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Title: La Novela Picaresca
Author: Various
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Novela Picaresca" ***

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BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE

DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

TOMO XXIV


LA NOVELA PICARESCA

SELECCIÓN HECHA POR FEDERICO RUIZ MORCUENDE

_Dibujos de F. Marco_.

_MADRID, MCMXXII_ INSTITUTO--ESCUELA JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS

TIPOGRAFÍA DE LA "REVISTA DE ARCHIVOS", OLÓZAGA, I, MADRID



LA VIDA DE LAZARILLO DE TORMES Y DE SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES



TRATADO PRIMERO

CUENTA LÁZARO SU VIDA Y CUYO HIJO FUÉ


Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de
Tormes hijo de Thomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares,
aldea de Salamanca. Mi nascimiento fué dentro del río Tormes, por la
cual causa tomé el sobrenombre, y fué desta manera. Mi padre, que Dios
perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está
ribera de aquel río, en la cual fué molinero más de quince años. Y
estando mi madre una noche en la aceña (nascí), de manera que con verdad
me pueden decir nascido en el río.

Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías
mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual
fué preso y confesó y no negó y padesció persecución por justicia.
Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los llama
bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra los moros,
entre los cuales fué mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el
desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue.
Y con su señor, como leal criado, fenesció su vida.

Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó
arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad,
y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas se fué a servir a los
que al presente vivían en el mesón de la Solana.

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, paresciéndole
que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a
él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la
fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no
saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y
mirase por mí, pues era huérfano.

El respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo, sino por
hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, paresciéndole a mi amo que no
era la ganancia a su contento, determinó irse de allí y, cuando nos
hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dió su
bendición y dijo:

"Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno y Dios te guíe.
Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti."

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.

Salimos de Salamanca y, llegando a la puente, está a la entrada della un
animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que
llegase cerca del animal y, allí puesto, me dijo:

"Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro dél."

Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la
cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran
calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor
de la cornada, y díjome:

"Necio, aprende; que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el
diablo."

Y rió mucho la burla.

Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como
niño dormido estaba. Dije entre mí:

"Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy,
y pensar cómo me sepa valer."

Comenzamos nuestro camino y en muy pocos días me mostró jerigonza. Y
como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decía:

"Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir, muchos te
mostraré."

Y fue ansí, que después de Dios, éste me dió la vida y, siendo ciego, me
alumbró y adestró en la carrera de vivir.

Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta
virtud sea saber los hombres subir siendo bajos y dejarse bajar siendo
altos cuánto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced
sepa que, desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni
sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabía de
coro. Un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia
donde rezaba, un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente
ponía, cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como
otros suelen hacer.

Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero.
Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos.

Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para
muela, desmayos. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que
luego no le decía:

"Haced esto, haréis estotro, coged tal hierba, tomad tal raíz."

Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que
cuanto les decía creían. Destas sacaba él grandes provechos con las
artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría
y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me
mataba a mí de hambre y así no me demediaba de lo necesario. Digo
verdad; si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas
veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contraminaba
de tal suerte, que siempre o las más veces me cabía lo más y mejor. Para
esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque
no todas a mi salvo.

El traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por
la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y
al meter de todas las cosas y sacarlas, era con tan gran vigilancia y
tanto por contadero, que no bastara hombre en todo el mundo hacerle
menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual
en menos de dos bocados era despachada.

Después que cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba
entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del
un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento
fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y
longaniza. Y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza,
sino la endiablada falta, que el mal ciego me faltaba.

Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le
mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el
que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y
la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi
cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejabáseme el mal
ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera,
y decía:

"¿Qué diablo es esto, que, después que conmigo estás, no me dan sino
medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me
pagaban? En ti debe estar esta desdicha."

También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa,
porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le
tirase por cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar
voces, diciendo:

"¿Mandan rezar tal y tal oración?", como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de
presto le asía, y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar.
Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su
vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el
asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con
una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual,
metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas
noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y
dende en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las piernas y
atapábale con la mano, y ansí bebía seguro.

Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio
de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro
hacerle una fuentecilla y agujero sotil y, delicadamente, con una muy
delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber
frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la
pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della, luego derretida la
cera por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca,
la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el
pobreto iba a beber, no hallaba nada.

Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo
qué podía ser.

"No diréis, tío, que os lo bebo yo, decía, pues no le quitáis de la
mano."

Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la
burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.

Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando
el daño que me estaba aparejado, ni que el mal ciego me sentía, sentéme
como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta
hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso
licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mi
venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y
amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con
todo su poder, de manera que el pobre Lázaro que de nada desto se
guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso,
verdaderamente me pareció que el cielo con todo lo que en él hay, me
había caído encima.

Fué tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo
tan grande, que los pedazos del se me metieron por la cara,
rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes sin los cuales
hasta hoy día me quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego y,
aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado
del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del
jarro me había hecho, y sonriéndose decía:

"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud."

Y otros donaires, que a mi gusto no lo eran.

Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando
que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo
ahorrar dél; mas no lo hice tan presto, por hacello más a mi salvo y
provecho. Aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo,
no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me
hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coscorrones y
repelándome.

Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento
del jarro, diciendo:

"¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio
ensayara otra tal hazaña."

Santiguándose los que lo oían, decían: "¡Mira quién pensara de un
muchacho tan pequeño tal ruindad!"

Y reían mucho el artificio y decíanle: "Castigaldo, castigaldo, que de
Dios lo habréis."

Y él con aquello nunca otra cosa hacía.

Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos y adrede, por le
hacer mal daño; si había piedras, por ellas; si lodo, por lo más alto.
Que aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo
por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto
del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de
tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo juraba no lo hacer con
malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía
más; tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.

Y porque vea vuestra merced a cuánto se extendía el ingenio deste astuto
ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaescieron, en el cual
me paresce dió bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de
Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la
gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: Más
da el duro que el desnudo. Y vinimos a este camino por los mejores
lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no,
a tercero día hacíamos San Juan.

Acaesció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que
cogían las uvas, un vendimiador le dió un racimo dellas en limosna. Y
como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel
tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para
echarlo en el fardel tornábase mosto y lo que a él se llegaba.

Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar, como por
contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes.
Sentámonos en un valladar y dijo:

"Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos
desta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no
tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y
desta suerte no habrá engaño."

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el
traidor mudó propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando
que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me
contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante; dos a dos y tres a
tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el
escobajo en la mano y, meneando la cabeza, dijo:

"Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas
tres a tres."

"No comí, dije yo; mas ¿por qué sospecháis eso?"

Respondió el sagacísimo ciego:

"¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a
dos y callabas."

Reíme entre mí y, aunque mochacho, noté mucho la discreta consideración
del ciego.

Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como
de notar, que con este mi primer amo me acaescieron, y quiero decir el
despidiente y con él acabar. Estábamos en Escalona, villa del duque
della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza que le asase. Ya que
la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí
de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el
demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al
ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y
ruinoso y tal, que por no ser para la olla, debió ser echado allí.

Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con
apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la
longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué
me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en
tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y
muy presto metí el sobredicho nabo en el asador. El cual mi amo, dándome
el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo
asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.

Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y
cuando vine, hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas
apretado el nabo, al cual aun no había conoscido por no lo haber tentado
con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas, pensando
también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo.
Alteróse y dijo:

"¿Qué es esto, Lazarillo?"

"¡Lacerado de mí!, dije yo. ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de
traer el vino? Alguno estaba ahí y por burlar haría esto."

"No, no, dijo él, que yo no he dejado el asador de la mano, no es
posible."

[Ilustración: "...dos a dos y tres a tres y como podía las comía...."]

Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio;
mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le
escondía. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse a olerme. Y como
debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse
de la verdad y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos,
abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la
cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se
había aumentado un palmo. Con el pico de la cual me llegó a la gulilla.

Y con esto y con el gran miedo que tenía y con la brevedad del tiempo,
la negra longaniza aun no había hecho asiento en el estómago, y lo más
principal, con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi
ahogándome; todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y
golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño; de manera
que, antes que di mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración
sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su
nariz y la negra mal mascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.

¡Oh gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado!, que muerto ya lo
estaba. Fué tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no
acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus
manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada
la cara y rasguñado el pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía,
pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y
dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del
racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que
toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con
tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo
estaba tan maltratado y llorando, me parescía que hacía sin justicia en
no se las reír.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad
que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan
buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado, que
con solo apretar los dientes se me quedaran en casa y, con ser de aquel
malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la
longaniza, y no paresciendo ellas, pudiera negar la demanda. Pluguiera a
Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.

Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban y con el vino que
para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta. Sobre lo
cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo de año,
que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a
tu padre, porque él una vez te engendró; mas el vino mil te ha dado la
vida,"

[Ilustración: "...abríame la boca más de su derecho y desatentadamente
metía la nariz...."]

Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y arpado la cara, y
con vino luego sanaba.

"Yo te digo, dijo, que si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado
con vino, que serás tú."

Y reían mucho los que me lavaban con esto; aunque yo renegaba. Mas el
pronóstico del cielo no salió mentiroso, y después acá muchas veces me
acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía,
y me pesa de los sinsabores que le hice.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de
todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad,
con este postrer juego que me hizo, afirmélo más. Y fue ansí, que luego
otro día salimos por la villa a pedir limosna y había llovido mucho la
noche antes. Y porque el día también llovía, andaba rezando debajo de
unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como
la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:

"Lázaro, esta agua es muy porfiada y cuanto la noche más cierra, más
recia. Acójamenos a la posada con tiempo."

Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba
grande.

Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho; mas, si queréis, yo veo por donde
travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho y
saltando pasaremos a pie enjuto."

Parescióle buen consejo y dijo:

"Discreto eres, por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el
arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua y más
llevar los pies mojados."

Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales y
llévelo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba,
sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y
dígole:

"Tío, este es el paso más angosto que en el arroyo hay."

Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos
de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque
Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fué por darme del venganza),
creyóse de mí y dijo:

"Ponme bien derecho y salta tú el arroyo."

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar y doy un salto y póngome
detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:

"¡Sus!, saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua."

Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego
como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la
corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó
tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás,
medio muerto y hendida la cabeza.

"¡Cómo! ¿y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé!" [1], le dije
yo.

[Nota 1: _Olé_, imperativo en lugar de _oled_.]

Y déjele en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la
puerta de la villa en los pies de un trote y, antes que la noche
viniese, di comigo en Torrijos. No supe más lo que Dios del hizo ni curé
de lo saber.



TRATADO SEGUNDO

CÓMO LÁZARO SE ASENTÓ CON UN CLÉRIGO Y DE LAS COSAS QUE CON ÉL PASÓ


Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuíme a un lugar, que
llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo que,
llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije
que sí, como era verdad, que aunque maltratado, mil cosas buenas me
mostró el pecador del ciego, y una dellas fue ésta. Finalmente, el
clérigo me rescibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con
este un Alexandre Magno, con ser la mesma avaricia, como he contado. No
digo más, sino que toda la laceria del mundo estaba encerrada en éste.
No sé si de su cosecha era, o lo había anejado con el hábito de
clerecía.

El tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con
un agujeta del paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su
mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la
casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras: algún
tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el
armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan, que de la mesa
sobran; que me paresce a mí que, aunque dello no me aprovechara, con la
vista dello me consolara.

Solamente había una horca de cebollas y tras la llave de una cámara en
lo alto de la casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días,
y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente,
echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba
diciendo:

"Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar."

Como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no
haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las
cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien por cuenta,
que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me
costara caro.

Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues ya que comigo tenía poca
caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para
comer y cenar. Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne,
¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan y ¡pluguiera a Dios que me
demediara!

Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por
una, que costaba tres maravedís. Aquella le cocía, y comía los ojos y la
lengua, y el cogote y sesos, y la carne que en las quijadas tenía, y
dábame todos los huesos roídos. Y dábamelos en el plato, diciendo:
"Toma, come, triunfa, que para ti es él mundo. Mejor vida tienes que el
papa."

"¡Tal te la dé Dios!", decía yo paso entre mí. A cabo de tres semanas
que estuve con él, vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las
piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi
saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no
tener en qué dalle salto. Y aunque algo hubiera, no podía cegalle, como
hacía al que Dios perdone si de aquella calabazada feneció, que todavía,
aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido, no me sentía; mas
estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.

Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía, que no
era del registrada. El un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos.
Bailábanle los ojos en el casco, como si fueran de azogue. Cuantas
blancas ofrecían, tenía por cuenta. Y acabado el ofrecer, luego me
quitaba la concheta y la ponía sobre el altar.

No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con el viví o,
por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino;
mas, aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz, compasaba de
tal forma que le duraba toda la semana.

Y por ocultar su gran mezquindad decíame:

"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber
y por esto yo no me desmando como otros."

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofadrías y mortuorios que
rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.

Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fuí enemigo de
la naturaleza humana, sino entonces; y esto era porque comíamos bien y
me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y
cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extrema
unción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no
era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad
rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como
se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo
dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la
flaqueza que de pura hambre me venía. Y la otra, consideraba y decía:

"Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y dejándole
topé con estotro, que me tiene ya con día en la sepultura; pues, si
deste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?"

Con esto no me osaba menear; porque tenía por fe que todos los grades
había de hallar más ruines: y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni
se oyera en el mundo.

Pues estando en tal aflición, cual plega al Señor librar della a todo
fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor,
un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del
lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue
ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si
tenía algo que adobar.

"En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes",
dije paso, que no me oyó.

Mas, como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el
Espíritu Santo, le dije:

"Tío, una llave de este arte he perdido y temo mi señor me azote. Por
vuestra vida, veáis si en esas que traéis, hay alguna que le haga, que
yo os lo pagaré."

Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que
dellas traía, y yo a ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me
cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del
arcaz. Y abierto, díjele:

"Yo no tengo dineros que os dar por la llave; mas tomad de ahí el pago."

El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció, y dándome mi
llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.

Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida,
y aun porque me vi de tanto bien señor parescióme que la hambre no se me
osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la
oblada que el ángel había llevado.

Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las
manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice invisible, no se me
olvidando el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha
alegría, paresciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la
triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no
estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego al
tercer día me vino la terciana derecha.

Y fué que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz,
volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo
disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias, decía:

"¡San Juan y ciégale!"

Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos
contando, dijo:

"Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían
tomado della panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la
sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos. Nueve quedan y un
pedazo,"

"¡Nuevas malas te dé Dios!", dije yo entre mí. Parecióme con lo que dijo
pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estómago a
escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fué fuera de
casa. Yo por consolarme abro el arca y, como vi el pan, comencélo de
adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara,
y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude
hacer fué dar en ellos mil besos, y lo más delicado que yo pude, del
partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquel pasé aquel día,
no tan alegre como el pasado.

Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a
más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte, tanto que
otra cosa no hacía en viéndome sólo sino abrir y cerrar el arca y
contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los niños. Mas el
mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo
a mi memoria un pequeño remedio. Que, considerando entre mí, dije:

"Este arquetón es viejo y grande, y roto por algunas partes, aunque
pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones entrando en él hacen daño
a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta
el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre."

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles, que
allí estaban, y tomo una y dejo otro, de manera que en cada cual de tres
o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma grajea, lo comí y
algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el
mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho,
porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer.
Miró todo el arcaz de un cabo a otro, y viole ciertos agujeros por do
sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

"¡Lázaro!, ¡mira!, ¡mira qué persecución ha venido aquesta noche por
nuestro pan!"

Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.

"¡Qué ha de ser! dijo él. Ratones, que no dejan cosa a vida."

Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fué bien, que me cupo
más pan que la laceria que me solía dar; porque rayó con un cuchillo
toda lo que pensó ser ratonado, diciendo:

"Cómete eso, que el ratón cosa limpia es."

Y así aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis
uñas por mejor decir, acabamos de comer; aunque yo nunca empezaba.

Y luego me vino otro sobresalto, que fué verle andar solícito quitando
clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró
todos los agujeros de la vieja arca.

"¡Oh, Señor mío!, dije yo entonces, ¡a cuánta miseria y fortuna y
desastres estamos puestos los nascidos, y cuan poco duran los placeres
de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba con este pobre y
triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que
alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando a este
lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se
tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquélla carecen),
agora cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y
la abriese a mis trabajos."

Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos
y tablillas dio fin a sus obras diciendo:

"Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta
casa mala medra tenéis."

De que salió de su casa, voy a ver la obra y hallé que no dejó en la
triste y vieja arca agujero ni aun por donde le pudiese entrar un
mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar
provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser
ratonados, y dellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy
ligeramente, a uso de esgremidor diestro. Como la necesidad sea tan gran
maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la
manera que temía en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos
negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con
ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en
mí.

Pues, estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me
podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque
lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando
estaba durmiendo. Levánteme muy quedito y, habiendo en el día pensado lo
que había de hacer y dejado un cuchillo viejo, que por allí andaba, en
parte do le hallase, voime al triste arcaz, y por do había mirado tener
menos defensa le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno dél
usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin
fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y
consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho, abro
muy paso la llagada arca y, al tiento, del pan que hallé partido, hice
según de yuso está escripto. Y con aquello algún tanto consolado,
tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un
poco.

Lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y ansí sería, porque
cierto en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados de
el rey de Francia.

Otro día fué por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del
agujero, que yo había hecho, y comenzó a dar al diablo los ratones y
decir:

"¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa, sino
agora!"

Y sin duda debía de decir verdad. Porque, si casa había de haber en
reino justamente de dios privilegiada, aquella de razón había de ser,
porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por
la casa y por las paredes y tablillas y a tapárselos. Venida la noche y
su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo y, cuantos él
tapaba de día, destapaba yo de noche.

En tal manera fué y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se debió
decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente, parescíamos
tener a destajo la tela de Penélope, pues, cuanto el tejía de día,
rompía yo de noche. Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa
de tal forma, que quien quisiera propiamente della hablar, más corazas
viejas de otro tiempo, que no arcaz la llamara, según la clavazón y
tachuelas sobre sí tenía.

De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:

"Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no
habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal, que si andamos más con él,
nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía
hará falta faltando y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El
mejor remedio, que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré
por de dentro a estos ratones malditos."

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso, que a los
vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual
era para mí singular auxilio. Porque, puesto caso que yo no había
menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas
del queso, que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar
del bodigo.

Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que
lo comía, dábase al diablo y preguntaba a los vecinos ¿qué podría ser,
comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el
ratón y hallar caída la trampilla del gato?

Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no
fuera menos de haber caída alguna vez. Dijóle un vecino:

"En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe
ser, sin duda. Y lleva razón, que, como es larga, tiene lugar de tomar
el cebo y, aunque la coja la trampilla encima, como no entra toda
dentro, tórnase a salir."

Cuadró a todos lo que aquél dijo, y alteró mucho a mi amo, y dende en
adelante no dormía tan a sueño suelto. Que cualquier gusano de la madera
que de noche sonase, pensaba ser la culebra, que le roía el arca. Luego
era puesto en pie y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello
le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos,
pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo
que hacía, y a mí no dejaba dormir. Ibase a mis pajas y trastornábalas y
a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o
en mi sayo. Porque le decían que de noche acaescía a estos animales,
buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aun mordellas
y hacerles peligrar.

Yo las más de las veces hacía del dormido, y en la mañana decíame él:

"Esta noche, mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve y aun
pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor."

"Plega a Dios que no me muerda, decía yo, que harto miedo le tengo,"

Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño que, mi fe, la
culebra o culebro, por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse
al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar hacía
mis saltos. Los cuales daños viendo él y el poco remedio que les podía
poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave,
que debajo de las pajas tenía, y parescióme lo más seguro metella de
noche en la boca. Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan
hecha bolsa, que me acaesció tener en ella doce o quince maravedís, todo
en medias blancas, sin que me estorbasen el comer. Porque de otra
manera no era señor de una blanca que el maldita ciego no cayese con
ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.

Pues, ansí como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin
recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha
de venir, por demás es la diligencia. Quisieron mis hados, o por mejor
decir, mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave se me
puso en la boca, que abierta debía tener, de manera y tal postura, que
el aire y resoplo que yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la
llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio,
de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó y creyó, sin duda,
ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parescer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la
culebra se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la
culebra. Y como cerca se vio, pensó que allí en las pajas, donde yo
estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el pailo,
pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su
fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún
sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con
el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes
voces llamándome, procuró recordarme. Mas, coma me tocase con las manos,
tentó la mucha sangre que se me iba, y conosció el daño que me había
hecho. Y con mucha priesa fue a buscar lumbre y, llegando con ella,
hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la
desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera, que debía estar al
tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla
sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas
nada de la suya diferenciaba. Fué luego a proballa y con ella probó el
maleficio.

Debió de decir el cruel cazador:

"El ratón y culebra, que me daban guerra y me comían mi hacienda, he
hallado."

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré,
porque los tuve en el vientre de la ballena, mas de cómo esto, que he
contado, oí después que en mí torné decir a mi amo, el cual a cuantos
allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido y vime echado en mis pajas,
la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos, y espantado
dije:

"¿Qué es esto?"

Respondióme el cruel sacerdote:

"A fe que los ratones y culebras, que me destruían, ya los he cazado."

Y miré por mí y vime tan maltratado, que luego sospeché mi mal.

A esta hora entró una vieja, que ensalmaba, y los vecinos, y comiénzanme
a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron
vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:

"Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada."

Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas y yo pecador a
llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de
hambre, y apenas me pudieron remediar. Y ansí, de poco en poco, a los
quince días me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre, y medio
sano.

Luego otro día que fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y
sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:

"Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que
yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino
que hayas sido mozo de ciego."

Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, se torna a
meter en casa y cierra su puerta.



TRATADO TERCERO

DE CÓMO LÁZARO SE ASENTÓ CON UN ESCUDERO Y DE LO QUE LE ACAESCIÓ CON ÉL


Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y poco a poco, con
ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo,
adonde con la merced de Dios dende a quince días se me cerró la herida.
Y mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna; mas, después
que estuve sano, todos me decían:

"Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un buen amo a quien sirvas."

