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Title: La araña negra, t. 1/9
Author: Blasco Ibáñez, Vicente
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La araña negra, t. 1/9" ***

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 En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)



                         VICENTE BLASCO IBAÑEZ

                               LA ARAÑA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                             TOMO PRIMERO

                        [Illustration: colofón]

                         EDITORIAL COSMÓPOLIS

                            APARTADO 3.030
                                MADRID

      Imprenta Zoila Ascasíbar.--Martín de los Heros, 65. MADRID



PROLOGO



I

--No es ésta la mejor hora para hacer visitas. En este colegio se
guardan muy bien las reglas, señor; no sé si la madre directora podrá
recibirle..., pero, a pesar de esto, preguntaré.

Y el hermano Andrés, al decir estas palabras, se llevaba indolentemente
una mano a su puntiagudo y mugriento gorro de seda, como queriendo medir
con justo patrón un saludo que no fuese descortés, pero tampoco amable;
uno de esos saludos que se guardan para las personas misteriosas que no
se sabe de dónde vienen ni lo que quieren. Y sonreía con la expresión de
un cancerbero, abriendo aquella bocaza frailuna, oscura, mal oliente, de
profundidad interminable y adornada en su entrada con tres dientes
gastados, retorcidos y amarillentos como las fichas de un dominó de
café.

Aquel portero de religioso colegio, en su juventud lego de las disueltas
Ordenes religiosas, defensor después del Altar y el Trono a las órdenes
de Cabrera, criado de los jesuítas en Francia y en España, y empleado,
por fin, de la pensión del Corazón de Jesús, miraba al recién llegado
con la recelosa y hostil curiosidad propia de quien ha pasado casi toda
su vida entre gente inquieta y aficionada a la sospecha, que cree la
desconfianza un sentimiento natural y el espionaje un deber ineludible.
Se veía en el hermano Andrés, con un poco de observación y a pesar de
los estragos que la edad había hecho en su cuerpo flacucho, al antiguo
lego tosco, brutal, de puños tan férreos como su estómago y dispuesto
lo mismo a barrerle la celda al padre prior como a empuñar el trabuco
carlista; pero su posterior roce con los jesuítas habíale creado una
nueva personalidad que se adaptaba sobre su antiguo natural como el
traje sobre el cuerpo, y en virtud de aquella cepilladura loyolesca
sabía sonreír con mansedumbre evangélica, mirar a todas partes con los
ojos fijos en el suelo y dar a su voz una entonación meliflua y humilde
que hacía exclamar a más de una de las ricas devotas que visitaban el
colegio:

--Este hermano Andrés es un santo varón.

Y al santo varón no le caía muy en gracia aquel caballero que, apeándose
a la puerta del colegio de un carruaje de alquiler, con cierto
misterioso recato, había entrado de sopetón en su portería. Había en él
algo que alarmaba su olfato amaestrado en la sacristía y en las partidas
carlistas, algo que el hermano Andrés había ya rotulado en su
imaginación con el terrible título de "tufillo liberal".

--Este hombre no es de los nuestros--se decía el seráfico portero
mirándole al sesgo con desconfianza, y, efectivamente, todo en él se
diferenciaba del aspecto de los asiduos visitantes del colegio. Estos
eran buenas gentes que nunca hablaban alto, que decían al entrar: "¡Ave
María!", que preguntaban con cierta veneración por la reverenda madre
superiora y de paso dirigían una sonrisa al conserje hermano en Cristo;
que inclinaban la cabeza ante las innumerables estampas de santos de
todas clases y tamaños que, colgadas de las paredes de la portería,
convertían ésta en una verdadera corte celestial al cromo barato, y el
recién llegado no decía una palabra sin mirar a los ojos de aquel a
quien se dirigía; tenía un acento enérgico y vibrante que no se
esforzaba en disimular; mostraba en sus ademanes una noble franqueza,
había preguntado con desfachatez revolucionaria por la "señora
directora", y al fijarse en los bienaventurados de vivos colorines que
adornaban el cuarto, ¡horror de los horrores!, al hermano Andrés le
había parecido que a los labios del incógnito apuntaba una fugaz y
amarga sonrisa.

Además, aquel rostro moreno de facciones pronunciadas, aquellos bigotes
gruesos de un color rubio oscuro con reflejos metálicos y aquella frente
surcada por una arruga vertical, signo en ciertos caracteres enérgicos
lo mismo de cólera que de contrariedad, por un no sé qué misterioso,
afirmaban cada vez más al religioso portero en la creencia de que aquel
hombre, que por su aire marcial parecía un antiguo militar, no tenía
nada de común con el Sagrado Corazón, con las monjas ni con sus
visitantes.

--¿Si será alguno de esos revolucionarios arrepentidos que ahora han
subido al Poder?--y esta consideración que mentalmente se hacía el
portero, era la que le impulsaba a mostrarse fríamente amable y no
contestar con aquella insolente sequedad que guardaba siempre para los
impíos poco temibles.

--Voy a ver si dan permiso para que usted pase, y entretanto puede usted
descansar aquí.

Esto lo dijo el portero tras el largo silencio transcurrido después de
las palabras con que recibió al recién llegado.

Nada contestó éste, y el hermano, que había tomado de las monjas la
curiosidad femenil, no se resolvió a moverse sin practicar algún sondeo
en aquel incógnito que él calificaba de misterioso.

--¿Y qué nombre tendré que anunciar a la madre superiora?

--Es inútil; no me conoce.

--¿Creo que no vendrá usted por asuntos de ninguna señorita de las que
están aquí a pensión?

--Vengo a ver a la señorita María Alvarez y Baselga, que hace tres años
está en este colegio.

--Perdone usted, señor; aquí no hay ninguna señorita Alvarez.

--¡Cómo!...--exclamó con sorpresa el desconocido, mirando fijamente al
portero.

--Usted se referirá, sin duda--continuó éste tomando un aire de
compungido servilismo--a la señorita María Quirós de Baselga, condesa de
Baselga.

Al oír estas palabras, el rostro de aquel hombre se transfiguró
rápidamente; su habitual expresión noble y franca trocóse en
reconcentrada y feroz, y con voz temblona por la cólera, gritó:

--Eso de Quirós es mentira; la señorita Alvarez, esa niña...

Pero calló como si comprendiera lo ridículo que resultaba discutir sobre
apellidos con un portero curioso, y mirando a éste con aire de
superioridad, le dijo:

--Estoy perdiendo un tiempo precioso para mí. Anuncie usted
inmediatamente a la señora directora que hay un caballero que desea
hablarla.

El hermano Andrés obedeció, saliendo de la portería, no sin antes
saludar a aquel hombre que tal aire de imposición sabía mostrar, y
abriendo la mampara de pintados cristales se internó en el patio del
colegio.

El incógnito sentóse en el conventual sillón de cuero del conserje y
esperó, dejando vagar su mirada sobre los mamarrachos artísticos que
recibían el homenaje del fanatismo.

Reinaba la calma propia de un edificio que, a pesar de encontrarse en la
parte más céntrica de una ciudad, aunque no muy grande, bastante
populosa, tenía la defensa que le proporcionaba el estar enclavado al
extremo de una calleja sin salida, que en su entrada de embudo recogía
los ruidos propios de la vida y de la agitación, para irlos disminuyendo
y conducirlos amortiguados hasta las puertas del Colegio, donde se
extinguían como temerosos de salvar los umbrales de aquella casa
dedicada a las oraciones y a una educación tan religiosa como
extravagante.

Cuando el distraído incógnito, saliendo momentáneamente de su
ensimismamiento, fijaba su mirada en la pequeña ventana de cristales
algo empañados y orlada de estampitas que en la fachada se abría al lado
de la gran puerta del colegio, veía a continuación de la mercenaria
berlina, la callejuela en toda su extensión, solitaria, monótona y fría
como la plegaria de una religiosa, y allá, a su término, el cruzar
rápido de carruajes, el encuentro de transeúntes y todos los detalles
propios de una vía concurrida, o más bien de la arteria principal de una
ciudad de provincia.

De vez en cuando, sobre el confuso rumor que se producía en la gran
calle y que llegaba al colegio como el rugido de un mar lejano,
dominaban gritos estridentes que se repetían con metódica precisión.

Era el vocear de los vendedores de papeles públicos. Desde la portería
no podían precisarse las palabras del oral anuncio; pero el desconocido
lo había oído momentos antes y sabía lo que significaba.

Era la hoja extraordinaria que anunciaba cómo en la madrugada del día
anterior el general Pavía había penetrado en el palacio de la
Representación Nacional para disolver a viva fuerza las Cortes
Constituyentes de la República.

El golpe de Estado, tan esperado por los elementos conservadores, se
había realizado; la República no había caído aún de nombre, pero estaba
muerta de hecho y el país buscaba ya con mirada indiferente cuál era el
nuevo amo que iba a proporcionarle el soldado de fortuna, burlesco
héroe del 3 de enero.

Cada vez que sobre el popular rumor alzábase el estridente chillido de
uno de los voceadores, el desconocido pestañeaba como queriendo alejar
una idea dolorosa que venía a turbarle en sus meditaciones harto graves.

No tardó el portero en volver. Sus pasos tardos y acompasados sonaron al
otro lado de la mampara de cristales; ésta se abrió, y el hermano
Andrés, asomando medio cuerpo, dijo con su eterna sonrisa:

--Cuando el caballero guste, puede seguirme.

Levantóse el interpelado, precedido de aquél, atravesó el patio, y
dejando a un lado la gran escalera, obra maestra de pasados siglos,
propia de aquel viejo caserón, con su gruesa baranda de labrada piedra,
sus berroqueños follajes, sus leones rampantes roídos por el tiempo
sosteniendo escudos borrosos, y sus peldaños gastados y angulosos como
encías viejas, subieron una escalerilla de construcción moderna y poco
extensa que conducía al entresuelo, donde estaban la habitación y el
despacho de la madre superiora y el salón para recibir a los visitantes.

El que ahora entraba en el colegio fué conducido al despacho, pieza que
a más del indispensable crucifijo gigantesco, cromos devotos y
estanterías con libros empolvados encuadernados en pergamino, ostentaba
varios grandes cuadros; el uno fiel retrato del pontífice, puesto en
seráfica actitud, y los otros representando imágenes de santos, bulas
concediendo indulgencias y labores caligráficas de las educandas.

Cuando quedó solo el visitante, sentóse en una butaca y esperó mirando
fijamente el blanco retrato del Papa. Un ligero roce consiguió muy
pronto sacarle de tal contemplación, y volviendo la cabeza un poco le
pareció columbrar por los resquicios que quedaban entre un pesado
cortinaje y el hueco de la puerta, blancas tocas, ojos de mujeres y
bocas que cuchicheaban suavemente.

La fugaz visión desapareció; el desconocido engolfóse otra vez en sus
contemplaciones y por tres o cuatro veces volvió a mirar a la puerta,
viendo siempre alguien en acecho, sólo que en una ocasión no fueron
tocas monjiles lo que distinguió, sino una negra sotana y unos ojos de
ave de rapiña que desaparecieron con la rapidez de las fantasmagorías
del sueño.

El incógnito sonrió pensando en la revolución que había causado en el
convento su llegada y que tal vez habría hecho más misteriosa con sus
palabras el mastuerzo del postero.

De pronto la cortina se levantó y entró en el despacho la superiora, una
buena moza que, a pesar de hallarse ya lejos de los cuarenta, ostentaba
con cierta satisfacción femenil su carne fofa, pero blanca, tersa y
sonrosada a juzgar por los abultados carrillos, y llevaba con majestad,
no exenta de coquetería, su blanca toca y sus gafas de oro.

Hablaba con gran corrección; pero a las cuatro palabras demostraba su
origen francés, pues ciertas letras no podían pasar por su lengua sin
ser graciosamente desfiguradas por aquella esposa del Señor.

--Dios guarde a usted, caballero--dijo al entrar--. Siéntese usted y
diga en qué pueden servirle en esta santa casa destinada a educar a las
jóvenes en el temor de Dios.

Y la buena madre, después de decir con gran calma estas palabras,
sentóse majestuosamente en su poltrona, interponiendo entre ella y el
visitante la mesa de trabajo cargada de papeles, de rosarios y de un
sinnúmero de baratijas religiosas, y clavó en aquél sus gafas
deslumbrantes.

El caballero acercó un poco la silla a la mesa, como para hablar más
bajo, y con voz no muy segura comenzó:

--Señora... (aquí la religiosa hizo un mohín de disgusto, como
rechazando tan mundano tratamiento).

--Señora--volvió a decir aquel hombre, como para demostrar que no
retiraba la palabra--. Tengo gran prisa por terminar el asunto que aquí
me arrastra, y en usted consistirá el verse pronto libre de mi
presencia, que de seguro la distrae de más graves ocupaciones.

--Diga usted lo que desea--contestó impasible la superiora.

--Acontecimientos imprevistos me obligan a salir de España. No sé cuándo
volveré; tal vez nunca, tal vez muy pronto. Una reciente tempestad ha
caído sobre mí y otros muchos, y voy lejos, muy lejos, aunque
proponiéndome volver así que cese lo que hoy me empuja. En tal
situación, señora, antes de partir a un destierro en el que tal vez
pierda la vida, vengo aquí a cumplir el más santo de los deberes, el
deber de padre, que es el que con más fuerza conmueve mi corazón. En
fin, señora, vengo a ver a mi hija; déjeme usted que la dé un beso y me
voy al momento.

Y aquel hombrón todo músculos y energía, que en ciertos momentos miraba
con una fiereza que no por ser noble imponía menos, al decir estas
palabras hablaba con voz cada vez más temblona, y al final tiró con
cierta violencia de sus grandes bigotes y se rascó en la frente como si
con esto quisiera ocultar que sus ojos se ponían lacrimosos a causa de
la emoción.

La superiora continuaba en tanto impasible, con el aire de una persona
que oye cosas que no entiende.

El desconocido tomó tal expresión por una muestra de extrañeza y dijo
sonriendo con melancolía:

--No extrañe usted, señora, que casi me ponga a llorar. Aquí donde usted
me ve, me he conmovido muy pocas veces, y eso que en más de una he visto
la muerte de cerca. Pero ya puede usted considerar lo que es un padre
que en muchos años no ve a su hija, y... además, no sé si el beso que
ahora la dé será el último.

Y el caballero, que luchaba por serenarse, pareció sentir nuevo
enternecimiento.

Entretanto la monja despegó los labios y dijo con la solemnidad de una
antigua sibila:

--Debo manifestar a usted que no entiendo lo que dice ni a qué hija se
refiere.

El interpelado se incorporó en su asiento con nervioso arranque,
manifestando en su mirada la mayor extrañeza; pero después pareció
reflexionar, y sonriendo, dijo:

--Es verdad; usted dispense, señora. En mi cariñoso aturdimiento he
olvidado manifestar a usted a quién quiero ver y cuál de sus educandas
es mi hija. Mi hija es...

--Ante todo, caballero--dijo la superiora interrumpiéndole--. Es la
primera vez que veo a usted y, por tanto, excusado es preguntarle si ha
sido usted el que ha traído a este colegio a la señorita en cuestión.

--No la he traído yo.

--Ni la habrá conducido aquí alguien por encargo expreso de usted.

--No, señora.

--Pues ninguna de las educandas de la casa se encuentra en tal caso.
Todas están aquí por la voluntad y disposición de sus padres o de las
personas encargadas de su vigilancia.

--Señora, acabemos, y a ver si logramos entendernos. Yo vengo en busca
de María Alvarez y Baselga, que es mi hija.

La monja hizo como quien repasa su memoria con gran detenimiento, y
después dijo con sequedad:

--No hay aquí ninguna educanda de tal nombre.

--Señora--contestó el caballero con voz que iba inflamándose y tomando
una entonación enérgica--, no perdamos el tiempo y vayamos rectamente al
asunto. Aquí está la joven de quien hablo y necesito verla; si es que
para entendernos debemos ir discutiendo apellidos, le preguntaré, ya que
así usted lo quiere, en vez de por la señorita Alvarez, por la señorita
Quirós.

Y al nombrar este apellido, recalcó las letras con cierta amargura
despreciativa.

--Eso es diferente--dijo la superiora--. Aquí está como educanda hace
tres años, la señorita María Quirós y Baselga, condesa de Baselga, pero
yo ignoro con qué derecho quiere usted verla.

--Soy su padre.

--Su padre murió hace mucho tiempo.

--¡Mentira!--exclamó el hombre con iracunda voz.--Aquél no era más que
un miserable, un autómata que, para sus fines particulares, movieron
los...

Pero al llegar aquí se detuvo como si el lugar en que estaba y el sexo y
clase de la persona a quien se dirigía le hicieran variar de tono.

--Perdone usted, señora--continuó--, este rapto de cólera, hijo de mi
carácter arrebatado. Hace dos días que estoy fuera de mí y, en algunos
instantes, me tengo por próximo a la locura. Créame usted señora
directora, créame, pues le aseguro por mi conciencia de hombre honrado,
de hombre que jamás ha mentido, que esa niña de quien usted habla, es mi
hija. Usted tal vez me conozca, tal vez haya oído hablar de mí. Si la
persona que trajo aquí a María, ¡a mi hija querida!, ha hecho ciertas
revelaciones de familia, de seguro que mi nombre no le será a usted
desconocido.

Se detuvo un momento para estudiar el efecto que sus palabras causaban
en la superiora, y al verla impasible, dijo con cierta satisfacción
propia del que ostenta un nombre que no tiene por qué ocultar:

--Yo, señora, soy Esteban Alvarez, ex comandante del ejército y uno de
los pocos que huyen de su patria por no ver la deshonra consumada en la
madrugada de ayer.

Y el que así se revelaba, bajó un instante la cabeza como para devorar
la amargura que le causaban sus últimas palabras; momento que aprovechó
la monja para fijarse rápidamente en el cortinaje que se había agitado
ligeramente y dirigir una mirada a alguna persona oculta, a la que
parecía decir:--¡Qué tal! ¿Me engañaba yo?

Cuando don Esteban volvió a fijar su vista en los espejuelos de la
superiora, ésta, con cierta desdeñosidad, no exenta de evangélica
lástima, dijo calmosamente:

--Efectivamente, conocía su nombre, señor Alvarez. ¿Y quién lo ignora en
España? Por desgracia, hasta el fondo de las santas moradas en que se
rinde culto a Dios, llega el infernal rumor del hervidero revolucionario
y se conoce de oídas a los hombres impíos que, olvidando los más
preciosos sentimientos, declaran la guerra al cielo y a sus servidores,
dirigen a las hordas armadas para destruir lo tradicional y venerando de
nuestra patria, y después, en ese centro de escándalos que llaman las
Cortes, tienen el satánico atrevimiento de negar la existencia del que
es autor del mundo y algún día ha de juzgarnos. ¡Señor Alvarez, le
conozco bastante! Ojalá que su nombre no fuera tan popular, que con ello
ganaría su alma y tendría más segura su salvación.

--No se trata de eso, señora--dijo don Esteban, que había oído con
impaciencia--. Deje usted a un lado todas esas apreciaciones nacidas de
sus ideas políticas y religiosas y que yo respeto. No le he preguntado
si usted conocía mi nombre por la fama que mis actos peores o mejores le
han dado, sino por haberlo oído en sus conversaciones con la persona que
aquí trajo a María.

--La condesita de Baselga fué traída a este colegio por su tía, la
señora baronesa de Carrillo.

--Justo. ¿Y nada le ha dicho a usted de mí esa señora?

--No creo que la baronesa, persona devota y temerosa de Dios como pocas,
y perteneciente a una de las familias más ilustres, haya tenido nunca
relación con los hombres de la República.

Estas palabras, dichas con acento melifluo, causaron a don Esteban el
efecto de un latigazo, e incorporándose en el asiento, contestó:

--Valiente jesuitaza es la tal señora, y en cuanto a que yo haya podido
tener relación con ella, cosas hay que tal vez usted no ignore (aunque
finja lo contrario) y que nos ligan muy de cerca. En fin, señora,
terminemos. Hágame usted el inmenso favor de que pueda ver a mi hija un
sólo instante.

--Aquí no tiene usted ninguna hija, y extraño mucho que un hombre como
usted, a menos de haberse vuelto loco, venga en circunstancias tan
críticas para su seguridad, cuando tal vez le buscan para castigarle por
sus excesos, a perturbar la tranquilidad de esta santa casa.

--Tiene usted razón, señora--dijo don Esteban con tristeza--. Me
encuentro en circunstancias muy críticas y esto es lo que más debe
moverla a acceder a mis deseos. En la madrugada de ayer, cuando vi mis
ilusiones deshechas y que todos huían olvidando su deber creí volverme
loco, y mi único pensamiento fué defender lo que tanto nos había costado
alcanzar: esa República que ustedes maldicen y en cuya caída pueden
reclamar parte; pero cuando me convencí de que la resistencia era
imposible, de que estaba próximo a perder mi libertad y que lo más
racional era la fuga, mi ferviente deseo consistió en ver a mi hija, al
único ser que me liga a este mundo, y por eso, exponiéndome a la
venganza de rencorosos enemigos que me odian por mis pasadas hazañas y
me temen a causa de lo mucho que aún puedo hacer para que reviva la
República, exponiéndome, digo, a tantos peligros, he abandonado Madrid,
no para huir rectamente a Francia, como aconseja la conveniencia, sino
para venir antes a esta ciudad a contemplar, sin duda por última vez, al
ser inocente cuyo recuerdo llena mi existencia y derrama dulce calma en
mi ánimo cuando me encuentro amargado por las luchas de la vida. Mi
mayor felicidad sería lograr que mi hija, ¡mi María! me acompañase en el
destierro que me aguarda, que fuese mi sostén en la vejez prematura que
las circunstancias me preparan; pero sé muy bien, señora, que esto no lo
lograré, pues ni usted me dará mi hija, ni yo a los ojos de la sociedad
tengo derecho para reclamarla; pero ya que esto es imposible, señora, no
ya como a directora de este establecimiento, como mujer de tierno
corazón, como ser que aún recordará las tiernas caricias del hombre que
le dió la existencia, la pido que antes de que yo parta me deje besar a
la pobre niña, víctima en su nacimiento de un miserable engaño y sobre
la cual un oculto poder que no quiero nombrar, porque con ello heriría
la susceptibilidad de usted, parece que arroja una maldición. Señora,
¿quiere usted concederme lo que le pido?

Calló don Esteban y esperó ansiosamente la contestación de la religiosa;
pero ésta no parecía apresurarse en hablar, por lo que aquel pobre padre
añadió para reforzar sus anteriores palabras:

--Señora, en nombre de ese ser ideal, todo amor y bondad que
continuamente tienen ustedes en los labios, en nombre de Dios, no
niegue usted tan mezquino favor a un hombre que lo pide cuando más
abrumado está por la desgracia.

La superiora, como mostrándose ofendida de que don Esteban introdujera a
Dios en la conversación, se incorporó en su asiento, y con voz
acompasada, después de envolver a su interlocutor en una mirada de
olímpico desdén, dijo por fin:

--Este colegio, caballero, tiene reglas estrictas aprobadas por la
superioridad, de las que no puede salir y a las que yo no faltaré nunca.

--¿Acaso esas reglas pueden privar que un padre dé un beso a su hija?

--Ya le he dicho a usted antes que no es padre de ninguna educanda ni
menos de la señorita Quirós por quien pregunta, y como tampoco le tengo
a usted por pariente ni por amigo de la familia, de aquí que me vea
obligada a negarle lo que pide, pues nuestras reglas prohiben que las
educandas sean visitadas por personas extrañas.

--¡Yo persona extraña!--exclamó don Esteban con indignación--. ¡Yo
considerado como un desconocido, cuando vengo en busca de mi hija!
Señora..., acabemos ya, pues la paciencia me falta y me siento capaz,
cegado por la indignación, hasta de faltar a las conveniencias que un
caballero debe siempre a una señora, aunque ésta se muestre cruel, tan
sólo por obedecer los mandatos de la negra institución que la dirige y
de la que es miserable ruedecilla sin conciencia ni voluntad en sus
actos. Por última vez, señora; déjeme usted ver a mi hija.

Estas postreras palabras las dijo don Esteban en actitud humilde,
suplicante, con los ojos casi llorosos y extendiendo sus brazos como si
rogase.

Conmovía aquella hermosa figura varonil en actitud tan tierna; pero en
el rostro de la superiora no se notó la más leve emoción y contestó con
su seco acento:

--También yo digo que acabemos, caballero. Se acerca la hora de comer
para las educandas, tengo que presidir la mesa y mi presencia es
necesaria arriba para otros asuntos. Creo que no podrá usted quejarse de
la calma con que he estado oyendo sus palabras, mezcla confusa de
halagos e insultos. Le perdono a usted y le ruego se marche, pues me
urge quedar libre.

--¿Marcharme yo? ¿Y sin ver a mi hija? Señora, eso jamás lo haré.

Y don Esteban se afirmó en su asiento, como si pretendiera clavarse en
él y quedó en actitud provocativa, retando con la vista a la superiora a
que lo arrojase del colegio.

Pronto abandonó tal actitud, para caer en una dulce abstracción.
Llegaron a su oído, lejanas, amortiguadas y sueltas, algunas notas de
armonium que sirvieron como de preludio a un coro de voces infantiles
que estalló, a juzgar por lo lejano que sonaba, en el otro extremo del
edificio.

La monástica calma que reinaba en el colegio permitía apreciar en sus
detalles aquella agradable confusión de voces frescas, y aunque algo
desentonadas y rebeldes a las reglas del canto, ingenuas y agradables,
que evocaban en la imaginación grupos de atractivas cabecitas rubias o
morenas y ramilletes de inocentes bocas entreabiertas por el indefinido
anhelo propio de las soñadoras.

Don Esteban escuchaba con tal atención y arrobamiento, que su rostro
había adquirido gran semejanza con el de los místicos que representa la
pintura sagrada en los momentos de amoroso éxtasis.

En cada una de aquellas voces creía encontrar la de su hija, y tan
pronto saltaba su imaginación de una a otra sin saber por qué, como
acababa confundiéndose y dudando de su cariño de padre, que no le
revelaba por el eco producido en el corazón cuál de los sonidos procedía
de su adorada niña.

De pronto aquel hombre experimentó un rudo estremecimiento, una
conmoción nerviosa que le sacó del rápido éxtasis, arrojándole
nuevamente a la realidad.

Pensó en que su hija, aquel ser que llenaba de continuo su pensamiento,
estaba allí, bajo el mismo techo que él, y que un ser sin sensibilidad,
la monja que tenía enfrente, era el único obstáculo que se oponía a que
él fuera a estrechar su tesoro entre sus brazos.

Esta última consideración conmovió su temperamento sanguíneo, terrible
en las explosiones de ira. La sangre, agolpándose tempestuosa en la
cabeza, coloreó fuertemente su rostro, sus ojos brillaron con
reconcentrado fuego, y con voz algo enronquecida, dijo a la directora:

--Señora... No soy hombre que vuelvo atrás en mis propósitos. Me he
propuesto ver a mi hija y la veré por encima de todos los obstáculos que
usted y las demás monjas opongan.

Y don Esteban, levantándose, dirigióse con marcial continente hacia la
puerta, mientras la monja, haciendo la señal de la cruz sobre su frente,
como si fuese a morir, y con un espanto teatral, digno de mejor
escenario, fué a cortarle el paso, interponiéndose entre él y la salida.

Ya llegaba el militar junto a la monja, ya extendía su brazo rígido y
potente como un ariete para separar a la importuna de su camino, cuando
la pesada cortina se levantó y entró en el despacho otra monja, o más
bien dicho, un hábito y unas tocas mirando al suelo, bajo las cuales
presentíase, aunque no con mucha certeza, que existía una cabeza y algo
semejante a una inteligencia.

--Reverenda madre--dijo una voz gangosa que surgió por bajo las tocas,
tan lejana y apagada como si saliera de una caverna--, don Tomás acaba
de llegar y desea verla.

--Que pase el buen padre.

La superiora dijo estas palabras después de examinar con una rápida
ojeada a su enfurecido interlocutor y conocer que éste había
experimentado una pasajera calma en su ira con el anuncio de la visita.

--El talento de nuestro director--pensó la superiora--me sacará pronto
de este compromiso.



II


Entró en el despacho don Tomás, arrastrando con tanta humildad sus
hábitos clericales, que su tierna mirada parecía pedir perdón a la
alfombra, porque la rozaba con los bajos de la sotana.

Su edad, unos cincuenta años; su estatura, más que regular; su defecto
físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba, y
su rostro, el de un hombre que en su juventud tuvo el pelo rojo y ahora,
por causa de las canas, lo ostenta de un color indefinido y sucio; sus
mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de
la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en
ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago
una expresión altiva, sarcástica y soberbia, que parece indicar que
sobre aquellos labios está en su casa, pues representa el verdadero
carácter del individuo.

En cuanto a los ojos, eran fieles imitadores de la boca, pues miraban
con la dulzura de la paloma..., cuando no tenían la misma expresión
cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.

Saludó varias veces don Tomás con cierta cortedad, llevándose el
mugriento sombrero de teja a la picuda nariz, hizo dos o tres
genuflexiones, invocó la gracia de Dios para aquella santa casa y todos
los presentes, y fué a sentarse en una silla inmediata a la que antes
había ocupado don Esteban.

Este permanecía en pie en medio del despacho, mirando fijamente al don
Tomás, que ponía su vista en todas partes menos en el rostro del
militar.

Le conocía perfectamente don Esteban. Era el mismo cura que al entrar en
el despacho había entrevisto tras el portier, atisbando en compañía de
las monjas. Sin duda había seguido escuchando toda la conversación y
entraba ahora como un recién llegado para auxiliar a la superiora.

--Maniobra jesuítica--se decía don Esteban--, buena para algunos
imbéciles, pero que no sirve para mí. Este hombre debe ser de la célebre
Compañía. Ahora veremos por dónde sale.

--Vaya, vaya--dijo en esto don Tomás, con su voz meliflua y humilde, al
mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano con otra,
bondadosamente--. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho.
Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo único
que me consuela es que el asunto no será de gran interés, ya que la
buena madre me ha permitido la entrada.

--Mire usted, caballero--contestó don Esteban, plantándose frente al
cura con el aplomo de un soldado--. Ni cuanto esta señora y yo hemos
hablado, ni el asunto que aquí me ha traído, le importan a usted nada;
así es que hará muy bien en no mezclarse en ello. Por lo demás, le
advierto que a mí no me gustan comedias en la vida, que las farsas las
conozco inmediatamente, que usted ha oído escondido tras esa cortina
todo cuanto hemos hablado, y que yo veré a mi hija a pesar de la
oposición de esa señora y de la hipocresía de usted. Y den gracias que
no me propongo llevármela, pues si en ello me empeñara, tenga por seguro
que lo lograría, aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa
monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.

--Conozco muy bien a don Esteban Alvarez--contestó el cura con su eterna
sonrisa--para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y más si es
contra los respetos que se deben a las personas sagradas.

--Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer
que usted nos oía desde la puerta.

--Señor don Esteban--contestó el cura cambiando repentinamente su
aspecto encogido y humilde por el aire de un hombre de mundo algo
escéptico--. Con usted no valen engaños, cosa de que me alegro mucho,
pues tampoco a mí me place la mentira. No he espiado tras esa cortina
intencionalmente, como usted cree; pero sí debo manifestarle que he oído
sus últimas palabras y a lo que usted viene aquí.

--Sabe usted amoldarse a todos los caracteres--dijo don Esteban con
rudeza--. Es usted un perfecto jesuíta.

--¡Jesuíta! ¡jesuíta!--exclamó el cura con un asombro angelical--. En
España no hay jesuítas; los arrojaron ustedes el año 68.

--Eso no importa; saben disfrazarse muy bien tales parásitos, y si usted
no lo es, merece serlo. Pero, en fin, esto nada me importa. ¡Adelante!
¿Decía usted?...

--Que por deberes de mi ministerio, hace tiempo que lo conozco a usted
de nombre. He sido por algún tiempo el confesor de la baronesa de
Carrillo... No haga usted por esto mala cara. Mi dirección espiritual
data de corta fecha; yo no conocía a la señora baronesa en la época que
usted tuvo con ella y su sobrina, la condesa, asuntos de que no hay por
qué hablar ahora. Continuando en lo que decía, debo manifestarle que
conozco sus pretensiones sobre la señorita Quirós, que se educa en este
colegio por encargo de su tía la baronesa, su empeño en pasar por padre
suyo y el cariño que dice profesarle, y, por tanto, comprendo esta
situación y me felicito de haber llegado en ocasión para servir de
intermediario entre usted, víctima ciego de su arrebatado carácter, y
esta santa mujer que, esclava de sus deberes, no quiere faltar a las
leyes del establecimiento que dirige.

La "santa mujer", al oír que don Tomás, en vez de apoyarla
enérgicamente, comenzaba por ceder, le dirigió una mirada, mezcla de
sorpresa y reproche, a la que él contestó con otra rápida e intensa, que
demostraba autoridad y parecía decir:--Confía en mí; de este modo
lograremos más que con una ruda oposición.

--Según eso, ¿usted está dispuesto a influir para que yo vea a mi hija?

--Sí, señor; y al ruego de usted uno el mío para que la reverenda madre
permita que venga aquí la señorita de Quirós. ¿Accede usted a ello,
madre directora?

Esta, cada vez más asombrada y bajo la fascinación de aquel hombre que
parecía ejercer sobre ella una gran influencia, contestó haciendo con la
cabeza un signo afirmativo.

--Ahora mismo--continuó el cura--verá usted a esa señorita. Va usted a
cumplir su deseo, pero antes, en interés a su bienestar y tranquilidad
de corazón, le ruego que desista de su empeño y se retire.

--¿Qué quiere usted indicarme con tan extraño consejo?

--Que esa señorita le odia a usted, pues se estremece de espanto al solo
nombre de don Esteban Alvarez.

--¡Imposible! ¡Temblar una hija ante el nombre de su padre! Eso es un
absurdo; alguna infame maniobra de los jesuítas, de ustedes, miserables,
que pretenden robarme cuanto amo en el mundo. ¡A ver..., pronto...,
venga aquí mi hija! Ahora más que nunca necesito verla.

Don Esteban dijo estas palabras con tal entonación, que la superiora,
temiendo volviera a repetirse la escena de momentos antes, hizo sonar el
timbre de su mesa, ordenando a la hermana que se presentó en la puerta
que fuera en busca de la señorita Quirós.

Pasaron algunos minutos sin que ninguno de los tres pronunciara una
palabra. Don Esteban, cruzando el despacho en paseo precipitado, la faz
contraída y la vista fija en el suelo; la superiora, inmóvil, y don
Tomás, pasándose de vez en cuando su repugnante pañuelo de hierbas por
la cara y aprovechando tal telón para dirigir a aquélla rápidas miradas
de inteligencia.

Sonaron ligeros y menudos pasos al otro lado del portier; levantóse
éste, y entró en el despacho, con desenvoltura encantadora, una niña de
ocho años, morena, de grandes ojos, de nariz un tanto gruesa, y llevando
con cierta gracia ingenua el ingrato y desgarbado uniforme del colegio.

Saludó con un respetuoso mohín a la monja y al capellán y se quedó
mirando fijamente a don Esteban como si quisiera adivinar quién era
aquel desconocido.

Este no se pudo contener. Sonrió con el dulce entusiasmo de un iluminado
que en sus desvaríos ve la gloria, y abalanzándose a la niña con los
brazos abiertos, dejó escapar las palabras de cariño que a borbotones
acudían a sus labios.

--¡Hija mía! Cada vez eres más semejante a tu pobre madre...

La niña, al sentir el abrazo rudo y cariñoso a la vez, el cosquilleo de
los bigotes y el besuqueo de aquella boca ávida, miró a su directora y
al confesor del colegio, como preguntándoles quién era aquel hombre.

--Señorita--dijo don Tomás, poniendo por primera vez serio su rostro y
dando a sus palabras cierta intención--; al señor lo conoce usted
perfectamente. Es don Esteban Alvarez.

Fué algo más que emoción lo que aquella niña experimentó al oír tal
nombre. Su cuerpecito tembló nerviosamente como si estuviera en
presencia de un gran peligro, su rostro tornóse pálido, y desasiéndose
rápidamente de aquellos brazos que la oprimían, dió un salto de algunos
pasos mirando a todas partes, como si no supiera por dónde huir.

--¡Cómo! ¿Qué es esto?--exclamó con extrañeza don Esteban--. ¿Huyes de
mí? ¿Huyes de tu padre?

--¡Mi padre!--dijo la niña con pasmo que la obligaba a balbucear--. ¡Qué
horror! Usted no es mi padre. Usted es don Esteban Alvarez, el verdugo
de mi mamá, el ángel malo de mi familia.

Don Esteban mostró en los primeros momentos un asombro cercano a la
imbecilidad. Miró a su alrededor como si dudara de lo que había oído y
dió algunos pasos hacia la niña; pero ésta, exhalando un grito de miedo,
fué a refugiarse tras la superiora.

Este grito pareció volver a la realidad al angustiado padre. Miró con
todo el furor propio de tan dramática situación al cura y a la
religiosa, y rugió:

--¡Infames! Habéis hecho más aún de lo que yo creía. Auxiliados por una
familia fanatizada, no sólo me habéis separado de mi hija, sino que la
enseñáis a que se horrorice y tiemble ante el nombre de su padre. ¿Qué
espantosas mentiras habéis dicho a esa infeliz niña? ¿Qué tremendas
calumnias habéis dejado caer sobre mi pasado? ¡Canalla vil!, hace un
momento os despreciaba, pero ahora me causáis asco y temor; siento ansia
de vengarme aplastándoos, y, ¡por Cristo!, que no saldré de aquí sin que
sepáis quién soy, y cómo respondo a las maquinaciones del jesuitismo
contra mi persona.

