderse, que también
las decían los caballeros, ella se mantuvo inflexible, decidida a
castigar las malas palabras como si fueran malas acciones.

«Ahora, señorito--le dijo con severidad--, ha de andar usted derecho.
Pase que en otro tiempo, cuando nuestra desgracia nos tenía poco menos
que en la miseria, ocurrieran ciertas cosas..., ciertas barbaridades,
Mariano, de que no quiero acordarme... Echémosles una losa encima. Pero
ahora ya han cambiado las cosas. Eres un bárbaro, y vas a empezar a
desbastarte. Tú no seas tonto; principia por convencerte de que eres
persona decente, y así tendrás dignidad. De nuestra tía Encarnación,
hazte cuenta de que no existe, porque no la volverás a ver. Eres ya otra
persona».

Oyó atentamente el muchacho estas advertencias, y se prometió a sí mismo
hacer todo lo posible para entrar con pie derecho en aquella senda de
caballería y decencia que su querida hermana le marcara. Tras esto
Isidora cayó en la cuenta de que Mariano y ella habían de cenar aparte
aquella noche, pues si el chico no podía sentarse a la mesa de los
Relimpios, tampoco ella se sentaría por nada del mundo. Al punto
determinó salir en busca de alguna cosa para aderezar la cena. ¡Muy
bien, excelente idea! ¡Mariano y ella cenarían tan ricamente en su
cuarto, solos, y sin rozarse con aquella gente ordinaria!

Pero sobrevino la más grande contrariedad que en vísperas de un banquete
puede ocurrir. Isidora no tenía dinero. Entre las múltiples propiedades
de este metal, ella había notado principalmente una, la de acabarse en
los momentos en que más falta hacía. El portamonedas no contenía más que
un par de pesetas y algunos cuartos. Buscó y rebuscó Isidora en todos
los bolsillos, gavetas y huecos, porque recordaba que en otra ocasión
parecida había encontrado de repente una moneda de oro olvidada en el
fondo de un cajón de la cómoda; mas ninguna moneda de plata ni de oro
apareció aquella vez, con lo que se dio por vencida, y resolvió que la
cena fuese una modesta colación, más propia de día de ayuno que de noche
de Navidad. Aunque a D.ª Laura nada debía, antes muriera que pedirle
dinero, después del atroz desaire recibido de ella. No se atrevía
tampoco a acudir a Joaquín Pez.

Salió. Mariano se quedó solo. Por no ser excesivo el número de sillas
que en el cuarto había, estaba sentado en un baúl bajo. A su lado, en un
rincón, vio paquetes de papeles viejos liados fuertemente con bramante.
Eran los cartapacios y protocolos que Tomás Rufete había emborronado
durante su enfermedad, y que fueron guardados en casa de Relimpio, hasta
que sus hijos los recogieran, por si algo había de interés entre tal
balumba de desatinos. Isidora los había llevado del desván a su cuarto,
y allí los puso con ánimo de someterlos a un examen cualquier día.
Mariano leyó, no sin trabajo, los rótulos que decían: «_Desolación...
Hacienda pública... Desfalcos... Muerte... Latrocinio..._», y otras
cosas extravagantes. Como ninguna distracción sacaba de ver letreros,
empezó luego a revolver todo lo que su hermana tenía sobre la cómoda, y
después lo que en el primer cajón había. Todo lo revisaba, lo examinaba
por dentro y por fuera; hojeó las novelas, levantó de las botellas las
cebollas de jacintos para ver las raíces, abrió el estuche de los
tornillos de diamantes americanos, revolvió la caja y los sobres de
papel timbrado; y como en el momento de estar sobando el papel echase de
ver el tintero y la pluma, tomó esta y trazó sobre un plieguecillo, con
no pocos esfuerzos, alargando el hocico y haciendo violentas
contorsiones con el codo y la muñeca, estas palabras: _Mariano Rufete,
alias Pecado_. Contempló satisfecho su obra, y luego, con gran ligereza,
echó una rúbrica que parecía el dibujo de un puñal. Se echó a reír como
un bruto, dejando el papel sobre la mesa. Luego dirigió su atención al
tocador de la hermana; fue viendo uno por uno los botes que en él había,
metiendo en todos las narices y diciendo «¡qué bueno!» o «¡qué rico!».
Se puso pomada, se perfumó con esencias y se lavó las manos, sonriendo
de gusto al ver cómo se deslizaban dedos sobre dedos al suave resbalar
del jabón.

«¡Eh!, ya me has revuelto todo--dijo Isidora al entrar de la calle--.
¡Jesús, qué desorden! Mira, te voy a pegar».

Mariano reía.

«¿Y qué has escrito aquí? _Mariano Rufete, alias Pecado_... ¿Qué es eso
de _Pecado_? ¡Como yo vuelva a oírte dándote a ti mismo esos apodos...!

--Como los toreros--observó estúpidamente Mariano sin cesar de reír.

--A ver... ¿Es que no quieres ser persona decente?... ¿Pero qué haces,
gandul? ¿Te enjugas las manos en mi vestido? Quita allá, asqueroso. ¿No
ves la toalla? Lo que digo; no quieres entrar por el camino de las
personas decentes. Eres un salvaje... Ya se ve; no has tratado sino con
cafres».

Y diciendo esto, de un pañuelo que cogido por las cuatro puntas traía,
sacó sucesivamente varios pedazos de turrón y algunos puñados de
cascajo, castañas, nueces, avellanas y bellotas. Al poner sobre la
cómoda la última porción de tan variados bastimentos, lanzó de su pecho
un suspiro enorme.

«¿Todo eso has traído?--preguntó Mariano--. ¿Y el pavo? Yo quiero pavo.

--Cenarás lo que te den--replicó ella pasando de la pena al enfado--. Es
una mala educación pedir lo que no hay.

--El año pasado--dijo Mariano con rudeza y desdén--mi tía _la
Sanguijuelera_ tenía besugo, y pimientos encarnados, y turrón de frutas,
y lombarda, y una granada de este tamaño. Yo me la comí toda. ¡Estaba
más rica...!».

Ceñuda y pensativa, Isidora puso la mesa. Mariano se sentó en una silla
alta y ella en otra baja.

«Mañana será otro día--dijo ella--. Eso de atracarse la Noche Buena es
propio de gente ordinaria. Ya te enseñaré yo a ser caballero... Vaya que
está rico este turrón. Pruébalo...».

No se hacia de rogar _Pecado_, antes engullía sin cumplimiento. En la
sala de la casa había empezado ya el alboroto; mas no la cena, porque
esperaban a Miquis. La entrada de este se conoció desde el retiro de los
Rufetes por un repentino aumento del bullicio. Un instante después
Isidora vio que se abría suavemente la puerta de su cuarto y que entraba
la irónica fisonomía del estudiante.

«Vengo a tener el gusto de saludar a la señora archiduquesa--dijo este,
sombrero en mano, con ceremoniosa cortesía--. Bien se ve que estamos ya
en plena aristocracia. Esta noche se _queda usted en casa_; quiero
decir, que recibe usted a sus amigos...

--Toma--le dijo Isidora ofreciéndole una bellota--. Es lo mejor que te
puedo ofrecer.

--Gracias, marquesa--repuso Miquis sentándose--. Es delicioso el
obsequio. Vamos a cuentas y hablemos con seriedad. ¿Por qué no cenas con
nosotros?

--Nosotros--manifestó Isidora ahogada por la pena y el despecho--no
somos dignos... Vete, vete pronto. Te esperan. Ya han sacado la sopa de
almendras.

--¡Ay, chiquilla! ¡Cuánto más me gustan tus bellotas!... Pero no llores.
De buena gana te acompañaría... Pero es tan tiránica la sociedad...

--Vete, vete... Mi hermano y yo cenamos solos. Ya ves... Estamos tan
contentos... Mejor es así. Cada uno en su casa».

Augusto la contempló en silencio, asombrado de su hermosura, que cada
día iba en dichoso aumento, enriqueciéndose con un encanto nuevo.

«Aquí viene bien aquello de _a tus pies, marquesa_»--dijo, levantándose.

Y luego, volviendo la vista para observar con una mirada en redondo todo
el cuarto, añadió:

«Estás perfectamente instalada, marquesa. Magnífico gabinete. Aquí los
arcones de roble; ahí el gran armario de tres lunas. Cuadros de Fortuny,
tapices de los Gobelinos, porcelanas de Sèvres, y de Bernardo Palissy...
Muy bien. Bronces, acuarelas...».

Mariano le miraba con cierto espanto. Isidora entreveraba de sonrisas su
pena profundísima. Pero se sintió herida en lo más vivo de su alma
cuando Miquis, después de transformar el humilde cuarto en aristocrático
gabinete, dijo con el mismo tono de encomio:

«Bien se conoce en esta rica instalación el buen gusto del marqués viudo
de Saldeoro. Adiós, marquesa. Ceno en el palacio de Relimpio».


=--III--=

Cuando Augusto se marchó, quedose Isidora meditabunda, clavados los ojos
en su propia falda.

«¿Quién es ése?--le preguntó Mariano.

--Un tipo, un mequetrefe--repuso ella sin mirar a su hermano, señales
claras por donde manifestaba estar aún dentro de la esfera de atracción
del pensamiento que la dominaba.

--Dame más turrón, marquesa--exclamó el muchacho.

--¿Por qué me llamas así?--preguntó Isidora bruscamente, despertando de
su mental sueño.

--¿Es apodo? ¡Puño!... ¿Y por qué te pone motes ese gatera?

--Mariano, cuidado cómo se habla.

--¡Se burla de ti!--gritó _Pecado_ con aquel arrebato de infantil
fanfarronería que en él parecía cólera de hombre.

--Yo te juro que no se burlará más»--dijo ella con los ojos húmedos de
lágrimas.

Mariano la miró, diciendo:

«Tonta, no ha sido para tanto... Las mujeres lloran por cualquier cosa.
Que venga a mí con bromas; verá cómo le saco las entrañas...

--Mariano, loco, bruto y salvaje--gritó ella, despertando otra vez en su
letargo de pena y despecho--. Si te oigo hablar así otra vez...

--No dije nada, nada... Dame turrón».

La algazara de la sala crecía, y por las palabras sueltas, los plácemes
y exclamaciones que de ella hasta el cuarto de los Rufetes llegaban, así
como por los olores culinarios que invadían toda la casa, se podía saber
a qué altura andaba el festín. Se sintió sucesivamente la aparición del
besugo, la del pavo, aclamado con palmoteo y vivas. Don José lo recibió
cantando la Marcha real. Después se oyeron las ruidosas cuestiones a que
dio motivo el gran acto de trincharlo. Las risas sucedían a las risas, y
los comentarios a los comentarios. Al mismo tiempo se conocían los
efectos del Valdepeñas y del Cariñena en la torpe lengua del ortopédico,
que desgranaba las palabras, y en el entusiasmo anacreóntico de D. José
Relimpio, que no decía cosa alguna derecha y con sentido.

La criada entró en el cuarto de Isidora, trayendo un plato con varias
lonjas de pechuga y un poco de relleno. Encendiéronsele a Mariano con
luces mil los ojos, y no parecía sino que cada destello de su mirar era
un largo tenedor; pero Isidora, en quien el orgullo no daba lugar al
agradecimiento ni al perdón, vio con repugnancia aquel tardío obsequio.
Aunque comprendió que este había nacido en el bondadoso corazón de
Emilia, siempre veía en él como un mensaje de lástima. Rechazó la fineza
diciendo:

«Que muchas gracias y que no queremos nada.

--Chica, chica, tú eres tonta--gruñó Mariano con su rudeza propia,
exacerbada hasta el salvajismo.

--Si no te callas, te pego.

--Yo quiero cenar--afirmó él con brutal terquedad, echando a un lado la
cabeza y dando un golpe con ella sobre la mesa.

--Eso es, rómpete la cabeza.

--Mala hermana, ¡no das de cenar a tu hermanito! Mira tú, mejor estaba
en la cárcel...

--Como vuelvas a nombrar...

--¡Nombro!... ¡Puño!

--Como vuelvas a decir...

--¡Puño!--repitió el bergante alzando la mano.

--¡Alzas la mano!..., ¡a mí!..., a tu hermana.

--Yo me quiero ir con mi tía.

--Si vuelves a nombrar...

--¡Mala hermana..., marquesa!...».

_Pecado_ hizo burla de su hermana con tanto descaro, que esta hubo de
ponerle a raya con dos bofetadas muy bien dadas que, o mucho nos
engañamos, se oyeron desde la sala. No era ella mujer que se dejaba
embromar de un mocoso, aunque este tuviera los buenos puños y los
medianos antecedentes del señorito Rufete. Dominado este por la actitud
de su hermana y por el cariño que le tenía, se contuvo. Echado de bruces
sobre la mesa, la barba apoyada en el arco que con sus brazos hacía, a
Isidora contemplaba en silencio con la seriedad y atención hosca de uno
de esos perrazos que muerden a todo el mundo menos a su amo.

El bullicio de la sala llegaba ya al delirio. Don José hacía el amor a
su mujer echándole ternísimos requiebros entre los aplausos de los
divertidos comensales. Doña Laura llamaba a su marido Sardanápalo. El
ortopédico había empezado a cantar villancicos, acompañándose de golpes
dados sobre la mesa con el mango del cuchillo. Sólo Emilia y Leonor
conservaban su amable serenidad, la una obsequiando a Miquis, la otra a
Sánchez Berande. El joven poeta, Miquis y el hijo del ortopédico
alborotaban también, el primero con sus discursos, el segundo con sus
cantorrios de tangos y malagueñas. Después se hizo una grande y solemne
pausa, porque Berande, a ruegos de todos, iba a recitar versos. Creíase
destinado a la inmortalidad; tenía un buen tomo preparado para darlo a
la estampa, en el cual, como en muestrario de bazar, había de todo:
elegías, odas, pequeños poemas, poemas grandes, epigramas, doloras,
_suspirillos germánicos_, sáficos y octavas reales. La sala parecía
tribuna del Congreso, que se hundía con los aplausos al terminar Berande
su recitación.

«Versos--dijo Mariano, alzando su cabeza y poniendo atención.

--¿Te gustan los versos?--preguntole Isidora, gozosa de sorprender a su
hermano un síntoma de decencia.

--Sí--replicó el muchacho--; me sé de memoria los de _Francisquillo el
Sastre_, que empiezan:

       Salga el acero a brillar,
    pues soy hijo del acero...

--Calla, bruto; esas son barbaridades.

--También sé los del _Valeroso Portela_, que dicen:

       Escuchen, señores míos,
    les diré de Juan Portela,
    el ladrón más afamado
    de la gran Sierra Morena.

--Calla, hijo, calla por Dios. Me estás envenenando con tus horribles
coplas. Ningún joven guapo y decente aprende tales cosas. Esto está bien
para el pueblo, para el populacho. ¿Sabes tú lo que es el populacho?

--Mi tía _la Sanguijuelera_--contestó el chico con tan graciosa
naturalidad, que Isidora no pudo contener la risa.

--Ya aprenderás mil cosas que no sabes. Y dime ahora, ¿qué aspiración
tienes tú?... ¿Qué quieres ser?...

--Yo no quiero ser nada--repuso él con apatía.

--Es preciso que estudies y que trabajes. No volverás a la fábrica de
sogas. Irás a un colegio. ¿Qué carrera quieres seguir?».

Mariano meditó un instante. Después dijo con resolución:

«La de tener mucho dinero.

--¿Y para qué quieres tú el dinero?

--Toma..., _mia_ ésta... Pues para ser rico.

--Pero es preciso que seas algo.

--Rico...

--¿Y en qué gastarías el dinero?

--En comer lomo, granadas, turrón y en beber buen vino. Tendré un
caballo y me vestiré todo de seda.

--¿No te gustaría militar y llegar a general?

--Sí, sí--afirmó _Pecado_, despidiendo de sus ojos brillo de animación y
alegría--. Para ir mandando la tropa y arreando palos..., así..., ¡toma!

--No, no, no se pega. No creas que los generales pegan... Hay carreras
preciosas, como Estado Mayor, Ingenieros, Artillería.

--¡Artillero, artillero!--gritó _Pecado_, dando golpes en la mesa--. Ya
me verás, cañonazo va, cañonazo viene... ¡Bum, bum!

--Dispararías cuando fuera menester...

--No, no, siempre... Al que me hiciera algo, ¡zas!...».

A esto llegaban cuando volvió la criada trayendo un plato con varios
pedazos de turrón, de parte de la señorita Emilia y del señorito Miquis.
No considerándose aún desagraviada Isidora con estos regalitos, negose a
admitirlos; pero Mariano se abalanzó al plato más pronto que la vista, y
arrebatando el turrón, empezó a engullir con tanta prisa, que no pudo su
hermana evitarlo.

«¡Malcriado..., glotón!--le dijo cuando otra vez se quedaron solos--.
¿No has comido ya bastante?».

Mariano negó con la cabeza, por no poder hacerlo con la boca.

«Te pondré interno en un colegio».

Mariano hizo con los dedos una señal que quería decir: «Me escaparé».

«No te escaparás. ¿Piensas que vas a lidiar con bobos? Hay un maestro
muy rígido.

--De la bofetada que le pego--dijo Mariano pudiendo ya articular algunas
palabras--, va volando al tejado.

--¡Fanfarrón!...».

En la sala, la cena parecía tocar a su fin. Todas las clases de turrón
habían sido probadas, así como las granadas y las ruedas de naranjas
espolvoreadas de azúcar. Relimpio, con la última copa de cariñena, dio
con su cuerpo en tierra. «¡A la Misa del Gallo, vamos a la Misa!»,
gritaba con torpe lengua el insigne galán rodando debajo de la mesa.
Muertos de risa los demás, le cogieron por los cuatro remos para
llevarle a la cama, y él iba cantando el _Kirie_ _eleisón_ con voz de
sochantre, y los demás riendo y vociferando, de lo que resultaba el más
grotesco cuadro y música que se pudiera imaginar.

«¡Cuánta grosería! ¡Qué gente tan ordinaria!»--exclamó Isidora.

Poco después llegó Emilia al cuarto de esta, y diole excusas por la
soledad en que se había quedado en noche de tanta alegría. Mas, no dando
su brazo a torcer Isidora, replicó que había estado perfectamente en su
cuarto. Trajeron un catre de tijera para que se acostase Mariano, y
cuando Isidora le mandó que se recogiera, por ser ya más de medianoche,
el maldito muchacho se le plantó delante y le dijo con sus bruscos
modos:

«Dame dinero.

--¿Y para qué quieres tú dinero, tunante? Acuéstate.

--Me acostaré; pero yo quiero dinero. Si no me das dinero, no te
quiero...

--¿Para qué lo necesitas?

--Para ir mañana a los toros.

--Si ahora no hay toros, mentecato.

--Pero hay novillos y mojiganga.

--¿Y cómo sabes eso?

--Por los chicos... Si no me das dinero, no te quiero.

--Mañana te daré unos cuartitos...

--¿Cuartitos? Tú eres rica--dijo pasando la vista con malicioso examen
por los diversos objetos que Isidora poseía--. Tú tienes dinero, porque
has comprado estas cosas ricas, y yo no tengo nada, nada; soy un pobre».

Al decir esto se desnudaba para acostarse.

«Yo también soy pobre--afirmó Isidora--; pero con el tiempo, tal vez
dentro de poco, tú y yo estaremos bien y tendremos todo lo necesario y
aún más.

--La señorita gasta y come bien, y tiene a su hermanito muerto de
hambre--gruñó él, acostado ya.

--No seas tonto. Cállate y duerme.

--Si mañana no me das dinero, salgo a la calle y pido limosna. Ya sé yo
cómo se pide. Me lo ha enseñado un chico.

--¿Qué estás diciendo, cafre?

--Que pediré limosna. Verás.

--No me sofoques... A un colegio, a un colegio.

--Ya me estoy durmiendo... Hasta mañana.

--¿No rezas, herejote?».

Mariano murmuró algo que no era fácil descifrar, y se durmió
sosegadamente. Todavía quedaba en él algo de niño. Su hermana le
contempló un instante movida de un sentimiento extraño en que se
combinaban el cariño y el terror. Iba a darle un beso; pero cuando ya
casi le tocaba con sus labios, se apartó diciendo: «Temo que se
despierte y me pida lo que no puedo darle».



Capítulo XV

Mariano promete


A la siguiente mañana, no repitió Mariano sus exigencias de la noche de
Navidad. Estaba de buen humor, alegre, saltón, inquieto y
condescendiente. Gozosa también Isidora de verle sin las siniestras
genialidades de la pasada noche, hízole mil caricias, le vistió, le
arregló, púsole una elegante corbata, que ha días tenía para él, le
peinó, sacándole raya, y cuando estuvo, a su parecer, bastante acicalado
y compuesto, llevole delante del espejo para que se viera, y le dijo:
«Ahora sí que estás hecho una persona decente». Él se miraba riendo, y
decía una y otra vez... «Quia, quia; ese no soy yo».

Después salieron juntos a pasear por las calles. A cada paso, Mariano
quería que le comprara cosas; y en verdad que si ella tuviera algo en su
bolsillo, le tapara la boca más de una vez; pero nada tenía, y los dos
se volvieron a casa cariacontecidos. Él se preguntaba que de qué servía
tanta pomada en el cabello, tal lujo de corbata y camisa blanca, si
entre los dos no tenían ni un ochavo partido. Por la tarde, Mariano
salió solo, cuando su hermana no estaba en el cuarto, y volvió ya muy
entrada la noche, todo sucio, desgarrado, la camisa rota y la corbata
hecha jirones. Pintar la ira de Isidora al verle en tal facha, fuera
imposible. Mariano confesó, con loable franqueza, que había estado
jugando al toro con otros chicos en la plaza de las Salesas, con lo que
redoblándose el enojo de la hermana, le dio un vapuleo de esos que
duelen poco. Lo más extraño es que el muchacho, con ser tan bravío y
rebelde, no se defendió de los azotes, ni hizo ademán de volver golpe
por golpe, ni chistó siquiera... Por la noche ya habían hecho las paces;
él prometía ser bueno, y fino y persona decente. Exigió que su hermana
le llevara al teatro, ella lo prometió así; mas como no pudiese cumplir
al siguiente día por la causa que fácilmente conocerá el lector, se
enfureció el chico, pidió dinero, negóselo ella, hablaron más de la
cuenta, y él puso término a la disputa con esta amenazadora frase:

«¡Dinero! Ya sé yo cómo se encuentra cuando no lo hay. Los chicos me lo
han enseñado».

Isidora no hizo caso. El día de Inocentes salió un rato. Al volver,
Mariano había revuelto todo el cajón alto de la cómoda.

«¿Qué haces?--preguntole su hermana, previniendo algún desastre.

--¿Aciértame que tengo aquí?»--le dijo Mariano mostrándole su puño
cerrado.

Isidora trató de abrir el puño del muchacho; pero este apretaba tan
fuertemente sus dedos, que los blandos y flojos de Isidora no pudieron
moverlos ni un punto, ni separarlos. Con su fuerza varonil, Mariano
hacía de su mano un arca de hierro.

«Abre la mano, ábrela.

--No quiero.

--¿Qué tienes ahí?... ¿Qué has cogido?».

Mariano se puso de un salto en la puerta, siempre con el puño cerrado.
Riendo como un desvergonzado bruto, dijo a su hermana: «Abur, chica».

Al punto echó Isidora de menos sus diamantes de tornillo, que aunque
falsos, valían cuatro duros. ¡Cuántas lágrimas derramó aquel día!
Mariano estuvo una semana sin parecer por la casa de Relimpio.

Una noche, cuando menos se le esperaba, apareció al fin avergonzado,
compungido, la ropa hecha jirones, imagen del hijo pródigo. Con la
alegría de verle, no fue la severidad de Isidora tan grande como
cumplía, y le perdonó. Tenía Mariano entre sus maldades, desarrolladas
por el abandono, algunas cosas buenas, y la cualidad mejor era la
franqueza con que confesaba sus delitos sin ocultar nada, ni dorarlos
con comentarios artificiosos para hacerlos pasar por donaires. Todo
cuanto había hecho en la semana lo contó puntualísimamente; pero ninguna
parte de aquella Odisea de travesuras causó tan penoso efecto en el alma
de la señorita de Rufete como estas palabras:

«Estuve en casa de mi tía Encarnación, ¿sabes?..., y mi tía Encarnación
y la tía _Palo--con--ojos_ comían juntas; y mí tía Encarnación me dijo:
«Anda, pillete, anda con tu hermana a que te dé de comer y te vista de
señorito, pues bien puede hacerlo». Entonces mi tía Encarnación y la tía
_Palo--con--ojos_ se pusieron a hablar de ti, y mi tía Encarnación dijo
que tú tienes un novio marqués que te da mucho dinero».

Isidora se quedó yerta; pero como el mostrar enfado por aquel ultraje
habría sido ocasión de que entrara más en malicia el chico, harto
malicioso ya, fingió tomar a broma el caso, aunque le destrozaba el
alma, y se echó a reír. Pero su fingimiento de buen humor fue de todo
punto imposible cuando Mariano, con aquel descaro que determinaba el
tránsito brusco del candor al cinismo, le dijo:

«Ya, ya. Las mujeres sois todas unas... Bien sé lo que hacéis para tener
siempre dinero. Los chicos me lo han dicho».

Risas, azotes, lágrimas sucedieron a esta declaración; pero también
paces al siguiente día. Isidora, que recibió del marqués de Saldeoro
otra visita platónica y una nueva remisión de fondos por cuenta, al
parecer, del Canónigo, salió de aquella sombría situación de escaseces y
apuros; pagó sus deudas, compró un Diccionario de la Lengua castellana y
llevó a su hermano al teatro, de lo que este recibió tanto gusto, que en
algunos días apareció como transformado, encendida la imaginación por
las escenas que había visto representar, y manifestando vagas
inclinaciones al heroísmo, a las acciones grandes y generosas. Contenta
Isidora de esto, comprendió cuánto influye en la formación del carácter
del hombre el ambiente que respira, las personas con quienes tiene roce,
la ropa que viste y hasta el arte que disfruta y paladea.

Animada Isidora al ver que no carecía su hermano de algún fundamento
bueno y sólido para construir en él la persona decente, determinó que no
corriera un día más sin ponerlo en un colegio. Pasados Reyes, el
señorito fue confiado a un profesor que apacentaba su rebaño de chicos
en un colegio de la calle de Valverde. Mal, muy mal le supo al de Rufete
la sujeción, porque sobre todos sus instintos malos y buenos dominaba el
de la vagancia y el gusto de correr por calles y caminos, con cierto
afán como de buscar aventuras. La mortificación de su amor propio al ver
que le eran muy superiores niños de menos edad que él, aumentaba el
horror que hacia el colegio y su maldito profesor sentía. Era casi un
hombre, y en todas las clases ocupaba el último lugar. Era el burro
perpetuo, burla y mofa de los demás chicos. Su barbarie llegó a ser
proverbial en las clases; los alumnos todos celebraban con risas y
pataleo los dislates que decía en sus lecciones, y el maestro mismo,
cargando sobre él el peso de su desdén pedagógico, solía decir,
reprendiendo a cualquiera de los alumnos: «Eso no se le ocurre ni al
mismo Rufete. Eres más tonto que Rufete».

La poca estimación que se le tenía mató en él sus escasos deseos de
aprender. Concluyó por despreciar el colegio como el colegio le
despreciaba a él, de donde vino su costumbre de hacer novillos, la cual
aumentó de tal modo que, sin saberlo su hermana, dejó de asistir un mes
entero al estudio. En aquellos días de aventuras y pilladas y
esparcimiento, cualquiera que hubiese tenido interés en seguir los pasos
de este desgraciado chicuelo le habría visto encaramándose en la verja
de la puerta principal de la Plaza de Toros para alcanzar a ver algo del
ensayo de la mojiganga, o bien jugando en los tejares adyacentes, o en
el río entre las lavanderas. En sus compañías, que al llegar al colegio
fueron de niños decentes, descendió poco a poco hasta el más bajo nivel,
concluyendo por incorporarse a las turbas más compatibles con su fiereza
y condición picaresca. Granujas de la peor estofa, aspirantes a
puntilleros, toda clase de rapaces desvergonzados y miserables, formaban
su pandilla; y como Mariano solía tener algún dinero, eran de ver su
boga y popularidad entre esta chulería menuda, que sin cesar se ofrece a
nuestra vista por calles y caminos con escándalo de la moral, con
bochorno de la sociedad y del cristianismo, que no aciertan a recoger y
sujetar estos presidios sueltos del porvenir.



Capítulo XVI

Anagnórisis


¡Hosanna, hosanna! A principios de febrero, Joaquín visitó una tarde a
Isidora para anunciarle que la señora marquesa de Aransis había llegado
de Córdoba y deseaba verla. El regocijo que esta nueva produjo en
Isidora la dejó alelada por breve rato, y en su aturdimiento no hacía
más que contemplar al mensajero y recrearse en su belleza. Si no hubiera
puesto ya en él todos los afectos disponibles de su gran corazón,
bastaría aquel acto para que le amase sobre todas las cosas. Pero
Joaquín dijo más. La señora marquesa de Aransis se había dignado fijar
el día siguiente, 11 de febrero, a las cuatro de la tarde, para recibir
a la señorita de Rufete. Esta se ruborizó de golpe por la idea sola de
aproximarse a la marquesa. ¡Qué minuto de asombro y congoja dulce!
Después el marqués viudo habló algo de los graves sucesos políticos del
día; pero a Isidora le importaba poco que se llevara el diablo a todos
los políticos y no se enteró de nada.

Cuando se quedó sola, ¡qué cosas pensó y dijo! Y por la noche, ¡cómo se
anticipó a los sucesos! ¡Con qué vigor y fuerza de fantasía construyó en
su mente la persona de la marquesa, a quien nunca había visto, y qué
bien imaginaba, falsificando la realidad, el cuadro que las dos harían,
abrazadas, llorando juntas, sin poder expresar la multitud de afectos
propios de un modo tan sublime! Viose repentinamente transportada a las
altas esferas que ella no conocía sino por ese brillo lejano, ese eco y
ese perfume tenue que la aristocracia arroja sobre el pueblo. Viose
dueña del palacio de Aransis, mimada, festejada y querida. Dio gracias
al Señor porque reparaba al fin la gran injusticia cometida con ella por
la sociedad; rezó, se espiritualizó, bañó su alma, si así puede decirse,
en ondas de honradez y virtud; la aromatizó con esencias sacadas de la
dignidad, de la magnanimidad y nobleza. Hizo luego mil proyectos, todos
grandiosos y humanitarios, como socorrer pobres, vestir desnudos y
consolar afligidos y menesterosos; y desde esta región de la
beneficencia se precipitó a escape hacia los ensueños del lujo, en un
carro triunfal tirado por atrevidos pensamientos, corriendo por entre
nubes de supuestas delicias, hasta que fue a caer sin aliento, fatigada
y moribunda en el abismo de rosas de un sueño dulce.

Al despertar creyose por un momento en los brazos de su abuela. ¡Oh! La
luz de aquel día, de aquel jueves, 11 de febrero, tenía para ella un
tinte sonrosado y divino, lleno de poesía y de esperanza, como si todo
el día fuera aurora. Su primer juicio fue para apreciar lo que tardaba
la hora de su dignificación gloriosa; la hora de una de las más grandes
justicias que había visto la tierra. En el tiempo había aquel día un
monstruoso pliegue: las cuatro de la tarde.

Isidora empezó a arreglarse desde muy temprano. ¿Cómo iría? No era
conveniente presentarse a su abuela con apariencias de notorio
bienestar. Todo prurito de llamativa elegancia en su honrada pobreza le
parecía chocarrero y de mal gusto. Tampoco convenía presentarse con
desaliño, anunciándose como demasiado influida por la baja condición en
que tan injustamente había vivido. El desaseo y abandono serían de muy
mal efecto. Era preciso que en su apariencia comedida, modesta, honrada
y grave revelara la dignidad con que pasaba de su estado miserable a
otro esplendoroso. Así se mostraría merecedora del nuevo puesto,
demostrando no haber deshonrado su origen en la humildad. Toda la mañana
la pasó en estos pensamientos. También meditó si convendría o no llevar
consigo a Mariano, decidiéndose por la negativa, por temor a que la
comprometiese con su salvajismo. Tiempo habría de presentarle y también
de ponerle en un colegio de Francia, donde seguramente vendría a ser
caballero digno de su escogido linaje.

Cuando se acercaba la hora, púsose la de Rufete su vestido de merino
negro, tan decente que no se podía pedir más, muy bien cortado y hecho;
pero sin perifollos ni afectados paramentos. Mirose mucho al espejo,
embelesándose en su propia hermosura, de la cual muy pronto se había de
congratular la marquesa como de cosa propia, y se dio algunos toques en
el peinado. Uno de sus mayores encantos era la gracia con que compartía
y derramaba su abundante cabello castaño alrededor de la frente, detrás
de las orejas y sobre el cuello. Aquella diadema de sombra daba a su
rostro matices de poesía crepuscular, como si todo él estuviese formado
con tintas y rasgos tomados de la melancolía y sosiego de la tarde. Sus
ojos eran pardos y de un mirar cariñoso con somnolencias de siesta o
fiebre de insomnio, según los casos; un mirar que lo expresaba todo, ya
la generosidad, ya el entusiasmo y siempre la nobleza. Rara vez se le
conocía el orgullo en su mirada afable y honesta. Miquis decía que había
en aquellos ojos mil elocuencias de amor y propaganda de ilusiones.
También decía que eran un mar hondo y luminoso, en cuyo seno cristalino
nadaban como nereidas la imaginación soñadora, la indolencia, la
ignorancia del cálculo positivo y el desconocimiento de la realidad.

Mirose mucho al espejo y se puso el velo. ¡Bien, bien! Su dignidad, su
hermosura, su derecho mismo, resplandecían más en la decencia correcta y
limpia de su vestido negro. Mirose luego a los pies. ¡Bien, muy bien!
Admirablemente calzada, aunque sin lujo, completaba su personalidad con
la decencia de las botas, parte tan principal del humano atavío, que por
ella quizás se dividen las clases sociales.

Dieron las tres. Tomó de una gaveta, donde muy guardados estaban, los
papeles que su tío le había dado, y que eran testimonio de su derecho
incontestable; a saber: dos partidas de bautismo, varias cartas y otro
documento interesantísimo. Pasó la vista por ellos, aunque ya se los
sabía de memoria, y los guardó. No los necesitaba, sin duda, porque la
cosa era tan clara...; pero quiso llevarlos por previsión o delicadeza.
Al salir echó sobre su pobre aposento una mirada de lástima en que
también había algo de gratitud. Le parecía tan excesivamente humilde,
que se admiraba de que ella se hubiera dignado por tanto tiempo honrarlo
con su presencia. La princesa de Poniatowsky parecía más triste al verla
partir, y los del cuadro del _Hambre_ se volvían más flacos y
macilentos. ¡Pobre cuarto..., tan pobre y tan rico en recuerdos, sueños
y emociones! Se lo hubiera llevado con gusto para incrustarlo en los
muros venerables del palacio de Aransis.

Al salir se despidió mentalmente de las de Relimpio. Les echó una
rociada de desprecio. Así puede decirse, pues tal era su idea. Se
figuraba que tenía en la mano una de aquellas mangas de riego que había
visto en las calles, y que, apuntándola a D.ª Laura, arrojaba sobre
ella, en forma de inundación, todo el desdén que puede caber en un
corazón tan grande como el depósito del Campo de Guardias. Sólo
exceptuaba de este chaparrón al bueno de D. José, para quien destinaba
_in mente_ la plaza de tenedor de libros en cierta casa. Don José, como
siempre, la acompañó aquella tarde.

Serían las tres y media cuando pasaron por la Puerta del Sol. A medida
que se acercaba Isidora a los barrios próximos a San Pedro iba sintiendo
turbación tan grande, que creyó le faltarían las fuerzas para llegar
allá. Miraba la hora en los relojes de las tiendas y tabernas. Unos
marcaban ya las cuatro, otros las cuatro menos diez. Nueva confusión. El
tiempo estaba también turbado. No sabía si apresurarse o detenerse. No
quería llegar ni antes ni después de la hora. Al fin vio en el extremo
de una callejuela un esquinazo de revoco, un balcón, el primero de larga
fila de balcones, y se detuvo mirándolo. Allí era: tuvo miedo, frío y
ganas de llorar...

Despidiose de D. José, el cual no comprendía por qué su ahijada le
mandaba retirarse.

«¿Pero qué? ¿Te quedas aquí?... ¿No vuelves a casa?...

--No me pregunte usted nada, padrinito. Pronto lo sabrá usted todo.
Adiós.

--A ti te pasa algo. ¡Qué pálida estás!... Pero aguarda...

--Adiós, adiós».

Dejándole plantado en medio de la calle, dirigiose a la puerta del
palacio. El gran sobresalto de su alma crecía a cada paso. ¡Oh! Sin
duda, su abuelita la esperaba con igual ansiedad. Hasta llegó a imaginar
que estaría en un balcón esperándola. Miró y no había nadie. La casa
estaba muda, cerrada, como el retiro misterioso donde, para gozarse en
sí mismo, se hubiera confinado el silencio; la puerta principal
entreabierta. Isidora, al tocarla, sintió como un valor repentino. El
contacto de su propiedad le devolvía el dominio de sí misma. ¡Revelación
magnética de su derecho!

Con voz clara preguntó al conserje por la marquesa. El cojo, como si la
esperara, la invitó a pasar adelante y subir. En lo alto de la escalera
había otro criado que, sin aguardar a que ella preguntase, abrió con
mucho respeto una mampara. Esto animó a Isidora. Dentro de ella se reía
un sentimiento y lloraba otro. Andaba como una máquina. Su corazón no
era corazón, sino un martinete que daba golpes terribles. Un tercer
criado le salió al encuentro, y diciéndole: «Pase usted», la llevó de
sala en sala hasta un gabinete. El criado dijo: «La señora saldrá al
instante».

Isidora se sentó. Instante único, tremendo; ángel con el pie levantado y
las alas extendidas, que va a volar y no se sabe si dirigirá su vuelo al
suelo o al infinito; instante soberano; dogal que oprime la garganta;
espada de un cabello suspendida; es hermano del instante en que se nace
o en que se muere, del instante en que se hunden los imperios, y de
aquel, no conocido todavía, en que se acabará el mundo... ¡Ah!, la
puerta del gabinete se abría... Isidora vio entrar una dama de cabello
casi blanco, grave, hermosa, imagen de la dignidad y de la nobleza, como
reina y madre de reyes. Tan turbada estaba Isidora, que no acertó a
contestar al saludo afectuoso de la señora. No sabía lo que le pasaba.
Se levantó, volvió a sentarse. No podía asegurar si dijo o no dijo algo.
Se sentía morir. ¡El semblante de la marquesa no expresaba nada..., la
marquesa no la había abrazado..., la marquesa no había parado mientes en
su fisonomía!... Las dos se miraron.

Entonces Isidora vio que la marquesa sacó unos lentes de oro, y
aplicándolos a sus ojos, la miraba, la observaba detenidamente, callada,
fría, como si examinara un objeto raro, pero no tan raro como para
despertar admiración. Isidora creyó que la señora había estado mirándola
siglo y medio, año más, año menos.

Al fin, de aquella hermosa esfinge con lentes salió una palabra.

«El Sr. de Pez me ha dicho que usted deseaba hablarme. El Sr. de Pez me
escribió a Córdoba diciéndome que usted..., parece que asegura...».

¡Cosa rara! También parecía turbada la marquesa. Pero lo que más pasmó y
confundió a Isidora fue no ver en la digna señora señales de
enternecimiento.

«Es usted, según creo--dijo esta--, una joven que se llama Isidora, hija
de un tal Rufete...

--No, señora--manifestó Isidora recobrando en un punto su valor, y
usando un lenguaje en que se combinaba hábilmente la energía con la
urbanidad--. He llevado y llevo ese nombre, que no es el mío. Don Tomas
Rufete ha pasado, hasta que murió por padre mío, y por tal le tuve y le
quise; pero yo me llamo Isidora de Aransis».

La marquesa la interrumpió con un gesto de enojo. Volvió a mirarla
fijamente y palideció.

«Me han asegurado--dijo--que usted pretende pasar por hija de mi
desgraciada Virginia. ¿Es cierto que usted lo cree así?

--¡Oh!, ¡que si lo creo!--exclamó Isidora echándose a llorar--. Si no lo
creyera, no viviría...

--Parece--indicó la marquesa--que esa creencia en usted es sincera;
parece que es una convicción arraigada y profunda... No puede usted
figurarse--añadió con cierto cariño--lo que me ha dado que pensar esta
idea de usted. Cuando me escribieron dándome cuenta de una joven que se
llamaba mi nieta, estuve muchos días preocupada con esto... He tenido
mucha curiosidad de ver a usted..., y ahora que la veo, no puedo negarle
que me interesa un poco. Si la apariencia, si el semblante son indicios
de la condición moral de las personas, desde luego aseguro que al
declararse usted nieta mía, no la ha movido ningún interés maligno.
Usted es sincera y honrada, usted tiene la convicción...

--Señora--exclamó Isidora cayendo de rodillas a los pies de la
aristócrata--. La voz de la sangre me ha llamado hace tiempo; la voz de
la sangre me pone ahora a los pies de la madre de mi madre».

Le besó las manos con religioso respeto. Y el alma se le iba tras los
besos, con la más santa y sincera afección que es dado imaginar. Pero
aquellas manifestaciones tan extraordinariamente expresivas, lejos de
enternecer a la marquesa, la provocaron a recoger su ánimo, y dijo con
sequedad:

«Pero ¿qué es esto?... Levántese usted, hija... No puedo consentir...
Usted no me ha entendido bien...».

Isidora se levantó. Creía que la marquesa quería llevar las cosas por el
terreno de las explicaciones frías antes de entregarse a las expansiones
del sentimiento.

«Usted no me ha entendido bien--replicó la de Aransis, viendo cómo
Isidora se enjugaba las lágrimas luego que se sentó--. He dicho tan sólo
que usted, por la manera de expresarse, por cierto sello de honradez y
bondad que noto en su fisonomía... (es usted muy hermosa...) me ha
parecido desde un principio digna de interés y consideración. Usted sin
duda no ha venido aquí a representar una comedia; usted se declara hija
de mi desgraciada hija porque así lo cree, fundada en motivos y
circunstancias que ignoro; pero de eso, a admitir que usted tenga razón,
hija mía, hay inmensa distancia, y así, señorita, no puedo menos de
manifestar a usted con la seriedad que exige el caso, que está usted
completamente equivocada».

Si a Isidora le hubieran dejado caer de un golpe sobre el corazón todas
las cataratas del Niágara, no habría experimentado sensación más
dolorosa de choque duro y frío. Quedó convertida en estatua, y sus
lágrimas se secaron, evaporadas por el vivo calor interno que le salió a
los ojos. _¡Completamente equivocada!_ Decirle esto a ella era lo mismo
que decirle: «Tú no existes, tú eres una sombra; menos aún, un ente
convencional». ¡Tan profundas raíces tenía en su alma aquella creencia!

«Yo no sé--prosiguió la marquesa con frialdad--cómo ha llegado usted a
adquirir ese absurdo convencimiento; no sé, ni quiero saberlo, por qué
serie de circunstancias, de _qui pro quo_ y de falsas apariencias, ha
llegado usted a creerse nacida de mi desgraciada hija. Ignoro si en su
error ha obrado, como causa, una mala inteligencia, o la astucia de
seres malignos que esperan sacar ventaja de estas cosas; lo que sí puedo
asegurar a usted, y lo aseguro porque lo sé, es que ha sido usted
atrozmente engañada, hija mía, y espero que no insistirá en ello después
de lo que acabo de manifestar».

Pedir a Isidora que no insistiera, era como pedir al sol que no
alumbrase. Era toda convicción, y la fe de su alto origen resplandecía
en ella como la fe del cristiano dando luz a su inteligencia, firmeza a
su voluntad y sólida base a su conciencia. El que apagase aquella
antorcha de su alma, habría extinguido en ella todo lo que tenía de
divino, y lo divino en ella era el orgullo. Al oír a la marquesa creía
escuchar los términos más terribles de la injusticia humana. La pena que
con esto sintiera la colmó de confusión y espanto en los primeros
momentos; pero después su orgullo contrariado se hizo brutal soberbia.
Su ira surgió como una espada que se desenvaina, y le dio concisa
elocuencia para decir:

«Por Dios que nos oye, juro que soy quien soy, y que mi hermano y yo
nacimos de doña Virginia de Aransis. Se nos podrá arrebatar lo que es
nuestro; se nos podrá negar nuestro patrimonio y hasta nuestro nombre;
pero Dios, que conoce nuestro derecho, nos defenderá.

--En vista de esa terquedad--dijo la marquesa esforzándose en no llevar
la cuestión a un terreno dramático y en huir de las declamaciones--me
arrepiento de haber hecho a usted la justicia de creerla sincera y sin
malicia. Una vez para siempre digo a usted que de los dos niños de mi
infeliz hija, la hembra murió, el varoncito vive y está a mi lado. Si
insiste usted en traer a mi casa esas farsas estudiadas, o capítulos de
novelas, me veré obligada a tenerla a usted o por impostora o por
demente...

--Tengo documentos--exclamó Isidora mostrando sus papeles.

--No quiero verlos. Supongo qué pruebas son esas. Yo las tengo
clarísimas para probar lo que he dicho.

--Y yo..., ¡yo también probaré!--balbució Isidora con el corazón, hecho
pedazos, en los labios--. ¡Ah! ¡Qué desgraciada soy, señora! Yo me
muero».

Rompió a llorar con tanta amargura, que la marquesa, la bondad misma,
tuvo lástima de ella.

«He empleado con usted palabras muy duras--le dijo--. Pero usted ha
tenido la culpa, hija mía. Usted ha sido engañada. No será quizás
impostora. Hablará usted de buena fe; pero han abusado miserablemente de
su credulidad y de su inocencia... Usted parece buena... Confiéseme sus
penas, porque penas hay, lo sospecho. ¿Quién ha metido a usted en la
cabeza esas historias? Cuénteme usted todo. Después, si necesita algo,
si usted se ve en alguna necesidad...

--Hasta aquí he vivido arrojada de mi casa, de mi posición, privada de
mi verdadero nombre. Si no se me restituye lo que desde que nací me
pertenece, nada quiero. Pido justicia, no limosna».

La marquesa no creyó deber prolongar un coloquio de aquella especie. Las
últimas palabras de Isidora tocaban en la insolencia. Levantose, y
mirando a la pobre joven con más lástima que cólera, le dijo:

«Si tan convencida está usted, acuda usted a los Tribunales.

--Acudiré--exclamó Isidora con firme convicción.

--Entretanto, es inútil que disputemos aquí. Puede usted retirarse».

La marquesa intentó tirar del cordón de la campanilla. Con un movimiento
inesperado, Isidora la detuvo, y postrándose ante ella, exclamó con viva
explosión de sentimientos nobles:

«Señora, usted me echa de su casa, cuando yo esperaba que me recibiría
usted con los brazos abiertos... Usted me aborrece porque no cree en mi
derecho, y yo la adoro porque creo en él. No hay odio en mi corazón ni
puede haberlo para la madre de mi madre... Déjeme usted besar sus
manos».

La marquesa parecía muy disgustada de tal escena. Volviendo el rostro,
apartaba de sí a Isidora. Esta se puso en pie. Tuvo otra inspiración más
audaz que la anterior. Con gentil arrogancia separó su velo para mostrar
más completos el rostro y el busto. Su cara se sublimaba por la fe. ¿Qué
destello divino era el que de sus ojos emanaba? No puede darse idea del
timbre de su voz al decir:

«¿Para qué leyes? Soy mi propio testigo, y mi cara proclama un derecho.
Soy el retrato vivo de mi madre».

La marquesa la miró otra vez palideciendo. ¿Cruzó por la mente de la
noble señora un rayo de duda?... ¿Vaciló su firme creencia? ¡Quién puede
saberlo! A sus ojos asomaron las lágrimas.

«No interprete usted mis lágrimas como una concesión--dijo a Isidora--.
Lloro por el recuerdo de mi querida hija. En cuanto al parecido...».

Volvió a observarla tan fijamente, que Isidora, al sentirse acariciada
por aquel mirar profundo, se estremeció de esperanza. La hermosura de la
joven, su distinción innegable, su modo de vestir, sencillo y honesto,
hicieron en la noble dama profunda impresión.

«En cuanto al parecido--continuó esta--, nada tengo que decir, porque si
alguno hay, es puramente casual... Me hará usted un favor en retirarse».

Tiró de la campanilla, y se alejó serenamente sin prisa y sin cólera,
como nos alejamos después de aplastar un insecto.

Isidora se encontró sola en el gabinete. Un lacayo apareció en la
puerta. Era señal de que la ponían bonitamente en la de la calle.
Levantose y salió. Andaba con la teatral arrogancia y la serenidad
terrible de que se revisten algunos al subir al cadalso. Las salas del
palacio se iban quedando atrás, como se desvanece el mundo cuando nos
morimos.

Cuando bajaba la escalera, un lacayo subía. Tomola este por una de las
infinitas personas, de aspecto decente, que iba a pedir limosna a la
marquesa, y le dijo: «¡Qué bonita es usted, prenda!».

Puede juzgarse cómo estaría su espíritu, cuando este ultraje apenas le
hizo impresión. En el portal estaba Alonso y un hombre muy gordo, el
cual al pasar la miró con atención picaresca. Ambos le hicieron un frío
saludo. Salió sin darse cuenta de nada y dio algunos pasos por la calle.
Como si tropezara con un poste, hallose de improviso frente a D. José de
Relimpio. Isidora despertó al choque y dijo:

«¿Pero está usted aquí?

--Sí, hija mía--replicó el galán viejo muy conmovido--. El corazón me
decía que habías de salir pronto, y esperé... No me podía acostumbrar a
la idea de no volver a verte... ¿Qué quieres tú?... Yo tomo cariño a las
personas con mucha facilidad... Aquí se me ha pasado el tiempo mirando
como un bobo a los balcones y diciendo: «Ella ha de salir, ella ha de
salir».



Capítulo XVII

Igualdad.--Suicidio de Isidora


Isidora no ponía atención en las cariñosas palabras de D. José. Sintió
en su cerebro una impresión extraña, como el rastro aéreo de inmensa
caída desde la altura a los más hondos términos que el pensamiento puede
concebir. ¡Y qué manera tan rara de ver el mundo y las cosas todas que
están debajo del cielo, y aun, si se quiere, el cielo mismo! Cambio
general. El mundo era de otro modo; la Naturaleza misma, el aire y la
luz eran de otro modo. La gente y las casas también se habían
transformado; y para que la mudanza fuera completa, ella misma, Isidora,
era punto menos que otra persona.

«¿Pero a dónde vamos, hija?»--preguntó Relimpio viendo que andaban y
desandaban calles, subían costanillas, y divagaban pasando muchas veces
por un mismo sitio.

Isidora no le contestaba y adelante seguía, llevándolo como rodrigón.
Ella miraba al suelo, él el cielo. Sin saber cómo, halláronse en las
Vistillas. Caía la tarde. Don José llamo la atención de su ahijada hacia
la magnificencia del crepúsculo que desde aquel despejado sitio se
gozaba; alzó los ojos ella y miró, arrojando un suspiro tan grande sobre
el inmenso paisaje que a su vista tenía que parecía querer llenarlo de
tristeza. Como Isidora siempre trataba de encontrar armonías entre su
estado moral y la Naturaleza, la hermosísima retirada y apagamiento del
día no eran extraños al occidente que había en su alma. Los destellos de
oro fundido iban palideciendo poco a poco, o se hundían dejando tras sí
un rastro pálido y verdoso. A la derecha, la sierra azul, de masa
uniforme y sin contornos, se alejaba, desvaneciéndose en el fondo del
firmamento, donde al fin quedaría como el espectro de un mundo.
Marcábanse las curvas del río por jirones de niebla desvanecida,
vellones sueltos, que se iban reuniendo hasta formar un velo salpicado
de motas blancas, o sea la ropa de los lavaderos.

«¡Qué feísimo es esto!»--murmuro Isidora con ira que indicaba cierta
hostilidad contra la Naturaleza.

Entonces el patriarcal D. José se puso a admirar la belleza del cielo,
que estaba limpio, azul, profundo, expresando como nunca la proyección
abovedada del pensamiento humano. La luna nueva, como una hoz de plata,
caía del lado del Poniente, precedida de Venus. Apenas, en lo restante
del firmamento principiaba a verse una que otra estrella como el vago
apuntar de la idea en el cerebro. Don José desparramó su vista por toda
la redondez de arriba, y apuntando con suficiencia de astrónomo a un
astro que brillaba más a cada instante, dijo lacónicamente:

«¡Júpiter!».

Isidora también miro, pero con escarnio y desdén.

«¡Qué horrible está la luna!»--murmuró.

Y la comparó al corte de una uña. Volviéndose a su embelesado padrino,
que osó hablar de distancias y magnitudes siderales, le dijo con mucha
displicencia:

«¿Y qué tengo yo que ver con Júpiter?... ¿Qué me va a dar a mí
Júpiter?».

Bajaron a la calle de Segovia, ella delante, detrás él.

«A ti te pasa algo... ¿Qué tienes?--le dijo el maestro de Teneduría.

--¡Qué le importa a usted! Si no quiere usted acompañarme, puede dejarme
sola.

--¡Pues no faltaba más!... Hasta el fin del mundo...».

Una sombra lúgubre que sobre la calle se proyectaba les hizo alzar la
vista, y vieron la mole del viaducto en construcción, un bosque de
andamios sosteniendo enorme enrejado de hierro.

«Cuando este puente se acabe--dijo Relimpio en tono de mucha
autoridad--, no servirá sino para que se arrojen de él los
desesperados».

Isidora miró con desprecio al puente, y repuso:

«¡Quia! Eso es muy bajo».

Subieron por la calle adelante. De una taberna, donde vociferaban media
docena de hombres entre humo y vapores alcohólicos, salió una
exclamación que así decía: «Ya todos somos iguales», cuya frase hirió de
tal modo el oído, y por el oído el alma de Isidora, que dio algunos
pasos atrás para mirar al interior del despacho de vinos.

«Se confirma lo que esta mañana se decía--murmuró D. José demostrando
una gran pesadumbre--. El Rey se va, renuncia a la corona, y a mí no hay
quien me quite de la cabeza que es la persona más decente...

--Todos somos iguales»--afirmó Isidora repitiendo la frase.

Y la frase parecía volar multiplicada, como una bandada de frases,
porque a cada paso oían: «Todos somos iguales... El Rey se va». Salían
estas palabras de los grupos de hombres, y aun de los que formaban
mujeres y chicos en las puertas de algunas casas.

Mientras D. José dejaba oír con tímida voz consideraciones prudentes y
juiciosas sobre el suceso del día, Isidora pensaba que aquello de ser
todos iguales y marcharse el Rey a su casa, indicaba un acontecimiento
excepcional de esos que hacen época en la vida de los pueblos, y se
alegró en lo íntimo de su alma, considerando que habría cataclismo,
hundimiento de cosas venerables, terremoto social y desplome de antiguos
colosos. Esta idea, no obstante, con ser tan conforme al hundimiento
moral de Isidora, no la consolaba. A la momentánea alegría siguió
agudísima pena. Por un instante se sintió invadida de un dolor tan
grande, que llegó a pensar en que no debía vivir más tiempo. Pero esta
desesperación también duró poco. Todos los medios de apartarse
voluntariamente de la vida le parecían dolorosos, antipáticos y aun
cursis. Heridos su orgullo y su dignidad, muertas sus ilusiones, algo la
ataba aún a la vida, aunque no fuera más que la curiosidad de goces y
satisfacciones que no había probado todavía... No, morir, no. Tiempo
había para eso.

A medida que se acercaba a la zona interior de Madrid y recibía su calor
central, se iba robusteciendo en ella la idea del vivir, del probar, y
del ver y del gustar. Había sofocado una vida para fomentar otra. Cuando
esta moría, justo es que aquella resucitara.

De la calle Mayor pasaron a la plaza de Oriente, porque Isidora estaba
cansadísima y quería sentarse. No sólo tenía necesidad de reposo, sino
de meditación, pues tanto como su desengaño la mortificaba aquella noche
la idea de tener que volver a casa de D.ª Laura. No; decididamente allá
no volvería aunque tuviera que quedarse a dormir en aquel banco frío y
duro. En tanto don José miraba al Palacio, tratando de adivinar lo que
en su interior ocurría; mas nada revelaba el coloso en su muda faz de
piedra. En ningún balcón se veía luz. Todo estaba cerrado y sombrío como
el disimulo que precede a las grandes resoluciones.

«¡Pobre señor!--exclamó Relimpio ofreciendo a la dinastía extranjera el
homenaje de un suspiro--. Le tienen mareado..., aburrido. Yo me pongo en
su caso...».

Después de sondear su alma y de pensar atropelladamente diversas cosas,
Isidora dijo esto a su buen padrino:

«Debe usted marcharse... Yo no voy a casa todavía.

--¡Marcharme!, ¡dejarte sola!... Tú estás loca--replicó él no sabiendo
renunciar al goce indecible de estar al lado de su ahijada.

--Es que no puedo ir a casa todavía... Márchese usted, que si no le
reñirá D.ª Laura.

--Déjala... Yo te acompañaré adonde quieras. No faltaría más...; ¡ir tú
sola, de noche, por esas calles! En Madrid hay mucho atrevido. Te lo
digo con franqueza, porque yo no soy ningún anacoreta. A los pícaros
españoles nos gustan tanto las hembras bonitas... No, hija, no. No
puedes andar sola de noche. Estás cada día más guapa, y por dondequiera
que vas llamas la atención.

--¡Llamo la atención!--, pensó ella, y se levantó decidida.

--¿A dónde vamos, hija?

--No lo sé todavía».

Al penetrar en las calles bulliciosas, cuya vida y animación convidan a
los placeres y a intentar gratas aventuras, sintió la joven que se
amenguaba su profundísimo pesar, como el dolor agudo que cede a la
energía narcótica del calmante. Se sintió halagada por el contacto de la
sociedad; percibió en su cerebro como un saludo de bienvenida, y voces
simpáticas llamándola a otro mundo y esfera para ella desconocida. Y
como la humana soberbia afecta desdeñar lo que no puede obtener, en su
interior hizo un gesto de desprecio a todo el pasado de ilusiones
despedazadas y muertas. Ella también despreciaba una corona. También
ella era una reina que se iba.

Adelante. La Puerta del Sol, latiendo como un corazón siempre
alborozado, le comunicó su vivir rápido y anheloso. Allí se cruzan las
ansiedades; la sangre social entra y sale, llevando las sensaciones o
sacando el impulso. Madrid, a las ocho y media de la noche, es un
encanto, abierto bazar, exposición de alegrías y amenidades sin cuento.
Los teatros llaman con sus rótulos de gas, las tiendas atraen con el
charlatanismo de sus escaparates, los cafés fascinan con su murmullo y
su tibia atmósfera en que nadan la dulce pereza y la chismografía. El
vagar de esta hora tiene todos los atractivos del paseo y las
seducciones del viaje de aventuras. La gente se recrea en la gente.

Isidora observó que en ella renacía, dominando su ser por entero, aquel
su afán de ver tiendas, aquel apetito de comprar todo, de probar
diversos manjares, de conocer las infinitas variedades del sabor
fisiológico y dar satisfacción a cuantos anhelos conmovieran el cuerpo
vigoroso y el alma soñadora. Se miraba en los cristales, y se detenía
larguísimos ratos delante de las tiendas, como si escogiera. No paraba
mientes en el susurro de los grupos, que decían: «El Rey se aburre, el
Rey se va».

A la entrada de la calle de la Montera la animación era, como siempre,
excesiva. Es la desembocadura de un río de gente que se atraganta
contenido por una marea humana que sube. A Isidora le gustaba aquella
noche, sin saber por qué, el choque de las multitudes y aquel
frotamiento de codos. Sus nervios saltaban, heridos por las mil
impresiones repetidas del codazo, del roce, del empujón, de las cosas
vistas y deseadas. El piso húmedo, untado de una especie de jabón negro,
era resbaladizo; pero ella se sostenía bien, y en caso de apuro se
colgaba del protector brazo de su padrino. El ruido era infernal. Subían
los carros de la carne con las movibles cortinas de cuero chorreando
sangre, y su enorme pesadez estremecía el suelo. Los carreteros
apaleaban a las mulas. Bajaban coches de lujo, cuyos cocheros gritaban
para evitar el desorden y los atropellos. Deteníanse los vehículos
atarugados, y la gente, refugiándose en las aceras, se estrujaba como en
los días de pánico. La tienda del viejo Schropp detenía a los
transeúntes. Como se acercaba Carnaval, todo era cosa de máscaras,
disfraces, caretas. Estas llenaban los bordes de las ventanas y puertas,
y la pared de la casa mostraba una fachada de muecas. Enfrente, el
escaparate del Marabini, lleno de magníficos brillantes, manifestaba al
público tentadoras riquezas.

«Dejemos esto, chica--dijo D. José a su ahijada, que miraba embebecida
las joyas--. Esto no es para nosotros».

De repente la de Rufete anduvo hacia la Puerta del Sol.

«¿Otra vez?

--Quiero ir hacia el Congreso--declaró ella.

--Ya..., ¿para ver si se arma?... No nos metamos en apreturas, hija, no
sea que por artes del demonio...».

Menudeaban los grupos, todos pacíficos. No eran hordas de descamisados,
sino bandadas de curiosos. Se oía decir aquí y allí: «La República, la
República», pero sin gritos ni amenazas. Se hablaba con frialdad de
aquella cosa grande y temida. No había entusiasmo ni embriaguez
revolucionaria, ni amenazas. La República entraba para cubrir la vacante
del Trono, como por disposición testamentaria. No la acompañaron las
brutalidades, pero tampoco las victorias. Diríase que había venido de la
botica tras la receta del médico. Se le aceptaba como un brebaje de
ignorado sabor, del cual no se espera ni salud ni muerte.

¡Cuánta gente en la Carrera! Es abierta lonja de noticias. El Congreso,
donde se forja el rayo; el Casino, donde imperan los desocupados, y el
café de la Iberia, que es el Parnasillo de los políticos, dan a esta
calle, en días o noches de crisis, un aspecto singular. Isidora y su
padrino siguieron la corriente. ¡Cuántos hombres, y también cuántas
mujeres! El contacto de la muchedumbre, aquel fluido magnético conductor
de misteriosos apetitos, que se comunicaba de cuerpo a cuerpo por el
roce de hombros y brazos, entró en ella y la sacudió.

«Déjeme usted sola--dijo a su padrino--. Yo tengo que hacer. Le va a
reñir a usted doña Laura.

--Deja a D.ª Laura que se la lleve el demonio--exclamó Relimpio, a quien
la idea de no acompañar a su sobrina le ponía furioso--. ¡Hay por aquí
tanto hombre imprudente!... Ya ves que no cesan de echarte requiebros y
decirte flores. Esto es indecoroso, y no sería extraño que yo tuviera un
lance».

¡Ay Isidora! ¿Qué significó ese susurro de carcajadas que sentiste
dentro de ti?... ¿Era que empezaba a comprender la posibilidad de
consolarse sin renunciar a sus ideas? ¡Oh, no! Antes morir que abandonar
sus sagrados derechos. «¡Las leyes!--pensó--. ¿Para qué son las leyes?».
Esta idea le infundió algún contento. Sí; ella confundiría el necio
orgullo de su abuela; ella subiría por sus propias fuerzas, con la
espada de la ley en la mano, a las alturas que le pertenecían. Si su
abuela no quería admitirla de grado, ella, ¿qué tal?..., ella echaría a
su abuela del trono. Venían días a propósito para esto. ¿No éramos ya
todos iguales? El pueblo había recogido la corona arrojada en un rincón
del Palacio y se la había puesto sobre sus sienes duras. ¡Bien, bien,
bien! Y se aplaudió a sí misma, se palmoteó con esas manos inmateriales,
que para apoyar sus discursos tiene el corazón. ¡Pleito! Esta palabra,
anunciadora de una gran idea, se le quedó fija en la mente desde
entonces, como grabada en fuego. Vio una turba infinita de escribanos y
jueces, y pirámides de papel en cuya cúspide brillaba deslumbrante y
cegadora la inextinguible luz de su verdadero estado civil.

En la calle de Floridablanca el gentío era más espeso; pero los curiosos
no hacían nada, ni siquiera gritaban. Eran turbas comedidas que no daban
vivas ni mueras. Se hablaba de la llovida República, como se habría
hablado de un chubasco que acabara de caer. Nada de lo que dentro de las
Cortes pasaba se traslucía fuera.

Aunque Isidora no iba sola, era demasiado guapa y D. José demasiado
humilde para que la joven dejase de oír una y otra vez algunas fórmulas
equívocas del requiebro de las calles, nacido de la mala educación y de
la falta de respeto a las mujeres.

«Vámonos a casa--dijo Relimpio algo amostazado--. Yo no me puedo
contener. Soy una pólvora. Tú no conoces mi genio. Pues bien, me estás
comprometiendo.

--Váyase usted, que yo me quedo--replicó ella impávida.

--¿Pero estás loca?...

--No estoy loca. Es que...

--Pero ¿tú buscas a alguien? ¿Esperas a alguien?».

