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Title: Un faccioso más y algunos frailes menos
Author: Pérez Galdós, Benito, 1843-1920
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Un faccioso más y algunos frailes menos" ***

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MENOS***


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UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS

Episodios nacionales. Segunda serie; 20

Por

BENITO PÉREZ GALDÓS

Madrid

1884



-I-


El 16 de Octubre de aquel año (y los lectores del libro precedente saben
muy bien qué año era) fue un día que la historia no puede clasificar
entre los desgraciados ni tampoco entre los felices, por haber ocurrido
en él, juntamente con sucesos prósperos de esos que traen regocijo y
bienestar a las naciones, otros muy lamentables que de seguro habrían
afligido a todo el género humano si este hubiera tenido noticia de
ellos.

No sabemos, pues, si batir palmas y cantar victoria o llorar a lágrima
viva, porque si bien es cierto que en aquel día terminó para siempre el
aborrecido poder de Calomarde, también lo es que nuestro buen amigo D.
Benigno padeció un accidente que puso en gran peligro su preciosa
existencia. Cómo sucedió esto es cosa que no se sabe a punto fijo. Unos
dicen que fue al subir al coche para marchar a Riofrío en expedición de
recreo; otros que la causa del percance fue un resbalón dado con muy
mala fortuna en día lluvioso, y Pipaón, que es buen testimonio para todo
lo que se refiere a la residencia del héroe de Boteros en la Granja,
asegura que cuando este supo la caída de Calomarde y la elevación de D.
José Cafranga a la poltrona de Gracia y Justicia, dio tan fuerte brinco
y manifestó su alegría en formas tan parecidas a las del arte de los
volatineros, que perdiendo el equilibrio y cayendo con pesadez y
estrépito se rompió una pierna. Pero no, no admitamos esta versión que
empequeñece a nuestro héroe haciéndole casquivano y pueril. El vuelco de
un detestable coche que iba a Segovia cuando había personas que
consentían en descalabrarse por ver un acueducto romano, una catedral
gótica y un alcázar arabesco, fue lo que puso a nuestro amigo en estado
de perecer. Y gracias que no hubo más percance que la pierna rota, el
cual fue en tan buenas condiciones y por tan buena parte, al decir de
los médicos, que el paciente debía estar muy satisfecho y alabar la
misericordia de Dios.

--Como todo es relativo en el mundo--decía Cordero en su lecho, cuando se
convenció de que su curación sería pronta y segura--, romperse una pierna
sola es mejor que romperse las dos, y así, Sr. de Monsalud, yo estoy
contentísimo, mayormente viendo que el pesado negocio que me trajo a la
Granja está ya resuelto, y que gracias a mi amigo el gran D. José de
Cafranga (que mil años viva) no tendré más cuestiones con el hipogrifo,
de D. Pedro Abarca (a quien vea yo sin hueso sano). Dígame usted, amigo,
¿ha observado usted que en este mundo pícaro, cien veces pícaro, no hay
alegría que no venga contrapesada con un dolor, ni dulzura que no traiga
su acíbar? Pues bien: todo no ha de ser malo. El contento que yo he
tenido ¿no vale una pierna? ¿Qué significa un hueso roto de fácil
soldadura, en comparación de las más puras satisfacciones del alma?
Vengan averías de este jaez y cáigame yo, aunque sea de lo alto del
acueducto, con tal que en proporción de los chichones y de las fracturas
sean los gustos del espíritu y los regocijos del corazón.

De esta manera un poco artificiosa y sutil se consolaba, y así, mientras
duró su enfermedad, apenas perdió el buen humor ni la paz y dulzura de
su condición sin igual. Deparole el cielo excelente compañía en Salvador
Monsalud, que, a pesar de haber despachado también satisfactoriamente
sus asuntos, no quiso salir de la Granja dejando solo y postrado en la
cama a su honrado amigo. La corte se marchó, los cortesanos siguieron a
la corte, el Real Sitio se quedó desierto, calladas las fuentes,
desiertas las alamedas. Empezaron a despojarse de su follaje los
árboles; enfriose el aire al compás del solemne y tristísimo crecimiento
de las noches; soplaron céfiros asesinos, precursores de aguaceros y
tormentas; los remolinos de hojas secas corrían por el suelo húmedo
murmurando tristezas, y sobre todo derramaron llanto sin fin las nubes
pardas, en tal manera que no parecía sino que en la superficie de la
tierra había algo que debía ser para siempre borrado.

Solos en su alojamiento, mal acompañados de una mediana lumbre, D.
Benigno y su amigo pasaban los días. El enfermo, aunque postrado y sin
movimiento, estaba casi siempre menos triste que el sano. Este,
centinela en un sillón frente al hogar, reanimaba el fuego cuando se iba
extinguiendo, y D. Benigno hacía revivir la conversación moribunda
cuando Salvador la dejaba apagar con sus monosílabos o con su silencio.

El tema más amado y más favorecido de Cordero era su familia, y no
pasaba una hora sin que dijese: «¡qué hará en este momento el tunante de
Juanillo Jacobo!» o bien: «¿habrá comprendido Sola, a pesar de mis
precauciones, que me ha pasado desgracia?». Debe advertirse que nuestro
buen señor había puesto singular empeño en que sus queridos hijos, su
hermana y su amiga no se enterasen del triste motivo que en San
Ildefonso le detenía, y por esto sus cartas todas parecían novelas,
según las invenciones y mentiras de que iban llenas. Unas decían:
«Esperadme ocho días más, porque si bien nuestro asunto está terminado,
no quiero marcharme sin hacer una pequeña contrata de pinos, pues desde
aquí oigo los gritos de la casa de los Cigarrales pidiéndome que la
ensanche». Más adelante escribía: «Con estos malditos temporales no hay
carricoche que se atreva con las Siete Revueltas», y una semana después
se disculpaba así: «Un excelente amigo, que vive en la misma posada, ha
caído en cama con tan fuerte pulmonía que no me es posible abandonarle
en este solitario pueblo. Esperadme unos pocos días y rogad a Dios por
el enfermo».

Así les engañaba, dando tiempo al tiempo, hasta que llegara el de la
soldadura del hueso, la cual venía con la tardanza que es natural,
impacientando tanto al buen hombre que a ratos no podía contener su
impaciencia y daba puñadas sobre la cama diciendo: «Esto no se puede
aguantar. Soldada o sin soldar, señora pierna, usted tendrá que ponerse
en polvorosa para Madrid la semana que viene».

Salvador no se apartaba de su amigo ni de noche ni de día. Unas veces
hablaban de política, empezando D. Benigno de este modo: «¿Cree usted
que ese pobre Sr. Zea tendrá buena mano para el timón de la nave del
Estado?».

La enojosa permanencia y quietud en el lecho le ocasionaba insomnios
frecuentes, cuando no letargos breves y febriles, acompañados de
pesadillas o alucinaciones. A veces despertaba de súbito bañado en
sudor, y exclamaba pasándose la mano por los ojos:--Jesús me valga y la
Santa Virgen del Sagrario, ¡qué sueño he tenido! Me parecía estar viendo
a Juanillo Jacobo rodando por un precipicio negro, mientras la pobre
Sola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo.... No lo
quiero contar porque me parece que lo veo otra vez.... ¡Cuándo volveré a
vuestro lado, queridos de mi corazón, para que con el placer de veros se
acabe el suplicio de soñaros!

Una noche observó Salvador que daba el enfermo un gran suspiro, y
despertando acongojadísimo parecía reconocer la realidad de las cosas,
medio seguro de espantar las embusteras percepciones del sueño.

--Es todo mentira, Sr. D. Benigno--le dijo Monsalud riendo--. Ánimo.

--¡Ay, Dios mío! ¡qué sueño!--exclamó el de Boteros--. Todavía me duran la
angustia y el mortal frío que sentí. Figúrese usted, señor mío, que me
acercaba a mi casa de los Cigarrales, y la visión era tan perfecta que
todo estaba delante de mí claro, vivo, verdadero. Una soledad tristísima
envolvía mi finca. Ni mis hijos, ni mis criados aparecían por ninguna
parte.... Me acerco más, miro a las ventanas y las ventanas me miran con
ceño. De pronto veo que aparece Sola por la puerta de la huerta; doy un
paso hacia ella, me mira con semblante frío, serio como el de una
estatua, mueve su cabeza como diciendo no, no. Luego, señor D. Salvador,
me dice adiós con la mano derecha, y se aleja, huye, desaparece, se
disipa como una sombra entre los almendros.... Me quedo yerto, miro a mi
casa y mi casa... créalo usted... se echa a reír... yo no sé cómo era
esto; pero lo cierto es que ella se reía, se reía....

--Y ahora nos reímos nosotros.

--¡Bendito sea Dios! ¿qué será esto del soñar? ¿Anunciarán los sueños
realidades? ¿Estas horribles mentiras traerán consigo algo que con la
misma verdad se relacione? Ello es que la pobre Sola no se aparta de
esta cabeza a ninguna hora de la noche ni del día.... Que será feliz
rasándome con ella es indudable; que ella lo será también no hay para
qué decirlo.... Pienso muchas veces si el Señor habrá decidido que yo me
muera antes de que pueda realizar mi deseo, al cual va unido el mayor
beneficio que se puede hacer a una huérfana pobre y sin amparo. ¿Qué
sería entonces de esa infeliz?...

--La pobrecita tendría una gran pena--dijo Salvador.

--¿Se moriría de pena?--preguntó Cordero con ingenuidad pueril.

--Tanto como morirse....

--No se moriría, no.... ¡pero qué desamparada, qué sola se quedaría en el
mundo! ¿Quién comprendería su mérito? ¿quién le tendería una mano?

--No podría reemplazar sin duda dignamente el bien que perdía--dijo
Monsalud, sentándose junto al perniquebrado Cordero--; pero parte del
bien que merece lo hallaría tal vez... casándose conmigo.

Los dos se miraron asombrados y con ligero ceño.

--¡Con usted!--exclamó el de Boteros volviendo de su sorpresa...--¿Ha
pensado usted en eso alguna vez?

--Muchas.

--¡Si yo no existiese!... ¿Y ella consentiría?...

--No lo aseguro. Pero pasado algún tiempo es fácil que consintiese. Sólo
Dios es eterno.

--Y usted desea....

Lanzado de improviso a un mar de confusiones, D. Benigno no pudo decir
más. Su amigo, quizás arrepentido de haber hecho una declaración
imprudente, trató de tranquilizarle hablándole de lo bien que dirigía
Cristina la dichosa nave del Estado. Entonces la alegoría del
barquichuelo estaba en todo su auge, y no se mentaban las dificultades
del Gobierno sin sacar a relucir la consabida embarcación, el mar
borrascoso de la política, y principalmente el timón ministerial, que
algunos llamaban gubernalle. Después dijo que el decreto abriendo las
universidades era un golpe maestro; la amnistía, aunque muy restringida,
un levantado pensamiento digno de los más grandes políticos, y la
destitución de Eguía y González Moreno una obra maestra de previsión;
pero añadió que muchas y muy peregrinas dotes de ingenio y energía había
de desplegar la Reina para someter a la plaga de humanos monstruos que
con el nombre de voluntarios realistas asolaba el Reino. A todo esto
atendía poco el enfermo, porque tenía su pensamiento harto distante de
los disturbios de España. No será ocioso decir que en aquel momento
sintió D. Benigno renacer en su pecho la antipatía que en otras
ocasiones le inspirara su amigote; pero como en tan noble alma no cabía
la ingratitud, pensó en las atenciones y cuidados que al mismo debía
durante la enfermedad, y con esto se le fue pasando el rencorcillo. En
las conversaciones de los días siguientes tuvo el buen acuerdo de no
nombrar a la familia ni los Cigarrales, ni mentar cosa alguna que
pudiese relacionarse con el importuno asunto de sus futuras bodas.

Un día, no obstante, en ocasión que comía en su lecho despaciosamente y
gustando bien los manjares, como era en él costumbre, quedose un buen
rato a medio mascar, sin quitar los ojos de Salvador; y volviendo luego
a atender al plato, habló así:

--Mis distracciones son tan chuscas como mis sueños. Hace un momento
hallábame tan abstraído, tan engolfado con el pensamiento en ideas y
cosas de mi familia que sin saberlo, aparté en el plato y corté con mi
cuchillo los pedacitos con que suelo engolosinar a Juanillo Jacobo
cuando come junto a mí. Me parecía que el pequeñuelo estaba a mi lado y
que los demás distaban poco. Esto es tan frecuente en mí, Sr. D.
Salvador, en el insoportable tedio de esta soldadura, que a veces,
cuando siento pasos, me parece que son ellos que van a entrar, y cuando
suena voz de mujer, si es bronca y regañona, me parece la de mi hermana,
si es dulce y apacible como la de la misma discreción, me parece la de
Sola. Cuando despierto por las mañanitas, mi alucinación es tal que con
la propia evidencia se confunde, y siento que entran y salen, oigo a
Cruz regañando con los chicos y haciendo mimos a los pájaros; oigo a
Sola arreglando a los pequeñuelos para que vayan a la escuela, y me digo
para mi sayo: «Tempranito se ha levantado mi gente. Ya, Sola ha puesto
mi cuarto como el oro, y me ha preparado ese chocolate que, por lo
exquisito, debe de caer en espesos chorros del mismo cielo».

Dando luego un gran suspiro se sonrió y dijo:

--Usted, solterón empedernido, no comprende estas deliciosas chocheces
del alma. Diviértase usted con la política, con el conspirar, con la
suerte de las monarquías, y derrítase los sesos pensando en si debe
haber más o menos cantidad de Rey y tal o cual dosis de Constitución.
Buen provecho, amiguito; yo me atengo a lo del poeta: denme
_mantequillas y pan tierno_; sí señor, mantequillas, es decir amores
puros y tranquilos: pan tierno, es decir, la sosegada compañía de una
esposa honesta y casera, el besuqueo de los nenes, el trabajo y cien mil
alegrías que cruzándose con algunas penillas van tejiendo nuestra vida.

--Bueno es el cuadro, bueno--dijo el otro, ocultando medianamente su
disgusto--. Cuando sea realidad avise usted.... Me consolaré de mi
tristeza viendo la alegría de los que con sus buenas acciones han
merecido vivir en paz. Solamente los perversos padecen contemplando el
bien ageno. Yo, que no soy malo, pido un puesto, siquiera sea el último,
en ese festín de regocijos y felicidades.... Pero me ocurre preguntar:
«¿Cerrará usted la puerta a los amigos después de su casamiento?».

D. Benigno no contestó nada, porque la afirmativa le pareció ridícula y
la negación aventurada, bastante contraria, si se ha de decir verdad, a
sus propósitos. El otro dio las buenas noches y se fue a su cuarto para
acostarse. Aquella noche, que Cordero contó entre las más infaustas de
su vida, no pudo este dignísimo sujeto conciliar el sueño, porque le
asaltó, a causa de las últimas palabras de su amigo, un pensamiento tan
mortificante que le cambiaría de buen grado por la quebradura de todos
los huesos de su cuerpo; de tal modo padecía su espíritu. Incorporado en
la cama, pasó largas horas en horrorosa cavilación. Allí fue el
amenazador levantamiento de su conciencia, allí la reyerta encarnizada
entre ciertas ilusiones suyas y ciertos temores que aparecieron de
improviso como enemigos emboscados acechando la ocasión. El digno
encajero no podía apartar de si el licor amarguísimo que un demonio
invisible le ponía en los labios; ya suspiraba, ya se golpeaba la cabeza
venerable, ya por fin elevaba los brazos y los ojos al cielo pidiendo a
Dios que le librara de aquel fiero tormento. «Ni un momento más puedo
vivir en esta incertidumbre, gritó.--Sr. D. Salvador, venga usted al
momento; necesito hablarle».

Golpeó fuertemente el tabique inmediato a su cama. En la habitación
próxima dormía Salvador; y durante los días críticos de la enfermedad de
D. Benigno, siempre que este necesitaba de la asistencia de su nuevo
amigo le llamaba con un par de golpes suavemente dados en la pared.

Era la media noche. Salvador, al oír aquel extraordinario ruido en el
tabique, creyó, por la violencia del llamamiento, que a D. Benigno se le
había roto la otra pierna cuando menos, o que había sido atacado de
algún descomunal accidente. Levantose aprisa, y corriendo al lado del
enfermo, hallole sentado en el lecho, pálido, con las gafas caladas, los
ojos chispeantes y las manos en movimiento como quien acompaña de
expresivos gestos las palabras que a sí mismo se dice:

--¿Qué hay?--preguntó--¿se ha deshecho el entablillado? ¿Qué es eso?...
¿calentura, dolores?

--No, hombre de Dios o de cien Satanases; no es nada de eso--replicó el de
Boteros señalándole la silla--. Esto es muy serio, repito a usted que es
muy serio. Ya en ello la tranquilidad, la vida toda, el honor de un
hombre de bien que jamás ha hecho mal a nadie, porque sepa usted, Sr. D.
Salvador o D. Condenador, que yo no he hecho daño a ningún ser nacido, y
cuando Dios me tome cuentas, no se presentará ni un mosquito, ni un
miserable mosquito, a decir: «ese hombre fue mi enemigo».

--Está bien.

--Esto es muy serio, y así yo quiero una explicación categórica, leal,
terminante, para tranquilidad de mi espíritu.

--¿Y esa explicación debo darla yo?

--Usted, sí, que desde hace algún tiempo se me ha puesto delante echando
sobre mí como una ligera sombra, sí, y ahora me ha dicho cosas que
aumentan esa sombra y la hacen más negra. Hablemos con claridad. Yo
tengo ciertos proyectos que usted conoce. Yo pienso casarme, yo debo
casarme, yo he creído que Dios ha dispuesto que yo me case. La que
escogí para ser mi compañera es de tal condición... en fin, excuso de
hacer su elogio, porque usted la conoce... a eso voy, Sr. D. Salvador.
Ella estuvo en un tiempo bajo el amparo y protección de usted; usted le
escribía desde Francia. ¡Ay! Cuando estuvo mala, le nombró a usted en
sus delirios. Después usted la vio en los Cigarrales, según me escribió
ella misma; más tarde, ahora, se me muestra tan admirador de ella y tan
afligido de mi felicidad, que no puedo menos de volverme caviloso y
preguntarme si usted ha tenido o tiene proyectos iguales a los míos, y
si esos proyectos se refieren a la misma persona, que es, digámoslo
claro, la mitad o la principal parte de mi vida.

--Esos proyectos los tuve--replicó Salvador con firmeza--. No fui a los
Cigarrales con otro objeto.

Detuvo D. Benigno su voz y sus manos, como alelado, y preguntó:

--¿Y ella?

--No quiso oírme. Mi situación al salir de los Cigarrales era bastante
desairada.

--¿Y después?

--He pensado que por negligente y confiado perdí la partida.

--¿Y qué hay en usted ahora?

--Resignación.

--De modo que si yo no existiera....

--No deben fundarse cálculos sobre la muerte. En el mundo no es fácil
asegurar quien ayuda o quien estorba. Es posible que sea yo el que está
demás.

--¡Oh! Dios mío.... Pero usted no puede apreciar, como yo, sus infinitas
cualidades, que la igualan a los ángeles--dijo D. Benigno con cierto
desdén.

--Quizás las aprecie mejor; quizás yo esté en situación de ver en ella
méritos de abnegación que usted no puede ver.

D. Benigno meditó breve rato. Había caído en un mar de cavilaciones que
sin duda no tenía fondo.

--¡Ah!--exclamó dando un gran suspiro con el cual pudo salir de aquellas
honduras tenebrosas--, usted me confunde más, pero mucho más.

Diciendo esto clavó los ojos en Salvador examinándole prolija y
atentamente de pies a cabeza. Después dio otro gran suspiro y bajando
los ojos murmuró para sí:

--También él se va poniendo viejo.

--¿No se necesitan más explicaciones?--preguntó Monsalud.

--No--replicó Cordero brusca y desabridamente.

--Pues yo voy a dar una que creo necesaria. No soy perverso; reconozco en
usted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. Seré un
miserable si sale de mí, por irresistible efecto de las pasiones, la
más ligera oposición a la felicidad de usted.... Es evidente,
evidentísimo que yo soy el que está demás. Declaro que mi deber es no
volver a pisar la casa del que posee lo que yo quise para mí.

--¡Barástolis!... Usted la ofende, señor mío.

--No la ofendo. Mi resolución no indica desconfianza de ninguno de los
dos, sino respeto a entrambos, y además el deseo de ponerme a salvo de
la envidia, porque yo tengo más de hombre que de santo, y la
contemplación del bien perdido no me hará bailar de gozo.

Dijo esto en tono entro serio y festivo, y se retiró. Después de esta
breve conferencia no se disiparon las confesiones ni se calmaron las
ansias del insigne Cordero, antes bien, se dio a cavilar más en el
silencio de la noche, buscando entre sus recuerdos alguna sentencia del
ginebrino que iluminase un poco sus tenebrosos pensamientos; pero Juan
Jacobo no decía nada, y hasta de su querido filósofo y consejero se vio
desamparado en tan tristes horas el hombre más bondadoso que por
aquellos tiempos existía en el mundo.



-II-


Muy avanzado estaba el invierno cuando Cordero y su amigo, despidiéndose
con no poca alegría del Real Sitio, emprendieron su penoso viaje a la
Corte por entre nieves y hielos. Separáronse del modo más cordial en la
posada del Dragón, y D. Benigno, desmejorado y cojo, se fue a su casa
con toda la rapidez que lo permitía su detestable andadura, mientras
Salvador buscaba donde alojarse. Pocos días después hallábase instalado
en habitación propia que alquiló en la calle del Duque de Alba, no lejos
de D. Felicísimo Carnicero, de felicísima recordación. En Madrid no
encontró novedad alguna, pues no merece tal nombre el furor con que todo
el mundo fraguaba levantamiento s y sediciones. Conspiraban las infantas
brasileñas con sin igual descaro; conspiraban los voluntarios realistas,
ayudados por la turbamulta de frailes y clérigos mal avenidos con la
idea de perder su omnipotencia; conspiraban las monjas y los
sacristanes, muchos militares que se habían hecho familiares de los
obispos, y para que no faltase su lado cómico a esta comparsa nacional,
también se agitaban en pro de D. Carlos muchos señores que habían sido
rabiosos _democratistas_ y jacobinos en los tres _llamados_ años de la
_titulada_ segunda época constitucional. Antes habían gritado por el
_sistema_ y ahora suspiraban por los _derechos de la soberanía en su
inmemorial plenitud_.

Oyó también Salvador los despropósitos del vulgo, a quien se había hecho
creer que el Rey no vivía y que aquel buen señor que salía en coche a
paseo era el cadáver embalsamado de Fernando VII. Por un sencillo
mecanismo, la _napolitana_, que a su lado iba, le hacía mover las manos
y la cabeza para saludar. ¡Y con un Rey relleno de paja se estaba
engañando a esta heroica Nación!

Vio un cambio de ministros fundado en que los del 16 de Octubre
parecieron un poco dañados de liberalismo, pues la Corte deseaba un
gobierno absolutamente agridulce que contentase a todos y conciliara el
día con la noche, cosa en verdad más difícil que asar la manteca.
También pudo ver la anulación del célebre codicilo, acto solemne de que
se burlaron los carlistas, y oyó contar la fuga de Calomarde vestido de
fraile, y los desmanes del obispo de León, el cual, ensoberbecido como
un cacique indio y no pudiendo sublevar el reino, puso en armas su
diócesis, dando la comandancia de voluntarios realistas a la Purísima
Concepción.

Otras muchas cosas supo y vio que no son para referidas a la ligera. Sus
relaciones con gente de varias clases le informaban de todo. Pipaón, D.
Felicísimo Carnicero y el marqués de Falfán no hacían misterio de los
planes apostólicos, y Genara, furibunda sectaria del sistema del justo
medio o de la conciliación, era el órgano más feliz que imaginarse puede
de los pensamientos de aquel astuto Sr. Zea que gobernaba o aparentaba
gobernar la nave (¡siempre la nave!), más cercana a los escollos que al
deseado puerto.

Genara se había establecido en su antigua casa, notoria tres años antes
por la tertulia a que concurrían literatos tiernos y políticos maduros;
pero ya en el invierno de 1833 no se abrían las puertas de aquella feliz
morada para el primer poeta que viniese de su provincia cargado de
tragedias, ni para los tenores italianos, ni para los abogados oradores
que empezaban a nacer en las aulas con una lozanía hasta cierto punto
calamitosa. El círculo era mucho más estrecho y las amistades más
escogidas, con lo que ganaba en consideración la casa. Y aquí viene bien
decir que la interesante señora había perdido por completo su afición a
la poesía lírica (que no hay cosa durable en el mundo), y tanto caso
hacía ya del prisionero de Cuéllar como de las nubes de antaño. Él era
en verdad de un carácter poco a propósito para la constancia en los
afectos. No se sabe si en la temporada a que nos vamos refiriendo había
dado a conocer Genara preferencia o simpatía por alguna otra de las
artes liberales, o por la artillería y la náutica, como se dijo.
Careciendo de noticias ciertas, nos abstenemos de afirmar cosa alguna;
que en casos dudosos vale más atenerse a la opinión buena, como mandan
la moral de la historia y la caridad cristiana.

D. Luis Fernández de Córdova, militar brillantísimo, pasaba, cuando vino
de Berlín para encargarse de la embajada de Portugal, largas horas en
casa de Genara. También iban, aunque no con mucha frecuencia, D.
Francisco Javier de Burgos y Martínez de la Rosa. Era de los asiduos un
joven oficial granadino llamado Narváez, muy vivo de genio, ceceoso,
pendenciero y expeditivo. Pero la persona más digna de mención entre los
que visitaban a la hermosa señora era un jesuita del colegio Imperial,
llamado el padre Gracián, hombre de mucha piedad y oración. Decían
algunos que de la amistad del buen religioso con Genara iba a salir la
conversión de esta, o sea su entrada en las buenas vías católicas. Otros
declaraban haber notado en ella resabios de mojigatería; pero sea lo que
quiera, lo cierto es que las intenciones del padre Gracián eran
altamente provechosas, porque (digámoslo de una vez) se había propuesto
reconciliar a la señora con su marido.

Que Pipaón visitaba casi diariamente a su antigua amiga y paisana no hay
para qué decirlo. Por añadidura, el excelentísimo D. Juan Bragas había
simpatizado mucho con el jesuita Gracián. Ambos platicaban con seriedad
pasmosa de los negocios de Estado y de la Iglesia, deplorando mucho la
tibieza de creencias que tanto dañaba a la sociedad española en aquellos
tiempos y concluían deseando que viniesen otros mejores en que marchasen
las naciones por el camino de la piedad, dulcemente pastoreadas por los
ministros del altar. Como Gracián se interesaba tanto por sus amigos y
quería llevar todos los beneficios posibles al seno de las familias
cristianas, tomó muy a pecho la realización del casamiento de Bragas con
Micaelita, proyecto de que ya hay noticias en el libro anterior.

Acompañando a Pipaón iba Salvador algunas veces a casa de Genara; solían
comer juntos los tres, y cuando se encontraban Monsalud y Gracián
también hablaban largamente del Estado y de la Iglesia. Un día, después
de hablar con él, el jesuita pidió informes a la señora de la casa sobre
aquel desconocido amigo, quizás para ver si le podía reconciliar con
alguien, porque el afán del buen discípulo de San Ignacio era la
reconciliación. Genara respondió:

--Si quiere usted ganar la palma del buen pacificador, hágale usted amigo
de mi marido.

--¿No se quieren bien?--preguntó Gracián con astucia.

--Nada bien.... Es enemistad que data desde la guerra con los franceses.
Ambos son tercos, soberbios, y quizás en su juventud aconteciera alguna
cosa de esas que siempre son motivo de rivalidad entre los hombres....

--Alguna mujer....

--Puede ser, puede ser que eso haya sido--dijo ella con serenidad que
tiraba a indiferencia.

Algo más dijeron sobre esto; pero no nos importa todavía, y siendo más
urgente seguir los pasos de la persona a quien aludían la dama y el
sacerdote, vamos tras él sin pérdida de tiempo. Algunos días le vimos
entrar en la casa de D. Felicísimo Carnicero, con quien aún tenía
algunas cuentas pendientes. El agente le recibía como se recibe a todo
aquel con quien se ha hecho un negocio muy lucrativo, y haciéndole
sentar a su lado dábale palmaditas en el hombro y hasta se aventuraba a
contarle cualquier sabrosa cosilla de la conspiración carlista.

Una mañana, al entrar en casa de Carnicero, encontró en la escalera a un
coronel de ejército amigo suyo. Era D. Tomás Zumalacárregui. Iba
acompañado del conde de Negri, y esto le hizo comprender que el valiente
vizcaíno, resistente hasta entonces a los halagos de la gente mojigata,
se había dejado seducir al fin. Se saludaron y siguió adelante. Abriole
la puerta Tablas. Al entrar pisó al gato, que escapó mayando, y luego, a
causa de la oscuridad de los destartalados pasillos, tropezó con Doña
María del Sagrario, que al choque dejó caer de las manos un enormísimo
plato de puches. Puso el grito en el cielo la señora, y al ruido
alarmose tanto D. Felicísimo, que se aventuró a salir de su nicho
preguntando si había entrado en la casa un tropel de _cristinos_.
Salvador se deshacía en excusas, y al acercarse a la pared, manchósele
la negra ropa de tal modo que parecía un molinero. Al sacudirse, no sin
comentar con algunas frases aquel rudimentario blanqueo de las paredes,
hubo de tropezar con una de las vigas que sostenían la casa y pareció
que toda la frágil fábrica se estremecía y que del techo caían pedazos
de yeso, como si por entre las maderas superiores corriesen a paso de
carga belicosos ejércitos de ratones. Por fin llegó a dar la mano a
Carnicero y entraron juntos en el despacho.

--Parece que entra un temporal en mi casa--dijo el anciano colocándose en
su nicho--. ¿Y qué tal? ¿Ha encontrado usted en la escalera a
Zumalacárregui y al señor conde? Buen militar y buen diplomático, jí,
jí...

--Zumalacárregui es una buena adquisición--respondió Salvador--. Tiene
valor y talento.

--Pues hay otras adquisiciones mucho mejores todavía--dijo Carnicero
frotándose las manos--. ¿Con que ese desdichado Gobierno del Sr. Zea ha
emprendido el desarme de los voluntarios realistas?... Sí, el fantasmón
de Castroterreño en León y el mentecato de Llauder en Cataluña ponen
despachos al Gobierno diciendo que han quitado las armas a los
voluntarios realistas. ¿Usted lo cree? ¿Usted cree que se pueden quitar
los rayos al sol? Jí, jí. ¡Y creerá el bobillo que ha puesto una pica en
Flandes!... Yo llamo el _bobillo_ a ese señor Zea, que es una especie de
ministro embalsamado, como el Rey ha venido a ser un Rey de papelón.

--El Gobierno se cree fuerte, Sr. Carnicero, y parece decidido a echar
una losa sobre el partido de D. Carlos. Mucho cuidado, amigo, que ahora
parece que tiran a dar.

--¡Oh! por mí no temo nada--manifestó D. Felicísimo con énfasis, echándose
atrás--. Pero vamos a lo que urge. Ya sé a lo que viene usted hoy.

--A lo mismo que vine ayer.

--Y anteayer y el martes y el sábado pasado. Hoy no ha venido usted en
balde. Al fin, al fin....

--¿Llegó?

--Sí, sí, el Sr. D. Carlos Navarro, nuestro valiente amigo, llegó
anteanoche de su excursión por el reino de Navarra y por Álava y
Vizcaya. Es un guapo sujeto. Dice que en todo aquel religioso país hasta
las piedras tienen corazón para palpitar por D. Carlos, hasta las
calabazas echarán manos para coger fusiles. Las campanas allí, cuando
tocan a misa dicen «no más masones» y el día en que haya guerra los
hombres de aquella tierra serán capaces de conquistar a la Europa
mientras las mujeres conquistan al resto de España.... Bueno, muy
bueno.... ¿Con que usted desea ver a ese señor? Le prevengo a usted que
está oculto.

--No importa: sólo pienso hablarle de asuntos de familia. En el último
verano estuvo en la Granja pero no le pude ver, porque siempre se negó a
recibirme. Ahora me será más fácil, porque le escribirá usted dos
palabras.

--Lo haré con mucho gusto; pero prevengo a usted también que el Sr. D.
Carlos está enfermo del hígado. Ya se ve ¡ha trabajado tanto! Es un
incansable campeón de las buenas doctrinas. Anoche se quejaba de atroces
dolores, y, cosa rara en hombre tan religioso, jí, jí, más invocaba a
los demonios que a la Santísima Virgen. Si quiere usted tener segura la
entrevista que desea, se lo diremos al padre Gracián, jesuita, excelente
sujeto que viene aquí algunas tardes, y después solemos ir a tomar
chocolate a casa de Maroto, adonde va también el Padre Carasa.... Pues
bien, Gracián es amigo del Sr. D. Carlos, y ya hace tiempo que se ha
propuesto reconciliarle con su señora esposa.... ¡Oh! es un neblí para
las reconciliaciones ese buen padre Gracián.

--Le conozco. Es un digno sacerdote que tiene las mejores intenciones del
mundo, y si no consigue hacer feliz a la humanidad toda es porque Dios
no quiere.... En conclusión, entiéndanse usted y el Padre Gracián para
que yo pueda ver al Sr. Navarro y hablarle de un asunto que no es
político y sólo a él y a mí nos interesa. ¿Él vive...?

--No sé si debo decírselo a usted en este momento, antes de que el mismo
Sr. D. Carlos, bellísima persona, jí, jí... antes de que el mismo Sr. D.
Carlos Navarro de licencia para que usted le vea. Ya lo arreglaré yo.
Vuélvase mañana por esta su casa.

Luego que Salvador se fue, D. Felicísimo escribió una carta en cuyo
sobre, después de trazar tres cruces, puso: _A la Señora Doña María de
la Paz Porreño, calle de Belén_.



-III-


Las pobres señoras casi vivían en la misma estrechez que en 1822, porque
las mudanzas políticas y sociales se detenían respetuosas en la puerta
de aquella casa, que era sin duda uno de los mejores museos de fósiles
que por entonces existían en España. Los períodos de tiempo en que
imperaba el absolutismo eran para el medro de la casa y abundancia de
las despensas Porreñanas lo mismo que aquellos en que prevalecía la vil
canalla de los _clubs_. De modo que en punto a comodidades y vituallas
el agonizante marquesado habría terminado con un desastre igual al que
han sufrido formidables imperios si no viniera en su auxilio una
industria que, si bien es algo prosaica, tiene algo de noble por estar
emparentada con la hospitalidad. Las dos ilustres cuanto desgraciadas
señoras aposentaban en su casa un caballero tan respetable como rico
durante las temporadas, a veces muy largas, que dicho sujeto pasaba en
Madrid. El trato era excelente, la remuneración buena, y la armonía
entre el huésped y las damas tan perfecta que los tres parecían
hermanos. La familiaridad realzada por el respeto y una llaneza decorosa
reinaban en la silenciosa mansión que parecía habitada por sombras.

Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las módicas
ventajas pecuniarias adquiridas por aquel medio honestísimo habían
renovado las señoras parte del mueblaje, aunque todas las piezas de
antaño se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por el
tiempo y el aseo. ¡Cosa admirable! el reló 2 había vuelto a andar; mas
por malicia del relojero o por un misterio mecánico imposible de
penetrar, andaba para atrás, y así después de las doce daba las once,
luego las diez y así sucesivamente. El cuadro de santos de la Orden
Dominica había sido restaurado por la misma Doña Paz, asistida de un
hábil vejete carpintero, sacristán y encuadernador, y emplasto por aquí,
pegote por allá, con media docena de brochazos negros en las sombras y
una buena mano de barniz de coches por toda la superficie, había quedado
como el día en que vino al mundo. Por el mismo estilo se habían salvado
de completa ruina las urnas de santos y las cornucopias, que por no
tener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue parecían
una colección de mapas geográficos. Lo nuevo, que era muy humilde,
consistía en sillas de paja, cortinas de percal, ruedos de estera de
colores; pero alegraba la casa y su vetusto matalotaje. Por tal manera
aquella imagen cadavérica de los pasados siglos se reía en su tumba.

En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz se
acercaba velozmente a una vejez apoplética, marchando a ella con los
pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello crasos. Sus
cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y
era que ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no daba
cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron
en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco,
las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera. Así
cuando esta operación no estaba hecha con habilidad (porque con las
fuerzas había mermado la vista) aparecían las sienes y la frente
empañadas con ciertas nubes negras por encima de las cuales brillaba la
nieve remedando un admirable paisaje de invierno.

Doña María Salomé estaba tan momificada que parecía haber sido remitida
en aquellos días del Egipto y que la acababan de desembalar para
exponerla a la curiosidad de los amantes de la etnografía. Fija en una
silleta baja, que había llegado a ser parte de su persona, se ocupaba en
arreglar perifollos para decorarse, y a su lado se veían, en diversas
cestillas de mimbre, plumas apolilladas, cintas de matices mustios,
trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de otoño, todo
impregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor.
Decían malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se los
cosía en la misma piel; también decían que comía alcanfor para
conservarse, y que estaba, forrada en cabritilla. Boberías maliciosas
son estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.

Una mañana.... Olvidaba decir que en la casa había una gran pieza
interior que daba a un patio o corralón muy espacioso, de donde recibía
el sol casi todo el día. En dicha pieza tendía Doña Paz la ropa lavada
en casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas de
ropa, aquello parecía un bosque de trapos húmedos. Pues bien, una mañana
se paseaba Doña María de la Paz por aquellas alamedas del aseo, cuando
entró Doña María Salomé, y dándole una carta que acababan de traer a la
casa, le dijo:

--Otra carta para el Sr. D. Carlos. Viene con sobre a ti; pero es para
él. Mira las tres cruces. La letra parece del Sr. D. Felicísimo.

--Se la daremos cuando despierte--replicó Doña Paz--. El pobre señor ha
pasado muy mala noche.

--Por cierto--manifestó Doña Salomé con semblante muy serio, en el cual se
revelaba una aprensión escrupulosa--por cierto que no sé si será
conveniente recibir cartas de esta manera. Esto puede dar lugar a
interpretaciones contrarias a nuestro honor y buen nombre. Los vecinos
se enteran de todo... ven que recibimos cartas... ven que entran aquí de
noche muchos hombres.... No sé, no sé...

--Calla, mujer--dijo Doña Paz asomando la cabeza por entre el ramaje
blanco--. ¿Qué pueden sospechar de nosotras?

--Puede caer alguna tacha, mujer, sobre nuestra reputación--afirmó Salomé
de muy mal talante--. Bien sabes tú que no basta ser honrada, sino
parecerlo, y dos señoras solas, como nosotras, han de tener mucho
cuidado, para no andar en lenguas de maliciosos.

--¡Siempre tonta!--murmuró Doña María de la Paz desapareciendo en lo más
espeso del bosque de ropa.

--Yo estoy decidida a hablar claramente al Sr. D. Carlos--añadió la otra--.
Nadie le aprecia más que yo; pero este entrar y salir de hombres a todas
horas del día y de la noche no está en conformidad con lo que ha sido
siempre nuestra casa. ¿Qué quieres? no me puedo acostumbrar: yo soy así.
Lo digo y lo repito, hablaré al Sr. D. Carlos.

--No faltaba más sino marear al Sr. D. Carlos con semejante
impertinencia--dijo Doña Paz reapareciendo en una alameda de lienzo.

--Lo digo y lo repito.... Además, los compañeros, ayudantes o lo que sean
del Sr. D. Carlos, no nos guardan las consideraciones que merecemos.
¿Qué más?... Ayer no me había acabado de peinar cuando ese bárbaro de
Zugarramurdi entró en mi cuarto sin pedir permiso.... ¡Y para qué! para
decirme si había yo visto una de sus espuelas que no podía encontrar.

--Bobadas.... Habla más bajo.... Me parece que se ha despertado el Sr.
Navarro.

Apareció en la puerta una enorme barba a la cual estaba pegado un
hombre. De entre aquel enorme vellón castaño salió una voz seca y
desabrida que dijo:--El chocolate.

--En seguida, Sr. Zagarramurdi. Tome usted esta carta que han traído para
el Sr. D. Carlos. ¿Qué tal está hoy?

--Mal--respondió el de la barba dando media vuelta y desapareciendo por
donde había venido.

--¡Qué modos!--murmuró Salomé dirigiéndose a su cuarto--. Ya no hay
caballeros.

Navarro moraba en la misma habitación ocupada algunos años antes por una
mujer que murió en olor de santidad. Poco o ningún cambio había tenido
la pieza, que más que gabinete parecía capilla, o mejor un abreviado
trasunto de la corte celestial, pues todo en ella era santicos pintados
y de bulto, reliquias, estampas de santuarios y monasterios, corazones
bordados, palmitos, y un altar completo con sus candeleros de estaño,
sus arañas colgadas del techo, sus misales y sus tres curitas de cartón
con casullas de papel, en actitud de celebrar misa cantada. Completaban
la decoración una enorme espada pendiente del mismo clavo que sostenla
un niño Jesús bordado en cañamazo, dos escopetas arrimadas a un rincón,
dos guantes y dos mascarillas de esgrima junto a dos pares de floretes,
tres maletas muy usadas y un hombre.

Este hombre hallábase sentado o más bien sumergido en un sillón, con las
piernas ocultas bajo gruesa manta que le llegaba a la cintura, la cabeza
inclinada sobre el pecho y tan inmóvil que parecía dormido o muerto. Un
brasero de cisco bien pasado mostraba su montoncillo de ceniza esmaltado
de fuego cerca del envoltorio que debía contener los pies del individuo,
el cual si alguna vez daba señales de existencia era dándolas de frío.
Su cara era morena tirando a verde a causa de la palidez, así como el
blanco de los ojos no era blanco sino amarillo. El cabello negro y
áspero tenía bastantes canas, y generalmente se veía la potente cabeza
apoyada en una mano negra, tostada, cuyas venas retorcidas y tendones y
músculos recordaban la mano que D. Quijote enseñó a Maritornes cuando lo
colgaron del tragaluz de la venta.

En un velador cercano tenía el guerrillero medicinas que tomaba cartas
que leía, tabaco, un libro, un rosario y una pistola. Beber y fumar:
alternando con lecturas, era su ocupación en las aburridas horas del día
precursoras de los insomnios de las noches. No gustaba de que los amigos
le dieran conversación. Su mejor amigo era el más discreto de todos, el
silencio.

Pero Zugarramurdi y Oricaín tenían un recurso para distraerle, aunque
por poco tiempo. Tiraban al florete, y entonces los ojos del guerrillero
se animaban; seguía con atención los movimientos de los fingidos
duelistas y aun arrojaba alguna palabra picante o algún comentario de
maestro entre los rechinantes aceros. Pero de repente decía «basta» y
los dos atletas soltaban el florete y se quitaban la máscara, sacando a
luz el rostro sudoroso. En aquel momento Zagarramurdi parecía el hombre
prehistórico embutido en sus feroces barbas, y Oricaín, el formidable
oso navarro, perdía mucho en belleza, porque la máscara de alambre
disimulaba su fealdad.

Aquel día (nos referimos al día de la carta de D. Felicísimo) D. Carlos
se cansó más pronto que nunca.

--Basta de estocadas--dijo--. Zugarramurdi, pásate por casa de don Tomás
Zumalacárregui y dile que le espero mañana. Oricaín, alcánzame mi
rosario y voto. Cuando llegue el padre Gracián, entras y si duermo, me
despiertas.... Hoy no como.

Pasada la hora de la siesta vino el padre Gracián. Era un mocetón de
alta estatura, de treinta y ocho o cuarenta años de edad, moreno, los
labios gruesos, la nariz aberenjenada, áspero el pellejo y curtido, como
formado expresamente por Dios para resistir a los abrasadores climas del
trópico y a los hielos polares.

Su barba era tan negra y espesa que aun afeitada del mismo día dejaba
una mancha oscura en toda la parte inferior del rostro. Debía tener
fuerzas hercúleas aquel arrogante granadero de la Iglesia, y si bajo el
punto de vista corporal estaba admirablemente constituido para las
misiones, no lo estaba menos en el orden espiritual, por ser hombre de
muchas sabidurías, eruditísimo en las letras sagradas y bastante fuerte
en las profanas, elocuente en el púlpito y persuasivo en la
conversación, águila en la cátedra y lince en el confesionario. También
sabía de medicina y había hecho curas que pasaron por milagrosas. Era
tan grandón que su manteo parecía tener una pieza de tela, y cuando se
embozaba no concluía nunca de echar paño al viento. Su sombrero de teja
no medía menos de una vara, y como lo llevaba siempre un poco echado
atrás y su cuerpo se encorvaba hacia adelante, parecía que iba cargando
una pesada viga. Sus desmesurados pies, sepultados en zapatos de paño,
pisaban con la pesadez y adherencia de la robusta planta calzada de
alpargata, que golpea como una maza las baldosas de muelles y almacenes.

Después de saludar con escogida afabilidad al guerrillero enfermo, tomó
asiento junto a él, y metiendo la mano por ciertas aberturas de la
sotana tras de las cuales había bolsillos tan hondos como el mar, empezó
a sacar varios cucuruchos de papel semejantes en tamaño y forma a los
que hacen en las tiendas para contener dos cuartos de azúcar, de café o
de anises. Conforme los sacaba los iba poniendo sobre el velador y
miraba el rotulillo que de su puño y letra estaba escrito en cada uno.

--¿Qué es eso?--preguntó Navarro picado de curiosidad, sospechando que su
amigo había puesto tienda de comestibles o droguería.

--Esto es tierra de la ruta de San Ignacio en Manresa, reliquia que
solicitan mucho las personas devotas. He recibido hoy una pequeña
remesa, y la distribuyo entre las amigas que ha tiempo me la han
pedido.... Si habré olvidado el cucurucho de Doña María de la Paz....
¡Ah! no, aquí está. Me hará usted el favor de entregárselo. Estos otros
son para la Excelentísima Señora Condesa de Rumblar, para las monjas de
Góngora, para el Sr. D. Pedro Rey, que ha tenido a la muerte a su
preciosa niña Perfectita, y para otras diversas familias....

En seguida guardó los cucuruchos en sus bolsillos insondables como la
mar, y dando después violenta palmada en la rodilla del guerrillero, le
dijo:

--Veo que está usted mejor.... Esa cara ya es otra.... Pronto estará
usted bien.

El guerrillero dio un suspiro y se sonrió. Ambas demostraciones
indicaban incredulidad del pronóstico y gratitud por el consuelo.

--Pronto, muy pronto, cuando llegue el momento de dirimir en los campos
de batalla la cuestión entablada entre el Altísimo y los masones, podrá
contar el Altísimo con su más valiente Macabeo.

--Eso es lo que pido a Dios con todo el fervor de mi alma--dijo Navarro
echando amargura por la boca y por los ojos--y lo que Dios no me
concederá.

--Yo tengo para mí--manifestó el clérigo con mucha fe--, que Dios no se
amputará un brazo tan poderoso.... La enfermedad de usted no vale nada,
repito que no vale nada. No hay lesión, repito que no hay lesión. Es un
abatimiento producido por una acumulación biliosa, cuyo origen hemos de
buscar en la trabajosa vida de usted y en los disgustos domésticos que
han acibarado su alma. El alma, el alma, señor mío, es la que está
enferma, y al alma se ha de aplicar la medicina. ¿Cuál es esta? Pues es
un confortamiento dulce que se consigue mezclando la confianza con la
paz y la indulgencia con la piedad.

Navarro manifestó en su semblante, sin decir palabra alguna, el disgusto
que le causaba un tema planteado ya muchísimas veces, aunque, sin fruto,
por el venerable padre Gracián.

--No, no frunza usted el entrecejo--dijo este, mostrándose decidido--. No
cejaré sino cuando usted me retire su amistad y me arroje de su casa.

--Eso no....

--Pues si eso no, resígnese usted a sentir el moscón en su oído. ¿Y qué
dirá el moscón? Dirá que usted no tendrá salud mientras no tenga paz en
su espíritu, y no tendrá paz en su espíritu mientras no tenga familia.
¿Y cuándo tendrá usted familia? Cuando se reconcilie con su esposa,
previo el arrepentimiento de ella y el perdón de usted.
¡Arrepentimiento, perdón! Sobre estos dos polos se mueve el mundo
inmenso de las almas. Todo el saber moral se condensa en estas dos ideas
que establecen el parentesco del hombre con Dios....

Navarro quiso hablar.

--No, no admito réplica sobre esto. Lo digo yo y basta--manifestó el
jesuita, fuerte en su autoridad--. Cuando yo he planteado a usted este
problema incitándole a resolverlo, ya se comprende que no puede haber
deshonra para usted. La verdadera deshonra es cerrar los oídos a las
amonestaciones de la Iglesia que dice a los esposos: «amaos, uníos». Los
juicios del mundo son pérfidos y vanos. ¿Debe hacer caso de ellos un
hombre religioso y prudente? No. ¿Cuál es el peor consejero del hombre?
El orgullo. ¿Y el mejor? La piedad. ¿Qué le dice a usted su orgullo? le
dice: «no cedas y muere envenenado por el rencor antes que pronunciar
una palabra indulgente». ¿Qué le dice la piedad? le dice: «perdona para
que seas perdonado».... Sé que hay razones de aparente fuerza; pero yo
he estudiado el asunto con cariño y he visto que lo que usted presenta
como obstáculo no lo es.... Dios quiere sin duda que esta obra se
realice, porque desde que la emprendí, estoy viendo con mucha claridad
el camino de ella. ¿Y qué veo? Veo en esa señora el hastío de la soledad
y un deseo muy vivo de establecer en su vida el orden interrumpido; veo
que lejos de guardar a usted rencor lo respeta y lo ama. He podido
llegar a vencer ciertas resistencias que en su alma había, y con poco
que usted me ayude....

--Padre, padre--dijo D. Carlos respirando fuerte, porque estaba abrumado
bajo el insoportable peso del sermón--, eso no puede ser. Hay roturas que
no pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. Suponga usted que yo me
retiro a un desierto, hago penitencia, me santifico, muero, me salvo y
entro en el reino de Dios como bienaventurado, más aún, como santo.
Suponga usted también que ella se arrepiente de su mala conducta, que
recibe de Dios aflicciones y justas calamidades, que se pudre en vida,
que se retira a hacer vida claustral, que luego cae en poder de
infieles, que la martirizan, que la queman, que la achicharran, que
muere, que se salva, que es santa, que es pura como un ángel.... Bueno,
suponga usted que nos encontramos en el cielo....

--Y ábrazados llorarán lágrimas de perdón--exclamó el padre muy conmovido
y cruzando las manos.

--¡No!--gritó Navarro, y aquella sílaba sonó como un tiro.

El jesuita se quedó perplejo, mirando a su amigo con espanto. No se
atrevía a insistir en su empeño ante la inalterable dureza de aquella
roca en forma humana, que exteriormente tenía todas las escabrosidades
de la peña y por dentro todos los amargores del mar; pero también él, el
jesuita, tenía a falta de aparentes durezas, la constancia y persistente
fuerza de la ola. No creyó prudente insistir por el momento, y
encalmándose sin esfuerzo, bajó la cabeza, echó un suspiro y murmuró en
tono de paz estas suaves palabras:

--Todo sea por Dios. Hablemos de otra cosa.

--Hablemos de otra cosa--dijo Navarro con alegría--. Hábleme usted de otra
cosa, aunque 4 sea de los cucuruchos.

--Tenía que decir a usted no sé qué--indicó Gracián algo confuso; mas
dándose una palmada en la frente añadió--: ¡Ah! ya me acuerdo.... Tengo
aquí la apuntación. Un caballero amigo mío, mejor dicho, conocido, desea
hablar con usted. Lo conocí en casa de Doña Genara.

--¡En su casa!--exclamó Navarro poniéndose más verde, y clavando las uñas
en los brazos del sillón.

--Sí; también D. Felicísimo me habló de él esta mañana.... No me acuerdo
de su nombre... pero lo apunté y aquí debe de estar.

Diciendo esto el buen jesuita metía la mano y después el brazo hasta el
codo en el infinito bolsillo.

--No se moleste usted--dijo Navarro tomando la carta de D. Felicísimo que
abierta sobre el velador estaba, y mostrándosela a su amigo--. ¿Es este
su nombre?

--El mismo--replicó Gracián.

Y en el propio instante se abrió la puerta y apareció la cara, mejor
dicho, la zalea con ojos del Sr. Zugarramurdi, el cual no dijo más que
una sola palabra:

--Ese....

Después de mirar un rato muy hoscamente al suelo, Carlos habló así:

--Que entre.... Usted, queridísimo padre, me hará el favor de dejarme
solo.... Mañana tampoco puedo asistir a la junta, pero me representa el
Padre Carasa. Deseo saber inmediatamente lo que se decida. ¿Vendrá usted
a decírmelo?

Después de contestar afirmativamente con su afabilidad no estudiada, el
dignísimo Padre Gracián salió para seguir repartiendo sus cucuruchos
entre las damas piadosas que sabían apreciar tan interesante objeto
devoto.



-IV-


Bien se le conocía a Salvador la emoción que sentía al verse delante del
guerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortal
enemigo otra cosa que desconfianza y altanería, se sorprendió al mirarle
cohibido y algo acobardado, mas no sospechó la razón de esta mudanza.
Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirándose, sin que
ninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompió el
silencio diciendo:

--No podía desairar a D. Felicísimo... por eso te he recibido,
exponiéndome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoy
enfermo y el médico dice que no debo incomodarme.

--Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a no
incomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, y
ahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido y
vejado bastante.

--¿Quieres que sea bastante ya?--dijo Garrote con sarcasmo--. Pues sea y
déjame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio....

--¡Pobre hombre!--exclamó Salvador--. Tu orgullo dice tan mal con tus
alardes de piedad religiosa.... Yo vengo ahora a ponerte a prueba y a
ver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimiento
que no sea el de la venganza....

--¿Vienes a ponerme a prueba?... Con cien mil rábanos, hombre, que seas
benigno--dijo Navarro empezando a enfurecerse--. ¡Y luego me dirá el
médico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a la
boca y a los ojos la hiel de mis entrañas!... Oye tú, menguado, por no
darte otro nombre, ¿vienes a gozarte en mi desgracia, viéndome enfermo y
sin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo de
los masones? Si es esta tu intención, no necesitas aguzar el ingenio
para descubrir mis acciones. Puedes decir a esos señores que sí, que
estoy conspirando ¡rábano! que hago lo que me da la gana, que trabajo
como un negro por la causa del Rey legítimo y que yo y mis amigos nos
reunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estúpido, cuya
policía hemos comprado. Al ejército lo seducimos y lo traemos
habilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engañamos, y a vosotros
los masones de bulla y gallardete os compramos a razón de dos pesetas
por barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

--Ya sé que conspiras--dijo Monsalud manteniéndose sereno--y no me
importa.... Otro asunto me trae, asunto que es de mucho interés para
entrambos, al menos para mí. Dime, ¿no has pensado alguna vez,
principalmente en estos días de dolencias, aislamiento y tristeza, en la
esterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme?
¿No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te has
sorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cómo
ni por qué, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sido
inútiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tus
crueldades?

Mientras esto decía Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro que
no carecía de estupidez, y era que, en efecto, había meditado no pocas
veces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombrío
interior había sido descubierto, dijo bruscamente:

--Pues jamás he pensado en tal cosa. ¿A qué vienen esas sandeces?

--Estas sandeces--dijo Salvador creciéndose más--son para demostrarte que
Dios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tus
violencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha
protegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus
combinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, en
el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

--Por muy malo que te suponga--añadió Salvador--no te creo capaz de
conservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de un
mismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara
se congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

--¡Es mentira, es mentira!

--¿Mentira, eh? ¿con que es mentira? Tengo de ello un testimonio para mí
sagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en el
mundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, según
se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo.
La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no
puedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

--Esas cosas--dijo--no se pueden creer sin algo que lo pruebe.... ¿A ver,
qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que quería
mostrar a Carlos.

--Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir--dijo
poniéndola en manos de Navarro--. Es la confesión de una falta redimida
por una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, que
respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para
no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberes
trascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada....

El otro leía, leía. Salvador le miraba leer y mentalmente seguía los
conceptos de la carta. Concluida la lectura Navarro dio un suspiro y
dijo:

--¡Qué sed tengo!... Si quisieras echar agua de la alcarraza en aquel
vaso que allí está y alcanzármelo....

Monsalud le dio agua, y luego que le vio aplacar su sed, diole otros
papeles diciéndole:

--¿Conoces esa letra?

--Son cartas de mi padre--murmuró Navarro, devorándolas con la vista.

--No es ocasión ahora--dijo Salvador--, de hacer comentarios sobre las
promesas hechas en esas cartas y jamás cumplidas. Esas viejas cuentas se
habrán arreglado en otra parte.

