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Title: El origen del pensamiento
Author: Palacio Valdés, Armando, 1853-1938
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El origen del pensamiento" ***

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EL ORIGEN

DEL

PENSAMIENTO

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G.-HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado, bajo.

1893

ES PROPIEDAD



I


Mario tenía encendidos los pómulos y el resto de la cara bien pálido: la
mano le temblaba al llevarse la cucharilla a la boca: la garganta se
resistía a dar paso al café, que tragaba apresuradamente y sin gustarlo.
Sus ojos se volvían frecuentemente hacia una de las próximas mesas donde
una familia compuesta de padre, madre y dos niñas de veinte a
veinticuatro abriles tomaban igualmente café. Los papás leían los
periódicos; las niñas escuchaban distraídas las notas prolongadas,
quejumbrosas, del violín.

El violín se quejaba bien amargamente aquella noche; ya sabremos por
qué. El vasto salón del café estaba poblado de sus habituales
parroquianos. Eran, por regla general, modestos empleados que por el
módico precio de la taza de café se regalaban con sus familias toda la
noche escuchando al piano y al violín todas las sinfonías y todos los
nocturnos habidos y por haber, conversaban, leían los periódicos y se
daban tono de personas pudientes. Había también estudiantes, militares
subalternos, comerciantes de escasa categoría y artesanos de mucha. Los
domingos, la clase de horteras aportaba un contingente considerable.

De todas las calles céntricas de Madrid, la única que conserva cierta
tranquilidad burguesa que le da aspecto honrado y amable es la calle
Mayor. Entrando por ella vienen a la memoria nuestras costumbres
patriarcales de principios del siglo, la malicia inocente de nuestros
padres, los fogosos doceañistas, la Fontana de Oro, y se extraña no ver
a la izquierda las famosas gradas de San Felipe. El café del Siglo,
situado hacia el promedio de esta calle, participa del mismo carácter
burgués, ofrece igual aspecto apacible y honrado. Hasta la hora
presente no se han dado cita allí las bellezas libres y nocturnas que
invadieron sucesivamente a temporadas muchos otros establecimientos de
la capital. Ni a primera ni a última hora de la noche reina allí Príapo,
numen impuro, sino su hermano Himeneo, protector de los castos afectos.

Cualquiera podría observar que una de las niñas, la más llena de carnes
y redondita, pagaba algunas, no todas, de las miradas que Mario enfilaba
en aquella dirección. Cuando esto acaecía, la joven sonreía leve y
plácidamente mientras aquél hacía una mueca singular que nada tenía de
sonrisa, aunque pretendía serlo.

Mario era un joven delgado, no muy correcto de facciones, los labios y
la nariz grandes, los ojos pequeños y vivos, el cabello negro, crespo y
ondeado, la tez morena. Una frente alta y despejada era lo único que
prestaba atractivo y ennoblecía singularmente aquel rostro vulgar. No
sólo miraba con más recelo que entusiasmo hacia la niña de la mesa
inmediata; también dirigía sus ojos asustados hacia la puerta de
cristales que se abría y cerraba a cada momento para dejar paso a los
tertulios. El chirrido del resorte le producía vivos estremecimientos.

--¡Cuánto tarda hoy D. Laureano!--exclamó al fin en voz alta
dirigiéndose al compañero que tenía enfrente.

Era éste joven también, de rostro pálido adornado con gafas; gastaba la
barba y los cabellos largos en demasía; su traje, más desaseado que
mezquino. Ni respondió ni levantó siquiera la cabeza al oír la
exclamación de su amigo, atento a la lectura del periódico que tenía
entre las manos. Mario quedó algo confuso por aquella indiferencia, y
añadió sacando el reloj:

--Las nueve y media ya... Otros días está aquí a las nueve.

El mismo silencio por parte del joven de la luenga barba.

Una miradita a la puerta, otra a su regordeta vecina y un sorbo de café
fueron las tres cosas que supo hacer para indemnizarse del desdén de su
compañero. Y se propuso firmemente no volver a dirigirle la palabra.
Pero a los cinco minutos sacó de nuevo el reloj y, sin acordarse de su
propósito, preguntó:

--Adolfo, ¿sabes si D. Laureano está enfermo?

Adolfo hizo un leve movimiento de indiferencia con los hombros sin
pronunciar palabra.

--Es que como ya son cerca de las diez menos cuarto...

Adolfo era realmente un hombre superior, como se verá en el curso de la
presente historia. Hablaba poco, reía menos, y el espectáculo de las
pasiones humanas no lograba turbar el vuelo elevado de sus pensamientos.
Sin embargo, al cabo de un rato, observando la impaciencia de su amigo,
traducida en vivos movimientos descompasados que hacían rechinar la
silla y ponían en peligro inminente la botella del agua y las tazas de
café, levantó los ojos hacia él, y una benévola sonrisa de compasión se
esparció por su rostro reflexivo. Mario, que admiraba profundamente a
Adolfo, se puso colorado a hizo esfuerzos colosales para estarse
quieto.

--¡Al fin!--exclamó a los pocos instantes, viendo aparecer por la puerta
a un caballero alto, de figura distinguida, vestido con exquisita
elegancia.

Pero en vez de manifestarse alegre, como era de esperar, su fisonomía
adquirió la misma expresión que si viera un fantasma.

D. Laureano, que, aunque viejo, conservaba en su rostro fino, expresivo,
adornado con pequeño bigote, la mejor prueba de los numerosos triunfos
sobre el sexo femenino que se le atribuían, acercose lentamente, con un
cigarro puro en la boca, fijando su mirada en todas las mujeres que por
allí había sentadas. Saludó alegremente a los jóvenes, con la misma
libertad y franqueza que si fuera uno de ellos, dio un par de palmadas
para llamar al mozo y dirigió unas cuantas sonrisas amicales a los
parroquianos de las mesas inmediatas.

--Aquí tiene usted a Mario deshecho de impaciencia. Ya preguntaba si
estaría usted enfermo--dijo Adolfo.

--¿Pues?... ¡Ah, sí!... No me acordaba que debo presentarle a su
Julieta... ¡Oh! ¡La juventud!... ¡el amor!... ¡Qué pena para mí ver
esas cosas ya de lejos!--añadió con un suspiro.

Pero sus ojos codiciosos, atrevidos, dirigiéndose al mismo tiempo hacia
una hermosa mujer sentada cerca del mostrador, pregonaban bien claro que
no andaban tan lejos como decía.

--Usted me permitirá que tome café, ¿verdad?--preguntó en tono de burla
a Mario.

Éste sonrió, ruborizándose.

--Tome usted lo que quiera. No hay prisa.

--Muchas gracias.

Mientras D. Laureano tomaba el café, enfilando miradas incendiarias a la
belleza que había descubierto, y Adolfo se enfrascaba nuevamente en la
lectura del periódico, nuestro joven enamorado cambiaba sonrisas de
inteligencia con la vecinita.

Había estado muchísimo tiempo asistiendo al café sin fijarse en ella. Un
día le dijo don Laureano: «¿Sabe usted que una de las vecinitas, la más
gruesa, no le mira a usted con malos ojos?» Lo dijo por bromear; pero
bastó para que nuestro joven fijase su atención en ella, la fuese
hallando cada día más bonita, aunque en opinión de todos no fuese más
que pasable, se interesase un poco y concluyese por enamorarse
perdidamente. Mario no había conocido a su madre. Su padre, hombre
público importante, subsecretario, consejero de Estado varias veces,
había fallecido hacía tres años. Como acaece algunas veces, más de las
que el vulgo imagina, D. Joaquín de la Costa, que había tenido tantas
ocasiones de hacerse rico, murió sin dejar hacienda alguna a su hijo.
Tuvo que vivir éste exclusivamente con el empleo de doce mil reales que
le había dado en el ministerio de Ultramar. El dinero que recabó de la
almoneda de su casa lo gastó muy pronto en una escapatoria que hizo a
Francia y a Italia. Como testimonio de respeto a la memoria de su padre,
el ministro que a la sazón desempeñaba la cartera de Ultramar le había
ascendido a catorce mil reales, y tal sueldo era lo único que poseía.
Alojaba en una casa de huéspedes donde por tres pesetas le daban
habitación y almuerzo. Comía siempre en casa de alguno de los amigos de
su padre. Con lo que le restaba de la paga atendía pasablemente a sus
necesidades, que no eran muchas: un traje decente, una taza de café, al
teatro los sábados y a los conciertos los domingos de primavera. Había,
no obstante, cierto agujero por donde se le escapaban más pesetas de las
que podía destinar a sus placeres, colocándole a veces en situación
angustiosa. Hay que decirlo en secreto, porque a Mario no le gustaba que
se divulgase entre sus amigos. Era aficionado a la escultura. En
modelos, vaciadores y utensilios se le iban lindamente los cuartos.

Desde muy niño había mostrado afición al dibujo. Su padre, por
complacerle, le puso maestro: llegó a dibujar muy correctamente. Luego
emprendió la pintura, venciendo sin trabajo la resistencia de su padre.
Sentía éste verle malgastar tanto tiempo en las clases de adorno,
dejando abandonados los estudios serios. En la pintura no hizo tantos
progresos. El color ofrecía para él dificultades insuperables. En
cambio, por la amistad que trabó con algunos de los discípulos de la
clase de escultura en la Academia, comenzó a ensayarse en el modelado,
y se sintió desde luego tan apto que siguió trabajando con ahínco. En
poco tiempo hizo progresos extraordinarios. Tantos le parecieron y tanto
le llenaron la cabeza de viento sus amiguitos, que un día tuvo la
audacia de presentarse a su padre manifestándole que quería dejar la
carrera de abogado para dedicarse exclusivamente a la escultura. No se
sabe cómo D. Joaquín le dejó vivo. Su indignación estalló de tal manera
fragorosa, que el pobre Mario corrió a refugiarse en su cuarto, donde
lloró con abundantes lágrimas la ruina de sus ilusiones artísticas.

Mal que bien y a trompicones terminó la carrera de leyes. Pero,
ocultándose cuidadosamente de su padre, seguía modelando en casa de un
amigo que le facilitaba para ello su estudio. Allí perdía horas y horas
mientras los tratados de derecho civil y canónico yacían en los rincones
de su cuarto solitarios, cubiertos de polvo, en ignominioso a inmerecido
abandono. Cuando su padre falleció, experimentó profunda sensación de
soledad y tristeza. Había vivido siempre en total ignorancia de las
condiciones materiales de la existencia. La bondad de su padre le
consentía gastar todo su sueldo en caprichos y placeres. Era un hijo de
familia mimado que vivía en su casa como en una fonda. Al revelársele su
situación quedó sumido en profundo abatimiento. Salió de él bastante
cambiado. Sus pensamientos fueron más graves, más tristes, más
prosaicos. Comprendió que era necesario cambiar de todo en todo sus
costumbres, reducir al último grado posible sus necesidades y vivir
modestamente atenido al sueldo que felizmente la previsión de su padre
le había alcanzado.

No obstante, estos sanos propósitos estaban tan frescos que se borraron
al contacto de las ocho o diez mil pesetas que la almoneda de su casa le
produjo. En vez de guardarlas como reserva para cualquier apuro o sacar
de ellas algún interés, así que las tuvo en la mano surgió en su cerebro
el pensamiento de hacer un largo viaje. Aprovechando la compasión del
ministro obtuvo licencia ilimitada y recorrió durante cuatro meses las
principales ciudades de Italia y algunas de Francia, Alemania a
Inglaterra. Era el sueño de su vida. Conocer los monumentos
arquitectónicos y ver los mármoles auténticos de la antigüedad pagana
era una aspiración intensa que en su espíritu exaltado había llegado a
convertirse en fiebre. Al subir los escalones del peristilo del museo
del Louvre y descubrir al final de larga sala, arrimada a un cortinaje
rojo, sola sobre su pedestal la célebre _Venus de Milo_, sintiose
poseído de una emoción indefinible: las piernas quisieron doblársele, y
si no le detuviese el temor al ridículo, hubiera caído de rodillas ante
la majestad de la diosa, a semejanza de los marinos griegos, que al
arribar a la costa de Milo se apresuraban a rendir adoración a la
hermosa _Aphrodita_. El mismo sentimiento de alegría y respeto que a
ellos les embargaba embargábale a él. Si no la creía como ellos nacida
de la espuma del mar, fecundada por la sangre de Urano, juzgábala nacida
de la mente divina de un artista que hasta ahora nadie igualó jamás.
Algo semejante, aunque no con tal fuerza, le acaeció en presencia del
Apolo del Belvedere, y el Fauno de Praxíteles en Roma, de la Niobe y la
Venus de Cleomenes en Florencia.

Al regresar a Madrid y tocar nuevamente la prosa de los expedientes y la
vida mezquina de la casa de huéspedes, experimentó una sensación de
tristeza mortal como si le hubiesen condenado a presidio. Disgustose de
la práctica de la escultura. Después de ver las obras maestras, la
estatuaria de sus compañeros le parecía tan afectada, tan pobre, tan
ridícula, que por no parecerse a uno de ellos, halló mejor abandonar
enteramente los palillos y el cincel. Comenzó a pasar horas y horas en
el café y se aficionó con frenesí a la música. Gozaba también con
escuchar las disputas científicas y filosóficas que su amigo Moreno
mantenía con cualquiera que le llevase la contraria. Jamás intervino en
ellas. Pero divertían su espíritu de la muchedumbre de pensamientos
melancólicos que constantemente se cernían sobre él.

Asistía ordinariamente a la misma mesa del café, además de Moreno y D.
Laureano, otro amigo llamado Miguel Rivera, viudo, antiguo periodista,
secretario particular en la actualidad de un ministro, hombre de
carácter festivo y alegre conversación cuando no abatía su espíritu el
recuerdo de un terrible pesar que había experimentado. Iban asimismo un
caballero de edad media, barba gris y voz de sochantre, llamado D.
Dionisio, y un jovencito sonrosado, de fisonomía dulce a interesante que
respondía por Godofredo Llot.

D. Laureano no daba señales de recordar el compromiso contraído. Mario
sentía al mismo tiempo pesar y alegría de este olvido porque, si
anhelaba acercarse a su ídolo, temía el instante de la presentación como
un trance apuradísimo.

--Buenas noches, señores--dijo una voz bronca, profunda.

--Hola, D. Dionisio, ¿cómo estamos?--preguntó distraídamente D.
Laureano, sin apartar la vista de la preciosa chula que había
descubierto.

--Medianamente; horriblemente fatigado--respondió el caballero que
acababa de sentarse.

Y adoptó una actitud tal de cansancio hundiendo la cabeza en el pecho,
dejando pendientes las manos y respirando con anhelo por su boca
entreabierta, que en realidad parecía deshecho por una serie de
esfuerzos colosales. Paseó su mirada lánguida por los circunstantes
esperando que se le pidiese explicación de aquel cansancio. Pero D.
Laureano atendía a su juego; Adolfo Moreno seguía enfrascado en la
lectura; Miguel Rivera, que hacía un rato había llegado, se le quedó
mirando fijamente y con cierta sonrisa burlona. El único asequible en
aquel momento era Mario. A él se dirigió metiéndole la boca por el oído.

--Diez y siete cuartillas.

--¿Cómo?

--Diez y siete cuartillas. He terminado el capítulo onceno.

--¡Ah!

--Es un trabajo espantoso. En veinte días llevo escritas cerca de
trescientas cuartillas.

--Trabaja usted demasiado, D. Dionisio--dijo con gesto de aburrimiento
Mario.

--No hay más remedio--murmuró modestamente el caballero.--Para
conseguir una plaza en la república de las letras, es necesario trabajar
mucho.

Era D. Dionisio Oliveros un antiguo empleado del ministerio de Ultramar,
jefe del negociado donde servía Mario, que ya muy tarde, cuando pasaba
de los cuarenta, se sintió irresistiblemente llamado a conquistar la
gloria de la literatura. Y comprendiendo, con admirable instinto, que
había perdido mucho tiempo, quiso compensar a las musas de su largo
alejamiento por medio de una constancia y una adhesión ilimitadas. Todo
el tiempo que le dejaban libre los expedientes le parecía escaso para
cortejarlas. Dramas, comedias, poemas grandes y chicos, novelas, cuantos
géneros comprende la bella literatura, salían en atropellada procesión
de su pluma. Vivía en una verdadera fiebre de producción. Había
publicado dos o tres cositas, en cuya impresión agotó sus cortos
ahorros. Ahora se dedicaba a buscar editor o empresario, pero sin
abandonar por eso su labor incesante. Esperaban, guardadas en legajos y
admirablemente copiadas en letra inglesa, que llegase el día de ver la
luz, cuatro novelas, siete dramas, un poema, cinco comedias y un número
considerable de poesías líricas, que según sus cálculos podrían formar
tres tomos voluminosos.

--Oiga usted, D. Dionisio--dijo Miguel Rivera, que no quitaba del
laborioso poeta sus ojos risueños.--¿No le han pasado a usted recado
nunca los vecinos?

--¿Por qué me lo habían de pasar?--preguntó sorprendido Oliveros.

--¡Toma! Por el ruido que usted hará en las altas horas de la noche al
fabricar sus poemas.

--Yo no hago ruido ninguno--repuso el otro, amoscado.

--¡Ah! Pues yo pensaba que esas redondillas tan vigorosas necesitaban
grandes martillazos.

D. Laureano y Mario volvieron la cabeza para reírse. Adolfo Moreno metió
la cara por el periódico para hacer lo mismo.

--Usted siempre de broma, amigo Rivera--dijo el poeta, avergonzado.

El café estaba en su momento álgido. Las luces, el humo del tabaco, el
aliento de los centenares de personas allí reunidas, formaban una
atmósfera espesa donde sólo respiraban bien los seres adaptados a ella
desde largo tiempo. El violín exhalaba sus notas arrastradas,
lamentables, quejándose siempre de un dolor tan amargo como misterioso.
La mayor parte no le comprendían; pero había algunos seres privilegiados
y poéticos, casi todos ellos del ramo de sedería, en quienes sus
lamentos hallaban eco y simpatía. Dejaban de intervenir en la
conversación de sus compañeros, se echaban hacia atrás en la silla, y
enteramente abstraídos, con los ojos entornados, daban claro testimonio
de la delicadeza de sus sentimientos. ¡Qué contraste con los del ramo de
ultramarinos, hombres por lo general incultos y zafios, incapaces de
distinguir un _nocturno_ de una _barcarola_!

D. Laureano andaba conmovido con los ojos hermosísimos de aquella chula
sentada cerca del mostrador. Mientras tomaba el café a breves sorbos no
apartaba la mirada de ella, sin atender poco ni mucho a la conversación
de sus compañeros. Así que dio fin a la taza, levantose de la silla, y
sin decir adiós se alejó a paso lento, solapado, balanceando el tronco
esbelto de su figura al través de las mesas y las sillas, en dirección
del mostrador.

--Ya empezó el ojeo. Matusalén toma vientos--dijo Rivera mirándole con
curiosidad.

Los demás volvieron también la cabeza y sonrieron.

--¡Qué hombre tan singular!--murmuró Adolfo Moreno.--¡A su edad tener
las pasiones tan despiertas! Indudablemente es un caso de anomalía
orgánica: el exceso de nutrición se ha prolongado mucho más que en el
tipo común.

Miguel Rivera le echó una mirada de reojo donde se leían mil cosas
irónicas y, poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo:

--¡Bien, _técnico_, bien! Advierto con placer que cada día penetra usted
más adentro en los misterios de la morfología.

Adolfo hizo un gesto de mal humor, mientras los demás sonreían. Le
mortificaba profundamente el apodo que Rivera le había puesto y las
bromas constantes que le merecían sus aficiones científicas.
Calificábalo por detrás de hombre frívolo, ignorante, y periodista
insustancial; pero nada se atrevía a replicarle, en parte, porque Miguel
le llevaba bastantes años y, en parte también, porque temía a su
proverbial causticidad.

D. Laureano había llegado al mostrador y, arrimado a él, hablaba
secretamente con el encargado. ¿Por qué le llamaba Matusalén Rivera?
Porque, aunque parezca maravilloso, increíble, D. Laureano tenía cerca
de sesenta años. Nadie le supondría más de cuarenta y cuatro o cuarenta
y seis. Era un hombre alto, esbelto, de cabellos negros y rizados donde
sólo se advertía tal cual hebra plateada, la tez fresca y sonrosada, el
pequeño bigote retorcido hacia arriba, la dentadura perfectamente
conservada. Vestía con suprema elegancia, con una distinción tan poco
afectada que aun las formas más extravagantes impuestas por la moda
sobre su cuerpo parecían sencillas y adecuadas. Hacía cuarenta años que
llevaba la misma vida de joven alegre y elegante. Jamás había trabajado
en nada. Dos hermanos, que ya se habían muerto, honrados comerciantes
que tuvieron un almacén de tejidos en la calle de la Montera, habían
provisto con cariño a sus necesidades y hasta a sus vicios mientras
vivieron. A su fallecimiento le dejaron por heredero de una regular
hacienda. Le llevaban bastantes años, y más que hermano fue siempre para
ellos un hijo mimado. Complacíanse en verle montar a caballo, guiar un
faetón, alternar con los jóvenes de la aristocracia, y se engreían
infinitamente cuando oían hablar de su elegancia, de sus queridas, de
los triunfos que obtenía en sociedad. Aquellos dos pobres hombres,
encerrados en su oscura tienda, haciendo números y midiendo telas todo
el día, no tenían con los goces de la existencia otro contacto. Una sola
condición ponían a este sacrificio: que no se casase. Formando nueva
familia rompía aquel lazo filial, dejaba de ser su orgullo; la ola
perfumada del mundo ya no llegaría al tétrico rincón de su almacén. D.
Laureano hacía valer mucho esta prohibición para sacarles lindamente
los cuartos: en realidad, importábale tan poco que jamás se le había
pasado por la mente enajenar su grata libertad. Aborrecía de muerte el
matrimonio y la familia. Cuando algún amigo se casaba, considerábale
como un suicida. Las enfermedades y los caprichos de la esposa, los
gastos exorbitantes de la casa, el llanto de los chiquillos, las
exigencias de la nodriza, todas las miserias y contrariedades de la vida
matrimonial en suma, se ofrecían a su imaginación con tal relieve y
sabía describirlas tan gráficamente que, escuchándole, a nadie le
entraba en apetito el probarlas.

Tenía alquilado un cuarto en la plaza de la Independencia, con un solo
criado a su servicio. Comía fuera de casa, generalmente en el Casino.
Cuando iba a alguna reunión o le tocaba el turno del Real, el criado le
traía la ropa en un cajoncito expresamente fabricado con este objeto, y
en el mismo Casino se mudaba.

Como hombre enteramente resuelto a gozar todos los placeres de la
existencia, no limitaba sus relaciones a un círculo determinado. Tenía
amigos y amigas, más particularmente amigas, en todas las clases de la
sociedad. Era tertulio del club aristocrático de los Salvajes, del
Casino, del Suizo, de la cervecería Inglesa y del café del Siglo. En
todos estos lugares había un grupo de jóvenes o de viejos que le
juzgaban parte integrante de la tertulia. No había tal. D. Laureano no
se entregaba a ninguna sociedad; saltaba de una a otra con la mayor
indiferencia. Cuando se hallaba entre los viejos del café Suizo no se
acordaba de que le aguardaban los jóvenes bulliciosos de la Gran Peña
para perpetrar alguna terrible broma; cuando charlaba con sus amiguitos
del café del Siglo, gente de humilde posición, parecía ignorar la
existencia de sus compañeros los duques del club de los Salvajes.
Asistía ocho días seguidos a cualquiera de estas sociedades: de repente
se cansaba y tardaba en venir un mes. Miguel Rivera solía compararlo a
_Milord_, un famoso perro que asistía con su amo al café del Siglo.
Mientras le daban terrones de azúcar se mostraba muy solícito y
cariñoso. En cuanto observaba que los platillos quedaban vacíos, se
alejaba de la mesa afectando no conocerles siquiera. D. Laureano no
estaba con ellos sino mientras le divertían.

Pues si pasamos al sexo femenino, aquí sí que se dilataba
desmesuradamente la esfera de sus conocimientos. Tan pronto se le veía
asiduo galanteador de una marquesa averiada, como festejando a alguna
hermosa horchatera. Una noche formaba el encanto de alguna tertulia
cursi y enamoraba a cualquier zagalilla de quince años, dulce y tímida;
a la siguiente se le veía cenando en algún colmado con dos rameras. Su
amor no reconocía clases, ni estados, ni edades.

Tenía un carácter apacible y su trato era cortés y afectuoso. No
disputaba jamás, pero gozaba oyendo disputar a los otros. Poseía
inteligencia bastante lúcida y una ilustración que, aunque superficial,
le servía para no hacer papel desairado en ningún sitio. Tocaba el piano
medianamente, leía muchas novelas francesas y hablaba con alguna
competencia de pintura. Toleraba fácilmente los defectos del prójimo y
se hacía perdonar los suyos por la frescura y la gracia con que los
confesaba. Se refería a sus vicios y se jactaba de ellos con suave
cinismo que a algunos hacía gracia y a otros repugnaba. De todos modos,
era un compañero agradable y hombre con quien había seguridad de no
tener choque alguno por palabra de más o de menos. En todas partes
inspiraba alegría su presencia, la alegría serena, apacible que su
rostro reflejaba constantemente.

--Manuel, vas a decirme en seguida quién es esa chiquilla que está aquí
sentada a la derecha con un viejo--dijo al encargado del café
inclinándose y metiéndole los labios por el oído.

--No puedo darle muchas noticias, Sr. Romadonga. Son padre a hija y me
parece que los conoce Remigio, uno de los mozos... Aguarde usted un
poco.

Llamó el encargado a Remigio y éste les manifestó que eran vecinos suyos
y vivían en la calle de Lavapiés. El padre era viudo, de oficio sillero
y no tenía más hija que ésta. La muchacha estaba aprendiendo a peinar.
Buena gente. El sillero un infeliz. La chica muy trabajadora y muy
recatada, pero con un genio de dos mil diablos. Armaba cada pelotera de
vez en cuando con la vecina del segundo, que la casa temblaba.

--¡Así me gustan a mí!--murmuró D. Laureano atusándose con mano trémula
el bigote y devorando con los ojos a la hermosa chula,--¡Que muerdan y
arañen como los gatos!

No habían pasado inadvertidas para aquélla ni las miradas apetitosas del
bizarro señor ni el conciliábulo que celebraba con el encargado y el
mozo su vecino. Bien entendió que se trataba de ella y que el elegante
caballero la encontraba muy de su gusto. Moviose con inquietud en la
silla, dirigió dos o tres furtivas miradas al grupo y se llevó la mano a
la cabeza para alisarse el pelo, primera y graciosa respuesta de
inteligencia que da siempre la mujer a los homenajes que le dirigen con
la vista.

--¡Preciosa criatura!--añadió como hablando consigo mismo.--¡Qué ojos!
¡qué tez de nácar! ¡qué dentadura!... Las formas superiores. Debe de
ser muy joven... Lo más que tendrá serán veinte años.

--Atiende, Concha--dijo entonces el mozo en voz alta dirigiéndose a la
chula.--¿Cuántos años tienes?

--¿Qué te importa?--replicó la joven.

--A mí nada... pero este señor...

--Le importa menos.

--Eso no lo sabe usted--dijo D. Laureano en voz alta también.

--Por sabido.

--Acaba de echarte veinte años--dijo Remigio.

--Es que no me ha reparado bien.

--¿Tiene usted más?--preguntó D. Laureano.

--No lo sé. ¿Es usted por causalidad del registro civil?

Concha afectaba al hablar un tono desdeñoso y ponía esos ojos tan
graciosamente agresivos que caracterizan a las hijas del pueblo en
Madrid.

--Pues si usted tiene más no los aparenta--manifestó Romadonga, que era
un psicólogo práctico para quien ni el alma de las chulas ni el de las
duquesas guardaban secreto alguno.

Acercose al mismo tiempo con paso firme y sosegado a la mesa donde padre
a hija se sentaban y, haciendo una cortés inclinación de cabeza, añadió
gravemente:

--Estoy seguro de que no tiene más y apelo al testimonio de su papá, de
cuya amabilidad espero que no me ha de engañar.

El sillero se llevó con serio ademán la mano al sombrero, sonrió y dijo
lleno de amabilidad:

--El 8 de Diciembre, día de Nuestra Señora, ha cumplido los diez y seis.

--¡Qué atrocidad!

¡Ea! Ya está D. Laureano en su terreno. A los cinco minutos se había
sentado formando triángulo con el sillero y su hija. A los diez parecía
su íntimo amigo, departía con ellos familiarmente y hacía reír a la
hermosa chula con la batería de chascarrillos y donaires que tenía
reservados para las hijas del pueblo.

Mientras tanto el semblante de nuestro buen amigo Mario expresaba una
muda y profunda desesperación que causaba pena. Romadonga era capaz de
pasarse toda la noche hablando con la chula. Dirigíale desde su mesa
miradas intensísimas, unas veces suplicantes, otras coléricas, las
cuales no advertía siquiera el viejo trovador, y si alguna vez se
tropezaban casualmente sus ojos, los de éste expresaban indiferencia
absoluta como si nada hubiese ofrecido a su amiguito. El rostro de la
vecina también se había puesto sombrío, y ya no se volvía sino muy rara
vez hacia su afligido adorador.

Miguel Rivera se había ido. En su lugar estaba Godofredo Llot. Éste era
un joven, casi un adolescente, de rostro afeminado, cabellos rubios, tez
nacarada, ojos azules y agradable presencia.

Adolfo Moreno le acogió con sonrisa irónica.

--¿Has estado hoy en Nuestra Señora de Loreto, Godofredo? Acabo de leer
en _La Correspondencia_ que se han celebrado esta tarde solemnes
vísperas.

--No, no he estado--replicó el chico con visible malestar, poniendo los
ojos serios y distraídos para atajar, si era posible, las bromas
insulsas con que Moreno solía regalarle.

--Pues, hombre, me sorprende muchísimo, porque unas vísperas me parece a
mí que no son para desperdiciar... sobre todo solemnes. ¡Anda, que
cuándo te verás en otra!

--Pues en seguida--replicó Llot malhumorado.--A cada momento las hay.

--¡Hombre, me dejas sorprendido! ¿Y a beneficio de quién eran éstas?

--¡Cómo a beneficio?...

--Sí; ¿a beneficio de qué cura se daba la función esta tarde?

Godofredo hizo un gesto de resignación y no contestó.

Adolfo gozaba extremadamente en embromar y hasta escandalizar a aquel
pobre muchacho, fervoroso creyente y dado a las devociones piadosas.

Godofredo Llot era de Alicante. Habíase educado en un colegio de
jesuitas, permaneciendo allí hasta los diez y ocho años, casi los que
ahora representaba, aunque hubiese cumplido los veintitrés. Sus maestros
le habían inculcado tan profundamente el sentimiento religioso, que
apenas vivía más que para darle desahogo. Oía misa todos los días,
confesábase a menudo, aunque no tanto como sus amigos pretendían;
alumbraba con un cirio en las procesiones o llevaba en hombros alguna
imagen cuando los estatutos de la cofradía en que estaba inscrito lo
exigían. Era amigo de todos los clérigos, con quienes departía
familiarmente en las sacristías. Gozaba igualmente el honor de ser
recibido en el palacio episcopal y de que el Nuncio de Su Santidad le
llamase por su nombre cuando le besaba el anillo en el paseo. Y sobre
estas bellas cualidades que le hacían estimable y simpático en sociedad,
particularmente a las señoras, poseía Godofredo algunas otras dignas de
aprecio. Era estudioso, y un escritor que comenzaba a adquirir renombre
entre los suyos. Escribía en los periódicos católicos artículos
literarios que se distinguían por un estilo florido y pintoresco, cuyo
efecto entre las devotas suscritoras era asombroso. Respiraban tal vivo
entusiasmo por las glorias del catolicismo, una fe tan ardiente y
cierta frescura de corazón, que rara vez suelen hallarse en la
escéptica juventud del día. Sobre todo al recordar las hazañas de los
héroes cristianos en la Edad Media, «aquellos caballeros de armadura
resplandeciente como su conciencia, que con la cruz bendita sobre el
corazón marchaban al combate a pelear por su Dios,» o al tocar el asunto
de las catedrales góticas, «donde la luz se filtraba misteriosa por los
vidrios de color de sus ventanas ojivales, y cuyas elevadas torres
destacándose severas en medio de la noche parecen un dedo que señala al
cielo,» realmente la pluma de Godofredo despedía vivos destellos de
elocuencia que hacían presagiar un futuro apóstol, una columna en que se
apoyaría el catolicismo con el tiempo. Esto se pensaba por lo menos en
las sacristías y en las redacciones de los periódicos ultramontanos,
donde se le mimaba a porfía y donde había llegado a adquirir maravilloso
ascendiente.

Con tales ideas y piadosas inclinaciones, ¿cómo se entiende que Llot
asistiese al café del Siglo? Él daba a tal exceso una explicación
bastante plausible. Había conocido a Moreno en la Universidad, en la
clase de derecho romano. Trabó estrecha amistad con él conversando
largamente por los corredores en espera de las clases. Esta amistad se
rompió inopinadamente porque Moreno abandonó la carrera de leyes. No
volvió a verle hasta pasados dos años en que le halló casualmente en un
teatro. Reanudaron entonces con alegría sus relaciones. Pero, con grande
y dolorosa sorpresa suya, observó que su desgraciado amigo había rodado
en los abismos de la incredulidad: las malas compañías le habían
pervertido por completo. Contristado hasta un punto indecible, previo el
consentimiento de su confesor, en vez de apartarse de él como de un
apestado, tuvo la caridad de proseguir su amistad, esperando que con el
tiempo y los constantes y oportunos consejos se reconciliaría con la
Iglesia. Pero Moreno no quería oír hablar de tal reconciliación. Cada
vez más ciego en su extravío, burlábase amargamente de la fe sencilla y
ardiente de su amigo. No desmayaba éste: sufría con resignación los
sarcasmos y hasta los insultos que a menudo le dirigía, esperando con
paciencia el día en que Dios le tocase en el corazón.

--Moreno, hace usted mal en burlarse de las cosas de la religión. ¡Quién
sabe si algún día se arrepentirá usted de esas bravatas!--dijo D.
Dionisio con su voz cavernosa.

--¿Yo?--replicó vivamente Adolfo haciendo un gesto furioso, lo mismo que
si le hubiesen llamado ladrón. Pero reponiéndose súbito y dejando asomar
a su rostro una sonrisa sarcástica, dijo tranquilamente:--Eso queda para
ustedes los poetas, que proceden siempre, lo mismo en la vida que en la
esfera del conocimiento, por los impulsos ciegos del sentimiento. Quien
ha llegado a cierta clase de conclusiones por un método rigorosamente
científico, no hay peligro de que cerdee jamás.

--Convengo, amigo Moreno, en que los hombres de imaginación no somos a
propósito para escudriñar los problemas abstrusos de la ciencia--replicó
dulcemente Oliveros, relamiéndose interiormente con el dictado de poeta
que el otro le había otorgado.--Pero no me negará usted que sólo por el
sentimiento se han llevado a cabo las grandes empresas, todos los actos
heroicos que registra la historia.

--No me opongo a ello: lo único que deseo hacer constar es que ese
sentimiento que usted juzga tan elevado, tan sublime, no depende más que
de algunas gotas de sangre de más o de menos en el cerebro. En cuanto al
sentimiento religioso de que hablábamos, está plenamente demostrado que
no es una facultad primitiva y distintiva del hombre: sólo corresponde a
un estado transitorio.

--Pero todos los pueblos tienen religión--clamó profundamente D.
Dionisio.

--Se engaña usted, querido Oliveros--manifestó Moreno sonriendo de
felicidad por hallarse en situación de poder desbaratar aquel error tan
pernicioso.--Se engaña usted, no todos los pueblos tienen religión. En
el África central existen algunos pueblos que carecen de ideas
religiosas. Los cafres Makololos tampoco las tienen muy claras, ni los
Papouas de la costa Maclay en Nueva Guinea, ni los Esquimales de la
bahía de Baffin...

Entablose una acalorada disputa filosófico-religiosa con los caracteres
esenciales que ofrecen tales discusiones en los lugares cerrados
dedicados a expender licores y refrescos. Las ideas, cuando parecían
luminosas, se repetían indefinidamente y en tono cada vez más elevado, a
fin de que se grabaran profundamente en el cerebro del contrincante.

--¡Es que todas las religiones tienen sus milagros!--Permítame usted,
Moreno...--¡Es que todas las religiones tienen sus
milagros!...--Permítame usted, Moreno; el mundo sería...--¡Es que, amigo
Oliveros, todas las religiones tienen sus milagros!--¡Pero permítame
usted, Moreno! el mundo sin religión sería...--¡Es que...

Cada cual, enamorado de sus proposiciones juzgándolas de todo punto
incontrovertibles, no quería escuchar siquiera las del contrario.

Apelábase con bastante frecuencia a símiles de orden corporal, que son
los que en tales casos presentan más dificultad al adversario. Y se
tomaban como puntos de comparación los objetos que tenían más a la mano.

--¿Ve usted esta mesa?... Aquí hay materia, aquí hay forma.--Ahora
bien, si yo tomo en la mano esta copa y la trasporto desde este sitio a
este otro...--¿Por qué esta copa es trasparente y esta taza no lo es?...

El resultado ordinario de tales símiles es desconcertar al adversario y
destruir por entero el tejido de sus sofismas. Pero a veces, cuando el
preopinante esfuerza demasiado la argumentación, las copas o las tazas
suelen rodar por el suelo y quebrarse. Entonces es el preopinante quien
se desconcierta y dirige con turbado semblante miradas tímidas hacia el
mostrador.

Adolfo Moreno gozaba incomparablemente en estas discusiones que le
permitían lucir sus conocimientos en las ciencias naturales. Y como
estos conocimientos solían ser tan recientes que muchas veces databan de
la noche anterior o del mismo día, su fuerza era irresistible. ¡Qué
serie asombrosa de pormenores, cuánta erudición desplegaba en ocasiones!
Los contrarios quedaban silenciosos y confundidos y los parroquianos de
las mesas inmediatas henchidos de admiración. Algunos de éstos que
habían concluido por trabar amistad con ellos, se trasladaban en
ocasiones a la mesa de los filósofos y tomaban parte en las disputas.

Mientras la discusión religiosa se desenvolvía, profunda y acalorada,
Godofredo Llot aparecía agitado, convulso. Varias veces había querido
intervenir, pero como lo hacía tímidamente no se le escuchaba. Y las
impías proposiciones que su amigo sustentaba le llegaban tan al alma,
turbaban de tal manera sus facultades, que apenas tenía alientos para
formular un argumento. Estaba consternado: su corazón se iba apretando
de pena. Aquella noche Moreno parecía un demonio terrible y batallador,
escupiendo con furia sus blasfemias, manifestando con cinismo infernal
su odio a los misterios de la religión.

El pobre Godofredo se sintió tan abatido que, mientras miraba con
espanto a su amigo, algunas lágrimas brotaron a sus ojos y resbalaron
por sus tersas mejillas. Nadie lo advirtió, embebidos como estaban en la
disputa. Mas cuando Moreno, en un rapto de feroz incredulidad, gritó
que para él nuestro Redentor no era más que un judío exaltado, dejose
oír un sollozo. Todos volvieron la cabeza. Godofredo, tapándose la cara
con las manos, lloraba amargamente.

La compasión se apoderó entonces de unos y de otros. ¿A qué conducía
aquella discusión? El que tuviese la desgracia de no creer, que se lo
callase. De todos modos, herir sin necesidad las almas timoratas, como
la de aquel pobre muchacho, era poco caritativo y además una falta de
consideración.

Moreno, algo amoscado, guardaba silencio, maldiciendo en su interior de
la facilidad que su amiguito tenía para liquidarse.



II


Romadonga se acercó al grupo cuando la discusión religiosa acababa de
zanjarse de aquel modo imprevisto y húmedo. Mario vio el cielo abierto.
D. Laureano le hizo con sonrisa de condescendencia una seña, y nuestro
impaciente joven se disponía a levantarse cuando uno de los mozos que
servían allá abajo, cerca de la puerta, se acercó al viejo tenorio y le
habló algunas palabras al oído.

--Soy con usted al momento--dijo éste a Mario.

Y se alejó.

--¿Qué pasará?--preguntó uno de los tertulios.

--¿Qué ha de pasar? ¡Lo de siempre!--repuso Mario de mal humor.--¿No lo
ve usted?--añadió fijándose en la puerta.

Por detrás de los cristales se traslucía la silueta de una mujer.

Al cabo de pocos instantes viose llegar de nuevo a Romadonga mordiendo
el imprescindible cigarro y con el mismo paso tranquilo, dirigiendo
miradas insolentes a las parroquianas.

--¿Por qué se ríen ustedes?--dijo al llegar.--¿Se figuran que se trata
de una aventura amorosa? Pues no hay tal... Es decir, sí ha sido una
aventura amorosa, pero en tiempos remotos. Ahora no es más que una vieja
que viene a pedirme diez duros.

--¿Se los ha dado usted?

--¡Nunca! y eso que me ha dicho que tiene un hijo muriendo. No quiero
sentar precedentes funestos. Hija mía, lo siento mucho, le dije, pero yo
no mantengo clases pasivas.

No faltó quien celebrase el chiste y quien admirase la firmeza de
corazón del empedernido seductor. Mario no pudo reprimir un gesto de
repugnancia. Aquel rasgo de crueldad expresado en forma tan cínica le
dio frío. Pero este frío y esta repugnancia se disiparon cuando
Romadonga, poniéndole cariñosamente una mano sobre el hombro, le dijo:

--A las órdenes de usted, amigo Costa.

Lo que ahora le acometió fue una extraña sensación de terror, unos
deseos atroces, de echar a correr. Levantose, sin embargo,
automáticamente y, pálido y trémulo como si le condujesen al suplicio,
siguió a D. Laureano.

--Buenas noches, señores--dijo éste acercándose al patíbulo.--¿Cómo
sigue usted, doña Carolina?... ¿Qué tal, D. Pantaleón? ¿Y ustedes,
niñas?

Todos buenos, todos buenos, y todos sonrientes, acogiendo a D. Laureano
con la misma alegría que a un bienhechor de la humanidad. La sonrisa de
la más regordeta de las muchachas iba acompañada de un poco de carmín en
las mejillas que se propagó instantáneamente al resto de la cara, sin
excluir las orejas, cuando Romadonga, dando un paso atrás, dijo estas
solemnes palabras:

--Tengo el honor de presentar a ustedes a mi amigo D. Mario de la Costa.

D. Mario de la Costa, a juzgar por su palidez, estaba rezando en aquel
momento el credo, preparado a morir cristianamente. Alargó al jefe de la
familia su mano temblorosa y fría, y preguntó con voz que semejaba un
estertor:

--¿Cómo está usted?

El jefe de la familia estaba bueno y celebraba la ocasión de conocer al
señor de la Costa. Éste volvió a alargar su mano a la esposa del jefe,
pero su garganta ya no pudo dejar salir el más leve soplo. En cuanto a
las niñas, podían sacudir la cabeza, sonreír, ruborizarse, hacer, en
suma, lo que tuvieran por conveniente. De todos modos, no lograrían
obtener la más mínima atención por parte del joven presentado. Éste
permaneció de pie a inmóvil esperando el golpe fatal cuando la mano
protectora de D. Laureano le obligó a sentarse en una silla que
previamente había acercado. Presentación, la más delgada de las jóvenes,
se apartó un poco haciendo signos de inteligencia a Romadonga, y la
silla quedó colocada al lado de Carlota, la más gruesa. Pero Mario
sorprendió aquel signo de inteligencia y la sonrisita burlona con que
fue acompañado. Inmediatamente el blanco cera de sus mejillas se tornó
en un rojo ladrillo no menos interesante.

¿Por qué les da a todos en seguida por hablar entre sí, sin cuidarse de
él para nada? Su regordeta vecina era víctima del mismo abandono. Ambos
parecían consternados. Carlota, inquieta, temblorosa, pidió auxilio a su
hermanita llamándole la atención acerca de una manteleta que vestía
cierta señora que acababa de entrar. La cruel Presentación no hizo caso
alguno; les echó una mirada burlona y se volvió de espaldas riendo como
una tonta. Mario tuvo fortaleza bastante para mantener a salvo su
dignidad en tan críticas circunstancias. A nadie demandó socorro. Y
comprendiendo que el hombre debe hallar en sí mismo recursos suficientes
para flotar en esta clase de naufragios, supo toser y sonarse muy a
propósito, limpió la ceniza del cigarro que le había caído sobre el
pantalón con admirable oportunidad, no dejando tampoco, claro es, de
mirar con cierta insistencia las mangas de la levita a fin de descubrir
si era posible alguna mancha salvadora. Es más, cuando gracias a estos
heroicos manejos se encontró medianamente tranquilo, tuvo serenidad
bastante para decir a su vecina sin temblarle demasiado la voz:

--Es increíble el calor que aquí se desarrolla al llegar esta hora.

--Es verdad, sobre todo los domingos, en que viene tanta gente--repuso
la vecina con voz suave, dulcísima, como las notas de una flauta sonando
en un bosque de laureles y mirtos.

--¡Eso es!--se apresuró a exclamar Mario, vivamente impresionado por
esta profunda observación.

Inmediatamente la vecina emitió otra muchísimo más luminosa, y es que
los días no festivos el café estaba más tranquilo y agradable.

Naturalmente, Mario al oír esto cayó en un verdadero espasmo de
admiración, y asintió frenéticamente, no sólo con la boca, sino también
con los ojos, con el cuello, con las manos, con todos los componentes de
su organismo en suma. Y acometido a su vez del fuego de la inspiración,
halló en las profundidades de su espíritu un rasgo feliz que a él mismo
le dejó sorprendido.

--Basta que haya pocas personas si éstas nos agradan.

La vecina hizo un signo de aquiescencia bajando modestamente los
hermosos ojos. Mario quedó tan encantado del éxito de su frase que,
excitado por él, supo hallar en poco tiempo otras dos o tres no menos
felices.

Ambos quedaron en breve tan abstraídos de los ruidos mundanales que
sonaban a su alrededor como si se hallasen en las profundidades de una
selva virgen. La soledad que antes les parecía aterradora hallábanla
ahora gratísima y gozaban cambiando frases de admirable sentido, como la
primera pareja creada por Dios en los jardines del Paraíso.

No fue un ángel quien vino a arrojarles de él, sino el propio creador de
la mitad de la pareja, esto es, D. Pantaleón Sánchez, papá de las dos
niñas.

--He tenido el honor, Sr. Costa, de conocer a su señor padre hace años,
cuando era subsecretario de Hacienda. Entré en su despacho formando
parte de una comisión de almacenistas para pedirle una rebaja en el
arancel.

Mario daría cualquier cosa en aquel momento porque D. Pantaleón no
hubiera tenido semejante honor. Sin embargo, pareció encantado de la
noticia. Y sobre este tema departieron algunos instantes.

Era D. Pantaleón un hombre que se hallaría entre los sesenta y los
sesenta y cinco años; el cabello enteramente blanco y lo mismo el
bigote, largo, poblado y caído de puntas: conservaba el cutis fresco,
los dientes seguros y cierta firmeza y decisión en los movimientos, que
denotaban vigor corporal. La mirada profunda de sus grandes ojos
pregonaba bien claro que tampoco había perdido el espiritual. Hablaba
reposadamente y con una gravedad afable que infundía a la vez respeto y
simpatía.

Cuando le pareció oportuno suspendió la conversación volviéndose hacia
Romadonga, y Mario quedó nuevamente perdido y solo. No tardó, sin
embargo, haciendo un esfuerzo poderoso de ingenio como el anterior, en
hallar el camino de la selva donde le aguardaba su simpática vecina.

--El café que sirven los domingos es peor que el de los demás días.

Y se ruborizó al expresar esta juiciosa opinión, lo mismo que si hubiera
dicho postrado de hinojos:--¡Te adoro, ángel mío!

--Es imposible que salga bien haciendo tan gran cantidad--repuso
Carlota, igualmente ruborizada.

Ambos se perdieron instantáneamente en lo más espeso a intrincado del
bosque.

Esta vez no fue D. Pantaleón, sino su último retoño, quien vino a su
encuentro.

Presentación se volvió hacia ellos con ademán tan vivo, expresando tal
furor en su movible fisonomía, que lo mismo Mario que su dulce compañera
quedaron sorprendidos y levantaron los ojos para saber cuál era la
causa. Un joven pálido, de pómulos salientes, nariz remangada y ojos
claros, pero no serenos, se acercaba en aquel momento a la mesa con la
cabeza descubierta.

Mario reconoció en seguida al violinista.

--Buenas noches, D. Pantaleón... Buenas noches, D.ª Carolina... Buenas
noches, Presentacioncita... Buenas noches, señores... ¿Cómo siguen
ustedes? ¿Están ustedes bien?

La boca del joven artista se dilataba al pronunciar estas palabras con
una sonrisa que no dejaba ocioso el más insignificante músculo, la fibra
más diminuta de su semblante incoloro. La voz se arrastraba lenta,
gangosa por aquella formidable boca antes de salir, de tal modo que al
llegar a los oídos de sus interlocutores parecía venir cargada de
saliva. Y así era en efecto.

--Buenas noches, Timoteo, buenas noches.

Todos respondieron amicalmente al saludo, menos Presentación. Y, sin
embargo, los que la boca temerosa del artista había dejado escapar, y
muchos otros que habían quedado dentro, a ella exclusivamente iban
dirigidos. Mientras hablaba en pie y arrimado a la mesa con los papás y
con Romadonga, sus ojos de pez, claros y fríos, no se apartaban de la
gentil muchacha.

¿Gentil? Sí, Presentación era una lindísima joven que acababa de cumplir
los veinte. Delgadita, morena, de rostro fino y expresivo, los ojos
picarescos con afectación, los cabellos negros y pegados a la frente, la
boca tan pronto grande como chica, de una extrema movilidad, lo mismo
que los ojos, que el talle, que las manos, que todo lo demás. Una mujer,
en suma, hecha de rabos de lagartija. El reverso de su hermana Carlota,
tan redondita, tan sosegada, de una pasta tan excelente que no había
medio de alterarla. No era bella, al decir de los inteligentes; su nariz
no estaba bien modelada; los labios eran demasiado gruesos. No obstante,
había quien la prefería a Presentación por la dulzura de sus grandes
ojos, suaves, hermosos, por la frescura nacarada de su tez, por lo
macizo y bien torneado de su talle. Pero eran los menos.

Presentación se había vuelto de espaldas por completo. Su rostro y todo
su cuerpo reflejaban agitación violentísima que se traducía en muecas y
contorsiones y se exhalaba también en frases incoherentes pronunciadas
en voz baja, que ni Carlota ni Mario llegaban a comprender. La causa de
tal estado espasmódico no podía ser otra que la influencia magnética de
la mirada del violinista pesando continuamente sobre su cogote.

Carlota la contemplaba con sonrisa benévola y le decía por lo bajo:

--¡Calma, niña, calma!

--¡Sí, sí, calma!... ¡Que te pasase a ti lo que a mí me está
pasando!--exclamaba con coraje, esforzándose en apagar la voz.

--Buenas noches, Carlotita--dijo en aquel momento Timoteo, tratando de
dar a su voz gangosa acento picaresco.--No se las he dado antes porque
la veía a usted muy entretenida.

--Abre el paraguas, Carlota--dijo Presentación por lo bajo.

Pero no tan bajo que no llegase como un rumor a los oídos del joven.
Éste, sin percibir las palabras, comprendió su tristísimo sentido y
quedó avergonzado y confuso.

--Buenas noches, Presentacioncita--dijo entonces abriendo la boca
desmesuradamente para sonreír.

--Buenas noches--respondió la joven sin volver la cabeza, mirando con
fijeza al frente.

--Hoy la he visto a usted en un comercio de la calle de la
Montera--profirió el artista abriendo la boca un poco más.

--Puede ser--repuso Presentación sin dejar de mirar al frente.

--Estaba usted comprando unas enaguas.

--¡Enaguas!--replicó la joven con el acento más despreciativo que pudo
hallar.--¡Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundir
enaguas con chambras!

Timoteo quedó anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.

Y he aquí por qué el violín se quejaba tan amargamente hacía poco
tiempo, por qué arrastraba las notas de un modo tan lamentable.
Presentía el infortunado que las chambras jamás deben confundirse con
las enaguas.

D.ª Carolina acudió generosamente al socorro de aquella desgracia.

--Los hombres no entienden nada de nuestra ropa, muchacha, y además,
mirando por los cristales del escaparate no es fácil distinguir lo que
se compra.

Timoteo le dirigió una mirada de carnero moribundo agradeciendo el cable
de salvación. Pero convencido de que era inútil luchar contra un
temporal tan deshecho, renunció a agarrarse a él.

D.ª Carolina era del mismo corte y figura que su hija Presentación, esto
es, delgada, nerviosa y con unos ojillos vivos y penetrantes que los
años habían hundido y rodeado de un círculo oscuro y fruncido.

--¡Hija, ten un poco de educación!--añadió por lo bajo ásperamente,
tratando al mismo tiempo de alargar la mano con disimulo para darle un
pellizco corroborante.

Presentación separó las piernas instantáneamente y soltó una carcajada
que puso más nerviosa y más arrebatada a su mamá. Vivían ambas en
constante guerra. Sus genios eran igualmente vivos. Pero así y todo, no
podían prescindir la una de la otra y formaban dentro de la casa un
partido. Presentación era la preferida de su madre, como Carlota de su
padre.

--Oiga usted, Timoteo--dijo de pronto la niña volviéndose hacia el
violinista con ojos risueños.--¿Qué era lo que usted tocaba hace poco?

--¿Lo último?... Un _stornello_ titulado _Día de sol_.

--¡Qué bonito es!

--¿Le gusta a usted?--preguntó dilatando su boca para sonreír de tal
modo que dejó estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarse
acostumbrados a los prodigios que la naturaleza solía obrar en su
fisonomía.

--¡Muchísimo! Es precioso... precioso...

--¿Quiere usted oírlo otra vez?

--¡Ya lo creo!

--Pues lo tocaré, lo tocaré, Presentacioncita--dijo el artista lleno de
condescendencia, rebosando de orgullo.

--El caso es--manifestó la maligna joven con tristeza--que nos vamos a
ir pronto.

--Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida... Verá usted.

Y se fue a buscar al pianista. Éste no parecía por ningún lado. Timoteo
daba vueltas como loco por todos los rincones del café.

--Vamos--decía en tanto Presentación a su hermana,--el _Día de sol_ nos
librará de la lluvia.

--¡Pobre chico! ¿Qué culpa tiene él de que se le escape la
saliva?--repuso aquélla sonriendo.

--¡Anda! ¿Y qué culpa tengo yo?--exclamó enfurecida la otra.