Isidora no apartaba sus ojos de aquella puerta pequeña por donde entra y
sale toda la política de España.

«Vaya, que tienes unas cosas... Ya van a dar las diez».

Isidora no le hizo caso. De repente avanzó hacia la calle del Sordo,
mirando, no sin disimulo, a tres individuos que acababan de salir del
Congreso. Uno de ellos se distinguía por su gabán claro.

«¿Al fin nos vamos?--preguntó D. José con alegría.

--No se enfade usted conmigo, padrinito--dijo Isidora mirándole--. Le
quiero a usted mucho».

Avanzaban por la calle del Turco. Relimpio no se había fijado en los
tres señores que delante iban a distancia como de unos treinta pasos. Al
llegar al extremo de la calle, D. José, que gozaba mucho por los
recuerdos históricos, se paró y dijo con voz lúgubre:

«Aquí mataron a D. Juan Prim. Todavía están en la pared las señales de
las balas».

Isidora no miró las señales de los proyectiles. Miraba a los tres
caballeros, que se habían detenido algo más arriba, junto al jardín de
Casa--Riera. Parecía que se despedían. En efecto, dos siguieron hacia la
Presidencia, y el del gabán claro bajó por la calle de Alcalá.

¡Instante tremendo, que no olvidaría jamás D. José Relimpio aunque
viviera mil años! Cuando el señor del gabán claro pasó por la trágica
esquina, Isidora echó a correr, llegose a él, se le colgó del brazo.
Hubo exclamaciones de sorpresa y alegría... Después siguieron juntos, y
se perdieron en la niebla.

«¡Ah!--murmuró D. José con vivo dolor--. Es el marqués viudo de
Saldeoro... ¡Ingrata!... ¡Y qué hermosa!».

El pobre señor se apoyó en la esquina: su desconsuelo era grande. Pensó
que no la vería más. Vuelta la cara a la pared, ¿qué hizo durante el
rato que permaneció allí?... ¿Lloró? Quién lo sabe. Tal vez estampó una
lágrima en aquella pared donde a balazos estaba escrita la página más
deshonrosa de la historia contemporánea.



Capítulo XVIII

Últimos consejos de mi tío el Canónigo


¡Qué lástima no ser poeta épico para expresar, con la elocuencia propia
del caso, el enojo de D.ª Laura, el cual, si no rayaba tan alto como la
ira de los dioses, hallábase a dos dedos de ella! Todo por que la
señorita Isidora no se conducía decorosamente. Don José estaba
profundamente afligido por no poder lanzarse a la defensa de su querida
ahijada. Y si alguna tímida palabreja salía de su boca, D.ª Laura se le
quería comer vivo. El cargo principal que contra Isidora se formulaba
era que se había quedado fuera de casa en la noche del 11. «Nada,
nada--dijo la iracunda señora a su marido del modo más imperioso--.
Esa... _Sardanápala_ no tiene que poner más los pies en mi casa. Si la
ves, dile que mande por sus cuatro pingos y por los papelotes de su
padre».

Y en efecto, al anochecer del 12, Isidora mandó por su equipaje.
¡Temblad, humanos!..., ¡ponía casa! El furor de D.ª Laura creció, y en
ella chocaban las palabras con las ideas y las ideas con las palabras,
como las olas de un mar embravecido. Relimpio no podía disimular una
aflicción honda que tenía su asiento en la región cardíaca. Parecía
atacado de un aplanamiento general. Melchor dijo mil groserías de la
ahijada de su padre, y las dos chicas, contenidas por el pudor, no
dijeron nada.

Y tú, ¡oh lector!, ¿qué dices? Yo te ruego que no sigas a esta familia
por el peligroso sendero de los juicios temerarios. Sabe que el poner
casa la de Rufete no puede atribuirse aún a sospechosos motivos; sabe,
pues hay obligación de que se te diga todo, que el mismo día 12 por la
mañana recibió nuestra hermosa protagonista dos cartas de Tomelloso. En
la una, su tío el Canónigo se despedía de ella para el otro mundo y le
daba mil consejos de mucha substancia, amén de un legadillo para que
ambos huérfanos prosiguieran la empresa de reclamar su filiación y
herencia, si ya no estaban en posesión de ambas cosas. La otra carta
anunciaba la muerte del santo varón.

El cual, hora es ya decirlo, no era tal Canónigo ni cosa que lo valiera,
sino un seglar soltero, viejo y extravagante, a quien desde luengos años
se había aplicado aquel apodo por su amor a la vida descansada, regalona
y sibarítica. En sus buenos tiempos, D. Santiago Quijano--Quijada, primo
carnal de Tomás Rufete, había sido mayordomo de una casa grande, y
después administrador de otras varias. Cuando tuvo para vivir sin ayuda
de nadie, se retiró a su pueblo, donde vivió célibe, entre primas y
sobrinos, más de treinta años, dedicado a la caza, a la gastronomía y a
la lectura de novelas. Tenía ciertos hábitos de grandeza, y en su modo
de hablar y de escribir distinguíase tanto de sus convecinos, que antes
que lugareño parecía de lo más refinado y discreto de la corte. Era muy
avaro y sumamente excéntrico. Omitiendo las mil aseveraciones
contradictorias que corrían por toda la Mancha acerca de su
caballerosidad o de su avaricia, de su ingenio o de sus no comprendidas
chifladuras, dejaremos que se nos muestre él mismo en la carta que
escribió a Isidora, y que copiamos a la letra:

«El Tomelloso, a 9 de febrero de 1873.

»Mi querida sobrina (o cosa tal): Cuando recibas estos renglones, ya
este pecador, a quien llamaste tío y que más que tío ha sabido ser padre
tuyo, estará en la Eternidad dando cuenta a Dios de sus muchas culpas.
Aquella dolencia que ni el médico de este pueblo ni el de Argamasilla
entendieron, me coge ya toda el arca del pecho, quitándome la
respiración de tal modo, que a cada momento pienso que se me va fuera el
alma. Y aprovecho el poquito tiempo que esta señora ha de estar dentro
de mi cuerpo, para escribirte y darte la despedida, sintiendo mucho no
poderlo hacer por mi mano. Tengo que estar tendido boca arriba sin
movimiento, y el Sr. Rodríguez Araña, secretario del Ayuntamiento, me
hace el favor de escribir lo que dicto, puesto el pensamiento en ti y en
tu hermano, a quienes supongo ya en pacífica posesión del marquesado.

»Por tu última carta veo que esperabas aviso de la señora marquesa de
Aransis. Esa buena señora os habrá reconocido como nietos, porque no
puede ser de otra manera. Ojalá fuera tan seguro que he de alcanzar la
gloria eterna, como lo es que tú y Mariano nacisteis de aquella hermosa
y sin ventura Virginia, de quien sacaste tú la figura y rostro de tal
manera y semejanza, que verte a ti es lo mismo que verla a ella
resucitada. Pero si por artes de algún enemigo o tontunas de la marquesa
(que a esta gente endiosada hay que tenerle miedo) se te hubiese cerrado
la puerta de Aransis, te aconsejo, te mando y ordeno que acudas con tu
cuita a los Tribunales de justicia, pues tan claro y patente está tu
derecho en los papeles que tienes y en otros que yo conservaba para el
caso y que te remito, que en dos repelones has de ganar el pleito y
tomar por la ley lo que de otro modo no quisieran darte. Yo tengo gran
fe en la fuerza de la sangre, y me parece que estoy viendo a la señora
marquesa echándote los brazos al cuello y comiéndote a besos. Si las
cosas han pasado de otra manera, trata de que la señora te reconozca por
el parecido. Conviene que te registres bien el cuerpo todo, a ver si
tienes en él algún lunar o seña por donde la marquesa venga en
conocimiento de que eres hija de su hija; que yo he leído casos
semejantes, en los cuales un lunarcillo, un ligero vellón o cosa así han
bastado para que encarnizados enemigos se reconocieran como hijo y padre
y como tales se abrazaran. De esto están llenas las historias.

»Para que lo gocéis, si es que ya estáis en vuestro trono, o para que
siga el pleito, si no lo estáis, os dejo un legado que no es cosa mayor.
Os doy por curador a mi amigo el Sr. D. Manuel Pez, nuestro diputado,
persona a quien conoces y seguramente tendrás por la misma
caballerosidad.

»Cuando poseas lo de Aransis, que es buen bocado, no dejes que se te
vaya la mano en el gastar, pues las liberalidades consigo mismo o con
los demás son el peligro de los ricos y la sangría de las bolsas. Cásate
con persona de tu condición, pues si lo haces con quien por debajo de ti
esté, te expones a que el peso de tu cónyuge te tire hacia abajo y no te
deje flotar bien. En caso de no hallar exacta pareja, más vale que te
unas con quien te sea superior, que también hay príncipes y duques por
estas tierras.

»No tengas vanidad; pero tampoco des tu brazo a torcer. Haz limosnas,
que los pobres y necesitados tienen a los ricos por providencia
intermedia entre la Providencia grande y su miseria. Sois como delegados
del Sumo Repartidor de bienes, para que de lo vuestro deis una parte a
los que nada tienen.

»Que no se conozca nunca que has sido pobre, pues si descubres por entre
tus sedas el paño burdo de tus primeros años, habrá tontos que se rían
de ti. Instrúyete bien en las cosas que no has podido aprender en la
pobreza. Tú eres lista y harás grandes progresos. No olvides de darte
algunas tareas de piano, que eso de teclear es, a mi modo de ver, cosa
fácil y que se aprende con un poco de paciencia.

»Para no descubrirte, muéstrate al principio circunspecta y callada, que
con esto pasarás por modesta, y la modestia es virtud que en todas
partes se aprecia; y en este periodo primero de circunspección, dedícate
a observar lo que hacen los demás para aprenderlo y hacerlo tú misma
luego que te vayas soltando. Observa cómo saludan, cómo manejan el
abanico, cómo dan el brazo, cómo se sientan a la mesa y ponen el abrigo.
Hasta de la manera de dar limosna a un pobre tienes que hacer particular
estudio. Date un buen curso de todas estas cosas para salir consumada
maestra.

»Dicen que la sociedad camina a pasos de gigante a igualarse toda, a la
desaparición de las clases; dicen que esos tabiques que separan a la
humanidad en compartimientos, caen a golpes de martillo. Yo no lo creo.
Siempre habrá clases. Por más que aseguren que esta igualdad se ha
iniciado ya en el lenguaje y en el vestido, es decir, que todas las
personas van hablando y vistiendo ya de la misma manera, a mí no me
entra eso. ¿La educación general traerá al fin la uniformidad de
modales? Patarata. ¿Los salones de la aristocracia se abren a todo el
mundo y dan entrada a los humildes periodistas y folicularios? A otro
perro con ese hueso. Dicen que las señoras de la grandeza cantan
flamenco y que los veterinarios echan discursos de filosofía. Esa no
cuela. Yo no lo creeré aunque lo vea. Si en algún momento de inundación
social ha podido pasar eso, las cosas volverán a su cauce.

»Haz lo posible por distinguirte de los demás sin humillar a nadie, se
entiende. Usa siempre las mejores formas, y hasta cuando quieras
ofender, hazlo con palabras graciosas y suaves. Si tienes que dar una
bofetada, dala con mano de algodón perfumado, que así duele más.

»Una buena mesa es cosa que enaltece al rico y pone, por decirlo así, el
sello a su grandeza. En nada se conoce el buen gusto, nobleza y dignidad
de un alto señor como en sus guisos y manera de presentarlos y
servirlos. Digna corte de los finos manjares es un buen círculo de
convidados que sazonen la comida con las especias finísimas del ingenio
discreto; especias, hija mía, que más bien son flores de aroma delicado.
Mira bien a quién convidas. No sientes parásitos a tu mesa, que estos,
después de vivir a tu costa, te criticarán. Elige diariamente un pequeño
número de comensales, graves sin afectación, ingeniosos sin descaro,
festivos sin chocarrería, y que coman sin gula y beban sin embriaguez,
honrando tu casa y celebrando tu mesa.

»Mucho te hablaría de tu cocina, si mi mal me diera espacio para ello.
Solamente te diré, que pues la moda quiere que el arte francés con sus
invenciones, en que entran el gusto y la forma, prevalezca sobre nuestra
cocina nacional, no te dejes vencer del patriotismo, tratando de
restablecer usos culinarios que están ya vencidos. Adopta la cocina
francesa, toma un buen jefe y provéete de cuanto la moda y la
especulación traen de remotos países. Pero has de saber que es de buen
gusto el no condenar en absoluto nuestras sabrosas comidas; y así, no
hay cosa de más chispa que sorprender un día a tus convidados con un
plato de salmorejo manchego, bien cargado de pimienta, o con un estofado
de la tierra, bien espeso y oloroso. Esto, hecho a tiempo y tras una
exhibición hábil de fruslerías francesas, no sólo no te será vituperado,
sino que te valdrá grandes alabanzas.

»Vístete con primor. Huye tanto de la vulgaridad poniéndote lo que todas
se pongan, como de la excesiva singularidad poniéndote lo que a nadie se
le haya ocurrido usar. Hay un término medio, delicadísimo, muy difícil
de alcanzar, en el cual debe mantenerse la persona verdaderamente
elegante. Muchos que quieren huir demasiado de la vulgaridad, dan en la
extravagancia; procura que en tus atavíos, sin que falte lo común y
corriente, haya algo exclusivamente tuyo, algo personal, personalísimo,
que no puedan imitar los demás, y habrás logrado el objeto.

»Sé siempre buena católica cristiana, que lo primero es salvar el alma.
Cumple los preceptos de la Iglesia, que todo ello se puede hacer sin
fatigarse. Pero no te entregues con excesivo afán a las prácticas
religiosas; trata a los curas con consideración, y dales para que coman,
que a esta gente hay que tenerla contenta. De cuando en cuando costea
novenas y alguna que otra función; pero sin pasar de ahí ni abrir tu
puerta a los señores de hábito negro, los cuales, si les dejaras, pronto
imperarían en ti y en tu casa. Ten cuenta que si eres beata, dirá la
gente que lo haces para encubrir alguna trapisonda, y considera que ya
no hay santos ni cosa que lo valga.

»De un punto sumamente grave te quiero hablar ahora, y es de la vida
conyugal, cosa que, según oigo decir, anda ahora muy por los suelos. Yo
quisiera que la tuya fuera ejemplar y que nadie pudiese en ningún punto
poner en duda la limpieza de tu honor ni la firmeza de tu fe
matrimonial. Es muy posible que tu esposo, llevado de la corriente y de
los perversos usos del día, se hastíe un poco de ti, y busque
entretenimiento y variedad en otras mujeres. ¡Atroz desaire que te
producirá no pocos sofocones y te pondrá a dos dedos del mayor peligro
en que jamás se han visto tu dignidad y virtud!... Pues si te dejas
llevar del despecho y rabia de los celos, si te impacientas demasiado
por la soledad en que tu esposo te tiene, te faltará poco para caer en
pecado igual al suyo. Cuidado, hija mía, mucho cuidado. A su poligamia
contesta con tu castidad, a su lascivia con tu abstinencia. Aguanta,
resiste, y no degrades tu corazón dándolo a algún mequetrefe que lo tome
por vanidad, y por hacer gala de tu conquista entre los tontos y
desocupados. Consérvate digna, recatada, siempre señora inexpugnable;
que al fin y al cabo tu marido, por la fuerza de sus vicios, reventará,
y entonces podrás volverte a casar eligiendo con todo cuidado otro
marido que te considere más y te atienda mejor que el primero.

»Otras muchas cosas quisiera decirte; pero como creo haber manifestado
las más importantes, no digo más, porque las fuerzas me faltan.
Acuérdate de lo mucho que hemos hablado de esto en las largas noches de
invierno. Mi pensamiento se va nublando, y temo que, si no doy punto
aquí, me falten fuerzas para firmar esta. Dentro de poco habré cerrado
mis ojos a la luz de este mundo. Quiera Dios abrírmelos a los de la
gloria eterna. He recibido los Santos Sacramentos, y espero el perdón de
mis culpas. Tengo la conciencia tranquila; no temo la muerte, y me
importan ya poco las molestias de mi cuerpo. Perdono a mis enemigos; me
despido de mis amigos, y recibe tú el último pensamiento y el suspiro
último de tu amantísimo tío (o cosa tal),

SANTIAGO QUIJANO QUIJADA».

Madrid.--Junio de 1881.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

       *       *       *       *       *



Segunda parte


    PERSONAJES DE ESTA SEGUNDA PARTE

    ISIDORA RUFETE, _protagonista._
    MARIANO RUFETE, _su hermano._
    AUGUSTO MIQUIS, _doctor en Medicina._
    JOAQUÍN PEZ.
    DON JOSÉ DE RELIMPIO Y SASTRE, _tenedor de libros._
    MELCHOR DE RELIMPIO, _arbitrista._
    EMILIA DE RELIMPIO DE CASTAÑO.
    LA SANGUIJUELERA.
    DON ALEJANDRO SÁNCHEZ BOTÍN, _padre de la Patria._
    JUAN BOU, _litógrafo._
    JUAN JOSÉ CASTAÑO, _ortopedista._
    MUÑOZ Y NONES, _notario._
    MADAMA EPONINA, _modista._
    RIQUÍN, _niño._
    EL MAJITO.
    MODESTO RICO, _tratante de vinos._
    PALO--CON--OJOS.
    GAITICA.
    DIVERSOS PECES.
    DIVERSOS PÁJAROS.
    UN GRAN PERSONAJE _(que no habla)._ DIVERSOS PERSONAJES _(que no hablan
    tampoco)._

    Un abogado, testigos, carceleros y carceleras, curiales, un oficial de
    litografía, hombres y mujeres del pueblo, porteros, tropa, etc._

   _La escena en Madrid y principia en diciembre de 1875._



Capítulo I

Efemérides


La República, el Cantonalismo, el golpe de Estado del 3 de enero, la
Restauración, tantas formas políticas, sucediéndose con rapidez, como
las páginas de un manual de Historia recorridas por el fastidio, pasaron
sin que llegara a nosotros noticia ni referencia alguna de los dos hijos
de Tomás Rufete. Pero Dios quiso que una desgraciada circunstancia
(trocándose en feliz para el efecto de la composición de este libro)
juntase los cabos del hilo roto, permitiendo al narrador seguir
adelante. Aconteció que por causa de una fuerte neuralgia necesitó este
la asistencia de Augusto Miquis, doctorcillo flamante, que en los
primeros pasos de su carrera daba a conocer su gran disposición y
altísimo porvenir. Enfermo y médico charlaban de diversas cosas. Un día,
cuando ya se había iniciado la convalecencia, recayó la conversación en
los sucesos referidos en la Primera parte, y Miquis, para quien no podía
haber un tema más gustoso, habló largamente de Isidora, diciendo, entre
otras cosas, lo siguiente:

«Está ahora esa mujer..., vamos..., está guapísima, encantadora. Parece
que ha crecido un poco, que ha engrosado otro poco y que ha ganado
considerablemente en gracia, en belleza, en expresión. Se me figura que
será una mujer célebre. Vive en la misma casa donde se instaló hace dos
años, al final de la calle de Hortaleza. Ha tenido un hijo.--¡Un hijo!
¿Qué me cuenta usted?--Lo que usted oye. Ya tiene dos años. Es algo
monstruoso; lo que llamamos un _macrocéfalo_, es decir, que tiene la
cabeza muy grande, deforme. ¡Misterios de la herencia fisiológica! Su
madre me pregunta si toda aquella gran testa estará llena de talento. Yo
le digo que su delirante ambición y su vicio mental le darán una
descendencia de cabezudos raquíticos... El chico es gracioso y de una
precocidad alarmante...

»Pasando a otra cosa, yo tengo para mí que el marqués viudito está más
tronado que la nación española. Sus deudas se remontan como el águila
ávida de las altas cumbres; sus gastos no disminuyen. Para estos tales,
carecer es morir, y pasarán por toda clase de ignominias antes que
decapitarse renunciando al lujo y a la vida de rumbo y disipación. Por
desgracia de la sociedad, siempre encuentran tontos que les presten,
cándidos que les fíen y malvados que los ayuden. Observe usted que nunca
mueren en un hospital. Su mendicidad no tiene harapos; pero piden, y a
veces toman sin pedir.

»Yo pregunto: ¿No habrá algún día leyes para enfrenar la alta vagancia?
¿No se crearán algún día palacios correccionales? ¿No establecerán las
generaciones venideras asilos elegantes, forrados de seda, para tener a
raya la demagogia azul, dándole de comer? Yo pregunto también: Puesto
que tanto se ha hablado del derecho a la vida, ¿existirá también el
derecho al lujo? Si el populacho nos pide los talleres nacionales, la
alta vagancia nos pedirá algún día los casinos costeados por el Estado.
Lógica, lógica, digo yo. Y a los que predican el comunismo les digo:
«Estáis tocando el violón, porque el comunismo existe entre nosotros con
tan profundas raíces como la religión: es nuestra segunda Fe. No falta
más que perfilarlo, darle la última mano, y ponerlo bien clarito en las
leyes, tal como lo está en nuestras costumbres».

»Ahora bien, señores, si esto no os gusta, empecemos por renovar la
sociedad toda. Hagamos una revolución para destruir el comunismo, y esto
es lo práctico, porque hacer revolución por establecerlo es como si
encendiéramos el gas de las calles en pleno día. Revolución, pues.
Suprimamos la Administración, que es una hipocresía del reparto
universal; suprimamos el presupuesto, que es la forma numérica del
_restaurant_ nacional; suprimamos las contribuciones, que son el
almacenaje omnímodo de que se nutre el comunismo, y una vez suprimido
esto, lo demás, ejército, gobierno, armada..., se suprimirá por sí
mismo. Entonces diremos: _todo acabó_; _nadie se encarga de nada_... Que
cada cual salga por donde pueda. Fúndese una sociedad nueva entre el
estruendo de los palos. ¿Qué tal? Sí, señores, el comunismo no muere
sino ahogado en un océano de negaciones. Luego se unirán el interés y la
fuerza para crear el nuevo derecho».

Todos los que conozcan a Miquis verán que no exageramos ni añadimos nada
al poner aquí sus festivas paradojas.

Efectivamente, Isidora vivía al fin de la calle de Hortaleza en un
número superior al 100. Su casa era nueva, bonita, alegre, nada grande.
Constaba, como todas las casas de Madrid que, aunque nuevas, están
fabricadas a la antigua usanza, de sala mayor de lo regular, gabinetes
pequeños con chimenea, pasillo ni claro ni recto, comedor interior dando
a un patio tubular, cuartos interiores de diferentes formas y escasas
luces. Los gabinetes daban paso a las alcobas por un intercolumnio de
yeso, plagiado de las embocaduras de los teatros. No estaba mal decorada
la casa, si bien dominaba en ella la heterogeneidad, gran falta de orden
y simetría. La carencia de proporciones indicaba que aquel hogar se
había formado de improviso y por amontonamiento, no con la minuciosa
yuxtaposición del verdadero hogar doméstico, labrado poco a poco por la
paciencia y el cariño de una o dos generaciones. Allí se veían piezas
donde el exceso de muebles apenas permitía el paso, y otras donde la
desnudez casi rayaba en pobreza. Algún mueble soberbio se rozaba con
otro de tosquedad primitiva. Había mucho procedente de liquidaciones,
manifestando a la vez un origen noble y un uso igualmente respetable.
Casi todo lo restante procedía de esas almonedas apócrifas, verdaderos
baratillos de muebles chapeados, falsos, chapuceros y de corta duración.

La sala lucía sillería de damasco amarillo rameado; en imitación de palo
santo, dos espejos negros, y alfombra de moqueta de la clase más
inferior; dos jardineras de bazar y un centro o tarjetero de esas
aleaciones que imitan bronce, ornado de cadenillas colgando en ondas, y
de piezas tan frágiles y de tan poco peso que era preciso pasar junto a
él con cuidado, porque al menor roce daba consigo en el suelo. La
consola sustentaba un relojillo de estos que ni por gracia mueven sus
agujas una sola vez. El mármol de ella se escondía bajo una instalación
abigarrada de cajas de dulces, hechas con cromos, seda, papel cañamazo y
todo lo más deleznable, vano y frágil que imaginarse puede... A Isidora
no gustaba esta sala, que era, según ella, el tipo y modelo de la sala
cursi. Había sido comprada _in solidum_ por Joaquín en una liquidación,
y provenía de una actriz que no pudo disfrutarla más de un mes. Isidora
tenía propósito de deshacerse a la primera oportunidad de aquellas
horrorosas sillas de tieso respaldo, con cuyo damasco rameado había lo
bastante para media docena de casullas, y aún sobraba algo para vestir
un santo y ponerle de tiros largos.

En el gabinete próximo a la sala estaba casi constantemente la heroína
de esta historia. A la izquierda de la chimenea tenía su armario de
luna, mueble chapeado y de gran apariencia en los primeros días de uso,
pero que pronto empezó a perder su brillo y a desvencijarse,
manifestando su origen, como nacido en talleres de pacotilla y vendido
en un bazar por poco dinero. A la derecha, cerca del balcón, estaba el
tocador, mueble precioso, pero muy usado. Había pertenecido a una casa
grande que liquidó por quiebra. Un escritorio pequeño con gavetillas y
algún secreto ocupaba uno de los lados de la puerta, quedando el otro
para la cómoda. Sobre esta se elevaba un montón de cosas revueltas, en
cuya ingente masa podían distinguirse cajas de sombreros y cajas de
sobres estropeados, libros, líos de ropa, un álbum de retratos, un
Diccionario de la Lengua Castellana y un caballo de cartón.

En la chimenea, y sobre graciosos caballetes de ébano y roble, había
varios retratos, entre ellos el de Isidora, obra admirable por la
perfección de la fotografía y la belleza de la figura. Parecía una
duquesa, y ella misma admiraba allí, en ratos de soledad, su continente
noble, su hermosura melancólica, su mirada serena, su grave y natural
postura. En la pared no había ninguna lámina religiosa; todas eran
profanas; a saber: las parejas de frailes picarescos con que Ortego ha
inundado las tiendas de cromos; canónigos glotones, cartujos que catan
vinos, el clérigo francés que se come la ostra y el que muestra el
gusano en la hoja; además, borrachos laicos y algunas majas y chulos que
entonces empezaban a ponerse de moda. Todo esto había sido adquirido por
Joaquín, que se reía mucho contemplando al fraile embobado junto a la
muchacha, o al capuchino beodo. Pero a Isidora no le hacían maldita
gracia los cromos frailescos. Encontrábalos groseros, de mal gusto y
ordinarios, por ser cosa de estampa que se veía en todas partes. ¡Cuándo
realizaría ella su gran ideal de rodearse de hermosos cuadritos al óleo,
de los primeros pintores!

Desde principios de marzo del 73, ocupaba Isidora aquella vivienda. Si
había sido feliz o desgraciada en su modesta y bonita casa, ella misma
nos lo dirá. Todo lo ocurrido en ese largo espacio de treinta y cuatro
meses en que ha estado fuera de nuestra vista, merece algo de historia,
y para ello aprovechemos las efemérides verbales de D. José de Relimpio,
cuya amabilidad para el suministro de noticias es inagotable.

1873. _1.º de marzo_.--Instalación de Isidora en su casa de la calle de
Hortaleza, no se sabe sin con propios recursos o a expensas del marqués
viudo de Saldeoro. Escándalo. Pronuncia D.ª Laura su célebre frase: «Ya
veía yo venir esto». Disturbios en Barcelona; cunde la indisciplina
militar.--_La Sanguijuelera_ visita a los de Relimpio y califica la
conducta de su sobrina con palabras que a pluma más hipócrita no podría
velar con los disimulos del lenguaje.

_Abril_.--Desarme de la Milicia por la Milicia. Dos cobardías se
encuentran frente a frente y del choque resulta una página histórica. No
corre la sangre.--Primera cuestión entre Isidora y Joaquín por la manera
de invertir el dinero heredado del Canónigo. Isidora gasta sin
substancia una buena parte de él en los preliminares de su pleito. Se
permite el esplendor de una berlina de Alonso, pero al mes tiene que
privarse de este inocente lujo. La modista apunta con ojo certero a los
fondos que quedan de la herencia. En la casa reina una abundancia
incongruente. Suelen escasear, y aun faltar del todo, las cosas
necesarias. El panadero y el carbonero son tan mal educados, que se
atreven a quejarse de que no se les atiende con puntualidad.--Célebre
discurso de Pi.

_Junio_.--Reúnense las Cortes Constituyentes. La guerra toma
proporciones alarmantes, y en Navarra se ven y se tocan las desastrosas
consecuencias de la desgraciada acción de Eraul.--Joaquín Pez marcha a
Biarritz. Isidora tiene que quedarse en Madrid para averiguar el
paradero de su hermano, que ha desaparecido del colegio en que
estaba.--Consternación. Nuevo Gabinete. Asesinato del coronel
Llagostera. La guerra, la política, ofrecen un espectáculo de confusión
lamentable. Don José de Relimpio manifiesta con gran seso que la
cesantía de treinta mil reales que disfrutan los ex ministros españoles
es la causa de estas tremolinas.

_Julio_.--Alcoy, Sevilla, Montilla. Sangre, fuego, crímenes,
desbordamiento general del furor político.--Doña Laura cae gravemente
enferma.--La guerra civil crece. Cada día le nace una nueva cabeza y un
rabo nuevo a esta idea execrable. Isidora, sin esperanzas de encontrar a
su hermano, toma el tren y se va a Santander, donde llama la atención y
se hacen acerca de ella novelescos comentarios.--Ministerio Salmerón.

_Septiembre_.--Cartagena, excursiones de las fragatas. ¡Oh! Don José les
perdonaría a los cantonales en su calaverada si aprovecharan el empuje
de las fragatas para irse a Gibraltar y conquistar aquel pedazo de
nuestro territorio, retenido por la pérfida Inglaterra. Si viviera
Méndez Núñez, otro gallo nos cantara.--Horrores del cura Santa
Cruz.--Doña Laura, como si fuera símbolo humano de la unidad y el honor
de la patria, sucumbe en aquellos tristes días. Antes de morir tiene el
inefable consuelo de ver a su hijo gobernador de una provincia de
tercera clase.--Célebre apóstrofe de D. Manuel Pez contra las
improvisaciones. Los prohombres de la tertulia de Pez exhalan, en
desgarradoras quejas, su sentimiento de ver a la patria en situación tan
triste. Todos quisieran salvarla. Don Manuel, recordando su destino,
iguala a Isaías en gravedad elegíaca y arrebato poético. Verifícase en
toda España una limpia general del comedero de todos los Peces habidos y
por haber. Hay quien cree firmemente que se acaba el mundo.--Dispersión
de la familia de Relimpio. Isidora vuelve a Madrid; está algo
desfigurada, pero, según sus cuentas, en diciembre concluirá
aquello.--Castelar, ministro. El buen Relimpio, en quien no se había
entibiado ni un punto la noble simpatía que por su ahijada sentía, se va
a vivir con ella, la sirve en todo lo que puede y la acompaña cuando
está sola y aburrida. Recuerda el noble anciano a su esposa, y honrando
la memoria de sus cualidades, deja escapar melancólicos suspirillos.

_Diciembre_.--Castelar reorganiza el Ejército. La patria da un suspiro
de esperanza. Se convence de que tiene siete vidas, como vulgarmente se
dice de los gatos. La marea revolucionaria principia a bajar. Se ve que
son más duros de lo que se creía los cimientos de la unidad nacional. El
24, Nochebuena, Isidora da a luz un niño, a quien ponen por nombre
Joaquín.--Háblase ya de la sima de Igusquiza y se cuentan horrores del
feroz Samaniego.

1874. _Enero_.--El día 3 Pavía destruye la República sin disparar un
tiro. Desaloja el salón del Congreso y pone en las calles cañones que no
hacen fuego. Llueve un Poder Ejecutivo.--_La Sanguijuelera_, que
permanece adicta al antiguo régimen y no cree que hay más reina que
Isabel II, da un viva al príncipe Alfonso. Célebre apotegma de D. Manuel
María Pez sobre el orden armonizado con la libertad, y la libertad
armonizada con el orden. Este varón insigne ocupa otra vez la Dirección
con beneplácito de los Peces, los cuales, multiplicándose de nuevo,
colean en todo el país. Recobran los Peces hijos sus puestos, con lo que
la Administración nacional queda asentada sobre fundamentos diamantinos.
Todo va bien, admirablemente bien. La guerra civil avanza. Sobre las
ruinas de las fortunas que desaparecen, elévanse las colosales riquezas
de los contratistas. El Tesoro público hace milagros.--La provincia que
gobernaba Melchor se ve libre de este azote. Melchor, reducido otra vez
a la nada, da vueltas en su cerebro a un nuevo proyecto. Ahora sí que
son habas contadas. Trátase de comprar habichuelas podridas y arroz
picado para vendérselo al Gobierno como bueno. Para realizar sus
milagros, este taumaturgo cuenta con amistades de valer en altos
centros, y aun aparenta entusiasmo por el nuevo régimen, tomando una
actitud completamente pisciforme.

_Marzo_.--San Pedro Abanto. Inmenso interés despiertan en toda España el
estado de la guerra y el sitio de Bilbao. Tristeza del marqués viudo de
Saldeoro. Los últimos vencimientos le abruman. Su fortuna triplicada no
le bastaría para pagar. Toma por modelo al Tesoro público y recibe
dinero al trescientos por ciento. Renuévanse las discordias entre
Joaquín e Isidora por cuestiones de celos y fondos. Padecimiento moral
de la de Rufete por su situación social, su penuria y la poca esperanza
de remedio. Comenzado el pleito, intenta pleitear por pobre; pero el
bienestar aparente de su casa y el lujo de su persona hacen fracasar la
información. El viudito de Saldeoro, para obtener de ella el empeño de
las alhajas, le hace mimos y repite su antigua, manoseada y ya
gastadísima promesa de casarse con ella.--Sangrientos combates del 25,
26 y 27, que ocupan la atención pública. Hay muchos liberales que, por
ser enemigos del Gobierno, se alegran de las ventajas carlistas. Contra
estos truena en patriótica indignación don José de Relimpio, el cual se
compra un mapa de Vizcaya y, clavando sobre él alfileres, sigue y
escudriña y estudia con sublime anhelo los movimientos militares.

_Mayo_.--Bilbao es libre. Alegría, repiques, farolitos. Crece a los ojos
del país la gran figura militar del marqués del Duero.--Mariano Rufete,
que ha vuelto al lado de su hermana, parece inclinado a mejorar su
conducta. Ha aprendido algunas cosas; en modales y lenguaje sus
adelantos son imperceptibles. Lee bastante; pero sus lecturas no son de
lo más escogido. Su hermana daría cuanto tiene (menos los ideales) por
verle corregido.--Emilia Relimpio se casa con su primo Juan José, hijo
del ortopedista; Leonor, ilícitamente unida a un sargento primero,
desaparece de Madrid. Don José, recordando los grandiosos pensamientos
de D.ª Laura acerca del himeneo de las niñas con célebres médicos y
oficiales de Estado Mayor, se aflige extraordinariamente, y aun derrama
una lágrima que va a caer sobre el mapa de la guerra civil. Vive
constantemente con Isidora, y esta le aprecia mucho. Crece el niño de
Isidora. Es bonito y sabedor, pero tiene la cabeza muy grande. Don José
le pasea, le mima, le cuida, le viste, le canta. _La Sanguijuelera_, que
algunas veces visita a su sobrina, tiene gran cariño al cabezudito: le
coge, le zarandea, le da gritos, y le llama _¡rico!, ¡riquín!_... De
donde resulta que al muchacho se le pega este nombre, y en lo sucesivo
todos le llaman _Riquín_.

_Junio_.--Muerte del general Concha. Pánico y luto. Retirada. La patria,
que creía próxima su salvación, gime. Augusto Miquis expone con su
acostumbrada originalidad una peregrina paradoja. Según él, la mejor
manera de acabar con los carlistas es dejarlos triunfar, traer a D.
Carlos a Madrid y plantarle en el Trono. En España, el primer paso para
la ruina de una causa es su triunfo. El carlismo guerrero se sostiene.
El carlismo establecido no podrá durar un mes. Desde el momento en que
se trate de aplicar a la vida real sus ideales, se hundirá por su propio
peso y caerá hecho polvo.

_Diciembre_.--La guerra sigue. La Restauración toca a las puertas de la
patria con el aldabón de Sagunto. Asombro. La Restauración viene sin
batalla, como había venido la República. La Providencia y el Acaso
juegan al ajedrez sobre España, que siempre ha sido un tablero con
cuarteles de sangre y plata.--Entusiasmo de _la Sanguijuelera_, que cada
día simpatiza menos con la demagogia. Dice que los señores son siempre
señores y los burros siempre burros. Se promete ir a recibir al nuevo
Soberano y aun medita una arenga.

1875.--Isidora visita a Emilia y se queda encantada de la dichosa paz
que reina en la ortopedia. El padre de Juan José se ha retirado del
trabajo, y no se ocupa más que de cultivar la huerta que ha comprado en
Pinto. Juan José está al frente del establecimiento, y bajo su hábil
mano este se conserva en el mismo estado de prosperidad. Isidora
quisiera un aparato para que la cabeza de _Riquín_ no creciera tanto.
Juan José, que algo entiende de Medicina, se ríe y receta al hijo
reconstituyentes y a la madre un Manual de Doctrina
Cristiana.--Consternación. Los Peces grandes y chicos se ven desterrados
de las claras aguas de sus plazas y oficinas. Bien quisieran ellos
aclamar también al Rey nuevo; pero la disciplina del partido les impone,
¡ay!, una consecuencia altamente nociva a sus intereses. Tienen que
poner un freno a sus agallas. Además, la lucha por la existencia, ley de
las leyes, ha llevado a los Pájaros al Gobierno, y estos no encuentran
en la Administración bastantes ramas en que posarse. Algunos Peces de
menor tamaño y del género _voracissimus_ quedan en oficinas obscuras.
Son Peces alados, transición zoológica entre las dos clases, pues la
triunfante tuvo en situaciones anteriores sus avecillas con
escamas.--Mariano torna a ser vagabundo. Gusta mucho de los toros.
Asiste a una novillada en Getafe, y su preciosa vida está en gran
peligro. Saldeoro parece reparar sus desastres. Terribles celos de
Isidora, que descubre en su amante fervorosa inclinación a la secta de
los mormones. Riñas y escándalos, acompañados de no pequeños
apuros.--Todos los Peces, confirmando la antigua idea de que en España
el despecho es una idea política, se alegran de las ventajas de los
carlistas.--Isidora activa su pleito. Pretende de nuevo la información
de pobreza, pero no puede conseguirlo. Celebrado el juicio de
conciliación, presenta su demanda.--Miquis gana por oposición la plaza
de médico--director de uno de los principales hospitales de Madrid. Es
novio de la hija del honrado notario Muñoz y Nones.--Sábese por buen
conducto que Leonor tiene una casa de huéspedes en La Coruña.--Ocúpase
la prensa de cierta irregularidad administrativa en que ha intervenido,
como irregularizador, Melchor de Relimpio. La gente se pregunta si será
mandado a presidio, y efectivamente, la _Gaceta_ le nombra... oficial
primero de Aduanas en Cuba. Parte decidido a concluir la insurrección,
para lo cual no procede llevar tropas a Cuba, sino traerse a Cuba a
España. Habas contadas. Él se traerá de seguro las tres cuartas partes
de la Isla, o las Antillas todas, dejando vacío el Mejicano Golfo.



Capítulo II

Liquidación


=--I--=

«Isidorita Rufete, ¿conoces tú el equilibrio de sentimientos, el ritmo
suave de un vivir templado, deslizándose entre las realidades comunes de
la vida, las ocupaciones y los intereses? ¿Conoces este ritmo que es
como el pulso del hombre sano? No; tu espíritu está siempre en estado de
fiebre. Las exaltaciones fuertes no cesan en ti sino resolviéndose en
depresiones terribles, y tu alegría loca no cede sino ahogándose en
tristezas amargas. ¿Persistes en creerte de la estirpe de Aransis? Sí;
antes perderás la vida que la convicción de tu derecho. Bien; sea. Pero
deja al tiempo y a los Tribunales que resuelvan esto, y no te
atormentes, construyendo en tu espíritu una segunda vida ilusoria y
fantástica. Ten paciencia, no te anticipes a la realidad; no te trabajes
interiormente; no saborees con falsificada sensibilidad goces de que
están privados tus sentidos. Miquis te ha dicho, bien lo sabes, que eso
es un vicio, un puro vicio, como tantos otros hábitos repugnantes, como
la embriaguez o el juego, y de ese vicio nace una verdadera enfermedad.
El pensamiento se pone malo, como las muelas y el pulmón, y ¡ay de ti si
llegas a un estado morboso que te impida disfrutar luego de la realidad
lo que ahora quieres gozar, en sueños, contraviniendo a las leyes del
tiempo y del sentido común!

»Sostienes que ese vicio, aberración o como quiera llamarle Miquis, es
una fuente de consuelos para ti. Ya, ya se conoce tu sistema. Después de
un día de penas, apuros, celos y disputas, llega la noche, y para
consolarte... das un baile. ¡Qué gracioso! Satisfaces tu orgullo y tus
apetitos determinando en ti una gran excitación cerebral, de la cual
irradian sensaciones y goces. Sabes vestir con tal arte la mentira, que
tú misma llegas a tenerla por verdad. Te engañas con tus propias farsas,
desgraciada. Te posees de tu papel y lo sientes. Enseñas a tus nervios a
falsificar las sensaciones y a obrar por sí mismos, no como receptores
de la impresión, sino como iniciadores de ella. ¡Bonito juego!
¡Violación de los órdenes de la Naturaleza!

»Mira, Isidorita; tu vida social está bastante desarreglada; pero tu
vida moral lo está más aún. El principal de tus desórdenes es el amor
desaforado que sientes por Joaquín Pez. Le amas con lealtad y
constancia, prendada más bien de la gracia y nobleza de su facha que de
lo que en él constituye y forma el ser moral. Bien dices tú que ya el
amor no es ciego, sino tonto. Tienes razón: ya se le conoce el largo
trato que ha tenido con los malos poetas. ¿Por qué no haces un
esfuercito para desprenderte del cariño que tienes a Pez? Por ahí debe
empezar tu reforma. Tú le adoras y no le estimas. Él te ama y tampoco te
estima gran cosa. Considera cuánto perjudican a tus planes de
engrandecimiento tus relaciones con el hombre que ha manchado tu
porvenir y deshonrado tu vida. Isidora de Aransis..., pues según tú, no
hay más remedio que darte este nombre... Isidora de Aransis, mírate bien
en ese espejo social que se llama opinión, y considera si con tu actual
trazo puedes presentarte a reclamar el nombre y la fortuna de una
familia ilustre. Tonta, ¿has creído alguna vez en la promesa de que
Joaquín se casara contigo? Advierte que siempre te dice eso cuando está
mal de fondos, y quiere que le ayudes a salir de sus apuros... Casada o
no con él, esperas rehabilitarte; dices que el mundo olvida. No te fíes,
no te fíes, pues tal puede ser la ignominia que al mundo se le acabe la
indulgencia. Se dan casos de estos.

»Hay otro desorden, Isidorita, que te hace muy desgraciada, y que te
llevará lejos, muy lejos. Me refiero a las irregularidades de tu
peculio. Unas veces tienes mucho, otras nada. Lo recibes sin saber de
dónde viene; lo sueltas sin saber a dónde va. Jamás se te ha ocurrido
coger un lápiz (que cuesta dos cuartos) y apuntar en un pedacito de
papel lo que posees, lo que gastas, lo que debes y lo que te deben. No
haces cuentas más que con la cabeza, ¡y tu cabeza es tan inepta para
esto!... La Aritmética, hija, no cabe dentro de la jurisdicción de la
fantasía, y tú fantaseas con las cantidades; agrandas considerablemente
el activo y empequeñeces el pasivo. De vez en vez parece que quieres
ordenar tu peculio; pero tus apetitos de lujo toman la delantera a tus
débiles cálculos, y empiezas a gastar en caprichos, dejando sin atender
las deudas sagradas.

»Tu generosidad te honra porque indica tu buen corazón; pero te perturba
lo indecible. Has sido estafada por algunos que, conociéndote el flaco y
tu índole liberal, se han fingido menesterosos. Y dime ahora: ¿qué has
hecho de los dos mil duros que a ti y a tu hermano os dejó D. Santiago
Quijano? Ya los has gastado en el pleito, en vestidos, en la educación
de Mariano, y.... confiésalo, que si es un misterio para todo el mundo,
no lo es para quien te habla en este momento... No lo ocultes, pues no
hay para qué. Más de la mitad de aquel dinero te lo ha distraído Joaquín
Pez».

Voz de la conciencia de Isidora o interrogatorio indiscreto del autor,
lo escrito vale.


=--II--=

Una mañana de diciembre de 1875, estaba Isidora triste y sin sosiego.
Sus idas y venidas dentro de la casa, sin motivo aparente de tal
actividad, indicaban que algo muy grave ocurría. Se sentaba, leía una
carta, lloraba un poco, guardaba luego la carta, arrugándola en el
bolsillo de la bata; iba en seguida al comedor, regresaba al gabinete,
repetía la lectura, la lágrima y el estrujamiento del dichoso papel...
¿Qué es eso, señora? ¿Qué pasa?

Desde el gabinete se veía toda la cavidad de la alcoba, donde la gran
cama dorada se alzaba como un catafalco, elevando hasta muy cerca del
techo su armadura de cobre, sin cortinas. La alcoba se comunicaba con
otro cuarto, del cual venían dos voces distintas, pero acordadas en un
tono de candorosa alegría. Era la una dulce, angelical y ternísima. Era
la otra cascada y a veces chillona. ¡Vaya con la pareja! _Riquín_ y D.
José de Relimpio jugaban arrastrándose por el suelo. Caballo y jinete se
besaban, locos de regocijo, en la confusión de las caídas leves.

Abriose de pronto la puerta de la sala, y entró... nada menos que _la
Sanguijuelera_.

«Gracias a Dios que viene usted, tía--le dijo Isidora reconviniéndola--.
Siéntese usted; tenemos que hablar detenidamente.

--¡Hablar detenidamente!--exclamó la vieja puesta en jarras--. No digas
más; ya entiendo tus _detenidamentes_. Ya sé que es para pedir dinero.
Sí, en cuanto llegó a casa tu D. José y vi su cara de carnero a medio
morir, dije: «Ojo al Cristo...». Pues mira, hija, toca a otra puerta».

Isidora, harto afligida, no pudo seguir a su tía por el camino de las
bromas. Con la concisión de los grandes apuros, dijo que era cuestión de
vida o muerte para ella reunir en aquella mañana cierta suma, y que
contaba con la generosidad de su tía, a quien otras veces había pedido
caudales, reembolsándoselos con buenos intereses.

«Cierto que te he consolado; cierto que me has pagado; pero no lo hay.
Ya sabes que _aquí murió el fiar_... Pues sí; que están unos tiempos
divinos... Pero di, quimerilla, ese hombre, ese hombre, ¿en qué piensa
que no te da...?

--Lea usted--replicó Isidora alargando la carta con un gesto y tono que
se usan mucho en los dramas.

--¡Oh!, no; ya sabes que me estorba lo negro.

--Pues dice... En fin, hemos reñido. Él está mal. Probablemente tendrá
que irse con un empleo a La Habana... ¿Qué le parece a usted eso?

--Sopas en queso. ¿A mí qué más me da que se vaya a La Habana o a
_Sierra--Ullones_, o al Infierno?

--En fin, hemos reñido. Todo se acabó. No hablemos más de eso. Hoy tengo
un gran compromiso.

--¡Anda, anda, frutilla temprana!... ¡En la que te has metido!--dijo
Encarnación encendida de ira--. ¿Y qué vas a hacer ahora? Ya no tienes
salvación, ya estás perdida. Bien me lo temí y bien te lo dije cuando te
vi en estos andares. Yo tengo mucho mundo--añadió señalando del modo más
insinuante su ojo derecho--; aquí dentro hay mucho quinqué. Pues, claro,
a esto habías de venir a parar. Ahora empiezas, ahora. ¡Y quieres que te
dé dinero!... Anda, anda, castaña pilonga, que otra cosa podrá faltarte
ahora; pero dinero... No, no cuentes con tu tía; no te acuerdes más de
esta perla vieja de la honradez».

Las groserías de su tía Encarnación enfadaban atrozmente a Isidora.
Queriendo concluir pronto, expuso en términos tan concretos como
pavorosos su situación, y luego hizo una protesta enérgica de sus ideas
morales. Ella quería y se proponía ser honrada. Las reticencias de su
tía la herían en lo más vivo del alma.

«No vengas con andróminas--replicó la cacharrera--. Tú podrás tener
buenas ideas; pero has dado el pasito, y ya no puedes volver atrás. ¡El
pasito, hija! ¡Repuñales! De todo tiene la culpa ese hombre, ese
hombre... Es un lameplatos. Siento que no esté aquí para despotricarme
con él y decirle las del barquero... Total, chica, que yo no tengo un
real partido por medio.

--No, no creo que usted me vea en tales agonías y no me favorezca.

--¿Yo?... ¿Y de dónde lo voy a sacar?

--Del arca.

--No estás tú mal arca de Noé.

--¡Tía!

--¡Si debes más que el Gobierno; si te has metido en unos belenes...!
Suponte tú, y es mucho suponer, que yo, echando por zancas y barrancas,
arañando aquí y allá, reúna mil reales...

--Mil reales es muy poco.

--¿Pues qué?... ¿Creías que te iba a dar un ojo de buey?--gritó la vieja
riendo a todo reír--. ¡Mira ésta!...

--Yo quería lo menos dos mil--dijo Isidora con terror.

--¡Jo... sús! ¡Los dos mil los tienes tú en el canto de la memoria! Yo
los quisiera para mí. En fin, y _mismamente_..., si me prometes
devolvérmelos pronto, podré buscarte mil... ¡Ay! arrastrada, ¿en qué
gastas tú el dinero? Si hubieras hecho lo que yo te aconsejé... Yo te
decía: «Guarda, aprovéchate; sácale a ese hombre el redaño y ve poniendo
en el Monte para el día de mañana...». Pero tú, grandísima pandorga, con
gastar y gastar... Aquí parece que siempre está la gata de parto, según
se gasta y derrocha.

--¡Tía, dos mil!

--Dos mil puñales...

--Ande usted...

--No, no te caerá esa breva.

--No la dejaré a usted en paz hasta que me los dé...

--Trabajo tienes... Ganas de trasquilar la marrana.

--Pues vengan los mil; pero pronto, al momento».

Instantáneamente formó Isidora un plan distinto del que había hecho
contando con los dos mil.

«Te los traeré para las doce. ¡Ay! ¿En qué parará esto?...

--Antes de las doce, si puede ser. Váyase usted pronto para que vuelva
pronto... Coja usted un coche.

--Venga la peseta.

--Tome usted la peseta.

--Otra para el papel del recibo..., porque no te pienses que te los voy
a dar sin recibo.

--¿Otra peseta?... Ahí va. Váyase usted pronto. ¡Ay!, ¡qué día
está!--dijo Isidora mirando con tristeza al balcón, cuyos cristales,
azotados por la lluvia, sonaban con estrépito de perdigonada.

--¡Si fueran monedas de cinco duros...! Voy a dar un beso a _Riquín_.

--Después, después.

--¡Jo... sús! ¡Qué prisa!... Agur, agur».

Luego que la anciana estuvo fuera, Isidora sacó de la cómoda un
cofrecillo y del cofrecillo un libro. Era una novela entre cuyas hojas
había varios papeles o cédulas guardadas con cierto orden y
clasificación. No debían de ser ciertamente billetes de Banco, porque
Isidora, al volver de cada hoja, daba un suspiro y ponía cara de mal
humor. Después de pasar revista a su tesoro negativo, gritó: «D. José»,
y como D. José, a causa del ruido que él mismo hacía, jugando con
Joaquín, no pudiera oír la voz de su ahijada, esta tuvo que levantarse a
llamarle por la puerta de la alcoba.

«¡Venga usted acá, por Dios!...

--¡Hija, no te había oído!».

Veríais entonces aparecer al gran D. José, fatigado de tanto andar a
cuatro pies, ligeramente encendido el rostro; pero hecho todo miel, y
tan risueño y bondadoso como antaño. Traía en brazos a _Riquín_, que era
muy lindo, gracioso y dicharachero. Su deformidad incipiente no era tal
que le privara de los encantos de la niñez, antes bien daba risa verle
erguir su cabezota con cierto aire de valentía, como un hijo de Atlante
predestinado a superar a su padre en la facultad de cargar grandes
pesos.

«Deje usted al niño... _Riquín_, hijito; vas a irte un rato con
Ramona... ¡Ramona!».

El sucesor de los Rufetes (o Aransis, que ello está por saber) declaró
con un gesto de fastidio y preludio de llanto el agravio que a su
dignidad se hacía pasando de los brazos de D. José a los de la niñera.
Pero no le valieron sus artimañas. Cargó con él la moza, y D. José y su
ahijada se quedaron solos en presencia de las papeletas.

«Es preciso echar un esfuerzo, echar mano de todo.

--¡Cuánta papeleta!»--exclamó el santo varón cruzando sus manos con
ademán piadoso.

Isidora las pasaba, las leía, las iba contando. ¡Ay! Cuando se entregaba
a la Aritmética, su cara se volvía lúgubre y desconcertada, cual si
estuviera sometida a la acción de fenómenos morbosos. La Aritmética
tenía para ella algo de enfermedad cimótica, y así, desde que absorbía
con su atención aquellos miasmas deletéreos llamados números, se ponía
pálida y se le alteraba el pulso. ¡Y pensar que no puede haber dinero
sin que haya cifras! Los hombres lo empequeñecen todo. Desdichadas las
almas que siendo hermanas de lo infinito, tienen que entroncarse a la
fuerza con estas miserias del planeta llamadas cantidad, relación,
gravedad. Verdaderamente, ¿qué cosa más contraria a lo infinito y a lo
ideal que aquellos nefandos papeles?

«Esta es del Monte--murmuró Isidora con el corazón oprimido--. Esta...
¿a ver?.... es la de mi calabrote.

--El calabrote está en la calle del Clavel--manifestó Relimpio con el
aplomo de un agente de Bolsa, que tiene en la memoria las colocaciones
de fondos realizadas en todo el año.

--Es verdad... ¿Y el brillante?

--También, hija. ¿No te acuerdas? Lo llevé el mes pasado. Del Monte ha
de haber cinco papeletas.

--Justo, cinco... Hay además ocho...

--Tu reloj... Si no recuerdo mal, está en treinta duros. ¿Pero qué te
pasa hoy? ¿Vas a sacar todo?

--¿A sacar?--repitió Isidora, herida por aquella ironía como por un
porrazo.

--¿Qué cálculos haces?».

Isidora se auxiliaba de sus dedos para calcular. La tersura y fineza de
aquellas extremidades de sus manos indicaban no estar ocupadas ya más
que en trabajos matemáticos.

«Ya comprendo, hija--dijo él entre dos suspiros.

--¿Cuánto darán por esto?--preguntó ella, mostrando aquellas cédulas que
por su nombre debían ser montaraces.

--Eso no puedo decirlo. Se las llevaré a Rodríguez, el de la calle de
Cádiz. Es amigo mío...; buena persona. Por papeletas, ya sabes que no se
corren mucho».

Isidora se llevó las manos a las orejas.

«¿Tus pendientes?... Espera, te vas a hacer daño. Yo te los
destornillaré».

Y con suma delicadeza realizó la operación, gozoso de que sus dedos
jugaran, siquiera por un momento, con los pulpejos de las orejitas de su
ahijada.

«Ya están aquí.

--Pongámoslos en el estuche.

--Estos te los regaló cuando vino al mundo _Riquín_. Por estos te
darán... darán...».

Se cogió entre los dedos el labio inferior, y moviendo la cabeza y
hundiendo la barba en el pecho, metía los ojos debajo de las cejas.

«En fin..., yo hablaré con Rodríguez... Es amigo mío..., buena persona.

--¡Dos mil quinientos!--murmuró la joven ensimismada en sus cálculos,
como un calenturiento sumergido en el doloroso caos de su estupor
febril.

--Veremos... Quizás se pueda...

--Ahora--dijo Isidora con resolución alargando la mano hacia el chaleco
del buen hombre--, venga el reloj...

--¿El mío?... ¿Y la cadena?

--Todo».

Algo se desconcertó el viejo al verse privado del uso de aquella prenda,
no de mucha valía, que Isidora le había regalado el 19 de marzo del año
anterior. Pero como la voluntad de su ahijada era ley para él, no dijo
más que lo siguiente:

«Déjamelo puesto, pues yo lo he de llevar... Darán diez y ocho o veinte.
Recordarás que la otra vez...

--Ahora los cubiertos de plata.

--¿Los...?

--Sí--afirmó ella levantándose con expresión triunfante--. Creo que está
vencida la situación por hoy. Pero la semana que entra...

--Dios dirá.

--La semana que entra--declaró Isidora--vendo la sala.

--¡Vendes la sala!

--Sí. Pásese usted luego por casa de la prendera. Que venga a verla.
Veremos lo que da».

Después echó una mirada de cariñoso desconsuelo al armario de luna.

«¿Y el armario también?

--También.

--¿Y la cama dorada?».

Isidora meditó un rato. Después dijo:

«No; me quedo con la cama».

En esto andaban cuando reapareció _la Sanguijuelera_. Entró sacudiéndose
el mantón, calado de agua.

«¡Jo... sús, qué tiempo! Llueven capuchinos de bronce.

--Pero ¿no ha venido usted en coche?

--¿Por quién me tomas, tonta? La peseta del coche es para mí, por el
mandado. Tengo más salud que el Botánico, hija, y ando más que un molino
de viento... Conque toma... Cuatrocientos y cuatrocientos son
ochocientos... Nueve duros en plata...

--Falta un duro.

--¡Reparona! ¿Qué más da?

--Son novecientos ochenta--declaró D. José, haciendo gala de su saber de
cuentas.

--¿Quiere usted callar?... Usted, Sr. D. Pepe, no tiene que poner su
carne en este garfio.

--La equidad, amiga D.ª Encarnación...

--¡Amiga, doña!... Diga usted, tío Lilaina, ¿en qué bodegón hemos comido
juntos? ¿Se quiere usted meter en sus cosas y dejarme a mí?

--Falta un duro--repitió Isidora.

--Total, que no he podido reunir más. Aquí está el papel para el
recibo... Pon mil doscientos reales para el mes que viene.

--Mejor será para el otro mes.

--Mira, mira, no pintes el diablo en la pared. Pon el mes que viene».

Don José empezó a extender el recibo.

«Bien clarito, señor escribano... ¡Hola, hola!, ¿está aquí tu
Holofernes?... ¡Vida! ¡Gloria!».

Había entrado _Riquín_ paso a paso, porque sus piernas eran cortas y
débiles. Se le había desatado el faldellín, corriéndose por la cintura
abajo. Estaba, pues, en traje talar que le arrastraba, y por los bordes
de él asomaban sus patitas vacilantes. Traía empuñado en ambas manos el
bastón de D. José, y caminaba derecho a _la Sanguijuelera_, todo risas y
alegría, con la evidente intención de darle un palo. Ella se dejó pegar,
le cogió luego en brazos y le dio tantos y tan sonoros besos, que el
muchacho empezó a gruñir y a defenderse a cabezadas.

«Dale un palo a tu madre; anda, pégale...

--No, no, no se pega--dijo Isidora, atándole en su sitio la falda--. No
le gusta más que pegar. En las piernas no tiene fuerzas; pero en los
brazos...

--_Riquín_, hijo mío, dile: «Yo voy a ser un hombre de puños...». ¡Leña
a ella!... Como te coja... Cuidado como riñen a mi cabezudito.

--El médico me ha dicho que ahora se le desarrollará bien el
cuerpo--afirmó Isidora contemplándole con satisfacción de madre.

--Pues si no... ¡Y qué bonito es, qué rico, qué galán! ¡Le quiero
más...! ¡Qué tonta soy! Me da rabia conmigo misma. Desde que veo un
mocoso, ya se me cae la baba».

Isidora reía. Cogió a _Riquín_ y le hartó de besos.

«¡Pobrecito mío! Todos han de tener que decir algo sobre si tiene la
cabeza grande. Pues yo digo que la tiene toda llena de talento.

--¿Sabes lo que te digo?--manifestó _la Sanguijuelera_ en tono de
misterio--. Pues digo que este chico es el Anticristo. No te rías. Sí;
por lo que sabe, parece que tiene cuatro años.

--No, mi niño no es un fenómeno; mi niño no es el Anticristo--dijo
Isidora oprimiendo contra su garganta aquella cabeza, mayor de lo
conveniente, pero muy hermosa.

--Te digo que este chico ha venido al mundo para alguna tremolina. ¿Ves
esa cabeza? ¡Pues dentro debe de traer una cosa...! Hija, tu pimpollo es
cosa mala.

--No diga usted disparates.

--Anticristo o lo que seas--exclamó Encarnación volviendo a tomarle en
sus brazos--, me tienes boba. Te voy a comer».

Y estallaban los besos como cohetes. En pie ya para marcharse, después
de tomar su recibo, _la Sanguijuelera_, sin soltar a _Riquín_, dijo a
Isidora:

«¡Pero qué alma tienes! Dijiste que le ibas a comprar un pandero, y no
se lo has comprado... ¡Anda, mala madre! Yo se lo compraré, yo, yo.
¿Verdad, hijo?...

--Ven acá, ven acá, que la tía se marcha.

--Oye tú..., dame una peseta.

--¿Para qué?

--Vaya que estás lela... Para el pandero».

Diole Isidora la peseta, y _la Sanguijuelera_ se fue gruñendo.


=--III--=

Decir cómo aquella casa llena de comodidades se deshizo en unos cuantos
días; contar cómo las feroces prenderas llegaban, venían, tasaban,
huían, llevándose en las garras, cuál un dorado reloj, cuál la alfombra
o lavabo, sería lacerar el corazón de nuestros lectores. Isidora, que no
sabía regatear comprando, era vendiendo enemiga de entorpecer los
negocios con prolijas discusiones. Tomaba lo que le ofrecían, después de
pedir tímidamente un poco más. Así, pieza tras pieza, se desmontaba la
casa. Y esta, poco a poco, se iba quedando vacía, se iba agrandando. El
frío y la soledad se apresuraban a invadir los polvorientos y
tristísimos huecos que los muebles dejaban tras sí.

Cuando hubo concluido, la sala era un páramo. Para estar en ella habría
sido necesario proveerse de tiendas de campaña. El gabinete conservaba
su alfombra, la cómoda, un espejo pequeño y algunas sillas. La cama
dorada de la alcoba permanecía como núcleo y fundamento de la casa.
Interiormente habían desaparecido la sillería y aparador de nogal
tallado del comedor; subsistían intactos el cuarto de _Riquín_, el del
baño, parte principal de la casa; el que solía ocupar D. José Relimpio
cuando allí pernoctaba, el de Mariano y el de la muchacha. La cocinera y
doncella habían sido despedidas; no quedaba más que la niñera, a quien
Isidora revistió de las más extensas atribuciones.

«He pagado mis deudas y tapado la boca al procurador--dijo Isidora a su
padrino la noche del último día de liquidación--. Estoy tranquila. Me
queda esto».

Dio un gran suspiro mostrando un papel donde había varías monedas y un
sucio billete de Banco.

«¿Cuánto es?

--Vamos a contar»--dijo ella extendiendo su tesoro sobre el veladorcito
del gabinete, mueble de hierro pintado que se salvó por milagro.

Don José puso la luz en el velador y tomó asiento.

«¡Si hay aquí un dineral! El billete es de doscientos...; veinte,
cincuenta, ochenta. Total: setecientos veintiocho reales y dos perritos.

--Y no debo nada al casero... Estamos bien. Ahora se verá si soy mujer
de gobierno. Principio quieren las cosas... Señor don José--añadió en el
tono especial de las cuentas galanas--, desde hoy en adelante trabajaré.

--Si es lo que yo te vengo diciendo desde hace tres años, hija--replicó
el anciano con las narices hinchadas por esa satisfacción vanidosa que
acompaña a las ideas felices--¡Si es mi tema! Tú tienes grandes
habilidades. Si quieres entrar en una vida de orden, economía y trabajo,
aquí me tienes para ayudarte.

--He sido muy tonta. Pero ya veo con claridad lo que me conviene. Si mi
pleito marcha adelante, como espero, es preciso que mientras dure, y
después y siempre, nadie me tome en lenguas. Soy honrada, quiero ser
honrada, honradísima, por respeto a mi nombre, a mi familia... ¡Ah!, mi
familia--añadió, suspirando otra vez...--. ¡Si me hubieran acogido con
amor, no habría dado yo un mal paso! Mi familia tiene la culpa, ¿no es
verdad, padrino?

--Sí, sí, hija mía, ella tiene la culpa. Pero vamos a lo que importa...
¿Con qué cuentas para mantenerte? ¿Qué te queda de lo que te dejó tu
tío?

--Nada--replicó con profunda tristeza la joven, haciendo con sus manos
un significativo movimiento que representaba el vacío--. ¡Pero
trabajaré! ¿No tengo yo manos?».

