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Title: Sonata de primavera - memorias del marqués de Bradomín
Author: Valle-Inclán, Ramón del, 1866-1936
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Sonata de primavera - memorias del marqués de Bradomín" ***

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                    COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON

              PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA, EDITORES.--MADRID



                              OPERA OMNIA

                                 SONATA
                                   DE
                               PRIMAVERA

                              MEMORIAS DEL
                                MARQVES
                              DE BRADOMIN

                                 VOL V



                          SONATA DE PRIMAVERA

                          MEMORIAS DEL MARQVES

                              DE BRADOMIN

                              LAS PVBLICA

                       DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

                              OPERA OMNIA

                                 VOL V



                              DEDICATORIA


_NO hace todavía tres años vivía yo escribiendo novelas
por entregas, que firmaba orgulloso, no sé si por desdén si por
despecho. Me complacía dolorosamente la oscuridad de mi nombre y el
olvido en que todos me tenían. Hubiera querido entonces que los libros
estuviesen escritos en letra lombarda, como las antiguas ejecutorias, y
que sólo algunos iniciados pudiesen leerlas. Esta quimera ha sido para
mí como un talismán. Ella me ha guardado de las competencias mezquinas,
y por ella no he sentido las crueldades de una vida toda de dolor. Solo,
altivo y pobre he llegado á la literatura sin enviar mis libros á esos
que llaman críticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde á
diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte. De
alguien, sin embargo, he recibido protección tan generosa y noble,
que sin ella nunca hubiera escrito las MEMORIAS DEL MARQUÉS DE
BRADOMÍN. Tal protección, única en mi vida, fué de un gran literato
y de un gran corazón: He nombrado á Don José Ortega Munilla.

Hoy quiero ofrecerle este libro con aquel ingenuo y amoroso respeto que,
cuando yo era niño, ofrecían los pastores de los casales amigos el más
blanco de sus corderos en la casa de mi padre.

V.-I.

Real Sitio de Aranjuez.--Mayo de 1904._



                                 SONETO



           SONETO AUTUMNAL PARA EL SEÑOR MARQUÉS DE BRADOMÍN


                        MARQVÉS (COMO EL DIVINO
                          LO ERES) TE SALUDO!

    _Es el Otoño y vengo de un Versalles doliente,
    Hacía mucho frío y erraba vulgar gente,
    El chorro de agua de Verlaine, estaba mudo.
    Me quedé pensativo ante un mármol desnudo,
    Cuando vi una paloma que cruzó de repente,
    Y por caso de cerebración inconsciente,
    Pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo.
    Versalles melancólico, una paloma, un lindo
    Mármol, un vulgo errante municipal y espeso,
    Anteriores lecturas de tus sutiles prosas,
    La reciente impresión de tus triunfos... Prescindo
    De más detalles, para explicarte por eso
    Como autumnal te envío este ramo de rosas._

                                    RUBÉN DARÍO

[imagen: MI SANGRE SE DERRAMA POR LA CAZA QUE CAZO].

[imagen: MEMORIAS DEL MARQVÉS DE BRADOMÍN]


_NOTA_

_Estas páginas son un fragmento de las «Memorias Amables», que ya muy
viejo empezó á escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don
Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!..._

_Era feo, católico y sentimental._



                    MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

ANOCHECÍA cuando la silla de posta traspuso la Puerta
Salaria y comenzamos á cruzar la campiña llena de misterio y de rumores
lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus
acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de
los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada:
Las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre
y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares.
Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer
sobre ellos su sombra venerable.

La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados
de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin quedéme dormido, y
no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se
desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud
y el frío de la noche, comencé á oir el canto de madrugueros gallos, y
el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A
lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes
de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.

Entramos por la Puerta Lorencina. La silla de posta caminaba lentamente,
y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burlón, casi sacrílego, en
las calles desiertas donde crecía la yerba. Tres viejas, que parecían
tres sombras, esperaban acurrucadas á la puerta de una iglesia todavía
cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban á la misa de alba. La
silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos,
una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos
revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una
hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dejó vislumbrar una
Madona: Sostenía al Niño en el regazo, y el Niño, riente y desnudo,
tendía los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la
madre le mostraban en alto, como en un juego cándido y celeste. La
silla de posta se detuvo. Estábamos á las puertas del Colegio Clementino.

Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio
Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas.
Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se le llamaba noble
archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo desde hacía muchos años
un ilustre prelado: Monseñor Estefano Gaetani, obispo de Betulia, de la
familia de los Príncipes Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas
virtudes y de ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su
Santidad había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus
guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la
línea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo
de Bibiena, que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta
Simoneta la Corticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del
Caballero de Sentgal.

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DOS BEDELES con sotana y birreta paseábanse en el
claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron á mi
encuentro:

--¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia!

Me detuve, mirándoles alternativamente:

--¿Qué ocurre?

Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó:

--Nuestro sabio rector...

Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó:

--¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia!... Nuestro amantísimo padre,
nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte. Ayer sufrió un
accidente hallándose en casa de su hermana...

Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, rectificó á su
vez:

--La Señora Princesa Gaetani. Una dama española que estuvo casada con el
hermano mayor de Su Ilustrísima. El Príncipe Filipo Gaetani. Aún no hace
el año que falleció en una cacería. ¡Otra gran desgracia, Excelencia!

Yo interrumpí un poco impaciente:

--¿Monseñor ha sido trasladado al Colegio?

--No lo ha consentido la Señora Princesa. Ya os digo que está en trance
de muerte.

Inclinéme con solemne pesadumbre:

--¡Acatemos la voluntad de Dios!

Los dos bedeles se santiguaron devotamente. Allá en el fondo del
claustro resonaba un campanilleo argentino, grave, litúrgico. Era
el viático para Monseñor, y los bedeles se quitaron las birretas.
Poco después, bajo los arcos, comenzaron á desfilar los colegiales:
Humanistas y teólogos, doctores y bachilleres formaban larga procesión.
Salían por un arco divididos en dos hileras, y rezaban con sordo rumor.
Sus manos cruzadas sobre el pecho, oprimían las birretas, mientras las
flotantes becas barrían las losas. Yo hinqué una rodilla en tierra y
los miré pasar. Bachilleres y doctores también me miraban. Mi manto de
guardia noble pregonaba quién era yo, y ellos lo comentaban en voz baja.
Cuando pasaron todos, me levanté y seguí detrás.

La campanilla del viático ya resonaba en el confín de la calle. De
tiempo en tiempo algún viejo devoto salía de su casa con un farol
encendido, y haciendo la señal de la cruz se incorporaba al cortejo.
Nos detuvimos en una plaza solitaria, frente á un palacio que tenía
todas las ventanas iluminadas. Lentamente el cortejo penetró en el ancho
zaguán. Bajo la bóveda, el rumor de los rezos se hizo más grave, y el
argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces
apagadas y contritas.

Subimos la señorial escalera. Hallábanse francas todas las puertas,
y viejos criados con hachas de cera nos guiaron á través de los
salones desiertos. La cámara donde agoniza Monseñor Estefano Gaetani
estaba sumida en religiosa oscuridad. El noble prelado yacía sobre un
lecho antiguo con dosel de seda. Tenía cerrados los ojos: Su cabeza
desaparecía en el hoyo de las almohadas, y su corvo perfil de patricio
romano destacábase en la penumbra, inmóvil, blanco, sepulcral, como el
perfil de las estatuas yacentes. En el fondo de la estancia, donde había
un altar, rezaban arrodilladas la Princesa y sus cinco hijas.

La Princesa Gaetani era una dama todavía hermosa, blanca y rubia: Tenía
la boca muy roja, las manos como de nieve, dorados los ojos y dorado
el cabello. Al verme clavó en mí una larga mirada y sonrió con amable
tristeza. Yo me incliné y volví á contemplarla. Aquella Princesa Gaetani
me recordaba el retrato de María de Médicis, pintado cuando sus bodas
con el Rey de Francia, por Pedro Pablo Rubens.

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MONSEÑOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre
las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el viático se acercó á
su lecho: Recibida la comunión, su cabeza volvió á caer desfallecida,
mientras sus labios balbuceaban una oración latina, fervorosos y torpes.
El cortejo comenzó á retirarse en silencio: Yo también salí de la
alcoba. Al cruzar la antecámara, acercóse á mí un familiar de Monseñor:

--¿Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?...

--Así es: Soy el Marqués de Bradomín.

--La Princesa acaba de decírmelo...

--¿La Princesa me conoce?

--Ha conocido á vuestros padres.

--¿Cuándo podré ofrecerle mis respetos?

--La Princesa desea hablaros ahora mismo.

Nos apartamos para seguir la plática en el hueco de una ventana. Cuando
desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré
instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi á la Princesa que
salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de
encajes. Me acerqué y le besé la mano. Ella murmuró débilmente:

--¡En qué triste ocasión vuelvo á verte, hijo mío!