"¿Y adonde se hallará ése, decía yo entre mí, si Dios agora de nuevo,
como crió el mundo, no lo criase?"

Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio,
porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que
iba por la calle, con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás
en orden. Miróme y yo a él, y díjome:

"Mochacho, ¿buscas amo?"

Yo le dije:

"Sí, señor."

"Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar
conmigo. Alguna buena oración rezaste hoy."

Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me
parescía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.

Era de mañana, cuando este mi tercero amo topé. Y llevóme tras sí gran
parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendían pan y
otras provisiones. Yo pensaba, y aun deseaba, que allí me quería cargar
de lo que se vendía, porque esta era propia hora, cuando se suele
proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas.

"Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía: yo, y querrá que lo
compremos en otro cabo,"

Desta manera anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la
iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oír misa y los otros
oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida. Entonces
salimos de la iglesia.

A buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo. Yo iba el más
alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer.
Bien consideré que debía ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto
y que ya la comida estaría a punto y tal como yo la deseaba y aun la
había menester.

En este tiempo dio el reloj la una después de medio día, y llegamos a
una casa, ante la cual mi amo se paró y yo con él y, derribando el cabo
de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió
su puerta y entramos en casa. La cual tenía la entrada oscura y lóbrega
de tal manera, que parescía que ponía temor a los que en ella entraban;
aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras.

Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si
tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente
soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Y hecho, esto, sentóse
cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había
venido a aquella ciudad.

Y yo le di más larga cuenta que quisiera, porque me paresció más
conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo
que me pedía. Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que
mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parescía
no ser para en cámara. Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi
mala señal por ser ya casi las dos y no le ver más aliento de comer que
a un muerto.

Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni
sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo
había visto eran paredes, sin ver en ella silleta ni tajo ni banco ni
mesa ni aun tal arcaz como el de marras. Finalmente, ella parecía casa
encantada. Estando así díjome:

"Tú, mozo, ¿has comido?"

"No, señor, dije yo, que aún no eran dadas las ocho, cuando con vuestra
merced encontré."

"Pues, aunque de mañana, yo había almorzado y, cuando ansí como algo,
hagóte saber que hasta la noche me estoy ansí. Por eso, pásate como
pudieres, que después cenaremos."

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve a poco de caer de mi
estado, no tanto de hambre como por conoscer de todo en todo la fortuna
serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas y torné a
llorar mis trabajos. Allí se me vino a la memoria la consideración que
hacía, cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que, aunque aquél era
desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor. Finalmente,
allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera.

Y con todo, disimulando lo mejor que pude, dije:

"Señor, mozo soy, que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso
me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí
fuí yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido."

"Virtud es esa, dijo él, y por eso te querré yo más. Porque el hartar es
de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien."

"¡Bien te he entendido!, dije yo entre mí. ¡Maldita tanta medicina y
bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!"

Páseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que
me habían quedado de los de por Dios. El, que vio esto, díjome:

"Ven acá, mozo. ¿Qué comes?"

Yo llegúeme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que
eran el mejor y más grande. Y díjome:

"Por mi vida, que paresce este buen pan."

"¡Y cómo, agora, dije yo, señor, es bueno!"

"Sí, a fe, dijo él. ¿Adonde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos
limpias?"

"No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor dello."

"Así plega a Dios", dijo el pobre de mi amo.

Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados, como yo
en lo otro.

"Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios."

Y como le sentí de qué pie cosqueaba, dime priesa. Porque le vi en
disposición, si acababa antes que yo, se comediría ayudarme a lo que me
quedase. Y con esto acabamos casi a una, y mi amo comenzó a sacudir con
las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los pechos se le
habían quedado. Y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro
desbocado y no muy nuevo y, desque hubo bebido, convidóme con él. Yo,
por hacer del continente, dije:

"Señor, no bebo vino."

"Agua es, me respondió. Bien puedes beber."

Entonces tomé el jarro y bebí; no mucho, porque de sed no era mi
congoja.

Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas, que me preguntaba, a
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en
la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome:

"Mozo, párate allí y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas
hacer de aquí adelante."

Púseme de un cabo y él del otro, e hicimos la negra cama; en la cual no
había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo,
sobre el cual estaba tendida la ropa encima de un negro colchón que, por
no estar muy continuado a lavarse, no parescía colchón, aunque servía
del, con harta menos lana que era menester. Aquél tendimos, haciendo
cuenta de ablandalle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se
puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro
de sí, que puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban, y
parescían a lo proprio entrecuesto de flaquísimo puerco. Y sobre aquel
hambriento colchón un alfamar del mismo jaez, del cual el color yo no
pude alcanzar.

Hecha la cama y la noche venida, díjome:

"Lázaro, ya es tarde y de aquí a la plaza hay gran trecho. También en
esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche capean. Pasemos
como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced. Porque yo por
estar solo no estoy proveído; antes he comido estos días por allá fuera.
Mas agora hacerlo hemos de otra manera."

"Señor, de mí, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar
una noche y aun más, si es menester, sin comer."

"Vivirás más y más sano", me respondió. "Porque, como decíamos hoy, no
hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco."

"Si por esa vía es, dije entre mí, nunca yo moriré, que siempre he
guardado esa regla por fuerza y aun espero en mi desdicha tenella toda
mi vida."

Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón. Y
mandóme echar a sus pies, lo cual yo hice. Mas, ¡maldito el sueño que yo
dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de
rifar y encenderse; que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en
mi cuerpo no había libra de carne, y también como aquel día no había
comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía
amistad.

La mañana venida, levántamenos, y comienza a limpiar y sacudir sus
calzas y jubón y sayo y capa. ¡Y yo que le servía de pelillo! Y vístese
muy a su placer de espacio. Échele aguamanos, peinóse, y puso su espada
en el talabarte, y al tiempo que la ponía díjome:

"¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el
mundo por que yo la diese. Mas ansí, ninguna de cuantas Antonio hizo,
no acertó a ponelle los aceros tan presitos como ésta los tiene." Y
sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:

"¿Vesla aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana."

Y yo dije entre mí: "Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un
pan de cuatro libras."

Tornóla a meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del
talabarte. Y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y
con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el
hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado,
salió por la puerta, diciendo:

"Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama y
ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta
con llave no nos hurten algo, y ponía aquí al quicio, porque si yo
viniere en tanto pueda entrar."

Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que
quien no le conosciera pensara ser muy cercano pariente del Conde
Alarcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.

[Ilustración: "...que quien no le conosciera pensara ser muy cercano
pariente del Conde Alarcos..."]

"¡Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad y
ponéis el remedio! ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no piense,
según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en
buena cama y, aunque agora es de mañana, no le cuenten por muy bien
almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes
ignoran! ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa
y sayo? ¿Y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el
día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo un
día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha
limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos se
hacía servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo sospechará. ¡Oh
Señor, y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados,
que padescen por la negra que llaman honra, lo que por vos no
sufrirían!"

Ansí estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras
muchas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Y
como le vi trasponer, tórneme a entrar en casa, y en un credo la anduve
toda, alto y bajo, sin hacer represa ni hallar en qué. Hago la negra
dura cama y tomo el jarro y doy comigo en el río, donde en una huerta vi
a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres.

Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me
desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi
amo, torné a casa. De la cual pensé barrer alguna parte, que era bien
menester; mas no hallé con qué. Páseme a pensar qué haría y parescióme
esperar a mi amo hasta que el día demediase y si viniese y por ventura
trajese algo que comiésemos; mas en vano fué mi experiencia.

Desque vi ser las dos y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi
puerta y pongo la llave do mandó y tornóme a mi menester. Con baja y
enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis
ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y
casas más grandes que me parecía. Mas, como yo este oficio con el gran
maestro, el ciego, lo aprendí, tan suficiente discípulo salí, que,
aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante,
tan buena maña me di que, antes que el reloj diese las cuatro, ya yo
tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo, y más de otras
dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la
tripería pedí a una de aquellas mujeres y dióme un pedazo de uña de vaca
con otras pocas de tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su
capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro,
vínose para mí. Pensé que me quería reñir la tardanza; más mejor lo hizo
Dios.

Preguntóme dó venía.

Yo le dije:

"Señor, hasta que dió las dos estuve aquí y, de que vi que vuestra
merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas
gentes, y hanme dado esto que veis."

Mostróle el pan y las tripas, que en un cabo de la halda traía, a la
cual él mostró buen semblante, y dijo:

"Pues, esperado te he a comer y, de que vi que no veniste, comí. Mas tú
haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios, que no
hurtallo, y ansí El me ayude, como ello me paresce bien, y solamente te
encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra. Aunque
bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy
conoscido. ¡Nunca a él yo hubiera de venir!"

"De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que
ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla."

"Agora, pues, come, pecador; que, si a Dios place, presto nos veremos
sin necesidad. Aunque te digo que, después que en esta casa entré, nunca
bien me ha ido. Debe ser de mal suelo; que hay casas desdichadas y de
mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de
ser sin dubda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en
ella, aunque me la den por mía."

Sentóme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, callé la
merienda; y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y
disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partia sus ojos
de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima haya
Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía, y muchas veces
había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme
a convidalle; mas, por me haber dicho que había comido, temíame no
aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su
trabajo del mío y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor
aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.

Quiso Dios cumplir mi deseo y aun pienso que el suyo; porque, como
comencé a comer y él se andaba paseando, llegóse a mí y díjome:

"Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a
hombre, y que nadie te lo verá hacer, que no le pongas gana, aunque no
la tenga."

"La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí te hace parescer la mía
hermosa."

Con todo, parescióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para
ello, y díjele:

"Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y
esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no
convide con su sabor."

"¿Uña de vaca es?"

"Sí, señor."

"Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí
me sepa."

"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."

Póngole en las uñas la otra, y tres o cuatro raciones de pan, de lo más
blanco. Y asentóseme al lado y comienza a comer como aquel que lo había
gana, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo
hiciera.

"Con almodrote, decía, es este singular manjar."

"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo paso.

"Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado."

"¡Ansí me vengan los buenos años como es ello!", dije yo entre mí.

Pidióme di jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que,
pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida.
Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada.

Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días,
yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a
papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de
lobo.

Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que, escapando de los amos
ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien,
no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le
quería bien, con ver que no tenía ni podía más. Y antes le había lástima
que enemistad. Y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo
pasase, yo lo pasaba mal.

Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala
fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada
y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como el año en esta tierra fuese
estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres
extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí
adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley,
desde ha cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de
pobres azotando por las Cuatro Calles. Lo cual me puso tan gran espanto,
que nunca osé desmandarme a demandar.

Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza
y silencio de los moradores, tanto que nos acaesció estar dos o tres
días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas
mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de
nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que de la
laceria que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado
me pasaba.

Y no tenía tanta lástima de mí, como del lastimado de mi amo, que en
ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos en casa bien lo
estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle
venir a medio día la calle abajo, con estirado cuerpo, más largo que
galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra, que dicen honra,
tomaba una paja, de las que aun asaz no había en casa, y salía a la
puerta escarbando los dientes, que nada entre sí tenían, quejándose
todavía de aquel mal solar, diciendo:

"Malo está de ver, que la desdicha desta vivienda lo hace. Como ves, es
lóbrega, triste, oscura. Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer.
Ya deseo que se acabe este mes por salir della."

Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé
por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real. Con
el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y
con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:

"Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca
pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más te hago saber,
porque te huelgues: que he alquilado otra casa y en esta desastrada no
hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que
en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro
Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he
comido ni he habido descanso ninguno; mas, ¡tal vista tiene y tal
oscuridad y tristeza! Ve y ven presto, y comamos hoy como condes,"

Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi
calle encaminando mis pasos para la plaza, muy contento y alegre. Mas
¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna que ningún
gozo me venga sin zozobra? Y ansí fue éste, porque yendo la calle
arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más
provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo
habla hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que
por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían.

Arrímeme a la pared por darles lugar y, desque el cuerpo pasó, venía
luego a la par del lecho una que debía ser mujer del difunto, cargada de
luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes
voces y diciendo:

"Marido y señor mío, ¿adonde os me llevan? ¡A la casa triste y
desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni
beben!"

Yo que aquello oí, júnteseme el cielo con la tierra, y dije:

"¡Oh desdichado de mí! Para mi casa llevan este muerto,"

Dejo el camino que llevaba y hendí por medio de la gente, y vuelvo por
la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa. Y entrando en
ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo,
abrazándome del, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual,
algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:

"¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta
con tal furia?"

"¡Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto!"

"¿Cómo así?", respondió él.

"Aquí arriba lo encontré, y venía diciendo su mujer:

"Marido y señor mío, ¿adonde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a
la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben I Acá,
señor, nos le traen."

Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy
risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este
tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella
por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba
que nos le habían de meter en casa. Y desque fué ya más harto de reír
que de comer el bueno de mi amo, díjome:

"Verdad es, Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de
pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan
adelante, abre, abre y ve por de comer."

"Déjalos, señor, acaben de pasar la calle", dije yo.

Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela, esforzándome, que
bien era menester, según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar.
Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello,
ni en aquellos tres días torné en mi color. Y mi amo muy risueño todas
las veces que se le acordaba aquella mi consideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero,
algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y
estada en esta tierra. Porque, desde el primer día que con él asenté, le
conoscí ser extranjero, por el poco conoscimiento y trato que con los
naturales della tenía.

Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un día que
habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su
hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra
no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino.

"Señor; dije yo, si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no
errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo
quitaba?"

"Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas, de cuantas
veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y
ganarme por la mano."

"Parésceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara, mayormente con mis
mayores que yo y que tienen más."

"Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que
el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues te hago
saber que yo soy, como ves, un escudero; mas ¡vótote a Dios!, si al
conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el
bonete, que otra vez que venga me sepa yo entrar en una casa fingiendo
yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle si la hay, antes que
llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a Dios
y al Rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto
de tener en mucho su persona.

Acuerdóme que un día deshonré en mi tierra a un oficial y quise poner en
él las manos, porque cada vez que le topaba me decía:

"Mantenga Dios a vuestra merced."

Vos, ¡don villano ruin!, le dije yo, ¿por qué no sois biencriado?
¿"Manténgaos Dios", me habéis de decir, como si fuese quienquiera?

De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete y hablaba como
debía.

"¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que
le mantenga Dios?"

"¡Mirá mucho de enhoramala!", dijo él, a los hombres de poca arte dicen
eso; mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: "Beso
las manos de vuestra merced", o por lo menos: "Bésoos, señor, las
manos", si el que me habla es caballero. Y ansí, aquel de mi tierra, que
me atestaba de mantenimiento, nunca más le quise sufrir, ni sufriría, ni
sufriré a hombre del mundo de el rey abajo, que: "Manténgaos Dios", me
diga."

"¡Pecador de mí!, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de
mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue."

"Mayormente, dijo, que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un
solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis
leguas de donde nací, en aquella costanilla de Valladolid, valdrían más
de docientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y
buenas. Y tengo un palomar, que a no estar derribado como está, daría
cada año más de docientos palominos. Y otras cosas, que me callo, que
dejé por lo que tocaba a mi honra."

"Y vine a esta ciudad, pensando que hallaría un buen asiento; mas no me
ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia, muchos hallo;
mas es gente tan limitada, que no los sacarán de su paso todo el mundo.
Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con éstos es
gran trabajo. Porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si
no, "Andá con Dios", os dicen. Y las más veces son los pagamentos a
largos plazos, y las más y las más ciertas comido por servido."

"Ya, cuando quieren reformar consciencia y satisfaceros vuestros sudores,
sois librados en la recámara en un sudado jubón o raída capa o sayo, ya,
cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su
laceria. Pues, ¿por ventura no hay en mí habilidad para servir y
contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado
pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría
mentille tan bien como otro y agradalle a las mil maravillas."

"Reílle ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores
del mundo. Nunca decirle cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese.
Ser muy diligente en su persona, en dicho y hecho. No me matar por no
hacer bien las cosas que él no había de ver; y ponerme a reñir, donde lo
oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de
lo que a él tocaba. Si riñese con algún su criado, dar unos puntillos
agudos para le encender la ira y que pareciesen, en favor de el culpado.
Decirle bien de lo que bien le estuviese y, por el contrario, ser
malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera, pesquisar y
procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y otras muchas galas de
esta calidad, que hoy día se usan en palacio y a los señores dél parecen
bien."

"Y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrescen y
tienen en poco y llaman nescios, y que no son personas de negocios ni
con quien el señor se puede descuidar. Y con éstos los astutos usan,
como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría; mas no quiere mi ventura
que le halle."

Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome
relación de su persona valerosa.

Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja. El
hombre le pide el alquiler de la casa, y la vieja, el de la cama. Hacen
cuenta y de dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara.
Pienso que fueron doce o trece reales. Y él les dió muy buena respuesta:
que saldría a la plaza a trocar una pieza de a dos y que a la tarde
volviesen; mas su salida fue sin vuelta.

Por manera que a la tarde ellos volvieron; mas fué tarde. Yo les dije
que aún no era venido. Venida la noche y él no, yo hube miedo de quedar
en casa solo y fuíme a las vecinas y contéles el caso y allí dormí.

Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino; mas,
a estotra puerta. Las mujeres les responden:

"Veis aquí su mozo y la llave de la puerta."

Ellos me preguntaron por él, y díjeles que no sabía adónde estaba, y que
tampoco había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que
pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco.

De que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano. Y hélos do
vuelven luego con ellos, y toman la llave y llámanme, y llaman testigos
y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo hasta ser
pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla desembarazada,
como he contado, y dícenme:

"¿Qué es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas
de casa?"

"No sé yo eso", les respondí.

"Sin duda, dicen, esta noche lo deben de haber alzado y llevado a alguna
parte. Señor alguacil, prended a este mozo, que él sabe dónde está."

En esto vino el alguacil y echóme mano por el collar del jubón,
diciendo:

"Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes deste tu amo."

Yo, como en otra tal no me hubiese visto (porque asido del collar sí
había sido muchas e infinitas veces; mas era mansamente dél trabado para
que mostrase el camino al que no vía) yo hube mucho miedo, y llorando
prometíle de decir lo que preguntaban.

"Bien está, dicen ellos; pues di todo lo que sabes y no hayas temor."

Sentóse el escribano en un poyo, para escrebir el inventario,
preguntándome qué tenía.

"Señores, dije yo, lo que este mi amo tiene, según él me dijo, es un muy
buen solar de casas y un palomar derribado."

"Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga hay para nos entregar de
la deuda. ¿Y a qué parte de la ciudad tiene eso?", me preguntaron.

"En su tierra", les respondí.

"Por Dios, que está bueno el negocio, dijeron ellos. ¿Y adónde es su
tierra?"

"De Castilla la Vieja me dijo él que era", les dije yo.

Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo:

"Bastante relación es ésta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor
fuese."

Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:

"Señores, éste es un niño inocente y ha pocos días que está con ese
escudero y no sabe dél más que vuestras mercedes, sino cuanto el
pecadorcico se llega aquí a nuestra casa y le damos de comer lo que
podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él."

Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre, y el alguacil y el
escribano piden al hombre y a la mujer sus derechos; sobre lo cual
tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos allegaron no ser obligados
a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo. Los otros decían
que habían dejado de ir a otro negocio que les importaba más, por venir
a aquel.

Finalmente, después de dadas muchas voces, al cabo carga un porquerón
con el viejo alfamar de la vieja; aunque no iba muy cargado. Allá van
todos cinco dando voces. No sé en qué paró. Creo yo que el pecador
alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había
de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conoscer
mi ruin dicha; pues, señalándose todo lo que podía contra mí, hacía mis
negocios tan al revés, que los amos, que suelen ser dejados de los
mozos, en mí no fuese ansí, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.

[Ilustración:]



CERVANTES

RINCONETE Y CORTADILLO


En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos
campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los
calurosos de verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta
edad de catorce a quince años; el uno ni el otro no pasaban de diez y
siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados.
Capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo, y las medias de carne;
bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran
alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro, picados y sin
suelas, de manera, que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el
uno montera verde de cazador; el otro, un sombrero sin toquilla, bajo de
copa y ancho de falda. A la espalda, y ceñida por los pechos, traía el
uno una camisa de color de camuza, encerada, y recogida toda en una
manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se
le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello
de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de
roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos
naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las
puntas, y porque durasen más, se las cercenaron y los dejaron de aquel
talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas, y las
manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro, un
cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.

Saliéronse los dos a sestear en un portal o cobertizo que delante de la
venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecía de
más edad dijo al más pequeño:

--¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para adónde
bueno camina?

--Mi tierra, señor caballero--respondió el preguntado--, no la sé, ni
para dónde camino tampoco.

--Pues en verdad--dijo el mayor--que no parece vuesa merced del cielo, y
que éste no es lugar para hacer su asiento en él; que por fuerza se ha
de pasar adelante.

--Así es--respondió el mediano--; pero yo he dicho verdad en lo que he
dicho; porque mi tierra no es mía, pues no tengo en ella más de un padre
que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como alnado; el
camino que llevo es a la ventura y allí le daría fin donde hallase
quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.

--Y ¿sabe vuesa merced algún oficio?--preguntó el grande.

Y el menor respondió:

--No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y
corto de tijera muy delicadamente.

--Todo eso es muy bueno, útil y provechoso--dijo el grande--; porque
habrá sacristán que le dé a vuesa merced la ofrenda de Todos Santos
porque para el Jueves Santo le corte florones de papel para el
monumento.

--No es mi corte desa manera--respondió el menor--, sino que mi padre,
por la misericordia del cielo, es sastre y calcetero, y me enseñó a
cortar antiparas, que, como vuesa merced sabe, son medias calzas con
avampiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas, y córtolas
tan bien, que en verdad que me podría examinar de maestro, sino que la
corta suerte me tiene arrinconado.

