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Title: La condenada - (cuentos)
Author: Blasco Ibáñez, Vicente, 1867-1928
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La condenada - (cuentos)" ***

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

LA

CONDENADA

(CUENTOS)

PROMETEO SOCIEDAD EDITORIAL Germaías. F S.--VALENCIA



ÍNDICE


La condenada.

Primavera triste.

El parásito del tren.

Golpe doble.

En el mar.

¡Hombre al agua!

Un silbido.

Lobos de mar.

Un funcionario.

El ogro.

La barca abandonada.

El maniquí.

La paella del _roder_.

En la boca del horno.

El milagro de San Antonio.

Venganza moruna.

La pared.



LA CONDENADA


Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda.

Tenía por mundo aquellas cuatro paredes, de un triste blanco de hueso,
cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto
ventanillo cruzado por hierros que cortaban la azul mancha del cielo; y
del suelo de ocho pasos apenas si era suya la mitad, por culpa de
aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándosele en
el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez
los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado
en vida, pudriéndose, como animado cadáver, en aquel ataúd de argamasa,
deseando, como un mal momentáneo que pondría fin a otros mayores, que
llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de
una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo barrido todos los
días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del
petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se
dejaba tener ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le
quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el
consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarlas como buenas
compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría
entretenido domesticándola.

No querían en aquella sepultura otra vida que la suya. Un día, ¡cómo lo
recordaba Rafael! un gorrión se asomó a la reja, cual chiquillo
travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la
extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y
flaco, estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos
pañuelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceñido a los
riñones. Debió asustarle aquella cara angulosa y pálida, con una
blancura de papel mascado; le causó miedo la extraña vestidura de
pielroja y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de
sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El único rumor de vida era el de los compañeros de cárcel que paseaban
por el patio. Aquéllos al menos veían cielo libre sobre sus cabezas, no
tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas libres y
no les faltaba con quien hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia
sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael.
Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las
más apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban
libertad, y los que a aquellas horas transitaban por las calles tal vez
no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe
cuántas cosas!... ¡Tan buena que es la libertad!... Merecían estar
presos.

Se hallaba en el último escalón de la desgracia. Había intentado fugarse
perforando el suelo en un arranque de desesperación, y la vigilancia
pesaba sobre él incesante y abrumadora. Si cantaba, le imponían
silencio. Quiso divertirse rezando con monótono canturreo las oraciones
que le enseñó su madre, y que sólo recordaba a trozos, y le hicieron
callar. ¿Es que intentaba fingirse loco? ¡A ver, mucho silencio! Le
querían guardar entero, sano de cuerpo y espíritu, para que el verdugo
no operase en carne averiada.

¡Loco! No quería serlo; pero el encierro, la inmovilidad y aquel rancho
escaso y malo acababan con él. Tenía alucinaciones; algunas noches,
cuando cerraba los ojos molestado por la luz reglamentaria, a la que en
catorce meses no había podido acostumbrarse, le atormentaba la
estrafalaria idea de que, durante el sueño, sus enemigos, aquellos que
querían matarle y a los que no conocía, le habían vuelto el estómago del
revés. Por esto le atormentaban con crueles pinchazos.

De día, pensaba siempre en su pasado, pero con memoria tan extraviada,
que creía repasar la historia de otro.

Recordaba su regreso al pueblecillo natal, después de su primera campaña
carcelaria por ciertas lesiones; su renombre en todo el distrito, la
concurrencia de la taberna de la plaza admirándole con entusiasmo: _¡Qué
bruto es Rafael!_ La mejor chica del pueblo se decidía a ser su mujer,
más por miedo y respeto que por cariño; los del Ayuntamiento le
halagaban dándole escopeta de guardia rural, espoleando su brutalidad
para que la emplease en las elecciones; reinaba sin obstáculos en todo
el término; tenía a _los otros_, los del bando caído, en un puño, hasta
que, cansados éstos, se ampararon de cierto valentón que acababa de
llegar también de presidio, y lo colocaron frente a Rafael.

¡Cristo! El honor profesional estaba en peligro: había que mojar la
oreja a aquel individuo que le quitaba el pan. Y como consecuencia
inevitable, vino la espera al acecho, el escopetazo certero y el
rematarle con la culata para que no chillase ni patalease más.

En fin... ¡cosas de hombres! Y como final, la cárcel, donde encontró
antiguos compañeros; el juicio, en el cual todos los que antes le
temían se vengaban de los miedos que habían pasado declarando contra él;
la terrible sentencia y aquellos malditos catorce meses aguardando que
llegase de Madrid la muerte, que, por lo que se hacía esperar, sin duda
venía en carreta.

No le faltaba valor. Pensaba en Juan Portela, en el guapo Francisco
Esteban, en todos aquellos esforzados paladines cuyas hazañas, relatadas
en romances, había escuchado siempre con entusiasmo, y se reconocía con
tanto redaño como ellos para afrontar el último trance.

Pero algunas noches saltaba del petate como disparado por oculto muelle,
haciendo sonar su cadena con triste repiqueteo. Gritaba como un niño y
al mismo tiempo se arrepentía, queriendo ahogar inútilmente sus gemidos.
Era otro el que gritaba dentro de él; otro al que hasta entonces no
había conocido, que tenía miedo y lloriqueaba, no calmándose hasta que
bebía media docena de tazas de aquel brebaje ardiente de algarrobas e
higos que en la cárcel llamaban café.

Del Rafael antiguo que deseaba la muerte para terminar pronto no quedaba
más que la envoltura. El nuevo, formado dentro de aquella sepultura,
pensaba con terror que ya iban transcurridos catorce meses y
forzosamente estaba próximo el fin. De buena gana se conformaría a pasar
otros catorce en aquella miseria.

Era receloso; presentía que la desgracia se acercaba; la veía en todas
partes: en las caras curiosas que asomaban al ventanillo de la puerta;
en el cura de la cárcel, que ahora entraba todas las tardes, como si
aquella celda infecta fuera el lugar mejor para hablar con un hombre y
fumar un pitillo. ¡Malo, malo!

Las preguntas no podían ser más inquietantes. ¿Que si era buen
cristiano? Sí, padre. Respetaba a los curas, nunca les había faltado en
tanto así; y de la familia no habría qué decir; todos los suyos habían
ido al monte a defender al rey legítimo, porque así lo mandó el párroco
del pueblo. Y para afirmar su cristianismo, sacaba de entre los guiñapos
del pecho un mazo mugriento de escapularios y medallas.

Después el cura le hablaba de Jesús, que, con ser Hijo de Dios, se había
visto en situación semejante a la suya, y esta comparación entusiasmaba
al pobre diablo. ¡Cuánto honor!... Pero aunque halagado por tal
semejanza, deseaba que se realizase lo más tarde posible.

Llegó el día en que estalló sobre él como un trueno la terrible noticia.
Lo de Madrid había terminado. Llegaba la muerte; pero a gran velocidad,
por el telégrafo.

Al decirle un empleado que su mujer con la niña que había nacido estando
él preso rondaba la cárcel pidiendo verle, no dudó ya. Cuando aquélla
dejaba el pueblo, es que la _cosa_ estaba encima.

Le hicieron pensar en el indulto, y se agarró con furia a esta última
esperanza de todos los desgraciados. ¿No lo alcanzaban otros? ¿Por qué
no él? Además, nada le costaba a aquella buena señora de Madrid librarle
la vida; era asunto de echar una _firmica_.

Y a todos los enterradores oficiales que por curiosidad o por deber le
visitaban, abogados, curas y periodistas, les preguntaba, tembloroso y
suplicante, como si ellos pudieran salvarle:

--¿Qué les parece? ¿echará la _firmica_?

Al día siguiente le llevarían a su pueblo, atado y custodiado, como una
res brava que va al matadero. Ya estaba allá el verdugo con sus trastos.
Y aguardando el momento de salida para verle, se pasaba las horas a la
puerta de la cárcel la mujer, una mocetona morena, de labios gruesos y
cejas unidas, que al mover la hueca faldamenta de zagalejos superpuestos
esparcía un punzante olor de establo.

Estaba como asombrada de estar allí; en su mirada boba leíase más
estupefacción que dolor, y únicamente al fijarse en la criatura agarrada
a su enorme pecho derramaba algunas lágrimas.

¡Señor! ¡Qué vergüenza para la familia! Ya sabía ella que aquel hombre
terminaría así. ¡Ojalá no hubiese nacido la niña!

El cura de la cárcel intentaba consolarla. Resignación: aún podía
encontrar, después de viuda, un hombre que la hiciese más feliz. Esto
parecía enardecerla, y hasta llegó a hablar de su primer novio, un buen
chico, que se retiró por miedo a Rafael, y que ahora se acercaba a ella
en el pueblo y en los campos como si quisiera decirla algo.

--No; hombres no faltan--decía tranquilamente con un conato de
sonrisa--. Pero soy muy cristiana; y si cojo otro hombre, quiero que sea
como Dios manda.

Y al notar la mirada de asombro del cura y de los empleados de la
puerta, volvió a la realidad, reanudando su difícil lloro.

Al anochecer llegó la noticia. Sí que había _firmica_. Aquella señora
que Rafael se imaginaba allá en Madrid con todos los esplendores y
adornos que el Padre Eterno tiene en los altares, vencida por telegramas
y súplicas, prolongaba la vida del sentenciado.

El indulto produjo en la cárcel un estrépito de mil demonios, como si
cada uno de los presos hubiera recibido la orden de libertad.

--Alégrate, mujer--decía en el rastrillo el cura a la mujer del
indultado--. Ya no matan a tu marido: no serás viuda.

La muchacha permaneció silenciosa, como si luchara con ideas que se
desarrollaban en su cerebro con torpe lentitud.

--Bueno--dijo al fin tranquilamente--. ¿Y cuándo saldrá?

--¡Salir!... ¿Estás loca? Nunca. Ya puede darse por satisfecho con
salvar la vida. Irá a África, y como es joven y fuerte, aún puede ser
que viva veinte años.

Por primera vez lloró la mujer con toda su alma; pero su llanto no era
de tristeza, era de desesperación, de rabia.

--Vamos, mujer--decía el cura irritado--. Eso es tentar a Dios. Le han
salvado la vida, ¿lo entiendes? Ya no está condenado a muerte... ¿Y aún
te quejas?

Cortó su llanto la mocetona. Sus ojos brillaron con expresión de odio.

--Bueno: que no lo maten... Me alegro. Él se salva, pero yo, ¿qué?...

Y tras larga pausa, añadió entre gemidos que estremecían su carne
morena, ardorosa y de brutal perfume:

--Aquí la condenada soy yo.



Primavera triste


El viejo _Tòfol_ y la chicuela vivían esclavos de su huerto, fatigado
por una incesante producción.

Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo de tierra--no mayor
que un pañuelo, según decían los vecinos--, y del cual sacaban su pan a
costa de fatigas.

Vivían como lombrices de tierra, siempre pegados al surco, y la chica, a
pesar de su desmedrada figura, trabajaba como un peón.

La apodaban la _Borda_, porque la difunta mujer del tío _Tòfol_, en su
afán de tener hijos que alegrasen su esterilidad, la había sacado de la
Inclusa. En aquel huertecillo había llegado a los diez y siete años, que
parecían once, a juzgar por lo enclenque de su cuerpo, afeado aun más
por la estrechez de unos hombros puntiagudos, que se curvaban hacia
fuera, hundiendo el pecho e hinchando la espalda.

Era fea: angustiaba a sus vecinas y compañeras de mercado con su
tosecilla continua y molesta, pero todas la querían. ¡Criatura más
trabajadora!... Horas antes de amanecer ya temblaba de frío en el huerto
cogiendo fresas o cortando flores; era la primera que entraba en
Valencia para ocupar su puesto en el mercado; en las noches que
correspondía regar, agarraba valientemente el azadón, y con las faldas
remangadas ayudaba al tío _Tòfol_ a abrir bocas en los ribazos, por
donde se derramaba el agua roja de la acequia, que la tierra sedienta y
requemada engullía con un _glu-glu_ de satisfacción, y los días que
había remesa para Madrid, corría como loca por el huerto saqueando los
bancales, trayendo a brazadas los claveles y rosas, que los embaladores
iban colocando en cestos.

Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra. Había que estar
siempre sobre ella, tratándola como bestia reacia que necesita del
látigo para marchar. Era una parcela de un vasto jardín, en otro tiempo
de los frailes, que la desamortización revolucionaria había subdivido.
La ciudad, ensanchándose, amenazaba tragarse al huerto con su
desbordamiento de casas, y el tío _Tòfol_, a pesar de hablar mal de sus
terruños, temblaba ante la idea de que la codicia tentase al dueño y los
vendiese como solares.

Allí estaba su sangre; sesenta años de trabajo. No había un pedazo de
tierra inactiva, y aunque el huerto era pequeño, desde el centro no se
veían las tapias, tal era la maraña de árboles y plantas: nispereros y
magnolieros, bancales de claveles, bosquecillos de rosales, tupidas
enredaderas de pasionarias y jazmines; todo cosas útiles que daban
dinero y eran apreciadas por los tontos de la ciudad.

El viejo, insensible a las bellezas de su huerto, sólo ansiaba la
cantidad. Quería segar, las flores en gavillas, como si fuesen hierba;
cargar carros enteros de frutas delicadas; y este anhelo de viejo avaro
e insaciable martirizaba a la pobre _Borda_, que, apenas descansaba un
momento, vencida por la tos, oía amenazas o recibía como brutal
advertencia un terronazo en los hombros.

Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban. Estaba matando a la
chica; cada vez tosía más. Pero el viejo contestaba siempre lo mismo.
Había que trabajar mucho; el amo no atendía razones en San Juan y en
Navidad, cuando correspondía entregarle las pagas del arrendamiento. Si
la chica tosía era por vicio, pues no la faltaban su libra de pan y su
rinconcito en la cazuela de arroz; algunos días hasta comía golosinas:
morcilla de cebolla y sangre, por ejemplo. Los domingos la dejaba
divertirse, enviándola a misa como una señora, y aún no hacía un año que
le dio tres pesetas para una falda. Además, era su padre, y el tío
_Tòfol_, como todos los labriegos de raza latina, entendía la paternidad
cual los antiguos romanos: con derecho de vida y muerte sobre los hijos,
sintiendo cariño en lo más hondo de su voluntad, pero demostrándolo con
las cejas fruncidas y alguno que otro palo.

La pobre _Borda_ no se quejaba. Ella también quería trabajar mucho,
para que nunca les quitasen el pedazo de tierra en cuyos senderos aún
creía ver el zagalejo remendado de aquella vieja hortelana a la que
llamaba madre cuando sentía la caricia de sus manos callosas.

Allí estaba cuanto quería en el mundo: los árboles que la conocieron de
pequeña y las flores que en su pensamiento inocente hacían surgir una
vaga idea de maternidad. Eran sus hijas, las únicas muñecas de su
infancia, y todas las mañanas experimentaba la misma sorpresa viendo las
flores nuevas que surgían de sus capullos, siguiéndolas paso a paso en
su crecimiento, desde que, tímidas, apretaban sus pétalos como si
quisieran retroceder y ocultarse, hasta que, con repentina audacia,
estallaban como bombas de colores y perfumes.

El huerto entonaba para ella una sinfonía interminable, en la cual la
armonía de los colores confundíase con el rumor de los árboles y el
monótono canturreo de aquella acequia fangosa y poblada de renacuajos,
que, oculta por el follaje, sonaba como arroyuelo bucólico.

En las horas de fuerte sol, mientras el viejo descansaba, iba la _Borda_
de un lado a otro, mirando las bellezas de su familia, vestida de gala
para celebrar la estación. ¡Qué hermosa primavera! Sin duda Dios
cambiaba de sitio en las alturas, aproximándose a la tierra.

Las azucenas de blanco raso erguíanse con cierto desmayo, como las
señoritas en traje de baile que la pobre _Borda_ había admirado muchas
veces en las estampas; las camelias de color carnoso hacían pensar en
tibias desnudeces, en grandes señoras indolentemente tendidas, mostrando
los misterios de su piel de seda; las violetas coqueteaban ocultándose
entre las hojas para denunciarse con su perfume; las margaritas
destacábanse como botones de oro mate; los claveles, cual avalancha
revolucionaria de gorros rojos, cubrían los bancales y asaltaban los
senderos; arriba, las magnolias balanceaban su blanco cogollo como un
incensario de marfil que esparcía incienso más grato que el de las
iglesias; y los pensamientos, maliciosos duendes, sacaban por entre el
follaje sus gorras de terciopelo morado, y guiñando las caritas
barbadas, parecían decir a la chica:

--_Borda, Bordeta_... nos asamos. ¡Por Dios! ¡Un poquito de agua!

Lo decían, sí: oíalo ella, no con los oídos, sino con los ojos, y aunque
los huesos le dolían de cansada, corría a la acequia a llenar la
regadera y bautizaba a aquellos pilluelos, que bajo la ducha saludaban
agradecidos.

Sus manos temblaban muchas veces al cortar el tallo de las flores. Por
su gusto, allí se quedarían hasta secarse; pero era preciso ganar dinero
llenando los cestos que se enviaban a Madrid.

Envidiaba a las flores viéndolas emprender su viaje. ¡Madrid!... ¿Cómo
sería aquello? Veía una ciudad fantástica, con suntuosos palacios como
los de los cuentos, brillantes salones de porcelana con espejos que
reflejaban millares de luces, hermosas señoras que lucían sus flores; y
tal era la intensidad de la imagen, que hasta creía haber visto todo
aquello en otros tiempos, tal vez antes de nacer.

En aquel Madrid estaba el señorito, el hijo de los amos, con el cual
había jugado muchas veces siendo niña, y de cuya presencia huyó
avergonzada el verano anterior, cuando hecho un arrogante mozo visitó el
huerto. ¡Pícaros recuerdos! Ruborizábase pensando en las horas que
pasaban, siendo niños, sentados en un ribazo, oyendo ella la historia de
Cenicienta, la niña despreciada convertida repentinamente en arrogante
princesa.

La eterna quimera de todas las niñas abandonadas venía entonces a
tocarle en la frente con sus alas de oro. Veía detenerse un soberbio
carruaje en la puerta del huerto; una hermosa señora la llamaba. «_¡Hija
mía... por fin te encuentro!_», ni más ni menos que en la leyenda;
después los trajes magníficos; un palacio por casa, y al final, como no
hay príncipes disponibles a todas horas para casarse, contentábase
modestamente con hacer su marido al señorito.

¿Quién sabe?... Y cuando más esperanzas ponía en el porvenir, la
realidad la despertaba en forma de brutal terronazo, mientras el viejo
decía con voz áspera:

--Arre, que ya es hora.

Y otra vez al trabajo, a dar tormento a la tierra, que se quejaba
cubriéndose de flores.

El sol caldeaba el huerto, haciendo estallar las cortezas de los
árboles; en las tibias madrugadas sudaba al trabajar, como si fuese
mediodía, y a pesar de esto, la _Borda_ cada vez más delgada y tosiendo
más.

Parecía que el color y la vida que faltaban en su rostro se lo
arrebataban las flores, a las que besaba con inexplicable tristeza.

Nadie pensó en llamar al médico. ¿Para qué? Los médicos cuestan dinero,
y el tío _Tòfol_ no creía en ellos. Los animales saben menos que las
personas, y lo pasan tan ricamente sin médicos ni boticas.

Una mañana, en el mercado, las compañeras de la _Borda_ cuchicheaban
mirándola compasivamente. Su fino oído de enferma lo escuchó todo.
Caería cuando cayesen las hojas.

Estas palabras fueron su obsesión. Morir... ¡Bueno, se resignaba!; por
el pobre viejo lo sentía, falto de ayuda. Pero al menos que muriese como
su madre, en plena primavera, cuando todo el huerto lanzaba risueño su
loca carcajada de colores; no cuando se despuebla la tierra, cuando los
árboles parecen escobas y las apagadas flores de invierno se alzan
tristes en los bancales.

¡Al caer las hojas!... Aborrecía los árboles cuyos ramajes se desnudaban
como esqueletos del otoño; huía de ellos como si su sombra fuese
maléfica, y adoraba una palmera que el siglo anterior plantaron los
frailes, esbelto gigante con la cabeza coronada de un surtidor de
ondulantes plumas.

Aquellas hojas no caían nunca. Sospechaba que tal vez fuese una
tontería, pero su afán por lo maravilloso la hacía sentir esperanzas, y
como el que busca la curación al pie de imagen milagrosa, la pobre
_Borda_ pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera, que la
protegía con la sombra de sus punzantes ramas.

Allí pasó el verano, viendo cómo el sol, que no la calentaba, hacía
humear la tierra, cual si de sus entrañas fuese a sacar un volcán; allí
la sorprendieron los primeros vientos de otoño, que arrastraban las
hojas secas. Cada vez estaba más delgada, más triste, con una finura tal
de percepción, que oía los sonidos más lejanos. Las mariposas blancas
que revoloteaban en torno de su cabeza pegaban las alas en el sudor frío
de su frente, como si quisieran tirar de ella arrastrándola a otros
mundos donde las flores nacen espontáneamente, sin llevarse en sus
colores y perfumes algo de la vida de quien las cuida.

       *       *       *       *       *

Las lluvias de invierno no encontraron ya a la _Borda_. Cayeron sobre el
encorvado espinazo del viejo, que estaba, como siempre, con la azada en
las manos y la vista en el surco.

Cumplía su destino con la indiferencia y el valor de un disciplinado
soldado de la miseria. Trabajar, trabajar mucho, para que no faltase la
cazuela de arroz y la paga al amo.

Estaba solo; la chica había seguido a su madre; lo único que le quedaba
era aquella tierra traidora que se chupaba a las personas y acabaría con
él, cubierta siempre de flores, perfumada y fecunda, como si sobre ella
no hubiese soplado la muerte. Ni siquiera se había secado un rosal para
acompañar a la pobre _Borda_ en su viaje.

Con sus setenta años tenía que hacer el trabajo de dos; removía la
tierra con más tenacidad que antes, sin levantar la cabeza, insensible a
la engañosa belleza que le rodeaba, sabiendo que era el producto de su
esclavitud, animado únicamente por el deseo de vender bien la hermosura
de la Naturaleza, y segando las flores con el mismo entusiasmo que si
segara hierba.



El parásito del tren


--Sí--dijo el amigo Pérez a todos sus contertulios de café--; en este
periódico acabo de leer la noticia de la muerte de un amigo. Sólo le vi
una vez, y sin embargo, le he recordado en muchas ocasiones. ¡Vaya un
amigo!

Le conocí una noche viniendo a Madrid en el tren correo de Valencia. Iba
yo en un departamento de primera; en Albacete bajó el único viajero que
me acompañaba, y al verme solo, como había dormido mal la noche
anterior, me estremecí voluptuosamente, contemplando los almohadones
grises. ¡Todos para mí! ¡Podía extenderme con libertad! ¡Flojo sueño iba
a echar hasta Alcázar de San Juan!

Corrí el velo verde de la lámpara, y el departamento quedó en deliciosa
penumbra. Envuelto en mi manta me tendí de espaldas, estirando mis
piernas cuanto pude, con la deliciosa seguridad de no molestar a nadie.

El tren corría por las llanuras de la Mancha, áridas y desoladas. Las
estaciones estaban a largas distancias; la locomotora extremaba su
velocidad, y mi coche gemía y temblaba como una vieja diligencia.
Balanceábame sobre la espalda, impulsado por el terrible traqueteo; las
franjas de los almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas sobre
las cornisas de red; temblaban los cristales en sus alvéolos de las
ventanillas, y un espantoso rechinar de hierro viejo venía de abajo. Las
ruedas y frenos gruñían; pero conforme se cerraban mis ojos, encontraba
yo en su ruido nuevas modulaciones, y tan pronto me creía mecido por las
olas como me imaginaba que había retrocedido hasta la niñez y me
arrullaba una nodriza de bronca voz.