Callaron ambos, y Navarro, puesta su alma toda en los ojos, leía las
pocas páginas de aquel drama oscuro, desenlazado ya por la muerte. Al
concluir se quedó mirando al suelo por larguísimo espacio de tiempo, y
luego, evitando el fijar los ojos en su hermano, le dijo lo siguiente:

--Bueno, convengo en que esto no tiene duda. Parece evidente que por la
Naturaleza.... Pero no, la fraternidad no se improvisa. Eres hijo de mi
padre; pero no eres ni serás mi hermano.

--Ni lo pretendo, ni me importa tu fraternidad--replicó Salvador
devolviéndole su desvío--. No necesito de ti para nada. Sólo he querido
que sepas cuán cerca nos puso la Naturaleza, mejor dicho Dios, para que
comprendas que el papel de Caín es malo, y hasta desairado.

--Una carta vieja no puede hacer de dos enemigos irreconciliables dos
hermanos queridos.... Convengo en que no puedo perseguirte más: la
memoria de mi buen padre, aquel valiente caballero que murió por la
patria, se interpone y te salva....

--Antes me salvaré yo con la ayuda de Dios--dijo Salvador con desprecio--.
No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

--Pues yo te la doy, ¡cien rábanos!--exclamó el guerrillero sulfurándose--.
Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y
vinagre.

Bebió, y después, cavilando un poco, dijo como si masticara las
palabras:

--Además, antes de hablar de reconciliación es preciso determinar bien
quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he
perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que tú eres el
monstruo, tú el criminal, tú el indigno de perdón.

--Acuérdate de aquellos días del año 13, cuando se dio la batalla de
Vitoria dijo Salvador con violencia--. ¡Oh! fuiste tú quien me provocó.

--¡Fuiste tú!.

--¡Tú!

--Repito que tú.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademán de
conciliación. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

--Mira--dijo con desabrimiento--lo mejor es que te vayas.

--Antes has de oír lo que voy a decirte.

--Pues di.

--Sí, sostengo que fuiste tú quien primero entabló nuestra rivalidad, no
por eso desconozco que cometí después faltas graves, que te ofendí...

--¡Lo confiesa el menguado!...

--Yo no soy como tú; yo no tengo el orgullo de mis crímenes, ni los
defiendo, por ser míos, contra la razón y el derecho de los demás.

--¡Me has ofendido, y de qué modo!--exclamó Carlos que era todo acíbar--.
Con cien vidas que tuvieras no pagarías tu delito.... ¡y vienes a
amansarme ahora con la pamplina de que somos hermanos, hermanos por la
casualidad, por el capricho!... Peor, peor mil veces para tu conciencia.

--Si fuéramos a hacer un análisis--manifestó Salvador--, de todo lo que ha
pasado entre nosotros desde el año 13, asignando a cada uno la parte de
responsabilidad y de culpa que le corresponde, creo que todos
quedaríamos muy mal parados. Bien sé que hay culpas completamente
irreparables en el mundo, y ofensas que no se pueden perdonar. Así, mal
que le pese a nuestro flamante parentesco, no podemos ser nunca amigos.
Pero....

--¿Pero qué?

--Pero debemos extinguir hasta donde sea posible nuestros odios,
considerando que hay un tercer culpable a quien corresponde parte muy
principal de esta enorme carga de faltas que tú y yo llevamos....

Navarro no le dejó concluir la frase; se levantó y alargando la mano
como en ademán de tapar la boca a su hermano, gritó de este modo:

--No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas.... Has
puesto el dedo en la herida de mi corazón, que aún mana sangre y la
manará mientras yo viva.... ¡Desgraciado de ti, que al ponérteme delante
no puedes excitar en mí la clemencia de la fraternidad sin excitar al
mismo tiempo el bochorno de la deshonra! ¿Cómo he de acostumbrarme a ver
con sentimientos cariñosos a la misma persona a quien he visto siempre
con horror?... Déjame en paz. Ya sé que no te puedo matar. Esto basta
para ti y para mí. Márchate.

Se quedó tan ronco que sus últimas palabras apenas se entendían....
Después de hablar algo más con ronquidos y manotadas, pudo hacerse oír
nuevamente.

--Aguarda.... La úlcera de mi vida, lo que me ha envenenado el cuerpo y
ha trasformado mi carácter haciéndole displicente y salvaje, ha sido mi
deshonra. Este puñal, Dios poderoso, ¡cuándo se desclavará de mis
entrañas!... ¡Este cartel horrible que en mi frente llevo, cuando
caerá!... Soy un menguado, porque no he sabido castigar. ¡He cortado las
ramas y he dejado crecer el tronco! Pero el tronco caerá: ese es mi
afán, esa es mi locura.... Bien sabes que la infame--añadió expresándose
con mucha rapidez en voz baja--, lejos de corregirse, progresa
horriblemente en el escándalo.... Me han dicho que tú también la
desprecias.... Pues bien, unámonos para castigarla.... Merece la
muerte.... Castiguémosla y después... después seremos hermanos.

--Veo--dijo Salvador horrorizado--que estás tan enfermo de alma como de
cuerpo. No me propongas tales monstruosidades. Estás demasiado embebido
en los hábitos y en las ideas del guerrillero para pensar
razonablemente.

Al furor sucedió el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y por
largo rato no dio señales de vida. Salvador le dijo:

--Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigo
imposible, te envenenas el alma. Renuncia también a la agitación de la
política y no conspires, no seas instrumento de ambiciones de príncipes.
Retírate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparación que necesitas y
cúrate con la medicina del olvido.

--¡Retirarme al pueblo!...--exclamó Carlos alzando los ojos para mirar de
frente a su hermano--. ¿Para qué? ¿para sentir más el horrible vacío de
mi alma y la soledad en que vivo? La agitación de estas luchas civiles y
el afán de hacer algo por una causa justa, me distraen haciéndome
llevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece de
tal modo que si yo pudiera llorar, lloraría sobre los muros de mi casa
desierta. Si al menos encontrara allí familia, algún pariente, amigos,
antiguos criados... pero no; nadie. Mi casa parece un panteón; y las
calles de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Los
recuerdos son allí mi única compañía, y los recuerdos me asesinan.

--Lo mismo me pasa a mí--exclamó Salvador--. Sin familia, solo, privado de
todo afecto, parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobre
el hielo. También yo he visitado hace poco nuestra villa y se me han
caído las alas del corazón al verme forastero en mi pueblo natal.

--A mí me perseguían de noche no sé qué sombras que salían de aquel negro
caserío. Todos los perros del pueblo me ladraban ¡mil rábanos! con furia
horripilante.

--También a mí. Encontré algunas personas y me reconocieron; pero me
miraban con mucho recelo, como si fuera a quitarles algo.

--Me pasó lo mismo. Entonces conocí cuán triste es no tener a nadie en el
mundo a quien confiar una pena del corazón, una alegría, una esperanza.

--Yo también. Y entonces me sentí viejo, muy viejo.

--Lo mismo yo. Y dije: «si yo tuviera junto a mí a un ser cualquiera,
aunque fuese un niño, no saldría a los campos en busca de aventuras, ni
me afanaría tanto porque reinase Juan o Pedro».

--Igual he pensado yo.... Si algo me consolaba en aquella soledad lúgubre
era el recordar cosas de la niñez. ¡Y las veía tan claras cuando pasaba
por los sitios donde solíamos jugar, por el sitio donde estuvo la
escuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del tío Roque el
herrero...!

--Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoria
aquellos días.... ¡Cuántas veces me acordó de la pobre Doña Fermina tu
madre! ¡Era tan buena!... ¿No se ponía a hacer media sentada junto a una
puerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?

--Sí, sí.

--Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y a
aquella Doña Perpetua que vivió más de cien años. Yo recuerdo que tu
madre me agasajaba mucho cuando yo, jugando contigo y con otros
chicuelos, me metía en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y me
ponía sobre sus rodillas; pero yo me desasía de sus brazos para correr y
subirme a un montón de vigas.... ¿No había un montón de vigas en el
patio?

--Sí, sí.

--¿Y no tenía tu madre muchas gallinas?

--Sí.

--Un día reñimos por un pollo y nos dimos de bofetadas tú y yo. Otro día
nos hicimos sangre a fuerza de darnos porrazos y quedamos como dos
_Ecce-homos_.... Después....

Navarro dio un gran suspiro diciendo luego:

--Parecía que estábamos destinados a una rivalidad espantosa por toda la
vida.... Un día, cuando ya éramos grandecitos, volvíamos de componer un
aro de hierro en casa del tío Roque, y encontramos a Genara que salía de
la escuela....

Aquí concluyeron los recuerdos. Como una luz que se apaga al soplo del
viento, Navarro cerró la boca, apretó los labios fuertemente cual si
quisiera hacer de los dos un labio solo, frunció las cejas haciendo de
ellas como un nudo encargado de contener y apretar toda la piel de la
frente, y descargó al fin la mano con tanta fuerza sobre el brazo del
sillón, que a punto estuvo este buen inválido de saltar en astillas.

--Parece imposible--dijo después--que basten algunos años para que los
ángeles se conviertan en demonios, y los hombres en fieras.... Tú,
oye...--añadió con altanería--, no hagas caso de mis habladurías... dígolo
por si se me ha escapado alguna frase que indique disposición a
perdonar, blandurillas de corazón u otra cosa semejante, indigna de mi
carácter entero y de mi honor. Ella será siempre para mí el tormento y
la mala tentación de mi vida, y tú... un hombre a quien no veo ni podré
ver nunca sin violentísima antipatía. Haz aprecio de mi rara franqueza,
ya que no puedas apreciar en mí otra cosa.... ¿Quieres que te lo diga
más claro? Pues lo mismo me quemas la sangre ahora que antes. Desconfío
de tus palabras, desconfío de tus acciones, desconfío de nuestro
parentesco, que bien puede ser tramoya inventada por ti, desconfío de
tus arrepentimientos, y como ha de serte más difícil ganar mi voluntad
que ganar el cielo, será bien que me dejes en paz y que no vengas acá
con hermanazgos ni embajadas sentimentales, porque otra vez no tendré la
santísima paciencia que ahora he tenido: ya me conoces, ya sabes mi
genial. Esta enfermedad del demonio me ha echado cadenas y grillos; pero
yo sanaré, con mil rábanos, sanará, y te juro que no habrá quien me
sufra. ¿Has oído bien? no habrá quien me aguante.... Las bromas que yo
gasto pasan por barbaridades en el mundo.... No me busques, pues, y yo
te prometo que no te buscaré. Es todo lo que puedo hacer.

Diciendo esto le señaló la puerta. Era ya casi de noche, y en la
sacristanesca pieza oscura cada uno de los personajes veía a su
interlocutor como si fuera su propia sombra. Levantose Salvador de su
asiento y despidiose del guerrillero con esta lacónica frase:

--Adiós. No te buscaré. Si llegas alguna vez a mi puerta, según como
llames a ella te responderé.



-V-


Salió, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscurísimo
como la caverna de Montesinos estaba, tropezó con un bulto, el cual, por
el agudo chillido que siguió al choque, demostró ser mujer y mujer muy
sensible.

--Brutísimo, salvaje.... ¿no tiene usted ojos en la cara?--gritó la voz--.
¿Qué modos son esos?

--Señora--dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota--,
dispénseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en
el pasillo. Buscaba la puerta....

--¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?... ¡Qué consideraciones
gastan con las señoras los hombres de esta casa!...

Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que de
la escalera venía pudo Salvador verla y advertir que parecía dispuesta a
salir también. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno
habían entrado pieles de diversos animales domésticos, hábilmente
combinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algún
santo o en el valiente pecho de algún oficial de guardias walonas.
Salvador, que había visto algunas veces a la dama, la conoció.
Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa que
risible.

--Vuelvo a pedir a usted mil perdones--le dijo--, por mi torpeza.... Veo
que también sale usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto en
acompañarla.

--Gracias, muchas gracias--replicó la momia dando en dirección a la
escalera algunos pasos en los cuales se advertía marcado prurito de
agilidad--. Yo también necesito excusarme por haber dicho a usted algunas
palabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto, ese
Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.

Salvador le ofreció el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar.
Bajando la momia, arrojó de sí esta pregunta, metida dentro de un
suspiro:

--¿Es usted amigo del Sr. D. Carlos?

--Sí, señora.

--Si no me engaño, es la primera vez que viene usted a casa. ¡Ah! esto
parece la casa de Tócame Roque, según la gente que entra y sale. Y no es
toda gente de principios, ni se nos guardan los miramientos que nos
corresponden. No extrañe usted que me admire de su urbanidad, pues
vivimos en una época en la cual se puede decir que no hay caballeros....
¿Por ventura es usted el que estaban esperando?

--Sí, señora, me esperaban...--indicó Salvador por decir algo.

--El que esperaban de Cataluña, para empezar la danza.... ¡Pero ha visto
usted, caballero, qué estupidez! pretender que esta nación heroica sea
gobernada por una reina en mantillas.

--Una necedad, sí señora.

--Porque usted será indudablemente de los primeros espadas en esta
sacratísima guerra que se prepara.

--De los primeros no... mas....

--No sea usted modesto. La modestia es compañera inseparable del
verdadero mérito--dijo la dama trayendo a los labios con no poco trabajo,
desde el fondo de su alma seca una gota de fiambre dulzura--. Quizás me
equivoque, ¿pero no es usted D. José O'Donnell?

--No soy O'Donnell.

--¿No es usted comisionado de la Regencia secreta que se ha formado en
Cataluña, presidida por el prepósito de los Jesuitas? Yo estoy al tanto
de todo, y conmigo, caballero, no valen los misterios.

--Juro a usted, señora, que no soy el que usted supone.

--¿Ni tampoco el coronel D. Juan Bautista 6 Campos, que tiene en el hueco
de la mano, como quien dice, a los voluntarios realistas de media
España?

--Tampoco.

--Mire usted que soy algo pícara--dijo la momia contrayendo de tal modo el
amojamado rostro para sonreír, que Salvador, al mirarla, tuvo algo de
miedo--. ¡Oh! no me falta penetración, y en punto a relaciones con
personas comprometidas en la causa del trono legítimo, no habrá
seguramente quien me gane.... Caballero, ¿sabe usted que hace un frío
espantoso?

Salvador notó que la dama se agarraba más fuertemente a su brazo. Al
sentir los puntiagudos dedos de esqueleto y el roce de los viejos
tafetanes del vestido, así como el de las pieles impregnadas de olor de
sepulcro, sintió que era una verdad aquel frío glacial de que la dama
hablaba.

--Hace mucho frío, sí señora.

--Y las calles están muy solitarias. Si fuera usted tan bueno que
quisiera acompañarme hasta la casa adonde voy de visita....

--Con muchísimo gusto, señora.

--Es cerca: junto a San Sebastián.

--Media legua--dijo para sí Monsalud; pero no teniendo ocupaciones, dio
por bien empleado el paseo en obsequio de una desvalida señora que tan
bien parecía agradecerlo.

--Doy a usted otra vez las gracias--dijo esta--, por su amabilidad, que es
más digna de aprecio en una época en que se han acabado los
caballeros.... Pronto llegaremos: voy a casa de Paquita de Aransis, la
señora del coronel D. Pedro Rey. ¿Conoce usted a esa digna familia?

--No tengo el honor de conocerla; pero ese apellido de Aransis no es
extraño para mí.

--Es una alcurnia noble de Cataluña. ¿Ha estado usted en Cataluña?...
Quizás haya usted conocido al conde de Miralcamp, que es Aransis, al
alcalde de Cervera, que es D. Raimundo Aransis. También conozco yo en
Solsona una monja Aransis, que es hermana de Paquita.

--¡Ah! sí, la conozco--dijo Salvador prontamente, herido por vivísimos
recuerdos.

--Esa familia está emparentad a con la nuestra--añadió la señora, que era
harto redicha para ser momia--. Paquita es tan buena, tan cariñosa, tan
excelente cristiana y tan mujer de su casa.... Tiene dos hijos que son
dos pedazos de gloria, según dice el padre Gracián, Juanito que ahora va
a Sevilla a estudiar leyes, al lado de sus tíos paternos, y Perfecta,
que es un perfecto ángel de Dios. La pobre niña ha estado enferma hace
poco con unas calenturas malignas que la han puesto al borde del
sepulcro.... ¡Cuánto hemos sufrido! La condesa de Rumblar y yo
alternábamos para velarla... una noche ella, otra yo.... Usted conocerá
seguramente a la condesa de Rumblar, y a su hija Presentacioncita, y a
su yerno Gasparito Grijalva, ese tronera, liberalote que concluirá en la
horca....

--Si es liberal, no concluirá en bien.

Salvador tuvo que moderar el paso, al notar que su compañera se sofocaba
bastante.

--Usted--dijo esta, aspirando el aire con celeridad, como un fuelle viejo
que para nutrirse necesita agitarse mucho--, ha vivido al parecer lo
bastante, para conocer a mucha gente, tener muchos amigos y presenciar
multitud de sucesos; pero no lo necesario para ver pasar épocas y
familias, para ver extinguirse las amistades, mudarse las fortunas,
morir las ilusiones y caer en ruinas las cosas más reales de la vida.

--Algo y aun algos de eso he visto por desgracia, señora--dijo Salvador
sorprendido de aquel sentimentalismo que por cierto modo artístico se
avenía bien con el empaque funerario de su distinguida interlocutora.

--¡Oh! caballero--exclamó esta deteniéndose y clavando en él sus ojos que
brillaron como las últimas ascuas de un hachón sepulcral--, ¿no es muy
triste ver tanta cosa muerta en derredor nuestro, y sentir ese frío del
alma que dan las memorias marchitas, cuando pasan? Hacen un murmullo
triste como el remolino de hojas secas, y dan escalofríos como la
llovizna de otoño ¿No es verdad, no es verdad esto?

--Es verdad--dijo Salvador participando de aquel escalofrío.

Y vio extinguirse la chispa funeraria en los ojos de Salomé, porque sus
flacos párpados cayeron como apagadores de iglesia, y dejaron el
amarillo semblante en su primitivo aspecto de cosa completamente
acecinada y seca.

--¡Caballero, tengo un frío horrible!--murmuró la dama temblando--. Vamos a
prisa.

El cielo estaba como suele verse en las noches de invierno, limpio,
estrellado hasta la profusión, hasta el derroche, cual si saliesen a la
bóveda del cielo más astros de los que caben y pugnasen por quitarse el
puesto unos a otros. El aire quieto, sereno, tenía un no sé qué, sólo
comparable al fulgor horripilante de la cuchilla acabada de afilar. Las
estrellas alargaban sus fríos rayos atravesando la inmensa región de
invisible hielo, y la luna, pues también había luna, difundía claridad
verdosa por calles y plazas. El suelo parecía el lecho de un río que se
acaba de secar, dejando al descubierto su limo lleno de fosforescencias.
Tres o cuatro calles atravesó la pareja sin decir palabra, y al llegar a
un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detúvose la
muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunció con una sola
voz el fin de la jornada.

--Ya--dijo con expresión de lástima, y luego fue retirando su mano poco a
poco para llevarla a la cabeza, donde pedían reparación los pliegues de
la mantilla y una guedeja rubia, que desertaba de las filas donde la
había puesto el peine pocas horas antes--. Ya se ha molestado usted
bastante. Bueno ha sido el paseo... y debemos dar gracias a Dios de que
no nos haya visto nadie, porque si nos hubieran visto.... ¡Ah! no sabe
usted hasta qué punto es atrevida la calumnia en estos tiempos....
¿Quién me asegura que mañana no dirán de mí herejías sin cuento por
haberme dejado acompañar de noche por usted?

--Señora, creo que no dirán nada--observó Salvador, reprimiendo la sonrisa
que a sus labios venía.

--¡Oh! quién sabe.... Ahora todo se juzga por el aspecto malo. ¡Ah! ni la
nieve misma está libre de mancharse o de ser manchada.... Retírese
usted... yo comprendo que deseará prolongar la conversación en el
portal; pero no puede ser, no puede ser de ningún modo.

Después de ofrecerle su casa con no pocas zalamerías, rogó al caballero
tuviese la bondad de decirle su nombre para conocer mejor a la persona a
quien debía agradecer galanterías inauditas en una época ¡ay! en una
época calamitosa y estéril en que no había caballeros. Dicho el nombre,
la momia lo repitió con agrado y después dijo:

--¿Militar?

--No, señora, paisano.

--¿Andaluz?

--Alavés.

--¿Y hasta la muerte defensor del trono legítimo...?

--Del trono de Isabel II.

--¿Pues qué? es usted....

--Masón, señora.

Al expresarse así, con la sonrisa en los labios, Salvador creyó que no
merecía respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia
estuvo a punto de deshacerse en polvo al oír la nefanda palabra.
Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes,
llevose las manos a la cabeza, lanzó una exclamación de lástima y
desconsuelo, y por breve rato no apartó del cielo sus ojos fijos allí en
demanda de misericordia.

--¡Masón!--repitió luego mirando al que, según ella, era un soldado de las
milicias de Satanás--. ¡Quién lo diría!

Y señalando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a
cierta distancia se veía, como farolillo de taberna o café, dijo entre
suspiros:

--En donde está aquella luz se reúnen sus amigotes de usted....
Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le diré que por
nada del mundo sea usted masón. Todo está preparado para el triunfo de
la monarquía verdadera y legítima, y es una lástima que usted perezca,
porque perecerán todos, no hay duda.... Cuando usted me dijo que es
masón, vi... yo siempre estoy viendo cosas extrañas que luego resultan
verdaderas... vi un montón de muertos en medio de los cuales asomaba una
cabeza....

Le tomó una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez
apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sintió
que se le comunicaba un frío glacial, llegando hasta su corazón.

--Aquella cabeza era la de usted--prosiguió la momia--. Usted se reirá;
pero yo no; porque la experiencia me ha enseñado a dar un gran valor a
mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido
apreciar las notables prendas de usted. ¡Oh! sí, todavía hay caballeros;
pero pronto, muy pronto quizás no haya ninguno. Adiós.

Le estrechó un momento la mano y desapareció dentro del portal, oscuro y
profundo como un sarcófago.

Salvador permaneció un rato en la puerta, mirando al hueco oscurísimo
que se había tragado a su dama de aquella noche, y murmuró estas
palabras:

--¡Pobre señora!... sin duda está loca.

Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera
la imagen de la fantasma a quien había dado el brazo y que parecía el
duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima
de Madrid. Después de andar un poco maquinalmente y sin dirección fija,
hallose bajo el farol que poco antes le señalara la mano del guante
canelo.

--El café de San Sebastián--pensó--. Ya que estoy aquí entraré. No faltarán
amigos con quienes pasar un rato.



-VI-


El café no estaba lleno de gente, y en su pesada y brumosa atmósfera se
podían contar los grupos diseminados, y aun las personas. Algunos
individuos, con el sombrero echado atrás, la capa colgando de los dos
hombros o de uno solo, charlaban a gritos entre sorbo y sorbo, sin tocar
asuntos de política, por ser género que no se podía tratar a gritos.
Otros en baja y temerosa voz, cual si pronunciaran algún conjuro sobre
el líquido negro, a quién daban cierto carácter quiromántico los
misteriosos ingredientes de que se componía. Estos señores de la capa
arrastrada y de los codos sobre la mesa y del sombrero hasta las cejas
hundido, eran los arregladores de la cosa pública. Ya desde entonces se
dedicaban con preferencia a esta patriótica tarea de arreglar al país
los hombres sin oficio ni ganas de aprenderlo, que sentían la
irresistible vocación del empleo lucrativo. Algunos lo hacían también
por cierta desavenencia ingénita con el poder público, y los menos por
exaltación de ideas o por leal deseo de labrar el bien de la
muchedumbre. De todas estas especies de patricios había la noche aquella
pocas aunque buenas muestras en el café de San Sebastián.

No había andado Monsalud cuatro pasos dentro del local, cuando se sintió
llamado desde lados opuestos. Acudió allí donde había visto caras más de
su gusto, y después de saludar a varios individuos sentose en la más
apartada mesa en compañía de dos sujetos. Uno de ellos parecía tener con
Salvador amistad antigua y estrecha porque se saludaron con mucho
afecto. Era de edad mediana y buena presencia; llamábase don Eugenio
Aviraneta: su patria era Guipúzcoa y tenía el especialísimo talento de
la conversación, calidad no escasa en España, donde se han hecho grandes
carreras por saber contar cuentos o referir bien o plantear con arte los
asuntos y cuestiones de todas clases. El otro era más joven, de color
pálido tirando a aceitunado, el pelo y cejas de grandísima negrura, la
nariz afilada el bigote corto y espeso, modelado por la navaja de una
manera singular con arreglo a la moda más ridícula que puede imaginarse,
la cual consistía en trazar dos líneas rectas desde las ventanillas de
la nariz a los extremos de la boca, dibujando así un pequeño mostacho
rigurosamente triangular que llevó el nombre de _bigotillo de moco_.
También llevaba el aceitunado personaje una perilla de rabo de conejo, y
en los cachetes patillas o chuletas cortas, también modeladas por la
navaja con un esmero tal que casi venía a confundirse el oficio de
rapista con el arte del escultor. Esto y el breve tupé acompañado de
mechoncillos sobre las orejas estaban declarando a gritos que el remate
y coronamiento de tan singular cabeza había de ser uno de aquellos
ingentes morriones de base estrecha y anchísima tapa, visera menuda y
carrilleras de cobre suspendidas a los lados de la placa frontal. El tal
morrión inconmensurable se estaba viendo, sí, sobre la cabeza de aquel
buen señor por la fuerza de la analogía, aunque estaba descubierto y
vestido de paisano. Pero si por un hilo se saca un ovillo, suele también
sacarse por una cara un morrión, y así se podía decir a boca llena que
nuestro individuo era militar y por más señas _ayacucho_.

--Te presento a mi amigo el capitán Rufete--dijo Aviraneta poniendo en
relaciones a sus dos camaradas--. Y ahora cuéntanos algo, dinos qué es de
tu vida, hombre. Después que eres rico no hay quien te vea.

Hablaron largo rato de cosas de la vida, de viajes, de caza, de
enfermedades, y sin saber cómo pararon en la cuestión magna del día, a
saber, que el Rey no se moría tan presto como algunos pillos quisieran,
que se había decidido jurar solemnemente a Isabelita como heredera del
trono, y que el buenazo de D. Carlos se marchaba a Portugal. Rodó la
conversación de idea en idea, hasta que Aviraneta tocó a Salvador en el
brazo y le dijo con misterio:

--Si quieres encargarte de una misión delicada, no hay ningún
inconveniente en confiártela.

--Ya sé que conspiras, ¿pero por quién?--replicó Salvador riendo--¿Por
Cristina, por D. Carlos o por ambos a la vez?

--Tú me conoces, y sabes que con alas mías no ha de volar ningún
murciélago. Me ha comprometido a explorar los ánimos de la gente liberal
para saber en qué condiciones se podría contar con ella en caso de una
guerra civil.

--Los libres--dijo el _ayacucho_ con énfasis--, están y estarán siempre al
lado de la Princesa, si a la Princesa le ponen por almohada en su cuna
_el mejor de los códigos_.

El llamar _libres_ a los liberales y _el mejor de los códigos_ a la
Constitución del 12 constituía, con otras muchas frases, un estilo
especial que por largo tiempo prevaleció en todas las manifestaciones
literarias del partido avanzado.

--Calle usted, hombre, por amor de Dios--dijo Aviraneta reprendiendo con
un gesto la espontaneidad del capitán--. Los _libres_, como usted dice, y
los liberales, como los llamo yo, están tan divididos que no oye usted
dos opiniones iguales si habla con ellos. Hay multitud de tontos a
quienes no se puede arrancar de la cabeza lo _del mejor de los códigos_;
hay algunos solemnes pillos que por malicia y por tener poder ante la
canalla, gritarán, si les dejan, _constitución o muerte_; hay el grupo
de los _anilleros_ o de los _sabios_, que reniegan de todo si no les dan
las dos Cámaras con Carta, a la francesa, y aun creo que alguien quiere
que haya tres Cámaras, por no parecerle bastante dos. Unos piden que
haya mucha religión sin dejar de haber libertad, mientras los
_iluminados_ desean acabar con la gente de cogulla y quemar los
conventos, para que _suprimidos los nidos no haya miedo de que vuelvan
los pájaros_. Yo he tanteado aquí y allí y he encontrado asperezas que
no es fácil suavizar, y antagonismos que no es posible vencer. Martínez
de la Rosa, Toreno, Burgos y comparsa se niegan a todo lo que sea
revolución, Palafox se aviene siempre con el parecer de Calvo de Rozas,
y Calvo de Rozas, unido con Flores Estrada, ha hecho una constitución
templadita. La quieren tanto, como buenos padres, que si no es
preferida, dicen que no se cuente con ellos para nada. Romero Alpuente y
los exaltados juran y perjuran que no hay más Constitución que la del 12
en todo el globo terráqueo, y que ellos la harán triunfar, pese a quien
pese. Vamos, esta es una casa de fieras, y yo digo que convendría que
estallase la guerra y viniesen grandes peligros para que entonces se
unieran tantas voluntades y se llegara a un acuerdo en lo de la
Constitución definitiva, aunque hubiese siete Cámaras y cuatrocientas
alcobas.

--La Nación soberana--dijo el _ayacucho_ hablando como hablaría Solón--,
decidirá en su día lo que mejor convenga. Un pueblo libre no se
equivoca.

--Con sentencias sacadas de las _Gacetas_, amigo Rufete, poco
adelantamos. Yo veo que las divisiones son hondas, que el partido
liberal, por estar disperso y perseguido, no tiene ya una idea fija y
común sobre nada. El ejército, que antes era amigo de la Constitución
del 12, ahora va donde le llevan, y es realista con el conde de España y
templado con Llauder. Pues bien, en vista de este desconcierto, ¿no es
patriótico intentar la reconciliación de todos los que aborrecen la
tiranía? ¿Qué te parece, Salvador, no es patriótico, altamente
patriótico?

--Me parece tan patriótico como imposible--replicó el interrogado.

--Conozco a mi país, conozco a mis paisanos, he pulsado teclas de
conspiración en distintas épocas; sé el valor que tienen las ideas,
insignificante junto al valor de las pasiones; sé muy bien que a los
políticos de nuestra tierra les gobierna casi siempre la envidia, y que
la mayoría de ellos tienen una idea, sólo porque el vecino de enfrente
tiene la idea contraria.

--Pesimista estás--dijo Aviraneta severamente.

Luego se llevó el dedo a la boca con cierto aire solemne, y levantándose
ordenó con una seña a sus dos amigos que le siguiesen, lo que hicieron
de buen grado Rufete y Salvador, el uno por disciplina de conspirador y
el otro por curiosidad. Atravesando una puertecilla que junto al
mostrador había, pasaron a un cuartucho estrecho y oscuro, formado en el
anguloso hueco de la escalera que a las terulias conducía. Un ruinoso
banco ofreció durísimo y no muy limpio asiento a los tres individuos, y
dábanle compañía algunas cafeteras de largo pico, cajas vacías, escobas
y enormes cangilones destinados a usos distintos. Aquel era el
laboratorio químico de donde salían las ingeniosas mezclas a qué debió
su fortuna el amo del establecimiento (el cual, dicho sea de paso, era
fervientísimo patriota); allí era donde se verificaba la multiplicación
de las raciones de leche, gracias al agua que Dios crió; allí se
fabricaba con diversas sustancias europeas y asiáticas el café de Moka,
y allí las libras de azúcar se convertían en arrobas de la noche a la
mañana, lo mismo que un quidam se convierte en ministro.

Sentáronse en aquello que más parecía nicho que cuarto, y como no tenían
luz, no eran vistos de fuera y podían ver a todos los que desde el café
subían a las regiones altas.

--Aquí podemos hablar cómodamente--dijo el guipuzcoano--, y explicaré mi
idea sin que nadie se entere. Para poner remedio al grave mal que antes
indiqué, he determinado fundar una sociedad secreta....

--Ya pareció aquello--dijo Salvador interrumpiendo con su risa el grave
exordio de su amigo--. En eso habíamos de parar.

--Cállate, no juzgues lo que no conoces todavía.... Una sociedad secreta
que se llamará _La Isabelina_ o _de los Isabelinos_.

--Insisto en mi opinión de que se llame de los _Patriotas
isabelinos_--dijo el ayacucho, demostrando en su acento y en la tiesura
de su mano enérgica la importancia que daba al bautismo de la sociedad
proyectada.

--El nombre debe ser breve y sencillo.

--Ya tenemos el masonismo en planta--indicó Salvador--, con sus irrisorios
misterios, sus fórmulas y necedades.

--No, no, hijo, aquí no hay misterios.

--¿Ni iniciación, ni torres, ni orientes?...

--Nada de eso.

--¿Ni vocabulario especial, ni mandiles?

--Nada, nada.

--No habrá más que el juramento de someterse intencionalmente a la
soberanía de la Nación--afirmó Rufete.

--Aquí es todo corriente. No hay misterios. La sociedad trabajará en
silencio, pero sin fórmulas masónicas, y nos llamamos por nuestros
nombres, si bien en los actos y documentos adoptamos un signo
convencional para designarnos.

--¿De modo que la sociedad funciona ya?

--Se está formando. Todavía no hemos tenido una reunión total de
asociados.... ¿Cuántos hay en la lista, querido Rufete?

--Trescientos veinte y uno--dijo el ayacucho, que por lo visto desempeñaba
las funciones de secretario.

--No se ha hecho nada todavía, no ha ido a provincias ningún comisionado.
Se necesita uno de toda confianza y muy listo, que vaya a París y
Londres a entenderse con los emigrados que quedan por allá y con otras
personas residentes en el extranjero, y que no nombro porque no puedo
nombrarlas.

--Ya... y ese correveidile que se necesita....

--Correveidile no, sino agente; ese agente que se necesita eres tú.

--Pues te juro--dijo Salvador de la manera más jovial--, que si la sociedad
_Isabelina_ o de los _Patriotas isabelinos_, como pretende el señor... y
se me figura que lo pretende con razón....

--La idea del patriotismo--exclamó Rufete sin poderse contener--, es tan
primordial, que debe ponerse al frente de todas las denominaciones, para
que se grabe más y más en la mente del pueblo.

--Pues, decía--prosiguió el otro--, que si la sociedad espera para
extenderse y prosperar a que yo sea su agente, llegará el Juicio final
sin que de todos los frutos que el país y tú esperáis de ella.

Aviraneta meditaba, la mejilla apoyada en la mano. A cada instante se
oían los pasos de los que subían por la escalera 7, y como esta era
endeble y estaba tan cerca de las cabezas de los tres sujetos, parecía
que se les venía la casa encima siempre que un patriota se encaramaba a
los aposentos altos.

--¡Malditos!--exclamó Aviraneta, en ocasión que subían tres cuatro
mozalbetes metiendo más ruido que los monaguillos en día de repicar
recio--. Esos son los que todo lo echan a perder con sus inocentadas.
Ahora los tiernos angelitos, en vez de chuparse el dedo, han dado en la
flor de jugar a la masonería y al carbonarismo, y entre burlas y risas
tienen arriba sus _Cámaras de honor_ y sus _Hornos_, donde hacen varias
mojigangas, que es preciso denunciar a la policía. Son casi todos
chicuelos con más ganas de hacer bulla que de estudiar. ¡Y qué discursos
los suyos! Es esa una empolladura de oradores que, si no me engaño, ha
de dar a España más peroratas que garbanzos dará Castilla.

--Estos pajarillos cantores--dijo Monsalud riendo--, vienen siempre delante
de las tormentas políticas, anunciándolas con sus angelicales trinos. Es
un fenómeno que observé en la tormenta pasada y que se repetirá, no lo
duden ustedes, en las que han de venir; y así veremos siempre que toda
trasformación política de carácter progresivo viene precedida de grandes
eflorescencias de sabiduría infantil y discursos en las aulas.

--Pues grande va a ser la trasformación--manifestó Aviraneta--, si se ha de
juzgar de ella por lo que chilla esta caterva de pavipollos.... ¡Santa
Mónica, cuántos suben ahora, y qué pico tienen! Esa voz... oigan ustedes
qué órgano tan admirable: es González Bravo, un mozo terrorista, más
listo que Cardona y con más veneno que un áspid.... Pero, volviendo a
nuestro asunto, nosotros, al fundar la sociedad isabelina, llevamos el
objeto de unificar el pensamiento de los liberales y de traer al
ejército a una idea común que sea precursora de una acción común.

--El ejército está profundamente dividido--dijo Salvador--, pues me consta
que el bando apostólico o _carlino_, como ahora se llama, ha hecho
últimamente grandes adquisiciones en la Guardia Real.

--El ejército es liberal--exclamó Rufete, que no pudiendo estar por más
tiempo callado tomó la palabra con estruendo en la primera coyuntura--.
El ejército se compone de hombres libres que aman _el más perfecto de
los códigos_ y aborrecen la tiranía. Dígase _Constitución_, y el
ejército responderá _Constitución_.

Y echando un poco atrás el sombrero, que debía ser morrión de los de
tinaja invertida, se puso más amarillo y acompañó su alteración facial
de estas patrióticas palabras:

--Muchos hablan del ejército sin conocerlo, y yo, que lo conozco, que
pertenezco a él, que me glorio de pertenecer a él, digo que con
excepción de media docena de traidores, todos somos liberalísimos, aquí
y en América. Yo he estado en América, señores; me he batido en aquellos
colosales combates de Chuquisaca y Cochabamba, y puedo decir que nada
nos consolaba de nuestras privaciones y trabajos como hablar de la
Constitución, pensar en ella y poder escribirla en nuestras banderas
para hacer doblar la rodilla a los indios más bravos. Recuerdo bien que
después de la famosa expedición de Jujuí, nos llegó la noticia del
triunfo de la Constitución en las Cabezas de San Juan, y nos volvimos
locos de contento. Deseábamos, o que nos trajeran a España, o que nos
llevaran allá al bendito Código, y no pudiendo ser ni una cosa ni otra,
celebramos con fiestas, bailes, versos y meriendas aquel gran suceso. La
alegría era general. Algunos tuvimos el proyecto de proclamar la
Constitución en el Perú; pero el traidor de Maroto se opuso. Los
_libres_ deseábamos que la América adoptase el _sistema_, los traidores
no querían sino hierro y sangre; y yo pregunto ahora lo que he
preguntado siempre: ¿quién es responsable de que se perdiera la tremenda
batalla de Ayacucho? ¿Quién?...

--Esa cuestión, querido Rufete--observó Aviraneta viendo con disgusto que
la musa histórica de su secretario remontaba el vuelo en demasía--, ha
perdido su oportunidad. Poco nos importa saber quien lo hizo peor en
América. En cuanto al ejército, ya sabemos que en su mayoría es liberal;
pero usted mismo ha hablado de traidores: traidores hubo en América, y
también los hay en España.

--Aquí tengo la lista--exclamó prontamente Rufete haciendo ademán de sacar
un papel.

--No, no saque usted la lista. Tampoco eso nos importa gran cosa
ahora.... Nuestra sociedad cuenta ya con un brillantísimo contingente de
personajes civiles.

--Espere usted--insistió Rufete revolviendo sus papeles--, aquí está.

--No.... ¡Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la lista
de _isabelinos_. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es
traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisión que
desempeñará bonitamente.

Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.

--Eso lo veremos--dijo el guipuzcoano--. Peñas más duras he quebrantado yo.
¿Tienes ocupaciones?

--Las de mis intereses, que no son muchas.

--Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?

--No.

--¿No ambicionas una posición elevada?

--No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popular
me incomoda más que la tristeza de estar solo.

--A pesar de todo--dijo Aviraneta--, creo que te conquistaré.

Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento de
los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar
solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se
conocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un modo
harto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que en
el cuarto entraba se entretenía en revisar sus listas de traidores y sus
listas de _isabelinos_.



-VII-


Hallábanse, pues, el uno aburridísimo, el otro ideando motivos para
despedir al _ayacucho_, y el tercero discurriendo el modo de pasar algún
nombre de un papel a otro, cuando entró en el café un jefe de
caballería, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y los
tacones tan grande estrépito, que no parecía sino que un escuadrón había
asaltado el establecimiento. Traía fango en las botas y polvo en el
traje, manifestando en esto, así como en la oficiosidad con que iba de
mesa en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedición o
quizás de un campo de batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltado
patriota primero, después indefinido, luego conspirador perseguido y
condenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio por
influencias de parientes poderosos. Después que satisfizo la curiosidad
de los del café, dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de la
escalera llamole Aviraneta desde su escondrijo. Entró Seudoquis,
reconoció a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tenía el buen hombre
de contar lo que sabía, que sin poder aguardar a que acabaran los
saludos, habló así:

--¡Ya les hemos cogido! ¡buena caza hemos hecho!

--¿Qué? ¿qué ha sido?... ¿una batida de voluntarios realistas?

--Sí, y con media docena como esta pronto quedaba la Nación limpia de
sacristanes.... Ya saben ustedes que salí con la columna de Bassa a
perseguir la partida de aguiluchos que se levantó en Villaverde mandada
por el traidor coronel Campos.... Al principio nos daba que hacer... que
por aquí, que por allá.... Total, señores, en Alares a cinco leguas de
Navahermosa les sorprendimos rezando el rosario, les copamos... no se
escapó uno para simiente de monaguillos.

--¿Les arcabucearon?

--No hay órdenes para tanto. El Gobierno es conciliador, o por otro
hombre pastelero, y en una mano tiene las disciplinas y en otra el
emplasto. Como no soy partidario de andar con mantecas tratándose de esa
gente, yo les hubiera dado a todos un poco de tuétano de fusil. En el
otro barrio están mejor que aquí.... Pero no se trata ahora de fusilar:
ellos lo harán cuando nos cojan debajo. Total, que les hemos traído codo
con codo, y el bribón de Campos es tan cobarde que se echó a llorar, y
sin que nadie se lo preguntara nos reveló todo el _diebus ille_ de la
junta carlista de Madrid, citando nombres uno por uno. A estas horas el
traidor habrá vomitado todas sus delaciones ante la policía y ya andará
esta haciendo prisiones. Medio Madrid va calentito a la cárcel esta
noche. He encontrado en la Puerta del Sol a un escuadrón, no miento, sí,
un escuadrón de policías que iban a la calle de Belén, donde parece hay
un cabildo máximo de subdiáconos con puñal y de guerrilleros de estola.
Total, señores, que nos hemos lucido los de Bassa, y que esta noche van
a ser ventiladas muchas madrigueras. Con que _viva la angélica_ y abur,
señores, que me voy arriba a cenar.

--Y yo a ponerme el uniforme y a correr al cuartel--dijo Rufete
levantándose presuroso--. Es fácil que se altere la pública tranquilidad
esta noche. Vamos a nuestro puesto, que cuando menos se piensa, viene el
desbordamiento carlino, y la patria necesita de todos sus hijos.

--Vaya usted con Dios, valiente--dijo Aviraneta gozoso de verle partir--.
Aquí nos quedamos nosotros procurando entendernos.

Luego que estuvieron solos, Aviraneta dijo a su amigo que pues arreciaba
el calor dentro del café, harían bien en salir a la calle y dar un par
de vueltas, con lo que además de respirar el aire libre, podían hablar
sin recelo. Cuando se hallaron en la plazuela del Ángel, Salvador tomó
el brazo de su amigo y burlonamente le dijo:

--¡Pillo!... ¿qué nueva farsa de sociedad secreta es esa? ¿qué trama
traes tú ahora entre mano?

--Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.

--¿Quién te paga?

--Mucho ahondas, ¡palitroques! Has de comprar mi franqueza con tu
benevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, no
tendrás de mí ni una palabra. Cosas podría decirte que te dejarían
pasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenos
días. Venga tu voluntad y abriré el pico.

--Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quién la doy ni por qué
la doy.

Aviraneta insistió en que su pensamiento era unir a los liberales para
preparar una acción común; pero esto, si no encerraba una intención
distinta, era de lo más inocente que se podía ocurrir por aquellos días
a hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tenía de todo menos de
espíritu puro. Por más que el guipuzcoano se diera aires de inventor de
aquel plan sapientísimo, se podía jurar que sólo era instrumento de una
voluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una mano
misteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese la
misma confusión; pero Monsalud, que era listísimo y además tenía la
experiencia de aquellos líos, supo sacar la verdad de entre tanta
mentira. Su creencia era que D. Eugenio había recibido de altas regiones
la misión de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;
pero no podía fácilmente averiguarse si el impulso partía del cuarto de
María Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermúdez. Salvador hizo
una y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principal
secreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, que
evadió los lazos con extremada gracia.

Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndose
carlista para penetrar en los círculos más familiares de la gente
facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,
sospechas y recelos, hasta que precipitó la defección de Maroto,
preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.
Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal
genio de la intriga y un histrión inimitable para el gigantesco
escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hiciéronle un
gran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás el
primer diplomático del siglo. Ya desde 1829 venía metido en oscuros
enredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinación era
doble, su juego combinado. Probablemente en la época de este encuentro
que con él tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensibles
diabluras de este juglar político constituían también una labor fina y
doble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio y
vender el ministerio a los partidos.

La fundación de la sociedad _isabelina_ servíale de pretexto para entrar
en tratos con gente diversa, con cándidos patriotas o políticos ladinos,
poniéndose también en relación con militares bullangueros; y así,
hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:

--Este infeliz _ayacucho_ es una alhaja que no se paga con dinero. Él se
presta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenar
de oficiales como él. Se morirá de hambre antes de cobrar un céntimo por
sus servicios secretos al _Sistema_, y se dejará fusilar antes que hacer
revelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocencia
y de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vida
haciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios y
listas de calientes. En su compañía pasa por un Séneca empalmado en un
Catón. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con él en un
horno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego _el
precioso código_. ¡Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y la
valentía de esta gente. ¡Si en todas las clases sociales se encontraran
muchos Rufetes!... ¡Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que no
sirve sino para hacer _pueblo_, para gritar, para meter bulla, de esa
que en los días solemnes desacredita las mejores causas, entregándose a
la ferocidad que le inspiran su cobardía y su apetito!...

Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle del
Duque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concreta
de las confusas indicaciones de D. Eugenio, había decidido retirarse a
su casa. Echaban el último párrafo en el portal de esta, cuando del de
la inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de una
canción político-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoció al
momento y Salvador también.

--Tablillas--dijo D. Eugenio--, cuartéate aquí, que somos amigos.

El atleta se acercó, examinando con atención recelosa a los dos
caballeros.

--Señor _Vinagrete_ y la compañía, buenas noches.... Estaba encandilado y
no les conocía.

--¿Está durmiendo ya el Sr. D. Felicísimo?

--Todavía están en brega. Han venido tantos señores esta noche que
aquello es la bóveda de San Ginés.

--¿Pues qué, se dan disciplinazos?

--Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y
_perjuraciones_.

--¿Qué entiendes tú por _perjuraciones_?

--Decir, pongo el caso, _señores, muramos por el Trono legítimo_.

--¿Y todavía están reunidos?

--Todavía.

--Pero di, ¿no ha venido esta noche la policía? Yo creí que a estas horas
D. Felicísimo y su comunidad estaban echando _perjuraciones_ en la
cárcel de Corte.

--Vino la policía, sí señor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que la
casa estuvo si cae o no cae. Los señores se asustaron, y D. Felicísimo
les consolaba diciendo: «no hay nada que temer, la policía es la
policía. Que entre el que llama». Yo bajé a abrir la puerta, y se
colaron tres señores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, y
al entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fue
cortesía limpia y vengan esos cinco. D. Felicísimo me mandó traer vino y
bizcochos, y bebieron, cosa la más desacostumbrada que puede verse en
esta casa; y uno de los de porra alzó el vaso y dijo: «Por el triunfo de
la monarquía legítima y de la religión sacratísima».

--Brindaron.

--Y los tres tomaron el olivo.

--¿Está Pipaón arriba?

--Es de los más lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan echó no sé cuantos
_loores_...

--¿Y qué es eso?

--Que se sopló mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo _loor
a esto, loor a lo otro_.

--¿Se casa con Micaelita?

--Dios los cría y ellos se juntan.

--¿Y te retiras ya?

--Si, porque yo he dicho a D. Felicísimo que estoy enfermo.

--¿A dónde vas?

--Allá--replicó Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvador
dirigió, que no debía hablar con más claridad.

--Bien--dijo Aviraneta--. Nos veremos luego. ¿Y la Pimentosa cómo está?

--Agria.

--¿Qué es eso?

--Enojada, porque le pica la despensa.

--¿Qué quieres decir? ¿Qué despensa es esa?

--El estómago.

--Es verdad que padece mi señora males de estómago.... Aguarda, que me
voy contigo.

Tablas, que había dado ya algunos pasos hacia San Millán se detuvo,
mientras el guipuzcoano, estrechando con el más vivo afecto la mano de
su amigo, lo dijo estas palabras:

--Mañana... y quien dice mañana dice el mes que viene o el año que
viene... estarás conmigo en la _Isabelina_.



-VIII-


Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu de
Salvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de su
memoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de la
Nación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar con
recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes
connivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, no
eran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenos
políticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena gana
se marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyera
ni viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y
la desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en su
pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa
superioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era en
él motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía:--«Mucho han
de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la
política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como
yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para
ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es
ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y
que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos
que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una
mascarada».

Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre
el mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buen
sentido y de tolerancia.--«No puede sostenerse en las acciones de la vida
el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quién
duda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila de
alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos
caracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patricios
desinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política y
serían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en la
conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un
pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he de
hacerlo?».

Después de vacilar un momento se contestaba con amargura,--«Porque no me
creerían. ¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también he
sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco
charlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí al
verme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre en
este país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo que
realmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa con
la necesidad. Ha salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito para
tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas y
francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y
arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un
Rufete».

Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetua
triunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin
familia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puede
imaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban las
excursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamente
imposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hay
ciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados con
cálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a su
lado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera
pintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y la
abrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad. Había
renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que le
recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre sus
íntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta
intachable, su instrucción, su entretenida palabra 8, tratándose de
referir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatías
en todas partes. Había dejado de visitar a Genara y a D. Benigno Cordero
por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas
decentes, a donde concurría en personal de ambos sexos lo más selecto de
la Corte. Por las noches gustaba mucho de pasear un poco por las calles
antes de retirarse a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueño
un trozo de meditación trans-urbana de más gusto para él que la más
entretenida y docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el
bullicio de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, la
canción que de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, el
cuchicheo de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del
robo perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; la
disputa entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas... por
otra parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible del
dormido sereno que bostezaba la horas como un reló 9 del sueño,
funcionando por misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las
puertas vidrieras de los cafés, por donde salían y entraban los
patriotas; el triste agasajo de las castañeras que se abrigaban con lo
que vendían tendiendo una mano helada para recibir los cuartos y otra
mano caliente para dar las castañas; las singulares sombras que hacían
las casas construidas sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otras
alargando un ángulo ruinoso sobre la vía pública; los caprichos de
claridad y tinieblas que formaban las luces de aceite encendidas por el
Ayuntamiento y que podían compararse a lágrimas vertidas por la noche
para ensuciar su manto negro; el peregrino efecto de la escarcha en las
calles empedradas, que parecían cubrirse de cristal esmerilado con
reflejos tristes; el mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie
se veía como una capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el
grandioso efecto de la helada, que en flechazos invisibles se desprendía
del cielo azul ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad
funesta de Enero; la consideración del frío general hecha dentro de una
caliente pañosa; el estrépito de la diligencia al entrar en la calle,
barquichuelo que navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los
perros, ahuyentando a los chiquillos y a los curiosos;... el buen paso
marcial de los soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto
del fusil; el coro sordo de los mercados al concluir las transacciones,
cuando se cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los
restos; el olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadas
puertas de las casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba
allá en lo profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual había
un nombre de mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un
cartel de toros, o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato,
o una retahíla de palabras groseras, o una luz mortecina indicando
posada, o un macho de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadrito
de vacas de leche, o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una
armadura de fuegos artificiales pregonando el arte de polvorista, o una
alambrera cubierta con un guiñapo, señal de la industria de prendería, o
una bacía de cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, y
otros muchos accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginas
vivas y reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio
de su casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de
Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto
en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le
veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda
y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se
detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos
vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y
entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.
Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,
compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo
lleno de castañas, como para calentarse las manos con él....
Avanzaron.... desaparecieron por una puerta.

Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombre
cojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados del
bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la
vendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo....
En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasar
por allí.



-IX-


El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de un
ligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarse
primero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se
ampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en
ella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de la
cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si
la devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo del
discurso.

--Cuanto más cerca veo el día--pensaba--, más indeciso y perplejo me
encuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, San
Ildefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mi
fe en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, conciencia
pura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que me
dice: «detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, por
ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad
o siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece más
cariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente....
Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esas
calles con babero y chichonera, ¿por qué vacilas, por qué temes?...
Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, de
inspiración divina.... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores.... ¡todo sea
por Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, oh
pierna?...

Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después de
decir «¡oh, pierna!» lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. A
la mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Lo
primero que leyó cuando le trajeron la _Gaceta_ fue el decreto
convocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la
princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio
mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel
notable suceso, dijo así:

--Para entonces, ya estaremos casados.... Es preciso fijar
definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo
quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que
entra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores,
y así estamos y así vivimos.

Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirse
achacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuenta
y ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritu
dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella
funesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de la
juventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo,
en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Con
las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron
los dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobre
señor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.

«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen las
Cortes y juran a la princesa, y yo no habrá soltado aún este grillete
que Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Dios
mío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma,
amenazada de correr demasiado y estrellarse?».

¡Y qué pesadas habrían sido las horas de aquella temporada, que él
llamaba su condena, si no las aligerasen con su cariño y con mil
solicitudes y ternezas las seis personas que él designaba con el
dulcísimo nombre de _la sacra familia_! Sola le cuidaba como podría
cuidarse a un niño enfermo, y de su cuenta corría todo lo relativo a
aquella dichosa pierna averiada que no se quería componer sino a medias.
Ella parecía haber robado a los ángeles de la medicina el delicado arte
del apósito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les veía
cerca de sí sin irritarse. Cumplida esta obligación suprema, la futura
esposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con la
diligencia de siempre, con más diligencia, si cabe, pues sin
sospecharlo, se había ido acostumbrando a considerarse partícipe de
aquel trono doméstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

Por las noches, la familia se reunía en el comedor, en torno del
patriarca claudicante. Doña Crucita, que se había dedicado a bordar
pájaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciosos
seres, y a veces el comedor parecía una selva americana, porque los
había de todos colores, y además mariposas y florecillas, todo inventado
por la señora que creaba las especies con su rica fantasía, de tal modo
que se viera muy perplejo Buffón ante tal maravilla. Este interesante
autor era leído algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores,
pues no había lectura más sabrosa que aquella para D. Benigno, después
de la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magnífica
descripción del caballo, la pintura del león, o la peregrina industria
de los castores. El mismo muchacho o su hermano solía leer también las
_Gacetas_ para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en
Hungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de España eran los que jamás
se sabían por _Gacetas_ ni papelotes, y era preciso recibirlos por el
vehículo del padre Alelí, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cada
vez más perturbado de caletre y más difuso de explicaderas. Por él
supieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia de
que su esposa quería abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantas
portuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar a
Isabelita. El mismo _Tío Engarza Credos_ les informó de que en una casa
de la calle de Belén había sido sorprendida una junta carlista y presos
todos los que la formaban. Si el interés político de las tertulias
corderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependía de las gracias
y atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua decía más que
si la tuviera toda entera, y ya recitara fábulas o romances, ya se
despachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propia
cosecha, hacía morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba por
enojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato,
libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortífero.

La tienda había sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo y
pariente suyo, y con esto quedó retirado absolutamente del comercio. Su
capital, si no muy grande, sólido como el que más, le aseguraba rentas
modestas y saneadas. Tenía vastos proyectos de ensanche y mejoramiento
en los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo para
trasladarse allá con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pensó era llegado el
momento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Habían
concluido de comer en paz y en gracia de Dios. D. Benigno, dejando que
Alelí se durmiera en el sillón del comedor y que Crucita hiciera lo
mismo en su cuarto, envió a los muchachos a la escuela, y a su cuarto a
Sola, entabló con ella una conversación de la cual es preciso no perder
punto ni coma.

--Querida Sola--le dijo--, tengo que dar a usted explicaciones acerca de un
hecho que le habrá sorprendido y que tal vez (y esto es lo que más
siento) habrá lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandísima sorpresa.

--El hecho es que, habiéndose resuelto desde que estuve en la Granja
todas las dificultades que se oponían a nuestro matrimonio, haya
aplazado yo varias veces desde aquella época un suceso tan lisonjero
para mí. Como usted podría sospechar que estos aplazamientos
significaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser su
marido, y como nada sería más contrario a la verdad que esa sospecha de
usted, tengo que explicarme, hija, tengo que revelar ciertos
pensamientos íntimos y ciertas cosillas.... ¿me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el héroe estar muy lleno de su asunto, como
dicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiese
preparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquel
memorable discurso.

--Pues bien, la causa de esta poca prisa... darémosle este nombre, que es
el que más le cuadra... ha sido cierto escrúpulo que me ha asaltado,
cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada en
vez de hacerla feliz, como es mi deseo.