Y don Esteban, agitándose como un loco y hablando atropelladamente,
agarró una silla, y levantándola como una pluma, se abalanzó sobre el
cura y la monja.

Esta había perdido ya su presencia de ánimo y temblaba, pero el clérigo
no se inmutó y fué retrocediendo hacia la pared, únicamente para ganar
tiempo y poder decir antes de que descargara sobre su cabeza el primer
golpe:

--Piense usted que los suyos han caído del poder, que el Gobierno le
persigue, y que si da usted un escándalo la servidumbre del colegio
llamará a la policía y resultarán inútiles todas sus precauciones para
huir.

A las primeras palabras ya se detuvo don Esteban como si adivinara todo
el resto. Aquel cura había sabido desarmar tanta indignación, recordando
hábilmente un peligro.

Como rendido por la realidad, bajó lentamente su silla, recogió su
sombrero, pasóse una mano por los ojos como si despertara de un sueño
cruel, y se dirigió lentamente a la puerta.

Cuando llegó a ésta, volvióse pausadamente, y abarcando en una mirada a
la niña y a los dos seres sombríos, dijo:

--Confieso que sois muy fuertes y que se necesita gran energía para
luchar con vosotros. ¡Adiós, sabandijas infames! ¡Adiós, jesuíta!
Derrama sin piedad tu saliva venenosa sobre mi historia; sigue tejiendo
la negra tela de araña alrededor de esa familia cuya fortuna desea tu
Orden, y escarnéceme e insúltame cuanto quieras, que día llegará en que
pueda devolverte golpe por golpe. Hoy el porvenir es tuyo, pues viene la
reacción a hacer de la desdichada patria blanda cama para que te
revuelques a tu sabor. Mucha guerra os hice al triunfar la revolución,
pero veo que aquélla no ha causado gran mella en vosotros, y os juro que
no seré tan blando el día en que nuevamente estén los sucesos de nuestra
parte. ¡Adiós, miserables! Seres sin piedad ni corazón, insensibles a
todo sentimiento. Si tú eres la esposa de Dios y ése es su
representante, yo os digo que Dios es un mito, pues si existiera,
tendría méritos suficientes para ingresar en un presidio.

--En cuanto a ti, hija mía--continuó don Esteban con acento
enternecido--, algún día te acordarás con pena de este infeliz que ahora
te causa espanto. Tal vez dentro de algunos años, cuando te veas víctima
de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y
éste no podrá acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la
patria e imposibilitado de volver a ella.

Y el infortunado, al decir esto último, rompió a llorar, y como si no
quisiera dar tal prueba de flaqueza ante sus enemigos, salió corriendo
de la habitación, después de lanzar a su hija una postrera mirada de
cariño.

Al pasar frente a la portería dió un rudo empujón al hermano Andrés, que
quiso acercársele con su ademán obsequioso, y montando en el carruaje de
alquiler que aguardaba a la puerta del colegio, gritó al cochero:

--¡A la fonda!

       *       *       *       *       *

Al apearse don Esteban y atravesar el patio del hotel oyó que le
llamaban, y volviéndose, tropezó con Benito, su antiguo asistente,
después ayuda de cámara, y en el momento, compañero de aventuras
políticas.

--Arriba, en el cuarto, aguardan, don Esteban. Son varios
correligionarios de esta ciudad que desean saber por usted la actitud
que deben tomar.

--¿Cómo han sabido que estamos aquí?

--No lo sé. ¡Qué diablos!, cree uno que no lo conocen, y donde menos lo
espera... En fin, que esto nos demuestra la necesidad de marcharnos a
Francia cuanto antes. Esta tarde, a las cuatro, sale vapor para
Marsella.

--Arréglalo todo para embarcarnos a tal hora, y alejémonos pronto de
aquí. Ahora vamos a ver qué quieren esos amigos, aunque yo no tengo hoy
la cabeza para estas cosas.

Cuando don Esteban entró en su habitación levantáronse de sus asientos
para saludarle respetuosamente tres hombres de rostro honrado y enérgico
que por sus trajes demostraban pertenecer a esa clase de pequeños
industriales que son el principal nervio del país y el primer elemento
de toda revolución.

Venían a cambiar impresiones, a recibir órdenes, a ofrecer su vida y la
de algunos centenares de amigos en defensa de la forma de gobierno que
acababa de caer. Habían sabido por un compañero que reconoció a don
Esteban al bajar del tren que el célebre agitador se hallaba en la
ciudad y deseaban ponerse a sus órdenes si es que el antiguo
revolucionario quería desenvainar la espada vengadora contra los
pretorianos del 3 de enero.

Aquellos honrados patriotas demostraban en su palabra defectuosa, pero
firme, una completa confianza. Aún no era tarde; la reacción había
triunfado en Madrid, pero todavía podía desvanecer tal victoria una
protesta armada en las provincias, y para ello nada mejor que iniciarla
en una capital de importancia.

Don Esteban oía con agrado aquellas valientes proposiciones, y por única
contestación decía con triste acento:

--No puede ser; es ya muy tarde. Juzgamos por nuestro entusiasmo al país
y éste se halla frío e indiferente.

Cuando los revolucionarios agotaron todos sus argumentos para convencer
a don Esteban, éste les dijo:

--Es inútil que ustedes insistan. Saben hace ya mucho tiempo que estoy
dispuesto a todas horas a dar mi vida por las doctrinas que profeso;
pero en esta circunstancia no me arriesgaré a nada porque conozco
perfectamente la situación. Nuestra República ha caído en medio de la
mayor indiferencia del país; triste es confesarlo, pero entre nosotros
debemos guiarnos ante todo por la verdad. Nació cuando menos lo
esperábamos, y más por las desavenencias de nuestros enemigos los
progresistas que por nuestro propio esfuerzo; se implantó sin ser
precedida de esas tremendas, pero saludables convulsiones
revolucionarias, y ha sido semejante a esas criaturas exiguas y débiles
que al venir al mundo no producen a sus madres los dolores de un
laborioso parto, pero que en cambio carecen de vida y llevan en su
sangre la más espantosa anemia. Creedme, ciudadanos, no nos empeñemos en
dar vida a un feto abortado. La República vino cuando la nación estaba
ya cansada por las repetidas e infructuosas agitaciones de los partidos,
y lo que hoy desea el país es paz, y por esto se irá, indudablemente,
con aquel que se la dé. ¿Quién sabe si, guiado por tal deseo, aceptará
dentro de poco la restauración monárquica? Afortunadamente, el espíritu
republicano y federal existe cada vez más arraigado en el pueblo
español, y algún día fructificará dando resultados más firmes y
duraderos. En resumen, amigos míos, guarden ustedes su energía sin
límites para el porvenir, y no expongan en el presente, sin esperanza
alguna, unas vidas que son preciosas y de las que necesita nuestro
partido.

Los tres revolucionarios, si no convencidos, mostráronse anonadados por
la certeza de tales observaciones, y se despidieron de don Esteban
tristes por no poder realizar sus nobles deseos.

Algunas horas después don Esteban Alvarez y su fiel acompañante salían
de la fonda en un carruaje cerrado, dirigiéndose al puerto donde se
preparaba a levar anclas el vapor que semanalmente salía para Marsella.



III


--¡Qué escándalo, padre mío!

Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y
poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunció la directora del
colegio apenas don Esteban salió de su despacho, y la niña fué internada
nuevamente en el colegio.

--Efectivamente, reverenda madre--contestó el cura--; ese hombre es un
pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no
vacila en insultar al rey de cielos y tierra.

--Decir que Dios... Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de
recordar tanta blasfemia.

--¡Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compañía!

--A la Compañía de Jesús, reverendo padre; a esa inmortal institución
del más grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su
Orden la más firme columna del catolicismo y del Santo Padre.

--Es abominable. Ese infeliz tiene a Satanás en el cuerpo...

--Y a Voltaire en la lengua.

El reverendo padre acogió con una amable sonrisa este rasgo de erudición
de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en
un asunto importante, pero que ninguno de los dos quería ser el primero
en exponer.

--Ese hombre--dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir más tiempo
el silencio--es un ser peligroso que algún día puede introducirse en la
noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la
santa influencia que sobre ella ejerce la Compañía.

--Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volverá
nunca a España.

--Padre mío las amnistías políticas son frecuentes en este país, y
aunque ahora se vea perseguido ese hereje, pronto podrá volver a España.

--Eso sucedería si nuestro hombre sólo fuera culpable de delitos
políticos; pero ya arreglaremos las cosas de modo que aparezca
complicado en delitos comunes para los que no haya indultos y que
forzosamente conduzcan a un presidio. Esto le mantendrá alejado de
España mientras viva.

--No es eso fácil, padre.

--¡Santa mujer! Para la Compañía no hay nada difícil. Don Esteban
Alvarez, meses antes de la caída de don Amadeo, mandó partidas
republicanas en los montes de Cataluña, y ya sabemos que en España esa
guerra irregular de guerrillas siempre es causa de atropellos, de los
que bien pueden sacarse responsabilidades criminales para hacerlas caer
sobre quien convenga. Nosotros tenemos en todas las esferas buenos
amigos que nos sirven bien, y además, los sucesos políticos no pueden
marchar mejor. Esto se va, reverenda madre, y pronto quedará desvanecido
el andrajo de revolución que aun nos cubre. Dentro de poco, o triunfan
los carlistas, cada vez más poderosos en el Norte, o surge victoriosa la
restauración borbónica en la persona de don Alfonso. Nosotros jugamos en
ambas partes, ayudamos a las dos causas, y resulte quienquiera
victoriosa, los amos seremos siempre nosotros; ved pues, si podremos
lograr que ese hombre peligroso no vuelva a España.

--Admiro vuestro talento, padre.

--No, hija: entusiasmaos ante la grandeza de la Institución de que
formamos parte. Deseando extender la gloria de Dios, trabajamos sin
descanso con el santo propósito de que el mundo entero adore su poderío
tomándonos a nosotros por intermediarios. Grande es la empresa, inmensos
medios se necesitan para ella y por esto no hay misión más noble ni
meritoria a los ojos de la divinidad que la que ahora os toca desempeñar
dando a Dios el alma tierna de una joven y al tesoro de la Compañía una
respetable fortuna que nos pertenece y que hace tiempo vamos
persiguiendo.

--Padre mío: humilde sierva soy del Señor, pero haré cuanto pueda por
dirigir las aficiones de esa niña a la más santa de las vidas y que su
fortuna venga a aumentar el tesoro de la gran empresa... para la mayor
gloria de Dios.

--El os lo premiará, hija mía. Mucho tenemos que batallar para alcanzar
la conquista del mundo y que en él se inaugure el verdadero reino de
Dios: pero lo lograremos, reverenda madre, lo lograremos, porque nuestro
ejército es invencible; los años pasan sobre él sin hacerle mella; los
huecos que la muerte causa en sus filas se llenan inmediatamente y
camina sin descanso, lentamente, a la sordina, siempre con el mismo
derrotero y a la conquista de idéntico fin. La impiedad nos impone
obstáculos y los saltamos; escudados en nuestros fines no reparamos en
los medios; nuestras armas invulnerables son el oro, cebo eterno de los
mortales, y la persuasión dulce y embriagadora, cuyo secreto poseemos;
todo cuanto el diablo inventó para halagar las pasiones de los hombres
lo empleamos para la mayor gloria de Dios, y seguimos adelante
tranquilos y confiados, más que en nuestro propio valer, en los
estatutos de la Orden, que la hacen inmortal. ¿Qué importa que nosotros,
soldados de Cristo y del Papa pasemos rápidamente por la esfera de la
vida sin darnos cuenta exacta de las conquistas que realizamos, si sobre
nuestras tumbas queda siempre ese ejército invencible, esa sublime
Compañía, eterno fénix que renace sobre las cenizas y que no descansará
hasta el día del triunfo?

--¡Oh! Seguid, padre mío, seguid--dijo la superiora, a través de cuyas
gafas se escapaba el brillo del entusiasmo--. Decidme esas palabras, que
me llenan de vida.

--Tened fe en el porvenir de nuestra Orden y cumplid con entusiasmo la
misión que ella os confíe. El mundo será nuestro. Las primeras fortunas
de la tierra irán entrando poco a poco en nuestro tesoro. La confesión,
el continuo consejo en el seno de las familias y la dirección espiritual
realizarán tales milagros. Poco a poco nos apoderamos en todos los
países de las principales fuentes de producción; llegará un día en que
el comercio y la industria de la tierra serán nuestros, y entonces
sonará la trompeta apocalíptica y comenzará el reinado de Dios. El Papa
será el rey del mundo, la Compañía de Jesús estará como ahora encargada
de dirigir al Santo Padre, y esos reyes, manada de imbéciles a quienes
los revolucionarios atacan con razón, serán al frente de sus Estados
simples gobernadores obedientes a la autoridad pontifical y al mandato
de la Compañía. Cada nación, por grande que sea, equivaldrá a una
provincia del inmenso Estado de la Iglesia ideal gigantesco que un día
soñó el gran Gregorio VII y que realizaremos nosotros los hijos de San
Ignacio. Acabará esa escandalosa doctrina que se llama democrática; la
libertad morirá porque los pueblos han de ser cual los arbolillos de
jardín que son más hermosos al crecer guiados por la férrea mano del
hortelano; eso que llaman progreso desaparecerá de entre los humanos; el
hombre no creerá satánicamente, cual hoy, que lleva en su cabeza una
cosa que titula razón y con la que quiere explicarse todo lo existente;
el sentimiento universal será la adoración a Dios y a sus representantes
los compañeros de Jesús, y el mundo ofrecerá el hermoso espectáculo de
una vasta congregación de devotos dirigidos espiritual y materialmente
por nosotros. ¿Os agrada el cuadro? ¿Sentís renacer vuestra fe al pensar
que trabajáis por tan santa causa?

La religiosa hizo con la cabeza enérgicas señales de aprobación y don
Tomás añadió, cambiando su anterior tono de apóstol por el insinuante y
dulce que le era peculiar:

--Pues para la sublime obra, la Compañía necesita dinero, mucho dinero.
Cumplid, pues, vuestro encargo. Que la condesita de Baselga tome el
hábito de religiosa y que sus millones ingresen en el tesoro que hace
tres siglos venimos reuniendo... "ad majorem Dei gloriam".



PRIMERA PARTE

EL CONDE DE BASELGA



I

Un defensor del absolutismo.


En la madrugada del 1.º de julio de 1822, cuatro batallones de la
Guardia Real salieron a la callada de Madrid y se trasladaron al Pardo,
donde, con aire omnipotente, dispusieron que su amado rey el señor don
Fernando VII recobrase todos sus derechos de monarca absoluto y que
cayera el régimen constitucional nacido año y medio antes con la
sublevación de Riego en Cabezas de San Juan.

Fué aquello una chiquillada valiente, que costó la vida a muchos
infelices y en la que se dieron a conocer don Luis Fernández de Córdoba
y otros futuros generales que entonces eran simples tenientes, o más
bien dicho, pollos militares recién salidos del cascarón.

En aquella jornada, preparada en honor del absolutismo monárquico, sonó
por primera vez el nombre de don Fernando Baselga, conde de Baselga, que
era un rapaz recién salido de la escuela militar, vivo de genio,
despierto de mollera en lo tocante a travesuras, gran amigo de los
placeres y con el alma un poco atravesada, según decían sus compañeros;
pero a quien se le dispensaban sus faltas, que no eran pocas, en gracia
al alegre carácter y a la distinción caballeresca que sabía dar hasta a
sus actos más ruines.

El subteniente Baselga, de la Guardia Real, era una esperanza para
aquella corte de Fernando, que se sentía molestada bajo la influencia
liberal de la situación y deseaba el restablecimiento del absolutismo,
lo que significaba la vuelta de aquellos tiempos de Godoy y Carlos IV,
donde cada mañana se comentaban los escándalos palaciegos ocurridos en
la noche anterior, sucesos capaces de ruborizar a un Cuerpo de guardia,
y se rendía homenaje al querido de la reina, la que, por su parte,
cambiaba de amante cada semana.

Aquellos fueron los buenos tiempos, y no los que habían sobrevenido
después de 1820, en aquella inaudita época constitucional, donde los
mismos revolucionarios que trastornaron a la nación en las Cortes de
Cádiz, aquellos plebeyos insolentes y deslenguados, enemigos de Dios y
de la propiedad, como eran Argüelles, Martínez de la Rosa, García
Herreros, y otros no menos nombrados, pisaban las alfombras del regio
palacio con el carácter de ministros e iban a deslucir con sus casacas
mal cortadas aquel brillante golpe de vista que presentaban los salones
del rey, repletos de dorados uniformes, faldas de vistosos colorines y
sotanas rojas o moradas.

Cuando el joven subteniente se hacía estas consideraciones, sentíase
acometido de un furor sin límites. Aquello no era corte; el palacio real
no pasaba de ser un campamento del pueblo, la ola democrática lo invadía
todo y era preciso que los buenos servidores del rey se agrupasen a su
lado para barrer a todos los "negros" y devolver al palacio su antiguo
esplendor.

El condesito de Baselga experimentaba la misma desesperación del artista
convencido de que posee condiciones para hacerse inmortal y que, sin
embargo, no encuentra medios para darse a conocer del mundo.

El joven subteniente tenía la firme persuasión de que él podía ser el
más brillante adorno de una corte, y se desesperaba al pensar que, por
culpa de los liberales, allí no había bailes, saraos, ni ninguna de las
grandes diversiones de los antiguos tiempos, pues el rey se pasaba la
mayor parte del año en sus posesiones campestres huyendo de los motines,
asonadas y manifestaciones con acompañamiento de pedradas y palos, que
siempre venían a terminar frente a las ventanas de Palacio.

¡Si él hubiera nacido en otros tiempos!...

Ya se lo había dicho el revoltoso y viejo conde de Montijo, el mismo que
el año ocho acaudillaba, vestido de chalán y con el nombre de "el tío
Pedro", el motín de los lacayos y trajineros contra el favorito Godoy.

--Muchacho, tú hubieras hecho una gran carrera a vivir en la corte de
Carlos IV.

El no era ambicioso, no quería medrar; únicamente deseaba divertirse, y
divertirse mucho, y para ello necesitaba un escenario digno de sus
facultades, una corte donde menudearan las fiestas, las damas fueran
traviesas, se tuviera alguno que otro duelo, y desde el rey abajo todos
fueran galanteadores.

Para eso había entrado él en la Guardia Real, y como tenía la completa
seguridad, por informes fidedignos, de que Fernando pensaba de igual
modo y se veía obligado a reprimirse por culpa de los vencedores
liberales, de aquí que profesara a éstos un odio más vivo e inexplicable
que el que pudieran inspirarle sus tradiciones de rancia nobleza.

Por esto, olvidando momentáneamente el vino, la baraja y unas relaciones
nada platónicas, que más por amor propio que por pasión había contraído
con una duquesa casi cincuentona, dama de honor de la reina, hízose
hombre serio, metióse a conspirador, y entendiéndose con su compañero de
armas, el inquieto Córdova, que era quien se avistaba continuamente con
el rey y estaba en el secreto de "la gorda" que se preparaba contra los
liberales, encontróse a los veintiún años convertido en terrible
sedicioso, aunque no dejando por esto de ser tan superficial como de
costumbre.

Aquel condesito de Baselga era un hermoso ejemplar de la especie de
fatuos dañinos, y honraba tanto en lo físico como en lo moral a su
privilegiada clase demostrando que en la nobleza no todas las familias
degeneran a pesar de los incesantes cruzamientos entre individuos de
idéntica sangre.

Su familia, tan cargada de blasones y pergaminos como escasa en
peluconas, habíase mantenido hasta entonces pegada al terruño en lo más
aislado de Castilla la Vieja odiando a la corte y considerando
únicamente como iguales a los individuos de aquella nobleza rústica, que
no doblaba el espinazo ante los favoritos de los reyes, nobleza que
guardaba encerradas en sus casas solariegas las tradiciones de los
feudales tiempos y que se comía sus cosechas al calor de la blasonada
chimenea, teniendo por única ocupación la caza y por exclusivo
esparcimiento la diaria misa mayor, las vísperas y alguno que otro
rosario.

La guerra de la Independencia por un lado y las Cortes de Cádiz por
otro, removieron toda la nación; los franceses a cañonazos, y los
diputados con leyes y decretos, sacaron de su marasmo a clases que
permanecían tan quietas como la momia de un Faraón en lo más hondo de
la Pirámide; y aquellos restos semifeudales de la nobleza castellana
fueron arrojados de sus vetustos caserones por el azar de las
circunstancias y entraron en plena vida para contaminarse, como todas
las otras clases, con el ambiente social.

Entonces, como tronco que arranca y arrastra el torrente de una
inundación, el joven conde de Baselga fué desgajado del riñón de
Castilla donde había crecido y llegó a Madrid contando como único
capital el puñado de duros que cada seis meses le enviaba el cura de su
pueblo como administrador de sus reducidos bienes señoriales, y
especialmente aquellas prendas físicas que, según testimonio de los
expertos en achaques de corte, le harían ir lejos, muy lejos.

Sus progenitores habían muerto al terminar la guerra; su padre, a
consecuencia de fatigas experimentadas en la lucha contra los franceses,
pues había querido organizar una guerrilla y de la campaña sólo había
sacado escasa gloria, muchas penalidades y bastantes golpes; y su madre,
a causa de los numerosos sustos que la habían producido las continuas
fugas y ocultaciones para no caer en manos de los invasores.

El condesito no tenía a los diez y seis años otro arrimo y amparo que el
duque de Alagón, gran señor de la corte, con el que le unía un lejano
parentesco; pero en esto le favoreció la suerte, pues llegó a Madrid en
1815, o sea cuando estaba en su período álgido la reacción, cuando el
pueblo era feliz gritando: "¡Vivan las cadenas y la Inquisición!", y
España entera adoraba una trinidad tan respetable como la católica,
compuesta por Fernando "el Deseado", el exaguador Chamorro, bruto con
suerte, que tenía el privilegio de provocar la carcajada real relatando
chuscadas del Matadero, y el citado duque de Alagón, personaje
respetable y necesario para la felicidad del Estado, cuyas funciones
consistían en llevar la cuenta de los conventos de monjas que esperaban
la visita de Su Majestad y acompañar al monarca en sus excursiones
nocturnas a casa de Pepa "la Naranjera", o alguna otra notabilidad
manolesca que tenía el privilegio de distraer el fastidio de aquel a
quien los predicadores de la época ponían en parangón con Dios.

Bajo la poderosa protección de tan digno personaje hizo el joven conde
sus estudios.

Cerca de cuatro años invirtió en abrir un resquicio en su mollera a un
escrúpulo de matemáticas y un poquillo de táctica y estrategia, pero
como en aquel entonces tener un padrino como el duque de Alagón
equivalía casi a ser pariente del Espíritu Santo, pronto ingresó en la
Guardia Real con el grado de subteniente y fué presentado al rey y a las
principales damas de la corte.

No fué pequeño el efecto que causó en Palacio, atendida la
insignificancia de su posición. El monarca, que a la sazón andaba muy
preocupado con la Constitución que acababa de jurar y las crecientes
pretensiones de los liberales, desarrugó, sin embargo, el entrecejo y le
dispensó una sonrisa y algunas chuscadas de su repertorio, con las
cuales demostraba conocer las aventuras del joven subteniente, y en
cuanto a las damas de la corte, señoronas de carne hinchada, mascarilla
de colorete y peinado de tres pisos, le dedicaron las más insinuantes
sonrisas y recogieron sus pomposos vestidos para que se sentara a su
lado aquel nuevo manjar sano y apetitoso que llevaba en su interior la
energía vital de cien generaciones libres de la anemia de las capitales
y fortalecidas por la vida del campo.

En verdad que Baselga merecía tan afectuoso recibimiento.

Era el más hermoso animal que en muchos años había entrado en la corte
para satisfacción del capricho femenil de las grandes damas.

Su esqueleto podía figurar, por su tamaño y fortaleza, en un museo, y
sobre sus huesos de gigante llevaba un apretado tejido de músculos y
nervios capaz de desarrollar la fuerza del atleta y refractario a la
enfermedad y a la fatiga. Su rostro tenía una expresión ceñuda que al
sonreír se convertía en maligna; llevaba con mucha gracia el recortado
bigote y las patillas a la rusa, en moda entre los militares de
entonces, y a tantos encantos físicos se unían los de una educación
distinguida, pues manejaba el sable como un cosaco, bebía sin caer, como
un arriero, miraba con desprecio a todo hombre que no llevaba uniforme y
jugaba con privilegio de ganar siempre, ya que todas sus fullerías sabía
sostenerlas después, como un matachín, con la punta de su espada.

Los cuartos que le enviaba el cura, su corta paga, algún que otro
socorro que le dispensaba su protector el de Alagón, y las trampas en el
juego, le permitían vivir con más boato que muchos de sus compañeros de
armas, y hasta se susurraba entre éstos que la duquesa madura cuidaba de
su brillante aspecto, renovándole el uniforme cada tres meses, con el
fin de que se presentara como el oficial más elegante y apuesto de la
Guardia.

Sus calaveradas y rasgos de carácter eran uno de los temas obligados en
las tertulias elegantes, y hasta absolutistas tan ceñudos y malhumorados
como el duque del Infantado y el padre Cirilo Alameda, reían a
carcajadas al saber que Baselga se disfrazaba de majo e iba a las Cortes
para tener el gusto de arrojar a los diputados cortezas de naranja, o se
emboscaba al anochecer con algunos compañeros en la plaza de Palacio,
embozado hasta los ojos y con el sable desnudo, para emprenderla a
cintarazos con los mozuelos y mujeres que se colocaban bajo las ventanas
del regio alcázar llamando a Fernando "feo narizotas, cara de pastel".

Todas estas hazañas las consumaba el joven subteniente como en muestra
de agradecimiento al rey y al duque de Alagón, y para desahogar la rabia
que sentía contra aquellos liberales que, con sus costumbres puritanas,
impedían que fuera la corte lo que en los buenos tiempos y que en ella
pudiera lucirse un descendiente de los héroes de la reconquista que se
llamaba don Fernando de Baselga.

La fama de los despropósitos que continuamente cometía el calavera
subteniente fué haciéndose tan grande, que llegó a oídos de Fernando, y
éste, que entonces se ocupaba en urdir la conspiración número mil y
tantas contra la Constitución que voluntariamente había jurado, en uno
de los conciliábulos que a altas horas de la noche celebraba en su
alcoba con Alagón, Infantado y el joven Córdova, habló a éste de la
necesidad de interesar en el plan a Baselga.

--Señor--contestó Córdova con el desprecio que los hombres de genio
guardan para los fatuos--; ese hombre será útil para cuando demos el
golpe; pero, entretanto, puede comprometernos.

--No importa; háblale de mi parte. Es un bruto que sabrá animar a la
gente y te evitará descender a ciertos trabajos.

El joven subteniente, a quien el soberano había agraciado con tan
hermosa calificación, recibió con el mayor placer las indicaciones de su
compañero de armas, y estuvo a punto de desmayarse de satisfacción al
saber que Su Majestad había pensado en él para tan delicada empresa.

Desde aquel momento se olvidó de todo para dedicarse exclusivamente a la
vida de conspirador.

¡Qué actividad la suya! ¡Con qué elocuencia sabía hablar a sus
compañeros para decidirles a que desenvainaran su espada contra el
Gobierno! A los amigotes de riñas y francachelas pintábales con
arrebatada oratoria la necesidad que había de cortar a los liberales
esto, aquello y lo de más allá; a los que sentían sus mismas aficiones
entusiasmábalos describiendo lo que sería la corte así que la Guardia
echara abajo la maldecida Constitución, y a los que se mostraban tímidos
e irresolutos intentaba atemorizarles diciéndoles con aire de matoncillo
que así que triunfase la buena causa se procuraría hacer en las horcas
una buena cuelga de aquellos que en los momentos de peligro no querían
defender los sagrados derechos del rey.

Pronto tuvo Baselga terminados sus trabajos de preparación, y no debió
hablar mal de ellos Córdova al rey, pues éste dirigía bondadosas
sonrisas al subteniente siempre que lo veía en Palacio.

Por fin, llegó el momento de dar el golpe.

Con motivo de ciertas manifestaciones de desagrado que el pueblo hizo al
rey, el 30 de junio, cuando se retiraba a Palacio, después de asistir a
la clausura reglamentaria de las Cortes, hubo sablazos y culatazos entre
la Guardia y la milicia nacional, con el consabido acompañamiento de
corridas y cierre de puertas.

Baselga comenzaba a estar en su elemento y varias veces propuso a sus
compañeros el dar allí mismo el grito de "¡Viva el rey absoluto!", y
volviendo a las Cortes, fusilar a todos los diputados.

Quería acelerar el movimiento con un acto disparatado, y ya que no pudo
lograrlo en aquel momento, por la tarde lo consiguió, pues a las puertas
del mismo Palacio Real, y por consejo suyo, unos cuantos soldados
hicieron fuego por la espalda sobre don Mamerto Landaburu, capitán de la
compañía de Baselga y a quien éste odiaba por sus ideas liberales.

Después de un crimen de tal importancia realizado al grito de "¡Viva la
monarquía absoluta!" ya no cabían vacilaciones.

La milicia nacional, la guarnición de Madrid afecta al Gobierno, y el
pueblo, caerían inmediatamente sobre los agresores y la conspiración
quedaría desbaratada, lo que obligó a tomar a los conspiradores una
resolución definitiva.

Cuatro batallones de la Guardia Real salieron aquella misma noche de
Madrid, mandados por oficiales jóvenes y de poca graduación, pues el que
más, era capitán.

El conde de Baselga iba al frente de medio batallón, contento de la
aventura y con todo el empaque de un ilustre caudillo.



II

El 7 de julio.


Al anochecer del día 7 de julio, entre las gentes de alta estofa
reunidas en los salones del Palacio Real, reinaba una alegría no exenta
de zozobra.

Se esperaban graves acontecimientos para dentro de breves horas.

El rey, bajo frívolos pretextos, mantenía a su lado a los ministros
liberales; los cortesanos comenzaban a tratar a éstos más como vencidos
y prisioneros que como gobernantes, y fuera de las doradas cámaras, en
las antesalas escalinatas y patios, vociferaban los soldados de la
Guardia que no habían seguido a sus compañeros en la insurrección, y
permanecían allí para guardar la persona del soberano.

Aquellos pretorianos, actores indispensables de la tragedia que se
preparaba, eran tratados como canónigos por la servidumbre de Palacio,
que se extremaba en llenar sus estómagos para que así adquirieran nuevas
fuerzas y supieran batirse firmemente con los liberales.

Los platos humeantes, recién salidos de los fogones, los fiambres
costosos, las frutas raras, los helados exquisitos y los vinos, que
hacía ya muchos años dormían en las bodegas de Palacio bajo espesa capa
de telarañas y polvo, salían a borbotones por la puerta de las cocinas
en brazos de diligentes pinches, y eran distribuídos entre aquellos
mocetones uniformados, tan gallardos como brutales, que con el fusil
bajo el brazo recogían el regalo del rey y lo partían alegremente con
sus amigas, alegres mujercillas que habían llegado de los barrios más
extremos de Madrid al olor de la fiesta.

Las antecámaras estaban convertidas en comedor, y cada rincón o hueco de
escalera en un burdel.

La licencia soldadesca se posesionaba a sus anchas del regio alcázar, y
el rey y sus cortesanos lo veían pero callaban.

Convenía acariciar y sufrir antes de la pelea a aquellos perros de presa
que iban a ser arrojados contra la Constitución.

A intervalos aparecía en los tejados de Palacio una gran linterna roja
que se movía con señales de telegrafía misteriosa, y a la que contestaba
allá a lo lejos, con idénticos movimientos, otra del mismo color desde
las alturas del Pardo que ocupaban los batallones insurrectos.

Aquello, según las gentes enteradas de los secretos de Palacio, era la
señal convenida entre el rey y sus pretorianos para que éstos cayeran
sobre los liberales que defendían Madrid y que se mostraban descuidados
y muy ajenos de esperar ataque alguno.

La contestación que marcaba el farol del Pardo, produjo en los regios
salones la más grata impresión.

Los cortesanos se felicitaban mutuamente, y los frailes y clérigos
estrechaban las manos de los grandes de España y generales de salón,
dándose plácemes por el próximo triunfo que devolvería a las clases
tradicionales sus antiguos privilegios, desterrando de la nación los
demonios de la libertad y del progreso.

--¡Van a venir!--decía con gozo un obeso canónigo a un acartonado
gentilhombre.

--Pronto tendremos absoluto a nuestro señor don Fernando.

--¡Absoluto!--exclamaba con alegría casi frenética y frotándose las
manos el esférico prebendado--. ¡Absoluto! Eso es; y que podamos arrojar
pronto lejos de nosotros la polilla liberal.

Fernando, en tanto, rodeado de sus inseparables duques de Alagón y del
Infantado y de otros cortesanos íntimos, celebraba con su chusca risa de
canalla la mala jugada que les preparaba a los liberales.

Los cuatro batallones de la Guardia no anduvieron perezosos en cumplir
lo prometido por medio de aquel extraño telégrafo óptico.

Seis días de inacción, de crueles indecisiones y de ver que en toda
España nadie se levantaba a secundar el movimiento, conforme el rey
había prometido, destruyeron un tanto la disciplina militar e
introdujeron el desorden en las filas.

Córdova hacía esfuerzos para que no se malograra aquella empresa, de la
que él era el alma.

Los liberales, por una extraña apatía, habían dejado a los guardias que
permaneciesen tanto tiempo sublevados en los alrededores de Madrid; pero
era de esperar que de un momento a otro cayeran sobre ellos,
aplastándoles con el peso de su superioridad, y por esto los directores
del movimiento decidieron tomar la ofensiva presentándose
inesperadamente en la capital y poniendo de su parte la gran ventaja de
la sorpresa.

El condesito de Baselga ayudó mucho a Córdova en la tarea de decidir a
los compañeros a caer sobre Madrid.

Aquel matoncillo de corte deseaba con ansia tomar parte en una función
de guerra y hacer contra la libertad algo más serio que darse de
sablazos con los milicianos en la plaza de Palacio o de bofetadas con
los patriotas que aplaudían en la tribuna de las Cortes.

El deseo de los más levantiscos se impuso a la cautela de los más
prudentes, y los cuatro batallones emprendieron la marcha a las diez de
la noche.

Baselga mandaba una compañía, y muchas veces volvió la cabeza durante la
marcha para contemplar el ciento de altas gorras de pelo que en
correctas líneas se movían detrás de él entre el bosque de cañones de
fusil que brillaban al fulgor misterioso de un cielo sin luna, pero
poblado de estrellas.

Allá abajo debía estar Madrid, el antro donde se guarecía el monstruo
liberal que aquellos caballeros andantes del absolutismo iban a
exterminar; y los guardias miraban ansiosamente hacia adelante, como
queriendo entrever los contornos de la población en la semiobscuridad de
la noche.

Cuando los cuatro batallones llegaron a las tapias de Madrid,
apoderáronse fácilmente de un portillo y entraron en la capital.

Cambió entonces el aspecto de aquellas fuerzas. Algunos de los reclutas
de la Guardia, entusiasmados por el buen resultado de la sorpresa,
gritaron: "¡Viva el rey neto!"; pero las escasas voces fueron ahogadas
por los veteranos, soldadotes duchos en la guerra, que llevaban sobre su
pecho, en forma de cruces, el recuerdo de las más célebres campañas de
la Independencia y a quienes la gente llamaba los barbones de
Ballesteros, por la gran afición que demostraban a dejarse crecer los
pelos de la cara.

Había que caer por sorpresa sobre los liberales; era preciso no
avisarles con gritos ni disparos, y por esto los batallones, a la
desfilada y rozando las casas, fueron deslizándose a lo largo de las
calles.

Aquellos paladines de la legitimidad monárquica avanzaban con la vil
cautela del asesino que va a caer sobre el enemigo descuidado.

Pronto cesó tal situación. Al volver la cabeza del primer batallón una
esquina, encontróse frente a una patrulla liberal que recorría,
vigilante, la ciudad. Sonó un tiro, después una descarga, y los vivas a
la Constitución y al absolutismo se confundieron con el tremendo rugido
de la fusilería.

Había ya empezado el combate y Madrid despertó de su sueño.

La milicia corrió a las armas; elevóse en las calles un rumor semejante
al bostezo de la fiera que despierta sorprendida por el primer tiro de
los cazadores, y en los puntos más céntricos de la capital fueron
reuniéndose los batallones de la milicia nacional y los patriotas
armados que deseaban luchar por la libertad.

La plaza Mayor era el punto cuya posesión más interesaba a los
insurrectos realistas y allí se dirigió la Guardia Real en varias
columnas y siguiendo distintas rutas.

Baselga, sin separarse de Córdova, al que profesaba tanto respeto como
admiración, púsose al frente de los quinientos hombres que iban a atacar
la plaza por el callejón llamado del Infierno, y denodadamente comenzó a
avanzar.

Aquel truhán palaciego era valiente y tenía la audacia del bandido
cuando se ve en peligro.