Mario rió la ocurrencia, irritado contra el violinista que le había
impedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenazó con el dedo.

--¡Niña! ¡niña!

--¿Qué le duele a usted, D. Laureano?

--A mí nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas... Diga usted,
¿cómo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?

--Eso cuénteselo usted a mamá.

--¿A mi, niña?--exclamó vivamente doña Carolina.--¿Qué estás ahí
diciendo? ¿No sabes que tienes padre?--Y volviéndose hacía
Romadonga:--Pantaleón no ha querido que hoy fuésemos a paseo, sin duda
temiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos días.

--Eso es... No lo he juzgado conveniente--corroboró D. Pantaleón
dirigiendo una mirada tímida a su mujer.

Presentación hizo un mohín de desdén y se volvió hacia Mario y Carlota.
Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a sí propios,
entabló conversación con una señora que se refrescaba con grosella en la
mesa inmediata.

--¿Qué es eso, D.ª Rafaela, no lee usted hoy _La Correspondencia_?

--Ya la he leído, querida... No trae más que esquelas de defunción.

--¿Pues y la noticia del matrimonio de la infanta?

--No sé nada. Ya sabe usted que yo no leo más que los anuncios.

No era una señora en la acepción que se da usualmente a la palabra, ni
tampoco una mujer del pueblo. Participaba de ambas clases. No gastaba
sombrero ni mantilla, pero el mantón alfombrado que cubría sus hombros
era riquísimo; el vestido, de seda pura; en los dedos y en las muñecas
sortijas y brazaletes de valor y en las orejas dos orlas de brillantes
con zafiro en el medio; todo lo cual pregonaba que, si D.ª Rafaela no
vestía de señora, no era seguramente por falta de dinero.

Nadie lo ponía en duda, D.ª Rafaela poseía en la calle de Hortaleza un
comercio de antigüedades que en otro tiempo había sido prendería y aún
lo era cuando le venía bien. Unas veces predominaban los objetos
antiguos, otras los viejos. Como complemento indispensable de tal
negocio, D.ª Rafaela prestaba con usura. Hallaríase entre los cincuenta
y sesenta años. Gruesa, morena, de facciones abultadas y con un extenso
lunar de pelos largos, cerdosos, en la mejilla derecha, cerca de la
boca. Vivía sola con una sobrina a quien dejaba cerrada en casa mientras
acudía invariablemente todas las noches a tomar un vaso de grosella y a
leer la cuarta plana de _La Correspondencia_. Era campechana, servicial
y sencilla hasta la simpleza, pero en sus negocios de prendera y
prestamista mostrábase inflexible y astuta como pocas.

--Acérquese un poquito si ha concluido de tomar su grosella.

D.ª Rafaela trasladó su silla cerca de la joven y en seguida se pusieron
a departir amigablemente en voz baja. Claro está que el tema de su
plática fue el acontecimiento de la noche, la presentación de Mario a la
familia de Sánchez.

--Al fin parece que eso lleva buen camino. Me alegro mucho... mucho. No
deje de decírselo a su mamá, y que sea para bien. Es un chico muy
decente, y si tira a su padre... ya ve usted... Por supuesto que
Carlota, por lo guapa y bonachona, merecía un infante de Ingalaterra...
Pero, hijita, los tiempos no están para andar a escobazos con los
hombres. Así se lo digo muchas veces a la gazmoñita de mi sobrina, que
hace melindres al vidriero de la esquina... Ahora, si usted me pregunta
mi sentir, le diré que el que más me gusta de esa cuadrilla que se
sienta en el rincón es aquel muchacho rubio que llaman Godofredo. No es
que tenga que decir ni pensar nada malo de éste. Al contrario, me parece
bastante formal y simpático; guapo no lo es... ¿para qué más de la
verdad?... pero el otro... el otro es una alhaja, un bendito... ¡Si le
viese usted, como yo le veo muchos días, comulgar en San Antón!...
Vamos, que enternece hallar un chico tan humilde y devoto ahora en que a
todos les da por despreciar las cosas santas y decir mil borricadas y
escandalizar a las personas honradas. A veces se pasa media hora y más
de rodillas delante del altar de la Virgen... Hijita, ¡qué feliz será su
madre! Y la mujer que le lleve bien puede decir que no tiene que
envidiar a ninguna duquesa.

Presentación se ruborizó levemente con estas palabras y dirigió una
mirada rápida hacia el rincón, tropezando sus ojos vivarachos con los
suaves y místicos de Llot, que estuvieron posados buen rato sobre ella.
D.ª Rafaela lo advirtió bien, y adoptando un semblante enteramente
picaresco, le dijo bajando aún más la voz:

--Ya sé, ya sé, querida, que usted y él... ¡vamos!... Apriete, hijita,
apriete, y que no se escape, que bien merece la pena... Al que no puedo
ver ni en pintura es a aquel otro que se come los periódicos, aquel de
las barbas y las gafas...

--¡Ah, sí, Moreno!...

--¡Un moreno bien desaborío!... tan desgarbadote y tan sucio... Creo que
no tiene más gusto que escandalizar a ese pobrecito de Godofredo.
¡Desalmadote! ¡pordiosero! ¡Puhá!

Y miraba al mismo tiempo con ojos coléricos a la mesa donde Adolfo
Moreno seguía enfrascado en la lectura, muy lejos de pensar que en aquel
instante excitaba la cólera de la prendera.

Mario y Carlota habían desaparecido, no corporalmente, pero sí en
espíritu. Timoteo gemía y se lamentaba amargamente, por conducto de su
violín, de que la niña menor de Sánchez se hubiese vuelto de espaldas y
hablase tan animadamente con la señá Rafaela, sin cuidarse para nada del
_Día de sol_ ni de su intérprete. D.ª Carolina decía a Romadonga
mientras su marido se atusaba gravemente el triste y pacífico bigote:

--No necesito decirle, Sr. Romadonga, que entiendo perfectamente la
intención con que su amiguito se ha hecho presentar por usted esta
noche. Sabía hace tiempo que Carlota y él se miraban con buenos ojos, y
cuando lo supe yo lo supo éste, porque yo no tengo costumbre de ocultar
jamás nada a mi marido. Le pregunté si le parecía mal el muchacho. Me
dijo que no, y entonces pensé: bueno, pues que corra el agua por donde
quiera. El otro día me dijo Carlota: «Mamá, ese chico desea ser
presentado.--¿A mí qué me cuentas? le respondí. Díselo a tu papá.--Es
que yo no me atrevo... Si tú te encargases...--Está bien, hija, para mí
han de ser todos los apuros.» Y armándome de valor me atreví a decírselo
a éste. Crea usted que temblaba como una hoja, porque no sabía cómo lo
iba a tomar; tenía miedo que me echase con viento fresco.
Afortunadamente, estaba de buen humor aquel día, ¿verdad, querido?

D. Pantaleón bajó los párpados, manifestando de este modo solemne y
augusto que su esposa no se equivocaba acerca del estado de su espíritu
en aquella ocasión.

--Me respondió que no tenía inconveniente en que lo presentasen con tal
que fuese por medio de una persona respetable. ¿Te parece bien D.
Laureano?--Perfectamente.--Pues ya está hecho. Ahora no nos resta más
que darle a usted las gracias por la molestia que ha querido tomarse.

Romadonga levantó la mano para alejar de sí aquellas gracias que no
merecía, y volvió la cabeza para mirar a la hermosísima chula, que en
aquel instante se levantaba del asiento para marcharse. Al pasar junto a
ellos D. Laureano le dijo familiarmente:

--Adiós, Concha: hasta mañana.

--Buenas noches--respondió ella sonriendo tímidamente.

Su padre se llevó la mano al sombrero. Romadonga siguiola con la vista
hasta que desapareció por la cancela. Antes de trasponerla Concha se
volvió a medias y le echó una rápida mirada de latiguillo. Lo cual le
puso de tan excelente humor, que desde entonces no cerró boca y
consiguió tener suspensos y embelesados con su charla insinuante lo
mismo a D. Pantaleón que a su esposa.

Pero la noche corría. Habían sonado ya las once y media, hora en que
aquella respetable familia tenía por costumbre retirarse. Doña Carolina
se inclinó hacia el oído de su hija Carlota, y le dijo en voz baja,
aunque no lo bastante para no ser oída de Mario:

--Por mi gusto, querida, estaríamos aquí un ratito más; pero ya ves, tu
papá acostumbra a retirarse a esta hora... y ahora más que nunca
necesitamos tenerle contento, ¿verdad?--añadió con un guiño picaresco.

Luego, volviéndose a su marido:

--Pantaleón, nos iremos cuando tú lo ordenes.

--Bien, pues vámonos ya--respondió el venerable jefe de la familia
levantándose de la silla.

Los demás le imitaron. La señá Rafaela y Romadonga manifestaron que
también se iban. Mario no se atrevió a acompañarlos, aunque bastantes
ganas se le pasaron. La despedida fue tímida y significativa por parte
de Carlota, franca y afectuosa por la de su hermana, propia de una
futura hermana política; por la de D.ª Carolina maternal, aunque
templada por el respeto que le merecía la autoridad de su marido; y por
éste tan cortés, tan suave, tan condescendiente, que Mario se mostró
hondamente conmovido, y apenas pudo articular con voz temblorosa algunas
palabras de ofrecimiento.

Quedó solo al fin. El corazón no le cabía en el pecho. Permaneció un
instante inmóvil contemplando la puerta, por donde acababa de
desaparecer, la última, su gentil Carlota. Y bajando de pronto desde las
nubes de oro y rosa donde se mecía a esta tierra prosaica, se dirigió a
la mesa del rincón, donde sólo se hallaba ya Adolfo Moreno. El salto no
podía ser mayor. Moreno era, en sentir de Mario, el ser más distante de
la poética idealidad que en aquel momento inundaba su espíritu, el menos
a propósito para recibir la confesión de sus impresiones. Sin embargo,
eran éstas tan vivas, tan avasalladoras, que si no se desahogaba pronto
de ellas, era de temer una congestión. Sentose enfrente de su amigo,
pidió un vaso de leche y esperó a que aquél, en gracia del trascendental
acontecimiento que acababa de efectuarse, se dignase hacerle algunas
preguntas. Nada. Moreno había dejado los periódicos políticos y leía con
atención uno ilustrado que andaba siempre de mesa en mesa metido en una
carpeta sucia y despellejada. Mario no pudo más. Comprendía que era una
humillación, pero no tenía fuerzas para resistir al anhelo de
confesarse.

--Adolfo.

--¿Qué hay?--respondió éste sin apartar la vista del periódico.

--Dame la enhorabuena.

Al pronunciar estas palabras se ruborizó.

--¡Ah, sí!--exclamó el otro alzando la cabeza y mirándole con sonrisa
entre burlona y benévola.--Al cabo has logrado la dicha de sentarte a la
misma mesa que D. Pantaleón Sánchez.

--Como tú comprenderás, Adolfo, lo que menos me importa a mí es D.
Pantaleón. Lo que me interesaba, y mucho, era hablar con su hija. No
puedes figurarte la impresión que he sentido. Ya sabes que estaba
enamorado, ¡pero de verdad! Pues bien, ahora lo estoy mucho más, cien
veces más. ¡Qué mujer tan simpática! ¡Qué tranquilidad, qué dulzura
respiran todas sus palabras y movimientos! ¡Qué timbre de voz tan
delicioso! Parece que viene impregnado de la claridad y armonía que
reinan en su alma. Es una voz que suena más en el corazón que en el
oído, que nada dice a los sentidos, que despierta el anhelo de las
alegrías íntimas y serenas del hogar; una voz hecha como los bálsamos
para curar las heridas que el mundo nos infiere... Nada nos hemos dicho
de nuestro amor, pero en el brillo de sus ojos, en el cuidado con que
evitaba el mirarme, he gustado más dicha que si me prometiese amarme
eternamente. El único signo que advertí de su emoción fue cuando le di
la mano al acercarme. ¡Qué encarnada se puso la pobrecita!

Moreno continuaba sonriendo con la misma condescendencia, mientras su
amigo se desahogaba tan fogosamente. Al cabo le atajó.

--No te forjes muchas ilusiones por eso del rubor ni te subas al
trípode. El rubor es un fenómeno muy prosaico, querido. No significa más
que un cambio de la circulación sanguínea. Las arterias, al aumentar o
disminuir de diámetro, enrojecen la piel o la hacen empalidecer. Ni te
vayas a figurar que sólo las vírgenes se ruborizan, o que sea este
fenómeno privativo del ser humano. Los animales también se enrojecen. El
conejo es un animal tan sensible que con la más leve impresión se tiñen
de carmín sus orejas, y se ha observado que los conejos jóvenes se
enrojecen más fácilmente que los viejos.

Mario quedó acortado. Le miró fijamente con ojos de asombro y al fin
murmuró entre triste y colérico:

--Pero, Adolfo, ¡por Dios! ¿qué tienen que ver ahora los conejos
jóvenes?...

--No... yo no quería decirte... Es simplemente un dato fisiológico.

Recobrose el joven y volvió a coger el hilo de sus impresiones. Las iba
narrando con entusiasmo, de un modo incoherente, como si estuviese solo.
Tal vez comprendía vagamente que lo estaba; porque Moreno, a juzgar por
su mirada distraída y su continente reflexivo, debía de hallarse en
aquel momento meditando sobre algún oscuro problema de la morfología.

Después de describir y pesar una por una las gracias de Carlota y
colocarla sobre un rico pedestal de mármol ornado de bajos relieves de
Fidias, por encima de todas las mujeres de este mundo, casi a la altura
de la Niobé de Praxíteles, vino a soñar despierto, a pintar de un modo
plástico la única dicha a que aspiraba uniéndose a ella...

--No soy hombre de grandes ambiciones, Adolfo, bien lo sabes. Para ser
feliz, no necesito más que cariño, sosiego y un mediano pasar. Un
cuartito al Mediodía con ventanas al campo aunque esté sobre el tejado;
una mujercita sana, risueña, que venga a abrirme la puerta; oírla
teclear después de comer alguna sonata de Beethoven... y que me dejen
libre alguna hora para modelar cualquier muñeco. Estoy solo en el
mundo. Apenas he conocido a mi madre. Mi padre se esforzó toda la vida
en hacerme menos terrible esta pérdida. ¡Dios le bendiga por ello! Pero
el amor de una madre es insustituible, no tanto por lo vivo y profundo,
sino por lo que tiene de femenino. El hombre necesita en todos los
momentos de su vida del amor de la mujer; primero de la madre, luego de
la esposa, más tarde de la hija. Además, el hombre sin familia no se
comprende; es un ser incompleto, absurdo, está fuera de la naturaleza.

--Permíteme, querido--manifestó Moreno extendiendo la diestra con
solemnidad y acentuando aún más la superioridad de su sonrisa.--Más vale
que no te metas a definir las leyes de la naturaleza. Esas cosas hay que
estudiarlas con atención y tú no creo que te hayas entretenido hasta
ahora en ello. El que la familia sea una ley natural y que no podamos
pasar sin ella me parece una de tantas afirmaciones gratuitas como
sientan los metafísicos. No se apoya en ningún dato experimental. Entre
los Bochimanos no existe la familia; entre algunos pueblos polinésicos
tampoco... En cambio se encuentra algo semejante establecido entre
ciertos monos ordinarios. Y desde luego entre los antropoides. El
chimpanzé y el gorila suelen constituir familia.

La exhibición de este preciosísimo dato le dejó tan satisfecho que, en
el exceso de su alegría, tosió dos o tres veces de un modo modesto,
indicando que estaba dispuesto a rechazar toda enhorabuena. Acto
continuo echó mano a la botella de agua, se escanció un vaso y lo apuró
lentamente con majestuoso ademán, a fin de serenarse.

Mario le contemplaba fijamente.

--Mira, Adolfo--dijo al fin procurando reprimir la indignación,--yo
nunca he dudado de tu ciencia. Reconozco que sabes mucho más que yo, y
aunque a mí no me interesen gran cosa los Bochimanos, les concedo toda
la importancia que tú quieras, por más que tú mismo dices que son unos
salvajes... Pero, francamente--añadió poniéndose fuertemente colorado y
clavando una mirada colérica en la mesa,--eso de que hablándote yo de mi
amor por Carlota, que es un ángel bajado del cielo, me saques a relucir
el gorila y el chimpanzé, no es decente... no es decente... ¡vamos, que
no es decente!



III


Vivió desde aquella noche memorable en un estado de exaltación próximo a
la locura. En su casa dejó de ser, con sorpresa de la patrona, el
huésped silencioso, tolerante, que ésta se complacía en ofrecer de
modelo a los demás. Se mostró impaciente, huraño, imperioso; armaba con
la criada cada pelotera que la vajilla retemblaba con los apóstrofes;
todo porque le había servido el almuerzo diez minutos más tarde de lo
que le había ordenado, o no había podido llevarle el sombrero a
planchar. De igual modo andaba constantemente a la greña con la
planchadora sobre si los puños, sobre si los cuellos, y con la camarera
sobre si las botas, sobre si el botón de la levita. La misma D.ª Romana,
su respetabilísima patrona, a pesar de su continente digno y talento
persuasivo, no se libraba de las amargas recriminaciones del joven, y a
veces de sus violentísimos apóstrofes.

--Pero, D. Mario--decía la diplomática señora mientras los ricitos
postizos de su cabeza se agitaban con elocuencia,--¿cómo quiere usted
que la comida esté sazonada o no se la sirvan fría, cómo quiere usted
que le tenga el cuarto arreglado a tiempo ni las cosas a punto, si desde
hace una temporada no tiene hora fija para nada; tan pronto se le ocurre
almorzar a las once como a las dos, unas veces se levanta a las siete de
la mañana, otras duerme hasta las tres de la tarde? Y sobre esto, los
criados siempre en danza, a casa del sastre, del camisero, a llevar
cartas y recados a la calle de Ramales.

Era el mismo Evangelio lo que la buena señora alegaba. Los tirabuzones
sujetos a su frente lo corroboraban con vivos movimientos de
trepidación. Mario cometía estos desórdenes y otros más. La causa
estaba en la calle de Ramales, bien lo sabía D.ª Romana; pero no se
atrevía a expresarlo, aunque lo indicaba recalcando un poquito la
palabra. Es decir, no estaba en la calle de Ramales. Donde estaba
realmente era en el cerebro exaltado del joven escultor. Porque ¿qué
culpa tenía Carlota de que se levantase a las seis de la mañana,
habiéndole dicho la noche anterior que oiría misa a las diez en el
Sacramento? ¿Ni por qué pedía a grandes voces el almuerzo a las once, si
le constaba que hasta las dos lo menos no había de salir de tiendas D.ª
Carolina con sus hijas? Tampoco era Carlota responsable de que nuestro
joven perdiese la razón al ver una minúscula arruga en el planchado de
los puños o las botas sin el conveniente brillo, porque no tenía la
costumbre de reconocer minuciosamente ni los puños ni las botas de su
novio. Es más, aunque advirtiese la arruga del planchado o la opacidad
de las botas, era tan bonachona que se lo perdonaría sin gran esfuerzo.

Al principio nuestro joven iba dos veces por semana a pasar un ratito
después de la oficina a casa de D. Pantaleón. Poco después, un día sí y
otro no; luego, todos los días. Esto sin perjuicio de verse y hablarse
diariamente en el café del Siglo y de las salidas extraordinarias a misa
y a tiendas, en que _casualmente_ se tropezaban. Pero no bastaba todavía
a calmar las ansias amorosas del escultor. Todavía ideó el acudir
también algunas mañanas a casa de su novia con diferentes pretextos;
luego descaradamente y todos los días. De modo que, lo que decía
confidencialmente D.ª Carolina a la señora Rafaela:--Hija, estos
muchachos no me dejan tiempo para arreglar mi casa ni para vigilar la
cocina; no puedo cepillar la ropa a Pantaleón, no puedo escribir una
carta, no puedo hacer una visita. ¡Siempre clavada a la silla en el
gabinete! Luego, si Presentación me ayudase un poco a soportar la carga;
pero ¡que si quieres!

En efecto, cuando por algún apuro imprescindible D.ª Carolina la llamaba
para que se estuviese al lado de los novios, mientras ella permanecía
fuera, Presentación levantaba los brazos al cielo exclamando:

--¡Dios mío, qué pecado habré cometido para desempeñar tan joven estos
papeles!

Y si la señora tardaba mucho, se escapaba diciendo:

--No puedo más. Dispensadme. Cuidado con ser buenos.

En vano la pobre Carlota le gritaba ruborizada:

--¡Niña, niña! ¡Por Dios, no marches!

--No puedo más--repetía huyendo,--no puedo más. La carga es superior a
mis fuerzas.

D.ª Carolina, por estas y otras contrariedades, tenía frecuentes accesos
de mal humor; gritaba a sus hijas, las llenaba de improperios; a veces,
de esta marejada salpicaba también alguna espuma a Mario. Pero no se
daba por ofendido; al contrario, sentía cierto deleite en que la mamá de
su adorada le reprendiese, le tratase con tal excesiva confianza: le
parecía que de tal modo se acortaba cada vez más la distancia que
mediaba para ser su hijo.

Pero la gran dificultad para esto y para todo en aquella casa era D.
Pantaleón. No lo parecía. Mario hallaba en él un hombre grave, pero
dulce, afectuoso, de una cortesía exquisita. Apenas se le sentía en la
casa. Sin embargo, D.ª Carolina, a quien trasmitía sus órdenes, estaba
siempre pendiente de ellas, y no daba jamás un paso sin consultarle y
pedirle la venia. Así que nuestro joven, a fuerza de sentir su
influencia en todos los momentos sin escuchar su voz, sin ver el ademán
imperativo de su diestra, había llegado a profesarle un respeto
profundísimo, una veneración sin límites, contemplando su cara
enigmática y misteriosa como la de un dios impenetrable. Cuando le
tropezaba por los pasillos de la casa, y sucedía bastantes veces, porque
el Sr. Sánchez era muy dado a pasear por ellos con zapatillas, le daba
un vuelco en el corazón y le saludaba con una turbación que, lejos de
disminuir, aumentaba cada día.--He aquí el hombre--se decía al apartarse
de él--en cuyas manos se encuentra mi felicidad o mi desgracia.

La influencia de D. Pantaleón se sentía en todos los momentos y se
extendía a los pormenores más insignificantes de la vida doméstica. Para
salir a tiendas, para ir a paseo, para comprarse unas botas, para
suscribirse al periódico de modas, para cambiar de panadero, se
necesitaba acudir a su autoridad suprema. Mario la encontraba
asfixiante, pero se sometía.

La vida de aquel déspota no podía ser más sencilla. Levantábase
invariablemente a las nueve de la mañana, y después de desayunarse
terminaba la lectura de _La Época_, que había comenzado la noche
anterior. La leía toda, hasta el folletín y los anuncios, encerrado en
su habitación, sin que bajo ningún pretexto consintiese D.ª Carolina que
se le fuese a interrumpir. Esta escrupulosidad concienzuda aplicada a la
lectura de un periódico, que ordinariamente suele hacerse a la ligera,
¿no es indicio de un carácter reflexivo a investigador, de una
inteligencia firme y ansiosa de nutrirse? El curso de la presente
historia lo dejará cumplidamente demostrado. Aquella lectura, trivial
para la mayor parte de los hombres, despertaba en el cerebro de Sánchez
copiosa serie de pensamientos graves o frívolos, según su orden.

Para meditarlos, para clasificarlos, para extraerles el jugo, se salía
al pasillo, y envuelto en su bata alfombrada y provisto de silenciosas
zapatillas suizas, paseaba grave y acompasadamente hasta la hora de
almorzar. Después del almuerzo y de reposar algunos minutos, se salía a
dar un largo paseo contemplativo por el Retiro. Cualquiera que le viese
recorriendo lentamente, con las manos atrás y la cabeza inclinada hacia
la izquierda, los arenosos caminos del Parque, diputaríale por un
ocioso, un militar retirado, un propietario, algo, en suma, vulgar y
hasta inútil en la sociedad. ¡Cuán engañosas son las apariencias! Algo
así pensaban los habitantes de la ciudad de Heidelberg cuando el gran
Emmanuel Kant cruzaba de paseo con su paraguas bajo el brazo. Y si le
hallasen sentado en un banco frente al Estanque grande, inmóvil, con la
mirada fija, tal vez imaginaran que aquel hombre no pensaba en nada. Y
así era, en efecto. D. Pantaleón en aquellos momentos tenía el
pensamiento tan inmóvil como su cuerpo; yacía entregado a una sensación
de bienestar animal, que inundaba su ser como una ola tibia y lo
paralizaba. Muchas veces duerme así el espíritu cuando se prepara a una
actividad enérgica, como el luchador que reposa para disponer de toda la
fuerza de sus músculos. El genio dormía en el fondo de su alma, sin que
nadie, ¡nadie! ni él mismo, sospechase su presencia.

D. Pantaleón Sánchez no era rico. Sólo tenía un pasar adquirido en el
comercio de géneros de punto a fuerza de economías y privaciones. Y aquí
salta una observación, que merece ser expresada, es a saber: que casi
ninguno de los hombres que han influido poderosamente sobre sus
semejantes o han dado impulso y dirección al progreso dispusieron de
grandes bienes de fortuna. Después de traspasar la tienda al primero y
único de sus dependientes, sólo poseía en valores del Estado una renta
de ocho a diez mil pesetas. Gracias al orden y economía de su fiel
esposa podían vivir cómoda y decorosamente.

A los quince días de entrar en la casa ya nuestro joven escultor ardía
en deseos de formar parte integrante de la familia. Pero no se atrevió
a expresarlo sino de un modo indirecto y vago, y con las mejillas
coloradas, a Carlota, que a su vez le respondió, ruborizada también, que
«no se pensase todavía en aquello.» Pero ambos siguieron pensando, cada
cual por su lado; de tal suerte, que si sus bocas estaban calladas, se
lo decían a todas horas con los ojos. Cuando estaban juntos y se
quedaban algunos instantes silenciosos con la mirada extática, bien
podría apostarse doble contra sencillo a que ambos pensaban en
_aquello_.

Un día, después de larga pausa, dijo Mario repentinamente:

--¿Por qué no se _lo_ dices a tu mamá?

--No me atrevo. Díselo tú--respondió la joven anudando naturalmente la
tácita conversación que sus pensamientos mantenían hacía tiempo.

--¡Oh, si yo me atreviera!

Hizo coraje algunos días: al fin se atrevió. ¡Cuánta duda, cuánta
vacilación antes que las abrasadoras palabras saliesen de sus labios!

Estaba D.ª Carolina subida encima de una silla sujetando un visillo del
balcón. Carlota había salido en busca de tijeras. Sin saber cómo,
aprovechándose tal vez de que la buena señora se hallaba de espaldas y
no podía anonadarle con una mirada fulgurante, dijo con voz bastante
entera:

--D.ª Carolina, cuando usted termine ahí voy a darle un susto.

--¿Un susto?--repuso la señora volviendo la cabeza con sorpresa.

--¡Sí, un susto!--repitió el joven sonriendo alegremente, cada vez más
animado.--Pero no tenga usted miedo. Es un susto puramente moral.

--¡Bueno!--exclamó en actitud vacilante, sonriendo también.--No sé qué
será... Voy a concluir.

En los breves instantes que duró la operación tuvo tiempo a perder todo
el valor que había mostrado. De suerte que cuando D.ª Carolina se bajó
de la silla, con la misma ligereza que una niña, y se volvió, encontrose
con un hombre desencajado, tembloroso, que daba pena mirarle.

--Usted me dirá... ¿qué susto es ése?

--¡El que yo tengo!--debió responder Mario, pero no lo dijo. Limitose a
llevarse la mano a la boca para toser, sin gana por supuesto, y profirió
con trabajo:

--Si a usted le parece, podemos sentarnos.

--Con mucho gusto. Nada nos darán por estar de pie.

D.ª Carolina aparentaba indecisión y sorpresa que no sentía. No se
necesitaba ser lince para comprender de qué se trataba.

--Debo ante todo... Cuando tuve el honor de ser presentado a ustedes...
Sentiría muchísimo...

No hallaba medio de tomar la embocadura. Estaba cada vez más turbado. En
aquel momento apareció en la puerta Carlota. Al ver su encantadora
figura, de formas elegantes y redondeadas, sus ojos animados, sus
mejillas frescas adornadas de un par de hoyos como dos nidos de amor,
sus labios de cereza, una verdadera rosa, en fin, de carne y hueso,
recobró de pronto todo el aplomo y dijo con voz segura:

--Me alegro de que venga Carlota y escuche lo que le voy a decir...

Carlota se acercó. En la actitud de su novio adivinó en seguida lo que
pasaba.

--Pues bien, señora, lo que tengo que manifestar a usted es que, lo
mismo Carlota que yo, deseamos casarnos cuanto más antes.

--¡No, no! ¡yo no!--exclamó la joven encendida en rubor y echando a
correr.

D.ª Carolina se mostró sorprendidísima.

--¡Pero eso es un escopetazo, Costa! Razón tenía usted en decir que me
iba a dar un susto. ¡Ave María Purísima! ¡Quién había de pensar!...

Y por algunos momentos no dejó de hacerse cruces y proferir
exclamaciones. Repuesta al fin un poco, llamó a Carlota.

--¡Niña, no seas ridícula, ven aquí!

Y en voz baja añadió:

--¡Pobrecilla! La ha puesto usted en un apuro.

Vino Carlota hecha una rosa de Alejandría por lo roja y por lo hermosa.
Sentáronse los tres en el sofá, la mamá en el medio, y cogiendo
amorosamente las manos de su hija y mirando a Mario de reojo, se expresó
de esta manera:

--A pesar del susto, no le guardo rencor. Me esperaba que algún día
había de suceder esto, aunque, a la verdad, no tan pronto. Mentiría,
Costa, si le dijese que no me es usted muy simpático y hasta que le
quiero ya como cosa propia. No tiene nada de particular. Basta que una
persona quiera a mis hijas para que la adore yo. Lo que mis hijas
desean, eso es precisamente lo que a mí me complace. Soy una débil
criatura sin voluntad propia; todo el mundo lo sabe. ¡Hablarme a mí de
que desean casarse!... ¿Para qué? De antemano tienen ya mi
consentimiento para eso como para todo lo que se les antoje. Mi carácter
es así. Aunque me parezca prematuro el matrimonio y que convendría
esperar algo más, porque usted no se halla, desgraciadamente, en
posición de sostener las cargas de una familia, no lo puedo remediar...
Por mí, mañana mismo les echa la bendición el cura. Es una desgracia
tener este carácter, señor Costa, créame usted. Mis amigas me dicen con
razón: «Tú no eres una mujer, Carolina, eres un trapo.» ¿Y qué le vamos
a hacer? Cada cual es como Dios le crió. De todos modos, le agradezco
en el alma que haya contado conmigo... Demasiado sé que es pura
galantería, pero lo agradezco... Vamos ahora a lo más principal, mejor
dicho, a lo único principal que hay en este negocio. ¿Quién se lo dice a
Sánchez? ¿Quién le pone el cascabel al gato?

--Mamaíta, díselo tú--manifestó Carlota, cuyas mejillas no habían
perdido su vivo color rojo.

--¿Lo ve usted?--exclamó la buena señora, volviendo el rostro lleno de
dulce condescendencia hacia Mario.--¡Cuando yo lo decía!... Bien, hija
mía, bien; yo se lo diré... Para mí será el desaire si lo hay. Prefiero
sufrirlo yo todo. Y para que vean ustedes adónde llega mi complacencia,
ahora mismo se lo voy a decir; ahora que está solo en su cuarto... ¡Ea,
valor!

D.ª Carolina se alzó del sofá y dio tres o cuatro pasos.

--¡Si supieran ustedes cuánto lo temo!-dijo parándose.--No lo puedo
remediar; siempre que voy a decir algo importante a Pantaleón, me sucede
lo mismo, me pongo temblorosa; toda me aturrullo... Mire usted cómo me
tiembla la mano, Costa.

Mario apretó la mano de su futura suegra, pero no pudo comprobar el
temblor. Lo único que advirtió es que estaba fría.

--Sí, sí--dijo galantemente,--y además está fría.

--¡Friísima!... Lo mismo me pasa siempre... Vaya, armémonos de valor.
Voy antes a beber una copita de Jerez para criar fuerzas... Hasta luego,
hijos míos, hasta luego y ¡buena suerte!

Todavía desde la puerta se volvió con semblante risueño, radiante de
condescendencia.

--¡Cómo me late el corazón!--exclamó llevándose la mano al
pecho.--¡Adiós! ¡Buena suerte!

A quien le latía hasta querer saltársele del pecho era al pobre Mario.
No se atrevió a mirar a Carlota. Tampoco ésta volvió su rostro hacia él.
Felizmente vino a sacarlos del apuro la bella Presentación. Entró seria,
ceñuda y, sentándose cerca del balcón, exclamó con un suspiro:

--¡Ea! ¡Ya estoy en funciones!

Lo mismo Carlota que su novio no pudieron menos de sonreír.
Trascurrieron algunos minutos en silencio.

--Pero vamos a ver--profirió después volviéndose airada hacia
ellos,--¿cuándo me van ustedes a dejar en paz? ¿Se quieren ustedes casar
pronto, empachosos?

--De eso se trata--respondió gravemente Mario.

Y como la joven le mirase sorprendida, su hermana añadió tímidamente:

--Mamá se lo está comunicando en este momento a papá.

La cara de Presentación expresó un gozo sincero.

--¿Es de veras? ¡Cuánto me alegro, hermana de mi alma!--exclamó
levantándose y abrazándola con efusión.--¡Toma un beso, toma dos, toma
veinte!... Sea enhorabuena. Démela usted a mí también, Costa, y pídame
perdón por las mil iniquidades que ha hecho conmigo... ¡Qué gusto,
Virgen de Atocha!... Ya concluyeron las centinelas. Ahora son ustedes
los que me van a guardar a mí. ¡Y que no te voy a dar poca tarea,
Carlota! Me vas a sacar a paseo todos los días, ¿sabes? todos, sin
faltar uno. Y por la mañana me llevarás a misa... y después... después
unas vueltas entre calles para lucir este cuerpecito...

Daba saltos de alegría y batía las palmas la revoltosa niña, tanto por
la perspectiva de aquella bienandanza como por ver a su hermana feliz;
porque en el fondo no era mala, aunque Timoteo la apellidase casi todas
las noches ingrata y orgullosa con el violín.

Mas he aquí que en lo más recio de esta alegría turbulenta aparece D.ª
Carolina. Nada más que con mirarla comprendieron Mario y Carlota lo que
había. Traía la cara larga, larga como si viniese de un entierro. ¡Ay,
sí, el entierro de las esperanzas de Mario! Mientras se acercaba
lentamente hacia ellos ejecutó un sinnúmero de muecas y visajes,
expresando alternativamente el dolor, la protesta y la resignación.
Sentose de nuevo en silencio entre los dos, y en silencio también y con
rara energía apretó las manos a Mario fijando en él al mismo tiempo una
mirada de indefinible tristeza.

--No se apure, señora--exclamó éste haciendo de tripas corazón,
esforzándose por sonreír.--¿No puede ser? Lo siento muchísimo; pero lo
mismo Carlota que yo sabremos tener calma y esperar con paciencia.

D.ª Carolina se llevó el pañuelo a los ojos como si quisiera llorar.

--¿Qué es eso? ¿No hay boda?--preguntó Presentación; y, levantándose con
ademán desabrido, añadió:--¡Bah, bah! La culpa ya sé yo de quién es.

No hubo más remedio que resignarse. Don Pantaleón hallaba prematuro el
matrimonio. Los hombres, según decía su esposa, miran las cosas de un
modo prosaico; se fijan en el porvenir, en las necesidades y
obligaciones que trae consigo; todo lo ven de color negro. Nosotras
procedemos de otro modo, por entusiasmo, por cariño; cuando se nos
interesa el corazón no queremos ver las dificultades. Por mi parte,
aunque no tuviese usted empleo ninguno, aunque fuese un pobre de la
calle, bastaría el afecto que le tengo para que le entregase a mi hija
sin reparar en nada.



IV


Esperaron, pues, pacientemente a que Sánchez se ablandara. La vida
siguió deslizándose en la misma forma que antes, creciendo de día en día
la confianza y el cariño entre nuestro joven y la familia de su novia.
No salía de la casa. Cuando iban a paseo por Recoletos, Mario y Carlota
marchaban delante y detrás D.ª Carolina y Presentación. Al poco tiempo
todo Madrid los conocía. «Ahí vienen _los novios_,» se decían los
paseantes al verlos. Entre algunos chistosos comenzó a llamárseles _I
promessi spossi_. Y como suele suceder, al cabo de algunos meses
llegaron a aburrir a la gente. ¡Pero, señor! ¿cuándo se casan estos
chicos?

D.ª Carolina consintió al fin, a ruego de Mario, en tutearle, y hasta
llevó su condescendencia a permitir que la llamase mamá, todo en secreto
por supuesto y cuando Sánchez no se hallaba presente. Un día que delante
de éste se le escapó llamarle de tú, ¡Jesucristo, lo colorada que se
puso la buena señora! Mario estaba hechizado; la adoraba.

Pocos meses después acaeció un cambio en la política. Cayó el ministerio
y se formó otro nuevo. El ministro de Ultramar saliente se acordó de
Mario por la amistad que había mantenido con su padre y le dejó
ascendido en lo que se denomina en términos burocráticos testamento.
Tenía diez y seis mil reales de sueldo. D.ª Carolina mostró al saberlo
una alegría verdaderamente maternal. Tanto que a los pocos días le llevó
sigilosamente hacia un rincón y le dijo con misterio que si se lo
permitía iba a dar «otro tiento» a Sánchez: desconfiaba bastante del
éxito, pero iba a hacer un esfuerzo supremo... «Ya veríamos.»

En el pecho del joven escultor renacieron súbito las esperanzas. Se puso
tan nervioso, que la bondadosa señora, para completar su caritativa
obra, mostrose propicia a ir en aquel mismo momento al cuarto del severo
esposo. Mario no pudo contenerse; poco menos que la hizo salir a
empujones de la habitación. Ella sonreía dulcemente llamándole loco.

¡Qué zozobra! ¡qué congojas las de los novios mientras permaneció por
allá! Llegó a tal extremo, que Mario ¡pobre muchacho! consintió en rezar
con Carlota algunos padres nuestros para obtener un resultado favorable.

El cielo escuchó sus oraciones. D.ª Carolina se presentó al cabo de
media hora radiante de dicha. Y antes de que saliese una palabra de sus
labios, corrió hacia su hija y la abrazó estrechamente derramando un
torrente de lágrimas. Después hizo lo mismo con Mario. Éste experimentó
tan fuerte emoción, que quiso volverse loco. Lloró, rió, bailó, besó las
manos a su futura suegra llamándola madre, prometiéndole amarla y
obedecerla siempre como un hijo sumiso; en fin, mil ridiculeces que
harán sonreír a todo el que no haya estado de veras enamorado.

Desde entonces no se habló más que de la boda. Comenzaron a comprar la
ropa blanca; esto es, comenzó el único período de la existencia que
puede dar idea aproximada de lo que acontece en el cielo. Esta memorable
etapa de la ropa interior ejerció tal influencia en la felicidad de
Mario, que muchos años después, al pasar delante de un bazar de ropa
blanca y ver colgadas en el escaparate algunas enaguas y camisas de
señora, aún sentía latir su corazón conmovido. D.ª Carolina fue el
Espíritu Santo de este almo cielo. Cuando nuestro joven la veía ponerse
las gafas y tomar entre sus dedos una chambra, frotarla cuidadosamente,
acercarla a los ojos para ver si descubría alguna pérfida hebra de
algodón entre su cándido hilo, un estremecimiento de dicha inefable
corría por su cuerpo; la emoción le ahogaba; necesitaba volverse de
espaldas para no caer a sus pies y expresarle en términos fervorosos
delante de los horteras toda la veneración, todo el entusiasmo que su
conducta generosa le inspiraba.

Luego se fijó el día: se discutió la forma en que había de celebrarse.
Antes se había convenido en que los novios no vivirían aparte «por
ahora.» El pequeño sueldo de Mario no lo consentía. D. Pantaleón
manifestó por boca de su esposa que mientras el matrimonio no se hallase
en condiciones de establecerse, viviría en su compañía. El mismo D.
Pantaleón resolvió que la boda se celebrase con un día de campo en los
Viveros, como era uso y costumbre entre el elemento distinguido del
comercio de Madrid.

Fue en el primer domingo de Agosto. Mario convidó a sus amigos los
tertulios del café del Siglo, Miguel Rivera, Adolfo Moreno, Llot,
Oliveros, Romadonga y tres o cuatro compañeros de oficina: los señores
de Sánchez, a varias distinguidas familias del comercio, y entre ellas a
la del mismísimo presidente de la _Liga de Productores_, propietario de
una gran fábrica de ladrillo refractario en las afueras de Madrid. Los
esposos Sánchez no mantenían amistad muy íntima con esta familia; pero
comprendiendo todo el lustre que sobre la fiesta recaería si lograban
que asistiese a ella, les escribieron una rendida carta. Los señores de
Corneta, que así se llamaba el presidente de la Liga, respondieron con
una muy amable esquela aceptando y enviando al propio tiempo una precisa
licorera, que enriqueció la serie de regalos que los novios recibieron
en aquellos días. D.ª Carolina los había colocado todos en un gabinete
de la casa en medio de una bonita decoración de percalina para que
hiciesen más impresión. Había muchos y muy lindos, pero entre todos
predominaba una rica colección de barómetros y termómetros de todas
formas y tamaños. Los amigos habían comprendido, con admirable instinto,
que nada puede interesar tanto a unos recién casados como la observación
atenta de los fenómenos meteorológicos.

El primer domingo de Agosto amaneció tan espléndido, tan claro y
caliente como casi todos sus colegas del estío en Madrid. Los asistentes
a las primeras misas en la iglesia de Santiago pudieron ver en una de
las capillas laterales a un joven correctamente vestido de negro hincado
delante de un confesonario. Nada tenía de particular. Pero en el
confesonario de enfrente había una joven también vestida de negro con la
cara pegada a la ventanilla. Esto era ya grave. Así lo entendieron los
fieles, y por eso, pecando contra el tercer mandamiento, no les quitaron
ojo mientras duró la confesión.

El cura tenía abrazado al joven, de suerte que los asistentes no podían
observar más que sus piernas, que no decían nada. Pero la joven dejaba
ver un cacho de mejilla, y este cacho de mejilla, por lo suave, por lo
terso, por lo sonrosado, interesaba profundamente al auditorio, y muy
especialmente al monaguillo que ayudaba a la misa.

«Son unos novios,» se dijeron los fieles rebosando de curiosidad y
penetración. En efecto, eran ellos, la fresca y simpática Carlota y el
venturoso Mario.

Después de la ceremonia y de tomar chocolate en la morada de D.
Pantaleón, trasladaronse los recién casados y su cortejo en dos grandes
ómnibus a los Viveros. Los Viveros guardan entre las filas de sus
árboles enanos y bajo sus cenadores rústicos toda la poesía del comercio
madrileño. Los gremios expresan allí en los días festivos que no son
insensibles al encanto misterioso de la Naturaleza ni ajenos a las
dulces emociones del campo. Como testimonios mudos pero elocuentes de
este fondo poético que algunos pretenden negar, suelen verse bajo los
frescos emparrados, donde la luz se cierne mansa y dormida, o sobre el
fino tapiz de la yerba, entre setos de boj y cinamomo, algunas cabezas
de sardina y no pocos residuos de huevos cocidos.

El Sr. Sánchez, que a pesar de su temperamento meditabundo y soñador no
olvidaba ningún pormenor interesante, había contratado el día antes un
piano mecánico. No fue obstáculo el calor para que aquella juventud
florida se pusiese inmediatamente a bailar con frenesí. Un caballero
tuvo la ocurrencia de quitarse la levita; los demás le imitaron. Se
bailó en mangas de camisa, con esa grata familiaridad que caracteriza a
los hombres de negocios en momentos de alegría. Así y todo, se sudaba
como en los primeros días de la creación. Las mejillas de las damas
echaban fuego. ¡Ah, si pudieran utilizar el hielo que envolvía en aquel
instante el corazón del violinista del café del Siglo, qué bien se
refrescarían!

A fuerza de inteligencia y diplomacia había logrado Timoteo que D.ª
Carolina le invitase a la boda. Por cierto que este rasgo de generosidad
le valió un disgusto. Su hija menor armó la de San Quintín al enterarse,
profiriendo tan pesadas palabras que la buena señora se vio necesitada a
zanjar la cuestión por el método usual, con un par de pellizcos. La niña
puso el grito en el cielo. Y en estas simpáticas disposiciones hacia el
violinista fue a la boda de su hermana. ¡Qué había de suceder! Un
desastre. A la primer coyuntura aquellos dos pellizcos se los aplicó en
el alma al causante de todo.

--Presentacioncita, ¿me haría usted el honor de bailar conmigo esta
polka?

--Gracias, no bailo.

Pocos instantes después llega otro joven y le hace la misma invitación.
Presentación vacila un momento, mira de reojo al violinista, sonríe
maliciosamente y se deja arrastrar al baile por tal odiosísimo sujeto, a
quien desde aquel punto dedica Timoteo toda la hiel que elabora su
organismo.

Este ser repugnante y abyecto, llamado Grass, dedicaba las horas en que
no medita o ejecuta alguna acción vergonzosa, a llevar los libros de
comercio en dos camiserías de la calle del Príncipe. De aquí que
pretendiese eclipsar a todos los demás por el brillo y la forma de su
cuello a la marinera y por el esplendor de la corbata de raso azul con
lunares blancos. Timoteo sentía la superioridad de Grass en este punto,
pero antes le hicieran rajas que confesarlo.

Presentación era, con mucho, la más linda de las niñas que la industria
y el comercio habían enviado a la boda de Mario. Por eso todos los
jóvenes le bailaban el agua, acudían a servirla y festejarla como un
tropel de esclavos. Quién solicitaba humildemente la honra de tener por
su abanico, quién extendía la levita sobre la yerba para que se sentase;
los unos corrían a buscarle un vaso de agua cuando tenía sed y se lo
presentaban con azucarillo y gotas de azahar, o con anís o con jarabe de
grosella, para que eligiese; los otros se consideraban felices con que
de lejos les enviase una ligera sonrisa. Con esto la niña, que había
mostrado siempre marcada inclinación a las pompas mundanas, se puso
insufrible. Parecía una sultana cruel y despótica. A fuerza de ver
inmediatamente obedecidos sus caprichos, ni sabía ella misma lo que
quería. Tan pronto llamaba a un mancebo y le permitía sentarse a sus
pies y le escuchaba y le miraba amablemente, como le arrojaba con ademán
feroz y viento fresco. Unas veces exigía que le contasen algo, otras les
obligaba a permanecer inmóviles y silenciosos. Fortuna fue que no se le
ocurrierra mandar ahorcar de un árbol a Timoteo, porque en el estado en
que se hallaban los espíritus, ¡quién sabe lo que sucedería!

Pero el que logró presto sobreponerse a sus colegas y fijar la atención
de la bella fue Grass. Y esto no sólo por el prestigio de su corbata,
sino porque además era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de sus
frases, un poema de gracia. Cuando tenía que referirse a su propia
cabeza, la llamaba «la calabaza.» «Yo conocí en Sevilla una
señora--decía--que comía por la boca.»

Poseía asimismo una imaginación fecunda y audaz para toda clase de
farsas divertidas y talento especial para imitar la voz, el gesto y el
modo de andar de cualquier persona. Corría y brincaba con agilidad
pasmosa, a pesar de su obesidad bien pronunciada. Cantaba con voz de
tiple, de tenor, de barítono y bajo, y se sabía que proyectaba figuras
en la pared con la sombra de las manos de modo maravilloso. Finalmente,
era un prestidigitador consumado. A ruego de varias muchachas, hizo
algunos juegos de manos que produjeron entusiasmo en los invitados.
Claro está que para efectuarlos necesitaba ayudantes. Grass los elegía
entre las jóvenes más lindas. Y aunque todas le servían con agrado y
diligencia, se distinguía particularmente por su entusiasmo
Presentación. ¡Las diabluras que aquel hombre festivo llevó a cabo con
ella, sacándole monedas del pelo, de las narices, del cuello!...

¡Timoteo ansiaba beber su sangre!

A las once, poco más o menos, hizo su entrada triunfal en el Vivero la
familia del presidente de la Liga de Productores. En cuanto se tuvo
noticia de que un carruaje estaba a la puerta, la mayor parte de los
invitados abandonaron los placeres y corrieron hacia allá, deseando
hacer ostensible su amistad con personas tan distinguidas, que hacían
viso en la sociedad madrileña y tenían carruaje propio. Venían el
presidente, su esposa y dos hijas. El Sr. Corneta tenía la misma
elegante figura que un carnicero en día de fiesta. Pequeño, obeso,
colorado, con gabán muy largo, las enormes manos aprisionadas por
guantes de color de sangre. Llevaba la cabeza echada hacia atrás y
hablaba a gritos. Los millones, la Liga, la fábrica de ladrillo
refractario, todo le salía de una vez a la cara, pugnando por arrojarse
sobre los infelices que se le acercaban y aplastarlos. ¡Qué modo de
tender la mano mirando hacia otro lado! ¡Qué voz ruda a impertinente
para saludar de lejos! Imposible imaginarse una superioridad más
protectora. Y, sin embargo, mucho más protectoras aún las miradas, las
sonrisas y los saludos de su amable esposa a hijas. Era el juicio final.
Los dos pimpollos vestían con pintoresca elegancia, y la mamá, a pesar
de sus años, no les iba en zaga. Ni feas ni bonitas, pero majestuosas;
con esa calma imponente que presta a los seres superiores la conciencia
de su gloria. Las tres venían provistas de sendos impertinentes, con los
cuales empezaron inmediatamente a llevar a cabo atentas y concienzudas
observaciones sobre los invitados, como el naturalista que estudia al
microscopio la figura y los movimientos de algunos infusorios.
Naturalmente, bajo el poder de esta mirada investigadora, las niñas del
comercio se ruborizaron y los jóvenes dependientes no sabían dónde poner
los pies ni las manos, sobre todo las manos.

--¿No viene Juanito?--preguntó no se sabe quién.

--¡Oh, Juanito!

Las tres damas cayeron al escuchar tal pregunta en un acceso de alegría
que les impidió responder, aunque sin interrumpir por eso el estudio
microscópico de aquellos curiosos seres.

--Juanito no acostumbra a levantarse a estas horas--dijo al cabo una de
ellas.

«¡A estas horas! ¡Las once de la mañana! ¡Qué elegancia! ¡qué
distinción!» pensaban los dependientes a quienes el hado adverso
obligaba a levantarse de la cama a las seis todos los días.

La familia Corneta fue conducida en triunfo hacia uno de los cenadores,
donde Mario y su esposa fueron agasajados por ellos con algunas frases
amabilísimas, de las cuales tanto D.ª Carolina como su digno esposo D.
Pantaleón conservaron por mucho tiempo vivo recuerdo.

Nadie osaría poner en duda entre los convidados la inmensa superioridad
de las señoritas de Corneta en cuanto a brillo aristocrático y gracia
protectora. Sobre todo permaneciendo calladas tales cualidades
adquirían maravilloso relieve. Cuando tomaban la palabra quizá algún
crítico escrupuloso pusiera reparos a la voz bronca un poco aguardentosa
de la menor y a las frases libres y a los ademanes harto sueltos y
descocados de la mayor. Tal vez le arrastrase su espíritu analítico a
encontrar algún vago parecido entre estas distinguidas señoritas y las
jóvenes que comercian con churros y buñuelos en los parajes excéntricos
de la población. Y ¡quién sabe! una vez puesto el pie en el camino de la
investigación, es posible que llegara a explicar este fenómeno por las
leyes de la evolución, viendo en él la supervivencia o degeneración
patológica de las aptitudes orgánicas de su abuela, que freía y vendía
tales comestibles cerca de la puerta de Segovia. Pero como en aquella
florida juventud comercial no imperaban los procedimientos analíticos,
se aceptaron sin controversia alguna el señorío y los privilegios de las
citadas señoritas y se las colocó en el cenador en unión de sus papás
como dioses mayores, a quienes D.ª Carolina y D. Pantaleón y algunas
otras personas de edad asistían como dioses menores.

Por esta razón y porque nadie podía disputar a Presentación el premio de
la belleza, aquélla continuó imperando despóticamente entre los jóvenes
invitados. Su caballero era siempre el odioso Grass, como observaba cada
vez con mayor encono Timoteo. Pero de vez en cuando dirigía intensas
miradas del lado de Godofredo Llot. Esto no lo observaba Timoteo. Aquel
piadoso joven apenas si osaba corresponder levantando de vez en cuando
hacia ella sus ojos místicos. La mayor parte del tiempo parecía no
advertir la honrosa atención de que era objeto, embargado sin duda por
los graves pensamientos ascéticos que continuamente ocupaban su mente.

Después de almorzar, bastante después, cerca ya de las cuatro de la
tarde, apareció a lo lejos la silueta elegantísima del primogénito del
Sr. Corneta. Se acercó sonriente, benigno, y todos pudieron admirar sus
botas de gamuza, el pantalón de punto con botoncitos de nácar a los
lados y la preciosa americana de franela que ceñía su talle. Este arreo
campestre y el látigo con que venía azotando suavemente las ramas de los
arbustos demostraba que había llegado a caballo. Los jóvenes
dependientes, al verle, quedaron petrificados de respeto y admiración.
Juanito era miembro del club de los Salvajes, y en calidad de tal solía
ponerse el frac todas las noches; tenía queridas, caballos, desafíos y
deudas, y pronunciaba mal las erres. A pesar de esto, hay que confesar
que en aquella ocasión no abusó demasiado del prestigio y la gloria que
el cielo había derramado próvidamente sobre él. Saludó al concurso con
impensada afabilidad, llevándose dos o tres veces el látigo a las
narices, y dijo con voz bastante clara que se alegraba de encontrarse
entre tantas chicas bonitas; así; palabras textuales. Naturalmente, las
jóvenes, al escuchar tan favorable sentencia, temblaron de gozo, se
ruborizaron hasta las orejas y la guardaron en el fondo de su corazón
como recuerdo de aquella dichosa tarde. Juanito estaba dotado de mil
preciosas cualidades que saltaban a la vista; pero la que realmente le
caracterizaba era la languidez. Imposible imaginarse nada más lánguido
que este glorioso joven. Cuando hablaba, cuando sonreía, cuando se
atusaba el bigote, cuando se estiraba las piernas, una irresistible
languidez resplandecía debajo de estos actos vulgares.

