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Title: Salta
Author: Dávalos, Juan Carlos
Language: Spanish
As this book started as an ASCII text book there are no pictures available.


*** Start of this LibraryBlog Digital Book "Salta" ***


generously made available by Internet Archive (http://archive.org)



Note: Images of the original pages are available through
      Internet Archive. See
      http://archive.org/details/3502513



SALTA

       *       *       *       *       *

Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires"


     I--FERNÁNDEZ MORENO.--_Ciudad._

    II--HORACIO QUIROGA.--_Cuentos de Amor de Locura y de Muerte._

   III--CARLOS IBARGUREN.--_De nuestra tierra._

    IV--MANUEL GÁLVEZ.--_La sombra del convento_ (novela).

     V--ERNESTO MARIO BARREDA.--_Las rosas del mantón_
        (Andanzas y emociones por tierras de España).

    VI--CARLOS MUZZIO SÁENZ-PEÑA.--Versión castellana de _La cosecha
        de la fruta_ de Rabindranath Tagore.

   VII--ARTURO CAPDEVILA.--_El libro de la noche._

  VIII--RICARDO JAIMES FREYRE.--_Los sueños son vida._

    IX--LUISA ISRAEL DE PORTELA.--_Vidas tristes._

     X--PEDRO MIGUEL OBLIGADO.--_Gris._

    XI--MARIO BRAVO.--_Canciones y Poemas._

   XII--JUAN CARLOS DÁVALOS.--_Salta._


    PRÓXIMAMENTE:

  XIII--ALFONSINA STORNI.--_El dulce daño._

   XIV--ALVARO MELIÁN LAFINUR.--_Literatura contemporánea._

       *       *       *       *       *


JUAN CARLOS DÁVALOS

SALTA

Prólogo de MANUEL GÁLVEZ



[Decoración]

"BUENOS AIRES"
SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA
AVENIDA DE MAYO 791
1918



                                            A MANUEL GÁLVEZ.

_El defecto capital de este libro es su personalismo._

_Su mejor cualidad es la espontaneidad._

_Esto proviene de que los artículos que lo componen fueron escritos en
diferentes épocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propósito
de hacer un libro._

_Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es
Salta; y de lo que puede ocurrírsele en Salta a un hombre que observa,
aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un
esfuerzo intelectual, no sé si estimable o necio._

_Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a
prologar este libro, y hacérselo comprender al público del país._

_Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz._

_Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su
afmo. y S. S._

                                        JUAN CARLOS DÁVALOS.



PRÓLOGO

Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces
por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad
de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y
de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas
características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus
techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y
sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de
los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida
argentina de hace un siglo.

Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que
fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las
costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas
cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un
indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público
heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde
silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con
asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al
son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el
músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases
sociales que atestaban el rancho.

Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero
un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas
y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas
levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en
Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más
completa y bella imagen del pasado argentino.

En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué
mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a
esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba
de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos
conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y
original.

Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces
llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este
volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con
entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a
su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca
salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a
Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la
tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su
talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo.

Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente
por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje,
original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de
las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas,
sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y
ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la
vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto
desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones;
retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y
haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del
arrabal, de la montaña y de la selva.

Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo
y aptitud para describir.

El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y
en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de
ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las
características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar
corregir el mundo.

Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los
hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas.
Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que
la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes
noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así
Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en
España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz,
en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser
caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son
ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.

La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en
las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de
taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí
un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco
y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón
de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con
calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo
izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con
el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la
redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la
siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".

Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del
Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de
villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras
describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos
pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La
decadencia de los opas_, título del más fino humorismo y que
constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de
gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros
capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en _El baile de
villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de
ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía,
mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos
muchachos...".

Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su
libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que
pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose
dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto
movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento;
y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página
penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para
revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor.

Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas
al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y
de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde
recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el
Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura
colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes
portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas
desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas
calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un
candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba
lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas
donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los
anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas".

Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una
sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos,
macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la
misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación
política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la
vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su
desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo
de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos
hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda
emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que
desciende de la montaña haciendo sonar el erque.

Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como
escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una
belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus
escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos
revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra
argentina.

He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de
ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos
desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor
pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos
impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer
ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles
humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus
terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el
efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece
que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos
espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo,
para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes
pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte,
sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las
características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor
sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque
tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud
espiritual.

Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento
poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad.
Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido,
sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me
permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco
íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos
emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de
cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se
leía.

Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos
realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de
sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los
gauchos, de los indios y de los perros.

Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus
defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él
color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros
instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto,
muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas
y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se
torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido,
brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una
penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un
pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los
juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y
anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el
raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen
en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas
y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay
blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde
los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por
los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al
eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los
precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la
par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de
algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal
del torrente".

Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre
viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole.
Dávalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno
del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la
literatura francesa contemporánea.

Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien
acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcaísmo. La prosa de
Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado
castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los
libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla
un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez
algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de
mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.

Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su
talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la
presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista.
Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.

                                               MANUEL GALVEZ

FOOTNOTE:

[1] Algunos de los personajes de los cuentos a que me vengo
refiriendo, son amigos de Dávalos. El autor los hace morir en forma
trágica y horrorizante.



I

LA CIUDAD



LOS BURRITOS LEÑATEROS


Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos,
la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos
bajo el infinito azul, en las praderas apacibles.

Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de
anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril,
pasan lentamente por la calle los burritos leñateros.

Son las nueve de la mañana.

En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña.

Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que
les gusta es andar, curiosear, ver novedades.

El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un
auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por
delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a
la vecina que espera la leña.

Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean.

Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los
torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro
ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.

Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de
desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía.

Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda,
donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come
una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos,
se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera,
saturado de oliente y sabrosa grasa.

_Durmiendo los ojos_ beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de
agua inmunda que mana de un albañal.

En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un
congénere la sarnícula del apolillado pescuezo.

Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer
levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan
cómodo!

El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a
menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega
al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.

El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén
incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces
ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más
simpática de la calle salteña.

¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro
rebuzno.

El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible
resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la
bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco
cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.



UNA PROCLAMACION


Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una
noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la
noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.

Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y
patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de
la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos
del candidato.

Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el
haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato.
Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de
los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos
cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto
gringo que habló en el teatro, y que se fué.

Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay
que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.

¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del
elector.

       *       *       *       *       *

Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento
de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.

Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia
la tanda de los discursos.

La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales
doscientos por lo menos están beodos.

El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción,
caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de
cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus
alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.

Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es
a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es
decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al
botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que
su instinto presiente como signos de excelencia.

Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y
exclama en alta voz:--¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...

Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le
muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado,
vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín
que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe
de grasa y de sudor.

En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención
de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica
inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos
se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más
en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el
vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.

El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se
mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse
apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en
vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.

Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente,
vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el
pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de
libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración
política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.

Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido,
y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar
de hallarse afiliados.

Y exclama con gran énfasis oratorio:

"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan
tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer
nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el _cuarto
oscuro_? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin
vergüenza?"

Una voz aguardentosa replica a gritos:

--¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza!
¿Sabe?...

Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos
dicen siempre la verdad.

Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el
día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.

Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que
aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de
las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca
de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá
mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del
lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.

Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.

Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo
irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.



EL REÑIDERO


En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en
decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo
común ricos doctores y acomodados artesanos.

Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor
con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero
comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en
garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo
techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la
camisa.

El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias
dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite
el acceso a cualquiera de ellas.

La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y
barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura
van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de
ladrillos.

En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de
empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave
cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un
alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico,
de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las
condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus
gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros
limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se
bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde
rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro
cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.

La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se
mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para
ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en
intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que
no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar
con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le
pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite
entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.

Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo
ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace
preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en
éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que
el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo
equilibran.

Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que
corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar
sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua
a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a
diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la
taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.

El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de
sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al
morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo
que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder
la golilla y no la cabeza.

Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre
animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le
hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo
han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le
untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la
superchería de creer que por este medio el contendiente dispara,
avisado por el instinto.

Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el
juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se
respeten los compromisos.

Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una
gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.

Suena una campanilla.

Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen,
esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada
por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su
campanilla. La riña va a empezar.

Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el
pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.

El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras.
Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón,
y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los
botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un
digno silencio, prueba de sendos temores.

La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña.

Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo
embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran,
arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas
semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los
dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo,
cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la
seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa,
de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.

Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la
heroicidad es la misma.

A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores
se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la
cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario.
De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le
encaja con fragor las chuzas en el cráneo.

El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto.
El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las
tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó!

Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el
uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al
corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron
que había muerto de rabia.

El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la
arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si
está acobardado, vencido al empezar la pelea.

Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores,
resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes
en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las
heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del
horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien
sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo.
Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no
se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria,
según una prudente cábula profesional.



LA TABEADA


En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos
noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos
vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte.

Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que
prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté
dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos
hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores
que esperan turno.

Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la
taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.

Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el
tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por
cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos
especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.

En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas,
apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos
de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a
mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.

De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es
un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un
mulatón compadre y hablador.

El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado.
Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote.
Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa.

Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le
vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a
su mano.

Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña
el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la
taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un
desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La
taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.

--¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo!

La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su
plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".

El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso
rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de
billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha!
Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre
tiene quince mil cabezas en el Chaco.

La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras,
guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha
pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa
salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones.

Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que
muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una
antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.

Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma,
pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo
que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco
faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado
maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.

Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que
simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el
otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le
interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de
las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad
comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de
la impudicia.



LOS PERROS


En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo,
cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven
en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir
malandrines.

En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida;
y hasta los hay de abolengo.

Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el
San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona
vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos
sentimental o decorativo, o francamente utilitario.

Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros
como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida,
hay que venir a verlos en Salta.

Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi
desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la
calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.

No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese
substituído los habitantes por perros.

Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas
de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.

La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio.
Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el
olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota,
cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.

Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el
albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al
sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de
una escopeta.

Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera,
cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.

Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos:
se cambian los saludos de regla.

Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta
vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la
pared corroída...

Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de
una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los
corridos huyen haciéndose los rengos.

En los días patrios y festividades populares los perros no saben
dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En
cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas.
Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo,
por entre las piernas del pueblo.

Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas
de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de
basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el
basurero municipal.

No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y
qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas
combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.

Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos,
pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse
los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.

Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman
la interesante población perruna de mi pueblo.



DEFENSA DE UN PERRO


Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo
escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo.

El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M.
Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su
perro, y contra los automovilistas.

Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las
siguientes líneas:

Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados;
matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la
peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles
arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos
ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La
vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la
naturaleza.

¡Pero pidamos al público que respete a los perros!

A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos
perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en
el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz
para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria.

El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una
escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente
en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las
mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado;
el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso,
del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del
pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de
incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el
perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle,
cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras
necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún
perro está de más en el mundo!

Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que
fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro
"oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de
automóvil.

¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha
dejado extrachato, en media calle!

Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del
señor Asterplat y en el mío propio.



LA CONDENADA


Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi
pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba
por avenidas y caminos urbanos.

Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con
diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio
como por los arrabales próximos al río.

La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso
fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía
popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.

Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas
en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada.
Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el
panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para
emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos
y horripilaban a los inocentes.

Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su
mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un
recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa
de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse,
perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".

Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía
macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que
sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz
catinga, sospechosa de brujería.

Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el
barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden,
se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y
el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de
varias horas.

El número de perseguidos y preocupados era muy grande.

El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el
barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este
mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que
prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los
almohadones del carruaje.

Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de
punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de
correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.

Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los
arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta
en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar
vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba;
el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban
la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era
dependiente.

¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en
mi pueblo metió tanto susto?

Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que
llevó a Salta la primera bicicleta.

Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato,
encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la
manera más divertida del mundo.



LA CRECIENTE


Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta.

Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al
pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.

Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado
en la margen izquierda del río de ese nombre.

Y digo río, porque se llaman así en mi tierra, mal que pese al
estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen
arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en
formidables avalanchas de barro y piedras.

Una mañana venía el Vaqueros _por demás_ crecido, como dice la gente
de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los
cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban
gruesos troncos y pesados pedrones.

A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que
pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.

Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí, con las árganas
repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin
atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y
porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver
por dónde se lanzaría.

Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por
hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.

--No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,--decía
uno.

--De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una
clueca,--gritaba otro.

--Asojitesé bien, no sea que pierda los _yolis_,--vociferaba un
tercero.

--¡Vaya, vaya hombre!--contestaba Perdigones.--Paréceme a mí que no
hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me
gana,--decía del asno, y le molía de firme.

Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado,
porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los _yolis_, y
hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué
uno. La rápida corriente los arrastraba.

Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz
Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en
medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que
le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

--Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios,
porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:

--Hombre, dí tú gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron
ahogarme.



LA DECADENCIA DE LOS OPAS


Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará
aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula:
el progreso ha matado al opa.

Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos
los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor
social.

Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.

El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de
acarreo, que les era propio.

Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado
las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este
movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La
Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...

Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de
macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos
asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos
que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa
de entonces...

El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto
votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le
compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera,
o masitero como Panchito.

Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy
típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado
estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto
cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas
promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso,
excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su
pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen
la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.

El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su
opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de
muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del
cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo
universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma,
bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.

No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una
misa o un sermón edificante, interrumpido por una _trocatinta_ de
azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos
repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era
el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un
perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al
humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó
zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos
tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.

Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día
del lavapiés.

En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán
les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo,
de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de
apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.

En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol,
es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo,
y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado,
presa de inaudita cólera.



LOS COCHEROS


Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de
verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que
son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.

Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos,
no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten
en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres,
con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero
increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa
Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca
bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita
que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de
cara.

¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el
traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente.

Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay
que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara
colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la
hora del arreglo.

Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si
vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues
al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas,
él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con
vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las
piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar
a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo
Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple
contratar un cochero.

Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche,
ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están
que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda,
media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y
entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia,
comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada
puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido
profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del
baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la
miseria de todo lo que vive se os impone al punto.

Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque
pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los
flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus
manos.

       *       *       *       *       *

_Nota._--Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario.
Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo
esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que
decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de
carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el
insolente articulista que así nos detracta en el diario "La
Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse
de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece
consideración y respeto".



UN BAILE DE VILLORRIO


No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa
del comisario.

En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de
las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin
piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.

En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa
calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas
negras, obra evidente de las moscas.

Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños,
donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal
disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de
alfombras descoloridas.