El tiroteo que se inició en la calle de la Luna había puesto en guardia
a los defensores de la plaza Mayor, y al extremo de aquella angosta y
oscura callejuela, bajo el amplio arco que daba acceso a la plaza,
destacábanse, al rápido resplandor de los fogonazos, los enormes chacós
de los milicianos terminados en orondos pompones, y las figuras
bizarras, aunque poco militares, de aquellos tenderos, abogados y
oficinistas que en días tranquilos jugaban a soldados con infantil
complacencia y que en aquella noche, por uno de esos raros fenómenos que
surgen en la historia cuando menos se les espera, se disponían a morir
como héroes.

La espesa granizada de balas de fusil rugía en la estrecha garganta de
la callejuela, salpicando las paredes, acribillando puertas y ventanas y
derribando los acometedores, de los cuales muchos avanzaban apegados a
los muros y amparándose de sus huecos y salientes, mientras que otros,
situados en el centro de la angosta vía, hacían fuego a pecho
descubierto o desafiaban a la muerte, siguiendo adelante sin otra
defensa ante su pecho que la punta de la bayoneta.

Baselga atacó con el ardor de un granadero. En el primer empuje se vió
próximo a la sombría arcada, cuyas negras fauces se iluminaban con el
instantáneo relámpago de la fusilería; casi llegó a tocar con la punta
de su espada aquellos grupos de azules capotes, charreteras encarnadas y
gigantescos morriones que cubrían, como animada barricada, la entrada
de la plaza; pero inmediatamente tuvo que retroceder, pues se encontró
solo. Ninguno de aquellos guardias de tan reconocida bravura había
conseguido avanzar tanto.

Los audaces estaban tendidos en el suelo y los demás se replegaban al
fondo de la callejuela, hostigados por las incesantes descargas de
fusilería.

El condesito volvió adonde estaban los suyos y allí encontró a Córdova,
que, con el rostro contraído por el furor y los ojos saltando de sus
órbitas, arengaba a los soldados y se disponía a cargar a la bayoneta,
forzando de este modo la entrada de la plaza.

Formóse la columna. Agitando sus espadas pusiéronse al frente los
oficiales y aquella masa de hombres y de hierro que por debajo era
monstruo de innumerables y feroces piernas, y por arriba confusa
aglomeración de bayonetas y colosales gorras de pelo, partió con
arrolladora furia sobre el montón de milicianos que servía de
inexpugnable muralla a la arcada y que esperaba el ataque con el frío y
terco valor del hombre pacífico a quien el entusiasmo convierte en
soldado.

La granizada de plomo no detuvo al monstruo de hierro en su precipitada
carrera; el suelo de la calle tembló bajo tan uniformes y aceleradas
pisadas, y sobrevino el choque, brutal, ensordecedor y furioso como el
tremendo topetazo de dos bestias prehistóricas.

Las bayonetas de una y otra parte se cruzaron buscando con rabia los
enemigos pechos; los fusiles, todavía humeantes, voltearon sobre las
cabezas, esgrimidos como mazas de combate, y a las respiraciones
jadeantes acompañaron rugidos de rabia, gemidos de dolor y vivas a la
libertad y al absolutismo.

El brutal encuentro duró sólo algunos instantes. Pugnaron ambas masas
por repelerse mutuamente; las filas de la milicia parecieron abrirse un
tanto con los movimientos de la lucha, y un gran número de guardias,
aprovechando el claro, introdujéronse en la plaza con la audacia del que
comienza a sentirse vencedor.

Un nuevo obstáculo vino a cerrarles el paso. Allí estaban, hasta
entonces inactivos, los jinetes de Almansa, aquel terrible regimiento de
Caballería cuyos soldados y oficiales eran el núcleo de todas las
sociedades secretas y el principal elemento de las algaradas
revolucionarias y que ostentaban el lema de "Libertad o Muerte".

Cayó el tropel de caballos con arrolladora furia sobre la manga de
guardias que iba introduciéndose en la plaza, y éstos viéronse
arrollados y obligados a retroceder.

Aquellos terribles liberales sabían pegar recio con sus sables, y
cuantos intentaron oponerse a la carga cayeron acuchillados por los
centauros de la revolución.

Deslizábanse los viejos soldados por entre los grupos de caballos,
pugnando por llegar al centro de la plaza; pero por todas partes
encontraban cerrado el paso y tenían que retroceder esquivando con el
fusil un diluvio de tajos y estocadas.

Baselga había sido de los primeros en penetrar en la plaza y quiso
resistir antes que ser empujado por la Caballería nuevamente al
callejón.

A los sablazos de los jinetes contestó con toda su habilidad de
consumado espadachín; pero en una de las ocasiones que levantó su
espada, un sable, resbalando a lo largo de ésta, cayó sobre su hombro
derecho arrancándole media charretera y rompiéndole la clavícula.

Cayó inútil el brazo a lo largo del cuerpo; su mano abandonó la espada y
se consideró próximo a perecer entre aquel torbellino de hombres,
caballos y sables que vertiginosamente le envolvía.

Afortunadamente para él, la fuga de los guardias lo arrastró, y con toda
la vaguedad de un sueño vino a recordar, cuando volvió a encontrarse en
el fondo de la callejuela, lo que había ocurrido en la plaza y cómo
salió de ella entre empujones, golpes y bayonetazos esquivados, por
aquella arcada tan valientemente defendida por los milicianos.

Baselga, al verse con los suyos, que habían vuelto a rehacerse, recobró
su habitual energía, y para demostrar con cierta pueril complacencia que
no hacía gran caso de la herida, creyó muy propio proferir algunas
interjecciones contra aquella "gentecilla" de la milicia que tan dura
era de pelar y con tanta tenacidad defendía su alabada Constitución.

Para ser unos tenderillos--como decía Baselga despreciativamente--, se
batían muy bravamente aquellos milicianos que juzgaban la Constitución
del 12 como el arca santa en cuyo interior se encerraba el tesoro de
todas las verdades y la suprema felicidad.

Ni por un instante decaía el entusiasmo de los defensores de la plaza
Mayor y nadie se hubiera imaginado horas antes que aquellos batallones
de la milicia, a los que daban cierto aspecto ridículo los honrados
burguesillos de rostro bonachón y abdomen prominente, haciendo
esfuerzos por tomar dentro de su uniforme un aire marcial, pudieran
llegar a tal grado de heroísmo.

Mezclados entre los milicianos que vivaqueaban desde el anochecer en la
plaza, figuraban los principales personajes de la revolución, los que
gozaban de más grande popularidad.

Riego, vestido de paisano y presentándose como un simple diputado,
animaba a los milicianos con marcial elocuencia e interrumpía su
peroración para coger el fusil de un herido y dispararlo contra los
asaltantes.

El general Morillo, el héroe de las guerras de América, con aquel gesto
avinagrado que le era característico, dirigía la defensa sin bajar de su
caballo, presentando fácil blanco a los tiros de los asaltantes.

El jefe de la milicia era el brigadier Palanca, aquel médico toledano
que en la guerra de la Independencia abandonó la curación de enfermos
para matar franceses y que a fuerza de seguir la original táctica de las
guerrillas llegó a convertirse en un completo y popular caudillo y poco
después en ardiente liberal.

Estos tres personajes mezclados con un sinnúmero de generales,
diputados, periodistas y oradores de club, que eran la representación
más genuina de aquella época revolucionaria, constituían el núcleo de la
defensa, siendo el alma de aquel gigante de hierro y fuego que alargaba
sus brazos relampagueantes y estremecedores por todas las avenidas de la
plaza.

La defensa, en vez de decrecer con el tiempo, iba en aumento conforme
transcurrían las horas, pues los liberales recibían nuevos refuerzos de
los extremos de la capital.

Las columnas de la Guardia Real, lejos de manifestar debilidad al ver
aumentado el peligro, redoblaban su empuje semejante al toro que se
enfurece pugnando por derribar con la testa un resistente obstáculo.

Pronto tuvieron los sediciosos que luchar con un nuevo y terrible
enemigo.

Los guardias, desde el fondo de las tres calles por donde dirigían sus
ataques, vieron rodar bajo las arcadas bultos informes e inanimados que
arrastraban los defensores de la plaza produciendo sordo ruido.

Al poco rato ya no fué la fusilería únicamente la que barrió las calles.
Un fogonazo más intenso que los anteriores enrojeció las sombras,
sonaron detonaciones ensordecedoras y la metralla rasgó rugiendo el
espacio para ir a incrustarse en aquellas masas de carne que se
amontonaban, preparándose a un nuevo ataque.

Los cañones daban una terrible superioridad a los liberales y los
guardias reconocían que era preciso apoderarse de ellos o resignarse a
morir despedazados por aquella lluvia de hierro.

Preparáronse a hacer el último esfuerzo y a morir si necesario era antes
que retroceder y ser barridos por aquel vendaval de plomo. Había que
hacer callar a las bocas de bronce aunque tuvieran que obstruirlas con
sus propios cuerpos.

Sin otro guía que la desesperación, rugiendo de rabia, en completo
desorden y viendo abiertos a cada instante nuevos claros en sus filas,
partieron veloces las columnas, como si quisieran aplastar aquellas
barricadas de hombres y cañones.

Estos redoblaron sus rugidos y pronto tuvieron junto a sus fauces de
bronce el tropel de desesperados que buscando la muerte, aclamaban al
rey, que a aquellas horas estaba en su palacio, si no muy tranquilo,
bastante descansado.

Aquella lucha furiosa hasta llegar a la demencia tomó un carácter tan
grandioso como el de los combates homéricos.

Los continuos fogonazos rasgaban en lívidas fajas la densa oscuridad y a
su instantáneo resplandor destacábanse los movedizos contornos de aquel
gigantesco montón de hombres tenaces en su idea de permanecer firmes o
de avanzar.

Con la fantástica y atropellada rapidez de las visiones del delirio,
vislumbrábanse en los instantáneos focos de luz que producía la pólvora,
las casacas azules de los guardias con sus rojas franjas sobre el pecho
a modo de alamares, las amplias levitas de los milicianos, las rojas
charreteras en desorden, los rostros contraídos por el furor o
ennegrecidos por la pólvora con la horripilante expresión de una imagen
dantesca, las gorras granaderas y los morriones pugnando y
entremezclándose y más encima un bosque centelleante de espadas y
bayonetas, machetes y escobillones de artillería que se agitaban
buscando la presa sobre quien caer.

Los cañones hacían fuego a quemarropa. Cada vez que rugían trazábase en
la apretada masa de hombres un surco rojizo; retrocedía aquélla con
instintivo movimiento y en el claro que existía por un momento, tendidos
en el suelo o pugnando por sostenerse, como espectros de una pesadilla,
veíanse seres mutilados y horribles que se retorcían con las
contorsiones de infernal dolor.

Aquello ya no era el combate de soldados civilizados, era la apoteosis
de la guerra, desprovista de toda conveniencia y mostrándose en su
salvaje desnudez. La pasión política y la desesperación convertía a los
combatientes en fieras. Un poeta al describir la nocturna batalla la
hubiera comparado en tal momento a un canto con estrofas de hierro y
fuego entonado en loor de la brutalidad de los hombres.

No podía durar mucho tiempo aquella hecatombe espantosa.

La Guardia, más por irreflexivo espíritu de conservación que por miedo,
retrocedió, recibiendo por la espalda el fuego de sus enemigos; pero
como avergonzada de su fuga, apenas se reconcentró al extremo de las
calles, volvió otra vez al ataque con furia todavía creciente.

Aquellos jóvenes oficiales, calaverillas de la guerra, que habían
efectuado la insurrección de la Guardia con la misma ligereza que una
aventura amorosa, comprendía ya la terrible situación en que
voluntariamente se habían colocado; veían claramente el compromiso
terrible contraído con sus soldados, a quienes llevaban a la muerte y
con su rey, que aguardaba el triunfo, y se arrojaban decididos sobre el
enemigo pensando más en la muerte que en la victoria.

Hay que hacer justicia a aquellos jóvenes fanáticos del realismo
absoluto que acometieron la loca aventura del 7 de julio y ensalzar el
valor heroico que desplegaron por tan despreciable causa.

El condesito de Baselga estaba fuera de sí.

Sentíase avergonzado y loco de rabia al pensar lo que dirían al día
siguiente las duquesas de la corte sabiendo que "los tenderos" de la
milicia habían derrotado a los valientes y dorados mozalbetes de la
Guardia; y esta idea horripilante le arrastraba al suicidio.

Ya no pensaba en penetrar en la plaza; tan sólo quería morir abrazado a
uno de aquellos cañones que tanto daño causaban y que vinieran después
las hermosuras cortesanas y hasta el mismo rey a contemplar el cadáver
de tan glorioso mártir del absolutismo.

Guiado por tal idea, mostrábase bravo entre los bravos, marchando el
primero en la columna, a pesar de que sólo con gran dificultad podía
mover su brazo derecho.

La metralla pasaba rozándole y hacía caer a los que más cerca estaban;
pero ni una sola vez se desviaba para tocar a aquel insensato que la
llamaba a gritos. Los rugidos de los cañones parecían a Baselga
sarcásticas carcajadas de la muerte que se burlaba de un amante tan
porfiado.

Varias veces llegó a tocar con su brazo casi inútil el bronce de
aquellos cañones, y otras tantas retrocedió arrastrado por el reflujo de
los asaltantes, que sólo por algunos instantes podían permanecer
batiéndose cuerpo a cuerpo y recibiendo las descargas a quemarropa.

En más de una ocasión la bayoneta de un miliciano pudo atravesar su
pecho con un solo ligero empuje; pero los defensores de la portalada le
respetaron, admirando su valor y tal vez compadecidos de su juventud.

Iba ya acercándose el amanecer, las sombras eran cada vez menos densas,
y la Guardia, extenuada por tan gigantescos esfuerzos y cada vez más
combatida por sus enemigos, convencióse de que era inútil su empeño.

Apenas esta convicción se extendió por las filas, aquellos bravos
batallones, en los que figuraban los más aguerridos veteranos del
ejército español, declaráronse en fuga.

Comenzaba el cielo a empaparse con la claridad de los rápidos
crepúsculos del verano; esa luz azulada y vaga propia del amanecer,
coloreaba los objetos, y los guardias, como horrorizados del desolador
aspecto del campo de batalla, y aun del que ellos mismos presentaban,
desordenáronse y apelaron a la fuga con dirección al palacio real en
busca de asilo, como los facinerosos de las épocas de fanatismo que,
huyendo de la justicia, se acogían al sagrado de las iglesias.

Los oficiales intentaron detenerlos; pero se vieron desobedecidos,
arrollados, arrastrados por aquella vertiginosa corriente de hombres, y
pronto los batallones, pocas horas antes de tan brillante aspecto,
corrieron azorados, revueltos y en espantoso desorden, perseguidos de
cerca por los defensores de la plaza Mayor.

Al entrar en la calle del Arenal aguardábales una tremenda sorpresa.

Las fuerzas liberales que ocupaban la Puerta del Sol acababan de recibir
tres cañones del Parque y enviaron un certero golpe de metralla a aquel
tropel de fugitivos.

Baselga marchaba de los últimos, avergonzado de la huída, y corría tan
sólo para detener a sus soldados, que eran sordos a las voces de mando.

Cuando sonaron los metrallazos desde la Puerta del Sol, vió caer a dos
soldados que iban delante, y al mismo tiempo sintió en una pierna un
golpe semejante al de un tremendo garrotazo.

Miró... y estaba lleno de sangre. Algo entre angustia y asfixia subió de
su estómago a la cabeza, parecióle que el suelo tiraba de él, y
tambaleándose como un borracho fué a detenerse con dolorosa
voluptuosidad en el umbral de una gran puerta.

A través de la nube sangrienta que empañaba sus ojos, vió Baselga pasar
por el centro de la calle, con la rapidez de una tromba, a los
batallones de la Milicia y del ejército liberal, que, con la bayoneta
calada, iban en persecución del enemigo.

Después, todo quedó a su alrededor desierto y silencioso.

Un rápido y creciente entumecimiento invadía el cuerpo de Baselga, y sus
facultades se amortiguaban gradualmente.

Cuando estaba ya próxima a extinguirse en él la noción del ser, le
pareció que alguien tiraba de sus hombros y lo arrastraba.

--¿Será esto la muerte que llega?--pensó el destrozado realista.

E inmediatamente su cerebro quedó inmóvil, sumergiéndose en la sombra.



III

La casa misteriosa.


Desde principios de siglo, llamaba la atención de los vecinos de la
calle del Arenal y aun de los que no siéndolo pasaban a menudo por dicha
calle, un gran caserón situado frente al antiguo convento de San Felipe
Neri, que tenía ese aspecto enigmático y terrible de los edificios sobre
los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldición.

Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de
barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos;
largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de
sus balaustradas espesas capas de polvo y telarañas que se extendían
hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con
escenas mitológicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca
de dragón que en los días de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre
los transeúntes; éstos eran los detalles más llamativos y principales de
aquella fachada que bajo la máscara de su decrepitud inspiraba horror a
todos los vecinos.

En las rendijas de la gran puerta crecían bosques en miniatura que
movían mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transeúnte por cerca
de aquélla, y las ninfas y dioses olímpicos pintados en el muro estaban
descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademán triste
unas carnes enfermizas y amarillentas que habían surgido muchos años
antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.

Allí se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que haría,
sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque
resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones
del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmática
escena.

En tal caserón, lo mismo podía haber vivido algún maldito hereje que
vendiendo su alma al demonio fué arrastrado por éste al infierno en la
hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de
comedia de magia, que algún marido que terminara las adúlteras
relaciones de su esposa dando de puñaladas a la amorosa pareja, y
marchando después a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa
para que nadie pisara más el lugar del espantoso crimen.

Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y
afición a lo absurdo, podían haber ocurrido en el caserón, incluso la de
haber servido de fábrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un
barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupación y de eterno
sentido práctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos años
a sus contemporáneos.

Sea cual fuera la historia de aquel caserón, por todos desconocida y que
a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el
barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del
célebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta
preocupación respetuosa. Las viejas al pasar junto a él, hacían la señal
de la cruz; los muchachos sólo en un arranque de audacia se atrevían a
ensuciar su frontera arrojándola pellas de barro, y al cerrar la noche,
más de un transeúnte, al acercarse al tétrico edificio, lo contemplaba
con recelo y apresuraba el paso.

Por desgracia para los espíritus inquietos y amigos de novelerías,
pronto cesó aquel misterio, pues una mañana aparecieron abiertos los
antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portón entraban y
salían a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una
instalación laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se
distinguían dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como
repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.

Ocurrió esto a mediados de 1819, cuando la primera reacción
anticonstitucional estaba ya próxima a terminar y los absolutistas se
iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se
descubrían y las inequívocas muestras de revolución que se notaban en
las provincias.

Estaba entonces la curiosidad de las gentes más excitada que nunca, así
es que a los pocos días ya sabían los vecinos de la calle del Arenal
quién era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos
antecedentes.

Era la baronesa de Carrillo, joven señora americana, viuda de un alto
funcionario, muerto en Méjico por los insurrectos, y que venía a España
para salvar su vida y las muchas peluconas que constituían su fortuna,
de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolución.

Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa
de pagar algunos vasos de vino en la taberna más cercana, y también
lograron tener la certeza de que la tal señora era muy buena católica y
temerosa de Dios, pues en su viaje la había acompañado un sacerdote y
eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de
importancia que atravesó desde Cádiz a Madrid.

Esta última circunstancia tranquilizó a los curiosos vecinos y desterró
de su ánimo toda sospecha de complicidad diabólica.

Una señora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no
podía tener ninguna relación con los malos espíritus que hasta poco
antes habían habitado aquella misteriosa casa.

Los sucesos públicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la
revolución y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en
posesión de su libertad experimentaba idéntica impresión que un muchacho
con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del
Arenal la curiosidad que les producía todo lo que se relacionaba con el
célebre caserón y sus habitantes.

Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos
nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas
sesiones de los Clubs patrióticos, eran motivo de pública preocupación y
más que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y
enredos de vecindad que poco antes constituían su delicia y eran el tema
obligado de conversación.

Poco a poco, en el transcurso de año y medio, el misterioso caserón de
la calle del Arenal, a pesar de que su puerta sólo se abría varias veces
cada día y de que la señora que lo habitaba tenía cierto empeño en
dejarse ver poco, se convirtió en una casa vulgar, incapaz de llamar la
atención de nadie.

Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los
asuntos políticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas
sesiones de "La Fontana de Oro", a oír los revolucionarios discursos de
Alcalá Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional,
hubiesen permanecido, como antaño, tomando el fresco a las puertas de
sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y
discutido.

Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abría lenta y
silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio
aparecían en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar
ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas,
semejantes a las usadas por los majos del Matadero.

Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la
casa, pues así que estaban junto al entreabierto portón, miraban a todos
lados rápidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra
abertura que inmediatamente quedaba cerrada.

Aquellos dos hombres y algún que otro cura, de aire humilde y sonrisa
seráfica, eran los únicos visitantes de la señora de la casa.

Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el
mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se
hicieran pronto cargo de tales visitas.

Una vez conocidas éstas, la curiosidad se interesó en averiguar más, y
pronto hizo un gran descubrimiento.

En una corta temporada que la familia real residió en los jardines de
Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.

La consecuencia que la curiosidad sacó de tal hecho fué inmediata. Los
dos embozados pertenecían a la corte y eran, sin duda, condes o duques
que se rozaban con las personas reales.

Dos años antes, cuando el grito nacional era "¡vivan las cadenas!", y la
aspiración de todo buen español "ser un gran servil", tal descubrimiento
hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de
saber lo que no las importaba, podía hacerlas dar con sus huesos en la
Galera; pero no en balde se estaba en pleno período revolucionario y
dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para
hacerlos públicos y que el pueblo supiera qué clase de gentes eran
aquellos nobles que se tenían por seres privilegiados.

Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas,
espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.

Pero fué inútil su intento, y no consiguieron distinguir la más pequeña
parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la
capa y la sombra de la noche.

La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.

Una noche (pocos días antes de la sublevación de la Guardia Real), el
postigo se abrió como siempre y los embozados aparecieron al extremo de
la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un
mozalbete, a quien la sobra de alcohol hacía andar en zigzag, y que daba
rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algún
relincho la copla liberal de 1813:

      "Un realista en un mesón
    llamaba por que le abrieran,
    y tanto y tanto llamó
    que le abrieron... la cabeza."

Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transeúnte, procuraron evitar
su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho,
con la tenacidad imprudente propia de los que están en tal estado, puso
especial empeño en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a
tropezar con aquéllos.

Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y
el otro buscándole, vinieron por fin a chocar.

El mozalbete dió con su barriga un fuerte golpe al más alto y elevó su
aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer éste, al
mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:

--¿Quién eres tú? Si tienes mucho frío, ven a echar unas copas.

El importuno se vió pronto sacudido por los dos embozados, que, sin
preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con
sus manos, y después de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al
suelo.

El borracho cayó sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en
tan cómica actitud permaneció mucho rato, siguiendo con vista asombrada
a los dos embozados, el más alto de los cuales reía estrepitosamente,
procurando ahogar las carcajadas con el embozo.

Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo caserón, el borracho, sin
abandonar su actitud, rascóse la frente, como quien duda, y al fin
murmuró, con la satisfacción del que se despoja del peso de un secreto:

--Que me maten, si ésos no son Narizotas y su alcahuete.

Las vecinas, que habían presenciado en sus escondites la anterior
escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa
revelación.

Efectivamente; de los dos personajes, el más bajo tenía todo el aire del
duque de Alagón, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes
a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultán, y en cuanto al
más alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia
de Dios, figuraba en todas las monedas.

En la puerta de dicha casa fué donde cayó herido el conde de Baselga.



IV

El señor Antonio.


A ser poeta el gallardo subteniente de la Guardia Real, el tiempo que
permaneció sin volver a la vida le hubiera proporcionado tema suficiente
para componer un poema describiendo las vagorosas fantasías de la nada.

Hubo un instante en que perdió la noción de ser; pero este estado
negativo desapareció, y del mismo modo que se sale del sueño no para
despertar, sino para entrar en el ensueño, Baselga comenzó a sentir y a
pensar, sin volver por esto a la vida real, pues entró de lleno en las
nerviosas fantasías del delirio.

Sus oídos zumbaban como si fuesen cañones conmovidos por ensordecedores
disparos; le parecía que su cuerpo se hundía en un lecho de espuma de
jabón, cuya profundidad no tenía término, y por encima de sus ojos, que
veían estando cerrados, desfilaba una interminable procesión de seres
vagorosos de color azulado y formas grotescas, a fuerza de ser
extravagantes, que en la confusa memoria del subteniente despertaban el
recuerdo de los célebres cartones dibujados por Goya, inagotable almacén
de raras imaginaciones.

Algunas veces entre aquel extravagante desfile de visiones
contorneábanse rostros conocidos aunque desfigurados por diabólicas
sonrisas y, ¡cosa rara!, siempre eran aquellas fantásticas caras las de
seres que tenían motivos más que suficientes para odiar a Baselga. Dos o
tres muchachos de la Guardia, a quienes el subteniente había señalado
con su sable por quejarse de sus fullerías en el juego, desfilaron
haciendo visajes de alegría por encima de sus cerrados ojos, y tras
ellos, pálido, ensangrentado y llevando en los labios el nombre de su
mujer y de sus hijos, pasó el desgraciado Landaburu, aquel mismo capitán
a quien por sus ideas liberales había hecho asesinar Baselga el día en
que los batallones iniciaron su sublevación en la plaza de Palacio.

Aquellos fantasmas despertaban en el ánimo del atolondrado subteniente
algo semejante a un remordimiento y los contemplaba con miedo como
temiendo su venganza ahora que él se encontraba débil e incapaz de
defensa.

Pronto experimentó algo que le hizo estremecer y dar gritos de miedo y
de dolor. Los terribles fantasmas le rodearon con sus invisibles manos,
comenzaron a arañar en sus heridas excavando hondo, como si buscasen
algo, y cuando se cansaron de ver correr la sangre las oprimieron con
sus pesados brazos, causando al infeliz un dolor que le estremecía de
pies a cabeza.

Un calor insufrible se apoderó de todo su cuerpo: a Baselga le pareció
que el cerebro hervía dentro del cráneo y que éste iba a estallar de un
momento a otro, y tornó a abismarse en la sombra del no ser.

Cuando volvió a recobrar cierta noción de existencia, no fué para
delirar, pues abrió los ojos y se convenció de que estaba en el uso de
sus facultades aunque éstas estuviesen amortiguadas de un modo
alarmante.

Lo primero que vieron sus ojos fueron otros, grandes, saltones y de un
blanco amarillento, que le miraban muy de cerca y que correspondían a un
rostro negro como el carbón, adornado con una boca de labios hinchados y
coronado por una cabellera crespa y enmarañada.

Baselga, como buen realista católico, era supersticioso, y lo primero
que a su debilitado cerebro se le ocurrió pensar fué que había muerto y
que aquella cara negra y horrible que casi rozaba la suya era la del
diablo en persona.

Pronto se tranquilizó, reparando a continuación de tal rostro el cuello
de una casaca galoneada propia de un servidor de casa grande, pues
repasando rápidamente en su memoria las leyendas piadosas y los cuentos
de cuartel en que el diablo aparece bajo las más distintas formas,
recordó que éste en sus ratos de buen humor sólo había descendido a
disfrazarle de fraile, pero nunca se le había ocurrido vestirse de
lacayo.

No tardó en salir de dudas, pues la cara negra habló, y arrastrando las
sílabas con ese acento meloso de los americanos, preguntó al
subteniente:

--¿Cómo se siente el niño?

A Baselga no se le ocurrió hablar y por toda contestación se sonrió de
un modo lúgubre.

--Hace bien el niño en no hablar--continuó el negrazo con acento
cariñoso--. Los hombres malos le han hecho mucho daño y en casa todos
temíamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a
por el niño esta mañana cuando estaba casi muerto en la puerta.

El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para
dar la mano al negro; pero inmediatamente sintió agudas y estremecedoras
punzadas en el hombro y la pierna, donde tenía las heridas.

Fijó su atención en estas partes de su cuerpo y notó que las tenía
oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.

--No se mueva el niño--dijo el negro con su acento indolente--. No se
mueva, y si quiere algo pídalo que yo se lo traeré.

Separóse el negro al decir esto de la cama y entonces notó Baselga que
junto a ésta y sobre una mesita ardía un quinqué con pantalla verde,
objeto que entonces era de reciente novedad y que sólo se permitían
usar las gentes acomodadas.

Aquella luz acabó por traer al herido a la realidad.

--¿Qué hora es?--preguntó con voz desfallecida después de hacer un gran
esfuerzo.

--El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.

--¿Desde cuándo estoy aquí?

--Desde esta mañana, señor. La niña, desde el balcón, vió caer a su
merced junto a la puerta y nos mandó bajar para que le entráramos en
casa y no lo remataran los hombres malos. Toda esta noche pasada hemos
estado oyendo los tiros; la niña no ha dormido, y el negro Pablo, que
soy yo, quería ir, como en Méjico, a disparar contra los enemigos del
rey.

Estas palabras acabaron de despertar los recuerdos en la memoria de
Baselga, hasta entonces embotada. Aquello de "enemigos del rey" hizo
revivir en el subteniente la pasión de conspirador absolutista y
rápidamente acudieron a su mente los recuerdos de todo lo ocurrido en la
noche anterior y al amanecer de aquel mismo día.

Baselga experimentó ansiosamente el deseo de saber cuál había sido la
suerte de sus compañeros de armas, y preguntó con voz angustiada:

--¿Qué ha ocurrido en Madrid desde que caí herido?

--No sé, ciertamente, cuál ha sido la suerte de la Guardia. Negro Pablo
no ha salido de casa en todo el día, porque la señora no ha querido que
fuera yo en busca de un médico. El señor Antonio ha sido el encargado de
traer al cirujano esta mañana y al volver le he oído hablar con la niña
de graves sucesos que han ocurrido en la plaza de Palacio. Lo único que
sé de cierto es que los hombres malos pasan a grandes grupos por la
calle, cantando y dando vivas a eso que llaman libertad.

--No hay duda--murmuró Baselga, dejando caer la cabeza con desaliento--;
esos tenderillos nos han vencido.

En aquel momento, amortiguados y como si provinieran de larga distancia,
llegaron hasta la alcoba centenares de voces que con bastante
discordancia cantaban el himno de Riego y daban vivas a la Constitución.

Era el pueblo liberal que todavía celebraba con alegres manifestaciones
el triunfo de la mañana.

Baselga, a pesar de su debilidad y postración, se agitó como para huir
de aquellas voces que llegaban hasta él con sonido debilitado por muros
y cortinajes, y cerró los ojos.

--Señor--dijo el negro--. La niña y el señor Antonio me han encargado
les avisara apenas recobrara usted los sentidos.

--¿Quién es la niña?--preguntó Baselga con extrañeza.

--Es mi ama, niña Pepita, la señora baronesa de Carrillo, viuda del
gobernador de Acapulco.

--Y ese señor Antonio, ¿quién es?

--Es el señor; pero digo mal... no es el señor, pero poco le falta. Es
como si dijéramos el amo de todos los que aquí vivimos, menos de la
señorita.

--Será el administrador.

--Administrador, no, señor; pero sí una cosa parecida. Algunas
veces--continuó el negro, sonriéndose con cierta malignidad--da consejos
terminantes a la niña, que ésta sigue aun contra su gusto.

--¿Es joven tu ama?

--Casi como usted, y crea que si aquí se dejara ver tanto como en
Méjico, había de encontrar a cientos los adoradores.

--Es guapa, ¿eh?--dijo Baselga, que a pesar de su triste estado
comenzaba a preocuparse de niña Pepita, llevado de sus eternas aficiones
galantes.

--Pronto la verá usted y podrá juzgar. Muchas señoras miro cuando salgo
por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparársele.

--Bueno; la veré y daré con justicia mi opinión.

Baselga, después de decir esto con displicencia, cerró los ojos, como
para indicar al negro su cansancio, y ladeó un poco la cabeza, huyendo
del reflejo de la luz.

El negro Pablo quedóse un rato mirándolo con estúpida fijeza, y
únicamente se movió cuando le pareció oír pisadas que lentamente se
acercaban.

Fuése el negro a la puerta de la alcoba, y sacando la cabeza por entre
los cortinajes, reconoció al recién llegado.

--Señor Antonio--dijo con voz queda--, el niño se ha despertado ya. He
hablado con él y ahora mismo acaba de cerrar los ojos.

Apartóse el negro y entró en la alcoba el señor Antonio.

Su figura era extraña, y atendida la época resultaba un espantoso
anacronismo.

Ocurría aquella escena a mediados de 1822. Las modas igualitarias y
democráticas inventadas por la Revolución francesa hacía ya bastantes
años que imperaban en España, y, sin embargo, aquel hombre vestía como
en tiempos de Carlos III, que sin duda fueron los de sus mocedades.

Llevaba el pelo largo, recogido con una cinta sobre la nuca y trenzado
en coleta, y su traje componíase de chupa y calzones de paño negro,
raído, manchado y polvoriento; camisa con girindola, medias de color
indefinible y zapatos con hebillas holgados como pantuflas.

Tenía el rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas que al
menor gesto titilaban y se ponían en movimiento semejante al oleaje de
un mar alborotado, y sus ojos hundidos y pequeños apenas si marcaban la
pupila verde, inmóvil y gatuna tras el empañado cristal de unas enormes
gafas con pesado armazón de plata.

En el porte de aquella persona original percibíanse detalles que a
primera vista conocíase eran característicos, y de éstos los más
notables eran: el gran pañuelo de hierbas, asomando siempre sus
mugrientas puntas por entre los faldones de la casaca; el rosario, de
cuentas gastadas por el uso, escapando su extremo por uno de los
bolsillos de la chupa, mientras que del otro colgaba, sirviendo de
cadena del reloj, una rastra de medallitas terminada en esa cifra casi
cabalística que designan los devotos con el título de "Nombre de María".

El señor Antonio, tal vez por ser pequeño de estatura y falto de carnes,
no andaba encorvado humildemente, como muchos de su clase; pero a falta
de tal rasgo de servil amabilidad, disponía de una sonrisa que, aunque
afeaba más aquel rostro chato propio de una momia, le daba cierto tinte
de seráfica inocencia.

Baselga, que al notar la presencia del recién llegado había abierto los
ojos, contempló con atención a aquel personaje de exterior tan raro,
mientras que éste le miraba dulcemente con sus ojos claruchos de un modo
que parecía pedirle perdón por la molestia que le causaba.

El señor Antonio, después de vacilar, se decidió a ser el primero en
hacer uso de la palabra, y buscando en los registros de su voz el tono
más melifluo y humilde, preguntó:

--¿Cómo se siente usted, caballero?

--Mal, muy mal--contestó Baselga, a quien causaban gran incomodidad los
apretados vendajes.

--No lo extraño. Ha perdido usted esta mañana mucha sangre, y, además,
las heridas son de consideración. A pesar de esto, tengo la satisfacción
de manifestarle que su vida no corre peligro.

--¿Ha visto bien mis heridas el cirujano?

--Perfectamente. Es un hombre tan cristiano como inteligente, amigo de
la casa e interesado en salvar la vida de todo buen defensor del rey y
nuestra sacratísima religión. Cuando le extraía las balas esta mañana
murmuraba oraciones para que Dios librara pronto a usted de aquel
espantoso delirio, en el cual creía ver fantasmas que le arañaban las
heridas.

Baselga recordó entonces su atroces pesadillas, de las cuales aún
quedaba rastro en su memoria. Las manipulaciones del cirujano le habían
parecido, en estado tan anormal, crueles tormentos de seres fantásticos.

--Hay que reconocer--continuó el señor Antonio--que Dios ha querido
poner hoy a prueba la paciencia de los suyos destruyendo la obra de los
buenos.

--¿Es usted de los nuestros?--preguntó Baselga mirando ya con cierta
simpatía a aquel hombre que por su aspecto extraño le había sido
antipático a primera vista.

--¿Y quién no lo es, caballero oficial?--contestó el vejete con enfática
solemnidad--. Todo buen español debe ser enemigo de esos hombres
desaforados, sin conciencia ni respeto a las leyes divinas y humanas,
que no tienen más santos ni santas que Riego y la Constitución, que
quieren la perdición de la Iglesia y de sus sagrados e inviolables
derechos, que han arrojado a los buenos padres jesuítas que nuestro
señor don Fernando VII había vuelto a España para que labrasen nuestra
felicidad y que si Dios no lo remedia acabarán igualmente con el rey,
pues a nombre de esa libertad que siempre tienen en los labios, aspiran
a que desaparezca todo lo antiguo y más digno de veneración. ¡Locos!
¡Infelices! ¡Mentecatos! ¿Pues no hay entre ellos quienes hablan de eso
que llaman democracia y hasta quieren poner en práctica aquí las
infernales doctrinas de aquellos bandidos que hicieron el noventa y tres
de Francia? ¡Imbéciles! Como si las naciones pudieran existir sin reyes
que las gobiernen y frailes que las eduquen.

Y el vejete, que hablando al principio en tono natural, había ido
exaltándose poco a poco, paseaba nerviosamente al decir las últimas
palabras y cada uno de los epítetos que dirigía a los liberales, lo
marcaba con iracundas patadas que daba contra el suelo como si bajo de
sus pesados zapatos tuviera a la "Fontana de Oro" y a todos los clubs
revolucionarios que funcionaban en Madrid.

Baselga comenzaba a mirar con admiración a aquel hombre.

El subteniente, a pesar de todo su entusiasmo monárquico, era incapaz de
hilvanar un párrafo realista de elocuencia tan conmovedora como aquél y
confesaba su pequeñez intelectual ante el vejete que poco antes le
parecía despreciable.