Y diciendo esto se le representaron en la imaginación figuras y tipos
interesantísimos que en novelas había leído. ¿Qué cosa más bonita, más
ideal, que aquella joven, olvidada hija de unos duques, que en su
pobreza fue modista de fino, hasta que, reconocida por sus padres, pasó
de la humildad de la buhardilla al esplendor de un palacio y se casó con
el joven Alfredo, Eduardo, Arturo o cosa tal? Bien se acordaba también
de otra que había pasado algunos años haciendo flores, y de otra cuyos
finos dedos labraban deslumbradores encajes. ¿Por qué no había de ser
ella lo mismo? El trabajo no la degradaba. ¡La honrada pobreza y la
lucha con la adversidad cuán bellas son! Pensó, pues, que la costura, la
fabricación de flores o encajes le cuadraban bien, y no pensó en ninguna
otra clase de industrias, pues no se acordaba de haber leído que ninguna
de aquellas heroínas se ocupara de menesteres bajos, de cosas
malolientes o poco finas.

«¡A trabajar, a trabajar!--exclamó inundada de aquel entusiasmo que tan
fácilmente se posesionaba de su alma.

--Yo te ayudaré. Si tuviéramos ahora la máquina... harías camisas de
hombre...

--¿Camisas de hombre? Eso no me gusta.

--O ropa blanca de señoras... Cosa rica, cosa buena.

--Mejor sería... Yo pensaré.

--Confecciones, sombreros... ¿Qué tal? Tú tienes un gusto...

--Gusto sí.

--Consulta con Emilia. Ella te dará buenos consejos

--Yo lo pensaré; yo meditaré sobre esto y lo decidiré pronto. Ahora
vamos a otra cosa. De nada vale el trabajo sin orden y economía.

--Perfectamente; muy bien pensado y dicho.--exclamó Relimpio, dando todo
su asentimiento a tan hermosa idea--. Si no, acuérdate de lo que hacía
mi pobre Laura con lo poco que se ganaba. Hacía milagros.

--Por consiguiente, de aquí en adelante, gastar poquito y, sobre todo,
saber lo que se gasta, pues si no se sabe se equivoca una. ¿Creerá usted
que en mi vida he apuntado una cifra? Todas mis cuentas las he hecho
siempre con mi cabeza. Así ha salido ello.

--¡Oh! Malo, malo... La primera condición del orden es una buena
contabilidad. La Providencia te ha deparado a uno de los hombres, no lo
digo por alabarme, a uno de los hombres que no temen desafiarse con todo
Madrid en Contabilidad y Partida Doble. Has hecho tu suerte, chica. Ya
verás, ya verás qué libros.

--Todo lo apuntaremos--dijo Isidora, jugando con aquella idea, como un
niño juega con una mariposa--. Se dice, por ejemplo: hay que gastar
tanto; las cosas valen cuanto; y luego se apunta todo...

--Nada, te has salvado, chica. Vamos a ver. ¿Tomas criada?

--Pienso pasarme con Ramona.

--Admirable. Yo te auxiliaré en todo... Ramona es buena y humilde, pero
algo torpe. Ya la despabilaremos. A fe que va a lidiar con tontos; ya,
ya. Yo te la instruiré en dos palotadas. Mira, pon atención y verás cómo
puedo ayudarte. Yo--dijo marcando por los dedos las distintas funciones
que desempeñaría--te haré la compra; yo... te aviaré las luces; yo... te
haré todos los recados que exijan cierta inteligencia, como cobrar
cuentas, tomar localidades en algún teatro, etc...; yo coseré a máquina
si decides comprar una; yo apuntaré en mis libros todos los gastos e
ingresos, sin olvidar, sin perdonar ni el ochavo que se le da a un
pobre; yo..., por último, cuidaré a _Riquín_ y le pasearé y entretendré
todo el tiempo que me dejen libres mis ocupaciones principales.

--Bueno, bueno.

--Y también entiendo de limpiar metales, de componer algo de
carpintería; hasta de cocina entiendo un poco... Ea, señora--dijo
restregándose las manos una con otra con tanta fuerza que a poco más
saca lumbre--, empecemos. Disponga usted la compra de mañana.

--Un duro.

--Es un despilfarro. Vengan catorce reales. Yo me entiendo; basta de
mimos. Comerá usted lo que haya.

--Hay que traer carbón.

--Eso es aparte.

--Y cerillas.

--Las compraré al por mayor. Una gruesa... Traeremos al por mayor todo
lo que se pueda, para lo cual destinará usted una cantidad que se carga
a la cuenta del mes. Quédese el diario en diez reales, y deme usted seis
duros para el por mayor. Adelante. ¿Qué principio traigo?

--Langosta.

--¡Un ojo de la cara!

--No importa. Por una vez...

--¿Qué postre?

--¿Tendremos tangerinas?... Ciruelas de Burdeos.

--Eso es caro; pero yo lo sacaré barato. Regatearemos, sí señora;
regatearemos.

--El queso de Italia, la cabeza de jabalí y las salchichas de Bolonia me
gustan.

--Todo eso, traído al por mayor, puede obtenerse... en buenas
condiciones.

--No tomaremos Champagne. Es muy caro.

--Veremos si hallo una partida..., pues..., en buenas condiciones».

No prolongaremos la relación circunstanciada de lo que hablaron aquella
noche padrino y ahijada. Acostose Isidora pensativa y D. José se retiró
muy entusiasmado a su cuartito. Durmiose como un serafín, y soñó que
estaba en la contaduría de una casa grande, donde había catorce
empleados y más de cien libros. Ingresos y gastos ascendían a millones;
pero todo iba al pelo. Era D. José como un director de orquesta, sólo
que los músicos eran escribientes y las notas números. Resultaba una
sinfonía de orden, que mecía en embriagador arrobamiento el espíritu del
tenedor de libros.

Al día siguiente, cuando Isidora se levantó, ya estaba su padrino de
vuelta de la compra. Traía el cesto bien repleto, y fue sacando cosas y
mostrándoselas a Isidora, que admiraba la bondad y baratura del género.

«El primer gasto, hijita, ha sido para comprar estos tres libros de
cuentas--dijo Relimpio, mostrando dos enormes y uno pequeño.--El Mayor,
el Diario y el Provisional. Sin esto no haremos nada, porque la base del
orden es una contabilidad perfecta... ¿Ves? Aquí está la langosta. Te
permito este lujo. Aquí está la carne. No compré las ciruelas.
Conténtese usted con dátiles. Tampoco he traído Champagne porque no lo
hallé en buenas condiciones. Patatas. Faltan los garbanzos y el azúcar,
que no pude comprar porque se me acabó el dinero... ¡Ah!, un mazo de
cigarros para mí.

--Muy bien--dijo Isidora con benevolencia, echando una mirada compasiva
a los libros de cuentas--. Todo está muy bien».

Don José tuvo que salir a la calle dos veces más porque era preciso
traer garbanzos, azúcar y huevos. Después volvió a salir porque no había
sal, ni perejil, ni sopa. Trajo tapioca, y de camino tomó nota de
diversas cosas que se pudieran adquirir... _en buenas condiciones_.

Luego que almorzaron, alegres y satisfechos del buen principio que tenía
una vida tan arreglada y económica, Isidora fue a vestir a _Riquín_ y a
endulzar con él la tristeza que no podía vencer. Más tarde se bañó,
costumbre a que no podía renunciar. La peinadora vino luego y se
distrajo con ella un rato. Érale difícil adquirir el hábito de peinarse
por sí misma. Toda aquella tarde estuvo pensando en la clase de
ocupación que más le convendría; pero sus grandes cavilaciones no
llevaron luz ninguna a la confusión y perplejidad que en su mente
reinaba.

En tanto D. José se dio con toda su alma a la gran tarea de abrir las
cuentas en los libros. Con una importancia y gravedad indecibles, apuntó
gastos e ingresos, sin olvidar lo más mínimo; _cargó y abonó_; dibujó
preciosos números, tiró líneas con regla, hizo cuentas de _varios a
varios_, de _imprevistos_, de _suplidos_ y de _deudores varios_. En
esta, dando una prueba de exquisita honradez, puso el importe de los
cigarros que con el dinero de Isidora se había comprado.



Capítulo III

Entreacto con la Iglesia


Un mes no completo había transcurrido de esta vida honrada y económica,
sin que Isidora pudiera llegar a decidir en qué profesión, arte u oficio
había de emplear su talento y ganas de ponerse al trabajo. Los libros de
D. José, ya repletos de números, no contenían más que partidas fallidas,
y daba dolor ver en sus garabateadas páginas el triste papel que hacían
los Haberes junto a las nutridas columnas del Debe.

Veamos cómo pasaba el tiempo la dueña de la casa. Entre bañarse,
peinarse, vestir y arreglar a _Riquín_, se le iba la mañana. Por la
tarde, si no tenía que ir a casa del procurador, solía matar el fastidio
en las iglesias, de donde resultó que en aquel periodo oyó más sermones
y rezó más novenas que en el resto de su vida. Distraíase con estas
superficiales devociones, y aun llegó a figurarse que se había
perfeccionado interiormente. Recordaba las preces aprendidas en su
niñez, y se deleitaba con las formas de religión, por pura novelería.
Pero esta santidad de capricho no sofocaba, ni mucho menos, su orgullo
dentro de la Iglesia. Más que el sermón ampuloso, más que el brillo del
altar, más que la poesía del templo y las imágenes expresivas, la
cautivaba el señorío que iba por las tardes a la Casa de Dios. Cuando
había novena o Manifiesto costeado por alguna dama de la aristocracia,
de aquellas que ocupaban los bancos de la nave central ostentando en su
pecho la cinta de la cofradía, Isidora no faltaba, y desde el rincón de
una capilla observaba todo con interés profundo, más atenta a las
Magdalenas que venían con el bálsamo que a Jesús mismo. Causábale
admiración y envidia la señora del petitorio, que no cesaba de
repiquetear con una moneda en la bandeja de plata.

Pollos elegantes y atrevidos se agolpaban en las naves laterales para
mirar a las niñas y ser de ellas mirados. Había sonsonete de rezos y
rumor de cuchicheos mundanos, los cuales, unidos al rodar de coches de
lujo en la calle, no permitían oír con claridad el sermón. ¿Pero qué le
importaba a Isidora el sermón, aunque saliera de labios elocuentes? Lo
que a ella le interesaba no eran las manotadas y enfurecimiento de aquel
santo varón que no cabía en el púlpito, sino el aspecto y brillo del
público, de aquel público que, si hubiera revisteros de iglesia, sería
_distinguido_, _elegante_ y _numeroso_, como el de los teatros. ¡Oh!
¡Dios de mi vida! ¡Qué injusticia tan grande! La pobre señorita Isidora
no debía verse olvidada en un rincón, al lado de cuatro viejas rezonas,
sino en la gran nave, donde luciera como merecía, o pidiendo en la mesa
de petitorio entre dos velas. ¡Qué bien repicaría ella en la bandeja, y
que maña se daría para que cuantos entraran aflojasen pesetas y duros!
La belleza de las postulantes aguza la caridad.

Una tarde notó que un señor la miraba con insistencia. Sus ojos,
distraídos de cuanto en la iglesia había, pasaban por delante del orador
(con no poca irreverencia) e iban derechitos a buscar a Isidora al fondo
de la capilla donde ponerse solía. A la tarde siguiente observó que
aquel señor de los ojos irreverentes entraba con unas damas muy
guapetonas; que estas pasaban al centro, adornadas con la cinta de la
cofradía, y que él se quedaba entre la masa de hombres. Seguía
mirándola, y ella le miraba alguna vez sin otro móvil que el de la
curiosidad. El caballero, en verdad, no tenía nada de simpático; era muy
descarado, bastante feo, morenísimo, de edad entre los cuarenta y cinco
y los cincuenta. Mientras Isidora hacía estas y otras observaciones,
notaba que algunas de las elegantes cofrades eran miradas tenazmente por
los caballeretes, y que ellas solían mirarlos también con afectada
distracción, de donde vino a considerar que si tanto flechazo de ojos
dejase una raya en el espacio, el interior de la iglesia parecería una
gran tela de araña. ¡Mísera humanidad!

Tercera tarde. Cuando Isidora salió, ya anochecido, vio en la puerta al
señor mirón. Hablaba con Miquis, y al pasar ella cuchichearon. Apresuró
la joven el paso y se fue a su casa, donde Relimpio, celoso del buen
desempeño de su cargo, se creyó en el deber de manifestarle seriamente
el horroroso déficit que arrojaban los libros. Las cifras del Debe,
encrespadas y amenazadoras, eran ya como las olas de un piélago
tempestuoso donde naufragaba el frágil esquife del Haber. ¡Oh! ¡Fugaz
curso de las cosas humanas! Aquel orden tan perfectamente inaugurado, no
era más que humo. No sólo se había concluido el dinero, sino que se
debía a todo el mundo; y el panadero, la lechera y el de la tienda
venían todos los días a dar tormento con su grosero pedir. Don José los
recibía con bondadosa sonrisa, les enseñaba los libros de cuentas por el
forro, y les decía: «No hay cuidado, señores; estamos esperando fondos,
y ya no pueden tardar».

Isidora padecía horriblemente con este género de vida, pues su carácter,
su nobleza, no se avenían con las trampas. Gastar mucho, sí, pero pagar
sin dilación era su ideal. Había llegado a carecer de lo más preciso. La
limpieza de sus bolsillos era absoluta, y el crédito, apurado ya,
faltaba. ¡Qué habría sido de ella si sobre estos horrores no apareciera
un sol de vida y esperanza! ¡Ganar el pleito! La idea de un triunfo
próximo le daba fuerzas para hacer frente a tantas humillaciones. Si el
procurador le decía que había tarea para mucho tiempo, su
descorazonamiento rayaba en desesperación. En su casa se entretenía con
el hijo, resucitaba los proyectos de trabajar..., ¿pero en qué?
Convencíase pronto de que era imposible; sonaba la campanilla de la
puerta anunciando acreedores que entraban fieros como leones; y a los
tormentos de zozobra y vergüenza seguían horas y noches enteras de
tristeza y desaliento. El nuevo día llegaba acompañado de la escasez, de
la privación, de la miseria...

No se sabe cómo se puso al habla con Isidora el señor mirón; pero es
indudable que se puso. Manifestó el caballero que conocía los
antecedentes todos y la historia completa de la desgraciada joven, y se
presentó con bienhechor de la humanidad, amparo y arrimo de la orfandad
desvalida. ¡Era tan rico!... ¡Pero tan antipático!...

¡Pobrecito D. José! Ahora sí que eres el más infeliz de los hombres. No
sólo te han quitado tus venerados libros, sino que te han puesto de
patitas en la calle con orden expresa de no volver a presentarte en la
casa de tu ahijada. ¡Crueldad sin ejemplo! Hay hombres que parecen
fieras... José, eres un mártir.



Capítulo IV

A o b... Palante


=--I--=

Mientras duraron en casa de Isidora las abundancias y el regalo, Mariano
hizo la vida de señorito holgazán, rebelde al estudio, duro al trabajo,
blando a la disipación y al juego. Su precocidad para dar gusto a los
sentidos revelaba que había de ser muy menguada en él la vida del
espíritu. Diríase que la Naturaleza quiso hacer en aquella pareja sin
ventura dos ejemplares contrapuestos de moral desvarío; pues si ella
vivía de una aspiración insensata a las cosas altas, poniendo, como dice
San Agustín, su nido en las estrellas, él se inclinaba por instinto a
las cosas groseras y bajas. Recibía gusto especial del desaliño, y
recogía con lamentable asimilación todas las palabras necias y bárbaras
para darse, usándolas desvergonzadamente, aires de matón. Pronto
comprendió Isidora que su hermano no sería nunca persona decente, y que
no había bajado del sol colegio humano capaz de darle pulimento. Y si al
principio podía dominarle, valiéndose del amor, más tarde el amor de
Mariano se enfrió; con el cariño huyó el respeto, y ya no fue posible
contener la impetuosa inclinación del muchacho a la vida vagabunda y
aborrecimiento del estudio. Pasado algún tiempo de luchas, empezó a
tenerle miedo, asustada por su bestial y aborrecido lenguaje. Donde
suena un lenguaje soez sólo puede haber malas acciones y pensamientos
poco delicados. Donde cantan las ranas, ¿qué ha de haber sino charcos y
cieno?

Cuando _Pecado_ curó de las heridas que le hizo el novillo de Getafe,
Isidora se armó de valor, echole un sermón, y le dijo muy clarito que no
volvería a tener un cuarto si él mismo no lo ganaba. Quedó, pues,
convencido que aprendería un oficio; pero hasta en aquella ocasión
excepcional descollaron sobre el enojo de Isidora sus pruritos
aristocráticos, porque no consintió que su hermano fuera zapatero, ni
albañil, ni cerrajero, ni sastre, ni menos peluquero; y discurriendo
sobre a cuál industria le dedicaría, vino en determinar que sería
grabador, es decir, fabricante de esas preciosas estampas que adornan
las publicaciones ilustradas y de las magníficas reproducciones de los
Museos... Para que la industria pueda hacerse pasar por noble, necesita
fingir parentescos con el arte.

Buscando por ahí, buscando por acá, no se hallaban otros talleres que
los de litografía. Miquis tomó con empeño el asunto, y habló al cuñado
de Matías Alonso, un tal Juan Bou, que se había establecido
recientemente, y tenía, entre otras cualidades, la de ser muy severo con
sus oficiales. Consintió Bou en admitir a Mariano, de cuyas
inclinaciones aviesas se le dio noticia para que le tratase con rigor, y
sacara de él, si era posible, un obrero hábil y laborioso.

Juan Bou era un barcelonés duro y atlético, de más de cuarenta años,
dotado de esa avidez de trabajar y de esa potente iniciativa que
distinguen al pueblo catalán; saludable como un toro, según su propia
expresión; de humor festivo y palabra trabajosa. Su cara, enfundada en
copiosa barba negra y revuelta, mostraba por entre tanto áspero pelo dos
ojos desiguales, el uno vivísimo, dotado de un ligero movimiento
rotatorio, el otro fijo y sin brillo; más abajo, y puesta como al acaso,
una nariz ciclópea; más arriba una frente lobulosa, que estaba pidiendo
algunos golpes de escoplo para ser como las demás frentes humanas; ítem,
una cicatriz sobre la ceja derecha, resultado, según decía, del _beso de
una bala_...

Podía pasar por marinero curtido en cien combates contra las olas, y
también por bandido de las leyendas. Tenía en sus extremidades altas dos
manojos de dedos con que trabajaba; y ciertamente, nadie que viera la
tosquedad de aquellas manazas creería que eran delicadísimas para el
dibujo. Su estructura basta las hacía más propias para la maroma de la
vela mayor o la barra del cantero. Respiraba como el fuelle de una
fragua, y siempre tenía tos; pero una tos tan bronca y sofocante que,
cuando le daba el acceso, se quedaba mi hombre cabeceando y todo
encendido; creeríase que iba a reventar, y el ojo rotatorio se le echaba
fuera, mientras el apagado se escondía en lo más hondo de la órbita.

Tenía dos géneros de fanatismo: el del trabajo, pues no podía estar
inactivo, y el de la política. Deliraba por los derechos del pueblo, las
preeminencias del pueblo y el pan del pueblo, fundando sobre esta
palabra ¡pueblo! una serie de teorías a cuál más extravagantes.
Realmente estas teorías no eran suyas. Una generación se había embobado
con ellas, mirándolas como pan bendito. Pero Juan Bou las había
sublimado en su mente indocta, convirtiéndolas en una fórmula de brutal
egoísmo. Según él, muchos miembros importantes del organismo social no
tenían derecho a ser comprendidos dentro de esa designación sublime y
redentora: ¡el pueblo! Nosotros, los que no tenemos las manos llenas de
callos, no éramos pueblo; vosotros, los propietarios, los abogados, los
comerciantes, tampoco erais pueblo... De toda idea exclusiva nace una
tiranía, y de aquella tiranía nació el obrero--sol: Juan Bou, que decía:
«El pueblo soy yo».

En Barcelona había logrado fundar un buen establecimiento de litografía.
Pero sus economías y el establecimiento mismo naufragaron por las
liviandades de una mujer con quien, por obra del demonio sin duda, se
había casado. Su señora tampoco era pueblo; era una sanguijuela del
país, como vosotros los que esto leéis. ¡Quién le metería en la cabeza a
Juan Bou casarse con la hija de un recaudador de contribuciones! De
semejante vampiro, ¿qué podía nacer sino una hembra disipadora,
antojadiza, levantada de cascos? Enviudó Juan al fin, y para rehacer su
peculio destruido, se puso a trabajar de nuevo. Pero con el sacudimiento
del 68, encendiose el ánimo del obrero; de manso se hizo furibundo, de
discreto charlatán; creyó que el mundo se iba a volver del revés, y que
la sociedad alteraría sus elementos inmortales; vio la eterna columna
con el ligero capitel en el suelo y el pesado plinto en el aire; imaginó
que de allí en adelante se andaría con la cabeza y se pensaría con los
pies; y llevado de estas ideas, tomó parte en todos los motines, trabajó
en todas las sublevaciones, fue desterrado, perseguido, moró en
calabozos y arrastró durante algún tiempo vida penosa y miserable.

Cuando los acontecimientos políticos le dieron respiro, vino a
establecerse a Madrid, donde vivía su hermana, casada con el conserje de
la casa de Aransis. Pero antes que pudiera empezar a trabajar, otros
acontecimientos le arrastraron de nuevo a las aventuras; cayó enfermo,
tuvo que abandonar las luchas políticas, y en octubre del 73 estaba
definitivamente establecido en Madrid, mas no curado de su superstición
redentorista.

Oyéndole contar sus proezas, era cosa de canonizarle. Él no era sólo un
apóstol, era un mártir. La fama no tenía trompetas ni figles bastantes
para llevar a todas partes la noticia de sus persecuciones. Las
celebridades del partido liberal no habían hecho nada... ¡Farsa, pura
farsa! Él lo había hecho todo, y su gran vanidad no conocía freno cuando
daba en formular planes de Gobierno. Todo se lo sabía. Éranle familiares
cosas y personas, y fácilmente lo arreglaba todo. Sus procedimientos
tenían el encanto de la sencillez. Lo primero era coger cuatro docenas
de individuos y colgarlos de los faroles de la Puerta del Sol. Después
venían los decretos, todos de _Artículo único_. ¡Si sabría él lo que
tenía que hacer, un hombre que había leído tanto, un hombre que arrastró
grillos y cadenas y fue llevado de calabozo en calabozo!... Así como el
soldado muestra sus heridas, él mostraba la huella de las esposas en sus
manos... ¡Había comido ratas! ¿Qué más títulos necesitaba para gobernar
el mundo?

Sus primeros años de trabajo en Madrid fueron muy felices, y ganó
bastante dinero. Entonces había algo de renacimiento industrial, y
empezaba a desarrollarse el gusto por presentar los objetos mercantiles
con primor, halagando los ojos del que compra. Hizo Bou muchos millares
de etiquetas para almacenes de vinos, tarjetas de anuncios, cartelillos
de tres o cuatro tintas y cromos ordinarios para cajas de fósforos. ¡Qué
iniciativa la suya! Fue el primero que imaginó hacer en gran escala las
cenefas con que adornan las cocineras los vasares. Antes que él nadie
había hecho el siguiente cálculo: Hay en Madrid 92.188 viviendas, que
son 92.188 cocinas o lo que es lo mismo, 92.188 cocineras. Suponiendo
que haya 70.000 que renueven el papel tan sólo una vez al mes, poniendo
sólo tres tiras resultan 210.000 tiras a cuarto. La resma de 1.000 tiras
se vende a tres duros. Las 210 resmas hacen, pues, 630 duros mensuales.
Ensayó, y bien pronto las cacharrerías todas de Madrid expendían papel
picado, que en comparación del antiguo era un modelo de elegancia, pues
tenía figuras de majas, toreros y tipos populares.

El único vicio de Juan Bou, si vicio puede llamarse, era la Lotería. No
había extracción en que no comprase su par de décimos. Era para él este
juego nacional una forma hipócrita de la administración socialista.
Tenía muy mala suerte; pero no desmayaba, y sabía escoger siempre los
números más bonitos. Con todo, no había tenido más ganancias que las de
su trabajo. Así, desde que sacó adelante el negocio de las cenefas,
estableciose en la calle de Juanelo, donde tenía un taller grande,
aunque incómodo. Compró algunas piedras más de gran tamaño, una hermosa
máquina de Janiot, guillotina, glaseadora, buenas tintas, aparatos de
reducciones y otras cosas. Su iniciativa no descansaba. Comprendiendo
que algo de imprenta no venía mal como auxilio de la litografía,
adquirió cajas y máquinas, y se quedó con todas las existencias de una
casa que trabajaba en romances de ciegos y aleluyas. El material de
planchas y grabados era inmenso, y se lo dieron por un pedazo de pan.
Montó también esta especulación en gran escala, y los ciegos pudieron
comprar la mano de romances a un precio fabulosamente barato. Las
cacharrerías, las tiendas de arena y estropajo y los vendedores
ambulantes se surtían por muy poco dinero de aleluyas del antiguo
repertorio, y de otras nuevas con soldados franceses o españoles, moros
o cristianos.

El establecimiento era un verdadero laberinto, como formado de distintas
piezas, que se habían ido agregando poco a poco, según las necesidades
de ensanche lo pedían. Ocupaba la imprenta destinada a romances y
aleluyas la peor y más lóbrega parte. Todo allí era viejo, primitivo y
mohoso. La máquina, sonando como una desgranadora de maíz, tenía
quejidos de herido y convulsiones de epiléptico. Consagrada durante seis
años a tirar un periódico rojo, subsistía en ella un resto, un dejo de
la fiebre literaria que por tanto tiempo estuvo pasando entre sus
rodillos y su tambor. Las cajas, donde yacía en pedazos de plomo el caos
de la palabra humana, eran desvencijadas, polvorientas y sudaban tinta.
Habían servido para componer papeles clandestinos, y conservaban el
aspecto de la negra insidia, que trama sus actos en la sombra. La
horrible guillotina, cuya enorme cuchilla lo mismo podía cortar un
librillo de papel de fumar que una cabeza humana, ocupaba el ángulo más
sombrío de la sucia estancia, que más parecía una bodega o sótano que
taller del Arte de imprimir, soberano instrumento de la Divinidad,
vicario de la Providencia en la Tierra. Viendo aquellos trebejos, se
podría sospechar que el tal Arte había sido encarcelado allí para expiar
las culpas que alguna vez, por andar en malas manos, ha podido cometer.


=--II--=

En esta mazmorra de Gutenberg fue metido Mariano para su aprendizaje.
Primero le había puesto Juan Bou a copiar dibujos fáciles con tinta
autógrafa; pero mostró tan escasa disposición para esto, que le confirmó
a la imprenta, mandándole adiestrarse en la caja. Sus primeras torpezas,
sus descuidos, sus malas respuestas, fueron castigadas tan severamente
por el maestro, ayudado de una correa, que bien pronto el muchacho le
cogió miedo, y con el miedo vino el respeto y cierta convicción de que
la obediencia y el trabajo le convenían por el momento más que la
holganza y la maldad. En poco tiempo adquirió alguna destreza, al amparo
de un cajista viejo casi inválido y de un chico listísimo, a quien años
atrás conocimos y conoció mejor Mariano con el nombre de _Majito_. Este
ganaba cuatro reales, y _Pecado_ tan sólo dos; pero aquella honrada
ganancia llevaba semanalmente a su alma como un grano de legítimo
orgullo, el cual bien podía con el tiempo, ser base sobre que se
construyera la dignidad de que carecía.

El rigor del castigo y la obligación de ocuparse en un ejercicio
sedentario y monótono, en local de mediana luz y nada alegre, hicieron a
Mariano taciturno; palideció su rostro y adelgazó su cuerpo. A los
cuatro meses ya componía él solo, si no con ligereza, con exactitud, las
leyendas de las aleluyas, que eran en número fabuloso. Se las sabía
todas de memoria y le bastaba ver la tosca viñeta para adivinar y
componer en seguida los pareados. Él y su compañero _el Majito_ se
disparaban a cada instante los versillos, aplicándolos a cualquier idea
o suceso del momento. Tan pronto sacaban a relucir alguna oportuna cita
de la _Vida del hombre flaco_, a saber: _El verlo en paños
menores--causaba risa, señores_, como aquella de la _Vida de don
Espadón_, que dice: _Todo el día está bailando--y a su dama
acariciando._ El aburrimiento de los dos chicos les llevaba por una
especie de proceso psicológico que enlaza el bostezo con el arte, a
poner en música los tales pareados, y cuando _el Majito_ cantaba los de
la _Procesión del Viernes Santo_, que dicen: _Muchos niños en
seguida--van con velita encendida_, le contestaba _Pecado_: _Delante van
con decencia--los de la Beneficencia._

También sabían de memoria, sin olvidar una tilde, los romances de
matones, guapezas, robos, asesinatos, anécdotas del patíbulo.

Cuando Mariano ganó tres reales, Juan Bou, haciendo justicia a sus
progresos, atendió sus reclamaciones. El muchacho aborrecía la caja.
Quería trabajar en litografía; pero como no tenía aptitud ni pulso para
el dibujo, quiso ser estampador. Púsose a ello, ayudando al oficial de
la prensa y máquina, y bien pronto conoció Bou que Mariano había
escogido bien. Aprendió a manejar con habilidad el ácido y la grasa, y
también sabía marcar con precisión. La máquina gustaba tanto a _Pecado_,
que siempre que podía no se quitaba de alrededor de ella, atento a sus
ordenados movimientos. Al mirarla, afanada, despidiendo de sus dientes y
coyunturas un sudor negro y craso, sentía que se le comunicaba el
vértigo de ella, y por momentos se suponía también compuesto de piezas
de hierro que marchaban a su objeto con la precisión fatal de la
Mecánica.

A pesar de sus baladronadas políticas y de su aspecto feroz, Juan Bou,
el _ursus spelæus_, era lo que vulgarmente se llama un infeliz, un
buenazo, un alma de Dios. Tenía corazón tierno, bondadoso y sensible, y
no podía ver una desgracia sin tratar de aliviarla. Si cuando estaba
picado de mala mosca su lenguaje era conciso y brutal y se comía a los
niños crudos, cuando le volvía el buen humor su dicción se fluidificaba,
adornándose con toda la hojarasca de la fanfarronería. Conversaba
familiarmente con los muchachos, mostrándoles, ya la expresión seductora
de sus sabidurías políticas, ya los dramáticos pasajes de su historia de
mártir.

Cuando Mariano llevaba seis meses de aprendizaje con jornal de seis
reales, era, ¡cosa rara!, el oficial con quien más simpatizaba Juan Bou.
¿Había entre ellos semejanza grande o disparidad absoluta? No se sabe
bien. No se sabe tampoco cuál de estas dos cosas engendra la simpatía.
Conste, sin embargo, que también Mariano era fanfarrón, y que en el
trato de seis meses con Bou se le había comunicado la idolatría del ente
Pueblo. En cuanto a las sanguijuelas del país, _que chupan la sangre del
obrero_, y en cuanto a todos nosotros, que no tenemos callosidades en
las manos, Mariano creía aborrecerlos tanto como su maestro; pero lo que
hacía era envidiarlos, pues la envidia suele usar la máscara del odio.

En el fondo de su alma, _Pecado_ anhelaba ser también sanguijuela y
chupar lo que pudiera, dejando al pueblo en los puros huesos; se
desvivía por satisfacer todos los apetitos de la concupiscencia humana y
por tener mucho dinero, viniera de donde viniese. En esto se distinguía
radicalmente de su maestro, amantísimo del trabajo. Bou no quería galas,
ni lujo, ni vicios caros, ni palacios; lo que quería era que todos
fuésemos pueblo; que todo el que tuviera boca tuviera una herramienta en
la mano; que no hubiera más que talleres y se cerraran los lugares de
holganza; que se suprimieran las rentas y no hubiera más que jornales;
que cada cual no fuera propietario nada más que de la cuchara con que
había de comer la sopa nacional.

En la sala donde estaba la máquina, tenía Bou su mesa de trabajo, y en
esta la piedra en que dibujaba, puesta sobre un disco de madera
giratorio, con cuyo mecanismo él le daba vueltas como si fuera un papel.
A poca distancia veíase la prensa de mano donde se sacaban las pruebas y
se hacían los reportes. El estampador era un joven muy aficionado a la
charla, hablaba sin ton ni son, escapándose de él el discurso y la
palabra como se escapa el aire de un fuelle agujereado. Era un
_intellectus_ lleno de roturas. Mariano tenía en su laconismo una
brutalidad sentenciosa.

«¿Que habláis ahí, muchachos?--dijo de pronto Juan Bou, que estaba aquel
día de bonísimo talante, por haber cobrado una antigua cuenta.

--Este--replicó el estampador con el sentimiento de modestia que le
inspiraban sus pocas luces al ponerlas frente a la sabiduría del
maestro--, este dice que el año que viene ya no trabaja más.

--Eso lo dirá la correa--manifestó Bou sonriendo y sin levantar los ojos
de la piedra--. ¿Y qué vas a comer si no trabajas?... Me parece que tú
eres de casta de sanguijuela... Y algo he oído yo. No sé quién me dijo
si eres noble o no eres noble...

--Dice este--prosiguió el estampador, gozoso de que el maestro pensase
como él--que cuando su hermana gane el pleito, será caballero.

--¿El pleito?... ¿Sabéis como haría yo que se ganaran de una vez todos
los pleitos?--dijo Bou, regocijándose con el efecto que sus admirables
ideas causaban en los dos muchachos--. Pues mandaría pegar fuego a todos
los archivos, a la escribanía _A_ y a la escribanía _B_. Total, que no
dejaría un papel vivo. La humanidad no necesita de papeles. Hay que
liquidar..., ¿estáis? Hay que decir: «Hasta aquí llegó la cosa»..., y
_palante_... Yo diría a los jueces, escribanos, alguaciles, magistrados
y demás pillería: «¿Queréis almorzar? Pues ahí tenéis la azada, el
arado, el escoplo o lo que más os convenga. Pero con papeles no se come
aquí, señores...». ¿Que no querían? Pues hacia un estanque de tinta, los
ahogaba en él..., y _palante_.

--Dice este--repitió el oficial, que se pirraba por delatar los
disparates de su amigo--que todos no son iguales y que él está ya
cargado de ser pobre.

--No hay pobreza en la honradez, no hay honra como la del
trabajo--afirmó Juan Bou incorporándose y dejando ver el esplendor
lumínico de su ojo rotatorio, que parecía una rueda de fuegos
artificiales--. ¡Pobre!¿Qué ere decir esto? Es una necedad, una...
lucubración contraria a los grandes principios. ¿Tienes satisfechas tus
necesidades? Sí. ¿Tienes hambre? No. ¿Estás vestido? Sí. Pues eres tan
rico como el duque _A_ o el conde _B_, o quizá más».

Y de este lenguaje sencillo y lapidario, que a la altura de Marco
Aurelio le ponía, pasó por gradación suave a otro más acentuado, más
enérgico, si bien no más elocuente, diciendo:

«Todo lo demás es superfluidad y lujo, es explotar al obrero, chupar su
sangre, alimentarse de su sudor bendito, comerse los refinados manjares
amasados con las lágrimas del pobre. Ved esos que andan por ahí, toda
esa chuma de esos señores y holgazanes. ¿De qué viven? De nuestro
trabajo. Ellos no labran la tierra, ellos no cogen una herramienta,
ellos no hacen más que pasear, comer bien, ir al teatro y leer libros
llenos de bobadas... Comparémonos ahora. Nosotros somos las abejas,
ellos los zánganos; nosotros hacemos la miel, vienen ellos y se la
comen. Nos dejan las sobras, nos echan un pedazo de pan, por lástima,
como a los perros... Pero todo se andará, tunantes, todo se andará;
vendrá la cosa y haremos cuentas, sí, la gran cuenta, el Juicio Final de
la humanidad. ¡Oh, pillos!, también nosotros tenemos nuestro valle de
Josafat. Allí se os aguarda. Allí estaremos. Con un pedazo de lápiz
tamaño así, y un papel de cigarro, basta para hacer el gran balance. Es
la liquidación fácil, porque es la última... y _palante_».

Mariano y su colega le oían absortos.

«Dice este--continuó el estampador, incansable en la denuncia--que él ha
de poder poco o ha de soltar pronto la blusa.

--Vamos a ver--manifestó el maestro volviendo a su trabajo--; explícanos
lo que tú piensas... ¿A qué aspiras tú? ¿Qué deseas tú?

--¿Yo?--dijo Mariano con terrible laconismo--. Tener dinero.

--¡Tener dinero! El dinero es una fórmula, un medio de cambio--declaró
con olímpica suficiencia Juan Bou--. ¿Y si llega un día en que no haya
dinero, en que no represente nada el dinero, porque las cosas, o mejor
dicho, el servicio _A_ y el servicio _B_ se cambien directamente sin
necesidad de ese intermediario?

--Chúpate esa--dijo por lo bajo el estampador a compañero.

--Sí, se suprimirá el dinero, que no sirve más que para negocios
indecentes. Suprimiendo el numerario, quedarán suprimidos los
ladrones... y _palante_».

Ambos abrieron medio palmo de boca.

«Pero el dinero--se aventuró a decir Mariano--no se ha de quitar hoy ni
mañana...

--Quién sabe... La cosa está mal. Dicen que esto se va. Me escriben de
Barcelona que se está trabajando...

--El dinero no se suprime--afirmó _Pecado_ rebelándose tenazmente contra
la incontrovertible sabiduría del maestro.

--Hombre, que sí.

--Pues yo quiero ser rico.

--¡Ser rico! ¿Y qué es la riqueza, bruto? Es una cosa convencional,
acémila. Hay por ahí unos cuantos tunos que se comen lo que no es suyo,
lo que es de todos, del común, y el día en que se diga: «Ea, bastante ha
durado la mamancia...», va a ser bueno, va a ser bueno. Nosotros
diremos: «A ver, señor duque de Tal, ¿de dónde sacó usted las tierras
_A_ y las dehesas _B_? Señor banquero Cuál, ¿de dónde sacó usted los
millones _A_ y _B_ que tiene en el Banco?».--«Hombre, dirán ellos, pues
yo...».--«Valientes pillos están ustedes, acaparadores, por no decir
otra cosa...». Conque ya ves. No habrá entonces dinero, ni Banco, ni
Bolsa; no habrá más que servicios mutuos, toma y daca. Que yo necesito
un jamón, el comestible _A_ o el comestible _B_: me voy a la tienda, y
me encuentro que el tendero necesita etiquetas, anuncios. Pues ahí va, y
venga. El sastre hará pantalones al zapatero, y el zapatero le hará
zapatos al sastre. Es un organismo sencillísimo, brutos. Vosotros no
habéis estudiado la cosa, no habéis trabajado por la cosa, no habéis
estado en calabozos, no habéis comido ratas desabridas... Se trata de un
organismo; ¿sabéis lo que es un organismo?».

Ambos callaron. Creían que se trataba de un organillo; pero no se
atrevían a decirlo.

«Este dice también--añadió el denunciador sin poder contener la
risa--que quiere ser célebre.

--¡Célebre! Ta, ta, ta--exclamó Juan Bou, radiante, al considerar el
triunfo que a su oratoria se preparaba--. ¿Conque célebre y todo..., es
decir, hombre grande? ¡Valiente papamoscas! ¿Y qué entiendes tú por
celebridad? La de los guerreros y capitanes, la de esos bobos que llaman
poetas, escritorzuelos... Los unos son los verdugos de la humanidad: no
han hecho más que matar gente. Los otros han engañado y extraviado a la
humanidad, contándola mil mentiras y embelecos. Cógeme a tal o cual
guerrero, al poeta _A_ o al prosista _B_. ¿Qué han hecho por el pueblo?
Nada. Su celebridad se acabará también, porque se suprimirá la Historia.
Se hará una Historia nueva, en que no figuren más que los que han
inventado una máquina o perfeccionado la herramienta _A_ o _B_. Esos sí,
esos sí que tendrán estatuas.

--¿Y quién... va a hacer las estatuas?--preguntó con gran viveza de
pensamiento Mariano.

--Toma--dijo Bou, reponiéndose después de desconcertarse un poco--, los
escultores. Habrá escultores que harán las estatuas de los obreros
célebres, de los padres de la patria, y se les pagará con comestibles,
mano de obra... Parece que eres tonto... Ahora, si tú quieres ser
célebre inventando la dirección de los globos, o cosa así, entonces nada
te digo. Por ahí, por ahí... Pero no envidies a los personajes del día,
a esas sanguijuelas del pueblo. Mira tú qué tipos. ¿Prim?, un tunante.
¿O'Donnell?, un pillo. Tiranos todos y verdugos. Olózaga, Castelar,
Sagasta, Cánovas. Parlanchines todos. ¿Y ese Thiers de Francia? Otro que
tal. Cuando toquen a barrer, veréis cómo queda esto... Nada, nada;
aplícate a este oficio y puede que llegues a notabilidad. Ya sabes,
comerás y vestirás con tu trabajo. Toma y daca... y _palante_.

--Pero este dice que quiere ser célebre, aunque para ello tenga que
hacer una barbaridad.

--Hombre, hombre, ¿tú quieres dar golpe? Valiente papamoscas. Pues dalo,
hombre, dalo. No te faltará ocasión, cuando se grite «abajo la tiranía»,
pórtate bien. Inventa cualquier cosa, aunque sea una barbaridad, como
dices. Puede que no lo sea. Hoy se tiene por barbaridad lo que mañana
quizá se mire como una gran acción. Nada, hombre..._palante_,
_palantito_...».

Siguió hablando en este tono y desarrollando su idea con tal copia de
audaces juicios, que los muchachos le oían como si fuera una sibila.

«Lo que yo quiero es moneda--volvió a decir Mariano con rudeza concisa.

--¡Ah!, ya no quieres celebridad, sino plata. No era como tú el célebre
Erostrato.

--¿Quién?

--Uno que pegó fuego--dijo Bou reventando de erudición--a un templo...
no sé si de Babilonia, de Venecia o de dónde.

--¿Y sacó dinero?

--Vuelta con el dinero.

--Con dinero se tiene todo.

--Y tú quieres tener todo: gozar, disfrutar; lo mismo que cualquiera de
esos pillos, lo mismo que la sanguijuela _A_ o la sanguijuela _B_.

Mariano gruñía, dando a conocer, con bárbaro modo, su ardiente anhelo de
ser sanguijuela.

«Ea, bastante se ha charlado--dijo el maestro echando un vistazo a la
prensa--._Palante_... Sacadme esos reportes ahora mismo».

Y siguió un silencio sólo turbado por los rumores de la actividad
taciturna. Oíase el gemido de la prensa, el roce del pegajoso rodillo
negro y el rascar de la pluma del maestro sobre la piedra. Juan Bou, que
aunque buen catalán tenía un oído infernal, destrozaba entre dientes _La
Marsellesa_, como destroza el fumador la colilla del cigarro. Después
escupía unas cuantas notas, y callaba para empezar de nuevo al poco
rato. Se había contagiado de la afición de sus aprendices a cantorrear
los pareados de las aleluyas, y así, sin pensarlo, cantaba con la música
de Rouget de L'Isle estos versos: _Muchos niños pequeñitos--van vestidos
de angelitos_.



Capítulo V

Entreacto en el café


Mariano pasó algún tiempo en esta vida, sin que ocurriera cosa alguna
digna de ser contada. Pero en la primavera del 76 ya empezó a
fastidiarse. Dejaba de asistir al taller con harta frecuencia, y se
pasaba horas y más horas en el café del Sur. Por el afán de aumentar su
peculio había contraído el vicio del juego, frecuentando innobles
garitos, o agregándose a los nefandos círculos que al aire libre, en las
puertas de los ventorros de extramuros funcionan. Su suerte era mala, se
aturdía y perdía casi siempre. Cuando ganaba se permitía lujos
desenfrenados, como ir al teatro de la Infantil y ver todas las
funciones desde la primera a la última, convidarse a chuletas con tomate
en cualquier taberna, ir a los bailes vespertinos de criadas y
costureras, donde danzaba y hacía conquistas. Cuando las ganancias
habían sido por ventura fenomenales, alquilaba un jamelgo, se iba
trotando hasta la Puerta de Hierro, o daba la vuelta a Madrid paseando
por el Retiro entre las filas de coches de lujo y jinetes ricos. Para
que esta parodia vil y nauseabunda de las disipaciones de la clase
superior fuese más completa, tenía sus pequeñas deudas con el mozo del
café y con los amigos.

Ya faltase todo el día al taller de Bou, ya asistiese puntualmente,
nunca dejaba de ir al café del Sur. A veces no estaba más que un rato, a
veces cuatro o cinco horas. Se le veía solo, en blusa azul y gorra, con
los codos sobre la mesa, el vaso de café delante y en la boca un puro de
a cuarto, mirando las nubecillas de humo con estúpida somnolencia.

¿Pero quién es aquel señor que abre la puerta del café y esparce su
vista por el local, como buscando a alguien, y desde que ve a Mariano
viene hacia él, y se le sienta enfrente? ¿Quién ha de ser sino el
bendito D. José? Bien se conoce en su faz su martirio y las tristezas
que está pasando. Ved su cara demacrada y mustia, sus ojos impregnados
de cierta melancolía de funeral; ved también sus mejillas, antes
competidoras de las rosas y claveles, ahora pálidas y surcadas de
arrugas. ¿Qué le pasa? Él nos lo dirá. Durante algún tiempo su único
consuelo ha sido agregarse a Mariano en el café del Sur y frente a él
exhalar sus quejas, semejantes a las de los pastores de antaño; y así
como las ovejas (dicho está por los poetas) se olvidaban de pacer para
escuchar los cantos de los Salicios y Nemorosos, Mariano dejaba enfriar
el café por atender a lo que D. José le refería.

«Hoy tampoco la he podido ver--dijo aquel día (abril de 1876)--. Ese Sr.
Botín es un verdugo: no la deja salir de casa; no la deja asomarse al
balcón... Te digo que me gustaría que el señor Botín y yo nos viéramos
un día las caras... Yo soy padrino de tu hermana, yo soy su segundo
padre, y debo velar por ella... ¡Luego el pobre _Riquín_ estará tan
solo, extrañará tanto no verme a todas horas y no jugar conmigo, como
antes!... Porque has de saber que _Riquín_ no quiere a nadie más que a
mí; me quiere más que a su propia madre. Lo que es a Botín no le puede
ver».

Al decir esto, Relimpio dejaba conocer, al trasluz de su pena, el
regocijo de la venganza. ¡_Riquín_ no quería al otro! ¡Oh placer de los
dioses!

«Mi hermana tiene la culpa--dijo Mariano--. Ese tío Botín es una fiera.
¿Por qué no le planta en la calle, como es debido? Pero vea usted..., de
aquellas cosas que pasan, ¡puño!... Él es rico; ella se ve mal... Si
trabajara como yo, viviría como es debido... De consiguiente, yo no
pienso poner los pies en su casa, porque una vez que fui me dijo que no
volviera. De consiguiente, ese Botín no quiere que ni yo, ni usted, ni
mi tía Encarnación vayamos allá. No quiere estorbos. Yo no voy, porque
suponga usted que nos encontramos Botín y yo, hablamos, y sin saber
cómo, pues..., de aquellas cosas que pasan..., reñimos. Total, que me
hago cuenta de que no tengo tal hermana.

--Si al menos la dejara salir a la calle siempre que ella
quisiera--indicó Relimpio embuchándose el café, mientras el otro se
rompía las mandíbulas para sacar humo del duro cigarro--Pero quia, quia.
Tiene que valerse de mil tretas para salir. La pobre lleva ya tres meses
de esta vida y no sé cómo aguanta. ¿Al teatro? Que si quieres... Los
domingos la hace ir a misa, y aquí paz... Dicen que ese señor es
mojigato.

--Es rico--afirmó Mariano con el tono de asombro mezclado de respeto que
empleaba siempre para expresar aquella idea.

--Riquísimo. Gana millones. Si le dejan se come a España en menos que
pía un pollo. ¿Y no sabes lo mejor? Es casado. Mira, si yo no fuera una
persona decente, le escribiría un anónimo a su señora contándole los
devaneos... Pero no está en mi sangre, no. La señora de Botín es condesa
o baronesa; él es conde o barón consorte, ¿te enteras? Ella es, según
dicen, buena persona, y hace muchas caridades. Hablan de que va a fundar
un hospital.

--Sanguijuelas del país y del pobre que trabaja, ¡repuño!... Ellos
gastan lo nuestro... Pero ya, ya verán, ¡puño! El mejor día... de
aquellas cosas que pasan... El mundo da una vuelta, y _palante_... Ahora
nos toca a nosotros. De consiguiente, venga dinero. Que todo se reparta
como es debido.

--Y el que no trabaje que no coma. Lo mismo pienso yo. Desde que se fue
D. Amadeo, ¡y aquel sí era persona decente!, esto está perdido. Es
verdad que se acabó la guerra; pero ¿cómo se acabó? A fuerza de dinero.
Esta gente es atroz. Aquí no hay administración, ni se llevan los libros
de cuentas del Estado como manda la Teneduría. Mira tú; mientras no se
suprima eso de que los ex ministros tengan treinta mil reales... Yo no
sé cómo no se les ocurren estas cosas... Señor, que no podemos con la
Hacienda, que hay déficit. ¿Pues qué más tiene usted que quitar tanto
empleado vagabundo?... Señor, que la política... Pues fuera política...
Si quisieran, todo lo arreglarían bien. Con ir dejando a un lado a los
piratas y colocando a la gente honrada... Mira tú, es bien fácil. A
ver... ¿D. Fulano es un hombre honrado? Sí señor. Pues venga acá. ¿Y D.
Zutano? También. Venga. Ea, ya me tienes la Administración arreglada. Yo
sé que los tunantes chillarían; pero que chillaran hasta reventar».

Estas sabias apreciaciones duraban poco, y luego volvía D. José a la
monotonía de sus lamentos pastoriles. Durante varios días repitió las
mismas cosas... La había visto un momento... Estaba desmejorada y
triste... _Riquín_ tampoco era feliz... En mayo añadió a tan enfadosos
temas uno que era más agradable a la concupiscencia de Mariano.

«¿Sabes--le dijo--que mi hijo Melchor ha emprendido un gran negocio?
Llegó aquí el mes pasado. Por cierto que me cogió desprevenido. Yo le
creía en la Habana. Pero el Capitán General le quitó el destino a los
veinte días de haber tomado posesión de él y me lo embarcó para la
Península... Intrigas políticas... envidias y miserias.

--De aquellas cosas que pasan...--murmuró Mariano, demostrando
perspicacia--. Don Melchor tendría las uñas un poco largas; de
consiguiente...

--Quita, quita, hombre. Melchor es la misma honradez.

--Sí; pero..., de aquellas cosas que pasan..., al verse allí entre tanto
dinero..., de consiguiente...

--Hombre, no.

--Total, que se volvió para acá sin un real.

--No tanto. Algo ha traído... Pues te contaré el negocio, que es grande,
tremendo. Es un secreto que ha descubierto.

--¡Un secreto!... Y lo guardará... como es debido.

--No, lo pone a disposición de todo el mundo. Ha hecho unos
prospectitos, ¿sabes? Luego ha puesto un anuncio en los periódicos,
diciendo que el que quiera saber el secreto del negocio mande veinte
reales en sellos. Ajajá. No puedes figurarte los sellos que han entrado
en casa. Pero ya se va cansando la gente y vienen pocas cartas.

--¿Pero el secreto...?

--No sé cuál es.

--¿Y si..., de aquellas cosas que pasan..., resulta que no hay tal
secreto...?

--Yo no sé... Desde que tomó la casa en la calle de los Abades, donde
vivimos, se ocupa de otras cosas. Escribe artículos en un periódico. La
ha tomado con las compañías de ferrocarriles y otras empresas gordas, y,
¡si vieras!, las pone como hoja de perejil. Nada, que las mata, que las
está matando. Yo le digo que ya que escribe, escriba de cosas útiles,
por ejemplo, de que los ingleses deben devolvernos a Gibraltar. Eso sí,
yo creo que si esto se dice un día y otro día, al fin hemos de lograrlo.
Y si no, guerra, guerra con los ingleses. ¡Ah! ¿No hicimos lo del
Callao? Aquello si que fue grande. Te lo contaré, pues lo sé como si lo
hubiera visto».

Pero Mariano no paraba mientes en aquel interesante capítulo de
Historia. La epopeya de los veinte reales en sellos cautivaba más su
espíritu, adormeciéndole en cálculos voluptuosos y combinaciones de
riquezas y placeres.

Algunos días después, Mariano era el que llevaba noticias del hijo de D.
José.

«Ayer--dijo--estuvo D. Melchor hablando más de dos horas con Juan Bou.
Ha inventado una rifa para los pobres. Está unido con otros señores, y
de consiguiente, tiene autorización del Gobierno, como es debido.
¡Recontrapuño, qué negocito! Juan Bou hace los billetes y le dan parte.

--Si estoy enterado, hombre. Como que yo he de llevar la contabilidad.
Es una idea humanitaria. Ya no habrá más pobres por las calles...
Volviendo a lo mismo, Marianín, te diré que la vi ayer en misa. Por la
tarde fui a sacar al niño a paseo. ¡Ah!¿No sabes? Lo del pleito va bien.
Hombre, si te veremos al fin...».

Mariano se desperezó y después que hubo estirado bien sus extremidades,
descargó el puño sobre la mesa, diciendo:

«¡Maldita sea la Biblia!».

Isidora, que vivía en la calle de las Huertas, salía con frecuencia al
balcón, y si veía a su padrino paseándose de arriba abajo y echando con
disimulo un vistazo al piso segundo, sentía pena y lástima. Unas veces
le hacía señales de que entrase, otras de que no entrase, y D. José
obedecía con humildad. Llamole un día con agraciado gesto, desde dentro,
alzando el visillo y mostrando su cara preciosa tras el cristal.
Relimpio subió.

¡Cómo le palpitaba el corazón! Entró, cogió en sus brazos al niño, diole
mil besos en la frente, en los rizos, y cargado con él, entró en la
sala. Isidora vestía una bata azul de corte elegantísimo. Acababa de
peinarse y su cabeza era una maravilla. Nadie que la viese, sin saber
quién era, podría dudar que pertenecía a la clase más elevada de la
sociedad. Contemplola D. José, más que con amor, con veneración, con
fanatismo, como el salvaje contempla el fetiche, y poco faltó para que
se la hincara delante.

«Estás, estás...--le dijo turbado por la emoción--, que pareces una
diosa... Vengan las duquesas a tomarte por modelo... ¡_Riquín_!, hijo
mío, sol, dame más besos... ¡Bendita sea tu madre!».

Mucho se alegraba también Isidora de ver a su padrino; pero un asunto
urgentísimo les separaría muy pronto.

«¿No viene hoy ese bruto?--dijo Relimpio.

--No; hoy habla en el Congreso.

--¿De modo que me estaré aquí hasta anochecida?

--No, porque tengo que hacer, tengo que salir...».

¡Don José puso una cara tan triste!... Sus ojos vivos se amortiguaron
como la llama de la exhausta lámpara colgada delante del santo.

«Tengo que hacer--dijo Isidora, sacando una carta--. Y usted me va a
hacer el favor de llevar ahora mismo esta carta a Joaquín».

Don José dio un gran suspiro. Puso la cara más desconsolada y agoniosa
del mundo, la cara que pondría toda persona a quien se obligara a beber
un vaso de vinagre.

«¿De veras que no estás hoy en casa?

--No. Si usted quiere, puede venir a jugar con _Riquín_.

--Le sacaré a paseo. Está bueno el día. ¿Qué te parece?

--Muy bien.

--Pues voy, voy a hacer tu encargo»--murmuró el viejo, consolándole la
idea de pasear al niño.

Isidora salió. Su traje realizaba el difícil prodigio, no a todas
concedido, de unir la riqueza a la modestia, pues todo en ella era
selecto, nada chillón, sobrecargado ni llamativo. Llevaba en su cara y
en sus maneras la más clara ejecutoria que se pudiera imaginar, y por
dondequiera que iba hacía sombra de blasones. Y sin embargo, por
desgracia suya, empezaba a ser conocida, y cuantos la encontraban sabían
que no era una _lady_.

¡Dama por la figura, por la elegancia, por el vestido!... Por el
pensamiento y por las acciones, ¿qué era?... La sentencia es difícil.



Capítulo VI

Escena vigésimaquinta

=Aposento no muy grande, cómodo, bien amueblado y a media luz=

=ISIDORA Y JOAQUÍN=


JOAQUÍN.--=(Con admiración)= ¡Pero qué guapa estás, o mejor dicho, qué
hermosa eres!... Joya digna de un rey, ¿por qué estás condenada a
encerrar tu brillo dentro de la esfera de una posición mediana, obsura y
equívoca? ¡Tremendas ironías del destino! Fíate de que el nacimiento y
el temperamento te hayan hecho ilustre... si la realidad y el mundo
traidor no te permiten manifestarte como eres... Pero no suspires, no te
entristezcas. Hoy es día de alegría y juntos los dos aquí olvidaremos
todas nuestras penas... Cada día me es más difícil vivir sin ti.

ISIDORA.--=(Con coquetería)= ¡Embustero!... Me quieres cuando me
necesitas, cuando eres desgraciado. ¡Desde que prosperas un poco,
¡adiós!, ya no te acuerdas de mí! Yo no debía hacerte caso; pero mi
debilidad es más fuerte que mi fortaleza, ¿entiendes?... ¿Quién no tiene
un castigo en el mundo? Mi castigo eres tú. En vez de darme enfermedades
o de volverme fea, Dios me ha dicho: «Quiérele»; y ya ves, te quiero y
padezco. El corazón me dice que será constante. Te amaré siempre,
mientras viva. Mi corazón es de una pieza. No puede amar sino a uno
solo, y amarle siempre... Los hombres, descartando el mío, me hastían;
les aborrezco. Uno solo me ha conquistado, y de ese soy. Venga lo que
viniere, a mi amor me atengo. No sé cómo hay mujeres que adoran hoy a
este y mañana al otro. Yo no soy así. =(Con tristeza.)= ¿No es verdad que
nací para ser honrada?

JOAQUÍN.--Y para mí. =(Entusiasmándose por grados.)= Sólo yo te comprendo,
sólo yo. Los demás te juzgarán mal quizás. Yo, que te conozco, sé que
eres un ángel de bondad. La responsabilidad de tus faltas las tomo para
mí y te dejo a ti la gloria de tus bellas acciones. ¡Y qué ingrato he
sido contigo! Pero me has dado una de esas lecciones que son propias de
las grandes almas. A mis ligerezas respondes con tu generosidad.

ISIDORA.--=(Mirándole a los ojos.)= ¿Estás satisfecho de mí?

JOAQUÍN.--Te idolatro.

ISIDORA.--¿Me he portado bien?

JOAQUÍN.--Como una princesa, como una reina. No todas las coronas están
donde deben estar... ¡Ay, Isidora, bendito sea tu orgullo! Quien nota en
su alma esa chispa, ese no sé qué, signo de elevación sobre el nivel
común, está preparado para las cosas grandes y sublimes. El orgullo no
es en ti un defecto, es una inspiración santa.

ISIDORA.--Pero no tengo la conciencia tranquila... Ya ves que...

JOAQUÍN.--Desecha las ideas convencionales. Cada acción tiene un punto
de vista desde el cual debe juzgársela, lo cual prueba la gran variedad
de las perspectivas del alma humana...

ISIDORA.--Yo siento algún remordimiento...

JOAQUÍN.--Porque no has hecho un análisis frío del hecho en sí y te
dejas llevar de la rutina.

ISIDORA.--=(Gozosa.)= ¿Te pusiste contento cuando recibiste mi carta?

JOAQUÍN.--La besé mil veces, y aun creo que se me escapó una lágrima,
cosa en mí desusada.

ISIDORA.--Ya ves que cumplí mi palabra. El jueves, cuando me pintabas tu
compromiso y me decías que tu honor y tu buen nombre estaban en peligro,
te dije: «Yo, a quien tan grandes desaires has hecho, te he de
salvar...». No hay nada que me cautive tanto, que tanto interese a mi
alma, como un acto de estos atrevidos y difíciles, en que entren la
generosidad y el peligro. Nací para estar arriba, muy arriba.

JOAQUÍN.--En las estrellas te pondría yo.

ISIDORA.--Las cosas bajas y fáciles, las pasiones mezquinas no caben en
mí. Tú me habías hecho muchas picardías; pues ahora verás... Yo soy así.
La idea de devolverte bien por mal me daba alegría y valor para vencer
las dificultades. Fui a mi casa pensando en tus apuros. Yo calculaba,
discurría, hacía cuentas. A medianoche no había dormido aún; estaba
sola. Podía pensar a mis anchas, y pensar en ti como me diera la gana.
Llegó la mañana. ¿Qué creerás que hice? La cantidad era enorme. ¡Mil
duritos! ¿De dónde había de sacar yo ese dineral? Pues verás... Vendí
mis pendientes de tornillo y mi alfiler grande. Saqué doce mil reales.
Compré otros diamantes falsos para que él no conociera el engaño.
Después empeñé la pulsera, el reloj; pero nunca bastaba, hijito. Por tu
suerte, él me había dado cierta cantidad para renovar parte de la
sillería..., pues al montón con ella. En fin, mi tía Encarnación me
proporcionó el resto... Y aquí vienen los escozores que siento en mi
conciencia...

JOAQUÍN.--=(Con escepticismo y fortaleza de espíritu.)= Eres una
chiquilla. Es preciso que tu inteligencia se ponga a la altura de tu
gran corazón.

ISIDORA.--=(Con monería.)= Déjame, que yo me entiendo. Te diré la verdad
pura. Por engañarle no tengo remordimientos. Es un animal a quien
aborrezco con toda mi alma. No me merece... ¡Pero hay tantas clases de
traición!... Te diré...

JOAQUÍN.--=(Azotándola con cariño.)= Pero ven acá, tonta...

ISIDORA.--=(Abofeteándole con amor.)= Escucha, idiota... Digo que las
traiciones de dinero no me gustan. Hay algo ahora en mí que las rechaza.
Te diré: con gusto o sin gusto mío, él me da cuanto necesito. Es verdad
que los tornillos eran míos; me los habías regalado tú. Pero el alfiler
me lo dio él..., y el dinero para la sillería... Ya ves.

JOAQUÍN.--Déjame hablar ahora.

ISIDORA.--=(Tapándole la boca.)= Aguarda.

JOAQUÍN.--=(Quitándose a viva fuerza la mordaza y besándola mucho.)=
Déjame hablar a mí. Escucha, escucha. Si ese animal tuviera cien veces
más dinero del que tiene; si en vez de haberse comido una parte del país
se lo hubiera comido entero, todo su caudal no bastaría para pagar una
de tus caricias, aun otorgada con violencia y sin amor. Esa cantidad que
he recibido de ti me ha salvado de la deshonra. Yo te quería ya, yo te
amaba siempre, a pesar de mis devaneos. Pero ahora te adoro, ahora soy
tu esclavo. Esta deuda es sagrada, es doble; deuda del corazón y deuda
de bolsillo. Te pagaré religiosamente.

ISIDORA.--¡Pagarme! ¡Ay! Yo no cobro nunca. Mis manos no nacieron para
eso. Si en algo estimas el beneficio que de mí has recibido, ya sabes la
recompensa que quiero.

JOAQUÍN.--=(Amoscado.)= ¿Cuál?

ISIDORA.--Te lo he dicho mil veces. El reconocimiento de Joaquín...

JOAQUÍN.--=(Sintiéndose atacado de sordera.)= No te oigo.

ISIDORA.--Que reconozcas a nuestro hijo.

JOAQUÍN.--¡Ah!, ya...; eso es corriente. =(Disimulando su contrariedad.)=
En estos días me hallo en tal situación, que no podré celebrar ningún
acto civil... ¡Ay!, querida mía, confesor mío, para ti no debo tener
secretos. Delante de ti no debo ni puedo disimular mis faltas. He sido
un calavera, un disipador; merezco lo que me está pasando. Yo tenía una
regular fortuna. ¿Sabes tú cómo se me ha ido de entre las manos? Pues yo
tampoco lo sé, y me confundo... Cosa de magia, chica, porque yo... te
juro que vivo con economía... Malditos sean los usureros, fieras
desenjauladas, dragones sueltos contra quienes nada puede la humanidad
indefensa. Y gracias que renovando a tiempo, con tu divino auxilio =(Da
un gran suspiro.)=, he podido salvar el honor por el momento. A ti te
debo que no haya caído una gran mancha sobre el honrado nombre de Pez...
¿Pero qué sucederá? Que dentro de poco llegará otro vencimiento.
Chiquilla, con las fechas no se juega. El tiempo es implacable... Papá
me ha hablado seriamente el otro día. Hemos hecho un balance. Le he
descubierto todos mis líos; se ha incomodado, y por fin hemos resuelto
que no tengo más remedio que irme a la Habana.

ISIDORA.--¡A la Habana!

JOAQUÍN.--Sí, con un destino en la Aduana, un gran destino. Es el único
remedio. Los españoles tenemos esa ventaja sobre los habitantes de otras
naciones. ¿Qué país tiene una Jauja tal, una isla de Cuba para remediar
los desastres de sus hijos?

ISIDORA.--¡Ya!

JOAQUÍN.--Me iré a la perla de las Antillas, como decimos por acá.
¿Quieres ir conmigo?