En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo
y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas
adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos
comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la
fiesta.

La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás
meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La
dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire
satisfecho el desfile de las parejas.

Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba
a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de
satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja
nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba
de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura
condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.

Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita
escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la
comisión organizadora.

Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad,
lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y
tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de
arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.

El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el
"pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las
vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara
vulgar y aturdida.

Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las
parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho
"quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una
frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés
de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.

En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en
derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca
acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la
penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad
con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición
acerca de las virtudes del cura.

Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se
acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.

En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que
había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de
diversión a unos muchachos...



EL DUENDE


La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad,
hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que
terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las
viejas casas, teníanle por espantajo familiar.

Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la
ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones
coloniales.

Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de
cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros.
Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las
pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las
estancias abastos y provisiones para varios meses.

En muchas casas, se carneaban reses en el corral.

El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los
tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas
de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a
frangollar en el mortero, a media noche.

Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía
contar a sus relaciones--en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la
estufa monumental del comedor,--los trajines y fechorías del duende.

--Una vez--decía el anciano,--determiné mudarme de casa con mi
familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas
a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia
de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del
zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando
entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por
acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me
dice, con tamaño descaro:

--¿Y a dónde nos mudamos?...

Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado
infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin
bautizar.

Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana.
Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y
mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:

--¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la
de lana?...

Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la
contraria.

El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de
ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los
del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se
echaba a dormir en el rescoldo del fogón.

Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que,
en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de
la otra vida.

Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores,
como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.

Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su
finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera
andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos
cierta porquería...



LA VIUDA


Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la
ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.

Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de
las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere,
contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser
más que una idea fantástica o una emoción de misterio.

Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar:
"salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí,
para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa
inadecuada a nuestras fuerzas.

Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la
contó:

"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón
me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.

La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y
el Arenales.

Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una
senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos,
harto tupidos a trechos.

El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser
baqueano para no hundirse en los fangales.

Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía
entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en
mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al
caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el
cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.

Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un
costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como
sombra un perrazo negro...

El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de
hocico.

Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los
dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un
bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.

El caballo, entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito,
y se agachó a la furia, como alma que se la lleva el diablo.

Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero
y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte...

Y fuí a sujetar en casa de don Vallejos.

Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocón, sangre de
las narices.

Esa había sido la viuda, pues, señor... Diz que así se presenta. Que a
ocasiones en forma de perro negro o de pájaro; a ocasiones es un
burrito que está como pastando, al disimulo... ¡Y no bien lo ventajó
el jinete, ya también se le trepó en las ancas y le echó los
brazos!"

FOOTNOTE:

[2] «Tincar» no es castellano. Pero es una preciosa onomatopeya,
inventada por los gauchos, y que da mejor que ninguna otra palabra, la
nota, «tín»... del acero, que ellos tienen la costumbre de hacer
vibrar entre los dientes cuando sienten vacilar su coraje. Además,
emplean continuamente el cuchillo para abrirse paso, hachando gajos en
la maraña; y de ahí proviene sin duda la palabra.



LA MULA ANIMA


Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantástico.

Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada
arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con
sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre
cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y
tortuosas calles de piedra bola.

De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El
sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la
hora y el aspecto del tiempo.

En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban
encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y
siniestras lechuzas.

La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles
llevábanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes
a Chile y al Perú, que los jóvenes de la mejor sociedad emprendían,
arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los
hogares huérfanos de esparcimientos familiares.

A la terquedad del carácter español, a la intensa religiosidad de la
época, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacían
monótona y solemne la existencia, sumábase en los largos conticinios
el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servían de
enterratorio a los decentes.

Sólo en aquel ambiente melancólico pudieron formarse leyendas como la
de la mula ánima.

A media noche se le aparecía de repente, en el panteón de una iglesia,
al mulato que volvía ebrio de alguna timbirimba o al medroso y
fanático palurdo que ignoraba los peligros del sitio.

Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que
bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas.

Era un ánima en pena. Y para librarla del purgatorio había que
consumar una hazaña fabulosa: había que sacarle el freno a la mula.

Aquel endriago provenía de un pecado sacrílego, pues se lo suponía
engendro del cura con su barragana.

Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir
de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula
ánima estampaba su casco de fuego.

En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace
años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una
mula ánima.



LA JUANA FIGUEROA


Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de
un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa.

Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de
una leyenda trágica.

Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en
una ruinosa cruz de palo.

Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la
ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul
lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de
encanto la inmensidad del valle.

El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción
torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda
emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el
martirio.

Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos"
excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas
supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la
milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un
corazoncito de plata.

De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de
velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija,
resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de
tarro.

Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se
encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes
de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de
miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas
patentiza la zozobra de las almas.

A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad"
alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en
brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que
al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.

Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo,
se arrodilla y ora en silencio.

Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.

       *       *       *       *       *

En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato
carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un
hijo.

El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La
mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida.

El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.

La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez
de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre.

Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío,
enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado
entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus
desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así,
pensando, se pasaron los meses.

La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido
frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a
costa de la ingenua mujer del carpintero.

Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su
mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con
dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al
encanto del pequeño.

La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido,
nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la
atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería
del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste
con la compostura y decencia del artesano.

El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y
la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las
seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.

Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en
el pueblo--él, el último,--la traición de la hembra ingrata y
tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia
fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que
se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo
para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de
fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada...

Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su
mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El
carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de
costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos.

El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon
juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre.

Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".

Se sentaron en el poyo del puente.

El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo
acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.

Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris.
Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos.
A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía
lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San
Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y
bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las
malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos,
hondura lóbrega, insalubre, hedionda...

Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante
sorprendida; luego alarmada e inquieta.

Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él,
acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma.

Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó,
brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo.

Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas
sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia.

El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y
gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro
hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró
después sobre las aguas muertas de la zanja.

Así fué el asesinato de la Juana Figueroa.

¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué--dice,--una
santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la
promiscuidad monstruosa de la chusma.



DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA

OBISPO DE SALTA


Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a
la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas
tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión
pública que desempeñó.

El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.

Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor
de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el
conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la
fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo
de Loyola.

Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la
medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un
santo.

Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza
prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.

Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta
estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más
que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el
amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó,
así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.

Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal
cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.

La acción acaso sea incompatible son la santidad.

La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones
al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y
los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a
Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo
apóstol es exclusivista...

Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables
condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de
equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo
ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano;
buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia
mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta,
es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.

Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores
morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable,
cuanto menos posible en la moderna sociedad.

No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su
causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y
mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad
humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la
conducta.



II

LOS CAMPOS



EL ERQUE


El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros,
que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en
un gran cuerno.

Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta
va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así
se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del
contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a
su gusto el mismo que la toca.

Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies
andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros,
caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven
tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la
espalda.

La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de
la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en
la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o
el florecimiento encantador del amancay y la berbena.

Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía,
porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio,
hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción.

Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos
montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles;
pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta
quien sabe cuándo: acaso para siempre.

No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la
berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada
valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males;
los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no
sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se
enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un
simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar
del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de
razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil;
el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y
codicioso.

Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.

Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita
en el caserío. Bajaba tocando el erque.

El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que
continuase.

Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la
luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música
salvaje.

Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música.
Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su
primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.

Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la
embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se
siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la
emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de
una estirpe que muere.

No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora
en su crudeza.