El señor Antonio era, sin duda, un sabio tan eminente como el canónigo
Ostolaza u otro de los frailes de la camarilla de Fernando, y el
condesito de Baselga comprendía que podía recibir de sus labios grandes
enseñanzas con que deslumbrar, el día que se encontrara restablecido, a
sus compañeros de batallón.

Estuvo el subteniente mucho rato silencioso por si el viejo quería
seguir hablando sin tener él la imprudencia de interrumpirle el curso de
la peroración, y en vista de que no decía nada más contra la situación
política, se atrevió a preguntarle, con la cortedad de un discípulo al
dirigirse a su maestro:

--Diga usted, ¿qué ha ocurrido esta mañana al llegar los batallones de
la Guardia a la plaza de Palacio?

--Una cosa inaudita. Los campeones de la Fe han sido derrotados y
acuchillados por esos herejes. Dios, como antes he dicho, ha querido
probarnos. Los batallones llegaron a la plaza, y allí se detuvieron. Sus
perseguidores, los liberales, llegaron poco después y también
descansaron las armas impuestos por ese respeto que inspira la mansión
de los reyes. Entraron en tratos Morillo y los demás generales del
Gobierno con el rey nuestro señor para ajustar las condiciones con
arreglo a las cuales habían de rendirse los guardias; pero éstos, no
queriendo pasar por tal deshonra, volvieron a tomar las armas, y bajando
al Campo del Moro, huyeron de enemigos tan superiores en número.

--Y entonces, ¿qué sucedió?--preguntó Baselga con ansiedad.

--La caballería liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa,
cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechándose del
terreno llano, cargó a los cuatro batallones, y antes de que pudieran
éstos formar el cuadro, los acuchilló a su gusto, dejando el campo
sembrado de cadáveres.

--¿Y el rey?--volvió a decir el subteniente con impaciencia--. ¿Qué
hacía el rey?

--El señor don Fernando, asomado a un balcón de su palacio, azuzaba a
los liberales contra los guardias, gritando: "¡A ellos, hijos míos!
¡Que se escapan! ¡No dejéis uno con vida!"

--Eso es una gran canallada--dijo Baselga irreflexivamente dejándose
llevar de su indignación.

El señor Antonio quedóse mirándole fijamente por algún tiempo, y, al
fin, dijo con frialdad y calma:

--Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jamás como un canalla.
Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles.
Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. ¿Quién
le asegura a usted que don Fernando no veía en lontananza amenazada su
existencia por los vencedores liberales y únicamente para congraciarse
con ellos dió aquellos gritos? ¿Valen unas palabras sin importancia la
existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que
sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas
palabrejas que esos liberales podrán interpretar como gusten, pero que
no tienen importancia.

El ínclito de Baselga quedó aplastado por aquella lección de realismo, y
miró al vejete aún con más admiración.

--Además, caballero--continuó el señor Antonio--, en todos los asuntos
hay que guiarse por los consejos de la sabiduría. ¿Cree usted que los
padres jesuítas son los hombres más sabios del mundo?

Baselga no tenía motivos para contestar, pues en su corta vida nunca
había tratado a ningún discípulo de Loyola; pero recordando elogios que
muchas veces había oído, y guiándose por sus aficiones reaccionarias,
creyó muy del caso hacer un gesto como extrañándose de que hubiera quien
pusiera en duda tan terminante verdad.

--Celebro que usted lo reconozca--dijo el vejete--. Pues bien; los
jesuítas enseñan que para lograr un fin no hay que reparar en los
medios, y el señor don Fernando no ha hecho más que seguir tan sabia
máxima al obrar esta mañana del modo que ya he dicho.

El herido asintió a tales razonamientos, y como aunque le gustaban mucho
las palabras del vejete, sentía cada vez más imperiosamente la necesidad
de descansar, deseó que acabara pronto aquella conferencia para él
fatigosa, y cerró los ojos.

--Comprendo que usted necesitará mucho descanso, porque su estado,
aunque no peligroso, es bastante grave. Me retiro, pues, y le advierto
que apenas necesite el más leve auxilio, aquí tiene a Pablo, que está
completamente a su servicio y que dormirá a la puerta de su alcoba.

El negro afirmó las palabras del señor Antonio con una estúpida sonrisa.

Baselga, que comenzaba a sentir invadido su cuerpo por una atroz
calentura, preguntó con interés:

--¿Ha dicho el cirujano cuánto tiempo tendré que permanecer de este
modo?

--¿Tiene usted mucha prisa en abandonar esta casa?

--Siento impaciencia por ir a participar de la misma suerte que aquellos
de mis compañeros que no hayan muerto.

--Pues siento decir a usted que tendrá que resignarse a permanecer mucho
tiempo aquí aun cuando se encuentre bueno, a menos que quiera morir en
un cadalso.

--¡Un cadalso!... ¿Tan cruelmente piensan los liberales castigar nuestra
sublevación?

--Es que usted no es sólo reo de insurrección, sino de haber ocasionado
la muerte a su capitán a las mismas puertas del palacio real.

--¿Cómo sabe usted eso?

--Señor conde de Baselga--dijo el vejete irguiéndose con cierta
majestad--; cuando se forma parte de instituciones poderosísimas, aunque
sólo sea como humilde átomo, se sabe mucho y se tiene conocimiento de
todos los hechos de importancia y de quiénes son sus autores. Yo sé
quién es usted, conozco su vida hace algún tiempo y también los grandes
servicios que ha prestado a la buena causa de Dios y el Rey.

El desmesurado amor propio de Baselga sintióse halagado por aquellas
palabras de tan entusiasta realista, y, a pesar de su calentura vió con
dolor que el buen viejo se alejara.

--¡Buenas noches--dijo éste haciendo un ceremonioso saludo--, que usted
descanse! Y en cuanto a ti, Pablo, ya sabes que estás aquí para obedecer
las órdenes de este caballero.

Estaba ya el señor Antonio en la puerta de la alcoba, cuando Baselga,
incorporándose cuanto pudo, le dijo, procurando reproducir el tono
galante que había aprendido en los salones del regio palacio:

--Salude usted en mi nombre a la señora de la casa, y hágala patente mi
profundo agradecimiento por su auxilio.

Volvióse el señor Antonio y dijo con expresión respetuosa:

--La señora baronesa de Carrillo, a pesar de su juventud y hermosura, es
tan católica como juiciosa, y está aún más interesada que nosotros en
defender los sagrados privilegios del rey.



V

Niña Pepita.


Era ya el octavo día que Baselga estaba en aquella cama, que, a pesar de
ser mullida, monumental y de interminable anchura, resultaba para el
joven potro inquisitorial que le producía las mayores desazones.

Nunca había permanecido él tanto tiempo acostado, y su sangre juvenil, a
pesar de estar debilitada, enardecíase con aquella larga inercia,
impulsando al subteniente a adoptar locas resoluciones.

El cirujano que le asistía estaba maravillado. Nunca había visto una
encarnadura tan privilegiada como la de aquel hermoso animal, para quien
las heridas graves eran insignificantes rasguños a juzgar por la
facilidad con que se cicatrizaban y la poca molestia que le producían.

A los ocho días, Baselga estaba ya poco menos que bueno, y su único mal
consistía en la gran debilidad que experimentaba a causa de la mucha
sangre que perdió.

La herida del hombro estaba casi cicatrizada y la de la pierna, aunque
no tan adelantada, la tenía ya próxima a curarse.

Baselga, obligado a permanecer inmóvil, distraía su fastidio dejando
vagar su imaginación por el espacio de las ilusiones, y como la política
sólo ocupaba en las aficiones del subteniente un lugar secundario, claro
está que su pensamiento había de reconcentrarse en el objeto de todos
sus apetitos; la mujer, y que esta mujer había de ser la baronesa de
Carrillo, aquella niña Pepita, de que hablaba el negro tantas veces como
se acercaba a la cama y de cuya hermosura hacía los más hiperbólicos
elogios.

El joven, a excepción de los ratos que hablaba de política y de los
sucesos del día con el señor Antonio, pasaba todo el tiempo conversando
con el negro Pablo, sondeándole y excitándole su afición a charlar para
ir recogiendo, entre la hojarasca de una palabrería bárbara e
insustancial, detalles interesantes sobre la vida y el modo de ser de
aquella beldad desconocida que ocupaba su pensamiento.

Conocía ya el subteniente hasta en sus menores detalles la historia de
la baronesa y la clase de belleza que poseía.

Guiándose por las revelaciones del negro, sabía que niña Pepita era
morena, que sus ojos negros tenían un mirar tan pronto grave como
picaresco, y que su cuerpo poseía toda la majestad de una reina de
teatro.

Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.

Su padre fué el barón de Carrillo, criollo descendiente de uno de los
compañeros de Hernán Cortés y que gozaba en Méjico de una buena fortuna
sin límites, consistente en tierras que se encargaban de hacer
productivas, animados por las caricias del látigo, innumerables
cuadrillas de esclavos.

Solterón huraño e incorruptible, aquel hombre americano parecía nacido
únicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo
religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los
jesuítas disponían a capricho de su persona y bienes, pues el barón de
Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la
intolerancia más decidido y audaz de cuantos seguían el estandarte de
Loyola.

Al expulsar Carlos III de España y sus dominios la negra polilla
jesuítica, el de Carrillo, por inspiración propia o siguiendo los
consejos de los dueños de su conciencia, protestó con las armas en la
mano contra la pragmática del rey e inició una revolución de fanáticos,
en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancherías. Pero el
movimiento no tomó cuerpo y los jesuítas viéronse arrojados de Méjico,
mientras que el barón, vencido por las tropas del Gobierno, fué
encontrado en una fortaleza y contempló confiscada por la justicia toda
su enorme fortuna.

Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consideró como traidor al
rey, por ciertas consideraciones le perdonó la vida, y como premio a su
afección por los jesuítas, fué condenado a eterna prisión, así como a la
pérdida de todos sus bienes.

La calma de la cárcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron
en aquel hombre adusto, fanático y casi autómata, un afecto hasta
entonces desconocido, pues el barón, con la salud profundamente
quebrantada y casi próximo a la muerte, se enamoró como un loco de la
hija del comandante de la fortaleza donde vivía encerrado. La muchacha
correspondió a su pasión y el resultado de tales relaciones fueron un
casamiento y la venida al mundo de niña Pepita, que no conoció a sus
padres, pues éstos murieron cuando tenía poco más de dos años.

La hija única del barón de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada,
pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se
había deshecho en manos de éste; pero a pesar de ello, nada faltó a la
niña, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mártir de la
causa de Dios.

Un poder superior parecía velar por el bienestar de aquella niña, de
cuya educación se encargó un señor Antonio García, comerciante de
Veracruz hombre cristiano y honrado--según decían sus amigos--y que
manejaba en su tráfico enormes capitales, que nadie sabía de dónde
procedían, así como tampoco persona alguna podía averiguar dónde iban a
depositarse las pingües ganancias que le producía su incesante comercio.

El ocuparse tal persona y algunas más de idéntica clase y profesión de
la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrédulos
que el jesuitismo no había desaparecido de Méjico, pues aunque los
padres con sotana habían sido barridos por la pragmática de Carlos III,
aún quedaban allí los jesuítas de hábito corto, valiéndose del inmenso
poder de su tétrica asociación para monopolizar el comercio y toda clase
de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes
murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creció siempre amparada por
oculta protección, hasta que a los dieciséis años se casó, o la casaron,
con el nuevo gobernador de Acapulco, noble español, algo ya entrado en
años, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la
madurez, y a quien el Gobierno envió a Méjico para que, robando con su
alto cargo a indígenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su
fortuna habían hecho el vicio y la disipación.

Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partían los
convoyes marítimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y
aquellos comerciantes misteriosos que habían amparado a ésta en su
infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por
los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros
interminables de peluconas.

Por desgracia para niña Pepita, llegaron los tiempos en que a los
indígenas les pareció muy pesado vivir unidos a una nación que les
explotaba dispensándoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie,
y comenzó la insurrección a levantar cabeza, obligando al gobernador de
Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaña en busca de los
rebeldes.

Algunos años permaneció indeciso el éxito de la lucha; pero, por fin, la
fortuna púsose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la
baronesa había demostrado su religiosidad y buen celo realista,
fusilando a cuantos revolucionarios caían en sus manos, le tocó a su vez
desempeñar el papel de víctima, y al caer prisionero de sus enemigos fué
macheteado de suerte que su cadáver, al ser encontrado, sólo pudo
identificarse por algunos indicios.

Quedó la bella Pepita viuda a los veintiséis años, sin familia y libre,
y como no era prudente permanecer más tiempo en aquel país donde la
revolución ganaba terreno por instantes y se corría peligro de que se
cumpliera el refrán de "lo mal ganado se lo lleva el diablo", la
baronesa púsose en camino para España, llevando en su compañía la
fortuna adquirida en Acapulco y a aquel señor Antonio, su eterno
protector, que abandonó los negocios por la misma razón que su
protegida.

Esta historia fué conociéndola Baselga a trozos, por boca de aquel negro
que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de
llenar con su imaginación algunos claros que resultaban en lo narrado.

El romántico nacimiento de niña Pepita--como llamaba el negro a su ama,
siguiendo la costumbre de los de su raza--, el país de donde procedía y
el afán de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de
cerca a aquella hermosura de un género para él completamente nuevo, pues
toda su crónica amorosa reducíase a las marquesas y duquesas de Palacio,
señoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas
como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por
dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.

Aquella mujer, en cuya casa estaba, había de ser algo muy diverso a las
ya por él tratadas; en su amor encontraría algo nuevo y original, que
hasta entonces ignoraba, y esto le hacía desear con ansia el conocerla.

Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede
llamarse la brutal pasión con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel
atleta, a pesar de su postración física.

Había, además, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de
misterioso en su vida, pues el condesito, que tenía en su memoria el
catálogo de todas las mujeres jóvenes, hermosas y elegantes que
residían en Madrid y que sabía al dedillo sus nombres y aun las familias
a que pertenecían, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado,
en el teatro del Príncipe ni en ningún otro punto de reunión de la
sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra
parte, no debía tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba
una casa con honores de palacio en una de las calles más céntricas de la
capital.

Cavilando Baselga continuamente sobre la incógnita hermosura pasóse los
días de su curación, y tan preocupado llegó a estar, que en sus diarias
conversaciones con el señor Antonio ya no se cuidaba de hablar de
política ni de preguntar por la situación del rey y la suerte de Córdova
y demás compañeros de la Guardia, pues hábilmente quería hacer recaer
siempre la plática sobre la señora de la casa; pero el astuto vejete,
que miraba al subteniente desde una altura inmensa, sabía desbaratar con
una sola palabra todas las artimañas preparadas por aquél para hacerle
hablar.

El señor Antonio tenía buen cuidado en decir al joven todos los días que
la señora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto
restablecimiento y que ya tendría el gusto de saludarlo tan pronto como
se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la
plática no nombraba más a su señora, y, además, adivinando los
pensamientos del joven, procuraba que éste tampoco trajera su recuerdo a
la conversación.

Llegó, por fin, el día en que el cirujano, después de examinar
minuciosamente las heridas, viéndolas perfectamente cerradas y limpio de
calentura al paciente, le permitió que se levantase de aquel lecho que
tanto le atormentaba.

Baselga no tardó en aprovechar el permiso, y calándose una bata del
señor Antonio que le prestó el negro, salió de la cama para dar algunos
pasos vacilantes por la habitación e ir, por fin, rendido por tal
esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un sillón colocado junto
a la única ventana de aquella estancia.

A través de los verdosos cristales veíase un patio de paredes negruzcas,
cuyo extremo superior estaba bañado por el sol refulgente, propio de una
mañana de verano.

El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel sillón,
distinguía, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa
luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares más tristes y
la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho,
produciéndole gran alegría y despertando en su cerebro un mundo de
risueñas ideas.

Baselga se sentía feliz. Experimentaba la misma impresión que el
náufrago que, después de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo
sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en
salvo.

Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de
julio, le parecían terribles ensueños de la noche anterior; su debilidad
de convaleciente era lo único que le recordaba tales sucesos; pero, en
cambio, sentía su pecho repleto de la satisfacción que le causaba la
vida, encontraba el mundo más hermoso que nunca, mostrábase orgulloso de
su juventud y de su fuerza, y su imaginación revolvía mil planes de
futura felicidad.

Parecía que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se había
deslizado en el interior del cráneo de Baselga, para dar a todas sus
ideas un color de rosa.

No pudiendo resistir el joven su satisfacción y deseoso de demostrarse a
sí mismo que la debilidad de la convalecencia no había de causarle tan
gran cansancio, se levantó del sillón, irguiéndose con arrogancia como
si estuviera en una formación de la Guardia frente a Palacio, y con un
paso que quiso hacer marcial, encaminóse a un gran espejo que ocupaba
casi un lienzo de pared y se miró en él de pies a cabeza.

¡Vamos! Había que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez
la tenía descolorida y el pelo estaba enmarañado; pero esto le daba
cierto aire interesante y romántico, muy propio para causar impresión en
una mujer de carácter novelesco.

Baselga, satisfecho de su rostro, bajó su vista para examinar su cuerpo
y..., ¡gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al
verse en tan ridícula catadura.

La bata del señor Antonio ya le había parecido, al ponérsela, tan
desteñida, sucia y mugrienta como todos los trajes del vejete; pero
ahora contemplaba en el espejo lo mal que caía sobre su cuerpo y sentía
impulsos de romperla en menudos pedazos.

Aquella pieza confeccionada para un cuerpo poco robusto, resultaba
estrecha y corta puesta sobre las carnes del gigantesco condesito, y
éste no podía ver sin sentir escalofríos de rabia sus piernas robustas y
vellosas que asomaban por bajo la bata para ocultar sus extremos en unas
pantuflas viejas, tan grandes, que a cada momento se escapaban de sus
pies.

¡Dios de Dios! ¡Cuán ridículo estaba! Ahora lo único que le faltaba es
que a la linda baronesa de Carrillo se le ocurriera entrar a visitarlo
para burlarse gentilmente viéndole en tal facha.

Solamente la idea de que esto pudiera ocurrir, le helaba la sangre al
fatuo subteniente, que sólo temía en el mundo al ridículo ante las
mujeres; pero aún vino a hacer más grande su terror el oír de repente
cierto roce de cortinas y el sonido de una carcajada femenil, a duras
penas contenida.

El condesito quedó como petrificado, y durante algunos momentos no se
atrevió a moverse ni a volver su vista hacia la puerta; pero no tardó en
revivir en él su instinto de conquistador, y rápido cual un relámpago
lanzóse a la entrada de la alcoba, tras cuyo tapiz le observaban
indudablemente.

Cuando llegó a tal punto y levantó la cortina, no encontró a nadie, pero
pudo oír el rumor de unos pasos ligeros que se alejaban y aun le pareció
distinguir en la puerta fronteriza a la que él ocupaba, el extremo de
una flotante falda azul, que desapareció con la rapidez de momentánea
visión.

Baselga no dudó ya. La hermosa baronesa era quien le había observado
tras aquel cortinaje y esto le puso de un humor infernal.

Nunca, ni aun en los días de mayor desesperación, había llegado él a
imaginarse que una mujer hermosa debía contemplar al oficial más guapo
de la Guardia en el mismo traje de un avaro de sainete, envuelto en
viejos trapos manchados de grasa y con las piernas al aire.

Después de tal suceso, ¿cómo iba él a enamorar a una mujer que había
tenido que reírse al verle en tan grotesca catadura?

Baselga, enterrado en su monumental sillón, pasó junto a aquella ventana
un día de perros, y cuando el negro Pablo entró con su pucherete de
enfermo, sintió la necesidad de desahogar su rabia y casi estuvo tentado
de tirarle los platos a la cabeza.

Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia
notó que su pierna derecha, aquella en que había recibido el casco de
metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a
balancearse sin gracia alguna.

Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espantó a aquel
valiente.

El que no había temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor,
se horrorizó de pensar que su hermoso físico acababa de ser afeado por
un defecto visible.

No era muy de notar aquella cojera. Algún descuido de la curación, algún
tendón interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya
no podía andar con aquella gallardía que tanto le distinguía en la
corte.

Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que
era su continua preocupación.

Acabó esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y después de
rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se metió en cama al
anochecer, echando maldiciones a la Constitución de 1812, a Riego y a
todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en
aquel aciago día.

Soñando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas
burlonas, en batas sucias que le oprimían como corazas de hierro y en
batallones de guerreros cojos, pasó el joven toda la noche presa de
nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despertó traspasando los
vidrios de la ventana y posándose en sus ojos, lo primero que éstos
vieron en su silla cercana fué algunas prendas de ropa interior de fino
hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.

Baselga, para convencerse de que no soñaba, saltó inmediatamente de la
cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenció
de que estaba despierto, sintióse dominado por infantil alegría y
comenzó a ponérselas con la satisfacción del muchacho que viste por
primera vez su traje de hombre.

Cuando el condesito acabó de abrocharse su casaca azul, fué a mirarse en
el gran espejo y experimentó una alegría sólo comparable por lo grande
al disgusto del día anterior.

Sin salir de la habitación encontró todo lo necesario para lavarse y
acicalarse y con fruición deleitante usó de aquellos artículos de
perfumería puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por
el joven como procedentes de un tocador femenil.

En Baselga, el estómago era el órgano que más parte tomaba en todas las
impresiones; así es, que cuando el negro entró con un enorme canjilón de
chocolate y una pirámide de bollos de Jesús, devoró el contenido de los
dos platos en un santiamén; y después, con aire satisfecho, encendió un
cigarrillo y se preparó a preguntar al criado algo sobre su señorita.

Pero el negro Pablo le ahorró tal trabajo, pues con aire confidencial
dijo casi al oído del subteniente:

--Hoy va a tener usted una visita. Niña Pepita vendrá a verle.

--¿Cómo lo sabes?

--He oído cómo se lo decía al señor Antonio, preguntándole si estaba ya
aquí el uniforme que hace unos días encomendó. El otro uniforme tuvimos
que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.

--¿Y sabes si tardará mucho la visita?

--No puedo asegurarlo. Niña Pepita tiene mucho que hacer por las
mañanas. Ahora está en misa y después tendrá que hablar con los padres
que vienen a verla casi todos los días.

--¿Qué padres son esos?

--Niña Pepita conoce muchos curas; ellos y dos señores que vienen
algunas noches, son las únicas visitas de la casa.

El subteniente iba a preguntarle más; pero en esto se oyó un lejano
campanillazo y el negro recogió apresuradamente los platos y salió
diciendo:

--La señora vuelve de misa. Ya está ahí.

Baselga quedó paladeando la alegría que le causaba saber que de un
momento a otro iba a presentarse allí aquella mujer que, aunque
desconocida, era la señora de sus pensamientos.

Algunas veces acudió a su memoria el recuerdo de lo ocurrido en la
mañana anterior, y esto le hizo experimentar cierta turbación; pero
inmediatamente renacía su antigua osadía de conquistador y ansiaba la
llegada de la incógnita beldad.

La impaciencia devoraba al condesito. Habían dado ya las nueve en el
reloj de San Felipe y la baronesa no venía; y no fué esto lo peor, sino
que la campana fué marcando las diez y las once, sin que la deseada
beldad diera señales de vida.

El subteniente estaba con el oído atento, y cada ruido de pasos lejanos
que llegaba a su habitación, le parecía ser la baronesa que se acercaba;
pero al sufrir nuevas decepciones, aumentaba su impaciencia.

Levantóse del sillón repetidas veces, entretúvose en golpear con los
nudillos los vidrios de la ventana tarareando cuantas marchas militares
conocía y acabó por plantarse ante el espejo y abismarse en su propia
contemplación, que era lo que más le distraía.

No estaba mal. El nuevo uniforme le caía a las mil maravillas y
únicamente se notaba en él la falta de charreteras. Pero..., ¡al fin!
¡Para ostentar el distintivo de simple subteniente!...

Hacíase estas reflexiones por centésima vez ante el espejo, cuando oyó
aquellos mismos pasos ligeros del día anterior que rápidamente se
aproximaban.

Ahora sí que era ella.

Baselga estiró su casaca, agitó sus piernas para limpiar el blanco
pantalón de arrugas y se apoyó en la dorada consola, tomando una actitud
estudiada y escogida entre todas las posturas que puede tomar un hombre
interesante.

Levantóse la cortina y entró la baronesa de Carrillo haciendo un
gracioso saludo.

Baselga no se sintió cegado por tanta hermosura, como sucede a los
héroes de las novelas, ni cayó de rodillas a los pies de la dama.
Limitóse a examinar rápidamente a la baronesa con ojos de experto
conocedor, la encontró soberbia y contestó al saludo con una respetuosa
reverencia.

Niña Pepita no era hermosa, sino guapa. Era alta y maciza de carnes, sin
carecer por esto de esbeltez. Su tipo de belleza no había que buscarlo
en los perfiles ideales de una Venus griega, sino en aquellas figuras
bizarras, carnosas y excitantes que, llenas de vida y de fuego, salieron
del pincel de Rubens.

Su rostro moreno y con tendencia a la graciosa redondez, tenía el tinte
ligeramente moreno de la perla, y sus dos principales adornos eran unos
ojos grandes, negros, tan pronto soñadores como interrogantes, y una
boca fresca, sonrosada y de labios algo gruesos, siempre entreabierta
para ostentar la dentadura admirable. Una nariz que en su extremo se
levantaba con cierta audacia, y algunos graciosos hoyuelos que aun se
marcaban más al sonreír, completaban aquel rostro que, a poco de ser
observado, ofrecía una mezcla extraña de aficiones a la alegría y a la
devoción.

Baselga, aunque inclinado, miraba con el rabillo del ojo la mujer que
tenía delante, y hacía de toda ella un detenido inventario, desde la
negra cabellera agolpada sobre ambas sienes en escalonados rizos, según
la moda de la época, hasta los pequeños, pero robustos pies que asomaban
sus zapatitos de tafilete bajo la falda, que era de las llamadas de
medio paso.

El vestido de seda color de rosa, estrecho, escurrido, rígido y con el
talle bajo el pecho, conforme a la moda entonces dominante, dejaba
adivinar un tesoro de embriagadoras formas, y Baselga, que sentía
renacer en su interior la bestia carnal, miraba con ojos casi saltones
la deliciosa y atrevida curva de un pecho espléndido, y las
magnificencias que parecían vibrar a cada paso bajo aquella falda
semejante a una tela mojada, según la fidelidad con que se amoldaba a
los contornos.

Aquella buena moza parecía no saber lo que era cortedad ni haber
experimentado rubor más que cuando a ella le conviniera; así es que
miraba con cierta lástima al subteniente, que a pesar de toda su fama de
calavera estaba turbado y balbuciente como un colegial al hacer su
primera declaración.

La baronesa tomó asiento en el sillón ocupado hasta poco antes por
Baselga e indicó a éste que viniera a colocarse en una silla inmediata.

El condesito vaciló. Iba a descubrir su cojera si no andaba con tiento y
por esto movióse con embarazo aun conociendo que haría una figura muy
ridícula.

--Ande usted con franqueza--dijo la baronesa riendo--. Ya sé que ha
tenido usted la desgracia de quedarse cojo, y no es caso de que sufra
por ocultarme un defecto.

El escopetazo era tremendo y Baselga quedó como dudando si había oído
tales palabras.

¿Qué mujer era aquella que con tal frescura se expresaba?

El condesito reconoció que ante aquella beldad que pretendía conquistar,
él quedaba muy pequeño y que para nada le valdrían sus experimentadas
artes de calavera.



VI

Galantería y devoción.


Cuando Baselga hubo tomado asiento frente a la dama y tan cerca de ella
que sin esfuerzo alguno podía pisar uno de aquellos pies que con algo
más importante asomaban bajo la falda demasiado recogida, quedó
silencioso un buen rato, no sabiendo cómo expresarse con una mujer tan
excesivamente despreocupada.

La baronesa, por su parte, seguía contemplando con aire burlón al
gallardo subteniente y esperaba con calma sus palabras.

--¡Cuánto tengo que agradecer a usted bella dama!--dijo por fin el joven
rompiendo aquel abrumador silencio--.

A usted debo la vida, pues sin su auxilio es probable que a estas horas
no existiría ni tendría la dicha de haberla conocido.

--No he hecho más que cumplir con mi deber, galante conde. Yo soy tan
realista y entusiasta por la buena causa como usted, y puede creerme que
siento que la sociedad no permita a las mujeres ciertos desahogos, pues
de lo contrario sería capaz de salir espada en mano a batirme con esa
canalla liberal.

--Estaría usted graciosísima en atavío militar--dijo Baselga sonriéndose
y recobrando su peculiar aplomo.

--No tanto como usted que siempre que entra en Palacio se lleva
prendidos muchos corazones de los botones de su uniforme. Pero... ¿qué
hace usted? Despacio, conde; no me pise el pie, que eso es costumbre de
muy mal gusto, indigna de un seductor de tanto renombre.

Baselga quedó nuevamente desconcertado por aquella franqueza arisca, y
ruborizándose como una niña, permaneció callado algunos minutos,
mientras que Pepita le contemplaba con la superioridad de la mujer que
tiene un frío imperio sobre sus pasiones y que sabe jugar con fuego sin
quemarse.

--Baronesa--dijo por fin el subteniente buscando palabras para salir del
paso--. A juzgar por sus palabras, usted me conoce hace algún tiempo.

--¿Quién no conoce en Madrid al conde de Baselga, la más gallarda figura
de la Guardia Real, el hombre adorado por las damas más encopetadas de
la corte?

--Parece baronesa, que se burla usted de mí al hablar en ese tonillo.

--Todo pudiera ser, señor Matamoros. ¡Eh! ¿Va usted, acaso a desafiarme?

--Hermosa baronesa: usted está autorizada para burlarse cuanto quiera de
mí, para tratarme como un perro, para hacerme pedazos si quiere, porque
yo le debo la vida, y aunque no...

--Usted nada me debe--interrumpió la baronesa--. Lo que por usted he
hecho es un servicio propio entre correligionarios, y... nada más. Pero,
continúe usted. Estábamos en el preludio de la declamación. Continúe
usted y procure no turbarse, como sucede a los cómicos sin experiencia.

--Búrlese usted cuanto quiera, pero óigame. Decía yo que aunque no le
debiera la vida, podría usted disponer de mi persona como de la de un
esclavo, porque yo ya no soy dueño de mis acciones, porque yo...

--¡Yo... la amo!--dijo Pepita, riendo como una loca y levantándose del
sillón para remedar la actitud de Baselga, que era la de un actor
amanerado.

--No está mal, señor conde--continuó mirando burlonamente al joven--.
Para ser un militar poco versado en literatura, según creo, sabe usted
decir cosas muy bonitas; ahora sólo le falta comparar su amor al himno
de un pájaro, al murmullo de una fuente o al susurro de un bosque, y que
me maten si no parece usted el galán de una comedia de don Pedro
Calderón.

Baselga volvió a quedar anonadado por la sempiterna ironía de aquella
mujer, y únicamente supo decir con voz balbuciente:

--¿Se burla usted?

--¿Qué me he de burlar? Lo que estoy es admirada de la facilidad con que
usted se enamora y de la manera original y distinguida con que sabe
expresar su pasión. ¡Ah, gran calavera! Por eso tiene usted tanto
partido entre las mujeres; con tan dulces palabras y algún pisotón que
haga ver las estrellas no hay beldad que se le resista. ¿Es así como
usted conquista a las duquesas de la corte?

Y la baronesa, al decir esto, se paseaba por la estancia lanzando
carcajadas sonoras y deteniéndose algunas veces frente al espejo para
echar sobre su persona una furtiva mirada.

Baselga estaba asombrado. Nunca había llegado a imaginarse una mujer
como aquella y se sentía humillado ante el genio burlesco de la
baronesa, que le dejaba cortado y balbuciente como un cadete.

Las continuas heridas que Pepita abría en su amor propio excitaban aun
más su naciente pasión; pero esto no evitaba que se sintiera avergonzado
por su derrota y que permaneciera en su asiento encogido y tal vez
deseando que se abriera la tierra y lo tragara para no servir más de
diversión a la burlona baronesa.

Cuando ésta se cansó de reír, acercóse algo sofocada al cabizbajo
subteniente, y con acento cariñoso le dijo, tocándole en un hombro:

--¿Se ha enfadado usted acaso? Reconozco que he sido cruel; pero... ¿qué
quiere usted? Este carácter maldito me obliga muchas veces a
indisponerme aun con las personas que más estimo. Vaya, todo acabó;
perdóneme usted, y en prueba de reconciliación y perpetua amistad,
permito que bese usted mi mano.

Y la baronesa avanzó una mano de piel satinada, tibia y con graciosos
hoyuelos, de la que se apoderó rápidamente el condesito, llevándola con
avidez a su boca.

No fueron uno ni dos los besos que la dió Baselga, y poco a poco los
labios se deslizaron al antebrazo, y aun hubieran llegado más arriba a
no soltarse Pepita meced a un fuerte tirón, quedándose en guardia con la
diestra levantada y en actitud graciosamente amenazante.

--Cuidadito, Baselga--dijo la hermosa con tono irritado y dulce--. Mire
usted que puedo enfadarme y entonces soy terrible.

Y Pepita, como para demostrar que era verdad lo que decía, dió al joven
una cariñosa bofetada que le supo a gloria.

--Ahora, siéntese usted--dijo la joven volviendo a ocupar el sillón--y
hablemos como buenos y tranquilos amigos. ¿De dónde le ha venido esa
rápida pasión que parece haberse creado con sola mi presencia?

--Baronesa, yo la amo hace ya muchos días.

--¿Sin haberme visto hasta ahora? Mire usted; eso sólo puede pasar en
las novelas, y si sigue usted por ese camino, volveré a reírme. ¿Sabe
usted, acaso, quién soy yo?

--Sí, una mujer enloquecedora a quien amo y debo la vida.

--La vida se la deberá usted al cirujano; pues yo, como antes he dicho,
no he hecho más que socorrer a un héroe de mi mismo partido. Porque yo,
sépalo usted bien, aunque parezca una mujer superficial, mordaz y
casquivana, soy muy realista, muy católica y muy enemiga de esa canalla
liberal. Para mí, después de Dios y de su representante en la tierra el
Papa, sólo hay una persona sagrada, que es el rey.

--Y para mí también--se apresuró a decir Baselga para estar en
consonancia con su adorada, que hablando de tales cosas se ponía tan
seria como un diplomático.

--Ya sé que es usted un decidido defensor del absolutismo, y de ello ha
dado buenas pruebas. ¡Lástima grande que tan buen muchacho tenga el feo
vicio de hacer el amor a la primera mujer que encuentra!

--Eso no es verdad. Yo la hago el amor a usted, porque la adoro.

--¡Hombre! No diga usted disparates. Usted me ha visto por primera vez
hace poco rato, e inmediatamente, sin tomarse ni tiempo para respirar,
me ha espetado su declaración, que tiene aprendida de memoria y que
suelta a todas cuantas ve.

--No es cierto. Yo no he amado nunca; yo, es el primer día que me siento
dominado por la pasión.

--Cuénteselo usted a su abuela. ¿Conque no ha amado usted nunca? ¿Y
dónde se deja a cierta airosa manola de la Ribera de Curtidores?

--Eso ha sido un entretenimiento sin consecuencias, y del cual apenas si
me acuerdo.

--Pero no olvidará usted a la duquesa de León, dama de la reina y que
tanto cuidado se toma por que sea usted el oficial más rumboso y bien
vestido de la Guardia.

--Está usted tan enterada de mi vida--dijo Baselga sonriéndose--como yo
mismo. ¿Es que hace tiempo me espía usted? Esto casi me haría creer que
mi humilde persona es objeto de interés y que usted...

El condesito se detuvo indeciso, como si no se atreviera a terminar su
pensamiento; pero la baronesa, lanzando nuevamente su sonora carcajada,
exclamó:

--¡Habráse visto mayor mamarracho! Sin duda ha llegado a imaginarse, lo
que menos, que yo le amo hace mucho tiempo en secreto y que procuro
enterarme de su vida. Pues, hijo, está usted en el mayor engaño, y ahora
me he convencido de que es verdad lo que las gentes dicen de usted.

--¿Y qué dicen de mí?--preguntó Baselga con acento de susceptibilidad
herida.

--Pues que el condesito de Baselga es un buen muchacho, aunque muy
ignorante y muy fatuo.

El subteniente se ruborizó hasta las orejas e hizo un gesto con el que
parecía decir: "Eso no lo dirá ningún hombre delante de mí."

En aquel momento sonaron las doce en el reloj de San Felipe y cada una
de las campanadas parecía que iba borrando del rostro de Pepita aquella
expresión burlona y mundanal que la caracterizaba.

Púsose seria, alzó los ojos al cielo, juntó las manos como una Purísima
de Murillo, y con voz débil y gangosa, propia de un locutorio de
convento, murmuró:

--A esta hora y a todas horas, sea bendito y alabado el Santísimo
Sacramento en el altar.

Y a continuación rezó contritamente tres padrenuestros que fueron
contestados por Baselga, aunque no con tanta devoción.

El joven estaba admirado y no sabía cómo calificar a aquella mujer que
tan pronto se colocaba en actitudes provocativas, marcando sus
espléndidas formas, como rezaba padrenuestros, y que entre dos
carcajadas hablaba del monarca con tanta seriedad que daba a entender un
fanatismo realista a toda prueba.

