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Title: Los monfíes de las Alpujarras
Author: Fernández y González, Manuel, 1821-1888
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Los monfíes de las Alpujarras" ***

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  En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
                    texto. (nota del transcriptor)



                BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG.



                              LOS MONFIES

                          DE LAS ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                                  DE

                   DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.

                            [imagen]

                                MADRID.

                 GASPAR Y ROIG, EDITORES, PRINCIPE, 4.
                                 1859.



                            [imagen]

                              LOS MONFIES

                                DE LAS

                              ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                  DE D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZÁLEZ.



PRIMERA PARTE.

LOS AMORES DE YAYE.



CAPITULO PRIMERO.

El edicto del señor emperador.


El dia 30 de mayo del año de 1546, una inmensa multitud de gentes de
todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela
comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Católicos, la
Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde
aquel punto conducen al Zacatin, á la plaza de Bib-al-Rambla, y á la
parte alta de la ciudad.

Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos,
á los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los
coletos de ámbar y los castoreños con plumas de los soldados de los
tercios viejos del rey.

Notábase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una
insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con
ellos; segun todos los indicios y á juzgar por ciertas particularidades
de que vamos á ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento
importante.

Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes:

El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica
colgadura de terciopelo carmesí con franja y rapacejos de oro, y en su
centro se veía bordado en realce el blason de las armas reales de España
y Austria, sostenido por un águila de dos cabezas coronada y tendidas
las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se
veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes
Católicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de
la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de
Granada, que los Reyes Católicos habian dejado como una inapreciable
prenda á la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y
arrasarse de lágrimas los ojos de los moriscos, á consecuencia de los
tristísimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su
memoria.

Ultimamente, una compañía de alabarderos, con su capitan Rodrigo de
Monforte á la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la
Casa de la Ciudad, y á través de los soldados se veian en el extenso
patio, cuyas galerías estaban entonces sostenidas por arcos y columnas
árabes, los abigarrados colores de las dalmáticas de los reyes de armas
de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros
ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del señor corregidor y de
los señores veinticuatros ó regidores perpetuos, teniendo los caballos
de sus señores del diestro, y por último, los timbaleros y trompeteros
de la Ciudad á caballo.

Allá en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta,
vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una
especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en
contacto; el último escalon descendente de la gradacion social puesto en
contacto con el verdugo.

Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad.

Se trataba, pues, de un pregon.

Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy
importante, y fué aquí la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo
lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la
ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante
los reinados de los Reyes Católicos, de la reina doña Juana, su hija, y
del emperador don Carlos, su nieto.

A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de córte,
ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y
escuderos.

A las once del dia oyóse por la calleja que conducia á la parte alta de
la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los músicos de la
Real Chancillería, y sus reyes de armas á caballo; luego el señor
presidente, en una mula, con sus hábitos de arcipreste; despues, en
otras tantas mulas, los señores oidores, los señores alcaldes de Casa y
Córte, y por último, una nube de negros ministros de justicia, ginetes
en rocines.

Aquella cabalgata atravesó por medio del apiñado gentío, llegó á la
puerta de la Casa de la Ciudad, apeáronse los señores de la
Chancillería, y entraron por medio de la compañía de alabarderos, que se
abrió, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular,
cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida
por aquel cuerpo extraño que se le habia incrustado, y apretada mas y
mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y
empezaba á rebosar por las tres callejas que á ella conducian; á las
once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del
Zacatin se habia escuchado de repente, bélico son de clarines y
atambores que batian marcha; una compañía de arcabuceros habia entrado
haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez
mayor del reino y córte de Granada, llevando el estandarte real; luego
el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de
Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y demás
servidumbre del marqués, vestidos de gala; por último, entre una nube de
caballeros, capitanes y alféreces, el mismo capitan general sobre un
caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre
su arnés de córte, el baston de mando en la diestra, llevando en la
cabeza en vez del yelmo, como en señal de paz y confianza, un bonete de
grana; seguíanle, empero, como muestra de que iba preparado á todo,
cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada
de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su
viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruñido, se mostraba
honrosamente abollado y remendado, señal clara de que habia defendido á
su dueño en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes
servidores del marqués, y por último una compañía de piqueros.

Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la
plazuela al pueblo, pero que, la Chancillería le habia robado un buen
espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo
faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle
enteramente de ella.

El Santo Oficio no tardó en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su
pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombríos y hoscos,
montados en mulas, sus familiares, y, por último sus soldados de la fe.

El pueblo se vió obligado á extenderse fuera totalmente de la plazuela,
rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la
Chancillería, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y
pendones, estaban sitiados, como acuñados por un pueblo inmenso.

Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y á pesar de que
comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones,
para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de
Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y
aun de miedo.

Dieron gravemente las doce en el cercano relój de la Capilla Real: aun
duraba la vibracion de la última campanada, cuando se escuchó alto
alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco
despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el
Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente
fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del
ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los
alguaciles; luego la Chancillería, despues el capitan general, por
último, la Inquisicion y trás ella las tres compañías de alabarderos,
arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se
mezcló en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y siguió
lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas
atronaban el espacio.

Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado:
las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como
en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad,
que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no
estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la
calle precediendo y siguiendo á las cuatro corporaciones que tan
solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta
plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo número se aumentaba
incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la
calle de Elvira y por los que descendían por las avenidas del Zenete, de
la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos años después se
construyó el palacio de la Chancillería, estaba levantado un extenso
tablado; cuando llegaron á él, subieron por la gradería los tres
alféreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el
capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillería;
subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo
de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos
de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el
largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un
silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente,
que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra
cosa que fantasmas, se oyó la extensa y sonora voz que habia valido al
tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que
le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

«¡Oid! ¡oid! ¡oid!»

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continuó:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon...

Suprimimos en gracia á la paciencia de nuestros lectores, los largos
dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto,
que tras dichos dictados, pregonó Gonzalvillo: pero vamos á decir cuáles
eran los capítulos del edicto, á la enunciacion de cada uno de los
cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia
que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si
hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que á
pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse
creido oportuno exasperar á los moriscos, era en sustancia lo
siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia
expuesto su consejo, decia á sus buenos vasallos, los moriscos del reino
de Granada que: «Habiéndose reunido los años pasados doctos y justos
varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones
visto y examinado los capítulos y condiciones de las paces que se
concedieron á los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de
nuevo con ellos el arzobispo de Toledo[1], cuando se convirtieron, y las
cédulas y provisores de los Reyes Católicos, juntamente con las
relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que
mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de
su secta y no serian buenos cristianos, y en quitárselos no se les hacia
agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se
les mandaba dejar su lengua para siempre jamás, y no hablar sino en
castellano; que no fuesen válidas las escrituras ni tratos que se
hiciesen en lengua arábiga, que dejasen de usar su antiguo trage y
usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baños; que
tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de
viernes y sábado; que no usasen las leilas y zambras á la morisca; que
no se tiñesen las mujeres las uñas de las manos y de los piés; que no
usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros
descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos
no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo á
los preceptos de la Iglesia Católica; que el dia de la boda tuviesen la
casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo niños expósitos;
que no usasen de sobrenombre, y últimamente, que no tuviesen consigo
berberiscos libres ni cautivos.»

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de
Granada, ya en años anteriores harto bastardeadas: los moriscos se
encontraban reducidos á la condicion de un pueblo que se hubiese rendido
á discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Católicos, ya
lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levantó entre aquellos pobres
vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en
la Ajarquía y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido
vencidas, y durísimamente castigadas á sangre: estaban enteramente
dominados, desarmados, y sin embargo, la cólera rugía en cada uno de sus
corazones, y el ánsia de morir matando á sus aborrecidos opresores, les
dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge á un
pueblo cuando siente sobre sí el golpe audaz del látigo del despotismo,
fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una señal
de disgusto se dejó notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la
misma solemne forma, se dirigió al Albaicin y empezó á trepar por sus
pendientes y estrechas calles, hasta llegar á la Plaza Larga, donde
habia otro tablado.

Allí, tambien, en medio de un gentío inmenso, se pregonó el edicto, y
concluido que fue el pregon, la cabalgata se encaminó á la parte baja de
la ciudad.

Ni un solo castellano quedó en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se
habia dispersado, retirándose cada uno de los moriscos, triste,
cabizbajo y pensativo á su casa. Pero no aconteció lo mismo en la Plaza
Larga: en vez de dispersarse el gentío, se estrechaba mas: empezaba á
escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia
proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola señal
sediciosa.

De repente, un jóven como de veinte y cuatro años, de continente
gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enérgico y hermoso, y,
aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin
duda, á juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que
habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los
capítulos del edicto, se volvió bruscamente hácia dentro, y abandonando
á un anciano que le acompañaba, y que, por el contrario que el jóven,
habia escuchado el pregon con semblante impasible, empujó rudamente la
puerta de la celosía de la tienda, la atravesó fuera de sí, y salvando á
saltos unas escaleras, atravesó una habitacion, abrió una ventana que
daba á la plaza, y avanzando por ella el cuerpo gritó:

--¡A las armas contra los cristianos! ¡á barrear las calles que bajan á
la ciudad! ¡á morir ó á exterminar á nuestros enemigos!

La voz del jóven excitado por la cólera, era tonante, extensa, poderosa,
como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumbó claro y distinto por cima de los murmullos de
la multitud, en los ángulos mas distantes de la plaza.

Aumentóse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movió,
ni una sola voz contestó á la voz del jóven tribuno.

--¡Cobardes! gritó el jóven, irritado por el poco efecto que habian
hecho sus palabras en los moriscos, ¡os sentencia á la pobreza, á la
esclavitud y á la deshonra, y lo sufrís como sufre el perro el látigo de
su señor!

--¡Cobardes no! gritó otra voz no menos tonante que la del jóven, desde
el centro de la multitud: ¡cobardes no! ¡desarmados!

Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion,
de rabia, todo junto á la vez.

--¡Que no tenemos armas! exclamó con una feroz energía el jóven de la
ventana, clavando su mirada de águila en el que le habia contestado y
reconociéndole. ¿Y eres tú, Farax-aben-Farax el valiente, el
descendiente de cien reyes, el que exclamas como una débil mujer: ¡no
tenemos armas!--¿acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no
ves las piedras que tienes delante de los piés? ¿y cuando aun estas
mismas piedras nos faltáran, no es preferible morir antes que ver á
nuestros pequeñuelos separados de sus madres, á nuestras doncellas
afrentadas por el cristiano, á nuestros viejos cubiertos de vergüenza de
haber llegado á tan ruines tiempos?

--¡A las armas! ¡á barrear las calles! exclamó la multitud, excitada por
el entusiasta y enérgico apóstrofe del jóven: ¡á morir ó matar!

Y los moriscos empezaron á revolverse y sin saberse de dónde habian
salido, empezaron á verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.

Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las
manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas
para hacer salva, como en señal de levantamiento.

Entonces apareció en la misma ventana en dónde el jóven con la voz y los
ademanes seguia excitando al pueblo, apareció, decimos, un viejo
venerable, de larga barba blanca, vestido á la castellana; el mismo que
hemos dicho acompañaba al jóven durante el pregon en la puerta de la
botica.

Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y
con sus trémulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia
despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.

La toca del bonete ondeaba, y á todas luces se comprendia que el anciano
deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus
señas se vieron, comprendióse su deseo y mucho respeto, mucho amor debia
inspirar aquel venerable viejo á los moriscos, porque los gritos cesaron
y los que estaban á punto de salir de la plaza se detuvieron.

--¿Me conoceis aun, hijos mios? exclamó el anciano con voz trémula y
conmovida: ¿me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?

--¡Si! ¡si! ¡si!

--Tú eres el justo, el bueno, el santo faquí! de la gran mezquita,
exclamó el llamado Farax-aben-Farax: tú eres nuestro amado Abd-el-Gewar;
habla anciano: tus hijos te escuchan.

--¿Que vais á hacer? exclamó el faquí: ¿no veis la ciudad llena de
soldados? ¿no habeis visto la espantable artillería que para causaros
terror ha llevado delante de vosotros á la Alhambra el capitan general?
¿no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la
Chancillería, la milicia y la Inquisicion? ¿para qué se han dejado ver
tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros á
entender que estan resueltas á cumplir aunque para ello necesiten
exterminaros, el cruel edicto del emperador?

El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para
dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la
plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que
al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado
al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano,
de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.

--¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis
canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó
entrar en la casa de un _elche_[2] y sacar á su hija doncella para
llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de
aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de
Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se
levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal
de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á
convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las
calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos,
sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos
vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á
pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron
castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el
padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros
descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los
que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al
interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados,
gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los
castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas?
¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros
pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

--Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó
Farax-aben-Farax.

--Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplirá, porque
aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey:
mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando
todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros,
iré á hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpió al faquí.

--Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada
hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá[3] los xeques[4]
del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la
ventana.

--¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole.
¿Para cuando guardamos el hierro?



CAPITULO II.

De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á
veces, puede parecer la caridad amor.


Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha
llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo
voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus
habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella,
porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la
vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya
construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion
y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados,
en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y
transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre
fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que
murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho
de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las
creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras,
ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos
Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo
las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables
restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os
trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada
retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os
explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el
interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la
humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de
guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el
velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la
materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo
romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

       *       *       *       *       *

En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha
inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente
pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á
la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de
mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y
característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba,
estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos
del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el
edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué
misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo
que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa
valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz
en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un
grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir,
una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la
enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban
atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se
adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las
mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas:
que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá
el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo
esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

       *       *       *       *       *

Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de
madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las
yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario
con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones
que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las
mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier
manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

       *       *       *       *       *

¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje
inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de
madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van
unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un
hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina
aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola
se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio
de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento
de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una
familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su
corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y
tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano
permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia
de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por
los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con
un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya
mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su
puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó
el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la
tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

       *       *       *       *       *

El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que
se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el
edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria
necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza,
toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de
madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente
otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis
palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad:
el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre
porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es
la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y
que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de
desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones
humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase
del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

       *       *       *       *       *

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos
jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre
árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su
familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de
Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada,
de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don
Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre
Al-Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero
cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos
de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del
vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los
cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el
fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente
cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado,
con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y
poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como
otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente
este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de
Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia
educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que
era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el
nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le
habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería
á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo
inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los
cristianos, y Abd-el-Gewar guardó tambien acerca de este punto un
profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un
hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en
materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas
cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la
intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su
alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á
representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos
dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su
forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas
creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al
Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á
la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer
por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran
los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de
la pobre Isabel.

       *       *       *       *       *

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que
á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y
al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma
roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos
desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas
nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno,
semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la
naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una
naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera,
musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje
castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia
llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido
humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien
otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y
el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en
todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología
cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la
alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio
expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de
vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido
indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle
de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de
ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de
estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato
con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de
sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto á él,
infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que
cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los
sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir
durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la
dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por
Abd-el-Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un
odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de
los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos:
Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la
presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia
del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos,
iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun
dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el
pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito
de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar
el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella
alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con
él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y
durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados
sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos
acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia
anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia
hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-español, cuando
llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el
mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin,
hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

--Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso
no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de
poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy
desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin,
ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca
de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia:
Abd-el-Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los
xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las
palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del
Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don
Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de
madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa
mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando
confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima
el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella
cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de
amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y
lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia
sentir hácia ella un impulso de caridad.

       *       *       *       *       *

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que
aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir
con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan,
su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al
extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los
caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba
separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de
la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada
de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de
madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña
sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al
jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza
somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para
dirigirla la palabra.

--Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron
sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda
el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se
exhala por los labios convertida en una sonrisa.

--Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce,
se contrajo en una expresion de dolor.

--¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

--Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os
veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

--¿Que lo esperais todo de mí?

--Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó,
haciendo un esfuerzo:

--Esta noche os espero.

--¡Que me esperais!

--Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que
yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una
sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó,
desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de
la galería.

--El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave:
los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son
unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos
impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no
hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se
encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de
madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre,
y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia
extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus
pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia
una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en
toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos
los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por
obedecer la cabeza.

       *       *       *       *       *

Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones,
por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones,
veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe:
blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios
sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan
experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo
cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de
una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los
pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como
obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías,
teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando
la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas
intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

--Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus
amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd-el-Gewar,
no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las
tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía
la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en
la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos
romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia,
Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

--Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

--Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha
dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de
seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de
una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado
la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño _Lignum
Crucis_.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

--¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

--Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del
cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el
relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

--Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés
respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se
puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con
la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

--¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como
siempre... gracias á Dios.

--Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

--Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

--He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero,
dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á
sus ojos.

--¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, _tuvo
lástima de ella_ y repuso:

--¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por
vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de
Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien
le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia
fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor
gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso
cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y
contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la
magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una
semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma
fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua
hermosura: esta habia crecido.

Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:

--Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel
otra cosa que no ser cristiana.

       *       *       *       *       *

El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para
las flores.

       *       *       *       *       *

Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella
porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de
caridad.

El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.

Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el
corazon.

A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias
cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á
aquella mujer.

       *       *       *       *       *

Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando
iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de
Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia
convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y
deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.

       *       *       *       *       *

En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye
volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto
algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa
empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el
momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en
cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que
iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida,
habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de
Isabel.

Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le
hemos presentado al principio de este capitulo.

       *       *       *       *       *

Pasaban lentamente las horas.

El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la
noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la
Vela.

Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.

Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del
instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian
destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.

Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia
poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo
por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las
coplas siguientes:

    La esperanza es la vida
        de quien bien ama,
    y su muerte, la muerte
        de su esperanza.
        ¡Ay! ¡Dios no quiera
    que mi amante esperanza
        se desvanezca!

Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un
vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á
Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse
entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su
fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la
hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

--No iré á la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia:
instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era
mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.

--Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que
yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la
desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada
en sus esperanzas, en su amor... ¡oh! ¡si muriese!... pues bien, que se
convierta al Dios Altísimo y Unico... si no... que olvide ó muera... yo
no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por
una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo
ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage
morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar
con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que
era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el
nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada:
el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia
lo que necesitaba saber.

Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se
engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque
la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No
sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan
enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la
ambicion.

Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel
trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su
semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado
rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por
un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.

Los jóvenes hablaron muy poco.

--¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese
disfraz?

--Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos
quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como
buen musulman.

--¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el
corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza
sombría á Yaye exclamó:

--¡Vos no me amais!

--Os amo, Isabel... pero antes que á vos amo á mi patria.

--Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?

--Moro soy.

--¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?

--Jamás.

--Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado
Isabel.

--Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.

--Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré
el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente
menos terrible de mi cuerpo.

--Entonces, adios.

--Esperad un momento: quiero que sepais hasta dónde llega el tormento á
que me habeis sentenciado engañándome: yo os amo, os amo desde el
momento en que os ví: os amaré siempre: yo contaba con vos; no sabía
quién érais, si pobre ó si rico, si noble ó villano: eso me importaba
poco. Estaba resuelta á unirme con vos y á ser vuestra esposa... porque,
permaneciendo en mi casa me veré obligada á entrar en un convento ó á
casarme con un hombre á quien no puedo amar y con el que me obligan á
casar mis hermanos. Vos me posponeis á una religion falsa, á una patria
que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada á
ser monja ó casada, seré casada, porque no me atrevo á ofrecer á Dios un
corazon que está lleno del amor de un hombre: seré casada y haré feliz á
mi marido, porque el dolor se quedará todo para mí. Pero acordaos, y que
este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo
esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis
robado mi única esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la
rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo sé, lo
conozco, estoy segura de ello: me sacrificais á vuestra soberbia... no
sé á qué... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho
igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

--Una palabra: convertios á la ley de vuestros abuelas, si es verdad que
me amais.

--Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad
ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran
cristianos, y soy vuestra esposa.

--¡Adios! exclamó fatídicamente el jóven.

--Esperad, esperad un momento: conservais una prenda mía...

--La llevo sobre mi corazon.

--¡Sobre vuestro corazon la imágen de la Virgen! ¡una reliquia de la
cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

--Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo
que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os
amaré siempre: esta prenda que un dia me entregásteis no se separará
jamás de mí.

--¡Que ella os proteja! exclamó llorando Isabel.

--El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro
de los cristianos... ¡renegaron! exclamó enérgica y gravemente Yaye, en
vista de un movimiento de la jóven: vos no quereis volver al camino de
luz que ellos dejaron. Cúmplase lo que está escrito. Pero cuando el sol
aparezca todos los dias, cuando bañe con sus primeros rayos ese mirador
que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: ¡acordaos de
mí!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y
el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propósitos,
huyó de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vió desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la
calle de césped alentó alguna esperanza; cuando oyó rechinar la llave en
la cerradura del postigo, sintió que se desgarraba su corazon; cuando al
fin escuchó la caida de la llave que el jóven la devolvia arrojándola
por cima de la tapia, perdió su última esperanza y creyó morir.

Luego cayó de rodillas, lloró por su amor perdido y rogó á Dios por el
hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levantó, buscó la llave, la alzó del suelo, y se volvió
triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve á su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas
que la amarga copa del sacrificio.



CAPITULO III.

De cómo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las
cuales no se hace cargo la historia.


Hay en la historia de nuestra patria una página correspondiente al siglo
XVI.

Esta página está llena con un hecho admirable.

[imagen: Yaye.]

Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe
II. Fuese aquella abdicacion producto del hastío del emperador hácia las
grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que
conociendo á tiempo que sus años y sus fuerzas eran insuficientes para
sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los
robustos hombros de su hijo, la página que contiene aquella abdicacion
es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el
punto de vista de un hombre que ha llegado á ser bastante grande para
poder sobreponerse á las grandezas humanas, ya del de una sabia
prevision política.

Aquella abdicacion asombró al mundo; aun asombra hoy á los que no
comprenden cuánto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre
tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido
emperador acabó siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la
severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra
los sombríos muros del monasterio de San Yuste.

Carlos V para acercarse á las puertas de la eternidad, deponia la
púrpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza.

Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una
penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el
crímen.

Carlos V habia sido rey déspota: Carlos V habia sido rey conquistador.

Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no
hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del
mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto.

Y decimos esto, porque algunos años antes de la abdicacion del
emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de
la manera mas insignificante, la historia.

Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos
árabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del
Albaicin de Granada.

Vamos, pues, á trasmitir esta abdicacion á la historia siquiera sea en
las páginas de una novela.

A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye
de Isabel de Válor, montó el jóven á caballo, y acompañado del anciano
Abd-el-Gewar, á caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos,
tomó la vuelta de las Alpujarras.

[imagen: Doña Isabel de Córdoba y de Válor.]

Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su
dolor y lo respetó: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel,
se pronunció durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al
objeto que le llevaba á las Alpujarras. Al amanecer llegaron á Lanjaron.

Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en
él del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada.

Allí los mismos síntomas de insurreccion que en el Albaicin.

Allí tambien la voz y los consejos del anciano Abd-el-Gewar pudieron
restablecer el sosiego.

Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino.

Poco después de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar.

Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al
sueño; ni una luz á través de las ventanas, ni un enamorado en la calle,
pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada;
solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, á
cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que
rondaban con el corregidor.

La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la
Taha ó distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su
misma exageracion. Comunmente á aquellas horas no estaba la poblacion
tan desierta.

Yaye, Abd-el-Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las
tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo,
entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del
barrio alto.

No habian encontrado á su paso ni una sola persona, y sin duda se les
esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los
caballos, junto al postigo, se abrió este en silencio, y con el mismo
silencio volvió á cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los
cinco ginetes.

Pasó algun tiempo y al fin se escuchó el primer canto del gallo.

Era la media noche.

Abrióse entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y
Abd-el-Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos.

El postigo se cerró.

Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion á
las montañas cercanas.

La una, encorvada como bajo el peso de los años, se apoyaba en el brazo
de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una
vigorosa juventud.

Su paso era apresurado. El jóven sostenia al viejo. Deslizábanse bajo el
rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando
de una manera fantástica las montañas cercanas, que recortaban
vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras á lo
lejos apenas se percibian otras montañas casi perdidas entre las brumas
de la noche.

Al fondo se extendia una línea brillante.

Era el mar, cuyo gemido se escuchaba ténue é incesante, debilitado por
la distancia.

De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los álamos que crecian
junto á las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la
armoniosa y magnífica voz de un ruiseñor enamorado, y allá en las
altísimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los
aguiluchos hambrientos, mientras acá y allá, en todas direcciones se
levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos.

Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre
en aquellas soledades, se advertía cerca ó lejos, al poco espacio de
haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la
montaña.

El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar
sobre las ásperas crestas y alguna piedra desprendida á su paso del
borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo á las profundidades de
los valles.

Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jóven llegaron á la
entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en él se
oyó un chasquido, y un venablo pasó silbando sordamente á mucha
distancia de ellos.

Indudablemente era une seña, no una amenaza, puesto que el viejo se
detuvo y agitó por tres veces su alquicel.

A aquella señal viéronse moverse sombras informes en la entrada de la
selva, y adelantar hácia el repecho donde se habian detenido el viejo y
el jóven.

El número de aquellas sombras podia llegar á veinte y cuatro. Dos de
ellas llevaban una litera.

Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron
bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi
salvajes: su trage era característico y bravío: llevaban en la cabeza un
pequeño turbante blanco; ceñido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas
anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya
falda apenas les llegaba á las rodillas, estaba ceñido en la cintura por
una faja encarnada y anchísima, en la cual estaban sujetos un alfanje
corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho
talabarte llevaban á la espalda una aljaba llena de venablos ó saetas;
cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por
último, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de
cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas,
completaban su severa y enérgica vestimenta.

Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada á todo
linaje de crueldad y de desafuero.

En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran
monfíes.

Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfíes eran.

El anciano habló algunas palabras en árabe con el que parecia jefe de
aquella gente, y despues abrió la litera, y entró en ella con el jóven.

La litera se cerró de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el
camino por donde se les conducia.

Inmediatamente cuatro de los monfíes cargaron con la litera, y rodeados
de los restantes adelantaron hácia el oscuro pinar, y se internaron en
él.

El lugar donde el jóven y el anciano habian entrado en la litera, quedó
solitario.

Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho
frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos.

Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba á alguna distancia
de él una saeta salida del pinar.

El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel,
y adelantaba sin recelo, aventurándose en la oscura selva, como en un
terreno conocido.

Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, llegó
al mismo punto que los otros, y como junto á los otros, zumbó junto á él
otra saeta.

En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvió, y
empezó á trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia
descendido.

Escuchóse entonces el simultáneo chasquido de algunas ballestas, y el
ronco silbar de muchos venablos: el que huia cayó.

Poco despues algunos monfíes estaban á su alrededor, y le reconocian.

--Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en árabe á sus
compañeros; un perro, espía de los cristianos.

Y arrastrándole por un pié hasta el borde del desfiladero, le arrojó á
la profundidad.

Oyóse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las
rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua.

Despues nada. Los monfíes habian desaparecido. Solo quedaba en el
sendero del repecho junto á la cortadura, un ancho rastro de sangre, y
algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnífica cámara,
teniendo á los piés, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa
esclava, habia un anciano.

Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su
pecho; sus anchas y régias vestiduras se extendian sobre el divan.

Entre la toca árabe del anciano, se veian las puntas de oro de una
corona de rey.

La esclava sentada á sus piés, abstraida y pálida, mostraba en sus
negros y radiantes ojos una mirada diáfana, y como fija en la
inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y
fugitiva armonía de las cuerdas de oro de su guzla de marfil.

Un ruiseñor, encerrado en una jaula riquísima, pendiente de la cúpula,
lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armónico trino.

Una lámpara de seda pendiente de la cúpula, arrojaba los reflejos de la
ténue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de
diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan,
en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de
brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos
sobre que se asentaba la cúpula.

Era un cuadro de reposo que inspiraba sueño.

Una imágen de voluptuosidad, que inspiraba amores.

Un detalle encantador de la vida íntima de los musulmanes.

El anciano era hermoso, á pesar de su edad.

La esclava, era un arcángel humano.

La cámara, era un robo hecho al paraíso.

Durante algun tiempo, el anciano continuó dormitando, la esclava
pensando, trinando el ruiseñor.

Mas allá todo era silencio.

De repente se escuchó un golpe vibrante y metálico.

El ruiseñor calló; el anciano levantó la cabeza; la esclava se puso de
pié, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas.

Retumbó un segundo golpe; el anciano se puso de pié, y mandó con un
ademan á la esclava que saliese.

Esta desapareció por uno de los arcos laterales, como una ilusion de
amores.

Cuando se hubo perdido el ténue eco de los pasos de la esclava, el
anciano fué á la puerta de la cámara y la abrió.

En ella apareció otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y
centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la
puerta: inclinóse como se inclina un vasallo ante su señor, y dijo:

--Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd-el-Gewar, el faqui, acaba de
llegar.

Coloráronse con una llamarada febril las pálidas mejillas del anciano,
arrasáronse sus ojos, y dijo:

--¿Y ha venido solo Abd-el-Gewar?

--No, poderoso emir, le acompaña un jóven.

--¿Dónde estan?

--En la antecámara inmediata.

--Haz entrar á Abd-el-Gewar.

--¿Solo?

--Solo. Entre tanto da compañía al jóven.

Inclinóse el anciano, salió, y el emir se dirigió con paso lento, y
profundamente pensativo al divan, y se sentó en él.

Poco despues se abrió la puerta del fondo, y apareció Abd-el-Gewar, que
se detuvo un punto, miró al fondo, vió al emir, brilló en sus ojos una
expresion de alegría y adelantando con una ligereza superior á sus años,
se arrojó á los piés del emir.

--Que el Señor Altísimo y Unico, te bendiga, señor, exclamó asiéndole
las manos.

--Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza
mi buen amigo, y siéntate.

Y levantándole, le sentó á su lado en el divan.

Los dos ancianos se contemplaron frente á frente, y en silencio durante
algun tiempo: parecia como que en aquella mútua mirada recordaban todo
su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos
de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaños de la edad
madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada
retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrás, desde ese otro
mundo que está ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se
llama eternidad.

--¿Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.

--Vuestro hijo, señor, contestó Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero,
un corazon de oro, un brazo de hierro.

--Hace tres años que no le veo; la última vez que estuve en el Albaicin
era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.

--Ahora, señor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. ¿Creereis que
ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya
tendreis noticias, me fue necesario apelar á todo el respeto que me
tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese
espada en mano á los cristianos?

--¡Ah, buen hijo de sus abuelos! exclamó el anciano; y luego haciendo
una rápida transicion añadió: ¿y cómo han acogido los moriscos de
Granada la promulgacion de ese infame edicto?

--De una manera amenazadora, señor; pero no es tiempo aun...

--No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando
al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado
por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los
frailes y de la Inquisicion, desatenderá los buenos oficios que nos
procuramos á fuerza de oro, del príncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas
allegados consejeros, y romperá con nosotros de una manera cruel, y si
es necesario, nos exterminará, entregándonos atados á la Inquisicion.
Entonces será necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breñas
donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion
extrema podrá ser necesaria hoy, mañana, cuando menos lo esperemos. Por
lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfíes, saben que
tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el
mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido
para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado á uno de mis
sabios. Yo estoy ya viejo y débil: las desgracias han agotado mis
fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... ¡oh!... ¡los encendidos
recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... ¡oh! ¡qué desgraciado he
sido, Abd-el-Gewar!

El anciano emir inclinó la cabeza sobre el pecho.

--Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y
cavernoso.

--¡Olvidar!¡olvidar! tú mismo no has olvidado, exclamó el emir; y eso
que tú no eras su esposo, eso que tu no la amabas... ¡olvidar! ¡olvidar
á Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...

El anciano se interrumpió, se cubrió el rostro con las manos y lanzó un
grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una
situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios
coloca á los hombres para probar hasta qué punto puede un corazon humano
apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continuó
cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor
convulsivo. Luego se irguió de repente: brillaba en sus ojos un fuego
salvaje, y exclamó con la voz vibrante y trémula:

--La he vengado con la sangre de los cristianos: las breñas de la
Alpujarra me han visto persiguiéndolos como bestias feroces: mi yatagan
se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros
de la montaña. El nombre de los monfíes de las Alpujarras ha retumbado
preñado de horror hasta los mas remotos confines de España, y en vano ha
sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus
soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas víctimas
inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun
no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando
sangre á mi venganza, y me veo obligado á entregar esa venganza á mi
hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar.

--¡Morir! ¡morir vos, señor, cuando apenas contais sesenta años!

--La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana
han pasado veinte y cuatro años... y mira: mi piel está arrugada, mis
cabellos blancos, mis manos trémulas: apenas puedo ya sostener la
espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que
mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, mañana, si Dios lo
quiere, rey de Granada.

--¡Rey de Granada! suponiendo, señor, que llegásemos á rescatar del
cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ¿ignorais que hay un
hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?

--¡Don Diego de Córdoba y de Válor! No importa: don Diego sabe muy bien
que los moriscos de Granada son gente baldía y floja acostumbrada al
yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los
monfíes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliará. Don Diego de
Córdoba, tiene una hermana.

--Sí señor, contestó Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir.

--Cuando yo estuve en Granada hace cuatro años, doña Isabel era una
doncella de catorce años, hermosa, pura, noble, cándida, con un corazon
de ángel y una dignidad de reina.

--Pero D.ª Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclamó con
repugnancia el fanático Abd-el-Gewar.

--Cristiana era su tia doña Ana de Córdoba y de Válor, y sin embargo,
Abdel, me casé con ella.

--Dios os castigó de una manera terrible, señor, valiéndose para
apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.

--No hagamos á Dios inspirador ni partícipe de los delitos de los
hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo será feliz unido con Isabel
de Córdoba.

--¡A pesar de ser cristiana!

--¿No es él cristiano en la apariencia? ¿acaso nuestros abuelos no
casaron con cristianas? ¿Acaso no ha habido reyes cristianos casados con
moras?

--Allá en los primeros años de la conquista de los árabes sobre España,
el emir Abd-al-Azis se unió con la reina Egila, la viuda del rey don
Rodrigo: recordad la trágica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le
hizo traidor á su ley y á su patria, y el califa Walid se vió obligado á
condenarle á pesar de sus hazañas. Abd-al-Azis fue asesinado por un
enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue
enviada á Damasco. En los últimos tiempos de la dominacion de nuestros
abuelos en España, el rey Abou'l-Hhacem, el viejo, concibió un amor
impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el
comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de
Granada, en daño de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou'l-Hhacem,
que fue repudiada por este. Dios castigó no solo al rey sino tambien á
su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la
sultana Zoraya, hácia los hijos que habia tenido en su matrimonio con
Abou'l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron
cansados y sin fuerzas á los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada,
quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con
su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo
atraer á su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los
Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en
los Zegríes, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey
Abou'l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovechó de estas turbulencias
para aspirar á la corona, y se apoyó en las gentes de Almería y en las
tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos
en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou'l-Hhacem fue rey del
Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de
Granada, en el alcázar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de
Almería, de Guadix y de Baza, en el alcázar de Almería. Fernando é
Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de
Granada, y sus campeadores llevaban su tala á sangre y fuego hasta los
muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem murió envenenado, Al-Ssagar
envenenado, y el débil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir á los
cristianos, se vió obligado á entregarles su reino. Y todo esto fue obra
del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.

--Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco,
para que no creyeses que me negaba á escucharla, temeroso de vacilar con
su recuerdo en mi propósito. Del mismo modo que los amores de Muley
Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que causó la ruina
de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera:
Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoció á Isabel de
Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que
del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera
ambicionado para sus hijos la corona. ¿Por qué esa ceguedad que nos hace
atribuir á las causas mas comunes desgracias que son hijas de la
fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del
destino? ¿Qué mal habrá en que mi hijo se case con una doncella en cuyas
venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea
cristiana? Y luego, ¿no dices tú mismo que don Diego de Válor se cree
con derecho á la corona de Granada? para evitar una guerra civil,
¿encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del
casamiento de mi hijo con Isabel de Válor?

--¡Ah, señor! pienso que vuestro hijo será el primero que mostrará
repugnancia á su casamiento: mira con desprecio á los Válor: los llama
los renegados.

--¿Conoce mi hijo á Isabel? exclamó el emir; debe conocerla: cuando yo
concebí hace cuatro años el proyecto de casarle con ella, compré la casa
medianera á la que habitaba doña Isabel en el Albaicin, con el objeto de
que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.

--Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero
sobreponiéndose á su amor la ha desdeñado.

--¡Fatalidad! dijo el emir: ¡amarla y desdeñarla!

--Vuestro hijo, señor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su
patria.

--Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el
horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy
impaciente por verle: ¿me recuerda alguna vez, Abdel?

--Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le
anuncié que habia llegado el momento de que conociese á su padre me
contestó: ¡oh! ¡si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf
Al-Hhamar!

--¡Oh! ¡me recuerda! exclamó Yuzuf con el placer de un padre á quien
llena de alegría y de orgullo el amor de su hijo.

--Sí, os recuerda pero jamás ha sospechado, á pesar de vuestras
extraordinarias muestras de amor hácia él, que seais otra cosa que un
valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo
mio.

--En lo que por cierto no se engaña. Y dime ¿ha sospechado que su padre
era el emir de los monfíes?

--Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero
presume que es hijo de un emir de Africa.

--No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su
valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los
hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?

Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.

Aquel golpe se repitió tres veces.

--Vé y abre, dijo el emir á Abd-el-Gewar.

El anciano se levantó y abrió.

Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo,
de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres
veces.

--¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.

--Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las
Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya
en el cerro de la Sangre.

--Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de
la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De
paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á
Sidy Yaye.

Aliathar se inclinó y salió.

--Tú Abd-el-Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú
los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.

--¿Pero habeis meditado bien, señor?

--Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está
cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.

--¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd-el-Gewar, é
inclinándose ante el anciano emir salió.

En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.

--Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible
emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.

Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una
mirada atónita en Yuzuf-Al-Hhamar.

--Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.

Kaleb salió.

El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.

Yuzuf adelantó hácia Yaye.

Este se inclinó.

--Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...

--Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí,
dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con
orgullo.

--Perdonad aun, pero jamás creí...

--¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las
Alpujarras?

--Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de
ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién
mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los
llevase al combate contra nuestros enemigos?

--Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.

--¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus
rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas
veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de
una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos,
era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los
cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha
fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?

--Yo era.

--¡Mil veces para mí dichoso el dia, en que puedo saludaros, señor, como
al valiente caudillo, como á la invencible espada, perennemente desnuda
y enrojecida en defensa del Islam!

Y Yaye se prosternó.

--Alzad, príncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no á mis piés es donde
debeis estar: ¿acaso el emir de los monfíes, os inspira menos amor que
el walí Yuzuf para que huyais de sus brazos?

Yaye se arrojó en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf
latía con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un
pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado,
cubrió de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran
emocion: su mirada destelló un relámpago de orgullo y dijo con la voz
trémula, pero grave y digna.

--Me habeis llamado príncipe, señor.

--¿Acaso no eres hijo de un rey? ¿acaso ayer no te anunció tu maestro,
que muy pronto conocerias á tu padre?

--Es verdad, y acaso...

--Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos
los años que habia querido que viviéseis como uno de esos infinitos
hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada
y su corona.

--Cómo, señor, vos.... añadió Yaye mas pálido aun.

--Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el
emir.

Hubo un momento de profundo silencio.

--Disponed de mí, señor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

--Sé siempre, hijo mío, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en
que estuvo hablando á Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que
iba á ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento
debes sacrificarlo todo á la patria: la felicidad, la vida, y sí es
preciso el honor: todo por la patria, nada por tí: sé justo y fuerte, y
Dios te ayudará.

--Puesto, señor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os
juro que sabré morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una
injusticia ó con una traicion á la patria, el ilustre nombre que me
legais.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Despues de esto el emir condujo á su hijo á través de cámaras
verdaderamente régias, á un magnífico salon circular.

En aquel salon, sentados en semicírculo en un divan, á entrambos lados
de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de
guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian
valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca
representaba una edad avanzada, hasta el mas jóven, cuya barba gris
representaba á uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado
la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.

En el centro de la cámara, sobre almohadones de brocado, habia unas
vestiduras reales, una corona de oro y una espada.

De pié, á ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia
como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con
túnicas talares y de pié; ademas, entre gran número de walíes y
arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alféreces: el uno tenia un
estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo
azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en árabe
estas palabras: _Le galid ille Allah_ (solo Dios es vencedor). Este era
el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alféreces tenian
cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color
distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra
morada.

Detrás del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y
estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno
tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro
una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riquísimo rodeado
de una toca blanca.

Allí estaba, por decirlo así, la córte completa del emir de los monfíes.

Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y á Yaye, wazires,
soldados y esclavos: un alférez pronunció en voz alta, y anteponiéndole
algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que
este llegó á la puerta.

Los que estaban sentados se pusieron de pié y se inclinaron
profundamente, como todos los demás; en el espacio que transcurrió desde
que Muley Yuzuf apareció en la puerta hasta que llegó, llevando siempre
á su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos
encorbados y brazos cruzados.

Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zalá
ó reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje á su señor,
el poderoso emir.

Muley Yuzuf se sentó: Yaye permaneció de pié á su lado.

--Que Dios, el Altísimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes
vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios
xeques de mi consejo, sentaos.

Los xeques se sentaron y los demás se enderezaron.

--Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volviéndose á un anciano que
estaba á la derecha de él, detrás del divan: entrega la gacela que te
hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y tú,
añadió dirigiéndose al wisir, lee á nuestros xeques, á nuestros sabios,
á nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa
gacela.

El visir desenvolvió el largo pergamino que le habia entregado el
secretario, y empezó con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de
un profundo silencio.

Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por
hijo suyo á Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia
tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su
incapacidad, á causa de los años, de seguir gobernando á los monfíes y
conduciéndolos al combate, como hasta entonces, por último, expresaba
solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este
le sucediese inmediatamente en el mando.

Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los
circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si
hubieran sido ensayados para ello:

--¡Cúmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande,
el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar!

Entonces el emir se levantó, tomó de la mano á Yaye, le llevó hasta los
almohadones que estaban en el centro de la cámara, y volviéndose á Yaye,
dijo solemnemente:

--Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va á deciros vuestro padre, y
luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, añadió: buenos
muslímes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo
que va á deciros vuestro señor.

Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, dominó en
la cámara donde estaban reunidos mas de cien hombres.

--El Altísimo quiere que nada sea eterno é inmutable mas que él: la
robusta encina envejece, sus ramas estériles dejan de producir hojas y
frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le
arrebata á cada empuje una de sus ramas secas; pero junto á la vieja
encina hay siempre otra encina robusta y jóven, retoño de ella, y sus
fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura á la tierra
que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altísimo ha querido
que al invierno suceda la primavera, á un año otro año, á un cadáver un
hombre robusto y jóven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el
invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al
huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad:
hoy mi corazon es jóven, pero mi brazo está cansado y débil: como la
encina se despoja al fin para no volver á engalanarse con ella de su
diadema de verdura, yo me despojo de la corona que heredé de mi padre, y
la pongo sobre la cabeza de mi hijo.

El anciano tomó de sobre los cogines la corona, y despues de habérsela
ceñido un momento, se despojó de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.

Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada,
semejante á uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, salió de
las bocas de aquellos hombres.

--Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continuó el anciano: la corona que os he
ceñido es la representacion de vuestro nombre de rey: al ceñírosla he
rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los
cuidados del gobierno: desde hoy no vivís para vos sino para los demás:
vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis
tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que
en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del
desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan
recorrer vencedoras y respetadas los extensos ámbitos en un imperio
poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que
vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la
grandeza de vuestros reinos.

--Lo juro, señor, contestó Yaye.

Entonces el anciano tomó la espada real, se la ciñó y dijo:

--Mi padre, al ceñirse esta corona que yo he ceñido tambien, y que ahora
ciñe vuestra cabeza, se ciñó esta valiente espada: durante treinta años,
esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado
sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte años,
desde que murió mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido añadir
glorias á esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajustó el
riquísimo talabarte de la espada á la cintura de Yaye), os la doy contra
los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen
caballero, que jamás desnudareis esta espada contra el bueno, ni el
desvalido, que en vuestras manos será un rayo exterminador de infieles,
pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su
gloria, que jamás la desnudareis sin razon, ni la envainareis con
mancha.

--Os juro, señor, contestó con altivez Yaye, morir antes que manchar con
una traicion, una injusticia ó una cobardía, la noble espada de mis
abuelos.

--¡Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de
mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado
investido durante treinta años; yo espero que mis buenos y leales
vasallos no tendrán que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra
espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que
resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

--¿Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la
frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

--¡Sí! ¡sí! ¡sí! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

--Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo
hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hácia el centro: yo
gran faqui de los creyentes de España, os ciño la túnica real de
vuestros mayores á nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnífico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le
puso por la cabeza á Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo
alquicel blanco; despues tomó un manto rojo y le puso sobre los hombros
del jóven, cerrando sobre su pecho dos magníficos erretes de perlas y
diamantes.

--El reino os ha investido con el símbolo de la justicia y de la
magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo
de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os
ayudará, os obedecerá y os respetará como á su rey y señor natural; pero
pedirá á Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuéseis cobarde
ó tirano.

--Asi sea si yo tal fuere, contestó Yaye.

--Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el
estandarte real de Granada, se colocó á la derecha de Yaye; los otros
cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando á las cuatro
partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes
moros, y el escudero que tenia la adarga, adelantó y la puso sobre las
astas de las cuatro banderas.

--Desnudad vuestra espada, señor, dijo el justicia mayor del reino, y
ponéos sobre la adarga, en señal de que sois rey, y de que de tal manera
estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnudó la espada y se puso sobre la adarga.

--¡He aquí nuestro señor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios,
Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritó el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alférez mayor del reino, tremolando
el estandarte real gritó:

--¡Qué Dios ensalce, y dé prosperidades al magnífico Muley
Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Los circunstantes aclamaron á grito herido á Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraños bandidos, que vivian entre
las breñas, á quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alcázares
en las entrañas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su
vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el último
caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente régio, fue sacado del
subterráneo; fuera, en un pintoresco valle á la entrada de la gruta, por
donde se penetraba al alcázar, habia un magnífico caballo blanco, cuyas
riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban á sus
dueños: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban
antorchas encendidas; una taifa como de mil monfíes, armados de
ballestas y espadas, formaban á un lado del pequeño valle.

La noche era clarísima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio
del cielo, y á lo lejos se escuchaba el ténue quejido del mar, en su
eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se formó, la mitad de los monfíes
armados rompieron la marcha, y la otra mitad siguió á la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaña en medio
de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos
caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos
tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrás de
aquella córte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi,
habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados
para vagar sobre las breñas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de
la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su córte y su guardia,
llegaron á la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina
no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfíes de las
Alpujarras, que en número de diez mil, habian sido avisados por sus
xeques para asistir á la proclamacion pública y al reconocimiento del
nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor leyó el acta de la
abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar.

Despues el alférez mayor ondeó el estandarte real, y proclamó á Yaye.

Los monfíes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la
noche fué á llevar á los lugares cercanos el estruendo de los añafiles,
las dulzainas, los atabales y las atakebiras, tañidas en honor del nuevo
emir de los monfíes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Despues la comitiva real se volvió al alcázar subterráneo, y los diez
mil monfíes divididos en taifas, se encaminaron á cubrir sus apostaderos
en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por
algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.



CAPITULO IV.

Lo que eran los monfíes.--Yuzuf cuenta su historia á Yaye.


Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su
hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba
mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era
extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á
uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto
tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á
despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces
al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado
por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo
preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se
sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia
pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su
valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña
alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado
en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera
extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado
ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos
ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un
príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el
alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia
todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de
que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud
de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su
venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel
viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos
negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y
terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las
desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf
fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por
los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su
padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre,
ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun
con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros
lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

       *       *       *       *       *

En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don
Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de
restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y
sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los
señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas;
habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo
un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su
corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista
el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos;
eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco
imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas
Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por
una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un
solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la
refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado
con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de
los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya
legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un
misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la
Beltraneja, la _excelente señora_, como la llaman las crónicas
portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del
Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo
existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como
si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval
Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que
habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas
poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la
victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica
monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto
roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en
silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la
vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se
ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz,
bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo,
ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia
concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el
derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su
religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que
Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos
vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los
españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa
confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los
vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El
fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante
que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes
Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas
feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy
pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de
Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian
expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó
de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas;
los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un
profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los
judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de
reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres
enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la
Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada;
los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas,
para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no
habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas
persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con
abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se
pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de
cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian
entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron
enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar
de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el
conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de
Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los
sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos,
aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision
que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas
de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y
brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos
que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se
declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar
aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran
número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de
dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero
al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba
otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja.
Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los
Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan
Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas
tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no
estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion
católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo
y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo
de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos
ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á
someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número
considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del
Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse
vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros,
porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las
poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban
ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos
siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el
punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido
hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que
estaban organizados en _tahas_ ó distritos, que cada una de estas tahas
estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques
obedecian á un _emir_ (príncipe) y que este emir tenia junto á sí
_walíes, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse
el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que
erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á
la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios
subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que
estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la
montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á
sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al
pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para
imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres
misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian
durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la
montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas
de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en
los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun
imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las
cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de
los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que
llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia
siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada
habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza
expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era
escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las
quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen
solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues
en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia
siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion
periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en
los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año
aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro
cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto,
pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los
monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

       *       *       *       *       *

Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del
alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el
harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la
cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye
vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se
ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la
presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un
espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío,
que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las
cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba
su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales
apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas
las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles
flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas
de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y
volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas,
no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el
acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

--Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre
el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

--Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas
para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del
mundo.

--Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

--Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás
esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de
mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava
una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una
mujer, y aquella mujer era mi esposa.

--¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi
madre!

--¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde
te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas,
Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

--Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que
debíais hablarme de mi madre.

--¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

--Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros
hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan
hastío.

--Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte;
te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego
impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin
conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni
ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de
ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

--¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

--Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y
estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto
por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que
estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió
aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero
resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula,
hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido
mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los
que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho
divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado
y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado,
que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

--Siéntate, le dijo.

--¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

--Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

--Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera:

--Mi edad ha pasado de los sesenta años, el dia en que Granada,
destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley
Abd-Allah, su último rey, se entregó á los cristianos, tenia diez y
seis. Mi padre era uno de los héroes de nuestro pueblo, mi padre era el
infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de
Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado
las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil,
Muley-Abd-Allah se encaminó con su familia y con los que quisieron
seguirle á las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados
cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse á volver
el rostro para mirar á la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no
habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de
su cariño, llegamos al alto del Padul.

Era el último lugar desde donde podíamos ver á Granada: el rey revolvió
transido de dolor su caballo, y se arrojó de él. Luego se prosternó
mirando á Granada y lloró: todos nos habíamos prosternado; todos
llorábamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pié, altiva, serena,
pero profundamente pálida: aquella mujer era la madre de Muley
Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra.

Aun me parece que la veo de pié en medio de nosotros, como un genio
fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

--Llora, dijo al rey, llora como una débil mujer, la pérdida del reino
que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alzó, lanzó una
mirada suprema á Granada, exhaló un grito de dolor, se cubrió el rostro
con las manos, y luego, montó de un salto á caballo, le revolvió hácia
las Alpujarras, y apretándole los acicates partió á la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y
doblamos la falda de la montaña, con el estruendo y la rapidez del
viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes,
agoviado bajo el peso de un doble é intenso dolor: salia desterrado de
la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia
desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de él: acaso habia
ido á buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo á
hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro
cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la
rendicion á los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la
vergüenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver á ver á
mi padre.

Junto á mí; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali
Huseín, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su
bandera de infante á la victoria.

Algo mas allá del Padul, Ali Huseín, detuvo su caballo y me dijo:

--Poderoso señor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus
gentes.

--¡Mi padre! exclamé: ¡pues qué! ¿sabes tú de mi padre?

--Tu noble padre nos espera en la montaña, me contestó.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le seguí con el corazon
alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros
esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos presentó de repente, se nos dió á conocer, y se puso á
nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaña, y que á
medida que adelantábamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue
necesario echar pié á tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por ásperos desfiladeros, viendo á
nuestros piés valles profundísimos por cuyo fondo se precipitaban rios
convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras
cabezas montañas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las
tristes y altísimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las
estrechas vegas, en las vertientes de la montaña, bravíos bosques de
deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor,
vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo
se escuchaba el graznar de las águilas, el ahullar de los lobos
hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las
quebraduras de la montaña.

Llegó la noche y con ella llegamos á una cumbre ancha, árida, cubierta
de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban
en anfiteatro hasta el altísimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia
desde allí ninguna habitacion humana.

Detúvose allí mi padre y descabalgó: todos descabalgamos, y durante los
primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos
descansaron.

Despues mi padre llamó en torno de sí á los guerreros de nuestra
familia.

--«Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos
patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras
propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por
medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y
estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que está escrita:
la mano del vencedor procurará pasar primero por cima de ella, y cuando
aleguemos los capítulos concertados con los reyes de Aragon y de
Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgará la capitulacion, y los
soldados de los reyes de España, nos impondrán la sumision por la
fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes,
costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante á la de los
judíos: la esclavitud y la vergüenza.

       *       *       *       *       *

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los
pueblos, allí nos vigilará el recelo del vencedor, que tendrá siempre el
atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegría ó su
tristeza: si nos reunimos en mucho número recelaran; si evitamos
reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras
puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran
apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en
vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una
reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar
siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos
no podríamos serlo: pero por fortuna la montaña es áspera, tiene
guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales
seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de
nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras:
nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras
zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en
la montaña muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones
paguen tributo al rey de la montaña.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos
monfíes.»

Concluyó mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia
aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su
residencia las grutas de las montañas, y por ejercicio la continua
guerra con el cristiano, tuviese á su frente un caudillo que les
gobernase.

Mi padre fue elegido unánimemente emir de los monfíes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y
desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los
demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban
voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche,
alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer
llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre
gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir
de los monfíes.

--Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye,
si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es
tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros
incalculables.

--Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista,
habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de
estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de
este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte.
Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia
penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las
entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas
era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado
cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian
convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á
la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado
vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes
moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda
apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas
de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las
poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los
cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña,
aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que
nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos
renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los
monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo
recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no
tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron
acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados
al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los
mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su
riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la
montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han
continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros
monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las
gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el
tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa
á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo
yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en
las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una
ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el
número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos;
que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un
ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables,
que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la
patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres
activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos
hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del
emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el
remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie
conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las
banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de
los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria
herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don
Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un
pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes
codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la
codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos
frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su
planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera
tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera
y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la
hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que
alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y
quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de
enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no
puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos
por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos
los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre
herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en
Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los
doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra
una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los
piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en
que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de
las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...

--¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.

--¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso
no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus
guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está
Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago?
¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos
cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos?
¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los
árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

--España es fuerte, poderosa y grande, exclamó el tenaz Yaye.

--Carlos V ve que el coloso empieza á desmoronarse bajo su imperio: este
imperio pasará quebrantado, herido de muerte, á los hombros del príncipe
don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasará mermado á las de su
hijo, y débil á las de su nieto, y miserable y envilecido á las de su
viznieto. ¡Qué! ¿puede durar mucho un imperio que se funda en la
opresion de pueblos enteros?

[imagen: ¡Llora, llora, como una débil mujer, la pérdida del reino
que no has sabido defender como hombre!]

Acaso ni yo, ni tú, ni nuestros nietos, veamos convertido á ese coloso
sangriento en un fantasma que se verá precisado á volver la vista atrás
para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar á la
carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como
serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y
su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos
despedazar cien cristianos, y si está escrito que en nuestros tiempos
ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados á la lucha, en acecho
de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para
poder piafar con nuestros corceles en las ricas campiñas andaluzas, y
levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios
Altísimo y Único.

--¡Oh, padre, padre! ¡El Altísimo ha visto los pecados de nuestro
pueblo, y por ellos le ha destruido!

--Del mismo modo ve los pecados de los españoles, y les destruirá por
ellos.

--Padre, ¿habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

--El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfíes, llamó á uno de
sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entregó á él, como yo
te he entregado á Abd-el-Gewar. «Ve hijo mio, me dijo: vive entre los
conquistadores, conócelos, porque algun dia me sucederás en el gobierno,
y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer á los enemigos de su
pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres,
ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser
engañado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario,
sé cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo sé dócil con el
que desde ahora va á ser tu padre: cuando conozcas bien á nuestros
enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi
corona te espera.»

Y partí, y aprendí el habla castellana, y viví en la córte del
emperador, y serví bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes,
en América: por todas partes ví enemigos de España; por todas partes oí
maldecir el nombre español; en todas partes vi vireyes y oidores, y
clérigos, y capitanes y soldados de España, que se enriquecian por medio
del crímen. Comprendí que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir
bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un
conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado á ser
tirano.

--Lo mismo he comprendido yo, señor.

--Mi amor á la patria crecía á medida que pesaba los excesos que en
todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo
ejercian los españoles: mi sola pasion era el odio hácia los cristianos,
mi solo deseo beber su sangre.

--¿Y no sentísteis jamás otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclamó
con embarazo Yaye.

[imagen: ¿Quién es esa dama?]

--Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba
viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una
inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida
al amor.

--Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.

--Tu madre no era mora, hijo mio.

--¡Que no era mora!

--Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas
árabes de Córdoba.

--¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se
llamaba?

--Ana de Córdoba y de Válor.

--¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!...
¡Cristiana!...

--Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y
sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener
con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del
combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los
padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley
irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon
humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no
has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

--¡Amor! exclamó profundamente Yaye.

--¡Amor! exclamó con profunda intencion Yuzuf... pero no: á tu edad se
juega con el amor; mas á la edad en que yo conocí á tu madre, en el
estío de la vida, cuando ya se empieza á descender por la escala de los
años, cuando tenemos el corazon vacío por la experiencia, árido por la
desgracia, ansioso de amor... ¡oh! entonces no se ama al ángel, se ama á
la mujer, se ama á la compañera; se busca un corazon noble y grande que
sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartiéndolo:
un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados
del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del
combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que
ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los
crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del
porvenir. Y luego... tú no has podido encontrar en las tierras donde has
vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las
Alpujarras, una mujer como tu madre... ¡Ven!

Yuzuf se levantó, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas
pálido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban
una tristeza profunda.

--¡Mira! dijo á Yaye.

Y descorrió la cortina.

--¡Isabel! exclamó el jóven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jóven y hermosa habia aparecido
ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel
de Córdoba y de Válor, y era tan semejante á ella, como si hubiera sido
ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era á todas luces obra del pintor de los Reyes Católicos,
Antonio del Rincon.

(Entre paréntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado
en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces á los
serenísimos Reyes Católicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y
reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo
dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que
Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de
Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba:
no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

¡Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le
extremeció.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un
amor incestuoso á su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y
sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese
organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un
cadáver.

--Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

--¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!

Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente
reserva.

--Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de
Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado
castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya
te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á
muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una
infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto
de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvió al divan y se sentó en él.
Yaye se sentó á su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

--Y yo no la busqué, continuó Yuzuf; la encontré un dia en esa tabla....
al verla me estremecí, temblé: nunca habia temblado: nunca habia
conocido el amor y al sentirle no le comprendí. Sin saber por qué no
podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para mí voz, aliento,
vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba á los
cuarenta años. Hacía ya diez que por muerte de mi padre habia heredado
su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me dió mi
padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los
monfíes, ó en Granada ó en la córte, como morisco convertido: cuando
vivia entre los cristianos llamábanme el hidalgo Diego Vargas y nadie
sospechó jamás que yo fuese el rey de aquellos terribles monfíes, cuyo
nombre solo aterraba á los castellanos.

Sabíanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don
Juan de Córdoba y de Válor, que aunque cristiano en la apariencia era
moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los
moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Válor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin
embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada:
derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con
el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una
sumision vergonzosas; don Juan me habló muchas veces de confundir en uno
nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

--Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba á
aquel propósito.

--Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa
doncella de diez y ocho años.

--Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

--Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replicó; basta con
que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

--Por último, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no
cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por
costumbre: yo no puedo unirme á una infiel.

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que
cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo
tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por
algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa;
pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la
hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de
venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de
Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una
estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un
pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero
en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en
esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la
luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un
poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella
estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa
del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo
momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana.
Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo
sitio.

--¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á
Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas
indiferentes.

--Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me
extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don
Juan no pareciais sino grandes amigos.

--En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

--Es doña Ana muy recatada.

--Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme
ese retrato?

--No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

--Cambiarle, ¿y por qué?

--Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

--No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no
hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya
modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los
cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas
demostrais treinta años.

--Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

--Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí
que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato:
os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo
rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que
aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de
Córdoba para proponeros un trueque.

--Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos
condiciones.

--Sepamos.

--En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo
este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se
lo entregareis como si fuese el mismo.

--Eso por supuesto, contestó Rincon.

--Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del
suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

--¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar
sino bajo esas condiciones?

--Decidido de todo punto.

--Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté
concluido.

--Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

--Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho
dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme
mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de
doña Ana.

--¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

--No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde:
ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas
á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros
á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero;
pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é
hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña
Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi
gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en
nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella:
no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando
enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

--¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una
cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me
estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban
pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos
exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la
expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y
la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor,
examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

--Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

--¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud
amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto
seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias
estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del
pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato
enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de
haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole
en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte
y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese
tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos
momentos de silencio continuó:

--Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato:
lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola:
nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre
cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en
esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor
de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia
dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso?
Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví
que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel
tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al
aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la
exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven,
en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia
alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña
Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera:
esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que
mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura
tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada
del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion
de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en
que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que
conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á
una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que
doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado
galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del
Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana,
piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no
hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora:
cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon:
al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin
dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y
seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas
del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer
momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un
movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria,
aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato
y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los
ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió
rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del
templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la
tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y
rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana:
esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia
siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á
frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me
dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias
preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo
que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á
sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los
miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una
mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que,
aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que
mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no
reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió
de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me
conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

--Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero
al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

--¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de
que me conocieses? la pregunté.

--Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy
vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros,
os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana
era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no
podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de
Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder,
ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y
para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

--¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros
amores, señor.

--Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la
Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro
una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una
actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

--¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

--Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo
tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

--Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por
buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los
cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco,
es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser
odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les
sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son
hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada!
La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros,
á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen
acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos
frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en
una mano y la tea en la otra.

--¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado
apenas.

--¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso
dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida,
era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del
fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le
rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un
dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba
ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron
uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable
fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue
arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á
Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas
de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y
la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho
sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio
que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo,
la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo...
extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile
impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz
sombría.

--¿Y que hicísteis del fraile?

--Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las
Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del
infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde
entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos
y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario
verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no
puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado
entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio,
Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no
quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has
rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

--¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

--Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá
que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin
venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me
robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí
unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no
amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano,
no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla
para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan
grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no
amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su
voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu
madre?

--Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

--¿Que existe? ¿que la has visto?

--Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos...
porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura,
pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida,
con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego
su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa
mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla,
que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre
se llama...

--Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf,
que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente
descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su
madre.

--¡Cómo! la conoceis, señor.

--Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima
hermana.

--¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

--Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su
nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido:
amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te
he puesto al paso de esa mujer.

--¡Vos, señor!

--Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor,
con quien vive doña Isabel.

--¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

--¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

--Ella, señor, muere por mí.

--Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

--Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su
trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son
renegados.

--¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu
amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

--Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre,
he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un
destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser
infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser
esposo de la cristiana hija de los renegados.

--¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre
tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu
casamiento con ella?

--Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

--¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo
acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña,
abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu
esposo porque eres cristiana?

--¡Señor!

--Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su
dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el
alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que
ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una
mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un
ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que
ella lo sea contigo.

--Acaso sea imposible, señor.

--¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

--Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos
pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi
esposo.

--¿Y te negaste?

--Aborrezco el nombre cristiano.

--Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus
crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia
como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan
fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la
ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion,
las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus
sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las
dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este
milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas,
y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y
vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron
una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus
correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando
durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes
sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de
Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que
nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni
interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si
trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las
cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos
nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y
de Válor?

--Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con
desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

--¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede
perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

--He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por
sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

--¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

--Anoche.

--¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas
sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á
otra cámara apartada.

--¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la
antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta
lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto
brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

--¿Quien eres? le dijo, este.

--Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á
vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

--Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

--Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que
no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de
nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la
castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf,
que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se
leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

--Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela,
llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y
cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «_si aun es
tiempo_» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su
hijo.

--¡Ah padre mio! y si por desgracia...

--Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd-el-Gewar que te
acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los
monfíes; á caballo.

       *       *       *       *       *

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompañados
de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que
no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos
caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana
al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va?
enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un
soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho
antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia
muchos hombres.

--¿Quiénes sois,? dijo un alférez que habia acudido al ¿quién va? del
centinela.

--Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro
camino.

--Pues mal camino llevais hidalgos, replicó el alférez: con el edicto
del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras,
andan revueltos esos malditos monfíes, y esta misma noche han medio
muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia
atrevido á seguirles los pasos disfrazado.

--¿Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion
uno de los monfíes disfrazados de castellanos que escoltaban á Yaye.

Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

--Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas,
y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las
muestras, para contarlo.

--¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos
se meten!

--Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á
Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada
para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien
resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de
soldados.

--Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no
puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

--El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos
siguieron trepando por el desfiladero.

--Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo
mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo
lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas
balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

--¡A la rambla del rio! exclamó Abd-el-Gewar revolviendo su caballo;
vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no
se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cádiar
que tocaban á rebato.



CAPITULO V.

Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada
nuestros caminantes.


Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la
incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si
reventaria ó no. Abd-el-Gewar le seguia como si los años no hubieran
amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte
monfíes.

Tanto y tanto picaron que á las seis de la mañana llegaron á Lanjaron.

Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares,
rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar á Granada con la
misma rapidez que se habia llegado á Lanjaron, y para renovarlos era
preciso detenerse.

Parecerá extraño que en una pequeña villa se pretendiese renovar veinte
y tres caballos; pero dejará de existir la extrañeza cuando se sepa, que
los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas
quebraduras cercanas á Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfíes
ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en
todas partes.

Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfíes iba á ver si
los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson á la
entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.

Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegándose á la necesidad, se
encaminó á la villa y se entró por el ancho portal de un meson, dando
una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia
con la permanencia de tantos huéspedes, aunque no fuese mas que por
algunas horas en su casa.

Acomodáronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento á teja vana, en el fondo
de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfíes en la cocina, y
los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfíes, salia
en demanda de los caballos de refresco.

Entre tanto el posadero sirvió una liebre á los amos y un guiso de
abadejo á los monfíes.

Todos, á pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba
en las necesidades de su disfraz.

Solo Yaye no comió ni bebió, y lleno de impaciencia habia salido á los
corredores á esperar la vuelta del monfí que habia ido á buscar los
caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su
guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.

El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno
los corredores: Yaye se puso á pasear á lo largo de ellos.

Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia
el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes,
arrastraba por el pavimento terrizo.

Por este ruido su presencia fue notado por el huésped, ó, mejor dicho,
por la huéspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.

Decimos huéspeda, porque á los pocos pasos que dió Yaye, se abrieron las
maderas de una reja situada junto á la puerta de aquel aposento, y
apareció en ella una cabeza de mujer.

Pero una cabeza característica. Un tipo evidentemente extranjero, pero
enérgicamente hermoso.

Esta mujer, ó mejor dicho, esta jóven, porque á lo mas podria tener
veinte años, era densamente morena, pero con un moreno límpido,
encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran
tamaño, y llenos de vida y de energía, pero de una energía casi salvaje:
bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantísimos,
rizados, negros, hasta llegar á ese intenso tono del negro que produce
reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguileña, la boca de labios
gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y
mórvido, anchos los hombros y alto el seno.

Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar
solemne, á Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos
metidas en los bolsillos de sus gregüescos, y profundamente pensativo,
seguia paseándose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba,
no era hácia la parte de adentro, sino hácia la de afuera, al portal del
meson.