Pensando en tales tonterías me dormí, oyendo siempre el mismo estrépito
y sin que el tren se detuviera.

Una impresión de frescura me despertó. Sentí en la cara como un golpe de
agua fría. Al abrir los ojos vi el departamento solo; la portezuela de
enfrente estaba cerrada. Pero sentí de nuevo el soplo frío de la noche,
aumentado por el huracán que levantaba el tren con su rápida marcha, y
al incorporarme vi la otra portezuela, la inmediata a mí, completamente
abierta, con un hombre sentado al borde de la plataforma, los pies
afuera en el estribo, encogido, con la cabeza vuelta hacia mí y unos
ojos que brillaban mucho en su cara oscura.

La sorpresa no me permitía pensar. Mis ideas estaban aún embrolladas por
el sueño. En el primer momento sentí cierto terror supersticioso. Aquel
hombre que se aparecía estando el tren en marcha, tenía algo de los
fantasmas de mis cuentos de niño.

Pero inmediatamente recordé los asaltos en las vías férreas, los robos
de los trenes, los asesinatos en un vagón, todos los crímenes de esta
clase que había leído, y pensé que estaba solo, sin un mal timbre para
avisar a los que dormían al otro lado de los tabiques de madera. Aquel
hombre era seguramente un ladrón.

El instinto de defensa, o más bien el miedo, me dio cierta ferocidad. Me
arrojé sobre el desconocido, empujándolo con codos y rodillas; perdió el
equilibrio; se agarró desesperadamente al borde de la portezuela, y yo
seguí empujándole, pugnando por arrancar sus crispadas manos de aquel
asidero para arrojarlo a la vía. Todas las ventajas estaban de mi parte.

--¡Por Dios, señorito!--gimió con voz ahogada--. ¡Señorito, déjeme
usted! Soy un hombre de bien.

Y había tal expresión de humildad y angustia en sus palabras, que me
sentí avergonzado de mi brutalidad y le solté.

Se sentó otra vez, jadeante y tembloroso, en el hueco de la portezuela,
mientras yo quedaba en pie, bajo la lámpara, cuyo velo descorrí.

Entonces pude verle. Era un campesino pequeño y enjuto; un pobre diablo
con una zamarra remendada y mugrienta y pantalones de color claro. Su
gorra negra casi se confundía con el tinte cobrizo y barnizado de su
cara, en la que se destacaban los ojos de mirada mansa y una dentadura
de rumiante, fuerte y amarillenta, que se descubría al contraerse los
labios con sonrisa de estúpido agradecimiento.

Me miraba como un perro a quien se ha salvado la vida, y mientras tanto,
sus oscuras manos buscaban y rebuscaban en la faja y en los bolsillos.
Esto casi me hizo arrepentir de mi generosidad, y mientras el gañán
buscaba, yo metía mano en el cinto y empuñaba mi revólver. ¡Si creía
pillarme descuidado!

Tiró él de su faja, sacando algo, y yo le imité sacando de la funda
medio revólver. Pero lo que él tenía en la mano era un cartoncito
mugriento y acribillado, que me tendió con satisfacción.

--Yo también llevo billete, señorito.

Lo miré y no pude menos de reírme.

--¡Pero si es antiguo!--le dije--.Ya hace años que sirvió... ¿Y con esto
te crees autorizado para asaltar el tren y asustar a los viajeros?

Al ver su burdo engaño descubierto, puso la cara triste, como si
temiera que intentase yo otra vez arrojarlo a la vía. Sentí compasión y
quise mostrarme bondadoso y alegre, para ocultar los efectos de la
sorpresa, que aún duraban en mí.

--Vamos, acaba de subir. Siéntate dentro y cierra la portezuela.

--No, señor--dijo con entereza--. Yo no tengo derecho a ir dentro como
un señorito. Aquí, y gracias, pues no tengo dinero.

Y con la firmeza de un testarudo se mantuvo en su puesto.

Yo estaba sentado junto a él; mis rodillas en sus espaldas. Entraba en
el departamento un verdadero huracán. El tren corría a toda velocidad;
sobre los yermos y terrosos desmontes resbalaba la mancha roja y oblicua
de la abierta portezuela, y en ella la sombra encogida del desconocido y
la mía. Pasaban los postes telegráficos como pinceladas amarillas sobre
el fondo negro de la noche, y en los ribazos brillaban un instante, cual
enormes luciérnagas, los carbones encendidos que arrojaba la locomotora.

El pobre hombre estaba intranquilo, como si le extrañase que le dejara
permanecer en aquel sitio. Le di un cigarro, y poco a poco fue hablando.

Todos los sábados hacía el viaje del mismo modo. Esperaba el tren a su
salida de Albacete; saltaba a un estribo, con riesgo de ser despedazado,
corría por fuera todos los vagones buscando un departamento vacío, y en
las estaciones apeábase poco antes de la llegada y volvía a subir
después de la salida, siempre mudando de sitio para evitar la vigilancia
de los empleados, unos malas almas enemigos de los pobres.

--Pero ¿dónde vas?--le dije--. ¿Por qué haces este viaje, exponiéndote a
morir despedazado?

Iba a pasar el domingo con su familia. ¡Cosas de pobres! Él trabajaba
algo en Albacete y su mujer servía en un pueblo. El hambre les había
separado. Al principio hacía el viaje a pie; toda una noche de marcha, y
cuando llegaba por la mañana caía rendido, sin ganas de hablar con su
mujer ni de jugar con los chicos. Pero ya se había espabilado, ya no
tenía miedo, y hacía el viaje tan ricamente en tren. Ver a sus hijos le
daba fuerzas para trabajar más toda la semana. Tenía tres: el pequeño
era así, no levantaba dos palmos del suelo, y sin embargo, le reconocía,
y al verle entrar tendíale los brazos al cuello.

--Pero tú--le dije--, ¿no piensas que en cualquiera de estos viajes tus
hijos van a quedarse sin padre?

Él sonreía con confianza. Entendía muy bien aquel _negocio_. No le
asustaba el tren cuando llegaba como caballo desbocado, bufando y
echando chispas. Era ágil y sereno; un salto, y arriba; y en cuanto a
bajar, podría darse algún coscorrón contra los desmontes, pero lo
importante era no caer bajo las ruedas.

No le asustaba el tren, sino los que iban dentro. Buscaba los coches de
primera, porque en ellos encontraba departamentos vacíos. ¡Qué de
aventuras! Una vez abrió sin saberlo el reservado de señoras; dos monjas
que iban dentro gritaron: «¡Ladrones!», y él, asustado, se arrojó del
tren y tuvo que hacer a pie el resto del camino.

Dos veces había estado próximo, como aquella noche, a ser arrojado a la
vía por los que despertaban sobresaltados con su presencia; y buscando
en otra ocasión un departamento oscuro, tropezó con un viajero que, sin
decir palabra, le asestó un garrotazo, echándolo fuera del tren. Aquella
noche sí que creyó morir.

Y al decir esto señalaba una cicatriz que cruzaba su frente.

Le trataban mal, pero él no se quejaba. Aquellos señores tenían razón
para asustarse y defenderse. Comprendía que era merecedor de aquello y
algo más; pero ¡qué remedio, si no tenía dinero y deseaba ver a sus
hijos!

El tren iba limitando su marcha, como si se aproximara a una estación.
Él, alarmado, comenzó a incorporarse.

--Quédate--le dije--; aún falta otra estación para llegar adonde tú vas.
Te pagaré el billete.

--¡Quiá! No, señor--repuso con candidez maliciosa--. El empleado al dar
el billete se fijaría en mí: muchas veces me han perseguido sin
conseguir verme de cerca, y no quiero me tomen la filiación. ¡Feliz
viaje, señorito! Es usted la más buena alma que he encontrado en el
tren.

Se alejó por los estribos, agarrado al pasamano de los coches, y se
perdió en la oscuridad, buscando sin duda otro sitio donde continuar
tranquilo su viaje.

Paramos ante una estación pequeña y silenciosa. Iba a tenderme para
dormir, cuando en el andén sonaron voces imperiosas.

Eran los empleados, los mozos de la estación y una pareja de la Guardia
civil que corrían en distintas direcciones, como cercando a alguien.

«¡Por aquí!... ¡Cortadle el paso!... Dos por el otro lado para que no
escape... Ahora ha subido sobre el tren... ¡Seguidle!»

Y efectivamente, al poco rato las techumbres de los vagones temblaban
bajo el galope loco de los que se perseguían en aquellas alturas.

Era, sin duda, el _amigo_, a quien habían sorprendido, y viéndose
cercado se refugiaba en lo más alto del tren.

Estaba yo en una ventanilla de la parte opuesta al andén, y vi cómo un
hombre saltaba desde la techumbre de un vagón inmediato, con la
asombrosa ligereza que da el peligro. Cayó de bruces en un campo, gateó
algunos instantes, como si la violencia del golpe no le permitiera
incorporarse, y al fin huyó a todo correr, perdiéndose en la oscuridad
la mancha blanca de sus pantalones.

El jefe del tren gesticulaba al frente de los perseguidores, algunos de
los cuales reían.

--¿Qué es eso?--pregunté al empleado.

--Un tuno que tiene la costumbre de viajar sin billete--contestó con
énfasis--. Ya le conocemos hace tiempo: es un parásito del tren, pero
poco hemos de poder o le pillaremos para que vaya a la cárcel.

Ya no vi más al pobre parásito. En invierno, muchas veces me he acordado
del infeliz, y le veía en las afueras de una estación, tal vez azotado
por la lluvia y la nieve, esperando el tren que pasa como un torbellino,
para asaltarlo con la serenidad del valiente que asalta una trinchera.

Ahora leo que en la vía férrea, cerca de Albacete, se ha encontrado el
cadáver de un hombre despedazado por el tren... Es él, el pobre
parásito. No necesito más datos para creerlo: me lo dice el corazón.
«Quien ama el peligro en él perece.» Tal vez le faltó inesperadamente la
destreza. Tal vez algún viajero, asustado por su repentina aparición,
fue menos compasivo que yo y le arrojó bajo las ruedas. ¡Vaya usted a
preguntar a la noche lo que pasaría!

--Desde que le conocí--terminó diciendo el amigo Pérez--han pasado
cuatro años. En este tiempo he corrido mucho, y viendo cómo viaja la
gente por capricho o por combatir el aburrimiento, más de una vez he
pensado en el pobre gañán, que, separado de su familia por la miseria,
cuando quería besar a sus hijos tenía que verse perseguido y acosado
como alimaña feroz y desafiar la muerte con la serenidad de un héroe.



Golpe doble


Al abrir la puerta de su barraca encontró Sènto un papel en el ojo de la
cerradura...

Era un anónimo destilando amenazas. Le pedían cuarenta duros y debía
dejarlos aquella noche en el horno que tenía frente a su barraca.

Toda la huerta estaba aterrada por aquellos bandidos. Si alguien se
negaba a obedecer tales demandas, sus campos aparecían talados, las
cosechas perdidas, y hasta podía despertar a media noche sin tiempo
apenas para huir de la techumbre de paja que se venía abajo entre llamas
y asfixiando con su humo nauseabundo.

_Gafarró_, que era el mozo mejor plantado de la huerta de Ruzafa, juró
descubrirles, y se pasaba las noches emboscado en los cañares, rondando
por las sendas, con la escopeta al brazo; pero una mañana lo encontraron
en una acequia con el vientre acribillado y la cabeza deshecha... y
adivina quién te dio.

Hasta los papeles de Valencia hablaban de lo que sucedía en la huerta,
donde al anochecer se cerraban las barracas y reinaba un pánico egoísta,
buscando cada cual su salvación, olvidando al vecino. Y a todo esto, el
tío Batiste, alcalde de aquel distrito de la huerta, echando rayos por
la boca cada vez que las autoridades, que le respetaban como potencia
electoral, hablábanle del asunto, y asegurando que él y su fiel
alguacil, el _Sigró_, se bastaban para acabar con aquella calamidad.

A pesar de esto, Sènto no pensaba acudir al alcalde. ¿Para qué? No
quería oír en balde baladronadas y mentiras.

Lo cierto era que le pedían cuarenta duros, y si no los dejaba en el
horno le quemarían su barraca, aquella barraca que miraba ya como un
hijo próximo a perderse; con sus paredes de deslumbrante blancura, la
montera de negra paja con crucecitas en los extremos, las ventanas
azules, la parra sobre la puerta como verde celosía, por la que se
filtraba el sol con palpitaciones de oro vivo; los macizos de geranios y
dompedros orlando la vivienda, contenidos por una cerca de cañas; y más
allá de la vieja higuera el horno, de barro y ladrillos, redondo y
achatado como un hormiguero de África. Aquello era toda su fortuna, el
nido que cobijaba a lo más amado: su mujer, los tres chiquillos, el par
de viejos rocines, fieles compañeros en la diaria batalla por el pan, y
la vaca blanca y sonrosada que iba todas las mañanas por las calles de
la ciudad despertando a la gente con su triste cencerreo y dejándose
sacar unos seis reales de sus ubres siempre hinchadas.

¡Cuánto había tenido que arañar los cuatro terrones que desde su
bisabuelo venía regando toda la familia con sudor y sangre, para juntar
el puñado de duros que en un puchero guardaba enterrados bajo de la
cama! ¡En seguida se dejaba arrancar cuarenta duros!... Él era un hombre
pacífico; toda la huerta podía responder por él. Ni riñas por el riego,
ni visitas a la taberna, ni escopeta para echarla de majo. Trabajar
mucho para su Pepeta y los tres mocosos era su única afición; pero ya
que querían robarle, sabría defenderse. ¡Cristo! En su calma de hombre
bonachón despertaba la furia de los mercaderes árabes, que se dejan
apalear por el beduino, pero se tornan leones cuando les tocan su
hacienda.

Como se aproximaba la noche y nada tenía resuelto, fue a pedir consejo
al viejo de la barraca inmediata, un carcamal que sólo servía para segar
brozas en las sendas, pero de quien se decía que en la juventud había
puesto más de dos a pudrir tierra.

Le escuchó el viejo con los ojos fijos en el grueso cigarro que liaban
sus manos temblorosas cubiertas de caspa. Hacía bien en no querer soltar
el dinero. Que robasen en la carretera como los hombres, cara a cara,
exponiendo la piel. Setenta años tenía, pero podían irle con tales
cartitas. Vamos a ver; ¿tenía agallas para defender lo suyo?

La firme tranquilidad del viejo contagiaba a Sènto, que se sentía capaz
de todo para defender el pan de sus hijos.

El viejo, con tanta solemnidad como si fuese una reliquia, sacó de
detrás de la puerta la joya de la casa: una escopeta de pistón que
parecía un trabuco, y cuya culata apolillada acarició devotamente.

La cargaría él, que entendería mejor a aquel amigo. Las temblorosas
manos se rejuvenecían. ¡Allá va pólvora! Todo un puñado. De una cuerda
de esparto sacaba los tacos. Ahora una ración de postas, cinco o seis; a
granel los perdigones zorreros, metralla fina, y al final un taco bien
golpeado. Si la escopeta no reventaba con aquella indigestión de muerte,
sería misericordia de Dios.

Aquella noche dijo Sènto a su mujer que esperaba turno para regar, y
toda la familia le creyó, acostándose temprano.

Cuando salió, dejando bien cerrada la barraca, vio a la luz de las
estrellas, bajo la higuera, al fuerte vejete ocupado en ponerle el
pistón al _amigo_.

Le daría a Sènto la última lección, para que no errase el golpe. Apuntar
bien a la boca del horno y tener calma. Cuando se inclinasen buscando el
_gato_ en el interior... ¡fuego! Era tan sencillo, que podía hacerlo un
chico.

Sènto, por consejo del maestro, se tendió entre dos macizos de geranios
a la sombra de la barraca. La pesada escopeta descansaba en la cerca de
cañas apuntando fijamente a la boca del horno. No podía perderse el
tiro. Serenidad y darle al gatillo a tiempo. ¡Adiós, muchacho! A él le
gustaban mucho aquellas cosas; pero tenía nietos, y además estos asuntos
los arregla mejor uno sólo.

Se alejó el viejo cautelosamente, como hombre acostumbrado a rondar la
huerta, esperando un enemigo en cada senda.

Sènto creyó que quedaba solo en el mundo, que en toda la inmensa vega,
estremecida por la brisa, no había más seres vivientes que él y
_aquellos_ que iban a llegar. ¡Ojalá no viniesen! Sonaba el cañón de la
escopeta al temblar sobre la horquilla de cañas. No era frío, era miedo.
¿Qué diría el viejo si estuviera allí? Sus pies tocaban la barraca, y al
pensar que tras aquella pared de barro dormían Pepeta y los chiquitines,
sin otra defensa que sus brazos, y en los que querían robar, el pobre
hombre se sintió otra vez fiera.

Vibró el espacio, como si lejos, muy lejos, hablase desde lo alto la voz
de un chantre. Era la campana del Miguelete. Las nueve. Oíase el
chirrido de un carro rodando por un camino lejano. Ladraban los perros,
transmitiendo su fiebre de aullidos de corral en corral, y el _rac-rac_
de las ranas en la vecina acequia interrumpíase con los chapuzones de
los sapos y las ratas que saltaban de las orillas por entre las cañas.

Sènto contaba las horas que iban sonando en el Miguelete. Era lo único
que le hacía salir de la somnolencia y el entorpecimiento en que le
sumía la inmovilidad de la espera. ¡Las once! ¿No vendrían ya? ¿Les
habría tocado Dios en el corazón?

Las ranas callaron repentinamente. Por la senda avanzaban dos cosas
oscuras que a Sènto le parecieron dos perros enormes. Se irguieron: eran
hombres que avanzaban encorvados, casi de rodillas.

--Ya están ahí--murmuró, y sus mandíbulas temblaban.

Los dos hombres volvíanse a todos lados, como temiendo una sorpresa.
Fueron al cañar, registrándolo: acercáronse después a la puerta de la
barraca, pegando el oído a la cerradura, y en estas maniobras pasaron
dos veces por cerca de Sènto, sin que éste pudiera conocerles. Iban
embozados en mantas, por bajo de las cuales asomaban las escopetas.

Esto aumentó el valor de Sènto. Serían los mismos que asesinaron a
_Gafarró_. Había que matar para salvar la vida.

Ya iban hacia el horno. Uno de ellos se inclinó, metiendo las manos en
la boca y colocándose ante la apuntada escopeta. Magnífico tiro. Pero ¿y
el otro que quedaba libre?

El pobre Sènto comenzó a sentir las angustias del miedo, a sentir en la
frente un sudor frío. Matando a uno, quedaba desarmado ante el otro. Si
les dejaba ir sin encontrar nada, se vengarían quemándole la barraca.

Pero el que estaba en acecho se cansó de la torpeza de su compañero y
fue a ayudarle en la busca. Los dos formaban una oscura masa obstruyendo
la boca del horno. Aquella era la ocasión. ¡Alma, Sènto! ¡Aprieta el
gatillo!

El trueno conmovió toda la huerta, despertando una tempestad de gritos y
ladridos. Sènto vio un abanico de chispas, sintió quemaduras en la cara;
la escopeta se le fue y agitó las manos para convencerse de que estaban
enteras. De seguro que el _amigo_ había reventado.

No vio nada en el horno: habrían huido, y cuando él iba a escapar
también, se abrió la puerta de la barraca y salió Pepeta en enaguas, con
un candil. La había despertado el trabucazo y salía impulsada por el
miedo, temiendo por su marido que estaba fuera de casa.

La roja luz del candil, con sus azorados movimientos, llegó hasta la
boca del horno.

Allí estaban dos hombres en el suelo, uno sobre otro, cruzados,
confundidos, formando un solo cuerpo, como si un clavo invisible los
uniese por la cintura, soldándolos con sangre.

No había errado el tiro. El golpe de la vieja escopeta había sido doble.

Y cuando Sènto y Pepeta, con aterrada curiosidad, alumbraron los
cadáveres para verles las caras, retrocedieron con exclamaciones de
asombro.

Eran el tío Batiste, el alcalde, y su alguacil el _Sigró_.

La huerta quedaba sin autoridad, pero tranquila.



En el mar


A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.

--¡Antonio! ¡Antonio!

Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que
le avisaba para hacerse, a la mar.

Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con
Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama hablando de
los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el anterior,
los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. El
día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero
circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio,
guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la
condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por
cuenta propia.

El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las
noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas
había venido la carencia de pesca.

Las redes sólo sacaban algas o pez menudo; morralla de la que se deshace
en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadie
conseguía izar uno sobre su barca.

Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa;
debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado,
dueño del pueblo por sus judiadas, les amenazaba continuamente si no
entregaban _algo_ de los cincuenta duros con intereses que les había
prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera
que consumió todos sus ahorros.

Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve
años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.

--A ver si hoy tenéis más fortuna--murmuró la mujer desde la cama--. En
la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya no
querían fiarme en la tienda. ¡Ay, Señor! ¡Y qué oficio tan perro!

--Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá. Justamente vieron
ayer algunos un atún que va suelto; un _viejo_ que se calcula pesa más
de treinta arrobas. Figúrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros.

Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, un
solitario que, separado de su manada, volvía por la fuerza de la
costumbre a las mismas aguas que el año anterior.

Antoñico estaba ya de pie y listo para partir, con la gravedad y
satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al
hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los
roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerles.

Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al
muelle de los pescadores. El compadre les esperaba en la barca
preparando la vela.

La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada de
mástiles. Corrían sobre ella las negras siluetas de los tripulantes,
rasgaba el silencio el ruido de los palos cayendo sobre cubierta, el
chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la
oscuridad como enormes sábanas.

El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de
casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes,
todas aquellas familias venidas del interior en busca del mar. Cerca del
muelle, un caserón mostraba sus ventanas como hornos encendidos,
trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.

Era el Casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio. ¡Cómo
trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si
tuvieran que madrugar para ganarse el pan!

--¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.

El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontó
la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento.

La barca se arrastró primero mansamente sobre la tranquila superficie de
la bahía; después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estaban
fuera de puntas; en el mar libre.

Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y
por todos lados, sobre la mar negra, barcas y más barcas que se alejaban
como puntiagudos fantasmas resbalando sobre las olas.

El compadre miraba el horizonte.

--Antonio, cambia el viento.

--Ya lo noto.

--Tendremos mar gruesa.

--Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar.

Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuó
con la proa mar adentro.

Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el
mar un triángulo de fuego y las aguas hervían como si reflejasen un
incendio.

Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil y el
chicuelo en la proa explorando el mar. De la popa y las bordas pendían
cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De vez en
cuando tirón y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño
animado. Pero eran piezas menudas... nada.

Y así pasaron las horas; la barca siempre adelante, tan pronto acostada
sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor,
y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de agua
metido en la estrecha cala.

A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por la
parte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces
blancos.

--¡Pero Antonio!--exclamó el compadre--. ¿Es que vamos a Orán? Cuando la
pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro.

Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dirigirse a
tierra.

--Ahora--dijo alegremente--tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo.
Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.

Para cada uno un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a
puñetazos sobre la borda.

El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas
de larga y profunda ondulación.

--_¡Pae!_--gritó Antoñico desde la proa--, ¡un pez grande, _mu_
grande!... ¡Un atún!

Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres asomáronse
a la borda.

Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a
flor de agua su negro lomo de terciopelo; el solitario tal vez de que
tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente, pero con una
ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la
barca, y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.

Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejo
con un anzuelo grueso como un dedo.

Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien con
fuerza colosal tirase de ella deteniéndola en su marcha e intentando
hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies
de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela.
Pero de pronto el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a
emprender su marcha.

El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado. Tiraron de
él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad,
a pesar de su tamaño.

El compadre meneó tristemente la cabeza.

--Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y demos
gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.

--¿Dejarlo?--gritó el patrón--. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa
pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él! ¡A él!

Y haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se había
verificado el encuentro.

Puso un anzuelo nuevo; un enorme gancho, en el que ensartó varios
roveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo golpe iba
a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su
alcance!