--Todo eso y más acontece por los buenos--respondió el grande--, y
siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más perdidas;
pero aún edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura. Mas si yo no
me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced
secretas, y no las quiere manifestar.

--Sí tengo--respondió el pequeño--; pero no son para el público, como
vuesa merced ha muy bien apuntado.

A lo cual replicó el grande:

--Pues yo le sé decir que soy uno de los más secretos mozos que en gran
parte se pueden hallar; y para obligar a vuesa merced que descubra su
pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle el mío
primero; porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí la
suerte, y pienso que habemos de ser, déste hasta el último día de
nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la
Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por él
de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona de
calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada: quiero decir que es
bulero, o buldero, como los llama el vulgo. Algunos días le acompañé en
el oficio, y le aprendí de manera, que no daría ventaja en echar las
bulas al que más presumiese en ello; pero habiéndome un día aficionado
más al dinero de las bulas que a las mismas bulas, me abracé con un
talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde, con las comodidades que
allí de ordinario se ofrecen, en pocos días saqué las entrañas al
talego, y le dejé con más dobleces que pañizuelo de desposado. Vino el
que tenía a cargo el dinero tras mí; prendiéronme; tuve poco favor;
aunque, viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con que me
arrimasen al aldabilla y me mosqueasen las espaldas por un rato y con
que saliese desterrado por cuatro años de la Corte. Tuve paciencia,
encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí a cumplir mi
destierro, con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar cabalgaduras.
Tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron más necesarias,
y entre ellas saqué estos naipes--y a este tiempo descubrió los que se
han dicho, que en el cuello traía--, con los cuales he ganado mi vida
por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí, jugando a la
veintiuna; y aunque vuesa merced los vee tan astrosos y maltratados,
usan de una maravillosa virtud con quien los entiende, que no alzará que
no quede un as debajo; y si vuesa merced es versado en este juego, verá
cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as a la primera
carta, que le puede servir de un punto y de once; que con esta ventaja,
siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda en casa. Fuéra desto,
aprendí de un cocinero de un cierto embajador ciertas tretas de
quínolas, y del parar, a quien también llaman el andaboba, que así como
vuesa merced se puede examinar en el corte de sus antiparas, así puedo
yo ser maestro en la ciencia vilhanesca. Con esto voy seguro de no morir
de hambre; porque aunque llegue a un cortijo, hay quien quiera pasar
tiempo jugando un rato; y desto hemos de hacer luego la experiencia los
dos: armemos la red, y veamos si cae algún pájaro destos arrieros que
aquí hay: quiero decir que jugaremos los dos a la veintiuna, como si
fuese de veras; que si alguno quisiere ser tercero, él será el primero
que deje la pecunia.

--Sea en buen hora--dijo el otro--, y en merced muy grande tengo la que
vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha
obligado a que yo no le encubra la mía, que, diciéndola más breve, es
ésta: Yo nací en el piadoso lugar puesto entre Salamanca y Medina del
Campo: mi padre es sastre; enseñóme su oficio, y de corte de tisera, con
mi buen ingenio, salté a cortar bolsas. Enfadóme la vida estrecha del
aldea y el desamorado trato de mi madrastra; dejé mi pueblo, vine a
Toledo a ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque no
pende relicario de toca, ni hay faldriquera tan escondida, que mis dedos
no visiten, ni mis tiseras no corten, aunque le estén guardando con los
ojos de Argos. Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fuí
cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de corchetes, ni
soplado de ningún cañuto; bien es verdad que habrá ocho días que una
espía doble dió noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual,
aficionado a mis buenas partes, quisiera verme; mas yo, que, por ser
humilde, no quiero tratar con personas tan graves, procuré de no verme
con él, y así, salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de
acomodarme de cabalgaduras ni blancas, ni de algún coche de retorno, o,
por lo menos, de un carro.

--Eso se borre--dijo Rincón--; y pues ya nos conocemos, no hay para qué
aquesas grandezas ni altiveces: confesemos llanamente que no teníamos
blanca, ni aun zapatos.

--Sea así--respondió Diego Cortado, que así dijo el menor que se
llamaba--; y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha
dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias.

Y levantándose Diego Cortado abrazó a Rincón, y Rincón a él, tierna y
estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con
los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y
malicia, y a pocas manos alzaba también por el as Cortado como Rincón,
su maestro.

Salió en esto un arriero a refrescarse al portal, y pidió que quería
hacer tercio. Acogiéronle de buena gana, y en menos de media hora le
ganaron doce reales y veinte y dos maravedís, que fue darle doce
lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres. Y creyendo el arriero que por
ser muchachos no se lo defenderían, quiso quitalles el dinero; mas
ellos, poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al de las
cachas amarillas, le dieron tanto que hacer, que a no salir sus
compañeros, sin duda lo pasara mal.

A esta sazón pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes a
caballo, que iban a sestear a la venta del Alcalde, que está media legua
más adelante; los cuales, viendo la pendencia del arriero con los dos
muchachos, los apaciguaron, y les dijeron que si acaso iban a Sevilla,
que se viniesen con ellos.

--Allá vamos--dijo Rincón--, y serviremos a vuesas mercedes en todo
cuanto nos mandaren.

Y sin más detenerse saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos,
dejando al arriero agraviado y enojado, y a la ventera admirada de la
buena crianza de los picaros: que les había estado oyendo su plática,
sin que ellos advirtiesen en ello; y cuando dijo al arriero que les
había oído decir que los naipes que traían eran falsos, se pelaba las
barbas, y quisiera ir a la venta tras ellos a cobrar su hacienda, porque
decía que era grandísima afrenta y caso de menos valer que dos muchachos
hubiesen engañado a un hombrazo tan grande como él. Sus compañeros le
detuvieron y aconsejaron que no fuese, siquiera por no publicar su
inhabilidad y simpleza. En fin, tales razones le dijeron, que aunque no
le consolaron, le obligaron a quedarse.

[Ilustración: "... poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al
de las cachas amarillas...."]

En esto, Cortado y Rincón se dieron tan buena maña en servir a los
caminantes, que lo más del camino los llevaban a las ancas; y aunque se
les ofrecían algunas ocasiones de tentar las valijas de sus medios amos,
no las admitieron, por no perder la ocasión tan buena del viaje de
Sevilla, donde ellos tenían grande deseo de verse. Con todo esto, a
la entrada de la ciudad, que fué a la oración, y por la puerta de la
Aduana, a causa del registro y almojarifazgo que se paga, no se pudo
contener Cortado de no cortar la valija o maleta que a las ancas traía
un francés de la camarada; y así, con el de sus cachas le dió tan larga
y profunda herida, que se parecían patentemente las entrañas, y
sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un librillo de
memoria, cosas que cuando las vieron no les dieron mucho gusto, y
pensaron que pues el francés llevaba a las ancas aquella maleta, no la
había de haber ocupado con tan poco peso como era el que tenían aquellas
preseas, y quisieran volver a darle otro tiento; pero no lo hicieron,
imaginando que ya lo habrían echado menos, y puesto en recaudo lo que
quedaba.

Habíanse despedido antes que el salto hiciesen de los que hasta allí los
habían sustentado, y otro día vendieron las camisas en el malbaratillo
que se hace fuera de la puerta del Arenal, y dellas hicieron veinte
reales. Hecho esto, se fueron a ver la ciudad, y admiróles la grandeza y
suntuosidad de su mayor iglesia, el gran concurso de gente del río,
porque era en tiempo de cargazón de flota y había en él seis galeras,
cuya vista les hizo suspirar, y aun temer el día que sus culpas les
habían de traer a morar en ellas de por vida. Echaron de ver los muchos
muchachos de la esportilla que por allí andaban; informáronse de uno de
ellos qué oficio era aquél, y si era de mucho trabajo, y de qué
ganancia. Un muchacho asturiano, que fué a quien le hicieron la
pregunta, respondió que el oficio era descansado y de que no se pagaba
alcabala, y que algunos días salía con cinco y con seis reales de
ganancia, con que comía y bebía, y triunfaba como cuerpo de rey, libre
de buscar amo a quien dar fianzas y seguro de comer a la hora que
quisiese, pues a todas lo hallaba en el más mínimo bodegón de toda la
ciudad.

No les pareció mal a los dos amigos la relación del asturianillo, ni les
descontentó el oficio, por parecerles que venía como de molde para poder
usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad, que ofrecía de
entrar en todas las casas; y luego determinaron de comprar los
instrumentos necesarios para usalle, pues lo podían usar sin examen. Y
preguntándole al asturiano qué habían de comprar, les respondió que
sendos costales pequeños, limpios o nuevos, y cada uno tres espuertas de
palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartía la carne,
pescado y fruta, y en el costal, el pan; y él les guió donde lo vendían,
y ellos, del dinero de la galima del francés, lo compraron todo, y
dentro de dos horas pudieran estar graduados en el nuevo oficio, según
les ensayaban las esportillas y asentaban los costales. Avisóles su
adalid de los puestos donde habían de acudir: por las mañanas, a la
Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la
Pescadería y a la Costanilla; todas las tardes, al río; los jueves, a la
Feria.

Toda esta lición tomaron bien de memoria, y otro día bien de mañana se
plantaron en la plaza de San Salvador, y apenas hubieron llegado, cuando
los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de los costales
y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles mil preguntas, y
a todas respondían con discreción y mesura. En esto llegaron un medio
estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza de las espuertas de
los dos novatos, el que parecía estudiante llamó a Cortado, y el soldado
a Rincón.

--En nombre sea de Dios--dijeron ambos.

--Para bien se comience el oficio--dijo Rincón--; que vuesa merced me
estrena, señor mío.

A lo cual respondió el soldado:

--La estrena no será mala; porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y
tengo de hacer hoy banquete a unas amigas de mi señora.

--Pues cargue vuesa merced a su gusto; que ánimo tengo y fuerzas para
llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude a guisarlo,
lo haré de muy buena voluntad.

Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si
quería servir, que él le sacaría de aquel abatido oficio; a lo cual
respondió Rincón que, por ser aquel día el primero que le usaba, no le
quería dejar tan presto, hasta ver, a lo menos, lo que tenía de malo y
bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle a él
antes que a un canónigo.

Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para que
la supiese de allí adelante y él no tuviese necesidad, cuando otra vez
le enviase, de acompañarle. Rincón prometió fidelidad y buen trato;
dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió a la plaza, por no
perder coyuntura; porque también desta diligencia les advirtió el
asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene a saber,
albures, o sardinas, o acedías, bien podían tomar algunas y hacerles la
salva, siquiera para el gasto de aquel día; pero que esto había de ser
con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el crédito,
que era lo que más importaba en aquel ejercicio.

Por presto que volvió Rincón, ya halló en el mismo puesto a Cortado.
Llegóse Cortado a Rincón, y preguntóle que cómo le había ido. Rincón
abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en el
seno, y sacó una bolsilla, que mostraba haber sido de ámbar en los
pasados tiempos; venía algo hinchada, y dijo:

--Con ésta me pagó su reverencia del estudiante, y con dos cuartos; mas
tomadla vos, Rincón, por lo que puede suceder.

Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante
trasudando y turbado de muerte, y viendo a Cortado, le dijo si acaso
había visto una bolsa de tales y tales señas, que, con quince escudos de
oro en oro y con tres reales de a dos y tantos maravedís en cuartos y en
ochavos, le faltaba, y que le dijese si la había tomado en el entretanto
que con él había andado comprando. A lo cual, con extraño disimulo, sin
alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:

--Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si
ya no es que vuesa merced la puso a mal recaudo.

--¡Eso es ello, pecador de mí--respondió el estudiante---: que la debí
de poner a mal recaudo, pues me la hurtaron!

--Lo mismo digo yo--dijo Cortado---; pero para todo hay remedio, si no
es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, lo primero y
principal, tener paciencia; que de menos nos hizo Dios, y un día viene
tras otro día, y donde las dan las toman, y podría ser que, con el
tiempo, el que llevó la bolsa se viniese a arrepentir, y se la volviese
a vuesa merced sahumada.

--El sahumerio le perdonaríamos--respondió el estudiante.

Y Cortado prosiguió, diciendo:

--Cuanto más, que cartas de descomunión hay, paulinas, y buena
diligencia, que es madre de la buena ventura; aunque, a la verdad, no
quisiera yo ser el llevador de tal bolsa, porque si es que vuesa merced
tiene alguna orden sacra, parecermehía a mí que había cometido algún
grande incesto, o sacrilegio.

--Y ¡cómo que ha cometido sacrilegio!--dijo a esto el adolorido
estudiante---: que puesto que yo no soy sacerdote, sino sacristán de
unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía, que
me dio a cobrar un sacerdote amigo mío, y es dinero sagrado y bendito.

---Con su pan se lo coma--dijo Rincón a este punto---: no le arriendo la
ganancia; día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces
se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se atrevió a tomar, hurtar
y menoscabar el tercio de la capellanía. Y ¿cuánto renta cada año?
Dígame, señor sacristán, por su vida.

--Y ¿estoy yo agora para decir lo que renta?--respondió el sacristán con
algún tanto de demasiada cólera---. Decidme, hermano, si sabéis algo; si
no, quedad con Dios; que yo la quiero hacer pregonar.

--No me parece mal remedio ése--dijo Cortado---; pero advierta vuesa
merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad
puntualmente del dinero que va en ella; que si yerra en un ardite, no
parecerá en días del mundo, y esto le doy por hado.

--No hay que temer deso--respondió el sacristán---; que lo tengo más en
la memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

Sacó, en esto, de la faltriquera un pañuelo randado, para limpiarse el
sudor, que llovía de su rostro como de alquitara, y apenas le hubo visto
Cortado, cuando le marcó por suyo; y habiéndose ido el sacristán,
Cortado le siguió y le alcanzó en las Gradas, donde le llamó y le retiró
a una parte, y allí le comenzó a decir tantos disparates, al modo de los
que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole
buenas esperanzas, sin concluir jamás razón que comenzase, que el pobre
sacristán estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de entender
lo que le decía, hacía que le replicase la razón dos y tres veces.
Estábale mirando Cortado a la cara atentamente, y no quitaba los ojos de
sus ojos; el sacristán le miraba de la misma manera, estando colgado de
sus palabras. Este tan grande embelesamiento dió lugar a Cortado que
concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera, y
despidiéndose del, le dijo que a la tarde procurase de verle en aquel
mismo lugar, porque él traía entre ojos que un muchacho de su mismo
oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le había tomado
la bolsa, y que él se obligaba a saberlo, dentro de pocos o de muchos
días.

Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual
se vino donde estaba Rincón, que todo lo había visto un poco apartado
dél; y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vió todo lo que
había pasado y como Cortado daba el pañuelo a Rincón, y llegándose a
ellos, les dijo:

--Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?

--No entendemos esa razón, señor galán--respondió Rincón.

--¿Que no entrevan, señores murcios?--respondió el otro.

--No somos de Teba ni de Murcia--dijo Cortado---; si otra cosa quiere,
dígala; si no, váyase con Dios.

--¿No lo entienden?--dijo el mozo---. Pues yo se lo daré a entender, y a
beber, con una cuchara de plata: quiero decir, señores, si son vuesas
mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que
lo son. Mas díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?

--¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán?--dijo
Rincón.

--Si no se paga--respondió el mozo---, a lo menos, regístranse ante el
señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así, les
aconsejo que vengan conmigo a darle la obediencia, o si no, no se
atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.

--Yo pensé--dijo Cortado--que el hurtar era oficio libre, horro de pecho
y alcabala, y que si se paga, es por junto, dando por fiadores a la
garganta y a las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su
uso, guardemos nosotros el désta, que por ser la más principal del
mundo, será el más acertado de todo él; y así, puede vuesa merced
guiarnos donde está ese caballero que dice; que ya yo tengo barruntos,
según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso, y además
hábil en el oficio.

--Y ¡cómo que es calificado, hábil y suficiente!--respondió el mozo---.
Eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro
mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el _finibusterrae_, y obra
de treinta envesados, y de sesenta y dos en gurapas.

--En verdad, señor--dijo Rincón---, que así entendemos esos nombres como
volar.

--Comencemos a andar; que yo los iré declarando por el camino--respondió
el mozo---, con otros algunos, que así les conviene saberlos como el pan
de la boca.

Y así, les fue diciendo y declarando otros nombres de los que ellos
llaman _germanescos_ o _de la germanía_, en el discurso de su plática,
que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón a
su guía:

--¿Es vuesa merced por ventura ladrón?

--Sí--respondió él---, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque
no de los muy cursados; qué todavía estoy en el año del noviciado.

A lo cual respondió Cortado:

--Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a
Dios y a la buena gente.

A lo cual respondió el mozo:

--Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su
oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio
a todos sus ahijados.

--Sin duda--dijo Rincón---, debe de ser buena y santa, pues hace que los
ladrones sirvan a Dios.

--Es tan santa y buena--replicó el mozo---, que no sé yo si se podrá
mejorar en nuestro arte. El tiene ordenado que de lo que hurtáremos
demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen
muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes
cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias a
un cuatrero que había murciado dos roznos, y con estar flaco y
cuartanario, así las sufrió sin cantar como si fueran nada; y esto
atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran
bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo. Y porque sé
que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero
curarme en salud y decírselo antes que me lo pregunten. Sepan voacedes
que _cuatrero_ es ladrón de bestias; _ansia_ es el tormento; _roznos_,
los asnos, hablandlo con perdón; _primer desconcierto_ es las primeras
vueltas de cordel que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro
rosario, repartido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos
el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María
el día del sábado.

--De perlas me parece todo eso--dijo Cortado---; pero dígame vuesa
merced: ¿hácese otra restitución o otra penitencia más de la dicha?

--En eso de restituir no hay que hablar--respondió el mozo---, porque es
cosa imposible, por las muchas partes en que se divide lo hurtado,
llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya; y así, el
primer hurtador no puede restituir nada; cuanto más que no hay quien nos
mande hacer esta diligencia, a causa que nunca nos confesamos, y si
sacan cartas de excomunión, jamás llegan a nuestra noticia, porque jamás
vamos a la iglesia al tiempo que se leen, si no es los días de jubileo,
por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.

--Y ¿con solo eso que hacen, dicen esos señores--dijo Cortadillo--que
su vida es santa y buena?

--Pues ¿qué tiene de malo?--replicó el mozo---. ¿No es peor ser hereje,
o renegado, o matar a su padre y madre?

--Todo es malo--replicó Cortado---. Pero pues nuestra suerte ha querido
que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso; que muero
por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.

--Presto se les cumplirá su deseo--dijo el mozo---; que ya desde aquí
se descubre su casa. Vuesas mercedes se queden a la puerta; que yo
entraré a ver si está desocupado, porque éstas son las horas cuando él
suele dar audiencia.

--En buena sea--dijo Rincón.

Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de
muy mala apariencia, y los dos se quedaron esperando a la puerta. El
salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guía les mandó esperar
en un pequeño patio ladrillado, que de puro limpio y aljimifrado parecía
que vertía carmín de lo más fino. Al un lado estaba un banco de tres
pies, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos
falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el
medio, un tiesto, que en Sevilla llaman _maceta_ de albahaca.

Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa en tanto que bajaba
el señor Monipodio; y viendo que tardaba, se atrevió Rincón a entrar en
una sala baja, de dos pequeñas que en el patio estaban, y vio en ella
dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho, pendientes de cuatro
clavos, y una arca grande, sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras
tres esteras de enea tendidas por el suelo. En la pared frontera estaba
pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa,
y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una
almofía blanca, por do coligió Rincón que la esportilla servía de cepo
para la limosna, y la almofía de tener agua bendita; y así era la
verdad.

Estando en esto, entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada
uno, vestidos de estudiantes, y de allí a poco, dos de la esportilla y
un ciego; y sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el
patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con
antojos, que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos
rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja
halduda y, sin decir nada, se fue a la sala, y habiendo tomado agua
bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y a
cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y
levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó
su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio. En
resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce
personas de diferentes trajes y oficios. Llegaron también de los
postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de
grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran
balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de
dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como
entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que
los extrañaban y no conocían. Y llegándose a ellos, les preguntaron si
eran de la cofradía. Rincón respondió que sí, y muy servidores de sus
mercedes.

Llegóse en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan
esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de
edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno
de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía
en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era
el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi
hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados;
cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos, y largos hasta
los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y
tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pecho, a do
colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos
eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y
remachadas; las piernas no se le parecían; pero los pies eran
descomunales, de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más
rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guía de los dos, y
trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:

--Estos son los dos buenos mancebos que a vuesa merced dije, mi sor
Monipodio: vuesa merced los desamine, y verá como son dignos de entrar
en nuestra congregación.

--Eso haré yo de muy buena gana--respondió Monipodio.

Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los
que aguardándole estaban le hicieron una profunda y larga reverencia,
excepto los dos bravos, que a medio mogate, como entre ellos se dice, le
quitaron los capelos, y luego volvieron a su paseo por una parte del
patio, y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó a los nuevos
el ejercicio, la patria y padres.

A lo cual Rincón respondió:

--El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria
no me parece de mucha importancia decilla, ni los padres tampoco, pues
no se ha de hacer información para recebir algún hábito honroso.

A lo cual respondió Monipodio:

--Vos, hijo mío, estáis en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir
eso que decís; porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que
quede asentado debajo de signo de escribano, ni en el libro de las
entradas: "Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le
ahorcaron, o le azotaron", o otra cosa semejante, que, por lo menos,
suena mal a los buenos oídos; y así, torno a decir que es provechoso
documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios
nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y
sólo ahora quiero saber los nombres de los dos.

Rincón dijo el suyo, y Cortado también.