La desconocida no dejaba de mirarle con un interés marcado, en que sin
embargo no habia esa expresion de la mujer que mira á un hombre que la
agrada: á pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada,
y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, á todas luces,
interesar á Yaye, puesto que se aliñó un tanto los rizados cabellos, se
colocó en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un
hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoyó lánguidamente la cabeza en
su mano derecha, cuyo desnudo y magnífico brazo se apoyaba en el
alfeizar de la reja.

Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vió.

Notóse una lucha interna en el semblante de la jóven, y por tres veces
sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, señal clara de que
luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jóven, y la vergüenza de
provocar su atencion.

Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada
insegura, dijo á media voz:

--¡Caballero! ¡noble caballero!

La voz de la jóven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su
dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento
andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.

Ese no sé qué misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas
mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda á un tiempo,
hizo extremecer con un movimiento nervioso á Yaye, que se volvió.

--¿Me habeis llamado, señora? dijo Yaye, mirando á la jóven con la
fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer
poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.

La extranjera comprendió que habia logrado admirar á Yaye, y se sonrió
de una manera tentadora.

Yaye, á pesar del recuerdo de Isabel, sintió una dulce sensacion al
notar la sonrisa de la desconocida.

--Sí, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para
hablaros, quiero que no extrañeis mis palabras, que, si Dios quiere, os
explicaré en otra ocasion. ¿Vais á Granada?

--A Granada voy.

--¿Cómo os llamais?

--Juan de Andrade.

--¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?

--¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.

--Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan
Alvaro de Sedeño.

--¿Y para qué?...

--Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor
peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que
nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.

--Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.

--Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un
hombre de corazon y de virtud...

--¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?

--Sí.

--¿Capitan de los tercios del rey?

--Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.

--¿Sois mejicana?

--Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

--¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.

--Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro.
Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de
perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.

Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba
enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su
limosnera.

--Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que
somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si
no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me
vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...!
¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é
hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego...
luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no
parecernos á los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un
hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del
verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana,
tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian
impresionado.

Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no
podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lástima.

Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el
zaguan.

--¡Harum! dijo, llamando.

--¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en
mano.

--Sígueme.

Harum siguió á Yaye que le llevó al corral, y cuando no podian ser
vistos de nadie, le dijo:

--¿Ves aquel aposento que tiene junto á la puerta una reja?

--Sí señor.

--Allí moran dos mujeres: no conozco mas que á una de ellas: es morena,
jóven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda
un capitan castellano. Quédate en el meson, y sin que nadie pueda
reparar en ello, observa á esa gente, síguela: ve dónde para, no pierdas
ni un solo momento de vista á esas damas: si es necesario protegerlas,
protégelas.

--¿Hasta matar?...

--Hasta matar ó morir.

--Muy bien, señor.

--Cuando lleguen á Granada, observa en qué casa habitan.

--Lo observaré.

--Y me avisas.

--Os avisaré.

--Toma para lo que le se pueda ocurrir.

Y le dió algunas monedas de oro que Harum se guardó de la manera mas
indiferente del mundo.

--Vete.

Harum se volvió al corro de los monfíes.

En aquel momento un hombre apareció en la puerta del meson.

Este hombre tenia un aspecto extraño: era alto, como de cuarenta años,
de color cetrino, de semblante que debió ser bello algun dia, pero de
líneas duramente rígidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y
el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la
mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su
boca, haciéndola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno
y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por último, le faltaban
el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado
por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y
bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo á un herrete de su
coleto de ámbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin
embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre,
vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al
parecer no podía montar á caballo, llevaba calzada en la pierna
izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata:
apoyábase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una
descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro,
temible, y sobre todo duramente provocador é insolente.

Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia
detenido á la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un
mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y
á caballo junto al carro un soldado viejo y armado á la gineta.

Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre
parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.

Yaye observó todo esto con una sola mirada, y se dijo:

--Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeño.

Sin saber por qué, la sola presencia de este hombre provocó su odio, su
cólera, y un ardiente deseo en su corazón de cerrar con él á estocadas.

Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto á ello la breve
conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese
hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente
antipático.

Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese
con una conducta atenta, la mala impresion que debían necesariamente
causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extraño
estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente á
los monfíes, habia pasado con altanería, casi con desprecio y sin
saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas
ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrándose por
las escaleras; poco despues le vió aparecer Yaye en los corredores, á
tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento.

Entonces notó Yaye una cosa extraña. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso
pálido; el desconocido se detuvo tambien, irguió la cabeza, miró de una
manera altiva al anciano, y despues se quitó la toquilla, le saludó, y
pasó: Abd-el-Gewar se inclinó ligeramente, y se encamino á las
escaleras, y el desconocido llegó á la puerta del aposento donde estaba
la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sacó una llave,
abrió la puerta, entró, y cerró.

Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y pálido aun, estaba en la puerta
del corral junto á Yaye.

--¿Conoceis á ese caballero? le dijo el jóven: os habeis conmovido al
verle, y él os ha reconocido, y os ha saludado.

--Si, si por cierto: es él.

--¿Y quién es él?

--Es el señor Alvaro de Sedeño, antiguo y valiente soldado de los
tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.

--¡Ah! ¡es monfí!

--Lo ignoro; es un secreto que tu padre jamás me ha revelado.

--¿Pero donde habeis vos conocido á ese hombre?

--Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con él
familiarmente en la montaña.

--Y sabiendo que ese hombre sirve á mi padre, ¿por qué palidecísteis á
su vista?

--Es que ese hombre, no sé por qué, desde que le vi, me causó
repugnancia, aversion, temor...

--Lo mismo me ha sucedido á mí, cuando hace un momento le he visto por
primera vez.

--Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero
aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es
necesario partir.

En efecto, un monfí jóven y gallardo entraba en aquel momento en el
meson y se dirigió al lugar donde estaban el jóven y el anciano.

--Los caballos esperan, dijo descubriéndose, en la rambla del río cerca
de Tablate.

--¿Enjaezados como conviene? dijo Yaye.

--No ha sido posible, pero se les pondrán los arneses de los que
dejemos.

--¡Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto á
recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.

--Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos
posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.

Mientras esto se hacia, Yaye, que á pesar del recuerdo de Isabel no
dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se
encontraba la princesa mejicana, vió que aquel aposento se abria y que
salian de él primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos
mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado:
atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto á Yaye y
Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: saludó fria y ceremoniosamente á
los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye creyó notar que la mas
esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y
que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba á través
de su manto con ansiedad.

Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoyó una
pequeña escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas
entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subió el capitan, y
antes de desaparecer saludó de nuevo, pero de una manera que tenia mucho
de insolente, á Yaye y Abd-el-Gewar.

Despues de esto el carro echó á andar á buen paso.

Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando
Harum-el-Geniz se dirigió gentilmente á la salida del meson.

--¡Eh! ¿á donde vais, Pedroz? le preguntó con imperio Abd-el-Gewar.

--El señor me ha ordenado... dijo Harum deteniéndose y señalando á Yaye.

--Va á un asunto mio, dijo el jóven, dejadle ir.

Y el monfí, en vista de un ademan del jóven, siguió su camino.

Sigámosle.

El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al
puente de Tablate desde Lanjaron. El monfí, en vez de seguir
ostensiblemente tras el carro, rodeó por las tapias del pueblo, se
perdió entre los olivares y echándose la espada al hombro, y despues de
haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empezó á andar con una
rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de
haber flanqueado la montaña por espacio de una hora, se encontró
marchando sobre las crestas de los montes á cuya falda se extiende el
camino de las Alpujarras á Granada.

El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian á lo
lejos: muy pronto una nube de polvo apareció por un recodo del camino, y
un grupo de ginetes adelantó á la carrera, alcanzó el carro, pasó
adelante y se perdió en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los
veinte monfíes.

Harum, que se habia quedado á pié para cumplir el encargo de Yaye, y que
ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha
no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo á
Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le
hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.

Al poco espacio salieron de las breñas cercanas y con poco intervalo de
una á otra aparicion, tres monfíes con su trage característico de
montaña y con fuertes ballestas.

--Que el señor Altísimo y único sea con vosotros, dijo Harum.

--Allah te guarde walí[7], dijo uno de ellos, ¿qué nos quieres?

--Lo que voy á deciros os lo dice por mi boca el magnífico emir de las
Alpujarras.

Los tres monfíes hicieron una zalá ó saludo á la usanza mora.

--Estamos dispuestos á obedecer, dijo el que hasta entonces habia
hablado.

--¿Veis allá á lo lejos en el camino un carro?

--Le vemos.

--Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.

--¡Lleva oro! exclamó con la alegría de un bandido que presiente una
presa otro de los monfíes.

--No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos,
un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.

--¡Ah!

--Tú eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigiéndose al que habia
hablado primero. Parte á cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro
puesto de la montaña no falten diez de los nuestros, que no pierdan un
solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en
él corren algun peligro, defendedlas.

--Muy bien.

--Que cuando yo llegue á la puerta del Rastro de Granada, que será esta
tarde, sepa si ha llegado ó no el carro, y si ha llegado, en qué casa
han parado el soldado y las dos damas.

--Muy bien.

--Ea, pues, tú, Zeiri, piés á la montaña. Vosotros seguidme.

Unos y otros se perdieron muy pronto entre las ásperas cortaduras.

       *       *       *       *       *

A las siete de la mañana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte
monfíes del meson de Lanjaron; á las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar á
caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.



CAPITULO VI.

En que se presentan nuevos é interesantes personajes.


Muy poco despues Yaye y Abd-el-Gewar, llamaban á la puerta de su casa y
un esclavo les abria.

Yaye desmontó, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras
el esclavo conducia el de Abd-el-Gewar, atravesó el zaguan, la calle
principal del jardin y metió el caballo en la caballeriza. Despues salió
al jardin y lanzó una ansiosa mirada á la galería de las habitaciones de
Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio
dominaba en aquella casa.

Aquel silencio, que nada tenia de extraño atendido á que era el medio
dia de uno caloroso de junio, impresionó al jóven; y es que cuando
estamos predispuestos á recibir impresiones tristes, estas impresiones
emanan para nosotros de todo lo que nos rodea.

--Kaib, dijo Yaye volviéndose al esclavo berberisco que les habia
abierto, ¿no tienes ninguna noticia que darme?

El esclavo, que amaba al jóven, le miró tristemente.

--Ninguna, señor, dijo despues de un momento de silencio.

--¿Durante mi ausencia no has visto á doña Isabel de Válor?

--No señor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la
tarde, por la noche, las celosías del mirador han estado cerradas. Ni
aun la he oido cantar; ya sabeis que la señora cantaba todas las
noches... pues nada, señor, nada.

--¿Con que no la has visto? ¿no ha cantado? Estará enferma acaso.

--Puede ser que lo esté, pero si lo está no guarda el lecho.

--¿Cómo sabes eso sino la has visto?

--Os diré, señor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto;
pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir
de su casa.

--¡Ah! ¡y estaba triste!

--Muy triste y muy pálida, pero muy hermosa: y luego ¡iba tan bien
prendida!

--¡Bien prendida...!

--Llevaba una falda y un justillo de brocado blanco, un velo de plata y
seda, y una corona de flores blancas.

Nubláronse los ojos de Yaye, zumbó un ruido sordo en sus oidos,
agolpósele toda su sangre al corazon, se puso mortalmente pálido y un
vértigo momentáneo, pero violento, pasó por su cabeza y cubrió su frente
de sudor frio.

Necesitó apoyarse en la pared para no caer.

Su poderosa voluntad dominó al vértigo, y volviéndose al esclavo exclamó
roncamente:

--Deja los caballos, y ven conmigo.

El berberisco obedeció dócil como un perro; Yaye atravesó como una
exhalacion el jardin, el zaguan y la puerta, que abrió con un
apresuramiento febril: luego, seguido de Kaib, se aventuró á largo paso
por las estrechas, tortuosas y pendientes callejas del Albaicin.

--¿Quién acompañaba á doña Isabel? preguntó Yaye al berberisco.

--Su hermano don Fernando, un hidalgo mal carado y como de cuarenta
años, pero muy galanamente vestido, Diego el Geniz, y Pedro de Barredo,
tambien vestidos de gala, dos pajes con libreas nuevas, su dueña y dos
doncellas.

--¡Ah! exclamó Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: ¿y
no iba con ella su hermano mayor don Diego?

--No señor.

--Llevarian literas.

--Si señor, dos: en la una entraron doña Isabel y su dueña, en la otra
las dos doncellas.

--¿Y te vió doña Isabel?

--Si señor, y al verme se puso pálida, muy pálida... y me miró de una
manera que sin duda queria decir: cuenta á tu señor que me has visto
vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y pálida como una
muerta.

El berberisco pronunció con una profunda intencion estas palabras.

Yaye se extremeció y apretó mas el paso hasta casi correr.

No se habló una palabra mas entre amo y esclavo.

Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble
apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroqueña encima
de su gran puerta de roble escultada.

Yaye se lanzó á aquella puerta y asió su enorme llamador.

Pero antes de que pudiese llamar se abrió la puerta y apareció un
caballero ricamente vestido de negro.

Este caballero se sorprendió al ver á Yaye, retrocedió un paso y le miró
con extrañeza y aun con cuidado.

En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado á
la vista, se veia una dama que se preparaba á entrar en una litera
cuando se abrió la puerta y apareció Yaye.

Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso
densamente pálida, ahogó un grito y fijó una intensa mirada en Yaye.

La extrañeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama á la
vista de Yaye, nos obligan á que antes de pasar adelante demos á conocer
á estos dos nuevos personajes, y á algun otro mas de los que figuran en
nuestra historia.

Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.

Ella se llamaba doña Elvira de Céspedes: él don Diego de Córdoba y de
Válor.

El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de
consecuencias.

Doña Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas
demostraba diez y ocho años; pero nosotros sabemos por los apuntes que
nos hemos visto obligados á entresacar de antiguos papeles para escribir
esta verídica historia, que doña Elvira en 1546 habia cumplido veinte y
tres años y que se habia casado á los diez y siete con don Diego de
Córdoba y de Válor. Sabemos tambien que doña Elvira era hija del
licenciado Juan de Céspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias
de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado á estudiar como
sopista en la universidad de Alcalá, desde la cual, concluidos sus
estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco
Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jóven de
talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado á ocupar un
oficio de alcalde de la Sala de Casa y Córte en la Real Audiencia de
Granada.

Allí y por causa de un embrollado proceso conoció el licenciado Juan de
Céspedes á una viuda hermosa, ó que se lo pareció, pero pobre, y el
resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el señor
Juan de Céspedes, ya hombre maduro, casó con doña Irene de Avendaño que
hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza.

En 1523 doña Elvira de Céspedes y Avendaño, fue el fruto de bendicion
que dió Dios á los esposos; fruto tardio de la dueña cuarentona doña
Irene, que sucumbió á un parto demasiado laborioso, dejando por único
consuelo al afligido alcalde de Casa y Córte una hermosísima niña.

La educacion de una hija no era lo mas á propósito para un hombre á
quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios,
cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de
sentenciar á horca y galeras, á todo vicho viviente que se le habia
venido á las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Céspedes
que hasta entonces nada habia encontrado grande y difícil mas que la
recta aplicacion de la ley, sintió que le habia caido encima una montaña
con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero á la crianza
de su hija.

Pero consideró que en cinco años á lo menos no urgia pensar en la
educacion decisiva de doña Elvira, y contó muy prudentemente con que en
aquellos cinco años se le ocurriria bien un medio de salir del
atolladero.

Pero hé aquí que apenas la niña habia salido de la lactancia, se
encontró el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y
rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Méjico, que
acaba de crearse.

La obligacion de justificar el carácter de nuestro personaje, con la
apreciacion de su educacion y de su vida íntima, nos pone en el caso de
hacer otra digresion relativa al por qué se habia dado al licenciado
Céspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadísimo, en el riñon
de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva-España,
oficio á que él no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueños de
ambicion.

Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado
Céspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos años, habian
encontrado que el mejor medio de procurar á su hija una educacion
conveniente era darla una segunda madre.

Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa
y Córte, halló que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para
casarse tener novia, para tenerla buscarla.

Y la halló, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija
de un capitan inválido de los tercios de Italia, pobre pero honrada,
sobre honrada jóven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la
pobreza, fresca y robusta.

No era hombre el licenciado Céspedes que á los cuarenta y cinco años se
anduviese con _telégrafos_ (que hoy se dice) ni con billetes, ni con
otras gerzonias, diametralmente opuestas á su carácter natural, y sobre
todo á su carácter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente
decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su
reluciente espadin de córte, y se presentó casa de su vecino el valiente
capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente
pidió su hija por esposa.

El capitan no encontró razon para echar á la calle aquella fortuna tan
inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de
su casa.

Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se
tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan
Aponte dió palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Córte,
de que su hija seria su esposa.

Dióse traslado á la parte, esto es: á doña Clara, que así se llamaba la
pretendida.

Esta se sobrecogió, se puso pálida y tartamudeó algunas palabras que su
padre atribuyó al pudor natural de una doncella de veinte años.

El padre se engañó.

Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de
un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos,
de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta
calleja.

Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor
y su amada, como una cuña de hierro, á la que servia de mazo la
autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Córte.

A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su
mas rico trage de brocado, su cadena de mas valía y sus mejores preseas,
y acompañado de lacayo y escudero, se presentó en la casa del capitan de
Italia y dejó oir en ella el aristocrático y altisonante nombre del
marqués de la Guardia.

Apresuróse á recibirle el capitan. El noble marqués le dijo sin rodeos
que queria ser esposo de doña Clara.

¡Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas
palabras en el honrado veterano! Levantóse delante de él como una
horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Córte,
porque, al fin, teniendo para su hija un marqués jóven y poderoso, era
indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya
casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo.

El capitan tardó quince minutos en contestar; al fin haciendo un
esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeñada su palabra, y que no
faltaria á su palabra por nada del mundo.

El marqués iba preparado á esta respuesta y la contestó sin detenerse un
punto.

--Vos no os habreis comprometido á casar vuestra hija sino en España.

Miró con asombro el capitan al marqués porque no le comprendia.

--Quiero decir que si ese hombre á quien habeis dado vuestra palabra se
viese obligado á pasar los mares y á llevarse vuestra hija....

--Indudablemente, esa circunstancia me dejaría en libertad, dijo el
señor Illan.

--Pues os juro que quedareis libre... solo os pido.

--¿Qué...?

--Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija
durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo
secreto acerca de nuestra vista.

El capitan lo prometió solemnemente: esto era una especie de
conspiracion contra el alcalde de Casa y Córte: una traicion, pensando
severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se
trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan
acostumbrados y tan prácticos para buscar callejuelas á la ley.

El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas.

El marqués escribió aquel mismo dia á un su amigo de la córte, hombre
poderoso y muy privado de los privados del emperador; á su carta
acompañaba un libramiento de buena ley de mil ducados.

A los doce dias, sin saber cómo ni por donde, el alcalde de Casa y Córte
recibió una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Méjico.

En los primeros momentos de júbilo el licenciado Céspedes se trasladó
provision en mano casa de su futuro suegro.

Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente:

--¿Y pensais aceptar, señor Juan de Céspedes?

--¡Que si pienso aceptar! exclamó con extrañeza el alcalde: pues
decidme: ¿qué harías vos si os nombrasen virey de Méjico ó de Santiago
de Cuba?

--Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo.

--Pues ved ahí que con toda mi alma acepto yo.

--Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en
ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado.

La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia
ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga.

--¡Qué... me retirais vuestra palabra!... es decir, ¿cuando puedo
acumular sin ofender á Dios ni á la justicia grandes riquezas? exclamó
el alcalde poniéndose pálido.

--No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el
capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo
habia contado con que no saldríais de España: bien sabeis, puesto que
sois jurista, que no podríais obligar á vuestra mujer á que se
embarcase.

--¿Con que es decir?...

--Que ó renunciais á ese oficio de oidor, ó á mi hija.

Meditó algunos segundos el alcalde.

--No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera
solo... pero tengo una hija.

--¿Cómo que teneis una hija?

--Sí señor, una hija de mi difunta esposa...

--¡Sois viudo!...

--Ciertamente....

--Hé aquí otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de
vuestra viudez ni de vuestra hija me habíais dicho.

--Pero lo sabe todo el barrio...

--Pues ved ahí, yo no lo sabia.

--Decididamente...

--Yo no he dado mi palabra ni á un viudo con hijos, ni á un oidor de las
Indias.

--Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Córte,
ó mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Méjico. Y así, adios,
señor capitan Aponte.

--¿Quedamos, pues, recíprocamente libres?

--De todo punto. Podeis casar á vuestra hija con quien mas os convenga.

Separáronse, pues, de una manera ruda.

Ocho dias despues, doña Clara de Aponte era marquesa de la Guardia.

El señor Juan de Céspedes comprendió entonces por qué le habian hecho
oidor sin solicitarlo.

Ocho dias despues de haber sido elevada á marquesa doña Clara, el
presidente de la chancilleria de Granada llamó al señor Juan de
Céspedes.

--Señor licenciado, le dijo, siento daros una mala noticia.

Juan de Céspedes solo contestó poniéndose pálido.

--Se me encarga de órden de S. M. Cesárea, que os recoja la provision de
oidor de la Real Audiencia de Méjico, que no puede llevarse á efecto...
porque os la han enviado por una equivocacion.

Juan de Céspedes comprendió entonces que habia sido burlado.

Esto consistia, no en que el marqués de la Guardia hubiese influido para
aquella segunda peripecia, sino en que los mil ducados enviados á la
córte, habian sido bastantes para que en las secretarías de Estado se
hiciese aquella infame farsa, sorprendiendo el ánimo del emperador; pero
no bastaban, de ningun modo, para comprar un oficio tal como el de oidor
en Indias, que entonces era considerado como una mina de oro.

Juan de Céspedes enfermó de rabia y de dolor porque ya se habia
consentido y aun infatuado con su carácter de oidor.

La enfermedad concluyó pronto, pero concluyó en la tumba.

Doña Elvira quedó enteramente huérfana.

El marqués de la Guardia, que era un calavera capaz de jugar una
sangrienta pasada al mismo diablo, y que solo se habia casado con doña
Clara, porque todos los hombres tienen un cuarto de hora en que se
casan, no era por esto infame. Sintió que su burla al pobre alcalde
hubiese tenido tan negro desenlace, encontró bajo aquella burla una
pobre huérfana, sin mas amparo que la caridad pública, y reconoció como
un deber el protegerla.

[imagen: Don Diego de Córdoba y de Válor.]

Sin embargo, su proteccion no fue muy espléndida. Se fué al párroco, y
en confesion le entregó por una parte seiscientos cincuenta ducados que
debian servir para atender á la manutencion, vestido y educacion de doña
Elvira en un convento, durante trece años, esto es, hasta que cumpliese
los diez y seis, á razon de cincuenta escudos por año: y por otra mil
ducados, que debian servirla de dote, ya eligiese el claustro ó el
matrimonio.

La huerfanita fue llevada por el párroco al convento de santa Isabel la
Real.

Doña Elvira, pues, se habia educado en un convento.

Pero no es en un convento donde mejor puede educarse á una jóven.

Mimaron las buenas madres á doña Elvira, y doña Elvira se hizo
voluntariosa.

Enseñáronla á leer y escribir y un poco de latin, con el objeto de
hacerla monja.

Como educacion de adorno, enseñáronla á cantar monjunamente y á hacer
dulces y flores.

La halagaron, y la hicieron soberbia.

La llamaron hermosa, y la llenaron de vanidad.

Habláronla mal del mundo para que renunciase á él, y doña Elvira ansió
conocer una cosa tan mala.

A los diez y seis años, el deseo de respirar otro aire que el contenido
en las paredes del convento, fue para doña Elvira una necesidad.

Los deseos comprimidos son los mas fuertes, los mas tenaces.

Doña Elvira era alta, esbelta, con cabellos semejantes á sedosas hebras
de oro, frente cándida y pura, ojos celestes como el cielo, y sonrisa
aseñorada, aunque un tanto altiva y amarga.

Era, pues, una dama, en toda la extension de la frase, y á mas de esto
hermosa á maravilla.

La habian dejado espejo, y doña Elvira, despues de haber visto en el
espejo su hermosura, la habia comparado con el aspecto de las buenas
madres, y las habia encontrado pálidas, verdinegras, con ojos hundidos,
bocas lívidas, feas cuanto puede ser fea una mujer que se ha agostado
robada á la naturaleza y al amor: aquellas mujeres, alguna de las cuales
habia sido una flor, se habian transformado en ortigas: doña Elvira se
punzaba dolorosamente á su contacto, y acabó por aborrecerlas: pero
obligada á mostrarse con ellas dulce y cariñosa, habia contraido otro
terrible defecto: se habia hecho hipócrita, falsa, intencionada.

La horrorizaba pronunciar unos votos que debian ligarla por toda la vida
á aquellas mujeres, incrustarla, por decirlo asi, en aquel claustro del
que no debia salir ni aun despues de muerta, una vez pronunciados sus
votos, y á pesar de esto, se mostraba dispuesta á ser monja.

Pero á lo que en verdad estaba predispuesta doña Elvira, era á arrostrar
cualquier locura, por trascendental que fuese, á trueque de escapar de
aquel ataud de vivos.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha al alcaide de Casa y
Córte, Juan de Céspedes, por el marqués de la Guardia, continuaban;
porque las consecuencias de una falta, mejor dicho, de un crímen son
interminables, incalculables.

Aquella burla habia causado la muerte del padre.

[imagen: Doña Elvira de Cespedes.]

Acaso las consecuencias de aquella burla, que eran la burla misma,
debian causar tambien la desgracia de la hija y un infinito número de
crímenes.

Porque un crímen sembrado en el mundo, da generalmente un fruto de
ciento por uno.

Un dia, una parienta de la abadesa se presento en el locutorio. La
abadesa, aficionadísima como todas las monjas á lucir las flores del
convento, llevó consigo al locutorio á doña Elvira.

Pero la parienta de la abadesa no estaba sola; la acompañaba un jóven
caballero, que iba á informarse de las condiciones bajo las cuales
podria habitar algun tiempo en el convento, durante una ausencia de sus
hermanos, una huérfana hermana suya.

Aquel caballero era don Diego de Córdoba y de Válor, que á la sazon
contaba veinte y seis años.

Don Diego de Córdoba y de Válor, era un morisco convertido, hombre de
gran calidad y riqueza; subiendo por el altivo tronco de su árbol
genealógico, se llegaba á los califas Omniades de Córdoba, á los de
Damasco, y por último á la familia del Profeta, del cual descendia por
la madre de aquel hombre extraordinario, conocida entre los musulmanes
bajo el nombre de Fatimah, la santa: inútil es decir que poseedor
legítimo del voluminoso rollo de pergaminos, que tan esclarecida
genealogía justificaban, don Diego de Córdoba era orgulloso cuanto puede
serlo una criatura humana, y tenia mucho del aspecto dominador y de la
palabra breve y despótica que parecia haber recibido como un legado de
raza de sus cien regios ascendientes: pero era por cierto gran lástima
que á tal aprecio de si mismo, á tal soberbia, no hubiese reunido don
Diego las grandes virtudes que han solido resplandecer, formando la
parte luminosa de su carácter, en muchos de los tremendos reyes, de
cuyos nombres está llena la historia de la humanidad esclavizada. Don
Diego era valiente, pero no con el valor espontáneo entusiasta y leal de
los héroes: el valor de don Diego, rayando siempre en la ferocidad y
siempre conducido por una intencion dañina y desleal, era, preciso es
decirlo, el valor del bandido. Era espléndido y generoso, pero jamás
estas prendas produjeron una buena accion: tiraba su dinero con la misma
indiferencia con que se arroja lo que nada vale; jugaba y perdia sumas
enormes sin alterarse ni entristecerse, y del mismo modo sin afan ni
alegría, las ganaba; favorecia á todo el que á él se acercaba, ó por
mejor decir, á todo el que por su vida escandalosa y aventurera y por
sus libres costumbres, habia adquirido la funesta nombradía de
camorrista, burlador, taur ó maton; gustábanle á perder esa clase de
hombres audaces que viven descuidadamente sobre el país y sobre el
presente, sin meterse á considerar quienes eran, de donde venian ni á
donde iban: los lugares de su mas asídua asistencia eran los garitos,
las mancebías y las tabernas, en las que se entraba sin pudor alguno á
la luz del sol, y delante de las gentes, con la frente alta y como
desafiando á la opinion pública; en nada invertia con mas placer su
dinero que en corromper la virtud de las mujeres, produciendo la
vergüenza ó la desesperacion de un padre, de un esposo ó de un amante;
sus mancebas, de las cuales tenia á un tiempo un número escandaloso,
ostentaban un fausto insolente y despues de algun tiempo, abandonadas y
corrompidas, iban á aumentar con sus vicios la hedionda corriente de
cieno que de tal manera inficionó las costumbres de España en el siglo
XVI.

Tal era el primer hombre _del mundo_ que veia ante sí doña Elvira de
Céspedes, y decimos del mundo por que su confesor, el capellan, el
sacristan y el andadero de las monjas, á quienes veia todos los dias,
eran hombres del claustro, y viejos, feos, sucios, en contraposicion de
don Diego de Válor, que era jóven, hermoso, de mirada audaz, gallardo y
riquísimamente vestido.

Don Diego en efecto tenia, como sabemos, una hermana: doña Isabel, y
ademas un hermano menor llamado don Fernando.

Su padre, Muley Mahomad-ebn-Omeya, uno de los walies de Granada que mas
se distinguieron en su juventud en la conquista, habia pasado al
servicio de los Reyes Católicos, se habia convertido bajo el nombre de
don Juan de Córdoba y de Válor, recibiendo en premio una carta de
nobleza y el amayorazgamiento de sus bienes con el título de señor de
Válor, y habia casado, por último, y siendo ya hombre de cierta edad,
con una morisca parienta suya llamada Inés de Rojas.

Esta le habia dado sucesivamente dos hijos y una hija, poco despues de
lo cual murió don Juan, dejando su mayorazgo y su título á Don Diego, y
la curaduría de sus tres hijos á su esposa doña Inés.

Murió esta años adelante, y dejó la tutela de sus hermanos menores á don
Diego.

Parecia, pues, que este iba legítimamente á tratar de la entrada de su
hermana doña Isabel en el convento.

Pero no pensaba ciertamente en ello; era un pretexto: don Diego habia
sabido por el marqués de la Guardia, hombre ya machucho, el mismo de la
burla que mató al padre de doña Elvira, su grande amigo, tan disipado
como él y tan tremendo calavera, aquella historia de desdichas, la
existencia de doña Elvira en el convento de santa Isabel y la fama de su
hermosura.

¿Cómo el marqués de la Guardia no habia visitado nunca á doña Elvira?

La razon era muy sencilla: al procurarla medios de subsistencia, al
dotarla, solo habia pensado en reparar de algun modo una falta: habia
buscado un eclesiástico: le habia entregado como _fidei comiso_ y bajo
confesion aquel dinero, y despues se habia ausentado de Granada con su
esposa.

Durante muchos años anduvo vagando por España é Italia, gastando
gentilmente sus rentas, hasta 1539, en que murió su esposa y se volvió á
Granada viudo y sin hijos, entregándose desde entonces con toda libertad
á los excesos del otoño del calavera, que es la época mas azarosa de la
vida de esta clase de gentes, y durante la cual hacen mas daño á la
sociedad, sobre todo cuando son tan ricos y tan audaces como el marqués
de la Guardia.

Don Diego de Córdoba era una especie de astro entre cierta clase de
gentes en Granada y como el marqués de la Guardia por propension y por
costumbre se fué á buscar aquella clase de gente encontráronse un dia
los dos astros girando en una misma órbita.

Cuando dos hombres de este jaez se encuentran, sucede irremisiblemente
una de estas dos cosas: ó se chocan duramente y se matan, ó se unen y se
hacen camaradas de libertinage.

Esto ultimo aconteció al encontrarse don Diego y el marqués de la
Guardia: el segundo casi doblaba la edad al primero; pero por lo demás
en cuanto á fortuna, conducta y aficiones eran iguales.

Durante dos años fueron en Granada una epidemia social; una de esas
pústulas crónicas y malignas que solo se curan á yerro ó á fuego.

A principios de 1541 y cuando una noche el marqués se preparaba para
salir á una aventura galante, se encontró en su casa con un humilde
acólito que le entregó de parte del cura de la parroquia de san Luis, un
papel en que bajo una enorme cruz se leian estas breves y solemnes
palabras.

«Señor marqués de la Guardia: en este momento me hallo próximo á rendir
el alma al Criador. Hace trece años me entregásteis, bajo confesion,
cierta suma, mediante la cual debia educarse en un convento y dotarse,
llegada que fuese á los diez y seis años, una pobre huérfana. He
cumplido como debia el encargo de vuecelencia; pero estando próximo á
morir, habiendo llegado la época en que doña Elvira entre en el claustro
como religiosa ó vuelva al mundo, un grave deber de conciencia me obliga
á suplicaros que vengais á verme al momento. El dador os guiará. Guarde
Dios á vuecelencia. De mi lecho de muerte á 16 dias del mes de enero,
año de nuestro Señor de 1541.--El licenciado Pero Ponce.»

Dió dos vueltas el marqués á la carta, quedóse pensativo y no sabemos
por qué presentimiento vago, renunció á su aventura y se decidió á ir á
la cita que se le pedia á nombre de una jóven de diez y seis años que
casi podia llamarse su ahijada.

Siguió al acólito y muy pronto estuvo frente al lecho del moribundo.

--Vos por un capricho, por una locura de jóven, le dijo el párroco de
san Luis, á las pocas palabras que hablaron, causásteis la muerte del
padre, no causeis, señor, por impremeditacion la pérdida de la hija:
doña Elvira no ha nacido para el claustro; si abandonada y desesperada
profesa, blasfemará, perderá su alma; si sale del convento sin el apoyo
de una persona que la ame, que la proteja, se perderá porque es hermosa;
pero aun es tiempo, velad por ella, salvadla: no está pervertida, tiene
un corazon ardiente, impresionable... vos, señor, que aun sois jóven,
que aun podeis haceros amar, ¿por qué no embelleceis el otoño de
vuestra vida con el amor de esa niña haciéndola vuestra esposa?

--¿En qué convento vive? dijo profundamente pensativo el marqués.

--En el de santa Isabel la Real.

--¿Y decis que es hermosa y digna de un caballero?

--Os lo juro, señor, y os digo mas: la amo como á una hija y no moriré
tranquilo sino me jurais que vos, que hoy sois su padre adoptivo, la
amparareis.

--Esa jóven corre por mi cuenta, dijo el marqués pronunciando estas
vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular.

--¿Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? ¿quereis que os dé
un testimonio de lo que habeis hecho por ella?

--No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por
ella.

--¡Oh! ¡que generoso sois señor! Dios os bendiga.

--Dejad la tutela de esa jóven á la abadesa.

--Lo haré así.

--Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo
satisfaga por vos.

--¡Ah! no señor; desgraciadamente quedé huérfano y sin pariente alguno
muy jóven; he vivido consagrado á mi ministerio y nada tengo que hacer
mas que legar la mitad de mis cortos ahorros á los pobres, la otra mitad
á doña Elvira, á doña Elvira que es mi corazon, señor, añadió el buen
sacerdote mirando de una manera anhelante al marqués.

--Descuidad, descuidad en mí, señor licenciado; si Dios ha dispuesto que
murais, morid tranquilo: si en mí consiste doña Elvira será feliz.

--¡Oh! ¡gracias, gracias! ¡ahora dejad que os bendiga!

El marqués mas por costumbre que por veneracion, dobló una rodilla y el
sacerdote bendijo con mano trémula y moribunda aquella cabeza llena de
vacios pensamientos, que en aquel mismo punto agitaba algo horrible
dentro de sí respecto á la pobre huérfana, que era tan jóven y tan
hermosa.

       *       *       *       *       *

El marqués de la Guardia, pues, no habia sabido hasta entonces el
paradero de la hija de Juan de Céspedes y por lo tanto no habia podido
visitarla.

Aquella misma noche en uno de los lugares _escéntricos_ en que se
encontraban todos los dias el marqués de la Guardia y don Diego de
Válor, frente á frente y vaso en mano, hablaban con la mayor
irreverencia del mundo, del legado que habia dejado el párroco de san
Luis al marqués.

--Pero formalmente don Gabriel, decia al marqués que así se llamaba, don
Diego, ¿estais resuelto á hacer _dichosa_ á esa muchacha?

--¿Y por qué no? dijo don Gabriel Coloma, que este era el apellido del
noble marqués, aun no he cumplido cuarenta años; paso aun entre los
buenos galanes sin que las damas reparen en la diferencia, y, sobre
todo, esa aventura tiene para mí un encanto misterioso, un no sé qué
seductor; decididamente, mañana voy al convento, pasado mañana la saco,
al dia siguiente...

--¿Qué la sacais? ¿creeis que ella se prestará á huir con vos?

--¡Huir! la sacaré con los derechos que me asisten.

--¡Los derechos! indudablemente los teneis: pero nadie los conoce mas
que el cura de san Luis, y ha muerto.

--¡Diablo! ¡es verdad!

--De modo que para doña Elvira sois un desconocido como otro cualquiera.

--¡Diablo! ¡diablo!

--Y como supongo que no os querreis casar con ella...

--¡Por Cristo vivo! hartos sinsabores me dió mi difunta, para que yo
piense en casarme de nuevo... la haré mi querida.

--¡Ah! dijo don Diego; pero se me figura...

--¿Qué?

--Que si habeis de contar con doña Elvira para que abandone por vos el
convento, empresa acometeis.

Picóse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se creía, recordando
sus buenos tiempos y fiando demasiado en el éxito que le procuraban sus
doblones entre las mujeres, un seductor irresistible.

--¿Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo.

--¿Qué cosa?

--Una apuesta.

--¿A propósito de qué?...

--Acometamos los dos esta empresa.

--Acepto.

--Vos no conoceis á Doña Elvira mas que lo que la conozco yo. Como yo
sabeis que está en el convento de santa Isabel la Real, que es huérfana,
que está bajo la tutela de la abadesa.

--Muy bien: ¿y qué apostamos?

--Vuestro caballo _Infante_, contra mi yegua _Niña_.

--Es decir que si os gano, me quedo con vuestra protegida y con vuestra
yegua.

--Cabalmente.

--Determinemos la apuesta.

--El que saque del convento legítimamente ó no á doña Elvira, en una
palabra, el que sea preferido por ella, gana.

--Aceptado.

--¿En cuánto tiempo?

--En quince dias, dijo don Diego de Válor.

--Sea en quince dias.

--Ademas hagamos otra apuesta, dijo don Diego, que era muy previsor.

--¿Cuál?

--Podrá suceder que para sacar á doña Elvira del convento sea necesario
casarse con ella.

--¡Diablo!

--Yo lo preveo todo: una vez empeñados, no repararemos en nada, y como
es hidalga y hermosa, y entrambos estamos libres... ¿quién sabe?...

--Teneis razon.

--En el caso que vos ganárais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con
vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procuraré
soplaros la dama ó la mujer.

--Lo mismo procuraré yo, don Diego, si la suerte os favorece.

--Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta
será vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnífica espada de
Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada.

--Sea.

--Pero si doña Elvira fuese esposa de uno de los dos...

--Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida á estocadas.

--Me habeis comprendido.

Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no
volvieron á hablar de aquel asunto.

Cuando se separaron, don Diego recordó que tenia una parienta amiga de
la abadesa de santa Isabel la Real; fuése á su casa muy temprano, á la
hora en que la buena señora oia su misa cotidiana, y la expuso la
necesidad que tenia de depositar por algun tiempo á su hermana doña
Isabel en un convento.

La anciana parienta se prestó y despues de la misa fueron al locutorio.

La casualidad favoreció á don Diego.

Como sabemos, la abadesa llevó consigo al locutorio á doña Elvira.

Vióse esta mirada por la primera vez de una manera ardiente; vió tambien
por la primera vez de su vida á un hombre que era casi tan hermoso como
ella, y se enamoró.

Don Diego, por su parte, se enamoró tambien.

Aquella misma tarde el andadero del convento tuvo medio de poner en las
manos de doña Elvira una carta de don Diego.

Aquella carta encerraba las primeras palabras de amor que se habian
dirigido por un hombre á doña Elvira.

Esta, sin embargo, no contestó.

Al dia siguiente la abadesa llamó á su celda á doña Elvira, y la dijo
toda trémula y asustada que el marqués de la Guardia la pedia por
esposa.

Doña Elvira dijo que no conocia al marqués, y que no pensaba casarse con
él.

Aquella tarde el andadero dió á doña Elvira dos cartas: la una era de
don Diego de Válor, la otra del marqués.

La jóven entregó esta última rasgada al andadero para que la devolviese
á don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Válor.

Esta última decia únicamente:

«Caballero: el señor marqués de la Guardia, á quien no conozco, ha
pedido á la madre abadesa mi mano. Vos decís que me amais, ¿por qué no
haceis lo mismo?--Elvira de Céspedes.»

Don Diego se habia enamorado perdidamente de doña Elvira, y habia
comprendido á la primera ojeada que la jóven no saldria del convento
sino por la puerta del matrimonio.

Esta certidumbre dió por resultado que dos dias despues la abadesa
llamase de nuevo á doña Elvira á su celda y que la dijese muy tranquila,
por qué su primera negativa á una demanda de matrimonio la habia hecho
creer en la vocacion de la jóven al claustro, que don Diego de Córdoba y
de Válor la pretendia por esposa.

Doña Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contestó
poniéndose encendida como una guinda:

--Decid á ese caballero, que le acepto por esposo.

       *       *       *       *       *

Ocho dias despues el marqués de la Guardia envió con un escudero suyo á
don Diego de Válor su yegua _Niña_, enjaezada con un caparazon de
brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas
de plata cincelada.

A mas de esto, en el caparazon, y dentro de ricas fundas iban dos
magníficas pistolas cargadas.

--Comprendo: dijo para sí don Diego de Válor al ver las pistolas, y al
reparar que iban cargadas: he ganado la primera apuesta casándome con
doña Elvira, y estamos empeñados en la segunda: veremos quien á quien.

Por su parte el marqués habia dicho al poner las pistolas en el
caparazon:

--Le he criado, como quien dice, la novia, se la he dotado, le pago con
mi mejor vicho una apuesta perdida... mil doscientos cincuenta ducados
por una parte... mil trescientos valor de la yegua, por otra... dos mil
los jaeces y las pistolas... cuatro mil seiscientos cincuenta ducados en
suma... pues señor, es preciso que yo me cobre de todo esto en su mujer.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha por el marqués al
difunto padre de doña Elvira, continuaban en una progresion horrible.

Una vez casada se reveló el verdadero carácter de doña Elvira.

Era una mujer altiva y dura, y al poco tiempo de casada, apenas lanzada
la influencia del convento, á las primeras lecciones recibidas del
mundo, se convirtió en una de esas personas que todo lo calculan bajo el
influjo de la mas descarnada razon; no amaba á don Diego: habíase casado
únicamente con él para salir del convento, que la horrorizaba, pero como
jamás habia amado no se habia visto obligada á hacer ningun sacrificio:
ella era extremadamente hermosa y estaba muy pagada de sí misma; pero en
cambio don Diego era un mancebo hermosísimo, que sino interesaba su
corazon conmovia sus sentidos; en una palabra, aunque el alma de doña
Elvira no acogia á don Diego, sus deseos la arrastraban á él: los
primeros meses, pues, del matrimonio de estos dos seres tan semejantes
entre sí, que nunca debieron haberse casado, fueron un continuo delirio.
Pero no era don Diego hombre á quien pudiesen fijar, apartándole de sus
viciosas inclinaciones, la virtud, la hermosura y las candentes caricias
de una mujer tal como doña Elvira: paso á paso don Diego fue volviendo á
su antigua vida, y como jamás se habia recatado del mundo, no se recató
de su esposa: la altiva doña Elvira no era mujer que mirase sin un
ardiente deseo de venganza la ofensa hecha á su hermosura, á su orgullo:
desapareció enteramente el amor material que le habia inspirado don
Diego, y solo pensó en vengarse: una herida en el orgullo se paga con
otra herida semejante: doña Elvira dejó de ser la hasta entonces honesta
y malcarada dueña, y tuvo sonrisas para adoradores que ya habian
desesperado, no solo de obtenerla sino aun de ser mirados sin enojo:
entre ellos el marqués de la Guardia se habia dado por vencido y habia
dicho á don Diego á los tres años despues de su casamiento:

--Amigo mio: podeis llamaros feliz: apostamos á bulto sin conocerla
acerca de doña Elvira, y encontrásteis en ella una niña hermosísima de
quien os hicísteis amar: me ganásteis pues, la primera apuesta: la
hermosa jóven ha sido y es una mujer fuerte: aunque la dais mala vida,
os ama y guarda vuestro honor, á pesar de que, sin contar conmigo, que
la he pretendido de mil maneras, la han rodeado los galanes mas
peligrosos. He perdido mi segunda apuesta y vuestro es mi coselete de
Milan. Sin embargo no lo siento; vuestra mujer me ha dado el ejemplo de
las mujeres santas en el matrimonio, y yo voy á buscar otra semejante,
por mejor decir la he encontrado ya: os convido, pues, á mi segunda boda
dentro de ocho dias. Llevad con vos á vuestra mujer.

Y el marqués y don Diego se estrecharon las manos y bebieron como el dia
en que habian hecho la apuesta.

Doña Elvira á pesar de su orgullo ofendido y de su determinacion de
tomar en el honor de su esposo unas terribles represalias, nada hizo que
pudiera ofender á la honra de don Diego.

Es cierto que durante algunos dias coqueteó y estuvo comunicativa,
risueña y amable con mas de un enamorado; pero de repente, volvió á su
antigua austeridad, ó como podriamos decir valiéndonos de una figura: el
sol de sus favores se ocultó de nuevo tras una sombría nube.

¿Consistia esto en que doña Elvira comprendiese que las mayores faltas
en un marido, los mas crueles tratamientos, las mas profundas heridas en
el corazon y en la vanidad, no autorizan á la esposa para ser adúltera?

No por cierto: esto consistia en que doña Elvira era mujer, en que como
mujer estaba propensa á amar, y en que el hielo que cubria su corazon se
habia disuelto bajo el intenso fuego de su amor hácia un hombre.

Doña Elvira amaba con toda la violencia de su carácter voluntarioso:
pero bajo un profundo disimulo, mejor diremos hipocresía, habia guardado
aquel amor que nadie, ni aun el mismo objeto amado habia llegado á
conocer.

Vamos á decir á nuestros lectores quien era el objeto de aquel amor.

Por el mismo tiempo que el desenfreno y el libertinaje de don Diego,
habian impulsado á doña Elvira á una resolucion desesperada, conoció al
hombre que debia fijar su destino.

Un dia le habia visto en misa en la colegiata de San Salvador: era un
jóven como de diez y nueve á veinte años, pero ya perfectamente formado,
blanco pálido, de frente noble y pensadora, y ojos negros y
profundamente melancólicos.

Se habian encontrado en la pila del agua bendita: luego hizo la
casualidad, causadora de tantas desdichas, que se encontraran colocados
frente á frente en los escaños.

Aquel dia puede decirse que doña Elvira no oyó misa; el jóven por su
parte no mostró tampoco mucha devocion, pero no fue doña Elvira la
causa: ni una sola vez la habia mirado, á pesar de que doña Elvira era
una mujer demasiado notable por su hermosura, para que no se reparase en
ella.

La indiferencia es uno de los medios mas eficaces que pueden emplearse
para la conquista de ciertas mujeres: cuando la indiferencia es
verdadera, la mujer que de tal modo se contempla impotente acaba por
contraer una pasion incalculable por el hombre á quien de tal modo es
indiferente. Una fea suele resignarse por que comprende la causa de
aquella indiferencia: á una hermosa infatuada con su hermosura, como lo
estaba doña Elvira, acostumbrada á ser adorada por todos, la
indiferencia del hombre á quien ama la vuelve loca.

Doña Elvira vió durante tres años, pero siempre en la estacion del
verano, al indiferente jóven en la misa de doce de la iglesia del
Salvador: siempre habia notado la misma indiferencia en él, y estaba
resuelta á romper por todo, cuando al abrir su marido la puerta de su
casa para asistir al casamiento de su hermana doña Isabel le encontró en
el dintel.

Porque el hombre de quien tan locamente enamorada estaba doña Elvira,
era Yaye ebn-Al-Hhamar.

Esto esplica por qué una palidez profunda cubrió al verle el rostro de
doña Elvira: veamos ahora en que consistia la estrañeza y aun el temor
que se habia pintado en el rostro de don Diego al ver á Yaye.

Don Diego sabia, porque no podia menos de saberlo, puesto que por el
matrimonio con su tia doña Ana habia emparentado con su familia Yuzuf,
que este, emir de los monfíes, embreñado en las Alpujarras y dueño de la
fuerza, tenía adquiridos derechos á la corona de Granada.

Sabia además, lo que Yuzuf no habia tenido ocasion de decir á Yaye, esto
es que el casamiento de Yuzuf con doña Ana de Córdoba y de Válor habia
sido una verdadera alianza, una refundicion de derechos.

Su padre don Juan de Válor habia estipulado solemnemente con Yuzuf que
si de su casamiento con doña Ana tenia un hijo, este hijo casaria con
una hija de los Válor, ó viceversa que, si cuando el hijo ó la hija de
Yuzuf y de Ana llegasen á la edad de contraer matrimonio, no pudiese
este efectuarse por carencia de varon ó de hembra hija ó nieta de don
Juan, en la familia, el pacto quedaría roto, y cada familia de por sí,
la de los Al-Hhamar y la de los Beni-Omeyas podrian cuestionar su
derecho.

Ahora bien: don Juan de Válor, hermano de doña Ana, habia tenido dos
hijos y una hija: don Diego, don Fernando y doña Isabel: Yuzuf al-Hhamar
habia tenido un hijo: Yaye; don Juan de Válor y Yuzuf, habian contratado
solemnemente el matrimonio de doña Isabel con Yaye, y al morir don Juan
habia encargado expresamente en su testamento á su hijo primogénito don
Diego que procurase por cuantos medios estuviesen á su alcance, cumplir
aquel contrato matrimonial.

Don Diego habia quedado al frente de la casa como tutor de sus hermanos:
al casarse con doña Elvira, por amor á su hermana doña Isabel no quiso
que viviese á su lado bajo la férula de su esposa. Puso casa á parte y
dejó en el solar paterno á doña Isabel al amparo de su hermano don
Fernando, aun soltero, y bajo la guarda de una respetable dueña.

Todos los años en las largas temporadas que Yuzuf pasaba en Granada,
guardando todas las apariencias de un morisco convertido, don Diego
comunicaba con él: hablaban como individuos de una misma familia, de las
esperanzas de recobrar la perdida libertad, de sus proyectos domésticos
y entre ellos del matrimonio concertado entre Yaye y su hermana doña
Isabel.

Don Diego no conocia á su primo: siempre que espresaba á Yuzuf el deseo
de conocerle, Yuzuf le contestaba:

--Cuando yo haya puesto mi corona sobre la frente de mi hijo, y tu
hermana haya sido su esposa, le conoceras.

Don Diego se veia obligado á satisfacer con estas palabras brevísimas
del inexorable anciano su curiosidad por conocer á su primo.

Pero aconteció que un dia Yuzuf compró en el barrio del Zenete de
Granada una hermosa casa que lindaba con la en que vivia doña Isabel.
Aquella casa fue suntuosamente alhajada y un mes despues fueron á vivir
á ella un anciano y un jóven.

El anciano era Abd-el-Gewar, y don Diego le conocia como uno de los
servidores mas allegados del emir; el jóven era Yaye, pero don Diego no
le conocia.

La circunstancia de ser Abd-el-Gewar ayo de Yaye, la frecuencia con que
entraba en la casa Yuzuf y el extremado amor con que trataba al jóven,
hicieron sospechar á don Diego si Yaye era hijo del emir.

Pero prudente como se lo aconsejaba la reserva del anciano, guardó sus
sospechas y solo se redujo á observar si aquella mudanza tan cerca de su
casa, tendria por objeto el que los dos jóvenes se conociesen y se
amasen espontáneamente antes de saber que estaban destinados desde antes
de su nacimiento el uno para el otro.

Don Diego observó que Abd-el-Gewar y Yaye solo estaban en Granada
durante el verano; pretendió averiguar la causa de estas ausencias
periódicas, y supo que el señor Juan de Andrade, cuyos padres no se
conocian, y que estaba confiado al cuidado de Abd-el-Gewar, era
estudiante en Salamanca: esto desvaneció sus sospechas. Don Diego no
podia comprender que Yuzuf destinase á su hijo á clérigo ó á oidor;
pensar en esto era absurdo; pero observó sí, que su hermana doña Isabel
pasaba los meses del invierno triste v retirada, y que á la venida del
verano ó por mejor decir de Yaye, se hacia mas comunicativa y alegre.

Don Diego quiso saber si habia amoríos entre el estudiante Juan de
Andrade y su hermana. Nada consiguió. La dueña, encubridora de doña
Isabel, ó ignorante de sus amores con Yaye, le afirmó que su hermana no
amaba á nadie, ni pensaba amar: y en cuanto á su hermano don Fernando no
habia visto rondaduras en la calle ni nada que demostrase que hubiese
galan, enamorando á doña Isabel.

Don Diego se cansó al fin de unas pesquisas que nada le habian revelado,
y se resignó á esperar á que el emir de los monfíes sacase á luz á su
misterioso hijo.

Pero entre tanto se cruzó un incidente en el proyectado enlace, que vino
á probar que el hombre propone y Dios dispone.

Don Diego vivia en completa comunicacion con Yuzuf, en la continua y
sorda conspiracion que sostenian los moriscos contra los cristianos,
como todo pueblo vencido contra su vencedor.

El hombre que mas confianza inspiraba á don Diego para ser portador de
sus cartas y mensages á Yuzuf, era un morisco llamado Miguel Lopez entre
los cristianos, y entre los moriscos Xerif-aben-Aboó.

Era un morisco de buen linage, pero poco considerado por sus costumbres
licenciosas: apreciábase el solo por su valor, y por su ciego odio á
los cristianos. Tenia otra cualidad recomendable: una reserva sin
límites, y una actividad suma para todos los negocios que tenian
relacion con la libertad de su patria.

Por estas dos cualidades se servia de él don Diego.

Entraba Miguel Lopez libremente tanto en la casa de este como en la de
su hermano don Fernando, y habia tenido ocasion de ver una y otra y cien
veces á doña Isabel.

Miguel Lopez se enamoró de ella.

Pero al enamorarse comprendió que tenia ya cuarenta años, que era mas
que medianamente feo y zafio, y ademas, que el orgulloso don Diego de
Válor, jamás consentiria en darle una hermana suya siendo como era
pobre, y estando ademas oscurecido y en la humillante condicion de un
hombre que sirve por un salario.

Miguel Lopez procuró dominar su amor: pero su amor pudo mas que él y le
dominó.

Entonces Miguel Lopez pensó que un pobre y un criado cuando sirve en
ciertos negocios, es un cómplice de su amo, y que un cómplice puede
hacerse á veces tan temible, que no pueda negársele nada.

Miguel Lopez meditó y tramó un plan diabólico, y cuando estuvo seguro de
su éxito, se presentó una mañanita, muy de mañana, en casa de don Diego.

--Tengo que hablaros á solas, le dijo.

Pensó don Diego que se trataba de alguno de los asuntos en que
comunmente empleaba á Lopez, y se encerró con él.

--¿De qué se trata? dijo don Diego.

--Trátase, contestó Miguel Lopez, entrando de lleno y bruscamente en el
asunto, de que es necesario que me deis por mujer á vuestra hermana doña
Isabel.

Don Diego ofendido gravemente por la extraña é insolente proposicion de
Miguel Lopez, se sorprendió y adoptó para con su hasta entonces
confidente, una actitud altiva y despreciadora que nunca habia usado. El
noble señor se erguia ante la insolente demanda del siervo, y en aquella
altivez habia mucho de amenaza.

Miguel Lopez no se desconcertó.

--Sabia, dijo á don Diego, de qué modo habiais de recibir mi peticion:
hace mucho tiempo que habia pensado en ello y no os he pedido á vuestra
hermana hasta estar seguro de que no me la podiais negar.

--¡Me amenazais! contestó con acento reconcentrado don Diego.

--No os amenazo: os advierto.

--¿Y de qué me advertis?

--De que si no me dais vuestra hermana, yo daré al rey vuestra cabeza.

Un rayo de luz, pero un rayo de luz sombría, iluminó la inteligencia de
don Diego; comprendió que su hasta entonces fiel y dócil instrumento se
le rebelaba, y abusando de su confianza le imponia condiciones.

Don Diego era hombre de mundo, y se puso á la altura de la situacion:
ocultó la cólera que hervia en su corazon bajo un semblante impasible, y
dijo friamente á Miguel Lopez.

--¿Es decir, que estais resuelto á obligarme á que... os entregue mi
hermana?

--Decidido de todo punto.

--Y decidme: ¿contais con poder bastante para obligarme? ¿habeis
meditado bien las consecuencias de la lucha á que me retais?

--Todo lo he meditado, y os afirmo que cuento con tanto poder, que estoy
seguro no solo de venceros, sino de teneros sujeto.

--Veamos vuestros medios.

--¡Mis medios! la última carta que me dísteis para el emir de los
monfíes de las Alpujarras.

Don Diego se aterró, y por mas que quiso dominarse, palideció
densamente: de tal importancia era la carta á que se referia Miguel
Lopez; tan graves los secretos que en ella estaban consignados, que
bastaban para perderle. Impaciente don Diego, estimulaba en aquella
carta al emir para una sublevacion de los moriscos apoyada por los
turcos, que decia ser de todo punto necesaria, en atencion á que la
presion de los españoles se hacia cada dia mas insoportable.

--¿Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que
esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo?

--En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien
para entrar en batalla conmigo.

--Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel
Lopez.

--¿Quereis decirme cuál?

--Ganar tiempo ofreciéndome que vuestra hermana será mi mujer, y huir
despues con ella y con vuestra familia á las Alpujarras. Asi perderiais
una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais
tres á saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues
la vida, y en fin la honra.

--¡La honra! exclamó don Diego no pudiendo contenerse ya y levantándose
con ímpetu; habeis dicho la honra.

--Sí, la honra he dicho, porque si no casais conmigo á vuestra hermana,
ella se irá con otro.

--¡Hablad! ¡hablad! ¡explicadme eso... que no comprendo!...

--¡Ya se ve...! ¡son tan calladas las dueñas y las doncellas de vuestra
hermana! ¡tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido
apercibirse de lo que yo me he apercibido!

--¿Y de qué os habeis apercibido vos?

--Yo... ¡bah! me he apercibido de muchas cosas. En primer lugar, me he
apercibido de que vuestra hermana espera todas las tardes asomada á las
celosías de sus ventanas á un gallardo mancebo: que el mancebo, que es
su vecino, antes de entrar en la casa la saluda: además que se ven y se
hablan por cierta galería que da á los jardines: lo primero lo he visto
oculto en una de las casas de la calle del Zenete, lo segundo desde un
mirador de otra casa desde donde se descubren los jardines de la casa de
vuestro hermano don Fernando, y de la de el tal mancebo.

--¿Y podria ver yo eso mismo?

--Cuando querais: pero dejadme que concluya de deciros otras cosas que
he descubierto; por ejemplo, el poderoso emir de los monfíes
Yuzuf-Al-Hhamar viene con mucha frecuencia á Granada: cuando viene se le
ve acompañado muchas veces de Abd-el-Gewar, y de ese mancebo que se
llama el señor Juan de Andrade. ¿No os parece que el emir trata con
demasiado amor á ese jóven para que sabiendo que tiene un hijo á quien
nadie ha visto ni conoce, se crea que el señor Juan de Andrade es su
hijo?

Miguel Lopez acababa de avivar las sospechas que acerca del mismo asunto
habia tenido don Diego.

--Ademas, ya sabeis que yo sé, que por el testamento de vuestro padre
estais obligado á casar á vuestra hermana con el hijo del emir de los
monfíes de las Alpujarras; el emir es un hombre que se ha criado como
quien dice entre cristianos, y que entre ellos ha adquirido unas ideas
muy extravagantes. El emir ha querido sin duda que los dos jóvenes se
amen antes de conocer su verdadera posicion. El emir ha conseguido que
se amen aproximándolos el uno al otro; pero el emir no sabe otra cosa
que yo he descubierto, á saber: que el señor Juan de Andrade podia
querer á vuestra hermana como manceba, pero como esposa nunca... porque
os desprecia... os aborrece... os llama los renegados.

--¡Miguel Lopez! exclamó don Diego enteramente fuera de sí.

--No os irriteis y meditad á sangre fria: dándome vuestra hermana
salvais á un tiempo la hacienda, la vida y la honra: es cierto que os
exponeis á la enemistad del emir, pero el emir es generoso y se
contentará con despreciaros. Del otro lado teneis mi venganza, que yo os
juro que no os perdonará.

--¿Y no creeis que tenga otro medio de librarme de todas esas afrentosas
condiciones?

--Uno solo podiais tener si yo no fuera previsor: matarme. Pero el
matarme os perderia, porque la carta que os pone á mi merced, no está en
mi poder, sino en poder de quien, si me sucede una desgracia, la
presentará al presidente de la Chancillería.

Don Diego comprendió que estaba enteramente cogido.

--Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo á Miguel Lopez.

--Tomaos si quereis cuarenta y ocho ó ciento. No me corre gran prisa.

--Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto.

--¡Ah! ¿quereis ver si vuestra hermana ama al señor Juan de Andrade? En
buen hora. Id mañana al amanecer á mi casa. Entre tanto, que os guarde
Dios: os dejo en libertad para que mediteis.

Y salió.

Por mas que meditó don Diego no encontró medio para salir del atolladero
en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que
le dió, solo encontró una solucion: la de casar á su hermana con aquel
bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible.

Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompañado de Miguel, vió desde
una de las celosías de una casa situada á espaldas de la de su hermana,
á Yaye y á Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus
respectivas galerías.

Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el
jardin Yaye é Isabel.

Don Diego apremiado por Miguel, le concedió sin condiciones, y con un
cuantioso dote la mano de su hermana.

Don Diego vendia cobardemente á la pobre Isabel.

Isabel se vió intimada de una manera dura á casarse con Miguel Lopez;
entonces en su desesperacion pensó en huir con Yaye y le citó y le
arrojó la llave del postigo del jardin.

Don Diego vió el significativo arrojo de la llave desde su acechadero.

Aquella noche don Diego y Miguel entraron furtivamente en el jardin de
la casa de don Fernando, y ocultos tras un cenador de jazmines
presenciaron la breve y desgarradora escena habida entre Yaye é Isabel.

Don Diego activó las bodas, contando ya con el asentimiento que la
desesperacion habia arrancado á su hermana.

El mismo dia y á la misma hora en que iba á celebrarse el casamiento,
Yaye habia aparecido de repente pálido y convulso ante don Diego.

Hé aquí la razon de que, al ver al jóven, don Diego se sorprendiese y se
aterrase.

Volvamos á aquella situacion.

--Creo no equivocarme dijo Yaye descubriéndose cortesmente, con el
rostro densamente pálido, y con la voz temblorosa por una cólera mal
contenida, creo no equivocarme creyendo que hablo con don Diego de
Córdoba, señor de Válor.

--Asi es, caballero, contestó don Diego descubriéndose á su vez y con un
duro acento de extrañeza: creo tambien no equivocarme creyendo que vos
sois el señor Juan de Andrade.

--Necesito de todo punto hablaros, dijo con precipitacion Yaye.

--¿Y no podriamos hablar en otra ocasion? porque ahora, siento
decíroslo, me esperan para un asunto muy importante: doña Isabel mi
hermana se casa, me esperan en la iglesia.

--Pues porque vuestra hermana se casa, es cabalmente por lo que me urge
hablaros: es necesario que ese casamiento no se haga.

--No comprendo caballero, dijo palideciendo con la palidez de la
irritacion don Diego de Córdoba, con qué derecho pretendeis ser
importuno en esta ocasion.

--Leed, dijo Yaye, sacando de un bolsillo de sus gregüescos la carta que
la noche antes le habia dado su padre.

--Permitid que os diga que vuestra tenacidad raya en ofensiva: no tengo
tiempo; venid mas tarde.

--Leed lo que os escribe mi padre Yuzuf Al-Hhamar: leed: os lo mando yo,
yo el emir de los monfíes.

Y al decir estas palabras, que pronunció con la arrogancia de un rey que
amenaza, pero en acento tan bajo que solo pudo ser oido por don Diego,
Yaye se cubrió como un superior delante de su inferior.

Don Diego por inadvertencia ó por asombro, permaneció descubierto, fijó
una mirada atónita en Yaye, y quedó enmudecido por la sorpresa.

Al fin se rehizo, tomó la carta, reparó en que Yaye se habia cubierto,
se cubrió, abrió el pliego y leyó.

Apenas hubo leido algunos renglones de aquel escrito, que lo estaba en
árabe, se volvió, infinitamente mas pálido y convulso á uno de sus
servidores.

--Ayala, le dijo en voz baja, id al momento á la colegiata del Salvador,
llamad aparte al licenciado Periañez, y decidle que dé la bendicion á
los novios en el momento; que para que no se extrañe mi falta invente
cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento.

El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no
tenian á deshonra servir á los grandes señores en aquellos tiempos,
partió.

--Y vos doña Elvira, añadió don Diego, volviéndose á la dama que hasta
entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena,
volveos á vuestros aposentos. Vosotros idos, añadió dirigiéndose á la
servidumbre y vos caballero seguidme.

--¿Y no seria mejor que nosotros mismos fuésemos? dijo Yaye sin moverse
de su sitio.

--No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria
producir un escándalo, y luego... mi mensaje se obedecerá.

--Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida.

--Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por
casualidad fuera imposible... quejaos á vos mismo, primo. Ahora venid.

Yaye cedió, y siguió á don Diego: en su preocupacion no reparó que el
berberisco Kaib, habia seguido á Ayala en el momento que este habia
salido de la casa para cumplir el encargo de su señor.



CAPITULO VII.

En que se relatan extraños é importantes sucesos.


Doña Elvira saludó ceremoniosamente á su esposo cuando este la mandó que
volviese á sus aposentos, arrojó una última mirada á Yaye, y acompañada
de dos doncellas, subió unas descomunales escaleras, atravesó un ancho
corredor, abrió una mampara de marroquí rojo, atravesó una rica
antecámara, entró en una magnífica cámara y sentándose en un sillon,
dijo á sus doncellas:

--Dejadme sola.

Las doncellas salieron: mientras resonaron sus pasos doña Elvira
permaneció inmóvil en el sillon donde se habia sentado, y profundamente
pensativa; luego cuando el ruido de los pasos de las doncellas se
hubieron extinguido en las habitaciones interiores, se levantó, atravesó
la puerta por donde aquellas habian salido y cerró por dentro otra
segunda puerta, despues volvió á la cámara y se fué en derechura á un
gigantesco espejo de Venecia, que la reprodujo por entero.

Doña Elvira lanzó una mirada ansiosa al espejo, ese confidente de la
mujer que tanto podria revelar si Dios por un milagro le animase y le
diese memoria y voz.

Luego atravesó en paso leve y furtivo la cámara, abrió silenciosamente
una puerta y entró en un retrete oscuro.

Una vez allí se colocó tras el tapiz de una puerta.

Desde allí se veia una habitacion de hombre; pero bella y ricamente
alhajada.

En aquella habitacion habia dos hombres que acababan de entrar.

Don Diego de Córdoba y de Válor, y Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El jóven estaba cubierto aun del polvo del camino, pero su trage era muy
bello, le caia muy bien y sobre todo ganaba sobre su gallarda y esbelta
persona.

Estaba cansado, anhelante, dominado por una ansiedad profunda,
densamente pálido, y con la mirada impregnada de una ardiente
melancolía.

Doña Elvira no le habia visto nunca tan hermoso, y sintió que el corazon
se la comprimia, se la desgarraba; nunca habia sufrido tanto.

Don Diego estaba visiblemente contrariado.

Notábase que sentia respeto y aun temor delante de Yaye, como si se
hubiera encontrado delante de un rey á quien hubiese tenido que rendir
estrecha cuenta de sus acciones.

En efecto, considerando que Yaye era rey de los monfíes por la
abdicacion de su padre, abdicacion que Yuzuf participaba á don Diego en
la carta que le habia entregado Yaye, don Diego se veia obligado á
respetarle: el valor indomable y tenaz, los sacrificios por la patria,
la conservacion de las tradiciones de su ley, todo daba á los monfíes un
prestigio merecido entre los moriscos y á su rey un poder terrible.