El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la
embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.

Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una
esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate
rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según
lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va
subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al
cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del
viento.

De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan,
alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del
hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las
concavidades de la montaña.

Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como
arrobado en la misma tristeza del amigo.

El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo
cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del
pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño.
Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición
y de una raza.

Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en
los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado
remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores,
vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico
fulgor de la luna.



EL FANTASMA DEL REMATE


El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en
el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de
aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde
y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la
verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona
entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se
pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales,
pulidos por el eterno trabajo del agua.

Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito
de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja
harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un
bolsón del cerro.

Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios
y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y
negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre,
junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí
las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se
entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.

El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las
abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para
frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la
cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al
uso de las fincas.

Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y
para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada,
la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando
el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.

Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del
hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo
despertaba el fulgor del amanecer.

Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y
no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo
del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros.

Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una
mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el
suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca.
El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra.

El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una
loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más
aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que
cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas
diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas
mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la
begonia escarlata entre las breñas.

Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y
juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los
callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas
barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que
aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas
laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá
abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente.

Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha
de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas
multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente
de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío.

Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las
borracheras con otros mozos más _churos_ y más ricos; y el miércoles
de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca,
tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.

El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando,
embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho,
sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla:

      _Tengo mi chacrita,
    tengo mi sandial,
    tengo una morocha
    para carnaval..._

La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el
pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y
hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los
sembradíos del cerro.

Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado
como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la
pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza
ancestral de la raza...

Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar
cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el
fondo el ranchito de la Leona:

      _Tengo mi chacrita,
    tengo mi sandial,
    tengo una morocha
    para carnaval..._

La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo
de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco,
violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.

Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante
bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las
cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las
laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el
viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el
oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida,
elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son
para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.

Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta
sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del
Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio,
carcomido por el agua.

El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre.
El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y
blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo
tropical del paisaje solitario y desierto.

       *       *       *       *       *

Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de
la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces,
andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un
relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza
los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.

Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para
muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma
inconsolable del pastor.



EL GAUCHO SALTEÑO


Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las
Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una
falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el
camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase
de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas
dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho
le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:

--¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de
sacar el sombrero!

Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un
asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de
nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que
picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de
los perros flacos y _garrapatientos_, que lamían ávidamente el sebo de
los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de
las manos.

--¡A ver, muchacho!--gritó el gaucho.--¡Agarrá pues esa lonja, pegáles
una _variada_ a los perros!

Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al
algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta
el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose
en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro
donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio
de la casa.

Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.

--¿Qué tiene este muchacho?--pregunté.

--Si así no más ha _quedao_, con media res _cáida_, desde un empacho.

Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un
negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una
jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al
rato mejoró.

Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase
paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por
algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía
correspondernos de otro modo que no cobrando.

Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los
indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso
porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas
aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho,
exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.



LA SELVA DE ANTA[3]


Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían,
como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco,
en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte
adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó
tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso
guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay
tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el
cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y
brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala
guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de
cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la
frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así
armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por
la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o
pillar un toro enmoscado.

A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros
llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para
armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.

Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que
desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La
senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de
trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado
por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara
y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con
mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes
helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor
particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y
todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las
enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta
dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso
oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y
fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las
tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del
bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco,
ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la
selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos
verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol.
Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer
en el monte la presencia de animal alguno.

Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo,
habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas,
conteniendo el aliento.

Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas
de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros,
una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el
caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga
brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una
pandilla de monos!

Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una
zanja enlodada, y empecé a escupir balas.

Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los
monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su
gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y
desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en
las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús
fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y
en todo el Chaco salteño.

Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los
grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas
plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida
en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su
gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro,
sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de
los árboles.

A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras
unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal,
en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un
grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante
la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos
dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron.
Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la
gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los
hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a
pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los
perros.

Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el
anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba
descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada,
brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las
cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre
los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño
Ventura que iba delante, la completa identificación, la
compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba
cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura
tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las
hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los
estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del
guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun
a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su
cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las
zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente
apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo
encajado más que montado.

Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de
la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó
cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué
imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros
frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el
capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los
cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero
del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo,
le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la
enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para
riendas y demás prendas de apero.

FOOTNOTE:

[3] Anta es un departamento de la provincia de Salta. También se llama
así al _tapir_.



CRUZ GUIEZ

_Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912._


Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer
tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al
hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su
coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie
tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío,
empeñado en estimular el ingenio del gaucho.

--¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?

--Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,--contestó Cruz,
mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos
colmillos.

--No creo que haya tigres por acá,--observó mi amigo.--Estas cabezas
deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar
buenos cuentos...

Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto
dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la
vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las
bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir
a los amigos del patrón,--hombres puebleros,--sobre las cosas del
campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada
de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la
cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería.

Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un
ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra
esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la
huella del _bicho_, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban
entre los tres como cuarenta perros, _livianitos_ y _con la guata
floja_. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee
diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero
insuperables en los trabajos del pastoreo.

Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo
hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro
enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su _garabina_;
una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese
todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón.

--Esta es la calavera de ese;--decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo
fresco aún.--Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada,
aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero
y se tumbó _antarca_, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios
perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros
andan por _áhi_, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre
desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de
mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la
vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando
brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más
baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las
piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.

Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su
caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe
lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca
tiemblan ante el _bicho_, señor de la selva, salteador del ganado; y
con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo,
dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera.

Cruz Guíez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura
atlética, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos
fáciles como el gato del monte, y de ánimo alegre, como el cantar
jubiloso de las chuñas que en la linde del bosque salvaje saludan el
alba.



III

HISTORIETAS Y CUENTOS



UN VIAJE RARO


Serían las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable
en los anales del crimen), cuando monté a caballo y partí de casa,
rumbo a la Calderilla.

Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su
huésped y acompañante.

Y digo acompañante, porque no había allí otros pantalones que U... y
el paraje es solitario y asaz aislado.

Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha
playa del río Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda
opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y
algarrobos cubre los terrenos adyacentes al río. Cruzando el de
Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay
un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o
de malhechores.

En dos ocasiones la _sala_ de la Calderilla ha sido asaltada, aunque,
felizmente, sin resultado.

El peligro de un viaje nocturno por la región no es, pues, tan
remoto; y sólo la irreflexión propia de la juventud nos vedaba
temerlo.

Así, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas,
entecas y flojas, pasábamos sin pizca de miedo las playas ásperas y el
enmarañado monte.

Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujeté más
allá de la estación, y puse el caballo al tranco. Había luna, pero un
grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y sólo
a ratos la blanca claridad se difundía por los campos. El ambiente
pesado y húmedo amagaba lluvia.

Bien sujeto el revólver al cinturón, me requinté el chambergo para
mejor ver; puse un _acullico_ de coca y un trago de ginebra, y
añadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en
cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y
sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los
vericuetos, levantan por la noche en las campiñas su obstinado,
infinito vocerío.

Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso,
quedó Vaqueros a mi espalda. En Wierna entré a comprar fósforos en el
boliche de Medina.

Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el
galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y
que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del
río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido
atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el
silbido.

--¿Qué será?...--me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y
oídos.

En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco
hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De
cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el
acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico
de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el
pavoroso silencio de la noche.

Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me
sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un
jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.