La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de
recuerdos lejanos que tenían esa vaguedad risueña y feliz de los
recuerdos infantiles. La Princesa continuó:

--¿Qué sabes de tu madre? De niño te parecías mucho á ella, ahora no...
¡Cuántas veces te tuve en mi regazo! ¿No te acuerdas de mí?

Yo murmuré indeciso:

--Me acuerdo de la voz...

Y callé evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba
sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adiviné
quién era. Á mi vez sonreí: Ella entonces me dijo:

--¿Ya te acuerdas?

--Sí...

--¿Quién soy?

Volví á besar su mano, y luego respondí:

--La hija del Marqués de Agar...

Sonrió tristemente recordando su juventud, y me presentó á sus hijas:

--María del Rosario, María del Carmen, María del Pilar, María de la
Soledad, María de las Nieves... Las cinco son Marías.

Con una sola y profunda reverencia las salude á todas. La mayor, María
del Rosario, era una mujer de veinte años, y la más pequeña, María de
las Nieves, una niña de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles.
María del Rosario era pálida, con los ojos negros, llenos de luz
ardiente y lánguida. Las otras, en todo semejantes á su madre, tenían
dorados los ojos y el cabello. La Princesa tomó asiento en un ancho
sofá de damasco carmesí, y empezó á hablarme en voz baja. Sus hijas se
retiraron en silencio, despidiéndose de mí con una sonrisa, que era á la
vez tímida y amable. María del Rosario salió la última. Creo que además
de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos años, que
no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todavía es que viéndola alejarse,
sentí que una nube de vaga tristeza me cubría el alma. La Princesa
se quedó un momento con la mirada fija en la puerta por donde habían
desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y
devota, me dijo:

--¡Ya las conoces!

Yo me incliné:

--¡Son tan bellas como su madre!

--Son muy buenas y eso vale más.

Yo guardé silencio, porque siempre he creído que la bondad de las
mujeres es todavía más efímera que su hermosura. Aquella pobre señora
creía lo contrario, y continuó:

--María Rosario entrará en un convento dentro de pocos días. ¡Dios la
haga llegar á ser otra Beata Francisca Gaetani!

Yo murmuré con solemnidad:

--¡Es una separación tan cruel como la muerte!

La Princesa me interrumpió vivamente:

--Sin duda que es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber
que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser
querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguiría
feliz... ¡Desgraciadamente no son todas como María Rosario!

Calló, suspirando con la mirada abstraída, y en el fondo dorado de sus
ojos yo creí ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío. En aquel
momento, uno de los familiares que velaban á Monseñor Gaetani asomóse
á la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de
turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dignó interrogarle,
suspirando entre desdeñosa y afable:

--¿Qué ocurre, Don Antonino?

Don Antonino sonrió con beatitud:

--Ocurre, Excelencia, que Monseñor desea hablar al enviado de Su
Santidad.

--¿Sabe que está aquí?

--Lo sabe, sí, Excelencia. Le ha visto cuando recibió la Santa Unción.
Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseñor no ha perdido el
conocimiento un solo instante.

Á todo esto yo me había puesto en pie. La Princesa me alargó su mano,
que todavía en aquel trance supe besar con más galantería que respeto, y
entré en la cámara donde agonizaba Monseñor.

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EL NOBLE prelado fijó en mí los ojos moribundos y quiso
bendecirme, pero su mano cayó desfallecida á lo largo del cuerpo, al
mismo tiempo que una lágrima le resbalaba lenta y angustiosa por la
mejilla. En el silencio de la cámara, sólo el resuello de su respiración
se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo:

--Señor Capitán, quiero que llevéis el testimonio de mi gratitud al
Santo Padre...

Calló, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos
y azulencos, parecían agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de
nuevo los ojos, continuó:

--Mis horas están contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquías,
todo cuanto ambicioné durante mi vida, en este momento se esparce
como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Señor no me
abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas...
Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina
interiormente con las claridades divinas de la Gracia...

Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerró los ojos.
Uno de los familiares acercóse y le enjugó la frente sudorosa con un
pañuelo de fina batista. Después, dirigiéndose á mí, murmuró en voz baja:

--Señor Capitán, procurad que no hable.

Yo asentí con un gesto. Monseñor abrió los ojos, y nos miró á los dos.
Un murmullo apagado salió de sus labios: Me incliné para oirle, pero
no pude entender lo que decía. El familiar me apartó suavemente, y
doblándose á su vez sobre el pecho del moribundo, pronunció con amable
imperio:

--¡Ahora es preciso que descanse Su Ilustrísima! No habléis...

El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvió á pasarle el
pañuelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clérigo
italiano, me indicaban que no debía continuar allí. Como ello era
también mi deseo, le hice una cortesía y me alejé. El familiar ocupo
un sillón que había cercano á la cabecera, y recogiendo suavemente los
hábitos, se dispuso á meditar, ó acaso á dormir, pero en aquel momento
advirtió Monseñor que yo me retiraba, y alzándose con supremo esfuerzo,
me llamó:

--¡No te vayas, hijo mío! Quiero que lleves mi confesión al Santo Padre.

Esperó á que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cándido
altar que había en un extremo de la cámara, comenzó:

--¡Dios mío, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la
vergüenza que me causa confesarla!

Los ojos del prelado estaban llenos de lágrimas. Era afanosa y ronca
su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes
inclinábanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y
parecían de antemano edificados por aquella confesión que intentaba
hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodillé. El
prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que
había en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lágrimas corrían
hilo á hilo. Al cabo de un momento, comenzó:

--Nació mi culpa cuando recibí las primeras cartas donde mi amigo,
Monseñor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo
tenía Su Santidad. ¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán
frágil el barro de que somos hechos! Creí que mi estirpe de Príncipes
valía más que la ciencia y que la virtud de otros varones: Nació en mi
alma el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos, y pensé que
algún día seríame dado regir á la Cristiandad. Pontífices y Santos
hubo en mi casa, y juzgué que podía ser como ellos. ¡De esta suerte nos
ciega Satanás! Sentíame viejo y esperé que la muerte allanase mi camino.
Dios Nuestro Señor no quiso que llegase á vestir la sagrada púrpura, y,
sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo temí
que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos temían de Su
Santidad... ¡Dios mío, he profanado tu altar rogándote que reservases
aquella vida preciosa porque, segada en más lejanos días, pudiera serme
propicia su muerte! ¡Dios mío, cegado por el Demonio, hasta hoy no he
tenido conciencia de mi culpa! ¡Señor, tú que lees en el fondo de las
almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme tu
Gracia!

Calló, y un largo estremecimiento de agonía recorrió su cuerpo. Había
hablado con apagada voz, impregnada de apacible y sereno desconsuelo. La
huella de sus ojeras se difundió por la mejilla, y sus ojos, cada vez
más hundidos en las cuencas, se nublaron con una sombra de muerte. Luego
quedó estirado, rígido, indiferente, la cabeza torcida, entreabierta
la boca por la respiración, el pecho agitado. Todos permanecimos de
rodillas, irresolutos, sin osar llamarle ni movernos, por no turbar
aquel reposo que nos causaba horror. Allá abajo exhalaba su perpetuo
sollozo la fuente que había en medio de la plaza, y se oían las voces
de unas niñas que jugaban á la rueda: Cantaban una antigua letra de
cadencia lánguida y nostálgica. Un rayo de sol, abrileño y matinal,
brillaba en los vasos sagrados del altar, y los familiares rezaban en
voz baja, edificados por aquellos devotos escrúpulos que torturaban el
alma cándida del prelado... Yo, pecador de mí, empezaba á dormirme, que
había corrido toda la noche en silla de posta, y cansa cuando es larga
una jornada.


AL SALIR de la cámara donde agonizaba Monseñor Gaetani,
halléme con un viejo mayordomo que me esperaba en la puerta.

--Excelencia, mí Señora la Princesa, me envía para que os muestre
vuestras habitaciones.

Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante, no sé
decir qué vago aroma primaveral traía á mi alma el recuerdo de las cinco
hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de vivir en el Palacio
Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para negarme:

--Decid á vuestra Señora la Princesa Gaetani, que me hospedo en el
Colegio Clementino.

El mayordomo pareció consternado:

--Excelencia, creedme que la causáis una gran contrariedad. En fin, si
os negáis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaréis esperar algunos
momentos. Está terminando de oír misa.

Yo hice un gesto de resignación:

--No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este Palacio, con sus
cinco doncellas encantadas, á los graves teólogos del Colegio Clementino.

El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio.
Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones,
terminó indicándome el camino, acompañando la acción tan sólo con una
sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitón
eclesiástico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de
plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer
ruido, y á cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de
misterio:

--Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida...

Y después de algunos pasos:

--Yo tengo ofrecida una novena á la Santa Madona.

Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina:

--No estaba obligado á menos. Monseñor me había prometido llevarme á
Roma.

Y volviendo á continuar la marcha:

--¡No lo quiso Dios!... ¡No lo quiso Dios!...

