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Title: El Mulato Plácido o El Poeta Mártir
Author: Lemoine, Joaquín
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Mulato Plácido o El Poeta Mártir" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  La mayoría de las preguntas y exclamaciones en el texto original
  fueron imprimidas sin el primer signo de interrogación y exclamación
  respectivamente. Estos signos fueron añadidos.



  EL MULATO PLÁCIDO

  O EL

  POETA MÁRTIR


  NOVELA HISTÓRICA ORIJINAL

  DE

  JOAQUÍN LEMOINE.



  SANTIAGO:
  IMPRENTA DE LA LIBRERIA DEL MERCURIO
  de A. y M. Echeverria.--MORANDÉ, 38.

  1875



AL DISTINGUIDO LITERATO

SEÑOR BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA.


   ESTIMADO SEÑOR:

Me permito dedicar a Vd. este modesto ensayo literario, fruto de dos
veladas veraniegas, en testimonio de aprecio, respeto i consideracion.

     =El Autor.=



  EL MULATO PLÁCIDO

  O

  EL POETA MÁRTIR



INTRODUCCION.


Es imposible que un corazon jóven deje de amar la libertad bajo todas
sus formas. Por eso amamos nosotros la causa santa de la independencia
de las repúblicas de América.

Pero debemos confesar, en obsequio de la verdad, que entre el pabellon
de las banderas americanas que simbolizan la libertad i la nacionalidad
de esas repúblicas, ninguna ha despertado mas nuestro interés, desde que
éramos niños, que la bandera cubana, por lo mismo que la hemos visto,
con tristeza, flamear en manos de una nacion cautiva, que lucha heróica
por romper sus cadenas.

Hé aquí por qué, en una ocasion solemne deciamos, entre otras cosas, lo
siguiente:

"Miembros de la misma familia que la nuestra, los bizarros hermanos de
Plácido, tienen las mismas propensiones i el mismo derecho al desarrollo
de la libertad; i si causas estrañas les han impedido asistir al
próspero festin del progreso político, la lójica de la fraternidad nos
obliga a reservarles su asiento, o mas bien, a contribuir para que
lleguen a él. La independencia i el dogma de la soberanía popular, bases
de la teoría social de todos los estados americanos, no puede
ursurpársele a la isla batalladora de Cuba, sin herir su conciencia
íntima i seguir un rumbo contrario a la corriente incontrastable del
progreso humano."

"Sin embargo, el atrasado espíritu del español moderno, que parece haber
heredado todos los vicios sin poseer las virtudes del antiguo i
caballeresco hidalgo, se empeña en consumar en aras de la civilizacion,
el menguado sacrificio de la perla de las Antillas, agraviando a la faz
de la América, la humanidad entera."

"La revolucion de Cuba es una sombria trajedia que se desenvuelve ante
la fria espectacion de un mundo estóico, i en la que, mientras el bravo
isleño cruza su espada con el enemigo i quema sus cartuchos en el mas
completo aislamiento, el gabinete de Washington, de lo alto de la
Casa-Blanca, i los pueblos vecinos desde el fondo del golfo de Méjico,
contemplan impasibles ese siniestro espectáculo, como si se tratase de
las cambiantes luces de los _fuegos de Bengala_, al mismo tiempo que las
diferentes secciones del continente de Bolívar i San Martin, miran a la
isla que está jugando sus destinos, con la serenidad del que divisa una
roca atlántica batida por la tempestad!.."

"Ahora bien, hubo en esa trajedia sombria, de que acabamos de hablar, un
personaje que descollaba, en la escena, llevando en su corazon el
ardiente sol los de trópicos; un personaje que hasta ahora se le
contempla aun al través de la distancia, i envuelto por las brumas del
tiempo que pasó. I se le contempla erguida la cabeza, de pié sobre
aquella roca batida por la tempestad, llevando en los piés las cadenas
del esclavo, en la mano la lira del poeta i en la frente la guirnalda
del héroe. Ese hombre, es _el mulato Plácido o el poeta mártir_!"

Su tipo, desde luego, es un tipo raro.--Su vida, de suyo, es una
romántica leyenda. Nosotros hemos rastreado la huella luminosa de esa
vida para hacer de Plácido el protagonista del romance que hoi ofrecemos
al público, no sin pedirle nuestros perdones, i reclamar su
induljencia.



EL POETA MÁRTIR.



I


Matanzas es la segunda ciudad comercial de Cuba; la digna rival de la
Habana en riqueza i hermosura. _Yucayo_, es decir, ciudad indíjena, era
el nombre primitivo de la que ahora se llama San Cárlos, Alcázar de
Matanzas.

Aseguran algunos tradicionistas que el nombre de Matanzas se deriva del
nombre de su poético rio _Yumurí_, que significa _yo muero_. Otros
afirman que fué debido a un bautismo de sangre que legó ese nombre a la
ciudad isleña, es decir, a una carnicería horrible que hicieron los
españoles, despues de una obstinada persecucion, con ciertos indios
prófugos, i a la represalia semejante que éstos hicieron pesar sobre sus
perseguidores, asesinándolos traidoramente en sus propias _canoas_.



II


A la entrada de la anchurosa i abrigada bahía de Matanzas, bajo ese
cielo puro i azul de los trópicos, en medio de esa atmósfera perfumada
por una vejetacion secular, bañada por la blanca luz de la luna i vista
al través de la arboleda que la rodea i cuya sombra tiembla sobre la faz
movible i azul de las ondas del océano, se descubre la ciudad del mismo
nombre.

A los 32°, 2' i 30" de lonjitud i 75° i 15' de latitud i sobre un
terreno plano i elevado que está a diez varas de altura sobre el nivel
del mar, con su aspecto irregular, con sus frondosos bosques de
manglares, palmeras, ceibas, plátanos, cañas i cafetales que cubren las
hondonadas pantanosas de sus profundos valles, como océanos de
vejetacion, se estiende la mencionada ciudad, en la costa Norte de la
isla i al Este de la Habana, de la que se encuentra a 20 leguas de
distancia.

Los poetizados rios, San Juan i Yumurí, que abrazan cariñosamente la
poblacion por uno i otro costado, acarician a su vez con sus tranquilas
ondas las márjenes risueñas de esos bosques.

Desde la bahía, lo primero que descubre la vista es el castillo de San
Severino, situado a la mano derecha, entrando al puerto. De en medio de
la rojiza techumbre de las casas, cuyas paredes blanquean medio ocultas
por las ramas, se alzan tambien el fuerte Morrillo i la bateria de
Cajigal. Aquí el viejo torreon, detras el apartado campanario; mas allá
la ciudad de los muertos, rodeada de ceibas, de cipreses i olivos,
envuelta en el silencio i la soledad, que se dibuja hácia los estramuros
de la ciudad de los vivos, con la cual contrasta por el ruido, la
ajitacion i el movimiento que se nota en sus calles anchas, rectas i sin
empedrado.

Divídese la poblacion en doce cuarteles. De entre ellos los barrios de
Pueblo Nuevo i Yumurí tienen la particularidad de estar ligados por
sólidos, rústicos e inmensos puentes de madera.

Rodeada de bosques, respirando el ambiente caluroso del dia, o la
atmósfera entibiada por el aliento perfumado de la noche, llevando en la
frente una guirnalda de laureles, en la mano el estandarte de la
democracia i en los piés las cadenas de la esclavitud, diríase que
Matanzas es una vírjen que muellemente tendida sobre la ribera del mar,
acariciada por las olas, sueña con melancólica voluptuosidad en la
ausencia de los padres que la enjendraron i que se llaman la Gloria i la
Libertad.

Apesar del aspecto de antigüedad que se nota en la ciudad de Matanzas,
en la que domina el añejo gusto arquitectónico español, aquí i allí se
levanta de vez en cuando alguna casa de construccion moderna i de
risueña apariencia, como una que otra persona de vestidura elegante en
medio de una multitud harapienta i desaliñada.



III


En el barrio de Yumurí i en la estremidad de la calle de N.... se
ostentaba una casa apartada, que resaltaba de las demas por su belleza i
contrastaba con ellas por la orijinalidad de su aspecto. De madera en su
mayor parte, de forma circular, con cornizas talladas caprichosamente,
rodeada de ojivas i ventanas cubiertas de vidrios de vivos i variados
colores. Cuando por la noche, las luces la iluminaban por dentro,
parecia, vista de lejos, un farol encendido. Una galeria de arcos
oblongos, sostenidos por torneados i delgadísimos pilares, circundaba la
casa. Al pié, i en torno de esta arquería, estendíase una grada de
piedra blanquecina, imitacion de mármol. Pequeña, blanca en sus paredes
i su techumbre, i rodeada de jardines, esa casa semejaba a una blanca
paloma posada sobre un campo florido. Frente al frontispicio i a ambos
costados de una elegante pila de bronce oscuro, que arrojaba variados
juegos de agua, se alzaban dos estátuas de mármol, que representaban la
Poesía i la Música, i al rededor de cada una de las estátuas, varios
faroles suspendidos sobre delgadas columnatas de hierro.

A la espalda de la casa estendíase un huerto poblado de frondosos
árboles i dividido por una calle recta i central formada por dos hileras
de naranjos, limoneros, i guayabos. Hácia el fondo de esa calle angosta,
i prolongada abovedada a trechos por el follaje de las palmeras,
divisábase la faz trasparente i azulada de un lago cuyas lijeras ondas
se bordaban con las flores marchitas i las hojas secas o amarillentas de
las parras i las higueras que se inclinaban en torno de ese lago,
besándole con sus ramas i brindándole su compañía, los despojos de su
follaje i su sombra. Una pequeña góndola flotaba errante i al capricho
del viento sobre los pliegues cristalinos de la superficie del lago:
tres remos gastados i descoloridos se cruzaban en su fondo. A uno i otro
lado del lago i a corta distancia de él, descollaban solitarios dos
cenadores, cubiertos por fuera de tupidas madreselvas i campanillas,
cuyas flores adornaban las cortinas de vejetacion que se descolgaban, en
forma irregular, sobre la entrada de esos que semejaban verdes i
floridos torreones, como para encubrir esos recintos románticos que
parecian el asilo de los secretos i las delicias del amor. El verde
musgo alfonbraba sus alrededores. En su interior no habia mas que un
banco formado de troncos de árboles i una mesa de madera blanca sobre la
que se levantaba un búcaro de arcilla que contenia flores artificiales.

Contra el tronco de dos árboles inmediatos a los cenadores estaban
amarradas con hilos de cáñamo una cruz de madera i una seca rama de
palma bendita, que daba a ese paraiso en miniatura cierto vago aspecto
de relijiosidad i misticismo.



IV


Delante de los jardines que se estendian frente a la fachada de la casa,
habia en vez de los muros que ordinariamente dan a la calle una
laboreada i alta verja de hierro, adornada con ramas i hojas de bronce
dorado; por entre sus rejas subian enredándose pasionarias i jazmines.

El ambiente perfumado del huerto i de los jardines de esa casa
romántica se exhalaba fuera de ella; la voz chillona de los loros, el
caprichoso concierto de los canarios, confundido a veces con las
armonias del piano i los sones del violin, detenian a menudo a todo el
que transitaba por esa calle, especialmente en las dulces i albas noches
de verano, alumbradas por el fulgor de la luna.

¿Quienes moraban en ese encantador i poético retiro? ¿Era una familia de
artistas que habia reunido lo bello bajo todas sus formas para rodearse
i simbolizar con él las delicias del hogar doméstico?

A la verdad, no era fácil saberlo.

En las noches de luna veíase dibujarse en el fondo de los jardines de
esa casa, una mujer de hechicera belleza, deslumbrando a quien la
contemplaba al pasar, embellecida, melancolizada con los blancos
fulgores del astro de la noche que armonizaban con el color de su tez de
alabastro pálido. Envuelta, como en una bruma, en el prestijio de lo
apartado, cubierta con el velo de lo desconocido que inspira un poder
irresistible en las cosas, adquiria su belleza un májico atractivo.

Cuando se la divisaba al través de las rejas de la calle vagando errante
i pensativa, como la sombra de la tristeza entre las sombras de los
árboles que se alzaban en el patio; recojiendo con sus aristocráticas
manos de marfil, las flores de los jardines para formar con ellas
pequeños ramilletes; regando con cariño i casi con ternura fraternal, el
arbusto, la enredadera i la flor; acariciando con delicadeza un macetero
que contenia _la corona del poeta_; descansando por fin de su dulce
tarea de jardinera sobre una silleta de hierro debajo del follaje de una
palmera, hubiérase creido que esa mujer no era sino el ideal de la
fantasia del que la contemplaba.

Era tal la aérea suavidad de sus pisadas que parecian no alcanzar ni a
imprimir la huella de sus piés sobre el verde césped i el húmedo musgo
que tapizaba su camino; tal la dulce vaguedad de sus facciones; tal la
indecision de su mirada dirijida hácia el cielo i perdida en el espacio;
tal el misterio indescriptible de sus pupilas azules cuya luz parecia el
último reflejo de la antorcha lejana que alumbra temblando el fondo
sombrio de una prision, que el ojo que contemplaba a esa mujer se
sentia herido, como la pupila que pasa rápidamente de la oscuridad a la
luz.

Era de estatura mediana, de formas delgadas, de rostro ovalado, de
cabello rubio, cuyas ondas caian a lo largo de su talle jentil, como una
lluvia de oro, lo mismo que sobre su graciosa i pequeña frente, a manera
de cortinas doradas.

¡No era una belleza de estos tiempos! El artista habria creido divisar
en ella una estátua griega; el creyente una mujer bíblica; ¡el poeta un
ánjel enviado del cielo!



V


Los dias festivos, con el primer rayo del sol i el primer repique de las
campanas de la parroquia, que llamaban a misa mayor, salia esa niña de
su casa, vestida de negro, como un ánjel enlutado, con la frente i la
mirada inclinadas por el pudor, cubierta su cabeza con el manto, con un
libro de oraciones en la mano i un rosario de cuentas blancas que
colgaba del puño de la otra, tomaba camino de la Iglesia.

Su madre, que era una hermosa mujer en la que comenzaba a declinar la
juventud, iba a su lado. Su hermanito, niño de ocho a diez años de edad,
mui parecido a ella, iba a su otro costado, asido de su mano. Su padre,
un hombre, algo encorvado ya con el peso de los años, de cabello escaso
i encanecido, de barba blanca que contrastaba con la oscuridad de sus
ojos, rodeados de negras pestañas, caminaba a paso lento detras de su
esposa i de sus hijos, formando un grupo encantador que parecia un coro
de ánjeles dirijiéndose por el camino que conduce del hogar al templo.
Un instante despues salia a la puerta de su casa la niña rubia, la de la
trensas de oro, con una cestilla llena de panes en la mano que
distribuia entre los pobres. Su hermanito que brincaba jugando a su
alrededor, le arrebataba sonriendo los panes de la cestilla, con un aire
de inocente traicion i le ayudaba a distribuirlos entre los mendigos,
que despues de recibir su limosna dirijian a la niña una mirada de
humilde gratitud; i se retiraban uno a uno haciéndole una venia de
respetuosa despedida.



VI


Berta, que así se llamaba la niña, leia una mañana a "Rafael" de
Lamartine, en un pequeño retrete que le servia de costurero i de
escritorio; i Raquel, su madre, junto a una ventana i delante de una
máquina de coser, bordaba una papelera de esterilla con hebras de seda,
dibujaba con ellas las iniciales del nombre de su esposo, i escuchaba
atenta i conmovida la lectura de su hija.

Un alfombrado verde que armonizaba por su color con las cenefas del
empapelado, las cortinas i el tapiz de los muebles; una mesa central
ovalada; un escritorio mui laboreado de madera de nogal que hacia juego
con un pequeño estante de libros que se alzaba sobre la mesa i sostenido
por la muralla; un divan que cruzaba uno de los ángulos de la
habitacion; un confidente colocado con estudiado descuido al costado
derecho de la puerta de entrada; algunos cuadros al óleo pintados en
láminas de metal i con marcos dorados; algunos libros abiertos,
esparcidos aquí i allí, como el _Werther_ de Goethe, _Pablo_ i
_Virjinia_ de Saint-Pierre, _Atala_ i los _Mártires_ de Chateaubriand
estaban desparramados ya sobre una mesa, sobre un divan o sobre una
máquina de costura.

Berta hojeaba, con la mano trémula de emocion, las pájinas de ese libro
platónico, sobre las que hai un soplo constante de armonia, de ternura i
de amor; esa leyenda romántica que podria llamarse el libro de los
jóvenes i de las niñas, impresionaba de tal manera a Berta que parecia
cortarle a ratos la respiracion, encender sus descoloridas mejillas i
abrillantar sus lánguidos ojos, cuya mirada besaba de entusiasmo el
libro que tenia abierto, delante de sí i entre sus blancas i pequeñas
manos.

Cuando llegó a un párrafo en que decia lo siguiente, la voz de Berta se
puso trémula i la palidez de su castísimo rostro tornóse en rosa
encendida:

"Algunas veces Julia lloraba de repente con una estraña tristeza. Estas
lágrimas provenian de verme condenado por aquella muerte, siempre oculta
i constantemente presente a nuestros ojos, a no tener delante de los
mios mas que ese fantasma de felicidad que se evaporaría en el momento
que quisiese estrecharlo contra mi corazon. Oraba, se acusaba de haberme
inspirado una pasion que jamás podria hacerme feliz.--¡Oh! Yo quisiera
morir, morir pronto, morir jóven i amada, me decia Julia.--Sí, morir;
puesto que no puedo ser a la vez mas que el objeto o la ilusion amarga
del amor i de la felicidad para contigo. ¡Tu delirio i tu suplicio
reunidos! ¡Esta es la mas divina de las felicidades i el mas cruel de
los castigos, confundidos en un mismo delirio! ¡Ojalá que el amor me
mate i que tú me sobrevivas para amar segun tu naturaleza i segun tu
corazon! ¡Yo seria menos desgraciada muriendo, de lo que soi, conociendo
que vivo a espensas de tu dolor!...."

Con estas últimas palabras cayó el libro de Lamartine sobre las faldas
de Berta, inclinó ésta la cabeza i una lágrima tierna tembló en los
párpados de sus ojos i se deslizó surcando sus mejillas hasta caer sobre
esa pájina apasionada i palpitante.

--¡Oh! ¡madre mia! esclamó en seguida: la muerte o la desesperacion son
los únicos caminos de un amor imposible, i sobre todo, cuando se anida
en el ardiente corazon de un jóven i lo que es mas, ¡de un jóven poeta!
¡Si Rafael no hubiera sido poeta no habria amado tanto! Si su amor por
Julia no hubiera sido un amor imposible, habria sido un amor triste pero
no desesperante.

--En efecto, si la realizacion de ese amor no hubiera sido imposible, no
habria sido tan grande, hija mia, repuso la madre, sonriendo con esa
frialdad de los años, al ver con aire de sincera estrañeza las juveniles
impresiones de su hija.

--De todos modos, si yo no quisiera ser Julia, menos querria ser Rafael,
porque a juzgar por lo poco que he leido en mi vida, las pasiones de los
hombres son mas vehementes i menos pasajeras que las pasiones de las
mujeres i porque ante todo, el poeta parece un ser condenado al
sufrimiento i predestinado a la desgracia. I como dice, mamá, aquel
autor español que leíamos una tarde en el cenador del jardin:


         «El poeta en su mision
       Sobre la tierra que habita
       Es una planta maldita
       Con frutos de bendicion.»


--Por eso, mi querida Berta, no aspires a ser ni Rafael, ni Julia i
conténtate con ser la hija tierna i amorosa que concentra en su amor
filial todos los perfumes de su alma sensible, todos los latidos de su
impresionable corazon.

--Tiene usted razon, madre, dijo Berta, precipitándose a colgarse del
cuello materno: ¡tiene usted razon! usted será siempre el único objeto
de mi cariño. Hizo resonar un beso en la frente de su madre i agregó:

--Yo la amo a usted tanto como Rafael a Julia. ¿Para qué aspirar a un
nuevo amor, si el que a usted le profeso me hace feliz, si constituye la
delicia de mi vida? I si he de decirle la verdad, hai en el fondo de mi
alma un sentimiento vago e indefinible que me inspira cierto miedo al
amor: me parece que huiría de él si lo encontrase en mi camino.

En ese momento la entrada de un perro negro i hermoso anunció la llegada
de Manfredo, padre de Berta. Mientras el perro se tendia a los piés de
ésta, batiendo la cola i restregando la frente en los pliegues de su
vestido, como para acariciarla, llegó Manfredo de la calle i pisó el
umbral de la habitacion, en que permanecian abrazadas madre e hija.



VII


Taciturno i pensativo traspasó Manfredo el umbral de la puerta, i al
descubrir con sorpresa aquel tiernísimo cuadro doméstico; a la hija
llorosa en los brazos de la madre i con la frente inclinada sobre su
hombro, se demudó de súbito i se apresuró a preguntar a su esposa:

--¿Algo de desagradable ha ocurrido durante mi ausencia?

Berta i Raquel callaron.

Manfredo reiteró la misma pregunta, con cierta involuntaria ajitacion, i
agregó:

--No contaba, por cierto, con que al volver al seno de mi familia, para
buscar en él el dulce consuelo de mis contrariedades i sufrimientos,
fuera para encontrar a mi hija llorosa i aflijida.

--No es nada, contestó Raquel. La esquisita sensibilidad de Berta le ha
arrancado lágrimas de conmocion al leer las pájinas de _Rafael_.

--Ojalá todos los motivos de sufrimiento fueran como ese. Yo acabo de
tener uno mayor, hija mia. He recibido hace poco una carta de la Habana
que me hace temer, i con sobrada razon, por el mal estado de mis
negocios. Un ajente mio en esa ciudad, ha fugado, quién sabe a dónde,
llevándose una gran cantidad de café, cascarilla i añil, que le habia
enviado para que remitiese a España. Me dicen que su situacion comercial
era dificil, i ha querido probablemente usurparme el honrado fruto de mi
trabajo i del sudor de mi frente, esponiendo a dejar en la miseria a mi
pobre familia.

--Dios remediará tus sufrimientos, contestó Raquel, no sin procurar
disimular a su esposo la impresion que le hacia tan funesta nueva. Dios
los remediará, i hará que el estafador caiga a manos de la justicia, i
que el fruto de su indignidad, que es tambien el fruto de tus desvelos i
de tus trabajos, vuelva a tus manos.

--¡I lo peor es que no hai remedio!... dijo Manfredo, interrumpiendo a
su esposa.

--No te aflijas, Manfredo. Ni yo ni nuestra hija tenemos ese apego al
lujo de la jente vulgar: son buenos sentimientos, i no seda i encajes
los que estan gravados en nuestros corazones. Yo, como tú recuerdas, fuí
hija de la desgracia; viví largo tiempo del producto de mis trabajos i
eso me ha aleccionado i dádome resignacion bastante para sobrellevar la
mediania i aun la carencia de la fortuna.

Manfredo, con la frente inclinada i el semblante sombrio, se paseaba
silencioso de un estremo a otro de la habitacion.

--I sobre todo, Manfredo, agregó Raquel, ¿sabes que tengo algo bueno que
comunicarte?

--¿Que?

--Como a las nueve de la mañana, ha estado aquí una costurera que tú
conoces i que viene con frecuencia a arreglar nuestros vestidos. Me ha
hecho, pues, esa mujer una valiosa oferta que la espero con impaciencia,
que bien vale la pena de que devuelva el contento i la calma a nuestros
ánimos i la sonrisa a nuestros labios. Me ha ofrecido venir
probablemente a esta misma hora trayéndome un mulatito, de 18 años de
edad, poco mas o menos, para que nos sirva de camarero.

--En verdad.... continuaba Raquel, pero fué interrumpida, por el sonido
repetido de una campanilla de timbre sonoro que resonó en el interior de
la casa.

El ruido de esa campanilla era la señal que indicaba la hora del
almuerzo.

Son las diez i cuarto, dijo Manfredo, sacando nuevamente su reloj del
bolsillo del chaleco; los sirvientes han tardado en llamarnos a la mesa,
algo mas que lo de costumbre.



VIII


Padre e hija, con mas Albertito, dejaron el costurero i se dirijieron al
comedor, atravesando el salon de recibo que estaba inmediato, i
sucesivamente las alcobas de Manfredo i de Raquel i una parte de uno de
los corredores. Manfredo colocóse a la cabecera de la mesa, Raquel en su
costado derecho; Berta tomó asiento a su lado izquierdo, despues de
colocar junto a sí a Albertito, levantándole de los codos para sentarlo,
como acostumbraba hacerlo, i acomodándole la servilleta en el pecho i el
cubierto en la mano.