Por lo tanto y en cierto modo, don Diego ante Yaye era un vasallo y un
vasallo culpable.

Porque don Diego creia, que al reconocer Yuzuf á su hijo, al entregarle
su corona, le habria revelado el contrato que existía entre las dos
familias, contrato á que don Diego habia faltado entregando su hermana á
otro hombre.

Lo que don Diego no podia comprender era cómo Yaye, que dos noches antes
habia despreciado la mano de su hermana, se mostraba entonces tan
ansioso de ella.

De lo que no podia dudar don Diego, era de que Yaye estaba perdidamente
enamorado de doña Isabel.

Esta certidumbre le aterraba porque preveía fatales consecuencias.

Durante algun tiempo, guardó silencio. Yaye se habia sentado y estaba
cubierto. Don Diego permanecia descubierto y de pié. Doña Elvira que
conocia la altivez de su marido no sabia explicarse la causa de aquella
posicion humillante á que don Diego se resignaba.

--Espero, dijo Yaye al fin, que contareis con medios bastantes para
impedir ese casamiento, y que no me obligareis á tomar en vos una
venganza implacable.

--Estad seguro, señor, de que sino hubiesen mediado gravísimas razones,
yo nunca me hubiera atrevido á faltar por mi parte al solemne convenio
celebrado por nuestros padres, y mediante el cual vuestro casamiento con
mi hermana era una cosa decidida.

--¡Cómo! ¿existia un convenio entre nuestros padres? exclamó con
violencia Yaye, ¿y vos os habeis atrevido...?

La voz de Yaye temblaba, se habia puesto de pié y miraba de una manera
amenazadora á don Diego.

--Escuchadme, señor, y no me condeneis sin oirme.

--Antes de conocer á mi padre, cuando solo me creia moro, me inspirábais
aversion como renegado: ahora que sé de quien soy hijo, ahora que el
poder de mi padre ha pasado á mis manos, encuentro que á mas de renegado
sois traidor.

--Mi traicion es hija de un horrible compromiso, dijo todo desconcertado
don Diego: no sabeis hasta que punto he sido engañado por ese infame
Miguel Lopez: pero no importa: Ayala habrá llegado: de todos modos hasta
que yo hubiera ido no se hubiera efectuado el casamiento: yo soy su
hermano mayor, su padre en una palabra...

--¡Y la habeis vendido...! ¡la habeis obligado!

--Me hallé vendido y obligado, señor; ese Miguel Lopez es un morisco
renegado, un infame delator... tiene papeles que me comprometen...
papeles escritos por mí á vuestro padre... papeles que no sé en poder de
quién estan: de otro modo ya hubiéramos encontrado medio de deshacernos
de ese hombre... ¿quién habia de pensar, que vos, el amante de mi
hermana, habiais de presentaros para decirme: dame tu hermana Isabel,
porque yo soy el poderoso emir de los monfíes?

--¡El, emir... rey...! exclamó con orgullo doña Elvira que seguia
escuchando tras el tapiz.

--Pero el matrimonio de mi hermana con ese hombre no se hará: mi hermana
será vuestra, y de este modo, al mismo tiempo que vos y ella sereis
felices se conciliaran todos los intereses de entrambas familias: es
verdad que vos, rey de la montaña, teneis la fuerza, y hasta cierto
punto el derecho; es verdad que las Alpujarras os pagan tributo, que os
obedece un ejército de valientes monfíes; pero tambien es cierto, que yo
Aben-Humeya, descendiente del Profeta, nieto de los califas de Córdoba,
tengo tambien derechos que reconocen los moriscos de Granada, y los de
las alquerías de la Vega: los de Almería y los del marquesado del Zenete
cuentan conmigo: al primer levantamiento, al primer grito de guerra, yo
seria proclamado rey de Granada; esto se comprende perfectamente: los
moriscos desprecian de tal manera la memoria de Muley Abd-Allah, que sus
descendientes no pueden tener esperanza de que los moros de Granada los
sienten en el trono de su abuelo. Fuera de la descendencia de Muley
Abd-Allah, ¿qué otro mas que vos ó yo podemos ser reyes de Granada? vos,
como emir de los monfíes, teneis las Alpujarras: yo, como descendiente
de los Omeyas, lo demás del reino... una alianza entre nosotros es de
todo punto necesaria para evitar una guerra civil, que, si por dicha
triunfásemos del cristiano, volveria á ponernos destrozados en su poder.
Aquí ha habido mucho de fatal: antes de anoche vos mismo despreciásteis
la mano de mi hermana.

--Yo os creia renegado.

--¡Oh! ¡fatalidad! yo sabia que amábais á mi hermana: pero creí que
erais un hidalgüelo castellano, destinado á llevar una golilla ó un
roquete. Culpad al misterio en que os ha envuelto vuestro padre: yo
ignoraba que fuéseis lo que sois.

--Yo mismo lo ignoraba ayer.

--¡Fatalidad! ¡fatalidad!

--Mi noble padre quiso que antes de que ciñese su corona, supiese
conocer á los hombres.

--En fin, no hablemos mas de eso y vamos á lo que importa. El casamiento
de mi hermana con Miguel Lopez no se hará. Si por desgracia, y como no
es de suponer, mi enviado ha llegado tarde... Miguel Lopez morirá.

--¡Oh, alentais una duda y permaneceis aquí, entreteniéndome acaso para
ganar tiempo! exclamó Yaye encaminándose violentamente á la puerta.

--¿Qué quereis hacer, exclamó don Diego, que en efecto, temiendo mas á
la denuncia de Miguel Lopez que á la venganza del emir, habia preferido
la última y entretenia á Yaye, qué quereis hacer? ¿á dónde vais?

--¿En qué iglesia se casa vuestra hermana?

--¡Oh! ¡un escándalo!

--¡Corred! ¡corred vos mismo! ¡yo os espero!

--¡Ira de Dios! exclamó don Diego tomando al fin una resolucion
desesperada: por nada me obligareis á dar un paso que pondria mi nombre
en boca de todo el mundo.

--¡Ah! ¡me habeis engañado! ¡me habeis entretenido, para que entre
tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfíes... talaremos
vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os
entregaré al rey de España con cartas semejantes á las que os han
obligado á vender á vuestra hermana á ese Miguel Lopez...

Don Diego exhaló un grito: se encontraba enteramente perdido.

--Una palabra señor, exclamó arrojándose á los piés de Yaye: tened
compasion de mí y protejedme: yo os seguiré; seré uno de vuestros mas
fieles vasallos...

--¡Tu hermana!

--¡Oh! exclamó don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea
tiempo...

Y se dirigió á la puerta de la estancia.

En aquel momento apareció en la puerta un paje que dijo:

--Señor, vuestra noble hermana y su esposo acaban de llegar.

El paje volvió á cerrar la puerta. Don Diego arrojó un grito de espanto,
y se volvió desesperado y anhelante á Yaye: este al escuchar las
terribles palabras «vuestra hermana y su esposo acaban de llegar» hizo
un movimiento semejante al de quien ha sido herido de muerte: se puso
rojo, mas rojo; la mirada de sus ojos se hizo atónita, se contrajo su
boca, y cayó al suelo como herido por un rayo.

Entonces se levantó el tapiz, tras el cual escuchaba doña Elvira, y
apareció esta pálida como una muerta.

--¡Ah! venis á tiempo, señora, dijo don Diego que no estaba en estado de
reparar en lo extraño de la llegada de su esposa, ni en su palidez, ni
en su conmocion: ved si podeis hacer volver en sí á ese caballero... yo
os disculparé con esas gentes.

Y partió.

Por la primera vez doña Elvira se quedaba sola con Yaye. ¿Pero en que
situacion? levantóle del suelo, con mas facilidad de la que podia
suponerse en una mujer delicada, y era que el amor la daba fuerzas; le
colocó en un sillon, le abrió el justillo, roció su rostro con agua, y
sin considerar si podia ó no ser vista se arrodilló á sus piés, asió sus
manos, las estrechó contra su seno, y exclamó alzando al cielo los ojos
cubiertos de lágrimas:

--¡Señor! ¡señor! ¡mi salvacion por su vida!

Y permaneció de rodillas delante de Yaye.

Al cabo de algun tiempo Yaye suspiró.

Aquel suspiro, fue para el corazon de doña Elvira como un bálsamo
maravilloso para una herida: con el consuelo recobró la reflexion y se
alzó.

Yaye abrió los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la
locura.

Empezó á delirar: su sangre se habia agolpado á su cabeza y habia
trastornado sus facultades.

Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y
no pretendia levantarse del sillon.

Su locura era una locura tranquila.

Se reia pero su risa era horrible.

De una manera horrible sufria tambien doña Elvira.

Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos
mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible:
temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don
Diego no volvia y doña Elvira no se atrevia á llamar á nadie.

Al fin, resonaron pasos: se abrió una puerta: era don Diego.

--¿Vive? dijo con afan.

--Si, contestó doña Elvira, valiéndose del dominio que tenia sobre sí
misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas
circunstancias: vive, pero creo que está en peligro de muerte.

Don Diego examinó un momento á Yaye, luego fué á un lugar de la
tapicería, oprimió un boton dorado, y se abrió una puerta secreta: tras
ella se veia una escalera oscura recta y estrecha.

--Ayudadme, señora, la dijo volviendo junto á su esposa, ayudadme y
concluyamos.

Entre tanto don Diego habia encendido una bugía.

--¿Qué pensais hacer? dijo doña Elvira.

--Es necesario conducirle al subterráneo.

Doña Elvira no contestó, ayudó á don Diego á cargar con Yaye, y con gran
trabajo le introdujeron por aquella puerta que don Diego cerró tras sí:
bajaron las escaleras y atravesando una estrecha mina, llegaron á un
aposento espacioso y bien amueblado en que habia un lecho.

Aquella puerta secreta, aquella mina que se prolongaba mas allá de la
habitacion donde los dos esposos habian introducido á Yaye, y aquella
habitacion, eran un lugar seguro de refugio, preparado por don Diego,
para el caso en que por un accidente desgraciado, ó por una traicion de
sus parciales invadiese su casa la justicia del rey. Aquello era un
escondite: mas adelante veremos que era tambien una comunicacion.

Estas minas y estos aposentos son muy comunes en el Albaicin de Granada.
Apenas habrá una casa de moros que no tenga alguna de estas
comunicaciones subterráneas, de las cuales se conocen muchas.

Cuando Yaye estuvo colocado en el lecho, don Diego le desciñó el
talabarte, le quitó la daga y la espada, y dijo á su esposa.

--No sabeis cuánto nos interesa la salvacion de este jóven: pero si
muere, lo que está en manos de Dios, nos interesa tambien sobre manera
que no se sepa que le ha matado el amor de mi hermana. Si muere no
saldrá de aquí. Escuchad: yo voy á ausentarme.

--¡A ausentaros! exclamó, conteniendo mal su alegría doña Elvira.

--Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia será á lo mas de
quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola.

--¡Yo sola! ¡abandonado...! ¡sin los auxilios de la ciencia...!

--No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisaré á nuestro
médico; es un buen morisco, un noble anciano y guardará el secreto: solo
he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera.

--Os amo tanto, esposo y señor, dijo hipócritamente doña Elvira, que no
perdonaré por vos ningun sacrificio.

--Si, si, ya lo se, doña Elvira, y mereceis que yo... os prometo
corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he
encargado.

--Id tranquilo, señor, no lo olvidaré.

Don Diego salió dejando sola á su mujer con el hombre á quien amaba.

Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cámara de
recibo de su casa.

En ella estaban doña Isabel de Válor, pálida, pero con la palidez mas
hermosa, su hermano don Fernando de Válor, los testigos que habian
asistido á la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se
contaba don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia.

Miguel Lopez, el reciencasado, estaba allí tambien:

Era un hombre como de cuarenta años, moreno oscuro, cegijunto, estrecho
de frente, sesgado de boca y avieso de mirada: estaba ricamente vestido,
pero á pesar de la riqueza de su trage se notaba lo villano de sus
maneras: estaba sombriamente ceñudo y miraba con recelo en torno suyo;
don Diego se acercó á él sonriendo, pero, á pesar de su sonrisa,
densamente pálido.

--Hermano, dijo asiéndole las manos con cariño; tengo que hablaros, y
vosotros, señores dispensad; pero la repentina indisposicion de mi
esposa, de que antes os he hablado y que me ha impedido asistir á la
celebracion del casamiento, es mas grave de lo que yo creia y me obliga
á suspender por el momento la fiesta de bodas.

Todos callaron, pero todos se pusieron de pié: habian comprendido que
cortesmente se les despedia: uno tras otro, despues de algunas palabras
vacías de sentido fueron despidiéndose.

Por último, el marqués de la Guardia se dirigió á don Diego.

--¡Diablo! dijo: siento en el alma la indisposicion de doña Elvira, pero
de todos modos deseo que ello no sea nada y que pueda acompañarnos al
bateo de mi hijo ó de mi hija cuando nazca... que debe ser segun los
doctores, este mes: por lo demás si me necesitais para algun empeño,
añadió en voz baja indicando con una rápida é intencionada mirada á
Miguel Lopez, mirada que solo fue vista por don Diego, podeis contar con
lo que puedo y con lo que valgo. Ya sabeis que somos antiguos amigos.

--Adios, marqués, adios, contestó don Diego estrechándole la mano:
aprecio vuestra oferta, pero por ahora no os necesito sino para
serviros.

El marqués despues de un expresivo apreton de manos á don Diego, de un
galante saludo á doña Isabel, que le contestó maquinalmente, y de un
frio y altivo saludo á Miguel Lopez, que casi no le contestó, salió de
la cámara en la que quedaron solos don Diego, doña Isabel, su hermano
don Fernando, que se paseaba pensativo, y Miguel Lopez que miraba
alternativamente á doña Isabel y á don Diego, con la impaciencia de un
lobo hambriento.

--¿Me querreis explicar lo que ha pasado esta mañana, don Diego? exclamó
Miguel Lopez volviéndose todo hosco á su cuñado apenas quedaron solos.

--Eso significa, que no habiendo yo podido asistir á la ceremonia, envié
á Ayala á avisaros que se efectuase sin mí.

--¿Y cual ha sido la causa de que no hayais podido asistir? replicó con
un grosero acento de recelo Miguel Lopez: porque yo no creo en el mal de
doña Elvira: creo mas bien en cierto mancebo, con quien segun me han
dicho, os encontrásteis á la puerta de la casa.

--Veo que Ayala os ha dicho mas que lo que yo le habia mandado que os
dijese. Pues bien ese mancebo...

--Ese mancebo es...

Don Diego interrumpió á tiempo á Miguel Lopez y acercándose á él le dijo
rápidamente al oido.

--Ese mancebo es el emir de los monfíes de las Alpujarras.

--¡El emir de los monfíes de las Alpujarras! exclamó Miguel Lopez, sin
cuidarse de recatar su acento.

--¡Una rebeldía contra el rey! exclamó toda trémula doña Isabel, que lo
habia oido.

--¿Veis Miguel, veis lo que es obligar á los hombres á que digan ciertas
cosas delante de las mujeres?

--Es que yo creo que se me engaña.

--Dejemos palabras duras que no deben sonar entre nosotros: amabais á mi
hermana, mi hermana es vuestra, y no solo vuestra sino que...

--Me ama, si, si en verdad, dijo con amarga ironía Miguel Lopez.

--Os juro, señor, dijo doña Isabel con voz firme y tranquila, que nadie
me ha violentado para que fuese con vos al altar.

--Pero habeis ido desesperada; como si hubierais ido á vuestros
funerales; pálida, llorosa.

--Perdonad, señor, pero el estado que acabo de tomar... yo os juro que
si vuestra felicidad está en mi mano sereis feliz, muy feliz... ¿no es
esto amaros, señor... como os puedo amar ahora? mañana tal vez...

--¿Quién sabe lo que sucederá mañana? dijo Miguel Lopez, sin apearse de
su dureza, aunque algo mas tranquilo, porque tenia fe en la virtud de
doña Isabel.

--Por lo mismo que no sabemos lo que sucederá mañana, dijo don Diego,
será prudente que por ahora no os veleis.

--¿Es decir que solo tengo á medias á doña Isabel?

--Debeis comprender que cuando esto os digo tendré motivos poderosos.
Por ejemplo, mañana podreis morir.

--¡Oh! ¡no lo quiera Dios! exclamó cediendo á su natural virtud doña
Isabel.

Miguel Lopez se dulcificó un tanto, interpretando de una manera falsa,
por amor propio, la frase de doña Isabel en su favor, frase que tenia
muy distinto sentido y que hizo estremecer á don Diego y á don Fernando.

--Nadie tiene la vida segura, dijo, y si á eso nos atuviesemos, jamás
nos casariamos por temor de dejar á nuestra esposa viuda.

--Pues es muy posible que vos dejeis viuda á nuestra hermana, repitió
don Diego.

--¡Ah! ¡eso no sucederá! exclamó levantándose doña Isabel pálida y con
la mirada fija en su hermano porque le comprendia perfectamente: Dios no
querrá que eso suceda.

--¿Y pensábais que mi hermana no os amaba? dijo don Diego.

--Pero en fin ¿qué peligro amenaza á... á mi esposo...? dijo doña Isabel
haciendo un esfuerzo para pronunciar por la primera vez aquella palabra.

--Si, si, sepamos, dijo con acento duro y receloso, Miguel Lopez;
sepamos qué peligro es ese, y si vuestras palabras son una amenaza ó un
aviso.

--Siempre torceis las intenciones, Miguel, contestó con calma don Diego:
ese peligro de muerte próximo, es amenaza como me amenaza á mí, á mi
hermano, á nuestros parientes, á nuestros amigos, á todos los moriscos
que tienen amor á la patria y fe en el Dios Altísimo y Único. En una
palabra, Miguel: el edicto de don Carlos, promulgado antes de ayer y á
un mismo tiempo, por decreto del emperador, en Granada y en las
Alpujarras, ha indignado al emir de los monfíes, que ha venido en
persona á mandarme que en el momento marchemos los mas que podamos á las
Alpujarras.

--¡Oh! ¡si, si! ¡vais á rebelaros! exclamó doña Isabel.

--Hermana: dijo severamente don Diego: las mujeres deben callar y
obedecer siempre, y mucho mas cuando se trata de ciertos asuntos...
asuntos de que yo no hubiera hablado delante de vos á no haberme
provocado Miguel.

--Pero vos no debeis rebelaros, hermano, exclamó con severidad doña
Isabel: el rey os honra, sois cristiano, lo soy yo...

--¿Lo veis Miguel? repitió don Diego.

--Esposa mia, dijo Miguel Lopez, dejad que lo que Dios quiere que haya
de suceder suceda y nada temais: si muero, por fortuna aun no me teneis
tanto amor que mi muerte os desconsuele.

Y el acento de Miguel era amargamente irónico.

--Pero es que yo no quiero que murais...

--Ven, ven conmigo, hermana, dijo don Diego: perdonad un momento Miguel,
voy á llevar á mi hermana junto á mi esposa á fin de que podamos hablar
libremente.

Doña Isabel deseaba hablar á solas con su hermano y le siguió.

Apenas estuvieron en lugar donde de nadie podian ser oidos, doña Isabel
dijo á don Diego:

--¿No te basta haber cometido un crímen enlazándome á ese hombre contra
mi voluntad, sino que por razones que no acierto, quieres cometer otro?
¡hermano! ¡hermano! yo creo que esa rebelion es una mentira: que tú
tienes otros proyectos.

--Mira, dijo don Diego que acababa de entrar en su aposento mostrándola
la carta de Yuzuf-Al-Hhamar que le habia entregado Yaye.

Doña Isabel la tomó y la leyó.

Su contenido era el siguiente:

«En el nombre de Dios Altísimo y Unico, dador de la prosperidad y del
infortunio: Muley Yuzuf Al-Hhamar, á su muy querido sobrino Sidy
Aben-Humeya:--Un pacto sagrado existe entre nuestras familias: segun él,
tu hermana doña Isabel, debe ser esposa de mi hijo Sidy Yaye. Acabo de
renunciar en él mi corona y mi espada: Sidy Yaye, es desde hoy emir de
los monfíes de las Alpujarras. El matrimonio concertado, debe, pues,
efectuarse. Mi hijo me ha dicho, que tú, faltando al respeto que debes á
la voluntad de tu padre, y al temor que mi poder debe inspirarte, has
dispuesto de la mano de tu hermana. Mi hijo, el poderoso emir de los
monfíes, te entregará por sí mismo esta carta. Si tu hermana es libre,
rompe las obligaciones que con otro hayas contraido, y que doña Isabel
sea esposa de mi hijo. Si, por desdicha, doña Isabel fuese de otro, ¡ay
de tí y ay de él!--Yuzuf-Al-Hhamar.»

--¡Ah Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel: ¡con que no se llamaba
Juan de Andrade! ¡con que es verdad que es moro, y ademas de moro es
monfí!

Y doña Isabel se cubrió el rostro con las manos.

Debemos recordar, para que no parezca extraño el dolor de doña Isabel,
que la palabra monfí significa salteador, bandido.

--Pues bien, dijo al fin la jóven alzando la frente radiante de
dignidad: no hay motivo para que te arrepientas de lo que has hecho,
porque por mas que yo le haya amado, por mas que á mi despecho le ame,
jamás, aunque quedase viuda, me casaria con un rey de bandidos: con un
hombre que ha rechazado mi mano... que me ha dejado cruelmente
abandonada á mi destino... no, no, y cien veces no.

--Ese hombre está muriendo por tí.

--¡Muriendo por mí! exclamó aterrada doña Isabel.

--Ven, añadió don Diego, y abrió la puerta secreta, descendió
rápidamente las escaleras llevando á su hermana asida de la mano, y
entró con ella en el aposento donde habia dejado á Yaye y á su esposa.

Doña Elvira, que estaba arrojada sobre el lecho de Yaye que deliraba, se
levantó al sentir los pasos de don Diego y de doña Isabel.

--Y bien, ¿traeis ya al médico? exclamó con impaciencia.

--Acaso, acaso señora, contestó don Diego adelantando con doña Isabel.

--¡Ah! exclamó doña Elvira al ver á doña Isabel, al mismo tiempo que
esta al ver á Yaye postrado en el lecho, con el semblante lívidamente
pálido y los ojos desencajados y fijos, lanzaba un grito de espanto,
emanacion involuntaria de su alma.

--¡Está muriendo por vos, y pensais en la vida de otro hombre, hermana!
dijo don Diego.

Doña Isabel cayó de rodillas, y don Diego, aprovechando aquella ocasion,
salió y cerró la puerta dejando á las dos mujeres encerradas con Yaye.

Poco despues, y al mismo tiempo que entraba un médico anciano en la
habitacion donde estaba Yaye, salian de Granada á caballo y á la ligera,
don Diego de Válor, su hermano don Fernando y Miguel Lopez, acompañados
de algunos lacayos armados á la gineta.



CAPITULO VIII.

¡El emir se ha perdido!


El médico declaró que la enfermedad de Yaye era peligrosa, y que se
necesitaba sumo cuidado, gran reposo para el enfermo, y sobre todo la
ayuda de Dios.

Lo primero que hizo doña Elvira, cuidando de que Yaye tuviese todo el
reposo necesario, fue sacar del subterráneo á doña Isabel.

Esta se encontraba en el estado mas terrible en que podia encontrarse
una mujer.

Lo que primero la aterraba era el estado de Yaye; despues el crímen que
habia comprendido meditaban sus hermanos contra Miguel Lopez, luego, en
fin, los zelos.

Los zelos, porque habia adivinado en un solo momento que su cuñada doña
Elvira amaba á Yaye.

Ella le amaba tambien; habia sacrificado su cuerpo pero no su amor: no
podia confesarle ante los hombres, pero podia guardarle en el fondo de
su alma, como en un santuario.

Doña Elvira se habia abrogado enteramente el cuidado del enfermo: es
cierto que doña Isabel no podia estar junto á él ¿pero acaso, doña
Elvira no era tambien una mujer casada?

¿Acaso no amaba á Yaye?

Porque doña Isabel con ese delicado instinto de la mujer que ama, habia
comprendido á primera vista que doña Elvira amaba á Yaye.

Ella le hubiera asistido con la pureza de un ángel.

Y sobre todo lo que mas importaba á doña Isabel en aquellos momentos era
su vida.

Sin embargo ni una palabra dijo á doña Elvira.

Ni una sola vez la preguntó por el estado del enfermo.

Aquella noche el anciano Abd-el-Gewar, llegó á la puerta de la casa y
llamó.

Abriéronle y preguntó por don Diego.

Dijéronle que habia salido á un corto viaje.

Entonces preguntó por un caballero que aquella mañana habia entrado en
la casa.

Contestáronle que habian entrado muchos caballeros, y que nada le podian
decir.

Al dia siguiente Abd-el-Gewar llamó de nuevo y pidió hablar con doña
Elvira: fue introducido.

Doña Elvira contestó á sus preguntas que nada sabia de tal persona.

Abd-el-Gewar escribió inmediatamente al emir.

«Poderoso señor: tu hijo ha desaparecido el mismo dia del casamiento de
doña Isabel de Válor con Miguel Lopez: no sé nada de su paradero, pero
le busco de una manera incansable: suceden cosas extrañas. Don Diego y
don Fernando de Válor, han salido con Miguel Lopez ayer por la mañana y
á la ligera, sin que se sepa á donde han ido. Doña Isabel ha quedado
casa de su hermano don Diego. No me atrevo á moverme de Granada: espero
tus órdenes. Mi esclavo Kaid dice que tu hijo entró ayer casa de don
Diego, pero que no sabe si ha salido ó no, por que estuvo apartado de la
casa algun tiempo. Guárdete Allah:--tu vasallo Abd-el-Gewar.»

A los tres dias recibió el anciano la contestacion siguiente:

«Noble y virtuoso Abd-el-Gewar: don Diego y don Fernando de Válor han
cometido un crímen contra su cuñado Miguel Lopez: los tengo en mi poder
y espero saber de ellos el paradero de mi hijo: en cuanto á este tengo
formado mi plan: te envio diez de mis monfíes que mas conocimiento
tienen de la ciudad para que indaguen su paradero; este y el asesinato
de Xerif-ebn-Aboó es obra de ese bandido miserable de ese don Diego de
Válor; ¡Ay de él si muere mi hijo!



CAPITULO IX.

En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando
de Válor.


Retrocedamos al momento en que los dos hermanos y Miguel Lopez salieron
de Granada.

Los tres ginetes, acompañados de cuatro lacayos tomaron á buen paso el
camino de las Alpujarras: al llegar al Suspiro-del-Moro, don Diego de
Córdoba revolvio el caballo y miró á la distante ciudad.

--¡Granada! ¡Granada! exclamó: hace cincuenta y cinco años, se detuvo en
este sitio el cobarde Boabdil y lloró por que te habia perdido: hoy me
vuelvo yo para jurarte que si Dios me ayuda y á despecho de mis
enemigos, tú volverás á ser la ciudad querida del Profeta, y yo... yo
seré tu rey.

--¡Hum! dijo Miguel Lopez, que estaba de muy mal humor; creo, hermano,
que os olvidais muy pronto del poder del emir de las Alpujarras.

--¡Ah! ¡el emir de los monfíes! ¿y creeis que el emir tenga mas poder
que yo?

--¡Si!

--¿En qué os fundais?

--En que él manda y vos le obedeceis. Y sino ¿por qué hemos abandonado
tan de improviso á Granada...? ¿por qué vagan allá entre las faldas de
la sierra, como cabras sueltas, ciertos hombres, que Dios me confunda
sino son gente que tienen mas de una razon para temer á las justicias de
las villas y á los cuadrilleros de la Santa Hermandad? ¿y para qué sino
habeis hecho que se adelante uno de vuestros lacayos?

[imagen: ¡Señor! ¡Señor! ¡mi salvacion por su vida!]

--En cuanto á lo primero, Miguel, ya sabeis que hay momentos en que nos
vemos obligados á doblegarnos: el edicto del emperador ha exasperado los
ánimos: en Granada ya sabeis que no puede hacerse nada sin que lo noten
la Inquisicion y la chancillería, cuyos alguaciles y espias tienen
siempre los ojos puestos en nuestras casas, los oidos donde quiera pueda
levantarse la voz de un morisco. El golpe vendrá de afuera, de las
Alpujarras: mañana, pasados dos dias... ¿quien sabe si esta misma noche?
puede acercarse un ejército á los muros de Granada, penetrar en ella,
sorprendiendo el descuido de los cristianos que nos creen puestos en
temor, y arrebatarles la ciudad. Por lo mismo y puesto que el emir (que
ahora es el que cuenta con mayor poder) nos ordena que nos presentemos á
él, nos es forzoso obedecer. Si, como decis, vagan monfíes en las
próximas quebraduras, esto nos indica que nuestro viaje acaso no será
muy largo, y en cuanto á lo de haber mandado á un lacayo que se
adelantase, ya sabeis que cuando se quiere tener lecho y comida en una
venta de las Alpujarras es necesario prepararlo de antemano.

--Si, si, dijo Miguel Lopez que no habia perdido enteramente su
desconfianza; ya sé que habeis cursado algunos años en Salamanca, que
sois muy letrado y que para todo encontrais una buena salida. Pero os
advierto que si pensais hacerme una traicion...

--¿Que decís Miguel? exclamó don Fernando de Válor con acento
amenazador, porque, mas jóven que su hermano y menos sufrido, no sabia
contenerse como él: ¿sabeis, amigo mio, que no parece sino que vos sois
nuestro señor y nosotros unos miserables esclavos obligados á sufrir
vuestras insolencias, y que ya se me va acabando el sufrimiento?

--Pues aunque se os acabe de una vez, mi buen hermano, dijo Miguel
Lopez, os advierte que voy prevenido, y que no os será tan fácil dar
cuenta de mi para dejar á vuestra hermana viuda.

--¿Es decir, exclamó don Fernando, desatendiendo una significativa
mirada de su hermano, es decir que creeis que os hemos sacado fuera de
Granada para asesinaros?

--Todo pudiera ser.

--¡Ira de Dios! exclamó don Fernando poniendo mano á su espada y
lanzando su caballo hácia Miguel Lopez, que desnudó á su vez.

Don Diego se interpuso.

[imagen: Brilló un relámpago, y vió que los que le acometian eran
Monfíes.]

--¿Estais locos? exclamó; mi hermano no ha comprendido todavía, Miguel,
que sois un hombre intratable, y que el miedo de que hagan con vos, lo
que vos seriais capaz de hacer con otro y lo que acaso mereceis, os
turba la razon y os hace decir locuras: ¿para qué diablos habíamos de
haberos casado con nuestra hermana si pensásemos en mataros?

--¡Hum! pronunció Miguel Lopez con desconfianza.

--Por lo mismo que con vos no se puede hablar sin peligro, añadió don
Diego, os advierto que durante la jornada no os dirigiremos ni mi
hermano ni yo una sola palabra. Envaina tu espada, Fernando; envaina la
vuestra Miguel, y marchad detrás, delante, ó á nuestro lado, como mejor
os convenga; espero en Dios que pronto nos conocereis mejor y que nos
ahorraremos estas desagradables contestaciones.

--¡Hum! repitió Miguel Lopez; y envainando su espada, echó su caballo
por un costado del camino. Don Fernando envainó á su vez y siguió por el
centro del camino al lado y á la derecha de su hermano.

Y asi, en ese silencio forzado y hostil de personas que se ven obligadas
á estar juntas y no se encuentran en buena inteligencia, siguieron
caminando á buen paso. Este silencio no se interrumpía sino de tiempo en
tiempo por la voz de alguno de los ginetes que alentaba á su caballo,
por el cantar de algun romance morisco que entonaba don Fernando,
justificando aquel antiguo proverbio que dice que _cuando el español
canta, ó rabia ó no tiene blanca_, ó cuando, encontrándose nuestros
viajeros con alguna recua, les saludaban los traginantes quitándose
respetuosamente el sombrero y les decian:

--Dios guarde á vuesamercedes.

A lo que don Diego contestaba con esa benévola altivez de los grandes:

--¡Vaya con Dios la gente honrada!

Fuera de estos casos no se pronunciaba una sola palabra.

Pero aunque no se hablaba, cada cual iba revolviendo dentro de sí una
máquina de pensamientos: en particular don Fernando, á quien su hermano
no habia tenido ocasion de comunicar sus proyectos respecto á su cuñado
mas que por algunas rápidas palabras, ansiaba que una casualidad
cualquiera le pusiese en la posibilidad de dar una buena estocada á
aquel Miguel Lopez tan zafio, tan grosero, tan violento, y que, de una
manera tan extraña para don Fernando, porque no conocia los secretos de
su hermano, se habia introducido en la familia.

Asi silenciosos y mohinos, habiendo invertido todo el dia en la jornada,
llegaron cerca de Orgiva á una venta situada en el recodo de un camino y
flanqueada por altas y peladas rocas.

El sol tocaba al horizonte y su dorada y lánguida luz se perdia á lo
lejos bajo las frondas de un espeso olivar que se veia en el fondo de un
pequeño valle, entre una abertura de las breñas; al occidente,
recortando fuertemente sobre el rojo color del cielo su oscura silueta
se veian Orgiva y su castillo: por el opuesto lado la vista se detenia
ante un monte cubierto enteramente de naranjos y limoneros.

Parecia que la venta se habia buscado exprofeso, oculta, por decirlo
asi, en un recodo de un camino pendiente y en un seno de la montaña. Por
todas partes se veian breñas: oíase en ellas el áspero graznar de las
águilas que anidaban en las cimas, y á lo lejos el ruido de la violenta
corriente del río de Orgiva.

El lacayo, que habiéndose adelantado, esperaba á la puerta de la venta á
su señor, se acercó y le tuvo el caballo; al mismo tiempo el ventero,
mozo fornido y de mala catadura, adelantó sombrero en mano.

--Bien venidos sean vuestras señorías á mi casa, dijo el ventero; este
buen mozo, añadió señalando al lacayo, me ha avisado de antemano y nada
falta.

Pareció como que se cruzaba una mirada de inteligencia, pero rápida y
casi imperceptible, entre don Diego y el ventero.

--¿Decís que nada falta? preguntó don Diego.

--Nada de cuanto se me ha pedido, contestó con desenfado el ventero: es
verdad que ha sido necesario ir á buscarlo algo lejos; pero ello es que
nada falta, nada.

--¿Y qué quiere decir que nada falta? dijo Miguel Lopez con recelo.

Miró fijamente el ventero al que le preguntaba.

--No faltan ni buen lecho, dijo, ni buena cena, ni buen aposento: ¿qué
mas quiere tener el hidalgo en medio de un camino?

--Menos palabras y mas obras, contestó siempre con su tono agresivo
Miguel Lopez, y puesto que teneis buena cama, y buena cena, dadnos
cuanto antes de cenar á fin de que cuanto antes podamos dormir.

El ventero desapareció hácia el interior y los lacayos desaparecieron
con él, sin duda para ayudarle en los preparativos.

--¿Sabeis lo que pienso Miguel? dijo don Fernando.

Miró con atencion y descaro Miguel Lopez al jóven como diciéndole:

--¿Y bien qué pensais?

--Pienso, continuó don Fernando, que despues de las villanas sospechas
que habeis concebido acerca de nosotros, no debemos permitir que durmais
en el aposento en que nosotros durmamos.

--¡Eh! ¡tanto me da!

--¡Si insistís!

--Creo que he hecho muy mal en salir de Granada.

--¡Os afirmais, pues, en vuestras dudas! pues bien: dormireis en
aposento aparte... ó si os place mejor... Orgiva está cerca; en ella
teneis, no solo conocidos y amigos, sino parientes: seguid hasta Orgiva,
si os place: pero si tal haceis, os rogamos que no digais á alma nacida
que paramos en esta venta: cuando se anda en empresas arriesgadas toda
precaucion es poca.

--Me quedo, dijo Miguel á quien sin duda daba vergüenza llevar el temor
hasta el extremo.

--Pues si os quedais, tomad aposento aparte.

--Le tomaré.

--Entonces, pues, no hablemos mas, y como creo que la cena nos espera
entremos y cenemos.

Entraron y en el fondo del zaguan en un cenador que daba á un huerto, se
sentaron alrededor de una mesa servida, y asistidos por los lacayos y
por el ventero, empezaron á cenar en silencio.

Concluida la cena cada cual se retiró á su aposento.

La venta quedó envuelta en el mas profundo silencio.

Avanzó la noche.

A las ánimas tocaban las campanas de la iglesia de la cercana villa de
Orgiva, cuando el mismo ventero que tan ligeramente hemos descrito, se
levantó de junto á una mesa sobre la cual habia estado dormitando hasta
entonces, ocultó la lámpara de hierro que le alumbraba, y en paso
recatado atravesó el zaguan, abrió la puerta de la venta, la cerró de
nuevo, atravesó el camino en direccion opuesta á Orgiva, y muy pronto se
encontró marchando á largo paso entre las quebraduras.

Trepaba por uno de esos barrancos que suben por las faldas de las
montañas y que al fin se extinguen, se pierden, se borran, acabando en
punta, como si fueran un pliegue del terreno; cuando llegó á la parte
media se detuvo en la oscura grieta de una caverna, y lanzó un silbido
tan leve como el de una culebra.

A aquel silbido contestó otro en el interior.

--¡Ah! ¿estais ya ahí? dijo el ventero.

--Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz áspera: y no alcanzamos por qué
razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiéramos estado mucho
mejor en la venta.

--Cada cual sabe lo que se hace, contestó el llamado Reduan. ¿Cuántos
sois?

--Seis, que creo que bastamos para cualquier empeño de honra. ¿De qué se
trata?

--De ganar cien doblones, dijo Reduan, á quien habian rodeado seis
sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfíes.

--¿Y qué hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos.

--¡Poca cosa! matar un hombre.

--¡Ah! ¡pues si no es mas que eso...! ¿y donde está ese hombre?

--En mi casa.

--¡Ah! ¿es acaso el hombre que acompañaba hoy por el camino á don Diego
y á don Fernando de Válor?

--El mismo. Pero tú debes conocer á ese hombre, Farix, añadió Reduan
dirigiéndose al que habia hablado.

--Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez, á quien tengo grandes
deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor.

--¿Y cómo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompañaba á don Diego y á
don Fernando de Válor?

--Esta mañana el wali Harum nos ordenó en nombre del poderoso emir, que
observásemos el camino, sin dejar de reparar si iban ó venian golillas,
hidalgos ó soldados.

--Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de España, que
será necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para
bañarnos en ella. Dia llegará en que... pero por ahora pensemos en
nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de
don Diego de Córdoba y de Válor. Ya sabeis que es pariente del emir, y
que estamos obligados á servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga.

--Es muy justo.

--Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el
emir castiga á sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate ó
por órden expresa.

--¿De modo que á don Diego le estorba ese renegado?

--Algo debe de haber: lo que yo sé es que á media tarde llegó un lacayo
de don Diego y me dió una carta: aquella carta decia en arábigo: «Es
necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para
esta noche algunos de los monfíes mas valientes que se encuentren por
los alrededores.» Os avisé. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y
Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerró en un aposento
aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo
entonces subí al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun
me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se
muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera
cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al
huerto y que él mismo hablaria con vosotros. Puesto que consentís
seguidme.

Los monfíes siguieron en silencio á Reduan, descendieron á una rambla y
á través de algunas quebraduras llegaron á las bardas de un huerto, y
uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato
montés.

Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando salió de la
cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre
las tinieblas, por lo que los monfíes no habian reparado en él.

--¡Oh! ¡oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues
bien, es necesario impedir ese crímen.

       *       *       *       *       *

Y se puso en seguimiento de los monfíes, pero á larga distancia y
recatándose.

       *       *       *       *       *

Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado á encontrados pensamientos;
parecíale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto
instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza,
llegó hasta las ánimas sin acostarse, dando paseos á lo largo del
aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada á los
pedreñales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa.

Pero acordóse una y cien veces que tenia sujeto á don Diego por medio de
prendas que podian perderle; que para atentar á su vida no hubiera
esperado á hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del
aprieto en que ponia á los moriscos el edicto del emperador, nada tenia
de extraño que el emir de los monfíes hubiese llamado al morisco mas
influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se
prestase dócil y aun voluntariamente á obedecer las órdenes del emir.

Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatáronse las
profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su
imaginacion tomó un rumbo distinto. Acordóse de su desposada, de la
hermosa doña Isabel, de quien tan brúscamente habia sido separado:
representóse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que
indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche, á no haber
mediado el urgente mandato del emir de los monfíes. Sucesivamente fueron
pasando por su imaginacion cien tentadoras imágenes, cien esperanzas
defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana;
suspiró ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogió al
lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentró su pensamiento en
el recuerdo de doña Isabel, y poco despues dormia y soñaba.

Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el
ventero, empezó á debilitarse falta de pábulo; osciló algunos momentos y
al fin se apagó.

Luego solo se oyó el poderoso aliento producido por el pecho de toro de
Miguel Lopez, que continuaba durmiendo.

Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto
leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian á
escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al
fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se
detenia junto á la puerta y escuchaba, retirándose despues: hubiera
oido, por último, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del
aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto tráfago en la parte
baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oyó, y fue necesario
que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase.

--¡Voto á mil legiones! exclamó; me han quitado el sueño mas hermoso del
mundo; como que me figuraba que...

Miguel Lopez concluyó con un ruidoso suspiro estas frases que habia
pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado,
se levantó de un salto, tomó á tientas uno de los pedreñales que habia
puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora:

--¿Quién va?

--¿Quién ha de ir ni venir? dijo detrás de la puerta la voz de don Diego
de Válor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas.

--¡Ah! ¿sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreñal sobre la mesa
Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea
necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y
dadme luz: la mia se ha apagado.

Abrió la puerta el morisco, y don Diego entró con una vela de sebo
encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido.

--¿Qué hora es, hermano? preguntó soñoliento Miguel Lopez.

Don Diego sacó de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesférico,
objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra:

--Las doce y veinte minutos.

--¿Y podemos fiarnos de ese embeleco?

--Como que está fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la máquina de
la torre de Santa María de la Alhambra.

--En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar
tanto, dijo Miguel Lopez atacándose los gregüescos.

--Como que tenemos encima al emir.

--¡El emir!

--Sí, el emir con seis mil monfíes, que adelanta hácia Granada, á la que
piensa llegar antes del amanecer.

--¡Diablo! ¡diablo! ¿es decir que hoy mismo tendremos batalla?

--Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto
antes: en Cádiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un
alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender á esa gente
para que no puedan dar aviso á Granada y prevenir á nuestros enemigos.
Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y á caballo.

--¿Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabándose de
apretar las hevillas de las espuelas.

--Sí, sí por cierto; me ha enviado uno de sus walíes.

--¿Y dónde está ese walí?

--Ha partido con toda diligencia á poner en armas las taifas de monfíes
de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey.

--Pero os habrá dejado á lo menos un guia.

--No, pero me ha avisado el lugar donde podré encontrar al emir.

--¿Y qué lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la
habitacion.

--A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio.

--Vamos, pues.

Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas.
Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pagó el gasto al fingido
ventero, y él, Miguel Lopez y don Fernando de Válor, montaron en los
caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien á
caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de
Orgiva.

La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced á la
luna, á no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de
cuando en cuando se veia lucir un relámpago en lontananza, allá entre
las profundas quebraduras, y empezaban á escucharse truenos lejanos.

--Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que
caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la última sombra
de recelo.

--Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quién puede
escucharnos, y aguijad vuestro caballo á fin de que lleguemos pronto.
Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfíes, nos
hallamos en peligro.

Y para dar el ejemplo, don Diego aguijó su caballo y pasó adelante.

Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio.

A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvió su caballo y empezó
á descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo
barranco, formado por la abertura de dos montañas; á medida que
adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente
del rio de Orgiva, corriente rapidísima á causa del gran desnivel del
terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando
entre las breñas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la
brillante y fugitiva luz de un relámpago.

Hallábanse á la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de
don Diego se detuvo, lanzó un relincho agudo y resistió á la espuela.

--Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo
siente las yeguas.

--¡Callad! ¡callad en nombre de Dios! exclamó don Diego; callad y
detened vuestros caballos.

--¿Pues qué sucede? dijo Miguel Lopez.

El zumbido de un venablo que pasó cortando el aire por cima de las
cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel
Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las
espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo.

--¡Ah! ¡Dios de Dios! exclamó Miguel Lopez, echando mano á sus
pedreñales; esta es, sin duda, ó una traicion de esos miserables, ó un
mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra
vida.

Y apeándose del caballo, porque el terreno era mas á propósito para
defenderse á pié que cabalgando, llevó al animal hasta una breña y se
parapetó con el.

Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron
silbando, y el caballo cayó desplomado, como si le hubieran herido en el
corazon ó en la cabeza.

Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreñales
sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rápidamente
hácia él, saltando por cima de las quebraduras.

En aquel momento brilló un relámpago y Miguel Lopez vió que los que le
acometian eran monfíes.

Pero tambien vió, antes de que se extinguiese la rápida llamarada del
fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y
caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la
habia disparado estaba á espaldas de Miguel Lopez, y frente á los
monfíes.

La suerte de su compañero irritó á los monfíes, que se lanzaron dando
alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas;
sintió sobre sí aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puñales en
el pecho y se desmayó.

       *       *       *       *       *

Cuando volvió en sí se encontró fuertemente vendado y postrado en un
lecho en un lugar extraño.

El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado
segun las líneas de la arquitectura árabe, y revestido de una argamasa
reluciente, á la que el tiempo habia dado un color gris negruzco.

En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una
mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos
de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito:
ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en
folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas.

Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo
esto, á causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se
encontraba.

Reparó, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido
alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una
puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera
que ascendia.

Aquel espacio era sin duda un subterráneo.

La perplejidad mas natural, el temor mas lógico, asaltaron la
imaginacion de Miguel Lopez: á causa de la debilidad en que le habian
constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia
acontecido antes de acometerle los monfíes: la primera pregunta que se
hizo á sí mismo, fue la de quién le habia herido, y quién le habia
llevado allí.

Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendió salir
de ellas provocando la llegada de alguno.

--¡Ah de casa! exclamó; pero con acento tan débil que hubiera sido
imposible oirle á pocos pasos de distancia.

El esfuerzo que hizo para hablar le causó un dolor agudo en el pecho.

--¡Ah! murmuró. ¡Alma del diablo! ¡pues estoy herido y no como quiera,
sino gravemente! ¡herido en el pecho...! ¿y quién ha podido herirme?

Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los
recuerdos obedecen á la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era
poderosa, lentamente fueron eslabonándose sus ideas y al fin recordó de
todo punto lo que le habia acontecido.

--¡Los miserables! exclamó: ¡si, si! ¡no hay duda! ¡ellos han sido! Esta
mañana han pasado en aquella casa cosas extrañas: el mancebo que se
presentó á don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que
ha sido amante de doña Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que
nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y
despues los monfíes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado
de Granada para asesinarme... ¿pero cómo se ha atrevido don Diego,
sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas,
¿quién me ha traído aquí...? ellos no deben de haber sido: hubieran
acabado de asesinarme... ¿los monfíes? los monfíes no se hubieran tomado
el trabajo de curarme las heridas. ¿Quién ha sido, pues?

Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba
Miguel Lopez, le desvaneció, volvieron á embrollarse sus ideas y recayó
en su postracion.

En medio de ella notó el ruido de los pasos de una persona que descendia
por la escalera que empezaba en la puerta: luego vió brillar una luz
sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendió y entró en
la habitacion un hombre.

Todo esto lo veia de una manera fantástica, por decirlo asi. Aquel
hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaña castellano:
acercóse levemente al lecho y examinó con una fria atencion al herido.

Luego fue á la mesa, tomó una taza que habia sobre ella é hizo beber
algunas gotas de su contenido á Miguel Lopez.

Este sintió calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de
nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logró fijar sus ideas y ver
claro.

Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia
entrado en el aposento.

Era un hombre alto, esbelto, fuerte, ágil, moreno, con grandes ojos
negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta: á primera vista
podia decirse que no era español, ni menos morisco: diferencias
esenciales de raza lo demostraban; su mirada era móvil, astuta,
recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los
hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y pálido color de
los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su
frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el óvalo de su rostro
demasiado prolongado, todo demostraba en él un extranjero.

En cuanto á su vestido ya hemos dicho que pertenecia á la moda de los
hidalgos castellanos, aunque se notaban en él algunas singularidades:
llevaba en la cabeza una gorra de paño color de hoja seca, plegada al
lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi
burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de
cordero, llevaba un coleto de ámbar exactamente igual á los que usaban
por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de España: este
coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Córdoba,
color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y
ancha y un puñal á la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba á
manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregüescos eran de
paño de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos
ni adornos, y por último, sus fuertes calzas atacadas de lana azul,
estaban cubiertas, desde sus piés y hasta media pierna, por unas abarcas
y los ligamentos de estas.

Este hombre parecia contar cuando mas, á juzgar por las apariencias,
cuarenta años; se desprendia de él un no sé qué de noble y poderoso, y
su trage le sentaba á las mil maravillas.

Observó profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia
esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas
fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano:

--Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad.

Y sin decir mas, se separó del lecho, tomó un taburete, le puso junto á
la mesa, se sentó dando la espalda á Miguel Lopez, tomó uno de los
libros en folio que habia sobre la mesa y se puso á leer.

Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que
era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero
leia en ella un pasaje del libro de Job.

Era aquel el pasaje en que Dios arrebata á Job sus hijos.

Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al
extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse á hablarle, puesto en
temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronóstico.

Al fin, como emanado de un lugar distante y á través de los muros, se
oyó el toque de una corneta: entonces el extranjero cerró la Biblia, se
levantó, fué al lecho y contempló profundamente al herido, que tenia
fijos en él los ojos, dilatados á un tiempo por la curiosidad y el
temor.

--¿Quién sois? dijo Miguel Lopez.

--Nada os importa quien yo sea, contestó el desconocido; pero si os
importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar
mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy
dañoso: estais gravemente herido: esperad: voy á daros una medicina que
os servirá de mucho.

Dicho esto fué á la mesa, tomó una redoma de vidrio, vertió parte de su
contenido en un vaso de la misma materia, fué al lecho y dió á beber un
líquido blanco y un tanto espeso al herido.

Despues se quedó observándole: lentamente se fueron cargando los ojos de
Miguel Lopez y al fin se durmió.

Entonces el extranjero fué á la mesa y encendió la lámpara con que habia
venido alumbrándose, á tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la
corneta.

--Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos
lo que es.

Y trepó por las escaleras, llegó á su fin á una puerta chata, cerrada
por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abrió,
saliendo á un pasadizo oscuro y abovedado: cerró de nuevo, corrió un
cerrojo, le afianzó con dos vueltas de una llave que sacó de su bolsa, y
luego adelantó por la mina, que era tortuosa y á trechos ascendia ó
descendia: á un lado y otro quedaban otras galerías: al fin se vió una
claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero salió de ella,
entró en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba:
aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso
robledal, que coronaba la cumbre de una colina.

Entonces se escuchó por tercera vez la corneta, pero de una manera
vibrante, enteramente perceptible y á poca distancia.

El extranjero apagó la lámpara, la ocultó en una grieta de la caverna y
sacó de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atravesó
en su talabarte. Despues salió de la caverna, y tomó á buen paso por un
sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breñas,
y que, á poca distancia, penetraba en el robledal.

Muy pronto el incógnito, á gran paso, se internó en el bosque; siguió
las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetró en una
ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabío y selvático.

Un pequeño arroyo la atravesaba é iba á formar en la parte abierta de la
rambla un pequeño lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de
mimbres, bañando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas
tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las
asperezas, las peñas que acá y allá brotaban sobre el terreno, como
excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de
lecho y se extendia en una estrecha márgen á los lados del arroyo, era
de color negruzco; lo demás del terreno estaba cubierto por una especie
de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta.

Aquel lugar que parecia destinado á la mas absoluta soledad, estaba
entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia
un solo caballo; uno de esos caballos pequeños, pero ágiles, fuertes,
fogosos; un verdadero caballo de montaña.

Las gentes, que en número como de cien personas, ocupaban la parte
superior de la rambla, eran monfíes: algunos de estos, mas avanzados,
parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero,
uno de los centinelas armó su ballesta, y gritó:

--¡Alto! ¿quién va?

--¿No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero ¿porqué
pues me deteneis con la puntería de vuestras ballestas?

--¡Es el cazador de la montaña! dijo otro de los monfíes.

--Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando.

Desarmó el monfí su ballesta é hizo seña al extranjero de que
adelantase: este trepó por las breñas con la agilidad de un gamo, pasó
de la línea de los centinelas, y llegó á la parte alta de la rambla,
donde le salió al encuentro un anciano enteramente vestido á la usanza
mora.

Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfíes.

El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombría
expresion: dulcificola, sin embargo, á la presencia del incógnito, y
tendiéndole la mano, le dijo:

--¡Bien venido sea mi amigo el rey del desierto!

--¡Rey! exclamó con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos
está muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey
de la montaña.

--Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf ¿acaso no te he
amparado? ¿no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? ¿no
tienes cuanto has menester?

--Sí, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el
mundo hace diez años.

--No porque tu venganza tarde será menos segura.

--Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder á mi esposa y á
mi hija: ¿acaso no has protegido tú á ese infame? ¿acaso no has impedido
tú que me vengue, que rescate á las prendas de mi alma y vuelva con
ellas entre los mios, allá al otro lado de los mares donde soy
verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de
mis abuelos?

--¡Espera!

--Hace un año que estoy esperando desde mi llegada á estas montañas.

--Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un año que dormirias en la
tumba.

--Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por
rescatar á las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo
que fuí preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa
de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo...
recuerdo tambien que aquella misma noche entró un hombre en aquel
calabozo, y me procuró la libertad; pero á cambio de terribles
condiciones.

--Solo te pedí que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones:
el capitan Sedeño es uno de mis mejores espías entre los cristianos: me
sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida
de tu esposa.

--¡Oh! ¡mi esposa! ¡mi hija! exclamó con acento rugiente el extranjero.

--Han llegado á tal punto las cosas, continuó Yuzuf, que muy pronto me
hará Sedeño sus últimos servicios: aviseme del dia en que la
Chancillería, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados:
sorpréndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfíes, y
entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo:
entre tanto, espera, Calpuc, espera y ayúdame.

--Y en qué puedo ayudarte, dijo Calpuc, á quien seguiremos dando este
nombre.

--Revélame lo que has hecho esta noche.

--¡Ah! si, es cierto: ayer recibí un mensajero tuyo con el que me
avisabas que llegase á esta misma rambla á la media noche. En efecto
inmediatamente me puse en camino. Cerróme en él la noche; descendia yo á
buen paso por una montaña en direccion á Cádiar, cuando oi pasos de
algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro,
y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda
gruta, me oculté en ella.

Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me
habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no
pudieron reparar en mí; luego entró un hombre á quien reconocí por la
voz: era Reduan, el monfí que pasa por ventero en el camino de Orgiva.

--¿Y que sucedió? preguntó nuevamente Yuzuf.

--Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por
dinero.

--¿Y como no impedíste ese asesinato, Calpuc? añadió con doble severidad
el anciano.

--¿Acaso no lo he impedido? ¿acaso Miguel Lopez no está en mi asilo,
curado y con grandes esperanzas de vida? ¿acaso no han quedado mordiendo
el polvo en el barranco dos de los asesinos?

--Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de tí hasta qué
punto ha habido traicion contra ese hombre.

--Ha sido un asesinato infame meditado y llevado á cabo por don Diego de
Válor.

--Cuenta Calpuc que acusas á un pariente mio.

--Lo he oido yo, he seguido paso á paso á los asesinos, arrastrándome
tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el
crímen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares
para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel
Lopez.

--¿Y has llegado á conocer el motivo por qué don Diego de Válor queria
la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente á Calpuc.

--No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero.

Quedóse un momento pensativo el emir.

--Ven, dijo al fin, asiendo á Calpuc de la mano.

Y llevándole la rambla arriba, torció una roca tajada y señaló á Calpuc
una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los múltiples
brazos de un esqueleto.

Aquella encina por sí sola hubiera inspirado tristeza; pero con las
adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones
consistian en siete monfíes ahorcados, del cuello de cada uno de los
cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros
monfíes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel árbol de
justicia.

--Ahi faltan dos hombres, dijo sombríamente Calpuc.

--¡Don Diego y don Fernando de Válor! ¡es verdad! repuso el emir; pero
si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de
Granada que los habia asesinado por temor. ¿Acaso no sabes que don Diego
de Córdoba se titula en el Albaicin, en las alquerías de la vega y en
las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada?

--¿De modo que has dejado en libertad á esos hombres?

--No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida
preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfíes.

--¡De tu hijo! ¡se habrán atrevido....!

--¿A qué habia yo de haber avanzado con mis valientes monfíes, casi
hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? ¿por quién estoy
resuelto á llevar á sangre y fuego á Granada, sino por él? ¡Oh! ¡si!
pero ¡por la santa Kaaba! tomaré una venganza horrible de esos hombres
si mi hijo ha perecido.

--¡Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc.

--Pero á pesar de esto, bueno es que los reyes velen por sí mismos.
Ahora bien, Calpuc: ¿está el herido en disposicion de contestar á mis
preguntas?

--Acaso el sueño á que le he dejado entregado restaure sus fuerzas:
acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro.

--Condúceme á donde está ese hombre, Calpuc.

--Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, tú solo hace
horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez años que yo tiemblo
por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija.

Yuzuf estrechó fuertemente la mano de Calpuc: despues llevó á sus labios
una pequeña corneta de caza y tocó por tres veces.

Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y
poco despues adelantaron en círculo, y se estrecharon alrededor del
emir, unos cien monfíes.

--Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, señalando á los siete que
estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de
un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y
escarmentad.

--¡Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfíes.

--Que las aves carnívoras los despedacen, añadió Yuzuf: cada uno de esos
hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su
crímen; ¡ay de aquel de vosotros que toque á una sola de esas monedas!

--¡Viva el emir! gritaron de nuevo los monfíes.

--A vuestros apostaderos: tú Abd-el-Malek, y cuatro mas, conmigo: ¡Mi
caballo! ¡Calpuc, á tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un
momento con Miguel Lopez.

Los monfíes se dividieron en grupos, y partieron en distintas
direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su
potro salvaje, saltaba sobre las breñas, precedido de Calpuc, cuyo vigor
era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfíes.

La horrible encina quedó abandonada con los siete repugnantes cadáveres
que se balanceaban al impulso del viento de la montaña, pendientes de
los descarnados brazos del gigantesco esqueleto.

       *       *       *       *       *

Trasladémonos á la vivienda subterránea de Calpuc.

De pié, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en
Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompañado de Calpuc.

Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de
referir á nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el
emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias.

Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un
excelente médico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se
le hacia experimentar una sensacion cualquiera.

Yuzuf se habia visto obligado á reprimir su impaciencia.

Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio médico del emir, habian
velado continuamente al lado del herido.

El peligro habia pasado; las heridas habian empezado á cicatrizarse y
tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un
interrogatorio.

Yuzuf descendió al subterráneo, acompañado de Calpuc.

Miguel Lopez dormia.

Contemplóle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo á Calpuc.

--Déjanos solos.

Calpuc obedeció.

Entonces el emir movió bruscamente á Miguel Lopez: este abrió los ojos
despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos
al despertar, reconoció á Yuzuf, se agitó en su lecho y lanzó un grito
de espanto.

--Haces bien en estremecerte, Jerif-ebn-Aboó, dijo el emir, nombrando á
Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me
has ofendido, me has sido traidor, á mi, á tu señor, á quien todo lo
debes, y te tengo en mi poder.

--Yo creia, dijo reponiéndose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo
creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como tú,
magnífico Yuzuf, no te atreverias á amenazar á un pobre herido que ha
estado á punto de ser asesinado por los tuyos.

--Los que han puesto en tu pecho su puñal, se mecen, colgados de una
encina, en la montaña.

--Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Válor.

--Son tus señores.

--¡Son mis enemigos!

Una llamarada de irritacion, de cólera sombría y letal, subió de una
manera febril á los ojos de Yuzuf, que palideció profundamente.

--¡Infame renegado! exclamó: ¿no te has atrevido á poner los ojos en una
doncella de sangre real que estaba destinada á un hijo de mi sangre?

--Isabel de Válor es mi esposa, exclamó el audaz morisco.

--Isabel de Válor es el tósigo que te mata Jerif-ebn-Aboó: ¡tu esposa la
vírgen descendiente de Mahoma! ¡la amada del emir de los monfíes!
¡Isabel de Córdoba y de Válor tuya!

--¡Ah! ¡has renunciado tu corona en tu hijo! ¿y donde está tu hijo
Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar á pedirme cuenta de su amada?

Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembló á
un tiempo de cólera y de terror.

--¿Que quieres decir hombre fatal? exclamó: ¿sabes tú lo que ha sido de
mi hijo?

--¡Cómo! ¿no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?

--¿Si lo supiera vivirias?

--Los Válor se detienen poco ante el asesinato, contestó con cierta
feroz complacencia Miguel Lopez.

--¿Y crees que se hayan atrevido....?

--En primer lugar, Yuzuf, tú has sido muy imprudente al elegir la
crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto
como un inquisidor, y que aborrezca, como tú los aborreces, á los
conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado
una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca
de amor por él. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego.
¿Quieres saber ahora quién es la mujer adúltera que ama mas que á su
alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doña Elvira de Céspedes, la esposa de
don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Mientes! exclamó con cólera Yuzuf ¿cómo has podido tu conocer á mi
hijo?

--¡Ah! ¡ah! ¡noble y poderoso señor! tú quisieras que todos los que te
sirven, todos los que se doblegan ante tí, fueran topos: pero hay
hombres... como yo... que están á tu servicio y que son feroces como el
lobo y astutos como el raposo. ¡Ah! ¡ah! era necesario ser muy torpe
para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia á sus padres, á
quien siempre acompañaba el sabio Abd-el-Gewar, á quien tú mirabas con
tanto amor, por el que te atrevias á entrar en Granada, á meterte en
medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doña Ana de
Córdoba y de Válor: ¡ah! ¡ah! yo lo sabia todo esto, mi noble señor... y
anoche... yo habia visto tambien muchas veces á doña Isabel: yo la
amé... ¡yo que nunca habia amado! la amé con toda la fuerza de mi
alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido
conseguirlo, encontrándose en la pobre situacion en que yo me
encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi
suerte á la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido
para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita
para tí y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que
don Diego no se atreviese á negarme su hermana. ¿Qué quieres, emir? el
amor nos arrastra á todo ¿No sabes que por una mujer somos capaces de
perder la vida y el alma? ¿Acaso no es una mujer la causa de que yo me
encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastró...

--¡Y vendiste por una mujer á tu patria, y ofendiste á tus señores, y
jugaste tu vida á un dado!

--Ya te he dicho que por una mujer como doña Isabel de Válor, se juega
la vida y la salvacion del alma.

--Escucha, Jerif-Aboó, dijo conteniéndose Yuzuf: por la menor cosa de
las que has hecho mereces la muerte.

--Lo sé, contestó con la misma audacia Miguel Lopez.

--De modo que don Diego de Válor trayéndote al matadero, no ha hecho mas
que usar de su derecho.

--¿Y por qué antes de entregarme su hermana no me ha matado frente á
frente?

--Eso hubiera sido leal y tú has sido traidor.

--Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo á tí, que á mí, á
pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya
que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. Tú has venido á verme
por algo, poderoso emir.

--Sin duda: he venido á que me des alguna luz sobre el paradero de mi
hijo.

--¡Ah! ¡tu hijo se ha perdido! ¡El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble
emir de los monfíes no parece!

--Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...

--¿Si te digo donde está Yaye?

--¿Lo sabes?

--No, pero lo presumo.

--Habla y pide.

--Primero es pedir que hablar: yo sé que eres noble y grande Yuzuf; yo
sé que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como tú de
respetar la fe de su palabra. ¿Si te doy indicios por los cuales puedas
encontrar á tu hijo, me perdonarás mi traicion?

--Sí.

--¿Me dejarás volver al lado de mi esposa?

Meditó un momento Yuzuf.

--Si ella se resigna á vivir contigo, sí.

--Acepto; exclamó Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de
doña Isabel.

--Es necesario ademas que te comprometas á otra cosa.

--¿A qué?

--A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te
has valido para conseguir por medio del terror á doña Isabel.

--Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doña Isabel, que ya es mi
esposa, sea mi mujer.

--Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.

--El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia
del Salvador á que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi
casamiento con doña Isabel, se presentó en casa de don Diego tu hijo.

--¿Estas seguro de ello?

--Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego
llamado Ayala, entre otras cosas graves que me reveló y que me obligaron
á que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.

--¿Y qué presumes?

--Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Válor:
preso tal vez, acaso herido.

--¡Herido! ¡preso!

--Tu hijo amaba á doña Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero;
si han mediado dicterios y amenazas... además recuerdo que cuando
despues de salir de la iglesia, fuimos á casa de don Diego, no salió á
recibirnos su esposa doña Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos
pretextó que doña Elvira no podia presentarse porque se encontraba
enferma, y despidió á los convidados; despues me dijo que era necesario
que le siguiese á las Alpujarras: que tú nos llamabas... lo demás ya lo
sabes.

--Si no me has engañado Jerif-ebn-Aboó, cuenta con tu perdon...
despues... despues, si encuentro á mi hijo, con mi recompensa.

Y Yuzuf volvió la espalda para salir.

--Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.

--¿Qué quieres? contestó volviendo Yuzuf.

--¿Me dejas solo en poder de ese gitano?

--Ese gitano, como tú le llamas, y que Dios sabe si lo es,
Jerif-ebn-Aboó, es el hombre á quien debes dos veces la vida; primero
salvándote de los asesinos, despues curándote las heridas. ¿Qué tienes
que temer de ese hombre?

--Ese hombre es un demonio, Yuzuf.

--No, no por cierto: todo consiste en que tú eres cobarde, y como
cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atreverá á
hacer contra un hombre á quien yo protejo.

--¡Ah! ¡Dios te libre del gitano, emir!

--Pídele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Aboó, adios.
Necesito buscar yo mismo á mi hijo. Nada tienes que temer si has sido
leal. Y en cuanto á ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.

Pronunció el emir con tal resolucion estas palabras, comprendió de tal
manera Miguel Lopez, que una nueva réplica solo serviria para irritarle,
que le dejó ir sin pronunciar una palabra mas.

El emir empezó á subir lentamente las escaleras: antes de llegar á ellas
le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran
rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas
de alguno de los reptiles que anidaban en el subterráneo, al deslizarse
por la piedra. Cuando llegó á lo alto notó que la puerta estaba cerrada.
Apenas tocó á ella la puerta se abrió y apareció Calpuc, con una lámpara
en la mano.

Mas allá estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfíes.

--Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su
vida me importa demasiado. Adios.

--Ve en paz, rey de la montaña, ve en paz: tus deseos son para mí
preceptos.

--Yo ruego á mi hermano, dijo Juzuf, estrechándole la mano.

--Yo amo á mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su
frente.

Poco despues Yuzuf montaba á caballo fuera de la gruta, y se alejaba
pensando para sus adentros:

--Jerif-ebn-Aboó es un zorro que no se engaña: ¿qué habrá encontrado de
terrible en el indiano...? ¡oh! ¡oh! ¿se atravesará alguna vez este
hombre en mi camino? ¡Oh! ¡Dios sabe lo oculto! ¡Dios me inspirará!

Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde
se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:

--Ese hombre desconfía de mí, me teme... tiene razon, porque él viene á
ser para mí el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi
empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. ¡Que
soy tu esclavo, rey de la montaña! ¡Ah! ¡ah! ¡soy tu hermano, como el
oprimido es hermano del oprimido! ¡pero tu esclavo no! y, sobre todo, no
te pongas en mi camino... si tú eres fuerte yo tambien lo soy... tú
tienes un ejército de bandidos, pero yo tengo tesoros... ¡oh! ¡oh! ¡tu
esclavo! ¡lo veremos! ¡lo veremos, emir!

Y pensando esto, entró en la estancia inferior, dejó la lámpara sobre la
mesa, y se sentó al lado de Miguel Lopez.

--¿Tienes interés en que tu esposa sepa que vives? le preguntó despues
de algunos momentos de silencio.

--¿Que si me interesa, dices, que doña Isabel sepa de mi vida? ¡Oh! ¡sí!
y tú...

--Yo puedo ser tu amigo ó tu enemigo: yo puedo salvarte ó perderte.