--¡Desgraciada!--exclamó Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

--¡Oh! no apresurarse... falta mucho que decir. Estos escrúpulos y
temores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar los
extraordinarios méritos de la que elegí por esposa; son cosa pura y
exclusivamente mía. Ha llegado el momento de hablar con absoluta
franqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para mí. Pues
bien, hay una persona, un hombre, hija mía, que la aprecia a usted en lo
mucho que vale, que la conoce a usted desde su niñez, que la ha
protegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, ¿por qué no?
es amado de usted.... ¡Ah! querida Sola, hija mía, me parece que he
puesto el dedo en una llaga antigua de ese corazón sin par, hecho a
resistir y padecer como ninguno.... En su cara de usted veo....

Ella se había quedado pálida cual si tuviera por rostro una máscara de
cera, y miraba a su delantal, cuya punta tenía entre los dedos.

--Esa palidez--dijo D. Benigno conmovido--no indica en manera alguna que
usted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indica
que yo he despertado un sentimiento que dormía, ¿no es verdad?

La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver la
claridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrer
de una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose a
llorar, murmuró estas palabras:

--Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.

--Pero yo no he faltado, yo no he mentido...--balbució _Doña Sola y Monda_
entre suspiro y suspiro--. Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado
en mi corazón para no resucitar jamás.

--Lo sé, lo sé--dijo Cordero no menos turbado que su amiga--. ¡Oh! la voz
aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en mi
conciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempo
que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he
vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vivido
comparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisis
comparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el
hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que él es
extraordinariamente superior a mí.

--¡Oh! no, cien veces no--replicó Sola con energía--. Es todo lo contrario.

--No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco la
lógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si
bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡qué
superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la
persona!... Las cosas claritas.... ¿eh?... ¿por qué no se ha de decir
que él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías en
todo aquel que le trata, mientras yo...?

--Usted también, usted también--dijo Sola prontamente. D. Benigno movía la
cabeza con triste ademán.

--No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la
lógica--repitió--. Concedo que no sea yo enteramente antipático; pero
usted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en la
persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con
el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus
afectos, de su fuerza, de su vida toda.

--Según como se mire, según como se mire--dijo Sola arrebatada de
compasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

--¡Oh!--exclamó D. Benigno sonriendo--, por más que usted se empeñe en
echarme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hasta
el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus
preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas
bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me
conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente
peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de
algunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de una
mujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no son
floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado
precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace
por conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratará de
cualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión se
presentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudiera
preferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariño
antiguo en él y antiguo en usted.... Usted me lo ha revelado, diciéndome
con el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».

--Es cierto--replicó Sola--, y ahora, para que no quede en mi corazón ni un
fondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimo
tiempo, voy a confesarme con usted.... Delante de un sacerdote, delante
de Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted.... Si antes no hablé
de esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada.
Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el
olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión
renaciera y me atormentara otra vez.

Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables
rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de
hinojos.

--Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño de
echar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado--dijo
Cordero--, me lo reveló él mismo.

--Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndome
al amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de sus
beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.

--No se jactó. Adelante.

--Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como una
esclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; sus
palabras como el Evangelio.

--¿Y él?...

--Me trataba con consideración; pero....

--¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?

--Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

--Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con
algunas.... ¿Pero a usted jamás...?

--Jamás--dijo Sola ingenuamente--, quería a otras mujeres; pero a mí no me
quería.

D. Benigno se sonrió.

--¿Pero usted--dijo--, le quería desde entonces?...

--Me da vergüenza decirlo--replicó Sola--, por el desairado papel que hice:
pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

--¿Cómo?

--Todo lo que se puede querer a una persona--dijo ella, inclinando la
cabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración de
recuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitar
aquel estorbo y poder decir:

--¿Y siempre lo mismo?

--Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas,
dormida y despierta.

--¿Y cuando estaba ausente?

--Le quería más.

--¿Y cuando volvía?

--Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgracia
que me enviaba Dios.

--¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

--¡En otro hombre!--exclamó Sola como horrorizada--. Eso no, eso era
imposible.... Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario para
vivir, como el aire y la luz.

--¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima afición
que le tenía?

--¡Oh! no.... A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba no
sé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba mucha
vergüenza.

--¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!

--Casi siempre, sí; pero a veces era feliz.

--¿Cómo, criatura?

--Pensando tonterías... y echándome a discurrir que de pronto se le
antojaba quererme como yo le quería a él.

--¡Oh! barástolis--exclamó D. Benigno, cerrando el puño amenazador--, por
vida de.... Estoy indignado contra ese hombre, y bien merecía que usted
lo despreciara.... Si usted viene a mí entonces y me cuenta lo que le
pasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombre
y le cojo, y le digo: «Oiga usted, caballero...».

Sola no pudo menos de reír un poco, y dijo:

--No tenía usted más que hacerle daño para ser mi mayor enemigo. Pues
sí... que lo tomaba yo con poco tesón.... Ahora comprendo que era muy
extremada y que yo misma me recalentaba la imaginación noche y día, como
cuando se echa leña en un fuego que se teme ver apagado. Como no había
nadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a mí misma.
Yo me consolaba diciéndome tonterías y resignándome, pues las muchas
desgracias que he tenido desde niña y el verme siempre privada de todo
lo que más he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia,
muchísima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; pero
usándolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con él.... Yo
tenía... hasta mis alegrías, sí señor, alegrías a mi modo, ¡pues qué
sería de nuestra alivia si no tuviese medios de sacar alguna vez de sí
misma lo que los de fuera no quieren darle!... En fin, señor, así iba
pasando el tiempo, pasando, él ausente, yo sin esperanza. Me parece que
los días eran como unos velos que se corrían despacio, uno sobre otro, y
estos velos caían sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando y
oscureciendo lo que en ella había. Al cabo de cierto tiempo empecé a
verle... así como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo lo
que yo pensaba se interrumpió para dar lugar a otras cosas. A veces
perdía bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa de
algún sueño, de alguna conversación que me recordaba las cosas pasadas,
o por nada, por simpleza mía, volvía a sentirme atormentadísima, y me
parecía tenerle delante y oírle, ¡siempre tan cariñoso, siempre tan
bueno, pero siempre hermano!... En fin, aquellas recaídas... porque eran
como las recaídas de una enfermedad... pasaban también. Yo sentía que
iba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echaba
también a puñados, unas veces rezando, otras trabajando en demasía....
¡Ay! al fin me encontré triunfante, y si pudiera valerme de una
expresión rara....

--A ver, diga usted esa expresión rara, querida sepulturera.

--Pues diré que últimamente me paseaba sobre el grandísimo montón de
tierra que yo había echado sobre aquellas penas sepultadas.... Algunas
veces no iba segura, porque me parecía que sentía moverse debajo de mis
pies la tierra... pero yo, valiente como debía serlo, daba golpes con
los pies y todo se quedaba entonces quieto.... ¿Ve usted qué
pamplinas?...

--Siga usted--exclamó Cordero con la voz entrecortada--. Estoy lelo de
admiración.

--Pues en estas y otras cosas, llegué a tener conocimiento con una
persona que me manifestó tanto interés, tanta consideración.... Yo no
sabía cómo pagarle, y decía: «Es una desgracia para mí no tener algo de
gran valor que ofrecer a este hombre generoso». ¡Qué lejos estaba
entonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre había de
querer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba más a la
gratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaran
las obligaciones para poder esclavizarme más. Yo comprendí.... Dios y
mis desgracias me han dado alguna penetración... comprendí que mi buen
amigo había encontrado en esta pobre algunos méritos personales, y no
estaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco su
hija; quería llevar su generosidad hasta un extremo tal.... El
agradecimiento llenaba mi corazón; ¡qué regocijo me causa el agradecer y
el pagar, aunque sea con poco!... Yo acepté entonces los favores de mi
protector, y me dije que debía hacer todo lo posible por merecer el bien
inmenso que aquel hombre quería hacerme. ¡Ay! cómo luchó entonces por
arrancarme lo que aún restaba de lo pasado.... Aún quedaba algo: negarlo
sería mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una manera
dulce y lenta. Llegué a acostumbrarme a su compañía de tal modo, que si
esta me faltara, faltaríame lo principal de la vida. La idea de ser su
mujer se clavó en mí, echó raíces, y me prometí entonces a él sin
escrúpulo y con la conciencia serena. Mi corazón, reconquistado por mí,
podía ser ofrecido a quien mejor que nadie lo merecía. ¿Qué mejor dueño
podía desear que aquel hombre sin igual, por quien sentí además de la
gratitud un afecto tan grande, tan grande que no sé cómo expresarlo?

D. Benigno hacía los imposibles por impedir que las lágrimas salieran de
sus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma a
lo que Sola decía, ya estiraba los músculos de su cara, ya en fin ponía
diques al llanto queriendo convertirlo en benévola risa. Por último,
pudo más su emoción que su dignidad y se llevó la mano a los ojos.

--Reconozco con mucho gusto, con muchísimo gusto--dijo hablando con
turbación, pero sin llanto--, que al aceptar usted mis ofrecimientos lo
ha hecho con lealtad... sí, señora mía, lo reconozco... estoy
agradecido... yo no valgo nada... reconozco que usted, al responder
afirmativamente a mis ruegos, echó el último puñado de tierra sobre un
pasado triste; me ofreció su cariño y me consagró su persona toda, su
porvenir... yo lo agradezco... pero, pero... luego cambiaron las cosas,
se presentó a usted de improviso aquel sobre quien había caído tanta,
tantísima tierra....

--No--exclamó Sola enérgicamente, levantándose--. Nada puede alterar mi
resolución. Cuando apareció, ya yo no me pertenecía. Me considero tan
ligada por mi palabra antes como después de aquella visita, y no debo,
ni quiero... ni quiero, repito, volver atrás.

--No es posible que la presencia de ese señor lo fuera a usted
indiferente.

--Indiferente no; pero quien tanto ha luchado y tanto ha vencido, no
podía de ningún modo comprometer su victoria. Soy la misma ahora que
cuando fui por primera vez a los Cigarrales a pasar los mejores días de
mi vida.... La menor duda de usted sobre esto será para mí una ofensa.
Soy toda en cuerpo y alma del que miró a esta huérfana sola y abandonada
y tuvo la incomparable generosidad de querer hacerla su señora.

La actitud firme de Sola, la energía y la lealtad que en su semblante se
pintaban, como la expresión más propia y adecuada de su alma
hermosísima, tenían al buen Cordero sobrecogido de admiración, de
gratitud, de entusiasmo, de amor.

--Una sola palabra--añadió--una sola pregunta quiero hacer. Lo que usted
diga será para mí como declaración bajada del cielo y lo creeré, como se
cree en Dios.... Una palabrita nada más. Somos dos, dos hombres, el uno
joven, lleno de vida y salud, de inmejorable presencia, despejado, rico,
honrado, con innumerables prendas que aumentará la imaginación de la que
tanto supo amarle de niña; el otro viejo, enfermo, pesado....

--Pesado no--gritó Sola protestando con calor.

--Bueno, quitemos lo de pesado... enfermo, feo....

--En los hombres no hay fealdad.

--Enfermo--prosiguió Cordero contando por los dedos--, poco agraciado,
corto de vista, honrado sí, como el primero, de buen corazón.... En fin,
voy al objeto. Los dos quieren casarse con una tal Sola, y esto parece
fin de comedia. Una palabra de la dama va a decidir la cuestión, ¿a cuál
de los dos quiero por marido?

¡Oh! quién tuviera pincel para pintar aquel destello de verdad suprema
que brilló en los ojos de Sola, aquel gesto de heroína con que llevó la
mano al pecho y elevó al cielo los ojos, bella por la verdad, sublime
por lo que de abnegación había en el fondo de aquella verdad, y quién
pudiera expresar el acento suyo cuando pronunció estas palabras:

--¡Como Dios es mi padre celestial, así es verdad que quiero casarme con
el viejo!

D. Benigno no la había abrazado nunca. Aquel día la abrazó por primera
vez, y aquel abrazo bien valía por mil.



-X-


Contaba el padre Alelí, historiador desmemoriado y chocho, que aquella
noche estuvo D. Benigno durante seis horas seguidas sin moverse de su
asiento, con los ojos fijos en las puntas de los pies, y el puño en la
mejilla, y tal fue, añade, la duración de su éxtasis, cavilación o
modorra, que al dejar aquella actitud tenía marcadas las coyunturas en
los rojos mofletes de su cara, y el codo había dejado un hoyo
profundísimo en el cojinete del brazo del sillón. Pero nuestro buen
criterio no nos permite admitir ciegamente esta versión, y así reducimos
a tres las seis horas de que habla Alelí, el cual como Herodoto era muy
inclinado a exagerar y dar proporciones a lo que veía. Mejor sería aún,
reducir a una hora nada más el plazo de aquella perplejidad de nuestro
querido señor, y así lo haremos. Conste, pues, que meditó largo rato, y
que después apareció como ensimismado y lleno de confusiones. ¿No se
habían disipado sus recelos? Sin duda no. De su talante sólo puede
decirse que tan pronto parecía muy alegre como muy triste.

Al día siguiente muy temprano, después de un sueño ni profundo ni largo,
se levantó, y despachando a toda prisa el desayuno, salió y fue derecho
en busca de un sujeto que vivía en la calle del Duque de Alba, junto a
D. Felicísimo. Aquel era día de mala suerte para el de Boteros, porque
el individuo a quien buscaba había salido más temprano que de costumbre,
dejando dicho a sus criados que no le esperaran en todo el día.

--¡Barástolis y más que barástolis! ya podía haber esperado un poco.

--Si llega usted cinco minutos antes--dijo el criado--, le encuentra
bajando la escalera.

--Cinco minutos.... ¿y cómo había de llegar cinco minutos antes, hombre
de Dios? ¿No ve usted que soy cojo?... ¿no lo ve usted?

--No se incomode usted, caballero.

--¡Malaventurados los cojos--dijo el héroe para sí con tristeza--, porque
ellos llegaron siempre tarde!

El señor a quien D. Benigno buscaba con tanto empeño no estaba lejos de
su casa. Si Cordero, en vez de retroceder hacia la Merced y calle de
Carretas con ánimo de encontrarle, hubiera seguido hacia San Millán y la
calle de los Estudios, le habría de seguro hallado. Estaba frente a una
puerta de la citada calle, con la vista fija en un hombre y en un
caldero, en una mesilla forrada de latón, en un enorme perol de masa y
en un gancho. En el caldero que era grandísimo, ventrudo y negro, hervía
un mediano mar amarillo con burbujas que parecían gotas de ámbar
bailando sobre una superficie de oro.

Del líquido hirviente salía un chillón murmullo, como el reír de una
vieja, y del hogar o rescoldo, profundo son como el resuello de un
demonio. La llama extendía sus lenguas, que más bien parecían manos con
dedos de fuego y uñas de humo, las cuales acariciaban la convexidad del
cazuelón, y ora se escondían, ora se alargaban resbalando por el hollín.
El hombre que estaba junto al cazuelón y sobre él trabajaba, habría
pasado en otro país por prestidigitador o por mono, pues sólo estos
individuos podrían igualarle en la ligereza de sus brazos y blandura de
sus manos. En el espacio de pocos segundos metía la izquierda en el
cacharro de la masa, daba en ella un pellizco, sacaba un pedazo, que más
parecía piltrafa; estrujaba ligerísimamente aquella piltrafa, haciendo
entro sus dedos como un pequeño disco u oblea grande; arrojaba esto al
hervidero amarillo, y en el mismo instante, con una varilla que en la
mano tenía, agujereaba el disco, haciendo un movimiento circular como
quien traza signo cabalístico. Unos cuantos segundos más y el disco se
llenaba de viento y se convertía en aro. Con un brusco impulso de la
varilla echábalo fuera para empezar de nuevo la operación. No será
necesario decir que aquellos roscos amarillos, vidriados y tiesos como
vejigas eran buñuelos. Una mujer flaca, bigotuda, con parches en las
sienes, y las cejas como dos parches negros, se ocupaba en poner
ordenadamente los buñuelos y en espolvorearles azúcar con un cacharrillo
de lata, agujereado cual salvadera. La misma mujer de los parches era
quien vendía, cuando alguien compraba, ensartando las docenas de
buñuelos en juncos verdes que a la mano tenía.

El prestidigitador buñuelista era un hombre pequeño, antipático, tirando
a viejo. Sudaba tanto con aquel continuo y fatigoso ejercicio, que su
cara parecía haber estado en remojo poco antes. Para entretener el
fastidio canturreaba 10 esta copla:

          Reinará D Carlos
          con la Inquisición,
          cuando la naranja
          se vuelva limón.

Salvador reconoció la puerta de la casa que buscaba, y acercándose,
preguntó si vivía allí el señor Pedro López, por otro nombre Tablas.
Mientras el hombre se limpiaba el sudor, la hembra de los parches
contestó que sí. La tiendecita ahumada donde estaba el puesto de
buñuelos y aguardiente comunicábase con una lonja grande y espaciosa,
donde había espléndido comercio de carne y salchichería. Ambos
establecimientos eran, al parecer, de un mismo dueño: el pequeño tenía
una puerta a la calle y el grande dos.

--Es en la tienda de al lado--dijo el buñuelero sin urbanidad--; pero se
puede entrar por aquí. Pase usted, caballero.... Señá Nazaria, aquí
preguntan por usted.

          Cuando la naranja
          se vuelva limón.

Salvador penetró en la gran tienda donde podía admirarse todo lo más
hermoso y rico que producen las industrias de Montánchez y Candelario, y
si no hubiera freno para las comparaciones, si todo lo visible pudiese
entrar en el dominio del arte metafórico, bien podría llamarse a aquello
el palacio de las morcillas o el templo del jamón. Además de la
extraordinaria abundancia de lo que en el comercio se llama _género_,
cautivaba en tal sitio el buen orden y, si se quiere, la elegancia con
que todo estaba colocado y mostrando que había allí buen ojo y buena
mano para que lo destinado a complacer al estómago embelesase primero a
la vista. El techo era un portento, pues no parecía sino la convexidad
de admirable gruta adornada de estalactitas, de corales, madréporas y
raras especies de aquella parte del reino vegetal que con el mineral se
confunden. Fijándose en los jamones que colgaban de un barrote de hierro
y en las oscuras morcillas que les acompañaban, no se podía menos de
pensar en algún inmenso árbol de Jauja, que había metido allí una de sus
ramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan sabrosas como
picantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendían las
salchichas rojas como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,
y las sartas de chorizos se entremezclaban con los perniles,
acariciándolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna abajo
descendían en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos con
coraza de plata, los otros desnudos y tiesos como garrotes, en tal
número, que con ellos se podría armar un ejército, si los ejércitos se
batieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba el
peso de metal amarillo, que como el más fino oro de Arabia relucía, y de
unos ganchos que traían a la memoria las horcas alzadas por Chaperón en
la vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al despacho. Allí
era de ver la hercúlea fiereza con que un fornido inocentón manejaba el
hacha sobre el tajo, haciendo trizas a la víctima, que había sido un
inocentísimo carnero manchego, o benemérita vaca de la sierra de Gredos.
Insensible como un verdugo, había en él también algo de la estricta
equidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazos
de modo que resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido de
huesos y escrupuloso de piltrafas. El tajo era quizás el objeto que
menos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de la
tienda. ¿Quién nos asegura que no salió del mismo tronco de donde
sacaron el que sirvió para hacer justicia a los Comuneros? Cuando
nuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades ominosas acudían a su
mente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados al
hombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo del
hacha le parecían una página histórica.

Las pesas subían y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano en
mano iba pasando el sustento de todo el barrio, aquí pobre y esquilmado,
allá rico y sustancioso. Sobre la tabla caía una lluvia de cuartos
negros manchados de verde, y con la música que estos hacían, se
concordaba el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesar
dando sobre el platillo. La aguja de la balanza oscilaba constantemente
como un péndulo invertido. Cuando se distribuía una res, dividiéndose en
innumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas, se
descolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesos
causaría horror a los que no lo presenciaran todos los días. Entre el
murmullo se oía: «Señá Nazaria, péseme, bien, que soy parroquiana....
Señá Nazaria, córteme pierna de abajo.... Señá Nazaria, tenga conciencia
y vea que eso es cordilla para los gatos.... Señá Nazaria, el solomillo
limpio y mondo o no cobrado.... Señá Nazaria, tenga conciencia en las
chuletas».

Y señá Nazaria atendía a todos los términos de esta baraúnda,
demostrando actividad pasmosa, inteligencia múltiple y compleja. Unía al
talento para distribuir la grandeza de alma para conceder siempre un
poco más del peso. No era cicatera, pero cuando se creía engañada en el
dinero, hacía justicia pronta y seca. En cierta ocasión agarró un moño
como se podría coger una fruta, tiró de él y una copiosa cabellera negra
se le quedó en la mano, por lo que se dijo que en sus grandezas imitaba
a Julio César, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujer
alta y gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,
redondeada y bien compartida. Si era verdad que parecía haber absorbido
parte considerable de la infinita sustancia que en la tierra existe,
también lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que no
lo pesaban las mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojos
garzos y negros, su nariz basta y respingada, abierta descaradamente al
aire, como gran ventana, necesaria a la respiración de un grande y
profundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella nariz
modelada para el desparpajo, imponía miedo a los espectadores de su
cólera. Nazaria tenía la hermosura que por extraña amalgama de los tipos
humanos, hace simpático al descaro.

Lucía enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana como
relicarios, de modo que parecía llevar en cada oreja el pectoral de un
obispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los anillos que de
antiguo llevaba no se le podían sacar, porque su carne había crecido y
el oro no. Tenía treinta y tantos años y era viuda de un opulento
negociante de Candelario.

Por qué la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunos
decían que picaba mucho y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Se
podía ir a la tienda por verla despachar. También ella era
prestidigitadora como el de los buñuelos, y parecía que se le
multiplicaban milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contar
y devolver, todo sin dejar de charlar ni un solo momento. Enormes
calderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo del
mostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasa
las esmeraldas y los diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otras
veces aquellos dedos, en sangre tintos, ocupábanse en usos industriales
del género de Candelario; pero pronto recobraban su belleza revolcándose
en espuma de jabón y estrujándose en agua hasta quedar limpios como el
oro y finos como la seda. Así y todo se pirraban por dar una bofetada.



-XI-


--¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?

--¿Está ese Sr. Tablas?

--Perico querrá usted decir. Esta no es hora.

--Eso es, D. Pedro López.

--No tan arriba. Pique más bajo.

--¿Se le puede ver, sí o no?

--Creo que está durmiendo. Suba usted.... Eh, tú, Rumalda... ve con este
caballero.... Di a Perico que si no tiene vergüenza de dormir a estas
horas.

Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en la
tienda inmediata ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buñuelos.
La fisonomía de Romualda estaba de tal manera desvirtuada por la palidez
y por la suciedad, que no se podía decir si era fea o bonita. Igual
dificultad había para declararla niña o mujer, y así lo menos expuesto a
equivocaciones será decir que no tenía edad ninguna.

El fenómeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) echó a andar
delante de Salvador para guiarlo. Pero como el fenómeno cojeaba ninguno
de los dos podía ir a prisa. Tardaron algunos minutos en vencer la
escalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de la
conciencia de un asesino. Por decir algo durante el fastidio de tan
penosa ascensión, Salvador preguntó a su compañera si era de la familia
del Sr. Tablas.

--Es mi padre--replicó la cojuela.

--Pues no lo parece--dijo el caballero--. El Sr. Tablas y la señora Nazaria
están, según parece, en muy buena posición.

El fenómeno no dijo nada, y siguió subiendo. Parecía subir con un solo
pie. Al llegar arriba detúvose para tomar aliento. Sin duda no respiraba
más que con un pulmón.

--¿Se ha cansado usted, caballero?

--No tal... piso tercero. La escalera no es larga, y se subiría bien si
no fuese tan oscura.... Tú sí estás cansada. ¿Cuántas veces al día
subes?

El fenómeno se quedó pensando. Por último, dijo:

--Unas sesenta veces.

--Es buena renta, hija. Tres mil escalones diarios.

--Con poco más al cielo.

Romualda no dijo más, y entrando en la casa despertó a Pedro López, que
dor mía como un canto. Desde la sala en que esperaba entretenido en
contemplar las estampas de santos y toreros que cubrían las paredes, oyó
Salvador los gruñidos del atleta al ser arrancado de su dulce sueño por
la mano áspera y aceitosa del fenómeno. Oyó después imprecaciones y
desperezos, y luego una ronquísima voz que decía:

--Baja a la tienda y tráeme los cigarros que dejé en el cajón grande del
mostrador.

Poco después Tablas y Salvador se saludaban en la sala. Hablaron con
interés un largo rato, y al fin dijo López:

--Vámonos al café, y almorzando hablaremos de eso despacito. Aquí no se
puede hablar de nada. Nazaria es muy re-curiosa, y todo lo quiere saber.

Se fueron. En la escalera hallaron al fenómeno, que después de haber
subido para llevar los cigarros al Sr. Tablas, volvía a subir (¡oh
Cristo de la cruz acuestas!) en busca de la sal para un huevo frito que
se estaba comiendo la señora Nazaria.

Se comprenderá por este último y no insignificante detalle que la
hermosa carnicera había concluido el despacho de la mañana. Al fin podía
gozar algún descanso después de aquella espantosa brega de cortar,
pesar, cobrar y devolver, y en el rescoldo de la buñolería le aderezaba
la de los parches un ligero almuerzo. Detrás del mostrador ponía su mesa
Nazaria; se lavaba manos y brazos hasta el codo; quitábase aquel
horrible mandil que le sirviera poco antes, y acompañada de alguna
discreta amiga que de la próxima tienda de lienzos venía o de la mujer
del vinatero, restauraban sus fuerzas. Después solía tomar una
almohadilla con algo de costura, y a cada instante volvía la cabeza
hacia la otra tienda para decir:--«Rumalda, sube y tráeme el dedal...».
Más tarde:--«Rumalda, la seda negra que está en mi costurero...».

En la buñolería, que a eso de las diez apagó sus fuegos, estaba la de
los parches al frente de sus menguados despachillos de escarola, perejil
y lechugas. Romualda se comía un pedazo de pan, engañado con los restos
del almuerzo de Nazaria.

--Rumalda--dijo esta después de medio día--, sube y dile a Petrilla que no
ponga las perdices.

Y media hora después Romualda subió a preguntar si estaba la comida.
Siendo la respuesta negativa, volvió a subir para dar prisa, y cuando
Nazaria se remontó despacio a su alojamiento para comer y dormir la
siesta, el fenómeno bajó a buscar las tijeras que se habían quedado en
la tienda, y más tarde a decir al cortador que cerrara, y luego fue por
aceite a la lonja de la esquina.

La Pimentosa comió abundantemente, como solía hacerlo, y antes de dormir
la siesta mandó al fenómeno que bajase para ver si Tablas estaba en la
taberna de la calle de las Maldonadas. Malísimo humor tenía la señora
por aquella tardanza de su hombre, aunque acostumbrada estaba a tales
ausencias y a otras mayores. Del mal humor pasó a la furia, y después de
poner como ropa de pascuas a Petrilla, a la mujer de los parches, al
cortador, al lucero del alba, al Preste Juan de las Indias, al rey
David, miró a Romualda con dictatorial ceño.

--¿Y tú qué haces ahí, holgazana? ¿En dónde está la media?

El fenómeno respondió temblando que la media estaba abajo.... ¿pues
dónde había de estar?

--Pues correndito por ella.

Y se echó a dormir. Después de la siesta recibió varias visitas, a
saber: el respetable vinatero que venía con importantísimos chismes de
la vecindad; la inquilina del segundo, que era prestamista, con más
conchas que un galápago y más dinero que la Real Hacienda; una criada de
la señora de D. Pedro Rey que vino a traer recados de su ama, (pues
Nazaria era hija de una antigua sirvienta de los Rey), y el padre
Carantoña, de la orden de Predicadores, que algunas veces solía ir a la
casa para llevarse una cestilla repleta de ricos chorizos y butifarras,
con otras vituallas de consideración.

--Padre Carantoña--dijo Nazaria al despedir al fraile--. Hágame un favor.
Si ve a Rumaldilla en la tienda o jugando en la calle, dígale que suba.

Aquella tarde sintiose la insigne carnicera bastante molestada de la
dispepsia que padecía. Hallábase en disposición de abofetear a todo el
género humano, porque las malas digestiones exacerbaban su carácter
agrio y despótico. Desconfiando de los médicos, sólo se aplicaba
remedios que llamaremos populares, recomendados por las comadres de la
vecindad, los unos del orden supersticioso, los otros del género
terapéutico familiar; y como se los administraba todos a la vez o _in
solidum_, sin criterio, sin tino, la buena mujer estaba cada día peor.
Por eso aquella tarde, se oyeron muchas veces sus vehementes gritos de
mando: «--Rumalda, a la botica.--Rumalda, a casa de la tía Pistacha... que
te de aquellos polvos...».

En estos y otros lances, recibió una visita altamente honrosa. La sala
se llenó de negro, quiero decir que entró en ella el padre Gracián
acompañado de otro clérigo, no tan grande como Su Reverencia, pero
también bastante talludo. El padre Gracián era bien recibido en una y
otra parte y muy querido del vecindario de Madrid, porque a todas las
casas que se honraban con su presencia, y eran muchas (aunque él no
pecaba de pedigüeño ni de entrometido, como algunos individuos
monacales), llevaba siempre una misión desinteresada y evangélica. El
palacio del rico y el cuarto numerado del pobre abrían con igual amor
sus puertas a aquel enemigo del escándalo, a aquel trabajador incansable
de la viña del Señor, a aquel guerrero de la moral cristiana, a aquel
perseguidor de las malas costumbres. Hacía la propaganda de los
matrimonios leales y bien acordados, de las familias pacíficas; llevaba
por todas partes el pabellón de las reconciliaciones y de la paz;
perseguía sin tregua las irregularidades, los odios domésticos, los
amancebamientos, los desórdenes, y su mayor gloria era encarrilar un
marido extraviado, enderezar una esposa torcida, atraer un hijo pródigo,
ablandar a un padre cruel. No abandonaba ni un punto su arriesgado
puesto de combate enfrente de las baterías de Satanás, y exponía su
noble pecho a las burlas, a las injurias, a la mala interpretación, con
tal de defender el baluarte de Cristo en que asentaba su planta, y no
dejarse quitar un palmo de terreno, sino antes bien ganar al pecado
palmos, varas y leguas.

La Pimentosa se turbó al verle entrar. Ella, que no respetaba nada en el
mundo, respetaba al clérigo por un sentimiento natural adquirido desde
la cuna y, si se quiere, mamado con la leche. Ofreció una silla al Padre
y otra al Hermano que acompañaba al Padre.

--No, no me siento--dijo con áspera voz Gracián, blandiendo su sombrero de
teja, como si fuera un montante para cortar cabezas--; nos vamos
enseguida. Yo no vengo aquí como el padre Carantoña a tomar chocolate y
a recibir morcillas; vengo a arrojar una semilla fructífera en este
erial; vengo a arrojar una palabra en este desierto, con esperanza de
que alguna vez sea oída.... Me intereso por vosotros porque sois
pecadores. El sano no necesita de médico, el leproso sí. Conocí a la
señora Nazaria en casa de D. Pedro Rey, y allí supe su mala vida. Conocí
a López en casa de D. Felicísimo, y allí supe su extravío. Pues bien,
aquí vengo hoy con el mismo fin que me trajo la semana pasada; vengo a
deciros: «Casaos, casaos, casaos, que estáis perdiendo vuestras almas y
dando mal ejemplo». Soy misionero de Cristo, apóstol de gentiles, y veo
que no es preciso ir al Asia ni al África para encontrar salvajes.
Aquellos son mejores que vosotros, porque ellos son nacidos ciegos, y
vosotros, que nacisteis con vista, cerráis los ojos a la luz. Vuestra
unión ilícita es un pecado mortal para vosotros y un escándalo para los
fieles. Casaos, almas de cántaro, y vivid como Dios manda y la sociedad
desea.

En la cara de la Pimentosa parecían fluctuar batallando la cólera y el
respeto, y con turbada lengua se disculpó así:

--Bueno, ya lo sé.... ¡Caramba, qué trompeta de Padre!.. No soy sorda....
Yo bien sé que Su Reverencia habla con razón. Pero yo me voy a separar
de Tablas, yo reniego de Tablas, que es un holgazán, que me está
comiendo lo que gano y lo que heredé de mi difunto.

--Pues separaos, por la Virgen Santísima--dijo Gracián con más suaves
modos--. Si él es un borracho, un haragán y un libertino, váyase
enhoramala. Ayer lo calentó las orejas en casa del Sr. Carnicero. Pero
él no desea romper esta unión ilícita, sino casarse. Tiene buen fondo.
Decidid una cosa u otra; estáis llenos de pecados, vivís como fieras, no
como cristianos.

--Padre, por amor de Dios--dijo Nazaria aterrada por las palabras del
clérigo--. No me caliente la cabeza. Estoy esta tarde que si me acercan a
la lumbre, ardo. El mal que padezco....

--Sí, ya sé que padeces un mal insufrible. ¿Pero de qué proviene ese mal?
Proviene de tus infames vicios, de la glotonería primero, de la cólera
después y de otros grandes y deplorables pecados. Luego no quieres
atenerte a la medicina ni al dictamen de entendidos físicos, sino que te
entregas a la superstición. Has de saber que es ultrajar a Dios y a los
santos creer que con palitroques pasados por los pies de una imagen se
curan las enfermedades, y que el romero guisado al compás de un credo
sirve para hacer buen quilo. ¡Error, necedad, irreverencia,
sacrilegio!... No veo en esta casa más que escándalo y
profanación--añadió colérico, revolviendo sus ojos y mirando las estampas
que llenaban las paredes--. ¿Qué significan estos retratos de toreros
confundidos con los santos más venerables? ¿Qué significan esas muletas
y esos estoques, banderillas y puyas, colocadas en pabellón y como al
modo de ofrenda al pie de la Santísima Virgen? ¿Y esa cabeza de toro que
tiene pendiente de cada cuerno un Niño Jesús de alcorza?... Mujer
escandalosa, hasta en los adornos de esta casa se conoce que reinan aquí
la profanación, el escándalo y el vicio.

--Así tenía mi marido la casa--dijo Nazaria alzando su nariz provocativa,
por donde entró un chorro de aire que sonaba a resoplido de fragua.

--Bueno estaría también tu marido--dijo Gracián, haciendo un mohín de
escarnio--. Los sentimientos de la gente de esta casa se revelan hasta en
lo más insignificante. Pues si fuera a ocuparme de todo lo que hay aquí
de reprensible, ¿qué diría, señora Nazaria, qué diría de la bárbara
crudeza con que es tratada esa pobre niña, o mujer canija, hija del
señor Tablas?... Os tratáis como duques, y ella se confunde con los más
lastimosos pordioseros. ¿Qué tal? ¿Es esto cristiano, es esto honrado?
Pero donde no hay verdadera familia no puede haber sentimientos
humanitarios ni caridad. Casaos, casaos, reconciliaos con Dios y con la
Iglesia, no me cansará de decirlo. Si así lo hacéis, después todo se os
hará fácil. Salvad vuestra alma, y no contaminéis otras almas que aún
están puras. Curaos de vuestro daño, y así ninguno que esté próximo a
vosotros se contaminará de él.... Os amonesto por tercera vez, y os
amonestaré la cuarta y la quinta, porque yo, que he despreciado tantas
veces la muerte, ¿qué caso puedo hacer de vuestra resistencia? Nazaria,
vuelve en ti, oye mis consejos. Citando tu corazón de un grito, corre a
la iglesia, no te detengas. Me hallarás en mi confesionario. Adiós.

Sin hacer reverencia alguna, impávido, formidable, como el guerrero que
ha cumplido su deber en lo más recio de un combate, salió seguido del
Hermano. Cuando bajaba la escalera, Tablas subía.



-XII-


Abrió el gigante la puerta de la sala donde su giganta estaba, y antes
de entrar echó en redondo una mirada recelosa, bajando la barba al pecho
y escondiendo los ojos bajo las negras cejas. La amenazadora expresión
de su ceño, la prominencia de su frente abultada y aquel mirar hosco
daban a su cabeza semejanza con la espantable testa del toro jarameño
cuando aparece en el circo, y reconoce con su mirar de fuego el ansioso
público, y parece que él mismo, antes de empezar la lidia, se espanta de
la barbarie que se prepara.

La nariz de Nazaria se infló hasta no poder más. En aquellos momentos
necesitaba mucho aire. Tablas dio algunos pasos hacia ella, y echándose
ambas manos a la estrecha cintura, se meneó a un lado y otro como muñeco
de goma, y escupió estas palabras:

--¡Cristo!... si habré dicho alguna vez que no quiero clerigones en
casa.... ¿Por qué los has recibido?

Pimentosa echó mano de un abanico y replicó así:

--Porque me ha dado la real gana.... En paz.

--En guerra.... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el
balcón... y tú detrás.

--¡Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba
el mundo.

--¿Qué buscaban esos pillos?

--El pillo eres tú... salvaje. ¡Tanto rezar rosarios en casa de D.
Felicísimo, y llama pillos a los señores sacerdotes!...

--¿A qué venían?

--A lo que nos ha dado la gana.

--Vamos, vamos--dijo Tablas contoneándose otra vez--, que hoy estoy tan
bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.

--Lo que a ti te sale es el aguardiente que has bebido.

--¡Nazaria!...

--Úrgame tanto así, y verás lo que es canela.

--¡Nazaria!...

--¿En dónde has estado hoy? dilo pronto--gritó la Pimentosa hablando a
borbotones--. ¿Quién es ese _futraque_ que vino a buscarte?

--A ti no te importa eso.... Toma varas con los sayos negros y déjame a
mí.

--¡Borracho!

--¡Pues y tú!..--exclamó Tablas, mascando su cólera--. Vamos, no quiero
incomodarme.... ¿Por qué has recibido a los clérigos?

--Porque es mi santa voluntad. Soy reina de mi casa.

--Reinita nada menos....

Tablas miró a un palo que en el rincón de la sala había, y que sin duda
iba a intervenir como tercer personaje en aquella escena.

--Sí, reina soy y ama de todo--bramó Nazaria pálida y furiosa, extendiendo
los brazos--. Mío es el pan que comes, mía la ropa que vistes, mío el
tabaco que fumas, y mías las copas, las copas....

No pudo decir más porque la ahogó la tos. Su abultado seno trepidaba
saltando, como vejiga de payaso.

--Todo es de la señora, já, já...--dijo grotescamente López queriendo
tornar en burlas afirmación que tanto le humillaba--. Después hablaremos
de eso; pero ahora, dígame la reina por qué estaban aquí otra vez los
sacripantes negros.

--Porque yo les llamó ¿estamos?... porque me gusta el sermón y quise dar
para las ánimas.

--¡_Anima mea_!... Cristo.... Con que hay _pedriques_ en mi casa.... Pues
mira yo te voy a dar la _Extrema_. ¿No te pido el cuerpo _hinsopo_?...
Pues verás.

Volvió a mirar el palo, que ya estaba, como si dijéramos, al paño,
esperando el momento de salir al escenario.

--Ladrón, si te mueves, te como...--gritó Nazaria en voz tan imponente,
que Tablas, ya en camino de traer al tercer personaje, se detuvo en
medio de la sala--. Ponte en la puerta de la calle ahora mismo, holgazán,
gorrón, que el pan que me has comido, mejor habría sido echarlo a los
perros.... ¿Pues no te contentas con gastarme mi dinero y arruinarme la
casa, sino que me amenazas?... ¡Por vida del arpa del tío David, yo
tenía más dinero y más _comenencia_ que cuatro reyes, y tú me has
llenado de trampas! Por ti y tus vicios estoy empeñada en más miles que
pesas, trapalón, y cuando toquen a embargar, la viuda de Peribáñez el de
Candelario tendrá que ponerse al buñuelo, a la castaña, al aguardiente o
al mondongo.... Sacados te vea yo los ojos, hi de mujer mala. Dime,
calzonazos, ¿en dónde están mis alhajas qué daban envidia a las de la
Pilarica en Zaragoza? ¿en dónde están mis cuatro mantones de Manila que
parecía que los habían bordado ángeles con manos de rosa?... ¡Ah! ¿dónde
ha de estar todo aquel tesoro? En _Peñíscola_, para que el señor beba,
para que el señor monte a caballo y vaya a derribar vacas, para que el
muy mamarracho convide a los gorrones y tenga mozas.... Ea, fuera
espantajos. Por aquella puerta se va a la calle....

--¿Sabes lo que te digo?... pues que eres una cotorra charlatana y hay
que cortarte el pescuezo.

--¿Sabes lo que te digo? pues que a otros de más hígados que tú los he
tendido yo de un soplamocos. Mejor tuvieras vergüenza y fueras persona
decente como yo. ¿En dónde pasas las noches?... ¿en qué gastas el
dinero?... Y luego viene diciendo el bobo que se trata con esos señores
de política, y que está armando un gatuperio como el de los tiempos en
que cayó la Mamancia.... ¿Qué entiendes tú de eso, cafre, si andas en
dos pies porque al Señor se le olvidó hacerte la cruz en el lomo?...
Mira que no se ha acabado la madera de que hicieron las horcas en la
plazuela. Allá te quisiera ver colgado como una butifarra para ir a
tirarte de las piernazas y verte haciendo más visajes que un cómico con
hambre. ¡Política el señor Tragacantos! ¿De cuándo acá tenemos esas
sabidurías? Lo que tú harás será engañar al pobre D. Felicísimo que te
dio la primer bazofia que comiste en el mundo, y venderle a los masones,
contándoles lo que pasa en su casa. ¡Ah! bribonazo, si creerás embobarme
a mí, que conozco tus mañas y sé dónde te aprieta la herradura.

--¡Ah!... ¡re-sangre! si digo que voy a echar al gato esa
lengüecita...--dijo Tablas abalanzando sus pesadas manos hacia la cara de
la Pimentosa.

--Quita allá esas aspas de molino--replicó ella rechazando con
extraordinaria energía las manos de su hombre.

--Maldita sea la hora....

Bramando así con insensata ira, Tablas hizo un gesto, o instantáneamente
enganchó en su garra el moño negro de la giganta. La giganta rugió como
una leona, levantose, hubo formidable choque de cuerpos y cruzamiento
horrible de brazos tiesos. Se balancearon, se oyó un doble gemido y un
estertor siniestro, señal de violentos esfuerzos. Pero la gigantona
logró desasirse, blandió sus fornidos brazos, echó un temporal por su
nariz, y rápida como el pensamiento, dio un salto, dos, tres. El piso
temblaba como si pasara un carro. Nazaria llegó a una mesa y cogió un
objeto voluminoso que encima de ella había. ¿Qué era aquello? Era una
urna de madera y cristal, alta de tres cuartas. Dentro de ella había una
virgen de los Dolores, y encima un toro de yeso, dos toreros, un niño
Jesús, una enormísima moña. Alzó en sus manos la mujerona todo aquel
catafalco religioso-taurino, y en menos tiempo del que se necesita para
pensarlo, cayó todo con estrépito formidable sobre la cabeza de Tablas.
La increpación o voz felina que este lanzó al recibir el golpe no es
para descrita. Los vidrios rotos sobre su cráneo rasgaron su frente. Sin
sentir manar la sangre corrió en busca del palo; pero antes de llegar,
ya se le interpuso la Pimentosa con una silla enarbolada en ambas manos.
El gigante tomó otra silla. Se detuvieron un momento mirándose cara a
cara; echándose mutuamente su ardiente resuello y cruzando los rayos de
sus ojos llenos de ira. De repente la giganta soltó el mueble; había
tenido una idea feliz, salvadora. Dio un paso atrás, revolvió en su
cesto de costura, sacó una navaja enorme, y corriendo en seguimiento del
gigante, que retrocedía espantado, exclamó con bramido:

--Te degüello....

Entraron algunos vecinos, para quienes no era nuevo aquel laberinto,
aunque hasta entonces no había ocurrido pendencia tan ruidosa en casa de
Nazaria; entró también Romualda dando gritos, y todos se dedicaron a la
grande obra de la pacificación. Cada contendiente se vio rodeado de un
grupo y oyó las exhortaciones más razonables. ¡Cosa extraordinaria! El
primero en quien se notaron síntomas de aplacamiento fue el descalabrado
López, el ofendido de palabra y de obra. Gruñendo como un mastín
apaleado, dijo que él no quería perderse, que era demasiado hombre de
bien para perderse, y que no había mujer alguna en el mundo merecedora
de que se perdiera por ella un hombre. Nazaria no decía nada, pero con
los resoplidos mostraba el desfogamiento de su cólera que parecía salir
en mangas de aire desalojando el henchido seno. La navaja yacía en el
suelo junto a los restos de lo que fue urna y a los pedacitos de toro de
yeso que, pisados en la contienda, manchaban de blanco la fina estera.

--¡Y está sangrando el canalla!--dijo la Pimentosa lanzando de su boca
esas chispas de risa que saltan entre las llamas de la ira iluminando el
rostro--. Parece un _Decehomo_.

--No es nada, no es nada--dijo Tablas llevándose a la frente un pañuelo
que le dio el fenómeno.

--Rumalda--gritó la giganta--, baja y trae un poco de vino y aceite.

Viendo que la furia de uno y otro se aplacaba poco a poco, los vecinos
se fueron retirando.

--Se incomoda uno por cualquier majadería--murmuró López, dejando que
Nazaria le aplicase el pañuelo a la frente--. Cuando uno va a reparar ya
ha hecho una barbaridad... y hombre perdido.

--Le hablan a una con malos modos, y a una se le sube la mostaza a la
nariz, y allá te vas lengua.

--Y gracias que uno es prudente y sabe las mañas de la fiera y le para
los pies...--dijo López queriendo dar explicaciones de su cobardía.

--Y si a una le preguntaran con buen modo lo que buscaban los padres
caras, una contestaría que venían a sus _pedriques_, y en paz. Pero se
incomoda la gente por una palabra.... Hay lenguas que tiran coces.... No
se puede remediar....

--Yo soy un ángel; pero cuando me solicitan, embisto. ¡Qué genio me ha
dado Dios! Yo mismo me tengo miedo a veces.... Rumalda....

Rumalda había llegado con el aceite y con el vino, y Nazaria aprontaba
el remedio que reclama toda cabeza sobre la cual se ha hecho pedazos una
urna.

--Rumalda, no tengo tabaco--dijo el atleta--; bájate al estanco... pronto,
chica.... Pues como iba diciendo, si a un hombre como yo, que es todo
pólvora, se le hubiera preguntado con decencia dónde había pasado el día
y qué negocios traía con el _futraque_, el hombre habría contestado como
un caballero. ¡Si aquí no hay misterio...! Que un señor, a quien conocí
en casa de D. Felicísimo, viene a buscarme y me dice: «Sr. López, me va
usted a hacer un favor muy grande.--Usted disponga, señor mío...--Pues
hace dos meses, la policía registró una casa de la calle de Belén, donde
se reunían unos cuantos partidarios de D. Carlos. La policía fue
sobornada en aquella ocasión y no prendió a nadie. Pero el Gobierno ha
cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvió la policía
a registrar la casa de la calle de Belén, y pescó a cinco sujetos, y les
puso en la cárcel de Villa.--De lo cual me alegro, Sr. D. Salvador.--Pues
mire usted, Sr. Tablas, yo vengo a que usted me haga el favor de
proporcionar a uno de esos cinco sujetos los medios de fugarse, porque
corre el run run de que les van a fusilar.--¿Es pariente de usted?--Sí
señor. ¿Usted ha estado empleado en la cárcel de Villa?--Sí señor.--Usted
favoreció la escapatoria de Olózaga.--Sí, señor.--Usted podrá hacer ahora
otro tanto.--Sí señor.--Pues es preciso hacerlo.--¿Cuánto vamos
ganando?--Tanto.--Es poco.--Pues cuanto.--Nos arreglaremos.--¿Quién es el
sujeto?--Pues es Fulano de Tal.--Adelante, empezaremos a trabajar hoy
mismo. Vamos al café y a la taberna; hablaremos con los chicos de la
cárcel...». Total, que hemos estado todo el día inventando diabluras, y
luego fuimos a casa de don Felicísimo, que también está empeñado en
poner en salvo a ese preso. Y de unos y de otros he de sacar metal,
mujer, mucho metal, para desempeñar lo que hemos empeñado, y quitar
trampas... fuera trampas, venga acá dinerazo de la gente carlina, y
juntándolo con el dinerito de la gente masona, verás como nuestra
hacienda se pone otra vez de pie....

La reconciliación era ya segura, y los endurecidos ánimos se ablandaban
rápidamente al calor de la confianza. La idea de que Tablas ganase algún
dinero, idea novísima y extravagante, produjo en el espíritu de Nazaria
benéfica y reparadora reacción. Aunque no era tonta, se dejaba alucinar
fácilmente por risueñas quimeras, como persona crédula y sin experiencia
que había vivido siempre en el mayor desorden moral y económico, y ya le
parecía estar viendo las talegas que entraban por la puerta, ganadas en
la explotación de toda aquella caterva política que ya se llamaba
carlina ya masónica. Tablas había derrochado sumas relativamente
considerables. Si ahora traía a la casa otras sumas mayores, se trocaba
de libertino y perdido en el hombre más allegador y apersonado de todo
el barrio. ¡Bien, re-Cristo! Nazaria, que juntamente con la fiereza
tenía la inocencia de la bestia cornúpeta a quien tan fácilmente engaña
un vil trapo rojo, se calmó y sintió dolor muy vivo de haber ofendido a
su gigante. Así procede siempre, pasando de salvajes cóleras a
vergonzosas condescendencias, toda esa gente desalmada, ignorante y tan
incapaz de calcular sus intereses como de refrenar sus pasiones.

Se reconciliaron. El aceite juntó su pringosa suavidad con la acritud
astringente del vino, y batidos y juntados sellaron el pacto, cuando los
dedos gordezuelos de Nazaria vendaban aquella frente merecedora del yugo
para tirar de un arado.

Dignos de lástima eran aquellos dos seres, pertenecientes a la clase más
numerosa y más compleja del país, por la confusión de vicios y virtudes
que en ella había; pero Nazaria merecía más que su cómplice la
compasión, porque valía un poco más, valiendo muy poco. En ella la
barbarie y la tosquedad eran tales, que ahogaban los sentimientos
generosos que a veces brotaban en su corazón cual hierbecilla en la
grieta húmeda. Una religiosidad sonora y supersticiosa no bastaba a
suplir en ella la falta absoluta de luces y de ideas morales. Vivía en
el escándalo, sostenida por el ejemplo de otros escándalos mayores, y
aunque alguna vez nacía y se agitaba en su alma como un misterioso
prurito del bien, una especie de adivinación que ella no podía precisar,
eran tales las exigencias de la naturaleza en ella, que no podía, ni en
pensamiento, separar su persona de la persona de aquel monstruo.
¡Irresistible atracción la de un gigante que ni era listo, ni simpático,
ni noble, ni siquiera guapo! Tan grande es la miseria humana, que allí
donde aparentemente no hay cualidades que sirvan de base a un verdadero
amor, suelen encontrar alguna las gigantas fogosas como la hermosa viuda
de Peribáñez.



-XIII-


¡Qué lejos estaba el excelente padre Gracián de que su exhortación moral
había motivado una reyerta que pudo ser drama sangriento! Él se retiró
aquella tarde muy satisfecho después de haber predicado la unión, la
concordia y la paz matrimonial en otras dos o tres casas. Al entrar en
su celda pensó que el día había sido fecundo en resultados evangélicos,
y que con muchas batallas semejantes, pronto había de verse el Enemigo
muy mal y acorralado en las últimas trincheras del pecado.

Antes de dormir, consagró dos horas al estudio y a la ciencia de que era
maestro en las aulas del Colegio Imperial, la profunda y enmarañada
Ética. Después oró y meditó por espacio de otras dos horas largas,
puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo.
Lejos de haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadores
atienden al sibaritismo de los pies, era la dureza misma combinada con
la frialdad, para que la mortificación fuese conforme a la implacable
saña con que varón tan santo trataba a su carne miserable. Allí no habla
alfombra, ni estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa de
tierra, rojiza extendida sobre los ladrillos, la cual era traída de la
cueva de San Ignacio en Manresa y servía para producir en el espíritu
del clérigo la piadosa ilusión de que en la misma santa cueva estaba.
Últimamente había repartido entre sus buenos amigotes tantas
porcioncillas de aquella bendita y quizás milagrosa arcilla, que la
celda se iba quedando limpia, y por varias partes pedía algunos
escobazos que la acabaran de limpiar. Lo demás de la reducida estancia
era insignificante y revelaba la humildad y el estudio, cosas en verdad
que fraternizan perfectamente.

El jesuita durmió después de estudiar y de mortificarse, y abandonó de
madrugada el lecho. Rezó, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lo
largas, eran muy elogiadas entre las personas piadosas de aquel populoso
barrio) y después entró en su cátedra, seguido de muchedumbre de
escolares. Esto se repetía diariamente, mes tras mes, año tras año. En
sus explicaciones filosóficas, Gracián realizaba el prodigio de volver
claro lo oscuro y de hacer ver las honduras de aquella ciencia,
iluminando la superficie con la luz de un método admirable y de un decir
ameno. Sus discípulos le querían por todo extremo, y era uno de esos
maestros siempre preferidos y siempre elogiados que hacen amable el
estudio. En las horas de recreo veíase rodeado de enjambre de
colegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultar
con el Padre puntos oscuros de la conferencia señalada, y platicar sobre
cualquier tema de humanidades o teología, pues en todo ello y aun en
otra clase de sabidurías era muy versado el bendito clérigo.

En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín,
incluso el latín mismo, y era de ver la gran confusión en que caía un
alumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija con sus reglas
escritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Poco
a poco iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanza
adoptado por la Compañía, y acostumbrándose al manejo del Calepino para
los significados castellanos, y del _Thesaurus_ para la operación
inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio
Nepote. Las lecciones se daban en latín, y para que los chicos se
familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber
divino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en sus
conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad
macarrónica, que ha producido inmenso centón de chistes, y hasta algunas
piezas literarias, que no carecen de mérito, como la _Metrificatio
invectivalis_ de Iriarte y las sátiras políticas que se han hecho
después. Si Horacio y Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido de
sus tumbas para oír como hablaban los malditos chicos del Colegio
Imperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos dignos
sujetos a cada instante se oía: _Quantas habeo ganas manducandi!...
Carissime, hodie castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando),
propter charlationen meam.... ¡Eheu, paupérrime! ¿Ibis in calabozum?...
Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas
barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam
frioleritam._

El que así se expresaba era un muchacho despiertísimo, nombrado Calisto
Rodríguez, aunque en el colegio, sin dada por lo diminuto de su persona
y por su inquietud de ardilla, nadie le llamaba sino Don Rodriguín. Era
tan bizco que, al mirar, un ojo se le metía detrás del otro, como
malicioso flechero, que se esconde para hacer mejor la puntería de su
dardo. Su travesura y charlatanismo daban no poco que hacer a los
Padres, y si adelantaba en sus estudios era más bien por sus brillantes
dotes que por su aplicación. El estrabismo daba chocarrera gracia a su
rostro, y con el bonete terciado, como solía llevarlo, parecía un
diablillo enmascarado de clérigo. Alborotaba mucho en las horas de
recreo; sublevaba las masas escolares en las de estudio, y a pesar de
pertenecer a una familia rabiosamente carlina, en la cual había muchos
canónigos, frailes y hasta un obispo, sus inclinaciones eclesiásticas no
eran muy decididas.

Por jácara, más que por espíritu de erudición, D. Rodriguín se había
prohibido en absoluto la lengua castellana, y hasta las frases más
familiares y las más insignificantes expresiones las latinizaba con
zandunga, entremezclando siempre en su charla trozos de los clásicos y
fragmentos de verso y prosa, vinieran o no a cuento. Así, cuando se
escabullía de la sala de estudio para ir a fumar un cigarro a
hurtadillas, decía: _Eo in chupatorium, procul negotiis_. El
_chupatorio_ era un rinconcillo del claustro alto, que daba al patio, y
recibió este nombre por ser lugar a propósito para echar una fumada sin
ser visto de los Padres. Para anunciar a sus compañeros en la sala de
estudio que venía el Padre Fernández, varón pesado cuyos pies de plomo
hacían temblar el pavimento, decía: _Cavete Ferdinandum.... Ecce
draco.... Exaudite... quatit ungula campum_. En las horas de recreo, en
el claustro bajo, no perdía ripio para motejar a los condiscípulos, y si
algún extraño entraba en la casa para hablar con los jesuitas, Grijalva
le había de echar su latín correspondiente, _verbi gratia_:

«_Videte Piaonem ad petendum Gratianum... arcades ambo_».

El bueno de D. Juan iba muchas tardes en busca del Padre Gracián para
conferenciar con él de los últimos obstáculos que convenía allanar para
casarse con Micaelita.

Hablando de la tierra con que el profesor de Ética alfombraba su celda,
decía el estudiante: «_Sunt quos pulverum manresianum collegisse
jurat_».

Durante las partidas de pelota, a que era muy aficionado, se le oía
constantemente: «_Bene... fortiter.... Italiam contra... ego valeo....
amen dico... vobis... fuerunt vel fuere... pasce capellas_».