Comenzaba el subteniente a experimentar cierto respeto ante aquella
hermosura que tenía el ambiente misterioso de las diabólicas apariciones
de las leyendas.

Pero no duró mucho tiempo la actitud estática de la baronesa, pues su
rostro volvió a adquirir la habitual expresión, y mirando burlonamente
al joven, dijo:

--Quedamos en que usted decía...

--Baronesa, yo no decía nada; usted es la que de un modo gracioso me
llamaba ignorante y fatuo.

--Y lo es usted, pues sus actos se encargan de demostrarlo. Sólo a un
ente superficial se le ocurre hacer el amor a una mujer a quien no
conoce. Bien andaría el mundo si todas las mujeres que recogen por
compasión o por deber a un herido, hubieran de enamorarse de él. Vamos a
ver, ¿quién soy yo? ¿Sabe usted algo de mi vida?

--Baronesa, yo creo conocer la historia de usted.

--Indudablemente, el negro Pablo le habrá distraído durante su curación
relatándole un cúmulo de majaderías. Es un charlatán a cuya lengua
impondré correctivo. Pero aunque usted crea conocer mi vida, eso no
impide que sea una chiquillada el hacerme el amor a primera vista.
Además, usted no se ha fijado en que hay desigualdad de edades, porque
yo tengo cuatro o cinco años más que usted.

--El amor no reconoce edades.

--Ya lo sé--repuso la baronesa riendo con crueldad--; y por esto ama
usted a la duquesa de León, que ya pasa de los cuarenta.

El recuerdo de la duquesa trajo sin duda a la memoria de Pepita los
uniformes que aquélla regalaba a Baselga, y fijándose en el que ahora
llevaba éste, preguntó:

--¿Qué le parece a usted ese uniforme?

--¡Ah, baronesa! Es una atención más que tengo que agradecer a la
hermosa protectora que ha salvado mi vida.

--Nada de agradecimientos, pues el tal regalo ha sido por egoísmo,
estimable conde. Para recibir la visita de una dama, había de
encontrarse usted presentable, y ayer, permítame que le diga que estaba
espantosamente ridículo con aquella bata sucia y estrecha.

El joven ruborizóse al recordar la grotesca aventura, y Pepita, como
para consolarle, añadió:

--Hoy está usted muy guapo. De seguro que la duquesa se extasiaría
contemplando a su lindo adorador. Pero, ¡calle!; falta una prenda que de
seguro ese imbécil de Pablo habrá olvidado. Voy por ella.

Y la baronesa, antes de que Baselga pudiera oponerse, salió corriendo de
la habitación, exhibiendo una vez más, con el menudo y acelerado paso,
sus excitantes formas.

El condesito estaba tan anonadado por las continuas zurras que a su amor
propio había dado aquella mujer con su inagotable ironía, que al
quedarse solo no pensó en nada, pues parecía que la más absoluta
estupidez se había apoderado de su cerebro.

No tardó en oírse el paso ligero de Pepita, que entró en la habitación
agitando sobre su cabeza dos magníficas charreteras de oro.

Baselga, apenas las miró, dijo con la seriedad propia del militar que
teme cometer una grave falta:

--Baronesa, eso no me sirve. Yo no soy más que subteniente, y esas
charreteras son de capitán.

--Póngaselas usted y calle.

--Pero, baronesa, eso sería faltar a mis deberes, exponiéndome a un
castigo, y yo no quiero hacerme reo usurpando una categoría que no
tengo.

--Es usted muy tenaz, y si tan testarudo se muestra en hacerme el amor,
casi acabará por rendirme. Vamos a ver: si yo le hubiera dejado hablar
al hacerme la declaración, ¿no habría acabado por llamarme reina de
belleza, como siempre dicen los adoradores ramplones en tales casos?
Pues bien; yo, la reina, tengo a bien hacer a usted capitán.

--Baronesa--dijo Baselga poniéndose serio--; las cosas del ejército son
demasiado graves para jugar con ellas.

--Y usted es un fatuo testarudo con el que no se puede hablar. ¿Cree
usted que yo hago las cosas a ciegas? ¿O es que acaso ha llegado usted a
imaginarse que sólo conocen al rey los oficiales de la Guardia Real?

--¿Qué quiere usted decir con eso?

--Quiero decir que nuestro señor, el rey don Fernando VII, en premio a
su heroico comportamiento en la jornada del día 7, le nombra a usted
capitán; gracia que le será reconocida el día en que los buenos
servidores de Su Majestad barran de España eso que se llama
Constitución. Yo, en representación de la augusta persona, confiero a
usted tal empleo.

El condesito fué a protestar de aquello que le parecía farsa de mal
gusto, o una de las muchas bromas a que tan aficionada se mostraba la
baronesa; pero vió en el rostro de ésta tal expresión de seriedad, que
se tranquilizó, y más cuando Pepita dijo para acabar de disipar sus
dudas:

--Póngase usted las charreteras, señor capitán, que yo seré responsable
de cuantos perjuicios puedan sobrevenirle por eso que usted cree
usurpación de empleo.

Y luego añadió con expresión de orgullo y altivez:

--Obedeciéndome a mí, obedece usted al rey.

Baselga, subyugado por aquella mujer original que tan pronto reía y
bromeaba con gran descoco como hablaba de política y tomaba aires de
soberana, obedeció sus órdenes y colocó las charreteras sobre sus
hombros, ayudado por Pepita, que más de una vez rozó sus robustos pechos
con los brazos del joven.

No debió ser éste manco ni corto de genio, por cuanto la hermosa,
tomando aquella actitud de ofendida sonriente que tan bien le cuadraba,
exclamó levantando su manecita:

--Cuidado, don Fernando. Mire usted que si me enfado de veras, va usted
a acordarse por mucho tiempo.

--Baronesa, es usted irresistible, y aunque me amenazara con los mayores
castigos, me sería imposible permanecer quieto.

--Yo encontraré un remedio para su impresionabilidad. Me voy, y hasta
mañana, en que podrá salir de esta habitación y comer con nosotros, no
me verá usted.

--¿Y sería usted capaz de dejarme solo tanto tiempo?

--Hijo mío, aunque usted me crea una mujer superficial y casquivana,
tengo muchas ocupaciones y no puedo disponer a mi antojo del tiempo. La
comida me espera, y después tengo que recibir algunas visitas.

--¿Y se va usted así? ¿Sin dejarme la más leve esperanza?

--¿Qué es lo que usted quiere, hermoso condesito?

--Linda baronesa, oír de su boca que no le soy indiferente; saber que me
ama.

--Mire usted, Baselga; es usted muy niño, y aunque yo no sea una
abuela, allá va un consejo; para conquistar el corazón de una mujer lo
de menos es amar; lo importante es hacer méritos para ser amado.

--¿Y podré yo conseguir el realizar esos méritos que me realcen a sus
ojos?

--Veremos..., tal vez. Lo mismo puede usted conseguirlo mañana, que
nunca.

Y Pepita, después de hacer al condesito uno de sus saludos irónicos,
salió de la estancia riendo como una loca.



VII

Sigue la conquista.


Nunca había estado Baselga en un estado moral tan raro.

Si aquello no era amor, sería que tal pasión no existe en el mundo.

El gentil militar no pensaba ya ni en el rey, ni en la Guardia, ni en
los liberales; su única y constante idea era Pepita, aquel encantador
diablazo con faldas; y tan enamorado estaba, que--¡caso
asombroso!--hasta perdía las ganas de comer, pues su estómago no podía
ya, como en pasados tiempos, engullirse un pollo grandecito, de una
sentada, y absorber tres cuartillos de vino de otros tantos tragos.

El condesito languidecía, se encontraba más abatido que cuando huía
perseguido por los defensores de la plaza Mayor, y hasta llegó, en el
colmo de su desesperación amorosa, a intentar el escribir unos versos
describiendo la inmensidad de su pasión.

Al bravo defensor del absolutismo le causaba algún rubor el pensar que
en un rapto de locura había estado a punto de escribir versos, lo mismo
que uno de aquellos pobres diablos periodistas u oradores del partido
liberal, a los que él, como buen realista, que apenas si sabía leer y
escribir, profesaba un odio sin límites; ni arrancándole la carne con
tenazas le hubieran hecho confesar delante de personas tamaña debilidad,
y lo único que le consolaba es que, después de emborronar muchos pliegos
de papel, no encontrando un consonante a baronesa, ni sabiendo a
ciencia cierta si los versos habían de medirse a palmos o a dedos,
acabó por hacer trizas su engendro poético, arrojando los menudos
pedazos de papel al vaso de noche.

Y la verdad era que Baselga no tenía motivos para mostrarse desesperado,
pues sus asuntos amorosos, si no marchaban tan bien como deseaba su
voluntad, tampoco iban del todo mal.

Por de pronto, el cirujano le había permitido que saliera de aquella
alcoba, en la que tan malos ratos había pasado, y se paseaba por la
casa, pudiendo distraer su imaginación tirando del rabo o haciendo otras
diabluras a dos hermosos loros parlanchines, que sobre artísticas
perchas estaban en el saloncito donde Pepita pasaba la mayor parte del
día.

Además, comía en compañía de su adorada y del señor Antonio, y tenía la
inmensa satisfacción de comprender cada vez menos el genio raro de
aquella baronesa original que se burlaba de él, se complacía en
martirizarlo, y apenas le veía un poco amoscado, sabía desvanecer el
enfado con alguna palabrita dulce o algún bofetón cariñoso.

Cada una de aquellas comidas era para Baselga motivo de alegrías y de
pesares; pero estas diversas impresiones iban tan seguidas y mezcladas,
que cuando el joven quedaba solo, no sabía si sonreír de felicidad o
entristecerse.

En la mesa, que era grande y semejante a las de conventual refectorio,
tenía la dicha de sentarse a un extremo frente a Pepita y en amable
vecindad con sus lindos pies, mientras que el señor Antonio, siempre
grave y ensimismado, ocupaba el otro extremo como para demostrar que
pertenecía a una clase inferior y que no osaba faltar a la sagrada ley
de castas, digna de respeto entre buenas gentes realistas.

Por lo regular venía a mediodía algún convidado con sotana, que era el
que merecía todos los honores, y que con su presencia quitaba a la
reunión de los dos jóvenes el alegre carácter que solía tener.

En los primeros días de su restablecimiento, notó Baselga que el número
de clérigos convidados era grande, siendo aquéllos cada vez diferentes,
y tampoco le cayó en saco roto la afición que tales señores tenían a
mirarlo como un bicho raro y la maña con que sabían sondearlo, haciendo
que expusiera sus opiniones políticas, sin que él se diera inmediata
cuenta de ello.

Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o
astutas cesó muy pronto, y sólo de tarde en tarde aparecía a la hora de
comer alguno de aquellos pájaros, que eran de mal agüero para el amor de
Baselga.

¡Cuán feliz era éste cuando a la hora de comer sólo se reunían en torno
de la mesa Pepita y el sombrío administrador!

La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven
haciéndole al mismo tiempo concebir risueñas esperanzas.

Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretendía
expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estúpidos, aprendidos en
los salones de Palacio, respondía arrojándole a las narices bolitas de
pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna
graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que hacía salir de quicio
al condesito, y cuando ya había puesto bien a prueba su voluntad y
estaba una vez más convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "¡hijo
mío!", con aquel tono zalamero que producía en el pecho de Baselga
extrañas vibraciones, le tiraba cariñosamente de las patillas, y hasta
algunas veces le permitía que le besara la mano.

Cuando Pepita no estaba de mal humor permitíale estar en su saloncito
mientras ella hacía alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y
allí se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y
otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a
la cabeza, o quedándose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que
con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o
sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de
amor, de besos y de morir.

Aquella habitación, que parecía impregnada por el perfume de Pepita, era
para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las
paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de
santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de
Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y
aleteadores, eran testigos cada día de fogosas declaraciones repetidas
por centésima vez, siempre con idénticas palabras, de irónicas
carcajadas que parecían no tener fin, de audaces tentativas del
condesito, que quería prevalerse de la fuerza de sus músculos y de
soberbias bofetadas con acompañamiento de sonrisas que terminaban
siempre el conflicto.

Baselga estaba cada vez más desesperado.

Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro
del condesito acabó por sacar la consecuencia de que la baronesa le
amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antipática su
persona, ¿por qué sufría aquella pasión tenaz, y viéndole ya curado no
le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? ¿Por qué quería
tenerle en su casa y no le permitía salir ni aun de noche, diciéndole
que le buscaban con gran empeño por Madrid los revolucionarios, con los
cuales había ido a palos tantas veces antes de la sublevación de la
Guardia? ¿Por qué, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que
aunque dados con acompañamiento de sonrisas no eran por esto menos
pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariñosas o con
alguna que otra concesión?

El joven, haciéndose tales reflexiones, se convenció de que la baronesa
le amaba y que debía esperar a que ésta modificase su conducta
extravagante.

Pronto tuvo ocasión Baselga de convencerse de que al menos una vez su
cerebro había pensado con cierta cordura y que nada perdía en esperar.

El verano hacía sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre
para la coronada villa, población privilegiada por la naturaleza, pues
el invierno la dedica sus más crueles y mortíferos fríos y el estío sus
más abrasantes e irresistibles calores.

En el interior de aquel caserón se respiraba una atmósfera pesada y
sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tenía un poco
más de frescura y pureza.

Aquella noche Pepita observó con su adorador una magnanimidad sin
precedentes, pues en vez de despedirse de él al poco rato de terminada
la cena y rezado el rosario, como ocurría siempre, enviándole a su
cuarto a que charlase con el señor Antonio hasta la hora de acostarse,
le invitó a pasar al saloncito, en el que sólo entraba de día, y puesta
ya en el camino de las concesiones, le permitió asomarse al balcón.

Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle,
dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba
poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del
momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs"
patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que
Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.

Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con
soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido
entre los tejados de ambos lados.

Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte
blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros
destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de
un niño martirizadas por extraordinario resplandor.

Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el
deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la
llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el
tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y
desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la
sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con
agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia
carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.

Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce
embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer
nuevamente en el feo vicio de hacer versos.

Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el
fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que
si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de
batallón apurando a docenas las botellas.

En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco
perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios
frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.

Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel
cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un
vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba
adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso
tesoro.

Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una
de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las
de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.

La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su
adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada
correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara
de mirar al cielo.

--¡Si supieras cuánto te amo!--murmuró Baselga con voz tenue al mismo
tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.

Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos
ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.

--¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?--preguntó el joven con entusiasmo, creyendo
adivinar la expresión de aquella mirada.

Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste,
siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella
excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa,
rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su
pecho.

Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una
descarga eléctrica.

Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza
como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo
empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud
sombría propia de una mujer ofendida.

--Fernando--dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar
con cierto ceño al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y
acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.

--Señora, yo...

--Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta
concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.

--¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?

--Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo,
pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una
sola caricia, porque te aborreceré.

--¿Por qué tan esquiva?

--Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que
sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que
considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo
me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus
brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.

--Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en
cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes
lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.

Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta
llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con
voz que tenía algo de rugido:

--¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se
me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te
figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y
oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me
avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi
voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería
deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo
seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.

--¿Qué debo hacer, pues?

--Esperar.

--Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y
¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?

--¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra
interesarla puede estar seguro de su felicidad.

--¿Y tú me amas así?

--Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que
lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi
curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy
bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente
lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y
algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para
mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente
en manifestártelo: te amo.

--¡Angel mío!--exclamó Baselga, halagado por aquel "te amo" tan
encantador, y avanzando nuevamente.

--¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes
más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para
ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate,
que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política,
intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.

--¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?

--No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya
antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más
desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me
arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar
ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en
adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.



VIII

Una sorpresa.


Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que
fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.

Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos
días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos
del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando
menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.

Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melancólicas
romanzas italianas, fué como Pepita declaró a Baselga, con una mirada
llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser
suya.

Aquella fué la primera vez que el audaz joven logró acercarse a Pepita
sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueño
absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le había robado el sueño.

Los dos amantes se entregaban a su pasión, sin recelos ni
preocupaciones, y casi puede decirse que hacían una vida marital.

Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecían comprender, y
en cuanto al señor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fácil
dejar de ver las muestras de cariño que se daban los arrulladores
pichones.

Baselga estaba en sus glorias. Jamás en sus ensueños de libertino había
soñado una mujer como aquélla, y a veces, en los instantes de mayor
placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era víctima de fantástica
ilusión.

Aquel hércules del absolutismo, en materia de amores había estado
reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su
buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma
impresión que el ebrio de baja estofa que, al verse dueño de abundante
depósito de puro néctar, quisiera tener cien bocas para beber más
aprisa.

El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora
del mundo, no tenía nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes,
pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador
que casi llegaba a la locura.

Baselga mostrábase cada vez más confuso en lo tocante a su querida.
Antes de realizar la conquista (que de tal sólo tenía el nombre), creía
que lograría conocer el verdadero carácter de Pepita; pero conforme iba
ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariñosas
confidencias, encontrábase más desorientado, no sabiendo, al fin, en qué
concepto tener a su amada.

A todas horas mostrábase dominante y celosa de que su voluntad imperara
sobre las de todos cuantos la rodeaban.

Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, había prometido ser su
esclavo, ahora veía realizado su ofrecimiento, pues Pepita procedía con
él, así que se veía desobedecida, casi del mismo modo que con los dos
negros.

Pero fuera de este rasgo dominante, todos los demás de su carácter eran
tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.

Entregábase al placer con el instinto carnívoro propio de una fiera
insaciable, y cuando más dominada parecía por la locura apasionada,
cambiábase rápidamente la expresión de su rostro, sus ojos arrojaban
lágrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes
pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.

Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ángel bueno,
su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la
nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba
iracunda y le decía que en su cuerpo se encerraba el diablo que quería
tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.

Dos o tres veces que Baselga, valiéndose de su intimidad con Pepita,
intercaló en su conversación soeces juramentos de cuartel en que las
cosas de la religión no salían muy bien libradas, la joven tornóse
pálida mostrando una indignación sin límites, y en cambio, cuando por la
falta más pequeña daba de puñetazos a los infelices negros, blasfemaba
como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que
pudieran pensar de ella en el cielo.

El condesito estaba asombrado por aquel carácter original, que cada vez
se hacía más raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podían
sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a
largas observaciones, optó pronto por la pasividad y se entregó por
completo a aquella mujer que hacía de él cuanto quería.

¡Cuán feliz se consideraba el ínclito don Fernando! Los celos eran lo
único que de vez en cuando, como tétrica sombra, turbaban su dicha; pero
como no tenía ningún fundamento para dudar de la fidelidad de aquella
mujer, tales pensamientos se desvanecían rápidamente y apenas si
conseguían tener fruncido su entrecejo breves minutos.

Pepita salía poco de casa, y todo el día y gran parte de la noche lo
pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusión forzosa a que lo
obligaba la vigilancia de los liberales.

Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado
ridícula la posición del señor Antonio en la casa, Baselga se retiraba
todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas
que seguían a la cena y después de bien rezado el rosario, los dos
amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca
harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa
dentro de sus cuerpos.

Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran
disgusto del joven.

Pepita alegaba para ello indisposiciones momentáneas o actos de devoción
que había de hacer en determinados días, y el condesito tenía que darse
por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el
señor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de
cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el
conde de Aranda, y sobre los graves males que producía a su patria el
general descreimiento sostenido por la masonería.

Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus
habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona
charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por
la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al
señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la
salida del joven.

Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven,
habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de
vez en cuando con algún mueble.

Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un
amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él?
¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?

Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su
caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.

Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el
célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la
hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró
cerrada la puerta.

Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra
interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos
cortinajes del saloncillo.

El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá
dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le
pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues
tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era
desconocida.

Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja
y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación
muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una
lejana fuente.

¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su
contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna
le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas
noches para encerrarse con un hombre.

Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin
objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez
sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión
que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.

Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas
aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de
Pepita; pero aunque parezca extraño, hay que decir que aquel gigantazo
tenía cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo había
conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.

Esto le hizo revestirse de paciencia, y siguió escuchando, a pesar de
que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.

Fuese realidad o fantasía de su imaginación acalorada por los celos, lo
cierto es que de pronto llegaron a sus oídos alborozadas carcajadas, y
hasta le pareció que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no
quiso escuchar más. La puerta tembló, conmovida por tremenda patada que
hizo cesar el murmullo de aquellas voces.

Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llevó la mano al costado
buscando la espada, y al notar que no la tenía pensó en sus robustos
puños, capaces de echar abajo una pared.

--Abre, Pepita--mugió con su vozarrón, enronquecido por la ira--. ¡Abre,
o echo la puerta abajo!

Durante algunos instantes la más profunda calma contestó a tales
palabras; pero por fin oyéronse pasos varoniles en el largo corredor, y
la puerta se abrió, delineándose en la obscuridad la figura de un hombre
de aventajada estatura.

Apenas se presentó éste, Baselga se arrojó sobre él, y agarrándole por
los hombros con sus férreas manos, de dos soberbios empujones y chocando
a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastró al saloncillo.

Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitándose,
tropezando con los muebles y llevándose tras de sí los cortinajes,
llegó, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga
prorrumpió en un juramento y, manifestando una sorpresa sin límites,
soltó a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles señales de
sus manos.

A la luz del rojo fanal que pendía del florón del techo, acababa de
reconocer a su pariente y protector el duque de Alagón.

Pero la anterior sorpresa no valió nada en comparación con la que
experimentó al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le
miraba sonriendo irónicamente, un personaje de gran nariz, ojos
maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y
colgantes, que reía con cierto aire canallesco al ver la original
entrada de los dos hombres.

--¡Señor!--murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran
reverencia.

Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud
compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los
dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo
gangosa:

--Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te
paga los beneficios a coscorrones.

--Señor--dijo el joven con humildad--, perdóneme Su Majestad este
arrebato.

--Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia
de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como
correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?

Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba
pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado
duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida,
constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y
enamorado.

--Di, incorregible calavera--continuó el soberano--. ¿Te parece bien
venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?

--Señor--contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo
a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y
señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.

--Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa.
Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado
tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora
por tu heroísmo en el 7 de julio.

--Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.

--Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con
vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso;
los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos
servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos
que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.

--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus órdenes
como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.

--Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante
tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus
el honor de una respetable dama.

El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara
compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó
contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato
después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil
del cuerpo de Pepita?

El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces,
Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa
baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír,
exclamó:

--¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de
tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de
género distinto.

--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a
todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que
no impide que se tenga por un calavera consumado.

--Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en
ti y que te será difícil hacerle tu marido.

--Ya se encargarán de esto los buenos Padres.

--Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo
la dicha de conocerte.

--Vuestra majestad está esta noche muy galante.

--Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un
beso es necesario pedírtelo.

Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo
hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque
de Alagón.

Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes
habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el
capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:

--Pero tío, ¿qué es esto?

--Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que
quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos,
te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha
tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente
y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.

--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer
me pertenece.

--Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.

--¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?

--Sobrino--dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te
puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un
talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a
que le dé consejos sobre los actuales conflictos.

Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfacción le
causaba ser amado por una mujer a quien el rey pedía consejo y que era
casi un ministro universal con faldas.



IX

La confesión.


Al anochecer del día siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en
el salón de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con
él de asuntos muy graves.

¿Quién era el padre Claudio?

Entre la inmensa banda de tétricas sotanas que por turno iban pasando
por los salones del vetusto caserón o se sentaban a la mesa de Pepita
Carrillo, el padre Claudio constituía una brillante excepción, y tal vez
por esto era recibido con más grandes honores.

Rodeado de tantos rostros huraños o forzadamente amables, pero siempre
con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia
encubierta, el de aquel cura destacábase luminoso, atrayente y como
esparciendo efluvios de una dulzura evangélica.

Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que
le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su
hermosura física, su exterior simpático y el encanto dulce y persuasivo
de su conversación.

Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre
la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del
Imperio; su figura era de proporciones artísticas y los pies y manos,
por su pequeñez y delicadeza, casi hacían creer que la flamante y bien
cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.

Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenían un carácter
tan vagoroso, que las hacían casi semejantes a los perfumes agradables
que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.

Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada
en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de
un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel
Miguel y demás elegantes de la corte celestial.

Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y
hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que
su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que
sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones
dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que
asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de
alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.

Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de
poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más
terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de
su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el
cercano cerebro.

El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad
la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una
ambición sin límites.

Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las
selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.

Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo
cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que
reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su
atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su
modo de obrar.

Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto
como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y
silenciosos.

Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la
serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y
espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de
aquél.

Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas
que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.

El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal
estuviera cubierta de rosas.

Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus
compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel
carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una
admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus
conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.

En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor
Antonio mostraba ante él una servil humillación que ni el más adulador
lacayo podía tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba
en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carácter, y
acogía con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tenía a
bien dirigirla.

También en Baselga causaba gran impresión aquel cura elegante que apenas
si tendría seis años más que él.

El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carácter simpático y
su gran ilustración; pero aún había en su persona una cosa que le
subyugaba más, y era que en ciertos momentos tenía el empaque de un
caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiración y respeto a
todos esos hombres especiales que son enérgicos sin manifestarlo y
parecen nacidos para mandar.

Tres o cuatro veces había comido con el padre Claudio en casa de Pepita
y casi sintió tanto como ésta el que no fuesen más frecuentes las
visitas del cura, pues le eran tan simpática su conversación sencilla,
pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo
regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.

Cuando Baselga entró en el salón de visitas, el padre Claudio se levantó
del sillón que ocupaba en un rincón oculto bajo la sombra.

El quinqué colocado sobre el ligero velador tenía puesta de tal modo la
pantalla que bañaba con viva y rojiza luz medio salón, dejando la otra
parte envuelta en la más densa obscuridad.

Besó el capitán aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendió el
cura con graciosa amabilidad, y se sentó, obedeciendo su indicación,
junto a la lámpara que hacía resaltar todos los detalles salientes de su
rostro enérgico.

Sacó el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos
cigarrillos casi microscópicos, que olían a perfumes de tocador más que
a tabaco, y después que vió arrojar al militar las primeras bocanadas de
humo, dió principio a la conversación.

--Señor conde, vengo de parte del rey, que, según creo se dignó hace
poco tiempo anunciaros que os comunicaría pronto sus órdenes.

--Así es, padre Claudio. S. M. me honra distinguiéndome entre sus más
fieles vasallos.

--El señor don Fernando (que Dios guarde)--y al decir esto el cura, a
pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclinó por la
fuerza de la costumbre--desea auxiliar por cuantos medios pueda a los
buenos españoles que en Navarra, en Aragón y en Cataluña luchan por los
santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de
todos sus leales servidores.

--Dispuesto estoy a obedecer sus órdenes. Mi vida es suya por completo.

--El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para
que sea portador de varios encargos que envía a los defensores de la Fe,
y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados
defensores de la legitimidad, con la seguridad de que allí será más útil
su espada que en otro cualquier lugar.

--Dispuesto estoy a obedecer. ¿Cuándo tengo que partir?

--Mañana al romper el día. Debe usted agradecer al soberano esta
determinación respecto a su persona. Aquí peligra su vida, y la Policía
por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid
como fuera de él, ganosos de castigarle como a uno de los principales
promovedores de la jornada del 7 de julio. ¿Se acuerda usted del
teniente Goiffeaux?

--Sí; un buen muchacho francés que pertenecía a mi mismo batallón. Es
grande amigo mío; ¿qué ha sido de él?

--La semana pasada fué ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor
del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del
capitán Landaburu. Calcule qué sería de usted si fuera descubierto por
esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal
autor de tal hecho.

El joven capitán, a pesar de su carácter tan enérgico como ligero, no
pudo menos de sentirse impresionado por el trágico fin de su amigo, y
quedó durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexión.
Por fin, rompió el silencio para preguntar:

--¿Y qué misión es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de
la Fe?

--Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros
pertenecientes a la asignación que le da el Gobierno liberal y que él
con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formación de
nuevas partidas realistas en el Alto Aragón que nos libren pronto de la
maldecida Libertad. Usted se pondrá al frente de las que se vayan
creando y de seguro que con una brillante campaña hará méritos para ser
recompensado largamente por el soberano el día en que triunfe la buena
causa.

Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Córdova y
hasta el roce con Pepita habían hecho bastante ambicioso, soñaba desde
poco tiempo antes con la gloria guerrera; así es que recibió con el
mayor gozo aquel tácito nombramiento de caudillo del absolutismo.

--Padre Claudio--dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el
entusiasmo que le dominaba--. Si habla vuestra reverencia con el rey,
dígale que podrá tener servidores que valgan más que yo; pero tan
entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Iré donde me mandan y
volveré vencedor más pronto o más tarde, pues de lo contrario seré un
mártir más entre los innumerables que han dado su vida por la buena
causa.

--¡El Dios de los ejércitos irá contigo y te protegerá!--dijo don
Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama dió
la bendición al capitán.

El sacerdote, durante la anterior conversación había estado desde el
fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el
que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con
exacto conocimiento de la situación, creyó muy del caso la reciente
invocación bíblica que acabó de entusiasmar al inculto cruzado del
fanatismo.

Baselga quedó como reflexionando bajo el peso de aquella santa
bendición, y el clérigo dijo al poco rato:

--Mañana saldrá usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de
confianza que vendrá a buscarle, y fuera de las puertas encontrará un
carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarán los
cincuenta mil duros. El mismo hombre le dará cartas del rey para sus
defensores en Aragón. De preparar a usted para que salga de Madrid sin
ser conocido, se encargará el respetable administrador de la señora
baronesa, quien le afeitará cuidadosamente y le dará unos hábitos de
sacerdote que ya tiene en su poder.

--Haré cuanto indica vuestra reverencia.

--Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que
son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un
sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas
sospechas como en otras épocas veneración.

--No tema usted. Sabré fingir perfectamente, sólo por darles un buen
chasco a esos aborrecidos liberales.

Quedaron después de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al
fin, el condesito fué el primero en romper el silencio, preguntando con
interés:

--¿Sabe ya la señora baronesa mi próxima partida?

--La conoce perfectamente, pues ella ha sido la más interesada en
proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su
legítima gloria.

Baselga, que hasta entonces había permanecido obsesionado por la ilusión
de convertirse en un célebre caudillo, comenzaba a recordar
apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le aparecía ahora más seductora
que nunca.

La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de
su hermosura, y el placer de sus caricias aparecía centuplicado en la
imaginación de Baselga.

¡Abandonarla cuando en su ser no se había saciado la terrible hambre
amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes
y los curas, sentía cierta desesperación y aun se mostraba inclinado a
maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y
le arrojaban rápidamente del cielo al suelo.

Don Claudio, siempre recatándose en la sombra, contemplaba fijamente al
capitán, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendíase la
facilidad con que iba leyendo en la frente de aquél todos sus
pensamientos.

--Señor conde--dijo el cura cambiando con gran maestría el tono de su
voz, que de ligera y meliflua se trocó en grave--. Dentro de pocas horas
va usted a partir para cumplir una importante misión y poner en práctica
lo que, al ceñir espada, juró usted como cristiano caballero.

Baselga, que pensando en su próxima y dolorosa separación de la mujer
amada tenía la frente apoyada en la mano, levantó la cabeza como
sorprendido al oír aquellas palabras dichas en tono solemne.

--Va usted a entrar--continuó don Claudio siempre con la misma
entonación--en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del
valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos.
Grandes serán las aventuras de que estará erizada su próxima existencia;
aunque el Señor tiene contados los días de sus criaturas, nadie sabe en
el mundo cuál será la última hora de su vida y hay que temer a la
muerte.

--¡Padre!--dijo Baselga con arrogancia--. Yo no la temo, y eso que no ha
mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el
campo de batalla: otra clase de muerte, la consideraría deshonrosa.

--Está muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir,
que más allá de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina
que enseña la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia
lo más limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de
comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen católico antes de morir
descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor.
Usted va a cumplir una noble misión, en la que tal vez le busque la
muerte. ¿Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?

Baselga quedó anonadado por estas palabras y miró con gran confusión al
sacerdote, que poco a poco había ido arrastrando su sillón hacia el que
ocupaba el capitán, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara
su artístico perfil sobre el foco de luz del quinqué.

El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es
sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras
para contestar.

Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidió al fin
a hablar y al principio no consiguió más que embrollarse en un sinnúmero
de confusas palabras.

--Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de
religión. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda
la Iglesia; en otros tiempos me sabía el catecismo de memoria, pero
ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la
juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que,
de morir en este momento, el diablo tendría mucho que hacer con mi alma.

--A tiempo está usted, hijo mío, de conjurar el peligro. En mí, que soy
indigno representante de Dios, encontrará usted el medio de librarse del
peso de tantas faltas.

--Yo quisiera confesarme, pero... ¿en este sitio? ¿En un salón de
visitas?

--Dios está en todas partes y en todas también puede su sacerdote oír la
confesión de un pecador. Acérquese usted más... así está bien. Y ahora
si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, ábrame su
pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los
pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo
el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.

Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo
todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el
recuerdo de las más pequeñas de sus faltas; pero cuando ya se disponía a
hablar, le interrumpió don Claudio para decirle:

--Supongo que no irá usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen
como pecados nimiedades insignificantes y ridículos escrúpulos. Aquí más
que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de
hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las
cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere
realmente como pecado.

Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor
propio y la vergüenza sujetaban su lengua, y con el rostro teñido de
rubor comenzó así:

--Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para
robar con malas artes el dinero de mis compañeros.

--Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los
que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cayó usted en pecado
mortal al explotar la simpleza de los que confían su suerte a la baraja.
Adelante, hijo mío.

--Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razón alguna, contra
personas a quienes antes había ofendido, derramando su sangre
injustamente.

--Gran pecado es atentar contra la vida del prójimo, mas sin embargo,
todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre
ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir
nunca en la nota de cobardía. Además, así como la Providencia veló por
la vida de usted podía haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso
tanto se exponía usted como su contrincante a morir en el lance. No es,
pues, muy grave este pecado. ¡Animo, hijo! ¿Cuáles son los otros?

--Yo fuí el que instigué a los soldados a dar muerte en la plaza de
Palacio al capitán Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer
viuda y de sus hijos huérfanos me ha quitado el sueño muchas noches.

--Digno de execración es siempre el asesinato; pero hay que convenir en
que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fué
uno de tantos incidentes propios de época de agitación, y sin duda aquel
desgraciado fué designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus
compañeros en política y hacerles ver prácticamente cuán terrible es el
fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era
un impenitente revolucionario a quien usted conocía muy bien; ¡quién
sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogió a
usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este
pecado. Adelante, hijo mío, adelante.

Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo
encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le dirigía
amables sonrisas y que demostraba un empeño paternal por desvanecer
todos los remordimientos en el pecho del penitente.

Con un confesor tan "de manga ancha" que sabía desmenuzar los pecados de
modo que perdieran su carácter horrible, dejándolos reducidos a simples
faltas, se podía hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito,
cobrando cada vez más confianza, repasó por completo todo lo grave de su
pasado y al fin llegó a sus amores con la baronesa.

Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitán creía
circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar
eternamente el secreto de sus amores; así es que no se mostró propicio a
revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y él; tanto más cuanto
que el padre Claudio era amigo de la baronesa.

El sacerdote, que con mirada atenta seguía contemplando al joven,
pareció adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su
frente, y para desvanecer todo escrúpulo dijo así:

--Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algún
suceso importante de su vida. Engañándome a mí engaña usted a Dios, y de
poco puede servir a su alma una confesión incompleta e inspirada en
miras egoístas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie
del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse
secretos, tanto más cuanto que lo que usted diga aquí quedará como
encerrado en una tumba. ¡Vamos!, decídase usted, hijo mío, y ya que se
ha propuesto implorar la protección de Dios descargando su conciencia de
culpas, no oculte ni una sola de éstas.

El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidióse a
hablar, aun faltando a su condición de amante reservado y silencioso.
Además pensó en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y
que, como buena católica, ya le habría revelado todo lo ocurrido.

Así que Baselga se decidió a decir la verdad, y dejó escapar un
verdadero chaparrón de palabras que fué la relación completa y detallada
de todo lo ocurrido entre él y la baronesa desde el día en que se
conocieron hasta la hora presente.

El cura escuchaba con aparente atención las palabras del penitente; pero
un profundo observador hubiera adivinado en él la distracción que le
causaba oír por segunda vez la relación de sucesos que ya le eran
conocidos.

Cuando Baselga, acalorado en la descripción de su última conquista,
deslizaba algún detalle de color algo subido y se detenía como
avergonzado, el clérigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el
joven seguía adelante en su relación, encontrando cierto placer en
revelar a un hombre (aunque éste fuese un cura) toda la felicidad que
había gozado.

Cuando el condesito terminó de hablar, vió con cierto recelo que don
Claudio se ponía muy serio por primera vez y aún se alarmó más al oír
que con voz algo irritada le decía:

--Después de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le
dé la absolución.

--¡Cómo! ¿Qué dice usted, padre mío?

--Usted, llevado de sus antiguos hábitos de galanteador irreflexivo, ha
abusado de la generosa hospitalidad que le dispensó una mujer que aunque
a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa
ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salvó la vida, y
éste obraría con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero
si se negara a reparar el mal que causó.

Baselga quedó anonadado bajo aquella severa reprimenda.

--Va usted a partir--continuó el sacerdote--dentro de breves horas, y
Dios sólo sabe dónde podrán arrastrarle los azares de la guerra. El
corazón de usted es ligerísimo, su facilidad amorosa grande en extremo,
y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su
afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, ¿cuál será
la suerte de esa desgraciada señora, modelo de virtudes, pero a quien el
amor ha hecho pecar?