De esta suerte atravesamos la antecámara, y un salón casi oscuro y
una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo, palpándose las
faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada:

--¡Válgame Dios!... He perdido mis llaves...

Todavía continuó registrándose: Al cabo dió con ellas, abrió y apartóse
dejándome paso:

--La Señora Princesa desea que dispongáis del salón, de la biblioteca y
de esta cámara.

Yo entré. Aquella estancia me pareció en todo semejante á la cámara
en que agonizaba Monseñor Gaetani. También era honda y silenciosa, con
antiguos cortinajes de damasco carmesí. Arrojé sobre un sillón mi manto
de guardia noble, y me volví mirando los cuadros que colgaban de los
muros. Eran antiguos lienzos de la escuela florentina, que representaban
escenas bíblicas:--Moisés salvado de las aguas, Susana y los ancianos,
Judith con la cabeza de Holofernes.--Para que pudiese verlos mejor, el
mayordomo corrió de un lado al otro levantando todos los cortinajes de
las ventanas. Después me dejó contemplarlos en silencio: Andaba detrás
de mí como una sombra, sin dejar caer de los labios la sonrisa, una
vaga sonrisa doctoral. Cuando juzgó que los había mirado á todo sabor y
talante, acercóse en la punta de los pies y dejó oír su voz cascada,
más amable y misteriosa que nunca:

--¿Qué os parece? Son todos de la misma mano... ¡Y qué mano!...

Yo le interrumpí:

--¿Sin duda, Andrea del Sarto?

El Señor Polonio adquirió un continente grave, casi solemne:

--Atribuídos á Rafael.

Me volví á dirigirles una nueva ojeada, y el Señor Polonio continuó:

--Reparad que tan sólo digo atribuídos. En mi humilde parecer valen más
que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino!

--¿Quién es el Divino?

El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado:

--¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino Leonardo
de Vinci!...

Y guardó silencio, contemplándome con verdadera lástima. Yo apenas
disimulé una sonrisa burlona: el Señor Polonio aparentó no verla, y,
sagaz como un cardenal romano, comenzó á adularme:

--Hasta hoy no había dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia,
acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de
Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una
vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La
Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la
creo del marido de doña Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya
sabéis que era cosa frecuente entre maestros y discípulos.

Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Señor Polonio, al terminar
su oración, me hizo una profunda reverencia, y corrió con los brazos en
alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cámara quedó
en una media luz, propicia para el sueño. El Señor Polonio se despidió
en voz baja, como si estuviese en una capilla, y salió sin ruido,
cerrando tras sí la puerta... Era tanta mi fatiga, que dormí hasta la
caída de la tarde. Me desperté soñando con María Rosario.

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LA BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una
terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario
voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces
eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que
el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de
mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia
gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un
laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de
rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas
velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la
playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles,
con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco
canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín
antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la
sombra de los rosáceos laureles.

Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre
el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido
suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á
fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en
lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión,
que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en
sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos
pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como
triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba,
y juntaron las manos llenas de rosas.

Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían
encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco
hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre
la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los
rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como
místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes
borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil
murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se
inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco
hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por
los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un
mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los
rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba
armónica bajo la sombra de los clásicos laureles.

Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces
encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz
de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la
tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto
francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas
de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta,
poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos
grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de
marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las
damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en
pie:

--Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio
Clementino.

Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral
amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que
realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven,
pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz
aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo
presentó con un gesto lleno de languidez sentimental:

--Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo!

Yo me incliné:

--Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas
cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega...

El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable:

--No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la
entendían los antiguos: Amor á la sabiduría.

Después, volviendo á sentarse, continuó:

--¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como
impensada!...

Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos
vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y
con la misma voz:

--¿No hay esperanzas?

La Princesa suspiró:

--No las hay... Solamente un milagro:

De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas
de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda.
Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas
inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba
lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y
bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios
de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en
medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció
mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se
puso en pie:

--Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han
cerrado ya las puertas?

La Princesa repuso temblando:

--No las han cerrado.

Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron:

--¡Algún insolente!

Cambiaron entre ellas una mirada tímida, como para infundirse ánimo,
y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvían á
sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una ráfaga pasó por
el salón y apagó algunas luces. La Princesa lanzó un grito. Todos la
rodeamos: Ella nos miraba con los labios trémulos y los ojos asustados:
Insinuó una voz:

--Cuando murió el Príncipe Filipo, ocurrió esto... ¡Y él lo contaba de
su padre!

En aquel momento el Señor Polonio apareció en la puerta del salón, y
en ella se detuvo. La Princesa incorporóse en el sofá, y se enjugó los
ojos: Después, con noble entereza, le interrogó:

--¿Ha muerto?

El mayordomo inclinó la frente:

--¡Ya goza de Dios!

Una onda de gemidos se levantó en el estrado. Las damas rodearon á la
Princesa, y el Colegial Mayor se santiguó.

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MARÍA ROSARIO, con los ojos arrasados de lágrimas
guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la veía en el otro
extremo del salón, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que
sostenía abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus
labios se movían débilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las
pestañas, y yo sentía que en el fondo de mi alma aquel rostro pálido
temblaba con el encanto misterioso y poético que tiembla en el fondo de
un lago, el rostro de la luna. María Rosario cerró el cofre, y dejando
en él la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos á
la más niña de sus hermanas que lloraba asustada. Después se inclinó,
besándola. Yo veía cómo la infantil y rubia guedeja de María Nieves
desbordaba sobre el brazo de María Rosario, y hallaba en aquel grupo la
gracia cándida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos
de la Virgen. La niña murmuró:

--¡Tengo sueño!...

--¿Quieres que llame á tu doncella para que te acueste?

--Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy
despacio, y cuando estoy sola tengo miedo.

María Rosario alzóse con la niña en brazos, y como una sombra silenciosa
y pálida atravesó el salón. Yo acudí presuroso á levantar el cortinaje
de la puerta. María Rosario pasó con los ojos bajos, sin mirarme: La
niña, en cambio, volvió hacia mí sus claras pupilas llenas de lágrimas,
y me dijo con una voz muy tenue:

--Buenas noches, Marqués, hasta mañana.

--Adiós, preciosa.

Y con el alma herida por el desdén que María Rosario me mostrara, volví
al estrado, donde la Princesa seguía con el pañuelo sobre los ojos. Las
ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvían
aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las niñas, que
también suspiraban, pero con menos dolor que su madre:

--Hijas mías, debéis hacer que se acueste.

--Hay que disponer los lutos.

--¿Dónde ha ido María Rosario?

El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable:
Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras.
La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia
teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada
rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos
ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía
silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera
vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y
acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que
hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos
blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos
rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento
que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á
mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:

--Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad.

Yo me incliné:

--Tenéis razón, Monseñor.

Y él repuso con extremada cortesía:

--Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia,
Marqués!

--¡Muy grande, Monseñor!

Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que
fingíamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvió al
lado de la Princesa, y yo salí del salón para escribir al Cardenal
Camarlengo, que lo era entonces Monseñor Sassoferrato.

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MARÍA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando
el cadáver de Monseñor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la
biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y
pasó sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sentí
en las sienes el frío de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de
pie. Quedó abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente
había trazado la cruz, y dirigí mis pasos hacia la cámara mortuoria. El
olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los
largos corredores, y en la antecámara paseaban dos familiares, que me
saludaron con una inclinación de cabeza. Sólo se oía el rumor de sus
pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba.

Yo llegué hasta la puerta y me detuve: Monseñor Gaetani yacía rígido
en su lecho, amortajado con hábito franciscano: En las manos yertas
sostenía una cruz de plata, y sobre su rostro marfileño la llama de los
cirios, tan pronto ponía un resplandor como una sombra. Allá en el fondo
de la estancia rezaba María Rosario: Yo permanecí un momento mirándola:
Ella levantó los ojos, se santiguó tres veces, besó la cruz de sus
dedos, y poniéndose en pie vino hacia la puerta:

--¿Marqués, queda mi madre en el salón?

--Allí la dejé...

--Es preciso que descanse, porque ya lleva así dos noches... ¡Adiós,
Marqués!

--¿No queréis que os acompañe?

Ella se volvió:

--Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su
miedo...

Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el
silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la
puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme
estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró
con vivo enojo:

--¿Qué hacéis?

--¡Que os adoro! ¡Que os adoro!

Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí.

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y
exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella.

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

Ella suspiró con angustia:

--¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme!

Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor. Sin
aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo todavía
murmuré á su oído:

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré detrás
atusándome el mostacho. María Rosario se detuvo bajo la lámpara y me
miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego quedó pálida,
pálida como la muerte. Vacilando se acercó á sus hermanas, y tomó
asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla:
Apenas respondía. Se hablaban en voz baja con tímida mesura, y en los
momentos de silencio oíase el péndulo de un reloj. Poco á poco había ido
menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los
cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la
Princesa consintió en retirarse á descansar, pero sus hijas continuaron
en el salón, velando hasta el día, acompañadas por las dos señoras, que
contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas
y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distraído, y desde el fondo
de un sillón, oculto en la sombra, contemplaba á María Rosario: Parecía
sumida en un ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía
anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos
inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla,
yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo
como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego
sagrado y aromaban como gomas de Arabia. ¡Han pasado muchos años, y
todavía el recuerdo me hace suspirar!

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YA CERCA del amanecer me retiré á la biblioteca. Era
forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas
horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se
despertaban tocando á muerto, y prestes y arciprestes encomendaban á
Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.

En mi carta, dile á Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy
extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con
las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el pliego, para
que sin pérdida de momento, un correo lo llevase á Roma. Hecho esto,
me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedían
las misas desde antes de rayar el sol. Primero habían celebrado los
familiares que velaran el cadáver de Monseñor Gaetani, después los
capellanes de la casa, y luego algún obeso colegial mayor que llegaba
apresurado y jadeante. La Princesa había mandado franquear las puertas
del Palacio, y á lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo
del pueblo que entraba á visitar el cadáver. Los criados vigilaban en
las antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo y su
roquete blanco, metiéndose á empujones por entre los devotos.

Al entrar en el oratorio mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario,
y cercano á ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendición me
adelanté á saludarla. Ella me respondió temblando: También mi corazón
temblaba, pero los ojos de María Rosario no podían verlo. Yo hubiérale
rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero temí que desoyese mi
ruego. Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la
tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por
aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente
María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos
bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de
la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con
galante apresuramiento me adelanté á tomarla: María Rosario tocó apenas
mis dedos, y haciendo la señal de la cruz, salió del oratorio. Salí
detrás, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor,
hablando con el mayordomo. Al parecer le daba órdenes en voz baja:
Volvió la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeció vivamente. El
mayordomo exclamó:

--¡Aquí está el Señor Marqués!

Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó:

--Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de
mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?...

María Rosario le interrumpió con enojo:

--Callad, Polonio.

El melifluo mayordomo pareció consternado:

--¿Qué hice yo para merecer?...

--Os digo que calléis.

--Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio
del Señor Marqués...

María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y
de lágrimas, volvió á interrumpir:

--Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones.

--¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo?

María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró:

--¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués.

Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio
del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:

--Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La
más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque
son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir
á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué
injustamente!

Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces:

--¿Es la mejor de sus hermanas?

--Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los
ángeles...

Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes
que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el
relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la
Leyenda Dorada.

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LLEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo
partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la
histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los
clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la
gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros
el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo
sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á
dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio
perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y
disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó
poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:

--Sin duda no conocéis nuestra ciudad.

--No, Monseñor.

--Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me
ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas!

--Gracias, Monseñor.

Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave
cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es
polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el
féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las
campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y
rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda
de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder
pagano.

Atravesamos casi toda la ciudad. Monseñor había dispuesto que se diese
tierra á su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde hacía
más de cuatro siglos tenían enterramiento los Príncipes Gaetani. Una
tradición piadosa, dice que el Santo de Asís fundó el Convento de
Ligura, y que vivió allí algún tiempo. Todavía florece en el huerto,
el viejo rosal que se cubría de rosas en todas las ocasiones que
visitaba aquella fundación, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles
de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrándose con cirios,
esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los
novicios, pálidos, ingenuos, demacrados: Después los profesos, sombríos,
torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las
sandalias los cirios lloraban gota á gota su cera amarilla.

Dijéronse muchas misas, cantóse un largo entierro, y el ataúd bajó al
sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cayó la losa encima,
y un colegial me buscó con deferencia cortesana, para llevarme á la
sacristía. Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia
iba quedando en soledad y en silencio. En la sacristía saludé á muchos
sabios y venerables teólogos que me edificaron con sus pláticas. Luego
vino el Prior, un anciano de blanca barba, que había vivido largos años
en los Santos Lugares. Me saludó con dulzura evangélica, y haciéndome
sentar á su lado comenzó á preguntarme por la salud de Su Santidad. Los
graves teólogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy
poco lo que podía decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una
leyenda piadosa y milagrera: ¡Su Santidad recobrando la lozanía juvenil
por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe,
me preguntó:

--¿De qué Santo era, hijo mío?

--De un Santo de mi familia.

Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo,
pasó por las luengas barbas, que salían del misterio de las capuchas, y
en aquel momento yo sentí el deseo de arrodillarme y besar la mano del
Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados podía hacer la cruz: Ego
Te Absolvo.

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CUANDO volví al Palacio hallé á María Rosario en la
puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos
que alargaban las manos escuálidas bajo los rotos mantos. María Rosario
era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de
príncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos
delicadas curaban á los leprosos. El alma de aquella niña encendíase con
el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le decía:

--¿Cómo está tu marido, Liberata?

--¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo!

Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja
salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la
miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra
mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de
un manto:

--¿Es tuyo ese niño, Paula?

--No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la
pobre, éste es el más pequeño.

--¿Y tú lo has recogido?

--¡La madre me lo recomendó al morir!

--¿Y qué es de los otros dos?

--Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da
mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo.

María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los
ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo:

--Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio.

--¡Gracias, mi señorina!

Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y
tristes de aquellos mendigos:

--¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo!

María Rosario continuó:

--Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo.

--Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina.

Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su
pobreza, se adelantó gravemente:

--Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido
Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene
recogido.

Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante,
retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con
una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y
resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida
corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos.
Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión
de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces
en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó
en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos
milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.

María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de
la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento.
Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía
entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil,
su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas
de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia
el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario
hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese
la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban
la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba
recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus
castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén.

En la vieja ciudad hablábase de ella como de una santa lejana, una
santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus días se deslizaban
como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el
cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas
desiertas y melancólicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla
en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el paño de tisú
florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y
después del día, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos,
por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Niño
Jesús, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada
de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra
del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las
puertas, á la entrada de las grandes salas. María Rosario fué el único
amor de mi vida. Han pasado muchos años, y al recordarla ahora todavía
se llenan de lágrimas mis ojos áridos, ya casi ciegos.

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QUEDABA todavía el olor de la cera en el Palacio. La
Princesa tendida en el canapé de su tocador, se dolía de la jaqueca.
Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en
tiempo, entraba ó salía sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran
silencio, la Princesa incorporóse lánguidamente, volviendo hacia mí el
rostro todavía hermoso, que parecía más blanco bajo una toca de negro
encaje:

--¿Xavier, tú cuándo tienes que volver á Roma?

Yo me estremecí:

--Mañana, señora.

Y miré á María Rosario, que bajó la cabeza y se puso encendida como una
rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoyó la frente en la mano, una
mano evocación de aquellas que en los retratos antiguos sostienen á
veces una flor, y á veces un pañolito de encaje: En tan bella actitud
suspiró largamente, y volvió á interrogarme:

--¿Por qué mañana?

--Porque ha terminado mi misión, señora.

--¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras?

--Necesitaría un permiso.

--Pues yo escribiré hoy mismo á Roma.

Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me
contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía
entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su
madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba:

--María Rosario.

--Señora.

--Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré
la carta.

María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que
era como un aroma:

--¿Queréis que escriba ahora?

--Como te parezca, hija.

María Rosario se puso en pie.

--¿Y qué debo decirle á Monseñor?

--Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que
esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún
tiempo al Marqués de Bradomín.

María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y
aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja:

--¡Me quedo, porque os adoro!

Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que
me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia:

--¿Cuándo toma el velo María Rosario?

--No está designado el día.

--La muerte de Monseñor Gaetani, acaso lo retardará.

--¿Por qué?

--Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos.

--No soy egoísta. Comprendo que mi hija será feliz en el convento, mucho
más feliz que á mi lado, y me resigno.

--¿Es muy antigua la vocación de María Rosario?

--Desde niña.

--¿Y no ha tenido veleidades?

--¡Jamás!

Yo me atusé el bigote con la mano un poco trémula.

--Es una vocación de Santa.

--Sí, de Santa... Te advierto que no sería la primera en nuestra
familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un
Príncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y
después de cuatrocientos años está como si acabase de expirar: Parece
dormida. ¿Tú no bajaste á la cripta?

--No, señora.

--Pues es preciso que bajes un día.

Quedamos en silencio. La Princesa volvió á suspirar llevándose las manos
á la frente: Sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban
en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica
forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus
negros vestidos de duelo. Empezaba á decaer la tarde, y la Princesa
mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.

--¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!

Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la
ventana, una ligera brisa entró en la estancia: Era alegre, perfumada y
gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron
los rizos de aquellas cabezas juveniles, que allá en el fondo de la
estancia me miraban y me sonreían. ¡Rizos rubios, dorados, luminosos,
cabezas adorables, cuántas veces os he visto en mis sueños pecadores más
bellas que esas aladas cabezas angélicas que solían ver en sus sueños
celestiales los santos ermitaños!