Era el capitán de todas las fechorías perpetradas en el colegio, de
noche, burlando la vigilancia de los Padres, bien para hacer un escalo
en la despensa y proveerse de víveres, bien para efectuar un bromazo,
eligiendo por víctima a un desdichado novato sin experiencia. Si alguna
tarde lograba escaparse y subir a las boardillas, se entretenía en tirar
cáscaras de nueces a los balcones de Nazaria que fronteros de la fachada
del colegio estaban, o en disparar peladillas contra la cojuela, que
solía sentarse por las tardes en la puerta de la carnecería, _templum
mantecationis_.

Otras muchas barrabasadas hacía para matar el fastidio y hacerse
aplaudir de sus compañeros, pues le gustaba, como a todos los traviesos,
oír los encomios de sus atrevimientos. Pero su mayor lucimiento provino
de una memorable invención suya, con la cual alcanzó aplausos y
lisonjas, que traspasando el círculo del colegio, llegaron al público.
Fue que compuso un _Discurso apologético macarrónico_ sobre un suceso
público de la más alta importancia en aquellos días, y lo hizo con tan
gracioso desparpajo, tanta donosura en los disparates, tan grande
agudeza en lo descriptivo y tan furibunda intención en la sátira
personal, que la composición produjo en el colegio un verdadero
escándalo.

Habiendo enfermado D. Rodriguín a principios de Junio, su familia le
sacó del colegio. Restablecido en un par de semanas, no quiso volver a
la clausura hasta no presenciar las grandiosas ceremonias de la jura de
la Princesa Isabel, y las alegres fiestas de los tres días que siguieron
al 20. Todo lo vio y en todo metió las narices el bullicioso estudiante,
desde la imponente función de San Jerónimo, hasta la justa de los
maestrantes fuera de la puerta de Alcalá; desde la fiesta nacional de
toros con caballeros en plaza, en la Mayor, hasta el simulacro militar.
Cansado de tanto correr, durante los tres días, entró en el colegio,
tomó la pluma, y enjaretó su famoso _Discurso apologético macarrónico_.
A medida que iba escribiéndolo, leía trozos de él en los corrillos de
estudiantes, y bien pronto la fama de aquellos graciosos dislates se
extendió por San Isidro, llegó a oídos de los Padres, y estos pidieron
el manuscrito 11. Negolo y no quiso darlo D. Rodriguín por temor a una
reprimenda; pero como ya los escolares amigos del autor habían sacado
varias copias, facilitaron una al Padre Fernández (_vel a Ferdinando_),
el cual se regocijó mucho con la lectura. Enterados los demás jesuitas
se rieron en coro y a todo trapo, porque además de las chuscadas de la
forma, había en el discurso una intención satírica que les agradaba en
extremo. Don Rodriguín no fue castigado por su travesura latinizante;
entregó a los Padres el manuscrito original donde se conservaba, según
dijo, toda la pureza clásica del texto, libre de los múltiples errores
de las copias, y gozó extraordinariamente con su triunfo literario.

Es lástima que no podamos dar a conocer en toda su extensión esta obra,
que uno a sus gracias, el mérito de ser un precioso documento histórico,
pues en ella está descrito con detalles mil el solemnísimo acto de la
jura, y narradas las fiestas con que la monarquía quiso hacer memorable
aquel suceso. Los personajes todos de la época, retratados en
caricatura, dan mayor realce al discurso, y la intención perversa que en
cada comentario campea, pinta el espíritu de un bando político que era
en aquellos días, si no la mayoría, parte grande y granada de la Nación
española. En la imposibilidad de transcribir la composición entera,
daremos cuenta de ella según el arte y modo de la crítica ligera,
haciendo resaltar algunas de sus caprichosas donosuras, y callando mucho
de lo que contiene, por ser materia vedada a la publicidad.

Empezaba describiendo la comitiva que salió del palacio de San Juan para
San Jerónimo, el aspecto de este templo, la corte y su servidumbre, los
obispos, los procuradores de las ciudades con voto en Cortes y los
treinta títulos de Castilla que representaban la nobleza del reino.
Luego venía el _Magister ceremoniarum_, el _Indiarum Patriarca_, el
duque de Medinaceli (_Coelico-Metinensi dux_) presidiendo a los
nobles.... «_Concurrebant cortesani frailesque_, decía el texto,
_milites cum morrione atque canonici cum piporro. Turbamulta sequebat
guardiarum Corporis cum ban doleris, et damarum caterva inter mayordomos
miscuebatur_». Pintando al Rey, que en su trono presidía el acto, se
expresaba Rodriguín en estos irrespetuosos términos: «_Regium estafermum
in throno posuerunt. Inmovilis tanquam sacus furfuris lascivis oculis
circunspicebat danarum pectorem quasi nudum et caritas guapas_». A
Cristina y demás familia la nombraba en términos más irreverentes aún.
«_Venus Partenopea, graciositer fecebat perendengues inter caballeritos,
dum tenera Isabella pendebat a nodrizae_ _mamellis. Dominus
Francisquitus cum Carlota ejus sedebat in aureo rincone. ¡Oh quantum
erat inflammata Carlota propter vinum!_».

_Conticuere omnes_, decía al narrar la ceremonia, y luego contaba cómo
había jurado D. Francisco poniéndose de rodillas y extendiendo la mano
sobre el crucifijo; cómo le había abrazado el Rey, cómo había el Infante
besado la mano de Cristina y de la Princesa. Al llegar aquí lanzaba el
autor una larga epifonema y luego ariadía: _Sic itur ad astra_.

Describía el desfilar de los Procuradores, obispos y grandes, que uno
tras otro se adelantaban lentamente para jurar, _sicut recua_, y en el
párrafo siguiente ponía la salida pública de la corte desde San Jerónimo
hasta Palacio. _Cum repeto diem_, exclamaba parodiando a Ovidio,
_agitantur in manibus castañuelae meis_. La famosa función de toros con
caballeros en plaza, espectáculo nuevo en Madrid por aquel tiempo, era
tratada por D. Rodriguín con la amplitud que el caso merecía. No se
libraron de sus dardos los caballeros rejoneadores, ni las damas que les
apadrinaron, ni los alcaldes de Corte que dirigían la fiesta. No se dejó
en el tintero ninguna de las partes de la fiesta, y en toda su charla
macarrónica se veía claramente la idea de representar en el pobre toro
aburrido y pinchado por todas partes al partido cristino, de quien daban
cuenta al fin, rematándolo, los apostólicos, representados en el
simbólico circo por espadas, picadores y puntilleros. _Plaudite cives_,
decía al fin, _et ruant masones, turba mentecatorum_. Concluía este
párrafo diciendo que pronto empezaría la corrida en los campos de
batalla, y exclamaba: _Cedant cornu armae_.

No nos ocuparemos del resto de la composición porque su contenido es
demasiado extenso y quizás harto desenfadado. Para completar su obra, el
pícaro estudiante satirizó también al Comisario de Cruzada, Sr. Varela,
_plena cruoris hirudo_ (sanguijuela llena de sangre), que hizo
cuantiosos donativos a los pobres para celebrar la jura; también flageló
al general Castaños, nombrado duque de Bailén, y a todos los demás que
recibieron mercedes en aquellos días. Y amenazándoles les decía en el
último delirio macarrónico: _Jam vobis dicabitur misis_, ya os lo dirán
de misas.



-XIV-


No marchaba muy bien el negocio que Salvador entre manos traía, porque
la vigilancia en la cárcel de Villa era más estrecha y rigurosa que en
los tiempos de la dramática evasión de Olózaga. En vano Tablas llenaba
de aguardiente los cuerpos de uno y otro mandadero, sin olvidar la
conquista de los alcaides por medio de merendonas y duros; en vano se
hacían trabajos en esfera, más alta, dirigidos a ablandar o corromper a
sujetos de mayor categoría. Con disimulo, pero también con brío
gestionaba Genara, más que por afecto al preso, por librarse de la
situación desagradable en que el encierro de su esposo la ponía; y
Pipaón (_patriarca zascandilorum_, según el macarrónico), de acuerdo con
Carnicero y otros compadres, manejaba también con arte sus considerables
influencias. Tantos esfuerzos reunidos dieron al fin el resultado feliz
que todos deseaban; pero hay indicios seguros de que el Sr. Navarro
debió principalmente su venturosa escapatoria, a la condescendencia o
complicidad de la gente menuda, siempre venal; de modo que Salvador no
se arrepintió de haber recurrido al buenazo de Pedro López, ni este se
arrepintió de servirle, porque, habiendo cobrado en moneda corriente sus
estipendios y el importe de todos los gastos, pudo ofrecer a la iracunda
Nazaria parte del caudal que le había derrochado. Después se verá en qué
emplearon el dinero adquirido por tan extraña industria.

Los presos eran tres: D. Carlos, un fraile aragonés que pereció el año
35 en Zaragoza cuando la célebre causa y conspiración de D. Vicente Ena,
y un capitán de caballería que desde mucho antes andaba en aquellos
trotes, y después de ser masón el 20 e indefinido el 24, había ingresado
en los nacientes y aún no fogueados ejércitos del Infante. No habría
sucedido nada si todos los señores congregados en casa de las de Porreño
hubieran procedido con la discreción que se acostumbraba en tales
reuniones ilícitas cuando las sorprendía la justicia. Seis de los
conspiradores se escondieron en lo más hondo de la casa; el capitán y el
fraile se pusieron a rezar el rosario; mas D. Carlos Navarro, que era,
por su geniazo díscolo y entero, enemigo de bajas comedias y de
disimulos viles, afrentó a los polizontes, les dijo mil herejías, y no
pudiendo contener su ira, abofeteó al que parecía principal entre ellos.
Este acto de violencia, cuando lo que hacía falta era maña y dulzura,
les llevó a los tres a la cárcel de Villa, donde habrían estado todo el
tiempo que exige una buena y voluminosa causa de mil folios, si no
vinieran en auxilio de Navarro las tramas que hemos mencionado, en
auxilio del fraile el fuero eclesiástico, y del capitán la muerte, que
se le llevó a los seis meses de encierro.

La desolación que causó a las dignas señoras de Porreño aquel suceso, no
se expresa con las frías palabras de la historia. El descrédito de su
casa, la vergüenza y el azoramiento en que desde entonces vivían, y por
último, la falta del auxilio pecuniario que D. Carlos les daba,
precipitaron de tal modo su decadencia, que bien pronto se vieron en
aquel término lastimoso en que la estrechez se confunde con la miseria.

El atroz Navarro, luego que se vio fuera de la cárcel no quiso averiguar
el poder que le había salvado. Su orgullo le inclinaba a no atribuir su
salvación a ninguna persona que le tuviera afecto. «A mí nadie me
quiere, decía, nada tengo que agradecer a ningún hombre. Sólo Dios me ha
salvado». Pasó algunas horas en casa de las señoras, en cuya compañía
había vivido, los dio una limosna con carácter de liquidación de
atrasos, y acompañado de Oricaín y Zugarramurdi, que habían quedado
libres y que siempre le eran fieles, partió disfrazado de arriero para
las Provincias Vascongadas y Navarra. Nadie le vio. Se fue con su
indignación crónica y su incurable soberbia, siempre enfermo, gruñón
siempre. A nadie dio cuenta de sus planes, y parecía detestar a sus
comilitones políticos lo mismo que a sus enemigos. No quería tratos con
nadie, ni con su hermano, a quien no podía amar aunque lo intentase, ni
con su mujer, a quien aborrecía de la manera extraña que se aborrece lo
amado. Aquel carácter tétrico, compuesto de orgullo y tenacidad,
endurecido más por el tedio, la desconfianza y la lesión hepática,
necesitaba manifestarse en una acción propia y libre. La disciplina
había concluido para él. Sonaba en la historia la trompeta lúgubre de
las guerrillas. El feroz soldado de partidas la oía resonar en su alma
solitaria y sombría, y marchaba sin saber adonde ni por donde. Sólo
aquel eco podía despertar en aquella alma el amor a la vida, evocar la
fe, o infundirle el ardor de un trabajo glorioso. Como estos soldados
misántropos de corazón entenebrecido son más dignos de lástima que de
odio, y como tienen, en medio de sus graves errores, cierta nobleza y
lealtad que infunde simpatías, saludamos con respeto al fugitivo
guerrillero, diciéndole: «Dios vaya contigo, salvaje».

Entre tanto, el interés que Salvador había puesto en favorecer a su
desagradecido hermano le ocasionó algunos disgustos, porque enterados de
él algunos de sus antiguos amigotes y no acertando a comprender la
verdadera causa de tal protección a un furioso enemigo del _Sistema_,
declararon a Monsalud inconsecuente y traidor. «Después que tiene
dinero, decían, se ha afiliado en las banderas del absolutismo y de los
frailuchos, para poner en seguridad sus fondos». Aviraneta, que no
gustaba de perder amigos, y era en el fondo un escéptico glacial, no
dejó de tratarle por esto; pero Rufete, hombrecillo de gran vehemencia,
que había hecho de sus ideas políticas una superstición india, le
manifestó en briosas frases que sería su irreconciliable enemigo, y que
si él (Rufete), partidario de todas las libertades, tropezaba en un
campo de batalla o en una barricada con quien se había hecho prosélito
de todas las tiranías, no estaba decidido a perdonarle. De estas
baladronadas y de otros desprecios y majaderías que oyó, se reía el buen
hombre, porque hallándose seguro de su rectitud, y deseando vivir lejos
de los manejos políticos, no quería dar explicaciones ni menos complacer
a la turba de falsos patriotas.

El que siempre se le mostró leal y agradecido amigo fue Seudoquis,
ascendido a coronel en los días de la jura, por los servicios prestados
en la persecución de la partida de Campos. Estrechó más aquella antigua
amistad, originada en peligros y desgracias comunes, la generosidad con
que Monsalud salvó por entonces al flamante coronel de sus ahogos
pecuniarios, que le habían traído a un estado de horrible desesperación.
Seudoquis fue destinado a servir en Vitoria. Los dos amigos se separaron
después de algunos meses de vida común y de pesares y alegrías;
fraternalmente confiados. Gozoso Salvador de una amistad que en parte
atenuaba la aridez de su vida, abandonose al afecto que Seudoquis le
inspiraba y le confió algunos secretos de los que más quería.

D. Benigno Cordero hizo a nuestro amigo algunas visitas, en todo el
tiempo que medió desde Mayo hasta Setiembre. En la primera maravillose
Salvador de oírle decir que no se había casado todavía. En las sucesivas
maravillose más por la propia causa, y aún dijo algo acerca de lo mucho
que pensaba y maduraba el insigne, cien veces insigne héroe de Boteros
sus resoluciones. En estas visitas ocurría la particularidad
inexplicable de que D. Benigno no hablaba de Sola ni de cosa alguna que
con el cansado matrimonio tuviese relación. Hablaban de ocupaciones, de
los negocios públicos, de las probabilidades de una guerra sangrienta,
de la enfermedad de Su Majestad, la cual iba en tal manera creciendo,
que pronto aquel animado muerto sería todo cadáver, entre el espanto de
la monarquía huérfana. En las conversaciones de D. Benigno notaba
Salvador una particularidad extraña y que no acertaba a explicarse. Era
que el buen encajero no hacía más que preguntas y más preguntas, cual si
antes fuese inquisidor que amigo, y no llevase más propósito que indagar
la vida, conducta y pensamientos de su compañero de casa en San
Ildefonso. Después de la primera visita D. Benigno bajó cojeando la
escalera; y ciñendo estrechamente al cuello el embozo para abrigarse
bien, dijo dentro de su capa: «No sirve, no sirve para el caso».

En una de las visitas sucesivas (y entre unas y otras pasaban
próximamente veinte días), dijo para sí: «No es digno, no, del
incomparable regalo que he pensado hacerle». Más adelante aconteció que
al compás de su trote cojo, murmuraba, marchando hacia su casa: «Quizás,
quizás, sepa hacer buen uso de tan incomparable joya». Y por último,
(allá por Julio o principios de 12 Agosto, el día antes de partir para
los Cigarrales) salió de la visita, pensando así: «Bien va esto,
Benigno, esto va bien».

Partió, pues, a los Cigarrales en compañía de Alelí, que ya casi no se
podía tener derecho, y allí, en aquel delicioso edén de almendros,
aconteció lo que pronto, muy pronto verá el juicioso lector.



-XV-


Fue seguramente en aquellos mismos días cuando Pipaón, deseando rematar
convenientemente sus honestas relaciones con Micaelita, determinó
echarse al cuello la soga del matrimonio. Exigíalo su posición social,
ya considerable, y lo pedía a grito herido su peculio, el cual con el
acrecentamiento de los gastos y comodidades necesitaba refuerzos
grandes. La idea de ver entrar en sus arcas dentro de poco tiempo las
misteriosas sumas encarceladas por D. Felicísimo le quitaba los últimos
escrúpulos que pudieran turbarle, y por ver aquella idea hecha realidad
tangible y sonante se desposara él, no digo yo con Micaela, sino con el
mismo individuo que está a los pies del patriarca San Miguel.

Había pasado bastante tiempo para que el público diese al olvido las
manchas que empañaron el antes limpio cristal de la reputación de su
novia. ¡Bendito olvido, que es la moneda falsa del perdón, y corre de
mano en mano produciendo admirables efectos! Aquel olvido, su propia
conveniencia y las exhortaciones del Padre Gracián, que había puesto en
tal unión empeño particular, labraron el propósito del ilustrísimo D.
Juan Bragas, y una mañanita de Julio se levantó con la cabeza fresca y
dijo frotándose las manos: «Boda tenemos; esto es hecho».

Visitó a Gracián, a quien halló en su celda, (_inescobata célula_, según
la expresión del consabido macarronizante) y el buen jesuita le felicitó
por su buen acuerdo, diciendo que, al casarse, D. Juan honraba a su
novia y se honraba a sí mismo, que la sociedad y la Iglesia se alegraban
juntamente de ver concluídos en boda los noviazgos largos, y por último
que él (_Gratianus horridus_) pediría a Dios concediese a los dignos
esposos prole robusta y numerosa para bien de la cristiandad. D.
Felicísimo también recibió con alegría la noticia, porque la colocación
de su nieta había llegado a parecerle problema poco menos difícil que la
cuadratura del círculo, y Doña María del Sagrario echó un gran suspiro
que interpretado libremente expresaba las infinitas gracias que daba a
Dios la buena señora por verse libre pronto del inaguantable genio de su
sobrina.

No hay que decir cuanto se regocijó la novia al ver próximo el término
de la situación equívoca en que estaba, y al considerarse señora y dueña
de una casa. Ella contaba con manejar al buenazo de Pipaón como a un
dominguillo, y vivir a sus anchas gastando y triunfando. Pajarraco largo
tiempo aprisionado y de no muy buenos instintos, ¿a dónde iría al salir
de su jaula? De la esclavitud del matrimonio iba ella a hacer la
libertad de sus apetitos vanos. Cuando vio asegurada la conquista de don
Juan, empezó a hacer sus preparativos.

Quiso Pipaón que su boda fuese de mucho aparato y bullanga. Hasta llegó
a imaginar que le apadrinaran los Reyes, o en su nombre algún
empingorotado magnate, pero fue tan mal recibido en Palacio, al tantear
la voluntad de las personas elegidas _in mente_ por el cortesano para
aquel fin, que se trastornaron sus planes. Esto le ocasionó suma
tristeza, pero fue causa de una importante determinación, que más tarde
había de conceptuar como una de las más felices de su vida. Debe
advertirse aquí que, aunque el _patriarca zascandilorum_ asistía a las
juntas carlistas del Sr. Carnicero, y en ellas trataba de hacerse pasar
por uno de los más ardientes devotos de la causa del Altísimo, no estaba
resueltamente decidido a embarcarse de un modo definitivo en tan
arriesgado golfo. Como hombre de grandísimo espíritu práctico y
acostumbrado a no dar un paso sin estar seguro de la firmeza del suelo
en que iba a poner el cauteloso pie, mantenía en su pecho una
imparcialidad saludable, que era, si bien se mira, el colmo de la
sabiduría. Con sagacidad finísima observaba los elementos de uno y otro
partido, la calidad y número de las personas que en ellos militaban, el
grado de fuerza y vitalidad que en el país tenían, y hallándolos casi
iguales y contrapesados, esperaba a que el tiempo y la Providencia
robusteciera al uno con detrimento y merma del otro. Es claro como la
luz del mediodía que en el momento de declararse la desnivelación, el
hábil cortesano se lanzaría con entusiasmo férvido a las filas del
partido mayor y más poderoso.

Hallábase en lo más perplejo de su perplejidad, cuando le entró, sin
duda por inspiración divina, el deseo de casarse. ¡Oh, _fortunate nate_!
como dirían Virgilio y D. Rodriguín. ¡Quién había de decir que de sus
proyectos matrimoniales le vendría la profesión de fe política que le
salvó, apartándole del partido guerrero y de una causa que no triunfó
entonces ni había de triunfar en lo sucesivo! ¡Ay! en un tris estuvo que
personaje de tanta valía se perdiera para siempre, privando a la
Administración española de sus eminentes servicios.... Es el caso que
aquel desprecio con que fue recibido en Palacio afligió mucho al
cortesano; la pena lo hizo reflexionar profundamente, y... no parece
sino que Dios y la Santísima Virgen le tocaron en el corazón, porque
desde aquel día empezó a tener presentimientos de que no triunfarían
jamás las ideas absolutistas. Tuvo, si se quiere, cierta presciencia o
adivinación genial de los venideros sucesos. A nuestro juicio, debe
tenerse por cierto que la inspiración divina alienta no pocas veces a
los cortesanos en todas las edades, y les ilumina y conduce para que no
den esos terribles traspiés que a veces truncan lastimosamente las más
brillantes carreras.

Pipaón, después de pasar algunas semanas apartado de las logias
mojigatas (¿por qué no se han de llamar así?) volvió a Palacio; hízose
introducir con no pocas dificultades en la Cámara de la Reina, y allí
juró y perjuró que él no era ni había sido nunca carlino; que él tenía a
Su Alteza por uno de los más desatinados locos nacidos de madre; que si
sostenía amistades con algunos individuos del bando de la fe, Dios era
testigo de las exhortaciones que él (Pipaón) les había dirigido para
desviarles de tan peligrosa y antipatriótica senda; _item_ más, que sin
hacer gala de ello había trabajado como un negro (nos consta que empleó
la misma frase) por la causa de su Reina niña, ganando voluntades,
disuadiendo a este de sus herejías apostólicas, fortaleciendo el
desmayado espíritu de aquel, desbaratando planes, y preconizando en
todas partes las excelencias de aquella Monarquía ideal, histórica y
libre, generosa y fuerte. Dijo también, que la niña era muy bonita y que
los españoles todos la querían mucho, lo mismo que a su interesante y
bondadosa mamá, y, por último, que él (D. Juan) seguía en sus propósitos
de siempre, los cuales eran nada menos que derramar la última gota de su
inútil sangre por la Reinita de tres arios, que había de ser (en esto no
tenía duda; era una corazonada, una nueva inspiración divina) que había
de ser, repetía, no sólo la segunda Isabel, sino la segunda Isabel la
Católica.

Cuentan los testigos presenciales de la anterior manifestación
Pipaónica, que las ilustres personas a quienes el cortesano se dirigía
no le dieron todo el crédito a que por sus honrados antecedentes era
acreedor D. Juan. Cuentan también que este sacó de su inagotable ingenio
nuevas y más enérgicas razones, y hasta se asegura (no garantizamos la
exactitud de este último dato) que en los ojos del cortesano brilló una
lágrima. Mas, ¿por qué no hemos de admitir una versión que tanto honra
al bueno de Bragas? Sí; recojamos aquella lágrima de lealtad, vertida a
los pies de una Reina, y guardémosla para engarzarla veinte años más
tarde en la corona del marquesado de Casa-Pipaón, concedido para premiar
eminentes servicios al Tesoro y al Estado.

Dejando a un lado el testimonio de los presentes en aquella escena, a
nosotros nos consta que antes de admitir al señor de Bragas a la gracia
soberana, se le exigieron pruebas de que su adhesión no era una mentira.
Que él se apresuró a darlas no hay para qué decirlo, y que estas pruebas
consistieron en una delación circunstanciada de todo lo ocurrido en dos
años en casa de D. Felicísimo, fácilmente lo comprenderá quien haya
penetrado, por estas fieles relaciones nuestras, aquel carácter adornado
de todas las virtudes de la serpiente. Y no pararon aquí los servicios
prestados a la Monarquía infantil por el digno personaje, sino que
reveló cosas muy hondas, sólo de él sabidas, y en las cuales había
tenido cooperación aparente, con el único fin de profundizar el abismo
de iniquidades del partido mil veces execrable (frase suya) que se
aprestaba a escribir el nombre de Dios en las banderas del asesinato.

Véase aquí cómo supo embarcarse en bajel seguro y mantener en su
compañía a la veleidosa fortuna, su hermana querida y tutelar maestra.
El ministro de Hacienda, D. Antonio Martínez, que ya le tenía en capilla
para dejarle cesante de su pingüe destino en el Consejo, cejó en sus
intenciones perversas. El ilustre funcionario adquirió nuevamente el
favor que había perdido en Palacio, y no pudiendo lograr que un Príncipe
apadrinara sus felices bodas, encontró marqueses y condes que se
ofrecieron con bonísimo talante a hacerlo. ¡Ejemplo admirable de las
recompensas que el cielo da a la gente amaestrada en el supino arte de
la vida!

La boda se fijó para últimos de Setiembre. Mientras la anhelada fecha
llegaba, Pipaón iba tres veces al día a Palacio a enterarse de la salud,
o mejor dicho de la enfermedad del Rey, la cual se agravaba con tanta
rapidez, que el panteón del Escorial le tenía ya por suyo. Su Majestad
andaba con mucha dificultad, comía poco, dormía menos, y ya se le
hinchaba una mano, ya una pierna. El vulgo, que le tenía por cadáver
embalsamado, era en esta creencia menos necio de lo que a primera vista
parecía, y en los ataques fuertes casi todo el Rey estaba dentro de
vendas negras. Su mirada triste vagaba por los objetos, como depositando
en ellos parte de aquella tristeza de que impregnado estaba. Su
corpulencia era pesadez; su gordura hinchazón; su cara sonrosada de
otros días, una máscara violácea y amarillenta que parecía llena de
contusiones. La nariz colgante casi le tocaba a la boca, y en el pelo
negro, como ala de cuervo, aparecían y se propagaban las canas
rápidamente. Los negocios de Estado, en aquellos días más graves y
espinosos que nunca, le aburrían 13 y le preocupaban. La imagen de su
hermano, que a veces le parecía un buen hombre a veces un hipócrita
ambicioso, no se apartaba de su mente, sobreexcitada por el desvelo. Ya
pensaba ablandarle con sus sentimientos fraternales, ya confundirle con
las amenazas de Rey. Fue D. Carlos la persona a quien más quiso en el
mundo, y había llegado a ser su espantajo, el martirio de su
pensamiento, la fantasma de sus insomnios y el tema de sus berrinchines.
Adivino de su próxima muerte, el Rey veía arrebatado a su sucesión
directa aquel trono que quiso asegurar con el absolutismo. ¡Y era el
absolutismo quien le destronaba! ¡La fiera a quien había alimentado con
carne humana, para que le ayudara a dominar, se le tragaba a él, después
de bien harta! ¡Cómo se reirían en sus tumbas, si posible fuera, los
seis mil españoles que subieron al patíbulo para servir de cebo a la
mencionada fierecita! Pues y los doscientos cincuenta mil que murieron
en la guerra de la Independencia, en la del 23 y en la de los
agraviados, ¿qué dirían a esto? ¡Justicia divina! si la mente de
Fernando VII se poblaba con estas cifras en aquel tristísimo fin de su
reinado y de su vida, ¡qué horrible mareo para hacer juego con la gota!
¡Qué insoportable peso el de aquella corona carcomida! Ya no eran el
pueblo descontento ni el ejército minado por la masonería quienes
atormentaban al tirano; eran el clero y los milicianos realistas,
capitaneados por un hermano querido. La víctima antigua, inmolada sobre
el libro de la Constitución con el cuchillo de la teocracia, no infundía
cuidado; lo que perturbaba era el cuchillo mismo revolviéndose fiero
contra el pecho del amo. ¡Oh, qué error tan grande haber sacado de su
vaina aquella arma antigua cuando ya comenzaba a enmohecer!... El pobre
Rey, a quien la Nación no amaba ni temía ya, debió, sin duda, los pocos
consuelos de sus últimos meses al espíritu tolerante de su mujer, y si
él no se dejaba arrastrar públicamente al liberalismo, sabía tener
secretas alegrías cada vez que el Gobierno mortificaba a la gente
apostólica. Su alma rencorosa hubiera llegado a la aceptación de las
nuevas ideas, no por convencimiento sino por venganza, porque estaba
harto de clérigos, harto de absolutismo, harto de camarillas, harto de
su hermano, y si viviera más, hubiéramos visto un liberalismo verdugo,
como antes vimos una teocracia cazadora de hombres.

El Rey empleaba largas horas escribiendo al Infante. Creía que con
cartas y amonestaciones podría convencer a aquella piedra viva que se
llamó D. Carlos, piedra por la tenacidad y falta de inteligencia. En la
célebre correspondencia de ambos hermanos, las frases más cariñosas
envuelven amenazas terribles. Se ven ríos de sangre corriendo bajo
aquellas flores de la zalamería fraternal. Fernando hacía alarde de su
autoridad, de su prestigio de Rey y Señor; D. Carlos manifestaba en cada
renglón profundo convencimiento de sus derechos, arraigado en la falsa
piedad. En sus cartas se veía, bajo las protestas de honradez y buena
fe, la ferocidad de la ambición de las infantas brasileñas. Ellas lo
instigaban a desobedecer al Rey; ellas le sugerían fórmulas hábiles para
disimular con razones y pretextos la rebeldía; ellas eran el alma, la
acción, la furia y la iniciativa del partido, mientras D. Carlos era la
pantalla de santurronería, que tan bien cuadraba a la cansa para hacerse
pasar por causa religiosa.

Cuando no escribía cartas, Fernando, comúnmente aburrido de su ordinaria
tertulia, pasaba largas horas en el cuarto de las niñas. Era la primera
vez en su vida que probaba los deleites puros de la familia. Aquel
vicioso que tan mal había empleado su tiempo, se sorprendía ahora de
verso ocupado en puerilidades, y bastaba cualquier síntoma de dolencia
en Isabelita, para que se olvidase de los negocios de Estado y de los
malos pasos en que andaba la corona. Preguntaba con frecuencia por las
más insignificantes cosas referentes a las niñas, y si Luisita Fernanda
daba en no querer mamar, ya había motivo para graves cuestiones,
preguntas y comentarios. Cuando todo iba bien, cuando las niñas parecían
estar sanas y contentas, o Isabelita se quedaba dormida abrazada a su
muñeca, el Rey solía pasear por las anchas cámaras, dando el brazo a
Cristina. Ambos marchaban despacio, porque la cojera del Rey exigía un
lento y cauteloso modo de sentar los pies. Cristina hablaba poco de
negocios políticos, y hacía pronósticos alegres sobre la salud de su
marido. La gota, según ella decía, iba cediendo, y era de esperar que en
el próximo invierno no hubiese ataques fuertes. El Rey suspiraba
incrédulo, y se acordaba de su conducta, que era la premisa lógica de su
gota. De pronto cesaba el paseo: Su Majestad se detenía un rato ante el
balcón por donde se veía la Plaza de Oriente, que entonces era un
páramo. Miraba un rato las casas de Madrid, y dando un gran suspiro,
tornaba al paseo lento y trabajoso. No se oían los pasos, sino el golpe
del fuerte bastón en que se apoyaba el Rey, y que con lúgubre compás
sonaba en el alfombrado suelo.

Desde el 19 de Julio hasta el 27 de Setiembre el Rey sufrió mucho de un
dolor en la cadera izquierda; pero no guardó cama. Sus comidas eran
penosas por falta de apetito. Cristina le acompañaba incitándole a tomar
alimento con las mil zalamerías que usan, para estos casos, las mujeres
cariñosas. De este modo Fernando se engañaba a sí mismo algunas veces,
creyendo que comía con gana.

El 27 el Rey quiso levantarse de la cama; pero advirtió que sus
extremidades no le obedecían. Estaba débil, tan débil que no se podía
mover. Vinieron los médicos y le llenaron de cantáridas. La mano derecha
se hinchó de tal modo que parecía una cabeza. Su Majestad notaba dentro
de si un enorme volumen inexplicable, como si otro cuerpo entrase dentro
de su cuerpo y le invadiese y ocupase poco a poco. Los dolores se
apaciguaron, dejándole dormir con pesado y brumoso sueño. El 29 Su
Majestad se encontró torpe para hablar, torpe para discurrir. Empezaba a
reinar en él una indiferencia triste. Le pusieron cantáridas en la nuca.
Con esto el Rey de España se reconoció otra vez Rey de España. La
mostaza, prolongando un reinado, tomó parte en la historia. Los médicos
parecían satisfechos y quisieron ver cenar al Rey. Cristina dispuso la
comida y Fernando comió mejor que los días anteriores. Después dijo,
«tengo sueño», y los médicos salieron para dejarle descansar. Era
costumbre en él, durante los últimos tiempos de su enfermedad, dormir
una breve siesta. Aquel día, Cristina, quedose con él en la estancia y
se sentó al lado del lecho real. El Rey cerró los ojos sin decir nada, y
pareció que se dormía con sueño tranquilo. Cristina le miraba. Una
secreta intuición le decía que se estaba quedando viuda.... De repente
observó en el rostro de su esposo un movimiento extraño y un cambio de
color más extraño aún. Llamó con espanto, entraron los médicos que
estaban de guardia y el capitán de guardias duque de Alagón. Los tres
médicos, el duque y Cristina contemplaron la cara del Rey. El médico
pulsaba, y luego dejaba de pulsar, como un piloto que abandona el timón
cuando no hay esperanzas de evitar el naufragio. Cinco minutos duró
aquel estado, en que cinco personas miraban un semblante. Pasados los
cinco minutos Fernando VII no existía.

Fue una muerte breve, sin aparato, sin agonías tormentosas. Estaba
muerto y nadie tenía la persuasión de que el Rey no vivía, porque aquel
estado inerte podía ser un desmayo como otras veces. A pesar de que los
médicos aseguraron que ya no había Rey, Cristina dispuso que no se
tocase el cadáver hasta las veinticuatro horas. Retiráronse todos y en
Palacio hubo el movimiento vertiginoso que acompaña a los grandes
sucesos de las monarquías. Nadie lloraba. Los cortesanos que habían sido
fieles a la persona, pero que no simpatizaban con las ideas, se
preparaban a abandonar la casa. Las salas, las galerías, las cámaras,
estaban llenas de corrillos. La curiosidad, el recelo, la desconfianza,
el miedo, la duda, formaban aquel extraño duelo, en el cual había todo
menos lágrimas. «Ahora sí que se ha muerto de veras», murmuraba el labio
cortesano en pasillos y galerías, y tras esto surgían infinitos planes
de conducta.

En la madrugada del 30 la descomposición selló la muerte del Rey, para
que nadie pudiese dudar de ella. Estaba escrito que la conclusión de
aquel reinado fuera en todo conforme al reinado mismo. Entregose el
cuerpo a la etiqueta, que hizo con él lo que es de rigor en tales casos.
Dejémosle en poder de la mayordomía, que le lleva de ceremonia en
ceremonia hasta depositarle en el Escorial. La Corte, los pueblos, le
veían pasar sin sentimiento. No ha habido Rey más amado en su juventud
ni menos llorado en su muerte. Abierto su testamento se vio que dejaba
veinticinco millones de duros, y que mandaba decir veinte mil misas por
su alma... _Requiescat_...



-XVI-


No se le cocía el pan a D. Benigno Cordero hasta no ver realizado un
pensamiento suyo de grandísima importancia. Desde aquella noche en que
Sola se expresó con tanto calor, diciendo, «quiero casarme con el
viejo», este, lejos de mostrarse ensoberbecido con declaración tan
halagüeña, se volvió más taciturno. Fueron a pasar el verano a los
Cigarrales, y dos tardes después de instalarse en su casa de campo,
Cordero salió a paseo con Sola, bajando hacia la margen del río. El
héroe se apoyaba en su bastón nudoso, y en los pasos difíciles, que eran
los más, pedía auxilio al brazo de Sola. Esta no deseaba otra cosa que
servirle y complacerle.

--Hijita--le dijo, cuando pasaron de las higueras del tío _Reza-quedito_,
punto desde el cual ya no se veía la casa--, hoy tengo que decirte la
última palabra acerca del asunto que hace tiempo me trae muy caviloso.
Me he dado una batalla, querida Sola, me he dado una batalla y me he
arrollado completamente, me he derrotado en toda la línea. Acaso no me
entenderás.

--No mucho--dijo Sola, creyendo deber decir que no, aunque algo se le iba
entendiendo de aquellas cosas, y aun algos había ella penetrado en días
anteriores, con su natural agudeza.

--Pues se han concluido mis vacilaciones y a casarse tocan. Entre los dos
se establecerá un parentesco de cariño, de agradecimiento y de amistad
que no nos separará sino en el sepulcro. ¿Insiste usted en lo que
manifestó aquella noche? Creo que no lo habrá olvidado usted, pues yo,
si cien años viviera, no lo olvidaría.

--No lo he olvidado, y ahora repito lo que dije, y me confirmo en ello.

El héroe se detuvo y la miró con seriedad afable....

--Repare usted bien que pronunció palabras muy categóricas y muy
graves--le dijo en tono de queja--. Grabadas están en mi memoria. «Como
Dios es mi padre.... ¿no fue así?... como Dios es mi padre, juro que
quiero casarme con el viejo».

--Así fue--afirmó Sola, repitiendo aquel eco de su alma--; con el viejo,
con el viejo.

--Es decir, conmigo.

--Con usted.

D. Benigno anduvo algunos pasos, y deteniéndose luego, habló así entre
turbado y festivo:

--Pues bien, hija de mi corazón, yo tengo ahora un antojo que quizás
usted lleva a mal; a mí me ha entrado un capricho, una manía.... Qué
quiere usted... siento decírselo... quizás se enfade.

--¿Qué?

--Pues es que... que ahora me tocan a mí los mimos... y, en una palabra,
que ya no quiero casarme con usted.

Y echándose a reír, añadió:

--Nada, hijita, le doy a usted calabazas.... ¿no contaba con mis
veleidades, eh? ¿No contaba usted con las coqueterías del viejo?

Y al decir esto abrió los brazos, derramó una lágrima, y riendo siempre,
estrechó a Sola contra su corazón, en el cual se desbordaban los afectos
más puros.

--Venga acá, hija de mi corazón--exclamó--, venga acá y abráceme también.
Dios me ha iluminado para hacerla el mayor bien que podría usted esperar
de mí. Felicitémonos ambos de este triunfo de mi razón, y ahora
entonemos un himno al sentido común que ha sido nuestro salvador.

Sola comprendía a medias.

--¿Quiere usted que nos sentemos en esta piedra?

--Sí--dijo Sola, ávida de hablar, de oír explicaciones--, sentémonos. Usted
aquí... que está más seco.

--Cuando me dijo usted aquellas palabras--manifestó D. Benigno, quitándose
los anteojos para limpiar los vidrios que se habían empañado
ligeramente--me quedó en el primer momento en éxtasis y como deslumbrado.
Después tuve la suerte de no dejarme alucinar por las pasiones, y de ver
claro en un asunto tan expuesto al error. Parece que el buen sentido se
redobló en mí, preparándose para la gran batalla que se iba a dar en el
campo de mi espíritu, y que las pasiones se aterrorizaron, anunciando su
vencimiento. ¡Ah! hija de mi corazón, el viejo fue iluminado por Dios y
pudo pesar sus escasos méritos, sus achaques, sus... condiciones,
poniendo todo esto al lado de tu lozana juventud, merecedora de mejor
destino. No sé cómo fue aquello; pero recuerdo que se agrandaban a mis
ojos los inconvenientes y se amenguaban las ventajas mutuas; comprendí
que iba a hacer un disparate y a dar un resbalón más grave que el que me
ocasionó la rotura de esta endiablada pierna: me sorprendí arrepentido,
hija; no sé cómo fue aquello, sí, me sorprendí arrepentido, y sin saber
cómo empecé a ver claro, clarísimo, y me dije: «la quiero demasiado para
casarla conmigo».

Sola no sabía qué decir. Las palabras que oía revelaban tal convicción y
D. Benigno le infundía tanto respeto, que no se atrevió a contestarle ni
a defenderle contra su buen sentido. Pensó primero que debía insistir en
lo del matrimonio; pero afortunadamente desistió de una idea que habría
sido impropia. Su bondad lo inspiró la declaración más digna en sus
labios, diciendo:

--No tengo más voluntad que la de usted.... Haga usted de mí lo que
quiera.

--Barástolis, muy bien dicho. Pues yo quiero hacer de usted una hija....
Hasta ahora no había querido tener con usted esa familiaridad inocente
que consiste en tratarla de tú. Pues ya que no hay nada de casorio,
quiero tener contigo, contigo que eres mi hija, la familiaridad propia
de un padre; quiero tutearte.... Y en este momento es preciso que
sellemos nuestro parentesco dándonos un abrazo pero muy apretado....
así... no hay cuidado. Ya no somos novios, hijita.

Se abrazaron estrechamente, confundiendo la bondad de sus corazones.

--Ya no somos novios--repitió D. Benigno--. Aquello era una tontería. ¡Me
lo ha revelado Dios por conducto de estos achaques míos, y mi razón me
dijo tantas, tantas cosas!... No dudé, ni por un instante, de la
sinceridad de tu consentimiento. Convencido estoy de que te habrías
casado gustosamente con el viejo, de que le habrías querido, de que le
habrías sido fiel, de que le habrías cuidado mucho cuando pasara, el
pobre, de viejo a viejecito, cosa que no puede tardar.... Pero, hija
mía, tu consentimiento y aquellas palabras admirables que me dijiste
brotaban de tu gratitud, del afecto filial que me tienes. ¡Ay! No se
hacen los buenos matrimonios, no, con estos ingredientes. Es preciso no
forzar la naturaleza, no forzar los sentimientos naturales, haciendo de
la gratitud amor; es preciso, sobre todo, dar a cada edad lo suyo y no
empeñarse en reverdecer la venerable vejez, ni marchitar la hermosa
juventud, uniendo una cosa con otra fuera de sazón. No, mil veces no.
Tú, al querer ser mi esposa, domando un sentimiento robusto que vivía y
vive en tu corazón, hacías un sacrificio sublime. Yo te lo agradezco,
porque comprendo cuán sincero era aquel sacrificio; pero no quiero
aceptarlo.... Dicen que yo fuí héroe en cierta ocasión; pues aquello de
Boteros es tortas y pan pintado en comparación de este arranque de
energía que acabas de ver, hija mía, porque esto me ha costado más
luchas, porque yo también sé hacer un sacrificio. No se renuncia sin
trabajo a un bien seguro, a un bien tan delicioso, a todo lo que me
prometían tu juventud, tu cariño leal, tus méritos inmensos, tu belleza,
hija... pues ahora que no soy novio, puedo decirte que cada vez te vas
poniendo más guapa.... En fin, hija, he creído amarte mejor y servirte
mejor, y amar y servir mejor a Dios, dándome a ti por padre que por
esposo.... Y aún me queda otra cosa mejor que decirte. Esto que he hecho
sería incompleto, muy incompleto. Si quedara así.... Pero no, yo no hago
las cosas a medias. Mis heroísmos, cuando salen de mí, no son pamplinas.
Al hacerte mi hija, quiero llenar el vacío que hay en tu existencia, y
poner a tus sentimientos la corona que has ganado; quiero llenar de
felicidad hasta los bordes ese vaso de tu vida que poco a poco se ha ido
vaciando de sus antiguas tristezas; quiero casarte con el hombre que
amas, con ese de quien ya puedo asegurar que te merece.

Sola se quedó espantada. Tan grande era la novedad de aquella idea, que
necesitó algún tiempo para tenerla por lisonja. Se quedó pálida como una
muerta, y tanto se trastornó su fisonomía, que teniendo vergüenza de que
D. Benigno sorprendiera en ella la impresión hondísima que
experimentaba, bajó la cabeza. Cordero puso las palmas de sus manos en
las sienes de ella, y atrayéndola, le dio un beso en la frente,
diciendo:

--Gracias a Dios que te puedo dar este besillo, para demostrarte de un
modo material el cariño honesto que te profeso, cariño de padre, que yo
quise echar a perder tontamente. No te avergüences de lo que sientes al
oír lo que acabo de decirte. Es natural.... Con este otro beso te quito
la vergüenza. Que venga tu futuro esposo a impedirme que te bese.... Si
alguien nos viera, ¿qué diría?... Pero nosotros, nos reiríamos y
contestaríamos sin ponernos colorados: «Ya no somos novios, ya no somos
novios».

Sola se echó a reír. Después se puso muy seria. En su trastorno no sabía
qué manifestaciones serían más convenientes, y así dejó a su rostro que
expresara lo que quisiera.

--Veo que te has puesto muy seria y como enojada--le dijo el héroe--. ¿No
te gusta mi proyecto?

--Es, que...--balbució Sola, no disimulando el gran temor, que de
improviso llenó su alma--. Es que... podría suceder.... Y ¿quién me
asegura?...

--¿Qué podría suceder, tonta?

--Podría suceder que él no me quisiera ya.

--¡Bonita idea! ¿Me tienes por un necio? ¿Me crees capaz de inclinarte a
ser esposa de un hombre, sin saber si ese hombre te quiere, y lo que es
más aún, que te merece?

--¡Entonces, ha hablado usted con él!... ¿le ha dicho?... y ¿él le ha
dicho?... ¿ustedes se han ocupado de esto antes de hablarme a mí?... ¿Él
sabe?... ¿usted y él?...

De este modo expresaba Sola su curiosidad, no acertando a interrogar sin
que preguntas mil, inconexas y atropelladas, se enredaran en sus labios,
queriendo salir todas a la vez.

--Todo se ha previsto...--afirmó con paternal reposo D. Benigno--. Calma,
calma. No puedo decirte en pocas palabras lo que he hablado con ese buen
señor; pero puedo asegurarte que tiene por ti un cariño bastante
parecido a la idolatría.... Cuando este pensamiento mío empezó a
atormentarme el cerebro fui a ver a mi hombre. No sé qué agitación, qué
falta de asiento y aplomo encontré en él. Te juro que no me gustó nada,
y al salir, dije para mí. «No la merece: no le entregaré yo el ángel de
mi casa». Volví poco después y hablamos de varias cosas. Su conversación
me encantó. Hallole, como siempre, leal y discreto. Pero se me antojó
que se ocupaba demasiado de política, y dije: «Nones, están verdes para
ti. No quiero que mi hija viva sobre ascuas, pensando si ahorcan o
fusilan a su marido.... Guarda, Pablo». En una tercera visita... estas
visitas mías fueron exploraciones habilidosas y tanteos para conocer si
era digno o no del tesoro que yo le iba a regalar, y así jamás le revelé
mis planes... pues decía que en una tercera entrevista hablamos
cordialmente, y él se espontaneó de tal modo conmigo, me abrió su
corazón con tanta franqueza, me expuso sus ideas y planes de vida con
tanta sinceridad, que al salir me dije para mi sayo: «Sí, es preciso
dársela. Le corresponde de hecho y derecho». Después corrieron entre los
amigos rumores malévolos respecto a él.... Dijeron que se había hecho
carlista....

--¡Él!

--Calumnias y simplezas. Fui a verle, charlamos. Aquel día le hice
indicaciones de mi proyecto. Él pareció comprenderlo y se puso pálido,
muy pálido.

--¡Pálido!--repitió Sola, que tenía sus claros ojos fijos en D. Benigno, y
no perdía ni la más ligera inflexión de sus labios elocuentes.

--Pues... pareció que se conmovía, y me abrazó, ¿entiendes? me abrazó. Yo
le dije que nos volveríamos a ver pronto.

--¿Y eso fue...?

--La semana pasada, hija, en mi último viaje a Madrid. ¿Recuerdas que
dije iba a comprar bisagras y fallebas para las puertas nuevas? En
efecto, compró mucho hierro; pero el principal móvil de mi viaje fue
saber de la propia boca, de ese señor novio tuyo... démosle este
nombre... saber de su propia boca si era verdad que se había hecho
carlista.

--¡Qué asquerosa calumnia!--exclamó Sola con ardor, confundiendo con una
frase a los inventores de tan maligno despropósito.

--Él me desengañó quitándome aquel escrúpulo.... porque, a la verdad,
hija de mi corazón, si mi yerno sale con la patochada de afiliarse a esa
bandera odiosa y se echa al campo a defender la religión a tiros.... No
lo quiero pensar, ¡barástolis!... ¡Bonito negocio habríamos hecho!
Afortunadamente para él, quedé convencido de que no ha pensado nunca
ingresar en la orden sacristanesca, y cuando salí de la casa, dije:
«¡Tuya es, bribón, te la has ganado, pillo! Dios me manda que te la
entregue. Ahora, que San Pedro te la bendiga».

--¿Y tampoco ese día lo dijo usted claramente...?--preguntó Sola,
deteniéndose a media pregunta, porque le quemaba un poco los labios la
segunda mitad o el rabillo de la pregunta entera.

--No le dije nada claramente, porque no me pareció discreto abrirle de
par en par las puertas del cielo sin contar antes contigo. Pero le abrí
un resquicio, le di a entender mis intenciones, y el bendito hombre
parecía, como vulgarmente se dice, que veía el cielo abierto; de tal
modo le brillaban los negros ojos. Quedó envolver a principios de
Octubre, y cuando me despedí, le dije: «volveré un día de estos. Vendré,
y quizás, o sin quizás, le traerá a usted noticias que le contenten
mucho».

--Hoy es 1.º de Octubre--dijo Sola, con frase rápida, como centella de
palabra que de sus labios saliera.

--No, que es mañana--apuntó Cordero riendo--; yo tengo el Calendario en el
dedo. No quieras ahora que los días salten unos sobre otros. El tiempo
es un señor a quien se ha de tratar con muchísimo respeto. Observa la
calma y el método con que anda. A veces parece que va despacio, a veces
que corre como un galgo; pero es ilusión nuestra: su señoría no sale
nunca de su paso. Mañana, hija querida, iremos a Madrid.

--¡Yo también!

--Pues es claro. Quiero que os veáis, que os habléis. Luego vosotros os
entenderéis, y mi papel quedará reducido a preparar algunas cosillas que
para la boda sean necesarias....

Dio un suspiro, y estrechando luego entre sus manos las de Sola, que
estaban frías, sin duda porque todo el calor se recogió en su corazón
alborozado, dijo Cordero estas palabras:

--Te voy a dirigir un ruego. ¿Lo atenderás?

--¡Qué pregunta!--exclamó Sola, echándose a llorar antes de conocer el
ruego.

--Pues quiero suplicarte, que después de casada, ya que mis hijos no
puedan ser tus hijos, como proyectábamos, les mires como tus hermanos.

Sola le contestó con el río de sus lágrimas, que no permitían palabras.
Ni eran necesarias las palabras.

--Si me ves llorar--dijo D. Benigno, secándose una lágrima con gesto
heroico--, no creas que estoy afligido ni desconsolado. En mi pecho no
caben ni envidias de mozalbete ni el duelo de deseos frustrados.
Tranquilo estoy y contento, contentísimo. Si lloro es por la atracción
de tus lágrimas que hacen correr las mías, sin saber por qué. Tuve un
poquillo de pena, sí; pero me consuela el saber que si mis hijos han
perdido su segunda madre, buena hermana se llevan, ¿no es verdad?

Principiaba a caer la tarde y se sentía el fresco del Tajo. D. Benigno
propuso que se retiraran a casa, y dejando la perla dura, tomaron el
camino áspero y tortuoso.

--Ya van creciendo las noches--dijo Sola, dando el brazo a su padre.

--Sí, hija mía--replicó este--, y el mañana tarda un poco más; pero viene,
no tengas cuidado.

--Ya no recuerdo cuánto se tarda de aquí a Madrid.

--Pues no es mucho. Tomaremos el coche de Peralvillo, que es el que va
más pronto. ¿No sabes la novedad que hay en el mundo? Pues ahora han
inventado en Inglaterra unas máquinas para correr, un coche diabólico
que va como el viento, y anda, anda.... No sé lo que anda; pero si
hubiera uno desde Toledo a Madrid, iríamos en dos horas.

--¡En dos horas! Eso es fábula.

--¿Fábula? Me lo ha dicho D. Salvador, que lo ha visto.

--¿Él ha visto esa máquina?

--Y ha andado en ella.

--¿Él ha andado en ella? Será cosa magnífica.

--Figúrate....

D. Benigno se detuvo, y con la complacencia que producían en él las
maravillas de la naciente industria del siglo, se preparó a dar a su
hija explicaciones demostrativas, para lo cual puso horizontal el bastón
y deslizó los dedos sobre él.

--Figúrate que hay en el suelo dos barras de hierro donde se ajustan las
ruedas de unos enormes coches... así como casas. Estos coches van atados
unos a otros. A poco que les empujen, como las ruedas se ajustan a las
barras de hierro, ¡zás! aquello corre como una exhalación.

--Ya entiendo... las mulas....

--Si no hay mulas, tonta.... Ya te lo explicará D. Salvador, que ha
montado en esos vehículos. Esa diablura la han puesto los ingleses entre
un pueblo que llaman Liverpool y otro que nombran Manchester. Dice D.
Salvador que aquello es volar.

--¡Volar! ¡Soberbia cosa!...--exclamó Sola con entusiasmo--. Decir «quiero
ir a tal parte ahora mismo» y....

--Y salirse uno con la suya. Pues, te dirá: no hay caballos. Todo aquel
rosario de coches está movido por un endemoniado artificio o mecanismo,
que tiene dentro fuego y vapor, y sopla que sopla, va andando. Yo no sé
cómo es ello. Me lo ha explicado D. Salvador; pero no lo he podido
entender.

--¿Y esa manera de ir acá y allá no se pondrá en otras partes?

--Sí, dice nuestro amigo que se va extendiendo; que en Inglaterra están
haciendo más de esos benditos caminos de hierro, y que en Francia, van a
empezar a ponerlos también.

--¿Y en España?, ¿no los pondrán?

Cordero dio un suspiro.

--Ahora va a empezar una guerra, si Dios no lo remedia--dijo con tristeza.

--Cuando concluya....

--Quizás empiece otra.... Pero, al fin y al cabo, también tendremos aquí
esos caminitos, aunque sólo sea para muestra. D. Salvador dice que se
extenderán por toda la tierra, y que hasta las regiones más incultas
llegará esa máquina que corre a soplos.

--¿Y la veremos por aquí, por este caminejo?

--¿Por qué no?

--Y podremos decir: «A Madrid...».

--Sí; pero ese prodigio no acontecerá mañana, hija querida--dijo Cordero
sonriendo--. Por ahora nos contentaremos con las tres mulitas de
Peralvillo.

Entraron la casa, donde hallaron a D. Primitivo Cordero, sobrino de D.
Benigno, que venía a pasar unos días en los Cigarrales, y traía
estupendas nuevas de la Corte, entre ellas la muerte del Rey. Cenaron
todos un poco tristes por la influencia melancólica de tales noticias,
de los comentarios lúgubres con que las acompañó el ex-capitán
miliciano, y de los presagios fatídicos que hizo.

Cuando D. Benigno manifestó su propósito de ir a Madrid el día venidero,
Primitivo le anunció con oficioso pesimismo que probablemente
encontraría las tropas insurreccionadas en las calles, la anarquía
imperante, y la villa entera, la Corte y la monarquía, dadas a todos los
demonios.

Al despuntar la aurora del siguiente día Sola se levantó, y abriendo de
par en par la ventana de su cuarto, que daba al campo, y a cuyo alféizar
subían las ramas más altas de los almendros, aspiró el aire balsámico de
la mañana y miró los senderos, el suelo, la torre de la catedral
insigne, que a lo lejos y en medio del verdor oscuro del paisaje lucía
como un ciprés de piedra, dejó correr luego sus miradas por el suelo
adelante hasta el horizonte, término de amarillentas lomas y de azulados
pedregales; fue con su espíritu más allá del horizonte mismo; volvió con
tristeza. Se podría haber creído que echaba de menos aquellas barras de
hierro de que D. Benigno hablara la tarde anterior y que, de existir,
permitirían a los hombres remedar el maravilloso viajar de los pájaros.
Nada vio en los torcidos senderos que indicase que las hadas se habían
ocupado la pasada noche en tender aquellas vías metálicas, milagro de la
locomoción, increíble camino más propio para ser recorrido con las alas
del espíritu, que con los pies de la materia.