ISIDORA.--=(Reflexionando seriamente.)= Te diré...; ir contigo sería mi
dicha. Yo te cuidaría si caías malo, y te desviaría de tus calaveradas,
porque allá... Pero no puedo, no puedo salir de aquí. Tengo que estar a
la mira de mi pleito. El abogado me ha dicho que lo ganaré si tengo
paciencia. Ya se ha hecho lo que llaman la réplica, y luego que la
señora presente su dúplica, vendrá la prueba... Ya ves, me voy enterando
de estas cosas fastidiosas.

JOAQUÍN.--Si lo ganaras... =(Afectando confianza.)= Yo creo...

ISIDORA.--Es el principal móvil de mi vida. Cuando consiento en
separarme de ti por pleitear, figúrate si es cosa de importancia.

JOAQUÍN.--=(Con seriedad.)= Y yo lo comprendo... No debes salir de aquí.
Cuando yo venga, ¡toma!, de seguro te encontraré en pacífica posesión de
la casa de Aransis.

ISIDORA.--¡Dios te oiga!... Yo también lo creo así.

JOAQUÍN.--Es evidente... Nada, nada; es cosa hecha.

ISIDORA.--Cosa clara. =(Se abrazan para comunicarse recíprocamente su
confianza.)= ¿Y cuándo te vas?

JOAQUÍN.--No lo sé. Dejaré pasar el verano. Papá y el ministro han
hablado ya. Aunque en el Congreso se tiran a matar, allá, entre
bastidores, son amigos y se sirven bien. Cuando papá era Director,
servía a este señor en cuanto le pedía, y ahora para el Ministro no hay
mejor recomendación que la de mi padre.

ISIDORA.--=(Con mucho mimo.)= Pero yo siento que te vayas. ¿Por qué no
tratas de remediarte aquí? ¿Por qué no trabajas en algo?

JOAQUÍN.--¿Aquí? ¡Trabajar aquí!... Tú te has caído de un nido. En
España no se recompensa el mérito. ¡Qué país! Es claro; yo trabajaría,
yo me dedicaría a algo; pero ¿qué pasa? Los escritores, los artistas,
los industriales y hasta los tenderos todos se mueren de hambre. Que
trabaje el obispo. No hay más medio de ganar dinero aquí que metiéndose
en negocios patrocinados por el Gobierno. Pídele datos de esto a tu
señor Sánchez Botín. Es un genio.

ISIDORA.--=(Con malignidad.)= Es un genio... inaguantable. Está muy hueco
con el discurso que pronunció ayer. Es de..., de la Comisión. ¿No se
dice así?

JOAQUÍN.--De la Comisión, justo. Todavía no he leído su discurso. =
(Incorpórase, y del bolsillo de su levita saca un diario.)= Es un hatajo
de necedades soporíferas. Cuando hablaba, no había seis diputados en el
salón, y de estos seis, cinco estaban dormidos. Todos los oradores
versados en administración producen estos efectos de narcótico. Papá
mismo, cuando habla de esto, es el puro beleño. Pero ayer era el único
que logró estar despabilado durante la oración fúnebre--administrativa
de Sánchez Botín.

ISIDORA.--Pues él dice que apabulló a tu padre.

JOAQUÍN.--¡Qué gracia! Verás. =(Amenaza leer.)=

ISIDORA.--Por Dios, dejo eso.

JOAQUÍN.--Oye qué admirable estilo. =(Lee.)= «Los señores que se sientan
en esos bancos...».

ISIDORA.--¡Por la Virgen Santísima!

JOAQUÍN.--Si esto es muy divertido. =(Sigue leyendo.)= «... no quieren
acabar de comprender que los que nos sentamos en estos bancos y la
Comisión...».

ISIDORA.--=(Arrebatando el papel de manos de Joaquín.)= Si tú le
estuvieras oyendo a todas horas...

JOAQUÍN.--Es un bruto que merecía el desprecio si no mereciera el
presidio. Su discurso es el colmo de la sabiduría. Dice que en tiempo de
papá eran mayores los escándalos y las irregularidades... Voy a contarte
en dos palabras las gradas de Botín.

ISIDORA.--=(Tristemente.)= ¿Será tarde? =(Hace un gorro con el periódico en
que está el discurso de Botín.)=

JOAQUÍN.--No, querida; es temprano.

ISIDORA.--Paréceme que entra poca luz, que anochece...

JOAQUÍN.--Es que se ha nublado.

ISIDORA.--Mira el reloj.

JOAQUÍN.--No me da la gana.

ISIDORA.--¡Qué horas tan felices si no fueran tan cortas! =(Acaba el
gorro de papel y se lo pone.)= ¿Qué tal?

JOAQUÍN.--=(Dando su aprobación expresivamente.)= ¡Mona!... Pues te
contaré las gracias de Botín.

ISIDORA.--¡Ay! Esas gracias me han hecho llorar mucho. ¡Si él supiera
las mías!...

JOAQUÍN.--Hace unos quince años Sánchez Botín era un zascandil. Andaba
por ahí con un gabán perenne y sucio; pero ya dejaba traslucir sus
disposiciones para la intriga; adulaba a todo el mundo, y agenciaba
cosas de poco valor en las oficinas. Empezó a levantar cabeza,
trabajando elecciones por los pueblos del Alto Aragón. Hacía diabluras,
resucitaba muertos, enterraba vivos, fabricaba listas, encantaba urnas.
Después le colocaron en el Ministerio, y casó con la de Castroponce, que
le aportó dos millones. Hízose diputado y gerente del ferrocarril de
Albarracín. Aquí empiezan sus triunfos. Como tiene amistad con el
ministro y allá se gobiernan bien los dos, hace lo que quiere. Figúrate,
la ley autoriza a los Ayuntamientos para auxiliar a las Compañías de
ferrocarriles con el 80 por 100 de sus bienes propios.

ISIDORA.--=(Bostezando.)= ¡Qué cosas!

JOAQUÍN.--Tú no entenderás esto. Yo tampoco. Ello es que hay un papel
que se llama Inscripciones, el cual está en la Caja de Depósitos. Botín
se arregla para sacarlo, da una pequeña parte al Ayuntamiento, y con el
resto y la subvención van construyendo el ferrocarril sin adelantar una
peseta. El Gobierno les da prórrogas.

ISIDORA.--=(Cerrando dulcemente los ojos.)= ¡Qué picardía!

JOAQUÍN.--=(Con verbosidad.)= Pero esta tostada, con ser un negocio
inmoral, no es tan atroz como la que resulta de comprar por un pedazo de
pan los abonarés de los soldados de Cuba, que llegan aquí muertos de
miseria, enfermos y con un papel en el bolsillo. El Gobierno no puede
pagarles; pero Botín ha reunido millones en esos abonarés, y el mejor
día se los admite el Gobierno en pago de un empréstito... Pues en las
subastas no te digo nada. Ahí es donde están las ricas tostadas. Él hace
lo que quiere. Es un bajá administrativo, mejor dicho, un sultán que
tiene las rentas públicas por serrallo. Se pone de acuerdo con el
Gobierno, y redacta a su gusto el pliego de condiciones, de manera que
no se puede presentar nadie... Pero ¿qué es eso?... =(Poniéndole la mano
en la frente.)= ¿Isidora?... Se ha dormido... ¡Qué hermosa está! ¡Qué
cuello y hombros tan admirables!... Pura escuela veneciana... ¡Isidora!

ISIDORA.--=(Despertando.)= Me dormí arrullada por las gracias de Botín.
¿Será tarde? Ahora sí que anochece.

JOAQUÍN.--Es que es un chubasco, tonta. El cielo está negro.

ISIDORA.--Es hora de marcharme. Mira el reloj.

JOAQUÍN.--Para que te desengañes. =(Mira el reloj.)= ¿Ves? Todavía me
debes una hora, según lo convenido.

ISIDORA.--¡Una hora! =(Con pena.)= Sesenta minutos me separan de la
presencia de ese bruto. No le puedo apartar de mi imaginación. Es una
pesadilla que me atormenta noche y día. ¡Cuándo despertaré de ese
hombre!... Me parece que le veo entrar esta noche como todas. «Buenas
noches»--, buenas noches. «¿Dónde has estado? Tú has salido...». Aquí de
mi talento para inventar cosas. Yo no he gustado nunca de decir
mentiras; pero desde que vivo con él me he adiestrado de tal modo en
ellas, que las suelto sin pensar; se me ha desarrollado un talento para
mentir... Pues te diré. Entra él; como entienda que he salido sin su
permiso. ¡María Santísima! Él gasta en mí su dinero a la calladita; y me
compra cuanto apetezco con tal que no lo luzca, con tal que nadie me
vea. Quiere que me ponga guapa para él solo. Basta que cualquier persona
me mire para que él se enfade, porque cree que con los ojos se le roba
algo de lo que tiene por suyo. No quiere que me dé a conocer en la
calle, porque no gusta de escándalos, y se asusta de que esto se
descubra. Dice que aquí no estamos en París, y que es preciso no chocar,
no dar motivo a la murmuración, no faltar a las buenas apariencias
sociales. Es un egoistón y un hipócrita... Lo primero que me encarga es
que vaya a misa todos los domingos. Dice que conviene no dar mal ejemplo
al pueblo. Cuando echa un discurso sobre los buenos principios, que son
la base del orden social, me lo lee con entonación grave..., ¡si le
oyeras!, y me dice con toda su alma: «Yo no puedo desmentir estas ideas.
Conque mucho cuidado...». En teatros no hay que pensar. Alguna vez me
permite ir de tapadillo, vestida de cualquier modo, y me hace subir a
los anfiteatros. Ni aun allí me deja libre, porque le veo atisbándome
desde las butacas y observando si miro o no miro, si hay moros por la
costa, o algún hombre sospechoso cerca de mí... En fin, es un tipo
insufrible. ¡Qué celoso, Dios mío! Si me ve asomada al balcón, ya se le
figura no sé qué. ¡Ah!..., pues lo mejor es que a cada instante me está
sacando a relucir su dinero. ¡Qué tonillo toma! =(Remedando voz de
hombre.)= «Señora, yo me gasto con usted mi dinero, y usted ha de ser
para mí...». ¡Para él! Él quisiera que yo fuera un vaso de agua para
beberme de un trago. Quiere absorber mis miradas todas y empaparse en
mis pensamientos.

JOAQUÍN.--=(Con desprecio.)= ¡Zopenco!

ISIDORA.--¡Y cuánto me hace padecer! Si me río, cree que me burlo de él;
si estoy seria, dice que no le quiero y que estoy pensando en otro. Si
me canso, me llama _fría_, _pedazo de mármol_. Me toma cuenta del
respirar, y si doy un suspiro, ¡ay Dios mío!, ya está armada la
tempestad. ¡Y cómo me agobia! No sabe lo que es delicadeza. A veces
quiere tenerla, y sus melifluidades me dan asco. Menos me repugna bruto
y celoso que enamorado. Mi tía Encamación dice que es el papamoscas de
Burgos injertado en el bobo de Coria. Yo me río de él, no lo puedo
remediar. =(Ríe.)= Cuidado que es feo, ¿no es verdad? No tiene más que la
figura, que es medianilla, aunque ha engordado demasiado. ¿Has visto
aquella cara apelmazada, que parece hecha en barro a puñetazos?

JOAQUÍN.--Pues pocos habrá de más pretensiones. Dicen que en los escaños
del Congreso está siempre mirándose el pie, porque lo tiene muy pequeño.
La verdad es que otro más antipático no ha nacido...

ISIDORA.--Cuando palidece se le pone la cara de un tinte ceniciento que
causa horror. Si se quita las gafas sus ojos son tan feos, tan raros...
Te digo que no se le puede mirar, porque los ojos parecen dos huevos
duros, todos surcados de venillas rojas. Cuando el bigote se le
desengoma y la barba negra y cana se le desordena, parece un escobillón
inglés. =(Ríe.)= Las manos las tiene bonitas...; sin duda es de contar
tantos billetes de Banco... Pues no digo nada de la gracia que me hace
cuando se pone a echarme sermones, y a reírse de mi pleito y de mi
nacimiento. Un día por poco le pego... Cuando está por moralizar, me
dice que si me porto bien haré mi suerte con él; que hay muchos modos de
ser honrada una mujer, y que yo puedo serlo todavía. =(Da un gran
suspiro.)= «Si quieres llevar una buena vida, me dice, yo te protegeré.
Te casarás con un criado mío, que es ni pintado para el caso. =(Con gran
indignación.)= Y una vez que estés casada te daré un estanco». ¡Un
estanco! =(Riendo con estrépito.)= Ese animal no sé qué se figura... Habla
muy poco de su mujer. Dice que es un ángel; pero que se ha hecho muy
mística, y que él, respetando mucho el misticismo, ha tenido que buscar
fuera de su casa lo que en ella no encontraba... No tiene hijos. Una
cosa me agrada de él... para que veas que todo no ha de ser malo...
Quiere mucho a mi Joaquín, lo acaricia, le cuenta cuentos, lo pone a
cabalgar sobre sus rodillas, le lleva dulces y juguetes... Esto sólo
hace que le respete y le estime un poco, ya que no pueda de ningún modo
quererle ni estimarle.

JOAQUÍN.--Has hecho de él la gran pintura. No tiene delicadeza ni
verdadera generosidad, porque lo que te da es para que realces tus
atractivos y te ofrezcas más rica y sabrosa a sus insaciables
apetitos... No comprendo estos caracteres. Me parece que son la escoria
del género humano; me parecen hechos con algo puramente material y
grosero que sobró después de hacemos a todos, y que pudo tal vez ser
destinado a crear los animales. Pero la mente divina quiso formar la
transición del hombre al bruto, y fabricó a Botín.

ISIDORA.--=(Riendo.)= Es verdad, es verdad. Entre la palabra y el rebuzno,
¿qué hay? Un discurso de Botín.

JOAQUÍN.--¡Bravísimo!... Vamos, cuando me comparo con él... Permíteme
que me alabe en presencia de ese bárbaro egoísta. Yo vivo de lo ideal,
yo sueño, yo deliro y acato la belleza pura, yo tengo arrobos
platónicos. En otro tiempo, ¿quién sabe lo que hubiera sido yo? Quizás
un D. Juan Tenorio; quizás uno de esos grandes místicos que han escrito
cosas tan sublimes... Ahora, ¿qué soy? Un desgraciado, por lo mismo que
me estorba lo negro en cuestiones de positivismo. Y, sin embargo, yo me
congratulo de ser como soy. Es verdad que falto a la moral, ¿pero por
qué? Porque no he sabido poner freno a mi fantasía; porque no he podido
cerrar y soldar mi corazón, vaso riquísimo que cuanto más se derrama,
más se llena... He querido a muchas mujeres; he hecho mil disparates; he
derrochado una fortuna. ¡Desventajas de la constante aspiración a lo
infinito, de esta sed, Isidora, que no se satisface nunca! ¿Ves mis
calaveradas? Pues nunca he sido verdaderamente vicioso. ¡Oh!, ¡quién
hubiera sido poeta!... Derramando mi idealidad en versos, habría
conservado mi ser moral. Pero nunca supe hacer una cuarteta, ni he
sabido distinguir a Júpiter de Neptuno... ¿Ves cómo estoy? ¿Ves mi
ruina? Pues mira, tengo la conciencia tranquila. No he despojado a
nadie. Joaquín Pez pedirá limosna antes que comerciar con el hambre y la
desnudez de un licenciado de Cuba. Yo no puedo ver en la calle un pobre
sin echar mano al bolsillo; yo no puedo ver una mujer guapa sin
prendarme de ella. =(Isidora le da un pellizco.)= ¡Ay! Será debilidad,
será lo que quieras. Yo lo llamo _abundantia cordis_, opulencia del
corazón. No lo puedo remediar. Soy como una pelota. La mano de la
generosidad me arroja, y voy a estrellarme en la pared de la belleza...
¿Ves lo de mi proyectado viaje a la Habana? Pues se me figura que
volveré de allá tan pobre como estoy aquí. Yo no sirvo para esto. No soy
como mi padre y mis hermanos, que saben Aritmética. Yo no la entiendo.
Esa ciencia y yo... no nos hablamos hace tiempo... Yo la he despreciado,
¡y ella se venga haciéndome unas perradas!...

ISIDORA.--=(Con efusión de amor.)= Menos en lo de querer al por mayor,
¡cuánto nos parecemos! Yo también veo lo infinito, yo también deliro, yo
también sueño, yo también soy generosa, yo también quisiera tener un
caudal de felicidad tan grande, que pudiera dar a todos y quedarme
siempre muy rica... Mi ideal es ser rica, querer a uno solo y recrearme
yo misma en la firmeza que le tenga. Mi ideal es que ese sea mi esposo,
porque ninguna felicidad comprendo sin honradez. Riqueza, mucha riqueza;
una montaña de dinero; luego otra montaña de honradez, y al mismo tiempo
una montaña, una cordillera de amor legítimo...; eso es lo que quiero.
¡Oh, Dios de mi vida! =(Llevándose las manos a la cabeza.)= ¿Llegará esto
a ser verdad?

JOAQUÍN.--¿Pues no ha de llegar a serlo?... Abrázame fuerte.

ISIDORA.--Ahora sí que es tarde. =(Alarmándose.)= Me voy, me voy.

JOAQUÍN.--Todavía...

ISIDORA.--Sí, ya han encendido el gas. =(Mira al techo.)= Mira los dibujos
que hacen en el techo la sombra de los árboles de la calle y el
resplandor de los faroles.

JOAQUÍN.--Sí. Sonó la hora triste. Y ahora, ¿qué día...?

ISIDORA.--¡Ay!, tontín, ¿sabes que no lo puedo decir? =(Arreglándose
aprisa.)= Se me figura que nuestro dragón está receloso. Me vigila mucho.
Tengo la seguridad de que sospecha algo. El mejor día descubre mis
gracias...

JOAQUÍN.--No lo creas...

ISIDORA.--¡Ah!, es muy tuno... Sí, yo creo que nos sigue la pista. Estoy
viendo que cualquier día regañamos, y le mando a paseo. Sin ir más
lejos, mañana habrá cuestión. ¿No es mañana San Isidro?

JOAQUÍN.--Sí.

ISIDORA.--Pues yo deseo ir a la pradera y ver la romería, que nunca he
visto, y él se empeña en que no he de ir... Allá veremos. ¡Dios de mi
vida, qué tarde!

JOAQUÍN.--¿Y cuándo te veré?

ISIDORA.--Te avisaré con mi padrino, =(Despídense con manifestaciones de
ardiente cariño.)=

JOAQUÍN.--Abur, chiquilla.

ISIDORA.--_Riquín_, adiós. =(Al salir.)= No me olvides.

JOAQUÍN.--=(Solo.)= ¡Bendita sea ella! Vale infinitamente más que yo.



Capítulo VII

Flamenca Cytherea


La unión nefanda de estos dos vocablos, bárbaro el uno, helénico el
otro, merece la execración universal; pero no importa. Adelante.

Contraviniendo la voluntad y las amonestaciones claras del Excmo. Sr.
(tenía la Gran Cruz) D. Alejandro Sánchez Botín, Isidora fue a la
pradera de San Isidro, acompañada de su doncella, de _Riquín_, de D.
José de Relimpio y de Mariano. La prisionera del Sátiro no podía
resistir ya el anhelo de expansión, de correr libremente, de ser dueña
de sí misma un día entero, y, principalmente de darse el gusto de la
desobediencia. Haciéndole rabiar gozaba más que divirtiéndose ella. Ya
se aplacaría el tirano, pronunciando un par de buenos sermones, y si no
se aplacaba, mejor. Estaba cansada de tan grande y molesto estafermo, y
bien podía suceder que no haciendo caso de sus insufribles exigencias
llegase a dominarle y someterle. Para fundar este imperio convenía un
golpe de Estado.

Entre su doncella y la peinadora la vistieron de chula rica. Aquella
mañanita de San Isidro, mientras duró el atavío chulesco, todo era
regocijo en la casa, todo risas y alegrías. Don José andaba a gatas
sirviendo de caballo a _Riquín_, ya vestido desde el amanecer de Dios, y
Mariano cantaba en la cocina rasgueando una guitarra. El vestirse de
mujer de pueblo, lejos de ofender el orgullo de Isidora, encajaba bien
dentro de él, porque era en verdad cosa bonita y graciosa que una gran
dama tuviera el antojo de disfrazarse para presenciar más a su gusto las
fiestas y divertimientos del pueblo. En varias novelas de malos y de
buenos autores había visto Isidora caprichos semejantes, y también en
una célebre zarzuela y en una ópera. Si esto pensaba cuando la doncella
y peinadora la estaban vistiendo, luego que se vio totalmente ataviada y
pudo contemplarse entera en el gran espejo del armario de luna, quedó
prendada de sí misma, se miró absorta y se embebeció mirándose, ¡tan
atrozmente guapa estaba! El peinado era una obra maestra, gran sinfonía
de cabellos, y sus hermosos ojos brillaban al amparo de la frente
rameada de sortijillas, como los polluelos del sol anidados en una nube.
No le faltaba nada, ni el mantón de Manila, ni el pañuelo de seda en la
cabeza, empingorotado como una graciosa mitra, ni el vestido negro de
gran cola y alto por delante para mostrar un calzado maravilloso, ni los
ricos anillos, entre los cuales descollaba la indispensable haba de mar.
En medio de Madrid surgía, como un esfuerzo de la Naturaleza que a
muchos parecería aberración del arte de la forma, la Venus flamenca. Don
José estaba medio lelo, y si fuera poeta no dejara de cantar en sáficos
la novísima encarnación de la huéspeda de Gnido y Pafos.

Salieron gozosos, acomodándose en una carretela que alquiló Isidora...,
y a vivir. Llegaron a la pradera. Isidora sentía un regocijo febril y
salvaje. Todo le llamaba la atención, todo era un motivo de grata
sorpresa, de asombro y de risa. Su alma revoloteaba en el espacio libre
de la alegría, cual mariposa acabada de nacer. Almorzaron en un
ventorrillo. Nunca había comido Isidora cosas tan ricas. ¡Cuánto rieron
viendo cómo se atracaba Mariano! Don José compró dos pitos, uno para
_Riquín_ y otro para él, y ambos estuvieron pita que te pitarás todo el
santo día. Si hubieran dejado a Isidora hacer su gusto, habría comprado
lo menos dos docenas de botijos, uno de cada forma. Pero no compró más
que cuatro. De todas las fruslerías hizo acopio, y los bolsillos de la
pandilla llenáronse de avellanas, piñones, garbanzos torrados,
pastelillos y cuanto Dios y la tía Javiera criaron. Nunca como entonces
le saltó el dinero en el bolsillo y le escoció en las manos, pidiéndole,
por extraño modo, que lo gastase. Lo gastaba a manos llenas, y si
hubiera llevado mil duros, los habría liquidado también. A los pobres
sin número les daba lo que salía en la mano. A todos los cojos,
estropeados, seres contrahechos y lastimosos, les arrojaba una moneda.
Por último, se le antojó también pitar, y compró el más largo, el más
floreado y sonoro de los pitos posibles. Mariano y la doncella también
pitaron.

Visitó la ermita y el cementerio, y por último, no queriendo acabar el
día sin experimentar todas las emociones que ofrecía la pradera, visitó
una por una las innobles instalaciones donde se encierran fenómenos para
asombro de los paletos; vio la mujer con barbas, la giganta, la enana,
el cordero con seis patas, las serpientes, _os ratas tigres provenientes
do Japao_, y otras mil rarezas y prodigios. Por dondequiera que pasaba,
recibía una ovación. Preguntaban todos quién era, y oía una algarabía
infinita de requiebros, flores, atrevimientos y galanterías, desde la
más fina a la más grosera. Cuando se retiró estaba embriagada de todo
menos de vino, porque apenas lo probara, embriagada de luz, de ruido, de
placer, de sorpresa, de polvo, de gentío, de pitazos, de coches, de ayes
de mendigos, de pregones, de blasfemias, de vanidad, de agua del Santo.
Cuando llegó a su casa le dolía la cabeza; acordose entonces de Botín, a
quien de seguro encontraría, esperándola airado, y entonces cayó un velo
negro sobre sus alegrías. Se volvieron obscuras, y andaban dentro de
ella azoradas, corriéndosele del corazón a los labios y dejándole un
sabor amargo en todas las partes de su ser por donde pasaban.

Al subir la escalera, despacio, se representaba en la mente, según su
costumbre, lo que le había de decir Botín y lo que ella había de
contestarle. Decididamente le pondría cara de perro; él echaría su
sermón de costumbre sobre el escándalo, y después se aplacaría. Llegaron
jadeantes al piso segundo. Don José, que cargaba a _Riquín_ dormido, iba
detrás pitando todavía.

Entró en la sala y vio luz en el gabinete. Allí estaba sin duda. Pasó
adelante y le halló sentado en una butaca fumando. Desde la primera
mirada comprendió Isidora que la gresca sería fenomenal. Botín (a quien
no describiremos porque Isidora misma lo ha descrito) estaba pálido, con
cierta hinchazón en las serosidades de su cara lobulosa. Isidora afectó
indiferencia, dejándose caer en el sillón con la pesadez propia de su
cansancio. Como entraron también irreflexivamente Relimpio y Mariano,
Botín hizo un gesto de expulsión, diciendo: «No quiero aquí a nadie».

«Con permiso...»--balbució D. José.

Quedáronse solos los dos amantes. Isidora, viéndose en el trance de
hacer frente a la tempestad y aun de provocarla, ofreció el pito a
Botín, diciéndole con sorna:

«Te he feriado. Toma el pito del Santo».

Botín rompió en dos pedazos el tubo de vidrio y lo arrojó al suelo con
ira.

«Todo ese furor es porque he ido a San Isidro sin tu permiso».

Botín vacilaba. En su alma luchaban la ira y el asombro, o más bien la
pasión que despertaba en él la traza chulesca de Isidora. Fuertes
razones había sin duda para que venciera la cólera.

«Mucho me enfada--dijo con cierta gravedad parlamentaria--que haya usted
ido sin mi permiso a la romería. Pero hubiera perdonado fácilmente esa
falta. Otras no se pueden perdonar... Estoy aquí desde las cuatro
esparándola a usted para decirle que se porta conmigo de una manera
infame».

Isidora palideció. Subiendo la escalera había previsto la disputa; pero
en esta resultaba una espantable cosa que ella no había previsto.

«De una manera infame--repitió Sánchez Botín--. Acabemos. Me gustan las
cosas claras y los juicios rápidos. ¿Dónde están los pendientes de
tornillo?

--Aquí están--dijo Isidora llevándose la mano a la oreja.

--¡Mentira! Esos son falsos. Los buenos los ha vendido usted... ¿Y el
alfiler, la cadena, el medallón...?

--Esas prendas son mías y puedo disponer de ellas a mi gusto--dijo
Isidora prontamente, dueña ya de sí misma.

--Las ha empeñado usted.

--Las he _pignorado_--replicó ella con aplomo y burla--, como dicen
ustedes los hombres de negocios.

--Sé por el tapicero que no ha pagado usted las sillas. Y sin embargo...

--Usted me dio el dinero. Yo preferí emplearlo en otra cosa».

Al decir esto Isidora se puso muy encarnada. Su lengua estaba torpe.

«Se turba usted...

--No me turbo, no»--dijo ella subiéndose de un salto a la cúspide de su
orgullo y contemplando desde allí la cólera mezquina de Botín.

Durante la pausa lúgubre que siguió a esta última frase, Isidora
revolvió su mente hacia el origen de aquella escena; consideró con
vergüenza y despecho que su infidelidad había sido descubierta, y pasó
revista a las circunstancias que pudieron haber motivado el tal
descubrimiento. ¡Ah!, las indiscreciones de Joaquín Pez, la falta de
prudencia... Bien conocía ella que el viudito no era hombre para guardar
secretos. Sin duda otras mujeres andaban en aquel torpe lío... Pensó en
las prenderas, en las peinadoras, en los chismes y enredos que forman
invisible tela de araña en torno de toda existencia equívoca e inmoral;
y la ignominia de un hecho tan poco noble abatió por un instante el
orgullo de su alma.

«Hace usted un bonito uso de mi dinero»--dijo Botín.

Isidora iba a contestar lo siguiente: «¿Y para qué me lo da usted?».
Pero su conciencia se alborotó, y sintiose llena de perplejidad, que
nacía del fiero tumulto y combate en que estaban dentro de ella la
cólera, los remordimientos, el orgullo. Buscaba una salida pronta,
enérgica, que cortase la disputa, dejando a un lado la cuestión moral.
Encontrola en estas palabras:

«Usted me es muy antipático. Déjeme usted en paz.

--¡Y tiene el atrevimiento de despedirme!--exclamó Botín con sarcasmo--.
Usted que estaba muerta de miseria cuando yo...».

Isidora sentía que venían llamas a su lengua. No pudo contenerse, y
abrasó a Botín con estas palabras:

«Su dinero de usted no basta a pagarme... Valgo yo infinitamente
más...».

Botín, cubriéndose con su calma egoísta y dando a la disputa un giro
tranquilo, que era como los círculos que hace la serpiente, dijo así:

«No quiero incomodarme. Veremos quién desaloja... Isidora, he sabido
todo lo que ha pasado. No hay que fiarse de precauciones... Esto se
acabó... Usted se lo ha ganado... Usted pierde más que yo.

--Me está usted mareando. Déjeme usted en paz.

--A eso voy, a dejar a usted en paz. A ver, a ver, las alhajas, todas
las alhajas que he dado a usted y que no estén... pignoradas, váyamelas
usted entregando».

Isidora se quitó con nerviosa presteza las sortijas; sacó de una cajita
varios objetos de oro, y todo lo tiró a los pies de Botín.

«Bien, bien--dijo el padre de la patria, no desdeñándose de inclinarse
para recoger lo que estaba por el suelo--. Ahora quítese usted el mantón
de Manila».

Isidora se lo quitó, y haciéndolo como un lío se lo tiró a la cara.

«¿Quiere usted que le entregue todos mis vestidos?

--No es preciso que me los entregue usted--replicó Botín con calma
feroz--. Yo me haré cargo de ellos. Quítese usted el que lleva puesto».

Bien pronto la Cytherea se quedó en enaguas.

«Es lástima que no se lleve usted también mis botas--dijo Isidora
sentándose y apoderándose con verdadera furia de uno de sus pies para
descalzarlo--. Llévelas usted para que las use su señora».

Y se quitó una bota.

«No, no tanto--dijo Botín--; conserve usted su calzado».

Isidora dio algunos pasos cojos con un pie calzado y otro no, y entrando
en su alcoba se puso otras botas.

En aquel instante, Botín tuvo que dar a su pasión una nueva batalla;
pero el caso era tan grave, que la dignidad llevó la mejor parte. Apartó
los ojos de la despojada imagen que delante tenía, y para verla lo menos
posible, levantose, y con atención de prendero avaro, abrió el armario
de luna y las gavetas de la cómoda, entró en la alcoba, registró todo
como un curial que embarga o inventaría. Isidora en tanto arrojaba las
preciosas botas en medio del gabinete, y después hacía lo mismo con su
peineta.

«Bien--dijo Botín, sentándose otra vez y mirándose su pie pequeño como
hacía en el Congreso--. Ahora póngase usted el vestidito que usaba
cuando iba a rezar a la iglesia con tanta devoción.

--Lo he dado. Yo no guardo pingos».

Botín volvió a la alcoba. Tomó de una percha una bata, y ofreciéndola a
Isidora con imperturbable frialdad, le dijo: «Póngase usted este».

Volvió la cara para no verla, para no ver las lágrimas gruesas que
corrían por las mejillas de Isidora, lava de su orgullo que como
ardiente volcán bramaba en su pecho.

Sin decir nada, vistiose ella. Botín tomó entonces un tonillo
conciliatorio. No era todo lo fiera que es necesario ser para habitar en
medio de los bosques. Tenía algo de hombre, si bien nada de caballero.

«Puede usted disponer de toda la ropa blanca--murmuró--. Mande usted por
ella mañana.

--No quiero nada--replicó Isidora, bebiéndose sus lágrimas de fuego,
pálida, trémula. Y andando hacia la puerta tuvo una inspiración de
drama; se volvió a él, le echó rodadas de desprecio por los ojos y le
dijo: «Soy la vengadora de los licenciados de Cuba».

Botín se sonreía como un demonio que ha ganado un alma.

«Gozo, gozo con haber ultrajado a un hombre como usted.

--Todavía--dijo Botín haciendo esfuerzos para reír, y golpeándose con el
bastón el pie bonito--, todavía tiene usted algo que agradecerme. Puede
usted llevarse todo lo del niño.

--Mi hijo no necesita nada».

Isidora corrió hacia adentro. En la cocina, Mariano dormía, reclinado
sobre la mesa. En el comedor, D. José y la doncella asistían a _Riquín_,
que había vomitado, y reclinando su hermosa cabeza grande sobre el
hombro de Relimpio, se quejaba con agitada somnolencia.

«Le ha hecho daño la comida--dijo el tenedor de libros.

--Tiene algo de calentura»--indicó la doncella, tocándole las mejillas.

Isidora le examinó. Sus lágrimas volvieron a correr

«Don José--dijo resuelta--. Cargue usted a _Riquín_. Envolvedlo bien en
un mantón. Nos vamos ahora mismo.

--¡Ahora!»--exclamó D. José con espanto.

En la puerta del comedor apareció Botín. Después se paseó en el pasillo.
Si Isidora estuviera fuerte en Mitología, le habría comparado al
Minotauro vagando por las obscuras galerías del laberinto de Creta.
Volvió la bestia al gabinete, y desde allí llamó con voz fuerte:
«¡Isidora, Isidora!». Y viendo que esta no acudía, salió otra vez al
pasillo y dijo en tono más humanitario:

«No llevemos las cosas hasta el último extremo. _Riquín_ está malo.
Puedes quedarte aquí hasta mañana».

Pero Isidora iba y venía recogiendo algunas cosas _enteramente suyas_.

«Quédate, mujer, quédate hasta mañana».

Entró ella en la alcoba. Botín se paseaba con lento andar en el
gabinete.

«Vamos, vamos, no seas terca. No te perdono; pero te doy respiro hasta
mañana. Además...».

La miró atentamente, mientras ella revolvía en la cómoda. La miró
embelesado, ¿a qué negarlo?, y algo confuso le dijo:

«Y mañana podrás llevarte todos tus vestidos».

Isidora no le contestó, ni le miró siquiera. Pero él seguía dando
paseos. Estaba nervioso, incomodado consigo mismo. Mitológicamente
hablando, se mordía su propia cola.

«Estas mujeres locas--murmuró gruñendo--, si comprendieran su interés;
si supieran apreciar lo que valen las relaciones con una persona
decente... Isidora, aguarda, oye la voz de un amigo. Vuelve en ti,
reflexiona, acuérdate de lo que muchas veces te he dicho. ¿Por qué no
has de entrar en una vida ordenada? Yo estoy dispuesto a auxiliarte,
proporcionándote un estanco...».

Isidora salió sin concederle ni una mirada. Él fue tras ella. Desde la
sala repitió en voz alta:

«Puedes contar con el estanco...».

No recibió contestación. De repente oyó el golpe de la puerta cerrándose
con violencia. Todos, menos la doncella, habían salido.



Capítulo VIII

Entreacto en la calle de los Abades


=--I--=

«¿A dónde vamos?--preguntó Isidora cuando salieron a la calle.

--¡Qué pregunta!... A mi casa--replicó don José, estrechando a _Riquín_
entre sus brazos con ardiente cariño--. Abades, 40. No parece sino que
hemos de quedarnos en la calle. No te apures, hija; de menos nos hizo
Dios. En casa no te faltará nada. Melchor la ha puesto muy guapamente».

Y en medio de la turbación que el repentino desalojamiento le producía,
D. José sintió íntimo gozo al considerarse protector de su ahijada, al
sentirla tan cerca de sí, sometida a su generoso amparo. Siempre que
hacía algo en beneficio de ella, el pobre señor se crecía y se hinchaba;
que hay muchas especies de orgullo. Iban silenciosamente por la calle,
él delante, ella detrás, porque la estrechez de las aceras no les
permitía caminar juntos.

Cuando llegaron, Melchor estaba en casa. Había hecho de la sala despacho
y oficina, y trabajaba en ella, a la luz de una lámpara con pantalla
verde que derramaba un círculo de claridad sobre la mesa. Un hombre
acompañaba a Melchor, trabajando con él en la misma mesa. Del cerebro
del hombre descendía al pupitre una invisible corriente de cálculos que
al tocar el papel se condensaba en números, como al influjo de la helada
la humedad de la atmósfera cristaliza sobre el suelo. Melchor se levantó
un momento para recibir a Isidora, enterarse de lo ocurrido y ofrecerle
su casa. Después se volvió a sentar, y requiriendo la benéfica pluma,
entonces consagrada a la humanidad doliente, siguió su trabajo.

Rápida ojeada bastó a Isidora para observar a Melchor, que
definitivamente se había dejado toda la barba y tenía un aspecto muy
vistoso, aunque nunca simpático; para observar también al hombre de los
números, que la miró con cierto azoramiento de bestia taurina al
hallarse en medio del redondel. Vio también la desamparada sala con su
estante, formando como nichos de cementerio, donde yacían ordenados
papeles. Un plano de Madrid acompañaba al de la Península. Hacían ambos
el papel emblemático de los planos de minas o ferrocarriles en las
oficinas de explotación. Prospectos de cuatro tintas en que se pintaban
figuras altamente conmovedoras, con Hermanas de la Caridad conduciendo
mendigos al Asilo; el frontón mismo del Asilo ideal con columnas griegas
y un sol con la insignia triangular de Jehová, difundían por toda la
sala la idea de que allí se trabajaba para aliviar la suerte de los
menesterosos. Las palabras _Rifas_, _Grandes rifas_, _Tres sorteos
mensuales_, _seis millones_, impresas en colores, revoloteaban por las
paredes cual bandadas de pájaros tropicales; y como el papel en que
aquellas campeaban era de ramos verdes, la fantasía loca de Isidora no
había de esforzarse mucho para hacer de aquel recinto una especie de
selva americana alumbrada por la luna. Después vio el resto de la casa,
que era de construcción reciente, mas con tan sórdido aprovechamiento
del terreno, que más parecía madriguera que humana vivienda. Don José
destinó a Isidora su propio cuarto, por no haber otro mejor en la casa,
y al punto se ocupó en desalojarle. Él se iría al aposento de la
muchacha y la muchacha dormiría Dios sabe dónde. Era interior el cuarto,
y tan vasto, que a Isidora le pareció un sepulcro. Don José iba y venía
cargando trastos, y cuando estuvo instalada la cama y acostaron en ella
a _Riquín_, díjole Isidora:

«Vaya usted a buscar a Miquis, que ahora, para acabar de arreglar la
habitación, la muchacha y yo nos entenderemos».

La muchacha era una alcarreña de esas que acababan de llegar al mercado
de criadas, y traía frescas la rudeza del pueblo, la suciedad, la
torpeza de manos y de cabeza. Todo lo hacía al revés. Tenía buena
voluntad, pero un aliento insoportable. Sus ropas parecían no haberse
desprendido de su rechoncho cuerpo desde que nació, y sus greñas mal
peinadas, de color de barbas de maíz, despedían un olor a pomada de
baratillo, más desagradable que su aliento. Isidora sentía hacia ella
repulsión invencible; no la podía mirar, no la podía tocar, y al
sentirla cerca, se estremecía de horror. Antes moriría de hambre que
comer cosa guisada por ella. Lo primero que Isidora echaba de menos era
su doncella, Agustina, tan aseada, tan lista, tan ligera, tan señorita.
«No, no--exclamó la joven con angustia--. Yo no nací para pobre, yo no
puedo ser pobre».

Dios la amparó en aquella noche de prueba, porque al poco rato de haber
lanzado la exclamación dolorosa, salida de lo más vivo de sus entrañas,
llegó su cara doncella. Traía en un gran lío toda la ropa de _Riquín_ y
algo de la del ama.

«La fiera--dijo--me mandó sacar todo esto. Está bramando. ¡Ay señorita!,
si usted le dice dos palabras al salir, hay reconciliación... Yo lo
siento. Está arrepentido de su barbaridad. Yo quería traer más; pero no
me dejó. Mañana llamará a las prenderas... ¡Ay! ¡Qué lástima! ¡Qué
riqueza hay allí!».

Agustina se ofreció a seguir a su servicio, e Isidora lo aceptó con
gozo, aunque no tenía en sus bolsillos una sola moneda. ¡Terrible
contradicción! Ella no podía ser pobre, y sin embargo lo era.

Ocupándose de arreglar la habitación y de procurarse algunas
comodidades, ¡cuántas cosas echaban de menos!... Empezaron a nombrar
esto y lo otro. Tal cosa había quedado en la tercera gaveta de la
cómoda; tal otra en el armario de luna... Pero ya no había remedio. Por
cada objeto que no tenía, Isidora echaba a volar media docena de
suspiros, encargados de transmitir su desconsuelo a las insondables
esferas de lo pasado.

_Riquín_ parecía mejor. Dormía tranquilamente, y su respiración fácil
sonaba como el eco de músicas serafinescas tañidas a la parte allá de lo
visible.

Miquis y D. José tardaban. Isidora pasó a la sala porque Melchor le
había dicho que tenía que hablarle. Era para ampliar sus ofrecimientos.
Podía disponer de toda la casa si gustaba. Si era necesario llamar algún
médico afamado, que lo llamaran al momento, y de cuenta de él, del
benéfico y filantrópico Melchor, corrían los gastos de botica. Lo
principal era que ella se tranquilizase, que no tomara el cielo con las
manos, pues estaba en casa de parientes que la querían de veras y donde
nada la faltaría... En tanto el hombre corpulento que hacía números no
quitaba del rostro de Isidora sus ojos, y parecía pasmado, fascinado por
religiosa o mitológica visión.

Como el gran Relimpio hablara entonces de médicos y ensalzase a Miquis,
el hombrazo dijo:

«¡Ah Miquis!... Ese todo lo cura con agua fría. Le conozco mucho. Asiste
a mi hermana Rafaela, la mujer de Alonso, el conserje de la casa de
Aransis».

Isidora no esperaba oír citar su casa ilustre, y se inmutó un poco. Sin
dejar de mirarla, el hombrón prosiguió así:

«Y ahora que nombro a la casa de Aransis, me parece... ¡Ah!, bien decía
yo. Ya me acuerdo. Un día..., hace años, estaba yo con mi hermana en el
portal del palacio y salieron usted, Miquis y otro sujeto. Eso es...
Bien decía yo que no era la primera vez... Después he tratado mucho a
Miquis. Es simpático. Como él tiene instrucción y yo... algo entiendo de
ciertas cosas, discutimos sobre la cuestión _A_ o la cuestión _B_. Yo le
aprieto de firme y él se defiende con retóricas...

--Vamos, vamos a concluir esto--dijo Melchor con impaciencia--. Tenemos
que de los veinticuatro mil billetes quedan sin vender y a beneficio de
la Administración seis mil quinientos...».

Isidora no oyó más, porque llegaron Miquis y D. José. El médico venía de
frac, que se alcanzaba a ver bajo un ligero abrigo. Iba a un sarao de
cierta casa de tono. Precursoras y compañeras de su fama eran las
relaciones, y la entrada que iba teniendo en los más escogidos círculos
de la sociedad.

Examinado _Riquín_, le recetó un calomelano. Era cosa ligera, una
indigestión, y probablemente al venidero día estaría como si tal cosa.
Hablando después con Isidora del suceso de aquella noche, le dijo así:

«Siento ese percance, porque no hallarás otra fiera como esa. No hay dos
Botines en el mundo. Si los hubiera, ¿dónde estaría ya nuestra querida
patria? Desde Pirene a Calpe habría sido devorada, y todos los españoles
nos agitaríamos en una cárcel de tela, ¡ay!, en los bolsillos de ese
afanador de naciones... ¡Tonta, si hubieras sabido aprovecharte!... Pero
tú no haces números, y en esta época el que no hace números está
perdido.

--Déjame a mí de números. ¿A dónde vas ahora?».

El frac le cautivaba, y ya se estaba ella figurando en su mente los
brillantes salones en que iba a entrar Augusto dentro de poco, la mesa
riquísima en que se sentaría y las personas cultas y elegantes con
quienes había de estar en roce familiar y discreto gran parte de la
noche. Era esta la clase de imaginaciones que más fácilmente se moldeaba
en su cerebro. Miquis lo conocía y le pasaba la miel por los labios,
contándole cosas estupendas, algunas de ellas falsas, y describiéndole
aquellos apartados mundos donde ella no podía penetrar sino con la
fantasía, mejor aún, con su ferviente anhelo.

«Hace pocas noches--le dijo--comí en casa de la duquesa con tu Pez.
Parece que se va a nadar a la Habana, porque aquí se queda en seco. Le
han escamado los usureros. ¿Sabes que me da lástima? Es lo que llaman un
buen muchacho, servicial, amable, cariñoso, débil, y que no hace daño a
nadie más que a sí mismo».

Isidora, turbada y nerviosa, varió la conversación y fingió ganas de
reír.

«¡Ah!, me han dicho que te casas. ¿Es verdad?

--Eso dicen, sí. Y cuando el río suena, boda lleva.

--¿Con la del notario?

--Con la de Muñoz y Nones.

--Bien sabes tú arrimarte a buen árbol. Es rica.

--Te juro que no me ha movido la riqueza. Desprecio las pompas y
vanidades del mundo. Me caso por amor, por puro amor del corazón. Esto
no lo hacemos ya más que los pastores y yo...

--¿Y es bonita?

--Para mí no hay otra que se le iguale.

--«Mejorando lo presente», se dice.

--Y sin mejorarlo, vamos. Antes que todo es mi dama.

--¿Por qué no dices a tu suegro dos palabritas acerca de mi pleito? Va a
declarar como testigo. Además es el notario de la casa de Aransis.

--¡Culebra! Quieres corromper al ave fénix de los notarios.

--No, no. Es justicia. Yo le pido que no se deje corromper por los de
Aransis. Con eso me basta.

--No conoces a mi presunto suegro. Con decirte que él, por sí solo,
desmiente y hace olvidar la mala fama que en todos tiempos han tenido
los señores de pluma y sello... Muñoz y Nones ofrece a la admiración de
la humanidad el siguiente fenómeno: es un hombre que ha hecho una
fortuna con su honradez, fortuna no muy grande, se entiende, como
corresponde a la materia de que está hecha. Mi suegro desacredita y
niega mil cosas convencionales y rutinarias. Desde Quevedo acá, se ha
tenido por corriente que los escribanos sean rapaces, taimados, venales
y, por añadidura, feos como demonios, zanquilargos, flacos, largos de
nariz y de uñas, sucios y mal educados. Este tipo amanerado ha
desaparecido, y en prueba de ello ahí tienes a mi suegro, que es
honrado, franco, liberal, y además guapo, simpático, amabilísimo y de
agradable trato. En estos tiempos de renovación social las figuras
antiguas fenecieron, y no hay ya un determinado modelo personal para
cada arte o profesión Así verás hoy un juez de primera instancia que
parece un Guardia de Corps; verás un barítono que parece un alcalde de
Casa y Corte; verás marinos que parecen oidores, y hasta podrás ver un
filósofo que se confundiría con un canónigo. Dígolo porque Muñoz y Nones
parece un diplomático. Tiene inclinaciones de gran señor y hábitos de
_sportman_. ¡Lástima que no haya abierto nunca más libro que la _Ley de
Enjuiciamiento civil_! Por lo demás, en la honradez es un lince, y tiene
por este concepto casi tanta fama como la que otros tienen por pillos.
Es costumbre en nuestra edad suponer y afirmar que no hay por todas
partes sino malos acciones, egoísmo y rapacidad. ¡Error, disparate! El
mundo se pudriría si le faltase en un momento el desinfectante de la
virtud, cuya acción enérgica se nota en todas partes, en las más altas
así como en las más bajas esferas... Conque me voy, porque te estoy
aburriendo...

--Quedamos en que recomendarás a tu suegro mi pleito.

--Quedamos en que es inútil.

--Bobalicón.

--Serpiente de cascabel, abur».


=--II--=

Después que se fue Miquis entró Mariano, que buscaba a su hermana para
que le proveyese de fondos. Tan lejos estaba de encontrar allí a su
maestro, que al verle se desconcertó, porque hacía una semana que no
aparecía por el taller. Levantose contra él una tempestad de censuras.
Increpole su hermana por su mala conducta, hizo Juan Bou consideraciones
morales, Melchor le llamó vago, pillete y predestinado al presidio, y
hasta su amigo y compañero de café, Relimpio, promulgó sobre la vagancia
los conceptos más severos. Anonadado, y sin valor para pedir a su
hermana dinero, Mariano se retiró a un banco de palo que en el estrecho
recinto había, y allí permaneció larguísimo rato solo, callado, hecho un
ovillo, meditando sobre una sola idea, ya mil veces apurada, como un
perro que roe y voltea un solo hueso después de haberle quitado hasta la
última hilacha de carne.

El afán de goces, el apetito y sed ardiente de satisfacciones materiales
que tan grande parte tenían en el ser moral de Mariano, y que habían de
tenerla mayor cuando fuera hombre formado, se objetivaban, valga la
palabra, en el hijo de D. José Relimpio. Aquellas pasiones vagas siempre
cristalizan, por decirlo así, en envidia, que es unipersonal y
antropomórfica.

Mariano, arrinconado en el recibimiento, y oyendo desde allí el rasguear
de las plumas que en la sala hacían tan lucrativos números, se
preguntaba por qué razón tenía el señorito Melchor sombrero de copa y él
no; por qué motivo el señorito Melchor vestía bien y él andaba de blusa;
por qué causa el señorito Melchor comía en los cafés, galanteaba
bailarinas, fumaba buenos puros y paseaba con caballeros, mientras él,
el pobre _Pecado_, comía y fumaba casi como los mendigos, y tenía por
amigos a otros tan pobres y desgraciados como él. La soledad en que
vivía le despabiló antes de tiempo. Su precocidad para comparar y hacer
cálculos, no era común en los chicos amparados por padres o parientes
cariñosos. Porque el abandono y el vivir entregado a sí propio,
favorecen el crecimiento moral en el niño. De la índole nativa depende
que este crecimiento sea en buen o mal sentido, y es evidente que los
colosos del trabajo, así como los grandes criminales, han nutrido su
espíritu en una niñez solitaria. El árbol salvaje, juguete de los
vientos en deshabitado país, adquiere un vigor notorio.

Mariano era rebelde por naturaleza; no se dejaba querer, ni sabía
apreciar el dulce calor de la casa de familia. No quería vivir con su
tía Encarnación porque le trataba con aspereza, ni con su hermana porque
le sermoneaba, ni con Juan Bou porque vigilaba todas sus acciones.
Gustaba de albergarse en fementidas casas de huéspedes de los barrios
del Sur; mudaba de domicilio con frecuencia, y por temporadas, en vez de
tener domicilio fijo, pernoctaba en las casas de dormir y comía en las
tabernas. El ejercicio de la vida independiente le dio cierto vigor de
voluntad, que es propio de los vagos; aguzó su ingenio, precipitó su
desarrollo intelectual. Conviene estudiar bien al vago para comprender
que es un ser caracterizado por el desarrollo prematuro de la
adquisitividad, del disimulo y de la adaptación. No se explican de otro
modo la gran precocidad ni los rasgos geniales que son desesperación de
la Policía y espanto de la sociedad en criminales de diez y ocho y
veinte años. El gitano, ser salvaje dentro de la sociedad, es un
prodigio de agudeza, un archivo de triquiñuelas jurídicas y un burlador
hábil de la Policía. El vago adolescente, otra manera de salvaje, sabe
más mundo y más Economía política que los doctores recién incubados en
la Universidad.

Hallábase Mariano a la sazón a punto de consumar su sabiduría en
aritmética parda; se le había desarrollado ya el genio de los cálculos,
el furor de la adquisitividad, y las facultades obscuras de la
adaptación, del disimulo y de la doblez.

Después de aquella noche en que le dejamos arrinconado en el banco del
recibimiento, asistió de nuevo con puntualidad al taller. Trabajaba por
hipocresía. El maestro Juan Bou se mostraba tan amable con él aquellos
días, que no sabía qué hacerle. Y su amabilidad era tan extraordinaria,
que hasta llegó a llamarle hijo y a departir con él como de igual a
igual.

«Bien, hijo, bien; vamos bien. Has sido algo calavera pero tú mismo
conoces que el trabajo es la vida, la religión del pueblo... Voy a
hacerte una proposición. ¿Quieres venirte a vivir conmigo? Yo estoy
solo. Te daré un cuarto, una cama, un plato y una cuchara. En mi casa no
hay lujo, pero no falta nada de lo necesario».

Después le hacía acerca de Isidora mil preguntas enojosas y prolijas, a
las que Mariano no sabía qué contestar. Si su hermana vivía contenta, si
se levantaba tarde o temprano, si le gustaba la fresa y el requesón, si
iba al teatro. Además, el maestro Juan Bou parecía reventar de gozo...
Los oficiales no se explicaban la causa de esta alegría; unos la
atribuyeron a la buena marcha del negocio de las Rifas; otros a que se
había sacado el premio gordo de la Lotería. Pero Juan Bou desconcertaba
todas las disquisiciones de sus oficiales, porque de repente se volvía
triste y daba unos suspiros que habrían partido la piedra litográfica si
esta fuera un poco menos dura. Creyérase que se incomodaba consigo mismo
y que quería echar de sí una mala idea. Algunos días trabajaba poco, y
más de una vez ocurrió que se retrasaran y embrollaran los dibujos _A_ o
_B_ por las distracciones y torpezas del maestro, cosa totalmente
desusada en hombre tan metódico para el trabajo.

Otro suceso digno de llamar la atención ocurrió por aquellos días. Juan
Bou notó que la contabilidad en la empresa de las Rifas benéficas no
marchaba con toda la limpieza que debía esperarse, y ya fuera por
obedecer a su conciencia, ya por ceder al egoísmo, que le aconsejaba no
comprometerse con la Justicia, echose fuera de la sociedad, renunciando
a toda participación en ella. Quedose, sí, con los trabajos de
litografía, que le habían de pagar religiosamente, según convenio. Desde
entonces sus relaciones con Melchor fueron menos estrechas.

Entrado el mes de junio, Mariano notó con envidioso asombro que Melchor
avanzaba rápidamente por el camino de la prosperidad. Salía en coche de
dos caballos, acompañado de señorones; comía siempre fuera de casa;
recibía regalos de puros de la Habana y otras cosas ricas; el sastre le
traía ropas y más ropas; amueblaba con lujo parte de la casa... Y de
tanto pensar en la creciente prosperidad del señorito Melchor, _Pecado_
perfeccionaba su _intellectus_, enriqueciéndolo con luces nuevas acerca
de la propiedad, de la adquisición del número y de la cantidad, luces o
ideas que burbujeaban en su cerebro, como los embriones de la belleza y
el vago apuntar del plan artístico en la mente del poeta, al pasar de
niño a hombre.

Por San Juan dejó de trabajar. Una noche fue a pedir dinero a su
hermana, y como esta no quisiese dárselo, se enfureció, trabáronse de
palabras, asustose ella, renegaron uno de otro, él le dijo algún vocablo
malsonante, lloró Isidora, intervino con más celo que autoridad don
José, y, por fin, el chico salió de la casa gruñendo así:

«No me quieres dar nada. Pues me lo dará Gaitica...».

Desde aquella noche Mariano desapareció. Le buscaron y no fue hallado
por ninguna parte, ni en mucho tiempo se tuvo noticia de él.


=--III--=

Con estas y otras cosas, Isidora cayó en grave tristeza. Sus insomnios
se repetían casi todas las noches, atormentándola con el alternado
suplicio de ilusiones locas y de miserias reales, de delirio suntuario y
de terror o desengaño. Un pensamiento, referente a cosa muy práctica, la
punzaba y afligía, y era el siguiente:

«Por cierto que en mes y medio que llevo aquí, Melchor me ha ido
facilitando, facilitando cantidades, que será preciso pagarle algún
día... Es tan cómodo el sistema para mí, que sin saberlo cómo, me estoy
empeñando en dinerales. Me basta decir a D. José mis necesidades; D.
José corre a la sala, habla con él, y del fondo de Rifas... ¡Dios mío!,
¿a cuánto subirá ya? Yo no lo sé, porque no apunto nada. Aquí vendrían
bien los librotes del padrino. Melchor lo apuntará, de fijo, y pensará
cobrarme, pero ¿de qué manera?...».

Largos ratos pasaba en cavilaciones sobre el pleito, y decía:

«Va marchando. Ahora viene lo que llaman el alegato de bien probado.
Pero hasta que pase el verano no habrá nada. El abogado me da grandes
esperanzas. ¡Si esto se resolviera pronto para pagar a Melchor y escapar
del lazo que me tiende!...».

Pensando en Juan Bou, que a menudo la obsequiaba, decía:

«¡Pobre Bou! Es el animal más cariñoso que conozco. Le quiero como se
quiere al burro en que salimos a paseo».

El barrio en que su mala suerte la había traído a vivir, era para la de
Rufete atrozmente antipático. Algunas tardes salía con _Riquín_ y D.
José a dar una vuelta por la calle del Mesón de Paredes, el Rastro y
calle de Toledo, y sentía tanta tristeza como repugnancia. El calor era
ya insoportable, y por la noche todo el vecindario se instalaba en las
aceras, los chicos jugando, las mujeres charlando. Isidora hallaba en
todo, casas, calle, gente, hombres, mujeres y chicos, un sello de
grosería que su compañero de paseo no apreciaba como ella. La estrechez
de las aceras, obligando al transeúnte a contradanzar constantemente del
arroyo a las baldosas, añadía nueva incomodidad a la molestia de la
bulla, del mal olor y del polvo.

Expulsada de aquellos sitios por su propia delicadeza y buen gusto,
solía dirigirse hacia el Norte y acercarse a la Puerta del Sol «para
respirar un poco de civilización». Pero no se aventuraba mucho por los
barrios del centro, porque la vista de los escaparates, llenos de
objetos de vanidad y lujo, le causaba tanta pena y desconsuelo, que era
como si le clavasen un dardo de oro y piedras preciosas en el corazón.
La repugnancia de la zona del Sur y el desconsuelo de la del centro la
llevaban a las afueras, con gran gusto de D. José, que amaba el campo y
los retozos pastoriles.

Julio hacía de Madrid una sartén. _Riquín_ fue atacado de las tos
ferina, y era preciso llevarle a otra parte. ¡Pobrecito Anticristo! Daba
pena verle, cuando le daba el ataque, todo encendido, agarrotado y sin
aliento, como si estuviese a punto de perder la vida en aquel mismo
instante... Pero su mamá carecía de recursos para el viaje, de lo que
recibía grandísima pena. Joaquín Pez estaba en Francia, y ni siquiera
escribía... Afortunadamente (y quién sabe sí desgraciadamente), Melchor
se brindó de muy buen grado a resolver el difícil problema. ¡Porque la
pobre carecía de tantas cosas! No tenía ningún vestido propio para
viaje, ni sombrero, ni nada de lo que ordena el implacable imperio del
verano, que con sus chapuzones iguala en dispendios al invierno con sus
bailes y fiestas. _Riquín_ estaba casi desnudo.

«Nada, nada--dijo Melchor en tono paternal--; yo no puedo consentir que
carezcas... Pues no faltaba más...».

Empezaron a funcionar las modistas, y estas, así como la elección de
telas y de sombreros, tuvieron a Isidora febrilmente distraída y
excitada durante algunos días. La vanidad le hacía vivir doble y la
engañaba, como a un chiquillo, con apariencias de bienaventuranza.
Volvió a ver lucir su belleza dentro de un marco de percales finos, de
cintas de seda, de flores contrahechas, de menudos velos, y a recrearse
con su hermosa imagen delante del espejo. ¿Qué es la vida? Un juguete.

Melchor decidió que fuese al Escorial, y él quiso acompañarla. A Isidora
no le hacía maldita gracia la compañía; pero las circunstancias, ¡ay!,
con su abrumadora lógica, la obligaron a aceptarla. Hallábase en las
unas de su insidioso prestamista, y no podía evadirse. Fue víctima de
una emboscada, formada en las traidoras sombras de la miseria; cayó en
una trampa de infame dinero, armada con el cebo de la vanidad. Aún podía
salvarse rompiendo por todo, declarándose insolvente y resignándose a la
indigencia; pero _Riquín_ tenía la tos ferina, estaba como un hilo,
amenazado de morir consumido en los calores de Madrid como arista en el
fuego. Era forzoso rendirse a la fatalidad, según Isidora decía,
llamando fatalidad a la serie de hechos resultantes de sus propios
defectos.

Melchor dispuso que su padre se quedara en Madrid para cuidar la casa.
¡Atroz destierro y pesadumbre para D. José! Según el bien meditado plan
del sesudo Melchor, este iría y vendría, residiendo algunos días en El
Escorial y otros en Madrid, pues sus negocios no le permitían abandonar
la Corte sino por poco tiempo. Cumpliose fielmente el programa. Don José
iba a El Escorial los domingos en el tren de recreo cuando Melchor
quedaba en Madrid. ¡Qué feliz aquel día! ¡Diez horas con Isidora y con
_Riquín_! Algo enturbiaba su dicha el notar en su ahijada una tristeza
sombría y como enfermiza. Si hablaba de Melchor lo hacía en los términos
más desfavorables para el aprovechado joven. ¡Y qué ardientes deseos
tenía de volver a Madrid! _Riquín_, ya muy mejorado, saltaba y corría
por el campo, y en sus mejillas renacían los frescos colores de la
salud. Todo el día lo pasaba D. José embelesado, y no hartaba sus ojos
de mirar a la madre y al hijo. Paseaban los tres por la montaña, se
sentaban, hacían vida de idilio, semejante a la que D. José había visto
pintada en los biombos de la casa de Aransis. Por la noche regresaba
Relimpio a Madrid y a su casa; dormía como un santo y soñaba que era
pájaro y que cantaba posadito en la rama de un árbol. También _Riquín_
era pájaro y revoloteaba dando sus primeros pasos por el mundo aéreo.
Isidora era una avecilla melancólica. Todos cantaban; pero D. José era
el que cantaba más y el que a la rama más alta subía.

A mediados de septiembre regresó Isidora a Madrid, dejando fama en la
colonia veraniega de El Escorial. Entonces ocurrió en la vida de Melchor
un hecho singular. De repente su prosperidad, su boato y grandeza se
hundieron como por escotillón, sin que se supiera la causa. Juan Bou
decía que los señores de la sociedad rifadora debieron de hallar sapos,
culebras y otras alimañas en la gestión del joven Relimpio. Lo cierto
fue que un día vinieron mozos de cuerda y se llevaron los libros y todo
el material de la oficina. Melchor se despidió por la tarde de su padre
y de Isidora, diciéndoles que allí les quedaba la casa, que hicieran de
ella lo que gustaran, porque él se iba a Barcelona a emprender un nuevo
negocio.

Quedáronse, pues, solos los tres: Isidora, _Riquín_ y el viejo, y véase
por donde vino a ser casi real el sueño ornitológico de D. José: los
tres gorjeando en las ramas. Eran efectivamente pájaros, porque no
tenían más que lo presente y lo que la Providencia divina quisiera
darles para pasar del hoy al mañana. El mundo se diferencia de los
bosques en que es necesario pagar el nido. Nuestras tres avecillas
tenían casa, pero no con qué pagarla, pues Melchor había dejado las
arcas en tal estado de pulcritud, que no se encontraba en ellas rastros
de moneda alguna. «Dios aprieta, pero no ahoga», dijo Relimpio. Isidora,
para atender a las apremiantes necesidades de cada día, empezó a
despojarse de su ropa. No era la primera vez que tenía que desnudarse
para comer. Poco a poco los vestidos fueron pasando de la cómoda a la
cocina, por conducto de las prenderas. Últimamente, en un triste y
húmedo día de octubre, se comieron el sombrero de paja de Italia. ¡Era
el último plato!



Capítulo IX

La caricia del oso


En todo este periodo de desastre, en que los tres desgraciados
habitantes de aquella casa (Abades, 40) se iban desprendiendo de su
equipaje, como el buque náufrago que arroja su carga para mantenerse una
hora más sobre las olas, Juan Bou los visitaba todas las noches después
del trabajo. Isidora ocultaba cuidadosamente la lenta y dolorosa
catástrofe, procurando dar a la casa cierto aspecto de orden, y velar
sus afanes bajo apariencias de mentirosa tranquilidad. Movido de un
galante respeto hacia Isidora, Bou violentaba su palabra para que no
fuese áspera, y así, hablando del pueblo y de la liquidación social,
usaba términos blandos y oraciones trabajosamente delicadas que salían
de su boca, como los gorjeos de un buey que se propusiera ser émulo de
los ruiseñores. En esto se conocía la pasta de su corazón.

Miquis había hecho del buen litógrafo infinitas definiciones. Era, según
nuestro amigo, un tonel con marca de _alcohol_ y lleno de agua; un oso
torcaz; una hidra sin hiel; un alfiler guardado en la vaina de un sable;
un cardo con cáliz de azucena; un gorrión vestido de camello, y un
epigrama escrito en octavas reales. Oírle contar sus épicas luchas por
la causa del pueblo era el gran pasmo de D. José y de _Riquín_; pero
Isidora no contenía fácilmente la risa.