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LA PRINCESA se acostó al comienzo de la noche, poco
después del rosario. En el salón, medio apagado, hablaban en voz baja
las viejas damas que desde hacía veinte años acudían regularmente
á la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba á sentirse el calor,
y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardín.
Dos hijas de la Princesa, María Socorro y María Pilar, hacían los
honores: La conversación era lánguida, de una languidez apocada y
beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral,
las señoras se levantaron, y María Socorro y María Pilar salieron
acompañándolas. Yo quedé solo en el vasto salón, y no sabiendo qué
hacer, bajé al jardín.

Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las
ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un
instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentíase pasar por el
jardín un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz
de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la
quietud del jardín parecía mayor que la quietud del cielo. A lo lejos,
el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas
olas fosforecían al pasar tumbando los delfines, y una vela latina
cruzaba el horizonte bajo la luna pálida.

Yo recorría un sendero orillado por floridos rosales: Las luciérnagas
brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el más leve
soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo sentía
esa vaga y romántica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles,
con la leyenda de los grandes y trágicos dolores que se visten á la
usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazón como aquellas que
no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidiría de mi suerte.
Con extremos verterianos soñaba superar á todos los amantes que en el
mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron á la historia, y aún
asomaron más de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo.
Desgraciadamente, quedéme sin superarlos, porque tales romanticismos
nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores
de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y
que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida!

De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de
la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardín, retumbó con
majestad sonora. Volví al salón, donde ya estaban apagadas las luces. En
los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y allá, en
el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino
son daba también las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme á
la oscuridad, y poco á poco mis ojos columbraron la forma incierta de
las cosas. Una mujer hallábase sentada en el sofá del estrado. Yo sólo
distinguía sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise
acercarme, y vi cómo sin ruido se ponía en pie y cómo sin ruido se
alejaba y desaparecía. Hubiérala creído un fantasma engaño de mis ojos,
si al dejar de verla no llegase hasta mí un sollozo. Al pie del sofá
estaba caído un pañuelo perfumado de rosas y húmedo de llanto. Lo besé
con afán. No dudaba que aquel fantasma había sido María Rosario.

Pasé la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueño. Vi rayar el
alba en las ventanas de mi alcoba, y sólo entonces, en medio del alegre
voltear de un esquilón que tocaba á misa, me dormí. Al despertarme, ya
muy entrado el día, supe con profundo reconocimiento cuánto por la
salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble señora
estaba muy afligida porque yo había perdido el Oficio Divino.

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AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos señoras de los
cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa
se incorporó saludándolas con amable y desfallecida voz:

--¿Dónde habéis estado?

--¡Hemos corrido toda Ligura!

--¡Vosotras!

Ante el asombro de la Princesa, las dos señoras se miraron sonriendo:

--Cuéntale tú, Antonina.

--Cuéntale tú, Lorencina.

Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un
sermón en la Catedral: Habían pasado por el Convento de las Carmelitas
para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado
al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió:

--¿Y cómo sigue la Madre Superiora?

--Todavía no baja al locutorio.

--¿A quién habéis visto?

--A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No
sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito
de María Rosario: Iba á mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido
ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega.

La Princesa suspiró:

--¡Yo no sabía que estuviese ciega!

--Ciega no, pero ve muy poco.

--Pues no tiene años para eso...

La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la
frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la
escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo
saludaba con una profunda reverencia:

--¿Da su permiso mi Señora la Princesa?

--Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?

--Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la
Señorina.

--¿Y ella lo sabe?

--Probándoselo queda.

Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda,
bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja,
juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo,
en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli.
La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán
despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos
balbuciendo:

--Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las
procesiones de Semana Santa.

La Princesa replicó con desdeñosa altivez:

--Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.

El mayordomo pareció consternado:

--¡Líbreme el Cielo, Señora!

--¿Pues entonces?...

--Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que
tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la
Princesa.

--¿Y por qué causa?

--Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.

--Nada tiene que ver con la religión, Polonio.

Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó:

--Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi
obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que
mi Señora se digne verlo...

El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió
con un gesto, y luego volviéndose á mí pronunció con ligera ironía:

--¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?

El viejo se inclinó:

--¡Un artista!... Hoy día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad.

Yo intervine con mi juvenil insolencia:

--¿Pero de qué epoca sois, Señor Polonio?

El mayordomo repuso sonriendo:

--Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir
que éste sea mi siglo...

--Vos pertenecéis á la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte
cultiváis, Señor Polonio?

El Señor Polonio repuso con suma modestia:

--Todas, Excelencia.

--¡Sois un nieto de Miguel Angel!

--El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas,
Excelencia.

La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo
mostraba señoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo:

--Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una
maravilla!

Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración:

--¡Si cuando joven hubiera querido ir á Roma!... ¡Oh!

El mayordomo lloraba enternecido:

--¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas!

De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un
momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María
Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda
la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al
verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían
á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se
acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó
amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito
de angustia.

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YO ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz
del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:

--Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre
obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...

Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas
faldas:

--¡Oh!... Vamos allá.

Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio:

--Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había
antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón.
Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores.
Con ella di gran impulso á los Carnavales, que es la fiesta de Satanás.
¡Aquí, antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba á todo el
mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura
llegaron á ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias.

Pasamos á una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor
Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil
perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en
medio de la sala unas andas con Jesús Nazareno, entre cuatro judíos
torvos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción:

--¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros!

--¡Ay!... Si lo considerásemos!

En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos á la chamberga, era
indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama
de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y
con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro
deicidas:

--¡De cartón!... Sí, señoras, igual que las caretas. Fué una idea que me
vino sin saber cómo.

Las damas repetían juntando las manos:

--¡Inspiración divina!...

--¡Inspiración de lo alto!...

El Señor Polonio sonreía:

--Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea...
Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y
yo perdono aquellos sarcasmos! ¡He llevado mi idea en la frente un año
entero!

Oyéndole, las señoras, repetían enternecidas:

--¡Inspiración!...

--¡Inspiración!...

Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso
de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda.
Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba
delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta á uno y otro lado,
llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al
pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo
tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los
escribanos hacían unos garabatos muy semejantes á los que hacen los
músicos. Volviéndose á mí con gravedad doctoral, continuó:

--Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante.
¿Verdad, Excelencia?

Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó
un sacristán capitaneando á cuatro devotos que venían para llevarse á
la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor
Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó á levantarlas.
Después los acompañó hasta la puerta de la estancia:

--¡Cuidado!... No tropezar con las paredes... ¡Cuidado!...

Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera
preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fué mirar al
cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de
su tropa, y echó por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las
andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El
Señor Polonio se dirigió á nosotros:

--Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido?

Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.

--¡Edificante!

--¡Edificante!

El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la
mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía.

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AQUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse
refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos:
Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo
me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas
conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que
llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se
abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín,
inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de
los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su
abanico de quimera y de cuento.

Yo quise varias veces acercarme á María Rosario. Todo fué inútil: Ella
adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la
vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil
que conservaba puesto. Viéndola á tal extremo temerosa, yo sentía
halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla,
cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para
huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo.

Algunas veces entraba en el salón, y deteníame al lado de las viejas
damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo
que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando,
movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los
ojos la blanca figura de María Rosario: la Santa ya no estaba.

Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé á la vieja linajuda y salí á
la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje
de piedra, contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un
ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo
de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido
otra noche. El aire suave y gentil, un aire á propósito para llevar
suspiros, pasaba murmurando, y á lo lejos, entre mirtos inmóviles,
ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de
María Rosario, y no cesaba de pensar:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla
saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido
cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna
eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación
semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros
amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una
gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de
soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el
recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo
de un canto lejano:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en
su curso fantástico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible,
la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó
de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses
permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una
brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo
hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el
Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé
qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana
alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire
ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba
una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo
la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba á la
luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del
jardín. Y contemplando aquella luz, el corazón latía:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón
presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver á
sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido
monótonamente bajo la arcada de los cipreses, distraía y turbaba mi
pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro
de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo solía tomar ese
aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que á mí
me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra
cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido
de mis años, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder
escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.

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EN ACHAQUES de amor, quién no ha pecado. Yo estoy
convencido de que el diablo tienta siempre á los mejores. Aquella
noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento
de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro.
Yo cruzaba la terraza, cuando una ráfaga violenta alzó la flameante
cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la
estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que
entonces pasó por mí. Creo que primero fué un impulso ardiente, y
después una audacia fría y cruel: La audacia que se admira en los labios
y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia, pintó el
divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante:
En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso á la
ventana, y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente
como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el
rostro pegado á la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus
manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!...