--Pues de aquí adelante--respondió Monipodio--quiero y es mi voluntad
que vos, Rincón, os llaméis _Rinconete_, y vos, Cortado, _Cortadillo_,
que son nombres que asientan como de molde a vuestra edad y a nuestras
ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre
de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer
decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y
bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice de
alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como
pagadas, dicen que aprovechan a las tales ánimas por vía de naufragio; y
caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos defiende, el
guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que, cuando uno
de nosotros va huyendo por la calle y detrás le van dando voces: "¡Al
ladrón, al ladrón! ¡Deténganle, deténganle!", se pone en medio, y se
opone al raudal de los que le siguen, diciendo: "¡Déjenle al cuitado;
que harta mala ventura lleva! ¡Allá se lo haya; castigúele su pecado!"
También lo son nuestros padres y madres, que nos echan al mundo, y el
escribano, que si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa a
quien se dé mucha pena; y por todos estos que he dicho hace nuestra
hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que
podemos.

--Por cierto--dijo Rinconete--(ya confirmado con este nombre) que es
obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oído decir que
vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún gozan de
la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia a esta
felicísima y abogada confraternidad, para que por sus almas se les haga
ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la
solenidad y pompa acostumbrada, si ya no es que se hace mejor con _popa_
y _soledad_, como también apuntó vuesa merced en sus razones.

---Así se hará, o no quedará de mí pedazo--replicó Monipodio.

Y llamando a la guía, le dijo:

--Ven acá, Ganchuelo: ¿están puestas las postas?

--Sí--dijo la guía, que Ganchuelo era su nombre--: tres centinelas
quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.

--Volviendo, pues, a nuestro propósito---dijo Monipodio--, querría
saber, hijos, lo que sabéis, para daros el oficio y ejercicio conforme a
vuestra inclinación y habilidad.

--Yo--respondió Rinconete--sé un poquito de floreo de Vilhán:
entiéndeseme el retén; tengo buena vista para el humillo; juego bien de
la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por pies el
raspadillo, verrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como
por mi casa, y atreveríame a hacer un tercio de chanza mejor que un
tercio de Nápoles, y a dar un astillazo al más pintado mejor que dos
reales prestados.

--Principios son--dijo Monipodio--; pero todas ésas son flores de
cantueso viejas, y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa,
y sólo sirven para alguno que sea tan blanco, que se deje matar de media
noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos; que asentando sobre
ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habéis de
salir oficial famoso, y aun quizá maestro.

--Todo será para servir a vuesa merced y a los señores
cofrades--respondió Rinconete.

--Y vos, Cortadillo, ¿qué sabéis?--preguntó Monipodio.

--Yo--respondió Cortadillo--sé la treta que dicen mete dos y saca cinco,
y sé dar tiento a una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.

--¿Sabéis más?--dijo Monipodio.

--No, por mis grandes pecados--respondió Cortadillo.

--No os aflijáis, hijo--replicó Monipodio--; que a puerto y a escuela
habéis llegado donde ni os anegaréis ni dejaréis de salir muy bien
aprovechado en todo aquello que más os conviniere. Y en esto del ánimo,
¿cómo os va, hijos?

--¿Cómo nos ha de ir--respondió Rinconete--sino muy bien? Ánimo tenemos
para acometer cualquiera empresa de las que tocaren a nuestro arte y
ejercicio.

--Está bien--replicó Monipodio--; pero querría yo que también le
tuviésedes para sufrir, si fuese menester, media docena de ansias sin
desplegar los labios y sin decir "esta boca es mía".

--Ya sabemos aquí--dijo Cortadillo--, señor Monipodio, qué quiere decir
_ansias_, y para todo tenemos ánimo; porque no somos tan ignorantes, que
no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta
merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título,
que le deja en su lengua su vida o su muerte; ¡como si tuviese más
letras un _no_ que un _sí_!

--¡Alto, no es menester más!--dijo a esta sazón Monipodio---. Digo que
sola esta razón me convence, me obliga, me persuade y me fuerza a que
desde luego asentéis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año
del noviciado.

--Yo soy dese parecer--dijo uno de los bravos.

Y a una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática
habían estado escuchando, y pidieron a Monipodio que desde luego les
concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque
su presencia agradable y su buena plática lo merecía todo. Él respondió
que, por dalles contento a todos, desde aquel punto se las concedía,
advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque eran no pagar media
nata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo
aquel año, conviene a saber: no llevar recaudo de ningún hermano mayor
a la cárcel; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y adonde
quisieren, sin pedir licencia a su mayoral; entrar a la parte desde
luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y
otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demás, con
palabras muy comedidas, las agradecieron mucho.

Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:

--El alguacil de los vagabundos viene encaminado a esta casa; pero no
trae consigo gurullada.

--Nadie se alborote--dijo Monipodio--; que es amigo y nunca viene por
nuestro daño. Sosiéguense; que yo le saldré a hablar.

Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio salió
a la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando un
rato, y luego volvió a entrar Monipodio, y preguntó:

--¿A quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?

--A mí--dijo el de la guía.

--Pues ¿cómo--dijo Monipodio--no se me ha manifestado una bolsilla de
ámbar que esta mañana en aquel paraje dio al traste con quince escudos
de oro y dos reales de a dos y no sé cuántos cuartos?

--Verdad es--dijo la guía--que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he
tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.

--¡No hay levas conmigo!--replicó Monipodio--. ¡La bolsa ha de parecer,
porque la pide el alguacil, que es amigo y nos hace mil placeres al año!

Tornó a jurar el mozo que no sabía della. Comenzóse a encolerizar
Monipodio, de manera, que parecía que fuego vivo lanzaba por los ojos,
diciendo:

--¡Nadie se burle con quebrantar la más mínima cosa de nuestra orden;
que le costará la vida! Manifiéstese la cica; y si se encubre por no
pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo
demás de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.

Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo que él no había
tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos; todo lo cual fue poner más
fuego a la cólera de Monipodio, y dar ocasión a que toda la junta se
alborotase, viendo que se rompían sus estatutos y buenas ordenanzas.

Viendo Rinconete, pues, tanta disensión y alboroto, parecióle que sería
bien sosegalle y dar contento a su mayor, que reventaba de rabia; y
aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos, sacó la
bolsa del sacristán, y dijo:

--Cese toda cuestión, mis señores; que ésta es la bolsa, sin faltarle
nada de lo que el alguacil manifiesta; que hoy mi camarada Cortadillo le
dio alcance, con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó, por
añadidura.

Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto; viendo lo
cual Monipodio, dijo:

--Cortadillo el Bueno (que con este título y renombre ha de quedar de
aquí adelante) se quede con el pañuelo, y a mi cuenta se quede la
satisfación deste servicio; y la bolsa se ha de llevar el alguacil; que
es de un sacristán pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel refrán
que dice: "No es mucho que a quien te da la gallina entera tú des una
pierna della." Más disimula este buen alguacil en un día que nosotros le
podemos ni solemos dar en ciento.

De común consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos
modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió a dar la
bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de
_Bueno_, bien como si fuera don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que
arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar a su único
hijo.

Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas; y así como
entraron se fueron con los brazos abiertos, la una a Chiquiznaque y la
otra a Maniferro, que éstos eran los nombres de los dos bravos; y el de
Maniferro era porque traía una mano de hierro, en lugar de otra que le
habían cortado por justicia. Ellos las abrazaron con grande regocijo, y
les preguntaron si traían algo con que mojar la canal maestra.

[Ilustración: "Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo
que él no había tomado tal bolsa...."]

--Pues ¿había de faltar, diestro mío?--respondió la una, que se llamaba
la Gananciosa--. No tardará mucho a venir Silbatillo tu trainel, con la
canasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.

Y así fue verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta
de colar cubierta con una sábana.

Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar
Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y
tenderla en medio del patio. Y ordenó asimismo que todos se sentasen a
la redonda; porque en cortando la cólera, se trataría de lo que más
conviniese. A esto dijo la vieja que había rezado a la imagen:

--Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de
cabeza dos días ha, que me trae loca; y más, que antes que sea medio día
tengo de ir a cumplir mis devociones y poner mis candelicas a Nuestra
Señora de las Aguas y al santo Crucifijo de Santo Agustín, que no lo
dejaría de hacer si nevase y ventiscase. A lo que he venido es que
anoche el Renegado y Centopiés llevaron a mi casa una canasta de colar,
algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi
ánima que venía con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de
tener lugar de quitalla, y venían sudando la gota tan gorda, que era una
compasión verlos entrar ijadeando y corriendo agua de sus rostros, que
parecían unos angélicos. Dijéronme que iban en seguimiento de un
ganadero que había pesado ciertos carneros en la Carnicería, por ver si
le podían dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba. No
desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi
conciencia; y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre a todos
de poder de justicia, que no he tocado a la canasta.

--Todo se le cree, señora madre--respondió Monipodio--, y estése así la
canasta; que yo iré allá a boca de sorna, y haré cala y cata de lo que
tiene, y daré a cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo
de costumbre.

--Sea como vos lo ordenáredes, hijo--respondió la vieja--; y porque se
me hace tarde, dadme un traguillo, si tenéis, para consolar este
estómago, que tan desmayado anda de continuo.

--Y ¡qué tal lo beberéis, madre mía!--dijo a esta sazón la Escalanta,
que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.

Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota a modo de cuero, con
hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podría caber sosegadamente y
sin apremio hasta una azumbre; y llenándole la Escalanta, se le puso en
las manos a la devotísima vieja, la cual, tomándole con ambas manos, y
habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:

--Mucho echaste, hija Escalanta; pero Dios dará fuerzas para todo.

Y aplicándosele a los labios, de un tirón, sin tomar aliento, lo
trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:

--De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico. Dios
te consuele, hija, que así me has consolado; sino que temo que me ha de
hacer mal, porque no me he desayunado.

--No hará, madre--respondió Monipodio--, porque es trasañejo.

--Así lo espero yo en la Virgen--respondió la vieja.

Y añadió:

--Mirad, niñas, si tenéis acaso algún cuarto para comprar las candelicas
de mi devoción, porque con la priesa y gana que tenía de venir a traer
las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la escarcela.

--Yo sí tengo, señora Pipota--(que éste era el nombre de la buena
vieja), respondió la Gananciosa--: tome: ahí le doy dos cuartos; del uno
le ruego que compre una para mí, y se la ponga al señor San Miguel; y si
puede comprar dos, ponga la otra al señor San Blas, que son mis
abogados. Quisiera qué pusiera otra a la señora Santa Lucía, que, por lo
de los ojos, también le tengo devoción; pero no tengo trocado; mas otro
día habrá donde se cumpla con todos.

-Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable; que es de mucha
importancia llevar la persona las candelas delante de sí antes que se
muera, y no aguardar a que las pongan los herederos o albaceas.

--Bien dice la madre Pipota--dijo la Escalanta.

Y echando mano a la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese
otras dos candelicas a los santos que a ella le pareciesen que eran de
los más aprovechados y agradecidos. Con esto, se fue la Pipota,
diciéndoles:

--Holgaos, hijos, ahora que tenéis tiempo: que vendrá la vejez y
lloraréis en ella los ratos que perdistes en la mocedad, como yo los
lloro; y encomendadme a Dios en vuestras oraciones; que yo voy a hacer
lo mismo por mí y por vosotros, porque El nos libre y conserve en
nuestro trato peligroso sin sobresaltos de justicia.

Y con esto se fué.

Ida la vieja, se sentaron todos alrededor de la estera, y la Gananciosa
tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de la cesta fué un
grande haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego
una cazuela grande llena de tajadas de bacallao frito; manifestó luego
medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de
camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de
alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de
Gandul. Serían los del almuerzo hasta catorce, y ninguno dellos dejó de
sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fue Rinconete, que sacó su
media espada. A los dos viejos de bayeta y a la guía tocó el escanciar
con el corcho de colmena.

En poco espacio vieron el fondo de la canasta y las heces del cuero. Los
viejos bebieron _sine fine_; los mozos, adunia; las señoras, los
quiries. Los viejos pidieron licencia para irse; diósela luego
Monipodio, encargándoles viniesen a dar noticia con toda puntualidad de
todo aquello que viesen ser útil y conveniente a la comunidad.
Respondieron que ellos se lo tenían bien en cuidado, y fuéronse.
Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia,
preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes
tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que
aquéllos, en su germanía y manera de hablar se llamaban _abispones_, y
que servían de andar de día por toda, la ciudad, abispando en qué casas
se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la
Contratación, o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun
dónde lo ponian; y, en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la
tal casa, y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros
(que son agujeros) para facilitar la entrada. En resolución, dijo que
era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que
de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como
su Majestad de los tesoros; y que, con todo esto, eran hombres de mucha
verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de
sus conciencias, que cada día oían misa con extraña devoción....

--Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos qué de aquí se van
agora, que se contentan con mucho menos de lo que por nuestros aranceles
les toca. Otros dos que hay son palanquines; los cuales, como por
momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de la
ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.

--Todo me parece de perlas--dijo Rinconete---, y querría ser de algún
provecho a tan famosa cofradía.

--Siempre favorece el cielo a los buenos deseos--dijo Monipodio---.
Todos se vayan a sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos
juntaremos en este mismo lugar y se repartirá todo lo que hubiere caído,
sin agraviar a nadie. A Rinconete el Bueno y a Cortadillo se les da por
distrito hasta el domingo desde la Torre del Oro, por defuera de la
ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar a
sentadillas con sus flores; que yo he visto a otros de menos habilidad
que ellos salir cada día con más de veinte reales en menudos, amén de la
plata, con una baraja sola, y ésa, con cuatro naipes menos. Este
distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os extendáis hasta San Sebastián
y San Telmo, importa poco, puesto que es justicia mera mixta que nadie
se entre en pertenencia de nadie.

Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacía, y
ofreciéronse a hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y
recato.

Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde
estaba la lista de los cofrades, y dijo a Rinconete que pusiese allí su
nombre y el de Cortadillo; mas porque no había tintero, le dió el papel
para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo:
"Rinconete y Cortadillo, cofrades; noviciado, ninguno; Rinconete,
floreo; Cortadillo, bajón", y el día, mes y año, callando padres y
patria. Estando en esto, entró uno de los viejos abispones, y dijo:

--Vengo a decir a vuesas mercedes cómo agora topé en Gradas a Lóbulo el
de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte, de tal manera, que
con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanás; y que por venir
maltratado no viene luego a registrarse y a dar la sólita obediencia;
pero que el domingo será aquí sin falta.

--Siempre se me asentó a mí--dijo Monipodio--que este Lóbulo había de
ser único en su arte, porque tiene las mejores y más acomodadas manos
para ello que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su
oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita
como el ingenio con que le aprende.

--También topé--dijo el viejo--, en una casa de posadas, en la calle de
Tintores, al Judío, en hábito de clérigo, que se ha ido a posar allí,
por tener noticia que dos peruleros viven en la misma casa, y querría
ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad;
que de allí podría venir a mucha. Dice también que el domingo no faltará
de la junta, y dará cuenta de su persona.

--Ese Judío también--dijo Monipodio--es gran sacre y tiene gran
conocimiento. Días ha que no le he visto, y no lo hace bien. Pues a fe
que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona; que no tiene más
órdenes el ladrón que las tiene el Turco, ni sabe más latín que mi
madre. ¿Hay más de nuevo?

--No--dijo el viejo--; a lo menos, que yo sepa.

--Pues sea en buen hora--dijo Monipodio--. Voacedes tomen esta
miseria--y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no
falte nadie; que no faltará nada de lo corrido.

Todos le volvieron las gracias; tornáronse a abrazar la Escalanta con
Maniferro y la Gananciosa con Chiquiznaque, concertando que aquella
noche se viesen en la de la Pipota, donde también dijo que iría
Monipodio, al registro de la canasta de colar. Abrazó a Rinconete y a
Cortadillo, y echándolos su bendición, los despidió, encargándoles que
no tuviesen jamás posada cierta ni de asiento, porque así convenía a la
salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos,
acordándoles que no faltasen el domingo, porque, a lo que creía y
pensaba, Monipodio había de leer una lición de posición acerca de las
cosas concernientes a su arte. Con esto se fué, dejando a los dos
compañeros admirados de lo que habían visto.

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un
buen natural; y como había andado con su padre en el ejercicio de las
bulas, sabía algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los
vocablos que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y
bendita comunidad, y más cuando por decir _per modum sufragii_, había
dicho _por modo de naufragio_; y que _sacaban el estupendo_, por decir
_estipendio_, de lo que se garbeaba, con otras mil impertinencias a
éstas y a otras peores semejantes y, sobre todo, le admiraba la
seguridad que tenían, y la confianza, de irse al cielo con no faltar a
sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de
ofensas de Dios. Y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que
dejaba la canasta de colar, hurtada, guardada en su casa, y se iba a
poner las candelillas de cera a las imágenes, y con ello pensaba irse al
cielo calzada y vestida. No menos le suspendía la obediencia y respeto
que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y
desalmado. Consideraba los ejercicios en que todos se ocupaban;
finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan
famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente
tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza, y propuso en sí de
aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y
tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero, con todo esto,
llevado de sus pocos años y de su poca experiencia, pasó con ella
adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más
luenga escritura, y así, se deja para otra ocasión contar su vida y
milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquéllos
de la infame academia, que todos serán de grande consideración, y que
podrán servir de ejemplo y aviso a los que los leyeren.

[Ilustración:]



DON FRANCISCO DE QUEVEDO

HISTORIA DE

LA VIDA DEL BUSCÓN

LLAMADO DON PABLOS, EJEMPLO DE VAGAMUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS


Yo, señor, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del
mismo pueblo, Dios le tenga en el cielo. Fué, tal como todos dicen, de
oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría le
llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de
barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para
creer. Estuvo casado con Aldonza Saturno de Rebollo, hija dé Octavio de
Rebollo Codillo, y nieta de Lépido Ziuraconte.

Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por
los nombres de sus pasados, esforzaba que descendía de los del
triunvirato romano. Tuvo muy buen parecer, y fué tan celebrada, que en
el tiempo que ella vivió, todos los copleros de España hacían cosas
sobre ella. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después,
porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos
por sacar el as de oros. Probósele que, a todos los que hacía la barba a
navaja, mientras les daba con el agua, levantándoles la cara para el
lavatorio, un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su salvo, los
tuétanos de las faltriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le
dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi padre, por ser tal, que robaba a
todos las voluntades.

Por estas y otras niñerías estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho
después, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron
docientos cardenales, sino que a ninguno llamaban señoría. Las damas diz
que salían por verle a las ventanas, que siempre pareció bien mi padre,
a pie y a caballo. No lo digo por vanagloria, que bien saben todos cuán
ajeno soy de ella.

[Ilustración: "...un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su
salvo, los tuétanos de las faltriqueras!"]

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar
en el oficio; mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde
chiquito, nunca me apliqué ni a uno ni a otro. Decíame mi padre: "Hijo,
esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal. Quien no hurta en
el mundo, no vive. Muchas veces me hubieran llevado en el asno si
hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo manda la santa
madre Iglesia; y así, con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre
lo más honradamente que he podido," "¿Cómo me habéis sustentado?--dijo
ella con gran cólera, que le pesaba que yo no me aplicase a bruja---; yo
he sustentado a vos y sacádoos de las cárceles con industria, y
mantenido en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro
ánimo o por las bebidas que os daba? Gracias a mis botes. Y si no
temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré
por la chimenea y os saqué por el tejado." Más dijera, según se había
encolerizado, si con los golpes que daba no se le desensartara un
rosario de muelas de difuntos que tenía. Metidos en paz, yo les dije que
quería aprender virtud resueltamente, e ir con mis buenos pensamientos
adelante, y así que me pusiesen a la escuela; pues sin leer ni escribir
no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que yo decía, aunque lo
gruñeron un rato entre los dos. Mi madre tornó a ocuparse en ensartar
las muelas, y mi padre fue a rapar a uno--así lo dijo él---, no sé si la
barba o la bolsa; yo me quedé solo, dando gracias a Dios que me hizo
hijo de padres tan hábiles y celosos de mi bien.

A otro día ya estaba comprada cartilla y hablado al maestro. Fuí, señor,
a la escuela; recibióme muy alegre, diciendo que tenía cara de hombre
agudo y de buen entendimiento. Yo con esto, por no desmentirle, di muy
bien la lección aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí; ganaba
la palmatoria los más días por venir antes, e íbame el postrero por
hacer algunos recaudos de "señora", que así llamábamos a la mujer del
maestro. Tenialos a todos, con semejantes caricias, obligados.
Favoreciéronme demasiado, y con esto creció la envidia entre los demás
niños.

Llegábame de todos a los hijos de caballeros, y particularmente a un
hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas.
Ibame a su casa los días de fiesta, y acompañábale cada día. Los otros,
o que porque no les hablaba, o que porque les parecía demasiado punto el
mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre.
Unos me llamaban don Navaja, otros me llamaban don Ventosa; cuál decía,
por disculpar la envidia, que a mi padre le habían llevado a su casa
para que la limpiase de ratones, por llamarle gato; otros me decían
_zape_ cuando pasaba, y otros, _miz_. Al fin, con todo cuanto andaban
royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios; y aunque yo me
corría, disimulábalo.

Todo lo sufría, hasta que un día un muchacha se atrevió a decirme a
voces hijo de una hechicera; lo cual, como lo dijo tan claro, que aún si
lo dijera turbio no me pesara, agarré una piedra, y descalabréle. Fuíme
a mi madre corriendo, que me escondiese, y contéla el caso todo. A lo
cual me dijo: "Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo
anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo." Cuando yo oí
esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a ella, y dije: "¡Ah
madre!, pésame sólo de que algunos de los que allí se hallaron me
dijeron que no tenía que ofenderme por ello, y no les pregunté si era
por la poca edad del que lo había dicho." Y dijo: "¡Ah, noramaza! Muy
bien hiciste en quebrarle la cabeza; que esas cosas, aunque sean verdad,
no se han de decir." Yo con esto quedé como muerto, determinado de coger
lo que pudiese en breves días, y salirme de casa mi padre: tanto pudo
conmigo la vergüenza. Disimulé; fué mi padre, curó al muchacho,
apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro me recibió con
ira; hasta que oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo,
considerando la razón que había tenido.