Presentación no pudo resistirla. Se encontró subyugada desde el primer
momento. En cuanto el joven Corneta, dando pruebas de buen gusto, se
acercó a ella y le hizo el honor de dirigirle algunas palabras galantes,
¡adiós Grass! ¡adiós Godofredo también! Aquellos lindos ojos maliciosos
ya no tuvieron miradas sino para Corneta; aquella fresca boca movible
sólo para él formó sonrisas.

Timoteo observó esto con mezcla de dolor y satisfacción. Le apenaba el
entusiasmo de su ídolo por el sietemesino; pero la derrota de Grass le
llenaba de regocijo. Y en la expansión de su alegría amarga no pudo
menos de acercarse al grupo donde aquel despreciable personaje se
empeñaba todavía en imponerse a la atención por medio de sus ridículos
juegos de manos. No trascurrieron dos minutos sin que le dirigiese una
pulla de mal gusto. Grass no hizo caso. Volvió a la carga con otra:
tampoco el catalán se dio por ofendido. Era hombre de buena pasta y
amigo de las bromas. Mas el violinista llegó a ponerse tan agresivo, que
al fin no pudo menos de decirle seriamente, suspendiendo su juego:

--Oiga usted, amigo, ruego a usted que sea más comedido en las bromas;
de otro modo, me parece que no vamos a parar bien.

Timoteo sonrió ferozmente. Y sin tomar nota de esta severa advertencia,
al poco rato volvió a las reticencias y sarcasmos; de tal suerte que
Grass perdió al cabo la paciencia. Ciego de ira alzó la mano... y el
dulce sosiego del bosque fue turbado por una estrepitosa bofetada.

Veinte manos vinieron instantáneamente a sujetarle. Otras tantas lo
menos acudieron a contener a Timoteo. Formáronse dos grupos a respetable
distancia el uno del otro. Y donde todo era antes alegría y expansión
reinó súbito silencio lúgubre y amenazador. Los de un grupo trataban
confidencialmente de convencer a Grass de que no era sensato ofenderse
por las palabras de un badulaque como Timoteo. Los del grupo de éste le
persuadían de que una bofetada no tenía valor alguno cuando la daba un
ser tan insignificante como Grass. Todos por acuerdo tácito hablaban en
falsete. No se oía más que un murmullo suave como el de un confesonario.
Pero la voz fuerte, estridente de Timoteo rompía de vez en cuando aquel
silencio.

--¡Lo que yo quiero saber es por qué me pega a mí ese tío gordo!

¡Chis! ¡chis! Un gran siseo sumergía y apagaba aquel grito interrogante.
Reinaba otra vez el silencio. Pero cuando parecía que todo iba a quedar
sofocado se oía otra vez a Timoteo que desde el centro clamaba con voz
agria:

--¡Es que yo deseo saber por qué me pega a mí ese tío gordo!

Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron más
raras y débiles. Poco después aquella sociedad bulliciosa volvía con
ansia a los recreos inocentes.

No faltaron los brindis ni las improvisaciones poéticas, ni el joven que
canta a la guitarra con poca afinación y mucha gracia unas coplitas
picantes, ni la niña de seis u ocho años que en esta clase de
solemnidades recita siempre, comiéndose la mitad de las sílabas, un
monólogo de comedia. Don Dionisio Oliveros leyó un largo epitalamio en
tercetos, que pudo escribir, según confesó, robando a duras penas
algunos momentos a sus abrumadoras tareas poéticas, entre el tercero y
el cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su mirada
serena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino,
recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia y
amabilidad. Al contrario de los jóvenes del comercio que gustaban de
vocear, don Laureano lo hacía y lo decía todo con sordina. No se le
sentía cuando profería suavemente alguna frase galante que conmovía y
ruborizaba a las doncellitas o hacía soltar alegres carcajadas a las
matronas. Placíanle, sobre todo, los apartes, las conferencias íntimas.
A pesar de los años, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos,
dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacían lenguas de
él y le pregonaban como uno de los hombres más agradables que hubiesen
conocido en su vida.

Después de varias tentativas había logrado tener un aparte con la novia.
Allá lejos, al pie de un árbol, charlaban los dos animadamente; él
inclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitud
insinuante; ella risueña y tan roja como una amapola.

Miguel Rivera, que paseaba con Mario, había mirado dos o tres veces con
inquietud hacia allá. Al fin, no pudiendo contenerse, exclamó:

--Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido de
Romadonga debe de estar diciéndole alguna desvergüenza.

Mario se apresuró a cumplir el encargo, con gran satisfacción de la
pobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse por
ofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.

En este momento crítico de la jira campestre se efectuó en el Vivero de
Migas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente de
una trascendencia tan grande que sólo otros tiempos y otras generaciones
podrán medir por completo su alcance. En la historia del género humano
suele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenómenos
humildísimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta que
consigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esfera
científica y más tarde en la vida de los pueblos. Un día Newton, sentado
a la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La caída de aquella
manzana le sugiere una idea. Se descubre la teoría de la gravitación.
Otro día Watt ve hervir un puchero. Observa cómo la tapa se levanta.
Medita sobre este hecho vulgarísimo. Se descubre la máquina de vapor.
Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthus
sobre el _principio de la población_. La idea de la selección natural se
presenta a su espíritu. El origen de las especies queda descubierto. De
este orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.

Acaeció que el Sr. Sánchez, huyendo el bullicio, que no se compadecía
con su temperamento melancólico y reflexivo, se alejó de los amigos y se
puso a vagar distraídamente por las calles de árboles. Acaeció al mismo
tiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficiones
naturalistas, había seguido antes el mismo camino y se ocupaba en
examinar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre venía
provisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al pie
de una mata se encontraron. ¡Feliz encuentro que a la larga había de dar
por resultado una de las más grandes conquistas del espíritu humano!

Moreno y Sánchez se saludaron cortésmente. Ni uno ni otro podían
sospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en la
historia del progreso humano. Cambiadas algunas palabras indiferentes,
Sánchez se quiso enterar de lo que Moreno hacía. Éste, cuya ciencia
estaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran,
le mostró la rama que tenía en la mano; le hizo ver con la lente la
textura de las hojas y del tallo, el tejido delicadísimo de sus fibras,
la complejidad maravillosa de su organización. Y una vez en el camino
didáctico no quiso abandonarlo sin dar a D. Pantaleón un curso de
botánica: un curso peripatético. Con las manos a la espalda,
deteniéndose a cada instante para comprobar prácticamente su enseñanza
teórica, Moreno le inició paseando en los secretos del mundo vegetal.

El espíritu virgen de D. Pantaleón recogió con avidez aquella enseñanza,
como la tierra seca recibe la lluvia fecundante. Pocos minutos le
bastaron para enterarse de que en el mundo existían dos reinos
distintos, el uno llamado vegetal y el otro animal, que aquellas plantas
y árboles que tenían a la vista pertenecían al reino vegetal, y él y
Moreno al animal, que los árboles se nutrían por la raíz y por las hojas
y que se reproducían por medio de órganos que tienen a semejanza de los
animales, los cuales están situados en lo que comúnmente se llama la
_flor_, etc.

Por cierto que al hacer el examen minucioso de estos órganos Moreno tuvo
una frase feliz que causó profunda impresión en el antiguo comerciante.

--Este polvo, residuo de la digestión de la planta, es precisamente lo
que, al herir la mucosa de la nariz, nos causa esa sensación agradable
que llamamos aroma. De suerte--añadió con sonrisa de benévola
ironía--que el perfume de las flores, cantado por los poetas y que
enloquece de placer a los temperamentos románticos, no es otra cosa en
realidad que el olor de su excremento.



V


A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción
combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas
por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la
noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino
a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con
creciente asombro: «¡El excremento!» Y esta idea, maravillosamente
fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le
abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido
jamás había soñado.

Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos
brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa
quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa
fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de
retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de _La
Época_, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre
fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó
al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de
unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana
dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su
estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el
Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta
entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado
de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba
vueltas en torno del _Ángel caído_ que cuando se sentaba frente al
Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena
con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles
estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las
cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza
comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle
los secretos que guarda en su seno.

D. Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba
llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el
progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los
llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se
detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba
delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con
atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles
añosos, que bordaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora.
Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas
merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en
todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a
menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para
estudiar los organismos inferiores.

--¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No
sabe Usted que está prohibido entrar?

La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda
contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso,
la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de
observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo D. Pantaleón, en la
inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.

Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de
su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de
todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa
intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un
tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las
legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas,
mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la
alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se
apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.

Mientras D. Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas
más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este
memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar
la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había
hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre
callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un
sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era
un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces
sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora
sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y
las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo
Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología,
química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de
guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y
lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos
del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual
probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos
quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad
de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los
conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera
que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el
desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.

--Me sorprende muchísimo, señor de Moreno--le dijo un día D. Pantaleón,
después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las
enfermedades de la sangre del ratón,»--me extraña muchísimo que con los
grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero,
o por lo menos doctor en ciencias.

La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica.
Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz,
y dijo al cabo sordamente:

--Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de
minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y
la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar
medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con
mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla
por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres
veces _suspenso_?

Sánchez le miró con ojos interrogantes.

--Vamos, imagíneselo usted.

D. Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.

--¡En fisiología!

Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.

--¡Pero eso es un absurdo!--profirió al cabo con trabajo D. Pantaleón.

--¡Ahí verá usted!--repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los
cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas
producidas por la risa.

--¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo
castigo--manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.

--Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano...
pero... amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy
débil.

--¡El hambre!--exclamó Sánchez estupefacto.

--Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la
existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan
glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre
precisa nutrirse... Yo no me nutro, porque no como carne.

D. Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido
de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole
tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa
elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su
estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy
poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que
a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado
con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia
calculaban que debían de ser bien humildes.

--Señor Moreno, yo no pensaba...

--¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo!--exclamó el
joven con un gesto de resolución desesperada.

Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el
balcón, profirió al fin sordamente:

--La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un
hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento,
un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los
transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de
basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como
guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de
sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las
influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos
consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas,
pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y
alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la
lucha por la existencia... Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado
un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que
hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente
en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento
de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la
lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la
energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré
triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran
batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más
aptos... He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez,
mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco
a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la
Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.

D. Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias,
y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció
desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las
peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora.
Lo único que se aventuró a decir fue:

--Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de
los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede
menos de abrirse camino en el mundo.

--¡El mérito! ¡el mérito!--murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica.--Ahí
está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los
hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.

Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la
viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba
con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena
de sustancia aromática debajo del ombligo.

Adolfo se pasaba las horas muertas en aquella casa; tantas, que era
difícil averiguar cuáles destinaba a la lucha por la existencia. D.
Pantaleón se instruía rápidamente con las mil noticias científicas que
diariamente le suministraba. Su inteligencia poderosa y predestinada a
las grandes investigaciones no se desenvolvía como la de la mayoría de
las personas, sino que dando saltos prodigiosos escalaba en poco tiempo
las cimas más altas del saber. Las conversaciones con Moreno sugerían en
su mente grandes, profundas ideas y provocaban deseos y propósitos que
no habían de tardar en realizarse.

Como hubieran hablado durante algunos días de _Zoología_, habiéndole
citado Moreno hechos muy curiosos acerca de los sentidos y el instinto
de los animales, D. Pantaleón quiso hacer por su cuenta inmediatamente
algunos estudios prácticos. Pesó y meditó algún tiempo sobre qué clase
de animales había de dirigir su investigación. Descartó desde luego los
invertebrados. Tenía escasísimas noticias de ellos. Entre los
vertebrados eligió los mamíferos, y entre éstos, después de mucho
vacilar entre los perros y los gatos, decidiose al fin por los primeros.
La razón de esta preferencia no fue exclusivamente científica. Su hija
Presentación tenía un perrillo faldero llamado Clavel, que había dado
repetidas pruebas de inteligencia a ilustración. Por otra parte, en casa
no había gatos ni D.ª Carolina los soportaba. Las circunstancias le
empujaban, felizmente para la civilización, a escribir la monografía del
perro.

Clavel era un perrillo como un puño, tan lanudo que apenas se hallaba
hueso y carne debajo de aquel felpudo sedoso con que la Naturaleza le
había abrigado. Con esto, dotado de una inteligencia enorme y de un
temperamento excesivamente nervioso. Esto dependía, sin duda, del
desequilibrio que existía entre aquel cuerpecillo minúsculo y su
espíritu poderoso. Era sensible, puntilloso, tierno, irascible, terco y
goloso, reflejándose en él alternativamente mil sentimientos opuestos,
todos expresados con igual viveza. No había ejemplar más a propósito
para el estudio.

D. Pantaleón comenzó por observarle atentamente durante horas enteras.
Esta atención inesperada escamó muy pronto al Clavel. La mirada de
Sánchez le ponía inquieto, nervioso. A los pocos minutos no podía menos
de levantarse del sitio donde se hallaba para ir a tumbarse más lejos.
Desde allí, haciéndose el dormido, observaba entreabriendo un ojo al
papá de su dueño; si le veía acercarse para seguir mirándole, se
levantaba acto continuo y salía de la habitación de malísimo humor.

Mientras las observaciones de Sánchez fueron simplemente visuales, las
cosas no pasaron de ahí; pero cuando quiso poner en práctica algunos
medios de cerciorarse del instinto y los sentidos del perro, éste
comenzó claramente a demostrar su desabrimiento.

--Clavel, ven aquí. Mira (y le enseñaba unos guantes). Ve a mi cuarto y
tráeme los otros.

¡Que si quieres! El Clavel le echaba una mirada recelosa y daba la
vuelta con soberano desprecio.

--Toma, Clavel, toma este pañuelo, llévaselo a tu ama.

Algunas veces lo cogía por compromiso y lo dejaba a la mitad del camino.
Otras ladraba tres o cuatro veces para indicar que no eran de su gusto
aquellos insulsos experimentos.

Pero cuando Clavel tomó realmente por lo serio las pretendidas
observaciones de D. Pantaleón fue cuando éste se valió de un medio
ingenioso para convencerse de que los perros distinguían los colores.
Cortó cuatro cartones iguales, dos pintó de azul y dos de rojo. Dejó uno
de cada color en el suelo, y tomando el otro azul se lo mostró al perro,
ordenándole que recogiese del suelo el compañero. ¡Caso extraño! Este
acto tan sencillo como inofensivo despertó profunda indignación en el
ánimo de Clavel. Gruñó, ladró, se revolvió como un loco por la
habitación. Últimamente, después que se hubo bien desahogado, se salió
de la estancia sin dejar de ladrar y gruñir y vomitar amenazas de
muerte.

A la segunda vez que Sánchez le presentó el cartón no se satisfizo con
esto. Lo cogió airado entre los dientes y en menos de un segundo lo hizo
trizas. Sánchez comprendió que era necesario esperar que se calmase
aquella cólera insensata. Dejó trascurrir algunos días sin repetir el
experimento. Y cuando pensó que había desaparecido tal estado de
ferocidad, una mañana antes de almorzar, hallándose el Clavel en el
regazo de su ama dormitando, se presenta en el gabinete con los
cartoncitos en la mano. Verlos el Clavel, lanzarse sobre el sabio a
hincarle los dientes en la mano pecadora, fue una misma cosa. Gritos,
confusión, vivísimas interjecciones. D. Pantaleón, pálido y secándose la
sangre con el pañuelo, se retira profundamente afectado a su dormitorio.
La ciencia, la humanidad pierden una interesante monografía del perro.



VI


La familia Sánchez se estrechó un poquito para que cupiese Mario. En el
cuarto donde antes alojaban las dos hermanas se aposentó ahora el
matrimonio. Presentación pasó a dormir en un cuartito interior, donde
antes tenían los armarios de la ropa.

Mario nadó los primeros días en una gloria azul y luminosa sembrada de
estrellas, cercada de querubines alados como las que colocan los
pintores en la esquina del cuadro cuando quieren representar la muerte
de un santo. Don Pantaleón era el Padre Eterno, D.ª Carolina la esposa
del Padre Eterno, Presentación un ángel, y hasta la cocinera Rita
guardaba alguna semejanza con Santa Mónica, madre de San Agustín. En
cuanto a Carlota, era la misma Virgen Santísima concebida sin mancha en
el primer instante de su ser natural.

No se saciaba de mirarla. Por la mañana, con un pañolito rojo de seda al
cuello, los negros cabellos anudados al desgaire y un traje de percal
color lila, barriendo y arreglando el cuarto, estaba verdaderamente
deliciosa. Un poco más tarde, haciendo el café, cortando el pan y
distribuyendo el azúcar y la manteca, le parecía la bella diosa Pomona
cargada de frutos ultramarinos. Por la tarde, lavada, peinada,
perfumada, con una linda bata color crema, sentada al lado del balcón
bordándole a él unas zapatillas, no podía darse nada más correcto y a la
vez más interesante. Cuando salían de paseo y se ponía un sombrerito de
paja adornado con campanillas rojas y el traje negro de seda, regalo de
sus papás, era maravillosa. Por la dignidad del continente, por la
delicadeza del cutis, por su belleza sencilla y serena, no había en todo
Madrid quien pudiese competir con ella. Pero esto no era nada si se
compara a la forma en que se le aparecía los sábados. En este día
Carlota tenía por costumbre lavar sus camisas. Con la cabeza ceñida por
un pañuelo que dejaba sólo ver algunos rizos, la garganta y una buena
porción del pecho al descubierto y los brazos por completo al aire,
estaba sencillamente sublime. ¡Qué ondulaciones de torso! ¡qué pureza de
líneas! ¡qué armonía! ¡qué majestad!

Un día, con el alma llena de esta belleza plástica que nadie mejor que
él podía apreciar, le propuso, no sin ruborizarse, que le dejase tomar
apuntes de uno de sus brazos. Carlota le miró risueña y sorprendida, y
le entregó su hermoso brazo para que lo copiase. Quiso inmediatamente
modelar la cabeza, el pecho, la espalda. La joven se resistió algún
tiempo, y al fin, viéndole triste, se prestó a servirle de modelo.
Consideraba aquella afición de su marido como un capricho, una manía;
pero pensando, como mujer sensata, que esta distracción podía librarle
de otras más peligrosas, no se oponía resueltamente a ella. Limitábase
a sonreír benévolamente y a darle algunos golpecitos maternales en las
mejillas cuando le veía, lleno de ardor y entusiasmo, pasarse el día
modelando alguna Juno (la de los hermosos brazos, como la llama Homero),
que era ella, Carlota, o alguna Diana (la de las hermosas piernas), que
también era ella, por más que no lo confesase.

--¡Qué niño eres, Mario!

En efecto, pocos o ninguno lo serían tanto a su edad.

Su alegría ruidosa, inmotivada, era realmente infantil; su inocencia
para las cosas de la vida rayaba en simpleza. Tan sólo cuando se tocaba
a su arte adquirían aquellos ojos una expresión grave, concentrada, y su
palabra, por lo general incoherente, tomaba inflexiones profundas, se
hacía precisa y enérgica.

Había alquilado en la misma casa una guardilla donde modelaba libre y
tranquilamente. Para estos gastos y para los placeres del matrimonio,
pues en ropa no había que pensar en algún tiempo, le bastaba su sueldo,
del cual nadie le pedía cuentas. Por las noches algunas veces iban al
café con la familia; otras, las más, se escapaban a algún teatro o
vagaban cogidos del brazo por las calles solitarias, mirando los
escaparates, entrando a lo mejor en cualquier tienda para comprar
orejones o cacahuetes. Carlota empezaba a tener caprichos. ¡Qué noches
aquéllas de dicha inefable! Paseaban horas enteras charlando. Mario
dejaba que su mujercita le contase lo que pensaba hacer con el vestido
color fresa cuando la falda se ensuciase demasiado, o bien el número de
camisas que iba a poner apartadas y las que dedicaría al uso, o las
reformas trascendentales que proyectaba en el ramo de chambras. De vez
en cuando también él emitía tímidamente su opinión, y ella en no pocas
ocasiones la aceptaba como muy sesuda, y si no la aceptaba, por lo menos
se reía, que era mucho mejor. Todas estas cosas expresadas con voz
suave, insinuante, entre las sombras de la noche, se convertían en un
arrullo poético, delicioso, que enajenaba los sentidos de nuestro joven.
Sus pies no querían tocar el suelo. A veces el asunto de las chambras y
de las tiras bordadas le conmovía tan profundamente, que sin poder
contenerse, después de cerciorarse con rápida mirada de que nadie
cruzaba por la calle, abrazaba a su esposa con efusión y le aplicaba un
beso en la mejilla. Cierta noche se equivocó. Por la calle no cruzaba
nadie, pero en un balcón debía de haber gente, porque después de su beso
sonó otro más fuerte seguido de alegre carcajada. Carlota, ruborizada
hasta querer saltársele la sangre, echó a correr desatinadamente, lloró
de vergüenza y le hizo jurar que se abstendría en adelante de tales
expansiones imprudentes.

Pues caminando por esta senda deliciosa, alumbrada por los astros más
propicios, tapizada de flores que embalsamaban el ambiente, una espinita
vino al fin a clavarse en el pie de Mario. D.ª Carolina le llamó aparte
un día, estando Carlota con su hermana fuera de casa, y le dijo:

--Me causa pena tener que hablarte de un asunto... No sólo me causa
pena, sino que me repugna, puedes creerlo... Ya sabes que soy una
infeliz mujer que represento poco o nada en la casa... Por mí, toda la
vida seguiríamos lo mismo... Mi dicha consiste en veros a todos vosotros
felices... Pero, hijo mío, donde hay patrón no manda marinero. Pantaleón
me ha advertido el otro día que hacía tres meses que vivías con nosotros
y que aún no habías contribuido con nada a los gastos de la casa...

Una ola de carmín inundó repentinamente las mejillas de Mario. La
vergüenza le impidió al pronto articular palabra. Aturdido hasta un
grado indecible, pudo al cabo balbucir:

--Tiene usted razón... no había pensado... dispénseme usted... En cuanto
cobre este mes le entregaré la parte que a usted le parezca...

D.ª Carolina, perfectamente serena, sonriendo dulcemente, repuso
poniéndole una mano sobre el hombro:

--Lo mejor será que me entregues todo el sueldo. Vosotros los jóvenes no
conocéis el valor del dinero. Cuando lo tenéis en el bolsillo gastáis
sin reparo. En este punto lo mismo eres tú que tu mujer. Dámelo a mí y
yo os iré facilitando poco a poco lo que necesitéis.

Así lo prometió sin reparar lo que hacía. Cuando llegó Carlota se
apresuró a comunicarle lo que con su madre le había pasado. La joven se
puso igualmente colorada. Ambos permanecieron silenciosos un rato sin
saber qué decirse.

--¿Dices que mamá echaba la culpa de este paso a papá?--profirió al cabo
ella.

--Sí, sí, no cabe duda. ¡La pobre mamá es tan bondadosa! ¡Si supieras
qué trabajo le ha costado decírmelo!... Después de todo, no hay por qué
quejarse; tu papá tiene razón.

Carlota hizo una leve mueca de desdén y se fue a su cuarto.

Desde entonces los placeres mundanos de los recién casados sufrieron
merma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseos
vespertinos y nocturnos. Adiós teatros, adiós regalos y caprichos. Doña
Carolina se apoderaba de la paga íntegra, y a duras penas soltaba de
ella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergüenza, le
pedía algún dinero para Mario, la buena señora reía, echaba a broma la
petición y la mitad de las veces no hacía caso de ella. Otras decía que
la llave de la gaveta la tenía su marido y no se atrevía a pedírsela.
Otras, en fin, se dirigía a Mario.

--¿Verdad, Mario, que tú no has pedido dinero? ¿que es esta manirrota la
que se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?

El pobre no se atrevía a contradecirla y se resignaba a andar con el
bolsillo vacío. Hubo necesidad de dejar la guardilla que le servía de
taller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia a
Presentación para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horas
en que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban,
sin embargo, a turbar su ventura.

¡Qué efecto tan grato y a la vez tan melancólico producía esta felicidad
en Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompañaba algunas veces en
sus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba los
servicios que podía y en todo caso el auxilio de su experiencia.
¡Cuántas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se le
rasaron los ojos de lágrimas recordando los contados días de su dicha
conyugal! Mario lo observaba y le hacía una seña a Carlota. Esta, a
quien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta,
se ponía grave y redoblaba sus atenciones cariñosas hacia aquel buen
amigo.

Un día le dijo muy bajito metiéndole la boca por el oído:

--Si es niña, se llamará Maximina.

Miguel le apretó la mano fuertemente y volvió la cabeza para ocultar su
emoción.

Así trascurrieron dos meses más. La dicha de Mario comenzaba a molestar
ya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condición
mortal.

En los últimos tiempos había descuidado bastante la oficina. Su amigo y
antiguo jefe Oliveros le había advertido que el director no estaba
satisfecho de él. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse.
Al contrario, su mujer tenía buen cuidado de recordarle la hora, ponerle
el almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquella
bendita afición a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando tenía
entre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o iba
tarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos,
torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cómodas o colgados de la
pared. Carlota sentía un desprecio profundo hacia estos cachivaches
aunque se abstenía de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar a
su marido. Pero cuando se quedaba sola y tenía que sacudirles el polvo,
en la displicencia con que empuñaba el plumero y en el gesto desabrido
con que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se advertía
perfectamente que el arte de Fidias no había logrado apoderarse de su
alma.

Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En el
despacho, a más de la de él, que era el jefe, había otras tres mesas
para los oficiales. Éstos no levantaron la cabeza cuando entró, ni menos
le recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, pues
nuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia.
Aquel silencio lúgubre le sorprendió un poco. Avanzó hasta su mesa y vio
encima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a su
nombre. Lo abrió con mano trémula, presintiendo su contenido. En efecto,
era la cesantía. Quedó un instante suspenso y pálido; pero, reponiéndose
en seguida, exclamó con alegre semblante:

--¡Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!

--Lo habíamos comprendido--dijo uno tristemente.

Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a él, expresando su
disgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazón. Se
mostró tranquilo, risueño; hasta se autorizó algunas bromitas. Pero
cuando después de despedirse cariñosamente salió a la calle, pensó que
el mundo se le venía encima, sintió su corazón atravesado por vivo dolor
y casi se le doblaron las piernas. No se daba razón de tanta congoja.
Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba allá en
el fondo de su alma, la ruina de su felicidad.

No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza,
coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquel
golpe. Paseó algún tiempo entre calles: al cabo, rendido moral y
físicamente, entró en el café Suizo y pidió una botella de cerveza. Allá
en un rincón, formando tertulia con algunos señores graves, vio a su
amigo Romadonga, que le dirigió un cariñoso saludo con la mano. Poco
después, aburrido de la conversación, o quizá por su característica
necesidad de variar de compañía, se vino hacia él con su paso silencioso
de gato, balanceando gentilmente el torso.

--¿Qué hay, hombre feliz?--dijo sentándose enfrente.--A nadie envidio
hoy en Madrid más que a usted. ¡Qué buenos ratitos! ¿eh?

Mario, a quien molestaban muchísimo las bromas cínicas de D. Laureano,
hizo un esfuerzo penoso para sonreír y no contestó.

--La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserable
existencia sólo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.

Chupó en silencio y con placer su cigarro habano, cerró los ojos, como
para mirar el pasado, y prosiguió:

--Ríase usted de la caza, de la música, de los viajes, de todos los
placeres en general. Los he gustado todos. No valen la pena de
molestarse. El único que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador,
es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no se
ofende.... ¡Las mujeres! ¡muchas mujeres!... Unas por uno, otras por
otro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito,
tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor...
¡Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las facciones
correctas de su hermana, pero es una estatua. Mejor que yo lo sabrá
usted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bien
plantada, el pecho alto, firme, valiente...

Mario estaba en brasas. Al llegar aquí no pudo reprimir un gesto de
disgusto. Don Laureano lo observó, y soltando la carcajada y poniéndole
una mano sobre el hombro, exclamó:

--Pero ¡qué empeño tienen ustedes los maridos en que nadie admire a sus
mujeres! ¿Por qué? Yo imagino que debiera ser lo contrario. La
convicción de que sólo ustedes son poseedores de sus encantos y que los
demás nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial de
goces. ¿Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia. Nada más
agradable. Ahora también debo de advertirle que yo no serviría para
marido. Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar de
ser tan escultural, pienso que llegaría a cansarme. Es cuestión de
organismo. El mío pide la variedad. A otros les basta la unidad...

Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadas
que le herían como latigazos, el pobre Mario no podía disimular ya más.
Su rostro se iba poniendo sombrío por momentos. Tanto que Romadonga,
aunque no solía fijarse en el semblante de sus amigos, concluyó por
preguntarle:

--¿Qué tiene usted? Me parece que está usted preocupado.

Mario lo negó.

--Vamos, algún disgustillo matrimonial. ¡La ley, querido, la ley! Si el
matrimonio no fuese más que el placer, ¿quién no se casaría? Pero
entiendo que ante todo es sacrificio y que sólo conviene a los hombres
virtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a sus
placeres como a sus dolores. Es el estado más decoroso, más noble, no lo
niego; pero a las naturalezas egoístas y sensuales como la mía (según
dice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene también sus
quiebras; el hombre jamás puede ser feliz por completo. Los solteros no
tenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfríe el caldo al
lado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otras
ventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece que
nosotros no llevamos la peor parte.

Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisa
feliz se esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía sus
teorías acerca del matrimonio solía hacerlo con moderación: no quería
ofender a nadie. Pero allá en su fuero interno diputaba a los casados
por unos mentecatos que habían venido a hacer el _primo_ a la
existencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenido
bastante habilidad para no haber caído en la red.

--Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal
disgusto matrimonial--dijo resueltamente Mario.

--Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamás
motivo de discordia--repuso Matusalem con amabilidad.

Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo que
decía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dude
usted.»

--Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y más
soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.

Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara triste
adaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.

--¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá tenía
muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será usted
repuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenido
usted algún choque con los jefes?

Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a la
oficina con la asiduidad que antes.

--...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar en
barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me
acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenos
ratos!

Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolencia
para todas las locuras.

--¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de
perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se
arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o
de mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de lo
comprensible.

Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora de
que la conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, y
dando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y deseándole
que se arreglase pronto el asunto, se alejó balanceando su figura
distinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azúcar que
ofrecerles.



VII


No se arruinaría él, no, por mujeres de mármol. Tampoco por las de carne
y hueso, aunque lo comprendiese mejor. Hasta entonces al menos ninguna
había logrado tomar de su bolsillo más que lo que en cuenta corriente
había destinado a este ramo exquisito de sus placeres. A fuerza de
experiencia y de cálculo, cuando emprendía alguna nueva conquista, sabía
de antemano lo que iba a costarle; trazaba su presupuesto con la
exactitud de un experto maestro de obras.

El de la pobre Concha, la hermosa chula que hacía algunos meses había
conocido en el café del Siglo, fue de los más modestos que en su
carrera galante había formado.

--Estas chicas populares son el género más barato, y no por eso menos
sabroso--solía decir a sus amiguitos del café.

--Supongo, D. Laureano--replicaba alguno,--que el más caro será el de
las entretenidas de alto rango.

--Tampoco. Las más caras de todas son las mujeres ricas--manifestaba
profundamente aquel hombre ingenioso y erudito, para quien la naturaleza
femenina no guardaba secreto alguno.

El cerco de Concha siguió las mismas vicisitudes que el de todas las
plazas de este orden. Sin embargo, la hija del sillero, aunque inocente
y simple como humilde menestrala, tenía un genio impetuoso, arrebatado,
que en más de una ocasión estuvo a punto de dar al traste con los
proyectos de D. Laureano, quien procedía con tiento, con la habilidad
suprema que había logrado adquirir en cuarenta años de práctica. Un
bloqueo prudentísimo primero, intimando poco a poco, acercándose
algunos ratos a la mesa y cambiando con la chula bromitas más o menos
picantes. Después, un día, con pretexto de que llevaba el mismo camino,
les acompañó de noche hasta cerca de su casa. Estos acompañamientos se
hicieron frecuentes. Otro día les trajo butacas para uno de los teatros
por horas. Más tarde les facilitó entradas para las exposiciones, y
sabiendo lo aficionado que era el sillero a los toros, fingiéndose
ocupado, más de la mitad de los domingos le daba el billete de su abono.
Finalmente entró en la casa.

Romadonga era hombre flexible y dúctil hasta un grado increíble. Con el
mismo aplomo entraba en la casa de un grande de España que en la de un
menestral. En todas partes desplegaba la misma franqueza cordial, un
buen humor y una gracia que hacía apetecer su compañía. Necesitaba
pretexto para visitar a menudo la pobre vivienda de Concha. Hallolo en
la ignorancia supina de ésta. La infeliz no sabía siquiera leer y
escribir. Romadonga, lleno de celo pedagógico, se brindó a enseñarla en
poco tiempo. Y todos los días sin faltar uno pasaba una hora o más
haciéndole combinar letras y sílabas
(_ma-ña-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da_) o seguir
con mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.

Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso se
apagó su ardor instructivo. Prosiguió su obra civilizadora con creciente
entusiasmo. Y determinó iniciarla en los misterios de la Geografía
enseñándole cuántas son las partes del mundo y las capitales de los
principales países, y con más interés aún en la Historia sagrada,
haciéndole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pasó el
pueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

En el café del Siglo se tenía noticia de estos cursos instructivos. Se
le embromaba con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia.
Pero en aquellas bromas el que marchaba delante y brillaba por su
procacidad era él mismo.

--¿Qué tal, D. Laureano, se va instruyendo la niña?

--Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para la
geografía política. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo.
Ayer, porque se le olvidó la de Venezuela, lloró como una Magdalena y se
tiró de los cabellos.

--¿Y en Historia sagrada?

--Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrar
un punto ya desde la creación hasta Abraham. Ahora se está aprendiendo
desde Abraham hasta Moisés.

Y a los pocos días, si no le embromaban, él mismo tomaba la iniciativa.

--¡Estoy maravillado! Hoy me relató Concha desde Moisés hasta el
cautiverio de Babilonia sin errar un punto.

--Bueno; ¿y el amor cómo marcha?--preguntó uno.

--Eso es clase de adorno. Se deja para lo último--repuso con amable y
cínica sonrisa el viejo elegante.

¡Pobre Concha! ¡Qué ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tan
suave, tan delicado, hacía escarnio de su inocencia en la mesa del
café!

Poco a poco se había ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho más
de lo que ella suponía, por supuesto), pero conservaba gallarda figura,
un aire distinguido y varonil que a cualquier mujer podía impresionar;
mejor todavía a una humilde hija del pueblo que no había tratado más que
con hombres zafios y mal vestidos. Aquel señor tan pulcro despedía un
vaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la belleza que
en toda naturaleza femenina reside. El perfume de sus pañuelos la
embriagaba, deslumbrábale el brillo de sus joyas, y las palabras
lisonjeras, insinuantes, con que la envolvía sin cesar arrullaban
dulcemente su corazón virginal.

Según trascurría el tiempo iba perdiendo paulatinamente aquel humor
chancero. Se había hecho más grave, más reservada y tímida. Creció
asimismo su susceptibilidad hasta lo indecible. Cualquier broma de
Romadonga la interpretaba en el peor sentido, retorcía sus frases más
sencillas, queriendo ver en ellas algún signo de desprecio. Y con el
temperamento impetuoso de que estaba dotada, cuando menos podía
esperarse armaba una gresca de dos mil diablos, le cubría de dicterios y
le arrojaba de su presencia. D. Laureano no parecía disgustado con esta
nueva fase de su conquista, aunque se dilatase más de lo que había
imaginado. En esta materia había llegado a un sibaritismo refinado. Sólo
tenía valor para él lo que costaba trabajo. Sin impaciencia ni inquietud
esperaba alegremente que la naranja estuviese madura para sacudir el
árbol y hacerla caer en su seno.

Para lograr este dulce desenlace apelaba a los medios que los galanes
han usado siempre en tales casos; los mismos que Ovidio recomendaba en
su _arte amatoria_. Solía llevarle regalitos de poco valor, un abanico,
un dedal, peinetas para el cabello, etc. La niña los aceptaba con
regocijo y gratitud. Cierto día el experto seductor quiso dar un avance.
Se fue a una joyería y compró una sortija con tres brillantitos en forma
de trébol: total sesenta duros. La hermosa chula también aceptó este
regalo con un gozo que le hizo prorrumpir en exclamaciones. Aquella
tarde estuvo amabilísima y jovial como nunca. Mas he aquí que a la
tarde siguiente la decoración había cambiado por completo. Quizá alguna
amiga o conocida, al ver la sortija, le había hecho comprender lo que
significaba, le habría dirigido pérfidas insinuaciones. Lo cierto es que
D. Laureano halló a su ninfa con un semblante más negro y temeroso que
nube de galerna. Antes de cinco minutos estalló la tormenta. Gritó,
pateó, le arrojó la sortija a los pies y con ella todos los regalos que
le había hecho antes. ¿Qué se había creído el tío silbante? ¿que ella
era una tal y una cual? ¡Anda, que se había llevado buen chasco!
Sortijitas a ella, ¿eh? Ya vería lo que lograba con sus alhajas...

Romadonga aguantó a pie firme y con bastante calma el chubasco. Luego
procuró calmarla con sofística dialéctica que hizo poca mella en su
ánimo irritado. Al fin, por sí misma se fue serenando y se avino a
volverle a su gracia con tal que se llevase todos los regalos que le
había hecho y le jurase solemnemente no traerle más.

D. Laureano cargó con todos aquellos chirimbolos. Por la noche decía en
el café, chupando con delicia un cigarro habano:

--No hay nada en el mundo como una chula de Lavapiés. Estoy hechizado
con mi Conchilla. Ni la mitad del presupuesto voy a invertir. El que
tenga la suerte de embarcarse en una de estas fragatas, puede viajar
hasta el fin del universo con tres pesetas.

Con razón lo pudo decir, pues a los pocos días había logrado rendirla.
La pobre Concha cayó en sus brazos por generosa y amante, no por
interesada.

Fue una luna de miel. Romadonga, en la alegría de su conquista, se dejó
arrastrar a mil delicadas atenciones, demostrando cerca de ella una
asiduidad que rara vez había tenido con otras. Iba a su casa dos o tres
veces al día; apenas salía de allí. De noche la acompañaba paseando por
las calles más extraviadas, donde tuviera seguridad de no tropezar a
algún conocido. Los domingos solía llevarla en coche a cualquier
pueblecito próximo; merendaban, bebían lo bastante para ponerse alegres
y regresaban con las mejillas rojas, diciéndose mil disparates
deliciosos. Hasta se aventuró varias veces a llevarla a un palco segundo
en el teatro y a permanecer allí metido detrás de las cortinas. Se
comprendía que aquel triunfo de última hora halagaba su amor propio, le
enajenaba de gozo.

Pero aunque ambos hacían esfuerzos de habilidad para engañar al sillero,
guardándose cuanto podían, inventando mil pretextos explicativos para
sus actos, el padre no pudo menos de advertir el nuevo género de
relaciones que entre ellos existía. El señor Ángel era un buen hombre,
hábil en su oficio y de sentimientos honrados, pero extremadamente
pusilánime. Cuando se hizo cargo de lo que pasaba, se entristeció
profundamente, mostrose serio lo mismo con su hija que con D. Laureano,
andaba cabizbajo y mudo por la casa; pero no se atrevió a adoptar una
resolución enérgica. Tan sólo una vez dijo a Concha que no le parecía
bien la confianza que había tomado con Romadonga. La chica rechazó con
indignación la malévola sospecha que había debajo de sus palabras, se
encrespó de tal manera que el pobre no volvió a entrar en
explicaciones.

Se retrajo de la compañía de sus amigos. Andaba avergonzado, siempre
temiendo que le echaran en cara aquella indecente complacencia. Y así
fue. Un día, en la taberna, se lo dijeron bien clarito.

--No eres hombre si no echas al viejo de tu casa.

No, no era hombre para hacerlo el infeliz. Se avergonzó, lloró y quiso
retirarse. Pero un amigo le dijo:

--No te amilanes, Ángel. Si no te atreves a armarle bronca al tío,
bébete unas copitas de más y le echas por el balcón.

El sillero hizo caso del consejo. Se atracó de vino, y cuando estuvo
hecho una cuba se fue para su casa dando tumbos, diciendo a voces que
iba a sentar las costuras a un caballero.

Romadonga estaba allí como de costumbre. El sillero se le plantó delante
con los brazos cruzados y le escupió más que le dijo:

--¿Y usted qué hace aquí, vamos a ver?

--¿Yo?...

--Sí, usted...

Y descomponiéndose de pronto comenzó a vociferar bárbaramente, a
proferir blasfemias y amenazas que hacían retemblar la casa. Concha
corrió a refugiarse en su cuarto. Romadonga trató de calmarle; pero
viendo que eran inútiles sus esfuerzos y que la vecindad se estaba
enterando, tomó el sombrero y se fue. Al bajar la escalera oyó que una
vecina decía a otra:

--El señor Ángel ha echado de su casa al tío... ¡Ya era tiempo!

De tal modo inopinado se cortó el curso de aquellas sabrosas relaciones.
D. Laureano no cejó por esto. Procuró ponerse inmediatamente en
correspondencia con su amante. Hubo cartas y recaditos y entrevistas.
Como hombre que sabía extraer delicadamente de este mundo amargo su jugo
azucarado, halló nuevo aliciente de placer en la contradicción del
sillero y en el misterio que se veía obligado a desplegar. Pero Concha
no se avenía tan de buen grado. Disipada la embriaguez de su padre, no
le perdonó aquel acto de energía. Comenzó a mortificarle con su
constante mal humor, con el descuido de sus obligaciones domésticas: la
comida fría, la cama sucia, la ropa sin coser. De vez en cuando le
dirigía venenosas indirectas o burlas insolentes, de tal modo que al
pobre hombre ya le iba pesando de haberse mostrado tan digno. La
dignidad no es absolutamente indispensable para vivir; la ropa y el
alimento sí. Finalmente, la resuelta chula, no pudiendo sufrir más
aquella situación y convencida de que su padre iría donde le llevasen si
se le sujetaba fuertemente por el cuello, aceptó la proposición que
tiempo hacía le había hecho D. Laureano: irse a vivir a un cuartito
independiente que él le alquilaría. Pero no había necesidad de
escaparse. Estaba segura de que su padre cedería si Romadonga sabía
hablarle con diplomacia.

Dio un salto el viejo elegante cuando Concha le propuso una entrevista
con el sillero. Sin embargo, le convenció de que su padre era un bendito
y, no estando borracho, incapaz de entregarse a ninguna violencia de
palabra y mucho menos de obra. Sobre esta base el afortunado seductor
no tuvo inconveniente en que la chula concertase el cuándo y el dónde de
aquella trascendental conferencia. En casa no podía ser. La dignidad le
impedía a D. Laureano ir a la del sillero sin obtener antes una
satisfacción. En la calle no era decoroso, ni en el café del Siglo
prudente. Se convino en que se hablarían en el de Platerías, de la misma
calle, a las seis de la tarde, hora en que solía estar solitario.

D. Laureano llegó el primero a la cita y esperó meditando los falaces
argumentos con que pretendía persuadir al sillero. Vino éste a los pocos
minutos y se acercó a la mesa acortadísimo, balbuciendo las buenas
tardes. Romadonga se apresuró a levantarse, y con franqueza campechana
le puso la mano en el hombro.

--¿Cómo va ese valor, amigo D. Ángel? En realidad no necesito
preguntarlo. Lleva usted la contestación en la cara. ¿Qué va usted a
tomar?

--Muchas gracias, no tomo nada.

--¡Hombre, tendría eso que ver!... ¡Mozo! Unas copitas de manzanilla...
Ya sabes, de la especial... ¿Y cómo está Concha?--añadió osadamente.

--No va mal--respondió con visible malestar el sillero.

--¿Le han dejado aquellas punzadas dolorosas en el estómago?... Ya le
decía yo que ella se tenía la culpa. No guarda regla alguna para comer.
Su placer mayor consiste en hacer comistrajos a las horas más
extravagantes: tomates, huevos duros, naranjas, todo revuelto con aceite
y vinagre. Se necesitaría tener el estómago chapado en cobre para
resistir este desorden. Yo le di unas pastillitas que no le han venido
mal... Pero lo principal es que tenga método.

D. Laureano hablaba de Concha afectando desembarazo, como si no hubiera
pasado nada, como si fuese todavía el amigo íntimo de la familia. El
señor Ángel asentía sonriente y turbado. Sin embargo, el aplomo y la
franca naturalidad de Romadonga fueron disipando poco a poco su
turbación. ¡Era un hombre tan llano, tan jovial y corriente aquel D.
Laureano!: le bastaban pocos momentos para inspirar confianza a
cualquiera y ganarle el corazón.

Como por la mano supo llevar el discurso desde la salud corporal de la
joven a las cualidades de su carácter. Era una pólvora aquella criatura;
buenísima en el fondo, con un corazón de cordera, pero arrebatada como
pocas. Dejándola serenarse, incapaz de hacer daño a una hormiga, pero en
un instante de cólera Dios sabe adónde podía llegar...

--Por supuesto--añadió con un guiño malicioso--que tiene a quien
parecerse; porque usted, señor Ángel, que ordinariamente es una malva,
¡tiene un modo de dispararse!

El sillero levantó el brazo y bajó la cabeza, manifestando con mímica
expresiva que de aquello no había que acordarse.

--No, no lo traigo a cuento en son de queja. Únicamente quiero
significar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lo
tanto hay que perdonárselo... De todos modos, es una chica que se hace
querer, porque inmediatamente se ve que no hay allí doblez, que no hay
engaño...

--¡Eso no!--exclamó el sillero atacado de súbita vanidad.--En nuestra
familia nunca se ha engañado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar un
golpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser por
delante. Hacer traición, ¡jamás!

No quedó muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativas
de la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francos
y nobles prefería la traición rastrera si no venía acompañada de
violencia en las personas.

--Perfectamente; tiene usted razón; pero los prontos hay que
refrenarlos, si no, ¡dónde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos al
caso. Yo me he encariñado con su hija hasta el punto de que nada me
agrada ya en el mundo sin su compañía. No lo digo porque sea usted su
padre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha más hermosa, más
sencilla y al mismo tiempo mejor educada...

--¡Eso sí! ¡Bien criada sí! En ese punto ni su madre ni yo nos hemos
descuidado. Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se iba
a la cama y no podía levantarse en cuatro días. ¡No la hemos dejado
pasar una!... Ahí está ella que no me dejará mentir.

--La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos son
finos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelo
de su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esfera
más elevada que la suya. Su falta tiene, pues, origen en las cualidades
más admirables de su corazón. Yo creo que, en vez de sentirse
avergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hija
de aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya está consumada la
falta. ¿Y qué vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca más que
procurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traer
consigo.

El señor Ángel se puso muy grave, bajó la vista y mostró señales de
inquietud.

--Mozo, echa otra copita al señor... Lo primero que salta a la vista es
que su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestros
corazones se hallan tan compenetrados, que sería una verdadera crueldad
por parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazo
que nos une...

--Bueno, pues cásese usted con ella--murmuró con timidez el sillero.

--Le diré a usted--repuso sin inmutarse D. Laureano.--Hace ya muchísimo
tiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistiría en
poderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero...
pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En la
actualidad existen una porción de obstáculos que se oponen a la
realización de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos--añadió
con un gesto soberbio de primer actor.--¡Vaya si los venceré!... Ahora,
si usted me preguntase ¿cuándo? ¿cómo? yo le respondería: «Querido señor
Ángel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal día, de
tal manera me casaré con su hija, como yo mismo no lo sé, mentiría, y la
mentira jamás ha manchado mis labios.»

Pausa. Romadonga vacía de un trago la copa que tiene delante, se limpia
con el pañuelo los labios que jamás manchó la mentira, y prosigue:

--En estas circunstancias especiales, especialísimas, en que nos
hallamos, ¿qué partido adoptar?... Conviene que meditemos.

Pausa y meditación.

--Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en el
sentido peor... yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio y
que mi entrada en su casa es más escandalosa y perjudicial a su decoro,
le propondría que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartito
mientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirme
a ella...

El señor Ángel se puso pálido y reclinó la frente sobre su mano, mirando
fijamente al mármol de la mesa.

--¡Lo ve usted!... ¡Ya se está usted figurando una porción de
atrocidades!

--No me figuro más que la verdad, don Laureano--profirió con voz
alterada el pobre hombre sin abandonar su postura.

--Convengo en que a primera vista esta proposición parece fea; pero,
créame usted, aceptándola, evitamos mayores males. Se mudará a un barrio
lejano donde no la conozcan, cambiará de nombre mientras no pueda
ostentar el mío honrosamente, se guardará el mayor sigilo posible...

El señor Ángel levantó sus ojos doloridos y exclamó con amargura:

--¡Proponer eso a un padre, D. Laureano!

--¡Vamos, señor Ángel, tenga usted mundo!--exclamó Romadonga dándole
palmaditas cariñosas en el hombro.--Hoy la sociedad es muy distinta de
cuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les parecía
imperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, échanos otra copa... Al
contrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esa
virtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. Ángel,
y no hay más remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida se
compone de transacciones.

--¡Proponer eso a un padre!--volvió a exclamar el pobre diablo, con la
misma amargura, vaciando la copa en el estómago.

--No se fije usted en su condición de padre. Colóquese usted en un punto
de vista más elevado. En seguida comprenderá usted que es el acuerdo más
conveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue que
rompamos nuestras relaciones, un día u otro, créame usted, Concha caerá
en la perdición. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla;
yo sí. Y si llega a caer, como es probable, ¿no será para usted un
remordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombre
que está en posición de sostenerla decorosamente? Además, usted se hará
viejo, no podrá trabajar... Para ese caso Concha le podrá ayudar,
mientras que de otra suerte...

Todavía prosiguió el viejo seductor por largo rato amontonando
argumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.

Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logró al cabo
marear, si no convencer, al sillero.

Una hora después salían ambos del café con sendas brevas en la boca,
colorados, risueños; despidiéndose muy afectuosamente en la primer
esquina.



VIII


Seis meses nada más bastaron para que el genio que dormía en el fondo
del espíritu de D. Pantaleón Sánchez se levantase y echase a andar por
la tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarcó
de una vez la existencia toda y sondó sus inefables arcanos. En el mundo
no había más que hechos, hechos _constatados_, como decía un libro
traducido del francés que Moreno le había dado.

Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiada
inteligencia: no sólo la superstición de Dios, la del alma y la moral,
inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambición de
los sacerdotes, sino ciertas nociones ridículas en que el género humano
se había entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero,
lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienen
que se ignora el origen de estas ideas. Lo ignorarían ellos. Moreno y él
sabían perfectamente a qué atenerse. Eran sensaciones, nada más que
sensaciones, agradables o desagradables, como las que produce la
humedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.

Las profundas observaciones que había llevado a cabo en los últimos
tiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reino
vegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domésticos,
le habían empujado tan fuertemente al análisis que no comprendía otro
método. Lo que por medio del análisis no se hallara, inútil era buscarlo
por otro procedimiento. Es así que ni el escalpelo ni el microscopio
habían tropezado jamás con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.

Esta inclinación al análisis despertó en su inteligencia poderosa una
tendencia razonadora de tal precisión que ni el más pequeño argumento
podía escaparse entre sus apretadas mallas. Caía sobre las ideas como un
águila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes y
sólo después que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejaba
escapar.

--Papá, ¿te parece que vayamos hoy al Retiro?

--No; está muy húmedo. La humedad es mala para el organismo. ¿Y por qué
es mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. ¿Y por qué ataca
los tejidos? Porque les roba calórico. ¿Y de dónde procede este
calórico? De la introducción del oxígeno en la sangre.

--¿Sabes una cosa, Carlota?--decía Presentación otra vez a su
hermana.--Margarita está enamorada del chico de Roda. Ella misma me lo
confesó ayer.

D. Pantaleón sonrió benévolamente.

--¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?

--Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.

--No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como es
joven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Ésta
es la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. La
ternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, a
llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la
nutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran con
exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el
ácido carbónico y las deyecciones intestinales.

--Pero, papá, ¿qué dices ahí?

--El amor no es más que un exceso de nutrición.

--Ésas no son cosas tuyas, papá--exclamó con indignación la hija
menor.--Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del
pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga
diciendo borricadas de nosotras.

--Las mujeres, hija mía--repuso Sánchez con toda la calma y la autoridad
del verdadero sabio,--no podrán jamás llegar a darse cuenta de estas
profundas verdades. Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay una
imposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, os
diría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre
por término medio.

--¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesar
menos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!

D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar de
los grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asunto
más adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.

Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se
reía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión más
viva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera del
paraíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a la
música, la _Sonámbula_ o la _Norma_, o cualquier otra ópera del género
dulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes más
líricos, avergonzando no pocas veces a su hija.

--¡Papá, que te están reparando!

--¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!

Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelas
sentimentales. Había visto infinidad de veces _La huérfana de Bruselas_,
_La aldea de San Lorenzo_ y _La carcajada_. Se sabía de memoria la
comedia _Flor de un día_ y su segunda parte _Espinas de una flor_. Nunca
le fue posible recitar aquellos famosos versos:

      «Si oyes contar de un náufrago la historia,
    ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»

sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba
también como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y
reinas afligidas de las novelas por entregas.

Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo hacia
estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino
del progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer tales
quimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos _constatados_, la
albúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste a injustificado
abandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D.
Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión.
Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde dio
la vuelta al mundo en alas de la fama.

--Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos.
Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El
alma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado de
dar movimiento a la sangre.

Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D.
Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.

Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientes
científicas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la
familia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buena
pasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquier
pretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado,
escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabo
solía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho más
expedita.

--Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todo
eso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.

--Lo creo--respondía con acento profundo el sabio.--Pero si el confesor
tiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me
obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los
espermatozoos...

--¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.

--Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...

--¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.

Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento.
¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta de
preocupaciones por el camino de la experimentación! se decía
tristemente.

Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos que
continuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante,
cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiración
del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las
casas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La
pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papel
y se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siempre
contenta y siempre ingeniosa!

D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:

--¿Sabes lo que es eso?

--¿El qué?

--¿Esa caridad y ese talento que te admiran?

--¿Qué es?

--Cloruro potásico.

--¿Cómo?

--Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en
el cerebro.

--Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?

--Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y
sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en
el estómago. La albúmina...

--Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a
ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha
convenido dejar la tienda.

--Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...

--¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió
también para dormir.

Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra
vez a su esposa:

--Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

--¿Qué falsedad?--preguntó la buena señora sorprendida.

--El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potásico, sino ácido
fosfórico.

--¿Volvemos a las andadas?--exclamó irritada.

--El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.

--Tú no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodón y de hilo y
géneros de punto. A mí no me vengas con embelecos, porque no estoy de
humor de oírlos, y además te prohíbo que digas borricadas a la niña,
porque la tienes escandalizada. ¡Vergüenza es que necesite yo recordarte
tu deber!

