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Title: Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez
Author: Zamacois, Eduardo, 1873-1972?
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez" ***

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                          MIS CONTEMPORÁNEOS

                                   I

                         VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

                [Illustration: Vincente Blasco Ibáñez]



                           Eduardo Zamacois

                          MIS CONTEMPORANEOS

                                   I

                         VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

                        [Illustration: colofón]

                                MADRID
                 LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
                       Calle del Arenal, núm. 11
                                 1910

                             Es propiedad.
                        Queda hecho el depósito
                           que marca la ley.

          Imprenta Artística Española, San Roque, 7.--Madrid

                 [Illustration: una barra decorativa]



                         VICENTE BLASCO IBÁÑEZ



                                   I

     Biografía.--Sus viajes.--Cómo trabaja.--El teatro. Su concepto de
     la mujer y de la vida.


Vive el insigne novelista á la derecha del paseo de la Castellana, muy
cerca del Hipódromo, en un pintoresco hotelito de planta baja, cuya
fachada irregular se abre en ángulo al fondo de un pequeño jardín. Aquí
y allá, á lo largo de los viejos muros y sobre el tronco de los árboles,
la hierba y el musgo pintan manchas verdes, de un verde aterciopelado,
jugoso y obscuro. En la alegre quietud mañanera, bajo el magnífico dombo
añil del espacio, bañado en sol, la tierra, negra, recién removida por
manos diligentes, huele á humedad. Triunfa el silencio. Aquel rincón,
más que un jardinillo cortesano, parece un trozo de huerta, algo
desaliñado y rústico, donde se echa de menos un perro, un montón de
estiércol y unas cuantas gallinas.

Es mediodía.

Encuentro á Vicente Blasco Ibáñez escribiendo ante una amplia mesa
cubierta de papeles, las carnosas mejillas un tanto congestionadas por
la fiebre del esfuerzo mental, la enérgica cabeza nimbada por el humo de
un cigarro habano. Al verme el maestro se levanta, y la expresión
belicosa de sus manos cerradas y la prontitud elástica con que su recio
cuerpo se retrepa y engalla sobre las piernas rígidas, dan una sensación
rotunda de voluntad y de vigor físico.

Acaba de cumplir cuarenta y tres años. Es alto, ancho, macizo; su
rostro, moreno y barbado, parece el de un árabe. Sobre la alta frente,
llena de inquietudes y de ambición, los cabellos, que debieron de ser
crespos y abundantes, resisten todavía á la calvicie; entre las cejas,
la reflexión marcó hondamente su arruga imperiosa y vertical; grandes
son los ojos y de mirar rectilíneo y franco; la nariz, aguileña, sombrea
un bigote que cubre frondoso el misterio de una boca epicúrea y risueña,
en cuyos gruesos labios sultanes tiembla la mueca de una sed insaciable.

Un momento el autor maravilloso de _Cañas y barro_ permanece en pie
delante de mí; me observa, y yo siento en mis pupilas la expresión de
las suyas, registradoras y curiosas. Calza zapatillas de paño gris, y
viste una tosca pelliza abrochada sobre el cuello hercúleo, corto y
rollizo, desbordante de savias vitales. El apretón de manos con que me
recibe es amable y simpático, pero rudo, como el que cambian los atletas
en los circos antes de justar. Su voz es fuerte--voz de marino--; su
hablar copioso, brusco y generosamente aderezado de interjecciones.
Parece un artista... también parece un conquistador; uno de aquellos
aventureros de leyenda que, necesitando servirse simultáneamente de la
lanza y del broquel, sabían gobernar un caballo con sólo las rodillas, y
que, aun siendo muy pocos, «bastaron á aclarar el cobre americano».
Nacido en esta época, la blandura de nuestras costumbres desarmó sus
manos, que tienden atávicas á cerrarse para herir ó para retener lo
ganado; nacido á fines del siglo xv, hubiese vestido la cota y seguido
la estrella roja de Pizarro ó de Cortés.

Vicente Blasco Ibáñez se instala cómodamente en un sillón, respira
fuerte, cruza una pierna sobre otra... Yo le miro complacido: es uno de
esos hombres excepcionales--hombres de presa--cuyo aspecto saludable,
tranquilo y optimista, invita á vivir.

--Yo--dice--nací en Valencia y soy hijo de comerciantes; pero mis padres
pertenecen á esa raza brava y rebelde oriunda del Bajo Aragón, cuyas
generaciones, invariablemente, como obedeciendo á una tradición, dejan
la aridez de sus montañas para marchar á la conquista de las
hospitalarias ciudades levantinas, donde la existencia es fácil porque
la abundancia de agua y el ardimiento prolífico del sol mantienen
perenne en la tierra el espasmo sagrado de la fecundidad...

Si las leyes de la herencia son ciertas, á estos progenitores de origen
celtíbero, tozudos y audaces, deben referirse las preexcelentes
aptitudes físicas de luchador y las bizarrías increíbles de voluntad que
distinguen al gran novelista. No de otro modo podrían explicarse las
desusadas complejidades de su carácter; carácter extraño y movedizo que
á veces parece el de un artista «puro», desligado de toda finalidad
práctica, y á ratos vuelve á la realidad y sabe esclavizar la fortuna y
mostrarse como un domador extraordinario de hombres.

Entre los ascendientes más notables de Blasco Ibáñez figura un clérigo
aragonés, llamado Mosén Francisco, hermano de su abuela materna. Aquel
tipo membrudo y violento, que peleó á las órdenes de Cabrera en la
primera guerra civil, dejó en la memoria impresionable del futuro
escritor emoción duradera. Blasco, niño entonces, no ha olvidado el
porte belicoso de aquel gigante, á ratos sacerdote y guerrero á ratos,
cobrizo como un marroquí, que tenía zarpas de oso y caminaba con ritmo
marcial. Así, aunque disfrazado de modos diversos, en el transcurso de
su obra el recuerdo de Mosén Francisco asoma varias veces. Yo sospecho
su lejana influencia en la confección de aquel «pare Miquel», «con gorra
de pelo y carabina», que en _Cañas y barro_ arregla á culatazos las
cuestiones de sus feligreses; y en aquel temible «don Sebastián»,
ambicioso y soberbio, que vive desenfadadamente con una hija suya en su
palacio arzobispal de Toledo; y un poco, quizá, en «don Facundo», el
cura bonachón y caballista de _El intruso_; y también en aquel «Priamo
Febrer», caballero de Malta, mitad guerrero y mitad sacerdote, cuya
sombra pasa con el ruido bélico de sus acicates por las páginas de _Los
muertos mandan_. Sin duda el escritor, paladín ardoroso de la libertad,
recuerda con simpatía al fanático Mosén Francisco. ¿Cómo? Acaso porque
la intransigencia de aquel hombre, que tantas veces sacrificó su
tranquilidad y expuso su vida por un ideal, guarda una belleza, merced á
la cual, ¡oh indulgencia divina del arte!, el novelista comprende al
guerrillero y le estrecha las manos.

La niñez de Blasco Ibáñez, como la de Octavio Mirbeau, fué tumultuosa:
era un muchacho inteligente, pero más aficionado á los juegos de
agilidad y de valor que á los libros; un indócil refractario á cuanto
implicase método ó disciplina; había en su temperamento un exceso de
vigor, un revertimiento ininterrumpido y descarrilado de actividad que
le obligaba á vivir en rebeldía perpetua. Su abuela le mimaba mucho. Un
día _Vicentet_ se negó á comer; no tenía apetito, no le gustaba el
almuerzo. Cansada de oirle su madre, que tenía el genio pronto y la mano
dura, fuése á él y, asiéndole por los cabezones, le propinó una azotaina
memorable. Aquel dolor físico, lejos de abatir al muchacho, le serenó,
despertó su hambre y le permitió comer perfectamente. Yo veo compendiada
en esta sencilla anécdota infantil toda la psicología del futuro
artista: voluntad sin miedo, para quien el esfuerzo rudo y los vaivenes
de la pelea habían de ser más tarde motivos de pasatiempo y regocijo.

A los diez y siete años Vicente Blasco Ibáñez desapareció de su casa, y
en un modesto coche de tercera se trasladó á Madrid. Hablando de
aquellos días de belleza y de miseria, los ojos del maestro brillan
todavía con juvenil entusiasmo. Fué amanuense de Manuel Fernández y
González, que, viejo, pobre y casi ciego, se acercaba á la muerte. El
famoso autor de _El cocinero de su majestad_ estaba deshecho, exhausto y
apenas podía dictar. Muchas noches se quedaba dormido sobre un sillón,
al terminar un párrafo. Blasco, inconscientemente, empujado por el
interés de la fábula, continuaba escribiendo, y cuando Fernández y
González despertaba, leíale lo escrito. A pesar de su proverbial
orgullo, el anciano maestro se dignaba felicitarle: «aquello» no estaba
mal; el muchacho prometía, tenía «madera» de artista. Así, los dos,
compusieron varios libros, entre otros, _El mocito de la Fuentecilla_,
novela de manolas y de toreros, apunte primoroso de costumbres,
pintoresco y caliente como un cuadro de Goya.

Habitaba por aquella época Blasco Ibáñez en un cuartucho de la calle de
Segovia, cerca del Viaducto. Estaba alegre, ganaba lo indispensable para
comer mal; pero, á su edad, ¡se vive con tan poco!... Entretanto, iba
conociendo á los prohombres de la literatura, se asomaba á las
redacciones, visitaba los museos y el «paraíso» del teatro Real, se
instruía; y por las noches, cuando regresaba á su domicilio, las pobres
mujeres que exhiben su belleza en las aceras, admirando su juventud y
sus cabellos ensortijados, le detenían sonriéndole con sonrisa
prometedora, llena de desinterés. La política también le atraía. Cierta
noche habló tempestuosamente en un _meeting_, ante un público ardoroso y
rugiente, como mar encrespado, de carpinteros, zapateros y albañiles; su
palabra triunfó y centenares de manos callosas le aplaudieron
vehementes. Terminado el acto, dirigióse á su casa, rodeado por un
nutrido grupo de admiradores. Blasco Ibáñez caminaba mecido por el humo
de su victoria, orgulloso, como si llevase ceñida á sus sienes la
clásica corona de roble y laurel que las vírgenes vestales adjudicaban
en los Juegos Olímpicos. Al llegar á su domicilio, dos agentes le
detuvieron.

--Dése usted preso.

La multitud iba á protestar; los más entusiastas cerraban ya los puños,
dispuestos á defender á golpes la libertad de su héroe. Pero Blasco les
contuvo. ¡Nadie se mueva! Estaba encantado; se veía camino de la cárcel;
sin duda, era un conspirador temible cuando la autoridad se molestaba en
detenerle. No fué el miedo lo que entonces estremeció su alma, sino la
ambición de gloria, la alegría, la seguridad de que empezaba á ser
hombre notable y de que muy pronto, acaso al día siguiente, la Prensa
hablaría de él. Ahora la prisión, como antaño los azotes maternales, le
producían un bienestar sedante, indecible. Verdaderamente, su carrera de
hombre político no podía empezar mejor. Con este cortejo de ilusiones,
se dejó llevar al Gobierno civil, donde se encontró con su madre. ¡Oh
suprema decepción! No era al revolucionario temible, sino al muchacho
travieso, fugado de su casa, á quien la policía había detenido. Blasco
hubo de rendirse; ¿qué hacer? Era menor de edad. Fué aquella, tal vez,
la única ocasión en que el futuro novelista tuvo vergüenza de su
juventud.

Blasco Ibáñez me habla ligeramente, sin ilusión alguna, de sus primeras
campañas políticas: por atacar las instituciones y también por su innata
afición á bravear los peligros, estuvo desterrado varias veces, una de
ellas en París, en 1890, viviendo todavía Ruiz Zorrilla: fué una
temporada deliciosa de dos años, pasada en compañía de los militares
emigrados y en pleno Barrio Latino. En otra ocasión vistió el traje del
presidio algún tiempo. Otras campañas periodísticas le llevaron á la
cárcel unas treinta veces, y el pueblo de Valencia le aclamó diputado en
ocho elecciones seguidas. Pero su verdadero ideal, sin embargo, estaba
en la literatura.

--Antes--dice--yo trabajaba en condiciones fatales. Allá en Valencia, en
la redacción de _El Pueblo_, diario fundado por mí, después de redactar
el artículo de fondo y de ajustar el periódico y de recibir á todos los
representantes de los comités republicanos que iban á visitarme, me
ponía á escribir novelas. Esto no ocurría nunca hasta pasadas las dos de
la madrugada. Así compuse mis primeros libros: _Arroz y tartana_, _Flor
de Mayo_, _La barraca_... Ahora laboro con más comodidad. En todo tiempo
me levanto temprano, á las ocho, y me sirven el desayuno: ¡un verdadero
almuerzo!... Porque yo, si no como mucho, no hago nada... Es más: los
hombres que comen poco me parecen seres débiles; no me gustan...

Y al hablar así su ademán es imperioso, terminante, y sus pupilas
refulgen con expresión glotona y triunfal.

--Inmediatamente--continúa--me siento á escribir y produzco sin descanso
hasta las cuatro de la tarde. A esa hora vuelvo á comer bien. Después
doy un paseo y en seguida reanudo mi trabajo. A las once ceno. Luego me
acuesto, y en la cama leo hasta las dos ó las tres de la madrugada. Como
ve usted, duermo muy poco.

El resultado obtenido por los primeros libros de Blasco Ibáñez fué
insignificante. De _Arroz y tartana_, que apareció en 1894, y de _Flor
de Mayo_, apenas vendió quinientos ejemplares; _La barraca_ también pasó
casi inadvertida, y fué preciso que años después el famoso hispanófilo
G. Hérelle, que la compró casualmente en San Sebastián un día de toros,
entusiasmado con su lectura la tradujese al francés, para que nuestra
Prensa y nuestro público reconociesen el mérito de esta novela ejemplar.
Pero su autor tenía el amor á su profesión y la ciega fe en sí mismo que
caracterizan á «los que llegan», y persistió en su empeño. Seguro de que
únicamente en «lo vivido» reside el estremecimiento mago, motivo de toda
suprema belleza, de tal suerte que nada que previamente no haya sacudido
el temperamento del artista, sea novelista, pintor ó músico, puede
utilizarse como límpido origen ó sólido cimiento de ninguna obra de
arte, aplicóse devotamente á pasar por cuanto luego había de servirle de
molde á sus libros. Así, para escribir _Flor de Mayo_, fué á Tánger y
volvió en una de esas barcas, llamadas laúdes, que se dedican al
contrabando de tabaco; como para «sentir» uno de los capítulos más
interesantes de _La horda_ se expuso á recibir un balazo franqueando, en
compañía de varios cazadores furtivos y de perros amaestrados--perros
que no ladran cuando ven á la presa--, los muros que circundan los
bosques del real sitio de El Pardo; como para componer _Los muertos
mandan_ anduvo recorriendo en un bote las costas de Ibiza, hasta que,
sorprendido por un temporal, hubo de refugiarse en un islote, donde
permaneció catorce horas sin comer y remojado por las olas hasta los
huesos.

Estas aventuras del novelista, unidas á los extremados lances y desafíos
del antiguo revolucionario y á su desmedida afición á los viajes--Blasco
Ibáñez ha recorrido gran parte de la América del Sur, Francia,
Inglaterra, los Países Bajos, las naciones de la Europa Central,
Constantinopla y todas las ciudades maravillosas de Grecia y de
Italia--, prestaron á su literatura una riqueza de color y una inquietud
espiritual extraordinarias. Su obra multiforme, inspirada en los puntos
de vista más heterogéneos, es imagen afortunada de su propio vivir,
abigarrado y peregrino como una quimera folletinesca.

Vicente Blasco Ibáñez es un «productor» formidable. Para reunir los
elementos que habían de informar su célebre novela _Sangre y arena_, le
bastó ir á Sevilla en compañía del matador de toros Antonio Fuentes. Los
datos que recogió en Bilbao para componer _El intruso_ los ordenó en una
semana; la mayor parte de sus libros los ha escrito en dos meses; en la
redacción de algunos sólo invirtió cuarenta y cinco días. Dominado por
la impaciencia, deja que sus originales vayan sin leer á la imprenta, y,
como Balzac, únicamente los corrige cuando están en pruebas.

Le pregunto:

--¿Tiene usted la concepción fácil?

