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Title: Flor de mayo
Author: Blasco Ibáñez, Vicente, 1867-1928
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Flor de mayo" ***

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[Illustration: Bookcover]



FLOR DE MAYO


OBRAS DEL AUTOR

CUENTOS VALENCIANOS.

LA CONDENADA (cuentos).

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

SÓNNICA LA CORTESANA (novela).

CAÑAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).

LOS ARGONAUTAS (novela).


=EN PREPARACIÓN=

LA CIUDAD DE LA ESPERANZA (novela).

LA TIERRA DE TODOS (novela).

LOS MURMULLOS DE LA SELVA (novela).

ES PROPIEDAD--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.--Copyright 1914, by Blasco Ibáñez.



V. BLASCO IBÁÑEZ

FLOR DE MAYO

(NOVELA)

[Illustration]

PROMETEO

SOCIEDAD EDITORIAL

Germanías, F S.--VALENCIA


OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.

FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.

BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.

CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.

DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.

TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.

A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

SCHILFUND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.

DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.

CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.

MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.

VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.

PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGNENAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.

LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.

A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.

O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.

L'INTRUS (Traducción de Renée Lafont), París.

A ADEGA (Traducción de E. Sousa Costa), Lisboa-Río Janeiro.

SUR LES ORANGERS (Traducción de G. Menetrier), París.

LES MORTS COMMANDENT (Traducción de Berta Delaunay), París.

SONNICA (Traducción de Frances Douglas), Nueva York.

THE BLOOD OF THE ARENA (Traducción de Frances Douglas), Chicago.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL (Traducción de W. A. Guillespie),
Londres-Nueva York.

BLOOD AND SAND (Traducción de W. A. Guillespie), Londres.

OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 volúmenes con
un retrato del autor (Traducción de Taitiana Herzenstein y otros),
Moscou.



FLOR DE MAYO


I

Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas
luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la
accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse sobre el fondo
ceniciento del espacio.

Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de
las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban
después de saludar con perezoso _¡bòn día!_ á las parejas de agentes
encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.

Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el
silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Valencia. En
los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del alba, unos con
una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y
repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su
estridente entonación de diana guerrera.

En las calles desiertas y mojadas, despertaban extrañas sonoridades los
pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapábase,
al través de las rendijas, la respiración de todo un pueblo en las
últimas delicias de un sueño tranquilo.

Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgándose una
por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las
encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris y fría,
que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un
esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente
en sus perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los
tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas
y los árboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas,
sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.

La fábrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo
de toda la noche. Los gasómetros caían con desmayo entre sus férreos
tirantes como estómagos fatigados por la nocturna indigestión, y la
colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas bocanadas
negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso
serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.

Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para
librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los
vidrios del fielato, los escribientes recién llegados mostraban sus
soñolientas cabezas.

Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el
regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo soltaba la
compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus
puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los
representantes de los impuestos.

Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras
y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo faltaban las
pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía con sus
gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura
salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.

Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y azulada de una mañana de
invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris
del espacio.

Oíase, cada vez más próximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra
fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por
horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los tirones de riendas
de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas
arrollado hasta los ojos.

Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y
despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y
tremendos rasguños, por donde asomaba el armazón de cañas; pegotes de
pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado
con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del
invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba,
como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.

En la parte anterior lucían, como adorno coquetón, unas cortinillas de
rojo desteñido, y por la abertura trasera mostrábanse revueltas con los
cestos las señoras de la Pescadería, arrebujadas en sus mantones de
cuadros, con el pañuelo apretado á las sienes, apelotonadas unas con
otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que
alteraba el estómago.

Así iban adelantando las tartanas en perezosa fila, cabeceando,
inclinadas á un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta que
de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la
violencia de un enfermo fatigado que muda de posición.

Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos
zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y faldas
recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros
arabescos.

Alineábanse ante la báscula los cestones de caña, cubiertos con húmedos
trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave
bermellón de los salmonetes y los largos y sutiles tentáculos de las
langostas, estremecidas por el estertor de la agonía. Al lado de las
cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la
postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente abiertas,
mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una
bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo
como un trapo de fregar húmedo y viscoso.

La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos
mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados,
descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que parecía
esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y
aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los
papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban
llegando á pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el
grupo; la línea de banastas extendíase hasta cerca del puente. Los
empleados enfadábanse ante la insolente algarabía de aquellas malas
pécoras que les aturdían todas las mañanas.

Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable
repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un muelle de
Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día
anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse
los insultos con soeces ademanes; acompañábanse las palabras con
cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con expresión
amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas, semejantes
al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una frase
capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.

Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la báscula;
llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían la lengua;
y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento de
amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando
con inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los
distintivos del sexo.

En este hervidero de risotadas é insultos, la que llamaba la atención
era Dolores la _del Retor_, una buena moza mejor vestida que las otras,
que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con
los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un ídolo
satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo
cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias
rojas.

Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una
aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la obscura
transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejábase
la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.

Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas poderosas de muchacha
de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban
al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que parecía
iluminar la cara con pálida claridad de marfil.

Guardábanla consideraciones como á moza de buenos puños é insolencia
agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de Pascualo _el
Retor_, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba dentro de casa;
pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que otros, y
tenía, según opinión general, un _gato_ enorme de duros oculto en los
pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas
afortunadas.

Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba
desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con
satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de
Argel ó los refajos de Gibraltar regalados por _el Retor_.

Únicamente tratábase de igual á igual con cierta tía suya, la _agüela
Picores_, una veterana de la Pescadería, enorme, hinchada y bigotuda
como una ballena, que hacía cuarenta años tenía aterrados á los
alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las
palabrotas de su boca hundida, centro al que convergían como rayos todas
las arrugas de su cara.

--_¡Recristo!_ _¿cuánt acabeu?_--gritó Dolores con los brazos en
jarras, dirigiéndose á los panaderos.

Y éstos, que ya retiraban de la báscula su último saco, contestaban con
soeces bromas á las mujeres que, con las manos cruzadas bajo el
delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto
grotesco.

Comenzó el peso del pescado; surgieron las riñas de todos los días sobre
á cuál le tocaba ir delante. Amenazábanse sin llegar nunca á las manos;
la _tía Picores_ intervenía con su vozarrón cascado, que disparaba los
insultos como cañonazos; pero Dolores no atendía y dejaba pasar su
turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas barandas veíase
avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras, encorvada
bajo el peso de las cestas.

La buena moza reía con expresión diabólica, y cuando aquella mujer
estuvo cerca del fielato, rompió en una carcajada insolente, tocando en
un brazo á la _agüela Picores_.

¡Mírela, tía! ¡Siempre llegaba tarde! ¡Claro! ¡con aquella pachorra!...
Cualquier día iba á caérsele lo que llevaba bajo del delantal.

La mujer palideció, y con ademán de cansancio dejó en el suelo las
pesadas cestas. Miraba á Dolores con expresión de odio, como si á su
vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de
arriba abajo con ojos iracundos.

Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz, aspirando con fuerza, como
si tomara rapé. Podía sentarse. Debía estar cansada y chorreando por la
caminata.

Estos insultos á media voz irritaron á la rezagada... ¿Sentarse?
¿Habráse visto desvergonzada? Ella no podía gastar tartana, pero iba á
pie con remuchísima honra; no era como otras que engañaban al marido,
dándose buena vida.

¿Por quién decía eso?... ¿Por ella?... Y la insolente pescadera, con los
hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira, avanzó algunos pasos.
Pero allí estaba la tía para intervenir, agarrándola con sus arrugadas
manazas.

Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos ni escándalos. ¡Á la
tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadería
aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo cuñadas!

Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la condujo á su tartana,
donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.

La buena moza se dejaba conducir como una niña, pero le temblaban los
labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la última amenaza:

--_Tú, Rosario, ya se vorem_.

¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y Rosario, mujercita
flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos levantaron
como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían abrumado,
arrojándolos con fuerza sobre la báscula.

Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías repletos de
madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos
por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino
desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía
adormecidos, camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la
espalda y la colilla en la boca.

Rasgábase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el
sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante custodia, casi á ras
del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de lluvia y
reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.

En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso
ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban
el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo
las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas, empavesándose
con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce de las
escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una
transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.

Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería, acudieron solícitas las
viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á bajar con servil
respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.

Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantón, por las puertas
angostas, obscuras como rastrillos de cárcel: bocas fétidas que
exhalaban el húmedo tufo de la Pescadería.

Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los toldos de cinc, que
todavía goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban las vendedoras
sus cestas en las mesas de mármol, alineando los peces sobre un lecho de
verdes espadañas. Las enormes rodajas de los grandes pescados mostraban
su carne sanguinolenta; salía de los toneles el _género_ del día
anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas
flácidas, y la sardina amontonábase en democrática confusión junto al
orgulloso salmonete y á la langosta de obscura túnica, que agitaba sus
tentáculos como si diese bendiciones.

Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del mercadillo: mujeres
vestidas de igual modo que las del Cabañal, pero de aspecto más mísero,
de rostro más repulsivo.

Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de un pueblo extraño y
degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y negras como
ataúdes, entre espesos cañares, en chozas hundidas en los pantanos, y
que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de
la miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el
extraño fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre
ambiente del mar, sino al tufo del légamo de las acequias, al barro
infecto de la laguna que al moverse despide la muerte.

Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que palpitaban como seres
vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de las anguilas
contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscándose por la blancuzca
tripa é irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto á ellas caían
inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de
insufrible hedor, con extraños reflejos metálicos, semejantes á los de
esas frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus
entrañas.

Entre estas míseras mujeres existían también categorías, y algunas más
infelices sentábanse en el suelo húmedo y resbaladizo, entre las filas
de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que estaban ensartadas las
ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como bailarinas
desnudas.

La Pescadería entraba en movimiento. Comenzaba la afluencia de los
compradores, y entre las vendedoras cruzábanse señas misteriosas, gritos
de un _caló_ especial que avisaban la llegada de los alguaciles y hacían
desaparecer con rapidez de prestidigitación, bajo los delantales y
zagalejos, las libras cortas de peso.

Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el plateado vientre de los
pescados; caían las hediondas entrañas bajo los mostradores, y los
perros vagabundos, después de husmearlas, lanzaban un gruñido de asco,
huyendo hacia los inmediatos pórticos, donde estaban los puestos de los
carniceros.

Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la
misma tartana ó ante la báscula del fielato, mirábanse desde sus mesas
con hostilidad, cruzando provocativas ojeadas cada vez que se
arrebataban un parroquiano.

Una atmósfera de lucha, de ruda competencia, se extendía por el lóbrego
mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus baldosas.
Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias
balanzas por atraer compradores, invitándoles con palabras cariñosas,
con ofrecimientos maternales. Y momentos después, las bocas melosas
convertíanse con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la
inmundicia del lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompañamiento
de insolentes carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva
solidaridad para insultar al comprador.

La _tía Picores_ mostrábase majestuosa en la alta poltrona, con su
blanducha obesidad de ballena vieja, contrayendo el arrugado y velloso
hocico y mudando de postura para sentir mejor la tibia caricia del
braserillo, que hasta muy entrado el verano tenía entre los pies, lujo
necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta los
huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazón
eterna parecía martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos
hurgaban en los sobacos, se deslizaban bajo el pañuelo, hundiéndose en
la maraña gris, y tan pronto hacía temblar con sus tremendos rascuñones
el enorme vientre que caía sobre las rodillas cual amplio delantal,
como con un impudor asombroso remangábase la complicada faldamenta de
refajos para pellizcarse en las hinchadas pantorrillas.

Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer
nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente cuando torciendo el ceño
podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras regañonas que
acompañaban á sus criadas al mercado.

Su vozarrón cascado era siempre el que decía la última palabra en las
disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes horripilantes, las
sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con aplomo de
oráculo.

Frente á ella vendía su sobrina Dolores, arremangados los hermosos
brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza,
mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona á todos los
parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y
acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia
de la buena moza.

Separada de la _tía Picores_ por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en
arreglar su pescado de modo que el más fresco quedase á la vista. Las
dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el gesto afectando
desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para
cruzarse con expresión iracunda.

Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo,
cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se
atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.

¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una mujer honrada le
quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que ladrona!

Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespábase como
un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas de rabia y los ojos
brillantes de fiebre.

¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina, sorbiendo viento por
su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona? ¿Ella?... No había
para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la gente sabía
quién era cada una.

La Pescadería se animaba. Las vendedoras comunicábanse su entusiasmo con
maliciosos guiños, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus
pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonreían
complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de entrar en el
mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y la _tía
Picores_ miraba á lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que
no tenía término.

--Sí; una ladrona--continuaba Rosario--. Bien público era. Tenía la
manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la Pescadería le
robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa...
otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como si la gran mala piel no tuviese
bastante con su _Retor_, un _lanudo_ más ciego que un topo, incapaz de
saber dónde tenía la frente!

Pero este vómito de insultos no conseguía desvanecer la calma desdeñosa
de Dolores. Veía cómo apretaban todos los labios para contener la risa
que les causaban las alusiones á ella y á su marido, y por lo mismo se
mostraba serena, no queriendo divertir á la Pescadería.

--_¡Calla, loca!_--decía con acento despreciativo--. _¡Calla,
envechosa!_

Pero Rosario replicaba.

¿Envidiosa ella? ¿Y de quién? ¿De una _tirada_ que tenía la peor fama en
el Cabañal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada, incapaz de
quitarle á ninguna su hombre.

Y á continuación la desdeñosa respuesta de Dolores. «¿Qué has de quitar
tú?... ¿Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para eso, hija
mía.»

Y así seguía el tiroteo de insultos; Rosario, cada vez más lívida,
enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en jarras,
soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.

Una fiebre belicosa invadía el mercadillo. Habíanse formado grupos en
las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las mesas sus
bustos de furias desgreñadas, chasqueando las lenguas como si azuzasen
perros, celebrando con carcajadas las cínicas respuestas de Dolores y
golpeando las balanzas con las pesas para acompañar con un metálico
_retintín_ la rociada de insultos.

La buena moza apeló á su supremo argumento de desprecio.

--_¡Mira!_... _¡parla en éste!_

Y volviéndose de espaldas con vigorosa rabotada, dióse un golpe en las
soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme masa de robusta
carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.

Aquello tuvo un éxito loco. Las pescaderas caían en sus asientos,
sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los puestos
cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para
aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras,
admiraban aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.

Pero su triunfo duró poco. Al volver el sonriente rostro recibió en los
ojos y las narices dos puñados de sardinas que le arrojó Rosario, ciega
de furor... ¿Á ella tal insulto? Que saliera aquel pendón; quería verle
la cara.

Y Dolores se echó fuera de su puesto, remangándose aun más los brazos,
con los ojos moteados por el extraño fulgor de sus puntos de oro.

Allá iba la otra: con la cabeza baja, mascullando las más atroces
palabrotas; temblando de pies á cabeza por la rabia y atropellando á
cuantos intentaron detenerla.

Se agarraron en medio del pasadizo húmedo y pegajoso, entre las dos
filas de mesas.

La mujercita nerviosa y débil chocó con ímpetu contra la buena moza sin
lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el músculo; la ira
azotando á la fuerza, sin causarla la menor emoción.

Dolores esperó á pie firme, acogiendo á su rival con una lluvia de
bofetadas que enrojecieron lívidamente las enjutas mejillas de Rosario;
pero de pronto lanzó un alarido, llevándose ambas manos á una oreja.

Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre... ¡Ah, la grandísima
perra! La había desgarrado la oreja tirando de uno de aquellos
pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadería entera.

¿Era este un modo digno de reñir? ¿No resultaba propio de quien tiene el
alma atravesada? ¡En la galera estaban muchas con menos motivo!

Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrándose la oreja con graciosa
expresión de niña dolorida.

El choque sólo había durado unos segundos.

Dos manotadas de la _tía Picores_ bastaron para separar á las feroces
combatientes; y mientras la vieja increpaba á Rosario, pálida y asustada
por lo que había hecho, un grupo de pescaderas consolaba á Dolores y la
contenían, pues la gallarda moza, al sentir los agudos pinchazos del
desgarrado lóbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.

Por encima del gentío asomaban los kepis de los municipales, pugnando
por abrirse paso... La vieja dio órdenes. Todas á sus puestos, y
_mutis_. No era cosa de dar gusto á aquellos vagos para que las
fastidiasen con citaciones y juicios. Allí no había pasado nada.

Dolores vió su cabeza cubierta con un pañuelo de seda que le tapaba la
ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas con cómica
gravedad, pregonando el pescado á todo pulmón, y los municipales fueron
de puesto en puesto entre la algarabía infernal sin merecer otra
respuesta que airadas palabras.

¿Qué buscaban allí? En otra parte estaba su ocupación. Allí nada había
ocurrido. Siempre acudían donde no les llamaban.

Y tuvieron que salir de la Pescadería con las orejas gachas, perseguidos
por el vozarrón cascado de la _tía Picores_, indignada ante la
oficiosidad de tales mequetrefes y por el irónico retintín de las
balanzas, que parecían darles una cencerrada.

Se restableció la calma. Las pescaderas sólo pensaron en atraer
compradores. Rosario quedó erguida en su asiento, con los brazos
cruzados, la mirada torcida é inmóvil, sin preocuparse de vender, como
una esfinge irritada, marcándose cada vez más en sus mejillas las
huellas violáceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores,
volviéndole la espalda, hacia esfuerzos para contener las lágrimas que
le arrancaba el dolor.

La _tía Picores_ mostrábase preocupada; hablaba en voz alta, como si
sostuviera un diálogo con los yertos pescados que tenía delante... ¿Pero
iban á estar así las grandísimas arrastradas toda su vida? ¿Siempre
mátame ó te mataré?... Y todo por cuestión de hombres... ¡Animales! Como
si no los hubiera de sobra en este mundo. Ella debía evitarlo; vaya si
lo evitaría. Y si se resistían, las emprendería á bofetadas, pues le
sobraban agallas para ello.

A las once se zampó el almuerzo que le trajo la mandadera: un rollo de
pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despachó en unos cuantos
bocados, y después, limpiándose con el mugriento delantal la profunda
estrella de arrugas, relucientes de grasa, fué á plantarse ante la mesa
de su sobrina, sermoneándola agriamente.

_Aquello_ se había de arreglar. No le gustaba que la familia fuese en
lenguas, dando que reír á toda la Pescadería. ¡Se había de arreglar!
¿Entiendes? Ella tenía empeño, y cuando ella se empeñaba en algo, se
hacía por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir á bofetadas
con medio mundo. ¡Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no valía
nada comparado con lo que ocurriría si ella se echaba el alma atrás.

--No, no--gimoteaba Dolores, cerrando los puños y moviendo la cabeza con
enérgica negativa.

¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, había de acabar una
enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que había ocurrido no
resultaba irremediable... ¿Que le había desgarrado la oreja? Anda, hija
mía, que buenas bofetadas la había largado ella antes. Váyase lo uno por
lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho _mutis_ y á obedecer á la tía.

Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló aun más fuerte. Era
una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que no le
replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á
la cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber
sido amiga de su madre, la tenía muy poco respeto. _Aquello_ había de
acabar. Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de
dolor. ¿Era aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las
orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más
nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. Allí estaba ella, que
había ido á la greña con todas las de su época. La que más podía le
remangaba los zagalejos á la otra, y allí... en lo blando, zurra que te
zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y
después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así procedían
las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía... ¿Que
no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No
parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.

Los hombres son los que buscan; y si ella quería tener seguro el suyo,
que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se
quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, ¡recordones! y
sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le
queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué chicas las de
ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella, y ya
vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se
arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo
contrario...

Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cariño, la _tía Picores_
volvió á su puesto á continuar la venta.

Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado, y á mediodía
comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles
entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á
recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus
desvencijados carromatos.

La _tía Picores_ se arreglaba el mantón de cuadros en medio de la
Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su época, fieles compañeras
que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.

Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la
tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos rivales, sacándolas
á pellizcos y á empujones.

Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja,
estaban una junto á otra con la cabeza baja, como avergonzadas y
pesarosas por el contacto, pero sin atreverse á chistar.

--_Espéramos_ _en la chocolatería_--ordenó la vieja al tartanero.

Y el respetable grupo de mantones á cuadros y faldas de insufrible tufo
salió de la Pescadería, conmoviendo las losas con su rudo chancleteo.

Iban una tras otra á la desfilada por la plaza del Mercado, donde se
estaban realizando las últimas ventas. La _tía Picores_ al frente,
abriendo paso á empujones; detrás sus viejas amigas, de hocico arrugado
y ojos amarillentos; Rosario, que como había venido á pie iba cargada
con sus cestas vacías, y Dolores, que á pesar de su dolorida oreja
sonreía por costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro
moreno asomando bajo el pañuelo de pita.