El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecerse,
pero esta vez de un modo terrible. El atún estaba bien agarrado y tiraba
del sólido gancho, deteniendo la barca, haciéndola danzar locamente
sobre las olas.

El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en
turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de
gigantes, y de pronto la barca, como agarrada por oculta mano, se
acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.

Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se
vio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca recobró su
posición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instante
apareció el atún junto a la borda, casi a flor de agua, levantando
enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah, ladrón! ¡Por fin se
ponía a tiro! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo
implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el
hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el
animal se hundió en un rojo remolino.

Antonio respiró al fin. De buena se habían librado: todo duró algunos
segundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.

Miró la mojada cubierta y vio al compadre al pie del mástil, agarrado a
él, pálido, pero con inalterable tranquilidad.

--Creí que nos ahogábamos, Antonio. ¡Hasta he tragado agua! ¡Maldito
animal! Pero buenos golpes le has atizado. Ya verás como no tarda en
salir a flote.

--¿Y el chico?

Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la
respuesta.

No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó por la escotilla, esperando
encontrarlo en la cala. Se hundió en agua hasta la rodilla: el mar la
había inundado. ¿Pero quién pensaba en esto? Buscó a tientas en el
reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel de agua y los
aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.

--¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!

El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a
ir al agua? Atolondrado por algún golpe, se habría ido al fondo como una
bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.

Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar,
flotaba un objeto negro sobre las aguas.

--¡Allá está!

Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el
compañero amainaba la vela.

Nadó y nadó, pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de que
el objeto era un remo, un despojo de su barca.

Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más
lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca
que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se
contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.

El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo
único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era
esto manera de ganarse el pan?

Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su
hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las
olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.

Allí se hubiera quedado, allí habría muerto con su hijo. El compadre
tuvo que pescarlo y meterlo en la barca como un niño rebelde.

--¿Qué hacemos, Antonio?

Él no contestó.

--No hay que tomarlo así, hombre. Son cosas de la vida. El chico ha
muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos
nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero ahora, a lo
que estamos; a pensar que somos unos pobres.

Y preparando dos nudos corredizos apresó el cuerpo del atún y lo llevó a
remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de la estela.

El viento les favorecía, pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y
los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y con los
achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojando
paletadas de agua al mar.

Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le
impedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que,
mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del
hijo.

La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus
entrañas.

El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas
doradas por el sol de la tarde.

La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto
adormecidos.

--¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina?--gemía el infeliz.

Y temblaba como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar
son esclavos de la familia.

Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El
viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era
la música que tocaba en el paseo, frente al Casino. Por debajo de las
achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de
colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes
claros y vistosos de toda la gente de veraneo.

Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus
juguetes, o formaban alegres corros girando como ruedas de colores.

En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las
inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Pero
Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta,
escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas
arremolinaba el viento.

Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enorme
animal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas;
los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para
tocarle la enorme cola.

Rufina se abrió paso entre la gente, llegando hasta su marido, que con
la cabeza baja y una expresión estúpida oía las felicitaciones de los
amigos.

--¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?

El pobre hombre aún bajó más su cabeza. La hundió entre los hombros,
como si quisiera hacerla desaparecer, para no oír, para no ver nada.

--¿Pero dónde está Antoñico?

Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido,
le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Pero
no tardó en soltarle, y levantando los brazos, prorrumpió en espantoso
alarido.

--¡Ay, Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el
mar!

--Sí, mujer--dijo el marido lentamente con torpeza, balbuceando y como
si le ahogaran las lágrimas--. Somos muy desgraciados. El chico ha
muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar
comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para
obispos.

Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una crisis
nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas
desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas,
arañándose el rostro.

--¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...

Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían
lo que era aquello: casi todas habían pasado por trances iguales. La
levantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y emprendieron la
marcha hacia su casa.

Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de
llorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo brutal de
la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían
adquirir la hermosa pieza.

Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de
oro.

A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquella
pobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa.

--¡Antoñico! ¡Hijo mío!

Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostros
felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar la
desgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama de
la miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegre
locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con su soplo
la eterna hermosura del mar.



¡Hombre al agua!


Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd _San Rafael_, con
cargamento de sal para Gibraltar.

La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los sacos, formando
una montaña en torno del palo mayor. Para pasar de proa a popa, los
tripulantes iban por las bordas, sosteniéndose con peligroso equilibrio.

La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y un
vientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la gran vela
latina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de soplar, cayendo
desmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.

La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó después de la
maniobra de salida, y una vez rebañado el humeante caldero, en el que
hundían su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrón al grumete,
desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, para
reposar sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino y
zumo de sandía.

Quedó en el timón el tío _Chispas_, un tiburón desdentado, que acogió
con gruñidos de impaciencia las últimas indicaciones del patrón, y junto
a él su protegido Juanillo, un novato que hacía en el _San Rafael_ su
primer viaje, y le estaba muy agradecido al viejo, pues gracias a él
había entrado en la tripulación, matando así su hambre, que no era poca.

El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío almirante, un buque
encantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena de aquella
noche era la primera cena seria que había hecho en su vida.

Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi desnudo como un
salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y rezaba su
abuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas,
descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas que
perseguían al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pesca
menuda. Pero ahora, gracias al tío _Chispas_, que le tenía ley por haber
conocido a su padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo,
podía con todo derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevaba
zapatos, los primeros de su vida, unas soberbias piezas capaces de
navegar como una fragata, que le sumían en éxtasis de adoración. ¡Y aún
dicen que si el mar!... Vamos, hombre. El mejor oficio del mundo.

El tío _Chispas_, sin apartar la vista de la proa ni las manos del
timón, agachándose para sondear la oscuridad por entre la vela y el
montón de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera.

--Sí; no has escogido mal oficio. Pero tiene quiebras. Las verás...
cuando tengas mis años... Pero tu sitio no es aquí: anda a proa y avisa
si ves por delante alguna barca.

Juanillo corrió por la borda con la segura tranquilidad de un pillo de
playa.

--Cuidado, muchacho, cuidado.

Pero él ya estaba en la proa, y se sentó junto al botalón, escudriñando
la negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban como serpeantes
hilos de luz las inquietas estrellas.

El laúd, panzudo y pesado, caía tras cada ola con un solemne _¡chap!_
que hacía saltar las gotas hasta la cara de Juanillo: dos hojas de
espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa, y la
hinchada vela, con el vértice perdido en la oscuridad, parecía arañar la
bóveda del cielo.

¿Qué rey ni qué almirante estaba mejor que el serviola del _San
Rafael_?... _¡Brrru!_ Su estómago repleto le saludaba con eructos de
satisfacción. ¡Vida más hermosa!...

--¡Tío _Chispas_!... Un cigarro.

--Ven por él.

Juanillo corrió por la borda del lado contrario al viento. Era un
momento de calma, y la vela rizábase con fuertes palpitaciones, próxima
a caer desmayada a lo largo del mástil. Pero vino una ráfaga, y la barca
se inclinó con rápido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio,
agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante ésta se hinchó como
si fuera a estallar, lanzando al laúd en una carrera veloz y empujando
con fuerza tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo disparó
como una catapulta.

En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo creyó oír éste un grito,
palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que gritaba: «¡Hombre
al agua!»

Bajó mucho, ¡mucho! atolondrado por el golpe, por lo inesperado de la
caída; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra vez en la
superficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco viento...
¿Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscurísimo; más oscuro que
visto desde la cubierta del laúd.

Creyó distinguir una mancha blanca, un fantasma que flotaba a lo lejos
sobre las olas, y nadó hacia él. Pero de pronto ya no lo vio allí, sino
en lugar opuesto, y cambió de dirección, desorientado, nadando con
fuerza, pero sin saber dónde iba.

Los zapatos pesaban como si fuesen de plomo: ¡malditos! ¡la primera vez
que los usaba! La gorra le martirizaba las sienes; los pantalones
tiraban de él como si llegasen hasta el fondo del mar y fuesen barriendo
las algas.

--Calma, Juanillo, calma.

Y arrojó la gorra, lamentando no poder hacer lo mismo con los zapatos.

Tenía confianza. Él nadaba mucho: se sentía con _aguante_ para dos
horas. Los de la barca virarían para pescarle: un remojón y nada más...
¿pues qué así como así mueren los hombres? En un temporal, como habían
muerto su padre y su abuelo, bueno, pero en noche tan hermosa y con
buena mar, morir empujado por una vela sería una muerte de tonto.

Y nadaba y nadaba, siempre creyendo ver aquel fantasma indeciso que
cambiaba de sitio, esperando que de la oscuridad surgiera el _San
Rafael_ viniendo en su busca.

--¡Ah de la barca! ¡Tío _Chispas_!... ¡Patrón!

Pero el gritar le fatigaba y dos o tres veces las olas le taparon la
boca. ¡Malditas!... Desde la barca parecían insignificantes, pero en
medio del mar, hundido hasta el cuello y obligado a un continuo manoteo
para sostenerse, le asfixiaban, le golpeaban con su sorda ondulación,
abrían ante él hondas y movibles zanjas, cerrándolas en seguida como
para tragarle.

Seguía creyendo, pero con cierta inquietud, en sus dos horas de aguante.
Sí; contaba con ellas. Dos horas y más nadaba allá en su playa sin
cansancio. Pero era en las horas de sol, en aquel mar de cristal azul,
viendo allá bajo, a través de fantástica transparencia, las rocas
amarillas con sus hierbajos puntiagudos como ramos de coral verde, las
conchas de color rosa, las estrellas de nácar, las flores luminosas de
pétalos carnosos estremeciéndose al ser rozados por el vientre de plata
de los peces; y ahora estaba en un mar de tinta, perdido en la
oscuridad, agobiado por sus ropas, teniendo bajo sus pies ¡quién sabe
cuántos barcos destrozados, cuántos cadáveres descarnados por los peces
feroces! Y estremecíase al contacto de su mojado pantalón, creyendo
sentir el rozamiento de agudos dientes.

Cansado, desfallecido, se echó de espaldas, dejándose llevar por las
olas. El sabor de la cena le subía a la boca. ¡Maldita comida, y cuánto
cuesta de ganar! Acabaría por morir allí tontamente... Pero el instinto
de conservación le hizo incorporarse. Tal vez le buscaban, y estando
tendido pasarían cerca de él sin verle. Otra vez a nadar, con el ansia
de la desesperación, incorporándose en la cresta de las olas para ver
más lejos, yendo tan pronto a un lado como a otro, agitándose siempre en
un mismo círculo.

Le abandonaban como si fuese un trapo caído de la barca. ¡Dios mío! ¿Así
se olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le buscaban en aquel momento.
Un barco corre mucho; por pronto que hubiesen subido a cubierta y
arriado vela, ya estarían a más de una milla.

Y acariciando esta ilusión, se hundía dulcemente como si tirasen de sus
pesados zapatos. Sintió en la boca la amargura salitrosa; cegaron sus
ojos, las aguas se cerraron sobre su rapada cabeza; pero entre dos olas
se formó un pequeño remolino, asomaron unas manos crispadas y volvió a
salir.

Los brazos se _dormían_; la cabeza se inclinaba sobre el pecho como
vencida por el sueño. A Juanillo le pareció cambiado el cielo: las
estrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no le infundía
miedo el mar; sentía el deseo de abandonarse sobre las aguas, de
descansar.

Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas estaría pensando en él. Y
quiso rezar como mil veces había oído a su pobre vieja. «Padre nuestro
que estás...» Rezaba mentalmente, pero sin darse cuenta de ello, su
lengua se movió y dijo con una voz tan ronca que le pareció de otro:

--¡Cochinos! ¡ladrones! ¡Me abandonan!

Se hundía otra vez: desapareció pugnando en vano por sostenerse. Alguien
tiraba de sus zapatos... Buceó en la oscuridad, sorbiendo agua, inerte,
sin fuerzas, pero sin saber cómo, volvió otra vez a la superficie.

Ahora las estrellas eran negras, más negras que el cielo, destacándose
como gotas de tinta.

Se acabó. Esta vez se iba al fondo de veras: su cuerpo era de plomo. Y
bajó en línea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos, y en su caída al
abismo de los barcos rotos y los esqueletos devorados, el cerebro, cada
vez más envuelto en densas neblinas, iba repitiendo:

--Padre nuestro... Padre nuestro... ¡ladrones! ¡granujas! ¡Me han
abandonado!



Un silbido


El entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué _Lohengrin_! ¡Qué
tiple aquella!

Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezas
descubiertas o las torres de lazos, flores y tules, inmóviles, sin que
las aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos silencio
absoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en el
infierno de la filarmonía rabiosa, llamado irónicamente paraíso, el
entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro de
satisfacción, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa y
robusta. ¡Qué noche! Todo parecía nuevo en el teatro. La orquesta era de
ángeles: hasta la araña del centro daba más luz.

En aquel entusiasmo tomaba no poca parte el patriotismo satisfecho. La
tiple era española, la López, sólo que ahora se anunciaba con el
apellido de su esposo el tenor Franchetti; un gran artista que,
casándose con ella, la había hecho ascender a la categoría de
_estrella_. ¡Vaya una mujer! Legítima de la tierra. Esbelta, arrogante;
brazos y garganta con adorables redondeces, y los blancos tules de Elsa
amplios en la cintura, pero estrechos y casi estallando con la presión
de soberbias curvas. Sus ojos negros, rasgados, de sombrío fuego,
contrastaban con la rubia peluca de la condesa de Brabante. La hermosa
española era en la escena la mujer tímida, dulce y resignada que soñó
Wágner, confiando en la fuerza de su inocencia, esperando el auxilio de
lo desconocido.

Al relatar su ensueño ante el emperador y su corte, cantó con expresión
tan vagorosa y dulce, los brazos caídos y la extática mirada en lo alto,
como si viese llegar montado en una nube al misterioso paladín, que el
público no pudo contenerse ya, y como la retumbante descarga de una
fila de cañones, salió de todos los huecos del teatro, hasta de los
pasillos, la atronadora detonación de aplausos y gritos.

La modestia y la gracia con que saludaba enardeció aún más al público.
¡Qué mujer! Una verdadera señora; y en cuanto a buenos sentimientos,
todos recordaban detalles de su biografía. Aquel padre anciano, al que
todos los meses enviaba una pensión para que viviera con decencia: un
viejo feliz, que desde Madrid seguía la carrera de triunfos de su hija
por todo el mundo.

Aquello era conmovedor. Algunas señoras se llevaban a los ojos una punta
del guante, y en el paraíso, un vejete lloriqueaba metiendo la nariz en
el embozo de la capa para sofocar sus gemidos. Los vecinos se reían.

¡Vamos hombre, que no era para tanto!

La representación seguía su curso en medio de los ecos del entusiasmo.
Ahora el heraldo invitaba a los presentes, por si alguno quería defender
a Elsa. Bueno, adelante. Aquel público, que se sabía de memoria la
ópera, estaba en el secreto. No se presentaría ningún guapo. Después,
con acompañamiento de tétrica música, avanzaron las damas veladas para
llevarse la condesa al suplicio. Todo era broma; Elsa estaba segura.
Pero cuando los bravos guerreros brabanzones se agitaron en la escena,
viendo a lo lejos el misterioso cisne y su barquilla, y se fue armando
en la imperial corte una batahola de dos mil demonios, el público, por
acción refleja, se movió ruidosamente, arrellanándose en el asiento,
tosiendo, suspirando, revolviéndose para hacer provisión de silencio.
¡Qué emoción! Iba a presentarse Franchetti, el famoso tenor, un gran
artista de quien se murmuraba que habíase casado con la López buscando
una compensación a sus facultades decadentes en la frescura y valentía
de su mujer. Aparte de esto, un maestrazo que sabía salir triunfante con
auxilio del arte.

¡Ah!... Ya estaba allí, de pie en el esquife, apoyado en larga espada,
el escudo embrazado, cubierto el pecho de escamas de acero, irguiendo su
arrogante figura de buen mozo festejado por toda la aristocracia de
Europa, y deslumbrando de cabeza a pies, cual un pescado de plata
envuelto en seda.

Silencio absoluto; aquello parecía una iglesia. El tenor miraba su
cisne, como si allí no hubiese otro ser digno de atención, y en el
místico ambiente fue desarrollándose un hilo de voz tenue, dulce,
vagoroso, cual si viniera de una distancia invisible.

_¡Mercè, mercè, cigno gentile!..._

¿Qué fue lo que estremeció todo el teatro, poniendo de pie a los
espectadores? Algo estridente, como si acabara de rasgarse la vieja
decoración del fondo; un silbido rabioso, feroz, desesperado, que
pareció hacer oscilar las luces de la sala.

¡Silbar a Franchetti antes de oírle! ¡Un tenor de cuatro mil francos! La
gente de palcos y butacas miró al paraíso con el ceño fruncido; pero
arriba la protesta fue más ruidosa. ¡Granuja! ¡Canalla! ¡Golfo! ¡A la
cárcel con él! Y todo el público, arremolinándose, de pie y con el puño
amenazante, señalaba al vejete que, cuando cantaba la tiple, metía la
nariz en la capa para llorar, y ahora se erguía intentando en vano
hacerse oír. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel!

Pisando gente entró la pareja, y el viejo pasó a empujones de banco en
banco, abofeteando a todos con su capa caída y contestando con
desesperados manoteos a los insultos y amenazas, mientras que el público
rompía a aplaudir estrepitosamente, para animar a Franchetti, que había
interrumpido su canto.

En el pasillo detuviéronse el viejo y los guardias, respirando
ansiosamente, magullados por el gentío. Algunos espectadores les
siguieron.

--¡Parece imposible!--dijo uno de los guardias--. Una persona de edad y
que parece decente...

--¿Y usted qué sabe?--gritó el viejo con expresión agresiva--. Mis
razones tengo para hacer lo que he hecho. ¿Sabe usted quién soy yo? Pues
soy el padre de Conchita, de esa que se llama en el cartel la
Franchetti, de la que aplauden con tanto entusiasmo los imbéciles. ¡Qué
tal!... ¿Les parece raro que silbe?... También yo he leído los
periódicos; ¡qué modo de mentir! «La hija amantísima...» «El padre
querido y feliz...» ¡Mentira, todo mentira! Mi hija ya no es mi hija, es
un culebrón, y ese italiano un granuja. Sólo se acuerda de mí para
enviarme una limosna, ¡como si el corazón comiera y le contentase el
dinero! Yo no tomo un cuarto de ellos: primero morir; prefiero molestar
a los amigos.

Ahora sí que era oído el viejo. Los que le rodeaban sentían hambrienta
curiosidad ante una historia que tan de cerca tocaba a dos celebridades
artísticas. Y el señor López, insultado por todo un público, deseaba
comunicar a alguien su indignación, aunque fuese a los guardias.

--No tengo más familia que _esa_. Comprendan mi situación. Se crió en
mis brazos: la pobrecita no conoció a su madre. _Sacó_ voz; dijo que
quería ser tiple o morir, y aquí tienen ustedes al bonachón de su padre
decidido a que fuese una celebridad o a morir con ella. Los maestros
dijeron: ¡a Milán! Y allá va el señor López con su niña, después de
dimitir su empleo y vender los cuatro terrones heredados de su padre.
¡Válgame Dios y cuánto he sufrido! ¡Cuanto he trotado antes del debut,
de maestro en maestro y de empresario en empresario! ¡Qué humillaciones,
qué vigilancias para guardar a mi niña, y qué privaciones; sí, señores,
privaciones y hasta hambre, cuidadosamente ocultada, para que nada
faltase a la señorita! Y cuando cantó por fin y comenzó a sonar su
nombre, cuando yo me extasiaba ante los resultados de mi sacrificio,
llega ese fantasmón de Franchetti, y cantando sobre las tablas dúos y
más dúos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que casar a la niña
para que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus lloros.
Ustedes no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egoísmo
haciendo gorgoritos. Ni cariño, ni corazón, ni nada; la voz, sólo la
voz. Al ladrón de mi yerno le molesté desde el primer momento; tenía
celos de mí, quería alejarme para dominar en absoluto a su mujer; y
ella, que ama a ese payaso, que cada vez está más unida a él por las
ovaciones, dijo que sí a todo. ¡Las exigencias del arte! ¡Su modo de
vivir, que no les permite deberse a la familia, sino al arte! Estas
fueron sus excusas, y me enviaron a España; y yo, por reñir con ese
farsante, reñí con mi hija. Hasta hoy no les había visto... Señores,
llévenme ustedes donde quieran, pero declaro que siempre que pueda
vendré a silbar a ese ladrón italiano... He estado enfermo, estoy solo:
pues revienta, viejo, como si no tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya;
es de Franchetti... pero no; es del arte. Y ahora digo yo: Si el arte
consiste en que las hijas olviden a los padres que por ellas se
sacrificaron, digo que me futro en el arte y que más me alegraría
encontrarme a mi Concha al entrar en casa remendando mis calcetines.



Lobos de mar


Retirado de los _negocios_ después de cuarenta años de navegación con
toda clase de riesgos y aventuras, el capitán Llovet era el vecino más
importante del Cabañal, una población de: casas blancas de un solo piso,
de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante a una pequeña
ciudad americana.

La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad al viejo
lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de listada lona que
sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados a la intemperie,
en la cubierta de su buque, sufriendo la lluvia y los rociones del
oleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y,
esclavo del reuma, permanecía los más de los días inmóvil en su sillón,
prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie.
Alto, musculoso, con el vientre hinchado y caído sobre las piernas, la
cara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecía
un cura en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa. Sus
ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado al
mando, eran lo único que justificaba la fama del capitán Llovet, la
leyenda sombría que flotaba en torno de su nombre.

Había pasado su vida en continua lucha con la marina real inglesa,
burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repleto
de carne negra, que transportaba desde la costa de Guinea a las
Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron oscilar
sus marineros.

Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negros
arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; los
tiburones del Atlántico acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olas
con su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre,
repartiéndose a dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperación
sus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulación contenidas por
él solo a tiros y hachazos; raptos de ciega cólera en los que corría por
cubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que le
acompañaba en sus viajes, la cual, desde el puente, fue arrojada al mar
por el iracundo capitán después de una disputa por celos. Y junto con
esto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos llenas a
las familias de sus marineros. En un arrebato de cólera era capaz de
matar a uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba para
salvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias. Enloquecía de furor
si los compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y en
la misma noche gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una de
aquellas orgías que le habían hecho famoso en la Habana. «Pega antes que
habla», decían de él los marineros, y recordaban que, en alta mar,
sospechando que su segundo conspiraba contra él, le había deshecho el
cráneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre divertidísimo, a
pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabañal, la
gente, reunida a la sombra de las barcas, reía recordando sus bromas.
Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le vendía los
esclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizo
como el negrero de Merimée: desplegó velas y los vendió como esclavos.
Otra vez, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su
buque en una sola noche, pintándolo de otro color y cambiando la
arboladura. Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia para
conocer el buque del audaz negrero; pero como si no tuvieran nada. El
capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano de mar, y trataba
su barco como a un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones
maravillosas.

Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el
negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían
apodado el _Capitán Magnífico_, y así seguían llamándole los pocos
marineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa las
piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.

Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de _la trata_ se
había metido en su casa del Cabañal, viendo pasar la vida ante su
puerta, sin otra distracción que jurar como un condenado cuando el reuma
le hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiración
venían a sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que habían
recibido de él en otro tiempo órdenes y palos, y juntos hablaban con
cierta melancolía de la _gran calle_, como el capitán llamaba al
Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera a otra, de
África a América, corriendo temporales y chasqueando a los polizontes
del mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas
estaban fuertes, bajaban a la playa, y el capitán, enardecido a la vista
del mar, desahogaba sus dos odios. Odiaba a Inglaterra por haber oído
silbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba la navegación a
vapor como un sacrilegio marítimo. Aquellos penachos de humo que
pasaban por el horizonte eran los funerales de la marina. Ya no quedaban
sobre el agua hombres de oficio; ahora el mar era de los fogoneros.