--Habla.

--¿Conoces tú al capitan Alvaro de Sedeño?, dijo despues de algunos
momentos de meditacion Calpuc. Paréceme haberte visto alguna vez á su
lado... cuando yo espiaba á ese capitan.

--¿Que espiabas tú á ese capitan? dijo con extrañeza Miguel Lopez.

--Sí.

--¡Ah! ¡ah! ¿conoces á ese hombre?

--Sí, le conozco... desde hace muchos años, dijo sombríamente Calpuc.

--Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo.

--¿Y cuál ha sido la causa de que le conocieras?

--Mis continuos viajes á las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y
algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos
pequeños se conoce fácilmente á las personas. El año pasado Alvaro de
Sedeño era capitan del presidio de Andarax.

--¿Y en qué consiste que le conoce tambien el emir de los monfíes y es
muy su amigo?

--¡Ah! ¡le conoce el emir de los monfíes! ¡es su amigo!

--Lo que no deja de ser extraño, porque Yuzuf-Al-Hhamar es enemigo de
Dios y del rey de quien es defensor el capitan.

Miró con cierta expresion de estupor Miguel Lopez á Calpuc.

--Tú pareces extranjero: tú obedeces al emir: tú sabes algunos de sus
secretos.

--Sé mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego á tí
como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de mí,
tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite
de ti.

Extremecióse Miguel Lopez porque comprendió perfectamente que se
encontraba á merced del extranjero.

--Y qué necesitas de mí.

--Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del
capitan con Yuzuf.

--¡Oh! para eso será necesario hacer traicion al emir.

--Elige entre serle fiel, ó morir. Por el contrario si me sirves bien,
yo te protejeré.

--Y cual es tu poder.

--Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo ¿no te
tengo en mis manos?

--Yuzuf me proteje.

--¡Bah! ¿y crees tú, dado caso de que yo me viese obligado á respetar al
emir, que me seria muy difícil demostrarle que habias muerto de las
heridas?

Extremecióse de nuevo, pero mas profundamente el morisco.

--Ese capitan, se apresuró á decir, impulsado por su miedo, es espia de
Yuzuf-Al-Hhamar.

--¡Ah! ¿y has entrado alguna vez casa de ese capitan?

--Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien
le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada.

--¿Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan?

--Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos
mujeres.

--¿Y cómo has conocido á esas dos mujeres?

--Sé que son dos, porque las he visto ir á misa, enteramente
encubiertas, con el Sedeño; sé que la una es muy jóven, y la otra sino
es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco
por haber hablado una vez á la jóven.

--¿Has hablado una vez á la jóven? dijo con ansiedad Calpuc.

--Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel
de Válor, me hubiera enamorado de ella.

--¿Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trémulo, á pesar de sus
esfuerzos para parecer sereno.

--¡Hermosa! ¡hermosísima! no tan hermosa, sin embargo, como doña Isabel.

--¡No tan hermosa como doña Isabel! exclamó profundamente Calpuc: creo
ademas que doña Isabel viene de gran alcurnia.

--Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la
santa, y sus abuelos han sido califas de Córdoba, contestó con orgullo
Miguel Lopez.

--Yo soy descendiente de emperadores, murmuró de una manera
ininteligible Calpuc; pero continúa, añadió dirigiéndose al morisco:
¿cómo tuviste ocasion de hablar á la jóven que vive en compañía del
capitan Sedeño?

--Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso
importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por
descuido, estaba entreabierta: oíase tras ella el puntear de una
guitarra diestramente tañida: poco despues, al sonido de la guitarra se
unió el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraña.
Tuve curiosidad, y me acerqué recatadamente á la puerta del aposento. A
pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sintió, sin duda,
porque calló la guitarra, sentí apresurados pasos de mujer, se abrió la
puerta y... me deslumbró la hermosura de la joven.

--¿Quién sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente.

--Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.

--¡De mi padre! exclamó con afan; ¿conoceis á mi padre? ¿mi padre os
envia?

--No; por el contrario, espero á que vuestro padre vuelva al castillo,
la contesté.

--¡Ah! os habeis engañado; el hombre que vive en esta casa, y que está
ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.

--¡Ah! ¡perdonad, yo creia!

--Ese hombre es mi señor, un señor infame, de quien esperamos hace mucho
tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.

--¡Ah! ¡vuestro amo!

--Sí; somos sus esclavas.

--¡Sus esclavas! ¿luego sois...?

--Somos mejicanas.

--¿Y qué quereis de mí?

--Que nos salveis.

--¡Que os salve...! ¿y cómo?

--Oid: buscad un medio para engañar á ese hombre: sacadnos de esta casa,
llevadnos á un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis
dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.

--¿Y por qué no salvaste á aquella infeliz? dijo con voz amenazadora
Calpuc.

--¿Y qué me importaba...? ademas era una esclava.

--¡Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.

--¡Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montañas de las Alpujarras
estan llenas de monfíes que nos vengan, matando cristianos, de las
infamias del vencedor.

--Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto,
los españoles caen á centenares inmolados á los manes de nuestros padres
degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas
cautivas.

--¡Tú eres mejicano!

--¡Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclamó el extranjero; yo soy el
rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jóven con
quien hablaste, de la hermosa doncella á quien te negaste á salvar.

Miguel Lopez se estremeció: habia un acento tal de dolor y de venganza
en las últimas palabras de Calpuc, que lo temió todo de aquel hombre.

Sin embargo, como en otras situaciones difíciles, recurrió á su audacia.

--¡Que eres tú el rey de los rebeldes de Méjico! exclamó soltando una
carcajada que podremos llamar artificial. ¡tú! ¡un gitano vagabundo, á
quien, no sé por qué, conoce el emir de los monfíes!

--Continúa respondiendo á mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad
el mejicano, que despues sabrás quién soy y de qué modo he llegado aquí.

--En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey
del desierto, yo no ví en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava
rebelde que pretendia librarse de su señor, y me negué á ayudarla: es
mas, referí lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeño, que
desde entonces guardó á tu hija con mas cuidado. Hé aquí la razon de que
yo conozca é esas mujeres.

--El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. ¿Sabes tú dónde ha ido?

--Sí, á Granada, dijo Miguel Lopez á quien interesaba servir á Calpuc,
porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo.

--¡A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener
ocultas en otra á mi esposa y á mi hija: las casas del Albaicin se
comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difícil saber el
paradero de mi hija y de mi esposa.

--El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el
alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don
Diego de Válor; estas dos casas se comunican por una mina.

--Ten mucha cuenta de no engañarme, Miguel Lopez.

--No, no te engaño; ¿pero qué me darás en recompensa de los servicios
que te hago?

--Te daré tu esposa: es decir haré que tu esposa sepa que vives.

--Puede no creerte.

--Tú me darás una carta para ella.

Miguel Lopez miró fijamente al mejicano.

--Un grave interés debes tú tener en que doña Isabel no se crea viuda
para que no pueda casarse con el emir de los monfíes, no con el viejo
Yuzuf, sino con el jóven Yaye, en quien ha abdicado.

--Nada te importa el interés que yo tenga en ello; cualquiera que sea,
yo me obligo á devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

--¿Qué mas?

--Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de
Válor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le
tienes en tu poder, la tendrás puesta á buen recaudo.

--¿Y qué te importa esa carta? exclamó con cuidado Miguel Lopez.

--Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta
caiga en mis manos eres hombre muerto.

--Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me dé
su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo.

--¿Y qué mas quieres alcanzar que la vida?

--¡Eres un demonio! exclamó con despecho Miguel.

--Demonio contra demonio, el mas fuerte vence.

--¿Y qué uso vas tú ha hacer de esa carta?

--Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy á traerte papel,
pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene
depositada por tí la carta de don Diego de Válor, en la que le
prevendrás que me la entregue, y otra despues para tu esposa doña Isabel
de Válor.

Dicho esto Calpuc abrió el arcon, sacó del recado de escribir, le llevó
al lecho y dijo á Miguel Lopez:

--Incorpórate y escribe.

--¡Es qué...! dijo ferozmente el morisco.

--Escribe ó mueres, le interrumpió con doble ferocidad el rey del
desierto.

Miguel Lopez comprendió que estaba enteramente á merced de aquel hombre
y se incorporó, tomó la pluma y la puso sobre el papel.

--Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni señal
alguna; porque para tí será el daño si esa carta es ineficaz.

Miguel Lopez escribió con rapidez algunos renglones y firmó.

--Mira si te contenta, dijo á Calpuc.

Este tomó la carta y leyó su contenido, que era el siguiente:

«Señor capitan Alvaro de Sedeño: os envio uno de mis mayores amigos, á
quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis
de quién es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador
os mostrará la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la
diligencia importa.--Vuestro humilde criado.--Miguel Lopez.»

--¿Y qué anillo es ese de que hablas?

--Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo
Miguel Lopez.

--Dámele, pues.

--Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y está en poder de doña Isabel.

--¡Ah!

--Doña Isabel te lo entregará.

--¿Dónde vive doña Isabel?

--Debe permanecer en casa de su hermano don Diego.

--Escribe para tu esposa lo que yo te dicte.

Miguel Lopez escribió bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta:

«Mi amada esposa y señora doña Isabel de Córdoba y de Válor: he sido
herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre
caritativo me ha recogido y curado: á Dios gracias mi vida no corre
peligro. El dador se encarga de comunicároslo. Os ruego que le
entregueis la sortija que os dí en arras de mi matrimonio con vos, que
me importa. Nada sé de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve
para mi felicidad muchos años.--Vuestro esposo que bien os ama y lejos
de vos padece.--Miguel Lopez.»

Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guardó con la otra
en su bolsa.

--Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has
engañado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos
semanas estarás al lado de tu esposa. Adios.

--¡Y me dejas aquí, solo, abandonado!

--No, no por cierto: todos los dias vendré una vez á asistirte y
curarte. Adios.

--¡Pero esto es horrible! ¡si te sucede alguna desgracia, si no puedes
volver...!

--Morirás aquí como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no
perderan nada doña Isabel, ni el emir.

Miguel dió un grito de espanto. Calpuc trepó lentamente por las
escaleras, llegó á la puerta, cerró sus triples candados, y adelantando
por la excavacion subterránea, torció por una estrecha galería, despues
de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta.

Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en
que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, llegó á una gran
excavacion cónica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella
excavacion estaba practicada en roca viva, y aquí y allá, hasta una gran
altura, se veian bocas de nuevas galerías, suspendidas sobre aquella
especie de abismo.

La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galerías era tan
perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse á ellas
sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levantó la
lámpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada á gran altura, la
miró atentamente y despues se dirigió á la roca tajada, llegó á su pié,
se puso el cabo de la lámpara entre los dientes y asiéndose con piés y
manos á las asperezas de la roca, trepó con una agilidad y una fuerza
maravillosa, como hubiera podido trepar una araña, á la oscura boca de
la galería que habia examinado.

Aquella galería se extendia perdiéndose en un fondo oscuro, adelantó
Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de
la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas
que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual.
El mejicano levantó con gran trabajo una de aquellas rocas, la removió,
y en el lugar que habia dejado descubierto, cabó con la piqueta; poco
despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera
chocado en una tabla, y al fin quedó descubierta una como arca pequeña,
que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido
construida por un artífice árabe.

Calpuc levantó aquella tapa y se vió en el interior un emboltorio de
piel de gamo adobada; sacóle, le desenvolvió, y aparecieron algunos
paquetes envueltos cuidadosamente en paños de seda y un legajo de
papeles: el mejicano tomó primero los papeles y los guardó
cuidadosamente en una ancha cartera que ocultó bajo su jubon: luego
examinó por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno
particular, y cuando pareció estar seguro de cuál era el que buscaba, le
abrió y sacó de él... una magnífica perla vírgen, íntegra, que aun no
habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se
habia desarrollado.

En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales á
aquella, lo que, atendido su enorme tamaño y su igualdad, constituia un
tesoro.

Calpuc guardó la perla, envolvió de nuevo cuidadosamente los paquetes en
la piel de gamo, depositó aquella en el fondo del cofre, echó sobre él
la tapa, le cubrió de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra
removida, y observó cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la
operacion que acababa de ejecutar.

Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera
podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian
naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza.

Calpuc desandó lo andado, llegó al borde de la gran excavacion,
descendió con la misma seguridad con que habia subido, dejó la piqueta
en el mismo lugar de donde la habia tomado y salió por la gruta á la
montaña.

Apenas estuvo al aire libre miró al cielo que estaba diáfano y
despejado.

--Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante.

Y tomó por un sendero, entre los encinares, á buen paso.

A poco que anduvo, se encontró en un claro y delante de una casita, que
á ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de
tierra y cubierta de bálago, junto á la cual pasaba un ruidoso arroyo
que fecunda un pequeño huerto plantado de hortaliza y de árboles
frutales, y defendido al norte por una peña tajada.

Calpuc abrió con llave la puerta y penetró en la casa: el espacio en que
entró estaba oscuro, pero al fondo de él se percibía un escaso
resplandor á través de una puerta entreabierta.

El rey del desierto se encaminó á aquella puerta, la empujó, y se
encontró en una pequeña habitacion muy pobre, en la que solo habia un
lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada
en la pared, una estampa de la vírgen de las Angustias, delante de la
cual ardia una lámpara.

Calpuc se descubrió, se arrodilló delante de la estampa de la Vírgen y
rezó: luego se levantó, encendió otra luz, salió de la estancia, se
encaminó á un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada;
le embridó, le ensilló, le sacó fuera, cerró la puerta de la casita,
montó y se puso en camino.

A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, llegó á
ella Calpuc, dió cortésmente los buenos dias á los guardas y entró en la
ciudad.

Poco despues llamaba á una pequeña puerta bajo los soportales de la
plaza de Bib-Arrambla, cercana á la puerta que hoy se llama de las
Orejas.

Abrióse la puerta á que habia llamado el mejicano y apareció un viejo
encorvado y de semblante receloso.

--Dios os dé muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.

--Dios os guarde señor Gaspar de Ontiveros, contestó el saludado con
marcado acento extranjero.

Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orígen, habia adoptado entre los
europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, á todas
luces, por su nombre y por sus rasgos característicos, era aleman.

--Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por
algunas horas.

El aleman abrió de par en par la puerta, y dejó paso á Calpuc que tiró
de su caballo y penetró.

Entonces el aleman cerró la puerta y llamó, presentándose á poco una
criada.

--Lleva este caballo á la cuadra la dijo, y di á Berta que disponga un
aposento y un buen almuerzo para el señor Gaspar de Ontiveros. Venid,
venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun
supongo, el asunto que os trae será para tratado sin testigos.

El mejicano siguió al aleman, que le introdujo en una especie de tienda,
á juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios
fuertes y cerrados: la luz de la mañana penetraba allí por los postigos
de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo
que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar.

--¿Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis
hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion
codiciosa el viejo Franz.

--Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el paño de seda
donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero será
necesario que esta me lo pagueis mejor.

El aleman tomó la perla con delicia, la examinó, fué á uno de los
armarios, le abrió con una de las llaves de un haz que desprendió de la
cintura, y sacó del armario una cajita de sándalo que abrió. Dentro
habia otras seis perlas.

--Igual, exactamente igual, dijo, ¡esto es un prodigio! ¿Dónde diablos
habeis ido á buscar estas maravillas, amigo Gaspar?

--¿Y qué diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este
tamaño, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro
mostrador?

--¡Poderoso Dios de Abraham! exclamó el viejo: vos debeis ser un gran
personaje, señor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas.

--No pardiéz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y
pedrería: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo-Mundo y me traigo
conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cómodamente
posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del
mar, justo es que aspiremos á una razonable ganancia.

[imagen: El capitan Alvaro de Sedeño.]

--Os dí por la última perla hace tres meses, mil doblones.

--No me dareis por esta menos de mil quinientos.

--¡Poderoso Dios de Jacob! ¿y cómo quereis que yo os pague tanto dinero,
cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?

--¿Creeis que sea fácil encontrar perlas iguales á esa?

--Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun
asi...

--¿Cuánto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que
llegase al número de cuarenta?

--¡Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! ¡un tal collar
costaria muchos cuentos de reales.!

--Por lo mismo, señor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os
costará mas cara, hasta el punto de que para pagarme la última, no
tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros
armarios.

--Traédmelas y por ese solo collar, os daré todo cuanto poseo.

--¡Paciencia! ¡paciencia! no es fácil encontrar muchas de estas
maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los
mil y quinientos doblones y no hablemos mas.

--¡Oh no! no os daré mas que los mil.

--Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.

El aleman miró ansiosamente á Calpuc.

--Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.

--Por la primera solo me dísteis doscientos doblones, y esta, os lo juro
por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maravedí menos de los mil
quinientos.

Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan
invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el
joyero, que abrió suspirando su fuerte caja de hierro y entregó á Calpuc
un bolson de cuero lleno de oro.

--Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la
tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.

--¡Ah! ¡un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!

--¡Callad! ¡callad! y no digais tales palabras, señor Gabriel, dijo
palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar
en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy católico,
apostólico romano, puro y neto.

[imagen: Estrella.]

--¡Cuántos enemigos tiene España! dijo profundamente Calpuc, contando el
dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el
cofrecillo de sándalo, al cual habia añadido una nueva perla.

--Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus
leyes y sus usos á otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo
Franz. Si no fuera tan fuerte España...

--¡Ay si un dia todos los enemigos de España se uniesen bajo una misma
bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.

--Si, si, en efecto: los moriscos, los judíos, los flamencos, los
franceses, los italianos...

--Y los hijos de América, dijo profundamente Calpuc.

--Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas
cantidades que os he dado en menos de un año, que bien podria creerse...

--Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo
intento nada contra España; vos pagais libranzas de mil quinientos
doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo
perlas y diamantes: nada mas natural, añadió el rey del desierto,
levantándose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo
que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el
almuerzo.

Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la
casa.



CAPITULO X.

Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.


Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc llegó á Granada, que rondaban
bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin, á cuyo extremo
estaba situado el palacio de don Diego de Válor.

Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion á que
habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus
allegados de ninguno de los tres.

La única persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doña
Isabel de Córdoba y de Válor.

En cuanto á doña Elvira, apenas se la veia á las horas del comer y del
rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo.

Doña Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba.

En cuanto á los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos
será decir que uno de ellos era el walí Harum el Geniz, el terrible
monfí, el confidente de Yaye en cuanto á las mejicanas, el que se habia
encargado de seguirlas y averiguar su paradero.

Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan
estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del
Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto
lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Válor.

El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto
que Harum veia salir todas las mañanas al estropoado con una cesta, y
volver á poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones:
el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el
dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por sí
mismo; no volvia á salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle
hasta cerca de la media noche.

Harum no vió jamás abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de
noche, ni entrar ó salir mas persona que el estropeado.

Por consecuencia, morando allí el capitan, era probable que morase allí
tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados.

Harum se habia dicho:

--El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego
esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dónde para
el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos
parecerá, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda
que no me irá mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnífico
emir me encargó con todo el empeño de un enamorado que procurase dar con
ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos
frente á frente de la hermosa dama.

Harum, pues, se dedicó con toda su actividad y con toda su inteligencia
al asunto que se le habia encomendado.

Dióse á espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo
él, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir
que los monfíes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos
que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la
Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y
venian á las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban
á los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se
mostraban sumisos y obedientes al rey, á su capitan general y á sus
justicias: pero cuando los monfíes estaban en las poblaciones, era para
espiar.

Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la
montaña, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos
que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor;
muchos de ellos, aunque todavía se permitia á los moriscos hablar en su
dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente
el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte
monfíes que habian acompañado á Yaye y Ab-el-Gewar, eran de este número.
En cuanto á Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los
castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de
sedas en la Alcaicería.

Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el
comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de
Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qué habia tomado
aquel apellido moro, decia á sus conocidos cuando le preguntaban por su
supuesto hijo:

--Está en Florencia por _raja_, ó en Flandes por encajes: ha ido á
Génova á contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes,
ú otra contestacion por este estilo.

Del mismo modo todos los monfíes cuando andaban entre los cristianos,
tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos.
Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas;
encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se
favorecian los unos á los otros; se entrometian mansamente en todas
partes, y de este modo sabian á tiempo cuándo se aprestaban soldados
para marchar á las Alpujarras, ó con cuánto resguardo iban las conductas
de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las
villas y castillos de la montaña; asi es que casi todas aquellas tropas
eran batidas por los monfíes, y casi todas aquellas conductas apresadas.

Interesados en no hacerse sospechosos los monfíes, parecian los moriscos
mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando
hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer
tocino y de pertenecer á cofradías religiosas. Sucedia con mucha
frecuencia, que engañados por estas prácticas exteriores, el presidente
de la Chancillería, el capitan general, el alcalde mayor y el
corregidor, usasen como confidentes contra los monfíes, de los mismos
monfíes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia
los conspiradores sirven como polizontes á los gobiernos; esto es,
cobran sueldo del gobierno, y se sirven á sí mismos.

Harum era uno de estos hombres; conocíanle en Granada altos y bajos,
cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de
Mendoza casi le tenia cariño, y le tuteaba; el presidente de la
Chancillería solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con
frecuencia, que si todos fuesen como él, se podria dormir á pierna
suelta sin temor á levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor
y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crédito cuando le pedian
informes acerca de este ó del otro morisco que se habia hecho
sospechoso.

Sin embargo Harum era uno de los walíes ó capitanes mas tremendos de los
monfíes; una vez á caballo, al frente de una banda de ballesteros, y
acometiendo una villa que se habia hecho merecedora de un severo castigo
por parte del emir, la trataba sin compasion; caian bajo su lanza ó su
espada la munjer, el niño y el anciano, como el varon mas fuerte y
robusto, é incendiaba las mieses y los caseríos, sin lastimarse del
hambre que aquella devastacion debia producir en comarcas enteras.

Entonces el semblante de Harum era feroz, su palabra breve y dura, su
corazon inaccesible á la piedad; una vez lanzado su grito de guerra, su
tremendo ¡Allah le ille Allah![8], se convertia en un tigre hambriento;
poníansele ante los ojos las desdichas de su patria, y se cobraba con
usura en sangre cristiana de la fingida sumision que se veia obligado á
demostrar cuando vivia en las poblaciones.

En Harum habia dos hombres: el capitan monfí y el buen espía: cuando
desempeñaba este último papel se transformaba: mostrábase afable,
locuaz, alegre, un tanto casquivano, un mucho galanteador y de todo
punto inofensivo: el amor de las mujeres servíale á las mil maravillas
para averiguar muchas cosas, y para introducirse en muchos lugares, y
como era jóven y galan, y sobre galan buen mozo, hé aquí que Harum
representaba en el Albaicin un tercer papel, el de don Juan Tenorio.

Generalmente representaba otro cuarto papel, el de gefe de los monfíes
que se encontraban como espías en Granada. Harum les daba sus órdenes,
recibia sus noticias, las comunicaba, y era en fin, el ege de aquella
máquina invisible, cuyos efectos sentian los cristianos sin conocer la
causa que los producia.

Tal era el hombre á quien Yaye habia encargado que no perdiese de vista
á la prisionera mejicana, y á quien habia encargado tambien Yuzuf
averiguase el paradero del poderoso emir de los monfíes Muley
Yaye-Al-Hhamar.

En cuanto al primer asunto, Harum comprendió que si rondaba mucho la
casa del capitan podria inspirar sospechas al estropeado y hacer que se
marchase con las dos mujeres y con mas precauciones á otra parte.

Aprovechó, pues, la ocasion de desalquilarse una vieja casucha medianera
de la que ocupaba Sedeño, especie de tinglado viejo, que se levantaba
como una construccion parásita, apoyada en el casaron donde vivia el
estropeado.

Apenas se encontró solo en esta casucha Harum, la reconoció de alto á
abajo: entraban en ella el viento y el sol por todas partes, cuando no
por ventana, por rendija, lo que la hacia sumamente ventilada, cualidad
inapreciable en aquella estacion, que, como sabemos era la de los
calores; además un pequeño huerto de este tugurio lindaba, por un
accidente casual, con los dos jardines de las casas de don Fernando de
Válor y del capitan Sedeño.

Harum reconoció minuciosamente las paredes medianeras con el casaron
habitado por el capitan; nada encontró en ellas que le ayudase: eran
demasiado fuertes y al parecer gruesas para que pudiese abrirse en ellas
una mira sin causar ruido y apercibir á los vecinos: renunció, pues, á
las paredes medianeras y reconoció la cueva ó sótano: allí fue distinto:
encontró la boca de una mina, pero cegada.

Harum se decidió á franquear aquella mina.

Despues reconoció las tapias del huerto y vió que con poco trabajo podia
entrarse por ellas tanto al jardin de don Diego de Válor, como al de la
casa habitada por el estropeado.

¿Pero á qué penetrar en este último jardin no estando en inteligencia
con la hermosa morena?

Sin saber porqué, Harum cifró grandes esperanzas en la mina y se dedicó
á hacerla practicable.

Desde aquella noche principió á trabajar, aunque por el momento los
resultados fueron capaces de hacer desistir al mas testarudo.

La mina estaba cegada á piedra y lodo.

A pesar de esto, dedicó las noches á aquel trabajo de zapa, sin dejar
por ello de aprovechar los dias en otras investigaciones.

Despues de haber trabajado en la mina con mucha precaucion para no ser
sentido, desde el principio hasta el medio de la noche, se recogia al
lecho y dormia hasta el amanecer; despues se ponia en la parte mas alta
de su habitáculo, detrás de una rendija, á observar los dos jardines y
las ventanas y galerías de las casas inmediatas.

Todos los respiraderos de la casa del capitan estaban siempre cerrados,
asi como el jardin desierto: en cuanto á la casa de don Diego de Válor
era distinto: veíase tanto en el jardin, como en las ventanas y
galerías, el tráfago de una numerosa servidumbre; generalmente despues
del amanecer, veia Harum una jóven hermosa y triste, que aparecia en los
cenadores, adelantaba con paso lento, se sentaba en un banco de piedra
debajo de una enramada de jazmines, y permanecia allí, pálida, inmóvil y
profundamente pensativa, hasta que, entrando el dia y creciendo el
calor, se levantaba, y con el mismo paso lento volvia á desaparecer por
el fondo de los cenadores.

Aquella jóven era doña Isabel de Válor; la causa indudable para Harum de
la pérdida de Yaye.

Se nos olvidó decir que se habian recibido unas noticias tales de la
muerte de Miguel Lopez por los lacayos que habian acompañado á don Diego
y á don Fernando, que doña Isabel vestia luto.

Y ahora que recordamos á Miguel Lopez, debemos añadir que ni una palabra
se sabia acerca del paradero de don Diego de Válor y de su hermano don
Fernando.

Aquello era una cadena de misterios.

En cuanto á doña Elvira de Céspedes, Harum no la habia visto ni una sola
vez en el jardin, ni en los miradores, ni en las galerías. Sus mismos
criados y su cuñada doña Isabel la veian muy poco: á las horas de comer
y de las mas precisas atenciones domésticas y nada mas: despues
afectando tristeza por la extraña ausencia de su marido y la falta de
noticias suyas se encerraba pasando apartada de la vista de todo el
mundo la mayor parte de las horas del dia.

Doña Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doña Elvira:
sentia por él unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola,
pero guardaba una reserva sin límites: para saber que Yaye vivia, la
bastaba mirar el semblante de su cuñada; pero la observacion de aquel
semblante era un tormento para doña Isabel.

Parecíala notar en los ojos de doña Elvira una segunda vida; la vida de
un amor ardiente y satisfecho...

Pero volvamos á Harum.

Despues de su observacion salia á la calle y se dedicaba á nuevas
investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan;
pero por mas que él y los otros monfíes que con él estaban en Granada,
revolvieron é indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan
era forastero y nadie le conocia.

Del mismo modo todos sus esfuerzos eran inútiles para dar con el emir;
todos los dias, pues, á la caida de la tarde, iba á dar cuenta de sus
trabajos á Abd-el-Gewar.

Esta cuenta se reducia á muy pocas palabras.

--Santo faquí, decia Harum inclinándose, ni yo ni los mios hemos podido
averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir.

Abd-el-Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal á Yuzuf por
mano de un monfí.

Al fin un dia Abd-el-Gewar recibió la siguiente carta de Yuzuf.

«Creo que yo me encuentro mas cerca que tú de saber el paradero de mi
hijo.»

Y sin embargo Abd-el-Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice,
con la mano; le tenian enmedio, aunque á alguna profundidad debajo de
tierra.

Doña Isabel, que era la única partícipe del secreto con su hermano y su
cuñada, habia callado por amor á su hermano, á pesar de que sabia que
Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una
mujer que le amaba.

Isabel por un sin número de razones se veia obligada á callar y á
sufrir.

Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.

Durante aquel mes ninguna noticia habia venido á desmentir la noticia de
la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don
Fernando de Válor.

Un dia que doña Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida,
sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino á sacarla de su
abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levantó
los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y
vió que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un
mendigo, que á su vez pugnaba por llegar hasta ella.

--¿Qué quiere ese hombre, Andrés? dijo doña Isabel.

--Este hombre, señora, ha aprovechado un momento en que he dejado
abierto el postigo, y quiere á todo trance hablar con vos.

--¿Y qué quereis buen hombre...?

--¡Ah! ¿qué quiero...? tened caridad de mi, señora, y Dios la tendrá de
vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.

--Dadle una limosna, Andrés, y que se vaya, dijo doña Isabel.

--Ved señora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien á este
canalla es pedir á Dios una desgracia, porque esta gente está maldita de
Dios.

--¡Malditos de Dios! ¡si es verdad! ¡malditos de Dios! exclamó
roncamente el mendigo: los crímenes de nuestra raza han caido sobre
nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros
abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos.

Doña Isabel se conmovió; habia en el acento de aquel hombre algo de
solemne, algo de terrible, algo de ese no sé qué misterioso que revela
los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de
una raza entera: por mas que doña Isabel fuese cristiana de corazon,
pertenecia á un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa
se le hacia simpático aquel otro hombre, que parecia pertenecer á otro
pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada.

Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se
presentaba á doña Isabel con el extraño disfraz de mendigo.

Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener
casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera.

--Dejadle que se acerque, dijo doña Isabel al lacayo.

--Pero ved que estos gitanos... insistió el criado.

--Dejadle, dejadle que se acerque, repitió doña Isabel: ¿por qué hemos
de arrojar lejos de nosotros á los pobres?

Andrés se apartó de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc.

Este se acercó á doña Isabel y la contempló en silencio algunos
momentos, con una profunda expresion de lástima.

--¡Cuán hermosa sois señora, y cuán digna de ser feliz! la dijo.

--¿Y quién os ha dicho que yo soy desgraciada? contestó con cierta
dureza dona Isabel quien, á pesar de todo, la sentaba muy mal que un
hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lástima.

--¡Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria
necesario que nadie nos escuchase.

--¿Y era esa la caridad que veníais á pedirme?

--Yo no soy mendigo, señora.

--Sin embargo vuestro aspecto...

--Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda
oirnos.

Dominada hasta cierto punto doña Isabel por aquella extraña aventura,
mandó á Andrés que se retirase.

Este se retiró á alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo
del mejicano.

Cuando este vió que no podia ser oido la dijo:

--Os tengo lástima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.

--¿Quién os ha autorizado á insultar á mi familia?

--¡Oh! ¡la desgracia!

--¿Ha causado mi familia vuestra desgracia?

--No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con
mucha facilidad por nuestras las desgracias de los demás.

--Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que
tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de mí.

--Concluiré muy pronto: tomad.

Y sacó de entre sus andrajos una carta que entregó á doña Isabel.

Al ver el sobre de aquella carta doña Isabel dió un grito.

Habia reconocido la letra gorda, bárbara é irregular de Miguel Lopez.

El sobre de aquella carta decia:

«A mi muy querida esposa doña Isabel de Córdoba y de Válor.»

Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterráneo por
mandato de Calpuc.

Esta carta aterró de mil maneras á doña Isabel: ella no habia deseado la
muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si
al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por
la infamia que suponia en sus hermanos, que por el interés que podia
causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya
sabemos que el interés que podia tener doña Isabel por Miguel Lopez era
negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez,
luto y viudez de que habia venido á sacarla con una prueba indudable
Calpuc.

Doña Isabel se puso de pié de una manera nerviosa y miró con los ojos
lúcidos y asombrados al mejicano.

--¡No ha muerto mi esposo! dijo.

--No, no ha muerto aun, contestó Calpuc.

--¡Es decir que está en peligro! repuso palideciendo la joven.

--No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morirá mañana.

--No os comprendo bien ¿quereis tal vez aterrarme?

--Yo no pretenderia jamás imponer terror á un ángel, señora. Solo os he
dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me
parece que es una cabeza sentenciada: sí; estoy seguro de que Miguel
Lopez morirá de mala muerte.

--¡De mala muerte! ¿y por qué?

--Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por
la mano de Dios.

--¡Ah! exclamó doña Isabel; escudado con esta carta, que de una manera
tan extraña me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras
palabras.

--Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.

--Pero, en fin, dijo doña Isabel: ¿quién ha sido causa del desgraciado
suceso acontecido á mi esposo? Los lacayos que vinieron á traernos la
triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido
acometidos por los monfíes de la montaña; que mi esposo habia sido
muerto y que mis hermanos habian desaparecido.

--Es cierto que los monfíes acometieron á vuestro esposo, pero fueron
pagados para ello por vuestro hermano don Diego.

Doña Isabel palideció aun mas y bajó la vista ante la profunda mirada de
Calpuc.

--Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continuó este á no haber
sido porque yo acudí en su socorro.

--Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doña
Isabel.

--¡Ah! ¡si yo hubiera conocido á Miguel Lopez, le hubiera dejado morir!
contestó con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha
hecho de otro modo.

--Sí, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy
profundamente agradecida.

--Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de
Dios.

--Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doña Isabel, fijando
profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.

--En verdad que no, señora, pero me era preciso adoptar un disfraz
cualquiera, para acercarme á vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y
para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va
haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis
la sortija que os dió en arras de su casamiento con vos.

--¿Y os urge recibir esa sortija? dijo doña Isabel.

--No, no ciertamente. Podré esperar hasta esta noche.

--¡Esta noche! ¿y dónde creeis que podreis verme esta noche?

--Aquí, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y
podamos hablar sin ser sentidos de nadie.

--¡Eso es imposible! ¡yo sola, de noche, con un hombre á quien no
conozco!

--¿Recelais de mí despues de haber leido la carta de vuestro esposo?

--No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy
desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.

--¿A qué hora?

--Despues de las ánimas.

--Despues de las ánimas estaré en el postigo del jardin.

--A esa hora y confiando en vuestro honor, os abriré.

--Adios, pues, señora, y hasta la noche.

--Hasta la noche: adios.

Y Calpuc se separó de doña Isabel, lanzó una profunda y ansiosa mirada á
las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeño, y que se veian
por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas
exhaló un profundo suspiro.

Despues salió por el postigo, pasando junto al lacayo Andrés, al que ni
siquiera saludó.

--¡Oh! será necesario avisar al alcalde para que prenda á ese hombre si
vuelve á venir, murmuró el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y
á no ser por la señora, yo le hubiera echado á palos.

--Ese hombre es un desgraciado, Andrés, dijo doña Isabel, y debemos
compadecer y ayudar á los desgraciados.

Doña Isabel se alejó y entró por el cenador, mientras Andrés murmuraba
cerrando el postigo del huerto:

--¡Un desgraciado! quiera Dios que su venida á esta casa no nos cause
alguna desgracia.

La escena que acabamos de referir pasó cabalmente á la hora en que
Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina á los dos huertos del
capitan estropeado y de don Diego de Válor.

--¡El cazador de la montaña! dijo al reconocer á Calpuc ¡el hombre á
quien protege el poderoso emir! ¿Por qué viene aquí ese hombre y
disfrazado de mendigo á hablar con doña Isabel de Córdoba y de Válor?
Será necesario avisar á Ab-del-Gewar.

Pero antes, añadió, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la
mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeño está fuera. Xariz y
Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado á caballo el
camino de la montaña. No se sale asi á la gineta sino para tardar
algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puños y adelante.

Y dejándose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perláticas,
descendió á los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de
tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendió una
linterna; tomó una piqueta, y se metió por un estrecho pasaje que habia
abierto á pico.

A trechos se veia la antigua mina árabe en toda su anchura y altura,
capaz de contener un hombre á caballo, porque la mina solo habia sido
cegada á trechos: si Harum hubiese tenido una brújula y un plano del
terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en
direccion á la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hácia
la de don Diego de Válor.

Sea como quiera, á poca distancia se detuvo Harum delante de una pared
que cerraba la mina, y dejó la linterna en el suelo.

--Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontré esta
pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya
muy avanzada la noche; la caída de los escombros por esotra parte debe
producir un gran ruido y era exponerse á que se malograse mi plan. Sin
embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa
alguien que guarde á la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es
ir prevenidos: llevo un excelente puñal... y sobre el corazon; que no es
flojo ni asustadizo, una buena cota á prueba. Adelante pues. Cúmplase lo
que está escrito, y que el Dios Altísimo y Unico me proteja.

Y levantando la piqueta descargó un formidable golpe sobre la pared, que
fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era
un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumbó,
produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido
sordo y opaco.

Quedó abierto un boqueron practicable: Harum tomó la linterna, saltó
sobre los escombros, y se encontró en una mina mas ancha y enteramente
desembarazada, que se prolongaba á la derecha y á la izquierda del
boqueron donde habia entrado.

--¡Por Satanás! dijo el monfí: me encuentro en un pasaje que conduce á
dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado.
Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aquí está casi en
línea recta; la casa del alférez está á la izquierda: la de don Diego de
Válor á la derecha, pues señor: tomemos á la izquierda: esto no impide
que despues de reconocer el terreno tomemos á la derecha. Acaso, acaso,
descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues.

Y tomó con una gentil audacia la mina adelante, á la parte de la
izquierda.

A poco que anduvo tropezó con una escalera y trepó por ella: á la altura
de cincuenta peldaños encontró una puerta, bien conservada y que parecia
estar en uso.

Un impulso de alegría inundó el alma del monfí: pero aquel impulso no le
hizo ser imprudente. Acercó el oido á la puerta y escuchó. Nada
absolutamente se oia tras ella: permaneció escuchando algun tiempo mas,
y ningun ruido alteró el silencio: entonces acercó la luz de la linterna
á la puerta y la examinó minuciosamente.

Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para
violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido.

Harum suspiró.

--Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, será
prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconoceré por fuera el
terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer á
quien me ha encargado que busque el emir. Ademas será prudente traer
conmigo mejores armas.

Harum bajó de nuevo las escaleras y se aventuró en la mina; pero
abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se
habia empeñado, pasó junto al boqueron por donde habia penetrado en la
mina, y siguió en direccion de la casa de don Diego de Válor.

Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces,
una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no
temiesen ser escuchados. Harum adelantó con precaucion, y notó que las
dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta
salia, proyectándose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el
monfí adelantó aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el
hombre y la mujer que estaban en el aposento.

La voz del hombre hirió su oido de una manera particular, como si le
fuera muy conocida, y al fin la reconoció y exclamó con asombro:

--¡El emir! ¡encerrado en un subterráno con una mujer!

Harum no supo por el momento qué hacer.

--Si, si, está ahí; pero yo no debo escucharle, ¡no! ¡el siervo no debe
descubrir los secretos del señor! ¡seria hacerle traicion! ¡pues bien!
¡me ocultaré, observaré cuando salga esa mujer! y entonces... ¡oh!
entonces me presentaré á él y le diré: señor, ¡vuestro padre os busca
desesperado! ¡si estais cautivo, yo os traigo la libertad! ¡si estais
libre, volved un momento, señor, junto á vuestro padre, junto á vuestros
leales monfíes...! despues... despues tiempo os quedará para el amor.

Tomada esta leal resolucion, Harum se volvió atrás, buscó el boqueron,
le encontró, se sentó sobre los escombros y apagó la linterna, para que
no pudiese denunciarle su luz.



CAPITULO XI.

     Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á
     Yaye.


Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia á un buen vasallo, en
no escuchar lo que su señor hablase; pero el autor comprende que no
estan en el mismo caso sus lectores, y va á introducirlos en aquel
aposento vedado para Harum.

Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Válor y su mujer doña
Elvira de Céspedes, habian ocultado á Yaye, á causa del accidente que le
habia producido la noticia del casamiento de doña Isabel.

Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo á nuestros
lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.

Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la
estancia.

Doña Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al
jóven, que estaba hermosísimo.

--¿Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doña Elvira.

--Mi resolucion decidida, contestó el jóven con acento severo.

Por algunos momentos doña Elvira, á quien pareció contrariar la
respuesta de Yaye, guardó silencio, impaciente é irritada.

--¿No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez,
para que consintais en lo que deseo, en lo que ansío... en lo que debia
llenaros de orgullo, porque lo que yo ansío, lo que yo deseo, es ser
vuestra, enteramente vuestra?

--¿Y no lo sois, señora? dijo dominándose Yaye, y procurando dar á su
acento la dulzura del amor, ¿no soy yo vuestro?

--Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la
tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis
mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis
mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra
ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á
pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.

Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.

--Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz,
brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi:
cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder,
cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á
la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme,
enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si!
porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis
hecho probar... ¡pero despues...!

El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.

--Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo
amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...

--¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.

--Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era
empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles,
voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto
inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el
empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo
que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido,
cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi
anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun
no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un
ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo
no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para
miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra
misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho,
mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose
nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos
unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se
embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun
perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida
vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra
la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis,
señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo
desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre
pertenecer de una manera mas completa á una mujer?

--¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se
arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino
haciéndome pedazos el corazon!

--¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la
enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres
Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?

--¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!

--No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan
en las montañas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la
mano, os hubiera presentado á los suyos y les hubiese dicho: hé aquí mi
esposa; hé aquí vuestra señora; pero vos no os detuvísteis en vuestras
revelaciones: me dijísteis: yo soy casada, lo que equivalia á decirme:
somos adúlteros.

--¡Ah! exclamó doña Elvira.

--Y no bastaba esto: me dijísteis soy esposa de don Diego de Córdoba y
de Válor, lo que equivalia á decirme: somos infames, porque don Diego de
Córdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era
hermana del padre de don Diego.

--¿Y qué importan todos los parentescos, todos los vínculos, cuando se
ama como yo os amo?

--Doña Elvira el crímen siempre es el crímen, y no es puro el placer en
el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el
Altísimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os
vi á mi lado; me encontraba en una situacion extraña; yo os creia una
hurí enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que
ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he
conocido que nuestros amores ofendian á Dios y á los hombres, me he
detenido, he vuelto atrás en la senda de la perdicion en que habia
entrado sin saberlo...

--¡Porque no me amais! ¡porque os habeis burlado de mí! exclamó con
violencia doña Elvira.

--No os amo porque no debo amaros, señora; no os amo, porque perteneceis
á otro hombre; porque me habeis engañado...

--¡Porque amais á mi cuñada doña Isabel!

--Para que yo no ame á doña Isabel basta el que sea como vos una mujer
casada.

--¡Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doña Isabel, no reparariais
tanto en ofender á Dios y á los hombres, exclamó con despecho doña
Elvira... y luego... ¡si doña Isabel fuese viuda... viuda y...
vírgen...!

Yaye, á pesar del dominio que tenia sobre sí mismo, palideció de una
manera marcada.

--¡Oh! ¡si! ¡la amais! ¡la amais! exclamó con rabia doña Elvira, notando
la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... ¡pues bien!
¡sabedlo...! ¡os lo voy á revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia
entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no sé
por qué, le llevó consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doña
Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuñado don Fernando y cuatro
lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los
lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por
los monfíes y que mi esposo y mi cuñado habian desaparecido.

--¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! exclamó Yaye, en cuya
imaginacion surgió una sospecha: ¿y se ha confirmado esa muerte?

--Mi cuñada, vuestra hermosa doña Isabel, lleva luto por ella... ¡y está
tan hermosa con su luto...!

--¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! repitió profundamente Yaye.

--¡Oh! ¡ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el
padre de mi esposo; segun él, vos y doña Isabel debiais uniros para
salvar ciertos intereses encontrados: no sé por qué, obligado acaso por
la fatalidad, mi esposo entregó su hermana á Miguel Lopez... pero
llegásteis vos... os encerrásteis con mi esposo... yo escuché vuestra
conversación... y Miguel Lopez fue sentenciado...

--Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en
ese asesinato.

--Si, si: bien sé que el único autor de ese delito es don Diego de
Córdoba, mi esposo, pero sé tambien que su delito es inútil, porque no
os casareis con doña Isabel, os lo juro.

--Ya os he dicho, continuó dominándose Yaye, que en el momento en que
doña Isabel ha pertenecido á otro hombre he dejado de amarla.

--Es que doña Isabel no ha pertenecido á nadie, exclamó con una
malignidad indescribible doña Elvira, ni aun á su hermoso Yaye, á quien
ama con toda su alma... me habeis llamado adúltera porque el amor me ha
arrojado en vuestros brazos: ¿y creeis que no seria tambien adúltera
doña Isabel, vuestra virtuosa doña Isabel, si vos la hacias oir una sola
palabra de desesperacion..? ¡oh! ¡las mujeres cuando amamos no reparamos
en nada...! ¡el amor ha sido creado por Dios para que le sienta única y
exclusivamente la mujer!

Yaye se contenia visiblemente: notábase, á pesar de su profunda reserva,
no solo que no amaba á doña Elvira, sino que le inspiraba aversion.

Doña Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por
decirlo asi, del semblante del jóven, le comprendia y se irritaba.

--Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy
desgraciada: yo amaba á mi esposo y á fuerza de humillaciones he llegado
á aborrecerle: yo debia vengarme de él tarde ó temprano; pero no he sido
una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario
que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os ví... os amé, os he
amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo
esposo os puso en mis manos: he velado junto á vos anhelante, viendoos
entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido
amada y vengada de las injurias que como mujer debia á mi esposo... vos
me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengaré... os juro que
sereis mi esclavo, que no volvereis á ver la luz del sol.

--La pasion, una pasion que no comprendo bien os extravía, señora, dijo
Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar á
un hombre de su libertad.

--Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais á arrojaros
á los piés de doña Isabel, para que podais decirla, ¡eres viuda...! ¡sé
mi esposa...! ¡y yo entre tanto... deshonrada...! ¡perdida...! ¿que
creeis que seria de mí si durante una larga ausencia de mi esposo diese
á luz un hijo?

Yaye se estremeció.

--Y estoy segura... ¡oh! ¡si! ¡os amo tanto! ¡he sido tan feliz! ¡oh
Dios mio! ¡Dios mio! al menos aunque él me desprecie... si me queda una
prenda de su amor, seré feliz... muy feliz... y esa felicidad... de
seguro me la ha concedido Dios.

--Dios no querrá que vuestra insensata pasion os haya llevado á tal
punto señora. Dios no querrá que tengais un doble remordimiento... por
el esposo y por el hijo: en cuanto á mí soy inocente, bien lo sabeis; si
fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.

--¿Me haríais vuestra esposa si yo fuese libre? observó acentuando cada
una de estas palabras doña Elvira.

--Cuidad lo que haceis, señora, dijo Yaye.

--¡Qué! dijo doña Elvira con sarcasmo; ¿creeis que yo seria capaz de
matar á mi marido por ser vuestra?

--Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesároslo: os creo
capaz de todo.

--Pues bien, dijo con una calma glacial doña Elvira: esperadlo todo de
mí. Todo, hasta la venganza.

--Habeis elegido muy mal camino, señora, dijo Yaye con acento frio: ya
os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra mí: os he suplicado
que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os
habeis negado á ello á pretexto de que no volveria á veros. En efecto,
una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no
volveriais á verme sino por otra casualidad..... porque el deber me
manda apartarme de vos. Jamás hubiera yo incurrido en el crímen que
hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en
el cual no pertenecen al hombre sus acciones.

--¡Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclamó con
una soberana altivez doña Elvira.

--Sí, respondió con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos,
porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad
terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un
insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por última vez
para que me dejeis en libertad de ir á donde me convenga, puesto que
ningun derecho teneis para retenerme á vuestro lado.

--¡Jamás! exclamó doña Elvira.

--Pues bien, señora, dijo Yaye adelantando hácia doña Elvira, que
retrocedió hácia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer
con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escándalo
que quiera.

Y adelantó aun mas hácia doña Elvira.

--¡Ah! ¡no!... exclamó esta: vos sereis caballero... vos no querreis
emplear la fuerza contra una dama.

Yaye se detuvo á esta invocacion á su honor.

--Solo os suplico, dijo doña Elvira que mediteis en mi amor, en mi
desesperacion: ¡sino os volviera á ver..! ¡qué! ¿tanto os costaria, sino
podeis ser mi amante, ser mi amigo?

--¿Me jurais, señora, sacarme de aquí?

--Os lo juro.

--Pues bien: cumplid vuestro juramento.

En aquel punto doña Elvira que gradualmente se habia acercado á la
puerta, la ganó de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la
cerró, corriendo los cerrojos.

--Sí, sí, dijo doña Elvira desde detrás de la puerta: tú saldrás de aquí
Yaye, pero muerto de hambre, ó entregado enteramente á mi: yo te lo
juro.

Y se alejó lanzando una insensata carcajada que retumbó en la mina.

Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues
todo quedó envuelto en el mas profundo silencio.



CAPITULO XII.

De cómo Dios premió la constancia de Yaye.


Yaye quedó mudo de asombro y de cólera en el centro de la estancia.

Las últimas palabras de doña Elvira tenian una muy fácil explicacion.

«Tú saldrás de aquí muerto de hambre ó entregado enteramente á mí.»

Esto queria decir que doña Elvira pensaba valerse de algun brebaje para
aletargar al jóven y conducirle á un lugar mas seguro; brebaje que solo
podria evitar Yaye sentenciándose á morir. Era aquel el último límite á
donde podria llegar el empeño de una mujer.

Yaye conoció que doña Elvira le tenia enteramente en su poder: la
habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta
de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su
bóveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo,
indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel
ventanillo podia doña Elvira introducirle alimentos preparados para
producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor
violencia con ella. Yaye, pues, sacudió con fuerza la puerta; pero esta
era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consiguió: metió el brazo
por el ventanillo, y probó si alcanzaba á los cerrojos: esto tambien era
inútil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y
su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar á los
cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendió que si esperaba mucho
tiempo, doña Elvira comprendería que los cerrojos no bastaban para
asegurar á su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.

Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y
franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba
ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender á doña Elvira cuando
volviese.

Pero no se le ocurrió medio en lo humano: comprendió que estaba
seriamente preso, y á merced del fatal amor de doña Elvira.

La única esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos
momentos don Diego de Córdoba y de Válor.

¿Pero quién sabia lo que habia sido de don Diego?

Empezaba Yaye á desesperarse, cuando oyó en la mina unos pasos marcados
de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto á la razon en
aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doña Elvira le
enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irritó. Los
pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto á la puerta.

Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta
nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

--¿Estais solo, señor?

--¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al
ventanillo de la puerta.

--Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum-el-Geniz.

--¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los
cerrojos, mi buen Harum.

--¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abrió.

--¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó
Yaye.

--Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por
donde he entrado, venid señor y lo vereis.

Harum á quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jóven
emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tomó la bujía que ardia
sobre la mesa y salió seguido de Yaye.

Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostró al jóven.

--Hé aquí por donde he entrado, señor. Por esa mina adelante, pronto muy
pronto, vuestra grandeza verá la luz del sol.

Y siguió por la mina precediendo al jóven emir.

Cuando este se encontró en las habitaciones superiores, cuando vió el
cielo, las nubes, el sol, los árboles, la Alhambra, á lo lejos la alta
cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y á los pies de la sierra la
extendida vega con sus lejanas montañas azules, respiró como quien se
siente aliviado de un peso enorme.

--¿De qué manera quieres que te recompense el emir? exclamó con alegría
volviéndose á Harum.

--¡Ah, señor! dijo el monfí; me basta con ser vuestro secretario de
confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: á vuestro lado
siempre, porque teneis enemigos, señor; todos los reyes los tienen y mi
única ambicion es serviros de escudo.

--Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qué tribu eres, dijo
con la gravedad de un rey Yaye.

--De la tribu Zeneta, señor, contestó con orgullo Harum.

--Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, walí, para que puedas
estar continuamente á mi lado, dormir á los piés de mi lecho, y llevar
tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.

--¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de
Yaye.

--Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué
á Granada?

--¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese
sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?

--¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo
Yaye.

--Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.

--¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el
jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.

--Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos
corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la
próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al
frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde
el fondo de su alma.

--¡Ah! ¡doña Isabel!

En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de
luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.

--¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz
apagada por la conmocion Yaye.

--Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco
de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero
retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de
don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser
visto.

Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un
aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde
se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos
huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

--¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.

--Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.

--¿Has hablado alguna vez con ella?

--Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.

--Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?

--Se le cree muerto.

--¿Se sabe quién ha mandado su muerte?

--Creese que sea cosa de don Diego de Válor.

--¡Infame! murmuró Yaye: pero... me han dicho que ha muerto á manos de
unos monfíes.

--Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos ó tres veces á la
montaña durante este mes, don Diego sobornó á Reduan, que vivia como
ventero junto á Orgiba y á otros seis: vuestro poderoso y justiciero
padre, señor, mandó ahorcar al dia siguiente á Reduan, y á los otros
seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.

--¿De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi
padre?

--Ha sido un asesinato y nada mas.

--¿Y qué se han hecho don Diego y don Fernando de Válor?

--Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.

--¿Y mi buen ayo Ab-del-Gewar?

--Está inconsolable por vuestra pérdida y nos hace revolver la tierra á
mí y á los veinte monfíes que tengo á mis órdenes.

--Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que á nadie digais que he
parecido.

--Muy bien, señor.

--A nadie, ¿lo entiendes?

--Si señor.

--Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de
don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.

--Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...

--Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.

--¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no
ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama
morena que me mandásteis seguir.

--¡Cómo! ¿sabes donde para?

--Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el
de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.

--¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?

--Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme
de cierta herramienta.

--¡Ah! ¡forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: ¡exponerse á pasar
por un ladron!

--La puerta que yo forzaré es tan reservada, como que da á un extremo de
la mina donde está la habitacion en que os han tenido cautivo.

--Pues bien, cuanto antes liberta á esas desdichadas mujeres, pónlas
bajo el amparo de la justicia, devuelve á la jóven la joya y...

--¿Y por qué no habeis de hacer vos todo eso señor? sino me engaño
paréceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.

Meditó un tanto Yaye.

--Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora
búscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae
una litera cerrada dentro de la cual me trasladaré á mi nueva vivienda,
y sobre todo, Harum, un profundo secreto.

El monfí despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye,
salió de la casa murmurando, mientras se alejaba á buen paso:

--El emir es mi señor único y absoluto desde que el noble Yuzuf renunció
en él su poder y su corona. El, solo él, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es
nuestro señor, á quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion.
¿Pero qué pensará hacer el emir?

Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba
Harum: aquella litera entró poco despues en una linda casita de la calle
de las Tres Estrellas en el Albaicin.



CAPITULO XIII.

De cómo la caridad era una virtud peligrosísima para el poderoso emir de
los monfíes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar.


Llegó la noche, y por cierto, lóbrega y tempestuosa.

Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en número de doce,
envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio
el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las
puertas.

Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos,
llegaron á la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos
abrió la puerta: el que le seguia entró.

El que habia abierto la puerta lanzó un silbido prolongado, entró y
cerró.

Poco despues un embozado, llegó á la puerta y llamó: abriéronle y un
hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion
del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres.

Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les
dijo:

--Seguidme.

Aquel hombre era Harum.

Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban
los semblantes mas angulares y fatídicos del mundo, bajo las anchas alas
de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuñadura y
mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los
talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos á la
cintura una daga buida, y dos largos pedreñales ó pistolas.

Aquellos seis hombres eran monfíes escogidos entre lo mas duro y
valiente de todas las taifas de monfíes de las Alpujarras.

Aquellos seis hombres siguieron á Harum, que los llevó en derechura á la
mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan
estropeado, con el palacio de don Diego de Válor.

Cuando estuvieron allí, Harum los extendió por la mina y les dió la
consigna siguiente:

--Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los
dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen
resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio.

Volvió á salir por el boqueron, y poco despues apareció con un hombre
enteramente encubierto, y tomó la direccion de la escalera que conducia
á la casa del capitan.

--Espera, le dijo el hombre que le seguia: ¿se va por aquí al aposento
donde he estado preso?

--No señor, contestó Harum, se va por la parte opuesta.

--Pues llévame allá: tengo curiosidad de saber lo que allí puede haber
sucedido.

Harum se volvió y condujo á Yaye al lugar indicado.

Al entrar en él notó el jóven que algunos objetos que antes estuvieron
sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las
ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo él y los
sillones tirados por el suelo.

Yaye lo comprendió todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente
de doña Elvira al verse burlada.

--¡Ah! ¡ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jóven, porque
sin saber por qué, le lastimaba la desesperacion de doña Elvira.

Yaye en su foro interno atribuyó aquel sentimiento á caridad.

Salió de aquella especie de calabozo, y pasó, perfectamente cubierto el
rostro con un antifaz, por delante de los seis monfíes, que inmóviles y
silenciosos como estátuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared
á lo largo de la mina.

Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la
cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella mañana
Harum.

No sucedió entonces lo mismo: el walí, transformándose en ladron, sacó
un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la
cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorrió el
fiador, que era de resorte: entonces la puerta giró sobre sí misma sin
ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera
puerta secreta disimulada en la tapicería.

El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cámara extensa y
sombría, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua:
aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas,
destacándose débilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de
pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar á la cámara en aquella
situacion y á aquella luz un tinte sombrío.

Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ángulo
se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas
de damasco rojo entreabiertas. Junto á un armario cerrado habia un arnés
de guerra limpio y sencillo, y acá y allá, en las paredes, sobre los
tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y
pistolas.

--Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeño, dijo Harum
en voz baja á Yaye, y es por cierto para él una fortuna el estar
ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero
aquí hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco;
pues bien, adelantemos á la ventura.

Y se dirigió á una puerta pequeña situada á los piés del lecho, que
estaba cerrada, y que abrió Harum valiéndose de la llave maestra.

A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento,
cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio.

Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se
encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes
blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar á la parte media del
corredor, les detuvo un gemido de dolor.

--¡Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me
engaño si ese no es el gemido de un moribundo.

--Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro
segundo gemido.

Apenas habia pronunciado el monfí estas palabras, cuando se oyó una voz
timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclamó:

--¡Ah! ¡madre mia! ¡pobre madre mia!

Yaye hizo á Harum una indicacion de que no se moviese, y él solo
adelantó hácia una puerta entreabierta, situada en el fondo del
corredor.

Yaye miró al interior; la sangre retrocedió de sus extremidades á su
corazon, y permaneció inmóvil, mirando y escuchando con toda su alma y
sin atreverse á pasar adelante.

¿Qué era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le
conmovia?

Vamos á presentarlo á continuacion á nuestros lectores.

Era una cámara tan sombría y extensa como la primera por donde habian
pasado Yaye y Harum.

Una lámpara puesta sobre una mesa de mármol, bajo un gigantesco espejo
de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas á
dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicería.
Una chimenea de mármol, enorme, sostenida por cariátides y con
ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y
desprovista de fuego en razon á la estacion, lo que daba á la cámara
algo de frio y de extraño: á un lado habia un lecho enorme, semejante al
que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado;
por el contrario, en él estaba una enferma.

Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y
besándola alternativamente, habia una jóven vestida de blanco de
extraordinaria esbeltez.

Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la
pequeña puerta tras la cual escuchaba Yaye.

Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero
quien se hubiese acercado á ellos hubiera notado que estaban aseguradas
sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo
que demostraba que aquellos balcones no se abrian.

Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas á
alumbrarse continuamente con luz artificial.

Todo en aquella cámara tenia los visos de una prision, y de una prision
donde se guardaban dolores agudos.

La enferma era efectivamente una moribunda; pero á pesar del estado de
demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible
enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba,
notábase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun á la
vejez: apenas contaria cuarenta años, á pesar de lo cual estaba tan
gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta
mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura
una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los
sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era
extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y
de sus cabellos.

Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el
sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos
tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban
notablemente hundidos; la jóven lloraba de una manera silenciosa,
desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba á un velador,
tomaba una taza de plata y daba de beber á la enferma.

Llegó un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos, á la
que sobrevino un vómito de sangre: la jóven lanzó un grito de terror y
se avanzó á la puerta, que golpeó de una manera desesperada pidiendo á
gritos socorro.

--¡Estrella! ¡Estrella! ¡hija mia! exclamó esforzándose la enferma; esto
ha pasado... yo creo que dentro de poco, de muy poco tiempo, esto habrá
pasado de todo punto.

--¡Ah, madre mia! exclamó volviéndose la jóven, pálida como un cadáver y
haciendo retroceder á Yaye que, impulsado por su caridad, habia dado un
paso hacia el interior.

Afortunadamente ninguna de las dos mujeres, dominadas por la situacion,
le vió.

Estrella, pues asi hemos oido llamar á la jóven por su madre, volvió al
lado de esta como impulsada por un poder superior.

--Siéntate á mi lado, dijo con acento solemne la enferma.

Estrella, dominada por el mandato de su madre se sentó en un sillon al
lado del lecho.

--Es necesario que tengas valor, hija mia, dijo la enferma: Dios me dice
que dentro de muy poco voy á ser libre, que vamos á separarnos.

Estrella rompió á llorar en silencio, y se cubrió el rostro con las
manos.

--Pero yo no quiero que murais, no, exclamó levantándose en un
movimiento nervioso, que revelaba una fuerza de voluntad á toda prueba:
no, no quiero que murais y no morireis.

--Nadie se opone á la voluntad de Dios: por lo mismo y como necesito
hacerte graves revelaciones, como me queda poco tiempo de vida, es
inútil que ninguno de los infames criados de ese hombre venga á
interrumpirnos para traernos un socorro que seria inútil. No llores,
esto debias haberlo previsto hace mucho tiempo.

Hubo un momento de solemne silencio.

--He sido muy desgraciada, hija mia, continuó la enferma, y mi mayor
desgracia es el dolor que llevo á la tumba, de dejarte sola, abandonada,
en poder de ese infame.

--Sin duda, Dios, madre mia, dijo Estrella, ha castigado en nosotras
algun gran crímen de nuestra familia.

--Sí, Dios castiga á los opresores con la opresion de sus propios hijos.
Altivas, soberbias, poderosas, hemos venido á acabar en esclavas... en
diez años de cautiverio horrible... en poder de un demonio. Acércate
mas, hija mia; temo que haya tras esos tapices alguien que nos escuche.
Lo que tengo que decirte es muy grave.

Estrella se levantó maquinalmente, se arrodilló en el sillon en que
habia estado sentada y se apoyó en el lecho.

Durante algun tiempo nada pudo oir Yaye: las dos mujeres hablaban
demasiado bajo: aquella conferencia duró mas de una hora, conferencia
interrumpida por agudos accesos de tos.

Yaye notó que al concluir la enferma su revelacion, que revelacion debia
ser aquella tan recatada, se quitó del cuello una cadena de oro de la
que pendia una joya, cuya forma no pudo distinguir Yaye en razon á la
distancia.

Luego la enferma siguió hablando naturalmente, pero su voz era ya mas
opaca, mas cadavérica.

--Si logras que alguna vez tus parientes castellanos conozcan tu suerte,
hija mia, ellos que deben ser poderosos, ellos que deben gozar del favor
del emperador, te ampararán y te vengarán, si es necesario que te
venguen.

--¡Oh, nada temais, madre mia! ¡nada temais! exclamó con una energia
casi salvaje la jóven: ese hombre que os ha hecho probar cuantas
desgracias puede probar una mujer, no hará tan infeliz á la hija como á
la madre; no, no, lo juro por el Dios que está en los cielos. Vos habeis
tenido razones que no solo os disculpan, sino que os honran: vos teniais
una hija: yo, si Dios es tan cruel que me os arrebate, no tengo nada que
me ligue á la vida: pereceré antes que sucumbir al infame: pereceré,
pero pereceré vengándoos: ¡ay del infame aventurero!

--¡Oh señor! ¡señor! exclamó la pobre enferma: ¿Sereis tan implacable
que me negueis el consuelo de saber que mi hija queda amparada por sus
parientes?

--¡Oh! no es posible alentar ninguna esperanza, madre mia. Yo alentaba
una... el jóven aquel á quien pude hablar por un milagro, hace un mes,
cuando paramos en un meson, parecia noble y generoso... y sin embargo...
ese jóven me ha olvidado... ó no ha podido... ¿quién sabe? ¿y luego qué
importa á nadie la suerte de dos mujeres?

Y Estrella acreció en su llanto desconsolado.

Yaye creyó que habia llegado el momento de presentarse: la enferma
parecia próxima á su fin, y era necesario que llevase á la tumba el
consuelo de que su hija no quedaba desamparada.

Al abrir la puerta, aquella puerta rechinó, Estrella volvió azorada la
cabeza, y en su rostro apareció una expresion de espanto: sin duda
estaba acostumbrada á ver asomar por aquella puerta un ser terrible.

Pero instantáneamente su rostro se tiñó con un color febril, adelantó
rápidamente algunos pasos hácia Yaye, como una hermana que sale al
encuentro de su hermano, pero se contuvo por pudor.

--¡Ah! ¡sois vos, caballero! dijo.

--Sí, sí, yo soy, que llego en el momento supremo.

--¡Es él! ¡es él, madre mia! ¡el jóven del meson de las Alpujarras!

La enferma quiso incorporarse, pero no pudo. Estrella asió por una mano
á Yaye, como si le hubiese conocido desde mucho tiempo antes, y le llevó
junto al lecho: la enferma posó en él sus hundidos ojos.

--¡Oh! dijo! ¡si sois honrado y leal y venís á salvar á mi hija, á
librar á una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en
el mundo, que Dios os bendiga, caballero!

--Os juro, señora, proteger á vuestra hija como si fuese mi hermana,
dijo con entusiasmo Yaye.

--Acaso vuestro poder no alcance á protegerla.

--Mi poder alcanza á mucho, señora, dijo con suma confianza Yaye.

--Sin embargo, temo por vos mismo. ¿Cómo os habeis introducido aquí?
¿Sabeis quién es el hombre que nos guarda? ¿Sabeis que si por desdicha
sobreviniese...?

--Aunque ayudase el infierno á ese infame mutilado, nada podria hacer
contra mí.

--Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es
preciso ganar tiempo...

--Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el
contrario qué quereis, qué necesitais.

--¿Qué quiero? ¿qué necesito? exclamó con alegría la enferma: ¿podreis
procurarme un sacerdote?

--¡Oh! ¡sí! ¡hola, Harum!

Presentóse inmediatamente á la puerta el monfí, asombrando á las dos
mujeres que no acertaban cómo podia ser aquello.

--Al momento, al momento, Harum, le dijo Yaye, acercándosele y
hablándole en voz baja: ve por un sacerdote cristiano para auxiliar á un
moribundo; que traiga consigo la comunion y la extremauncion; que suba á
ocupar tu lugar uno de los otros, y escucha: Yaye habló por algun tiempo
en secreto con el monfí.

[imagen: ¡Dios me inspira: sereis mas que hermanos, hijos mios!]

Harum partió.

Yaye se volvió á las dos damas.

--A propósito, señoras, dijo: ¿qué gentes hay en esta casa?

--Debe haber un soldado viejo que sirve al capitan Sedeño, y que es tan
infame como él, y dos criadas.

--Y no hay mas gentes en la casa.

--No señor.

--En ese caso llamad á ese criado.

--Pero...

--Llamadle.

Poco despues Estrella, dominada por el acento de confianza de Yaye,
llamó á grandes golpes á la puerta de entrada.

Oyéronse lentas y fuertes pisadas tras aquella puerta, luego ruido de
llaves y rechinar al fin una cerradura: abrióse la puerta y se presentó
un hombre de estatura atlética y semblante avieso que adelantó
descuidado, sin reparar por el momento en Yaye.

--¡Vamos! ¿qué quereis? dijo con acento bronco, ¿no es hora ya de
descansar? ¿ó es que estamos aquí para andar como un zarandillo de
brujas por esa mujer que nunca acaba de morirse?

En aquel momento el hombre que habia entrado y que solo habia dirigido
su mirada, en que se veia una impura codicia, á Estrella, reparó en
Yaye.

Entonces se pintó en su semblante una expresion feroz, y dirigiéndose al
jóven exclamó:

--¿Quién sois? ¿quién os ha introducido aquí?

Yaye, no contestó á aquel hombre: volvióse hácia la puerta por donde
habia entrado y exclamó.

--¡Ola! ¡á mí!