--¡Oh!, no, padre. Yo nunca olvidaré a Pepita: la amo mucho.

--El amor, cuando no está santificado por la bendición del sacerdote, es
fugaz pasión que el menor vaivén de la vida hace desaparecer. No basta
que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasión con algo más
serio que los juramentos de amor.

--¿Y qué puedo hacer yo, padre mío?--dijo Baselga, a quien las palabras
del cura habían conmovido.

--Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves
horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento
canónico sus amores con la baronesa.

--Entonces, ¿cuál ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me
dé la absolución?

--Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con
el matrimonio, jure usted ante Dios que está en el cielo y en todo lugar
que dará su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la
comisión que ahora le encarga su majestad.

--Dispuesto estoy a jurarlo, padre mío.

Entonces, Baselga, por indicación del cura, púsose en pie, y extendiendo
su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y
negruzco, fué repitiendo el juramento que palabra por palabra le dictó
don Claudio, y al final de cuya fórmula pedía para sí todos los
tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir
lo prometido.

El mastuerzo que con tanto valor sabía batirse en las calles de Madrid,
sentíase ahora conmovido por las palabras que le hacía pronunciar el
hábil capellán y le faltó poco para derramar lágrimas de alegría cuando
le dijo don Claudio con acento melifluo.

--Hermano; de rodillas.

Oyó Baselga latinajos que no entendía y con ademán compungido recibió la
bendición de aquella mano fina y aristocrática, que después besó
contritamente.

--Ahora--dijo don Claudio levantando del suelo al capitán--, a luchar
como un héroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.

--Lucharé hasta morir--contestó el joven con resolución que no daba
lugar a dudas.

--¿No es verdad que se siente usted mejor después de la confesión?

--Me encuentro poseído de un bienestar inmenso.

--El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata
impresión después de desahogar su pecho de culpas.

--Ya hemos terminado--continuó el cura después de un breve silencio--;
retírese usted a hacer sus preparativos de viaje y avístese con el señor
Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Además,
autorizo a usted para que cuando vea a la señora baronesa, le revele
cuanto aquí ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentará una
alegría sin límites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan
pronto como lo permitan las circunstancias.

--¡Adiós, padre!--dijo el capitán con algún enternecimiento--. Que el
cielo permita nos volvamos a ver pronto.

--¡Adiós, hijo mío! Que el Señor proteja a usted.

Y aquel Pedro el Ermitaño del realismo español, estrechó con cariño la
mano del cruzado que iba a defender en los montes la tiranía del monarca
y el restablecimiento de la Inquisición.

Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitación
vecina, el cura sonrióse con aire satisfecho, y dirigiéndose a la puerta
del salón contraria a aquella por la que había salido el joven, levantó
el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:

--¿Está usted contenta, Pepita?

--Mucho, padre mío. ¡Cuánto tengo que agradecer a usted!

Y la baronesa, diciendo estas palabras entró en el salón. Sus mejillas
estaban coloreadas por la alegría y en toda ella conocíase el vivo
placer que le había causado la anterior escena.

--Esto es un servicio más que usted tendrá que agradecer a la poderosa
Compañía que la protege desde la cuna.

--Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra
reverencia que siento no corresponder con más fuerza a tan grandes y
continuos favores.

--Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y
disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.

--Eso hago y eso haré tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se
realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden,
podré servir mejor a los intereses de la Compañía. Unicamente me faltaba
un marido, y éste ya le tengo gracias a la sabiduría de vuestra
reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida
predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder
presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemática y sin
amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo haré el
día en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha
prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero
tiene algo de héroe, y si no lo matan, conseguirá abrirse paso y llegar
a los más altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra
reverencia me lo asegura valiéndose de su profundo talento que a todos
convence. ¡Cuán agradecida debo estar a la Orden que me protege!

--Baronesa: el que trabaja "para la mayor gloria de Dios", se ve colmado
siempre por el Altísimo de inmensas felicidades.



X

1823


En 1823 cambió por completo la decoración para liberales y serviles que
con tanta saña venían combatiéndose hacía tres años.

Al rey que decía "a sus súbditos" "marchemos todos francamente, y yo el
primero, por la senda constitucional", mientras ocultamente favorecía
con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de
Cataluña y Navarra, le parecía todavía insuficiente el armar tropeles de
fanáticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicitó el
auxilio de Francia, que envió a España al duque de Angulema con sus cien
mil hijos de San Luis.

Fué aquélla una época de desbordamiento y de impudor. Nunca se había
visto un pueblo más propenso a la mudanza, a la traición y a la
desvergüenza.

Largos años de tiranía habían corrompido el sentido moral de nuestro
pueblo; la revolución sólo había servido para hacerlo más bullanguero, y
ni una sola de las ideas democráticas que los oradores predicaban en los
clubs, conseguía penetrar en aquella juventud que todavía era hija
legítima y directa de la generación de Pan y Toros.

Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del
Rosario de la Aurora, asistían ahora a los clubs, cantaban a grito
pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las
manifestaciones cívicas. He aquí toda la reforma que la revolución
consiguió hacer en el pueblo español.

El rey, a pesar de la Constitución y de todos los esfuerzos de
exaltados y comuneros, seguía siendo la personificación del país; lo que
el monarca hacía, los súbditos lo imitaban, y como Fernando VII era
canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conocía ni aun de
oídas el pudor político, y cuando aún repetía el eco sus gritos de ¡viva
la Constitución!, volvía la hoja rápidamente para pedir a gritos el
triunfo del rey "neto" y la vuelta de los felices tiempos en que
funcionaba la Inquisición, los jesuítas dirigían el Gobierno y el amo de
España mostraba el sobrehumano talento que le había dado Dios para
presidir las corridas de toros.

La política, en los últimos tiempos de aquella época constitucional,
estaba reducida a una serie de vergonzosos engaños. La agonía del
trienio liberal puede definirse diciendo que fué una espantosa traición.

Fernando engañaba a los liberales, y mientras firmaba cuantos
manifiestos le ponían delante y en los cuales se entonaban himnos
laudatorios a la Constitución, solicitaba con gran urgencia el auxilio
de las bayonetas francesas; Morillo hacía traición a sus compañeros los
generales La Bisbal y Ballesteros; La Bisbal le imitaba y Ballesteros,
por no ser menos, uníase a los invasores para derribar al Gobierno, que
confiaba en el apoyo de sus espadas.

La Constitución era una enferma atacada de rápida tisis y los hombres,
dueños del Poder, semejaban embrollada consulta de médicos pedantes,
ocupados en discutir el nombre y etimología de los medicamentos que
pensaban emplear, mientras la paciente se moría a toda prisa.

No faltaban liberales entusiastas dispuestos a dar su sangre por aquella
Constitución que tantas veces habían jurado sostener, pero estaban en
minoría y sus esfuerzos se perdían entre la indiferencia y el
envilecimiento del pueblo.

El heroico Mina resucitaba en Cataluña la epopeya de la independencia,
luchando con escasas fuerzas contra las hordas realistas y las legiones
invasoras; pero su sublime tenacidad tenía el pálido reflejo de un rayo
de sol en el fondo de putrefacta laguna.

Aquella revolución moría como mueren todas las formas de Gobierno que no
llegan a ser populares. Sólo la clase media había abierto sus ojos a la
luz de la libertad.

El pueblo, llevando todavía en su mente el recuerdo de los privilegios
señoriales y de las rapiñas de la Iglesia, estaba tan ciego, que tomaba
sus armas para defender la causa de los nobles y de los curas.

Pudo muy bien el Gobierno constitucional organizar una tenaz defensa que
hiciera más lenta la marcha del tropel de alguaciles que Francia nos
enviaba para reponer el absolutismo en su primitivo ser y estado.

Con esto no se habría salvado la libertad, pero habría caído con más
honra, y los Borbones de la nación vecina no se hubieran engreído y
puesto al nivel de Bonaparte por una guerra en la que los reclutas de la
restauración no dispararon dos veces sus fusiles.

Pero los liberales adoptaron sus resoluciones con demasiada lentitud,
confiaron su defensa a militares de dudosa fe política, y cuando
vinieron a apercibirse de sus desaciertos, vieron sus órdenes
desobedecidas y que la traición de sus generales dejaba libre el paso al
chaparrón de la venganza absolutista que iba a caer sobre ellos con
furor terrible.

El final del período liberal tuvo algo de la rapidez del vértigo y mucho
de la vaguedad del sueño.

EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a
ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa
caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca
santa la chusca persona de Fernando VII. Este se reía interiormente de
la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el
mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos sabían que el mismo
monarca era quien movía el ejército invasor que venía pisándole los
talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurrió encargar a su
fusil la misión de librar a España del monstruo que pocos meses después
había de ensangrentarla con horribles venganzas.

El más vergonzoso rebajamiento se había apoderado de nuestro pueblo, y
como si quisiera poner su adoración al nivel de su vileza, tributaba
homenajes a los seres más abyectos.

El país, que doce años antes había admirado a Mina y al Empecinado, se
entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestían el
sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban
sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar "a los negros"
hasta la cuarta generación. Los mismos que habían aplaudido a Argüelles
y a Muñoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabiduría a los
pedantes y covachuelistas que componían la Regencia de Urgel.

El "Trapense", una fiera con hábito, era el héroe de la situación.
Creíase que su trabuco tenía el poder de hacer milagros, y cuando el
fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina
Comeford, penetró en Madrid, el mismo pueblo que tres años antes había
tirado de la carretela en que iba Riego, se arrojó bajo las herraduras
del caballo con la misma entusiástica indiferencia del indio que desea
ser aplastado por el carro del ídolo y ganar el cielo.

Una bendición de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La
mano del "Trapense" estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca
la abatía el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con
que degolló uno tras otro, sin interrupción, setenta y seis soldados
constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de
Urgel.

Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y
vagabundo con rumbos inciertos, fué a refugiarse en Cádiz. La
Constitución de 1812, semejante al hijo pródigo, después de correr
grandes aventuras, volvía decaída y derrotada a morir en el mismo punto
donde nació.

Allí fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejército de
Angulema, en unión de algunas de las hordas realistas que le precedían,
a guisa de avanzadas, estableció el sitio de Cádiz.

Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido
de los cañones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo
tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.

Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados,
y que se batían por "el qué dirán" y por dar a su bandera cierta gloria
antes de plegarla, podrían compararse con los gaditanos de 1810, que,
después de asistir a las sesiones de las célebres Cortes, empuñaban el
fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las
trincheras.

En el último sitio de Cádiz se luchaba sin ánimo de triunfar y
únicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban
encerrados en Cádiz sabían cuál iba a ser su muerte y la aguardaban
pacientemente. Argüelles pensaba en la próxima emigración; el canónigo
Villanueva se entretenía escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema
y los absolutistas; el marino Valdés se convencía de que era inútil
pensar en revivir la célebre defensa por él organizada en 1810, y,
entre tanto, Fernando distraía sus ocios remontando cometas de varias
formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafía óptica
que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurría.

La toma del Trocadero fué la única operación que honró militarmente a
los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una
bagatela para las legiones de Napoleón, fué pregonado por la Fama del
realismo como una hazaña al lado de la cual las proezas de Aníbal y de
Alejandro quedaban obscurecidas.

La restauración borbónica, tan mezquina en Francia, como en España,
necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese
prestigio que tan necesario es a los tiranos.

Por desgracia para la causa realista, la gloria le volvía la espalda, y
para que el mundo no se apercibiera de tal desdén, se veía obligada a
falsificar los hechos. Ni más ni menos que esos amantes desdeñados en
cuya boca los más insignificantes favores de la mujer ansiada se
convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.



XI

Cómo termina un calavera


Entre el tropel de esbirros de la tiranía, que como un cinturón de
hierro y bocas de fuego rodeaba los muros de Cádiz, figuraba el conde de
Baselga, realista decidido y hombre de gran porvenir, del cual se
ocupaban periódicos tales como "La Atalaya de la Mancha", "El
Regenerador", y otros papeluchos redactados por furibundos frailes,
citando al Capitán de la Guardia como un modelo de fieles defensores del
despotismo.

¡Quién podía saber con certeza el número de barbaridades que el ilustre
Baselga había cometido desde agosto de 1822 hasta aquel momento,
defendiendo en los montes con más aire de bandido que de militar la
causa del Rey y de la Religión!

Al frente de unas guerrillas compuestas de fanáticos y de gente
perdida, había pasado más de un año en los montes de Aragón, operando
unas veces con entera independencia y otras a las órdenes de Bessieres,
el aventurero francés que en 1822 era sentenciado a muerte por
conspirador republicano y en 1823 se distinguía mandando a los feroces
"feotas", nombre que los liberales daban a los defensores del
absolutismo, por llamarse con énfasis soldados de la Fe.

Con gran disgusto de Baselga, las necesidades de la guerra le habían
llevado de Aragón a Valencia, y de este último punto tuvo que salir para
Andalucía, no pudiendo dirigirse a Madrid, donde ya funcionaba con el
carácter de Gobierno la reaccionaria regencia formada en Urgel.

El conde ansiaba ardientemente ver a Pepita, cuyo recuerdo no se
apartaba de su memoria, y ya que le era imposible cumplir su deseo,
consolábase escribiéndola largas cartas siempre que le era posible, y en
las cuales, con toda la corrección de que era susceptible su rudeza y
pasando por alto los homicidios ortográficos, describía una vez más la
constante grandeza de su pasión.

Cuando a principios de julio llegó aquel paladín del absolutismo a las
inmediaciones de Cádiz con sus feroces hordas, más para entorpecer que
para ayudar las operaciones de bloqueo que ejecutaban los franceses, el
administrador de Correos de Puerto de Santa María le entregó una carta,
cuya procedencia adivinó antes de abrirla.

El corazón le latió agitadamente, pues en las letras desiguales y
arrebatadas de la cubierta, le pareció ver la nerviosa mano de Pepita
manejando la pluma con loca precipitación.

Era la primera carta que recibía de la mujer querida desde que se separó
de ella.

Al principio, Baselga sólo se fijó en las palabras cariñosas y
apasionadas, en las promesas de eterno amor, en aquellos requiebros
melosos y aniñados, propios de la imaginación de una criolla; pero
después sus ojos que saltaban apresuradamente de renglón en renglón con
el ansia de leer de un golpe toda la carta, paráronse sorprendidos en
unas palabras misteriosas, cuyo significado no lograba comprender.

Pepita hablaba de circunstancias que hacían visible su deshonra, de
sucesos acaecidos después de su partida que echaban un borrón sobre su
buen nombre; aludía con cierto misterio al último mes de abril, y
terminaba anunciando que el buen padre Claudio enviaba al campamento
sitiador de Cádiz un hombre de confianza para que tratase con él de un
asunto grave. "De tu resolución--decía Pepita--, del acuerdo que tú
tomes, depende que yo viva o muera. La pérdida definitiva de mi honor
acabará mi existencia."

Baselga leyó una y otra vez la carta, deletreó todas sus palabras, y, al
fin, se quedó tan ignorante y confuso como al principio.

¿Qué peligros para el honor de Pepita serían aquéllos? El fogoso
militar, pensando que la mujer amada pudiera encontrarse en apurada
situación, soñaba ya en villanos enemigos y acariciaba la espada en su
cinto, y en el cerebro la descabellada idea de partir inmediatamente con
dirección a Madrid para emprender a estocadas a todos cuantos turbasen
la tranquilidad de la hermosa baronesa.

El ver incluído en la carta el nombre del padre Claudio, excitaba aún
más la curiosidad del condesito; pues éste reconocía que el afable
sacerdote no se iba a mezclar en asuntos de poca monta ni a tomarse por
éstos la molestia de enviar emisarios a Cádiz.

Dos días pasó Baselga dominado por una constante preocupación, y a tal
punto llegó ésta, que por las noches los oficiales franceses y algunos
guerrilleros que habían organizado una timba en el campamento, en la
cual tallaba el conde por derecho propio, le ganaron cuanto dinero puso
en la banca, sin que al antiguo fullero se le ocurriera sacar a plaza
sus indiscutibles habilidades.

En la tercera noche, Baselga, que arruinado ya, había pasado de banquero
a la simple calidad de mirón, fué avisado por su asistente de que fuera
de la tienda le esperaba un caballero que decía acababa de llegar de
Madrid.

Júzguese con qué rapidez acudiría el joven al llamamiento y cuál sería
su sorpresa al conocer que el enviado del padre Claudio no era otro que
el señor Antonio, el vejete realista que completaba su antiguo traje con
un gran sombrero de los que se llevaban a principios del siglo, llamados
de "medio queso".

El conde experimentó la mayor alegría al ver al eterno acompañante de su
amada. Hasta le pareció que en él había algo que evocaba la seductora
imagen de Pepita y que su mugrienta casaca exhalaba el mismo perfume de
su hechicero cuerpo. Quien haya estado enamorado comprenderá
inmediatamente tan extraña aberración.

No fueron pocas las preguntas que apresuradamente disparó Baselga sobre
el vejete; pero éste, con gran calma, le agarró suavemente por uno de
sus brazos y le fué alejando de la tienda.

--Si le parece a usted, señor conde--dijo el señor Antonio--, pasaremos
por sitio donde no nos puedan oír, pues tengo que comunicarle cosas
graves.

Dirigiéronse los dos hombres a los límites del campamento y comenzaron a
pasear a lo largo de una de las trincheras, cuidando de no acercarse
demasiado a un centinela que contemplaba curiosamente las idas y venidas
de aquella pareja, cuyas sombras dilataba fantásticamente la luna sobre
el suelo.

--Comenzaré por indicarle--dijo el viejo--que yo no vengo enviado aquí
por mi señora, sino por el reverendo padre Claudio.

--Lo sabía desde anteayer.

--¿Le ha escrito a usted mi señora?--preguntó con sorpresa el vejete--.
Lo ignoraba; pero ya nos lo recelábamos el bueno del padre y yo. La
pobre baronesa... ¡le quiere a usted tanto!

Y el señor Antonio quedóse cabizbajo al decir estas palabras, como si
lamentara en el fondo de su pecho que su ama se hubiese enamorado de
semejante perillán.

--Yo--continuó el viejo con acento triste--conozco a la señora baronesa
casi desde que nació, y aunque cometa una censurable irreverencia, digo
que la amo como si fuese hija mía. Juzgue usted cuál será mi dolor hoy
que la veo deshonrada.

--¡Deshonrada!..., ¿por quién?

--Usted lo sabe mejor que nadie. La señora, corazón sencillo e ingenuo,
se dejó engañar por un hombre audaz que cayó moribundo a la puerta de su
casa, y el premio de su cristiana caridad ha sido la deshonra.

--¡Señor Antonio! Mida sus palabras, que ya sabe usted quién soy yo y
qué genio gasto. La señora baronesa me ama tanto como yo a ella; pero
esto no autoriza a nadie para que hable de deshonra ni ponga mi honor en
duda.

--Es ya inútil todo fingimiento. Lo sé todo, y así como yo, cuantos
entran en nuestra casa de Madrid. La pasión carnal que usted encendió en
el pecho de la señora la hizo caer, y hoy el fruto del pecado atestigua
su deshonra.

--¡Fruto de deshonra!--exclamó el joven, con tanta extrañeza como
miedo--. ¿Qué quiere usted decir, señor Antonio? ¡Por Dios!, explíquese
usted.

--La señora baronesa ha tenido una niña hace tres meses. Usted es su
padre.

Ante esta lacónica respuesta, Baselga no supo lo que le pasaba. De un
golpe penetró en el misterio que envolvían las palabras de la carta de
Pepita, y quedó asombrado, pues todo lo esperaba menos aquella noticia.

--¡Ya ve usted--continuó el viejo--cuán dolorosa es la situación de mi
señora! ¡Una dama modelo de virtudes y de recato, una señora considerada
hasta por el mismo rey a causa de su profundo talento, caer de repente
de tan envidiable altura para ponerse al nivel de una mujer perdida!
Señor conde; la infeliz nada dice contra usted, le ama tanto, que no se
queja; pero si usted es cristiano, si en su corazón, ya que no el amor,
la compasión ocupa algún vacío, ya sabe usted cuál es el deber que tiene
que cumplir. Usted es caballero y a su consideración de honrado dejo el
asunto.

Baselga estaba demasiado impresionado por la noticia para fijarse en
tales palabras que llegaban a sus oídos como un murmullo sin sentido.

Aquella solución de sus amores le tenía anonadado. Por una extraña
analogía, pensando en la deshonra de Pepita, surgió en su memoria el
recuerdo de la última noche que pasó en su casa, de la confesión con el
padre Claudio y del terrible juramento que éste le había hecho prestar
ante la imagen del Crucificado.

La idea de faltar a lo jurado cruzó rápidamente como soplo diabólico por
su cerebro; pero inmediatamente la sola posibilidad del perjurio produjo
un escalofrío al caudillo de la Fe.

El señor Antonio contemplaba con atención al joven, y comprendiendo las
impresiones que le agitaban, continuó:

--Yo vengo aquí enviado por el respetable padre Claudio con el solo
objeto de recordarle un juramento sagrado que usted hizo en cierta noche
y saber si está dispuesto a cumplirlo. Nada sabe la baronesa de este
paso que damos, pero el respetable sacerdote, como su director
espiritual, y yo como su más antiguo servidor y amigo de su padre,
tenemos el deber de explorar el ánimo del que es causa de su deshonra
para obrar en consecuencia, manifestando antes a usted que si no está
dispuesto a cumplir sus promesas, jamás volverá a ver a mi señora, pues
ésta se encerrará en un convento a llorar sus culpas. No queremos, tanto
el padre Claudio como yo, que continúen esas relaciones escandalosas e
inmorales que arrojan negra mancha sobre el blasón de una casa digna de
toda clase de respetos.

La terrible amenaza de no ver más a Pepita fué lo que más impresión
causó en el ánimo de Baselga.

Hay que confesar que éste, durante su año de campaña, no se había
olvidado de Pepita, sin dejar por esto de hacer de las suyas en cuantos
pueblos encontraba y veía hermosura femenil con digna representación;
pero a pesar de tales recuerdos, hacía tiempo que del cerebro del
militar se había borrado la idea de casarse. De sus amores guardaba
constantemente el recuerdo de la hermosura de Pepita y el grato sabor de
los placeres, pero la confesión y el juramento con el padre Claudio se
habían perdido en su memoria, hasta aquel momento en que surgían con
nueva e importante fuerza.

El conde tenía que decidir entre su libertad de célibe y su amor, y
estaba demasiado impresionado para no inclinarse por este extremo.

--Señor Antonio--dijo después de reflexionar largo rato--. Los
caballeros nunca dudan en reparar el mal que hayan hecho, y más si el
amor va unido a sus generosos sentimientos. Diga usted al padre Claudio,
que tan pronto como nos apoderemos de Cádiz y yo presente mis respetos
al rey, iré a Madrid para casarme inmediatamente con la baronesa.

El viejo, al escuchar estas palabras, hizo las más grandes
demostraciones de alegría y exclamó enternecido:

--¡Oh, gracias, señor conde! No esperaba yo menos de usted. Le pido con
toda mi alma que me perdone las palabras que hace poco le dirigí.
Reconozco que estuve sobradamente fuerte y que me dejé arrastrar por una
ira injustificada; pero... la baronesa es el ser en quien he depositado
todo mi cariño de anciano, y cuanto a ella atañe produce en mí más
impresión que mis propios negocios.

Una vez convenida entre los dos hombres la resolución del grave asunto,
Baselga sintió gran curiosidad por conocer detalladamente la existencia
de su amada durante el largo año de separación, y el señor Antonio se
vió bastante apurado para contestar por completo el diluvio de preguntas
que Baselga dejó caer sobre su persona.

La baronesa había procurado ocultar su estado durante el tiempo que le
fué posible, y las frecuentes dolencias que experimentaba su organismo
atribuíalas al disgusto que le causaba la escasez de noticias de su
Fernando y el no saber tampoco a dónde dirigirle una carta. Pero, por
fin, llegó un día en que le fué imposible ocultar por más tiempo su
estado disimulándolo con dolorosos artificios, y confesó entre lágrimas
y rubores su triste deshonra ante el padre Claudio y el administrador,
que eran las únicas personas de su confianza.

El parto se había verificado en el mes de abril, y la niña, que en honor
al padre había sido bautizada con el nombre de Fernanda, gozaba de buena
salud.

Baselga escuchaba con embeleso la relación del vejete.

En sus sentimientos, después de pasada la primera impresión y los
efectos de la lucha entre el amor y la libertad celibataria, causaba
honda sensación la idea de ser padre.

¡A quién no produce alegría la paternidad!

El condesito sentíase orgulloso de haber dado al mundo un nuevo ser, y
lleno de satisfacción pensaba que aquella obra era suya y muy suya.

Para apoyar tal certeza, buscaba en los rincones de su memoria el
recuerdo de la época en que Pepita cayó en sus brazos, y con ayuda de
los dedos iba contando los meses desde julio a abril, y al encontrar que
eran nueve justos, se convencía de que su paternidad era cierta.

Aquella última aventura de su vida de calavera le causaba un placer
nunca experimentado, a pesar de su desenlace de comedia vulgar, que nada
tenía de novelesco y original.

En cuanto al silencio que Pepita había guardado desde abril hasta el
presente mes de julio, el señor Antonio se encargaba de justificarlo
explicando la carencia de noticias acerca del paradero del conde.

Este no encontraba ni un solo motivo capaz de turbar su felicidad y
estaba dispuesto a cumplir su juramento. Tan pronto como terminasen sus
compromisos de guerrillero realista, iría en busca de su hija y se
casaba; sí, señor, se casaba con una viuda, pero joven y hermosa, aunque
esta resolución arrancara una carcajada burlona a todos sus antiguos
compañeros de libertinaje.



SEGUNDA PARTE

EL PADRE CLAUDIO



I

Los negocios de la Orden.


Fué bastante cruel en la capital de España el invierno de 1825.

Los temporales sucedíanse con alarmante frecuencia; cuando no llovía,
nevaba y un viento frío y huracanado limpiaba las calles de transeúntes,
encargándose al mismo tiempo de llenar los cementerios, esparciendo
pulmonías a granel.

Parecía que la Naturaleza deseaba imitar con sus furores los actos de la
triunfante reacción.

A las cuatro de la tarde de uno de aquellos días, o sea cuando las
sombras nocturnas comenzaban ya a invadir las calles cubiertas por
espesa capa de nieve, un hombre con sotana, de pie tras los vidrios de
un balcón perteneciente a una casa vieja con honores de palacio,
contemplaba un grupo de voluntarios realistas que, parados en el centro
de la calle, entonaban la "Pitita bonita con el piopom...", canción
insustancial y ridícula que había venido a sustituir al marcial himno de
Riego y que era el canto de guerra de los defensores del absolutismo.

Aquellos bravos voluntarios de la reacción no hacían mucho caso del
frío, sin duda a causa de la gran cantidad de vino que calentaba su
estómago; y con sus ademanes grotescos, sus discusiones incoherentes, su
canto monótono y sus movimientos inseguros, parecían causar gran placer
al cura, que sonriente les atisbaba tras el balcón.

Era joven el curioso ensotanado, y, sin embargo, al primer golpe de
vista tenía el aspecto de un hombre que ha llegado a la decrepitud. Su
cabeza enorme, que aún parecía más grande sosteniéndose al extremo de un
cuello flaco y prolongado, tenía grandes manchas de calvicie, pues sólo
a trechos ostentaba manojos de cabello, áspero e hirsuto, iguales a
punzantes brochas de rojo esparto; su rostro estaba surcado de arrugas
que, por lo inmóviles y petrificadas, semejaban las huellas que las
continuas lluvias dejan en las cariátides de una fachada, y sus ojillos
verdosos, hundidos y chispeantes, así como su boca de delgados labios,
tenía una expresión que causaba miedo, por lo mismo que era eternamente
sonriente.

Adivinábase en aquel cuerpo flacucho, largo y un tanto encorvado, un
cúmulo de malos instintos y una gran propensión a encontrar el placer en
la contemplación del dolor.

Se veía en él inmediatamente al ser nacido para el mal, que de niño se
divierte en atormentar a cuantos le rodean, que de hombre prepara con la
fruición de un artista el ataque contra sus semejantes y que, al llegar
a la vejez, muere poseído de desesperación por no haber tenido mano
suficiente para estrujar el mundo entre los dedos.

Era uno de esos ambiciosos insaciables que sienten la nostalgia de la
gloria. Pero su gloria es el triste y fatídico prestigio de los grandes
criminales.

Ante la imagen de Nerón, era capaz de sentir el mismo desconsuelo que
César delante de la estatua de Alejandro cuando se lamentaba de ser
desconocido a la misma edad que el caudillo macedónico era ya célebre.

Gozaba con la degradación humana; le gustaba en extremo que el hombre
apareciera al nivel del irracional, y de aquí que sintiera idénticas
impresiones que un filarmónico en un concierto, contemplando a los
realistas ebrios que en medio de la calle gesticulaban grotescamente
como monos.

Era malvado, y por eso aspiraba a la destrucción de todo cuanto de
grande y noble había en el mundo; pero era cobarde y por esto había
ingresado en la Compañía de Jesús.

Formando parte de la inmensa y misteriosa falange creada para combatir
al progreso y a la dignidad humana, podría hacer uso de todas sus
infames cualidades sin miedo al castigo. La solidaridad jesuítica le
ponía a salvo, y si le atacaban, miles de sotanas negras saldrían
inmediatamente en su defensa. Además, en ninguna otra parte como en el
mundo creado por Loyola, podían apreciar sus brillantes facultades de
bandido.

Detrás del jesuíta, que seguía derecho tras las vidrieras, existía un
espacioso salón que apenas si lograba alumbrar la mezquina claridad del
crepúsculo que penetraba por el balcón y la luz de una gran lámpara con
pantalla verde que estaba en lo más hondo de la habitación, colocada
sobre una gran mesa de caoba groseramente tallada y de patas macizas,
igual a las que aun hoy se ven en el atrio de las iglesias sirviendo de
despacho a las juntas de cofradías.

A lo largo de las paredes y alzándose hasta tocar el techo, estaban
puestos en fila grandes armarios repletos de libros encuadernados en
pergamino y de ventrudas carpetas, todo clasificado y rotulado
escrupulosamente, a juzgar por las pequeñas tarjetas pendientes de
libros y legajos con números y letras que formaban jeroglíficos
enrevesados, solamente comprensibles para su autor.

Tal era la abundancia de escritos en aquella estancia, que parecía que
por ella había pasado una inundación de papeles, dejando su rastro en
todas partes.

En el suelo y sobre las sillas, veíanse montones de pliegos y cuadernos
cubiertos de renglones apretados, y alrededor de la mesa, la avalancha
de papeles aún era mayor, pues se erguía formando gruesas columnas que
amenazaban desplomarse sobre la escribanía, cubierta de capas de tinta
seca y rematada por un busto de San Ignacio.

El lienzo de pared que se extendía detrás de la mesa era el único
desnudo de armarios y legajos; pero estaba ocupado por un gran mapa de
España, hecho a mano, y una gran parte del cual quedaba envuelto en la
sombra.

El jesuíta, siempre de espaldas a la habitación, con las manos metidas
en los bolsillos de la sotana y chupando el residuo de un cigarrillo de
papel, seguía contemplando la calle sin que lograran hacerle volver la
cabeza las diabluras de un gatazo blanco, gordo y lustroso como un
canónigo, que saltaba sobre un ancho brasero cuando no se entretenía en
arañar estridentemente los hilos de la alambrera.

De pronto, un hermoso coche, que por su forma moderna y elegante parecía
impropio de aquel tiempo en que todavía imperaba la pesada y antigua
carroza, penetró en la calle con ligereza, ahogándose el ruido de sus
ruedas en la espesa alfombra de nieve.

El jesuíta lo reconoció inmediatamente.

--¡Su reverencia, que llega!--murmuró, e inmediatamente se retiró del
balcón para ir a ocupar su asiento junto a la mesa, no sin antes dar una
patada al gato por puro gusto de hacer daño.

Púsose inmediatamente a escribir en un papel colocado en el centro de la
gran cartera de badana y así estuvo mucho tiempo sin levantar la
cabeza, hasta que, por fin, oyó rumor de pasos cerca de la puerta.

Entonces levantó el rostro, fingiendo admirablemente una expresión de
sorpresa.

Quien entró fué el padre Claudio. Arrojó su sombrero y manteo sobre una
silla, dirigió como saludo al escribiente una sonrisa protectora, propia
de un superior distinguido, pero amable, y fué a sentarse al lado del
brasero con aire mujeril, subiéndose un poco la sotana y mostrando sus
ajustados zapatos con hebillas de oro y sus medias de seda negra, que
comprimían las pantorrillas, de líneas correctas y artísticas como las
de una dama.

Después de remover las brasas y de acariciar al gato, que fué a frotarse
cariñosamente contra sus piernas, fijó su vista en el otro jesuíta, que
desde la llegada de su reverencia se había quedado inmóvil y con la
cabeza baja, como si esperara para seguir trabajando la orden de su
superior.

--¿Has trabajado mucho?

--Así, así, reverendo padre. Mi voluntad es más grande que mis fuerzas.

--¿Despachaste ya el correo?

--En ello estoy, reverendo padre. Tengo ya escritas las contestaciones a
las cartas recibidas ayer. No son tantas como en otros días.

--¿Llegó ya el correo de hoy?

--El hermano portero del Seminario lo trajo hace una hora. He examinado
todas las cartas y aguardo vuestras órdenes para contestar.

--Bien; procedamos con orden. Primero las contestaciones a las cartas de
ayer.

--Aquí están escritas y sólo esperan vuestra firma. Las copias están
puestas ya en cifra en el libro de memorias.

--¿Qué le dices al superior de nuestra casa de Zaragoza?

--Lo que vuestra reverencia me indicó. Que es imposible enviarle un
ochavo y que él es quien debe procurar lo necesario para que la Orden
sea rica y poderosa en Aragón, y enviar además aquí cuanto pueda.

--Esa es la verdad. Los jesuítas, cuando se establecen en un punto, es
para sacar de los buenos devotos los medios para proseguir su campaña en
bien de Dios y de la Religión, y no para gastar en provecho del pueblo
el dinero que la Orden atesora después con tan grandes esfuerzos.
Nosotros sólo somos esponjas que chupamos el zumo del país en que nos
establecemos para exprimirlo después sobre nuestra caja de Roma.
¡Medrada estaría nuestra Orden si en vez de atesorar derramara su dinero
en los países donde está establecida! El que piensa lo contrario no es
buen hijo de nuestro santo padre Ignacio.

--Lo mismo creo yo, reverendo padre--apuntó servilmente el amanuense.

--Creo, hermano Antonio, que habrás escrito en tono fuerte al superior
de Aragón.

--Así es, reverendo padre.

--Muy bien. Ya pensaremos en reemplazar a ese padre con otro que sea más
activo e inteligente y que no nos venga pidiendo auxilios a pretexto de
los grandes daños que en nuestras antiguas posesiones causaron los
revolucionarios durante su gobierno, y de la pobreza de los devotos para
contribuir a su reparación. Adelante. ¿A quién más has escrito?

--Conforme a la lista que vuestra reverencia me entregó y a sus
indicaciones, he contestado al alcalde corregidor de Murcia.

--Es un caballero honrado, ferviente defensor de Dios y del rey y digno
de nuestra estimación, por el afecto que siempre ha demostrado a la
Orden. ¿No nos felicitaba porque el señor don Fernando había decretado
nuestro restablecimiento, poniendo las cosas de la Orden tal como se
encontraban antes de la maldita revolución del veinte?

--Sí, reverencia. Yo le he contestado dándole gracias por el afecto que
demuestra y rogándole cuide de favorecer y dar protección en todas
ocasiones a los padres que hemos enviado a dicha provincia.

--Está bien. ¿Cuáles son las otras contestaciones?

--A James Clark, en Gibraltar, excitándole a que vigile cada vez más a
los emigrados liberales y que vea el modo de impulsarlos a que intenten
un desembarco en las costas de España.

--Sí; eso sería de muy buen efecto. El rey fusilaría unos cuantos de
esos miserables que tanto daño nos han hecho, y los que aún piensan
ocultamente en el restablecimiento de la libertad, acabarían de
desengañarse y se arrojarían en nuestros brazos.

--Clark pide dinero para seguir sus trabajos.

--Di mañana al padre Echarri que le remita diez onzas.

--Al librero Suárez, de Barcelona, le he dicho que puede enviar los dos
mil ejemplares de "Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII".

--Es una buena obra escrita por un fraile, que, aunque no de nuestra
Orden, nos es muy adicto. Conviene hacerla circular, pues de este modo
el pueblo odiará cada vez más a los liberales y estará por completo
sumiso a la paternal autoridad de Fernando y a nuestra santa dirección.
Avisa al padre Echarri para que envíe el importe de los libros y los
reparta en las escuelas y entre los voluntarios realistas que sepan
leer... Afortunadamente, éstos no son muchos.

--Al superior de Jaén le he excitado para que no deje de la mano el
negocio de la condesa de la Fuente y que procure que el testamento se
haga cuanto antes.

--Muy bien. Esa buena condesa es vieja y achacosa; su fortuna asciende a
cuatro millones, y justo es que nosotros seamos sus herederos, ya que
durante muchos años hemos estado encargados de la administración de su
casa.

--A don José López, el secretario del obispo de Oviedo, le he escrito
recomendándole que vigile bien al deán. Al deán le he encargado que no
pierda de vista a don José López.