En los días tempestuosos del invierno, siempre le veían en la playa con
la nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobre
cubierta preparándose a resistir el tiempo.

Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fue él,
contestando con gruñidos a la familia, que le hablaba de su reuma. Entre
las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar,
lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, las
faldas ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de la
lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían
como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y
negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos,
enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del
puerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, entre
los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.

Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra
punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos en
la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir
hasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla a la playa; pero los más
audaces, mirando las olas que se desplomaban llenando el espacio de
polvo de agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la
voltereta antes de mover un remo.

--A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar a esos pobres.

Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus
torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por
la cólera que le infundía el peligro. Las mujeres le miraban asombradas;
los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, que
prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fuera a cerrar a
golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente,
como si estuviera ante una tripulación insubordinada.

--¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su pueblo hombres que
le sigan al mar?

Lo dijo rugiendo, como un tirano que se ve desobedecido, como un Dios
que contempla la huida de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era
en él señal de ciega cólera.

--_¡Presente, capitá!_--gritaron a un tiempo unas cuantas voces
temblonas.

Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos,
cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marineros
del capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el afecto que
crea el peligro afrontado en común. Avanzaron unos arrastrando los pies,
otros con saltitos de pájaro, alguno con los ojos muy abiertos,
mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todos
temblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra
calada sobre dobles pañuelos arrollados a las sienes. Era la vieja
guardia corriendo a morir junto a su ídolo. De los grupos salían
mujeres y niños, que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerles.

--_¡Agüelo!_--gritaban los nietos.

--_¡Pare!_--gemían las mocetonas.

Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oír
el clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban a sus
cuellos y piernas, y gritaban contestando a la voz de su jefe:

--_¡Presente, capitá!_

Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar al
mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el
cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que se
deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevo
esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cayó sobre
ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.

--¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque, lo mato!--rugía el capitán
Llovet.

Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él.
Le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas, indiferentes a sus
maldiciones.

La barca, abandonada de todo auxilio, corría a la muerte dando tumbos
sobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a estrellarse
entre torbellinos de espuma, y aquel hombre que tanto había despreciado
la vida del semejante, que había nutrido a los tiburones con tribus
enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre,
revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no le
dejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos, hasta
que, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño.



Un funcionario


Tendido de espaldas en el camastro y siguiendo con vaga mirada las
grietas del techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de la _sala
de políticos_, pensaba que había entrado aquella noche en el tercer mes
de su encierro.

Las nueve... La corneta había lanzado en el patio las prolongadas notas
del toque de silencio; en los corredores sonaban con monótona igualdad
los pasos de los vigilantes, y de las cerradas cuadras, repletas de
carne humana, salía un rumor acompasado, semejante al soplo de una
fragua lejana o a la respiración de un gigante dormido: parecía
imposible que en aquel viejo convento, tan silencioso, cuya ruina
resultaba más visible a la cruda luz del gas, durmiesen mil hombres.

El pobre Yáñez, obligado a acostarse a las nueve, con una perpetua luz
ante los ojos y sumido en un silencio aplastante que hacía creer en la
posibilidad del mundo muerto, pensaba en lo duramente que iba saldando
su cuenta con las instituciones. ¡Maldito artículo! Cada línea iba a
costarle una semana de encierro; cada palabra un día.

Y Yáñez, recordando que aquella noche comenzaba la temporada de ópera
con _Lohengrin_, su ópera predilecta, veía los palcos cargados de
hombros desnudos y nucas adorables, entre destellos de pedrería,
reflejos de sedas y airoso ondear de rizadas plumas.

--Las nueve... Ahora habrá salido el cisne, y el hijo de Parsifal
lanzará sus primeras notas entre los siseos de expectación del
público... ¡Y yo aquí! ¡Cristo! No tengo mala ópera...

Sí; no era mala. Del calabozo de abajo, como si provinieran de un
subterráneo, llegaban los ruidos con que delataba su existencia un
bruto de la montaña, a quien iban a ejecutar de un momento a otro por un
sinnúmero de asesinatos. Era un chocar de cadenas que parecía el ruido
de un montón de clavos y llaves viejas, y de vez en cuando una voz débil
repitiendo: «Pa... dre nuestro que es... tás en los cielos... San... ta
María...» con la expresión tímida y suplicante del niño que se duerme en
brazos de su madre. ¡Siempre repitiendo la monótona cantinela, sin que
pudieran hacerle callar! Según opinión de los más, quería con esto
fingirse loco para salvar el cuello: tal vez catorce meses de
aislamiento en un calabozo, esperando a todas horas la muerte, habían
acabado con su escaso seso de fiera instintiva.

Estaba Yáñez maldiciendo la injusticia de los hombres, que por unas
cuantas cuartillas emborronadas en un momento de mal humor le obligaban
a dormirse todas las noches arrullado por el delirio de un condenado a
muerte, cuando oyó fuertes voces y pasos apresurados en el mismo piso
donde estaba su departamento.

--No; no dormiré ahí--gritaba una voz trémula y atiplada--. ¿Soy acaso
algún criminal? Soy un funcionario de Gracia y Justicia lo mismo que
ustedes... y con treinta años de servicios. Que pregunten por Nicomedes:
todo el mundo me conoce; hasta los periódicos han hablado de mí. Y
después de alojarme en la cárcel, ¿aún quieren hacerme dormir en un
desván que ni para los presos sirve? Muchas gracias. ¿Para esto me
ordenan venir?... Estoy enfermo y no duermo ahí. Qué me traigan un
médico; necesito un médico...

Y el periodista, a pesar de su situación, reíase regocijado por la
entonación afeminada y ridícula con que el de los treinta años de
servicios pedía el médico.

Repitiose el murmullo de voces: discutían como si formasen Consejo,
oyéronse pasos, cada vez más cercanos, y se abrió la puerta de la _sala
de políticos_, asomando por ella una gorra con galón de oro.

--Don Juan--dijo el empleado con cierta cortedad--, esta noche tendrá
usted compañía... Dispense usted, no es mía la culpa; la necesidad... En
fin, mañana ya dispondrá el jefe otra cosa. Pase usted... _señor_.

Y el _señor_ (así, con entonación irónica) pasó la puerta, seguido de
dos presos; uno con una maleta y un lío de mantas y bastones; otro con
un saco cuya lona marcaba las aristas de una caja ancha y de poca
altura.

--Buenas noches, caballero.

Saludaba con humildad, con aquella voz trémula que hizo reír a Yáñez, y
al quitarse el sombrero descubrió una cabeza pequeña, cana y
cuidadosamente rapada. Era un cincuentón obeso, coloradote; la capa
parecía caerse de sus hombros, y un mazo de dijes colgando de una gruesa
cadena de oro repiqueteaba sobre su vientre al menor movimiento. Sus
ojos pequeños tenían los reflejos azulados del acero, y la boca aparecía
oprimida por unos bigotillos curvos y caídos como dos signos de
interrogación.

--Usted dispense--dijo sentándose--Voy a molestarle mucho; pero no es
por culpa mía. He llegado en el tren de esta noche, y me encuentro con
que me dan para dormitorio un desván lleno de ratas. ¡Vaya un viaje!

--¿Es usted preso?

--En este momento, sí--dijo sonriendo--; pero no le molestaré mucho con
mi presencia.

Y el panzudo burgués se mostraba obsequioso, humilde, como si pidiera
perdón por haber usurpado su puesto en la cárcel.

Yáñez le miraba fijamente: tanta timidez le asombraba. ¿Quién sería
aquel sujeto? Y por su imaginación danzaban ideas sueltas, apenas
esbozadas, que parecían buscarse y perseguirse para completar un
pensamiento.

De pronto, al sonar a lo lejos otra vez el quejumbroso _padrenuestro_ de
la fiera encerrada, el periodista se incorporó nerviosamente, como si
acabase de atrapar la idea fugitiva, fijando su vista en aquel saco que
estaba a los pies del recién llegado.

--¿Qué lleva usted ahí?... ¿Es la caja de _las herramientas_?

El hombre pareció dudar, pero al fin se le impuso la enérgica expresión
interrogativa, e inclinó la cabeza afirmativamente. Después el silencio
se hizo largo y penoso. Unos presos colocaban la cama de aquel hombre
en un rincón de la sala. Yáñez contemplaba fijamente a su compañero de
hospedaje, que permanecía con la cabeza baja, como rehuyendo sus
miradas.

Cuando la cama quedó hecha y los presos se retiraron, cerrando el
empleado la puerta con el cerrojo exterior, continuó el penoso silencio.
Por fin, aquel sujeto hizo un esfuerzo y habló:

--Voy a dar a usted una mala noche; pero no es mía la culpa: _ellos_ me
han traído aquí. Yo me resistía, sabiendo que es usted una persona
decente que sentirá mi presencia como lo peor que haya podido ocurrirle
en esta casa.

El joven se sintió desarmado por tanta humildad.

--No, señor; yo estoy acostumbrado a todo--dijo con ironía--. ¡Se hacen
en esta casa tan buenas amistades, que una más nada importa! Además,
usted no parece mala persona.

Y el periodista, que aún no se había limpiado de sus primeras lecturas
románticas, encontraba muy original aquella entrevista y hasta sentía
cierta satisfacción.

--Yo vivo en Barcelona--continuó el viejo--, pero mi compañero de este
distrito murió hace poco de la última borrachera, y ayer, al presentarme
en la Audiencia, me dijo un alguacil: «Nicomedes...» Porque yo soy
Nicomedes Terruño. ¿No ha oído usted hablar de mí?... Es extraño; la
prensa ha publicado muchas veces mi nombre. «Nicomedes, de orden del
señor presidente que tomes el tren de esta noche.» Vengo con el
propósito de meterme en una fonda hasta el día del trabajo, y desde la
estación me traen aquí, por no sé qué miedos y precauciones; y para
mayor escarnio, me quieren alojar don las ratas. ¿Ha visto usted? ¿Es
esto manera de tratar a los funcionarios de justicia?

--¿Y lleva usted muchos años desempeñando el cargo?

--Treinta años, caballero: comencé en tiempos de Isabel II. Soy el
decano de la clase y cuento en mi lista hasta condenados políticos.
Tengo el orgullo de haber cumplido siempre mi deber. El de ahora será el
ciento dos. Son muchos, ¿verdad? Pues con todos me he portado lo mejor
que he podido. Ninguno se habrá quejado de mí. Hasta los ha habido
veteranos del presidio, que, al verme en el último momento, se
tranquilizaban y decían: «Nicomedes, me satisface que seas tú.»

El _funcionario_ iba animándose en vista de la atención benévola y
curiosa que le prestaba Yáñez. Iba tomando tierra: cada vez hablaba con
más desembarazo.

--Tengo también mi poquito de inventor--continuó--. Los aparatos los
fabrico yo mismo, y en cuanto a limpieza no hay más que pedir... ¿Quiere
usted verlos?

El periodista saltó de la cama como dispuesto a huir.

--No; muchas gracias. Lo creo.

Y miraba con repugnancia aquellas manos, cuyas palmas eran rojizas y
grasientas. Restos tal vez de la limpieza reciente de que hablaba; pero
a Yáñez le parecían impregnadas de grasa humana, del zumo de aquel
centenar que formaba _su lista_.

--¿Y está usted satisfecho de la profesión?--preguntó para hacerle
olvidar el deseo de lucir sus invenciones.

--¡Qué remedio!... Hay que conformarse. Mi único consuelo es que cada
vez se trabaja menos. ¡Pero cuán duro es este pan! ¡Si lo hubiera
sabido!...

Y quedó silencioso mirando al suelo.

--¡Todos contra mí!--continuó--. Yo he visto muchas comedias, ¿sabe
usted? He visto que ciertos reyes antiguos iban a todas partes llevando
detrás al ejecutor de su justicia, vestido de rojo, con el hacha al
cuello, y hacían de él su amigo y consejero. ¡Aquello era lógico! El
encargado de cumplir la justicia me parece que es alguien y alguna
consideración merece. Pero en estos tiempos todo son hipocresías. Grita
el fiscal pidiendo una cabeza en nombre de no sé cuántas cosas
respetables, y a todos les parece bien; llego yo después cumpliendo sus
órdenes, y me escupen y me insultan. Diga, señor, ¿es esto justo?... Si
entro en una fonda, me ponen en la puerta apenas me conocen; en la calle
todos rehuyen mi contacto, y hasta en la Audiencia me tiran el sueldo a
los pies, como si yo no fuese un funcionario lo mismo que ellos, como si
mi dinero no figurase en el presupuesto... ¡Todos contra mí! Y
después--añadió con voz apenas perceptible--, los otros enemigos...
¡Los otros! ¿Sabe usted? Los que se fueron para no volver, y sin
embargo, vuelven; ese centenar de infelices a los que traté con mimos de
padre, haciéndoles el menor daño posible y que... ¡ingratos! vienen a mí
apenas me ven solo.

--¡Qué!... ¿Vuelven?

--Todas las noches. Los hay que me molestan poco: los últimos, apenas;
me parecen amigos de los que me despedí ayer; pero los antiguos, los de
mi primera época, cuando aún me emocionaba y me sentía torpe, esos son
verdaderos demonios, que, apenas me ven solo en la oscuridad, desfilan
sobre mi pecho en interminable procesión, me oprimen, me asfixian,
rozándome los ojos con el borde de sus hopas. Me siguen a todas partes,
y así como me hago viejo son más asiduos. Cuando me metieron en el
desván comencé a verles asomar por los rincones más oscuros. Por eso
pedía un médico: estaba enfermo; tenía miedo a la noche; quería luz,
compañía.

--¿Y siempre está usted solo?

--No; tengo familia allá en mi casita de las afueras de Barcelona; una
familia que no da disgustos: un perro, tres gatos y ocho gallinas. No
entienden a las personas y por eso me respetan, me quieren como si yo
fuera un hombre igual a los demás. Envejecen tranquilamente a mi lado.
Nunca se me ha ocurrido matar una gallina: me desmayo viendo correr la
sangre.

Y decía esto con la misma voz quejumbrosa de antes, débil, anonadado,
como si sintiera el lento desplome de su interior.

--¿Y nunca tuvo usted familia?

--¿Yo?... ¡Como todo el mundo! A usted se lo cuento todo, caballero.
¡Hace tanto tiempo que no hablo!... Mi mujer murió hace seis años. No
crea usted que era una de esas mujerzuelas borrachas y embrutecidas, que
es el papel que en las novelas se reserva siempre a la hembra del
verdugo. Era una moza de mi pueblo, con la que casé al volver del
servicio. Tuvimos un hijo y una hija; pan poco, miseria mucha, y ¿qué
quiere usted? la juventud y cierta brutalidad de carácter me llevaron al
oficio. No crea que conseguí fácilmente el puesto: hasta necesité
influencias. Al principio hacíame gracia el odio de la gente: me sentía
orgulloso con inspirar terror y repugnancia. Presté mis servicios en
muchas Audiencias, rodamos por media España, y los chicos cada vez más
hermosos; hasta que por fin caímos en Barcelona. ¡Qué gran época! La
mejor de mi vida: en cinco o seis años no hubo trabajo. Mis ahorros se
convirtieron en una casita en las afueras, y los vecinos apreciaban a
don Nicomedes, un señor simpático empleado en la Audiencia. El chico, un
ángel de Dios, trabajador, modosito y callado, estaba en una casa de
comercio; la niña--¡cuánto siento no tener aquí su retrato!--la niña,
que era un serafín, con unos ojazos azules y una trenza rubia, gruesa
como mi brazo, y que cuando correteaba por nuestro huertecillo parecía
una de esas señoritas que salen en las óperas, no iba a Barcelona con su
madre sin que algún joven viniera tras sus pasos. Tuvo un novio formal:
un buen muchacho que pronto iba a ser médico. Cosas de ella y su madre:
yo fingía no ver nada, con esa bondadosa ceguera de los padres que se
reservan para el último momento. ¡Pero Señor, cuán felices éramos!

La voz de Nicomedes era cada vez más temblorosa; sus ojillos azules
estaban empañados. No lloraba, pero su grotesca obesidad agitábase con
los estremecimientos del niño que hace esfuerzos para tragarse las
lágrimas.

--Pero se le ocurrió a un desalmado de larga historia dejarse coger; lo
sentenciaron a muerte y hube de entrar en funciones cuando ya casi había
olvidado cuál era mi oficio. ¡Qué día aquél! Media ciudad me conoció
viéndome sobre el tablado, y hasta hubo periodistas que, como son peor
que una epidemia (usted dispense), averiguaron mi vida, presentándonos
en letras de molde a mí y a mi familia, como si fuéramos bichos raros, y
afirmando con admiración que teníamos facha de personas decentes. Nos
pusieron en moda. ¡Pero qué moda! Los vecinos cerraban puertas y
ventanas al verme, y aunque la ciudad es grande, siempre me conocían en
las calles y me insultaban. Un día, al entrar en casa, me recibió mi
mujer como una loca. ¡La niña! ¡La niña!... La vi en la cama, con el
rostro desencajado, verdoso, ¡ella tan bonita! y la lengua manchada de
blanco. Estaba envenenada, envenenada con fósforos, y había sufrido
atroces dolores durante horas enteras, callando para que el remedio
llegase tarde... ¡y llegó! Al día siguiente ya no vivía. La pobrecita
tuvo valor. Amaba con toda su alma al mediquín, y yo mismo leí la carta
en la que el muchacho se despedía para siempre por saber de quién era
hija. No la lloré. ¿Tenía acaso tiempo? El mundo se nos venía encima; la
desgracia soplaba por todos lados; aquel hogar tranquilo que nos
habíamos fabricado se desplomaba por sus cuatro ángulos. Mi hijo...
también a mi hijo lo arrojaron de la casa de comercio, y fue inútil
buscar nueva colocación ni apoyo en sus amigos. ¿Quién cruza la palabra
con el hijo del verdugo? ¡Pobrecito! ¡Como si a él le hubieran dado a
escoger el padre antes de venir al mundo! ¿Qué culpa tenía él, tan
bueno, de que yo le hubiese engendrado? Pasaba todo el día en casa,
huyendo de la gente, en un rincón del huertecillo, triste y descuidado
desde la muerte de la niña. «¿En qué piensas, Antonio?», le preguntaba.
«Papá, pienso en Anita.» El pobre me engañaba. Pensaba en él, en lo
cruelmente que nos habíamos equivocado, creyéndonos por una temporada
iguales a los demás, y cometiendo la insolencia de querer ser felices.
El batacazo era terrible: imposible levantarse. Antonio desapareció.

--¿Y nada ha sabido usted de su hijo?--dijo Yáñez, interesado por la
lúgubre historia.

--Sí; a los cuatro días. Lo pescaron frente a Barcelona; salió envuelto
en redes, hinchado y descompuesto... Usted ya adivinará lo demás. La
pobre vieja se fue poco a poco, como si los chicos tirasen de ella desde
arriba; y yo, el malo, el empedernido, me he quedado aquí solo,
completamente solo, sin el recurso siquiera de beber; porque si me
emborracho, vienen ellos, ¿sabe usted? _ellos_, mis perseguidores, a
enloquecerme con el aleteo de sus hopas negras, como si fuesen enormes
cuervos, y me pongo a morir... Y sin embargo, no los odio. ¡Infelices!
Casi lloro cuando los veo en el banquillo. Otros son los que me han
hecho mal. Si el mundo se convirtiera en una sola persona, si todos los
desconocidos que me robaron a los míos con su desprecio y su odio
tuvieran un solo cuello y me lo entregaran, ¡ay, cómo apretaría!... ¡con
qué gusto!...

Y hablando a gritos se había puesto de pie, agitando con fuerza sus
puños, como si retorciese una palanca imaginaria. Ya no era el mismo ser
tímido, panzudo y quejumbroso. En sus ojos brillaban pintas rojas como
salpicaduras de sangre; el bigote se erizaba y su estatura parecía
mayor, como si la bestia feroz que dormía dentro de él, al despertar,
hubiese dado un formidable estirón a la envoltura.

En el silencio de la cárcel resonaba cada vez más claro el doloroso
canturreo que venía del calabozo: «Pa... dre... nu... estro... que
estás... en los cielos...»

Don Nicomedes no lo oía. Paseaba furioso por la habitación, conmoviendo
con sus pasos el piso que servía de techo a su víctima. Por fin se fijó
en el monótono quejido.

--¡Cómo canta ese infeliz!--murmuró--. ¡Cuán lejos estará de saber que
estoy yo aquí, sobre su cabeza!

Se sentó desalentado y permaneció silencioso mucho tiempo, hasta que sus
pensamientos, su afán de protesta, le obligaron a hablar.

--Mire usted, señor; conozco que soy un hombre malo y que la gente debe
despreciarme. Pero lo que me irrita es la falta de lógica. Si lo que yo
hago es un crimen, que supriman la pena de muerte y reventaré de hambre
en un rincón, como un perro. Pero si es necesario matar para
tranquilidad de los buenos, entonces, ¿por qué se me odia? El fiscal que
pide la cabeza del malo nada sería sin mí, que obedezco; todos somos
ruedas de la misma máquina, y ¡vive Dios! que merecemos igual respeto,
porque yo soy un funcionario... con treinta años de servicios.



El ogro


En todo el barrio del Pacífico era conocido aquel endiablado carretero,
que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su
tralla.

Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía habían contribuido a
formar su mala reputación. ¡Hombre más atroz y malhablado! ¡Y luego
dicen los periódicos que la policía detiene por blasfemos!

Pepe el carretero hacía méritos diariamente, según algunos vecinos, para
que le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, como
en los mejores tiempos del Santo Oficio. Nada dejaba en paz, ni humano
ni divino. Se sabía de memoria todos los nombres venerables del
almanaque, únicamente por el gusto de _faltarles_, y así que se
enfadaba con sus bestias y levantaba el látigo, no quedaba santo, por
arrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que no
profanase con las más sucias expresiones. En fin, ¡un horror! Y lo más
censurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándoles
con blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrio
acudían para escucharle con perversa atención, regodeándose ante la
fecundidad inagotable del maestro.

Los vecinos, molestados a todas horas por aquella interminable sarta de
maldiciones, no sabían cómo librarse de ellas.

Acudían al del piso principal, un viejo avaro, que había alquilado la
cochera a Pepe no encontrando mejor inquilino.

--No hagan ustedes caso--contestaba--. Consideren que es un carretero, y
que para este oficio no se exigen exámenes de urbanidad. Tiene mala
lengua, eso sí; pero es hombre muy formal y paga sin retrasarse un solo
día. Un poco de caridad, señores.

A la mujer del maldito blasfemo la compadecían en toda la casa.

--No lo crean ustedes--decía riendo la pobre mujer--; no sufro nada de
él. ¡Criatura más buena! Tiene su geniecillo, pero ¡ay hija! Dios nos
libre del agua mansa... Es de oro; alguna copita para tomar fuerzas,
pero nada de ser como otros, que se pasan el día como estacas frente al
mostrador de la taberna. No se queda ni un céntimo de lo que gana, y eso
que no tenemos familia, que es lo que más le gustaría.

Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de la bondad de su
Pepe. Bastaba verle. ¡Vaya una cara! En presidio las había mejores. Era
nervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara cobriza, con rudas
protuberancias y profundos surcos, los ojos sanguinolentos y la nariz
aplastada, granujienta, veteada de azul, con manojos de cerdas que
asomaban como tentáculos de un erizo que dentro de su cráneo ocupase el
lugar del cerebro.

A nada concedía respeto. Trataba de _reverendos_ a los machos que le
ayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de descanso se sentaba a
la puerta de la cochera, deletreaba penosamente, con vozarrón que se oía
hasta en los últimos pisos, sus periódicos favoritos, los papeles más
abominables que se publicaban en Madrid, y que algunas señoras miraban
desde arriba con el mismo terror que si fuesen máquinas explosivas.