Un monfí entró inmediatamente en la cámara.

--¡Oh! ¿qué es esto? gritó el soldado arrojando una feroz mirada á las
dos mujeres, y poniendo mano á su daga, única arma que tenia consigo.

--Desarma á ese hombre, dijo Yaye al monfí que habia quedado inmóvil á
pocos pasos de la puerta por donde habia entrado.

En este momento la situacion de las personas de nuestro cuadro era la
siguiente: Estrella estaba de pié delante del lecho ocupado por su
madre; Yaye en medio de la cámara; el soldado servidor del capitan, á
pocos pasos de la puerta de entrada, y el monfí que habia acudido á la
voz de Yaye, á igual distancia de la otra puerta de servicio.

[imagen: Yuzuf Al-Hhamar]

Aquella situacion solo duró un momento: el soldado avanzó hácia Yaye,
daga en mano, y el monfí, rodeándose la capa al brazo, se colocó de un
salto entre el emir y su agresor, recibió una puñalada de este en su
capa, le asió, le desarmó, apretándole la mano derecha con la fuerza de
unas tenazas de hierro, le doblegó, y quedó inmóvil sujetando al soldado
por el cuello.

Este rugia.

--¿Qué mas hombres que tú hay en la casa? dijo Yaye.

El soldado continuó en sus inútiles esfuerzos por desasirse de los puños
del monfí, que le oprimia con una fuerza salvaje, pero no contestó.

El monfí comprendió que era una irreverencia punible en aquel hombre, el
no contestar á la pregunta del emir, y le apretó el cuello de una manera
despiadada.

El soldado lanzó un grito de dolor.

Yaye repitió su pregunta.

--No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo á aquella especie de
tormento, el soldado.

El monfí comprendió que debia aflojar sus dedos y aflojó.

--¿Y qué otras personas hay en la casa? continuó Yaye.

--Una vieja cocinera y una criada.

--¿Dónde están?

--En la cocina.

--Llévate á ese hombre, dijo Yaye al monfí.

El monfí arrastró consigo al soldado que no se podia valer.

--¿Pero qué quereis hacer conmigo, señor? dijo todo trémulo el soldado.

--Llévate á ese hombre, repitió Yaye: que le aseguren los otros de modo
que no pueda escaparse ni gritar, y tú vuelve.

El monfí hizo un esfuerzo y, en silencio, siguió arrastrando consigo
asido del cuello y doblegado á aquel hombre, y desapareció por la puerta
de servicio.

--¡Ah! exclamó Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y
os ha enviado para salvarnos. ¿Pero nada temeis caballero?

--Nada absolutamente, señora; descansad en la confianza de que sois
libres, enteramente libres; ¡ay! ¡Ojalá que como he podido libertaros
pudiera devolver la salud á vuestra madre!

--¡Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no
sé por qué creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano,
y muero tranquila.

--¡Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras...
exclamó Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos
ampara...

--No, no, hija mia, dijo la enferma con acento débil y cansado... esto
se acaba... se acabará dentro de algunos momentos... y luego... quedando
tú amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos.

Yaye adelantó.

--Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habrá quedado sola sobre la
tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin
embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el
duque de la Jarilla.....

--¡El duque de la Jarilla! exclamó Yaye.

--Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas
para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre
hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no
la amparasen...

--Vuestra hija, señora, tendrá en mí un hermano, un hermano poderoso.

--¡Un hermano poderoso! exclamó con admiracion la moribunda. ¿Quién sois
pues?

--Soy rey de los monfíes de las Alpujarras.

--¡Rey! exclamaron á un tiempo con asombro la moribunda y Estrella.

--Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de
apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz.

--¡Ah! ¡pero sois moro! ¡sois infiel! exclamó con desaliento la
moribunda.

--¿Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclamó con
orgullo Yaye.

--¡Oh! si, si, exclamó la enferma con acento inspirado: todo lo espero
de vos, todo, y creo, añadió con acento solemne, Dios me lo dice en mis
últimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre
Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de
vuestra alma.

La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir á los dos jóvenes
una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye miró de una
manera involuntaria á Estrella, y encontró los ojos de esta fijos de una
manera ardiente en los suyos.

Pero instantáneamente los dos jóvenes bajaron los ojos: Yaye estaba
profundamente pálido, Estrella encendida con un magnífico rubor que
habia dado á su semblante las tintas de una rosa de Alejandría.

--¡Oh! ¡si! ¡sereis mas que hermano y hermana! dijo la moribunda que
habia aspirado la conmocion de entrambos jóvenes.

Luego asió sus manos y las unió.

Dominados por la situacion, por el fuego febril que les comunicaban las
manos de la enferma, por un impulso poderoso, los dos jóvenes cayeron de
rodillas á los piés del lecho, continuando de una manera fatal con las
diestras enlazadas.

--Si, si, continuó la moribunda: Dios me inspira: sereis mas que
hermanos hijos mios... sí, pronto ó tarde á pesar de todos los
obstáculos que se crucen ante vosotros, sereis esposos.

--¡Esposos! exclamaron con asombro los dos jóvenes.

Y por una fatalidad creciente, sus manos continuaron enlazadas y se
estrecharon con fuerza.

La moribunda puso sus diáfanas manos sobre sus cabezas, y los bendijo.

En aquel momento Yaye se levantó, asombrado de lo que pasaba por él:
aquella era una complicacion mas en su vida.

Al levantarse, vió que dos monfíes estaban en la cámara.

¿Habia enviado Dios á aquellos hombres para que sirviesen de testigos á
aquella especie de casamiento hecho por las manos de una madre
moribunda, manos que parecian consagradas por lo solemne de la situacion
y por el sufrimiento, casi por el martirio?

Yaye procuró lanzar de sí aquella pesadilla, poniéndose en contacto con
la vida real.

Y separándose de Estrella y del lecho, se dirigió á los monfíes.

--Seguidme, les dijo, y desapareció con ellos por la gran puerta de
entrada.

--¡Oh! ¿qué habeis hecho? ¿qué habeis hecho, madre mia, exclamó
Estrella?

--Obedecer á una inspiracion de Dios, contestó la moribunda: ese jóven
será tu esposo, Estrella... ese jóven será el padre de tus hijos...
debes consagrarte á él, hija mia...

--Pero si él me desdeñara...

--¿No crees que Dios baje á iluminar los ojos de los moribundos que han
sido mártires? dijo la enferma.

--¡Oh madre mia! ¡si os engañárais!... ¡si os engañárais, yo seria muy
desgraciada, porque!...

--¿Por qué?

--Porque le amo desde el dia en que le ví en el meson de las Alpujarras.

--Y Dios te ha enviado el hombre que amabas, y á quien no esperabas
volver á ver, en el momento en que vas á quedar sola en el mundo... Dios
te ha enviado en él un protector... ámale, hija mia, ámale, con toda tu
alma; vive solo para él, y, sobre todo, procura apartarle del error; que
el amor le convierta al cristianismo, como mi amor convirtió al
cristianismo á tu padre, que tambien era rey de un pueblo de infieles:
él ha salvado tu cuerpo de la esclavitud; salva tú su alma...

--¡Oh, madre mia!

--Y escucha; si mi padre el duque de la Jarilla te reconoce; si, por un
acaso, que bien pudiera acontecer, mi padre no tiene hijos varones; si
tú eres la heredera de su nombre y de su grandeza, no reniegues de ese
jóven, Estrella mia: recuerda siempre que á él ha debido tu madre una
muerte tranquila, la seguridad de que no quedas abandonada, y los
auxilios de la religion. Ahora ve, y con la llave que te he dado, abre
un cofrecillo que encontrarás en el cajon de aquella mesa. En él está el
relato de mis desventuras, que he escrito mientras tú dormias; en estos
últimos tiempos; relato que no es otra cosa que la revelacion que te
hice antes de que apareciese ese jóven. Hay tambien con ese manuscrito
una declaracion de tu padre y su conversion al cristianismo; ademas,
tienes mi retrato del tiempo en que yo tenia tu edad; nadie, viendo ese
retrato, y conociéndote, puede negar que eres mi hija; ve, recoge esos
papeles, guárdalos y déjame que me prepare entre tanto, para recibir al
sacerdote del Señor.

Estrella fué á la mesa, abrió su cajon, y buscó en él el cofrecillo y
los papeles.

       *       *       *       *       *

Entre tanto Yaye habia recorrido la casa con los dos monfíes.

Era extensa y rica: estaba perfectamente alhajada en las habitaciones
superiores, y se comprendia que quien la habitaba, estaba acostumbrado á
vivir con lujo y con grandeza.

Yaye no encontró en ella mas seres vivientes que las dos domésticas de
que le habia hablado el soldado prisionero, y á las que encerró en un
aposento retirado, y un caballo perteneciente, sin duda, al criado del
capitan.

Yaye franqueó la puerta principal de la casa, y lanzó un silbido.

Inmediatamente los seis monfíes que estaban extendidos en la calle de
San Gregorio el alto, se agruparon á la puerta.

--¿Habeis visto pasar, les dijo Yaye, al walí Harum?

--Sí, poderoso señor, contestó uno de los monfíes; ha pasado en
direccion á San Gregorio.

--Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el
viático, decidle que llame por esta puerta.

--Muy bien, poderoso señor.

--Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros
entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis
criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad
á que llame el walí Harum; los otros á sus puestos.

Yaye se volvió para adentro con los dos monfíes que hasta allí le habian
acompañado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar
la casa, con la cámara del capitan, abrió la puerta secreta y envió
aquellos dos monfíes á su apostadero de la mina; luego, se encaminó á la
cámara á que correspondia el dormitorio de la moribunda, y miró por la
puerta entreabierta.

Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba.

En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un
profundo silencio.

Yaye se retiró de la abertura de la puerta y se puso á pasear,
profundamente pensativo, á lo largo de la cámara.

Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario.

Su corazon y su cabeza empezaban á no entenderse; sus ideas á
embrollarse; recordaba á doña Isabel casada, viuda y vírgen, y esto
hablaba á sus deseos; pero seguidamente recordaba á doña Elvira como un
sueño de voluptuosidad, como una creacion fantástica, como una mujer
divina, á quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado
inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el
presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades á influjo
de la dolencia; despues, y quemándole el corazon como un hierro
candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana, á quien habia visto
por la primera vez de una manera casual, á quien de tan extraño modo, y
por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su
amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que,
ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido
sobre él aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el
enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie
de esponsales en las cuales ninguno de los dos jóvenes se habia obligado
por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por
aquel nervioso é involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de
recibir la bendicion materna.

Yaye, pues, tenia razon para no saber qué hacer ni qué pensar: habia
abandonado por fanatismo á Isabel, habia sido cruel con ella, habia
dejado que se llevase á efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por
resultado de aquel casamiento habia caido él mismo, como herido por un
rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra
cosa); entregado á una mujer que le amaba, á doña Elvira, habia llegado
de una manera fatal hasta el adulterio, y por último, al verse libre por
un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse,
ó al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia
creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su pérdida;
Abd-el-Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su
destino, y por último, influia en él su alta posicion de emir de un
pueblo, aunque reducido, enérgico, indomable, valiente, sobre el cual
estaban fijas las recelosas miradas del rey de España y de sus
lugartenientes en Granada.

A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia
allí, en aquella cámara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas
como aquellas.

La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una máquina de pensamientos
contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos
embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas
difíciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar;
dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad.

Abrióse la puerta de entrada de la cámara, y un monfí con todas las
trazas de lacayo, dijo:

--Poderoso señor: el walí Harum y dos sacerdotes cristianos con los
suyos me siguen.

--Adelante, adelante, dijo Yaye, despojándose de su gorra, á punto que
se oyó la campanilla del viático y se inundó de luces la antecámara.

La puerta se abrió de par en par.

Un sacerdote revestido entró, llevando el copon en las manos; á su lado
iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro,
que llevaba entre sus manos el santo óleo, y luego un sacristan con una
linterna.

El sacerdote que conducía el viático entró en el dormitorio.

Poco despues Estrella salió llorando, y se quedó de pié, en silencio, al
lado de una mesa, junto á la cual, silencioso é impresionado, estaba
Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, quedó en la
cámara con el sacristan y los acompañantes del viático.

Durante algun tiempo nada se oyó en el dormitorio; sin duda la moribunda
estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oyó dentro la
campanilla. Estrella cayó de rodillas con las manos cruzadas sobre el
pecho; los asistentes se arrodillaron á su vez, y Yaye se arrodilló
lentamente, y, aunque musulman, rogó á Dios por la salvacion de la
moribunda; los dos monfíes que habian quedado á la puerta, se
arrodillaron tambien, imitando á su señor.

Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, cesó de
repente la campanilla, se abrió la puerta, y el monago que habia
penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de niño de coro, y
con la frialdad de quien está acostumbrado á tales situaciones:

--¡Señor licenciado Dávalos! ¡acudid, acudid pronto con la
extremauncion, que la enferma se muere!

--¡Mi madre! exclamó Estrella, y dió algunos pasos hácia el dormitorio;
pero se detuvo, vaciló, y cayó desmayada entre los brazos de Yaye.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeño, á
escepcion de un cadáver de mujer.

Yaye habia dado con sus monfíes un golpe de mano; habia trasladado,
desmayada aun, en una litera, á Estrella, á la linda casa que le habia
buscado Harum, y habia mandado retirar los monfíes del subterráneo de la
casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de
Sedeño, y las dos criadas, habian sido conducidos á la casa de Yaye, y
encerrados en los sótanos.

Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por
aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfíes.



CAPITULO XIV.

En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.


Retrocedamos un tanto á la madrugada del dia anterior, en que el capitan
Sedeño habia salido de Granada en direccion á las Alpujarras.

Urgente debia ser el motivo que á ellas le llevaba, puesto que aguijaba
su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si
reventaria ó no.

Antes de llegar al Padul, entró en una venta, pronunció algunas palabras
en árabe al oido del ventero, y le entregó el caballo; poco despues el
ventero sacó otro caballo enjaezado con los arneses del primero, montó
el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo
hecho un hombre sano, y tomó de nuevo el camino, con toda la rapidez de
que era capaz su nueva cabalgadura.

Cuatro veces mudó de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de
la mañana, dejando á un lado la villa de Orgiva, tomó por la misma loma
y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar á
Yaye y Adb-el-Gewar.

Al llegar al bosque de pinos, lanzó un agudo silbido, y algunos monfíes
adelantaron.

Mostróles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el walí
que mandaba los monfíes, le hizo desmontar, le vendó los ojos, le prestó
su brazo para servirle de guía y de apoyo, y llevando otro de los
monfíes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron
estrechos y pendientes senderos, bajaron á un profundo barranco,
treparon por entre las breñas á una gigantesca cueva, y cuando
estuvieron dentro, el walí se llevó una pequeña corneta á los labios y
dejó oir un toque particular.

Poco despues se vió moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta
de hierro, abierta tambien.

Entraron el walí, el alférez y el monfí que llevaba el caballo, y la
puerta volvió á cerrarse.

Allí imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna
clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa
luz: al pié de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia
un monfí armado.

A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monfí que conducia el
caballo torció por una de las galerías que á trechos se veian á derecha
é izquierda, y el walí y el alferez, continuaron solos la mina adelante.

Al fin de ella llegaron á un ensanchamiento octógono de muros y bóveda
árabe de ladrillo agramilado, á cuyo frente se veia una puerta
ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos
trages musulmanes. El walí que conducia al alférez habló algunas
palabras con el walí de la guardia, é inmediatamente aquel abrió con una
llave dorada la puerta, dando paso al walí y al capitan Sedeño.

La puerta volvió á cerrarse.

Entonces el walí quitó la venda al capitan.

Se encontraban ya en la parte maravillosa del alcázar subterráneo.

Era una magnífica galería sustentada por arcos calados sobre columnas de
alabastro: bellísimas lámparas producian á través de sus velos de gasa
una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veíanse de
trecho en trecho, é inmóviles como estátuas, esclavos negros, vestidos
de púrpura, y era por último, aquella galería, el magnífico ingreso de
un alcazar admirable.

Siguieron adelante, atravesando galerías y cámaras, hasta llegar á una,
en cuya puerta hizo esperar el walí á Sedeño.

Poco despues salió, y dijo al capitan:

--El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar,
emir de los monfíes de las Alpujarras, te espera.

Alvaro de Sedeño entró en una ostentosa cámara, y se despojó
respetuosamente de la gorra.

En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla
aunque magestuosamente vestido.

Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan
negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un
patriarca de los antiguos tiempos.

Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del
anciano:

--Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.

El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.

--¿Qué quieres? le dijo.

--Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.

--Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.

Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.

--¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el
capitan.

--¿Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria á exponer su
cabeza por satisfacer sus oidos?

--Puesto que nadie mas que tú puede escucharme, dijo el capitan,
escúchame, emir.

Yuzuf tomó una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeño empezó de
esta manera:

--Será preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, señor:
necesito recordarte cosas que tú pareces haber olvidado.

Frunció el cano entrecejo Yuzuf.

--Nada tiene de extraño, que tú, en medio de los cuidados que te cercan,
continuó el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que
comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de
arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para
mis palabras.

--Al asunto, al asunto, Sedeño, dijo Yuzuf con impaciencia; graves
pensamientos me ocupan, y solo me he prestado á escucharte, suponiendo
que te traia á mí algun empeño de gran interés.

--Vuelvo á reclamar tu indulgencia, señor, y procuraré ser todo lo breve
posible.

Hace cuarenta años, cabalmente los de la edad que tengo, que un
matrimonio castellano, fue asesinado entre las breñas de las Alpujarras.
El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa
jóven de las montañas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada,
llevaba entre sus brazos un niño. Aquel niño era yo. Los asesinos de mi
padre, fueron los monfíes de las Alpujarras.

--Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como tú, que perseguia
encarnizadamente á los monfíes, y por el cual muchos de ellos perecieron
ahorcados en las plazas públicas.

--Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre....

--Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman á las moriscas,
exclamó sombriamente Yuzuf.

--El delito de otro no disculpa el delito propio, contestó con energía
Sedeño.

--Y sin embargo, tú eres un hombre cubierto de delitos.

--No importa eso. Yo extermino á mis enemigos cuando puedo, y procuro
satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que tú, como todo el que se
siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo á mi historia:
el puñal de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del
padre, ni ante la hermosura y las lágrimas de la madre, y que
ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue
contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre,
emir entonces de los monfíes.

Enviome misteriosamente á la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus
gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa,
con este papel puesto entre mis ropas.

El alférez sacó una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y
amarillento.

«Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ahí te dejamos al hijo del
alférez Pedro de Sedeño, el cruel, á quien hemos dado muerte en castigo
de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba
en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado
al inocente, y te entregamos ese niño. Críale con esmero, para lo cual
encontrarás todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. ¡Y
ay de tí si ese niño no recibe la crianza de un hidalgo!--Los monfíes.»

--Ya ves que si mi padre hizo morir á los tuyos, cumpliendo
estrictamente con la justicia, te aceptó por hijo.

--Yo he pagado en tí á tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he
vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo
cristiano y honrado por el rey.

--Sígue, sígue, y concluye.

--Hace quince años, cuando yo tenia veinte y cinco, fuí acometido un dia
en que me entretenia en cazar en la montaña, por un crecido número de
monfíes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de mí,
me vendaron los ojos, y asiéndome de un brazo, me condujeron á este
mismo sitio. Entonces te conocí, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia
encargado que velases por mí, y que cuando llegase á cierta edad, me
propusieses si queria pertenecer á vuestro bando; yo sabia demasiado que
todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que
guardaba en mis bolsillos, pertenecian á un protector generoso y
desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle;
cuando entré en este subterráneo, cuando te ví delante de mí, todo lo
que me rodeaba me deslumbró. Tú entonces, me revelaste la parte que yo
ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espía
entre los cristianos, y en cuanto estuviese á mi alcance y tú me
exigieses. Yo era agradecido, á mas de agradecido ambicioso; sabia que
mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo
no sé si debí rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian
teñido sus puñales en la sangre de mis padres; acaso debí preferir una
vida oscura á las riquezas y al poder que de repente habias desplegado
delante de mis ojos; pero, en fin, bien ó mal hecho, juré servirte y te
he servido.

--Yo en cambio te he pagado espléndidamente: te compré una plaza de
capitan...

--Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino
y costa de Granada: tú tenias tus proyectos y yo te serví tan bien, te
avisé tan á tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra
nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados
cristianos, muertos por los monfíes en las profundas ramblas de las
Alpujarras.

--Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeño.

--Es verdad, y no me quejo; pero déjame continuar. Decia, pues, que lo
importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron á emplearme
en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeño, Hernan
Cortés, con un puñado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas
allá de los mares. Decíase que en aquel imperio abundaban las perlas y
las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una
montaña de oro. Tú necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus
proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento á
Méjico, á aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y
las riquezas se encontraban por todas partes. Tú fuiste uno de los
innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hácia las
Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del
mundo viejo. Tenias confianza en mí; te convenia un castellano conocido
ya bajo las banderas del rey de España, mucho mejor que uno de tus
walíes, para tus proyectos: entonces me compraste una compañía, por
mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en
las Alpujarras, y para ir á servir con ella en las Indias. Como el
dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de
las Alpujarras la gente: tú mismo escogiste entre los mas feroces, los
mas valientes de tus monfíes, cien demonios que debian llevar la
desolacion á Méjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce años que me
embarqué con mi gente ó por mejor decir, con la tuya: en tres años que
permanecí en Méjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron
para las fatigas de la guerra, uno tras otro monfí, tornó á España
trayendo para tí un tesoro.

--Es verdad.

--Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compañía
del capitan Sedeño: desdichada la tribu del desierto que se oponia á su
paso. Las cabañas eran incendiadas, los hombres pasados á cuchillo, las
mujeres cautivadas, y si á algun cacique se concedia la vida, solo era á
trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares,
llegaban á España, y venian á sepultarse en tu subterraneo de las
Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me
debes mucho, y que tengo derecho á que me protejas.

--Y bien, ¿cuando te he negado mi proteccion?

--Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va á
ser difícil obtenerla.

--Pide.

--Antes de llegar á mi peticion, es necesario que prosiga mi historia.
Hace diez años, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del
desierto mejicano, uno de los señores mas nobles, ricos y poderosos de
España; se llamaba don Juan de Cárdenas, y era grande de España, bajo el
titulo de duque de la Jarilla. Travé conocimiento con él, por razon de
hallarme con mi compañía sobre la frontera, y muy pronto nuestro
conocimiento se trocó en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente
á su mesa, y era recibido por él en lo mas reservado, y allí donde no
entraban otras personas que su servidumbre.

En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba
el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas
veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro,
pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnífico marco, estaba
cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llamó extraordinariamente
mi atencion desde el momento en que reparé en ella; al fin un dia, sin
meditar si era ó no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunté al
duque la razon por la cual estaba tan lúgubremente velado aquel cuadro.

Los ojos del duque se llenaron de lágrimas.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que
me devora.

Y levantándose, descorrió el tapiz y me dejó ver el retrato de una dama
como de diez y seis años, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.

--Esa, era, me dijo, doña Inés, mi hija única.

--¡Ha muerto! exclamé con sentimiento; porque me habia interesado
sobremanera aquel retrato.

--Si, debe de haber muerto, me contestó. Me la arrebataron los idólatras
en una sorpresa hace doce años; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del
desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habrá preferido la muerte á
la deshonra.

El duque volvió á correr el tapiz, se enjugó las lágrimas, y yo me
abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.

Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el
deseo que me habia inspirado doña Inés de Cárdenas, como la ambicion de
llegar á ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me
impulsó á una empresa difícil, arriesgada, en la cual se podian contar
cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia
en penetrar en aquellos desiertos erizados de montañas; en aquellas
interminables sábanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura,
que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabías, que cubren con su
sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad á su rey, al
terrible Calpuc, y si vivia doña Isabel arrebatársela. Este era un
proyecto que por su grandeza halagaba á mi orgullo, y para el cual solo
contaba con el indomable valor de los cien monfíes que formaban mi
compañía de arcabuceros.

Una mañana al amanecer, sin avisar á nadie, sin pedir licencia al
Adelantado, sin decir á mi gente adonde la conducia, pasé con ella la
frontera y me interné en el desierto.

Cruzábanse cada dia á mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos
acometian, y cada combate empeñado era para nosotros un triunfo fácil,
al que nos llevaban, la codicia á mis soldados, á mí mi ambicioso
empeño: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaña, ya en
centro de una pradera, ya en las entrañas de las selvas, eran arrasadas
é incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas
tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los
esclavos á quienes dejábamos la vida para que condujesen las riquezas
que arrebatábamos á los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con
el peso del oro y de las piedras preciosas.

Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino
de fuego; de en medio de aquel círculo inflamado, salian con la rabia de
la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios:
nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrábamos
sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, ébrios
de riquezas y de sangre. Habíamos atravesado ya inmensas praderas,
profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer
accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de
atravesar una barrera de montañas, en una extensa comarca extremadamente
fértil y deleitosa; al bajar por las montañas habiamos visto inmensas
poblaciones, en medio de las fértiles vegas, y acá y allá antiguos
monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de años
que estaba poblada.

Aquella era una provincia no descubierta aun por los españoles, porque
nadie se habia atrevido á penetrar donde nosotros habiamos penetrado.

En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su
verdor, sus corrientes y sus árboles, descubrimos un objeto que nos hizo
arrojar un grito de insensata alegría; era un montaña que relucia á los
rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa
montaña de oro, que habia llevado á tantos ambiciosos á la Nueva España.

Ya no hubo medio de contener el paso de los monfíes; precipitáronse por
las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las
primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas á sangre y fuego, y
en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger
de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montañas, habia
reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al
encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto
obligado á retirarse con enormes pérdidas hácia la montaña dorada, que
venia á ser para los monfíes una enseña enloquecedora que triplicaba su
valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazañas increíbles por lo
maravillosas.

Ni uno solo de los míos habia muerto: acobardados los mejicanos por la
pujanza española, nos cedian siempre el campo á las primeras descargas
de mosquetería, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados
de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vió obligado á encerrarse
en la poblacion que le servia de córte.

Era esta pequeña, pero de buena apariencia; defendíala una pared de
piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia
únicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya
cúspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos
en palos una horrible fila de cráneos humanos. Mas allá, al poniente de
la ciudad, como á unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaña
dorada, y á lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.

Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia
abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc:
franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya
en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los
monfíes, cuyo único afan era llegar cuanto antes á la montaña de oro.

Un año habíamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las
fronteras del desierto; un año durante el cual, todos los dias nos
habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habíamos
visto obligados á dejar atrás numeras riquezas por falta de brazos que
las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaña de oro, yo la
ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doña Inés de
Cárdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, á quien no habia podido
olvidar desde que vi su retrato.

Aquella mujer á pesar de que no la conocia, sino por medio de una
pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera
profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento
su mano. Era de presumir que salvándola yo de los idólatras, su padre no
se negaria á dármela por esposa, y que el duque no tendria hijos á
causa del estado de su salud, gastada en una vida de contínuas
disipaciones: podia, pues, llegar á ser, por medio de doña Inés, uno de
los grandes mas grandes de España, á cuya grandeza debian prestar un
brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las
Indias á España.

Urgíame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de
ella y buscar á doña Inés: un presentimiento tenaz me decia que estaba
allí, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos
mujeres vestidas de blanco, á quienes acompañaba un solo hombre, y que
parecian mirar con interés al campo que habíamos levantado delante de la
ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doña Inés.

En vano pretendí llevar á mis soldados contra la ciudad: la vista
cercana de la montaña dorada les fascinaba: al fin un dia se me
presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de
ellos, dejando á uno de mis costados á la ciudad, hácia el codiciado
tesoro.

Pero á medida que nos acercábamos á la montaña esta cambiaba sino de
forma, de color: empezábamos á ver el color natural de la tierra entre
la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al
fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarísima, la
montaña cambió de aspecto: entonces parecia de plata.

Los monfíes empezaron á desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia
ya á qué atenerme: aquella montaña que á larga distancia parecia de oro,
herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna,
no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.

Sin embargo los monfíes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando
tuvieron en sus manos aquellas piedras engañadoras, se convencieron de
que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado
hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.

Volviéronse, pues, los deseos de todos á la ciudad de Calpuc: en ella,
como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos
los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin
riquísimo, y nos encaminamos decididamente á la poblacion.

Pero antes de llegar á ella, nos salió al encuentro una embajada del
senado: aterrados con nuestros contínuos triunfos, los indios preferian
un avenimiento. Esto convenia perfectamente á mis proyectos, porque en
paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doña Inés.
Exigí como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era
el antifaz con que encubrian su codicia los españoles, que el templo
idólatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso
simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un
altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los cráneos humanos que
servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto
abominable se reprodujese, me entregasen el ídolo, y las alhajas del
culto.

Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron á mi
propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en
entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la
ciudad; exigí, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey
viniese entre nosotros y entrase á mi lado en la ciudad, y que se
entregasen á mis soldados el templo y las habitaciones de los
sacerdotes.

Convínose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en él, á la
hora convenida, se me presentó Calpuc, el terrible rey del desierto, con
algunos de sus magnates, y á pié, en contraposicion de los caciques que
hasta entonces habia conocido, y que se hacían conducir en andas
cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos.

Maravillóme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un
birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y únicamente, como
distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas.
Los demás de su acompañamiento llevaban tambien algunas prendas
castellanas: quién una gorra, quién un jubon ó unos gregüescos, ó
simplemente unas botas. Esto me demostró que se me temia y se me
adulaba, y me confirmó en esta idea, las inequívocas muestras de
distincion que desde el primer momento me dispensó Calpuc; dióme la
mano, á usanza de Castilla, y, lo que mas me maravilló, me significó en
buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto
que estaba á mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me
prestase á razonables condiciones.

Despues nos encaminamos juntos á la ciudad, yendo Calpuc á mi derecha y
entre las filas de mis arcabuceros, y detrás los pocos caciques que le
habian acompañado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus
semblantes el temor y la desconfianza.

Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar á la ciudad, el rey
me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las
habitaciones de los sacerdotes situadas á su alrededor, estaban ya
dispuestas para aposentar á mis soldados.

En efecto, se veia desde el campo que los cráneos humanos, que el dia
anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y
en su lugar ví en cien astas de madera, banderolas de todos colores en
señal de agasajo y alegría.

Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido
el respeto y la adoracion que los indios profesan á sus ídolos: era
necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alféreces
y sargentos, prevenidos por mí, habian hecho que los monfíes llevasen
los arcabuces preparados y las mechas encendidas.

Cuando llegamos á una de las entradas de la ciudad, en la cual, para
evitar yo el peligro de marchar á la desfilada por los estrechos
callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido
que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por
aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de músicos á
manera, de juglares, con tambores, que batian á compás, y gran número de
hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el
templo, en el cual penetramos por una alta gradería.

Al penetrar en el interior ví con asombro, que sobre el pedestal en que
sin duda habia estado el ídolo, se alzaba un magnífico crucifijo de
talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni
menos que como los sacerdotes católicos y con los mismos ornamentos.

Calpuc me indicó entonces el altar y me dijo:

--He ahí el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y
adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas
apartadas regiones en medio de tantos peligros.

El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aumentó
mi admiracion: prosternéme ante el altar, prosternáronse mis soldados, y
únicamente el rey y sus magnates quedaron de pié, aunque en una actitud
respetuosa, á un lado del templo.

Inmediatamente se celebró una misa; despues de ella el mas anciano de
los sacerdotes, me dirigió una corta plática en que enaltecia el valor y
la fe que me habian llevado á aquellas remotas regiones, para extender
en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error á
aquellos infelices idólatras.

Despues de esto, mi compañia se aposentó en las habitaciones que estaban
alrededor del templo, desde las cuales dominaban á la poblacion, y
Calpuc me llevó consigo á su casa, á cuya puerta despidió á sus magnates
y en la que penetró solo conmigo.

Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo
piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas
telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran
de cedro, y todo allí, con arreglo á las costumbres de los indios, era
régio y maravilloso.

Calpuc me condujo por sí mismo, á través de muchos patios y
habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo
delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.

--Vais á entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde
solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes
cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa.
Todo esto os parecerá extraño y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo
mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es
necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca
de cuanto vais á ver y á oir.

Prometíselo, y entonces Calpuc oprimió un resorte oculto y nos
encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de España:
atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abrió una puerta, y
me introdujo en una capilla ú oratorio á cuyo frente habia un altar y
otro á cada costado.

En el del centro no habia imágen alguna, en el de la derecha se veia una
imágen de talla de la Vírgen de los Dolores, y en el de la izquierda
otra de San Juan Evangelista; á los piés del altar de la Vírgen habia
arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi
presencia y se dirigieron á una puerta situada á la izquierda del altar
del centro.

--Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigiéndose á ellas: este
caballero es mi amigo.

Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hácia
nosotros, saludándome, una de ellas, con suma cortesanía. Necesité hacer
un poderoso esfuerzo sobre mí mismo, para contener mi conmocion. La dama
que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho años,
maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el
original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla;
era, en fin, doña Inés de Cárdenas, su hija.

La que la acompañaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una
niña como de nueve años, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo
semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrísimos
ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado
y brillante, que tanto encanto presta á su hermosura. Doña Isabel me
miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que
habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un
temor instintivo.

--¿Venís de España, caballero? me dijo doña Inés en excelente
castellano.

--Hace un año señora, la contesté con la mayor naturalidad, que he
atravesado la frontera del desierto por órden de su adelantado don Juan
de Cárdenas, duque de la Jarilla.

Noté que doña Inés se ponia sumamente pálida, y que Calpuc plegaba
levemente el entrecejo.

--Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc á doña Inés, que me
saludó de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retiró llevando la niña
de la mano.

Quedamos solos Calpuc y yo.

--Necesitamos hablar á solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad
de seguirme caballero.

Y por otra puerta, situada á la derecha del altar, me llevó, atravesando
algunas habitaciones, á otra donde se encerró conmigo.

Noté que la disposicion de Calpuc hácia mí habia cambiado.

--Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra
casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y
llanamente á lo que voy á preguntaros. ¿Cuánto tiempo hace que habeis
atravesado la frontera?

--Un año poco mas ó menos, le contesté.

--¿Y decís que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el
desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido á entrar?

--Sí, señor, le contesté.

--¿Y cuáles eran las instrucciones que traiais? repuso mirándome
fijamente.

--Las de reducir á la obediencia á los rebeldes que habian negado el
vasallaje á S. M. el gran emperador nuestro amo.

--Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar
rebeldes á los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres
que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse
en estas soledades, para venir á buscar estas otras poblaciones,
desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no
han reconocido otros señores que los que á falta de Motezuma han
defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que
en Méjico les queda aun mucho que conquistar á los españoles, en que en
sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas
florestas, viven y vivirán siempre hombres, que prefieren la fatiga y la
guerra á la paz de la servidumbre bajo la tiranía del conquistador. No
nos llameis rebeldes, capitan; la rebeldía es un crímen de que no me
siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don
Carlos, será su mas fiel vasallo.

--En buen hora, contesté, que no seais rebelde; pero el emperador, mi
amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis
juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el
interior del desierto y dictaros condiciones.

Yo habia aventurado mis últimas palabras para probar el temple de alma
de Calpuc, y noté que las habia escuchado con un altivo desprecio: en
vez de irritarle yo, el me habia irritado á mí.

--Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan,
que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que tú.

--Líbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente á
frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio.

--No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una
fuerza prodigiosa á la adversidad; pero continúa, porque aunque he oido
contar esa misma historia á Calpuc, quiero oir á entrambas partes; él te
acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera...

Hizo un gesto de profundo desden Sedeño y exclamó:

--Calpuc vive porque le proteges tú, emir; pero continuemos, que tiempo
tendrémos sobrado para llegar á ese asunto.

El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado á mi arrogancia,
arrogancia á que me daban derecho cien victorias conseguidas contra
aquellos bárbaros, sin perder un solo hombre, me contrarió.

--Habeis llegado hasta aquí, capitan, me dijo, porque Dios lo ha
querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres
y su ciega idolatría; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra,
sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la
fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso
que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de
Dios.

--Y sin duda para desarmar la cólera de Dios, le dije con intencion, os
habeis convertido al cristianismo.

--Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me
convierta, me contestó con la gravedad peculiar á los indios.

--¿Y por qué, si sois cristiano, resistis á las armas del emperador?

--¡Qué! ¿acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo
entero? contestó con desden Calpuc.

--El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la
tierra.

--Su grandeza es un crímen continuado, contestó Calpuc; pero dejemos
vanas disputas. ¿A qué habeis venido aquí?

--Ya os lo he dicho: á conquistar tierras á mi amo el emperador, y á
extender la fe de Jesucristo.

--Por ahí debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se
extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo
y de todo género de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo
debe de ser un apóstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud
y por la sabiduría de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas
remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois
indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no
peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de
oro; habeis llegado hasta aquí atraidos por la fama de la montaña
dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros
soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para
encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto;
si en vez de estar la montaña dorada despues de esta ciudad, hubiese
estado mas allá, no hubiéreis pasado adelante. Sea como quiera, ¿cuanto
oro será necesario para que nos dejeis en paz?

--Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen á
mi amo el emperador, le contesté.

--En buen hora, dijo Calpuc; vuestro será el oro del templo; vuestras
las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no serán
vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entrañas de la tierra;
tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado ó
podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los
bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro
objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio á
nuestra libertad, recibidlo y partid.

--Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he
visto una niña.

Púsose sumamente pálido Calpuc.

--Esa niña es mi hija, me contestó.

--Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros;
os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al
que no se atreveran á llegar los españoles y...

--¿Son esas vuestras últimas condiciones? dijo interrumpiéndome Calpuc.

--Decididamente.

--Pues bien, pensaré en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra
habitacion; no extrañeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me
lo impediran graves ocupaciones. Adios.

Y sin esperar mi contestacion se perdió tras un tapiz.

Para mí todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage
castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la
existencia de tres sacerdotes católicos en un país de idólatras, estaba
explicado desde el momento en que encontré en el palacio del rey del
desierto á la hija del duque.

Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseñado el habla
castellana; su apóstol y su maestro habia sido el amor.

Y nada tenia esto de extraño: doña Inés era una mujer bastante por sus
encantos, por el poder de un no sé qué misterioso que se revelaba en
ella, para convertir y enamorar á un dervís. Yo mismo comprendí que si
doña Inés se empeñaba, á pesar de mis hábitos de bandido y de libertino,
me convertiria.

Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia
creido en la existencia de la montaña de oro, y porque, como decia muy
bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era
necesario alejarse tanto de la frontera.

Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puñado de valientes, porque
tenia indicios de que si doña Inés vivia, debia estar en su poder.

La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion
me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia
sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que
la ví.

Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto
para acercarme á doña Inés.

Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido
indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del
duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de
temer que ocultase de tal modo á doña Inés que no pudiese dar con ella.

Sirviéronme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que
Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me presentó un indio
que hablaba medianamente el castellano, y me participó que su señor le
enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intérprete en
la ciudad.

Aproveché sus servicios, salí del palacio por un postigo que estaba muy
cerca de mi habitacion, visité los alojamientos de mi tropa, á la que
encontré dispuesta á todo, y recorrí despues la ciudad. Notaba que por
todas partes se fijaban en mí miradas recelosas, que las mujeres se
escondian á mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera
enérgica, á pesar de mi presencia, en el lenguaje bárbaro de los
sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa.

Algunos de estos agoreros, señalaban con rabia la cruz que habia
aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia
comprenderse que excitaban á los indios á la insurreccion.

Cuando ya cerca de la noche me volví al palacio de Calpuc, y entré en mi
habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, noté que la
ciudad habia quedado entregada á una agitacion sorda y amenazadora.

Ya habia indicado yo á mis alféreces donde podrian encontrarme, y aunque
mi situacion era aislada y peligrosa, me llenó de alegria la idea de que
una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre
la ciudad como sobre pais conquistado.

Inmediatamente que entré me sirvieron la cena.

Despues me dejaron solo.

No pasó mucho tiempo cuando percibí un ruido leve en una de las
habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que
acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y á todo evento esperé de pie
en medio de la cámara.

Poco despues se levantó el tapiz de una puerta y en vez de un asesino
entró una niña. Una niña hermosa como un ángel.

La niña se puso sonriendo uno de sus pequeños dedos sobre su pequeñísima
boca, y acercándose á mí me dijo con una hechicera confianza:

--Señor español, mi madre, que es española como vos, desea hablaros;
pero para ello será necesario que me sigais sin hacer ruido; muy
quedito y muy en silencio.

Despojéme de mis espuelas, y como no era de presumir que Calpuc se
valiese de su hija para tenderme un lazo, me limité á llevar por única
arma mi daga, que aun conservaba en la cintura: si por acaso no la
hubiese tenido, hubiese seguido á Estrella, que asi se llamaba la niña,
enteramente desarmado; hacer otra cosa hubiera sido demostrar
desconfianza ó miedo, y esto ofendia mi orgullo.

Estrella me asió de una mano, me sacó de la cámara, y me llevó á oscuras
por un laberinto de corredores y habitaciones. Al fin entramos en un
departamento donde se aspiraba un ambiente cargado de perfumes, lo que
demostraba que ya estábamos en las habitaciones de doña Inés.

Al fin Estrella levantó un tapiz y entramos en una magnifica cámara,
iluminada blandamente por una lámpara, en cuyo fondo, sobre almohadones
de pluma, estaba sentada una mujer vestida de blanco.

Era doña Inés.

La media luz que iluminaba la cámara, los brillantes muebles que la
alhajaban, el trage blanco de doña Inés, su cabellera negra,
magníficamente agrupada en trenzas sobre su cabeza, la ardiente
melancolia de su semblante, la ansiedad que se pintaba en su mirada,
todo, todo, hacia de aquella mujer una tentacion viviente.

Doña Inés besó á su hija en la boca, la dijo algunas palabras al oido, y
la niña, haciendo una señal de inteligencia, atravesó, leve como una
pluma, la cámara y se perdió detrás de una puerta.

--Dispensad, caballero, me dijo doña Inés con un acento ávido, opaco y
profundamente melancólico; perdonad que os haya molestado, y sentaos. Me
habeis dicho que venis de España, que hace un año habeis penetrado en el
desierto, y que esto ha sido por órden de don Juan de Cárdenas, duque de
la Jarilla, adelantado de España en la frontera.

Doña Inés pronunció todas estas palabras con una precipitacion febril.

Esperé un momento á que dominase su conmocion, y la respondí:

--En efecto, señora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis
largos servicios al emperador, haciéndome la honra de encargarme...

--¿Y qué encargo es ese?...

--Hace diez años los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron
una hija adorada.

--¿Y el adelantado, no se ha acordado en diez años de buscar á su hija?
dijo con cierto sarcasmo doña Inés.

--El adelantado, señora, ha enviado uno y otro capitan; á uno y otro
tercio al desierto; todos han perecido.

--¿Y solo vos habeis podido llegar?...

Doña Inés se detuvo.

--Si, si señora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de
encontraros.

--¡De encontrarme! ¡pues qué! ¿creeis que yo soy la hija del adelantado?
¿es esa señora la única española que por las vicisitudes de la guerra ha
venido á parar á poder de los indios?

--Yo, señora, la contesté, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino
estuviese seguro de que vos sois doña Inés de Cárdenas.

--¡Que estáis seguro de que yo soy...!

--Si, por cierto, porque os conozco.

--¡Que me conoceis!

--He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre.

--Sin duda os engaña la memoria.

--Suele suceder que la memoria engañe; pero jamás engaña el corazon.

Doña Inés afectó no comprender el sentido directo y audaz de mis últimas
palabras.

--El corazon se engaña tambien me dijo con la mayor naturalidad; á
quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y
desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fácil...

--Si, eso es fácil para un indiferente, pero no para un hombre que ama.

Era ya el tiro tan directo que doña Inés no pudo desentenderse y adoptó
un aspecto severo.

--Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis
comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la
mujer que creeis, me haceis una grave ofensa.

--Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion.

--¿Y qué posición puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa
de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo,
puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador
don Carlos?

--Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos.

--Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doña Inés. Pero no os
mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeños
caciques á los que os ha sido fácil vencer: no habeis encontrado un solo
guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus
aterradas, desmembradas que han huido á los desiertos, despoblando la
parte conquistada por los españoles. Pero ahora os encontrais en la
primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado
todavía, y que está acostumbrado á vencer á los españoles. ¿No sabeis de
boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que á pesar de sus
murallas, de sus cañones y de sus soldados castellanos, los idólatras le
arrebataron su hija de su mismo palacio?

--¡Oh! ¡al fin confesais!...

--Me remito á lo que vos mismo me habeis referido.

--Pero os repito, doña Inés, que he visto vuestro retrato en la casa de
vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque causásteis en mí una
emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber
acrecido en hermosura.

--¿Habeis hecho una campaña de quinientas leguas por mí, solo por mí?
dijo con un acento indefinible doña Inés.

--Vuestro padre...

--Mi padre, porque... si, yo soy esa doña Inés que buscais; mi padre ha
tenido ocasion de saber de mí, ya enviando un indio de paz, ya por otros
mil medios. No, no: mi padre me ha maldecido sin duda; mi padre ha
renegado de su hija.

--Vuestro padre os cree muerta, señora; vuestro retrato está cubierto
con un velo negro.

Doña Inés se conmovió, surcaron dos lágrimas sus blancas mejillas, y
dijo con acento conmovido:

--Mi padre no podia creer que entre los idólatras hubiese un alma
generosa, un gran corazon que me sirviese de amparo. Mi padre supuso y
supuso con razon, que yo no podria sobrevivir á la esclavitud y al
envilecimiento. Pero mi padre se ha engañado. Para ser completamente
feliz, solo me falta respirar el aire de la patria, y vivir entre
cristianos.

--¡Ah! ¡sois feliz!

--Cuanto puedo serlo en una tierra extraña habitada por idólatras. Si
esto os maravilla, prestadme un tanto de atencion y cesará vuestro
asombro.

Mi padre os habrá referido cómo le fuí arrebatada: los indios nos
sorprendieron, pasaron á cuchillo á los españoles, y su rey penetró en
nuestra casa, y en mi cámara, en el momento en que la mano brutal de un
salvaje me habia arrancado de mi reclinatorio, donde pedia á Dios
misericordia, y arrastrándome por los cabellos, levantaba sobre mí su
hacha.

El valiente Calpuc me arrancó de las manos del terrible guerrero, y
para salvarme, me declaró su cautiva.

Todos respetaron á la cautiva del rey.

Despues no recuerdo lo que sucedió; solo que cuando torné en mí, me
encontré en un lecho portatil, conducido por cuatro indios, en medio de
un ejército innumerable de salvajes, que marchaban por ásperos y
horribles desfiladeros.

Durante muchos dias, hicimos pacíficamente el mismo camino que vos, sin
duda, habeis hecho, dejando á vuestras espaldas la muerte, la
desolacion, y el incendio: al fin llegamos á esta ciudad, y fuí
trasladada á este mismo palacio.

Durante el camino, mis ojos habian buscado en vano al jóven guerrero que
me habia librado de una muerte horrorosa. Un impulso de gratitud y un
sentimiento que no podia explicarme, me hacian pensar en él. Algunos
dias despues de haber llegado á este palacio, me atreví á preguntar á
las esclavas que me asistian, por el rey de aquella tierra.

Entonces un anciano sacerdote que habia sido cautivado en la misma
ocasion en que yo lo habia sido, se me presentó y me dijo que el jóven
rey del desierto, Calpuc, habia ido á reprimir la insurreccion de una de
las tribus; díjome asimismo, que conmigo, ademas de él, habian sido
libertados de la muerte otros dos sacerdotes cristianos y algunos
soldados y mujeres castellanas.

--Ignoro la suerte que nos está reservada hija mia, añadió: creo que
este rey es humano y generoso; pero en todo caso, antes que faltar á la
virtud y á la fe de Jesucristo, es preferible el martirio.

Algunos dias despues, se me presentó el mismo Calpuc.

Era muy jóven, y ya le conoceis, y podeis comprender que posee dotes
para hacerse amar. Yo no habia pensado en que podria amarle; este
pensamiento me hubiera llenado de terror: mis creencias, mi educacion,
mi altivez, todo se oponia en mí á este pensamiento, y sin embargo, ya
os he dicho, que el recuerdo de aquel jóven que me habia salvado, me
inspiraba un sentimiento misterioso que no podia explicarme, que yo no
creia que pudiese ser amor, y que atribuia á gratitud.

Fuése que por hacerse entender de mí, Calpuc hubiese procurado aprender
el habla castellana, fuese que conociese algunas de sus palabras por la
continua guerra contra los españoles, me hizo entender, aunque á duras
penas, en nuestra primera vista, que nada tenia que temer, y que si me
habia llevado consigo á sus dominios, solo habia sido por no dejarme
expuesta á mil peligros.

Desde entonces todos los dias me hacia una corta visita.

Lentamente el jóven indio fue comprendiendo mejor el castellano; al fin
á los seis meses, se hacia entender perfectamente.

Yo tambien habia comprendido lo que mi corazon no habia podido
ocultarme, esto es, que amaba al rey del desierto. Le amaba, sí, pero
jamás le revelé mi amor, ni con una mirada, ni con una demostracion de
alegría á su llegada, llegada que yo ansiaba, para dar en el fondo de mi
alma una expansion á mi amor.

Calpuc, por su parte, me trataba con el mayor respeto y con una
indiferencia perfectamente afectada; pero ¿qué mujer no conoce si es
amada ó no por un hombre á quien ve todos los dias?

Sabia, pues, que le amaba y que era amada; pero estaba resuelta á morir
antes que á pertenecer á un idólatra.

Pero nuestra mutua posicion debia ser mas íntima y mas difícil; debia
llegar un dia en que viviésemos continuamente juntos, en que comiésemos
en un mismo plato, en que hiciésemos una vida comun.

Aun no habian pasado seis meses, desde que habia sido arrebatada á mi
padre, cuando un dia se me presentó Calpuc pálido y trémulo.

--Es necesario que seas mi esposa, castellana, me dijo, y que adores á
nuestros dioses.

--¡Jamás! le contesté; Jamás seré la esposa de un idólatra, ni me
prosternaré ante el ara horrible que se riega con sangre humana.

--Escúchame, Inés, dijo Calpuc, sentándose á mi lado: los agoreros han
dicho al pueblo, que una mujer que vive en mi palacio, me envuelve en la
tentacion y en la impureza; que esa mujer causará la completa ruina de
los restos del imperio mejicano, y que, para aplacar á los dioses, es
necesario que esa mujer sea entregada á los sacerdotes y sacrificada
ante el altar.

El horror de esta terrible perspectiva me hizo estremecer.

--Y no es esto solo: los agoreros dicen que es necesario para asegurar
la suerte del imperio, que sean sacrificados tambien tus hermanos de
religion y de patria que han sido cautivados contigo.

--Pero tú eres el rey de esa gente, le dije.

--Mi poder, me contestó Calpuc, nada puede contra el poder de los
sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar á
nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar á esos infelices, sino
se prosternan ante nuestros altares.

--Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio.

--Escúchame, Inés, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y
asiéndome una mano, yo te amo.

Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia á
dirigirme Calpuc.

--¿Y por qué me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir á vuestros
amores? ¿Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa?

--No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte.

--Pero mi salvacion es imposible.

--¿Y por qué?

--Porque jamás renegaré de mi Dios.

Calpuc observó si podia ser escuchado de alguien, y luego llevándome á
un ángulo retirado de la cámara donde nos encontramos, me dijo:

--Yo no quiero que mueras.

Me miró de una manera apasionada durante un momento, y luego continuó.

--Si tú murieras, Calpuc se convertiria en el mas feroz de los hombres.

--Pues bien, sé rey fuerte y poderoso.

--Y dime, ¿qué harian los españoles, si su emperador les mandase ofender
al Dios de sus padres, y desobedecer á sus sacerdotes?

--¿Los españoles...? los españoles destituirian, exterminarian al
emperador.

--¿Y por qué no habian de hacer lo mismo los mejicanos con un rey que
les mandase arrojar por tierra los altares de sus padres?

--Pero los españoles adoran al verdadero Dios, y vosotros adorais á
Belial.

--La oracion de mi madre resuena en los oidos de los guerreros de mi
nacion, cristiana, como la de tus abuelos resuena en los oidos de los
tuyos. No te obligaré yo á que abandones á tu Dios...

--Y me exiges que reniegue de él.

--No, solo te pido que engañes á los hombres.

--¡Cómo!

--Guarda en tu corazon tus dioses; pero arrodillate, para que mis
sacerdotes dejen de aborrecerte, arrodillate ante los nuestros.

--¡No, nunca!...

--¿Y la vida de esos desdichados? ¿y mi vida?

Calpuc se arrojó á mis piés.

--Es necesario que te resuelvas, continuó; no se pondrá el sol tras las
montañas azules, sin que los sacerdotes me pidan una respuesta. Es
necesario que la hermosa vírgen se salve, y escucha: si no me amas no
serás mi esposa, sino para los hombres, que se alimentan con lo que ven
y con lo que oyen: Calpuc no se acercará á la vírgen de su amor, sino
para tenderse á sus piés y guardar su sueño. Calpuc amará á su hermana,
pero es necesario que su hermana le llame esposo; es necesario que todos
la crean esposa del rey, para que ninguno se atreva á pensar en matarla:
¡ah! si mi hermana muriera, Calpuc se convertiria en un tigre.

Los ojos del jóven salvaje centelleaban, y un amor inmenso se exhalaba
por ellos; pero un amor tan respetuoso, tan sublime como ardiente.

Yo, aunque aterrada por la horrorosa suerte que me amenazaba, me sostuve
sin vacilar en mi resolucion, y Calpuc desesperado llamó al mas anciano
de los tres sacerdotes cristianos.

Este consintió en persuadirme al fingimiento que de mí se exigia, pero
con una condicion solemne: exigió á Calpuc que se convirtiera al
cristianismo.

--Nuestros dioses se alimentan con sangre humana, dijo profundamente
Calpuc; nuestros sacerdotes son unos malvados, que vuelven en su
provecho la fe de mis hermanos; muchas veces he pensado en que un dios
de muerte y de sangre, no es el dios que ha criado el sol, que es tan
beneficioso, ni la luna que es tan bella, ni la tierra que es tan
fértil, ni el mar que es tan grande, ni ese abismo tan azul, donde
brillan innumerables los luceros. Mi padre que era un sabio y un justo
me habia dicho: estos sacrificios humanos nos traerán al fin la
maldicion de Dios. Por allí, por donde sale el sol tan resplandeciente,
vendrán unos guerreros formidables que nos traerán, sobre mares de fuego
y sangre, en castigo en nuestras culpas, otro Dios mas benéfico. Yo
escucho todavía la voz de mi padre. Calpuc, ha querido conocer á Dios, y
los agoreros no han sabido mostrárselo. ¿Se lo mostrarás, tu, anciano?

[imagen: Doña Inés de Cárdenas.]

El licenciado Vadillo, que así se llamaba el sacerdote, aprovechó la
buena disposicion de Calpuc, y me decidió á que, para causar un gran
bien, me prestase á unas formas externas, que en nada podian ofender á
Dios, puesto que conocia la pureza de nuestras intenciones.

Imponderable fue la alegría de Calpuc cuando supo que yo consentía en
cuanto era necesario hacer para que los sacerdotes idólatras
renunciasen, ó por mejor decir, no pensasen en sacrificarnos.

Algunos dias despues era yo la esposa de Calpuc.

Esposa para el pueblo; hermana para él.

Lentamente el licenciado Vadillo y yo fuimos labrando la fe cristiana en
el alma de Calpuc. Al fin un dia, el dia mas hermoso de mi vida, el
licenciado Vadillo bautizó á Calpuc en secreto, y en secreto tambien nos
desposó con arreglo al rito de la Iglesia católica.

Entonces no fui ya la hermana, sino la mujer de Calpuc.

Un año despues el cielo habia bendecido nuestra union dándonos á
Estrella, á mi hermosa Estrella.

Una capilla, la misma que habeis visto, fabricada por españoles, que
habian venido á fuerza de oro, y construida con el mayor recato, habia
abierto para nosotros el fecundo manantial de vida de la oracion y de
las prácticas religiosas. Habreis reparado que habeis sido introducido
por una puerta secreta en esta parte del palacio; que todas las
habitaciones estan iluminadas por ventanas abiertas en el techo; que
nadie, en fin, puede sorprender lo que aquí suceda: el vulgo cree que
estas habitaciones tan cerradas son las de las mujeres del rey, y nadie
se atreveria á mirar ni á espiar el interior del sagrado recinto aunque
le fuese posible. Mi esposo tiene adormida la suspicacia de los
sacerdotes á fuerza de oro, y á fuerza de oro ha conseguido que no haya
un solo sacrificio humano, á pretexto de que los sacerdotes dicen al
pueblo, que los dioses estan contentos y que no hay necesidad de aplacar
su cólera con sangre. Los cráneos humanos que veríais ayer sobre el
templo eran antiguos.

[imagen: Sentí diferentes golpes de hacha y perdí los sentidos.]

--Pues mucho me temo, dije interrumpiendo á doña Inés, que tanta
felicidad no sea turbada por vuestra causa.

--¿Por mi causa? dijo doña Inés.

--Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aquí al frente
de mis soldados.

--¿Y qué desgracia nos puede acontecer?

--Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad.

--Pero ha sido porque hemos hecho creer á los habitantes que tras
vosotros venia un formidable ejército; ha sido porque yo no he querido
que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un
acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y á propósito de
ello queria hablar con el capitan de la bandera española que se habia
presentado delante de nosotros.

--No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, señora, la repliqué.

--¿Ha hablado con vos mi esposo?

--Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente á la lejana
frontera.

--Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar á mi
padre delante de mí.

--Pero en fin, señora, ¿á que habremos de atenernos?

--Es necesario obrar y obrar pronto. Es necesario que marcheis, llevando
á mi padre un mensaje que yo os daré para él.

--¡Partir! ¡partir, cuando se han hecho quinientas leguas y se han dado
cien batallas por encontraros!

--Vuestra gente está perdida en la ciudad: solo por el temor de verse
anonadados, dominados por un formidable ejército, han podido los
naturales consentir en que se celebren las ceremonias de otra religion
en el templo de sus falsos dioses: si mañana no aparece, como es
imposible que aparezca, ese soñado ejército, innumerables idólatras
envestirán á vuestras gentes, las sofocarán por su número y las
sacrificarán á sus dioses, á fin de aplacarlos por la, para ellos,
terrible profanacion que se ha efectuado hoy en el templo; creedme,
caballero, creedme; voy á hacer que busquen á mi esposo, á fin de que
tratemos acerca de lo que conviene hacer, á propósito de establecer una
buena inteligencia entre los españoles y los naturales, y esta misma
noche partireis... ó sino partís sereis sacrificado... lo que me pesaria
sobre manera.

--Pues os repito, señora, que habeis acudido tarde á no ser que lo que
me preponeis sea una discreta industria para alejarme con mi gente.

--Os juro que nada hay en mis palabras doble ni artificioso; sino os
alejais sois gente perdida.

--Pues creo que eso lo hemos de ver muy pronto, dije aplicando el oido,
porque me pareció haber escuchado un disparo de arcabuz.

En efecto, no me habia engañado; poco despues, y partiendo del templo,
retumbaba sobre la ciudad un cerrado fuego de mosqueteria: oíanse
distintamente los gritos tumultuosos de los idólatras, y dentro del
mismo palacio se dejaba oir una animacion terrible.

Estrella se presentó pálida en la cámara y se arrojó en los brazos de su
madre, que se habia levantado y fijaba en mí, que me habia levantado
tambien, una mirada fija y terrible.

--¿Qué significa esto, caballero? me preguntó.

--Esto significa que las gentes de la ciudad han acometido á mi gente,
que, como es natural, se defiende. Por mi parte os juro que nada sé de
esto, y que me pesa; pero lo tenia previsto.

--Pues bien, no saldreis de aquí, caballero, dijo una voz á la puerta.

Aquella voz era la de Calpuc, que se presentaba, no con el traje español
con que se habia presentado aquel dia ante nosotros, sino con sus
ostentosas vestiduras de rey mejicano, armado con un hacha corta y
reluciente.

--¡Ah! ¡me habeis tendido un lazo! exclamé; ¡me habeis asegurado en
vuestra casa, creyendo que mis gentes sin su capitan serian mas
fácilmente vencidas! Pero os habeis engañado: lo he previsto todo; no
tardaran en llegar aquí mis soldados.

--¡Ah! ¡lo habiais previsto todo! dijo sombríamente Calpuc: ¡habeis
venido no á extender la religion de Cristo, sino á robarme mi esposa! El
duque de la Jarilla os envia, y contábais demasiado fácilmente con el
logro de vuestra empresa. Os habeis engañado capitan: habeis venido á
morir á mis manos como un traidor.

Y adelantó hácia mí.

Yo desnudé mi daga, única arma de que, por imprevision, estaba provisto:
doña Inés se interpuso.

--No, no, exclamó: no vertamos mas sangre que la necesaria para defender
nuestros hogares.

--Nuestros hogares estan acometidos é incendiados, exclamó con rabia
Calpuc, y este miserable renegado, que blasfema la religion de Cristo,
va á morir á mis manos.

Y rechazó con fuerza á su mujer.

Trabóse poco despues una lucha desigual: yo solo tenia mi daga: el rey
del desierto era valiente, vigoroso y ágil, y se defendia con las armas
de que iba cubierto, de mis golpes. Para defenderme de los suyos me veia
obligado á retroceder; oia ya cerca, muy cerca, los gritos y los
disparos de arcabuz de mis soldados; un resplandor rojizo se veia al
fondo en las habitaciones, por la puerta que habia dejado franca Calpuc:
pero yo no podia ganar aquella puerta: las mujeres, asustadas, habian
huido por otra; habiamos quedado solos el indio y yo: él estrechándome,
yo retrocediendo: al fin me alcanzó un hachazo en el brazo izquierdo,
luego otro en el rostro. Caí, la sangre me cegó, el vértigo se apoderó
de mí: sentí diferentes golpes de hacha en el cuerpo, y perdí los
sentidos.

Calpuc me dejó tal como me ves ahora, con un costuron en el rostro, con
una manga sin brazo, y con una pata de palo, á mas de otras heridas
profundamente señaladas en el resto de mi cuerpo.

Aquella negra aventura dió ocasion á que me llamasen mis compañeros
primero y despues todos los soldados de los tercios en que he servido,
el capitan estropeado.

Debes tener tambien en cuenta, que en tu servicio he recibido estas
heridas, ó por mejor decir, he perdido el agradable aspecto que antes
tenia mi semblante; un brazo y una pierna: no debes olvidar esto, Yuzuf.

--¿Te mandé yo, que penetrases en el interior de los desiertos de
Méjico? dijo con desden Yuzuf: si te llevaron á ellos tus vicios, esto
es, tu lujuria y tu codicia, tuya, y sola tuya es la culpa: no en mi
servicio, síno en el tuyo fuiste estropeado.

--Si, es cierto en alguna parte lo que dices; pero ten en cuenta, Yuzuf,
que tú habias apurado los tesoros de tu padre: que la contribucion que
te pagaban las Alpujarras, no bastaba para alimentar á tus monfíes, ni
para sostener tu decoro de emir: que tú, como el emperador don Carlos, y
como los aventureros y golillas españoles, habias pensado en la América,
en ese rico tesoro encontrado mas allá de los mares por Cristóval Colon:
que para procurarte riquezas fue únicamente para lo que me compraste una
compañía, y me diste ciento de los tuyos: que sino hubiera sido por tí,
yo no hubiera ido á Méjico, no hubiera conocido al duque de Jarilla, no
hubiera visto el retrato de su hija, y no hubiera pasado de la frontera,
donde, sin gran peligro y trabajo, se alcanzaban ricas presas. Recuerda,
en fin, que en seis años que estuve por allá, llené tus arcas de oro
para mucho tiempo.

--Y dime: ¿á quién debes tu salvacion en tu descabellada excursion por
el desierto sino á mis monfíes?

--Es cierto; pero eso no quita el que te haya servido fielmente, y el
que estés obligado á darme ayuda.

--Si me has servido fielmente, es porque te tenia sujeto: porque á tu
lado y como alféreces tuyos, iban hombres que no te hubieran permitido
que me hicieses traicion: si hubieras podido, no me hubieras enviado ni
un solo marco de oro: nada tengo que agradecerte, eres mi esclavo. Pero
continúa, y sepamos á donde vas á parar con tu extraño relato.

--Cuando volví en mí, me encontré dentro de una cabaña en el centro de
un bosque; estaba en un lecho de pieles de búfalo, y enteramente solo:
era de noche: una lámpara de hierro puesta sobre una piedra, alumbraba
la cabaña: junto á mí, tendido en el suelo, y echada la cabeza sobre el
lecho, dormia un hombre, y únicamente sus fuertes ronquidos interrumpian
el profundo silencio que reinaba.

Yo estaba vendado, dolorido, débil: por el momento, nada percibí mas que
en conjunto: despues pasé de la observacion de los objetos exteriores á
mí mismo, y me aterré: me faltaban un brazo y una pierna; el
conocimiento de esta falta me hizo arrojar un grito de terror; á aquel
grito, el hombre que dormia junto á mí despertó; era uno de mis
alféreces; uno de tus monfíes.

Esto me tranquilizó un tanto; al menos no estaba en poder de los
idólatras: no debia temer el ser sacrificado á sus horribles ídolos. Sin
duda estaba en medio de mis gentes, puesto que el alférez se mostraba
completamente armado.

--Gracias á Dios, me dijo, que al fin habeis tornado en vos, capitan:
tres dias habeis estado como muerto.

--¿Y dónde nos hallamos?

--A muchas leguas de la ciudad de ese perro idólatra, en cuyo palacio os
encontramos casi hecho pedazos.

--¿Y qué ha sido de ese hombre?

--Logró escapar de nuestras manos; reunió su gente en número
considerable, y nos obligó á retirarnos de la ciudad.

--Pero no nos ha perseguido, puesto que estamos en reposo, y debe estar
muy lejos el peligro, porque dormiais profundamente, alférez, cuando yo
he vuelto en mí.

--Perdonad, capitan, me dijo, si he podido dormirme; hace tres dias con
sus noches que no dormimos: pero eso no quiere decir que no haya
peligro: por el contrario, tenemos al otro lindero del bosque el campo
de los idólatras, y nuestras postas (centinelas) estan al frente de
ellos. Tres dias hemos venido retirándonos, conteniendo una infinita
muchedumbre con el fuego de nuestra mosqueteria, sin cesar de andar,
llevándoos delante de nosotros en un lecho cubierto. Aquí fue necesario
cortaros una pierna y un brazo, y para hacer esta operacion, nos fue
forzoso detenernos y sostener un reñido combate: en él hemos perdido
diez hombres.

--¿Y las mujeres? dije con ansiedad.

--Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de
nosotros, y aun no nos hemos visto obligados á perder la menor parte del
botin.

--Y entre esas mujeres, ¿vienen por acaso la esposa y la hija del rey
Calpuc?

--Sí señor.

--Supongo que esas mujeres se habran respetado.

--Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido á tocar á
la presa antes de que vos la hubiéseis repartido.

--¿Y quién me ha curado?

--El médico judio que nos acompaña desde las Alpujarras.

--¿Y qué dice el médico acerca de mi vida?

--Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos
examinado las heridas de la cabeza, nos aseguró que os quedaban muchos
años de vida; pero... ¿no ois, capitan?

Habia resonado á lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron
instantáneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendió á
la redonda, se acercó y se estrechó alrededor de la cabaña donde yo me
encontraba.

--Los idólatras han acometido el campo, exclamó el alférez, y nunca como
ahora nos han cercado: quiera Dios que no nos exterminen esta noche.

--Esperad, le dije: ¿no me habeis dicho que estan entre nosotros la hija
y la esposa del rey Calpuc?

--Si, por cierto.

--Hacedlas venir al momento.

El alférez salió, y poco despues entró con la madre y la hija.

Doña Inés venia pálida, grave; pero altiva, con el mismo trage con que
la habia visto tres dias antes: á no ser por los pasos que dió en la
cabaña al entrar en ella, se la hubiera podido creer una estátua.

Su hija Estrella, inmóvil tambien, abrazada á la cintura de doña Inés,
pálida y trémula, fijaba en mí una mirada llena de terror; el alférez
estaba detrás de ellas impasible, como sino se tratara de una mujer tan
hermosa como doña Inés, y una niña tan semejante á un ángel como
Estrella.