Al verla desmayada la cogí en brazos y la llevé á su lecho, que era como
altar de lino albo, y de rizado encaje. Después, con una sombra de
recelo, apagué la luz: Quedó en tinieblas el aposento y con los brazos
extendidos comencé á caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de
su lecho y percibía la blancura del hábito monjil, cuando el rumor de
unos pasos en la terraza heló mi sangre, y me detuvo. Manos invisibles
alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetró en la
estancia. Los pasos habían cesado: Una sombra oscura se destacaba en el
hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclinó mirando hacia el
fondo del aposento, y volvió á erguirse. Cayó la cortina, y escuché de
nuevo el rumor de los pasos que se alejaban.

Inmóvil, yerto, anhelante, permanecí sin moverme. De tiempo en tiempo
la cortina temblaba: Un rayo de luna esclarecía el aposento, y con
amoroso sobresalto mis ojos volvían á distinguir el cándido lecho y la
figura cándida que yacía como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo,
y cauteloso llegué hasta la ventana. El sapo dejaba oir su canto bajo
la arcada de los cipreses, y el jardín, húmedo y sombrío, susurrante
y oscuro, parecía su reino. Salté la ventana como un ladrón, y anduve
á lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareció sentir
leve rumor, como de alguno que camina recatándose. Me detuve y miré,
pero en la inmensa sombra que el Palacio tendía sobre la terraza y el
jardín, nada podía verse. Seguí adelante, y apenas había dado algunos
pasos cuando un aliento jadeante rozó mi cuello, y la punta de un puñal
desgarró mi hombro. Me volví con fiera presteza: Un hombre corría á
ocultarse en el jardín. Le reconocí con asombro, casi con miedo, al
cruzar un claro iluminado por la luna, y desistí de seguirle, para
evitar todo escándalo. Más, mucho más que la herida, me dolía dejar de
castigarle, pero ello era forzoso, y entréme en el Palacio, sintiendo el
calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que
dormitaba en la antecámara, despertóse al ruido de mis pasos y encendió
las luces de un candelabro. Después se cuadró militarmente:

--A la orden, mi Capitán.

--Acércate, Musarelo...

Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado
veterano que me servía desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja
y serena, le dije:

--Vengo herido...

Me miró con ojos asustados:

--¿Dónde, Señor?

--En el hombro.

Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un
fanático:

--¡A traición sería!...

Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara
á cara:

--Sí, fué á traición. Ahora véndame, y que nadie se entere...

El soldado comenzó á desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la
herida, yo sentí que sus manos temblaban:

--No te desmayes, Musarelo.

--No, mi Capitán.

Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:

--¡Ya buscaremos á ese bergante!...

No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de
la Princesa, y acaso en aquel instante le refería las hazañas de su
puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril.
Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones.

Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando
volví á verme enfrente de la Princesa Gaetani.

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FUÉ AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse á
oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la
Princesa Gaetani:

--¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia!

Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo,
y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los
labios y atusándome el mostacho entré en la biblioteca:

--Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.

La Princesa estaba pálida como una muerta:

--¡Gracias!

En pie, tras el sillón que ocupaba la dama, hallábase el mayordomo, y
en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetándome con los
ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto
se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se
anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora
buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de
la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios
temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué
galante y familiar:

--¿Estáis enferma, señora?

--No...

La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al
cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón:

--Vamos, Polonio...

El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo
Bandelone, que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico
Straza:

--A vuestras órdenes, Excelencia.

Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo
salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe
dominarme, y le dije:

--Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido...

Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad
felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer
y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin
mover los labios:

--¿Dices que te han herido?

Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos
y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase
á sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal
afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente:

--¡Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.

Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:

--Será preciso volver á escribir.

--¿Quién?

--Quien escribió antes: María Rosario...

La Princesa no esperaba tanta osadía y tembló. Mi leyenda juvenil,
apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico.
Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía
muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por
fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron á rodar, sólo empañaron
el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo
triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa,
sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobró una
expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen
mirar benévolamente á los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó:

--¿Y cómo te han herido?

--En el jardín, señora...

La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise
contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin
hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi
audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin
reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas
de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano:

--¡Adiós, Princesa!... Avisadme si tenéis noticias de Roma.

Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando á solas si
debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar á
la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreir, y
que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido
siempre mi mayor virtud!

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PERMANECÍ todo el día retirado en mi cámara. Hallábame
cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados
una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos
dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos,
silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de
conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi
voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio.
Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:

--Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.

--Dile que estoy enfermo.

--Se lo he dicho, Excelencia.

--Dile que me he muerto.

--Se lo he dicho, Excelencia.

Miré á Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y
bufonesco:

--¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino?

--Rezaros los responsos, Excelencia.

Iba yo á replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso
cortinaje de terciopelo carmesí:

--Perdonad que os moleste, joven caballero.

Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba
en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:

--Entrad, Reverendo Padre.

Y adelantándome le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y
sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los
Santos. Volvió á repetir:

--Perdonad que os moleste...

Hizo una pausa esperando á que saliese Musarelo, y después continuó:

--Joven caballero, poned atención en cuanto voy á deciros, y líbreos
el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida!
Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque
responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio
lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de
respetarlo. ¡Vos sois cristiano!...

Yo repuse inclinándome profundamente:

--Soy un gran pecador, Reverendo Padre.

El rostro del capuchino volvió á iluminarse con indulgente sonrisa:

--Todos lo somos, hijo mío.

Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento
como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo
de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al
cabo de algún tiempo continuó:

--Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún
interés vil me trae á vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa
inspiración, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de mí para
salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis
conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón:

--¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir
algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su
ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero.

--Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda
lo que suceda, á nadie hablaréis de este pobre capuchino.

--Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os
lo ruego.

--Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad
rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el
tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis
que deseáis hablarla: Con esto solo os hará entrar. Es probable que ni
siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciéseis, dad un nombre
supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto
sobre lo que vais á confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con
ella, porque así os servirá mejor. Veréis cómo inmediatamente cierra su
puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender
que estáis resuelto á recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con él.
No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla
si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro.
Procurad persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha
ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que
le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no
fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú.
No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de
abandonaros, juradme que estáis dispuesto á seguir mi consejo.

--Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Angel que os trajo.

--¡Así sea!

El capuchino trazó en el aire una lenta bendición, y yo incliné la
cabeza para recibirla. Cuando salió, confieso que no tuve ánimos de
reir. Con estupor, casi con miedo, advertí que en mi mano faltaba un
anillo que llevaba desde hacía muchos años, y solía usar como sello. No
pude recordar dónde lo había perdido. Era un anillo antiguo: Tenía el
escudo grabado en amatista, y había pertenecido á mi abuelo el Marqués
de Bradomín.

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BAJÉ AL JARDÍN donde volaban los vencejos en la sombra
azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas,
parecían caminos ideales que convidaban á la meditación y al olvido,
entre frescos aromas que esparcían en el aire las yerbas humildes que
brotaban escondidas como virtudes. Llegaba á mí sofocado y continuo el
rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos,
de los laureles y de los bojes. Una vibración misteriosa parecía salir
del jardín solitario, y un afán desconocido me oprimía el corazón.
Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo
de sombra. Desde lejos, como á través de larga sucesión de pórticos,
distinguí á María Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un
libro: Seguí andando con los ojos fijos en aquella feliz aparición. Al
ruido de mis pasos alzó levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego
en las mejillas volvió á inclinarla, y continuó leyendo. Yo me detuve
porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que
convenían á su gracia eucarística de lirio blanco. Al verla sentada al
pie de la fuente, sobre aquel fondo de bojes antiguos, leyendo el libro
abierto en sus rodillas, adiviné que María Rosario tenía por engaño
del sueño, mi aparición en su alcoba. Al cabo de un momento volvió á
levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de párpados, echaron sobre
mí una mirada furtiva. Entonces le dije:

--¿Qué leéis en este retiro?

Sonrió tímidamente:

--La Vida de la Virgen María.

Tomé el libro de sus manos, y al cedérmelo, mientras una tenue llamarada
encendía de nuevo sus mejillas, me advirtió:

--Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las
páginas.

--No temáis...

Abrí el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y
marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja leí:

--«La Ciudad Mística de Sor María de Jesús, llamada de Agreda.»

Volví á entregárselo, y ella, al recibirlo, interrogó sin osar mirarme:

--¿Acaso conocéis este libro?

--Lo conozco porque mi padre espiritual lo leía cuando estuvo prisionero
en los Plomos de Venecia.

María Rosario, un poco confusa, murmuró:

--¡Vuestro padre espiritual! ¿Quién es vuestro padre espiritual?

--El Caballero de Casanova.

--¿Un noble español?

--No, un aventurero veneciano.

--¿Y un aventurero?...

Yo la interrumpí:

--Se arrepintió al final de su vida.

--¿Se hizo fraile?

--No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones.

--¿Como San Agustín?

--¡Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel
doctor de la iglesia, y las llamó Memorias.

--¿Vos las habéis leído?

--Es mi lectura favorita.

--¿Serán muy edificantes?