Poco después se levantó Cordero. El coche de Peralvillo no podía tardar,
y era preciso sustentarse de chocolate y bollos para el largo y molesto
viaje. Sola dio punto a las meditaciones para atender a los diversos
menesteres de aquella hora, y cuando D. Benigno y ella se encontraron
solos, el héroe no pudo menos de preguntarle por qué había en sus ojos
huellas de lágrimas, siendo las circunstancias más bien propicias que
adversas. Sola contestó que no había podido dormir en toda la noche,
porque las cosas tremendas que contó Primitivo y los augurios que hizo
llenaron de misterioso pavor su espíritu. Verdad era esto que dijo; pero
también había influido mucho en su insomnio doloroso la brusca y radical
mudanza en su destino, en sus ideas todas por la conversación que ella y
su dignísimo protector tuvieron a orillas del río. Sola no quiso ocultar
a Cordero todo lo que sentía y pensaba.

--Estoy tan aturdida desde ayer tarde--le dijo--, que no sé lo que me pasa.
He pasado toda la noche imaginando catástrofes o soñando tropiezos y
caídas. No me puedo convencer de que Dios me lleve ahora por ese camino
tan distinto del que antes seguía, sin que sea para ir derecha a una
desventura muy grande. Yo nací con mala estrella.

--Patrañas, querida hija; cosas de la imaginación--replicó D. Benigno,
apurando su chocolate--. No nos entreguemos a cavilaciones hueras y
tengamos confianza en Dios. Eso de malas y buenas estrellas no es muy
cristiano que digamos.

--Es verdad; pero yo no puedo evitar el sospechar peligros, el tener
miedo de todo, y el presentir desgracias. Es una especialidad mía. Si
Primitivo no hubiera contado tantos horrores.... Ahora, con la muerte
del Rey, se va a encender una guerra tal, que España va a ser una Nación
de huérfanos y viudas. Sí, así será.... Correrán ríos de sangre, ríos
caudalosos como los de agua, y los hermanos matarán a los hermanos....
todo por saber si ha de reinar la sobrina del tío o el tío de la
sobrina. ¡Qué horrorosos disparates! ¡Y estas cosas pasan en reuniones
de gente que se llaman países y naciones!... ¡Y esta es la decantada
sabiduría de los hombres de Europa que se ríen de los salvajes! Yo,
mujer ignorante, digo que esos sabios no tienen sentido común.

--Hija de mi alma--exclamó D. Benigno--, estás hablando como el patriarca
de la filosofía, como Juan Jacobo Rousseau. Sí, el estado actual de las
naciones y el sentido común son incompatibles.

En su entusiasmo, Cordero tremoló la servilleta que acababa de
desprender del ojal de su levita. Aquel lienzo era la bandera del
sentido común, pabellón sin colores y sin heráldica.

--No he podido apartar de mí en toda la noche--dijo Sola--, una idea que me
hace estremecer de pena. ¿Quién nos asegura que el hombre a quien vamos
a buscar, no estará ya comprometido en la guerra civil? ¿No será
probable que esté disparando tiros en las calles? ¿No puede suceder que
está ya muerto?

--Calla, tonta.... Un hombre tan juicioso.... ¿No comprendes tú...?

--Yo no comprendo nada, yo siento y nada más. El corazón suele tener unas
adivinaciones tan raras.... A veces, el muy pícaro, se empeña en una
cosa, y Dios se encarga después de darle gusto.... Ojalá me equivoque. Y
ahora Dios no nos manda tan sólo el azote de la guerra civil, nos manda
también otro, esa terrible enfermedad.... ¿no oyó usted hablar a
Primitivo de esto? Es un mal muy raro, por el cual se muere la gente en
pocas horas, a veces en minutos; es una puñalada invisible que sorprende
y mata, y nadie está seguro de vivir dentro de media hora.

--Sí--dijo D. Benigno, cayendo en sombría tristeza--, es el _Cólera morbo
asiático_.

Al oír este nombre repulsivo y espantoso, Sola sintió correr por su
cuerpo un frío displicente. Cordero sintió lo mismo.

--Esa enfermedad--añadió--, ha aparecido en Andalucía. Las personas van muy
tranquilas por la calle, y de repente ¡plaf! se caen al suelo y se
mueren. Pero esta infección no llegará a Madrid.... Vamos, en marcha,
ahí está el coche.

Oyeron las alegres campanillas de las mulas de Peralvillo. Sola se
despidió de los niños llorando, y les prometió que volvería muy pronto.
Al subir al coche, dijo:

--¿Tardaremos mucho?

--Volaremos--afirmó el héroe--. Peralvillo, llévanos a prisa.... ¡Oh! ¡qué
lástima que no tengamos ya por aquí esos carriles de Satanás!

Y tenía razón. ¡Lástima grande que en aquella ocasión crítica no
existieran los carriles de Satanás!



-XVII-


La mañana del 29 y cuando nadie sospechaba que la muerte del Rey
estuviese tan próxima, dejó de ser soltero Pipaón. Los tiernos esposos
recibieron la bendición nupcial en la hermosa iglesia de San Cayetano,
que hace esquina a la calle del Oso, y el encargado de darla fue el
Padre Carantoña, de la orden dominica, grande amigote del desposado.
Asistieron personas de calidad, hubo mucha pompa eclesiástica y mundana,
se repartieron limosnas, y todo fue dispuesto para que en los barrios
del Sur quedara memoria del suceso por dilatados tiempos. La sordidez de
D. Felicísimo no permitió que el almuerzo de rúbrica se diera, como
parecía natural, en la casa de la desposada y diole en la suya Pipaón
con mucho rumbo y magnificencia. Pero lo más notable del día fue el
altercado que tuvo nuestro cortesano con D. Felicísimo. Los recién
casados, creyendo que si el vejete no les daba de almorzar, no les
negaría su bendición, fueron allá muy gozosos; pero el Demonio, que
jamás descansa, hizo que Carnicero tuviese noticias ciertas aquella
misma mañana de las traicioncillas de Pipaón y de los soplos infames que
había llevado a la antecámara de Su Majestad la Reina Cristina. Estaba
el buen señor trinando cuando llegaron los cónyuges, y ojalá que no
hubieran llegado jamás, porque así como estalla un volcán, reventó la
cólera de D. Felicísimo, y no quedó dentro de su boca palabra mal
sonante ni epíteto quemador. Púsose blanco el bendito agente, como
piedra caliza, y su rostro plano causaba terror, porque parecía próximo
a descomponerse en piezas, cayendo cada fracción por su lado. En vano
quiso disculparse Pipaón, en vano Micaelita intentó disculparle también,
llevada del amor que aquel día le tuvo, y hasta Doña María del Sagrario
arrojó con timidez una palabra de paz en medio de la ardiente filípica.
Aumentábase el furor del terco viejo con las réplicas, y para concluir
echó a sus nietos a la calle, ordenándoles que no volviesen a poner los
pies en aquella _casa de lealtad_, y conminándoles con desheredarles del
mejor modo que pudiese. Los esposos salieron cabizbajos, y cuando se
despedían de Doña Sagrario en la puerta, el condenado vejete agarró con
su zarpa acerada el brazo de Tablas, que a su lado estaba, y con
ardiente anhelo le dijo:

--Tablas, cuatro duros, cuatro duros para ti, si vas ahora y le das un
puntapié a ese tunante y le arrojas rodando por la escaleras. No hagas
daño a mi nieta, ¿entiendes? a mi nieta no.

El atleta no quiso desempeñar el indigno papel de cachetero que en
aquella repugnante contienda doméstica se le designaba, y todo quedó en
tal estado. Después riñó D. Felicísimo con Doña María del Sagrario, con
la criada, con Tablas, y a todos les mandó que se fuesen a la calle y le
dejaran solo, pues para vivir entre espías o traidores, prefería estar
solo con el leal y desinteresado gato. El buen señor desahogaba su
cólera sonándose, sonándose fuerte y repetidamente, y aquel furioso
trompeteo resonaba en la casa como las cornetas de un llamamiento
militar. No era en verdad ilusión que los frágiles tabiques de la casa
temblaran como las murallas de Jericó, porque durante el ir y venir de
la gente en el momento del berrinchín, el piso se estremecía de tal modo
y con tan amenazadora trepidación, que los expulsados tomaban con gusto
la puerta.

Por la tarde, y cuando no se habían aplacado aún los irritados espíritus
del agente eclesiástico, entró a verle Salvador Monsalud. D. Felicísimo
lo recibió con desabrimiento.

--Le he mandado venir a usted--dijo tomando el pie de cabrón y dando con
él fuerte porrazo sobre la mesa--, para comunicarle noticias muy
desagradables acerca de nuestro amigo el Sr. D. Carlos Navarro. Usted,
jí, jí, se tomó por él tanto interés cuando aquella diablura de su
encierro en la cárcel de Villa, que no dudo en acudir a usted, ahora que
el insigne guerrero del Altísimo se halla en un trance mucho más
peligroso.

Oyó Salvador con notorio interés estas palabras, y después de manifestar
que no había favorecido a Navarro por simpatías carlinas, sino por
consideraciones de gratitud y de amistad absolutamente personales, rogó
a Carnicero no ocultara nada de lo que al digno soldado del Altísimo
ocurría. El vejete se revolvía en su asiento. Tomando y dejando con las
inquietas manos, este o el otro papel, porque estaban sus nervios en
completa anarquía, dijo así:

--Ya llegará la hora de esos canallas, ya llegará, ¡vive Cristo! Ahora,
al amparo de esa sombra de Rey, bailan sobre nuestras costillas; pero
los papeles se truecan, jí.... Figúrese usted que el bravo D. Carlos
partió hacia Navarra para conferenciar con Santos Ladrón y otros
valientes capitanes, la buena gente, la gente sana, la gente de Dios.
Pues bien, hubo una algarada de voluntarios realistas en Viana, por
impaciencias tontas y celo mal entendido. El Virrey 14 de Navarra mandó
contra ellos una columna. La columna no derrotó a nadie... como siempre;
pero cogió a D. Carlos, que estaba en el convento de frailes franciscos,
jí, jí, y juntamente con un sobrino de Santos Ladrón y un capuchino, a
quien sorprendieron haciendo cartuchos, le llevaron a Estella. Se formó
sumaria; dieron parte a Madrid, y este Gobierno cobarde y rastrero ha
mandado hoy, hoy mismo, jí, ha mandado que sean pasados por las armas el
señor D. Carlos, el sobrino de Santos Ladrón y el capuchinito de los
cartuchos. He sabido todos estos pormenores por un oficial del
Ministerio de la Guerra, que nos pertenece en cuerpo y alma, y no hay
duda alguna, jí, de que la execrable orden del Ministro irá, lo más
tarde, por el correo de mañana.

--Es un deplorable incidente--dijo Salvador meditabundo--; pero no podemos
negar al Gobierno el derecho de defensa. Usted, que tanto poder tiene,
¿no podrá evitar esa catástrofe, aunque sólo sea en la parte que a
nuestro desgraciado amigo corresponde?

--¿Yo?...--chilló Carnicero, en tono de lástima de sí mismo--. ¿Yo? Bueno
está el ramo de Guerra en los tiempos que corren para que yo pueda
lograr.... Usted, usted....

--¿Yo?--dijo Salvador, condoliéndose de su impotencia política y militar--.
Apenas tengo relaciones oficiales. ¿Qué caso han de hacer de mí? Para
mayor desgracia, he sido tildado de apostólico por algunos necios, y en
el ejército corren hoy vientos muy liberales. Yo no puedo nada.

Ambos meditaron breve rato, D. Felicísimo con los ojos fósiles puestos
en el ensangrentado Cristo de la columna, Salvador leyendo en las rayas
de la estera.

--¿En poder de quién está Navarro? ¿Conoce usted al jefe de la columna
que lo aprehendió, o al gobernador de Estella?

--Pues, ya... el bribón que le capturó y el jefe militar de Estella son
una misma endemoniada persona, jí, jí, y esta persona es el perdido de
los perdidos, el gran maestre de los canallas, Seudoquis, más masón que
Caifás y más liberal que Caín.... ¿Le conoce usted?

--Mucho--replicó Salvador acabando de leer en la estera--. Tanta amistad
tenemos, que seguramente lo que Seudoquis no haga por mí no lo hará por
nadie.

--¡Qué lástima, Santo Cristo de la Vega! ¡qué lástima, Santísima Señora
del Sagrario, que no está Navarra en Móstoles o que las leguas no se
trocaran en varas!... porque en este caso la distancia nos mata. Ni
valen para este delicado asunto las cartas de recomendación....

--Es verdad que nada de eso vale.

--¡La distancia, la distancia!... Si pudiéramos traer aquí a Navarra....

--Llevaremos allá a Madrid.

--¿Cómo?

--Sr. D. Felicísimo--dijo Salvador levantándose--, me marcho a Navarra.

--¡Usted!... ¿cuándo?

--Lo más pronto que pueda. Depende de los medios que encuentre. Si esta
tarde hallo un coche, esta tarde me voy.

--¿Y confía usted sacar partido de su amistad con ese desollado masón?...
¡Pero qué amigos tiene usted!... Estoy asustado.

--Creo que podré conseguir algo.

--Pero ¿de veras va usted?...

--Ya está decidido. Yo soy así--afirmó el caballero dando algunos paseos
de un ángulo a otro en la polvorosa estancia.

--¿Quiere usted cartas de recomendación?

--¿Para clérigos, canónigos, guerrilleros, frailes que hacen cartuchos, y
abades que organizan partidas? Sí, sí, vengan cartas. Nada de eso es
inútil para mi propósito.

--Entérese usted bien de lo que ha pasado--dijo D. Felicísimo, entregando
a Salvador varias cartas, que este empezó a leer con avidez--. Vea usted
lo que me escribe el guardián de franciscos de Estella.... Vea usted
también la relación detalladísima que del suceso me hace el prior de los
descalzos de Viana. Ahí verá usted las lindezas de su amigo Seudoquis,
que fuma en las iglesias, insulta a las monjas, y dice públicamente que
Dios es _isabelino_.

--No creo que Seudoquis se haya vuelto tonto.

--Lea usted, lea usted.

Leyendo, el caballero se enteró del caso y tuvo anticipado conocimiento
de personajes, cosas y lugares que ordenó en su mente con asombrosa
presteza. Concluida la lectura, ya había imaginado un plan que no debía
sufrir gran variación con la marcha de los sucesos. Para poner en
ejecución lo que pensaba, urgía aprovechar el tiempo lo mejor posible.
Su temperamento impaciente se adaptaba a las resoluciones rápidas y a un
procedimiento ejecutivo y precipitado para realizar pronto la idea,
anticipándose a las contrariedades y tomando la delantera a los
peligros. Aquella tarde arregló sus cosas, buscó un cochecito y dio
cuantos pasos preliminares creía menester para no hallar obstáculos en
su largo viaje. Ya anochecía cuando escribió una carta a don Benigno
Cordero, manifestándole lo que más adelante sabrá el curioso lector.
Esta carta la dejó en poder de D. Felicísimo, previa formal promesa de
entregarla a Cordero, que vendría pronto de los Cigarrales y se
encontraría en su casa de la subida a Santa Cruz. Despidiose del anciano
y partió aquella misma noche. La noticia de la muerte del Rey, que ya
sabía todo Madrid, lejos de hacerle desistir de su propósito, lo
confirmó más en él, porque iba a empezarse el período de crueldades,
amenazas y represalias, precursor del desencadenamiento de la hidra,
cuyos broncos rugidos resonaban ya en toda la Península. No se nos
quedará en el tintero un incidente ocurrido al partir Monsalud de la
morada Carniceril. Iba a tientas por el pasillo lóbrego (pues razones
económicas habían retrasado aquella noche, como otras muchas del año, la
aparición de la luz), cuando del techo se desprendió un pedazo de yeso o
cascote, mucho mayor que los que a todas horas caían. Afortunadamente,
al chocar con los puntales se partió en dos o tres fragmentos, y
Salvador no recibió en su cabeza sino uno de estos, que produjo un
mediano porrazo, rozándole después la cara. Cualquier supersticioso
habría visto en tan insignificante suceso augurio adverso o quizás
favorable; pero Salvador sacudió del hombro el yeso y siguió adelante
sin contestar a D. Felicísimo, que en la puerta de su cuarto decía:

--¿Qué es eso?... ¿se ha hecho usted daño?... ¿se cae la casa?... ¡luz,
luz!



-XVIII-


«El Rey ha muerto. ¡Viva el Rey!».

Cuando Elías Orejón entró en casa de D. Felicísimo y pronunció esta
frase con hiperbólico entusiasmo, el famoso Carnicero estuvo a punto de
perder el sentido; tan grande fueron su sorpresa y júbilo. Unidos ambos
en estrecho abrazo, diéronse palmetadas en las espaldas durante un par
de minutos, sosteniéndose el uno al otro para no caer al suelo con la
fuerza del contento y la debilidad de las piernas. Esto ocurría poco
después del fallecimiento del Monarca y tres horas más tarde del
altercado con Pipaón, por donde se ve, que en un mismo día reservaba la
Divina Providencia al señor de Carnicero impresiones totalmente
contrarias, haciéndole pasar de la ira más atroz a un contento febril y
casi rabioso. Los dos viejos expresaron con afán, y quitándose
simultáneamente las palabras de la boca, opiniones diversas sobre el
suceso, y proclamaron que Dios había concedido a la monarquía el más
precioso de los dones, abriendo camino al soberano verdaderamente
católico y al Rey de verdad. Orejón se despidió para volver a la noche,
trayendo las últimas noticias, y Carnicero se quedó solo, saboreando en
deliciosas meditaciones su júbilo apostólico, ideando planes y
considerando el triunfo rápido de la España religiosa sobre la España
masónica. Después fue Salvador a despedirse y a llevar la carta para
Cordero, y otra vez se quedó solo el anciano con la criada que le
aprestó la cena. Doña María del Sagrario, que estaba muy a mal con su
padre por el sofoco de Pipaón, le acompañó breve rato y fuese después a
la casa de su sobrino con intento de no volver hasta las diez de la
noche.

Las ocho serían cuando volvió a aparecer Orejón acompañado del conde de
Negri, y vieron cenar a D. Felicísimo, que entre bocado y bocado había
de incrustar una opinión, preguntilla, apóstrofe o interjección
apostólica, todo entreverado de hipos que dividían en minúsculas
porciones sus conceptos, dando idea de lo que sería un discurso en
mosaico o una oración en cañamazo.

--A poco de dar el último suspiro Su Majestad--dijo el conde--, el pobre
Sr. Zea reunió en la Cámara Real a varios militares.... He oído hablar
de Quesada, San Martín, Freire y otros muchos que no recuerdo....
Recibioles la napolitana llorando y gimiendo, y no de pesadumbre de
quedarse viuda, no, sino porque la corona y el trono de su hija van
rodando ya como los juguetes de las niñas.... Pero vean ustedes lo que
ha discurrido ese Sr. Zea, ese talentazo, ese inventor de la pólvora y
de los pasteles.... Pues nada: rogó a los militares que juraran defender
la sucesión directa y el tronito de la titulada, Isabel II. Tenemos
monarquía de muñecas.... Y ellos juraron, y tras de aquellos fueron
otros y juraron también.

--¡Patarata!--exclamó Orejón--todo eso es música, música. También se han
reunido esta tarde muchos locos masones, con Aviraneta a la cabeza, y
han deliberado.... ¡Deliberado los postes! ¿cuándo se ha visto eso?...
Señores, llegó el momento de la gran barrida. España ha resucitado. Ya
nuestro Señor no puede tener el escrúpulo de conspirar contra su
hermano. El mejor día le veremos aparecer en la raya de Portugal para
ponerse al frente de nuestros ejércitos.... Pero si no se necesitarán
ejércitos. Esto se cae, esto se hunde, esto se desmenuza. Esto no es
monarquía, es una tienda de tiroleses. Por nuestra parte ya sabemos lo
que nos corresponde hacer, porque tenemos las instrucciones dadas por
Doña Francisca en presunción del caso que ya ha ocurrido.

--Aquí están las instrucciones--dijo Carnicero, soltando el tenedor para
sacar un papel de su gaveta.

--Las sé de memoria--replicó Orejón--. Ahora, señor conde, no perdamos el
tiempo y corramos a ver a los jefes de la guarnición a quienes hemos
hablado del negocio, y que no han querido soltar prenda mientras viviera
el Rey.

--Esta noche no hay junta.

--Esta noche no--dijo Elías, tomando el vaso de vino que sobre la mesa
estaba y acercándolo a sus labios--. Pero, ¿qué aguachirle es este?

--Es lo que yo bebo. Es del propio cosechero de Esquivias.

--Esto es veneno puro.... Pero ¿no has de tener en tu despensa ni
siquiera dos azumbres de blanquillo para que los amigos brinden por el
triunfo de la mejor de las causas?

--¡Tablas, Tablas!--gritó Carnicero, y cuando el atleta apareció en la
puerta, le dijo--: Gandul, ¿estás sordo?... Vete a la taberna de la calle
del Burro y trae una botella de Jerez seco o de cosa que lo parezca.
Anda pronto. Oye, ¿no hay bizcochos en casa? trae también bizcochos....
Jerez seco... pronto.

Tablas era siempre diligente para traer vino, porque la expectativa de
las sobras le aligeraba los pies. Así volvió prontamente con la compra,
y un instante después los dos furiosos evangelistas de D. Carlos mojaban
un bizcocho en el dotado licor. Después bebieron con prudencia, por ser
ambos como D. Felicísimo, varones de mucha sobriedad.

--Por la religión triunfante--dijo Elías, empinando con gravedad.

--Por los buenos principios de gobierno--apuntó Negri--.... Pero no bebe
usted, Sr. D. Felicísimo.

--¿No bebes, Felicísimo? Eso no se puede consentir--manifestó Orejón con
brío, apresurándose a ser Ganimedes del Júpiter de la agencia
eclesiástica--. Verdad es que este Jerez quema como pimienta.

--Será viejo como yo--dijo Carnicero tomando la copa--. Pues brindo....

Las tres copas chocaron con alegre campanilleo, debido principalmente al
temblor del pulso de D. Felicísimo.

--Brindo por la felicidad de España.

--Que ya está segura.

--Otra copa.

--Hombre....

--Otra.

Orejón llenó obra vez las tres copas, con no poco sentimiento de Tablas,
que alejado por el respeto, contemplaba las mermas de la botella.

--Es buen vino--indicó Carnicero, en tono de conocedor--. Pero yo no sé si
mi cabeza....

--¡Qué cobarde!... Felicísimo, otro trago.... Vamos, a la salud de la
familia real.

Este brindis fue acogido con tanto entusiasmo, que Carnicero se levantó
de su asiento para dar más solemnidad al acto de envasarse en el cuerpo
el generoso vino.

--¡Viva Su Majestad el Rey, Su Majestad la Reina y los serenísimos
señores infantes!--exclamó Negri--. De las ruinas del masonismo se levanta
el legítimo trono de España.

--Y de Indias... porque se volverán a conquistar las Indias.

--Se volverán a conquistar--dijo Carnicero, que se notó ágil y dio algunos
pasos con cierta ligereza relativa--. Adiós, mis queridos amigos. Hasta
mañana.

--Hasta mañana.

Orejón y el conde se retiraron. En el pasillo, donde salió a despedirles
el dueño de la casa, fueron sorprendidos, como otro visitante anterior,
por un gran desprendimiento de cascotes del techo.

--Llueven piedras, ¿o qué es esto?--gruñó Orejón deteniéndose.

--No es nada. Los ratones me tienen minado el techo. Ya os arreglaré,
masoncillos.

El conde soltó una carcajada y se limpió la levita manchada de yeso.

--Pero ¿no tienes Inquisición en casa?

El gato saltó de un rincón, bufando, y subió por los maderos.

--Sí, allí veo la Suprema.... ¡cómo maya! ¿Qué ruido es este?

Los tres se detuvieron con recelo, poniendo atención a un rumor que se
sintió instantáneo, y que no era fácil referir a las paredes, ni al
techo, ni al suelo, pues en todas estas partes de la casa parece que
sonaba a la vez.

--Hombre, juraría que vi moverse una de estas vigas--dijo Orejón.

--Y yo juraría que he sentido temblar el piso.

D. Felicísimo prorrumpió en risas, diciendo:

--¡Qué cabezas pone un vaso de vino! ¡Vaya un par de camaradas!... El uno
ve visiones, y el otro oye terremotos....

--Abur, abur.

--Hasta mañana.

Cuando se fueron, D. Felicísimo se quedó solo. Tablas se había retirado
a su casa, y la criada, no pudiendo resistir al deseo natural de hablar
con su novio, de quien había recibido aquella tarde palabra de próximos
desposorios, se fue a la carbonería del número 8. El anciano agente
cerró bien la puerta y volvió a su cuarto, único de la casa que tenía
luz. Nada de esto merece contarse; pero sí lo merece muy mucho el
fenómeno de que D. Felicísimo vio las paredes del cuarto dando vueltas
en torno suyo, primero con lento giro, después con rapidez mareante. En
vano trataremos de dar explicación a este peregrino hecho pidiendo datos
a la ciencia de los terremotos, o buscando su origen en la inseguridad
del edificio, que era, por desgracia, bastante grande y notoria. Todo
cuanto se diga en este sentido será contrario a las reglas de la sana
crítica, y así nos resolvemos a explicar lógicamente aquel volteo de
paredes por la detestable calidad del vino que bebieron poco antes los
tres dignos señores. El vino era tal, que si le hubieran tomado
juramento habría declarado francamente no haber visto en toda su vida
las bodegas jerezanas. Su padre y creador era el tabernero, un gran
artífice de vidueños que habría sido capaz de fabricar agua, si el agua
no estuviera ya fabricada para provecho del gremio. El aguardiente
disfrazado que Tablas trajo de la taberna, hizo tal efecto en el cuerpo
de D. Felicísimo y de tal modo se aposentó en su flaco cerebro, que el
buen viejo perdió el uso regular de sus perspicaces facultades. Como
hacía tanto tiempo que no probaba licores fuertes, su incontinencia de
aquella noche (disculpable por el motivo patriótico que la originó) le
puso en estado de ver las paredes jugando al corro, y le sugirió
extravagancias y puerilidades indignas de persona tan respetable. Dando
fuerte golpe en el suelo con su pesado pie, exclamó bruscamente:

--¡Quieta, España, quieta!... ¿Bailas de gusto por la felicidad que te ha
caído?... Ten calma, Nación, ten calma y espera tranquila el triunfo de
tu Rey sacratísimo.

Carnicero creyó que su valiente exhortación al reino danzante había
hecho efecto, porque dejó de ver movimiento en las paredes.

--Así, así te quiero--dijo dando algunos pasos para llegar a su sillón y
sentarse--pero en vez de andar hacia la mesa, dirigiose al testero
opuesto. No paró hasta tropezar con la pared, y al sentir el choque,
llenose de cólera y dijo:

--¿Quién me estorba el paso?... ¿Quién es el atrevido que no me deja
llegar al sillón?

Esperó respuesta; puso atento oído a los rumores que creía sentir. Todo,
no obstante, era silencio. Pero a D. Felicísimo se lo antojó que oía
fuertes golpes en la puerta de su casa. «¡Quién!» gritó tres veces
poniendo entre cada grito larga pausa de espera. Mas un silencio lúgubre
seguía reinando en la mansión desierta. De improviso sintiose por el
techo como un aluvión de pisadas tenues, pero en tal número que formaban
imponente estrépito. Eran los ratones que en tropel corrían por aquellas
regiones baldías donde habían abierto con su habilidad y paciencia
infinitos caminos y derroteros.

--¡Ah!--exclamó Carnicero riendo con lastimosa imbecilidad--. Son los
reales ejércitos que van al combate. Adelante, bravos batallones. La
hora del triunfo se acerca. Que no quede de masonismo ni el grueso de
una uña.

Pasado algún tiempo, oyose reproducida a lo lejos la misma algazara en
el techo. Parecía que reñían en la sombra de los pasillos los ejércitos
de alimañas y que había retiradas tumultuosas, furibundas embestidas,
victorias súbitas, heroicos choques y horribles desmayos. Carnicero dejó
de atender a aquel fragor lejano y empujó la pared, queriendo vencer el
obstáculo que, según él, le impedía llegar a su cómodo asiento.

--Digo que necesito llegar a mi sillón--repitió--. ¿Quién eres tú?

Alzó los alucinados ojos el anciano y vio lo que en la mitad de la pared
había. Era un hermoso cuadro, retrato de Fernando VII, colgado allí
treinta años antes, y que D. Felicísimo había contemplado desde su
asiento muchas veces, recreándose en la perfección de la pintura y en la
exactitud del parecido. El cuadro era bueno y representaba a Su Majestad
en gran uniforme, de medio cuerpo, con aire y bríos juveniles, nariz
luenga, cabellos negros, ojazos llenos de relámpagos y aquella expresión
sensual y poco simpática que caracterizó al Deseado Aborrecido. Tan
trastornado estaba Carnicero, que le parecía ver por primera vez aquella
figura en su gabinete, y retrocedió con cierto espanto. Mas reponiéndose
y haciéndole frente, como si también la figura hacia él caminase, se
encaró con ella, amenazando con su semblante plano el pintado rostro del
Rey, y le dirigió estas arrogantes palabras 16:

--¿Qué tal le va a Vuestra Majestad en los Infiernos?... ¡Ah!
Perfectamente sin duda. Vuestra Majestad lo ha querido. ¿Qué tal saben
los tizonazos? Yo me permito decir a Vuestra Majestad con todo respeto
que Vuestra Majestad está bien donde está. Las cosas vuelven a su
natural ser, y el Reino se ha salvado. España está libre de su monarca
impuro y acepta el dulcísimo yugo de ese arcángel a quien Dios hizo
nacer hermano de Vuestra Majestad Real.

Calló el viejo y siguió mirando la figura, que de agradable se hizo
repentinamente espantosa, porque sus ojos echaron llamas, su nariz tomó
las dimensiones de elefantina trompa, y su mano soltó el bastón de mando
para echarse fuera del cuadro.... La mano, sí, se echó fuera del cuadro,
y todo el cuerpo del Rey salió en seguida cual si traspasase el umbral
de una puerta. D. Felicísimo retrocedió sintiendo que su valor se
extinguía, que sus bríos se aplacaban, que toda su sangre se
congestionaba en el corazón. Vio venir la horrenda estampa del Rey
cubierto de galones y cruces; vio que el brazo se extendía, que la mano
se alargaba y le cogía por la muñeca, a él, el pobre anciano flaco y
canijo; sintió que aquella mano pesada como el sueño y más fría, mucho
más fría que el mármol apretaba sus huesos hasta deshacerlos, mientras
los ojos fulgurantes del Deseado le traspasaban con mortífero rayo. El
pobre anciano no podía gritar, ni desprenderse de aquella tenaza, ni
siquiera encomendarse a Dios, porque había en su mente una perturbación
horrible y se volvía tonto. La imagen infernal no sólo le atenazaba sino
que se le llevaba consigo, empujándole a profundidades negras abiertas
por el delirio y pobladas de feos demonios.

Y así pasó un rato sin que cesasen los efectos del licor que tan
alevosamente tomara el nombre y la figura del Jerez. Mientras a D.
Felicísimo se le antojaba realidad el desvarío que hemos descrito, la
realidad era que el retrato estaba en su sitio y D. Felicísimo tendido
en el suelo en completo trastorno físico y mental, sumergido en las
tenebrosas honduras de la embriaguez. El buen señor no oyó, pues, los
fúnebres maullidos del gato; no le vio entrar en la estancia con los
bigotes tiesos, el lomo erizado, los ojos como esmeraldas atravesadas de
rayos de oro, las uñas amenazantes: no le sintió saltar y hacer locuras
cual si perdiera el juicio o estuviese tocado de mal de amores; no oyó
sus horribles lamentos, seguidos de roncos bramidos, ni presenció la
ferocidad con que a la postre se lanzó fuera, escalando la pared,
cayendo, levantándose, subiendo por un poste, precipitándose por oscuros
agujeros, para reaparecer luego desesperado y jadeante. El infeliz
Carnicero no vio nada de esto, librándose así de una impresión
horrorosa; no oyó tampoco el estruendo de las alimañas en el techo,
retirándose al través de los tabiques y haciendo saltar bajo su paso
débil innumerables pedazos de yeso; no pudo ver cómo cayó de pronto
enorme porción de cascote en medio del pasillo, ni cómo algunos de los
puntales se movieron y otros se rompieron cediendo al fin al peso de la
techumbre podrida; no vio la primera oscilación de esta sobre la sala,
ni la inclinación del tabique medianero, ni el vacilar de los de carga,
ni la pavorosa lentitud con que las vigas del tejado cayeron sobre las
del techo plano, aplastando la bohardilla como un bizcocho; ni oyó los
crujidos de las maderas resistiendo todo lo posible el peso, ni el
quebrantamiento de algunos tabiques, ni el cuartearse de los yesos,
salpicando chinitas menudas que luego fueron piedras; ni vio
desprenderse polvo de las alturas, precediendo a una lluvia de cal que
luego fue pedrisco de guijarros; ni presenció la desviación de la pared
maestra, que empezó haciendo una cortesía a la pared frontera por la
calle del Duque de Alba, y luego se rompió por las ventanas y en la
parte más frágil. D. Felicísimo no vio nada de esto, y así, cuando
aquella mole podrida se desplomó en una pieza con estruendo más grande
que el de cien cañonazos, él se agitó un instante en su sepulcro de
ruinas, murmuró estas dos palabras: «suéltame ya», y pasó a la
eternidad, no como quien se duerme, sino como quien despierta.

El rico archivo eclesiástico, cuyos legajos asomaban por las rejillas de
los estantes excitando la veneración del espectador, estaba tan comido
de la polilla, que al desplomarse la casa se desmoronó como seco amasijo
de polvo, y parecía que todo entraba en el caos tras la dispersión de
tanta materia inútil, de tanta borrosa letra y de tanta ranciedad como
se acumulaba en los podridos escritos. Así los siglos y las
instituciones caducadas entran como ríos de polvo en el mar de ruinas de
lo pasado, que se agita por algún tiempo y se emborrasca, hasta que al
fin se asienta y se endurece, se petrifica y queda para siempre muerto.
Nada sabríamos de lo que contiene este sepulcro inmenso en que tantas
grandezas yacen, si no existiese el epitafio que se llama historia.

La noticia del desastre se extendió rápidamente por todo el barrio. Vino
Pipaón temblando de miedo y harto intranquilo por la suerte que en aquel
inopinado hundimiento hubiese cabido a las gruesas cantidades que D.
Felicísimo guardaba en su propia casa. Más tarde se congratulaba en lo
íntimo de su pecho de una catástrofe que inutilizó en el díscolo viejo
el perverso intento de privar, en lo posible, a su nieta de la herencia
que le correspondía. Hasta en aquel deplorable accidente se manifestó la
decidida protección que el cielo dispensaba al cortesano de 1815,
apartándole de todos los peligros y allanándole los caminos todos para
que llegase a donde sin duda alguna debía llegar. Por esto decía Don
Rodriguín: _Divisum cum Jove imperium Pipao habet_.

En la tarde del día 1.º de Octubre D. Benigno Cordero contemplaba, con
afligido semblante las ruinas de la casa del absolutismo. Una docena de
ganapanes, vigilados por individuos de la policía y de la curia, removía
los escombros, sacando cascote, podridas vigas, y muebles hechos
astillas. El dinero y el cuerpo de D. Felicísimo aparecieron al fin como
objetos extraídos de una excavación pompeyana, entre el pasmo y la
consternación de los espectadores, movidos quien de curiosidad, quien de
codicia. Él de Boteros tenía en aquella tarde ocupaciones que no le
permitían estar como un bobo mirando la exhumación, y después de rezar
un par de Padre-nuestros por el alma del que fue paisano y amigo, y de
encomendarle a Dios con devoción, entró en una casa próxima. Recibiole
un criado, y aquí fue la sorpresa, aquí la suspensión de D. Benigno, que
se tuvo por más hundido y aplastado que Carnicero, al oír lo que oía.

--¿Pero se ha ido, se ha ido de Madrid por mucho tiempo?--preguntó el buen
señor, después de larga pausa, en que no supo lo que le pasaba.

--Para mucho tiempo, sí señor.

--Luego ha ido lejos.

--Muy lejos, aunque no dijo adonde.

--¿Pero usted está seguro de lo que dice? Usted está trastornado.

--El señor se ha ido y no volverá pronto.

--Entonces habrá dejado algún recado o carta....

--El señor escribió una carta; pero no la dejó en casa.

--¿Pues dónde, hombre de Dios, dónde?

--La dejó a D. Felicísimo Carnicero.

--¡Bendito Dios!--exclamó D. Benigno, golpeando en el suelo con un pie--.
¿Y a usted no le dejó recado verbal para mí?

--¿Para el Sr. de Cordero? Sí señor. Me dijo que D. Felicísimo enteraría
a usted del motivo de su viaje y le daría una carta.

--¡Barástolis!... Hay cosas que parecen obra de Satanás.

Y reproduciendo en su mente el espectáculo de los escombros que había
visto a dos pasos de allí, pensó que para encontrar la carta era preciso
levantar muchas varas cúbicas de polvo y astillas, un cadáver y el
pesadísimo pie de la curia, puesto sobre el tesoro, como el pie del
pilluelo que pisa la moneda caída, mientras su dueño la busca paseando
los ojos por la tierra. Exhaló Cordero de su pecho un suspiro en que
parecía que la mejor parte de su alma se escapaba en busca del fugitivo,
y salió abrumado de pena. En la calle el gentío que se agolpaba junto a
las ruinas le dio a entender que sacaban aquel precioso fósil que fue
agente eclesiástico. Entonces dio un suspiro mayor, diciendo para
sí:--También nosotros nos hundimos; también a nosotros se nos ha caído la
casa encima.

Acordose entonces de Sola, a quien había dejado en su casa esperando el
resultado de aquella visita, y no pudo menos de traer también a la
memoria las corazonadas de la huérfana antes de salir de los Cigarrales.
No queriendo dar a esta la desagradable noticia sin acompañarla de algún
consuelo, hizo averiguaciones prolijas aquella misma tarde, y después de
hablar con algunos amigos del fugitivo y de hacer mil preguntas en
varios mesones y paradores, se retiró a su casa si no con la
certidumbre, con la sospecha fundadísima de que Salvador había ido al
Norte. Esto, las voces que habían corrido acerca de las opiniones
últimamente adoptadas por su amigo y la circunstancia de haber partido
en el mismo día en que murió Su Majestad, llevaron a Cordero de
cavilación en cavilación hasta ponerle en el trance de creer lo que el
día anterior le parecía increíble.

--No--pensaba andando hacía su casa--, aquel tesoro no puede ser para un
aventurero. Mi hija no se casará con un hombre que así juega con los
santos principios, con un hombre que ayer fue exaltado liberal y hoy
absolutista de trabuco y sobrepelliz. Ella misma apartará de él su
espíritu y su corazón, y entonces....

El semblante del de Boteros se animó. Toda idea nueva y feliz produce
como una llamarada interior, cuyo reflejo sube al rostro, cuando este no
se ha educado en el disimulo y la hipocresía. Cordero avivó el paso y
apretó fuertemente el puño del bastón, repitiendo:

--Entonces....



-XIX-


Como la vista del geógrafo se extiende sobre el mapa, así la imaginación
del excelente D. Benigno volaba hacia el Norte en seguimiento del
prófugo, buscándole por llanos y laderas, sendas y atajos. Veía media
Castilla, medio Aragón, el caudaloso Ebro, y luego las estribaciones
pirenaicas cubiertas de verdura y plagadas de serpientes que de mil
escondrijos salían. Y no será aventurado afirmar también que la
imaginación del fugitivo se iba quedando atrás como un hilo desenvuelto
del ovillo que rueda. Rodaba nuestro hombre con la prisa que tan
cachazudos tiempos permitían, anhelando llegar pronto, y pues todo es
relativo en el mundo, su tartana, galera o silla de postas (que en la
categoría del vehículo no están conformes las referencias) llevaba un
paso que en comparación del de la tortuga habría podido llamarse veloz.
Cruzó el llano de Alcalá, la aromosa y pobre Alcarria, hacia donde cae
el reino de las abejas; vio a Sigüenza donde hay colmenas de clérigos, y
atravesó la estrecha cuenca del Jalón, que corre silbando por la
angostura como una espada de agua que se envaina en montañas. La romana
Bilblíis lo mostró ya la tierra aragonesa. En la feraz vega de Zaragoza,
pasó por entre pilas de melocotones que parecían balas de fuego, y vio
las lozanas viñas de uva retinta, cuyo zumo enardece la sangre de los
paisanos de Lanuza. Sin detenerse pasó por la ciudad que lleva el nombre
más preclaro en las justas militares del siglo, y que tuvo en los
harapos de sus tapias rotas mejor defensa que otras en la coraza de sus
murallas de piedra. En Tudela pasó el Ebro entrando en franca tierra de
Navarra, semillero de gente brava, pues si Rioja fue hecha para criar
pimientos, Navarra fue hecha para criar soldados. Halló gran agitación
en los pueblos del camino, y la gente detenía el cochecillo para pedir
noticias. Era preciso satisfacer a todos, diciendo: «Sí, es cierto que
ha muerto el Rey».

«¿Pero es verdad que Madrid ha proclamado ya a D. Carlos? ¿Es verdad que
Cristina se ha embarcado o va en camino de embarcarse? ¿Es cierto que el
Infante ha vuelto de Portugal, y está al frente del ejército?». A estas
preguntas no podía contestar el viajero porque nada sabía, pero bien se
le alcanzaba que provenían de falsas noticias y embustes, semilla que
hábilmente sembrada en tales países había de dar pronto cosecha de
tiros. Siguió su camino y al fin entró en Estella. Aunque eran las doce
de un hermoso día cuando pisó la plaza Mayor, antojósele que las
próximas alturas arrojaban sombra muy lúgubre sobre la ciudad y que esta
se ahogaba en su cinturón de montañas. A cada paso hallaba pandillas de
clérigos con capa de esclavina, paraguas y gorro de borla, charlando en
lenguaje vivo sobre el asunto del día, que era la muerte del Rey y el
problema de la sucesión.

Dirigiose a uno de aquellos señores para preguntarle por la residencia
del coronel Seudoquis, a quien quería ver sin pérdida de tiempo, y el
clérigo, hombre gordito y lucio, le contestó de esta manera:

--Nuevo es usted en esta tierra. Si no lo fuera usted, sabría que para
encontrar al famoso Seudoquis no hay más que averiguar donde se juega y
donde se bebe.

Apuntando con su paraguas a una esquina de la acera de enfrente, añadió
el buen hombre lo que sigue:--¿Ve usted aquella casa donde dice en letras
muy gordas _Licores_? Pues allí encontrará usted al borracho.

Y se marchó riendo y a prisa para reunirse a la cuadrilla que había
seguido andando mientras él se detenía. Todos los demás individuos de
paraguas encarnado y gorro negro eran también lucios y gorditos, señal
indudable de no ser gente muy dada a la penitencia.

Pronto encontró Salvador a su amigo, y no le encontró embriagado ni
jugando, sino en tertulia con otros tres militares y dos paisanos. La
sorpresa y alegría del coronel fueron grandes. Después de abrazarse,
retiráronse a un desvencijado cuarto del mesón (pues mesón, café,
taberna y algo más era la tal casa) y hablaron a solas más de una hora.
Cuando Salvador se retiró a descansar en la estancia que allí mismo le
destinaron, creía haber ganado la partida y estaba satisfecho de su
aventurado viaje, que ya tenía por venturoso. Pero Dios quiso que todos
sus planes se trastornasen y que a cada dificultad vencida naciese otra
imponente dificultad. Aquella misma tarde recibiose aviso de que don
Santos Ladrón, el atrevido guerrillero riojano, venía sobre Estella con
quinientos voluntarios, al grito de _España por Carlos V_. Púsose en
movimiento la escasa guarnición de la plaza, y Dios sabe lo que hubiera
ocurrido si no llegara oportunamente el brigadier Lorenzo, mandado por
el Virrey Solá con el regimiento de Córdoba y los provinciales de
Sigüenza. Lorenzo no descansó en Estella. Aquella noche vio Salvador las
calles Mayor y de Santiago atestadas de soldados, que se racionaban con
pan y vino; habló con ellos y pudo notar que reinaba en la tropa buen
espíritu, si bien su entusiasmo por la causa que empezaban a defender no
era muy grande todavía.

Lorenzo salió a media noche. Al día siguiente se tuvo noticia del
combate de los Arcos, en que fueron destrozados los voluntarios de
Ladrón y este hecho prisionero. Salvador vio por segunda vez la tropa de
Lorenzo, de regreso a Pamplona, llevando consigo al guerrillero don
Santos y a Iribarren. Lo peor del caso para nuestro amigo, fue que
Lorenzo se llevó también a Pamplona a los tres prisioneros que en la
cárcel de Estella estaban, y con esta determinación vino a tierra el
plan construido por Monsalud de concierto con Seudoquis. Contrariedad
tan inesperada parecía anunciar malísimo éxito a las tentativas
generosas de Salvador, porque los prisioneros de Estella estaban ya
condenados a muerte. Pero no desmayó por esto, y se puso en marcha para
Pamplona, siguiendo a la brigada vencedora. Fue para él una ventaja
relativa que le acompañara Seudoquis, con cuya cooperación humanitaria
contaba, si bien lo sería muy difícil ejercerla en la misma residencia
del Virrey.

Por el camino pudo Salvador ver a su hermano prisionero y en tal estado
de extenuación y abatimiento que inspiraba lástima a cuantos le miraban.
En un desvencijado carro de trasportes iba tendido sobre jergones, cuya
dureza con la de las piedras competía. Como el carro tenía toldo y unos
palitroques laterales al modo de rejas, su semejanza con una jaula era
grande, de donde resultaba que el Sr. Navarro, mirado desde fuera,
escuálido, aburrido, entumecido y soñoliento, se pareciese algo a D.
Quijote cuando le llevaban encantado desde la venta a su aldea. Salvador
pudo acercarse, con la venia de la escolta, y cambió algunas palabras
con el preso, el cual tardó mucho en reconocerle y le miró despacio con
ojos semejantes a los de un demente.

--¿Qué haces tú por aquí?--dijo acercando su rostro a los palos--. ¿Eres tú
el que parece o eres otro?

--Soy el que parece--replicó Salvador inclinándose lo más posible sobre el
arzón de su cabalgadura--. ¿No esperabas verme por aquí?

--No habrás venido a nada bueno.

--He venido por ti.

--¡Ah!... eres de los ministriles del Virrey. ¿Te has hecho asesor de Su
Excelencia? Mira, oye, acércate más.... Di al canalla de Su Excelencia
que no tarde en fusilarme. Ya no puedo más.

--¿Te sientes mal? ¿Padeces mucho?

--¿A ti te importa algo que yo padezca o no? ¡Pues sí, padezco mucho, por
vida del mismo rábano!... Tengo una lámpara encendida aquí.

Incorporándose dificultosamente, llevose ambas manos a los hijares. Su
cara lívida causaba miedo, y cuando dilataba los labios morados con
expresión equívoca y asomaban sus dientes blanquísimos, se veía en él
clara y patente la sonrisa del dolor, o sea la casi imperceptible burla
que el dolor hace de sí mismo cuando han concluido todos los consuelos y
aun los sofismas del consuelo.

--Tú estás muy enfermo--le dijo Salvador con profunda pena--, y yo creo que
el Virrey te perdonará la vida.

--¡Y al dejarme vivir llamas perdón!... vaya un perdón el tuyo.
¡Indultarme!... No, por muy masón que sea el Virrey, no será tan cruel o
inhumano.

--Estás alucinado, y el sufrimiento te enloquece un poco, haciéndote
disparatar.

--Yo estoy cuerdo y sé lo que me digo. Tú estás tonto y hablas más de la
cuenta.

--Yo sólo te diré que no te desesperes. Ta enfermedad puede curarse
todavía.

--Con cuatro tiros.... ¡Rábanos! no sufrirá que sea por la espalda.

--No serán por ninguna parte. Estás enfermo y exaltado. Yo te juro que se
harán esfuerzos grandes por salvarte.

--¿Y quién me salvará, tú? ¿tú?--dijo Garrote con desprecio.

--Podrá ser. No he venido a otra cosa.

--¿Desde Madrid?

--Sí. Y a Pamplona voy.

--¡Salvarme tú!... ¡Conservarme la vida! Veo que también hay verdugos de
la vida.

--Yo quiero ser contigo ese verdugo de vidas.

--Mira, mira, ¿quieres dejarme en paz, intruso, y volverte otra vez a tu
Madrid?

--Nos iremos

--Yo seré feliz mañana--dijo Navarro con hosca expresión--, en el foso de
Pamplona. ¡Qué frío hará allí!

El prisionero temblaba.

--¿Tienes frío?--le preguntó su hermano.

--Hombre, sí, tengo frío. ¿No lo ves? ¿para qué lo preguntas? Tus
pesadeces acabarían con la paciencia de un santo.

--Te proporcionaré una manta.

Alejose Salvador y al poco rato volvió con lo que había ofrecido. El
prisionero tomó la manta y arrebujose en ella, añadiéndola a la manta y
al capote que ya sobre sí tenía; pero ni por esas entraba en calor.

--Veo que sigues tan helado como antes. Sin embargo, el día está bueno.
Pica el sol.

--Mi frío no es el frío de todo el mundo. Cien soles no lo
destruirían.... abur.

--No, todavía no. Tengo que hacerte una advertencia. Es indispensable que
te vuelvas loco, quiero decir, que mañana, cuando te reconozcan los
médicos, hallen en ti síntomas de locura.

--Hallarán el contento de morir--repuso Navarro, dando diente con diente--.
¡Ah! ya te entiendo: me fingiré cuerdo para que me maten más pronto. Me
fingiré cuerdo, gritaré: «¡Viva Carlos V, mueran los masones!...». Está
bien, hombrecillo, adiós. Vete, que quiero echarme a dormir.

Y se tendió, envolviéndose todo y cubriéndose cara y manos, de modo que,
si no fuera por el temblor, parecería un muerto a quien llevaban a
enterrar.

Salvador se retiró muy desesperanzado. El convoy se detuvo para
distribuir raciones. Era la época de la vendimia, y el vino estaba poco
menos que de balde, porque necesitaban desalojar las tinajas para dar
cabida al mosto, que era aquel año abundantísimo. Así es que el convoy
pasaba, según la expresión de Seudoquis, por una calle de borracheras. A
cada instante hallaban grupos jaleadores; oíanse dicharachos, cantorrios
y pendencias. Bailes y jotas festejaban el pingüe Octubre, y los mozos
vendimiadores aparecían manchados de mosto, feos y soeces como
sacristanes, que no sacerdotes, de un Baco pedestre y envilecido. Con la
caída de la tarde se fue amortiguando el escándalo de aquella bacanal
campesina; se extinguieron los ruidos de guitarras y panderetas, y al
anochecer, las pandillas de clérigos aparecían paseando en el camino a
la entrada de las aldeas. Oscura, oscurísima era la noche cuando el
convoy entró en la capital de Navarra. Y a pesar de ser tal que todo se
veía negro, a Salvador le pareció que no había en ella bastantes
tinieblas para ocultar lo que hacer pensaba.



-XX-


Pero todo fue inútil por falta de elementos. Arrebatar sigilosamente un
prisionero a la autoridad militar, dentro de una plaza fuerte y en
momentos en que el fanatismo de los partidos redoblaba la vigilancia,
era empresa demasiado temeraria y difícil para que saliera bien no
contando con altos auxilios. Salvador no tenía amistad con el Virrey, y
aunque la tuviera de nada le valdría por ser D. Antonio Solá hombre muy
inflexible. De los jefes militares importantes trataba a algunos, y con
varios de ellos tenía conocimiento que rayaba en amistad, por antiguo
compañerismo en el Grande Oriente masónico del 22. Pero no era a
propósito la ocasión para corruptelas humanitarias. Seudoquis, con quien
siempre contaba, le dio esperanza, asegurándole que si el prisionero
perseveraba en sus locas extravagancias, era fácil que el Virrey, en vez
de mandarle al foso, le enviase al hospital de orates.

El cuidado de reanudar sus relaciones antiguas, y procurarse otras
nuevas ocupaba a Salvador las mejores horas del día y de la noche. Los
militares se reunían en una especie de casino, situado junto a la fonda
principal, y allí se jugaba, mezclando los entretenimientos lícitos con
los prohibidos; se bebía café, se vaciaban botellas y se charlaba de lo
lindo. Fuera de aquel círculo halló nuestro amigo algunos que, a pesar
de pertenecer a la clase militar, se mantenían retraídos. Una mañana
paseaba solo por la Taconera, cuando tropezó con una persona cuyo rostro
no era extraño para él. Detúvose, saludó, y el desconocido conocido le
contestó fríamente. Era un hombre de alta estatura, moreno, de ojos
negros, bigote y patillas. Recortadas estas con esmero por la navaja
formaban una curva sobre las mejillas y venían a unirse al bigote,
resolviéndose en él, por decirlo así, de lo que resultaba como una
carrillera de pelo. Su nariz aguileña de perfecta forma, el mirar
penetrante, y un no sé qué de reserva, de seriedad profunda que en él
había, indicaban que no era hombre vulgar aquel que en tal hora paseaba
envuelto en capa de paisano, y calzado de altas botas, que el buen
estado del piso hacía innecesarias. Al soltar el embozo dejó ver su
cuerpo, vestido con zamarreta peluda, estrechamente ajustada con
cordones negros. Las patillas, las botas, la zamarreta, la aguileña y
delgada nariz, los ojos de cuervo y la gravedad taciturna son rasgos
suficientes a trazar sobre el lienzo o sobre el papel la inequívoca
figura de Zumalacárregui.

El que después fue el más grande de los cabecillas y el genio militar de
D. Carlos, estaba a la sazón de cuartel en Pamplona, vigilado por la
autoridad militar. Varias veces le había amonestado Solá. Se contaban
sus pasos y se le había prohibido tener caballo. Vivía con su familia y
era hombre muy morigerado. No daba a conocer fácilmente sus opiniones;
pero pasaba por ferviente partidario de D. Carlos. Iba a misa todos los
días y después de misa paseaba dos horas por la Taconera, cualquiera que
fuese el tiempo.

Salvador y D. Tomás hablaron breve rato. D. Tomás compadeció a su amigo
D. Carlos Navarro, y después, como el otro sacara a relucir la guerra y
el aspecto que tomaba, dijo con aparente candor, verdadera máscara de su
marrullería, que, según su opinión, las cosas no pasarían adelante. Por
no verse precisado a hablar más, apretó la mano de su amigo y siguió
paseando por la muralla.

Al día siguiente fue pasado por las armas en el foso de las
fortificaciones D. Santos Ladrón, que murió valiente como español y
resignado como cristiano. Después sufrió igual suerte Iribarren,
cabecilla menos célebre que el primero. Ya estaba señalado el sacrificio
de Garrote para el 15, cuando el Virrey, en vista del estado lastimoso
del reo, difirió su muerte, mejor dicho, la encomendó a la Naturaleza.
Los médicos habían dicho que Navarro no viviría dos semanas, y Solá tuvo
ocasión de mostrar su humanidad. El enfermo fue trasladado al hospital,
de lo que recibió su hermano mucho contento, porque algo más vale
desahuciado que muerto.

Cada día llegaban a la ciudad noticias alarmantes del vuelo que tomaba
la insurrección. En Oñate se echaba al campo Alzaá, en Salvatierra
Uranga, en Toranzo Bárcena, Balmaseda en Fuentecén, y en Navarra, que
era el centro de aquel motín semi-nacional fraguado por el absolutismo
con la bandera de Cristo, se habían alzado Goñi y Eraso, Iturraldo
y el cura de Irañeta. Eraso tenía por suyo a Roncesvalles, Goñi la
Borunda, y el párroco asolaba la parte llana. Era un bravo soldado
el de Irañeta y podía ocupar lugar excelso en esos extraños fastos
eclesiástico-militares, donde están escritas con horribles letras negras
las hazañas de Merino, Antón Coll y el Trapense.

Navarro fue trasladado al hospital, donde su hermano pudo verle con
frecuencia. El áspero carácter, los bruscos modos y la amarguísima pena
del enfermo no cambiaron nada pasando del poder de los carceleros al de
los cirujanos, si bien su dolencia entró en un período de alivio por las
ventajas higiénicas del cambio de vivienda. Postrado en la cama, pasaba
a veces días enteros sin pronunciar una sola palabra, aunque Salvador
hacía los imposibles por sacar una siquiera de aquel pecho que era un
mar de melancolías. En cambio, otros días era tal su locuacidad que no
podían seguirle la conversación incoherente y exaltada. Salvador y el
cirujano procuraban con esfuerzos de gallardo ingenio llevar su charla a
los términos de la discreción y del buen razonar; pero mientras más
querían ir ellos por el camino del juicio, con más ahínco se arrojaba D.
Carlos por los despeñaderos del desatino. Si ellos hablaban de las
cosechas, del crudo invierno y entremezclaban donosos cuentos en su
coloquio, a él no le sacaba nadie de la guerra, del empuje carlista y de
la necesidad de que un jefe militar de prestigio y valor se pusiese al
frente de las partidas navarras para organizarlas y hacer con ellas un
poderoso ejército reglado. Imaginaron hacerlo creer que no había ya tal
guerra y que los rebeldes se habían sometido ya al Gobierno; pero esto
dio resultado contrario al buen deseo de Salvador, porque oyendo Navarro
lo del someterse, poníase furioso, echaba ternos y quería arrojarse del
lecho. Más fácil era pacificar a Navarra que introducir en aquel cerebro
insurreccionado la idea de la paz.