--Mucho--responde--; yo soy un impresionista y un intuitivo; por lo
mismo, esa lucha terrible entre el pensamiento y la forma, de que tanto
se lamentan otros autores, apenas existe para mí. Es cuestión de
temperamento. Yo creo que las obras de arte se ven instantáneamente ó no
se ven nunca: si lo primero, el asunto se agarra con tal fuerza á mi
imaginación y me absorbe y posee tan en absoluto, que, para descansar,
necesito llevarlo al papel de un tirón. El alboroto nervioso que me
produce la redacción de los últimos capítulos, especialmente,
constituye para mí una verdadera enfermedad: se me cansan la mano y el
pecho, me duelen los ojos, el estómago, y, sin embargo, no puedo dejar
de escribir; el desenlace tira de mí, me esclaviza, me golpea en la
nuca, me enloquece; parezco sonámbulo; me hablan y no oigo; quiero salir
á dar un paseo y no me atrevo; la mesa me atrae y vuelvo al trabajo.
Muchas veces he escrito diez y seis y diez y ocho horas seguidas. En una
ocasión llegué á escribir treinta horas sin descansar más que el tiempo
indispensable para beberme alguna taza de caldo ó de café...

Este era el modo de producir que tenía Alfonso Daudet.

«Es--dice el autor de _Safo_--como un flujo de calor vital que nos sube
al cerebro; nos sentimos dominados, invadidos por el asunto, y empezamos
á escribir febrilmente. Nada nos detiene entonces: el tintero queda
vacío, el lápiz se rompe; no importa; seguimos adelante. Nos irritamos
contra la noche que llega y nos cegamos en la penumbra del crepúsculo
esperando la lámpara que no traen. Le disputamos el tiempo á la comida y
al sueño. Si es necesario marcharse, ir al campo, emprender un viaje, no
podemos resolvernos á dejar el trabajo y continuamos escribiendo de pie,
sobre una maleta...»

Como todos los grandes novelistas meridionales, Blasco Ibáñez posee una
memoria extraordinaria para los paisajes, especialmente cuando hace
mucho tiempo que los vió. En la distancia de lo pretérito, las viejas
imágenes se precisan y acoplan con rara exactitud; es un torrente de
armonías pasajeramente olvidadas, de perfumes, de colores que resurgen
con toda su antigua calidez palpitante. Este influjo que los elementos
plásticos de la realidad ejercen en su espíritu es tal, que con
frecuencia se yuxtaponen á las sensaciones de otra índole: á las
auditivas, verbigracia. Blasco Ibáñez es un melómano; la música le
produce estremecimientos inefables; Beethoven y Wagner son sus ídolos;
muchas de sus cuartillas las escribió cantando... Y, sin embargo, hay
momentos en que las notas del pentagrama se ofrecen á su imaginación
como algo extenso, palpable, sujeto á las leyes del color y de la línea.

«El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias heridas por la
luz--escribe en _Arroz y tartana_--era el trino dulce y tímido de los
violines melancólicos; los campos, de verde apagado, sonaban para el
visionario joven como tiernos suspiros de los clarinetes, «las mujeres
amadas», como les llamaba Berlioz; los inquietos cañares con su
entonación amarillenta y los frescos campos de hortalizas, claros y
brillantes como lagos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto
como apasionados quejidos de amor de la viola ó románticas frases del
violoncello; y en el fondo, la inmensa faja de mar, con su tono azul
esfumado, semejaba la nota prolongada del metal que, á la sordina,
lanzaba un lamento interminable.»

Esta admirable concurrencia y fusión de emociones no es, en Blasco
Ibáñez, un estado pasajero de conciencia. Muy al contrario, constituye
una normalidad, y, por así decirlo, el fundamento ó redaño más firme y
dichoso de su complexión artística. Nueve años después, en 1903, su modo
de «ver la música» es el mismo.

«Hay pasajes musicales--afirma un personaje de _La catedral_--que me
hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo nunca
he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques, castillos,
grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo siempre dúos de
amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos franceses hacen
desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean entre parterres
de rosales, vestidas de color violeta, siempre violeta.»

La propensión inconsciente que el espíritu del insigne novelista tiene á
simplificar sus sensaciones reduciéndolas todas á fenómenos de visión,
es el secreto de su arte, rezumante de plasticidad y colorido: á él debe
referirse la seguridad admirable y la frondosa abundancia de sus
descripciones, la exactitud en su manera de adjetivar, el desusado
vigor, sobrio y justo á la vez, que emplea en el trazado de sus figuras,
el balzaciano entono y verismo de los caracteres, y aquella emotividad
poderosa, semejante á un gran soplo vital, que infunde á las escenas.

El autor de _La barraca_ no prepara los elementos de sus libros con la
meticulosidad ahincada y paciente de que los novelistas franceses hablan
en sus autobiografías; su temperamento, siervo tumultuoso y ardiente de
la impresión, se lo impide. Blasco Ibáñez es «un desordenado». Las
«frases» ó los «pensamientos» que se le puedan ocurrir yendo por la
calle, nunca los apunta; las «notas» que han de formar sus novelas no
las escribe, las lleva en la memoria como un bagaje secreto, medio
olvidado; pero apenas se sienta á escribir, cuando todas despiertan, y
cual si obedeciesen á una evocación bruja vuelven ágiles y lozanas á su
espíritu. El procedimiento que emplea en la confección y desarrollo de
sus libros es sencillísimo: al principio sólo tiene el argumento
capital, el «bloque», y los nombres de las tres ó cuatro figuras
principales; lo episódico, como los personajes secundarios, que
podríamos llamar de «relleno», la división de los capítulos, etc., va
surgiendo después, al volar calenturiento de la pluma. Escribe con
asombrosa celeridad, y pone en el curso de la narración cuanto se le
ocurre; así, cuando termina, cada libro es una especie de selva munífica
y desbordante. Entonces viene «la poda»; el novelista exuberante se
eclipsa y aparece el crítico hosco, que corta, raja y suprime sin
piedad. Saturno devora á sus hijos. «Esto sobra y lo otro también;
aquellos dos párrafos pueden reducirse á uno... etc.» El estilo es
fácil, tranquilo, sin rebuscados atildamientos de concepto ó de frase.

--Cuanto más sencillo es un autor--dice Blasco--menos esfuerzo cuesta su
lectura. Por lo mismo procuro siempre escribir sin oropeles retóricos,
llanamente, con el propósito único de que el lector «se olvide» de que
está leyendo, y al terminar la última página le parezca que sale de un
sueño, ó que acaba de devanarse ante sus ojos una visión de
cinematógrafo.

La farándula le aburre, le molesta; su temperamento de marino, enamorado
del horizonte y de la inmensidad saludable de los paisajes, desdeña la
vida angosta de los escenarios; por buena que sea una obra teatral,
siempre ve su artificio; no comprende que pueda ocurrir nada bello ni
interesante sobre un tablado rodeado por árboles de cartón ó paredes de
trapo. Los dramas más espeluznantes suelen provocar su hilaridad, y
asegura que la noche en que asistió siendo niño á una representación de
_En el seno de la muerte_, tuvo que salir del teatro antes de que
cayese el telón, porque pensó reventar de risa...

--¿Y de la mujer--pregunto--qué opina usted? ¿Cree usted en su
complejidad, en su perfidia?...

Adivino su respuesta, pero quiero recibirla de sus labios. ¡Bah!...
Vicente Blasco Ibáñez sonríe, se encoge de hombros y por su rostro pasa
la expresión satisfecha, un poco petulante, del hombre que, en lances de
amor, ha triunfado muchas veces.

--La mujer--exclama--no es toda la vida... ¡ni siquiera la mitad de la
vida!... con ser, indudablemente, lo mejor que hay en ella. No es que yo
la desprecie, como los orientales, pero tampoco sufrí jamás su imperio
tiránico. Yo soy un macho, un gozador, no un sentimental. Yo opino que
la mujer es una de las muchas cosas legítimamente codiciables y dignas
de conquista que hay bajo el sol...

Después, nuestra conversación se remonta y llegamos á la región de las
grandes síntesis.

--¿Cree usted en la gloria, como fin de la vida? ¿Ama usted el dinero?

El maestro no vacila al contestar.

--La gloria, como el dinero, como el amor--declara--, son «adornos» de
la vida, y nada más; arrequives brillantes que la embellecen y nos la
ofrecen bajo un disfraz amable. Pero el verdadero fin de la vida está,
sencillamente, «en vivir». No debemos vivir para ser ricos, ni para ser
célebres, ni para endiosar á una mujer, digan lo que quieran los falsos
poetas: la vida goza de substantividad propia; se justifica á sí
misma...

Y esta respuesta enérgica y breve compendia el alma, toda el alma, de
este hombre excepcional, conquistador rezagado, mezcla feliz de artista
y de aventurero, que, sin apoyo de nadie, supo vencer á la pobreza y
darle á la Vida un zarpazo de león.



                                  II

     Novelas regionales: "Arroz y tartana".--"Flor de Mayo".--"La
     barraca".--"Entre naranjos".--"Sónnica la cortesana".--"Cañas y
     barro".


Son seis las novelas correspondientes á este primer período, y las
denomino así por desarrollarse todas ellas en la región valenciana, con
tipos y paisajes y hasta modismos de lenguaje arrancados á la gran
hermosura bravía de la huerta; no por juzgarlas menos interesantes y
comprensivas, ni tampoco inferiores á las que su autor desenvolvió más
tarde en amplios escenarios: pues la emoción artística no reside en la
magnitud decorativa del «marco», ni en la condición noble de las
figuras, como enseñan todavía ridículamente vulgares textos de retórica,
sino en esa eficacia descriptiva y en esa habilidad para trazar
caracteres reales, que han de llevar al libro, al mármol ó al lienzo, el
estremecimiento sagrado de la Vida.

En estas obras, Vicente Blasco Ibáñez, aunque incorrecto muchas veces, y
á ratos, quizá, frondoso y plateresco en demasía, se muestra, sin
embargo, como un artista fascinante y magnífico, evocador insuperable
de horizontes. Toda la orquestal polifonía de la Naturaleza resuena á la
vez en su cerebro y es recogida ordenadamente por su sensibilidad
delicadísima: no sólo «ve» la realidad, sino que al mismo tiempo la
huele, la oye y la siente, cual si la tuviese entre sus brazos: por lo
mismo, ni un aroma, ni una nota, ni un color, ni un detalle, se escapan
á su penetración vigilante. Guardan estos libros un fragor incesante de
pasiones, un revertimiento constante de jugos vitales, una especie de
convulsión pánica, que así agita las simientes echadas en el surco, como
desborda los ríos y enardece las almas. Alternativamente, luciendo una
facilidad elástica donde jamás se atisba el menor rastro de cansancio,
Blasco Ibáñez tan pronto se refugia en los caracteres y los diseca y
escudriña discreta y sutilmente, como vuelve al mundo objetivo,
reconstituyéndolo de diversos modos; unas veces con labor mesurada y
paciente de miniaturista, otras á largos trazos, con brochazos heroicos,
cual si le tentase la majestad sencilla y enorme del cielo tendido sobre
el mar.

Su complexión le lleva á sentir el amor á la Naturaleza con
extraordinaria intensidad; aunque siempre escribió en prosa, es un
verdadero y altísimo poeta de la vida, un enamorado fervoroso de la
tierra, semejante á aquellos sacerdotes de los antiguos cultos que
asistían de rodillas al orto del sol. Dueño de una paleta riquísima,
los colores del iris le sirven dócilmente y le pertenecen como esclavos;
su estilo esplendoroso, ardiente como un mantón filipino, le envuelve
bajo el prestigio asiático, hecho de oro y de seda, de un manto real; y
á su conjuro, los rincones de la huerta valenciana se rebullen y
despiertan, y aparecen á nuestros ojos con toda su cegante luminosidad
meridional. Sigamos al maestro en su éxodo desde el lago maravilloso de
la Albufera á los bosques de Alcira, aljofarados de oro por las
naranjas; desde las ruinas druídicas de Sagunto la heroica á las playas
soleadas y rientes del Cabañal; y sentiremos cómo la poesía,
simultáneamente enérgica y perezosa, de aquella tierra sultana, nos
penetra y concluye enseñoreándose de nuestro ánimo: por todas partes
triunfan el amarillo quemante del sol, el azul vigoroso del espacio, el
verde esmeralda de la planicie cultivada, inmensa y prolífica; y aquí y
allá, rompiendo la monotonía griega de este acorde magnífico, la belleza
árabe de las palmeras litúrgicas, implorantes como sacerdotes en
oración, abriendo desmayadamente sus ramas en un gesto de inconsolable
dolor; y las barracas enjalbegadas de blanco, con sus techumbres
puntiagudas defendidas por una cruz. Y, finalmente, las noches
valencianas, noches diáfanas, en las que las olas empenachadas de espuma
sonríen misteriosamente bajo la luna con sonrisa de plata, y en que el
cielo, bañado en la serenidad lívida de la luz astral, parece más
alto...

De todos los libros de esta época, _Arroz y tartana_ es, indudablemente,
el más flojo; y, sin embargo, tanto por el número y calidad de sus
tipos, como por el raro «calor de humanidad» que hay en él, es una obra
recia, de estirpe balzaciana.

Vivir con «arroz y tartana» significa vivir ostentosamente, aparentando
poseer mucho más de lo que se tiene y sin cuidarse de la bancarrota, del
_crac_ final.

El argumento de esta novela es sencillo, y en él asoman frecuentemente
ramalazos de la juventud de su autor.

Como á otros hijos de aragoneses, á don Eugenio García sus padres le
abandonaron una mañana en la plaza del Mercado, ante la iglesia de San
Juan. El muchacho, al principio, lloró mucho, luego fué consolándose;
entró á servir como dependiente en un comercio del barrio, y á fuerza de
perseverancia en el trabajo y de economías, pudo establecerse por su
cuenta. Bien pronto su tienda, llamada _Las tres rosas_, fué popular.

Tenía don Eugenio á sus órdenes y como primer dependiente á un tal
Melchor Peña, y cultivaba la sociedad de un íntimo y antiguo amigo suyo
llamado Manuel Fora, á quien, por haber sido novicio en su juventud,
apodaban _el Fraile_. De su matrimonio, Fora hubo dos hijos: Juan,
especulador codicioso y avaro, como su padre, y Manuela, disipadora y
pretenciosa.

Manuela y Melchor Peña se casaron y don Eugenio traspasó á su antiguo
empleado el comercio, modesto aunque sólido, de _Las tres rosas_; él ya
era viejo y había luchado mucho; debía descansar. Poco después _el
Fraile_ murió de apoplejía, legando á cada uno de sus hijos setenta mil
duros. Juan, desconfiado y previsor, continuó trabajando y no se movió
de la casa solariega; pero Manuela, sin considerar que su herencia no la
redituaría lo suficiente para lanzarse á desusados lujos, quiso lucir,
salirse de su esfera, humillar á sus amigas. Avergonzándose de su
obscuro origen, no sosegó hasta conseguir que su marido se retirase del
comercio. ¡Pobre Melchor! Obligado por la nueva existencia que su
consorte le imponía á vestirse el frac todas las noches, «su buen humor
había desaparecido junto con los colores de su cara; una obesidad
grasosa y amarillenta hinchaba su cuerpo; y, al fin, un año después de
abandonar la tienda, murió, sin que los médicos supieran con certeza su
enfermedad».

De este primer matrimonio le quedó á doña Manuela un hijo, llamado Juan,
á quien no amaba porque tenía, como su padre, las manos grandes y el
tipo vulgar.

Al año siguiente casó doña Manuela con su primo Rafael Pajares, médico
licencioso y gastador, del que hubo tres hijos. Aquel matrimonio fué
breve; Pajares, roído y maltrecho por sus vicios, murió pronto, pero
dejando notablemente quebrantada la fortuna de su mujer. Esta, sin
embargo, no se intimidó; un implacable «delirio de grandezas» la poseía;
su desbocada ambición soñaba casar á sus hijas con príncipes ó
millonarios y esperaba de la Fortuna novelescas sonrisas. Firme en su
propósito, hipotecó sus fincas, pidió dinero á rédito, amontonó deudas
sobre deudas y al cabo llegó á la ruina total. Entonces, desesperada,
sin amor, con la sordidez brutal de una ramera, abandonóse entre los
brazos de su antiguo dependiente, Antonio Cuadros, dueño á la sazón de
_Las tres rosas_. Hasta que, de súbito, la catástrofe que se cernía
sobre todos los desdichados personajes de este gran drama, tan vulgar y,
no obstante, tan intenso, explota horrísono y tableteante como trueno
apocalíptico. La misma tarde en que Juan descubre los sucios amores de
su madre, el famoso banquero don Ramón Morte, especie de dios penate con
levita y sombrero de copa, que parecía velar por los intereses de
infinidad de familias, quiebra fraudulentamente y huye de la ciudad;
unos le suponen camino de América, otros le creen refugiado en
Francia... En aquella quiebra Juan pierde todos sus ahorros, y Antonio
Cuadros, que ve evaporarse con Morte la mayor parte de su fortuna,
desaparece también. Juan muere de dolor; doña Manuela y sus hijas se ven
desamparadas; ¿qué será de ellas?... Ni fuerzas tienen para llorar; la
palabra «ruina», en la que nunca meditaron, las envuelve ahora, tejiendo
á su alrededor una especie de noche inmensa.