El comedor estaba situado en el fondo de la casa; estendíanse delante de
él los floridos jardines del patio i por detras el huerto con sus
jigantescos árboles que sobresalian de los muros. A uno i otro costado
de la puerta de entrada habia hileras de ventanas resguardadas por
sobresalientes barandas de hierro, i cubiertas por trasparentes
celosías. La brisa embalsamada del huerto i de los jardines penetraba
por ellas, empapada de rosa i de jazmin. El gorjeo de las aves,
confundido con las melodías de un piano cilíndrico de cuerda, que solo
se oia durante la mesa, hacian deliciosa esa hora apostólica del hogar
doméstico.

Manfredo hacia el gasto principal de una conversacion jovial i a veces
picante, i sonreia de felicidad al verse tan apaciblemente rodeado de su
esposa i de esos dos carísimos frutos de su amor. El disgusto de su
familia con motivo de la carta que le anunciaba el quebranto de su
fortuna habíase ya disipado en esos momentos felices, Manfredo se sentia
tan contento, que en un instante de entusiasmo levantó la copa,
invitando a su mujer a tomar a la salud de su hija, en cuya belleza
peregrina se deleitaba a ratos con cierta inocente i mal disimulada
satisfaccion, que revelaban de sobra la indiscreta espresion de sus ojos
i la sonrisa que invadia su rostro.

Algunos floreros de porcelana blanca que contenian grandes ramos
formados de las rojas flores de la ceiba, adornaban la mesa. Frente a la
entrada se mostraba la chimenea, en medio de dos ventanas, i a ambos
lados de ésta, se alzaban desde el suelo dos inmensos búcaros de mármol
llenos de ramas de palma. Sobre la chimenea habia un reloj de mesa, en
cuya parte superior dominaba el busto de Shakspeare, con una corona de
laureles en una mano i una lira en la otra.



IX


Sonó en ese momento en un corredor inmediato una campanilla cuyo resorte
fué tocado en la puerta de la calle. Manfredo al oirla tocó tambien un
timbre que tenia junto a su asiento para llamar a los sirvientes. I al
presentarse inmediatamente uno de ellos, le dijo:

--Vé al jardin del patio i divisa desde allí quien ha tocado el tirador
de la campanilla. Si es algun amigo introdúcelo aquí, i si es alguna
persona desconocida condúcela al salon suplicándola que aguarde i
avisándole qué estoi en mesa.

El sirviente cumplió la órden del patron, i volvió poco despues, de
carrera, jadeando i lleno de un alborozo indisimulable, dijo sonriendo
de alegria:

--Señor, es una mujer que pregunta por la señora.

--¿I quién es ella?

--La costurera Carolina.

--¿Pero qué de ahí? ¿Porqué tanta ajitacion? repuso Manfredo.

--Es, señor, que no viene sola....

--¡Pero, vamos! ¿Quién la acompaña?

--Viene, señor, con el mulatito que le ofreció a la señora. I
acercándose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la
dijo al oido:

--Señorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.

--¿Dónde está? esclamó ella entusiasmada.

--Está afuera.

--¡Mamá! ¡mamá!, ¡Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando
las manos de alegria, e incorporándose en su asiento para ir en su
alcance. Pero el padre la detuvo, diciéndola.

--¡Tranquilízate, niña, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que
lo introduzcan aquí: ya vendrá.

--¿Pero qué importa que Berta vaya tambien a traerlo? replicó la madre.

--Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los
sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han
inspirado.

Oyóse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a
fijarse en la puerta.

Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i
proferia palabras de júbilo infantil.

Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no
revelaba impresion alguna, aunque fijándose bien en su fisonomia se
traslucia en su alma una melancólica indiferencia.



X


El momento deseado llegó por fin.

Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la
vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida
costurera que le acompañaba con esa risueña complacencia que se anticipa
a veces a un éxito feliz.

De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara
casi redonda, frente preñada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes
i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la
salud i la lozanía, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa
mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha
de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un
negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que
parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien
entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que
contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que
parecia traslucir la bondad de su carácter se armonizaba con la seriedad
de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i
de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse
a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas
negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceño al
parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se
revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su
intelijencia, reflejábase tambien sobre su rostro oscuro pero simpático.

Apenas el mulato se presentó en la puerta del comedor, todos los ojos
llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en él. Todos, pues ya
habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos
precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vénia
profunda i respetuosa, permaneció de pié en direccion a la puerta.

Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con
monosílabos, golpeándole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad
le dijo:

--Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus
respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.

Gabriel al oir estas palabras, inclinó lijeramente la cabeza como para
ocultar una sonrisa picarezca.

Alberto, el niño mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i
dando gritos de júbilo infantil, al verse con un nuevo compañero, abrazó
de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:

--¡Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugarás conmigo
al volantin; yo te regalaré los juguetes que me dió mi papá en premio de
la buena leccion de lectura que le dí a mi madre.

Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al niño en silencio.

Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada
al mulato huésped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa
mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta
en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una
especie de melancólico abandono.

--Pero, en fin, prorrumpió nuevamente Manfredo, dirijiéndose a Gabriel,
¿cuál es tu oficio? ¿cuál ha sido tu ocupacion hasta ahora? ¿quienes te
conocen a tí que puedan recomendarte por tu buena conducta? ¿Cuál es tu
familia? ¿Tienes padres? Las recomendaciones que hace de tí Carolina,
son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te
oigamos a tí mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta
de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de
tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera
a que pertenezca tienen su oríjen por punto de partida.

Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contestó:

--¿Para todo, señor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?

--¡Qué respuesta tan oportuna! murmuró volviendo el rostro Raquel.

--¡Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo,
que no son útiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dónde
vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es
natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia,
se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para
mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te diré
que te esperábamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego
que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu
proceder como lo espero, es ajustado, tendrás en mi esposa i en mí, algo
mas que los _señores_ que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino
un ceño airado, conforme a la despótica educacion española.--Ademas,
Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres,
i vivirás bajo el ala de nuestra proteccion i cariño.

Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sentó
sobre un mullido sillon de balance i comenzó a mecerse en silencio
fijando con atencion la vista en Gabriel.

Este a su turno bajó la cabeza i los ojos, pasó la mano por la frente,
mas de una vez, como para reprimir su emocion, i calló.... ¿Calló para
no proferir una palabra mas? ¿Calló por que su conciencia se sentia
abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se
ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?

Nó; rompió su largo silencio con la voz tan trémula de emocion que
parecia anudársele en la garganta, i dijo:

--¡Ah!, señor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas
emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion
i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la
felicidad. Detrás del primer impulso de simpatia con que Uds., me
favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a
la verdad, señor, que no sé qué contestar a las diferentes preguntas que
me hace Ud., ni sé tampoco por cual comenzar.

--Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras verás que todo lo
que te he dicho está en sus cabales i que no hai en ellas nada de
irregular.

--Señor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probárselo.

--¿Como?

--Contestando con serenidad a todas sus preguntas.

--Te oiré con gusto.

--Bien señor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, señor, es el
humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una
destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que
muchísimas señoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier
otro artesano. I puedo asegurarle con lejítimo orgullo, que hé adquirido
ya alguna celebridad en mi oficio.

--I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo,
interrumpiéndole.

--En verdad, señor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano
no tiene el noble lucimiento de una profesion científica, o la
brillantez aristocrática de la carrera literaria, puesto que es debida
a simple destreza de manos que el hombre mas imbécil puede adquirir con
un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el
sustento diario. La mayor parte, señor, de las personas que van al
taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las
peinetas fabricadas por Gabriel.

--¿I de donde te viene tanta celebridad?

--La razon es sencilla señor.

--¿Cuál? Por que por buenas que sean las peinetas que tú haces, tú
comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.

--Es verdad, señor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las
mias que las estranjeras, i ademas contribuyó para que yo adquiriera lo
que los artesanos llamamos _parroquianos_, el que yo distribuia mis
peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.

--En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.

--I ademas, señor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la
suerte de ser simpático a mis _parroquianos_, a tal punto que noté mas
de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de
igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo
inspiraba.

--¿I en donde estaba tu taller?

--Mi taller, señor, está en la esquina de la plaza, cerca de la botica
alemana.

--¡Ah! ya recuerdo haber visto allí una peineteria. I si mi memoria no
me engaña, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ahí.

--No seria raro, señor.

Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto
atentos el diálogo de Manfredo i Gabriel.

--Ya usted comprenderá, señor, agregó Gabriel, que no faltan personas
que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que
me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla señor,
sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con
ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.

Yo creo, señor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro
pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido
amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una
persona.

--Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cariño por él
como se trasluce al travez de tus propias palabras, ¿por que lo
abandonas a trueque del servicio doméstico, cuyos salarios son tan
mezquinos en este país, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I
aun cuando esos salarios fuesen grandes, ¿podrian nunca igualar a las
ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado
artesano?

--¡Ah! señor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria
incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es así,
el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi
trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escasísima parte, que
apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre
anciana que vivia a mis espensas en los últimos dias de su vida.

--Pero Gabriel, ¿no contaste con el porvenir?

--¡El porvenir!.... esclamó desconsolado Gabriel.

--I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque
mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i
quizá llegar a enriquecer.

--Para poner, señor un taller propio, habria necesitado un capital o una
proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller
ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.

--Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.

--Usted, señor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un
tributo a la independencia de mi carácter. Ademas, mientras otros
quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jamás he
llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres
adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones
domésticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio
íntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaña de
oro. Prefiero una mirada cariñosa, una caricia sincera, un seno donde
reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui niño
sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a
este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una
escepcion entre ellos. Por otra parte, señor, yo sentia mortificado mi
amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas
de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una dádiva, el fruto
de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una
digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para
mí, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. ¡Ah! pero eso era
imposible, ¿De qué me habria servido, señor, tener una fortuna si todos
hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valdés, el mulato, el bastardo,
el artesano?

--¿Bastardo? esclamó Manfredo.

--Hé ahí por qué, señor, continuó Gabriel, prefiero vivir, sepultado en
el fondo de un hogar doméstico, olvidado de los conocidos de antes e
ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo
habria en servir a mis señores, porque el cariño recíproco me ligaria
con ellos i me elevaria a su altura.

--¡Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.--¿Eres
bastardo?

--Bastardo... dicen que soi, señor. Yo no conozco mi oríjen. Mi pasado
está lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que árbol
se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal.
¡Oh! ¡qué entrañas debió tener esa madre, si es que fuí abandonado por
ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo
sea, porque yo, aun sin conocerla, ¡la amo i la perdono!..

Calló i permaneció un momento con la frente inclinada....

Raquel contemplaba atónita ese cuadro tan triste i tan recargado de
sombras: como una nube en el cielo, cruzó otra sombra por sobre su
frente. Una gruesa i silenciosa lágrima surcó su mejilla, talvez,
despues de otras lágrimas que en el curso de esa escena palpitante de
dolor, de sinceridad i de ternura pasaron desapercibidas....

Quedó tan conmovido Gabriel, que parecian paralizárseles todos los
resortes del alma, al contemplar la lágrima de esa mujer que cayó a su
vista como un rayo sin tempestad. Aproximóse a ella con la mirada
apasionada i chispeante i la dijo:

--¡Oh! señora, usted es la mujer mas buena que he conocido en el mundo.
¡Mis desgracias han hecho eco en su corazon, mis lágrimas han arrancado
otras lágrimas de sus ojos! ¡Si yo pensaba antes de ahora en ser su
camarero, de hoi mas, seré su esclavo, pero un esclavo voluntario!

Raquel fijó en el jóven mulato una mirada tristísima, balbuceó una
palabra que, por el ademan, se inferia que era una palabra de
agradecimiento, i profundamente impresionada bajó los ojos.

Gabriel a su turno la miró en silencio.

Manfredo fijó entonces en Raquel otra mirada penetrante i acudiendo a su
lado la dijo con ternura:

--¿Qué tienes, esposa mia? ¿Por qué lloras?

--Nada, nada; contestó Raquel, con los ojos llorosos i el semblante
risueño. ¡Es tan triste la historia del infortunado Gabriel, es tan
simpática la desgracia i él sabe contar la suya con tanto sentimiento!

--¡Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la
verdad, ¿a qué hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqué llorar
i sufrir en este valle de lágrimas.

En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, dió las
dos de la tarde.

--Vaya que ha sido larga la sobremesa, agregó Manfredo. Yo tengo algunos
asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he
perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; ház que los sirvientas i
nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que
los conozca.

I diciendo esto tomó su sombrero, palmeó risueño el hombro de su esposa,
en señal de despedida i partió.



XI


Raquel se levantó de su asiento i haciendo una señal con los ojos a la
costurera Carolina, que se hallaba presente, salió con ella como
abrumada por un secreto pesar, i ambas se dirijieron al salon. Sentóse
la primera sobre un sofá, reclinándose en un cojin. La otra tomó asiento
en uno de los sillones que estaban colocados en las estremidades del
sofá i comenzaron a hablar en voz baja i al parecer de una manera
confidencial.

Al mismo tiempo Berta apoyada de codos en la baranda de una de las
ventanas del comedor que daban al huerto, Gabriel i Alberto a su lado,
contemplaban desde allí el horizonte del cielo cubierto de cenicientas
nubes, que descendian revistiendo como con una mortaja las cumbres de
las montañas lejanas: la opaca luz de un dia nublado: la espesura del
huerto que blandamente mecida por la fresca i balsámica brisa, dejaba
ver, allí en su fondo los pedazos del lago que correspondian a los
claros de la arboleda que se abrian o cerraban alternativamente con el
vaiven del follaje, semejante al flujo i reflujo de las olas de un mar
verdoso: la alondra que volando rizaba con su alas vibrantes la faz del
lago: los pájaros canoros que saltaban de rama en rama; el movimiento
de las errantes golondrinas que se agrupaban debajo de las cornizas de
las ventanas de las que pendian sus nidos: el ladrido del perro amarrado
en uno de los rincones del huerto: los jilgueros i canarios que se
ajitaban gorjeando dentro de sus jaulas, colgadas aquí i allí en las
copas de los árboles.

Berta entonces dirijiéndose a Gabriel le dijo:

--¿Quieres que despues de conocer las habitaciones bajemos al huerto?

--Con mucho gusto, señorita, le contestó.

--Es preciso que te orientes en la casa i que la conozcas desde luego.

--Tiene usted razon, señorita, contestó Gabriel, con cierta tristeza que
armonizaba i aumentada talvez con la tristeza de la naturaleza.

--Vamos entonces, dijo Berta. I salieron los dos, seguidos de Albertito
que brincando con travesura seguia a su hermana jugando con los lazos
rosados que ceñian su cintura i que caian a lo largo de su vestido de
muselina blanca.

Atravesaron una parte del corredor, entraron al costurero, deteniéndose
poco en él i pasaron al salon de recibo en el que encontraron a Raquel
conversando aún con la costurera Carolina.

En el ángulo del salon correspondiente al en que estaba el piano habia
una pequeñísima mesa circular llena de pequeños floreros i adornos de
bronce i porcelana, sobresaliendo de en medio de ellos un retrato grande
de Raquel, con sus ojos tan inflamables i sombrios que parecian dos
estrellas nubladas; con su negra i ondulante cabellera que cubre sus
hombros como un manto lleno de pliegues i con su graciosa i pequeña
frente entreoculta por los bucles naturales de su cabello; con su tipo
romano.

Gabriel se detuvo como paralizado delante de ese retrato, i despues de
devorarlo con una mirada chispeante, murmuró:

--¡Que hermosa mujer! Hágame el bien señorita Berta de decirme ¿quién
hizo este retrato de su mamá?

--Un fotógrafo que tiene su tienda en la calle de la Compañía, cerca de
la plaza de armas.

--¡Ah! ya caigo en cuenta. He oido decir que es el mejor fotógrafo de
Mantanzas, i que no hai ni en la Habana ninguno que merezca compararse
con él.

--Así he oido tambien.

Con estas últimas palabras recorrieron sucesivamente las alcobas de
Manfredo, i de Raquel, que estaban una en seguida de otra; i bajando por
una plataforma escalonada se dirijieron al huerto. Atravesando a lo
largo de la calle central de árboles, llegaron a la orilla del lago,
contemplaron a su borde las hojas secas que flotaban en la superficie
del lago, las sombras de los árboles que temblaban sobre sus ondas
azules, no sin sostener una conversacion animada.

A momentos blanqueaban los ojos del jóven mulato al fijarlos en Berta,
con cierta mal disimulada impresion.

En ese momento una nube de mariposas se posaron sobre las flores de uno
de los jardines, i apenas Berta las divisó, ¿vamos Gabriel a cojerlas?
esclamó, rebozando de alegria, i sosteniendo con una mano un rozon mal
prendido de su peinado i recojiendo con la otra los diáfanos pliegues de
su vestido, acudió corriendo por entre las tortuosas sendas de rosas i
jazmines en pos de las mariposas. Casi todas volaron, espantadas, a los
jardines inmediatos, i solo una quedó cautiva entre sus dedos de marfil.

Gabriel aparentemente impasible quedó de pié en el mismo lugar,
siguiendo con la vista a esa encantadora niña, que parecia una vestal
haciendo las veces de jardinera.

Berta regresó de prisa, ajitando las manos, a juntarse con Gabriel, i le
dijo:

--Ya ves lo que tiene el no ser neglijente como tú. Si ustedes los
hombres necesitan armas para cazar, a nosotras las mujeres nos bastan
las manos. Si tú hubieras ido conmigo en persecusion de las mariposas
talvez habrias esclavisado otra mas.

--Es que yo desde mui niño he odiado la esclavitud, señorita Berta. Es
por eso que me aflije hasta la esclavitud de las mariposas, que deben
ser tan libres como el hombre, pero no como el hombre cubano; porque
Cuba es ya el único asilo de la esclavitud. Yo daria mi sangre por
borrarla de nuestro suelo. I la libertad, por desgracia, es aún
considerada por los cubanos, como una bella quimera, como uno de esos
sueños dorados que probablemente ha tenido usted, señorita, i en los que
ha visto flotar las flores del huerto, i las estrellas del cielo.

--¡Tienes razon, Gabriel. Pobre mariposita! A nosotros en su lugar no
nos gustaria que nos cortaran el vuelo i la libertad; ¿no es cierto?
dijo, i arrojó ese volátil i matizado animalito que aleteando cruzó los
aires.

--Gabriel, vamos ahora a los cenadores.

--Vamos, señorita.

Acto contínuo se dirijieron a uno de ellos, i entraron a él. Berta se
sentó en un asiento rústico de madera i Gabriel quedó de pié a su lado.

--Pero hasta ahora nada me has dicho Gabriel de la impresion que te ha
causado la casa i el huerto. ¿No ha sido buena?

--Tan buena impresion me ha hecho, señorita, esta hermosa mansion, que
temo no poder espresarla, i por eso prefiero callar; por que las
palabras nunca se elevan a la altura de las grandes impresiones. Se me
figura que he nacido a una vida nueva desde que me encuentro en medio de
las delicias de este hogar, respirando sus perfumes i abrigándome a su
sombra. Me parece haber sido introducido a un pequeño paraiso habitado
por ánjeles.

--¡Cuanto me alegro Gabriel que estés tan contento! ¡Ojalá sigas en
adelante tan complacido como hasta aquí!

--En medio de esta familia que respira alegria, bondad i una ternura tan
espontánea seria un pecado señorita el descontento i la tristeza.

--Pero tú no cuentas Gabriel con que suele haber en la vida causas
ajenas a la voluntad i a lo que nos rodea que enturvian la felicidad; o
que a veces la misma felicidad es la sombra de la desgracia.

--¡Cuanta razon tiene Usted, señorita! Acaso sin darse cuenta del
alcance de sus propias palabras ha hablado Usted, con la madurez de la
esperiencia i me ha abismado en un mundo de tristes ideas en que suele
caer mi alma, constantemente víctima de íntimos sufrimientos.

--La verdad Gabriel es que de esperiencia poco hemos de saber tú i yo,
porque somos jóvenes. A nuestra edad es preciso sonreirse cuando el
pesar nos muestra su ceño airado. Tórnate alegre, i déjate de palabras
graves. Allá cuando los golpes del destino nos hieran en el camino de la
vida, entonces nos preocuparemos de ellos. ¡Mira! ¿sabes lo que se me
figura la esperiencia?

--¿Qué?

Unas de esas brujas o viejas de aspecto repugnante que nos representan
en la niñez, con el nombre de duendes o hechiceras.

Gabriel sonrió en silencio.

--Vamos Gabriel a ver si ha llegado mi papá, dijo la hermosa niña, i
regresaron ambos a la casa llenos de animacion i jovialidad.



XII


En efecto, Manfredo recien llegado i conversaba con su esposa en
presencia de Carolina, que estaba mui contenta por que acababa de
recibir de Raquel un regalo, para ella valioso, en retribucion de sus
buenos oficios.

Berta i Gabriel entraron en ese momento.

--Salud papá; ¿Como le ha ido hoi en sus negocios?

--Menos bien de lo que yo creia hija mia.

--Gabriel ha quedado maravillado al pasear el huerto, agregó la niña.

--Me alegro infinito, porque buenas horas tendrá que pasear en él,
contestóle el padre.

--Gabriel aproximándose a Manfredo con aire respetuoso i el sombrero en
la mano, le dijo:

--Señor, yo no podré venir a establecerme en su casa, antes de dos o
tres dias, por que necesito entretanto, hacer ciertos arreglos.

--Pero Gabriel, repuso Raquel, si no es mas que para traer las cosas de
tu pe tenencia, Carolina puede encargarse de ello.

--Gracias, señora, tengo otros quehaceres en los que nadie podria
reemplazarme.

--¿Pero cuáles son Gabriel? insistió Raquel.

--Señora... iba a proferir el jóven mulato, pero Manfredo le interrumpió
diciendo:

--Raquel, no seas exijente. I volviendo el rostro a Gabriel, agregó:

--Bien está, quedas licenciado por ese tiempo.

--Pero que la ausencia no se prolongue, Gabriel, esclamó Raquel.

--Naturalmente, dijo Berta; si te demoras Gabriel te recibiremos mui
ágriamente, i te prohibiré pasear en el huerto.

--Ya me seria penoso prolongar mi ausencia de ustedes, dijo Gabriel, i
se despidió cortesmente de todos los de la familia i partió en compaña
de Carolina.



XIII


Durante los pocos dias de la ausencia de Gabriel, se le destinó un
pequeño aposento, inmediato a la entrada de la casa. Una estera de paja,
un catre, dos sillas, un labatorio i una mesa, todo de madera blanca,
constituian lo principal de su ajuar.

Raquel, despues de revisar esa habitacion compró personalmente otros
útiles accesorios, que cuando los vió Manfredo, los encontró demasiado
lujosos para el aposento de un ayuda de cámara. Ella se opuso a las
objeciones de su esposo. Este insistió en ellas, i se trabó, con tal
motivo, una de tantas contrariedades domésticas, que pasan aun por el
cielo mas puro de un hogar, como nubarrones de verano.

Pasaron pocos dias en efecto i Gabriel regresó a la casa i fué
nuevamente recibido con igual estimacion, pero con mas confianza que
antes. Tan luego como Berta i Alberto sintieron sus pasos salieron al
corredor, a su encuentro. Preguntáronle cómo le habia ido en esos dias i
le dirijieron palabras joviales.

Berta le contó en seguida que ya estaba preparado su cuarto.

--¿Vamos a ver Gabriel el pequeño nido que te hemos preparado?

--¿Donde está señorita?

--Ya lo verás, le dijo, i se encaminaron a él. Cuando llegaron a su
umbral encontraron a Raquel colocando en el muro i a la cabecera de su
cama un cuadro místico: era el arcánjel san Gabriel.

El jóven mulato al sorprender la solicitud de la señora se detuvo en el
dintel de la puerta, fijando en ella una mirada de gratitud. Se ofreció
para ayudarla, pero ella habia concluido ya su tarea.

--Señora, la dijo, su bondad me avergüenza. Yo sabré corresponderle con
la exactitud en el cumplimiento de mis deberes, con mi adhesion i mi
fidelidad. Pero ya que es usted tan bondadosa conmigo voi a pedirle me
conceda los útiles que me son mas necesarios.

--¿Cuáles son Gabriel?

--Una hamaca i recado de escribir.

Momentos despues tenia Gabriel en su habitacion ambas cosas. Guardó en
un cajon de la mesa el recado de escribir i clavó la hamaca por ambos
estremos, diagonalmente en el cuarto.

En ese momento tocaban a la puerta de la casa. Era Carolina que iba a
preguntar si Gabriel habia llegado ya.