D. Pantaleón se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas
ideas delante de D.ª Carolina. ¡Era tan severa aquella señora en el seno
de la intimidad!

Sin embargo, cuando llegó la necesidad supo mantener sus derechos de
animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba
de vulnerarlos. Por consejo de Moreno había prohibido que le sirvieran
en las comidas hortalizas, porque éstas no proporcionaban ningún ácido
fosfórico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus
dificilísimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta
prohibición, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas,
coles, lentejas, incapaces de producir más que ácido carbónico, celulosa
y otras sustancias no menos despreciables a indignas. Sufrió con
paciencia algún tiempo. Pero llegó un momento en que la lucha por la
existencia exigió de él un rasgo de energía para salvar las
circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.

--He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por última vez, que estoy
resuelto a no ingerir ningún alimento vegetal. De hoy para siempre sepan
todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si
ustedes se obstinan en servirme vegetales, seré capaz de volverme a mi
gabinete sin comer.

Aunque la amenaza no espantó a la familia tanto como era de esperar, se
convino, no obstante, en no servirle más que alimentos fosfatados.



IX


Sintió Carlota profundo pesar cuando su marido le notició la cesantía.
Quedaron ambos larguísimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba
también lúgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de
su dicha. D.ª Carolina la recibió con tranquilidad. Únicamente se le
advirtió más seria a la hora de comer. Después, habiéndose suscitado una
conversación propicia, expresó algunos conceptos acerca de la
holgazanería, de la presunción y la ligereza que a Mario se le antojaron
alusivos. Tal vez no serían: no había motivo fundado para suponerlo,
pues su suegra le había dado repetidas pruebas de afecto y
consideración. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazón
apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a
su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.

La vida de la familia siguió el mismo curso metódico y apacible. No
había pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o
con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al café. A las
comidas la conversación solía animarse. Presentación embromaba a su
cuñado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel
tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantaleón les asaba
a explicaciones científicas: el vino, el pan, el azúcar, todo era motivo
para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a
la naturaleza. D.ª Carolina seguía con el mismo humor benigno, rigiendo
la casa a su talante, aunque siempre por delegación de su esposo.

No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo
todos se daban cuenta, envolvía a la familia. Las relaciones entre ella
seguían siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual percibía
un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando
la sonrisa, acentuando la nota cómica. Mario sentía la falsedad de su
situación en aquella casa y notaba bien que todos los demás la sentían
igualmente. La mayor amabilidad de su cuñada con él era un modo de
expresárselo; el silencio de D.ª Carolina, la humildad de su esposa para
responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de
vergüenza iba apoderándose de él.

Carlota también lo padecía. D.ª Carolina y Presentación dejaron poco a
poco de llamarla a cónclave para resolver los asuntos domésticos. Entre
las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con esto
se hizo más tímida, más humilde; no se atrevía a quejarse de las faltas
de la criada; trabajaba cada día más en la casa, echando sobre sí,
cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por aparecer
amable y simpática como si estuviera en casa extraña.

D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentía
turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba.
No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas,
ni que las acompañase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos
para la calle. Cuando doña Carolina rechazaba cualquiera de sus
servicios el inocente exclamaba:

--¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!

--Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón,
que no tiene nada que hacer, se encargará de ello.

¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta
naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo.
Tampoco él tenía nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces,
cuando el matrimonio joven venía de paseo y entraba en el gabinete donde
estaban la señora y su hija Presentación, aquélla les interrogaba con
cierta condescendencia irónica:

--¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéis
llegado? ¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bien
en no desperdiciar tardes tan deliciosas.

Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlona
entre su mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírselo
a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena
hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las
guardaba todas para sí.

Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastos
feneció muy pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo en
el bolsillo. Nada dijo. Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Su
mujer lo observó al cabo y le preguntó la causa. No estaba bien del
estómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no fiándose, le registró
los bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre Mario!
Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvo
valor para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuando
su marido se levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:

--Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y
traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes
que me da vergüenza... ¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque a
ti puede hacerte falta y a mí no.

Mario quedó suspenso. Una vaga inquietud agitó momentáneamente su
espíritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pensó más en
ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pasó no pudo menos de
preguntar:

--¿Y de dónde sacas tú el dinero?

Carlota se puso colorada.

--He ido ahorrando algún dinerillo estos meses pasados para los dulces
del bautizo, ¿sabes?... Pero le encajaré la cuenta a mamá... ¡vaya si se
la encajaré!

Y reía a carcajadas. Pero su corazón lloraba, porque sabía muy bien que
si esperaba por su madre no se comerían dulces en el bautizo del hijo de
sus entrañas.

El dinero de la sortija concluyó pronto. Empeñó otra. Tampoco tardó en
gastarse. A Mario le hacían falta botas y guantes; el sombrero de copa
estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario también hacerse
ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de
préstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que más valía, lo
guardaba D.ª Carolina.

--¿Pero ese gato que tienes no se agota nunca?--le preguntó inquieto
Mario.

Tenía la respuesta preparada.

--Sí, hijo, sí; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero papá me ha
llamado el otro día a su cuarto y me dio dinero.

El semblante de Mario se oscureció. Quedó profundamente pensativo. No,
aquello no podía tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupación donde
quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones habían sido
infructuosas. Visitó a los amigos de su padre: no le faltaron buenas
palabras, promesas magníficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera
habló al ministro de quien era secretario, y éste prometió colocarle en
una carrera que iba a organizar para la inspección de los
ferrocarriles.

Carlota había concluido con sus objetos más o menos preciosos. Entonces
la mentira que había dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de
verle sin dinero en el bolsillo se arriesgó heroicamente a pedírselo a
su madre. Fue una escena baja, sórdida, repugnante. Carlota sufrió con
valor los sarcasmos de su madre y venció a fuerza de paciencia y
tenacidad sus repetidas negativas. Consiguió arrancarle diez duros: se
fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lágrimas que había podido
reprimir. Su marido la encontró con los ojos hinchados.

--¿Por qué has llorado?--preguntole impetuosamente.

--Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. ¿No sabes el
estado en que me encuentro?

Se convenció. Había oído a los médicos hablar de estas crisis.

Pero la pobre Carlota fue desde aquel día la víctima, la cenicienta de
la casa. Su madre la trataba con increíble desprecio; no perdonaba
ocasión de vejarla con indirectas crueles. Presentación la ayudaba en
esta tarea simpática.

--A mí me gustaría colocarme así, espléndidamente, como mi hermana.
¡Casarme con un pobrete! ¡Puf! Oyes, Carlota, ¿tu marido compra por fin
_mylord_ o _faetón_? Supongo que este año no dejaréis pasar la temporada
del Real sin abonaros como el año pasado...

Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitación a
proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas
que al fin no se levantase llorando. Un día, encarándose con
Presentación, los ojos rasados de lágrimas, le dijo:

--Haces mal en burlarte de mí. Pretendes que deje de querer a mi marido
porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algún día.

De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su
presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueño. Pero volviendo
a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho más cruel. D.ª
Carolina se enfureció, llamó pobrete, hambrón y holgazán a Mario, y se
negó resueltamente a soltar un cuarto.

--Si te figuras--concluyó diciendo--que nosotros vamos a mantener vagos
toda la vida, estás muy equivocada.

Esta amenaza la llenó de terror. Se humilló, procuró desarmarla
prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corrió, como siempre, a
encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.

Mario no fumó otra vez en dos días. En su semblante no se traslució, sin
embargo, ningún malestar. Su esposa le miraba con el rabillo del ojo
haciendo esfuerzos por reprimir las lágrimas. Pero al pasar por delante
del cuarto de su padre vio las llaves puestas en el cajón de la cómoda.
Se detuvo herida por una tentación irresistible; echó una mirada en
torno, y no viendo a nadie, avanzó con cautela, tiró del cajón sin hacer
ruido y escudriñó rápidamente su contenido. Allá, en un rincón, había
dos libras de tabaco picado. Tomó una y, cerrando de nuevo, salió
precipitadamente, ocultándola debajo del vestido. Por la noche se la dio
a su marido, diciendo con afectada naturalidad:

--Toma; luego dirás que no me acuerdo de ti.

--¿Dónde has comprado este tabaco?

Respondió que a una prendera amiga suya que lo vendía de contrabando. La
había hallado en la calle y habían hecho mercado en un portal para
evitar indiscreciones. Pero a los dos o tres días su padre lo echó de
menos y se armó el consiguiente tumulto. Hubo quejas, recriminaciones.
D. Pantaleón sospechaba de la criada, que tenía un novio soldado.
Carlota, viendo con terror aquel motín y temblando que D.ª Carolina
averiguase la verdad, llamó en secreto a su padre al cuarto, le echó los
brazos al cuello y le dijo llorando:

--He sido yo, papá; he sido yo la que te ha llevado el tabaco... Pero
que no se entere mamá, que no se entere Mario cuando vuelva. Sé que no
fuma porque no tiene dinero y yo tampoco lo tengo para dárselo.

El sabio naturalista quedó estupefacto.

--Pero, hija, ¿por qué no me lo has pedido? Dinero no puedo daros,
porque ya sabes...

--Sí, papá... no me digas nada.

El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para instruir a su hija. El
tabaco era una planta solanácea de olor fuerte y característico, cáliz
tubulado, raíz fibrosa, tallo velloso de médula blanca, hojas alternas
laureadas y glutinosas, etc.

Carlota escuchó llorosa y distraída aquellas científicas explicaciones
que por el estado de su alma no produjeron el resultado que era de
esperar. D. Pantaleón rebañó de su bolsillo algunas pesetas y se las
dio.

La situación de la infeliz muchacha era cada día más triste. Todos los
rencores y desprecios que D.ª Carolina y su hija menor atesoraban para
Mario, que no había tenido talento para hacerse inamovible en el puesto
que ocupaba, se los arrojaban a ella a la cara. Con el verdadero
culpable estaban reservadas, pero finas. No se le hería directamente,
pero la atmósfera estaba cargada de electricidad, y a la postre había de
estallar el rayo. D.ª Carolina sacudía la cabeza con ira cada vez que su
yerno volvía la espalda.

Al fin, una mañana en que Carlota estaba fuera de casa, la sagaz señora
hizo una seña expresiva a su hija menor, y ésta se apresuró a
levantarse y salir del gabinete. Quedaron solos suegra y yerno. Sin
alzar la cabeza de la costura D.ª Carolina comenzó a hablar con voz un
poco alterada.

--Mira, Mario, hacía días que necesitaba hablarte de un asunto bastante
desagradable lo mismo para ti que para mí. Lo he ido aplazando de un
momento a otro, porque a la verdad me duele en el alma tocar este
punto... Pantaleón me ha mandado decirte que sus medios de fortuna no le
permiten manteneros a ti y a tu esposa. «Si fuéramos ricos, me dijo, no
tendría mayor inconveniente en que Mario se divirtiese y pasase la vida
holgando, pero, hija, nosotros tenemos sólo lo necesario para vivir
decorosamente... Dile que la obligación primera de todo casado es
sostener a su familia con el producto de su trabajo. Así lo he hecho yo
y así espero que lo haga él. Es joven y tiene el mundo por delante; que
trabaje y se haga hombre...» Hijo mío, yo cumplo el encargo. Espero que
no te ofenderás por ello.

Mario quedó tan aturdido que no habló una sola palabra. Las de su
suegra le sonaban en el cerebro como martillazos. Una vergüenza inmensa,
infinita, corrió por todo su ser hasta las últimas fibras y le paralizó
enteramente. D.ª Carolina, con una rápida ojeada, advirtió su estado
lastimoso.

--No creas que esto es puñalada de pícaro. Te habla así Pantaleón por mi
boca porque tiene confianza en tu honradez, en tu dignidad, en que
sabrás cumplir perfectamente tus obligaciones. Yo creo que con el tiempo
le darás las gracias. Si no te ofendieras--añadió con benévola
sonrisa,--te diría que te hace falta un estímulo como éste para abrirte
camino.

La lengua se le desató aunque no de buen modo. Se excusó balbuciendo de
no haber tomado él la iniciativa en este asunto. Su suegro llevaba mucha
razón en lo que decía. Él buscaría trabajo inmediatamente en cualquier
parte y de cualquier clase. Estaba dispuesto a dejar la casa al
instante...

--Ya te he dicho que no es cosa de apuro...

--Sí, señora; lo es para mí--replicó con dignidad el joven.

Pero la grave cuestión era que Carlota no podía irse con él a la
ventura. Se hallaba ya bastante adelantada en su embarazo, y mientras no
tuviera casa era expuesto llevársela. D.ª Carolina se mostró magnánima.
Carlota se quedaría con sus padres hasta que Mario hallase un medio de
vivir. Éste le dio las gracias con acento sincero. Desde aquel punto
doña Carolina se hizo de miel, le agasajó cuanto pudo, le auguró un
bello porvenir, haciendo visibles esfuerzos para borrar la mala
impresión que sus palabras habían causado. Mario se retiró al fin grave
y tranquilo.

Al llegar Carlota adivinó a la primera mirada su disgusto.

--¿Qué te ha pasado?

--Nada... he tenido una conversación algo seria con tu madre. Me ha
dicho--añadió sonriendo tristemente y tomándole las manos--que tu papá
no puede sostenerme más tiempo en su casa...

Carlota se puso blanca como un papel.

--¿Ha dicho eso de veras?

--Sí; a mí no me sorprende; creo que lleva razón. Ya ves, parece feo un
hombre sin trabajar, comiendo la sopa boba... Así que me voy desde
luego... Pero no te apures, que yo encontraré ocupación; todo se
arreglará.

Al proferir estas palabras sonreía con esfuerzo, apretando las dos manos
a su esposa. Ésta permaneció muda y pálida mirando con insistencia por
encima de su cabeza a un punto fijo. Al fin sus ojos grandes, serenos,
se nublaron de lágrimas y dijo sin que los rasgos de su fisonomía se
alterasen poco ni mucho:

--Está bien; me voy contigo.

--¡No!--exclamó Mario aterrado.--¿Dónde quieres ir?

--A pedir limosna, si es necesario--repuso tranquilamente.

--¡Pero eso es una locura! No te precipites...

Y con palabra fogosa le puso de manifiesto los terribles inconvenientes
de tal resolución. Un hombre puede rodar por cualquier lado, dormir en
un desván, al sereno si es necesario; ¡pero una señora y en el estado en
que ella se encontraba! La separación era de absoluta necesidad por el
momento. Cuando diese a luz y él hallase medio de vivir, que lo hallaría
pronto seguramente, entonces vendría a sacarla para siempre de casa y
vivir juntitos hasta la muerte.

Carlota se dejó convencer. La idea de causar el más insignificante daño
al ser cuya aparición esperaba con impaciencia la llenaba de congoja.
Quedaron, pues, en que él sólo se marcharía.

--¿Pero dónde te vas?--preguntó clavándole una mirada de estupor
doloroso.

--No te preocupes de eso. Tengo infinidad de sitios donde ir. Lo
importante es que tú estés tranquila. Piensa en que se trata de muy poco
tiempo.

Carlota permaneció algunos instantes inmóvil con la cabeza baja.

--Bueno, te arreglaré la ropa--repuso al cabo enjugándose las lágrimas.

Y ahogando los suspiros en la garganta y reprimiendo los sollozos que
pugnaban por estallar, su naturaleza tranquila, razonable, valerosa,
concluyó por triunfar. Empezó a sacar ropa de la cómoda y a colocarla
esmeradamente en un baúl. En aquella operación se mostraba su carácter
paciente y sólido. Mario la contemplaba con interés, trataba de
ayudarla, pero lo hacía tan mal que renunció en seguida. Poco a poco, en
la absorción de aquel trabaja mecánico, se fueron olvidando de su pena.
Discutían lo que se había de meter en el cofre como si se tratase de un
viaje. A Carlota todo le parecía mucho, creyendo así reducir los días de
separación. Mario, al contrario, insistía suavemente en que se pusieran
más camisas, calcetines, etc. Preveía que el viaje iba a ser largo,
aunque se guardaba de manifestar esta opinión.

Al fin quedó arreglado el equipaje. Entonces permanecieron turbados uno
frente a otro sin saber qué decirse, afectando serenidad, insistiendo
una y otra vez en tono indiferente sobre pormenores ya resueltos. La
emoción que les embargaba advertíase en el timbre velado de la voz, en
el leve temblor de las manos. El corazón se les quería salir por la
garganta.

--Bueno--dijo al fin Mario poniéndose el sombrero.--Quedamos en que
tendrás el baúl preparado. Ya enviaré por él, y me mandarás al mismo
tiempo la sombrerera. Por los útiles de modelar ya mandaré más adelante.

Estas palabras provocaron en Carlota una explosión del sentimiento
comprimido. Quedaron abrazados estrechamente y llorando en silencio
largo rato. Mario logró desasirse, y besando con efusión las manos de su
esposa, exclamó sonriendo, mientras bañaban su rostro las lágrimas:

--¡Qué niños somos! Parece que me estoy despidiendo para el fin del
mundo.

Y salió de la estancia precipitadamente. Carlota le siguió, y en lo alto
de la escalera volvieron a abrazarse.



X


Cuando hubo salido a la calle y traspuesto la esquina, se detuvo.
Aquellos infinitos sitios de que había hablado a Carlota eran una
piadosa mentira. Quedó inmóvil, con el pensamiento vacío y el corazón
apretado. Unas ansias atroces de sollozar le subían del pecho a la
garganta amenazando ahogarle. Pero logró tenerlas encerradas: sólo
algunas lágrimas brotaron a sus ojos sin darse cuenta hasta que vio la
mirada de los transeúntes fijarse con curiosidad en él. Entonces se
llevó el pañuelo a la cara como para sonarse, y prosiguió su camino.

¿Adónde iba? Marchó a la ventura largo rato, tratando de coordinar sus
ideas. Al fin no halló otra cosa mejor que dirigirse a su antiguo
alojamiento. Pero esto le causaba profundo disgusto y humillación. ¿Cómo
responder a las preguntas de su antigua patrona? ¿Qué explicación iba a
dar a sus compañeros? Al llegar a la puerta cambió de resolución y pasó
de largo sin entrar. Subió a la primera fonda que tropezó, alquiló una
habitación y volvió a salir. Su inquietud y dolor no menguaron por esto.
Al contrario, la idea de que no tenía dinero para pagar el pupilaje le
atormentó de modo indecible. Pensó entonces en algún amigo con quien
comunicar sus pesares y que le diese algún buen consejo, y los pies le
guiaron a casa de Miguel Rivera. Aunque le llevase éste bastantes años y
tuviese un carácter burlón y agresivo que a menudo pinchaba a los que se
le acercaban, Mario sentía hacia él irresistible inclinación: debajo de
aquella cáscara amarga adivinaba un corazón dulce y generoso. Además, si
para alguno limaba un poco la punta afilada de su lengua Rivera, era
para nuestro joven. Fácilmente se advertía su predilección cuando se
hallaba en la tertulia del café.

El antiguo periodista vivía solo con su hijo en un cuarto sin lujo, pero
limpio y agradable, de la calle de Recoletos.

--¿Qué traes por aquí a estas horas, Praxíteles?--exclamó alegremente al
ver a nuestro joven entrar en su despacho.

--Molestias para usted, D. Miguel. ¿Está usted muy ocupado?

La sonrisa de Rivera se desvaneció al ver la triste y penosa que
contraía los labios de su amigo. El semblante de Mario expresaba
abatimiento profundo.

--¡Ocupado! Sólo lo está el que espera algo. Yo he renunciado a todo
hace tiempo, querido. Di lo que quieras y tómate el tiempo que se te
antoje.

Tímidamente y ruborizándose muchas veces, Mario le contó lo que le
pasaba, rogándole con insistencia el secreto. Cuando terminó de hablar,
Miguel permaneció grave y pensativo. Al cabo dejó escapar un leve bufido
de desprecio.

--¡Camarada, qué suegra te ha tocado! Es de lo más fino que he visto en
su género.

--¡Si mi suegra no se ha mezclado para nada en este asunto! No ha hecho
más que cumplir las órdenes de su marido. ¡Anda, pues si dependiera de
mi suegra, ni ahora ni nunca saldría yo de su casa! Usted no sabe el
cariño que me profesa la buena señora. Me quiere como una madre, una
verdadera madre, don Miguel.

Este le contempló en silencio unos momentos asombrado de su inocencia.
Tuvo impulsos de proferir una de sus chufletas sangrientas, pero se
contuvo. La maciza bondad y el candor de aquel muchacho le conmovían.
Después de todo, pensó, ¿qué se adelanta con sacar a los hombres de los
errores que los hacen felices?

--Sí, sí; D.ª Carolina es muy buena--dijo al cabo, sin gran
calor.--Puede que tenga en realidad la culpa el loco de su marido.

--Yo creo que mi suegro nada tiene de loco, D. Miguel--se apresuró a
decir Mario.--Aunque un poco difuso en sus explicaciones, siempre le he
hallado muy razonable. Y además, crea usted que es bastante instruído y
que tiene un corazón excelente.

Volvió a contemplarle Rivera con sorpresa, y repuso sin poder evitar una
sonrisa de lástima:

--Puede, puede ser. Yo le he tratado muy poco, ¿sabes? Desde que ese
idiota de Moreno le ha tomado por su cuenta, temía que se hubiese
extraviado.

Mario sonrió algo contrariado.

--¡Qué duro está usted con Adolfo, D. Miguel!

--¡Alto ahí, amigo! Pase por tu suegro y tu suegra, pero lo que es ése
me lo tienes que dejar entre las uñas. En todos los días de mi vida he
conocido un ser más pedante y grotesco. ¡Es un infame!

--¿Cómo infame?--exclamó asustado.

--Sí, cuando la tontería llega a cierto límite degenera en infamia. Creo
haberlo leído en Santo Tomás.

--Pues Adolfo estudia mucho: se pasa la vida entre libros.

--No importa, es un infame. ¿Tú has estudiado lógica? Bien, pues sabrás
que para que el conocimiento se produzca son necesarios dos términos:
_sujeto_ y _objeto_. Aquí falta sujeto... Pero dejemos eso ahora.
Hablemos de ti. ¿Qué piensas hacer? ¿Cuáles son tus proyectos?

Mario alzó los hombros sonriendo y no despegó los labios. Aquel gesto
volvió a poner serio y meditabundo a Rivera.

--Es necesario ante todo buscarte una ocupación lo más pronto posible.
La carrera de que te he hablado en los ferrocarriles aún tardará en
organizarse... ¿Quieres ayudarme en los trabajos de la secretaría? Hace
falta un empleado inteligente... Aunque el sueldo es pequeño.

--¡Cualquier cosa, D. Miguel!--exclamó Mario, viendo el cielo abierto.

No existía tal plaza vacante en la secretaría, pero Rivera la inventó
proponiéndose pagarle con una parte de su sueldo. Además le obligó a
quedarse en su casa. Nada le estorbaría: al contrario, en la soledad en
que vivía le estaba haciendo falta un amigo con quien comunicar sus
pensamientos. Mario, embargado por la emoción, le apretó la mano
llorando de gratitud.

Poco después escribió una larga carta a su esposa rebosando de ternura.
Al final le decía que al día siguiente iría a verla. Al despertarse por
la mañana recibió la contestación de Carlota.

«No vengas a verme. No quiero que pises esta casa. Espera a que te
indique el sitio y la hora donde podemos vernos. Eres demasiado bueno,
Mario.»

Y otras frases por el estilo que indicaban que la fiel esposa volvía por
la dignidad de su marido con más cuidado que él mismo. En cambio, ella
se humillaba la pobrecilla y siguió padeciendo los desdenes de su madre
y de su hermana sin quejarse.

Mario no pudo resistir la tentación de pasar aquella mañana por delante
de la casa. Los balcones estaban cerrados y no vio a nadie. Pero al
llegar de nuevo a la de Rivera se encontró con una esquela de Carlota.

«A las cinco espérame en la plaza de la Independencia, esquina a la
calle de Alfonso XII.»

Y una hora antes de la convenida ya estaba nuestro joven en espera con
la impaciencia de un galán primerizo. Al verla llegar, al cabo, con su
vestidito gris, soportando gallardamente las dos existencias en que su
ser se partía, una emoción intensa hizo palpitar su corazón. Corrió
hacia ella y se apretaron las manos y se miraron a los ojos con
embeleso. Luego, cogiéndose del brazo, entraron en el Retiro, y pasearon
charlando bajo los árboles. Carlota no se cansaba de preguntarle todos
los pormenores de su existencia en aquellas veinticuatro horas. Mario no
tenía tiempo para darle completas explicaciones. Se quitaban la palabra
de la boca, se perdían en divagaciones insustanciales, gozando el placer
de hallarse juntos, como si no se hubiesen visto en largo tiempo.
Carlota aprendió que su marido tenía ya un sueldo, aunque pequeño, y que
esperaba en plazo no muy lejano obtener la plaza en los ferrocarriles
que le habían prometido.

--Creo que no se pasarán muchos meses sin que vuelva otra vez a casa y
vivamos unidos--dijo dando palmaditas cariñosas en el dorso de la mano a
su esposa.

Ésta se puso repentinamente grave.

--No pienses en eso, Mario. Nosotros no podemos vivir ya con mis padres.
Aunque sea en una buhardilla viviremos si es preciso. ¡En casa, nunca!

--¡Oh, qué orgullosita!--exclamó él pellizcándola.--¿Y por qué, si yo no
me doy por ofendido?

--Porque yo no quiero, y basta--replicó ella con firmeza.

Mario se había acostumbrado a obedecerla y no le iba mal. Así que no
insistió.

La noche se echaba encima y bajaron despacio por la calle de Alcalá. Al
pasar por delante de un _restaurant_, Mario tuvo una inspiración.

--¡Si entrásemos aquí a comer!

Carlota se opuso. No estaban ellos para gastar el dinero tontamente. Y
siguieron caminando hacia casa. Pero Mario se había quedado silencioso y
melancólico. Unos pasos antes de llegar Carlota se volvió hacia él con
semblante risueño.

--¿Qué? ¿Estás triste porque no comemos juntos?

Mario sonrió avergonzado.

--Bien, pues volvámonos. Pero nada más que hoy, ¿sabes?

La alegría entró de nuevo como un torrente en el alma de nuestro joven.
Volvieron sobre sus pasos, entraron en el _restaurant_ y pidieron un
gabinete.

¡Qué hermosas y puras emociones experimentaron en aquella comida! Mario
parecía un colegial escapado. Todo lo hallaba sabrosísimo: hablaba por
los codos; cubría de atenciones y finezas a su esposa. Estaba como loco;
formaba proyectos descabellados; perdonaba a todo el mundo y se deshacía
en elogios de su suegra.

--¿Sabes lo que te digo, Carlota? Que quiero a tu madre como si fuese la
mía, y que me alegraría que viniese un día a comer con nosotros.

Ella, serena, tranquila, sonreía dulcemente contemplando la ruidosa
alegría de su marido con el placer no exento de protección con que se
miran los juegos de los niños. Cuando el camarero salía, Mario se alzaba
repentinamente, corría a su esposa, la besaba frenéticamente y volvía a
sentarse.

--No sé lo que tienes en la cara hoy, cielo mío, que me enajena. Hay en
tu fisonomía una dulce gravedad que me recuerda siempre la expresión de
la Diana cazadora del Louvre.

--¡Ya salió la mitología!

--Sí, ya salió y saldrá siempre, porque veo en tu rostro la misma
expresión dulce, grave, protectora que en las estatuas de las diosas;
porque no hallo en el mundo ninguna mujer que se parezca a ti, y sobre
todo, te comparo a ellas porque no tengo nada más hermoso a que
compararte.

Carlota sonrió y le tendió su mano por encima de la mesa. Mario la besó
con el mismo tierno respeto que Peleo besaría la de Tetis, su inmortal
querida.

Pero acabado de hacerlo, casi en el mismo instante pareció el mozo con
una fuente entre las manos, y Carlota reveló su condición mortal
ruborizándose hasta las orejas. Como la puerta hubiese quedado abierta,
Mario vio cruzar por el pasillo un hombre que por su figura arrogante y
proporcionada, por su alto desprecio de los cuidados terrenales, por la
varonil grandeza con que había matado en su corazón hasta los más
pequeños gérmenes de la sensibilidad, por la perfecta seguridad con que
gozaba de la vida debía de recordarle aún mejor que su esposa los seres
que habitaban en la cima del Olimpo. Este hombre privilegiado, semejante
a un dios, no podía ser otro que don Laureano Romadonga. Iba acompañado
de una joven con mantón y pañuelo a la cabeza.

--¿Has visto?

--Sí.

--¿Esa joven es la del café?

--Me parece que sí. ¡No obstante, como ese hombre trae tantos líos!...

El mismo D. Laureano, entrando repentinamente en el gabinete, vino a
sacarlos de dudas.

--¿Conque tenemos juerga conyugal, eh? ¡Bien por los esposos!... También
yo vengo a gozar honestamente como un burgués tranquilo... Mi Conchita
cumple hoy diez y ocho años, ¿sabéis? y me dijo: «Convídame a comer en
la fonda» (para Concha, comer fuera de casa es comer en la fonda). Yo le
contesté: «Sí, hija de mi alma, te llevaré a la fonda y beberás
champagne.» El champagne es para Concha algo elevado, de un orden
sobrenatural, inaccesible a todo el mundo excepto al patriarca de las
Indias, a los ministros y al capitán general.

--¿Dónde la ha dejado usted?

--Ahí, en un gabinete. Carlota, no me mire usted con severidad. Yo no
tengo más que un defecto. Soy aficionado a pasarlo bien en este pícaro
mundo. ¿Y quién no lo es? ¿Quién, pudiendo divertirse, opta por estar
aburrido?

--¡No, si yo no le recrimino a usted ni con los ojos ni de
palabra!--exclamó la joven sonriendo.--Lo único que me atreveré a
decirle es que valdría más que usted se divirtiera con placeres lícitos.

--No lo crea usted. Yo no he podido gozar jamás los placeres lícitos. Me
aburren. Soy una naturaleza móvil y subversiva. Necesito saber que soy
independiente en todos los momentos de la existencia. La idea de que el
goce que disfruto es un goce impuesto le quita todo su encanto... Pero
perdone usted, Carlota, yo no sé si debo...

--Siga usted, siga usted; no me escandalizo.

--El matrimonio no ha tenido nunca para mí color. Y ya sabe usted que yo
soy excesivamente colorista. Considero esto como una desgracia, pero si
he nacido así, ¿qué culpa tengo? ¿Por qué disfrutar de una sola obra
hermosa de Dios, me he dicho, cuando en el mundo existen tantas y tan
preciosas? ¿Hay nada más agradable que repetir la luna de miel, ese
feliz estado en que ustedes se encuentran ahora, una y otra vez? Crea
usted que aquellos versos de Musset

    _Parlons de nos amours; la joie et la beauté_
    _Sont mes dieux les plus chers, après la liberté._

deben tomarse por divisa. Mientras el corazón tenga fuerzas, echarle
combustible para que palpite con las dulces emociones de la pasión.
Quiero cantar endechas como el ruiseñor mientras me quede un soplo de
vida.

El rostro varonil, expresivo, de Romadonga se contraía con sonrisa
mefistofélica al pronunciar estas palabras. Se había sentado; puso los
codos sobre la mesa con su habitual libertad y enviaba columnas de humo
al aire, revelando un estado de beatitud envidiable. Mario reía; pero en
el fondo de su alma estaba inquieto y molesto, como siempre que don
Laureano hablaba delante de su esposa.

--No está mal que usted ame lo que quiera--dijo ésta.--Lo malo que hay
es que ese amor de usted cuesta muchas lágrimas a algunas criaturas
inocentes.

--¡Es la ley de la vida!--repuso el seductor alzando los hombros con
resignación y sacudiendo la ceniza del cigarro con su dedo meñique
cubierto de sortijas.--Balzac ha dicho muy bien que en el amor hay
siempre un dios y un esclavo... Después de todo--añadió al cabo de una
pausa,--el destino de la mujer es ése, amar y llorar. El amor en las
mujeres engendra fatalmente el llanto, y esto consiste en que es más
vivo y más tierno que en nosotros. No hay, pues, que compadecerlas a
ustedes tanto, porque si la pena es mayor, mayor ha sido también el
goce... Pongamos el caso de esa muchacha que está ahí. Esa chica vivía
en un estado de marasmo casi vegetativo. Comer, dormir, barrer la casa,
lavar la ropa. Si se hubiera casado con un hombre de su misma condición,
ese estado se hubiera prolongado hasta la muerte, corregido y aumentado
por los mil dolores que la vida miserable trae consigo. Llegué yo, y no
por mis méritos, sino por cierta práctica del oficio, he logrado
despertar esa alma, infundir en ella nueva vida, hacer vibrar su corazón
con ciertas emociones y gozar de ciertos placeres que probablemente
hubiera desconocido...

--¡Pobrecilla!--exclamó Carlota.--¿Y no sentirá usted pena y
remordimiento cuando abandone a esa niña y la deje entregada a la
desesperación?

--¿Pena? ¿remordimiento? No sé lo que es, ni quiero saberlo. Sospecho
que será algo triste que me impida divertirme a mi gusto. No es mi
negocio. Creo que la vida no se nos ha dado para sentir pena,
remordimiento, sino amor, alegría. Si se desespera cuando deje de
quererla, suya será la culpa. Yo, cuando entablo relación con una mujer,
no me considero comprometido a amarla siempre, sino mientras pueda. Lo
que hace la desgracia de las mujeres es esa inclinación particular que
sienten hacia la eternidad. Si vivieran convencidas de que en este mundo
todo es temporal y finito, comprenderían que el amor no puede sustraerse
a esa ley y estarían de antemano resignadas a todo lo que pueda
sobrevenirlas. Por mi parte, tengo horror instintivo a la eternidad. La
palabra _siempre_ me crispa los nervios.

--¡Oh, qué malvado!--dijo riendo Carlota.--No puedo creer, por más que
usted lo asegure, que le falte a usted de tal modo el corazón.

--Al contrario, precisamente por tener demasiado corazón es por lo que
cometo esos pecados que usted me echa en cara. Lo tengo tan grande, que
caben en él todas las mujeres hermosas que hay sobre la tierra. Con
todas quisiera poder hacer lo que con esa chica que está ahí.

--Infundirles nueva vida, ¿verdad?--dijo Carlota maliciosamente.

--¡Eso es!--repuso D. Laureano riendo.

En aquel momento apareció en la puerta la arrogante figura de Concha.

--Oye tú, guasón, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que voy a estar hasta
que amanezca sola en esa alcoba?--profirió sin dirigir el más leve
saludo a la compañía, clavando su mirada colérica en Romadonga.

--No, hija, me iba a marchar en seguida--contestó aquél, bastante
confuso y apresurándose a levantarse.

--¡Te ibas, te ibas! Adonde te vas a ir es a lo que tú sabes, hablando
con perdón de estos señores. Pus hombre, ni que fuera una...

Hablaba con el desgarro peculiar a la chula de Madrid, acentuando cada
sílaba de un modo tan insolente que D. Laureano, avergonzado, no pudo
menos de salir por su dignidad.

--¡Niña, niña, cuidado con la lengua! Mira que te puede costar un
disgusto.

--¿A mí? ¡Ja, ja! ¡Qué infeliz eres!

--¡A ti, sí, desvergonzada!--profirió colérico el tenorio avanzando
hacia ella con ademán amenazador.

Concha permaneció absolutamente inmóvil con una calma provocativa capaz
de irritar a un santo.

Sus labios perdieron, no obstante, el hermoso carmín que tenían y sus
grandes ojos negros brillaron con expresión sombría.

--No corras tanto, que puedes tropezar--dijo con sosiego impertinente,
mientras una sonrisa de burla contraía sus labios descoloridos.

--Ahora verás--dijo Romadonga mordiendo los suyos de coraje,
abalanzándose a ella.

--No me toques, que puedes pincharte--manifestó con la misma
tranquilidad, sin mover un dedo siquiera.

--¡Sí te toco! ¡te toco, deslenguada!--gritó aquél, ciego de ira,
sacudiéndola violentamente por un brazo.

Concha cambió repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma y
sorna se convirtió en feroz exaltación. Luchó valerosamente por
desasirse chillando al mismo tiempo.

--¿A mí me pegas tú, viejo gorrino? ¿A mí? ¿a mí?

No logrando arrancar de sí las tenazas que la oprimían, le echó la mano
a la cara y le clavó en ella las uñas.

La lucha había hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: se
había refugiado en un rincón, mientras Mario, ayudado por el mozo que
había acudido al ruido, trataba inútilmente de separarlos. Al cabo de
muchos esfuerzos lo consiguieron.

D. Laureano tenía un arañazo en la mejilla, del cual brotaban algunas
gotas de sangre.

--¡Qué loca! ¡qué loca!--decía limpiándose con el pañuelo.--Perdonen
ustedes el mal rato.

Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con mano
nerviosa la ropa y los cabellos.

--Ven aquí--dijo en tono imperioso a su querido.

Pero éste hizo un gesto de desprecio y se volvió hacia el matrimonio
para disculparse.

--¡Vaya unos postres que les he dado!... ¿Quién iba a suponer?...
Carlota, usted es muy buena y me perdonará esta grosería.

--¡Ven aquí!--gritó con más furia la joven.

D. Laureano la miró, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza con
indignación.

--¡Allá voy, escandalosa, allá voy!--respondió entre resignado y
furioso, y volviéndose a los esposos añadió bajando la voz:--Me voy por
evitarles otro disgusto. El peor de los males no es tratar con animales,
sino con locos. Perdonen ustedes. Buenas noches.

Y salió detrás de su querida. En el pasillo se oyó la voz de la chula
que decía dirigiéndose al mozo:

--Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.

Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos a
la vez soltaron la carcajada.

--Me parece--dijo Mario cuando hubo sosegado la risa--que D. Laureano ha
infundido demasiada vida a esa chica.



XI


Repitiéronse metódicamente aquellos festines conyugales todas las
semanas. Esta singular posición les apenaba y alegraba a un mismo
tiempo. Sentían dolor cuando pensaban en que vivían separados, como si
no estuvieran unidos para siempre por vínculo indisoluble. Pero sus
entrevistas tenían por esto mismo sabor dulcísimo, un encanto especial
que compensaba todos sus dolores. Hasta que una noche sintió Carlota los
precursores del alumbramiento. Se envió recado al médico y a Mario, y
éste corrió desalado a la casa de sus suegros, pisándola otra vez contra
la voluntad de su esposa. Vino al mundo un niño robusto y hermoso.
Según los datos suministrados por algunas vecinas que asistieron o
tuvieron conocimiento inmediato de su presentación, había motivos para
afirmar que poseía además ingenio profundo y ameno a la vez, unido a un
corazón verdaderamente heroico.

Con tal motivo, Mario siguió entrando en la casa, aunque sin comer ni
dormir en ella. Su suegra, viéndole en camino de hacerse independiente,
le acogía con más agrado, pero siempre mostrando reserva, apercibida a
romper toda relación en cuanto tuviese la osadía de quedarse sin qué
comer. D. Pantaleón comenzó a sentir por él una predilección tan
señalada que el muchacho estaba sorprendido. Al fin paró en lo que paran
generalmente estas predilecciones repentinas, en leerle un par de
folletos manuscritos que pensaba dar muy pronto a la imprenta. El uno se
titulaba _Ensayo para una patología administrativa_; el otro era una
_Terapéutica del comercio_. Se estudiaba en ellos lo mismo la
administración pública que el comercio desde un punto de vista
fisiológico, con los modernos métodos de la ciencia positiva,
explicándose admirablemente los reglamentos y los aranceles por la
acción combinada de las fuerzas naturales, como un simple fenómeno de la
vida orgánica, sin necesidad de acudir para nada a la voluntad de los
directores y jefes de sección.

Todavía le dio otra prueba de particular confianza y afecto. Después que
le hubo hecho saborear los interesantes fenómenos patológicos que su
penetrante inteligencia había logrado arrancar a la vida administrativa
y comercial, un día le llamó aparte con misterio y le dijo:

--Te voy a enseñar, Mario, una cosa que te ha de sorprender y admirar.

Abrió el cajón de la cómoda y sacó una cajita de madera, y de ella un
sello de cauchouc. Tomó un papel blanco después y lo selló.

--Mira.

--¿Qué es esto?

--Un sello que pienso aplicar sobre las dos obras que voy a dar a luz y
sobre todas las demás que escriba en adelante.

--¿Pero qué dice aquí? No leo nada.

--No hay palabras; no hay más que una figura. Obsérvala bien.

--Parece una mancha de tinta.

El ingenioso Sánchez sonrió con benevolencia.

--Fíjate bien.

--Pues no puedo descifrarla--repuso después de sacarse los ojos y dar
vueltas al papel cerca de la ventana.

--Es un zoófito.

--¿Cómo?

--La figura de un zoófito.

Y como viese el asombro pintado en el rostro de su hijo político, añadió
con sonrisa triunfal:

--Lo he escogido como blasón por ser un símbolo. El zoófito es el primer
peldaño de la escala animal. De él procede todo el género humano. Por lo
tanto, así como los nobles ponen en sus escudos las hazañas de sus
abuelos, yo, como hombre de ciencia, pongo en el mío con orgullo el
primero de mis antepasados. ¿Qué te parece? ¿No es una idea feliz?

Mario le contempló con la misma estupefacción, pero sin revelar que se
hallase poco ni mucho admirado. Y es porque su espíritu aún no se
hallaba maduro para las grandes concepciones científicas.

Luego su suegro le llevó a la buhardilla, donde él había modelado en
otro tiempo, y le mostró un verdadero laboratorio. Frascos, retortas,
cristales, cacharros grandes y pequeños, se hallaban esparcidos por el
suelo y sobre una gran mesa de cocina. Allí era donde don Pantaleón y su
amigo Moreno se encerraban para impulsar el progreso de la humanidad.

--De esta pequeña buhardilla saldrá al fin algo que el mundo acogerá con
asombro y aplauso--dijo con profética iluminación poniendo una mano
sobre el hombro a su yerno.

Éste volvió a mirarle estupefacto.

--¿Tiene usted algún proyecto?

El ingenioso Sánchez no contestó. Quedó largo rato pensativo, y por sus
grandes ojos tristes, meditabundos, pasó algo grandioso.

--Sí, tengo un proyecto--dijo al cabo con voz solemne, llevándose una
mano a la frente.--Es un proyecto grande, asombroso. Nadie tiene de él
conocimiento, ni el mismo Moreno. No saldrá una palabra de mis labios
mientras no lo haya realizado.

Mario no quiso preguntarle más, respetando su silencio, y cambió de
conversación.

D. Pantaleón le manifestó que le molestaba mucho no tener fogón en el
laboratorio. Todos los ingredientes que necesitaba poner al fuego los
llevaba abajo. Pero esto turbaba la cocina y además era expuesto. Su
esposa se enfadaba y amenazaba con tirar las retortas al patio. La única
que le ayudaba algo era Presentación.

--Pero esto es por interés--dijo tristemente,--porque me necesita para
llevarla a paseo. En cuanto se case me abandonará.

En efecto, el amor había hecho presa al fin en el corazón de la hija
menor del naturalista. Los ojos místicos, el cutis nacarado y la
inocencia de querubín de Godofredo Llot lograron lo que no pudieron el
ingenio ático y los modales desenvueltos de los chicos del comercio que
la festejaban a porfía en el café del Siglo. Estos jóvenes, por lo
general, eran hombres de mundo. El trato frecuente con las damas de la
aristocracia que entraban por la mañana a escoger enaguas o medias les
había hecho adquirir formas elegantes y distinguidas. Todos sabían
decir: «¡Ah! no señora, a nosotros nos cuesta más» de modo tan correcto
y con sonrisa tan persuasiva que no era posible resistirles. Al mismo
tiempo, las aventuras galantes que los domingos solían correr les
infundían la audacia y habilidad indispensables para apoderarse de los
corazones femeninos. En este punto llevaban inmensa ventaja al piadoso
Godofredo, que era todo candor, y que al acercarse a cualquier mujer se
arrebolaba como una nube herida por el sol.

Pero las dotes de Godofredo eran interiores y por lo mismo más sólidas.
No sólo poseía alma pura y virginal y un cuerpo inmaculado, sino que su
inteligencia, acalorada por el entusiasmo místico, producía hermosas
obras, frescas y brillantes como las rosas de Mayo. Sus artículos,
leyendas y poesías en _El Pensamiento Católico_ y en otras publicaciones
religiosas eran cada día más gustadas por el público sano de la España
tradicional. Lo que caracterizaba estos trabajos literarios y les
prestaba aroma penetrante y embriagador eran la devoción de la Virgen y
el entusiasmo por la Edad Media; los dos amores de Godofredo Llot. A la
Virgen la requebraba en sus odas con un ardoroso flujo de epítetos que
no se agotaba jamás. La Edad Media era el tema constante de sus
ditirambos. Las catedrales góticas. ¡Ah, las catedrales góticas!
Godofredo no se hartaba jamás de describir la luz «filtrándose por los
cristales de colores, la voz del órgano resonando en sus altas bóvedas,
las oraciones de los fieles elevándose entre nubes de incienso, la
flecha calada de la torre señalando como un dedo al cielo.»

Por esta razón todas las damas caían en éxtasis cuando se hablaba de él.
Presentación, cansada de hacer víctimas en el comercio, sintió el
encanto de aquel estilo florido, y le amó. D.ª Carolina se inflamó casi
al mismo tiempo de amor maternal hacia él. Las relaciones de Godofredo
siguieron las mismas etapas que las de Mario. Fue presentado en el
café. ¡Qué rubor tiñó sus mejillas nacaradas! Después, en actitud
humilde, rogó a D.ª Carolina que le permitiese, no acompañarlas en el
paseo, sino tan sólo seguirlas de cerca respetuosamente. Y por muchos
días se vio a aquel rubicundo joven por los paseos a tres o cuatro pasos
de distancia de dos señoras, sin osar acercarse a ellas. Por último,
entró en la casa y comenzó a hablarse de matrimonio.

En este tiempo Godofredo se hallaba terminando una historia de Santa
Isabel de Hungría, que se preparaba a dar a la imprenta. Y como quisiese
poner al frente del libro el retrato de la Santa, pidió a Presentación
el suyo para hacerlo grabar. Este rasgo ingenioso y delicado causó
impresión profunda, tanto en su novia como en D.ª Carolina. La buena
señora empezó a ser para él lo que había sido para Mario, una verdadera
madre. Convinieron en que Godofredo la llamase mamá, pero no en
presencia de D. Pantaleón, ¡cuidado! y le tuteó y le permitió besarla, y
le reprendía, y le gobernaba. En fin, se repitió punto por punto lo que
había pasado con Mario. Y si tuviera veinte hijas, veinte veces se
repetirían aquellas escenas conmovedoras; porque D.ª Carolina tenía un
corazón muy grande y muy maternal.

Cualquiera podría imaginar que Timoteo el violinista del Siglo, en vista
del curso torcido de los sucesos, había desistido de su desgraciada
pasión por la hija menor de los señores de Sánchez. ¡Ah! Los que tal
imaginasen no saben lo que es el amor cuando prende en el corazón de un
artista. Timoteo se complace siempre en alimentar este amor con
incesantes y secretas meditaciones y gusta de exhalar sus quejas
lánguidamente por medio del violín. Presentación lo sabe. Sabe que todos
los nocturnos melancólicos, lo mismo que las arias trágicas
desgarradoras, a ella van dirigidos. Percibe el dejo amargo del
_andante_, la fuga impetuosa del _allegro_ y hasta la ficticia, nerviosa
alegría del _scherzo_. Y no se enternece. Al contrario, en cuanto
observa que el violín arrastra las notas de cierto modo particular
extraordinariamente lánguido, se pone inquieta, nerviosa, no sabe lo que
dice, se muerde los labios y sacude la cabeza con desesperación. Es
posible que la niña menor de D. Pantaleón suponga que un violín no tiene
derecho a expresarse de modo tan ardoroso, o bien considere como un
insulto personal aquel juego inusitado de las corcheas.

Todavía si se circunscribiese al lenguaje musical la pasión de Timoteo,
podría hallar tolerancia, si no en Presentación, cuyo entendimiento
estaba lleno de prejuicios desfavorables para el artista, al menos para
las personas sensatas a imparciales. El lenguaje de la música es vago;
las ofensas que puede inferir débiles; se expresan generalmente por un
_trémolo_ donde hay más resignación que soberbia. Pero en cuanto
terminaba con el violín nuestro joven se venía hacia la mesa donde la
familia Sánchez tomaba café y les rociaba de saliva a poco que se
descuidasen. Esto, en verdad, no lo sufriría ninguna persona, por
sensata que fuese.

--Buenas noches, D.ª Carolina. Buenas noches, D. Pantaleón. Buenas
noches, Presentacioncita.

Era horrible. Presentación le deseaba de todas veras la muerte.

La actitud de Timoteo respecto a Godofredo, su aborrecido rival, estaba
llena de calma y desdén. La mayor parte de las veces cuando se acercaba
a la mesa no le daba las buenas noches ni le dirigía siquiera una
mirada. Pero en ocasiones, atacado de cierto espíritu sarcástico y
jocoso, pretendía burlarse repitiendo del modo más desdichado las bromas
de Moreno.

--Hola, Sr. Llot, ¿cuántas misas ha oído usted hoy? ¿Ha estado usted en
las Góngoras esta tarde?

Godofredo no se daba por ofendido; sonreía dulcemente, acostumbrado a
aquellos martirios que a causa de su piedad le infligían los amigos.
Pero su novia se crispaba, se ponía pálida de ira y solía responder por
él:

--¡Caramba, que tiene usted gracia, Timoteo! Es usted espontáneo como
pocos.

D.ª Carolina no se ofendía menos con la insistencia irracional que el
violinista mostraba en enamorar a su hija. Podía perdonarle que su boca
fuese una regadera cuando hablaba, y la medida anormal de esta boca, y
otros defectos corporales; pero, francamente, que pretendiese estorbar
el matrimonio de su niña, que un rasca-tripas como él tratase de
competir con aquel claro fanal de todas las virtudes, con aquel lirio
fragante que la Providencia iba a darle por yerno, para esto no había
perdón ni en la tierra ni en el cielo. Se enfurecía cuando le veía
acercarse a la mesa, le daba toda clase de desaires, le demostraba de
mil maneras que estaba ejecutando una acción infame. Nada, Timoteo no
cejaba. «Buenas noches, D.ª Carolina.--Buenas noches, D.
Pantaleón.--Buenas noches, Presentacioncita.» La irritada señora llegó a
pretender que Mario le hablase para hacerle desistir de su locura, y si
fuera necesario le amenazase. Pero aquél se negó a este paso ridículo.

Afortunadamente el matrimonio de su niña avanzaba rápidamente hacia su
consumación, y muy pronto quedarían libres de tan enfadosa mosca.
Godofredo había insinuado ya varias veces su casto deseo. D.ª Carolina
le presentó al instante las consabidas dificultades. Era necesario
arrancar el consentimiento de Sánchez, un hombre severo, intratable;
ella intercedería; haría cuanto estuviese en su mano, etc., etc. Con
esto el deseo de Godofredo se encendió más y más, y no paró hasta que lo
puso en vía de ejecución. Pero, como joven virtuoso y timorato, quiso
dar a este asunto la solemnidad debida, haciendo intervenir en él un
representante de la religión.

Godofredo tenía numerosos amigos en el clero de Madrid, alto y bajo. Era
el niño mimado de las sacristías. Pero con quien mantenía amistad más
estrecha era con cierto presbítero pálido, delgado, huesudo y miope
llamado don Jeremías Laguardia. Este D. Jeremías desempeñaba un cargo en
el Tribunal de la Rota, tenía el título de predicador de S. M. y el de
prelado doméstico de S. S. Era activo, intrigante, de genio vivo y trato
campechano. Godofredo y él se hicieron en poco tiempo íntimos amigos.
Laguardia tenía tendencias a la dominación; le gustaba servir a los
amigos, pero dominándolos. Godofredo, por su temperamento suave y dócil,
se acomodaba admirablemente a estas tendencias. Todas las tardes, sin
dejar una, venía D. Jeremías a buscar a Godofredo para salir de paseo, y
todas las mañanas, sin dejar una tampoco, iba Godofredo a oír la misa
que D. Jeremías decía en San Ginés. Recientemente el prelado doméstico
había hecho un viaje a Roma, y trajo para su amigo nada menos que un
título de _hijo predilecto de la Iglesia_. Godofredo estaba loco de
alegría. Decía que no cambiaría aquella distinción por la cartera de
ministro. D.ª Carolina lloró de gozo y le abrazó con efusión al saber la
noticia. Presentación se ruborizó de placer.

Pues este presbítero, tan servicial como voluntarioso, fue el encargado
de conducir las negociaciones para el matrimonio. Godofredo le confió
sus poderes o se los tomó él; no es fácil averiguarlo. De todos modos,
cierta mañana llegó a casa del ingenioso Sánchez y tuvo una larga y
secreta conferencia con los señores. Lo que pasó en esta entrevista no
se supo, pero sí pudo observar quien le siguiera los pasos que Laguardia
se quitó las gafas para limpiarlas tres o cuatro veces antes de llegar a
casa; signo evidente de preocupación: las habituales contracciones
nerviosas de su rostro se multiplicaron hasta llamar la atención de los
transeúntes.

No se alteró el curso de los sucesos en apariencia. Godofredo siguió
acudiendo a casa de su novia. El matrimonio parecía definitivamente
concertado. No obstante, cuando menos podía esperarse, Presentación
recibió una larga epístola de su futuro en que a vueltas de mil frases
dulces, untuosas, impregnadas de resignación cristiana, le manifestaba
que por el momento le era imposible pensar en casarse. ¡Rudo golpe para
él, que se juzgaba próximo a realizar el sueño de su vida! El deber, un
deber penosísimo, le obligaba a desatar el lazo que con tal anhelo
aspiraba a hacer indisoluble. Sólo la Religión (con r grande), la fe y
la tranquilidad de la conciencia podrían esparcir un bálsamo sobre
aquella herida incurable. Godofredo guardaba silencio sobre la
naturaleza del deber que le obligaba a faltar a su palabra.

La carta cayó como una bomba sobre la familia Sánchez. D. Pantaleón,
aunque sintió el disgusto de su hija, sólo vio en la determinación de
Llot un fenómeno fisiológico, pero se guardó bien de explicarlo. En el
estado de exaltación en que se hallaban los ánimos pudiera levantar un
conflicto. D.ª Carolina era la única que sabía a qué atenerse. El
presbítero, en su conferencia, había insinuado la palabra dote. La buena
señora manifestó que no eran ricos y que sus hijas no podían llevarla al
matrimonio. Con esto el presbítero protestó de su intención al
pronunciar aquella palabra, declarando que nada había más indiferente a
insignificante en el matrimonio que el dinero. «Una niña virtuosa,
inocente, piadosa, como su hija, era un tesoro inapreciable. Los
intereses cosa deleznable que un joven virtuoso también y de talento,
como su amigo, despreciaba absolutamente.» Sin embargo, D.ª Carolina
tenía la certeza que ésta era la clave de la incomprensible epístola.