El libro no concluiría bien si no hablase de don Eugenio, «el veterano
del Mercado». ¿Qué hacía, en medio de tanto dolor, el fundador de _Las
tres rosas_?... ¡Ah! Viéndose solo, miserable y sin la tienda donde
enterró las savias todas de su juventud, ¿qué había de hacer, sino
morir?... Y así fué: murió donde había vivido, en la plaza, frente á San
Juan. «Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel
lugar donde su padre le había abandonado setenta años antes; después
cayó de bruces en la acera.»

Esta obra, en el curso de la cual intervienen catorce ó diez y seis
figuras sobriamente trazadas, y en que el enérgico interés de la fábula
permite al lector ir sin fatiga de uno á otro episodio, anunciaba en
Vicente Blasco Ibáñez, muy joven entonces, un novelista de grandes
recursos y de visión amplísima. La crítica reconoció que el provinciano
y obscuro autor de _Arroz y tartana_, «prometía». Las ilusiones de los
que así le juzgaron no resultaron fallidas: Blasco las satisfizo todas
publicando un año después, en 1895, su lindísima novela _Flor de Mayo_.

¡Qué emoción tan fuerte, tan inolvidable, deja este libro!... Es
pesimista, es trágico; sus últimas páginas, especialmente, tienen toda
la amargura del mar, y por su arquitectura cae en absoluto dentro de
aquellos moldes en que «el padre» melancólico y casto de la novela
moderna, Emilio Zola, fabricaba los suyos. Y, sin embargo, ¡qué extraño
raudal de luz, qué alegre vigor y qué intensas ráfagas de ruda poesía
hay en él!...

Sirve de escenario á la obra la playa del Cabañal; todos los personajes
son pescadores, gente brava y noble, que tiene torpe la palabra y el
ademán pronto y vehemente.

Tona casó con el tío Pascualo, pescador temerario que, una noche de
borrasca, pereció en el mar. Una ola devolvió su barca á la orilla, y
allí le encontraron, «con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el
armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta
años de economías amasadas ochavo sobre ochavo». Varios meses la pobre
viuda, acompañada de sus hijos Pascual y Tonet, pidió limosna de puerta
en puerta. Sus ojos implorantes, arrasados en lágrimas, excitaban la
compasión: al principio muchos la socorrían, éste con dinero, aquél con
un puñado de pescado ó un trozo de pan; mas esta situación había de
durar poco, pues en la ingrata condición humana la virtud de la caridad
es la que más pronto se usa y fatiga. Tona lo comprendió así; era una
mujer fuerte que sabía mirar cara á cara á la vida; su instinto de
conservación venció y se impuso á su dolor.

«No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su
marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.

»Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria.
La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.»

¡Qué bello símbolo! La vida alimentándose y surgiendo triunfal de la
muerte; la desilusión suprema de la nada, sonando á risas y vistiéndose
con las flores de una esperanza nueva...

«Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué substituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lóbrego tabuco: á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse
dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el
cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.»

En aquel ambiente crecieron Pascual y Tonet. No parecían hermanos:
Pascual, á quien luego llamaron _el Retor_, era, como su padre, de
complexión recia y voluntarioso para el trabajo, económico, dócil,
callado; todo lo contrario de Tonet, vagabundo y pinturero, tan
aficionado al vino como á holgar con las mozas. _El Retor_ se casa con
Dolores, Tonet con Rosario; y más adelante Dolores y Tonet, que en otro
tiempo fueron novios, vuelven á tener relaciones, pero esta vez más
íntimas, más graves... La narración va devanándose rápidamente y con un
interés dramático que crece según se aproxima el desenlace. Cuando el
pobre _Retor_ descubre la traición de su compañera y se convence de que
Pascualet, el chiquillo que creía suyo, es hijo de su hermano, sus celos
se desbocan y por sus brazos nervudos de remero corre un estremecimiento
homicida. Quiere abalanzarse sobre Tonet, trabarle por la garganta,
arrancarle aquella lengua infame que engañó á su Dolores y la precipitó
al adulterio. Luego reflexiona; esto aún es poco; Tonet debe morir...
pero ¿y él? ¿Podrá ser dichoso entre la mujer que le traicionó y aquel
hijo que no es suyo? Por primera vez, su alma heroica, que hasta
entonces peleó sin fatiga, siente el trabajo de vivir y la inútil
melancolía del esfuerzo. ¡Sí, era preferible acabar! Y una madrugada,
desoyendo los consejos de otros patronos que no comprendían la terquedad
de Pascual, éste aparejó su barca y acompañado de Tonet y del muchacho,
salió al encuentro de la tempestad que ya empezaba á rugir en el
horizonte. Ninguno de los tres volvió...

Hay en esta novela tipos gallardamente dibujados, como el de la tía
Picores, una especie de leona de la Pescadería, procaz y deslenguada,
capaz de reñir á puñetazos con un hombre; el del tío Paella, padre de
Dolores; el del «siñor Martínes», carabinero andaluz, perezoso y
sentimental, que pasa como un soplo de poesía por la taberna de Tona; y
el de su hija Roseta, aquella virgen rubia, con largos ojos azules y
contemplativos, «que lo sabía todo». Y también merecen recordarse dos ó
tres escenas de primer orden: tales como la del naufragio, la de la
bendición de la barca, y la de aquella tarde en que Pascual y Tonet
deciden ir á Argel por un cargamento de tabaco. En esta última
descripción, especialmente, Blasco Ibáñez se excede y mejora á sí mismo;
la blancura de la playa arenosa reverberante bajo el sol; la quietud de
las barcas tendidas á lo largo de la costa con un abandono casi
inteligente, cual si tuviesen conciencia de que descansan; la serenidad
verde del mar emperezado por el calor de la siesta; el silencio, el
enorme silencio, que llena el espacio azul; y, á ratos, en la lejanía
luminosa del horizonte, una vela blanca, como una pechuga de gaviota...
componen un lienzo pasmoso que Joaquín Sorolla hubiese firmado.

Los azares de la política apartaron momentáneamente á Vicente Blasco
Ibáñez de la política. Por aquella época el encono de los partidos llegó
á su apogeo; Valencia hervía; todas las semanas estallaba un motín y la
sangre liberal enrojecía las calles; sobre la redacción de _El Pueblo_
llovían denuncias. Blasco Ibáñez se vió encerrado durante ocho meses en
la cárcel de San Gregorio, y al cabo tuvo la fortuna de que la pena de
reclusión le fuese conmutada por la de destierro. Entonces emigró á
Italia, donde escribió los capítulos de su libro _En el país del arte_,
publicado en 1896.

Sin embargo, el público, el gran público indiferente de España, no
conocía aún al escritor rebelde, mitad artista, mitad político, que
batallaba en una capital de provincias. Ante su nombre, la crítica, tan
servicial y diligente con los «consagrados» como desdeñosa con los
«nuevos», callaba y se encogía de hombros perezosamente. Así Blasco
Ibáñez no paladeó las mieles de una verdadera victoria hasta dos años
más tarde, en 1898, con la publicación de _La barraca_.

¡Libro admirable! Su autor «lo vió» bien, de un golpe, y lo escribió con
una vehemencia y una diafanidad de estilo inimitables. Toda «el alma»
árabe, brava y sufrida de los hijos de la huerta, late allí: la lucha de
los hombres con la tierra, el cariño dedicado por el labrador al caballo
que trabaja con él sobre el surco y al perro que de noche vigila su
hacienda; el respeto tradicional al «amo» que de hecho, ya que no de
derecho, oprime todavía á sus colonos con el peso de una autoridad
omnímoda y feudal; y también «el alma» del paisaje, con su cielo
añilado, sus palmeras hieráticas eternamente tristes, su red de
infinitos y pequeños canales, por donde el agua, semejante á un dios
helénico, bordea los verdes bancales, distribuyendo en ellos, con su
frescura murmurante, el regocijo de la vida. En _La barraca_ nada falta,
nada tampoco sobra; en la historia de la novela española contemporánea,
este libro quedará como un modelo definitivo de nuestra literatura
regional.

El tío _Barret_, como todos sus ascendientes, laboró durante muchos años
las tierras del usurero don Salvador; ellas se llevaron lo mejor de su
juventud. ¡Cuánto trabajó el infeliz y con cuán poco éxito! Hubo varios
años malos, las cosechas fueron mezquinas y el producto de su venta
apenas bastó á la manutención de la familia. ¿Cómo pagar á don Salvador
los alquileres devengados?... Al verse despedido, el pobre tío Barret
trató de conmover el duro corazón del amo. «El, que no había llorado
nunca, gimoteó como un niño; toda su altivez, su gravedad moruna,
desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el vejete pidiendo que no le
abandonara...» Pero el amo se mostró inflexible; él también tenía
compromisos y necesitaba dinero, «su dinero»... El tío Barret,
humillado, pisoteado cruelmente en su dignidad, se marchó furioso,
jurando defender á tiros su derecho á vivir. Transcurrieron varios días.
Una tarde el tío Barret salió de su barraca llevando consigo lo mejor
que había en ella; «la hoz de su abuelo, una joya que no la cambiaba ni
por cincuenta hanegadas». La fatalidad le atravesó á don Salvador en su
camino: trabáronse de palabras los dos hombres y el usurero cayó, segada
la garganta. El matador fué condenado á cadena perpetua y en el penal de
Ceuta finó su triste existencia; su mujer, inútil y vieja, murió en el
hospital, y sus cuatro hijas se dispersaron, siguiendo á través de la
inmensidad de la humana miseria rumbos distintos: unas se pusieron á
servir, otras cayeron en la prostitución... y de este modo, la gran
iniquidad legal quedó consumada. Pasó mucho tiempo; los herederos de don
Salvador trataron de arrendar la barraca del tío Barret y las tierras á
ella anejas, y no lo consiguieron; nadie las quería; diríase que la
sombra vengativa del presidiario las defendía, las reclamaba aún;
aquellos campos donde hogaño los hierbajos silvestres medraban lozanos,
parecían malditos...

Hasta que por la huerta corrió la noticia de que la barraca fatal estaba
habitada por una familia venida nadie sabía de dónde. El hecho era
cierto. Batiste, un aventurero cansado de probar distintos oficios y de
pelear brazo á brazo con la miseria, se había instalado allí acompañado
de su mujer Teresa y de sus hijos Roseta, Batistet y Pascualet, á quien
por su carita bonachona y rosada, sus padres llamaban «el Obispo». ¡Qué
escándalo! El rumor «se transmitía á grito pelado de un campo á otro
campo, y un estremecimiento de alarma, de extrañeza, de indignación,
corría por toda la vega como si no hubieran transcurrido los siglos y
circulara el aviso de que en la playa acababa de aparecer una galera
argelina buscando cargamento de carne blanca». Instantáneamente, sin
aviso previo, los vecinos organizan contra el intruso una especie de
cruzada, á la cabeza de la cual, y como jefe, figura el valentón
Pimentó. El forastero está asombrado; si él no hizo daño á nadie, si
sólo aspira á vivir pacífica y honradamente, ¿á qué debe atribuir aquel
odio?... Una tarde, al tramontar del sol, cierto pastor, anciano y
ciego, se acerca al predio maldito y aconseja á Batiste irse de allí
cuanto antes: en sus ojos blancos y sin luz, en la lentitud con que
levanta al cielo sus brazos sarmentosos, hay algo paternal y
cabalístico. Sus palabras resuenan agoreras en el silencio de la tarde;
aquellas tierras, regadas con sangre, necesariamente han de ser funestas
para quien las cultive. Concluye:

«_Creume, fill meu: te portarán desgrasia_».

Batiste se encogió de hombros; él á nada tenía miedo y estaba seguro de
que sus manos, infatigables como su voluntad, eran capaces de realizar
milagros. Y así fué. En poco tiempo aquel campo, que durante diez años
había permanecido inculto, apareció limpio de malezas, roturado y
dispuesto á producir opulentas cosechas; los muros de la barraca,
enjalbegados pulcramente de blanco, relucían alegres bajo el sol; el
pozo quedó limpio; ante la casita una parra frondosa tendía su sombra
bienhechora sobre una minúscula plazoleta de ladrillos rojos. El sano
regocijo que Batiste experimentaba con estas mejoras, duró poco; la
experiencia le demostró que jamás se arrostraron impunemente los odios
de un pueblo, y la conjuración, solapada al principio, revienta al fin,
atacando simultáneamente á los forasteros por todos los caminos. La
hostilidad que rodea á los padres trasciende implacable á sus hijos y
les envuelve. A Roseta la maltratan las muchachas de su edad, y Batistet
y Pascualet son golpeados al salir de la escuela por sus compañeros. La
lucha se prolonga semanas y meses tenaz y sin cuartel. En una de
aquellas trifulcas Pascualet, el más pequeño de los dos hermanos, cae en
una zanja llena de agua, y la impresión de la cruel mojadura determina
unas calenturas que acaban con la vida del muchacho. Su padre, acosado
por unos y otros, se defiende á tiros y mata á Pimentó. Pero su heroísmo
es baldío: una noche, hallándose todos acostados, la barraca empieza á
arder; nadie acude en su auxilio; las barracas vecinas permanecen
cerradas, y esta indiferencia es lo que mejor demuestra el
aborrecimiento que inspiran los intrusos. ¿Qué rumbo seguir? ¿Cómo
defenderse de aquel enemigo invisible y enorme? El heroico Batiste acaba
por rendirse; no lucharía más: «Huirían de allí para comenzar otra vida,
sintiendo el hambre tras ellos, pisándoles los talones; dejarían á sus
espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecillo de uno de los suyos,
del pobre _albaet_, que se pudría en las entrañas de aquella tierra,
como víctima inocente de la loca batalla.»

Guarda este libro páginas soberbias, como las consagradas al entierro
de Pascualet y al incendio de la barraca, y hasta media docena de tipos
perfectamente trazados. Su autor lo escribió de un tirón y en un estado
de hiperestesia que iba creciendo y agudizándose conforme se acercaba el
desenlace. Los dos últimos capítulos, especialmente, llegaron á
colocarle en un estado de verdadero desequilibrio mental. Sufrió
alucinaciones. La noche en que terminó la novela trabajó hasta la
madrugada; estaba solo; acababa de escribir la cuartilla final y levantó
la cabeza: sentado delante de él vió á Pimentó. La impresión fué tan
violenta, que Blasco tiró la pluma y retrocediendo, como para no ser
acometido por la espalda, se retiró á su cuarto; la sombra trágica del
huertano permaneció allí, de codos sobre la mesa, junto al quinqué,
inmóvil en medio del silencio y la amplitud del salón obscuro.

El triunfo obtenido dos años más tarde por _Entre naranjos_, igualó y
acaso sobrepujó, al de _La barraca_.

Hay en esta novela una parte autobiográfica muy interesante. Blasco
Ibáñez había conocido en uno de sus viajes á cierta artista rusa, tiple
de ópera, mujer extraordinaria, hermosa, fuerte y sádica como una
_walkyria_, que recorría el mundo llevando consigo á una pobre muchacha
á quien en sus frecuentes arrebatos de mal humor azotaba cruelmente.
Fueron aquéllos unos amores de pesadilla, vehementes y rápidos; la
artista, con su elevada estatura y sus biceps de hierro, era una
verdadera amazona, celosa y agresiva, de la que sus amantes necesitaban
defenderse á puñetazos; instintivamente su temperamento rebelde se
negaba á rendirse, y cada posesión requería una escena ancestral de
lucha y de doma, en la que luego los besos servían para restañar la
sangre de los golpes.

La acción principal de la novela se desarrolla cerca de Valencia, en
Alcira, pueblo lindísimo, pintoresco como un capricho de abanico, cuyo
blanco caserío parece flotar sobre el océano verde de los inmensos
naranjales que lo circundan.