El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y
borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía
inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una
mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de
su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas
ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué.

Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de
una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo
llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio,
concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me
puso a la par.

El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las
desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y
en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el
sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula,
de lo cual deduje que sería buen domador.

Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos
adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un
cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y
continuaba echado hacia atrás.--¡Eh, amigo!--le grité al raspar el
fósforo.

¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de
muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera
revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!

La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr
desapareció en lo espeso del monte.

Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la
ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré
rehacerme y reflexionar.

Y me acometió una sospecha terrible.--¿Habría habido aquella noche un
nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón
de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que
huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que
alguien cruzaba el río?

¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y
me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de
improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.

¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de
las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la
Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía
claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían
luces, y este detalle aumentó mi ansiedad.

De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido
salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí,
cortándome el paso.

Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó
debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto.

¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a
mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con
seca y aguardentosa voz:

--¡Sírvase compañero!--y me alcanzó una botella.

Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué
a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.

Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz.

Sin embargo, dos días después, supimos el bárbaro exterminio de la
familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del
13. El difunto que yo encontré resultó ser don Onofre Quipildor, el
jefe de la familia, que había sido amarrado a la mula por los
bandidos, con el fin de sembrar el terror.

Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba
de una de tantas fechorías del famoso Juan Jiménez, y sus cómplices
Polo y Cejador.



EL ULTIMO VUELO


Fué la noche del 25 al 26 de Enero.

A través del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisáceo
y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba.

Excitados por el café, agobiados por la miseria y el aburrimiento,
compelidos por el deseo de lo insólito, resolvimos excursionar hasta
la cumbre del cerro.

La media noche sería cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el
empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San
Bernardo en dos gigantescas moles.

La mojazón de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba más el
ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhería
poniéndoles un reborde embarazoso y grotesco.

Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se
hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales,
tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica
simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle
cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la
muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del
agonizante.

El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en
rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos
absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.

Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión
difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de _El falso
hijo de la Beltraneja_ reconstruía mentalmente los monstruos
terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en
remotos siglos el paraje.

Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender
en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.

Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte,
contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino
follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos
a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo,
se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un
rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el
valle de la Caldera.

Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El
diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio.

El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la
contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos
y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la
piedra sobre la cual se había detenido.

Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda
oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la
lejanía.

Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a
través de las nubes, la posición de la luna.

Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra.

Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez
boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó.
Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no
respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces,
mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño
hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas.

Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa
manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.

En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos
para despertarle.

--Bueno, está enviciado,--dijo Kolbenheyer.--Y como ni usted ni yo
sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo
él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a
contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana;
quizá con el ruido se despierte.

Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo
trecho, sin hablarnos.

La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto
raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome
del brazo, balbuceó:

--¿Estaría muerto?...

Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las
lágrimas me saltaron a los ojos:

--¡Imposible!--dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la
violenta fascinación de lo sobrenatural.

Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma
torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.

Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba
delante, gritó:

--¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí!

Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al
cebilar negro y mudo, y grité a mi vez:

--¡Peñalva, Peñalva!...

Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino:
¡alba!... ¡alba!

Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes
sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente,
desconcertados.

Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel
instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima
impenetrable.

Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de
nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el
aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un
enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se
alejó volando.

Arturo Peñalva había muerto.

En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.



LA CACERIA DE PATOS


Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de
caza los domingos por la mañana.

Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el
tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara.

Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño,
críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la
escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas
compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es
bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A
causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.

En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado
escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par
de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado
mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar.

Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta
el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al
gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres.

Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde
se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las
penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como
aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al
menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar!

Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín
de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya
compañía hubo de costarme tantas lágrimas.

Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la
cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse,
ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato.

El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con
mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.

Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde
meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de
Calleja, brillantes perspectivas de aventura.

¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los
suburbios de la villa natal!

Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas
profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse
inmensas bandadas de patos.

Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de
viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase
conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo
caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta
de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que
habíamos de mascar para cargar el arma.

En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado
instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte
marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo.

Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban
nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo,
colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para
comernos los patos asados a la caucana.

Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el
vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se
hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.

El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con
cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no
comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto
de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales
pirotecnias.

Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla
de la laguna.

Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo
mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora
por el caño.

Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso,
acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de
bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un
furtivo rodeo estratégico.

Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen
rato, y ¡pum!

¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la
culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a
Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas.

Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le
dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño
en la frente!

No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos
de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el
pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice
un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro!

¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado!

El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente,
ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua
flotaba un tendal de patos.

Y así acabó la cacería.

Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una
reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.

Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el
hospital del Señor del Milagro.



EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA


Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el
verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y
pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos
poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la
víctima inocente de tales ensañamientos.

Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso
a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y
nuestros corazones al unísono.

Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el
lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en
prosa y verso.

Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy
temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba
hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y
desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos
horizontes montañeses.

Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melífluas
expresiones del más charro gusto, bajaba mi compañera púdicamente los
ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que después he sabido que en la
mujer, a veces, significa; "es usted un tonto".

No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su
experiencia de los hombres era escasa, pero sí pienso que los
requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba
más interesante que yo.

He dicho que la niña era delicada y pura como una azucena y añadiré
que además poseía la exquisita sensibilidad de una mimosa.

Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por
completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la
repugnante y fresca mutilación la aterró hasta el punto de que casi se
descompuso de sólo mirarla.

El encuentro de un sapo la producía carne de gallina, y si algún
áspero escarabajo venía volando a golpear torpemente su blanquísimo y
pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la
librasen del atrevido monstruo.

Yo montaba un caballejo que me prestara un tío mío al comenzar las
vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero,
esa tarde lo venía sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro.

Me había errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de
reprimir sus intempestivos bríos, y como que yo lucía mi ecuestre
pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, después, de
un tirón, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta
que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegué la postrera
soba y una sofrenada magna, el mancarrón no acabó de sosegarse.

Entonces nos tocó apearnos y ayudar a las niñas. Cada cual bajaba su
pareja. Cambiábanse saludos de cumplido con los dueños de casa, los
que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar
algún sorbete.

Cumplida la galante tarea, me acerqué tirando los dos caballos, el de
la chica y el mío,--para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando
noté que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios.

Miro al suelo, busco y, ¡oh cosa tremenda! Mi caballo había perdido la
lengua. Este adminículo yacía por tierra, envuelto en polvo. Le habían
colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le había cortado la
lengua.

Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas
de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas.

¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me
esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no
demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a
la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el
bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los
de la cabalgata y dieron la voz de regreso.



LA TRANSMIGRACION


Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo,
gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos
irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor,
todo misterio debe encerrar.

Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos
supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de
sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil
de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta.

Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a
referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo
extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de
mis convicciones.

El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa.

Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que
tenía el apodo de _Chivo Pedro_. Ciertamente, aquel señor de cara
morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo,
con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos
de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban
además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos
nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el
inevitable apodo.

Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la
esperanza de salvarle.

Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe
rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues
mi familia estaba en el campo.

Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había
alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio
silbando, y entré en mi cuarto.

Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me
quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del
patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas
y de silencio.

Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.

No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que
me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me
abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa
ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra,
junto a los ojos saltados del agonizante.

Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo
un zapallo.

De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un
murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome
de paso, desapareció con un débil chillido.

La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi
espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la
puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que
estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite,
se pusiese a chillar.

Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su
mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en
los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.

Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.

Ya no pensaba en nada. Solamente oía.

Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El
grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el
corazón en desórden.

Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló
contra una pared y se dobló con ruido desigual.

¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!

Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso
instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el
patio y avanzó en dirección a mi cuarto.

¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media
habitación!

Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían
ser de gente!

Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré:
¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me
observaba, rumiando con espantosa impavidez.

Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia,
asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció
en la sombra.

Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había
sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la
panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad,
escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta
de casa de la panadería.

Por la mañana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche.



EL SUICIDIO DE BURELA


El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del
cerro, que conduce al Redentor.

Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó
la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez.

He aquí el caso:

Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en
trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía
descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo
Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.

No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla.

--¡Hola, Dávalos!--me dijo.--¿Qué andás haciendo?

Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo
Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo
enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y
una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por
un agujero apical del incoloro chamberguito.

Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un
monstruoso "acullico" de coca.

Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el
vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.

Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada
inseparable y vecino de barrio.

Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un
escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de
_Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un
telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.

Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a
los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él
le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente;
con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con
manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por
la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día
concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un
ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.

--Yo voy allá arriba--le contesté.--Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te
hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?

Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:

--Soy socio de Vago Hermanos y Cía...

Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que,
sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.

--No tengo casa en el pueblo--añadió.--Van dos meses que vivo aquí en
el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.

Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del
pantalón:

--Estoy dispuesto a no sufrir más--me dijo, hablando con calma.--Ayer
traje esta piola para ahorcarme...

Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un
sollozo harto húmedo.

Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias,
uñas negras y crecidas.

--¡Cáspita!--exclamé.--¿Y porqué no te ahorcaste ayer?

--No quiero morir de noche,--contestó con melancolía.

Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban
deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me
rozó el cerebro, como una ala negra.

--Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te
ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no
puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!

Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.

--Ahora a buscar un árbol.

--¡Allí!--respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome
uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.

Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al
pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.

El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul,
el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el
chamberguito barranca abajo.

Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida
y prenda de gratitud.

Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una
horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por
roldana, saltó al aire.

Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la
cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta
a la eterna vida.

Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.

El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.

Yo había cumplido un deber de amistad.



EL CASO DEL ESQUELETO


¿Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es
totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir
en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias
raras, o en ciertos anormales estados psíquicos?

¿Hay, fuera del mundo material, más allá de lo que nuestra
inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo
distinto, un diferente aspecto de lo real?

El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos
escapa, por ejemplo, las líneas laterales de los peces, parecería,
desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas.

Por otra parte, a veces, iguales órganos, en un tipo zoológico,
presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeño de una
misma función. Así, mientras algunos mamíferos son sordos, o poco
menos, las mulas poseen una agudeza de oído muy superior a la del
caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye,
de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido,
correspondiente a un orden desconocido de la energía cósmica.

Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres,
puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en
la lucha por la vida, tengo por indudable que después de la puesta del
sol entran efectivamente en acción aquellas fuerzas.

Fué a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mío, muy mansa,
no se dejó quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una
hora después caía muerto en la cocina de los peones... ¿Qué vió la
mula en la cara del hombre, o qué olió en él, o qué sintió?...

Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia
del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el
mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos
aparatos.

Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y
científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca
he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la
influencia inquietante de la noche.

Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que
un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón
con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda
celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror
increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy
solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y
caer vertiginosamente, boca arriba.

¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y
cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de
_algo_ que no es _alguien_, pero que existe, que _es_! ¿Acaso la
condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?...

¡Qué sé yo!...

Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los
equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan
absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré
de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.

Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia
explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor.

En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me
fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara
desde medio día.

(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en
el que suelo estudiar.)

En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa
no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien...
Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo.

Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el
velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un
libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba
colgado el esqueleto.

Encendí la vela.

Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad
para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me
propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite.

Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa
se ha movido.

Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y
leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la
obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El
autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en
Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa:
"Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a
estos industriales el material....

Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro,
quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el
esqueleto había pertenecido a un asesino.

Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo
alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica
permanecía trasparente entre las costillas.

Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de
los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del
hecho inexplicable.

Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de
golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la
contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil
la teoría.

Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa
por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba
trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso
violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por
la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice
oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco
chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa.
¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si
podéis, una carcajada, os lo ruego.

--¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!--le grité al
esqueleto.

Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues
iba de lo contrario a enloquecerme.

Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un
pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón,
y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la
puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del
gatillo.

Retrocedí un paso para contemplarlo.

Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo,
vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un
salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!...

Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico,
abrazado a una chimenea.



LA COLA DE GATO


Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta
años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de
gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato.

Su vida es simple y redundante, como el rodar monótono de los días
provincianos, o bien como la marcha circular y pacífica de un macho de
noria.

La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre sí por
un acontecimiento trascendental que dejó en su espíritu una
perplejidad perdurable.

La primera etapa comprende su juventud, los diez años que pasó de
dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa
comprende su madurez, sus veinte años de empleado público.

Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo,
Don Roque Pérez cuenta su caso a un grupo de oficinistas.

Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de
Sarratea ocupaba una vieja casuca que todavía existe en una esquina de
la plaza.

El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los
estantes, y aguardaba al patrón que se presentaba a las ocho.

Sarratea despachaba personalmente, detrás del mostrador; pero si había
que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el
dependiente se encaramaba por ella.

A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del
barrio, guardábase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa.
Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba
su rosario y se metía en cama.

Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió
la vista al techo, y vió que colgaba una cola de gato por una rotura
del cañizo.

El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de
gato apuntaba, naturalmente, a sus narices.

--¿Qué será eso?--pensó el dependiente.--¿Qué será?...

Apagó la vela y se durmió.

Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar
la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué
será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver
lo que es... Y apagaba la vela y se dormía.

Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba
la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre
pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera.

Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los
pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato
debía ser _algo_. Para saber qué era, había tiempo.

Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!...
El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el
negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca.

Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se
contrató en la tienda de enfrente.

A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que
llegara a Salta con su mujer.

Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la
limpieza del chirivitil, para instalar su botica.

Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y
los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le
mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de
enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario,
ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al
techo, y se trepó.

Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá
arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró
más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el
brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y
se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando
el pesado fardo, bajó al suelo.

--Bueno,--dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una
monedita.--Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.

Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable
a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo,
dice:

--Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado
público.



EL SALTO ATRAS


--Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,--le dije al
ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes
adecuados.

El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas,
el alcohol y demás cosas necesarias.

--Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva
para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a
contraluz.

En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.

--¡Es singular!--objeté,--pues ayer mismo la estuve mirando en el
fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?

--_¡Non signore!_

--Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los
alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.

La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del
Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de
Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.

Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a
buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del
microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a
caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche
que lo encontré por una calle haciendo eses.

No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era
tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde
el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le
descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo
saltar del Colegio.

Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una
cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez
amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era
barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy
largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si
se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de
tristeza en la mirada.

Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y
experimentado.

Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista
Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y
después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.

Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves,
entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección
de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini
hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un
loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.

Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas
piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las
tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.

--Tenga usted más cuidado, Escalandrini--, le dije al
ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.

Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como
escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de _crótalus_, que
sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni
por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse
desgarrados.

--Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque
dil_ gabinete--, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y
expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la
expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras;
circunstancia que no dejó de impresionarme.

Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.

Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.

Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se
entraría de noche, y con vela.