En todo esto, siempre me visitaba el hijo de don Alonso de Zúñiga, que
se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente; que yo trocaba
con él los peones, si eran mejores los míos; dábale de lo que almorzaba,
y no le pedía de lo que él comía; comprábale estampas, enseñábale a
luchar, jugaba con él al toro y entreteníale siempre. Así que, los más
días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi
compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer, cenar y aun
dormir los más días. Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela
por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio
de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:
"Hola, llámale Poncio Pilato, y he a correr." Yo, por darle gusto a mi
amigo, llámele Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre, que dio a correr
tras mí con un cuchillo desnudo para matarme; de suerte que fue forzoso
meterme huyendo en casa de mi maestro, dando gritos. Entró el hombre
tras mí, y defendióme el maestro, asegurando que no me matase,
asegurándole de castigarme. Y así luego, aunque la señora le rogó por
mí, movida de lo que la servía, no aprovechó: mandóme desatacar, y
azotándome, decía tras cada azote: "¿Diréis más Poncio Pilato?" Yo
respondía: "No, señor"; y respondílo dos veces a otros tantos azotes que
me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato, y con tal miedo
que, mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los
otros, llegando al Credo--advierta vuestra merced la inocente
malicia---, al tiempo de decir: "Padeció so el poder de Poncio Pilato",
acordándome que no había de decir más Pilato, dije: "Padeció so el poder
de Poncio de Aguirre." Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad
y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y me dio una firma
en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese.
Con esto fuí yo muy contento.

[Ilustración: "Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de
hacer a caballo, quise apearme...."]

Llegó, por no enfadar, el tiempo de las Carnestolendas, y trazando el
maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de
gallos. Echamos suerte entre doce señalados por él, y cúpome a mí.
Avisé a mis padres que me buscasen galas. Llegó el día, y salí en un
caballo ético y mustio; el cual, más de manco que de bien criado, iba
haciendo reverencias. Las ancas eran de mona, muy sin cola; el pescuezo,
de camello y más largo; la cara no tenía sino un ojo, aunque overo.
Echábansele de ver las penitencias, ayunos y fullerías del que le tenía
a cargo en el ganarle la ración. Yendo, pues, en él dando vuelcos a un
lado y otro, como fariseo en paso, y los demás niños todos aderezados
tras mí, pasamos por la plaza--aún de acordarme tengo miedo--y llegando
cerca de las mesas de las verdureras--Dios nos libre--agarró mi caballo
un repollo a una, y ni fué visto ni oído cuando lo despachó a las
tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho
tiempo. La bercera, que siempre son desvergonzadas, empezó a dar voces.
Llegáronse otras, y con ellas pícaros; y alzando zanahorias garrofales,
nabos frisones, berengenas y otras legumbres, empiezan a dar tras el
pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de hacer
a caballo, quise apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la
cara, que yendo a empinarse, cayó conmigo. Ya mis muchachos se habían
armado de piedras, y daban tras las verdureras, y descalabraron dos.
Vino la justicia, prendió a berceras y muchachos, mirando a todos qué
armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las
que traían por gala y, otros espadas pequeñas. Unos se fueron por una
parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza. Entré en
ella, conté a mis padres el suceso, y me quisieron maltratar. Yo echaba
la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba
satisfacerlos, y viendo que no bastaba, salíme de su casa y fuíme a ver
a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya descalabrado y a sus
padres resueltos por ello de no le enviar más a la escuela. Allí tuve
nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos
coces, y de puro flaco se desgajaron las ancas y se quedó en el lodo
bien cerca de acabar. Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo
escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo
muerto, determiné de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres,
sino de quedarme a servir a don Diego, o por decir mejor, en su
compañía, y esto con gran gusto de sus padres, por el que daba mi
amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester ir más a la
escuela, porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser
caballero lo que se requería era escribir mal; y así, desde luego
renunciaba la escuela por no darles gasto y su casa para ahorrarlos de
pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen
licencia no los vería.

Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje: lo uno por
apartarle de su regalo y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había
en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio de criar hijos de
caballeros, y envió allá el suyo, y a mí para que le acompañase y
sirviese. Entramos primer domingo después de Cuaresma en poder de la
hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. El era un
clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo
bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni
gato ni perro de aquella color. Los ojos avecindados en el cogote, que
parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y oscuros, que era buen
sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y
Francia; las barbas, descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de
pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le
faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanos y vagamundos se los
habían desterrado; el gaznate, largo como avestruz, con una nuez tan
salida, que parecía se iba a buscar de comer, forzada de la necesidad;
los brazos, secos; las manos, como un manojo de sarmientos cada una.
Mirado de medio abajo, parecía tenedor, o compás con dos piernas largas
y flacas; su andar, muy despacio; si se descomponía algo, se sonaban los
huesos como tablillas de San Lázaro; la habla, ética; la barba, grande,
por nunca se la cortar por no gastar; y él decía que era tanto el asco
que le daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría
matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los
otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado, con mil gateras y
guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos de
caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se
sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de
cuero de rana; otros, decían que era ilusión; desde cerca parecía negra
y desde lejos, entre azul; llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni
puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta,
lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo.
¿Pues su aposento? Aun arañas no había en él; conjuraba los ratones, de
miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en
el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas; al
fin, era archipobre y protomiseria.

A poder, pues, de éste vine, y en su poder estuve con don Diego; y la
noche que llegamos nos señaló nuestro aposento, y nos hizo una plática
corta, que, por no gastar tiempo, no duró más. Díjonos lo que habíamos
de hacer; estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuimos
allá; comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio era
un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta cinco
caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté
que cómo no los había a un criado antiguo; el cual, de flaco, estaba ya
con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo: "¿Cómo gatos?
Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y
penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo." Yo con esto
me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que
de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas, con unas caras que
parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra, y echó
la bendición; comieron una comida eterna, sin principio ni fin; trajeron
caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas
peligraba Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los
macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que
estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo: "Cierto que no hay tal
cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula."
Acabando de decirlo echóse su escudilla a pechos, diciendo: "Todo esto
es salud y otro tanto ingenio." "¡Mal ingenio te acabe!"--decía yo entre
mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne
en las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo
aventurero a vueltas, y dijo el maestro: "¿Nabos hay? No hay para mí
perdiz que se le iguale; coman, que me huelgo de verlos comer." Repartió
a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las uñas y se
les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo, dejando
descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba, y decía:
"Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas." Mire
vuestra merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.

Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa y en el plato
unos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero: "Quede esto para los
criados, que también han de comer; no lo queramos todo." "¡Mal te haga
Dios y lo que has comido, lacerado--decía yo--, que tal amenaza has
hecho a mis tripas!" Echó la bendición, y dijo: "Ea, demos lugar a los
criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo
que han comido." Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la
boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese modestia, y tres o cuatro
sentencias viejas; y fuése. Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio
mal parado, y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte
que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme
de tres mendrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a
gruñir; al ruido entró Cabra diciendo: "Coman como hermanos, pues Dios
les da con qué; no riñan, que para todos hay." Volvióse al sol, y
dejónos solos. Certifico a vuestra merced que había uno de ellos que se
llamaba Surre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía,
que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre
tres no la acertaba a encaminar de las manos a la boca. Y pedí yo de
beber, que los otros por estar casi ayunos no lo hacían, y diéronme un
vaso con agua; y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si
fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije.
Levantéme con grande dolor de mi ánima, viendo que estaba en casa donde
se brindaba a las tripas y no hacían la razón.

Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para
persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer.
Andaban vaguidos en aquella casa, como en otras ahitos. Llegó la hora
del cenar--pasóse la merienda en blanco--; cenamos mucho menos, y no
carnero, sino un poco del nombre del maestro, cabra asada. Mire vuestra
merced si inventara el diablo tal cosa. "Es cosa muy saludable y
provechosa--decía--cenar poco para tener el estómago desocupado", y
citaba una retahila de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta,
y que ahorraba un hombre sueños pesados, sabiendo que en su casa no se
podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron, y cenamos todos, y no
cenó ninguno. Fuímonos a acostar y en toda la noche yo ni don Diego
pudimos dormir; él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase
de allí, y yo aconsejándole que lo hiciese, aunque últimamente le dije:
"Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la
pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en
el purgatorio; y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre si
alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones, y nos saca de penas
con alguna misa en altar privilegiado."

Entre estas pláticas y un poco que dormimos se llegó la hora del
levantar; dieron las seis y llamó Cabra a lección; fuimos y oímosla
todos. Ya mis espaldas e ijadas nadaban en el jubón, y las piernas daban
lugar a otras siete calzas; los dientes sacaba con tobas, amarillos,
vestidos de desesperación. Mandáronme leer el primer nominativo a los
otros, y era de manera mi hambre, que me desayuné con la mitad de las
razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó
el mozo de Cabra, diciendo que él había visto meter en casa, recién
venido, dos frisones y que a dos días salieron caballos ligeros, que
volaban por los aires; y que vió meter mastines pesados, y a tres horas
salir galgos corredores; y que una cuaresma topó muchos hombres, unos
metiendo los pies, otros las manos, otros todo el cuerpo, en el portal
de su casa, esto por muy gran rato, y mucha gente que venia a solo
aquello de fuera; y preguntando un día que qué sería, porque Cabra se
enojó de que se lo preguntase, respondió que los unos tenían sarna y los
otros sabañones, y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre,
de manera que no comían de allí adelante. Certificóme que era verdad.
Yo, que conocí la casa, lo creo; dígolo porque no parezca encarecimiento
lo que dije. Y volviendo a la lección, dióla, y decorámosla. Y proseguí
siempre en aquel modo de vivir que he contado.

Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron
un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda
agujerada como salvadera; abríala y metía un pedazo de tocino en ella,
que la llenase, y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en
la olla para que la diese algún zumo por los agujeros, y quedase para
otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y
dió en sólo asomar el tocino en la olla.

Quéjamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo
hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias.

Pasamos este trabajo hasta la cuaresma que vino, y a la entrada de ella
estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar médico
hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un
platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había
ganado por la mano el matar a aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el
pobre cuando lo vio--que había un día que no hablaba--, dijo: "Señor mío
Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para
persuadirme que no es el infierno." Imprimiéronsele estas razones en el
corazón; murió el pobre mozo; enterrámosle muy pobremente, por ser
forastero, y quedamos todos asombrados. Divulgóse por el pueblo el caso
atroz; llegó a oídos de don Alonso Coronel, y como no tenía otro hijo,
desengañóse de las crueldades de Cabra, y comenzó a dar más crédito a
las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable
estado. Vino a sacarnos del pupilaje, y teniéndonos delante, nos
preguntaba por nosotros. Y tales nos vió, que sin aguardar a más, trató
muy mal de palabras al licenciado Vigilia. Nos mandó llevar en dos
sillas a casa; despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los
deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en
Argel viendo venir rescatados sus compañeros.

Entramos en casa de don Alonso, y echáronnos en dos camas con mucho
tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos del
hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la
cara; y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial--al
fin me trataban como a criado--, en buen rato no me los hallaron.
Trajeron médicos, y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de
las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que
nos dieran sustancias y pistos. ¿Quién podrá contar a la primera
almendrada y a la primera ave las luminarias que pusieron las tripas de
contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los doctores que por nueve
días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque, como estaban
huecos los estómagos, sonaba en ellos el eco de cualquier palabra. Con
estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento;
pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y
alforzadas; y así se dió orden que cada día nos las ahormasen con la
mano de un almirez. Levantámonos a hacer pinicos dentro de cuarenta
días, y aún parecíamos sombras de otros hombres; y en lo amarillo y
flaco, simiente de los padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar
gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo
Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos
crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del
mal pupilero, se nos aumentaba el hambre tanto, que acrecentábamos la
costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse a la mesa
nos decía males de la gula, no habiéndola él conocido en su vida; y
reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de _No matarás_
metía perdices y capones y todas las cosas que no quería darnos, y, por
el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado no sólo el
matarla sino el herirla, según regateaba el comer.

Pasáronsenos tres meses en esto, y al cabo trató don Alonso de enviar a
su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la gramática. Díjome a
mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra
donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos,
ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto dióle un criado para
mayordomo que le gobernase la casa y le tuviese cuenta del dinero del
gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba
Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una
media camita y otra de cordeles con ruedas, para meterla debajo de la
otra mía y del mayordomo, que se llamaba Aranda; cinco colchones y ocho
sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca y las
demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la
tardecita antes de anochecer una hora, y llegamos a la media noche a la
venta de Viveros.

Llegamos--por no enfadar--a la villa, y apeámonos en un mesón.

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían
alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes
donde hay muchos juntos, aunque ésta teníamos entre tres moradores
diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por
cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo, que hay muy
grande cosecha desta gente y de la que tiene sobradas narices y sólo les
faltan para oler tocino; digo esto, confesando la mucha nobleza que hay
entre la gente principal, que cierto es mucha. Recibióme, pues, el
huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento; ni sé si
lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto, o por ser natural suyo
de ellos, que no es mucho tenga mala condición quien no tiene buena ley.
Pusimos nuestro hato, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos
aquella noche.

Amaneció, y helos aquí en camisa todos los estudiantes de la posada a
pedir la patente a mi amo. El, que no sabía lo que era, preguntóme que
qué querían. Y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé
entre dos colchones, y sola tenía la media cabeza fuera, que parecía
tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos, y con tanto
comenzaron una grita del diablo, diciendo: "Viva el compañero y sea
admitido en nuestra amistad; goce de las preeminencias de antiguo; pueda
tener sarna, andar manchado y padecer el hambre que todos." Y con
esto--¡mire vuestra merced qué privilegios!--volaron por la escalera, y
al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi
amo apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre, y entró en su
general; pero yo, que había de entrar en otro diferente, fuí solo.

"Haz como vieres", díce el refrán, y dice bien. De puro considerar en
él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si
pudiese, que todos. No sé si salí con ello; pero yo aseguro a vuestra
merced que hice todas las diligencias posibles. Lo primero, yo puse
pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los
pollos del ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día
entraron dos puercos, del mejor garbo que vi en mi vida; yo estaba
jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije a uno: "Vaya y vea
quién gruñe en nuestra casa." Fué, y dijo que dos marranos. Yo, que lo
oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y
atrevimiento venir a gruñir a casas ajenas; y diciendo esto, envaséle a
cada uno--a puerta cerrada--la espada por los pechos, y luego los
acogotamos; y por que no se oyese el ruido que hacían, todos a la par
dábamos grandísimo gritos como que cantábamos, y así espiraron en
nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros
jergones los medio chamuscamos en el corral; de suerte, que cuando
vinieron los amos, ya estaba hecho, aunque mal, si no eran los vientres,
que no estaban acabadas de hacer las morcillas; y no por falta de prisa,
que, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo
que ellas tenían dentro. Supo, pues, don Diego y el mayordomo el caso, y
enojáronse conmigo de manera que obligaron a los huéspedes--que de risa
no se podían valer--a volver por mí. Preguntábame don Diego qué había de
decir si me acusaban y me prendía la justicia. A lo cual respondí yo que
me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes, y si no me
valiese diría: "Como se entraron sin llamar a la puerta, como en su
casa, entendí que eran nuestros." Riéronse todos de las disculpas. Dijo
don Diego: "A fe, Pablos, que os hacéis a las armas." Era de notar ver a
mi amo tan quieto y religioso, y a mí tan travieso, que el uno exageraba
al otro o la virtud o el vicio.

No cabía el ama de contento porque éramos los dos al mohíno; habíamonos
conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, que desde
entonces heredé no sé qué amor a la sisa en este oficio. La carne no
guardaba en manos del ama la orden retórica, porque siempre iba de más a
menos; y la vez que podía echar cabra u oveja, no echaba carnero; y si
había huesos, no entraba cosa magra; y así, hacía unas ollas tísicas, de
puro flacas; unos caldos, que, a estar cuajados, se podían hacer sartas
de cristal de [ellos]. Las dos Pascuas, por diferenciar, para que
estuviese gorda la olla, solía echar unos cabos de velas de sebo. Ella
decía--cuando yo estaba delante--a mi amo: "Por cierto que no hay
servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele
vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser travieso por la
fidelidad; lo mejor de la plaza trae." Yo, por el consiguiente, decía de
ella lo mismo, y así teníamos engañada la casa.

Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la
mitad, y cuando nos parecía decíamos el ama y yo: "Modérense vuestras
mercedes en el gasto, que, en verdad, si se dan tanta priesa, no baste
la hacienda del rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón; pero tal
priesa se han dado.... Mande vuestra merced comprar más, y a fe que se
ha de lucir de otra manera; denle dineros a Pablicos." Dábanmelos, y
vendíamosle la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra
mitad; y esto era en todo.

Y si alguna vez compraba yo algo en la plaza, por lo que valía reñíamos
adrede el ama y yo. Ella decía como enojada: "No me digáis a mí,
Pablicos, que éstos son dos cuartos de ensalada." Yo hacía que lloraba,
daba muchas voces e íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que
enviase el mayordomo a saberlo para que callase el ama, que adrede
porfiaba. Iba, y sabíalo; y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo,
y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su
bien. Decíale don Diego muy satisfecho de mí: "Así fuese Pablicos
aplicado a virtud como es de fiar; toda esta es la lealtad. ¿Qué me
decís vos de él?"

Tuvímoslos desta manera chupándolos como sanguijuelas; yo apostaré que
vuestra merced se espanta de la suma del dinero al cabo del año. Ello
mucho debió de ser, pero no obligaba a restitución, porque el ama
confesaba y comulgaba de ocho a ocho días, y nunca le vi rastro ni
imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una
santa. Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más
barato llevar un haz de leña a cuestas. Dél colgaban muchos manojos de
imágenes, cruces y cuentas de pendones. En todas decía que rezaba cada
noche por sus bienhechores. Contaba ciento y tantos santos abogados
suyos; y en verdad que había menester todas estas ayudas para
desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi
amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y
acababa con el _Conquibules_--que ella decía--y en la _Salve rehila_.
Decía las oraciones en latín adrede por fingirse inocente; de suerte que
nos despedazábamos de risa todos.

Pensará vuestra merced que siempre estuvimos en paz; pues ¿quién ignora
que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos se han de procurar
engañar el uno al otro? Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral;
yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos, y
un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir: "Pío, pío", y esto
muchas veces. Yo, que oí el modo de llamar, comencé a dar voces y dije:
"¡Oh cuerpo de Dios, ama! ¿No hubiérades muerto un hombre o hurtado
moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que
habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir? ¡Mal aventurado de mí y
de vos!" Ella, como vió hacer extremos con tantas veras, turbóse algún
tanto, y dijo: "Pues, Pablos, ¿yo qué he hecho? Si te burlas, no me
aflijas más."

"¿Cómo burlas? ¡Pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la
Inquisición, porque si no, estaré descomulgado." "¿Inquisición?--dijo
ella; y empezó a temblar--. Pues ¿yo he hecho algo contra la fe?" "Eso
es lo peor--decía yo--; no os burléis con los inquisidores; decid que
fuistes una boba y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y
desacato." Ella con el miedo dijo: "Pues, Pablos, y si me desdigo,
¿castigaránme?" Respondíle: "No, porque sólo os absolverán." "Pues y me
desdigo--dijo--; pero dime tú de qué, que no lo sé yo; así tengan buen
siglo las ánimas de mis difuntos." "¿Es posible que no advertisteis en
qué? No sé cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os
acordáis que dijisteis a los pollos "pío, pío", y es Pío nombre de los
papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia? Papaos el pecadillo."
Ella quedó como muerta, y dijo: "Pablos, yo lo dije, pero no me perdone
Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se
pueda excusar al acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición."
"Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo,
asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que esos dos
pollos que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los
pontífices me los deis para que yo los lleve a un familiar que los
queme, porque están dañados; y tras esto habéis de jurar de no reincidir
de ningún modo." Ella muy contenta dijo: "Pues llévatelos, Pablos,
ahora, que mañana juraré." Yo, por más asegurarla, dije: "Lo peor es,
Cípriana--que así se llamaba--, que yo voy a riesgo, porque me dirá el
familiar si soy yo, y entre tanto me podrá hacer vejación. Llevadlos
vos, que yo, pardiez que temo." "Pablos--decía cuando me oyó esto--, por
amor de Dios, que te duelas de mí y los lleves, que a ti no te puede
suceder nada." Dejéla que me rogase mucho, y, al fin--que era lo que
quería--, determinéme, tomé los pollos, escondílos en mi aposento, hice
que iba fuera, y volví diciendo: "Mejor se ha hecho que yo pensaba;
quería el familiarcito venir tras mí a ver la mujer, pero lindamente le
he engañado y negociado." Dióme mil abrazos y otro pollo para mí, y yo
fuíme con él adonde había dejado sus compañeros, e hice hacer en casa de
un pastelero una cazuela, y comímelos con los demás criados. Supo el ama
y don Diego la maraña, y toda la casa la celebró en extremo. El ama
llegó tan al cabo de pena que por poco se muriera, y de enojo no estuvo
a dos dedos--a no tener por qué callar--de decir mis sisas.

Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas
trazas de holgarme, y di en lo que llaman los estudiantes correr o
rebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas; porque yendo una
noche a las nueve--que ya anda poca gente--por la calle Mayor, vi una
confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero; y tomando
vuelo, vine, agarréle, di a correr; el confitero dió tras mí y otros
criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que, aunque les llevaba
ventaja, me habían de alcanzar; y al volver una esquina, sentéme sobre
él y envolví la capa a la pierna de presto, y empecé a decir con la
pierna en la mano: "¡Ay! Dios se lo perdone, que me ha pisado," Oyéronme
esto, y en llegando empecé a decir: "Por tan alta señora", y lo
ordinario de "la hora menguada y aire corrupto". Ellos se venían
desgañitando, y dijéronme: "¿Va por ahí un hombre, hermano?" "Ahí
delante, que aquí me pisó, loado sea el Señor."

Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa,
conté la burla y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo
celebraron mucho, por lo cual los convidé para otra noche a verme correr
cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la
tienda, y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible;
y más por estar el confitero--por lo que le sucedió al otro de las
pasas--alerta. Vine, pues, y metiendo, doce pasos atrás de la tienda,
mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en
llegando a la tienda, dije: "¡Muera!", y tiré una estocada por delante
del confitero; él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada
en una caja; y la pasé y saqué en la espada, y me fuí con ella.
Quedáronse espantados de ver la traza, y muertos de risa de que el
confitero decía que le mirasen, que sin duda le habían herido, y que
era un hombre con quien había tenido palabras; pero volviendo los ojos,
como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban al
derredor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse, que no pensó
acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.

En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego
venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda
virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia,
pues cuantas allí se habían hecho de cuatro años a esta parte han pasado
por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad; pero un águila en
el oficio. Vérsele hacer daba gana de dejarse ahorcar. Este, pues, me
escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:

CARTA

"Hijo Pablos--que por el mucho amor que me tenía me llamaba así--: las
ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado su majestad no
me han dado lugar a hacer esto; que si algo tiene malo el servir al rey,
es el trabajo; aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus
criados. Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho
días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígalo como
quien le guindó. De vuestra madre, aunque está viva ahora, casi os puedo
decirlo mismo; que está presa en la Inquisición de Toledo; pésame que
nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del
rey, y me están mal estos parentescos. Hijo, aquí ha quedado no sé qué
hacienda escondida de vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos
ducados; vuestro tío soy; lo que tenga ha de ser para vos. Vista ésta,
os podréis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica
seréis singular en el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto
Dios os guarde. Etc."

No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta; pero holguéme en parte:
tanto pueden los vicios en los padres que consuelan de sus desgracias,
por grandes que sean, a los hijos. Fuíme corriendo a don Diego, que
estaba leyendo la carta de su padre en que le mandaba que se fuese y no
me llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído
decir. Díjome cómo se determinaba ir, y todo lo que le mandaba su padre;
que a él le pesaba dejarme, y a mí más. Díjome que me acomodaría con
otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo en esto, riéndome, le
dije: "Señor, yo soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más
autoridad me importa tener, porque si hasta ahora tenía, como cada cual,
mi piedra en el rollo, ahora tengo mi padre." Declárele cómo había
muerto tan honradamente como el más estirado, y cómo me había escrito mi
señor tío el verdugo de esto y de la prisioncilla de mamá; que a él,
como quien sabía quien yo soy, me pude descubrir sin vergüenza.
Lastimóse mucho, y preguntóme qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis
determinaciones; y con esto, al otro día él se fue a Segovia harto
triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura. Quemé la
carta, porque, perdiéndoseme, acaso no la leyese alguno, y comencé a
disponer mi partida para Segovia con intención de cobrar mi hacienda y
conocer mis parientes, para huir de ellos.

Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios
sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin
número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino, y con ayuda
de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y
salíme de la posada, adonde no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién
contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama
por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento?
Uno decía: "Siempre me lo dijo el corazón." Otro: "Bien me decían a mí
que éste era un trampista." Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo,
que dejé con mi ausencia a la mitad dél llorando y a la otra mitad,
riéndose de los que lloraban.

Ibame entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando,
pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual
iba hablando entre sí con muy gran prisa, y tan embebecido, que, aun
estando a su lado, no me veía. Salúdale, y saludóme; pregúntele dónde
iba, y después que nos pagamos las respuestas comenzamos a tratar de si
bajaba el turco y de las fuerzas del rey. Comenzó a decir de qué manera
se podía ganar la Tierra Santa, y cómo se ganaría Argel; en los cuales
discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno. Proseguimos
en la conversación propia de picaros, y vinimos a dar, de una cosa en
otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y decir: "Más me
cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando
con un arbitrio que, si como es imposible, no lo fuera, ya estuviera
todo sosegado." "¿Qué cosa puede ser--le dije--que, conviniendo tanto,
sea imposible y no se puede hacer?" "¿Quién dice a vuestra merced--dijo
luego--que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra
cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre a vuestra merced, le contara lo
que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros
trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende por
dos caminos." Roguéle que los dijese, y, sacándole de las faldriqueras,
me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo: "Bien ve
vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar;
pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí." Di
yo con este desatino una gran risada; y él, mirándome a la cara, me
dijo: "A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto; que a todos
les da gran contento." "Ese tengo yo por cierto--le dije--de oír cosa
tan nueva y tan bien fundada; pero advierta vuestra merced que ya que
chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más."
"No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso por muy apurado--me
respondió--; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la
mar por aquella parte doce estados."

No le osé replicar, de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar
el cielo acá abajo: no vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Juanelo
no había hecho nada; que él trazaba ahora de subir toda el agua del Tajo
a Toledo de otra manera más fácil: y sabido lo que era dijo que por
ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en mundo! Y, al cabo, me
dijo: "Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una
encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy
honrada." Con estas pláticas, y desconciertos llegamos a Torrejón, donde
se quedó, que venía a ver una parienta suya.

Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba
el tiempo, cuando, Dios y en hora buena, desde lejos vi una mula suelta
y un hombre junto a ella a pie que, mirando un libro, hacía unas rayas
que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y otro, y de
rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía mil cosas saltando.
Yo confieso que entendí por gran rato--que me paré desde algo lejos a
verlo--que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me
determiné, y, llegando cerca, sintióme; cerró el libro, y al poner el
pie en el estribo resbalóse y cayó. Levántele, y díjome: "No tomé bien
el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir." Yo no
entendí lo que me dijo, y luego temí lo que era, porque más desatinado
hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea
recta, o si iba por camino circunflejo. Y yo, aunque no le entendí, le
dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado;
respondíle que mía y, mirándola, dijo: "Esos gavilanes habían de ser más
largos para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las
estocadas." Y empezó a meter una parola tan grande, que me forzó a
preguntarte qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero,
y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:
"Pues en verdad que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo,
que más le tenía por encantador, viendo los círculos." "Eso--me
dijo--era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el
compás mayor, continuando la espada, para matar sin confesión al
contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos
de matemática." "¿Es posible--le dije yo--que hay matemática en eso?"
Dijo: "No solamente matemática, mas teología, filosofía, música y
medicina." "Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa
arte." "No os burléis--me dijo--, que ahora aprendéis la limpiadera
contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehendan en sí las
espirales de la espada." "No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni
grande." "Pues este libro las dice--me respondió--, que se llama
_Grandezas de la espada_, y es muy bueno y dice milagros. Y, para que lo
creáis, en Rejas, que dormiremos, esta noche, con dos asadores me veréis
hacer maravillas; y no dudéis que cualquier que leyere en este libro
matará a todos los que quisiere." "O ese libro enseña a ser pestes a los
hombres, o lo compuso--dije yo--algún doctor." "¿Cómo doctor? Bien lo
entiende--me dijo--; es un gran sabio, y aún estoy por decir más."

En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y, al
apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con
las piernas, y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese
perpendicular en el suelo. El huésped me vio reír y se rió. Preguntóme
si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con
esto perder el juicio. Llegóse luego al huésped, y díjole: "Señor, déme
vuestra merced dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se
los volveré." "¡Jesús!--dijo el huésped--. Déme acá vuestra merced los
ángulos, que mi mujer los asará, aunque aves son que no las he oído
nombrar." "Que no son aves--dijo volviéndose a mí--.¡Mire vuestra merced
lo que es no saber! Déme los asadores, que no los quiero sino para
esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo
que ha ganado en su vida." En fin, los asadores estaban ocupados, y
hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa
en el mundo. Daba un salto, y decía: "Con este compás alcanzo más y gano
los grados del perfil; ahora me aprovecho del movimiento remiso para
matar el natural; ésta había de ser cuchillada y ésta, tajo." No llegaba
a mí desde una legua, y andaba alderredor con el cucharón; y como yo me
estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale, estando al fuego.
Díjome: "Al fin, esto es lo bueno, y no las borracheras que enseñan
estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber!"

No lo había acabado de decir cuando de un aposento salió un mulatazo
mostrando las presas, con un sombrero injerto en guardasol, y un coleto
de ante, bajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas,
a lo águila imperial; la cara, con un _per signum crucis de inimicis
suis_; la barba, de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga
con más rejas que un locutorio de monjas; y mirando al suelo, dijo: "Yo
soy examinado y traigo la carta; y por el sol que calienta los panes,
que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la
destreza." Yo, que vi la ocasión, metíme en medio, y dije que no hablaba
con él, y que así no tenía de qué picarse. "Meta mano a la blanca, si la
trae, y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones." El
pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces: "Este libro
lo dice, y está impreso con licencia del rey, y yo sustentaré que es
verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra
parte: y si no, midámoslo"; y sacó él compás y comenzó a decir: "Este
ángulo es obtuso." Y entonces el maestro sacó la daga y dijo: "Yo no sé
quién es Angulo, ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres; pero
con ésta en la mano le haré pedazos." Acometió al pobre diablo, el cual
empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo: "No me puede herir,
que le he ganado los grados del perfil." Metímoslos en paz el huésped y
yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.

Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y
acostámonos todos los de la casa, y a las dos de la mañana levántase en
camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y
diciendo en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí; y, no
contento con esto, bajó al huésped para que le diese luz, diciendo que
había hallado objeto fijo a la estocada sagita por la cuerda. El
huésped se daba a los diablos de que lo despertase; y tanto le molestó,
que le llamó loco. En esto amaneció, vestímonos todos y pagamos la
posada. Hiciéronlos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo
que lo que alegaba mi compañero era bueno; pero que hacía más locos que
diestros, porque los más, por lo menos, no lo entendían.

Yo tomé mi camino para Madrid, y él se despidió de mí por ir diferente
jornada.

Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo pensando
entre mí en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y
virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego
tener tanta, que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí estos
pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo. Decía a
solas: "Más se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quién
aprender virtud, que al que la hereda de sus abuelos." En estas razones
y discursos iba, cuando topé un clérigo muy viejo en una mula, que iba
camino de Madrid. Trabamos plática, y luego me preguntó que de adónde
venía. Yo le dije que de Alcalá. "Maldiga Dios--dijo él--tan mala gente,
pues faltaba entre tantos un hombre de discurso." Pregúntele que cómo o
por qué se podía decir tal del lugar donde asistían tantos doctos
varones, y él, muy enojado, dijo: "¿Doctos? Yo le diré a vuestra merced
que tan doctos, que habiendo catorce años que hago yo en
Majalahonda---donde he sido sacristán--las chanzonetas al Corpus y al
Nacimiento, no me premiaron en el cartel unos cantarcitos que, por que
vea vuestra merced la sinrazón que me hicieron, se los he de leer." Y
comenzó desta manera:

        Pastores, ¿no es lindo chiste,
    que es hoy el señor san Corpus Criste?
    Y es el día de las danzas
    en que el Cordero sin mancilla
    tanto se humilla,
    que visita nuestras panzas,
    y entre estas bienaventuranzas
    entra en el humano buche.
    Suene el lindo sacabuche,
    pues nuestro bien consiste.
    Pastores, ¿no es lindo chiste, etc.

"¿Qué pudiera decir más--me dijo--el mesmo inventor de los chistes? Mire
qué misterios encierra aquella palabra _pastores_; más me costó de un
mes de estudio." Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se
me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije:
"¡Cosa admirable!; pero sólo reparo en que llama vuestra merced señor
san Corpus Criste, Corpus Cristi no es santo, sino el día de la
institución del Santísimo Sacramento." "¡Qué lindo es eso!--me respondió
haciendo burla--.Yo le daré en el calendario, y está canonizado, y
apostaré a ello la cabeza." No pude porfiar, perdido de risa de ver la
suma ignorancia; antes le dije que eran dignas de cualquier premio y que
no había leído cosa tan graciosa en mi vida. "¿No?--dijo al mismo
punto--, pues oiga vuestra merced un pedacito de un librillo que tengo
hecho a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta
octavas, cosa rica." Yo por excusarme de tanto millón de octavas, le
supliqué no me dijese cosa a lo divino, y así me comenzó a recitar una
comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén. Decíame:
"Hícela en dos días, y este es el borrador", y sería hasta cinco manos
de papel. El título era _El arca de Noé_. Hacíase toda entre gallos,
ratones, jumentos, raposas y jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo se la
alabé la traza y la invención, a lo cual me respondió: "Ello cosa mía
es pero no se ha hecho otra tal en el mundo, y la novedad es más que
todo; y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa." "¿Cómo
se podrá representar--le dije yo--, si han de entrar los mismos
animales, y ellos no hablan?" "Esa es la dificultad, que, a no haber
ésa, ¿había cosa más alta? Pero yo tengo pensado hacerla toda de
papagayos, tordos y picazas, que hablan; y meter para el entremés
monas." "Por cierto, alta cosa es esa." Otras más altas he hecho
yo--dijo--por una mujer a quien amo, y ve aquí novecientos y un soneto y
doce redondillas--que parece que contaba escudos por maravedís--. Yo
confieso la verdad, que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos
versos malos, y así, comencé a echar la plática a otras cosas. Yo, por
divertirle, le decía: "¿Ve vuestra merced aquella estrella que se ve de
día?" A lo cual dijo: "En acabando éste le diré el soneto treinta, en
que la llamo estrella, que no parece sino que sabe los intentos de
ellos." Afligíme tanto con ver que no se podía nombrar cosa a que él no
hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no
cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fué al
revés, que por mostrar lo que era alzó la voz en entrando por la calle.
Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delante que si los niños
olían poeta no quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras
nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había
salido contra ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen vivir.
Pidióme que la leyese si la tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en
la posada. Fuímos a una, adonde él se acostumbraba apear, y hallamos a
la puerta más de doce ciegos; unos le conocieron por el olor, y otros
por la voz; diéronle una barbanca de bienvenido. Abrazólos a todos y
luego comenzaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso
grave y sentencioso, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las
Animas, y por aquí discurrieron, recibiendo ocho reales de señal de cada
uno. Despidiólos, y díjome: "Más me han de valer de trescientos reales
los ciegos. Y así, con licencia de vuestra merced, me recogeré ahora un
poco para hacer alguna de ellas, y en acabando de comer oiremos la
premática." ¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los
locos que ganan de comer con los que lo son.

Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre
tanto se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme se leyese la
premática. Yo, por no haber otro quehacer, la saqué y la leí: la cual
pongo aquí, por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso
reprehender en ella. Decía de este tenor:

_Premática contra los poetas hueros, chirles y hebenes_.

Dióle al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo: "¡Hablara yo para
mañana! Por Dios que entendí hablaba conmigo, y es sólo contra los
poetas hebenes." Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él
fuera muy albillo o moscatel. Dejé el prólogo, y comencé el primer
capítulo, que decía:

"Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son
nuestros prójimos y cristianos, aunque malos; viendo que todo el año
adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más
enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas
públicos y cantoneros, y que los desengañen del yerro en que andan y
procuren convertirlos.

"Item, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres
condenados a perpetuo concepto, despedazadores de vocablos y volteadores
de razones, ha pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres,
declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos
hecho del que nos hicieron al principio del mundo. Y porque aquél está
pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como
franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más
versos hacen sus damas de todos metales." Aquí no lo pudo sufrir el
sacristán, y levantándose en pie, dijo: "¡Mas no, sino quitarnos las
haciendas! No pase vuestra merced adelante, que de eso pienso apelar, y
no con las mil y quinientas, sino a mi juez, por no causar perjuicio a
mi hábito y dignidad; y en prosecución de ella gastaré lo que tengo.
Bueno es que yo, siendo eclesiástico, hubiese de padecer ese agravio. Yo
probaré que las coplas de poeta clérigo no están sujetas a tal
premática, y luego quiero ir a averiguarlo ante la justicia." En parte
me dio gana de reír; pero por no detenerme--que se me hacía tarde--, le
dije: "Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni
apremia, por estar falta de autoridad." "¡Oh pecador de mí!--dijo muy
alborotado--. Avisara vuestra merced, que me hubiera ahorrado la mayor
pesadumbre del mundo. ¿Sabe vuestra merced qué cosa es hallarse un
hombre con ochocientas mil coplas de contado, y oír esto? Prosiga
vuestra merced, y Dios se lo perdone el susto que me dió." Proseguí,
diciendo:

"Item, por estorbar los grandes hurtos, mandamos que no se pasen coplas
de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien
vestido el poeta que tal hiciese; y si reincide, de andar limpio una
hora." Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas,
de puro vieja, y con tantas cascarrias, que para enterrarse no era
menester más de estregársela encima; el manteo, podíanse con él
estercolar dos heredades.

Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:

"Pero advirtiendo con ojos de piedad que hay tres géneros de gentes en
la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin tales
poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda
haber algunos oficiales de esta arte, con tal que tengan carta de examen
de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes.

"Y, finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de
Júpiter, Venus, Apolo y otros dioses, so pena que los tendrán por
abogados en la hora de la muerte."

A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir,
y todos me pidieron traslado de ella; sólo el sacristanejo comenzó a
jurar por vida de las vísperas solemnes, _introibo_ y _kiries_, que era
sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor
lo que había de hacer que nadie. Y últimamente dijo: "Hombre soy yo que
he estado en una posada con Liñán, y he comido más de dos veces con
Espinel", y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo
estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que
tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado
los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día
los traía y malos. Enseñólos, y dióles esto a todos tanta risa, que no
querían salir de la posada.

Al fin, ya eran las dos; y como era forzoso el caminar, salimos de
Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar para
el puerto. Quiso Dios que, por que no fuese pensando en mal, me topé con
un soldado. Luego trabamos plática; preguntóme que si venía de la Corte.
Dije que de paso había estado en ella. "No está para más--dijo luego--,
que es pueblo para gente ruin; mas quiero ¡voto a Cristo! estar en un
sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que sufrir
las supercherías que se hacen a un hombre de bien." A esto le dije yo
que advirtiese que en la Corte había de todo, y que estimaban mucho a
cualquier hombre de suerte. "¡Qué estimaban--dijo muy enojado--, si he
estado yo seis meses pretendiendo una bandera, tras veinte años de
servicios y haber perdido mi sangre en servicio del rey, como lo dicen
estas heridas!" Y enseñóme una cuchillada de a palmo en las ingles;
luego, en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran
balas; y yo saqué, por otras dos mías que tengo, que habían sido
sabañones. Quitóse el sombrero y mostróme el rostro: calzaba diez y seis
puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le partía las
narices. Tenía otros tres chirlos, que se la volvían mapa a puras
líneas. "Estas--me dijo--me dieron en París, en servicio de Dios y del
rey, por quien veo trinchado mi gesto; y no he recibido sino buenas
palabras, que ahora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles, por
vida del licenciado, que no ha salido en campaña ¡voto a Cristo! hombre
¡vive Dios! tan señalado"; y decía verdad, porque lo estaba a puros
golpes. Comenzó a sacar cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles,
que debían de ser de otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí, y
dije mil cosas en su alabanza, y que el Cid ni Bernardo no habían hecho
lo que él. Saltó en esto, y dijo: "¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, que
ni García de Paredes, Julián Romero ni otros hombres de bien. ¡Pese al
diablo! Sí, que entonces sí que no había artillería. ¡Voto a Dios!, que
no hubiera Bernardo para una hora en este tiempo. Pregunte vuestra
merced en Flandes por la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen."
"¿Es vuestra merced acaso?"--le dije yo--. Y él me respondió: "¿Pues qué
otro? ¿No ve la mella que tengo en los dientes? No tratemos de esto, que
parece mal alabarse el hombre."

Yendo en estas razones, topamos en un borrico un ermitaño con una barba
tan larga, que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo.
Saludámosle con el _Deo gratias_ acostumbrado, y empezó a alabar los
trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el soldado, y dijo:
"¡Ah, padre! Más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto a
Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a Dios!"
El ermitaño le reprehendía que no jurase tanto. El solidado le
respondía: "Bien se echa de ver, padre, que no ha sido soldado, pues me
reprehende mi propio oficio." Dióme a mí gran risa de ver en lo que
ponía la soldadesca, y eché de ver era algún picarón; porque entre ellos
no hay costumbre tan aborrecida de los de importancia, cuando no de
todos.

Llegamos a la falda del puerto: el ermitaño rezando el rosario en una
carga de leña hecha bolas, de manera que, a cada Avemaría, sonaba un
cabe; el soldado iba comparando las peñas a los castillos que había
visto, y mirando cuál lugar era fuerte y adónde se había de plantar la
artillería.

En estas y otras conversaciones llegamos a Cerecedilla. Entramos en la
posada todos tres juntos ya anochecido; mandamos aderezar la cena--era
viernes--; y entre tanto, el ermitaño dijo: "Entretengámonos un rato,
que la ociosidad es madre de los vicios; juguemos Avemarias"; y dejó
caer de la manga el descuadernado. Dióme a mí gran risa ver aquello,
considerando en las cuentas. El soldado dijo: "No, sino juguemos hasta
cien reales que yo traigo, en amistad." Yo, codicioso, dije que jugaría
otros tantos; y el ermitaño, por no hacer mal servicio, aceptó, y dijo
que allí llevaba el aceite de la lámpara, que eran hasta docientos
reales. Yo confieso que pensé ser su lechuza, y bebérselo; pero así le
sucedan todos sus intentos al turco. Fué el juego al parar; y lo bueno
fue que dijo que no sabía el juego, e hizo que se le enseñásemos.
Dejónos el bienaventurado hacer dos manos, y luego nos la dió tal, que
no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida; retiróla el ladrón con las
ancas de la mano, que era lástima: perdía una sencilla, y acertaba doce
maliciosas. El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos
"pesias", aforrados en "porvidas". Yo me comí las uñas mientras el
fraile ocupaba las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba:
acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él--tras haberme
ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los
ciento--dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos; que
no había de tratar de otra cosa. "No juren--decía--; que a mí, porque me
encomendaba a Dios, me ha sucedido bien." Y como nosotros no sabíamos la
habilidad que tenía de los dedos a la muñeca, creímoslo; y el soldado
juró de no jugar más, y yo de la misma suerte. "¡Pesia tal!--decía el
pobre alférez (que él me dijo entonces que lo era)--: entre luteranos y
moros me he visto; pero no he padecido tal despojo." El se reía a todo
esto. Tornó a sacar el rosario para rezar; y yo, que no tenía ya
blanca, pedíle que me diese de cenar y que pagase hasta Segovia la
posada de los dos, que íbamos en _púribus_. Prometió hacerlo.