Las galanterías de Bou con Isidora semejaban a las del oso que quiso
mostrar el cariño a su amo matándole una mosca sobre la frente. Alguna
vez, dejando hablar a sus sentimientos, se expresaba con sencillez y
naturalidad. Era como esos mascarones trágicos que en el arte decorativo
aparecen echando flores de sus bocas monstruosas.

Una de las deferencias más expresivas que Bou tenía con Isidora y su
padrino, era ofrecerles participación en los billetes de Lotería que
jugaba; pero como había tanta falta de dinero en la casa, rara vez se
realizaba la operación. El oso quería ceder gratuitamente la parte de
billete, pero Isidora no lo consentía. Las demás atenciones eran
acompañarlos a paseo por el Retiro, y comprar dulces y juguetes a
_Riquín_ y darles de noche larga y cariñosa tertulia. ¡Era blandamente
obsequioso con Isidora y la miraba con manifiesta intención de decirle
algo delicado y difícil...! A veces, en los largos paseos que daban, iba
Juan Bou callado y suspirante. Parecía que su misma fiereza nutría su
timidez. En cambio, en la tertulia de la noche desatábase a charlar de
cosas diversas, ponderaba con inmodestia su amor al trabajo, sus
ganancias, y hacía planes de vida regalada y espléndidamente metódica.
Además tenía noticias de la muerte de un pariente suyo, muy rico, y
esperaba una bonita herencia. Se conceptuaba afortunadísimo, aunque algo
le faltaba, sí, algo le faltaba para ser completamente feliz.

También hacía mención de su hermana Rafaela, mujer de Alonso, que seguía
enferma, y al oír mentar la casa de sus antepasados, Isidora se conmovía
y alteraba. Repetidas veces la invitó Bou a visitar juntos el palacio de
Aransis, cuyas bellezas él no había visto; pero Isidora se excusaba
siempre por miedo a la exacerbación de sus sentimientos en presencia de
aquellos venerados y queridos sitios, su patria perdida.

Un día que la Rufete venía de casa de su prendera, encontró al litógrafo
en la calle del Duque de Alba.

«Voy al palacio de Aransis a ver a mi hermana--le dijo--. Está peor, y
anoche le han dado los Sacramentos. ¿Quiere usted venir?».

El primer impulso de ella fue rechazar la compañía de Bou; pero con tal
empeño redobló este sus instancias y ruegos, que, por fin Isidora no
quiso ser esquiva con él en tanto grado, y se fueron juntos. Por otra
parte, la misma emoción que temía la solicitaba con fuerza misteriosa.
Hay en toda alma, juntamente con el miedo a las emociones, la curiosidad
de ellas, indefinible simpatía del humano corazón con lo patético. Como
la vista en las alturas siente el llamamiento del abismo, así el alma
siente la atracción alevosa del drama.

Llegaron. Rafaela mejoró aquel día, y los Sacramentos, dando reposo y
alegría a su espíritu, habían amansado el mal. Alonso parecía contento y
con no pocas esperanzas de salvar a su mujer. Isidora y Bou estuvieron
largo rato en la salita de la portería, hablando de enfermedades en
general y del asma en particular, del clima de Madrid, del de Mataró,
patria de los Bous, de los médicos, del remedio _A_ o _B_... Realmente,
Isidora no tomaba parte en la conversación sino con monosílabos de
cortés aquiescencia, porque sus cinco sentidos estaban puestos en la
observación de la portería de su casa, y en admirar la confortable
humildad de aquel nido de pobres hecho en un rincón de un palacio de
ricos. La estera, la cómoda, los muebles, desecho glorioso de la
anterior generación de Aransis, y sobre todo las múltiples láminas de
santos y vírgenes, la estampa de los Comuneros y otros grabados de
ilustraciones, pegados en la pared con graciosa confusión, la ocuparon
todo el tiempo que allí estuvo. Cansado de hablar y enormemente
satisfecho de la mejoría de su hermana, levantose Bou del sofá de paja,
emblandecido con colchonetes de percal rojo, y estirándose, dijo:

«Matías, dame las llaves, que quiero ver lo de arriba».

Entregando un sonoro manojo de llaves, Alonso miró a Isidora con
atención recordativa.

«Me parece--indicó--que he visto aquí otra vez a esta señorita... En
fin, suban ustedes y vean lo que hay».

Juan Bou subió la gran escalera despaciosamente, porque su corpulencia
era declarada enemiga de la agilidad. Isidora subió corriendo y en el
último peldaño esperó a su amigo, echándole una mirada triste y una
sonrisa discreta y amistosa, a la cual se podía dar atrevida
interpretación de burla. La persona del bravo catalán se componía de dos
partes: su cuerpo atlético, liado en una americana de cuadros, y un
bastón roten, cuyo puño, formado de un asta de ciervo, se encorvaba,
ofreciendo a la mano todas las facilidades de adaptación, ya para
apoyarse, ya para hacer el molinete, o bien para que el palo fuera una
especie de batuta de la palabra. Jamás, fuera de casa, se separaban el
bastón y el hombre, y se apoyaban el uno sobre el otro, según los casos.
Completaba la persona de Bou un sombrero hongo, de la forma más vulgar,
ligeramente inclinado al lado derecho, como si de aquella parte
estuviesen todas las ideas que era preciso proteger de la intemperie.

Y al subir canturriaba entre dientes. ¿En qué consiste que es tan
difícil echar de los labios una tonadilla cuando a ellos se pega? Sin
saber lo que decía, Bou entonó a murmullos no sabemos qué música con
letra de aleluyas. Isidora no podía contener la risa oyéndole cantar:
_Vienen luego los ciriales--con las mangas parroquiales_.

«¡Cómo me canso de subir escaleras!--dijo el oso torcaz llegando
arriba--. Cuando se reforme la sociedad, se suprimirán los escalones.
Piso bajo todo el mundo».

Abrió la primera puerta y entraron; y mientras Bou seguía franqueando
puertas, Isidora hacía lo mismo con los balcones para que entrase la
luz, ganosa de alumbrar los ricos antros. Creeríase que todo el
contenido de las vastas salas se regocijaba al verse iluminado.
Despertaba todo, abriéndose cual ojos soñolientos, y la luz, acometiendo
las cavidades negras, resucitaba, como a bofetones, tapicerías, muebles
y cuadros.

«Anda, anda, ¿quién será este animal?--decía el litógrafo parándose ante
los retratos--. ¡Vaya una tiesura! perdone, caballero; yo creí que era
usted un palo. Y nos mira con cierto enfado... Nada, señor, no nos
comemos la gente... Toma; también hay aquí una monja. ¡Y es guapa...!
Buena pieza sería usted, hermana. ¡Qué tiempos! Siento que se hayan
ustedes muerto, señores, porque así no verán cómo vamos a arreglar a las
sanguijuelas del pueblo, a los verdugos del pobre obrero... ¡Ah!, usted,
el de la golilla que parece un plato, el de la cruz de Calatrava, usted,
caballerete, si viviera en estos tiempos de ahora y alcanzara el día de
la justicia, no nos miraría con esos ojos... ¡Quia!, se le pondría una
escoba en la mano; mi señor cruzado barrería las calles..., y
_palante_».

Después, volviéndose a Isidora, que, horrorizada del bestial lenguaje de
su amigo, miraba a la calle al través de los vidrios, le dijo:

«Es cosa que aterra el pensar todo el sudor del pueblo, todos los
afanes, todas las vigilias, todos los dolores, hambres y privaciones que
representa este lujo superfluo. Eso es; el pobre obrero se deshuesa
trabajando para que estos holgazanes se den la buena vida en estos
palacios llenos de vicios y crímenes, sí, de crímenes, no me arrepiento
de lo dicho. ¡Maldita casta!... Isidora, ¿no piensa usted como yo? Por
ejemplo: el pobre obrero se rompe el espinazo trabajando, duerme en una
mala cama, come un mal puchero, no tiene en su casa más que una silla
dura en que sentarse, mientras estos tíos..., estos tíos, por no decir
otra cosa, sin coger una herramienta en la mano, ni ocuparse de nada,
pisan alfombras, comen de lo fino, beben y se recuestan en muebles
blandos, que ellos no saben fabricar».

Y uniendo la acción a la palabra, se recostó, mejor dicho, se dejó caer
sobre un sillón de muelles en los cuales se hundía su pesado cuerpo.

«_Voto va Deu_, ¡qué blando es esto!, ¡qué comodidad!--exclamó riéndose
de su propia malicia--. ¡Valientes pícaros! Ya os daría yo en vez de
sillones de muelles, por ejemplo, un banco de carpintería... ¡Hala, y
darle al mazo!».

Tan groseras chocarrerías irritaron a Isidora. ¡Y el pobre Juan Bou tan
inocente del efecto que producían sus ladridos! A cada instante decía:
«¿No piensa usted como yo?», y andando de un lado para otro, se tiraba
con violencia en sillas y sofás para probar su blandura, se arrodillaba
en el cojín de un reclinatorio, daba vueltas alrededor de un biombo, se
reía como un salvaje, ponía el dedo en los bronces, acariciaba las
mejillas de las ninfas doradas, decía chicoleos a las damas retratadas,
y siempre que iba de una sala a otra, daba fuertes golpes con su bastón
sobre el piso, como deseando que también la alfombra recibiese, con el
lenguaje de los palos, la expresión contundente de la ira del pueblo...
En tanto Isidora no le podía mirar. Creía ver en sus palabras, en sus
actitudes de burla, en sus carcajadas, en su persona toda y en su
bastón, erigido en intérprete del populacho, la profanación más odiosa.
Era como el hereje que pisotea la hostia. Por momentos le aborrecía, le
execraba, y habría dado algo de gran valor por poder plantarle en la
calle, después de mandar que le rompieran su bastón en las costillas.

«¡Y qué cortinas!--decía Bou tocándolas de un modo irreverente con el
roten--. Esta gente no gusta de tener frío. ¡Toma!, el frío se ha hecho
para el pobre obrero que anda sin trabajo por las calles. Eso es, hay
dos Dioses, el Dios de los ricos que da cortinas, y el Dios de los
pobres que da nieve, hielo. Isidora, Isidora..., ¿no opina usted como
yo, no cree usted que esta canalla debe ser exterminada? Todo esto que
vemos ha sido arrancado al pueblo; todo es, por lo tanto, nuestro. ¿No
cree usted lo mismo?».

La de Rufete, por no contestarle con la severidad que merecía, no decía
nada, y hacía como que miraba las porcelanas. Bou admiró también
aquellas mil chucherías que no servían para nada; las tocaba, las cogía
en la mano y las volvía a poner con violencia en su sitio, a riesgo de
romperlas. Pasado un largo rato volviose para decir algo de mucha
importancia a su amiga, y no la vio. Llamola en voz baja, después a
gritos; pero Isidora no respondía.

Pasó Bou a otra sala; de allí a un hermoso gabinete, del gabinete a una
recatada y obscura alcoba, y allí creyó distinguir a la que buscaba. La
escasa claridad no permitía a Juan Bou ver los objetos. Avanzó, empezó a
ver bien, y en efecto, allí estaba Isidora, sentada junto a una cama en
la cual apoyaba su brazo derecho. Reclinada la cabeza sobre el brazo,
lloraba en silencio, expresando una pena viva y sin espasmos, un dolor
tranquilo, como todos los dolores viejos que se normalizan con su
monótona permanencia. Quedose absorto Juan Bou ante aquella escena, y
después hizo una tras otra las preguntas vulgares propias del caso.
¿Está usted mala? ¿Tiene usted algo?

Viendo que Isidora no le contestaba, Bou tomó una silla y se sentó junto
a la dolorida. En el momento de sentarse ocurriole una idea que le causó
grande aflicción. Había recordado súbitamente que Isidora pleiteaba con
una casa noble. ¡Cielo santo!, aquella casa era la de Aransis, sí,
recordaba haber oído vagas noticias sobre ello, porque Isidora hablaba
de su pleito sin nombrar jamás a la marquesa. Sin duda las cosas
importunas dichas por Bou al visitar las salas habían ofendido a la
joven, que se suponía heredera y lo era sin duda de tan ilustre familia.

«¿Está usted enojada conmigo por las tonterías que he dicho? ¿Se ha
resentido usted?...».

Isidora negó con la cabeza.

«¡Ah! ¡Ya sé, ya sé!»--exclamó él con regocijo, variando de
pensamientos.

Creyó penetrar entonces en la verdadera causa del dolor de su amiga.
Había entendido que Isidora estaba mal de intereses. Sin duda en aquel
día los ahogos pecuniarios habían llegado a su mayor grado, y la infeliz
e interesante joven se veía amenazada de un conflicto grave. ¡Oh! ¡Qué
bella ocasión se le presentaba a Juan Bou para realizar un acto moral
que ha tiempo meditaba! ¡Soberbia coyuntura! En un punto, en un momento
podía atender a la caridad y al amor, dos cosas que son una sola,
hemisferios diversos de un solo mundo infinito.

Algo había en el lugar solitario y recogido, así como en la pena de
Isidora, que le incitó a no retardar más tiempo su generosa resolución.
¡Oh Dios del cielo! Si en todas las ocasiones Isidora le había parecido
hermosa, en aquella le pareció punto menos que sobrenatural, engalanada
con la divina expresión de su pena. Lástima y amor juntos, ¡qué poder
tan grande sois!

«Isidora, Isidora»--dijo balbuciente la hidra sin hiel.

Después se calló por algún tiempo. Pasó un cuarto de hora, que fue para
él un cuarto de siglo. Deshaciéndose todo en un suspiro colosal, volvió
a decir: «Isidora».

Esta le miró sin hablarle, fijando en la ciclópea catadura de Bou sus
ojos empañados por las lágrimas. Bou sintió que su corazón se partía en
una porción de pedazos, y se expresó así con acongojada voz:

«Isidora, ya que usted no quiere confiarme sus penas, le voy a confiar
las mías. Hace tiempo..., desde que tuve la dicha de conocerla a
usted...».

Isidora, con su penetración admirable, comprendió todo. Tuvo una visión.
Rasgose un velo y vio al monstruo herido que se postraba ante ella y le
lamía las manos. Tuvo horror, asco. Toda la nobleza de su ser se sublevo
alborotada, llena de soberbia y despotismo. Era cosa semejante al
allanamiento de las moradas aristocráticas por la irritada y siempre
sucia plebe. Sonaba el odiado trueno de las revoluciones, y destruidas
las clases, el fiero populacho quería infamar las grandes razas
emparentándose con ellas.

«Mis intenciones han sido siempre buenas--dijo el catalán, que,
imposibilitado de remontarse al drama, caía en la vulgaridad--. Primero
me agradó usted; después me hizo soñar; hízome pensar después. Tornose
esto en una necesidad del corazón, y como estoy solo, como no me gusta
estar solo... No tengo grandes riquezas que ofrecer a usted, pero soy
trabajador, gano bastante y holgura... ¡Desde que la vi a usted me gustó
tanto!... La vi salir de esta casa, y dije: «¿Quién será?...». En fin,
que usted vale mucho, es muy buena, y yo quiero casarme con usted...
Vamos, ya lo dije... y _palante_».

Isidora, estupefacta, no sabía en qué términos responder. Tenía que
contestar negativamente, porque la idea de casarse con aquel bárbaro le
causaba horror. Pero Bou era un hombre sincero y honrado, que no debía
recibir el desaire con crudeza y desvío. Ella valía infinitamente más
que él, ella era noble; pero la dudosa ejemplaridad de su vida podía
hacerla inferior. ¡En qué vacilación tan grande estaba! En su alma el
asco era inseparable del agradecimiento. ¿Cómo contestarle y expresar en
una frase el desprecio y la consideración?... ¡Que un ganso semejante se
atreviese a poner sus ojos en persona tan selecta! Era para darle de
palos y mandarle a la cuadra. Pero al mismo tiempo... ¡cuán sencillo y
generoso! Ofrecía su mano con verdadera intención y creencia firme de
hacer un bien. ¡Si el pobre no alcanzaba más; si era un zopenco; si
ignoraba con quién hablaba...! Isidora buscó rápidamente las frases más
convenientes, y al fin dijo:

«Señor Bou, yo le agradezco a usted mucho su proposición; yo le aprecio
a usted. Es usted una buena persona. Pero me veo obligada a no
admitir..., porque quiero a otro hombre.

--¡Quiere a otro hombre!--repuso con aturdimiento el litógrafo--.
Después que nos casemos le olvidará usted, y me querrá a mí. Yo soy muy
bueno».

Isidora sonrió.

«Yo soy bueno, aunque así, al pronto, meto miedo, por estas ideas que
tengo y porque... Como he sido tan perseguido y... aunque me esté mal el
decirlo..., he hecho heroicidades y cosas grandes, tengo este modo de
hablar tan tremendo. Eso sí, no bajo mi cabeza al despotismo. Soy hombre
que valgo para cualquier cosa, y en Cataluña basta que yo me presente
para que se arme la gorda... Pasando a otra cosa, yo trabajo bien y
gano; espero una herencia... No le faltará a usted nada.

--Quiero a otro hombre--repitió Isidora, creyendo que esta afirmación
daba a tan penoso asunto el corte brusco que más convenía.

--Y ahora--dijo Juan Bou, con un nudo en la garganta--, ¿lloraba usted
por ese...?».

La sospecha de que su rival era una sanguijuela del pueblo, elevaba el
aborrecimiento de Juan a los más altos límites.

«Sí, sí; por él»--repuso decididamente Isidora, para ver si con esto se
callaba el monstruo y la dejaba en paz.

Y como se desgaja la peña del monte y rodando cae al llano y aplasta y
destruye cuanto encuentra, hasta que para y queda inerte otra vez,
rodeado de muerte y silencio, así se desprendió del alma de Juan Bou su
esperanza; rodó, hizo estrago, produjo cólera y despecho; pero bien
pronto todo quedó en atonía dolorosa y muda. Miraba al suelo y su
respiración sonaba como el mugido de una tempestad lejana, que a cada
rato está más lejos. La cólera fue instantánea. Pasó dejando el
abatimiento en el alma y la confusión en el cerebro del coloso. Y en el
cerebro fluctuaban, como restos de un vapor fugitivo, las vagas notas de
un canto acompañado de sílabas. ¿Por qué esas músicas pegajosas, que
toman posesión del oído y de los labios, insisten en su fastidioso
dominio cuando el alma azarada, después de una catástrofe, se desmaya en
duelo y tristeza? No se sabe. Se sabe, sí, que entre el oído, el cerebro
y los labios de Juan Bou, andaba vagamente un sonsonete que decía: _Los
curas van alumbrando--el Miserere rezando_.

Isidora había secado sus lágrimas. Para poner fin a tan fastidiosa
escena, lo mejor era marcharse.

«Yo no puedo detenerme más»--dijo andando lentamente hacia la puerta.

Bou no contestó nada, ni hizo movimiento alguno.

«¿Viene usted?».

Al decir esto, la miró desconsolado. Isidora sintió provocación de risa,
pero se contuvo.

«Nos iremos»--dijo Bou levantándose con tanta pesadez, que parecía
haberse hecho de bronce.

Isidora iba delante, él detrás, Salieron y bajaron sin decirse nada. En
la puerta de la calle, el desairado amante manifestó que se quedaría un
rato más en casa de su hermana.

«Me ha matado usted--dijo al despedir a la ingrata--. Creo que estoy
malo. Maldita sea mi suerte».

Y cuando ella se alejó, el bárbaro, mirándola desde el portal, pensaba
cosas tristísimas y abominables. Sus pensamientos desencadenados
brotaban en burbujas sueltas.

«¡Ingrata!, no conocer el valor del hombre que se le ha ofrecido... ¿Soy
acaso un chisgarabís, un danzante, uno de esos vampiros del pueblo?...
Yo tan tremendo; yo tan formal; yo tan útil a la humanidad; yo que tengo
estas ideas tan elevadas... Y yo pregunto: ¿Por qué es tan guapa?... El
demonio le hizo a ella la hermosura y a mí los ojos... ¡Despreciarme a
mí!... La mujer es una traba social, una forma del obscurantismo, y si
el hombre no tuviera que nacer de ella, debería ser suprimida».



Capítulo X

Las recetas de Miquis


=--I--=

Día de prueba fue el siguiente. No sólo estaban agotados todos los
recursos, sino también todas las combinaciones para vencer los apuros
del momento. No había crédito, no había materia pignorable. ¡Oh
situación horrible! Faltaba ya de un modo absoluto el sustento. Isidora,
_Riquín_ y D. José tenían hambre.

Inspirado por la desesperación, D. José tuvo una idea, ¡oh rasgo de
humanidad y de amor! Se le ocurrió salir disfrazado a pedir limosna,
seguro de encontrar almas generosas. No llegó esto a efectuarse porque
se opuso resueltamente Isidora. ¿Pero qué harían? ¿Pedir a Emilia? De
ninguna manera. Antes acudir a la limosna. ¿A quién, a quién, ¡Dios de
mi vida!, si ya estaban explotadas todas las amistades?

Alguien se presentó en casa de Isidora a ofrecerle cuanto necesitase
para vencer dificultades tan angustiosas. Pero las condiciones de estos
anticipos eran tales, que la joven los rechazó, espantada. El loco amor
al lujo y las comodidades eran los puntos débiles de Isidora; su
necesidad la brecha por donde la atacaban, prometiendole villas y
castillos; pero no obstante estas desventajas, resistía batiéndose con
el arma de su orgullo y amparada del broquel de su nobleza. Tanta fuerza
tomó en esto, que cortó los vuelos a la tentación, diciendo: «Antes
pediré limosna». ¡Oh!, si Joaquín estuviese en Madrid, no pasaría ella
tan crueles angustias. Pero a París, donde estaba, le había escrito
siete veces en tres meses sin obtener contestación. Volvíase con el
pensamiento a todas partes, como el habitante de la casa incendiada que,
cercano a las llamas, busca un escape, un sostén, una cuerda... ¡Ah,
cielos divinos! De pronto vio Isidora su cuerda. Acordose de una
persona, y la esperanza rieló en la superficie de su ennegrecido
espíritu.

Era de noche. Al día siguiente pondría en ejecución su pensamiento. Por
fortuna, D. José había tenido la inmensa suerte de encontrar aquella
tarde a un bondadoso amigo que le facilitó la cantidad precisa para un
mediano almuerzo. Segura, pues, Isidora de que habría con qué
desayunarse a la venidera mañana, pasó tranquila la noche. A las once
del siguiente día llamaba a una puerta.

«¿Está el doctor Miquis?».

¡Qué suerte! Estaba. Pasó la joven al despacho, y allí, sola con el
médico, no pudiendo contener la pena que se desbordaba de su corazón,
rompió a llorar. Recibiola con mucha bondad Augusto, la hizo sentar,
preguntole mil cosas; pero ella, acongojada, no podía decir más que
esto, que repitió tres veces:

«Dame de comer y no me toques».

Augusto se puso serio, comprendiendo que la situación de su amiga no era
para tratada en broma. Hablaron. Él, aunque joven, tenía el arte de la
interrogación, y ella comprendía cuán ventajosas le serían la
espontaneidad y franqueza. Así, al cuarto de hora de confesión, ya
Miquis sabía los últimos episodios de la vida de ella, el viaje al
Escorial, la penuria, la declaración de Bou, las proposiciones de
aquellas tales... Cuando nada importante quedaba por decir y formuló
Isidora la síntesis de su problema, diciendo: «¿Qué debo hacer para
poder vivir?», Miquis se quedó en silencio un buen rato, y después le
contestó así:

«No te apures, no te apures. Veremos. Estás enferma, estás llagada. Tu
mal es ya profundo, pero no incurable».

La inspiración brotó en su mente. Su grande y vivaz ingenio le sugirió
una idea, y con la idea estas palabras:

«Pues he de curarte... Lo dijo Miquis, punto redondo».

Isidora llenó el despacho con un suspiro. Era el quejido de su
enfermedad, ya extendida y profunda.

«Manos a la obra--dijo Augusto con gran solemnidad--. ¿Quieres que te
cure? Responde ¿sí o no?

--Sí.

--Pues bien: ¿Estás dispuesta a ponerte a mis órdenes, y a hacer
ciegamente lo que yo te mande?

--Sí, sí--replicó ella con ansiedad doliente.

--Pues empecemos. Lo primero es cambiar de aires.

--¿Me mandas al campo?

--No... Mejor dicho, sí, te mando a un valle urbano».

Y llevándola al balcón, le mostró la casa de enfrente. En el piso bajo
veíanse unas rejas, por entre cuyos hierro salían matas de tiestos,
colocados dentro en una tabla. La casa hacía esquina, y el cuarto bajo a
que correspondían las rejas tenía por la otra calle una tienda con dos
vitrinas. Pero esto no se veía desde el balcón de Miquis, aunque se
adivinaba, mirando un rótulo que en áureas letras decía: _Castaño,
ortopedista_. Otra grande y aparatosa muestra, colgada más arriba, en el
piso principal de la misma casa, decía: _Eponina, modista_. Como Isidora
la mirase, díjole Miquis:

«Huye de esas peligrosas alturas, y vuelve tus ojos al valle ameno que
está abajo.

--Sí; Ahí viven Emilia y Juan. ¡Qué felices son!

--Pues en esa casa, en ese establecimiento salutífero vas a vivir desde
mañana.

--¡Oh! ¡Si vieras qué envidia les tengo! Pero no, no me admitirán.

--¿Te negarán ese favor si se lo pido yo?... He salvado del garrotillo
al mayor de sus chicos. Los asisto de balde. Me llaman casi todos los
días.

--Entonces tú les pedirás que me admitan...

--Hoy mismo; pero ya comprenderás que les he de responder de tu buena
conducta. Cuidado...

--¡Oh!, yo te juro... Lo que deseo es tranquilidad, paz...

--Bien--dijo Miquis, retirándose del balcón--. Ahora viene lo mejor. Una
vez que cambies de aires, has de considerar que empiezas a vivir de
nuevo. Tienes que educarte, aprender mil cosas que ignoras, someter tu
espíritu a la gimnasia de hacer cuentas, de apreciar la cantidad, el
valor, el peso y la realidad de las cosas. Es preciso que se te
administre una infusión de principios morales, para lo cual, como tu
estado es primitivo, basta por ahora el catecismo. ¡Oh! ¡Si tuvieras
buena voluntad...!

--La tendré.

--Ahora viene lo gordo, hija. Después de entonarte, paso a recetarte el
gran emético, medicina un poco fuerte y desagradable; pero que si la
tomas con buena voluntad, ha de probarte maravillosamente con el tiempo
y regenerarte por completo.

--¿Cuál es la medicina?

--Pues que te cases con Juan Bou».

Isidora hizo un movimiento de repeler cosa muy nauseabunda..., y puso
una cara..., ¡Jesús, qué cara!

«Comprendo que no te agrade por el pronto. Pero reflexiona. ¿No has oído
decir que toda persona tiene la fortuna en la mano una sola vez en la
vida?

--Sí lo he oído; pero te diré...

--Pues considera si en tu situación puede haber para ti fortuna mayor
que el que un hombre honrado te ofrezca su mano. No creo que pretendas
un Coburgo Gotha. Reflexiona, observa el punto en que te hallas, echa
una mirada atrás, otra delante, y di si mi medicamento no está
perfectamente indicado.

--Yo no sé si será eficaz o no--dijo Isidora con tristeza y confusión--.
Podrá serlo, mirando las cosas por lo bajo... Pero en cuestión de
matrimonio, el gusto y el amor son lo primero...

--Es verdad que Juan Bou no es un Adonis; pero no es tampoco un
monstruo... Es un hombre de bien, trabajador, sencillote, y, a pesar de
sus bravatas, tiene el corazón más bondadoso y tierno del mundo.

--Lo sé, lo sé...; pero... quita allá, por la Virgen Santísima; yo no
seré su mujer. No lo pienses... Este caso mío no es como otros
casos--dijo Isidora, haciendo los mayores esfuerzos para que su acento
expresase la convicción firmísima de su alma--. Para juzgar las cosas
conviene verlas completas. Es verdad que si fuera yo nada más que lo que
parezco, la cosa no tenía duda; pero tú bien sabes que sostengo un
pleito de filiación con una familia poderosa; tú debes considerar que el
mejor día gano el pleito, como es de ley; que paso a ocupar mi puesto y
a heredar la fortuna y el nombre de esa familia, que son míos y me
pertenecen. Pues bien, ¿te parece bonito que al tomar posesión de mi
casa lleve colgado del brazo ese lindo dije de Juan Bou? A fe que me
lucía... Miquis, tú estás lelo: yo no sé dónde tienes el talento, cuando
dices ciertas cosas.

--¡El pleito! Precisamente has nombrado un desorden fisiológico que me
trae a la memoria otra de las más importantes medicinas que te voy a
recetar.

--¿Cuál?

--Resumamos. Primero mudar de aires; luego entonarte con una enseñanza
primaria; después sigue la gran toma, el casorio con Juan Bou, y por
último viene la extirpación del cáncer, que es la idea del marquesado».

Isidora creía escuchar el mayor de los insultos.

«Si de ese modo quieres curarme--dijo con altivez--, renuncio a tus
medicinas.

--Entendámonos--añadió Miquis rectificando--. Si tus derechos no son una
farsa, si hay algo de serio y legítimo en eso, enhorabuena que siga
adelante tu pleito. Lo que yo quiero es que no consagres tu vida a la
idea de ocupar una posición superior, que no vivas anticipadamente en
ella con la imaginación, sino que tengas paciencia y reposo de
espíritu... ¿Que ganas el pleito? Pues bien; te embolsas tu herencia y
sigues, con tu marido, en la esfera de modestia, quietud y desahogo en
que todos vivimos. ¿No quieres? ¿No aceptas mi plan?

--No lo acepto, no--dijo Isidora de muy mal humor--. Es un plan tonto.

--¡Ah mimosa! ¿Sabes lo que debo yo hacer, en vista de tu rebeldía? Pues
no tenerte lástima, no interesarme por ti, y mirarte como tierra común
en la cual todos tienen derecho a sembrar sus deseos para recoger tu
deshonra. Desgraciada, si no acabas en la casa de Aransis, acabarás en
un hospital.

--Bien, me agrada eso. O en lo más alto o en lo más bajo. No me gustan
términos medios.

--Y sin embargo en ellos debemos mantenernos siempre... ¿Conque quedamos
en eso?

--¿En qué?

--En que, rechazado por ti mi tratamiento, te debo considerar como
incurable y hacerte el amor.

--¡Qué disparates dices!

--¿Vámonos al Retiro?... ¿Te acuerdas de aquellos paseítos, del Museo,
de las fieras, de las naranjas que nos comimos entre los dos?

--Bien me acuerdo... Déjate de tonterías.

--No, no creas que voy a repetir ahora lo que entonces te decía. No
habrá aquello de «me caso contigo». Entonces te lo decía; pero no
pensaba hacerlo, no creas...

--Ya lo suponía.

--¡Y la verdad es que me gustabas muchísimo!... Y si he de serte franco,
creía hacer contigo la gran conquista. Yo quería acreditarme entre mis
compañeros, y decía para mí: «Esta no se me escapa.» ¡Y qué
traidoramente se me escapó! Hoy nos encontramos otra vez. Tú, después de
dar mil vueltas, vienes a mí... Pues mira, simplona, te juro que en este
momento, vista tu terquedad en no dejarte curar, debiera yo ponerte los
puntos..., y si no fuera por esta...».

Se levantó, y, tomando un retrato que sobre la mesa estaba, lo mostró a
Isidora.

«¡Ah!, tu novia... Ya sé que te casas pronto, maulón. ¿Sabes que no vale
nada?

--Te pego si lo vuelves a decir. Vale más que tú. No es muy guapa; pero
es un ángel.

--Si no vale dos cominos--dijo Isidora riéndose descaradamente ante el
retrato.

--¿Qué entiendes tú de eso? Esta, esta que ves aquí es mi salvaguardia
contra ti; es mi patrona, mi abogada, mi Virgen del Amparo. Por esta,
¿la ves bien?, por esta con quien me casaré el lunes, Dios mediante, me
libro del peligro de tenerte ante mí, y me hago un señor héroe, y
atropellando por todo, te doy la batalla y te venzo y por fin me salvo,
aunque no quieras... Esta tarde misma hablaré con Emilia, y mañana te
irás a vivir con esa gente, para que aprendas, víbora, para que veas,
pantera, para que sepas, demonio con faldas, lo que es el bien».

A cada frase daba un paso hacia ella, amenazándola con el retrato. Ya
Isidora se había serenado bastante, y no veía las cosas tan tétricamente
como antes. Él, por su parte, iba dejando de mano la gravedad de médico,
el énfasis de moralista, y tomaba a ser, por gradación rápida, el Miquis
de antaño, ingenioso, alegre y vivo, con su follaje de palabrería
metafórica y su corazón repleto de bondad.

«No me acordaba de que tengo que escribir unas cartas--dijo Isidora
repentinamente--. ¿Me las dejas escribir aquí, en tu mesa?

--Sí, sí, ángel ponzoñoso»--contestó Augusto, en cuya alma retoñaban
devaneos estudiantiles.

Precipitadamente sacó papel, sobres. Isidora se sentó en el sillón de la
mesa de despacho, él la dio pluma y ella se puso a escribir. Mientras la
joven despachaba su correspondencia, que era algo larga, Miquis se
paseaba, las manos metidas en los bolsillos, y miraba a Isidora con
expresión entremezclada de asombro y miedo, diciendo para sí:

«Fuera ciencia, fuera gravedad... Juventud, no te me vayas sin dárteme a
conocer... Tiempo hay de encerrarse en esa armadura de cartón que se
llama severidad de principios».

Y volvió al paseo, y a echarle ojeadas y a meditar.

«Pero si me caso el lunes, y hoy es miércoles... ¡En qué ocasión se le
ocurre a uno casarse!... Estoy entre el altar y el abismo... Hombre,
_homo sapiens de Linneo_, no te deslices, coge una piedra y date con
ella en el pecho como San Jerónimo. Honradez, tienes cara de perro...».

Isidora dejó de escribir, poniendo la pluma a un lado.

«Voy a descansar un ratito.

--Aunque sean dos ratitos, chica... Ya sabes que tengo el mayor gusto...
Estás en tu casa...

--Vaya que tienes un bonito cuarto. Pero, hombre, ya podías haber puesto
ese esqueleto en otra parte. ¡Qué horror!

--Quiero estar contemplando a todas horas la miseria humana.

--¿De quién serían esos pobres huesos?...

--Son de mujer. Quizás una tan hermosa como tú... Mírate en ese espejo.

--Gracias, chico. Tus espejos son muy particulares. ¡Y cuánto librote! A
ver. ¡Jesús, que títulos! Todo Medicina. ¡Qué lástima de dinero empleado
en esto! Tanto libro para no saber nada. Porque tú no sabes nada,
Miquis; eres un ignorante, un tonto.

--Quizás estás diciendo la más profunda verdad que ha salido de esos
labios, de esas envenenadas rosas. Sí, soy un mentecato. Desprecia a
Miquis, que habiendo descubierto un tesoro, permitió que ese tesoro
fuera para todos menos para él. El simple y desventurado Miquis ha sido
un libertino del estudio; sus calaveradas han sido las calaveras. A su
lado pasó, coronada de rosas y con la copa en la mano, la imagen de la
vida, y Miquis volvió los ojos para contemplar embebecido, ¡ay!, la
rugosa faz de los catedráticos. La ocasión de vivir, de gozar, de ver
cara a cara el ideal, de tocar el cielo, se le ha presentado varias
veces; pero Miquis, este memo de los memos, en vez de poner la mano en
toda ocasión hermosa, se iba a descuartizar cadáveres... ¡Y este Miquis
se casa el lunes, es decir, que el lunes cierra la puerta a la juventud
y entra en la madurez de la vida, en el régimen, en la rutina y método!
Para él se acabó lo imprevisto; se acabarán los deliciosos disparates.
¡Desgraciada la boca tapiada a la risa! Ahora, ciencia, trabajo, suegro,
amas de cría. Terrible cosa es recibir el adiós a la libertad, y ver la
espalda a la juventud fugitiva. ¡Bienaventurados los chiquillos, porque
de ellos es la vida!

--Tienes una bonita casa--dijo Isidora sin hacerle caso--. ¿Cuánto te
cuesta?

--A ti nada te importa, pues no me la has de pagar. ¿Han concluido tus
cartas?

--Voy a concluirlas».

Y él volvió a pasearse y a mirarla... ¡Qué hermosa estaba! ¿Quién lo
metía a él a moralista ni a redentor de samaritanas? Soltó una carcajada
en lo recóndito de su ser, allí donde su alma contemplaba atónita la
imagen de la ocasión. «Pero me caso el lunes, el lunes...». Miró el
retrato de su novia...

De pronto suena la campanilla, entra un señor y pasa a la sala... Es el
papá de la novia de Miquis, que viene a consultarle un punto de Higiene.
Augusto deja a Isidora en su despacho, y tiene que resistir durante una
hora la embestida de su suegro, el cual le habla de Sanidad y de la
fundación de la Penitenciaría para jóvenes delincuentes.

Cuando su suegro se marcha, Miquis vuelve al despacho. Está aturdido; la
visita le ha dejado insensible. Hay en su cuerpo algo del efecto de una
paliza; pero está fortificado interiormente. Isidora aguarda ansiosa.
Está pálida y ha llorado un poco, porque no puede apartar del
pensamiento que su hijo y su padrino no tienen qué comer aquella tarde.

«¡Cuánto has tardado! Es pesadito ese señor. En fin, amigo, yo siento
molestarte. Acuérdate de lo que te dije al entrar».

Miquis hace una rápida exploración en su alma, encuentra en ella algún
desorden y dispone que todo vuelva a su sitio. «Soy un hombre
sublime--dice para sí--, un hombre de honor y de caridad, soy también un
hombre que se casa el lunes».

Isidora le había dirigido al entrar una súplica angustiosa, elocuente
expresión salida de los más sagrados senos del alma humana. Juntando el
quejido de la necesidad a la súplica del pudor, Isidora le había dicho:
«Dame de comer y no me toques».

Miquis abre su bolsa a la desvalida hermosa, y con magnánimo corazón le
dice:

«Mañana estarás en casa de Emilia».


=--II--=

La admitieron. ¡Tanto pesaba en aquella casa la recomendación de Miquis,
que había salvado del _croup_ al niño mayor, y de los peligros de la
dentición al más pequeño!

Ya sabe el lector cómo Emilia de Relimpio se casó con su primo, el hijo
del ortopédico, que llamaba _cláusulas_ a las cápsulas; matrimonio
degradante si se le mira desde la altura de las pretensiones de D.ª
Laura; pero muy natural, proporcionado y acertadísimo, siempre que la
interesada lo mirase al nivel de sus sentimientos y de su porvenir moral
y práctico. Juan José Castaño era tan hábil como su padre, y le superaba
en inventiva y en asimilarse los descubrimientos y novedades del arte
ortopédico. Sostenía el crédito del establecimiento y ganaba mucho
dinero, porque, desgraciadamente para la Humanidad, parece que esta es
una vieja máquina que se desvencija y deshace, hallándose cada día más
necesitada de remiendos y puntales, o llámense muletas, cabestrillos,
fajas, cinchas, suspensorios, etc. Nada, nada, nos desbaratamos. Unos
dicen que es por estudiar mucho, otros que por gozar demasiado, y
alguien echa la culpa a las armas de precisión; pero, cualquiera que sea
la causa, ello es que la Ortopedia tiene un porvenir tan brillante como
el de la Artillería. Son dos ciencias complementarias como la Filosofía
y el Alienismo.

En su pacífica y laboriosa vida, Emilia, mujer de buen fondo y excelente
corazón, se había curado de aquellas tonterías de aparentar y suponerse
persona encumbrada. No volvió a ponerse sombrero más que cuando iba de
viaje los veranos, ni a tratar de parecerse a las niñas de Pez, las
cuales (dicho sea de paso) continuaban tratando de imitar a las niñas de
los duques de Tal. Poseía un sólido bienestar; ella, su marido y sus
hijos satisfacían plenamente sus necesidades, y de añadidura tenían
buenos ahorros, un establecimiento de primer orden, y además, como
perspectiva risueña, la hermosa finca de Pinto, con otras riquezas que
el viejo guardaba. En suma, Emilia había tomado un magnífico sitio en el
anfiteatro de la vida, donde tantos están en pie o pésimamente sentados.
Su marido era sencillo, bueno, cariñoso, sin más defecto que el querer
hacer las cosas demasiado bien y pronto, por lo que siempre estaba en
riña con sus oficiales.

Por más que Isidora reconociera la importancia moral de aquella casa, no
podía remediar que le fueran antipáticos el establecimiento, la tienda,
llena de feísimos objetos, la trastienda donde trabajaban Rafael y sus
oficiales, y la vivienda toda, honrada, virtuosísima, modelo de
dignidad, de laboriosidad y de cristianismo, pero impregnada de un
cierto olor de badana cruda, con malas luces y ruidos de taller.

Este juicio no excluía el agradecimiento que tenía a Juan José y a
Emilia. ¡Insigne mérito y bondad había en ellos al admitirla, cuando, si
la despreciaran, estaban en su derecho! Y véase aquí la eficaz
influencia del medio ambiente. A los tres o cuatro días de estar allí,
el espíritu de Isidora se adaptaba mansamente a la regularidad
placentera de la casa, a la poca luz, al olor de badana, a la vista de
los feos objetos, y notaba en sí una tranquilidad, un gozo que hasta
entonces le fueron desconocidos. _Riquín_ hizo tan buenas migas con los
dos chicos de Emilia, como si se hubieran criado en la misma cuna. Todo
el santo día lo pasaban enredando desde la trastienda a la cocina e
inventando diabluras. Don José era el que parecía menos feliz. Estaba
triste, según decía, por la falta de ocupación. Castaño, que no
necesitaba tenedurías, le empleó en llevar recados y cobrar cuentas;
pero aunque el buen señor desempeñaba estos encargos con docilidad, bien
se le conocía que su principal gusto era no hacer nada, contemplar a
Isidora, pasear con ella, y prestarle cuantos servicios hubiese
menester.

Miquis solía pasar por allí, pero estaba muy poco tiempo. Como vivía
enfrente, por las tardes enviaba con su criada unos papelitos que hacían
reír a Isidora, a Emilia y al mismo D. José taciturno. He aquí una
muestra:

«RÉCIPE.--_Del extracto de paciencia, 100 gramos. Del ajetreo de
máquinas de coser, c. s. Mézclese y agítese s. a. Para tomar a todas
horas._

DOCTOR MIQUIS».

«¿Ves?--decía Emilia, riendo--. Te manda que trabajes y me ayudes a
coser en la máquina. Este Miquis es lo más salado... ¡Y qué razón tiene!
Ocuparte en algo es lo que más te conviene. Cuando se pone la atención
en cualquiera labor, no hay medio de pensar tonterías».

Bien lo comprendía la enferma; así, desde el primer día empezó a
adiestrarse en la soberbia máquina de Singer que Emilia poseía. ¡Bien,
bien! Con un poco de aplicación llegaría a dominarla. Al siguiente, otro
papelito:

«RÉCIPE.--_De la infusión de raíz del olvido, 25 gramos. De esencia de
modestia, 7 toneladas. Disuélvase en agua de goma, añádase la
ipecacuana, o sea Juan Bou, y háganse 40.000 píldoras para tomar una
cada segundo, con observación._

DOCTOR MIQUIS.

_Nota_. El cual entra mañana en capilla. Cantad la salve de los presos».

Aunque las recetas eran de burlas, no desestimaba Isidora la prudente
lección contenida en ellas. Hizo propósito firme de trabajar, de poner
en olvido ciertas cosas, originarias de su perdición, y de acortar los
orgullosos vuelos de su alma. Otro papel apareció diciendo:

«Se recomienda a la enferma que ayude a su patrona en cosas de la casa
para que se vaya instruyendo, y que en las horas de descanso se dé un
atracón de lectura. Le recomiendo el _Bertoldo_, el _Año cristiano_ o
las _Páginas de la Infancia_. Adiéstrese en contar para que se
familiarice con las cantidades. En esto le podrá servir el águila de
Patmos de la Contabilidad, su padrinito. Se recomienda especialmente a
la enferma que si va Juan Bou (_alias_ Ipecacuana), le reciba con
amabilidad. El pobre está triste, aunque espera una herencia.

»_Nota_. El patíbulo de miel está armado en la capilla de los
Desamparados. Orad por Miquis».

Por la noche fue Miquis un momento cuando estaban comiendo. ¡Qué
algazara! Los tres chicos corrieron hacia él, y mientras uno se le
colgaba de un brazo, el otro se le enredaba en una pierna, y todos le
aclamaban como si el joven doctor fuera el más divertido de los
juguetes. Isidora y Emilia le sacaron el tema de su boda, y ya le
felicitaban, ya le hacían burla, mientras él, tan pronto hacía el
panegírico de su futura como se lamentaba de perder su libertad. Subió
luego al piso principal a ver a una anciana, madre de la célebre modista
Eponina. Esta era una habilidosa francesa de mucha labia y trastienda,
que en pocos años había hecho gran clientela. La vecindad fue causa de
que Eponina y Emilia entablaran amistad. Algunas noches bajaba la
francesa a casa del ortopedista, y otras los de Castaño subían al taller
de modas. Isidora ya tenía conocimiento con Eponina, porque esta le hizo
algunos vestidos en los prósperos tiempos botinescos. Conocedora Eponina
del buen gusto de la de Rufete, siempre que esta subía mostrábale sus
galanas obras, pidiéndole parecer, de lo que Isidora recibía mucho
gusto, si bien este se desvanecía con el desconsuelo de ver tantas cosas
ricas que no eran para ella. Luego, al volver a la ortopedia con el
cerebro lleno de peregrinas visiones de trapos y faralaes, caía en
profunda tristeza...

De esta manera pasaron algunos días. Miquis les envió los dulces de la
boda, acompañados de estos renglones:

«Desde la mazmorra de flores, desde el delicioso ataúd de la luna de
miel, el inmolado Miquis saluda a los señores de Castaño y a la señora
de Bou. Recomiendo a esta la calma. He sabido con disgusto que ha
contravenido mis prescripciones higiénicas, remontándose al taller de
madama Eponina, y probándose varios vestidos de baile para ver su buen
efecto. Eso es muy peligroso y reproduce la fiebre. Prescribo el
alejamiento absoluto de los centros miasmáticos. En los ratos que tenga
libres, dedíquese la enferma a bordar unas zapatillas al Sr. Juan Bou,
para lo cual dicho se está que ha de emplear dos varas de cañamazo. Eso
no importa. Yo regalo el cañamazo y las lanas. La enferma irá a
convalecer a la sombra del árbol de la Ipecacuana, ese árbol milagroso,
señoras, que está plantado en la litografía de la calle de Juanelo, y
que ansía estrechar entre sus ramas a la descendiente de cien
reyes.--Saluda a todos el más novel de los maridos y el más feliz de los
médicos.--MIQUIS».

Ya no se reía Isidora de las cartas y recetas. Desde el día anterior
estaba muy ensimismada, y hablaba muy poco. Atribuyendo Emilia y Castaño
la repentina tristeza de su amiga a que se veía apremiada por el
procurador para abonar los crecidos gastos del pleito, la exploraron con
habilidad; mas ninguna explicación categórica pudieron obtener de su
taciturna melancolía. Un accidente habían notado que les hizo caer en
desagradables sospechas: D. José, al volver de la calle, habló en
secreto con Isidora, y de aquel secreto databan el abatimiento y
tristeza de la joven enferma. Observando con malicia, los esposos
notaron que Relimpio salía y entraba con frecuencia, como si trajera y
llevara recados, y que padrino y ahijada cambiaban recatadamente
palabras breves y cautelosas. Cuatro días pasaron así, cuando Isidora
salió para ir, según dijo, a casa de su procurador, y como al otro día y
al siguiente repitiese el mismo viaje, los esposos se alarmaron y dieron
en creer que Isidora no merecía la caritativa hospitalidad que le habían
dado.

Fiel como un perro y callado como un cenotafio, D. José fortalecía de
tal modo su discreción, que en esta no hallaba el más breve resquicio la
curiosidad de su hija. ¡José, eres una alhaja!


=--III--=

Y en tanto, excesivamente distraída de sus trabajos, Isidora visitaba
con frecuencia el taller de Eponina, y allí se encantaba contemplando
los magníficos vestidos, entre los cuales a la sazón había tres de
baile. Eran para una joven condesa que tenía la misma estatura y talle
de nuestra enferma. Eponina quiso que esta se los pusiera para ver el
efecto. ¡Ave María Purísima!... Púsose el primero; estaba encantadora.
Púsose el segundo. ¡Oh, arrebataba! El tercero..., ¡Cristo!, el tercero
caía tan bien a su cuerpo y figura, que sólo la idea de tener que
quitárselo le daba escalofríos. Contemplose en el gran espejo,
embelesada de su hermosura... Allí, en el campo misterioso del cristal
azogado, el raso, los encajes, los ojos, formaban un conjunto en que
había algo de las inmensidades movibles del mar alumbradas por el astro
de la noche. Isidora encontraba mundos de poesía en aquella reproducción
de sí misma. ¡Qué diría la sociedad si pudiera gozar de tal imagen!
¡Cómo la admirarían, y con qué entusiasmo habían de celebrarla las
lenguas de la fama! ¡Qué hombros, qué cuello, qué... todo! ¿Y tantos
hechizos habían de permanecer en la obscuridad, como las perlas no
sacadas del mar? No, ¡absurdo de los absurdos! Ella era noble por su
nacimiento, y si no lo fuera, bastaría a darle la ejecutoria su gran
belleza, su figura, sus gustos delicados, sus simpatías por toda cosa
elegante y superior.

Queda, pues, sentado que era noble. ¿Por qué no era suyo, sino prestado,
aquel traje, y había que quitárselo en seguida, sin poder siquiera, como
los cómicos, lucirlo un momento? No era reina de comedia, sino reina
verdadera. Se miraba y se volvía a mirar sin hartarse nunca, y giraba el
cuerpo para ver como se le enroscaba la cola. Pero qué, ¿iba a entrar
realmente en el salón de baile? Su mentirosa fantasía, excitándose con
enfermiza violencia, remedaba lo auténtico hasta el punto de engañarse a
sí misma.

De repente oyéronse pasos. Isidora y Epinona miraron hacia la sala
inmediata, y vieron entrar a un hombre. Era Miquis.

«Pase usted, doctor--dijo la modista--, y verá usted cosa buena. Usted
no estorba nunca».

Era Eponina mujer desordenada; mucho tiempo hacía que no pagaba al
médico, el cual visitaba con gran celo a la anciana madre de la modista.
Para hacerse perdonar su falta de conducta, la francesa era complaciente
con Augusto, y le permitía entrar en su taller a todas horas y bromear
con las oficialas. Al ver a Miquis, Isidora se turbó un momento. Después
se echó a reír.

«¿Te asombra de verme vestida de baile?--le dijo--. Sé que me has de
reñir; pero, vamos, sé franco. ¿Estoy bien así, sí o no?».

Absorto la miraba el joven, y con voz balbuciente, que declaraba su
sorpresa y embeleso, dijo:

«Estás..., no ya hermosa, ni guapa, sino... ¡divina!

--Vamos, que te he hecho tilín.

--A un ahorcado no se le hace tilín tan fácilmente; pero... Abismo de
flores, de veras te digo que si no estuviera con la soga al cuello...
Pero no, ¡fuera simplezas! El médico, el médico es el que habla ahora».

Y esgrimió el bastón ante la imagen hechicera de la dama vestida de
baile.

«Has contravenido mi plan; te has burlado de mis recetas. No te
salvarás, Isidora. Yo te abandono a tu desgraciada suerte.

--Siéntese usted, Augusto; deje usted el sombrero»--dijo Eponina con
melosa urbanidad.

Desasosegado, Miquis se sentaba primero en una silla, después en otra,
luego paseaba, y de pie y andando, no quitaba los ojos de su enferma.

«Pues mira--le dijo Isidora con cierto descaro--, no me riñas, porque
con tus medicinas tontas y con tu asquerosa ipecacuana no me he de
curar, ni quiero curarme.

--Ya lo sé que no quieres. ¿Piensas que no estoy enterado de tus malos
pasos de estos días? A los médicos no se nos escapa nada. ¿Quieres que
te lo cuente?».

Isidora se turbó otra vez.

«Pues oye: la semana pasada llegó de Francia Joaquín Pez en el estado
más deplorable. Sus acreedores, cansados ya de contemplarle, le han
caído encima como buitres hambrientos. Su padre ha decidido no ampararle
más y le ha echado de su casa...

--Es verdad, es verdad--dijo la de Rufete con emoción, preparándose a
derramar lágrimas.

--El pobre hombre, con el agua al cuello, desesperado y sin fuerzas para
luchar con su destino, ha recurrido a ti. Sé que te ha buscado; que te
mandó un recadito con tu padrino; que fuiste a verle... Es cierto, ¿sí o
no?

--Es cierto.

--Se ha refugiado en una miserable casa de huéspedes donde no hay más
que toreros de invierno, jugadores y gente perdida... Le visitaste hace
cuatro días; has ido después varias veces... Lo sé por el ama de la
casa, que es una Aspasia jubilada, y tiene relaciones con uno de mis más
desgraciados enfermos. Reflexiona lo que haces, mira bien qué pasos das
y entre qué gente vas a meterte.

--Es verdad lo que has dicho. ¿Cómo es que todo lo sabes y todo lo
averiguas?--dijo Isidora, rompiendo a llorar--. Augusto, ten compasión
de mí. No, no me digas cosas... Él está perseguido, huye de la justicia,
y ha tenido que refugiarse en un sitio, que por ser tan malo, le ofrece
seguridad. No se comunica con ninguno de la casa. No le denuncies, ni me
riñas a mí porque no he querido abandonarle en la desgracia.

--Perdóneme usted, amiguita--indicó Eponina con bondad--, me va usted a
estropear el vestido; me lo está usted mojando con sus lágrimas.

--Me lo quitaré--replicó Isidora haciendo un gesto de niña mimosa--.
Miquis, haz el favor de pasarte a la sala, que me voy a mudar de traje».

Alejose un rato el médico. Cuando volvió, ya Isidora había tomado su
forma primera. Se abrochaba su vestidillo humilde diciendo: «Ya tengo
otra vez la librea de la miseria».

Eponina salió, dejándolos solos. De repente Isidora se fue derecha hacia
Miquis, y cruzando las manos delante de él, le dijo con acento de
intenso dolor:

«¡Amigo, estoy desesperada!

--¿Qué tienes?--le preguntó él, sintiendo ante aquella pena y aquellas
lágrimas una cobardía dulce.

--¡Estoy desesperada! A ti me dirijo, a ti que eres bueno y me conoces
hace tiempo.

--¿Bueno yo?...--dijo Augusto con ironía--. A ver, ¿qué quieres?

--Necesito..., ¿tendré que decírtelo?..., necesito dinero.

--Ya...

--Yo no puedo estar así. Váyanse al diablo tus recetas. Te diré..., yo
quiero vivir y esto no es vivir.

--Dinero para el Pez.

--No, no; lo necesito para mi procurador y para mí. Estoy vestida de
harapos... No me riñas, cada cual tiene su manera de ver las cosas de la
vida. Sé que me vas a sermonear, y hablarme de moral y qué sé yo... No
entiendo tus medicinas. Te diré... Dios no quiere favorecerme, Dios me
persigue, me ha declarado la guerra...

--¡Qué pillín!

--Yo quiero ir por los buenos caminos, y Él no me deja--prosiguió
Isidora con tanta agitación que parecía demente--. Veremos si al fin me
favorece. Te diré...; lo que importa es que yo gane ese pleito. Cuando
lo gane, tomaré posesión de mi casa... Mucho siento no poder llegar a
ella con todo el honor que mi casa merece..., pero ¿qué hacer ya?
Entretanto, amigo, la miseria me es antipática, es contraria a mi
naturaleza y a mis gustos. La miseria es plebeya, y yo soy noble.

--Isidora--declaró Augusto con seriedad--, al nacer te equivocaste de
patria. Debiste nacer en Francia. Eres demasiado grande, eres un genio y
no cabes aquí. ¿Quieres el último consejo? Pues vete a París. Allí
encontrarás tu puesto. Aquí te degradarás demasiado. Aquí no las
gastamos de tanto lujo como tú».

Levantose para marcharse.

«No, no te vas--dijo ella deteniéndole con fuerza por un brazo--; no te
vas sin decirme si puedo contar contigo.

--¿Para qué?»--murmuró el médico temblando.

¡Sentía un frío...!

«Yo necesito una cantidad--dijo Isidora febril, los labios secos.

--No puedo... complacerte--repuso el joven, dejándose caer en una silla.

--Sí puedes, sí puedes. ¡Augusto, por amor de Dios!..., socórreme,
socórreme. Te diré...

--Si es nada más que un socorro...».

Miquis, turbado hasta lo sumo, aprecio con rápida ojeada interior su
situación. ¡Se había casado seis días antes, estaba en la luna de
miel!... ¡Ser traidor a su joven y amable esposa! «No, no, no», gritó
para sí, y luego, en voz alta:

«Pobre mujer, criminal o desgraciada, noble, plebeya o lo que seas, yo
no te puedo amparar... Busca en otra parte...

--¡Ah! ¡Qué amigos estos!--exclamó ella en lo último de la angustia--¡Y
luego nos injurian si al vernos desamparadas corremos a la degradación!
Bueno, bueno; me perderé, me arrastraré».

Miquis cerró los ojos para no verla. Si la veía un momento más estaba
perdido... Por lo que, sin añadir una palabra, echó a correr fuera del
gabinete y de la casa.

Iba por la calle adelante, satisfecho de su triunfo, cuando sintió
rápidos y leves pasos detrás de sí. Al mismo tiempo oyó que le llamaban.
Una mujer corría tras él. Al reconocer a Isidora, el pobre médico tembló
de nuevo.

«Tengo un recelo--le dijo Isidora agitadísima, la voz balbuciente, la
expresión turbada y agoniosa--. No me has comprendido... Habrás creído
tal vez que deseo ser tu querida, que te he propuesto que me compres...
No me juzgues mal; yo quiero ser honrada. Si no lo consigo es porque...,
te diré...

--¡Honrada!

--Sí, sí. No me comprendes. Sí me socorres, yo te pagaré..., dinero por
dinero.

--Déjame en paz--dijo Miquis retirándose.

--No, no te vas--replicó ella deteniéndole con fuerza--. Estoy
desesperada. Necesito... En último caso, paso por todo.

--Soy pobre.

--La desesperación es ley, Augusto. Te hablaré con el corazón; te
diré... Yo no quiero más que a un hombre. Por él doy la vida, y en
último caso el honor... Di, ¿me favoreces?

--Lo que necesitas, ¿es para comer?

--No; necesito mucho.

--No puedo, no puedo».

«Augusto, Augusto--exclamó ella colgándosele del brazo--. Mi necesidad
es tan grande, que no puedo tener tesón ni dignidad, ni nobleza. Yo no
te quiero, no puedo quererte; pero como Dios me abandona, yo me vendo».

Pausa. Miquis la miraba pestañeando. Sobre ambos, un farol de gas
alumbraba con rojiza luz aquella escena indefinible en que la necesidad
desesperada, de un lado y la integridad vacilante de otro, se batían con
furor. ¡Dinero y hermosura, sois los dos filos de la espada de Satanás!

«Soy pobre--repitió Miquis, haciendo un esfuerzo--; vete a París.

--¡Augusto!».

Augusto sintió cólera. Aprovechándose de aquel movimiento del alma,
desprendió su brazo de la mano de Isidora, y con toda energía le dijo:

«Dios te ampare».

Ya estaba distante cuando oyó esta voz sarcástica: «¡Farsante!».

Aquella misma noche desapareció Isidora de la casa de sus buenos amigos,
dejándoles un papelito que decía:

«Emilia, Juan José, amigos queridos: no soy digna de vivir en vuestra
casa. Cuidad de mi hijo esta noche. Tened lástima de mí».



Capítulo XI

Otro entreacto


En el famoso pleito de filiación había terminado la prueba; varios
testigos habían declarado y ambas partes respondido a infinitas
preguntas, repreguntas y posiciones; una bandada de golillas revoloteaba
en torno a las ramas de aquel árbol de escaso fruto; se había presentado
el alegato de bien probado; se aproximaba la vista, a que seguiría la
sentencia, y con esto la demandante se las prometía muy felices. Verdad
que en la prueba, llamada Isidora a manifestar algún recuerdo de su
niñez por donde se viniera a aclarar su nacimiento, no pudo suministrar
noticia alguna que ayudara eficazmente a su defensa.

Las declaraciones de los testigos eran desacordes y confusas por todo
extremo. Un tal Arroyo, del Tomelloso, amigo del Canónigo y de Tomás
Rufete, confirmaba la pretensión de Isidora. Un tal Arias depuso en
términos diametralmente opuestos, y D. José de Relimpio, llamado
también, declaró en términos categóricos a favor de la que llamaba su
ahijada; mas su declaración, falta de solidez, daba lugar a dudas acerca
de la sinceridad del anciano. Sobre tan misterioso asunto, él no sabía
gran cosa. Sabía, sí, y esto no podía dudarlo, que en 1851 había sacado
de pila a una niña, hija de Tomás Rufete. A los seis meses no cabales,
Relimpio y Rufete riñeron por cuestión de una pequeña herencia y
estuvieron siete años sin hablarse ni tener trato ni comunicación
alguna. Hechas las paces al cabo de tan largo tiempo, ambas familias
volvieron a entrar en relaciones. Entonces vieron los de Relimpio que en
casa de Rufete había dos niños, Isidora y un varoncillo de dos años.
Tomás dijo a Relimpio con misterio que su hija había muerto y que
aquella que vivía y el niño se los había dado a criar una dama que no
nombró. Don José, que no había visto a Isidora desde la edad de seis
meses, no podía, por el rostro de ella, discernir si era cierto o falso
lo que afirmaba su pariente; pero por costumbre siguió llamándola
ahijada, y desde entonces comenzó el cariño de que tan grandes pruebas
diera más tarde. En cuanto a Francisca Guillén, nunca pudo Relimpio
obtener de ella una declaración terminante acerca de las dos criaturas
que pasaban por suyas. Cuando Tomás estaba en el Tomelloso, la buena
mujer aventurábase a decir algo, que llenaba de gran confusión a D.
José; pero cuando el otro volvía, todo eran vaguedades y misterios.

Esto era lo que Relimpio sabía, y estos breves datos y sus
conversaciones, no largas, con Tomás y Francisca, debieron de haber
constituido su declaración; pero, llevado de un sentimiento de
caballeresca protección a la desgracia, hizo las afirmaciones más
conformes con su deseo y el de su ahijada. Sigamos ahora los pasos de
Isidora, de cuyo paradero ni Emilia ni Juan José tenían noticia alguna.
Tres veces en dos días había ido la pícara a ver a _Riquín_, porque la
ortopedista no se lo había querido entregar; pero ni con preguntas
capciosas pudo obtener de ella un indicio del sitio en que moraba. Debía
de saberlo don José; mas también guardaba fielmente el secreto. Tristeza
tan profunda dominaba al buen tenedor de libros, que con el peso de ella
parecía habérsele aumentado la cuenta de los años, extremando su vejez.
Casi todo el día lo pasaba fuera de su casa, y cuando entraba en ella
anunciábase con suspiros. Había perdido el apetito, dormía muy mal y
tenía los sueños más raros del mundo. Soñaba que se batía en duelo de
honor con Pez, Botín y otros caballeros, y que a todos les mataba,
sacándoles hasta la postrera gota de sangre. ¡Horror de los horrores!

Pero si Relimpio era la misma tristeza, otro personaje muy conocido
nuestro, el gran Bou, veía de súbito compensadas sus desdichas amorosas
con una gran ventura en cuestión de intereses. ¡Oh! Si la ingrata se
aviniera a dar el deseado _sí_, el Obrero--Sol sería un ejemplo de
hombre venturoso cual pocas veces se ha visto sobre la Tierra. Diríase
que la Providencia cristiana, no menos caprichosa a veces que la pagana
Fortuna, se había propuesto abrumarle de bienes positivos, negándole los
que su corazón apetecía, y le colmaba de frutos riquísimos sin dejarle
ver y gozar la flor hermosa del amor. Desde la visita al palacio de
Aransis empezó la tal Providencia a divertirse con él. En el espacio de
quince o veinte días le quitaba por un lado toda esperanza de amor, y
dábale por otros tres gollerías o momios pecuniarios a cuál más valioso.
Primero: aseguró un buen negocio contratando cierto trabajo de
impresiones y etiquetas con un afamado industrial; segundo: percibió una
herencia de ciento setenta mil reales; tercero: se sacó un segundo
premio de lotería, importando cinco mil duros. ¿Qué tal? Aun con ser
estos embolsos un estorbo más para llegar a la deseada liquidación
social, Bou se guardó su dinero y se puso muy contento, considerando en
lo más escondido de su mente, que bien podía aplazarse la tal
liquidación, o exceptuar de ella, en el punto y hora en que se hiciera,
el dinero de la gente honrada.

Miquis, que le apreciaba y se reía con él, fue a darle la enhorabuena, y
le encontró en su taller trabajando como siempre. Bou se levantó, saludó
a gritos, estrujó la mano de su amigo, y después fue acometido de una
tos tan violenta, que su cara parecía un cuero de vino, y el ojo
rotatorio estuvo a punto de desalojar su holgada órbita y caerse al
suelo.