Leonora, artista de ópera de reputación mundial, se ha refugiado allí
guiada por esa necesidad de aislamiento que las almas aventureras
sienten de cuando en cuando. Rafael Brull, á quien sus adeptos acaban de
elegir diputado, se enamora de ella; Leonora quiere resistir, tiene
miedo á las pasiones que desencadena su belleza... pero la soledad, que
enardece las imaginaciones, suele ser mala consejera de la virtud, y al
cabo resbala y se abandona entre los brazos de Rafael una noche de luna,
bajo los naranjos cuajados de azahares. Esta aventura concita contra la
artista los odios de todo el vecindario, pacato y católico. Leonora se
encoge de hombros; ¿qué pueden importarla la enemistad ó las groserías
de aquellas pobres gentes? Pero, al mismo tiempo, su voluntad errante
siente el deseo, cada vez más exigente y punzador, de volver al mundo
para correr tras el espejismo de los horizontes; es su sino... Brull
quiere seguirla, y su intento fracasa: se lo impiden «su pasado», el
recuerdo de su padre, el carácter de su madre, devota y austera, y hasta
el amor de su prometida, muchacha modosita, insignificante, que aportará
al matrimonio una herencia considerable... Leonora y Rafael se separan,
y ni una sola carta vuelve á cruzarse entre ellos. Todo ha concluido.
Rafael Brull se casa, tiene hijos y su nombre obscuro aparece alguna vez
que otra en el _Diario de Sesiones_. Transcurren muchos años. Una tarde,
al salir del Congreso, el diputado se encuentra con Leonora. Es la
_walkyria_ de siempre, fuerte y hermosa; acaba de llegar á Madrid y á la
mañana siguiente piensa salir para Lisboa. Brull siente renacer en su
alma los recuerdos de su antiguo amor: está triste, aburrido; sus ojos
se llenan de lágrimas; aún pueden ser felices...

Ella le rechaza con estas palabras bellas y tristes:

«--No te esfuerces, Rafael--dice--, esto se acabó. El Amor que dejaste
pasar está lejos, tan lejos, que aunque corriéramos mucho, nunca le
daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma
curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo
fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de
la moda pasada...»

Leonora se despide de su antiguo amante fríamente, y Rafael Brull
permanece solo en medio de la acera, ridículo, abatido, casi viejo,
haciendo esfuerzos sobrehumanos para reprimir el deseo, un inmenso deseo
que tiene, de echarse á llorar...

Así, suavemente, con la melancolía de un pañuelo mojado en lágrimas que
desde lejos nos dijese «adiós», termina el libro; libro exquisito,
aromado por la tragedia, la gran tragedia sin sangre, de las ilusiones
perdidas.

_Sónnica la cortesana_ constituye, en la técnica de Vicente Blasco
Ibáñez, un «gesto» aparte; y si la incluyo entre sus «novelas
regionales», es porque su autor, según confesión propia, más que un vano
alarde arqueológico, trató de hacer con este libro «la novela valenciana
antigua».

La acción se desenvuelve durante los últimos días de Sagunto, cuyo
espíritu, costumbres y trajes fueron evocados y descritos con
sorprendente precisión. Sónnica es una cortesana que, por no dejar á un
amante, llevó á las costas levantinas de España un rayo del sol alegre
de Grecia, la cuna excelsa de la filosofía y del arte, donde las
mujeres, cual las diosas, tenían la bondad de aliviar el dolor de los
hombres mostrándose desnudas: como era generosa, el pueblo la adoraba, y
en su palacio suntuoso, hecho de mármoles, las luces que alumbraban los
festines con que la hetera obsequiaba á sus invitados, no se apagaban
nunca antes de salir el sol. Alrededor de Sónnica aparecen agrupadas la
figura belicosa de Acteón, amigo de Anníbal; la del cínico parásito y
filósofo Eufobias, la del afeminado Lácaro, la de los jóvenes amantes
Ranto y Eroción, la del famoso arquero Mopso y otras, que, unidas todas,
recomponen cabalmente el alma, orgullosa y democrática á la vez, de la
época.

En el cuadro final, con el fiero asalto que dieron á las murallas
saguntinas las tropas semi-bárbaras que acaudillaba el general
cartaginés y el heroísmo con que los sitiados, cogidos de las manos, se
precipitaban en la hoguera inmensa donde habían jurado perecer, el autor
puso todo su aliento y supo darnos la emoción de aquella epopeya,
asombro del mundo antigua y gloria todavía de nuestra raza.

A fines del año siguiente, ó sea en Noviembre de 1902, Vicente Blasco
Ibáñez publicó su novela _Cañas y barro_, el mejor, á mi juicio, de
todos sus libros. Luego supe que su autor lo tenía en igual estima, y
no me extrañó; _Cañas y barro_ es una obra maestra.

Explicar el argumento de esta novela es empresa difícil, porque más que
un asunto puede afirmarse que hay en ella dos ó muchos, todos igualmente
interesantes y desarrollados simultáneamente, lo que da á la narración
una jugosidad excepcional, un «calor de humanidad» extraordinario: es el
espejo donde van reflejándose las historias de varias familias que viven
paralelamente, el tornavoz que recoge los gritos de dolor, las zozobras,
las alegrías mezquinas, todas las palpitaciones, en suma, de un trozo
del pintoresco enjambre humano. _Cañas y barro_ es la vida en la célebre
Albufera valenciana, húmeda, fangosa, calenturienta, con sus arrozales,
que forman horizonte. ¿Tipos?... Los hay á puñados; podrían contarse por
docenas: allí están el tío Paloma, el pescador más antiguo del lago,
alma independiente, movediza como su propia barca, para quien el oficio
de agricultor es una profesión de esclavos; su hijo Toni, voluntad de
acero, trabajador infatigable, empeñado en rellenar con tierra traída de
muy lejos una charca profunda que le cedió graciosamente cierta señora
rica «que no sabía qué hacer de ella»; Tonet _el Cubano_, flor de vicio,
tumbón y sensual, que aspira á vivir en la holganza merced á la
protección de su querida Neleta, esposa del rico tabernero y antiguo
contrabandista _Cañamel_; el borracho _Sangonera_, socarrón delicioso,
especie de dios Baco, á quien los habitantes del lago solían encontrar
dormido junto á las orillas, la cabeza ceñida de flores, y que al cabo
murió de un atracón; el _pare_ Miquel, la _Borda_, la _Samaruca_ y
otros... Todos estos seres, moviéndose en el mismo escenario y agitados
por sentimientos afines, dan una sensación rotunda, magnífica, de
humanidad en marcha.

La atención del lector, sin embargo, propende inconscientemente á
olvidar la epopeya grandiosa de Toni para fijarse en los amores
adulterinos de Neleta con Tonet _el Cubano_. Cañamel ha muerto, Neleta
se halla encinta de su amante y es indispensable que el niño
desaparezca, pues, de lo contrario, la viuda, por su proceder liviano,
perdería su derecho á heredar al difunto, según éste lo determinó en su
testamento. En aquella desalmada mujer la codicia es más fuerte que el
instinto maternal, y el recién nacido es inmolado sin piedad; su mismo
padre lo sacrifica: le llevaba en su lancha, y de pronto, asiéndole con
ambas manos, le arrojó violentamente lejos de sí, «como si quisiera
aligerar la embarcación de un lastre inmenso». Y más tarde, cuando _el
Cubano_, horrorizado de su crimen, se suicida, Toni, su padre, enterado
por el tío Paloma de lo ocurrido, le inhuma secretamente. ¿Dónde? En su
charca. La _Borda_, su hija adoptiva, le ayudó en esta operación
macabra. Amanecía y las primeras luces matutinas daban al lago la
tonalidad gris de una lámina inmensa de acero. Cogieron entre los dos el
cadáver y le descendieron á la fosa cuidadosamente, «como si fuese un
enfermo que podía despertar». El sepelio concluyó. ¡Pobre Toni! «Su vida
estaba terminada». ¿Cómo dar idea de su dolor lacerante, infinito?...
«Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.
Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora,
cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el hijo,
el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.»

La crítica creyó ver en este final prodigioso un «efectismo»; algo muy
bello, sí, pero artificiosamente preparado desde el principio de la
obra. No hay tal. Yo quiero hacer constar que ese desenlace fué una
«improvisación». Blasco Ibáñez, apenas salió de la Albufera donde, para
estudiarla de cerca, acababa de pasar ocho ó diez días pescando y
durmiendo al raso en el fondo de una barca, empezó á escribir su novela
sin saber aún cómo la concluiría. Comenzaba la estación otoñal. Muchas
noches, desde un balcón de su finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al
mar tranquilo, susurrante, plateado por la luna, mientras tarareaba la
«Marcha Fúnebre» de _Sigfrido_. Entretanto, meditaba el último capítulo
de su libro. De pronto «lo vió»; fué una emoción tan eficaz que casi la
sintió en los ojos; acababa de sugerírselo el recuerdo del cadáver del
héroe wagneriano, tendido sobre su escudo y llevado por sus guerreros...

¿Y por qué no había de ser así, según el novelista lo explica?

No olvidemos que para Vicente Blasco Ibáñez, fácil más que ningún otro
artista á las emboscadas de la impresión, «el arte es instinto».



                                  III

     Novelas de rebeldía: "La catedral".--"El Intruso" "La bodega".--"La
     horda".


En todas las novelas examinadas hasta aquí, asoma constantemente la
necesidad obsesionadora, ineluctable, del dinero, y la lucha universal y
terrible que los hombres riñen con la tierra por ganarlo; pero el
ambiente donde sus asuntos se desenvuelven es tan bello y jocundo, hay,
así en el lago de la Albufera como en la «casita azul» de Leonora, como
en los verdes bancales que rodean la barraca de Batiste, como en la
playa arenosa del Cabañal, tan subidísima poesía, que la magnificencia
del paisaje se sobrepone y hace olvidar el trabajo cruel de vivir.
Inútilmente el novelista nos describe la ruda existencia de la gente
marinera y apostrofa á las clases privilegiadas, reprochándolas su
codicia y asegurando que «á duro» debía venderse la libra de ese pescado
que suele dejar en la orfandad á tantos niños: el lector, dominado
siempre por la hermosura triunfal de la Naturaleza, se emociona sin
cólera. No; no puede haber verdadero dolor, ni quebrantos irreparables,
en un país donde los árboles se desgajan bajo el peso de la fruta y la
esplendidez del panorama es tal que sus habitantes, artistas por
temperamento, parece que han de olvidar sus penas y darse por contentos
y generosamente pagados, con sólo tener ante los ojos, al concluir sus
faenas, la belleza de una puesta de sol...

Sin duda Vicente Blasco Ibáñez, acaso inadvertidamente, lo entendió así,
y por eso trasladó la acción de sus novelas sucesivas á otras regiones,
en donde la pobreza de la tierra ó la desigualdad abominable con que fué
repartida, exige de los desheredados que escarban en ella mayores
sacrificios. Estos libros que yo llamo «de rebeldía», son, antes que
nada, libros de combate, vehículos elegantes de propaganda
revolucionaria, armas recias y lindas, cuidadosamente templadas, de
demolición y protesta: en ellos reaparece el antiguo espíritu belicoso
de su autor; el político iguala al artista y rivaliza con él,
componiendo entre ambos una obra bella y buena en que la utilidad y la
amenidad se acoplan y conciertan en maridaje feliz. A este período
corresponden _La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_.

Con loable sinceridad Blasco Ibáñez me declara que _La catedral_, á
pesar de ser el más traducido de sus libros, es el que menos le gusta.

--Lo encuentro pesado--exclama--; hay en él demasiada doctrina...

Tal vez; su opinión es para mí preciosa, pues creo que, digan lo que
quieran los críticos, nadie puede hablar con más autoridad de una obra
de arte que su propio autor. De todos modos, _La catedral_ es un libro
que en nuestra vieja España, atrasada y empobrecida bajo el yugo
execrable de las asociaciones monásticas, los defensores de la libertad
debían hacer circular de mano en mano á modo de breviario meritísimo.

La acción se desarrolla en Toledo, la ciudad venerable, hermosa y triste
como un museo, que aún parece dormir, á la sombra de sus iglesias, el
horrible sueño letárgico--sueño de quietismo y de renunciación--de la
Edad Media.

El anarquista Gabriel Luna, después de un éxodo penosísimo, regresa á
Toledo, donde se propone acabar pacíficamente sus días junto á su
hermano Esteban, antiguo servidor de la catedral. Enterado de que su
sobrina Sagrario, que años atrás se había fugado de la casa paterna con
un hombre, arrastraba en Madrid una vida dantesca de miseria y de
oprobio, da los pasos necesarios para recobrarla y al cabo consigue
restituirla á su hogar y que su padre la perdone. ¿Por qué no hacer el
bien, cueste lo que cueste? El perdón es santo, tanto más santo cuanto
mayor sea la gravedad del delito indultado. Gabriel Luna, á quien el
dolor y las privaciones de su existencia errante hirieron en el pecho
con herida mortal, es un carácter apacible y dulce, un visionario
bondadoso, indulgente como un cristiano primitivo. Ama á Sagrario, que
es débil y está enferma también, y ella le corresponde: es una pasión
casta y tranquila, un cariño espiritual en el que sólo se besan las
almas.

«No te separes--la dice--, no me temas. Ni yo soy un hombre ni tú eres
ya una mujer. Has sufrido mucho, has dicho adiós á las alegrías de la
tierra, eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara á cara á la
verdad. Somos dos náufragos de la vida: sólo nos resta esperar y morir
en el islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y
arrollados: la muerte se incuba en nuestras entrañas: somos harapos
caídos é informes después de haber pasado por los engranajes de una
sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual á mí en la
desgracia...»

Las predicaciones de Luna, conversaciones fáciles, rebosantes de
evangélica unción, ocupan casi todas las páginas del libro: él acaricia
la visión de una sociedad nueva, gobernada por las blandas leyes del
amor; un mundo de paz y de infinita tolerancia, en que no habrá pobres
porque tampoco habrá ricos...

Las palabras del anarquista, aunque pacificadoras y ungidas con las
mieles misericordiosas, inefables, del Nuevo Testamento, desatan en el
obscuro cerebro de las gentes incultas que le escuchan, ideas
criminales. Una noche en que Luna cumplía la guardia nocturna de la
catedral, «sus discípulos» se presentan, armados y dispuestos á robar el
Tesoro del templo: quieren ser ricos, gozar, «ser como esos señores que
van en coche y tiran el dinero...» Gabriel Luna, asustado de lo mal que
aquellos hombres han interpretado sus doctrinas, les increpa furioso,
les amenaza; hasta que uno de ellos se arroja sobre él y con el grueso
manojo de llaves que lleva en la mano le rompe la frente.

Una vez más las ovejas, convertidas en lobos devoraron á su pastor. La
humanidad es así. Como Cristo, Gabriel Luna pagó con la vida el delito
más peligroso de todos los delitos: el delito de ser bueno...

Al año siguiente, en 1904, Blasco Ibáñez publicó _El intruso_, cuya
trama se desenvuelve en Bilbao, la tierra fuerte, hecha de hierro, que
alimenta la voracidad insaciable de los Altos Hornos. _La catedral_ es
el símbolo de la religión tradicional, quietista y como momificada, que
subsiste aislada del mundo y confía á la autoridad y esclarecimiento de
su larga historia la salud de su porvenir: _El intruso_, por el
contrario, es la máscara de la religión moderna, la religión militante,
que huye del reposo claustral porque comprende que en él está la muerte,
y ambula por las calles, y frecuenta salones y publica libros y estrena
obras y funda establecimientos de enseñanza y establece compañías
anónimas de navegación y acomete negocios de ferrocarriles y de minas, y
procura, en fin, asociarse á todas las palpitaciones de la existencia
contemporánea. _El intruso_, para decirlo de una vez, es el jesuíta; «la
especie» más inteligente y ladina, y por lo mismo más temible, de la
muchedumbre ensotanada; el amo despótico, aunque aparentemente se
muestre risueño y tolerante, de muchas fortunas y de muchas conciencias.

Hablando de la célebre Universidad de Deusto, la gran obra del
jesuitismo, que alza su mole romana en los alrededores de Bilbao,
escribe Blasco Ibáñez estas palabras elocuentes:

«En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían levantado
los jesuítas una imagen de San José con un arco de focos eléctricos.
Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso recordaba á
los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la orden
poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no queriendo
abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor
hallaba natural que fuese San José el escogido para esta glorificación;
el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de la impotencia,
hermoso molde escogido por aquellos educadores para formar la sociedad
del porvenir.»