--¡Oh!... ¡Cuánto aprenderíais en ellas!... Jacobo de Casanova fue gran
amigo de una monja en Venecia.

--¿Como San Francisco fué amigo de Santa Clara?

--Con una amistad todavía más íntima.

--¿Y cuál era la regla de la monja?

--Carmelita.

--Yo también seré carmelita.

María Rosario calló ruborizándose, y quedó con los ojos fijos en el
cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente
rústica cubierta de musgo: Tenía un murmullo tímido como de plegaria, y
estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos
de antiquísimos bojes. Yo me incliné sobre la fuente, y como si hablase
con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmuré:

--¡Vos, cuando estéis en el convento, no seréis mi amiga!...

María Rosario se apartó vivamente:

--¡Callad!... ¡Callad, os lo suplico!...

Estaba pálida, y juntaba las manos mirándome con sus hermosos ojos
angustiados. Me sentí tan conmovido, que sólo supe inclinarme en demanda
de perdón. Ella gimió:

--Callad, porque de otra suerte no podré deciros...

Se llevó las manos á la frente y estuvo así un instante. Yo veía que
toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trágica se descubrió
el rostro, y clamó enronquecida:

--¡Aquí vuestra vida peligra!... ¡Salid hoy mismo!

Y corrió á reunirse con sus hermanas, que venían por una honda carrera
de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores
para el altar de la capilla. Me alejé lentamente. Empezaba á declinar
la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardín,
se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenían adornado
el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un día por
aquellas manos místicas y ardientes que sólo hicieron el bien sobre
la tierra. Matas de viejos alelíes florecían en las grietas del muro,
y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas
de un liquen seco y amarillento. Abrí la cancela y quedé un momento
contemplando aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial.
El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una
torre que aparecía cubierta de negros vencejos, y en el silencio de
la tarde se oía el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco
hermanas.

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SIGUIENDO el muro del jardín, llegué á la casa terreña
que tenía el cráneo de buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada
en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaños de ovejas
levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar se puso en pie:

--¿Qué deseáis?

Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los
labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le
dije:

--Tengo que hablaros.

A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora:

--¡Pasad!... ¡Pasad!...

Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que
andar á tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en
un clavo, volvióse á mí:

--¿Veamos qué desea tan gentil caballero?

Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto
indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar
antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son
de las esquilas. Después vino á sentarse en un taburete, debajo del
candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un
haz de huesos:

--Por sabido tengo que estáis enamorado, y vuestra es la culpa si no
sois feliz. Antes hubiéseis venido, y antes tendríais el remedio.

Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por
hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas
palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja,
esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados.
De pronto le grité:

--Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han
robado.

La vieja se incorporó horriblemente demudada:

--¿Qué decís?

--Que vengo por mi anillo.

--¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco!

Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola
en el pecho, y retrocedió hacia un rincón dando suspiros. Entonces sin
moverme le dije:

--Vengo dispuesto á daros doble dinero del que os han prometido por
obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y
cuanto os trajeron con él...

Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino á sentarse en el
taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la
figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las
manos. Lagrimeando murmuró:

--Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis...
Porque acabo de reconoceros.

--¿Decid entonces quién soy?

--Sois un caballero español, que sirve en la Guardia Noble del Santo
Padre.

--¿No sabéis mi nombre?

--Sí, esperad...

Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo
veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oirse. De pronto me
dijo:

--Sois el Marqués de Bradomín.

Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos
y mostrárselos. La vieja al verlos lloró enternecida:

--Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la
lozanía...

--Explicadme eso.

--Venid conmigo... Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que
ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre.

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LA VIEJA había descolgado el candil: Alzábale sobre su
cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que
hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar
la luz, yo distinguía claramente sobre las paredes negras de humo,
lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas.
La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza:

--Ved aquí vuestro anillo.

Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella
misma colocarlo en mi mano:

--¿Por qué os trajeron ese anillo?

--Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que lleváseis desde
hacía muchos años.

--¿Y cómo me la robaron?

--Estando dormido, Excelencia.

--¿Y vos qué intentábais hacer?

--Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza
viril... Hubiérais quedado como un niño acabado de nacer...

--¿Cómo obraríais ese prodigio?

--Vais á verlo.

Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda
desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin
duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole
yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba:

--¡Ahora os burláis! Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura
en sangre de mujer, según mi ciencia... ¡Y más desgraciado cuando la
hubiese fundido en las brasas!...

--¿Era eso todo?

--Sí...

--Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta.

La vieja me miró astuta:

--¿Ya os vais, Excelencia? ¿No deseáis nada de mí? Si me dais otros diez
sequines yo haré delirar por vuestros amores á la Señora Princesa. ¿No
queréis, Excelencia?

Yo repuse secamente:

--No.

La vieja entonces tomó del suelo el candil, y abrió la puerta. Salí al
camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban
á caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso.
Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que había
tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hallé cerrada la cancela del
jardín y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de
la Catedral cuando atravesaba el arco románico que conducía á la plaza
donde se alzaba el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones,
y de la iglesia de los Dominicos, salía entre cirios el Paso de la
Cena. Aún recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que
desfilaban en medio de grandes chubascos. Había procesiones al rayar
el día, y procesiones por la tarde, y procesiones á la media noche. Las
cofradías eran innumerables. Entonces la Semana Santa tenía fama en
aquella vieja ciudad pontificia.

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LA PRINCESA, durante la tertulia, no me habló ni me
miró una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdén fuese advertido,
decidí re-retirarme. Con la sonrisa en los labios llegué hasta donde
la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la
besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi
palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin
embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia
para retirarme. Ella repuso fríamente:

--Eres dueño de hacer tu voluntad.

--¡Gracias, Princesa!

Salí del salón en medio de un profundo silencio. Sentíame humillado, y
comprendía que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio.
Pasé la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este
pensamiento, oyendo batir monótonamente el agua en los cristales de las
ventanas. Sentíame presa de un afán doloroso y contenido, algo que era
insensata impaciencia de mí mismo, y de las horas, y de todo cuanto me
rodeaba. Veíame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba
entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante
aquel día con serena y firme reflexión. Quería resolver, quería decidir,
y extraviábase mi pensamiento, y mi voluntad desaparecía, y todo
esfuerzo era vano.

¡Fueron horas de tortura indefinible! Ráfagas de una insensata violencia
agitaban mi alma. Con el vértigo de los abismos me atraían aquellas
asechanzas misteriosas, urdidas contra mí en la sombra perfumada de
los grandes salones. Luchaba inútilmente por dominar mi orgullo y
convencerme que era más altivo y más gallardo abandonar aquella misma
noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertíame presa
de una desusada agitación, y al mismo tiempo comprendía que no era
dueño de vencerla, y que todas aquellas larvas que entonces empezaban
á removerse dentro de mí, habían de ser fatalmente furias y sierpes.
Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi
voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa
audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición!...

A pesar de la lluvia, abrí la ventana. Necesitaba respirar el aire
fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una ráfaga aborrascada pasó
sobre mi cabeza: Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo
el alar, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje
mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturía de una
procesión lejana. La iglesia del convento tenía las puertas abiertas,
y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oíase la voz senil de una
carraca. Las devotas salían de la iglesia y se cobijaban bajo el arco
de la plaza para ver llegar la procesión. Entre dos hileras de cirios,
bamboleaban las andas, allá en el confín de una calle estrecha y alta.
En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oración rimada. La
lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en los
charcas contrastaba con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas
que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean
sombrío oleaje de tempestad. Las dos señoras de los negros y crujientes
vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los
pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesión desde las
ventanas del Palacio. Una ráfaga agitaba sus mantos.

Caían gruesas gotas de agua que dejaban un lamparón oscuro en las
losas de la plaza. Yo tenía las mejillas mojadas, y sentía como una
vaga efusión de lágrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las
Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesión
llegaba bajo el arco, llovía á torrentes. Yo la vi desfilar desde
el balcón de la biblioteca, sintiendo á cada instante en la cara el
salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los
Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Después los Hermanos
de la Pasión, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguían
los Pasos: Jesús en el Huerto de las Olivas, Jesús ante Pilatos, Jesús
ante Herodes, Jesús atado á la Columna. Bajo aquella lluvia fría y
cenicienta tenían una austeridad triste y desolada. El último en
aparecer fué el Paso de las Caídas. Sin cuidarse del agua, las damas se
arrastraron de rodillas hasta la balaustrada del balcón. Oyóse la voz
trémula del mayordomo:

--¡Ya llega! ¡Ya llega!

Llegaba, sí, pero cuán diferente de como lo habíamos visto la primera
vez en una sala del Palacio. Los cuatro judíos habían depuesto
su fiereza bajo la lluvia. Sus cabezas de cartón se despintaban:
Ablandábanse los cuerpos, y flaqueaban las piernas como si fuesen á
hincarse de rodillas. Parecían arrepentidos. Las dos hermanas de los
rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetían llenas de
unción:

--¡Edificante, Antonina!