«Ese alquitrán, hombre, ese alquitrán...

--Déjese usted de alquitranes y de potingues. Ni curas ni boticarios me
sacarían un cuarto. Que coman yerba..., ¡hala! Y a ustedes los médicos,
si yo arreglara el mundo, los pondría a que me barrieran las calles, a
que me desecaran los pantanos, a que me desinfectaran las
alcantarillas... Ahí es donde están las enfermedades.

--Pues a los litógrafos los pondría yo a que me afeitaran todas las
ranas que se pudieran coger... Pero vamos al caso... ¿Convida usted o no
convida?

--Sí, señor; convido a una copita... y nada más.

--¡Qué miserable! Yo esperaba un banquete regio.

--No me gustan aparatos ni bulla.

--Hombre, siquiera un cubierto de cincuenta reales..., cuatro amigos...

--Pues _palante_--exclamó el catalán, disparando su risa--, y aunque sea
de doscientos reales. Pero cuatro o cinco amigos nada más».

Siguieron hablando de la buena fortuna. Bou la había recibido con calma
y no pensaba hacer locuras. Si al fin se casaba, seguiría trabajando,
con el mismo sistema de vida modesta y obscura. Pero si no se casaba,
tenía el pensamiento de proporcionarse algunas satisfacciones, porque
_¡voto va Deu!_, no hay dinero más soso que el que uno deja a sus
herederos cuando se muere. Es necesario irse al otro mundo sin poder
contar por allá algo de lo poco bueno que hay en este; y luego, si viene
la liquidación, si tocan a desamortizar, es triste cosa que le limpien a
uno sin haber sido sanguijuela por un poco de tiempo. El trabajo es
bueno, magnífica cosa, sí señor, admirable en extremo; y los holgazanes
que se aprovechan del trabajo del pobre para gozar, son unos pillos, sí
señor, grandes tunantes; pero el obrero que tiene una ocasión de
introducirse, siquiera sea por breve tiempo, en el palacio encantado de
los goces mundanos, debe hacerlo, aunque no sea sino por conocer el
género de vida de las sanguijuelas y tenerlo en consideración el día en
que se ajusten cuentas. Él (Juan Bou) había pensado esto, y sacado en
consecuencia que las teorías puras no resuelven la cuestión social; es
preciso estudiar prácticamente los excesos de la holgazanería.

Aprobó Miquis cumplidamente estas ideas y con toda energía excitó a su
amigo a probar las escasas dulzuras de esta corta vida, ya que sin
quererlo tenemos siempre entre los labios sus amarguras, y pues la
ocasión de ser dichoso no se presenta siempre, aprovéchese cuando viene,
que tiempo hay de sobra para privaciones, disgustos y penas.

«Supongo--añadió--que andaremos en coche y a caballo, que tendremos
buena mesa y palco en el Real».

Echose a reír Juan Bou y dijo que no pensaba correrse mucho, ni hacer el
oso, ni ponerse en ridículo como un indianete sin seso; que tan sólo
obsequiaría a cuatro amigos, y que sin abandonar su taller, trataría de
ver qué sabor tiene la sangre del pueblo.

Después nombró Miquis a la ingrata, y oído su nombre, se puso tan serio
el otro, que parecía haber perdido en un instante todo su contento. No
habrían dejado aquí un tema tan del gusto de ambos si en aquel punto no
hubiera entrado D. José, el cual se turbó al ver al médico. Bou, también
algo turbado, pidió perdón a Miquis y se fue con Relimpio a un
despachito cercano, donde Augusto les oyó secretearse.

«Le ha traído una carta o recadillo--pensó el doctor, proponiéndose no
darse por entendido--. Ya, ya...».

Don José salió, al parecer con otra esquela o recadito verbal, aunque es
más probable que llevara lo primero, y al salir habló a Miquis del
tiempo, de política, de Cánovas y de que las tropelías de los ingleses
en el campo de Gibraltar daban motivo a España para exigir de Albión que
nos devolviera aquel pedazo de nuestro territorio. Augusto se mostró
conforme con estas patrióticas ideas y le dejó marchar, compadecido de
su aspecto caduco y del azoramiento que el semblante del pobre viejo
declaraba. Convidado por Bou al banquete que celebraba a la siguiente
noche, fue D. José vestido con su levitita anticuada y su corbata azul
de alfiler. Grave y silencioso estuvo toda la noche, sin que los demás
comensales pudieran comunicarle su alegría. Era tan flojo de cerebro,
que en cuanto bebía dos copas se ponía perdido, y he aquí que al probar
el Champagne, el buen tenedor de libros, después de haber dado varias
pruebas de no ser dueño de sus ideas, se dirigió a Juan Bou y con lengua
solemne aunque torpe, le dijo:

«¡Caballero, usted me dará una satisfacción, o me veré obligado a llevar
la cuestión a un terreno...!».

Todos prorrumpieron en risas. Exacerbado con ellas el humor pendenciero
de D. José, se puso éste como la grana, y uniendo el gesto impetuoso a
la dicción enfática, añadió:

«Porque usted se empeña en mancillar el honor de una joven de altísima
familia, y yo no permito, ¿lo entiende usted?, no permito... ¡yo que soy
su segundo padre...!

--Tiene razón--dijo Miquis--. Esto no puede quedar así. El lance es
inevitable.

--Inevitable--gritó Relimpio descargando el puño sobre la mesa y
rompiendo un plato--. Elija usted hora y arma. Si quiere usted, a la
hora del alba...

--_Al matutino albore_...».

Lo más particular fue que Bou, que también era hombre incapaz de llevar
con aplomo tres copas de vino blanco, empezó a disparatar. Primero se
rió mucho, después todo su empeño era abrazar a D. José y llamarle su
amigo. Relimpio, por el contrario, más se enfurecía a cada instante. Los
otros le incitaban, y sabe Dios cómo habría concluido el lance si el
catalán, que brindaba a cada momento, no diera de improviso con la mole
de su cuerpo en tierra.

Levantose en esto D. José y señalando con dramático acento el cuerpo que
parecía cadáver, dijo:

«¡La suerte me ha sido favorable, caballeros, señal de mi derecho! ¡Le
he matado!... He salvado el honor de una eminente doncella, de aquella
hermosa entre las hermosas, de aquella oriental perla, de aquel
serafín...».

Dio tres o cuatro pasos en falso, giró como un trompo, y fue a caer en
un diván de hule, donde Miquis le mojó la cara.



Capítulo XII

Escenas


=--I--=

JOAQUÍN.--=(Solo, paseándose meditabundo por la habitación, que es de
bajo techo, sucia, con feísimos y ordinarios muebles, todo en desorden.)
= Ni un día más durará esta vida. Protesto con toda mi energía de ser
racional y libre, declaro absurdo y necio el deber de vivir. No hay tal
deber. Cuando la sociedad nos declara la guerra, o hay que rendirse
entregándole las llaves de la plaza del alma, por otro nombre la
vergüenza, o hay que tomar las de Villadiego, emigrando a la eternidad.
Este es el dilema, _the question_, como decía el otro: o vivir sin
decoro, o buscar en la muerte la imposibilidad absoluta de ruborizarse.
Opto por morir. =(Da un gran suspiro, alza los ojos del suelo, y
fijándolos en un espejo que hay en la pared, sucio de moscas y con gran
parte del azogue borrado, se contempla en silencio un gran rato.)=--¿Eres
tú, imagen que aquí veo, la de Joaquín Pez? Te desconozco. Tú no eres
yo. Yo era hermoso, y tú, con esa palidez de Santo Cristo viejo y sin
barniz, das grima. Mis ojos derramaban la alegría y la felicidad y los
tuyos están mortecinos y sin brillo. ¿Cómo puedo creer que el hombre
mejor vestido de Madrid sea este que aquí veo dentro de esta levitita
abotonada hasta el cuello, con los ojales rotos y los bordes grasientos
y con flecos? No: el hombre que, a la hora que es, no ha tomado más que
un café y un poco de pan, no puede ser el Joaquín Pez que yo conocí. =
(Da media vuelta y sigue paseando.)= Me repugno, me doy asco. Vivir así
es peor que cien muertes.

»Ya no puedo pasar mucho tiempo sin que me descubran. Me prenderán, me
meterán en la cárcel... ¡Qué iniquidad! =(Se conmueve.)= Soy un
desgraciado, un hombre débil que no conoce el orden; soy un tonto; no
tengo sentido común, no sé arreglarme..., no valgo dos cuartos. Cuanto
se diga de mí en este sentido es justo. ¡Pero acusarme de estafador!...
Que en París contraigo deudas; que me vengo a España con intención de
pagar; que un francés sale escapado detrás de mí persiguiéndome; que le
entretengo unos días; que me endosan unas letras para que las cobre; que
las cobro y pago al francés; que los acreedores de aquí, envidiosos de
ver la buena suerte del extranjero, se me echan encima, me ahogan, me
embargan, me despojan la casa; que mi padre se enfurece y riñe conmigo y
me retira su apoyo; que el dueño de las letras me exige su dinero; que
no se lo puedo dar; que le pido un plazo; que me lo niega; y tomándolo
por la tremenda da parte a la Justicia; que corro y me afano buscando un
prestamista, y no lo puedo encontrar; que protesto de mis buenas
intenciones y de mis deseos de cumplir, y nadie me cree; que me acusan
de trapisondista y de estaf... No, no lo puedo sufrir. En mí hay error;
pero mala fe, jamás. La ligereza, ¿será hermana del crimen?...

»He recurrido al juego y no he tenido suerte; se han conjurado contra mí
hasta los abominables ganchos de los garitos. Es una guerra universal
contra el infeliz caído; es la venganza de la cursilería contra el que
fue ídolo de la sociedad y de las damas, hombre de moda y verdadero tipo
del bien vestir. =(Dando un gran suspiro.)= Yo juro que no se reirán de
mí; no, no me humillaré; no haré el mamarracho. Es preciso acabar
dignamente. Cada cosa que pierde el cimiento cae según su natural
condición. Caeré con catástrofe, como las torres, y los que oigan el
estrépito de mi fin dirán: «Este es un hombre»... =(Acércase a un rincón
en que hay una percha, de la cual pende un gabán. Toca la tela,
reconociendo por fuera algo que abulta dentro de un bolsillo.)= Aquí
estás, pasaporte, billete de ida sin vuelta. Te guardaré en el cajón de
la mesa =(Lo hace.)= para que no te vea Isidora, que se asusta tanto de
las armas de fuego. Ayer te vio y quiso tirarte a la calle. Esta noche,
tú y yo nos entenderemos. Las horas, que se arrastran pesadamente de la
mañana a la noche, despidiendo como una baba pegajosa, empapan mi alma
en desesperación. Esto ya no es vivir. Hágome cuenta de que ya se acabó
todo, y voy a escribir. No quiero irme sin decir algo a ciertas
personas. =(Se sienta en una claudicante silla, junto a la más derrengada
mesa que es posible ver, y escribe.)= Suprimiremos la fórmula vulgar de
«A nadie se acuse de mi muerte». Diré a mi padre que... Siento pasos.
Isidora viene. Esta desgraciada es el único ser que ha tenido la
abnegación de unirse a mí y ampararme cuando me ha visto abandonado por
todos. ¡Oh corazón generoso! Ha querido confortar mis penas con sus
ilusiones y mi desesperación con su esperanza. Cuando la veo, me dan
ganas de vivir y de ser bueno y arreglado y de unirme para siempre con
ella. Aquí está...».


=--II--=

ISIDORA.--=(Entra con muestras de cansancio. Viene humildemente vestida y
trae un lío de ropa. Siéntase en un sofá inválido que se inclina más de
un lado que de otro, y poniendo sus ojos llenos de dulzura en Joaquín,
espera que este le dirija la palabra.)= ¡Dios mío, qué escalera!

JOAQUÍN.--Más grande es la del Paraíso; al menos así lo dicen, que yo no
la he visto.

ISIDORA.--¿Ha venido mi padrino?

JOAQUÍN.--No he tenido el gusto de ver a su señoría.

ISIDORA.--¡Cuánto he andado, cuánto he corrido hoy!... He vuelto a casa
de Emilia para ver a _Riquín_. He querido traérmele, temiendo que les
molestase; pero Emilia no lo ha consentido... Hemos llorado... =(Se
conmueve.)=

JOAQUÍN.--Has hecho bien en dejarle allí. En ninguna parte estará mejor.

ISIDORA.--=(Suspirando fuerte.)= ¡Ay! Dios de mi vida, ¡qué angustia! Por
fin he logrado reunir... =(Lleva la mano a su bolsillo como para
defenderlo de un brusco movimiento de Joaquín.)=--No, no te doy un
cuarto. Déjame, que yo iré arreglando las cosas. Por de pronto es
preciso que salgas de aquí. Esta casa es una pocilga, y ¡qué vecindad,
qué huéspedes, qué patrona! Anoche no me dejaron dormir estos torerillos
y demás gentuza que cantaba y daba palmadas en el comedor. Pero di, ¿no
hallaste otro sitio mejor en que meterte?

JOAQUÍN.--=(Con desaliento.)= Perseguido, aterrado, aturdidísimo, me dejé
conducir por un amigo, Pepe Nules.

ISIDORA.--Pues ya tengo para pagar los ocho días que has estado aquí. Yo
no he estado más que tres. El gasto es poco. Hoy te haré traer comida
buena de la fonda.

JOAQUÍN.--No te apures por eso...; lo mismo me da.

ISIDORA.--Y mañana irás a una casa más decente.

JOAQUÍN.--=(Con indiferencia.)= ¿Para qué?

ISIDORA.--Para que vivas con más decoro.

JOAQUÍN.--¡Ideas convencionales!

ISIDORA.--=(Pensativa.)= Ayer te dije que tomaría una casita, y nos íbamos
a vivir juntos, ocultamente, sin que nadie se enterara. Ya he
reflexionado, y eso no puede ser.

JOAQUÍN.--Esas ideas de vivir ocultamente, y eso de hacer un nido y... =
(Riendo.)= Estupideces, hija. Eso lo pueden hacer los pájaros, que no
conocen la acuñación de moneda. Estamos dejados de la mano de Dios. No
hay que pensar en casita ni en simplezas. Los novelistas han introducido
en la sociedad multitud de ideas erróneas. Son los falsificadores de la
vida, y por esto deberían ir todos a presidio.

ISIDORA.--No te desesperes. =(Sonriendo con dulzura.)= ¿Y si yo te dijese
que tengo probabilidades de reunir algún dinero?

JOAQUÍN.--Tu dinero nos serviría para ir pasar dos días, tres. Luego
volveríamos a la misma situación de miseria, y como tus riquezas no
habían de ser tales que yo pudiera con ellas romper este cerco en que me
hallo...

ISIDORA.--=(Con cariño.)= ¿Y si yo pudiera...?

JOAQUÍN.--Ta, ta, ta. Tú vives de ilusiones. Aquí tenemos otra vez la
fantasmagoría del pleito. Siempre crees que mañana te duermes Isidora y
te despiertas marquesa de Aransis, harta de millones. No sé cómo, con tu
buen talento, vives así, engañada por el deseo.

ISIDORA.--Vamos, hoy todo lo ves negro.

JOAQUÍN.--Es que todo se ha vuelto ya retinto para mí.

ISIDORA.--Si quieres que no riñamos, no me hables del pleito con ese
desprecio. Yo tengo confianza, y quiero que tú la tengas también. El
procurador me ha dicho que es cosa ganada... Tardará algún tiempo,
porque mi abuela apelará; pero de que lo gano, no te quede la menor
duda.

JOAQUÍN.--Pues poniendo las cosas a tu gusto, siempre pasarán tres,
cuatro o cinco años antes que lo ganes. Ayúdame a sentir. Ni cómo he de
remediarme yo ahora y sortear mi deshonra, con esos caudales que todavía
no se han acuñado.

ISIDORA.--Al darte esperanzas, no me refería precisamente al pleito. Yo
pensaba conseguirte el dinero con un préstamo.

JOAQUÍN.--¡Un préstamo! =(Con estupor.)=

ISIDORA.--En fin, yo me entiendo... No te desesperes...

JOAQUÍN.--No creo ya en los préstamos, como no creo en los milagros. =(Da
media vuelta y se pasea otra vez.)=

ISIDORA.--=(Aparte, y después de mirar un rato a Joaquín).= Es preciso
sobreponerse a la desgracia... Arreglaré el cuarto que parece una
leonera.

=Larga pausa. Durante un momento, ambos personajes callan. Isidora coloca
las sillas con cierto orden, arregla las camas, quita el polvo. Cuando
limpia el espejo, se mira un poco, y dice:= «Parezco que sé yo qué.
=(Alto.)= Hoy traeremos dos cubiertos de la fonda.

JOAQUÍN.--Como tú quieras. El comer bien o el comer mal me es
indiferente; pero, pues tú lo quieres, comamos bien, que nada se pierde
en ello.

ISIDORA.--=(Sentándose fatigada.)= La miseria, hijo, me espanta. No tengo
un vestido decente que ponerme... ¿Pues y tú? ¡Y a esto llaman vivir!...

JOAQUÍN.--La vida sin dinero es una enfermedad del cerebro, una fiebre
galopante, una meningitis. Ni el amor es posible en la pobreza. Mete a
los amantes más finos y más exaltados, a Romeo y Julieta, por ejemplo,
en un cuchitril, donde no tengan más que el consabido _pan y cebolla_, y
a los dos días se arañan la cara. La miseria es enemiga del alma humana.
Con ella no es posible el talento, ni los afectos, ni la amistad, ni el
arte, ni la dignidad, ni nada. Es la forma sintética del mal. Oye, oye,
Isidora: el reloj de las monjas ha dado las tres. Tengo una debilidad...
Si persistes en el sibaritismo de traer algo de la fonda, mándalo traer
pronto, ya sea almuerzo, ya comida, porque me muero de hambre.

=Nueva pausa, durante la cual entran una criada de la casa y un mozo de
la fonda. Este sirve el almuerzo. Joaquín demuestra más apetito que
Isidora.=

ISIDORA.--=(De sobremesa.)= ¿Qué tal?

JOAQUÍN.--Los langostinos estaban muy buenos; el _bistec_ me ha
rejuvenecido. ¡Bendita seas tú, que siempre tienes ideas grandes! Eso de
sorprenderme con dos botellas de Champagne prueba que en ti todo es
noble, lo mismo el corazón que la cabeza. Dejaremos una botella para
mañana, porque la economía es la primera de las virtudes; no, la
segunda, que la primera es cuidarse bien.

ISIDORA.--Alguna otra sorpresa he de darte todavía. Dime, ¿mereces tú lo
que hago por ti?

JOAQUÍN.--No lo merezco ciertamente. Muchas veces te lo he dicho. Eres
un ángel..., no de esos ángeles desabridos que pintan en los cuadros y
en las poesías, los cuales vienen con consuelillos de moral emoliente,
sino un ángel mundano que derrama sobre el corazón del desgraciado
bálsamo eficaz. En una palabra, eres un ángel práctico. Bien se conoce
en todas tus acciones la nobleza. Podrás equivocarte, cometer faltas;
pero ser innoble, jamás. No sé si me explicaré diciendo que tienes la
elegancia del alma.

ISIDORA.--Tienes razón. Seré cualquier cosa; seré... mala si se quiere,
pero ordinaria jamás.

JOAQUÍN.--Indudablemente eso está en la sangre. ¡Por vida de...! Si no
ganas ese endiablado pleito, no hay justicia en la tierra... ni en el
cielo. ¡Ay! Isidora, no sé por qué el Champagne da a mi alma un vigor
que ya no tenía. Ello es que siento deseos de echarme a pensar cosas
agradables. Isidora, Isidora, mujer mía. =(La abraza tiernamente.)=
Entretengámonos un momento con ilusiones...

ISIDORA.--=(Riendo.)= Mejor es soñar que ver.

JOAQUÍN.--Ganarás el pleito... Yo me casaré contigo...

ISIDORA.--=(Entristeciéndose súbitamente.)= En lo primero creo, en lo
segundo no. Esa ilusión es demasiado bonita para que pueda engañar.

JOAQUÍN.--¿Por qué lo dices?... ¿Porque te lo he prometido muchas veces,
y nunca lo he cumplido? Ahora...

ISIDORA.--Ni ahora ni nunca. Tú no te casarás conmigo. =(Derrama unas
lágrimas.)=

JOAQUÍN.--El mundo es olvidadizo, tontuela.

ISIDORA.--Pero no tan olvidadizo que...

JOAQUÍN.--Y en seguida que nos casemos, haremos un viaje por Italia y
Suiza.

ISIDORA.--O por Inglaterra y Escocia. =(Con toda su alma.)= ¿Sabes que de
tanto oír hablar de Italia me apesta la tal Italia? Mas quiero ver a
Londres, sus inmensas calles, sus muelles que no tienen fin, sus
parques... Aquello sí que es grandeza. Te diré... Luego haría una
excursión por Escocia, ¡donde hay unos lagos preciosos y unas
montañas...! Por allí andan las _ladys_ visitando grutas, escudriñando
ruinas y pintando paisajes. No hay nadie que entienda como esa gente
inglesa el modo de hacer vida elegante en medio de la Naturaleza. Botín,
que ha estado en Inglaterra, me contaba cosas que me hacían feliz.

JOAQUÍN.--Pues si lo prefieres, iremos a Londres y Escocia.

ISIDORA.--Calla, calla. Te diré... Iré yo sola, o contigo, si quieres
acompañarme... Porque no me casaré, Joaquín; viviré soltera riéndome del
mundo.

JOAQUÍN.--¡Soltera! Si yo no me casara contigo, tendrías ocho mil
pretendientes por semana.

ISIDORA.--=(Decidida.)= A todos les daría con mi puerta dorada en los
hocicos. ¡Soltera, libre! Vestiré muy bien, protegeré las artes, seré
una gran señora. Te diré... Mi casa va a tener que ver, porque no
entrará en ella nada que no sea de lo más escogido. No has de ver ni
cosas vulgares, ni tapicerías chillonas, ni objetos de mal gusto, ni
cosa alguna que se vea en otra parte. Compraré cuadros de los grandes
maestros, y tapices y antigüedades, y todo lo que sea curioso sin dejar
de ser bello, porque las rarezas sin hermosuras me desagradan como las
bellezas comunes.

JOAQUÍN.--¡Bendito sea tu talento!

ISIDORA.--En mi casa no entrarán los tontos; eso puedo jurártelo. Me
rodearé de hombres discretos, distinguidos. En fin, será mi casa la
academia del buen gusto, del ingenio, de la cortesía y de la
inteligencia. Daré conciertos de música clásica.

JOAQUÍN.--=(Con un poco de malicia.)= ¿La has oído? ¿Te gusta?

ISIDORA.--Yo no sé si la he oído o no; pero puedo asegurar que me gusta.
Te diré... ¿Hay una música en que no se oigan esos mil sonsonetes de
ópera que conocemos por los organillos, las bandas militares y los
cantantes de afición? Pues esa es mi música. Lo que te puedo asegurar es
que un día fui al salón del Conservatorio a oír los cuartetos y me gustó
tanto, que estaba embelesada... Aquello era un coro de serafines con
guante blanco. ¡Qué sensaciones tan delicadas! Yo me remontaba a un
cielo que también era salón.

JOAQUÍN.--=(Con arrobamiento.)= ¡Isidora, tú eres noble!

ISIDORA.--Te diré... Oyendo aquella música, yo me olvidaba de todo y
bendecía a Dios, que no me ha hecho vulgo... Vamos a otra cosa. Yo no
entiendo de pintura; pero cuando tenga mi casa, entrarás en ella, y te
desafío a que encuentres algo que no sea superior. Me atengo a los
grandes maestros, y como he de ser muy rica, me formaré una buena
colección. También tendré contemporáneos, siempre que sean muy
escogidos. Tres o cuatro veces nada más he estado en el Museo. ¡Qué
cosas, hijo! Aquello sí es grande. Con el talento que hay colgado de
aquellas paredes había para hacer un mundo nuevo si este se acabase. Yo
me figuraba que había pasado a otro mundo, a Venecia, a Roma, a la corte
del Buen Retiro. Unas veces creía que estaba cubierta de brocados y
otras que andaba a la ligera como se anda por el Olimpo. Aquella es
belleza; chico, aquella es gracia. Yo decía: eso lo siento yo, esto es
cosa mía, esto me pertenece...

JOAQUÍN.--=(Con entusiasmo.)= ¡Eres noble, eres noble!

DON JOSÉ.--=(Entrando súbitamente, produce, con la irrupción inesperada
de su personalidad, un abatimiento brusco del exaltado vuelo de su
ahijada.)= Aquí estoy.

ISIDORA.--¡Ah!... Don José...

DON JOSÉ.--=(Aprovechando el momento en que Joaquín vuelve la espalda, da
un papelito a Isidora.)= Toma.

ISIDORA.--=(Guardando el papelito.)= Padrinito, ahora debe usted
retirarse. Es de noche y estará usted cansado. Mañana le necesito. Pero
no se moleste usted en subir. Aguárdeme en la puerta y me acompañará a
varios sitios donde he de ir. =(Despidiéndose con una mirada cariñosa.)=
Abur.

DON JOSÉ.--=(Con cierta reconcentración shakespeariana.)= La sangre que
destila de mi corazón amarga mis labios. =(Exit.)=


=--III--=

=Es de noche. Agonizante luz de un quinqué con pantalla torcida y sucia
alumbra la estancia. JOAQUÍN, cansado de dar vueltas por el cuarto y de
fumar cigarrillos, se arroja vestido a la cama y se duerme. ISIDORA se
reclina en el sofá y cierra los ojos. Pero no pudiendo dormir, habla
consigo misma.=

«Decididamente optaré por el canelo con combinación níquel, por el azul
de ultramar y por el negro con combinación de brochado, oro y
cardenal... En los sombreros no determino nada hasta no enterarme bien.
¡Ay Jesús!, lo primero que tengo que hacer es tomar un profesor de
francés... Supongamos que cuando menos se piensa, mañana, o la semana
que entra, o el mes que entra, gano el pleito; bien porque lo gano, bien
porque la marquesa se cansa, reconoce su terquedad, y cede y me llama y
me dice... Hace días que me estoy figurando esto y nada tendría de
particular que lo que pienso resultase verdad. Pues bien: mi abuela me
llama el mejor día; voy allá, subo, entro, espero un ratito en el
gabinete del piano, sale ella, me mira, me toma las manos, me las
aprieta mucho y me dice: «Basta de pleitos, hija; abracémonos». Y me
abraza, y yo me echo a llorar, y ella también, y todo queda concluido, y
yo en la casa y en posesión de lo que es mío... Supongamos esto, que es
lo más natural, lo más lógico. ¡Qué alegría tan grande, Dios de mi vida!
Entonces sí que podré tener cuanto necesite y cuanto me agrade sin
humillarme. Sacudiré la tierra que se haya pegado a las suelas de mis
botas, y diré: «Ya no más, ya no más lodo de las calles». El cristal más
puro no podrá compararse entonces a mi conciencia. Seré tan honrada como
los ángeles... Levantaré mi frente... =(Se interrumpe y da un gran
suspiro.)=

»¿Pero podré levantarla con el peso de ciertas cosas de mi vida
pasada... y presente? Esto me vuelve loca. ¡Maldita sea la necesidad,
que no es otra cosa sino lo que antes se llamaba el Diablo! La decencia
del vestir, la delicadeza en el comer, el aseo y las comodidades, que
son tan necesarias a ciertas personas como el aire y la luz, nos matan
el alma... ¡Que venga Dios en persona a sacarme de este círculo maldito!
Si me privo de todo, me muero de pena, y si no me privo me deshonro...
¡Oh Dios!, ¡quién fuera cursi, quién fuera populacho!... Me pasaría la
vida haciendo cigarros, lavando ropa, comiendo bodrio, durmiendo en un
jergón asqueroso; me casaría con un cafre hediondo, tendría un chiquillo
cada año, viviría como una bestia, toda imbécil, toda sucia...; ¡pero
sería feliz como son felices los que no conocen el dinero!... ¿Qué es
mejor, ser una piedra, que se está donde la ponen, o ser una criatura
racional que quiere ir a alguna parte? ¡No sé, no sé! ¡Benditos sean los
adoquines, que ni siquiera sienten los pisotones que les dan!... Vaya,
vaya, qué duro es este sofá. Y el pobre Joaquín, ¡qué profundamente
duerme! ¡Buena falta le hace! ¡Cuánto has padecido estos días,
desgraciado mártir de la sociedad! Tienes mala cabeza, pero eres bueno.
Has gozado mucho, demasiado quizás, y ahora lo estás pagando. Los muy
felices tienen que pagar su felicidad con desgracias, y viceversa. Por
eso yo, que he sido y soy tan desgraciada, he de cobrar pronto la
felicidad que se me adeuda... =(Suspira y se aflige.)= Sí, sí; no hay
debajo del sol una persona más desgraciada. Y, no me digan que soy mala.
Yo no soy mala. Es que las circunstancias me obligan a parecerlo. Y si
no, que baje una santa del cielo y se ponga en mi lugar, a ver si no
haría lo mismo... =(Se da un golpe en la frente.)=

»Cuando pienso lo que me espera mañana, me dan ganas de matarme. Y al
mismo tiempo, ¡vaya con las jugarretas que me hace mi destino! Deseo que
llegue mañana. Mis necesidades, los apuros de este infeliz y la urgencia
de pagar los gastos de mi pleito, me hacen cerrar los ojos... El honor
me echa hacia atrás; la ansiedad de satisfacer mis necesidades me echa
hacia adelante. Pues no hay otro remedio, adelante. El sí y el no me
vuelven igualmente loca. =(Rompe a llorar, y para sofocar sus lamentos
muerde el pañuelo. Larga pausa.)= ¡Y cómo duermes tan tranquilo!... Si yo
no te quisiera tanto, podría suprimir uno de los principales motivos que
tengo para dar este mal paso, y quizás, quizás hallaría otros medios...
Pero no puedo remediarlo; se me despedaza el alma de verte así... Y para
que veas lo que soy, siempre que considero lo mal que te has portado
conmigo, me entran ganas de servirte, de favorecerte. Te diré..., yo soy
así; Dios mío, ¿por qué me hiciste noble? ¿Por qué no me hiciste nacer
de vil populacho? ¿Por qué no me hiciste canalla de la cabeza a los
pies, canalla la figura, canalla los modales, canalla el alma?... =(Gran
pausa, durante la cual se adormece.)= No, no; me decidiré por el azul
Ultramar con combinación rosa y plata...

=(Otra pausa, durante la cual amanece.)=»Es de día; me levantaré y saldré
sin que él me vea. Aún es demasiado temprano. Procuraré no hacer
ruido... Le dejaré el dinero suelto que me queda aquí y dos palabras
escritas con este lápiz. =(Escribe; pone sobre la mesa el papel y algunas
monedas.)= Vaya, ya es tiempo. =(Afligidísima.)= ¡No poderle decir adiós!
¡Qué vida, qué humanidad! Me voy, porque si despierta, no tendré valor
para salir. =(Vase.)=

JOAQUÍN.--=(Despertando, ya entrado el día.)= Isidora, Isidora... No está.
Se ha ido. Me levantaré. Como estoy vestido, mi _toilette_ no ofrece
grandes dificultades. ¿Habrá por aquí el lujo de un peine? Es posible.
=(Levántase y da algunos pasos por la habitación.)= ¡Que claridad! ¡Qué
feo y antipático es el día! Prefiero la noche, tapadora y discreta.
¡Ah!, la señora de la casa, antes de marcharse, ha dejado aquí sus
disposiciones. =(Toma dos duros que hay sobre la mesa y el papelito, y
lee.)= Vamos, bien, me ha dejado el dinero para que almuerce hoy. = (Lee.)=
«Manda traer de la fonda tu almuerzo. No te apures. No volveré hasta la
noche, porque tengo que hacer». Esta pobre Isidora, ¡qué buena es! Si no
fuera la maldita manía del pleito, que no ganará nunca, sería una
muchacha ejemplar. Bien, bien; haremos lo que manda la señora. La fiera
patrona no me envenenara con sus guisotes. Voy a llamar, a pedir agua, a
lavarme, y después esperaremos. Luego que almuerce dictaré mis últimas
disposiciones, y en cuanto llegue la noche, la querida noche...

=Pausa de algunas horas, durante la cual entra y sale una zafia criada,
arréglase el personaje, y luego almuerza lo que te traen de la fonda.=

»Me olvidé de la botella de Champagne que está en aquel armario. No me
importa que se la beba otro. En mi testamento la dejaré a los huéspedes
de esta casa para que la vacíen por mi salvación eterna... Ya que estoy
solo escribiré a papá y a Isidora. =(Se sienta y escribe.)= ¡Buenos cosas
le digo a mi señor padre!... Si los deslices del hijo han sido grandes,
el padre no tiene aún motivos para dudar de su buena fe... Jamás he
cometido una vileza. Mis faltas son debilidades, y además un efecto
preciso de la mala, de la perversa educación que he recibido. ¿Por qué
educaron en el lujo al hijo de un pobre empleado con treinta mil reales?
¿Por qué desde niño me enseñaban a competir con los hijos de los grandes
de España? ¿Por qué no me dieron una carrera, por qué no me aplicaron a
cualquier trabajo, en vez de meterme en una oficina, que es la escuela
de la vagancia? Estas son las consecuencias. Me criaron en la vanidad, y
la vanidad me conduce a este fin desastroso. =(Sigue escribiendo con
agitación, se pone pálido y, al concluir, su mano tiembla.)=

»Ahora escribiré a Isidora, a quien no veré más. La única persona por
quien siente emociones cariñosas mi corazón es ella. ¡Cuánto más vales
tú que otras virtudes secas y orgullosas! Nuestras dos almas han
simpatizado, porque son similares. Tú, como yo, fuiste educada en la
idea de igualar a los superiores... =(Escribe.)= «Querida y adorable
amiga: Próximo a morir, adquiero una lucidez extraordinaria; veo el
mundo y la vida en su verdadero aspecto. Yo no tengo ya salvación; tú
puedes salvarte. Procura olvidar tus aspiraciones; renuncia a ese
pleito, hazte humilde, y si se te presenta un hombre honrado que quiera
casarse contigo, cásate, aunque sea muy bruto». =(Hablando.)= No, no
miento nada al decir que la quiero con todo mi corazón. Su lealtad
conmigo, la constancia de afecto con que ha pagado mis desvíos prueban
la grandeza de su alma. =(El personaje redacta largos párrafos amorosos y
llena cuatro carillas de papel...)= ¡Ah!, me olvidaba de lo principal, de
_Riquín_, mi hijo. ¡En esta hora triste me ha entrado un amor por él!...
¡Si estuviera aquí me lo comería a besos!. Le reconoceré. = (Escribe otro
larguísimo párrafo, y pasa el tiempo y avanza la tarde.)= En fin, esto es
hecho. Ahora, ánimo. Tremenda cosa es afrontar el dudoso abismo de la
eternidad. Pero no puede ser de otra manera. Dios me perdonará mi
crimen. ¡Todo antes de ser chacota de la gente y presenciar la befa de
mi honor! Pronto anochecerá. No vacilo más. =(Se dirige a la percha, saca
el revólver y lo examina.)= Aquí está. Me parece un juez de hierro que me
condena sin permitirme defensa ni apelación.

UNA VOZ.--=(Que suena cavernosa detrás de la puerta, acompañada de dos
golpecitos.)= ¿Se puede?

JOAQUÍN.--Adelante.

DON JOSÉ.--=(Entrando.)= Buenas tardes.

JOAQUÍN.--¿Viene usted en busca de Isidora? No está.

DON JOSÉ.--No, vengo de parte de ella. Esta carta...

JOAQUÍN.--=(Tomando la carta con mano temblorosa.)= ¿A ver?... ¿En dónde
está Isidora?

DON JOSÉ.--=(Con sequedad.)= Hace un rato estaba en una tienda de la calle
del Carmen, escogiendo telas para vestidos.

JOAQUÍN.--=(Estupefacto)= ¡Telas! =(Abre la carta, que es voluminosa.
Dentro del pliego aparecen risueños algunos billetes de Banco; Joaquín
palidece.)= ¿Qué es esto? =(Se sienta y lee. Palidece más y luego se pone
encarnado y vuelve a palidecer.)=

DON JOSÉ.--=(Aparte, mirando a Joaquín con expresión de poca simpatía.)=
No lloro porque soy hombre. Mi corazón concluirá por ser como las rocas
en que bate el mar.

JOAQUÍN.--=(Guardando la carta en el bolsillo, se pasea.)= ¡Estoy salvado!
La cantidad es redonda... ¿Pero aceptaré esto? ¿De dónde procede?... ¿Es
una vileza aceptarlo? Sí que lo es; pero las circunstancias... ¡El
abismo!... Supongamos que un desventurado está al borde del precipicio y
se le presenta el demonio de la infamia y le alza en sus manos. No, no;
antes rodar al fondo del abismo. =(Alto.)= Don José vaya usted allá, y
devuelva esto a Isidora.

DON JOSÉ.--=(Aparte y tétricamente, coincidiendo en sus expresiones sin
sospecharlo, con Otelo.)= Oh flor graciosa y bella, ¿por qué has nacido?

JOAQUÍN.--=(Vacilando.)= No, no; deshonra por deshonra... Pesémoslas ambas
en la balanza de la fría razón. ¿Cuál pesa más? ¡Oh!, no hay que
vacilar. Esta lleva en sí la imposición del acontecimiento, del hecho
real. Tomaré el dinero... Me he salvado. Pero ¿por qué no estoy tan
contento como debiera? =(Alto.)= Don José, ¿con quién ha hablado hoy
Isidora?... ¿En dónde ha estado?

DON JOSÉ.--No lo sé... =(Aparte, lleno siempre de espíritu
shakespeariano.)=--¡Estúpido! ¿cómo quieres que te lo diga? No me
atreveré a decirlo ni aun a vosotras, ¡oh castas estrellas!

JOAQUÍN.--Usted nunca sabe nada. Usted está siempre en Babia. =(Aparte.)=
¡Malditas sean las circunstancias!... Me engañaré a mí mismo, haciéndome
creer que este dinero es de procedencia honrada. Es tan torpe el ser
humano, que fácilmente se le engaña... Pero discutamos esto; abordemos
la cuestión con filosofía. Si este dinero ha venido a mí por una vía
poco honrosa, es evidente que yo no he ido a buscarlo por dicha vía. Los
procedimientos de la Providencia son misteriosos. Es irreverente y
sacrílego ponerse a discutir sus designios. El hecho consumado lleva ya
en sí una dosis tan grande de lógica, que no necesita argumentaciones
retóricas. =(Alto.)= ¿No piensa usted lo mismo, hombre de Dios?

DON JOSÉ.--=(Como quien despierta de un sueño.)= ¿Yo?... Yo no pienso.

JOAQUÍN.--=(Volviendo a mirar con cariño los billetes.)= ¡Y la cantidad es
redondita! ¡Pobre Isidora! ¿Cómo no amarla? No sé qué daría porque
ganara el pleito. Pero no, no lo ganará. Sólo los pillos tienen suerte.
¡Don José, señor don José!

DON JOSÉ.--=(Pasándose la mano por la frente y el cráneo como para
detener una idea que intenta escaparse.)= ¿Qué?...

JOAQUÍN.--Le voy a convidar a usted a una copa de Champagne.

DON JOSÉ.--=(Con repugnancia.)= Gracias, no..., me mareo. =(Vacilando.)=
Pero, sí, venga; así se olvida.

JOAQUÍN.--¿Tiene usted muchas penas que olvidar?

DON JOSÉ.--=(Mirándole con ojos dulzones.)= ¿Yo?... ¿Penas yo? =(Contrae
horriblemente sus facciones al tratar de contener la emisión de un
suspiro.)=

JOAQUÍN.--=(Escanciando.)= Ahí va.

DON JOSÉ.--=(Bebe.)= ¡Cómo pica la maldita! =(Apenas ha llegado a su
estómago la primer gota del precioso líquido, inclina la cabeza y cierra
los ojos, diciendo.)= ¡Mundo miserable!

JOAQUÍN.--¿Qué?... ¿Por tan poca cosa?

DON JOSÉ.--=(Levántase bruscamente, los ojos brillantes y airados, la
actitud trágica.)= Sí, lo repito. Un caballero no recoge sus palabras.
¡Es usted un miserable, y le voy a romper a usted el bautismo!

JOAQUÍN.--=(Soltando la risa.)= ¡Don Pepe!

DON JOSÉ.--=(Cuadrándose.)= A sable o a pistola, como usted quiera. Me es
igual. De todas maneras sabré castigar su infamia. ¡Usted, un hombre
ordinario, un monstruo, un cafre, atreverse a coger en sus garras aquel
lirio! =(Da algunas vueltas por la habitación, perseguido por espectros.)=
No, no os tengo miedo, no. Pez, Botín, Melchor, Bou, no os temo. Os
mataré a todos, os haré polvo. Soy el defensor de la virginidad
ultrajada, de la inocencia perseguida, de la casta paloma... ¡Vamos, al
momento, al momento, me bato con los cuatro!

JOAQUÍN.--=(Le empuja hacia el sofá.)= ¡Pobre hombre!

DON JOSÉ.--=(Cayendo en el sofá como un talego.)= Me habéis matado, porque
sois cuatro. Os perdono a todos menos a uno. Os perdono a los tres; pero
a ti, bestia repugnante, a ti, tronco de la Ipecacuana, no puedo
perdonarte. =(Se desvanece.)=

JOAQUÍN.--=(Disponiéndose a salir.)= Ahí te quedarás hasta que te pase.


=--IV--=

=Mutación. La escena representa un aposento semi--elegante que parece ser
fonda.=


ISIDORA.--=(Mirando con zozobra hacia la puerta, en la cual ha dado
golpes una mano indiscreta.)= ¿Quién es?

DON JOSÉ.--=(Levantándose de un sillón en que yace soñoliento.)= Si es
visita, me retiraré.

UN SEÑOR.--=(Entrando sombrero en mano y dirigiéndose a Isidora.)= ¿Es
usted doña Isidora Rufete?

ISIDORA.--=(Trémula.)= Servidora...

AQUEL SEÑOR.--=(Avanzando, seguido de otro individuo poco simpático y
nada cortés.)= Señora, el objeto de mi visita es poco agradable. Vengo a
prender a usted de orden del juez del Hospicio. =(Muestra el auto de
prisión.)=

ISIDORA.--=(Aterrada.)= ¡Prenderme!... ¡A mí! ¿Está usted seguro?...

EL ESCRIBANO.--=(Volviendo a mostrar el auto.)= Vea usted... Conque si
tiene usted la bondad de seguirme...

DON JOSÉ.--=(Aparte, deplorando no tener espada, y sobre todo no ser
hombre capaz de sacarla en caso de que la hubiera tenido.)= ¡Qué
picardía!

EL ESCRIBANO.--=(Queriendo, como hombre humanitario, sacar a Isidora de
su extraordinaria perplejidad.)= Ya sabría usted que la parte contraria
pidió que se sacara el tanto de culpa...

ISIDORA.--=(Confusa y mareada.)= Sí.

EL ESCRIBANO.--Y el juez ha encontrado el fundamento.

ISIDORA.--Pues daré fianza...

EL ESCRIBANO.--Precisamente... en el delito de que se trata no puede
concederse fianza.

ISIDORA.--¡Delito! ¿Está usted seguro de lo que dice?

EL ESCRIBANO.--El pleito es ahora causa criminal...

ISIDORA.--=(Iracunda.)= ¿Y de qué me acusan?

EL ESCRIBANO.--De falsificación.

ISIDORA.--¿Falsificadora yo?... =(Fuera de sí.)=

DON JOSÉ.--=(Aparte, apretando los dientes, frunciendo las cejas y
contrayéndose todo.)= No te pierdas, José.

ISIDORA.--Esto es una infame trama de mis enemigos... Pero Dios no
consentirá que me pierdan ni que me deshonren. =(Llora.)= ¡Y a esto llaman
justicia, ley! =(Sobreponiéndose al dolor y secando sus lágrimas de tal
modo que parece que se abofetea.)= Yo probaré mi inocencia... Esto me
faltaba, esto; ser mártir. =(Aparte, con entereza y orgullo.)= Bien venida
sea esta noble corona. El martirio me purificará de mis culpas, y hará
que resplandezcan mis derechos de tal modo que lo puedan ver hasta los
ciegos. =(Alto.)= Vamos, cuando usted quiera.



Capítulo XIII

En el Modelo


=--I--=

La irritación y la vergüenza, unidas a un desorden nervioso que casi la
privaba de sensibilidad, tuvieron a Isidora toda aquella tarde y noche
en un estado parecido al sonambulismo. Veía las cosas, las tocaba,
preguntaba, y aun respondía como cediendo a una fuerza mecánica. No
estaba segura de hallarse despierta, ni de que fuese realidad lo que le
pasaba; iba y venía medio ciega, mareada, con algo en el cerebro, entre
jaqueca y manía, sorprendiéndose de ver cómo brillaban instantáneas,
sobre la densa lobreguez de su pena, algunos relámpagos de alegría.
Rindiola el cansancio después de medianoche; se acostó vestida, cerró
los ojos tratando de adormecer el dolor de cabeza, y entonces revivió
bajo su cráneo, entre la vibración de los nervios encefálicos, todo lo
acaecido desde que el escribano se presentó en su casa para prenderla.
Veíase en el coche de alquiler que los condujo a la calle de Quiñones,
donde está el vulgar y triste edificio llamado _Modelo_ con descarada
impropiedad; el coche paraba junto a una puerta en la cual había un
soldado de guardia, y más a la izquierda un grupo de pobres disputándose
las sobras del rancho de las presas.

Isidora y el escribano entraban en un vestíbulo nada espacioso; salía a
recibirlos un empleado con gorra galoneada, traspasaban un cancel de
cristales, y volviendo un poco a la derecha, encaraban con una puerta de
pesados cerrojos, sobre la cual se leía en letras negras la palabra
_Rastrillo_. Una mujer de edad madura abría la puerta, Isidora pasaba,
subía por la gran escalera blanqueada, y al llegar a lo alto miraba el
letrero de la _Sala primera_; y echando la vista por el hueco, veía un
claustro grande y luminoso, en cuya capacidad sesteaba, tomando el sol,
el más bullicioso y pintoresco ganado femenino que se pudiera imaginar.
La idea sola de tener que vivir entre aquella gente había horrorizado a
la de Rufete. Pero ella tenía fondos; ella pagaría una habitación
decente, y viviría con ciertas comodidades y completo decoro los pocos
días que, a su parecer, habría de permanecer en aquel tremendo asilo.

Una señora mayor, bondadosa y amable, la acompañaba, y precedíala una
celadora, cabo femenino o presidiaria distinguida, de aspecto gitanesco
y hombruno. Hacia la izquierda estaba el aposento que a Isidora se
destinaba, el cual tenía una ventana enrejada a la calle, un camastrón
de hierro, mesa y dos sillas... La dejaban sola; poco después entraba la
celadora, quien, con formas de adulación artera y llamándola _señorita_,
ofreció servirla y acompañarla. Isidora la miraba con repulsión. Llegada
la noche le servían una cena, que no quiso probar, y al fin, sola,
encerrada, abrumada por la pena, el cansancio y la jaqueca, se recostó
en la cama, donde su cerebro le reprodujo una, dos, tres veces o más, la
serie de impresiones y sucesos que hemos referido.

Por la mañana, despertáronla los gritos y desaforadas blasfemias de una
mujer que moraba al otro lado del tabique de su cuarto, el graznido de
un ave domesticada, el ruido de la calle, el bullicio de la próxima
_Sala primera_, y el _tan tan_ de la campana de Montserrat, iglesia del
convento que hoy es prisión del bello sexo. Y si el alma humana en las
situaciones de gran tribulación se ve siempre sacudida por ráfagas de
inexplicable alegría, que más bien parecen protesta aislada de algún
nervio rebelde contra el dolor, en Isidora había un motivo para que
aquellas ráfagas de alegría fueran algo más duraderas y eficaces, porque
la prisión, con ser tan odiosa, había venido a librarla de otra
esclavitud atrozmente repulsiva.

«Casi me alegro de esto--decía--, porque si no estuviera aquí estaría ya
muerta de horror y asco...».

Además, la prisión no podía durar, porque los jueces, ¡cosa evidente!,
habrían de convencerse pronto de la inocencia de la pobrecita
demandante. Dios le había deparado sin duda aquel trance para probarla y
darle de improviso, cuando más afligida estuviese, el alegrón de ganar
el pleito y confundir a su implacable abuela. Pero donde la hallamos más
en carácter es en aquel punto y hora en que echaba mano de su cualidad
de idealizar las cosas para obtener los más dulces confortamientos. ¿No
ennoblece el martirio a las criaturas? Si los culpables, cuando son
perseguidos, inspiran lástima, los inocentes que sufren tormento de la
Justicia, ¡cuánto no se avaloran y subliman en el concepto de las almas
sensibles! Era inocente, sufría persecuciones inauditas; luego tenía
bastante motivo para erigirse en criatura celestial. Poco le faltaba
aquella mañana para figurarse que todo Madrid la compadecía, que era el
ídolo de multitudes, que se hacía interesantísima, que era un tipo
novelesco, y aun que salían por aquí y por allá bravos caballeros
dispuestos a hacer cualquier barrabasada por sacarla de aquel mal paso.

¡Pero qué feo, qué desmantelado el cuarto! ¡Qué cama, que muebles, qué
desnudas paredes! Era cosa de morirse de abatimiento. Y no obstante,
como ella, para hacer frente a un hecho, siempre tenía pronta una idea,
amparose de una bellísima, que le valió de mucho para consolarse. ¿Con
quién creerá el lector que se comparó? Con María Antonieta en la
Conserjería. Era ni más ni menos que una reina injuriada por la canalla.
Determinó, pues, imitar en todos sus actos y palabras, hasta donde la
realidad lo permitiese, la dignidad de aquella infelicísima señora, con
lo que se crecía a sus propios ojos, y se veía idealizada por el
martirio, grande en la humildad, rica en la pobreza y purificada en los
padecimientos. El día lo pasó en estas cavilaciones, acordándose mucho
del Delfín, de Joaquín Pez y de otras personas. Mandáronle ropas, y Juan
Bou, a quien pidió un libro de entretenimiento, le envió _Los
Girondinos_, de Lamartine, y un gran ramo de flores. Isidora leyó en el
libro y deshojó las flores, dándose el gusto de pisotearlas. Le
recordaban cosas muy desagradables la osadía y desparpajo de la canalla
profanadora.

Empezó el sumario. Cuando bajaba a prestar declaración a la salita de
rojo dosel, que está junto al despacho del alcaide, Isidora contestaba a
las preguntas del juez con serenidad tranquila, con confianza en su
derecho y al mismo tiempo con un aire de superioridad que cautivaba,
preciso es decirlo, al mismo señor juez dignísimo y al escribano. En
todo el trayecto desde su cuarto a la salita, lo mismo al subir que al
bajar, la Rufete era gran incentivo a la curiosidad de las presas, que
se agolpaban a la puerta de la Sala para verla pasar, y luego estaban
comentándola tres o cuatro horas. Quién aseguraba que era una duquesa
perseguida por su marido; quién la tenía por una cualquiera de esas
calles de Dios; y alguna, que la conocía verdaderamente, refería parte
de su vida y milagros, añadiendo maliciosas invenciones. Y ella, a
solas, sumergida en hondas perplejidades y tristezas, repetía en su
mente las preguntas del juez, deploraba no haber dado tal o cual
contestación, revolvía lo cierto con lo dudoso, la acusación de la ley
con los datos de su memoria, el testimonio de su conciencia con ciertas
presunciones y sospechas, para tratar de sondear aquel antro obscuro
que, desde la acusación por falsificadora, se había abierto ante sus
ojos. Negaba con toda su alma, y al negar, su conciencia mostrábase en
la plenitud de la verdad. Los documentos se le habían entregado tal y
como estaban; y ella no había añadido ni quitado cosa alguna, ni tenía
noticia de que nadie lo hubiera hecho. No era posible que su tío el
Canónigo alterase los tales papeles, y en cuanto al primitivo poseedor
de ellos, Tomás Rufete... Al llegar a este punto de su cavilación,
Isidora fruncía el ceño y ahondaba, ahondaba en aquel mar inmenso de lo
dudoso. ¿Pero a qué martirizar el pensamiento? Los jueces, la ley, la
marquesa de Aransis, la curia infame y el señorío prepotente eran los
verdaderos autores de aquel embrollo, con el inicuo fin de desposeer a
una huérfana noble, a un ángel desvalido. Pero Dios los castigaría, Dios
volvería por los fueros de la verdad y de la inocencia. ¡Pues no faltaba
más!

Durante el sumario, la incomunicación no fue tan rigurosa como la ley
ordena, porque los cerrojos de nuestras cárceles se ablandan fácilmente.
Isidora, como persona de aspecto decente y algo adinerada, se captó las
simpatías de las compasivas mujeres que guardaban a sus compañeras. Así
pudo tener el gusto de ver, aunque por cortos ratos, a _Riquín_ y a D.
José, a su tía _la Sanguijuelera_ y a Miquis. El día mismo en que cesó
la incomunicación fue este a verla, y tuvo con su amiga largo y
substancioso coloquio. El simpático doctor sintió viva emoción cuando
vio aparecer detrás de las dobles rejas del locutorio aquella figura
hermosa, aquel rostro pálido, con expresión de noble conformidad.

«Isidora, gran mujer--le dijo fingiendo burlas para ocultar emociones--.
Estás guapa. Eres el soborno de la ley y la sustancia corrosiva del
Código penal. Como sigas así, la curia, en vez de tomarte declaraciones,
te las hará, y vas a pisar una alfombra de togas y a subir por una
escalera de birretes.

--Déjate de tonterías--replicó ella apoyando los codos en la reja
interior y sosteniendo la cabeza entre las palmas de las manos, actitud
de aburrimiento que tomaba siempre que estaba largo rato en el
locutorio--. ¡Ay, Miquis, esto es morir!

--Con tu permiso, eso es vivir. ¿Pues qué creías tú?... La vida toda es
cárcel, sólo que en unas partes hay rejas y en otras no. Unos están
entre hierros y otros entre las paredes azules del firmamento... Pero
vamos a otra cosa, gran mujer. Hoy vengo a darte noticias que serán para
ti alegres o tristes, según como las tomes.

--Dímelas pronto.

--Mi suegro me ha hablado de ti, me ha hablado también de la marquesa».

Isidora, sin decir nada, demostraba inmenso interés.

«La marquesa llegó ayer, de paso para Córdoba. La buena señora se pone
nerviosa y triste siempre que le hablan de este pleito y de tu prisión».
«Muñoz y Nones--dijo la señora a mi suegro--, yo quiero que usted
arregle esto. Tómelo usted por su cuenta, hable a esa desgraciada,
demuéstrele lo inútil de su tenacidad, y ofrézcale en mi nombre lo que a
usted le parezca, con tal que me deje en paz».

--¿Eso le dijo?...

--Sí; ya sabes que el documento falso, porque la existencia de la
falsificación ya no ofrece duda, aparece otorgado por Andréu, compañero
y amigo de mi suegro. ¿Sabes lo que mi suegro dice? Que la falsificación
no está hecha por ti».

Isidora callaba. Hasta que el diálogo tomó otro giro, estuvo como una
estatua, fijos en Miquis los ojos:

«Oyes. ¿Sabes que te me estás pareciendo a la pantera del Retiro? ¿Por
qué me miras así y no dices nada? Pues bien: mi suegro, que es notario
de la casa de Aransis, vendrá a hablarte; te anuncio esa grata visita.
Te ofrecerá la libertad, la declaración de tu inocencia, y _ainda mais_,
una gratificación, un socorro. Pobrecita, has sido víctima de un grande
y tremendo engaño. Broma más pesada no se ha dado ni se dará. Quién fue
el autor de ella, tú lo sabrás... Pero qué, ¿te has vuelto muda? ¿Eres
de piedra? ¿A dónde miras? ¿Estas gozando de alguna visión? ¿Estás en
éxtasis?».

Él también se callaba y la miraba. Metió la mano por la reja exterior e
hizo algunas castañetas con los dedos, como cuando se trata de llamar la
atención a un animal perezoso. Ni por esas. Isidora no decía nada.

«Voy a hablarte de otra cosa--añadió Miquis--. Ayer he tenido una grata
sorpresa. Iba por la calle de Preciados cuando oí una voz que decía:
«Señorito Miquis, señorito Miquis». Volvime y vi a tu tía, la sin par
_Sanguijuelera_. «¿No sabe usted--me dijo--que hemos encontrado a la
fiera perdida?...». «¿A quién?». «A _Pecado_». Allá en su lengua
especial me contó que le habían dado noticias de tu hermano otros
muchachos. Ha vivido algún tiempo en un tejar detrás de la nueva Plaza
de Toros. ¡Pobre chico! Fuimos allá, y dos mujeres que encontramos y que
no se recomiendan por su fisonomía, nos dijeron que, habiendo caído
enfermo con calenturas, le habían llevado al hospital.

--¡Al hospital!--repitió Isidora saliendo de su letargo.

--Corrimos al momento al Hospital General, y le encontramos
convaleciente. La enfermedad debe haber sido terrible, porque está poco
menos que idiota, y tan desmejorado como puedes suponer. De su vida en
el tejar y de sus correrías y altas hazañas, antes de caer enfermo,
supimos algo que contaremos cuando tengas más tranquilidad de
espíritu... Y ahora voy a hablarte de una tercera cosa, de Juan Bou.
Dice que le haces muchos desaires, que no contestas a sus cartas, que
pisoteas los ramos que te regala... Dice que eres la ingratitud misma.

--Augusto--murmuró Isidora gravemente, apartándose de la reja--, es la
hora de reglamento. Dispénsame que te despida. Estoy fatigada. Adiós.
Vuelve mañana».

Y se marchó _como una reina_, según dijo Miquis para sí, viéndola
internarse en la cárcel. Y él se salió a la calle: repitiendo: «¡Gran
mujer, gran mujer!».


=--II--=

¡Falsificación! ¡Profanación de aquella santa escritura de la cual
emanaba el más santo de los derechos! Si había delito, ¿quién era el
autor de él? ¿El Canónigo o Tomás Rufete? ¡Enorme, endiablada
confusión!... Pero lo que puso remate a la duda y trastorno de la
infeliz presa fue que su abogado le dijo un día estas palabras:

«Desde el tanto de culpa la cuestión ha variado por completo. La casa de
Aransis y el Sr. Muñoz y Nones tratan de probar la falsedad de un
documento que es la base de nuestra demanda. Si la prueban, nos
quedaremos en el aire, hija mía. El pleito toma un giro tal que
difícilmente podremos obtener un resultado satisfactorio. Haremos los
mayores esfuerzos, y llegaremos hasta donde se pueda llegar. En caso de
que la falsificación resulte evidente, creo fácil probar que no ha sido
usted la falsificadora, y que en este asunto ha procedido de buena fe.
En resumen: seguridades de éxito en la causa criminal; seguridades de un
fracaso en el pleito de filiación. Ya sabe usted que en la prueba hemos
estado muy flojos, por no conservar usted recuerdos de la niñez que nos
favorecieran, y por resultar muy débiles los testimonios de otras
personas».

Y dicho esto, el abogado, frío, honrado y cruel, se despidió dando un
suspiro, último tributo de la ley al volverse hostil.

«¡También, también me han corrompido a mi abogado!--exclamó Isidora
cuando se quedó sola--. ¡Bien, seré mártir; que me maten de una vez, que
acaben conmigo, que me lleven al cadalso!».

Pasada la crisis de ira, estuvo dos días sin salir del lecho; apenas
hablaba; no tenía fuerzas para nada; sentíase también algo idiota como
su hermano, convaleciente de intensa fiebre. A ratos injuriaba con dura
frase a la justicia humana, exaltándose, para caer después prontamente
en el desánimo y derramar abundantes lágrimas. Su sueño era entonces
breve, erizado de pesadillas, como un camino incierto y tortuoso, lleno
de obstáculos. Unas veces se le aparecía _Riquín_, ladeando con gracia
la enorme cabeza bonita, fusil al hombro, marchando al paso de soldado.
Y el pícaro Anticristo la miraba, echándose el fusilillo a la cara con
infantil gracejo, y ¡zas!, disparaba un tiro que la dejaba muerta en el
acto; acudían otros chicos, camaradas de _Riquín_, y entre risotadas y
gritos la cogían y la arrastraban por las calles. Gran algazara y befa
de la multitud, que decía: «¡La marquesa, la marquesa!».

Otras veces era gran señora, y estaba en su palacio, cuando de repente
veía aparecer un esqueleto de niño, con la cabeza muy abultada, y los
huesos todos muy finos y limpios, cual si fueran de marfil. El esqueleto
traía su fusilito al hombro y marchaba con paso militar. Llegándose
ella, movía la gran cabeza y se reía y hablaba. Pero Isidora, sin poder
entender sus palabras, temblaba de espanto al oírlas. Luego se borraba
el niño del campo de los sueños, y aparecía Joaquín en mitad de una
orgía, ebrio de felicidad y de Champagne. Por delante de la mesa se
paseaba una sombra andrajosa: era ella, Isidora. Todos la miraban y
prorrumpían en carcajadas. Ella se reía también; pero, ¡cosa rara!, se
reía de hambre. La debilidad contraía sus músculos haciéndola reír..., y
por aquí seguía de disparate en disparate hasta que despertaba y volvía
al tormento de la realidad, no menos cruel que el de los sueños.

A los tres meses de aquella tristísima vida, a la cual llegó a
acostumbrarse, porque es ley que nos acostumbremos a todo, sus
guardianes le aplicaban con mucha laxitud el reglamento del Modelo,
permitiéndole visitas largas, sin bajar al departamento de comunicación.
La conducta de Isidora en la cárcel era irreprensible: no daba
escándalos; trataba a las celadoras con urbanidad y miramientos; se
había hecho querer de todas, y las presas que pudieron gozar de su
intimidad, se hacían lenguas de su buen corazón, finura y agradable
trato. No tenía poca parte en esto la generosidad de la procesada y su
prontitud obsequiosa en remunerar cuantos servicios se le hacían. Lo
peor de esto era que el dinero, mermado velozmente de día en día,
marchaba a su completa extinción y acabamiento. Siempre que en esto
pensaba, Isidora sentía trasudores y congojas, y echaba una sonda a lo
futuro para ver si por alguna parte había señales de cosa metálica.
Grande fuera su pena si no la distrajeran a ratos los amigos. Juan Bou
iba ya pocas veces, porque la franqueza con que la ingrata demostraba su
antipatía, era lento antídoto del veneno de la pasión de él, y así, o
por dignidad o por enfriamiento, el buen hombre se retraía y apartaba de
aquel gran peligro de su vida.

«Calavera de un día--decía para sí--, vuelve a tu choza y no pierdas la
chaveta. Bastante has gozado; ya supiste lo que es la vida de esas
infames sanguijuelas... Vamos, que si no meten a esa divinidad en la
cárcel, ¡pobre Juan Bou, infeliz obrero!... Sigamos ahora siendo pueblo
llano, independiente, liberal, y cuando caiga otra breva, veremos si
conviene ser pueblo o echar una cana al aire en el mundo de los
burgueses. ¡Valientes pillos! Pero aquello es vivir...».

_La Sanguijuelera_ iba casi todos los días a ver a su sobrina. Cuando le
llevó a Mariano, Isidora se afligió grandemente, porque estaba tan
flaco, extenuado y consumido el chico, que apenas se le conocía. La
fiebre le había dejado en los puros huesos, y la piel se le
transparentaba. En sus modales, en su manera de hablar, en su espíritu
mismo, había dejado el mal huellas quizás más profundas, porque hablaba
poco, contestaba tardíamente, cual si necesitara mucho tiempo para
recoger y coordinar sus ideas desparramadas y fugitivas. Miraba a su
hermana con espantados ojos.

«Ya ves--dijo Isidora, sin saber qué términos emplear para dar una
explicación de su estado miserable--. Ya ves a dónde me han traído las
picardías, las infamias de nuestros enemigos... Para que vayas formando
idea de lo que es este mundo miserable, donde no hay justicia, ni ley...
Y tú, ¿qué has hecho? Cuéntame. ¡Has estado malo! ¿Ves? Si no hubieras
salido de casa de la tía, ella te habría cuidado bien. ¡Qué tremenda
lección!».

Mariano no decía nada, y con la barba hundida en el pecho, tan pronto
miraba al suelo como al rostro de su hermana.

«¿No me dices nada?--preguntó ella impaciente--. ¿Te has vuelto mudo?
Esa cara, ese mirar, ¿qué son?, ¿arrepentimiento o señal de mayor
barbarie? ¡Ah! Mariano, Mariano; el único consuelo que podría tener yo
ahora es verte corregido, verte caballero y persona decente. Levanta esa
cabeza, abre esa boca, mueve esa lengua, habla, contéstame...».

Y, dándole un golpe en la barba, le hizo alzar la cabeza.

«Su señoría gasta ahora pocas palabras--dijo Encarnación--. Le hemos de
poner dentro de un cántaro en un cuarto obscuro, como a las maricas,
para enseñarle a hablar... ¿Quieres ver tú que pronto se despabila el
pájaro? Pues enséñale el cañamón. Verás...».

Metiendo la mano en su bolsillo, sacó una peseta y la mostró al
muchacho, cuyos ojos soñolientos se reanimaron de súbito, y alzó la mano
hacía la moneda, diciendo con un gruñido:

«_Pa mí_.