El sistema más eficaz para calmarle y hacerle tomar las medicinas era
contarle las hazañas del cura de Irañeta y del cabecilla Mongelos, dos
tipos de la guerra de salteadores. Pero si le decían que todo el furor
religioso carlino de tales héroes no era más que una pantalla para
encubrir contrabando, entonces el enfermo sacaba los puños de entre las
sábanas, llamaba al cirujano _mequetrefe_, y decía a su hermano:

--Tú eres un intrigante forrado en masón. Márchate de aquí y déjame solo.
Me estorbas, te juro que me estorbas. Tus cuidados me cargan, porque no
quiero agradecerte nada. ¿Lo oyes bien? no quiero agradecerte nada, ni
esto. Pesas sobre mí como una montaña, y creo que no tendré salud
mientras no estés lejos de mí y pueda yo decir: «no le debo nada, no es
mi hermano, es un intruso».

De estas cosas se reía Salvador, y para captarse su voluntad y amansar
un poco su arisco genio, hasta ideó afectar simpatías por el Infante y
la apostólica insurrección. Una mañana le llevó la noticia que circulaba
por la ciudad, dando motivo a infinitos comentarios. Zumalacárregui se
había pasado al campo carlista. Según dijo quien le vio, dos días antes
había salido muy de mañana, con capote militar, por la puerta del
Carmen, y se había encaminado a pie hacia una venta próxima, donde le
esperaban tres hombres con un caballo. A escape se dirigió el coronel
cabecilla a Huarte Araquil, donde le aguardaban el cura Irañeta y
Mongelos. Los tres partieron juntos hacia la sierra en busca de
Iturralde, según se creía.

Mucho extrañó a Monsalud el ver que su hermano, en lugar de recibir esta
noticia con la alegría que siempre mostraba, tratándose de ventajas
carlistas, la oyó con gran asombro, y después de larguísima pausa, se
afligió mucho y se dio un golpe en la frente como en señal de
abatimiento y desesperación. De pronto extendió una mano. Asiendo el
brazo de su hermano, atrájole hacia sí y en voz baja, con el acento más
lúgubre que puede imaginarse, le dijo estas palabras:

--¿Ves lo que hace Zumalacárregui? Pues eso debía haberlo hecho yo. ¿No
te dije que era necesario que un jefe militar se pusiese al frente de
esta sagrada insurrección para organizarla? Pues ese jefe debía ser yo,
yo. ¿Qué hace Zumalacárregui? Lo mismo que habría hecho yo. Su papel es
el mío, sus laureles los míos, su triunfo mi triunfo. Si yo no estuviera
en esta aborrecida cama, estaría donde él está ahora, y lo que él piensa
hacer y hará de seguro, ya estaría hecho.... ¡Qué desesperación, Dios de
Dios!

Dicho esto, puso sus ojos fieros en los de su hermano tristes y serenos;
le envolvió en una mirada aterradora y le apretó con más fuerza el
brazo, diciendo:

--Oye tú, si me sacas de esta cama, si me sacas de Pamplona y me pones en
salvo en Huarte Araquil o en Oricaín y me das un caballo, te juro que se
acabará el odio que te tengo y serás mi hermano querido, y daré una
interpretación buena a tus cuidados, agradeciéndolos en vez de
rechazarlos. Hazlo, hazlo por mí y por nuestro padre, cuya memoria y
cuyo nombre pongo hora como lazo de reconciliación entre los dos....

Salvador sintió frío en el corazón. En el primer instante tuvo la idea
de aparentar complacer a su hermano, dando cuerda a su demencia; pero
consideró al punto que era muy peligroso el sistema de fomentar, siquier
fuese momentáneamente, tan descabelladas manías, y tan sólo dijo:--Si
insistes en esa locura, te abandonaré y entonces sí que llamarás a tu
querido hermano.

Navarro gritó: ¡_Intruso_! y al punto su cabeza y sus brazos
desaparecieron entre las sábanas. Era aquel el movimiento final de su
enfado y su manera genuina de romper con el mando.

Desde aquel día, si halló alivio en su enfermedad, declinó más por la
pendiente de la locura, y tales disparates hizo, que el Virrey le
absolvió en definitiva como indigno del patíbulo. Estaba incapacitado
para morir a manos de los hombres. Una noche le hallaron medio desnudo
en un desván del hospital buscando salida para salir al tejado. Dos días
después dio de puñadas al cirujano, y frecuentemente se arrojaba del
lecho para correr por la sala injuriando a imaginarios enemigos, sólo
vistos de su extraviado entendimiento. Por último, pasados tres meses de
hospital, y cuando mediaba Enero del 34, fue declarado baja en el
ejército, y el Virrey dispuso que se hiciera cargo de él su familia, si
alguna tenía. En tal resolución no tuvieron poca parte las buenas
amistades de Salvador. Así vio colmados sus deseos, y llevándose consigo
al enfermo, lo instaló en su casa cómodamente, decidido a llevárselo a
Madrid cuando su estado lo permitiese y se apaciguaran los rigores de
aquel crudo invierno.

El descenso de la temperatura había extendido sobre algunas partes de la
nieve planchas de durísimo y resbaladizo cristal. Las fuentes,
enmudecidas en su parlero rumor, parecían decoraciones de azúcar por la
quietud de sus chorros helados de mil facetas. En las murallas las
formidables piezas de gran calibre estaban arrebujadas en la nieve, y
por un pliegue del frío capote asomaban sus bostezantes bocas negras
amenazando al campo. En los fosos, la inmaculada blancura casi cegaba la
vista, y las alegres márgenes del Arga no se conocían de puro vestidas.
Los árboles con sus escuetas ramas perfiladas de blanco no parecían
árboles, sino urdimbres rotas de un tejido deshecho. Las casas medio
sepultadas echaban a duras penas por su chimenea, cubierta de finas
cremas y cristalinos picachos, un chorro de humo que subía lentamente a
manchar el cielo y se resolvía en el pesado gris de la atmósfera como
masas de tinta arrojadas en un inmenso mar de almidón. Dentro de las
casas reinaban, por el contrario, la animación y el bullicio, por estar
recogidos los habitantes todos al amor de los hogares, donde ardían
encinas enteras. Fuera, todo estaba congelado, incluso la guerra, que
había dejado de moverse en el campo para latir en el corazón de las
viviendas.

Contra lo que Salvador esperaba y temía, Navarro se dejó llevar, y
después de instalado en vivienda tan distinta del lóbrego y tristísimo
hospital en que antes moraba, su exaltación se trocó en abatimiento y su
aspereza en indiferencia, no exenta en algunos instantes de suavidad y
aun de discretas y sosegadas razones.

No contribuyó poco a su alivio la soledad en que estaba y el no permitir
Salvador que le visitara persona alguna, porque en el hospital los demás
enfermos se complacían en calentarle los cascos, contradiciéndole en sus
vehemencias o alentándole en sus majaderías. Una mujer de carácter
excelente, tan notable por su solicitud como por su paciencia, le
asistía, y un clérigo pacífico le acompañaba algunos ratos. Doña
Hermenegilda, que así se llamaba la dueña, era viuda de un guarda-montes
de la Borunda y había tenido siete hijos, de los cuales, a excepción del
más pequeño, que emigró a las Américas, no quedaba ninguno por haberlos
absorbido todos sucesivamente las distintas guerras de la Península,
desde la famosa de la Independencia hasta la de los agraviados en
Cataluña. Tan guerreros eran, que en los pequeños claros o intervalos de
paz, ninguno supo hacer cosa de provecho, y la poca hacienda que tenían
fue pasando a los prestamistas, disolviéndose toda en comilonas, timbas,
inútiles viajes, cacerías y compras de armas para camorras. De esto y
del desastroso fin de todos ellos, nació en Doña Hermenegilda un
aborrecimiento tan vivo de las guerras, que no se le podía mentar nada
de lo tocante al fiero Marte y su culto sangriento. Ella decía que una
nación de cobardes sería la más feliz y próspera del mundo, y cuando le
objetaban que esa nación no sería dueña de sí misma porque la
esclavizaría cualquier conquistador extraño, respondía que su bello
ideal era que todas las naciones del mundo fueran igualmente cobardes,
para que resultara un globo terráqueo poblado en absoluto de seres
prudentes. Doña Hermenegilda no era navarra.

No podía haber escogido Salvador persona más a propósito para cuidar a
un hombre tocado, como se sabe, del mal de batallas. No tenía igual
seguridad de acierto en la elección del Padre Zorraquín para acompañante
y amigo espiritual del enfermo, porque si bien en ocasiones podría
tenerse al tal clérigo por la persona más bondadosa y mansa del mundo,
en otras parecía un si es no es levantisco y ambicioso. Era Zorraquín
capellán de unas monjas pobres y no podía ocultar sus febriles ganas de
llegar a otra posición eclesiástica más elevada. Ya no era joven el
capellán y había dejado trascurrir lo más florido de su existencia sin
hacer valer los méritos que creía poseer. Todas sus peroratas sobre este
tema de la vanidad concluían diciendo: «Ya, ya vendrán tiempos de
justicia, sí, ya vendrán.... Entonces no veremos los coros de las
catedrales llenos de masones con sotana, mientras los buenos
eclesiásticos perecen».

No pasaba ya Garrote la mayor parte del día en la cama. Había recobrado
las fuerzas, y su mal, que antes parecía profundamente arraigado y dueño
de la persona, le permitía ya algunas horas de completo bienestar. Muy
sensible al frío, se acercaba con frecuencia a la lumbre, la observaba
con fijeza, arrojando en medio de las ascuas su mirada, como si quisiera
encenderla en ellas, y no se movía hasta que, inflamándose su cara con
los rojos reflejos, llegaba a un grado de irritación insoportable.
Entonces se retiraba, conservando en su pupila la imagen de las brasas
deslumbradoras. Después de dar algunos paseos por la estancia, hasta
enfriarse, volvía junto a las llamas y se extasiaba contemplando otra
vez las lenguas rojas de azulada punta, las quemadas astillas que caían
del consumido leño con murmullo de hojas secas, y languidecían luego en
la ceniza durmiéndose.

Comía poco. No leía nada, y su única distracción era tirar al florete
con su hermano. Pero este entretenimiento duraba minutos nada más, por
la escasa fuerza del convaleciente. Hablaba tan poco, que a veces hasta
se privaba de lo necesario por no pedirlo. En el largo espacio de un mes
no pasaron de tres las conversaciones tiradas que ambos hermanos
sostuvieron. En la primera hablaron de las condiciones de las casas de
Pamplona, de la catedral, de la ciudadela, de las fortificaciones, de la
Rochapea y de otros temas locales, en que Navarro mostró su prolijo
conocimiento de la ciudad. En la segunda, Salvador le habló de la
guerra, procurando poner a prueba el juicio de su hermano, y no tuvo
poca sorpresa al observar que Garrote trató el asunto con un aplomo y
una serenidad de ideas admirable. El tercer coloquio fue todo él
expresión de sentimientos personales, y habría podido servir de base de
concordia entre dos hombres que tanto se habían aborrecido. Por esto
debe ser puesto entre lo más precioso que han hablado nuestros
personajes, y reproducido con integridad para que sea edificación de
nuestros lectores, como lo fue de Doña Hermenegilda, que tuvo el honor
de hallarse presente en aquel palique.



-XXI-


Una tarde, después de comer, hicieron ambos elogios muy ardientes de un
exquisito guisado de palomas silvestres que les puso Doña Hermenegilda.
Después Navarro se acercó a la chimenea, cual si fuera a arrojarse
dentro de ella, y como Salvador le amonestara por aquel singular gusto
de achicharrarse, Navarro se retiró, miró a su hermano sin el
acostumbrado fruncimiento de cejas, y le dijo estas blandas palabras:

--Acabarás por manejarme como a un chiquillo. ¿Qué más quieres? Poco a
poco me has ido haciendo tu prisionero sin combatir, y con medicinas
primero, con cuidados después, has ido venciéndome. Si no hay en todo
esto una intención desconocida, desde ahora declaro que estoy agradecido
del bien que me has hecho.

--Una intención y un plan hay en mí--replicó Salvador--pero ambos son harto
claros. He querido vencerte con las armas del bien y dominarte por la
fuerza de la caridad, emanada de un parentesco que no querías reconocer.
¿Lo reconocerás ahora? ¿Se hace por un extraño lo que yo he hecho?

--No--dijo con noble decisión Garrote--. No se hace por un extraño lo que
has hecho por mí. He tenido días de gran oscurecimiento en mi cabeza;
pero ya veo claro, y aunque imagino sofismas y sutilezas para desvirtuar
tu comportamiento conmigo, no puedo. La verdad es más fuerte que mis
cavilaciones. Te me has ido imponiendo, imponiendo, y ahora estás encima
de mí con un doble carácter, pues no puedo separar completamente en ti
el hermano cariñoso del hombre aborrecido, ni creo que separarlos pueda
mientras los dos vivamos.

--He sido más afortunado que tú--dijo Salvador, apartándole otra vez del
fuego, que le atraía como a mariposa--, porque yo hace tiempo que he
olvidado todas las ofensas; hace tiempo que he cogido todos los rencores
y arrancándolos de mí los he echado fuera, como se echa este papel al
fuego.

Salvador arrojó al fuego un papel que ardió instantáneamente con
llamarada juguetona. Instintivamente Navarro se acercó a la chimenea y
quiso sacar el papel que ardía; pero retrocedió quemándose los dedos.
Esto, que parecía un chispazo de locura, inspiró a Salvador lo
siguiente:

--No metas tu mano en el fuego para sacar lo que ha caído en él. Tú, como
yo, necesitas hacerte perdonar para ser perdonado, necesitas comprar la
generosidad con generosidad y el olvido con el olvido.

--Si pudiera olvidar...--murmuró Navarro, embelesado siempre en la
contemplación de la llama--. Si pudiera borrar todo lo que no fuera
presente.... ¡Qué tranquilo viviría!... Porque el presente me agrada, y
esta serenidad que ahora disfruto es un bien muy precioso. Fáltame saber
si lo debo a la casualidad, a la Providencia o a ti.

--A los tres--replicó el otro--. La Providencia y el hombre, ya amigo ya
enemigo, suelen obrar de acuerdo para salvarnos o perdernos. Tu memoria
se ha aclarado lo bastante para recordarte, lo que has pasado, la ruina
de tus descabellados planes de guerrillero, tu prisión, tu enfermedad
gravísima, tu condenación a muerte. Pero hay cosas que no puedes saber
por tu memoria, y son la curiosidad interesada con que yo observaba tus
pasos desde Madrid, y mí resuelto propósito de socorrerte cuando caíste
en el mayor peligro en que puede caer un hombre. Yo dejé mi casa,
comodidades de esas que empiezan a valer mucho cuando se nos va acabando
la juventud, y quehaceres importantes; yo corrí a este país de Navarra
decidido a emplear todo lo que en mí hubiera de actividad, de celo y de
ingenio para salvarte. He vivido algunos meses consagrado a ti, velando
por ti, y luchando contra tu mal, contra tu genio, contra tu locura,
contra los enemigos, contra la ley y contra todo, sin desmayar nunca,
sin fatigarme un punto hasta conseguir mi objeto. Sobre todos los
enemigos me han resistido siempre tu carácter y tu antipatía. Pero esto,
lejos de desanimarme, me encendía más, y más me estimulaba a pretender
una victoria completa. Estoy satisfecho, te he salvado de la muerte, te
he cazado, te he domado, y ahora te tengo en mi poder, no como enemigo
prisionero, sino como podría tener un padre a su hijo débil y pecador,
sojuzgado y no sé si arrepentido. Yo conceptuaba como la mayor gloria
apetecible esta victoria mía por la fraternidad cristiana, y esa
sumisión tuya por la gratitud. Ahora, cuando parece que recobras tu
salud perdida y tu libertad, ¿qué harás? Desde el momento en que yo me
aleje, tu soledad será espantosa. ¿Irás a la guerra? No lo creo. Si te
retiras a alguna parte a vivir pacífica y honradamente, ¿a quién
volverás los ojos para decir: «tú eres mío»? ¿Los volverás a tu mujer?
No. ¿Buscarás algún pariente en la Puebla? No los tienes. ¿Buscarás
amigos? Tu carácter rechaza las amistades nuevas. Abre los ojos y ve
claro, desgraciado; no niegues la evidencia. Por más que busques no
hallarás más familia que yo. Yo soy el único que puedo llenar tu vacío y
hacer a tu lado un bulto, una sombra que indique la presencia de un
amigo.

--Cállate--dijo Navarro, ya lejos de la chimenea--cállate, que me haces
daño. Insensiblemente te has atado a mí y has soldado la cadena. Está
bien, te arrastraré conmigo. ¿Podrá separar algún día el hermano
cuidadoso del hombre aborrecido? No lo sé. Deja que pase el tiempo, que
pasen días. Yo tengo ahora ocupaciones graves, muy graves.

Esto de las ocupaciones graves hizo en Monsalud el efecto de un golpe.
Tembló por el juicio de su hermano, que poco antes había visto
manifestarse claro y hermoso, y que de repente se oscurecía. Como pasa
una nube por delante del sol, así pasó aquella frase por encima de la
discreción del enfermo, ocultándola.

--Ocupaciones graves, gravísimas--repitió Navarro, frotándose las manos--.
Por ahora sólo te diré que, si es verdad lo que me has dicho, resultará
que eres digno de admiración. Yo no te la niego, y en cuanto a tenerte
cariño. Yo me entenderé. El cariño no es cosa de quita y pon. Ya creo
que siento un cierto interés por ti y que no me gustaría verte
desgraciado. Pórtate bien, y veremos.

Este tono de protección, tan impropio del estado de ambos, chocó
extraordinariamente a Salvador; pero su asombro y alarma subieron de
punto cuando Navarro, después de tener un rato las palmas de las manos
sobre la lumbre, fue hacia su hermano, y poniéndole sobre el rostro una
de aquellas manos que quemaban como plancha de hierro, le dijo
pausadamente:

--Deja que acabe esta gran campaña, y luego veremos.

Salvador no dijo nada. Sospechaba que en la cabeza de su hermano había
una idea monstruosa, y no quiso perseguir aquella idea, temiendo ver
confirmada la triste sospecha. Dejándole que se achicharrase otra vez
las manos, se acercó a la ventana para ver la nevada, que aquel día era
abundantísima. Parecía que el mundo navegaba por un piélago infinito de
plumas de cisne.

Entró a la sazón el padre Zorraquín muerto de frío y se sentó a
horcajadas en una silla, frente a la chimenea, extendiendo sus pies
hacia el fuego. Poco después el vivo calor de la llama le obligó a
apartarse. Empezó a oscurecer, por ser en aquella estación las tardes
más cortas que la esperanza del pobre, y Doña Hermenegilda dio luz a un
esplendoroso quinqué, competidor del sol de invierno. Cerradas las
maderas, se prepararon los cuatro a echarse a pechos la larguísima
velada, que parecía un siglo, cuando no era conllevada de interesantes y
variados entretenimientos. Doña Hermenegilda hacía media con ligereza
suma. Aquella noche necesitó devanar madejas de hilo, y como no tenía
devanadera, prestose, como otras veces, a suplirla el bendito Padre
Zorraquín. Era hombre amabilísimo. El cura charla que charla, y la dueña
devana que devana, parecía que de los labios de aquel salía la palabra,
como de la madeja de sus manos el hilo, y que Doña Hermenegilda iba
envolviendo el interminable discurso, haciendo de él un corpulento
ovillo, que bien podría pasar por abultado libro. El cura hablaba,
moviendo brazos y manos con lenta oscilación para que saliese la hebra,
el ovillo crecía, pasando de nuez a manzana, de manzana a calabaza, y
los dos hermanos oían y callaban, el uno inmóvil, el otro marcando cada
vuelta de la madeja con un golpecito dado con las tenazas en el borde de
la chimenea. Cada vez que el hilo se deslizaba, rozando con el dedo
gordo de la mano derecha del cura, Navarro daba un golpe. Era como el
ritmo de un reló 17. Creeríase que los cuatro individuos formaban un
mecanismo dentado construido para hablar ovillando, y para ovillar los
segundos. Salvador habría podido pasar por la muestra de aquel humano
reló 18, pues su cara no expresaba nada, a no ser la inmutable tristeza
de un horario.

¿Qué contaba Zorraquín? Las hazañas de Zumalacárregui, que era el asunto
obligado en Pamplona y en toda Navarra. La prolijidad del buen cura no
es para imitada aquí, pues él se había propuesto ser en lo futuro
historiador de aquella gran guerra, y apuntaba todas las noticias para
reunir materiales. Aprovechándolo todo, lo mismo lo cierto que lo
dudoso, y utilizando lo histórico así como lo anecdótico, allegaba
elementos para un colosal almacén literario que, por fortuna, pereció en
un incendio años adelante.

Zorraquín refería las acciones, describía los lugares, reproducía las
palabras, dando a las alocuciones el tono y tamaño de discursos a lo
Tito Livio. Hasta imitaba los gestos de los guerreros, y al llegar un
punto en que hubiese aclamaciones de la muchedumbre, lo hacía tan al
vivo, que era preciso suplicarle que bajase la voz para no alarmar a la
vecindad.

Abreviando todo lo posible la empalagosa narración, sólo diremos que
Zumalacárregui había tropezado con el antagonismo de los díscolos jefes
que se sublevaron antes que él. Aclamado por algunos como jefe de todos
los voluntarios navarros, halló resistencia en Iturralde. El cura de
Irañeta, y Mongelos no vacilaron en ponerse a sus órdenes. Dividiéronse
los carlinos; pero una insurrección pequeña nacida dentro de la
insurrección grande resolvió el problema. El cabecilla Sarasa se sublevó
una mañana, y haciendo prisionero a Iturralde, proclamó a Zumalacárregui
comandante general de Navarra. Por este procedimiento, que más que
navarro era español puro, se unificó la insurrección, y los voluntarios
carlistas no tuvieron ya sino un solo jefe. Este desplegó desde el
primer momento energía colosal. Rebajó a un real la soldada de dos
reales que percibían los voluntarios, y empezó a combatir con gran
fortuna. Dictó aquellas célebres disposiciones que tan extraordinario
vigor infundieron a las armas carlistas, y en todo mostró ser insigne
guerrillero, digno sucesor de los Viriatos, Empecinados y Merinos, con
más saber militar que todos ellos. Sus terribles castigos revelaron un
carácter de hierro tal como se necesitaba en aquella sangrienta ocasión.
Condenó a muerte en un bando que hacía cumplir estrictamente, a todo el
que volviera la espalda al enemigo durante el combate, a todo el que sin
vacilar no se dirigiese al puesto designado por su jefe, aun cuando
viese en él una muerte segura, y a todo el que pronunciase voces
alarmantes, como _que nos cortan_, _que viene la caballería_, etc....

Todo esto lo oía Navarro sin decir nada, cejijunto y torvo, hasta que al
fin rompió la palabra:

--Basta ya de charla, Sr. Zorraquín. Si eso ha de escribirse que se
escriba; pero conste que no es por mandato mío, pues no tengo vanidad en
ello.

Salvador y Doña Hermenegilda se miraron a las diez de la noche, cuando
los dos hermanos se quedaron solos, después de cenar, Salvador rogó a
Navarro que se acostase.

--No será malo--dijo este con mucha naturalidad--, pues fatiga sobre
fatiga, se llega a un punto en que no hay cuerpo que resista. Sigo tu
consejo, pues no ha sido mala la jornada de este día.

Salvador le acompañó a su alcoba. Acostose Navarro, y sumergido en el
lecho con el rebozo de las sábanas en la boca, sin mostrar de su persona
más que media cara y tres dedos de una mano, habló a su hermano de este
modo:

--Natural era que se supiese ya en Navarra y aun en toda España la
resistencia que hallé en Iturralde, la sublevación de Sarasa, y por
último, la concentración de todas las fuerzas de este país bajo mi
mando. Lo que extraño mucho es que se sepa ya, y aun que ande escrita y
parlada, la orden del día que di en la Amezcoa, mandando fusilar a los
que vuelvan la espalda, a los que pronuncien voces subversivas y a los
que no acudan a los puestos de peligro.... Esta idea, que hace tiempo
tenía yo y que acabo de poner en ejecución, será la clave de esta gran
guerra y la base sobre que se forme el más temido y belicoso ejército
que han visto las naciones.

Salvador no pudo contenerse.

--No eres tú--le dijo--, quien ha hecho esas cosas, sino Zumalacárregui.

Sonrió con desdén Navarro, y como si su hermano hubiese dicho una gran
necedad, le contestó de este modo:

--¿Pero no sabes, pobre hombre, que ese infeliz Zumalacárregui fue hecho
prisionero en la Rioja, conducido a Estella, en cuya cárcel se agravó su
enfermedad del hígado, y después trasportado en un carro a Pamplona? ¿No
sabes que está en el hospital con un mal gravísimo, que algunos tienen
por hepatitis y otros por locura? ¡Lástima de hombre! le aprecio mucho y
deseo que sane.

Dijo, y volviéndose del otro lado se fue aletargando. Poco después
dormía profundamente. Después de contemplarle un rato, considerando que
era cosa perdida, Salvador se retiró con el alma llena de tristeza.

Pasaron tres días. Una mañana entró Salvador en su casa y halló a Doña
Hermenegilda consternada, llorosa. La buena señora no se atrevía a darle
la tristísima nueva del suceso ocurrido durante la ausencia del amo de
la casa. Salvador creyó comprenderlo, corrió a la habitación de su
hermano, pasó de una estancia a otra.... No estaba.

--Se escapó, sí señor, se escapó no hace media hora.... En un momento que
me descuidé.... Salí a comprar varias cosas.... Le dejé paseando en el
comedor con el capote puesto y la espada ceñida. Como otras veces andaba
en el mismo empaque, no sospeché.... Todavía no habrá salido de la
ciudad. Todavía se le podrá detener.... ¡Qué desgracia!... Cuando
parecía curado.... ¡Esta mañana me hablaba con tan buen juicio!...



-XXII-


Sin perder un instante se empezaron las indagaciones. Algunos vecinos de
la calle le vieron, y según la dirección que llevaba, debió de salir por
la puerta de la Rochapea. Salvador preguntaba a todo el mundo, y como el
pobre enfermo era bastante conocido en Pamplona, no tardó en tener
noticias del rumbo que había tomado. En compañía del Padre Zorraquín,
que se le unió desde que tuvo noticia del suceso, recorrió
inmediatamente todo el arrabal de la Rochapea. Al principio las
indicaciones que recibió eran vagas y contradictorias; pero al fin supo
que Carlos había comprado un caballo y había partido a escape en
dirección de Villaba. La circunstancia de estar el pobre Navarro en
posesión de su dinero fue causa de esta fuga, porque si no tuviera oro
no habría encontrado caballo, y a pie no hubiera podido alejarse mucho.
En el acto trató Salvador de adquirir dos cabalgaduras, una para sí y
otra para Zorraquín, que se brindó a acompañarle en la humanitaria
empresa que iba a acometer; pero la escasez de caballería era tal con
motivo de la guerra, que en toda aquella noche y en parte del siguiente
día no pudieron obtener nada de provecho. Por fin, después de recorrer
todos los arrabales exteriores y las cuadras de la ciudad, lograron
obtener a precio muy alto dos cuartagos de desecho, veteranos del
trabajo de arrastre, cuya presencia infundía 19 veneración y un vivo
deseo de andar a pie. Al verse dueño de aquellas dos piezas, Salvador no
pudo tener la risa; pero, pues no había otras mejores, forzoso era
tomarlas, y dispuso que antes de emprender la primera jornada se les
diera una copiosa ración de cebada, a ver si de este modo recordaban su
mocedad. Hartáronse de tal manera, que después fue preciso darles igual
ración de palos para hacerles abandonar la cuadra y el desusado
sibaritismo que les permitió su nuevo dueño. Al fin aquellas
desvencijadas máquinas se pusieron en movimiento, llevando a nuestros
dos jinetes por el camino de Villaba. Era de noche y la helada dejábase
sentir con intensidad. Iba Salvador en trajo de camino y Zorraquín en un
pergenio mixto de viajero y eclesiástico, sin sotana, con botas negras,
capa de cura y un gorro de terciopelo negro, cuyo borlón bailaba al duro
compás de la caballería.

Durante las primeras horas de su expedición hablaron del objeto de ella,
discutiendo las probabilidades de éxito. Zorraquín opinaba que Navarro
no había tomado el camino del Baztán, sino el de las Amezcuas, donde a
la sazón estaba empeñada la guerra, a lo que objetó Salvador que, siendo
esta dirección la razonable, no debía creerse que la había tomado el
fugitivo, pues lo lógico parecía que este caminara siempre en contra del
sentido común. Con todo, las noticias que adquirieron en la madrugada
confirmaron la sospecha del buen cura. Antes de llegar a Villaba
dijéronles que el demente había retrocedido y vuelto hasta cerca de
Pamplona, tomando después, al parecer, el camino de Lecumberri.
Volvieron grupas los dos jinetes y se encaminaron a la Amezcua, sin
hallar noticia alguna en seis días de molestísimo viaje, entre sustos y
contrariedades. Frecuentemente tenían que apartarse del camino por no
tropezar con una guerrilla que apostada en las alturas hacía fuego sobre
todo viajante sospechoso, y las columnas isabelinas inspiraban tanto
recelo al capellán, que no pasara cerca de ellas por nada de este mundo,
temiendo infundir sospechas con su empaque de cura jinete. Los
hospedajes eran infernales, pero los suplía con ventaja la caridad de
los aldeanos, excitada por el Sr. Zorraquín. En algunas partes les
trataron tan a cuerpo de rey, como si fueran familiares del Infante, y
el astuto sacerdote no disimulaba sus opiniones para verse de este modo
mejor agasajado y atendido.

Un día perdió Zorraquín su gorro negro, no se sabe cómo (aunque hay
opiniones diversas sobre este suceso, sosteniendo algunos que el mismo
cura lo arrojó a un muladar). Los dueños de la casa en que ambos amigos
se habían hospedado le ofrecieron una boina blanca, también de borla,
ancha, redonda, con aro de madera para sostener la forma de plato.
Púsosela el cura historiador, mirose al espejo, echose a reír, y dijo
que no se la había de quitar más, pues le caía que ni pintada.
Partieron, y admitidos en el campo carlista corrieron toda la áspera
sierra sin encontrar al individuo que buscaban, ni siquiera indicios de
que hubiera estado por allí en ninguna época.

En todas estas andaduras y averiguaciones pasaron el mes de Febrero y
parte de Marzo, Salvador muy contrariado y melancólico, Zorraquín
contento y satisfecho de verse entre aquella gente. Una mañana,
regresando de visitar el caserío donde los carlistas tenían sus
hospitales, se le enredó la capa en un espino y quedó en dos mitades
como la de San Martín. Un oficial carlista le ofreció al punto una
zamarreta de piel; púsosela nuestro cura y se encontró tan bien, tan
ágil, tan a gusto con aquella prenda, propia para abrigar sin impedir
los movimientos, que gustosísimo la tuvo por suya y prometió llevarla
siempre de allí en adelante. Como le crecía la barba, y no había querido
afeitarse, ya no parecía tal cura sino un capitán de malhechores, jefe
de guerrilla o cosa así. Él se reía, se reía y estaba cada vez más
contento.

Con la certidumbre de que Navarro no estaba en la Amezcua, partieron
para Levante. Pero el temor de encontrar alguna columna del ejército de
Saarsfield les obligó a tomar precauciones. «Aunque son impropias de
mí--dijo el cura--, no será malo que llevemos algún arma». Un guerrillero
que les acompañaba, por ser amigo o hijo espiritual de Zorraquín, dio a
este un sable. Al ponérselo ¡cómo se reía el buen cura!... Salvador le
regaló un cinto con dos pistolas que no necesitaba. Cuando se vio con
tales arreos el capellán, a quien ya no conocería ni la Iglesia su madre
ni la madre que le parió, soltó tan gran carcajada, que las gentes
salían al camino para verle. El mismo Salvador, que había asistido a su
lenta trasformación, casi no le reconocía bien.

--Sr. D. Salvador amigo--dijo el cura--. Según asegura un buen hombre que
ayer llegó de Pamplona, allí corre la voz de que yo me he pasado a las
facciones y estoy al frente de una compañía de escopeteros. Podrá ser
mentira, ¿eh? pero parece que es verdad. El Señor ha guiado mis pasos,
trayendome insensiblemente hasta aquí; ha mudado mi figura, me ha puesto
en una vía de la que no puedo apartarme ya. Usted, como incrédulo, dirá
que la casualidad es quien me ha dado esta guerrera facha, y yo digo que
es Dios, el mismísimo Dios quien se ha servido dármela.... Por tanto,
amigo, es llegado el momento de que nos separemos. Usted se irá tras su
humanitario objeto, y yo me quedo aquí en cumplimiento de la voluntad de
Dios, que de seguro no me destina a soldado de combate, sino a otras
funciones modestas, tales como a la intendencia militar, a la sanidad, a
cuidar la impedimenta o a cualquier otro empleo modesto. Dígolo, porque,
si bien siento en mí cierto ardorcillo, no puedo menos de asustarme
cuando oigo muy de cerca los tiros.... Pero eso pasará; que a todo se
hacen los hombres.... Voy a presentarme al general, para que disponga de
mí. Adiós... buena suerte y cuente usted con un amigo. Venga un abrazo.

Salvador le abrazó riendo. Después de augurarle un brillante porvenir en
la nueva carrera que emprendía, se despidió para tomar la senda de
Pamplona. Por el camino iba pensando que debía dar por suficientemente
apurados los medios de investigar el paradero del pobre enfermo
fugitivo, pues no daban noticias de él en todo el territorio de la
Amezcua. De seguirlo buscando, era preciso recorrer minuciosamente la
Navarra entera, para lo que no bastarían dos ni tres años. Pero Dios que
lo había dispuesto de otra manera, hizo que cuando había perdido la
esperanza de tener noticias del desgraciado Navarro, las tuviese
auténticas por un testigo de vista. Loado sea Dios. El Sr. Garrote
vivía, aunque en estado deplorable, pues había llegado a servir de
diversión a los chicos. Hallábase cerca de Elizondo en un caserío, al
cual bajó desde los Alduides a mediados de Marzo. Era ya evidente que el
fugitivo al escaparse de Pamplona había salido a Villaba, y tomando el
valle del Arga había subido a la sierra, en cuyos riscos y espesuras
pasó, no se sabe cómo, la mayor parte del tiempo de su misteriosa
peregrinación.

Saber el otro estas noticias y ponerse en camino para el Baztán fue todo
uno. Las facciones de Eraso, que operaban por aquella parte, le
impidieron la marcha muchas veces, deteniéndole días y más días, a veces
no sin riesgo de su vida; pero al fin, a principios de Mayo vio las
casas de Elizondo. Hallábase en tierra carlista, absolutamente dominada
por las facciones.

La casa en que le dijeron hallarse su hermano estaba a tres cuartos de
legua de Elizondo por el camino de Urdax. Presentose en ella y su
asombro fue grande al ver que el demente, lejos de servir de diversión a
los chicos, pasaba en el país por un hombre pacífico y hasta razonable.
La casa era viejísima y ruinosa, de esas que después de haber sido
palacio de ricos pasan a ser morada de labradores miserables. Habitábala
una mujer con cuatro chicos menores. El esposo y dos hijos adolescentes
estaban en la acción. Personas, vivienda, mueblaje, animales domésticos,
todo allí tenía un triste sello de abandono, indigencia y atraso. Cuando
Salvador preguntó por su hermano, la mujer refirió que el Sr. Navarro
había sido hallado una noche sobre la nieve, como muerto; que le habían
conducido en hombros a aquella casa, donde aún seguía por no poder
moverse, a causa de la perlesía que le cogía medio cuerpo. Salvador
subió, y vio a su hermano arrojado en el más desigual y abominable
jergón que ha sostenido cuerpos en el mundo. El cuarto correspondía a la
cama y el enfermo no desmerecía de tan atroz conjunto. Tendido a lo
largo, D. Carlos se apoyaba en el codo izquierdo. Delante tenía una
silla, sobre la cual había un papel, y en aquel papel fijaba los ojos y
la mano vacilante, trazando, al parecer líneas o puntos. Aquello, que
tenía aspecto de mapa, absorbía tan profundamente su atención, que no
alzó los ojos de la silla cuando sintió los pasos de su hermano cerca de
sí:

--¿Quién es? ¿quién me interrumpe?--dijo sin apartar la mirada del papel--.
No quiero que me interrumpa nadie ahora. No he encontrado todavía el
sitio más a propósito para dar la batalla; pero ya me parece que le
tengo, ya le tengo.... ¿Sr. Eraso, ve usted esta línea?

Como no recibiera contestación volvió a decir:

--¿Ve usted esta línea? Pues las fuerzas de usted no me han de pasar de
esta línea... aquí.

Alzando entonces los ojos vio a su hermano, y fue tal su sorpresa que se
le cayó el lápiz de la mano y estuvo como lelo bastante tiempo.

--¿Ya estás aquí otra vez?--dijo con ahogada voz.

Parecía tener miedo. Salvador observaba en la fisonomía de su hermano
los estragos de la enfermedad. Estaba cadavérico. Sólo la mitad de su
cuerpo se movía difícil y temblorosamente, y a veces la lengua no le
obedecía bien y trituraba las palabras.

--Sí--dijo Salvador--. Me dijeron que estabas muy solo, y he venido a
hacerte compañía.

--No la necesito--replicó Carlos con desprecio--. Yo creía estar ya libre
de tus beneficios, y vienes otra vez con ellos.

--No los aceptes si no quieres. Cuando me lo mandes me marcharé.

Diciendo esto Salvador buscó con sus ojos una silla; pero como no era
fácil que la encontrase aunque la buscase con los ojos de todo el género
humano, sentose a los pies de la cama.

--Bueno, pues ahora mismo. Temo que tu presencia me estorbe para
encontrar el sitio más a propósito para la batalla.... Vete, ya estoy
turbado, ya se me han ido las ideas, ya no sé lo que pasa en mí. Tú
tienes la culpa, tú, que hace tiempo te has propuesto trastornar todas
mis ideas.

--¿Sabes--dijo Salvador--que estás muy mal alojado?

--Me encuentro bien aquí. Cuando mejore de mi herida....

--¿Estás herido?

--Sí... el lado izquierdo... poca cosa.... Cuando mejore, seguiré mi
camino, y hallado el sitio más a propósito....

--Ven conmigo, y yo te aseguro que encontraremos juntos el mejor sitio
para esa batalla.

Esto decía cuando empezó a llover. El agua entraba por el techo, que
tenía más agujeros que una criba, y después que las gotas salpicaron de
agua el suelo polvoroso, siguieron menudos chorros que formaban charcos
en diversos puntos.

--Esto es vivir en campo raso--dijo Salvador con escalofrío--. ¿Sabes que
me parece has encontrado el sitio de la batalla?

--¿Cuál?

--Este páramo.... Es indispensable que salgas de aquí.

--Choza o palacio--dijo el enfermo en tono solemne y sentencioso--son
iguales para mí.

--Es que estás muy enfermo.

--No importa.

--Y estarás peor cada día.

--No importa.

--Y en este sitio no podrás restablecerte.

--Te digo que no importa--gritó Navarro exaltándose--. Harías bien en
dejarme solo.

Salvador pensó que no había más remedio que recurrir a la fuerza. Sin
embargo, trató de apurar todos los recursos de su ingenio para
dominarle.

--¡Estábamos tan bien en nuestra casa de Pamplona!...--dijo con pena--.
Nada faltaba allí.

--Pero sobraban muchas cosas.

--¿Qué?

--¡Tus beneficios tus cuidados, tu... tú!...--gritó agrandando la voz a
cada palabra--. Como me llamo Zumalacárregui, así es verdad que me
incomodan tus beneficios. No quiero nada tuyo.

Salvador calló. Un hilo de agua que cayó del techo sobre su cabeza,
obligole a apartarse de allí. El viento entraba por distintos lados
formando pequeñas tempestades que arrebataron de la silla el papel en
que Navarro trazaba sus garabatos, llevándolo al otro extremo de la
titulada habitación.

--¡Mi plano...!--dijo Carlos extendiendo su brazo.

Salvador se lo alcanzó.

En la desvencijada escalera de la casa hacían tal ruido los cuatro
chicos, hijos de la aldeana propietaria de tan singular edificio, que
bastara aquella música para volver loco a cualquiera que en tales
regiones habitase.



-XXIII-


Monsalud decidió buscar inmediatamente mejor albergue. Salió, recorrió
todo Elizondo. Al fin tuvo la bondad de proporcionarle alojamiento en su
propio domicilio el cura del pueblo, anciano muy respetable y sencillo.
Por la noche, aprovechando la ocasión en que el enfermo dormía
profundamente, tomáronle en brazos cuatro robustas mujeres y le
condujeron a la nueva vivienda, no sin que se resistiese en el camino,
aunque sin lograr soltarse, por haber sido fuertemente sujeto. El motivo
de ser llevado por manos femeninas fue que en Elizondo, como en todo el
territorio del Baztán, escaseaban los hombres, hasta el punto de que las
faenas más rudas eran desempeñadas por niños y mujeres. Durante los
cuarenta días que pasaron ambos hermanos en casa del cura de Elizondo,
nada ocurrió de memorable, si no es un ligero alivio de Carlos y la
constante humanidad de Salvador, que preparaba lo necesario para sacar
al enfermo de aquel país y conducirle a un asilo de orates. Necesitaba
un buen coche, dos o tres personas, que le acompañaran y sirvieran, y un
permiso de las autoridades carlistas para recorrer toda Navarra sin ser
molestados ni detenidos. Todo esto era de dificilísima adquisición; pero
al fin, con paciencia, actividad y repetidos desembolsos, venció las
contrariedades y se dispuso a partir.

Una noche del mes de Julio las facciones se presentaron en Elizondo.
Bajaban por aquellos cerros, como bestias hambrientas, y sus gestos, sus
pisadas, la viveza de su andar, el estrépito de las armas ponían miedo
en el corazón más esforzado. Por todas las entradas del valle aparecían
cuadrillas de facciosos, vestidos de zamarra, cubiertos con la boina
blanca o azul y calzados con alpargatas o zapatos rotos. Al anochecer,
Elizondo estaba lleno, y aún entraban más. La ferocidad pintada en los
semblantes no excluía la expresión de sufrimiento por las privaciones y
trabajos; pero estaban alegres, cantaban, reían y se las prometían muy
felices. En las filas se codeaban los muchachos con los viejos, y al
lado del niño, precoz guerrero lleno de ilusiones de gloria, estaba el
veterano que se había batido en las campañas heroicas del año 8. Las
estaturas eran tan desacordes, que la bayoneta del enano tocaba los
doblados hombros del gigante. Por la desigualdad, por la irregularidad,
por el valor ciego y salvaje, por la fe estúpida y la sobriedad casi
inverosímil, a ningún ejército conocido podrían compararse, como no
fuera a los ejércitos de Mahoma.

A la mañana siguiente salieron muchos para Urdax. Los demás tomaron
posiciones en las alturas. Se les vela subir como gatos, escalando los
empinados cerros con agilidad increíble. El calor les hacía tan poca
impresión como les habla hecho el frío. Tenían cara de pergamino,
músculos de acero, corazón de piedra y sesos de algodón, que ni el sol
derretía ni el pensamiento inflamaba jamás. La guerra había llegado a
ser en ellos fenómeno de costumbre, un estado normal, admirablemente
conformado con su naturaleza agreste, dura, sufrida, refractaria a las
fatigas como a las ideas, y con especialidad inclinada al movimiento. Si
no hubiera habido montañas, las habrían hecho para subir y esconderse en
ellas.

Por la noche, tres jinetes llegaron a casa del cura. Seguíales numerosa
escolta. Se apearon y los tres entraron. Uno de ellos era de buena
estatura y a todos infundía un respeto que más bien parecía miedo o
superstición. El cura se arrodilló delante de él y le besó la mano. Su
Majestad (pues no era otro) manifestó deseos de descansar. Tenía mucha
jaqueca y ningún apetito. Subió, encerrose en la habitación que se lo
tenía preparada. Ordenose el mayor silencio para no molestar a Su
Majestad, que no quiso tomar más que un huevo cocido y un poco de
chocolate claro. Pidió agua helada; pero en esto no le podían complacer.
Quedose solo, y al poco rato llamó pidiendo le llevaran una venda y un
poco de sebo para ponérselo en la frente. Uno de los que le habían
acompañado entró a darle lo que pedía, y después Su Real Majestad se
acostó y apagó la luz. Durante dos horas reinó el más profundo silencio,
y el cura andaba casi a gatas por no hacer ruido que pudiera turbar el
sueño del primero de los facciosos. Pero de repente sonó en las calles
de Elizondo estrépito de caballería; llegaron muchos jinetes a la casa
del párroco; se apearon y el jefe de ellos entró en la casa sin pedir
permiso ni hacer caso del cura, que salió trinando y bufando a pedir
cuenta de tan irreverentes ruidos. A pesar de esto, la calidad del
personaje exigía que se pasase recado a Su Majestad. Hiciéronlo así y el
Soberano mandó que entrase al momento Zumalacárregui. Oyose la voz del
Rey que decía:

--Traigan una luz.

Zumalacárregui estaba en el pasillo, boina en mano.

--Venga la luz--dijo, cogiéndola de las manos del cura que con ella venía
presuroso.

Era una vela, puesta no muy gallardamente en un candelero de barro. Se
acercó Zumalacárregui y entró en el cuarto oscuro. Su Majestad se había
incorporado en el lecho. Aún tenía puesta la venda. El general avanzó
lentamente, con respeto y cortedad. Extendió la mano con el candelero.
La luz iluminó de lleno el semblante de D. Carlos, en el cual no
resplandecía ningún destello ni aun chispa leve de inteligencia. Con la
venda, la palidez, el bigote afeitado (a causa del disfraz del viaje),
si no era una cara estúpida estaba muy cerca de serlo. Zumalacárregui
dijo con voz ahogada por la emoción:--«Señor»: y se inclinó. Parecía un
pino que se dobla.

--Acércate--dijo el Rey alargando su mano.

El general dejó el candelero de barro sobre la mesa, y acercándose al
lecho puso una rodilla en tierra. Seguía conmovido. El Rey recibió, con
júbilo que no podría definirse, aquel primer homenaje tributado a su
reciente majestad por el más ilustre y más poderoso de sus vasallos.

Zumalacárregui encendió después en la vela que había traído la que
apagada estaba en la real estancia. Las dos luces, a pesar de aumentar
la claridad, hacían más lúgubre el desmantelado recinto. El Rey y el
general hablaron.

En tanto dos hombres que en un apartado y estrecho cuarto del piso bajo
de la casa parroquial estaban, entretenían el insomnio charlando acerca
del suceso que motivaba tanto ruido y tan extremosas entradas y salidas
de gente.

--¿Quién anda por ahí, que tanto ruido hace?--preguntó Navarro a su
hermano.

--No es cosa que deba desvelarte, porque ni a ti ni a mí nos interesa.
Esta noche duerme en casa del señor cura un desgraciado loco que va de
paso.

--¿Para donde?... ¿Y cuál es su manía?

--La más extraña y disparatada que puedes imaginar. Ha dado en creer y
sostener que es Rey de España.

--¿Y quién lo conduce?

--Otros tan locos como él.

--Eso no puede ser--dijo Navarro prontamente--, porque los locos no
conducen a los locos.... Alguien habrá entre ellos que tenga razón.

Aquella tarde había hablado el anciano cura de la probable entrada de D.
Carlos en el Baztán y de la aproximación de las tropas de Zumalacárregui
y Eraso para proteger la entrada del Rey y hacerle los primeros honores.
Recordándolo, dijo Navarro con cierta exaltación que encandilaba sus
extraviados ojos.

--Este ruido, este ir y venir, este pisar de caballos, no pueden ser otra
cosa más que la entrada de Su Majestad, y como yo he venido aquí con mi
ejército para esperarle, conferenciar con él y recibir sus reales
órdenes, voy a vestirme al momento y a subir, porque no conviene que
aguarde nuestro señor.

Arrojose del lecho, y no poco trabajo costó a Salvador detenerle.
Empleando argumentos ingeniosos, y a ratos la fuerza, pudo calmarle
repitiendo lo del loco conducido por locos.

--Su Majestad no vendrá todavía--añadió--. Yo te juro por el nombre que
llevas que serás el primero que sepa su llegada.

Poco después Navarro dormía, y en su febril sueño recibió a Su Majestad,
le rindió pleito homenaje; oídas sus órdenes, le llevó consigo al teatro
de la guerra. Al despertar, su decaimiento era tan grande como si
acabara de ganar treinta batallas y de recorrer a caballo sin descanso
toda Navarra. Ardiente fiebre le consumía, y la inercia de la mitad de
su cuerpo era casi absoluta. Salvador tenía ya dispuesto todo lo
necesario para llevárselo. No le faltaba más que un salvo-conducto para
recorrer sin tropiezo el territorio dominado por los carlistas, y
Zumalacárregui se lo dio aquella noche de muy buena voluntad. Pero un
médico que acompañaba al General en jefe vio a Navarro y examinándole
cuidadosamente, aseguró que, si bien el cambio de clima le sería de
grandísima ventaja, no estaba en situación de emprender un viaje. Sus
días estaban contados. La parálisis haría pronto nuevas invasiones y los
centros nerviosos no tenían poder para defenderse. En vista de esto
resolvió Salvador esperar allí el triste desenlace, aunque tardara algún
tiempo; pero no quiso Dios que el martirio del uno y la dolorosa
expectación del otro se prolongasen mucho, porque a la tarde siguiente
Navarro fue acometido de un accidente convulsivo, después del cual quedó
sin conocimiento. Toda la noche la pasó así, de lo que Salvador y el
cura coligieron que entregaba su alma al Señor, sin decir ni hacer más
locuras. Pero por la mañana volvió en su acuerdo, y dando una gran voz
llamó a su hermano y le rogó que se sentara junto a la cama para
responder a las preguntas que a hacerle iba. Garrote empezó por
desperezarse, estirándose tanto que cada remo parecía dispuesto a
arrancarse por sí mismo del tronco y a caer al suelo por los lados de la
cama. Las contracciones de la cara y el crujir de huesos eran como si el
hombre despertase, más que del sueño de una noche, de un encantamiento
de siglos. Luego clavó los ojos en su hermano y le dijo:

--Vas a hablarme con franqueza. ¿He hecho muchos disparates? ¿he dicho
muchas necedades?

--Ni una cosa ni otra--replicó caritativamente Monsalud--. Todos están
acordes en juzgarte bien y es cosa indudable que diriges admirablemente
la guerra, llevando la bandera absolutista de victoria en victoria.

--No, no, no--dijo Navarro demostrando grandísimo dolor--, yo no soy
Zumalacárregui, yo no soy lo que mi cerebro abrasado y enfermo me
fingió. De repente, lo mismo que se rasga un velo, se ha roto en mi
cerebro no sé qué cortina de telarañas, y aquí me tienes con una
claridad en el pensar y un tino en el discurrir cual creo no los he
tenido en mi vida. Pasmado estoy de que un hombre como yo, jamás
inclinado a fantasías ni figuraciones, haya estado por tanto tiempo... y
a propósito de tiempo.... ¿en qué día vivimos? Vuelvo del país de la
necedad, donde no rigen almanaques.

Salvador le dijo la fecha, y Navarro prosiguió:

--No se han borrado de mi mente estos días tristes, pero la noción que
tengo de ellos es muy oscura. Sé que he creído ser Zumalacárregui,
aunque si he de decirte verdad, aún en los momentos de más exaltada
demencia había en el fondo de mi alma ciertas dudas... quiero decir, que
no estaba yo completamente seguro de ser lo que decía, y mis dos
personas, la verídica y la falsa se confundían y se separaban por
momentos.... La manía de ser Zumalacárregui nació en mí del deseo de
emularle. Yo vine al Norte convencido de mi valer y seguro de formar con
las facciones de este país un ejército irresistible. En suma, yo pensaba
hacer todo lo que hace Zumalacárregui, y dicho sea sin jactancia ni
locura, creo firmemente que lo habría hecho lo mismo y quizás mejor, si
Dios no hubiera dispuesto que se trocaran los papeles; que todas mis
ideas las pusiese él en práctica y mis planes todos pasasen a ser obra y
provecho suyo.... Ya es tarde; pasa el tiempo y yo me muero, porque
seguramente esta vuelta mía a la razón, es como en D. Quijote, señal de
muerte próxima.

No lo creyó así Salvador, viéndole con tan buenas explicaderas, sereno
de aspecto y fácil de palabra. Contento de este cambio que parecía
milagro, le reanimó con palabras cariñosas y le hizo un resumen del
estado de la guerra y de la política. Pero Navarro no pareció
interesarse mucho en estas cosas profanas, y dando un gran suspiro, dijo
así:

--La salvación de mi alma es lo que me interesa; que lo demás, como cosa
del mundo, acabó para mí. Venga un cura, que me quiero confesar.

Salvador pensó en el cura de Elizondo, a cuya generosidad debían su
asilo; pero como Navarro se enterase de que había venido con las tropas
el padre Zorraquín, su antiguo amigo, quiso verle y que fuese él quien
le ayudara a bien morir oyendo la confesión sincera de sus culpas.
Salvador le buscó por todo el pueblo y al fin halló al cura historiador
y guerrero en una taberna, escanciando con marcial donaire una azumbre
de vino, ganada al juego de las damas la noche antes.

Acudió Zorraquín al llamamiento de su amigo. Cuando este salía del
segundo desmayo, que fue más profundo y grave que el primero, vio entrar
en la alcoba, anunciándose antes con rechinar de espuelas y resoplidos
de cansancio, un figurón inverosímil y que en otras circunstancias
habría traído al moribundo, en vez de consuelo, una agonía mayor que la
de la misma muerte. También vinieron a verle Oricaín y Zugarramurdi, que
le habían abandonado cuando cayó prisionero. Recibioles con
indiferencia, y ellos se retiraron pronto.

La cara de Zorraquín, que rapada era bondadosa, desaparecía ya entre un
vellón áspero, negro y erizado, como bala de lana sin cardar. Los ojos
pequeños, la nariz agarbanzada y la desabrida sonrisa del capellán
apenas se abrían paso por tan enmarañado bosque de pelos. La boina
blanca caída de un lado parecía impedir con su peso que el cabello, no
menos áspero que la barba, tomase la dirección del techo, como un
escobillón que se cree ciprés. En la zamarreta del cura veíanse diversos
cintajos que manifestaban sus grados y condecoraciones. El sable le
arrastraba por el suelo, sonando a pandereta rota. Las botas
desaparecían bajo salpicaduras de fango; las pistolas eran negras como
la zamarra, y las manos de color de hierro viejo. Por donde quiera que
iba el guerrero, difundía en torno suyo un complejo olor a pólvora, a
cuadra y a vino.

--Vamos, vamos, Sr. D. Carlos--dijo Zorraquín abrazando al enfermo--. Ahora
que los dedos se nos hacen triunfos, y tenemos a nuestro Rey con
nosotros, y nos preparamos para ir sobre Madrid ¿se le antoja a usted
morirse? Eso no se puede consentir.

Navarro se acongojó mucho y dijo que la voluntad de Dios no le permitía
guerrear en aquella grande y sublime campaña. Hablaron un momento del
alma y de la bondad de Dios. Zorraquín halló en su espíritu cierta
dificultad para retrotraerse a su antiguo oficio, tan distinto del que
entonces tenía; pero al fin pudo vencer su desgana de oír pecados.
Quitose la boina, sentose, apoyó el codo izquierdo en la cama, y
acariciando con la derecha mano el sable, preparose a escuchar la
confesión de su infeliz amigo.

Navarro no fue breve en aquella ocasión, y los escrúpulos sucedían a los
escrúpulos, las consultas a las consultas. Al principio le oyó con
paciencia y bondad Zorraquín, dirigiendo al penitente los más
edificantes consuelos; pero tanto y tanto machacaba Navarro, y
dimensiones tales daba al acto de limpiar su conciencia, que el buen
clérigo no pudo menos de considerar cuán incompatibles eran en aquel
caso las funciones de comandante de armas y las de pastor de almas.
Empezó a sonar en el pueblo ruido de tambores tocando llamada. El
ejército se iba a poner en marcha, y héteme aquí a uno de los más
importantes jefes clavado al lecho de un moribundo. Abandonar a este
cuando más contrito parecía y más necesitado de consuelos, era
imposible, y dejar de acudir a donde el honor militar y el deber le
llamaban también era imposible para Zorraquín. Colocado él entre estos
dos imposibles, padeció horriblemente en breves instantes. Los toques de
clarín y tambor arreciaban y se sentían pasar las tropas por la calle
con algazara y gritos. Las pisadas de tantos hombres producían hondo
rumor, como mugido lejanísimo de la tierra por tantos pies herida.
Cuando Zorraquín oyó el piafar de los caballos, no supo lo que por sí
pasaba y un sudor se le iba y otro se le venía, mientras D. Carlos
Garrote, charla que charla, no se contentaba con hablar de sí y de su
conciencia, sino que se entraba en ciertos laberintos de teologías. No
le hacía ya maldito caso Zorraquín, y acariciaba el sable, como si fuera
aquella arma necesaria para encaminar almas al cielo; movía
alternativamente una y otra pierna, resollaba fuerte, se acariciaba la
cerdosa barba, hasta que una destemplada voz sonó en la calle,
gritando... «¡Zorraquín!» y tras esta palabra otra no muy edificante ni
culta. Como si estallara dentro de su cuerpo un petardo, se levantó el
confesor. No se había podido contener.