Presentación lloró, pateó, escribió una carta llena de insultos al
traidor, y durante varios días fue el tormento y la compasión de sus
padres. Mario tomó parte también muy viva en su pesar. Con él desahogó
su pecho la dolorida niña, comunicándole las sospechas que agitaban su
alma.

--Créeme, Mario, Godofredo está muy engreído. Tanto le adulan por lo
bien que escribe, tantos piropos le echan las condesas y las duquesas
con quienes trata, que ha llegado a despreciarnos. Sobre todo, desde que
le han hecho hijo predilecto de la Iglesia, te aseguro que se había
puesto irresistible. Me hablaba con un tono de superioridad y hasta de
compasión que me hería; estaba distraído, me contradecía en todo lo que
hablaba y se manifestaba tan frío que me dejaba casi todos los días
llorando. Ya ves... Mario--añadió limpiándose las lágrimas que le
brotaban a los ojos,--el que sea hijo predilecto de la Iglesia no me
parece motivo para que desprecie a una mujer que tanto le quería.

--¡Claro que no!

Tan mal le pareció la conducta de su amigo que resolvió pedirle
explicaciones acerca de ella. Presentación se oponía.

--No es por ti solamente--le respondió Mario.--Es que lo que contigo ha
hecho resulta en ofensa mía, y quiero saber si puedo seguir siendo su
amigo.

Trató de verle en el café; pero Godofredo no asistía allí desde el
rompimiento de sus relaciones, por no tropezar con la familia Sánchez.
Entonces se decidió a ir a su casa. Llot vivía en una de huéspedes,
modesta y patriarcal, de la calle de Jesús del Valle. El paraje
tranquilo, los tiestos de flores que observó en los balcones, la
escalera limpia y blanqueada y la sencilla amabilidad de la portera
produjeron excelente impresión en nuestro escultor. La casa tenía
marcado sabor conventual; había allí algo puro, inmaculado, que
correspondía admirablemente con la inocencia y las costumbres devotas de
su amigo. Es imposible, pensó al tirar del cordón de la campanilla, que
ese muchacho haya ejecutado una acción tan fea si no es por algún motivo
invencible. Salió a abrirle una vieja, y luego acudió otra, y luego
otra, todas muy limpias, muy charlatanas, muy risueñas. La primera se
informó de lo que traía por allí. Al saberlo, cayó en un espasmo de
alegría tal que nuestro joven no pudo menos de sonreír.

--Viene a ver a D. Godofredo--dijo comunicándole la feliz noticia a la
segunda.

Ésta la recibió con el mismo gozo y se apresuró a ponerla en
conocimiento de la tercera, que se sintió no menos satisfecha. Las tres
se le quedaron mirando en silencio, dulces y placenteras, como si
estuviesen contemplando una persona querida que no hubiesen visto en
mucho tiempo.

--Pero en fin, ¿está en casa?--preguntó al cabo, un poco molesto de
aquella risa inmotivada.

--¡Pues no ha de estar, señor! ¡A estas horas no ha de estar!--exclamó
la primera en el colmo de la sorpresa.

--D. Godofredo no sale nunca después de almorzar--dijo otra.

--Espera a D. Jeremías para tomar café. No hace más que un momento que
ha llegado--manifestó la última.

--¡Ah! ¿Tiene visita? Entonces me vuelvo--replicó Mario retrocediendo.

Pero ya una de las viejas había cerrado la puerta.

--¡Cómo! ¡No faltaba más! Pase usted, caballero, pase usted. D. Jeremías
no es visita. Siga, siga, señor; siga adelante.

Y las tres le empujaban por el pasillo hablando a un tiempo, asustadas
sin duda de que por motivo tan baladí quisiera destruir su felicidad.

El pasillo resplandecía de blancura. Aquí y allá había colgadas algunas
estampas piadosas. Mario creía percibir el olor del incienso. Al llegar
a cierta puertecita adornada con una cortina de cuero, como sólo se ve
en las iglesias, una de las viejas llamó con los nudillos.

--¿Se puede?

--Adelante--respondió de adentro una voz que no era la de Godofredo.

La vieja levantó el pestillo y empujó la puerta. La estancia que
apareció a los ojos de Mario semejaba talmente una capilla. Había allí
tanta estampa con marco dorado, tanto fanalito, tantas palmas y flores
contrahechas, que sorprendía no oír el sonido del órgano y el rezo de
los fieles. Las cortinas de damasco con una franja de galón dorado. Los
muebles viejos y lustrosos por el uso. Había una cómoda con un San
Antonio de madera encima y dos candeleros de plata a los lados, que
parecía exactamente un altar. Para que la semejanza fuese más completa,
había también su pila de agua bendita.

En aquel tabernáculo no podía alojar un hombre como los demás, sino un
alma pura y virginal, una blanca paloma, un cordero místico, un San Luis
Gonzaga o una Santa Catalina de Sena. Mario notó, al poner el pie
dentro, el perfume de placidez y candor que exhalaba y sintiose poseído
de respeto. Sin embargo, en el fondo de la estancia no había ningún
ángel en oración o virgen en éxtasis, sino dos hombres tomando café al
pie de un velador y saboreando copitas de ron. D. Jeremías Laguardia,
muellemente recostado en una mecedora, chupaba un tabaco habano de
tamaño disforme. Se había quitado los manteos, quedándose en sotana,
libre y desembarazado como si estuviera en su casa. Godofredo se
levantó apresuradamente al ver a Mario y sus cándidas mejillas se
tiñeron de vivo carmín.

--¿Tú por aquí? ¡Cuánto me alegro!

Y le abrazó cariñosamente y le obligó a sentarse, poniéndole una copa
delante.

D. Jeremías no se levantó. Su cortesía se satisfizo con incorporarse
levemente y enviar al advenedizo, a guisa de saludo, una mueca que
quería parecer sonrisa. Mario se sintió cohibido. Aquel cura no le era
simpático.

Godofredo, repuesto de la sorpresa, se mostró amabilísimo con su amigo,
le colmó de atenciones, hablando sin cesar. De tal modo, que parecía
evitar cuidadosamente por medio de una conversación varia a interesante
que Mario tuviese ocasión para decirle a qué había venido. Pero éste se
mostraba a cada instante más taciturno. Bruscamente le dijo:

--Godofredo, necesitaba hablarte algunos instantes a solas. Tú me dirás
a qué hora puede ser.

--¿A solas?--preguntó el terso joven, ruborizándose de nuevo.--¿Por qué
a solas?

--Pueden ustedes hacerlo ahora mismo, porque yo me voy--dijo el
presbítero levantándose.

Pero Godofredo le tiró de la sotana y le obligó a sentarse de nuevo.

--De ninguna manera, padre. ¡No faltaba más! Todo lo que Mario ha de
decirme puede usted escucharlo muy bien. ¿Verdad, querido?--añadió
dirigiéndose a su amigo con amable sonrisa.

Mario quedó confuso.

--Sin embargo, podemos dejarlo para otro día... Yo quisiera que nuestra
conversación fuese sin testigos.

--¡Si el padre Laguardia es mi director espiritual!--exclamó el piadoso
joven volviendo hacia éste su rostro iluminado por una sonrisa de
afección filial y sumisión.--Cuanto puedas decirme no importa que sea
escuchado por él. Si no tiene importancia, porque es indiferente que lo
sepa. Si atañe a mi conciencia, porque estoy obligado a comunicárselo en
el tribunal de la penitencia.

La fisonomía nerviosa del presbítero ejecutó algunas fuertes
contracciones. Para mostrarse enteramente neutral dio un largo chupetón
al cigarro, envió la bocanada de humo al aire y se quedó mirando al
techo.

La sorda irritación que Mario abrigaba contra su amiguito creció. Pensó
que no quería quedarse a solas con él por miedo a las recriminaciones. Y
resolviéndose de pronto dijo con cierta aspereza:

--Pues bien, el objeto de mi visita ya debes suponerlo.

Godofredo le miró con ojos de asombro, tan dulces y candorosos que su
irritación se calmó un poco.

--No quiero que supongas--añadió evitando su mirada--que nadie me envía
a ti. Lo mismo mi cuñada que sus padres tienen bastante dignidad para no
acordarse más del santo de tu nombre. Pero has sido mi amigo hasta
ahora, me has dado parte de tu matrimonio con mi hermana política, y al
romperlo tan bruscamente creo tener derecho a pedirte una explicación.
Deseo saber si desde que este señor ha ido a casa de mis suegros a
pedirles la mano de Presentación tienes algún agravio de ellos o de
ella.

Godofredo se puso rojo de nuevo y luego pálido. Al cabo balbució con
trabajo:

--Yo creo que mi carta...

--Tu carta es un verdadero cien pies. Después de haberla leído con
cuidado dos veces, nada he sacado en limpio. Hay en ella una vaguedad
que parece premeditada y hasta ofensiva. Reconozco tu derecho a romper
un lazo que la ley no había consagrado todavía, pero debes de comprender
que sobre la ley está la decencia, y que entre personas decentes la
palabra algo vale. El que la rompe sin motivo podrá no tener pena, pero
desde luego queda castigado en la conciencia de las personas honradas.

--¡Mario, por Dios! Me estás tratando con mucha dureza--respondió
atribulado el joven, haciendo pucheros para llorar.

--Va usted a dispensarme que intervenga en este asunto--manifestó
entonces el presbítero con voz que parecía el chirrido de una bisagra
enmohecida, incorporándose un poco y llevándose nerviosamente la mano a
las gafas para sujetarlas.--Las relaciones que mi amigo Llot sostenía
con su señora cuñada han terminado no porque mediase agravio alguno,
sino por un deber de conciencia.

--¡Ah, no sabía que Godofredo tuviese un compromiso de honor! De todos
modos, debiera declararlo antes del paso que ha dado, o usted en su
nombre.

--No es eso, querido, no es eso--repuso el cura con sonrisa de lástima,
recostándose de nuevo y chupando el cigarro.--No se trata de un
compromiso como el que usted supone maliciosamente. Mi amigo Llot es un
joven de costumbres intachables. ¡Ojalá hubiese muchos como él! Lo que
hay es que por las cualidades que Dios le ha concedido se le ofrece un
porvenir brillante, y que este porvenir brillante puede ser cortado por
un matrimonio hecho a tontas y a locas, esto es, sin ciertas condiciones
que yo juzgo de absoluta necesidad en este caso.

Mario se sintió molestado por estas palabras y replicó con viveza:

--¿Pero qué tiene que ver con esto el deber de conciencia de que usted
hablaba?

--¡Ahí verá usted!--replicó el presbítero con la misma sonrisa de
lástima. Y añadió después de una pausa que se prolongó hasta rayar en la
insolencia:--Los hombres a quienes la Providencia tiene reservados
ciertos destinos, Sr. Costa, no se pertenecen.

Mario quedó sorprendido.

--¡Ah! ¿De modo que porque Godofredo tiene un porvenir brillante está
exento de cumplir sus palabras?

--¡Eso es!--replicó el padre Laguardia, sonriendo de igual modo
insolente.

Levantó un poco los pies para mecerse y chupó el cigarro con
voluptuosidad.

Aunque nuestro joven no tuviese un temperamento irritable, antes al
contrario había dado siempre pruebas de paciencia, los modales groseros,
despreciativos, del presbítero estaban a punto de hacérsela perder.

--El porvenir de Llot--se dignó al cabo decir--es de un género
particular. En la actualidad, como usted debe de saber, no es fácil
hallar hombres que desde el comienzo de la vida manifiesten
sentimientos piadosos, se unan con el corazón y la inteligencia a la
doctrina de nuestra madre la Iglesia. La juventud está corrompida hasta
los huesos. No hay muñeco que no haga gala en el día de pisotear los
preceptos religiosos. Así, cuando aparece un joven como Llot, que a un
corazón puro y a una piedad ardiente une el talento, la ilustración, la
elocuencia...

--¡Padre, por Dios!--exclamó Godofredo angustiosamente.

--Cuando al talento, la ilustración y la elocuencia--siguió Laguardia
sin mirar hacia él y dirigiéndose siempre a Mario--une además la
modestia, entonces cualquiera puede decir: «Ese muchacho está llamado
por Dios para algo grande, para ser un baluarte de la fe y combatir los
perniciosos errores que andan esparcidos por el mundo.» Los que tenemos
la dicha de mantenernos firmes en medio de la tempestad, los que
flotamos por la gracia de Dios en este mar de la incredulidad, tenemos
el deber de ayudarle. Ahora bien, un matrimonio realizado con ciertos
requisitos que no necesito explicarle puede matar en flor las esperanzas
que sobre él tenemos fundadas.

--Usted me permitirá. Yo pienso que un hombre debe portarse bien en
todos los momentos de su vida, cualesquiera que sean las esperanzas que
sobre él funden sus amigos.

--Hay que distinguir, amigo; hay que distinguir--dijo el presbítero
volviendo a su actitud grosera.--Los hombres no somos iguales. Hay
deberes generales a todos y los hay particulares a cada uno según sus
circunstancias. Si Llot fuese un cualquiera, un empleadillo de mala
muerte, eso que usted dice estaría perfectamente. Siendo un hombre
excepcional no puede sacrificar deberes altísimos a otros más pequeños,
teniendo en cuenta que en sus relaciones amorosas nada hubo que pueda
perjudicar en lo más mínimo la honra de su señora cuñada.

Mario se sintió herido y confuso. Pensó, y acaso no le faltaba razón,
que lo del empleadillo de mala muerte iba con él. La sonrisa
despreciativa del presbítero le enrojecía la cara como una bofetada.

--Dígale usted ahora, padre--profirió Godofredo,--que yo, en este
asunto, no he hecho más que acatar los consejos de mi confesor.

--Los consejos no; los mandatos--chilló Laguardia.--Yo, como su director
espiritual, le he ordenado renunciar a ese matrimonio. Sé que se ha
hecho violencia para ello. ¡Tanto más meritorio!

Al pobre Mario, poco diestro y menos aficionado a las polémicas, no se
le ocurrió nada para combatir las teorías del presbítero. Las dio por
buenas guardando silencio. Sintió malestar indecible y pesar de haber
venido.

Godofredo se apresuró a cambiar de conversación. Se habló de los amigos
del café; le hizo mil preguntas acerca de él mismo, enterándose con vivo
interés de su niño. Estuvo obsequioso y amable como él solo sabía
estarlo. Era la dulzura personificada. En cambio Laguardia, que por lo
visto había medido el alcance de Mario en los negocios de la vida, no
hizo ya de él caso alguno. Habló, chilló, rió, manoteó, dirigiéndose a
su amigo como si estuvieran solos. Imposible mostrar una indiferencia
más despreciativa.

Cada vez más triste y confuso, Mario se levantó al fin y se despidió
fríamente. Godofredo le acompañó hasta la puerta de la escalera.

--Puedes creerme, Mario; me ha costado muchas lágrimas el obedecerle. Si
no fuese por el cumplimiento de mi deber, jamás hubiera renunciado a la
dicha de contraer matrimonio con tu cuñada. Te ruego se lo hagas
presente, y que nunca la olvidaré en mis oraciones--le dijo al darle la
mano, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

¡Pero qué facilidad tenía aquella criatura para liquidar sus penas!

Mario marchó, con la cabeza baja y el alma llena de repugnancia, hacia
casa de sus suegros. Y en el camino fue cuando se le ocurrieron mil
argumentos para desbaratar el sofisma del cura Laguardia. Siempre le
pasaba lo mismo. No era pronto más que para ver y sentir: su
inteligencia perezosa necesitaba tomarse tiempo para formar
razonamientos. Llevaba el propósito de aconsejar a su cuñada que
olvidase enteramente a Godofredo. Éste, en su concepto, era un chico de
corazón excelente, dulce y sensible como pocos, pero tan débil de
carácter que cualquiera le dominaba. Esto, unido a su devoción
exagerada, le haría vivir en poder del padre Laguardia.

Cuando llamó a la puerta de su suegro percibió algo que le inquietó.
Tardaban en abrirle: creyó oír un gemido doloroso y llamó de nuevo con
sobresalto. La criada tenía la fisonomía descompuesta y le miró con ojos
extraviados.

--¿Qué pasa?--exclamó anhelante.

Pero en aquel instante su suegra salió de uno de los cuartos y se abrazó
a él sollozando.

--¡Ay, Mario del alma, no sabes lo que acaba de suceder!

El joven se puso horriblemente pálido y profirió con voz ronca:

--¡Carlota!...

Su mujer apareció por el extremo del pasillo pálida y grave y avanzó
lentamente.

--¡Carlota! ¿el niño?...--volvió a gritar acongojadamente.

Carlota hizo un signo negativo con la cabeza. En aquel momento, un grito
desgarrador hirió sus oídos. Era la voz de Presentación.

D.ª Carolina quiso contarle lo que pasaba, pero los sollozos le impedían
hablar: no articulaba más que frases incoherentes, de dolor unas y de
indignación otras. Su mujer entonces le cogió por la muñeca, le arrastró
hacia la sala y le puso al cabo de lo que ocurría. D. Pantaleón había
dado como otras veces una retorta a Presentación para que la pusiera al
fuego. La niña cumplió el encargo, pero al llevársela de nuevo a su
padre, cuando éste se la pidió, el líquido se había inflamado y le quemó
la cara espantosamente. Se llamó al médico corriendo y la estaba curando
en aquel momento.

Mario experimentó vivo dolor. Aunque la desgracia no hubiera recaído en
los dos seres que más amaba en el mundo, era tan afectuoso y tenía tal
predilección por su cuñada, que el disgusto no fue mucho menor. Trémulo,
acongojado, acudió al cuarto de la enferma. La desdichada Presentación
exhalaba gemidos lastimeros mientras el médico reconocía las heridas
minuciosamente. Eran tan fieras, que Mario al verlas volvió la cabeza
con espanto. Sin embargo, pudo vencerse y dijo esforzándose en dar a su
voz una inflexión natural:

--No te asustes, mujer, que eso no vale nada. Tu madre y tu hermana me
habían asustado. ¿Verdad, doctor, que eso no es nada?

--¡Mario! ¿Eres tú, Mario?--gritó la niña.--¡No te veo, Mario!... ¡No te
veo!... ¡no te veo!

Y su grito era cada vez más alto y desgarrador.

--Ya me verás... No te asustes--repuso el joven, a cuyos ojos acudieron
las lágrimas.

Al mismo tiempo hizo un signo interrogativo al médico. Éste respondió
sacudiendo la cabeza con expresión de duda.

Un ayudante preparaba hilas. La criada iba y venía atortolada. D.ª
Carolina sollozaba en un rincón. Sólo Carlota tenía ánimo para sostener
a su hermana y mirar sin pestañear las horribles quemaduras. Su honda
emoción no se leía más que en la blancura de cera de su tez.

La desdichada Presentación no cesaba de exhalar quejas a las cuales
añadía frases desesperadas que desgarraban el alma.

--¡Dios mío, qué pronto se ha concluido el mundo para mí!... ¡Quién
había de pensar hace un instante que no os volvería a ver más! Decidme,
mamá, Carlota, Mario, ¿he sido tan mala que merezca este horrible
castigo?

--Calla, calla, Presentación--decía suavemente su hermana.--Es más el
susto que el daño. Dentro de ocho días no tienes nada.

Cuando terminaba la cura, Mario preguntó a su esposa en voz baja:

--¿Y tu padre, dónde está?

No lo dijo tan bajo que no llegara a los oídos de D.ª Carolina.

--¡En el infierno!--exclamó con acento rabioso.--¡Allí debía estar ese
bárbaro!

Todo el respeto que durante una larga vida había ido acumulando sobre la
cabeza de su marido huyó repentinamente, barrido por la tempestad que
rugía en su alma. ¡Qué recriminaciones! ¡Qué desprecios! ¡Cuánto
denuesto! Carlota y Mario hacían esfuerzos inútiles por calmarla.

Al cabo éste, pensando en la tribulación de su suegro, le buscó por toda
la casa sin hallarlo. Subió a la buhardilla, que le servía de
laboratorio, y antes de llegar escuchó sus pasos, firmes, acompasados,
por la habitación. Miró por el agujero de la cerradura. En efecto, el
célebre fisiólogo se paseaba lentamente, con las manos en los bolsillos,
de un rincón a otro de la estancia, atestada de frascos y retortas,
estampas de anatomía a instrumentos de física. Tenía los bigotes aún más
caídos que de ordinario; los ojos aún más opacos. Éstas eran las únicas
insignificantes alteraciones que se observaban en su continente. Por lo
demás, la misma suave serenidad se esparcía por su rostro reflexivo; la
misma dignidad científica surgía de sus movimientos. Mario empujó la
puerta. D. Pantaleón detuvo el paso y volvió hacia él su mirada vaga.
Avanzó algunos pasos y le estrechó largo tiempo entre sus brazos en
silencio. Al cabo dijo, apartándose, con acento solemne:

--Transformaciones de la materia. ¡Una mártir más de la ciencia!

Mario le contempló lleno de pasmo, como siempre que se acercaba desde
hacía algún tiempo a aquel hombre extraordinario.



XII


Presentación no quedó ciega, pero sí desfigurada. Era un dolor ver aquel
rostro, tan hechicero en otro tiempo, ultrajado por repugnantes
costurones. La infeliz no cesaba de llorar, aunque con esto dañase a sus
ojos, aún no curados por completo. Una honda tristeza dominaba a toda la
familia.

Sin embargo, su digno jefe D. Pantaleón, por virtud de una actividad
incesante, atenta siempre a los hechos, aun los más insignificantes, del
mundo de la Naturaleza, y resguardado por las grandes verdades del orden
físico y químico que había podido adquirir, se hallaba fuera del
alcance de toda emoción penosa. Había publicado ya la _Terapéutica del
comercio_ y la _Patología administrativa_. Pero su inteligencia había
crecido de tal manera con el régimen de los alimentos fosfatados a que
se hallaba sometido, que estos interesantes libros nada valían al lado
de las empresas prodigiosas que su mente proyectaba. Por de pronto,
entre él y Moreno comenzaron a redactar dos revistas científicas
mensuales, una titulada _El Mundo Orgánico_ y la otra _El Mundo
Inorgánico_, para dar a conocer al público las observaciones que en los
dos mundos iban haciendo con maravillosa penetración.

Estas observaciones no se limitaban al laboratorio. El estudio directo
de la Naturaleza y de la vida social se las ofrecía muy varias. Para
ello hacían frecuentes excursiones a los alrededores y pueblos
comarcanos de Madrid. Generalmente las hacían a pie, vistiendo ambos el
largo y vueludo gabán característico de los sabios, sombrero de alas
amplísimas y zapatos claveteados; en la nariz, las imprescindibles gafas
de cristales ahumados y en la mano sendos paraguas de tela de algodón.
Con este arreo nadie dudaría que aquellos hombres estaban destinados a
arrancar a la Naturaleza sus secretos. Pero D. Pantaleón llevaba gran
ventaja en este punto a su compañero. Ningún sabio moderno estuvo dotado
de figura más grave, majestuosa y verdaderamente científica. Era
necesario remontarse con la fantasía a Solón o a Anacharsis el Viejo
para representarse algo tan profundo y reflexivo.

Las excursiones duraban siempre un día. Era condición imprescindible que
había puesto Moreno. Y aun así apuraba casi siempre para la vuelta a fin
de no llegar después de las siete de la tarde. Traía maravillado esto al
ingenioso Sánchez y un sí es no es inquieto, porque ¿cómo acordar estas
costumbres metódicas y sedentarias con la existencia azarosa que su
amigo había llevado hasta entonces? ¿Cómo no sorprenderse de que un
hombre nacido en el arroyo y en lucha constante con la sociedad tuviese
tal cuidado de retirarse cuando las gallinas? Llegó a pensar en estas
perplejidades si Moreno estaría afiliado a la secta de los anarquistas,
y fuese la hora destinada para reunirse y concertar sus planes
siniestros de destrucción. Y andaba receloso y observándole; porque
Sánchez era un revolucionario del pensamiento nada más y no le hacía
gracia alguna hallarse complicado en el asunto de los explosivos.

Algunos meses después del desgraciado accidente de Presentación, el
causante directo y el indirecto de aquella desgracia resolvieron hacer
una excursión al vecino pueblo de G... distante unas dos leguas, donde
les dijeron que había un reo de muerte que sería ejecutado a los pocos
días. Uno y otro deseaban tener con él una conferencia, estudiar sus
anormalidades orgánicas y comprobar sobre el terreno los datos
antropológicos que ya conocían teóricamente. Salieron bien de madrugada
una mañana en la disposición que otras veces y caminaron por la
empolvada carretera sin hablarse, entregados a las profundas reflexiones
que les sugería siempre el gran libro de la Naturaleza, que hoja por
hoja se proponían leer hasta el fin. El sol nadaba en un cielo azul y
límpido; el cielo de Madrid. Por todas partes se extendía una tierra
ondulante de lomos anchos redondeados y vestidos de verde por el trigo y
la cebada nacientes. D. Pantaleón, saliendo al fin de su mutismo, hizo
en voz alta la observación de que «las gramíneas estaban muy hermosas,»
a lo cual respondió su compañero que «era la época del crecimiento de
las monocotiledóneas.»

Prosiguieron en silencio su camino, y poco antes de llegar a G..., se
detuvieron en un ventorro a refrescarse. Había allí un hombre de baja
estatura y recias espaldas que paladeaba un vaso de vino para marcharse
también. Este hombre trabó inmediatamente conversación con ellos, lo que
no es raro en España. El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para
pedirle datos acerca del reo que iba a ver.

--¿Quién, el _Pollo_? ¡Anda, que buen polvo lleva a estas
horas!--exclamó soltando la carcajada.

--¿Cómo?

--¡Na, que se ha fugado esta misma noche de la cárcel! Abrió un agujero
en la pared con una palanqueta, que nadie sabe quién se la dio ni cómo
la escondía, y se tiró al patio. De allí gateó por la pared y subió al
tejado de un almacén, y de allí se echó a las huertas. Hay quien cree
que está escondido en el pueblo: los civiles vigilan mucho los
alrededores.

D. Pantaleón y Moreno quedaron muy disgustados. Había fracasado su
excursión. Pagaron los refrescos y salieron de la taberna. El hombre que
les diera la noticia salió con ellos, y al verlos tomar el camino de
Madrid, les preguntó con sorpresa:

--¿Pero no iban ustedes a G...?

--Sí, señor, pero íbamos a visitar al _Pollo_.

El hombre se les quedó mirando con respeto.

--¿Son ustedes, por casualidad, de la Audiencia?

Los sabios quedaron un poco embarazados. Al cabo Moreno dijo:

--No, señor; somos antropólogos.

El hombre les contempló con gran sorpresa y mayor respeto aún. No sabía
qué era aquello, pero calculaba que debía de estar relacionado de cerca
con el gobierno.

--Pues si quieren pasar por V..., adonde voy, tendrán compañía y menos
polvo.

Aceptaron la oferta. Tomaron la vereda que a aquel pueblo conducía, y
Moreno y Sánchez, que no perdían la ocasión de enriquecer su cuaderno de
notas con las observaciones antropológicas que podían recoger, le
abrumaron instantáneamente a preguntas. El caminante les respondía de
buen grado. Era de fisonomía inquieta, ademanes sueltos y voz propensa a
alterarse. Parecía de carácter franco y alegre. Moreno, encargado de las
observaciones botánicas, geológicas y zoológicas, le hizo bastantes
preguntas sobre la naturaleza del suelo y sus productos. El ingenioso
Sánchez, a quien competían las biológicas y sociológicas, se informó
minuciosamente del carácter y costumbres de los habitantes. La
conversación vino por fin a recaer sobre el _Pollo_.

--¿Tiene familia?--preguntó D. Pantaleón.

--Sí, señor; cinco hijos.

--¡Ah! Pues entonces no se hubiera hecho nada con ahorcarle si no se
ahorca también a sus cinco hijos.

--¡Cómo!--exclamó el caminante dando un paso atrás.--¿Quería usted que a
esas criaturas, que la mayor tiene nueve años...

--Desde luego--repuso grave y firmemente D. Pantaleón.--Para destruir el
delito es absolutamente indispensable destruir los gérmenes.

--Pero ¿qué culpa tienen esos pobres niños?--exclamó cada vez más
estupefacto el hombre.--¿Qué culpa tienen esos pobres niños de que su
padre sea un bandido?

Una sonrisa de lástima contrajo los labios a hizo brillar un momento los
ojos mortecinos de Sánchez.

--¿Culpa? Esa palabra es un absurdo científico. El delito es un
fenómeno, ¿sabe usted? un fenómeno natural. Nadie tiene culpa de él. Al
criminal se le debe matar, no porque tenga culpa, sino porque produce
una perturbación en el organismo social. Y como esa perturbación se ha
de prolongar si tiene hijos por medio de la herencia, precisa eliminar
también a esos hijos.

--Me parece a mí, señor--repuso el caminante, que sólo vagamente había
comprendido las palabras de D. Pantaleón,--que si a esos niños se les
educara con cariño serían personas honradas. Yo conozco al mayor, y
parece muy humilde el pobrecillo.

--Sería inútil, créame usted. Hoy se ha adelantado mucho en esa materia.
Hoy se sabe perfectamente, examinando el cráneo y los antecedentes
hereditarios de cada hombre, quién ha de ser criminal y a qué clase ha
de pertenecer, esto es, si ha de ser asesino, incendiario, estafador,
etc. Así es que yo creo, y me propongo publicar un folleto
sosteniéndolo, que todos los hombres deben ser reconocidos al llegar a
cierta edad por antropólogos competentes, y si presentan los caracteres
del tipo criminal, que sean eliminados inmediatamente de la sociedad, si
no por la muerte, al menos por la deportación.

No respondió el caminante. Volvió a examinarlos con un poco de recelo y
cambió de conversación. Al cabo de un rato, deteniéndose, les propuso
desviarse de la vereda y tomar un atajo a campo traviesa. Nuestros
antropólogos aceptaron sin vacilar, porque estaban ya bastante
rendidos.

Marchaba el desconocido delante y ellos detrás. A los pocos minutos,
fijándose por necesidad en él D. Pantaleón, creyó notar en su figura
algunos signos que le llamaron la atención. Inmediatamente volvió la
cabeza y comunicó en voz baja sus observaciones con Moreno. Éste se fijó
con más cuidado y corroboró lo que su sabio compañero decía.
Cuchichearon animadamente a intervalos. Por último, D. Pantaleón, no
pudiendo resistir la gran curiosidad, con mezcla de inquietud, que
sentía, tocó en el hombro con su paraguas al desconocido y le dijo:

--Va usted a dispensarme que le pida un favor. Mi compañero y yo nos
dedicamos a los estudios antropológicos, como ya he tenido el honor de
decirle. Estoy observando en su cabeza, algo que me llama la atención, y
si usted no tuviera inconveniente, le agradecería me permitiese tomarle
algunas medidas...

El hombre se detuvo, les miró con estupor unos instantes y luego echó
una mirada recelosa en torno para cerciorarse sin duda de que se
hallaban en completa soledad. Esta mirada ávida causó gran impresión en
nuestros antropólogos.

--Bueno--dijo el desconocido.--Tomen ustedes las medidas que gusten,
pero les advierto que hace mucho tiempo que estoy cerrado.

Estas ambiguas palabras les puso aún más inquietos.

D. Pantaleón sacó de los profundos bolsillos de su gabán un compás de
gruesos y le midió la longitud de la cabeza. Luego leyó en voz baja los
milímetros a Moreno, el cual torció el hocico. Tomó después el ancho, y
su resultado tampoco les satisfizo. En ambos iba creciendo la inquietud.
Sin embargo, procuraban estar finos, y lo echaban a broma de modo que el
hombre no se incomodase.

--Cuidado con que no me apriete el sombrero--dijo éste riendo.

Le tomaron después la medida de la talla y la longitud de los brazos en
cruz. Al ver el número que señalaba la cinta se dirigieron una mirada
de ansiedad: la consternación más profunda se pintó en sus semblantes.

--El traje holgadito, ¿eh?

Pero ni Moreno ni el ingenioso Sánchez estaban de humor para reírse. Lo
hicieron, sin embargo, pero resultó la risa del conejo.

--Si usted me hiciera ahora el favor de la mano...--dijo D. Pantaleón
con voz temblorosa.

--Hombre, es usted muy viejo... pero, en fin, allá va.

--No, la derecha no, la izquierda.

--¡Vaya por la zurda!--exclamó el hombre alargándola.

D. Pantaleón sacó otro compás, parecido al cartabón de los zapateros, y
con las manos trémulas le dobló el dedo medio y se lo midió. Mientras
tanto Moreno inclinaba su rostro pálido haciendo esfuerzos para
averiguar el número de milímetros. Cuando Sánchez lo leyó en voz alta,
dio un salto y emprendió una carrera vertiginosa al través de los
campos. Don Pantaleón dejó caer el compás que tenía en las manos y le
siguió, esforzándose inútilmente en alcanzarle.

Corrieron hasta que la fatiga les obligó a detenerse. Volvieron la
cabeza, y observando que el desconocido no los seguía, se calmaron un
poco. El estallido de unos cohetes les hizo comprender que el pueblo
estaba cerca, y se dirigieron hacia el sitio donde sonaban a paso largo.

--¡Es el _Pollo_!--exclamó al fin D. Pantaleón con respiración
anhelante.

--¡Quién puede dudarlo!--repuso Moreno echando hacia atrás otra mirada
de terror.

Y mientras no se acercaron a las primeras casas, no cambiaron otra
palabra.

El pequeño pueblo de V..., contra lo que ellos imaginaban, estaba
animadísimo. Los vecinos, en traje de día de fiesta, discurrían por las
calles. Las jóvenes, adornadas con lindos pañuelos de colores, formaban
grupos a las puertas de las casas. Vendedores de frutas y confites
atronaban con sus gritos. Las tabernas rebosaban de gente, y los puestos
de vino entoldados que había en medio de las calles lo mismo. Repicaban
las campanas y estallaban sin cesar los cohetes. El sol reía en el
espacio.

Nuestros antropólogos se enteraron en seguida de que se celebraba la
fiesta de la santa patrona del pueblo, y no les pesó de llegar a este
tiempo, porque el estudio concienzudo del instinto religioso en el
animal humano les preocupaba hacía tiempo, sobre todo a Moreno. Así que,
después de descansar unos minutos en los bancos de una taberna, se
encaminaron a la iglesia, donde les dijeron que iba a comenzar pronto la
solemne misa cantada. Sus figuras, un poco raras, aunque científicas, no
dejaban de llamar la atención en el pueblo, aunque estuviese éste tan
próximo a Madrid. Quizá en Madrid llamasen también la atención; porque
en la capital de España, no hay más remedio que confesarlo, tampoco es
frecuente ver a los sabios en su verdadero traje por las calles.

La iglesia resplandecía por dentro de luces y ornamentos. Parecía, según
la expresión vulgar, un ascua de oro. Los fieles comenzaban a acudir y
se iba llenando lentamente; y según se iba llenando el calor se hacía
insoportable. Cerca del altar mayor, en otro portátil, estaba la santa
patrona rodeada de cirios y flores. Al cabo de larga espera el órgano
hizo vibrar sus notas poderosas por el ámbito del templo, y en la
puertecilla de la sacristía aparecieron los tres sacerdotes con sus
brillantes capas de tisú de oro y se dirigieron al altar. Detrás de
ellos entraron algunos otros clérigos y varios particulares
privilegiados, que se acomodaron en el presbiterio para oír la misa.
Nuestros sabios quedaron sorprendidos al ver entre estos últimos a su
joven amigo Godofredo Llot. A Moreno le hizo extremada gracia, y se
propuso sacar mucho partido cuando fuese por el café. A D. Pantaleón no
le hizo tanta por las relaciones especiales que entre ellos habían
existido. Cerca de él vieron al presbítero Laguardia, y esto contribuyó
aún más a ponerle de mal humor; porque odiaba a este clérigo como tal, y
además por el papel que había representado en el fracasado matrimonio de
su hija.

Pero la observación de aquellos curiosos ritos religiosos que ambos
examinaban como si por primera vez los hubieran visto en su vida, le
distrajo de todo incómodo pensamiento. De vez en cuando se comunicaban
en voz baja las profundas reflexiones que el culto les sugería.

--Siendo todas las divinidades en su origen, como usted sabe muy
bien--decía Moreno metiéndole la boca por el oído a su
amigo,--individuos humanos que han demostrado alguna superioridad y han
hecho algún beneficio, sería curioso saber quién era esa mujer que está
ahí en el altar antes de ser divinidad y a qué se dedicaba.

--Yo imagino--respondía el ingenioso Sánchez en voz de falsete
también,--teniendo en cuenta su traje rico de brocado, que debía de ser
alguna señora pudiente de los contornos que en su tiempo se dedicaba a
proteger a los labradores, tal vez facilitándoles dinero sin interés o
semillas para la siembra.

--No; yo creo más bien que sería una comercianta que expendía los
géneros más baratos, y de este modo se captó la admiración del pueblo,
que después de su muerte la erigió en divinidad. ¿No ve usted la cajita
que tiene en la mano derecha? Parece un azucarero.

--Es un jarro; repárelo usted bien. Puede que tuviera una gran lechería
y diese los sobrantes de la leche a los pobres. El perro que lleva a su
lado parece confirmarlo, dado que los perros son los encargados de la
guarda del ganado. De todos modos, ya nos informaremos de los vecinos
más viejos.

Por más que hablasen bajo, aquel coloquio en el momento de celebrarse el
santo sacrificio de la misa estaba escandalizando a una vieja, que al
fin les reprendió ásperamente y les obligó a guardar silencio.
Obedecieron los sabios pensando que no era prudente despertar «los
instintos salvajes del hombre primitivo emocional.»

La misa duró una buena hora. Paulatinamente iban perdiendo la gana de
hacer observaciones antropológicas y sintiendo la necesidad de restaurar
el estómago, pues eran ya las doce del día. Cuando los clérigos se
retiraron, la muchedumbre, que se agolpaba a la puerta para salir, les
impidió hacerlo en un buen rato. Al poner el pie en el pórtico se
tropezaron con un grupo de clérigos, y entre ellos a Godofredo Llot, que
sin duda había salido por otra puerta. Aunque tuvo intentos de eludir
su saludo no pudo hacerlo: al cabo vino hacia ellos sonriente y
afectuoso como lo estaba siempre aquel joven eminente, y les abrazó con
efusión.

--¡Ustedes por aquí!... ¡Cuánto me alegro!

Moreno correspondió con agrado a este saludo, pero empezando a cultivar
la nota humorística, repuso:

--Pues nosotros al entrar en la iglesia casi teníamos la seguridad de
hallarte en ella.

Godofredo no hizo caso y les presentó a los clérigos con quienes se
hallaba. D. Pantaleón estuvo digno y cortés. Salieron todos del pórtico,
y cuando hubieron andado un corto trecho, Moreno preguntó a Llot si
sabía de algún sitio donde se pudiera almorzar medianamente. Oyó la
pregunta el párroco del pueblo, que venía entre ellos, y atajó la
respuesta diciendo en voz alta, imperativa:

--Ustedes, señores míos, no van a almorzar a ningún lado, sino a mi
casa. Los amigos de nuestros amigos son nuestros amigos.

Los antropólogos quisieron rehusar la invitación porque no les placía
comer entre curas; pero no fue posible.

--No se hable del asunto. Ustedes hacen hoy penitencia con nosotros.
Aquí ejerzo yo de pontífice: impongo ayunos y vigilias. Otra vez tengan
cuidado de no caer en mis dominios.

Era el párroco un hombre de cincuenta años de edad próximamente, alto,
seco, moreno, cabellos negros aún, revueltos y crespos, los ojos vivos y
severos, la expresión de su rostro franca y resuelta. A pesar de la
dureza que en él se notaba inspiraba confianza y simpatía desde luego.
Parecía un veterano afeitado y con los hábitos de sacerdote.

Su casa estaba próxima. Entráronse todos por ella, subieron la estrecha
y antigua escalera, y en una sala no muy espaciosa hallaron la mesa
puesta. Sentáronse presto y dio comienzo el festín. Estaban bien
apretados, porque eran más de veinte los comensales, casi todos
clérigos, y la mesa no daba comodidad para más de doce o catorce. Se
comió y bebió gallardamente. Moreno se mostraba torvo y receloso,
hallándose tristísimo en la aborrecible compañía de «tanto explotador de
la ignorancia humana.» En cambio D. Pantaleón, siempre grande y
profundo, parecía hechizado; no se cansaba de hacer observaciones
antropológicas sobre todo lo que veía y oía, sacando a cada instante su
cuaderno de notas y escribiendo en él, sin advertir la curiosidad de que
era objeto.

--Oiga usted, amigo--dijo al cabo con mal humor un presbítero que
reventaba de gordo y se había quitado el alzacuello para comer
mejor.--¿Es usted el encargado de las cédulas personales?

Sánchez le miró estupefacto.

--¿De las cédulas?... No, señor. Éste es un libro de memorias.

--El señor--dijo Moreno con sentido irónico y sonriendo
maliciosamente--no es el encargado de las cédulas, sino de las
_células_.

D. Pantaleón cambió con él una risueña mirada de inteligencia y quedó
admirado de la gracia y penetración de su amigo.

Los clérigos los miraban con sorpresa y desconfianza. Godofredo estaba
inquieto, y se apresuró a distraer a los comensales con nueva
conversación.

El vino despierta siempre con viveza los sentimientos tiernos y las
ideas metafísicas. Así que a los postres, varios de aquellos presbíteros
se juraban, estrechándose la mano, eterna fidelidad. Algunos se
prometían ayuda corporal en el caso de que el sagrado pasto de los
mansos parroquiales fuese violado por las ovejas de los incrédulos. Se
hacían reticencias oscuras sobre el obispo, que les hacía prorrumpir en
carcajadas desaforadas; se dirigían pullas amistosas acerca de los
derechos de pie de altar que cada cual recogía; se hablaba con
enternecimiento de la cosecha y se probaba matemáticamente la existencia
de Dios.

Esto último no quería oírlo Moreno, quien alimentaba hacia el Ser
Supremo un rencor que D. Pantaleón hallaba bien justificado. En
realidad, no se abandona así a un hombre en medio del arroyo, expuesto a
que todo el mundo lo pise. Y claro está, Moreno hacía contra él lo que
más rabia podía darle: le negaba la existencia. Sin embargo, como se
hallaba entre sus ministros, le guardaba ciertos miramientos que en otro
sitio se hubiera desdeñado de concederle.

--Con permiso de usted, a mí me parece que la existencia de un ser
creador de todas las cosas no es tan fácil de probar.

--Se prueba, como tres y dos son cinco--gritó un presbítero
escanciándose una copita de aguardiente.--Verá usted si lo pruebo...

Y así que la hubo bebido comenzó a soltar con calma una serie de
silogismos en latín que haría estremecer a Tito Livio en su tumba. Los
compañeros le escuchaban con poca atención, pero movían la cabeza
afirmando. Desde hacía muchos años no se celebraba en los contornos
ninguna fiesta parroquial en que después de la comida faltasen los
silogismos del cura de N... En cuanto bebía la tercer copa de anisado,
ya se sabía, era necesario probar las verdades de la fe.

--Todo eso estará muy bien--replicó atajándole Moreno,--pero dígalo
usted en castellano para que yo pueda contestarle.

El clérigo le echó una mirada de soberano desprecio.

--¿No sabe usted latín?... ¡Vaya, vaya a la escuela!

Los compañeros rieron mucho. Moreno, picado en lo vivo, replicó que el
latín sólo servía para hacer pedantes, que lo que se había escrito en
este idioma no tenía ya utilidad para los grandes adelantos de la
ciencia, y que las mismas Escrituras no se habían escrito en latín, sino
en hebreo. Con este motivo se empelotaron en una disputa violenta y
agria. En el curso de ella Moreno, aunque procuraba tener la lengua por
hallarse en casa ajena y entre gente fanática, no pudo menos de verter
algunos conceptos poco respetuosos hacia Moisés. El presbítero gordo,
que era sin duda el más irritable del concurso y había escuchado la
disputa con visible impaciencia, se enfureció de pronto.

--Oiga usted, amiguito, eso que está usted diciendo es herético.

--Yo digo lo que se me antoja.

--Es usted un badulaque.

--Y usted un...

--¡Alto, señores!... ¡Alto!... ¡Un poco de calma!... ¡No irritarse!...

Hubo algunos instantes de confusión. El presbítero quería arrojarse
sobre Moreno y Moreno sobre el presbítero. A duras penas lograron
contenerlos, sobre todo al primero, que era hombre de bríos.

Cuando se restableció un poco el sosiego, el ingenioso Sánchez, radiante
de majestad filosófica, se levantó de la silla, y con grave ademán y
sonrisa dulce, cerrando los ojos con un sentimiento de completo
bienestar, habló de esta manera:

--Señores, en este momento acaba de producirse aquí un fenómeno del
orden natural, y siendo del orden natural, absolutamente necesario. ¿Y
por qué es necesario? Porque como ha dicho muy bien un ilustre pensador,
las leyes de la Naturaleza son eternas a inmutables. El fenómeno que
aquí se ha producido es el de dos cuerpos que, caminando por el espacio
en sentido contrario, se encuentran. ¿Qué acontece entonces? Que si la
fuerza de ambos es idéntica se neutraliza y quedan en reposo; si la del
uno es mayor que la del otro, el primero consigue arrastrar al
segundo... Yo espero, señores, que en el presente caso sucederá lo
último...

La sonrisa de Sánchez se hizo aún más dulce. Sus ojos opacos, benignos,
pasearon una mirada por los circunstantes, que le escuchaban con la boca
abierta.

--Señores: una piedra que no esté sostenida por algo caerá seguramente.
Es un hecho comprobado por la experiencia. Éstos son los hechos que nos
competen a mi amigo Moreno y a mí. Pero hay otros hechos, tales como las
ideas de Dios, de la inmortalidad, de lo bello y de lo justo, que no
están comprobados por la experiencia y esos os competen a vosotros.
Vosotros representáis la infancia de la humanidad; por eso en vosotros
existe la debilidad y la inocencia que caracterizan a los niños, algo
amable y hasta cierto punto digno de respeto, que yo me complazco en
reconoceros. Nosotros representamos la edad viril; por eso en nosotros
existe la fuerza, el poder, la dureza si es caso, que son las
cualidades del hombre en la plenitud de la vida. Vosotros sois los
apóstoles dulces de los sueños infantiles: encariñados con vuestras
ideas como los niños con sus juguetes, tembláis y suspiráis cada vez que
un hombre inflexible como mi amigo Moreno extiende brutalmente su mano
para arrancároslos... Por desgracia, tal dureza es de absoluta
necesidad, y así como a los niños se les quita los juguetes para
encaminarlos a la escuela, mi amigo Moreno ha necesitado mostraros su
poder y su fuerza para que os hagáis cargo de que ha llegado el momento
de someter vuestro criterio al yugo inflexible de los hechos. La
ciencia, incansable en la investigación de la verdad, ha arrancado a los
dioses el cetro y la corona. ¿Y para qué les ha arrancado el cetro y la
corona? Para dárselo al calórico, al magnetismo, a la electricidad...
Pero vosotros permanecéis fieles a las antiguas ilusiones; lloráis la
ruina de vuestras creencias: no seré yo el que os recrimine por esto.
Sin embargo, creo que ha llegado ya la hora de secarse las lágrimas, de
abandonar los lirismos, de despojaros de esos hábitos y poneros la
blusa del operador. ¿Y para qué os habéis de poner la blusa del
operador? Para ayudarnos a desterrar de la humanidad todo lirismo, toda
poesía, toda superstición. Es necesario abrir los ojos y comprender que
el misterio de la existencia no es tal misterio. La ciencia lo ha
explicado ya cumplidamente. Es necesario entender que no hay un solo
Dios, sino cuatro, que son el oxígeno, el hidrógeno, el carbono y el
ázoe...

Al llegar a este punto dio una gran voz el párroco y se levantó de la
silla, irguiéndose su figura recia, avellanada, sobre todas las demás,
fulminando rayos por los ojos.

--¡Alto ahí, señor mío! Yo no puedo consentir que en mi propia casa, en
la casa de un sacerdote y en presencia de otros sacerdotes, profiera
usted semejantes blasfemias. Hemos estado escuchando por no faltar a la
hospitalidad; ya mi paciencia se ha acabado y no toleraré que usted
pronuncie otra sola palabra...

Los demás clérigos se levantaron también, y pálidos y trémulos y
clavando en nuestro sabio antropólogo miradas de indignación, gritaban
agitando los puños:

--¡Eso es!... ¡No debemos escucharle!... ¡A la calle!... ¡a la calle!

No es fácil representarse el estupor que se apoderó del ingenioso
Sánchez al ver a aquellos energúmenos vociferando frente a él y
metiéndole los puños por la cara. Todo su discurso estaba lleno de
benevolencia, de ideas conciliadoras; creía estar lisonjeándoles; hasta
esperaba verlos enternecidos como él andaba cerca de estarlo. Y he aquí
que de repente se levantan frenéticos, amenazadores. Tan estupefacto
quedó que no acertaba a decir palabra. Inmóvil, con la copa en la mano,
les contemplaba con ojos de espanto. En cambio a su amigo Moreno se le
desató la lengua mejor de lo que hacía al caso y, encarándose con ellos,
les dijo en términos crudos que aquella intolerancia era bien propia de
los defensores del oscurantismo, que cuando faltan las razones se acude
a las amenazas, y que su amigo Sánchez había hecho mal en malgastar su
ciencia con quien no había de entenderle.

--¡Ah! ¿Chillas todavía, pendón?--gritó entonces el presbítero gordo,
espíritu impetuoso como ya sabemos. Y alzando la mano, le sacudió un
terrible bofetón.

Fue la señal. Más de veinte manos se posaron alternativa o
simultáneamente sobre las mejillas del joven naturalista. D. Pantaleón
acudió a socorrer a su amigo y también le tocaron algunos porrazos. El
furor se enseñoreó de todas las cabezas clericales. Ruedan las sillas,
quiébranse platos y botellas; la pequeña sala resuena con los gritos de
los enfurecidos presbíteros. Godofredo, llorando a lágrima viva, trata
de contenerlos, implorando, persuadiéndoles con palabras fervorosas. El
padre Laguardia le ayuda en esta tarea, haciendo lo posible por sujetar
al presbítero gordo, el más sanguinario de todos.

--¡Dejadme, dejadme!--gritaba con voz estentórea.--Quiero arrancar todas
las muelas a ese _esprit fort_.

Y este deseo extravagante, más propio de un dentista que de un
licenciado en sagrada teología, llenaba de terror el alma de Moreno.
Cada vez que llegaba a sus oídos se le doblaban las piernas. Porque
nunca había imaginado necesitar, tan joven, dentadura postiza.

Acudieron al estrépito el ama del cura y las mozas que le ayudaban en la
cocina; pero en vez de echar aceite a las olas irritadas, soplaron sobre
ellas el viento de la cólera. El ama imaginó en seguida que su señor
estaba en peligro de muerte por las asechanzas del cura de F..., con
quien mantenía rivalidad desde la compra de cierta mula que ambos
apetecían, y sin más reparar, con la paleta del fogón le dio un golpe en
la cabeza. _Similia similibus curantur._ Gracias a este revulsivo
poderoso apaciguose la cólera de los clérigos. Todos acudieron al pobre
cura de F..., que yacía herido en el suelo. La lluvia de bofetadas que
caía sobre las mejillas de Moreno cesó como por ensalmo. Hízose el
silencio y vino el arrepentimiento. El ama lloraba y pedía perdón. El
presbítero gordo también se recriminaba duramente como causante
indirecto de aquella desgracia. El párroco dictaba disposiciones para
curar la herida de su colega. Entre ellas, la primera fue enviar en
busca del médico. Y mientras llegaba se le pusieron compresas de agua
fría y se le trasladó a la cama. La desolación reinaba en aquel recinto
donde pocos momentos antes todo era júbilo. Y en resumen, ¿por qué? Por
si Moisés había echado mal o bien la cuenta de los días de la creación.
¡Una cosa tan lejana!

Los clérigos debieron de entender que se habían excedido un poco en la
defensa de aquel patriarca, porque dirigían la palabra con semblante
humilde tanto a D. Pantaleón como a Moreno. El mismo presbítero gordo
vino a decirles que retiraba todas las bofetadas que había dado. Con
esto D. Pantaleón se dio enteramente por satisfecho, y no comprendía
cómo Moreno se mostraba aún torvo y enojado.

El médico no estaba en el pueblo. En su lugar vino el albéitar. Los
sabios antropólogos dieron un paso atrás, abriendo los ojos
desmesuradamente al ver entrar al Pollo.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó D. Pantaleón a un clérigo.

--¿Quién ha de ser? El albéitar.

Los dos sabios se miraron uno a otro largamente, con sorpresa por parte
de Sánchez, con sorpresa y reconvención por la de Moreno.

--¿Ha tomado usted con exactitud las medidas?--dijo éste, al fin, en voz
baja.

--Perfectamente--repuso D. Pantaleón muy quedo también.

--¿No se habrá corrido el compás?

--Ni un milímetro; estoy seguro.

Moreno sacudió la cabeza con gesto dubitativo, mientras su amigo
continuaba asegurando por medio de expresivos ademanes la exactitud de
los datos antropométricos que había tomado.

El albéitar reconoció al herido y recetó un bálsamo. Al levantar una de
las veces la cabeza y reconocer a sus compañeros de viaje preguntó con
semblante risueño:

--¡Hola, camarás! ¿están ustedes por aquí? ¿Quieren explicarme por qué
han escapado de mí hace poco, como si fuese del diablo?

Los fisiólogos se pusieron colorados.

--No escapamos--balbuceó Sánchez,--es que teníamos prisa de llegar al
pueblo.

El albéitar les miró un instante con sorpresa y bajó de nuevo la cabeza
para atender a la del herido.

Moreno y Sánchez se hicieron una seña, y aprovechándose de la
distracción general, se escabulleron bonitamente, bajaron la escalera y
se plantaron en la calle. Desde allí dirigiéronse a la estación del
tranvía, y metiéndose en el primero que salió, regresaron en pocos
minutos a Madrid, no muy contentos del resultado de aquella famosa
salida antropológica.