Poco despues Gabriel se mecia tendido en su hamaca como para ensayar las
horas que se prometia pasar en ella. I Carolina conversaba con los de la
casa en el costurero.

Manfredo dirijiéndose a ella, díjole, entre otras cosas, en el curso de
la conversacion.

--¿Sabes, Carolina, que todos los de mi familia han llegado a cobrarle
cariño sincero i casi tierno a Gabriel?

--Mucho me complazco, señor, contestó la costurera, porque lo creo digno
de ese cariño; i la mayor prueba de que lo merece es que tan pronto ha
sabido inspirarlo. I usted comprende, señor, que lo demas es obra del
tiempo.

--Es así, contestó Manfredo. Pero por lo mismo queríamos asegurarnos de
su consecuencia i lealtad. Porque tú debes saber lo sensible que hace el
perder a una persona ya querida. Por esa razon desearía que me dés
alguna luz mas sobre la índole, los antecedentes, el carácter i las
costumbres de Gabriel, para no violentarlo con exijencias contrarias a
ellas.

--Yo conozco, señor, a Gabriel íntimamente con motivo de ser un amigo
decidido de mi marido, con quien trabaja en el mismo taller. Ambos
tienen el mismo oficio, i se buscaban antes con frecuencia. Gabriel,
señor, es de un carácter dulce, uno de esos corazones bondadosos de todo
bien, de ningun mal capaz. I para que usted se persuada de ello, básteme
decirle, que una parte de las utilidades de su trabajo la destinaba para
los pobres.

--¡Qué bien, papá! esclamó Berta. Los domingos me ayudará a distribuir
el pan a los pobres.

--Es tambien, señor, prosiguió Carolina, de un carácter vehemente i casi
arrebatado. Es capaz de arriesgar la vida por vengar una injuria, por
reparar una injusticia, cualquiera que haya sido su víctima, a pesar de
esa indolencia aparente que parece que le dominara. Mui exacto en el
cumplimiento de sus deberes, tiene sin embargo, algunos inconvenientes.
Es a veces exajerado en su amor propio, por lo mismo que vé que su color
lo rebaja. No se le puede hacer un insulto mayor que llamarle mulato o
bastardo: se encoleriza de tal modo que parece perdiera la razon. En
cambio tiene la sensibilidad del niño i la ternura de la mujer. Mas de
una vez le he visto enjugar lágrimas al verme llorar. Hai, señor, un no
sé qué de misterioso i vago en el fondo del alma de Gabriel. Hai dias,
por ejemplo, que amanece con el ánimo tan nublado, como las lluviosas
mañanas de Matanzas, i tanto o mas sombrio que su propio rostro. Se
encierra entonces en su cuarto, como una noche de dolor, i queda a veces
uno o mas dias sin salir de él. Su único anhelo en tal situacion, es
sepultarse en la soledad; parece que quisiera huir de sí i hasta de las
paredes de su cuarto, cuando pasa con dolorosa i violenta alternativa
del arrebato, al desfallecimiento del dolor; i de éste a los arranques
de indecible ternura por todo lo que le rodea. Yo recuerdo que una vez
que estaba esplinático, mi marido i yo le atisvábamos por el ojo de la
llave de su cuarto, en el que hacia veinte i cuatro horas que estaba
encerrado, i le vimos golpear el suelo con los piés, pasearse desatinado
a lo largo de ese cuarto, tenderse despues sobre un banco i ocultando su
frente entre sus manos llorar a lágrima viva i sollozar sin descanso, i
alzar a ratos los ojos al cielo, como implorando de él.

--¿I a qué atribuyes, Carolina, tan raras turbaciones en el carácter
ordinariamente tranquilo i apasible de Gabriel? dijo Manfredo.

--Muchas veces he pensado, señor, en eso, i a la verdad que no me las sé
esplicar. Me he perdido en un mar de conjeturas, por aliviar su
situacion. Unas veces he supuesto que sea simple efecto nervioso que
hace mas mella por su corazon sensible i por su naturaleza tan ardiente
como el sol de Cuba; otras veces que es un hombre soberbio a quien
humilla su raza i su condicion: o bien, que guarda algun dolor secreto
que amarga en íntimo silencio su existencia.

--Raro carácter, en verdad, repuso Manfredo.

--Pero en tales casos, señor, lo mejor es respetar su soledad i su
dolor, porque es imposible consolarle. I tan imposible, que una vez que
mi marido i yo entramos en su habitacion para enjugar sus lágrimas i
consolar sus dolores, nos pidió permiso i nos dejó solos en ella.
Seguímosle a hurtadillas una tarde tan nublada como su alma. Su mirada
estaba triste, su rostro pálido i la frente inclinada. Caminaba por las
calles, como quien no se dá cuenta de lo que le pasa, i con un aire de
melancólica distraccion llegó, a paso lento, hasta los estramuros de la
ciudad; se detuvo allí largo rato con los brazos cruzados i la vista
fija en el cielo. Accionaba a ratos: parecia que hablaba consigo mismo:
contraia el ceño, haciendo al parecer, un esfuerzo violento, para
recojer su espíritu i penetrar en él, como quien orilla espantado el
abismo, resuelto, sin embargo, a arrojarse a su fondo.

--Pero no fué eso todo, prosiguió Carolina. Siguió su marcha paso a paso
hasta llegar a la ribera de un bosque. Penetró a él, en momentos que ya
comenzaba a cerrar la noche. Sentóse a la sombra del bosque sobre el
tronco de un árbol caido, i quedó largo rato apoyado de codos sobre sus
propios muslos i la frente oculta entre las manos. Parecia, señor, la
sombra del dolor. I en efecto, como una sombra melancólica se deslizaba
por entre los árboles del bosque, vagando errante i al parecer, sin
sentido. Poco despues regresó a su casa; i al dia siguiente le vimos
como si nada hubiera pasado por él. Solo se le notaba cierta palidez que
emanaba probablemente del desvelo i de la vijilia.

--Pero díme, Carolina, ¿nada te dijo de la causa de sus sufrimientos?
interrogó Berta.

--Nada señorita. Como tiene de costumbre, guardó un profundo silencio
sobre lo ocurrido.

--¡Pobre Gabriel! repitió Berta. Con el negro dolor que lo devoraba, con
su color oscuro i a la sombra de ese bosque en que tú le pintas, se me
presenta a la imajinacion como la imájen de la noche.

--Otra ocasion, agregó Carolina, notándole tambien algo triste, le
ofrecí en mi casa un vaso de vino, por que el licor suele adormecer las
emociones del espíritu. I me contestó con profunda amargura:

--¡Gracias Carolina! ya he bebido mis lágrimas, i eso me basta.

--¡Pobre jóven! dijo Manfredo, es digno de compasion.

--¿I estará ahora en su cuarto? preguntó Raquel.

--Si mamá, repuso Berta. Acabo de pasar por la puerta de su aposento i
le he visto meciéndose en su hamaca.

--Me parece que es ya del caso comunicarle cuáles serán sus tareas i la
distribucion de ellas, agregó Manfredo.

--Tienes razon; i él deseará tambien saberlas, desde luego, repuso
Raquel.

--Manfredo le hizo llamar.

A poco rato se presentó Gabriel, diciéndole:

--Señor, estoi a sus órdenes.

--Mira Gabriel, prorrumpió Manfredo; he creido necesario ponerte al
corriente de tus quehaceres en la casa, indicarte tus obligaciones i
preguntarte sobre los derechos que exijas.

--Yo lo deseaba tambien, señor.

--Bien; tú por la mañana cuidarás de que los jardineros hayan regado los
jardines, limpiado las estátuas, aseado los corredores, las sendas del
huerto, i formado los ramos de flores con que se adorna la mesa del
comedor. Cuidarás tambien de que el esclavo Estevan despierte a
Albertito i le aliste todo lo que necesita diariamente para ir a la
escuela.

Despues de que nosotros nos háyamos levantado de mesa, prosiguió
Manfredo, podrás sentarte en ella.--Una vez que hayas concluido de comer
recorrerás todas las habitaciones para ver si están bien desempolvadas.
Te recomiendo tambien que el cochero no se descuide en lavar el coche
diariamente, i cuidar con esmero los caballos.

En el resto del dia, continuó Manfredo, podrás ocuparte de lo que
quieras, cuidando solo de que uno de los sirvientes le lleve sus _once_
a Alberto. Por lo demas, revisar la mesa a la hora de la comida o del té
por la noche, i otras muchas pequeñeces, por el estilo, te las irán
indicando nuestras costumbres, tu previcion, el tiempo i tu buena
voluntad.

Lo único que no debo olvidar advertirte, dijo en seguida Manfredo, es
que como viene todos los dias el señor Altieri a dar lecciones de piano
a mi hija, estés listo, para cuando llegue en comunicárselo a ella, e
introducirlo al salon.--Lo mismo te recomiendo si viene alguna visita,
lo cual será rarísimo, por que mi familia vive completamente alejada de
la sociedad, i en un casi completo aislamiento. I eso es tan cierto que
son poquísimas las personas a quienes conocemos en Matanzas.

--¿I por qué, señor, ese alejamiento de la jente, cuando la sociedad es
uno de los goces mas agradables, i sobre todo para personas educadas,
ricas i cultas como ustedes? Ademas, señor, una niña tan llena de
prendas i adornos como la señorita Berta, bien merecia, señor, que la
luciera usted en la sociedad. Su intelijencia, su belleza, la esquisita
delicadeza de sus maneras i de su carácter, el poseer con tanta
perfeccion el frances, el sentimiento que sabe imprimir a la música,
cuando las notas del piano parece que tiemblan bajo sus dedos al son de
sus propias impresiones, la harian desempeñar un papel mui distinguido
en la sociedad de Matanzas, en donde, segun infiero, señor, no hai
muchas señoritas de tanto mérito como ella.

--¿Quién te contó todo lo que sabia mi hija? ¿cómo lo supiste tan
pronto?

--La señora Raquel, me dijo algo. I yo la oí hace poco tocar el piano.
Me estrañó que tuviera tanta ejecucion i tanto buen gusto, una niña de
su edad.

--En cuanto a tus anteriores reflecciones, respecto a nuestro sistema de
vida, tienes razon en apariencia. En mi deseo vehemente de
proporcionarle a mi hija un porvenir próspero i feliz, un porvenir que
esté a la altura de su mérito i de mi cariño paternal, mucho he pensado
en todo lo que me acabas de decir; pero tú no sabes talvez que aquí se
mira de reojo a las familias españolas i que hai muchas i mui mezquinas
rivalidades entre las familias españolas i las matanceras.--Ademas,
continuó Manfredo, seré franco contigo, porque te considero ya un
miembro de mi familia....

--I con razon señor, dijo Gabriel, casi interrumpiendo a Manfredo.

--Pues bien, mi esposa en su primera juventud fué artista....

--¡Artista!.... esclamó Gabriel, con cierto aire de disimulada sorpresa.

--Si, Gabriel; fué cómica. I tu no ignoras que en todas las sociedades
del mundo, no se dá a los cómicos una mano amiga para introducirlos a
los estrados decentes, bien quistos, i, sobre todo, alumbrados por una
luz aristocrática. Hai esa sombra en el pasado de mi familia que
oscurece su porvenir; i por eso prefiero yo ser buscado a buscar a las
personas, i especialmente a aquellas que blasonan de alta alcurnia. Yo
sé bien que la virtud, la educacion i el mérito, reemplazan en cierto
modo lo que ha negado el lustre, casual de la cuna i del nacimiento;
pero no sucede lo mismo con los demas. I si bien la altesa de los
antecedentes de familia influye, en cierto modo, en la nobleza del
proceder i de las acciones, en cambio, no es eso tanto que la modestia
de la cuna empañe i oscuresca por completo el brillo del verdadero
mérito, que se adquiere con una educacion esmerada, cualquiera que sea
el rol que se desempeñe en la sociedad.

Brillaron los ojos de Gabriel al escuchar estas palabras, i prorrumpió
de esta manera, con entusiasmo incontenible:

--Yo pienso, señor, como usted, i voi mas allá en mis ideas a ese
respecto. Desdeñaria dar la mano a un blanco mui lleno de ínfulas i
pretensiones infundadas i ridículas, pero que sin embargo, como hai
muchos, pisoteara su honor i su delicadeza, que a un pardo modesto i
oscuro, que no tiene mas pecado que la fatalidad de su color, mas mancha
que su raza, de esa raza que vale tanto como cualquiera otra: a un
pardo, señor, en cuyo seno latiera un noble corazon, i en cuya
intelijencia ardiera esa chispa celeste que se llama el talento, i que
es el don mas precioso que Dios concediera al hombre.

Ademas señor, continuó Gabriel, la fortuna es el ídolo que adoran las
sociedades modernas, el oro reemplaza a todo. I aun el talento, la
belleza i la virtud pasan gachas i abatidas delante de ese rei altivo. I
con usted señor, ha sido pródiga la suerte en concederle ese elemento de
felicidad, segun entiendo. ¿No es verdad, señor?

--Sí, Gabriel, es así. Pero, entre tanto, continúa.

--Bien, señor; ¡una mujer colmada de virtudes i adornos i un hombre
lleno de mérito, tiene hoi en dia, menos abierto el paso, que uno de
esos marranos endinerados de frac i guante, que es el tipo de los
_dandyes_ de nuestras sociedades! ¿Qué será entonces si a la fortuna se
asocia el mérito, como sucede en su familia?

--Nó, Gabriel, no llegan las cosas, a ese respecto, al estremo exajerado
que tu supones. Tu las ves al través de un lente de aumento. Yo he
visto, aun en las sociedades mas metalisadas, predominar el mérito sobre
la fortuna. He visto mil veces doblegarse al rico ante la lejítima
altivez del talento. He visto al opulento comerciante, al rico
propietario, pisar con respeto los umbrales de la casa del abogado
novel, del jóven literato, i estrecharle la mano con cierta timidez que
revela la conciencia de su inferioridad.

He notado en los salones llamar i merecer éstos todas las
consideraciones, i aquellos, hacer un papel pálido, silencioso i
desairado.

Raquel i Berta escuchaban sorprendidas la conversacion de Gabriel, al
ver tanta cultura en las palabras de ese modesto mulato i tanta claridad
en su intelijencia.

--En cuanto a tu salario, Gabriel, dijo Manfredo, será el mismo en que
convinimos el otro dia.

--No hai cuestion, señor, a ese respecto: eso, o lo que a Ud. le parezca
mejor. Voi sí a suplicarle mas bien señor, que durante los primeros dias
me permita Ud. asistir una o dos horas a mi taller, para cumplir mi
contrato con mi antiguo jefe.

--Hazlo cuando i cuantas veces quieras; que por mi no tendrás
inconveniente alguno.

--Gracias, señor.

--Te pregunté, Gabriel, por tu vida pasada, por tus padres, por tu
familia, i casi nada alcanzaste a contarme de ella, por que cortamos
nuestra conversacion, a causa de haber tenido yo que salir entonces a la
calle. ¿Lo recuerdas?

--Si, señor. I en verdad preferiria no hablarle de mi pasado, por evitar
en mi memoria penosos recuerdos, que me entristecen sobremanera.

--Sobreponte a ellos, Gabriel, i ábreme tu corazon.

Gabriel calló un momento i exalando un prolongado suspiro, prorrumpió en
seguida:

--Mi historia es mui corta señor. Probablemente abrí los ojos a la vida
en el mismo rancho en que pasé mi niñez.

Hai en uno de los estramuros de esta ciudad, continuó Gabriel, una
humilde casilla, en una calle desierta, tortuosa i apartada. No tenia
sino dos habitaciones de muros ruinosos i sin blanquear i de techo
pajizo. Tienen una puerta que dá a la calle, otra interior que conduce a
un patio tan pequeño como mi frente: las hojas de esas puertas son de
madera blanca.--Dos mesas antiguas mui talladas, i pintadas de verde i
con aristas doradas: dos catres de madera a uno i otro costado de la
entrada; un banco rústico; unas pocas sillas enormes, azules i tapizadas
de cuero; un candelabro de loza ordinaria ocupado con una vela de sebo:
algunos santos pintados al óleo con colorido chocante, en lienzos
quebrajados i empolvados: un crucifijo a la cabecera de una de las
camas; he ahí, señor, mi morada, durante los primeros años de mi vida.

--Dos lechos te he oido decir: ¿con quien vivias allí?

Supongo que a la edad que tendrias entonces, no vivirias solo.

--No, señor.

--¿De quien era esa casa?

--Voi a continuar, señor. Esa modesta mansion, nido de mis primeros
sufrimientos, cuna carísima de mi infancia, fué tambien la tumba de una
persona querida, de una mujer.. Bajo el ala de su cariño abrigué mi
cuello infantil; mas esa ala se plegó un dia.

--Pero Gabriel, ¡habla! ¡Nombra personas! ¡Sé mas esplícito!

--Bien, señor, dijo, i enjugó una lágrima que tembló largo rato en sus
largas i retorcidas pestañas. Esa mujer era una anciana de ochenta años
de edad, una infeliz negra, una pobre ciega, una esclava; era mi abuela
paterna.

Cuando yo era tan niño aun, que todavia no podia trabajar para ganar el
pan de todos los dias i solo podia ayudar a esa anciana en pedirlo a
Dios con el primer rayo de la mañana, arrodillado al pié de su lecho, en
el que descansaba de sus fatigas i dolencias, mendigaba ella por calles
i plazas la dádiva del que encontraba al paso, o tocaba a las puertas
del acaudalado para pedir una limosna en nombre de Dios, i no recibir, a
veces, mas respuesta ¡que el que le dieran con las puertas! Cuando esa
dádiva caia a sus manos tenia la costumbre de besarla de gratitud,
correr a casa para satisfacer mis necesidades, enjugar mi llanto cuando
yo lloraba de hambre, i pedir al cielo, junto conmigo, por su
benefactor.

Me tenia tanto cariño que jamás quiso que la acompañara en su vagabunda
mendicidad. Mientras ella salia me quedaba yo en casa. El único guia de
la anciana ciega era un pequeño perrito que la dirijia amarrado del
cuello por el estremo de un cordon que lo asía a dos manos por el otro
estremo.

Cuando alguna vez, al regresar a mi indigente morada, oia el ladrido del
perrito, se me abria el corazon, acudia a la puerta en alcance de la
mendiga i con la anciosa sonrisa de mis ojos i de mi fisonomia le
preguntaba:

--¿Hai pan hoi dia?

Apenas su planta tocaba el umbral i sus manos trémulas, estendidas e
indecisas, empujaban la puerta del rancho, parecia que querian palpar
con anciosa indesicion, los obstáculos de su tráncito, o buscar la
manecita de su nieto, para imprimir un beso en su frente, esclamando:

--¡Gabriel! ¿Gabriel?.. I yo corria a avalanzarme de su cuello, a
recibir sus abrazos, las caricias con que me colmaba, los besos con que
cubria mi rostro.

¡Ai!, señor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando
recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se
dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con
indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando
encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien
cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le
pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le
preguntaba con acento lastimero:

--"¿Por qué lloras, abuelita?.."

Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al
cielo esclamando:

--"¡Oh, madre! ¿de qué fueron tus entrañas cuando abandonástes a tu
hijo?"

--Mui buena debió ser, Gabriel, esa anciana.

--Mui buena, señor; i sobre todo mui caritativa.

--¿Caritativa sin embargo de ser pobre?

--Si señor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, señor, que para mi
la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, señor, los ricos
cuántas i cuan amargas lágrimas enjugan con ceder a los pobres los
mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opíparos
banquetes: si supieran que una dádiva a tiempo puede salvar la pureza de
una vírjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez
mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo,
¡haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el
viento asota!: ¡si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el
camino del crímen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices
mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si
supieran que con esa dádiva enjugan la lágrima del huérfano desamparado,
de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, ¡oh!
entonces sabrian tambien que esa lágrima convertida en perla, la
presenta a Dios, en copa de oro, el ánjel de la caridad; oh, entonces,
señor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que
estendiéndose delante de él, le intercepta el paso diciéndole: _¡una
limosna por amor de Dios!_

--Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama
siempre el sufrimiento i simpatiza con él todo el que ha sido educado en
la escuela de la desgracia.

--Eso es tan cierto, señor, que recuerdo que un dia que pasaba por su
calle, ví a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la
puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareció percibir el aroma de
las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrirá a
esta niña de bendiciones i de felicidad." I no me engañé al percibir
desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproximé a esta casa he
visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez
besar la mano que me condujo a sus umbrales.

--¡Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en tí mas i mas nobles
sentimientos. ¡Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un
jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que
la lectura de una romántica leyenda.

--Una mañana, señor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una
tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melancólica impresion
de un sueño angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba
todavia. Me restregué los ojos para disipar el sueño i.... estaban
húmedos: ¡probablemente dormí llorando! Me incorporé en mi lecho para
saludar como de costumbre, a mi anciana compañera, i la dije:

¡Buenos dias abuelita! I me contestó con el silencio. Repetí el mismo
saludo, i me dió la misma respuesta.

Sobresaltado i lleno de temor salté de mi cama, acudí a la suya, i....
su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana
durmiendo el sueño eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de
soñar.

El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la
cama: la pálida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los
rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese
lecho de muerte.

Mi única idea fué entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin
saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la
calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el
cadáver.

Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la
parroquia. Entré a ella como un loco, llenándola con mis alaridos i mis
lágrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa
despues de preguntarme por qué lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus
umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abrió los ojos, i murmuró
levemente:

--¿Gabriel?

--¡Yo soi! le contesté: aquí está el cura de la parroquia. Hizo entonces
una señal, para que el sacerdote la ausiliara.

Tomé al cura de una mano, empapándola con mis lágrimas, i lo conduje a
la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmuró las
oraciones de la agonía. Desprendió un crucifijo que estaba clavado en la
pared a la cabecera del lecho, aplicólo a los labios de la moribunda:
ella lo besó comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie,
empañó con su último aliento la imájen de Dios; plegó los labios; me
dirijió una mirada como signo de la última despedida, i cerró los ojos,
i los cerró.... ¡para no abrirlos jamás!

Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la
tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo
sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lágrima i
una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un niño al borde de su
sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de
los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que
evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo
que el destino cruel me arrebataba.

Volví, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareció sentir
en él, el rumor de las alas del ánjel de la muerte que se batian sobre
mi cabeza, i encontré tan desamparada la morada de mi infancia, como una
cuna vacia, como una jaula desierta. No pensé entonces sino en levantar
el vuelo para dejarla.

--¡Oh! Gabriel, esclamó Manfredo; jamás habia sentido mas desgarrado mi
corazon que al oir tu triste historia; mas de una lágrima me ha costado,
i hasta de los poros de las rocas brotarian lágrimas, ¡si las rocas
pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!

Gabriel inclinó la cabeza i derramando un raudal de lágrimas, esclamó:

--Yo creia, señor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me
consuelo en ver que no es así. ¡Tengo lágrimas siquiera!

--Estás, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como
el hombre que se aproxima al término natural de su existencia.
¡Huérfano!....

--¿Huérfano?.... Tal vez no, señor. Pues quizá soi un ser abandonado de
los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero
esa idea es mas desesperante para mí porque tal vez mientras mi madre
vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no
tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era
un pobre mulato.

Desvelado, pálido i ojeroso estaba un dia meciéndome en la hamaca,
revolcándome en mis lágrimas, sin tener a dónde volver los ojos, i
buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la
muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jamás
me habia sonreido la suerte. I Dios volvió a mí sus ojos....

A la ténue luz del crepúsculo de la tarde un hombre llegaba a mis
umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para mí. Me
llamó por mi nombre. Salí despavorido, i me encontré, señor, con el cura
de la parroquia, que asistió a mi abuela en sus últimos instantes.

¡La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!

Despues de saludarme cariñosamente, de estrecharme entre sus brazos, i
de colmarme de beneficios me dijo:

--Quizá, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana
moribunda me encomendó tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese
último encargo i cariño por tí, vengo a decirte que tienes abiertas las
puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agregó en
seguida, en actitud de partir.

--Besé lloroso de gratitud la mano del sacerdote.

Poco despues vivia yo en su piadosa compañía.



XIV


La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continuó Gabriel)
la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carácter me
captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba
sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su
carácter, le acompañaba con paciencia en la mayor parte de sus prácticas
relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.

Por la mañana ayudábale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados
ambos junto a ella elevábamos al son de los primeros trinos de las aves
nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompañaba a la iglesia i
le ayudaba a decir su misa diaria.

--Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso
Manfredo.

--En verdad, señor; me parecia que andaba impregnado del olor de los
cirios que encendia i apagaba todas las mañanas, del incienso que
quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo
que amoldarme a todo.

--Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.

--En efecto, señor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un
hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio
que podia hacerme.

--¿Cuál?

--Me enseñó a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la
aritmética, la gramática i la jeografia. I me daba sus lecciones con
tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el
estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus
conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con
frecuencia. Pero cuando vió que mi amor a los libros absorvia por
completo mi tiempo i me hacia descuidar las prácticas relijiosas que me
habia impuesto, comenzó a combatir mi desicion por el estudio que era mi
única satisfaccion. Entregábame mis testos a horas determinadas, con
escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa
restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas.
Veíame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.

Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia
desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrecí mis
servicios por todas partes, toqué a todas las puertas, brindando mis
fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acudí a implorar la
jenerosidad de la amistad, i la amistad me dió las espaldas. Presentéme
entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a
Ud. otra vez, i me aceptó en él. I con el escasísimo fruto de mi
trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.

El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion,
quizá exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las
tareas piadosas, me determinó ciertas horas para que fuera todo los dias
a trabajar a mi taller. Así lo hacia yo apesar de mi invensible avercion
al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.

Así pasaron los dias i los años.

El tema favorito de mi conversacion entre mis compañeros de taller, era
la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son
monótono de nuestras herramientas lamentábamos, la servidumbre de esa
raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.

¿Cuándo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los
pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del látigo que
desangra sus espaldas? ¿Cuándo dejarán de besar humillados la misma mano
que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los
blancos e hijos de un mismo Dios?

¿I ciertamente no es señor lastimera la suerte de esa raza degradada?
continuó Gabriel.

--Tan creo que es así, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como tú,
sin embargo de ser español. Me ha contristado siempre que, mis paisanos,
los hijos de la metrópoli, esploten el fruto del sudor de la frente del
negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su
sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre
choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza
aventadas al viento.

--Es que usted señor es un hombre jeneroso, antes que español. I ancía
el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.

--Pero en fin, Gabriel, continúa la narracion de tu pasado, que ya te he
asegurado cuánto me interesa.

--Bueno, señor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me
encontré en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una
de las mil casas de juego que plagan, como una peste este país, porque
parecian estar algo ébrios; pues usted debe saber, señor, cuanto se
entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas
repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la
moral i la salud.

--Pero bien ¿qué resultó del encuentro?

--Esos hombres señor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con
lágrimas en los ojos de no saber quiénes eran mis padres; de no haber
recibido jamás una caricia maternal; de ignorar qué entrañas me dieron a
luz, qué seno alimentó mi infancia con su sustento propio.

Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin
embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la
calle detuviéronse en actitud insultante i me gritaron diciendo:


     ¡"Allá vá un bastardo"!


Ese dicterio penetró a mi alma, como la fria hoja de un puñal; el eco de
ese grito humillante resonó en el fondo de mi corazon i resuena hasta
ahora en mis oidos.

Mi primer ímpetu fué lanzarme sobre mis agresores, que para herirme
escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avancé algunos pasos
hácia ellos, ébrio de cólera i de exaltacion, pero recordé que estaba
solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya
hombres. Pensé entonces que podian abusar de la superioridad del número
i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los
impulsos de mi carácter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor
propio herido en lo mas íntimo; i resolví contarle a mi protector el
agravio que me habia sido inferido para que él lo reparara. Acudí al
efecto a su casa, i me presenté a él pálido, demudado i trémulo. Quise
referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia
que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la
palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi
alma. Balbuceé por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la
voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que
batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la
palabra.

--¡Pardiez! ¡que tu exaltacion subió de punto!

--Por cierto, señor.

--¿I qué resultó por fin?

--El cura contemplaba atónito mi turbacion. Despues de un momento en que
quedó silencioso i paralizado me hizo una señal con las manos que
parecia decirme: ¡habla! ¿qué te pasa? El breviario que leia en esos
momentos, sentado en una mullida butaca, cayó de sus manos i rodó
entreabierto a sus piés. Púsose por fin de pié i me dijo:

--¡Por Dios Gabriel! ¿qué desgracia te ha sucedido? ¿qué te tiene en ese
estado de desatentada turbacion?

--¡Pobre cura! Que gratuito fué el mal rato que le diste Gabriel!
esclamó Manfredo.

--En seguida, señor, prosiguió Gabriel, se me aproximó el cura, i
estrechando una de mis manos entre las suyas volvió a decirme:

--¡Habla Gabriel! mira que aquí estoi yo para aliviar tus amarguras,
para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente
la tranquilidad, le contesté:

--No se alarme, señor; no es nada que importe una trascendental
desgracia, pero sí una injuria que exije reparacion. Contéle entonces
calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.

El viejo cura por toda respuesta me miró fijamente i sonriendo con
ironía, me dió una palmada en el hombro i me volvió la espalda para
tomar nuevamente su asiento. Al través de la indiferencia que mostró por
mi indignacion me pareció, en esos momentos, notar en ese bendito
sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la
butaca i dándose una palmada en la frente esclamó un momento despues:

--¡Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos,
esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como
el tuyo.

--Jamás me imajiné, señor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho
de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo él sin
embargo en su sonrisa agregó:

--¡No seas niño Gabriel!

--Así seré siempre niño señor cura; i ojalá que de ese modo ni los
viejos dejaran de serlo. ¡Todo, menos el aprecio de sí mismo puede
envejecer en el hombre! le contesté.

Con el ceño algo adusto i un aire un tanto contrariado por mi
impertinente tenacidad me dijo:

--¡Todo, menos la falta de cordura, es tolerable en una persona que
tiene sentido comun!

Subia de punto mi exaltacion i en tono casi enfático, le dije:

--Yo quiero, i necesito saber, señor cura, si Ud. vengará esa ofensa por
mí.

--¿Venganza Gabriel? ¡Que mal viene esa palabra en los labios de un
hombre cristiano como tú!

La venganza es la rastrera satisfaccion de las almas pequeñas: el Mártir
Divino, ese tipo de humildad, nos enseña a presentar una mejilla a quien
nos ha herido en la otra.

--Bien, señor cura, aparte de que yo no soi capaz de presentar ninguna,
por que ni soi mártir, ni soi divino, no comprendo cómo una persona
brinde estimacion a otra i se niegue a desagraviar su honra. Por no
desagradar a Ud. no quise hacerme justicia por mi mismo: i harto me
pesa.

Esa fué, señor don Manfredo, mi última contestacion. I con una fria
vénia me despedí del cura que silencioso i azorado me seguia con la
vista. Salí de su casa i jamás volví a ella.

Entonces me ví nuevamente, señor, a merced del primer viento que soplara
i arrojado por la ola de mi destino. Pasé mucho tiempo errante, sin
asilo fijo, huyendo de los hombres porque perdí la fé en ellos, i
deseando huir de mí mismo por que perdí la tranquilidad i la alegria de
mi corazon. La mayor parte del dia la pasaba en el taller, en el que
ganaba apenas lo necesario para mi subsistencia, i las noches
jeneralmente en casa de un artesano, compañero mio que es el esposo de
Carolina. Esa ha sido, señor, mi vida por largo tiempo, hasta el dia en
que Carolina, en fuerza de su cariño por mí de haber compartido de mis
sufrimientos i oido lamentarme amargamente de verme tan solo i tan
abandonado en el mundo, tuvo la feliz idea de ofrecer mis servicios en
casa de Ud. Probablemente la mano de Dios condujo los pasos de esa mujer
aquí que es el hogar de la felicidad, por que se respira en él la
virtud, el amor i la caridad, que son la felicidad del hogar; yo nunca
dejaré de bendecir, señor, la hora i el dia en que la suerte me trajo a
participar de ella.

--Me pidió Ud. señor, que le refiriese mi historia: he ahí mi historia.
Talvez lo he cansado con ella entrando en detalles que solo para mí
pueden tener interés....

--Mui lejos de eso Gabriel; te he oido con un agrado paternal; pues
apesar de que recien comienzas la senda de la vida, has dejado ya
algunas fibras del corazon en las zarzas de tu camino.

--Así es señor.

--I como yo, Gabriel, soi un hombre que ha sufrido mucho, comprendo i
compadezco a los que sufren por que los dolores humanos tienen eco en el
corazon que los ha esperimentado; por que la desgracia para quien sabe
apreciarla tiene un atractivo mas poderoso que la felicidad i porque yo
querria siempre consolar, llorando si es posible, a los que lloran.

Gabriel, como cansado de sufrir i de recordar sus sufrimientos, inclinó
la cabeza i calló.



XV


Profunda fué la impresion con que Raquel escuchó esa larga conversacion
entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aquél volvió el
rostro a su esposa la encontró pálida con la cabeza melancólicamente
reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada
cargada de dolor.

Manfredo al verla así, se levantó de su asiento, se aproximó a ella i
poniéndole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:

--¿Qué tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada
constantemente por una tristeza indefinible; yo no sé como ni por qué
sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partícipe de
ellos al compañero de tu existencia. ¿Me he hecho, por ventura, indigno
de tu confianza?

--Mui lejos de eso, Manfredo: lo que tú supones en mí el efecto de un
sufrimiento íntimo, no es sino a veces un malestar físico.

--¿Te sientes enferma, Raquel?

--Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al
pecho que llega a empalidecerme.

Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su
alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con
una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i
alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró
para dejarla reposar tranquilamente.

Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre
el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como
esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.

Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de
ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas
devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al
cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al
cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a
éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la
comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse
pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin
que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las
luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban
entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le
tenian una respetuosa estimacion.



XVI


Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que
se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche
o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus
veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que
salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la
mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban
tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a
deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones
del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que
desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.

Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus
llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz
en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que
Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.

Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios
de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el
rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un
sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro,
recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas
de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la
firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar
suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad
del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:

--Dile que está bien i que personalmente la contestaré.

Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano
trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo
a su esposa:

--Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a
recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.

Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian
con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier
protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la
causa de lo ocurrido.

--Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe
la verdad de lo que le pasa a mi papá.

--Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.

Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse
Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato
que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada
de avidísima curiosidad.

--¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento,
mohino i desazonado.

--No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre
continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna
manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.

--Gracias Gabriel.

--¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me
arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.

--Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo
mereces.

--Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del
sufrimiento?

--Prométeme Gabriel guardar el secreto i....

--Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su
confianza.

--Pues bien, lée esa carta.

--Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz
alta:

--"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo
de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."

--¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una
deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna.
"Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa
de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del
negociante, en una transaccion comercial."

--Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó
Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.

--¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a
los labios.

--Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde
que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto
como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.

--Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.

--Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria
ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es
imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones
del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria
de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las
lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la
orfandad?

Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon,
porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.

--Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.

Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el
rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel
diciéndole:

--Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del
deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo,
evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.

--Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco
en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la
vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de
su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es
posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.

--Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contestó
Manfredo, profundamente conmovido.

--Quiero, señor, que me prometa usted que no irá mas a esa casa de
juego.

--¡Jamás!

--¡Ojalá, señor, Dios lo quiera!

--Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilísimo
corazon, poniéndose de pié i estrechando entre sus brazos al jóven
mulato. I agregó en seguida: te prometo que jamás mi planta pisará los
umbrales de esa casa...

Crujió a la sazon la hoja de la puerta; oyóse un lijero ruido, semejante
al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acercó a Gabriel
i le dijo al oido:

--Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del
contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia
el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto
negocio.

Aproximóse en seguida a paso largo i cauteloso hácia la puerta, la abrió
de improviso i sorprendió a su esposa i su hija que con el oido puesto
en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se
sobrecojieron; Manfredo dió un paso atrás, i, despues de un instante de
vacilacion, rogó a su esposa que lo dejara solo.

Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo
volviéndose a Gabriel le dijo:

--Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor.
Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer
nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya
comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para
sentarse nuevamente.

Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las
consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:

--¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante
habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar
quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!

--¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi
papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?

--¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad
Berta?

--Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.

--Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple
camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar
tanto de noble i bueno.

--Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.

Raquel se dirijió a su alcoba en compañia de su hija i se reclinó sobre
un divan esclamando:

--Yo disimulé mi dolor a Manfredo, por otra pérdida semejante i eso le
ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. ¡Ah! ¡los hombres son
mui crueles!

Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su
afliccion, pero en ese momento se oyó bullicio, ruido de pasos, voces en
el aposento de Manfredo....

--Mamá, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren,
sino del lamento i del dolor comun....

El ruido aumentó....

Berta estremecida de temor, sintió en su corazon el golpe de un
presentimiento infeliz e incorporándose al lado de su madre esclamó
turvada:

--Mamá, mi padre está entregado a la soledad; algo sucede con él; voi a
verle.

--Vé hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es
porque tiemblo me diga que no ha sido una pérdida parcial de nuestra
fortuna, sino una bancarrota completa. Vé, i disimulándole tu dolor,
consuela el suyo.

Berta salió de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oyó en él
un sollozo: apresuró sus pasos, i al pisar sus umbrales descubrió a su
padre con el rostro lívido, el cabello lijeramente desgreñado, embozado
en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud
estraña i siniestra.

Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible
presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahogó en la
garganta, se esforzó para dar un paso, i le fué imposible. A paso lento
i con mirada escudriñadora se aproximó por fin a su padre, sin que él se
apercibiera de ello, sino cuando sintió sobre su espalda el brazo de su
hija. Todo fué verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho.
Ella a su vez cayó a los piés de su padre pálida i desfallecida. Iba a
estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con
sus lágrimas, cuando una carta enlutada cayó a su lado: inclinóse de
improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso
impedírselo, pero sintió latir en sus entrañas su amor de padre, i dando
un paso atrás i comprimiendo la cabeza entre las manos esclamó:

--¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha
salvado!...

--¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...

--Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas,
fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un
suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...

--¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó
desmayada a los piés de su padre.

Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose
sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos
llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a
Manfredo:

--¿Qué has hecho con mi hija?

--Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.

--¿I entonces?...

--Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i
eso es todo.

En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente
emosionado, diciendo:

--¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las
lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas
mejillas, como el rocio de la noche.

--Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos
consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho
de Manfredo.

Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos
i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.

--¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento
triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta
exaló un suspiro profundo i entrecortado.

Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para
contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético
sobre su corazon.

Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres,
paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar
la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño
negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a
la madre, que permanecia sentada a su lado.

Gabriel, sombrio i mudo se retiró.

--Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra
familia?... Díme....

--¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme
tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí:
pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...

--¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que
la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!

--No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya
del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino
precursores de los que vendrán despues.

--Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de
torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me
ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a
mis hijos sin padre.

--Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo
i le dijo:

--Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya
arrastrado hasta la imprudencia.

Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de
su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos
entrelazadas de sus padres.

--Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo
deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..

--¿Todo?....

--No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la
casa.

--¿I el fundo?

--Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.

--¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I
la quinta, Manfredo?

--Tengo que venderla para pagar mi última deuda.

--¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la
casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan
de una familia?

--No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no
fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento,
ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta
a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!



XVII


La escaces reemplazó a la abundancia, la modestia al confortable de la
vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion doméstica, en medio
de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores
humanos.

Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en
consolar al otro. Manfredo se consagró al trabajo cotidiano para
asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado
de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa.
Pasaban en fin una mediania tranquila, ¡una pobreza feliz! La
satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias
del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de
la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la
felicidad propia.

¡Oh! ¡la desgracia es la redentora del hombre! ¡La adversidad es una
nodriza adusta que contrae el ceño, pero que purifica a sus favoritos
arrullándoles en su regazo!

Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de
una desventura cualquiera.

La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su
padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa
negra, para tomar el aire libre i balsámico del huerto. Pero Gabriel con
la mirada inquieta i el aire ajitado salió a su encuentro i la dijo:

--Señorita, ¿se siente ya mejor?

--Sí Gabriel; ¡gracias!

--Yo estaba tan impresionado con el accidente que le dió a Vd. que fuí a
llamar al médico temeroso de que Vd. se empeorára.

--¿Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.

--No señor, fué mi temor el que me mandó.

--En fin, Gabriel, tu te encargarás de despedir al médico cuando venga,
agregó Manfredo, i continuó su paso. Pero Gabriel volvió a detenerlo
rebozando de zozobra, i le dijo:

--Quizá, señor, no sea tan inútil la venida del médico...

--¿Porqué?......

--Por que el niñito Alberto no se siente bien, señor.

--Que tiene ¿Donde está? contestó Manfredo sobresaltado.

--Lo tenia meciéndose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente
comenzó a quejarse: observé i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada
la frente....

--Basta, Gabriel, ¿donde está mi hijo? le interrumpió Manfredo, al mismo
tiempo que Berta dió un ¡ai! de espanto. I padre e hija acudieron
precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia
delirando el niño.

--El padre le puso la mano en la frente: Berta le tomó una de las
manecitas: Raquel que no tardó en apercibirse de lo ocurrido se se
aproximaba inclinándose al lecho de su hijo, se retiraba de él en busca
de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i
contemplarle llorando.

A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el médico.

Raquel al divisarlo, salió despavorida a su encuentro i juntando las
manos sobre el pecho, le dijo angustiada:

--Señor, ¡mi hijo se muere! ¡prométame volverle a la vida!..

--Tranquilícese, señora, contestó el doctor con risueña indiferencia, i
guiado por Berta, siguió su paso.

Cuando el doctor examinaba al niño, deliraba éste, respiraba con
violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.

El médico quedó taciturno i callado. Las miradas de todos le devoraban
como queriendo arrebatarle el pensamiento. ¡Oh! ¡que silenciosa
anciedad!

¡Pobre familia! ¡Verla contar las largas horas de la noche suministrando
las prescripciones del médico, sin esperanza, ¡i con fundados temores
por la vida del pobre Alberto!

Manfredo se paseaba desazonado; Berta lloraba como un niño, Raquel se
desesperaba como una loca. El aturdimiento era la espresion del dolor.

Gabriel como el ánjel bienhechor de la esperanza prodigaba sus consuelos
a la familia i sus cuidados al enfermo. Solícito como un hermano, sereno
como un hombre maduro, sufrido como la madre que vé vacio el lecho de su
hijo que acaba de morir, Gabriel lo hacia todo, lo preveía todo, no sin
enjugar, de vez en cuando, una lágrima furtiva. Con el rostro
melancólico i lijeramente adormecido por el insomnio, con los brazos
cruzados sobre el pecho, mudo, de pié e inmóvil, a la cabecera del
enfermo parecia a ratos, ese jóven mulato, la estátua del dolor.

Iba a clarear una risueña mañana de verano: la fiebre declinaba
notablemente en el paciente. La luz del sol invadia sonriendo esa
alcoba, i la confianza en la salud del pobre niño, luz de la felicidad,
invadia tambien el ánimo de la familia. Pocas horas mas i su mejoria era
rápida; despues su vida estaba fuera de peligro.

Era ya imposible que un hombre estraño por su sangre, su color i su raza
a una familia se encarnase mas, sin embargo, en su vida íntima i
doméstica, que Gabriel en la familia de Manfredo. La simpatia que es la
precursora del cariño, el cariño recíproco, la gratitud que se reanuda
en los momento de infortunio, la comunidad del sufrimiento, las lágrimas
del mulato i de sus señores que corrian mezcladas en su mismo arrollo,
todo, todo vinculó los corazones de aquél i de éstos.

Poco despues Alberto jugueteaba en la enramada del huerto, asido de la
mano de Gabriel.

Las canas nevaron por completo las sienes de Manfredo; Berta dió un
antiguo adios a la adolescencia, i Gabriel un antiguo saludo a la
juventud. Espiraba el año de 1843.



XVIII


Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por
qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin
embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes
de ese apartado hogar.

Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.

En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió
al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo
tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre
a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: _urjente_.

Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó,
será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que
a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.

--Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.

--¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo
Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.

--¿De quién? contestaron todos a una voz.

--De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando
de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.

--¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos
al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato
cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de
la carta que decia literalmente así:


     «Querido tio:

  En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis
  sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh!
  querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la
  vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos
  a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto
  de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué
  encantadora debe ser mi prima!

  Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.

  No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante
  mi corta permanencia en Cuba.--Su amante sobrino,

     ARTURO DE BILBAO.»


Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil
veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no
poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de
la conversacion.

Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta
i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i
aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida,
con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el
pecho i un chal terciado sobre el hombro.

Gabriel salió a su encuentro.

--¿Es esta la casa de don Manfredo?

--Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al
recien llegado.

Un momento despues veíase el bien-venido rodeado por todos los de la
casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo
del cariño.

El recien llegado era Arturo de Bilbao.

Berta desde el primer momento quedó vislumbrada con la belleza del
primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.

Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de
la hermosura de Berta. En fin, la vió i la amó.

El simpático huésped fué conducido al salon. Todas las miradas se
fijaban en él.

--No te esperábamos aun Arturo, prorrumpió Manfredo.

--Es estraño, querido tio, cuando cuidé de anunciarme a Uds. con
anticipacion.

--No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.

Vieron la carta i resultó haber llegado atrasada.

--Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomendé a
un amigo mio, i probablemente se tardó en despacharla.

--¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.

--Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el
hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds.
prolongando mi residencia en Matanzas.

--¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá
tuviéramos siempre esa clase de molestias.

--Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra
tocadora.

--Todo lo contrario Arturo.

--¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.

Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música
nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de
cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las
miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a
cada momento.

Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se
inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas
natural habria sido que fuera obra del tiempo.

Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:

--Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la
encuentra cómoda.

--Bastára, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.

--Gracias por la galanteria. ¿Le gustan las flores Arturo?

--Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:

--He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.

--Mil Gracias; es Ud. mui amable.

--¿I los versos le agradan?

--¡Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer
la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.

--Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su
velador "El paraiso perdido" de Milton. ¿Conoce Ud. esa obra?

--Sí, la leí en mi adolescencia.

En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la
hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus
aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de
amabilidad.

Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su
sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas
horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se
ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos,
absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.

Eran las dos de la mañana i estaba en pié. Paseaba un momento, dejábase
caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las
utilidades de sus últimos negocios. ¡Qué de sueños dorados! qué de
castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de
improviso al rayo de la mirada de una mujer.



XIX


Pasó la noche. La aurora tímida sonrosaba el horizonte. El canto
repetido del gallo, las campanas que tocaban a misa mayor, i el ladrido
desapacible del perro, marcaban el alborear del dia.

Arturo que con un sueño intranquilo, como una pesadilla, comenzaba
recien a reemplasar la ausencia del sueño de la noche, abrió i restregó
los párpados; i todo fué percibir el albo rayo de la mañana que filtraba
por las rendijas de su ventana i ponerse de pié para hacer, rápidamente,
su espléndida _toilete_.

--¿Si Berta dormirá aun? pensaba, peinando el cabello, alizando la barba
i enlazando el roson de la corbata.

¿Un instante despues salia de su habitacion con su andar pausado, i con
su aire aristocrático paseábase a lo largo del corredor inmediato
preguntándose al parecer a cada instante? ¿si Berta dormirá aun......?

No, Berta no dormia; soñaba sí, pero soñaba despierta; soñaba con el
porvenir... El primer rayo de amor acababa de caer sobre su vírjen
corazon, como cae el primer rayo de sol sobre la flor que se entreabre.

--¿Pensará en mí?.... ¡Ah! ¡soi jóven, bello, rico i aristocrático! ¿Por
qué no alcanzaré su mano? murmuraba levemente, recorriendo con sus
miradas en torno suyo.

Berta, entre tanto, acababa de encontrar sobre la ventana de su cuarto,
que daba a la calle, un tesoro de amor, la reliquia del corazon de un
hombre que para colocarla ahí se recató tímidamente entre las sombras de
la noche i del misterio..

¿Cual era esa reliquia? Los siguientes versos i la siguiente carta
firmadas con el seudónimo de _Plácido_ i entreocultos dentro de un
ramillete de flores.

La carta decia literalmente así:


     «Berta:

  En vano he luchado por ahogar en lo mas íntimo los latidos de mi
  corazon, que ansia por hablarte. ¡Pero imposible Berta! te amo, i en
  mi delirio te mando esas flores; que en ese alfabeto perfumado
  descifres las espresiones salidas del amor.

  En mi silencio pensé arrojar rota mi lira, musa querida de mis castos
  amores, pero una secreta esperanza la hace sonar ahora.

  ¡Oh! ¡Si yo supiera que esas humildes flores fuesen la almohada de tus
  celestes ensueños o se refrescasen en la dorada enredadera de tus
  cabellos! ¡si yo supiera que la melodía de esos versos pasaban
  murmurando por tus labios o recalando tu oido i te recordáran a tu
  incógnito cantor i desconocido amante, me reconciliaria con la
  felicidad!