--Doña Inés, la dije: las circunstancias en que nos encontramos haran
que no extrañeis la resolucion que voy á tomar para salvar á mi gente.

--Comprendo la resolucion que tomareis, me dijo con acento glacial doña
Isabel, y bien, estoy resuelta: pereceremos todos.

--¿Y vuestra hija? exclamé con acento profundo.

Noté que doña Inés temblaba, que la niña palidecia aun mas, y que
pugnaba en vano por contener sus lágrimas.

--Ved lo que haceis doña Inés, la dije: vuestro padre tiene
indisputables derechos á recobraros por el honor de su familia, y
prescindiendo de eso, vos teneis un deber sagrado de protejer á vuestra
hija. ¿No os causa horror solo el pensar en ver ensangrentada á vuestros
piés á esa hermosa criatura?

Estrella lanzó un grito de terror, se asió mas á su madre, y rompió á
llorar á gritos.

Doña Inés me llamó infame.

--Y doña Inés tenia mucha razón para llamártelo, dijo Yuzuf.

--Yo no sé si he sido infame, dijo secamente el capitan. Lo que sé es,
que por doña Inés hubiera arrostrado la condenacion de mi alma. Déjame
continuar, Yuzuf.

--Continúa en buen hora, pero procura abreviar, porque tu cuento se ha
hecho ya muy largo, y me aquejan otros cuidados.

--No; es preciso que sepas cuánto he sufrido, cuánto he hecho por el
amor de esa mujer, para que comprendas cuánto puedo hacer todavía.

--Sigue, sigue.

--Si doña Inés hubiera sido mi única prisionera, hubiera arrostrado por
todo y los indios nos hubieran exterminado; pero doña Inés no se
atrevió, no tuvo valor para sacrificar consigo á su hija, y su amor de
madre nos salvó. Escribió una carta para su esposo, en que le hacia
presente su horrible situacion y la de su hija: deciale, que su padre el
duque de la Jarilla me habia enviado para arrancarla de su poder, del
mismo modo que él la habia arrebatado de la frontera en otro tiempo; que
nada tenia que temer de mí, que todo se reducia á volver al seno de su
familia. Doña Inés, en fin, mintió y se valió de su buen ingenio para
aterrar á su marido. Uno de nuestros soldados atravesó el fuego, y fue á
llevar al rey del desierto la carta de su esposa.

Inmediatamente cesó el combate, y se entró en capitulaciones.

Calpuc exigió que se le entregasen los demás cautivos hombres y mujeres,
y la presa, y juramento por mi parte de entregar sanas y salvas, sin
ofensa en su honor, su esposa y su hija al duque de la Jarilla.

Cuando tus monfíes, Yuzuf, supieron que para que se retirasen los
idólatras era necesario entregar la presa, quisieron continuar al
combate á todo trance, á pesar de que contra cada monfí habia mil
enemigos. Hay que confesar que tus monfíes son muy valientes, y que á
duras penas conseguí que entregasen la presa.

Solo doña Inés y Estrella quedaron en mi poder.

Calpuc, que habia comprendido que si bien le era fácil exterminarnos,
atendiendo á que mi gente estaba sin capitan y á que era infinitamente
inferior en número á la suya, el destruirnos era sentenciar á morir á su
esposa y á su hija, quiso mejor que estando vivas, le quedase la
esperanza de recobrarlas algun dia. Yo habia contado con esto, y no
habia contado mal. Antes del amanecer se habian retirado los idólatras
al otro lado del bosque, y pudimos continuar nuestro camino. Pero la
mitad de la compañia habia quedado muerta sobre el campo.

Como me habia dicho en nuestra primera entrevista doña Inés, hasta que
habiamos entrado en los dominios de Calpuc, no habiamos encontrado
gentes formidables: nuestros triunfos habian sido fáciles hasta
entonces, y asi es que cuando desandamos el camino que habiamos llevado
hasta la ciudad de Calpuc, vencimos con facilidad á algunas tribus
salvajes que nos salieron al encuentro. Pero no pudimos hacer una sola
presa y llegamos á la frontera, tan pobres como un año antes habiamos
partido de ella.

Los monfíes estaban desatalentados. Solo yo habia conseguido mi objeto;
pero á medias. Traia conmigo á doña Inés; pero me dejaba allá en el
centro del desierto un brazo y una pierna, y el hacha de Calpuc,
cruzando mi cara, me habia desfigurado conpletamente.

Ademas, mis proyectos de ambicion habian fracasado. Yo no podia ser
esposo de doña Inés, porque doña Inés estaba casada.

A pesar de que el duque de la Jarilla habia dejado el adelantamiento de
la frontera, no me atreví á entrar en las ciudades con doña Inés, que
era muy conocida, y restablecido ya completamente de mis heridas, me
dediqué á hacer la guerra de frontera como antes de mi expedicion al
desierto, llevando siempre conmigo á doña Inés.

Llegó al fin un dia, en que, subyugadas de nuevo las provincias
rebeldes, los indios que no quisieron sujetarse al yugo se internaron en
el desierto, donde no era posible perseguirlos sino con grandes
ejércitos, y por último, no habiendo ya aldeas que quemar ni presas que
hacer, me mandaste que volviese á España.

Yo temia volver á España con doña Inés, por la misma razon que no habia
entrado con ella en ninguna de las villas y ciudades de Nueva España:
temia que algun amigo ó deudo de su padre la conociese. Te envié, pues,
tu gente, y me quedé solo con doña Inés y Estrella, como esclavas.

Dudé al embarcarme con ellas para Europa á dónde mi dirigiria: en
Flandes y en Italia me exponia á dar con un tropiezo, porque en aquellos
paises abundaban los españoles. Difícil era encontrar un punto en Europa
donde los españoles no llevasen su planta. Me decidí, pues, por Grecia.

En el archipiélago he vivido algunos años. Me hice construir una casa á
las orillas del mar, en Chipre, y compré una almadía. Yo necesitaba oro,
y me hice pirata. ¿Qué quieres? Yo necesitaba ejercitarme en algo.
Cuando volvia de mis excursiones cargado de oro y cubierto de sangre,
gozaba entre los brazos de doña Inés...

--¡Cómo! ¿doña Inés fue tan miserable que al fin manchó su fe, amándote?
exclamó con severidad Yuzuf.

--Recuerda emir que doña Inés tiene una hija.

--¡Ah!

--Como se habia sacrificado la esposa, se sacrificó la madre. Doña Inés
luchó largo tiempo y fue preciso para que sucumbiese que yo la amenazase
con separarla de su hija. Estrella era mi esclava y podia venderla.
¿Comprendes ahora que doña Inés pudiera ser mia, y hasta que por no
irritarme fingiese que me amaba?

--Comprendo que eres un infame, Sedeño, y que Calpuc ha tenido y tiene
mucha razón para pedirme tu cabeza.

--¡Eh! yo no sé si he sido infame ó no: lo que sé es que doña Inés podia
haber sido muy feliz conmigo, si hubiera sido menos testaruda. Al fin,
lo hecho está hecho. La obstinacion de doña Inés me ha obligado á
tratarla con crueldad. No es mia la culpa. ¿Acaso la amé yo porque
quise? Si no con su hermosura, con un no sé qué misterioso, que me
enloquecia, me obligó á amarla. Era necesario que yo ó ella nos
sacrificásemos, y entre los dos sacrificios elegí el suyo. Esto es muy
natural. Ademas, me habia costado muy cara para que yo renunciase á
ella: me habia costado una expedicion al desierto en que expuse mi vida
en cien combates, y por último un brazo y una pierna. ¿Cómo querias que
yo renunciase á doña Inés?

--Continúa.

--Ya te he dicho que doña Inés solo se doblegaba á mis deseos por el
temor de perder á su hija. Pero yo no podia engañarme: me aborrecia con
toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba
y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba
desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la
aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida,
fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco años. Entre tanto
Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamoré de Estrella.

--¿Despues de haber sacrificado á la madre, querias sacrificar á la
hija? exclamó con indignacion Yuzuf. ¿Y te atreves á confesarme sin
rubor tales infamias?

--¿Qué quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado
llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cuánto me interesan esas
mujeres, para que comprendas hasta qué punto me dejaré llevar antes que
consentir en que nadie me las arrebate. Además, tú no tienes por qué
extrañarte de nada. ¿Acaso tú al frente de tus monfíes no has incendiado
villas y llevado á sangre los viejos, las mujeres y los niños?

--Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi
pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que
se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede
haber mas que sangre y fuego.

--Resulta que tú eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo
soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han
enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El
estado en que se encontraba doña Inés, y los años que habian trascurrido
desde que fue robada á su padre, me aseguraban de que no pudiese ser
reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi
vigilancia. Deseaba volver á España, y hace un año que volví á las
Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volví á ser
capitan del presidio de Andarax, espía de los cristianos en servicio
tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este año.

--Por lo mismo he hecho jurar á Calpuc que no tocará á tu cabeza
mientras yo no se lo permita.

--Sí, sí, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho
mucho mejor en dejarle morir á manos de la justicia que le habia preso
por intento de asesinato contra mí, que en librarle de la cárcel y
protegerle, contentándote solo con exigirle juramento de que no
atentaria á mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monfí, que
habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le
ha servido de guía hasta las Alpujarras. Pero ¡ya se ve! Calpuc es muy
rico y te habrá comprado tu proteccion.

--Concluyamos, Sedeño: ¿que quieres de mí?

--Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre.

--Yo no puedo ser el verdugo de un rey.

--¡De un rey de bárbaros, cuyo trono está al otro lado de los mares!

--Sea como quiera, Sedeño, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor
de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo
debia haberte dejado entregado á él...

--¡Entregado á Calpuc! ¿crees tú que si Calpuc no estuviera protegido
por tí, por tí, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y á
la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder,
estaria vivo Calpuc?

--Calpuc te hará pedazos el dia en que yo se lo permita.

--¡Oh! ¡oh! tú eres el que me tienes atado de piés y manos: en cuanto á
Calpuc está tan resuelto á romper el juramento que te hizo de respetar
mi vida, que me ha obligado á salir de las Alpujarras, y hace algunos
dias que ronda mi casa en Granada.

--Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda
rescatar su esposa y su hija.

--Pues cabalmente es necesario que eso no suceda.

--Obra como mejor puedas para guardar á esas mujeres: por lo demás, te
anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una
sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto,
Sedeño. ¿Qué? ¿no eres mi vasallo? ¿no me debes obediencia? ¿no eres,
aunque de sangre cristiana, monfí, como cualquier otro de los mios? Si
no fueras monfí, ¿poseerias las riquezas que posees?

--Veo que va á ser necesario que entremos en condiciones.

--¡Condiciones! ¡condiciones entre los dos! exclamó Yuzuf con ímpetu:
¿acaso eres mas que mi esclavo?

--Siéntate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me
encuentro me veo obligado á todo... y tengo de mi parte ciertas
ventajas.

--¡Ventajas...!

--Si por cierto. Tú tenias un hijo.

--¡Que tenia yo un hijo!... ¿pues qué, Yaye ha muerto?

--Cuéntale por muerto, porque está en poder de Satanás, y si yo no te le
entrego...

--¡Cómo! ¿te habrás atrevido?

--Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que está
apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo está enamorada
de él.

--¡Una mujer! No te comprendo Sedeño.

--Ni yo me explicaré mas. Bástete saber que tu hijo está en poder de esa
mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado á ser su
querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y será capaz de retenerle en
su encierro ó de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si
yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perdí á mi padre.

--Pero yo puedo sujetarte al tormento.

--Moriré en él sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy
valiente, Yuzuf.

El anciano se levantó, y se puso á pasear agitado, por la cámara. Sabia
demasiado que Sedeño era hombre á quien nada aterraba, y que habiéndose
propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeño aunque emplease
para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.

Yuzuf era padre, amaba á Yaye de una manera exagerada, si es que puede
haber exageracion en el amor de un padre hácia su hijo. La pérdida de
Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el
corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por
boca de Sedeño que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeño se negaba
á revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio
una infamia.

Yuzuf, sin embargo, no tardó en decidirse; pero antes se habia hecho el
razonamiento siguiente:

--Calpuc me exige todos los dias, á todas horas, con un empeño
justísimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese
infame; ese vil Sedeño me pide por su parte que le permita deshacerse de
Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que
quieran mútuamente exterminarse. A mí, á mi pueblo conviene, que esos
dos hombres vivan: Calpuc es riquísimo, sus tesoros son inagotables, y
por odio á los españoles, me facilita medios para sostener mi ejército
de monfíes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada
por la cólera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural.
Por otra parte, Sedeño me sirve bien: es un excelente espía; vende á los
castellanos en mi provecho, y acaso podríamos deberle un dia una
sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres
son preciosos para mí. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeño me
revela el lugar donde se encuentra, le permitiré que obre contra Calpuc,
y del mismo modo permitiré á Calpuc que obre contra Sedeño. El resultado
será verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, ó acaso de
la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo
punto... mi hijo antes que todo.

Y se detuvo, y se volvió resueltamente á Sedeño.

--¿No has tenido tú parte, directa ni indirectamente, en la prision de
Yaye? le dijo.

--Ya te he dicho que Yaye está en poder de una mujer.

--Respóndeme de una manera decidida.

--Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.

--Pues bien; revélame el lugar donde se encuentra, y los medios de
salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc.

--¿Hasta matarle?

--Te dejo libre del juramento de respetar su vida.

--Pues bien; solo me falta una condicion para señalarte el lugar donde
tu hijo se encuentra.

--¡Otra condicion!

--Sí, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me
han obligado á ofenderte. Prométeme, por tu fe de emir, de creyente y de
caballero, que me perdonarás, y que no me negarás tu confianza, como no
me la has negado hasta ahora. Hé aquí mi última condicion.

--Dáme á mi hijo, y te lo prometo todo.

--¿Nada tendré que temer de tí?

--Nada.

--Pues bien; tu hijo Yaye, está encerrado en un subterráneo de la casa
de don Diego de Válor, y en poder de su esposa doña Elvira, que hace
mucho tiempo que le ama.

--¿En casa de don Diego de Córdoba y de Válor?

--Sí por cierto.

--¿Y cómo sabes tú eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido
averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfíes que yo he enviado á Granada en
demanda de Yaye?

--Escucha Yuzuf: tú recordarás que yo, para estar en inteligencia oculta
con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compré una
casa contigua á la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se
comunican por una mina.

--¡Ah! exclamó Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeño fue un rayo de
luz.

--Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias,
ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que
darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, bajé á
la mina, y al acercarme á uno de los aposentos de que te he hablado, oí
dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de
hombre, hablaban de amores: en la mujer reconocí á doña Elvira, la
esposa de don Diego: por lo que escuché, supe que el hombre era Yaye, tu
hijo. Sabia que tú le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llenó
de alegría, porque me dije: yo daré al emir su hijo, y el emir en cambio
me dará la vida de Calpuc.

--¿Y doña Elvira es amante de Yaye? preguntó con repugnancia Yuzuf.

--Sí, sí por cierto, y parece que se aman mucho.

--¡Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del
alcázar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.

En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abrió una puerta, y
entró don Diego.

Yuzuf le miró de una manera profunda, pero nada vió en don Diego que
demostrase que habia oido las últimas palabras del capitan; estaba
tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.

--¡Ah! dijo deteniéndose, apenas habia dado algunos pasos en la cámara,
perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo,
Yuzuf.

--No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de
una conversacion interesante con el capitan Sedeño.

--Sí, sí por cierto, dijo el estropeado, y venís muy á tiempo don Diego,
porque yo he venido á haceros un mutuo servicio al emir y á vos.

--¿Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.

--Sí por cierto. ¿Recordais lo que pasó en vuestra casa el dia en que se
casó con Miguel Lopez vuestra hermana doña Isabel?

--No comprendo lo que quereis decir.

--Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se presentó en vuestra
casa Sidy Yaye, el hijo del emir.

--Es verdad, dijo don Diego.

--¿Y por qué me lo has ocultado, preguntó con su acento de terrible
amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba á mi hijo?

--Porque no sabia si estaba muerto ó vivo.

--¡Cómo! ¿pues quién se atrevió?...

--Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi
hermana doña Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho
las terribles razones que tuve para obligar á mi hermana á que se casase
con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y
por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al
saber que ya aquella union era imposible, cayó en tierra mortal, y yo le
dejé al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente
en camino con Miguel Lopez, á quien arrastré con un pretexto, y á quien
como traidor debia matar, y como obstáculo remover de en medio de doña
Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfíes estaban
próximos á dar muerte á Miguel Lopez, tú que te habias aproximado á
Granada, me encontraste, é irritado por el asesinato de Miguel Lopez,
cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me
trajiste contigo. Tú tenias indicios ó los tuvistes despues de que tu
hijo habia estado en mi casa, recelaste de mí, y me intimaste que no me
veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la
desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia
sobrevivido ó no al accidente mortal que le habia acometido al saber el
casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he
atrevido á revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese
fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha
estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su
union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar ó
no.

--Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeño ha descubierto
que mi hijo vive.

--¡Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. ¿Y le habeis hablado,
capitan?

--No por cierto: sabia que allí estaba en seguridad, conocia ó adivinaba
las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido á
avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa
se tiene una gran ansiedad por vos.

--Pues esa ansiedad durará muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen
las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar á Miguel
Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya
han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora
mismo vais á partir á Granada, tú, tu hermano y el capitan Sedeño. Es
preciso que esta noche mi hijo esté en poder de Abd-el-Gewar.

--Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el
estropeado.

--¡Importante!

--Sí; el capitan general y la chancillería de Granada estan con gran
cuidado.

--¿Pues qué sucede?

--Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada
dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra
el edicto del emperador. Anoche casa del Homaidí, en el Albaicin, se
reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y
resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de
una rebelion.

--¿De una rebelion? exclamó con alegría Yuzuf; ¿se han decidido al fin á
romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los
moriscos de Granada?

--Sí, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla
empeñado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansía un
campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, ¿y qué
campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos
soldados, á las armas, y ¡sus! lancemos el grito de guerra. Demos el
primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de
faltar ni naves, ni soldados turcos.

En aquel momento se abrió la puerta del fondo y un monfí dijo
inclinándose profundamente.

--Magnífico, señor, cuatro xeques de Granada desean hablarte.

--Que entren, que entren al momento.

Poco despues se celebró un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el
valor, la energía de las razas dominadas que aun no se han degradado, se
alimentaron magníficas esperanzas y se decidió dar el grito en Granada
en la noche del dia siguiente.

Yuzuf estaba frenético de alegría; habia encontrado á su hijo, y se le
presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su
bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el
valiente rey de España, el poderoso emperador de los germanos.



CAPITULO XV.

De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.


A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion á Granada, por el
camino de las Alpujarras, don Diego de Válor, su hermano don Fernando, y
el capitan Sedeño.

Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana,
marchaban monfíes que llevaban á las diferentes tahas, órdenes de Yuzuf,
para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, á la que debian
llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto á los
tres ginetes, fuese por prudencia ó por otra causa, no hablaron una sola
palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de
cosas indiferentes.

En cuanto á don Diego de Válor, ni una palabra dijo que pudiese indicar
que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeño á Yuzuf
acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeño, que era sobre
manera perspicaz, por el aspecto sombrío de don Diego, por la
impaciencia con que aguijaba á su caballo, y sobre todo, por su tenaz
reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la
manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del
jóven, comprendió que habia escuchado don Diego perfectamente las
palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cámara
de Yuzuf.

En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como
dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alcázar subterráneo,
habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia
á ciencia cierta, que doña Elvira su esposa habia manchado su honor.

Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba á su
caballo ansioso de realizarla.

Por su parte el capitan estropeado comprendió, que se habia hecho un
enemigo formidable de don Diego de Córdoba, y resolvió deshacerse de él
cuanto antes. Sedeño, como saben nuestros lectores, era el depositario
de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado á don Diego que le
entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la
cual debia Sedeño entregar aquella carta á quien se la pidiese, no habia
tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, á quien encargar de
que recogiese aquella carta, puesto que él no podia presentarse ante
Sedeño, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento
que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigió en la cárcel de
Andarax, á trueque de conseguir su libertad.

Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeño.

Por lo que se vé todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se
trataban con una fe digna de bandidos.

Miguel Lopez, don Diego de Válor y el capitan estropeado eran tres
infames.

Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche
antes de que se cerraran las puertas á Granada. Poco tiempo antes de
llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tomó
adelante y entró antes que los dos hermanos en la ciudad.

Eran las ánimas. Sedeño tomó por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y
la Plaza Nueva, subió por la cuesta de los Gomeres, luego por otra
pendientísima cuesta, y llegó á la puerta del Juicio de la Alhambra: una
vez allí pidió una audiencia urgentísima al capitan general marqués de
Mondejar.

Sedeño fue conducido al alcázar y á la presencia del capitan general,
digno vástago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada,
durante muchos años, la capitanía general del reino y costa de Granada.

Lo que llevaba allí á Sedeño era una nueva traicion aconsejada por su
recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los demás. Se habia
visto obligado á imponer condiciones á Yuzuf, y recelaba la venganza de
este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de
sus enemigos.

Asi es, que se presentó á don Luis Hurtado de Mendoza resuelto á
consumar sus infamias con dos nuevas infamias.

El capitan general le recibió con ese altivo desprecio con que un
caballero recibe á cierta clase de gente.

Para justificar el desprecio con que el marqués de Mondejar miraba á
Sedeño, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra
los cristianos, lo era del capitan general contra los monfíes.

Esto es, era espia doble.

El marqués le dejó permanecer de pié, y despues de mirarle de piés á
cabeza le dijo:

--¿Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?

--Si, excelentísimo señor, contestó servilmente Sedeño: vengo de las
Alpujarras, del alcázar del emir de los monfíes.

--¡Del alcazar del emir! ¿Pero donde está ese alcázar?

--Ya he dicho á vuecelencia que ese alcázar es subterráneo, y que está
situado como á media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar á
vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar á los
pinares, me han salido al encuentro los monfíes y me han vendado los
ojos.

--Señor Alvaro de Sedeño, dijo el marqués con fijeza, desde el dia en
que me ofrecísteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion
y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podíais
necesitar para exterminar á esos bandidos: vuestra compañía de
arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejércitos de su
magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y
sin embargo...

--¿Cree vuecelencia que en un año que llevo últimamente sirviendo al rey
nuestro señor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?

--Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqués; es que,
á pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la
montaña ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las
breñas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve á esos
monfíes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el
incendio que dejan tras sí, y vos sin embargo les conoceis y tratais con
ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun
á obrar con rigor respecto á vuestra persona.

--¿Desconfía vuecelencia de mí? dijo con gran aplomo Sedeño.

--No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe
el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado á las
Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han
muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis
presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los
rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son
desconocidos los lugares en que se ocultan ¿qué debo pensar de esto?

--Que el año que llevo últimamente en tratos con los monfíes en servicio
del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede
dar un golpe decisivo. En cuanto á lo de ignorar yo el lugar donde se
albergan, nada mas natural. Ya he dicho á vuecelencia que jamás entré en
el alcázar subterráneo, sino con los ojos vendados.

--Se han reconocido todas las cavernas inmediatas á Cadiar, y solo se
han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero
reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los
ponderados alcázares subterráneos de que me habeis hablado tantas veces.

--Esta misma mañana he estado en ese alcázar hablando con el emir de los
monfíes.

--¿Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqués moviéndose con
impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.

--Traigo á vuecelencia noticias decisivas.

--Veamos.

--Mañana á la noche debe levantarse el Albaicin.

--¡Ah! ¡ah! ¡tenemos á la rebelion llamando á las puertas de nuestra
casa!

--Si señor.

--¿Y quienes son las cabezas de esa rebelion?

--Primeramente don Diego de Córdoba y de Válor.

--Ved lo que decís; don Diego de Válor aunque morisco, es uno de los mas
leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.

--Don Diego de Válor es un traidor que se encubre bajo la máscara de la
lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello,
ved, señor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los
monfíes Yuzuf-Al-Hhamar.

Y Sedeño sacó una cartera y de ella la carta que le habia entregado
Miguel Lopez y con la cual habia este último impuesto condiciones á don
Diego.

Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y
escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la
conquista de Granada, el marqués que era docto la comprendió
perfectamente.

Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Válor.

Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun género de
consideracion á Sedeño, le dijo profundamente, reteniendo la carta:

--¿Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con
que acaso quereis sorprenderme?

--Llame vuecelencia á don Diego de Válor, hágale escribir con cualquiera
pretexto en arábigo aljamiado, y vuecelencia se convencerá de que esa
carta es suya, contestó con gran aplomo Sedeño.

--He llegado á entender, dijo el marqués, que don Diego y su hermano
faltan estos dias de Granada.

--Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir
preparando el levantamiento; pero han venido desde allí conmigo, y se
les encontrara en su casa.

Meditó un momento el marqués, despues de lo cual tomó un papel, escribió
sobre él algunas palabras, despues llamó con una campanilla de plata, á
cuyo sonido se presentó á la puerta de la cámara un escudero.

--Ginés, le dijo don Luis; dad esta órden al capitan de caballos Pero de
Baena, y que la cumplimente al momento.

El escudero tomó la órden y salió.

--¿Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? añadió el marqués,
encarándose de nuevo con Sedeño.

--El cuñado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en
el mismo dia de sus bodas partió de Granada con sus dos cuñados, de que
hay muchos testigos.

El marqués anotó en un papel el nombre de Miguel Lopez.

--¿Y donde está ese hombre? ¿ha vuelto con sus cuñados? preguntó á
Sedeño.

--Sus cuñados y yo hemos venido solos. Nada sé de Miguel Lopez; pero es
natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfíes.

--Continuad.

--Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que
vive en el barrio del Zenete.

Don Luis escribió este nuevo nombre.

--Continuad, repitió.

--Hay ademas, dijo Sedeño, un hombre que está en Granada hace quince
dias que es poderosísimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor
al rey.

--¿Y quien es ese hombre?

--Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Méjico; ha
venido á España ignoro por qué causa, y ayuda con sus tesoros á los
monfíes.

--¿Le conoceis?

--Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado á conocer. Ese hombre vive en
la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella
todas las mañanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de
caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por
sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco á
cuarenta años, alto cenceño, de mirada fija y profunda.

Don Luis, escribió de nuevo, despues de lo cual repitió la palabra:

--Continuad.

--Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas
de entregar al rey al emir de los monfíes.

--¿Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclamó con alegría el marqués.

--No, no señor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo
emir ha renunciado su autoridad.

--Os cojo la palabra, Sedeño, y si me presentais á ese emir, os ofrezco
en nombre del rey una encomienda.

--Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro señor, dijo Sedeño.

--Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los
capitanes de la rebelion, veamos cómo piensan llevarla á cabo los
moriscos.

--El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto
las armas en las manos.

--Ya he dicho á sus xeques, que representaré á su magestad, á fin de que
les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se
les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de
manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.

--Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus
fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies,
en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estén
abiertas, que sus mujeres salgan á la calle con los rostros descubiertos
y privarse de sus baños, se dejaran matar, hacer pedazos.

--Se les trata con demasiado rigor, murmuró el marqués de una manera
involuntaria é ininteligible para Sedeño que continuó:

--Así, pues, han recurrido á las armas: aprovechan la ocasion de haber
poca gente de guerra en la ciudad...

--¡Vive Dios! exclamó el marqués: los cortesanos piensan que ser capitan
general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada
dorada en las antecámaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo
se gobierna aquí con papeles, y aquí se necesitan muchas lanzas, muchos
arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta
mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y
costa de Granada; que España está exhausta con las pasadas turbulencias,
y que aquí nos basta para reprimir á los moriscos, con los alguaciles de
la Chancilleria, y con dos ó trescientos arcabuceros viejos del presidio
de la Alhambra: si mañana los moriscos de la vega y de la ciudad, los
monfíes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia
de Africa y desembarcar á mansalva en las costas desamparadas, se
apoderasen de Granada, se llamaría torpe y descuidado al capitan
general, cuando no se adelantasen á llamarle cobarde ó traidor. Pero en
Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y
reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los
escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. ¿Donde
teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?

--En Andarax, señor.

--¿Quién los manda en vuestra ausencia?

--El alférez Pero Villasante.

Escribió el marqués.

--Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cuándo y de qué manera piensan
levantarse los moriscos.

--¿Cuando? mañana á la noche. ¿Cómo? barreando las calles del Albaicin y
viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra,
los monfíes.

--¡En los atajos, en los atajos de la sierra está nuestra salvacion!
dijo el marqués con el rápido golpe de vista de un buen capitan. ¿Sabeis
el punto por donde se han de acercar á Granada los monfíes?

--Si señor. Por los desfiladeros de Dilar.

--Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado
hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer á su
magestad, os vuelve toda mi confianza. ¿Dónde vivís?

Sedeño dió al marqués las señas de su casa.

--Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.

Sedeño saludó profundamente al marqués, que se levantó y le dijo:

--Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado á don
Diego de Válor podria suceder que si volvíais por donde habeis venido
podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.

--¿Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.

--¡Ah! ¡vuestro caballo! ¡es verdad! ¡hola! dijo el marqués, y al
presentarse un criado añadió: id á la puerta del Juicio, tomad un
caballo que encontrareis allí y llevadle al momento á la puerta de
Hierro.

Despues de esto el marqués salió precediendo á Sedeño, bajó unas
escaleras, atravesó el hermoso patio de Lindaraja, pasó junto la sala de
los secretos, entró por una mina, llegó á su fin, llamó á una puerta y
despues del llamamiento se oyó la voz de un soldado que llamaba al
alférez de la guardia. Poco despues se oyó otra voz que dijo:

--¡Quien va!

--Abrid al capitan general.

Rechinó precipitadamente una llave en una cerradura, descorrióse un
cerrojo y la puerta se abrió.

--Alférez, dijo el marqués á uno que habia aparecido tras la puerta con
una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un
caballo, le entregareis á este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y
le dejareis salir libremente.

Despues de esto el marqués se volvió y el alférez cerró la puerta. A
poco rato Sedeño á caballo, bajaba lentamente la pendientísima y
tortuosa cuesta, que ciñe los muros de la Alhambra, desde Peña-Partida
hasta los molinos del río Darro.

Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de
pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin llegó á la
puerta de Guadix, vió que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y
entró en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdió.



CAPITULO XVI.

La venganza de don Diego de Córdoba y de Válor.


En una cámara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora
antes de los últimos sucesos que hemos referido, dos damas.

La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso.
Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la
vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la
hoja, á pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe
lector hubiese recorrido diez veces las líneas de las dos paginas por
donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas páginas
podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero
Amadis de Gaula.

Aquella dama era doña Isabel de Válor.

A pesar de que Calpuc la habia dado aquella mañana noticias exactas
acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doña Isabel habia comunicado
á nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto.

El negro color de sus ropas contrastaba enérgicamente con la palidez
mate que hacia mas diáfana la blancura de su semblante.

La otra dama, sentada junto á la misma mesa apoyada un brazo en ella y
en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas pálida, que doña Isabel, y
en sus negros ojos destellaba una chispa sombría y colérica.

Aquella otra dama era doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego.

Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuñadas; la una fijaba la
vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en
la inmensidad.

Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doña Isabel
se agitó con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que
tañía lúgubremente á la oracion por el eterno descanso de los que habian
dejado de existir, recordó á doña Isabel su cita en el huerto con el
extraño hombre de aquella mañana. Doña Elvira pareció salir de su
distraccion y rezó en voz baja, á cuyo rezo contestó doña Isabel.

Cuando se terminó la oracion, doña Elvira dirigió algunas secas palabras
á doña Isabel.

--Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla
de plata que estaba sobre la mesa, y encendiéndola en el velon.

--Recojámonos, pues, dijo doña Isabel cerrando el libro, y tomando una
bugía y encendiéndola á su vez. Buenas noches, hermana.

--Buenas noches.

Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doña Isabel y doña
Elvira. Las dos cuñadas salieron de la cámara cada cual por distinta
puerta.

Pero ninguna de las dos se encaminó á su dormitorio. Doña Isabel apenas
salió á los corredores apagó la bugía y por una escalera de servicio,
bajó al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se
habia procurado durante el dia, y cerciorándose de si llevaba consigo la
sortija, que por órden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar á
Calpuc. Doña Elvira apenas salió de la cámara apagó tambien su luz,
atravesó á tientas una habitacion, salió á otros corredores y abrió una
puerta tras la cual se perdió. Aquella puerta era de los aposentos de
don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia
estado preso, por decirlo así, Yaye.

Una vez en la cámara de su esposo, doña Elvira encendió de nuevo su luz
en una lámpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un
reclinatorio, fué á la puerta secreta, la abrió, bajó las escaleras y se
puso á escuchar.

--Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que
hoy al bajar me detuvieron: pero ¿por donde han entrado esos hombres?
¿quién los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado á Yaye.

Doña Elvira al pronunciar el nombre del jóven, exhaló un gemido, se
llevó una mano sobre el corazon, y se apoyó en la pared un momento, como
si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego
rehaciéndose, merced á su indomable voluntad, acabó de bajar los
escalones, y entró resueltamente en la mina y la recorrió, llegando á la
otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeño.

A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia
pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los
costados de la mina por Harum el monfí.

Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y
luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.

No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia
quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.

Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa
extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia
fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la
rabia y la desesperacion.

Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta
llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el
terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de
la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le
hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia
entrado.

Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una
casa donde no se encontraba á nadie.

Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó
á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los
cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.

En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á
doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un
grito de espanto al reconocer al ginete.

Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que
yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.

La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo
contestó fijando en su marido una mirada de terror.

--Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé
algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no
haberlas ejecutado.

Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma
facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:

--No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.

--¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del
portal su caballo, del que habia descabalgado.

--En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran
serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido,
porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa
gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos
faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.

Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas
ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la
lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.

--Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que
revelaros sucesos importantes.

--¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo
mal su cólera don Diego.

--Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado
un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?

--Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin
ser sentido.

--¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido,
caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no
ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.

--Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.

--Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un
lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado
encontraros.

--Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque
estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados
del capitan Alvaro de Sedeño.

--¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad
que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con
nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...

--Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado
el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué
razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros
asuntos.

--Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque
esta casa está deshabitada.

--¡Deshabitada!

--Si por cierto, seguidme y os convencereis.

Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió,
dominado por lo extraño de lo que le acontecia.

Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se
olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el
uno tras la otra por las escaleras arriba.

Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara,
en la que antes no habia entrado.

En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la
antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.

Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento
mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una
luz opaca sobre el lecho.

--Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.

Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito
de horror.

--¡Esa mujer está muerta! exclamó.

--¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que
habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí
muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi
camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!

--¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.

--Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.

Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera
de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego,
como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla,
atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se
encaminó á la puerta secreta.

Aquella puerta estaba abierta.

--¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.

--Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira,
como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la
manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.

--¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra
casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.

--Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.

--¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el
aposento subterráneo aquí y no parece natural...

--Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido
Sidy Yaye.

--¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible
don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!

--Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena,
encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la
puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que
vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba
demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber
huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de
la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos
esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona
alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...

--Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye,
dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en
esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante
esté privado del sol y del aire.

--¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero
sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con
altivez.

--Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.

Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante
despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un
mes Yaye.

Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un
sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un
riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había
dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser
sorprendida en la habitacion de su amante.

--¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis
elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á
Yaye?

Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los
ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la
mostraba.

--Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con
acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre
todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros
de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de
flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en
querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros,
pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado
llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque
le protejan todos sus monfíes.

Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera,
acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira
aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada
gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el
cuello y parte del seno de doña Elvira.

Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un
relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del
mismo metal.

Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo
inflexible el relicario.

--Negad ahora, si os atreveis, exclamó.

--¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.

--Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que
yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese
relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la
noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al
hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no
consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba
todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye,
y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una
prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la
segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me
quereis negar todavía que sois amante de Yaye?

Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian
esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye,
enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la
fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:

--Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le
amo, he sido suya y le he perdido.

Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga
furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente
se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo
asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:

--Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada
es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin
que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra...
me vengaré, pero de una manera horrible.

Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas,
salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró
perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan,
sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó
y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al
meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la
terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.

Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa
amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.

Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras
envueltas en un beso satánico:

--¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!

Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño
pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.

--¡Y mi esposo! exclamó esta.

--Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser
asesinado por los monfíes de las Alpujarras.

       *       *       *       *       *

Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de
caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y
conducido con grandes seguridades á la Alhambra.



CAPITULO XVII.

Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.


Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.

Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al
postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo
tres golpes recatados.

Doña Isabel abrió temblando.

--¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en
una ancha capa.

--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.

Doña Isabel cerró.

--¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de
noche al huerto, contestó doña Isabel.

--Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta
parte, temeria que os viesen conmigo.

--Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la
contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede
vernos.

--¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el
desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del
capitan Sedeño.

--¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña
Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.

Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel,
puesto que se apresuró á decirla:

--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto
que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien
de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.

Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera
fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada
favorita.

--Sentaos, le dijo, señalándole el banco.

--Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y
os juro que yo os ampararé.

Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana
pedia ser amparado.

--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel,
la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de
vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento
con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.

--¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.

--Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién
soy yo.

--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.

--Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios
que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.

--¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?

--De la cuarta parte, contestó el desconocido.

--¿De América?

--Cabalmente: soy mejicano.

--¡Ah!

--¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los
españoles como un morisco?

[imagen: ¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!]

--Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías,
los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.

--¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del
Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos
despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto
abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los
altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos
traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y
verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.

--Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las
infamias de que los moriscos eran víctimas.

--Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni
mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos,
allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro
vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo.
¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas
hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi
hija!

La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la
compasion.

--¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de
misericordia ¡Las habeis perdido!

--¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español
infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en
aquella casa.

Y señaló la del capitan estropeado.

--¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

--¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.

--¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.

--Como podeis serlo vos mañana.

--¡Yo soy cristiana!

--Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano,
que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente
mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si
mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros
hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con
toda vuestra alma la religion de Cristo?

[imagen: ¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!]

--Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con
valor mis desventuras.

--¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi
esposa, si aun es tiempo.

--¡Si aun es tiempo!

--He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez
años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh!
¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no
he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un
juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas
y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...!
quiero que me vengue la Inquisicion!

--¡La Inquisicion!

--¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.

--¿Conoceis á los monfíes?

--El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.

--Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.

--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.

--¡Ah! exclamó doña Isabel.

--Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese
vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros
la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero
ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de
bodas?

--Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?

--Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una
carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la
tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene
pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de
aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre
haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al
presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su
seguridad.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.

--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será
entregada á los ministros del rey de España.

Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.

--No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad
está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien
amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.

--¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.

--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey
del desierto.

Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.

--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues,
mi historia.

Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de
la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo
y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á
España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los
monfíes.

Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.

--¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de
vuestra hija? preguntó.

--Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia
las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos
criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo
penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.

--¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....

--No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la
impaciencia.

--¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.

--¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña
Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!

Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia,
terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar
silenciosamente por ella.

Poco despues desapareció.

Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida
profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible,
inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la
casa del capitan Sedeño.

Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que
salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la
puerta.



CAPITULO XVIII.

Continuacion del anterior.


El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando
su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus
traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su
casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.

Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le
contestó.

Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como
sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.

--¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me
responde nadie y la puerta está abierta?

Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles
del zaguan encendidos, gritó:

--¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!

Nadie le contestó.

Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los
cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta
de su pierna, las escaleras.

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia
sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso
terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió
la puerta de la cámara mortuoria.

Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una
mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la
rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella
mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido
acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el
pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia
encontrado muerta á su esposa.

Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró
por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en
el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver
de doña Inés.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que
respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para
que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.

Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un
brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para
advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en
un movimiento colérico:

--¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!

--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando
convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide
sangre: defiéndete.

Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por
lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en
el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de
los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con
suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á
una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su
adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas
vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una
sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos
enemigos.

Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la
ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco,
defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna
y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su
sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en
momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le
devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia
habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian
la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de
Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna
ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la
esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera
atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria
el vencedor.

Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se
hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que
Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por
tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque
que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro;
hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por
delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que
Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho
hasta la empuñadura.

Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse
con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al
sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer;
pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.

--Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija
vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?

--¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu
esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues,
mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu
hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me
servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito
de sangre.

--Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de
mi hija? ¿dónde está mi hija?

--¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño:
yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en
acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi
venganza.

Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el
agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.

Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre
crueles labios del moribundo.

--¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y
sacudiéndole furioso.

Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se
contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada
débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:

--¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!

Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo
sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.

--¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido
saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto...
¡muerto...!

Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada
en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió
de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y
otra vez delirante, la fria boca del cadáver.

Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y
le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su
daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera
oirle:

--¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida
no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está
sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla,
fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por
nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó
algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le
ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres
veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento
esfuerzo y salió frenético de la cámara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el
interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó
abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda
desesperacion:

--¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!



CAPITULO XIX.

De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola
enteramente deshabitada.


Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en
Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la
muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San
Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el
nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la
noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos
principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á
Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil
monfíes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de
arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los
corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que
al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de
guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño,
un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria
las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por
delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las
luces del zaguan encendidas.

--Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya
cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere,
que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos
ducados para obras pías.

Adelantó el corchete con su linterna, y entró.

--¡Ah de casa! dijo.

Nadie le contestó.

Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino
contestacion alguna.

Salióse el corchete.

--Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona
viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.

--Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.

Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente;
pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de
cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa
alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto
es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca,
seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una
casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma
viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una
proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una
manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á
fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de
San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no
haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella
casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte,
Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años,
muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus
divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo
de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al
parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago,
cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que
mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente
los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á
fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues
de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y
quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que
tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que
le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal
alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de
la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el
otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la
justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo,
en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al
alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.

Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes,
que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no
encontró en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no
habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del
capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni
una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el
alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba
que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se
habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y
el servicio del rey.



CAPITULO XX.

Estrella.


La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el
poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como
hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en
una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las _Tres
Estrellas_, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en
cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas
incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado
de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque
aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un
símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido
en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos
confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, _Las Tres
Estrellas_.

Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que
digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando
acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo
recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de
herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el
primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el
Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion,
ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco
labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un
pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima
del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que
estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle,
merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del
ángulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años
hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo
que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro,
pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte
inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba
prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas
pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales
faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á
un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una
fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo
de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y
oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto,
desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con
barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el
piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería
estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada
en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas;
otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero
que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el
de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y
triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa.
Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas
de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y
follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes
nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos,
diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban
primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la
galería.

Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima
en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los
extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la
puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas
baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una
pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba
en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia
desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de
extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y
por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El
friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis
bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se
levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una
gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo,
caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que
naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los
adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado,
todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife
realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de
seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un
bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de
los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian
aprisionados cuatro ruiseñores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística
de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones
de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta
situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el
muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y
algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos,
ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á
donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el
soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo;
acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de
caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye:
una caridad _sui generis_; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce
sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda
mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos
propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño
que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres
feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido
eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su
juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma
entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella
á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le
hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos
permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de
todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor,
amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un
impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su
amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de
proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los
piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y
sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se
habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el
lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan
desgraciadas las dos:

--Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa,
será mi amante: Isabel será mia.

Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia
sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el
accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella
congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas
peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba
realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á
Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.

El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la
habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de
las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no
se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la
habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente
de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la
duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera
desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró
profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos
negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos,
irresistibles.

Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el
divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas
bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.

No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á
ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que
serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva.
Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las
gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada
por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á
Yaye.

Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel,
porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió
asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á
dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió
los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas
oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y
uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.

Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle
que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de
Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una
habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron
silencio.

Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas
tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente
en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus
manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque
conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban
lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.

Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su
brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y
Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un
suspiro:

--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué
hubiera sido de mí?

Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le
ocurrió.

--Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.

--Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible
situacion por que acabo de pasar?

--¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo
Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque
estaba trastornado.

--Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha
podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y
ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho
que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las
Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi
infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que
Dios no habla por la boca de los moribundos?

--¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó
Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir,
abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el
triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.

La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el
alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una
atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de
sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado,
loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como
atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de
Estrella.

--Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la
jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en
mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo,
presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...

Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su
necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en
medio de su delirio.

Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le
habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.

Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale
vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el
suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia
fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas
implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre
ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo
habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de
perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la
habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco
todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó
infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su
magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.

--¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!

--¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.

--¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los
ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he
olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!

Y se oprimió con ambas manos la frente.

Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las
suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor
indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos
jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido
irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.

Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas,
entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que
ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.

Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en
cierto modo, no sabemos por qué.

--Me llamo Juan de Andrade, la dijo.

--¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me
engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?

Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado
para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.

--¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que
me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.

--¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto
mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los
españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos
enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en
su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?

Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio
efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y
sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar
la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.

--¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.

Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no
pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de
Yaye.

--¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os
lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce
algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras
almas se unan, porque yo os amo.

Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que
expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion
firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.

Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de
alegría, como de placer.

Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas
sensaciones.

--Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os
estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido,
profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de
sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais
desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un
vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas
desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la
expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como
siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha
pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he
medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en
vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el
recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba:
no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba
segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un
dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un
hermano: estaba segura de que seriais mi alma.

La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último
desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la
esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en
aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se
sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa
del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil:
decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de
su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que
compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su
fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.

La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion
convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en
sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la
despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.

--Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que
vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.

Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que
habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del
cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase
infame.

Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su
semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el
rostro con las manos.

Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se
acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho
Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con
los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:

--Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya
no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi
esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo
con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi
pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh!
¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que
mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos
encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido
hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os
hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta
desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!

Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de
esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas
se medita en el valor de lo que se ha perdido.

Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.

En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas
interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.

--Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y
quiero dejaros mas resignada.

Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.

--¡Dejarme sola! exclamó Estrella.

--Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme
y con insistencia. Oid.

Habia resonado un tercer golpe.

--Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.

--Pero estais desesperada... y lo temo todo...

--¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.

Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.

Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica:
sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia
fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta
tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.

Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y
exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:

--¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he
atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte!
Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su
manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!

Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento
habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego
la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al
fondo de su alma.

--¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?

Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como
traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:

--¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y
hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha
arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh!
¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios
mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi
hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio!
¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio!
¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su
esposa!

Yaye entró en aquel momento.

--Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es
imposible vengar á vuestra madre.

--¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente
Estrella.

--Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma
noche á estocadas.

--¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.

--Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un
hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este
habia entrado en ella de vuelta de un viaje.

--¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su
misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?

--Tal vez.

--¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés
crecia.

--Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios
en observacion de la casa del capitan.

--¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á
Sedeño?

--Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese
hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.

--¡Muerto el infame Sedeño!

--Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que
encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron
con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien
acompañaban... algunos sepultureros.

--¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi
pobre madre!

--Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la
iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los
alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan
habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma
cámara de vuestra madre.

--¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.

--Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que
conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de
ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.

--¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.

--Es muy probable.

--Podeis morir en el combate.

--Es muy posible.

--¿Y yo...?

--Vos sereis...

--Detúvose indeciso Yaye...

--¿Qué seré yo...?

--Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en
defensa de su pueblo oprimido.

--Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose
en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá
hacer mas grande mi desesperacion.

Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.

--Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre
sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por
vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á
conocer á ese hombre.

Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.

--¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.

Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la
puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un
wali antiguo ante un califa de Córdoba.

Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva
de una sultana.

--Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta
señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese,
seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.

--Será como querais que sea, poderoso señor.

--Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á
ella y besándola una mano.

--¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé
ventura!

Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer
un violento esfuerzo para contener su llanto.

Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y
Estrella exclamó entre sus sollozos.

--¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me
respete y me sirva como si fuera su esposa?

Entre tanto Yaye decia á Harum.

--¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente
tienes oro bastante?

--Si señor.

--Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré
dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi
corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama
durante toda su vida.

--¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el
Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro
pueblo.

Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado
una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso
á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y
en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.



CAPITULO XXI.

Los xeques del Albaicin.


El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí
al jóven.

En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera
haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió,
como un niño ó como un loco.

--¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde
habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?

--He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.

Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.

Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre
y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por
encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un
levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á
reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los
xeques y los principales moriscos de la ciudad.

Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y
subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno,
entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que
rindió á la puerta Abd-el-Gewar.

Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y
pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda
alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de
sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna
ó algibe.

Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre
encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.

En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta
hombres, la mayor parte de ellos ancianos.

Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora;
todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.

Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano
de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia
la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su
peroracion, decia:

--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al
extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos,
¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don
Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á
proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo
apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la
desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y
que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se
nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos
lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la
coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda,
don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas,
ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con
mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para
cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen
hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su
patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas
valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don
Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan
general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El
capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene
hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos
hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las
villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser
imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de
Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar
en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo,
y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los
seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á
falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor
nombrar uno entre nosotros.

--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al
orador.

--Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.

Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.

Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la
aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia
presidir aquella reunion revolucionaria:

--¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?

--Ese capitan es el jóven que me acompaña.

--¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia
sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la
suerte del reino?

--¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del
espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese
niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?

--¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.

--¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con
una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis
vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la
expresion de mi voluntad.

--¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el
Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se
vino furioso hácia Yaye.

El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento
vibrante:

--¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!

--¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.

--Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar,
dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio
castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente
y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los
monfíes es el que teneis delante.

--¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras
los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que
ese mancebo es el emir!

--¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te
dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su
corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?

--Es verdad.

--¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo
ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?

--Sí.

--Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf
Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.

Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las
palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion
de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á
decir:

--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los
xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor,
segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos
nosotros.

--¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la
cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los
monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra
contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del
combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se
hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su
traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese
delito á don Diego de Válor.

--¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los
que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de
traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los
ancianos.

--No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís
enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no
podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder?
¿De quién la fuerza?

--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los
de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa
disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino.
¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro
ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido
en la prision de don Diego de Válor?

--Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura
mano sobre el Koran.

--¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?

--Lo juro.

--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió
volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?

--Si, dijeron á una voz todos.

--En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi,
primero es triunfar de los cristianos.

--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.

--Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.

--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del
Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera
disputarme la corona.

--Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los
ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido
rey.

--¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de
lleno en sus funciones de capitan de la empresa.

--Con cuatro mil.

--¿Todos fuertes?

--Todos valientes y experimentados.

--¿Tienen armas?

--Sí.

--¿Dinero?

--Sí.

--¿Están ordenados en taifas?

--A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á
reunirse al lugar que le está señalado.

--¿Quienes son sus capitanes?

--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.

--Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para
mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar,
permaneced conmigo.

Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.

Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los
preparativos en la insurreccion.



CAPITULO XXII.

Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en
Granada.


Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar
de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos,
ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con
una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo,
ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como
una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.

Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes
enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los
cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro,
una acémila cargada con dos grandes cofres.

El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta
años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos
negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas,
de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los
cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia
sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de
cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una
pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza:
sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con
guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.

Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho
una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.

Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por
su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su
numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los
grandes de aquellos tiempos.

El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su
misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y
por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido
en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba
la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se
hubiera tratado de un enfermo.

Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban
sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios,
coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un
largo arcabuz á la derecha de la silla.

Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no
caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la
sazon por una cuesta bastante empinada.

Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se
volvió displicente á su escudero.

--Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el
capitan general nos necesita en Granada esta tarde?

--Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de
plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y
ya estamos á media legua de Granada.

--Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.

--No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos
no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do
vamos.

--Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando
roncamente el señor excelentísimo.

--Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes
desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su
magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué
importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?

--Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de
que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí
donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos
rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber
toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames!
¡Bandidos!

--Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no
han hecho ningun daño á vuecelencia.

--No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin
tener al lado mas que afectos interesados.

--¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.

--No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy
harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de
mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que
hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.

--Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.

--¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de
extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono
del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no;
necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun
tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive
Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa,
porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes
y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una
pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así
acabaré de sufrir.

Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á
sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se
irritase.

Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas
desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza
y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.

Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo
nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la
iglesia de San Gregorio el Alto.

Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.

Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas
estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata
dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que
se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de
la iglesia.

--¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.

--Lo ignoro, señor.

--¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me
respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.

Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la
multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo
ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por
el orgullo.

Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la
puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó
por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos
cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido
amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y
á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte
la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una
niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo
y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos
negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado
derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi
á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya
blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana
blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera
indudable eso que se llama distincion de raza.

En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado;
tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de
su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado
este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su
semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y
á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una
horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una
espuma sanguinolenta.

Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto
de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le
oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su
llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que
debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo
acercándose á él y tocándole en el hombro:

--Señor Gabriel, su escelencia os llama.

--¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.

Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas
vió los cadáveres, habia sido singular.

Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto,
luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.

--¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y
el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa
pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el
rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté
burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado
veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la
hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él...
sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en
quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre
de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es
que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al
menos en la casa de mi señor?

El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó
que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden
superior estaba de guarda junto á los cadáveres.

Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido,
á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.

--¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion
de escuchar una palabra?

Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con
mucha consideracion á las gentes de justicia.

Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante
mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien
le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á
hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los
curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:

--Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.

--Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos
difuntos?

--Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.

--¡Qué! ¿nadie los conoce?

--Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce
por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la
justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.

--Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia
en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era
un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En
cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que
viviese en tal casa una mujer.

--¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...

--Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden
decir.

--Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.

Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su
bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con
gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que
el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el
escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que
esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto
con tal de que lo paguen bien.

Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y
de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se
dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.

--Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar
nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y
prometedme que guardareis secreto.

--Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.

--Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano
que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita
mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida
donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos
tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que
nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la
cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos
que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de
infanteria española Alvaro de Sedeño.

--Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...

--¿Qué dama?...

--La difunta.

Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.

--Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era
esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que
han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.

--¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó
con interés Saez.

--¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en
un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan
era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia
consigo dos esclavas: la difunta, y otra...

--¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.

--Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató
al capitan.

--¿Y quién es ese hombre?

--Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que
acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues
de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.

--¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez,
¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado
muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor
ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?

[imagen: ¿Para qué tienen ahí á esos dos difuntos?]

--¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que
el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la
plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y
supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia
un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó
prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian
algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais
en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos,
de la parte del corazon?

--Si, si que lo veo.

--Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un
pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un
puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el
rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño
faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y
comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con
la falta que habia quedado en la sábana.

Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando
impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de
Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le
llamaba.

--¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho,
hubo despedido bruscamente al lacayo.

--Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el
alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el
mundo os dará razon.

--Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se
impacienta.

Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas
profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la
pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse,
dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que
rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña
Inés.

El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel
Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada,
mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de
que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia
el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se
hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:

--¡Hija de mi alma!

Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera
valerle.

Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los
circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se
apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus
caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo
alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se
apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado,
y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente,
probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad
pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á
aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se
mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel
pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y,
acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres
á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.

Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el
alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz
conmovida, pero que todos pudieron oir:

--Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que
declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que
este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de
Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque
de la Jarilla.

--¿Y ese otro, preguntó el alcalde?

--Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de
infantería, Alvaro de Sedeño.

Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de
la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y
guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en
busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la
construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la
cabecera del lecho de su amo.



CAPITULO XXIII.

Los desfiladeros de Dar-al-Huet.


Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra,
esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en
silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.

Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias
diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros,
otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban
arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de
Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés
á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de
escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia
sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia
cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos,
detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.

Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el
marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor,
tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir
gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.

Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian
acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan
general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente
llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados,
peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.

Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le
servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra,
las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados
viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros
cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las órdenes del
corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar
asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales
de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles
habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer
barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los
monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance.
Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas
bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino
de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño,
debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por
Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por
una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba
al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.

Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una
hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos
desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado
á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil
hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos,
sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño,
bajo las órdenes del alférez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una
emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra,
á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen
capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente
en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus
ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en
un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que
hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola
persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la
gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase
perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran
poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien
se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de
Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de
la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el
grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera
oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la
Alhambra.

Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las
numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo,
pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso
desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de
tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia
evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible,
que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion
del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian
tomado otro camino para llegar á Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al
marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela
y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.

Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la
escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de
ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el
desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda,
pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las
breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.

Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y
lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una
bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores
para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y
seguro.

Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un
solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco
despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si
no temiese ningun peligro.

La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la
cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese
fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero,
despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al
sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un
solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en
el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le
disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas
descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados
en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general,
saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se
lanzaba sobre ellos gritando:

--¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles,
los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que
estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la
sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del
desfiladero.

El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente
Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les
gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen
y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas
valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de
donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse
los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los
tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se
ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror
pánico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués
de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á
salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen
ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un
ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque
cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.

Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro
irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los
estribos exclamó:

--¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra!
¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros
cristianos ocultos entre las breñas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con
ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su
caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos
desesperados y una voz robusta que gritó:

--¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al
emir!

Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos
á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo
que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los
walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas
sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del
marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y
replegados al valle.

El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron;
pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo
resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los
alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y
mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante
de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al
enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo
parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando
cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido
difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la
compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los
castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo
escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo,
incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su
retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes
estaban en consejo.

--El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué
debemos hacer, hermanos?

--Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña,
dijeron algunos.

--¿Pero y los de Granada?

--Que se compongan como puedan.

--Lo primero es nuestro emir.

--¡A la montaña! ¡á la montaña!

Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando
consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran
gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.

La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados
castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que,
abandonados, habian sido rematados por los monfíes.



CAPITULO XXIV.

De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera
infamia.


Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio á la
Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dióse órden de que no se dejase salir á nadie de la fortaleza para que
no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqués
de Mondéjar, asomado á un agímez de la torre de Comares, con la vista
fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa
de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Conócese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que
se extiende por una parte á lo largo y por cima de la calle de Elvira,
mas allá del Zenete, que corre á lo largo de dicha calle, y por otra
parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose
hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro,
donde ahora está situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta
mas abajo la iglesia de San Cristóval.

Este barrio tiene dentro de sí una fortaleza que se llama la Alcazaba
Cadima, y un número considerable de parroquias, capillas y conventos de
frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que
tiene en la actualidad, á pesar del gas y de la civilizacion. Esto
consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado público, y en
aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de
cada calle, en el ángulo de cada plaza, una lampara encendida, delante
de una imágen, de una cruz ó de un ecce-homo, colocados dentro de un
nicho, ó simplemente clavados á la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de
las puertas de iglesias, conventos, cofradías, ermitas, capillas y
cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las
linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro,
alumbrado y acompañado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde
puñalada en sus oscuras calles ó se roba alguna capa vieja, y que en
aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la
jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto á estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si
ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se
piensa en alguna miserable riña de taberna, entonces al ver un hidalgo
muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la
justicia y los que no eran la justicia se decian:--¿Quién será ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le
considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario
noble y rico, que en el momento en que escribimos estas líneas: al
Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas
ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de
escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos
viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos
años el Albaicin solo será un monte cubierto de hermosos cármenes, cuyas
cercas se habrán hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta,
en medio de cuyos cármenes, se sostendran en pié durante algunos años
aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la
conquista.

Hace muchos años que Granada se está transformando, y perdiendo en sus
transformaciones, y llegará un dia en que solo la queden algunos barrios
desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo
que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrirá por
sí mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

¡Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas
alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretándonos á la noche
en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una
sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los
moriscos, ó porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que
desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian
encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del
Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechísimas y los
aleros de las casas se cruzaban, superponiéndose en la mayor parte de
ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso
de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen
experimentado por sí mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un
hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que
marchen dos hombres de frente á caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, sí, algunas plazas medianamente
espaciosas, donde reflejaba á sus anchas la luna; pero en aquellas
plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una
animacion de mal agüero; iban, venian, se detenian y hablaban entre sí,
hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin
que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban á
la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados
de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que
era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian
suprimido por sí mismas, lo que prueba el admirable instinto de las
gentes de justicia para esconderse á tiempo, en cuanto asoman los
primeros síntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos
estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las últimas casas de la
parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban
un terreno áspero, que hoy está cubierto de nopales, á la falda del
cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dícha plaza decimos,
donde á pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver á
aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se
paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del
faquí Abd-el-Gewar, que á pesar de sus años, estaba completamente armado
como el jóven, y, como él, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres
armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos
grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos
grupos: habian dado ya las ánimas y ninguna noticia se tenia de la
aproximacion de los monfíes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como
de costumbre, sin que, á pesar de la luna, se viese brillar una sola
arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se
veia el farol de los artilleros en la batería de la torre de la Vela, ni
en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al
combate, á pesar de que el capitan general no podia ignorar que las
calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en
armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombrío y silencioso y
desiertas sus baterías.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo
el marqués de Mondéjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos
estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan
descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfíes que debian entrar en el
Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo
del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela dió, segun
costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos
momentos; aquella era la única voz del castillo y aquella voz parecia
decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba á apoderarse de las masas
que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de
noticias: aquella impaciencia empezaba á ser miedo, y el miedo á
expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar á Yaye,
que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogió
de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no está en su
mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios
que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfíes. Pero
al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos,
se presentó á caballo y con las señales de haber venido corriendo á
rienda suelta, un walí de los monfíes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la
puerta, creyendo ya cerca el ejército auxiliar, rompieron en una
aclamacion de alegría; pero el walí no contestó á aquella aclamacion y
se redujo á preguntar con semblante hosco, dónde estaba el poderoso emir
Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El aspecto del monfí, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus
miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y
no sabiendo qué pensar, condujeron al walí á la plaza donde habia
establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el walí estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jóven
era el emir, se arrojó del caballo y se prosternó ante Yaye.

--Magnífico y poderoso señor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas.
Vengo á avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su
gente á las Alpujarras.

--¿Que se vuelve mi noble padre á las Alpujarras? exclamó con asombro
Yaye.

--Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de
Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso.

--¿Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? ¡Luego
alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando á los cristianos!

--Sí, sí, dijo sombriamente el monfí, nos han hecho traicion y han
ocurrido horribles desgracias.

--¿Y mi padre?

--La mano de Dios protege á los reyes, dijo profundamente el walí.

Habíasele ordenado, para evitar á Yaye cuanto fuese posible lo doloroso
de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de
ella, y el walí cumplia exactamente su encargo.

--Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continuó el walí, me encarga
deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros
de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero
que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un
momento á la montaña.

--Ya lo ois, dijo Yaye á los xeques que le rodeaban; mis monfíes han
sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

--¡Oh! exclamó con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los
xeques: el infame don Diego de Válor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando á las masas excitadas, pasaron de
boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron á
la carrera, trémulos de corage, á la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba á los xeques y á
los capitanes, que fuesen á retirar la gente y á quitar las barreras de
las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al
antiguo aspecto de paz y sumision, oyóse hácia la parte de San Gregorio
el Alto un alarido informe; luego reflejó un resplandor indeciso,
despues una llamarada y luego otra y al fin se declaró un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una señal de alarma, retumbó el ronco
estampido del cañon de la Alhambra, y la campana de la Vela empezó á
tocar apresuradamente á rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta
las distantes cumbres de las montañas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente á las avenidas
por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin;
mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al
aire sus arcabuces en señal de levantamiento, algunos entraron en la
plaza donde Yaye absorto no sabia qué partido tomar, y gritaron:

--La casa de don Diego de Córdoba y de Válor ha sido acometida y está
ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se
encontraba, el peligro de un combate á todas luces dudoso, contra los
cristianos, todo desapareció de la imaginacion de Yaye, en la que solo
quedó una idea: la de doña Isabel de Córdoba y de Válor, abandonada en
la casa de su hermano á una turba feroz irritada y sanguinaria:
entonces, sin decir una sola palabra á los que le rodeaban, ni hacerse
seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; echó á correr como un
frenético hácia la casa de don Diego, llegó, tiró de la espada, se
abrió paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta
que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logró penetrar
en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia
sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

--¡Al cristiano! ¡al cristiano traidor, que viene á socorrer á los
traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con
las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

       *       *       *       *       *

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desórden
espantoso.

En el primer momento de peligro, doña Elvira, sin cuidarse de la
seguridad de su cuñada doña Isabel, á quien aborrecia de muerte, corrió
al aposento de don Diego, abrió la puerta secreta y se refugió en la
mina.

En cuanto á doña Isabel y á los criados, aterrados, sobrecogidos, á
penas tuvieron tiempo para huír al huerto en busca de una salida por el
postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave;
el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror
les aconsejó que buscáran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos árboles arrimados á la cerca: los hombres,
sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doña Isabel, porque en los
momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de sí mismo, treparon
á los árboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron á la calle y
huyeron.

Doña Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba á
iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares
de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego á la leñera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy
pronto torbellinos de fuego.

Oíanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las
habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doña Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se
ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas
eran demasiado débiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doña Isabel aumentaba, y
el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el
incendio se habia propagado á toda el ala del edificio que daba sobre el
huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplomábanse los tabiques, y á través de algunos boquerones, se veia
pasar y cruzar á la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba
al huerto; pero ya por la parte superior tocaban á su techumbre. Por el
fondo de aquel portalon se veian pasar de contínuo hombres con antorchas
encendidas ó cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia
dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles;
voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

--¡Al traidor! ¡al castellano! ¡matadle!

Llenóse al fin el portalon de gente y doña Isabel, á pesar de su terror,
vió que un hombre solo retrocedia defendiéndose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada
á este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la
espalda; pero se veia obligado á retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian,
entraban casi en el huerto, doña Isabel, que contemplaba fascinada aquel
espectáculo, lanzó un grito de horror: el techo del portalon, invadido
por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejándolos
sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno saltó un hombre, y al verse incomunicado
con el interior de la casa, empezó á buscar, como fuera de sí, una nueva
entrada que hubiese respetado el fuego.

Doña Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse,
contemplando en él un enemigo, ó alegrarse considerándole como un
salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el
techo del portalon, cogiese solo á los que le acosaban y mantenia
alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del
hundimiento le tocase. Doña Isabel notó que estaba vestido á la
castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia
en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que
estaba muy lejos de pertenecer á la canalla incendiaria y rapaz que
habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permitió á doña Isabel ver en aquel
hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le
hubo mirado con alguna insistencia, arrojó un grito que tanto expresaba
terror como alegría, y cayó de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al único hombre á quien habia amado;
por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido á
Yaye.

A su vez Yaye oyó el grito de doña Isabel y se volvió. A la luz del
incendio, que dominaba á la de la luna, vió una mujer de rodillas, y
junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corrió
desalado hácia ellas, llegó á doña Isabel, la apartó las manos con que
se cubria el rostro, la miró frente á frente y arrojó un grito de
insensata alegría; doña Isabel miró tambien á Yaye, palideció de una
manera mortal, lanzó un gemido, y no pudiendo resistir á tantas
emociones, cayó por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel
lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las
criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la
cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil
pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento,
como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un
momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se
dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del
obispo don Gonzalo.

--La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento
indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero
esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la
desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña
Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la
pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

--Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y
su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso
de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no
pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy
pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al
campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla,
sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que
conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye
con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de
álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo
Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion á
Yaye, habian afectado de tal manera á la desdichada jóven, que su
desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doña Isabel por el doble
efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba á una blancura
sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera
hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestañas, su
boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellísima expresion del
dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban
casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido
conducida hasta allí por Yaye.

El jóven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de
hermosura de la jóven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y
falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras
de consuelo y de amor á la joven, creyendo ceder solo á la caridad, que
despues de haberla dejado abandonada á su suerte por fanatismo ó por
ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le
causó la ruptura del lazo simpático, íntimo y misterioso que le unia á
ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la
noche, experimentó un sentimiento hácia doña Isabel que nunca habia
experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz,
impuro, en que la materia, sobreponiéndose al espíritu, mandaba, como
mandan los tiranos, sobreponiéndose á la justicia, al deber, á la
generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doña Isabel y
embriagaba mas y mas á Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus
sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concretó en
aquella mujer purísima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus
brazos; en que olvidó su pasado, su presente, su porvenir; en que su
alma recogida en un solo punto, ansió unirse, confundirse, anegarse en
el alma de doña Isabel. Lentamente el semblante del jóven, como atraido
por una fascinacion poderosa, se acercó al semblante de ella: su brazo
estrechó con mas fuerza su cintura y llegó por fin un momento, en que
aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se
estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimió un solo y ardiente beso en
la boca de la jóven; beso abrasador, interminable, por el que se exhaló
todo el alma de Yaye, y que hizo volver en sí de repente, por un
misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, á doña Isabel.