Aquel hombre, que ansiaba cataclismos y que soñaba con _la gorda_, pero
muy gorda, vivía por ironía en el barrio del Pacífico.

La más leve cuestión de su mujer con las criadas le ponía fuera de sí, y
abriendo el saco de las amenazas prometía subir para degollar a todos
los vecinos y pegar fuego a la casa; cuatro gotas que cayesen en su
patio desde las galerías bastaban para que de su bocaza infecta saliese
la triste procesión de santos profanados, con acompañamiento de
horripilantes profecías para el día en que las cosas fuesen rectas y los
pobres subiesen encima, ocupando el lugar que les corresponde.

Pero su odio sólo se limitaba a los mayores, a los que le temían, pues
si algún muchacho de la vecindad pasaba por cerca de él, acogíale con
una sonrisa semejante al bostezo del ogro, y extendiendo su mano callosa
pretendía acariciarlo.

Como se había propuesto no dejar en paz a nadie en la casa, hasta se
metía con la pobre _Loca_, una gata vagabunda que ejercía la rapiña en
todas las habitaciones, pero cuyas correrías toleraban los vecinos
porque con ella no quedaba rata viva.

Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y obligada a fijar
domicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del ogro,
burlándose tal vez del terrible personaje.

Había que oír al carretero. ¿Era su patio algún corral para que viniesen
a emporcarlo con sus crías los animales de la vecindad? De un momento a
otro iba a enfadarse, y si él se enfadaba de veras, ¡pum! de la primera
patada iban la _Loca_ y sus cachorros a estrellarse en la pared de
enfrente.

Pero mientras el ogro tomaba fuerzas para dar su terrible patada y la
anunciaba a gritos cien veces al día, la prole felina seguía
tranquilamente en un rincón, formando un revoltijo de pelos rojos y
negros, en el que brillaban los ojos con lívida fosforescencia, y
coreando irónicamente las amenazas del carretero: _¡Miau! ¡Miau!_

¡Bonito verano era aquel! Trabajo, poco, y un calor de infierno que
irritaba el mal humor de Pepe y hacía hervir en su interior la caldera
de las maldiciones, que se escapaban a borbotones por su boca.

La gente de _posibles_ estaba allá lejos, en sus Biarritces y San
Sebastianes, remojándose los pellejos, mientras él se tostaba en su
cocherón. ¡Lástima que el mar no se saliera, para tragarse tanto
_parásito_! No quedaba gente en Madrid y escaseaba el trabajo. Dos días
sin enganchar el carro. Si esto seguía así, tendría que comerse con
patatas a sus _reverendos_, a no ser que echase mano de sus aves de
corral, que era el nombre que daba a la _Loca_ y a sus hijuelos.

Fue en Agosto cuando, a las once de la mañana, tuvo que bajar a la
estación del Mediodía para cargar unos muebles.

¡Vaya una hora! Ni una nube en el cielo y un sol que sacaba chispas de
las paredes y parecía reblandecer las losas de las aceras.

--¡Arre, valientes!... ¿Qué quieres tú, _Loca_?

Y mientras arreaba sus machos, alejaba con el pie a la blanca gata, que
maullaba dolorosamente, intentando meterse bajo las ruedas.

--¿Pero qué quieres, maldita? ¡Atrás, que te va a reventar una rueda!

Y como quien hace una obra de caridad, largó al animal tan furioso
latigazo, que lo dejó arrollado en un rincón, gimiendo de dolor.

Buena hora para trabajar. No podía mirarse a parte alguna sin sentir
irritación en los ojos; la tierra quemaba; el viento ardía, como si todo
Madrid estuviese en llamas; el polvo parecía incendiarse; paralizábanse
lengua y garganta, y las moscas, locas de calor, revoloteaban por los
labios del carretero o se pegaban al jadeante hocico de los animales en
busca de frescura.

El ogro estaba cada vez más irritado conforme descendía la ardorosa
cuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con el látigo a
los machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casi
rozando el suelo.

¡Maldito sol! Era el pillo mayor de la creación. Éste sí que merecía le
arreglasen las cuentas el día de _la gorda_, como enemigo de los
pobres. En invierno mucho ocultarse, para que el jornalero tenga los
miembros torpes y no sepa dónde están sus manos, para que caiga del
andamio o le pille el carro bajo las ruedas. Y ahora, en verano, ¡eche
usted rumbo! Fuego y más fuego, para que los pobres que se quedan en
Madrid mueran como pollos en asador. ¡Hipocritón! De seguro que no
molestaba tanto a los que se divertían en las playas de moda.

Y recordando a tres segadores andaluces muertos de asfixia, según había
leído en uno de sus papeles, intentaba en vano mirar de frente al sol y
le amenazaba con el puño cerrado. ¡Asesino!... ¡Reaccionario!...
¡Lástima que no estés más abajo el día de _la gorda_!

Cuando llegó al depósito de mercancías, detúvose un momento a descansar.
Se quitó la gorra, enjugose el sudor con las manos, y puesto a la sombra
contempló todo el camino que acababa de atravesar. Aquello ardía. Y
pensaba con terror en el regreso, cuesta arriba, jadeante, con el sol a
plomo sobre la cabeza y arreando sin parar a las caballerías, abrumadas
por el calor. No era grande la distancia de allí a su casa, pero aunque
le dijeran que en la cochera le esperaba el mismo Nuncio, no iba. ¡Qué
había de ir!... Aun haciéndole bueno que con tal viajecito venía _la
gorda_, lo pensaría antes de decidirse a subir la cuesta con aquel
calor.

--¡Vaya! Menos historias y a trabajar.

Y levantó la tapa del gran capazo de esparto atado a los varales del
carro, buscando su provisión de cuerdas. Pero su mano tropezó con unas
cosas sedosas que se removían y sintió al mismo tiempo débiles arañazos
en su callosa piel.

Los gruesos dedos hicieron presa, y salió a luz, cogido del pescuezo, un
cachorro blanco, con las patas extendidas, el rabo enroscado por los
estremecimientos del miedo y lanzando su triste _ñau ñau_, como quien
pide misericordia.

La _Loca_, no contenta con convertir su patio en corral, se apoderaba
del carro y metía la prole en el capazo para resguardarla del sol. ¿No
era aquello abusar de la paciencia de un hombre?... Se acabó todo. Y
abarcando en sus manazas a los cinco gatitos, los arrojó en montón a sus
pies. Iba a aplastarlos a patadas; lo juraba, ¡voto a esto y lo de más
allá! Iba a hacer una tortilla de gatos.

Y mientras soltaba sus juramentos, sacábase de la faja el pañuelo de
hierbas, lo extendía, colocaba sobre él aquel montón de pelos y
maullidos, y atando las cuatro puntas echó a andar con el envoltorio,
abandonando el carro.

Se lanzó a todo correr por aquel camino de fuego, aguantando el sol con
la cabeza baja, jadeante y echándose a pecho la cuesta que minutos antes
no quería subir, aunque se lo mandase el Nuncio.

Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal era sin duda lo que le
daba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para desde la cresta
de un desmonte aplastar su carga de gatos.

Pero se dirigió a su casa, y en la puerta le recibió la _Loca_ con
cabriolas de gozo, olisqueando el hinchado pañuelo, que se estremecía
con palpitaciones de vida.

--Toma, perdida--dijo jadeante por el calor y el cansancio de la
carrera--; aquí tienes tus granujas. Por esta vez pase, te lo perdono,
porque eres un animal y no sabes cómo las gasta Pepe el carretero. Pero
otra vez... ¡hum!... a la otra...

Y no pudiendo decir más palabras sin intercalar juramentos, el ogro
volvió la espalda y fue corriendo en busca de su carro, otra vez cuesta
abajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de los pobres. Pero
aunque el calor aumentaba, parecíale al pobre ogro que algo le había
refrescado interiormente.



La barca abandonada


Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar
de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el
vientre, jugaban a la _carteta_ a la sombra de las embarcaciones; y los
viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de la
pesca o de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos a
Gibraltar y a la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera
inventar eso que llaman la Tabacalera.

Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil
graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la
playa, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñía
el suelo cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza
sobre la arena, estaban las negras barcas del _bòu_, las parejas que
aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de
redes; y en último término, los laúdes en reparación, los abuelos, junto
a los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos con
caliente alquitrán, para que otra vez volviesen a emprender sus penosas
y monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las Baleares
con sal, otras a la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, y
muchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.

En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya
reparados se hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y
lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía
enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del
carabinero que se sentaba a su sombra.

El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían
con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido
su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía
de su construcción delataban una embarcación ligera y audaz, hecha para
locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la triste
belleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen
abandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.

Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una
señal del número de filiación y nombre de la matrícula, un ser
desconocido que se moría entre aquellas otras barcas, orgullosas de sus
pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el
misterio de su vida.

Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en
Torresalinas, y no hablaban de ella sin sonreír y guiñar un ojo, como si
les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.

Una mañana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía
bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado
de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.

--Este falucho--dijo acariciándole con una palmada el vientre seco y
arenoso--es _El Socarrao_, el barco más valiente y más conocido de
cuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena. ¡Virgen Santísima!
¡El dinero que lleva ganado este _condenao_! ¡Los duros que han salido
de ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a estas
costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.

El bizarro y extraño nombre de _Socarrao_ me admiraba algo, y de ello se
apercibió el pescador.

--Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos, lo mismo los hombres
que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros;
aquí quien bautiza de veras es la gente. A mí me llaman Felipe; pero si
algún día me busca usted, pregunte por _Castelar_, pues así me conocen,
porque me gusta hablar con las personas y en la taberna soy el único que
puede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con el
cesto de pescado es _Chispas_, a su patrón le llaman _El Cano_, y así
estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el
caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, la
_Purísima Concepción_; otra, _Rosa del Mar_; aquélla, _Los Dos Amigos_;
pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman _La Pava_,
_El Lorito_, _La Medio Rollo_, y gracias que no las distingan con
nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de
toda la matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija: _Camila_;
pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le
ocurrió decir a un pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Querrá
usted creerlo? Sólo con este apodo la conocen.

--Bien--le interrumpí--; pero ¿y _El Socarrao_?

--Su verdadero nombre era _El Resuelto_, pero por la prontitud con que
maniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en
llamarle _El Socarrao_, como a una persona de mal genio... Y ahora vamos
a lo que le ocurrió a este pobre _Socarraíco_ hace poco más de un año,
la última vez que vino de Orán.

Miró el viejo a todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijo
con sonrisa bonachona:

--Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; pero
si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá después a
hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en _El Socarrao_ no es ninguna
deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la
Tabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el gobierno para hacernos
daño a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy
honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en
tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.

Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y el
dinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Había para todos: para los
de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familia con dos
pesetas, y para nosotros la gente de mar.

Pero el negocio se puso cada vez peor, y _El Socarrao_ hacía sus viajes
de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que
nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.

En la última correría íbamos ocho hombres a bordo. En la madrugada
habíamos salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de Cartagena,
vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor que
todos conocimos. Mejor hubiéramos visto asomar una tormenta. Era el
cañonero de Alicante.

Soplaba buen viento. Íbamos en popa, con toda la gran vela de frente y
el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya
no es nada, y el buen marinero aún vale menos.

No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es _El Socarrao_ para dejarse
atrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el casco
inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban
las máquinas, y cada vez veíamos más grande el barco, aunque no por esto
perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado a media tarde!
Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nos
encuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lo
largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.

El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su
fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió
del vapor y oímos el estampido de un cañonazo.

Como no vimos la bala, comenzamos a reír, satisfechos y hasta orgullosos
de que nos avisasen tan ruidosamente.

Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro
pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordaje
roto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo
le rompió una pierna a uno de la tripulación.

Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y ¡qué demonio! ir
a la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia es algo más
temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de _El Socarrao_ es
hombre que vale tanto como su barca.

--Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no nos
cogerán.

No hablaba a sordos, y como listos no había más que pedirnos. El pobre
compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose
la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un
trago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotros
fingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, separando el
cordaje y atando a la antena la vela de repuesto, que izamos a los diez
minutos.

El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en el mar a aquel enemigo
que andaba con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que fuese lo que Dios
quisiera!

Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con
los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no disparó más.
Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo ya no extremaba la marcha. La
gente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia circuló
por todo el pueblo. ¡_El Socarrao_ venía perseguido por un cañonero!

Había que ver lo que ocurrió. Una verdadera revolución: créame usted,
caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más o
menos directamente del _negocio_. Esta playa parecía un hormiguero.
Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzando
gritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo un último
esfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole una
media hora de ventaja.

Hasta el alcalde estaba aquí, para servir en lo que fuera bueno. Y los
carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de
la familia, hacíanse a un lado, comprendiendo la situación y no
queriendo perder a unos pobres.

--¡A tierra, muchachos!--gritaba nuestro patrón--. Vamos a embarrancar.
Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. _El Socarrao_ ya
sabrá salir de este mal paso.

Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la
arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un sueño cuando lo
recuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto:
los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.

--¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!

Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían
los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos
desaparecían por aquí; otros se iban por allá; fue aquello visto y no
visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubiera
tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas,
filtrándose en todas las casas.

El alcalde intervino paternalmente.

--Hombre, es demasiado--dijo al patrón--. Todo se lo llevan, y los
carabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para justificar
la aprehensión.

Nuestro amo estaba conforme.

--Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura.
Que se contenten con eso.

Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación
de la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo de
hombre estaba en todo.

--¡Los folios! ¡Borrad los folios!

Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del agua
y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y
trabajaba, animándose con alegres gritos.

--¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del gobierno!

El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su
madre. El pobrecillo gemía de dolor a cada movimiento brusco, pero se
tragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que el
cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos.

Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas,
comenzó la rapiña de la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas,
los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una
turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo.
La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.

Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. _El
Socarrao_ se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos
fue borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esos
malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni
rastro.

El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada
del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio,
queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos que
echaban al mar una lancha de pesca.

El cañonero envió un bote armado, y saltaron a tierra no sé cuántos
hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente,
juraba furioso mirando a _El Socarrao_ y a los carabineros, que se
habían apoderado de él.

Todo el vecindario de Torresalinas se reía a aquellas horas, celebrando
el chasco, y aún hubiera reído más, viendo, como yo, la cara que ponía
aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de
tabaco malo.

--¿Y qué pasó después?--pregunté al viejo--. ¿No castigaron a nadie?

--¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre _Socarrao_, que quedó
prisionero. Se ensució mucho papel y medio pueblo fue a declarar; pero
nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le
había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al
varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.

--¿Y el cargamento?--dije yo.

--Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza. Cuando
embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó a
correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos a
disposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los que
exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte,
están más libres de tentaciones que los otros...

--Desde entonces--continuó el viejo--que está aquí preso el pobre
_Socarrao_. Pero no tardará en hacerse a la mar con su antiguo amo.
Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta, y se lo
quedará el patrón por lo que quiera dar.

--¿Y si otro da más?

--¿Y quién ha de ser ese? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe
quién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal
corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno lo
que sea suyo: el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que
hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.



El maniquí


Nueve años habían transcurrido desde que Luis Santurce se separó de su
mujer. Después la había visto envuelta en sedas y tules en el fondo de
elegante carruaje, pasando ante él como un relámpago de belleza, o la
había adivinado desde el _paraíso_ del Real, allá abajo, en un palco,
rodeada de señores que se disputaban el murmurar algo a su oído para
hacer gala de una intimidad sonriente.

Estos encuentros removían en él todo el sedimento de la pasada ira:
había huido siempre de su mujer como enfermo que teme el recrudecimiento
de sus dolencias, y sin embargo, ahora iba a su encuentro, a verla y
hablarla en aquel hotel de la Castellana, cuyo lujo insolente era el
testimonio de su deshonra.

Los rudos movimientos del coche de alquiler parecían hacer saltar los
recuerdos del pasado de todos los rincones de su memoria. Aquella vida
que no quería recordar, iba desarrollándose ante sus ojos cerrados: su
luna de miel de empleado modesto casado con una mujer bonita y educada,
hija de una familia _venida a menos_; la felicidad de aquel primer año
de pobreza endulzado por el cariño; después, las protestas de Enriqueta
revolviéndose contra la estrechez; el sordo disgusto al oírse llamar
hermosa por todos y verse humildemente vestida; los disgustos surgiendo
por el más leve motivo; las reyertas a media noche en la alcoba
conyugal; las sospechas royendo poco a poco la confianza del marido, y
de repente el ascenso inesperado, el bienestar material colándose por
las puertas, primero tímidamente, como evitando el escándalo; después
con insolente ostentación, como creyendo entrar en un mundo de ciegos,
hasta que ya por fin Luis tuvo la prueba indudable de su desgracia. Se
avergonzaba al recordar su debilidad. No era un cobarde, estaba seguro
de ello, pero le faltaba voluntad o la amaba demasiado, y por esto,
cuando tras un vergonzoso espionaje se convenció de su deshonra, sólo
supo levantar la crispada mano sobre aquella hermosa cara de muñeca
pálida, y acabó por no descargar el golpe. Sólo tuvo fuerzas para
arrojarla de la casa y llorar como un niño abandonado apenas cerró la
puerta.

Después, la soledad completa, la monotonía del aislamiento, interrumpida
por noticias que le hacían daño. Su mujer viajaba por el centro de
Europa como una princesa; un millonario _la había lanzado_; aquella era
su verdadera existencia, para aquello había nacido. Todo un invierno
llamó la atención en París; los periódicos hablaban de la hermosa
española; sus triunfos en las playas de moda eran ruidosos, se buscaba
como un honor arruinarse por ella, y varios duelos y ciertos rumores de
suicidio formaban en torno de su nombre un ambiente de leyenda. Después
de tres años de correría triunfal, volvió a Madrid, acrecentada su
hermosura por el extraño encanto del cosmopolitismo. Ahora la protegía
el más rico negociante de España, y en su espléndido hotel reinaba
sobre una corte sólo de hombres: ministros, banqueros, políticos
influyentes, personajes de todas clases que buscaban su sonrisa como la
mejor de sus condecoraciones.

Tan grande era su poder, que hasta Luis creía sentirlo en torno de su
persona, viendo que se sucedían las situaciones políticas sin que le
tocasen su empleo. El miedo a combatir por el sostenimiento de la vida
le hacía aceptar aquella situación, en la que adivinaba la mano oculta
de Enriqueta. Solo y condenado a trabajar para vivir, sentía, sin
embargo, la vergüenza del miserable que tiene como único mérito ser
esposo de una mujer hermosa. Todo su valor consistía en huir cuando la
encontraba a su paso, insolente y triunfadora en su deshonra; huir
perseguido por aquellos ojos que se fijaban en él con sorpresa,
perdiendo su altivez de mujer codiciada.

Un día recibió la visita de un cura viejo y de aspecto tímido; el mismo
que ahora iba sentado junto a él en el coche. Era el confesor de su
mujer. ¡Bien había sabido escogerlo! Un señor bondadoso, de cortos
alcances. Cuando dijo quién le enviaba, Luis no pudo contenerse:
«¡Valiente tal!», y soltó redondo el insulto. Pero imperturbable el buen
viejo, como quien trae aprendido el discurso y lo teme olvidar si tarda
en soltarlo, le habló de Magdalena pecadora; del Señor, que siendo quien
era, la había perdonado; y pasando al estilo llano y natural, contó la
transformación sufrida por Enriqueta. Estaba enferma; apenas si salía de
su hotel; una enfermedad que roía sus entrañas, un cáncer al que había
que domar con continuas inyecciones de morfina para que no la hiciera
desfallecer y rugir de dolor con sus crueles arañazos. La desgracia la
había hecho volver sus ojos a Dios; se arrepentía del pasado, quería
verle...

Y él, el hombre cobarde, saltaba de gozo al oír esto, con la
satisfacción del débil que se ve vengado. ¡Un cáncer!... ¡El maldito
lujo que se pudría dentro de ella, haciéndola morir en vida! Y siempre
tan hermosa, ¿verdad? ¡Qué dulce venganza!... No; no iría a verla. Era
inútil que el cura buscase argumentos. Podía visitarle cuando quisiera
y darle noticias de su mujer: aquello le alegraba mucho; ahora
comprendía por qué los hombres son malos.

Desde entonces el cura le visitaba casi todas las tardes, para fumar
unos cuantos cigarros, hablando de Enriqueta, y alguna vez salían
juntos, paseando por las afueras de Madrid como antiguos amigos.

La enfermedad avanzaba rápidamente; Enriqueta estaba convencida de que
iba a morir. Quería verle para implorar su perdón; así lo pedía, con
tono de niña caprichosa y enferma que exige un juguete. Hasta _el otro_,
el protector poderoso, dócil a pesar de su omnipotencia, le suplicaba al
cura que llevase al hotel al marido de Enriqueta. El buen viejo hablaba
con fervor de la conmovedora conversión de la señora, aunque confesando
que el maldito lujo, perdición de tantas almas, todavía la dominaba. La
enfermedad la tenía prisionera en su casa; pero en los momentos de
calma, cuando el pícaro dolor no la hacía ir de un lado a otro como una
loca, hojeaba catálogos y figurines de París, escribía a sus proveedores
de allá, y rara era la semana en que no llegaban cajones con las
últimas novedades: trajes, sombreros y joyas que, después de
contemplados y manoseados un día en el cerrado dormitorio, caían en los
rincones o se ocultaban para siempre en los armarios, como juguetes
inútiles. Por todos estos caprichos pasaba _el otro_, con tal de ver a
Enriqueta sonriente.

Estas continuas confidencias hacían penetrar lentamente a Luis en la
vida de su mujer; seguía de lejos el curso de su enfermedad y no pasaba
día sin que mentalmente se rozase con aquel ser, del que se había
apartado para siempre.

Una tarde se presentó el cura con desusada energía. Aquella señora
estaba en las últimas, le llamaba a gritos; era un crimen negar el
último consuelo a una moribunda, y él no lo consentía. Sentíase capaz de
llevárselo a viva fuerza. Luis, vencido por la voluntad del viejo, se
dejó arrastrar y subió a un coche, insultándose mentalmente, pero sin
fuerzas para retroceder... ¡Cobarde! ¡Cobarde para siempre!

En pos de la negra sotana atravesó el jardín del hotel que tantas veces,
al pasar por el inmediato paseo, había espiado con miradas de odio... Y
ahora, nada; ni odio ni dolor: un vivo sentimiento de curiosidad, como
el que entra en país desconocido, paladeando anticipadamente las
maravillas que espera ver.

Dentro del hotel la misma impresión de curiosidad y asombro. ¡Ah,
miserable! ¡Cuántas veces, en los ensueños de su voluntad impotente, se
había visto entrando en aquella casa como un marido de drama, el arma en
la mano para matar a la esposa infiel, y destrozando después, como una
fiera loca, los muebles costosos, los ricos cortinajes, las mullidas
alfombras! Y ahora la blandura que sentía bajo sus pies, los bellos
colores por los que resbalaba su mirada, las flores que le saludaban con
su perfume desde los rincones, causábanle una embriaguez de eunuco, y
sentía impulsos de tenderse en aquellos muebles, de tomar posesión, como
si le pertenecieran, por ser de su mujer. Ahora comprendía lo que era la
riqueza y con qué fuerza pesaba sobre sus esclavos. Estaba ya en el
primer piso, y ni siquiera había percibido, en la calma solemne del
hotel, ninguno de esos detalles con que se revela la muerte al entrar en
una casa.

Vio criados tras cuya máscara impasible creyó percibir un gesto de
curiosidad insolente: una doncella le saludó con enigmática sonrisa, que
no se sabía si era de simpatía o de burla para «el marido de la señora»;
creyó distinguir en una habitación inmediata un señor que se ocultaba
(tal vez era _el otro_); y aturdido por aquel mundo nuevo, atravesó una
puerta, empujado suavemente por su guía.

Estaba en el dormitorio de la señora: una habitación sumida en suave
penumbra, que rasgaba una faja de sol filtrándose por un balcón
entreabierto.