--Muy bien. ¿Y qué más?

--A don Nazario Ercilla, canónigo de la catedral de Oviedo, le he dicho
que siga observando atentamente al deán y al secretario del obispo.

--Perfectamente. Con tres agentes distintos no es posible el engaño ni
los informes falsos.

--He incitado a nuestro comisionado en Sevilla a que siga en los cafés y
tabernas hablando pestes del Gobierno y haciendo la apología de Riego y
la Constitución.

--Eso es lo que conviene, y harás bien en escribir mañana mismo de un
modo idéntico a todos nuestros agentes asalariados en las principales
capitales. Conviene que, hablando como furibundos revolucionarios, echen
el anzuelo: pues tal vez algunos de los que aún son admiradores de la
muerta Constitución, en el calor del entusiasmo, se delaten sin
conocerlo. Es útil en la actual situación dar trabajo a las comisiones
militares permanentes, que no saben ya a quién enviar a la horca.

--Al marqués del Pino, de Córdoba, le he contestado diciendo que vuestra
reverencia no olvida su pretensión y que interpondrá en Roma su
influencia para que Su Santidad le conceda los honores de camarero
secreto de capa y espada.

--Has hecho bien. Nada me cuesta halagar con tales nimiedades la
frivolidad de ciertos seres. Además, el marqués es gran amigo nuestro y
hace poco decidió a una prima suya a que hiciese testamento en nuestro
favor.

--Al "Patilludo" le he escrito al cortijo de Sierra Morena, que ya
conoce vuestra reverencia, amenazándole con nuestro desagrado si no es
más puntual en enviar la mitad del producto de sus operaciones. Diez
coches de posta han sido robados en el pasado mes; en ellos iba gente
rica, la mayor parte indianos que habían desembarcado en Cádiz, y sin
embargo, ha tenido la desvergüenza de enviarnos solamente cien
peluconas.

--¿Le has escrito en tono fuerte?

--No he ido corto en amenazas.

--Así debe hacerse. Ese canalla debe saber que nuestra protección no se
vende barata y que, si no envía más dinero, cualquier día haremos que el
Superintendente de Policía del reino le envíe a sus guaridas de Sierra
Morena una partida de caballería, y entonces no le valdrá el haberse
batido contra los liberales a las órdenes del conde de Baselga... ¿Qué
más hay?

--He escrito al comandante de los realistas de Haro manifestándole
nuestra satisfacción por el acierto con que sabe castigar a los
emigrados liberales paseando por las calles a sus esposas emplumadas,
montadas en un borrico y con un cencerro al cuello, entre la rechifla y
las pedradas de los buenos cristianos; igualmente doy las gracias, en
nombre de Dios, al prior de los capuchinos de Castellón por el acierta
con que ha sabido conquistar el alma de la esposa de un ex diputado que
está en Londres, haciendo que olvide a este maldito, que deje de
escribirle y que entre en una casa de religiosas; y he dicho a Antonio
Ullastres, zapatero de Barcelona, que ha hecho muy bien en dar informes
desfavorables en el expediente de purificación del general Castaños,
pues, aunque éste en el año diecisiete fusiló por orden del rey a un
general hereje como Lacy, después no se ha mostrado muy obediente a la
causa del altar y el trono y transigió, aunque encubiertamente, con el
Gobierno de la Revolución.

--¿No hay nada más?

--Nada, reverencia. Aquí tengo apartadas todas las contestaciones que
sólo esperan vuestra firma o vuestro nombre de guerra. No son tantas
como en otros días.

--Ya habrás hecho en el resumen diario de trabajos el extracto de la
correspondencia.

--Sí, reverendo padre. He procurado corregirme de los defectos que en mí
había notado y el resumen va tan conciso como claro, sin confusiones ni
ambigüedades.

--Haces bien, pues en tal trabajo consiste tu porvenir. Dicho resumen va
dirigido a nuestro general en Roma y queda sepultado en nuestros
archivos, donde existen las biografías secretas y retratos morales de
cuantas personas de alguna significación existen en el mundo. Es un arma
invencible que ningún rey ni potestad de la tierra posee, y juzga tú si
con su ayuda podemos tener por segura nuestra victoria sobre el
universo. Conviene, pues, que el diario informe vaya redactado con
claridad y exactitud notables, tanto más cuanto que la mayor parte de
las personas que nos escriben envían también a Roma copia de sus
documentos y allí unos y otros sufren el consiguiente cotejo. Si logras
hacerte notar por tu veracidad y exactitud, tu suerte está ya hecha;
pero si en los informes faltas a la verdad, ya sabes cuál será tu
castigo. Nunca podrás figurar como un verdadero hijo de Loyola ni
pronunciarás el juramento "en cadáver viviente me convierto".

El hermano Antonio pareció conmoverse un tanto por esta amenaza, y como
si quisiera cambiar la conversación, cogió de un extremo de la mesa
algunas cartas abiertas.

--Estas son, reverendo padre, las cartas llegadas esta tarde. ¿Quiere su
reverencia que le indique el contenido?

--Habla y después me dirás los informes de nuestros agentes en Madrid.

--Esta carta es del superior del colegio de Vitoria. En la ciudad se
habla mucho contra un hermano coadjutor que, según dicen, intentó forzar
a la hija de un militar desterrado y pendiente de purificación. La
familia dice pestes contra el coadjutor y nuestra Orden y el superior
pregunta qué es lo que debe hacerse... ¿Qué contestamos?

Reflexionó un breve espacio el padre Claudio y después dijo a su
secretario que se preparara a tomar notas de las respuestas:

--Ese escándalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El
prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparación. Al hermano
coadjutor que lo envíen al colegio de Sevilla, y allí que esté durante
quince días arrodillado a la hora de comer frente a todos sus
compañeros, con un cartel al cuello que diga: "Lascivo". En cuanto a la
familia de la muchacha, recomienda a la Comisión militar permanente de
Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasión oportuna, envíe
el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. Así aprenderán esos
impíos a no llevar en lenguas a la Compañía de Jesús.

--El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don
Leandro, lo han metido en la cárcel como autor de la muerte de tres
domésticas que en diversas épocas han desaparecido de su casa. El
boticario solicita la protección de la Orden, y jura que es inocente.

--Nada tendría de particular que fuese verdadero el asesinato de esas
muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar
que nadie le va a la mano en la confección de venenos. ¡Con qué lentitud
y disimulo matan! ¿No es verdad, hermano Antonio?

Y el hermano jesuíta, al decir estas palabras, sonreía tan malignamente
que su rostro tenía la misma expresión de esos diablos berroqueños, que,
horripilantes y sarcásticos, surgieron en los frisos de las catedrales
bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imitó
con una de sus más fúnebres sonrisas, y así permanecieron largo rato,
como recreándose en el recuerdo de hechos pasados.

--Favoreceremos a don Leandro--dijo, al fin, el padre Claudio--pues no
es racional que nos privemos de tan hábil y sumiso proveedor. Mañana
recuérdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo
Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al
corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.

--La casa Gómez, de Cádiz, anuncia que ha vendido a buen precio la
partida de café que nos enviaron de Puerto Rico.

--Envía la carta al padre Echarri, nuestro administrador.

--El agente de Jábea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo
sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa.
La ganancia de esta operación pasará en su concepto de seiscientas
onzas.

--Avisa también al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo
cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.

--El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos
frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La
semana pasada predicaron un sermón en el que pintaban a los jesuítas
como intrigantes, sin conciencia, más amigos de los negocios que de la
religión y deseosos de avasallar al mundo.

El padre Claudio, al oír esto perdió la calma. Su sonrisa desapareció y
un relámpago de ira pasó por sus ojos.

--Esos frailuchos--dijo con voz algo temblorosa por la cólera--son una
canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos
amordazar. ¿Por qué nos combaten? ¿No los dejamos tranquilos? Durante
largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos,
monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisición, y
explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora
hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser
soberbios, y Dios no quiere más que servidores humildes y pobres como
nosotros.

--Esa es la verdad, reverendo padre--dijo el secretario, que no perdía
ocasión de adular a su superior--. Vuestra reverencia habla con la
elocuencia de un Bossuet.

Ya sabré poner remedio a la osadía frailuna haciendo que toda España
odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolución
definió graciosamente diciendo que eran "groseros animales que asomaban
la cabeza por una ventana de paño pardo".

Quedó el jesuíta pensativo, como combinando un plan contra aquellos
competidores que disputaban a la Orden la explotación del fanatismo, y
después dijo al secretario con resolución:

--Antonio, mañana llamarás al gacetista Martínez.

--Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse
partido. Aún no ha hecho las letrillas satíricas que le encargamos
contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con
los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pagó por adelantado.

--Cállate y no repliques--dijo el superior dirigiendo una altanera
mirada al amanuense--. Llamarás a Martínez y le encargarás que sin
perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compañía de Jesús ha
tenido más sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes
religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son
gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de
malo existe. Martínez es un exclaustrado que abandonó el hábito por su
mala conducta, así es que estará bien enterado de las hazañas de sus
antiguos colegas.

--Está bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se
acuerde de lo que nos ocurrió hace dos años en tiempos de la
Revolución, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la
libertad, se pedía la santa guillotina, el amor libre y la comunión de
bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobró el folleto por
adelantado, se lo bebió en unas cuantas borracheras y ésta es la hora
que aún no lo ha escrito.

--En vez de llamarlo a él, avístate con su querida, la Pepa, y dale el
importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redacción del
libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota
del asunto, despáchalo mañana mismo, y a ver si la semana que viene está
ya el manuscrito en la imprenta. ¡Lástima que ese perdido tenga una
pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.

--No queda más que esta carta, que es del arzobispo de Valencia.

--¿Qué quiere su ilustrísima?

--Pregunta qué es lo que debe hacerse con Ripoll, el maestro de escuela
de Ruzafa.

--Grande hereje es ese maestro, y no parece sino que el diablo hable
dentro de su cuerpo. Figúrate, hermano Antonio, que en todos los tonos y
con la firmeza del que asegura una verdad indiscutible, afirma que la
Santísima Trinidad es una farsa, que la misa es un sainete, que todas
las religiones son falsas y malas, sin exceptuar la católica; que el
hombre no debe creer en otra cosa que en su propia razón, y no sé
cuántos disparates más, que apoya siempre con testimonios sacados de las
endiabladas obras de Voltaire, Rousseau y demás filosofastros que
formaron la endiablada Enciclopedia. ¡Bien marcharía la Religión y
medrados estaríamos nosotros si el pueblo creyera lo mismo que ese
maestro hereje!

--El arzobispo se muestra admirado por el valor y la fuerza de voluntad
del preso.

--¿Qué es lo que hace?

--Los presos, en la cárcel de Valencia, están subyugados por la humildad
y los buenos sentimientos que demuestra el hereje. A sus perseguidores,
los hijos de la Fe, les devuelve palabras cariñosas por insultos; con
discursos halagadores anima a los presos a que sepan sobrellevar su
suerte y a no encenagarse en el vicio, y varias veces se ha despojado de
sus ropas en el rigor del invierno para cubrir las desnudeces de
empedernidos criminales.

--En muchas ocasiones he visto, con sorpresa, cómo algunos de esos
herejes, enemigos del rey y de la Religión, procedían tan santamente.
Misterio es éste que me llama mucho la atención, y aun me hace creer que
quien tan meritorias obras hace es el diablo, que se alberga en su
cuerpo, y que con tales demostraciones quiere atraerse a los incautos y
a los asombrados.

--Así será, reverendo padre. Vuestra sabiduría descubre siempre la
verdad.

--¿Y pregunta algo su ilustrísima?

--Sí. Consulta a vuestra reverencia de qué modo ha de proceder para
castigar a ese impío. Los buenos católicos de Valencia quieren
aprovechar tan buena coyuntura para restablecer la Inquisición, quemando
vivo al maestro en medio de la plaza del Mercado, y el arzobispo desea
saber si puede hacerse tal fiesta en honor de Dios, sin peligro de que
se queje el Gobierno de Su Majestad.

--Difícil es eso. Nuestra aliada, Francia, a quien debemos la caída de
la Constitución, no quiere consentir, a pesar de todo su realismo, que
vuelvan los felices tiempos de la Inquisición. Un auto de fe en una
capital tan importante como Valencia motivaría grandes protestas de las
potencias de la Santa Alianza.

--¿Qué es, pues, lo que debo contestar?

--Dile al arzobispo que se contente con ahorcar al impío Ripoll. Lo
importante es librar a la sociedad de un monstruo que tan descaradamente
blasfema de la religión y atenta contra los derechos de la Iglesia; lo
de menos es que muera achicharrado o pendiente de una cuerda. ¿No tiene
el arzobispo constituída una especie de Inquisición con el título de
Junta de la Fe? Pues que esa Junta se convierta en tribunal, y que
juzgue al maestro, condenándolo a muerte. Di a su ilustrísima que no
tema las reclamaciones del Gobierno, y que cuente con nuestra valiosa
protección. Si los embajadores se quejan ya sabremos arreglar el asunto.
Organizaremos otra conspiración como la de aquel Bessieres (que santa
gloria haya) y diremos a las potencias extranjeras que es necesario
dejar al pueblo amante del Rey y de la Religión que desahogue sus
instintos contra los liberales y los impíos, pues de lo contrario se
corre el peligro de que se subleven a cada momento los voluntarios
realistas.

--Reverendo padre, vuestro inmenso talento se manifiesta en todos los
asuntos.

Aquella nueva muestra de adulación rastrera causó grata impresión en el
padre Claudio, que permaneció durante algunos minutos silencioso, como
gozándose en sus ideas.

--Además--dijo al amanuense, cual si le acometiera súbita inspiración--,
los buenos católicos de Valencia pueden cumplir sus deseos. La horca
puede compaginarse con la hoguera. Di al arzobispo de Valencia que
ahorque a Ripoll primeramente y, después, que arroje su cadáver en un
tonel pintado de llamas. Será quemado aparentemente, pues el tal tonel
vale tanto como la hoguera del Santo Oficio. Por algo se ha dicho que
con la intención basta... Pasemos ahora a los informes de nuestros
agentes de Madrid.



II

La policía jesuítica


--¿Qué agentes son los que han venido hoy?--preguntó el padre Claudio a
su "alter ego" o, más bien, a su "socius", como se dice en el lenguaje
usado entre los hijos de Loyola.

--Esta tarde sólo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio,
el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la
embajada de Francia.

--Empieza por el último. ¿Cuáles son sus informes?

El amanuense consultó las abiertas páginas de un grueso cuaderno, en el
cual anotaba las delaciones de los espías de la Compañía, y después de
repasar las últimas notas con una rápida ojeada, contestó:

--El embajador piensa pedir mañana una audiencia al Rey para quejarse en
nombre de su Gobierno del carácter brutal que reviste la restauración
absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que
le acompañaban que está harto de las barbaridades de los realistas
españoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizándole para que
manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido
con su ejército una reacción que pone a España, en cultura y humanidad,
más abajo que el imperio de Marruecos.

--Eso es una exageración propia de un poeta como el ministro
francés--dijo el jesuíta sonriendo con expresión de desprecio.

--El embajador ha dicho, además--continuó el hermano Antonio consultando
de vez en cuando las notas--, que aunque su Gobierno no le ordenara tal
comisión, él la haría por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele
de la brutalidad de los victoriosos realistas. Además, ha dicho que de
todo cuanto sucede es culpable la Compañía de Jesús, y que no ha de
parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la
Orden.

--¿Eso ha dicho el botarate francés?--exclamó el padre Claudio sonriendo
de un modo que causaba miedo--. Ya voy cansándome de sus continuas
fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de él. A ver,
Antonio, cómo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.

Levantóse el secretario de su asiento, y colocándose casi en el centro
de la habitación, paseó su mirada rápidamente por los grandes estantes,
agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.

Después, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigióse
a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sacó una
abultada carpeta. ¡Ya estaba seguro aquel ratón de archivo de no
equivocarse!

Descargó el pesado paquete sobre la mesa, hojeó los diversos cuadernos
que contenía, y separó uno, cuya cubierta tenía este lema: "Nota
relativa al barón de La Tour-Royal, embajador de Francia".

--Aquí está--dijo el hermano Antonio enseñando el legajo a su superior.

--Busca la página referente al carácter, y lee.

Pasó el secretario algunas hojas, y encontrando al fin lo que buscaba,
comenzó a leer:

--Carácter del anotado. Enérgico, pundonoroso y susceptible. Como en su
mocedad se batió en la Vendée contra la Revolución, guarda ciertas
costumbres militares y es incapaz de tolerar ninguna ofensa. Se ha
batido muchas veces. Es hombre temible. Cree mucho en el rey y poco en
Dios. Antes de la Revolución fué de los nobles que aplaudían las
impiedades de Voltaire.

--No dice más, reverendo padre--añadió el lector.

--Dice bastante--contestó el padre Claudio--. Ahora mira en la sección
de documento útiles; tal vez encontrarás en ella dos cartas adheridas
que nos serán de gran provecho en esta ocasión.

El hermano Antonio volvió a buscar, y al poco rato tremolaba en la
diestra dos pequeños pliegos.

--Aquí están, reverendo padre.

--Mira la firma, y ve si son de la señora baronesa de "La Tour-Royal".

--Efectivamente, reverendo padre. A lo que veo, son dos cartas de amor.

--Así es. La esposa del embajador hace más de un año que tiene por
amante a un gallardo oficial de la Guardia, y a él van dirigidas las
tales cartas. El oficial es antiguo penitente de un padre de la Orden, y
éste logró arrancárselas. Mañana las enviarás con persona de confianza y
en sobre cerrado a ese embajador tan lenguaraz, para que se convenza de
su deshonra.

El secretario miró a su superior con la expresión de un discípulo ante
el maestro. Con ser él un malvado sin escrúpulos ni preocupaciones,
reconocíase pequeño ante el padre Claudio.

--Ahora veremos--continuó éste--si el embajador de Francia sigue
haciéndonos daño. Nuestros informes nunca mienten. Ese hombre tiene un
carácter belicoso e incapaz de sufrir la más leve mancha en su honor. Se
ha batido en varias ocasiones, y ahora se batirá otra vez con ese
militar elegante que posee a su mujer. Si le mata el oficial, nos
libramos para siempre de tan enojoso enemigo, y si él mata al amante de
su esposa, el suceso causará suficiente escándalo para que el Gobierno
francés le releve del cargo y lo llame a París. De un modo o de otro nos
libraremos de ese enemigo de los defensores de Dios.

El secretario había quedado como embelesado por la diabólica astucia del
superior, pero éste no podía permanecer inactivo mucho tiempo.

--¿No tienes más noticias de la Embajada? Pues a otro asunto. A ver lo
que dijo el empleado de Gracia y Justicia.

--No son gran cosa sus revelaciones en comparación con las de otros
días.

--¿Qué hace Calomarde?

--Nada entre dos aguas y quiere estar bien con tirios y troyanos para
hacer mejor su santa voluntad.

--Obra mal el bueno de don Tadeo siguiendo esa conducta. Eso de halagar
al mismo tiempo a unos y a otros para explotarlos mejor a todos, sólo lo
podemos hacer los jesuítas, y el que quiera imitarnos corre peligro de
que le declaremos la guerra.

--Calomarde se permite ya tener voluntad propia y olvida que fué vuestra
reverencia quien lo elevó al ministerio.

--Es un hijo ingrato. Nos sirve de buena voluntad, pero algunas veces
olvida su deber. Habrá que echarle una buena reprimenda.

--Hoy mismo ha dado dos excelentes canonicatos a unos paisanos suyos,
dejando para otra vacante que se presente a un recomendado de vuestra
reverencia. Además, en la confiscación de los bienes de los emigrados
liberales se queda la mayor parte de los productos de las ventas y sólo
nos envía a nosotros miserables cantidades, y esto a regañadientes. A
pesar de portarse mal, se ha hecho tan desvergonzado, que en su despacho
ha tenido el atrevimiento de decir que estando bien con el rey, le
importa muy poco quedar mal con los jesuítas.

--¿Eso ha dicho?--exclamó con sorpresa el padre Claudio.

--Así lo ha asegurado nuestro agente, que es hombre incapaz de mentir.

--Ya arreglaremos las cuentas al ministro favorito de Su Majestad. Saca
del archivo la nota referente a la vida y actos de don Tadeo, y en la
sección de documentos útiles encontrarás la carta dirigida al obispo de
Sigüenza, acusándole recibo de los tres mil duros a cambio de la mitra.
Bien es verdad que don Tadeo destinó de dicha cantidad treinta mil
reales para nuestra Orden, por gastos de comisión; pero esto no consta
en la carta, y además, el bueno del ministro se guardará mucho de
decirlo. ¡Bonita será la cara que haga Su Majestad mañana al enseñarle
yo el documento en que el ministro favorito se delata tan claramente!
Cuando el rey le eche una filípica que le ponga las orejas coloradas,
don Tadeo adivinará de dónde procede el golpe, y en adelante será más
cauto y tratará con más respeto a nuestra Orden.

--¿Busco ahora la carta, reverendo padre?

--No; mañana me la darás cuando vaya a Palacio a la hora de la misa.
¿Qué más hay en el ministerio?

--Nada que nos interese.

--Pasemos pues, a las revelaciones del camarero de Palacio. Es buena
persona, muy temeroso de Dios y de sus representantes, y estoy por decir
que es el mejor de nuestros agentes.

--Soy de la misma opinión.

Y el hermano Antonio, después de halagar otra vez con tales palabras la
vanidad de su superior, consultó las notas y comenzó a decir:

--Las noticias de Palacio son, como de costumbre, abundantes, aunque no
de gran importancia. ¿Por dónde le parece a vuestra reverencia que
comencemos?

--Di primero todo lo referente al rey.

--Su Majestad se muestra algo preocupado por la actitud de Francia y las
demás potencias de la Santa Alianza, las cuales no le dejan respirar ni
obrar con libertad, pues, como de costumbre, apenas da una ley contra
los liberales, llueven sobre él amenazadoras notas diplomáticas, en las
que los soberanos le aseguran que van a dejarlo solo si se obstina en
extremar la reacción. Aún se preocupa más de la falta de buenos espadas
desde que Pedro Romero se retiró del arte a causa de sus achaques y de
la decadencia que viene notándose en el ganado que se presenta en la
plaza de Madrid.

El hermano Antonio miró de reojo al padre Claudio, y viendo que se
sonreía despreciativamente, creyó muy del caso el imitarle.

--Anoche--continuó el amanuense--hablaba en su tertulia de la necesidad
de remediar prontamente esa decadencia que deshonra a la nación, y
apuntó la idea de establecer en Sevilla una escuela de tauromaquia.
Calomarde se atrevió a hacerle algunas objeciones, y el rey consintió en
dejar la realización de tal proyecto para más adelante.

--¿No hay nada referente a la vida secreta?

--Sí, reverendo padre. El rey muestra ahora gran afición por una manola
que vive cerca de la puerta de Toledo y es hija del tío Quitapellejos,
honrado dependiente del Matadero. El duque de Alagón le acompaña muchas
noches a la casa de esa rústica beldad. Esta nueva conquista es en
Palacio desconocida para todos menos para nuestro agente, que ha logrado
descubrirla a fuerza de paciencia y astucia.

--Desconocida es tal aventura, pues ni aun yo tenía noticias de ella. ¿Y
qué hace el rey con la condesa de Baselga?

--La baronesa de Carrillo pasa en la corte todavía, para los que se
precian de conocer los regios secretos, como la querida predilecta de Su
Majestad; pero lo cierto es que don Fernando (que Dios guarde) parece
hastiado de ella, pues sólo acude a sus citas de tarde en tarde, y más
por la fuerza de la costumbre que por la del amor.

--Mala noticia es ésta--dijo el padre Claudio poniendo la cara seria--.
Pepita, gracias a sus relaciones con el rey, nos presta grandes
servicios. Nosotros tenemos gran influencia en el ánimo de Su Majestad;
pero aquello que éste no nos concede, lo alcanza la baronesa cuando
tiene a su regio amante ebrio de lujuria entre sus brazos. ¿Qué hacemos
si el rey abandona definitivamente a la hermosa señora de Baselga y va
en busca de las manolas del Matadero?

--La noticia es tanto más grave cuanto que nuestro agente asegura que
don Fernando está cada vez más enloquecido por la hermosa hija del
matarife, y muchos días espera con impaciencia la noche para dirigirse a
su casa.

--Lo comprendo; es la pasión senil. El último amor de un viejo, o sea la
lujuria más terca y persistente. Será necesario poner en juego toda la
linda locura de Pepita, y que invente nuevas gracias para atraerse al
rey.

--Será inútil, reverendo padre, pues Pepita, según los informes, está
también cansada del soberano y busca distracción a su tedio, llamando a
su casa, siempre que su marido está de servicio en Palacio, a un guapo
mozo que figura como agregado a la Embajada inglesa y que se llama el
"baronet" sir Walace.

El padre Claudio, a pesar del imperio que tenía sobre sus sensaciones,
mostró algún asombro ante aquella revelación que no esperaba, y murmuró
con enfado:

--Ya hace tiempo que creo, con razón, que con mujeres nada puede
hacerse. Esa Pepita es una...

Y el hermoso jesuíta largó una palabra tan castellana y clásica como
poco culta. Después dijo con voz más fuerte:

--Hace mucha falta en aquella casa el señor Antonio. Cuando el general
de nuestro instituto envió desde Roma la orden para que el viejo
volviera a América, donde podría servir mejor nuestros intereses,
presentí que pronto nos sería muy necesaria su presencia. Si él
estuviera en casa de la baronesa, ni entraría ese inglés ni Pepita
hubiera dejado escapar al veleidoso rey; pero está casi sola, su marido
es un imbécil que no ve ni oye más que cuanto su mujer quiere, y ya dice
el refrán que la cabra apenas se ve suelta siempre tira al monte. Lo
vuelvo a repetir: esa Pepita es una perdida, digna de que la abandonemos
y aun de que digamos a su marido todo cuanto hace, para que éste, que es
un barbarote, la estrangule sin misericordia.

Y al decir esto el padre Claudio, brillaba en sus ojos aquella chispa
maligna que transfiguraba su rostro de un modo horrible, poniéndolo en
armonía con su oculto pensamiento.

--Nada se pierde--añadió el jesuíta cuando pasó el primer ímpetu de su
rabia--en echar un buen sermón a Pepita, que la lleve nuevamente a la
buena senda. Es una loca tan inclinada a la devoción como a
prostituirse, y tal vez tocando sus aficiones religiosas la arrastremos
nuevamente a sufrir pacientemente las caricias del rey, que, en verdad,
no deben ser muy gratas para una mujer joven y hermosa.

--Difícil lo veo, reverendo padre. La baronesa está tan entusiasmada con
el inglés, que, según las revelaciones de nuestro agente, en el baile
que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultándose tras los
cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y
solitarios.

--La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas
locuras, pero con una gran dosis de ambición. Mientras fué en Madrid una
desconocida, nos obedeció fielmente, cifrando todo su empeño en agradar
al rey; pero desde que conoció al conde de Baselga y se casó con él,
viéndose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los más lindos adornos
de la corte, ha dado por satisfecha su ambición y hoy únicamente piensa
en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su
variable voluntad. Mañana hablaré con ella y le haré entender que, si
por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para
romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojándola en la
desgracia.

--En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al
marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.

--Habla, hermano Antonio.

--Nuestro agente sorprendió el otro día algunas palabras de la
conversación que en la antecámara de la reina sostenía la duquesa de
León con otra dama de honor.

--¿Qué tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de León?

--Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el
de Baselga conociera a doña Pepita, era su querida y hasta se cree que
corría con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la
confección de sus uniformes.

--Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en
nuestra nota acerca de la duquesa de León. ¿Y cuáles eran las palabras
de ésta?

--Aunque nuestro agente no escuchó toda la conversación, comprendió
inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La
duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba frío e
indiferente por culpa de su esposa, que le tenía sujeto con sus
embelecos y que, en cambio, le hacía traición, no con un amante, ni con
dos. Cuando nuestro agente se acercó más, la duquesa hablaba
misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de
terribles pruebas de que podía disponer.

--Eso es muy grave--dijo el padre Claudio--. Pepita puede oír nuestros
consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sería un tremendo
inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa,
pues el tal Baselga es un gañan algo idiota que no conoce eso que en el
mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir
como amante de su esposa ni aun al mismo rey.

Quedóse reflexionando un buen rato el padre Claudio, y al fin añadió:

--La duquesa de León es un gran peligro. La conozco bien y sé que es una
mujer terca capaz de cumplir cuanto diga. Además, esas viejas
libidinosas, cuando se enamoran de un hombre, no retroceden ante ningún
obstáculo. Si ella ha hablado de pruebas, es porque las tiene o piensa
adquirirlas pronto... Afortunadamente, la duquesa es penitente mía y
podré dentro de pocos días sondear su conciencia desde el confesonario.

Calló el jesuíta por algún tiempo, y al fin añadió con aire de hombre
preocupado:

--Sin embargo, no dejan de interesarme esas pruebas de que habla la
duquesa. ¿Adivinas tú cuáles pueden ser, hermano Antonio?

--No, reverendo padre. Doña Pepita no es mujer capaz de haber escrito
cartas a sir Walace ni al lindo frailecito de la Merced, que es el
amante que tuvo antes del inglés y cuyas relaciones tan hábilmente supo
estorbar vuestra reverencia. No existiendo cartas, no sé qué pruebas
pueda tener la duquesa de León.

--Hay otra prueba más terrible y concluyente que una persona astuta,
como lo es la duquesa, podía aprovechar si nosotros no estuviéramos
alerta.

--¿Cuál es, reverendo padre?

--El testimonio de la mujer que asistió a Pepita en su parto, la cual
puede citar la fecha cierta en que éste se verificó.

--Reverendo padre, esa mujer ya sabéis que es mi madre. Ella hace cuanto
yo quiero y nunca traicionará los intereses de la Compañía.

--En ello confío. Ya sabes que buscamos a tu madre para tan delicada
misión confiando en tu palabra, y tampoco debes olvidar que a mí me
debes cuanto eres, y que así como puedo encumbrarte más alto de lo que
te imaginas, puedo arrojarte al suelo y aniquilarte como un insecto si
es que haces traición a la Orden.

--Lo sé, padre mío, lo sé perfectamente--dijo el secretario sonriendo
con afectada humildad.

Reflexionó el padre Claudio y añadió con tono imperativo:

--Dirás mañana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la
duquesa de León, procurando penetrar en sus propósitos. Yo buscaré el
medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procuraré
extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre
vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos
a otros asuntos. ¿Qué más se dice en Palacio?

--En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa,
doña Francisca, como el obispo de León, preparan una sublevación en
Cataluña, en la que entrarán todos los realistas descontentos con la
política que actualmente sigue don Fernando.

--Me voy convenciendo de que estos realistas son gente más levantisca e
ingobernable que los mismos liberales...; pero más vale así, pues hay
que reconocer que don Carlos, príncipe piadoso, amante de Dios y
obediente en todas ocasiones al clero y a la Compañía de Jesús, sería
más buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religión y sumiso
a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la
carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altísimo para
irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.

--Don Carlos haría la felicidad de España.

--Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones políticas.
Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que
discurran por él. Sin embargo, en esta ocasión, te digo que estás en lo
cierto. Don Carlos, rey, sería para nosotros tan ventajoso como tener un
individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy
problemática, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo
dudoso. ¿Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y
dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algún día llega su
triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los
primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta
política, que es la que debe seguir todo buen jesuíta.

El secretario acogió la lección con aire de gratitud y creyó del caso
dar a su rostro una expresión de asombro, que interpretaba la admiración
producida por las palabras de su maestro.

--Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los
trabajos del día sólo hay que añadir la plática que he tenido esta tarde
con el brigadier Chaperón, presidente de la Comisión militar permanente
de Madrid.

--¿Ha venido aquí ese bárbaro?

--Sí. Quería visitar a vuestra reverencia y saber de propios labios si
estabais satisfecho de su conducta, y me ha dicho, con el aire de
satisfacción propio del que cumple con su deber, que si en el mes pasado
ahorcó siete liberales en la plaza de la Cebada, en el presente piensa
que lleguen a una docena, además de que tiene en lista unos doscientos
individuos parientes hasta de sexto grado y amigos de vista de los
emigrados revolucionarios, los cuales a la mayor brevedad serán enviados
a los presidios de Africa.

--Chaperón es un partidario tan decidido de la causa de Dios y del rey,
que el Gobierno debía citarlo como modelo digno de imitación a esas
comisiones de las provincias que sólo envían cada vez un liberal a la
horca. ¡Lástima que tan perfecto campeón de la Fe sea un poco imbécil y
no se le pueda confiar otro trabajo que el exterminio de los
revolucionarios!

--El brigadier desea que vuestra reverencia le recomiende al rey, y que
éste, en vista de sus nobles servicios a la causa del absolutismo, le
conceda un ascenso, una gran cruz o cualquiera otra distinción.

--Puede contar con ello. Hoy somos nosotros los dueños de la situación,
y cuanto indicamos se realiza inmediatamente.

El jesuíta, al decir esto, inclinó la cabeza sobre el respaldo del
sillón, y con los ojos cerrados permaneció algunos instantes sonriendo,
como el que paladea risueñas y halagadoras ideas.

--Hermano Antonio--dijo de pronto el jesuíta, estremeciéndose para
sacudir el dulce sopor que le había acometido--. A ti te lo digo todo
porque tengo confianza en tu discreción y me siento inclinado a tratarte
con franqueza. Los asuntos de nuestra Orden en España no pueden ir
mejor. Después de la caída de la Constitución, el rey se ha arrojado por
completo en nuestros brazos, y esta tarde misma, al volver de su diario
paseo, y en uno de los salones de Palacio, ha dicho ante la turba
cortesana, en la que figuraban los generales de los dominicos, de los
franciscanos y de otros institutos religiosos, que sólo tiene confianza
en los jesuítas, que sólo fía en nuestra fidelidad, y que si antes de
1820 hubiéramos sido nosotros sus consejeros de gobierno, seguramente
que no hubiera triunfado la revolución. ¿No es esto suficiente motivo
para mostrarse satisfecho? ¿No te sientes orgulloso de pertenecer a una
Orden que tanta admiración inspira a su rey?

--¡Oh, seguramente, reverendo padre!

Y el secretario, al decir esto, no mentía, pues sus mejillas
cadavéricas, coloreadas por un fugaz rubor, demostraban lo caldeada que
estaba su soberbia por tales palabras.

--Comienzan ya--continuó el padre Claudio--a brillar para nuestra Orden
aquellos felices días del reinado de Carlos II, en que éramos dueños de
la nación y movíamos a nuestro gusto los resortes del Estado. Ya no nos
veremos obligados a asustar a los reyes como lo hicimos con el impío
Carlos III, enemigo de nuestra preponderancia, organizando el motín de
Esquilache y enviándole anónimos en que le amenazábamos de muerte. Nadie
nos arrojará de aquí; somos los amos y ya no tendremos que esgrimir
pistolas ni puñales, como lo hicimos en Portugal con el rey José y en
Francia con Enrique III y Enrique IV. ¿Para qué?... Hoy los reyes, en
vez de nuestros mortales enemigos, son nuestros lacayos, viven la vida
que nosotros les damos y están sujetos a nuestra voluntad. En el régimen
absolutista, el rey es un sol cuyos rayos llegan hasta el antro más
obscuro de la nación, y, sin embargo, la luz de ese sol nosotros la
mantenemos...; nosotros, que trabajamos en la densa sombra.

Y el padre Claudio, al decir esto, reía sarcásticamente. Su secretario
le imitaba; pero esta vez no era por adulación, sino porque le producía
inmenso placer la completa victoria del aborto de Loyola.

--Nada puede oponerse a nuestro soberano poder--continuó el jesuíta
levantándose de su asiento, impulsado por la fiebre del entusiasmo y
repeliendo al gatazo que hasta entonces había estado enroscado sobre sus
piernas--. ¿Ves a don Tadeo Calomarde, que se cree omnipotente sólo
porque el rey le aprecia a causa de su actividad de ardilla? Pues que
procure que yo no levante mi omnipotente mano pues de un revés lo
arrojaré del ministerio cuando quiera, y se verá pobre y desgraciado, si
es que no va a morir en la horca como otros favoritos regios. ¡Y qué
digo Calomarde! El mismo don Fernando caería, si alguna vez se mostrara
rebelde a nuestros mandatos y no quisiera adoptar las dulces
insinuaciones de nuestra Orden. En las arcas de la Compañía hay dinero
suficiente para comprar un reino y para armar un ejército ante el cual
el de Jerjes parecería miserable pelotón; y en cuanto a gente que nos
defendiera, demasiado sabes que en España tenemos hoy más de la que
podamos desear. Mira, Antonio; mira una vez más, y podrás convencerte de
que España es nuestra.

Al padre Claudio el entusiasmo y la contemplación de la grandeza que su
persona representaba, poníanle nervioso y le hacían pasearse por la
habitación con la impetuosidad de una fiera que encuentra pequeña su
jaula.

Al decir sus últimas palabras, cogió el gran quinqué que estaba sobre la
mesa, y levantándolo al nivel de su cráneo, bañó en luz el colosal mapa
de España, que ocupaba la pared libre de armarios.

--Pasea bien tus ojos por ese mapa--continuó diciendo a su secretario--,
y verás cómo España semeja un pedazo de firmamento en el que las cruces
negras brillan tan compactas e innumerables como las estrellas en el
cielo.