  Mañana resguardado por el silencio i la oscuridad de la alta noche, al
  sonar esta misma hora, a la luz del mismo rayo de la luna, pasaré,
  hermosa Berta, por el pié de esta ventana para ver si encuentro en
  ella la forma de una esperanza que dé la vida a mi alma o el desengaño
  que será, te lo juro, ¡la muerte de un corazon!

    Dulce tirana de mi existencia
  A quien el alma toda rendí,
  Oye los ayes que por tí vierto,
  I los suspiros que doi por tí:
  Mas no insensible mi triste acento
  Escuchar quieras por mas rigor,
  No seas ingrata con quien te adora,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Yo ví tus ojos mas relucientes
  Que el esplendente sol tropical,
  I son tus labios i breves dientes
  Nítido nácar, fino coral.
  Quedé cautivo de tus virtudes,
  I de tus gracias i tu candor,
  No seas ingrata con quien te ama,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    ¿Cómo pudiera dejar de amarte?
  ¿Si por tí el fuego de amor sentí?
  ¿Si no me canso de contemplarte?
  ¿Si me es gustoso morir por tí?
  ¿I a tantos ruegos te muestras dura?
  ¿No te condueles de mi dolor?
  No seas ingrata con quien te adora,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Ni el soplo fiero de muerte airada
  Estingue el Etna de mi pasion,
  Estos acentos que oyes mi Berta,
  Nacen del fondo del corazon:
  Cuanto mas tardes en ser mi amada
  Mas se acrecienta mi fino ardor.
  No seas ingrata con quien te ama,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    El Ser Supremo que el orbe rije
  La llama inflama que yo encendí;
  Luego Dios mismo mi afecto aprueba
  Cuando me inspira pasion por tí.
  Virtud, dulzura, gracia i belleza
  ¿Quién las resiste? ¿dónde hai valor?
  Ten de mis males piedad, bien mio,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Si un rosal miro, tu eres la rosa
  Mas elegante que encuentro allí;
  Si sueño i canto, si rio i lloro,
  Todo, tirana lo hago por tí.
  ¿I tanto anhelo no tiene premio?
  ¿Cuando se calma tanto rigor?
  ¿Quieres mi muerte? ¡no seas ingrata!
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

     PLÁCIDO.»


Berta, perdió el sociego: levantábase la primera oleada de las pasiones
en el tranquilo lago de su alma. ¡Sentirse amada por primera vez!
¡Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i
los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su
alma al través de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecíale
descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.

--¡El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza
fué tan pródiga con él en concederle las dotes del talento, debe haberlo
sido tambien en darle los dones de la belleza. ¡Ah! ya me imajino ver en
su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro
griego.

Todo esto proferia Berta en palabras entrecortadas por la emocion o
interrumpidas con la lectura de cualquiera de esas estrofas, o con la
risueña contemplacion de cualquiera de esas flores. ¡Qué de poesia
encontraba en las unas, qué de misterio halagador en las otras! Leia,
releia i volvia a leer esos inspirados acentos. Aproximóse mas de una
vez a la ventana de su cuarto para contemplar al ténue rayo de la
mañana, esa hoja de papel, que iba a ser talvez la primera pájina de la
historia de su corazon. Guardó esas prendas en una cajita de ébano,
pero las sacó nuevamente, como si sintiera al apartarlas de sus ojos un
pesar tan delicado como su alma. Las guardó otra vez, i al volver el
rostro descubrió con sorpresa a Gabriel que, con los ojos que le
blanqueaban nadando en una sonrisa íntima, la seguia con la vista
atentamente. El mulato serenó de improviso su semblante i la dijo:

--Señorita Berta, los esclavos sirvieron ya el té.

--Voi Gabriel; ¿i Arturo se levantó ya?

--Está, hace rato, sentado en un sofá del corredor.

--_¡Madruga mucho!_ dijo Berta con picarezca sonrisa, i salió de su
habitacion. Apenas Arturo la divisó se aproximó a ella con cortesía i la
saludó con afabilidad. Desde el momento en que se estrecharon la mano
Arturo trató a la vez de disimular el sentimiento que alboreaba en su
corazon i de leer el de Berta. ¿Le seré indiferente? ¿será capaz de
comprender el sentimiento que sabe inspirar? ¿seré feliz o desgraciado?
he ahí las ideas que torturaban su imajinacion.

--¿Cómo ha pasado Ud. la noche? la dijo. ¿I Ud. Arturo? repuso Berta a
esa pregunta.

--¿Yo Berta?....se limitó a decir sacudiendo lijera i melancólicamente
la cabeza, i esforzándose en sumerjir su mirada desde los ojos hasta el
alma de Berta como el rayo de luz que invade por las grietas un templo
oscuro. Pero los ojos de esa mujer no decian nada, nada dejaban ver esos
pórticos bellos del templo de su corazon. Arrebataba entretanto los
pensamientos de Arturo, porque la mujer arrebata siempre los
pensamientos de un hombre, cuando esos pensamientos le pertenecen.

Ambos hacian unos tras otros proyectos para pasarla con entretenimiento.
La música, la lectura, los paseos nocturnos por los bellísimos
alrededores de Matanzas, hacian parte principal de sus proyectos. Arturo
mas reanimado alcanzó a Berta algunas flores diciéndola:

--¿Las reconoce Ud.?

--Sí Arturo; son las que dejé a Ud. anoche a la cabecera de su cama. ¿I
tan fácil le es a Ud. deshacerse de ellas?

--Nó, dijo Arturo, estendiendo ruborizado la mano para recobrarlas.
Pero Berta se negó a devolvérselas aplicándolas a los labios como para
encubrir una picarezca sonrisa.

--Es Ud. mui cruel, querida prima, esclamó Arturo, no sin consolarse a
la idea de que con esas flores adornaría Berta su suelta cabellera. Pero
un momento despues caian adornando el suelo esas flores, distraidamente
deshojadas. ¡I con ellas la flor de la esperanza se deshojaba tambien!

La mirada aflictiva de Arturo siguió hasta el suelo a esas flores.

--Gracias, Berta, la dijo.

--Gracias ¿por qué?....

Arturo sin contestarle una palabra señalóle con el índice las
desparjadas flores.

--¡Un momento de distraccion, Arturo! Discúlpeme.

¡Distraccion!.... no la hubo para entregar su alma a las nocturnas
flores de la ventana i guardarlas al son de los latidos de su corazon,
como quien guarda un tesoro.

Pero el corazon humano se aferra a la esperanza, como el náufrago a su
tabla de salvacion.

¿Qué importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el
prestijio de la fortuna lo puede todo? he ahí el sentimiento que
combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.

--Berta, la dijo, ¿simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?

--El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales,
Arturo.

A la sazon se aproximó Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les
aguardaban en el comedor. I encamináronse allí, Berta apoyada del brazo
de Arturo. Tomó éste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones
i del aprecio de todos los de la casa.

--I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad,
dijo Manfredo.

--Sí, señor, contestó Arturo, mi padre siempre bueno.

--¿I trabaja aún?

--Nó señor; para los negocios como para las letras mi padre está ya en
cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada
rato con las de Berta.

--¡Lo que son las cosas! esclamó Manfredo sacudiendo la cabeza i
restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien
ayer ví a Arturo niño, en su traje de seminarista, mortificando a su
padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compañia de sus
condiscípulos.

--Así es señor; el tiempo tiene alas. Tambien a mí me parece ver aún a
Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos
de su cabellera, como la ví en Madrid.

--¿Pero tambien recordarás, Arturo, que entonces tu prima no prometia
ser tan fea? agregó Raquel.

--¡Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareció
bellísimo, veo ahora que mi prima desdeñó confiar sus gracias al papel.

--Gracias por la lisonja, balbuceó Berta inclinando la frente.

--¿Lisonja Berta? repuso Arturo.

--¡Lisonja! agregó la niña; i el rubor hizo bajar sus párpados i a tal
punto invadió su rostro, que el alabastro pálido de su cútis tornóse
rápidamente en porcelana sonrosada.

Un momento despues paseábase Arturo en compañia de Manfredo a lo largo
de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de
España, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario
en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La
conversacion pareció animarse: deteníanse a momentos i accionaban con
calor.

En éstas i otras pasó ese dia. Nuevamente Arturo contó las largas horas
de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvió a
encontrar a la mañana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de
flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i
probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el
reinado de un bello dia. ¡Ramilletes de flores! auroras del corazon i de
los sentimientos de una mujer!

Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se
apagó; ¡pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo
encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su
corazon; ¡casta reliquia del primer amor!

Cuando el corazon siente el augurio de la felicidad i cuando está al
abrir sus puertas al amor, su huésped querido, rebozando en dulces
presentimientos tiene sus largas vijilias; i aunque el sér en cuyo seno
palpita, duerma como la materia, sus golpes repetidos consiguen
despertarle. ¿Qué amante desde sus balcones no ha contemplado la noche
que huye detras de los montes? ¿Cuál no ha visto la guiñada luminosa del
lucero como un ojo cariñoso?

Berta dormia su sueño inocente. El corazon la despertó. Dejó su blanco
lecho como una nube revuelta. Un momento vagó indecisa al lado de ese
lecho.

Abrió i cerró precipitadamente la portezuela de la ventana, su seno
palpitaba como la onda que se ajita. ¡La ansiedad del amor embellecia a
esa mujer!

Alzó por fin las flores, que ocultaban dentro de sí la prometida carta i
al contemplarlas risueña, parecia la estátua con que simbolizan la
primavera.

Su dedo impaciente rasgó la carta como una pleca de nácar i deslizó su
ávida mirada sobre esta pájina del sentimiento:

--¡Ser amada sin saber quién es mi amante! sentir la insinuacion del
amor sin saber a quién se entregará el corazon! se decia Berta, al leer
i releer ajitada esta pájina del poeta.


     "Mi amada Berta:

  Cuanto mas agoniza la esperanza a los embates de la duda, vá muriendo
  mi corazon, único pero rico tesoro que te brindo.

  ¿Avanzaré algo con ofrecértelo? ¡Oh! ¡si tu ventana llegara a ser el
  lejítimo altar en que te tributara las ofrendas de mi cariño! Pero un
  íntimo presentimiento me dice que no encontraré tu contestacion a mi
  carta anterior. ¡Dios quiera que me engañe! ¡Dulces engaños, yo lo
  deseara siempre!

     PLÁCIDO."


¡Pobre Berta! la bala del cazador no hiere al ave, como esos billetes de
amor su tierno corazon. Iba a retirarse de la ventana casi aturdida, con
la cabellera que parecia que el aliento del sueño habia desparpajado
sobre sus sienes, cuando sintió un leve ruido.. ¿Era tal vez la briza
que jugueteaba? El ruido aumentó. Tenia miedo.. Aproximó el oido a la
ventana i persibió el eco vago de un suspiro.. Dió un paso atrás
estremecida de espanto; quedó inmóvil, paralizada i volvió a
aproximarse. Resolvió por fin entreabrir la puerta, es decir, razgar el
velo..

Un hombre con el sombrero calado hasta los ojos i embozado en una larga
capa permanecia con el alma suspensa i el oido atento junto a la reja de
la ventana.



XX


Ambos a dos se conmovieron notablemente.

--¿Berta?.. le dijo el embozado.

Berta calló. Pero la misma mujer que habria rechazado la mas leve
insinuacion amorosa de cualquier hombre, permanecia de pié, si bien
trémula i vacilante, delante del desconocido, que se habia rodeado de
todos los misterios del abismo.. Pero los abismos del amor, como todo
abismo, producen a la vez la atraccion i el vértigo a quien los
contempla de cerca.

--Berta, déjame siquiera conocer el eco de tu voz, agregó el
desconocido.

Ella calló......

--¡Berta rompe por Dios! tu silencio mortál, ódiame si no me amas. El
amor i el odio son la vida; la indiferencia es la muerte.

--¿Plácido?.. balbuceó Berta.

¡Habla! ¡habla! la contestó el poeta, apoyando la gacha frente sobre
las rejas. ¡Díme, díme que me amas!

--¿I qué podré decirte?... Si en tí no hai la franqueza de descubrirse
¿cómo me exijes la confianza de entregarte mi corazon? ¡Ah, vete!

--¡Irme!... ¡irme alejado por tí!...

--Pueden descubrirnos.

--Bien; dáme con las puertas si acaso quieres, ¡pero arrójame una
esperanza, dia claro del alma!....

--¡Esperanza! murmuró Berta. ¿Esperanza, a tí que viniendo en pos del
dia del alma, me buscas como la noche del misterio?

--Vengo a ofrecerte no mi nombre, sino mi corazon, ¡el corazon de un
poeta!

--¡Poeta! esclamó Berta, entonces exajeras tus sentimientos.

--¡Bendita exajeracion!

--Pero en fin si me amas, Plácido, no me pongas en peligro de que nos
vean, esponiéndote a que no nos volvamos a ver.

--¿I nos veremos mañana?

--No lo sé.

--¡Adios!.... murmuró Berta, con la barba que le temblaba de emocion.

--¡Adios! contestó el desconocido; i la luz del sol de la mañana invadió
a torrentes; la niebla del cielo se disipó; la naturaleza parecia
sonreir ante la felicidad de esos amantes.



XXI


Mantúvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia
talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora
de la mesa permaneció taciturna i silenciosa. Inútil fué esforzarse por
devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorísticas
que no le hacian ni siquiera sonreir.

Durante la sobremesa contóle Manfredo a Arturo el malísimo estado de su
fortuna. Este le escuchó con sentimiento i sorpresa, i a su turno contó
con oportunidad e intencion que era dueño de una fortuna colosal i
refirió la manera cómo la habia adquirido. Raquel no desprendió entre
tanto una mirada ávida i curiosa de Arturo.

Berta a paso lento i aire distraido retiróse nuevamente a su alcoba.
Arturo prosiguió la conversacion con sus tios sobre los elementos de
felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de
sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era
parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con
marcado interés.

Un momento despues, preparábanse Manfredo i Arturo para salir a pasear.
Aquél le dijo a éste: ¿I Berta? deseara despedirme de ella.

Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ahí, dijo, i se
dirijieron a ella.

Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plácido i el brazo
apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde
bajo el ala la cabeza soñolienta. Verla tendida al través de las blancas
cortinas de su lecho, parecia un ánjel mas bien que una mujer. El velo
del pudor la cubria de tal manera, que si el ánjel de su guarda la
hubiera contemplado así desde el cielo, habria descendido sonriendo a la
cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso
talvez un casto beso sobre su frente pura.

Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detúvose en el dintel
de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su
semblante animado parecia decir: ¡qué hermosa está! Gravóse en su
corazon, con caracteres indelebles, la imájen de esa mujer, i su
recuerdo brillaba incesante en su mirada.

Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i
pasó estérilmente algunos dias en ese afan.

A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno
de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del
huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:

--Yo no comprendo Berta cómo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i
ruidosa.

--Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.

--¿I si el caso llegara le seria indiferente?

--Indiferente, repuso Berta, indiferente... talvez nó Arturo; pero
inútil sí.

--¿Inútil?

--Sí.

--¿I por qué? ¿no es libre su corazon?

--Jamás ha dejado de serlo.

--¿I entonces?

--Ni dejará de serlo nunca; porque no me gustaria verlo esclavo apesar
de haber nacido en el país de la esclavitud.

--Todo vá al revés, querida prima; pues yo soi esclavo apesar de no
haber nacido en el país de la esclavitud.

--¿Esclavo?

--Sí, esclavo de un sentimiento, contestó Arturo hondamente
impresionado.

Berta a su vez se sorprendió.

--¿Calla Ud. Berta?

--Callaré siempre Arturo.

--Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.

Presentóse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i
afrontándose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzándola el papel.

--He aquí el diario de hoi que su merced me pidió.

Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando
el papel díjole a Arturo.

--¿Leámoslo Arturo?

Arturo estaba tan melancólicamente abismado en sí mismo, que no oyó u
oyó a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero
movimiento afirmativo de cabeza.

Berta que seguia hojeando el periódico, con instantánea sorpresa retiró
el papel de la vista, esclamando: ¡versos! ¡deben ser mui bonitos!
¡versos de Plácido! ¿Leámoslos Arturo?

--¿Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia
de los celos, i espiando la mirada de Berta.

--No sé quien sea repuso ruborizada, i leyó con acento de curiosa
inquietud la siguiente composicion:


     «EL JURAMENTO.

    A la sombra de un árbol empinado
  Que está de un ancho valle a la salida,
  Hai una fuente que a beber convida
  De su liquido puro i arjentado:
  Allí fuí yo por mi deber llamado
  I haciendo altar la tierra endurecida
  Ante el sagrado código de vida,
  Estendidas mis manos he jurado:
  Ser enemigo eterno del tirano,
  Manchar si me es posible mis vestidos,
  Con su execrable sangre, por mi mano
  Derramarla con golpes repetidos;
  I morir a las manos de un verdugo,
  ¡Si es necesario por romper el yugo!

     PLÁCIDO.»


Una sonrisa de complacencia incontenible inundó el rostro de Berta e
irradió rápidamente su mirada.

--Por lo visto no son pocos los que ódian la esclavitud: Plácido se me
parece en eso.

--Sin embargo hai cierta esclavitud cuya emancipacion no la deseara yo.

El corazon de esa mujer latia con violencia, temblaba talvez, al son de
un recuerdo, al descubrir que el patriota autor de esos versos era
tambien el amante apasionado que depositaba en su ventana las nocturnas
ofrendas de su cariño. ¡Oh! ¡que corazon tan noble i grande! se decia
interiormente. ¡En el altar de la patria jura morir por ella, i en el
altar de mi corazon, jura morir por mí! ¡Oh! este hombre sabe amar, como
tan solo aman los poetas, como aman tan solo los valientes.

--Que lindos versos, Arturo, ¿no es verdad?.. dijo, i antes de ser
contestada presentósele Gabriel diciendo: señorita Berta, la espera su
mamá.

--Ya vamos Gabriel.

Gabriel se retiró.

Nada que merezca recordarse aconteció en esos últimos dias. Manfredo
siguió haciendo conocer a Arturo los lugares públicos i los bellos
alrededores de Matanzas. Notábase, sin embargo que entre el tio i el
sobrino acrecia cierta recíproca intimidad inspirada por un recíproco
interés. Arturo amaba tan locamente a Berta, que inflamaban lejos de
enfriar su corazon los reveses de su indiferencia: Manfredo a su vez
veia en Arturo el hombre acaudalado, culto i aristocrático, el llamado
en fin a hacer la ventura de su hija. Arturo le reveló al padre su
pasion por la hija, i Manfredo estaba resuelto a cualquier sacrificio a
costa de verificar ese enlace, tanto mas ventajoso, cuanto que su
situacion era penosa i Arturo era un caballero cumplido, un hombre
pródigo i opulento que podria salvarlo de ella.



XXII.


Pero la ventana de Berta con sus flores i sus versos eran el teatro de
un amor, i el patíbulo de otro. ¡I qué importa! Manfredo jamás
consentirá en el enlace de su hija con otro que no sea Arturo. ¿Qué
importa? ¿No importará cuando Berta a su vez ya tiene entregado su
corazon al desconocido amante i no tendrá ni voluntad ni fuerzas para
desligarse de él? ¿cuando vive adorando los recuerdos de ese hombre i
los mira a toda hora como los carisísimos pedazos de su corazon?

Alumbraba la luz de un nuevo dia, i con él la luz de una nueva esperanza
para el poeta, de una nueva ilusion para Berta. Como tenia ya de
costumbre, aproximose al alba a su ventana querida i la encontró
adornada otra vez con un nuevo homenaje de cariño.

Un precioso ramillete de flores de café contenia dentro de sí estos
versos mas preciosos aun.


    Prendado estoi de una hermosa
  Por quien la vida daré
  Si me acoje cariñosa;
  Por que es cándida i hermosa
  _Como la flor del café_.

    Son sus ojos refuljentes,
  Grana en sus labios se vé
  I son sus menudos dientes
  Blancos, parejos, lucientes,
  _Como la flor del café_.

    Una sola vez la hablé
  I la dije: ¿Me amas Berta?
  I mas cantares te haré,
  Que perlas la aurora vierta
  _Sobre la flor del café_.

    Ser fino i constante juro,
  De cumplirlo estoi seguro,
  Hasta morir te amaré;
  Porque mi pecho es tan puro
  _Como la flor del café_.

    Ella contestó al momento:
  --«De un poeta el juramento
  Nunca en la vida creeré,
  Porque se vá con el viento,
  _Como la flor del café_.»

    «Cuando sus almas fogosas
  Ofrecen eterna fé,
  Nos llaman ninfas i diosas,
  Mas fragantes que las rosas
  _I las flores del café_.»

    «Mas cuando ya han conseguido
  Cual céfiro que embebido,
  En el valle del Tempé,
  Plega sus alas dormido
  _Sobre la flor del café_».

    «Entonces abandonada
  En soledad desgraciada
  Dejan la que amante fué,
  Como en el polvo agostada
  _Yace la flor del café_».

    Yo repuse: «Tanta queja
  Suspende, Berta, porqué
  Tambien la mujer se deja
  Picar de cualquier abeja
  _Como la flor del café_».

    «Quiéreme paloma mia,
  I hasta el postrimero dia
  No dudes que fiel seré;
  Tu serás mi poesia
  _I yo tu flor del café_».

    "A tu vista cantaré,
  I lucirá el arrebol
  Que a mis dulces trovas dé
  Como a los rayos del sol
  _Brilla la flor del café_".

    Suspiró con emocion,
  Miróme, calló i se fué;
  I desde tal ocacion
  Siempre sobre el corazon
  _Traigo la flor del café_.

     PLÁCIDO.


--Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando
sintió ruido de pasos...... Versos i flores los ocultó en el seno para
no ser descubierta. Era su padre.

--¿Que haces hija mia? te noto algo ajitada ¿Que tienes? la dijo..sin
desprenderle los ojos.

--Nada.

--¿Nada?

--Es que me siento algo indispuesta.

--¿Que tienes?

--Tengo alguna opresion en el corazon.

Manfredo se aproximó a su hija, ciñó con el brazo su cintura i
estampando un beso en su frente tíbia aun con el calor del lecho que
abandonaba recien, la dijo:

--Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu
felicidad.--Condújola despues a una otomana i sentándose en ella al lado
de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenzó a
insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia
ese amor.

Berta inclinó la frente, i guardó silencio:

--¿Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?

--¿I mis padres contradecirian la mia? ¿sacrificarian mi corazon a un
hombre que no amo?

Manfredo como movido por un resorte se puso de pié i notablemente
sorprendido la dijo: ¡Qué! ¿amas a otro?

--Nó, papá; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de
la felicidad.

--¡Pero llegarás a querer a Arturo!

--No nace de las reflecciones el amor.

--Nó, Berta, es el único hombre que te conviene. Fíjate que si eres
hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es
solo la cómica de Canarias. ¿Tendrás por consiguiente partidos mas
ventajosos que este? ¡Ah! piénsalo bien. No seas niña: mas tarde cuando
ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a España,
entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dirá: ¡ya es
tarde!......

--Padre, todo hombre que me ame de veras olvidará que mi madre era una
mujer de bastidores.

--Te engañas Berta, habla por tí la inesperiencia. Aun las sociedades
mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de
familia.

--I que Arturo sea rico ¿que quiere decir papá? ¿voi yo a ligarme con su
fortuna o con él?

La discucion se trabó cada vez mas calurosa. Raquel que entró en ese
momento, terció tambien en ella sosteniendo enérjicamente la opinion de
su esposo.

Berta enjugó algunas lágrimas silenciosas.

Las flores del café perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era
inútil para obligarla a ceder. ¿Vencerá la obediencia filial o el amor
por su romántico poeta?

--Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi
comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i
como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una
suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro
que no le daré a Arturo una respuesta negativa.

Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin
desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por
delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas,
con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez,
sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.

--Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es
suya.

--Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo
será jamás.

--Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad.
Yo sé que llegarás a amarlo.

--¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu
felicidad.

--¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando
sin consuelo.

--Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.

--¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi
felicidad!... volvió a decir por última vez.

Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de
Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros
diciéndola:

--Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido
hoi de su habitacion.

--¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.

--No lo sé, señora, agregó el negro.

Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del
camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al
cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como
un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió
ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:

--¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre
hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..

Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi
sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña
mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó
ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.

--Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en
efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes
sobre un esmalte negro.

--Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.

--¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza
conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus
lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?

--Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas
que llorar.....

--No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i
conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel.
Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un
sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros,
agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.

--¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena
noticia que darte?

Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo:
¿Cuál mi señora?

--Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.

--¿I con quién, señora?

--Con Arturo.

--¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.

--Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por
ello aflicciones de poca monta.

--Así es señora; yo me alegro en el alma.

--Así lo comprendia, porque sé cuanto cariño tienes por todos nosotros.

--¿I don Arturo la quiere mucho?

--¡Mucho!

--¿I la señorita a él?

--Tambien: yo creo que serán felices.

--Bien, mi señora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un
viaje a Trinidad.

--¿Cuando?

--Mui pronto.

--Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i
ahora anuncias uno nuevo.

--Así es señora; pero este último será tambien por pocos dias.

--¿Pero qué llamas pocos?

--Quince o veinte dias, probablemente.

--¡Ah! Manfredo estoi segura que se aflijirá mucho por tu ausencia, por
corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te diré la
verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las
cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica
que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al
decirlo.

--¡Ah! no, señora....

Sintióse en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.

Raquel salió precipitadamente, diciendo:

--Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detúvose en la puerta, i viendo
que no habia nadie, volvió a entrar. Gabriel no comprendió tan temerosa
como estraña precaucion.

--Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que
regresarás mui pronto.

--Como nó, señora.

--I tampoco será antes del cumple-años de Berta.

--Ya que Ud. me lo ordena....

El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de
la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria
su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......

Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le
rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el
cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su
propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la
primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo
hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia
muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los
dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de
dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.

Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras
ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia
largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin
desprenderle una larga i melancólica mirada.

--Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion
i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la
mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita
diciéndole:

--¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?

Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa
peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles
de su cabello, diciéndole:--¿I no es verdad que es obra de tus manos?

--Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.

--¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a
toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?

--Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.

--¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.

Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente
los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó
los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube
aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.

--I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya?
No la habia visto yo.

Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado
respondió:

--Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.

--¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?

--Hazlo; ¡mui bien!..

Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó
dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.

--¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia
que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto,
doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora
mi canario.

--Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero
mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas
huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus
penas cantando.

Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos
ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué
peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo
insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de
un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la
despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido
arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no
aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario
que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel
apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas
endechas!:


    "Surca los aires pajarillo raro,
  I de mi Berta ante la faz desciende,
  Mientras por cielo, tierra i mar se estiende
  La eterna lumbre del inmenso faro.
  Díla que en su natal al mundo caro,
  Mi fé su llama sacrosanta enciende,
  Entre cáliz de nácar, que suspende
  Corintio pedestal de mármol Paro.
  Cubro aquel seno con tus alas de oro
  Donde oculto el amor placer respira,
  Abre tu pico de coral sonoro;
  Cuéntala el gozo que su edad me inspira,
  I entrega para siempre a la que adoro
  Mi corazon, mis versos i mi lira.

     PLÁCIDO."



XXIII


Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia
preparaba sus maletas para partir.

Arturo hablaba íntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en
silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento.
Detrás, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa
pareja próxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la
vista la perspectiva del porvenir.

Presentóse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una
sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos húmedos revelaban
lágrimas recien enjugadas i lágrimas reprimidas. Sus apagados adioses
resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba.
Su sangre indómita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron
tambien. ¡Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jamás ningun
corazon sufrió tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo
habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida,
como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo,
todo, parecia decir adios.

Berta abrió su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le
recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada;
pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i
desentrañan los secretos del alma. ¡Es tan intelijente el corazon!
¿Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible?
¡A no dudarlo!

Gabriel salió. Un ademan de jentileza fué su muda despedida. Cuando
llegó al umbral de la puerta se paró de improviso como detenido por una
mano misteriosa; volvió el rostro, i como luchando con ella precipitó su
paso i lanzó al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde
la tierra: ¡qué culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste huérfano i pobre
¿por qué me desheredas de la felicidad?.... Avanzó algunos pasos i
deteniéndose de nuevo frente a la casa la contempló llorando i esclamó
con quebrantado acento:

--¡Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido
adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de tí!...
¡Adios, santuario del pasado!

--¡Tan jóven i tan desgraciado! dijo, tragó sus lágrimas i partió por
fin.

Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos
en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento,
sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian
tanto i tan respetuoso cariño.

Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i
silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba
las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que
envolvia la poblacion.

Gabriel tomó el primer coche de posta que encontró a su paso. Se embarcó
en él, i al comenzar a partir jimió salvajemente. El cochero al oir su
voz se volvió diciéndole: ¿me habla Ud.?

--¡Nó, continúa! le contestó.

El coche se perdió de vista.

La niebla del olvido no oscureció por cierto el grato recuerdo de
Gabriel.

Berta era un carácter fácil a abrirse a las primeras impresiones, un
espíritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita
sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i
robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento.
Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espíritu que
inflamarse, como sucedió i como sucede siempre. Porque es cosa
averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es
innato en la naturaleza i contemporáneo de la vida; viene con ella.
Pasará por lo mas íntimo de un ser desapercibido para los demas, como
pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio;
vivirá ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar;
permanecerá oculto como el niño dormido silenciosamente bajo sus pañales
en el hueco de la cuna; dormirá como duermen en las cuerdas de un laud
un mundo de silenciosas armonias; pero no dejará de existir jamás. El
ave se posará en el bosque; vendrá el buzo a recojer esa perla; el niño
se ajitará gritando en su cuna; las cuerdas sonarán; ¡el corazon
palpitará de amor!

Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i ¡habria amado una
sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariñosamente sobre su
corazon! Pero desgraciadamente inútil fué que regara con sus secretas
lágrimas las flores i los versos del trovador incógnito, símbolos de ese
recuerdo. ¡Relijioso pero vano recuerdo!

Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la
dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese
feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero sí de renunciar
a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carácter no tuvo
valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cariño filial. Berta
cedió.

Pero no es eso todo. Fué vencida en la lucha con sus padres, ¿lo será
tambien en la lucha consigo misma? He aquí la cuestion. ¿Podrán decir
sus labios lo contrario de lo que siente su alma? ¿Podrá siquiera su
semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un
alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma
delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las
torturas: la de sacrificar el corazon al interés, el amor a la
conveniencia, la felicidad al deber.

Un abatimiento profundo se apoderó de su alma. Sus ojos estaban
constantemente húmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas
del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma.
Lloraba su espíritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo,
a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato
viviente de sus padres.

El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trémula mano la argolla de
compromiso de matrimonio. ¡Aniversario de infortunio para la una i de
felicidad para el otro!

La melancolía de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya
indisimulable. Su salud comenzó a declinar. En vano sus padres le
prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la
perspectiva de un porvenir espléndido i la regalaba con la promesa de
los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los
paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto
que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un
recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.

Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se
encargó de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller
de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i
los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los
padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el único tema
de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. ¡Poco
importaba el corazon de la hija!

Arturo que jamás atribuyó la tristeza de Berta sino al dolor anticipado
que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion
al ver aproximarse el soñado dia de ceñir la corona de la felicidad
doméstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su
prometida la palma del martirio del corazon.

I con razon, ¡a las luchas domésticas sobrevivió la lucha del espíritu!

Con un aire de placentera lijereza presentóse Arturo cierto dia en el
cuarto de Berta que permanecia pálida i melancólicamente reclinada sobre
un divan. Sentóse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras
de cariño, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se
inclinó lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le dió las
gracias, exaló un largo suspiro, dejó caer sobre el cofre de esas donas
una mirada i una lágrima.... ¡Esa lágrima era un poema!

Arturo que creyó ver en ella una lágrima de felicidad la dirijió una
mirada triunfante, se incorporó de súbito i estrechando la mano de su
amada la dijo entusiasmado:

--Mi adorada Berta, jamás olvidaré, se lo juro, ese testimonio de su
ternura. ¡Esa lágrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas
joyas!

Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lágrima le
contestó, con profunda amargura: ¡Gracias Arturo!..

El cofre de alhajas no sirvió sino para recordarle la cajita de ébano
que atesoraba los recuerdos del poeta.

Ella sin embargo desde que se sintió ligada a Arturo, trató de matar
esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procuró en lo posible inmolar el
pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba
de tener erméticamente cerrada la puerta de la ventana.

Ni la luz de la mañana ni las flores del sentimiento penetraban ya por
ella.

¡La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! ¡Horrible trance!

¿Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de
ellos? Nó. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del
calor de sus miradas, del riego de sus lágrimas, de su presencia en las
horas del reposo i en los momentos de soledad.

En sus sueños sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar
consigo los últimos resplandores del dia. Soñaba con el hijo de la
aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueño i quedaba la
realidad. Al sueño de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueños.
Despertaba sobresaltada i se decia: ¿Habrá venido hoi? ¡Cuánto le
amargará mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia;
¿morirá de amor por mí? ¿Tendré valor para no darle mi último consuelo i
mi postrer adios? Pero no, ¡Dios mio! ¡Abrir nuevamente a mi corazon las
puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del
deber!

Lánguida i melancólica dejó un dia su lecho, el lecho de las muertas
esperanzas, i a paso lento i tímido se aproximó a su ventana querida, la
contempló largo rato con una tristeza que parecia conmover las
profundidades mas íntimas de su naturaleza.

Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, álito de la
soñolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lágrima se
retiró del precipicio... se dirijió nuevamente a su lecho, se tendió en
él, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como
el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, lloró con
amargura i sin consuelo. Lloró en silencio; ¡pero sus recuerdos gritaban
desesperados en su corazon!

Incorporóse en su lecho repentinamente. Su rostro recobró la placidez i
su mirada el destello que parecia comunicarle un golpe feliz del
corazon. ¿I no será el mismo Arturo el cantor de las rejas? se dijo
despejando las rubias guedejas que cubrian su frente. Comencé a recibir
las flores i los versos despues de su llegada de España. A ser otro no
se habria disfrazado la mañana de nuestra única entrevista. Un
desconocido habria procurado mas bien hacerse conocer. Solo a Arturo le
correspondia el papel de incógnito, para no perder un solo medio i una
sola ocasion de tender las redes a mi cariño. Acaba él de leer una
novela en que un amante a fin de poner a prueba el corazon de su querida
se le presenta enmascarado en alta noche, finjiendo ser su rival.
¿Talvez ha hecho él otro tanto? ¡Ah! si así fuera yo amaria a Arturo
locamente, por que el eco sonoro de esa voz, esas palabras ardientes,
esos inspirados versos, el recuerdo de esas flores cojidas al borde de
un abismo de misterio, han cautivado mi alma como al canario en su
jaula.

¿Plácido será el mismo Arturo...? ¡A no dudarlo!

El 30 de julio de 1844 fué el dia señalado para el enlace de Berta.



XXIV


La política toca a las puertas del hogar.

Al magnánimo i heroico don Jerónimo Valdés le sucedió provisoriamente en
el mando de la isla don Javier de Ulloa, que se hallaba en la Habana de
Comandante Jeneral de Marina hasta la llegada del Teniente Jeneral don
Leopoldo O'Donell. Este hombre en el que se despertó una avaricia
febril, comerciaba ya ostencible ya clandestinamente con la _trata_
(comercio de negros) de los esclavos cubanos i con el contrabando de
negros africanos, cuya inmigracion aumentó tan considerablemente, que
los buques mercantes llegaban a las costas de la isla colmados de esa
mercaderia de carne i libertad humana, cotizada a _una onza por cabeza_,
i que a su vez colmaba de oro las arcas voraces de O'Donell.

El gobierno inglés pidió la ejecucion del tratado de 1817 i, con ella,
la abolicion de la _trata_. El gobierno español dió una lei de pura
forma, de aparente abolicion, ocultando entre los aparatos de la intriga
individual, la accion oficial. I cuando en Cuba se supo que el
parlamento inglés discutia un proyecto de lei contra la _trata_, cuando
el Consul inglés Trumbull hizo sérias reclamaciones en el mismo
sentido, centuplicóse la actividad comercial de O'Donell que envió
centenares de buques a las costas del África para la importacion de ese
negro i nefando comercio.

Los blancos ardian con el temor de que la sabrosa presa se les
arrebatara de las garras. Los negros ardian de despecho i de indignacion
por desacirse de ellas. La atmósfera política estaba inflamable, i el
suelo movedizo. Una chispa encendería la hoguera. El sordo rumor de la
rebelion, como el rumor de un cataclismo, aterrorizaba a los españoles i
ensoberbecia a los esclavos. El blanco i el negro se miraban de reojo.
El hombre libre miraba con miedo i de soslayo las cadenas del esclavo.
Ya en este, ya en aquel _Injenio_ se amotinaban los negros
tumultuosamente. Los esclavos se fugaban de la casa de sus amos, los
asesinaban a veces i se manumitian de hecho. Habia en los campos una
verdadera inundacion negrera. La inundacion se desbordaba. La crónica
del crímen se escribia con sangre. Pero la _mano de hierro_ de la
autoridad metropolitana tambien se empapaba en sangre. Este negro
rebelde era colgado de los piés en una viga; aquel negro prófugo
desollado a azotes en la plaza pública; este otro fusilado por un jesto
o por una mirada. El negro habria envidiado aun la condicion del perro.
En la noche se desataban las cadenas del perro; las del esclavo nó.

La hoguera del incendio alumbra en alta noche la oscuridad de la campiña
¿qué sucede? es la choza de un negro que ha sido entregada a las llamas,
a las llamas en cuyo torno se alzan los clamores que se oyen desde
lejos, de la madre i de los hijos, mientras el padre pide en su dolor
que lo ultimen para evitar con su muerte el suplicio que le tortura el
cuerpo, en su dolor por el recuerdo de sus pequeños hijos que le tortura
el alma. ¡Desolacion i muerte por donde quiera!

Los negros entretanto se asilaron en los bosques de Trinidad, como nubes
de tempestad, para ir a despertar al Jenio de la Libertad que dormia a
su sombra.

O'Donell sin embargo contemplaba risueño la sedicion que se fermentaba i
que estaba próxima a estallar. Ella le daria ocasion de saciar su sed de
pantera desplegando el terror i el terror le captaria el aprecio del
gobierno peninsular i justificaria su inícuo enriquecimiento, a costa de
las arcas fiscales i de la libertad humana. Revolvia el rio para pezcar
i lo revolvia en sangre.

Bajo la bóveda estrellada del cielo i a la sombra de las ceibas i las
palmeras dió la negrera su primer grito de independencia. (1844). Era el
grito de un pueblo atribulado que llegó hasta el cielo.



XXV


Volvamos al seno de la familia de Manfredo. En el aislamiento en que
ella vivia tenia cierta aparente indiferencia por los sucesos políticos
que se desarrollaban a su alrededor. Familia honrada i buena tenia
bastante simpatia por la debilidad, compasion por la desgracia de un
pueblo víctima i, sobre todo, bastante cariño por Cuba, su patria
adoptiva, para desear su emancipacion i su felicidad; familia española a
su vez sentia tambien que su patria nativa perdiera el valioso
patrimonio de la colonia cubana. A España le debia la cuna, a Cuba le
deberia la tumba. En suelo español yacian las cenizas de sus abuelos;
en tierra cubana descansarán sus propios restos i los de sus hijos. Veia
en la España el prestijio del recuerdo, i en Cuba el halago de la
esperanza. Esta lucha de afecciones contrarias tenia que enjendrar una
vacilacion íntima que podria traducirse por indiferencia. I sobre todo,
habia algo que absorvia i acongojaba la memoria de la familia i la
entristecia sobre manera. Era el recuerdo de Gabriel. No saber nada de
él; presentárseles ese recuerdo a la luz del incendio político; conocer
su carácter impetuoso; ¡quererlo tanto! Gabriel era la preocupacion
constante de la familia i el tenaz torcedor de Raquel. Lloraba sin
consuelo al acordarse del camarero i aun los esclavos de la casa
lloraban tambien.

Pero casi siempre el dolor i el consuelo se dan la mano.--Ocupábanse
cierto dia en observar un retrato en lienzo de Raquel que acababa de
entregarle un artista notable i Raquel, Berta i Arturo examinaban los
perfiles, la luz, el colorido i las sombras. Aplaudian el conjunto i
tachaban los detalles.

Quién encontraba el labio menos plegado que el orijinal; quién la mirada
menos espresiva; quién notaba la pureza de tal faccion, la semejanza de
tal otra, la propiedad del claro-oscuro.

A la sazon llegó el bendito cartero, con una carta de Gabriel escrita a
Manfredo i que fué leida con el mas vivo interés.

Héla aquí:


     "Señor de todo mi respeto i aprecio:

  "He pensado señor en todos ustedes tanto como los he estrañado; i a
  dar gusto a mi corazon estaria ahora en Matanzas en compañia de
  ustedes si la horrible situacion política de Trinidad no me lo hubiera
  impedido. ¡En verdad es horrible señor! Mas de dos mil negros se han
  refujiado en los bosques proclamando su emancipacion, i a medida que
  ellos se desbordan suben de punto las exaciones oficiales. El mar
  embravecido es menos ajitado i ruidoso que la negrera en el seno de
  los bosques. Cada negro en el furor de su impotencia parece un tigre
  enjaulado.

  "Yo comprendo señor que depositar en Ud. un secreto es lo mismo que
  abismarlo; i no creo por consiguiente indiscreto noticiarle de cuanto
  llegue a mis oidos, por reservado que sea. No le garantizo la verdad
  de mis referencias porque no me consta; pero en nombre de Dios i de la
  Libertad le ruego en todo caso que me guarde el secreto. Anoche estuve
  ocacionalmente en un _Injenio_ i algunos negros que estaban amotinados
  allí, ébrios de licor i de exaltacion, me contaron que el centro de
  accion era un complot negrero, un complot secreto. Que el primer dia
  que se reunieron los complotados juraron de rodillas i a la sombra de
  los manglares _vencer o morir_.

  "Un pardo amigo mio me contó tambien que en su bandera tienen escrita
  esta divisa: "Igualdad ante la lei e instruccion para la raza oscura."
  Que tres hombres humildísimos por su condicion i por su oficio
  encabezaban la rebelion: el labrador Pimienta, el dentista Dodge i
  otro artesano cuyo nombre supuesto si mal no recuerdo es Plácido.
  Segun entiendo este último maneja el timon de la conspiracion. Ignoro
  si es pardo o blanco; pero lo cierto es que sus versos son un clarin
  de guerra que inspiran a todos admiracion, i a los negros un frenético
  entusiasmo. Impresos o manuscritos en hojas sueltas de papel circulan
  de mano en mano, como las valiosas monedas con las que ha de
  rescatarse la libertad............


Le fué imposible a Manfredo continuar la lectura, a pesar del ahinco con
que leia la carta i de la ansiedad con que se le escuchaba. Berta que
estaba apoyada con las manos entrelazadas en el hombro de su padre,
inclinó la frente sobre las manos i las bañó con sus lágrimas. Manfredo
volvió el rostro sorprendido, como interpelando con la mirada las
lágrimas de su hija.

El nombre de Plácido habia atravesado el alma de Berta como la fria hoja
de un puñal. Tenia el mismo nombre que el tributario de las flores de su
ventana; era tambien poeta. Es indudable que el conspirador era el
amante, i talvez el amante sea víctima de la rebelion. Juró morir si
cosechaba un desengaño lejos de recojer una esperanza de amor; hé ahí
las ideas que nublaban el pensamiento i angustiaban el corazon de esa
mujer. El grito de su conciencia atribulada le decia: "¡si muere, tu
eres culpable de su muerte!..." I sin embargo, el dia de sus bodas se
aproximaba ya. ¡Martirio horrible!.. ¡Amar a un hombre i tener que
encadenarse a otro! ¡ser ya tarde para entregar el alma a quien supo
adueñarse de ella! ¡Saber que estaba lejos! ¡Imajinárselo envuelto en
los horrores de la guerra! ¡Cuántos combates ocultos se trababan en las
profundidades de ese corazon!

Raquel a su turno doblegada de dolor lloraba sin consuelo, alzando a
cada momento los ojos con una mirada que parecia una plegaria i
murmurando a cada instante: ¡pobre Gabriel!

Arturo ciego de lo ocurrido i vendado por su próxima felicidad, se
limitaba a prodigar sus consuelos a la madre i a la hija.--Manfredo
paralizado al principio, se redujo a repetir con cierta impaciente
gravedad: ¿temen Uds. por la suerte de Gabriel? ¿lloran por él? ¿I a
qué, Dios santo, anticipar esos temores?

Continuó la lectura:


  "......Todo el mundo lo compara señor, a ese poeta i conspirador
  Plácido con el mulato Ogier, primera víctima de la sublevacion de
  Haití.

  "El tribunal dicen que está mui dividido, porque, aun en ese nido de
  panteras, hai seres humanos, cuyas manos tiemblan de dar sentencias
  sangrientas contra la inocencia i la justicia. Se han dictado sin
  embargo _tres mil sentencias_ contra individuos de color. Pero ante la
  injusticia aun los verdugos vacilan. Hai tan poca imparcialidad i
  legalidad contra los conspirados, que algunos fiscales han sido
  castigados por la autoridad; dos han fugado i dos se han
  suicidado.--El mismo secretario del tribunal, don Pedro Zalazar ha
  sido condenado a presidio.

  "Estremece la naturaleza tanto horror. ¡Dios nos asista! ¡Que tantos
  torrentes de sangre no sean estériles! Hé ahí señor los votos del
  desvalido camarero de su casa que vé el martirio de su patria, como el
  ave desalada que a pesar de sus violentos impulsos no puede alzar el
  vuelo, i que solo vive suspirando en el aislamiento i el silencio por
  la ausencia en que está de Ud. i de su querida familia.

  "Desespero, señor, por volver a su lado i a la vez me llora sangre el
  corazon al ver escarnecida esta vírjen de la que hemos nacido i en
  cuyo seno vivimos.

  "¡Quién estuviera en Matanzas! me digo algunas veces; ¡quién fuera
  Pimienta! ¡quién fuera Plácido! me digo otras. Pero no, mi señor,
  venceré el contajio del entusiasmo patriótico i resignado en lo
  posible, regresaré al seno de su familia, tan pronto como disminuyan a
  lo menos los peligros de un viaje, en medio de este torvellino
  revolucionario.

  "Que no se aflijan por mi ni la señora Raquel ni la señorita Berta, i
  que, lo mismo que Ud. señor, cuenten siempre con el cariño respetuoso
  de su humilde servidor i camarero.

     GABRIEL DE LA CONCEPCION VALDÉS.

     _Trinidad, julio 10 de 1844._"


Ayes i suspiros interrumpieron mas de una vez la lectura; i cuando ella
concluyó, Raquel i Berta derramaban un diluvio de lágrimas. Arturo
agotó en vano todos los recursos del consuelo, i Manfredo los de la
refleccion.

--¿A qué atormentarse tanto? agregó el primero por la suerte de un
hombre al que ¡si bien quieren mucho, no les toca de cerca!

--¡Era tan bueno! repuso Raquel, ocultando el semblante lloroso
entrambas manos.

--¡I le queremos tanto! agregó Berta. ¡Como no hemos de llorar por él
cuando hace tantos años a que le conocemos! ¡cuando ha vivido en casa
cobrándonos tanto cariño!

--Pero Berta, fíjese que se trata de un simple camarero i no de un
hermano, dijo Arturo.

Raquel le contestó con cierta desazon: Eso nó, Arturo; porque puede uno
llorar por la muerte del perro de la casa. I Gabriel era el compañero de
nuestros sufrimientos i el partícipe de nuestras alegrias.

--Si es así....

--¡Ah! no le estrañe Arturo tanto llanto i dolor, agregó Manfredo. Mi
hija es de las que borra con sus lágrimas las pájinas de una novela. Yo
la he sorprendido muchas veces con un libro abierto sobre las faldas i
el rostro mas contristado i lloroso que el de una Magdalena. ¿No es
cierto, hija mia?

--Bueno es el sentimentalismo, pero no cuando se hace una enfermedad,
contestó Arturo.

--Esa enfermedad la contajian las novelas i los versos. ¡I mi hija es
tan aficionada a ellos!

--Es que el corazon no se manda papá.

--I en verdad que ya habia notado la desicion de mi prima a la poesia.
¡Linda aficion! Toda mujer de corazon es aficionada a lo bello. ¡I la
poesia dice tanto al corazon! Quiere decir que tenemos que leer muchos
versos, Berta. ¿No es verdad? dijo Arturo aproximándose a ella con
ternura i delicadeza. Allá en Madrid, cuando respiremos en un mismo
hogar, pasaremos bellos dias de campo leyendo versos.

Berta lloraba sin contestar.

--Aquel poeta cuyos versos leimos no há mucho tiempo, aquella tarde en
el huerto, ¿no era tambien Plácido?

--Sí Arturo.

--¿I será el mismo?