El opulento naviero Sánchez Morueta, protagonista del libro, reúne, á un
infalible golpe de vista para los negocios, una voluntad de diamante;
todo le sale á derechas; lo que arruinó á otros á él le enriquece: es un
luchador excepcional que supo sujetar bajo sus rodillas á la fortuna
veleidosa y convertirla en una especie de suave y obediente cabalgadura.
«Establecía nuevas fabricaciones--dice Blasco--, y al poco tiempo
marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos,
y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su
existencia. La desgracia era impotente para él, estaba abroquelado, y
aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal
sería un roce insignificante.»

El novelista se complace en afirmar las proporciones ciclópeas de esta
figura, porque así resplandecerá mejor al final el poder ilimitado,
disolvente, del jesuitismo. Poco á poco, de un modo imperceptible, con
una suavidad sigilosa y rastreante, el enemigo va filtrándose en la
intimidad de aquel hogar. El jefe de la casa, alma ruda abstraída en sus
negocios, no sospecha la gravedad de la traición que se avecina y que
insensiblemente va cercándole. El peligro le estrecha, le provoca, se
sienta á su mesa, duerme á su lado por las noches, y él no lo ve.
Cristina, su mujer, deposita con impudicia fanática al pie del
confesonario sus secretos conyugales más íntimos, y su hija renuncia al
amor de un hombre inteligente y de ideas liberales que la pretende, para
ser la prometida de un rábula discípulo de Deusto. Cuando Sánchez
Morueta se percata de lo que sucede á su alrededor, ya no puede
defenderse; es tarde: su esposa, su hija, sus empleados, todos le
abruman con idénticos consejos; y él mismo, reconociéndose viejo y
triste, siente la necesidad cobarde de ser religioso, de volver los ojos
hacia aquel cielo en el que nunca se detuvo á pensar y que, no obstante,
tanto y tan eficazmente le había ayudado siempre. Terrores extraños de
otra vida le asedian; puede morir y debe ocuparse en lavar su
conciencia. El antiguo luchador se rinde á discreción y acaba por ir,
acompañado de su familia, á pasar una temporada al monasterio de Loyola:
es preciso purificarse, rezar mucho, repartir muchas limosnas; para todo
esto cuenta con su padre espiritual. ¡Pobre Sánchez Morueta! «El
intruso» había luchado con él en su propia casa y le había vencido.

En _La bodega_, como en _El intruso_, «se siente» también la mano del
jesuitismo; es algo magnético, invisible, que se cierne en la atmósfera,
y unas veces obliga á los obreros á concurrir á misa para no ser
expulsados de sus talleres, y otras bendice los campos. En las tortuosas
callejas toledanas, como en las minas bilbaínas donde truena la
oratoria mordiente del doctor Aresti, como en los feraces campos
andaluces por donde pasa la figura evangélica, todo dulzura y caridad de
aquel Cristo moderno que se llamó Fermín Salvoechea, laten los mismos
dolores, gemebundea el mismo treno inmenso que arranca á los
desheredados de todas las provincias la injusticia social.

Pablo Dupont, dueño de una importantísima bodega de Jerez, pertenece á
la estirpe hazañosa de los Sánchez Morueta. Su hermano Luis, prototipo
«del señorito» andaluz, dilapidador, mujeriego, bravucón é inútil,
desdeña los negocios y lleva en su sangre los desbocados apetitos y las
insolencias de una raza feudal: los pobres son para él, como en los
tiempos medioevales, siervos del terruño, esclavos de la gleba, de los
que un caballero principal puede usar libremente y sin extremado
quebranto de las buenas costumbres. «Los de abajo», sin embargo, no
piensan así, los tiempos han cambiado; lentamente, gota á gota, las
modernas corrientes libertarias, van desentumeciendo las conciencias y
mostrando á los hombres el camino sagrado de la ciudad futura: y, por lo
mismo, á lo largo de esta novela que va devanándose alegre y
pintorescamente, se advierten rumores, de lucha intestina,
estremecimientos agoreros de odio y de dolor: los maltratados por la
suerte se cansan de su servidumbre y la palabra «reivindicación» resuena
amenazadora por las noches en el silencio montaraz de las gañanías; los
cuerpos, inclinados sobre el surco, de los segadores, se yerguen á ratos
con un gesto altivo; las manos que antes se abrían humildes, como
implorando una limosna, ahora se crispan conquistadoras y vengativas.

El bondadoso Salvatierra, lamentándose de la abulia nacional, es el
principal propagandista de estas ideas emancipadoras.

«--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
pidáis á los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males.»

Los campesinos le escuchan, haciendo signos de asentimiento; dice bien
el predicador vagabundo; y, poco á poco, el espíritu de rebelión crece
como una ola roja y amarga.

Pero Luis Dupont, calavera y orgulloso de su dinero y de su figura,
olvida tales presagios, y una noche en que se halla de fiesta en una de
sus posesiones, viola á María de la Luz; y poco después un hermano de
ésta, convencido de que el miserable galán no piensa reparar su crimen,
le insulta y le mata. Pero el mal está hecho; María de la Luz ya no será
dichosa, ya no podrá casarse con Rafael, su novio, el elegido adorado de
su alma; se lo prohibe su educación cristiana, la creencia absurda de
que en la virginidad reside la pureza de la mujer. Rafael opina lo
mismo; quiere á María, acaso más que nunca, pero comprende que no debe
unirse á ella; el idilio está roto...

Hasta que el bondadoso don Fernando Salvatierra--seudónimo con que el
autor presenta en su libro al anarquista Salvoechea--habla con Rafael y
le convence de que su desgracia no es irreparable. Necesitaba ser fuerte
y sobreponerse á los fantasmas del pasado. ¡La virginidad! ¿Qué es eso?
¿Qué importancia puede tener un detalle físico tan mezquino en el
porvenir de dos seres que se aman ardientemente?... Las palabras de
Salvatierra resonaban indulgentes y consoladoras en los oídos del mozo:

«Lo sabía todo. ¡Valor! Era una víctima de la corrupción social, contra
la que tronaba él con sus ardores de asceta. Aún podía comenzar de
nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.»

Rafael le escucha y poco á poco siente que su dolor y sus celos, tan
punzantes hasta entonces, van suavizándose. Dice bien aquel hombre: ¿por
qué la integridad física de una mujer ha de anteponerse á la pureza de
su espíritu?... El mismo Rafael explica á María de la Luz este
pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. «Las
vergüenzas del cuerpo--dice--representan muy poco... El amor es lo que
importa; lo demás son preocupaciones de animales.»

Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras
piensan en América, la tierra fértil y hospitalaria, hacia donde se
embarcarían muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de
cariño y de trabajo.

_La horda_ es, en el orden cronológico, la última de las «novelas de
rebeldía»; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo
título, evidentemente es el mayor. Esa «horda» á que Blasco Ibáñez se
refiere, es la muchedumbre de desheredados--traperos, matuteros,
vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros,
ladrones--que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces,
merodeando otras, disputándose los detritus de la gran ciudad alrededor
de la cual forman una especie de círculo siniestro y amenazador, cual
si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los
parias de la vida, los ex hombres de que habló Gorki. En torno de la
urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de
mármol, sus cafés y sus teatros que las mujeres llenan con la alegría
lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre
la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y
gigante que da la sensación de que toda la ciudad ríe estremeciéndose
con la locura de una fiesta báquica, los maltratados de la suerte, los
sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famélicos
alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad,
sus puños se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda
sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les
tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se
pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la
ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no
sabría prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se
alejan mucho de la ciudad, estrechándola, oprimiéndola en un anillo de
miseria. ¡Ah, cuando llegue el día del hartazgo!...

«Maltrana--escribe Blasco Ibáñez refiriéndose al protagonista de _La
horda_--pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de Cuatro
Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las
Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la
orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban á sus puertas, haciendo
una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando
sobre el estiércol á los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
venganzas.»

Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear
figuras, constituir familias y darnos la sensación caliente, llena de
movilidad y de interés, de las muchedumbres, sobresale en este libro más
quizá que en otro ninguno.

Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero
de flaca y desorientada voluntad, y á este desequilibrio de facultades
debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del
tiempo, amargan su vida. Nació de una pobre mujer y de un albañil que
murió siendo él todavía muy niño. Su abuela materna era una trapera del
barrio de las Carolinas llamada _la Mariposa_, y que vivía maritalmente
con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filósofo, á quien
todos conocían por _Zaratustra_. Isidro Maltrana, por consiguiente,
«venía de abajo», era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido
tranquilamente si, desde pequeño, le hubieran dedicado á un oficio. Mas
no fué así; una señora rica y bondadosa, á cuya casa la madre de Isidro
iba á trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo
demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educación y
darle una carrera. Maltrana comenzó á estudiar afanosamente, graduóse
bachiller y seguía con notable aprovechamiento el penúltimo curso de la
facultad de Filosofía y Letras, cuando su protectora falleció. Como por
ensalmo el pobre muchacho se halló desamparado, inerme ante la gran
batalla de la vida: no tenía carrera, no sabía ningún oficio: «los de
arriba», conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y,
por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su
ilustración y poseía unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un
inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente, á quien el
porvenir reservaba días muy negros.

A falta de otra ocupación mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su
bohemia fué larga, dura, estéril. En sus visitas á Cuatro Caminos, donde
vivía su abuela, conoció á Feliciana, hija de un cazador furtivo á quien
llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchándose á
vivir á un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro.
Ella era joven, graciosa y bonita, él era inteligente y alegre; los dos
hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les perseguía sañuda, sin
darles un momento de tregua. Maltrana carecía de trabajo; su voluntad
débil no sabía imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio
desnudos, los dos vencidos fueron á refugiarse en una casuca de las
Cambroneras, desamparada y miserable como choza de húngaros. Según vamos
acercándonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancolía fría y
negra de crepúsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que á
poco de enviudar fuése á vivir con un albañil, hombre muy de bien,
falleció en el hospital; su amante se cayó de un andamio y murió
también; el hijo único que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del
arroyo, estaba en la cárcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo
le mataron á tiros. Finalmente, Feliciana da á luz en el hospital y
acaba allí sus días, y su cadáver va á la fosa común después de haber
pasado por el espanto de la sala de disección... El Destino es
implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les
niega hasta el nombre; diríase que no quiere que de ellos quede nada, ni
aun el recuerdo... Y esta conclusión sería desoladora si el autor,
bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro
Maltrana, desanimado, abúlico y próximo á sumirse en el envilecimiento
sin redención del alcoholismo, reacciona á tiempo. Ya no aspira á
obtener una reputación literaria, pero trabajará, será un «obrero del
arte», ya que no pudo llegar á ser artista. Su voluntad se rebulle y
levanta con desacostumbrado brío: peleará con la suerte y la vencerá: lo
que no hizo por su pobre compañera, ni por sí mismo, lo hará por su
hijo. Esta vez no claudicará; el cariño que aquella criatura le inspira
«es de hierro...»

Y este «germinal» inesperado nos consuela asegurándonos que, cerca ó
lejos, ¿qué importa la distancia?... la humanidad hallará un mañana de
justicia y de paz, un mañana de fraternidad, en el que no habrá dolor...

_La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_, son «libros de
combate», apasionados, fieros, que desataron contra su autor las más
vehementes censuras. Se le tildó de intransigente, de sectario fanático.
Conformes; ¿y qué?... Así ha de pelearse, y no es buen soldado quien á
la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazón del
contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo
único que informa del mérito de la estocada. Los más egregios paladines
de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia á las
acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para
la lucha y retrasaron, en más de un siglo, el desarrollo intelectual de
España. Al fanatismo y á la intransigencia, con fanatismo y con
intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por
el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendrá más tarde,
después que las cicatrices estén bien curadas y no haya peligros de
infección. Así lucha Blasco Ibáñez y así debe lucharse: echando fuera de
la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe
toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical
que empobrece á las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldías del
pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena también
contra esa abominable constitución social que puso las riquezas en unas
cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad
y de frío sobre una tierra que, mejor cultivada, bastaría á la felicidad
de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas
lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres
únicos caminos que llevan á Sión, la ciudad prometida...



                                  IV

     Novelas de la tercera época: "La maja desnuda".--"Sangre y
     arena".--"Los muertos mandan".--"Luna Benamor".


Este nuevo ciclo ocupa un período de cerca de cuatro años, ó sea desde
la aparición de _La mala desnuda_, á principios de 1906, hasta _Luna
Benamor_, publicada á mediados de 1909.

Retratados ya los principales aspectos ó paisajes de la novela regional
valenciana, y agotados los temas máximos de la novela revolucionaria ó
de controversia, Vicente Blasco Ibáñez cambia de rumbo; su espíritu ágil
deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su
observación diligentísima ha de emplearse, y su curiosidad, antes
distraída en la contemplación de vastos panoramas, se dedica al estudio
de las almas y sabe descender á ellas. El trabajo que hasta entonces fué
de síntesis, á partir de este momento será de análisis. El cambio es
duro: á ratos, como en muchas hermosísimas páginas de _Sangre y arena_ y
de _Los muertos mandan_ sucede, la imaginación libérrima del novelista
bate sus alas aquilíferas y se remonta para regalarse con la
contemplación de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hábito
de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito
psicológico predomina, y vuelve á imperar la observación de ese
incesante y maravilloso trajín, semejante á un hervor, que llamamos
conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los
sentimientos, á su desarrollo sigiloso, á las penumbras y mudanzas de
las ideas, á la formación de aquellos avendavalados vientos interiores
denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas
y de sorpresas, como las fórmulas de un libro cabalístico. Diríase que
la pupila del autor se contrae y recoge para sólo percibir lo pequeño, y
que, á imitación de los maestros pintores de la antigua escuela
veneciana, únicamente otorga importancia á las figuras. Esta nueva
tendencia imprime á la obra total de Blasco Ibáñez un carácter nuevo,
científico, de investigación y cosmopolitismo muy agradable.

_La maja desnuda_ es un libro desesperado, un libro trágico, donde
triunfa la muerte. Así, la huella que su lectura graba en el espíritu es
profunda: dura mucho tiempo: más que un rastro es una cicatriz.

El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de
fortuna y de gloria con que algunas veces--muy pocas--el dios Azar
suele favorecer á los artistas jóvenes, se casa con Josefina Torrealta,
hija de un diplomático; un pobre hombre insignificante, pero grave,
tieso, con toda la tiesura escénica inherente á su profesión. Josefina
heredó de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, católica,
sin arrebatos personales, esclava constante de la opinión ajena.
Renovales, por el contrario, es un espíritu independiente, valeroso,
enamorado frenético de su arte. ¡Ay! Sus dos almas, aunque prendadas
fervorosamente la una de la otra, no coincidirán nunca, no se fundirán
jamás en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales «el arte es la
vida»; para Josefina «un medio de vivir»; por lo mismo, los más egregios
ensueños de su compañero no la conmueven. Luego de recorrer las
principales ciudades italianas, se establecen en Roma: él acaricia la
visión de lienzos difíciles, inmortales; ella se opone, suavemente al
principio, con lágrimas y asperezas después. Menos esfuerzo cuestan esos
cuadritos «de costumbres», hechos rápidamente y de memoria, y que los
yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces:
los celos de la joven iban despertando; odiaba á las modelos; en su
vulgaridad no comprendía que su marido pudiera dejarse dominar por su
amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas
mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emoción lasciva. «Le
aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita,
rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro
arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...»

Renovales cedió; adoraba en Josefina y quería complacerla; pero esta
claudicación fué pasajera. Su vocación, momentáneamente represada,
renacía avasalladora; y esta vez su asalto fué más fiero y seguro,
porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero
el cuerpo sí; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una
tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeños y erectos, el vientre
recogido y duro, las piernas delgadas y elásticas... Era «la maja
desnuda», la mujercita inmortal de Goya... ¡Ah! ¡Si él pudiera
retratarla así!... Mariano Renovales discurseó, suplicó, derrochó sus
recursos de artista y de amante, y al cabo consiguió su objeto.
Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misión sagrada--misión
de Belleza--que iba á representar, se prestó á servir de modelo. ¡Pobre
Renovales! «Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos
desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina
aquellas formas armoniosas...» El cuadro quedó terminado; era un lienzo
prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho línea y
color, apresado allí, acariciándole con una sonrisa de Inmortalidad...

Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso
contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy
bien, pero era una porquería... ¡Una porquería! El artista sintió que el
suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de
morir... «Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á
abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja
de colores y _raaás_... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se
partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el
espeluznamiento de la cólera.»

El artista no se movió; ¿para qué? Se sentía anonadado, deshecho; su
porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compañera, acababa de
saltar en pedazos como un cristal. Odió á Josefina: era un odio pasivo,
indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco á poco.
¿Cómo pudo él casarse con aquella mujer? No lo comprendía. Se aburría en
su casa y empezó á frecuentar los salones. Experimentaba un deseo
calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda
juventud. Pero Josefina le estorbaba. ¡Ah, si se muriese!...

Así termina la primera parte.

Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se
enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de
Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es
una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.

Una casualidad descubre á Josefina la existencia de estos amores, y el
mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor
realiza estragos en aquel organismo débil: de día en día se la ve
palidecer, consumirse, acercarse á la muerte; por las tardes, en las
horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lívidas,
cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileño,
de los cadáveres...

Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma á la vejez y aun ha
dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo...
¡horriblemente solo!... Su hija Milita, su única hija, se ha casado y
sólo va á verle para pedirle dinero. Sin razón alguna, como por ensalmo,
experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de
Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleció, todo le habla
de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las
puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo
que levantaron sus faldas la última vez que pasó por allí.

Esta epifanía, al parecer ilógica, de los viejos recuerdos, esa brusca
regresión al pasado, esa contradicción en virtud de la cual Mariano
Renovales adora muerta á la mujer que preterió y aun odió cuando viva,
constituye un precioso fenómeno de psicología amorosa, y uno de los
aciertos más terminantes del novelista.

Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y sólo consigue
trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que
vagamente reproduce los rasgos de la muerta.

«Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada
exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca
diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural.
Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy
lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.»

Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no está tranquilo: quiere
más, quiere recobrar á Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos,
poseerla otra vez... Y para conseguir su propósito se dedica á buscar
por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al
fin cree hallarla: es la «Bella Fregolina», una _divette_... La muchacha
no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales
la obliga á vestirse una falda y unas medias que pertenecieron «á la
otra»... Unicamente vestida de aquel modo podrá retratarla. Ella
accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina,
efectivamente, ha resucitado: aquél es su cuerpo, aquéllos son sus ojos,
velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le
abandona: ¡no es la misma! ¡No es ella!... Y mientras la «Bella
Fregolina», asustada y creyendo habérselas con un loco, se viste á toda
prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su última
ilusión. ¡Juventud, juventud! ¿Por qué te fuiste?...

Al año siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa
central, Turquía y Asia Menor, Vicente Blasco Ibáñez publicó su libro
_Oriente_. Es una obra amenísima, una visión de novelista, palpitante de
interés y de emoción. Contiene varios capítulos meritísimos, tales como
aquel donde describe á Ginebra, «la ciudad del refugio», como el autor
la llama inspiradamente; los que dedica á «Viena la elegante» y al
«¡Hermoso Danubio azul!...»; y el titulado «La noche de la Fuerza»;
páginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida:
diríase que las generaciones futuras van acercándose y que en el
silencio de la noche sagrada se las siente llegar...

_Sangre y arena_, que apareció poco después, obtuvo éxito
extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los
caracteres francos y rudos que intervienen en ella.

El torero Juan Gallardo es, á su modo, un «hombre de presa», un
_arriviste_, que á fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue
ocupar un puesto entre los matadores «de más cartel». Es joven, guapo,
rico; todo le sonríe: las empresas se le disputan, los periódicos
publican su retrato, en las calles la multitud se detiene á mirarle, las
heteras más elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de
mundo se arruinan, le escriben brindándole graciosamente el dulzor de
sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un
diplomático, una tal doña Sol, sobrina del marqués de Moraima. La llaman
_la Embajadora_, y aunque nacida en Andalucía, es un tipo exótico, una
flor de cosmópolis, interesante y rara, que recuerda á Leonora, la
_walkyria_ bella y sádica de _Entre naranjos_. Su alma ofrece una
complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la
entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya está
ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la
bizarría y de la fuerza, y también una sentimental que prende,
románticamente, una rosa de otoño en la solapa de un bandolero. Las
relaciones de doña Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella
quien olvida.

El medio donde la acción se desarrolla permite al novelista presentar
varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros
andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munífica riqueza
del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.

La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la
de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los
músculos se aflojan, otras porque el corazón declina y el ardimiento de
la sangre se apaga y con él flaquea también el valor. Hay muchos toreros
que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la
primera cornada. Esto le sucedió á Gallardo. Al recobrarse de una grave
cogida se halló débil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco también
de espíritu. Había perdido la confianza en sí mismo; el recuerdo de los
dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no podía acercarse á los
toros; sus pies, automáticamente, le separaban de ellos; les tenía
miedo. El público lo notó, los periódicos propalaron la noticia, y la
estrella del famoso matador empezó á declinar; ¡y con qué ocaso tan
rápido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse,
de imponerse á su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; había
muerto su antiguo valor; era otro hombre.

En Madrid, doña Sol y Juan Gallardo vuelven á encontrarse; el torero la
recuerda su amor, aquel viejo amor que todavía quema su alma; mas ella
se encoge de hombros. ¡Bah! ¿Quién se acuerda del pasado?... Sí, es
cierto; ella le quiso... un poco... pero fué un capricho rápido, á flor
de piel, del que no había para qué hablar. Esta conversación entre la
aventurera elegante y aristócrata y el lidiador ignorantón y zafio, es
breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: él no sabe
qué decir; ella, viéndole aturrullado, le mira con curiosidad, con
desdén. Creía soñar...

Se acordó de un rajáh, á quien había conocido en Londres, y trató de
explicar al torero la impresión que aquel personaje indostánico, bello y
triste, con su tez cobreña, sus actitudes perezosas y su bigote lacio,
la había producido:

«--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal
de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridículo, y me burlaba de
él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos
orientales. Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como
un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas
mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de
gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra, para que no
temblase más. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía
haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de
algo extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted,
Gallardo, no sabe lo que es eso.»

Tenía razón. El torero miraba á su interlocutora boquiabierto, cual si
todas aquellas palabras perteneciesen á un idioma desconocido para él.
La joven, cada vez más sorprendida de ser como era, pensaba:

«¡Y ella había podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel
mozo rudo y grosero, y había celebrado como rasgos ingeniosos las
torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que no abandonase sus
costumbres, que oliera á toro y á caballo, que no borrase con perfumes
la atmósfera de animalidad que envolvía á su persona!...»

Y doña Sol, indulgente consigo misma, sonreía:

«¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...»

El desenlace de la obra es magnífico; una de las páginas más entonadas y
brillantes de su autor. Juan Gallardo cae en la plaza, al dar una
estocada, una estocada incomparable, suicida, ¡la mejor de su
historia!... No muere desesperado por la ingratitud de doña Sol; final
hubiera sido éste harto mezquino para los alientos de su recia alma de
lidiador; muere por amor propio, por vanidad de artista, por quedar
bien ante el público, el gran veleidoso que tan pronto encumbra y
diviniza á sus ídolos, como les pisotea. Su desgracia no interrumpe la
fiesta; el espectáculo continúa; en los tendidos bañados en sol «rugía
la fiera: la verdadera, la única».

_Los muertos mandan_, juntamente con _Cañas y barro_, _Entre naranjos_ y
_La barraca_, es, á mi juicio, una de las cuatro novelas maestras sobre
que descansa el alto prestigio de Vicente Blasco Ibáñez. Libro
excepcional y meritísimo que une á la amenidad de los paisajes en él
evocados, la intensa rebusca y minuciosa penetración de los caracteres y
la expresión poética, admirablemente sintética, de una honda y
trascendental visión filosófica.

Jaime Febrer, último vástago de una antigua y muy noble familia
arruinada, tras una primera juventud alegre y fastuosa, vuelve á
Mallorca, su país natal, y para recomponer su casi deshecha fortuna
trata de casarse con Catalina Valls, hija única de cierto judío
riquísimo. Jaime es un hombre independiente, que ha recorrido toda
Europa, y, por lo mismo, se cree ajeno á todos esos ridículos escrúpulos
de campanario que infiernan la vida de las ciudades pequeñas. Mas apenas
descubre su designio, cuando todos los que le conocen, y aun los que
jamás le saludaron, le miran con asombro y enojo. El mismo Pablo Valls,
tío de Catalina, á pesar de comprender los beneficios que este enlace
reportaría á los suyos, aconseja noblemente á Jaime que renuncie á tal
proyecto: él le conoció niño, le quiere bien y no permitirá que sea
desgraciado. ¡Un Febrer! ¡Un descendiente de la familia más católica de
Mallorca, de una familia que había dado al mundo cardenales,
inquisidores y caballeros de Malta, casarse con una _chueta_!
¡Imposible!... ¿Qué diría la isla? Y, aunque renunciase á vivir allí,
¿en qué rincón del planeta iría á refugiarse que no le alcanzase la
execración y el desprecio de todos?... Además, por mucho que amase á
Catalina, no podría ser feliz con ella; tarde ó temprano la odiaría.
¿Acaso una mujer y un hombre pueden, por sí solos, destruir la herencia
de rencores acumulada durante muchos siglos entre dos razas?...

Jaime Febrer, que no quiere á Catalina, se deja convencer, y para
destruir de cuajo y más pronto su naciente noviazgo, se traslada á
Ibiza. ¿Qué remedio? Es algo fatal; los muertos lo disponen así.

En Ibiza Jaime Febrer se instala en una vieja torre, propiedad suya, que
llaman «del Pirata», y en aquella soledad agreste se enamora de
Margalida, hija de Pép, propietario de _Can Mallorquí_ y descendiente de
labriegos modestos, feudatarios de los muy ilustres progenitores de
Jaime. Por lo mismo, éste, aunque totalmente arruinado, continúa siendo
«el amo», una especie de hombre superior aislado de los demás por los
dones preexcelsos de su inteligencia y de su raza. Así, la pasión que
siente Febrer hacia Margalida escandaliza á todos, incluso á sus padres:
aquello es imposible, es absurdo; «el señor» está loco. En Ibiza, como
en Mallorca, el pasado se oponía al porvenir y dificultaba su marcha. En
todas partes, la historia, la raza, la autoridad inapelable de lo que ha
sido...

«Reía amargamente de su optimismo en aquella ocasión, de la confianza
que le había hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los
muertos mandan: su autoridad y su poder eran indiscutibles. ¿Cómo había
podido él, á impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y
desconsoladora verdad?... Bien le hacían sentir los lóbregos tiranos de
nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. ¿Qué había hecho él
para que en este rincón de la tierra, su último refugio, le mirasen como
un extraño?... Las innumerables generaciones de hombres, cuyo polvo y
cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla natal, habían
dejado como herencia á los presentes el odio al extranjero, el miedo y
la repulsión al extraño, con el que vivieron en guerra. El que llegaba
de otros países era recibido con un aislamiento repelente, ordenado por
los que ya no existían.

»Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse á
una mujer, la mujer replegábase misteriosa y asustada de tal
aproximación, y el padre, en nombre de su respeto servil, se oponía á
este hecho inaudito. Era una obra de loco la suya: la conjunción del
gallo y la gaviota soñada por un fraile extravagante que tanto hacía
reir á los payeses. Así lo habían querido los hombres en otros tiempos
al fundar la sociedad y dividirla en clases, y así debía ser. Inútil
rebelarse contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta,
y no bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que habían
existido antes de ella y parecían espiarla invisibles, oprimiéndola
entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra,
abrumándola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran
aprovechados por todos los que nacían sin fuerza para discurrir algo
nuevo.

»Los muertos mandan, y es inútil que los vivos se resistan á obedecer.
Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena
de los siglos, todo mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los
indios, símbolo budhista que había visto en París al presenciar una
ceremonia religiosa oriental en un museo. La rueda era el símbolo de
nuestra vida. Creemos avanzar porque nos movemos; creemos progresar
porque vamos hacia adelante, y cuando la rueda da la vuelta completa,
nos encontramos en el mismo sitio. La vida de la humanidad, la historia,
todo era un interminable «recomenzamiento de las cosas». Nacen los
pueblos, crecen, progresan; la cabaña se convierte en castillo y después
en fábrica; se forman las enormes ciudades de millones de hombres,
sobrevienen después las catástrofes, las guerras por el pan que escasea
para tantas gentes, las protestas de los desposeídos, las grandes
matanzas, y las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba
invade los orgullosos monumentos: las metrópolis se hunden poco á poco
en la tierra y duermen siglos y siglos bajo colinas. El bosque bravío
cubre la capital de remotas épocas; pasa el cazador salvaje por donde en
otro tiempo eran recibidos los caudillos vencedores con aparato de
semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su caramillo sobre las
ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven á agruparse los
hombres y surge la cabaña, la aldea, el castillo, la fábrica, la ciudad
enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de
centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales
gestos, ideas y preocupaciones en el transcurso de unos años. ¡La rueda!
¡El eterno recomenzar de las cosas! ¡Y todas las criaturas del rebaño
humano cambiando de aprisco, pero jamás de pastores: y los pastores
siempre los mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo
pensamiento primordial fué como el puñado de nieve que rueda y rueda por
las pendientes, agrandándose, llevando adherido en su pegajosidad todo
cuanto encuentra al paso!...

»Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes
mecánicos inventados para su bienestar, creíanse libres, superiores al
pasado, emancipados de la original servidumbre, ¡y todo cuanto decían se
había dicho centenares de siglos antes con diversas palabras; sus
pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que consideraban originales,
eran destellos y reflejos de otros pensamientos remotos; y todos los
actos que tenían por buenos ó malos eran respetados como tales porque
así los habían clasificado los muertos, los tiránicos muertos, á los que
el hombre tendría que matar de nuevo si deseaba ser libre realmente!...
¿Quién llegaría á realizar esta gran hazaña libertadora? ¿Qué paladín
con fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba sobre la
humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas
guardaban bajo su corpachón inútiles tesoros?...»

Este pensamiento embebe el ánimo del autor y reaparece á cada momento
bajo su pluma, siendo el verdadero protagonista del libro; un
protagonista invisible, pero tremendo, extendido, como el cielo, de un
horizonte á otro.

«Los vivos--añade Blasco Ibáñez--no estaban solos en ninguna parte:
rodeábanles los muertos en todos los sitios, y como eran más,
infinitamente más, gravitaban sobre su existencia con la pesadez del
tiempo y del número. No; los muertos no se iban, como creía el refrán
popular. Los muertos se quedaban inmóviles al borde de la vida, espiando
á las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado
con rudo tirón en el alma cada vez que intentaban apartarse de la
ruta...»

No he podido arrancarme á la tentación de transcribir los anteriores
párrafos, porque, amén de expresar limpiamente el espíritu del libro á
que me refiero, son por su especial contextura, colorista y sonante, una
de las muestras más cabales del estilo de Blasco Ibáñez; estilo
frecuentemente desaliñado, con el desaliño cálido de la impaciencia que
lo inspiró, pero siempre gráfico, viril y jugoso.

Como antes en Mallorca, ahora en Ibiza todo se confabula para que Jaime
y Margalida no se amen. Pero esta vez Jaime Febrer no transige, la
pasión que le anima es sincera y robusta, y los obstáculos que se oponen
á la realización de su deseo le enardecen, lejos de abatirle. Al fin se
casa. Convaleciente aún de la grave herida que le infirió uno de los
mozos que cortejaban á Margalida, Febrer, dirigiéndose á un amigo suyo,
repite esta sabia frase: «Pablo, ¡matemos á los muertos!...» Es decir:
destruyamos lo pretérito, vivamos horros de preocupaciones imbéciles,
afirmemos nuestra personalidad labrando independientemente ese porvenir
donde puede aguardarnos la dicha.

Declaro que, según avanzaba en la lectura de esta obra, iba apoderándose
de mí un malestar creciente; imponiéndose á la magnificencia
mediterránea de los paisajes, á la hermosura del cielo radiante y azul y
á la fertilidad de los campos verdes, con el bruñido verdor de las
esmeraldas mojadas, una melancolía invencible, semejante á una
evaporación de dolor, amortiguaba el regocijo de la Naturaleza. Eran los
muertos... Así, cuando de pronto, avasallando todo el fatal prestigio de
lo que ha sido, la vida se impone, experimenta el lector ese alivio
inefable que, en medio de los terrores de una pesadilla, produce la luz.