--Usted me... dispensará, Sr. D. Carlos--dijo con torpe lengua--, pero mis
deberes militares.... No se pertenece uno desde que se mete en ciertos
trotes.

--Sí, sí... vaya usted.... ¿Cuántos hombres hay en Elizondo?

--Doce mil y ochenta caballos. Con permiso de usted....

Y extendiendo su brazo, murmuró muy a prisa latines que más bien
parecían escupidos que hablados. Desde la puerta dijo _ego te absolvo_;
hizo la señal de la cruz como quien da bofetadas en el aire, y echó a
correr, arrastrando el sable y tropezando contra todo lo que se hallaba
a su paso. Parecía una bestia recién escapada de la jaula, que busca su
libertad entre la muchedumbre. Navarro, al verle salir, dio un gran
suspiro. ¿Era porque su conciencia estaba aún algo turbada o por
desconsuelo de que sus amigos guerrearan mientras él se moría?

Dejemos a Zorraquín subiendo a su caballo, cosa para él bien distinta de
subir al púlpito. La tropa carlista salía de Elizondo. En el centro iba
D. Carlos con su Estado Mayor de clérigos y generales, y a la cola
algunos carros con vituallas y coches con damas y palaciegos de la corte
que empezaba a formarse. El reino apócrifo no se habría creído con visos
de verdadero, si no tuviera su cola de rabillos de lagartija.

Navarro empezó a decaer después de la confesión, y se aplanó tanto
aquella noche, que no podía moverse y hablaba con mucha dificultad. Su
hermano no se movía de su lado.

--Tengo que hablarte--le dijo Carlos, esforzándose en sacar del pecho la
voz--. Yo me muero y no quiero morirme sin confesar que te debo inmensos
beneficios, que te has conducido cristianamente conmigo. Si viviera más,
¿podría llegar a quererte?

--Si vives (y no debemos perder la esperanza de ello), nos separaremos, y
no tendrás tú el enojo de agradecerme ni yo la necesidad de servirte.

--Pues bien, por más que se empeñen en unirnos la Naturaleza y el mundo,
tienes unas cosas.... Dame agua....

Salvador le dio agua. El beber reanimó un tanto al enfermo, que pudo
decir esto:

--¡Qué habría sido de mí sin tu ayuda, sin tu generosidad en estos meses
de locura y abandono!... Mucho te debo, mucho. Se me viene a la boca la
palabra hermano, las palabras hermano querido, y sin embargo.... Dame
más agua.

--No te sofoques. Tiempo tendrás de decirme lo que quieras.... No
necesitas darme satisfacción de nada. Lo que he hecho contigo, por deber
lo hice, no por jactancia, por impulso de mi conciencia, no por
humillarte con beneficios que contrastaran con tus crueldades. Si vives,
no quiero de ti más que olvido, olvido de todo.

--Sé que debo perdón a todos los que me han ofendido; pero hay ofensas
que no se pueden perdonar. No está en nuestro poder perdonar, por más
que lo digan Zorraquín y todos los clérigos juntos.... Yo me
muero--añadió haciendo un esfuerzo para detener la palabra que se iba,
abriendo paso a la vida que se iba también--, yo me acabo. Tú vivirás,
volverás a Madrid, verás a la que fue tormento y bochorno de mi vida.
Dile... dile que no la perdono, que no la puedo perdonar.

Salvador le dio la mano. Navarro, tomándola, la apretó en la suya
fuertemente. Le miró con espanto. En aquel momento postrero parecía que
se reproducían en su alma todas las amarguras de su vida y que
espantosas imágenes le turbaban la vista. Con voz que parecía un
suspiro, pronunció estas palabras, aflojando los músculos de la mano con
que estrechaba la de su hermano:

--¡Ni a ti tampoco!

Y dejando caer la cabeza sobre el pecho, dejó de existir.

¡Extraña cosa! Cuando llegó el momento de dar sepultura al valiente
soldado, víctima de una dolencia nacida de sus propias melancolías y de
su irritable carácter, no se encontraron hombres que cargaran aquel
desfigurado y un tiempo hermoso cuerpo. Todos los hombres de Elizondo
estaban en la facción. Las mujeres prestáronse gustosas a conducir el
cadáver; pero como el cementerio estaba muy cerca de la casa del cura,
Salvador tomó en sus brazos el cuerpo frío, y acompañado del cura y
sacristán, precedido de una turba de chiquillos y seguido de dos docenas
de mujeres curiosas, le depositó junto al hoyo. Con ayuda de femeninas
manos fue bajado a lo profundo y se le echó mucha tierra encima. El día
estaba húmedo, la tierra blanda, el cielo triste y lacrimoso.

Aquella misma tarde partió Salvador de Elizondo, deseando huir de un
país que le infundía repugnancia y miedo, a causa de las muchas locuras
que en él había visto; y así como el que visita una casa de orates se
siente tocado de enajenación y con cierto misterioso impulso de imitar
los disparates que ve, sentía nuestro hombre en sí cierta levadura
recóndita de demencia, por lo cual se echó fuera a toda prisa. Un hombre
que se cree Zumalacárregui, un Zumalacárregui auténtico que sacrifica su
genio y su dignidad militar a ambicioso príncipe sin más talento que su
fatuidad ni más idea que su ambición; un país que abandona en masa
hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberanía que no es
la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ríos de sangre
derramados diariamente entre hombres de una misma Nación; clérigos que
esgrimen espadas, moribundos que se confiesan con capitanes, villas
pobladas por mujeres y chiquillos; cerros erizados de frailes y poblados
de hombres lobos, que deliran con la matanza y el pillaje, son
incongruencias que repetidas y condensadas en un solo día y lugar pueden
hacer perder el juicio a la mejor templada cabeza y hacer dudar de que
habitamos un país cristiano y de que el Rey de la civilización es el
hombre. Así lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como
el que huye de una epidemia, Deseando perder de vista pronto a la gente
facciosa y el sangriento teatro de sus hazañas, tomó el camino de Urdax
con ánimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la España
Isabelina por la Francia Orleanista.



-XXIV-


_Rodfriquine, ¿vidiste hodie ceremoniam in capella Dolorosae?_

_--¡Eheu! amice. Vidi (et invideo) satisfactionem Agni Benedictinei (vel
Benigni Corderi) in desposorium suum cum puella._

_--¿Quid tibi videtur?_

_--Ille senex, superlative frescachona illa. ¡Matrimonius slultus!
Acababerit sicut rosarium albae matutinae._

_--¡Oh fortunate senex!_

_--¡Oh terque quaterque beatus! Ille laetificat senectutem suam cum moza
matrimoniale (vel uxore) dum nobis nulla res amatoria licet. ¡Miserere
nobis, Domine, miserere nobis, qui Thesaurum Calepinum et horridos
mamotretos desposamus! Gramatica muchacha nostra est._

_--¡Eheu!... ¡pergaminosa et frigidissima uxor semper nobiscum in aula,
in mensa, in thoro!..._

Al oír este diálogo se comprenderá que anda por aquí el maligno y
siempre macarrónico D. Rodriguín. En efecto, él era quien sostenía esta
conversación latina con otro colegial no menos travieso, valiéndose para
ello de una especie de comunicación postal establecida debajo de las
carpetas por medio de un hilo corredizo que funcionaba de un puesto a
otro a escondidas de los demás colegiales y de los padres. Ambos amigos
afectaban hallarse muy ocupados en sus tareas estudiantiles. Ni con
rumor, ni con miradas, turbaban el silencio plácido de la sala de
estudio. Los asientos de uno y otro estaban cerca. El hilo corría
suavemente por debajo de las mesas, llevando y trayendo un papelito, en
el cual cada uno escribía su macarrón, referente por lo común a los
sucesos del día, y así pasaban las horas dulcemente entretenidos con
gran detrimento de la lección señalada. A veces funcionaba el telégrafo
sub--carpetano tan sólo para observar que al padre Fernández se le caía
la baba o que al padre Solís se le rodaba el bonete. Por poco versado
que el lector esté en humanidades macarrónicas, habrá deducido del
diálogo trascrito que aquella mañana se había casado D. Benigno Cordero
en la capilla de los Dolores de San Isidro. Este gran suceso se verificó
a fines de Junio.

Estuvo D. Benigno en aquella ocasión sereno y grave, como hombre que da
cumplimiento al más importante de los deberes. Sola parecía contenta sin
afectación, los muchachos estaban alegres y Crucita renegando. La
bendición fue dada por el padre Gracián, con quien celebró Cordero larga
conferencia en la tarde de aquel día cien veces fausto.

Dejemos ahora a esta digna familia, para quien parecerán siempre pocas
todas las bendiciones del cielo, y sigamos al venerable jesuita, cuyos
pasos son ahora del mayor interés. Acompañado del joven que solía pasear
con él, salió del Colegio Imperial, tomó por la calle de los Estudios, y
entrando en la de las Maldonadas, detuvo sus pasos en la puerta de un
llamado establecimiento, cuyo nombre más propio fuera tenducho. Miró
adentro, no vio a nadie, volvió a mirar, llamando, y al conjuro de la
voz, moviose un enorme tinajón de hacer buñuelos que arrinconado estaba.
Cayó de él una estera vieja, apartáronse dos escobas, y por el hueco que
del movimiento de estas piezas resultara, viose aparecer una figura de
mujercilla raquítica, que se adelantó cojeando.

--Romualda, ¿qué hacías ahí?

La muchacha se restregó los ojos.

--Estaba durmiendo--replicó.

--¿Y así cuidas tú la tienda?

¡La tienda! Sólo por prurito de hacer hipérboles podía darse este nombre
al mezquino aguaducho, consistente en media docena de botellas, un gran
tarro de cerezas en aguardiente, caja de latón con delantera de vidrio,
medio llena de bollos y azucarillos, y un par de botijos de agua de la
Arganzuela.

--Tenía mucho sueño--dijo Romualda--. Anoche me tuvieron en vela esperando
a padre López, que vino entre dos luces.

--Embriagado tal vez.... ¡Bendito Dios!... ¿Y ahora está tu padre en
casa?

--No lo sé... subirá. Mi madrastra está en la cama.

--Sube, y si está tu padre, dile que baje al momento. Necesito darle un
recado.

Mientras Romualda sube, dejando al buen clérigo y su acompañante en la
puerta del establecimiento, digamos cómo de la opulencia y desahogo de
la carnecería pasó aquella desmoralizada familia a la estrechez de un
miserable comercio de agua y vino. En casa donde no existen ni los
vínculos ni los afectos que constituyen la familia, donde la paz deja su
puesto a la discordia y los vicios ocupan el lugar de la economía y la
sobriedad, no pueden de modo alguno afincar las prosperidades. La
actividad de Nazaria y su inteligencia no bastaban a atenuar los malos
efectos de la holgazanería de López, el cual no sólo derrochaba en
torpes fraucachelas lo adquirido con sus malas artes y conexiones
políticas, sino que también sabía apurar, dejándolos en las puras
tablas, los cajones del mostrador, llenos del pingüe esquilmo de la
mañana. Nazaria no gastaba en liviandades, pero sí en lujo y ruinosos
caprichos. Empeñaba una joya para comprar otra, y a ninguna prendera
dejaba salir de su casa sin quitarle de las manos, a cambio de buen
dinero, el rico mantón de Manila, la peineta de concha, el abanico de
marfil, los soberbios encajes flamencos y otras prendas valiosas que las
casas ricas de Madrid arrojan diariamente al oscuro mercado de lance. La
carnecería producía mucho; pero el género de Mortanchez y Candelario no
cae llovido del cielo, por lo que pronto empezó a declinar la casa, y
dando tumbos y traspiés cayó, a la vuelta de un año, en el abismo del
descrédito. Los acreedores se repartieron el botín y hubo una desbandada
de chorizos y una dispersión de jamones, que dieron mucho que hablar a
todo el barrio de San Millán. Los muebles de la casa fueron embargados,
y salieron en busca de más seguro domicilio las imágenes y santicos,
juntamente con los toreros. Tres o cuatro puestos del Rastro lucieron
durante una semana parte muy principal del ajuar de la Pimentosa, que
sólo pudo retener lo indispensable para no pedir un hueco en San
Bernardino, fundado por Pontejos en aquel mismo año. Ciertos dineros no
muy lucidos que se salvaron del desastre casi por milagro sirvieron a la
viuda de Peralvillo para poner la tienda acuática antes descrita; y
entre aquellos cuatro fementidos trastos la infeliz mujer se mecía otra
vez en locas ilusiones, pensando en volver a ser favorecida de la
fortuna, para sacar del comercio pequeñito un tráfico grande y rico.
Ella tenía genio, sabía comprar, sabía vender, pero ignoraba el arte de
guardar, que es el arte de enriquecer. Su mala estrella o su naturaleza
física y moral (que esto no está bien averiguado) le agravaron el mal
que ha tiempo padecía, llegando al extremo de no tener hora de completo
sosiego; y si los duelos con pan son menos, la enfermedad acompañada de
duelos y quebrantos cierra la puerta a todo remedio. A la escasez se
unían las continuas reyertas domésticas para abatir más el espíritu de
la pobre viuda de Peralvillo y poner su estómago más dolorido. Un hecho
importante ocurrió poco después de la ruina. No lo pasemos en silencio
por lo mucho que a ambos favorece. Se casaron; pero la legalización de
aquella inmoral alianza no la hizo más pacífica, y después de los
desposorios llevó López más arañazos en su rostro y ella mayor número de
cardenales en su hermoso cuerpo.

El desastroso acabamiento de D. Felicísimo y el desplome de la casa en
que vivía pusieron a Tablas en gran desesperación, porque él creía
segura una buena manda en el testamento de su protector. Como el
testamento no se encontró entre los escombros, o si se encontró lo
inutilizaron hábilmente Bragas y los de la curia, quedáronse en ayunas
López y los señores eclesiásticos, que también tenían sus cinco sentidos
en las mandas de misas y legados piadosos. Del abintestato del Sr. de
Carnicero se había aprovechado a sus anchas, sin el estorbo de repartir,
el siempre venturosísimo Pipaón, a quien el cielo deparó un vástago a
los nueve meses (día más día menos) de su matrimonio.

Chasqueado por aquella parte, Tablas se obstinó más y más en apretar los
lazos que le unían a las sociedades secretas y al conventículo formado
por Aviraneta, Rufete y comparsa. Bien se comprende que López, hombre
sin letras ni palabra, incapaz de formular discretamente un juicio ni de
aposentar una idea en la espesura de su cerebro, no podía ser en el club
populachero más que un instrumento brutal para funcionar en días de
escándalo y griterío. Todos cuantos han tenido la desgracia de trabajar
en conspiraciones burdas saben perfectamente que los despabilados y
parlanchines forman a sus espaldas una guardia de hombres soeces y
brutales, que sirven para dar a la idea, en la ocasión precisa, su voz
estentórea, su brazo salvaje y su representación apasionadamente
popular. Tablas era de esta guardia, mejor dicho, era el jefe de ella, y
había conseguido llevar al club a otros mocetones, que ni desmerecían de
él en fuerzas corporales, ni le ganaban un ardite en talento.

Pero, desgraciadamente para él, las conspiraciones de aquel tiempo
carecían de fondos. Eran conspiraciones pobres, no por esto honradas. Se
esperaban auxilios; pero los auxilios no venían, porque los destinados a
darlos no habían llegado aún a ese grado de candidez en que la ambición
cierra los ojos y abre la mano.

Para atender a sus gastos, que no había sabido disminuir después de la
miseria, Tablas se colocó en el establecimiento de coches de la posada
del Dragón, con cuyo dueño tenía amistad antigua. Pero su holgazanería
le vedaba siempre entrar en faenas duras, y sólo se ocupaba de cuidar el
almacén de equipajes y encargos. En destino tan poco brillante aguardaba
el imaginario triunfo de aquellos buenos señores del club, tan sabios,
según él, o la señal de armar camorra a las autoridades. El majadero de
López estaba dispuesto a todo, apretado por la miseria, la envidia y los
apetitos que devoraban su alma.



-XXV-


Ya se cansaba de esperar el venerable Gracián, cuando apareció Romualda,
jadeante y sofocada. Por su conducto la señora Nazaria suplicaba al
Padre tuviera la bondad de subir, porque se encontraba muy mala. No
desoía jamás esta clase de ruegos Gracián, que además de eclesiástico
bondadoso era médico hábil, y precedido de la coja, llevando tras sí al
cleriguito joven que le acompañaba, acometidos cien escalones que
conducían a la morada del infeliz matrimonio. Esta era muy humilde; pero
Nazaria, que tenía instintos de embellecimiento doméstico, la había
arreglado de modo que pareciese menos fea de lo que realmente era.
Estaba la Pimentosa postrada en desvencijado sofá. Había desmerecido
tanto su persona desde el año anterior que no parecía la misma. Aquel
continente de matrona, aquel aire simpático, aquel rostro lleno de
atractivos no eran ya sino sombra de sí mismos. Gordura fofa en su
cuerpo, languidez en su semblante y un decaimiento general en su persona
toda anunciaban que la maja no volvería a ser lo que fue. A su lado
estaba la mujer demacrada, pálida y huesuda que vimos en la buñolería
algunos meses antes, y que había permanecido al lado de su ama, como uno
de esos cortesanos de la desgracia que con menos mérito alardean de
fidelidad en esferas más altas. A primera vista la mujer aquella parecía
imagen de la Muerte esperando su presa. Su brazo, que no debía de tener
más que el hueso seco, se extendía oscilando con lúgubre cadencia. Su
mano empuñaba una rama de acacia, para espantar con ella las moscas que
molestaban a Nazaria.

Gracián y el otro clérigo se sentaron después de saludar a la enferma
con mucho interés. Nazaria agradeció mucho la visita y estuvo quejándose
durante diez minutos, dando cuenta prolija de los distintos dolores que
sentía, en partes diversas, los unos afilados como cuchillos, los otros
duros como pedradas, y algunos múltiples y horripilantes como el rasgar
de una sierra. Después calló. Gracián dijo solemnemente que más, mucho
más había padecido Cristo por nosotros, y luego reinó un silencio
tristísimo, durante el cual no se oía más que el rumor de las hojuelas
de acacia, batiendo el aire y desconcertando las bandadas de moscas. Al
punto que estas vieron a los dos clérigos, se fueron derechas a ellos,
manifestando singular preferencia por el joven acompañante.

--Lo pasaría menos mal--dijo Nazaria--, si no tuviera miedo, muchísimo
miedo a esa enfermedad que ha entrado ahora, y que, según dicen, mata a
la gente en un abrir y cerrar de ojos.

--Se llama el _Cólera_--dijo la flaca con vocecilla ronca que hizo
estremecer al curita.

Al decir esto Maricadalso (que así la llamaban) se asemejó más que nunca
a la madre Muerte, nombrando a una de las más fúnebres herramientas de
su oficio.

--El cólera, sí--dijo Gracián--. Esta epidemia viene del Ganges, de donde
saca su apellido de _asiática_. Ha empezado a hacer grandes estragos en
Europa, y Dios no ha querido librar a España de tan tremendo azote.
Tengamos paciencia. Hasta ahora Madrid va librando bien. Las invasiones
no son muchas. Empezó en Vallecas y parece como que va pasando de Norte
a Sur.

Nazaria le preguntó por los remedios que para tan atroz dolencia habían
descubierto las facultades, y Gracián, con apariencias de no creer mucho
en ellos, habló de varios, tales como friegas, infusiones teínas y
revulsivos. El mejor antídoto contra el mal era, a su juicio, el valor y
el desprecio del mal mismo.

--Entonces--dijo Nazaria con temblor y abatimiento--, esa maldita _cólera
de Dios_ no me perdonará a mí, porque le tengo más miedo que a una
centella, y si miro a la puerta me parece que entra en figura de gente,
si miro a la ventana me parece que entra con el aire, con el sol y con
el polvo de la calle. No como, por miedo a que entre en mi cuerpo con la
comida, ni duermo temiendo que me coja en sueños y me lleve antes de
despertar.

Gracián se rió de estos pueriles temores, y también se habría reído el
subdiácono si no estuviera muy ocupado en ahuyentar las moscas que
invadían su cara. Maricadalso le vio dando manotadas. Alargando la rama,
diole un escobazo en el rostro para líbrarle de la ferocidad insectil.

--Confianza en Dios y no dar a esta miserable existencia mundana más
valor del que tiene, son los más eficaces remedios--afirmó Gracián con
autorizada voz.

La vocecilla ronca de Maricadalso se dejó oír. Parecía una corneja que
cantaba en la propia rama de acacia. Moviendo su cabeza con aire de
incredulidad, cantó estas palabras:

--A mí no me emboban. Esto no es epidemia que venga de las Asias, sino
_malos quereres_.

--¿Y a qué llama malos quereres, buena mujer?--preguntó Gracián riendo, no
tan fuerte como el subdiácono, que soltó una carcajada.

--Al mal tercio que hacen algunos, los malos... los pillos que quieren
que se acabe medio mundo para quedarse ellos solos.

--¿Y qué pillos son esos?

--Yo me lo sé--dijo la imagen de la Muerte, cuyos ojos lucían en el
amarillo casco como agujeros de calavera--. ¡Llaman cólera al mal
querer!... ya, ya.... Más vale que nos lleven a la horca que no
acabarnos de esta manera.

Estas misteriosas apreciaciones sobre cosa tan notoria como la
existencia de la epidemia no llamó la atención de Gracián, porque su
trato frecuente con el pueblo bajo de Madrid le había acostumbrado a oír
sin sorpresa los despropósitos del vulgo. Todo lo que es razonable y
conforme al sentido común se resiste a la mente del vulgo. Para que en
él halle resonancia y acogida una idea es necesario que sea
perfectamente absurda.

--Señora Cadahalso--manifestó con bondad el jesuita--, usted es de las que
ponen en duda que vuelan los pájaros, y creerá que los bueyes se pasean
por los aires. Muy bien, con su pan se lo coma.

--Otros se comen nuestro pan, que no yo--dijo la espantosa mujer,
enseñando sus dos filas de dientes iguales y puntiagudos--. Yo me sé lo
que creo, y creo lo que yo me sé.... Y toque su paternidad a otra
puerta, que ya vamos abriendo el ojo.

--Todo sea por Dios....

--Más respeto, canalla, más respeto--añadió Nazaria, tomando a su vez la
rama y azotando suavemente a la estampa de la Muerte--.... Señor cura, no
haga su merced caso, y dígame si para mi mal debo tomar una medicina que
me han recomendado.

--¿Cuál es?...

--No es cosa de la botica, sino del cielo.

--No entiendo.

--Es cosa santa. Es un polvillo que dicen se saca de la cueva en que hizo
oración San Ignacio.

--¡Ave María Purísima!--dijo Gracián llevándose las manos a la cabeza.

--¿Se espanta su merced?... Ese polvillo lo tiene, como gran reliquia, mi
señora Doña Josefa, la mujer de D. Pedro Rey. Dice que su niña
Perfectita sanó con él.

--¡Sacrilegio, profanación!--exclamó el jesuita--. ¡Abuso nefando de las
cosas piadosas! Esa tierra bendita es un objeto de piedad que debe
venerarse como recuerdo de uno de los varones más insignes que ha habido
en el mundo. Las cosas santas han de ser tratadas con mucho respeto y
puestas a tanta altura que no pueda llegar a ellas el charlatanismo. Dad
a Dios lo que es de Dios, y a la botica lo que a la botica pertenece, y
no mezcléis berzas con capachos, o sea santidades con vomitivos.

Más, mucho más hubiera dicho el discreto clérigo, si en lo mejor de su
perorata no entrase Tablas, sorprendiendo a todos con los _buenos días_
que dio desde la puerta. Detenido en ella estuvo un buen rato mirando el
cuadro que las dos mujeres y los dos eclesiásticos ofrecían. Entró al
fin; limpiose el sudor que mojaba su frente, y tomando una silla la
colocó con fuerte golpazo en el punto en que quería sentarse. Después,
gesticulando con recia manotada, echó de sí las moscas y dijo:

--Se ha muerto el boticario de la calle de Rodas y el carbonero de la
calle de las Velas. En la casa del tío Caro no ha quedado más que el
gato. Anoche no había novedad, y esta mañana la casa era un cementerio.

--No exagere usted--dijo amostazado el Padre Gracián, observando el mal
efecto que aquellas nuevas hacían en Nazaria--. Defunciones hay; pero no
en tal número.

--No se llaman defunciones; se llaman _casos_--replicó con estúpida risa
Tablas--. Y podrá ser verdad lo que vuestra Paternidad dice; pero yo sé
que anoche Gregorio Tinajas y yo, bebimos juntos una copa al salir de
cierta parte, y sé también que le he visto hace un momento tieso y frío.

--¡Se ha muerto!--exclamó Maricadalso con espanto.

--Como mi abuelo. ¿Lo sientes tú?

--Dígolo porque ya las pagó todas juntas.

--También se ha muerto la _Fraila_.

Nazaria cerró los ojos, no pudiendo cerrar los oídos. Pero el atleta se
volvió a Maricadalso, y a boca de jarro le disparó estas palabras:

--Y tu hija, Maricadalso, tu hija Ildefonsa, iba ahora con un cántaro de
agua por la calle de la Paloma, y se cayó en la calle, diciendo que se
moría....

--¡Mi hija!... Tú mientes.... Corro a ver....

Diciendo esto con entrecortados rugidos, Maricadalso saltó de su
asiento, como azorado gato, y salió a escape. Oyéronse sus violentes
pasos extinguiéndose en la escalera, como se apaga el ruido de la piedra
que chocando y rebotando se precipita en el abismo.

--Rumalda--dijo Tablas mirando a la cojuela que acababa de subir después
de cerrada la tienda--; baja y tráeme tabaco.

--Romualda bajó, y sus pasos lentos y fatigados resonaron por largo rato
en la escalera. Después Tablas siguió enumerando muertos y enfermos, y
volvió a limpiarse el sudor. El calor era sofocante. La habitación, no
bien templada por la oscuridad, parecía un horno por la proximidad del
tejado, donde caía como lluvia de fuego el ardiente sol de Julio.
Empezaba a caer la tarde, y el calor parecía aumentar en aquella hora a
causa de los vapores que del suelo se desprendían. El aire en calma no
daba ningún consuelo a los pulmones, y sólo las moscas parecían
regocijarse en la pesada y miasmática atmósfera, como sibaritas viviendo
en medio de todas las delicias que puede apetecer su naturaleza.

Gracián reprendió con cierta aspereza a Pedro López su afán de dar
noticias fúnebres que afligían y apocaban a la pobre enferma. Echose a
reír el bárbaro, diciendo que él no tenía miedo a _los cóleras_ ni a
muertes de ninguna clase. Después hablaron de lo que motivó la visita de
Gracián.

--Tengo aviso de Cataluña de la remisión de un encargo que me interesa
mucho--dijo este sacando una carta--. Me dicen que recoja el bulto....
porque es un costal como de media fanega, Sr. López... en la posada del
Dragón. He pasado varios avisos, y mi encargo no parece. Sr. López, ¿me
hará usted el favor de buscar bien en el almacén, de preguntar a los
ordinarios y arrieros, de hacer, en fin, cuanto de su parte esté para
que parezca ese bulto?

--¿Es fruta?

--No señor.

--¿Jamones?

--Tampoco. Es cosa de poco valor en sí; pero que yo estimo en mucho. Es
un saco lleno de tierra. Debe venir perfectamente dispuesto y liado en
esteras.

--¡Ah!... Será tierra de limpiar metales.

--Pagaré dos veces el porte si parece y está intacto--dijo el reverendo
levantándose.

--¿No recibió vuestra Paternidad el año pasado otro saco como ese por
conducto de D. Felicísimo?

--Justamente. Los padres de Manresa lo consignaron a D. Felicísimo. Y
usted mismo, Sr. López, me lo llevó a mi casa.

--Pues este lo llevaré también.

--Gracias. Vámonos, Sancho.

Este nombre, aplicado al subdiácono, dio por un momento al padre Gracián
cierta apariencia quijotesca. Pero no es aquel nombre capricho del
narrador. Llamábase en efecto el subdiácono José Sancho; era natural de
Palma de Mallorca, y tenía veinticuatro años de edad y siete de
Compañía.

Gracián procuró animar con palabras consoladoras a Nazaria, exhortándola
a desechar su infundado temor, y después de reiterar a Tablas la súplica
que le hizo poco antes, salió de la casa escoltado por las moscas.

Aproximábase al Colegio Imperial, cuando un vil pillete que rasguñaba
una destemplada guitarra se le puso delante, cortándole el paso, y con
voz que más tenía de infernal que de humana, cantó esta copla:

          ¡Muera Cristo,
          viva Luzbel!
          ¡Muera D. Carlos,
          viva Isabel!

Apartó suavemente el jesuita al cantor y siguió adelante. Pero Sancho
fue más expresivo, y empujó al pillastre, expulsándole con violencia de
la acera. Instantáneamente recibió en el hombro un golpe dado con la
guitarra. Los dos se hallaron frente a frente mirándose con ojos de ira.
Quizás habría seguido adelante la contienda, si Gracián no dijera con
voz reposada:--Sancho, ¿qué es eso?

Ambos entraron en el Colegio. En la puerta oíase un rugidillo que no por
ser infantil dejaba de ser insolente. Parecía el rumor de un poco de
plebe menuda de esa que suele encresparse en las plazuelas de verdura, y
que la autoridad sabe contener sin más artillería que las escobas
municipales.



-XXVI-


En el claustro halló Gracián al Padre Francisco Sauri, buen sujeto,
catalán, ministro y procurador del seminario. Tenía 39 años y llevaba ya
17 de Compañía. Su celo por el esplendor de la casa era extraordinario.
Refiriole Gracián lo que había oído cantar en la puerta, y Sauri le dijo
que aquel día había recibido el rector diferentes avisos misteriosos,
unos amenazando, otros recomendando precauciones. El profesor de Ética
no dio importancia al hecho, porque otras veces habían llegado a la casa
anónimos espeluznantes, sin que ocurriese después de ellos nada de
particular. En su celda le visitó más tarde el Padre Artigas,
bibliotecario, y hablaron de la guerra, leyendo luego muchas cartas y
papeles. Después del refectorio se habló mucho de los anónimos, de las
voces que corrían, poco lisonjeras para los regulares, del cólera
reciente y de otras zarandajas. Algo más tarde los colegiales dormían
con la dulce tranquilidad de la infancia, y los Padres o dormían o
hacían penitencia en sus celdas.

Sin temor de equivocación se habría podido asegurar que Gracián pasó la
noche en austeridades atroces sólo de él acometidas. La _inescobata
cellula_, había perdido cantidad no pequeña del _humus manresianus_ que
cubría su suelo; pero Gracián tuvo el gusto de recibir la nueva y
abundante remesa de aquel polvo al día siguiente de hacer al Sr. Tablas
la recomendación que nuestros lectores conocen. Ocupábase aquella
mañana, después de la clase de Ética, en extender por el suelo parte de
la tierra, cuando lo anunciaron la visita de D. Benigno Cordero. Hízole
entrar suspendiendo su tarea. El héroe popular y el jesuita se apretaron
afectuosamente las manos.

--Vamos--dijo Cordero sonriendo--, que bien podría entrar el arado en la
celda de usted.... Esto es un campo.

--Los árboles que nacen aquí no se ven--replicó gravemente el jesuita
cortando las bromas--. Vamos a otra cosa. Ya sé a lo que viene usted....
Siento decirle que no hay nada.

--¿No hay noticias?

--Ninguna.

Cordero cerró el pico y apretó los labios.

--Es particular--dijo--. Desde que me mandó el poder para casarse... (y fue
con fecha 15 de Abril), no hemos tenido más noticias suyas.... Aquí me
tiene usted en la mayor zozobra. Me he casado por otro.... Soy un marido
de fórmula, un marido de procedimientos, y tengo que ocuparme del marido
verdadero más de lo que yo quisiera. La esposa de mi amigo... la que me
dio su mano, casándose conmigo como se podría casar con un documento....
está también en gran zozobra.

--Pues no hay más noticias--dijo Gracián--, que las del otro día. Zorraquín
me escribe con fecha del 14 y dice que se había separado del amigo,
porque él (Zorraquín) fue solicitado por el carlismo militante para
ocupar una plaza que hacía mucha falta en las filas de Zumalacárregui,
la plaza de capellán o director espiritual. Es posible que después de
separarse Zorraquín, no haya tenido ese señor medio seguro para enviar a
Madrid sus cartas, que antes venían por conducto de aquel dignísimo
sacerdote. Esperemos.

Cordero dio un suspiro, diciendo:

--Tranquilizaré como pueda a la señora de mi amigo. Y ya que estoy aquí
no quiero marcharme sin advertir a usted de ciertos rumores....

--¡Ah! Hemos recibido anónimos y cartas amenazadoras. Es la vigésima vez.

--No creo yo que esto sea cosa de gran importancia--dijo el héroe
dándosela a sí mismo en grado sumo--. Con todo, no está de más el
prevenirse, porque las bromas populares se sabe donde empiezan... pero
no se sabe nunca donde ni como acaban.

El clérigo hizo un mohín desdeñoso, manifestando ocuparse poco de lo que
Cordero decía. Este prosiguió así:

--Yo tengo un primo a quien llaman Primitivo Cordero, el cual si en el
tratado de la honradez no tiene pero, en el de la tontería tiene
manzanas, quiero decir que es un politicastro de estos que con cuatro
palabras pescadas en un mal libro, media idea que se les pegó de
cualquiera de nuestros grandes hombres, porción no pequeña de envidia y
algunos granos de patriotismo mal entendido, se entretienen en fabricar
castillos de viento, fundando instituciones, dictando leyes, mudando
personas. Yo siempre he creído a mi primo tan inofensivo como una
paloma; pero los que le rodean no lo son. Como la mariposa es impulsada
al fuego por un secreto anhelo de quemarse, mi primo Primitivo es
arrastrado a los clubs por un desdichado prurito de bullanga que puede
en él más que la razón, si es que razón hay dentro de aquella cabeza.
Pues bien, amigo y Padre: por mi bendito primo y por un tal Rufete que
sería igual a mi primo si no fuera más exagerado, más vacío de mollera y
de peores intenciones, sé que en una reunión semi-secreta que varios
patriotas tienen en la plaza de San Javier han acordado dar un susto a
Vuestras Paternidades.

Al decir esto, Cordero le miró atentamente, por sorprender en su cara el
efecto que aquella declaración le causaba; pero la cara del jesuita no
expresó nada. Era una cara de palo.

--Llevaremos el susto con paciencia--dijo el Padre Gracián, ofreciendo al
héroe un polvo, que por no ser de Manresa, aceptó gustoso D. Benigno.

--Según mi informe-añadió este--y son informes verdaderos, procedentes del
horno mismo donde se cuecen tales pasteles, la broma, susto o como
queramos llamarlo, no pasará a mayores. Los patriotas sólo quieren
manifestar su antipatía a Vuestras Reverencias y protestar de la
protección que Vuestras Reverencias dan al carlismo. Es cierto que esa
protección existe por la misma naturaleza de las cosas y los
antecedentes de las personas. ¡Hecho lógico, imprescindible, abrumador!
Es cierto también que el régimen liberal no puede coexistir con el
carlismo, de donde resulta un antagonismo imponente entro dos hechos,
entre dos verdades, entre....

--Y usted no cuenta para nada con Dios--dijo Gracián, siempre con desdén.

--Sí, cuento con él, y en él espero que lo que se anuncia no será nada,
en provecho de todos. Pero algún día, Señor y Padre, ha de haber una
como la de San Quintín, porque o Vuestras Reverencias dejan de amparar a
los carlistas, o los carlistas absorben al liberalismo, o el liberalismo
se los traga a ellos y a Vuestras reverendísimas Paternidades.

--Grandes fauces ha menester... pero por falta de apetito no lo
dejará--indicó Gracián dignándose sonreír un poco.

Cordero dio un suspiro y dijo:

--Veremos quien traga a quien.... Repito que las noticias que me han dado
mi primo y Rufetillo... yo siempre le llamo Rufetillo... no son
espeluznantes. Gritos y bulla nada más.... Puede ser que haya algunos
palos, pero esos no caerán sobre las costillas de ningún eclesiástico.
Siempre se los encontrará algún desdichado que no lo coma ni lo beba. En
esa reunión secreta no hay hombres de gran empuje, ni conspiradores
temibles, ni jacobinos de tente tieso. El más enredador de todos ellos,
el viborezno D. Eugenio Aviraneta ha desaparecido misteriosamente,
cuando más enfrascado parecía en sus intrigas. Y ahora dicen que está
con los carlistas.

Gracián levantó un pisa-papeles que en la mesa de su escritorio oprimía
varias cartas. Tenía aquel objeto la forma de un pie de cabrón, y
habiendo salido ileso de los escombros de la casa de D. Felicísimo,
Pipaón lo regaló al padre Gracián como recuerdo de su amantísimo suegro,
que era amigo íntimo del jesuita. Este miró la carta que bajo el pie de
cabrón estaba y dijo:

--Aviraneta llegó a Tolosa de Francia. Me escribe con fecha del 13. Ya ve
usted que le confío mis secretos.

--Y ya sabe Vuestra Reverencia que soy un sepulcro--replicó Cordero
levantándose--. Muchas felicidades y pocos sustos.

Despidiose y fue a ver a Genara, esperando hallar en su casa las
noticias que no pudo o no quiso darle Gracián. La dama estaba preparando
sus maletas para huir de Madrid y de la epidemia que empezaba a difundir
horroroso pánico en los habitantes de la Villa. De los informes que
Cordero buscaba, nada podía darle Genara, porque nada había sabido
después de la salida de su esposo enfermo y demente del hospital militar
de Pamplona.

La señora no pensaba más que en huir, huir de aquel azote de Dios que
había empezado hiriendo a los pobres y pronto descargaría sobre los
ricos. Ya había casos, sí, ya había casos de gente acomodada. Un
consejero jubilado, la señora de un Alcalde de Corte, un exento de
guardias, un oficial de correos y un poeta habían caído el día
anterior.... ¡Bendito Dios! los que no eran pobres tenían al menos el
recurso de la fuga, siempre que el cólera no fuera con ellos, invisible,
en la zaga del coche, como solía acontecer. Genara tenía mucho miedo a
la muerte, señal de turbada conciencia; pero ella se esforzaba en
aparecer serena y animábase con sus propias sonrisas, como el soldado
cobarde con sus propias bravatas. Iba, venía, recogiendo ropas, llenando
baúles, haciendo y deshaciendo paquetes, dictando órdenes; contando su
dinero y apuntando encargos. Contestaba breve y fríamente a D. Benigno;
pero cuando este le habló de su matrimonio de fórmula, mediante poder de
un novio ausente, volviose a él con brusco impulso y le dijo:

--¿Por qué no me buscó usted para madrina?... No, no guardo yo rencor.
Deseo perdonar y que me perdonen.... Eso de darse las manos con cien
leguas de por medio no está en mis libros.... ¡Qué matrimonio tan
desgraciado, D. Benigno! Dios quiera que el cólera no separe más a
marido y mujer.

--¡Señora, por amor de Dios!...

--No crea usted que es mala intención. Es lo contrario.... Les deseo toda
clase de felicidades. No crea usted que soy mala.... ¡Y ahora que el
hallarse en pecado mortal es tan peligroso!... No, no, reconciliación,
piedad, perdón, amor a todos, conciencia limpia, ese es mi tema. ¿Es
cierto que ha muerto anoche mucha gente?

--Mucha, replicó Cordero observando la palidez que el miedo pintaba en el
agraciado rostro de Genara.

No me lo diga usted.... Esta tarde me voy. Me confesaré primero. ¿No
creo usted que es buena idea?

--Me parece muy acertada.

--Vivimos casi de milagro.

--Es verdad. Ya que nos coja, que nos coja confesados--dijo Cordero con
algo de sorna.

--Sí, sí.... Paz con todo el mundo, paz con Dios....

Pronunció estas palabras con gran zozobra, y siguió ocupándose con
febril actividad en sus preparativos de viaje. Los objetos se le caían
de las manos; equivocaba una cosa con otra; empaquetaba ropas que debían
quedar en la casa, y ponía bajo llaves lo más indispensable para el
viaje.

Fueron llegando unos tras otros los amigos, noticiosos de su viaje. La
veían partir con sentimiento, y ella por su parte les abandonaba con
tristeza, porque la tertulia era el encanto de su vida, y el charlar de
cosas de gobierno la más regalada comidilla de su travieso espíritu.
¿Nombraremos a aquellos señores? Más vale que no, porque algunos han
vivido hasta hace poco; la mayor parte han ocupado altísimos puestos, y
todos llevaron, cual más cual menos, piedra y cascote al edificio de un
partido tan poderoso como impopular. Como nada es duradero en el mundo,
el cielo quiso que a aquel edificio le llegase como a la casa de D.
Felicísimo, su día final, y hoy crece en sus rotos muros el _amarillo
jaramago_, y sus huecos _son ¡ay! de lagartos vil morada_.

Entonces, en los tiempos verdes del gran Martínez de la Rosa, daba gozo
ver la juventud lozana de un partido que hoy es vejete decrépito con
lastimosas pretensiones de andar derecho, de alzar la voz y aun de
infundir algo de miedo. Entonces se nutría de hábiles retóricas, de
erudición doctrinaria carlista, y hacía esgrima de sable con el brazo
valentón y pendenciero de jóvenes oficiales granadinos. En el seno de
este partido, que en un tiempo se llamó de _los sabios_ y en sus albores
se llamó de los _anilleros_, había gente de gran mérito, aleccionados
los unos en la práctica estéril de liberalismo, otros algo amaestrados
en el arte político que faltaba a los liberales. Ellos fueron los
primeros maquiavélicos ante quienes sucumbió la inocencia angélica de
aquellos candorosos doceañistas que principiaban a no servir para nada.
A falta de principios tenían un sistema, compuesto de engaño y energía.
Su credo político fue una comedia de cuarenta años. Su éxito debiose a
haber vigorizado el principio de autoridad, y su descrédito o
impopularidad a haber impedido el desarrollo progresivo de las ideas. En
religión eran volterianos, y en sus costumbres privadas enemigos de la
templanza; pero tenían un _coram vobis_ de santurronería que hacía el
efecto de ver la silueta de Satanás en la sombra de un confesonario. Uno
de los primeros elementos de fuerza que allegaron fue el clero, a quien
adulaban, disponiéndose, no obstante, a comprar por poco dinero sus
bienes, cuando los progresistas los arrancaron de las manos que llamaban
muertas. A excepción de dos o tres individualidades de intachable
pureza, eran gente de economías, y andando el tiempo, con las compras de
bienes desamortizados, formaron una aristocracia que poco a poco se hizo
respetable, y en la cual hay muchos marqueses y un formidable elemento
de orden. En lo militar fueron poco escrupulosos, y se les ha visto
pronunciarse con naturalidad y hasta con gracia.

En los días de nuestra narración presentaban el grato aspecto de un
ejército joven, lleno de bríos y de valor. Su programa de moderación
contrariaba a mucha gente. Aquel habilidoso sistema de ser y no ser, de
equilibrarse entre el absolutismo y los liberales, valiéndose de los
unos contra los otros, de prometer y no cumplir, de encubrir con
fórmulas, retóricas y dicharachos hoy desacreditados, pero entonces muy
en boga, el lazo de la arbitrariedad y el espadón de la fuerza, dio
resultados en época de tanta inocencia política, cuando la libertad era
como un niño generoso y no exento de mimos, más fácil de engañar que de
convencer.

La tertulia de Genara fue el centro donde las aspiraciones de aquella
gente lista empezaron a tomar cuerpo. Allí fue precisándose el sistema y
haciéndose práctico. Allí se establecieron relaciones que no habían de
romperse sino con la muerte y se conocieron y se escogieron, digámoslo
así, los hombres. Los jóvenes tomaron de los viejos el saber astuto y
estos de aquellos el desenfado y el vigor. Humanamente considerada,
aquella gente tenía una superioridad especial que ha sido la causa de su
dominio durante un tercio de siglo: era la superioridad de los modales,
cosa importantísima en nuestra edad. Había en aquellos tiempos como una
línea divisoria clara y precisa que separaba en dos grandes mitades el
inmenso personal político, creado por las revoluciones. En el trazado de
esta línea tenían alguna parte las tijeras de los sastres. No había
término medio, y fue lástima grande que tantas ideas generosas y
salvadoras no pudieran por fatal destino, emanciparse de la grosería,
del mal vestir y peor hablar.

Por esto el advenimiento de la clase media fue laborioso y pesado.
Aquella clase, frailunamente educada, no supo echar de sí ciertas
asperezas, por lo que sólo prevalecieron en la vida pública los pocos
que supieron ponerse el frac.

Despidieron a Genara aquel día, 16 de Julio de 1834, y se retiraron
todos, los unos a su oficina, pues casi todos eran empleados, los otros
a dormir la siesta. Todavía en aquellos tiempos se dormía la siesta, y
al día siguiente de aquel 16 da Julio fue cuando la Providencia dispuso
que el Gobierno durmiera una siesta célebre.

La dama partió llena de pena y miedo, de miedo porque ignoraba si
alejándose de Madrid se alejaría del aire ponzoñoso; de pena, porque
dejaba su vida dulce y regalada, sus tertulias llenas de amenidad o
interés, su influencia en el partido dominante, y quizás, quizás algo
que más vivamente interesaba a su corazón. Renunciar al brillo de su
ingenio y hermosura, a las adulaciones de la pequeña corte masculina que
la festejaba un día y otro día; abdicar esta corona y huir de la capital
de su reino de galanterías para sepultarse en un rústico lugarón donde
no había de tener más solaz que lecturas insípidas y donde había de
recibir la noticia del fin tristísimo de su marido, era fuerte cosa para
un corazón amigo de impresiones lisonjeras, para una fantasía siempre
joven y siempre soñadora, para una conciencia alarmada.

Esta mujer acabó ya para nosotros. Dentro de los límites señalados a
estas historias, no cabe ya el resto de su vida llena de accidentes, y
que no tomarán por modelo los cenobitas ni los que se propongan ser
santos o algo que a santos se parezca. Sólo diremos, que vivió muchos
años y que a los sesenta todavía era guapa. Ingeniosa, amable y algo
intrigante, lo fue hasta los setenta, y durante dos años más fue un
modelo de devoción cristiana y de edificante trato con clérigos y
cofradías, hasta que Dios quiso llevársela de este mundo. No se le cayó
la casa encima como a D. Felicísimo, sino que murió de repente hacia el
último tercio del 68, si no están equivocadas las crónicas.

Aquel día (volvemos a nuestro 16 de Julio del 34), D. Benigno fue el
último que le apretó la mano. Después el héroe dio una vuelta por la
calle de Toledo y plazuela de la Cebada, porque oyó decir que había
agitación en aquellos barrios y gustaba de curiosear. Un espectáculo
horrible le detuvo en su excursión. Vio asesinar cruelmente a un chico
por echar tierra en las cubas de los aguadores. Esta travesura frecuente
entonces, se castigaba comúnmente a pescozones. Las cosas habían
variado, y los ángeles traviesos eran tratados como los mis grandes
criminales. Cordero retrocedió para entrar en la calle del Duque de
Alba, y en la de los Estudios recibió un testarazo que le hizo saltar de
la acera al arroyo. El duro objeto que le embistió era un ataúd. Un
hombre le llevaba sobre su cabeza, dando porrazos a cuantos transeúntes
hallaba en su camino.

--¡Bestia!--gritó Cordero.

Al punto reconoció a Tablas, y suavizando la voz le preguntó:

--¿Para quién es, hermano?

--Para aquella, para aquella--replicó López sin detener el paso. Cordero
vio algunas mujeres que lloraban.



-XXVII-


Desgreñada, lívida, con los ojos chispeando furia, las manos
temblorosas, los dedos tiesos y esgrimidos al modo de cuchillos, la boca
seca, por ser las voces que de ella salían más bien ascuas que palabras;
más parecida a demonio hembra que a mujer, estaba Maricadalso en la
puerta de una casa humildísima de la calle del Peñón. Sus gritos
pusieron en alarma a la calle toda, como las campanadas de un incendio,
y por ventanas y puertas aparecieron los vecinos. ¡Qué caras y qué
fachas! El gritar de Maricadalso era por momentos lastimero y dolorido,
a veces amenazador y delirante. Sus cláusulas sueltas, saliendo de la
boca en chispazos violentos, no entran en la jurisdicción del lenguaje
escrito, porque lo característico de ellas dejaría de serlo al separarse
de lo grosero. Palabras eran de esas que matizan y salpimentan las
disputas populares; equivalen al siniestro brillo de la navaja en el
aire y al salpicar de sangre soez entre las inmundicias que de un
corazón rudo salen a una boca sedienta de injuria. Entre lo que no puede
reproducirse se destacaban estas frases.--¡Mi hija muerta!... ¡Cosas
malas en el agua!... ¡Esos pillos!...

Muchas damas de candil, vestigio envilecido de las que inmortalizó D.
Ramón de la Cruz, rodearon a Maricadalso. Una harpía que grita en medio
de la calle del Peñón o de otra cualquiera de aquellos barrios, tiene la
seguridad de llevar el convencimiento más profundo al ánimo de su
auditorio, sobre todo si lo que dice es un disparate de esos que no
entran jamás en cabeza discreta. Con mágica rapidez, todas las mujeres
que rodearon a Maricadalso se asimilaron las opiniones y sentimientos de
esta. El pueblo es conductor admirable de las buenas como de las malas
ideas, y cuando una de estas cae bien en él, le gana por completo y le
invade en masa. Bien pronto la harpía individual fue una harpía
colectiva, un monstruo horripilante que ocupaba media calle y tenía
cuatrocientas manos para amenazar y doscientas bocas para decir: _¡Cosas
malas en el agua!_

Quien no piensa nunca, acepta con júbilo el pensamiento extraño,
mayormente si es un pensamiento grande por lo terrorífico, nuevo por lo
absurdo. Aquel día habían ocurrido muchas defunciones. Varias familias
tenían en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una catástrofe
o desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de lo
que ve y padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio,
infección morbosa, desarrollo miasmático. ¿Y cómo lo ha de saber la
ignorancia, si aún lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se ve morir con
síntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causas
patológicas. Cristiano de rutina, tampoco puede pensar en rigores de
Dios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino: _¡Cosas malas en el
agua!_

Esta idea de las _cosas malas_ arrojadas infamemente en la riquísima
agua de Madrid, con el objeto puro y simple de _matar a la gente_, cayó
en el magín del populacho como la llama en la paja. No ha habido idea
que más pronto se propagase ni que más velozmente corriese, ni que más
presto fuera elevada a artículo de fe. ¿Cómo no, si era el absurdo
mismo?

Algunas mujeres subieron a ver el cadáver de la hija de Maricadalso,
cuyo ataúd acababa de traer López. Era una muchacha bonita, cigarrera,
con opinión de honrada. Maricadalso subía a su casa, lloraba junto al
cuerpo de su hija, bajaba a gritar de nuevo, blasfemando, volvía a subir
y a llorar.... Ya no parecía la Muerte sino la Locura cantando a su modo
el _Dies irae_. En tanto veinte, treinta, cuarenta hombres subían hacia
la plaza de la Cebada propagando aquel satánico evangelio de las _cosas
malas en el agua_. Encontraron a Timoteo Pelumbres, esposo de
Maricadalso y padre de la muerta. Oyó este el griterío y soltando las
herramientas que llevaba, corrió presuroso a una taberna donde varios
hombres disputaban.

--¿Veis?--gritó mostrando el puño--. Todo el mundo lo dice.... ¡Han
envenenado las aguas!

Inquieto, feroz y pequeño, Timoteo tenía todas las apariencias del
chacal, la mirada baja y traidora, los músculos ágiles, el golpe
certero. Atacaba de salto. Era el mismo a quien vimos haciendo buñuelos
en la tienda inmediata a la gran carnecería de la Pimentosa, de quien
era protegido, lo mismo que su mujer. Era el mismo a quien vimos hace
mucho tiempo, acaudillando la fiera cáfila que asesinó a martillazos al
cura Vinuesa 21 en la cárcel de la calle de la Cabeza. Aquel tigre
pequeño vivió mucho. Alcanzó los tiempos de Chico.

En la taberna hacía falta un orador para electrizar el selecto concurso.
Aquel orador fue Pelumbres, que hablaba mostrando el puño y frunciendo
las cejas. Las mujeres pasaron gritando. Entre ellas se divulgó una de
esas noticias que electrizan, que redoblan el entusiasmo y aguzan el
soez pensamiento. La noticia era esta: De los dos chicos a quienes se
había sorprendido poco más arriba echando _unas tierras amarillas_ en
las cubas de los aguadores, el uno fue muerto al instante, el otro logró
escaparse y se refugió.... ¿dónde? en el mismo San Isidro.

--Como que de allí ha salido todo...--dijo una voz que se esforzaba en ser
autorizada y convincente a pesar de ser la voz de un salvaje.

--¿Qué ha salido de allí?

--Los polvos.

--¡Los polvos!

El que esto aseguraba era un hombrón, un animal de esos que aparecen en
las tempestades populares, sin que se sepa bien quien los trajo, y en
todas ellas dejan señal sangrienta de su paso. Seguíale una docena de
individuos de esos que al mirarnos muestran cara humana, si bien es muy
dudoso que sean hombres.

--Sí, señores, todo está averiguado--añadió el desaliñado orador, que era
Tablas en persona--. Y si faltase testimonio, aquí estoy yo para darlo.

Dos mujeres se le colgaron de cada brazo. En torno suyo hízose un
corrillo. Formábalo esa curiosidad de lo horrible que reúne gente en
derredor de los patíbulos, del charco de sangre, señal de un crimen, o
junto a la oscura agonía de un perro. Tablas se enorgulleció de su
papel. Aquel día era un día suyo, un día en que iba a mostrar su poder
con pretensiones de poder político, ¡oh! ¡qué gran momento! Dos docenas
de perdidos le obedecían, como obedece la piedra a la honda. Tablas era
la honda; pero distaba mucho de ser la mano.

--Pues, sí señores--añadió López--. ¡Yo mismo les he llevado ayer un saco
con media fanega de veneno!

--¡Media fanega de veneno!

--¿Y tú se lo has llevado?

--Sí, porque no sabía lo que era. No es la primera vez que esos malvados
reciben remesas de veneno. El saco que les llevé ayer vino de Cataluña
para ese.... No le quiero nombrar.

--Di tú, parlanchín--gritó una voz detrás del corrillo--. ¿Se ha muerto
también la Pimentosa?

--Para eso va. Esta mañana despertó con el mal.

--¿Ha bebido agua?

--Ha tomado los mismos polvos como medicina.

Una exclamación de horror acogió esta terrorífica aseveración.

--¿Quién se los ha dado?

--Curas y frailes que todos son unos. Diéronselos como medicina santa, y
tomarlos y empezar a sentir las arcadas del cólera, fue todo una misma
cosa.

Esto era demasiado espantoso para que el digno concurso pudiera hacer
comentarios. El silencio torvo con que lo oyó probaba su escasez de
ideas ante aquel hecho y el alarmante recogimiento de sus pasiones, que
se concentraron para brotar en seguida con más fuerza. Tablas puso cara
afligida. Deseaba excitar en favor suyo la compasión de la multitud y
pasar por una víctima de las malas artes de cierta gente. Pero en su
rudeza no acertaba a ingerir la idea política en aquella serie de locos
desatinos. Tratándose de difundir un disparate y de darle la
inverosimilitud que le hace más asequible a la mente del vulgo, Tablas
no carecía de habilidad, porque así como el búho ve en las tinieblas,
ciertos entendimientos tienen la aptitud del absurdo. Pero él quería
razonar, emitir un fundamento, más que por justificar la asonada, por
darse satisfacción a sí mismo, como hombre de opiniones políticas.
Necesitaba una fórmula que le diese prestigio entre sus oyentes
adjudicándole cierta iniciativa con asomos de jefatura.

Frunció el ceño, bajó la cabeza, recogió su pensamiento para buscar la
fórmula que necesitaba. Como en ocasiones parecidas, en aquella su
frente semejaba el duro testuz del toro, previniendo la acometida. La
chispa brotó entre las nieblas de aquel caletre, pues no hay cerebro por
tenebroso que sea, que no tenga sus rehendijas por donde entre a veces
algo de luz.

--¿No sabéis lo que es esto?--dijo con gran animación--, sintiendo
vislumbres de genio--. ¿No sabéis lo que esto significa? Envenenar por
gusto de envenenar no es....