En medio de este rayo de luz estaba una mujer erguida, esbelta,
sonrosada, vestida con un hermoso traje de _soirée_, las nacaradas
espaldas surgiendo de entre nubes de blondas, y el pecho y la cabeza
deslumbrantes con el centelleo de las joyas. Luis retrocedió asombrado,
protestando de la farsa. ¿Aquella era la enferma? ¿Le habían llamado
para insultarle?

--¡Luis... Luis!...--gimió tras él una voz débil, con entonación
infantil y suave, que le recordaba el pasado, los mejores instantes de
su vida.

Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, vieron en el fondo de la
habitación algo monumental e imponente como un altar: una cama con
gradas, y en la cual, bajo los ondulantes cortinajes, se incorporaba
trabajosamente una figura blanca.

Entonces se fijó en la mujer inmóvil, que parecía esperarle con su
esbelta rigidez y sus ojos de vaga mirada, como empañados por lágrimas.
Era un artístico maniquí que guardaba cierta semejanza con Enriqueta. La
servía para poder contemplar mejor aquellas novedades que continuamente
recibía de París. Era el único actor de las representaciones de
elegancia y riqueza que se daba a solas para remedio de su enfermedad.

--¡Luis... Luis!...--volvió a gemir la vocecita desde el fondo de la
cama.

Tristemente fue Luis hacia ella para verse agarrado por unos brazos que
le apretaron convulsivamente y sentir una boca ardorosa que buscaba la
suya, implorando perdón, al mismo tiempo que en una mejilla recibía la
tibia caricia de las lágrimas.

--Di que me perdonas; dilo, Luis, y tal vez no me muera.

Y el marido, que instintivamente intentaba repelerla, acabó por
abandonarse entre aquellos brazos, repitiendo sin darse cuenta las
mismas palabras cariñosas de los tiempos felices. Ante sus ojos,
habituados a la oscuridad, iba marcándose con todos sus detalles el
rostro de su mujer.

--¡Luis, Luis mío!--decía ella sonriendo en medio de las lágrimas--.
¿Cómo me encuentras? Ya no soy tan hermosa como en nuestros tiempos de
felicidad... cuando yo aún no era loca. Dime, ¡por Dios! dime qué te
parezco.

Su marido la miraba con asombro. Hermosa, siempre hermosa, aquella
belleza infantil e ingenua que tan temible la hacía. La muerte aún no
estaba allí: únicamente por entre el suave perfume de aquella carne
soberana, de aquel lecho majestuoso, parecía deslizarse un vaho sutil y
lejano de materia muerta, algo que delataba la interior descomposición
que se mezclaba en sus besos.

Luis adivinó la presencia de alguien detrás de él. Un hombre estaba a
pocos pasos, contemplándolos con expresión confusa, como atraído allí
por un impulso superior a la voluntad que le avergonzaba. El marido de
Enriqueta conocía, como media nación, la austera cara de aquel señor ya
entrado en años, hombre de sanos principios, gran defensor de la moral
pública.

--¡Dile que se vaya, Luis!--gritó la enferma--. ¿Qué hace ahí ese
hombre? Yo sólo te quiero a ti... sólo quiero a mi marido. Perdóname...
fue el lujo, el maldito lujo: necesitaba dinero, mucho dinero; pero
amar... sólo a ti.

Enriqueta lloraba mostrando su arrepentimiento, y aquel hombre lloraba
también, débil y humilde ante el desprecio.

Luis, que tantas veces había pensado en él con arrebatos de cólera, y
que al verle había sentido impulsos de arrojarse a su cuello, acabó por
mirarle con simpatía y respeto. ¡También la amaba! Y la comunidad en el
afecto, en vez de repelerlos, ligaba al marido y _al otro_ con una
simpatía extraña.

--Que se vaya, que se vaya--repetía la enferma con una terquedad
infantil.

Y su marido miraba al hombre poderoso con expresión suplicante, como si
pidiera perdón para su mujer, que no sabía lo que decía.

--Vamos, doña Enriqueta--dijo desde el fondo de la habitación la voz del
cura--. Piense usted en sí misma y en Dios: no incurra en el pecado de
soberbia.

Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron por sentarse junto
al lecho de la enferma. El dolor la hacía rugir, había que darla
frecuentes inyecciones, y los dos acudían solícitos a su cuidado. Varias
veces se tropezaron sus manos al incorporar a Enriqueta, y no los separó
una repulsión instintiva; antes bien, se ayudaban con efusión fraternal.

Luis encontraba cada vez más simpático a aquel buen señor, de trato tan
llano a pesar de sus millones, y que lloraba a su mujer más aún que él.
Durante la noche, cuando la enferma descansaba bajo la acción de la
morfina, los dos hombres, compenetrados por aquella velada de
sufrimientos, conversaban en voz baja, sin que en sus palabras se notara
el menor dejo de remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por el
amor.

Al amanecer murió Enriqueta repitiendo: «¡Perdón! ¡perdón!» Pero su
última mirada no fue para el marido. Aquel hermoso pájaro sin seso
levantó el vuelo para siempre acariciando con los ojos el maniquí de
eterna sonrisa y mirada vidriosa; el ídolo del lujo, que erguía cerca
del balcón su cabeza hueca, sobre la cual, con infernal fulgor,
centelleaban los brillantes, heridos por la azulada luz del alba.



La paella del «roder»


Fue un día de fiesta para la cabeza del distrito la repentina visita del
diputado, un señorón de Madrid, tan poderoso para aquellas buenas
gentes, que hablaban de él como de la Santísima Providencia. Hubo gran
_paella_ en el huerto del alcalde; un festín pantagruélico, amenizado
por la banda del pueblo y contemplado por todas las mujeres y
chiquillos, que asomaban curiosos tras las tapias.

La flor del distrito estaba allí: los curas de cuatro o cinco pueblos,
pues el diputado era defensor del orden y los sanos principios; los
alcaldes y todos los muñidores que en tiempos de elección trotaban por
los caminos trayéndole a don José las actas incólumes para que manchase
su blanca virginidad con cifras monstruosas.

Entre las sotanas nuevas y los trajes de fiesta oliendo a alcanfor y con
los pliegues del arca, destacábanse majestuosos los lentes de oro y el
negro chaqué del diputado; pero a pesar de toda su prosopopeya, la
Providencia del distrito apenas si llamaba la atención.

Todas las miradas eran para un hombrecillo con calzones de pana y negro
pañuelo en la cabeza, enjuto, bronceado, de fuertes quijadas, y que
tenía al lado un pesado retaco, no cambiando de asiento sin llevar tras
sí la vieja arma, que parecía un adherente de su cuerpo.

Era el famoso Quico _Bolsón_, el héroe del distrito, un _roder_ con
treinta años de hazañas, al que miraba la gente joven con terror casi
supersticioso, recordando su niñez, cuando las madres decían para
hacerles callar: «¡Que viene _Bolsón_!»

A los veinte años tumbó a dos por cuestión de amores; y después al monte
con el retaco, a hacer la vida de _roder_, de caballero andante de la
sierra. Más de cuarenta procesos estaban en suspenso, esperando que
tuviera la bondad de dejarse coger. ¡Pero bueno era él! Saltaba como
una cabra, conocía todos los rincones de la sierra, partía de un balazo
una moneda en el aire, y la Guardia civil, cansada de correrías
infructuosas, acabó por no verle.

Ladrón... eso nunca. Tenía sus desplantes de caballero; comía en el
monte lo que le daban por admiración o miedo los de las masías, y si
salía en el distrito algún ratero, pronto le alcanzaba su retaco; él
tenía su honradez y no quería cargar con robos ajenos. Sangre... eso sí,
hasta los codos. Para él un hombre valía menos que una piedra del
camino; aquella bestia feroz usaba magistralmente todas las suertes de
matar al enemigo: con bala, con navaja; frente a frente, si tenían
agallas para ir en su busca; a la espera y emboscado, si eran tan
recelosos y astutos como él. Por celos había ido suprimiendo a los otros
_roders_ que infestaban la sierra; en los caminos, uno hoy y otro
mañana, había asesinado a antiguos enemigos, y muchas veces bajó a los
pueblos en domingo para dejar tendidos en la plaza, a la salida de la
misa mayor, a alcaldes o propietarios influyentes.

Ya no le molestaban ni le perseguían. Mataba por pasión política a
hombres que apenas conocía, por asegurar el triunfo de don José, eterno
representante del distrito. La bestia feroz era, sin darse cuenta de
ello, una garra del gran pólipo electoral que se agitaba allá lejos, en
el Ministerio de la Gobernación.

Vivía en un pueblo cercano, casado con la mujer que le impulsó a matar
por vez primera, rodeado de hijos, paternal, bondadoso, fumando cigarros
con la Guardia civil, que obedecía órdenes superiores, y cuando a raíz
de alguna hazaña había que fingir que le perseguían, pasaba algunos días
cazando en el monte, entreteniendo su buen pulso de tirador.

Había que ver cómo le obsequiaban y atendían durante la _paella_ los
notables del distrito. «_Bolsón_, este pedazo de pollo; _Bolsón_, un
trago de vino.» Y hasta los curas, riendo con un _¡jo jo!_ bondadosote,
le daban palmaditas en la espalda, diciendo paternalmente: «_¡Ay
Bolsonet, qué mal eres!_»

Por él se celebraba aquella fiesta. Sólo por él se había detenido en la
cabeza del distrito el majestuoso don José, de paso para Valencia.
Quería tranquilizarle y que cesase en sus quejas, cada vez más
alarmantes.

Como premio por sus atropellos en las elecciones, le había prometido el
indulto, y _Bolsón_, que se sentía viejo y ansiaba vivir tranquilo como
un labrador honrado, obedecía al señor todopoderoso, creyendo en su
rudeza que cada barbaridad, cada crimen, aceleraba su perdón.

Pero pasaban los años, todo eran promesas, y el _roder_, creyendo
firmemente en la omnipotencia del diputado, achacaba a desprecio o
descuido la tardanza del indulto.

La sumisión trocose en amenaza, y don José sintió el miedo del domador
ante la fiera que se rebela. El _roder_ le escribía a Madrid todas las
semanas con tono amenazador. Y estas cartas, garrapateadas por la
sangrienta zarpa de aquel bruto, acabaron por obsesionarle, por
obligarle a marchar al distrito.

Había que verles después de la _paella_, hablando en un rincón del
huerto; el diputado, obsequioso y amable. _Bolsón_, cejijunto y
malhumorado.

--He venido sólo por verte--decía don José, recalcando el honor que le
concedía con su visita--. ¿Pero qué son esas prisas? ¿No estás bien,
querido Quico? Te he recomendado al gobernador de la provincia; la
Guardia civil nada te dice... ¿qué te falta?

Nada y todo. Es verdad que no le molestaban, pero aquello era inseguro,
podían cambiar los tiempos y tener que volver al monte. Él quería lo
prometido: el indulto, _¡recordóns!_ Y formulaba su pretensión tan
pronto en valenciano como en un castellano de pronunciación
ininteligible.

--Lo tendrás, hombre, lo tendrás. Está al caer; un día de estos será.

Sonrió _Bolsón_ con ironía cruel. No era tan bruto como le creían. Había
consultado a un abogado de Valencia, que se había reído de él y del
indulto. Tenía que dejarse coger, cargarse con paciencia los doscientos
o trescientos años que podrían salirle en innumerables sentencias, y
cuando hubiese extinguido una parte de presidio, como quien dice de aquí
a cien años, podría venir el tal indulto. ¡Recristo! Basta de broma: de
él no se burlaba nadie.

El diputado se inmutó viendo casi perdida la confianza del _roder_.

--Ese abogado es un ignorante. ¿Crees tú que para el gobierno hay algo
imposible? Cuenta con que pronto saldrás de penas: te lo juro.

Y le anonadó con su charla; le encantó con su palabrería, conociendo de
antiguo el poder de sus habilidades de parlanchín sobre aquella cabeza
fosca.

Recobró el _roder_ poco a poco su confianza en el diputado. Esperaría;
pero un mes nada más. Si después de este plazo no llegaba el indulto, no
escribiría, no molestaría más. Él era un diputado, un gran señor, pero
para las balas sólo hay hombres.

Y despidiéndose con esta amenaza, requirió el retaco y saludó a toda la
reunión. Regresaba a su pueblo; quería aprovechar la tarde, pues hombres
como él sólo corren los caminos de noche cuando hay necesidad.

Le acompañaba el carnicero de su pueblo, un mocetón admirador de su
fuerza y su destreza, un satélite que le seguía a todas partes.

El diputado los despidió con afabilidad felina.

--Adiós, querido Quico--dijo estrechando la mano del _roder_--. Calma,
que pronto saldrás de penas. Que estén buenos tus chicos: y dile a tu
mujer que aún recuerdo lo bien que me trató cuando estuve en vuestra
casa.

El _roder_ y su acólito tomaron asiento en la tartana de su pueblo,
entre tres vecinas que saludaron con afecto al _siñor Quico_ y unos
cuantos chicuelos que pasaban las manos por el cargado retaco como si
fuese una santa imagen.

La tartana avanzaba dando tumbos por entre los huertos de naranjos,
cargados de flor de azahar. Brillaban las acequias, reflejando el dulce
sol de la tarde, y por el espacio pasaba la tibia respiración de la
primavera impregnada de perfumes y rumores.

_Bolsón_ iba contento. Cien veces le habían prometido el indulto, pero
ahora era de veras. Su admirador y escudero le oía silencioso.

Vieron en el camino una pareja de la Guardia civil, y _Bolsón_ la saludó
amigablemente.

En una revuelta apareció una segunda pareja, y el carnicero moviose en
su asiento como si le pinchasen. Eran muchas parejas en camino tan
corto. El _roder_ le tranquilizó. Habían concentrado la fuerza del
distrito por el viaje de don José.

Pero un poco más allá encontraron la tercera pareja, que, como las
anteriores, siguió lentamente al carruaje, y el carnicero no pudo
contenerse más. Aquello le olía mal. ¡_Bolsón_, aún era tiempo! A bajar
en seguida; a huir por entre los campos hasta ganar la sierra. Si nada
iba con él, podía volver por la noche a casa.

--_Sí, siñor Quico, sí_--decían las mujeres asustadas.

Pero el _siñor Quico_ se reía del miedo de aquellas gentes.

--_Arrea, tartanero... arrea._

Y la tartana siguió adelante, hasta que de repente saltaron al camino
quince o veinte guardias, una nube de tricornios con un viejo oficial al
frente. Por las ventanillas entraron las bocas de los fusiles apuntando
al _roder_, que permaneció inmóvil y sereno, mientras que mujeres y
chiquillos se arrojaban chillando al fondo del carruaje.

--_Bolsón_, baja o te matamos--dijo el teniente.

Bajó el _roder_ con su satélite, y antes de poner pie en tierra ya le
habían quitado sus armas. Aún estaba impresionado por la charla de su
protector, y no pensó en hacer resistencia por no imposibilitar su
famoso indulto con un nuevo crimen.

Llamó al carnicero, rogándole que corriese al pueblo para avisar a don
José. Sería un error, una orden mal dada.

Vio el mocetón cómo se le llevaban a empujones a un naranjal inmediato,
y salió corriendo camino abajo por entre aquellas parejas, que cerraban
la retirada a la tartana.

No corrió mucho. Montado en su jaco encontró a uno de los alcaldes que
habían estado en la fiesta... ¡Don José! ¿Dónde estaba don José?

El rústico sonrió como si adivinara lo ocurrido... Apenas se fue
_Bolsón_, el diputado había salido a escape para Valencia.

Todo lo comprendió el carnicero: la fuga, la sonrisa de aquel tío y la
mirada burlona del viejo teniente cuando el _roder_ pensaba en su
protector, creyendo ser víctima de una equivocación.

Volvió corriendo al huerto, pero antes de llegar, una nubecilla blanca y
fina como vedija de algodón se elevó sobre las copas de los naranjos, y
sonó una detonación larga y ondulada, como si se rasgase la tierra.

Acababan de fusilar a _Bolsón_.

Le vio de espaldas sobre la roja tierra, con medio cuerpo a la sombra de
un naranjo, ennegrecido el suelo con la sangre que salía a borbotones de
su cabeza destrozada. Los insectos, brillando al sol como botones de
oro, balanceábanse ebrios de azahar en torno de sus sangrientos labios.

El discípulo se mesó los cabellos. ¡Recristo! ¿Así se mataba a los
hombres que son hombres?

El teniente le puso una mano en el hombro.

--Tú, aprendiz de _roder_, mira cómo mueren los pillos.

El _aprendiz_ se revolvió con fiereza, pero fue para mirar a lo lejos,
como si a través de los campos pudiera ver el camino de Valencia, y sus
ojos, llenos de lágrimas, parecían decir: «Pillo, sí; pero más pillo es
el que huye.»



En la boca del horno


Como en Agosto Valencia entera desfallece de calor, los trabajadores del
horno se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el ardor de un
incendio.

Desnudos, sin otra concesión a la decencia que un blanco mandil,
trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun así, su piel inflamada
parecía liquidarse con la transpiración, y el sudor caía a gotas sobre
la pasta, sin duda para que, cumpliéndose a medias la maldición bíblica,
los parroquianos, ya que no con el sudor propio, se comieran el pan
empapado en el ajeno.

Cuando se descorría la mampara de hierro que tapaba el horno, las llamas
enrojecían las paredes, y su reflejo, resbalando por los tableros
cargados de masa, coloreaba los blancos taparrabos y aquellos pechos
atléticos y bíceps de gigante, que, espolvoreados de harina y brillantes
de sudor, tenían cierta apariencia femenil.

Las palas se arrastraban dentro del horno, dejando sobre las ardientes
piedras los pedazos de pasta, o sacando los panes cocidos, de rubia
corteza, que esparcían un humillo fragante de vida; y mientras tanto,
los cinco panaderos, inclinados sobre las largas mesas, aporreaban la
masa, la estrujaban como si fuese un lío de ropa mojada y retorcida y la
cortaban en piezas; todo sin levantar la cabeza, hablando con voz
entrecortada por la fatiga y entonando canciones lentas y monótonas, que
muchas veces quedaban sin terminar.

A lo lejos sonaba la hora cantada por los serenos, rasgando vibrante la
bochornosa calma de la noche estival; y los trasnochadores que volvían
del café o del teatro deteníanse un instante ante las rejas para ver en
su antro a los panaderos, que, desnudos, visibles únicamente de cintura
arriba, y teniendo por fondo la llameante boca del horno, parecían
ánimas en pena de un retablo del purgatorio; pero el calor, el intenso
perfume del pan y el vaho de aquellos cuerpos, dejaban pronto las rejas
libres de curiosos y se restablecía la calma en el obrador.

Era entre los panaderos el de más autoridad Tono el Bizco, un mocetón
que tenía fama por su mal carácter e insolencia brutal; y eso que la
gente del oficio no se distinguía por buena.

Bebía, sin que nunca le temblasen las piernas ni menos los brazos; antes
bien, a éstos les entraba con el calor del vino un furor por aporrear,
cual si todo el mundo fuese una masa como la que aporreaban en el horno.
En los ventorrillos de las afueras temblaban los parroquianos pacíficos,
como si se aproximara una tempestad, cuando le veían llegar de merienda
al frente de una cuadrilla de gente del oficio, que reía todas sus
gracias. Era todo un hombre. Paliza diaria a la mujer; casi todo el
jornal en su bolsillo, y los chiquillos descalzos y hambrientos,
buscando con ansia las sobras de la cena de aquella cesta que por las
noches se llevaba al horno. Aparte de esto, un buen corazón, que se
gastaba el dinero con los compañeros, para adquirir el derecho de
atormentarlos con sus bromas de bruto.

El dueño del horno le trataba con cierto miramiento, como si le temiera,
y los camaradas de trabajo, pobres diablos cargados de familia, se
evitaban compromisos sufriéndolo con sonrisa amistosa.

En el obrador, Tono tenía su víctima: el pobre _Menut_, un muchacho
enclenque que meses antes aún era aprendiz, y al que los camaradas
reprendían por el excesivo afán de trabajo que mostraba siempre,
ansiando un aumento de jornal para poder casarse.

¡Pobre _Menut_! Todos los compañeros, influidos por esa adulación
instintiva en los cobardes, celebraban alborozados las bromas que Tono
se permitía con él. Al buscar sus ropas terminado el trabajo,
encontrábase en los bolsillos cosas nauseabundas; recibía en pleno
rostro bolas de pasta, y siempre que el mocetón pasaba por detrás de él,
dejaba caer sobre su encorvado espinazo la poderosa manaza, como si se
desplomara medio techo.

El _Menut_ callaba resignado. ¡Ser tan poquita cosa ante los puños de
aquel bruto, que le había tomado como un juguete!

Un domingo por la noche, Tono llegó muy alegre al horno. Había merendado
en la playa; sus ojos tenían un jaspeado sanguinolento, y al respirar lo
impregnaba todo de ese hedor de chufas que delata una pesada digestión
de vino.

¡Gran noticia! Había visto en un merendero al _Menut_, a aquel ganso que
tenía delante. Iba con su novia: una gran chica. ¡Vaya con el gusano
tísico! Bien había sabido escoger.

Y entre las risotadas de sus compañeros, describía a la pobre muchacha
con minuciosidad vergonzosa, como si la hubiera desnudado con la mirada.

El _Menut_ no levantaba la cabeza, absorto en su trabajo; pero estaba
pálido, como si dentro del estómago se revolviera la merienda
mordiéndole. No era el de todas las noches: también él olía a chufas, y
varias veces sus ojos, apartándose de la masa, se encontraron con la
mirada bizca y socarrona del tirano. De él podía decir cuanto quisiera:
estaba acostumbrado; ¿pero hablar de su novia?... ¡Cristo!...

El trabajo resultaba aquella noche más lento y fatigoso. Pasaban las
horas sin que adelantasen gran cosa los brazos, torpes y cansados por la
fiesta, a los que la masa parecía resistirse.

Aumentaba el calor: un ambiente de irritación se esparcía en torno de
los panaderos, y Tono, que era el más furioso, se desahogaba con
maldiciones. ¡Así se volviera veneno todo el pan de aquella noche!
Rabiar como perros a la hora en que todo el mundo duerme, para poder
comer al día siguiente unos cuantos pedazos de aquella masa indecente.
¡Vaya un oficio!

Y enardecido por la constancia con que trabajaba el _Menut_, la
emprendió con él, volviendo a sacar a ruedo la belleza de su novia.

Debía casarse pronto. Les convenía a los amigos. Como él era un bendito,
un cualquier cosa, sin pelo de hombre siquiera... los compañeros,
¿eh?... Los buenos mozos como él harían el favor...

Y antes de terminar la frase guiñaba expresivamente sus ojos bizcos,
provocando la carcajada brutal de todos los camaradas. Pero duró poco la
alegría. El joven había lanzado un voto redondo, al mismo tiempo que una
cosa enorme y pesada pasó silbando como un proyectil por encima de la
mesa, haciendo desaparecer la cabeza de Tono, el cual vaciló y se agarró
a los tableros, doblándose sobre una rodilla.

El _Menut_, con una fuerza nerviosa, jadeante el angosto pecho y
trémulos los brazos, le había arrojado a la cabeza todo un montón de
masa, y el mocetón, aturdido por el golpe, no sabía cómo despojarse de
aquella máscara pegajosa y asfixiante.

Le ayudaron los compañeros. El golpe le había destrozado la nariz, y un
hilillo de sangre teñía la blanca pasta. Pero Tono no se fijaba en ello,
revolviéndose como un loco entre los brazos de sus compañeros y pidiendo
a gritos que le soltasen. En eso pensaban. Todos habían visto que aquel
maldito, en vez de abalanzarse sobre el _Menut_, intentaba llegar hasta
el rincón donde colgaban sus ropas, buscando, sin duda, la famosa faca,
tan conocida en las tabernas de las afueras.