Tomaron posesión de la chocolatería, como antiguas parroquianas, dejando
sobre las mesitas de mármol las cestas de Rosario, que apestaban,
mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato que
salía de la cocina inmediata.

La _tía Picores_ bufaba de satisfacción al verse en la fresca sala que
constituía su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran
tan conocidos: el zócalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de
blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas;
en la puerta las heladoras, inmóviles, con la panza enfundada en corcho
y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos
urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la
dueña dormitando, moviendo perezosamente la caña con su cabellera de
rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.

¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!... eso no se pregunta. Jícara de á
onza por barba y vaso de refresco.

Con este eran cuatro chocolates los que había engullido la _tía Picores_
en la mañana; pero su estómago y el de sus amigas estaban á prueba del
Caracas falsificado, que sorbían con sibarítico placer. ¿Había cosa
mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de
las viejas contraíanse con expresión ansiosa, aspirando el humillo
azulado que exhalaban las blancas jícaras.

Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en
las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes apenas si comían,
permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.

Pero como ya la jícara de la _tía Picores_ estaba casi vacía, intervino
su vozarrón en el penoso silencio.

¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto? Había que reconocer
que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de antes. ¡Qué
morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen señoritas!
Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se había
tirado ella del moño con todas las de su edad que estaban presentes?
(Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De
seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían tal vez
más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin
embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en
una desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un
pronto, pero después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de
buen corazón. Las rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y
aquí dentro buenas amigas. Lo que decía su madre y se ha dicho siempre
en la Pescadería. Los pesares no han de pasar de la garganta.

_Pesar, d' así no has de pasar._ _Chocolate, bollet y gòt de quinset._

Y aunque el vaso no fuera de _quinset_, por no ser aún época de helados,
todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron
los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con
ruidosos eructos.

Pero la _tía Picores_ iba indignándose ante la silenciosa reserva de las
dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus
palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.

Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su
mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con
lentitud:

Yo... _si esta me promet_... _ferli mala cara_...

Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.

¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún _butòni_ para
asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era
hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni
recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no
tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba
tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente
que no sabe cómo _enguerrar_ á los buenos matrimonios. ¡Que ella había
sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué? ¿Era la
primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la
_armasen_ tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz y
tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna
confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á
repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.

La _tía Picores_ estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas.
Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era
bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.

Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se
abrazaron sin levantarse de las sillas.

La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura
que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de
sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que
riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.

La mujer debía tener _agallas_, sí señor; muchas _agallas_. Ser como
ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y
hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.

Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno?
¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa?
No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no
darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía
ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde
has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de
mimos ni _cucamonas_; así la respetan á una.

Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la
risa que le escarabajeaba en el paladar.

Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la _tía Picores_.
Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara.
No le gustaban líos ni enredos.

La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, _hipocresías_ que la
daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad,
chicas?...

Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.

La _tía Picores_ continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que
cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la
que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la
cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.

El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y
manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra
aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.

--_¡Aguárdat, cara de palleta!_--gritó la ronca vieja--. _¿Qué no te
paguem?_...

Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo
majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa
suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.

Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las
enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas
tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y
por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.

Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas,
saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el
mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se
habían encaramado en la vieja tartana.

Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores,
mirándose las dos y sin saber qué decirse.

La _tía Picores_ la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco
y la llevarían hasta casa.... ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho:
mucha paz y tranquilidad.

--_Adiós_, _Rosario_--dijo Dolores sonriendo graciosamente--. _Ya saps
que som amigues_.

Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose
quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.

Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de
hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en
la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de
una reconciliación con su rival.


II

Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros
como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo
ocurrido un martes de Cuaresma.

El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un
espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo
de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.

Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en
el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al
cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y
deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al
Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.

Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de Levante, tan terrible en
el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó el huracán,
arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un montón
de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.

En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las
pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las
que dejan rastro en los hogares de los pescadores.

Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el
viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando espantosos
alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción, mientras
que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y poniéndose
al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte,
cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes
del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la
avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales
comenzaban á romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de
hirvientes espumarajos.

La suerte de tantos padres á quienes la tempestad habría sorprendido
ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á cada mugido
del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los
robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo
momento se hacían trizas.

Á media tarde en el horizonte, cada vez más obscuro, comenzó a marcarse
una línea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se
remontaban como desaparecían.

Llegaban como rebaño asustado y en dispersión, dando tumbos sobre las
lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que parecía
divertirse arrancándolas en cada papirotazo una vela, un trozo de
mástil ó el timón, hasta que levantando una montaña de agua verdosa,
cogía de través á la desmantelada barca y se la sorbía.

La última y más terrible lucha fué á la entrada del puerto. En las
barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies á
cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como
resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella
noche dejó memoria en el Cabañal.

Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de dolor, roncas de gritar
sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de Levante, expuestas á
ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos, mojadas por el
polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban ansiosas el
horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible
agonía de las últimas barcas.

Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay Dios!... ¡qué felices
eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus maridos é
hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un ataúd
al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de
hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas
tablas y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á
desplomarse!

Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en
el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantón, en
cuclillas sobre el barro negruzco del carbón de piedra, rezando á gritos
para ser oídas mejor por los sordos de arriba, é interrumpiendo algunas
veces su oración para tirarse de los revueltos pelos, lanzando á lo
alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias
de la Pescadería.

¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila
línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior;
extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos,
embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que
doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un
bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena,
mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y
los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.

Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los
suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas,
los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos
negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la
arena.

Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por
los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas
maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas
barracas.

Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como
legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado
con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas
tendidos sobre la arena.

En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros
más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos
entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos,
mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura
femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo
con misteriosa expresión.

El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad.
Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia
como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la
borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras,
acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres
que no veían volver á los suyos.

La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al
serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se
tenía por perdidas.

Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en
Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de
alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos
encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la
subsistencia.

Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más
tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar
la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran
marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que
llamaba con familiaridad la _còsta d'afòra_, como si se tratase de la
acera de enfrente.

Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre
con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus
faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban,
prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á
María Santísima.

Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponían el
gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal frente al cabo
de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta
alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa,
que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida
por el agua.

Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos,
tan pronto desesperada como animándose con extraña esperanza, hasta que
por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba persiguiendo el
contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con la quilla
al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando
lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un enjambre de
extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un cebo que
husmeaban á través de las quebrantadas tablas.

Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto á ras de la
cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar
á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos
entre las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron
con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era
un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de
la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme
próximo á estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo
el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa,
erizábanse sobre el cadáver, comunicándole espeluznantes
estremecimientos.

Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpió en
lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún golpe de mar
le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y
allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón
de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de
economías amasadas ochavo sobre ochavo.

Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al ver cómo dejaba el
mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con sus alaridos
de plañidera acompañaron al cementerio la caja que contenía el cadáver
roído y aplastado.

Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo; después la gente
sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando, con un
arrapiezo de la mano y otro al pecho.

Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre Tona. Veía acercarse
la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta á la
misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la
necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el
mohoso mendrugo.

Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró protección; y las
limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla
durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fué
la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con
lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y
volverse con desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella
cariñosas sonrisas.

Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío general. ¡Ea! ya había
llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena
madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.

No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su
marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.

Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria.
La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.

Un primo hermano del difunto Pascual, el tío Mariano, solterón que iba
para rico y parecía tener algún cariño á los dos sobrinos, fue, a pesar
de su avaricia, el que ayudó á la viuda en los primeros gastos.

Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué sustituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lóbrego tabuco; á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse
dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el
cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.

La fúnebre barca convirtióse en cafetín de la playa, cerca de la casa
donde están los toros para el arrastre de las embarcaciones, en el punto
en que se descarga el pescado y es mayor la afluencia de gente.

Las comadres del Cabañal estaban asombradas. Tona era el mismo demonio.
¡Miren qué bien sabía ganarse la vida! Toneles y botellas se vaciaban
que era una bendición de Dios; los pescadores sorbían allí sus copas sin
necesidad de atravesar toda la playa para ir á las tabernas del Cabañal,
y bajo el tinglado, en las cojas mesillas, echaban sus partidas de
_truque y flor_, esperando la hora de hacerse à la mar y amenizando el
juego con sendos tragos de caña que Tona recibía directamente de la
misma Cuba, según su formal juramento.

La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando saltando de ola en ola
arrastraba las redes, jamás había producido tanto al tío Pascual como
ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la viuda.

Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones que iba
experimentando la original instalación. Los agujeros de los dos
camarotes cubríanse con vistosas cortinas de sarga; y cuando éstas se
levantaban, veíanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre
el mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la
barca, pintada de blanco, había perdido el fúnebre aspecto de tumba que
recordaba la catástrofe, y junto á sus costados iban extendiéndose
cercas de cañas, conforme aumentaba la prosperidad del establecimiento.
Corrían con gracioso contoneo sobre la ardiente arena más de veinte
gallinas, capitaneadas por un gallo matón y vocinglero que se las tenía
tiesas con todos los perros vagabundos que correteaban la playa; al
través de los cañizos oíase el gruñido de un cerdo atacado del asma de
la obesidad, y frente al mostrador, bajo el sombrajo, flameaban á todas
horas dos fogones, donde las _paellas_ de arroz burbujeaban su caldo
substancioso o el pescado chirriaba, dorándose entre el azulado vapor
del aceite frito. Había allí prosperidad y abundancia. No era para
hacerse ricos, pero se vivía bien. La Tona sonreía con satisfacción
pensando que nada debía y viendo el techo empavesado de morcillas secas,
sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y algún jamón espolvoreado
con pimiento rojo: los tonelitos llenos de líquido, las botellas,
escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de
diversos tamaños colgadas de la pared, prontas á chillar sobre el fogón
con su cavidad repleta de cosas substanciosas.

¡Y pensar que había pasado hambre en los primeros meses de su viudez!
Por eso, harta y satisfecha, repetía ahora tantas veces la misma
afirmación. Por más que digan, Dios no desampara á las buenas personas.

La abundancia y la falta de cuidados la rejuvenecieron. Engordaba dentro
de su barca con cierto lustre de carnicera ahita; siempre á cubierto del
sol y la humedad, no tenía el color seco y tostado de las que esperaban
en la orilla de la playa, y se presentaba tras el mostrador luciendo
sobre la voluminosa pechuga una colección interminable de pañuelos de
_tomate y huevo_, complicados arabescos rojos y amarillos tejidos en la
sólida seda.

Permitíase lujos de decorado. En el fondo de su tienda, sobre las
maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una colección de cromos
baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos
pañuelos; y los pescadores, mientras bebían bajo el sombrajo, miraban
por encima del mostrador la _Cacería del león_, _La muerte del justo y
la del pecador_, _La escala de la vida_, media docena de santos, entre
los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el gordo
representando al que fía y al que vende al contado, con la consabida
leyenda: «_Hoy no se fía aquí, mañana sí_.»

Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba la familia sin grandes
privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco se llenaba de
duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre
el piso de tablas y el grueso colchón.

Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su
fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí contemplaba con
ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre,
la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que
asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de
deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por
un huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.

No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dormía poco, levantábase
al amanecer, y muchas veces, á media noche, aporreaban la puerta de la
barca y había que levantarse para servir á los pescadores recién
llegados á la playa, que descargaban su pescado y tenían que hacerse á
la mar antes del alba.

Estas francachelas nocturnas eran las más productivas y las que mayor
cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á aquella gente, que
después de pasar una semana sobre las olas, quería en las pocas horas de
holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.

Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos quedábanse dormitando
sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los
jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del
mar, miraban á la _siñá_ Tona de modo tal, que ella torcía el gesto con
enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos
tritones de camiseta rayada.

Nunca había valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos
negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso, y más que todo
la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos
parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la
proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la _siñá_
Tona.

Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos. Jamás se rendía; las
proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los
pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias
patadas, que más de una vez hicieron rodar por la arena á un mocetón
tieso y fuerte como el mástil de su barca.

Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía que le faltasen en
tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca distancia,
separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía sus
poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.

El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla. Se habían criado en
la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza
de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de conchas y
caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las
gruesas capas de algas.

El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo,
carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien alimentado, y los
pescadores le llamaron _el Retor_, apodo que había de conservar toda su
vida.

Tenía ocho años más que su hermano Antonio, un muchacho enjuto, nervioso
y dominante, cuyos ojos eran iguales á los de Tona.

Pascualet fue una verdadera madre para su hermano. Mientras la _siñá_
Tona atendía á la taberna en los primeros tiempos, que fueron los más
penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el hermanito como niñera
cuidadosa, y jugaba con los pilletes de la playa, sin abandonar nunca
al arrapiezo rabioso y pataleante que le martirizaba la espalda y le
pelaba el cogote con sus pellizcos.

Por la noche, en el camarote estrecho de la barca-taberna, para Tonet
era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se apelotonaba en un rincón
para dejar espacio á aquel diablejo que, á pesar de su debilidad, le
trataba como un déspota.

Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje, que en los días de
marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el viento del
invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones,
dormíanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches
despertábanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta
de tierra; oían las palabrotas que su madre profería en momentos de
indignación, el sonoro choque de alguna bofetada, y más de una vez el
tabique de su camarote conmovíase con el sordo golpe de un cuerpo falto
de equilibrio; pero volvían á dormirse, poseídos por una ignorancia
inocente, libre de sospechas y alarmas.

La _siñá_ Tona tenía injustas debilidades tratándose de sus hijos. Al
principio de su viudez, cuando por las coches les veía dormir en el
angosto camarote, con las cabecitas juntas, rozando tal vez la misma
madera en que se había aplastado el cráneo de su padre, sentía profunda
emoción y lloraba como si fuera á perderlos dentro del fúnebre armazón
de tablas, como ya había perdido á su Pascual. Pero cuando llegó la
abundancia y el tiempo fué borrando el recuerdo de la catástrofe, la
_siñá_ Tona comenzó á mostrar predilección por su Tonet, criatura de
gracia felina, que trataba á todos con sequedad é imperio, pero que
tenía para su madre cariños de gatito travieso.

La viuda entusiasmábase por su Tonet, vagabundo de la playa, que á los
siete años pasaba casi todo el día fuera de la barcaza, correteando con
la granujería y volviendo al anochecer con las ropas rotas y agua y
arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar
á su hermano, pasaba el día en la taberna limpiando vasos, sirviendo á
los parroquianos, dando de comer á las gallinas y al cerdo y vigilando
con grave atención las sartenes que chirriaban en los fogones de la
cocina.

Cuando su madre, soñolienta tras el mostrador en las horas de sol, se
fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta sorpresa. Creía
ver a su marido tal como ella le conoció en la infancia cuando era
grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente,
su cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire
de sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante
todos como _hombre de bien_.

En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tímido, pero una verdadera
fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cariño loco por
la mar, madre fecunda de los hombres valientes que saben pedirla el
sustento.

Á los trece años ya no podía conformarse á seguir en la taberna. Dábalo
á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo
incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no
había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso
para su hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte,
le gustaba el mar y quería ser pescador como su padre.

La _siñá_ Tona se asustaba al oírle, y en su memoria resucitaba la
horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el chico era testarudo.
Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que tenía vocación,
debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se
lo había dicho el _tío Borrasca_, un viejo patrón de barcas, gran amigo
del _tío Pascualo_.

Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la temporada de la pesca
del _bòu_, y Pascualet se enganchó con el _tío Borrasca_ como grumete ó
_gato de barca_, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos
los _cabets_, ó sea el pescado menudo que saliese en las redes,
camarones, caballitos de mar, etc.

El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le habían vestido con la
ropa vieja de su padre, pero la _siñá_ Tona quiso que entrase con cierta
dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron
al Grao á un bazar del puerto, donde vendían ropas hechas para los
marineros. Pascualet recordó durante muchos años la tal tienda, que le
parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los
chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas
de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso
con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas,
tiesas, ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de
lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una
barretina roja para calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra
de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya
no tendría que luchar con las chaquetas de su padre, que en los días de
viento se hinchaban como velas, haciéndole correr por la playa más
aprisa que quería. De zapatos no había que hablar. Él no recordaba haber
metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.

No se equivocaba el muchacho al decir que había nacido para el mar. En
la barca del _tío Borrasca_ se encontraba mucho mejor que en la otra
encallada en la arena, junto á la cual gruñía el cerdo y cacareaban las
gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza percibía algunos
puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una vez sobre
su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner el
farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar
de las redes cuando llegaba el momento de _chorrar_; baldeaba la
cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba
el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para
que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos
trabajos, ¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la
comida que él y otro _gato_ de la barca presenciaban inmóviles y
respetuosos, dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a
proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo.
Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el
fondo, entonces entraba la rebañadura mendrugo en mano, hasta que el
metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.

Después venía el huroneo en busca del vino que la tripulación había
dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los _gatos_, si no
había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa
fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de
la barca y las cosquillas de la brisa.

Tabaco no faltaba, y el _tío Borrasca_ dábase á todos los demonios
viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su chaquetón unas
veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, según la
calidad del último alijo hecho en el Cabañal.

Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á
tierra, su madre le veía más robusto, más recocido por el sol y tan
bondadosote como siempre, á pesar de su continuo roce con los _gatos_ de
barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar
echaban á las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como
ellos.

Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único que hacía á la
_siñá_ Tona acordarse de su hijo mayor.

La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días enteros en su
barcaza, sola, como si no tuviese hijos. _El Retor_ estaba en el mar
ganándose su parte de _cabets_, para después, en los días de fiesta,
llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que eran
el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de
diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa
acosado por el hambre.

Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de chicuelos que no
sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les acompañaban
en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano
zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo
enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le
arrojaban los paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el
pantalón roto y la cara arañada; su madre le había sorprendido varias
veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde
tuvo que ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con
lágrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el
feo vicio de arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en
el muelle.

Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se parecía? Era una
vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así; un pillete
que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando
por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un descuido
de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del brazo.
Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición
al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de
escoba que le había roto en las costillas.

Y la _siñá_ Tona hacía confidente de sus desdichas á Martínez, un
carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y
pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con
el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar, con el
oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.

El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que
llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba
al hablar el rubio bigote con expresión _distinguida_.

La _siñá_ Tona le admiraba. Las personas que son _finas_ no lo pueden
ocultar; á la legua se las conoce.

Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos tan escogidos
gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había estudiado
muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así era
porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su
familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.

La tabernera oíale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de
andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba en justa
reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho
reír en el mismo Cabañal.

--Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca con todas esas
burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo, condenat? ¿Pues
entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté, siñor
Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará
á Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.

Y el _siñor Martines_ prometía hacerle miedo al travieso pillete, y
hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos
por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de
aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.

Estos pequeños servicios introducían á Martínez en la vida de familia,
haciéndole intimar cada vez más con la _siñá_ Tona. Allí le guisaban la
comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se
prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca y á pegarle botones en prendas
interiores.

¡Pobre _siñor Martines_! ¿Qué sería de un joven tan fino sin una persona
como ella? Iría roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente,
no podía consentirlo una persona de buen corazón.

En las tardes del verano, cuando el sol caía de lleno sobre la desierta
playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del
sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado en
un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito,
Pérez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas,
que habían corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.

La _siñá_ Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban
el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba
Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofía moral
que la conmovía.

Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á tientas, sin saber lo que
hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando media hora á su fino
y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la nariz ó con
qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el dorado
cabello.

Algunas veces, al volver la página, levantaba Martínez la cabeza, y
sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él, ruborizábase y
seguía leyendo.

La tabernera reprendíase después por tales contemplaciones. ¿Pero qué
era aquello?... En la vida se le había ocurrido, viviendo su Pascual,
mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y ahora se
estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una
contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al
saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!...
¡Era tan fino y tan guapo!... ¡Hablaba tan bien!...

Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se
acordaba con exactitud, pero debía estar en los treinta y siete o cosa
así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué demonio! aunque le
llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien conservada,
y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la
importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que
la gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos
de Martínez que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus
maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.

Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La _siñá_ Tona, para aturdirse,
argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie
mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos
pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que
vencer la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la
iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre
superior que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos
terrenales le manejen como un autómata.

El suceso se hizo público. La misma _siñá_ Tona no se enojaba de ello;
antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tenía amo. Cuando
la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al cuidado de
Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el sombrajo
mirando al mar con el fusil entre las rodillas.

Hasta los dos chicos parecían enterados de la novedad, _El Retor_, al
bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su madre con cierto asombro y
mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del mocetón rubio y
uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro
muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso
había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los
pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones
del carabinero, contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y
haciendo cabriolas sobre la arena, como en señal de desprecio.

Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en plena madurez de su
vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una monótona
servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de
cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta
pasión, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente.
¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor que ella, y
la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.

Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase mimar y acariciar
como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus
compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna y
hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba
en el costado al tenderse en el colchón del camarote.

Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á vaciarla, sin que la
_siñá_ Tona protestase. ¿No había de ser su marido? Pues suyo era aquel
dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no debía quejarse.

Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en que la Tona se puso
seria.

Martínez, _siñor Martines_, baje usted de esa nebulosa altura en que
vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No la oye usted? Que
es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden quedar así.
Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos
hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo:
«Esta es mi obra.»

Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque torciendo el gesto
dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo
de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido,
para soñar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras
muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.

Pediría los papeles para el casamiento, pero tendrían que esperar,
porque Huelva está lejos.

Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra
remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba ó
Filipinas.

Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose urgente.

Martínez, _siñor Martines_, que sólo faltan dos meses; que á la Tona le
es imposible ocultar por más tiempo lo que viene, y la gente se va
enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero
Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las muchas
cartas que escribía para activar el envío de los papeles.

Por fin, un día el carabinero declaró que iba á emprender el viaje á su
tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tenía ya el
permiso de sus jefes.

Muy bien: aquella resolución le gustaba á la _siñá_ Tona. Y para ayuda
del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del mostrador,
lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen viaje!

La pobre Tona ya no vió más al _siñor Martines_. Entre los carabineros
que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de
decirla la verdad.

No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á
Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de
Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la
comandancia de la Coruña.

La _siñá_ Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el
mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia.
¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último
céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan
amorosamente como si fuese su madre!

Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á
luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la
_siñá_ Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho
voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca,
enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola
de oro.


III

Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona
vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.

_El Retor_ era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el
peligro. De _gato_ había ascendido á ser el tripulante de más confianza
en la barca del _tío Borrasca_, y cada mes solía entregar á su madre
cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.

Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha:
Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una
semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el _tío
Borrasca_ en calidad de _gato_, pero el patrón se cansó de pegarle, sin
conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era
el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por
fin á los diez y siete años se metió en una _còlla_ del puerto,
cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.

Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de
la _siñá_ Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que
eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato
sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la
chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.

Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel
Martínez de infausta memoria; pero más _salao_, más audaz y travieso, y
de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.

Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba
enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le _tirase_ tanto el
maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su
hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.

Una tarde de domingo, en la taberna de _Las buenas costumbres_, título
terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una
_còlla_ de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los
carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre
las mesas á los contrarios.

Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa
capitular; las lágrimas de la _siñá_ Tona y las influencias del tío
Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á
flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su
libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses
que, después de beber con él, intentaron boxearle.

Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para
resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose
en la de su madre en semanas enteras.

Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos
olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales
relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de
_Paella_ el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada
como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre
suegra que tuviese que aguantarla.

Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del _tío
Paella_, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la
tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la
nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.

Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en
Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se
ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de
confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos _matinées_, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza,
conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se
corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin
abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando
paternalmente á las que llamaba su ganado.

Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos
términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la
necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los
agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en
ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del
_tío Paella_, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias
presenciadas durante el día.

Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica
ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había
perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus
escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el
amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta
muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en
los bolsillos del _tío Paella_ para dar dinero al novio, lo que hacía
lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa
amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le
robaban las pesetas sus compinches de taberna.

Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet,
lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa
desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.

La _siñá_ Tona se quedaba sola. _El Retor_ estaba siempre en el mar
persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras
enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á
Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del _tío Paella_,
y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra
compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro,
con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez.
¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...

Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los
tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.

Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en
tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y
la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.

Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos
parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más
de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando
melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual
no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.

Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida
somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la
contemplación de un retrato del _siñor Martines_, puesto de uniforme,
que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento
cruel, como para recordarse la debilidad pasada.

La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del
pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase
como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca
para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y
durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.

¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de
arrastrar la pobre Tona.

Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo
conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras
con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de
hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que
dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura
deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la
falta de medias tostando la piel con un color rojo.

Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena
mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima
capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las
ondulaciones caprichosas del moaré.

Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: _De tal palo_, _tal
astilla_. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas
embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para
otra cosa.

Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada.
¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y
platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella
cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la
playa ó que fuese á la _costura_ del Cabañal. Á temporadas dominábala un
deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para
ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando
su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.

En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán
de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella,
iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre
los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes
con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando
con su voz débil: _¡Al aigua fresqueta!_ sacada de la fuente del Gas.

Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que
pregonaba con tono melancólico: _¡Salaes y dolses!_ Roseta conseguía
entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un
poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo
egoísta.

Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con
serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca
se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al _Retor_, que cuando
bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y
despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un
airecillo de reina orgullosa.

Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única
compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía
estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupación.

Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se
contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano _el
Retor_, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por
la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero,
donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.

Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que
Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que
acariciaba hacía mucho tiempo.

Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.

Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero;
pero la _siñá_ Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los
seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que
Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus
padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía
la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi
una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.

¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del
Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y
pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la _siñá_ Tona,
tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda
la población.

Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores,
con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le
soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas
enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en
Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores,
emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de
hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en
alguna timba de calderilla.

En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que
costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con
otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de
la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.

Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la
blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de
Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que
iba destinado.

¡Anda con Dios! Mucho le quería la _siñá_ Tona, pero al fin podía
descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que,
siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de
Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la _siñá_ Tona si había
recibido carta del marinero.

Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos
los viajes y estaciones que hacía la _Villa de Madrid_, fragata en la
que iba Tonet como marinero de primera.

¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el
estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de
pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «_Para la siñora
Tona la del cafetín_, _junto á la casa dels bòus_!»

Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones
desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y
cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y
las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con
países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana,
los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.

¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez
había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así
sentaría la cabeza. Y la _siñá_ Tona, poseída de nuevo por aquella
preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida
disciplina de á bordo, mientras que el otro, _el Retor_, el que ella
tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en
el gremio de la pesca.

Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el
tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros.
En fin, que ganaba dinero, y la _siñá_ Tona se daba á todos los demonios
viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á
sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.

En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa
de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus
hijos _polvos seguidores_, pues corrían á ella como perros sumisos.

Allí estaba metido _el Retor_, como si en casa del tartanero se le
perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro?
¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía
escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas
de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía
con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le
guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.

Un día murió el _tío Paella_. Lo trajeron á casa destrozado por las
ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y
murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni
para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana
llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.

Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su _tía Picores_ la pescadera,
protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.

Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la
gran noticia. Dolores y _el Retor_ se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido
produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se
había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que
hacían reír.

Á Tona había que oirla. Aquella _siñora_ de la herradura se había
empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que
se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando
era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único
de la familia que ganaba dinero!

Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la _siñá_ Tona.
Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus
planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó
asistir á la boda y llamar _filla mehua_ al hermoso culebrón, que tan
fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.

Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio
tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que
había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y
los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural
que Dolores se casase, ya que le faltaba _arrimo_. Además--como él
decía--, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su
hermano, que era un buen muchacho.

Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la
licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en
el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que
gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del
servicio.

Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no
había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes.
Y no se preocupó gran cosa de ella ni del _Retor_, atento á gozar el
aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.

Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en
el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de _Paella_, donde ahora
vivía _el Retor_, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de
extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor
asombro de los papanatas que le admiraban.

Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con
sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las
muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y
bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente
asomando bajo la gorra de seda.

La _siñá_ Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo
como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había
aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda
disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si
bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á
ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido,
sino satisfacer sus egoísmos de vividor.

Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre.
¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un
capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y
esto era lo que él deseaba.

Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente
cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.

Y con gran alegría de la _siñá_ Tona, se casó con Rosario. Todo iba
bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en
él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo
la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de
su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un
prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas
botas impermeables en los días de lluvia.

Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de
soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de
misteriosos deseos.

Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la
mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre
los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco,
como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de
su hijo.

Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las
palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo
hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida
embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase
poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los
charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces
ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por
el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por
el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al
señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera
en maldiciones y alborotos.

Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas
de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su
hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas
entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.

Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse
y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita,
cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus
miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el
dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas
para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella
envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad
exclusiva el mejor mozo del Cabañal.

El infortunio les aproximaba al _Retor_, al otro matrimonio que subía y
subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza
abajo.

Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y
por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y
consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la
atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba _el Retor_, y él era
el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado
para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro
interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.

Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse
de fingir.

Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. _El
Retor_ sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia,
y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura
sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con
la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano,
pasando en ella más tiempo que en el café.

Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres;
entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la
casa del _Retor_, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas
conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.

Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el
chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á
remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros
tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel
vago; y la hermosa hija del _tío Paella_ burlábase de su cuñada la
_tísica_, la _pava_, gozándose en insultar su pobreza, su vida
trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual,
como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.

Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la
antigua casa del _tío Paella_, restaurada y embellecida, á la barraca
miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado
empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las
intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos,
llevando y trayendo recados.

Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba
desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría
un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la
_siñá_ Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco,
vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su
despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera
era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre
las dos familias.

¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La _siñá_ Tona lo afirmaba, mirando de
soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna.
Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y
Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo
lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:

--_Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia_.


IV

Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que _el Retor_ y
Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo
encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al
mar.

Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor
de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen
en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos
temporales.

El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de
espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado,
y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos
lejanos, haciendo temblar sus contornos.

La playa estaba en reposo. La casa _dels bòus_, donde rumiaban en sus
establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su
cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre
las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla
una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un
campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco
servían de trincheras.

Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus
puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse
las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de
palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una
población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada
hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que
burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena
descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas
de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para
esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte,
el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.

En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de
cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las
que pescan al _volantí_, pequeños y airosos esquifes, que parecían la
vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del
_bòu_ con idéntica altura é iguales colores.

En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos,
con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las
carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de
plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á
la vejez.

Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las
camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de
este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si
estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante
en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é
hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.

_El Retor_ hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey
manso sobre el mar y la costa.

Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea
verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y
después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de
masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes
tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de
cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre
la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra
adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de
rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.

Ya estaban en el buen tiempo. _El Retor_ era quien lo afirmaba, y
sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el
acierto de su patrón, el _tío Borrasca_. Aun quedaban para la próxima
semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á
Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían
ganarse el pan sin miedo.

Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y
sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre
el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una
muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de
monótona cadencia; sonaba lentamente el _¡oh_... _oh, isa!_ de unos
cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la
soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las
barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los _gatos_, que
estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados
mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos
absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que
envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.

Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su
calma cachazuda acabase de formular todo el plan.

Por fin habló _el Retor_. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar
el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros.
En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa
de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si
tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?

Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja
barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.

Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la
extensión de arena donde en verano se plantan las _barraquetes_ para los
bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles
con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y
grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante
como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una
trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del
Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios,
los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto,
y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos
en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el _Cap de Fransa_, una masa
prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se
alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas
torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas
barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.

No temiendo espionajes, _el Retor_ volvió á sentarse al lado de su
hermano.

Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de
pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un
viaje á la _còsta d'afòra_, á Argel; como quien dice á la pared de
enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como
pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre
quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de
_alguilla_ y _Flor de Mayo_... _¡Rediel!_ ese era el negocio; mil veces
lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?

Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el
alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar
en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le
parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen
hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el
contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre
aburrido de la pesca.

Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase,
enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el
muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado
en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.

Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la
_Garbosa_. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, _el Retor_
entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi
despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada
hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una
guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella;
compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el
mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Además--y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una
barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les
echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase _el Retor_
de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que
exponía su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la
tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía
buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir
inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba
siendo su tío.

Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de _Carabina_, y
allá fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa _dels bòus_ miraron la barcaza-taberna,
cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un _¡adiós, mare!_ el
rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo
blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta
sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas
inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos
confundiendo su monótono _rac-rac_ con la susurrante calma de la playa,
y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas
sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas
despidiendo reflejos metálicos.

Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo
sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un
agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales
emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un
esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un
monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas
de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando
entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable
torno.

Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se
albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del
mar.

Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los
edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho,
según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con
profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos
hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los
transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se
secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.

Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos,
pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores,
como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la
línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla
semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba
el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de
perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.

Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban
plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían
los dueños de las parejas del _bòu_. En lo alto del mástil se secaban
los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un
pabellón consular. _El Retor_ miraba estos palitroques con cierta
envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese
plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?

Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la
gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes,
estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos
con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos
languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches
del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres
pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con
la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca,
marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban
animación y vida.

El de _Carabina_ estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una
aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda
negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del
aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.

Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre
generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío
Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y
otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa
superioridad al _tío Gòri_, un viejo carpintero de ribera que durante
veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde
el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los
días de holganza le oían hasta el anochecer.

--«_Se abre_... _la sisión_. _El siñor Segasta pide la palabra_.»

Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:

--_¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!_

Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por
debajo del blanco y chamuscado bigote:

--«_Siñores: contestando á lo que ayer dijo_...»

Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para
mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:

--_¡Este es un embustero!_

_El Retor_, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de
aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se
dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un _¡hola_,
_chiquets!_ permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus
ilustres amigos.

Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata,
que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y
algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo,
buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de
_Carabina_, aliciente principal del establecimiento.

El señor Mariano (a) _el Callao_ (aunque todos se guardaban de darle en
su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo
cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de
color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en
toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro
cuartos.

Llamábanle _el Callao_ porque cada día hablaba una docena de veces de
aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero
de primera á bordo de la _Numancia_. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez,
á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del
héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo
ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del
glorioso navío: _¡Bum! ¡brurrrum!_

Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la
feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último
carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en
algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad,
prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento
mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que,
después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas
del pueblo.

Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los
alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á
Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.

Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los
pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de
heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más
respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas
veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde
vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes,
que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan
peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su _gato_ el señor
Mariano.

Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido,
¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la
gente, trabajadora y atrevida.

Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante
enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar
del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como
sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para
favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del
estanco.

Gracias á sus _agallas_ y á Dios, que no le había abandonado, tenía con
qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba
recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados
por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos
humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de _los moscas_,
y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á
cambio de ser ciego por una hora.

El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que
venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la
gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero
estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la
idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se
cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera
ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo
á pescar.

¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre
para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel
excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer;
pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; _le
tiraba_ la afición al fardo prohibido.

Y como _el Retor_ expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando,
como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.

Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus
amigos del _entrepôt_ de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo
á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á
venderlo.

--_Grasies_, _tío_--murmuraba _el Retor_ saltándosele las lágrimas--.
_¡Qué bò es vosté!_...

Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se
acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero
de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le
daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido.
La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y _el
Retor_, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con
sendas cabezadas.

Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores,
indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con
la vista fija y sin menear apenas los labios.

¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á
los del _entrepôt_.

Pero _el Retor_ no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él
que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía
que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la
_côlla_ de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando
la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes.
El traje de sayón era de su padre.

El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque
jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave
expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. _El Retor_ y su
hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío.
Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino
para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?

--Bueno; _pues á dinar y hasta la vista_, _chiquets_.

Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera,
volviendo al barrio de las Barracas.

--_¿Qué t'ha dit el tío?_--preguntó Tonet con indiferencia.

Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró.
¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se
hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.

El bondadoso _Retor_ se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y
alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.

Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le
quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.

Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel
escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado
hasta él.


V

Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció
sereno.

La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante,
igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas,
con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á
la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto
estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres
atabales.

Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si,
barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.

La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños
trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la
procesión del Encuentro.

Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados,
_las vestas_, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez
inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga
varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del
fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de
deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de
ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las
cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la
arena, sufría indecibles angustias.

Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados
de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media
con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo
conoce con el nombre vago y acomodaticio de _traje de guerrero_;
tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de
un _apache_; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo
y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente
imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el
despropósito, con las fúnebres _vestas_ y los imponentes judíos, pasaban
los _granaderos de la Virgen_, buenos mozos, con enormes mitras
semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme
negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún
ataúd.

Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el
guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en
todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede
uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la
custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas
todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente;
desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.

Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes;
madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un
_¡Reina y siñora, qué guapos van!_ y la mascarada piadosa servía para
recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora
Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio,
casi á la puerta de la taberna del tío _Chulla_.

Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes
rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido
estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales
marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.

Las _còllas_ se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos,
solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes
para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres
estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los
horripilantes atributos de la Pasión.

_El Retor_ era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche
saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón
durante el resto del año y considerado por toda la familia como el
tesoro de la casa.

¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre _Retor_, cada año más
rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale
tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón
las cortas piernas y el vientre de su _Retor_, mientras que Pascualet,
sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le
reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el
terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los
muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.

Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de
acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla,
apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores;
apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la
celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la
nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con
voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por
la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á
otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas;
pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche
con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el
cansancio.

Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera.
Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la
frontera de sus dominios a recibir el ejército.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los
pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio,
mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón
por el estandarte.

Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo,
fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un
general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No;
Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,
ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don
Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían
conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro
de la Marina.

Ya iban todas las _còllas_ camino de la iglesia, con la música al
frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de
un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.

Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos
procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su
guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y
sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el
peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían
la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que
no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor _carácter_, ponían
un gesto feroz de pocos amigos, y las _vestas_, con el capuchón calado y
la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que
los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la
madre.

Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos
desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en
medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos
cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un
cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica _Samaritana_, en
las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus
madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias
rayadas.

Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.

--_¡Siñor!_... _¡Ay Siñor, Deu meu!_--murmuraban con acento angustiado
las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de
la pillería excolmugada.

Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas
sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había
venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado
fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos
que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:

--_¡Morrals!_... _¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?_

¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor!
de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.

La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la
calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas
figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose
por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas,
agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre
los ojos.

Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y
rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en
lugar preferente la procesión.

La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?...
Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la
infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían
las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la
empresa de su acicalamiento.

Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso
que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y
¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la
mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el
aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al
mirar á la gente. ¡Ah, la _arrastrada!_... ¡Y cómo la respetaban y
mimaban todos á pesar de su orgullo!

Las dos cuñadas, con gran desesperación de la _tía Picores_, seguían
mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado
había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de
amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que
hacía presentir nuevas explosiones.

Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se
limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La
muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio
en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía
quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al
momento.

Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran
sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y
comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores
con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus
espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía
inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.

Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso,
deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del
encuentro.

La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por
encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz
erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la
Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de
negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual
brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba
sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.

Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban.
_¡Ay, reina y soberana!_ Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre
á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala)
que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino
del presidio.

Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no
les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.

Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus
destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos;
callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles
frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono
ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del
encuentro.

La gente oía embobada al _tío Grancha_, un viejo _velluter_ que todos
los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella
fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando
los bebedores de la inmediata taberna de _Chulla_ reían demasiado
fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y
los devotos clamaban indignados:

--_¡Calleu_... _recordons!_

Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á
dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y
mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el _tío
Grancha_, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que
contrastaba con su capitán patizambo.

Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien
adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo
quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué
sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la
encontraba sola!

Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia,
la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é
insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de
la hermosa nuca erizada de rizados pelos.

Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien
decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde
le diese la gana?

Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la
pupila de hermoso verde mar.

Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se
comía los hombres con los ojos.

Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una
prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que
estaban medio locas. _Piensa el ladrón que todos_, etc.... Ella
únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.

--_¡Mare!_, _¡mare!_--gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las
faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se
arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban
á ésta por los flacos y nerviosos brazos.

--_¿Qué es asò?_ _¿Sempre lo mateix?_--bramó un vozarrón cascado.

Y la enorme mole de la _tía Picores_ se interpuso entre las
combatientes.

Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. _Tú
Dolores_... _á casa_. _Y tú, mala llengua, que no t'oixca_.

Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.

¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la
procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil
veces! ¡Qué chicas las de ahora!

Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó
con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar
por las amigas.

El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.

En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del
traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.

_El Retor_ habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la
malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la
saludable expansión.

Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su
hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía
menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un
puerco espín.

Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él
á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le
ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores,
pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con
movimientos de cabeza.

En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba
arreglado.

Y ahora al negocio.

Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de
gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos
aporreaban las puertas con garrotes, la _Garbosa_, aquella ruina del
mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina,
blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal;
contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que
oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.


VI

Muy entrada la noche navegaba la _Garbosa_ en aguas del cabo de San
Antonio.

Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos
reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las
aguas.

Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y
bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con
ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la
inmensidad azul.

El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un
cíclope acechando á los navegantes.