Metióse sesenta huevos. ¡No vi tal en mi vida! Dijo que se iba a
acostar. Dormimos todos en una sala, con otra gente que estaba allí,
porque los aposentos estaban tomados para otros. Acostámonos; el padre
se persignó, y nosotros nos santiguamos de él; durmió, y yo estuve
desvelado, trazando cómo quitarle el dinero. El soldado hablaba entre
sueños de los cien reales, como si no estuvieran sin remedio.

Hízose hora de levantar. El ermitaño, receloso, se quedó en la cama.
Pagó por nosotros, y salimos del pueblo para el puerto, enfadados del
término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el
dinero.

Topamos con un ginovés que subía el puerto, con un paje detrás, y él con
su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él, y todo lo
llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para
bolsas. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había
quebrado un cambio que le tenía más de sesenta mil escudos.

En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los
ojos, a pesar de la memoria que, con los sucesos de Cabra, me
contradecía el contento. Llegué al pueblo; enternecíme, y entré algo
desconocido de como salí, con punta de barbas, bien vestido. Dejé la
compañía; y considerando en quién conociera a mi tío--fuera del
rollo--mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano. Lleguéme
a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón, y nadie me daba razón de
él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de
bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca
hacer de garganta, y a mi tío de las suyas. Venía una procesión de
desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío; y él, muy haciéndose
de pencas, con una en la mano, tocando un pasacalles públicas en las
costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que
estaba mirando esto--con un hombre a quien había dicho, preguntando por
él, que era un gran caballero yo--, veo a mi buen tío, y echando en mí
los ojos--por pasar cerca--, arremetió a abrazarme, llamándome sobrino.
Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien
estaba. Fuíme con él, y díjome: "Aquí te podrás ir, mientras cumplo con
esta gente; que ya vamos de vuelta, y hoy comerás conmigo." Yo, que me
vi a caballo, y que en aquella sarta parecía punto menos de azotado,
dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan avergonzado que, a no
depender de él la cobranza de mi hacienda, no le hablara más en mi vida,
ni pareciera entre gentes.

Acabó de repasarles las espaldas, volvió, y llevóme a su casa, donde me
apeé y comimos.

Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa un aguador.
Entramos en ella, y díjome: "No es alcázar la posada, pero yo os
prometo, sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis
negocios," Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me
sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca.
Entramos en un aposento tan bajo, que andábamos por él como quien recibe
bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo que
estaba con otros, de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias
y otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el
manteo y me sentaba; yo le respondí que no lo tenía de costumbre. ¡Dios
sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío! Díjome que había tenido
ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que
tenía convidados unos amigos. En esto entró por la puerta, con una ropa
hasta los pies, morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo
son con la cajeta, dijo: "Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a
ti los azotados; encaja." Hiciéronse la mamona el uno al otro;
arremangóse el desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas
zambas, en gregüescos de lienzo, y empezó a bailar y decir que si había
venido Clemente. Dijo mi tío que no, cuando Dios y en hora buena,
envuelto en un capucho y con unos zuecos, entró un chirimía de la
bellota, digo un porquero: conocílo por el cuerno que traía en la mano.
Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato, zurdo y bizco, un
sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la espada
con más gavilanes que la caza del rey, un coleto de ante. Traía la cara
de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada. Entró y
sentóse, saludando a los de casa.

Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba con mi tío, confieso
que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza:
echómelo de ver el corchete, y dijo: "¿Es el padre el que padeció el
otro día, a quien se dieron ciertos empujones en el envés?" Yo dije que
no era hombre que padecía como ellos. En esto se levantó mi tío, y dijo:
"Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto." Pidiéronme perdón, y
ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por comer y cobrar mi hacienda,
y huir de mi tío. Pusieron las mesas, y por una soguilla en un sombrero,
como suben la limosna los de la cárcel, subieron la comida de un bodegón
que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y
retajillos de cántaros y tinajas. No podrá nadie encarecer mi
sentimiento y afrenta. Sentáronse a comer, en cabecera el demandador y
los demás sin orden. No quiero decir lo que comimos; sólo que eran todas
cosas para beber. Sorbióse el corchete tres de puro tinto; brindóme a
mí; el porquero, me las cogía al vuelo, y hacía más razones que decíamos
todos. No había memoria de agua, y menos voluntad de ella.

Menudeóse sobre dos jarros, y era de suerte lo que bebieron el corchete
y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales, que trayendo un
plato de salchichas, que parecían de dedos de negro, dijo uno que para
qué traían pebetes guisados. Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano
y asiendo una, dijo--con la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio
acosado y el otro nadando en mosto--: "Sobrino, por este pan de Dios,
que crió a su imagen y semejanza, que no he comido en mi vida mejor
carne tinta." Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el
salero y dijo: "Caliente está este caldo"; y que el porquero se llenó el
puño de sal, diciendo: "Bueno es el avisillo para beber", y se lo echó
todo en la boca, comencé a reírme por una parte y rabiar por otra.
Trajeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una
escudilla, diciendo: "Dios bendijo la limpieza." Y alzándola para
sorberla, por llevarla a la boca se la puso en el carrillo y,
volcándola, se asó en el caldo, y se puso todo de arriba abajo que era
vergüenza. El, que se vio así, fuése a levantar; y como pesaba algo la
cabeza, firmó sobre la mesa--que era de estas movedizas---, trastornóla,
y manchó a los demás: tras esto decía que el porquero le había empujado.
El porquero, que vio que el otro se le caía encima, levantóse, y
alzando el instrumento de hueso, le dio con él una trompetada. Mi tío,
que estaba más en su juicio, decía que quién había traído a su casa
tantos clérigos. Yo, que vi que ya en suma multiplicaban, metí en paz la
brega. Eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de
palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el cuerno al porquero,
el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que
le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él
más tonadas, y que él quería tañer con el órgano. Al fin, yo no me
aparté de ellos hasta que vi que dormían. Salíme de casa, entretúveme en
ver mi tierra toda la tarde, pasé por la casa de Cabra, tuve nueva de
que era muerto, y no cuidé de preguntar de qué, sabiendo que hay hambre
en el mundo.

Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno
despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta y
diciendo que se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a
los demás hasta las once de la noche, que despertaron, y esperezándose,
preguntó uno que qué hora era. Respondió el porquero--que aún no la
había desollado--que no era nada, sino la siesta, y que hacía grandes
bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen la cajilla:
"Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento", y
fuése, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vió estrellas,
comenzó a llamar a los otros con grandes voces diciendo que el cielo
estaba estrellado a mediodía y que había un grande eclipse.
Santiguáronse todos, y besaron la tierra. Yo, que vi la bellaquería del
demandador, escandalíceme mucho y propuse de guardarme de semejantes
hombres. Con estas vilezas e infamias que veía yo, ya me crecía por
puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros. Despáchelos
a todos uno por uno, lo mejor que pude, y acosté a mi tío, que aunque no
tenía zorra, tenía raposa; y yo acomódeme sobre mis vestidos y algunas
ropas de los que Dios tenga, que estaban por allí.

Pasamos desta manera la noche, y a la mañana traté con mi tío de
reconocer mi hacienda y cobralla. Despertó diciendo que estaba molido, y
que no sabía de qué. Echó una pierna, levantóse; tratamos largo en mis
cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y rústico. Al
fin lo reduje a que me diese noticia de parte de mi hacienda--aunque no
de toda--, y así, me la dio de unos trecientos ducados que mi buen padre
había ganado por sus puños y dejádolos en confianza de una buena mujer,
a cuya sombra se hurtaba diez leguas a la redonda. Por no cansar a
vuestra merced digo que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no
había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca
razón, porque pensaba que yo me graduaría con éste, y que estudiando
podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía
por dificultoso. Díjome, en viendo que los tenía: "Hijo Pablos, mucha
culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién parecer;
dinero llevas, yo no te he de faltar, que cuanto sirvo y cuanto tengo
para ti lo quiero." Agradecíle mucho la oferta; gastamos el día en
pláticas desatinadas y en pagar las visitas a los personajes dichos.

Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío y el porquero y demandador;
éste jugaba misas como si fuera otra cosa. Sacaban de taba como de
naipe, para la fábrica de la sed, porque había siempre un jarro en
medio. Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo, cada uno
en su cama, que ya había proveído para mí un colchón. Amaneció, y antes
que él despertase yo me levanté y me fuí a una posada sin que me
sintiese: torné a cerrar la puerta por defuera, y eché la llave por una
gatera.

Como he dicho, me fuí a un mesón a esconder y aguardar comodidad para ir
a la corte. Déjele en el aposento una carta cerrada, que contenía mi ida
y las causas, avisándole no me buscase, porque eternamente no lo había
de ver.

[Ilustración: "...Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron
las calzas...."]

Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la corte;
llevaba un jumento, alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera
del lugar. Salió y espéteme en el dicho, y empecé mi jornada. Iba entre
mí diciendo: "Allá quedarás, bellaco, deshonra buenos, jinete de
gaznates."

Consideraba yo que iba a la corte, donde nadie me conocía--que era la
cosa que más me consolaba--, y que había de valerme por mi habilidad.
Allí propuse de colgar los hábitos en llegando, y sacar vestidos cortos
al uso.

Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar
nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa
puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien
puesto; el cuello abierto, el sombrero de lado. Sospeché que era algún
caballero que dejaba atrás su coche; y así, emparejando, le saludé.
Miróme y dijo: "Irá vuestra merced, señor licenciado, en ese borrico con
harto más descanso que yo con todo mí aparato." Yo, que entendí que lo
decía por coche y criados que dejaba atrás, dije: "En verdad, señor, que
lo tengo por más apacible caminar que el del coche; porque--aunque
vuestra merced vendrá en el que trae detrás con regalo--aquellos vuelcos
que da inquietan." "¿Cuál coche detrás?"--dijo él muy alborotado. Y al
volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se le
rompió una agujeta que traía, la cual era tan sola, que tras verme tan
muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que de la
camisa no se veía sino una ceja, dije: "Por Dios, señor, que si vuestra
merced no aguarda a sus criados, yo no puedo socorrerle, porque vengo
también atacado únicamente." "Si hace vuestra merced burla--dijo él con
las cachondas en la mano--, vaya; porque no entiendo eso de los
criados." Y aclaróseme tanto--en materia de ser pobre--, que me confesó,
a media legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir
en el borrico un rato, no le era posible pasar a la corte, por ir
cansado de caminar con las bragas en los puños. Y movido a compasión, me
apeé; y como él no podía sacar las calzas, húbele yo de subir. El, que
sintió lo que había visto, como discreto, se previno diciendo: "Señor
licenciado, no es oro todo lo que reluce; debióle parecer a vuestra
merced en viendo el cuello abierto y mi presencia que era un conde de
Irlos." Yo le dije que le aseguraba me había persuadido a muy diferentes
cosas de las que veía. "Pues aún no ha visto nada vuestra
merced--replicó--; que hay tanto que ver en mí como tengo, porque nada
cubro. Veme aquí vuestra merced un hidalgo hecho y derecho, de casa y
solar montañés que, si como sustento la nobleza me sustentara, no
hubiera más que pedir; pero ya, señor licenciado, sin pan ni carne no se
sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios todos la tienen
colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada. He vendido
hasta mi sepultura por no tener sobre qué caer muerto; que la hacienda
de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero--que todos estos
nombres tenía--se perdió en una fianza; sólo el don me ha quedado por
vender, y soy tan desgraciado, que no hallo nadie con necesidad de él,
pues quien no le tiene por ante, le tiene por postre, como el remendón,
azadón, podón, baldón, bordón y otros así."

Confieso que, aunque iban mezcladas con risas, las calamidades del dicho
hidalgo me enternecieron. Pregúntele cómo se llamaba y adonde iba y a
qué. Dijo que todos los nombres de su padre: Don Toribio Rodríguez
Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán. No se vio jamás nombre tan campanudo,
porque acababa en dan y empezaba en don, como son de badajo. Tras esto
dijo que iba a la corte, porque un mayorazgo raído como él, en un pueblo
corto olía mal a dos días y no se podía sustentar; y que por eso se iba
a la patria común, adonde caben todos y adonde hay mesas francas para
estómagos aventureros; "y nunca cuando entro en ella me faltan cien
reales en la bolsa, cama y de comer, porque la industria en la corte es
piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca". Yo vi el cielo
abierto, y en són de entretenimiento para el camino le rogué que me
contase cómo y con quienes viven en la corte los que no tenían, como él,
porque me parecía dificultoso; que no sólo se contenta cada uno con sus
cosas, sino que aun solicitan las ajenas. "Muchos hay de esos, hijo, y
muchos de estotros: es la lisonja llave maestra que abre a todas
voluntades en tales pueblos. Y porque no se te haga dificultoso lo que
digo, oye mis sucesos y mis trazas, y te asegurarás de esa duda."

Lo primero has de saber que en la corte siempre el más necio y el más
sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que
disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros
de gentes--como yo--que no se les conoce raíz ni mueble ni otra cosa de
la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con
diferentes nombres: unos nos llamamos caballeros hebenes; otros hueros,
chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la
industria; pasamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran
trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes,
polilla de los bodegones y convidados por fuerza; susténtamonos así del
aire y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro y
representamos un capón: entrará uno a visitarnos en nuestras casas y
hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves,
mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de
gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo, para
honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando al huésped: "¿Es posible
que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza?--Perdone vuestra
merced, que han comido aquí unos amigos, y estos criados...." etc. Quien
no nos conoce, cree que es así, y pasa por convite.

Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno
media vez, sabemos su casa, y siempre a hora de mascar--que se sepa que
está en la mesa--decimos que nos llevan sus amores, porque tal
entendimiento no le hay en el mundo. Si nos pregunta si hemos comido, si
ellos no han empezado, decimos que no; si nos convidan, no aguardamos al
segundo convite, porque de estas aguardadas nos han sucedido grandes
vigilias; si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien el
ave, pan o carne, o lo que fuere, para tomar ocasión de engullir un
bocado, decimos: "Ahora deje vuestra merced, que le quiero servir de
maestresala; que solía, Dios le tenga en el cielo--y nombramos un señor
muerto, duque o conde--, gustar más de verme partir que de comer."
Diciendo esto, tomamos el cuchillo, y partimos bocaditos, y al cabo
decimos: "¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera
en no probarlo: ¡qué buena mano tiene!" Y diciendo y haciendo, va en
prueba el medio plato; el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y
todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún
convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido,
haciendo creer a los frailes que es más devoción que necesidad.

Tenemos de memoria para lo que toca a vestirnos toda la ropería vieja;
y como en oirás partes hay hora señalada para oración, la tenemos
nosotros para remendarnos. Estudiamos posturas contra la luz, pues en
día claro andamos con las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias
con solos los tobillos, porque si se abren las rodillas se verá el
ventanaje. No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra
cosa y no tenga historia; _verbi gratia:_ bien ve vuestra merced esta
ropilla; pues primero fue gregüescos, nieta de una capa y biznieta de un
capuz, que fué en su principio, y ahora espera salir para soletas y
otras muchas cosas. Los escarpines primero son pañizuelos, habiendo sido
toallas y antes camisas, hijas de sábanas, y después de esto nos
aprovechamos para papel, y en el papel escribimos y después hacemos de
él polvos para resucitar los zapatos, que de incurables los he visto yo
hacer revivir con semejantes medicamentos. Y por no gastar en barberos
prevenimos siempre de aguardar que otro de los nuestros tenga pelambre y
entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del Evangelio:
"Ayudaos como buenos hermanos."

Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en
pollino, por las calles públicas, y a ir en coche una vez al año, aunque
sea en la arquilla o trasera; pero si alguna vamos dentro del coche, es
de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de
fuera, haciendo cortesías por que nos vean todos, y hablando a los
amigos y conocidos aunque miren a otra parte.

"¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca: encajamos
duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por
deudos, y advertimos que los tales señores o estén muertos o muy
lejos."

"Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las
piernas en pelo, sin media ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por
qué ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le puede faltar a
un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no. Lo
uno porque así es gran ornato de la persona, y después de haberle vuelto
de una parte a otra, es de sustento porque se ceba el hombre en el
almidón, chupándole con destreza. Y al fin, señor licenciado, un
caballero de nosotros ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya se ve
en el hospital; pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey
con poco que tenga,"

Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me
embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta Las
Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho hidalgo,
que no traía blanca, y yo me hallaba obligado a sus avisas, porque con
ellos abrí los ojos a muchas cosas.

Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche,
madrugamos y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.

[Don Toribio conduce al Buscón a casa de sus amigos, los caballeros
chirles, quienes le admiten en su cofradía. Comienza don Pablos su nueva
azarosa vida; pero su mala ventura quiso que un alguacil prendiese a la
vieja que gobernaba y encubría a los estafadores, descubriéndose por
ella toda la maraña, y dando con todos en la cárcel.

Logra salir de la prisión don Pablos, merced a su ingenio y al dinero
que da a los carceleros.

Se suceden después diversos lances en los que sale siempre malparado, y
decide encaminarse a Toledo, donde ni le conocían ni conocía a nadie.]

En una posada topé una compañía de farsantes que iban a Toledo; llevaban
tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había
sido mío del estudio de Alcalá, y había renegado y metídose al oficio.
Díjele lo que me importaba el ir allá y salir de la corte.

Al fin me hizo amistad--por mi dinero--de alcanzar de los demás lugar
para que yo fuese con ellos.

Yo--acaso--comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo,
que me acordaba de cuando muchacho, y represéntelo de suerte que les di
codicia; y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la
compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar
en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y
yo, que tenía necesidad de arrimo, concertéme por dos años con el autor;
hícele escritura de estar con él, y dióme mi ración y representaciones,
y con tanto llegamos a Toledo. Diéronme que estudiase tres o cuatro
loas, y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz. Yo puse
cuidado en todo, y eché la primera loa en el lugar; era de una nave--de
lo que son todas--que venía destrozada y sin provisión; decía lo de:
"Este es el puerto"; llamaba a la gente _senado_; pedía perdón de las
faltas y silencio, y éntreme. Hubo un vítor de rezado, y al fin parecí
bien en el teatro. Representamos una comedia de un representante
nuestro, que yo me admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el
serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente
lega; y está ya de manera esto, que no hay autor que no escriba
comedias, ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos;
que me acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega y
Ramón, no había otra cosa. Al fin, la comedia se hizo el primer día, y
no la entendió nadie; al segundo empezárnosla y quiso Dios que empezaba
por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que si no, a manos de
mal membrillo, tronchos y badeas acabo. No se ha visto tal torbellino; y
ello merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin
propósito en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer reír, y
al desatar de la maraña no había más de casarse todos y allá vas. Al fin
tuvimos nuestro merecido. Tratamos mal al compañero poeta; y yo,
diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase,
díjome que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso de uno, y
otro de otro había hecho la capa de pobre, de remiendo, y que el daño
no había estado sino en lo mal zurcido.

No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por
hallarme con algún natural a la poesía, y más que tenía ya conocimiento
con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en
el arte. Y con esto y representar pasaba la vida; que pasado un mes que
había que estábamos en Toledo haciendo muchas comedias buenas, y también
enmendando el yerro pasado--que con esto ya yo tenía nombre, y había
llegado a llamarme _Alonsete_, porque yo había dicho llamarme Alonso; y
por otro nombre me llamaban el _Cruel_, por serlo una figura que había
hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar--, tenía ya
tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la
compañía. Hablaba ya de entender de la comedia, murmuraba de los
famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo
natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el
adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a leer
comedia, yo era el que la oía. Al fin, animado con este aplauso,
estréneme como poeta en un romancico, y luego hice un entremés, y no
pareció mal.

Atrevíme a una comedia, y porque no escapase de ser divina cosa, la hice
de Nuestra Señora del Rosario.

Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi
aspiraba ya a ser autor.

Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi afrenta,
la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía
comedia, al desván; y allí me estaba y allí comía. Subía una moza con la
vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando
recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que a la hora
y punto que la moza iba subiendo por la escalera--que era angosta y
oscura--con dos platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y
daba grandes gritos componiendo mi comedia: decía:

      Guarda el oso, guarda el oso,
    que me deja hecho pedazos,
    y baja tras ti furioso.

¿Qué entendió la moza--que era gallega--como oyó decir "baja tras ti" y
"me deja"? Que era verdad y que la avisaba; va a huir, y con la
turbación písase la saya y rueda toda la escalera; derrama la olla y
quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba
un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí, ya estaba toda la
vecindad conmigo, preguntando por el oso; y aun contándoles yo como
había sido ignorancia de la moza--porque era lo que he referido de la
comedia--, aún no lo querían creer. No comí aquel día; supiéronlo los
compañeros, y fué celebrado el cuento en la ciudad. Y de estas cosas me
sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de poeta y no salí
del mal estado.

Sucedió, pues, que mi autor--que siempre paran en esto--, sabiendo que
en Toledo le había ido bien, le ejecutaron por no sé qué deudas, y le
pusieron en la cárcel; con lo cual nos desmembramos todos, y echó cada
uno por su parte. Yo--si va a decir verdad--, aunque los compañeros me
querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios,
y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con dineros y bien
puesto, no traté más que de holgarme.

Despedíme de todos; tomé mi camino para Sevilla, donde, como en tierra
más ancha, quise probar ventura.

Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente. Fuíme luego a apear al
mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que se
llamaba Mata, y ahora se decía--por parecerle nombre de poco
ruido--Matorral. Trataba en vidas, y era tendero de cuchilladas, y no le
iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le habían
dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar; decía: "No hay
tal maestro como el bien acuchillado"; y tenía razón, porque la cara era
una cuera y él un cuero. Díjome que me había de ir a cenar con él y
otras camaradas, y que ellos me volverían al mesón.

Fuí, llegamos a su posada, y dijo: "Ea, quite la capa vucé y parezca
hombre, que verá esta noche todos los buenos hijos de Sevilla; abaje ese
cuello y agobie de espaldas, la capa caída--que siempre andamos nosotros
de capa caída--y ese hocico de tornillo, gestos a un lado y a otro, y
haga vucé de la _j_, _h_, y de la _h, j;_ y diga conmigo: _jerida,
mojino, jumo, pahería, mohar, habalí_ y _harro_ de vino." Tomélo de
memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo
no se llamaba espada, que bien podía. "Bébase--me dijo---esta media
azumbre de vino puro; que si no da vaharada no parecerá valiente."
Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de
ellos con cuatro zapatos de gotosos por caras, andando a lo columpio, no
cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos, los sombreros
empinados sobre las frentes, altas las faldillas de delante, que
parecían diademas, un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas
y espadas, las conteras en conversación con el calcañar derecho, los
ojos derribados, la vista fuerte, bigotes buídos a lo cuerno y barbas
turcas, como caballos. Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi
amigo le dijeron--con voces mohínas, sisando palabras--: "Seidor." "So
compadre", respondió mi ayo. Sentáronse; y para preguntar quién era yo,
no hablaron palabra, sino el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y
empujando hacia mí el labio de abajo, me señaló; a lo cual mi maestro de
novicios satisfizo empuñando la barba y mirando hacia abajo; y con
esto, con mucha alegría se levantaron todos, y me abrazaron e hicieron
muchas fiestas, y yo de la propia manera a ellos, que fué lo mesmo que
si catara cuatro diferentes vinos. Llegó la hora de cenar; vinieron a
servir a la mesa unos grandes picaros, que los bravos llaman _cañones_.
Sentámonos todos juntos a la mesa: aparecióse luego el alcaparrón, y con
esto empezaron--por bienvenido--a beber a mi honra, que yo de ninguna
manera, hasta que la vi beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado
y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo toda
llena de vino, y allí se echaba de bruces el que quería hacer la razón:
contentóme la penadilla. A dos veces no hubo hombre que conociese al
otro. Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos;
murieron de brindis a brindis veinte o treinta sin confesión.
Recetáronsele al asistente mil puñaladas: tratóse de la buena memoria de
Domingo Tiznado y Gayón; derramóse vino en cantidad al alma de
Escamilla. Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al
malogrado Alonso Alvarez. Ya a mi compañero con estas cosas se le
desconcertó el reloj de la cabeza, y dijo, algo ronco, tomando un pan
con las dos manos y mirando a la luz: "Por ésta, que es la cara de Dios,
y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes
quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre
Tuerto." Levantóse entre ellos alarido disforme, y sacando las dagas,
lo juraron, poniendo las manos cada uno en un borde de la artesa; y
echándose sobre ella de hocicos, dijeron: "Así como bebemos este vino,
hemos de beber la sangre a todo acechador." "¿Quién es este Alonso
Alvarez--pregunté--, que tanto se ha sentido su muerte?" "Mancebo--dijo
el uno--lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero. Vamos; que
me retientan los demonios." Con esto salimos de casa a montería de
corchetes.

Yo, como iba entregado al vino, y había renunciado en su poder mis
sentidos, no advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la
Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando
sacando las espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos
cuerpos de corchetes de sus malas ánimas al primer encuentro. El
alguacil puso la justicia en sus pies, apeló por la calle arriba dando
voces; no lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y al fin nos
acogimos a la iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la
justicia, y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en los
cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que
hubiese perdido la justicia dos corchetes y huído el alguacil de un
racimo de uva, que entonces lo éramos nosotros. Pasábamoslo en la
iglesia notablemente, súpome bien y mejor que todas esta vida, hasta
morir. Estudié la jacarandina, y a pocos días era rabí de los otros
rufianes. La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la
puerta; pero con todo, de media noche abajo rondábamos disfrazados.

Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en
perseguirme--no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado,
como obstinado pecador--, determiné de pasarme a Indias a ver si mudando
mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fuéme peor, pues nunca mejora su
estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.

[Ilustración: ]



MATEO ALEMÁN



GUZMÁN DE ALFARACHE


(Parte I, libro I, capítulo III.)

Era yo muchacho, vicioso y regalado, criado en Sevilla, sin castigo de
padre, la madre viuda, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y
sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de
Toledo, o tanto; hacíaseme de mal dejar mi casa, deudos y amigos, demás
que es dulce amor el de la patria. Siéndome forzoso no pude excusarlo;
alentábame mucho el deseo de ver mundo, ir a reconocer en Italia mi
noble parentela; salí, que no debiera (bien pude decir), tarde y con
mal; creyendo hallar copioso remedio, perdí el poco que tenía; sucedióme
lo que al perro con la sombra de la carne. Apenas había salido de la
puerta, cuando, sin poderlo resistir, dos Nilos reventaron de mis ojos
que, regándome el rostro en abundancia, quedó todo de lágrimas bañado;
esto y querer anochecer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por
donde iba.

Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca distancia,
sentéme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita.
Allí hice de nuevo alarde de mi vida y discursos della; quisiera
volverme, por haber salido mal apercibido, con poco acuerdo y poco
dinero para viaje tan largo, que aun para corto no llevaba, y sobre
tantas desdichas (que cuando comienzan vienen siempre muchas, y
enzarzadas unas de otras como cerezas) era viernes en la noche y algo
escura, no había cenado ni merendado; si fuera día de carne, que a la
salida de la ciudad, aunque fuera naturalmente ciego, el olor me llevara
en alguna pastelería a comprar un pastel con que me entretuviera y
enjugara el llanto, el mal fuera menos.

Entonces eché de ver cuánto se siente más el bien perdido y la
diferencia que hace del hambriento el harto; todos los trabajos comiendo
se pasan; donde la comida falta, no hay bien que llegue ni mal que no
sobre, gusto que dure ni contento que asista; todos riñen sin saber por
qué, ninguno tiene culpa, unos a otros se la ponen, todos trazan y son
quimeristas, todo es entonces gobierno y filosofía.

Vime con ganas de cenar y sin qué poder llegar a la boca, salvo agua
fresca de una fuente que allí estaba; no supe qué hacer ni a qué puerta
echar; lo que por una parte me daba osadía, por otra me acobardaba;
hallábame entre miedos y esperanzas, el despeñadero a los ojos, y lobos
a las espaldas; anduve vacilando; quise ponerlo en las manos de Dios;
entré en la iglesia; hice mi oración, breve, pero no sé si devota; no me
dieron lugar para más, por ser hora de cerrarla y recogerse.

Cerróse la noche, y con ella mis imaginaciones, mas no los manantiales y
llanto; quédeme con él dormido, sobre un poyo del portal, acá fuera; no
sé qué lo hizo, si es que por ventura las melancolías quiebran el sueño,
como lo dió a entender el montañés que, llevando a enterrar a su mujer,
iba en piernas, descalzo y el sayo al revés, lo de dentro afuera. En
aquella tierra están las casas apartadas, y algunas muy lejos de la
iglesia, y pasando por la taberna vió que vendían vino blanco; fingió
quererse quedar a otra cosa y dijo: "Anden, señores, con la malograda,
que en un trote les alcanzo." Así se entró en la taberna, y de un
sorbito en otro emborrachóse y quedóse dormido; cuando los del
acompañamiento volvieron del entierro y lo hallaron tendido en el suelo,
lo llamaron; él, recordando, les dijo: "Mal hora, señores, perdonen sus
mercedes, que ma Dios non hay así cosa que tanta sed y sueño poña como
sinsaborios."

Así yo, que ya era del sábado el sol salido casi con dos horas cuando
vine a saber de mí; no sé si despertara tan presto, si los panderos y
bailes de unas mujeres que venían a velar aquel día (con el tañer y
cantar) no me recordaran.

Levantéme, aunque tarde, hambriento y soñoliento, sin saber dónde
estaba, que aún me parecía cosa de sueño; cuando vi que eran veras, dije
entre mí: "Echada está la suerte, vaya Dios conmigo", y con resolución
comencé mi camino; pero no sabía para dónde iba ni en ello había
reparado.

Tomé por el uno que me fué más hermoso, fuera donde fuera; los pies me
llevaban, yo los iba siguiendo, saliera bien o mal, a monte o a poblado.

Quísome parecer a lo que aconteció en la Mancha con un médico falso: no
sabía letra ni había nunca estudiado; traía consigo gran cantidad de
recetas, a una parte de jarabes y otra de purgas, y cuando visitaba
algún enfermo (conforme al beneficio que le había de hacer), metía la
mano y sacaba una, diciendo primero entre sí: "Dios te la depare buena",
y así le daba la con que primero encontraba.

Este día, cansado de andar solas dos leguas pequeñas (que para mí eran
las primeras que había caminado), ya me pareció haber llegado a los
antípodas y, como el famoso Colón, descubierto un nuevo mundo. Llegué a
una venta sudando, polvoroso, despeado, triste y, sobre todo, el molino
picado, el diente agudo y el estómago débil. Sería mediodía; pedí de
comer; dijeron que no había sino sólo huevos; no tan malo si lo fueran,
que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor, o que la zorra le
matase la gallina, se quedaron empollados, y por no perderlo todo los
iba encajando con otros buenos; no lo hizo así conmigo, que cuales ella
me los dió le pague Dios la buena obra.

Vióme muchacho, boquirrubio, cariampollado, chapetón; parecíle un Juan
de buena alma, y que para mí bastara que quiera. Preguntóme: "¿De dónde
sois, hijo?", díjele que de Sevilla; llegóseme más, y dándome con su
mano unos golpecitos debajo de la barba, me dijo: "Y ¿adónde va el
bobito?" Díjele que iba a la corte, que me diese de comer. Hízome sentar
en un banquillo cojo, y encima de un poyo me puso un barredero de horno,
con un salero hecho de un suelo de cántaro, un tiesto de gallinas lleno
de agua y una media hogaza más negra que los manteles. Luego me sacó en
un plato una tortilla de huevos, que pudiera llamarse mejor emplastro de
huevos: ellos, el pan, jarro, agua, salero, sal, manteles y la huéspeda,
todo era de lo mismo.

Halléme bozal, el estómago apurado, las tripas de posta, que se daban
unas con otras de vacías; comí como el puerco la bellota, todo a hecho,
aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecitos
huesos de los sin ventura pollos, que era hacerme como cosquillas en las
encías. Bien es verdad que se me hizo novedad y aun en el gusto, que no
era como el de los otros huevos que solía comer en casa de mi madre;
mas dejé pasar aquel pensamiento con la hambre y el cansancio,
pareciéndome que la distancia de la tierra lo causaba, y que no eran
todos de un sabor ni calidad; yo estaba de manera que aquello tuve por
buena suerte.

Tan propio es al hambriento no reparar en salsas, como al necesitado
salir a cualquier partido; era poco; pasélo presto con las buenas ganas;
en el pan me detuve algo más, comílo a pausas, porque siendo muy malo,
fué forzoso llevarlo despacio, dando lugar unos bocados a otros que
bajasen al estómago por su orden; comencélo por las cortezas y acabélo
con el migajón, que estaba hecho engrudo; mas tal cual no le perdoné
letra, ni les hice a las hormigas migaja de cortesía, más que si fuera
poco y bueno.

Recobréme con esto, y los pies cansados de llevar el vientre, aunque
vacío y de poco peso, ya, siendo lleno y cargado, llevaba a los pies; y
así, proseguí mi camino.


(Parte I, libro III, capítulo X.)

Entré a servir al embajador de Francia. Mucho se deseaba servir de mí.
En resolución, allá me fuí; hacíame buen tratamiento. No me señaló plaza
ni oficio, generalmente le servía, y generalmente me pagaba, porque o él
me lo daba o en su presencia yo me lo tomaba en buen donaire; y,
hablando claro, yo era su gracioso, aunque otros me llamaban truhán,
chocarrero.

Cuando teníamos convidados (que nunca faltaban), a los de cumplimiento
servíamos con gran puntualidad, desvelando los ojos en los suyos; mas a
otros importunos, necios, enfadosos, que sin ser llamados venían, a los
tales hacíamos mil burlas; a unos dejándolos sin beber, que parecía que
los criábamos como melones de secano; a otros dándoles a beber poco y
con tazas penadas; a otros, muy aguado; a otros, caliente. Los manjares
que gustaban alzábamos el plato; servíamosles con salado, acedo y mal
sazonado; buscábamos invención para que les hiciese mal provecho por
aventarlos de casa.

Una vez aconteció que como un inglés hubiese dicho ser pariente del
embajador, y tuviese costumbre de venírsenos a casa cada día, mi amo se
enfadaba, porque, demás de no ser su deudo, no tenía calidades ni sangre
noble y, sobre todo, era en su conversación impertinente y cansado.

Hombres hay que aporrean un alma con sólo mirarlos, y otros que se meten
en ella, dejándose querer, sin ser en las manos del uno ni en el poder
del otro el odio ni el amor; pero éste parecía todo de plomo, mazo
sordo.

Una noche, al principio de la cena, comenzó a desvanecerse con mil
mentiras, de que el embajador se enfadó mucho; y no pudiéndolo sufrir,
me dijo en español, que el otro no entendía: "Mucho me cansa este loco."
No lo dijo a tonto ni a sordo, luego lo tomé a destajo; fuíle sirviendo
con picantes que llamaban a gran priesa; era el vino suavísimo; la copa,
grande, iba menudeando de polvillo en polvillo, se levantó una polvareda
de la maldición. Cuando lo vi rendido y a treinta con rey, quitéme una
liga y púsele una lazada floja en la garganta del pie, atando el cabo
con el de la silla, y levantados los manteles, cuando se quiso ir a su
posada, no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo,
hechas las muelas y los dientes, y aun deshechas las narices; de manera
que, vuelto en sí otro día y viendo su mal recaudo, de corrido no volvió
más a casa.

Bien me fué con éste, porque sucedió como deseaba; mas no todos los
lances salen ciertos; algunos hay que pican y se llevan el cebo, dejando
burlado al pescador y el anzuelo vacío, como me aconteció con un soldado
español de más de la marca.

Oye lo que con él nos pasó: entrósenos en casa a mediodía, cuando el
embajador quería comer, y, llegándose a él, dijo ser un soldado natural
de Córdoba, caballero principal della, y que tenía necesidad, y así le
suplicaba se la favoreciese haciéndole merced. El embajador sacó un
bolsico donde tenía unos escudos y, sin abrirlo, se lo dió, por
parecerle que sería lo que significaba; no contento con esto deteníase
contándole quién era y las ocasiones en que se había hallado de lance en
lance.

[Ilustración: "...no tan presto se alzó del asiento como estaba en el
suelo...."]

Como el embajador se fué a sentar a la mesa, él hizo lo mesmo,
llegando una silla se puso a un lado; yo iba por la vianda, y veo que
otros dos gerifaltes como él entraban por el corredor, y como lo vieron
comiendo, dijo el uno al otro: "¡Voto a tal!, que parece que el pecado
nos ata los pies, que siempre este chocarrero nos gana por la mano; que
su padre no se hartó de calzarme borceguíes en Córdoba, donde tiene su
ejecutoria en el techo de la iglesia mayor; ésta es la desventura
nuestra, que si pasamos veinte caballeros a Italia, vienen cien infames
cual éste a quererse igualar, haciéndose de los godos; como entienden
que no los conocen, piensan que engomándose el bigote y arrojando cuatro
plumas han alcanzado la nobleza y valentía, siendo unos infames
gallinas, pues no pelean plumas ni bigotes, sino corazones y hombres;
vámonos, que yo le haré que desocupe nuestros cuarteles y busque
rancho."

Fuéronse y quedé considerando cuáles eran todos tres y cómo se honraban.
Con los dos me indigné, pareciéndome fanfarrones y por su mal término en
hablar, infamando al que se deseaba honrar sin ajena costa ni perjuicio,
y con el huésped cobré gran ira por su demasiado atrevimiento: debiérase
contentar con lo que le habían dado, sin ser desvergonzado, poniéndose a
la tabla con semejante desenvoltura. Dióme deseo de burlarlo y
aprovechóme poco, pues pensando ir por lana volví trasquilado, no
saliendo con mi intento.

Pidióme de beber, hice que no lo entendía; señalóme con la mano,
acerquéme junto a él; volvió tercera vez con una seña, volví los ojos a
otra parte, mesurando el rostro, y viendo que o lo hacía de tonto o de
bellaco, no me lo volvió a pedir, antes dijo al embajador: "No le
parezca a vuestra señoría ser atrevimiento el haberme sentado a su
tabla, sin ser convidado, por las muchas excusas que tengo para ello. Lo
primero, la calidad de mi persona y noble linaje, merece toda merced y
cortesía. Lo segundo, ser soldado me hace digno de cualquier tabla de
príncipe, por haberlo conquistado mis obras y profesión. Lo último, que
se junta con lo dicho mi mucha necesidad a quien todo es común: la mesa
de vuestra señoría se pone para remediar a semejantes, con que no es
necesario esperar a ser convidados los que fueren soldados de mis
prendas. Suplico a vuestra señoría se sirva mandar que se me dé la
bebida, que como soy español, no me han entendido, aunque la he pedido."

Mi amo nos mandó darle de beber, y así no pudo excusarse, pero jurésela
que me lo había de pagar; trújele la bebida en un vaso muy pequeño y
penado y el vino aguado, de manera que lo dejé casi con la misma sed.
Mas como a los españoles poco les basta para entretener y sufrir mucho
trabajo, con aquella gota pasó como pudo hasta el fin de la comida,
habiéndonos todos los pajes conjurado de no mirarle a la cara en cuanto
comiese, porque no volviese con señas a pedirlo y nos obligase a darle;
mas él supo mucho, que cuando satisfizo el estómago de viandas, y
servían los postres, volvió a decir: "Con licencia de vuestra señoría
voy a beber", y levantándose de la silla fuese al aparador, y en el vaso
mayor que halló echó vino y agua lo que le pareció; y satisfecha la sed,
quitándose la gorra y haciendo una reverencia, salió de la sala y se fué
sin hablar otra palabra.



LUIS VÉLEZ DE GUEVARA

EL DIABLO COJUELO

(Tranco primero.)


Daban en Madrid por los fines de julio las once de la noche en punto,
hora menguada para las calles y, por faltar la luna, juridición y
término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte,
cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos,
caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y
estudiante de profesión, con un broquel y una espada aprendía a gato por
el caballete de un tejado, huyendo de la justicia que le venía a los
alcances, y como solicitaba escaparse no dificultó arrojarse desde el
ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buharda de otro que
estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se
brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los
pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales
naufragios, y dejando burlados a los ministros del agarro.

A estas horas, el estudiante, no creyendo su buen suceso, y
deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región
donde había arribado por las extranjeras extravagancias de que estaba
adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de
garabato que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles
infinitos, mal compuestos y desordenados, escritos de caracteres
matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y
cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún
astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y
llegándose don Cleofás curiosamente--como quien profesaba letras y era
algo inclinado a aquella profesión--, a revolver los trastos
astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que pareciéndole
imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la intención,
papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico;
escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no
era engaño de la fantasía sino verdad que se había venido por los oídos,
dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente: "--¿Quién diablos
suspira aquí?" Respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y
extranjera: "--Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma adonde
me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su
punta de la mágica negra, y es mi alcaide dos años habrá." "--Luego
¿familiar eres?"--dijo el estudiante. "--Harto me holgara
yo--respondieron de la redoma--que entrara uno de la Santa Inquisición
para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta
jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me
puedes rescatar, porque éste a cuyos conjuros estoy asistiendo, me tiene
ocioso sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del
infierno." Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de
Alcalá, le dijo: "--¿Eres demonio plebeyo o de los de nombre?" "--Y de
gran nombre--le repitió el vidrio endemoniado--y el más celebrado en
entrambos mundos." "--¿Eres Lucifer?"--le repitió don Cleofás. "--Ese es
demonio de dueñas y escuderos", le respondió la voz. "--¿Eres
Satanás?"--prosiguió el estudiante. "--Ese es demonio de tahures y
carreteros." "--¿Eres Barrabás, Belial, Astarot?", finalmente le dijo el
estudiante. "--Esos son demonios de mayores ocupaciones--le respondió la
voz--, demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo; yo soy las
pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra, y al
fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo." "--Con decir eso--dijo el
estudiante--hubiéramos ahorrado lo demás." "--Sácame deste Argel de
vidrio, que yo te pagaré el rescate." "--¿Cómo quieres--dijo don
Cleofás--que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?"
"--A mí no me es concedido, dijo el espíritu, y a ti sí, por ser hombre
con el privilegio del bautismo y libre del poder de los conjuros; toma
un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma, que luego en
derramándome me verás visible y palpable."

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el
espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico gigote del vaso,
inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se
conservaba el tal diablillo, y volviendo los ojos al suelo vió en él un
hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de
chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato
de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos,
erizados los bigotes; los pelos de su nacimiento ralos, uno aquí y otro
allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que,
si no es para venderlos en manojos, no se juntan.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para
salir del desván; y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole:
"--Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te
debo", salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro
de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la
torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj
daba la una.



ÍNDICE

                                       Págs.

LA VIDA DE LAZARILLO                      5

CERVANTES: RINCONETE Y CORTADILLO        69

QUEVEDO: HISTORIA DE LA VIDA DEL BUSCÓN 113

MATEO ALEMÁN: GUZMÁN DE ALFARACHE       189

VÉLEZ DE GUEVARA: EL DIABLO COJUELO     203





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Novela Picaresca" ***

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