--Sí, para ti estaba»--dijo, riendo _la Sanguijuelera_, guardándose la
moneda con más viveza que un prestidigitador.

Mariano miró a su hermana, la cual, compadecida, echó mano a la
faltriquera, y sacando dos pesetas dióselas al chico.

«Para ti..., pero con la condición de que has de contarme lo que has
hecho en todo este tiempo, cómo caíste enfermo, cómo has vivido, quién
te ha dado de comer...».

Con gran prontitud se guardó _Pecado_ su dinero, y alzando los hombros y
echando de sí un enorme suspiro, pronunció torpemente estas palabras:

«Yo... de aquellas cosas que pasan..., lo cual que me vi solo, y... no
me ha pasado nada.

--Nos hemos enterado.

--Tiene seco el entendimiento--indicó _la Sanguijuelera_--. La calentura
le abrasó los sesos. Dice el señorito Miquis que le dé baños en el río.
Oye tú--añadió alzando la voz, como cuando se habla con un sordo--:
¿quieres trabajar, quieres volver al taller del Sr. Bou?».

Como si nada oyera, Mariano se levantó desperezándose, y dijo:

«Me voy.

--Alto ahí, amiguito--replicó Encarnación siguiéndole--. Has de
arrastrar una calza como los pollos. No saldrás sin mi compañía».

Pero Mariano no le hacía caso y salió. La vieja fue detrás de él,
gritando:

«Aguarda, aguarda, mala sangre. No creas que te me escapas. Yo también
tengo buenos remos».

Al quedarse sola, Isidora estuvo largo tiempo pensando en su infeliz
hermano, y decía:

«¡Imbécil, imbécil!... Así no sentirá nada... Y yo, cada vez con más
talento para pensar, para comparar... ¡Qué desgraciada soy, y él qué
feliz!».


=--III--=

Tres días después volvió Mariano solo. Parecía más ágil, más
despabilado, más dueño de su pensamiento y de su palabra.

«¿Vienes solo?--le preguntó Isidora, asombrada de que no le acompañara
su tía.

--Solito.

--¿Y tu tía Encarnación?

--¿La vieja? En su casa. Yo soy hombre... De consiguiente, no necesito
que me lleven y me traigan.

--¿Has ido al trabajo?

--Sí.

--¡Mentiroso!

--Mira--dijo _Pecado_ abriendo su mano y mostrando algunas pesetas.

--¿Quién te ha dado eso?

--_Gaitica_.

--¿Gai...?

--Tica, tica. ¿No lo conoces? Es un caballero, un amigo mío.

--¿Y por qué te ha dado ese dinero?

--Porque me lo gané.

--¿Cómo?».

Mariano guardó las monedas para dejar desembarazada la mano, metió esta
luego por una abertura de su pantalón y...

«¿Aquí no nos ve nadie?...--preguntó receloso mirando a las paredes y a
la puerta.

--Nadie.

--Porque si me guipan...».

Y sacó del bolsillo un objeto cilíndrico, largo, como de media tercia,
de dos pulgadas de diámetro. Era un canuto fuertemente liado con
bramante.

«¿Qué es eso?

--Un petardo.

--¡Ah!, ¿eso que estalla?--exclamó Isidora con espanto--. ¡Y va a
estallar aquí!...

--Burra... no estalla mientras no se le enciende la mecha. Este es para
esta noche. Anoche puse uno en la puerta de la casa del duque, y cuando
reventó cayeron todos los cristales de dos casas.

--¿Y te ocupas en eso? ¡Bárbaro!... No lo digo porque me importe nada
que el palacio del duque salte en cuatrocientos mil pedazos. Yo pondría,
si pudiera, un petardo tan grande, que levantara hasta el cielo todos
los palacios de esa gente egoísta que nos quita lo nuestro.

--Lo pondremos--replicó Mariano, haciendo de la malignidad y de la
estupidez una sola expresión.

--Pero eso es juego de chicos... Es como armar guerra con cohetes en vez
de hacerla con cañones. ¿Qué resulta? Que suena mucho, que se asustan
los que pasan, que se rompen dos cristales, que se caen algunas
personas, y nada más. ¡Simplezas y pamplinas!

--Pondremos uno de este tamaño--dijo _Pecado_, expresando con la
distancia de una mano a otra la grandeza de sus planes de petardista--.
Hay en Madrid mucho pillo. Ellos guardan todo el dinero que debía ser
para nosotros, ¿eh?

--Lo de menos es que guarden el dinero. Lo peor es que nos quitan
nuestro nombre, nuestra representación social; nos meten en calabozos
inmundos, nos martirizan, y entretanto ellos gozan y se divierten con lo
que roban. El mundo está perdido. Si no sale alguien que le vuelva del
revés y ponga lo de arriba abajo y lo de abajo arriba...

--Lo de abajo arriba y lo de arriba abajo--repitió Mariano con el gozo
de quien ha encontrado la fórmula de un pensamiento que no ha sabido
expresar--. ¿Sabes?... ¡Cosas que pasan! Ayer he visto al señorito
Melchor en coche de dos caballos. Iba con dos señoras, dos tías, ¿eh?, y
un caballero. Parecía un marqués.

--No le nombres delante de mí--dijo Isidora cerrando los ojos.

--¡Cuánto ha robado!--exclamó el muchacho con cierta efusión--. ¡Y
nosotros tan pobres..., porque somos buenos, porque no robamos!

--¡Oh!--exclamó Isidora sintiendo un nudo en la garganta--. Dios nos
protegerá. Las persecuciones, los martirios, son nuestras coronas por
ahora...; pero esto ha de cambiar. ¿Quién sabe lo que pasará el mejor
día? Yo he leído que los soberbios serán humillados y los humildes
ensalzados».

Interpretación tan singular del texto evangélico cayó en el cerebro de
Mariano como semilla en tierra fecunda, y bien pronto nacieron y
fructificaron en él las ideas más extrañas.

«Ellos nos han quitado lo que es nuestro, ¿verdad, hermana?».

Isidora rompió a llorar.

«Sí, sí, sí--dijo entre lágrimas y sollozos--. Picardía tras picardía,
nos han quitado nuestro derecho, es decir, nos lo han negado... ¿Cómo?
Inventando mentiras, comprando la ley. La ley se vende, hijo. Tú y yo
tenemos derecho a una casa y a una herencia. Pues bien: nos la han
quitado. Mira lo que han hecho conmigo; meterme en una cárcel. Pues
contigo harán lo mismo, y nos ahorcarán, si pueden».

Oía Mariano absorto, y ella sacaba de su despecho admirables rasgos de
elocuencia.

«Un marquesado, una fortuna de millones es lo que nos pertenecía. Pues
ya ves: cárcel, infamia, pobreza. Tú y yo seremos mendigos o Dios sabe
qué. ¡Y Dios permite esto, y el cielo no se hunde, y todo sigue lo
mismo! Y clamamos a gritos, sin que nadie nos oiga. Al contrario, a
nuestros clamores responden con sus carcajadas, y nos llaman
pordioseros, envidiosos, y nos desprecian, nos injurian. De nada nos
vale invocar la ley. La ley es suya, porque teniendo ellos el dinero,
tienen la conciencia de los jueces... Que me den a mí el dinero, aunque
sólo sea por ocho días, y verán lo que soy. Pero estamos sin armas, y ya
ves, nos abrasan, nos matan. ¿Qué es la ley? Una engañifa, una farsa.
Los que la representan, ¿qué son sino ladrones? La autoridad..., ¡ah!,
¡qué gracia me hace a mí la autoridad! Es la comedia de las comedias,
mal representada para engañarnos, para explotarnos.

--Les pondremos un petardo, ¿eh?

--¿Uno? ¡Cuatro mil; un millón!... Tú eres un infeliz, chico, y no sabes
lo mala que es esa gente».

Siguieron hablando de esto, y al día siguiente hablaron de lo mismo,
porque Isidora, cuando tomaba en su boca este asunto, no lo soltaba
fácilmente. A medida que sus ilusiones decaían, determinábase en su alma
un cambio de sentimientos; simpatizaba más con el pueblo, a quien creía
oprimido, y le entraba un vivo aborrecimiento de la gente grande. Lo más
extraño era que, sin ceder en su vanidad ni en lo que pudiéramos llamar
coquetería de la desgracia, seguía encariñada con el bonito papel de
María Antonieta en la Conserjería. Pero en aquel caso la buena reina
estaba martirizada por la cruel y egoísta aristocracia, de donde venía
que simpatizase en principio con el vulgo, con el populacho, con los
descamisados; y decimos en principio, porque ninguna idea del mundo,
unida a todo el despecho de su corazón, le hubiera hecho tolerar la
grosería y suciedad de las personas bajas. Pensando en esto, ella daba
vida en su mente a una gallarda utopía, es decir, a la existencia
posible de un populacho fino o de una plebe elegante y bien vestida.
Pero esto, ¿no era una atrevida excursión al porvenir? Algo de genial
había en ella, porque, confundida y mareada de tanto pensar, solía poner
fin a sus cavilaciones sobre la plebe fina, diciendo: «¡Qué talento
tengo y qué cosas me ocurren!».



Capítulo XIV

De aquellas cosas que pasan...


=--I--=

Desde que Mariano empezó a entonarse, su tía Encarnación no podía hacer
carrera de él. Halagos y amenazas, blanduras y rigores, eran igualmente
ineficaces contra él. Más le habría gustado a la buena mujer verle
travieso, enredador e indomable como en su niñez, que observar aquella
indolencia taciturna, aquella tétrica quietud, semejante al acecho de
las bestias carnívoras, en las cuales la paciencia es precursora de la
ferocidad.

«¿En qué piensas, animal?--le decía bruscamente--. ¿Vas a inventar la
pólvora o qué? Eres un talego. ¿Por qué te estás dos horas mirando al
suelo? Mira siquiera al cielo estrellado, y aprende para zaragozano,
¡puñales! ¿Vas a hacer el Almanaque del empedrado? ¡Qué poste! Tu
hermana, de tanto mirar arriba, se ha perdido. Tú llevas otro camino,
pero llegarás al mismo fin. ¿Por qué no trabajas?

--Porque no me da la gana..., _hala_...--respondía Mariano saliendo de
su somnolencia intelectual por la virtud de un pellizco.

--Pues ve a que te mantenga el obispo.

--No necesito que usted me mantenga. Tengo de acá.

--¡Anda, anda, chaval desorejado!... ¡Y con qué tipos te ajuntarás tú
para allegar eso! ¿Qué diabluras haces? ¿En qué te ocupas por las
noches? ¿Qué llevas aquí debajo de la blusa?

--El copón.

--¡Jo... sús! ¡Qué blasfemias dices! Mira, mira, tú y yo haremos malas
migas. Si sigues así, desocupa, hijo, desocupa y deja la casa. El día en
que te den garrote iré a verte.

--_¡Aur!..._»--murmuró _Pecado_ con gutural sonido.

Y se marchó despacio, las manos en los bolsillos, la gorra encasquetada,
la mirada vagabunda y sin fijeza, como su andar y pensamiento. Algunos
días, dando a su teórico paseo una dirección determinada, íbase a casa
de Juan Bou, no a pedir trabajo, sino a charlar un poco con el maestro,
por quien conservaba ligera inclinación, parecida al afecto. Llegó al
taller un día (enero del 77) y encontró al buen catalán festivo y
engolfado en el trabajo, como en sus buenos tiempos.

«Hola, tagarote, ¿qué buscas por aquí?--le dijo, tocado de aquella
verbosidad que fuera indeterminable si no le entrecortara la tos--.
Siéntate. Pues todavía mejoras poco. Hombre, a ver si echas de una vez
ese pelo. Tienes la cabeza como la de un ratón acabado de nacer... Te
digo que te sientes y que te pongas la gorra. Aquí no se gastan
cumplidos. Conque cuéntame: ¿trabajas o no?».

Mariano quiso contestar que no trabajaría más a jornal; pero Bou tenía
tantas ganas de decir algo, que le cortó la palabra con la suya
inagotable, diciéndole así:

«Aprovecho esta ocasión para decirte que tu hermana es una loca, una mal
agradecida, una mujer ligera, una tonta, una disipadora, una cabeza
destornillada. Yo la quise como yo sé querer, y me hubiera casado con
ella. ¡_Voto va Deu_, de buena me he librado! Porque tu hermana es una
calamidad. Ahí la tienes en la cárcel por terca, porque se ha empeñado
en que es marquesa. Tan marquesa es ella como yo subdiácono. En fin,
ella lo quiere, con su pan se lo coma. Bien se ha comido el mío; y no
creas lo que dicen por ahí, no; no es cierto que yo me gastara con ella
lo que me saqué a la lotería y la herencia de mi tío. En total, no me
pellizcó arriba de dos mil duros, porque como la Justicia me la quitó de
entre las manos cuando menos lo pensaba... Digan lo que quieran, chico,
hay Providencia. Mi dinero se salvó en un papel, el auto de prisión;
porque trapitos por aquí, trapitos por allá, el caprichito _A_, la
chuchería _B_, ello es que se me evaporaron diez o doce mil reales en
una mañana. Tu hermana es una liquidadora como no se ha visto. En su
corazón, lleno de apetitos, está escrito con letras de oro «¡abajo los
ricos!». Buena pieza, sí. Es un tigre para el bolsillo ajeno. Quien ve
aquella cara, ¿cómo ha de sospechar lo que hay dentro? Quien ve aquellos
ojos divinos, donde tienen su madriguera los ángeles, ¡cómo ha de pensar
que estos ángeles son una cuadrilla de secuestradores!... Yo estaba
ciego, yo estaba tonto. Cuando me mandó la primera carta con su padrino,
pidiéndome socorros, me pareció que se me abrían las puertas del cielo.
Esta es la mía, dije, y con dos o tres cartas, yo proponiendo, ella
aceptando, nos arreglamos. La puse en una fonda mientras arreglábamos
una casita; yo estaba embobado; quería probar las delicias del mundo,
cuando la Justicia..., ya sabes... Este animal de Bou se quedó con la
copa en los labios... Ahora me alegro. Con los pocos tragos que gusté,
tengo lo bastante para poder decir: conozco el mundo, señores, conozco
sus delicias mentirosas, sus dulzuras y sus quebrantos; sé lo que
cuestan los goces. Desde la sobriedad del pobre a la disipación inmoral
de los ricos, todo lo conozco, todo es canalla, canalla arriba, canalla
abajo. ¿Se hace el bien?, pues nadie lo agradece. ¿Se hace el mal?, pues
nadie lo censura. Mal y bien todo es igual. Si amas te desprecian; si
eres rico te adulan; si eres pobre te escupen. O si no, observa lo que
ha hecho tu hermana conmigo. La saqué de la miseria, la vestí, la calcé,
le di regalo, comodidades, cuanto pudiera apetecer. Ella abría la boca y
yo abría el bolsillo, y _palante_ siempre. Pues mira el pago. Dice que
soy un bruto, que le repugno, que le doy asco. Le mando un ramo de
flores y lo pisotea. Le escribo cartas y no me contesta. Voy a verla y
me recibe con un gesto... En fin, la he mandado a paseo. Te digo estas
cosas para que se lo cuentes a ella. Anda, anda, dile todo; no me
importa. Veremos lo que hace cuando se le acabe el dinero y no tenga con
qué pagar el cuarto en la cárcel. La pondrán en aquellas grandiosas
salas, donde podrá pasearse y comer y dormir con aquellas lindas
duquesas y baronesas que están allá por hurtos, lesiones y otras
gracias. Bien merecido. Ella no te preguntará por mí. Si te pregunta, le
dices que el señor _Ipecacuana_ (así me llama) está contento de haberla
perdido de vista, que ha hecho las paces con su bolsillo y con el
sentido común, y que le va tan lindamente. Dile que trabajo como antes,
que buscaré una mujer de bien con quien casarme; que, como hijo del
pueblo, me río de su aristocracia estúpida, y que me alegraría de que
todos los aristócratas y chupadores juntos no tuvieran más que un solo
pescuezo para ahorcarlos a todos de una vez».

Más hubiera dicho, pero la tos, que por lo homérica, tenía cierta
semejanza con la risa de los dioses, le invadió de súbito y allí fue
Troya. Concluido el acceso, el ojo rotatorio derramó abundante lloro,
mientras el otro, más cerrado que arca de avaro, no daba señales de
existencia.

«Y ahora--continuó Bou, gozoso del mutismo de Mariano--, si quieres que
te dé consejos, te los daré. Porque tú tan callado, tú tan sombrío, no
vienes a que te dé trabajo, ni dinero, sino un buen consejo, que valga
millones. Oye bien. Si quieres trabajar, trabaja; si no quieres
trabajar, no trabajes. En este mundo, el que más trabaja tiene
probabilidades de morirse de hambre, si no viene en su ayuda la lotería
o alguna herencia. Tú eres listo; busca un negocio atrevido, emprende
algo, especula con la candidez de los demás. Yo he visto mucho mundo, y
sé que los más pillos son los que tienen más dinero. Cuando tú lo
tengas, gástalo, que hay tontos que al verte tirar tu dinero te darán el
suyo; así es el mundo. Haz cosas atrevidas, date a conocer, aunque sea
con un gran escándalo; procura que tu nombre suene, aunque sea para
decir: «¡Qué bárbaro es!». Aquí hay dos papeles, el de víctima o el de
verdugo. ¿Cuál vale más? El de verdugo. Chupar y chupar todo lo que se
pueda. El pueblo está sacrificado. Los grandes se comen todo lo que hay
en la nación. No hay más que dos caminos: o acabar de una vez con todos
los grandes, lo cual no es fácil, o meterse entre ellos y aprender sus
marrullerías y latrocinios. Escoge, toma tus medidas y echa a andar
_palantito_.

--Yo--dijo Mariano con súbita animación--quiero que se hable de mí.

--¡Que hablen de ti!..., pues mete ruido.

--Lo que es ruido..., ya lo meto--replicó Mariano.

--¿Cómo? ¿Con un cencerro?

--Con esto--dijo Mariano mostrando un canuto.

--¡Ah! ¡Tunante!...--exclamó Bou muy asombrado de ver el instrumento
músico que el chico mostraba--. Conque tú te ocupas... Pues mira: desde
hoy perdemos las amistades, porque con esa clase de armas no se defiende
al pueblo. ¡Petardos, arma traidora de los perdidos, truhanes, jugadores
y demás escoria! Oye tú, mírame a la cara. ¿Me ves bien? Pues este que
aquí ves, este nieto de mi abuela, cuando quiere significar su desprecio
al Poder público; cuando quiere dar una bofetada a cualquiera que
represente la autoridad usurpada y la ley tiránica, lo hace cara a cara,
a pecho descubierto, poniéndose entre el peligro y la inmortalidad,
entre el verdugo y la gloria. ¡Pero disparar cohetes en la sombra,
asustar a las mujeres y desesperar a los de Orden público!...
Reflexiona, hijo mío--añadió, después de una pausa, con tonillo de
propaganda evangélica que sabía adoptar en ciertos casos--; reflexiona
en que si quieres educar tus virtudes cívicas, y llegar al grado de
estimación pública a que hemos llegado los que estamos llenos de
heridas, los que hemos ido de calabozo en calabozo, los que hemos comido
ratas...».

Dios sabe a dónde habría llegado por este brillante camino, si Mariano
no se hubiese levantado, anheloso de marcharse. En el singular estado
fisiológico en que se encontraba, su lúgubre atonía se interrumpió
bruscamente por impaciencias inexplicables. Con un poquillo de ironía
dio las gracias al maestro por sus consejos, y se fue a escape, como
alma que lleva el diablo.

«Este chico tiene algo»--dijo Bou para sí.

Olvidándose luego del muchacho, siguió pausadamente los pasos contados
de su metódica vida; paseó un poco por la tarde, comió después, fue al
café, regresó a su casa, y cuando se estaba acostando, ¡ay Dios!, oyose
un estrépito tal, que no parecía sino que reventaba una mina junto a la
casa y que esta se venía abajo de golpe. El estremecimiento y el ruido
dejaron a Bou parado y sin aliento, los vidrios estallaron en pedazos
mil, la puerta de la casa saltó del quicio, y el vecindario,
alarmadísimo, salía gritando a la calle con pánico horrible...

¡Ah pillete aristócrata!--dijo Bou serenándose al comprender lo que
era--. ¡Si te cojo!...».


=--II--=

Y algunos días después de esto, Mariano estaba en la encrucijada que
llaman las Cuatro Calles, mirando indeciso las vías que allí concurren,
sin saber cuál escoger para entrar por ella. Oigámosle:

«¿Iré a casa de mi tía? No, que llama a los de Orden público y me cogen.
¿Iré a ver a mi hermana? No, que estará allí _Gaitica_. ¿A dónde iré?...
Dejémonos ir. Por aquí, por la Carrera abajo, veré la gente que va a
paseo, veré los coches, subiré al Retiro, y me estaré allí toda la
tarde... Hace buen tiempo, tengo dos duros y no se me da cuidado de
nada... Ya empieza a pasar la pillería. Allá va un coche..., y otro y
otro. Toma, aquel es de ministro. _Chupa--gente_, ¿sabe el coche?
_Oigasté_, ¿y si le dijeran: «Suelte lo que no es suyo?...». Ahí va
otro. ¡Cuánto habrá robado ese hombre para llevar cocheros con tanto
galón!... Anda, anda, y allí va un cochero montado en el caballo de la
derecha, con su gorrete azul y charretera... ¡Eh!, y en el coche van dos
señoras... ¡Vaya unas tías, y cómo se revuelcan en los cojines! _Oigan
ustés_, ¿de dónde han sacado tanto encaje? Y qué abrigaditas con sus
pieles... Pues yo tuve anoche mucho frío, y ando con los zapatos rotos.
Paren, paren el coche, que voy a subir un ratito. Estoy cansado.
¡Valientes tías!... Subiré por el Dos de Mayo. Por aquí va mucha gente a
pie.

»Este Retiro es bonito; sólo que..., de aquellas cosas que pasan,
habiendo tantos que tienen frío, el pueblo debía venir aquí a cortar
leña... Entro por este paseo de los muñecos de piedra con las manos y
las narices rotas. ¡Qué feos son!... Hola, hola, ¿niñitos con guantes?
¡Y cuántos perifollos gasta esta familia! Con lo que lleva encima la
criada había para vestir a cuatro mil pobres... El papá debe de haber
robado mucho. Está gordo como un lechón... De consiguiente, que lo abran
en canal... Tomemos por aquí a la derecha, para ir a la Casa de
Fieras... Pero no entraré; estoy cansado de verlas. ¡Puño, cuánto coche!
Allá va D. Melchor acompañando a dos niñas. Sí, para ti estaban, bruto.
Son las niñas de Pez. Y el Sr. Pez va también con la gran tripa llena de
billetes de Banco, que ha tragado... Más coches, más coches, más. Bien
dice el maestro que lo bueno sería que toda esta gente no tuviera más
que un solo pescuezo para ahorcarla toda de una vez... De consiguiente,
todos viviríamos al pelo... Pero ¿qué es aquello que viene allí? ¡Ah!,
ya sé. Primero un batidor a caballo. Después el gran coche con seis
caballos... Puño, y toda esa gente de galones, ¿para qué sirve? Miale,
miale, cómo saluda a todo el mundo, sombrero en mano; y ella también
saluda, moviendo la cabeza. Descuidar, que alguno habrá que vus arregle.
Yo lo que digo es que muerto el perro se acabó la rabia, y que muerta la
cabeza, manos y pies se mueren... Miales, miales; dan vueltas para que
les vean mejor. Ahora vuelven para acá; ya vus hemos visto bien.

»¡Valientes perdularios! Si hubiera un hombre de corazón, ¿a dónde
iríais a parar todos? Todos os pasaríais al partido de los pobres.
¡Vivan los pobres! digo yo, y caiga el que caiga. ¡Abajo los
ladrones!... Puño, vienen más coches, todos con tías brujas o con mozas
guapas muy tiesas. Ya, ya; ¿sombrillita para que el sol no les queme las
caras? Pues yo, tías brujas, ando al sol y al aire, con los zapatos
rotos, y la blusa rota, muerto de frío; con que... ¡Eh!... ¿Quién es
aquel que va a caballo? ¿No es Gaitica? El mismo, un chulo vestido de
persona decente. Y saluda a dos que van en un coche. Todo porque estos
días ha ganado al juego muchos miles. Ladrón, ruletero, chulapo,
ordinario, canalla. Apuesto a que pasa por junto a mí y no me saluda;
¿apostamos? Aquí viene; me acercaré para que me vea. Le hablaré en
flamenco. «Buenas tardes, zeñó Zurupa».

Esto decía Mariano acercándose a un jinete que avanzaba por la orilla
del paseo, montado en un caballo español puro, de cuello corvo y
movimientos tan gallardos como pesados. El jinete vio al chico, y entre
bromas y veras, sacudió el siniestro brazo, y con el látigo, quizás sin
pensarlo, le cruzó la cara, diciéndole: «_Granujilla_...».


=--III--=

En una casa, que por su desordenado aspecto, la suciedad de sus muebles
y la catadura ordinaria de sus habitaciones, parecía ser la misma en que
Joaquín e Isidora pasaron las tristes horas que en otra parte de esta
historia quedan contadas, halláronse juntos otro día Mariano y el
caballero (llámase así porque iba a caballo) designado con el nombre de
_Gaitica_. Entró Mariano en el cuarto en que el tal estaba y sin
saludarle le dijo:

«Vengo _a_ por aquello.

--¡Ah!, que listo andas. Agradece que lo hay. Toma, roío niño».

Sacó tres duros del bolsillo y sin mirarle se los arrojó sobre la mesa.

«El otro día--dijo Mariano con timidez entre recelosa y salvaje--me dio
usted un latigazo.

--Niño, fue sin querer. Pues qué, ¿a un roío caballero como tú se le dan
latigazos?... ¡Taco, y qué orgullo vas echando!... ¡Roer! Átame esa
mosca. Por ahora no necesito de ti. Si algún día necesitas una roía
peseta, vente acá. Si algún día no tienes qué comer, no faltará acá un
roío pedazo de pan que darte. Comerás las sobras de la mesa. Eres un
roío gandul, un roío holgazán, un roío bergante, y acabarás en presidio.

--Como usted--dijo Mariano con descaro.

--¡Roer!, no te me subas a las barbas, porque de un roío puntapié vas a
parar a Flandes. Yo soy una persona decente. Los holgazanes y gandules
me cargan, ¡taco! Porque la necesidad le obligue a uno a poner la
ruleta, no quiere decir que no sea persona decente. Ahora soy hombre
formal, y voy a comprar mulas para venderlas a la Artillería; hombre de
negocios, hombre que se puede poner delante del rey, sí, señor; porque
es un hombre que paga la contribución, un hombre de orden, de ley, que
no gusta de oír hablar del roío pueblo ni de la roía revolución; un
hombre, en fin, más honrado que Dios, más caritativo que la roía
Biblia».

Mariano le oía espantado y con despecho. ¡También _Gaitica_, aquel ser
de la última gradación moral, aquel hombre a quien _Pecado_ consideraba
como inferior, se sublimaba por la virtud de su pequeño capital,
adquirido en infames juegos de azar, y quería revestirse de la dignidad
del burgués pacífico, del propietario conservador, y clasificarse entre
los ciudadanos probos, que son base, sustento del orden social! Era lo
último que a Mariano le quedaba que ver.

«Sí--prosiguió aquel individuo, cuyo retrato no haremos porque una mano
más hábil lo hará después--, soy hombre caritativo. Sabes que he visto a
tu hermana, y que la he amparado. La he conocido estos días, cuando he
ido al Modelo a ver a una prima que está allí por unas roías lesiones...
Tu hermana es muy guapa. La he amparado; la vi muy afligida porque se le
había acabado el dinero y tenía que pasar a la sala común. ¡Roer!, ¡un
hombre como yo ver esas cosas!... Al momento arreglé con el alcaide el
pago del cuarto. Yo soy un hombre generoso, un caballero que sabe gastar
las roías pesetas en beneficio del pobre y necesitado... Tu hermana es
muy buena y muy señora. Voy a visitarla todos los días y a ofrecerle mis
servicios. ¡Oh!, no es como tú, que eres de lo que llaman un parásito,
la polilla del orden social, un vago. Tú y tus compañeros debéis ser
exterminados, porque la roía sociedad..., en fin, yo me entiendo.
Márchate. ¡Roer!, ¿qué haces ahí como una estatua? Tú no tienes
inteligencia, no comprendes lo que yo hablo... Abur».

En el cerebro de Mariano se repercutían, como vibraciones de una
campana, aquellos execrables conceptos, que son fiel copia de los textos
auténticos del célebre _Gaitica_. Conocido de todo Madrid, este tipo ha
venido a nuestra narración por la propia fuerza de la realidad. El
narrador no ha hecho más que limpiar todo lo posible su lenguaje al
transcribirlo, barriendo con la pluma tanta grosería y bestialidad, para
no dejar sino la escoria absolutamente precisa.

Cuando Mariano se retiró aquella noche a su miserable alojamiento,
después de vagar toda la tarde y parte de la noche por las calles sin
tomar alimento, sufrió un ataque epiléptico. Parecía que se desbarataba
en horrorosas convulsiones, y se mordió las manos y se golpeó todo,
quedándose maltrecho. Por fin le pasó, Dios sabe cómo, y al volver en sí
encontrose con una gran novedad en su cerebro: tenía una idea; pero una
idea grande, clara, categórica, sinceramente adherida a su inteligencia.
No durmió en toda la noche, no comió nada a la mañana siguiente. Tenía
momentos de gran temblor y confusión, y otros en que una actividad
febril obligábale a correr por las calles, sin ver a nadie, sin fijarse
en nada más que en los coches que iban y venían.

Tomaba un bocado en cualquier taberna, y paseaba, paseaba. Pasear era su
vida y el pasto de su idea. Rompió toda clase de relaciones, dejó de ver
a su hermana, a su tía, a Bou, a _Gaitica_, y con quien únicamente
cambiaba alguna palabra era con Modesto Rico, que vivía con él y estaba
casi siempre embriagado. Las noches siguientes las pasó también sin
dormir. Un malestar inexplicable que a veces tomaba formas como de
entusiasmo, a veces como de abatimiento letal, actuaba sin cesar dentro
de él, absorbiendo todas sus fuerzas y pensamiento. Repitiole el ataque
epiléptico, y cuando le pasó, disparataba cual si hubiera perdido la
razón. Durmió luego profundamente; levantose alegre, salió, y
dirigiéndose al Rastro detúvose en un puesto a comprar algo. Regateó con
discreción y tacto, y de vuelta en su casa con el objeto que había
comprado, lo escondió, lo agazapó debajo del colchón, diciendo estas
palabras:

«Estáte quieta, ahí, quieta».



Capítulo XV

¿Es o no es?


=--I--=

¡Generoso señor aquel que evitó a Isidora la angustia y el bochorno de
la sala común, apresurándose a pagar la miserable cuota! ¿Quién era
aquel ser benéfico que practicaba la caridad tan oportuna y noblemente?
La agraciada no le conocía más que de haberle visto dos o tres veces en
el cuarto de su vecina (una tal Antoñita Surupa, que por ciertos
porrazos, calificados de lesiones graves, estaba en la casa purgando la
impetuosidad de su naturaleza meridional), y por lo mismo que era tan
superficial el conocimiento, era mayor su gratitud. Al día siguiente de
aquel rasgo, merecedor de los mayores encomios, el autor de él,
Frasquito Surupa, a quien por mote llamaban _Gaitica_ en círculos que
apenas es lícito nombrar, visitó solemnemente a Isidora.

Según él mismo dio a entender, era persona notable y acaudalada, hombre
de gran mérito, que todo se lo debía a sí mismo, pues abandonado de sus
nobles padres y desheredado por sus nobilísimos abuelos (¡miserias y
bribonadas del mundo y de la ley!), había tenido que crearse una
posición con su ingenio y su trabajo. Motivos diferentes halló Isidora
en su nuevo amigo para sentir hacia él simpatía y antipatía, en
porciones casi iguales, porque si bien aquello de ser hijo natural y
abandonado, víctima del egoísmo de sus padres, le hacía sobremanera
interesante, en cambio sus modales y su lenguaje eran de lo más soez y
chabacano que imaginarse podría. Su figura hermosa, juvenil y hasta
cierto punto elegante, que recordaba la de Joaquín Pez, perdía todas sus
ventajas con lo que del alma salía a los labios de tan singular
criatura, en esa florescencia del ser que se llama conversación. Por
momentos Isidora le encontraba agradable, por momentos aborrecible. Él,
hablando sin cesar de las injusticias humanas y contando los martirios y
persecuciones de que había sido víctima, cautivaba más la atención de la
prisionera.

La soledad de Isidora era cada vez mayor. Emilia y Castaño no la
visitaban ya; Bou había roto con ella; Miquis iba muy rara vez. Sólo
eran constantes D. José y _la Sanguijuelera_, que llevaba a _Riquín_.
Joaquín Pez, cuyo trato en aquella soledad habría sido muy grato a
Isidora, estaba en la Habana, desde donde le había escrito algunas
cartas cariñosas. _Riquín_, Encarnación y Relimpio eran, pues, los
únicos que llevaban la alegría, la distracción y la esperanza a la
triste celda durante un rato, que se alargaba todo lo posible, contando
con la bondad de la celadora.

Miquis fue a verla un día para anunciarle la visita definitiva de Muñoz
y Nones.

«Oye tú, gran mujer--le dijo--: mañana viene mi querido suegro. Recíbelo
como se merece. Le hablé de ti y viene dispuesto a favorecerte todo lo
posible. Te hablará largo de tu pleito y de tu causa criminal, y
poniendo las cosas en su verdadero lugar, te las hará ver claras y sin
telarañas. No te asustes de su franqueza. Es un hombre que dice las
cosas como las siente. Dice a veces barbaridades; pero sus barbaridades
valen más que el oro, la plata y las piedras preciosas, porque son
verdad pura. Lo que él te diga tómalo como el Evangelio. Si trata de
encarrilarte por el camino _A_ o el camino _B_ (aquí de nuestro
_Ipecacuana_), marcha adelante con los ojos cerrados. Deja el orgullo a
un lado, como se deja una corona de teatro después de acabada la
representación. Así como se hace examen de conciencia antes de confesar,
haz ahora examen de tonterías para que las abjures todas. Acopia sentido
común y ensáyate toda esta noche en apreciar la extensión verdadera, el
número y peso exacto de las cosas humanas. Siempre que tu fantasía
quiera llevarte a una apreciación falsa de la realidad, date un gran
pellizco..., y por último, no coquetees delante de mi suegro, porque,
aunque muy bueno, es medianamente aficionado a las muchachas guapas, y
podría suceder...».

La primera impresión de Isidora al ver entrar a Muñoz y Nones fue muy
grata, porque el notario era un hombre admirablemente dotado por la
Naturaleza en figura, modales, gracia de expresión y don de gentes. Su
edad no pasaba de cincuenta años, y vestía con pulcritud y corrección.
Gran calva lustrosa, bajo la cual actuaba sin cesar el prurito de la
fundación de una _Penitenciaría para jóvenes delincuentes_, le
caracterizaba, en primer término. Era además hombre que miraba con
extraordinaria penetración a las personas con quienes hablaba, y que
para aprobar y afirmar decía siempre: _Mucho, mucho_, y para negar
empleaba irrevocablemente la frase _no hay tal cosa, ni ese es el
camino_. No usaba más que una comparación. Para él, todo era... _como la
luz del mediodía_. Si la costumbre de usar chalecos blancos, aun en
invierno, significaba algo, Muñoz y Nones era un hombre singularísimo en
esta materia. Si el deseo de no parecer barrigudo distingue a un hombre
grueso de otro, Muñoz y Nones debe ser puesto en la categoría de los que
viven decididos a morirse esbeltos. Decir que era un tanto presumido y
un mucho simpático, acabará de pintarle por fuera. Su franqueza le había
valido algunos disgustos, pero también grandes triunfos, porque el culto
de la verdad, proclamando la honradez, trae siempre ventajas, las cuales
no se concretan a la conciencia y a la moral, sino que se extienden a la
esfera utilitaria de la vida. Por esto, y relacionando sus virtudes con
sus éxitos, decía el gran notario que _también la honradez es negocio_.

«La señora marquesa--dijo Muñoz después de los saludos--está en las
mejores disposiciones respecto a usted. No sé si sabrá usted que esa
señora es un ángel, una criatura celestial. Si no lo sabe, se lo digo
yo, y basta. Imagínese usted el ser más bondadoso, más prudente, más
sensible y cariñoso, y lo que resulte de ese esfuerzo de la imaginación
será siempre inferior a la marquesa de Aransis.

--No lo dudo--replicó Isidora, contrariada, porque habría querido oír
hablar mal de su abuela, dado que lo fuese--. La señora marquesa será
muy buena, aunque en este caso mío...

--Pero, criatura--dijo Muñoz sin poderse contener--, ¿todavía no se ha
curado usted de la enfermedad de esa idea absurda?... ¿Todavía cree
usted pertenecer a la casa de Aransis?

--¿Acaso me han probado lo contrario?

--¡Probado!... ¡Si está más claro que la luz del mediodía! No se trata
ya del pleito de filiación, ni Ese es el camino. Eso es cosa juzgada.
Empéñese usted en seguirlo adelante, y consumirá su vida, su dinero y su
salud inútilmente».

Isidora sudaba.

«¿De modo--dijo esforzándose en vencer su abatimiento y espolear sus
ánimos decaídos--, de modo que usted cree en esa gran paparrucha de la
falsificación?

--¿Conque paparrucha?... ¡Ay niña, niña, usted no sabe lo que se dice!
La falsificación es tan clara, tan evidente como la luz del mediodía. El
Tribunal lo ha declarado categóricamente. El pleito de filiación carece
de base y se cae, como un castillo de naipes».

Isidora sintió que se mareaba, que se le iba la vista, que el cuarto
daba vueltas, que Muñoz y Nones se reproducía en infinitas imágenes o
copias del mismo Muñoz y Nones.

«Explíquese usted...--balbució con voz dolorida, cerrando los ojos--No
puedo entender...

--Pues muy sencillo... ¿Pero se pone usted mala? Un vasito de agua...

--No es nada. Usted qué entiende de estas cosas...

--Mucho, mucho. La falsificación existe. Que usted no es autora de ella,
no tiene duda, pues se perpetró ese delito, según todas las apariencias,
cuando usted tenía tres años.

--Entonces...

--Su padre de usted, Tomás Rufete, era un hombre ligero, de costumbres
desordenadas. Le conocí, le tuve de escribiente. Muchas veces le presté
dinero que no me devolvió; pero esto no hace al caso ni ese es el
camino...

--¡Mi padre!... ¿Usted está seguro de que era mi padre?--exclamó Isidora
sacando fuerzas no se sabe de dónde--. Estas cosas no se pueden apreciar
así, señor mío.

--¿Pues no se han de poder apreciar, señora mía? Yo me contento con
decir que la casa de Aransis no ha tenido parte mínima en echarla a
usted al mundo. Dos chicos nacieron de una señorita desgraciada...

--¿Usted la conoció?--dijo Isidora con energía apelando a un recurso de
gran efecto.

--Sí.

--¿Me ha mirado usted bien?».

Muñoz y Nones, que ya la había mirado bien, consecuente con la dulce
afición declarada por Miquis, la volvió a mirar.

«En efecto--dijo sonriendo--, es usted muy guapa.

--¿Y no halla usted semejanza...?

--En la Naturaleza--replicó Muñoz muy serio--se observan fenómenos de
semejanza... Sin embargo, usted y Virginia sólo se parecen como dos
mujeres hermosas. El cabello..., efectivamente. En los ojos hay algo...,
pero no, no es tal la semejanza que pueda inducir a suponer parentesco».

Isidora no pudo contener su dolor. Se echó a llorar.

«Aunque se aflija, para mí la verdad es lo primero. No hay semejanza ni
ese es el camino.

--¡Oh! Señor Muñoz--dijo ella con extraordinario énfasis--; si usted en
esto que me dice, en esto que hace, no procede de buena fe, declaro que
es usted el hombre más malo, el mayor monstruo...

--Crea usted lo que quiera. ¿Tengo yo fama de monstruo?

--No, no. Diré a usted...».

Impaciente, inquieta en su asiento, como si por todas partes estuviese
rodeada de púas, movía los brazos queriendo expresar con ellos una
convicción más enérgica que la que expresaban los labios.

«De modo que según usted, según usted, señor Nones, yo soy, yo soy...
una cualquiera.

--Según lo que usted entienda por _una cualquiera_. Lo que yo afirmo es
que al declararse usted sucesora de la casa de Aransis, ha sido víctima
de un gran engaño. Las indagaciones que hemos hecho nos han llevado a
averiguar que el autor de esa execrable comedia fue Tomás Rufete,
logrando engañar primero a D. Santiago Quijano y después a su hija...

--¿Conoció usted a mi tío el Canónigo?

--Mucho, mucho, y tengo que decir a usted que era uno de los hombres más
sencillos, hablemos claramente, más tonto que han comido pan en el
mundo. Le traté mucho. ¡Qué hombre, Santo Dios! Una vez le hicimos creer
que con miga de pan se quitaban las canas, y andaba con la cabeza hecha
una panadería. También le hicimos creer que la baba del conejo era
venenosa, y consultó cuatro médicos y se cauterizó un brazo. Se le daban
las bromas más extraordinarias que usted pueda figurarse. Era poco
valiente, como usted sabe, pero pundonoroso. Armábamos una camorra por
cualquier tontería. Uno de nosotros se fingía agraviado. Los demás
acalorábamos la disputa. No había más remedio que batirse. Quijano hacía
de tripas corazón. Le llevábamos al campo del honor, donde con mucho
miedo, pero con tesón muy grande, apuntaba al pecho de su contrario; mas
como las pistolas estaban cargadas con sal, no pasaba nada... Lo extraño
es que siendo medianamente instruido, creyese en influencias de las
estrellas, en barruntos y aun en maleficios. Escribía clásicamente, leía
novelas, era muy apasionado de las cosas aristocráticas, se sabía de
memoria el _Becerro_, y tenía en la punta de la uña todos los linajes de
España. Juzgue usted si ese santo varón era que ni pintado para sostener
un bromazo que Tomás Rufete quiso dar a sus hijos.

--Esas historias, señor Nones--dijo Isidora aparentando una firmeza que
no tenía--, nada me prueban.

--Mucho, mucho. Pero son datos preciosos. Vamos a otra cosa. Un coronel
de Artillería, cuya nombre debe usted saber, se presentó en el despacho
de Andréu, primo y compañero mío, hace quince años, y le habló de un
asunto penoso y delicado. Al día siguiente Andréu había extendido un
documento que llamamos _acta de reconocimiento_. En él reconocía como
hijos suyos a una niña... (paciencia..., déjeme usted concluir), a una
niña y un niño, nacidos de quien usted sabe, de aquella desventurada
joven que, digámoslo otra vez, no tiene con usted semejanza de
fisonomía, ni ese es el camino. Adelante. En el mismo documento hacía
constar que confiaba ambos mocosos al cuidado de un antiguo criado y
deudo suyo, retirado de la Guardia civil, el cual vivía... ¿sabe usted
dónde?

--¿Yo qué he de saber?»--replicó Isidora con desvío y detestable humor.

Muñoz y Nones se levantó. Dirigiéndose a la reja, y mirando hacia la
calle, señaló una casa de la acera de enfrente hacia la plazuela de las
Comendadoras.

«¿Quién vivía en aquella casa?

--Yo.

--Tomás Rufete tenía por vecino en el piso tercero a un licenciado de la
Guardia civil. ¿Se acuerda usted?

--Yo no.

--¿Tampoco recuerda usted cuando se quemó esa casa?

--De eso tengo una idea; era yo muy niña. Mi hermanito empezaba a andar
entonces.

--Mucho, mucho. Cuando se quemó la casa, Nicolás Font...

--¿El guardia civil?

--Estaba enfermo de gravedad. Lo que pasó aquel día no lo sé. Font muere
más tarde; la niña también; la viuda se va a vivir a Getafe; el niño es
recogido más adelante por la marquesa de Aransis. Pasa el tiempo y se
presenta usted con sus pretensiones apoyadas en el testimonio de su
padre difunto, en una tradición de familia y en varios documentos. Las
partidas de bautismo de los dos hijos del coronel nada prueban. Debieron
de ser substraídas de casa de Font el día del incendio. Pero hay otro
documento: el acta hecha por Andréu. En ella aparece una novedad y es
que el nombre de Nicolás Font aparece sustituido por el de Tomás Rufete.
La falsificación está hecha con suma habilidad, y las circunstancias le
favorecen. Ha fallecido en Filipinas el coronel a quien usted tiene por
su papá, y que es tan papá de usted como mío; han muerto la mujer de
Font y los tres testigos; pero por fortuna vive Andréu. Se busca en el
protocolo la matriz, y se encuentra la misma sustitución o enmienda.
Tomás Rufete vivió en gran intimidad con un escribiente de mi
compañero... ¿Va usted atando cabos?...

--Yo no ato ningún cabo, ni ese es el camino, Sr. Nones--dijo Isidora,
dándose, en su despecho, el gusto de remedar un poco el estilo del
notario.

--Ahora lo veremos. Se busca al cómplice de Tomás Rufete, a quien Andréu
despidió hace años por infiel. Es medio químico y muy hábil; pero su
principal habilidad está en huir de la justicia. Se entrega el documento
original a los peritos calígrafos y químicos, y al instante la falsedad
salta a la vista. Hecha con precipitación, es mucho más grosera que la
de la copia. El Tribunal ve claro, y como usted en el pleito de
filiación ha presentado testimonios tan débiles; como la prueba ha sido
tan flojísima; como ninguno de los recuerdos de su infancia favorece a
usted, es casi seguro que irá a presidio por delito de usurpación de
estado civil.

--Yo no soy falsificadora--afirmó Isidora quedándose como una muerta...

--¡Qué gracia! No es usted falsificadora de un papel; pero lo es de un
derecho, y con testimonios débiles y documentos apócrifos trata de
usurpar un puesto que no le corresponde».

La de Rufete estaba humillada y abatida. Difícilmente entraba en su
cabeza la idea de no ser quien pensaba, y de la lucha que con sus dudas
sostenía, resultaba un decaimiento parecido a la agonía de morir. Nones
la miraba en silencio, esperando una palabra.

«Dígame usted--murmuró ella al fin con temor--, ¿qué tengo que hacer
para evitar... eso de ir a presidio?

--Declarar que ha sido engañada; descargar su responsabilidad sobre su
señor papaíto, reconocer que no tiene derecho alguno...

--¿Y quién me asegura que no lo tengo?...»--volvió a decir,
reaccionándose.

El instinto de conservación de su error era tan grande, que este
necesitaba muchos y muy fuertes golpes para someterse. Muñoz y Nones
tomó su sombrero.

«No se vaya usted, no--dijo ella, temiendo quedarse sola con sus fieras
dudas--. Hábleme algo más. No estoy convencida, pero dudo. ¡Oh! Si me
muriese hoy mismo, si me muriese antes que empezara a destruirse esta
fe, ¡qué dichosa sería! Señor Nones, usted es un hombre honrado. Augusto
lo ha dicho. Usted no es capaz de fingir, ni de mentir, ni de engañar.
Júreme usted por Dios, por su madre, por sus hijos, que no cree en mi
derecho; jureme usted que lo que dice es verdad, y entonces quizás pueda
yo empezar a acostumbrarme a esta idea...

--¡Jurar! Eso es anticuado. Basta la palabra de un hombre de bien... No
hay motivo para tanta aflicción ni ese es el camino. Una existencia
humilde y sin los desasosiegos de la ambición, puede hacerla a usted
dichosa. La señora marquesa me ha autorizado para ofrecer a usted un
auxilio siempre que se preste a dar a esta enojosa cuestión un corte
rápido y decisivo. La señora está disgustadísima; aborrece el escándalo
y llora mucho al ver que el nombre de su pobre hija es traído y llevado
por las lenguas que gozan en resucitar deshonras pasadas. La señora no
duda, ni puede dudar del resultado del pleito. Si usted espera aún,
consulte a todos los abogados de Madrid, y como haya uno que aliente sus
esperanzas, me dejo cortar la cabeza. Pero nuestras leyes favorecen a
los pleiteantes tercos, y usted, empeñándose en seguir adelante, puede
prolongar el litigio sin ningún fruto para usted y con cien
probabilidades contra ninguna de ser condenada a presidio... Me retiro y
le doy a usted unos días de término para que lo piense bien. Mi yerno me
ha dicho qué tiene usted buen fondo y clara inteligencia, aunque
ofuscada por desvaríos y falsas apreciaciones de la vida. Si usted
lograra ver cada cosa como es realmente, estábamos de la otra parte.
Conque... ánimo. Y para concluir: sé que tiene usted un hermanito que es
una alhaja. Yo le prometo a usted darle la primera plaza cuando
inauguremos la _Penitenciaría para jóvenes delincuentes_. Le
reformaremos, y usted... trate de reformarse».


=--II--=

¿Soy o no soy? Esta pregunta fue para Isidora, desde aquella entrevista,
el eje de todos sus pensamientos, de todo el sentir y obrar de su vida.
Olvidada de molestias y humillaciones de la cárcel, no tenía seso ni
corazón más que para raciocinar sobre aquel problema y dolerse de él;
porque sí, era un problema semejante a una llaga, un problema que la
enloquecía como un logogrifo indescifrable, y la lastimaba como una
úlcera abierta en lo más delicado y profundo de sus entrañas. La
pavorosa duda tenía alternativas y lances de batalla. Ya vencía la
convicción, y echaba bravatas de pueril orgullo; ya, por el contrario,
triunfaba la sospecha, proclamando con gemidos de amargura la derrota de
sus vanas grandezas. Con ser tan abultados los autos, no contenían
tantas ideas, tantas fórmulas de investigación, tantos ni tan variados
argumentos como los que ella febrilmente acumulaba en su cerebro aquella
tarde, aquella noche, y en las horas claras y obscuras de tres días
sucesivos. Porque diabólica era ciertamente la claridad e insistencia
conque surgían en su mente todos los argumentos negativos de su derecho.
Ella quería rechazarlos, y ellos crecían fortaleciéndose, vestidos con
la inmaculada vestidura de lo evidente. Sí, su tío el Canónigo era
tonto. ¿No podía dar ella mil testimonios de sus necias credulidades?
Ella misma le había imbuido algunas veces ideas sumamente extrañas.

Como D. José, su tío el Canónigo daba calor en su entendimiento a las
ideas más absurdas, las fomentaba y se engreía con ellas. Su tío,
engañado por Rufete, había representado con ella la comedia funesta que
tan desgraciada la había hecho. ¡Cuántas veces en las noches del
invierno él la embelesaba diciéndole que sería marquesa, que tendría
palacio, coches, lacayos, lujos sin fin, y riquezas semejantes a las de
_Las mil y una noches_! Él la había enseñado a no trabajar, a esperarlo
todo de una herencia, a soñar con grandezas locas, a enamorarse de
fantasmagorías. Habíale llenado la cabeza de frivolidades, habíale
educado en la contemplación mental de un orden de vida muy superior a su
verdadero estado. Él, cuando ella se cansaba, le decía: «Tendrás coche».
Cuando ella trataba de arreglarse un vestidillo, le decía: «Tendrás
veinte modistas a tus órdenes». Decíale: «¡Qué palacio el tuyo!», y
otras expresiones que encendían más y más en ella el volcán de ambición
que ardía en su pecho... Sí, su tío era tonto, tonto rematado, un hombre
calamitoso, en su buena fe, un hombre sin seso, un maestro contra la
realidad, el apóstol de todo lo extravagante, ficticio y convencional
que engendra en su estado morboso el pensamiento humano.

Luego pensaba en su padre. Sí, sí, Tomás Rufete era un hombre
desordenado, un hombre de insaciables apetitos y devorado por la
envidia. Bien podía ser verdad lo que Nones decía, y Tomás autor de
aquel dramático sainete, por satisfacer su codicia, o simplemente por
obtener de la marquesa, mediante un pleito enojoso, cualquier suma, en
calidad de transacción. Esto era razonable. ¿Qué demonio de lógica se
escondía dentro de estas ideas, dándoles cuerpo y vida?... También
pensaba en su madre. ¿Por qué siempre que Tomás Rufete hablaba de la
marquesa, de los niños de la marquesa y de la indudable herencia y
estado de estos niños, Francisca Guillén bajaba la cabeza, se ponía de
mal humor y no añadía palabra alguna a las expresiones de su marido? Su
madre, pues indudablemente debía darle ya este nombre, era una mujer
honrada. Rufete la atormentaba y la dominaba. Él le había impuesto su
infame comedia, y ella, por miedo y quizás por la ilusión de que sus
hijos fueran marqueses, aunque usurpadores, callaba. ¿Por qué su tía
(pues ya no había duda de que era su tía) se burlaba siempre del
marquesado y de las ideas ambiciosas de Rufete? Y D. José, que en la
declaración de la prueba había dado por amor a ella testimonio
favorable, también dudaba, sí, o tal vez estaba seguro de la farsa. Bien
se le conocía al tenedor de libros que no tenía fe en lo de Aransis,
porque hablaba poco de esto y siempre en términos indecisos.

Al tercer día de andar en brega con estas dudas y sospechas, tomando muy
poco alimento, sin dormir, llena de fiebre y medio trastornada, Isidora
llegó al colmo de la crisis. Una noche, hallándose sola, corrió furiosa
a la reja, se agarró a ella, deseosa de hacerla pedazos, y a gritos, que
alborotaron la calle, decía:

«Y, sin embargo, soy noble. ¡Jueces, notarios, abuela, gente toda que me
tenéis aquí, yo soy noble!».

Luego recorría de un ángulo a otro el cuarto con las manos en la cabeza,
gritando:

«Soy noble, soy noble. No me quitaréis mi nobleza, porque es mi esencia,
y yo no puedo ser sin ella, ni ese es el camino, ni ese es el camino».

Entraron la celadora y dos amigas y quisieron calmarla, Trajéronle algo
de comer para combatir el desvarío combatiendo la debilidad; pero ella
tiró los platos y despidió a las mujeres.

«A mí no se me presenta ese bodrio. Eso no es para mí--exclamaba--. Que
me traigan mi baño. ¡Yo no puedo vivir sin baño! Que me saquen de esta
pocilga; que me traigan mis vestidos, mi coche; que venga Joaquín...».

Todo fue inútil para calmarla; pero al fin el exceso de la irritación
trajo a la mañana siguiente el agotamiento y con él la remisión de un
mal tan penoso. No obstante, era de todo punto imposible hacerle tomar
alimento. Se quitó el vestido, diciendo que no podía tener encima tales
harapos, y pidió una y otra vez su baño, su querido baño. Por último, le
trajeron a _Riquín_, y viéndole y acariciándole, descendió lentamente,
en alas del cariño materno, de las borrascosas alturas en que su razón
estaba tan nublada.



Capítulo XVI

Las ideas de Mariano.--La síntesis


_La Sanguijuelera_ acompañó a su sobrina a la siguiente mañana,
obsequiándola con una retahíla de preciosos consejos que debieran
reunirse y archivarse como uno de los mejores ejemplos de la sabiduría
humana.

«Lo de tu herencia es ya sal y agua. Después de tantos mareos y bascas,
has vomitado al fin la gran pandorga. Si quieres ser honrada te llevo a
vivir conmigo, te cedo la tienda, y no te pongo más obligación que
mantenerme y cuidarme los huesos hasta que venga por ellos la muerte.
Cuando te vi en malos andares, te negué un ochavo y te saqué lo que
pude; si ahora te enderezas, cuanto tengo es para tu rica persona y para
este sol cabezudo del mundo... ¿Vas a ser honrada, sí o no? Mira, tienes
varios caminos: o te casas con el estampador de la calle de Juanelo, o
te vas en busca de aquel Sr. Botín de otros tiempos y le pides el
estanco que te prometió. Pondremos estanco y cacharrería en dos tiendas
juntas de una buena calle, y no habrá quien nos tosa... Pero en mi casa
no entran pantalones; ¿te conviene? Otra cosa te propongo. ¿Quieres ser
ama de cura? Yo conozco un capellán de monjas, ancianito, buen
cristiano, y que convierte gente mala, porque tiene un pico de oro, un
gancho del Cielo que es un primor; el cual curita me está diciendo
siempre que le busque un ama de fundamento... Decídete; ¿estampería,
estanco o religión con llaves?».

Isidora no contestó nada, porque ni siquiera oía lo que Encarnación
hablaba. Después nombraron a Mariano.

«Es cosa perdida. Hagamos cuenta de que se lo han llevado los demonios.
Está viviendo con Modesto y Angustias en un cuarto de la calle de
Ministriles que más parece ochavo que cuarto. Modesto sirve en un
almacén de vinos, y _Palo--con--ojos_ va al río. Vivirían si él no
bebiera tanto. Es un pellejo con pies y manos. Lo bueno es que ya no le
pega a la mujer, porque en cuanto levanta la mano pierde pie y se cae al
suelo».

Isidora se echó a reír. En el mismo instante, _Riquín_ le daba
bofetadas.

«No se pega, no se pega.

--Anda, cáscale duro... Déjale que pegue. Este va a tener más talento...
Le criaremos para cura de escopeta y perro. Verás qué sermones salen de
esa cabezota. ¿Verdad, hijo? Le has de ver obispo y puede que Papa...
¡Leña a los herejes y protestantes; duro, firme!».

Acto seguido, Encarnación cogió al niño por un brazo y se dispuso a
salir.

«¿A dónde va usted?

--A ver la corte, que va hoy a Atocha de toda gala. Me pirro por ver la
gala de la corte de España, que es la primera del orbe mundo. Pero
ahora, hijita, todo es miseria. Yo me acuerdo de los tiempos de la
Reina, de aquellos tiempos, hija, en que el pan estaba a doce cuartos
las dos libras y en que había más religión, más aquel, más principios,
en que los grandes eran grandes y los chicos chicos, y había más respeto
a todo. Yo me acuerdo de aquel tiempo y me dan ganas de llorar. Aquello
era ser Majestad, aquello era señoría y grandeza. Entonces se daban
vivas a la Reina y le gustaba a uno verla tan frescota, tan señora, con
aquel aire... ¡Y con qué cariño miraba ella al pueblo! Parecía que iba
diciendo: «Aquí tenéis a vuestra madre...». ¡Pero ahora...! Pasa la
corte, y todo el mundo _mutis_. Dicen que libertad... Miseria, hija. Los
pobres están más pobres, y la _Minificencia_ no puede recoger a tantos.
¡La libertad!... Pillería, chica, pillería. Entonces había más señorío,
créelo, y donde hay señorío corre el dinero y vive el pobre. Conque
abur, abur».

Encarnación salió con _Riquín_, encaminándose hacia el centro de Madrid.
Era día de gran solemnidad cortesana por motivos que no es necesario
precisar. Las calles del centro estaban animadísimas. La gente circulaba
alegre, bulliciosa, con frivolidad y alegría propiamente madrileñas,
arremolinándose en algunos parajes para dar paso a los regimientos que
llegaban a cubrir la carrera. Los balcones, con abigarradas colgaduras,
mostraban damas hermosas. El mujerío, la militar música y el cielo de
Madrid, que es un cielo de encargo para festejos populares, concurrían a
dar a la solemnidad su expresión característica.

_La Sanguijuelera_, que había visto y gozado un número infinito de
funciones de tal especie desde la entrada de María Cristina hasta la de
D. Juan Prim, desde esta hasta las festividades del actual reinado,
hallaba en aquel espectáculo desinteresados placeres. Encarnaba en sí la
novelería, la bullanga y el entusiasmo monárquico del antiguo pueblo de
Madrid. Ella conocía, como se conocen los muebles de la casa, todos los
coches de Palacio, el de carey, el de nácar, el de los globos, y hasta
de los paramentos y arneses podía dar circunstanciada noticia. Conocía
también como los dedos de su propia mano, el ceremonial y el orden de
los coches, el puesto de los distintos grupos de la servidumbre, y otras
particularidades que interesaban más a la gente antigua que a la
moderna. En cuanto a elegir los sitios más propios y cómodos para verlo
todo, nadie la igualaba.

En la calle Mayor encontró a su antigua vecina _Palo--con--ojos_. Esta y
Encarnación, que alzó en sus brazos a _Riquín_, se colocaron en la
embocadura del callejón de San Ginés, lugar donde no era grande la
aglomeración de gente, con la ventaja de una retirada segura en caso de
corrida o apretujones.

«Todavía es temprano. Tenemos para un rato--dijo Angustias desatándose y
liándose el pañuelo bajo la barba, con ese movimiento maquinal que en la
gente chulesca hace las veces del movimiento de abanico.

--¿Y mi bergante?

--Esta mañana salió muy temprano. Desde ayer me ha estado marcando
porque le tuviera hoy camisa limpia; ha salido hecho un brazo de mar,
con la corbata negra y amarilla que se compró la semana pasada.

--Anda, anda.

--Hoy estrena zapatos y calzones. Yo no sé de dónde ha sacado los
cuartos. Yo le dije, digo: «¿Has descargado la borrica?»; y él me dijo,
dice: «Váyase usted al acá y al allá». Pues por ahí te pudras. Está...,
vamos, si usted le ve, no le conoce. Le ha dado el accidente cinco
veces, y parece un pergamino mojado. Los ojos se le saltan del casco,
las manos le tiemblan y la lengua es un estropajo. A veces se pone a dar
vueltas, y marea, hija, marea. En fin, yo no sé qué va a ser de él. No
trabaja, no sirve para nada. Modesto le da consejos; calcule usted...
¡Modesto, consejos! Él, que es ya un puro aguardiente desde la cabeza a
los pies...

--Todo sea por Dios»--dijo Encarnación, y más iba a decir; pero en aquel
momento oyéronse cornetas y clarines, luego la Marcha Real y el murmullo
expectante unido a las frases sueltas «Ya vienen, ya vienen». Gran
estupefacción de _Riquín_, que nunca había visto cosa más bonita;
éxtasis de _la Sanguijuelera_, que no cerraba el pico un momento al paso
de la comitiva o procesión real, poniendo un comentario a cada parte de
ella.

«¡Qué viejecitos están ya los reyes de armas!... ¿Ve usted? Ahora vienen
los caballos de silla... Sigue el coche amarillo..., penachos morados...
Ahora vienen el mayordomo y el intendente..., penachos azules y blancos.
Mire usted qué guapos chicos... Ahora viene el coche de nácar...,
penachos verdes. ¿Quién será este señor con tanto morrión y tanta cruz?
Debe de ser de extranjis... Coche de concha..., penachos blancos...
Ahora viene lo bueno... ¡Qué preciosas van!..., penachos rojos».

Y así continuó, despachándose a su gusto con progresivo entusiasmo,
hasta el paso de la escolta, cola y remate de la procesión.

«¿Nos quedamos para verlo otra vez a la vuelta?»--dijo luego, no saciada
aún del goce de aquel variado y teatral espectáculo.

Arremolinose la gente; la tropa maniobró, y entre la revuelta
muchedumbre, _Palo--con--ojos_ distinguió a un individuo que iba en
dirección a la Plaza Mayor.

«¡Allá va, allá va!--gritó señalando.

--¿Quién?

--El bergante.

--Sí, él es... ¡Mariano, _Pecado_...!».

Pero Mariano que las vio y oyó los gritos de su tía, se hizo el tonto y
apretó el paso como quien desea evitar un importuno encuentro. Poco
después estaba sentado en un banco de la Plaza Mayor, junto a una de
aquellas graciosas fuentes, en las cuales el agua, saliendo de una
fingida roca, forma un globo elástico, cuyas paredes se ahuecan y se
deprimen según las bate más o menos el aire. En la movible costra
líquida hace el sol caprichosos iris y se retratan convexas imágenes del
jardín y de los transeúntes. Completaba la fascinación del globito de
agua un bullido juguetón, en el cual cualquier poeta habría podido oír,
con buena voluntad, las risotadas de los niños de las náyades. Mariano
puso los codos en las rodillas, las quijadas en las palmas de las manos,
y estuvo mirando el extraño surtidor... Dios sabe cuánto tiempo.

Así como su hermana, invadiendo con atrevido vuelo las esferas de lo
futuro, se representaba siempre las cosas probables y no acontecidas
aún, _Pecado_, cuando se sentía dispuesto a la meditación, resucitaba lo
próximamente pasado, y se recreaba con un dejo de las impresiones ya
recibidas. Era un trabajo de rumiante y un placer de perezoso. Vio,
pues, todo lo que había hecho aquel día, casi tan a lo vivo como si aún
estuviera pasando. Se había levantado muy temprano después de una noche
de desvelos y tortura; habíase puesto su camisa limpia y las demás
prendas que estrenaba, mostrando un empeño particular en aparecer con la
facha más decente que le fuera posible; había salido y tomado café en un
puesto de la calle del Ave María, y después se fue a vagar por las
calles. A eso de las diez almorzó en una taberna jamón con tomate, que
estaba muy rico, y después había comprado un periódico y leído la mitad
de él, indignándose con todas las picardías que denunciaba, y
participando de la noble ira de sus redactores contra el Gobierno.