--No lo sé; dijo, i parecia que sus labios exalaban una queja mas bien
que una palabra.



XXVI


Fácil es comprender la ansiosa impaciencia con que Arturo esperaba el 30
de julio. Verse ese dia en los brazos de Berta; reclinar sobre su pecho
la frente de esa mujer; ser el primero i el último que estamparia en sus
vírjenes labios el ósculo ardiente de su amor; confundir el calor de sus
manos entrelazadas, de sus miradas confundidas i de sus _dos_ corazones
convertidos en _uno_, ¡era la mas risueña esperanza colmando la
felicidad!

Ayudaba personalmente a los tapiceros a arreglar la alcoba nupcial. Cada
dia le agregaba un nuevo adorno. Mármoles, espejos, tapices de brocado i
terciopelo, cortinas de seda, adornos bronceados, brillaban por todas
partes, i en el centro un tálamo de nogal dorado, cubierto como por una
nube encarnada de rojas colgaduras. ¡Cuánto sonreian sus ojos i
palpitaba su corazon al contemplarlo! ¡Cuántas imájenes doradas cruzaban
acariciando su imajinacion enardecida con el calor de la esperanza! Si
la felicidad que se realiza es mas dulce, la felicidad que se espera es
mas seductora. La primera, tiene la sombra de la realidad; la segunda,
la sonrosada luz de la imajinacion.



XXVII.


En la tarde del 20 de julio de ese mismo año, estaban todos los de la
casa reunidos en el salon principal. Berta tarareando en el piano una de
aquellas saladas _habaneras_ que tienen todo el sabor nacional i
refunden en sí tan admirablemente, la alegria mas risueña i el mas
quejumbroso sentimiento. Arturo hojeaba con cierto embelezo el papel de
música estendido en el atril del piano; Manfredo i Raquel conversaban al
parecer apasiblemente en un sofá inmediato.

Si el pasado se reproduce por el recuerdo, el porvenir se anticipa a
veces con la imajinacion i el deseo hasta rozarse con el presente,
especialmente en la vida de las ideas i del sentimiento. I así como dos
viejos esposos hacen renacer _sus tiempos_, como los llaman,
encarnándolos en sus recuerdos, avanzan los novios hácia la felicidad
que vá a llegar, la miran con los ojos del alma i se anticipan a gozar
de la delicia de sus intimidades. Ven el sol al través de la aurora. Se
miran entre sí como los esposos del dia siguiente.

Arturo veia ya en Berta no solo la prometida de su corazon, sino la
compañera vinculada a su existencia. La acariciaba con su mirada
mientras ella exalaba en el canto de una _habanera_ los ecos dulcísimos
de su voz que resonaban como una lluvia de cuentas que cayeran sobre el
cristal.

Así adormecia esa mujer con el hechizo de su belleza i encantaba con la
majia de sus gracias i de su voz, esas horas tan dulces para Arturo que
las veia deslizarse como la corriente cuyo curso se encamina sobre
flores a la felicidad. Pero, ¿quién ha interpelado el lecho del reposo?
¿quién ha sorprendido en el silencio de la velada la lágrima furtiva?
¿quién ha visto la ilusoria quimera, el fantasma de la realidad, la
vision de la congoja cruzando en tropel por la soledad de aquella
vijilia alumbrada con el resplandor de la fantasia..?

¡Mientras se derrama a torrentes la luz de la apariencia engañosa en
torno de una vida, se encuentra el alma humana en un completo eclipse!
¡Mientras el rostro de Berta resplandecia a veces como la mañana de un
bello dia, las profundidades de su corazon encerraban una noche
perdurable....! ¡Suele ser la sonrisa la máscara del dolor!

Sonó repentinamente la campanilla de la puerta. Manfredo iba a salir,
pero Arturo se le anticipó con lijereza, diciéndole: no se moleste tio,
iré yo a ver quién es, i salió precipitadamente.

Un hombre de humilde aspecto, algo encorvado por la edad, con el
sombrero lijeramente abollado, un gruezo baston bajo el brazo i un rollo
de papeles en la mano se paseaba a lo largo de la reja de la calle.--Era
una de esas _ejecuciones con levita_ que vomitan los tribunales, que se
llaman procuradores i que todo el mundo mira como a pájaros de mal
agüero.

Conversó un momento con Arturo, i éste a las primeras palabras que
cambió con aquel llevó la mano a la frente dando un paso atrás i
quedando despues indesiso i pensativo. Iba a regresar al salon para
participarle a Manfredo disimuladamente lo ocurrido. Pero a la sazon se
aproximó éste a la puerta i Arturo le llamó haciéndole una señal con la
mano. Manfredo que lo comprendió todo, acudió a su encuentro con el
rostro mas sombrio que el de la muerte. I en efecto, ¡llevaba la muerte
en el alma! Empeñóse entre los tres una conversacion ajitada. Inútil fué
que Arturo, en actitud amenazante, pusiera la mano sobre el hombro del
siniestro recien-llegado para imponerle silencio. Levantó este la voz i
puso en alarma la familia que salió i se apercibió del misterioso
asunto, de la sentencia de muerte contra su fortuna, escrita en esa hoja
de papel que traia en la mano ese verdugo de la tranquilidad.

Manfredo habia perdido al juego el último resto de su fortuna. Tiempo
hacia que sus acreedores, los amigos de la vísqera, le ejecutaban sin
conmiseracion; i era llegado el caso de pagar su deuda, de grado o por
fuerza. La casa, en cuyo valor no tenia sino una parte, debia ser
rematada en subasta pública. Las deudas exedian a su haber. Su familia
debia quedar literalmente en la calle, en brazos de la miseria. Los
propósitos mas siniestros cruzaron por su mente, como pasó Verther por
la cabeza de Goethe. El supremo remedio de la suprema debilidad; el
único crímen que no dá lugar a arrepentimiento fué su única esperanza.

Temeroso de empañar el lustre de su familia ante el pretendiente de la
mano de su hija sepultó el secreto en el sijilo mas profundo. A haberlo
traslucido habria comprometido talvez el porvenir de su hija. Porque
bien podia un hombre opulento, soberbio i caballerezco como Arturo,
verse obligado aun a destiempo a renunciar a la pasion mas encarnizada,
siendo inspirada por la hija de la cómica i el jugador. Porque el amor
pasa i la deshonra queda, porque el decoro se sobrepone aun al delirio
del amor.

Padres e hijos estaban entregados en brazos de la desesperacion mas
completa. Cada uno llevaba un puñal atravezado en el alma. Manfredo el
torcedor del remordimiento. La madre la imájen de Gabriel; la hija el
melancólico recuerdo de Plácido i el suplicio de su enlace con Arturo.

¡El ánjel de la adversidad batia sus alas sobre ese hogar! las batia
pero las plegaba a la vez.

Arturo despues de desplegar la ternura mas esquisita por Berta i el
cariño mas solícito por Manfredo, llamó a éste a su habitacion. Largo
rato conversaron encerrados en él. Berta i Raquel esperaban ansiosas el
desenlace de aquella escena. El temor inmotivado i la esperanza vaga
luchaban en sus conjeturas. Detrás de la ansiedad vino el sociego.

Arturo, bajo su palabra de honor, se comprometió con Manfredo a pagar su
última deuda, rescatar el valor completo de la casa i asignar a su
familia una pension mensual, tan luego como recibiera una libranza de
España. Acordaron tambien, para el entretanto, pedir un plazo a los
acreedores, obligándose a pagarles el interés corriente.

Un abrazo ferviente i lágrimas de gratitud coronaron la entrevista.

Una vez recobrada de ese modo la estabilidad de la familia, Arturo i
Berta partirian para España seis meses despues de su matrimonio,
llevando consigo a Alberto para que se educase en los mejores colejios
de Madrid.

La gratitud que es el mas noble de los sentimientos inspiraba o hacia,
en cierto modo, las veces de la fatalidad del amor en el corazon de
Berta. I comenzó a vacilar su sentimiento como la péndola de un reloj,
entre el pasado i el presente, entre la esperanza que se realiza i el
recuerdo que se aleja, entre el ideal que se vá i la ventura que llega.

¡Habia sin embargo en _el interior_ de su existencia íntima un vacio que
no se reemplaza, la vaguedad de un deseo que no se robustece pero que no
se olvida, una sombra que no oscurece i una luz que no alumbra i cuya
espresion podria decirse que era una sonrisa amarga o una lágrima
risueña...! ¡Triste alegria!

El corazon se presenta a veces velado ante la conciencia. I si ésta
interpelase sus latidos, no sabria darle cuenta de ellos, como el ojo
del ciego que está abierto pero que no tiene mirada. ¡Pobre corazon si
se descorre el velo..! ¡Pobre ciego si llega a ver..!

Pero sea de eso lo que fuere. Era ya el 23 de julio i el sol del 30 de
ese mismo mes debia alumbrar la alianza nupcial de Arturo. ¡Ojalá que
ese sol lleno de felicidad no se pusiera jamás!

Ese mismo dia recibió Manfredo la siguiente carta de Gabriel:


     "Mi respetado i querido señor:

  Sin embargo de que ignoro si mi noticiosa carta anterior llegó a su
  poder, tengo el gusto de saludar a Ud. i besar su mano con mis
  recuerdos, lo mismo la de su esposa i de su hija.

  La delacion soplada al oido de las autoridades ha conjurado, señor, la
  rebelion. Ha sido sorprendida en alta noche la casa de uno de los
  complotados (don Jorje Lopez) que era el teatro principal de las
  conspiraciones.--De ese modo se ha cortado de un golpe el nudo de las
  maquinaciones. Por todas partes se levanta un cadalso i se dicta una
  sentencia de muerte. Las puertas de los presidios tragan reos a
  centenares. Infinidad de personas distinguidas han sido pasadas por
  las armas, las mas veces por meras sospechas de conspiracion, como los
  señores José de la Cruz Caballero, Domingo Delmonte i Felix Manuel
  Tanco; lo mismo que los cabecillas Pimienta i Dogde. Dicen que
  _Plácido_ ha fugado.

  Varios reos, i entre ellos el mencionado don Jorje Lopez, deben ser
  conducidos a Matanzas i juzgados allí.

  Así los designios de la Providencia mas poderosos que los
  conciliábulos de los hombres han hecho caer en tierra la bandera de la
  libertad que flameaba por primera vez en las manos del pueblo. A su
  sombra se han reatado las cadenas de la servidumbre i los héroes han
  muerto sonriendo, porque han muerto por la patria. ¡Que la tierra les
  sea lijera! ¡que la bendicion de Dios sea la almohada de su eterno
  sueño!

  Pronto tendrá el placer de abrazar a Ud. aunque mui de paso, su adicto
  servidor i camarero.

     GABRIEL DE LA CONCEPCION VALDÉS".


El mulato cartero al presentar esta correspondencia lloraba amargamente.
Manfredo al recibirla le preguntó en tono insinuante i compasivo: ¿qué
tienes?, ¿por qué lloras?--¡Qué ha de ser señor! ¿que no ha sabido su
merced que ha fracasado la revolucion i que se ha derramado tanta sangre
entre los hombres de color? dijo, i al retirarse lloraba todavia.

¡Cuán hondas i contrarias impresiones produjo la lectura de esa carta!
¡Lágrimas de dolor por la suerte infortunada de los revolucionarios,
lágrimas de alegria por haber salvado Gabriel de los horrores de la
revuelta! Raquel juntaba las manos sobre el seno bendiciendo al cielo
por la suerte feliz del camarero. Manfredo comprimiendo la frente
entrambas manos llegaba hasta a renegar de su patria al lamentarse por
la suerte desgraciada de los vencidos i la ferocidad de los vencedores.
"Plácido dicen que ha fugado" decia la carta, i esa frase cayó al
corazon de Berta como la gota de agua al desierto abrasado.

--Ya vé Ud. señora, como el tiempo ha desmentido tan pronto sus temores,
dijo Arturo.

--¡Bendito sea Dios que así haya sido!

--I así tenia que ser; porque en su carta anterior asegura que no tenia
intencion de rolarse en la política. I porque al través de esa carta se
trasluce un carácter pusilánime i apocado, i un cariño por Uds. que se
sobrepone a todo.

--Es que Ud. Arturo no conoce a Gabriel íntimamente. Tiene al contrario
un carácter impetuoso i arrebatado.

--Pero en todo caso, señora, eran lágrimas i sentimientos mui
malgastados los de Ud. i su hija.

--Qué quiere Ud., ¡es tan simpático Gabriel..! ¡nos quiere tanto! Él
tiene cariño hasta por las plantas del huerto, i a su vez le quieren a
él hasta los perros de la casa, dijo Raquel i el tinte del rubor pareció
asomar a su rostro.....

Raquel despues de muchas conversaciones del mismo tema i por el mismo
estilo, ordenó a los esclavos que asearan el cuarto de Gabriel, que
desempolvaran sus muebles i sacudieran su hamaca. I no contenta talvez
con dar i hacer cumplir sus órdenes, fué personalmente a revisar la
pequeña habitacion del camarero, como en aquel tiempo en que se instaló
por primera vez en la casa. Un alborozo mal disimulado animaba sus
palabras, sus acciones, su rostro i su mirada....

No sabria decirse si es mas débil la mujer para recibir impresiones o
para ocultarlas. Piensan muchos i dicen todos que su talento se
despliega cuando está al servicio de la mentira; pero piensan i dicen
mal. La mujer miente con las palabras, engaña con las promesas, pero su
mirada es mas indiscreta, su faz trasparenta mejor el sonrosado del
rubor, su voz es mas suceptible de apagarse al grito de la conciencia,
su aliento mas débil para cortarse con la impresion que alhaga o que
acongoja, tanto mas espansiva, cuanto mas íntima. Calla a veces.... ¿i
qué importa su silencio? ¿No está su rostro al capricho de sus
impresiones, como las caras de esas pantallas trasparentes que cambian
con el juego i los matices de la luz que las alumbra? Raquel a su pesar,
trasparentaba su alegria.



XXVIII


Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a
abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el
bullicio de las calles, empezaban a decir adios.

Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio.
Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un
músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la
arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.

El muerto era aquel canario que la visitó el dia de su natalicio, i el
ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente
a su lecho. ¡Cuán silencioso estaba su aposento, antes lleno de la
melodía del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de
ese naranjado pajarillo! ¡Cuán vacia estaba el alma i la memoria de
Berta, sin su dulce compañero! Ya no se ocultará en los pliegues de las
colgaduras de su lecho; ya no revoloteará cantando; ya no se posará en
su hombro; ¡ya no regalará su sueño i la despertará por las mañanas con
sus tiernas serenatas! ¡Aun los canarios saben querer! ¿Quién no
comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su
dueño i ajita las temblorosas alas sobre su seno?

Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el
corazon.

Ese ensueño rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dejó su
aposento como la luz deja el dia i dirijióse a la puerta con la mirada
tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.

¡Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cántico
con alas, de ese cántico para siempre apagado i de esas alas plegadas
para siempre!....

De pié sobre el dintel, cruzó melancólicamente los brazos sobre el pecho
e inclinó su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.



XXIX


El sol se ocultaba detras de las montañas como un rei destronado i su
manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la pálida i
vacilante luz del crepúsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las
nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua
humedecian el polvo. ¡Es que el sol se despedia para negar su luz a una
catástrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba
el cielo!....

Una encubierta i misteriosa mujer llamó a la puerta de la calle. Raquel
salió precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta.
La encubierta con aire siniestro se aproximó a Raquel, balbuceó dos
palabras a su oido i cuidó de taparse bien el rostro, como si los
pliegues de su manto ocultaran un crímen.....

Raquel dió un grito i un paso atrás, como herida por una puñalada
traidora.

La mujer desapareció.....

Raquel un momento despues estaba exánime en los brazos de su hija, que
permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los
corredores. Mezclaron sus lágrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en
sí, se echó a los piés de su hija, reclinando la frente sobre su regazo
i ahogada en llanto.

La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a
su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera,
aturdia con sus gritos i bañaba con sus lágrimas a su hija.--Por fin
haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, saltó como un leon
herido i paróse con el pié trémulo i asiendo a Berta de la mano, con
aire de suprema resolucion, acudió como una loca a la calle.

Flaqueáronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoyó
la frente en la reja de una casa, cerró los ojos i jimió de dolor....

Levantóse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que resonó
en su corazon. Al oirla siguió su camino i tomó esa direccion.

--¡Madre del alma! ¿qué tienes? la dijo su hija.

--¡Hija mia! sígueme, ¡por Dios! repuso i prosiguió corriendo.

Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la
turva frenética. Encamináronse por la calle respectiva que conduce a la
cárcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una
esquina afrontáronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya
algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus
lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de
esas oleadas humanas, como náufragos que envuelve la tormenta. Esa
oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la
cárcel, cambió de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de
improviso un nuevo cauce. Dirijióse hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El
silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la cárcel. Solo
dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la
puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que
llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra.
Era el carcelero.

--Señora, profirió éste, ¡ya no hai remedio!....

Apoyóse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i
anegada en lágrimas esclamó: ¡Perdí toda esperanza!.... I cayó sobre un
poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El
carcelero conmovido se aproximó a ella i le prodigó sus cuidados. ¡Pobre
mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues
se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las
precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Miércoles
26 de Julio.



XXX


Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la
conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.

Veamos lo que pasó en esas cuarenta i ocho horas.

Acto contínuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de
la cárcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el
centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus
sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de
ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos
papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir veíase sobre el
tapete de la mesa.

Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados,
interrogados i sentenciados retiráronse a paso lento, pálidos,
taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simpático jóven de 28 años de
edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya
frente alumbraba la auréola del martirio confundida entre los laureles
del jénio, arrastró con serenidad sus espléndidas cadenas. Su ademan
revelaba la modesta altivez de su carácter. Sus laureles parecian quemar
su sien. Melancólico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i
tomó asiento en el banco del acusado.

Cuando el fiscal comenzó el interrogatorio contestó majistralmente, pero
derramó una lágrima que parecia esprimir toda la amargura de su
infortunio. Su acento tenia la entereza del héroe, i su lágrima, la
ternura de una lágrima de Romeo....

--¿Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpió el fiscal.

--No considero, señor, un delito amparar la querida patria i defender
la libertad, repuso el reo.

--Pero en fin ¿confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades
delegadas por S. M. la reina de la metrópoli?

--Sí, señor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra
la tiranía española i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco
que será algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por
que...

Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceño i tocó despóticamente
la campanilla, esclamando:

--¡Al órden!......

--¡Al deber!.... contestó el reo, irguiendo la cabeza i poniéndose de
pié súbitamente.

Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclamó: es inútil
proseguir; ¡el reo está confeso!

--¡E insultado el honorable tribunal, i con él la majestad real! repuso
otro de ellos.

El fiscal tocó nuevamente la campanilla, esclamando: ¡cuarto intermedio!
Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ángulos del
calabozo, menos el fiscal que permaneció en el suyo, tomó la pluma
lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con
calor. Cuál levantaba la voz, cuál dejaba oir palabras autoritarias,
cuál accionaba con desenfadada exaltacion, cuál posaba la mano sobre el
hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus
puestos, i el fiscal con el índice de una mano perdido entre las pájinas
de un código entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra,
leyó en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra
todos los reos i consignada en cláusulas sangrientas. Los jueces la
escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una
impasibilidad imperturbable, permanecia de pié con la mirada levantada
como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba
lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga
sonrisa.

El jurado se suspendió. Los reos fueron conducidos a sus respectivos
calabozos. El _reo altivo_ (llamémosle así) fué encerrado en el suyo.
Oíase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido,
o el ruido de sus pasos.

El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproximó el oido al
ojo de la llave i no alcanzó a oir sino esta palabra terrible:
¡_Condenado a muerte_!....

¡_Condenado a muerte_!.... repitió mas de una vez, se tendió sobre su
cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueño eterno. Pálido como la
cera, helado como la muerte, indeciso como un sonámbulo, incorporóse en
su lecho, sentóse sobre el borde dé la cama, i arrojó con lastimero
acento palabras melancólicas i aisladas que vertian sus labios
semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la
demente Ofelia. ¿Era el estravío del loco? ¿Era la suprema desesperacion
del condenado? ¿Era el desvarío del sonámbulo o el delirio de la agonía?
¡Nó! ¡Era el último delirio del amante i el último ensueño del patriota!

--Pobre Cuba....¡se ha nublado la estrella!.. ¡ya veo el
cadalzo!..¡adios amada mia!.. ¡mi muerte i la esclavitud..!
¡adios!....¡condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente
entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para
estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lágrima
inconciente i sombria.

Anuncióse el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuñaba i
tocó a la puerta de su ventana previniéndole que saliera.

Despertó. Se incorporó en su cama i paseó una mirada vaga i siniestra a
su alrededor. ¡Despertar por primera vez en medio de las paredes de un
calabozo! ¡Qué horror!.. Restregó los ojos como para disipar un sueño i
volvió a escudriñar con la mirada. ¡No hai remedio! ¡Era una espantosa
realidad! Parecíanle epitafios las inscripciones que otros presos
dejaron en los muros; urnas fúnebres las ventanas; un sepulcro su cama;
un sepulturero el carcelero. ¡Tenia tan oprimido el corazon que
parecióle despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba!
¡Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo
ser. ¡Morir!.. ¡Morir tan jóven!..

Aproximóse a la ventana; fijó los ojos en la multitud que se
arremolinaba a sus piés; en el espléndido panorama de la naturaleza que
se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la
niebla que embolvia la atmósfera, el cierzo que la disipaba, el
horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian
como un océano verdoso. Envió al cielo una mirada precursora de sí
mismo. Cuando divisó junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don
Antonio Solis, esclamó desconsolado:

--"Esto ya está concluido: ¡nos llevan a morir!...."

Salió del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compañero
de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le
brindó sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas
para encadenarle las manos, volvió el rostro a sus compañeros i con un
acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:

--"¡Señores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"

Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de
su infortunio. Al notar que la trémula mano de un soldado dejó caer las
esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de
indignacion esclamó:

--"¡Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"

Cuando vió que don Santiago Piamonte derramaba una lágrima i le
contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes
improvisados versos:


  "¡Abran del corazon las anchas venas, Corra mi sangre a consolar tus
  penas!..."


Volviendo el rostro demudado al calabozo del que acababa de salir,
esclamó:

--¡Oh! ¿quién ocupará ese calabozo despues que yo? ¡Quien quiera que sea
lo encontrará lleno de mis lágrimas, de mis lamentos i del ruido de mis
pasos i mis cadenas; cualquiera que sea, será menos desgraciado que yo!

Despues, besando las esposas que encadenaban sus manos dijo
consternado:--¡Basta de _cobardes lamentos_! ¡Estos lazos atados en la
tierra solo se desatarán en el cielo: a ellos les deberé el encontrarme
pronto en presencia de Dios!.. ¡Ai!.. morir es la felicidad del
desgraciado!.. ¡Vivir sin el ánjel de mi corazon.. es vivir muriendo!
Bendito sea el cadalzo para quien no ha conocido ni el rostro de los
autores de sus dias; para quien vé en la madre-patria una víctima en
cuyo seno se inmola la libertad. ¡Oh! ¡estos momentos han sido mas
amargos que los diez años de las prisiones de Silvio! ¡Como cabe, Dios
mio, la eternidad en un minuto!....

Poco despues fueron conducidos los presos al hospital de Santa Isabel,
en donde estaba preparada las capilla. Un sacerdote, soldados armados,
carceleros con sus linternas encendidas a su alrededor, i un inmenso
jentío a sus espaldas, he ahí la comitiva que los acompañaba. Era alta
noche.



XXXI


Aquellas dos mujeres que dejamos junto al pórtico de la cárcel llegaban
jadeantes i desaladas a la puerta de la capilla.

Pero entremos a la capilla antes que ellas. Este reo, recojiendo
encorvado sus cadenas; aquel oyendo cabizbajo i taciturno las férvidas
palabras, los piadosos consuelos del confesor que fortalecian la
languidez de su espíritu; el de mas allá de rodillas al pié de un
crucifijo, con la frente inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho,
i a la amarillenta luz de los cirios que ardia temblando en torno de una
mesa cubierta de negro terlíz, murmuraba ferviente esta plegaria
improvisada por él, en ese instante supremo:


    Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,
  A vos acudo en mi dolor vehemente;
  Estended vuestro brazo omnipotente,
  Rasgad de la calumnia el velo odioso,
  I arrancad este sello ignominioso
  Con que el mundo manchar quiere mi frente.

    Rei de los reyes, Dios de mis abuelos,
  Vos solo sois mi defensor, Dios mio:
  Todo lo puede quien al mar sombrio
  Olas i peces dió, luz a los cielos,
  Fuego al sol, jiro al aire, al Norte hielos,
  Vida a las plantas, movimiento al rio.