XIII


Durante año y medio Mario desempeñó atentamente cuantos trabajos le
encomendaba su amigo y protector Rivera. Mas no se despidió por eso de
su antigua afición a la escultura. En su gabinete, a las horas que tenía
libres, seguía rindiéndole el mismo culto fervoroso y humilde. Miguel
había hecho poco caso hasta entonces de aquellas aficiones. Mas un día,
al pasar por delante del cuarto de su amigo, viendo por la puerta, que
se hallaba entreabierta, una figura tapada con un lienzo, se decidió a
entrar. Levantó la tela y quedó gratamente sorprendido. Era una pequeña
figura de cuatro pies de alto que representaba a Ofelia coronada de
flores. Había tanto desembarazo en la postura, tal delicadeza en las
facciones, tanta inocencia en la expresión, que jamás había visto una
interpretación más viva de la inmortal heroína de Shakespeare. Quedó
pensativo y preocupado. Cuando Mario llegó a comer le preguntó afectando
indiferencia:

--¿Cuándo has terminado esa figurita que tienes en el cuarto?

Mario se puso colorado.

--Aún no está terminada; faltan algunos detalles.

--No está mal hecha. Hay verdadero sentimiento en ella; se conoce que el
Hamlet te ha impresionado hondamente.

Como Miguel era parco en los elogios y su espíritu más propenso a la
burla que al entusiasmo, al menos en apariencia, Mario experimentó al
oír tales palabras vivo placer.

Trascurridos algunos días, Rivera volvió a sacarle la conversación de la
escultura. Se anunciaba una exposición de bellas artes para la próxima
primavera. Con tal motivo hablaron de los pintores y escultores más en
boga, ponderando los méritos de cada uno. Después de larga pausa en que
Miguel quedó pensativo, dijo de pronto:

--¿Por qué no haces algo para la exposición?

Mario pareció confuso. Bajó la cabeza balbuceando algunas frases que
revelaban su modestia.

--Creo que estás un poco equivocado respecto a tus fuerzas--replicó
Rivera.--No es malo, porque el artista que se engríe se amanera: precisa
estar descontento siempre de lo que se hace para progresar. Pero no
basta que tú te juzgues: es necesario que te juzguen los demás, y no
sólo los amigos, sino el público, o por mejor decir, los hombres de
gusto que hay dentro de él. Cuando conozcas una muchedumbre de juicios,
comparándolos después con el tuyo, podrás formar idea aproximada de lo
que vales. El mío es que tienes aptitud para el arte que cultivas. Si
creyese que no la tenías me guardaría de proponerte que presentases obra
alguna en el certamen, porque te quiero demasiado para exponerte a
hacer un papel desairado o ridículo. Piénsalo, pues, bien, y si hallas
en tu imaginación algún asunto adecuado a tus facultades, dímelo y
hablaremos.

Con estas palabras Mario quedó profundamente meditabundo. Anduvo varios
días inquieto, preocupado, silencioso. Al cabo, dirigiéndose a Miguel
con brusco ademán y una particular sonrisa, cuya amargura no se le
escapó a aquél, le dijo de pronto:

--He pensado en aquello, D. Miguel. No se me ocurre nada. Más vale que
olvidemos eso y sigamos como hasta ahora rindiendo culto al arte de
Fidias en secreto y en los ratos de ocio.

Miguel le miró en silencio y con atención algunos momentos.

--No es verdad. Me estás engañando y te invito a que no lo hagas. Creo
tener derecho a que me hables con franqueza.

Se obstinó todavía algún tiempo; pero viendo a su amigo triste y
disgustado, le dijo al fin esforzándose por sonreír:

--Hace ya tiempo que se me ha ocurrido un pensamiento; pero no me creo
con fuerzas para llevarlo a cabo... Además, se exigen una porción de
medios...

--Explícame el pensamiento.

Se trataba de un grupo representando la profecía del Tajo al rey D.
Rodrigo tal como se describe en la famosa poesía del maestro Fray Luis
de León. Aparecerían en él tres figuras: la del rey y la Cava en tamaño
natural; la del río en colosal. El pedestal iría cubierto de bajos
relieves representando diversos episodios de la invasión árabe y la
caída del imperio gótico.

--Ya usted ve que necesito todo mi tiempo--concluyó diciendo,--si he de
terminarlo para la época de la exposición, y un local a propósito.

Miguel no respondió. Se apartaron en silencio. Al día siguiente le
condujo de paseo al barrio del Pacífico. Al pasar por delante de unos
almacenes sacó una llave, abrió una puerta y empujándole dijo:

--Ahí tienes taller. El tiempo también es tuyo. ¡A trabajar!

Mario le abrazó con efusión. El recinto era espacioso, de techo elevado,
lleno de luz. Se trasportaron los útiles inmediatamente, se compró lo
que hacía falta y desde la mañana siguiente bien temprano Mario apenas
salió de allí más que para dormir. Por espacio de algunos meses vivió en
un estado febril; apenas comía, apenas dormía; tan profundamente
distraído, que se le olvidaban los menesteres más corrientes de la vida.
Si Carlota no le vigilase saldría a la calle con las botas rotas o sin
corbata. Hablaba poco y no siempre acorde.

Algunas veces Miguel y Carlota iban a visitarle al taller. Pero, aunque
no lo manifestase, estas visitas le turbaban. Únicamente cuando traían a
su hijo olvidábase de la obra que tenía entre las manos, como del resto
del mundo; lo estrechaba contra su corazón, lo besaba con frenesí y
parecía que de aquel contacto mágico sacaba nuevas fuerzas y nueva
inspiración.

Una tarde Rivera y Carlota llegaron al taller. Al empujar la puerta
vieron al joven revolcándose por el suelo y mesándose los cabellos
mientras lanzaba imprecaciones y palabras incoherentes. Carlota quiso
precipitarse a su socorro, pero la retuvo Miguel.

--¡Silencio!--le dijo al oído.--No temas. Tu marido se halla en la hora
negra del artista. Las sacras musas duermen o están ocupadas en este
momento y no pueden atenderle. Pero descuida, no tardará en levantarse.

Dieron una vuelta por los alrededores, y en efecto, cuando tornaron
Mario se hallaba de nuevo trabajando y con tal ardor que no advirtió su
presencia hasta que le tocaron en el hombro.

Pero Carlota no concedía la importancia que Miguel a los trabajos
artísticos de su esposo. El arte para ella era un recreo, una
distracción: nada tenía que ver con el problema serio de ganar el
sustento, que aún no estaba resuelto. Así que no podía menos de mostrar
su indiferencia cuando se trataba de la escultura. En cambio se enteraba
con gran interés de cualquier empleo vacante de que le hablasen. Mario
notaba esta indiferencia y no podía menos de sentirse entristecido y
desalentado. Un día, muy tímidamente, porque adoraba a su mujer, se
atrevió a quejarse a Miguel. Quedó éste pensativo unos momentos y le
dijo:

--No te pese de la manera de ser de tu esposa. Carlota es un espíritu
sensato, lúcido, equilibrado. No tiene la imaginación propensa a los
sueños, ni facultades para introducirse en el mundo del arte y la
poesía. ¡Qué importa! La poesía es ella misma. Basta mirar su bella
figura escultural y contemplar sus grandes ojos suaves, claros,
hermosos; basta escuchar sus nobles palabras y ver sus acciones, más
nobles aún, para sentirse cerca del origen de toda poesía... Además,
nunca he creído que al artista le convenga una esposa de imaginación
exaltada, de temperamento nervioso, inquieto y refinado como el suyo.
Esta paridad de humores produce casi siempre funestos resultados. Tú
sabes muy bien, y perdona lo indecoroso de la comparación, en gracia de
su exactitud, que a un caballo demasiado vivo y fogoso se le pone por
compañero en el tronco otro firme y resistente, aunque de menos sangre,
para que contrarreste sus ímpetus. Pues en el matrimonio sucede lo
mismo. Si el hombre de imaginación tiene una compañera de temperamento
fantástico como el suyo, ambos corren peligro de precipitarse en la
desgracia. Duerme, pues, tranquilo sobre el corazón de tu Carlota;
acepta su cariño con gratitud y bendice a la Providencia que te ha
concedido una mano fiel para atravesar esta existencia tan triste y
oscura... ¡Ay! ¡Yo también tuve una mano!... ¡también tuve un corazón
sobre el cual mi alma reposaba sin cuidado!...

Los ojos del antiguo periodista se rasaron de lágrimas al pronunciar
estas palabras. Mario le estrechó la mano en silencio.

Llegó por fin el mes de Febrero, época en que debía inaugurarse la
exposición de Bellas Artes. Mario hizo un esfuerzo supremo, y el magno
grupo quedó terminado a tiempo y vaciado en yeso. Cuando Rivera, que
había dejado de ir al estudio en los últimos tiempos adrede, lo vio en
esta forma, quedó gratamente sorprendido. La obra superaba a todas las
esperanzas que había concebido. Sin embargo, temiendo que su cariño por
el artista le cegase, llevó a algunos amigos suyos entendidos en el
arte. Los inteligentes confirmaron su juicio. La obra se apartaba
bastante de las tendencias dominantes en la escultura. Sus figuras eran
menos activas y movidas, pero en cambio brillaban por la gracia y la
ingenuidad. Se conocía a la legua que su espíritu se hallaba
profundamente impresionado por la estatuaria griega, y que adoraba en
ella el sentimiento de la medida, la vida en el reposo, la grave
serenidad, el desdén de los efectos. Pero este desdén, que se advertía
demasiado en el grupo del joven escultor, en concepto de los amigos de
Rivera le perjudicaría mucho para el éxito en el certamen.

Felizmente no fue así. El público se detuvo con placer delante de
aquellas nobles figuras ejecutadas sin esfuerzo. La delicadeza y
valentía con que estaban modelados los bajos relieves llamaron asimismo
la atención. Aunque hubiese en la sala obras de más apariencia y
estuviesen firmadas por escultores reputados, al cabo de algunos días
nadie dudaba que el autor de la _Profecía del Tajo_ era un artista
sobresaliente que se revelaba con originalidad a independencia. Un
periódico llegó a decir que parecía un griego resucitado y que si
continuase con la misma fortuna trabajando llegaría a desempeñar en
España el papel que hizo Canova en Italia, esto es, sería un regenerador
de la escultura.

Estos elogios prematuros le perdieron. El artista cuyos límites se
perciben pronto encuentra fácil y llano el camino: las puertas se le
abren, las bocas le sonríen. Mas ¡ay! aquel cuyo alcance no se mide de
golpe eternamente tropezará con la desconfianza y la aversión de sus
émulos. Éstos ocultaban artificiosamente el favor que el público
tributaba a la obra del joven escultor. Cuando _un maestro_ se veía
obligado a emitir su opinión acerca de ella, lo hacía con esa habilidad
que todos conocen.

--¡Oh! ¡Costa!... ¡Buen muchacho!...No cabe duda que tiene felices
disposiciones. Cuando se le quite ese encogimiento natural del que
principia será un verdadero artista. Hay algunos pormenores en su grupo
dignos de llamar la atención... ¿Pero ha visto usted el _Titiritero_ de
Suárez? ¡Qué admirable! ¿verdad? ¡Qué expresión! Es la obra de un
maestro.

A los oídos de Mario no llegaban estos juicios de sus compañeros. Sólo
el rumor del público y de sus amigos le traían elogios y plácemes. Los
miembros del jurado se mostraban con él deferentes y afectuosos, le
ponían la mano sobre el hombro, le decían palabritas lisonjeras. Uno de
ellos, viejo escultor cargado de laureles, le dijo un día contemplándole
con admiración:

--¡Qué joven ha subido usted al pináculo de la gloria! Yo no he ganado
primera medalla hasta los treinta y seis años de edad y usted la
consigue a los veinticinco.

--Aún no la he ganado, señor--se apresuró a decir el joven, avergonzado.

--¡Bah, bah!--exclamó el gran escultor haciendo un gesto de
indiferencia.--Demasiado sabe usted que la tiene ganada.

Carlota gozaba tranquilamente del triunfo de su marido, aunque sin
comprender bien por qué la gente daba tal importancia a aquellos muñecos
de yeso. D.ª Carolina estaba igualmente asombrada de que se hablase de
dinero tratándose de estatuas. El día que supo que una de aquellas que
había en la exposición estaba vendida en tres mil duros no pudo menos de
abrazar y besar a su yerno. El mismo D. Pantaleón, aunque refractario a
estas frivolidades, pasó por la exposición para ver la obra de su hijo
político. El sabio fisiólogo, en presencia de varios amigos y del mismo
Mario, expresó sus opiniones acerca de las bellas artes, basadas todas,
como es lógico, sobre los últimos adelantos de las ciencias naturales.
No admitía más arte que el fundado en la experimentación. Todo lo que se
había hecho hasta entonces le parecía enteramente pueril. El método de
la experimentación debía de extenderse a la literatura también; los
poemas y novelas debían ser estudios de casos patológicos; la poesía una
clínica social del animal humano. Sin dos cursos de anatomía, uno de
patología quirúrgica y algunas nociones de química orgánica, D.
Pantaleón sostenía que era ridículo pensar en hacer versos.

Llegó por fin el día de la adjudicación de los premios. Mario supo el
fallo del jurado con una sorpresa que le dejó clavado al suelo. No
estaba comprendido entre los premiados con primera medalla, ni entre los
de segunda, ni entre los de tercera. Nada: su nombre no se veía
estampado en ninguna parte. Apenas podía creerlo. Leía y releía el papel
pensando que estaba ofuscado. Pero la compasión de varios colegas que se
le acercaron le hizo muy pronto cerciorarse. ¡Dios mío, cuánta compasión
le prodigaron en pocos minutos! ¡Qué lamentos! ¡Cuántas invectivas
contra el jurado! ¡Oh! ¡No hay nada más grandioso que la compasión de un
compañero de oficio!

Mario se mostró sereno. Les dio las gracias con sonrisa dulce y se
retiró. Marchó automáticamente al través de las calles, embargado por
una honda tristeza que le apretaba el corazón. No era vanidoso ni había
cifrado quiméricas esperanzas sobre su obra. Pero había sentido ya el
aroma de la gloria; el favor del público le había hecho soñar con
adquirir por medio de su arte una posición con que pudiera vivir
tranquilamente con su esposa y su hijo. Todo se derrumbaba de golpe.
Otra vez se sentía solo, pobre y desvalido; tornaba a ser un mísero
escribiente, el mismo ser vulgar en quien nadie fijaba la mirada. Pero
más cruelmente aún que este dolor le mordía el alma otro que pocos
conocen; el del artista que duda de sí mismo. Mientras trabajó en la
oscuridad tenía la vaga conciencia de su genio: una voz interior le
decía que las obras que salían de sus manos valían más que otras loadas
por la crítica. Sentíase con fuerzas para llevar a cabo algo grande y
bello. Cuando escuchó los elogios que se tributaban a su grupo no quedó
sorprendido: era la misma dulce canción con que su corazón le arrullaba
siempre. De repente un tribunal de hombres competentes le cierra las
puertas del templo de la gloria. Podría equivocarse el tribunal o estar
apasionado. Pero ¿no era más fácil que él y sus amigos se hubiesen
engañado? ¿No sería él uno de tantos aficionados que confunden el
entusiasmo por el arte con la inspiración, la voluntad con el ingenio?

Había llegado hasta el Retiro, y por sus caminos arenosos iba a la
ventura sin darse apenas cuenta de dónde se hallaba. Al fin, rendidos el
cerebro y las piernas, dejose caer sobre un banco y metió la cabeza
entre las manos. Acordose de Carlota. ¡Qué triste desengaño para la fiel
esposa! Ya no vivirían juntos como pensaban; otra vez volvería a luchar
por una miserable plaza en cualquier ministerio, sin saber cuándo la
lograría. Las lágrimas se agolparon a sus ojos y sollozó amargamente un
buen rato.

El ruido de unos pasos precipitados le obligó a levantar la cabeza. No
muy lejos vio a un viejo trabajador con blusa azul, boina raída y
alpargatas, que venía corriendo, perseguido de un joven que, a juzgar
por las mangas postizas de tartán sujetas al codo y su cabeza peinada y
relamida, que llevaba descubierta, debía de ser dependiente de alguna
tienda de comestibles. El viejo pasó por delante de Mario sin verlo, y
al llegar a la orilla del Estanque grande se precipitó en él. El
dependiente sé paró. Mario corrió instantáneamente al sitio, y viendo al
viejo luchar con la muerte, sé despojó súbito de la levita y se arrojó a
salvarlo.

Aunque sabía sostenerse en el agua no era gran nadador: por otra parte,
los pantalones y las botas le embarazaban extremadamente. Frío, aunque
corría el mes de Marzo, no lo sintió, sin duda por la emoción de que iba
poseído. Acercose como pudo al viejo y trató de cogerlo; pero éste, al
sentir su mano, dio una vuelta rápida, y con las ansias de la agonía le
agarró por un brazo. Mario se sintió perdido y luchó en vano por
desasirse: con el brazo libre trató de ganar la orilla que estaba
próxima; pero el suicida le sujetaba férreamente; no era posible nadar.
Sumergiose por dos veces. Al salir la segunda gritó con fuerza:

--¡Socorro!

Estaba a punto de perder el conocimiento y dejarse ir al fondo.

Felizmente, dos dependientes del embarcadero que vieron al viejo tirarse
al agua, habían saltado en un esquife y bogaban con toda fuerza hacia
aquel sitio. Pocos segundos más, y hubiera perecido.

Izáronles a los dos. El viejo en mal estado, con mucha agua dentro del
cuerpo. Le pusieron cabeza abajo y se la sacaron como pudieron. Después
que recobró el conocimiento dijo los motivos que había tenido para
arrojarse al estanque. Debía tres duros al joven que le perseguía; no
podía pagárselos, y aquél, enfurecido, salió de la tienda para pegarle.
En parte por miedo y en parte por desesperación había querido matarse.
El hortera, a quien los guardas del Retiro habían detenido, no negó lo
que su deudor decía. Estaba perfectamente sereno y hasta parecía
encontrar justo que un hombre que no podía pagar tres duros se
suicidase. Mario, indignado, sacó del bolsillo esta cantidad y se la
entregó diciéndole al mismo tiempo algunas frases duras. Los guardas y
la gente que había acudido le hicieron coro.

Pero en estas contestaciones se pasó bastante tiempo. El joven sintió de
pronto un frío intenso. Se apresuró a salir del Retiro y tomó un coche
para dirigirse a su casa. Durante el camino fueron en aumento los
escalofríos; la vista se le turbaba; creyó no poder llegar sin
desmayarse. Al fin pudo subir la escalera y meterse en la cama. Poco
después se le declaró una fuerte calentura.



XIV


Pues yo sostengo que lo que ha hecho mi yerno esta mañana es un acto
inmoral.

Los tertulios del café del Siglo quedaron estupefactos al escuchar tan
singular afirmación. Todos protestaron más o menos suavemente contra
ella. El arrojo de Mario había despertado admiración en la tertulia del
café. Se hacían elogios calurosos de su noble corazón y valentía.

El ingenioso Sánchez paseó tranquilamente sobre ellos sus ojos opacos,
reflexivos, donde se leía constantemente la concentración profunda de un
cerebro positivo, y dijo sin advertir siquiera la indignación de
aquellos hombres-niños:

--¿Y por qué es un acto inmoral? Porque ataca los fundamentos mismos de
la moralidad. ¿Y cuáles son los fundamentos positivos de la moral? Se
creía hasta hace poco tiempo que era algo extraño a las fuerzas que
obran dentro de nuestra naturaleza física. ¡Error profundo! Uno de
tantos sueños como han turbado la mente infantil de nuestros
antepasados. La moral es el resultado de una de tantas combinaciones en
que descansa el desarrollo orgánico del animal humano. La moral no es
más que el instinto social arraigándose cada vez más de generación en
generación. Pero este instinto puramente animal que el hombre comparte
honrosamente con los demás seres vivientes, en particular con las focas
y los bisontes machos, cuyo sentido moral es admirable, no tiene más
razón de ser que el bien general. La moral está fundada, pues, en el
bien general. ¿Qué era lo que exigía el bien general cuando ese
desgraciado viejo se arrojó al agua? ¿Exigía que mi yerno expusiese su
vida por salvarle? No, ciertamente, porque la vida de ese infeliz, sin
fuerzas para el trabajo y sin ninguna cualidad sobresaliente, era inútil
para la humanidad, mientras que la de mi yerno, joven, inteligente y
activo, tiene importancia. Luego Mario, al arriesgar una existencia
valiosa por otra que no tiene valor, ha atentado contra el bien general.
Luego ha cometido un acto inmoral.

Nadie pudo contrarrestar el empuje de aquella lógica inflexible. Rivera,
que era quien solía comentar las proposiciones de Sánchez (siempre con
el espíritu frívolo que le caracterizaba), no se hallaba en el café.
Asistía en aquel momento a Mario, presa de una pulmonía. El único que se
atrevió a protestar, «aunque sólo desde el punto de vista de la
estética,» fue D. Dionisio Oliveros, el bardo del ministerio de
Ultramar. Oliveros confesaba con su voz de bajo profundo que él no era
filósofo, odiaba el análisis.

--Usted, amigo Sánchez, al observar cualquier suceso tratará de
investigar su razón de ser. Consiste en que usted es filósofo. Yo no veo
más que la situación, porque soy poeta, poeta dramático principalmente.
Así que no diré que el acto de su hijo político sea bueno o malo. Lo
único que afirmo es que es un acto bello. Para mí basta. Puede usted
decirle de mi parte que en cuanto termine el segundo acto de la comedia
que ya conoce (que será en la semana próxima, Dios mediante), pienso
escribir sobre su acción heroica unos tercetos que mandaré a _La
Ilustración Española_. Quizá esto le sirva de consuelo en su enfermedad,
porque Mario es, como yo, artista ante todo.

Al pronunciar estas consoladoras palabras la voz del poeta burocrático
resonaba lúgubre, profunda, como si en vez de ofrecer a la imaginación
imágenes brillantes de dicha y alegría se hallase invocando a los
espíritus infernales en algún cementerio a las doce de la noche.

Los tertulios, bajo la influencia de esta voz sepulcral, quedaron
sombríos y mudos. El mismo D. Pantaleón, con ser un espíritu tan
analítico, no pudo menos de experimentar el sentimiento de desolación
que la voz de D. Dionisio producía. Atusose el desmayado bigote con
inconcebible gravedad, tosió ligeramente y manifestó por lo bajo a su
amigo Moreno que la poesía no era más que un estado congestivo y muchas
veces morboso del cerebro. Moreno hacía ya tiempo que había adquirido
esta preciosa certidumbre; pero acogió la observación con el respeto
debido a las grandes verdades del orden físico.

Guardó silencio unos momentos, y al cabo respondió que en su concepto
los poetas no eran otra cosa que alienados. También D. Pantaleón sabía
esto hacía tiempo, mas no por eso dejó de mostrarse satisfecho por
escucharlo una vez más. Moreno prosiguió sus observaciones en voz baja,
afirmando que donde se conocía perfectamente la identidad del poeta y
del loco era en la orina. En uno y en otro aumenta considerablemente la
urea en ciertos períodos.

--Verá usted--añadió tocando en el muslo a Sánchez--cómo comprobamos en
seguida este dato.--Oiga usted, D. Dionisio--siguió, dirigiéndose al
bardo,--después que usted termina de escribir una composición poética
¿no siente usted cierto prurito en la vejiga?

--Sí, señor; suelo tener deseos de orinar, sobre todo cuando estoy
demasiado tiempo sentado a la mesa--respondió con extremada amabilidad
Oliveros.

--¿Y no ha observado usted si en la orina suelen quedar algunos
sedimentos?

--Muchos sedimentos. Yo orino casi siempre barroso.

Moreno dirigió a su amigo una sonrisa triunfal, hizo algunos guiños
expresivos y por último le dijo al oído:

--Fosfato úrico. La orina de los dementes se caracteriza por el
predominio de la urea.

--Y diga usted--prosiguió en voz alta,--¿no suele usted tener los pies
fríos?

--Helados. En el invierno gasto dos pares de calcetines porque no los
puedo sufrir.

--Y la cabeza ¿no se le calienta a usted?

--¿La cabeza? ¡hecha un volcán!

D. Dionisio comprendía que se trataba de ciertas particularidades
propias de los poetas y estaba satisfechísimo de ostentarlas.

--Los locos--repuso Moreno a la oreja de su amigo--tienen siempre las
extremidades frías y la cabeza caliente.

Con esto el ingenioso Sánchez se creyó en el caso de responder que
muchos de los hombres que la humanidad admira como genios sublimes han
sido verdaderos dementes. Moreno se hallaba tan conforme con esta
observación, que la hizo extensiva no sólo a los poetas, sino a los
grandes filósofos, reformadores, matemáticos, historiadores, y por
supuesto a todos los santos y santas que la religión venera. Sócrates,
Newton, Rousseau, Corneille, Séneca, Catón, Beethoven, Dante y otros
varios, fueron verdaderos orates. Estudiando con atención la vida de los
grandes hombres, se encontraría siempre un ramo de locura en ellos.

--Lo que ha dado en llamarse genio, para mí es una enfermedad de los
lóbulos cerebrales--resumió Moreno.--La santidad, una declarada locura.
¿Qué me dice usted de San Francisco de Asís abrazando y besando a los
leprosos? ¿No es un caso de locura inmunda como la de esos desgraciados
que suelen verse en las celdas de los manicomios gozando en revolcarse
entre sus excrementos? ¿Qué opina usted de Santa Teresa de Jesús? ¿No le
parece a usted increíble que haya aún quien tome en serio los desatinos
que escribe?

--¡Oh! Santa Teresa es un curiosísimo caso de alucinación. El doctor
Charcot hubiera sacado gran partido de ella a haber vivido en su
tiempo--respondió Sánchez reflexivamente.

Hubo algunos instantes de silencio. Los dos fisiólogos meditaban. Al
cabo se dibujó una significativa sonrisa en los labios de Moreno y
profirió, dando a sus palabras marcada intención irónica:

--¿Y qué me dice usted del gran judío?

--¿Quién?--preguntó Sánchez sin comprender.

--¿Quién ha de ser? El judío de Nazareth.

--¡Ah! Jesucristo... ¡Oh! ¡oh! ¡oh!...

D. Pantaleón fue atacado instantáneamente de una risa convulsiva.
Aquello realmente era cosa perdida.

Mientras los sabios antropólogos se solazaban experimentando esa
inefable alegría del que se siente en posesión de la verdad entre
tantos seres como se hallan sumidos en el error, nuestra antigua
conocida D.ª Rafaela saboreaba sola, como siempre, en una mesa su
invariable refresco de grosella. Los dedos, cargados de sortijas de
todas las épocas y todos los tamaños, apenas podían jugar para llevar la
copa a los labios. Su traje, debajo del mantón alfombrado, brillaba con
reflejos metálicos de oro viejo como una casulla de la Edad Media. Quizá
fuera el traje de corte de alguna dama de las que acompañaron a María
Luisa de Saboya cuando vino a desposarse con Felipe V. La señá Rafaela
tenía la costumbre de ponerse las antigüedades de indumentaria femenina
que venían a parar a su tienda. Era a la vez un prospecto y un goce para
ella.

Como estuviese leyendo con atención la cuarta plana de _La
Correspondencia_, vino a distraer su atención la presencia de un joven
que se acercó dándole las buenas noches con acento melifluo.

--¡Hola, Godofredito! ¿es usted?

--¿Cómo sigue usted, D.ª Rafaela? Me había dicho Timoteo que no había
usted venido en dos días, y temía que estuviese indispuesta; pero la he
visto esta tarde en las Góngoras a las cuarenta horas y me tranquilicé.

--¡Ah! ¿Estuvo usted en las Góngoras? ¿Y por qué no se llegó a
saludarme, pícaro?

--Salía con el padre Iturralde cuando usted entraba, y no podía
detenerme porque íbamos de prisa a la conferencia de San Vicente.

--Pues yo estuve dos días con un catarro, pero ya pasó. Siéntese usted,
criatura, que me da pena verle en pie.

Godofredo Llot, elegantemente vestido, y con el mismo rostro nacarado y
candoroso de siempre, obedeció a la invitación y se sentó frente a la
prendera.

--¿Y cuándo es la boda?--preguntó ésta después de algunas frases
insignificantes.

El hijo predilecto de la Iglesia sonrió lleno de confusión.

--¡Oh! No hay aún plazo señalado, D.ª Rafaela, pero contando con la
voluntad de Dios, me parece que no está muy lejos.

--Me alegro, me alegro, hijo. Ella va bien y usted lo mismo. Creo que
es muy rica.

--Señora, esas cosas son para mí tan secundarias que no he querido
averiguar nada--respondió Llot modestamente.--Sólo sé que es muy piadosa
y que pertenece a una familia cristiana.

--Eso es lo principal, querido--repuso la señá Rafaela adoptando
repentinamente una actitud de mística beatitud.--Los bienes terrenales
¿qué son comparados con los del cielo? Hay que sembrar aquí para recoger
allá. Los sentimientos religiosos ante todo. Pero voy a decirle una
cosa: las muchachas ricas son tan buenas como las pobres... y además son
ricas.

--Es lo mismo que me dice el padre Laguardia--manifestó Godofredo con un
acento de inocencia que conmovió a la buena prendera.

--D. Jeremías es hombre de muchas letras. Algo me parece que habrá
mojado en este matrimonio, porque le quiere a usted mucho.

--Es quien lo ha hecho todo--respondió con la misma inocencia el
joven.--Él me presentó a la familia y fue quien dio todos los pasos...
¿Quiere usted conocer a mi novia?... Voy a darle un ejemplar de la
_Historia de Santa Isabel_ que trae su retrato...

El hijo predilecto de la Iglesia, sonriente y ruborizado, sacó del
bolsillo del gabán un librito de cubierta elegantemente impresa a dos
tintas, lo abrió por la primera página, donde aparecía el retrato de la
santa duquesa de Turingia grabado en madera, y lo entregó abierto a la
señá Rafaela.

--Es guapa la chica y muy joven... y le sienta bien la corona--manifestó
la prendera después de calarse los lentes.--Oiga, Godofredito, tengo una
idea de que había usted pedido el retrato a Presentación, su antigua
novia, para este mismo libro...

--Sí, señora, se lo había pedido--respondió el joven con embarazo.--Y ya
estaba grabado, pero las circunstancias... ya ve usted...

--Sí, sí; me hago cargo... La pobrecita está bien desfigurada. El otro
día la he visto con su madre en la calle del Carmen.

--No ha sido precisamente eso lo que me ha detenido.

--Tiene mucha razón; la hermosura es cosa pasajera... Pero no le
convenía por la posición. Usted merece una chica rica...

--Tampoco es eso--se apresuró a decir Llot.--Lo único que ha enfriado
nuestras relaciones y ha concluido por romperlas son las ideas de su
padre. De algún tiempo a esta parte ¡se ha vuelto tan impío y
materialista! No hace más que escandalizar en todas partes.

--¡Eso, eso es precisamente lo que yo estaba pensando!--exclamó la
anticuaria.--Un caballero de tanta religión como usted no podía
emparentar con un hombre tan escandaloso. ¡Toda, la culpa la tiene ese
bribón de las gafas!--añadió arrojando miradas fulgurantes hacia el
sitio donde estaba Moreno.--¡Si don Pantaleón antes era un bendito!
Recuerdo que una vez que estuve en su casa se levantó una tempestad de
truenos y relámpagos. Pues él fue quien cerró los balcones y encendió la
tenebraria y el primero que se puso a rezar a Santa Bárbara.

Godofredo estaba inquieto, porque la plática se inclinaba demasiado a
la murmuración. Así que, bajando los ojos con suave expresión de
mansedumbre, dijo en voz apagada:

--A uno y a otro les ha de juzgar Dios. A nosotros no nos toca más que
compadecerlos y hacerles todo el bien que podamos.

La prendera le miró enternecida.

--¡Oh, qué dichosa sería su mamá si fuera todavía de este mundo! Desde
el cielo le estará bendiciendo.

--¡Así sea!--exclamó el joven levantando sus ojos límpidos al techo.--Mi
mamá era una santa, y podría suponerse que está en el cielo; pero como
nadie conoce los inescrutables designios de Dios, yo hago por su alma
cuanto puedo. Me haría usted, D.ª Rafaela, un favor inmenso, que no
olvidaría jamás, si la encomendase a Dios en sus oraciones.

--Con todo mi corazón. Pierda usted cuidado. No dejaré un día de rezar
por ella y en el aniversario confesaré y comulgaré por su intención.

--¡Oh, señora, eso es demasiado!--exclamó Llot abrumado por tanto
favor.

--Eso no significa nada. Ya sabe que yo me confieso cada ocho días.

--Sí, ya conozco sus costumbres piadosas; pero de todos modos, ya le
debo otras atenciones que aunque de categoría menos elevada...

--No hablemos de eso, Sr. Llot--se apresuró a decir la señá Rafaela
extendiendo la mano.

--Hablemos, sí, señora. Yo no puedo olvidar ni un instante los favores
que se me hacen. Precisamente había venido esta noche a arreglar
nuestras cuentas.

--¿Pero qué prisa corre, criatura? Tan seguro tengo el dinero en su
poder como en el mío.

--Sin embargo, por lo mismo que ha sido usted tan buena siempre para mí,
no quisiera perjudicarla en lo más mínimo. Vamos a ver lo que le debo.

Al mismo tiempo sacó del bolsillo un librito de memorias y leyó con voz
suave diversas cantidades que la anticuaria le había prestado en
distintas ocasiones: un día treinta duros, otro setenta, otro cincuenta.
Entre todas sumaban mil quinientas cincuenta pesetas.

--Bueno--dijo el joven metiendo la cartera de nuevo en el
bolsillo.--Vamos a hacer una cifra redonda. Le debo a usted dos mil
pesetas.

--No, señor; no me debe usted más que mil quinientas cincuenta.

--Sí, señora, le debo a usted dos mil, porque va usted a hacerme el
favor de prestarme otros noventa duros... Necesito hacer algún regalito
a mi novia y tengo poco dinero--manifestó el joven poniéndose rojo como
una amapola.

D.ª Rafaela quedó un poco sorprendida de aquel modo original de saldar
cuentas; pero viendo el rostro de Godofredo cubierto de rubor, sus ojos
serenos, inocentes, posarse dulcemente sobre ella con encantadora
expresión de vergüenza, no pudo menos de sonreír.

--¡Conque regalitos, eh! Vamos, no se ponga usted colorado.

El hijo predilecto de la Iglesia se puso mucho más rojo aún. Parecía que
iba a saltar la sangre de sus tersas mejillas.

A la prendera le hacía extremada gracia aquel rubor: para gozar más de
él le mortificó todavía algún tiempo. Al fin echó mano al portamonedas.
Pero Godofredo la detuvo dirigiendo una mirada de susto a la mesa de sus
antiguos amigos.

--No; aquí no, señora. Hay muchos curiosos. ¿Quiere usted salir a la
calle un momento?

--Con mucho gusto. De todos modos, es hora ya de retirarme.

D.ª Rafaela se levantó de la silla y salió. El hijo predilecto de la
Iglesia saludó a un amigo para figurar que no iba con ella, pero la
siguió inmediatamente.

Una vez en la calle, libre de la vergüenza que le producía la luz y la
presencia de la gente, dejó escapar los tiernos sentimientos de cariño y
gratitud que rebosaban de su virgen corazón. Mientras caminaba hacia la
Puerta del Sol en compañía de la prendera, con labio balbuciente y
seductora timidez le hizo algunas candorosas confidencias sobre su
situación y sus proyectos. La señá Rafaela sonreía siempre con
extraordinaria complacencia, sorprendida de hallar en estos tiempos
miserables un joven de corazón tan sano. Godofredo se mostraba hacia
ella atento y respetuoso, como pocos hijos suelen estarlo con sus
madres. Al llegar a una estrecha travesía la anticuaria se detuvo,
avanzó algunos pasos por ella y, protegida de la obscuridad, sacó su
portamonedas y le entregó la cantidad del pico en billetes. Godofredo
los tomó con mano temblorosa y permaneció mudo frente a su bienhechora
sin acertar a emitir una palabra de gracias, embargado enteramente por
la emoción. Al fin, con voz alterada, pudo exclamar:

--¡Oh, señora, cuántos beneficios la debo! ¡Si yo pudiera expresar lo
que pasa por mi corazón en este momento!

Tan bien le sentaba el embarazo que en aquel momento sentía que doña
Rafaela le dio una palmadita en el hombro, lisonjeada hasta un punto
indecible.

--Eso no vale la pena, querido. Para mí es un gusto el hacerle
cualquier pequeño favor como éste.

--Lo sé, señora, lo sé-exclamó con voz melodiosa el joven--. Pero me
siento turbado, porque desde que murió mi santa madre no hallé en nadie
tanta dulzura. No por el dinero, sino por el cariño que usted me
demuestra, no puedo menos de sentir hacia usted un afecto y un respeto
parecidos a los que se sienten por una madre... Todavía voy a pedirle a
usted un favor...

--Lo que usted quiera, Godofredito.

--Que me permita usted besar su mano.

La prendera quedó suspensa; vaciló un momento, pero viendo aquel rostro
infantil cubierto de rubor, viendo sus ojos azules y límpidos como los
de un querubín resplandecientes de gratitud, le entregó la mano
sonriendo de la humildad y la inocencia de aquel niño.

--¡Qué cordero de Dios!--murmuró la buena mujer mientras sentía su mano
mojada por las lágrimas de Godofredo.

Quiso éste acompañarla hasta su casa: la prendera no lo consintió.

Pero cuando se estaban despidiendo cruzó como un huracán a su lado don
Laureano Romadonga.

--¿Qué le pasa a ese hombre?--preguntó la seña Rafaela.

--No sé; va muy pálido.

--Nunca le he visto de ese modo.

La señá Rafaela se apresuró a despedirse de su protegido a hizo ademán
de irse hacia su casa; pero en cuanto vio a Godofredo lejos, dio la
vuelta hacia el café del Siglo, porque la picaba mucho la curiosidad.

Romadonga entró efectivamente en el café del Siglo en tal estado de
alteración que sorprendió a sus amigos. Sentose, o por mejor decir
dejose caer sobre una silla, pidió un vaso de agua con azahar al mozo y,
respirando trabajosamente, profirió roncamente:

--¡Si supieran ustedes lo que me acaba de pasar!

Eso es lo que todos querían: saber lo que le pasaba. Pero a pesar de sus
vivas instancias sólo después que hubo bebido el vaso de agua a sorbos y
limpiado repetidas veces el frío sudor que le manaba de la frente
consintió en explayarse.

El suceso era portentoso, inaudito. Para mejor comprenderlo Romadonga
hizo presente que desde hacía mucho tiempo mantenía amistad cariñosa con
la marquesa viuda de Zamara y con su hija Matilde, viuda también de un
primo comandante de ingenieros. Pues bien, de esta viudita tan linda
como ingeniosa tenía celos su querida, la Concha, la hija del sillero,
que todos ellos conocían. Celos infundados, por supuesto, porque jamás
se le había pasado por la imaginación mirarla sino como una buena
amiga...

La duda se infiltró en el pecho de los circunstantes al escuchar esta
afirmación. Pero nadie osó producirla. D. Laureano continuó.

Ya en varias ocasiones habían tenido peloteras sobre este vano supuesto.
Concha no quería que asistiese los lunes a la tertulia de la marquesa, y
se ponía frenética si sabía que las había acompañado en el paseo. Un día
le había amenazado con ir a casa de aquellas señoras y armarles un
escándalo. Pero él no había hecho caso. ¿Cómo suponer que su locura
había de llegar a tal punto? Sin embargo, llegó y aun pasó muchísimo más
allá.

--Hace un momento me hallaba en el teatro de la Comedia. Era el
beneficio del primer galán. La sala estaba de bote en bote. En el
segundo entreacto fui a saludar a la marquesa de Zamara y a su hija
Matilde, que estaban en la primera fila de butacas, cerca del pasillo
lateral de los números pares. Me senté al lado de ellas en una butaca
que había dejado un caballero, y estábamos bromeando alegremente, cuando
de repente veo delante de mí a Concha, de pañuelo a la cabeza y mantón.
Y antes de que pudiera reponerme del susto, se arroja como una fiera
sobre Matilde a bofetada limpia...

Los tertulios lanzaron un grito de asombro.

--¡Qué atrocidad!... ¡No puede ser!

--Lo que ustedes están oyendo; a bofetada limpia y llamándola al mismo
tiempo cuanto puede llamarse a una mujer--profirió trabajosamente el
viejo libertino, volviendo a limpiarse el sudor.

--¿Y usted qué hizo?

--¿Yo?... Ya ven ustedes lo que hice... escapar. Los ojos se me
nublaron. No vi más que una masa de gente que se levantaba gritando,
riendo. Vi a Concha sujeta por dos acomodadores, gritando como ella sabe
hacerlo, y vi también que el rey, que estaba en su palco, precisamente
sobre nosotros, sacaba todo el cuerpo fuera del antepecho para
enterarse, y sonreía... Y no vi más... Es decir, me vi en medio de la
calle, sin abrigo y con el sombrero en la mano, lo mismo que estaba
cuando el cataclismo.

Las exclamaciones de los circunstantes ante aquel caso extraño fueron
interminables. Todos compadecían al viejo elegante: no tenían palabras
bastante fuertes para condenar el brutal proceder de la chica. Sin
embargo, debajo de los comentarios se adivinaba cierto regocijo que
hacía brillar los ojos y pugnaba por salir en forma de carcajadas. El
suceso era chistoso. Uno de ellos, cierto almacenista de camas que solía
acercarse a la mesa de vez en cuando, se atrevió a decir
respetuosamente:

--La verdad es que esa mujer, en mi pobre opinión, no le conviene a
usted, señor Romadonga.

--¡Ya lo creo que no me conviene!--exclamó el seductor con furia.--¡Vaya
una noticia que usted me da! Pero si usted hubiera visto la navaja que
trae consigo constantemente, de seguro no hablaría usted con tanto
desahogo.

--¿Pero sería capaz?...

--¿Capaz? ¡Anda con la niña! La mujer que tiene hígados para lo de esta
noche, los tiene para todo. Me ha jurado muchísimas veces que si algún
día la abandono me dará una puñalada por la espalda... Y yo estoy
convencido de que me la pega... ¡Vaya si me la pega!--profirió con
exaltación.--¿No lo cree usted, D. Dionisio?

--¡Qué situación, si pudiera llevarse al teatro!--exclamó el bardo con
voz sepulcral, saliendo de su abstracción poética.

--Pero, hombre, ¿la quiere usted más dentro del teatro todavía?--dijo
Romadonga sacudiendo la cabeza desesperadamente.



XV


Mientras una cruel pulmonía postraba en el lecho a Mario, su nombre
corría por la prensa periódica, era objeto de apasionadas discusiones.
El fallo del jurado, en lo que a él se refería, fue condenado como
injusto por varios críticos. Otros lo sostuvieron, o por convicción o
por amistad hacia los jurados, o por envidia al nuevo artista. Rivera
había quedado casi tan estupefacto como Mario y casi tan acobardado.
Temía que su cariño le hubiese ofuscado. Pero cuando vio la lucha
empeñada lanzose intrépidamente a ella. Y la pluma del viejo periodista,
tanto tiempo colgada, nada había perdido de su destreza y proverbial
causticidad; vibraba a impulso de la indignación con tal donaire y
desenfado que puso inmediatamente de su lado al público indiferente. Al
propio tiempo, como poseía y sabía tocar la cuerda del sentimiento, sacó
mucho partido de la enfermedad de su amigo, víctima de su arrojo heroico
en los momentos mismos en que lo era de una miserable injusticia.

De tal modo que cuando el joven escultor se levantó de la cama gozaba de
mayor reputación y gloria que si le hubiesen dado la medalla de honor.
Por esta vez la envidia había errado el golpe. La primer noche que se
presentó en el café, sus amigos se pusieron en pie y palmotearon
briosamente. Los demás asistentes siguieron el ejemplo: se le hizo una
ruidosa ovación, de la cual dieron cuenta al día siguiente los
periódicos.

--El arte es la apoteosis de la inutilidad--vertió sentenciosamente
Moreno al oído de don Pantaleón, ya que se hubo calmado el
entusiasmo.--Cuando los objetos útiles dejan de serlo, pasan a la
categoría de artísticos. Un ánfora antes servía para contener agua o
vino. Hoy es objeto decorativo sobre las chimeneas o sobre columnas.
Éstas, a su vez, antes servían para sostener los techos; hoy adornan los
rincones de los gabinetes.

El ingenioso Sánchez se mostró profundamente interesado por estas
observaciones luminosas. Cerró sus grandes ojos apagados en señal de
asentimiento y meditó.

--Se ha observado--prosiguió Moreno--que los países donde se hallan más
desarrolladas las tendencias artísticas son los que dan mayor
contingente a los manicomios. Y es porque el arte es ante todo un juego
estéril de la imaginación. El arte, lo mismo que el misticismo,
concluyen por alterar nuestro desenvolvimiento orgánico. En mi concepto,
lo mismo uno que otro deben ser rechazados como tendencias morbosas.

D. Pantaleón agitó las manos convulsivamente, abrió los ojos y profirió
una serie de exclamaciones corroborantes. Siempre le pasaba igual al oír
la palabra morboso. Este adjetivo ejercía sobre su organismo un efecto
extraordinario, mágico, una sensación de deleite inefable que se le
advertía en el brillo inusitado de los ojos y en el movimiento de
trepidación del bigote. Cuando tenía ocasión de pronunciarlo (y la
buscaba con harta más diligencia de lo que convenía a la armonía del
discurso), lo mascaba, lo paladeaba con gozo indecible, percibiendo en
los labios el mismo grato sabor que algunos santos experimentaban al
proferir el nombre de la Virgen María. Así que sin darse cuenta de ello,
el ingenioso Sánchez declaraba morbosas casi todas las cosas de este
mundo. En su entusiasmo por el vocablo hubiera declarado morbosa a la
misma madre que lo había parido.

Nada nuevo, pues, le decía Moreno. Muy de antemano sabía ya el ilustre
fisiólogo que el arte y el misticismo eran elementos morbosos del
organismo social. Lo eran también otra porción de cosas que Moreno no
sospechaba siquiera. D. Pantaleón, hay que decirlo con toda claridad,
había llegado más arriba en el camino de la indagación, poseía un
conocimiento más completo de los resortes de la Naturaleza que su
amigo. Apenas le faltaba explicación para ninguno de los infinitos
fenómenos de la creación natural. Como hay de ello muchos ejemplos en la
historia de la ciencia, el discípulo sobrepujaba notablemente al
maestro. En alas de su genio, Sánchez había volado de golpe a regiones
donde el pobre Moreno, a pesar de su aplicación asidua, no llegaría
jamás.

Por eso continuaba admirando en su joven amigo la fiera independencia
del carácter, la increíble fuerza de que había dado muestras para salir
triunfante en la lucha por la existencia que para él había sido tan
ruda, la brusca franqueza de su palabra propia del hombre primitivo
nacido para el combate. Pero en cuanto al conocimiento de los problemas
de la ciencia positiva no tenía por qué admirarle. Don Pantaleón poseía
lo menos veinte centímetros más de circunvolución en los lóbulos
cerebrales, como ha de probarse en el curso de esta verídica historia.

Desde hacía algún tiempo venía consagrando toda la fuerza de estos
lóbulos a la resolución de un problema magno, el mismo que había
anunciado vagamente a su yerno como algo que el mundo debía de acoger
con asombro y aplauso. Este problema, hora es ya de revelarlo, no era
otro que _el origen del pensamiento_. El ingenioso Sánchez, a la hora
presente, sabía de un modo perfecto la geografía cerebral. Con ayuda de
su microscopio había escrutado las innumerables células nerviosas de
varios animales, siguiendo con ojo avizor la inmensa red de fibras que
de ellos parten. Luego había obtenido algunos cerebros humanos y había
hecho lo mismo. Conocía las piezas de la máquina. En aquella vasta
ciudad de células gustaba de pasear a menudo y seguir la intrincada red
de sus caminos y senderos. Pero ignoraba por completo el secreto del
mecanismo: recorría las calles, pero nada sabía de lo que pasaba dentro
de las casas. Su genio colosal ansiaba apoderarse del secreto. Algunos
sostenían que era imposible. El ingenioso Sánchez sonreía y meditaba.

Las noticias que los fisiólogos anteriores a él le suministraban eran
muy vagas. Uno sostenía que el pensamiento era una secreción semejante a
la bilis o a la orina. D. Pantaleón en sus experimentos no había hallado
señal de estas secreciones en la masa encefálica. Otro, que el
pensamiento se producía en el cerebro por un método análogo al de la
fabricación del pan. Era más verosímil. Sin embargo, pensaba que debía
de parecerse más a la fabricación de la cerveza a causa del sistema de
destilación, pues no le cabía duda de que las sensaciones para
trasformarse en ideas debían de pasar por un finísimo alambique. Mas a
pesar de cuantos esfuerzos llevó a cabo para descubrir con el
microscopio este cedazo, no lo había logrado hasta entonces.

La resolución de este gran problema le agitaba a todas las horas del día
y en muchas de la noche. Su labor era incesante, hasta el punto de no
dejarle pensar ni sentir apenas otra cosa. Sin embargo, en los actuales
momentos un suceso, al parecer insignificante, le preocupaba bastante,
le tenía más silencioso y meditabundo que de costumbre. Viniendo al
café aquella noche había tropezado en la calle con un hombre tendido
sobre la acera. Quiso levantarle. El hombre no podía tenerse en pie a
causa de su extrema debilidad: según dijo no había tomado alimento en
treinta y seis horas. Lleno de compasión le arrastró como pudo hasta un
_restaurant_ próximo; hizo que le sirviesen caldo y le pagó una buena
comida. Después le dejó casi todo el dinero, que llevaba en el bolsillo.

Pues bien, el célebre antropólogo estaba pesaroso, descontento de sí
mismo. Sabía muy bien que los llamados sentimientos de humanidad y
filantropía son, como el sentimiento religioso, peculiares de las
sociedades primitivas. Una sociedad civilizada no puede admitirlos
porque se oponen abiertamente a las leyes de la selección y de la lucha
por la existencia, que se cumplen en el organismo social como en los
inferiores. En esta lucha los débiles deben perecer: así es conveniente
para el progreso de la especie. Protegerlos, ayudarles a eludir las
leyes indeclinables de la Naturaleza es indigno de un hombre civilizado,
y mucho más de quien como él se dedicaba al estudio de la ciencia
positiva. El que deba vivir que viva; el que deba caer que caiga. De
aquí su remordimiento y tristeza. Y lo que más le avergonzaba era que,
viendo comer a aquel desgraciado con apetito voraz, había llorado de
ternura. Resabios de su educación primera, llena de juicios absurdos y
de imaginaciones infantiles.

Este hecho insignificante probará hasta qué punto aquel hombre insigne
había sacudido de su inteligencia el polvo de las preocupaciones y había
avanzado en el camino de la perfección positiva.

Una de las cosas que logró dar más luz a sus lóbulos cerebrales fue la
compra de un mono. Era el sueño de su vida. Por fin tropezó con ciertos
bohemios que se prestaron a venderle uno valetudinario y sarnoso. Se lo
hicieron pagar bastante caro, visto el afán que por él mostraba. Cuando
nuestro fisiólogo se encontró a solas en su laboratorio en presencia de
aquel ser, su precursor inmediato, sintió emoción indefinible. Un
respeto profundísimo se apoderó de su mente. Delante de sí tenía al
hombre, al hombre primitivo en toda su augusta sencillez y verdad, sin
absurdas ideas metafísicas, sin religión, sin moral, sin los tristes
idealismos que tuercen y adulteran el curso sagrado de la Naturaleza.
¡Ah, no! Aquel hombre no pretendía ridículamente oponerse, como
nosotros, a sus leyes inflexibles, a la ley de la lucha por la
existencia, o de la selección. Era el producto espontáneo de la
Naturaleza, resplandeciente como ella de majestad y de inocencia.

Acurrucado en un rincón, el hombre primitivo clavaba en el secundario
una mirada inquieta y temerosa. Pero viendo que éste no trataba de
hacerle daño, concluyó lógicamente por rascarse la barriga, ejecutando
después otra serie de maniobras candorosas que el gran antropólogo
seguía con mirada escrutadora y reflexiva. La ciencia estaba de
enhorabuena. En el cerebro del ingenioso Sánchez germinaban pensamientos
fecundos, admirables proyectos de experimentación. Desgraciadamente no
pudieron realizarse por una alteración funesta de los nervios de la
esposa del fisiólogo.

D.ª Carolina no tenía noticia de la compra del mono. D. Pantaleón, que
sabía cuán poca simpatía le inspiraban los adelantos de la ciencia,
había cuidado de ocultársela. Hallábase, por tanto, la buena señora
ajena enteramente a la presencia del hombre primitivo en su domicilio,
cuando aquél se encargó de hacérsela notar en la forma más inconveniente
que pudo verse jamás. Una noche, atravesando el corredor de la casa con
una bujía en la mano, sintió que dos brazos peludos la agarraban por el
cuello, y unas uñas infernales se le clavaban en el rostro. La infeliz
pensó que el mismo demonio venía a arrebatarla. Dio un grito horrísono y
se le cayó la palmatoria de la mano. Cuando la gente de casa acudió
yacía en el suelo privada de conocimiento. El mono se balanceaba en lo
alto de una percha, revelando en su fisonomía expresiva la sublime
indiferencia que caracteriza a los seres no adulterados aún por ideas
metafísicas.

Claro está que desde entonces no volvió a hablarse de él en la casa del
fisiólogo; es decir, sí se habló, y mucho, pero fue siempre para vejar
al ilustre antropólogo, quien por largo tiempo no pudo gozar de
tranquilidad a la hora de comer.

Por fortuna, un suceso próspero vino a borrar aquella impresión fatal.
Ya sabemos que la hija menor de Sánchez, desde que perdiera su belleza
en aras de la ciencia, apenas pisaba la calle. Al café del Siglo no
había vuelto jamás. El desengaño de Godofredo al tiempo mismo que le
había herido la desgracia, no poco contribuyó también a dejarla en el
profundo abatimiento en que vivía. Silenciosa y melancólica la que antes
era todo ruido y alegría, parecía una sombra vagando por la casa. A
veces se la oía gemir. Su madre sacudía entonces la cabeza, terrible,
amenazadora como una eumenida; el ingenioso Sánchez bajaba la suya,
sometiéndose a aquel castigo, pero satisfecho en el fondo de sus lóbulos
cerebrales de haber sacrificado una hija en el altar de la ciencia, no
en el del fanatismo metafísico. Si en aquellas negras horas de
desesperación todos sus pensamientos eran para el ingrato Llot, sin que
un vago a insignificante recuerdo mereciese la pasión de Timoteo, no es
fácil averiguarlo. Lo que sí puede afirmarse es que el violín de aquel
desgraciado joven seguía exhalando quejas melancólicas por la noche lo
mismo que en los tiempos de esplendor de su adorada. Para él no existían
quemaduras ni costurones; todo era como antes tersura, nácar y
alabastro; sus notas se arrastraban siempre lánguidas, voluptuosas,
enamoradas.