Hasta el encargado del horno dejó quemarse una fila de panes para ayudar
a contenerle, y nadie pensaba sujetar al agresor, convencidos todos de
que el infeliz no había de pasar de su primer arrebato.

Apareció el dueño del horno. ¡Qué oído el de aquel tío! Le habían
despertado los gritos y el pataleo, y allí estaba, casi en paños
menores.

Todos volvieron a su trabajo, y la sangre de Tono desapareció en las
entrañas de la pasta, vuelta a sobar.

El mocetón mostrábase benévolo, con una bondad que daba frío. No había
ocurrido nada: una broma de las que se ven todos los días. Cosas de
chicos, que los hombres deben perdonar. Y era sabido... ¡entre
compañeros!...

Y siguió trabajando, pero con más ardor, sin levantar la cabeza,
deseando acabar cuanto antes.

El _Menut_ miraba a todos fijamente y se encogía de hombros con cierta
arrogancia, como si, rota ya su timidez, le costara trabajo volver a
recobrarla.

Tono fue el primero en vestirse y salió acompañado hasta la puerta por
los buenos consejos del amo, que él agradecía con cabezadas de
aprobación.

Cuando se fue el _Menut_, media hora después, los camaradas le
acompañaron. Le hicieron mil ofrecimientos. Ellos se encargarían de
ajustar las paces por la noche; pero mientras tanto, quieto en casa, y a
evitar un mal encuentro, no saliendo en todo el día.

Despertábase la ciudad. El sol enrojecía los aleros; retirábanse en
busca del relevo los guardias de la noche, y en las calles sólo se veían
las huertanas cargadas de cestas camino del Mercado.

Los panaderos abandonaron al _Menut_ en la puerta de su casa. Vio cómo
se alejaban, y aún permaneció un rato inmóvil, con la llave en la
cerraja, como si gozara viéndose solo y sin protección. Por fin se había
convencido de que era un hombre; ya no sentía crueles dudas y sonreía
satisfecho al recordar el aspecto del mocetón cayendo de rodillas y
chorreando sangre. ¡Granuja!... ¡Hablar tan libremente de su novia! No;
no quería arreglos con él.

Al dar la vuelta a la llave oyó que le llamaban:

--_¡Menut!_ _¡Menut!_

Era Tono, que salía de detrás de una esquina. Mejor: le esperaba. Y
junto con un temblorcillo instintivo, experimentó cierta satisfacción.
Le dolía que le perdonasen el golpe, como si fuera él un irresponsable.

Al ver la actitud agresiva de Tono, púsose en guardia, como un gallito
encrespado, pero los dos se contuvieron, notando que llamaban la
atención de algunos albañiles que con el saquito al hombro pasaban
camino del andamio.

Se hablaron en voz baja, con frialdad, como dos buenos amigos, pero
cortando las palabras como si las mordieran. Tono venía a arreglar
rápidamente el asunto: todo se reducía a decirse dos palabritas en sitio
retirado. Y como hombre generoso, incapaz de ocultar la extensión de la
entrevista, preguntó al muchacho:

--_¿Pòrtes ferramenta?_

¿Él herramienta? No era de los guapos que van a todas horas con la
navaja sobre los riñones. Pero tenía arriba un cuchillo que fue de su
padre, e iba por él: un momento de espera nada más. Y abriendo el
portal, se lanzó por la angosta escalerilla, llegando en un vuelo a lo
más alto.

Bajó a los pocos minutos, pero pálido e inquieto. Le había recibido su
madre, que estaba arreglándose para ir a misa y al Mercado. La pobre
vieja extrañaba aquella salida, y había tenido que engañarla con penosas
mentiras. Pero ya estaba él allí con todo su arreglo. Cuando Tono
quisiera... ¡andando!

No encontraban una calle desierta. Abríanse las puertas, arrojando la
fétida atmósfera de la noche, y las escobas arañaban las aceras,
lanzando nubecillas de polvo en los rayos oblicuos de aquel sol rojo,
que asomaba al extremo de las calles como por una brecha.

En todas partes guardias que les miraban con ojos vagos, como si aún no
estuvieran despiertos; labradores que, con la mano en el ronzal, guiaban
su carro de verduras, esparciendo en las calles la fresca fragancia de
los campos; viejas arrebujadas en su mantilla, acelerando el paso como
espoleadas por los esquilones que volteaban en las iglesias próximas;
gente, en fin, que al verles metidos en el negocio, chillaría o se
apresuraría a separarles. ¡Qué escándalo! ¿Es que dos hombres de bien no
podían pegarse con tranquilidad en toda una Valencia?

En las afueras, el mismo movimiento. La mañana, con su exceso de luz y
actividad, envolvía a los dos trasnochadores, como para avergonzarles
por su empeño.

El _Menut_ sentía cierto decaimiento, y hasta probó a hablar. Reconocía
su imprudencia. Había sido el vino y su falta de costumbre; pero debían
pensar como hombres, y lo pasado... pasado. ¿No pensaba Tono en su mujer
y los chiquillos, que podían quedar más desamparados que estaban? Él aún
estaba viendo a su viejecita y la mirada ansiosa con que le siguió al
abandonarla. ¿Qué comería la pobre si se quedaba sin hijo?

Pero Tono no le dejó acabar. ¡Gallina! ¡Morral! ¿Y para contarle todo
aquello iban vagando por las calles? Ahora mismo le rompía la cara.

El _Menut_ se hizo atrás para evitar el golpe. También él mostró deseos
de agarrarse allí mismo; pero se contuvo viendo una tartana que se
aproximaba lentamente, balanceándose sobre los baches de la ronda y con
su conductor todavía adormecido.

--_¡Che, tartanero... para!_

Y abalanzándose a la portezuela, la abrió con estrépito e invitó a subir
a Tono, que retrocedía con asombro. Él no tenía dinero: ni esto. Y
metiéndose una uña entre los dientes, tiraba hacia afuera.

El joven quería terminar pronto. «Yo pagaré.» Y hasta ayudó a subir a su
enemigo, entrando después de él y subiendo con presteza las persianas de
las ventanillas.

--¡Al Hospital!

El tartanero se hizo repetir dos veces la dirección, y como le
recomendaban que no se diera prisa, dejó rodar perezosamente su carruaje
por las calles de la ciudad.

Oyó ruido detrás de él, gritos ahogados, choque de cuerpos, como si se
rieran haciéndose cosquillas, y maldijo su perra suerte, que tan mal
comenzaba el día. Serían borrachos, que, después de pasar la noche en
claro, en un arranque de embriaguez llorona no querían meterse en la
cama sin visitar algún amigote enfermo. ¡Cómo le estarían poniendo los
asientos!

La tartana pasaba lenta y perezosa por entre el movimiento matinal. Las
vacas de leche, de monótono cencerro, husmeaban sus ruedas; las cabras,
asustadas por el rocín, apartábanse sonando sus campanillas y
balanceando sus pesadas ubres; las comadres, apoyadas en sus escobas,
miraban con curiosidad aquellas ventanillas cerradas, y hasta un
municipal sonrió maliciosamente, señalándola a unos vecinos. ¡Tan
temprano y ya andaban por el mundo amores _de contrabando_!

Cuando entró en el patio del Hospital, el tartanero saltó de su asiento,
y acariciando su caballo esperó inútilmente que bajasen aquel par de
borrachos.

Fue a abrir, y vio que por el estribo de hierro se deslizaban hilos de
sangre.

--¡Socorro! ¡Socorro!--gritó abriendo de un golpe.

Entró la luz en el interior de la tartana. Sangre por todas partes. Uno
en el suelo, con la cabeza junto a la portezuela. El otro caído en la
banqueta, con el cuchillo en la mano y la cara blanca como de papel
mascado.

Acudieron las gentes del Hospital, y manchándose hasta los codos,
vaciaron aquella tartana, que parecía un carro del Matadero cargado de
carne muerta, rota, agujereada por todas partes.



El milagro de San Antonio


Hacía años que Luis no había visto las calles de Madrid a las nueve de
la mañana.

A esta hora comenzaban a dormir todos sus amigos del Casino; pero él, en
vez de meterse en la cama, había cambiado de traje y se dirigía a la
Florida, mecido por el dulce vaivén de su elegante carruaje.

Al volver a su casa después de amanecido, le habían entregado una carta
traída en la noche anterior. Era de aquella desconocida que mantenía con
él extraña correspondencia durante dos semanas. Una inicial por firma y
la letra de carácter inglés, fina, correcta e igual a la de todas las
que han sido pensionistas del Sacré Coeur. Hasta su mujer la tenía así.
Parecía que era ella la que le escribía citándole a las diez en la
Florida, frente a la iglesia de San Antonio. ¡Qué disparate!

Hacíale gracia pensar, mientras marchaba a una cita de amor, en su
mujer, aquella Ernestina cuyo recuerdo raras veces venía a turbar las
alegrías de su vida de soltero, o como decía él, de marido _emancipado_.
¿Qué haría ella a tales horas? Cinco años que no se veían, y apenas si
tenía noticias suyas. Unas veces viajaba por el extranjero; otras sabía
que estaba en provincias, en casa de viejos parientes, y aunque residía
largas temporadas en Madrid, nunca se habían encontrado. Esto no es
París ni Londres; pero resulta suficientemente grande para que no se
tropiecen nunca dos personas cuando una hace la vida de mujer
abandonada, visitando más las iglesias que los teatros, y la otra se
agita en el mundo de noche y vuelve a casa todos los días a la hora en
que el frac arrugado y la pechera abombada se impregnan del polvo que
levantan los barrenderos y del humo de las buñolerías.

Se casaron muy jóvenes, casi unos niños, y los revisteros mundanos
hablaron mucho de aquella hermosa pareja que todo lo tenían para ser
felices: ricos y casi sin familia. Primero, los arrebatos de pasión: una
dicha que, encontrando estrecho el elegante nido de los recién casados,
paseaba su insolencia feliz por los salones, para dar envidia al mundo;
después, la monotonía, el cansancio, la separación lenta e insensible,
sin dejar por eso de amarse; a él le atraían sus amistades de soltero, y
ella protestaba con escenas y choques que hacían odiosa para Luis la
vida conyugal. Ernestina quiso vengarse haciendo sentir celos a su
marido; se entregó con entusiasmo a tan peligroso juego y tuvo sus
coqueteos comprometedores con cierto _attaché_ de legación americana,
que hasta alcanzaron visos de infidelidad.

Bien sabía Luis que la cosa no tenía malicia, pero ¡qué demonio! él no
servía para casado, le abrumaba aquella vida, y aprovechó la ocasión,
tomando el asunto en serio. Con el americano se arregló, propinándole
una estocada leve; ¡pobre muchacho! ¡qué gran servicio le había
prestado sin saberlo! y de Ernestina se separó sin escándalo, sin
intervenciones judiciales. Ella con sus parientes, con quien le diese la
gana, y él otra vez a su cuarto de soltero, como si nada hubiese pasado
y sus dos años de matrimonio fuesen un largo viaje por el país de las
quimeras.

Ernestina no se resignaba, y se revolvió queriendo volver a él. Le amaba
de veras; lo pasado eran niñadas, ligerezas; pero aun cuando esto
halagaba a Luis, provocaba su indignación como una amenaza a su
libertad, milagrosamente recobrada. Por esto oponía la más terminante
negativa a los señores respetables, antiguos amigos de la familia, que
su mujer le enviaba como embajadores; ella misma fue varias veces a la
casa, sin conseguir que le franqueasen la puerta, y tan tenaz era la
resistencia de Luis, que hasta dejó de asistir a ciertas reuniones,
adivinando que allí protegían a su esposa, y algún día procurarían que
se encontrasen _casualmente_.

¡Bueno era él para ablandarse! Era un marido ultrajado, y ciertas cosas
¡vive Dios! nunca se olvidan.

Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba con dureza:

--Tú eres un pillo, que finges ultrajes por conservar tu libertad. Te
presentas como marido infeliz para seguir soltero, haciendo infelices de
veras a otros maridos. Te conozco, egoísta.

Y la conciencia no se engañaba. Sus cinco años de emancipación habían
sido para él muy alegres; sonreía recordando sus éxitos, y ahora mismo
pensaba con fatuidad en aquella desconocida que le aguardaba: alguna
mujer que le habría conocido en los salones y tenía interés en rodear de
misterio su pasión. Ella había tomado la iniciativa en una carta
insinuante; después mediaron preguntas y respuestas en las planas de
anuncios de los periódicos ilustrados, y por fin aquella cita, a la que
acudía Luis con la ansiedad que despierta lo desconocido.

El carruaje se detuvo ante San Antonio de la Florida. Bajó Luis,
haciendo seña a su cochero de que esperase. Había entrado a su servicio
cuando él vivía aún con Ernestina; era el eterno testigo de sus
aventuras; le seguía, fiel y obediente, en todas las correrías de su
_viudez_, pero pensaba con envidia en los pasados tiempos, deseando
trasnochar menos.

Buena mañana de primavera; la gente alegre gritaba en los merenderos;
pasaban por entre la arboleda, rápidos como pájaros de colores, los
encorvados ciclistas con sus camisetas rayadas; por la parte del río
sonaban cornetas, y sobre el follaje enjambres de insectos, ebrios de
luz, moscardoneaban brillando como chispas de oro. Luis, influido por el
sitio, pensaba en Goya y en las duquesas graciosas y atrevidas que,
vestidas de majas, venían a sentarse bajo aquellos árboles, con sus
galanes de capa de grana y sombrero de medio queso. ¡Aquellos eran
buenos tiempos!

Las toses insistentes y maliciosas de su cochero le avisaron. Una señora
bajaba del tranvía y se dirigía al encuentro de Luis. Vestía de negro y
el velillo del sombrero cubría su cara. Esbelta y de gracioso andar, sus
caderas movíanse con armónica cadencia, y a cada paso resonaba el
_fru-fru_ de la fina ropa interior.

Luis percibía el mismo perfume de la carta que guardaba en su bolsillo.
Sí, _era ella_. Pero cuando estuvo a pocos pasos, el movimiento de
sorpresa de su cochero le avisó antes que su vista.

--¡Ernestina!

Creyó en una traición. Alguien había avisado a su mujer. ¡Qué situación
tan ridícula!... ¡Y la otra que iba a llegar!

--¿A qué vienes?... ¿Qué buscas?

--Vengo a cumplir mi promesa. Te cité a las diez, y aquí estoy.

Y Ernestina añadió con triste sonrisa:

--A ti, Luis, para verte hay que apelar a estratagemas que repugnan a
una mujer honrada.

¡Cristo! ¡Y para tener este encuentro desagradable había salido de casa
tan temprano! ¡Citado por su propia mujer! ¡Cómo reirían los amigos del
Casino al saber aquello!

Dos lavanderas se pararon en el camino a corta distancia, con pretexto
de descansar, sentándose sobre sus talegos de ropa. Querían oír algo de
lo que se decían aquellos señoritos.

--¡Sube!... ¡Sube!--dijo Luis a su esposa con acento imperioso. Le
irritaba lo ridículo de la escena.

El coche emprendió la marcha carretera de El Pardo arriba, y los
esposos, con la cabeza reclinada en el paño azul de la tendida capota,
se espiaban sin mirarse, como abrumados por la situación y sin atreverse
uno de los dos a ser el primero en hablar.

Ella comenzó. ¡Ah, la maldita! Era un muchacho con faldas; siempre lo
había dicho Luis; por esto la huía, teniéndola mucho miedo; porque a
pesar de su dulzura de gatita cariñosa y sumisa, acababa siempre por
imponer su voluntad. ¡Señor! ¡Y qué educación dan en esos colegios
franceses!

--Mira, Luis... pocas palabras. Te quiero, y vengo decidida a todo. Eres
mi marido y contigo debo vivir. Trátame como quieras; pégame... te
querré como esas mujeres que admiten los golpes como prueba de cariño.
Lo que te digo es que eres mío y no te suelto. Olvidemos lo pasado y aún
podemos ser felices. Luis, Luis mío, ¿qué mujer puede quererte como la
tuya?

¡Vaya un modo de entrar en materia! Él quería callar, mostrarse altivo y
desdeñoso, fatigarla con su frialdad, para que le dejara tranquilo; pero
aquellas palabras le pusieron fuera de sí.

¿Volver a unirse? ¡En seguida! ¿Acaso estaba loco?... ¡Ah, señora!
Olvida usted sin duda que hay cosas que jamás se perdonan; cosas... En
fin, que quien bien está, que no se mueva. Ellos no servían para
casados, _no congeniaban_; bastaba recordar el infierno en que se
desarrollaron sus últimos meses de matrimonio. Él se encontraba bien; a
ella no le probaba mal la separación, pues estaba más hermosa que antes
(palabra de honor, señora), y sería una locura deshacer por tonterías lo
que el tiempo había hecho sabiamente.

Pero ni el ceremonioso _usted_ ni las razones de Luis convencían a la
_señora_. Ella no podía seguir así. Ocupaba en la sociedad una posición
muy equívoca; casi la igualaban con mujeres infieles; era objeto de
declaraciones y asiduidades que la sublevaban; creíanla una joven alegre
y fácil, sin cariño ni familia; iba de una parte a otra, como el Judío
errante. Di, Luis, ¿es esto vivir?

Pero como a Luis le habían dicho esto mismo todos los que fueron a
hablarle en favor de Ernestina, lo escuchaba como quien oye una música
antigua y empalagosa.

Vuelto casi de espaldas a su mujer, miraba el camino, los Viveros, bajo
cuyas arboledas bullía una alegre multitud. Los pianos de manubrio
lanzaban sus chillonas notas, semejantes al parloteo de pájaros
mecánicos. Valses y polcas formaban el acompañamiento de aquella voz
triste que dentro del carruaje relataba sus desdichas. Luis pensaba que
el sitio para el encuentro había sido escogido con premeditación. Todo
hablaba allí del amor legítimo sometido a reglamentación oficial. Aquí,
dos bodas; en el restaurant de más allá, otras; en último termino, un
cortejo nupcial, zarandeándose al compás de los pianos con la panza
repleta de peleón. Aquello repugnaba a Luis. ¡Todo Dios se casaba!...
¡Qué brutos! ¡Cuánta gente inexperta queda en el mundo!

Atrás se quedaron los Viveros con sus regocijadas bodas; los valses
sonaban lejanos, como vagos estremecimientos del aire, y Ernestina
seguía infatigable, hablando cada vez más cerca del oído de su esposo.

Ella viviría tranquila, sin molestarle, si no existieran los celos.
Porque ella se sentía celosa. Sí, Luis; ríe cuanto quieras; celosa desde
hacía un año, en vista de sus amoríos y sus escándalos. Lo sabía todo;
su vida entre bastidores, sus apasionamientos momentáneos y ruidosos por
mujerzuelas que se le comían la fortuna; hasta le habían dicho que tenía
hijos. ¿Podía permanecer tranquila? ¿No debía defender la posesión de su
marido, que era lo único que tenía en el mundo?

Luis ya no estaba de espaldas, sino de frente, soberbio y magnífico.
¡Ah, señora! ¡Y cuán mal la aconsejaban sus amigos! Él hacía su santa
voluntad, ¿estamos? No tenía que dar cuentas a nadie, pues de darlas,
también tendría que exigírselas a ella, y... ¡recuerde usted, señora!
Piense si siempre ha sido fiel a sus deberes.

Y mientras enumeraba sus desdichas, que en el fondo no le importaban un
comino, y llamaba infidelidades a lo que fueron imprudentes coqueterías,
todo con voz y ademanes que recordaban sus abonos en el Español y la
Comedia, Luis iba fijándose en su mujer.

¡Qué hermosa estaba la indina! Ya no era aquella muchacha bonita, pero
débil y delicada, que tenía horror al oscu, no queriendo enseñar lo
saliente de sus clavículas. Los cinco años de separación habían hecho de
ella una mujer adorable, espléndida, con las redondeces, el color y la
suavidad de un fruto de primavera. ¡Lástima que fuese su mujer! ¡Cómo
debían desearla los que no estaban en su caso!

--Sí, señora. Puedo hacer lo que guste y no tengo que dar cuenta de mis
acciones... Además, cuando se tiene el corazón destrozado, hay que
aturdirse, olvidar, y yo tengo derecho a todo... a todo, ¿lo entiende
usted? para olvidar que he sido muy desgraciado.

Le encantaban sus palabras, pero no pudo seguir. ¡Qué calor! El sol
metía sus rayos por debajo de la capota; el ambiente parecía impregnado
de fuego, y el obligado contacto dentro del carruaje comenzaba a
comunicarle el suave y voluptuoso calor de aquel cuerpo adorable... ¡Qué
desgracia que aquella mujer tan hermosa fuese Ernestina!

Era una mujer nueva. Experimentaba junto a ella impresiones sólo
sentidas en su época de noviazgo. Se veía aún en aquel vagón del
_exprès_ que años antes los había llevado a París, ebrios de dicha y
palpitantes de deseo.

Y ella, con aquella facilidad que siempre había tenido para leer sus
pensamientos, se aproximaba a él, tierna y sumisa como una víctima,
pidiendo el martirio a cambio de un poco de cariño, arrepintiéndose de
sus pasadas ligerezas, propias de la inexperiencia, y acariciándolo con
el perfume de su aliento, aquel mismo perfume de la carta que,
estremeciéndole, envolvía su cerebro en humareda embriagadora.

Luis huía de todo contacto; se recogía como doncella medrosica en su
asiento. El recuerdo de los amigotes era su única defensa. ¿Qué diría
su amigo el marqués, un verdadero filósofo, que, contento con su
libertad de marido divorciado, saludaba a su mujer en la calle y besaba
a los niños nacidos mucho después de la separación? Aquel era un hombre.
Había que terminar una escena que juzgaba ridícula.

--No, Ernestina--dijo por fin, tuteando a su mujer--. Nunca nos
uniremos. Te conozco: todas sois iguales. Es mentira lo que dices. Sigue
tu camino, como si no nos conociéramos...

Pero no pudo continuar. Su mujer le volvía ahora la espalda. Lloraba
descansando la cabeza en el respaldo del asiento, y su enguantada mano
introducía el pañuelo bajo el velillo para secarse las lágrimas.

Luego hizo un gesto de fastidio. ¡Lagrimitas a él!... Pero no; lloraba
de veras, con toda su alma, con quejidos de angustia y estremecimientos
nerviosos que conmovían todo su cuerpo.

Arrepentido de su brutalidad, dio orden al cochero de detener el
carruaje. Estaba fuera de la Puerta de Hierro; no pasaba nadie en aquel
momento por el camino.

--Trae agua... cualquier cosa. La señorita está enferma.

Y mientras el cochero corría a un ventorro inmediato, Luis intentó
tranquilizar a su mujer.

--Vamos, Ernestina, serenidad. No es para tanto. Esto es ridículo.
Pareces una niña.

Pero ella aún gemía cuando llegó el cochero con una botella llena de
agua. En la precipitación había olvidado el vaso.

--No importa, bebe.

Ernestina cogió la botella y se levantó el velillo. Ahora la veía bien
su marido. Nada de menjurjes de tocador, como en los tiempos que
frecuentaba el mundo: su cutis, tratado al agua fría, tenía una palidez
fresca, de rosada transparencia.

Luis se fijó en aquellos labios adorables, que se fruncían para
ajustarse al cuello de la botella. Bebía con dificultad. Una gota se
escapaba resbalando lentamente por la barbilla redonda y graciosa.
Rodaba con pereza, enredándose en la imperceptible película de la
epidermis. Él la seguía con la vista, aproximándose cada vez más. ¡Iba a
caer!... ¡Ya caía!

Pero no cayó; pues Luis, sin saber casi lo que hacía, la recogió en sus
labios, se sintió cogido por los brazos de su mujer, que lanzaba un
grito de sorpresa, de loco júbilo.

--Por fin... Luis mío... ¡Si yo ya lo decía! ¡Si eres muy bueno!

Y con la tranquila serenidad de los que no tienen por qué ocultar su
amor, se besaron ruidosamente, sin fijarse en el asombro de la mujer del
ventorrillo que recogió la botella.