--¡Edificante, Lorencina!

La lluvia caía sin tregua como un castigo, y desde un balcón vecino
llegaban con vaguedad de poesía y de misterio, los arrullos de dos
tórtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos
cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqué con
los ojos al Señor Polonio: Había desaparecido.

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POCO DESPUÉS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en
mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz
cascada del mayordomo vino á sacarme un momento del penoso cavilar:

--Excelencia, este pliego.

--¿Quién lo ha traído?

--Un correo que acaba de llegar.

Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me
ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al
mayordomo, mostrando un profundo desdén:

--Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta.

El mayordomo preguntó hipócritamente:

--¿Vais á partir, Excelencia?

--Antes de una hora.

--¿Lo sabe mi señora la Princesa?

--Vos cuidaréis de decírselo.

--¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo...
Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de
hallar uno que os deje contento.

La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una
sospecha. Juzgué que era temerario confiarse á tal hombre, y le dije:

--Yo veré á mi postillón.

Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero le detuve:

--Escuchad, Señor Polonio.

--Mandad, Excelencia.

Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clavé los ojos,
mirándole en silencio: Me pareció que no podía dominar su inquietud.
Adelantando un paso le dije:

--Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra.

Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista
grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados:

--¡Perdonad!

Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí:

--Tomadlo.

Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le
señalé la puerta.

--Ahora salid.

El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado:

--Guardad vuestro anillo.

Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador:

--Presumo que vais á salir por la ventana, Señor Polonio.

Retrocedió, gritando con energía:

--¡Conozco vuestro pensamiento! No basta á vuestra venganza el maleficio
con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese
anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio!

Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese
del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llamé á Musarelo, y le
ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo
había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo
pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor
Polonio.

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QUÉ TRISTE es para mí el recuerdo de aquel día. María
Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros
de la capilla. Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: Sus ojos
miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron á mí con un ruego
tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre
sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo:

--¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!

Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos,
y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la
caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos:
Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul
del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas si se
distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las
rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual
que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño
de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire
le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó
hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla, y sólo
le dije después de un largo silencio:

--¿No me daréis una rosa?

Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:

--Si la queréis...

Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero
yo veía temblar sus manos sobre los floreros al elegir la rosa. Con una
sonrisa llena de angustia me dijo:

--Os daré la mejor.

Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:

--La mejor está en vuestros labios.

Me miró apartándose pálida y angustiada:

--No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?

--Por veros enojada.

--¡Algunas veces me parecéis el Demonio!...

--El Demonio no sabe querer.

Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue
claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus
sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:

--¡Oh!... Perdonadme.

Y mi voz fué tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sentí
su extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y
presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera
cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con
espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir
una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella
me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso:

--¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir?... ¡Si sabéis que todo es
imposible!...

--¡Imposible!... Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡Ya sé que no
lo merezco!... Solamente quiero pediros perdón y oir de vuestros labios
que rezaréis por mí cuando esté lejos.

--¡Callad!... ¡Callad!...

--Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras
oraciones como las de una Santa.

--¡Callad!... ¡Callad!...

--Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este
amor habrá sido para mí como un fuego purificador.

--¡Callad!... ¡Callad!...

Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos
pueden arriesgarse á ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida
como una muerta, y pensé que iba á desmayarse en mis brazos! Aquella
niña era una Santa, y viéndome á tal extremo desgraciado, no tenía valor
para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:

--¡Dejadme!... ¡Dejadme!...

Yo murmuré:

--¿Por qué me aborrecéis tanto?

Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y
arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía
los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó
á sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que
evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.

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MARIA ROSARIO llamó á la más niña de sus hermanas, que
con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón: La
llamaba con un afán angustioso y pudoroso que encendía su carne con
divinas rosas:

--¡Entra!... ¡Entra!...

La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana. La niña,
sin moverse, le mostró la muñeca:

--Me la hizo Polonio.

--Ven á enseñármela.

--¿No la ves así?...

--No, no la veo.

María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos
flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza,
con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola
llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas.
Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con
agasajo al oído:

--¡Si le hicieses un vestido á mi muñeca!...

--¿Cómo lo quieres?...

María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola á su lado. Yo
veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa
crencha. En voz baja le dije:

--¿Qué temíais de mí?

Sus mejillas llamearon:

--Nada...

Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver
ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos,
y la niña empezó á referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba
Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le
pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba
su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente.
Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de
todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias
confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña
extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro
las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de
nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:

--¡Ven!... ¡No te vayas!

--No me voy.

Corría por el salón, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los
hombros. Como cautivos, la seguían á todas partes los ojos de María
Rosario: Volvió á suplicarle:

--¡No te vayas!...

--Si no me voy.

La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario,
aprovechando el instante, murmuró con apagado acento:

--Marqués, salid de Ligura...

--¡Sería renunciar á veros!

--¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento.
¡Marqués, oid mi ruego!...

--Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren
cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las
rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los
votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una
Santa!...

--¡Marqués, no digáis impiedades!

Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como
de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña, que
sentada en un canapé, adormecía á su muñeca con viejas tonadillas del
tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las
rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas
rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos
sones de un minué.

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COMO UNA flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo
mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme.
De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con
los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta:

--Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que
defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio.

Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa:

--¿Delatado al Santo Oficio?

--Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica
lo recobrásteis... ¡Eso dicen, Marqués!

Yo exclamé con ironía:

--¿Y quien lo dice es vuestra madre?

--¡No!...

Sonreí tristemente:

--¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis!

--¡Jamás!... ¡Jamás!...

--¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros
que me cercan, y quiere prevenirlos.

--¡Callad, por compasión!... ¡No acuséis á mi madre!...

--¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros á vos misma? ¿Acaso
creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una
noche?...

--¡Sí, las creyó!

María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica,
como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste
acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:

--No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido
en la oscuridad vuestros ojos!

María Rosario retrocedió hacia el fondo de la ventana:

--¡Sois brujo!... ¡Han dicho la verdad!... ¡Sois brujo!...

Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve:

--Escuchadme.

Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz:

--¡Sois brujo!... ¡Por favor, dejadme!

Yo murmuré con desesperación:

--¿También vos me acusáis?

--¿Decid entonces, cómo habéis sabido?...

La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi
espíritu el numen sagrado de los profetas:

--Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He
tenido en un sueño revelación de todo!...

María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez
la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón,
llamando á la niña:

--¡Ven, hermana!... ¡Ven!

Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario
la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan
desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con
fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del
sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha
sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo
busqué en la sombra la mano de María Rosario:

--¡Curadme!...

Ella murmuró retirándose:

--¿Y cómo?...

--Jurad que me aborrecéis.

--Eso no...

--¿Y amarme?

--Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo!

Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una
emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas
purísimas. Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en
voz baja y apasionada:

--Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi
culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras
oraciones, moriría gustoso.

--¡Callad!... ¡Callad!...

María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos
temblorosas hacia la niña que estaba sobre el alféizar, circundada por
el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera
antigua. El recuerdo de aquel momento, aún pone en mis mejillas un frío
de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese
silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible
y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña,
inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo
donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban á
tocarla los brazos de la hermana.

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FUÉ SATANÁS! ¡Fué Satanás!... Aún resuena en mi oído
aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años, aún la
veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún
siento el horror de aquella hora:

--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...

La niña estaba inerte sobre la escalinata. El rostro aparecía entre el
velo de los cabellos, blanco como un lirio, y de la rota sien manaba
el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída,
gritaba:

--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...

Levanté á la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de
tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal, rodó yerta sobre mi hombro,
y los ojos se cerraron de nuevo, lentos como dos agonías. Los gritos de
la hermana, resonaban en el silencio del jardín:

--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...

La cabellera de oro, aquella cabellera flúida como la luz, olorosa como
un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro
semejante á la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos
subí la escalinata. En lo alto salió á mi encuentro el coro angustiado
de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda
interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los
ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el
cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil,
sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las
manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las
hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:

--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...

Sentí miedo. Bajé á las caballerizas y con ayuda de un criado enganché
los caballos á la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo
el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle
un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció
distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida,
arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía
cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo
de tantos años, ya repite sin pasión, sin duelo, con la monotonía de una
vieja que reza:

¡FUÉ SATANÁS!

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                              JOSEPH MOJA

                                ORNAVIT

                     ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
                        EN LA IMPRENTA HELÉNICA
                          DE MADRID Á XXX DÍAS
                            DEL MES DE MAYO
                               DE MCMXIII
                                  AÑOS

       *       *       *       *       *

Errores corregidos por el transcriptor del texto electónico:

que llenaba la capilla pidiendo=> que llenaban la capilla pidiendo {pg
94}

Al desaparer bajo el arco=> Al desaparecer bajo el arco {pg 217}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Sonata de primavera - memorias del marqués de Bradomín" ***

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