    Todo lo podeis Vos, todo fenece
  O se reanima a vuestra voz sagrada:
  Fuera de vos, Señor, el todo es nada,
  Que la insondable eternidad perece;
  I aun esa misma nada os obedece,
  Pues de ella fué la humanidad creada.

    Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia,
  I pues vuestra eternal sabiduria
  Vé al través de mi cuerpo el alma mia
  Cual del aire a la clara trasparencia,
  Estorbad que humillada la inocencia
  ¡Bata sus palmas la calumnia impia!

    Mas si cuadra a tu suma omnipotencia
  Que yo perezca cual malvado impio,
  I que los hombres mi cadáver frio
  Ultrajen con maligna complacencia,
  ¡Suene tu voz, i acabe mi existencia......!
  ¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mio!


Dieron las tres de la mañana del dia viernes, 27 de julio. Las negras
alas de la tempestad comenzaban a ajitarse ruidosas en el firmamento. El
eco repetido del trueno bramaba en el espacio i parecia conmover la
naturaleza. El resplandor de uno que otro relámpago iluminaba la
inmensidad. ¡Parecia enlutarse el universo ante un espectáculo horrible!

Las dos mujeres que dejamos a la puerta, penetraron por fin al interior
del hospital. Apenas asomaron al umbral de la capilla i divisaron al reo
que oraba de rodillas, Raquel que era una de ellas, se precipitó hacia
él como un rayo, dando un alarido hiriente i esclamando como una loca:
¿Gabriel?... ¡mi querido Gabriel! Berta, que era la otra, la seguia
confundida i llorosa. Gabriel con los ojos que le relampagueaban volvió
el rostro i acudió a su vez a arrojarse a los piés de Raquel. Exalaba
éste un ronquido desapasible, erizábansele los cabellos i empalidecia
como una estátua de mármol.

--Jamás perdí la esperanza de que este consuelo me visitara aun en este
último asilo de mi desgracia, profirió el pobre mulato, poniéndose de
pié, asido de las manos de su señora.

--El corazon, Gabriel, me ha arrastrado hasta aquí, repuso Raquel.

--¡Dios la bendiga, señora mia! ¿I quién la notició de mi llegada?

--Carolina, esa mujer que por órden mia te introdujo al seno de mi
familia.

--¡Por órden suya!... dijo Gabriel atónito.

--Mi vida fué un suplicio no solo desde tu viaje a Trinidad sino desde
que ví aquellas cartas que blanqueaban sobre la mesa de tu cuarto: algo
funesto me presentian.

--¡Oh! señora, ¡que noble es el corazon! en efecto esas cartas eran los
hilos de la conspiracion que yo manejaba desde el humilde cuarto del
camarero. ¡Ah! ¡si hubiera sabido que en ellas escribia con mi propia
mano, mi sentencia de muerte!

--Invado, Gabriel, la capilla despues de haber tocado sin fruto las
puertas de tu calabozo, dijo Raquel ahogada en llanto, i agregó en
seguida: ¡pero tu me has engañado! nos hiciste comprender que no te
habias envuelto en la revolucion; que estabas libre.

--Acostumbrado, señora, a ahogar mis lamentos i mis desgracias en lo mas
hondo del alma, acostumbrado a padecer en silencio, quise ahorrarles
siquiera algunos momentos de afliccion.

--¡Ah! ¿i tu no comprendias que tu dolor era el mio?

--¿I a qué, señora, tener a nadie a espensas de mi dolor?

--Gabriel ... dijo ella entonces--¡Ah! Gabriel.... ¿no comprendiste
jamás que mi corazon te pertenecia?....

El pobre mulato recibió como un rayo esta revelacion i quedó helado.
Bajó la frente i calló....

Berta interrumpió el silencio aproximándose a Gabriel como quien se
aferra a una esperanza que huye i diciéndole--Pero Gabriel, en tu última
carta nos decias que te venias pronto, aunque mui de paso.

--I así es la verdad, señorita; _¡vine pronto, i de paso a la
eternidad!_....

Berta enjugaba sus lágrimas con sus dedos de marfil sonrosado, i Raquel
reclinó la frente sobre el hombro de Gabriel, con el pecho inchado de
sollozos i diciéndole a pausas: ¡Sabe Gabriel... que debo ser para tí...
el ser mas caro de la vida!....

--I así es, señora. ¿Cómo olvidaré que Ud. me hizo reconsiliarme con la
felicidad cuando la felicidad me dió las espaldas, que cuando el hogar
me cerró sus puertas, Ud. me abrió el suyo; que cuando me arrojó la ola
del destino a merced de la miseria, me refujié en su piadoso cariño?

--¡Cumplí solo con mi deber!

--Yo tambien señora, cumplo con el mio al agradecérselo a Ud. aun al
borde de la tumba. Aunque sin usted habria ya dejado de existir talvez
cuanto há un huérfano infortunado, i habria habido un mártir menos entre
los mártires. Porque mi vida....

--Gabriel, ¡silencio, por Dios!

--¡Oh! señora... ¡es imposible enmudecer la conciencia i ahogar el
corazon! Estoi seguro que si la autora de mis dias descansa el sueño
eterno, se estremecerán sus cenizas al presentir el infortunio que
enjendró mi orfandad. I si ella me sobrevive, irá mi sombra
ensangrentada a turbar su sueño desde la cabecera de su lecho.

Raquel sin proferir una sola palabra cubrió de lágrimas i besos las
manos del mulato.

Berta aproximándose a Gabriel i bajando la voz le dijo con cautela:
Gabriel, ¿es cierto que Plácido ha fugado?

Levantando el rostro, comprimió la frente entre sus manos el consternado
Gabriel; se esforzó por articular una palabra. ¡Imposible! El corazon en
su pecho moria como la voz en su garganta. Empapó en llanto sus cadenas;
i despues de una larga pausa esclamó con voz entrecortada:

--No señorita; Plácido no ha fugado.... Plácido está preso... Plácido vá
a morir... Plácido... ¡soi yo!

Berta, estremecida, contrajo el ceño i dió un paso atrás sin desprender
la atónita mirada de Gabriel. Este a su turno esperaba la última
sentencia contra su corazon, i despues de un momento de silencio
continuó: Yo sé que la raza ya que no el alma me hace indigno de Ud. Yo
sé que mi color es la maldicion que Dios hizo caer sobre mi cuna; yo sé
que mañana mientras mi sangre i mis cenizas esten calientes aun, Ud. se
ligará a Arturo de Bilbao. Pero quiero tambien que Ud. sepa que subiré
las gradas del cadalzo amándola, ¡que amándola he vivido, que amándola
bajaré a la tumba! I bien se puede abrir el corazon en el umbral de la
eternidad. ¡Allí de rodillas la esperará mi sombra envuelta en su
sangriento sudario!

Berta estaba fria i pálida como un cadáver.

Raquel iba en ese momento a interponerse entre ambos, pero Berta al
palpar la amarga realidad de aquel amor ideal, al recordar al apasionado
poeta que vaciaba su alma de fuego entre los versos i las flores de la
ventana, al comprender que por ella habia buscado la muerte, despues de
algunos ímpetus estériles de suprema indecicion, arrancó de su dedo el
anillo de brillantes que simbolizaba su alianza nupcial con Arturo i lo
arrojó a los piés de Gabriel, diciéndole:

--Yo sin conocerte te amé tambien locamente. I si tu no puedes
acompañarme en la felicidad, quiero acompañarte en la desgracia, mi
Gabriel de antes, ¡mi Plácido de siempre!....

Gabriel entonces se arrojó a los piés de su amada i posando la frente
sobre sus delicadas manos, iba a jurarle un amor de ultra-tumba, pero la
madre se interpuso nuevamente entre ellos diciéndoles: ¡Dios santo! a
qué jurar esa alianza, si la eternidad vá a separarlos. ¡El delirio del
amor, Gabriel querido, es impotente para ligar la vida i la muerte!
Sobre todo, hija mia, ¡reprime el vértigo que te domina, i acuérdate que
ya no te perteneces!......

Berta pálida i temblorosa como la luz que muere en el santuario, pareció
sentir allá en el santuario del alma una vacilacion horrible, al son de
las palabras de su madre. Cayó desmayada en los amantes brazos de
Plácido murmurando levemente: ¡Dios ha puesto un abismo entre los
dos!....

--¡Si! ¡el abismo de la tumba!... esclamó Gabriel desesperado.

--¡I el abismo del deber!... agregó Raquel, con tembloroso acento.

Las turvas desveladas se ajitaban entre tanto en las puertas de la
capilla. Oyóse repentinamente un ruido estraño i la algazara acreció. Un
jinete a galope tendido cortaba el aire ajitando un papel en la mano.

Cruzó la multitud i tendió su caballo en la puerta del hospital
gritando: _¡Plácido está salvo!... ¡Se ha conmutado su pena a cinco años
de presidio!_ La noticia cundió rápidamente. La muchedumbre ebria de
alborozo, ajitaba los sombreros i saludaba con un coro de gritos la
redencion del mártir, la salvacion de Plácido.

¡Que rápida mudanza! Tornóse el dolor en alegria, las tinieblas en luz,
la capilla del condenado en un santuario de amor, i sus cadenas en lazos
de flores..... ¡Eran los funerales convertidos en festin!

Cuando llegó a éste la noticia feliz, en el delirio de su frenesí, iba a
estampar un beso de alianza i de amor sobre la frente de ese ánjel que
yacia exánime i moribunda en sus brazos. La llamó por su nombre: fué en
vano. La meció para que volviera en sí: todo fué inútil. ¿Ha
muerto?..... ¿A qué besar entonces un cadáver?... ¿Ha perdido la vida
cuando Plácido la recobraba?

--¡Oh! si mi aliento pudiera ser el hálito de su vida! ¡Si mis brazos
pudieran ser las cadenas que retuvieran su existencia! ¡Si pudiera morir
por que ella viva! se decia alzando los ojos anegados en llanto. ¡Volvia
a estrecharla mas fuertemente en sus brazos convulsos para palpar esa
realidad que confundia en sí la mas dulce de las dichas i el mas amargo
de los martirios! Rendirse la esperanza de toda la vida doblegada sobre
su corazon i.... ¡morir en sus brazos! Creia a ratos que ella no era
sino una forma de sus delirios, o una vision pasajera de su mente
febril. Su silencio lo abrumaba de dolor. Pero temia tambien su primera
palabra creyendo que con ella fuese a desvanecerse corno un fantasma de
felicidad, i la oprimia callado sobre su seno palpitante.

¿Ha huido su alma como la esencia de la flor?... ¿Como la esencia de la
flor se ha disipado talvez?.. No. Una sonrisa divina iluminó su
semblante; sus azules ojos parecian reflejar los resplandores del
cielo; exaló un largo suspiro, precursor talvez de un juramento de amor,
i de un amor feliz....

Pero a veces cae el hombre desde las puertas entreabiertas de un paraiso
de risueña felicidad, hasta un infierno de infortunio que se abre
devorador a sus piés. Entonces no hai en el alma sino veneno; no
profieren los labios sino blasfemias.... I si un rayo de la tempestad
dejó en suspenso sobre los labios de Atala el primer ósculo de amor, el
grito de una revelacion terrible lo alejó para siempre de los labios de
Berta; pues Raquel, trémula, tambaleando, estremecida de horror como
quien vá a salvar de las garras a una víctima, se precipitó sobre ellos,
diciéndoles:

--¡Es siempre este amor, un amor imposible!...., estrechando entre sus
manos la frente de Gabriel, i cubriéndola de besos empapados de
lágrimas.

--¡Imposible!.. esclamó éste con sarcástica sonrisa. ¡Imposible!....
repitió con las pupilas que parecian saltar de sus órbitas. I
dirijiéndose a Raquel: ¿Por qué imposible?.. ¡Cinco años de presidio!
¡cinco años tienen alas cuando los alimenta la felicidad! ¡cinco años
pasan volando!--I volviendo el rostro a Berta:--¡Misteriosa adorada de
mi alma! ¡maga querida de mis castos amores i de mis íntimos silencios!
¿no es verdad que mi prision será un paraiso si encierra la
esperanza?.... ¿no es cierto que hade aparecer por entre sus rejas la
aurora de mis dichas?.... ¿que tu amor ha de dorar las cadenas del
prisionero? ¡Oh! mi Berta, ¡si las rejas de mis prisiones hicieran las
veces de la ventana de tu cuarto! ¿La recuerdas?....

--¡Sí, Gabriel, allí cautivaste mi alma!

--I bien, en otras mañanas mas felices al través de esas rejas pasarán
tus suspiros i mis versos, mis palabras i tus miradas, i en vez de _las
flores del café_, ¡las flores del corazon!

Berta como volviendo de un sueño profundo le contestó:--Pero....
Gabriel.. mi padre nos separa.. Nuestra dicha....

Plácido entonces, interrumpiéndola encendido de pasion, balbuceó a su
oido estos versos de fuego:


    --Amor no quiero como tu me amas;
  ¡Sorda a mis ayes, insensible ruego!
  Quiero de mirtos adornar con ramas
  ¡Un corazon que me idolatre ciego!
  ¡Quiero abrazar una deidad de llamas!
  ¡Quiero besar una mujer de fuego!


Al recitarlos, la luz de la inspiracion iluminaba su semblante i
abrillantaba su mirada, i el carmin del rubor, sonrosaba el rostro de
Berta.

Sonó entre tanto el momento de una revelacion arrancada al pasado.

--¿Con que es imposible mi amor?.... repitió por última vez.

--¡Si, hijo mio! contestóle Raquel llorando i sacudiendo su suelta
cabellera; ¡sí Gabriel!... _¡Berta es tu hermana!_

--¡Oh! ¡maldicion del cielo! dijo, cayendo de rodillas i levantando los
brazos al cielo. Hace un instante nos separaba el cadalzo, i... ¡ahora
el tálamo materno! ¡Caiga un rayo sobre la frente del desgraciado! ¡Ayer
era yo el fruto del misterio i hoi el hijo del crímen! I el crímen de
haber nacido prefiriera mil veces espiarlo sobre las tablas del
patíbulo. ¡Oh madre mia, ven a mí! quiero estrecharte contra mi
corazon. Reclinaré por primera vez mi frente sobre el seno maternal.

--¿Cómo no sentiste, Gabriel, en mis entrañas de madre el fuego de mi
amor? ¿como no viste que mis lágrimas destilaban ese amor? ¿Ni siquiera
mis miradas te revelaban el misterio?

--¡Oh! ¡madre mia! ¡a gritos me lo decia el corazon! dijo arrojándose a
sus brazos.

Sonó la hora suprema de otra revelacion del porvenir. El vago clamor de
una campana, como el tañido de una campana fúnebre, rasgaba el aire. La
multitud se ajitaba ruidosa. El viento que penetraba silvando por las
rejas de la capilla apagó algunos de los cirios que ardian en torno de
un crucifijo. No se oia sino el rumor de las cadenas de los reos, de
esas cadenas que parecian estremecerse i cuyos eslabones misteriosos
parecian ligar momentaneamente la vida i la muerte. Los prisioneros,
esos solitarios melancólicos, esos proscritos del mundo, vagaban con el
alma preñada de lobreguez en medio de la oscuridad de sus calabozos. I
esos amantes, a la luz de los relámpagos que en el interior de la
capilla se inflamaban como la intermitencia de un incendio, ¡veian el
espectro de la muerte de pié sobre la única sonrisa de su amor!..

En medio de la muchedumbre se alzó una voz que dijo: _¡Es falsa la
conmutacion! ¡Plácido vá a morir!_ La voz se propagó a los cuatro
vientos i penetró a la capilla del condenado i al fondo de su corazon
como una puñalada aleve.

Imposible es pintar la desesperacion del hijo, del hermano i del amante
al partir para siempre..... Imposible es pintar a esa madre desolada que
se retorcia de dolor. Plácido con los ojos cerrados, la cabeza encorvada
i los dientes que le crujian como una fiera que enviste, revoloteaba
tambien en torno de la capilla, como un loco, como si el exaltar su
desesperacion remediara su desgracia.--Berta quedó inmóvil, de pié,
paralizada de dolor, como la mujer de Lot a quien petrificó la maldicion
de Dios.--Raquel corria detras del hijo para detenerlo, como si con ello
detuviera su destino. "¡Hijo mio, ten compasion de mí!" le dijo.--Volvió
éste el rostro deteniéndose repentinamente, como la demencia que
recobra de súbito un momento lúcido: I bien señora le contestó: díme el
nombre de mi padre; ¡quiero llevarlo al cadalzo gravado en mi corazon,
como el último recuerdo de mi vida! ¡Ya que no tengo su amor, quiero
tener su nombre!

--¡Gabriel, me exijes un suplicio! dijo doblegándose de vergüenza.

--Suplicio.....

--¡Sí, hijo mio! te ruego que me ahorres esa horrible revelacion, en
nombre de tu amor filial, dijo, i caia al suelo tan siniestra su mirada
como si reflejara el brillo de un puñal homicida.

--En nombre de mi muerte te lo pido, contestó Gabriel imperiosamente.
¡Quiero en presencia de Dios perdonar a ese padre desnaturalizado!

Despues de un momento de silencio queria ella desplegar los labios i....
enmudecia.

--¡Hijo del alma! profirió por fin, esa revelacion importa un negro i
estéril baldon.

Era _negro_ en efecto.....

--Señora, repuso aquel, ¡hai mas baldon en cometer un crímen que en
confesarlo! ¿El nombre de mi padre?.... Un sollozo fué su única
respuesta.

--¡Habla! ¡habla! ¿El nombre de mi padre?

Ocultando Raquel el rostro abochornado como herido por el remordimiento,
murmuró levemente:

--_Un negro peluquero_....

En efecto, un negro peluquero dió a beber a un esposo el mas amargo de
todos los venenos: la traicion; arrebató a una mujer su mas valioso
tesoro: la honra; i trajo al mundo a un desgraciado que debia sufrir el
mas supremo de los suplicios: la muerte. ¿Por qué?... Por que "entre
rizo i rizo supo prender un corazon" como decia un brillante escritor
puertorriqueño.[1]

     [1] Eujenio Maria de Hostos.

Gabriel entonces restregó a dos manos el pecho como para desgarrarlo i
alzando los ojos, esclamó:

--¡Silencio corazon!.....

Berta entretanto yacia tendida sobre el umbral de la capilla. Cayó
exánime i helada.

Plácido partió. Encaminóse al cadalzo, que estaba situado en la
esplanada del paseo de Versalles, partió en medio de dos hileras de
soldados, al son de los tambores, con la cabeza inclinada i los brazos
cruzados sobre el pecho. Un sacerdote murmura a su lado las oraciones de
la agonía. El pueblo gritaba i sollozaba a la vez. El reo caminaba a
paso lento, recitando la plegaria que dijo en la capilla. La luz
instantánea de los relámpagos, alumbraba su rostro.

Cuando llegó al pié del cadalzo sacó una hoja de papel empapada con sus
lágrimas que contenia estas palabras i estos versos, i la arrojó a la
multitud.


     "Mi Berta:

  No te entregues al dolor: el llanto que te pido a mi memoria es que
  socorras como siempre a los pobres; i mi sombra estará esperándote
  desde el cielo ¡digna de ser compañera de tu _Plácido_!"


     ADIOS A MI LIRA.

     (EN EL CALABOZO)

    ¡Adios, mi lira! a Dios encomendada
  Quedas de hoi mas; ¡adios! ¡yo te bendigo!
  Por tí serena el ánima inspirada
  Desprecia la crueldad de hado enemigo.
  Los hombres te verán de hoi consagrada;
  _Dios_ i mi último _adios_ quedan contigo:
  Que entre Dios i la tumba no se miente,
  ¡Adios!...... voi a morir...... ¡soi inocente!"


Inocente ante Dios i ante la conciencia humana, i culpable, en cuanto
puede serlo el que vierte su sangre en holocausto de la libertad.

El silencio pavoroso del vértigo se apoderó de la multitud. Tenia el reo
altiva la frente i resplandeciente la mirada. No se oia sino el ruido de
sus pisadas al hollar los escalones del cadalzo. Cuando subió a él, el
perfil de su figura grandiosa se dibujaba pálida i arrogante a la vez al
través de la rojiza i cambiante luz de los relámpagos, que alumbraban
tan sucesivos como si fuesen un relámpago continuado. De pié sobre el
cadalzo, la mirada perdida en el infinito i levantando el índice de la
mano, dijo con plateada i serena voz:--"_¡Adios pueblo querido! A todos
pido perdon; ¡rogad por mi!_ Hizo una pausa i continuó: _A don Ramon
Gonzalez i a don Francisco Hernandez de Morejon, ¡los emplazo para la
eternidad!_..

Subieron inmediatamente dos soldados al cadalzo, para amarrarlo al palo
que le servia de espaldar. Pero él se incorporó en su banco, les fijó
una mirada altanera, i les dijo: "_Puedo asegurarles que siempre
mantendré_ _la cabeza erguida._" Los soldados, dominados por el imperio
del valor, miráronle con sorpresa, callaron, i bajaron los escalones,
para ir a juntarse con los demas soldados que estaban en linea i con las
armas preparadas al frente de la víctima.

Oyóse en ese momento los alaridos de una infeliz mujer que se arrastraba
de rodillas en torno del cadalzo i se abrazaba de él. Era su madre. Sus
lamentos fueron ahogados por una descarga de fusilería que derribó al
héroe envuelto en su sangre. Cayó tendido sobre el tablado del cadalzo.
La griteria de la muchedumbre, el eco de la descarga, el espectáculo de
la víctima estremecia la naturaleza.

De en medio del charco de sangre que le rodeaba, a la rojiza luz del
fogonazo, en medio de la humareda de la descarga que flotaba en su torno
como una nube cenicienta, levantó la frente cadavérica i con acento
patibulario i flebil esclamó, señalando el herido pecho con la mano:
_¡Adios mundo! ¿No hai perdon para mí?..... ¡Fuego aquí!_

Con una segunda descarga espiró.

¿I Berta? ¿Sigue tendida en el umbral de la prision? ¿Hánse juntado
esas dos almas apasionadas sobre el umbral de la eternidad?... No.
Cuando se levantó del umbral de la prision, las pálidas facciones de su
rostro temblaban con una horrible contraccion histérica. _¿Plácido?_....
murmuró levemente, como buscándolo con la mirada estraviada al rededor
de sí. _¿Plácido?_.... repitió varias veces, i prorrumpió en una
interminable carcajada.

Estaba loca.

¡Nueva Ofelia! llorando i sonriendo vió caer las _flores incoloras_ de
su corona nupcial.

La sombra del cadalzo se proyectaba en el suelo: la sombra de Plácido
surcaba la inmensidad bajo el cielo de los trópicos, sobre la sombra de
las nubes e impelida por las frias brisas de la muerte.

¡La bandera de la Independencia de Cuba, será su mortaja! El estandarte
de la Libertad, su cipres fúnebre. I cuando la mano de la Democracia
desgarre los negros crespones que enlutan los altares de las libertades
cubanas, el recuerdo de Plácido brillará en ellos como la luz del
tabernáculo.

¡Musa de fuego! nada pudo estinguirla. ¡Cisne negro! como el cisne
murió cantando. ¡Víctima inmaculada del corazon! ¡Mártir prematuro de la
independencia de tu patria! ¡cuánta mas sangre haya chorreado de los
laureles que ceñian tu frente, serán mas inmarcescibles ante la
posteridad!

¡Nuevo Chernier! ¡Plácido i Chernier, las dos obras mas simpáticas de
Dios, ambos poetas, ambos víctimas, ambos murieron pulsando sus liras
sobre el patíbulo, al siniestro resplandor de su martirio!

     FIN.



EPILOGO.


¿Qué podia tardar Arturo en saber los sucesos que acababan de
desarrollarse? Cayó la noticia como un rayo de nieve que heló para
siempre su corazon, i que redujo a escombros el frájil castillo de sus
ilusiones i de su felicidad. Lleno su corazon de las calientes cenizas
del pasado; lleno del infortunio que cruzó su camino en la víspera de su
felicidad, cruzó a su vez los mares en direccion a España, cargado de
riquezas i desengaños.

Sin embargo, como un postrer homenaje al pasado, como un último tributo
a su amor, cumplió su oferta de llevar consigo a Alberto para encargarse
de su educacion. Así vió Raquel coronado de prosperidad al hijo lejítimo
de su amor, i coronado de martirio al fruto criminal de su deslíz.

La familia quedó sumida en la miseria.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Mulato Plácido o El Poeta Mártir" ***

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