Era flojo el viento de la costa, y la _Garbosa_ había pasado todo el día
en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en
la entrada del verdadero camino de Argel.

_El Retor_, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la
obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un
viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz
del farolillo que iluminaba el barco.

Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de
á bordo, él era el único que había estado en Argel.

El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña
al Sudeste! y no había más que dejar á la _Garbosa_ que siguiese su
camino si el viento era bueno.

_El Retor_ se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca,
exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje
que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar
lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la
obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja
rojiza con el rebullir de la estela.

Ahora á dormir.

Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y
cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta
media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.

_El Retor_ era el único que velaba á bordo de la _Garbosa_. Á pesar del
rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á
sus pies.

Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes
hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo.
Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por
cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura?
¿Resistiría la _Garbosa_ si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le
pillarían cuando volviese cargado hacia España?

Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo
enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja _Garbosa_ como si
los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la
punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo,
parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado,
por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el
resplandor de lo infinito.

Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas
rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.

Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias
ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y
azulada como espejo veneciano.

La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el
horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de
color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.

La _Garbosa_ avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto
anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos,
marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.

Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las
aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la
cubierta con su orla.

Desde la cubierta de la _Garbosa_ alcanzaba la vista las hondas
profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca
reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con
nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de
estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines,
sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de
polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que
se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de
vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de
colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres
otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y
cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se
agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos
esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.

Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El
_gato_ de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla
del mediodía, y _el Retor_, paseando por la estrecha popa y mirando al
horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La _Garbosa_,
aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.

Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la
calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban
por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha
chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación;
_trigueros_ que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando
en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.

El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas,
burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como
si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la _Garbosa_ ardían
las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.

La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del
mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo
plato.

Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma
bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar
las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar
que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera
caliginosa.

Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían
perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.

Iban á dormir en la _zorra_ de aquel carro viejo, y uno tras otro
deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que
rezumaban, quejándose al menor vaivén.

Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el
viento, y la _Garbosa_, como un caballo viejo de buena casta que siente
la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.

Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y
poco después todos los tripulantes de la _Garbosa_ vieron salir
pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios,
con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes
pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que
avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando
una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de
leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.

Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo
evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con
asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El
más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de
banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo
señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que
rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las
vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres.
¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría
estornudar?...

Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el
respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.

Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin
dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el
inmenso azul.

Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el
arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet
recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la
_Mala Dòna_. A babor estaba Argel.

La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una
atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se
levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría
de espumarajos, y toda la _Garbosa_, crujiente y conmovida, avanzaba
veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra
y el descanso.

Caía la tarde, y en los flancos de la _Mala Dòna_, esfumados por la
distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas
blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la
atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de
hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.

La _Garbosa_ inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á
estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del
pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.

Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada
crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de
misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra
la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y
delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del
Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en
África.

Percibíase desde la _Garbosa_ el choque del oleaje sobre los
acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los
moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde
el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta,
brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.

Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se
multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de
luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á
centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la
costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio,
apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.

Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados
contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por
ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.

Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo
abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás,
la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de
la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna
fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las
aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se
divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las
linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad
de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre
los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con
resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes
tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces
carruajillos con toldos de lienzo blanco.

Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa
de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los
cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros
árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una
ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las
mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al
llegar la noche con el apetito excitado.

_El Retor_, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba
las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela
para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y
agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces
tras una lona que sostenía el _gato_ de la barca.

Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más
obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con
curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja.
Los del _entrepôt_ contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.

_El Retor_ explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No
convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia
que allí habían muchos _moscas_ prontos á telegrafiar á España el nombre
y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor
era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer
hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de
Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!

Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando
interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.

Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de
la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros,
sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban
codiciosos la iluminada ciudad.

Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á
sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba
las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas
escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los
cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el
_gato_ de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja,
brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices
casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el
tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.

Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada
hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el
_Boulevard de la República_, con sus grandes cafés, donde iban los
señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los
morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de
seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y
hermosas tiendas; la _plaza del Caballo_ con la mezquita principal, un
gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados
á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo
último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante
pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las
calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como
patitos y diciendo _mersi_ á cada chicoleo; soldados con gorro de
datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia;
gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí
huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la
acera, donde se servía la absenta á vasos.

Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y
guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían
prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.

¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? _¡Redeu!_ Aquello sí que era
notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en
que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,
comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre
cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de
inmundicia bajando por los escalones del empedrado.

Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir
tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos
en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué
cosas en su jerga de perros.

Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año.
El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á
puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se
zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como
los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón,
tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al
son de una flauta y dos panderos.

Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común,
que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas
teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas
de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo
frotaros con sus manazas, y otras _¡rediel!_... otras que eran las
señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un
ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo
del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de
platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y
medias lunas.

¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota
rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era
así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los
zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la
negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos
y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca
marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los
llevaron al _violón_, de donde los sacó el cónsul después de dos días de
encierro.

Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras
reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los
pies con expresión de hombre cansado:

--_¡Ay!_... _Entonses tenía yo més humor_.

El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una
luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si
nadase un perrazo con dirección á la barca.

Era el vaporcito del _entrepôt_. Saltó á la cubierta de la _Garbosa_ un
buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los
puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió
cuenta al _Retor_ de su comisión.

Habían recibido á tiempo el aviso de _mosiú_ Mariano, de Valencia; les
esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba
el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las
autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios
despachar pronto.

--_¡A la faena!_--gritó el Retor á su gente--. _Cárrega á bordo_.

Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el
montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos
envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.

Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de
la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los
fardos, y la _Garbosa_, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose,
lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la
excesiva carga.

El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca.
¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y _el Retor_
contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que
comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le
ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de
allí á dos noches en la playa del Cabañal.

La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja
cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos
y que no cayesen al mar.

--_Buona sorte, patrón_--chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y
estrechando con fuerza la mano del _Retor_.

Se alejó el vaporcillo; la _Garbosa_ extendió su vela, y comenzó á
correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos
brillante.

Al _Retor_ se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que
Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo!
Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta
la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las
olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si
estuviera corriendo un temporal.

Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la
barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á
flor de agua.

Cuando amaneció, el cabo de la _Mala Dòna_ veíase por la popa como una
vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.

La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la
noche, la recordaba _el Retor_ como si fuese un sueño, ahora que se veía
de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no
dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación
fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre
_Garbosa_, que navegaba torpemente como una tortuga.

Lo único que tranquilizaba al _Retor_ era el tiempo. Buen viento y mar
bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora
comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato.
Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en
su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso,
lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido
como un salivazo de las olas.

La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El
cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie
del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así
como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base
cortada por dos fajas de nubes.

La _Garbosa_, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la
ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.

El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar
hasta la noche para hacer el alijo.

De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón.
Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo...
_¡Futro!_ No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una
escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo.
Algún _mosca_ había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la
_Garbosa_ había salido á algo más que á pescar.

Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su
hermano con inquietud.

Aun era tiempo; á tomar mar. Y la _Garbosa_, inclinando un poco su proa,
se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en
esta maniobra, y la _Garbosa_ navegaba con gran rapidez hundiendo
muchas veces bajo las olas su abrumado casco.

La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella
barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba
considerable, y _el Retor_ pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á
dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las
aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.

La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la
altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.

_El Retor_ adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era
muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el
convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la _Garbosa_ hacia
tierra para echar sus fardos.

Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un
refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar
en un zapato como la _Garbosa_. ¡Á las Columbretas, refugio de los
hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del
comercio!

Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y
lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada
_Garbosa_, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta
Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas,
que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de
los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila
siempre que no sopla el Levante.

La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una
alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el
ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde
ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos
de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de
tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable
distancia, están las Columbretas menores; la _Foradada_, surgiendo de
las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes
rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso
prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.

La _Garbosa_ quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros
estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se
refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se
fijaran en ellos.

Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las
habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos,
pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que,
refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes
estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera
escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo
del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta
ondulación.

Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de
peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta
extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la
cerrazón del tiempo.

No se veía ni una vela; pero _el Retor_ estaba intranquilo, temiendo que
sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como
refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto
la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su
audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de
menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?

El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque
el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los
ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.

Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la _Garbosa_ y
salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á
nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros,
agrupadas en la plazoleta frente á la torre.

¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la _Garbosa_ tan pronto se
encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba
de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban
los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos
del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada
choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas
resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y
atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de
cabeza á pies.

Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca...
bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas _el Retor_ no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía
en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más
furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la
mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no
abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles
vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un
estertor de agonía.

Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía
allá en el Cabañal.

Aquello no era nada, _¡recordons!_ No había que apurarse. Y si la
zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de
ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las
tabernas... ¡Atención con esa que viene!... _¡Brrum!_ Ya pasó. Si
llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De
todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni
se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para
morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son
gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol.
¡Atención, que viene otra!...

Y _el Retor_ hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico
adquirido en su aprendizaje con el _tío Borrasca_. Pero el único que le
oía era el _gato_, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la
emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes,
como si no quisiera perder nada del espectáculo.

Cerraba la noche. La _Garbosa_ navegaba á media vela, dando espantosas
cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar
desapercibido que evitar un choque.

Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las
olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.

_El Retor_ no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto
reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de
audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á
los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de
soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes,
en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!

Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del
Rosario.

Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo.
¿Pero les esperarían?

_El Retor_, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa
serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí
aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el
viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente
á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por
ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de
fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían
desmenuzando, hasta hacerla astillas.

Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la
_Garbosa_ marchó recta, empujada más por las olas que por el viento,
hacia la obscura playa.

Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un
grito de felicidad.

Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido
tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una
manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.

La _Garbosa_ extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba,
sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas;
marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y
encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar,
hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con
un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca
se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la
vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando
hombres y arrebatando fardos.

Acababan de encallar á pocos metros de tierra.

Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de
la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de
los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena
de brazos tendida hasta la playa.

--_¡Tío, tío!_--gritó _el Retor_ lanzándose al agua, que no le pasó del
pecho.

--_Presente_--contestó una voz desde la playa--. _Mutis y á la faena_.

Era un espectáculo extraño: una pesadilla.

El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa
doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos
enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y
una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando
fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las
espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde
desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al
calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se
alejaban. _ El Retor_ vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra
con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver
en la mano.

No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban
_untados_ y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había
que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga,
gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo,
y creía aquello de _quien roba á un ladrón_, etc. No; pues de él no se
reirían, _¡redeu!_ al primero que escondiera un fardo, le pegaba un
tiro.

La descarga fué como un sueño. Cuando _el Retor_ comenzó á reponerse de
la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras,
se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir
palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.

Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían
sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la
arena.

Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y
lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al _gato_ lo pescaron
cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento
de encallar.

_El Retor_, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por
fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios
todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un
hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado
lo tenía.

Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada
á la infeliz _Garbosa_, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la
arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada
empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo
de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga
vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino,
cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.


VII

El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío
Mariano entregó al _Retor_ pocos días después.

Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le
consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su
parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había
enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena
jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.

_El Retor_ estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del
_alijo_, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban
escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la
que un hombre honrado podía meterse en _algo_.

Y este _algo_, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el
carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la
pobre gente.

El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el
juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo:
para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios,
sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor
parte.

Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba
agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba
de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una
barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se
daban á la vela frente á la casa _del bòus_.

Ya era hora, _¡rediel!_ No le verían más como marinero ni patrón
alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á
la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la
punta sus redes.

Señores, sépanlo todos: _el Retor_ hace una barca; Dolores la guapa, si
va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las
vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la
acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para
contemplar con cierta envidia al _Retor_ que, mascullando el cigarro, se
estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y
cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes,
otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.

La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no
había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la
mejor del Cabañal.

Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la
barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte
que le correspondía del alijo, y que el bueno del _Retor_ procuraba
hacer lo mayor posible.

En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su
miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se
notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz
mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á
Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor
economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase
los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria.
Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un
puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no
iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las
timbas de _cuartos_ ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de
esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad,
le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su
época de penuria.

Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los
felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con
ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en
que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo
término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas
del juego.

Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y
jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor
protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces,
pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose
en la cocina si _el Retor_ estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con
la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala
conducta.

Si en una de éstas entraba _el Retor_, celebraba mucho el buen sentido
de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería
bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado
fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las
reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para
aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!

Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en
casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que
la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su
hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme
esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus
gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban
incesantemente.

Así fué llegando el verano.

El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el
resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor
empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera
ciudad de _quita y pon_. Las _barraquetas_ de los bañistas, con sus
muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta
fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores,
rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el
vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que
distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión
del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago,
esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y
terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble
de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos:
_Restaurant de París, Fonda del buen gusto_; y entre estos pedantes de
la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de
esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire
libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de
regocijada ortografía: _El Nap, Salvaor y Neleta_, y ofrecían como plato
del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.

Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con
las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles
pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como
banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente
hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se
confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos,
el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio
ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa
blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de
agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos
bofetadas al primer municipal.

Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión
alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella
temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto
del año.

Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del _Retor_
pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como
un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que
se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el
casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una
proa tan fina, que era _talmente_ una navaja de afeitar; pintado de
negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre
blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.

Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero
para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes
del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como
una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.

Esto lo decía _el Retor_ una noche, sentado en el corro que se formaba á
la puerta de su casa.

Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba
al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en
el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje
con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.

Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de
pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la
vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las
puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar.
_¡Redeu!_ ¡Cómo estarían asándose en Valencia!

La _siñá_ Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella
decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la
vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de
pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil
enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las
mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se
había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las
abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia
era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y
aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.

Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una
miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica
de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el
camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y
procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á
estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua
Aduana.

¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre:
su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella
la gallardía del _siñor Martines_.

Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las
mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera
alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol
y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del
cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro
de la muchacha.

Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de
Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano,
cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en
aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no
encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.

¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo
como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y
causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la
proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria
retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los
momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su
barcaza.

En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén,
punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de
chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo
asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona
tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:

_La lluna, la pruna_ _vestida de dòl_...

¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero
¡que si quieres!...

_sa mare la crida_ _son pare no vòl_.

Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor
á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.

_El Retor_ seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15;
hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la
bendición. Pero algo faltaba, _¡futro!_... ¡y no haberlo pensado!
Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?

Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el
suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.

Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino
del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría _Escupehierro_. ¡Eh! ¿qué
tal?

Por _el Retor_ no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase
con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse _Escupehierro_, y la
veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho
portugués.

Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el
Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era
la proposición de la _siñá_ Tona: que se llamase _Ligera_, como la otra
en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la
familia.

Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra.
La suerte de la otra lo demostraba.

El de Dolores era mejor: _La rosa del mar..._ ¡Qué bonito! ¡Qué gusto
tenía para todo su mujer! Pero _el Retor_ recordaba que había otra con
el mismo título. ¡Era lástima!...

Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada
título, soltó el suyo. Debía llamarse _Flor de Mayo_. Aquella misma
noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de
las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de
Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de
colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina,
con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo
de flores que parecían rábanos.

_El Retor_ se entusiasmaba. Sí; _¡recristo!_ aquello estaba puesto en
razón. La barca se llamaría _Flor de Mayo_, como el tabaco que fabrican
en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el
dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos
paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; _Flor de Mayo_,
nada más que _Flor de Mayo_.

Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus
rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le
encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo
nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas
americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la
gestación de la mayor república del mundo.

_El Retor_ estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar,
caballeros!... y á los postres se brindaría por _Flor de Mayo_.

Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con
toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó
el monótono concierto de _la lluna, la pruna_.

Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo
todo el Cabañal que la barca se llamaba _Flor de Mayo_, y cuando en la
víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la
_casa del bòus_, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior,
pintado con hermoso azul, su dulce título.

Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar
en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca
nada menos que el señor Mariano _el Callao_, un ricachón que, aunque del
puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un
dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas
como una bendición de Dios.

_El Retor_ sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para
escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago
el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para
los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al
sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba
en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.

Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la
mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además,
él estaba allí para pagar lo que fuese.

Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por
él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.

Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el
sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don
Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra,
para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate,
con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre
la deshilachada trama el relleno del realce.

Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella
mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres
saludaban sonrientes al _pae capellá_, hombre campechano, tolerante, con
sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su
_ganado_, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por
alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera
las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la
pillasen con las pesas cortas.

Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas,
confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La
gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia,
y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la
_Flor de Mayo_, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante,
charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre
el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo
tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de
gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el
viento de los temporales fuese arrebatándolas.

_El Retor_ y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se
apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos;
la _siñá_ Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de
sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á
Valencia para hablar con el gobernador.

Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista.
Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de
vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en
la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una
oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura
expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta,
su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con
Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y _el Retor_, deslumbrante,
hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de
Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda
que usaba por primera vez en su vida--una cadena de _doublé_ tamaña como
un cable de su barca.

Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba
por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver,
señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después
sería el jaleo.

Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se
quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada
capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «_Propitiare Domini
supplicationibus nostis et benedic navem istam_», etc.

Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados
del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar _¡amén!_ á
todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza
descubierta, esperando algo extraordinario.

Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con
gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el
silencio general, y _el Retor_, á quien la emoción convertía en un pobre
mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose
de lo que el cura decía en latín á su _Flor de Mayo_.

Lo único que pudo pillar fué lo de _Arcam Noe ambulantem in diluvio_, y
se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada
con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él
mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el
mundo.

La _siñá_ Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para
impedir que saltasen las lágrimas.

Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:

--_Asperges_...

Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas
gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el _amén_
del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta
en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.

_El Retor_ no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba
bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don
Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura,
sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la
escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su
incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el
caparazón de un insecto trepador y brillante.

Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su
monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á
entrar al asalto.

¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca,
desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía.

_Armeles, confits_...

El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo
que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su
sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre
las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como
balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena
disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas
ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de
pillos de playa.

Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire
protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á
jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los
viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos,
vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre
los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un
cuchillo tan grande como ellos.

Arriba estaba la juerga. La cubierta de _Flor de Mayo_ resonaba con
alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de
taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la
alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en
cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana
intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.

La mujer del _Retor_ estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre,
rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas
que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres,
y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de
envidia.

Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas
veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se
olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de
confites en la barca, para no pensar más que en la _siñá_ Tona.

--_¡Amo de barca!_... _¡Amo de barca!_

Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban
también.

Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca
evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y
de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba
el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y
lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.

--_¡Fill meu!, ¡fill meu!_--gemía abrazando al _Retor_, en quien veía
una asombrosa resurrección de su padre.

Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida
importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía
remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía.
Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía...
sí señor, temía que su Pascualet, su pobre _Retor_, tuviese igual suerte
que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el
llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza
que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del
trabajo.

El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd
que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y
negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á _Flor de Mayo_
rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre
marido.

No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era
burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente
como un gato traidor, pero que se vengaría apenas _Flor de Mayo_ se
confiase á él.

Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase
tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también
lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón.
El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca
como destrozó la otra.

No, _¡recristo!_ eso no. _El Retor_ protestaba indignado. ¡Vaya una
conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de
vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos
años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio
bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba _en pena_. ¡Afuera
tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se
enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres
honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera
la broma; había que bautizar bien á _Flor de Mayo_.

Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la mirada fija en la
trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. _El Retor_ púsose serio.

¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel acordarse de que el mar
tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en peligro, haberlo
criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo
que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se
agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que
diesen: el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas.
Alguien tenía que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba
á él, y mar adentro se iría como lo estaba haciendo desde chico.
_¡Rediel, agüela!_... _¡calle ya!_... ¡Que viva _Flor de Mayo!_ Otra
copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los
que estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la
arena como si _talmente_ fuesen unos cerdos.


VIII

Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al
llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.

Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme
caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en
los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase
en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los
enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos,
canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y
abandonadas á cada instante.

Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las
operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana,
brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y
menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de
llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el
espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban
algunos aguaduchos.

_El Retor_ quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los
vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel
rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la
frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que
con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los
desnudaran con la desdeñosa mirada.

_El Retor_ vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de
él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían
algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino
juntos: á ella no le gustaba esperar.

Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como
marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la
misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de
prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera
de regatas.

Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero
estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía
moverse.

El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de
aquella _Flor de Mayo_, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su
Pascualet.

Al día siguiente comenzaba la pesca del _bòu_ y salían todas las barcas.
Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El
día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en
el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba
la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las
zaparrastrosas de la playa.

Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de
mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos
que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban
una barca tan maja como la suya.

Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del _Retor_, se
agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al
horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las
perrerías de las maestras de la fábrica.

Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las
agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca
cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como
negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que
esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.

Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres
ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é
inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano
una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer
que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras
más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro
alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no
podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza
del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué
escándalo! ¡Y aquella _púa_ tenía cuatro hijos!

_El Retor_ sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! _¡Redeu!_ no estaba
mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una
pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar
á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi
tranquila!

Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto,
envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una
vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por _el Retor_.

Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer
á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba.
Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se
mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á
casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para
hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía
él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas
mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada
más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor
de su Dolores y de Roseta.

De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el
tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su
dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente!
ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que
no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa
de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía
ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría
Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de
los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la
imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio.
No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para
hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las
perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos.
En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que
sus mujeres fuesen como eran.

É irreflexiblemente miró de tal modo al _Retor_, que éste, á pesar de su
rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante.
Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó
dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la
gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los
asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la
fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más
atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba
de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación,
como aseguraba muy bien don Santiago el cura.

Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se
habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores,
gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién
dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano;
¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena,
le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á
Dolores con el mismo respeto que á una madre!

Y _el Retor_, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al
recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego
á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.

Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano
con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de
aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba
de sospechas.

Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño
que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo
dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la
mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última
categoría.

Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía
acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.

Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron
por algunos instantes. _El Retor_ estaba pálido y se mordía uno de sus
dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.

Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano
algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia
de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro
gesto de aquel rostro siempre bondadoso.

No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo
que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que
visitara su casa lo menos posible.

_El Retor_ la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz,
engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión
hubiese encendido una hoguera en su estómago.

Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus
callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué
culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada?
Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba
sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella
pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia.

Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras
con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta.

¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía
de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese
ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el
camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte
de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden
olvidarse?

Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los
amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa
hambre, _¡redeu!_ no se olvida por nada del mundo al compañero de
miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido,
digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué
se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le
cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.

Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra.
Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual,
con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y
cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.

Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al
Cabañal.

_El Retor_ habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su
pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se
notaba en las contracciones de su frente.

En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una
broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, _¡recristo!_ á
él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en
ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces
perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por
majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su
mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con
_aquello_, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de
plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre,
hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto
á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el
aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no
decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces
_¡redeu!_ entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las
calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un
perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían
que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad,
adquirida y sostenida á fuerza de trabajos.

Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que
iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si
despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de
excitación teme haber dicho demasiado.

Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia
la barcaza de la playa y _¡espresions á la mare!_ Él iba á su casa.

Hasta bien entrada la noche le duró al _Retor_ la impresión del
encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes
de _Flor de Mayo_, todo lo había olvidado, todo.

Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más
leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era
mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.

Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La _Flor de
Mayo_ formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le
diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como
_Flor de Mayo_.

En la tripulación figuraba un marinero, al que _el Retor_ oía como un
vetusto oráculo: el _tío Batiste_, el pescador más viejo de todo el
Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de
pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo,
en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había
enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus
débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa.

Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran
plaza sin bache y agujero que no conociera el _tío Batiste_. ¡Ah! si él
pudiera convertirse en un _esparrelló_, nadaría por abajo, sabiendo
siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros,
leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.

Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las
ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si
estaban sobre los profundos algares, sobre el _Fanch_ ó sobre las
colinas misteriosas llamadas los _Pedrusquets_, que evitaban los
pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas.
Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre
los _Muralls de Confit_, la _Barreta de Casaret_ y _Ròca de Espiòca_;
arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras
puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando
nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro
pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la
lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las
redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio
de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en
compañía de los salmonetes y de los pulpos.

Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el
que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún
muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de
la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse
nunca.

Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que
nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el
sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del _bolich_; y no
sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no
como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de
camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo,
sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que
Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones
venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se
acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el
Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol.

Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el _tío Batiste_,
moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable,
hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus
palabras con juramentos de castillo de proa y _me caso_ en esto y en lo
de más allá.

_El Retor_ le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo
maestro el _tío Borrasca_, y oyéndole pensaba en su padre. La demás
gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del
viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que
el cura le reservaba la plaza de sacristán.

_¡Chentòla!_ Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les
llamaría cobardes en más de una ocasión.

Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento.
Por la noche se hacían á la mar las barcas del _bòu_, llevando los
hombres á la pura conquista del pan.

Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las
más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos
meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera.

Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al
puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas,
correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la
cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y
hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas
para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen
despacharlos.

Cuando _el Retor_ fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su
casa á la _siñá_ Tona, que lloraba hablando con Dolores.

La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su
hijo, le increpó con ira.

Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese
padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la _Flor
de Mayo_ para hacer el aprendizaje de _gato_. ¿Estaba bien aquello? Una
criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando
en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar
fatigas y quién sabe si algo peor.

Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel
martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido
tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para
impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!

Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela
amarilla, descalzo, para mayor _carácter_, con una faja que se le
enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada
como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del _tío Batiste_
y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería
rogando por él.

No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas;
él era hombre y quería ir al mar como segundo _gato_ de la _Flor de
Mayo_.

Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico!
_El Retor_ se lo hubiera comido á besos.

La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre
se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico.
¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían
ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la _agüela_ que fuese un
vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es
donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle _un buen pasar_,
mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo
lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le
ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos
sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir
ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir!

Pero la _siñá_ Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El
maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba.
¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría
mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted
bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo
hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería,
no debía mirarles más á la cara.

_El Retor_, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa
ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!

Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar
sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio.

Volvió á llorar la _siñá_ Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no
la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros,
bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco
salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista
de un vapor inglés.

Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se
plegaba con gran flexibilidad. _El Retor_ la contemplaba sonriendo. Bien
estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales
chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún
y no necesitaba adornos.

Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se
probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto
de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.

Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de
sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo,
apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el
salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga
dentro del caparazón.

Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un
golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su
hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de
Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en
la taberna.

Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en
tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues
pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.

Mientras hablaba _el Retor_ con gran tranquilidad, lamentándose de que
su hermano no fuese á bordo de la _Flor de Mayo_, Tonet y su cuñada
bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.

Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del _bóu_.

Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los
muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda,
moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas
embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las
numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que
Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse
en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las
bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en
embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel
embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que
forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de
Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que
se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia.

Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los
muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos
incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la
emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro
para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se
dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de
muerte á los audaces argonautas.

Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban
pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero
rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la
extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte,
para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel,
puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se
conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en
apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer
á la opulencia.

Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes,
hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando
como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del
puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria
destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla
flotante.

Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y
más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca,
que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual
podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían
desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los
últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el
tonelillo del vino.

Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil
hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas
acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles
se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.

Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo
inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del _bòu_ para insultar á
los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre
las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la
buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y
porque tenía gracia decirles algo á los... _lanudos_ que se iban
tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.

Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se
preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros
para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.

Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las
bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del
marido y la fidelidad de la mujer.

Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de
faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz
sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques
brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas.
Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos
como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían
dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.

¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez
transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón
ó sutiles alas de grandes mariposas negras.

La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar
á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que
agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.

Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando
las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la
obscuridad se reconocía a las _parejas_ y á los que iban en ellas.

--_¡Adiós!_--gritaban las mujeres de los tripulantes--. _¡Bòn viache!_

Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya
unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á
espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un
carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.

_¡Lanudos!_ ¡más que _lanudos!_ Iban á pescar tan tranquilos, dejando
solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. _¡Muuu!
¡muuu!_...

É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que,
por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á
los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento
de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano
á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando
con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.

Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían
en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas
por la estrecha garganta de la dársena.

Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la
provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores
que saliese su _pareja_ en silencio, y partía de ella alguna voz de
marinero socarrón preguntando mansamente:

--_¡Che! ¿qué no dieu algo?_

Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de _lanudos_,
confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes,
misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y
navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras
embarcaciones que seguían el mismo rumbo.

Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi
confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás
por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un
hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar
casi pegado á sus espaldas.

Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su
cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento
abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de
Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la
muda adoración.

Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano
entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin
terrible dolor.

Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de
libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro.
Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta
que volvieran _el Retor_ y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de
su hermano, como si fuese el amo de casa.

Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al
hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía
estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones
puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la
intensidad del placer.

Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa.

--_¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!_

Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo
estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.

Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en
tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco
gritar de la pillería.

_¡Lanudo!_ Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en
mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia,
como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le
decían la verdad y nada más.

Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero
Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha
gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima
hija del _tío Paella_.

La _Flor de Mayo_ atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de
su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que
merecía.

--_¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!_

Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá
va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á
la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.

Á ver si callaba el muy _lanudo_. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se
quedaba con Dolores para consolarla.

_El Retor_ soltó el timón y se puso en pie de un salto.

--_¡Morrals!_--rugió--; _¡cochinos!_...

No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero
eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.


IX

Aquel año protegía Dios á los pobres.

Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal, agrupándose por la tarde
en la playa, dos días después de la salida de las barcas.

Volvían las parejas del _bòu_ rápidamente, viento en popa, y la rígida
línea del horizonte aparecía dentellada por las innumerables aletas que
se aproximaban á pares como palomas unidas por una cinta á flor de agua.

Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada.
¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en grandes masas,
esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas,
aliviando la miseria de los pescadores!...

Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro de los cestones de
caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como
palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón
con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos,
moviendo su maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la
agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las
rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los
langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel año por su
cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentáculos con
desesperación y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos
de nácar.

Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y
balanceantes á pocos metros de la orilla.

Á cada _pareja_ agolpábase la multitud en el límite de las olas,
arremolinábanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las
cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo para quién
sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los _gatos_ con agua á la
cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y
los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco
del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y
las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.

Poblábase como si fuese un pedazo de tierra el espacio de mar entre la
orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el cántaro al hombro,
enviados por la tripulación que, cansada del líquido recalentado y sucio
de los toneles, anhelaba el agua fresca de la _fònt de Gas_; las
chicuelas de la playa, remangándose impúdicamente las haraposas
faldillas, hundían en el mar las piernas de chocolate para ir á
curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas
que habían de aguardar en seco el día siguiente, entraban olas adentro
los bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y
blancos, enormes como mastodontes, moviéndose con pesada majestad y
agitando su enorme papada con la soberana altivez de un senador romano.

Estas yuntas, que hundían la arena bajo sus pezuñas y de un tirón
arrastraban las barcas más grandes, guiábalas _Chepa_, un chicuelo
enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo mismo
podía tener quince años que treinta, enfundado en un chubasquero
amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que
la piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto,
marcaba el contorno y los ligamentos de sus huesos.

En torno de las barcas que arrastradas surgían lentamente del mar,
agitábase un apretado círculo de pillería haraposa y greñuda, sacando
medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones que
escoltan las barcas mitológicas, pidiendo con roncos gritos que les
echasen un puñado de _cabets_.

En la playa organizábase un mercado, donde á fuerza de gritos, manoteos
é insultos, se realizaban las ventas.

Las amas de barca regateaban y reñían detrás de sus repletas banastas
con todo el rebaño vociferante que había de revender el pescado al día
siguiente en Valencia, y cuando llegaba el ajuste por arrobas
recrudecíanse los insultos, discutiendo si habían de entrar las piezas
gordas ó la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos cuantos
guijarros enormes servían de balanza y pesas, y nunca faltaba algún
chico del pueblo de la clase de _leídos_ que se prestaba á ser
secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas.

Rodaban empujados por el pie del comprador los repletos capazos,
contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza que caía,
_evaporábase_ como tragada por la arena; y los buenos burgueses que
venían de Valencia para admirar el pescado fresco, sentíanse empujados,
pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba,
mudaba de sitio á la llegada de una nueva barca.

Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos años, al comprar en la
playa el pescado como una simple vendedora, había deseado ser ama de
barca, poder reñir é imponerse al mísero y escandaloso rebaño. Por fin
se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con
su graciosa nariz, erguíase entre los cestones recién desembarcados,
mientras que Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas.

Casi encallada en la mar baja, esperaba cabeceando _Flor de Mayo_ á que
los bueyes la sacasen á la playa.

_El Retor_ ayudaba á los marineros á plegar la vela, y se detenía
algunas veces para mirar á su mujer cómo se peleaba con las compradoras
y marcaba los precios que el cuñado tenía que registrar. ¡Miradla;
parecía una reina! Y el pobre hombre sentíase satisfecho al pensar que
su Dolores debía todo aquello á él, á nadie más que á él.

En la proa erguía su hijo Pascualet la desmedrada é inmóvil figurilla,
como si fuese el mascarón de la barca, hecho un lobo de mar, descalzo y
sucio, con la camisa fuera del calzón, los faldones revoloteando al
viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatuílla de
barro cocido. Y frente á la barca lo admiraban un buen golpe de
infelices rateros de la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu
salvaje, rojos, con la pátina que da á los cuerpos el aire del mar y los
miembros enjutos, delatando la pobreza nutritiva de la salazón. ¡Pero
qué suerte tenía _el Retor!_ Traía la barca atestada de langostinos, que
á dos pesetas libra... ¡tira! ¡tira! Y los miserables abrían la boca y
entornaban los ojos como si viesen un deslumbrante oleaje de pesetas.

_Chepa_ llegó con su pareja de poderosas bestias, y la _Flor de Mayo_,
chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á salir
á tierra.

_El Retor_ había abandonado su barca y estaba frente á Dolores,
sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los
enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya una
jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se
repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde
estaba la mejor pesca.

Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle las manos á su
hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh? Se
alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya
vería lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas
con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la
fortuna.

Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su marido si iría á casa.
El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente
de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que volviese la
espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde
pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía
ocupación, y si á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella
acostarse.

En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su Rosario y á coger el
hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues no quería
esperar.

Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y después se despidió de
su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el muchacho quería
quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo
que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso
contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeñeciéndose.

Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer, hablando con el _tío
Batiste_ y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de
pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á preparar la cena á bordo
de la _Flor de Mayo_.

Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la playa con las manos
metidas en la faja, oyendo el _fru-fru_ de sus calzones impermeables,
que producían un roce de pergamino seco.

La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban
las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras
de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en ciertos
momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos salían
de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando
una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían
al Cabañal.

_El Retor_ miraba la débil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en
el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había
ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su
experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro.

Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en sus negocios y en su
dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer,
ganancias para construir antes de un año otra barca que formase
_pareja_ con _Flor de Mayo_ y un hijo digno de él, que mostraba gran
afición al mar y sería con el tiempo el mejor patrón del Cabañal.
¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los mortales, y
esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tenía
más de una docena y un pedazo de pan para la vejez.

Pascual, animado por la contemplación de su dicha, avivaba su torpe
paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca distancia
una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga
tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de
la pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al
sentirse feliz quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó
la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con
mezcla de calderilla.

--_Pascualo_--murmuró la mujer con voz dulce y tímida--. _¿Eres
Pascualo?_

¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su cuñada! ¿Venía en busca de
su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en casa esperándola para
cenar.

Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que no buscaba á Tonet.
¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta pretensión le
extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para qué
podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar.

Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro
_gato_ danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras
de aquella sombra que permanecía con la cabeza baja, como si se sintiera
poseída de invencible timidez.

Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba.

Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo todo de un golpe,
irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los del _Retor_,
brillándole con misteriosa fosforescencia.

Lo que tenía que decirle era que se interesaba por la dignidad de la
familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y _el Retor_ estaban
haciendo reir á todo el Cabañal.

Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se divertían á su
costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si fuese una
mona.

--_Pascualo_--dijo Rosario con lentitud, pero con energía, como quien se
resuelve á todo--, _Pascualo... Dolores t'engaña._

¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto sí que era bueno!

Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su cabezota por algunos
instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en aquel hombre fe
suficiente para resistir golpes mayores.

--_¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera._

Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habría
asustado al ver la cara del _Retor_. Pataleaba como si de la arena
hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; movía sus brazos con
expresión amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si
se ahogasen en el acceso de rabia.

¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?... Envidia, y nada más
que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla... ¿No le bastaba
con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á
Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella
llegarle á la suela del zapato.

--_¡Vesten!_--_rugía_--; _¡vesten ó te mate!_

Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su exigencia de que se
fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo no le
intimidaran las amenazas del Retor.

--_Sí_; _t'engaña, Pascualo_--decía con su desesperante lentitud--.
_T'engaña, y es en Tonet_.

_¡Recordons!_ ¿También metía á su pobre hermano en la danza? La
indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor
sólo sabía repetir:

--_¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!_

Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su cuñada por las muñecas,
apretándola con furia, empujándola de un modo tan amenazador, que la
pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á alejarse.

Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las
gentes de él; pero ya que lo quería, podía seguir siendo un _bendito_.

--_¡Bruto_... _llanut!_

Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huyó
Rosario, quedando _el Retor_ inmóvil, con los brazos cruzados.

¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano con una mujer así!

Sentíase satisfecho por su arranque de indignación. Buenas cosas se
había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras.

Y paseaba por la arena, que humedecían las olas, sintiendo alguna vez el
agua en sus gruesos zapatones.

Daba bufidos de satisfacción recordando la energía con que había
procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo
que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole mortal
angustia.

¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía Rosario?...

Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano conoció él á su mujer;
se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba
gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada, sin
adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente!

Y pateaba con furia, cerrando los puños y profiriendo juramentos
espantosos, de los que guardaba para los días de borrasca.

Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala lengua si le viese á él
con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué le había dicho?
Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado en la
playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para
enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales
calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio.
Pero todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una
mujer tan buena, y además con un hijo, con Pascualet, al que quería
tanto!...

No podía ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que
le oprimía, _el Retor_ paseaba aceleradamente y decía con voz tan
alterada por la emoción, que á él mismo le parecía que era de otro:

--_Mentira; tot mentira_.

Esto le tranquilizaba. Con tales palabras aliviábase, como si
convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían presenciado
la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el
enemigo; y mientras la lengua repetía _¡mentira!_, los oídos le
zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su
cuñada: _¡Bruto!_... _¡llanut!_

No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que podían ser ciertas las
palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de que habló á
Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y
hasta á su hijo, como si fuesen terribles enemigos.

¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para
vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo, pero ir
directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree
engañada.

Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan brutalmente á su
cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su
terrible certeza era preferible á la inquietud.

--_¡Pare!_... _¡pare!_--gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de
la _Flor de Mayo_.

Era Pascualet, llamando á su padre para cenar. Él no cenaba. ¿Quién
pensaba en cenar con aquella impresión que anudaba su garganta y le
oprimía el estómago?

El patrón se aproximó á la barca, hablando á su gente con tono seco é
imperioso. Podían cenar; él iba al pueblo, y si no volvía, que durmiesen
hasta el amanecer, hora de la salida.

Pascual se alejó sin mirar á su hijo, y como un fantasma atravesó
aquella playa negra, en línea recta, tropezando algunas veces con las
barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que
formaba el oleaje en los días de tempestad.

Ahora se sentía mejor. ¡Qué calma gozaba al ir en busca de Rosario! Ya
no sentía el terrible zumbido en que iban envueltos los últimos
insultos de su cuñada; ya no se agitaba su pensamiento produciéndole
agudas punzadas en el cerebro. Su cráneo parecía hueco, no sufría dentro
del pecho pesadez alguna, sentíase con una ligereza asombrosa, como si
caminase á saltos, sin tocar apenas el suelo, y únicamente continuaba el
obstáculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre en la
lengua, como si estuviera tragando agua del mar.

Iba á saberlo todo, todo. ¡Qué amargo placer! _¡Recristo!_ Jamás hubiera
sospechado que una noche tenía que correr casi como un loco hacia la
barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles,
como si le avergonzara la presencia de gentes.

¡Ay! ¡Qué bien le había sabido clavar el puñal aquella Rosario; qué
misterioso poder tenían sus palabras y qué demonio insaciable y furioso
habían despertado dentro de él!...

Entró casi corriendo en una calle de míseros pescadores que desembocaba
en la playa, con sus olivos enanos, orlando las aceras ribazos de tierra
apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas barracas con cercas de
tablas viejas.

Empujó con tanta rudeza la puerta de la vivienda de su hermano, que la
madera fué á gemir, chocando contra la pared interior. Á la luz rojiza
de un candil vió á Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza
entre las manos. Su aire de desolación ajustábase bien con el interior
mísero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que dos
estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.

La barraca, como decían las vecinas, olía á hambre y á palizas.

Rosario, al oir el estrépito, levantó la cabeza, y viendo al _Retor_ que
obstruía con su figura cuadrada el hueco de la puerta, sonrió con
expresión amarga:

--_¡Ah! ¡Eres tú!_...

Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía pasar: no le guardaba
rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos les ocurría lo
mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no lo
quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades,
riñó con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle
por Dios que hablase, como venía él ahora después que en la playa casi
la había pegado.

Así son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia
ante lo que creen mentira; después el maldito deseo de saber, aunque las
noticias desgarren las entrañas.

¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!

Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de
pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con expresión
hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que
mata las propias ilusiones.

--_¡Parla_... _parla!_--decía el Retor con voz fosca, como si le
molestaran las palabras inútiles de su cuñada--. _¡Digues la veritat!_

El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante
por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que
los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones
de Rosario.

Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba
á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también
sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á
Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna
conmiseración de los compañeros de infortunio.

Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones
databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella
con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había
apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su
boda.

--_¡Pròbes_... _vinguen pròbes!_--rugía el patrón con los ojos
amarillentos que parecían herir á su cuñada.

Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á
todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las
relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien;
hasta los _gatos_ y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de
algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que
el Retor.

--_¡Recordons!_--rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo--.
_Rosario_... _mira lo que parles. Si no es veritat, te mate_.

¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor
quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de
bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la
zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?

--_Mira, Pascualo, mira_.

Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que
envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que
delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese
aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran
caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con
Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á
la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado
como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre
_Retor!_

¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en
la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que
la _Flor de Mayo_ hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron
todos sin los engañosos trapos.

¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el
agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se
burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y
regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía
asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido
en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado
poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.

¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la
playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda
cama del patrón.

--_¡Recristo!_--murmuraba _el Retor_ con acento doloroso, levantando la
cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un
hombre honrado le ocurrieran tales cosas.

Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso
rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la
revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:

--_¡Mentira_... _mentira!_

Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían
pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí
señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices.
Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que
ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su
hijo para reconocer su semejanza.

¡Esta sí que fué puñalada! _El Retor_, á pesar de la pátina bronceada
que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una
blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le
zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.

¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase
pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había
de parecerse.

¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué
terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las
explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él
se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no.
Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez,
idéntico aire de _pinturero_. ¡Ah, pobre _Retor!_ ¡Ciego _lanudo!_ Que
se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que
vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un
pillete.

Ahora _el Retor_ ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía
que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor
claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que
veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el
otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga
semejanza con alguien que no podía definir.

Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á
sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la
cabeza.

--_¡Recontracordons!_--gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario--.
_¡Santo Cristo del Grau!_...

Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto
ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las
piernas se levantaron á impulsos de la caída.

Cuando _el Retor_ despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las
mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera
escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.

Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil
la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al
caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte
hemorragia.

Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con
un trapo húmedo.

_El Retor_, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus
revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.

¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que
le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy
satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que
había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que
se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión...
¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba
de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la
piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos
y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los
hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el
Cabañal del _Retor_, del famoso _lanudo!_

Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón
restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura
le aliviase.

Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en
la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror,
como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y
temiese por su vida.

Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de
ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.

Pero _el Retor_ sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba
convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de
Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le
quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el
pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran...
_punta_, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo
procedía Pascualo el _llanut_.

--No, _Pascualo_--suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas
manazas--. _Espera_.. _esta nit no_..._atre día_.

¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido
en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien;
_aquella nit no_. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar
á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!

Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.

Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale
que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada
vez más fresca.

No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su
situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se
dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.

Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más
tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin
voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del
cráneo, como si estuviera hueco.

Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin
conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el
dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus
sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase
que pasaba siempre por el mismo sitio.

Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar
amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol
no tendría el valor de atravesar!

El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse
en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.

Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta
abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si
acabase de encontrar un peligro.

¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más
insignificante grumetillo le haría huir.

Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan
pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que
también parecía intimidarle. _¡Recristo!_ ¡Cómo se habrían burlado de él
en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y
cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la
_Flor de Mayo_.

Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin
descanso.

Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con
la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería
sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco
sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.

No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no
impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin
no desmentía su casta. Era legítima hija del _tío Paella_, aquel
borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores,
y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia.
¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y
así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose
con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.

Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la _siñá_
Tona, cuando se oponía á que la hija de _Paella_ fuese su nuera. Dolores
era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba
culpable por haberse casado con ella.

Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había
visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.

Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza,
surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como
amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que
un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del
que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además,
¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora
lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores
y él se amaban antes de que _el Retor_ pensase en decir una palabra á la
hija de _Paella_; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo,
casarse con una mujer que era de su hermano.

Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los
dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había
resucitado la antigua pasión?

Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le
parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en
la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.

La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el
recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando
en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus
caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas
tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia
de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y
solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que
apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.

Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues
él, más que la _siñá_ Tona, había cuidado del encantador pillete,
plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.

¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal
monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos
cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.

La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia
completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada
rudeza, inclinándole al perdón.

Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro
quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.

Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar
cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido?
Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo
importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo
crimen.

_El Retor_ regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran
alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso
interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el
golpe en la cara le causaba una picazón molesta.

Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible
la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le
resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.

Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo
que iba hacia su barca. _El Retor_ le distinguió en la obscuridad
pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de
redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.

Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de
siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los
suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la
posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el
delirio de la sangre.

En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del _Retor_.
¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil
que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la
_siñá_ Tona. _¡Lanudo!_... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas
de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que
perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas...
Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el
que se la hacía, _¡redeu!_, se la pagaba, así se metiera en el vientre
de un tiburón. _¡Lanudo!_... ¡Cobarde!

Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se
insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera
castigar la bondad de su carácter.

¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía
en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como
pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que
al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: _Ahí va
Pascualo el llanut_; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había
echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese
un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía
delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho
para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor,
también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo
mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre
tablas... _¡Recristo!_ Ahora verían quién era él.

Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como
si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas,
guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba
rectamente hacia su casa.

Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que
conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso
gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las
tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo;
sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese
concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los
pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de
sus zapatos.

Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y
agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo
arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente,
conmoviendo toda la casa.

En el silencio que se hizo después de este estrépito, _el Retor_ oyó el
ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza,
pero no que se rieran los vecinos.

Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la
puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las
nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la
esquina inmediata, donde quedó agazapado.

Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las
ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.

_El Retor_, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches
lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería
si era preciso hasta que saliera el sol.

Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y
cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría
de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con
cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su
casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra
cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le
ocurriera otra barbaridad más chistosa.

Y _el Retor_, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir
tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído
relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase
mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos
viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.

¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre _Retor!_ Pasada
la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía
ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad
de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le
atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se
sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar
á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de
disgustos.

Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía
envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.

¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil,
sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su
pensamiento.

Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se
preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los
ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.

Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando _el
Retor_ creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su
casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes
estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser
espiado.

Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al
mismo tiempo que _el Retor_, entumecido por la humedad, se incorporaba
trabajosamente.

Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste
tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto
prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la
cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las
aceras de ladrillos.

Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. _El Retor_ se
guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre
llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que
perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba
rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la
borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad,
y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso
desde pequeño por su agilidad y ligereza.

En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la
sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin
encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!

Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían
trabajo en la playa, y _el Retor_ huyó, dominado por el terror que le
inspiraba la presencia de extraños.

Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de
vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin
fuerzas para pensar, resignado con su suerte.

Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena
brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que
acababa de despertar.

_El Retor_ vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado
la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste,
arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y
encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la
naricilla roja por el frío del amanecer.

Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta
á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún
en su camarote.

Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el
mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente
con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el
alma. _El Retor_ temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era!
Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la
brutalidad.

_¡Recordons!_ ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba
para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él,
siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente
su entorpecimiento de idiota que le dominaba.

Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un
sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en
él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.

¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que
la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio
cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las
calles que tanto le había fatigado.

Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo,
comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí;
lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los
demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía!
¡Qué _finura!_ Sabía decir las cosas con _diplomacia;_ bien se acordaba
él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban
disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y
además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos
unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía
aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después
engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía
aquella chica!

Y _el Retor_, enardeciéndose por momentos, braceaba y gritaba,
oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte dentro del camarote de Tona,
y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz con inflexión
cariñosa:

--_¿Eres tú, Pascualo?_

Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se hacía. No debía
levantarse aún, pues el tiempo era malo.

Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar,
marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba encapotado, y en
la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se
marcaban como ligeras manchas.

_El Retor_ pidió otra copa: la última; y antes de alejarse pasó su
callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.

¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena de todo el Cabañal.
Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase nunca!

Cuando llegó cerca de la _Flor de Mayo_ silbando con indiferencia,
cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño brillo de
sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por el
alcohol.

Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera
enterar á todo el mundo de que estaba allí, mostrábase Tonet. Á sus pies
veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al
correr por las calles del Cabañal.

--_¡Bòn día, Pascualo!_--gritó al ver á su hermano, como si tuviera
prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que sentía.

¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero antes de que Pascual
pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido por la misma
fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.

Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar
la vista del horizonte.

El tiempo presentábase amenazador, resultaba temerario el salir. Era
lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que podía
cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el
negocio.

Todos eran de la misma opinión. El tiempo se _ensuciaba;_ había que
quedarse.

Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. Él
á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales bastante fuertes para
darle miedo. _El Retor_ decía esto con resolución, como si le ofendieran
aquellos propósitos de quedarse. El que no tuviera... _agallas_ que no
saliera. Allí quería él ver hombres.

Y volvió la espalda sin atender razones. Quería huir de tierra, alejarse
de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia podían burlarse. ¡A
la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los de la _Flor
de Mayo!_ ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los _parados_ para echar la
barca al agua.

Y la gente de á bordo, influída por la costumbre, obedeció al patrón. El
_tío Batiste_ fué el único en protestar con toda su autoridad de lobo
marino.

_¡Rediel!_ Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los ojos _el Retor?_
¿No veía acercarse el temporal?

_Mutis, agüelo_. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que está
acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.

Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en agua ó en viento, y si
ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los pescadores á
quienes pillase.

El patrón protestó con una rudeza extraña en él, que trataba siempre con
respeto al viejo... _¡Tío Batiste_, á casa! Sólo servía ya para
sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en su barca.

_¡Recontracordons!_... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho
á la Habana y naufragado dos veces! _¡Redeu!_ (y que le perdonase el
pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por
aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al
suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el
refrán: _Donde hay patrón no manda marinero_.

Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas,
cuando la proa de _Flor de Mayo_ tocaba ya el agua.

Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que _el
Retor_ tenía alquilada para formar pareja con la suya.

Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de
la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.

Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con
codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados
comentarios.

Aquel _lanudo_ se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su
negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los
bolsillos.

Esta suposición les irritaba, como si _el Retor_ fuese á apoderarse de
toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se
decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir
donde fuese otro. ¡Barcas al agua!

La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues
todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la
locura del _Retor_. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de
un momento á otro.

Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse
en tal aventura, y proferían maldiciones contra _el Retor_, un _lanudo_
que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.

La _siñá_ Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando
sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le
habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos
barcas ya estaban muy lejos.

--_¡Pascualet!_--gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos--.
_¡Fill meu!_... _Torna_... _torna_.

Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y
prorrumpía en gemidos y aclamaciones.

María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina
y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una
maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á
todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.

Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían
coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la
existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores
peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas,
tendiendo las grandes velas.

Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de
aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si
las atrajera el imán de la fatalidad.


X

Á las nueve navegaba la _Flor de Mayo_ á la vista de Sagunto, en el
espacio libre que el _tío Batiste_--con su afición á guiarse más por el
fondo del mar que por los accidentes de la costa--marcaba entre la _Roca
del Puig_ y el _Algar de Murviedro_.

Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.

Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como
puntos blancos las otras barcas emparejadas.

El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la
lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano.
Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos
estremecimientos.

La _Flor de Mayo_ y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas
desplegadas, arrastrando la red del _bòu_, que cada vez se hacía más
pesada y tirante.

_El Retor_ iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas
si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la
marcha de la barca.

Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir
de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido
al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar
á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.

La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas,
pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la
movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al
agua.

_El Retor_ no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban
con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese
una minuciosa comparación.

Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo
bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y
apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de
ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.

No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había
visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su
deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le
recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de
niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.

Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y
lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á
hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la
causaba el mal tiempo.

¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto
tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un
porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era
acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el
mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.

Odiaba ahora á su _Flor de Mayo_, la hija de madera, á la que hablaba
como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata
pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que
acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera
obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar
á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para
tragarla.

La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme
pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.

De la barca vieja que formaba pareja con _Flor de Mayo_, preguntaban si
era llegado el momento de _chorrar_.

_El Retor_ sonrió con amargura. Bueno, que _chorrasen_; lo mismo le
importaba ahora que después. La tripulación de _Flor de Mayo_ agarró el
cabo de la red que arrastraba la _pareja_ y comenzó á tirar con gran
esfuerzo.

Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal
tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el
pescado.

El _tío Batiste_, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las
olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje
plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.

Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero _el Retor_ tenía
fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una
casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus
rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.

--_Pascualo_... _Pascualo_--gritó el viejo pescador con voz algo
temblorosa--. _Ya está ahí_.

¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el
amanecer estaba esperando el _tío Batiste_.

La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió
con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo
el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.

Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con
hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.

La _Flor de Mayo_ tendióse de costado sobre el agua, como si una mano
poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la
cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las
olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.

Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un
instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la
tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.

El _tío Batiste_ y _el Retor_, arrastrándose por la cubierta, llegaron
hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.

Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se
enderezó con un golpe de mar.

La _Flor de Mayo_, con el timón abandonado, giraba como una peonza en
las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras
tumefacciones.

_El Retor_ corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con
dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había
contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida
por el huracán.

El patrón vió á la otra barca de la _pareja_ sin aparejo, con el mástil
roto, alejarse, presentando la popa.

Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y
huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba
enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto
se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de
los truenos que rasgaban continuamente el espacio.

Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la
maniobra y poner la proa hacia Valencia.

La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el
peso que parecía apresar á la barca, y la _Flor de Mayo_ obedeció con
más facilidad el timón.

_El Retor_ ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones.
¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con
prontitud.

La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía tocarse con las
manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corría con
vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el
mástil crujía lastimeramente.

Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les cogía de
lado uno de aquellos _còlls_ de mar rectos, que se desplomaban como
murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.

El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar el timón, examinaba
todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la
cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le
permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.

¡Ahora! Y la _Flor de Mayo_ giró rápidamente, cambió el rumbo entre dos
montañas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la
maniobra, un golpe de mar casi recto la entró por la popa, la puso
vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elevó hasta su
cima y la arrojó por la espalda, dejándola balanceante y trémula en un
espacio relativamente tranquilo.

Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo colosal, seguían
absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.

Viéronla inclinarse, formando como una bóveda sombría esmeralda sobre la
otra barca, que huía desmantelada; se desplomó estallando como una mina,
con hervor de espumas y nubes de agua que subían en columna. Cuando la
ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio libre á otras
tan arrolladoras y ruidosas, los de la _Flor de Mayo_ sólo vieron en los
bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cóncavo de
un tonel.

--_Requiescat in pace_--murmuró el _tío Batiste_ santiguándose y
hundiendo su barba en el pecho.

Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban
pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: _Amén_.

--_¡Pare! ¡pare!_...--gritaba con terror Pascualet, mirando al patrón y
señalando la proa de la barca.

Momentos antes de virar estaba allí el compañero de Pascualet, el otro
_gato_ de la barca. La ola monstruosa se lo había llevado sin que lo
notaran los tripulantes.

En la _Flor de Mayo_ dominaba el terror y el asombro de los primeros
momentos de peligro.

El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción;
rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los
rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus
entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los
truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el
eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una
rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como
si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.

_El Retor_ se sobrepuso pronto al terror de los suyos.

¿Qué era aquello, _recordons?_ ¿Pescadores del Cabañal y temblaban?
Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían
las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban
con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho:
«más valía ser comido de _carranchs_ que no que les cantasen _els
capellans_». ¡Ánimo, _recristo!_ Á atarse todo el mundo, que por el
momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los
golpes de mar.

El _tío Batiste_ y los dos marineros se amarraron al mástil por la
cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él,
viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto
al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda,
agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.

Reinaba un silencio fúnebre á bordo de _Flor de Mayo_. La furiosa
marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta,
sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las
olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les
cortaban cruelmente la dura epidermis.

Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la
quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía _el
Retor_ á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas
del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia
el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el
mar corriendo la borrasca.

El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que
despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del
Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque,
recordábalos ahora como vagas pesadillas.

¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los
que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía
haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la
escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la
muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo
que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la
tempestad?

Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su _pareja_ que habían
sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas
embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba
avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las
olas y lanzados en el peligro por obedecerle.

Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que
pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los
otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á
las que mantenían? ¿y aquel _tío Batiste_, el amigo de su padre, salvado
milagrosamente de tantos peligros?

No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un
criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi
tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que
las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de
mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que
él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le
envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa,
y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.

Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría
sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al
puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia
el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la
otra barca de la pareja.

Y _el Retor_ ponía toda su atención en el gobierno de la _Flor de Mayo_.
El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se
presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del
puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.

Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que
levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena
encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...

Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía
remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la
aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían
innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con
angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.

_El Retor_ temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna
barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.

En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al _tío
Batiste_.

Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?

El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara
de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le
embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La
entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su
larga vida no había visto otro Levante tan furioso.

Pero _el Retor_ se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el
puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.

El _tío Batiste_ movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco
podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca
resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de
ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía
intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor
allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido
muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.

Y el _tío Batiste_, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho
para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el
sudor, y que besaba con devoción.

Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para
beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros
increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el
peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se
traducía en impiedades.

_El Retor_ levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente;
el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí
no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la
entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.

Bien se adivinaba en la _Flor de Mayo_ la proximidad de la escollera. El
mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de
popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de
piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos
remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la
del gigantesco escollo formado por los hombres.

La _Flor de Mayo_, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida
construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota
lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el
vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.

Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de
pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando
valientemente.

El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban
cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante
corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto
ó perecer en la entrada.

Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la
escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su
griterío de terror.

_¡Recristo!_ Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi
sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante!
Y _el Retor_, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación
las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse
derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos.
Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se
inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el
costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.

¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora,
sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca,
barriéndola con una manotada feroz.

El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la
cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas
tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos
instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y
al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las
olas, iba de una parte á otra como un proyectil.

Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y
rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á
su paso.

Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como
un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban
amarrados el _tío Batiste_ y los dos marineros.

Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. _El
Retor_, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.

El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de
los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su
crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como
criminal que huye, hundiéndose en la espuma.

La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual
arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro
marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado
cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca,
las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.

El _tío Batiste_ clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto
aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres
honrados una prueba semejante?

Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el
pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al _Retor_ rogándole
que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible.
Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era
preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil
pedazos.

Pero _el Retor_ no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del
golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la
vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo
alarmante.

En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y
flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.

Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una
mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con
voz que parecía un balido:

--_¡Pare!_... _¡Pare!_

¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes,
meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese
pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.

La quebrantada _Flor de Mayo_ vióse de pronto como en el fondo de una
sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que
avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la
barca.

Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el
choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido
horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y
cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la
de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y
vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.

_El Retor_ aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el
cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del _tío Batiste_, mirando á lo
alto con expresión de asombro.

Ahora sí que podían darse por perdidos.

La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un
grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando _Flor de
Mayo_ reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.

Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos
pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la
lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que
escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.

Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado
á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los
parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto.
Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el
vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba
cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas
de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y
botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco,
deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la
escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que
parecía sudar la cólera de la tempestad.

En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los
espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada,
agarrándose á la _siñá_ Tona, que parecía próxima á la locura.

Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban
del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta
que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho,
hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios,
dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si
estuvieran allí junto á ellas.

La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el
mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose
alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á
cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con
expresión amenazante, la enorme mole de la _tía Picores_. Temblaba de
ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á
pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que
recordaba los apóstrofes del trágico inglés.

--_¡Sorra!_--gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar--. _¡Dòna
habíes de ser!_

Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando
como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas
por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando,
haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño
de barcas que se aproximaban en tropel.

¡Qué de maldiciones contra _el Retor!_

Aquel _lanudo_ tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á
tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la
mar!

Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la
indignación pública.

Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban
entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las
familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.

Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre
en la punta de la farola.

La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable.
Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la
muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz
que las empujaba sobre las piedras.

Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y
entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una
barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á
palo seco.

Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para
presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de
tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo
afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado
tarde.

Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca,
que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era
la _Flor de Mayo_.