Buscaba la palabra _lógico_, que había oído muchas veces en el club:
pero no daba con ella. La palabra se le atarugaba sin querer pasar, como
una moneda grande que no puede entrar por la pequeña hendidura de una
hucha.

--No es, no es...--añadió forcejeando con el vocablo y echándole fuera al
fin, aunque desfigurado, no es _ilógico_. ¿Por qué envenenan a la gente?
Para acabar con los liberales. Ellos dicen: «No podemos aniquilar a
nuestros enemigos uno a uno, pues acabemos con todo el género humano».
(Sensación profundísima.)

Comprendió que le vendría muy bien en aquel caso un recuerdo histórico,
y volvió a fruncir el ceño. Esto era difícil en extremo y su cerebro no
tenía capacidad para contener un suceso histórico. Equivalía a querer
meter, no ya una moneda, sino un camello dentro de la hucha. Pensó mucho
y se rascó la frente. Había oído en el club multitud de menciones y
referencias de acontecimientos pretéritos; pero a él ninguna se le venía
a las mientes. De pronto una mujer, ¡oh genio de la mujer! dijo esto:

--Es como lo de Herodes.

Tablas se estremeció de júbilo. Tenía lo que necesitaba. Ahuecando la
voz y marcando con su manaza un compasillo oratorio, prosiguió su
discurso así:

--Sí, señores; así como el tirano Herodes, para ver de perder al niño
Jesús, mandó matar a todos los niños, según rezan los Evangelistas,
estos canallas, para ver de acabar con un partido, con el partido
liberal, quieren matar a todos los españoles, a todo el género humano, a
todo el globo terráqueo.

Describió con el brazo extendido un vasto y rapidísimo círculo. Sabe
Dios hasta donde habrían llegado las retóricas del antiguo tablajero, si
en aquel momento no permitiese Dios una repentina tragedia. Era el
primer hecho terrible, brotando de la última palabra de López. En el
populacho las palabras ardientes tienen una propagación pasmosa, y pasma
también la rapidez con que de estas flores de la barbarie salen frutos
de sangre. Un lego atravesó por delante de la Latina, dobló la esquina
de la plazuela siguiendo en dirección a Puerta de Moros. Iba presuroso y
acobardado, llevando un paquete de papel en la mano, algo como dos
libras de azúcar, recién compradas en la tienda.

--¡Aquel lleva veneno!--gritaron varias mujeres corriendo hacia él.

El lego fue rodeado por un grupo y desapareció en él. No se vio más que
un estremecimiento de brazos y cabezas, un enjambre de cuerpos que
forcejearon entre gritos. Algunos ayes lastimeros se deslizaron entre el
vocerío. Después sólo se veía una masa de gente en lúgubre cerco
silencioso mirando al suelo.

Tablas había tomado otra dirección. Por un momento el populacho se
dividió. Los girones de aquella nube negra vagaron un rato por las
calles de los Estudios, Toledo, plazuelas de San Millán y de la Cebada.
Gran confusión reinaba. El atleta, con su media docena de facinerosos
caminó hacia la calle de las Maldonadas. Cerca de la puerta de su casa
vio a Romualda que salía presurosa, y la llamó:

--¿Y Nazaria?

--Lo mismo.

--¿Hay alguien arriba 22?

--Nadie, yo sola; digo, yo he bajado.

--Sube y tráeme mi navaja grande que está sobre la cómoda.

--Madre Nazaria me ha mandado por agua. Tiene sed.

--Ve primero por la navaja.

Romualda subió, mientras Tablas y sus amigos conferenciaban gravemente
en la puerta. Era un consejo de guerra de caníbales en la expectativa de
una gran batalla-merienda. Cuando Romualda bajó con la navaja, López
dijo a los amigos:

--El Gobierno mandará tropas a defenderles. Bueno es estar prevenido.
Mira, Rumalda....

Romualda había pasado ya a la otra acera, y desde allí les miraba con
espanto. Su cara de hambre y miseria, su aspecto de cansancio no
excitaban la compasión de aquellos caballeros andantes de la plebe.

--Rumalda.

--Señor.

--Sube y tráeme las dos pistolas que están colgadas junto a la cama....
Después llevarás el agua a Nazaria.

--Madre Nazaria no me ha mandado por agua. Ya no tiene sed. Me ha mandado
por un cura. Dice que se muere.

--¿Por un cura?... ¿Y dónde están los curas, mentecata?... Di a Nazaria
que no se muera, que volveré pronto.... Corre y tráeme las pistolas.

--Voy por el cura.

--Sube y trae las pistolas--gritó López.

La coja entró en el portal, y emprendió su lucha con la escalera. Esto
empezaba a ser para ella como beberse el mar. Y se lo bebía.

Poco después el atleta y sus amigos volvían a la calle de los Estudios.
Un reloj dio la hora. Eran las tres de la tarde. Ya en la puerta que el
Seminario tiene por la calle del Duque de Alba, los sicarios del lego
formaban un grupo imponente, montón de humanidad digno de un basurero,
en el cual brillaban aceros de navajas y burbujeaban blasfemias.
Gritaron, golpeando la puerta. Tablas se presentó, quiso mandar; pero no
le hicieron caso. Abriose la puerta, o franqueada por dentro o rota
desde fuera, que esto no se sabe bien. El populacho entró. Detúvose en
el vestíbulo ante una figura que estaba allí sola, imponente, inmóvil,
como imagen bajada de los altares. Era el Padre Sauri, joven, flaco,
pálido, valiente. La palidez, la energía de las facciones del jesuita,
sus ropas negras, su valor quizás contuvieron un instante al populacho.
Aquella repentina quietud parecía la perplejidad del arrepentimiento. El
jesuita dijo con voz sonora y conmovida: _¿qué queréis?_

Difícil era contestar a esta pregunta con palabras. Los sicarios no
sabían bien lo que querían. De entre ellos salió una voz que gritó:
_Queremos tu sangre, perro_. No fue preciso más. El Padre Sauri
desapareció. No puede describirse su horroroso martirio. De manos de los
monstruos pasó a las de unas cuantas harpías que le arrastraron hasta la
plazuela de San Millán, mutilando su cadáver en el sangriento camino.

En tanto los asesinos se difundieron por los inmensos claustros del
vasto edificio. Oíanse pasos precipitados y ayes lastimeros en lo alto
violentos golpes de puertas que se cerraban. Era jueves, y los
colegiales externos estaban en sus casas. Muchos jovenzuelos internos
fueron acometidos. Para saber si eran realmente colegiales o Padres
disfrazados de alumnos, los sicarios les quitaban el bonete buscando la
corona sacerdotal.



-XXVIII-


Aquella mañana había funcionado con mayor actividad que otros días el
aparato de trasmisión, establecido por D. Rodriguín entre su carpeta y
la de su amigo.

_--Amice,¿exaudisti hodie susurrationes trapisondarum?_

_--Utique; videte carátulam Gratiani. ¡Quantum est ille canguelatus!_

_--Ecce Ferdinandez, vel a Ferdinando. Ille ahorcabitur cum capillo._

¡Quién le había de decir al juguetón estudiante que a las pocas horas de
estas bromas había de ver morir trágicamente al infeliz Fernández,
maestro dulce, tolerante amigo de los buenos alumnos y docto humanista!
Rodriguín le vio sorprendido por los sicarios al salir de su celda.
Espantado el jesuita ante el horrendo aspecto de la multitud, permaneció
un instante perplejo o inmóvil sin acertar a huir, ni a defenderse, ni
siquiera a traducir su terror en palabras. La plebe aprovechó aquel
momento. Fue devorado en un soplo como seca arista en el fuego.

Rodriguín bajó la escalera. Su temor le daba alas. En el patio vio matar
al Padre Artigas, bibliotecario, y al hermano Elola, ambos cazados
ferozmente a lo largo de los claustros, y siguiendo la dirección de
algunos escolares que huían, refugiose en la capilla doméstica. Allí
estaba el Padre Carasa con algunos colegiales rezando el rosario.
Rodriguín les vio a todos arrodillados pidiendo a Dios misericordia, y
quiso imitarles; pero sus piernas no podían doblarse y eran incapaces de
todo lo que no fuera correr, huir, desaparecer. Salió de la capilla. Era
todo pies. Bajó, volvió a subir, y en aquel viaje anheloso, semejante al
de la liebre perseguida, vio morir al Hermano Sancho, el que acompañaba
a Gracián en sus paseos y excursiones, y al Hermano coadjutor Ostolazo,
que pereció en el patio y fue arrastrado a la calle por las mujeres. El
pánico horrible redoblaba las fuerzas del macarrónico para correr. Subió
a los desvanes, pasó por el sitio a que él y los de su pandilla
nombraban _chupatorium_ por ser el escondrijo donde fumaban, y al fin se
encontró solo. Los rugidos de la plebe sonaban lejos abajo. Rodriguín,
al sentirse en salvo, perdió súbitamente las milagrosas fuerzas que le
habían hecho volar, y cayó sin sentido. La colosal energía contractil
que desplegara se concentró en su cerebro, haciéndole delirar. La fiebre
reprodújole los mismos peligros de que ya parecía libre, y vio los
puñales corriendo tras sí. Imaginose que corría con sobrehumana
presteza, sin poder apartarse de los ensangrentados aceros; imaginose
que subía a los tejados, seguido tan cerca por los sicarios que sentía
su abrasador aliento. Soñaba (pues como sueño eran sus figuraciones) que
se arrojaba de cabeza al patio, y que los sayones se arrojaban también
detrás de él. Después subía como desesperado gato por la cuerda de las
campanas, y por la misma vía subían también los puñales terribles. Luego
se lanzaba por el interior angosto y húmedo de las cañerías que recibían
el agua de los tejados, y la turba se precipitaba también por el
interior del tubo, haciendo un ruido semejante al del agua. Seguido
siempre y nunca alcanzado, pero tampoco en salvo, se precipitaba en la
iglesia, subía por las paredes, bajaba por los empolvados altares, y la
plebe subía y bajaba con él. Se metía al fin entre las hojas de los
misales, como una cinta de marcar, y allí, en aquel doblez seguro, le
seguían también las manos armadas de puñales. Las navajas brillaban
entre las doradas letras.

Refugiábase luego entre los vestidos de la Virgen, en el aceite de la
lámpara, en el recinto sagrado del copón; y en los vestidos, en el
aceite, en el copón, los tigres no se apartaban de él, siguiéndole sin
descanso y tocándolo sin llegar a cogerle.... Al fin acabó este
espantoso delirio y quedó el escolar en inacción parecida a la de la
muerte. Cuando terminó aquel estado y cobró el conocimiento, hallose
tendido boca abajo en el suelo del oscuro desván. Puso atención a los
ruidos de abajo y le pareció que se alejaban. Arrastrándose trató de
subir al tejado y salió al fin aunque con dificultades, porque le dolía
una rodilla y movía muy mal el brazo derecho. Desde el tejado que daba a
la calle del Duque de Alba, vio la multitud que parecía abandonar el
edificio; pero él ni por todos los tesoros del orbe, fuera capaz de
descender al Colegio.... Dos o tres gatos le salieron al encuentro, y
con tan buena compañía avanzó un buen trecho. El espacio vacío donde un
año antes estuviera la casa de D. Felicísimo, le detuvo en su penoso
viaje aéreo; pero dando algunos saltos llegó a una casa que parecía
brindar al pobre fugitivo seguro y cómodo asilo. Por una de las ventanas
de las bohardillas veíase ropa tendida; en obra había dos chicuelos que
se entretenían en izar banderas de toallas 23 y servilletas a un asta de
caña, que muy bien amarrada en el antepecho estaba. Alrededor de este
cuadro revoloteaban pardas palomas que no lejos de allí tenían su
vivienda. D. Rodriguín indicó por señas a los chicos que iba a entrar
por el hueco de la bohardilla, con lo que ambos se asustaron y huyeron
adentro. Mas sin arredrarse por esto el atrevido estudiante escurriose
tejas abajo. Trepando gatunamente con los cuatro remos, penetró en la
casa. Una mujer y un señor mayor le salieron al encuentro; pero D.
Rodriguín no supo darse cuenta de lo que le dijeron, porque extenuado de
fatiga y perdidas las fuerzas, se arrojó sobre un montón de ropa blanca.
Dejémosle allí.

El Padre Gracián estaba tranquilo en su celda escribiendo algunas
cartas, cuando sintió el tumulto. Sin creer que este tuviera la
importancia que realmente tenía, pensó que la Casa y sus pacíficos
habitantes corrían peligro. Saliendo a la galería miró al patio, y lo
primero que vieron sus ojos aterrados fue el cadáver del Hermano
Artigas, bárbaramente acribillado. Retrocedió con espanto al interior de
su celda; sacó precipitadamente cartas y papeles, encendió lumbre, y en
poco más tiempo del necesario para contarlo, hizo un auto de fe que
redujo a cenizas preciosos documentos, cartas elocuentes fechadas en el
Carrascal, en la Amezcua, en la Borunda y en los Alduides, curiosísimas
notas y apuntes. Con el humo que se levantó en la celda llenándola toda,
sintió picor en los ojos y salió como quien llora. El santo varón quiso
revestir su fisonomía y su persona de las apariencias de severidad y
estoicismo que tan propias eran del momento, y aunque la proximidad y el
aullido de los asesinos hicieron palpitar de temor su corazón fuerte, se
sobrepuso a la angustia del momento y avanzó con paso seguro por la
galería. Encomendándose mentalmente a Dios, hizo propósito firme de no
perderse con una exhibición imprudente ni envilecerse con cobarde fuga.
A su lado pasó despavorido el Hermano Fermín Barba, que huía de los
sicarios. Gracián no se animó a seguirle ni se atrevió a detenerle.

Aturdido el infeliz Hermano, que había logrado ponerse a salvo de los
primeros perseguidores, cayó en manos de otro grupo no menos feroz,
mientras Gracián, sin salir de su paso acertó a encontrarse junto a la
puerta que conducía al coro de la Iglesia. Entró.... Dos o tres,
estancias oscuras llenas de muebles viejos y de objetos de culto, de
esos que bien podrían llamarse decoraciones, tales como cortinas,
escalinatas, templetes, pabellones, piezas de monumento, etc., separaban
el coro del claustro alto. Los asesinos no habían penetrado aún allí.

Gracián llegó al coro, y arrodillándose junto a la barandilla, oró en
silencio, con las manos sobre los hierros y la frente en las coyunturas.
¿Se creía ya salvo y seguro? ¿Daba gracias o le pedía misericordia? ¿Le
ofrecía su vida, aceptando gustoso su martirio, que ni buscaba ni rehuía
para que fuese más meritorio? Imposible será sondear aquella alma en
momentos de tanta turbación. Pero si la apariencia y el rostro, el gesto
reposado y la lengua muda son señales de un espíritu fuerte y sereno,
Gracián tenía serenidad y fortaleza. O más bien sofocaba los estímulos
de ese instinto invencible que es quizás el sello de humanidad puesto a
las criaturas, instinto que nos encarece con elocuente modo las ventajas
de vivir, contrapesando los alientos del espíritu, ansioso a veces de la
muerte.

Así, cuando llegaron al coro, donde Gracián estaba solo con su
fortaleza, los bramidos de la plebe; cuando se oyó distintamente una voz
que dijo _por aquí_; cuando las pisadas de los asesinos sonaron en las
baldosas mismas del coro, Gracián no abandonó su recogida postura. Fue
preciso, para hacerlo mover, que una mano descortés y ensangrentada le
tocase en el hombro. Volvió la cabeza, vio a Tablas con aires de capitán
matón, armado de pistolas y cuchillo.... Entonces el hombre se sobrepuso
bruscamente al asceta. Dentro de Gracián estalló una mina de
indignación. No supo lo que hacía, y sus fuerzas hercúleas asumieron
todas sus facultades, oscureciendo al filósofo, al místico, al clérigo,
para revelar el gigante.

En el coro había, junto al facistol grande, otro pequeño, pero
suficientemente pesado para que no lo levantase con facilidad un solo
hombre. Gracián lo cogió con formidable y rápido movimiento. Parecía que
arrancaba un árbol del suelo, y al levantarlo asemejose a San Cristóbal
apoyado en su palma. Estrépito de carcajadas acogió este movimiento.
Fulminando ira de sus ojos, Gracián gritó: _¡Canallas!... ¡Masones!_ y
alzando el mueble apuntó a la cabeza del capitán de la vil tropa....
Pero en mitad de su movimiento fue herido en el costado con golpe
certero, instantáneo. Vaciló en el aire el facistol. El mueble y el
cuerpo enorme del clérigo cayeron de un golpe. Estremeciose el piso.
Inmóviles y espantados los asesinos, contemplaron el cuerpo a la
distancia del terror.

--Era el peor de todos--murmuró sordamente López, apartando sus ojos de a
víctima.

Salieron. Un instante después reinaba en el coro y en la Iglesia, en
torno a lo que fue Padre Gracián, el silencio del olvido.



-XXIX-


Tan turbado estaba D. Rodriguín, que las primeras palabras salidas de su
boca fueron un latinajo incomprensible. No acertaba a pedir socorro en
castellano ni a expresarse tampoco en vulgar latín.

--Ya, ya sabemos lo que usted desea--dijo cariñosamente el señor mayor,
poniéndole la mano en el hombro--. Usted viene huyendo de la degollina de
San Isidro.... Aquí no hay que temer.... Sola, querida hija, a este
caballerito le vendrá bien una taza de caldo.

--_Utique... gratias agere..._

--O un vasito de vino blanco con bizcochos.

--Mejor vino que caldo--dijo entonces en claro español el estudiante.

Y no se saciaba de mirar al señor de los espejuelos de oro, y a la
joven, y a los chicos, que no menos espantados que él le rodeaban.

Sola (pues no era otra la señora de aquella casa) salió en busca del
reconfortante, y D. Rodriguín, ya completamente recobrado el sentido,
pudo reconocer a D. Benigno.

--Ya sé donde estoy--dijo--. Ya sé que debo esta hospitalidad a don Benigno
Cordero y a su digna esposa.

--No es esta señora mi mujer--replicó el de Boteros algo amostazado--,
aunque sí lo fuera nada tendría de particular.... Esta casa, no es mi
casa, es de un amigo que está ausente, es del esposo de esa dignísima
señora, ¿entiende usted?... Vamos a otra cosa.... Podrían verlo a usted
desde el tejado, si a los sicarios se les antoja subir para que no
queden vivos ni los gatos.... ¡qué horrible día, Virgen del Sagrario!...
Bajemos, señor subdiácono....

--No soy subdiácono, sino colegial--dijo Rodriguín, siguiendo a don
Benigno 24 por la escalera abajo--. _Suum cuique_.

La casa no era de vecindad. Tenía dos pisos altos, ocupados por un solo
inquilino. Demasiado grande para un soltero, era tal que para un casado
sin hijos, sobraba más de la mitad. Sola se instaló en ella desde el día
de su boda para limpiarla y tenerla en tal disposición que todo lo
hallase a punto su marido cuando viniese. Una criada elegida por ella,
Juanito Jacobo y el criado que Salvador había dejado en la casa, daban
compañía y custodia a Sola por la noche, y por el día D. Benigno, su
hermana y sus hijos mayores apenas salían de allí. Todos ayudaban a la
grande obra de la limpieza y buena distribución de los muebles, al
adorno y arreglo de la casa, que estaba primorosa. No faltaba en ella
más que una cosa, el amo. Esperábanle cada semana, cada día, cada hora.
Se habían recibido cartas suyas. Su esposa no cesaba de cavilar y de
calentarse el cerebro, ya contando horas y minutos, ya imaginando
obstáculos, o bien discurriendo el modo de ir al encuentro de su cara
mitad, cosa harto difícil ciertamente por no saber qué camino traía.

El cólera había llenado de consternación y luto el alma de la señora,
afectando también a sus leales amigos. Más que por sí mismos, temían
ella y ellos por el ausente. ¡Santo Dios, si la epidemia le atacara en
el camino!... ¿Tendría Dios dispuesto que no llegara a disfrutar el bien
por tanto tiempo esperado?

--Lo peor de todo--decía Cordero, constante en su entrañable afecto--,
sería que Dios te llevase a ti antes o después de que tu marido viniese,
porque entonces.... Y... yo pregunto: «¿dónde se encontrará otra Sola?»

Y añadía para sí:

--Si esta idea no implicara la pérdida de un ser tan querido, me
regocijaría con ella.... ¡Qué chasco para el amiguito! ¿eh?... ¡Pero no,
Señor Dios Poderoso! ¡Barástolis, no! Antes de matarla a ella, mátame
tres veces a mí, y que mi salvación me consuele de su felicidad.

El tremendo día 16 fue para todos los que en aquella casa habitaban, día
de grandísima angustia, por la proximidad de la catástrofe. Reproducir
aquí los apóstrofes que de su venerable boca echó D. Benigno al ver la
matanza, las observaciones atinadísimas que hizo acerca de las justicias
populares y del aborrecido imperio del vulgo, fuera imposible, sin dar a
este relato dimensiones desproporcionadas. Puede ser que todos estos
dichos sean recogidos escrupulosamente por algún cachazudo historiador
que los perpetúe, como sin duda merecen.

Por la noche, cuando el barrio quedó tranquilo y se supo la verdad de lo
ocurrido, viendo el hecho en todo su horror, el héroe no daba paz a la
lengua para maldecir a aquel indolente Gobierno, que tales crímenes
había permitido, si no por expreso consentimiento, por pereza y descuido
casi tan execrables como el consentimiento mismo. Y aquí tenía el
compadecer a la libertad, deplorando que su causa estuviese en tales
manos, y el sacar a relucir ejemplos de Grecia y de Roma para sentar el
principio de que las manos bárbaras y sucias del vulgo envilecen cuanto
tocan y destrozan aquello mismo que quieren defender.

D. Rodriguín oía esto y callaba, admirando la elocuencia del buen señor;
pero como las palabras carlista y liberal saliesen a relucir, tal vez
impensadamente, en la perorata de Cordero, encrespose el colegial,
cambiáronse serias réplicas y reticencias, y trabose al fin una
disputilla que no se sabe a dónde habría parado, si Sola no ordenase el
silencio para restablecer la paz. Al día siguiente, D. Benigno dijo a su
amiga con mucho misterio:

--Es preciso mandar a su casa a este subdiácono. Es un espía carlista....
¡Barástolis! tan bueno es Juan como Pedro, y entre las chaquetas de los
desalmados y las sotanas de estas culebrillas no se sabe qué escoger.

Dicho y hecho. Avisose a la familia del colegial, y vestido este de
seglar abandonó la casa, aunque ningún peligro había ya de que saliera
en traje eclesiástico. Despidiose chuscamente hasta las _kalendas
carolinas_, a lo que contestó el héroe con disparates latini-parlantes,
que también se le alcanzaba algo de macarronismo.

Al ver Sola que pasaba un día y otro, que arreciaba la epidemia, que se
cometían asesinatos horrorosos a ciencia y paciencia de las autoridades,
pareciole que el Universo se descuajaba, que la máquina social y física
del mundo se hacía pedazos, y que por jamás de los jamases se vería al
lado de su legítimo dueño y consorte. Amarga tristeza se apoderó de
ella, y no se le ocurría pensamiento alguno que no fuese de muerte o
duelo. Pensó salir de Madrid, corriendo a la ventura en busca del esposo
que Dios y la ley le habían dado; pero Cordero le quitó de la cabeza
esta atrevida idea, impropia de persona tan razonable. Durante tres días
el héroe no se ocupaba más que de reunir datos para escribir una memoria
sobre el sangriento acontecimiento del día 16, y buscaba referencias,
interrogaba a los testigos oculares, bebía en las mismas fuentes de la
verdad histórica, perseguía detalles, frases, accidentes mil, y esas
pequeñeces de que tanto jugo suele sacar la diligente Clio. Escudriñando
tan escandalosos sucesos, vio que a los horrores del colegio Imperial y
de Santo Tomás habían excedido los de San Francisco el Grande, donde
perecieron a navajazos cincuenta individuos. En la Merced Calzada
también fue grande el estrago. De los de San Francisco dio noticias
prolijas el menguado Rufete, que estaba de guardia aquel día y adquirió
cierta fama no envidiable, por haber dado seguridades al general de la
Orden de que nada ocurriría en la casa, y haber poco después permitido
el libre paso de los viles asesinos. Rufete desfiguraba los hechos para
velar su cobardía, que quizás, o sin quizás, más que cobardía, fue
complicidad con los infames asesinos. El oficialete declaraba haber
salvado de la muerte a muchos franciscanos; pero los que lograron salir
vivos de la infame jornada aseguraban que en el momento del conflicto no
se vio al señor oficial por ninguna parte. Había razones sobradas para
afirmar que el Sr. Rufete hubo de esconderse en los sótanos del
edificio, no dando señales de vida hasta que, muerta ya media comunidad,
apareció muy fiero, echando ternos y venablos contra la _pillería_.
Todos estos datos, noticias y versiones las iba recogiendo Cordero de
los mismos héroes de la tragedia, para poner luego a cada cual en el
lugar que le correspondía. Es indudable que el exaltado Rufete ocupó el
que por sí mismo eligiera en lo más crudo del degüello, es a saber, la
alcantarilla.

Faltara a todas las exigencias de la Historia el buen Cordero, si
omitiera lo que se dijo de envenenamiento de aguas, y la parte que tuvo
en esta brutal creencia la bendita y entonces malhadada _tierra de San
Ignacio_. Este ingrediente desempeñó en aquellos sucesos terribles un
papel de primer orden. Fue arma odiosa de la mala fe, de la ignorancia,
y absurdo pretexto, ya que no causa, de uno de los más feos crímenes
políticos que se han cometido en España. Conocemos la víctima y el
grosero instrumento. La mano, ¿qué mano era y dónde estaba? ¿Creeremos
en el espontáneo error del populacho y en un movimiento instintivo y
ciego de su barbarie?... Difícil es creer esto. Pero el aguijón que
inquietó al bruto, haciéndole morder y cocear, quedó escondido en el
misterio. ¿Fue el degüello cosa resuelta y ordenada en círculos oscuros,
ávidos de maldad y escándalo? También es difícil asegurar esto, que por
su enormidad se resiste a la razón humana. La Fatalidad, causa cómoda de
los hechos oscuros, y luz mentirosa de lo que no puede alumbrarse, se
presenta aquí reclamando su página, la página a que le dan derecho las
perplejidades del narrador y el convencionalismo de la Historia....
Bienvenida sea esa madrastra Fatalidad, que tan bondadosamente se presta
a adoptar todo hijo abandonado, por lo general feo y enclenque, a quien
rechaza la misma Lógica que en las tinieblas lo engendró.

Rumores corrieron de que el bondadoso Padre Alelí había perecido en las
ferocidades del 16. Esto no resultó cierto por fortuna. Hallábase el
anciano en la enfermería de su convento, ya completamente perturbado y
sin juicio, cuando acaecieron los asesinatos. De nada se dio cuenta.
Cordero le acompañaba un buen rato todos los días, hasta el de su
muerte, la cual fue por lo tranquila y suave, casi inadvertida. Una
siesta más larga que las de costumbre ocultó el momento de su tránsito,
ocurrido a fines de Julio.

Nazaria murió del colera al siguiente día de la matanza. Heredó Tablas
su mal; pero por aquel don de inmunidad que acompaña, según un viejo
refrán, a la mala hierba, el animal venció a la epidemia asiática, o
esta quizás asustose de él, dejándole libre, aunque muy bien recomendado
a un cáncer que le tomó por su cuenta algunos años adelante. Por
Romualda, a quien hallamos una mañana subiendo casi a gatas la empinada
escalera de una casa de la calle de la Ruda, supimos que López llevaba
con poca resignación su desgracia. Romualda subió tanto y tanto, que una
noche la hallaron detenida en el peldaño octogésimo. Estaba prosternada,
como besando la escalera. Tanto subió que sin pensarlo había llegado al
cielo. López fue al hospital. Que murió no puede dudarse, por la índole
incurable de su mal, pero nadie sabe cuándo ni cómo se extinguió aquella
miserable vida, ni hay noticias del lugar de su sepultura. Acabó en el
misterio, enteramente a solas si no le acompañaran el dolor y su
conciencia, única compañía que le cuadraba.



-XXX-


Era sábado. Habían pasado seis días desde el nunca bastante execrado 16
de Julio, y Sola, desesperanzada ya y sin sosiego, incapaz de encontrar
un consuelo en su propio pensamiento, convocó a los amigos en familiar
consejo. Crucita opinó que no debía pensarse ya en que aquel endiablado
hombre viniese; los chicos mayores se ofrecieron a salir y recorrer toda
la Península para buscarle, y D. Benigno propuso que se fueran todos a
los Cigarrales donde le aguardarían más tranquilos, libres de la zozobra
que embargaba el espíritu de todos en la Corte y Villa.

Sola se resistió a ir a los Cigarrales mientras no tuviese noticias de
su marido o no le viese entrar sano y salvo. Aquel día pasó en soledades
y suspiros, en mirar al suelo y al cielo, en interrogarse con los ojos,
sin atreverse a formular verbalmente el triste pensamiento. Pero si
agitada estaba el alma de la señora, no lo estaba menos la del bendito
héroe del Arco famoso, pues al paso que ganaba terreno en ella la idea
de que no parecería jamás el _marido de su mujer_, se iba apoderando
traidoramente de aquel mismo espíritu suyo un sentimiento expansivo, un
no sé qué, una cosa semejante a la alegría.... El pobre señor, cuya
rectitud, aún sometida a las mayores pruebas, era siempre grande y
firme, padeció muchísimo con esto que llamaba _caricia del Demonio_, con
esta tentación o asomos de pecado grave. Pero como podía tanto en él la
voluntad, se sobrepuso a todo, arrojó de su pecho la culebrilla que se
deslizara en él furtivamente, o invocando a Dios primero y al Ginebrino
después, exclamó con enérgico arrebato de cristiano y filósofo: «Lejos
de mí esa infame alegría por la desaparición del que triunfó de mí. Si
Dios le mata y paso a heredar su dicha, enhorabuena; pero maldito sea yo
si deseo su muerte, y antes me vea comido de gusanos que envidioso. Bien
dijo aquel gran pensador en el libro V del _Emilio_, que _la virtud que
sólo se funda en las acciones es virtud falsa y postiza_».

Por la noche se retiró a su casa lleno de congoja, por no poder ya
aliviar con palabras y ficciones la de su infeliz amiga. Esta acostó a
Juanito Jacobo, que no había querido separarse de ella y dormía junto a
su cuarto; mandó a los criados que se acostaran también, y sola en su
alcoba estuvo rezando hasta muy avanzada la noche. Durmiose al fin en su
lecho, y en sueños creyó sentir desusado estrépito en la calle y en la
casa. Era una pesadilla. Parecíale que la casa se hundía, o que un
ejército entraba en ella o que un gigante la hacía pedazos con su pesado
pie. Despertose sobresaltada. El corazón le palpitaba tanto que por la
mucha viveza estuvo a punto de producirse la inercia cardíaca y por
consiguiente el síncope. Pero al reconocerse bien despierta y al
observar que continuaba el ruido, se incorporó en el lecho, puso
atención.... Se oían pasos en la casa... tocaron suavemente a la puerta
de su alcoba... sonó una voz....

Sola saltó instintivamente 25 de su lecho. Empezó a vestirse a toda
prisa.... No acertaba a vestirse....

--Soy yo....

--Espera... un momento.... Espera que me vista....

Y a medio vestir corrió a la puerta y abrió a su esposo.

--Pero no te veo...--le dijo dejándose abrazar.

El criado se acercó con luz, a punto que él soltaba capa y sombrero.

Cuando D. Benigno llegó a la mañana siguiente, se quedó pasmado, y
absorto en la mitad del pasillo al saber que el _marido de la señora_
estaba sano y salvo en Madrid y en su casa. El héroe dio un gran
suspiro. Mirando después al cielo, lanzó un piadoso apóstrofe y dijo
así:

--¡Barástolis! Por Dios trino y uno, por la Virgen del Sagrario, por
Rousseau, por mi vida honrada y por mi conciencia de cristiano juro y
rejuro que me alegro con toda el alma.

Cuando Salvador salió de su alcoba, abrazáronse estrechamente ambos
señores y juraron ser amigos fieles en lo que les quedara de vida.
Muchos conocidos visitaron al recién llegado, y aquel mismo día tuvo
éste ocasión de hacer una obra de caridad, mejor dicho, de aprobarla y
sancionarla, pues ya estaba hecha condicionalmente por su esposa. Sola
había cedido gratuitamente la bohardilla de la casa a las señoras de
Porreño, en quienes la rancia nobleza no fue parte a poner un dique a la
invasora miseria. Muerto Fernando VII, faltoles la modesta pensión qué
este les daba. Su dignidad no les permitía implorar la caridad pública.
Su arreglo, las distintas aptitudes de Doña María de la Paz les
permitían aspirar a sostenerse, aunque mal, de su honrado trabajo. Sola
les ayudó en trances tan aflictivos, dándoles la casa y encargándoles no
se sabe cuanta obra de ropa blanca. La gratitud de las dos dignísimas
cuanto infelices damas era extraordinaria. Doña Salomé bajó de punta en
blanco a dar las gracias al generoso dueño de la casa. Presentose
envuelta en ajadísimos tafetanes, adornada de podridas pieles y plumas
pulverulentas. Con toda la finura y dignidad de su carácter, con toda la
cortesía de su educación y toda la tiesura de su embalsamado cuerpo
expresó sus sentimientos, diciendo que aquel caso de liberalidad debía
agradecerse más en una época funesta ¡ay! en que habían desaparecido,
por completo los caballeros.

Partieron a los Cigarrales. Allí trascurrían dulces y lentas las horas.
El sosiego era completo, el tiempo delicioso, la salud admirable, en
concierto dulcísimo con la paz y alegría de las almas.

Salvador y D. Benigno hablaban de política, cada cual según su criterio,
su experiencia y diversos conocimientos; el segundo inclinado, a las
generalidades, a las teorías; el primero más aferrado a los hechos, y
deduciendo de la incompatibilidad de estos con la idea, desconsoladoras
consecuencias; Cordero dejándose llevar del optimismo y confiando mucho
en el entusiasmo, en la virtud de los hombres y en la fuerza de ciertas
ideas; Salvador inclinándose al pesimismo, revelándose muy aleccionado
por la experiencia, creyendo poco en las personas y menos en las ideas
verdes y desazonadas. D. Benigno opinaba que todos los españoles debían
abrazar la bandera de la libertad, respetando y enalteciendo siempre la
Religión y el Trono: admitir todos los progresos del siglo, y aplicarlos
a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando las
guerras y colisiones. Añadía que si todos los españoles no gustaban de
entrar por este camino, los rebeldes debían ser convencidos a palos,
para lo cual convenía que los libres se armaran formando una milicia
organizada, ni más ni menos que como la famosísima de Julio del 22,
émula de los espartanos en el famoso Arco de Boteros.

Salvador no desaprobaba estas ideas, pero fiaba poco en los buenos
propósitos de los que pensaban como su amigo; fiaba también poquísimo en
la milicia, en los palos de la milicia y en la soñada concordia entre la
libertad y la Iglesia. Declarando todo su pensamiento, aseguró que no
esperaba ver en toda su vida más que desaciertos, errores, luchas
estériles, ensayos, tentativas, saltos atrás y adelante, corrupciones de
los nuevos sistemas, que aumentarían los partidarios del antiguo, nobles
ideas bastardeadas por la mala fe, y el progreso casi siempre vencido en
su lucha con la ignorancia.

--Los días mejores--dijo señalando con su bastón el horizonte--, están aún
tan lejos que seguramente ni usted ni yo los veremos. La reforma es
lenta, porque el mal es grave y profundo, y sólo se ha de curar
trabajándose a sí mismo. Pienso vivir alejado de toda acción política.
Estoy abrumado de experiencias; he visto mucho; cumplí mi misión. Hay
mil caminos abiertos por donde pueden lanzarse los hombres nuevos. Los
que no lo son, deben quedarse a un lado mirando y viviendo. Mi ideal
está lejos. El tiempo le tiene tan guardado aún, que no se le vislumbra
aquí por ninguna parte. Pero vendrá, y aunque no hemos de ver esa
realidad, digna de ser admirada, desde aquí nos consuela el penetrar con
el pensamiento en un porvenir oscuro, y contemplar las hermosas
novedades de la España de nuestros nietos. En tanto, no puedo tener
entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que
asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizás me
duermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica, que
es ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestra
patria, con ese tiempo, querido amigo mío, en que la mayoría de los
españoles se reirá de la angelical inocencia política de usted.



-XXXI-


Basta ya.

Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado muy
imperfectamente, pero también de haberla terminado en tiempo oportuno
(váyase lo uno por lo otro) y cuando el continuarla habría sido causa de
que las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser imperdonables.
Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean,
se familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden con
nuestros hombres. Son años a quienes no se puede disecar, porque algo
vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Quédese,
pues, aquí este largo trabajo sobre cuya última página (a la cual
suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la
bondad del público, añadiendo más cuartillas a las diez mil de que
constan los _Episodios Nacionales_. Aquí concluyen definitivamente
estos. Si algún bien intencionado no lo cree así y quiere continuarlos,
hechos históricos y curiosidades políticas y sociales en gran número
tiene a su disposición. Pero los personajes novelescos, que han quedado
vivos en esta dilatadísima jornada, los guardo, como legítima
pertenencia mía, y los conservará para casta de tipos contemporáneos,
como verá el lector que no me abandone al abandonar yo para siempre y
con entera resolución el llamado _género histórico_.



FIN DE LA NOVELA Y DE LOS EPISODIOS NACIONALES

Santander.--Noviembre-Diciembre de 1879.

En el breve Prólogo impreso a la cabeza de la presente edición me dejé
decir que tenía preparado un largo escrito sobre el origen e intención
de esta obra, los elementos históricos de que dispuse, y los datos y
anécdotas que recogí, comprendiendo además algunos desahogos _sobre la
novela española contemporánea_. Pronto me arrepentí de esta precipitada
oferta, y la tuve por grandísima tontería en la parte que se refiere a
juicios generales de crítica y a opiniones sobre el género literario que
más se cultiva en España. Y al desempolvar los papelotes en que estaba
el mal pensado y peor escrito _Ensayo_, me revolví airado contra mí
mismo por la pícara maña de ofrecer lo que en manera alguna puedo ahora
cumplir.

Me desdigo resueltamente, recojo mi palabra, y como en aquella
espontaneidad pueril no hubo nada de juramento, ni se trata de un caso
de conducta moral, espero quedar bien con mis lectores y con mi
conciencia. Y si me apuran, prefiero pasar por poco formal a meterme en
sabidurías y honduras de crítica, investigando las recónditas leyes de
la belleza o las mudanzas que el tiempo y la moda les imprimen, y
olfateando los caminos que este y el otro autor siguieron para su gloria
o descrédito. Para cumplir lo prometido sería preciso que me saliese de
las filas de la procesión y me pusiese a repicar. Hay escritores
dichosos que desempeñan admirablemente este doble trabajo, y andan en la
procesión y repican que se las pelan. Estos tienen el don maravilloso de
practicar el arte y de legislar sobre él, y son maestros en todo cuanto
cae debajo del fuero de la pluma. Sabe Dios que daría cualquier cosa por
que me infundiesen algo de su aptitud, aunque no fuera sino para salir
airoso en la ocasión presente; pero como esto no puede ser, me resigno,
y queda circunscrito el compromiso a la primera parte tan sólo de lo
ofrecido, es decir, que no tengo ya más obligación que hablar un poco de
cómo y cuándo se escribieron estas páginas. Esto me lo tengo muy sabido,
no es cosa de ciencia sino de experiencia; pertenece a la erudición
fácil y profunda de las propias acciones, y saldrá como una seda, sin
temor de opiniones adversas ni de que los descontentadizos lo tengan por
más o menos aproximado a la verdad; como que es la certeza misma.

A principios de 1873, año de grandes trastornos, fue escrita y publicada
la primera de estas novelas, hallándome tan indeciso respecto al plan,
desarrollo y extensión de mi trabajo, que ni aun había fijado los
títulos de las novelas que debían componer la serie anunciada y
prometida con más entusiasmo que reflexión. Pero el agrado con que el
público recibió _La Corte de Carlos IV_ sirviome como de luz o
inspiración, sugiriéndome, con el plan completo de los EPISODIOS
NACIONALES, el enlace de las diez obritas de que se compone y la
distribución graduada, de los asuntos, de modo que resultase toda la
unidad posible en la extremada variedad que esta clase de narraciones
exige. Cuatro novelas aparecieron puntualmente cada año con regularidad
de Almanaque, y en la Primavera de 1875 quedó terminada con _La Batalla
de los Arapiles_ la primera serie. Tantos lectores tuvo (dentro de la
cifra reducida de lectores españoles), que creí oportuno emprender una
segunda serie. Verdaderamente, la pintura de la guerra quedaba manca,
incompleta y como descabalada si no se le ponía pareja en el cuadro de
las alteraciones y trapisondas que a la campaña siguieron. El furor de
los guerreros de 1808 sólo había cambiado de lugar y de forma, porque
continuaba en el campo de las Conciencias y de las ideas. Esta segunda
guerra, más ardiente tal vez aunque menos brillante que la anterior,
pareciome buen asunto para otras diez narraciones, consagradas a la
política, a los partidos y a las luchas entre la tradición y la
libertad, soldado veterano la primera, soldado bisoño la segunda; pero
ambos tan frenéticos y encarnizados, que aun en nuestros días, y cuando
los dos van para viejos, no se nota en sus acometidas síntoma alguno de
cansancio.

Con _Un Faccioso más y algunos frailes menos_ quedaron terminados los
EPISODIOS NACIONALES, y no obstante las excitaciones de algunos
aficionados a estas lecturas, me pareció juicioso dejar en aquel punto
mi trabajo, porque la excesiva extensión habría mermado su escaso valor,
y porque, pasado el año 34, los sucesos son demasiado recientes para
tener el hechizo de la historia y no tan cercanos que puedan llevar en
sí los elementos de verdad de lo contemporáneo. Abrazan, pues, los
EPISODIOS NACIONALES veintinueve años, los cuales, de fijo, dieron de sí
más acontecimientos y produjeron más hombres, y, en una palabra,
hicieron más historia que todo el siglo precedente. Si damos valor a una
ilusión de tiempo, podremos decir que aquellos veintinueve años fueron
nuestro siglo décimo octavo, la paternidad verdadera de la civilización
presente, o del conjunto de progresos y resabios, de vicios y cualidades
que por tal nombre conocemos.

Por más que la generación actual se precie de vivir casi exclusivamente
de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros días
que no haya tenido su ensayo más o menos feliz, ni error al cual no se
le encuentre fácilmente la veta a poco que se escarbe en la historia
para buscarla. Todos los disparates que hacemos hoy los hemos hecho
antes en mayor grado. Y si parece que faltan ahora los grandes impulsos
que en otro tiempo determinaron hechos inmortales, es porque no se
producen las circunstancias que los estimulan; que si se produjeran,
aquellos impulsos saldrían. Y si no, que lo prueben de veras.

Es y será siempre un gran placer para toda generación el mirarse en el
espejo de la que le ha precedido inmediatamente. De esto, en primer
término, y de la circunstancia, feliz para mí, de no existir en la
literatura española contemporánea novelas de historia reciente, ha
dependido el buen éxito de estos libros y la estimación que por sus
condiciones literarias no habrían alcanzado nunca.

Esta obra fue empezada antes de que estuvieran en boga las tendencias en
literatura, al menos aquí; pero aunque se hubiera escrito un poco más
tarde, seguro que habría nacido limpia de toda intención que no fuera la
de presentar en forma agradable los principales hechos militares y
políticos del período más dramático del siglo, con objeto de recrear (y
enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de
lecturas. Ni remotamente se me ocurrió mortificar poco ni mucho a los
naturales de un país enemistado con el nuestro en aquellos trágicos
días. La demencia patriótica que nuestros vecinos llaman _chauvinisme_
es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal
enfermedad ahora y siempre. Consigno aquí esta declaración como
respuesta, tardía sí, pero categórica a lo escrito en una célebre
revista de circulación universal por un discretísimo y malogrado
publicista francés 26, que al mismo tiempo que favorecía mi obra con
apreciaciones lisonjeras, indicaba que el autor de ella se proponía
concitar los ánimos de sus compatriotas contra Francia. De que en una o
varias novelas aparezcan pintados los sentimientos de los españoles de
1808 con la vehemencia que exige la propiedad histórica, no se puede
deducir que los presentes sintamos antipatía hacia una nación a la cual
nos unen hoy vínculos más fuertes que todas las alianzas políticas. La
proximidad entre ambos países es tan grande a cansa del mutuo comercio y
de las fáciles comunicaciones; es tan incontrastable la influencia que
en nosotros ejercen las ideas, las costumbres, la industria y aun la
riqueza de nuestros vecinos, que aunque existiera aquí el _chauvinisme_,
los hechos lo curarían de golpe. Por lo demás, los franceses mismos, en
su literatura patriótica, no han sido nunca tan escrupulosos ni se han
parado en barras en lo de molestar con más o menos justicia a naciones
que han tenido con ellos algún altercado. Otros dos escritores
extranjeros, al ocuparse ligeramente del mismo asunto, han seguido el
criterio de Mr. Louis-Lande. A ellos dirijo también estas observaciones.

Lo que comúnmente se llama _Historia_, es decir, los abultados libros en
que sólo se trata de casamientos de Reyes y Príncipes, de tratados y
alianzas, de las campañas de mar y tierra, dejando en olvido todo lo
demás que constituye la existencia de los pueblos, no bastaba para
fundamento de estas relaciones, que o no son nada, o son el vivir, el
sentir y hasta el respirar de la gente. Era forzoso pedir datos a los
olvidados anales de las costumbres y aun de los trajes, a todo eso que
la tradición no sabe defender de las revoluciones de la moda, y que se
pierde en la marejada del tiempo, dejando rastro muy débil en los
archivos del Estado. Era indispensable pedir también auxilio a la
literatura anecdótica y personal, como Memorias y colecciones
epistolares. Pero de estos tesoros están muy pobres nuestras
bibliotecas. Son pocos los que han referido los lances verídicos de su
vida. Hay en nuestro carácter un fondo de modestia que perjudica a la
formación de la verdadera historia, y adolecemos además de falta de
sinceridad. Lo que llaman _vida pública_ es una fastidiosa comedia
representada por confabulación de todos, amigos y enemigos. La vida
efectiva no aparece nunca, y nos apresuramos a hacer desaparecer los
documentos de ella, arrebatando a la publicidad las cartas de personajes
fenecidos, por ese ridículo miedo a la verdad que es propia de los que
se habitúan a vivir en una atmósfera de artificios. De aquí la oscuridad
que envuelve sucesos casi recientes. Las cartas escritas _para el
público_ no llenan este vacío, y las verdaderas no salen nunca a luz, o
por la razón de falsos respetos, o quizás porque el público mismo no
manifiesta inclinación a esta literatura de verdad palpitante, y protege
con su demanda las cosas sobadas, compuestas y mentirosas. Poco o ningún
fruto obtuve, pues, de la literatura familiar.

La prensa periódica ha podido, en algún caso, prestar servicios al
novelista, aunque en las épocas de régimen autoritario es difícil hallar
en los papeles públicos un reflejo, ni aun siquiera pálido, de la vida
común. En cuanto a la _Gaceta_ de aquellos tiempos, justo es reconocer
que arroja gran luz sobre los sucesos de Turquía, Moscovia, Transilvania
y Galitzia, observando, respecto a lo que en Madrid pasaba, una
discreción tal, que no es posible imaginar papel más estúpido. Pero
donde menos se piensa hallamos un tesoro. El _Diario de Avisos_, que en
estupidez iguala a la _Gaceta_ y le supera en garrulería, ha sido para
mí de grande utilidad, por los infinitos datos de la vida ordinaria que
atesora.... ¿dónde creeréis? en sus anuncios. En esta parte del
periódico más antiguo de España he hallado una mina inagotable para
sacar noticias del vestir, del comer, de las pequeñas industrias, de las
grandes tonterías, de los placeres y diversiones, de la supina inocencia
de aquella generación. Créanlo o no, digo que todo lo que en esta obra
es colorido, acento de época y dejo nacional, procede casi
exclusivamente de los anuncios del _Diario de Avisos_. Para la
ensambladura histórica tuve siempre a la vista la historia anónima de
Fernando VII, que se atribuye a D. Estanislao de Koska Bayo, y para
_Zaragoza_ los _Sitios_ de Alcaide Ibieca. Con esto, las _Memorias_ de
algunos generales del Imperio y otras historias menos conocidas y una
buena dosis de buena voluntad, que suple a veces la falta de ciertas
facultades, salí del paso como Dios me dio a entender.

Gran ventura habría sido para mí tropezar con testigos presenciales;
pero no habiendo hallado ninguno que pudiera contar hechos de la primera
época, tuve que fiar la empresa a las fatigas del trabajo inductivo y de
probabilidades, auxiliado por datos de tercera mano y referencias
incompletas o desvirtuadas. Después, al acometer la segunda serie, pude
obtener ventajas de la conversación con personas de tanto ingenio,
sagacidad y feliz memoria como el Sr. Mesonero Romanos y algún otro. En
las obras de este insigne fundador de la literatura de costumbres en
España, en las de Larra, Miñano, Gallardo, Quintana, etc., y aun en las
comedias, sainetes o articulillos de escritores oscuros, así como en
diferentes periódicos no políticos, sin excluir los de modas, he
allegado elementos indirectos para sortear las dificultades de empresa
tan ruda.

En la primera serie adopté la forma autobiográfica, que tiene por sí
mucho atractivo y favorece la unidad; pero impone cierta rigidez de
procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difícil es
sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y
trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no debe alterar la
fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no
puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la
escena ni los móviles de la acción. Tales dificultades obligáronme a
preferir en casi todas las novelas de la segunda serie la narración
libre, y como en ellas la acción pasa de los campos de batalla y de las
plazas sitiadas a los palenques políticos y al gran teatro de la vida
común, resulta más movimiento, más novela, y por tanto, un interés
mayor. La novela histórica viene a confundirse así con la de costumbres.
En los tipos presentados en las dos series y que pasan de quinientos,
traté de buscar la configuración, los rasgos y aun los mohines de la
fisonomía nacional, mirando mucho los semblantes de hoy para aprender en
ellos la verdad de los pasados. Y la diferencia entre unos y otros, o no
existe, o es muy débil. Si en el orden material las trasformaciones de
nuestro país han sido tan grandes y rápidas que apenas se conoce ya lo
que fue, en el orden espiritual la raza defiende del tiempo sus
acentuados caracteres con la tenacidad que pone siempre en sus defensas,
ya lo sean de una ciudad, como en Numancia y Zaragoza, ya de una
costumbre, como se muestra en la perpetuidad de los Toros y de otras
mañas nacionales. No es difícil, pues, encontrar el español de ayer, a
poco que se observe el que tenemos delante.

Al pensar en la ilustración de esta obra, quise, como he dicho al
principio de la edición, que manos de otros artistas vinieran a dar a
las escenas y figuras presentadas por mí la vida, la variedad, el acento
y relieve que yo no podía darles. Poco tengo que añadir a lo que dije al
principio de la edición. Bien se ha visto que el plan primitivo ha
sufrido alguna mudanza. Anuncié que la ilustración total estaba a cargo
de dos artistas eminentes; pero las dificultades que en la práctica
ofreció lo excesivo del trabajo en obra tan extensa, obligáronme a
repartir la ilustración entre mayor número de artistas. Tuve la suerte
de que todos cuantos llamé en mi auxilio respondieron con entusiasmo;
todos han trabajado con fe, encariñados con la obra más de lo que esta
merecía. El resultado ha sido admirable. La habilidad de los insignes
pintores y dibujantes que han trabajado en esta edición, su entusiasmo y
mi constancia (que no quiero renunciar a la parte de gloria que me
toca), han producido una obra editorial de relevante mérito, un
verdadero museo de las artes del diseño aplicadas a la tipografía, y
marcan un verdadero progreso en el gusto nacional. Creo haber acertado
al preferir los facsímiles ejecutados sobre zinc a los antiguos
procedimientos del boj, pues si la madera bien trabajada da finezas y
matices, que en el clisé directo se obtienen pocas veces, en cambio este
reproduce fielmente la creación del artista, y traslada el acento, el
trazo, la personalidad. De aquí la seducción que ejerce en el observador
entendido un relieve de zinc cuando es de manos bien ejercitadas en el
lápiz o la pluma. Muy grande tiene que ser la destreza de un grabador
para arrancar de la madera efectos iguales, y sobre todo, para imprimir
con el buril ese sello de espontaneidad y frescura que en el clisé
directo compensa la tosquedad del trazo.

No he de ocultar que la escasez de medios industriales en nuestro país
ha sido parte a mermar los efectos que habrían podido obtenerse en esta
ilustración, utilizando todos los progresos que la zincografía ha
realizado últimamente en Europa. Pero en la ruda campaña que ha sido
preciso sostener con la carencia de elementos materiales se ha llegado
hasta donde se ha podido, y sólo han cesado los esfuerzos ante el
convencimiento de no poder avanzar más en esta senda de asperezas y
entorpecimientos de todas clases. Se ha ido hasta el fin del terreno
conocido en nuestra limitada vida industrial, no retrocediendo sino
cuando era humanamente imposible dar un paso más. La tristeza que
produce el no haber llegado a la perfección se atenúa con la idea de
haber puesto los cinco sentidos y los recursos todos en la empresa, y
con la seguridad de que otros llegarían hasta donde hemos llegado: pero
no más allá.

Cuatro años y medio ha durado la publicación, plazo relativamente corto
y que aún lo parecerá más si se atiende a que la obra consta de
_quinientos veintiocho pliegos_, a que ha sido preciso obtener de
nuestros artistas, algunos de ellos avecindados en Barcelona y en el
extranjero, mil doscientos dibujos próximamente, enviarlos fuera de
Madrid casi siempre, para la elaboración de los clisés, y estampar al
fin estos con la prolijidad y el esmero que exige tal trabajo. Los que
conozcan de cerca las faenas tipográficas y además hayan visto
experimentalmente los horizontes que tiene en España el comercio de
libros, se pondrán de mi parte cuando me oigan repetir lo que dijo
primero el loco de Cervantes y después Pereda en esta forma: _«no es
para todos la tarea de hinchar perros en esta catadura»_.

Los nombres de los colaboradores artísticos de esta edición, pintores
eximios los unos, dibujantes habilísimos los otros, van a la cabeza de
los diez tomos. Estos nombres, algunos de los cuales gozan ya de
universal fama, y los demás la obtendrán seguramente, son demasiado
conocidos y no necesitan que se les haga aquí un panegírico. Poco
añadirían a su reputación mis encarecimientos, que, por otra parte,
parecerían quizás interesados. Es ocioso encomiar lo que está a la
vista. Ponerse a describir bellezas fácilmente apreciables por cuantos
tienen ojos y gusto es más de _cicerone_ que de crítico. Penetrad por la
primera página, salid por la última después de haber recorrido esta
inmensa galería, y tengo por cierto que haréis justicia, sin necesidad
de apuntador, al ingenio, la fuerza de expresión y la gracia con que el
arte del dibujo ha hermoseado estas pobres letras.

Otros colaboradores ha tenido, en esfera más modesta, la presente
edición, los cuales nadie conoce, y que, no obstante, merecen que sus
nombres sean sacados de la oscuridad. Yo lo haré como recompensa a los
constantes esfuerzos, a la inteligencia y buena voluntad con que han
coadyuvado al éxito de este difícil trabajo. Servicios, tan útiles no
son los menos importantes, ni la parte de gloria que les corresponde en
el resultado total es la más pequeña. Merece, pues, una mención aquí el
encargado de los trabajos tipográficos de la edición, D. Guillermo Cano,
por cuyas manos han pasado todas mis obras desde _La Fontana de Oro_
hasta la última que he compuesto, y todas las ediciones, grandes y
chicas, buenas y malas que de ellas se han hecho. La tirada de los
EPISODIOS NACIONALES ilustrados y de sus innumerables grabados ha sido
hecha con el mayor esmero, desde el principio hasta el fin, por el
maquinista D. Antonio López.

Creo haber dicho todo lo que tenía que decir, cumpliendo la oferta de
marras, y pagando el acostumbrado tributo de cortesía a un público con
el cual se ha estado en comunicación no interrumpida durante muchos
años. A este público que me admitió la edición primitiva de estos
libros, que recibe bien la ilustrada, y que tal vez, andando el tiempo,
no ponga mala cara a otra, presentada en forma y condiciones diferentes,
debo gratitud eterna. Mientras su favor me dure, yo no he de pecar de
ingrato ni de perezoso. Este es el único poderoso de la tierra, cuya
munificencia no tiene límites y cuyos dones se pueden admitir siempre
sin ofensa del decoro, porque es el único que sabe y puede ser Mecenas
en los tiempos que corren. Cuando el favor desmaye y observe yo en el
inmenso semblante asomos de ceño o de cansancio, me dejaré caer poco a
poco del lado de la oscuridad, hasta quitarme de en medio completamente,
siempre con la debida reverencia.



Madrid.--Noviembre de 1885





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Un faccioso más y algunos frailes menos" ***

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