En casa del fisiólogo nada se sospechaba del fondo sensual que
encerraban. Sánchez no podía reparar en tales futilezas. D.ª Carolina
iba poco por el café y estaba muy lejos de presumir que existiese en la
tierra tal desinteresado amor. Así que fue viva su sorpresa al recibir
un día la visita del artista en traje de ceremonia. La esposa del
antropólogo no estaba sola. Su hija Presentación bordaba a su lado cerca
del balcón. El artista avanzó con tan amable sonrisa que su boca se
dilataba de un modo imponente.

--Buenas noches, D.ª Carolina... ¡digo no! Buenos días, D.ª Carolina;
buenos días, Presentacioncita.

Inmediatamente el heroico joven quedó envuelto en una nube de lluvia
menudísima, de la cual por fortuna sólo algunas gotas vinieron a caer a
los pies de la buena señora. Después se creyó en el caso de refrenar el
vuelo de su fisonomía, dándole la gravedad apropiada al caso; pero tan
pronto como consiguió llevarlo a cabo, su boca volvió a dilatarse,
recobrando la posición anterior como un resorte que se suelta. Tornó a
cerrarla con esfuerzo y de nuevo volvió a soltarse, repitiendo la
operación algunas veces antes de pronunciar una palabra. Esto, unido a
cierto modo extraño y constante de sobarse las rodillas con la palma de
las manos como si estuviera dándoles fricciones de algún bálsamo
antirreumático, produjo en D.ª Carolina un movimiento de impaciencia que
procuró refrenar con su amabilidad característica. Al cabo rompió.

--Señora, aquí Presentacioncita sabe perfectamente...

Pero en el mismo instante la aludida se alzó bruscamente de la silla y
salió de la sala. El artista, detenido en los comienzos de su discurso,
la miró alejarse con sorpresa y dolor.

Presentación, desde que perdiera su belleza, se había vuelto suspicaz,
recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. Ésta fue la razón de su
brusca partida. Imaginó que Timoteo, desdeñado en otro tiempo, venía a
gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.

¡Cuán lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante sentía el
corazón de Timoteo era idéntico a lo que vibraba en el alma de su
violín, todo lánguido, todo voluptuoso.

--Señora, yo sé que soy un gusano indigno...

Este comienzo no le pareció mal a D.ª Carolina y procuró dárselo a
entender con una sonrisa benévola.

--Un gusano... eso es...

--Vamos, Timoteo, cálmese usted. Le veo un poco agitado.

--¡Cómo no he de estarlo, señora! ¡Cómo no he de estarlo si lo que me
pasa a mí!...--exclamó el joven apretando las rodillas con sus manos
crispadas.

--¿Pero qué le pasa, criatura?--preguntó la señora con una entonación
que decía bien claro que lo sabía.

--Ya sé que soy un indigno gusano...

--¡Dale! ¡Cálmese usted, Timoteo, cálmese!

--Yo venía con intención de hablar con usted, señora... pero ya no puedo
hablar... ¡no puedo hablar!--profirió con creciente agitación.

D.ª Carolina le contempló un instante con sonrisa maliciosa y dijo al
cabo:

--Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tenía que decirme a mí.

Timoteo la miró estupefacto.

--Señora--venía usted a decirme,--yo sigo tan enamorado de su hija
Presentación como el primer día. A pesar de su desgracia la quiero con
todo mi corazón, porque mi cariño no se cifraba en la hermosura del
cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jamás muere.

El violinista se puso horriblemente pálido. Alzose de la silla y comenzó
a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenesí. Todo su
amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su
mente desde hacía tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas,
incoherentes, que resonaron lúgubremente en la sala como la confesión
de un reo en capilla. Pero venían envueltas en una nube tan espesa de
rocío que D.ª Carolina se vio precisada a apartarse más de una vez y
refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.

Al fin se dejó caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.ª
Carolina también se sentó y le contempló largo rato con mirada
chispeante de malicia.

--¡Pícaro, qué bien me conoce usted!--exclamó dándole un pellizco.

Timoteo clavó en ella una mirada de besugo atónito.

--A usted no se le ha escapado el cariño con que siempre le he mirado.
Es una debilidad, una manía; nunca he podido remediarlo. Mis hijas me
tienen dicho un millón de veces: «¡Pero, mamá, no callas con Timoteo! ¿Y
qué le voy a hacer, hijas mías? El cariño no puede razonarse, y yo se lo
he tomado a ese muchacho. No digo a Presentación solamente: si diez
hijas tuviera y Timoteo me las pidiese, las diez le daría sin vacilar un
momento.»

Aquella prueba poligámica de simpatía conmovió de tal manera al
violinista que se alzó de nuevo agitando el sombrero; pero D.ª Carolina
logró hacer que se sentase tirándole de la levita.

Finalmente, el artista pidió con más humildad que ceremonia la mano de
Presentación, añadiendo que, si no lograba verse unido a ella, sus
medidas estaban ya tomadas, su resolución era irrevocable. Y no se
explicó más; pero bastaba y sobraba, atento el tono fúnebre con que
profirió tales palabras. Timoteo pensaba en divorciarse de la
existencia.

D.ª Carolina adoptó inmediatamente un continente grave, protector, de
una importancia tal que el violinista comprendió que su vida estaba en
manos de aquella señora. Largo rato estuvo pensativa. Luego manifestó
que por ella todo quedaría arreglado en seguida. ¡Ah, por ella no había
dificultad alguna! Desgraciadamente era necesario consultar otras
voluntades: primero la de Presentación...

La esposa del fisiólogo se levantó del asiento, tomó de la mano
gravemente al artista y le llevó consigo fuera de la sala. Timoteo se
dejó arrastrar presa de una emoción que le privaba por completo del uso
de sus facultades mentales y a medias del juego de las rodillas.
Llegaron al pasillo, y allá a lo lejos columbraron la silueta de
Presentación. Mas apenas los divisó ésta, corrió a refugiarse en su
cuarto, que cerró con un violento portazo.

D.ª Carolina dirigió una sonrisa dulce al violinista, en cuyos ojos se
pintaba el espanto.

--Presentación, abre--dijo aquélla llamando con los nudillos a la
puerta.--Timoteo necesita hablar contigo dos palabras.

--Nada tiene que hablar Timoteo conmigo--respondieron de adentro.

D.ª Carolina volvió de nuevo su fisonomía condescendiente hacia Timoteo,
dibujándose en ella otra dulce sonrisa.

--Sí, hija mía, sí. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.

--Ni seria ni risueña: no quiero oír nada--repuso Presentación.--Que se
vaya.

D.ª Carolina sonrió nuevamente y apretó la mano del violinista. Éste se
hallaba consternado.

--Vamos, no seas terca. Abre, hija.

--¡Que se vaya! ¡que se vaya!--repitió la joven con más fuerza.

--Háblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio--dijo la
esposa del fisiólogo empujando a Timoteo.

Éste bajó la cabeza y aplicó su boca húmeda a la cerradura.

--¡Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...

--¡Váyase usted! No quiero oírle.

--Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho
tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el
destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente será mi
bandera, bajo la cual pelearé hasta derramar la última gota de mi
sangre...

La voz del violinista, al pasar por el agujero de la llave, producía un
zumbido oscuro, lamentable, en el cual apenas podían percibirse las
palabras. Presentación no respondía. Sin embargo, la imagen expresiva
de la bandera y de la gota de sangre debieron de enternecer un poco su
corazón. Al cabo de un rato repitió por máquina y con menos fuerza:

--Que se vaya... que se vaya.

--Presentacioncita--aulló de nuevo Timoteo,--¡quisiera morir por usted!
Quisiera morir cuando el sol traspone los montes lejanos del horizonte,
cuando muere la luz entre celajes de ópalo y grana. Quisiera morir, y
sería feliz si supiese que en mi tumba solitaria vendría usted a
depositar algunas margaritas silvestres...

Timoteo repetía los conceptos poéticos que más habían herido su
imaginación en la letra de los nocturnos y _canzonetas_ que tocaba.
Presentación guardó silencio. Al cabo de un rato aquél volvió a zumbar,
incurriendo en flagrante contradicción.

--¡Presentacioncita, por Dios, no me deje usted morir así!

Después de una larga pausa se oyó la voz de la niña que profería estas
notabilísimas palabras:

--Mamá, haz lo que quieras.

Inmediatamente Timoteo se sintió en los brazos de su futura suegra.
Pálido, trémulo, aniquilado de emoción, se dejó arrastrar de nuevo por
aquélla a la sala.

¿Qué pasó allí? Apenas es necesario manifestarlo. D.ª Carolina dio
rienda suelta a su corazón magnánimo. Se mostró ante los ojos húmedos de
Timoteo, no con la apariencia desagradable que hasta entonces se había
visto precisada a adoptar, sino como lo que era en realidad, un tesoro
de indulgencia y generosidad. Media hora de conversación íntima bastó
para que Timoteo se viese tratado con la confianza y cariño de un hijo
mimado. No sólo aquella bondadosa señora dio su pleno consentimiento
para la boda, sino que ofreció su apoyo para vencer la única grave
dificultad que para ella se presentaba, la voluntad de su marido. D.
Pantaleón, el terrible D. Pantaleón, seguía pesando como una losa sobre
los deseos y aspiraciones de la familia. Aún más: D.ª Carolina llegó a
consentir que la llamase mamá cuando estuviesen solos, y le prometió
tutearle en el mismo caso. ¡Pero cuidado con que llegase a noticia de su
marido! No satisfecho su tierno corazón con esto, al despedirse, cerca
de la escalera, de su futuro hijo político le dio un beso maternal en la
frente. De tal modo que Timoteo bajó los peldaños tambaleándose de gozo,
no sin besar antes las manos de aquella adorable señora, derramando
sobre ellas un raudal de lágrimas y saliva.

Los dioses no se fatigan jamás cuando quieren hacer a un mortal feliz o
desgraciado. Aún le tenían reservado a nuestro artista un nuevo triunfo
que saboreó al llegar a su casa. En ella le aguardaba el padre
Laguardia, más huesudo y más inquieto que jamás lo había sido. Timoteo
no le conocía más que de vista. Después de saludarle rápidamente, el
presbítero le preguntó con agitación:

--Venía a que usted me dijese, si es que lo sabe, dónde vive actualmente
su amigo Llot.

--¿Mi amigo Llot?

--O su enemigo. Es igual. Dónde vive es lo que me importa averiguar.

--Pues no lo sé, ni lo he sabido nunca.

--¡Nadie! ¡nadie!--exclamó el clérigo terciando el manteo y comenzando a
dar vueltas por la habitación como un loco.--¡Nadie sabe dónde se
esconde ese pillo!... Porque es un pillo, ¿sabe usted?--añadió
encarándose con Timoteo ferozmente como si no esperase más que éste le
contradijese para arrojarse sobre él.--¡Un granuja! ¡un miserable! ¡un
estafador! ¡En cuanto le tropiece le piso la cara!

--¡No puede ser!--dijo Timoteo inundado de gozo.

--¿Que no puede ser?--chilló el cura abalanzándose a él y sujetándole
por la solapa de la levita.--¿Cree usted que yo no soy capaz de pisarle
la cara?

--No es eso. Lo que yo quería decir es que me extrañaba que un muchacho
tan inocente, que parecía una palomita sin hiel...

--¡Una palomita!--exclamó D. Jeremías sonriendo sarcásticamente.--¡Una
palomita!... ¡Un raposo!--profirió con grito horrísono.--Un raposo a
quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.

Y comenzó de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo
tremendas imprecaciones.

Al fin se dejó caer en una silla y se puso a contar lo que le pasaba.

Godofredo le había ido sacando poco a poco y con diferentes pretextos
algunas cantidades, las cuáles sumaban a la hora presente seiscientas y
pico de pesetas, desapareciendo de la noche a la mañana. No era eso lo
peor. Lo verdaderamente infame es que se había valido de su nombre para
estafar una porción de dinero a algunos amigos: al cura de San Ginés
sesenta duros, al capellán de las Adoratrices cuarenta y cinco, al
excusador de San Millán diez y seis, etc., etc. Iba pidiendo estas
cantidades como si fuesen para D. Jeremías. Cuando presumía que no
bastaba la palabra, presentaba una carta falsificando la firma...
Además, había encargado un sin fin de misas por el alma de su madre, y
de toda su parentela, sin que jamás hubiese dado un cuarto a los
sacerdotes que las dijeron. Resultaba, en fin, debiendo y estafando a
todas las personas con quienes le había puesto en relación...

D. Jeremías no podía estarse quieto mientras relataba tales infamias. Se
sentaba, se alzaba, paseaba, manoteaba, chillando al mismo tiempo como
un energúmeno.

Timoteo sentía correr por sus venas un estremecimiento dulcísimo. A la
agitación y cólera que reflejaba el rostro del presbítero oponía su
semblante una placidez verdaderamente paradisiaca.

Y más se acentuó esta expresión de beatitud celeste cuando vio salir a
D. Jeremías como un huracán, sin decirle adiós siquiera, gritando al
trasponer la puerta:

--En cuanto le tropiece, no hay más, ¡le piso la cara!



XVI


Don Laureano Romadonga no era hombre que se dejase aprisionar fácilmente
por los artificios femeninos; que comprometiese el sosiego de su vida,
sus placeres, su independencia por una mujer, cualquiera que ella fuese.
Conocedor profundo de la existencia, había formado hacía mucho tiempo su
plan, y de él no se apartaba una línea. Sus días se deslizaban serenos,
risueños, libando voluptuosamente la corta cantidad de miel que sólo
proporciona este valle de lágrimas a los solterones ricos y sanos.

Desgraciadamente la impetuosidad absurda de su última querida había
venido a turbar el curso sereno de estos días. Hacía ya algún tiempo
que el viejo seductor comprendiera que le convenía cortar estas
relaciones enfadosas. Si no lo ponía en práctica, como en casos
semejantes había hecho, no era por falta de voluntad, sino por el
temorcillo que la navaja de la chula había logrado inspirarle. No
obstante, después de la escena escandalosa del teatro, la separación
quedó resuelta en principio. Aunque por un refinamiento de hombre
gastado le placiesen para queridas las mujeres de genio vivo y hasta un
poco agresivas, los arranques de la hija del sillero rebasaban ya los
límites de lo tolerable. No era posible continuar. Sus planes sabios
corrían peligro de hundirse para siempre con aquella chiquilla violenta
y caprichosa.

Era demasiado listo, sin embargo, para dejar traslucir sus propósitos.
Continuó en apariencia tan enamorado. Mantuvo a la Conchita en la
ilusión de ser su última y definitiva querida. Hasta le dejó entrever
algunos tenues y lejanos rayos de luz matrimonial. Mientras tanto, allá
en el fondo de su cerebro artificioso se elaboraba tranquilamente un
plan maquiavélico que iba a marchitar en flor tanta dulce esperanza.
Romper con la chula quedándose en Madrid era expuestísimo. Aunque
avisase a la policía, tenía la seguridad de que Concha le daba una
puñalada por la espalda. ¡La conocía bien! A aquella muchacha fiera y
escandalosa le importaba un bledo ir a presidio o a la horca con tal de
satisfacer su venganza. Era necesario escapar de Madrid. ¿Adónde?
Después de meditar varios días este punto, se decidió por París. Aquella
inmensa ciudad, emporio de todos los placeres, convenía admirablemente a
los fines interesantes que Romadonga perseguía en esta vida. Pasar el
invierno en París; desde allí, cuando viniese el verano, trasladarse a
Biarritz o San Sebastián; en el mes de Octubre, trascurrido ya cerca de
un año, regresar a Madrid. En todo este tiempo la hija del sillero le
olvidaría, hallaría otro acomodo, desaparecería de Madrid. ¿Quién sabe
lo que podía suceder?

Resuelto, pues, a llevar a cabo el proyecto, comenzó sigilosamente a
hacer sus preparativos. Vendió los coches y los caballos, giró a la
capital de Francia dinero, envió a su criado por delante con los objetos
necesarios, hizo la maleta; y una tarde se metió cautelosamente en un
coche del Sud-exprés y huyó de Madrid sin dar cuenta a nadie de su
viaje. Una hora antes había estado en casa de su querida. Con sarcasmo
mefistofélico pasó largo rato hablándole de planes para lo porvenir,
prometiendo llevarla pronto a vivir consigo y viajar con ella algunos
meses y comprarla una magnífica cama que juntos habían visto en un
escaparate de la calle de Alcalá. Estuvo jocoso y seductor como nunca.
Al despedirse le dijo que vendría de noche a buscarla para ir a un
teatrito por horas, y que estuviese ya vestida y no se hiciese esperar.
La sonrisa cruel que plegaba sus labios al bajar la escalera inspiraba
frío y miedo.

¡Pobre niña! ¡Cuán ajena estaba del pensamiento que bullía en la mente
de aquel hombre egoísta, sin entrañas!

Mientras corrió el tren por los campos de España, todavía la imagen de
la chula venía de vez en cuando a turbar su espíritu. Pero en cuanto
atravesó la frontera se le borró por completo. Al llegar a París buscó
un cuartito amueblado en lo más céntrico; alquiló coche, compró caballo,
se hizo socio de dos clubs aristocráticos y comenzó a hacer la vida a
que sus convicciones filosóficas le arrastraban. De tal suerte, que a
los quince días se encontraba infinitamente mejor que en Madrid, y
principiaba a sospechar que no sólo aquel invierno, sino todos los que a
Dios pluguiere concederle, iba a pasar en aquella hermosa capital.

La existencia de Romadonga se deslizaba serena, feliz, egoísta como la
de un dios, viviendo únicamente para sí y contemplando con augusta
indiferencia los dolores y las alegrías de los otros. Excusado es decir
que el sol que más iluminaba y amenizaba aquella existencia era la
mujer. Pero no una mujer determinada; la mujer en general; hoy una,
mañana otra. Después de paladear la fruta hermosa, pero un poco
insípida, de las burguesas madrileñas y morder en la guindilla de las
chulas, las cortesanas parisienses, tan elegantes, tan ingeniosas y
cultas, le parecían un bocado exquisito. Y hay que confesar que supo
aprovecharse. En poco tiempo fue popularísimo entre ellas. Le llamaban
riendo el _fidalgo español_. Su carácter frío, su ingenio reconocido y
el cinismo con que se expresaba logró dominarlas. Hasta el exagerado
acento extranjero contribuía a dar más gracia a sus frases insolentes en
el fondo y correctas en la forma.

Gozando de más libertad que en Madrid, con gozar aquí mucha, tan pronto
se le veía con una dama del brazo como con otra, creyendo a puño cerrado
que la Naturaleza sólo es bella por su rica variedad. A ciertas horas
del día hallaríasele invariablemente paseando por los boulevares con el
cigarro en la boca balanceando su esbelta figura entre la muchedumbre;
dirigiendo su mirada atrevida, escrutadora, a las bellezas que cruzaban
cerca, inclinándose a un lado y a otro para ver mejor; a veces teniendo
el paso y siguiéndolas con la vista largo rato.

--Es guapa esa barbiana, ¿verdá tú?

Romadonga sintió un escalofrío mortal correr por sus venas. Volvió el
rostro espantado y se encontró con la mismísima Concha. Instintivamente
puso las manos por delante.

--¡No seas tan jindamón, hombre!--profirió la chula con voz ronca,
apoyándose en cada sílaba y mirándole de arriba abajo con ojos torvos,
despreciativos.--¿No ves que soy una mujer?

La vergüenza hizo que volvieran los colores a las pálidas mejillas del
_fidalgo español_.

--Es que tú no eres una mujer como otras... ¡Ya lo creo, caramba!...
¡Pues si me descuido, caramba!

--¡Ya lo creo! ¡Si te descuidas, caramba!--exclamó haciendo burla la
chula.

En verdad que Romadonga estaba descompuesto y aturdido que daba lástima.

--Si te descuidas, ¡na!--prosiguió Concha.--El día que se me meta en el
moño te clavo el corazón, con cuidao o sin él... ¿Qué te has figurao,
viejo silbante, que después de lo que has hecho conmigo me ibas a tirar
a la barredura, como un papel sucio?... ¡Ja, ja!... Que se te quite,
infeliz.

El traje, la actitud y la voz de la chula habían hecho pararse a algunos
curiosos. D. Laureano, avergonzado y alentado al mismo tiempo, exclamó
irguiéndose:

--Vaya, vaya, déjame en paz y sigue tu camino. Nada tengo que partir
contigo.

--¿Nada tienes que partir conmigo, malvao? Y la criatura que he dejao en
Madrid ¿es la punta de un cigarro que tiras a la calle cuando empieza a
quemarte, verdá tú? Y mi honra es otra colilla ¡puf! que se escupe y no
se vuelve a mirar... Aquí tienen ustedes un hombre, señores (volviéndose
a los circunstantes, que no entienden una palabra y contemplan
asombrados la escena). ¿Ven ustedes este viejo baboso, que tiene más
años que Matusalén, más pintao que un monumento y más perfumao que una
corista? Pues este tío ha conseguío chalarme no sé por qué... por la
labia, por la fachenda, por las mentiras... en fin, por lo que a ustedes
no les importa. Y luego que me ha visto chalá, y me ha deshonrao, y me
ha tenío tres años sujeta como una mona, de la noche a la mañana y sin
decir «agur Conchita,» se escapa a París, y ¡venga juerga con las
suripantas!... ¡Qué bonito! ¿verdá ustedes?... Pero como yo soy hija de
mi padre y de mi madre, y no hay más que una vida que perder, y de mí no
se ha reído ningún roío dao por tal como éste, a este tío asqueroso
nadie le mata más que yo, ¿saben ustedes?

D. Laureano vio un agente de policía acercarse y, envalentonado, se
atrevió a decir con tono despreciativo:

--Anda, anda, sigue tu camino, que todo lo que te he quitado te lo he
pagado en buenos billetes de Banco.

Los ojos de Concha relampaguearon como los de una pantera.

--¿Dinero por mi honra, canalla?--gritó en el paroxismo de la cólera.

Y llevándose la mano al seno, sacó rápidamente una navaja de grandes
dimensiones, la navaja de marras. Pero en aquel instante las manos del
agente la sujetaron por detrás, D. Laureano retrocedió más pálido que la
cera.

--Déjenme ustedes que saque las tripas a ese infame--gritaba la chula
tratando de desasirse.

Pero al volver la cabeza para ver quién la sujetaba, quedose
repentinamente inmóvil.

--¡Un guindilla! Está bien. Tome usted--dijo entregándole la navaja
tranquilamente; luego, subiéndose el mantón y apretando el nudo del
pañuelo, añadió:--Lléveme usted a la cárcel.

Y volviéndose a Romadonga en una actitud fría, desesperada, que
inspiraba miedo y lástima al mismo tiempo, con terrible calma dijo:

--No tardaré en salir. Te juro por la salud de mi hijo que pronto
tendrás noticias mías. Cuando recibas el golpe, si tienes tiempo a
pensar, ya sabes quién te lo ha dado.

Estas palabras desgarraron el corazón magnánimo de D. Laureano. La vida
es dulce a todos los mortales, pero muy especialmente lo era para aquel
hombre venerable. Recibir una puñalada por la espalda sin aviso de
ninguna clase, le era profundamente desagradable. Así que, antes de que
el policía llevase consigo a Concha, se dirigió a él y, en francés
chapurrado, le manifestó que aquella señora era su esposa y que le
hiciese el favor de soltarla.

Esto fue lo único que comprendió el círculo de curiosos que les rodeaba.
La noticia causó sorpresa y no poca risa. El agente no se avino a ello
sin llevarlos a ambos antes a las oficinas de la policía. Entonces
Romadonga, con la galantería propia de un fidalgo español, ofreció el
brazo a la chula y se fueron escoltados por el guardia. La muchedumbre
aplaudía riendo.



XVII


Mario llegó a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas de
obra en su estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lo
trabajó con gloria y provecho. Comenzó a ganar sumas considerables.

Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales,
donde sus padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; pero
sin despilfarro. El ingenioso Sánchez y D.ª Carolina andaban un poco
apurados de dinero por los gastos del primero en publicaciones,
instrumentos científicos, excursiones, etc, etc. Carlota los protegía.
Pero a Mario le parecía siempre poco lo que les daba. Era tan infeliz
aquel muchacho, que cuando doña Carolina venía a llorarle alguna
lástima, por su gusto le entregaría todo el dinero que había en la casa.

--¿Para qué necesitamos nosotros tanto?--decía a menudo a su esposa.

--Para nuestro hijo y para los que puedan venir--respondía Carlota.

Mario le apretaba la cara con entusiasmo.

--Lo que yo pido para mi hijo--exclamaba--es que le gusten las artes y
encuentre una mujer como tú. ¡Entonces vale la pena el haber nacido!

El pequeño Mario tenía ya cerca de cuatro años. Era un niño fresco,
sonrosado, con grandes ojos suaves y límpidos y una boca de cereza
plegada siempre por sonrisa angelical. El escultor le adoraba con
frenesí por ser su hijo y además porque era un retrato en miniatura de
Carlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad, la misma
igualdad de humor. Cuando aquélla quería que su marido descansase, no
tenía más que enviar al niño al estudio. Mientras estuviese allí tenía
la certeza de que Mario no tomaría los palillos o el cincel en la mano.

Todo sonreía, pues, a la familia del célebre antropólogo, el cual no
cesaba un instante en sus indagaciones preparando a sus descendientes
gloria inmortal.

El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizado
todavía, se hallaba en camino. Últimamente, D. Pantaleón había levantado
la tapa de los sesos a un perro, y por espacio de algunos segundos pudo
observar el juego de su mecanismo cerebral. Por desgracia, el perro
falleció al instante. Sólo ligerísimos apuntes sacó para el famoso
descubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino.
El insigne fisiólogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felices
adivinaciones. En el corto tiempo de que dispuso observó que la sangre
de la masa encefálica cambiaba de color en diferentes sitios, tornándose
unas veces más clara, otras más oscura. Era, pues, exacto que la
fabricación del pensamiento debía de semejar bastante a una
_destilería_, como él había presumido.

Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentáneamente el curso
de estas indagaciones. El matrimonio de su hija Presentación iba a
llevarse pronto a efecto. Timoteo entraba a todas horas del día en la
casa y era considerado ya como un hijo más. Se hacía el equipo, se
amueblaba un cuarto en sitio próximo, se arreglaban los papeles. Mas he
aquí que un día, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se había
caído al suelo, vio don Pantaleón en su cuello una mancha encarnada que
al punto le pareció de carácter herpético. Nada dijo por entonces.
Procuró con maña cerciorarse. Pronto logró averiguar que Timoteo, en
efecto, padecía de herpetismo. El fisiólogo comprendió que era de todo
punto imposible la realización de aquel matrimonio.

Por la noche, hallándose a solas, se lo hizo entender así a su esposa
con la debida suavidad: no habría exageración en decir timidez. Expuso
las razones que tenía para hallar tal unión desacertada, todas
rigorosamente científicas y basadas en los últimos progresos de la
antropología. El herpetismo significaba una degradación física como
todos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan sólo a
no contrariar la selección natural, sino a favorecerla por cuantos
medios podamos. Debemos evitar a todo trance que procreen los seres que
no estén perfectamente sanos si queremos que la raza vaya siempre
mejorando, etc.

D.ª Carolina no hizo caso alguno de estas observaciones. Antes tomó pie
de ellas para vejar al fisiólogo, maldiciendo de sus aficiones y
recordándole con pesadísimas palabras las quemaduras de su hija.
Insistió a los pocos días con idéntica suavidad. Nada. La esposa
respondió aún con más acritud y desprecio. Entonces, viendo que sus
esfuerzos eran inútiles para impedir aquel matrimonio rechazado por los
progresos biológicos, se le declaró una tristeza negra que le privaba
del apetito y del gusto por la experimentación. Esta gran melancolía
hizo crisis a los pocos días con una extraña explosión que puso en
espanto a toda la familia.

Pasando una mañana Timoteo desde la sala al comedor, D. Pantaleón, que
al parecer estaba apostado en uno de los cuartos del pasillo, se arrojó
sobre él de improviso, le echó las manos al cuello y hubiera concluido
probablemente por estrangularle si al ruido no hubiera acudido la gente
de casa. A duras penas consiguieron arrancárselo de las manos. Todavía,
sujeto por Mario, Carlota, D.ª Carolina y la criada, gritaba como un
energúmeno, los ojos inyectados, el semblante descompuesto:

--¡No se casará usted con mi hija, no! ¡Yo lo impediré aunque sea a
costa de mi sangre!... En mi casa no atacará nadie impunemente la ley de
la selección... ¡Vergüenza había de darle, con los caracteres orgánicos
que usted presenta, intentar un matrimonio que ha de ser funesto para la
raza!... Yo no quiero una descendencia degradada... ¿Lo oye usted
bien?... ¡No la quiero!

La excitación fue tanta que al fin cayó privado de conocimiento,
echando espuma por la boca.

Recobró al poco rato el sentido; estuvo enfermo algunos días; al cabo
curó por completo sin que el ataque hubiese dejado rastro alguno como se
temía. La boda de Presentación se realizó sin ningún otro incidente
desagradable. Todo volvió a quedar en paz.

Mario y Carlota no dejaban de aprovechar los momentos que aquél tenía
libres para solazarse, unas veces yendo a paseo, otras al teatro, otras,
en fin, comiendo en los _restaurants_. Era tanto lo que se placía el
escultor en estos festines matrimoniales que Carlota consentía en ellos
de buen grado, aunque no le gustasen por espíritu de orden y economía.

Una de las pocas amigas que tenía vino un día a invitarla para asistir a
cierta comedia casera. Esta amiga era a su vez invitada, pero tenía
libertad para llevar a quien quisiese. Consultó el caso con su marido.
Hallolo bien Mario y aun prometió acompañarlas si alguna ocupación
urgente no se lo impedía. Como era domingo el día señalado, y por la
tarde, no hubo inconveniente. Ambos se fueron, pues, de bracero a
buscar a la amiguita y de allí a la calle del Amor de Dios, donde estaba
la casa en que la representación iba a efectuarse. Era un edificio bajo,
antiguo, bien conservado, de un solo piso, en el cual vivía únicamente
su propietaria, una señora viuda con dos hijas solteras, un hijo y una
nieta de catorce a quince años. Desde que se ponía el pie en el portal
se observaba el espíritu religioso, la economía y la limpieza que
reinaban en aquella casa. Los muebles de la antesala eran feos y
antiguos, pero brillaban por el frote de la bayeta y el cepillo. En uno
de los ángulos había un pedestal con una Purísima de yeso, pintada. Los
pasillos amplísimos y enjalbegados como los de un convento.

Pasaron a un gabinete donde había ya reunidas bastantes personas y donde
la señora de la casa los recibió con amabilidad grave y protectora. Era
una dama extremadamente alta, de bastantes años, enjuta, con ojos negros
de mirar imponente, los blancos cabellos pegados a la frente con goma.
Vestía de negro y estaba sentada en un elevado sillón de cuero,
mientras que todos los demás se hallaban acomodados en sillas más bajas.
De suerte que D.ª Fredesvinda, que así se llamaba, parecía una reina
rodeada de su corte. Y ciertamente, la pausa con que hablaba y la
majestad de sus ademanes contribuían bastante a hacer la semejanza más
perfecta. Las dos hijas solteras que se encontraban en el círculo de los
tertulios pasaban ya de los treinta, y vestían el traje con que iban a
representar, lo mismo que la nieta. Estaba también el padre de ésta,
viudo, hijo de la señora, y que no habitaba la casa porque sus
costumbres independientes no se compadecían con el régimen austero que
allí se observaba.

D.ª Fredes era aficionadísima a la literatura, a la música y en general
a todas las artes; se creía muy competente, y sus tertulios asiduos la
creían también. Reuníanse en aquella casa los domingos varios poetas y
poetisas, alguna de las cuales tocaba asimismo el piano. Solía ir un
pintor de marinas que había presentado algunas en distintas
exposiciones, sin que hasta la fecha le hubiesen dado recompensa
alguna. D.ª Fredes juzgaba esto una de las grandes injusticias del siglo
diez y nueve. Para ella, Martínez, que así se llamaba el pintor, era uno
de los artistas más eminentes que hubiese producido la España
contemporánea. Con lo cual dicho se está que D.ª Fredes era para
Martínez el más profundo de los críticos actuales. Era igualmente
tertulio un profesor de flauta que había compuesto y publicado varias
tandas de valses, una de las cuales había tenido el honor de dedicar a
aquella señora. No quedaba sin representación, pues, más que la
escultura. Por eso Mario fue acogido con extraordinaria benevolencia.

Inmediatamente, lo mismo él que Carlota, a una señal, mitad amable mitad
imperiosa, de la notabilísima señora, fueron a sentarse, formando como
los demás círculo en torno de ella. Pasados algunas instantes se dignó
dirigirle desde su alto sitial las siguientes palabras:

--Ha llegado a mis oídos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy
distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde
tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los días.

Tan benévolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza,
produjeron en el auditorio emoción respetuosa. Todos los rostros se
volvieron hacia Mario, felicitándole con la mirada por ser objeto de
ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra
que se le dispensaba.

Después de algunos momentos de silencio D.ª Fredes volvió a tomar la
palabra con idéntica calma y majestad.

--La escultura es un arte muy bella. Sé que los griegos la han cultivado
con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningún modo que
presenten sus estatuas desnudas. Ésta es mi opinión y la he expresado ya
en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe
perfectamente.

Hubo un murmullo de aprobación en el gabinete. El profesor de flauta
apuntó tímidamente que, en efecto, él conocía la opinión de D.ª
Fredesvinda hacía ya mucho tiempo. Ésta le dirigió una mirada grave y
afectuosa.

Mario iba a contestar, pero ya D.ª Fredes, cumpliendo un deber de
cortesía, había convertido la atención a otro asunto.

--Recareda--dijo volviéndose a una de sus hijas,--enseña el pañuelo de
que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.

La hija, que era ya una mujer bien ajada, próxima a los cuarenta, se
apresuró a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre
la chimenea un pañuelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con
entusiasmo; después lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos
las mismas alabanzas. Cuando volvió de nuevo al estuche, doña Fredes
dijo:

--Este pañuelo fue bordado por mi hermana Práxedes, que Dios haya.
Cuando lo estrenó en un baile del Círculo de Cosecheros, llamó tanto la
atención, que se supo en Palacio al día siguiente. La reina envió por él
para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna
bordadora de Madrid osó comprometerse a ello.

Las palabras de D.ª Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso
en la tertulia.

Mario y Carlota estaban asombrados de todo aquello. La majestad de la
señora, el aparato de que se rodeaba y las ideas extrañas que salían de
su boca les hacía mirarse de vez en cuando llenos de estupor. Pero tanto
y más que esto les impresionaba el respeto profundo que todos los
tertulios la tributaban. De tal modo que, cuando por el gesto se conocía
que iba a hablar, inmediatamente quedaba todo en silencio. Mientras
permanecía callada, charlaban unos con otros, pero siempre en voz baja,
como si se hallasen en un templo o en la misma cámara real. Sus hijas
Recareda y Valeria, jamonas de alto bordo, se mostraban ante ella tan
respetuosas, tan obedientes y sumisas como niñas de diez años; y lo
mismo su hijo viudo, lleno de canas. Un gesto, una mirada de su madre
bastaban para paralizarlos cuando estaban hablando. Y si no sucedía
tanto con los demás tertulios, algo se aproximaba. Todos parecían tener
fe ciega en las altas disposiciones de aquella señora singular y
reconocían de buen grado su autoridad.

En el gabinete no había lujo. Los muebles y el decorado no acusaban gran
riqueza, sino el mediano bienestar de una familia burguesa. Pero todo
ello tenía un sello de antigüedad y de orden que lo hacía más respetable
que el suntuoso decorado de un palacio moderno. La autoridad indiscutida
de D.ª Fredesvinda parecía reflejarse en las paredes de la estancia.

Habiendo quedado ésta en silencio algunos instantes, un jovencito
escuálido, de pelo rubio y ojos tiernos, se atrevió a levantarse, y con
voz turbada pidió permiso a D.ª Fredesvinda para leer una poesía que
había escrito en su honor. Concedióselo la señora con ademán soberano, y
acto continuo el poeta sacó del bolsillo interior de su levita un pliego
de papel de barba que desdobló con mano temblorosa. No se oía en el
gabinete una mosca.

«A la esclarecida señora D.ª Fredesvinda Bejarano.»

Era una oda en que se la ensalzaba hasta las nubes, presentándola como
una protectora de las bellas artes, una nueva Cristina de Suecia. Los
artistas se amparaban bajo su manto; hallaban en ella la mano que los
sostenía y la luz que los guiaba. En torno suyo juntábase lo más selecto
que el arte español había producido en los últimos tiempos, formando un
divino cenáculo sólo comparable al que la reina de Navarra presidía allá
en los tiempos de la Edad Media.

Mientras el poeta de los ojos tiernos dejaba escapar de su boca esta
cascada de elogios, D.ª Fredesvinda, grave y atenta, hacía con la cabeza
signos de aprobación: el gesto era tan benévolo, tan protector, que es
imposible que su émula la reina de Suecia fuese más allá en este punto.
Al terminar, después de unos momentos de pausa, extendió la mano y tuvo
a bien expresarse de este modo:

--La poesía que usted nos acaba de leer, Juanito, es bellísima como todo
lo que brota de su privilegiado ingenio. Creo que ni Bécquer ni
Garcilaso de la Vega han escrito nada mejor.

Fue la señal para que todos los tertulios felicitasen calurosamente al
joven escuálido, el cual, ruboroso, confuso, sonriente, daba las
gracias haciendo mil contorsiones, manifestando repetidas veces que no
por su mérito, sino porque el asunto se prestaba admirablemente, «la
poesía había resultado regular.»

--Si usted no tuviese inconveniente en ello--manifestó D.ª Fredes
dirigiéndose al poeta,--le rogaría me dejase el manuscrito de esa poesía
para guardarlo en mi colección de autógrafos y firmas ilustres.

El poeta, confundido por tamaña honra, avanzó tropezando hasta el trono
de D.ª Fredesvinda y depositó en sus manos el pliego de papel de barba.
La imperial señora lo alargó inmediatamente a su hija Recareda y ésta se
apresuró a llevarlo con la misma unción que si fuese una reliquia a la
caja donde su madre guardaba los manuscritos más preciosos.

--Mi colección de autógrafos--se dignó decir la señora, paseando su
mirada imponente por el concurso--es acaso la más rica que hoy existe en
Europa. Exceden de seiscientas las firmas de poetas españoles
contemporáneos que poseo. No hace muchos días que un amigo me decía
que, si se tratase de ponerla en venta, el gobierno inglés me daría por
ella una suma fabulosa.

Los tertulios dejaron escapar un grito reprimido de admiración. Luego en
voz baja se autorizaron mil comentarios lisonjeros que llegaban a los
oídos de D.ª Fredes y la arrullaban dulcemente. Un muchacho músico,
discípulo del profesor de flauta, se atrevió a manifestar que sería
lástima que tal preciosidad saliese nunca de los dominios españoles. D.ª
Fredes le miró con indulgencia y respondió que aunque se viese en la
miseria jamás enajenaría al extranjero esta gloriosa colección. Con lo
cual respiró libremente la tertulia. Se la felicitó calurosamente por su
desinterés y patriotismo.

Mario se había hallado en bastantes tertulias de todas clases, pero
jamás viera una que se pareciese remotamente a la presente. Su asombro
iba creciendo cada vez que la señora de la casa tomaba la palabra. Todo
lo que oía y veía era tan estrambótico que le parecía no estar en la
realidad, sino asistiendo ya a la comedia.

El gabinete iba quedando en tinieblas. Doña Fredes dio orden de que se
encendiesen las luces y que se iluminase también el salón donde se había
colocado el escenario. Las damas que debían tomar parte en la
representación, entre ellas las dos hijas de la casa, Recareda y
Valeria, salieron para concluir de arreglarse; su nieta Medarda, que
según se decía en la tertulia era un portento y estaba destinada a
eclipsar a todas las actrices españolas, lo mismo. Acudía cada vez más
gente; no cabiendo en el gabinete, andaba distribuída por los pasillos y
el comedor. Se aproximaban la cinco, hora en que debía de comenzar la
función.

D.ª Fredesvinda apretó con sus manos venerables los brazos del sillón, a
inclinándose un poco para hablar, reinó silencio en la estancia.

--Ha llegado a mi noticia--manifestó con voz solemne--que en Madrid se
ha dicho que yo hacía descansar todo el peso de las representaciones
sobre mi nieta Medarda, lo cual podría causarle fatiga por ser aún muy
niña. Para evitar estos comentarios desfavorables he determinado que en
la comedia de hoy tomen parte principal mis dos hijas y lo mismo
sucederá en las representaciones sucesivas.

Este discurso lleno de prudencia causó viva impresión en la tertulia. El
poeta de los ojos tiernos tomó la palabra a nombre de todos y manifestó
sin ningún rodeo que sólo desprecio merecían tales rumores y que al
vulgo en general le gusta zaherir a las personas elevadas. Los demás
hicieron coro al poeta; pero D.ª Fredesvinda se mantuvo inflexible. Sus
hijas, de allí en adelante, trabajarían tanto como su nieta.

En aquel instante, mirando Carlota hacia la puerta, creyó ver cruzar por
el pasillo unas barbas y unas gafas muy semejantes a las de Moreno. Su
duda se desvaneció al instante oyendo a D.ª Fredesvinda llamar en voz
alta:

--¡Adolfo!... ¡Adolfo!

--No puedo ir ahora--contestó éste desde el corredor sin dar la cara.

--¡Soy yo quien te llama, hijo!--profirió la señora irguiendo
altivamente la cabeza.

Todavía tardó aquél en aparecer. Al fin se presentó y cruzó el gabinete
tan confuso que bien se notaba que había visto a Mario, por más que
afectase otra cosa.

--¿Qué tenías que hacer, hijo?--le preguntó la señora con acento
altanero.

Moreno balbuceó una disculpa ininteligible. Doña Fredes le miró un buen
espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:

--Todavía no te he presentado a unos señores que han venido hoy por
primera vez a esta casa, los señores de Costa... Mi hijo menor
Adolfo--añadió presentándolo a Mario y Carlota.

--¡Ah! ¿Eres tú, Mario?... ¿Y usted, Carlota?--exclamó el joven
antropólogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba
miedo.

Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le saludó afectuosamente, y lo
mismo su esposa.

--¿Conque se conocen ustedes?--preguntó la augusta señora.

--¡Muchísimo!--respondió el escultor--. Somos íntimos amigos hace
bastante tiempo.

Doña Fredes dirigió una mirada de sorpresa a su hijo.

--¿Y por qué no me has dicho que tenías por amigo a un artista de tanto
mérito?

Moreno comenzó a murmurar cosas extrañas, tan agitado y descompuesto que
verdaderamente inspiraba lástima. Sus mejillas parecían de escarlata.
Mario temió que le fuese a dar un ataque.

Al fin vino a sacarle de aquel purgatorio su hermana Valeria llamándole
para que fuese a arreglar un bastidor del teatro que se había caído.

Doña Fredes entonces hizo que Carlota y Mario se sentasen cerca de ella
y comenzó a hablarles de su hijo menor con la misma gravedad solemne que
empleaba para todo. Observábase, no obstante, cierta satisfacción y una
alegría que les hizo colegir que Adolfo era su predilecto. Se mostró muy
contenta de aquella amistad que les ligaba y esperaba que jamás se
entibiaría.

--Por parte de mi hijo me parece que no sucederá--añadió--. Es un
infeliz, un pobre chico incapaz de ofender a nadie. Peca gravemente el
que le infiera daño alguno. De todos mis hijos ha sido siempre el más
cariñoso y el que me profesa más respeto. Sus hermanas le motejan
constantemente, le llaman holgazán a hipócrita y dicen que me tiene
embaucada. Esto me causa bastantes pesadumbres. Yo creo más bien que son
ellas las que están prevenidas contra él y que le buscan defectos.
Hipócrita no lo es. Holgazán, convengo en ello. Emprendió varias
carreras y ninguna ha llegado a concluir; de suerte que hoy se encuentra
el pobre sin profesión alguna y viviendo a expensas de su familia. Pasa
la vida azotando las calles o leyendo allá en su cuarto libros de
medicina. ¡Ya ve usted! ¿Para qué quiere él esos libros sin ser
médico?... Pero yo no puedo estar dura con él aunque me lo proponga. Es
tan obediente, tan sumiso, que me desarma. Un niño de seis años no
estaría más sujeto que él a mi voluntad. Por supuesto que no abuso de
este dominio. Le dejo toda la libertad compatible con las costumbres de
la familia. Le tengo ordenado que a las siete venga a rezar el rosario
conmigo. Pues hasta ahora no recuerdo que haya faltado un solo día. Por
la noche le permito que vaya con sus amigos hasta las doce, salvo los
domingos en que recibimos, o los días en que rezamos alguna novena.
Jamás se ha quejado ni me ha contradicho en nada.

Mario y Carlota se hallaban tan admirados, que apenas podían creer lo
que oían. Todavía estaba D.ª Fredes loando la obediencia de Adolfo
cuando vinieron a avisar que eran las cinco y los actores se hallaban
preparados. La egregia protectora de las letras y las artes dio la señal
y descendió gravemente de su trono: pidió el brazo a Mario y salió
majestuosamente de la estancia seguida de sus adeptos.

Tocoles un buen sitio a aquél y a su esposa para ver la comedia, que era
del género llorón; mas apenas lograron fijarse en ella, preocupados con
el descubrimiento que habían hecho. Como tenían cerca a D.ª Fredesvinda
no podían comunicarse las alegres ideas que cruzaban por sus cabezas, y
sólo se desahogaban dándose codazos y pisotones. Más de una vez tuvieron
que apretarse la boca para no dar suelta a las carcajadas que les
retozaban por el cuerpo. Por mucho que hicieron no lograron volver a
echar la vista encima en toda la noche a Adolfo. El feroz materialista,
el producto bravío de la Naturaleza en lucha eterna con la sociedad, sin
duda se había escondido entre bastidores.

Pero cuando al fin salieron de aquella casa y se vieron solos en la
calle, ¡entonces sí que rieron a su gusto! Cada cual recordaba una frase
patibularia de Moreno, alguna de sus maldiciones y amenazas contra el
orden religioso y político. De este modo las carcajadas fluían sin
cesar. Mario se dejaba caer contra los quicios de las puertas y se
quitaba el sombrero y se apretaba el estómago para no reventar de risa.
Casi otro tanto le pasaba a Carlota. Ambos repetían a cada instante:

--¡Dios mío, lo que se va a reír Rivera!

De esta suerte caminaron alegremente la vuelta de su casa. Pero al
llegar cerca de la Puerta del Sol Carlota se puso repentinamente seria,
como si un soplo de viento helado cruzase por su alma, y exclamó:

--¡Mucho me he reído hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.

--¡Qué superstición! No seas tonta, mujer--respondió el escultor sin
dejar de reír.

¡Pobre Mario! El tonto lo era él en tal instante. El corazón femenino
mantiene, sin duda, más estrechas relaciones que el masculino con las
fuerzas magnéticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.

Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivían,
cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnación, doncella y niñera
respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitación que los
esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.

--¡Vicenta!

Las domésticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se
pintó en sus semblantes.

--¡Ay, señoritos del alma!--exclamaron casi a un tiempo las dos.

--¿Qué ocurre?--preguntó Mario petrificado de terror.

--¿El niño?... ¿un coche?...--gritó Carlota sacudiendo a la niñera por
el brazo.

--No, señorita... no le ha atropellado ningún coche. Se ha perdido.

--¡Búsquenlo ustedes! ¡búsquenlo!--gritó a su vez Mario
desesperadamente.

--Hace tres horas que lo estamos buscando, señorito--respondió
Encarnación rompiendo a sollozar.

Vicenta explicó el caso. Su compañera no acertaba a hablar. Ambas habían
ido con el niño al Retiro, permaneciendo allí toda la tarde. El chico se
divertía con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas
charlaban con las demás niñeras sentadas en un banco. Los chicos se
escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como
siempre; pero a una voz que les daban volvían a la plazoleta. Pues
cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se
encontraron con que no parecía el pequeño. Llamaron a gritos,
recorrieron todos los sitios próximos, avisaron a los guardas. Nada. Los
demás niños no daban más razón sino que estaban jugando al _escondite_ y
que le habían visto correr entre los árboles para ocultarse, y que
luego no le habían visto más.

Mario sé puso a gemir como una criatura increpándolas furiosamente.
Carlota, pálida, pero tranquila en apariencia, le mandó callar.

--¿Y no han dicho los niños si habían visto cerca de él a alguna
persona?

--Sí, señorita; detrás de él dijeron que iba un hombre cojo con
americana clara y sombrero ancho.

--¿No han dado ustedes ese detalle a los guardas?

--Sí, señorita.

Carlota meditó un instante en silencio.

--Y el hombre ese ¿no se había acercado antes al niño?

--No lo hemos visto, ni los demás niños tampoco.

--¿En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?

--Nadie.

--Sí, mujer--interrumpió Vicenta.--Le ha dado un beso esa prendera que
conocen los señoritos, que se llama D.ª Rafaela. Le besó y le regaló
unos caramelos.

--Pensé que la señorita hablaba sólo de hombres--replicó la niñera.

Carlota guardó silencio de nuevo y meditó.

--Está bien--dijo al cabo.--Ustedes se vienen conmigo a recorrer las
delegaciones de policía para dar aviso. Tú, Mario, te vas ahora mismo a
casa de D.ª Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y
el niño se ha ido con ella. ¡Quién sabe! Tal vez esté allí. ¿En casa de
mamá han preguntado ustedes?

--Sí, señorita, y en casa de la señorita Presentación lo mismo.

--Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena
seña tiene para que la policía dé pronto con él... Vamos, no te apures
tanto, hombre, que el niño no se ha muerto, y si Dios quiere parecerá.

Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se metió en él con
las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corría a la
calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tenía su domicilio.



XVIII


Doña Rafaela había estado en las Ventas del Espíritu Santo a recoger un
dinero que le debían. A la vuelta se apeó del tranvía frente al Retiro,
paseó un rato, y mucho antes de llegar la noche se fue a su casa. Allí
se encontró una carta, fechada en la cárcel, que decía:

«Mi respetable y amada protectora: Desde hace tres días me hallo en este
lugar vergonzoso, tratado como un criminal. La infinita bondad de Dios
me envía esta prueba, que no sé si podré resistir, porque soy una
criatura débil y pecadora. Bendito por siempre sea su santo nombre. Si
no temiera abusar de su bondad le suplicaría que viniese en algún
momento libre a consolarme y a fortalecerme con sus sanos consejos.
¡Ojalá no me hubiese apartado jamás de ellos! Si no le fuese posible le
ruego por la salvación de su alma que vaya a San José y ponga un cirio
en el altar de Nuestra Señora y rece con fervor una salve por su
desgraciado amigo que de veras necesita de sus oraciones.--_Godofredo
Llot._»

No bien la hubo leído cuando, volviendo a echarse el mantón sobre los
hombros, salió a la calle, montó en un coche y se hizo trasladar a la
cárcel. Tenía allí la prendera un sobrino empleado, quien por favor
especial hizo llamar a Godofredo a la sala de declaraciones.

Bajó éste con el capuchón de reglamento. Al quitárselo y dejar al
descubierto su hermosa cabeza blonda, D.ª Rafaela no pudo menos de
recordar las estampas piadosas que representan a los primeros mártires
del cristianismo en los calabozos de Roma. La luz, dando de lleno en
aquella cabeza angelical, hacía resaltar como en apoteosis la delicadeza
de sus facciones, la seráfica limpidez de su mirada, las tintas
sonrosadas de sus mejillas. Éstas se tiñeron de vivo carmín al instante.
Bajó los ojos humildemente, y sin decir palabra rompió a llorar en
silencio.

--¡Valor, Godofredo! ¡Valor, hijo de mi corazón!--exclamó la prendera.

Pero la buena mujer estaba tan necesitada como él mismo. No bien
pronunció estas palabras tuvo que sacar el pañuelo para secarse las
lágrimas. Ambos permanecieron silenciosos bastante rato. Al fin aquélla,
enjugándose bien los ojos y sonándose con estrépito, dijo:

--Pero ¿cómo fue eso, hijo querido? ¡Explíquemelo! ¿Cómo fue?...

El candoroso joven, que siempre parecía adolescente, permaneció en la
misma actitud humilde, como si estuviese esperando el golpe de la
cuchilla que había de segarle el cuello.

--Soy muy malo, D.ª Rafaela--articuló dulcemente.--No merezco las
bondades con que usted me favorece.

--No le tengo a usted por tal, querido, ni lo tiene nadie... Habrá sido
una calumnia...

--No, no es calumnia por desgracia...

Entonces el hijo predilecto de la Iglesia se acercó a la reja, y con
labio balbuciente y el rostro encendido se confesó con D.ª Rafaela.

Por no abusar más de su inagotable bondad había tenido precisión de
pedir seiscientas pesetas al padre Laguardia, que era quien le perseguía
y le había hecho prender.

--¡Pero eso es una picardía!--exclamó la prendera sin poder
contenerse.--¿Por seiscientas pesetas le deshonra a usted ese mal
sacerdote?

--¡Por Dios le pido que no lo califique así!--profirió el joven con
semblante dolorido.--D. Jeremías es muy virtuoso y ha tenido razón para
tratarme de ese modo. Mucho más merezco yo...

--¡Qué ha de merecer, cordero de Dios!

--Sí, sí, D.ª Rafaela, por Dios, no me juzgue usted bueno... Soy muy
malo... ya verá usted...

La prendera no pudo menos de sonreír llena de benevolencia al ver el
calor con que hablaba aquel inocente.

--Vamos, diga usted, criatura, diga usted. A ver qué maldades son ésas.

--¡Sí que lo son!... ¡Ay, señora! La idea de que usted me tiene por
mejor de lo que soy me martiriza.

La sonrisa de D.ª Rafaela se hizo más benévola aún y más indulgente.

Godofredo le contó una historia larguísima de un cuñado comerciante que
había dado quiebra a causa de cierta fianza. Quedó en la miseria y con
nueve hijos. Su hermana, no teniendo pan que darles, le escribía a
menudo pidiéndole dinero. Él publicaba artículos en los periódicos
católicos y hacía algunas traducciones; trabajaba cuando podía, pero
ganaba poco dinero. Los periódicos y las revistas católicas cuentan con
escasos recursos. La riqueza se halla en manos de los impíos. Entonces,
sabiendo que su hermana y sus sobrinos pasaban hambre, se aventuró a
pedir algunas pequeñas cantidades a varios amigos de D. Jeremías,
esperando poder devolverlas pronto cuando en _La Paz del Hogar_, _La
España Mística_ y otros periódicos le pagasen lo que le debían. Hizo
más. Cometió un pecado gravísimo... un pecado que le costaba trabajo
inmenso confesar... D.ª Rafaela le animó a hacerlo, manifestando que el
arrepentimiento borra todas las culpas.