La madre y la mujer del _Retor_ gritaban como locas. Querían arrojarse
al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban
entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.

La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las
muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.

Ya nadie maldecía al _Retor:_ todos se olvidaban de su temeridad
contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas
esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar,
evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.

La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer.
Cuando la _Flor de Mayo_ fué envuelta por las dos olas y reapareció sin
mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la
muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!

La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera
loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de
muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.

Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó
á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo
Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos
muchas caras amigas.

¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin
embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera.
Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos
barcos estaban enterrados.

Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar
frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada
desesperación.

No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras
pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse
en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era
el mejor nadador del Cabañal.

Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una
escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.

_El Retor_ le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra.
Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes
perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra,
que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora
conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que
nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar,
que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga,
haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y
otro mañana, los extermina de generación en generación.

Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la
proximidad de la muerte excitase su pensamiento.

Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una
exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su
hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la
_siñá_ Toná, que había quedado olvidado en la cala.

Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su
hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento
del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una
rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.

_El Retor_ lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la
barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba
todo.

Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del
puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y
despreciativamente, mirando á su hermano.

En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la
tempestad.

--_¡Pare!_... _¡Pare!_--repitió el niño con voz débil, agitándose en sus
ligaduras.

Entonces recordó _el Retor_ que el muchacho estaba allí; y sombrío,
silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de
un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.

--_¡Tú... el chaleco!_--ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.

Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus
brazos en el armazón de corcho.

¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque
fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo
sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por
las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... _púa_ que estaba
en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.

Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable
y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á
niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación.
¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del
engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser
padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!

Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez
no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia
era lo primero.

É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su
hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante
por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.

Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin
satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche
anterior.

Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y
como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo
cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.

Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa
como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.

Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.

La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la _Flor de
Mayo_ saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un
juguete de la tempestad.

Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el
vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.

Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el
drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo _el Retor_ arrojaba por la
popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba
aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.

Poco después sonó el último grito de angustia. _Flor de Mayo_ era cogida
de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la
quilla al aire, desapareciendo por fin.

Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona,
sujetándolas para que no se arrojasen al mar.

Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el
chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.

Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos
pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que
salvase al muchacho?

Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote
que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas,
en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á
costa de fuerza y destreza.

Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras,
arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el
marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil
cuerpecillo el murallón gigantesco.

¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera,
su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por
las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como
las extremidades de una tortuga.

La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos
se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se
arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando
fieramente á todas partes con sus ojos dorados.

Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.

--_¡Fill meu!_... _¡fill meu!_...

Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril,
conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda
conmiseración perdonaba á su rival.

Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la _tía Picores_, erguida y
soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las
faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.

Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda con marcado
desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al
Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de
tejados de la ciudad.

Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe. Y el puño
de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre á la ciudad,
mientras su boca vomitaba injurias.

¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban en la Pescadería!
¿Aun les parecía caro el pescado?... ¡Á duro debía costar la libra!

FIN

Valencia, 1895



CUENTOS VALENCIANOS



¡Cosas de hombres!...


Cuando Visentico, el hijo de la _siñá_ Serafina, volvió de Cuba, la
calle de Borrull púsose en conmoción.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,
agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar
estupendas historias con credulidad asombrosa.

--En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito...
lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta
_tierresita_.

Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y
decía tener olvidado el valenciano, á pesar de lo mucho que le _tiraba
la tierresita_. Había salido de allí con lengua, y volvía con un
merengue derretido, á través del cual las palabras tomaban el tono
empalagoso de una flauta melancólica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba á la
crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de
conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos
rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda
dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el
bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido
en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito
sólo comparable al _fru-fru_ de sus faldas de percal almidonadas en los
bajos hasta ser puro cartón.

La _siñá_ Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba _mamá_.
Ella era la encargada de hacer saber á las vecinas las onzas de oro que
Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya bastante
exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además se hablaba
con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba,
y en el cual el Estado se comprometía á dar tanto y cuanto... cuando
mudase de fortuna.

No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del
ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones,
trajese loca á Pepeta (a) _la buena mosa_, una vaca brava que por las
mañanas revendía fruta en el Mercado y con su falda acorazada, pañuelo
de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente,
pasaba la vida á la puerta de su casa, tan dispuesta á arañarse con la
primera vecina, como á conmover toda la calle con alguno de sus
escándalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más
íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del
barrio, y además, antes de que él se fuese á Cuba, ya se susurraba si
había algo entre ellos.

Lo que ya no le parecía tan claro á la gente es lo que diría el _Menut_,
un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la
carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las
orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en
distintas ocasiones había afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; sólo una caprichosa como ella podía haber
aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un
granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era
capaz de deshacer la cara de un solo revés.

Y ahora iba á ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos
sólo con ver al _Menut_, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el
día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de _Panchabruta_,
como frente á la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada
de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre
seca.

Ya no repartía carneros á los cortantes de la ciudad; olvidaba su
carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar
aquel algo que le faltaba, sólo sabía beberse _águilas_ en el cafetín, ó
ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada
más que con la lengua.

Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?... Ahora le
parecía imposible que hubiese querido á aquel bruto, sucio y borrachín.
¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy
gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un
ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que
era por lo mucho que le _tiraba la tierresita_.

Indignábase al ver que aquel granujilla forrado en la mugre de la carne
muerta aun tenía la pretensión de que continuase lo que sólo había sido
un capricho... una condescendencia compasiva... ¡arre allá! Cuando no
manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese á decirla: ¡flor de
guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su
presencia.

La buena moza fué inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la
calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fué el _Menut_.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba á las familias en
medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas
sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo
recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de
melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,
lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte á la buena
moza, y después desvanecíase por un escotillón, el cafetín donde el
_Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas á las rampantes
garras de las águilas amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por
escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón y ella
recibía honores de reina festejada. Á su lado, la madre, una vieja
insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros
soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la
pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas
destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores;
chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en
cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro
que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía
un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de
vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la
guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro desentonado y
estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de
aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo á cuerpo, y los antipáticos
perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el
silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en
tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo;
extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al
fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce
beatitud, escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los
acordeones.

Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar
los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la difusa luz de los
faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando _zigzags_
como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pañuelo de
hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión con
tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por
fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que,
para fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados
por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y
Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave,
estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida,
porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de
perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender que
una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta del cafetín, con la
garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de
cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del corro
de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.

¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le
quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le
faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había muerto y
tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al _Cubano_
se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y él un
mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les
arreglaría las cuentas... Á ver, tío _Panchabruta:_ otra águila de
petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel
que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la
puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del
cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban á coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y
mimosa, la del _Cubano_, que decía: _Vente conmigo_, con una intención
que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque _vente conmigo_,
¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba á arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín, sin llamar la atención de los bebedores,
acostumbrados á tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente á su sitio, á aquel corro
maldito que tantas noches había sido su tormento.

--_Tú, Cubano, escolta_.

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el
coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete?
¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba
estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

--Me paese... me paese que eso muchachillo se la va a cargar por torpe.

Y salió del corro, á pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No
llegaría la sangre al río. El _Menut_ era un chillón que no valía un
papel de fumar, y si se atrevía á hacer pinitos, ya le limpiaría los
mocos el otro. Vaya... á cantar. No debía turbarse la buena armonía por
un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos
con el rabillo del ojo á los dos que estaban plantados en el arroyo,
frente á frente.

Que la que aquí es prima donna reina en mi casa será... á... á

Pero al hacer una pausa, se oyó la voz del _Menut_, que decía lentamente
con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

--_Tú eres un morral... sí señor, un morral_.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo,
lanzando un quejido; pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era
tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el
cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando
sucias blasfemias.

Y el _Cubano_ de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa; en
aquel momento desvanecióse la melosidad antillana, y el lenguaje de la
niñez reapareció junto con la desgracia.

--_¡Ay mare mehua!... ¡Mare mehua!_

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,
agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la
navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban
los intestinos cortados, rezumando sangre é inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en
torno del caído; sonaban pitos á lo lejos; poblábanse instantáneamente
los balcones, y en uno de ellos la _siñá_ Serafina en camisa,
desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo,
daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de
su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de
varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo
llegar hasta el _Menut_, le escupía á la cara siempre los mismos
insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el
barrio: _¡Lladre!_... _¡Granuja!_

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y
desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho
teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan
tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al
sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que
plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa
encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de
municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su
paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á sus amigotes, que
asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban
qué había hecho.

--_Res; còses d'hòmens_.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la
cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la
prosopopeya de la estupidez satisfecha.



La apuesta del esparrelló


La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca
vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa
sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y
entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba á nuestras
espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía
bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase
la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de
un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de
sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en
el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo
rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La
estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que
era un mar lo que parecía inundación de tisana.

Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo límite se marcaba como
ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret
tiraba de los _bolichones_ ó se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban á
caer los _esparrellons_ como moscas.

Y eso que el _esparrelló_ era el bicho más ladino y malicioso que se
paseaba por el golfo.

¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba
el tal animalito, iba á contarme un cuento, que indudablemente sería un
sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á él su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenzó á
contarme el _sucedido_ con su seriedad de lobo de playa, en un
valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las
despobladas encías.

       *       *       *       *       *

También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba
el _bolichó_ traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia
la arena seca á los incautos peces, atraídos por la frescura del agua
dulce y sucia.

El _esparrelló_ del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo
que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave
disgusto de su familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las
mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los
sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, sólo se
le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si
quisiera decir:

--Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite
de la sartén.

Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que
conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El _esparrelló_ dejóse caer en la línea recta, y en una hondonada
abierta por las dragas en el fango, vió tumbado como un canónigo á un
_reig_ corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote
insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía
una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.

¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas
cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semiobscuridad
del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en
una alcoba con las cortinas corridas.

El _esparrelló_ quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero
sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse á costa
ajena, y se limitó á pasar y repasar por las jadeantes narices del
coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.

¡Pero bueno era el _reig_ para inquietarse por tales caricias! Á fuerza
de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco, moviendo su
poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro costado, y siguió bramando con
la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

--¡Animal!--le gritaba el pececillo junto á una agalla--, ¡animal,
despiértate!

--¿Eh?--exclamaba el _reig_ entre dos ronquidos con su bronca voz de
borracho.

--Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de
Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva prisioneros á los
nuestros.

--Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

--Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del _Toto_
explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el
_bolichó_ de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta
cuartos.

--¡Cincuenta demonios!--roncó con furia el _reig_, y dando un furioso
coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar,
mientras al ladino _esparrelló_ le temblaban todas las escamas con las
convulsiones de una risita aguda é insolente.

El _reig_ se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando
el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la
semiobscuridad.

--¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían
de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso,
ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos
pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado
guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese _Toto_ de quien hablas
cuántas veces de una _morrá_ le he roto el bolichón de cuerdas. Si
repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes
que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan
ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á
morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me
han de caer las escamas de puro viejo.

--Lo mismo soy yo--dijo con petulancia el pececillo--; los míos se han
dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran
cosa el ser pequeño.

--Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más
fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón
todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres
coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al
_esparrelló_, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan
villanas caricias.

--Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no
está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en
cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me
alcanza.

--¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!

Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el _reig_ se
revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como
ronquidos, hacían hervir el agua.

--¡Calla, condenado, que el _Toto_ debe andar por arriba!

La advertencia devolvió al _reig_ su seriedad, pero le cargaba que aquel
bicho insignificante sacara á colación á cada momento el nombre del
pescador, y quiso vengarse.

--¿Que tú corres más?--dijo con su expresión de jaque testarudo--: eso
pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al cabo de
San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás
comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré
siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?

¡Pobre _esparrelló!_ Le temblaban todas las escamas al verse metido en
porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento ó de
allí á unas horas, optó por lo último.

--Conforme, grandullón--contestó con risita forzada--; cuando quieras
empezaremos.

--Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos
que salen á tomar el fresco el _reig_ y el _esparrelló_ llegaron al
sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda
líquida.

El gigante dió unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el
agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

--Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir,
porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto
como crees.

--Menos palabras, y al avío.

--¿Va ya, chiquillo?

--Cuando quieras.

--Pues ¡va!

¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel _reig_ era una tempestad. Al
primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un
estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los
morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había
naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una
carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su
vientre.

Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo
á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido
y un hervor que conmovía todo el golfo.

¿Y el _esparrelló?_ ¡Pobrecito! quiso seguir á su corpulento enemigo;
pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida
por cada coletazo del _reig_ le hacía perder camino, y á los pocos
minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó
hasta la cabeza del _reig_, y fijándose en las grandes agallas que se
abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución
y se coló por una de ellas.

No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble velocidad y acostadito en
aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

--¡Je! ¡je! ¡je!--reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por
la ventana de su guarida.

Y el _reig_ daba un salto, murmurando:

--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos,
corramos.

Y cada carcajada del _esparrelló_ era como un espuelazo para el
pescadote.

¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y
en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos,
mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían
misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían
escapadas huyendo del brutal azote.

Después de los algares las colinas sumergidas, aquellos peñascales en
cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y
diáfanos como sombras.

¡Qué espantosa revolución llevaba el _reig_ á estos tranquilos lugares!

Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de
matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que
tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras,
como si quisieran gritar con angustia:

--Atención, que llega ese loco.

Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al ver aproximarse el
torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas,
cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos
apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus
haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se
envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las
piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud;
las lapas agarrábanse á la roca con más fuerza que nunca; los
langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal
de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas,
esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y
en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido
animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de
carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y
colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del _reig_ bastó para arrancarle dos patas á una langosta,
y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba á ser su
procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas, para pedir
justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún
putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote,
gritando:

--¡Á ese, á ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita
risa del _esparrelló_ la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal
corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron á marcarse las
masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas
cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban á
depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante _reig_, que no podía ya con su alma, llegó junto á las rocas
y dijo con angustioso ronquido:

--Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

--Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se
pavoneaba ante el hocico del cansado _reig_, como si hubiera llegado
mucho antes.

El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un
trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero
encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con
expresión reflexiva.

--Bueno--roncó por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es
palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.

       *       *       *       *       *

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos
maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía
_intrínguilis_.

¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el
listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la
acometividad. Que vale más ser _esparrelló_ pequeño y malicioso, que
_reig_ enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo
todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla
para salir á tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me
ruboricé, murmurando para adentro:

--Este tío me conoce.



Noche de bodas


I

Fué aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.

No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un
arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la
cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura;
por esto pocos fueron los que dejaron de asistir á la primera misa que
cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la _siñá_ Pascuala y
el tío Nèlo, conocido por el _Bollo_.

Desde la plaza inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmósfera
luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas
brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por
la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un trozo de negro cielo,
en el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos
luminosos de los cirios.

¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora
de Valencia de la que los _Bollos_ eran arrendatarios, la cual había
costeado la carrera del chico.

En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen
cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos,
y al humo de la cera uníase el perfume de las flores, que formaban
macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de
las lámparas en apretados manojos.

Era antigua la amistad entre la familia de los _Bollos_ y la _siñá_ Tona
y su hija, famosas floristas que tenían su puesto en el mercado de
Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen pasado á
cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar
dignamente la primera misa del hijo de la _siñá_ Pascuala.

Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse
allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba
entre dos enormes pirámides de rosas y los santos y ángeles del altar
mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de
pétalos y hojas que, á la luz de los cirios, mostraban todas las notas
de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo, hasta el suave
tono del nácar.

Aquella muchedumbre que estrujándose olía á lana burda y sudor de
salud, sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas
las dos horas de ceremonia.

Acostumbrados los más de ellos á recoger como oro los nauseabundos
residuos de la ciudad, á revolver á cada instante en sus campos los
estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato
estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas
emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, á
las que se unía el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse
con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les
causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave
melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con
acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor
gloria del hijo del _Bollo_.

La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un
palacio encantado que fuese suyo. Así, entre músicas, flores é incienso,
debía estarse en el cielo, aunque un poco más ancho y sudando menos.

Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que
estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas
vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas y á
quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los
suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer
concebir incesantemente á sus cansadas entrañas.

Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores; otros, habían
jugado con él á las chapas, y todos le habían visto ir á Valencia á
recoger estiércol con el capazo á la espalda, ó arañar con la azada esos
pequeños campos de nuestra vega que dan el sustento á toda una familia.

Por esto su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su
parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar,
en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la
invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas
nervudas y vellosas, más acostumbradas á manejar la azada que á tocar
con delicadeza los servicios del altar.

También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada con expresión de
ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo,
entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía
conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del
sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con
aquel acto entraba á formar parte de la milicia de la Iglesia.

Sí; era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño,
entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes; escala
accesible á todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de
mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso,
y todo lo debía á sus protectores, á aquella buena señora obesa y
sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y á
su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario,
había de llamar siempre el señorito.

Los peldaños del altar mayor, que le elevaban algunos palmos sobre la
muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que
había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde
origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde,
aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de
inmenso cariño á todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas
por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el tío _Bollo_ y la _siñá_
Pascuala, que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y
aquella Toneta, la florista, su compañera de infancia, excelente
muchacha que erguía con asombro la soberbia cabeza de beldad riffeña,
como si no pudiera acostumbrarse á la idea de que Visantet, aquel mozo
al que trataba como un hermano, se había convertido en grave sacerdote
con derecho á conocer sus pecadillos y á absolverla.

Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por la emoción, por la
felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía
la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus
compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su
robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la
debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.

Como si se moviera en las nieblas de un sueño, realizó todas las partes
que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le
asombraba, verificó aquella consumación en la que tantas veces había
pensado emocionado, y después del _té-déum_, cayó desvanecido en la
poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por aquella antigua
casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que
tantas veces había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus
ambiciones.

Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le
volvieron á la realidad.

La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepción final, y
toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor, queriendo ver de
cerca al nuevo cura.

La vida de superioridad y respetos comenzaba para él. La señora, á la
que había servido tantas veces, besábale las manos con devoción y le
llamaba don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus
místicas bodas con la Iglesia.

El nuevo cura, á pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de
orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.

Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las pobres zarpas del tío
_Bollo_, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura vió
inundadas en lágrimas, contraídas por conmovedora mueca, las cabezas
arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres, que le contemplaban con
la expresión del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna
ante ella creyéndola de origen superior.

Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundían la
dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas
unidas agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.

El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el grupo conmovedor, y el
cura quedó separado de los suyos, entregado por completo al público, que
se empujaba por alcanzar las sagradas manos.

Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos
sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en los labios
agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.

Ahora si que, agobiado por la presión de aquella multitud que se
apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba á
desmayarse de veras el nuevo cura.

Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba
atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de frescura,
difundiéndose por el torrente de su sangre.

Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su
epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en él con forzada
gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la
compañera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.

Junto á ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta
terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compañero de
la niñez, _Chimo el Moreno_, el gañán más bueno y más bruto de todo
Benimaclet, protegiendo á la arrodillada muchacha con la gallardía
celosa de un sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes, que
parecían decir: «¡Á ver quién es el guapo que se atreve á empujarla!»


II

La comida dió que hablar en el pueblo.

Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse
la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus
arrendatarios.

Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa
interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el mundo, fuera
del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba
estaba en que al día siguiente saldría en letras de molde en los
papeles de Valencia.

En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las
blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la
ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre
sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de
la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona y los
amigos de la familia junto con lo más _distinguido_ del pueblo,
labradores acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la
_paella_, hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo
perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religión.

Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y
sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de
mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el
alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de
satisfacción á la bendita señora.

El único que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su
gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginación huía desbocada
por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.

La vista de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde
había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la
época en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba á recorrer los
caminos, capazo á la espalda, siguiendo á los carros para arrojarse
ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las
bestias.

Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar
horas enteras para que la pobre madre se decidiera á engañarle el hambre
nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.

La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba
al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.

Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la _siñá_ Tona, aquel hermoso
campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores como si
fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un
chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras,
y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia
todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por
doña Ramona, que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza
de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria
rural.

Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente
todo su pasado.

¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas veces le había
fortalecido en los momentos de desaliento!

En invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.

Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y
clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con
algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el
pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los
textos latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible
joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la _siñá_ Tona,
aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el
mismo momento que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca,
recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos
enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad
de sus pétalos.

Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia
Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas
del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía
encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del sol.

¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las obscuras
acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas,
que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de
brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con
nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la
parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los
caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de
ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres
agachados, que á cada movimiento hacían brillar en el espacio el
culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con
cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente
y maternal _¡bòn día!_ á la linda pareja que formaban la florista
garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento
parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que
iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.