Y el libro concluye con esta declaración optimista, llena de salud,
riente como un rayo de sol mañanero: «No; los muertos no mandan: quien
manda es la vida, y sobre la vida el amor.»

Tal es el desenlace que Blasco Ibáñez da á su obra, y, conociendo su
temperamento enérgico, no pudo ser otro: destruyamos el pasado: sobre él
lo futuro, que es la esperanza, la ilusión, debe caer como una losa.

Para concluir, citaré á _Luna Benamor_: es una novela corta que tiene la
poesía filante, dulcemente triste, de los andenes y de los puertos. En
la sociedad cosmopolita que pulula por las calles de Gibraltar, Luis
Aguirre conoce á Luna, una hebrea, y quiere casarse con ella; pero la
joven, aunque enamorada de él, no accede; sus religiones les separan,
sus dioses no les permiten unirse; ella se casará con uno de su raza. Y
así es: el desenlace es pesimista; esta vez, los muertos han
vencido...



                                   V

     Síntesis.--Las mujeres en la obra des Blasco Ibáñez.--Los
     conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trágicos.


Recordando la impresión que la obra total de Vicente Blasco Ibáñez ha
dejado en mi espíritu, diré que sus libros se ofrecen á mi imaginación
como flores de pesadilla extravagantes y magníficas, unas azules, otras
negras, aquéllas rojas como la sangre; y todas grandes, frescas,
lozaneando pomposamente sobre un paisaje donde triunfan los dos colores
principales con que se disfraza la vida: el verde del mar y de los
campos, y el amarillo del sol. Y más allá, muy lejos, formando
horizonte, los desenlaces trágicos de casi todas sus novelas componen
una línea obscura que habla de injusticias y de dolor.

No quiero desaprovechar la ocasión que ahora se me ofrece de esclarecer,
siquiera sea ligerísimamente, el verdadero puesto ocupado por Blasco
Ibáñez en la historia de nuestra novela contemporánea.

Por ser, según hemos visto, partidario acérrimo del método experimental
ó de observación, y más aún, por haber empezado á escribir cuando el
prestigio extraordinario de Emilio Zola rebasaba las fronteras francesas
y llenaba el mundo, el autor de _La barraca_ fué considerado como
«discípulo de Zola y representante de la escuela naturalista en España».
Esta afirmación caprichosa, lanzada por un «crítico profesional»
cualquiera, la repitió alegremente «el vulgo» de los escritores y más
tarde el público. El «prurito de clasificación», que tanto adula la
pereza intelectual de las muchedumbres porque puede encerrar «en el
cliché de una frase» la personalidad completa de un autor, acabó de dar
validez á lo que, por su esencia, era totalmente arbitrario y gratuito.
Este criterio prevaleció durante muchos años: era inútil que Blasco
Ibáñez publicase obras arqueológicas como _Sónnica la cortesana_, ó
libros de tan alquitarado lirismo como _Entre naranjos_; trabajo baldío;
su renombre, para placentera comodidad y sosiego de la opinión, estaba
ya fijado, catalogado y equivalía á una cédula personal. La crítica--esa
crítica acéfala que no lee y juzga del mérito de los libros por su
precio y los colorines de su portada--le había diputado «mantenedor del
naturalismo español», y era inútil que el novelista demostrase, con sus
libros, renunciar al cargo; el público no le admitía la dimisión, cual
si fuese aquel un puesto que no pudiese quedar vacante.

¿Cómo negar que hay prolijos y notables puntos de concomitancia entre la
obra de Emilio Zola y la de Blasco Ibáñez?... Mas ello no significa que
éste siguiese puntual y servilmente las huellas de aquél, aunque las
arquitecturas que ambos dieron á sus libros sean muy parecidas; como
tampoco pueden considerarse «discípulos» de Zola, ni al maravilloso
Alfonso Daudet, ni al enorme Maupassant, ni á Mirbeau, ni siquiera á
Marcelo Prévost, aunque todos ellos cultiven el método experimental:
pues á través de temperamentos tan enérgicos y rotundos como los
precitados, la realidad, aun siendo indivisible y única, siempre se nos
muestra remozada bajo matices distintos.

Es más; salvo _Arroz y tartana_, obra de juventud, escrita bajo la
sugestión, legítimamente obsesionadora, del autor de _Germinal_, los
demás libros de Vicente Blasco Ibáñez definen, por momentos con mayor
energía, la personalidad del copioso novelista español. Blasco Ibáñez es
un impulsivo, un impresionista, un impaciente formidable, que produce
«por explosón», sin pauta ni medida, con una generosidad de catarata; y
Zola, por el contrario, era el artista metódico, frío, avaro de su
tiempo, que antes de sentarse á escribir un libro ordenaba sus notas y
trabajaba con el reloj puesto sobre la mesa: fué Zola un temperamento
calculador, una voluntad sin intermitencias, que burilaba la realidad y
ahondaba en ella cachazudamente y «por penetración», con una lentitud
perseverante, uniforme, de viejo buey uncido al yugo. Esto lo dice su
estilo compacto. Emilio Zola, además, fué un casto, un místico triste y
solitario, un hombre de «vida interior» abrumado por la preocupación
vigilante de amontonar volúmenes; mientras Blasco Ibáñez es una
vitalidad patriarcal, prolífica, desbordante, en cuyas obras campea la
satisfacción de vivir, honda, sincera, inmarcesible.

La labor de Vicente Blasco Ibáñez, examinada en conjunto, brinda al
observador puntos de vista dignos de consideración y recuerdo.

El recio carácter del novelista, su complexión sanguínea y batalladora y
aquel desdén imperceptible, un poco oriental, que su temperamento
impaciente de gozador siente hacia la mujer, causas son de que éstas no
ocupen en su obra los primeros puestos. El las quiere, las quiere
mucho... pero le aburren sus nerviosidades, su debilidad, la tacañería
de su horizonte intelectual, la unilateralidad de sus instintos,
dedicados siempre al amor, cual si fuera de este sentimiento no le
quedasen al hombre desacotados y ubérrimos campos donde ejercitar su
diligencia. Los jardines rumorosos de Armida le fatigan pronto: la
hembra bella, acariciadora, indulgente, pulida por los refinamientos de
la civilización, buena es para ese breve rato que los sentimentales
llaman poéticamente «el cuarto de hora azul», de la pasión. Pero luego
el varón fuerte debe zafarse de los blancos brazos enlazados á su
cuello, y proseguir su camino, su lucha sagrada por el mejoramiento y
bienestar humanos y la conquista de la tierra.

Así, excepción hecha de _Entre naranjos_ y de _Sónnica la cortesana_, en
sus demás libros «el dulce enemigo» fué relegado prudentemente á un
modesto segundo término. Siendo de notar también, que así la
protagonista de _Entre naranjos_, como Sónnica, la hetera ateniense, son
dos tipos enérgicos, perfectamente varoniles, que de su sexo sólo tienen
la hermosura.

Algunas de estas hembras concretan la parte más especulativa, más
limpiamente artística, del alma de su autor. Son las «soñadoras». En
este grupo figuran pocos nombres. Leonora, la heroína vagabunda de
_Entre naranjos_, personificación de «el Amor, que pasa una sola vez en
la vida coronado de flores con su cortejo de besos y de risas», y doña
Sol, la teatral pecadora de _Sangre y arena_, pertenecen á la misma
raza: á las dos las trastorna la música, y capaces hubieran sido de dar
su virginidad por un beso recibido en el hechizo de una melodía de
Schubert; las dos son veleidosas y sienten el acicate mordedor de
empeñados y peregrinos lances; las dos caminan aburridas,
desilusionadas de sí mismas, cautivadas únicamente por la atracción
novelesca de lo que no tienen, y apenas consiguen lo que buscaban cuando
lo rechazan con fastidio; su infierno va con ellas: no amarán nunca
fuertemente, no sentirán el gozo reparador de las grandes ilusiones, no
conocerán jamás ese bienestar, bienestar de reposo, que los espíritus
agitados experimentan cuando una vez se detienen en la ruta de amargura
de sus sensaciones. Para ellas nada hay substantivo, todo es «cuestión
de ambiente, de escena...»

En la obra de Blasco Ibáñez también hay pocas «bravías», pues sin duda
el novelista estima que raras veces la virtud del valor buscó aposento
en pechos femeninos, mejor apercibidos para alimentar á los hijos y
servir de regalo y lascivo contento á los hombres, que para vestir la
cota y desafiar peligros. Algunas mujeres, sin embargo, pertenecen á
este grupo: Dolores, verbigracia, la garrida pescadora de _Flor de
Mayo_; y Neleta, aquella mujercita acerada y pequeña de _Cañas y barro_,
á quien los terribles desgarramientos del parto apenas arrancan un
quejido...

Casi toda la multitud femenina que vive en las novelas de Blasco Ibáñez,
puede dividirse en dos grupos. A saber: «humildes» y «católicas». Para
el autor de _La barraca_, ni la independencia de criterio ni las
rebeldías de voluntad son rasgos peculiares de la mujer española,
acostumbrada por imposiciones de educación y leyes de herencia, á la
docilidad; y tan cierto es esto, que para explicar el alborotado
temperamento de doña Sol y de Leonora, las presenta como espíritus
exóticos, educados lejos del patrio terruño, único modo de sustraerse á
la normalidad tediosa del alma castellana, desjugada y uniforme como su
suelo. La mujer española es fuerte y valerosa, pero con el valor de la
resistencia, de la pasividad; y si alguna vez despierta para lanzarse á
las vehemencias del ataque, es cuando la religión, único resorte que
después del amor y muchas veces por encima del amor, agita su ánimo, la
impulsa á ello.

Las «humildes» abundan; forman un generoso ramillete de frentes pálidas,
de cervices inclinadas, de labios sin color, de ojos esclavos perdidos
en la melancolía de la tierra; hembras silenciosas que caminan sin
ruido; caracteres recogidos acostumbrados á obedecer, primero al padre,
al esposo después, á los hijos más tarde... A este grupo pertenecen
_Tonica_, la costurerilla de _Arroz y tartana_; la Rosario infeliz de
_Flor de Mayo_, que trabaja toda la semana para que á su Tonet, «al
amo», no le falte tabaco ni dinero con que ir á la taberna; la Teresa de
_La barraca_, tozuda, infatigable, en su lucha con la tierra; la pobre
_Borda_, de _Cañas y barro_, enamorada de _el Cubano_ con una pasión
oculta y sin esperanza, de sierva; pasión que nunca le confía y que
únicamente se descubre romántica cuando, viéndole muerto, le besa en los
labios; Sagrario, la pecadora arrepentida y casi moribunda de _La
catedral_; Feliciana, la mártir que, más que de parto, muere de pena, de
miseria y de frío, en las últimas páginas de _La horda_; y Josefina, la
burguesita desventurada, víctima de su educación, de _La maja desnuda_;
y Margalida, la cordera asombrada y dulce, de _Los muertos mandan_...

Al lado de estas hembras vulgares, pacatas, faltas de iniciativas, y sin
otra virtud que la virtud cómoda, pero infecunda, de la obediencia,
están las «católicas»; voluntades belicosas, tiránicas, defensoras
intransigentes de lo tradicional. Son doña Bernarda, la tía fanática de
Rafael Brull, y también Remedios, la esposa de éste; una chiquilla de
sensibilidad atrofiada para quien el matrimonio no pasó de ser una
curiosidad; y son doña Cristina y su hija Pepita, en _El intruso_; y
aquella terrible doña Juana de _Los muertos mandan_, que vieja,
doncellona y millonaria, deshereda á su sobrino Jaime Febrer por el
delito de haberse querido casar con una judía...

Conociendo el apasionado espíritu de Blasco Ibáñez, el modo
impresionista, casi instantáneo, que tiene de «ver» los asuntos, y la
tumultuosa celeridad con que escribe, arracimando caracteres y paisajes
alrededor de la idea matriz, no sorprende la insistencia con que todos
sus libros aparecen construídos sobre la historia de un macho bravo,
irresistible, incapaz de claudicaciones, susceptible de caminar hacia el
desenlace sin apartarse en una tilde de la línea recta. El hombre de
presa, el héroe casto y sobrio, dominado únicamente por la obsesión «de
llegar», no falta nunca; es una especie de _materia prima_; y es porque
el novelista, inconscientemente, se complace en sí mismo y se retrata en
sus obras.

Fuera de duda está que, tanto como los lances de amor, interesan á las
multitudes los empeños de fuerza y bizarría. Si los primeros son
golosos, los segundos también ejercen sobre nuestra curiosidad un poder
de atracción enorme; y apuradillos nos encontraríamos todos si
hubiésemos de responder con estricta sinceridad si solicita más nuestra
atención el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan, ó el
choque brutal de dos hombres que se matan.

Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten,
acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emoción. Todo
ello realmente depende, más que del fenómeno en sí, de la idiosincrasia
sentimental ó belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el
beso es lo único bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en
cambio, de temple aventurero, que sueñan con ser protagonistas de
hazañosas empresas. De todos modos es innegable que las más de las veces
las muecas de la muerte ejercen sugestión eficacísima sobre nuestro
organismo, y ello explica el número inmenso de devotos que tienen «la
crónica negra» de los periódicos, los toros, los domadores de fieras,
las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre
olfatea un peligro.

En el teatro, sea drama ó comedia lo que los actores representen, son
pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta
el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de
aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de
codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y
la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose
triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros,
y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva
del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas
del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los
espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación
subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve
en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro
endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de
la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no
la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la
necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué,
sobre el espectador más cercano...

Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros,
sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay
autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un
capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y
otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran
gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el
inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el
trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas,
se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe
social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los
fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla
con tempestuosidades proféticas.

Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero
artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no
sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la
importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los
«conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa
raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto
luchador aragonés don Eugenio García, de _Arroz y tartana_, aparece más
ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su
fisonomía moral, en el _Retor_ de _Flor de Mayo_, en el heroico Batiste
de _La barraca_, en Toni de _Cañas y barro_, en el asombroso Sánchez
Morueta de _El intruso_, en la figura de Pablo Dupont de _La bodega_, en
el genial pintor Mariano Renovales de _La maja desnuda_... por no citar
otros.

Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de _El intruso_:

«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.
Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos
célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»

Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del
novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras
otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas
de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen,
sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase
profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una
voluntad».

El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez
se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una
especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la
vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los
hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel
torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los
justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo
blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes
recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se
cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni
enarbola jamás la bandera blanca.

Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y
su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en
sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha
lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.

A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor
interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen
humor. Tales, el tipo del _Sangonera_, muriendo de un hartazgo en medio
de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero
_Zaratustra_, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las
conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le
pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada
página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre
acibarada por unas livianas gotas de ironía...

Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos,
rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche,
la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento,
vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de
polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en
_Flor de Mayo_, sobre el surco en _La barraca_ y en _La bodega_, y bajo
tierra, en las negruras de la mina, en _El intruso_. Y cual si la lucha
ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de
la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en _Entre
naranjos_, por la gloria en _La maja desnuda_, por el progreso en _La
catedral_, contra los fantasmas irreductibles del pasado en _Los muertos
mandan_. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y
pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el
espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.

A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los
desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de
Jaime Febrer en _Los muertos mandan_, terminan de un modo alegre,
francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente:
cuando en ellos no hay sangre, como acontece en _Entre naranjos_ ó en
_La maja desnuda_, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.

¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es
un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su
fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo
que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas
del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual
millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se
olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de
los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es
hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí,
al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por
un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es
tan duro!...



                                  VI

     Una anécdota curiosa.--El libro "Argentina y sus
     grandezas".--Proyectos.


He vuelto á ver á Vicente Blasco Ibáñez en su hotelito de la calle de
Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos
relativos á su vida y á su obra...

El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas
abiertas sobre el jardín, ante un grupo de árboles. Al fondo hay varios
estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de
Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro están
juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el
esfuerzo mental, una rara y dolorosa armonía. Adornan las paredes muchos
objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaquín Sorolla. Todo
ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen
colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento á mi
alrededor algo extraño, un latido caliente y febril de impaciencia, como
si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueños que
decoran la habitación, participasen, en virtud de inexplicables
magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.

Sentado enfrente de mí, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada
cómodamente contra el respaldo del sillón. Vicente Blasco Ibáñez fuma y
mira al espacio. A intervalos entorna los párpados, y tienen sus
actitudes y el descuido afectuoso de su conversación, el dulce
cansancio, el bienestar depurado y recóndito, del hombre que acaba de
realizar un grave esfuerzo y está satisfecho de su obra. Al porvenir,
cuando es risueño, lo miramos mejor así, con los ojos cerrados.