Encontróse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los
cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un
hombre, ¡ay! demasiado adorado; sintió unos labios convulsivos y
ardientes posados en sus labios, y se creyó entregada á un sueño; la
razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones
demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la
situacion en que se encontraba; no supo si estaba soñando ó si estaba
despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporáneo, se la arrebató
vírgen á su marido, é Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si
estaba despierta ó soñando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para
que pudiese ser soñada: doña Isabel, que dominada por una fascinacion
extraña, habia concedido á el único hombre que habia sabido inspirarla
amor, delirantes caricias, volvió realmente en sí; aquella reaccion fue
terrible; primero, apartó lentamente á Yaye, le miró, le reconoció,
comprendió toda la verdad y se alzó rugiente, excitada por su dignidad y
por su virtud.

Yaye, sorprendido, trémulo, porque comprendió que estaba colocado en esa
indigna posicion del fuerte que abusa del débil, pronunció en vano
algunas palabras de disculpa. Doña Isabel le interrumpió, y le dijo con
acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

--Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingiéndome un amor
que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra,
abandonándome, sentenciándome á un sacrificio que jamás podreis apreciar
bien: despues, cometiendo la última de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan
supremo de desprecio. Luego tomó lentamente el camino de los muros, se
perdió á lo lejos y entró en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de
donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

¿Por qué no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cuánta
razon le despreciaba doña Isabel; porque aquel desprecio le habia
anonadado, cubriéndole de confusion y de vergüenza, y habia quedado
inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre
él el desprecio de su víctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la
jóven, Yaye logró sobreponerse á su fascinacion: se pasó la mano por su
frente calenturienta, y exclamó:

--¡Ah! ¡he perdido toda esperanza! ¡he sido infame con ella, y ella, la
conozco bien: jamás me perdonará!

Y dos lágrimas solas, representando el despecho del jóven, brotaron de
sus ojos.

¿Eran aquellas lágrimas hijas del amor y de la dignidad, ó del egoismo
de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al
deseo y dignidad al amor propio, no es fácil aventurar suposiciones, sin
exponerse á incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser déspota, lo era.

       *       *       *       *       *

Tomó á paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada
Isabel, y entró en el Albaicin. La casa de don Diego de Válor, estaba
aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los
moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las
gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados
de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los
alguaciles, con el presidente de la Chancillería y los alcaldes de casa
y córte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por
callejas excusadas á la casa de Abd-el-Gewar, á aquella misma casa donde
habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y
donde habia conocido á doña Isabel.

Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando
de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á
caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una
medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los
moriscos que conocian á Yaye y á Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto
imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer
entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.

--Deteneos, les dijo.

Yaye echó mano á un pistolete.

--Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don
Fernando de Válor.

--¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.

--Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida
esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba
de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion:
he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando
preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os
ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y
trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

--Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento;
no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de
la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel
desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer
que lloraba de una manera desconsolada.



CAPITULO XXV.

Cómo encontró Yaye á su padre.


Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro
de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la
montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero
rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando
Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo
sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes
un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos
indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los
viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

--¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

--Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

--¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose
profundamente.

--¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes,
que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

--Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente
el preguntado.

--¿Cuántos hombres acaudillas?

--Cincuenta valientes muslimes, señor.

--Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la
vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á
doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel
que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos
con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en
seguridad.

--Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos
parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el
encargo de Yaye.

--Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á
Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?

--Si señor.

--Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.

Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar
á gran paso por la ladera.

--Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don
Fernando y á doña Isabel.

--Que él os proteja, señor, dijo el jóven.

Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió
extremecerse.

Yaye y Abd-el-Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto
por un recodo de la montaña.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva
por donde se entraba al alcázar subterráneo.

Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontró delante del pinar un
ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas
inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en
punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del
bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y
de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos,
singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un
ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

--¿Qué significa esto? dijo Abd-el-Gewar á uno de los walíes.

--¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.

--¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

--Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve,
necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.

--¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.

El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la
abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de
todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien
hablaba, contestó:

--Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la
muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en
el desfiladero de Dar-al-Huet.

Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó
del caballo y se precipitó en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de
médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo
que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las
ciencias naturales.

Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de
una manera anhelante.

Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió
lánguidamente.

--¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al
cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin
hacerte conocer mi última voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

--¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo
á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de
dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien
venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos
momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme
solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y
lloraba sobre las manos de su padre.

--¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con
acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita!
¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las
lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es
necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

--Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y
mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus
lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don
Fernando de Válor, despues de los cristianos.

--Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de
vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho
traicion.

--¿Quién es, pues?

--Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de
infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.

--¡Ah! exclamó Yaye.

--Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.

--Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo,
lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo
valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho,
y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.

--Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de
Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.

--Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.

--No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera
de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del
cazador de la montaña.

--¿Y quién es ese cazador?

--Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.

--¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?

--¿Conoces tú á la hija de Calpuc?

--Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

--¡Y esa mujer!...

--Es noble y pura.

--¿Hermosa?....

--Como un ángel.

--Sea tu esposa, Yaye.

--¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...

--¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé
esposo de Estrella.

Yaye quedó profundamente pensativo.

--Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la
amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy
pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel
Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has
apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias.
Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu
virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura
la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo
que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que
lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos
pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que
conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de
sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á
decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su
felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado
para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos
sobre él y le bendijo.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le
llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las
Alpujarras.



CAPITULO XXVI.

Procedimientos judiciales.


El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se
hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la
ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que
probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el
capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que,
durante algunas horas, habia estado Granada.

Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un
capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á
estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia
matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en
aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su
hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de
don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que
escombros denegridos.

Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo
el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba
retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado
muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido
lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que
habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino
contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban,
y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los
curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los
monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á
la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido
presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar,
que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido,
poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por
necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la
Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye,
ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que
habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.

_El último mono se ahoga_, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente
aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por
no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron
la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á
galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia
revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería,
opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos
moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse
fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia
echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar
mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre,
casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta
cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba
la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de
Sedeño.

Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero,
sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan
benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el
capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él
otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido
monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose
aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño,
sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se
confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á
verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano,
católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á
su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se
permitió volver á vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á
don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los
moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron
con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no
ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una
acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia
de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por
lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez,
contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le
habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que
no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en
el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la
desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios,
primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y
que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues,
pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una
revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería
que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se
apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un
escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las
circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus
manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del
lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian
equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los
emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron
con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto,
decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y
escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres
dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se
habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en
el subterráneo.

Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro,
entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez
muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el
desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se
encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á
cicatrizarse.

Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una
mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra
gorda y ruda en que se leia:

«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí
en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre
que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome
del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna
desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve
pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi
venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es
inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo
manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego
de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á
don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae
este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel
de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su
hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito
la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que
me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué
hora.--Miguel Lopez.»

Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el
arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los
religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo
contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al
cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas
algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de
doblones de oro.

Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se
volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al
primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad
por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al
proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia
es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia
del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese
comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia
entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel
asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba
Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.

Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse
requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en
Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro
repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de
un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y
firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por
unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo
tanto legítima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego
de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en
libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el
rey.

Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con
Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á
la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta
á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia
sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don
Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se
encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio
deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de
ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en
árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco
doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian
respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como
cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los
monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para
ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas
conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo
reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia
desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la
justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle
á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no
haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la
justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel
Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese
sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia
pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle
á galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo
de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez
años á las galeras de su magestad.

«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del
don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores
reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si
doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo
dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre
el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese
varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que
estaba en posesion el don Diego.»

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo,
que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento
de su padre con arreglo á la anterior sentencia.

Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su
nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don
Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don
Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña
Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun
por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.

Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de
Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de
espanto.

Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.

«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido
con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo,
porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me
salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me
obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo,
sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero
un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado
resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han
bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que
no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro
hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no
pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios
con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que
vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo
he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de
quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha
tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido
valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera,
porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria
de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del
mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo
tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de
conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme,
y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os
escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un
terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha
de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia
vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he
estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he
tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los
monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un
hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad,
quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los
motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es
vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo
con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra...
jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á
mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos
separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos
para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y
evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran
resultar del crímen que cometísteis contra mi.--Mesina de Bombaron á 31
de marzo de 1547.--Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su
amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de
Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de
injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era
madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un
nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba
torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un
remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió
cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de
aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus
piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor,
que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso
perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á
mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser
comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno
colocado entre él y doña Isabel.

Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió
en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio;
recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan
duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á
su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas,
duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con
quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre
sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:

--La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la
grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis
dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de
doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes,
manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo
encargaban doña Isabel y doña Elvira.



CAPITULO XXVII

De cómo fué el casamiento de Yaye.


Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con
doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban
estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos
obligados, muy á pesar nuestro, á meternos de nuevo en el árido terreno
de las investigaciones judiciales.

De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas
bastantes, don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido
por su nieta á Estrella... pero no nos atrevemos á ello, temerosos de
que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades
del reconocimiento. Abordamos, pues, el fárrago á que nos condena en
esta ocasion nuestro oficio y empezamos.

Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia, acabando de
dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que
entró en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba á montar á
caballo para ponerse á las órdenes del capitan general como buen vasallo
de su magestad, cuando entró por las puertas de la cámara un hombre
lloroso, pálido, asustado, en quien reconoció al escudero de uno de sus
mejores amigos.

--¿Qué os sucede, señor Gabriel Saez? le dijo el marqués.

--¿Qué me ha de suceder, triste de mí, contestó el preguntado, sino que
mi amo está entre la vida y la muerte?

--¡Diablo! exclamó el marqués, poniéndose serio, ¿que el duque está en
peligro de muerte? ¿y donde?

--Aquí, en el Albaicin, en una casa junto á San Gregorio el Alto.

--Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que
quiera, dijo el marqués deshevillándose por si mismo el coselete y
arrojándole; vamos á ver á vuestro amo. ¿Habeis venido á caballo, señor
Gabriel Saez?

--Si señor.

--Pues adelante.

Y sin decir mas palabra, salió, seguido de Saez, bajó al patio, montó en
un caballo que le tenian preparado, montó en su mula Saez, y saliendo de
la casa, llegaron en muy poco espacio á la en que, después de su
accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su
lecho.

Habia vuelto en sí el duque; pero se encontraba en un estado deplorable,
y hasta tal punto, que los médicos habian prohibido que se le hablase,
ni se le excitase.

Pero no sabian los médicos que tenian que luchar con un carácter de
hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados á permitir
que el enfermo hiciese lo que quisiese.

Por resultado de esto, Saez fué á llamar al marqués de la Guardia, y
este se encontró delante de su viejo amigo.

--¡He encontrado á mi hija! exclamó con precipitacion el duque, en
cuanto vió al marqués y antes de que este pudiese hablar una palabra.

--¡A vuestra hija! ¿á la que os robaron hace tantos años los indios
mejicanos?

--¡Sí, sí! ¡la he encontrado! exclamó creciendo en su anhelo el duque.

--¡Pues me alegro, vive Dios! ¡me alegro! exclamó el marqués.

--¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!

Y el anciano rompió á llorar.

El marqués se mordió la lengua.

--¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!

--¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es
para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio
de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!

--¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado
é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era
el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los
gemidos.

--Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y
recordarás mejor.

El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro
imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil
Picote, y el accidente de su señor.

--Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.

--Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.

--¿Pero no está preso el hombre que mató al capitan Sedeño?

--Si, si por cierto.

--Pues bien, dijo el marqués, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la
muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra
nieta.

--Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.

--Si, es preciso, repitió maquinalmente el marqués.

--Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.

--¿Para que yo busque á vuestra nieta?

--Si por cierto. ¿No veis que yo estoy sujeto en este lecho de
maldicion?

El marqués de la Guardia meditó que tenia un pretexto para escapar de
aquella situacion que le fastidiaba y se apresuró á decir:

--Habeis hecho bien en acordaros de mí, don Juan, y en el momento voy á
hacer las primeras diligencias. ¿No decís que ese alguacil con quien
hablásteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?

--Si señor, contestó Saez.

--Pues bien, voy al momento á ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y
sed dócil á lo que os ordenen los médicos. El alguacil Picote... en la
Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.

Y escapó, montó á caballo y se alejó á buen paso, burlando á Saez que
queria darle algunas instrucciones.

--¡Ira de Dios! exclamó el marqués: ¡pues échese vuesamerced á buscar
niñas perdidas! ¡encárguese de un negocio en que habrá pleito y ruido!
porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia!
¡Bah! que se componga allá como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo
pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se
muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y
asunto concluido.

De repente, un pensamiento como suyo vino á hacer variar de resolucion
al marqués.

--¡Diablo! dijo: ¿y si la niña perdida fuera una buena moza?

Este pensamiento bastó para que el marqués hiciese variar de direccion á
su caballo y se pusiese en demanda de la Calderería y del alguacil
Picote.

Llegó, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el
marqués se encontró en un zaquizami, delante de una robusta moza como de
veinte y seis años, á quien por todo saludo tomó la cara. Esto
demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen
empaque.

A las pocas palabras el marqués se entabló en la casa y obtuvo una doble
cita; una para el marido y otra para la mujer.

[imagen: El marqués de la Guardia.]

Al salir el marqués se atusó el vigote, montó á caballo y se alejó
murmurando.

--Pues señor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia
á la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal
Picote.

En seguida el marqués fué á presentarse al capitan general.

       *       *       *       *       *

Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqués pudo dar algunas
esperanzas á su amigo y seguir en sus investigaciones.

Entre tanto la justicia, á instancias del duque de la Jarilla, habia
careado á Calpuc con el cadáver de su esposa; se habian comprobado el
rizo negro y el pedazo de sábana; el mejicano habia declarado que aquel
cadáver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doña Estrella;
que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refirió, en
fin, su historia entera: presentó como comprobantes su partida de
desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y citó el acto de su
retractacion de la idolatría, que se habia encontrado en el subterráneo
de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables
firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray
Diego de Rojas: declaró asimismo que al venir á Europa y á España, habia
dado libertad á los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su
órden de Salamanca, y el otro en la de Avila.

Llamaron á los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos
decidieron la cuestion declararon unánimemente, que Calpuc era rey del
desierto mejícano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque
secretamente, la religion católica; que se habia casado con la dama cuyo
retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido
decir á aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del
desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada
doña Estrella, muy semejante á su madre, y por último, que el capitan de
infanteria Alvaro de Sedeño, cuyo retrato, aunque de su cadáver,
reconocian, las habia arrebatado á Calpuc diez años antes.

Hemos hablado de los retratos de los dos cadáveres: estos se habian
mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para
conservar los cadáveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos
retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.

Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar
que aquel cadáver no era el de doña Inés de Cárdenas; pero tales fueron
las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad
resplandeció á despecho de los herederos que temian, no por doña Inés,
que no podia heredar, sino por aquella hija de doña Inés, que podia
parecer de un momento á otro.

[imagen: gentilmente hacia Estrella.]

En cuanto á Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez,
no resultando contra él ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en
su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opinó que la
muerte que habia dado al capitan Sedeño, merecia en gran parte disculpa,
y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba
indulto, fué puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra
el cual no resultaba mas cargo que haber acogido á Calpuc.

Además de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto,
aunque envejeciendo diez años, y todo iba bien, menos el asunto de que
se habia encargado el marqués de la Guardia: esto es, el encuentro de
Estrella.

En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto
es, su mujer, se habia apoderado el marqués, revolvió, y fué y vino por
sí mismo y por medio de sus compañeros. Eran pasados dos meses desde la
muerte de doña Inés, y su hija Estrella no parecia.

La jóven, que habia venido á ser la cuarta estrella de la casa en que
vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres
estrellas en nuestra carpeta), doña Estrella decimos, vivia triste y
creyéndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por
Harum.

Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto
á ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon
de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su
alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse á conocer como
valiente á sus monfíes, sino tambien vengar en los cristianos de las
Alpujarras la muerte de Yuzuf.

Durante aquellos dos meses, incendió, saqueó y ensangrentó algunas
villas con gran contento y aplauso de los monfíes, que vieron que Yuzuf
habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo
Yaye no se cuidó de otra cosa, ni envió noticias suyas á Harum, ni se
las pidió de Estrella.

Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un
profundo respeto á la jóven, como á todo lo que provenia del emir,
tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra,
obedeciendola, de una manera ciega.

Durante algunos dias, la enamorada jóven lo esperó todo de Yaye; pero
pasó una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se
decidió á obrar por si misma; á provocar un conocimiento extraño, por
medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la
Jarilla.

Mandó á Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y
un manto. Harum le procuró todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo,
le dijo que queria ir todos los dias á misa á la parroquia mas próxima.

Harum, aunque con repugnancia, acompañó desde entonces á misa todos los
dias por la mañana á Estrella, llevándola á la iglesia de San Gregorio
el Alto.

Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su
hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar
con su abuelo, notó que á la iglesia de San Gregorio, la mas alta y
lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos
trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias á una dama tan
hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban á ir damas.

Estrella pidió á Harum que la llevase á una iglesia mas concurrida.
Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama
por la cual podia interesarse su señor, aunque solo le habia mandado que
la obedeciera como si fuera su hermana, la llevó á la colegiata del
Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy
concurrida, iba á ella la jóven demasiado temprano para encontrar en
ella gente noble. Entonces preguntó á Harum á que hora concurria á la
iglesia la gente principal. Harum la contestó un tanto contrariado, que
á la misa de hora.

--Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir á la misa de hora.

--Para ello será necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con
noble servidumbre, observó Harum.

--Pues bien; comprad lo que fuere menester.

Harum procuró á Estrella nobles y ricos trages y una litera de córte y
la hizo acompañar por sus monfíes disfrazados de pajes, que la llevaban
el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le
habia dejado Yaye, Harum se vió obligado á empeñar sus mejores prendas.
Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas
noble de Granada.

Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia
muchos hidalgos jóvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener
un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante,
ninguno, al verla tan bien acompañada y por un hombre tan cegijunto como
Harum, se atrevió á seguirla ni á ponerse en conquista. Pero la fama de
la hermosa desconocida cundió entre lo que podia llamarse entonces buena
sociedad, por boca de damas y galanes, y llegó á oidos del marqués de la
Guardia.

Don Gabriel jamás dejaba de acudir allí donde se presentaba un nuevo sol
entre los soles conocidos, y tanto oyó ponderar la belleza y el boato de
la incógnita, que al primer dia de fiesta, se aliñó, se tiñó las canas,
se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fué á plantarse
junto á la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.

Ya estaba cansado el marqués de ofrecer agua á todas las damas conocidas
suyas, jóvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se
presentó Estrella.

Al ver el marqués á una jóven tan hermosa, tan bien prendida, tan
noblemente acompañada, y á quien no conocia, dijo para sí:

--Esta debe ser la famosa incógnita.

Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelantó
gentilmente hácia Estrella, la saludó con una sonrisa tal y tan noble
como quien á ellas estaba acostumbrado, y la ofreció el agua bendita.
Estrella la tomó con suma gracia y pasó sonriendo levemente al marqués,
y desplomando sobre sus ojos una mirada, que á poco mas hace un destrozo
en el corazon de don Gabriel.

--Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas
hermosa que he visto en toda mi vida.

El marqués no oyó misa, ni vió otra cosa que á Estrella que se habia
arrodillado junto al presbiterio. La jóven, como sabemos, tenia interés
en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al
parecer impresionadas miradas al marqués, que este acabó de volverse
loco.

Cuando salieron, don Gabriel siguió á Estrella á pesar de Harum, que de
tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.

Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no
tenia resquicio ni respiradero.

Rondó, fué y vino durante tres dias; pero siempre vió la casa cerrada y
muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fué á la misa de hora
provisto de un billete en que declaraba su amor á Estrella, y la
suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente á las ocho á
misa á la misma iglesia, para darle la sentencia de vida ó muerte.

Cuando Estrella entró, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la
deslizó en la mano el billete. Estrella le tomó recatadamente; pero no
se sonrió, ni miró al marqués durante la misa, manteniéndose grave y
seria. El marqués se desesperó creyendo que habia errado el golpe por
precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando salió.

Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fué antes de las
ocho á la iglesia del Salvador.

Poco después entró Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y
del receloso Harum. El marqués adelantó hácia ella trémulo y pálido, y
al tomar Estrella el agua bendita, dejó en su mano un pequeño billete.

Jamás pareció mas larga una misa á don Gabriel; concluyóse al fin; doña
Estrella pasó junto á él, le saludó y desapareció. El marqués abrió con
ansia en el mismo vestíbulo del templo el billete y vió que contenia lo
siguiente:

«Señor marqués de la Guardia: os contestaré al billete que me
entregásteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso
pueda suceder, voy á presentaros la ocasion de servirme. Necesito que
don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...

Al llegar á esta frase don Gabriel, lanzó un grito de alegría, arrugó el
billete y le besó frenético; luego le desarrugó lentamente con placer,
con el alma inundada de delicia y prosiguió la lectura.

»... Necesito que don Juan de Cárdenas, mi abuelo, sepa que tiene una
nieta, que esta nieta está sola en el mundo, que tiene medios para
probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad
al duque, mi abuelo, y decidle dónde vivo. Cuando el duque me haya
reconocido, entonces, señor marqués, veré lo que debo contestar á
vuestra peticion, y se aclarará para vos el misterio de este encargo que
os hago, contando con que, como noble, me servireis.--Doña Estrella de
Cárdenas.»

El primer impulso de don Gabriel fue correr á casa del duque y mostrarle
el billete; pero meditó que el duque sabia que era casado, y su paso se
hizo mas lento, reprimido por su meditacion.

--Pues bien, dijo el marqués, no hay necesidad de mostrarle el billete;
le diré que he encontrado á su nieta, y si me pregunta el cómo,
inventaré una mentira cualquiera. Vamos á casa del duque. Es necesario
que doña Estrella me esté agradecida, y ademas, tenia picado mi amor
propio por no haber podido dar con ella. ¡Ya se ve! ¿ Quién habia de
figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.

       *       *       *       *       *

Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontró sériamente sorprendido, al
ver que llamaba á la puerta de su casa la justicia.

Eran un alcalde de casa y córte, un escribano y cuatro alguaciles, á los
cuales acompañaban el duque de la Jarilla y el marqués de la Guardia,
con algunos criados armados.

--¿Cómo os llamáis? dijo severamente el alcalde á Harum.

--Pedro de Xeniz, contestó Harum con entereza.

--¿Quién vive en vuestra casa?

--Una dama que se llama doña Estrella y...

--Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de
esa señora.

Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al
escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una
sala del piso bajo á donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia
la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su
semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.

El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.

--¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la
hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está
diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y
luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido
entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.

La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco
y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

--Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha
podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo
voy á buscar dos literas.

El alcalde se dirigió á Estrella.

--¿Reconoceis por vuestro abuelo al señor duque de la Jarilla? dijo.

--Soy nieta del duque de la Jarilla, contestó Estrella, sin dejar de
atender con una tierna solicitud al anciano.

--¿Sois casada? repuso el alcalde.

--No, señor; soy enteramente libre.

--¿Estais, pues, dispuesta á trasladaros á la casa de vuestro abuelo?

--Sí señor.

--¿Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?

--Sí señor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado
Pedro el Xeniz, y para con su señor. Ellos fueron los que me salvaron
del infame Alvaro de Sedeño; ellos los que procuraron á mi madre una
muerte tranquila.

--¿Conque vos no sois el dueño de esta casa? añadió el alcalde
dirigiéndose á Harum.

--No señor.

--¿Quién es vuestro amo?

--El señor Juan de Andrade.

--¿Y dónde está?

--Ausente.

--Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á
vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy
necesaria en Granada para ciertas probanzas.

--Muy bien, señor.

--¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la
estancia.

--De todo punto.

--¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su
casa?

--Sí señor.

--Esperad un momento, dijo Estrella.

Y se apartó á un lado con Harum, á quien habló en voz baja lo siguiente:

--Decid á vuestro señor, que me perdone por el paso que he dado sin su
conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa;
pero me importaba encontrar á mi familia. Decidle que me encontrará
siempre en casa de mi abuelo; que no me moveré de Granada hasta que le
vea y... añadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos
arrasados en lágrimas, que no puedo vivir sin él.

--¡Ah, señora! ¡que Dios os haga feliz! contestó Harum.

       *       *       *       *       *

Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, á quien la alegría
habia puesto en un estado lamentable, el marqués de la Guardia, que iba
formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que
ajustaban _in mente_ la suma de las costas de la diligencia que acababan
de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sacó un caballo de
las cuadras, montó en él y se fué á buscar al emir de los monfíes de las
Alpujarras.

       *       *       *       *       *

Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos
dominicos declararon que era la misma doña Estrella que diez años antes
habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeño;
reconociéronse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doña
Inés habia dado á su hija antes de morir, y á despecho de los parientes
del duque, doña Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legítima.

       *       *       *       *       *

El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija,
no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió
perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.

Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de
la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero
que habia acumulado su abuelo durante su retiro.

       *       *       *       *       *

Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella
de Yaye.

El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus
amores.

--Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros
amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.

El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.

Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.

El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó
en vengarse.

Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.

Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.

       *       *       *       *       *

Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á
Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la
cámara al señor Juan de Andrade.

Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.

El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó
irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.

La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al
marqués que salió desesperado.

Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus
brazos.

No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró
de placer.

Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.

--Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo
tambien necesitaba veros, y he venido.

--Sí, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos
vimos por la última vez.

--Cuatro meses que he necesitado para darme á conocer dignamente á los
míos y para vengar á mi padre.

--¿Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la
cámara.

--¡Es mi padre! dijo Estrella.

--¡El rey del desierto! exclamó Yaye.

--Y vos el emir de los monfíes, dijo Calpuc.

Entrambos se estrecharon las manos.

--Mucho he debido á vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion
hubiera muerto á manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al
padre lo pagaré al hijo.

--¿Me dareis lo que os pida?

--¡Sí!

--Meditad bien lo que prometeis.

--Aunque me pidieseis mi hija os la daria.

--Pues vuestra hija os pido.

--Tenedla por vuestra.

--¡Ah! exclamó Estrella, y se arrojó en los brazos de su padre.

El casamiento, bien á despecho del marqués de la Guardia, se hizo de
allí á pocos dias.

¿Amaba Yaye á Estrella?

No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo
corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia á doña Isabel de
Córdoba y de Válor.

¿Y siendo esto asi, siendo doña Isabel viuda, porque no se habia casado
con ella Yaye?

Su carácter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al
morir le habia dado su padre explicaran este misterio.

Veamos aquellos pergaminos.

«Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.--A su hijo el emir
Yaye-ebn-Al-Hhamar.

»Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.

»Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altísimo.

»Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no
hubieran echado por tierra mis proyectos.

»Isabel de Córdoba y de Válor se ha casado con un hombre oscuro. La
muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfíes no
puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel
Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado.

»Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos:
Isabel era la esposa que te convenia.

»Pero el Altísimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea
tu esposa Isabel.

»Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre
real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los
mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive
entre nosotros: cualquiera de nuestros monfíes te llevará á él, solo con
que le digas: necesito ver al cazador de la montaña.

»El te contará su historia. Salva á la madre y cásate con la hija.

»Este casamiento te producirá grandes riquezas, porque el rey del
desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque
Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendrá á ser un dia grande
de España, por el derecho de su madre.

»Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre
los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la
córte del rey de España como uno de sus grandes.

»Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodéale,
espíale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle
enemigos y dificultades... sacrifícalo todo por tu patria: tu corazon,
tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu
hija.

»Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifícate por tu
pueblo, Yaye.

»Cásate con la hija del rey del desierto: sé una doble persona: el brazo
vengador del Islam en la montaña; el enemigo encubierto, en la córte del
tirano...»

El manuscrito seguia esplanándose en la explicacion de estas
consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba á su hijo;
el plan detallado de una doble guerra al rey de España.

Yaye se casó con Estrella bajo el influjo de su ambicion.

Pero era tan hermosa la jóven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye,
que contagió con su amor, cuanto podia contagiarle, al jóven emir.

Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella
como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales á turbar su paz
doméstica.

El primero fue la carta de doña Isabel de Válor que le noticiaba el
nacimiento de su hijo.

El amor que Yaye sentia por doña Isabel y que solo estaba, por decirlo
así, sobresanado, brotó con nuevo ímpetu, de una manera incostrastable,
y á pesar del memorandum de su padre, se arrepintió de haber cedido á su
ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en
fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor á doña Isabel á
que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstáculo sensible
de su union con doña Isabel, se le hizo odiosa.

Yaye, disimuló, sin embargo, y creyó que su disimulo bastaba para
encubrir el desvio que experimentaba hácia su esposa: pero el alma de la
mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella
comprendió que no era amada, y lloró en silencio.

El otro incidente que acabó de destrozar el corazon de Yaye, provino del
marqués de la Guardia.

Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, llegó á
ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo
arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.

Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un
período muy avanzado.

Entonces, desesperado ya, pensó en una venganza infernal.

El marqués, habiendo apurado todos los medios, apeló á la corrupcion de
la servidumbre íntima de Estrella.

Pero no apeló al medio vulgar del dinero. Pensó en vengarse de Estrella
de una manera indirecta, como si dijéramos, por tabla. Enamoró á una de
sus doncellas.

Esta conquista no le fue difícil. La doncella cedió á las consumadas
artes de seducción del marqués, que aun era buen mozo, y todas las
noches el marqués entró en casa de la duquesa por un balcón inmediato á
sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.

Don Gabriel no queria que su venganza fuese pública. Solo ansiaba herir
el corazón de Yaye á quien aborrecia porque era amado de Estrella.

El marqués, pues, envió un infame anónimo á Yaye, en que se le avisaba
que todas las noches oscuras á las doce, entraba un hombre por los
balcones en su casa y le recibia su esposa.

Yaye observó á Estrella; notó en ella un desvío que no era otra cosa que
el resultado de un amor lastimado por el desvío de Yaye. Este, preparado
por el anónimo, sospechó de Estrella, interpretando mal su tristeza y su
abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la
verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera
noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareció un hombre
embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una seña, se abrió
silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba
Estrella, apareció en él una sombra blanca de mujer y una escala cayó á
la calle.

Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no meditó que podian engañarle las
apariencias, y en el momento en que el marqués de la Guardia aseguraba
la escala para subir, le acometió espada en mano, y le hirió.

El marqués vaciló y cayó; barbotó algunas palabras, y soltó una
carcajada horrible, por cuya entonacion é inseguridad se podia
comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huyó y cerró.

El marqués yacía en tierra, muerto.

Yaye se arrojó sobre él, le descubrió el rostro y á la media luz de la
noche le reconoció.

--¡Ah! ¡es el marqués de la Guardia! dijo.

Entonces recordó que el marqués era el que habia descubierto el paradero
de Estrella.

--¡Se amarian! exclamó. ¡El es casado!

Esta circunstancia agravó mas las sospechas de Yaye.

--Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados
probables de su infamia...

Yaye se cubrió el rostro con las manos.

Luego envainó frenético su espada, se dirigió á un postigo inmediato,
abrió con una llave de que iba provisto, y entró en su casa.

El cadáver del marqués quedó abandonado en la calleja.

Cuando Yaye entró en el dormitorio de su esposa, la encontró dormida,
aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oyó murmurar un
nombre en sueños.

Esperó escuchando con suma atencion á que volviera á hablar la duquesa.

--¡Yaye! ¡yo te amo! exclamó al fin esta.

Yaye creyó volverse loco. ¿Conque no era su esposa la que habia arrojado
la escala al marqués?

Entonces meditó á qué habitacion caia el balcon que se habia abierto, se
retiró recatadamente, salió á un corredor y llamó á una puerta de
servicio.

Abrióle una doncella pálida y consternada.

Aquella mujer estaba vestida de blanco.

--¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!

--¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.

Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia
visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.

Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la
pobre joven, lo demostró sin rebozo.

Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.

Estrella no podia ser mas infeliz.

Pero Dios tuvo compasion de ella.

Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla
morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo
remordimiento.

       *       *       *       *       *

Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Válor,
por Diego Lopez y por su hija doña Esperanza.

Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres á
quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.



SEGUNDA PARTE.

EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.



CAPITULO PRIMERO.

Tres notabilidades de la córte del rey don Felipe.


Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre.

La una mujer se llamaba doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la
Jarilla.

La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del príncipe Maffei
Lorenzini.

El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqués de la Guardia.

Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba
por excelencia.

Conociese á doña Esperanza de Cárdenas, bajo el nombre de la _hermosa
duquesita_.

A la princesa Angiolina, bajo el de la _casada-virgen_.

A don Juan de la Guardia, bajo el de el _marquesito_.

La hermosa duquesita, tenia veinte años.

La casada-virgen veinte y seis.

El marquesito veinte y uno.

Necesitamos dar á conocer á estas tres personas, y, por mas que pese á
nuestra galantería, el órden de los sucesos que vamos refiriendo nos
obliga á empezar por el marquesito.

El marqués de la Guardia habia quedado huérfano cuando solo contaba un
año. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto á
estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte,
murió afligida y triste siete meses despues su madre doña Clara de
Arévalo.

El marquesito huérfano, pues, fue entregado á la tutela de un tio
materno, hidalgo disoluto, que no cuidó gran cosa de la severidad en la
educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar
á aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diabólico, tan
cariñoso, tan vivo: su tio don César de Arévalo, al ver las favorables
disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de él un don Juan
Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre huérfano, que
mejores fuesen, para hacer de él uno de esos terribles calaveras del
siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las
ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces;
muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian
contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las
vírgenes praderas del Nuevo Mundo, á sostener el carácter preponderante
y conquistador de las Españas.

El cariño de don César hácia su sobrino, cariño indiscreto y exagerado,
habia hecho al jóven marqués voluntarioso y exigente; este mismo cariño
habia contribuído á que, en punto al saber, la educacion del jóven fuese
mezquina y descuidada: en efecto; ¿para qué necesita un marqués la
ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el
que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitóse,
pues, su tio á que aprendiese á leer por el catecismo, y á escribir
medianamente: en cuanto á contar abstúvose prudentemente de esta
enseñanza su tio, porque preveia que tarde ó temprano se veria obligado
á rendir cuentas de su hacienda á su sobrino.

A los ocho años ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras
gordas de molde y de mano, y escribir con un carácter demasiado correcto
y claro para un título de Castilla, cartas de amores á las vecinas, que
estaban locas con la precocidad del pequeño don Juan, y se le disputaban
y le convidaban con frecuencia á sus fiestas, en las cuales era el
marquesito un aliciente, por su espíritu despierto y sus oportunidades
prematuras.

Habia la desgracia de que don César de Arévalo, obedeciendo á sus
instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las
casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fácil trato, de
espíritu galante y aventurero. Don César las trataba á todas, y con
todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeño don
Juan, desde sus primeros años, se habia visto acariciado por hermosas
manos, besado por bocas fresquísimas, de labios purpúreos, y aliento
perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos
ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la
tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna á aquel niño
abandonado al vício, y su espíritu se habia formado en una atmósfera
envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban
mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y
sedas, y prendidas con plumas y diamantes.

Asi es, que don Juan no conoció la inocencia, y á los doce años amaba
con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta; á los trece
años, era peligroso para las mujeres; á los catorce, desarrollado,
hermosísimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan
entre los galanes, el hombre niño, como se le habia llamado desde
pequeño, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba
entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su
amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener á las
mil maravillas, y desde los trece á los catorce años, habia tenido cien
queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio.

Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de
las damas galantes: por consecuencia, se había hecho enemigos numerosos
entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que
se permitieron tratarle como niño. Don Juan se encargó de hacer que le
tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino á las
barbas y su tio se vió obligado á gastar sumas enormes para sacarle de
la cárcel y templar el rigor de las pragmáticas.

Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado
para él la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la
vida.

Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la
inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia
llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo á los quince años un
completo don Juan Tenorio.

Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin
afligirse por las pérdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba á
caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le
metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido
de las damas fuese, en la noble córte del rey de las Españas.

Juntos á gastar tio y sobrino, muy pronto fueron á dar, empeñadas, en
manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la
Guardia, que habian ya quedado bastante empeñadas por el difunto
marqués; llegó al fin un momento, en que el tio se vió obligado, por la
primera vez, á negar una respetable suma á su sobrino.

Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jóven don
Juan y se irritó; pero de una manera tal, que el tio se arrepintió,
aunque tarde, de haber dado tal educacion á su sobrino. Arreglóse, pues,
como pudo, buscó al marquesito la suma en cuestion, y se decidió á
apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible.

Pero esto era sumamente difícil; le habia acostumbrado á vivir por fuero
propio, y se habia convertido en tirano de su tio.

Don Juan llegó á cumplir veinte años, y se hizo incontrastable.

En aquellas circunstancias habia sido presentada doña Esperanza de
Cárdenas en la córte, y admitida al servicio de la reina doña Isabel de
Valois ó de la Paz. Doña Esperanza tenia un título ilustre, como que
habia heredado de su madre, doña Estrella, el ducado de la Jarilla, y á
mas una maravillosa y característica hermosura.

La hermosa duquesita, como rompieron á llamarla espontáneamente á su
aparicion, eclipsó desde el momento á las mas hermosas y á las mas
ricas; es verdad que la habia precedido un prólogo, por decirlo así,
ostentoso: seis meses antes de la llegada á la córte del duque viudo de
la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se
presentó al dueño de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y
le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera á
su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas
pronto se hiciese el negocio. Concluyóse este con brevedad, porque quien
bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgóse escritura de
venta á favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo
habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un
hacinamiento de feas y viejas casuchas: abriéronse profundos cimientos,
y de dia en dia se vió levantarse, con una rapidez inusitada, un
magnífico palacio á la flamenca, con ciertos resabios árabes, en
ventanas, galerías y balcones.

Una obra de tal volúmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en
la que trabajaban centenares de albañiles, llamó naturalmente la
atencion; preguntose el nombre de quién hacia aquella fábrica, y sabido
el nombre, se deseó conocer á la persona que tanto y tan bien gastaba:
despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se
encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y
estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo
coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintiéronse
mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el
mismo Felipe II frunció las cejas cuando supo que habia en sus
dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria:
repitióse el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla:
súpose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un título
antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal
lujo de casa: súpose que hacia mas de cuarenta años que los poseedores
de aquel título habian estado apartados de la córte y como oscurecidos:
y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido
para desempeñar las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con
aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta á
la córte: suposicion natural, que tranquilizó, hasta cierto punto, las
hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una
llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de
fanfarronada; un gasto loco, en fin.

Pero cuando, concluido el palacio, se vió la numerosa servidumbre que
vino á ser su alma; servidumbre jóven, galana y cubierta con ricas
libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las
cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magníficos, la
mayor parte árabes y andaluces, y cuyo número no bajaba de doscientos;
las diferentes carrozas de córte, calle y campo; las literas, los demás
accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron á sentir el
agudo aguijon de la envidia y no faltó quien dijo:

--Sangre de indios es esa grandeza: ¿no sabeis que uno de los duques de
la Jarilla estuvo muchos años de adelantado en Méjico?

Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo
de la Jarilla habia hecho en la córte, á nombre de su hija la duquesa,
era necesario poseer las riquezas de un rey.

Pero la admiracion subió de punto cuando Esperanza fue presentada por su
padre en la córte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna
grande llevaba antes que ella una riquísima tela traida á costa y coste
del extranjero: ninguna poseía tanta, ni tan rica, ni tan variada
pedrería; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con
alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba á todas las
damas de la córte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin
que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II.

¿Habia una familia desgraciada? allí estaba Esperanza: y el consuelo que
Esperanza llevaba á aquella familia, no era una limosna mas ó menos
cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa á las
necesidades del socorrido. ¿Mostraban los genoveses ó los judíos,
riquísimos brocados, costosos encajes, magníficos aderezos? allí se
estaban hasta que un dia pasaban Esperanza ó su padre y los compraban
sin reparar en el precio. ¿Pasaban comediantes por la córte? El aposento
mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el
duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia á soberbia con
el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el
público iba á la comedia, auto ó farsa, se reparaba que el mejor
repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que
cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los
tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si
era invierno, eran los mas ricos; por último, que la dama mas hermosa,
mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna,
y con mas riqueza, á pesar de su sencillez, era la duquesa de la
Jarilla. El bobo, el rústico, el simple, como se llamaba entonces á los
graciosos, tenia sus motivos para endilgar á la duquesita alguna
redondilla ó copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la
representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba
una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia
de una comedianta, Esperanza se sonreía benévolamente, se arrancaba una
rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor
naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian
frenéticos y frenética y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los
pintores de mérito podian contar de seguro con la buena venta de sus
cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado á
Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado
hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales,
iglesias y obras pías, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con
la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su
nombre á ninguna de estas fundaciones religiosas. Por último, el duque
mantenia á su costa una compañía de infantería española en Flandes, y
llevaba por lo tanto el nombre de capitan.

Por otra parte, eran tan rígidas las prácticas religiosas del duque
viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias
varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, á
quien mandó el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque,
cumplió su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes
informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la
Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que
los monasterios, las obras pías y los pobres, les debian mucha caridad y
que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun _remotisime_ de la
religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia.

Encogióse de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y
dejó rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no
roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeñosa con los hombres,
circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no dió el mas ligero
pretexto á la envidia que volaba á su alrededor, para que la mordiese.

Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqués
de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia
sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien
notable, sin que pudiera atribuirse á los vicios de la educacion, la
duquesita, á pesar de su poca edad, que apenas llegaba á los veinte
años, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas
manos admirables; morena, pálida, y en cuyos ojos graves y ardientes,
brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al
amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa.
Notábanse en ella, un aprecio de sí misma, una gravedad y una altivez
impropias de sus pocos años, y una especie de experiencia, de trato de
mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, teniéndose en cuenta
la educacion monástica indicada por su padre, no podia comprenderse.
Aquello era un fenómeno.

No faltó al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto
en el desarrollo físico como en el moral, entre la duquesita y el
marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la
predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente,
rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase á la duquesita la
_mujer del marquesito_ y al marqués de la Guardia el _hombre de la
duquesita_.

Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban
por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dejó de llamarse á la
jóven la hermosa duquesita, y se la confirmó con el sobrenombre de _la
mujer del marquesito_.

Entre tanto los dos jóvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente
libertina de ambos sexos de la córte, no se conocian: la mujer del
marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueñas de su casa,
sino para serlo por las dueñas de palacio, y no salia, por lo tanto del
círculo de hierro establecido por la rígida etiqueta de la casa de
Austria. Por su parte el _hombre de la Duquesita_, siguiendo los
consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de
los garitos y de las mancebías. Por lo tanto habia una sociedad entera
entre los dos jóvenes predestinados.

A pesar de vivir en círculos tan opuestos, la murmuracion, que á todas
partes alcanza y en todas partes se mete, no tardó en hacer llegar á los
oidos de entrambos jóvenes que la opinion pública los habia casado.
Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarrías, la
gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que
el marquesito, de suyo predispuesto á todo lo que era escéntrico y
romancesco, ansiase conocer á aquella nobia, que sin pretenderlo le
habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada
hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no
hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como
aliciente respecto á don Juan, inferiríamos una grave ofensa á su
memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que
apenas le habia á las manos le separaba de sí con el mayor desprecio del
mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su
desprecio haciéndose desear por aquel gastador incurable, y obligándole
á tener serias contestaciones con su tio.

Cuando el marquesito deseó conocer á la duquesita, corrian los primeros
dias de enero de 1567.

Desde el momento en que los jóvenes tuvieron noticia el uno del otro, se
desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto
en que el nombre del uno sonó en los oidos del otro, empezaron á amarse.
Al principio cada uno de ellos se fingió en el otro su bello ideal, y
ese amor vago, ese amor que se refiere á un ser que no se conoce, ese
amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado,
llegó á ser un amor violento respecto á personas dotadas de
organizaciones tales como las de los dos jóvenes: ella era voluntariosa,
él voluntarioso é impaciente: entrambos luchaban con su soberbia íntima:
no querian vencerse ni aun ante sí mismos, y no procuraron, por lo
tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:

--Si él conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.

El se habia dicho á su vez:

--Yo no he de buscarla.

Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso é
instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un
sentimiento íntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto
con el espíritu: una de esas simpatías misteriosas que no han podido
definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el
resultado de un amor instintivo, de un amor que, ó desaparece, dejando
una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que
nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde á la idea
que de él habiamos concebido, ó crece y se desborda si por acaso la
excede.

Colocados en esta situación moral entrambos jóvenes, solo faltaba que
una casualidad los reuniese.

Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el
tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones,
acaso nuestros jóvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero
eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento
estrellado de la córte, y se hablaba continuamente de ellos: la
duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su _hombre_; el
marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de
algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de
flores marchitas, con la posesion de _la duquesita_.

No podian, pues, olvidarse.

Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde
que ambos jóvenes se habian conocido de fama pública hasta el jueves
santo de 1567.

En aquella época ella era la desesperacion de los cortesanos.

El la expiacion de las cortesanas.

La novedad eterna de la córte ella.

El el escándalo perpétuo.

       *       *       *       *       *

En aquellos tiempos el espíritu religioso del pueblo español estaba por
cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la
sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y
grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban,
dentro de los dominios de la católica España, exceptuando solo un rincon
de ella donde, entre breñas, no se rendia al Crucificado mas que un
culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los
obispos, de los párrocos y de las justicias. Este giron, riquísimo sin
embargo, se llamaba las Alpujarras.

Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los
españoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y
particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y
severa.

A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar época en
la vida de la duquesita y del marquesito, salió este á la calle, severa
aunque ricamente vestido de negro, y se dedicó á recorrer los
monumentos.

Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer á _su
mujer_, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la
devocion conveniente á tan sagrado dia.

Una idea le preocupaba sobre todo: la córte, segun costumbre, debia
visitar los santuarios: en la córte en la servidumbre de los reyes,
debia ir la _hermosa Duquesita_. Pero ponerse en acecho de la córte ¿no
era buscarla? El marquesito se habia jurado á sí mismo no robar su
privilegio á la casualidad, y tomó una resolucion que debemos llamar
heróica: lo dejó á la suerte: para que la suerte fuese el principal
agente, se prescribió un número determinado de iglesias y un itinerario
rigorosamente lógico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por
consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo
Domingo el Real: despues las de Santa María, San Pedro, San Andrés, San
Francisco, San Miguel, y por último, la del Hospital del Buen Suceso.

El marquesito se veia obligado á recorrer esta extensa periferia, porque
en el año de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en
Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se
fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun
itinerario habia encontrado mas cómodo que el que habia elegido, y hé
aquí lo lógico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no
tenemos otro interés, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.

Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqués se propuso
invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas
oraciones en aquellos dias, y además no mirar deliberadamente á ninguna
mujer.

Asi es, que, cuando llegó al Buen-Suceso, su última estacion, era ya muy
cerca del oscurecer, y la córte, segun costumbre, debia haber regresado
ya al alcázar.

No dejó de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le
volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumbó
en la iglesia, le conmovió de piés á cabeza, haciendo vibrar un eco
desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha:
aquella voz habia dicho:

--¡Sus magestades, el rey y la reina!

Allí estaba la córte: en ella debia venir su desconocida mujer.

Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de
fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la
reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrás de ellos se habia
arrodillado la córte.

Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y
rompió la de no mirar deliberadamente á ninguna mujer; sus ojos
anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian
las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el
marqués ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vió muchas
cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vió
ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese
convenir con la idea que él se habia formado de _su mujer_.

Entonces experimentó otro sentimiento desconocido tambien para él:

La decepcion de la esperanza.

De repente, y cuando el jóven exhalaba su primer suspiro de despecho, un
resplandor fugaz iluminó la iglesia, y se escuchó un grito general de
terror; seguidamente un resplandor mas fijo brilló en el templo, y la
gente se agolpó aterrada á las salidas; la gran cortina morada del
tabernáculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado á la
armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta
tocar la bóbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.

En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y
leal, se lanzó hácia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron
otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente
iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la córte, sintió que
unas manos temblorosas se asian á él, y oyó una voz sonora, grave, llena
de ansiedad, que exclamaba:

--¡Salvadme, caballero! ¡salvadme!

Aquella voz, por su timbre particular, por un no sé qué misterioso, se
apoderó del alma del jóven, la halagó, como halaga una suave esencia al
olfato; le acarició, como acaricia nuestra frente calenturienta la
brisa, y le obligó á mirar á la mujer que la producia.

Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asió por la
cintura, la levantó en peso, con la misma facilidad que hubiera
levantado un copo de seda, y reteniéndola con el brazo izquierdo, y
empujando brutalmente con el derecho á los que tenia delante, y saltando
sobre ellos, salió por una puerta lateral, atravesó el patio y se
encontró, fuera ya, en la carrera de San Gerónimo, que atravesó
rápidamente, perdiéndose por una de las calles inmediatas.

La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y
alumbraba el centro de la calle.

Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela
irregular y enteramente desierta.

Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero
retuvo sus manos entre las suyas.

Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia
arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á
pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la
cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna,
estaba hermosísimo.

La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas
representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza
descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en
trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados
á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba,
por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en
el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema
alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al
jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la
luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que
aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa
gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de
córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la
faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.

El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é
intensa contemplacion solo duró un momento.

El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion
apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:

--¡Vos sois mi mujer! dijo.

Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al
marqués, y contestó con gravedad:

--No comprendo lo que quereis decir, caballero.

--¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla!
contestó con acento opaco don Juan.

--¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.

Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y
si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente
á la frase de:

--¡Vos sois mi hombre!

Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que
pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven,
la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la
boca.

La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una
protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con
paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.

--¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués
alcanzándola y cortándola el paso.

--¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas
calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de
la reina.

--¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?

La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo
severamente:

--¡Haceos atrás!

--¿Que me haga atrás cuando os encuentro milagrosamente despues de un
siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?

--Haceos atrás, repitió con un tanto menos de empeño la hermosa dama.

--Escuchadme, doña Esperanza, dijo amorosamente el jóven, asiéndola de
nuevo las manos que ella pugnó ligeramente por desasir de las del
marqués; ¿no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este
modo extraño, sino para que no nos volvamos á separar? ¿No os dice
vuestro corazon como á mí el mio, que hemos nacido para amarnos, que no
podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo
encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? ¿No
me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de
veros?

Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la
Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del
marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada
suplicante exclamó:

--¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo
para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie
tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe
estar lejos.

--Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por
socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en
trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de
seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al
atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el
alcázar.

--¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones
de don Juan.

--Pero hay un medio, dijo este.

--¿Cuál?

--Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.

--¡Oh! ¡eso jamás!

--Entrar para esperar únicamente que venga una litera.

La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos,
en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo
por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita
era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su
vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos
partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.

Aquellos dos seres se habian confundido en uno.

Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia
reunido.

--¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la
jóven.

--¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?

--¿No sabeis vos el mio?

--¡Me amais!

--Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras
buscan una litera.

El marqués no la contestó.

La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de
la plazuela, y llamó.

Abrieron poco despues aquella puerta.

Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que
habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el
marqués desaparecieron por el oscuro fondo.

La puerta volvió á cerrarse en silencio.



CAPITULO II.

¡La hermosa duquesita se ha perdido!


El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion
profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.

Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido
ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que,
gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado
ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en
el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se
habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas
caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á
causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez
dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.

Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso
rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas,
que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus
puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo
desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito
de la Guardia, no parecia.

El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban,
algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran
en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada
hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con
el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se
encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso
una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un
tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su
salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.

Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero
disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo
de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente
pensativo y al parecer contrariado.

--Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se
pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien
pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que
entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.

Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de
hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su
hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á
palacio.

El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres,
la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la
supiese todo el mundo.

Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y
preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á
palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de
no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora
duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo,
estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban
como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda
la noche.

Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio,
encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena
apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes
golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los
criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en
busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á
las mujeres de la servidumbre.

Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar
de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos,
embistió muy de mal talante con aquella mujer.

--¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó
mirando á la mujer con ojos centelleantes.

--¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda
trémula aquella mujer.

--Sí, y bien... ¿qué quereis?

--La señora hija de vuecelencia...

--¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?

--La señora duquesa, está en mi casa.

--¡Que mi hija está en vuestra casa!

--Y me ha dado esta carta para vuecelencia.

Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió
aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y
devoró, que no leyó, el contenido del escrito.

--¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores
despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto
una litera, y conmigo.

La litera estuvo dispuesta al momento.

--Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.

La mujer echó á andar.

--¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.

--La señora no fué, dijo la mujer.

--¿Cómo que no fué?

--La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.

--¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?

--Despues de oscurecer.

--¿Y por qué no me avisásteis al momento?

--¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de
vuecelencia.

--¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?

--La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.

--¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?

--No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la
conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego...
en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.

--¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?

--¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan
jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y
á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la
justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.

--Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días
solo visten de ceremonia las damas de la reina?

--Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos:
cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que
confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia,
habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que
demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego,
era una bribona consumada.

Al fin llegaron á la casa.

Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su
cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera
observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro
en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.



CAPITULO III.

     De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.


Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca
y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el
cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo
besándola en la frente.

--¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!

Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita
estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su
tranquila pureza.

--Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas
recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

--Te encontraron desmayada.

--Asi es, señor, dijo el marido.

--Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un
incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio!
luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias
horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los
ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas
que me habia puesto para acompañar á sus magestades.

Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar
cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia
de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y
guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que
no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una
mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en
un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija,
el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda:
Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un
dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.

--Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os
roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él
la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

--Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible
aquel oro.

El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la
mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:

--¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á
la caridad de la señora.

--Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á
los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar
á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de
oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra
casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.

La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su
alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.

Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la
mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle
hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y
su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.

--¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy
lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha
adivinado... estoy segura de ello.

--Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento
profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la
culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de
nuestro hijo.

       *       *       *       *       *

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su
aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente
cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre
le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios
del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada.
Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

--¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó
con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo,
con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el
rostro en sus puños crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una
campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.

--Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que
sin pérdida de tiempo deseo verle.



CAPITULO IV.

     La fuerza de la mujer.


Yaye no permaneció mucho tiempo solo.

Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el
de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente
vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un
sillon junto á su padre.

Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni
reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado
intensamente durante algunos segundos, le dijo:

--Padre: la fatalidad nos persigue.

Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada
extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:

--¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!

[imagen: Don Juan siguió con su carga sin hablar una palabra.]

--Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos
dando este nombre.

--¿Con que es verdad?

--Yo no sé mentir.

--Y quién ha sido... exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.

--Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha
olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha
arrastrado la fatalidad.

--¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.

--Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre
la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del
destino.

Yaye se estremeció.

--Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos
contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel
habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con
hermosos cuentos.

Yaye miró con asombro á su hija.

La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría
de su padre.

--Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:

[imagen: La duquesita.]

«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es
eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de
sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes
épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas
mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que
atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una
diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro
brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de
bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el
viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la
música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel
prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida,
habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos;
pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como
una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente
sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se
dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso,
donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y
desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á
los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban
y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin
dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con
los primeros rayos del sol desaparecia.--Cuando Dios queria que un
justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las
delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una
ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á
quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado,
abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano
oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del
cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en
armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un
jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de
florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas
preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima
fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá,
y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus
alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era
diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que
no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y
resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de
los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de
rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza
crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la
sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos
alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de
Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los
ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria
de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres
tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes
al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.--Pero la
maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados
aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus
espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un
eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud
inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor
mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian
desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la
mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi
enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á
través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la
paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela
sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de
Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el
perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre
mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo
por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.--La
hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem
de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires
sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios,
solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á
sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos
tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego
se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas,
corriendo tras las mariposas.--Pero un dia, el eterno enemigo del cielo
y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia
por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las
mujeres de la tierra.--Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el
espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una
hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura,
apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura
tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios.--La
inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó
en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció.--La hada arrojó un
grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en
la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente
habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de
Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba
aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba
anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se
habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por
esto solo á su pureza y á su eternidad.--El jardin de Hiram habia
desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las
miserias de la vida mortal.--Su planta se fatigaba y se veía reducida á
calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con
los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos
y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la
tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las
rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á
revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y
durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los
bramidos de las bestias hambrientas.--Un dia, en fin, Dios permitió que
un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le
reconoció y le invocó.--El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso
que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido,
quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de
forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si
Dios no la hubiese perdonado.--La bondad de Dios habia vuelto la paz y
la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de
Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y
pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo
fondo se despeñaba un espumoso torrente.--De improviso una mariposa de
alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada,
y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro
sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué
á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente,
tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió
punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia
desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el
espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas
diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se
desvanece.--El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en
el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la
hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el
ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un
viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el
gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la
besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el
viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente,
que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada
primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero
y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola,
goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando
le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan
del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la
corriente bramadora!»

Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y
luego añadió con acento meláncolico y triste:

--Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre:
«la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus
dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el
torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios
que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin
de Hiram.»

Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada
desesperada y guardó silencio.

Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia,
especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia
oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos
cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera
conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y
severamente:

--¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?

--Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros
semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.

Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no
quiere perder ni una sílaba.

--Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de
oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del
dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie
nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era
fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al
lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor
expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor,
marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.

Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija:
se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la
mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró
de una manera opaca é ininteligible:

--¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!

Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:

--Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin
motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no
crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la
impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las
incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy
morales en el fondo, pero en su lenguaje... ¡Oh! siempre el vicio
hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre
el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado,
los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las
horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el
veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida
y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la
mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha
presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta
un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo
quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer
formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen,
desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?

--¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas,
aunque indirectas reconvenciones de su hija.

--Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la
inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles
esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la
virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien
y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua
inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten,
hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera;
que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y
¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su
pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo,
marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no
han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo
bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena,
ó el saco de cuero y las ondas del mar.

La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso
material la cabeza de su padre.

Amina, continuó.

--Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes,
padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma),
ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas
sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.

Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le
desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina,
la dijo:

--Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha
desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada
una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues
al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de
mi hija.

--Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis
palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdóname si te
desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.

Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un
estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada
por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.

--A los doce años, pues, era ya una mujer en toda la extension de la
palabra, y se habia procurado enseñarme tanto, que mi espíritu estaba
enteramente formado. En los pocos dias que cada año pasabas á mi lado,
procurabas informarte por tí mismo, si se me habia dado la enseñanza que
tú habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en
castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:

--Es maravilloso: un español te creeria andaluza; hija de ese pais
bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.

Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me
hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los
cautivos españoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos
años, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia
tampoco para qué se me habia instruido en la religion cristiana, cuando
se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas
Dios que Dios el Altísimo y Unico, y su profeta Mahomet. ¡Oh! esto era
tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la
pureza: me decia que una mujer, una santa vírgen, era la madre del
Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me
hacia su igual, su compañera por el matrimonio; me daba derecho al amor
exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vínculo que no
consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno á dos
seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava,
una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo ó
de su señor; pero no debe tener zelos si su esposo y su señor son de
otra ó de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe
pensar; eres para tu esposo ó para tu señor menos que su arco, su lanza
ó su caballo.

Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de
ellas; pero me decidí por la que me daba mas derechos: esto era natural:
sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la
cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me
arrebataria, y me decidí por el cristianismo. Despues... pérdoname,
padre, porque sé que aborreces á los cristianos: perdóname... pero
¿quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo
de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de
Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana,
cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado á mi entendimiento
é iluminándole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.

Otro extremecimiento comovió á Yaye, que como si se hubiese resignado á
todo, continuó callando.

--Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la
influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el
placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado á
conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro
romance. Tú mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar,
despues de haberme visto ejecutar una de esas lúbricas danzas
musulmanas:

--¡Oh! ¡hermosa, hermosa como el amor! ¡irresistible! ¡tú serás la
tentacion que ayudará á mi espada!

Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conocí nuestro
pasado y nuestro destino, comprendí que todo lo sacrificabas por tu
patria: ¡hasta el corazon y la honra de tu hija!

--¡Oh, padre! ¡padre! murmuró de nuevo Yaye.

--Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un príncipe real, exclamó
con amargura Amina, un pobre loco, arde por mí en deseos impuros, y por
mí es capaz de atentar á los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno
y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya
visto en él alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes
mas grandes de la córte, se arrastran á mis piés, olvidada la soberbia
que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llámaseme por excelencia,
y con gran envidia de las damas de la córte, la hermosa duquesita, y
acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me
ha costado la paz de mi alma. Tú no sabes, padre, de qué modo han
llenado mi pensamiento despierta, y mi sueños dormida, todas esas
ardientes imágenes de los cuentos de hadas y de amores; tú no sabes,
padre, de qué manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma,
un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser á quien
unir mi alma, á quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; á
quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con
toda la tentadora fuerza de mis ojos; tú no sabes de qué manera se ha
ido formando dentro de mí un ser imposible, por lo hermoso, por lo
grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino,
á quien yo veo solo con cerrar los ojos: tú no sabes cuánto le acaricia
mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante sí, como una realidad
que se toca, no como un sueño que huye. Tú no sabes cuán hermoso es el
satanás que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos
labios, empalideciendo mi semblante, y arrojándome del perdido jardin de
Hiram de mi pureza. Tú no sabes cuán desesperado, cuán ansioso, cuán
muerto á la esperanza está el corazon de tu Esperanza.

Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza á Yaye y fijar
una mirada infinitamente ansiosa en su hija.

En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan
profunda, que Yaye se sintió completamente aniquilado.

--¡Pero ese hombre..! ¡ese hombre..! ¡ese esposo á quien has elegido!
exclamó el duque con un acento supremo por lo desesperado: ¿no le amas?

--No lo sé aun.

--¿Has sido suya en un momento de delirio?

--Si.

--¡Oh! exclamó Yaye.

Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de
amenaza.

--Desde que fui presentada en la córte, poco despues, continuó Amina, oí
hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido á bien casarme
de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de
llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.

--Pero ¿quién era este marquesito?

Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las
damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber
como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las
prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al
marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de
verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin,
ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida,
sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba
consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la
luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como
no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me
arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la
conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel
hombre...

--Era él... observó roncamente Yaye.

--Si, el _marquesito_: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en
vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño
fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo
mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me
habia preparado, envenenando mi alma.

Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

--Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y
arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado;
mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el
amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era
pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem,
porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la
vergüenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo
é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la
desolacion.

--¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con
impetu.

--¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.

Al oir esta revelacion el duque, cayó de nuevo desplomado sobre el
sillon.

--¡El marqués de la Guardia! ¡El marqués de la Guardia! ¡Fatalidad!
¡Horrible fatalidad!

Luego, como saliendo de un horrible sueño, exclamó:

--Yo no puedo matar á ese hombre: tú no puedes ser su esposa.

--¿Y quién te pide su muerte? exclamó palideciendo Amina.

--¡Le amas!

--¡Oh! ¡no lo sé! ¡no lo sé! ¡aun no le conozco bien! ¡pero si él me
amase, si él me amase como yo le amaria!... y luego... ¿Tiene la culpa
de haber encontrado en su camino una virtud tan frágil que se ha roto al
primer choque!... ¡matarle! ¿y por qué? ¡yo soy la que debo morir!

--Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba á ser
tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de
haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra.
Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones.
Sobre todas está la de que tú debes ser esposa del príncipe don Carlos.

--¡El príncipe don Carlos! exclamó con terror Amina; con un terror que
no habia demostrado, durante su audaz revelacion á su padre, ni cuando
le pedia que la matase.

--Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que tú seas reyna.

--Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el
príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?

--Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia
el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el
vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su
familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su
vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se
destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al
otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que
tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de
esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia
tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con
sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la
fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente,
acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y
yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos
romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza
nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al
fin apetecido?

--¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos
perdemos inútilmente!...

--Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

--¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.

--Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado
dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es
necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas
lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de
tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la
mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú
tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.

Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una
mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.

Amina desapareció tras el tapiz.

Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada
fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera
querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante,
adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser
su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave,
sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.

Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave
guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.

--No ha venido aun el señor Cisneros, dijo con acento breve.

--Ah, señor duque, dijo otra voz á la puerta opuesta de la antecámara;
aquí me teneis, y no muy á tiempo por cierto, porque creo que os
impacientais.

--Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar á su cámara á
este segundo personaje y cerrando tras él la puerta.

--Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y
aunque ya han dado las diez de la mañana, hoy es para mí muy temprano.

--Sentaos.

El duque señaló un sillon á Cisneros y se sentó en otro junto á una
chimenea, cuyo fuego se puso á arreglar de la manera mas natural.

Tenemos delante dos personajes, la fisonomía de uno de los cuales se
habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.

Yaye era por aquel tiempo un hombre jóven aun, de poco mas de cuarenta
años, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera,
y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y
distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la
cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de
su juventud y su gallardía, conservaba su poderosa hermosura, su tez
blanca, densamente pálida, y tersa y límpida, tanto en su semblante como
en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las
habia ocupado jamás: sus cabellos negrísimos, rígidamente cortados segun
la moda de la nobleza española, eran tan espesos que contrastaban de una
manera decidida con la mate y diáfana blancura de su frente: sus cejas y
su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como
el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no sé qué de
dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran
un abismo en cuyo fondo solo se leía nobleza y talento, y á veces,
cuando nadie le veía, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin
hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto
aguileña, acababa de armonizar las líneas rígidas, bellas y magestuosas
de su semblante.

Yaye debia imponer consideracion, respeto ó miedo á la persona con quien
hablase, con arreglo á la situacion ó al carácter de esta persona.

Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que
se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.

Pertenecia Cisneros á otro tipo enteramente distinto: era buen mozo,
bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un
decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de
rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un
baño de córte, y por su trage rico, término medio entre las ropas usadas
por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de
gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las
pragmáticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una
riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos
cuajadas de cintillos: la hipocresía ó el fanatismo estaban
representadas en él, por un rosario de cuentas gordas y relucientes,
sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo demás, unas calzas de
grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de
paño fino de Segovia, completaban su trage.

Desde el momento en que Cisneros se encontró sentado frente á frente con
Yaye, fijó en él una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de
recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia
arreglando sus tizones.

--Hace un buen frio, dijo.

--El invierno se alarga mas de lo justo, contestó Cisneros.

--Y no deben ser las noches muy á propósito para pasarlas al sereno
corriendo aventuras.

--¡Ah, señor duque! estas noches son mucho mas á propósito para pasadas
al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la
figura y en los efectos.

--¿Y cuáles son esas dos cosas que se parecen tanto?

--Una botella y una mujer.

--¡Ah! ¿y habeis pasado de tal suerte la noche el príncipe y vos?

--¿El príncipe y yo?

--¡Qué! ¿no le habeis acompañado?

--No señor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando á otras
rondas que han andado de acá para allá, buscando como sabuesos, y sin
poder dar con lo que buscaban.

--¿Y qué buscaba el príncipe?

--Buscaba á vuestra hija, contestó con una audacia infinita Cisneros.

--Solo se busca lo que se ha perdido, contestó friamente el duque, y mi
hija no ha estado perdida un solo momento.

--Sin embargo no volvió con la córte al alcázar, y se dice ó se decia
anoche de público, que habia desaparecido entre el desórden causado en
el Buen-Suceso, por el incendio del monumento.

--Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vió por un milagro en la
calle, tomó el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis,
está cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcalá, donde recientemente
ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doña
Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisáronme algo tarde de
ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me
habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su
paradero hasta que al amanecer he vuelto á mi casa.

--Pues si vos no me hubiérais afirmado en mi creencia de que el convento
de las Vallecas está en la calle de Alcalá, dijo Cisneros doblando su
audacia, al saber de vuestra boca que mi señora doña Esperanza ha pasado
la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un
casuco en la plazuela de Peranton, que está, por cierto, mas cerca que
las Vallecas del Buen-Suceso.

--¿Quién os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada
profunda y amenazadora en Cisneros.

--Me lo han dicho mis ojos.

--¿Vuestros ojos?

--Si, por cierto.

--¿De modo que vos visteis salir á mi hija de la iglesia?

--No por cierto, aunque en la iglesia estaba.

--¿Habrá habido en esto alguna infamia?