Más tarde paseó por la Carrera para ver la gente y la tropa que de los
cuarteles venía. Bonito estaba todo; pero él lo miraba con desdén y,
sobre la impresión recibida, ponía un pensamiento de melancólica burla y
sarcasmo. En un balcón había visto a Melchor de Relimpio, muy enfatuado,
junto a unas damas que le parecieron las de Pez. No lejos de allí, uno
de los Peces (él no los conocía bien, pero debía de ser Luis Pez)
acompañaba en otro balcón a la familia del duque de Tal. Siguió
adelante, y a la vuelta de una esquina encaró con el nunca bien
ponderado _Gaitica_, que venía a caballo, hecho un potentado, un
sátrapa. La extraviada imaginación de Mariano veía a este personaje cual
si fuese un resumen de todas las altas categorías y la cifra del
encumbramiento personal. «¡Cuánta pillería!», exclamó para sí.

Todos triunfaban y vivían regaladamente escalando cada día un lugar más
elevado, mientras él, el pobre y desvalido _Pecado_, permanecía siempre
en su nivel de miseria, insignificante, sin que nadie le hiciera caso ni
fuese por nadie distinguida su persona en el inmenso mar de la
muchedumbre. ¿Por qué era esto, cuando él valía más que toda aquella
granujería de levita? Él, según las creencias firmes de su hermana,
había nacido de sangre noble. Le habían sustraído lo suyo, le habían
despojado de todo, arrojándole desnudo y miserable al seno del
populacho, como se arroja al basurero un despojo inútil. ¿Quién sabía si
muchas de aquellas casas, engalanadas con colgaduras de varios colores,
eran suyas? ¿Quién sabía si el dinero de que debían de tener llenos los
bolsillos todos aquellos caballeros y damas procedía de riquezas que en
rigor de la ley le pertenecían a él? ¿Y a quien se dirigía para reclamar
lo suyo? A nadie, porque desde el primero al último todos eran
grandísimos pícaros.

La nación en masa, ¿qué nación?, la sociedad entera estaba confabulada
contra él. ¿Qué tenía que hacer, pues? Crecerse, crecerse hasta llegar a
ser por la fuerza sola de su voluntad tan considerable que pudiera él
solo castigar a la sociedad, o al menos vengarse de ella. ¿Cómo? Por su
mente rondaba tiempo hacia una idea que resolvía la cuestión. La idea y
el propósito de ejecutarla se habían apoderado de él juntamente,
dominándole y llenándole por entero. Idea y propósito eran como una
llaga estimulante en el cerebro, la cual le dolía y le comunicaba un
vigor extraño. Repetidas veces había puesto en ejecución su pensamiento,
¿pero cómo?, en sueños, y también alguna vez despierto, cediendo como a
una fuerza automática y fatal que no era su propia fuerza. En estos
casos de repetición o ensayo mental del hecho, se quedaba fatigado y
orgulloso, cual si lo hubiera ejecutado realmente. Sondeándose para ver
cuándo había aparecido en él aquella idea y aquel propósito, calculaba
que los tenía desde antes de nacer. ¡Tan viejos, tenaces y arraigados le
parecían!

Mirando siempre el globo de agua, pensaba que si no fuera por el firme
tesón que en aquel momento tenía, su miedo sería grande. Estaba viendo
el terror escondido debajo del orgullo y asomando la cabeza; pero el
orgullo, o, mejor, la terquedad, no le dejaba salir. No sentía miedo,
sino dolor, un dolor inexplicable en el pensamiento, una sensación rara
de no dormir nunca, de no reposar jamás, de un alerta eterno. Detrás del
punto negro que tenía delante y que ya estaba cerca, veía seguro y claro
un triunfo resonante. Principalmente la idea de que todo el mundo se
ocuparía de él dentro de poco le embriagaba, le hacía sonreír con cierto
modo diabólico y jactancioso. La aberración de su pensamiento le llevaba
a las generalizaciones, como en otros muchos casos en que la demencia
parece tener por pariente el talento. El mismo criminal instinto le
ayudaba a personalizar, y en efecto, siendo tan grande y múltiple el
enemigo, ¿cómo aspirar a castigarle, sin hacer previamente de él una
sola persona?

Rumor de voces, cornetas y músicas anunciaban que el gran cortejo volvía
de Atocha. Levantose Mariano, y por la calle de Ciudad--Rodrigo ganó la
calle Mayor y la plaza de la Villa. Multitud, tropa, caballos,
uniformes, penachos, colores, oropeles y bullicio le mareaban de tal
modo, que no veía más que una masa movible y desvaída, semejante a los
cambiantes y contorsiones del globo de agua que había estado mirando
momentos antes. Se le nublaron los ojos, y apoyándose en un farol, dijo
para sí: «Que me da, que me da». Era el ataque epiléptico, que se
anunciaba; pero tanto pudo su excitación, que lo echó fuera, irguió la
cabeza, se sostuvo firme...

Pasó un momento. Nunca había sentido más energía, más resolución, más
bríos. El ruido de las músicas le embriagaba. Vio pasar uno y otro
coche. Cuando llegó el que esperaba, Mariano era todo ojos. Miró bien...
En el acto sacó de debajo de la blusa una pistola vieja, y apuntando con
mano no muy firme, salió el tiro con fugaz estruendo... Movimiento y
estupor en la muchedumbre, gritos, pánico, sacudidas. La bala se
estrelló en la pared de enfrente sin hacer daño a nadie, y el autor del
infame atentado cayó en una trampa, la indignación pública, cuyo
engranaje de brazos y manos le oprimía, como si quisiera pulverizarle.



Capítulo XVII

Disolución


=--I--=

La noticia de este hecho, llevada por el viento de la novelería, penetró
en los últimos y más apartados rincones de Madrid, en los palacios y en
las covachas, y cuando ya todo el vecindario lo sabía, se enteraron del
caso las monjas de los conventos, los enfermos de los hospitales y los
presos de la cárcel. Las presas fueron las últimas en saber la
ocurrencia. Lo que agradecerían las cien lenguas del Modelo aquel pasto
riquísimo no es para dicho. Comentáronlo de infinitos modos. Una gitana
aseguró que ella lo había soñado la noche anterior y otra hacía gala de
un entusiasmo monárquico tan estrepitoso, que hubieron de encerrarla
para que entrase en vías razonables. La piedad aconsejaba no se revelase
a Isidora un suceso que debía de impresionarla terriblemente; pero a sus
amigas les faltó tiempo para decírselo. Ella no lo quería creer; decía
que era imposible, que ciertas cosas no pueden pasar nunca. Poco a poco
se fue convenciendo, y últimamente razonaba el caso de este modo:

«Sí, basta que sea disparatado y horrendo para que sea cierto. Dios se
vuelve contra mí, Dios me deja de su mano».

Y diciéndolo, le entró una pena y una desesperación tal, que si no
enderezara su espíritu en el mismo instante por la vía religiosa, habría
estado en peligro de perder la razón. Pidió a la celadora con vivas
instancias la llave del coro, y se fue a él sola, decidida a hacer un
acto espiritual que diese salida y respiro al dolor condensado en su
seno. En el coro hizo tentativas de rezo, puesta de rodillas y mirando
al altar. La cavidad sosegada, ancha y blanquecina del templo ofreció a
la tensión de su espíritu un alivio dulce y lento; pero cuando más
recogida estaba, se le desvaneció la cabeza, inclinose de un lado, y no
teniendo tiempo para asirse a la reja, cayó al suelo sin sentido.

Cuando la llevaron a su cuarto, el volver en sí fue la vuelta de la
desesperación y de los gritos; pero ya no se acordaba de la religión,
sino de la libertad, y decía:

«Que me saquen de aquí. Señor Nones, yo firmaré lo que usted quiera con
tal que me saquen de esta basura. Quiero aire, calle, mi baño, mi casa,
vestirme como debo, y ser honrada y feliz».

Después, sin poder apartar de su mente el crimen de su hermano,
increpaba a este con las frases más duras. Algo había en lo íntimo de su
ser que representaba como una tímida aprobación del intento de Mariano,
si no de la forma en que fuera realizado. Pero no, el crimen y la
barbarie no hallarían jamás en su espíritu benevolencia ni simpatía. Su
hermano era un bandido incorregible; ella era una mártir angelical. Lo
que principalmente anhelaba ya era libertad, libertad aun sin nobleza,
porque el papel de María Antonieta en la Conserjería, con ser muy
poético, empezaba a serle odioso. El mal olor de su inmundo asilo, la
falta de comodidades, el detestable comer y peor vestir, eran contrarios
a su naturaleza aristocrática, y la misma corona del martirio, con todo
su nobleza y su resplandor de gloria, le destrozaba las sienes tan
horriblemente, que prefería, sí, prefería mil veces un sombrero de
última moda. Pero, ¿y sus derechos? Ya dudaba de ellos; ya casi no creía
en ellos. ¡Ay de aquel dogma que es contaminado de la duda! En seguida
se daña y muere, y para en ser ludibrio de quien antes lo adoraba. Y aun
suponiendo que su dogma fuera verdadero, ¿qué podía obtener de su
insistencia? Nada, porque las leyes todas se habían conjurado contra
ella, y la condenarían y la encerrarían en un presidio. Libertad, pues,
y adiós para siempre la ilusión de toda su vida, el sostén y fundamento
de su ser moral; adiós nobleza, marquesado, fortuna...

Mas ¿por qué afligirse tanto, si en sí misma hallaba Isidora indecibles
consuelos? Libre y ya sin pretensiones, procuraría ser siempre muy
señora. ¿Acaso el verdadero señorío no puede existir sin títulos y
grandes riquezas? Sí, sí; sería muy señora, muy honrada, muy decente,
arreglaría sus cosas, trabajaría (¡otra vez!), pondría el mayor orden en
todos los actos de su vida, educaría admirablemente a su hijo, se
casaría con un hombre modesto y juicioso... Al pensar esto, un sabor
ideal de ipecacuana le hizo contraer los labios. «Adelante,
adelante--dijo--; cerrar los ojos y adentro con la medicina, como dice
Augusto. Es forzoso amoldarse a las circunstancias, y templar el alma en
las adversidades. La mía no se dejará vencer de la desesperación. Plan
magnífico: mujer de bien, mujer ordenada, mujer trabajadora, mujer
exclusivamente práctica, eso es, práctica». ¡Oh, qué tarde!

Pensando en esto, que tanto le ayudaba a combatir su desaliento, vio
entrar a D. José, el cual venía muy erguido, con los ojos animadísimos,
la sonrisa en los labios, y en su rostro una expresión particular y
desusada que alarmó a Isidora. Sentándose en el único sillón que en la
celda había, el anciano la contempló con éxtasis. ¿Qué había en él?
¿Estupidez o desvarío? Isidora le observó con tanta lástima como
sorpresa, diciendo: «¡Padrino...!».

Relimpio la miró como se mira una visión celeste, y poniendo los ojos en
blanco, todo suspenso y como transportado a una esfera ideal por el
delirio de la inspiración poética, murmuró con arrullo estas palabras:

«¡Hurí, hurí..., nadie osará ya mancillar tu blancura! Los dragones
todos fueron vencidos por el fuerte brazo de tu caballero, a quien
perteneces y que te pertenece».

Inmediatamente le entró como un acceso congestivo, inclinó la cabeza,
cerró los ojos y empezó a roncar desaforadamente. Asustadísima, Isidora
le mojó la cabeza, le llamó a voces, a gritos: «¡Padrino, padrino!».

Anunciado por un suspiro, reapareció en la persona de D. José el
conocimiento de sí mismo. Abrió el viejo los ojos, suspiró más, y al ver
a Isidora y hacerse cargo de su situación, se avergonzó un poco.

«Ya me ha pasado--dijo frotándose la frente con la palma de la mano--.
¿Ha sido breve?... ¿He dicho muchos disparates?... No me riñas, no me
riñas.

--¿Pero qué es eso?

--Nada, nada. Ahora me dan... estos mareos... Todos tenemos nuestras
debilidades, hija... ¡Miseria humana! He contraído un pequeño vicio;
pero no ha sido por relajación, no; ha sido por tristeza, por la fuerza
de mis desgracias sin número. Creo que me comprenderás».

Isidora, en efecto, no comprendía nada.

«Soy muy desgraciado; padezco los mayores tormentos..., tormentos
morales, del corazón--dijo Relimpio con la voz más débil y balbuciente
que se puede oír--. Cierto día unos amigos me hicieron tomar Champagne.
¿Qué creerás? Hubo en mí una revolución, me entró el mareo, y con el
mareo pasé a ser otro ser distinto, quiero decirte que fui otro hombre,
fui un caballero, un joven, un héroe, qué sé yo... ¿No es cosa buena ser
algo por espacio de diez minutos? Luego he repetido la toma y los
efectos han sido los mismos. Concluye todo por un sopor tan breve como
profundo, y en seguida vuelvo a mi ser natural, ¡ay!, a la miseria
humano, a la realidad asquerosa, a la vejez caduca...

--¡Don José! ¡Don José de mi alma!

--No me riñas; te digo que no me riñas. ¡Ser algo durante diez minutos!
Los que no somos nada, caemos en estos peligros. Pues te confesaré todo
con tal que no me riñas. Me he comprado una botella de eso que llaman
_fine Champagne_, y cuando veo que me entra la gran tristeza, cuando
siento que se me desgarra el corazón y se me retuerce toda el alma, me
tomo mi copita...

--¡Padrino!

--Somos frágiles... A mi edad... No te enfades. Cuando estoy con el
mareo, te veo, te defiendo, te pongo en las nubes, hago por ti las cosas
más bellas, arriesgadas y sublimes...

--¡Por María Santísima!--exclamó ella poniéndole la mano en la boca.

--En fin, ya esta vez me ha pasado... Vine por la calle con el mareo. Al
entrar, creí que entraba en un encantado y hermosísimo palacio; las
presas me parecieron unas ninfas muy aéreas, unas como animadas flores,
hijas del viento, ¿qué tal? La escalera, una escalera de plata y la
celadora, un ángel...

--¡Jesús, basta, basta!...

--Basta, sí; ya pasó, ya pasó. Hablaré ahora de lo que quieras.

--Es que yo no me fío de esa cabeza... Sin embargo, óigame usted,
padrino. Estoy inclinada a renunciar a mis derechos para librarme de la
persecución de los malos. ¡Qué infames picardías! ¿Debo o no debo
hacerlo? Respecto a mis derechos, ¿los tengo yo? ¿Son un delirio o una
verdad? Usted que conoció a mis padres, que debió de estar al corriente
de lo que pasaba en su casa, dígame al fin de una vez y con completa
sinceridad lo que piensa; pero la verdad, la verdad.

--Hija, querida hija mía--repuso el viejo con una torpeza de palabra y
de pensamiento que anunciaban un lamentable estado cerebral--. ¿Sabes lo
que me pasa?...

--¿Qué?

--Que he perdido completamente la memoria. No me acuerdo de ninguna cosa
anterior a la época en que viniste a vivir a mi casa de la calle de
Hernán Cortés. Ayer estuve todo el día preocupado con una idea, y es que
yo fui un lince en Partida doble.

--Sí, sí.

--¿Pues creerás que trataba de recordar algo de esta ciencia sublime,
madre de todas las demás ciencias, y no podía?...

--¡Pobre padrino, pobre padrino!... ¿Se ha enterado usted de la acción
de Mariano?

--Sí, hija. ¡Qué deshonra!

--¡Qué deshonra!... Dios se ha vuelto contra mí, me ha dejado de su
mano. Pero yo me haré mujer formal, mujer ordenada, mujer trabajadora,
me casaré...

--¡Casarte!--exclamó el viejo con espanto.

--Casarme con cualquier hombre honrado... Juan Bou me ofreció su mano, y
aunque me gusta poco, es un hombre de mérito...

--¿Casarte...? con el monstruo, con el dragón...».

Y obedeciendo a una fuerza superior que nacía no se sabe en qué parte de
su turbado ser, el tembloroso anciano marchó hacia la puerta. ¿Iba en
busca de la milagrosa copita?... De pronto se detuvo, diose una manotada
en la frente, se echó a reír, y mirando a Isidora con gozo, dijo:

«¡Maldita memoria mía! Ya no me acordaba...

--¿De qué?

--Tranquilízate, José. Juan Bou ha pedido ayer la mano de la hija de un
herrero muy rico de la calle de las Navas de Tolosa; él mismo me lo ha
dicho».

Isidora meditó.


=--II--=

La primera entrevista que tuvo con _la Sanguijuelera_ después del
atentado de Mariano fue conmovedora. La de Rufete no había visto nunca
llorar a su tía, la cual, envejecida considerablemente en aquellos
tristes días, traía un mantón negro echado por la cabeza, con lo que su
aspecto era harto lúgubre y repulsivo. No decía sino: «¡Qué pena, qué
bochorno!», y de sus apergaminados labios habían huido los donaires
quizás para siempre. Parecía que se duplicaba, con la común desgracia,
el cariño que a su sobrina tenía y que deliraba por _Riquín_. En los
días sucesivos la buena anciana no cesaba de hacer preguntas a Isidora
acerca de sus planes, y perseverando en el proyectillo de colocarla
ventajosamente, le decía una y otra vez:

«Decídete pronto, pronto, a ser capellana, que es lo que te conviene,
porque así matas de un tiro dos pájaros, _verbo y gracia_: que te
colocas y que salvas el alma, porque en la compañía de aquel santo varón
te harás, aunque no lo quieras, una santa mujer... ¡Ay qué pena, qué
bochorno!».

No parecía la de Rufete muy inclinada a aceptar tales ofrecimientos, a
pesar del risueño horizonte espiritual que le señalaba su tía.

«El honor de la familia--decía luego Encarnación--está en los calabozos
del Saladero y ha de tener que ver con los señores de la Paz y Caridad.
Ya que no nos es posible salvar el honor de la familia, ¡puñales!,
escondámonos donde nadie nos vea, metámonos en un rincón y vivamos
tranquilas, diciéndole al Señor: «Señor, nosotras no fuimos, nosotras no
tuvimos culpa de aquella barbaridad, nosotras quisimos que fuera bueno;
pero él se juntó con los pícaros... y sacó de su cabeza otras
picardías». Conque hija, vente a vivir conmigo y olvídate de tus
locuras, y si alguien quiere pleito, que lo siga con el Nuncio de Puerta
Cerrada».

No estaba aún completamente decidida Isidora a comprar la libertad con
la renuncia total de sus pretensiones. Muñoz y Nones le hizo otra
visita, en que charlaron mucho; mas los argumentos de ella eran tan
endebles, que el hábil notario los destruía con poco esfuerzo. En cuanto
al caso extraordinariamente horrible de Mariano, Nones dio pocas
esperanzas, y el único consuelo que pudo ofrecer a la atribulada hermana
del delincuente fue que la corta edad y el evidente desorden cerebral de
este pesarían algo en la balanza de la Justicia.

Un mes después de la primera entrevista con el suegro de Miquis, Isidora
había perdido ya la fe en sus derechos a la casa de Aransis. De ellos no
quedaba en su alma sino una grande y disolvente ironía. Ya no creía en
si misma, o lo que es lo mismo, ya no creía en nada. Deshojada poco a
poco por una lógica al principio tímida y por último irresistible,
aquella vistosa flor de su presunción aristocrática, la cual, a falta de
otras morales, desempeñaba en su alma un papel defensivo de primer
orden, quedó completamente seca, muerta y más propia para irrisorio
sambenito, que para adorno del cuerpo y del alma... Un día llevó Muñoz
un papel, firmolo Isidora, después de negarse resueltamente a aceptar el
auxilio que le ofrecía la marquesa, y a las dos semanas el juez decretó
la absolución libre.

«¿A dónde vas ahora?»--pregunto con interés de padre D. José de
Relimpio.

Isidora tenía un papel en que había apuntado varias cantidades. Era
mujer de orden. Aquellos numeritos representaban deudas contraídas en la
prisión.

«No se preocupe usted de eso, niña--dijo una voz, la voz áspera y
antipática de un ser humano (por la figura) que apareció en la estancia
cuando la joven fijaba su atención toda en el funesto papel--. ¿A qué
hora sale usted? ¿A las tres? Dígolo por traer una carretela para
llevarla a usted a mi casa. ¿Usted se entera?».

Isidora, sentada y apoyando la sien en el puño, parecía estar con su
pensamiento en el más lejano de los mundos posibles.

«Si usted no aceptara, me ofendería--prosiguió el ser humano a quien
Relimpio miraba (dígase de paso) con la expresión más hostil--. Mi casa
es una casa--palacio. ¿Usted se entera? No le haré a usted compañía esta
tarde, porque voy a comer con _Frascuelo_ y el marqués de Torbiscón...
Oigasté, Isidora, usted manda en mi casita, donde no faltará un roío
pedazo de pan. Una persona que sale de la cárcel no puede hallarse en
disposición de atender a las primeras necesidades. Así, cuando usted
entre por aquella puerta, hallará una modista y un chico de la tienda de
sombreros que irá con muestras..., ¿usted se entera?... Tengo allí el
gran cuarto de baño; usted calcule... Conque hasta las tres. Voy a ver a
mi hermana, que se va a quedar muy triste, usted calcule, con la marcha
de su amiga. Adiós... Abur, Pepillo».

Y al salir hizo un gesto tan irreverente ante las barbas venerables de
D. José de Relimpio, que este, furioso ya por oírse llamar _Pepillo_, no
pudo contener su indignación, y cuando el ser humano estuvo fuera,
exclamó:

«¡Canalla!... ¿Pero es posible, hija, que tú, tú, aceptes?...

--Provisionalmente--dijo Isidora, como si despertara de un desagradable
sueño--. ¡Estoy tan mal...! Necesito...».

¡Necesito! ¡Cómo sonó este verbo en el cerebro del santo varón! Lo había
oído tantas veces en momentos terribles, que era para él como una voz de
alarma que le erizaba el cabello y le detenía la circulación de la
sangre. Su abatimiento era tan grande, que si tuviese allí la botella,
quizás, quizás la apurase valientemente de un trago.

¡Libertad, comodidades, buena ropa, baño, casa, lujo, dinero!... Así
como a D. José le entraba el mareo con lo que el lector sabe, a Isidora
le atacaba el mismo mal con sólo la probabilidad de hacer efectivas las
ideas expresadas por aquellos mágicos vocablos. Cada ser tiene sus
imanes.

¡Oh pena de las penas! Cuando D. José la vio salir y entrar en la
carretela de aquel ente que le llamaba Pepillo, cuando la vio partir...
¡Oh, qué horrores alumbra el desvergonzado sol, esa cínica lumbrera que
no sabe llenar de tinieblas la tierra cuando se consumen hechos tan
contrarios a las hermosas leyes del bien! El pobre hombre olvidaba que
el error tiene también sus leyes, y que en la marcha del universo cada
prurito aspira a su satisfacción y la consigue, resultando la armonía
total, y este claro--obscuro en que consiste toda la gracia de la
humanidad y todo el chiste del vivir.

Pero el buen viejo no podía ver aquello. Su espíritu se enardecía, sus
sentimientos se sublevaban, quiso darse un fuerte golpe en la cabeza
contra la pared de la iglesia de Montserrat para concluir allí su
preciosa y fatigada existencia; pero no tuvo valor para ello. Necesitaba
marearse, sí, darse un buen paseo por las doradas regiones de lo ideal.
Esta necesidad se impuso a su naturaleza de un modo tan imperioso, que
no tuvo paciencia para salvar la distancia que le separaba de su casa, y
se metió en la primera taberna que encontró al paso.


=--III--=

Y un día Emilia y Juan José Castaño vieron entrar en su casa a la gran
Isidora elegantemente vestida de negro, con un lujo, con un señorío, con
un empaque tal, que ambos esposos se quedaron perplejos, como quien ve
visiones, y no acertaron a contestar a sus primeras preguntas. Iba la
madre a ver a su hijo, al noble, al precioso y cabezudo _Riquín_, que
recogido y amparado en casa de Castaño durante los cinco meses de
prisión, miraba a Emilia como madre y a los niños de aquella como sus
hermanitos. Muy afligida Emilia al ver la resolución de Isidora de
llevarse a su hijo, no se atrevió a poner resistencia; pero Juan José,
hablando con firmeza y tesón, dijo que no entregaría a Joaquinito,
porque Isidora, con su mala conducta, perdía los derechos de madre, y
que él estaba decidido a llevar la cuestión a los Tribunales, seguro de
que el juez le autorizaría para retener al desgraciado niño en su poder.

Irritada Isidora, manifestó que no admitía tales ideas, y ya se agriaba
la cuestión, cuando abriose una puerta y apareció un señor obispo...,
digo, era _Riquín_, el cual traía en la cabeza una gran mitra de papel,
y echando la bendición graciosamente con su mano derecha, cantó en el
latín más estropajoso que se ha oído jamás: _Dominis vobiscum_.

Conviene hacer constar que los dos chicos de Castaño tenían loca afición
a los juguetes de Iglesia, que es un jugar muy común en la infancia de
estos tiempos, en los cuales cada cosa grande tiene su manifestación
pueril. En el comedor de la casa tenían su magnífico altar, y cada día
ponían en él un objeto nuevo, bien araña, bien cáliz o manga--cruz. Por
distintas partes de la casa se veían retablos diminutos, sagrarios y
hasta púlpitos improvisados con sillas. Últimamente habían hecho
casullas de papel, y decían sus misas como unos canónigos, echando cada
latín que metía miedo y observando todas las reglas de aquel acto con
notorio puntualidad. Que el misal fuese una novela y el copón una
huevera, no era motivo de escándalo, porque la inocencia lo santificaba
todo con su carácter altamente divino. _Riquín_ hacía al principio de
sacristán; pero empezó a mostrar tales disposiciones, que pronto dijo
también sus misas y echaba graciosos sermones. Las reyertas frecuentes y
el mucho ruido con que a menudo se disputaban allí las jerarquías
eclesiásticas, exigían en ocasiones la intervención de Emilia, que más
de una vez se prestó a ser monaguillo para apaciguar los ánimos y
llevarlos a honrosas capitulaciones. Aquel día, que era domingo,
_Riquín_ había sido elevado a la silla metropolitana, y estaba oficiando
de pontificial cuando su mamá y Juan José disputaban.

«Ven--le dijo Isidora sentándole sobre sus rodillas, dándole muchos
besos--, y te haré una casulla de oro y un altar de plata».

El chiquillo la miraba espantado.

«Que él decida--indicó Juan José tomando al muchacho y poniéndole en
medio de la sala--. _Riquín_, ¿quieres irte con tu madre?».

Tan fuertemente negó con su cabezota, que se le cayó la mitra. En
realidad es fuerte cosa que le propongan a un hombre abandonar su
diócesis para irse con una mala mujer...

«¿Que no, dices que no?».

El chico dijo entonces claramente:

«No _quielo_».

Y echó a correr para dentro.

«No vale, no vale, eso no vale--gritó Isidora con afán--. Mi hijo vendrá
conmigo».

A esto siguieron algunas lágrimas, y tomando entonces Castaño un tono
conciliador, manifestó a la afligida madre que estando el niño en la
ortopedia mejor que en ninguna parte, le dejase aquí. Quizás ella, por
sus muchas ocupaciones de señora principal, no podría cuidar y atender a
Su Ilustrísima como merecía, y así, quedándose él donde estaba, ganaban
todos: los ortopedistas, porque conservaban a _Riquín_, a quien miraban
como hijo; Isidora, porque estaría más ancha y podría campar por sus
respetos libremente, y _Riquín_ porque no se vería separado de su
cabildo. Isidora cedió, mas no sin obtener permiso para ir a ver a su
hijo cuando quisiera.

Y en efecto, venía dos, tres y hasta cuatro veces por semana, trayendo
golosinas para _Riquín_ y sus camaradas, y además velas de cera, cálices
de plomo, efigies, estampas del Sagrado Corazón, mitras, estolas, y por
último un monumento de Semana Santa tan completo y hermoso que no había
más que pedir. Algunas veces se encontraba allí con _la Sanguijuelera_,
que también a menudo visitaba a su adorado Anticristo; y ambas
regañaban, si bien Encarnación había perdido el humor festivo, y estaba
muy caduca y suspirona, no pudiendo apartar de su mente ni un instante
la deshonra que había caído sobre la familia. Cuando se hablaba de esto,
las dos lloraban, y, olvidando toda rencilla, confundían sus almas en un
solo sentimiento.

Miquis no vivía ya frente a la ortopedia, ni visitaba tan frecuentemente
a sus buenos amigos; pero siempre que iba a casa de Castaño preguntaba
con mucho interés por Isidora. Pasados tres meses desde que la Rufete
salió de la cárcel, Emilia, dando noticia al médico de las observaciones
que hacía en la persona de aquella, le decía una noche:

«Desde la primera vez que vino en esta temporada hasta ahora ha variado
tanto... Y parece que va descendiendo, que cada día baja un escaloncito.
La primera vez parecía una gran señora: traía un vestido de gro negro y
un sombrero, que ya, ya... Poco después venía vestida de merino y con
mantilla, algo desmejorada la cara. A la semana siguiente me pareció que
su traje tenía algunas manchas, y sus botas algunos agujeros. Por fin el
lunes de la semana pasada vino muy pálida y quejándose del pecho, con la
voz ronca. El sábado creí observar en su cara algunos cardenales, y
traía una mano liada. Ayer, señor doctor, vino con pañuelo a la cabeza,
con bata de percal, zapatillas, la voz muy ronca, y lo más salado de
todo fue... que me pidió dos reales... Debe de andar mal. Como
siempre..., ¡qué carácter y qué vida!».

Después hablaron del ser humano con quien Isidora vivía, y acerca de él
dijo Miquis cosas tan atroces como verdaderas, de que se escandalizaron
mucho Emilia y su marido. Aquel tal era jefe de garito, ruletista y
empresario de ganchos, un caballero de condición tan especial, que si le
mandaran a presidio (y no le mandarían), los asesinos y ladrones se
creerían deshonrados con su compañía.

«Nuestra pobre amiga--dijo Augusto--, llevada de su miserable destino, o
si se quiere más claro, de su imperfectísima condición moral, ha
descendido mucho, y no es eso lo peor, sino que ha de descender más
todavía. Su hermano y ella han corrido a la perdición: él ha llegado,
ella llegará. Distintos medios ha empleado cada uno: él ha ido con trote
de bestia, ella con vuelo de pájaro; pero de todos modos y por todas
partes se puede ir a la perdición, lo mismo por el suelo polvoroso que
por el firmamento azul».

Desde que fueron dichas por el sabio Miquis estas sentenciosas frases y
otras que omitimos, Isidora estuvo muchos días sin presentarse en la
casa de Emilia. Don José también se había eclipsado, por lo que estaban
los de Castaño disgustadísimos y llenos de temor. Un día, por fin, entró
Relimpio en casa de Miquis, y entre lloroso y turbado, le dijo:

«Venga usted, venga usted, Sr. D. Augusto, a ver si la sana.

--¿Qué hay, pero qué...? ¿está mala?--preguntó Miquis encasquetándose el
sombrero y tomando el bastón.

--No, señor..., sí, señor..., quiero decir que no está buena, aunque
tampoco está enferma, porque ya se levanta.

--Es decir, que ha estado mala.

--Sí, señor.

--¿Y por qué no me avisó usted, hombre de Dios, mejor dicho, hombre de
todos los demonios?

--Porque ella no quiso... Hoy, sin su permiso, vengo a buscarle a usted
para que le quite de la cabeza...

--¿Qué le he de quitar, hombre?

--Una idea--dijo Relimpio, cuando ambos andaban aprisa por la calle.

--¿Y cree usted que yo soy quitador de ideas?... Vamos a ver: ¿usted
está en su sano juicio, o se ha mareado hoy?

--No, Sr. D. Augusto; hace tiempo que no me mareo. Ella no me deja.
Desde que vivimos juntos...

--¿Cómo?

--Sí; ese salvaje, ese canalla, ese asqueroso reptil, ese inmundo...,
perdone usted, Sr. D. Augusto; me faltan palabras apropiadas... Para no
cansar, ese basurero animado, la abandonó después de darle tantos
golpes, que por poco la mata; después de cruzarle la cara... mire usted,
por semejante parte, con un navajazo. Por fortuna su herida no fue
grave, aunque le ha dejado una cicatriz que desfigura bastante aquel
rostro celestial, aquel encantador palmito...».

Se limpió una lágrima con la mano.

«Pues sí; desde este suceso, la pobrecita, con los pocos cuartos que
pudo salvar y la escasa ropa..., en fin, tomó un cuarto en la calle de
Pelayo, número 93, piso cuarto, puerta número 6, y allí ha estado un mes
retirada del mundo sin tratarse con nadie más que conmigo..., pero
honradamente, Sr. D. Augusto, honradamente. Yo le juro a usted por lo
más sagrado...».

Y con la mano derecha abierta y puesta sobre el pecho como una
condecoración, los ojos en blanco, protestó el anciano de su honesta
conducta.

«Lo creo, hombre, lo creo.

--Yo la acompañé, yo la asistí, mientras se curaba; yo la he servido...
¡Qué días, qué noches! Yo: «Voy a llamar a Miquis»; y ella: «No llame
usted a Miquis ni a nadie; no quiero que nadie me conozca, soy una
persona anónima, yo no existo». En fin, esta mañana me dijo unas cosas
que me han partido el corazón.

--¿Qué cosas?--preguntó Miquis deteniéndose en el portal de la casa y
mirando atentamente al desgraciado viejo.

--¡Ay!, ¡no puedo repetirlas!»--exclamó Relimpio llorando como un niño.


=--IV--=

Augusto subió y entró en la casa. Si pasmada y llena de turbación se
quedó Isidora al verle, mayor fue el asombro y pena del joven médico al
ver en deplorable facha y catadura a la que conoció en forma tan
distinta. No sólo había perdido grandemente en el aspecto general de su
persona, en su aire distinguido y decoroso, sino que su misma hermosura
había padecido bastante, a causa del decaimiento general, y más aún del
chirlo que tenía en la mandíbula inferior, bajo la oreja izquierda.
Estaba ella planchando unas chambras, y la ligereza de su vestido
permitía ver sus bellas formas enflaquecidas. Dejó la plancha y se sentó
en un miserable sofá de paja. Un ratito no muy largo estuvo llorando, y
después dijo así:

«No quería que nadie me viese en este estado. Como pienso salir de él y
hallarme en mejor posición, porque todavía... A ver, ¿qué tal me
encuentras?

--Muy mal, muy mal.

--¿He perdido mucho? ¿No me respondes? He estado muy mala, ¡qué
puño!...».

Miquis no dijo nada. La sorpresa que le causó la voz ronca de Isidora, y
más que la voz oír algunas expresiones que de la boca de ella se
escaparon, túvole perplejo y mudo por breve rato.

«Te encuentro muy variada; tú no eres Isidora.

--Te diré... Yo misma conozco que soy otra, porque cuando perdí la idea
que me hacía ser señora, me dio tal rabia, que dije: «Ya no necesito
para nada la dignidad, ni la vergüenza». ¿Tú te enteras?... Por una idea
se hace una persona decente, y por otra roía idea se encanalla. Pero no
creas, todavía hay algo en mí que no perderé nunca, algo de nobleza,
aunque me esté mal el decirlo... Mira tú, chavó, qué quieres..., el aire
hace a la persona. He vivido tres meses entre perros de presa. No te
asombres de que muerda alguna vez...

--Sí, esa voz, esas expresiones, ese acentillo andaluz... Dime, ¿qué es
lo que te queda de nobleza?

--No sé, no sé...--dijo Isidora aturdida, cual si registrara en su
corazón y en su pensamiento--. Me queda el delirio por las cosas buenas,
la generosidad... ¿Sabes? Ayer no tenía más que dos duros; esta mañana
vino una amiga a llorarse aquí..., total, que quedé sin un cuarto.

--¿Necesitas algo?»--dijo Augusto llevándose la mano al bolsillo.

Y sacó algunas monedas. Mirolas Isidora con codicia, alargó su mano
hacia la mano de Augusto... De repente se contuvo diciendo:

«No; todavía soy noble.

--¿En qué consiste tu nobleza?

--En que no recibo limosna... Pero por ser de ti...».

Vacilaba, mirando alternativamente al rostro y la mano de Miquis. De
súbito lanzó una exclamación no muy delicada y dijo:

«¿Sabes?..., ya se me ha ido la delicadeza. Venga el dinero».

Y antes que Miquis se lo diera, ella lo tomó de la mano de su amigo.

«¿De qué te espantas, bobo?... ¿de mis nuevas maneras? Ahora soy así. Te
diré... A los hombres, desplumarlos y sacarles las entrañas; quererlos,
nunca. Sois muy antipáticos; os desprecio a todos.

--¿Vas a meterte monja...?

--¿De veras?... ¡Qué sombra! ¿Monja yo?

--Ya sabes que Joaquín Pez ha venido de la Habana, casado con una
americana muy rica. Da gusto verle, según está de contento y
satisfecho».

Isidora palideció. Después dijo:

«Ya lo sabía... Toma, si le vi, le vi una tarde. Yo iba por la Red de
San Luis y pasó él en coche. Me vio, pero el tunante fingió que no me
veía. El corazón me dio un brinco; aquella noche lloré, pero ya me voy
dominando y concluiré por aborrecerle también. Es un tipo.

--Pero _Gaitica_...

--¡Ah! Ese es de los que deben ser cogidos con un papel como se coge a
las cucarachas, y luego tirados a la basura. Vamos, que sólo de mirarle
se te ensucian los ojos...

--Y sin embargo, le has querido.

--¿Yo?... Hombre, tú estás malo. Que se te quite eso de la cabeza. Con
decirte que me acordaba de Juan Bou y este me parecía un ramillete de
rosas... ¡Pobre _Gaitica_! El día de la disputa ¡le escupí más...! Es un
hombre con el cual no se debe hablar con palabras, sino con una
zapatilla: es un bicho asqueroso. Aplastarlo y barrerlo luego. Pero qué
quieres, mi destino, mi triste destino... Yo empeñada en ser bueno, y
Dios, la Providencia y mi roío destino empeñados en que he de ser mala.
Salí de la cárcel, le debía dinero, no tenía sobre qué caerme muerta, me
llevó a su casa, me dio cuanto necesitaba, mucho más de cuanto
necesitaba... Yo tengo este defecto de volverme loca con el lujo. Vi los
trajes, el dinero y las comodidades, y no vi al hombre. Poco a poco se
me fue dando a conocer el hombre. Principió por escatimarme los gastos.
Cada día me parecía la vida más triste y él más horroroso. Y no lo digo
por su cara, que no es mala, aunque sí de un tipillo afeminado que no me
gusta. ¿Le conoces? Ya ves qué carita de Pascua, qué patillas de
azafrán, y qué barba afeitadita y qué labios de carmín. Aquellas
mejillas que parecen afeitadas me dan un asco... Pero donde aparece de
oro el tal es en el trato. Coge la desvergüenza, la traición, la rapiña,
la crueldad, júntalo todo, añádele toda la basura que puedas encontrar,
revuelve, haz un muñeco, sopla, dale vida y tendrás al que ha sido mi
señor y dueño durante tres meses: peor que Bou, peor que Botín y que
Joaquín, el cual era ya más malo que Judas. En fin, los hombres sois
todos unos. Hay que vengarse, perdiéndoos a todos y arrastrándoos a la
ignominia. Nosotras nos vengamos con nosotras mismas.

«Isidora, Isidora--le dijo Augusto con profunda pena--: valdría mil
veces más que te murieras.

--No pienso en tal cosa... Te diré. Cuando estaba en la cárcel quise
matarme. La vida me pesaba como un sombrero de plomo. Cuando _Gaitica_
me maltrató y no pude hacerle pedazos ni aplastarle con la zapatilla,
también tuve un momento de bochorno, de ira y de desesperación en que
quise suicidarme. Pero después me he serenado. Eso de matarse se deja
para los tontos. El que quiera viaducto, con su pan se lo coma. A vivir,
vidita, que vivir es lo seguro. Alma atrás... Lo quiere el mundo, pues
adelante. Que la sociedad para arriba y la moral para abajo...; a hacer
puñales. Yo me basto y me sobro. ¿No era yo noble? ¿No tenía buenas
inclinaciones? ¿Pues por qué me cerraron la puerta?

--Pobre mujer, todavía, todavía es tiempo...

--¿De qué?

--De adoptar una vida arreglada. Yo te buscaré trabajo.

--No sé hacer nada.

--Yo te pasaré una pequeña pensión...

--Dirán que soy tu querida. Concluiré por serlo...

--Búscate un modo de vivir. Vete con tu tía...

--No hay _tu tía_, no, no...; déjame. ¿Para que has venido acá? Ni
falta... Aire, aire. No necesito consejos.

--Aborreces a Surupa, y, sin embargo, ¡cuánto se te ha pegado de él!
Cuando recuerdo cómo eras y cómo eres, cómo hablabas y cómo hablas, no
sé qué me da.

--Así es el mundo: unos se quedan y otros se van Yo me fui, ¿te enteras?
Yo me he muerto. Aquella Isidora ya no existe más que en tu imaginación.
Esta que ves, ya no conserva de aquella ni siquiera el nombre.

--Pues aquella era mi buena amiga--dijo Augusto con tesón--; esta me
repugna».

Isidora se conmovió al oír esto, pero disimulaba bien, esforzándose por
una inexplicable modificación de su orgullo en parecer peor de lo que
era.

«Y no teniendo nada que hacer aquí--dijo Miquis levantándose--, me
retiro».

Isidora le miró de un modo que indicaba deseos de que no se marchara;
pero después se inclinó de hombros.

«Ya me han humillado tanto--murmuró entre dos suspiros--, que el ver
salir al último amigo no me causa impresión.

--Señor D. Augusto de mi alma--dijo a la sazón Relimpio, que hasta
entonces, testigo mudo y doliente, no se había atrevido a decir nada--;
no se marche usted y exhórtela, predíquele, y amonéstele para que se le
quite... eso... de la cabeza.

--¿Qué?

--Eso.

--¿Y qué es eso?

--El disparate que quiere hacer. Vea usted cómo calla y se sonríe la
pícara... A mí me lo ha dicho, pero a usted no se lo quiere decir.

--¿Suicidio?

--Por ahí...

--No, no es suicidio--exclamó el anciano con desesperación, arrancándose
(o tratando de arrancarse, que es más verosímil) un mechón de
cabellos--. ¿Ve usted? Se ríe... Y que no diga que lo hace por no tener
qué comer. Yo... aún puedo trabajar».

Isidora, sin desplegar los labios, clavaba sus ojos en las ascuas de
carbón sobre que se calentaban las planchas. Parecía que de aquel
rescoldo ardiente y melancólico tomaba sus ideas.

«Pues yo le he de quitar de la cabeza esas tontunas--dijo el médico
inclinándose hacía ella y mirándola de cerca.

--¿Sabes lo que te digo?--replicó Isidora con el tono insolente que se
le había pegado de la sociedad gaitesca--. ¿Sabes lo que te digo? Que no
me vengas con dianas, que no me marees. No te hago caso; el corazón se
me ha hecho de piedra y mi cabeza es como esa plancha».

Levantose, y murmurando no se sabe qué palabras, aunque es de suponer no
serían de las más finas, tomó el pesado hierro y se puso a planchar con
verdadera furia. Miquis se fue sin añadir una palabra, y D. José le
siguió hasta la escalera con las manos cruzadas, el mirar compungido y
suplicante.

«Don Augusto de mi alma--le dijo--, por Dios, no la abandone usted...
Mire usted que lo hace, y lo hace... y yo me muero...».



Capítulo XVIII

Muerte de Isidora.--Conclusión de los Rufetes


Aunque Augusto no manifestó su propósito, lo tenía, y muy firme, de no
abandonar a la infeliz mujer que tan sola y en peligro de ruina estaba.
Volvió al día siguiente; mas quiso Dios que fuese aquel uno de esos días
lúgubres que anublan la perpetua alegría de los meses de Madrid, uno de
esos días, por desgracia no muy raros, en que el vecindario está
tristísimamente impresionado por una terrible solución de la justicia
humana, y encuentra, a su paso por ciertas calles, manifestaciones
patibularias que llevan el pensamiento a cosas y personas de edad muy
remota.

Y en la tarde del día anterior, una mujer vestida de negro con un mantón
echado por la cabeza, alta, flaca, vieja, semejante a una momia animada
por la aflicción, acechaba en las proximidades del Palacio Real la
salida y paso de un coche. Su ansiedad era grande, su esperanza débil,
aunque poseía el más vivo fervor monárquico que ha existido quizás en el
presente siglo. Su idea del poder, de la misión providencial de los
reyes, y principalmente la semejanza que suponía entre el soberano
visible y el Rey de los cielos, dábanle un poco de aliento. Por eso
cuando salió el coche, avanzó ella a escape sin temor de ser atropellada
por los caballos, llegó hasta la portezuela, y con la presteza del
asesino que alarga el puñal, alargó un papel arrollado en forma de
canuto. El papel cayó en el coche, y las dos personas que iban en este
se inclinaron al mismo tiempo para cogerlo. ¡Oh dicha! Leían el
memorial, o al menos pasaban la vista por él. ¿Quién sabe si accederían
a lo que en él con formas tan respetuosas y sentimentales se solicitaba?
Así como es propio del pueblo la ofensa, propio y digno de los reyes es
el perdón. ¡El perdón! Ved aquí el punto de semejanza y parentesco con
la divinidad. «¿Para qué servirían los reyes--dijo _la Sanguijuelera_
concretando sus ideas monárquicas--, si no sirvieran para indultar?».

La pobre mujer, en el momento de arrojar su papel dentro del coche,
había lanzado con él una exclamación, que sintetizaba su respetuoso
cariño hacia el primer personaje de la Nación, y su pena acerba y
desgarradora: «Rey mío... Niño--Dios de España, piedad para un
desgraciado loco».

Había invocado la juventud, la grandeza, el sentimiento religioso, para
interesarlos en su cuita. Satisfecha de lo que había realizado, y con
cierta confianza en el éxito, se dirigió lentamente hacia el Saladero.
¡Largo y tremendo día, inmensa y pesada noche! Hay horas que parecen
pedazos arrancados a las pavorosas eternidades del infierno. _La
Sanguijuelera_ esperaba, esperaba, y el indulto no aparecía. La infeliz
mujer, tan prendada de los poderes autoritarios, no sabía que el
Soberano tiene una esposa, la Ley, y que, según el arreglo que hemos
hecho, con el anillo nupcial de este himeneo se han de sellar lo mismo
la sentencia que el perdón.

Hemos dicho que Augusto volvió a la casa de Isidora. Encontrola en el
estado más deplorable, sentada en un rincón del cuarto, tras un sofá
viejo, los pies desnudos, el vestido muy a la ligera, encorvada sobre sí
misma, en desorden el precioso cabello. Con ambos índices se tapaba los
oídos, y su mirar revelaba espanto de pesadilla. Contemplábala Augusto
sin saber por dónde empezar su empresa caritativa, cuando D. José se le
acercó y con voz cautelosa le dijo:

«Amigo Miquis, hoy no hemos comido. Día tremendo es hoy...; ya puede
usted suponer por qué está tan afligida».

Augusto dio dinero a Relimpio para que trajese con qué arreglar una
buena comida, y quiso tranquilizar a Isidora y obligarla a que se
acostase. Ella no decía más que esto: «¡Hoy!, ¡hoy!».

Ya de regreso el padrinito, lograron ambos, a fuerza de persuasiones y
añadiendo a ellas algo de violencia, que Isidora se acostase. Relimpio
preparó la comida. Augusto consolaba a su amiga con las frases más
escogidas, con los pensamientos más cristianos que le sugería su rica
imaginación; pero toda su dialéctica, engalanada de formas poéticas y de
bonitas paradojas, no logró llevar la serenidad al perturbado espíritu
de la pobre mujer. Esta le dijo:

«Mañana, mañana me tocará a mí».

Dicho esto, su silencio fue absoluto durante todo el día. Miquis y D.
José le hacían mil preguntas, pero ella no contestaba nada. Por la noche
Augusto, después de prescribirle el reposo, se retiró seguro de hallarla
mejor al día venidero, lo que no resultó cierto, porque a la siguiente
mañana encontró el médico en su infeliz enferma el mismo silencio, la
mismo apatía lúgubre y la propia indiferencia del día precedente.
Isidora, no obstante, comió con mediano apetito, y Miquis no hallaba en
ella síntomas claros de enfermedad. Don José suspiraba a cada instante;
iba y venía sin cesar de una parte a otra de la casa con gran
desasosiego. Por la tarde, cuando Miquis, después de su tercera visita,
se retiraba, D. José cuchicheó con él en la escalera.

«No nos abandone usted, señor doctor--le dijo angustiadísimo--. Hemos de
estar con cien ojos... Hay moros por la costa...

--¿Qué es eso?

--Que aunque parece que no habla, habla, sí, señor; hoy a las doce
estuvo aquí una mujer que la viene persiguiendo hace días... Es un
dragón, ¿me entiende usted?... Pues Isidora charló largamente con ella.
No pude entender lo que decían, porque me mandó salir fuera; pero
hablaban con animación, y la mujer aquella, a quien vea yo partida por
un rayo, le enseñaba, ¡ay!, muestras de vestidos.

--Veremos; habrá que hacer algo decisivo--dijo Augusto bajando
pausadamente los últimos escalones--. Mañana temprano vendré con Emilia,
_Riquín_ y Encarnación. Trataremos de llevárnosla a cualquier parte».

Don José movió la cabeza con expresión de profundísima incredulidad, y
cerrando la puerta con llave, se guardó ésta en el bolsillo.

Isidora dormía, al parecer, sosegadamente; D. José, que desde algún
tiempo antes se había sometido a un meritorio régimen de sobriedad en
alimento y lecho, se recostó vestido en un sofá de paja, frontero a la
cama de su ahijada, el cual le servía de punto de acecho o vigilancia
para no perder ni el más ligero movimiento de la enferma. Toda la noche
ardía una vela, puesta dentro de una jofaina. Así, desde que Isidora
parecía intranquila, D. José se levantaba diligente y acudía junto a
ella.

Las diez serían cuando Relimpio, que había descabezado un sueñecillo,
despertó con sobresalto porque oyó la voz de Isidora. ¿Había alguien en
la habitación? No, no había nadie. Isidora hablaba consigo misma. Don
José la miraba sin moverse de su duro y martirizante sofá; pero su
atención se trocó en asombro al ver que la joven se levantaba, se
vestía, aunque a la ligera, echándose la bata, se calzaba y se dirigía
al mezquino tocador próximo a su lecho. Un terror acongojante y como
supersticioso que se amparó del bueno de D. José, le impedía moverse y
hablar. Le parecía contemplar una escena de sonambulismo, o quizás ser
víctima de un fenómeno óptico, formado y como vaciado en su propia
mente. «Puede ser--se dijo--que esto que veo sea un sueño mío y que la
pobrecita esté tan tranquila en su cama, mientras yo la veo levantada y
enredando en el tocador».

Isidora, pues ella misma era y no una vana imagen, se miró largo rato en
el espejo. Aunque este era pequeño y malo, ella quería verse, no sólo el
rostro, sino el cuerpo, y tomaba las actitudes más extrañas y violentas,
ladeándose y haciendo contorsiones. La ligereza de su ropa era tal, que
fácilmente salían al exterior las formas intachables de su talle y todo
el conjunto gracioso y esbelto de su cuerpo. Don José se quedó lelo,
frío, inerte, cuando oyó estas palabras, pronunciadas claramente por
Isidora:

«Todavía soy guapa..., y cuando me reponga seré guapísima. Valgo mucho,
y valdré muchísimo más».

Luego empezó a recoger tranquilamente algunas prendas de ropa que
estaban arrojadas en diversos lugares de la estancia, y con ellas formó
un lío. Entonces el santo varón hizo un esfuerzo para vencer su inercia
terrorífica, se sacudió todo y con una fuerte voz dijo:

«Niña mía, ¿a dónde vas?

¡Ay!--exclamó ella sobresaltada, dando un chillido--. Me ha asustado
usted. Yo creí que estaba sola».

¡Sola! Según eso, D. José era un mueble. Esta idea causó al infeliz
viejo grandísima aflicción.

«¿Pero qué haces, mujer? ¿Te has vuelto loca? Estás enferma y te
levantas así...

--¿Enferma yo?--dijo Isidora echándose a reír con descaro--. Usted sí
que lo está, de la cabeza, lo mismo que ese tonto de Miquis. Yo estoy
buena y sana.

--¿Pero a dónde vas?

--A la calle.

--¡A la calle! ¿Y qué vas a hacer en la calle? ¿Necesitas algo? Yo
saldré.

--Ea, ea, no sea usted majadero. Acuéstese usted, duerma si tiene sueño,
y déjeme a mí, que yo sé lo que tengo que hacer. No dependo de nadie,
¿estamos? Soy dueña de mi voluntad, ¿estamos?».

La determinación firme que revelaban estas palabras llevó al bendito D.
José a las más elevadas regiones del pasmo, del aturdimiento, de la
confusión. Antes que él pudiera decir algo, Isidora prosiguió de este
modo:

«Me fastidia usted con su preguntar, con su entremeterse en todo, con
sus cuidados tontos...».

Cada palabra era como un golpe de maza en el bondadoso corazón de
Relimpio, el cual, a punto de romper a llorar, se incorporó en el macizo
lecho y habló así:

«Hija mía, yo te quiero más que a las niñas de mis ojos. Me intereso por
ti, por tu bien, y no quiero que hagas disparates, ni que te pase mal
alguno...

--Yo también le quiero a usted; pero... vamos, deseo ser libre y hacer
lo que se me antoje, sin que usted venga con sus mimos, ¿estamos?

--Todo sea por Dios--dijo Relimpio, conociendo que había llegado la
ocasión de mostrar energía--. Sospecho que vas a mala parte, sospecho
que te perderemos para siempre, y no te puedo abandonar, no; tú eres lo
que más amo, te quiero más que a mis hijas, porque te quiero de dos
maneras, como padre y como..., en fin, yo me entiendo. Si, como
sospecho, quieres perderte, quieres infamarte, no lo consentiré mientras
tenga un aliento de vida; primero te rogaré, te suplicaré aunque me sea
menester ponerme de rodillas delante de ti».

Hallábase tan acongojado, que la frase se le retortijó en la garganta, y
juzgando que más que las palabras serían elocuentes las actitudes, se
hincó delante de su ahijada, y le tomó las manos para besárselas, y
luego que pasó un rato en estas mímicas, conmovidos ella y él, pudo
articular Relimpio estas palabras:

«Niña mía, no des ese paso, detente...

--¡Qué desgracia!...--murmuró ella llevándose la mano a los ojos, como
para disimular una lágrima--. ¿Y quién me va a mantener?

--¡Yo!--exclamó Relimpio dándose un golpe tan fuerte en el pecho que
este resonó en hueco como una caja.

--¡Usted!... ¡Ay, qué gracia! ¡Si usted más está para que le mantengan
que para mantener!

--Trabajaré.

--Sí, y comeremos cañamones... Padrino, padrino, déjeme usted en paz; no
se meta usted en mis cosas... Yo vengo pensando hace tiempo lo que debo
hacer; he tomado un partido, y ya no me vuelvo atrás».

El anciano había vuelto al sofá, donde estaba reclinado, sin fuerzas
para seguir adelante en la lucha.

«Mira--le dijo, echando lumbre por los ojos--, yo puedo trabajar...;
pediré un destino y me lo darán...

--¡Qué inocencia!

--Y con lo que yo gane y algo que te darán Emilia y Miquis, viviremos
tan ricamente.

--Sí, muy ricamente--replicó Isidora con terrible ironía--. ¡Miserias,
harapos, suciedad, escaseces, privaciones! Guarde usted todo eso para
los tórtolos simples que lo quieran.

--Si es que te dan pesadumbre algunos hechos de tu vida pasada, no
trates de borrarlos con una vergüenza mayor--dijo Relimpio, sintiéndose
dotado por la Providencia, en aquel instante, de una lucidez filosófica
que no era propia de él--. Lo mejor es que borres lo pasado con una
conducta ejemplar. ¿Quieres un nombre, una posición? Pues yo te daré
ambas cosas. Óyeme--añadió solemnemente--; yo me casaré contigo; y para
que no interpretes mal mi ofrecimiento, te prometo no ser tu esposo más
que en el nombre y mirarte como una hija».

Por lástima del pobre viejo no se echó a reír Isidora con el desenfado
que había adquirido últimamente. En la pérdida de tantas nobles
cualidades conservaba algo de piedad.

«¿Conque nombre y posición?--dijo--; gracias, gracias; es usted muy
bueno. ¿Conque no puedo con mi nombre y quiere usted que tome otro sobre
mí? ¡Qué puño!... Si pudiera desbautizarme y no oír más con estas orejas
el nombre de Isidora, lo haría... Me aborrezco; quiero concluir, ser
anónima, llamarme con el nombre que se me antoje, no dar cuenta a nadie
de mis acciones.

--¡Isidora!...

--Ya no soy Isidora. No vuelva usted a pronunciar este nombre».

¡No pronunciarle más, cuando a él le parecía tan dulce, tan armonioso,
cifra y compendio de la melodía infinita! Echó D. José un gran suspiro y
tras él estas palabras:

«Ha sido una tontería que te ofrezca la mano y el nombre de un viejo
caduco. Tú no puedes vivir sin amor. ¿Cómo habías de quererme a mí, que
sólo tengo juventud en el corazón?... Óyeme...».

Cada vez que decía «óyeme» tomaba una actitud sacerdotal y el tono más
solemne del mundo.

«Óyeme. Tú has amado a un solo hombre; ese hombre ha vuelto de la
Habana. De todos tus amantes, él era el más simpático, el más caballero.
Antes que verte caminar a la última degradación, consiento en que
reanudes tus amores con él. No me gusta esto, pero antes que lo otro...
yo me entiendo. ¿Quieres que le lleve un recadito tuyo, quieres que le
busque, que le hable de ti?... Odiosa misión, hija mía; pero si con ella
te aparto de la ignominia final, creeré realizar una acción meritoria.

--¿Joaquín, ese pillo?... Le diré a usted... Siempre que le veo, me da
un vuelco el corazón. Le quise y aún me parece que podría volver a
quererle... Pero déjele usted donde está. Yo estoy mejor así. Es un
canalla ingrato... Y bastante hemos hablado, Sr. D. José. Yo me
marcho...

--Por Dios, mujer...

--He dado mi palabra.

--Esas palabras no se cumplen. ¿De modo que no te veré más?

--Vendré por aquí... No se mueva usted de esta casa. Yo le daré algo
para que se mantenga y pague el alquiler...».

Relimpio tembló con sudor frío.

«Por mi hijo y por usted consiento en ser Isidora algunos ratitos.
Conque... abur, abuelo...».

Corrió hacia la puerta, y hallando que no estaba la llave en ella, como
de costumbre, retrocedió para buscarla.

«No, no te doy la llave; no saldrás mientras yo viva»--exclamó D. José,
haciéndose superior a sí mismo y mostrando la energía que a veces surge
del flaco ánimo de los débiles, como en ciertos momentos de crisis las
sublimidades brotan del cerebro de los tontos.

Isidora le miró con ira, y respiró fuerte apretando contra el talle el
lío de ropa.

«¡La llave, la llave!

--No saldrás sino pasando sobre mi cadáver»--gritó con cavernosa voz
Relimpio, sintiéndose héroe de teatro.

Y al decirlo, oprimía contra su pecho la llave para protegerla de un
ataque de su enemiga.

«Vamos, vamos, que no tengo ganas de bromitas--dijo la de Rufete
encolerizada--. Venga la llave, o la tomaré dondequiera que la
encuentre. Mire usted que ya no soy lo que antes era: de cordera, me he
vuelto loba. Ya no soy noble, Sr. D. José; ya no soy noble.

--Pero aunque no seas noble, no serás capaz de ultrajar a tu pobre
viejo, a tu padre...».

Acompañadas de lágrimas, estas palabras eran harto elocuentes.

«Vamos, abuelito, que ya me canso, que se me acaba la paciencia, que las
simplezas me cargan, que no estoy de humor de mimos...».

Y con la loca impaciencia, airada, insensible para todo lo que no fuera
su deseo y propósito, avanzó las manos contra el viejo, le atenazó los
brazos, le sacudió un momento... ¡Ay!, ¡ay! Relimpio sintió que sus
brazos se volvían de algodón. Como si el roce de la piel de Isidora
fuese un contacto mortífero, se quedó echo una momia. Y mientras ella le
quitaba la llave, él, inerte, sin vida, la miraba con espanto, y no
podía defenderse, ni sabía detenerla, ni era dueño de ninguna de las
energías de su ser, como no fuera de la voz, pues allá casi entre
dientes pudo articular tres sílabas y decir: «¡Bribona!...».

Isidora marchó hacía la puerta. Bruscamente arrepentida de su acción,
retrocedió hacia el sofá donde estaba la yacente estatua de Relimpio, le
miró un sí es no es conmovida (todavía era algo noble), y poniéndole la
mano sobre la cabeza llena de canas, le dijo:

«Padrinito, le he ofendido a usted..., pero... no lo puedo remediar.
Este es mi destino...; quizás no nos veremos más... Adiós».

Tuvo la singularísima piedad de inclinar sobre él su rostro y darle un
rápido beso sobre las venerables canas. Él no tuvo fuerzas ni espíritu
más que para verla salir. Salió, efectivamente, veloz, resuelta, con
paso de suicida; y como este cae furioso, aturdido, demente en el abismo
que le ha solicitado con atracción invencible, así cayó ella despeñada
en el voraginoso laberinto de las calles. La presa fue devorada, y poco
después en la superficie social todo estaba tranquilo.

Don José se levantó, anduvo como desconcertada máquina hasta un
aposentillo interior donde tenía sus trastos, y tanteando con las
temblorosas manos en la obscuridad, encontró una botella. Apuró del
contenido de ella porción bastante, y al tratar de volver al sofá, las
piernas le faltaron y cayó rodando en mitad del aposento.

Como la puerta había quedado abierta, Miquis, Emilia y _Riquín_ entraron
sin necesidad de fatigar la campanilla a una hora que, según cálculos
aproximados, debía de ser la de las nueve de la mañana del día
siguiente. Y como vieran a don José tendido en el suelo sin compañía, al
punto coligió Miquis que Isidora estaba ausente. Mientras Emilia corría
veloz al socorro de su padre, que parecía como a dos dedos de la muerte,
Augusto hizo un rapidísimo reconocimiento de la habitación, buscando a
Isidora. ¡No estaba!

«¡Se ha ido, se ha ido!»--exclamó poniéndose de rodillas junto al pobre
viejo para prestarle algún auxilio.

Con un poco de trabajo transportaron a Relimpio al sofá, donde le
tendieron, y él entonces entreabrió los ojos y los labios echando una
mirada y un suspiro sobre el mundo, de que se alejaba para siempre. La
notabilísima alteración de las facciones del anciano alarmó a Miquis, el
cual respondía con muda expresión de desconsuelo a las apremiantes
interrogaciones de Emilia.

«¿Pero esto es embriaguez... o qué?...»--preguntó la atribulada hija.

Y al oírlo D. José se reanimó de súbito, como la llama moribunda que se
revuelca en las tinieblas; echó su espíritu un resplandor de vida, y
moviendo la lengua, no menos pesada que la de una campana, dijo
pausadamente estas palabras:

«La hurí ha bajado a los infiernos, y yo voy... en busca suya».

A la sazón entraron algunos vecinos, y se ofrecieron a prestar los
servicios propios del caso. Miquis, sin dejar de tomar disposiciones,
veía que los remedios serían inútiles. Cerca ya del fin, el espíritu de
D. José volvió a relampaguear, diciendo con expresión enamorada y
caballeresca:

«La amé y la serví... Fui su paladín... Mas ved aquí que la ingrata
abandona la real morada y se arroja a las calles. Vasallos, esclavos,
recogedla, respetad sus nobles hechizos. Tan celestial criatura es para
reyes, no para vosotros. Ha caído en vuestro cieno por la temeridad de
querer remontarse a las alturas con alas postizas».

Oyendo estos disparates, Emilia era un mar de lágrimas. Miquis la llevó
a un cercano aposento, y en él la encerró con el pobre _Riquín_, que
también lloraba, para que ambos no presenciasen el fin del buen
Relimpio, el cual ocurrió media hora más tarde, y fue tranquilo y suave.
Su muerte remedó el dulce acceso de embriaguez que le transportaba,
mediante una breve toma, desde las miserias de la realidad a las
delicias de una vida apócrifa, compuesta con extraños fingimientos de
juventud, pasión y energía. ¿Entraba al fin en un mareo eterno? ¿Iba ya
derechamente a ser el noble, enamorado y valiente caballero, defensor y
amparo de la hurí en las edades sin término y en los espacios sin
medida? José, eres un ángel.

Abrazando estrechamente a _Riquín_ y cubriéndole de besos la cara,
Emilia le decía:

«Tan huérfano eres tú como yo; pero en mí tendrás la madre que te falta.
Aquella mamá tuya no existe ya, se ha ido para siempre y no volverá; se
ha caído al fondo, hijo mío, al fondo... Ya lo entenderás más adelante».



Capítulo XIX

Moraleja


Si sentís anhelo de llegar a una difícil y escabrosa altura, no os fiéis
de las alas postizas. Procurad echarlas naturales, y en caso de que no
lo consigáis, pues hay infinitos ejemplos que confirman la negativa, lo
mejor, creedme, lo mejor será que toméis una escalera.

Madrid.--Junio de 1881

FIN DE LA NOVELA





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