Todo calla á nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegría
verde y fresca del jardín arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra
del despacho una línea recta, vibrante y ardorosa como un florete de
oro.

Vuelvo á sentir aquella vaga emoción de bienestar de que hablé al
principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por
experiencia las virtudes higiénicas de la lucha y del esfuerzo, amamos
la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrés llamó «profesores de
energía», y lo son realmente; no ya porque saben aplicar á sus empresas
arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece
desprenderse algo físico, una especie de efluvio magnético, que
sugestiona á los caídos y les alegra, mejora y enardece.

Yo pienso:

«Este hombre ha llegado...»

Y «ha llegado», en efecto, al prestigio artístico y á una comodidad
material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de
la edad viril, cuando el pecho es aún hoguera de entusiasmos y el mundo
nos parece todavía un hadado jardín; cuando en cada camino hay un
misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.

El dinero, los amoríos, las satisfacciones de la ambición triunfadora,
regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la
niñez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle á un viejo la
gloria--uno de los adornos más bellos de la vida, el más bello quizá--es
como ofrecerle á un mozo de treinta años una muñeca que cierre los
ojos... Lo que haga éste con su regalo, hará aquél con el suyo: mirarlo
tristemente y pensar:

«¿Por qué tardaste tanto en llegar á mí?...»

Pero Blasco Ibáñez logró el triunfo mucho antes de asomarse á la vejez,
cuando podía disfrutar de él largamente, merced excelentísima reservada,
en verdad, á muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta
y entristece á los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se
coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que
ni alientos les quedan para gozar de su victoria.

Le hablo á Blasco Ibáñez de sus libros y me sorprende hallarle menos
enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y
el novelista se encoge de hombros...

--No me acuerdo--dice.

Su memoria conserva, sí, las grandes líneas generales de sus obras, pero
ha olvidado los detalles.

--Yo--añade--soy un hombre á quien sólo le interesa el presente, y acaso
más que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeño, lo
olvido. Esto, evidentemente, me ayuda á vivir, á defender mi buen
humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy
bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el
primer latigazo de la impresión, me ciego y voy por donde el huracán de
mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor;
nada... Basta que por mi alma pase un sueño para que todo cuanto hay en
ella se borre.

Prosigue hablando llanamente, con un desaliño familiar y afectuoso que,
por contraste, me recuerda á los muchos escritores franceses que he
conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los
detalles, tan escénicos... Blasco Ibáñez atribuye su inclinación á
olvidar, no á la generosidad de su carácter, sino á su fortaleza.

--Unicamente los débiles--añade--se acuerdan, á través de los años, del
daño que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han
sufrido, disimula siempre un poco de temor.

Hay una pausa; el maestro sonríe.

--¡Si yo le dijese á usted--exclama--que el más grave de los desafíos
que he tenido lo afronté por bondad!

--¿Por bondad?...--repito.

--Sí; por bondad de carácter... ¡no acierto á explicarme!... Pero es
eso; por bondad; porque no batiéndome, mi rival iba á quedar en una
situación difícil...

El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.

Hace ocho ó nueve años, á la salida del Congreso y con motivo de una
manifestación republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibáñez
un serio altercado con un oficial de policía. Por ser militar su enemigo
y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo,
sus padrinos dispusieron el desafío en condiciones de gravedad nunca
vistas; á saber: colocando á los combatientes á veinte pasos uno de
otro, y dándoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta
segundos. El lance, preparado así, equivalía á un suicidio. El
presidente del Congreso se opuso tenazmente á que un diputado se batiese
por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta llegó á amenazarle
con expulsarle de la Cámara... Fundándose en lo extraordinario y
terrible del lance, sus padrinos se negaron á representarle.

«Eso es un disparate--decían--; no debe usted batirse...»

Realmente, tenían razón...

--Pero--me dice Blasco explicándome su actitud de espíritu en aquella
ocasión novelesca--si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una
situación difícil ante sus compañeros y acaso perdiese su carrera; y yo
no quería perjudicarle, no sentía hacia él la más leve animadversión...

Meditando en esto el novelista llegó á convencerse de que lo mejor era
dejar las cosas según estaban, y sin más vacilaciones fué al terreno,
llevando, á falta de padrinos, dos testigos. Una vez allí, esperó á que
el oficial disparase, y recibió un balazo en el mismo sitio del hígado;
golpe que hubiese sido mortal á no haberse aplastado milagrosamente la
bala sobre una hebilla de un pequeño cinturón. El choque fué tan rudo
que le quitó el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala
rebotó y la herida convirtióse en contusión. Con esto se dió por
terminado el desafío, y mientras el ilustre doctor San Martín curaba al
novelista, asegurándole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de
los padrinos del oficial, precisamente el que había exigido todas las
bárbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un año después
murió en un manicomio, acudió á felicitarle:

«--¡Muy bien, muy bien!...--exclamó estrechándole la mano--; celebro que
esto haya terminado así, pues le advierto que soy un admirador de usted
y que he leído todas sus novelas. Me gustan mucho, ¡mucho!...»

A lo que Blasco Ibáñez repuso sencillamente:

«--Pues ha estado usted á punto de acabar con la fábrica.»

La contestación tiene verdadero «humor». El maestro concluye su anécdota
con esta paradoja:

--Y vea usted cómo es posible que un hombre ande á tiros con otro por no
perjudicarle...

La conversación cambia de rumbo. Pregunto:

--Me han dicho que es usted abogado...

--Es cierto.

--¿No ha ejercido usted nunca su carrera?...

--Sí, cuando muchacho... recién salido de la Universidad. Pero es una
profesión que no me gusta: es árida, detallista... Tengo ganas de
escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de
justicia que, por fortuna ó desgracia, conozco muy bien.

--¿Cuándo?...

--¡Oh, no sé!... Me falta tiempo.

Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me
equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el
ambicioso espíritu del novelista.

Vicente Blasco Ibáñez me enseña los últimos pliegos de su obra
_Argentina y sus grandezas_, que publicará en breve; obra
interesantísima, monumental, de historiador y de poeta. Formará un
volumen magnífico, digno ciertamente de la gloriosa República á quien va
dedicado, con más de mil páginas y más de tres mil grabados, láminas en
color, planos, etc., y cuya edición no costará menos de treinta mil
duros.

Es imposible reproducir aquí las impresiones tan hondas, tan complejas,
tan refinadamente poéticas, que produce la reposada lectura de este
libro amenísimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor
lo compuso trabajando en él doce y catorce horas diarias, durante cinco
meses: fué un esfuerzo inverosímil que, sólo una complexión privilegiada
como la suya, hubiese resistido.

Ningún artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente
Blasco Ibáñez para sentir y fijar en páginas de prosa fuerte y matizada
los esplendores polícromos de la tierra argentina. Hay en este libro
sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase
de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones proféticas de
caudalosa ilusión, como ventanales magníficos abiertos sobre el
porvenir; y, al mismo tiempo, una emoción de historia, de humanidad,
que, á través de los siglos, se renueva y camina.

La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios,
superhombres más excelsos que los cantados por Homero y Tirteo,
arrebatan la imaginación volcánica del novelista; sus extraordinarias
facultades de pintor tocan á rebato, y las maravillas de la epopeya
inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol.
Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y
sus ojos duros acostumbrados á mirar á la muerte, recorren las pampas
americanas como una legión de ensueño; hostilizados por los indígenas,
acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras,
é infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras
de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las
largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor,
el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce.
Diríase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que
había de cumplirse.

El autor, entretanto, haciendo, más que uso, pródigo alarde y derroche
de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los
grandiosos horizontes argentinos, su vegetación ubérrima que produce
árboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podrían
abarcar; su fauna multicolor y extraña, sus boas enroscadas, dormidas al
sol, semejantes á peñascos enormes caídos en la uniformidad de la
llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas
de los lagos; sus cordilleras altísimas, sobre cuya crestería, cubierta
de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra
errante; sus noches mágicas, embellecidas por la canción de las
cataratas argentinas, las más caudalosas del mundo...

Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y
mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus
vías férreas, de año en año más numerosas; su inagotable riqueza
agrícola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos
una visión neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha
permanecido allí, el novelista, enardecido por una curiosidad
insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir
gasto ni ahorrarse fatiga.

--Dificulto--me dice--que haya muchos argentinos que conozcan su país
mejor que yo...

Y añade:

--Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis días á
caballo por ver un salto de agua.

Hablando de aquellos hermosos países, entusiastas y prósperos, regados
por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la
inspiración meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La
Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaños que forman
horizonte, sus montañas y sus ríos inmensos, poderosos como mares, le ha
producido una especie de deslumbramiento: todo allí es joven, grande,
magnífico, con magnificencia epopéyica, superior á toda hipérbole.

La actividad infatigable del novelista se aplica ahora á estudiar
cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas
elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su
imaginación ardorosa acaricia la visión de algo titánico, muy bello y
muy útil.

--Allá en Patagonia--prosigue--, en la confluencia de los ríos Neuquem y
Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es
inmejorable, la vegetación ubérrima, desbordante... Allí fundaré una
colonia española que se llamará «Cervantes». Será una villa interesante:
¡oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el
primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza
virgen, donde todavía, hace treinta años, había indios salvajes, es una
estatua del autor del _Quijote_, hecha por Benlliure...

Blasco Ibáñez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus
designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir á la vida la
intensidad imaginativa de las novelas.

Como si todo esto fuese poco, también me habla de los libros que tiene
en preparación, de un «ciclo» en cinco volúmenes dedicados á la
conquista de América, la más egregia de cuantas empresas realizó la raza
hispana, y que piensa escribir allá, en «su villa de Cervantes»,
mientras á su alrededor zumbe la agitación calenturienta y alegre de la
flamante colonia. El tomo primero se titulará _El tesoro del Gran Kan_,
ó tal vez _La cuna_, y será un á guisa de «prólogo» en donde aparece
Cristóbal Colón, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez,
grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin título aún,
hablará de los hazañosos Alonso de Ojeda y Vasco Núñez de Balboa. En el
tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés. El cuarto lo
dedicará al vencedor del Perú, Francisco Pizarro, y llevará por título
_El oro y la muerte_. Y en el quinto, en fin, cantará las altas empresas
del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...

Mientras Blasco Ibáñez habla con el calor habitual en él, yo le miro
atento, sinceramente maravillado de que en la breve vida de un hombre
quepan tantas ambiciones, tantos proyectos y tantas victorias. Es tarde
y me levanto. El maestro me acompaña hasta el jardín y, ufanamente, mira
á su alrededor. Sus ojos se impacientan y por su rostro, que colorea el
furor de vivir, pasa un gesto de contrariedad.

--Me aburre esta casa--exclama de pronto, como hablando consigo mismo--;
es incómoda, triste... La compré porque no hallé entonces nada mejor.
Pero el año próximo mandaré derribarla, y en este mismo solar levantaré
otra á mi gusto.

Esta afirmación le retrata; es «el padre» de Toni y de Batiste, quien
habla así.

Atravieso el jardín, y al llegar á la calle vuelvo la cabeza para
saludar al novelista. Vicente Blasco Ibáñez, con su cuerpo erguido y
aplomado sobre las piernas, su aire jaque y su ancha frente bañada en
sol, me parece un símbolo: el símbolo del hombre que venció á la Vida y
se siente bien agarrado á una tierra que dominó y es suya.

Madrid, Julio 1910.

FIN



                                ÍNDICE


.....Páginas.

 VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.--I. Biografía.--Sus viajes.--Cómo trabaja.--El
 teatro.--Su concepto de la mujer y de la vida.....5

 II.--Novelas regionales: «Arroz y tartana».--«Flor de Mayo».--«La
 barraca».--«Entre naranjos».--«Sónnica la cortesana».--«Cañas y
 barro».....25

 III.--Novelas de rebeldía: «La catedral».--«El intruso».--«La
 bodega».--«La horda».....51

 IV.--Novelas de la tercera época: «La maja desnuda».--«Sangre y
 arena».--«Los muertos mandan».--«Luna Benamor».....69

 V.--Síntesis.--Las mujeres en la obra de Blasco Ibáñez.--Los
 conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trágicos.....91

 VI.--Una anécdota curiosa.--El libro «Argentina y sus
 grandezas».--Proyectos.....107

       *       *       *       *       *

OBRAS DE V. BLASCO IBÁÑEZ

=Cuentos valencianos.=

=La condenada= (cuentos).

=En el país del arte= (viajes).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Sónnica la cortesana= (novela).

=Cañas y barro= (novela).

=La catedral= (novela).

=El intruso= (novela).

=La bodega= (novela).

=La horda= (novela).

=La maja desnuda= (novela).

=Oriente= (viajes).

=Sangre y arena= (novela).

=Los muertos mandan= (novela).

       *       *       *       *       *

OBRAS TRADUCIDAS DEL MISMO AUTOR


 =Terres maudites= (Traducción de G. Hérelle), París.

 =Fleur de Mai= (Traducción de G. Hérelle), París.

 =Boue et Roseaux= (Traducción de Maurice Bixio), París.

 =Contes espagnols= (Traducción de G. Menetrier), París.

 =Dans l'ombre de la cathédrale= (Traducción de G. Hérelle), París.

 =Terras malditas= (Traducción de Napoleâo Toscano), Lisboa.

 =A cathedral= (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
 Lisboa.

 =Die Kathedrale= (Traducción de Josy Priems), Zurich.

 =Flor de Mayo= (Traducción de Josy Priems), Zurich.

 =Erdfluch= (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

 =Schilfund Schlamm= (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

 =Der Eindringling= (Traducción de J. Broulá), Berlín.

 =De vloek= (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Haarlem.

 =Waar Oranjeboomen Bloeien= (Traducción del doctor A. A. Fokker),
 Amsterdam.

 =Chalupa= (Traducción de A. Pikhart), Praga.

 =Marná chlouba= (Traducción de A. Pikhart), Praga.

 =Ah, il panel...= (Traducción de F. Gelormini), Palermo.

 =Hvad en mand har at gove= (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.

 =Vinnyi sklad= (Traducción de Watson), Petersburgo.

 =Bodega= (Traducción de K. G.), Petersburgo.

 =Prokliatac Pole= (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

 =Sobor= (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

 =Duoyñoy vistrel= (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

 =Gelanznodorognoy zaiaz= (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

 =Naloguiza obnagennaia= (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

 =Arénes sanglantes= (Traducción de G. Hérelle), París.

 =La horde= (Traducción de G. Hérelle), París.

 =A cortezan de Sagunto= (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes
 Rosa), Lisboa.

 =O intruso= (Traducción de Carvalho), Lisboa.

       *       *       *       *       *

                 _HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA_

                            Por J. MICHELET

               Traducción y prólogo de V. BLASCO IBÁÑEZ

            Tres gruesos volúmenes, encuadernados en tela,
               *  *  *  *  =treinta pesetas=  *  *  *  *


                               HISTORIA
                              SOCIALISTA

                            Por JUAN JAURÉS

             Cuatro tomos encuadernados en tela y plancha

                *  *  dorada, =cuarenta pesetas=  *  *

                    SE SIRVE TAMBIÉN POR CUADERNOS

                   *       *       *       *       *

                                 OBRAS

                          DE EDUARDO ZAMACOIS

NOVELAS

La enferma.--Punto-Negro.--Incesto.--Tik-Nay (_El payaso
inimitable_).--Loca de amor.--El seductor.--Duelo á muerte.--Memorias de
una cortesana.--Sobre el abismo.--El otro.

NOVELAS CORTAS

Bodas trágicas.--La estatua.--La quimera.--El lacayo.--Noche de
bodas.--Amar á obscuras.--Semana de pasión (4 volúmenes).

TEATRO GALANTE

Nochebuena.--El pasado vuelve.--Frío (un volumen).

CRITICA

Desde mi butaca (_Apuntes para una psicología de nuestros
actores_).--Impresiones de arte.--Río abajo.--De mi vida.

CUENTOS

De carne y hueso.--Horas crueles.

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

Universidad de Deuste=> Universidad de Deusto {pg 56}

sagado de la ciudad futura=> sagrado de la ciudad futura {pg 59}

no es innacesible=> no es inaccesible {pg 75}

carácter del novelisa=> carácter del novelista {pg 94}

me lavanto=> me levanto {pg 119}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez" ***

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