El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre
seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía ánimos para
sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su
robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas
explicaciones en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.

Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su
madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las ciencias
eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á
ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de
Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los
albañiles, que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía,
Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el
mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos
ramos y á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.

Tras estos agradables recuerdos, que constituían toda su juventud, venía
la separación lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones habían
efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no impunemente
sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.

En la última parte de su carrera, comenzó á sentir con vehemencia el
fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba á formar parte de
una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las
llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la
Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la
influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era
ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto curato de misa y olla;
pero le satisfacía que el hijo de unos miserables perteneciese con el
tiempo á una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones se entregó
de lleno á la vocación que iba á sacarle del subsuelo social.

Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet
funciones de sacristán, y llegó á ser hombre sin sentir apenas el
despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.

Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le
causaban horror, teniéndolas como tentaciones del _Malo_. La mujer era
para él un mal, necesario é imprescindible para el sostenimiento del
mundo; _la bestia impúdica_ de que hablaban los Santos Padres.

La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba ante ella poseído de
repugnancia y sordo malestar, y sólo se sentía tranquilo y confiado en
presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la
luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su
contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible
cariño, y también participaba de éste aquella otra criatura terrenal y
grosera á la que él consideraba como hermana.

No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una
hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su
infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel
momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía
que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con
expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada
y su pañuelo de pájaros y flores convertíase en cerúleo manto, lo mismo
que en la otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que
ha producido idioma alguno...

Pero sintió á sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce
somnolencia.

Era la _siñá_ Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento
venía á hablar con el cura.

La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su
amiga. Como buena cristiana, sabía el respeto que se debe á un
representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet
siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no
podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad?
Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había
llevado de pañales á la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba á
hacerle tales pamplinas á un chico á quien consideraba como hijo? Aparte
de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si
no vivieran el tío _Bollo_ y la _siñá_ Tomasa, Toneta y ella eran
capaces de irse con él como amas de llaves: pero ¡ay, hijo mío! no iba
el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por _Chimo
el Moreno_, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir,
mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si
era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre,
el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de
unos pantalones, y como el _Moreno_ servía para el caso (siempre
mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se
casara.

Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su
aprobación.

Bueno; pues á _eso_ se había acercado ella... ¿Á qué? Á decirle que
Toneta quería que fuese él quien la casase. Teniendo un capellán casi en
la familia, ¿para qué ir á buscarlo fuera de casa?

El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los
casaría.


III

El día en que se casó Toneta, fué de los peores para el nuevo adjunto de
la parroquia de Benimaclet.

Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojóse en la
sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le
aquejase oculta dolencia.

El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en
Julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo
interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por
las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha y con su ambiente de
hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.

Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le
trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado á
todas las fatigas del campo!

Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido á celebrar la boda
de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se
ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.

Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo
malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo;
experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo
que era suyo.

Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi á sus pies aquella
linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan
hermosa á Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los
ojos cada vez que miraba al _Moreno_, que estaba soberbio con su traje
nuevo y su _ringlot_ azul de larga esclavina.

Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez á Toneta. La
hermana ideal que en su imaginación casi se confundía con la figura azul
que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.

Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca
siempre sonriente, y que miraba á Toneta como esas imágenes de lindo
rostro que bajo las vestiduras de oro sólo guardan los tres puntales que
sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que
había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible
enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la
carne, arma poderosa del _Malo_ con que abate las más fuertes virtudes.

Odiaba al _Moreno_, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho, pero
no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna
compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que
estaba arrepentido de haber realizado la boda.

Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se
ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia
que se revolvía en forma de murmuración.

Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión de amor
que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto molestaba
menos al cura.

Se iría á casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la
boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva
nupcial que estaba esperándole, pues la _siñá_ Tona se oponía á que se
hiciera nada sin la presencia de su Visantet.

Y por más que resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del
que tantos recuerdos guardaba; y entre las faldas rameadas y coloridas
como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos
tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el
suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con
lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de
vida, fuesen los de un viejo achacoso.

Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes, que
le parecían crueles burlas! La _siñá_ Tona, en su alegría de madre,
enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del
matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel _estudi_ era el dormitorio de
los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su colcha de
azulada blancura y complicados arabescos, que á Toneta le habían costado
todo un invierno de trabajo.

Bien estarían allí los novios. Qué blancura, ¿eh? Y la inocente vieja
creía hacer una gracia obligando al cura á que tocase los mullidos
colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de
aquella habitación, que á la noche había de convertirse en caliente
nido.

Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que
resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del _Moreno_ que no
se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre
lo que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres
chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban _¡pòrc!_ y
_¡animal!_ y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y
redondos brazos, se aproximaba á él rozando su sotana con la epidermis
fina y caliente, preguntándole qué pensaba de su casamiento y
acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecían
registrarle hasta las entrañas.

¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto que
hablara; aquella mujer se atrevía á tratarle con un descuido que no
osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban; no era un
hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le
miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su
vista.

Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en
que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran
sacerdote, miraba con envidia á aquellos muchachotes cerriles con
alpargatas y en mangas de camisa.

Hubiera querido ser temido, como ellos, á los que no osaban aproximarse
mucho las mujeres por miedo á audaces pellizcos, y sobre todo no
inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos
resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.

Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los
novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante,
que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza
de la impunidad se revolvía libremente y sin cuidado á empujar, ó se
inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía en
su cálido aliento. Y después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad,
creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya legítimo;
corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda
barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las
manos bajo la mesa, mientras miraba á lo alto con la expresión inocente
del que no ha roto un plato en su vida.

Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de
sangre caldeaban su rostro; parecíale que el viento seco y ardoroso que
inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato
dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel
ambiente de pasión carnívora y brutal.

No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática
estupidez, y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía
labriega cuidaba de tener siempre lleno.

Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de
despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez
ligera, algo semejante á la discreta alegría de sus meriendas de
seminarista, cuando á los postres él y sus compañeros, con la más
absoluta confianza en el porvenir, soñaban en ser papas ó en eclipsar á
Bossuet; pero lo que llegó para él fué una jaqueca insufrible, que
doblaba su cabeza como si sobre ella gravitase enorme mole y que le
perforaba la frente con un tornillo sin fin.

Don Vicente estaba enfermo.

La misma _siñá_ Tona, reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que
se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista
turbia y zumbándole los oídos, se encaminó á su casa, seguido de su
alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.

No era nada; podía tranquilizarse. El maldito poniente y la agitación
del día. No necesitaba más que dormir.

Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el
pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin
quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los
brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose
inmediatamente los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la
lobreguez más absoluta.


IV

Poblóse la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles
chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que caía y caía,
como sí aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta
que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de
pies á cabeza; y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal
como se había arrojado en ella.

Lo primero que el cura pensó fué que había pasado mucho tiempo.

Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano,
moteado por la inquieta luz de las estrellas.

Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que
al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»

Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con
dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había
llegado hasta allí.

De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la obscura vega, fué
recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y
con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de
que le rindiera el sueño.

¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que
debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la
palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus feligreses.
Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron
á tal abuso.

Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus
sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba
contra la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué
vergüenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa
atmósfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente
tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin embargo, á caer en
los más repugnantes pecados. No; él resistiría á las seducciones del
_Malo_; acallaría el espíritu tentador que para mortificante prueba se
había rebelado dentro de él; afortunadamente, la torpe embriaguez con su
sueño le había devuelto la calma.

Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto
había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á emprender la
tarea diaria.

Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita,
veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas marcaba sus
masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era
absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada,
y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los
tostados campos.

Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que aspiraba con delicia
el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del
aire puro de los campos.

Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que
tantas veces había visto á la luz del sol. Esta distracción infantil
parecía volverle á los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos
tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la
alquería de la _siñá_ Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de
fortaleza y de lucha!

Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y
la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne,
sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus
mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.

Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aun
estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y
ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo
misterio acababa de revelársele.

Y en aquel momento, ¡oh _Malo_ tentador! el infeliz, mirando la obscura
vega, veía, no la blanca é indecisa alquería, sino el _estudi_ envuelto
en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado
la _siñá_ Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad
y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con
la irresistible fuerza de lo prohibido.

La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las tibias suavidades, los
dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la
agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo
animado por el espíritu de la rebelión, la virilidad, que se vengaba de
tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus
oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese á
estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.

Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en
San Antonio tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos
ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos
repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por parte alguna: lo
único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación, era la
cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.

Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que
había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las
iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta parásita en
un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el
eterno frío de aquella cama de célibe.

De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que
le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que
la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le
excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega
habitación.

No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo
sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios
ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su
desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía,
y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser
producíale agudos dolores.

¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un
chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al
sentir la glacial caricia en su abrasada piel.

Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría inmersión. Un
sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era
momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba
pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al
día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el
ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el
porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula
que trabajaba incesantemente y que con sólo la voluntad había de anular,
vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige
todos sus actos por el amor, parecíale el mayor de los sacrificios.

La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado.
Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces
de fondo desconocido.

Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda
sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo
misterio que acababa de revelársele y que el deber le obligaba á ignorar
eternamente.

Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora
que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que
continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de vida!

Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las
gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la
fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la roca
inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que
le devoraba las entrañas.

Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal
sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre como
inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en
este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al
desaliento, é inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los
ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por
aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.

Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.

Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de
luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas
iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las
estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería en alquería,
y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban
las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.

¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora Toneta, recogiéndose el
cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que
solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el
ventanillo de su _estudi_ para que la aurora purificase el ambiente de
pasión y voluptuosidad.

El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente
contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas
en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se
había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.

Abajo, en la cocina, encontró á su madre que preparaba el desayuno, y la
pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el
cura le lanzó al pasar.

Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una
espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura,
igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.

Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.

¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía
todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser
considerado como un ser superior.

Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción,
era para los infelices, para los que luchaban por la vida.

El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la
frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido
porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en
aquella blanda cama del _estudi_ nupcial, viendo cómo Toneta, al aire
sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa,
se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la
noche de bodas.

Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la
iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa primera.



Guapeza valenciana


I

Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del _Cubano_. La flor
de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por
sus propios méritos; todos cuantos vivían á estilo de caballero andante
por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las
timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban á
tiros ó cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de
secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo
á sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos
burgueses que van á sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta,
mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos
de la vecindad que asomaban curiosos á la puerta, señalando con el dedo
á los más conocidos.

La baraja estaba completa. ¡Vive Dios!, que era un verdadero
acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente,
á todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos
noches andaban á tiros por Pescadores ó la calle de las Barcas, para
provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de
Socorro y no menos fatiga de los policías, que echaban á correr á los
primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de
vivir á costa de un valor más ó menos reconocido.

Allí estaban todos. Los cinco hermanos _Bandullos_, una dinastía que al
mamar llevaba ya cuchillo, que se educó degollando reses en el Matadero
y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y
el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí _Pepet_, un valentón
rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido
extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente á los
terribles _Bandullos_, que le molestaban con sus exigencias y continuos
tributos; y en torno de estas eminencias de la profesión, hasta una
docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida
penando por no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de
vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse
tres pesetas, lobos que no habían hecho aun más que morder á algún
señorito enclenque ó asustar á los municipales, maestros de cuchillo que
poseían golpes secretos é irresistibles, á pesar de lo cual habían
perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.

Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la
noche los vendedores de _La Correspondencia_ á falta de _¡el crimen de
hoy!_

Iban todos á comerse una _paella_ en el camino de Burjasot, para
solemnizar dignamente las paces entre los _Bandullos_ y Pepet.

Los hombres, cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.

¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir
batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los
listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia expuestos
á ir á presidio.

Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para
nada con la timba que tenían los _Bandullos_ y éstos le dejarían con
mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras. Y en
cuanto á quiénes eran los valientes, si los unos ó el otro, eso quedaba
en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban
rectos al bulto; la prueba estaba en que después de un mes de buscarse,
de emprenderse á tiros ó cuchillo en mano, entre sustos de los
transeuntes, corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más
ligero rasguño.

Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.

Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.

Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos
conmovíanse en el cafetín del _Cubano_ al ver cómo los _Bandullos_
mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con
cierto aire monacal, distinguían á Pepet y le ofrecían copas y cigarros;
finezas á las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán
ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse
con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo á
ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le causaba
satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes
culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil
alegría.

El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor
de los _Bandullos:_ un chiquillo fisgón é insultadorcillo que abusaba
del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el
capote á los municipales ó patear el farolillo de algún sereno siempre
que se emborrachaba, hazañas que obligaban á sus poderosos hermanos á
echar mano de las influencias, pidiendo á este y al otro que tapasen
tales tonterías á cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

Él era el único que se había opuesto á las paces con Pepet, y no
mostraba ahora, en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus
hermanos. Pero ya se encargarían éstos de meter en cintura aquel bicho
ruin, que no valía una bofetada y quería perder á los hombres de mérito.

Salieron todos del cafetín formando grupo, por el centro del arroyo, con
aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con
sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las
esquinas.

¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo
les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo á cada instante,
con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se
llevaban las manos á las sienes, atusándose los bucles y torciendo el
morro con compasivo desprecio á todo cuanto les rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían
como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con
pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los
pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias
musculosas ó míseros armazones de piel y huesos en que los nervios
suplían á la robustez.

Los había que empuñaban escandalosos garrotes ó barras de hierro
forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si
quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos
endebles ó no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban
sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del
quince, más segura que el revólver.

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito,
para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando á los
policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron
á la alquería del camino de Burjasot, donde la _paella_ burbujeaba ya
sobre los sarmientos, faltando sólo que la echasen el arroz.

Cuando se sentaron á comer estaban medio borrachos, mas no por esto
perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.


II

Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á luz el fondo de la
sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo
abrían en la masa de arroz, el meloso _socarraet_, el bocado más
exquisito de la _paella_.

De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe,
estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran
interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro
contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el
líquido.

Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se
reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y
lanzando poderosos regüeldos.

Salían á conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por
voluntad ó por fuerza; el tío _Tripa_, que había muerto hecho un santo
después de una vida de trueno; los _Donsainers_, huídos á Buenos Aires
por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun
mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor
cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones
que se echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.

¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto
ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero. Aquéllos eran
valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos
de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta de
valor para pegarse un tiro.

Esto lo decía el _Bandullo_ pequeño, aquel trastuelo, que se había
propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y á quien sus hermanos
lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más
comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.

Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y
parecía haber ido á la _paella_ por el sólo gusto de insultar á Pepet.

Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar
largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de
acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía
latir las venas de su frente.

Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen
corazón, sino estómago hambriento; _ruqueròls_ que olían todavía al
estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á estorbar á las
personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no
pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era
mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.

Por fortuna, estaban presentes los _Bandullos_ mayores, gente sesuda que
no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban á
Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían
al oído, excusando la embriaguez del pequeño:

--_No fases cas: está bufat._

¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se crecía ante
el silencio é insultaba sin miedo alguno.

Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos
embusteros. Valientes de _mata mòrta_ como los melones malos. Él conocía
un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor:
mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le
hacía corrococos á María la _Borriquera_, la cordobesa que cantaba
flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy
bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para
hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba
cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.

Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos
mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso
corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y
extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.

Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:

--_Aixó es mentira... ¡Mocós!_

Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto á los ojos,
separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la mano con
los vidrios rotos.

Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro
lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus
silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un
verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos
como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido
metálico.

La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los
_Bandullos_ cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el
morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían á
emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet, todos, absolutamente todos los
convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de
la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.

Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los
otros empezaran.

¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había
insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.

Al fin el reñir es de hombres.

Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se
sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las arreglen los
hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros
por la superioridad del número, colocáronse ante los _Bandullos_
mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente.
Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin
ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á frente los dos
enemigos, á la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por
entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las
telarañas que envolvían las uvas.

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubriéndose
el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de
la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de
Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia
atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo
del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún
carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus
campos.

Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana
curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.

El bicho maldito no se aquietaba y seguía insultando. ¡Á ver! Que se
atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la _tanda_ al suelo.

¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia
del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa,
encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una
catapulta.

De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño
_Bandullo_, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un
costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el
aire.

Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al costado, á la desgarrada
faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante á
un aplauso.

¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.

Los _Bandullos_ lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y
hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como
dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando
para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la
familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun no se había
acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y
mala intención.

El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre
la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que aguardaba cerca
de la alquería desde que trajo por la mañana todo el _arreglo_ de la
_paella_.

¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están
en desgracia.

Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de
dolor.

Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo
lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño como si fuese
un hijo.

El ribereño había crecido desmesuradamente á los ojos de todos aquellos
emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia, por la polvorienta
carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle consejos.

Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor
el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía á quien le
hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus
hermanos para enseñarle la obligación.

Á quien debía mirar de lejos era á los _Bandullos_ que quedaban sanos.
Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no
podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no
lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la
familia.

Pero al valentón ribereño aun le duraba la excitación de la lucha y
sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había
venido á Valencia para pegarles á los _Bandullos_; donde estaba él no
quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que fuesen saliendo
los otros y á todos los arreglaría.

Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y
meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que
intentara acompañarle.

Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos.
Conque... ¡largo y hasta la vista!

¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de
relatar en cafetines y timbas la caída de los _Bandullos_, añadiendo con
aire de importancia que habían presenciado la terrible _gabinetá_ de
aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.

Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los
_Bandullos_. No había más que verle á las once de la noche marchando por
la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la _Borriquera_.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le
había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y
después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.

Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le
dominaba después de haber _hecho_ sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los
_Bandullos_, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la
primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el
valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba
su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes
de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y
más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por
parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los _Bandullos_ la
protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo,
al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

--_Ben mòrt está._

Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del
muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver,
esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la
cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y
vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba
sangre.

Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.


III

El entierro fué una manifestación.

Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á terminar tan pronto
como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el
ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los
matones de segunda fila y los aspirantes á la clase: morralla del
Mercado y del Matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus
ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en los billares ó timbas
de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las
orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en el gran golpe que
se perdía la guardia civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente que
lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en
los entierros.

¿Era así como se mataba á los hombres? ¡Cobardes!... _¡morrals!_... ¡y
después querían los _Bandullos_ pasar por bravos! Santo y bueno que le
hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara á cara, pues á esto
están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con
pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote.
¡Morir á manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía
imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se
sublevara contra los _Bandullos_. ¿Y lo de cortarle la oreja?
_Ambusteros_, más que _ambusteros_. Eso está bien que se haga con uno á
quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo;
pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivo
para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que
muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los
_Bandullos_ camparían como únicos amos, y las personas decentes, que
eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y
poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la
Ribera que se había propuesto acabar con los _Bandullos_!...

Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que
no habían estrenado la _tea_ que llevaban cruzada sobre los riñones; los
que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían
por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con sólo un gesto,
lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos
terrones que caían sobre el ataúd.

¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró el sol, se lo habían
de comer la tierra y los gusanos?... _¡Retapones!_ aquello partía el
corazón.

La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de
costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí
quedaba quien se acordaba de él.

Sonó un _glu-glu_ de líquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los
compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto,
vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que parecía
sudar la corrupción de la vida.

Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad
del valor malogrado tiró de las _teas_ y uno por uno fueron trazando en
el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que
mascullaban terribles palabras mirando á lo alto, como si por el aire
fueran á llegar volando los odiados _Bandullos_.

Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas...
si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte á las personas
decentes. ¡Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el
cementerio, los _Bandullos_ entraban en el Hospital, graves, estirados,
solemnes, como diplomáticos en importante misión.

El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido
como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al
preguntar con mudo gesto á sus hermanos.

Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.

Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la
familia. El que atacase á los _Bandullos_ tenía pena de la vida.
Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda
bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.

Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón
asqueroso, cubierto de negros coágulos.

El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos
enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en
las llagadas entrañas al incorporarse.

--_¡La orella!... ¡La orella d'eixe lladre!_

Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dió al
asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender
hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la
oreja de Pepet para que no la devorase.



INDICE


                           Págs.

Flor de Mayo (novela)         3

CUENTOS VALENCIANOS

¡Cosas de hombres!          249

La apuesta del «esparrelló» 261

Noche de bodas              273

Guapeza valenciana          303

       *       *       *       *       *

errores corrigidos por el transcriptor:

admiracion=> admiración {pg 153}

emjambre de moscas=> enjambre de moscas {pg 28}

las guesas capas de algas=> las gruesas capas de algas {pg 47}

iban prolongado los obsequios=> iban prolongando los obsequios {pg 139}

sobre un oreja=> sobre un oreja {pg 149}

hermoso traje=> hermoso traje {pg 150}

las evidiosas á Roseta=> las envidiosas á Roseta {pg 164}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Flor de mayo" ***

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