--No, no, señor: el marqués de la Guardia guardará probablemente un
profundo secreto acerca de esta aventura. No es doña Esperanza una dama
cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale
mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.

--¿Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro
como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraña á
él, es decir, que hay quien sabe que el marqués de la Guardia ha pasado
la noche bajo el mismo techo que mi hija?

--Lo sé yo, y lo saben indudablemente los dueños de aquella casa: pero
estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado
al marqués, á quien han prestado diferentes veces servicios semejantes
al que le prestaron anoche.

--Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, á
fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no
engañarme.

Unicamente tras esta palabra brilló una mirada amenazadora en los ojos
de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar á Cisneros.

--Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el
comediante, que me guardaré bien de engañaros. Si vos no me hubiéseis
llamado, yo mismo hubiera venido á veros, porque sé muy bien que el
asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo á contaros todo lo que
sucedió, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera
situacion de este negocio.

Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteció aquel endiablado
incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento,
pensé en ponerme en salvo; pero al huir perdí mi gorra. Habeis de saber,
señor duque, que la gorra que perdí era de mucho valor y que la tenia en
gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echéme, pues, á
pesar del peligro, á buscar la gorra, y á poco que tenté por el suelo,
encontré esta que veis.

Y Cisneros mostró al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida
al lado izquierdo con un joyel de diamantes.

--¿No sabeis de quién es esta gorra? continuó Cisneros.

El duque se encogió de hombros.

--Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqués de la Guardia; la
conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha
ganado hace algunas noches por cien veces seguidas á los dados y habia
quedado definitivamente en poder del marqués.

--Pero si el marqués es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y
de hastío Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado á manos
de otro.

--No, no, señor; estos dias el marqués está en ganancias, y aprecia
mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en
uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar á un dado su
honra, la echó sobre el tapete.

Alegréme, pues, de que habiendo perdido el marqués su joyel, hubiese
venido á dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese
perdido, y me encaminé á cierta mancebía, seguro de encontrarle, porque
el marqués estaba citado con un príncipe aleman, para darle el desquite
de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.

A pesar de que el marqués es todo un caballero y nunca falta á empeños
de juego, de amor ó de honra, dieron las ánimas, hora de la cita, y el
marqués no pareció: dieron las nueve, tampoco: temióse, conociendo su
puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus
amigos fuimos á buscarle á los lugares á que sabiamos que él podia
concurrir.

En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alcázar la
noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como
otros dos concurrentes, pronunciasen á propósito ¡la mujer del
marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien á vuestra hija...

--Fatalidad, murmuró Yaye.

--... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero
posible: yo habia encontrado la gorra del marqués en la iglesia del
Buen-Suceso. Doña Esperanza habia desaparecido de la iglesia. ¿No podia
ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqués, y que en
un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia
ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi
señora doña Esperanza, hubiera faltado el marqués á dar un desquite de
juego.

Sin decir á nadie nada, y calculando á qué lugar mas cercano á la
iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqués á una dama, me
acordé de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fuí á ella,
llamé, me ví obligado á alborotar para que me abriesen, señal clara de
que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunté por el marqués,
me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.

Como la noche estaba fria y húmeda, y era además Jueves Santo, me retiré
á mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando hé aquí que recibo un
recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de órden del príncipe me mandaba
ir al alcázar por el Campo del Moro. Fuí y encontré al príncipe furioso
por la pérdida de vuestra hija. Doña Esperanza ha acabado de volver loco
á su alteza, señor duque, y haremos del príncipe lo que queramos.

--Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.

--Ya conoceis el carácter voluntarioso é impaciente del príncipe:
despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una
manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doña
Esperanza, apeló á la justicia y á la Inquisicion: pagó á peso de oro
alguaciles y familiares, y puede decirse, señor duque, que no ha habido
posada, ni casa pública, ni lugares de sospecha, que no hayan sido
registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se
ha encontrado mal entretenida...

--¡Y en tales lugares buscaba el príncipe á mi hija!

--Los zelos son villanos, señor duque. Pero, á pesar de ellos, tan bien
oculta y en tan buenas manos estaba doña Esperanza, que ni alguaciles ni
familiares pudieron dar con ella.

Poco antes del amanecer, transido de frio y trémulo de zelos y de
corage, se volvió su alteza al alcázar, y viéndome libre, me propuse
llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro,
señor duque. Me fuí á la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de
una taberna, á pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un
ducado, conseguí que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja,
desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba
seguro que se hallaba el marqués de la Guardia.

Poco antes del amanecer se abrió aquella puerta y salió un hombre
embozado, en cuyo talante reconocí al marqués, á la dudosa luz del alba.

Amaneció, volvió á abrirse aquella puerta, salió la dueña de la casa y
poco despues volvió. La acompañábais vos, y tras vos venia una litera
conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doña Esperanza
era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.

Calló concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye
se puso á arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual
Cisneros no podia ver su rostro.

Levantóse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Miró de una
manera glacial á Cisneros y le dijo:

--El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus
funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca
de tus truanerías y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin mí
estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de
Castilla, y aunque tienes habilidad é ingenio para tu oficio, nunca
llegarias á capa de raja.

--En cambio, señor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado
del príncipe. Por mí, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma,
y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los
Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, señor duque;
porque sirviéndoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey
con los traidores cuando los descubre.

--Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta
noche. El marqués de la Guardia, callará. En cuanto á los dueños de esa
infame casa, callarán tambien. Si se divulga en la córte este secreto,
tú solo habrás sido la causa, me habrás hecho traicion, y en cuanto á
los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.

Levantóse tras esto Yaye, abrió el armario donde antes habia dejado en
un secreto unos papeles, y sacó un pesado saco que entregó á Cisneros.

--Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. ¿Lo
entiendes?

--Si señor, dijo Cisneros levantándose y poniéndose el pesado talego
bajo el brazo.

--Vete, dijo Yaye.

--Guárdeos Dios, señor, dijo el comediante inclinándose profundamente, y
salió.

Apenas habia salido, se abrió una puerta, y se le presentó un hombre
membrudo, atlético, de fisonomía noble y simpática, un tanto pálido, de
ojos negros y mirada profunda é inteligente.

Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco años de edad, y llevaba
preseas, armas y coleto de soldado.

--Dios te guarde, Harum, le dijo el emir á quien seguiremos dando su
verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeño.

--Mandad á vuestro esclavo, magnífico señor.

--Hace mas de veinte años que me sirves con una lealtad y un valor á
toda prueba.

--Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magníficamente,
señor: cuando empecé á serviros era walí, y me hicísteis vuestro
secretario; ahora soy vuestro wazír.

--Por lo mismo el servicio que voy á pedirte es mas humilde, mas
degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo
alferez de los tercios viejos de Flandes.

--Y te traigo muy buenas nuevas, señor.

--Dejémoslas para mas adelante. ¿Cuándo has llegado?

--Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais
con la poderosa sultana Amina.

--Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro
de nuestros monfíes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados,
con los cuales cumpliras el decreto que voy á darte.

El emir escribió algunas lineas en caracteres árabes, y entregó despues
el papel donde las habia escrito, á Harum, que dijo despues de leerle:

--Vuestras órdenes se cumplirán, poderoso señor.

--Cuenta con equivocaros: las señas son claras.

--Si, si, señor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda
sobre la puerta, y una reja de madera á la izquierda.

--No sé cómo recompensarte el sacrificio que me haces encargándote de
este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y á veces ni aun
de mí mismo.

--Vos ordenais, señor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el
señor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de
esas gentes. Pero vos las condenais y basta.

--Si, justicia, justicia severa... véte Harum. Mas tarde me hallarás
dispuesto á escuchar las nuevas que me traes.

--Pero esas nuevas, señor...

--Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa
máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.

El leal monfí se inclinó profundamente y salió.

       *       *       *       *       *

Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de
la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija
del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos
gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las
ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que,
saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la
puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian
acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas
sobre un lago de sangre.

Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y
manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de
oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó
estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la
Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al
cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la
justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos,
pudo dar con ellos.



CAPITULO V.

     De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente
     enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.


Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la
sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una
manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que
habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que,
á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de
tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia
verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su
alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se
habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo,
que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro
interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos
que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que
al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?

Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque,
palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su
sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina:
una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino,
emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo,
pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de
unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar
en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian
dar buenos rendimientos.

Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el
primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle
los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la
hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar
á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del
marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las
armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del
matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que
habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo
concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo
irrevocable de su resolucion:

--Me caso.

--Pues yo os digo que no os casareis.

--Me casaré.

--Yo no os daré mi consentimiento.

--Me le dará el rey.

--El duque no os dará su hija.

--Se la robaré.

--No teneis poder para ello.

--Lo veremos.

--Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: «_el duque no os dará su
hija_» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple
herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas
palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia
dicho el jóven estrechándola en sus brazos:

--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

--Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.

--¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.

La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los
cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la
de Amina, tomó una resolucion heróica.

Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto
hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que
Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su
lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que
enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió
perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese
padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su
esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel
enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á
despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han
perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo
el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se
sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba
provisto.

--¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor
duque de la Jarilla?

--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta
cortesanía un asiento.

--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose;
nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

--¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo
he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como
hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino
porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.

--¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de
la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion,
creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su
hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida
en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria
preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case
doña Esperanza?

--Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros;
entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

--¡Reina! exclamó atónito el marqués.

--Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.

El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo,
como contestando á aquella mirada:

--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.

--¿Estais enteramente decidido á ese empeño?

--De todo punto.

--¿Y contais con que vuestra hija?...

--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden:
obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija
piensa como yo, enteramente como yo.

--Permitidme que lo dude.

--Dudad cuanto querais.

--Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.

--Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.

--¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...

--Sé que venís á pedírmela por esposa.

--Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....

--¡Por su amor!

--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven,
sin medir las consecuencias de su dicho.

--Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo:
bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no
mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche:
porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo
quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser
vuestra esposa.

--¡Señor duque!

--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar
de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis
envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como
mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema
felicidad de la posesion de mi hija.

--¡Señor duque!

--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os
he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre
como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose
lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago
pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de
Yaye, que continuó.

--No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra
infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin,
mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por
muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.

--¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que
ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os
hacen desistir de vuestro extraño propósito?

--Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.

--¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?

--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

--¿Y me ama?

--Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!

Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.

--Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos
de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el
pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de
recibo de su padre.

Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó
un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si
hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil,
fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al
marqués, la dijo:

--El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu
mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad:
esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de
buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la
memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás.
Ahora puedes responder al señor marqués.

--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya
palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia
causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con
toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra
esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que
indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo
no puedo aceptar.

--¡Que no podeis! ¡es decir que!....

--No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don
Juan.

--Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar
todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no
quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la
besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del
marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

--Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced
cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas
del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré
algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos:
fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis
reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente
podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo
agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida
que siempre brotará sangre.

--Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

--¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó
con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz
resuelta:

--Tomad mi sangre, señor.

--¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el
emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á
vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla
entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme
con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para
nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente,
como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

--¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo
conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tomó entrambas manos al jóven.

--¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.

--¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la
salvacion de mi alma.

--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven
marqués.

--¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro
extraño empeño?

--No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casará con un rey:
esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.

Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués,
que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en
los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella
casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.

Este se quedó murmurando:

--¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!



CAPITULO VI.

     Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el
     amor de Amina.


Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su
carrera al voluntarioso don Juan.

Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo
curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin
habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia
manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para
que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola
enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al
torrente de las pasiones del marqués.

Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le
sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el
momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven.
Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués
era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas
esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que
el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse
comprometido en un lance desastroso.

Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres,
considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su
belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la _hermosa
duquesita_, por aquella otra singularidad femenina, por aquel
hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los
empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente
de acero de la murmuracion femenil.

El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia
sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se
habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de
otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica
en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin
ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su
boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo,
que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso
de pensar en el matrimonio.

Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de
burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando
de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este
milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas
dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de
que el amor se habia valido.

Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para
dominar al soberbio don Juan.

Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser
codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no
sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la
enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus
maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto
irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no
don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con
toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las
fuerzas que conocemos.

Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió
engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el
desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo
que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era
humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se
sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia
apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de
un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:--No pasarás de
ahí.

Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel
cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde,
caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel
lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando
lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de
impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la
de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una
resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa.

¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la
ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la
fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la
misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la _hermosa
duquesita_, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan
terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que
se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por
objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se
habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le
habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos
ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser
este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador
Felipe II?

Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el
marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.

¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?

Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años.
Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios
repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos
impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada
habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las
damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las
tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor
monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas,
desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo,
sus gentiles-hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle,
encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á
cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura
necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una
prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.

Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la
confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.

Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y
contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en
ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario
deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.

En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria
consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y
cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un
imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era
tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don
Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de
que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado
suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase
destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion
española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la
corona que el capricho del príncipe.

Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos
(que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz
monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla
y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque
era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta;
porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un
rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su
alma por un trono.

Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas
suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian,
le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar
unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los
acompañan: la venganza.

Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para
salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el
duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.

Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de
la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres
costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la
forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede
estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra
suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las
mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido
hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un
mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello
era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto
por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo
pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos
dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces
habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta
entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le
separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á
aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.

No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se
comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte
tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas
convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que,
aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos
de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian
diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas
cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas
aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.

Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de
césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta
sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba
bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba
en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel
cesped. Pero don Juan fue prudente.

En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á
buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus
proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado
á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se
hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas
gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos
objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á
Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor
en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y
sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon
de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina
sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.

Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer
notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus
singularidades.

Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti.
Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos
dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.

No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la
princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus
primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera
delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don
Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó
con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:

--No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy
casada.

Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente
experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una
virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado,
por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de
la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito
pidió informes á sus amigos.

Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.

--Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el
marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de
la princesa.

--¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.

--Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte,
ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de
poseerla.

--¡Ah! ¡ah!

--Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se
encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del
duque del Infantado).

--Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.

--Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la
córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la
reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un
prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien:
lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la
situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la
_casada-vírgen_.

--¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.

--Pues no es ni burla ni exageracion.

--¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?

--¡Bah! lo sabe todo el mundo.

--Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.

--Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.

--Os escucho.

--Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.

--Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.

--La princesa se ha criado en Roma.

--No son tampoco vestales todas las romanas.

--Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su
padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma,
cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á
Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en
el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que
Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado
por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La
habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni
hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco
agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe.
Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en
la cámara nupcial, la dijo:

[imagen: La princesa Angiolina Vizconti.]

--Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad
os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser
vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo
menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os
pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado
mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y
princesa.

--El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.

--No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la
vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por
lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la
honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han
tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del
Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y
que ha salido tan mal parado como todos los demás.

--¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á
un amante?

--¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí
misma. Solo se la ha conocido una pasion.

--¿Cuál?

--La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la
córte la hermosa duquesita.

--¡Ah! exclamó profundamente don Juan.

--Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la
hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que
la ha eclipsado.

--Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la
princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento
brillante que habia concebido.

--Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros,
añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento
inútil, no volvais á pensar en la princesa.

Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion
de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la
princesa, fué á sentarse en ella.

[imagen: El marquesito]

El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo
cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si
don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el
punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era
suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer
conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su
amor.

Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la
mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.



CAPITULO VII.

     La una por la otra.


Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion
de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado
entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una
atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que
seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente,
y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana,
excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros
lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por
ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello
mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma
magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y
brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas,
dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados,
resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no
sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para
aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida,
lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez
no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro,
fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza,
de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus
brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno,
la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de
los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas
bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no
se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no
sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas,
el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é
incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende,
en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando,
por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta
entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la
princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel
caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó
cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible,
de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos
siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso,
siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan
pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años,
á penas representaba veinte.

Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su
viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no
tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de
gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en
ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias,
en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos
azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y
ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos
de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo
extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto
por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior,
al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de
fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y
su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica;
de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices
disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con
su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y
duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura,
y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en
galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El
aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que,
ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no
faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y
hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en
la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese,
brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de
bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un
éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron
codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza
algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables
galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un
empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como
casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban,
la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion
de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en
singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de
una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye);
conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia
sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca,
tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran
prestigio á Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su
inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas
altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_.
Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria,
con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran
las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como
hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á
lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las
riquísimas y faustosas señoras de la córte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban
el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó
mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á
hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente
entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun
fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia
para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto,
podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á
sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano
á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la
princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del
duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase
vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra
colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho
mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion
especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y
altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al
sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con
ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al
saludo del marqués.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y
entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la
situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está
autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito
de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de
galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se
nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas
de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto
la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de
su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para
amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa:
aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras
y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de
la época.

Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que
parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.

Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso,
y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó
con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos
los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre
los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba
una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á
la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi,
el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de
una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó
una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion
decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se
sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:

--Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.

--Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está
siempre dispuesto á serviros.

--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me
sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire
libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis
acompañarme, señor marqués?

Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.

Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada
indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era
la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla
la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la
mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció
aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian
juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se
hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan;
que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la
conversacion de todos.

--¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el
zaguan.

--No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada
del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia
conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy
bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y
se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta
hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

--¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

--¿_Para que vayais_? Contestó la princesa subrayando con su intencion
particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa,
no venís vos tambien?

--¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os
acompañe?

--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva
de guia?

--Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

--¿Quién sabe?

--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha
notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he
notado que alguien nos sigue.

--¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche
tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y
que nos sigan en buen hora.

--Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo
singular; os estremeceis toda.

--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco
viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho
bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á
Angiolina.

--Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.

--¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.

--¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata
de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando
habeis necesitado de alguno que os acompañe.

--¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?

--Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera
de vuestros conocidos.

--Pues os habeis engañado.

--¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?

--¡Oh! ¡si!

Y aquel ¡_oh_! ¡_si_! de la princesa equivalia á decir: _yo os amo_.

Don Juan se hizo el torpe.

--Pues no tengo motivos para creer... dijo.

--¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma
impaciencia la princesa.

--¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

--¿Y qué os he dicho?

--Que no podeis amarme.

--Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando
contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

--¡Ah señora!

--Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me
ofendió.

--¡Ah! me comprendisteis mal.

--No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres,
sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en
vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os
ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí
que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante
mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que
os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

--¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas
perfecta admiracion.

--Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer
que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.

--¡Ah! ¡zelos infundados!

--¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.

--Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas
mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.

--¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!

--¿No os he dado bastantes pruebas?

--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia
amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el
corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.

--Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.

--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino
respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava,
pero solamente suya.

--¿Y vuestro esposo?

--Solamente vuestra.

--¿Pero no considerais?

--Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.

--¿Pero el mundo?...

--¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga
señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es
al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el
nombre de querida vuestra será mi orgullo.

--Pero puede evitarse que el mundo sepa...

--¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no;
yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no
amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar
en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis
criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que
quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con
vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar
por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.

¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su
ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á
la _hermosa duquesita_?

Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un
empeño por el marqués y aborrecia á Amina.

Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma
al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.

--¡Mi adorada Esperanza es mía!

Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes
locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta
principal llamó el marqués.

Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina
pidió luces.

Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se
asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada
de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta
dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones
particulares.

Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una
preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al
ver al marqués.

--La cena, dijo la princesa quitándose el manto.

La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus
doncellas hasta el otro dia.

       *       *       *       *       *

Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó _sotto voce_ en
el palacio del duque del Infantado.

Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de
la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde
pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue
comisionado para seguir á la pareja.

El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la
princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian
vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa
habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al
marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que
llegó á los de Amina.

La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en
la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia
comprendido que la robaba su amante.

Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe
terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente
enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su
casa.

Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.

--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia
de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.

Quedóse por un momento Yaye pensativo.

--Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro
la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa.
Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de
esa mujer encuentres, á la sultana.

       *       *       *       *       *

Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se
despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete,
atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos
palmadas.

Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una
puerta un hombre.

Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años,
y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian
algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de
Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de
paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la
enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa
se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro,
vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el
otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el
corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas,
ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma,
calzados por zapatos de ante.

La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su
parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:

--Sígueme, Bempo.

Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y
desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos
cofres.

Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un
brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.

--¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.

--Para que lo vendas, contestó la princesa.

--¿Y qué he de hacer con el dinero?

--Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la
Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por
dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha
existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la
Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe
gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son
noticias acerca de la duquesa y pronto.

--¿Y cuando he de partir?

--Mañana.

Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.



CAPITULO VIII.

Zelos italianos.


Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el
marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado
al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba
de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes,
con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo
una mujer.

Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva
sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia
momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos
descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen
de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del
marqués.

--Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas
hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea
serlo.

Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.

Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.

Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.

Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció
de placer: pero aquel placer era el de la venganza.

Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era
ya para ella el amante frenético... hacia mucho tiempo que faltaba dias
enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas
las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio
de la duquesa.

Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos
un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.

Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es,
al oscurecer.

Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.

--Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.

El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.

La princesa le llevó á un retrete apartado.

Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones
contiguas y despues las del retrete.

--¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado
tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?

--Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie
sepa que he sido vilmente engañada.

--¡Que yo te he engañado!

--¡Si! ¡no me amas!

--¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues
por quién estoy loco?

--Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por
qué, la _hermosa duquesita_.

--¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas
hermosa del mundo?

--Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el
corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!

--La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la
Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo
ilustre de su cuna.

--Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.

--¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!

--Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era
conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí
de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña
Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias,
que las hace semejantes á una naranja con forma humana.

--¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?

--No es que lo creo, tengo la prueba de ello.

--Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.

--Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion
escrita y la he aprendido de memoria.

--¿Y quién ha escrito esa relacion?

--La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á
la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo
de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha
estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á
beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido
entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen
que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que
ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la
herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa
mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan
general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de
la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza;
unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria
española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita
de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique
indio.

--Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y
espero con impaciencia esa historia.

La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés
de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se
reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando
enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:

--Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y
conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas
remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de
Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.

Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo
de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De
este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que
en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba
solo catorce años.

Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella.
Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba
aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas,
donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era
necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan
bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.

--¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los
hombres de aquellos tiempos eran atroces.

--El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje
por amor á su hija.

--¡Extraño amor el de ese padre!

--Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos
ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo
género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando
murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el
tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el
duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los
rebeldes, y el rey se lo concedió.

--¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á
su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.

--Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que
los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta
generacion.

--El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas,
aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores.
Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando
mucho tu cuento.

--Mi historia, don Juan, mi historia.

--Sea en buen hora; pero continúa.

--Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á
Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la
guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas
riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de
aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de
la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas
atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase
solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo
parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y
determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos
años mas.

--Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las
pérdidas.

--Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero,
á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque
para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á
aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.

--Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.

--Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan,
que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto
no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el
adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron
consigo á doña Inés.

--Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros
se casó con la hermosa castellana.

--¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa,
tú ó yo?

--Perdóname, pero...

--¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á
ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó
doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.

--Pues no puede ser mas sencilla.

--De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos
se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas
sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la
Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al
desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por
último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le
declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin
remedio antes de seis meses.

--¿Y se volvió?

--Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar
de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y
despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no
su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su
vida, bajo el templado cielo de Andalucía.

El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.

Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.

--Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu
historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.

--Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden
una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos
en la tercera parte.

Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque
salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada
su hija por los indios.

El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos
lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su
venida á España en Granada, pero la encontró muerta.

--¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.

--¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?

--¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija
perdida?

--Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al
pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada,
encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada,
pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al
parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y
cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en
la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa
y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres
fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.

--¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.

--Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al
recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un
rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en
una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado
al parecer con puñal, navaja ó daga.

--¿Y sirvió esta observacion para algo?

--Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana,
fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana
siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente
con un aleman en cuya casa vivia.

El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el
cacique mejicano.

--¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?

--Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu
duquesita.

--¿Y por qué crímenes le habian preso?

--Por el de traicion al rey.

--¡Traicion al rey!

--Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de
darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia
declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don
Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal
que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban
convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union
con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de
doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.

--¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?

--¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores,
gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que
incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!

--¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?

--Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique,
has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante
gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el
levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y
ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los
caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan
general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que
al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres
expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su
hija... á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años
antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco,
no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de
doña Inés de Cárdenas?

--Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas,
y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió
engañarse.

--La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los
ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se
tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan
achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su
señora doña Inés de Cárdenas.

--No conozco el proceso.

--Pues bien, voy á dártelo, porque ya me cansa esta historia, y en él
verás lo que dejo de decirte.

La princesa se levantó, salió dejando profundamente pensativo al
marqués, que á duras penas habia sostenido su serenidad, y volvió,
trayendo un enorme volúmen de papeles.

--Aquí tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer
que amas es digna de tu amor:... en él encontrarás que la duquesa de la
Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del
duque de la Jarilla, siempre será la nieta de un indio y la hija de un
hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.

--¿Quién piensa en que yo ame mas que á la luz de mis ojos? dijo don
Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hácia sí á la princesa, y
dándola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es
muy interesante.

--¡Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del
marqués: ¿por qué esforzarte tanto en disimular el interés que te
inspira la historia de la duquesita?

--¡Ah, no! dijo indolentemente el marqués: cosas hay en el mundo que al
principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.

--¿Y será para tí una de esas cosas la historia que se encierra en este
proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada
candente.

--Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el
talle de la princesa y estrechándole amorosamente, acabaran por volverme
loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas.

--¡Ah, don Juan! tú eres mi primer amor, el primer amor que se ha
cruzado á mi paso en los veinte y seis años de mi vida; por tí he
olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido á
una mujer á quien acaso, no mediando, tú habria amado; para darte á
conocer en parte á esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso
por el escribano de cámara de la chancillería de Granada Alfon de
Villasante: ahí estan los derechos jurados al pié de cada testimonio,
que valen una buena suma de maravedises.

--Permíteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una
extravagancia de tu amor.

--¡Una extravagancia!

--Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas
exacta: ademas, si yo amara á doña Esperanza, lo que no es posible
amándote como te amo, ¿no comprendes que todas estas singularidades, lo
misterioso de su orígen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo
es ó ha sido rey..... siquiera de idólatras; las desgracias de su
familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?

Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle
que lo contenido en el proceso respecto á Esperanza; no queria
preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto á la
duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.

La princesa palideció densamente; miró de una mas manera sombría á don
Juan y exclamó trémula de cólera:

--Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te
amo, no se engañan: pues bien: contaré á todo el mundo esa historia que
habia comprado para tí solo, y veremos si te atreves á amar á una mujer
á quien todo el mundo señale con el dedo: todo el mundo no tiene los
mismos motivos que los oidores de la chancillería de Granada, para creer
á ciegas cosas tan extraordinarias.

--Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia,
que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque
sin motivo, á doña Esperanza, y no querrás ser la causa de que se haga
adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. ¡Bah! no
sé qué motivos tienes para desconfiar de mi amor.

--Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes
para que te apartes de esa mujer, voy á revelarte un secreto terrible:
tu padre murió á hierro.

--¿Qué quieres decir, Angiolina?

--Tu padre el marqués de la Guardia apareció una mañana muerto á
estocadas en una oscura calleja del Albaicin.

--Es verdad.

--¿Sabes quien le mató?

--No pudo averiguarse quien fue el asesino.

--Pues yo te lo voy á decir: el asesino de tu padre es don Juan de
Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla.

--¡Eso es imposible! gritó, perdiendo los estribos el marqués; mientes;
¡mientes de una manera infame!

--¡Ah! exclamó Angiolina, poniéndose la mano sobre el corazon, como si
hubiese recibido en él una puñalada: tu amor por esa mujer se revela al
fin en una frase descortés, lanzada al rostro de una dama; pero me has
dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he
dicho la verdad, por mas terrible que haya sido.

Y la princesa salió de nuevo precipitadamente y volvió con otro papel en
la mano, que entregó á don Juan.

--¡Lee! ¡lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion
dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada.

El marqués leyó aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus
ojos, vaciló, dejó caer el papel de las manos y se vió obligado á
sentarse en el estrado.

--¡Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y
guardándolo; horribles crímenes, y homicidios hechos por ese hombre; la
certeza de que es rey de los monfíes, por declaracion de un monfí; los
deshonrosos zelos de ese hombre hácia su esposa, todo está aquí,
escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que
todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un
bandido. ¡Oh! ¡las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar!
¡cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! ¡Oh! ¡estoy plenamente
convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido
bastante hermosa, ó por vanidad ó... no sé por qué.[..]! ó, tal vez, y
si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una
mujer digna á una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin
que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has
creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has
perdido el corazon y el pudor... pues bien, me vengaré don Juan, me
vengaré: pero de una manera horrible: ¡te juro por la salvacion del alma
de mi madre que me vengaré!

Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una
hermosura que causaba miedo, salió dando un portazo y dejando solo á don
Juan.

El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina,
quedó abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la
enamorada princesa.

Don Juan permaneció algun tiempo inmóvil, luego tomó silenciosamente el
testimonio y salió, primero del retrete y luego de la casa.



CAPITULO IX.

     De la no menos extraña aventura que sucedió al marquesito mientras
     rondaba á la hermosa duquesita.


Don Juan se encaminó á su casa y se encerró en su cámara dando órden de
que por nada ni para nada le importunasen. Sentóse junto á una mesa y se
puso á hojear el testimonio.

Pero tenía la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia
dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas
palabras:

--El emir de los monfíes de las Alpujarras es el asesino de tu padre.

Don Juan no pudo leer una sola línea: una niebla de color impuro flotaba
entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraña envolvia su
espíritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran
exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas
noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo:
si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indígena
mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo é incitante que habia tenido
ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende
los mares, como esclavas ó esposas de los españoles de la conquista del
Nuevo Mundo: el carácter del duque tenia mucho de escéntrico, de
poderoso, de extraordinario: don Juan recordó el extraño capricho del
duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion
de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca
imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y á despecho suyo su
amor por Amina: esto parecerá extraño á alguno que creerá que don Juan
debia mirar con aversion á la hija del matador de su padre: pero debe
recordarse que el marquesito extrañaba sobremanera el contesto de aquel
versículo de las sagradas escrituras que dice:

_Yo soy el señor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los
padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos
que me aborrecen._

Don Juan no alcanzaba la profunda filosofía de que estan nutridos los
libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun él, hacia
responsables á los hijos de las faltas de los padres.

Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual
únicamente se explica aquella terrible é inapelable sentencia: Don Juan
no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias
de los crímenes de los padres alcanzan necesariamente á los hijos.

Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era
necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de
aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros.

Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon,
y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido á su
tio: no habia conocido á su padre y no le amaba: si le habia irritado el
saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el
padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido á
buscarle y le hubiera dicho:

--Vos matásteis á mi padre y yo voy á mataros aqui mismo, como quiera
que os encontreis: si quier sea en pecado mortal.

Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto
á acordar de ninguno de los dos difuntos.

Pero á despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer
justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en
causa propia es necesario estar justificado á los ojos de aquel á quien
debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su
conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con
tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija:
entonces creia comprender por qué razon el duque ó el emir de los
monfíes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado
con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los
labios del duque estas ó semejantes palabras:

--Maté al padre por calumniador ó seductor de mi esposa: no quiero matar
al hijo por corruptor de mi hija.

Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de
Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba á
doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su
vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al
marqués, sin duda justamente: el hijo del marqués habia herido de una
manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues,
no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto á Amina...

Amina habia aumentado en valor á los ojos del marquesito de una manera
prodigiosa: su empeño por ella se habia centuplicado. Era necesario á
todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra
del difunto marqués lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le
agradase: era necesario conceder, á pesar de lo mucho que se habia
hablado acerca de la pérdida de la duquesita, que esta tenia un
prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente
rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las
riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la
maledicencia, que á pesar de haber sabido toda la córte que habia estado
perdida toda una noche, se creyó lo del convento de las Ballecas, y
nadie sospechó siquiera que su pureza se hubiese empañado: todo el mundo
creyó lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni
su hija, ni sus criados, habian dado á nadie explicaciones, y por otra
parte, muertos los cómplices de don Juan, é interesado este por la honra
de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que
hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros,
estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte,
tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido
bajo su palabra.

Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su
pérdida en los parajes mas públicos con la frente alta y radiante de
pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre
cuando se mira frente á frente al mundo con la expresion de la dignidad
y del orgullo.

La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era
conocida de Yaye, de Amina, del marqués de la Guardia y del comediante
Cisneros.

El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado.

Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de sí, don Juan salió
de su casa y se encaminó á Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su
palacio Yaye.

¿A qué iba allí el marquesito? A pasearse por la calle, á mirar las
ventanas de su amada, á ocultar en la sombra y el silencio el dolor de
sus amores. ¿Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo
alguna vez? ¿Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz
ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez
para nosotros encantos indefinibles? ¿No hemos esperado ver una sombra
tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro
pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices?

A eso pues iba don Juan á la estrecha calleja á donde daban algunos
balcones de los aposentos de Amina: á estar mas cerca de ella; á espiar
su sombra en los cristales de los miradores.

Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de
tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia.

Cuando llegó don Juan frente á frente de un postigo de la casa de Yaye y
debajo de un balcon cubierto con celosías, se ocultó tras uno de los
postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso á atalayar el
balcon, á través del cual se veia el reflejo de una luz.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa
noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad,
no asistia á las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de
enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito
estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras
las celosías, y permanecia allí una hora, mirando á la otra sombra opaca
que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del
balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se
alejaba suspirando.

Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratándose de la
casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en
la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza.

Haria tres dias que don Juan no habia asistido á aquella cita tácita, á
aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con
el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo.

Por lo mismo, y á pesar de la máquina de pensamientos que se revolvian
en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su
ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosías del
balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba allí: don Juan para no ser
visto se ocultó detrás del poste, desde el cual hacia su acostumbrada
atalaya, y esperó.

Pasó un cuarto de hora, media hora, que marcó lentamente la campana de
un relój dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqués oyó
unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; luégo
apareció una sombra tras las celosías, y se apoyó en la balaustrada del
balcon.

Don Juan permaneció oculto.

Poco despues la sombra se retiró con un movimiento de despecho, y se
entró en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oyó el
preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba.

¿Pero qué cantaba?

La armonía era lánguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto
de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. ¿Pero en qué
dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no
podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de
la jóven, se comprendia bien á qué género pertenecia su canto.

¿Pero á qué aquel dialecto extranjero?

Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan, ó por mejor
decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina.
¿Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia
en una de las brabías y gigantescas selvas del desierto mejicano?

Pero no, no podia ser. ¿Cómo un pueblo idólatra, y salvaje, segun creia
don Juan, podia haber llegado á expresar en sus cantos tan dulce
sentimiento, tan lánguida, tan triste, tan suspirante armonía?

Aquel canto no era el canto rudo y monótono de un pueblo primitivo, sino
el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus
entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por
medio de la música, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los
pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los
ángeles. Don Juan comprendió en aquel canto, que para él no tenia
palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra
lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de
poseerle. Las notas de aquel canto caian una á una en el corazon de don
Juan, y aumentaban su amor, sobreponiéndole á todo otro pensamiento; y
decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los
sentimientos espansivos, puede crecer comprimiéndose hasta hacer
estallar el corazon que le contiene.

Amina cantó algunas estrofas; despues cesó, y el marqués oyó el sonoro
gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que
la habia sostenido.

La duquesita volvió á aparecer en el balcon.

Don Juan iba á dejarse ver, cuando sintió pasos de dos hombres en la
calle y se detuvo, y se ocultó mas, para dejar pasar á los importunos.
Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al
postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de
ellos se acercó al postigo, sonó una llave en la cerradura, abrióse el
postigo, y uno de los dos hombres entró. Aquel hombre no era el duque,
ni tenia su altivo continente, ni su gallardía. El otro hombre se habia
quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cómodamente, en
el dintel del postigo.

Amina continuaba inmóvil en el mirador.

En el primer momento el marquesito sintió en sus oidos un zumbido sordo,
terrible; luego la sangre se agolpó á su corazon, un movimiento salvage
de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un
marido engañado, le agitó de piés á cabeza; sintió al fin un horrible
vértigo, el vértigo de la venganza, y, saliendo de repente de su
acechadero, desnudó la espada, y se fue con ella de punta hácia el
hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y á quien no dejó,
como suele decirse, en el sitio, porque la cólera, haciendo errar el
golpe al marqués, salvó á aquel hombre por un momento.

La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia
clavado en ella fuertemente.

El bulto se habia puesto de pié y habia desenvainado su espada.

El marqués con un violento esfuerzo desclavó la suya, y se fue para
aquel hombre, que le esperó con una serenidad que demostraba bien claro
que se trataba de un valiente.

Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los
aceros.

Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra.

El marqués acometia, y el incógnito se mantenia firme.

Pero muy pronto se vió obligado á retroceder ante el furioso ataque del
marqués; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqués le hizo
cejar á todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, aflojó en
la defensa, y el marqués le alcanzó con una terrible estocada.

Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cayó redondo en
tierra, sin pronunciar una sola palabra.

--¡Ah! exclamó don Juan: ¡ahora me queda el otro, y despues el duque, y
luego su hija!

Como ven nuestros lectores, el marqués, en su zelosa rabia, queria
exterminar á medio mundo.

Cuando llegó al postigo, se volvió á él con visible intencion de llamar.
Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqués tocase al
llamador, se abrieron con extruendo las celosías, y la dulce y grave voz
de la jóven dijo con ansiedad:

--Esperad, don Juan; yo os lo suplico.

El marqués se detuvo; permaneció inmóvil y como anonadado algunos
segundos, y luego exclamó con un acento en que se exhalaba una alegría
infinita:

--¡Ah!; eres tú!

Aquel ¡eres tú! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de
pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volúmen.

--Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: ¿habeis muerto á ese hombre?

--No lo sé.

--¿Estais herido?

--No.

--Pero pueden encontrar á ese hombre muerto ó herido: vos, os conozco,
no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si veníais: os hubiera
hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros...
¡Dios mio!

--¿Y qué podria sucederme peor que lo que me sucede? exclamó con
desesperacion el marqués.

--Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid
adelante junto á la pared hasta que encontreis una reja: trepad por
ella; encima hay un balcon: voy á abrir ese balcon.

--¡Oh Dios mio! exclamó el marqués dominado por un intenso sentimiento
de felicidad.

Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon,
pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.

--¡Oh, Esperanza de mi alma! exclamó el marqués.

--Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.

Y diciendo esto conducia al marqués asido de una mano á través de
habitaciones oscuras.

Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:

--Júrame, don Juan, que serás prudente: te voy á llevar á un lugar donde
mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.

--¿Y para qué? dijo el marqués que lo habia olvidado todo: escuche yo tu
voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.

--Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.

--¡Ah! exclamó don Juan, como quien despierta de un hermoso sueño.

--Pues bien, es menester que sepas por qué ha entrado y á qué ha entrado
ese hombre aquí: sígueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas:
silencio y prudencia.

Don Juan se dejó conducir por la duquesita, que le hizo atravesar
algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que
penetraba un débil resplandor á través de unas puertas vidrieras,
cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.

El marqués levantó imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra
vidriera observaba Amina: los dos jóvenes estaban asidos de las manos.

En la habitacion inmediata habia dos hombres.



CAPITULO X.

     Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.


Uno de aquellos hombres era jóven, como de veinte y dos años.

Aquel hombre era el príncipe de Asturias don Carlos de Austria.

Estaba sentado y cubierto.

El otro hombre estaba de pié y descubierto.

Era Yaye.

El príncipe, á pesar de sus pocos años, era uno de esos seres
repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su
palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez
prematura que sobre aquel semblante lívido aparecia, y la fosforescente
insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido
mucho á causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su
padre, se adivinaba que el temblor de la cólera era su expresion
habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba
flaco, muy flaco.

--En verdad, en verdad, decia el príncipe, en el momento en que el
marqués y Amina podian escucharle, no pensaba que tú, un oscuro
aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el
bueno de mi padre en la córte, cuando hay mas de una lengua maligna que
habla mal de tí, te atrevieses á representar una farsa tan grosera
conmigo. ¡Ya se vé! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te
prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las
condiciones, duque. Ya que no ha salido á recibirme tu hija, segun
esperaba, te confieso que me molesta estar á estas horas en conversacion
contigo. ¡Por mi patron Satanás que esta es una treta que no te
perdonaré nunca, duque!

--Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del
mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.

El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó
á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.

--En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una
ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan
misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin
embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces,
ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que
mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina.
Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula
desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro
que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de
pié y contestó:

--Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo
cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo
sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que
vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis
criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre
entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé.
Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros,
no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de
relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el
marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la
suya.

--¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó
acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta,
traidor?

--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista
de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta
pregunta.

El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y
nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de
lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la
rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo
en sus manos.

El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:

--Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó
en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero
francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano
sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.

Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al
oido de Amina:

--Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.

--¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.

--¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.

--Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto
Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al
tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo
al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el
hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las
Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios
y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que
eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.

Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.

--Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana,
y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero
francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una
baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia
mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La
noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con
el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel
aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba
la corona de su padre.

El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante
su juez.

La voz de Yaye era solemne.

--¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época
de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran
sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y
allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la
vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América:
allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de
hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han
arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir
á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de
las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y
vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á
sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados,
reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en
esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados
por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del
consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de
guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los
rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros
pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la
desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las
praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los
cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os
horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble
avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y
sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen
América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta
por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de
infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un
rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis
apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada:
allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las
doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se
degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí
tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los
gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de
España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si
quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí
tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus
tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el
saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y
aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores,
bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los
castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros
se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la
ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los
innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey.
Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus
comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote
sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande,
poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina
por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se
levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de
su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra
á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró
por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo
del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es
otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

[imagen: Tomad: leed.]

El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo,
dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y
solemne de Yaye.

Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don
Carlos continuó de pié.

--Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion
declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de
Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para
ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de
Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra
vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su
corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y
vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que
tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á
primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y
en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba
protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la
cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.

--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta
es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.

--¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe
reteniéndola.

--Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson
excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra
persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de
un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las
apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven,
robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.

--¡Vos!

--Si, yo.

--¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia
venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?

[imagen:--¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!]

--Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo
tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte,
como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me
interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia
ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de
Nassau, le esperé en el camino.

--¡Y le matásteis!

--No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de
vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera
de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y
me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado
mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los
Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias
que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me
entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el
príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la
órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de
Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por
algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo
en una venta del camino.

Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.

--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales
pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que
podian servir.

El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos
terribles papeles.

--Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.

--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.

--¿Y qué creeis que debo hacer?

--Reinar.

--¿A todo trance?

--A todo trance.

--Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.

--Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos
valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en
nuestro daño.

--¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?

--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en
estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de
Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene
contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable,
sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea
gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe
fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo
tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer
por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos
á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.

--¡Y vos!...

--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las
dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario,
que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos
príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa
habeis entrado con intencion de deshonrarle.

--No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.

--¿Cuál?

--Amo á vuestra hija.

--¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?

--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

--¡Sed rey!

--¡Cómo!

--¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.

--Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.

--¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!

--¡Pues bien, lo seré y pronto!

--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

--Esperaré: pero...

--Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la
habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo,
aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada
lúcida.

--¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú,
Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!

--El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien,
¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á
sagrados deberes?

--¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!

--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.

Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió
la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y
la besó en la frente.

--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este.
Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es
necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo.
¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...

Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la
puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas
habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su
aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.



CAPITULO XI.

     Lo que puede el amor de una mujer.


La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus
cuadros, sus tapicerías, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello,
lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y
la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de
plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes,
era de brocado de tres altos.

Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia
llegado hasta allí maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano
de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadáver.

Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus
negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que
queria escudriñar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del
marqués, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, á causa de los
terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.

Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado
satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su
ignorancia.

Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven
atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante
un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que
jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

--Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués
comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á
pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré
acerca de ello un profundo secreto.

--¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que
fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone,
y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha
puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy
bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:

--Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas,
Esperanza.

--Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se
habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad;
llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus
locuras has hecho desgraciada.

--¡Mis locuras!

--Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera
italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con
ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de
tus amores por arrebatarte á esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar
estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus
amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:

--Yo me veia desdeñado por tí.

--Desdeñado no: alejado si.

--Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame á otra ¿por qué
eres desgraciada?

--Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.

--He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jóven.

--¡Olvidar! ¡olvidarme!¡y para olvidarme...! ¡á mí! ¿has recurrido al
amor de esa mujer? lo repito: me he engañado: yo pensé que valias mas,
infinitamente mas que lo que vales.

Don Juan conoció que habia incurrido en una necedad, y para remediarla
incurrió en otra, como sucede generalmente á todo el que quiere salir de
una posicion falsa sin confesarse vencido.

--Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.

--Un hombre que ama á una mujer y no puede obtenerla, la obtiene ó
muere; pero no intenta ultrajarla, contestó con dignidad Amina.

--¿No me he puesto á tu paso? contestó apelando á la dulzura el marqués.

--Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando á
otras á mis ojos.

--¿No he venido todas las noches á esa calleja?

--¡Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por
mi amor, te llamase!

--¡Oh, y cuán cruel eres, Esperanza!

--Y al fin te he llamado; y al fin estás en mi aposento, solo conmigo,
en medio de la noche.

--¡Oh! ¡Esperanza!

--Pero ya sabes para qué y por qué te he llamado: ahora don Juan es
necesario que nos separemos.

--¡Con que es decir que me has llamado para que sepa que el príncipe va
á ser tu esposo!

--Si mi padre lo exige, lo será.

--¡Es decir que no me amas!

--Nunca debimos unirnos, don Juan.

--¿Que nunca nos debimos unir?

--No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.

--¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!

--Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.

--¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que
eres... y se detuvo.

--Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.

--¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.

--Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos,
cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.

Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo,
y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus
facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la
princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió
delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras,
solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á
las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á
Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje;
entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color
moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante;
parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad
salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable,
le decian:

--Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las
Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los
rebeldes del desierto.

Esta era la única solucion que, contando con los antecedentes que tenia,
encontraba el marqués á tales misterios.

--En vano te obstinarás, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la
perplejidad del jóven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo
sabrás la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso
será necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se
viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo
revelarte.

--¿Pero nada puedo esperar?

--Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por mí.

--¡Oh! ¡y qué sacrificio no haria yo por tu amor!

--Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvidé por tí mi
condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora
á la córte del rey de España, para desempeñar al lado de la reina un
servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de
mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente
necesidad de amar: llegó un dia en que oí hablar de tí; se ponderaban,
tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los
ociosos de la córte habian unido nuestros destinos de una manera
extraña: á tí te llamaban _mi hombre_, á mi, _tu mujer_. Era necesario
que yo te viese, para que pudiera contestarme á esta pregunta que me
habia hecho con cólera al escuchar aquellas extrañas palabras.--¿Qué
puede haber de comun entre ese marqués tan ponderado y yo? Pero cuando
te ví al fin, cuando ví tu semblante al reflejo de la luna despues del
incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando
sentí llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamándola, llenando
su vacío con un fuego divino, abriendo para mí una nueva vida; la vida
del amor.... ¡Oh! entonces comprendí lo que el mundo habia encontrado de
comun entre nosotros; entonces comprendí que tú eras mi hombre; mas
todavía: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.

Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo
gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por
orgullo; brotó á él la pasion; acreció su palidez, sus ojos lanzaron un
fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trémulos y
entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina,
el del marqués resplandecia tambien.

Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene
palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente;
situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior á la que
puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los
latidos de este que se oyen; un no sé qué de sobrenatural, de
fantástico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama
criatura, hablan por sí mismos con un lenguaje mas elocuente, mas
sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que
se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa
como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el
alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el
ángel de redencion y de perdon, ó el demonio de perdicion con que Dios
glorifica ó condena á un hombre sobre la tierra.

Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su
hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere
porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia
levantado á una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio
aéreo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.

--¿Con que me amas? ¿me amas? exclamó con delirio.

--¿Si no te amara viviria? exclamó Amina. ¿Si no te amara te hubiera
introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no
dudases de mi? ¿si no te amara me importaria algo que dudases ó no?

--Y bien; si me amas, ¿por qué no ser mi esposa?

--Júrame que jamás levantarás el acero contra mi padre, y te prometo, te
juro, que si no soy tu esposa, no lo seré de otro.

--¡Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi
madre, y por mi honor.

--Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantándose con
enerjía; ¡por tu honor no!

--¿Por mi honor no? exclamó levantándose asombrado el marqués.

--¿A qué llamais los castellanos honor? exclamó con desprecio Amina; á
servir ciegamente y como viles esclavos á un rey tirano; á un rey á
quien el Altísimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un
pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz,
rica y próspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi
estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo
añada á mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id,
conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que
yo sea rico, grande y fuerte, á costa de la pobreza, la abyeccion, y la
debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey
os dice: id á llevar el luto, la servidumbre y la deshonra á otros
paises, vosotros llamais honor á la obediencia que os pone las armas en
la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, á apoderaros por fuerza
de lo que no es vuestro; á robar lo que Dios quiere que sea respetado.
¡Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende
la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete á los
tiranos y los vence ó sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el
honor ni la gloria; llamais honor al crímen y gloria á la infamia. No;
yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu
alma, pero por lo que tú crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo;
ese honor te obligaria á delatar á mi padre, á entregarle al verdugo;
ese honor te obligaria mañana á degollarme ó á contribuir á que fuese
vendida como esclava: ese honor te separa de mí.

--¿Luego eres enemiga de los castellanos?

--Si, enemiga á muerte.

--¿Y por qué entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu
camino, y no procures unirte á mi porque un abismo nos separa?

--¡Oh! ¡los hombres son cobardes, muy cobardes! exclamó con acento frio
y acerado Amina; ¡el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer!
¡nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud,
felicidad! ¡nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ¡ellos no saben
sacrificarnos nada! ¡Ya se vé! ¡la mujer ha nacido para ser esclava!
¿por qué te amaba antes de conocerte? ¿por qué, si en aquellos momentos
me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? ¡Oh, vosotros
no amais! ¡vosotros..! ¡ni aun siquiera comprendeis de cuánto es capaz
una mujer enamorada!

--Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime
del amor, sígueme.

--¡Abandonando á mi padre! ¡No! ¡jamás!

--¿Con que en el momento de la prueba retrocedes? ¿Con que no has
pronunciado mas que palabras vanas?..

--Escrito está en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el
hombre abandone la mujer á su padre y á su madre; pero no está escrito
en ninguna parte que la mujer asesine al hombre á quien ama.

--¿Es decir que si me siguieses abandonando á tu padre?..

--Allí, á donde quiera que nos ocultásemos, iria la venganza de mi
padre: venganza terrible, implacable, fria: ¡oh, qué horror! cuanto he
podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder;
todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificaré... pero no
me pidas tu propio sacrificio, ¡eso jamás!

--¿De modo que será forzoso que nos separemos?

Amina fijó en el marqués, con una ansiedad indescribible, sus hermosos
ojos, que á pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de
lágrimas.

--Separémonos mas bien, dijo: olvídame si puedes; en cuanto á mí... yo
nunca te olvidaré.

--¿Y para esto me has llamado?

--Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado
encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras
visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para
decirte:--«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo:
durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre:
cuenta conmigo.»--Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos
habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en
ella; por esta razon has conocido graves secretos.

--¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y
absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey
cuánto he visto y cuánto he oido..!

Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:

--Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.

--¡Ah! ¡serias feliz!

--Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi
amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy
feliz, mucho.

--¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.

--Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas
que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por
juguete.

Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.

--¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de
si el marqués que sufria horriblemente.

--El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros;
aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion,
nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los
muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos
á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de
mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?

--Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le
ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu
casa.

--Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España,
dijo con sarcasmo Amina.

--Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo
primero.

--¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.

--¡Que lo espere todo de tí!

--¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es
grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo
que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es
necesario esperar.

Al oir la palabra _corona_, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.

--Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea
la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida,
perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy
dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los
tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para
tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á
separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu
lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora,
siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien
ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo
pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad
que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces,
don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva
este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el
hierro enemigo no te tocará.

Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una
placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos
caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la
cadena al cuello.

--¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando
apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de
Amina.

--Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso
que nos separemos, don Juan.

--¡Separarnos!

--Si; es necesario de todo punto.

--¿Y cuándo nos volveremos á ver?

--¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez
nunca.

Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura,
abrió un balcon y miró á fuera.

--¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...

--¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme
de tí!

Oyéronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.

--¡Mi padre! exclamó Amina: ¡vete!

Don Juan la estrechó rápidamente entre sus brazos, Amina se escapó de
ellos, y empujándole hácia el balcon, le dijo:

--Vete... ¡y no me olvides!

--¡Adios, vida de mi vida! dijo el marqués: ¡jamás te olvidaré!

Y echándose fuera de la balaustrada del balcon, se descolgó por una reja
á la calle.

Cuando estuvo en ella, Amina se asomó al balcon, y dijo conteniendo mal
sus sollozos:

--Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenderás cuánto estás
obligado á amarme.

Dicho esto, arrojó una carta á la calle, desapareció de la balaustrada,
y se oyó el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.

--¡Oh, Dios mio! exclamó don Juan recogiendo la carta: ¡esto es para
volverse loco!

Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encaminó á buen
paso á una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un
farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el tétrico
nicho de un Ecce-Homo.

Para llegar allí, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde
habia caido muerto ó herido, el hombre que habia quedado aguardando al
príncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.

El marqués no miró á aquel sitio, ni se acordó siquiera de que allí
acaso habia muerto á un hombre.

Cuando llegó delante del nicho del Ecce-Homo, abrió la carta, de la cual
se desprendia un leve y delicado perfume, y leyó estas breves, pero
terribles palabras:

«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer
revelarlas ni aun á su mismo esposo; pero es preciso que sepas que
alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza.»

Don Juan lanzó un grito insensato de amor, de alegría, de dolor; arrugó
en un movimiento frenético aquella carta entre sus manos, la oprimió
contra su boca y luego... luego cayó de rodillas ante el Cristo, fijó en
él sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de
caridad, y exclamó:

--¡Señor! ¡Divino Señor! ¡Vela por ella y por mi hijo!

En aquel momento el marqués se sintió asido...

Pero antes de relatar lo que sucedió á don Juan, es necesario que
retrocedamos un tanto y volvamos á la casa de la princesa Angiolina
Visconti.



CAPITULO XII.

     Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.


El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se
habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la
Guardia, dejándole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.

La princesa atravesó rápidamente algunas habitaciones, y en una de ellas
se detuvo y se puso á contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.

¿Con qué objeto era esta contemplacion de sí misma?

La princesa estaba resuelta á vengarse, y por lo mismo concentraba sus
fuerzas y contaba sus recursos.

Entre estos era uno poderosísimo su hermosura.

Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qué motivo habia
tenido el marqués para abandonarla á ella, la altiva hermosura que tan
codiciada era por los hombres de mas valer de la córte: el espejo la
dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo,
la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del
marqués de la Guardia habia pasado; la princesa comprendió que el
marqués habia usado de ella como de un instrumento; vió, sin que pudiera
quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita
poseia todo entero el corazon de don Juan, á quien ella amaba con toda
su alma: su aborrecimiento hácia Amina creció, y pensó en vengarse de
ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de
Granada.

Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye
ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfíes, ó del duque viudo de la
Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.

Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su
patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva,
enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqués de la Guardia
habia llegado á ser para Amina una doble fatalidad.

Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.

Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de
la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion
vestia, realzaba sus atractivos.

Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su
escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el
cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas,
acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de
sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales
medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes:
la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y
vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que
unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba
su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un
broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de
la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos
gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas,
mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto;
últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y
blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de
aquellos tiempos.

La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo
que la quedaba de su guarda-joyas.

Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á
un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no
solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar
efecto en don Juan.

Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo
confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la
cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y
los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera
arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie
cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando
aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa,
repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el
marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan
desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el
esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas
irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa
juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la
presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la
expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la
apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que
la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera
fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia
hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que
acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada
amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de
amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.

Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el
despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y
amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una
transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel
rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza
espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado.
Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan
hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo.
Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo
del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el
fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una
y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se
contempló sucesivamente mas hermosa.

--¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en
dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi
sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido
entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi
venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don
Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi
alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que
pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á
nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni
creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que
ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos
que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y
retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis
piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el
arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me
crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas...
las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer,
cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino
dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva
encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y
para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede
conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la
mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion,
para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el
mundo no pueda despreciarla.

Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el
semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su
mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la
embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que
parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por
decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.

Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo;
ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago
engañador; aquel hombre era Bempo.

En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano
que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á
avisarla.

Bempo volvió una hora despues.

--Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he
cumplido vuestras órdenes.

--¿Has seguido al marqués?

--Sí, excelencia.

--¿Dónde ha ido?

--A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa
de la duquesa de la Jarilla.

--¿Qué ha hecho despues?

--Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose
de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido,
aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada
del marqués.

--¡Muerto!

--No.

--¿Has reconocido, pues, á ese hombre?

--Si.

--Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.

--Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.

--¿Y dices que ese hombre no ha muerto?

--No; pero puede morir.

--¿Le has conocido?

--Es la noche muy oscura.

--¿Qué hizo despues el marqués?

--Se dirigió furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de
llegar á él, la misma duquesa apareció en uno de los balcones y le
habló.

--Y... ¿qué hablaron?

--Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra
parte, duró muy poco; el marqués trepó por una reja y entró por un
balcon en la casa de la duquesa.

--¡Ah!... ¡entró!... ¡por un balcon!

--Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido á avisaros,
excelencia.

--Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que
vuelvas:

Aquella especie de _lazzaroni_ puerta.

--Espera, añadió la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas
solo.

--¿Y qué he de hacer?

--Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; ¿me
entiendes?

Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

--Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma
te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte
delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con
ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre
herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa,
entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con
tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin
ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los
tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que
averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués
cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?

--¿Muerto ó vivo?

--Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y
sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado.
Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás
en ella con los ojos vendados.

--¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?

--Si.

--¿Por el mismo sitio?

--Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.

Bempo no se movió.

--¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.

--No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.

--¡Ah! ¡no tienes dinero!

--Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les
paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los
_lazzaroni_ de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la
campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora
es distinto.

--Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.

--¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.

Y girando sobre sus talones, desapareció por una puerta inmediata.

Sigámosle.

Atravesó algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, bajó una
escalera, cruzó un patio, pasó de él á un huerto, y abrió una puerta
oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones
reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imágen
de la Vírgen, delante de la cual ardia una lámpara.

Bempo abrió un arca que estaba en el mismo dormitorio, sacó de uno de
sus ángulos algunas monedas de oro, que guardó en una bolsa de seda,
envolvió el joyel en un paño, y le ocultó en otro ángulo del arca:
despues salió, cerró la puerta del aposento, atravesó el huerto, y
llegando á un postigo, descorrió sus cerrojos y salió á una calle
estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, llegó á aquel
postigo que solo habia quedado encajado; corrió de nuevo sus cerrojos, y
quedó esperando junto al quicio.

Aquella mujer estaba envuelta en un manto.

Bempo se encaminó á buen paso á la Cava Baja de San Miguel, y llamó á la
puerta de una casa de mezquina apariencia.

Contestó desde adentro una voz breve, enérgica, y al parecer de hombre
de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y
el de afuera, y la puerta se abrió.

Apareció tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante
extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido español: aquel
hombre por lo exíguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus
ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que
acababa de dejar el sueño y el lecho.

--¿Qué se os ofrece á estas horas, amigo?, dijo á Bempo.

--Déjame entrar, camarada, contestó el italiano; tenemos que hablar de
cosas que no son para oidos de nadie.

--Entrad, pues.

Adelantó Bempo, cerró el otro la puerta, y atravesando el zaguan
introdujo á su visitante en una habitacion baja.

--Aquí nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la
luz con que se alumbraba y sentándose en una arca.

Sentóse Bempo en un banquillo de pino y dijo:

--Los valientes se conocen, Pablo.

--Bien, ¿y qué? contestó el otro.

--Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se
sirven en lo que han menester.

--Bien, ¿y qué? repitió flemáticamente Pablo.

--Yo necesito que me ayudeis tú y otro tres de tus camaradas.

--¿En qué y cómo?

--Hay que recoger á un herido y apresar á un hidalgo.

--¡Ah! ¿y quién necesita eso?

--La persona que me envía.

--¿Y quién es esa persona?

--No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.

--Señor Bempo, dijo Pablo levantándose: mereciais un chirlo en la cara
por vuestra desvergüenza.

--¡Bah! dejémonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo
que obligó al llamado Pablo á sentarse de nuevo; el hombre lleva en la
cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los
tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado
las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros
pasais por buenos soldados de á caballo del rey, en la _corneta_ del
señor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del príncipe
Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, á poco que nos mire
puede decir: he ahí unos buenos bandidos. ¡Bah! yo no os he pedido hasta
ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros
podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien,
tan bien como el que os pido.

Y Bempo sacó algunos doblones de á ocho y los extendió sobre la mesa.

Pablo miró con mas cólera que codicia el dinero; pero instantáneamente
aquella chispa de irritacion se apagó en sus ojos, reemplazándola una
expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio,
dijo:

--Tú eres mayordomo, ó lacayo, ó qué sé yo, de una princesa italiana.

--Es verdad, dijo Bempo.

--De la señora Angiolina Visconti.

--Es verdad.

--¿Y es esa dama... quien nos paga?

--Vamos, no quiero ocultártelo, ella es: pero guárdame el secreto.

--¡Ah! tratándose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del
marqués de la Guardia.

--Mucho sabes.

--Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras á nuestros cabos y
alféreces cuando damos la guardia al rey.

--Sea como quiera: aquí de lo que se trata es de recoger un herido, y de
esperar á que salga de cierta casa donde ha entrado el marqués de la
Guardia y apoderarnos de él.

--Dicen que el marqués es muy valiente.

--Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le
sujeta por la espalda.

Quedó de nuevo profundamente pensativo Pablo.

--Asunto concluido dijo: ¿esta es la señal?

--Ese oro es la paga.

--Poca paga es, pero no importa; voy á despertar á tres de los amigos y
al momento estamos listos.

--Ya sabia yo que nos entenderiamos.

--¡Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible,
guardándose el dinero.

Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban
algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la
princesa, que se abrió inmediatamente despues de haber llamado á él
recatadamente Bempo.

Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron
siguiendo á Bempo que les llevó entre unos árboles, donde habia una
silla de manos.

Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y
salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvió á
cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.

Un relój dió á lo lejos la una de la noche.

Esta continuaba densamente oscura.

Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reñir de dos perros que
disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado
pegado á una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en
España _pelar la pava_: pero no encontraron una sola ronda.

Era una noche á propósito para el crímen.

Cuando llegaron á la calleja á donde correspondia la parte posterior de
la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encaminó en derechura al sitio
donde habia visto caer al herido.

Aun estaba allí; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado
la herida habia pasado, se quejaba, pero débilmente, á causa sin duda de
la pérdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sintió
junto á sí á Bempo y á sus cuatro acompañantes, exclamó con voz casi
imperceptible:

--Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os
lo pagará.

--Si, si, dijo Bempo; á socorreros venimos, señor hidalgo: ea,
camaradas, ayudadme y pongámosle en la silla.

Dos de aquellos hombres ayudaron á Bempo y levantaron del suelo al
herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmayó.

Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigió á uno de los que le
acompañaban.

--Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.

El italiano llevó á los dos hombres frente al postigo de la casa del
duque, y les dijo ocultándolos en el soportal donde poco antes se habia
ocultado el marqués.

--Observad desde aquí ese postigo; si sale por él un hombre, seguidle
uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en
donde para. Luego el que le siga irá á esperar junto al postigo del
huerto por donde hemos sacado la silla de manos.

--¿Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?

--Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe
permanecer aquí, y observar lo que pase en esa casa (y señaló la del
duque). Ahora adios; voy á despachar el asunto del herido con vuestros
compañeros.

Dicho esto, Bempo fue á reunirse con los que habian quedado guardando la
silla, y cuando llegó á ellos les dijo:

--En marcha.

Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y
dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al
herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa,
que se abrió al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se
perdieron tras el postigo que volvió á cerrarse.

Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la
silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal
donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye.

Bempo llamó á Pablo.

--Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo
lacónicamente una voz contenida desde lo oscuro.

--¿Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? preguntó Bempo.

--A poco de haberos vosotros alejado.

--¿Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa?

--Ninguna, á excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los
balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre
á quien ha acompañado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras
las celosías de ese mirador.

En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina.

--Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.

Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes
de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al
fin, poco despues de las tres y media, se abrió uno de los balcones que
habian permanecido oscuros, se oyeron en él las voces contenidas de dos
personas, y luego un hombre se descolgó del balcon por una reja á la
calle: apareció en el balcon una sombra blanca, habló algunas palabras
con el hombre que habia bajado, dejó caer un papel á la calle, y
retirándose del balcon le cerró: el hombre recogió el papel, fue al
nicho del Ecce-Homo de la esquina, y á su luz leyó el papel y cayó de
rodillas ante el Cristo.

En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido
recatadamente al marqués de la Guardia, que él era, se arrojaron sobre
él.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *



CAPITULO XIII.

     De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una
     escena de comedia.


En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de
los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un
lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y
fuertemente vendado.

Aquel hombre era el comediante Cisneros.

Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho
apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto
enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y
deslumbrantemente vestida.

Aquella mujer era Angiolina Visconti.

Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una
mesa de mármol, iluminaba este grupo.

El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un
ángel.

Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría
que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba
un profundo gemido.

--Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas
ocasiones la princesa.

--¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os
tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi!
¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!

--No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente
Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os
sentís?

--Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa:
no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la
cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á
lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber
perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que
vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?

--¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber
recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por
vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?

--¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!

--Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido
para mí una felicidad el encontraros.

--¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan
tarde la princesa Angiolina Visconti?...

--¡Cómo! ¿me conoceis?

--Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles
personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una
habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la
Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora
duquesa de la Jarilla.

Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba
utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á
la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés
creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la
mayor naturalidad:

--Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el
estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de
haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.

--¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la
generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo
que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es
mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el
contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he
escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí,
y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.

--Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el
alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme,
señor Cisneros, que me ria.

--¿Que os ríais? ¿y de qué?

--De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me
requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.

--¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de
desprecio el que un humilde comediante...

Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.

--Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para
despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de
esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me
hace reir.

--¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe
interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que
sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese
hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de
repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra
junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera
atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada,
¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz,
diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho
que deba la vida á la mujer á quien amo!

Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le
inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado
en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso
que grave, hizo estremecer al comediante.

--¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño?
dijo despues de un momento de silencio la princesa.

--¡Extraño, señora! ¿y por qué?

--Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos
horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas
veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran:
pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.

--Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se
acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.

--¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó
á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de
mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os
socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á
poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me
dijo:

--El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde
conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.

¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un
hombre que podia ser muy principal.

--Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.

--Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas
noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que
arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de
vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero
y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las
formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público
entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas
principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?

--Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.

--No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño,
cuando habeis nacido grande?

--Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por
el rey mas poderoso de la tierra.

--Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos
he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os
encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí;
sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse
solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en
silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido
dolorosas para mí.

--¡Dolorosas!

--Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...

--¿Por qué?

--Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.

--¡Ah! ¡no me creeis digno!

--No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.

--¡Ah! murmuró el comediante.

--Por lo mismo no debeis hablarme de amor.

--Perdonad....

--Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.

A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una
de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.

--Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.

--Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la
princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á
llamar.

--Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la
princesa á sus labios y besándola.

Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano
de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.

Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por
una puerta del fondo.

--¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que
habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco
horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa
mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha
encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda
enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los
pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe
lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser
una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace
mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca
por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus
palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se
embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en
nada.... esperemos.

Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La
fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera
poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.



CAPITULO XIV.

     De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo
     que habia creido.


--¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el
huerto.

--He hecho cuanto he podido excelencia: el herido está en vuestro poder.

--Pero... ¿y lo demás? lo demás.... nada... ¡te me vienes con las manos
vacias!

--No he podido hacer mas excelencia: el hombre á quien mandé que
siguiera á la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de
la Jarilla, la siguió, pero la ha perdido en la oscuridad.

--¿Y el marqués?

--No hemos podido apoderarnos de él.

--¿Qué no habeis podido apoderaros de él cuatro hombres? ¡ah! ¡es
verdad! ¡el marqués es muy valiente!

--Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios ó el diablo: ya
sabeis que