El cochero, sin aguardar órdenes, arreó los caballos camino de Madrid.

--Ya tenemos ama--murmuraba soltando latigazos a sus bestias--. A casa
pronto, antes que el señorito se arrepienta.

El coche volaba por la carretera con la arrogancia de un carro triunfal,
y en su interior, los dos esposos, agarrados del talle, mirábanse con
pasión. El sombrero de Luis estaba a sus pies, y ella le acariciaba la
cabeza, despeinándole: el juego favorito de su luna de miel.

Y Luis reía, encontrando el suceso graciosísimo.

--Nos van a tomar por novios impacientes. Creerán que escapamos de los
Viveros por estar solos y libres de convidados.

Al pasar frente a San Antonio, Ernestina, reclinada en un hombro de su
esposo, se incorporó.

--Mira: ese es quien ha hecho el milagro de unirnos. De soltera le
rezaba pidiéndole un buen marido, y por segunda vez me protege, dándome
mi Luis.

--No, vida mía: el milagro lo has hecho tú con tu belleza.

Ernestina dudó algunos instantes, como si temiera hablar, y por fin dijo
con maliciosa sonrisa:

--¡Ah, señor mío! No creas que me engañas. Lo que te vuelve a mí no es
el amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi belleza y los deseos
que en ti despierta. Pero he aprendido bastante en estos años de
consuelo y soledad. Ya verás, Luis mío. Seré muy buena; te querré
mucho... Me tomas como una amante; pero con bondad y con cariño, yo he
de conseguir que me adores como a esposa.



Venganza moruna


Casi todos los que ocupaban aquel vagón de tercera conocían a Marieta,
una buena moza vestida de luto, que, con un niño de pechos en el regazo,
estaba junto a una ventanilla, rehuyendo las miradas y la conversación
de sus vecinas.

Las viejas labradoras la miraban, unas con curiosidad y otras con odio,
a través de las asas de sus enormes cestas y de los fardos que
descansaban sobre sus rodillas, con todas las compras hechas en
Valencia. Los hombres, mascullando la tagarnina, lanzábanla ojeadas de
ardoroso deseo.

En todos los extremos del vagón hablábase de ella relatando su historia.

Era la primera vez que Marieta se atrevía a salir de casa después de la
muerte de su marido. Tres meses habían pasado desde entonces. Sin duda
sentía miedo a _Teulaí_, el hermano menor de su marido, un sujeto que a
los veinticinco años era el terror del distrito; un amante loco de la
escopeta y la valentía que, naciendo rico, había abandonado los campos
para vivir unas veces en los pueblos, por la tolerancia de los alcaldes,
y otras en la montaña, cuando se atrevían a acusarle los que _le querían
mal_.

Marieta parecía satisfecha y tranquila. ¡Oh, la mala piel! Con un alma
tan negra, y miradla qué guapetona, qué majestuosa; parecía una reina.

Los que nunca la habían visto se extasiaban ante su hermosura. Era como
las vírgenes patronas de los pueblos: la tez, con pálida transparencia
de cera, bañada a veces por un oleaje de rosa; los ojos negros,
rasgados, de largas pestañas; el cuello soberbio, con dos líneas
horizontales que marcaban la tersura de la blanca carnosidad; alta,
majestuosa, con firmes redondeces, que al menor movimiento poníanse de
relieve bajo el negro vestido.

Sí, era muy guapa. Así se comprendía la locura de su pobre marido.

En vano se había opuesto al matrimonio la familia de Pepet. Casarse con
una pobre, siendo él rico, resultaba un absurdo; y aún lo parecía más al
saberse que la novia era hija de una bruja, y por tanto, heredera de
todas sus malas artes.

Pero él firme que firme. La madre de Pepet murió del disgusto; según
decían las vecinas, prefirió irse del mundo antes que ver en su casa a
la hija de la _Bruixa_; y _Teulaí_, con ser un perdido que no respetaba
gran cosa el honor de la familia, casi riñó con su hermano. No podía
resignarse a tener por cuñada una buena moza que, según afirmaban en la
taberna testigos presenciales (y allí la reunión era de lo más
respetable), preparaba malas bebidas, ayudaba a sacar a su madre las
mantecas a los niños vagabundos para confeccionar misteriosos ungüentos,
y la untaba los sábados a media noche, antes de salir volando por la
chimenea.

Pepet, que se reía de todo, acabó casándose con Marieta, y con esto
fueron de la hija de la bruja sus viñas, sus algarrobos, la gran casa
de la calle Mayor y las onzas que su madre guardaba en los arcones del
_estudi_.

Estaba loco. Aquel par de lobas le habían dado alguna mala bebida, tal
vez _polvos seguidores_, que, según afirmaban las vecinas más
experimentadas, ligan para siempre con una fuerza infernal.

La bruja, arrugada, de ojillos malignos, que no podía atravesar la plaza
del pueblo sin que los muchachos la persiguieran a pedradas, se quedó
sola en su casucha de las afueras, ante la cual no pasaba nadie por la
noche sin hacer la señal de la cruz. Pepet sacó a Marieta de aquel
antro, satisfecho de tener como suya la mujer más hermosa del distrito.

¡Qué manera de vivir! Las buenas mujeres lo recordaban con escándalo.
Bien se veía que el tal casamiento era por arte del Malo. Apenas si
Pepet salía de su casa: olvidaba los campos, dejaba en libertad a los
jornaleros, no quería apartarse ni un momento de su mujer; y las gentes,
a través de la puerta entornada o por las ventanas siempre abiertas,
sorprendían los abrazos; los veían persiguiéndose entre risotadas y
caricias, en plena borrachera de felicidad, insultando con su hartura a
todo el mundo. Aquello no era vivir como cristianos. Eran perros
furiosos persiguiéndose, con la sed de la pasión nunca extinguida. ¡Ah,
la grandísima perdida! Ella y la madre le abrasaban las entrañas con sus
bebidas.

Bien se veía en Pepet, cada vez más flaco, más amarillo, más pequeño,
como un cirio que se derretía.

El médico del pueblo, único que se burlaba de brujas, bebedizos y de la
credulidad de la gente, hablaba de separarles como único remedio. Pero
los dos siguieron unidos; él cada vez más decaído y miserable; ella
engordando, rozagante y soberbia, insultando a la murmuración con sus
aires de soberana. Tuvieron un hijo, y dos meses después murió Pepet
lentamente, como luz que se extingue, llamando a su mujer hasta el
último momento, extendiendo hacia ella sus manos ansiosas.

¡La que se armó en el pueblo! Ya estaba allí el efecto de las malas
bebidas. La vieja se encerró en su casucha temiendo a la gente; la hija
no salió a la calle en algunas semanas y los vecinos oían sus lamentos.
Por fin, algunas tardes, desafiando las miradas hostiles, fue con su
niño al cementerio.

Al principio le tenía cierto miedo a _Teulaí_, el terrible cuñado, para
el cual matar era ocupación de hombres, y que, indignado por la muerte
del hermano, hablaba en la taberna de hacer pedazos a la mujer y a la
bruja de la suegra. Pero hacía un mes que había desaparecido. Estaría
con los _roders_ en la montaña, o los _negocios_ le habrían llevado al
otro extremo de la provincia. Marieta se atrevió, por fin, a salir del
pueblo; a ir a Valencia para sus compras... ¡Ah, la señora! ¡Qué
importancia se daba con el dinero de su pobre marido! Tal vez buscaba
que los señoritos le dijesen algo, viéndola tan guapetona...

Y zumbaba en todo el vagón el cuchicheo hostil; las miradas afluían a
ella, pero Marieta abría sus ojazos imperiosos, sorbía aire ruidosamente
con gesto de desprecio, y volvía a mirar los campos de algarrobos, los
empolvados olivares, las blancas casas, que huían trazando un círculo en
torno del tren en marcha, mientras el horizonte inflamábase al contacto
del sol, que se hundía entre espesos vellones de oro.

Detúvose el tren en una pequeña estación, y las mujeres que más habían
hablado de Marieta se apresuraron a bajar, echando por delante sus
cestas y capazos.

Unas se quedaban en aquel pueblo y se despedían de las otras, de las
vecinas de Marieta, que aún tenían que andar una hora para llegar a sus
casas.

La hermosa viuda, con el niño en brazos y apoyando en la fuerte cadera
la cesta de las compras, salió de la estación con paso lento. Quería que
la adelantasen en el camino aquellas comadres hostiles; que la dejasen
marchar sola, sin tener que sufrir el tormento de sus murmuraciones.

En las calles del pueblo, estrechas, tortuosas y de avanzados aleros,
había poca luz. Las últimas casas extendíanse en dos filas a lo largo de
la carretera. Más allá veíanse los campos, que azuleaban con la llegada
del crepúsculo, y a lo lejos, sobre la ancha y polvorienta faja del
camino, marcábanse como un rosario de hormigas las mujeres que, con los
fardos en la cabeza, marchaban hacia el inmediato pueblo, cuya torre
asomaba tras una loma su montera de tejas barnizadas, brillantes con el
último reflejo de sol.

Marieta, brava moza, sintió repentinamente cierta inquietud al verse
sola en el camino. Éste era muy largo, y cerraría la noche antes que
llegase a su casa.

Sobre una puerta balanceábase el ramo de olivo, empolvado y seco,
indicador de una taberna. Bajo de él, y de espaldas al pueblo, estaba un
hombre pequeño, apoyado en el quicio y con las manos en la faja.

Marieta se fijó en él... Si al volver la cabeza resultase que era su
cuñado, ¡Dios mío, qué susto! Pero segura de que estaba muy lejos,
siguió adelante, saboreando la cruel idea del encuentro, por lo mismo
que lo creía imposible, temblando al pensar que fuese _Teulaí_ el que
estaba a la puerta de la taberna.

Pasó junto a él sin levantar los ojos.

--_Buenas tardes, Marieta_.

Era él... Y la viuda, ante la realidad, no experimentó la emoción de
momentos antes. No podía dudar. Era _Teulaí_, el bárbaro de sonrisa
traidora, que la miraba con aquellos ojos más molestos y crueles que sus
palabras.

Contestó con un _¡hola!_ desmayado, y ella, tan grande, tan fuerte,
sintió que las piernas le flaqueaban y hasta hizo un esfuerzo para que
el niño no cayera de sus brazos.

_Teulaí_ sonreía socarronamente. No había por qué asustarse. ¿No eran
parientes? Se alegraba del encuentro; la acompañaría al pueblo, y por el
camino hablarían de algunos asuntos.

--_Avant, avant_--decía el hombrecillo.

Y la mocetona siguió tras él, sumisa como una oveja, formando rudo
contraste aquella mujer grande, poderosa, de fuertes músculos, que
parecía arrastrada por _Teulaí_, enteco, miserable y ruin, en el cual
únicamente delataban el carácter los alfilerazos de extraña luz que
despedían sus ojos. Marieta sabía de lo que era capaz. Hombres fuertes
y valerosos habían caído vencidos por aquel mal bicho.

En la última casa del pueblo una vieja barría canturreando su portal.

--¡_Bòna dòna, bòna dòna_!--gritó _Teulaí_.

La buena mujer acudió, tirando la escoba. Era demasiado célebre el
cuñado de Marieta en muchas leguas a la redonda para no ser obedecido
inmediatamente.

Cogió al niño de brazos de su cuñada, y sin mirarlo, como si quisiera
evitar un enternecimiento indigno de él, lo pasó a los brazos de la
vieja, encargándole su cuidado... Era asunto de media hora: volverían
pronto por él, en cuanto terminasen cierto encargo.

Marieta rompió en sollozos y se abalanzó al niño para besarle. Pero su
cuñado tiró de ella.

--_Avant, avant_.

Se hacía tarde.

Subyugada por el terror que inspiraba aquel hombrecillo venenoso a
cuantos le rodeaban, siguió adelante, sin el niño y sin la cesta,
mientras la vieja, santiguándose, se apresuraba a meterse en casa.

Apenas si se distinguían como puntos indecisos en el blanco camino las
mujeres que marchaban al pueblo. Los pardos vapores del anochecer
extendíanse a ras de los campos, la arboleda tomaba un tono de oscuro
azul, y arriba, en el cielo, de color violeta, palpitaban las primeras
estrellas.

Continuaron en silencio algunos minutos, hasta que Marieta se detuvo con
una decisión inspirada por el miedo... Lo que tuviera que decirle, lo
mismo podía ser allí que en otra parte. Y la temblaban las piernas,
balbuceaba y no se atrevía a alzar los ojos por no ver a su cuñado.

A lo lejos sonaban chirridos de ruedas; voces prolongadas se llamaban a
través de los campos, rasgando el silencioso ambiente del crepúsculo.

Marieta miraba con ansiedad el camino. Nadie. Estaban solos ella y su
cuñado.

Éste, siempre con su sonrisa infernal, hablaba con lentitud... Lo que
tenía que decirle era que rezase; y si sentía miedo, podía echarse el
delantal por la cara. A un hombre como él no le mataban un hermano
impunemente.

Marieta se hizo atrás, con la expresión aterrada del que despierta en
pleno peligro. Su imaginación, ofuscada por el miedo, había concebido
antes de llegar allí las mayores brutalidades; palizas horrorosas, el
cuerpo magullado, la cabellera arrancada, pero... ¡rezar y taparse la
cara! ¡Morir! ¡Y tal enormidad dicha tan fríamente!...

Con palabra atropellada, temblando y suplicante, intentó enternecer a
_Teulaí_. Todo eran mentiras de la gente. Había querido con el alma a su
pobre hermano, le quería aún; si había muerto fue por no creerla a ella,
a ella que no había tenido valor para ser esquiva y fría con un hombre
tan enamorado.

Pero el valentón la escuchaba acentuando cada vez más su sonrisa, que
era ya una mueca.

--¡_Calla, filla de la Bruixa_!

Ella y su madre habían muerto al pobre Pepet. Todo el mundo lo sabía; le
habían consumido con malas bebidas... Y si él la escuchaba ahora sería
capaz de embrujarlo también. Pero no; él no caería como el tonto de su
hermano.

Y para probar su firmeza de hiena, sin otro amor que el de la sangre,
cogió con sus manos huesosas la cara de Marieta, la levantó para verla
más de cerca, contemplando sin emoción las pálidas mejillas, los ojos
negros y ardientes que brillaban tras las lágrimas.

--_¡Bruixa... envenenaora!_

Pequeñín y miserable en apariencia, abatió de un empujón a la buena
moza; hizo caer de rodillas aquella soberbia máquina de dura carne, y
retrocediendo buscó algo en su faja.

Marieta estaba anonadada. Nadie en el camino. A lo lejos los mismos
gritos, el mismo chirriar de ruedas: cantaban las ranas en una charca
inmediata; en los ribazos alborotaban los grillos, y un perro aullaba
lúgubremente allá en las últimas casas del pueblo. Los campos hundíanse
en los vapores de la noche.

Al verse sola, al convencerse de que iba a morir, desapareció toda su
arrogancia de buena moza; se sintió débil como cuando era niña y le
pegaba su madre, y rompió en sollozos.

--¡_Mátam, mátam_!--gimió echándose a la cara el negro delantal,
enrollándolo en torno de su cabeza.

_Teulaí_ se acercó a ella impasible, con una pistola en la mano. Aún oyó
la voz de su cuñada gimiendo a través de la negra tela con lamentos de
niña, rogándole que la rematase pronto, que no la hiciera sufrir
intercalando sus súplicas entre fragmentos de oraciones que recitaba
atropelladamente. Y como hombre experimentado, buscó con la boca de la
pistola en aquel envoltorio negro, disparando los dos cañones a la vez.

Entre el humo y los fogonazos viose a Marieta erguirse como impulsada
por un resorte y desplomarse con un pataleo de agonía que desordenó sus
ropas.

En la masa negra e inerte quedaron al descubierto las blancas medias de
seductora redondez, estremeciéndose con el último estertor.

_Teulaí_, tranquilo como hombre que a nadie teme y cuenta en último
término con un refugio en la montaña, volvió al inmediato pueblo en
busca de su sobrino, satisfecho de su hazaña.

Al tomar al pequeñuelo de manos de la aterrada vieja, casi lloró.

--¡_Pobret_! ¡_pobret meu_!--dijo besándole.

Y su conciencia de tío inundábase de satisfacción, seguro de haber hecho
por el pequeño una gran cosa.



La pared


Siempre que los nietos del tío _Rabosa_ se encontraban con los hijos de
la viuda de _Casporra_ en las sendas de la huerta o en las calles de
Campanar, todo el vecindario comentaba el suceso. ¡Se habían mirado!...
¡Se insultaban con el gesto!... Aquello acabaría mal, y el día menos
pensado el pueblo sufriría un nuevo disgusto.

El alcalde con los vecinos más notables predicaban paz a los mocetones
de las dos familias enemigas, y allá iba el cura, un vejete de Dios, de
una casa a otra recomendando el olvido de las ofensas.

Treinta años que los odios de los _Rabosas_ y _Casporras_ traían
alborotado a Campanar. Casi en las puertas de Valencia, en el risueño
pueblecito que desde la orilla del río miraba a la ciudad con los
redondos ventanales de su agudo campanario, repetían aquellos bárbaros,
con un rencor africano, la historia de luchas y violencias de las
grandes familias italianas en la Edad Media. Habían sido grandes amigos
en otro tiempo; sus casas, aunque situadas en distinta calle, lindaban
por los corrales, separados únicamente por una tapia baja. Una noche,
por cuestiones de riego, un _Casporra_ tendió en la huerta de un
escopetazo a un hijo del tío _Rabosa_, y el hijo menor de éste, porque
no se dijera que en la familia no quedaban hombres, consiguió, después
de un mes de acecho, colocarle una bala entre las cejas al matador.
Desde entonces las dos familias vivieron para exterminarse, pensando más
en aprovechar los descuidos del vecino que en el cultivo de las tierras.
Escopetazos en medio de la calle; tiros que al anochecer relampagueaban
desde el fondo de una acequia o tras los cañares o ribazos cuando el
odiado enemigo regresaba del campo; alguna vez un _Rabosa_ o un
_Casporra_ camino del cementerio con una onza de plomo dentro del
pellejo, y la sed de venganza sin extinguirse, antes bien, extremándose
con las nuevas generaciones, pues parecía que en las dos casas los
chiquitines salían ya del vientre de sus madres tendiendo las manos a la
escopeta para matar a los vecinos.

Después de treinta años de lucha, en casa de los _Casporras_ sólo
quedaba una viuda con tres hijos mocetones que parecían torres de
músculos. En la otra estaba el tío _Rabosa_, con sus ochenta años,
inmóvil en un sillón de esparto, con las piernas muertas por la
parálisis, como un arrugado ídolo de la venganza, ante el cual juraban
sus dos nietos defender el prestigio de la familia.

Pero los tiempos eran otros. Ya no era posible ir a tiros como sus
padres en plena plaza a la salida de misa mayor. La Guardia civil no les
perdía de vista; los vecinos les vigilaban, y bastaba que uno de ellos
se detuviera algunos minutos en una senda o en una esquina para verse al
momento rodeado de gente que le aconsejaba la paz. Cansados de esta
vigilancia que degeneraba en persecución y se interponía entre ellos
como infranqueable obstáculo, _Casporras_ y _Rabosas_ acabaron por no
buscarse, y hasta se huían cuando la casualidad les ponía frente a
frente.

Tal fue su deseo de aislarse y no verse, que les pareció baja la pared
que separaba sus corrales. Las gallinas de unos y otros, escalando los
montones de leña, fraternizaban en lo alto de las bardas; las mujeres de
las dos casas cambiaban desde las ventanas gestos de desprecio. Aquello
no podía resistirse; era como vivir en familia, y la viuda de _Casporra_
hizo que sus hijos levantaran la pared una vara. Los vecinos se
apresuraron a manifestar su desprecio con piedra y argamasa, y añadieron
algunos palmos más a la pared. Y así, en esta muda y repetida
manifestación de odio, la pared fue subiendo y subiendo. Ya no se veían
las ventanas; poco después no se veían los tejados; las pobres aves del
corral estremecíanse en la lúgubre sombra de aquel paredón que las
ocultaba parte del cielo, y sus cacareos sonaban tristes y apagados a
través de aquel muro, monumento del odio, que parecía amasado con los
huesos y la sangre de las víctimas.

Así transcurrió el tiempo para las dos familias, sin agredirse como en
otra época, pero sin aproximarse: inmóviles y cristalizadas en su odio.

Una tarde sonaron a rebato las campanas del pueblo. Ardía la casa del
tío _Rabosa_. Los nietos estaban en la huerta; la mujer de uno de éstos
en el lavadero, y por las rendijas de puertas y ventanas salía un humo
denso de paja quemada. Dentro, en aquel infierno que rugía buscando
expansión, estaba el abuelo, el pobre tío _Rabosa_, inmóvil en su
sillón. La nieta se mesaba los cabellos, acusándose como autora de todo
por su descuido; la gente arremolinábase en la calle, asustada por la
fuerza del incendio. Algunos, más valientes, abrieron la puerta, pero
fue para retroceder ante la bocanada de denso humo cargada de chispas
que se esparció por la calle.

--¡_El agüelo! ¡El pobre agüelo_!--gritaba la de los _Rabosas_ volviendo
en vano la mirada en busca de un salvador.

Los asustados vecinos experimentaron el mismo asombro que si hubieran
visto el campanario marchando hacia ellos. Tres mocetones entraban
corriendo en la casa incendiada. Eran los _Casporras_. Se habían mirado
cambiando un guiño de inteligencia, y sin más palabras se arrojaron como
salamandras en el enorme brasero. La multitud les aplaudió al verles
reaparecer llevando en alto como a un santo en sus andas al tío _Rabosa_
en su sillón de esparto. Abandonaron al viejo sin mirarle siquiera, y
otra vez adentro.

--¡No, no!--gritaba la gente.

Pero ellos sonreían siguiendo adelante. Iban a salvar algo de los
intereses de sus enemigos. Si los nietos del tío _Rabosa_ estuvieran
allí, ni se habrían movido ellos de casa. Pero sólo se trataba de un
pobre viejo, al que debían proteger como hombres de corazón. Y la gente
les veía tan pronto en la calle como dentro de la casa, buceando en el
humo, sacudiéndose las chispas como inquietos demonios, arrojando
muebles y sacos para volver a meterse entre las llamas.

Lanzó un grito la multitud al ver a los dos hermanos mayores sacando al
menor en brazos. Un madero, al caer, le había roto una pierna.

--¡Pronto una silla!

La gente, en su precipitación, arrancó al viejo _Rabosa_ de su sillón de
esparto para sentar al herido.

El muchacho, con el pelo chamuscado y la cara ahumada, sonreía ocultando
los agudos dolores que le hacían fruncir los labios. Sintió que unas
manos trémulas, ásperas, con las escamas de la vejez, oprimían las
suyas.

--¡_Fill meu! ¡Fill meu_!--gemía la voz del tío _Rabosa_, quien se
arrastraba hacia él.

Y antes que el pobre muchacho pudiera evitarlo, el paralítico buscó con
su boca desdentada y profunda las manos que tenía agarradas, y las besó,
las besó un sinnúmero de veces, bañándolas con lágrimas.

       *       *       *       *       *

Ardió toda la casa. Y cuando los albañiles fueron llamados para
construir otra, los nietos del tío _Rabosa_ no les dejaron comenzar por
la limpia del terreno, cubierto de negros escombros. Antes tenían que
hacer un trabajo más urgente: derribar la pared maldita. Y empuñando el
pico, ellos dieron los primeros golpes.


FIN


OBRAS DEL AUTOR


CUENTOS VALENCIANOS.

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

SÓNNICA LA CORTESANA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

CAÑAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS ARGONAUTAS (novela).

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS (novela).

MARE NOSTRUM (novela).

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.--Copyright 1916, by Blasco Ibáñez.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La condenada - (cuentos)" ***

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