--Pues bien, señora--profirió el joven derramando un torrente de
lágrimas.--Para pedir ese dinero he usado del nombre del padre
Laguardia. ¿No ve usted bien claro ahora que soy un perverso?

--Ese es un pecado, hijo, pero ya sabe usted que el justo peca siete
veces al día. Si usted está arrepentido, Dios en su infinita
misericordia...

--¡Oh, sí, señora, a la misericordia de Dios he acudido ya!--exclamó
Llot con un hondo suspiro que partía el corazón.--En cuanto llegué a
este sitio mandé a llamar al capellán de la cárcel, y a sus pies de
rodillas he confesado mis pecados.

--Pues si se ha lavado ya en el tribunal de la penitencia no tenga
cuidado. Ya veremos de arreglar eso con D. Jeremías.

--¡Oh! D. Jeremías ha hecho bien en perseguirme y en maltratarme de
palabra y de hecho. Merezco mucho más.

--¿Pero le ha maltratado de veras?--preguntó sorprendida la prendera.

--Sí, señora; días pasados, en la sacristía de San Ginés, me injurió y
me abofeteó delante de varias personas.

--¡Qué escándalo!

--No, no es escándalo, señora. El escándalo ha sido el mío cometiendo un
delito. El castigo ha sido muy pequeño para culpa tan grave. Le estoy
profundamente agradecido por los golpes que me ha dado y las injurias
que me ha hecho, y sólo siento que no hayan sido aún más dolorosos para
poder pagar a mi Divino Señor las ofensas que le he inferido.

D.ª Rafaela cruzó las manos y levantó los ojos al cielo con un gesto de
viva admiración. Después, convirtiéndolos al cautivo, le miró con
asombro y cariño largo rato, embargada por la emoción, como si estuviese
en presencia del mismo San Luis Gonzaga.

En efecto, el semblante del joven, rebosando de calma celeste y
resignación, merecía un nimbo de luz. Todo era puro, inefable, en aquel
semblante radioso. Sus mejillas nacaradas parecían hechas de una materia
trasparente a fin de que pudiera verse que aquel cuerpo no contenía
ninguna sustancia inmunda: todo era puro, blanco, luminoso. Lo que
caracterizaba aquel rostro, lo que resplandecía en sus ojos, en su
frente, en sus cabellos, hasta en sus orejas, era una ausencia absoluta
de malicia. En sus ojos límpidos, húmedos, brillaba siempre la sonrisa
dulce y resignada de los seres que han nacido para víctimas. Había en
tal adorable criatura algo de cordero y mucho también de paloma, como si
estos dos animales hubiesen cedido de buen grado el uno su resignación,
el otro su inocencia, para formarle.

Godofredo Llot no era un muchacho de estos tiempos, como decía muy bien
D.ª Rafaela. Merecía haber nacido en un siglo menos escéptico y
malicioso. Su naturaleza candorosa, ideal, estaba divorciada de la
triste realidad presente, tenía la nostalgia de la Edad Media. En esta
edad de fe y entusiasmo debía de haber vivido. Así que, como si
presintiera que aquélla era su verdadera época, Godofredo la estudiaba,
la fantaseaba sin cesar. Había publicado unos estudios muy notables
sobre las Cruzadas, escritos con tal fervoroso estilo que el obispo de
Astorga le había mandado su bendición; y en cuantos artículos daba a la
estampa seguían saliendo las catedrales góticas, de las cuales vivía
profundamente enamorado. Y realmente su rostro angelical, destacándose
en aquel momento del tosco capuchón, parecía el de uno de esos monjes
ideales que cruzaban misteriosamente por los claustros de los templos
góticos para ir a postrarse ante el altar de la Virgen.

Por eso algunos de sus actos que parecían extraños no lo eran, si se
atendía a que este joven vivía con el espíritu en otros tiempos más
nobles y santos. Cuando D.ª Rafaela, después de haberle confortado con
sentidos consuelos y haberle prometido trabajar cuanto pudiera por
arreglar el asuntito, se despidió de Godofredo, éste le dijo con rostro
humilde:

--¿No me permitirá usted antes de irse besar su mano?

Esto, que sería ridículo en cualquiera, en aquel candoroso joven no lo
era.

D.ª Rafaela introdujo su mano derecha por las rejas mientras llevaba la
izquierda a la faltriquera, preguntando:

--¿Cuánto necesita usted, querido?

Ahora bien, estos dos actos realizados simultáneamente ¿indicaban que
Godofredo después de la mano pedía siempre algún metálico? Si hay algún
malicioso que lo conjeture, allá se las haya con su conciencia.

El hijo predilecto de la Iglesia besó con respeto la mano carnosa llena
de sortijas de la prendera, y todo ruboroso balbució:

--Si usted me hiciese el favor de veinte duros...

D.ª Rafaela sacó del portamonedas dos billetes de cincuenta pesetas y se
los entregó. Después se despidió con muy cariñosas palabras. Pero
todavía antes de marcharse le pidió Godofredo otro favor: que oyese una
misa por su intención. Y la bondad de ella fue tanta que le prometió oír
dos, cosa que Godofredo rechazó, como es natural; pero la buena mujer
se empeñó y no hubo más remedio. El joven, embargado por el
agradecimiento, rompió de nuevo a llorar.

En cuanto salió de la cárcel se fue la prendera derecha a casa de D.
Jeremías. El iracundo presbítero no quiso oírla, ni aun prometiéndole
salir por fiadora de las cantidades que Godofredo adeudaba a él y a sus
amigos. Juraba y perjuraba que había de llevarle a presidio y prometía
ir a verle salir en la cuerda de presos con el mismo placer que si fuese
a la misa del Papa. Desde allí fue a visitar al cura de San Ginés y al
capellán de las Adoratrices. Tampoco logró nada en favor de su
protegido. Estos presbíteros estaban ferocísimos, tanto o más que el
prelado doméstico.

Cuando la buena mujer, fatigada, regresó a su domicilio, hallolo turbado
por la presencia de Mario, que después de buscarla en vano por todo
Madrid había venido a esperarla. El estado del escultor era tan
lamentable que la sobrina tuvo que hacer tila y sacar el frasco del
antiespasmódico. Cuando D.ª Rafaela le dijo que nada sabía del niño
después de haberle besado en el Retiro a eso de las tres, fue acometido
de un desmayo. Salió de él en seguida gracias a los cuidados que le
prodigaron. Y en cuanto recobró el sentido tomó el sombrero y salió
acompañado de D.ª Rafaela. Fueron a su casa. Carlota estaba ya de vuelta
y con ella su madre, su hermana, D. Pantaleón y Timoteo. Rivera llegó
también a los pocos momentos. La casa era un campo de desolación: no se
oían más que lamentos y sollozos. Todos parecían haber perdido la razón
menos Carlota. La infeliz madre, blanca siempre como una estatua, no se
entregaba a vanos gritos de dolor; ocupábase en disponer los medios de
recuperar a su hijo. En aquel momento hablaba con el delegado de policía
del distrito. Éste se inclinaba a creer que se trataba de un secuestro.

--Verán ustedes cómo no se pasan muchas horas sin que reciban una carta
pidiendo dinero por el niño--decía.

--Le daremos todo lo que poseemos, y si no es bastante no faltará quien
nos lo preste.

--Nada de eso. No hay necesidad. Como ustedes sigan mis instrucciones,
yo me comprometo a rescatarlo y a echar mano a los bandidos.

--¿Para qué? Mi marido y yo nos quedamos con gusto sin nada y
trabajaremos toda la vida por nuestro hijo.

Por si la carta no llegaba convinieron en seguir la pista al cojo que
habían visto detrás del niño en el Retiro. El delegado había ya dado las
órdenes oportunas. Dos agentes llegaron a decirle que este cojo había
salido aquella misma tarde por el ferrocarril de Arganda, montando en la
estación que se halla detrás de las tapias del Retiro.

Inmediatamente Mario y el delegado tomaron un coche y se fueron a dicha
estación. El delegado interrogó al jefe y a los mozos, y todos
convinieron en que efectivamente había salido un cojo de las señas
indicadas, pero convinieron asimismo en que no iba con él niño alguno.
Este dato los desalentó. Mario quedó profundamente abatido y se dejó
caer en un banco mientras el delegado telegrafiaba, por si acaso, a los
jefes de las estaciones intermedias y al alcalde de Arganda para que en
todo caso le detuviera.

Pero hallándose de aquel modo sentado con la cabeza entre las manos, oyó
a un mozo decir a otro que no había visto más niño que uno que llevaba
una mujer. El escultor levantó vivamente la cabeza.

--¿Qué señas tenía ese niño?

--Pues yo no he reparado bien... Era rojito él y blanco.

--¿Cuántos años tendría?

--Tampoco puedo decirle... Era pequeñito...

--¿Pero iba en brazos?

--Ca, no, señor; andaba él solo perfectamente. Lo llevaba la mujer de la
mano.

--¿Tendría cuatro años?

--Por ahí... por ahí...

Mario se alzó agitado y preguntó con anheló:

--¿Qué traje llevaba?

--Un trajecito azul de pantalón corto y con las piernas al aire.

--¿Y un sombrero claro?

--Sí, señor, y un sombrero blanco.

--¡Es mi hijo!--gritó, y echó a correr al telégrafo, donde se hallaba el
delegado.

Éste, al escuchar la relación que trémulo y con palabra entrecortada le
hizo, quedose pensativo, llamó al mozo y le interrogó de nuevo:

--Bien puede ser--dijo al fin--que ese cojo haya traído consigo una
mujer y le haya entregado el niño para despistar. Telegrafiaremos este
dato al alcalde, y mañana, en el primer tren, iremos a Arganda.

Mario se le puso delante con las manos cruzadas en actitud suplicante.

--Por lo que más quiera usted en este mundo, amigo García, le ruego que
vayamos ahora mismo.

--¡Pero si no hay tren, Sr. Costa!

--No importa, iremos en coche.

Vaciló el delegado algunos instantes, puso varios reparos, pero al fin,
vencido de las súplicas del desgraciado padre, se decidió a ir. El coche
que les había llevado a la estación no servía por ser de un caballo.
Mientras Mario fue a alquilar otro, el delegado telegrafiaba a los jefes
de las estaciones intermedias para cerciorarse de que tanto el cojo como
la mujer y el niño no se habían apeado en ninguna de ellas. Se mandó un
recado a Carlota; trajeron ropa al delegado y se tomaron las
disposiciones necesarias para el viaje. Cuando salieron de Madrid habían
dado ya las doce de la noche.

Era clara y fría como suelen serlo las del invierno en la capital de
España. El disco de la luna resplandecía sobre la llanura árida que se
extiende a entrambos lados de la carretera. La augusta serenidad del
cielo tachonado de estrellas no logró mitigar la tortura del artista.
Otras veces el magnífico espectáculo de la Naturaleza había sido un
precioso calmante para las heridas de su corazón. Mas ¡ay! para la que
ahora sentía no hay bálsamo en la tierra.

El sordo rumor de las ruedas y las campanillas de los caballos
adormecieron pronto a su compañero. Mario le contemplaba con ira. Su
imaginación se revolvía atormentada por el dolor, presentándole mil
cuadros aterradores. Su hijo secuestrado, su hijo maltratado, su hijo
pasando hambre y frío en cualquiera cueva, su hijo llamándole con acerbo
llanto, mientras unas manos brutales le tapaban la boca... ¡Hijo de mi
alma!

Se apretaba las sienes con las manos temiendo que fuesen a estallar. De
su garganta se escapaba un débil y continuo quejido como el de un animal
en la agonía. A ratos empujaba convulsivamente la delantera del coche,
como si con este esfuerzo le hiciese correr más. A ratos imaginaba
saltar fuera y emprender una carrera vertiginosa para llegar antes.
Imposible que el infierno haya inventado un suplicio más cruel.

Las estrellas brillaban. Los árboles que orlaban las riberas del Jarama
balanceaban sus negros penachos sobre el fondo azul de la noche. El
trote de los caballos y sus cascabeles rompían el silencio de la campiña
dormida. La luna esparcía sobre ella su luz suave donde flotaban algunos
jirones de niebla. García roncaba.

Llegaron a Arganda después de las tres. Mario se hallaba tan trastornado
que quería llamar en todas las casas y preguntar por el secuestrador. El
delegado procuró calmarle. Fueron a la del alcalde, y éste se levantó
solícito y se prestó a ayudarles en todas las indagaciones. Llamaron al
jefe de estación y a los mozos y se averiguó en seguida el mesón donde
el cojo paraba. Fueron a detenerle con auto del juez municipal. El
hombre recibió tal sorpresa que apenas podía hablar. Esto dio fuerza a
las sospechas que sobre él recaían. También la dio el ser ave de paso en
el pueblo, pues afirmaba que iba a Colmenar, y había hecho noche allí
para arreglar por la mañana cierto asunto con un comerciante de la
villa. Se avisó a este comerciante y, en efecto, vino a declarar que era
cierto lo que el cojo decía, y que le trataba hacía tiempo y le tenía
por una persona honradísima. Mario, a pesar de todo, ansiaba echarle las
manos al cuello y apretarle hasta hacerle confesar dónde estaba su hijo.

Se indagó el paradero de la mujer y el niño. Nadie daba razón de ella;
nadie la había visto. Se trabajó asiduamente. El pueblo se había puesto
en conmoción y muchos vecinos, aunque todavía era noche, salieron a la
calle para enterarse. Cuando amaneció las calles se llenaron de gente y
todos se convirtieron en agentes de policía para averiguar el paradero
del niño secuestrado. El asunto preocupaba sobre todo a las mujeres que
no cesaban en sus comentarios. De tal suerte, que en menos de una hora
corrieron tres o cuatro novelas por el pueblo. El niño fue hijo de un
gran señor que daba diez millones por su rescate; fue un expósito a
quien su madre, no pudiendo reclamarlo, hacía secuestrar; fue un
huérfano al cuidado de aquel señor que allí estaba y que unos tíos
quisieron hacer desaparecer, etc., etc. En los corrillos se saboreaban
con deleite estas noticias de gusto romancesco.

Pero en uno de ellos, cerca del cual se hallaban Mario y el delegado,
una mujer que acababa de acercarse dijo:

--Pues ayer tarde he venido de Madrid con el niño de D. Ricardo y no he
visto esa mujer.

Todos los rostros se volvieron hacia ella. El delegado preguntó
inmediatamente:

--¿Pero ha venido usted ayer de Madrid con un chico?

--Sí, señor.

--Pues usted es la mujer del niño.

--¡Yo, señor!--exclamó la infeliz asustada.--¡No lo crea usted! ¡No lo
crea por Dios, señor!

--Sí; usted es la mujer del niño... del niño de D. Ricardo... Vamos a
ver a ese D. Ricardo ahora mismo.

Y volviéndose a Mario añadió:

--Me parece, Sr. Costa, que ya nada tenemos que hacer aquí. Hemos
seguido una pista falsa. Vamos a cerciorarnos de ello y en seguida
emprenderemos la marcha otra vez.

En efecto, aquella misteriosa secuestradora no era otra que el ama de
gobierno de D. Ricardo Fanjul, un rico propietario viudo. El niño era su
hijo, que había pasado algunos días en Madrid en casa de una hermana.

La novela quedó deshecha en un instante. En su vista el delegado y Mario
tornaron el tren de la mañana para la capital, por ir más de prisa. El
cojo quedó detenido por si acaso, y se dio orden para que se le
trasladase a Madrid.

Mario, profundamente abatido, guardaba silencio mientras el tren se
acercaba velozmente a la capital. Las lágrimas corrían a menudo por su
rostro pálido y ojeroso. García permanecía silencioso también. Una
arruga profunda cruzaba su frente, signo de intensa meditación. Al cabo,
cuando ya se aproximaban al término del viaje, preguntó con afectada
indiferencia:

--¿Hace mucho tiempo que ustedes conocen a esa prendera que se llama D.ª
Rafaela?

--Sí, señor, hace ya algunos años que somos amigos--respondió el artista
con voz alterada.

Y súbito, sin poder contenerse, apretó la muñeca al delegado diciendo:

--Sea usted franco, García... Empieza usted a tener sospechas de esa
mujer.

--No tengo por qué ocultarlo--replicó aquel con sosiego mirando por la
ventanilla.--La circunstancia de ser la última persona que ha hablado
con el niño me da mucho que pensar... Luego, esa visita a la cárcel...

--Pues bien--manifestó Mario con creciente agitación,--le confieso que
yo vengo también pensando en lo mismo hace largo rato. Pero al mismo
tiempo me parece tan absurdo, tan insensato, que procuro desecharlo de
la cabeza como una tentación. D.ª Rafaela es una excelente amiga, una
mujer buenísima...

El delegado, sin abandonar su actitud reflexiva, alzó los hombros con
desdén.

--¡Ps! Eso no significa nada. Todos los delincuentes han sido buenos
antes de dejar de serlo. Hay cosas tan misteriosas en materia de
crímenes que nadie puede explicárselas. Allá los médicos. Lo que puedo
decirle es que después de lo que he visto en mi carrera ya no me asusta
nada.

Mario volvió a sentirse acometido de una inquietud insufrible. Quería
que volase el tren. En cuanto llegaron corrió a su casa por si se tenían
noticias o habían recibido alguna carta. Nada se sabía. Habían llegado,
sí, muchas personas a enterarse, porque la prensa hizo circular la
noticia y el escultor tenía bastantes amigos. Pero ni un rayo de luz.

Mientras tanto el delegado fue a dar parte al juez de sus
investigaciones. Se llamó a doña Rafaela a declarar. Cuando hubo
terminado la declaración, el juez le dijo:

--Señora, no se asuste usted. Me veo en la precisión de dejarla a usted
detenida.

La infeliz mujer, al escuchar estas palabras, cayó desmayada. Después
vertió un torrente de lágrimas y protestó con tan sentidas palabras de
su inocencia que logró conmover a los que presenciaban la escena. Se la
trasladó a la cárcel de mujeres.

En todo aquel día el juzgado no cesó de trabajar. Se tomó declaración a
cuantas personas pudieron haber tenido relación con el niño en aquellos
días, a las niñeras que le habían visto en el Retiro, a los chicos, a
sus padres, etc. Mario y Carlota recorrían llorosos, anhelantes las
casas de todos los conocidos buscando alguna noticia. Al llegar la noche
nada se sabía aún. Todos los trabajos que se hicieron para hacer
declarar otra cosa a D.ª Rafaela resultaron infructuosos.

Cuando regresaban a su casa tropezaron a D. Dionisio Oliveros que salía
de ella. El poeta venía a ponerse a disposición de sus amigos. Abrazó
conmovido a Mario, y éste tuvo la satisfacción de escuchar de su boca
estas palabras aladas:

--¡Qué tremenda desgracia pesa sobre su cabeza, amigo Costa! La vida
ofrece tragedias bien dolorosas. Tengo la esperanza de que al cabo
después de tanta peripecia conmovedora el nudo de la horrible intriga se
desatará; logrará usted hallar a su hijo sano y salvo. Si esto sucede,
como yo confío, le ruego guarde en la memoria y me reserve todos los
incidentes de esta misteriosa trama. Nosotros los poetas modernos
necesitamos inspirarnos en la realidad. Cuando tropezamos casualmente
con una acción de un interés tan palpitante como ésta, lo consideramos
como un hallazgo y hay que evitar que otro se aproveche... Quizá después
que todo se haya arreglado felizmente tendrá usted la satisfacción de
ver, sobre las tablas, reproducidos los sentimientos que ahora agitan su
corazón, y derramará usted abundantes lágrimas. Pero estas lágrimas
serán dulces como lo son siempre las que el arte nos hace llorar.

Esto dijo el bardo del ministerio de Ultramar con voz ronca. Carlota le
miró con ojos coléricos; pero Mario, trastornado por el dolor, se abrazó
a él sollozando.

--¡Gracias, D. Dionisio, gracias!

--No lo dude usted, amigo Costa. Más tarde o más temprano tendrá usted
esa satisfacción--replicó con profunda convicción el poeta.

Y sin pronunciar otra palabra, aquel hombre magnánimo, instruído por las
musas, se aleja gravemente, feliz porque tiene la conciencia del alto
destino que la Providencia le ha asignado.

¡Qué noche terrible para los desgraciados padres! Aunque les obligaron a
acostarse algunas horas, el sueño no cerró sus párpados ni un instante.
Al amanecer estaban en pie, con el semblante descompuesto, los ojos
hundidos y rodeados de círculo oscuro, testimonio de su acerbo padecer.

Y otra vez emprendieron aquel fatídico calvario por las calles,
recorriendo las oficinas de policía, el juzgado de guardia, las casas de
los conocidos. Tampoco hallaron noticia alguna. Las tinieblas más
espesas seguían envolviendo aquel misterioso secuestro. El juez parecía
desalentado. Ni las declaraciones de D.ª Rafaela ni las del cojo de
Arganda arrojaban luz ninguna. Nueva pista no se presentaba.

Mario llegó a las once de la mañana a casa de Rivera con el alma y el
cuerpo deshechos. En cuanto pisó el despacho del antiguo periodista las
fuerzas le abandonaron por completo. Dejose caer en un diván, y los
sollozos, largo tiempo comprimidos, estallaron, amenazando romperle el
pecho. A los ojos de Rivera brotaron también las lágrimas y, sentándose
al lado de su desdichado amigo, le dirigió tímidas palabras de consuelo.
Bien sabía que para aquel dolor no había consuelo posible. Vanas
esperanzas no se atrevía a darle, temiendo que el golpe fuera después
más rudo. Al fin le dejó llorar en silencio largo rato. Quedó abstraído
en intensa meditación con los ojos fijos en el suelo. Pero lo que en su
cerebro bullía reflejábase en ellos pasando como ráfagas vivas. A medida
que el tiempo trascurría estas ráfagas se fueron haciendo más recias.
Algún pensamiento extraño sacudía furiosamente su alma, porque al cabo
de un rato, no sólo los ojos, sino todo el cuerpo, ofrecía singular
inquietud. Miraba de vez en cuando a su amigo, se pasaba la mano por la
frente, rascábase la cabeza. Por último, no pudiendo vencer su
agitación, alzose de la silla donde estaba y comenzó a dar vivos paseos.
Mario seguía llorando con la cabeza entre las manos.

Más de una vez se detuvo delante de él como si quisiera decirle algo,
pero se arrepentía antes de abrir la boca y continuaba paseando. Al cabo
hizo un gesto de resolución y, acercándose y poniéndole una mano sobre
el hombro, profirió:

--Escucha, Mario. En estos momentos terribles es conveniente expresar
todo lo que cruza por nuestro pensamiento, por disparatado que parezca.
Todos los disparates imaginables caben en este mundo absurdo en que
vivimos... ¿No has observado que tu suegro presenta desde hace algún
tiempo señales extrañas... que ha dicho y hecho cosas muy raras... en
una palabra, que su espíritu ofrece síntomas de enajenación?...

Mario alzó la cabeza bruscamente; abrió los ojos de un modo desmesurado,
mirando a su amigo con vaga expresión de terror; se puso horriblemente
pálido, y, alzándose del diván, salió corriendo de la estancia sin
pronunciar una palabra. Rivera quedó un instante inmóvil con la vista
fija en la puerta; luego salió también a la carrera en pos de él.



XIX


Don Pantaleón se hallaba en el período de fiebre que suele preceder a
los grandes descubrimientos. No comía, no dormía, no sosegaba. Pasaba
pocas horas en el laboratorio. Los preparados y el microscopio ya le
habían dicho la última palabra. Su pensamiento corría desatado en busca
del misterioso origen, esperando una feliz casualidad como las que han
entregado muchas veces los secretos de la Naturaleza a los hombres de
ciencia. Discurría horas y horas al través de las calles, o por las
afueras, abstraído, ojeroso, inquieto, torturado por recónditos anhelos
de indagación, incomprensibles para los seres que cruzaban a su lado.

Sin embargo, aquel largo, vueludo gabán, que el gran antropólogo gastaba
desde su memorable conversión a las ciencias positivas, llamaba la
atención de los transeúntes. La llamaba especialmente cuando el viento,
introduciéndose entre sus pliegues, lo agitaba. Entonces el insigne
fisiólogo tomaba la apariencia de un negro bergantín desplegando sus
velas para alguna lejana región desconocida. Los transeúntes, al hacer
esta observación, se hallaban muy lejos de sospechar que tal fugaz
apariencia era un símbolo. Porque Sánchez, en las altas esferas de la
indagación científica, marchaba osadamente a regiones jamás exploradas
hasta entonces.

Una cosa le preocupaba hondamente en aquellos días. Había leído en un
libro reciente que el pensamiento debía de producirse en el cerebro por
medio de continuas explosiones, trasmitidas desde las células por las
fibras nerviosas. No lo creía; más aún: lo rechazaba indignado. Ya
sabemos que su teoría era la de la destilación. Pero necesitaba
demostrarla con pruebas irrefragables, necesitaba convencer al mundo de
la inepcia de los fisiólogos sus predecesores. Sólo sorprendiendo al
cerebro en funciones podía lograrse este resultado, que llenaría a los
hombres de felicidad y le coronaría a él de gloria.

¿Cómo alcanzar semejante sorpresa? He aquí el pequeño obstáculo en que
tropezaba este gran hombre. La primera idea que se le ocurrió fue
notabilísima, como todas las que brotaban de aquel cerebro privilegiado:
valerse de los reos condenados a muerte para una experimentación
adecuada. En este sentido llegó a escribir un artículo luminoso que
envió a los _Anales de las ciencias naturales_, ya que sus revistas _El
mundo orgánico_ y _El mundo inorgánico_ no se publicaban hacía tiempo
por falta de dinero. Desgraciadamente no fue posible insertarlo, ni allí
ni en otra revista extranjera adonde lo remitió. Los celos de sus
colegas le perseguían, como ha sucedido siempre en tales casos. El
ingenioso Sánchez sabía de largo tiempo atrás que existía una formidable
conjuración de antropólogos españoles, con ramificaciones en varios
puntos del extranjero, para destruir o evitar que se propagasen los
resultados de sus investigaciones. Así que no le sorprendió aquella
nueva contrariedad. A pesar de sus indignos perseguidores, estaba seguro
de llegar donde se había propuesto.

Pensó después encontrar algún hombre generoso, dispuesto a sacrificar su
vida en aras de la ciencia. Lo buscó con afán; pero no fue posible
hallarlo. Moreno, a quien propuso indirectamente y con muchas reservas
hacerle un agujero de siete milímetros de diámetro en el cráneo, por el
frontal, rechazó irritadísimo la proposición y se mostró desde entonces
tan huido que apenas lograba echarle la vista encima.

Entonces el ingenioso Sánchez, devorado por la pasión científica,
anhelando escrutar aquel gran misterio y temiendo fundadamente que si
retrasaba su descubrimiento algún otro sabio, nacional o extranjero, le
cogiese la delantera, en un rapto de admirable heroísmo, resolvió
ejecutar sobre sí mismo la experimentación. No se le ocultaba que
corría grave riesgo de morir; mas, en el caso de que esto sucediese, la
humanidad no perdería ninguno de los datos que había adquirido para su
gran descubrimiento. Escribió previamente una larga memoria donde se
apuntaban con toda claridad. Llegó el momento al fin. Encerrose en su
laboratorio; se colocó delante de un espejo con todos los instrumentos
necesarios al alcance de la mano. Y tomando la barrena fatal, comenzó a
horadarse la frente. La mucha sangre que brotaba le cegó. En vano se la
enjugó una y otra vez: necesitaba tener los ojos cerrados, lo cual hacía
inútil la operación. Además, cuando la barrena tocó en el hueso, el
dolor se hizo irresistible. Estuvo a punto de perder el sentido.
Suspendió el experimento y pensó si sería mejor que otro lo efectuase.
Pero en tal caso no sería él quien sorprendiese el misterioso origen del
pensamiento, sino el operador. Nada podría revelar por su cuenta.
Además, la operación necesitaba llevarse a cabo con cloroformo: de eso
estaba bien seguro. Una vez cloroformizado, sus facultades mentales
quedaban en suspenso. ¿Para qué valía entonces el agujero?

Se puso un trozo de aglutinante sobre la herida; vendose la frente con
el pañuelo y se dejó caer en una butaca. La tristeza y el desaliento se
apoderaron de aquel hombre ilustre. Era forzoso renunciar a la gloria
del gran descubrimiento que había de resolver de una vez todas las
dudas, que confundiría para siempre las insensatas aspiraciones de los
idealistas y metafísicos. Tal vez ¡oh dolor! no se pasaría mucho tiempo
sin que otro sabio tuviese la fortuna de hallar quien se prestase a
exhibir el cerebro voluntariamente; y entonces el nombre de aquel sabio
brillaría eternamente al través de las edades, mientras el suyo
eternamente quedaría sepultado en el olvido.

La voz dulce como un gorjeo de su nietecito Mario le sacó del letargo
doloroso en que yacía. El pequeño Mario solía subir a la guardilla a
interrumpirle en sus largos y profundos trabajos. Para el fisiólogo era
un descanso la llegada del niño. Le besaba, se entretenía algunos
instantes en charlar con él, y cuando le parecía que había robado
demasiado tiempo al estudio de la _sustancia gris_, le decía empujándole
hacia la puerta:

--Anda, chiquito, baja con tu abuelita, que yo no puedo perder un solo
minuto.

Dejole llegar hasta sus rodillas y le acarició distraídamente pasándole
la mano por los cabellos. Mas al tropezar sus dedos con la tersa frente
de la criatura quedó súbito paralizado. Sus grandes ojos opacos
brillaron con extraño fulgor. Incorporose vivamente y se llevó ambas
manos a las sienes como si temiera que por allí fuera a salir algo grave
y terrible que convenía tener encerrado. Se alzó de la silla y comenzó a
dar agitados paseos por la estancia. De vez en cuando se paraba delante
del niño y le clavaba una mirada ansiosa, profunda.

--Abuelo, ¿por qué me miras así?... ¿He sido malo?

--¡No, hermoso mío, no!--respondió el antropólogo cambiando de expresión
y volviendo a su benévola sonrisa habitual.

Tornó a pasear, y otra vez se detuvo frente a su nieto y le cogió la
cabeza con sus manos trémulas, febriles.

--¿Por qué me palpas, abuelo? ¡Si no tengo nada en la cabeza!... No me
he caído.

--¡Oh, sí!... ¡Aquí está! ¡aquí está!--exclamó con expresión concentrada
de rabia y de dolor el ingenioso Sánchez.

--¡No, no! ¡No hay nada! De veras no tengo nada, abuelito.

--¡Sí, sí! ¡Aquí está el gran misterio!... No hay más que abrir y
mirar... Pero yo no puedo mirar; yo, que he hecho dar tales pasos
gigantescos a la ciencia, me veo precisado a detenerme delante de esta
pequeña barrera... Necesito cruzarme de brazos y aguardar con paciencia
que llegue otro a recoger la gloria del descubrimiento... ¿Y para esto
he pasado los días y las noches contemplando con el microscopio los
cerebros de tanto organismo? ¿Para eso he comprado a peso de oro a los
mozos del hospital la masa encefálica de más de un cadáver?...

Su exaltación al proferir estas palabras era inmensa. Enrojeciósele el
rostro y sus ojos se inyectaron mientras con las manos crispadas
palpaba la cabeza del niño. De tal modo que éste, asustado, se echó a
llorar. D. Pantaleón recobró instantáneamente la calma y, abrazándole y
besándole, le bajó acto continuo a su casa.

Pero no sosegó desde entonces. Un pensamiento fatal le perseguía, le
atormentaba sin cesar. De día se le clavaba en el cerebro impidiendo la
entrada a otra idea cualquiera; de noche le despertaba con sobresalto y
le hacía pasar largas horas sin reposo revolcándose en el lecho,
sintiendo la sangre hervir y murmurar dentro de las venas y la frente
bañada por grandes gotas de un sudor frío. ¡Qué tormento espantoso! De
un lado la ciencia, los intereses de la humanidad, la gloria
inmarcesible de la más grande conquista que haya llevado a cabo el
entendimiento humano: de otro lado, la ternura instintiva de todo animal
a su progenie, los respetos tradicionales, las convenciones sociales.
¡Oh, si pudiera arrancarse de una vez toda ridícula preocupación y,
contemplando serenamente el pro y el contra de cada asunto, decidirse
por lo más útil!

En pocos días aquel hombre ingenioso se desmejoró visiblemente. Sus
grandes ojos melancólicos se hundieron, la nariz se afiló, las mejillas
se plegaron y todo su inteligente rostro antropológico adquirió un tinte
sombrío de dolor y desfallecimiento que puso en alarma a la familia.
Pero no quería oír que estaba enfermo. Se encontraba perfectamente. Su
abatimiento dependía del exceso en el estudio.

Al fin, como era de esperar, el interés de la ciencia predominó sobre la
lepra tradicional del sentimentalismo. Cierta mañana, después de haber
pasado una terrible noche de insomnio, noche de fiebre y terror en que
de todos los rincones de la estancia acudieron flotando grandes figuras
sombrías a incitarle a proseguir en su obra de regeneración; en que
escuchó voces proféticas que le anunciaron gloria inmortal, se arrojó
violentamente del lecho dispuesto a todo. ¡A todo!

Observó, vigiló, espió los pasos de su familia con astucia sorprendente.
Trascurrieron varios días sin que pudiese ejecutar su resolución, en
forma que no se descubriese. Al cabo cierto domingo, hallándose
apostado en uno de los portales de la calle Mayor, vio salir a las
criadas de su hija con el pequeño Mario. Siguiolas de lejos hasta el
Retiro. Allí, ocultándose detrás de los troncos de los árboles, estuvo
en acecho largo rato. El niño al fin en una de sus escapatorias acertó a
pasar junto a él. Le llamó, le besó, y rápidamente le arrastró consigo
lejos para comprarle confites. Cuando estuvo a buena distancia de las
criadas comenzó a seguir los caminos más extraviados del parque, y por
ellos fue a salir a Atocha. Desde allí, dando un gran rodeo para evitar
las calles céntricas, se trasladó a su casa. El pequeño se quejaba de
cansancio, lloraba. D. Pantaleón le cogía a ratos en brazos.

Antes de llegar a la puerta el fisiólogo dejó al niño en la acera solo,
después de cerciorarse de que no había nadie observándolos, y
adelantándose con premura ordenó a la portera que fuese a comprarle
cigarros mientras él se quedaba al cuidado. Salió la mujer al
estanquillo, que estaba a la derecha de la casa. Mientras tanto él cogió
al niño, que se hallaba a la izquierda, y más ligero que un gamo subió
a la guardilla. Inmediatamente, encargándole que le aguardase sin
chistar, bajó al portal y allí recibió los cigarros que la portera le
trajo. Luego, con la mayor tranquilidad, subió de nuevo a su
laboratorio.

¡Momentos de amarga felicidad para el sabio! Tenía en su poder el
instrumento que tanto apetecía. Iba por fin a sorprender el gran secreto
de la Naturaleza. Pero esta grandiosa invención costaría la vida tal vez
a una criatura de su misma sangre. Una agitación irresistible se apoderó
de su cerebro. Los lóbulos todos debían de hallarse en descompasado
movimiento. Presa de horribles vacilaciones, de temor, de anhelo y
compasión, se sentó delante de una mesa y metió la cabeza entre las
manos mientras el niño, en completa libertad, curioseaba por la estancia
enredando con los objetos que estaban a su alcance.

El ingenioso D. Pantaleón salió de su ensimismamiento para mirar el
reloj. Eran ya más de las seis. No tardarían en llamarle para comer. No
había más remedio que dilatar el experimento, tanto por esto cuanto
porque convenía hacerlo a la luz del día. Cogió a su nieto, y sin
decirle palabra lo llevó hasta una pieza que había debajo del alero del
tejado y servía de trastera. Al abrir la puerta y ver aquella cueva
tenebrosa, el niño retrocedió asustado.

--No, yo no entro ahí, abuelito.

--¡Silencio!--exclamó el antropólogo con terrible mirada. Y sacando al
mismo tiempo del bolsillo del gabán un enorme cuchillo resplandeciente,
añadió:--Como digas una sola palabra te corto ahora mismo el cuello.

El niño quedó paralizado por el terror. Hizo un pucherito y pronto
rompería a gritar si el fisiólogo con certero movimiento no le hubiese
tapado la boca. Sujetole al mismo tiempo por el cuerpo y lo metió en la
trastera de golpe. Tomó del suelo una mordaza y un cordel que allí tenía
preparados; le puso la primera; atole con el segundo las piernas y los
brazos y lo dejó tendido boca arriba sobre un felpudo diciéndole:

--No te muevas. Si haces el más pequeño movimiento, hay ahí unos
ratones que vendrán a comerte las narices.

Cerró la puerta, apagó la luz y se bajó a su casa, sentándose poco
después a la mesa con la tranquilidad que otras veces. Pero apenas se
habían sentado llegaron las criadas de Carlota con la noticia de la
desaparición del niño. Alarmose la casa vivamente. D.ª Carolina corrió
desalada a la de su hija. D. Pantaleón se vio precisado a acompañarla.

No le fue posible volver hasta las altas horas de la noche. Dejó a su
esposa acompañando a Carlota y vino pretextando una indisposición. Tomó
del comedor algunos comestibles, pan, leche, pastas y subió de nuevo
cautelosamente a su laboratorio. Abrió la puerta de la trastera, desató
al chico, y amenazándole de nuevo con el cuchillo si daba una voz le
quitó la mordaza. Le mandó comer. La infeliz criatura, entumecida, fría,
aniquilada por el miedo, no pudo hacerlo. D. Pantaleón le introdujo a la
fuerza algunas galletas en la boca y le hizo beber unos tragos de leche.

--¿Por qué me has atado, abuelito?--articuló al fin el niño.--Yo no
hice nada. Llévame con mamá.

D. Pantaleón le miró fijamente. Por sus ojos pasó un relámpago de razón.
Le trajo hacia sí, abrazole tiernamente y le besó con efusión repetidas
veces. El niño, animado, repitió:

--Llévame con mamá. Me has hecho mucho daño, abuelito, con el cordel.
Papá no me ata ni me encierra.

Aquel relámpago inteligente se desvaneció en los ojos del viejo. No
quedó más que una triste expresión de extravío y ferocidad.

--Tu papá es un ser frívolo, un hombre desequilibrado que prefiere
sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrás en la evolución. Yo
no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar más
tarde o más temprano con este cuchillo.

--¡No! ¡No mates a papá!--exclamó el chico aterrado, viendo a su abuelo
blandir el arma con ademán sanguinario.

--¡Silencio!--profirió con voz ronca aquél.--La ley de la selección se
cumplirá... Tú también morirás quizá, pobre niño, pero tu nombre vivirá
eternamente unido al mío en los anales de la ciencia y en el
agradecimiento de la humanidad.

Dicho esto con brusco ademán le puso de nuevo la mordaza, arrastrole
hasta la trastera, le amarró otra vez y le dejó como antes estaba
tendido sobre el felpudo.

Al día siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le
encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico,
que sólo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle
algún alimento. Además, tenía miedo de engendrar sospechas si se
retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la
energía y la astucia que desplegó durante aquellas críticas
circunstancias.

Nada se logró en todo el día del lunes ni en toda la noche. Las
esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban
desfallecidos al dolor y gemían por los rincones de la casa menos la
valiente Carlota, cuya actividad crecía a medida que las esperanzas
mermaban. Acompañada del inspector y algunos guardias recorría
incesantemente los parajes más apartados en pos de cualquiera vaga
noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.

Mientras tanto, D.ª Carolina y Presentación experimentaban fuertes
ataques de nervios. El mismo Mario se veía necesitado a apelar a los
antiespasmódicos para no ser presa de ellos.

Amaneció por fin el martes. El ingenioso Sánchez, sintiéndose olvidado,
comprendió que había llegado el instante de realizar su famoso
experimento, tanto más cuanto que el estado de la criatura ofrecía ya
temores. Una de las veces que fue a desatarlo lo halló privado de
sentido. Necesitó hacerle respirar algunas esencias y frotarle
vigorosamente encima del corazón para volverle a la vida.

A las once de la mañana subió el antropólogo a su laboratorio, echó
cuidadosamente el pestillo de la puerta y se dirigió al oscuro desván
donde yacía su nieto. Había llegado el momento supremo. Desatolo, le
quitó la mordaza y, después de reanimarlo con palabras y caricias, lo
llevó a la pieza más clara de la guardilla y lo sentó sobre una mesa
que tenía al objeto preparada. El estado del pobre niño inspiraría
compasión a una fiera. Pálido el rostro como la cera y descompuesto, los
ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos
trémulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, parecía
realmente que iba a exhalar el último suspiro.

Ya no hablaba, ya no imploraba como antes. El fisiólogo lo contempló con
expresión de sorpresa, como si por primera vez le viese en aquel
momento. Volvió a brillar en sus ojos opacos la luz de la razón. Su faz
se enrojeció fuertemente, sus labios temblaron, tapose la cara con las
manos y gritó con un sollozo:

--¿Quién ha sido; quién? ¿Quién ha puesto así a mi nieto?... Alguno de
esos infames que me persiguen... ¡La cabeza me arde!... ¡Quitadlo,
quitadlo de aquí! Que yo no lo vea... ¡No, no! ¡no he sido yo! Ha sido
un malvado fisiólogo que quería hacer con él un experimento... ¡Matadlo!
¡Matad a ese asesino!...Me ha robado mi nieto... Me ha robado el
descubrimiento. ¡Matadlo! ¡matadlo!

Después de este rapto de exaltación quedó tranquilo. Paseó con extravío
sus ojos por la estancia, convirtiolos a su nieto, y su faz reflexiva se
fue serenando poco a poco.

--¡Es preciso! ¡es preciso!--repitió sordamente. Y dirigiéndose a su
nieto, exclamó con acento profético:--¡Alégrate, hijo mío!... Los
dolores que has padecido y los que vas a padecer serán los más
fructíferos que haya experimentado jamás hombre alguno. Con ellos
comprarás la inmortalidad. Tu nombre, unido al mío, se repetirá de
generación en generación al través de las edades. Ni Colón, ni Galileo,
ni Arquímedes han prestado a la humanidad un servicio como el que tú y
yo vamos a prestarle...

--Dame agua--dijo con voz débil el niño, dejando caer su cabecita hacia
atrás.

D. Pantaleón se la alzó; pero como no podía ya sostenerse sentado, lo
tendió sobre la mesa y fue a buscarle agua.

El fuego de la inspiración ardió de nuevo en las pupilas del sabio. Un
estremecimiento poderoso sacudió su cuerpo. En un instante juntó los
instrumentos que le hacían falta; trajo esponjas, agua, paños. Después
de echar una profunda mirada investigadora al microscopio y cerciorarse
de que estaba limpio y preparado, sujetó al niño a la mesa con una larga
cuerda. Se detuvo unos momentos. Luego, con rápido ademán, tomó la
mordaza y fue a ponérsela...

En aquel instante un golpe violentísimo hizo saltar el pestillo de la
puerta. Batió ésta con estrépito contra la pared. Escuchose un grito
extraño, desgarrador; y unas manos crispadas se agarraron como tenazas a
la garganta del fisiólogo.

Éste y su yerno rodaron por el suelo. Fue una lucha furiosa, terrible.
Las sillas se volcaban; la palangana, las retortas y los frascos caían y
se hacían cachos. Los gritos, las imprecaciones de uno y otro aumentaban
el fragor del combate. Parecía que había veinte hombres luchando en
aquel pequeño recinto.

No era fuerte Mario, pero la defensa de su hijo quintuplicaba el vigor
de sus músculos. D. Pantaleón era un anciano, pero el estado de
exaltación de sus nervios le prestaba una fuerza portentosa. Por algunos
momentos la lucha se mantuvo indecisa. Varias veces cayeron el uno
debajo del otro y otras tantas se alzaron. Los gritos se fueron
apagando. El combate se hizo sordo, feroz, desesperado. La voz dolorida
del niño, amarrado a la mesa, repetía sin cesar:

--¡Abuelito, deja a papá!... ¡deja a papá!

El loco al fin fue adquiriendo alguna ventaja. Las fuerzas de Mario
mermaban. Sus dedos cedían: el peso y el volumen de D. Pantaleón le
asfixiaba. Logró éste al fin ponerse encima de él y sujetarle.

--¡Ya eres mío! ¡ya eres mío!--gritó lanzando feroces carcajadas.--Ahora
voy a verte el cerebro. ¡Aguarda un poco!

Y le oprimía con sus rodillas el pecho. De tal suerte que el infeliz
escultor hubiera perecido si Miguel Rivera no entrase en aquel momento.
Con su ayuda pudo levantarse, y con la de los vecinos que acudieron al
ruido se logró sujetar al loco y atarlo con la misma cuerda que
aprisionaba a la desgraciada criatura.



XX


Algunos medicamentos recetados por el doctor calmaron en pocas horas el
terrible acceso de Sánchez. Se le quitó la camisa de fuerza. Siguiose un
estado de grave postración; se temió por su vida. Pero a los pocos días
se inició la mejoría; no tardó en ponerse bueno, aunque disparatando
cada vez más. Su locura tomó un aspecto apacible. Hablaba de todo con
bastante lucidez menos cuando se tocaba el punto de la antropología. El
médico, temiendo y aun augurando un nuevo acceso de furia, aconsejó a la
familia que lo recluyese cuanto más pronto en alguna casa de salud,
Mario se resistía, lleno de compasión.

--¡Pobre viejo!--decía.--Le vamos a dar la muerte encerrándolo en un
manicomio. ¡Dejadlo al pobre! ¿Quién sabe si irá mejorando poco a poco
hasta ponerse enteramente bueno? Con un par de criados que le vigilen
día y noche todo queda arreglado.

Pero Carlota no quería oír de este arreglo. Su temperamento sano,
equilibrado, rechazaba con profunda aversión toda insanidad del
espíritu. Mientras Mario perdonaba y aun olvidaba el martirio de su
hijo, ella lo tenía grabado a fuego en el corazón; no podía arrojar de
su alma cierto rencor contra su padre, aunque fuese irresponsable.
Tampoco Presentación le había perdonado las quemaduras del rostro. Fue
necesario pensar en el establecimiento adonde le habían de conducir.
Después de varias conferencias se convino en llevarlo a un manicomio de
Carabanchel. Para efectuarlo sin violencia forjaron, como suele hacerse
en tales casos, una comedia. Miguel Rivera fue el inventor de ella. Se
escribió desde Carabanchel una carta al loco, «el más insigne
antropólogo con que hoy contaba la Europa civilizada,» noticiándole la
existencia de cierto individuo que ofrecía en sus funciones vitales
algunas anomalías reversivas con extraños caracteres zoológicos que
hasta entonces no había podido descifrar ningún fisiólogo. Se hacía una
descripción, bastante cómica por cierto, de estas anomalías y se le
invitaba a él, gran anatómico, gran paleontólogo, gran embriólogo, para
que viniese a examinarlo y emitir su opinión.

No bien hubo leído la carta el ingenioso Sánchez, cuando comunicó a la
familia su propósito de trasladarse aquella misma tarde a Carabanchel.
Se aplaudió su decisión: se le facilitaron los medios. Timoteo salió a
alquilar un carruaje. Tanto él como Mario se brindaron a acompañarle y
sus esposas respectivas lo mismo. Miguel Rivera, que estaba allí
casualmente, también quiso ser de la partida.

A las tres de la tarde salieron todos, en un _familiar_, de la calle de
Ramales, célebre ya en todo el orbe, en dirección a la puerta de Toledo.
El día claro y apacible. Saltaba alegremente el carruaje sobre el
empedrado de las calles. El gran fisiólogo iba de humor excelente y
departía sobre su famoso descubrimiento con Rivera, que apoyaba con
vivos movimientos de cabeza sus disquisiciones.

Luego que salieron de la villa y empezaron a correr por la carretera
tuvieron un gracioso encuentro. D. Laureano Romadonga iba de paseo en la
misma dirección en compañía de su querida; una nodriza delante llevando
en brazos un niño. La chula vestía ya de señora con capota y sombrilla:
no le sentaba mal. Por iniciativa de Rivera, al tiempo de cruzar a su
lado sacaron todos la cabeza por las ventanillas y gritaron:

--¡Adiós, D. Laureano! ¡Adiós!

El viejo seductor saludó visiblemente molestado. La chula les clavó una
mirada inquisitorial, agresiva, sin hacer la más leve inclinación de
cabeza.

--¿Pero se ha casado ese hombre?--preguntó Presentación.

--No lo sé--contestó Miguel riendo.--Dicen que sí. Al fin ha encontrado
lo que tanto apetecía: una mujer enérgica. Creo que le da cada pie de
paliza que lo deja verde.

--¡Qué horror!--exclamó la joven estupefacta.--¡Parece mentira!

--¿Mentira? Repárela usted bien.

La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresión tan fiera y
despreciativa que fascinaban como los de una pantera.

--En efecto, debe de ser bien dominante--manifestó Carlota.

--¡Un cabo de vara!--repuso Rivera.--Lo que le hacía falta a ese cínico
que se ha pasado la vida burlándose de todas las leyes divinas y
humanas.

Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentación se quedaron a la
puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emoción. Los
tres hombres subieron con el fisiólogo con pretexto de examinar también
el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortésmente. D.
Pantaleón se dejó conducir por él a otra estancia para conferenciar
secretamente acerca de las anomalías orgánicas del ser que iba a
mostrarle. Trascurrió media hora. Al cabo se presentó de nuevo el jefe.

--Ya está, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.

--¿Ha puesto alguna resistencia?--preguntó Rivera.

--Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que mañana le he
de enseñar el consabido individuo... Hoy no puede ser--añadió
sonriendo;--se encuentra ya durmiendo.

Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario preguntó al fin
tímidamente:

--¿Sería posible verlo sin que él nos viese, antes de irnos?

--No hay inconveniente. Se halla en el jardín en este momento... Pasen
ustedes por aquí.

Los condujo al través de varias estancias y corredores hasta una
puertecita. Abrió un ventanillo que tenía y les invitó a mirar. Miró
primero Timoteo, luego Rivera; el último fue Mario. El ingenioso D.
Pantaleón se hallaba sentado en uno de los bancos de piedra del jardín
rodeado de seis u ocho individuos. Llevaba él la palabra acompañándola
con graves y persuasivos ademanes. Aunque no oían lo que decía,
supusieron con fundamento que disertaba sobre algún interesante problema
antropológico.

Retiráronse al fin en silencio. Todos iban serios. El semblante de
Mario, sobre todo, reflejaba tristeza profunda, una emoción que en vano
trataba de ocultar. Después de dar algunos pasos por el corredor,
todavía se volvió para mirar otra vez por el ventanillo. Le costaba
trabajo arrancarse de aquel sitio donde la compasión le tenía clavado.

Cuando salieron no hallaron a la puerta a Carlota y Presentación. El
cochero les dijo que las dos señoras se habían ido llorando por el
camino de la derecha. No estarían lejos. En efecto, apenas habían dado
algunos pasos las vieron a lo lejos en medio del campo. Sus elegantes
siluetas se destacaban del fondo claro del cielo con líneas bien
recortadas. Ambas se llevaban con frecuencia el pañuelo a los ojos.

Juntáronse los hombres a ellas, y sin decirse una palabra volvieran
lentamente en busca del coche. Marchaban mudos y cabizbajos. Carlota,
acercándose a Rivera, le preguntó al fin en voz baja y temblorosa:

--¿Ha hecho resistencia?

--Nada. Queda muy contento. Tranquilízate. El director nos ha asegurado
que no tardará mucho tiempo en volver sano a su casa.

Mario se había quedado atrás y contemplaba abstraído la puesta del sol.
El cielo estaba azul. Sus profundidades se extendían sin nubes sobre su
cabeza. Pero la brisa del Norte había amontonado allá en el horizonte
montañas flotantes de nubes de fuego formando fantásticas ciudades,
cuyas flechas y cúpulas resplandecían temblorosas al través de una gasa
azul. La campiña estaba dormida: el aire callado. La tierra se extendía
desnuda y árida.

La bóveda celeste brillaba como un inmenso fanal de luces de oro,
sublime, infinito, envolviendo los mundos que pueblan sus abismos y
soledades profundas. Algunas estrellas azuladas se encendían tímidamente
en los confines del Oriente. Desde el Occidente el ojo sangriento del
sol las miraba severo.

El sol se acostaba en un mar de púrpura, sobre un vapor flotante y
encendido, exhalando sus ardores de reposo y de amor. Balanceábase
majestuoso sobre las nubes resplandecientes con melancolía infinita,
escuchando graves y sublimes armonías que no llegarán jamás al oído de
ningún mortal. El manto carmesí de la tarde tachonado de estrellas caía
de las profundidades del firmamento.

Ante el esplendor glorioso de aquel ocaso Mario permaneció inmóvil de
sorpresa y admiración. En el paisaje no había más que luz, pero la luz
bastaba para llenar de colores y formas el cielo y la llanura. Allá a lo
lejos las torres de Madrid temblaban en un vapor azulado debajo de la
fantástica ciudad flotante de las nubes.

La noche llega. ¡Oh, quién pudiera vagar por las regiones del aire entre
las brisas y los rayos de luz! El joven artista sintió una emoción
intensa que enajenó su alma y la suspendió en un paraíso de inmortal
claridad y alegría.

--¡Oh, quién fuese una de esas nubes de oro--pensó--para hender con mis
alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir
el fresco rocío sobre las flores dormidas! ¡Oh, quién pudiera huir sobre
las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las
noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el frío de
la vida hiela mi corazón. ¡Glorioso sol, llévame contigo, llévame por
encima de las montañas y las olas, sobre las verdes llanuras y las
espumas del Océano; llévame lejos del triste sueño de la existencia, a
reposar bajo tu pabellón tejido de estrellas! He visto a mi hijo
inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ahí
queda infligírselos por un impulso fatal. Mi espíritu sangra y no
comprende nada. ¡Glorioso sol, arrástrame contigo; condúceme al templo
de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo
seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se
apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu
presencia a esta mísera tierra encadenada a su feroz egoísmo, a su
tristeza y oscuridad...

Un estremecimiento de anhelo sacudía, el cuerpo del escultor. Su faz
parecía iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la
emoción: en sus ojos extáticos, clavados en el cielo, temblaba una
lágrima.

--¿Qué hace Mario allí parado?--preguntó Carlota volviendo la vista
atrás.

Rivera se volvió también y, al observar la actitud contemplativa del
artista y la extraña expresión mística de sus ojos, comprendió lo que
pasaba en su alma.

--Déjalo--manifestó gravemente.--Tu marido quizá sepa en este momento
dónde se halla el origen del pensamiento.

--¡No, por Dios!--exclamó la fiel esposa, asustada, corriendo hacia él.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El origen del pensamiento" ***

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