No pregunté nada.

En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo,
buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los
estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,--se conocía--,
con sumo cuidado.

Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...

Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga,
a develar el misterio de un temperamento.

En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se
cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado
la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos
esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó
de través, y el hombre quedó manco.

Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a
auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública
y allí le contuvieron la hemorragia.

Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano.
Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín,
pero no la hallaron. La mano se había extraviado.

Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios
perros que olfateaban la sangre...

Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:

--Parece que un perro se la ha comido...

       *       *       *       *       *

La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran
sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros,
llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...

Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado
por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.

De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En
eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo
mayor.

El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de
alcohol y de gula bestial.

Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada
le cercenó el abdómen.

       *       *       *       *       *

Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta
a los trogloditas antropófagos.

Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelandés educado en Londres,
que se comió viva a una niña de cinco años.



LA MUERTE DEL MUERTO


La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo
abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos
preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme
arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el
estigma de mi existencia.

¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme
atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.

Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun
espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad,
escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos
timoratos.

Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron,
fielmente.

Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la
calle Estados Unidos, de Buenos Aires.

Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.

Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.

Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de
profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba
sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una
frase de expansión o de confianza.

Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que
inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren.
Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en
silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y
bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y
respetable.

Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones
íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su
pieza, por librarse de la gente.

Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que
siempre merecí calabazas en inglés.

Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la
palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.

No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el
director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un
síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.

Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias
previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle
Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente
dormido en la eternidad.

El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.

Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre
las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el
arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.

Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín,
en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin
agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de
cierto poema que pensaba escribir.

Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un
pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el
patio.

Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero
estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho,
ahogando el ruido, como habrá de verse luego.

Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la
cabecera contra la pared del fondo.

Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un
confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una
Biblia y algunos libros ingleses.

Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la
cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la
sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos
pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.

¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en
aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!

¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién
sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!

Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa
de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.

Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un
afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se
agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.

Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con
elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y
noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme
decisión de voluntad.

De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore
se habían abierto...

¿Sería posible?...

Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me
acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.

Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos
y sombras.

Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando
inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al
galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!

Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con
imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.

En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en
tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en
vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de
mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se
sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante,
absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o
gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso,
que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.

Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante,
fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo
vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que
no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía
asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...

Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una
pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie
descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en
abanico!

¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin,
rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome
impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie
junto a la cama!

¡No pude más!

Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de
terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una
bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.

Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a
poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del
peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese
oído el ruido.

Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie
acudió.

¡Mi delito quedaba impune para siempre!

Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis
condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de
Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.

Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera
resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico
acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme."



IV

HUMORISMOS Y FILOSOFIAS



TEDIO


Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato
del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de
ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de
los que no trabajan.

La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.

¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del
carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en
serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las
menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos
hastían y nos hartan?

El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el
imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios
pueriles.

Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me
pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.

Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo
está su figura. ¡Y cómo ha de estar!

--Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a
entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.

¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y
usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que
ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto
más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.

Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la
vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando
una apoplegía.

Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y
espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son
testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se
acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo
denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.

¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las
importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado
escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?

¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos,
que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?

¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un
vaso de _vermouth_!

Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más
considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al
cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de
tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en
el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente
por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del
sol.

La naturaleza nos reconcilia con la vida.



LA TRISTEZA


Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el
son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la
inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres
pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra,
que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa
vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor
divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no
comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_.
Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.

He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas,
las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el
firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la
vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve
las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el
absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen
en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que
parece que _algo está ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se
han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces
vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada,
en medio del infinito devenir.

Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la
inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como
normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá
sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside,
más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la
naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las
leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la
baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre.
Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se
aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara
descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada,
de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos
a veces en los seres y en las cosas.

La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura
mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las
flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a
mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa
sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.



AMOR DE ARAÑAS


En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los
arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El
comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus
patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la
avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón;
la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse
perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad
voluntaria y consciente.

En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un
hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos
artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más
hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una
mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el
centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No
sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima,
porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio.
En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y
remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la
chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella
mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz
animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón
ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato
era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los
tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de
mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado,
maté las hormigas con agua hirviendo.

Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque
hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una
hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil
cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco,
en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus
formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno,
después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde
la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la
torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose
al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el
número.

No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado
con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los
_araños_. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón,
un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de
escamas de plata.

Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y,
teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso
resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las
arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día,
mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su
escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la
noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la
facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche.
Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con
la tenacidad propia de los enamorados.

¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos
amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado.
Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la
inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.



EL SAPO


El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a
la calle, ante la puerta de una casa.

Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí
permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros,
asimilado a las piedras pardas.

Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus
pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato
arrojado al basural.

A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente
en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.

¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas,
revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!

Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen
zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el
sapo espera.

Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se
detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la
garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se
acerca al bicho, y ¡zás!

El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un
escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un
pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a
dos manos, empujando la presa hasta el estómago.

Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un
transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner
la cara fea!



PASEOS ZOOLOGICOS


Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no
teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas.

Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas
pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del
chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo
más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que
presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo
oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.

Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas
alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La
constancia es la primera virtud del naturalista.

En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una
hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas
enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con
el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero
cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre
bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.

En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores
amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y
vivaz. En seguida fué al tubo.

En esta época,--fin del otoño--la mayor parte de los insectos han
muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que
construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de
arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en
los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos,
encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie
corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más
fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los
arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación
de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros
tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales,
son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los
menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde
se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y
originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando
escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de
la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando
vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple,
bulliciosa, policroma.

El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores,
desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga
nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo
en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón
del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono
melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros
una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse
en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y
crespa, como un festón de encajes.



BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS


Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San
Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el
terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición,
el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las
primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de
observación original, individual de sus alumnos.

Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al
fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de
centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra
adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio
a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no
sin ironía, la comodidad del profesor.

"Amigos míos--objetó éste:--no es preciso trepar al cerro para hallar
bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que
no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso.
Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí
mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle,
previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida
microscópica. Pues la vida _macroscópica_ no es menos abundante en la
avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos
provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas;
las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el
estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche
de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la
calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría
el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su
exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.

Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber
botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la
vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de
formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si
quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará
a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere
saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas
concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las
matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es
susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de
cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley
sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números.
Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las
concepciones más abstractas".

Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua
verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas
de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio.
Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna
que emergía del centro de la fuente.

Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas
sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos
equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en
lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las
narices con sus manos metálicas.

Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un
sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce
zumo de la pequeña isla alimenticia.

En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de
sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros
sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.

En el agua, no había ningún sapito vivo.

Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus
discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los
muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con
interés.

"He aquí, amigos míos--dijo--una maravillosa oportunidad de aplicar
la inteligencia a la explicación de los hechos.

He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los
peces a los anfibios, en la evolución de las especies.

Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas.
En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que
salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que
otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde
el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por
branquias hasta que respiran por pulmones.

Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a
refugiarse, _bajo pena de muerte_, en las islas. Lo prueban los
cadáveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los
renacuajos, mucho más grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su
medio apropiado dada su respiración branquial.

La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y
lo particular es que tal hecho explica, según creo, el origen de los
anfibios. Bastaría suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una
superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo
desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos.
Establecida así la lucha, se salvaban únicamente de la carnicería los
que podían ganar tierra y resistir más tiempo al nuevo ambiente, hasta
que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones.
El hábito y la herencia fijaron el nuevo carácter específico, y el
atavismo reproduciría la forma primitiva acuática. Y como la duración
de las condiciones físicas del medio sería de miles de años,
tendríamos repetidas las causas y los efectos en millones de
generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia,
entre peces y reptiles.

De los peces a los batracios, no sólo ha cambiado la respiración, sino
la alimentación. Los renacuajos se alimentan por succión. Los sapos,
son insectívoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fué muy
difícil cambiar de régimen alimenticio, como lo probaría la poca
variación que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para
convertirse en captador (sapo).

Si se compara la organización de los peces superiores con la de los
batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son
más complicados. Los batracios no derivarían, pues, de los peces
superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma
intermedia entre éstos y los ciclóstomos, cuya organización es más
rudimentaria.

Pronto estudiaremos la organización interna de los batracios, y, en su
metamórfosis, la transformación del aparato circulatorio en
correlación con el respiratorio. Entonces os haré notar cómo, la
respiración cutánea, tan intensa en los batracios, y propia de
organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso
de la respiración branquial a la pulmonar.

Antes de terminar, amigos míos, libertemos a los sapitos, que están
condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los
ángeles indiferentes. Ayudemos así al cumplimiento de las leyes
naturales. Arrojemos los sapitos entre la húmeda gramilla del parque,
para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las
plantas de los jardines."

--¡Libertemos al náufrago refugiado en la galleta!--gritó un muchacho.
Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el
pequeño sapo saltó al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoderó
de su presa al instante.

Así hemos leído, en un charco, una hermosa página escrita hace
millares de siglos por el azar de la evolución.



LA INMORTALIDAD


La desagregación del protoplasma por la mineralización creciente no se
manifiesta en los unicelulares. Dado un ambiente propicio, un
protozaorio no muere nunca, puesto que alcanzada la dimensión normal
en la especie, el individuo se parte en dos y del ser único derivan
dos individuos nuevos, continuando en cada uno de ellos los procesos
de asimilación y desasimilación que determinan el crecimiento y la
división consecutiva, completándose así el ciclo evolutivo.

A medida que la estructura orgánica se complica, disminuye la
resistencia normal del individuo en su medio, en razón de la mayor
conexión y subordinación de unas funciones con otras en el organismo.

En los protozoarios la división experimental del núcleo no impide la
regeneración de cada parte.

En los metazoarios inferiores, cada fracción regenera las que faltan.
(Hidras).

Algunos escalones más arriba, la división experimental del individuo
por su eje de simetría, ya no permite la reconstitución de cada mitad.
(Asteroideos).

En los grados más avanzados de complejidad estructural, de los
artrópodos a los cordados, la capacidad regenerativa del protoplasma
tórnase de más en más problemática.

En los anfibios, la vitalidad de los principales órganos (por ejemplo,
del corazón), separados del cuerpo, es mayor que la de los mamíferos.

Un protozario partido en dos, por su núcleo, continúa viviendo; un
mamífero lesionado solamente hasta su red arterial, tiene muchas
probabilidades de morir.

Cuanto más avanza la diferenciación progresiva de las formas, más
acrece la posibilidad de la muerte.

Viniendo a un punto de vista más general; no existe solución de
continuidad en la materia viva, desde la mónera que aparece en el limo
del océano pre-geológico, hasta las especies que pueblan en la
actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares
de todas las especies, en cada época.

Ahora bien. Pensando en la muerte con datos así, objetivos, sin
recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginación, se
ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos
egoísta.

Pongamos nuestra fe en la ciencia.

Ella nos dice que durante algunos siglos todavía estaremos condenados
a morir; pero somos inmortales como partículas orgánicas de la
especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de
continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las
que las precedieron, irán acumulando el aprendizaje de la experiencia,
para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita,
individual y específica del hombre.

Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la
inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor
instrumento, el hombre, le ha hecho quizá el más endeble y el más
delicado de los seres.

No en vano la eternidad es la obsesión de todos los tiempos. El hombre
tiende al azul desde que aprendió a pensar. Interroga siempre al gran
enigma infinito suspendido sobre su cabeza.

Obstinado, aborda su problema.

Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta;
ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flúido intangible;
junto a las máquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas;
sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los
mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo
desconocido, con un apetito insaciable de más allá, que es ansia de lo
eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien.

¿Perecerá la civilización sin que algún ser humano haya transpuesto
los límites de la atmósfera?

¿Será inacabable el misterio?

La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo
grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, ¿no
pesará nada en la balanza del devenir?

¿Todo eso no será más que combinaciones peregrinas del azar, efímero
aleteo, ensueño quimérico de algo perdurable, de algo absoluto?

¿Llegará día en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra?

La naturaleza parece responder: "Hombre, ¿vale más tu inteligencia
complicada, sutil, poderosa, rápida, vale más que una hormiga o una
flor? Eres una onda del río que va desde lo que no tiene principio
hacia lo que no tiene fin. Envanécete. Sin embargo, para mí que soy la
energía ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fácil
ni difícil, mejor ni peor; pues a mí no me cuesta trabajo el cerebro
de Newton que el vuelo de los astros".

Y yo he soñado con una humanidad más perfecta, más buena y más sabia,
remontándose por medios mecánicos a los espacios estelares.

La ciencia vencerá a la muerte.

Siendo infinita la duración de la vida, no habrá porqué desdeñar un
viaje de siglos por el universo.

Magnífico espectáculo el del hombre atravesando los espacios
interplanetarios en expresos más veloces que la luz.

La conquista del infinito será precedida de una agitación jubilosa
como la que anuncia el vuelo de las colmenas.

Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre
remontará su vuelo por aquel jardín que tiene por flores las
estrellas.



INDICE


                                            Página

    A Manuel Gálvez                              5
    Prólogo                                      7

LA CIUDAD

    Los burritos leñateros                      19
    Una proclamación                            23
    El reñidero                                 27
    La tabeada                                  33
    Los perros                                  37
    Defensa de un perro                         41
    La condenada                                43
    La creciente                                47
    La decadencia de los opas                   51
    Los cocheros                                55
    Un baile de villorrio                       59
    El duende                                   63
    La viuda                                    67
    La mula ánima                               71
    La Juana Figueroa                           73
    Don Matías Linares y Sanzetenea             79

LOS CAMPOS

    El erque                                    85
    El fantasma del remate                      89
    El gaucho salteño                           95
    La selva de Anta                            97
    Cruz guiez                                 103

HISTORIETAS Y CUENTOS

    Un viaje raro                              109
    El último vuelo                            115
    La cacería de patos                        121
    El caballo que perdió la lengua            127
    La transmigración                          131
    El suicidio de Burela                      135
    El caso del esqueleto                      139
    La cola de Gato                            145
    El salto atrás                             149
    La muerte del muerto                       155

HUMORISMOS Y FILOSOFIAS

    Tedio                                      163
    La tristeza                                167
    Amor de arañas                             169
    El sapo                                    173
    Paseos zoológicos                          175
    Batracoforia de los renacuajos             179
    La inmortalidad                            185



       *       *       *       *       *



Notas del Transcriptor:

Se han corregido algunos errores tipográficos presentes en el
original. Las vacilaciones en algunas grafías se han mantenida como en
el original.

P. 138: "el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó"--En
el original, este frase fué despues de las palabras "en el pescuezo,
pasé la"





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