Efectivamente, sobre aquel mapa destacábanse un sinnúmero de crucecillas
negras de varios tamaños, que parecían esparcidas a la ventura, pero que
ocupaban los mismos sitios que las ciudades, los pueblos y los lugares
sin importancia en los mapas ordinarios. Bajaban serpenteando a lo largo
de las costas, saltaban a las cercanas islas, extendíanse sobre las
tortuosas cordilleras, enseñoreábanse de las provincias del centro y
hasta ocupaban las Canarias y las Antillas, que en cuadro aparte
figuraban a un extremo del mapa.

Estaban tan inmediatas las cruces, que sus aspas casi se tocaban unas
con otras y formaban como una negra red que envolvía el territorio
español, dándole el aspecto de un insecto enredado en fúnebre telaraña.

El padre Claudio, con la cabeza erguida y la soberbia expresión de un
general ante su ejército, abarcó de una mirada la colosal obra de su
Orden, y sonriendo después con aire satisfecho, continuó:

--Ya sabes tú lo que representan estas cruces. Cada una de ellas
equivale a un miembro que desde aquí puedo yo mover a mi voluntad, así
como a mí y a todos los vicarios que están al frente de una nación nos
maneja el general desde Roma, y cómo a éste lo impulsa Dios. Las cruces
más grandes representan ciudades de importancia, donde hay colegios y
casas profesas que hacen una continua propaganda en favor de la Orden;
las medianas son poblaciones de menor importancia donde tenemos misiones
permanentes, y las más pequeñas equivalen a lugares y villorrios, en lo
que no nos faltan amigos fieles y obedientes a nuestros mandatos. España
entera tiene su centro y su eje en esta habitación. Para moverla y que
se alce en éste o en otro sentido, el mismo día y a la misma hora, sólo
es necesario que tú tomes la pluma y yo te dicte. ¿Hay alguien que posea
tan inmenso poder? ¿Quién es más dueño de España: don Fernando VII o
nosotros? ¡Ah! Si todos los reyes comprendieran de lo que la Orden es
capaz y los sujetos que los tiene, no nos concederían tanta estimación
ni nos protegerían. ¿Ves cuánto se afana el infante don Carlos por
quitarle la corona a su hermano? Pues todo cuanto haga será inútil si
nosotros permanecemos impasibles, y en cambio dentro de un mes ocuparía
el trono si así conviniera a los intereses de la Orden; para esto
bastaría que yo hiciese un llamamiento a nuestros innumerables agentes.

La contemplación de su propio poder pareció calmar al padre Claudio, que
recobrando su aspecto habitual, frío y sonriente volvió a dejar el
quinqué sobre la mesa, y fué a sentarse junto al brasero, mientras su
secretario le miraba con admiración.

--Reverendo padre--dijo tras una larga pausa el hermano Antonio--. Cada
vez me siento más orgulloso de pertenecer a la Orden de nuestro santo
padre San Ignacio, y cuando os oigo hablar con acento tan inspirado me
miro con asombro pues me parece que yo, miserable gusanillo, crezco al
compás de vuestras palabras hasta convertirme en un gigante.

El padre Claudio se sonrió por aquella lisonja, y dijo a su secretario
con tono protector:

--Crecerás, no lo dudes; crecerás, hermano Antonio; pero es preciso,
como antes te dije, que permanezcas fiel a nuestra Orden y que jamás me
hagas traición a mí, que soy tu superior. Tienes condiciones para
brillar en nuestra sociedad. Eres astuto, conoces a los hombres, sabes
aprovecharte de sus debilidades, no reparas en los medios y, sobre todo,
el bien y el mal son indiferentes a tus ojos, pues uno y otro valen lo
mismo y deben emplearse en una empresa siempre que así convenga. Con
tales condiciones se puede formar un excelente jesuíta, y tú lo serás.
Sólo te falta despojarte de ciertas preocupaciones mundanas. Todavía
eres hombre y te falta algo para convertirte en un completo hijo de
Loyola, que debe ser máquina inconsciente para los mandatos de los
superiores, e inteligencia despierta para cuantos se encuentran a un
nivel más bajo.

--Reverendo padre--dijo con humildad el jesuíta--. Yo hago cuanto puedo,
y siento no tener más voluntad para aprovecharme de vuestras notables
lecciones.

--Si me sigues e imitas en todos mis actos, puedes llegar a ser como mi
sombra, y algún día, cuando la Orden me llame a más altos destinos,
ocupar tú la dirección de España, que hoy desempeño. Yo siento simpatía
por ti, ¿por qué he de ocultarlo? En tus actos veo mi propia
personalidad como en un fiel espejo, y reconozco que tus facultades son
iguales a las mías para ayudar a la conquista del mundo en nombre de
Dios, que es el fin que persigue nuestra Orden. Unicamente hay en ti
defectos que afean tu mérito y que yo corregiré.

--Decid, padre mío; os escucho ansioso.

--Eres desordenado hasta el punto de que parezca que has declarado una
cruda guerra al método. En esta misma habitación tienes una clara
muestra de tu defecto culminante. Los papeles más importantes están
archivados con el orden más caprichoso y extravagante, y documentos
preciosos ruedan a cada momento sobre sillas y mesas, sin método alguno.
Tú te entiendes y sabes guiarte en tal dédalo, pero esto no impide que
te agites en un caos incomprensible para los demás, por lo mismo que tú
eres su único creador. Te parecerá nimia tal vez esta observación, pero
has de saber que en un jesuíta lo más esencial es un orden rígido e
inmutable, al cual deben sujetarse su persona y sus actos. Tu vida debe
ser semejante al reloj de la alta torre que lo mismo en los días serenos
que en medio de la tempestad, deja oír sus horas impasible y con igual
indiferencia. El desorden es indicio de carácter propio, y el jesuíta
debe perder todo lo que le sea personal y le emancipe de las reglas de
la Orden. Mírame, estudia mis actos, y verás cómo la pulcritud y el
orden, que siempre acompañan a la verdadera astucia, facilitan mucho el
éxito de las empresas.

El hermano Antonio escuchaba atentamente la lección de su superior,
quien continuó con su acostumbrado aire de protección:

--Además, tu terrible defecto, al par que te hace desmerecer como buen
secretario, te pierde como campeón de nuestra Orden. Como eres
desordenado, gustas de los golpes ruidosos y de efecto, y muchas veces
atacas antes de hora, lo que facilita la defensa del enemigo. Tu odio es
terrible, pero tiene el tremendo inconveniente de que puede ser leído en
tu rostro mucho antes de que estalle. Imítame a mí, que me encubro con
el contrario bajo la forma más agradable. Si cuantos me rodean me
conocieran bien, temblarían en el instante que yo sonriera más
placenteramente.

Quedó unos instantes silencioso el lindo padre acariciando con aire
distraído al gato, que había vuelto a colocarse sobre sus piernas, y de
repente agarró una de las patas delanteras del felino, y extendiéndola,
dijo al secretario:

--Aquí tienes la verdadera imagen del perfecto jesuíta. Este animal
acaricia con su fina mano, toma un aire humilde que atrae y cuando menos
se espera hace valer sus afiladas uñas, que oculta cuidadosamente.
Nosotros somos los gatos, que nos tendemos humildemente a los pies de la
sociedad, pidiéndola su calor y su protección; el que se deje acariciar
por nosotros que tenga por seguro el arañazo.

El secretario púsose a reflexionar sobre la metáfora de su maestro, pero
cuando estaba en lo mejor de sus reflexiones fué llamado a la realidad
por tres rudos golpes de timbre que sonaron dentro de la casa aunque
algo lejanos.

--¡Tres toques!--dijo el padre Claudio--. Una carta es. Antonio, marcha
a recogerla inmediatamente, pues, traída a estas horas, debe tratar de
asuntos interesantes.



III

El lobo de París al lobo de Madrid


--Carta es, reverendo padre--dijo el secretario al volver a entrar en el
salón--. Acaba de traerla el portero de nuestro colegio, y dice que aún
no hace un cuarto de hora se la ha entregado el correo de Burgos, el
cual ha llegado con retraso a causa de las nieves que obstruyen el paso
del Guadarrama.

--¿De dónde viene la carta?

--A juzgar por el sobre, procede de París.

--Ya hacía tiempo que no teníamos noticias de nuestros hermanos de
Francia. A ver, hermano Antonio, rompe el sobre y dame su contenido.

El padre Claudio acercó su sillón a la luz y recibiendo el pliego que su
secretario le tendía respetuosamente, paseó rápidamente su vista por él.

Estaba escrito en latín, con caracteres menudos y erizados de
caprichosos rasgos.

Decía así:

                                [cruz]

                              A. M. D. G.

     "El Vicario General de Francia al Vicario General de España; Salud
     y la bendición de Cristo.

     Respetable hermano: Conviene a los intereses de nuestra Orden que a
     la mayor brevedad enviéis informes completos acerca de la vida de
     don Ricardo Avellaneda, y una relación detallada de todos los
     bienes que posee en España, en concepto de administrador legítimo
     de su hija María, único fruto de su difunta esposa.

     El señor Avellaneda fué de los españoles que en 1808 se unieron a
     Napoleón y su hermano José Bonaparte y a quienes el pueblo llamaba
     "afrancesados". Desempeñó altos cargos en la corte del rey intruso,
     y cuando éste tuvo que huir a Francia, él siguió a su soberano, y
     desde entonces vive en París, no queriendo volver a España, a pesar
     de las amnistías, por miedo a los insultos de liberales y
     reaccionarios.

     Su mujer fué patriota y se separó de él por no seguirle en la
     traición. Como los cuantiosos bienes eran de esta señora, que hizo
     bastantes donativos para el sostenimiento de las tropas españolas,
     las llamadas Cortes de Cádiz respetaron su fortuna y no la
     confiscaron como hicieron con otras familias afrancesadas.

     Dichos bienes ascienden a unos quince millones de francos, según
     nuestros informes.

     Enteraos vos por ahí para ver si estamos engañados, y decidnos el
     resultado de vuestras gestiones.

     El asunto es de gran interés para nuestra Orden, pues se trata de
     que los quince millones ingresen en nuestro tesoro.

     Tan gran fortuna sólo tiene derecho a percibirla una niña, que en
     la actualidad cuenta ocho años de edad y que nació aquí cuando la
     esposa del señor Avellaneda se decidió a hacer las paces con su
     marido y vivir con él en París.

     La señora de Avellaneda murió hace un año; su esposo está algo
     resentido en su parte moral, y al paso que va pronto caerá en
     completa imbecilidad. En cuanto a la niña, tiene aficiones a la
     vida monástica, que nosotros nos encargaremos de fomentar. Hemos
     conseguido introducir en la casa a uno de nuestros hermanos, que es
     español, el cual ejerce gran influencia sobre la hija, y es
     probable que también logre conquistar al señor Avellaneda.

     El día en que la joven sea mayor de edad y pueda disponer, con
     arreglo a las leyes, de su colosal fortuna, estará ya en un
     convento, y entonces la Compañía será su heredera, pues María, al
     abrazar la vida monástica, renunciará antes sus bienes terrenales
     en favor nuestro.

     Vuelvo a recomendaros la urgencia en los informes que os pedimos,
     pues ya veis que el asunto es de importancia.

     Que el corazón de Jesús sea con vos y os conceda largos años de
     vida.

                        Fabián Renard (S. J.)"



Cuando el padre Claudio hubo terminado la lectura de la carta, quedóse
pensativo y murmuró:

--No es mal golpe el que preparan nuestros hermanos de París. Quince
millones de pesetas son un bocado que aquí en España sólo muy de tarde
en tarde se ofrece a nuestra voracidad.

El jesuíta dió después la carta a su secretario para que a su vez la
leyera, y cuando hubo terminado le dijo:

--Buscarás mañana mismo esos informes que se nos piden de París.

--No es tarea fácil, reverendo padre. En nuestro archivo sólo hay notas
muy incompletas sobre el señor Avellaneda, pues éste figuró en España
cuando nuestra Orden estaba expulsada, y marchó al extranjero antes de
nuestra restauración.

--Irás mañana, en nombre mío, al ministerio de Hacienda, y el señor
López Ballesteros nos proporcionará los datos que deseamos acerca del
valor y calidad de los bienes de Avellaneda. En cuanto a la carta del
vicario de Francia, debes unirla a la nota del señor Avellaneda, pues
tal vez algún día tengamos los jesuítas de España relaciones íntimas con
dicho señor. Si los sesenta millones de reales llegan a escaparse en
Francia de nuestras garras, aquí los buscaremos hasta apoderarnos de
ellos.

El secretario se levantó para buscar en el archivo; pero en el mismo
instante volvió a sonar la campanilla de antes, sólo que ahora dió cinco
toques con diferentes intervalos. Aquello era una especie de telegrafía
acústica que comprendieron perfectamente los dos jesuítas.

--Es una visita--murmuró el padre Claudio--. ¿Quién podrá ser a estas
horas? Hermano Antonio, sal a recibir al que llega. Debe de ser un
amigo, ya que lo deja pasar nuestro portero.



IV

Los pesares de Baselga.


--El señor conde de Baselga--dijo Antonio, volviendo a entrar en el
despacho.

Más allá de la puerta sonaban pasos ruidosos y desiguales, que se
acercaban rápidamente, acompañados del metálico retintín de unas
espuelas. Al fin, don Fernando Baselga entró cojeando en la habitación.

El campeón del 7 de julio estaba algo desfigurado. Tres años habían sido
suficientes para robarle mucha de su antigua gallardía, y tanto la
cojera como una prematura obesidad encubrían con cierto aire de pesadez
su antiguo aspecto marcial.

Atento siempre a presentar un continente interesante, el gallardo
soldado del absolutismo, que tanto se distinguía en paradas, ejercicios
y guardias, marchando con varonil contoneo al frente de su compañía, no
podía ahora conformarse con la necesidad de marchar cojeando a la vista
de las damas palaciegas y de sus mismos subordinados; así es que cuando
Fernando VII, restablecido en su trono de monarca absoluto, quiso
premiar los servicios de tan excelente partidario dándole las
charreteras de comandante, Baselga solicitó la merced de pasar a servir
en la caballería de la Guardia, con la esperanza de que, puesto su
airoso cuerpo sobre un inquieto corcel, nadie notaría aquel tremendo
defecto físico, que aún le hacía odiar más encarnizadamente a los
liberales.

Cuando el comandante, después de besar reverentemente la mano del padre
Claudio y accediendo a las indicaciones de éste, se sentó frente a él al
amor del brasero, paseó sus ojos con curiosidad por toda la habitación,
demostrando a la vista de tan gran cantidad de papeles el asombro propio
del que tiene la lectura y escritura por necesidades de último orden y
sólo muy de tarde en tarde hace uso de ellas.

--Ante todo--dijo Baselga, después de satisfacer un poco su
curiosidad--, debo pedir a usted, padre mío, mil perdones por la
libertad que me tomo al venir a buscarle a este sitio sin su permiso.

--Querido hijo, usted ya sabe el cariño que, tanto yo como toda la
Orden, le profesamos, y que puede buscarme en todas partes así como
necesite de mi humilde persona.

--He estado en la casa profesa a preguntar por usted, manifestando que
tenía alguna urgencia en verle, y el padre Echarri me ha encaminado a
esta casa, en la que sólo admite usted las visitas de muy contadas
personas; distinción que, en el caso presente, me honra sobremanera.

--Los negocios son muchos, querido conde; el tiempo muy limitado, y hay
que aislarse un poco para huir de las estorbosas visitas de los
importunos. Por esto ocupo esta casa, antigua mansión de los marqueses
de Orduña, personas devotísimas que en el siglo pasado la cedieron a
nuestra Orden. Cuando don Carlos III (a quien Dios perdone) nos expulsó
de España, esta casa quedó cerrada, guardando el archivo que ahora ve
usted y que no lograron descubrir los alcaldes del rey, pues eran pocas
las personas que conocían su existencia, así como tampoco que fueran
jesuítas los que vivían en el viejo palacio. Aquí han vivido y trabajado
mis antecesores en la dirección de la Orden, y aquí estoy yo, que,
rodeado de tan preciosos documentos y evocando los pasados recuerdos,
trabajo con más fe y me siento más fuerte y hasta con mayor confianza en
las bondades de Dios.

Permanecieron silenciosos los dos interlocutores después de tales
palabras; Baselga, mirando con atención la parte de los armarios adonde
llegaba la luz de la lámpara, y el jesuíta contemplando con aire
interrogador al comandante, como esperando que éste manifestase el
objeto de la visita.

Por fin el padre Claudio notó que Baselga miraba con cierto recelo al
hermano Antonio, el cual había vuelto a sentarse junto a la mesa y
escribía con la indiferencia de un autómata.

El jesuíta comprendió que la presencia del secretario estorbaba al
conde, y dijo con acento de superioridad benévola:

--Hermano Antonio, retiraos, que ya habéis trabajado hoy bastante.

Salió el secretario, después de saludar con dos reverentes cortesías, y
apenas se hubieron perdido sus pasos a lo lejos, Baselga dió un suspiro,
que tenía algo de rugido, y con expresión infantil exclamó, inclinando
su gigantesco cuerpo sobre el jesuíta:

--¡Padre mío! Soy muy desgraciado.

--¿Desgraciado usted?--dijo el jesuíta con extrañeza--. Señor conde, eso
es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es
usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija
encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su
casa; goza en Palacio de una envidiable posición; ¿qué más puede usted
desear?

--No me quejo de mi suerte--contestó Baselga con aire contrito--. Dios
me ha dado mucho más de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en
mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeñada en
hacerme desgraciado.

--¿Falta acaso a sus deberes la señora condesa?--preguntó el jesuíta con
cierta alarma.

--No, padre mío. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme
sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.

--¿Cuál es, pues, la causa de su pena?

--Pepita no me ama.

--¿No le ama su esposa? ¡Ella, que tantas veces ha asegurado que sentía
una loca pasión por usted! ¿Cómo puede ser eso?

--Hace usted muy bien en extrañarse. También experimento yo igual
impresión cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical
que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que
correspondía con agrado a mi cariño, pero hoy me acoge en todas
ocasiones con el más terrible desvio, y comprendo que ya no soy para
ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.

--Permítame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de
amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasión
desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y además
la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasión tranquila y
cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable sólo es
propio de impúdicas cortesanas. Debe usted pensar además que la señora
condesa tiene una pequeña hija, la linda Pepita, y que forzosamente el
lugar que ésta ocupa en el corazón de la madre priva al esposo de una
parte de cariño.

--¡Ay, padre mío! ¡Cuán satisfecho estaría yo con que el desvío que noto
en Pepita fuera motivado por su cariño a nuestra hija! Pero
desgraciadamente la pequeñuela es víctima igualmente del desvío de mi
esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada.
La infeliz niña no tiene otro amor que el mío, y yo soy quien con más
asiduidad cuida de ella. Pepita hace más de un año que está preocupada a
todas horas con un pensamiento desconocido. No sé cuál pueda ser la
causa de tal preocupación, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.

--Esto es grave--murmuró el padre Claudio involuntariamente, mostrándose
después como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.

--¡Y tan grave, padre mío!--respondió inmediatamente Baselga--. En mi
ánimo nunca había arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a
dudar de la que lleva mi nombre.

--¿No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvío?

--Más de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre
mí, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la
sangre.

--¿Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?

--Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan
vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre mí
tan completa dominación, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado
de ella a más bajo nivel que el último de sus criados. Cuando la
declaré mi amor me impuso por condición el que abdicara mi voluntad
poniéndome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un
infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para
quejarme. No sé cómo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no
tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el más grande peligro, en
presencia de Pepita enojada tiemblo como un niño y sólo sé hablar para
formular excusas y pedir perdón.

El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante,
pensaba interiormente en que Pepita era una buena discípula que honraba
a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesuítica por la
habilidad con que sabía dominar ajenas voluntades.

Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discípulo
de Loyola.

Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridículamente cual
otro Hércules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonreía
soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, férrea e
inquebrantable, que le hacía vivir independientemente de las seducciones
mujeriles.

El padre Claudio era incapaz de caer nunca víctima de un amor
apasionado. Tenía una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro,
ocupado casi por completo por una ambición sin límites, no quedaba el
más pequeño rincón para ningún tierno afecto.

Podría el hermoso padre, agitado por el aguijón de la carne, ceder ante
las seducciones de elegantes devotas, pero enamorarse hasta abdicar la
propia voluntad, era imposible.

Un hombre como él necesitaba para sus fines una completa independencia.
Para sostenerse en las alturas a que le empujaba su soberbia, era
preciso estar libre de pasiones que con su peso le arrastrasen al abismo
del descrédito. Una mujer era un bagaje pesado, que podía causar su
perdición.

No amaba el jesuíta, porque con esto tendría que pasar a ser esclavo el
que ansiaba llegar a dueño del mundo. De aquí que el padre Claudio
considerase con el desprecio que se guarda para los seres ínfimos a los
que acudían a él en demanda de consejos, dominados por despótica pasión.

Pero el jesuíta, después de recrearse en la superioridad que le daba su
falta de afectos, goce que se transparentó rápidamente en sus ojos con
una llamarada de satánica soberbia, creyó del caso acudir a sus
intereses, y con acento meloso dijo a aquel campeón del fanatismo, cuya
conciencia tenía bajo sus órdenes:

--¡Vamos, hijo mío! Veo que todas sus sospechas carecen de fundamento.
Algo hay de cierto en cuanto usted manifiesta, y es que la condesa, a
juzgar por las anteriores revelaciones, le trata con algún desvío; pero
la mujer es ser caprichoso y variable que muchas veces, sin motivo
alguno, cambia inesperadamente de conducta y aborrece las cosas por un
momento para quererlas después con más grande pasión. Pepita es algo
voluble; la conozco hace mucho tiempo, sé apreciar sus excesos de
imaginación, que la arrastran a locos caprichos; pero fundándome en esto
mismo, puedo asegurarle que su amor apasionado de otros tiempos renacerá
cuando menos lo espere, y entonces usted podrá considerarse nuevamente
como un ser feliz. No hay, pues, motivo para que usted sospeche de su
fidelidad, de lo que yo me congratulo mucho.

Calló el jesuíta y estudió atentamente el rostro de Baselga para
apreciar el efecto que le causaban sus palabras, pero quedóse
intranquilo al ver que el conde seguía con el semblante fosco y como
preocupado por una dolorosa idea que no se atrevía a exponer.

--¡Cómo, hijo mío!--dijo entonces el jesuíta con acento dulce y
atrayente--. ¿No está usted convencido de la inocencia de la condesa?
¿No la cree usted fiel a sus deberes de esposa?

El comandante permaneció silencioso algunos instantes como si dudase en
expresar su pensamiento, pero al fin se decidió:

--Padre mío--dijo con voz lenta y como haciendo grandes esfuerzos de
voluntad para hablar--. Mucho me cuesta decirle lo que realmente pienso
de mi esposa, pero al fin para ello he venido aquí, y debo hablar aunque
esto me produzca gran dolor, pues por primera vez me atrevo a tener
voluntad y a hablar contra la que lleva mi nombre.

--Hable usted, hijo mío, sin ningún reparo. Para quitarle todo escrúpulo
le oiré en confesión, como en otro tiempo hice.

--Sí; así será mejor. Dirigiéndome al sacerdote me será menos difícil el
hablar que si lo hiciera al amigo.

Y Baselga, con voz algo temblorosa y poseído del respeto que le
inspiraba el joven jesuíta, comenzó a relatar sus relaciones con la
duquesa de León desde la época en que comenzaron hasta el mes de julio
de 1822, en que los sucesos políticos le hicieron conocer a la que ahora
era su esposa.

El padre Claudio le escuchaba con atención, a pesar de que cuanto decía
lo tenía por muy sabido, y únicamente de vez en cuando mostraba alguna
impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del
relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus
deslices amorosos a los ojos del sacerdote.

--No veo, señor conde--dijo el jesuíta cuando el comandante hubo
terminado de referir sus amores con la duquesa--, qué relación haya
entre esa pasión pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora sólo
encuentro que ésta es la más indicada para sospechar de la fidelidad de
usted.

Bajó Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta
recriminación, y dijo humildemente:

--Es verdad, padre mío; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene
motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero
también yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme
bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.

--¿Quiénes son esas personas? ¿Acaso la citada duquesa?

--La misma, padre mío. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio,
y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.

--¿Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?

--¡Ah! ¡Ojalá! Así, al menos, saldría pronto de dudas y no sufriría esta
cruel zozobra que me consume.

--¿Qué es, pues, lo que la duquesa ha dicho?

--Hace muchos días que se goza en atormentarme cada vez que me encuentra
en las antecámaras de Palacio. La primera vez que nos vimos después de
mi casamiento creí que iba a ser víctima de una escandalosa explosión de
celos, pues la duquesa es una mujer rara y despreocupada, cuyo carácter
varonil creo que usted conocerá; pero muy al contrario de lo que yo
esperaba, me acogió con vulgar amabilidad y hasta con un aire de fría
indiferencia que... ¿por qué no he de confesarlo?, produjo cierta
impresión en mi dignidad de antiguo amante.

Sonrió el padre Claudio al escuchar estas palabras dichas con
ingenuidad; le imitó Baselga con risa algo estúpida, y siguió adelante
en su revelación.

--Me habló de mi mujer con indiferencia y me aseguró que su deseo era
verme feliz, pues ya se había curado de los antiguos amores, dándome
expertos consejos para que fuera feliz en mi nuevo estado. Esta bondad
me impulsó en adelante a no rehuir su trato, y la duquesa y yo, siempre
que nos encontrábamos, hablábamos con el amigable cariño de dos viejos
que, fríos y desapasionados, recuerdan las calaveradas de sus buenos
tiempos. Poco a poco y casi sin que yo lo notara la duquesa fué
cambiando de táctica en sus conversaciones. Yo no recuerdo cómo fué,
pero lo cierto es que comenzó a introducir en mi ánimo la sospecha y a
hacerme pensar que mi esposa podía muy bien engañarme, siendo como era,
joven, hermosa y de carácter alegre. Me habló de la vida un tanto
misteriosa que llevaba antes de casarse conmigo, de sus entrevistas
políticas con el rey, de cierto fraile que hace algunos meses venía con
frecuencia a nuestra casa, y hasta de mi hija, ¡de la pobre niña!, y tal
entonación diabólica supo dar a sus palabras, al par inocentes, que la
sospecha penetró en mi alma, y tan fuertemente se arraigó en ella, que
por más que lucho y me esfuerzo no la puedo arrancar.

--Señor conde. Me parece que es usted víctima de una excitación nerviosa
o, más claramente dicho, de una loca preocupación, pues en todo cuanto
me manifiesta no hay nada de particular ni que autorice a poner en duda
la virtud de Pepita.

--No he terminado aún. Hace dos días, la duquesa se atrevió a decirme
claramente que mi esposa me engañaba y que ella tenía razones para
creerlo. Calcule usted el efecto que esto causaría en mí, que cada vez
estoy más enamorado de mi esposa. Hubiera dado cualquier cosa por que la
duquesa se hubiera convertido en hombre para poder arrojarla por una
ventana; tal fué la rabia que experimenté; pero debo de estar en las
garras del diablo, ya que, después del odio, la curiosidad se apoderó de
mi alma y en vez de enfurecerme con mi antigua amante, descendí hasta
suplicarla encarecidamente que me diera pruebas para creer en sus
palabras.

--¿Y las ha dado?--preguntó con alarma el padre Claudio.

--No, padre mío. Pero hace poco acaba de prometerme que encontrará el
medio de que vea yo por mis propios ojos cómo soy un marido infeliz.
Dice que tiene en su poder las pruebas y que sólo espera una ocasión
propicia para mostrármelas. Esa mujer conoce sin duda esta impaciencia
que me devora, y se propone atormentarme haciendo que se prolongue por
mucho tiempo. Crea usted, padre mío, que daría parte de mi vida por
saber ciertamente esta misma noche si son ciertas las palabras de la
duquesa, pues la zozobra me agita hasta el punto de privarme del sueño
y tenerme en un estado semejante a la locura. ¿Será cierto lo que dice
la duquesa? ¿Qué le parece a usted, padre Claudio? Yo estoy sumido en
una confusión que me abruma. En ciertos momentos me siento inclinado a
creer en la inocencia de Pepita; pero en otros el recuerdo de su
frialdad y del despego con que nos trata a mí y a mi hija, me acomete
rápidamente y entonces adquiero el convencimiento de que tiene un amante
y lo busco por todas partes. Mire usted si los celos y las dudas me
tienen loco, que he llegado a sospechar del mismo rey.

Y el furibundo realista, como si se sintiera súbitamente avergonzado por
esta confesión, calló, al mismo tiempo que el jesuíta le decía adoptando
un aire paternal:

--No hace usted bien en dudar tan a tontas y a locas de su esposa, pues
ésta merece más consideración por parte de su marido, que no tiene
ningún motivo para creerla infiel. Y si no, vamos a cuentas, señor
conde: ¿qué dato medianamente serio tiene usted para dudar de Pepita?
Todas sus sospechas se basan en las pérfidas insinuaciones de una mujer
que desea vengarse de pasados desdenes y que para ello agota su ingenio
dándose maña en influir sospechas; empresa fácil tratándose de un hombre
tan crédulo y susceptible como lo es usted.

Y a este tenor siguió hablando el jesuíta, aguzando su ingenio para
probar a Baselga cuán desacertadamente obraba al creer en las palabras
de su antigua amante.

Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el ánimo del
conde no parecía causar a éste gran efecto; así es que el padre Claudio
prefirió halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba
aquél, y le pareció salir mejor del asunto terminando su discurso de
este modo:

--En fin, señor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus
penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda
mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se
encuentra. ¿Qué es lo que usted desea? ¿Saber con certeza si su mujer le
es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no dé más oídos a las
pérfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo
que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a mí me
sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los
hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la
bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con
entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confío que
de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente
calumniada, saldrá pura y sin mancha.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--dijo Baselga estrechando una mano al
jesuíta--. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento más
tranquilo, pues confío en que pronto podré saber la verdad.

Permanecieron los dos hombres por algún tiempo hablando de cosas
indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecución de los
liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se
levantó, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio
en sus importantes trabajos.

--¡Que Dios sea con usted, señor conde!--dijo el jesuíta levantándose y
dando su mano a besar--. Confíe en que muy pronto cumpliré sus deseos y
le pagaré esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.

El padre Claudio tiró del viejo cordón de una campanilla y a su cascado
timbre, que sonó en lejana habitación, acudió el hermano Antonio, el
cual apareció en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes
pasos, como para borrar toda sospecha en el ánimo de su superior de que
hubiera podido estar oyendo la conversación.

--Hermano, acompañad al señor conde.

Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvió a sentarse el
padre Claudio, quedando profundamente pensativo.

Algunos minutos después, los pasos del secretario, que volvía, le
sacaron de su meditación.

--¿Quiere algo su reverencia?--preguntó con humildad el jesuíta desde la
puerta.

--Antonio--dijo el padre Claudio con voz algo fosca--. No sé por qué me
temo que en el asunto que lleva entre manos la duquesa de León nos va a
traicionar tu madre.

--¿Por qué dice eso vuestra reverencia?

--La duquesa asegura que ya tiene pruebas para advertir a Baselga de su
deshonra, y como ya sabes, tu madre es en este asunto el testigo de
mayor fuerza.

--Eso no prueba que mi madre vaya a hacernos traición.

--¡Bah! Tú conoces perfectamente el afecto y la adhesión sin límites que
ella profesa a la duquesa. Fué doncella de ésta y la tercera en todas
las escandalosas aventuras que la dicha dama corrió en su juventud, y
además debe estarle agradecida por la protección que tanto a ti como a
ella os dispensó. Recuerda que aun no hace diez años tu madre era casi
una ramera vagabunda que arrastraba por las calles de Madrid a un
pillete repugnante y sarnoso, hijo de padre desconocido, que eras tú, y
que la señora duquesa, en un arranque de su carácter caprichoso, que tan
pronto la arrastra al bien como al mal, dió a tu madre los medios para
que pudiera ejercer de partera, y a ti te hizo ingresar en nuestra santa
casa, no parando hasta lograr que yo fijara en tu persona la atención.
Tu madre está profundamente agradecida, y de seguro que la menor
indicación de la duquesa la recibirá como una orden. Cree que estoy
grandemente arrepentido de que el secreto del parto de Pepita lo
confiásemos a una mujer como tu madre.

--Reverendo padre, mi madre no hablará. Me quiere demasiado para
comprometer con tal imprudencia mi porvenir dentro de la Orden.

--Que así sea es lo que yo deseo. De todos modos, nada perderás en verla
mañana mismo y aconsejarla que haga por creerse ella misma que la hija
de los condes de Baselga nació en el mes de abril de 1823, y no en el de
junio. Si revelara la verdad, el conde de Baselga sabría que esa niña
que considera como a hija no tiene nada de su sangre.

--Mañana mismo veré a mi madre y lograré que ésta sea muda hasta para la
duquesa. Entre ésta y el hijo, a mí es a quien prefiere.

--Yo veré también a primera hora a Pepita. Tiempo es ya de que vuelva a
sentar la cabeza y se convenza de que yo no consiento por mucho tiempo
que se emancipe de la Orden. El que entra en nuestra familia y goza los
beneficios del jesuitismo, nunca podrá ya recobrar su libertad.
Acuérdate siempre de esto, hermano Antonio. Los lazos con que el hijo de
San Ignacio se une a la Orden, sólo pueden desligarse con la pérdida de
la vida.



V

La víbora y el lobo


Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la mañana siguiente,
leyendo en aquel gabinete donde se habían desarrollado las primeras
escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la
servían de criados entró a anunciar la visita del padre Claudio.

Como en aquella época la chimenea francesa era un mueble desconocido, y
hasta en el Real Palacio se empleaban los más vulgares medios de
calefacción, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero,
leyendo al mismo tiempo la vida del santo del día en un tomo del "Flos
Sanctorum", mientras que de vez en cuando, con aire distraído, mojaba un
bizcocho en una jícara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y
lentamente lo llevaba a la boca.

Cuando el criado iba a retirarse después de anunciar la visita, la
condesa cesó de leer, y con el rostro contraído por furibunda expresión,
preguntó al negro:

--¿Todavía no ha vuelto?

--No, ama mía. Desde ayer por la mañana, en que desapareció, nada hemos
podido averiguar sobre su paradero.

--¿Habéis avisado a la Policía?

--Hace un momento he llevado la carta de la señora condesa a la
Comisaría, y me han dicho que harán cuanto puedan por atrapar al negro
Juan.

--Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y allí
estará durmiendo la mona. ¡Flojos serán los latigazos que va a llevarse
apenas lo encuentren! Los de ayer le parecerán delicias comparados con
los que le dé apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la
horca.

Y la baronesa, después de desahogar de tal modo su malhumor con el negro
Pablo y el fugitivo, dió orden para que pasara adelante el jesuíta, e
instintivamente fué a mirarse en un espejo, arreglando rápidamente su
peinado, bastante descuidado a aquellas horas.

Puesta aún frente al espejo, vió entrar al padre Claudio, que dejó su
sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fué a sentarse
junto al brasero.

--¡Gracias a Dios!--dijo Pepita riendo graciosamente--que vuestra
reverencia se digna visitar esta casa.

--Mis negocios son muchos, hija mía, para que yo pueda dedicar ni una
sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que
me conduelo mucho de no poder ser más asiduo en venir a esta casa, pues
de lo contrario evitaría algunos males.

--¿Qué quiere decir vuestra reverencia?

El jesuíta, en vez de contestar, miró a la puerta con cierta zozobra, y
después dijo en voz baja:

--¿Está el conde en casa?

--Salió hace más de una hora. Según me han dicho los criados, vinieron a
buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la
Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.

Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuíta,
experimentaba grandes deseos de que hablara, y había ido a sentarse
frente a él.

--Puesto que estamos solos--dijo el padre Claudio--, hablemos con entera
franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, inútil
es todo fingimiento.

La condesa asintió a estas palabras con movimientos afirmativos de
cabeza, y el padre Claudio continuó hablando:

--Vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?

La hermosa quedóse algo pensativa y después dijo con un gracioso acento
de indiferencia:

--Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace más de un
mes que el señor don Fernando no se acuerda de mí, y yo, por mi parte,
si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal
ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que
cada vez me resulta más antipático.

Y Pepita, al decir las últimas palabras, reía como una loca, sin parar
mientes en la seriedad del jesuíta.

Este lanzó una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta,
como para que ésta le entendiera mejor:

--No son ésas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted,
atendiendo a los intereses de la Orden. Usted debía tener al rey sujeto
a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras
mujeres.

--Pero ¿qué he de hacer yo, reverendo padre? ¿He de ir acaso como una
ramera a mendigar sus caricias y a decirle: "Amame, porque así le
conviene al padre Claudio"? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos
tiempos en que podía hacer sin deshonra cuanto la Orden me exigía; pues
hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas épocas, cuando no tenía
una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de
Baselga.

Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuíta, como retándole
a que arguyera algo contra sus palabras; pero éste se limitó a mirarla
con desprecio y decir en voz baja:

--¡Siempre farsanta! ¡Siempre amiga de mentir!

Quedó un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero
rápidamente recobró su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una
niña a quien regañan injustamente:

--¿Por qué dice usted eso, padre mío? ¿Cree usted acaso que no debo
velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted
quien me aconseje lo contrario.

--Lo que parece imposible--dijo el jesuíta con voz algo temblona por la
ira--es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de
virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. ¿A qué hablarme de
su hija? ¿Acaso no sé yo tan bien como usted que su padre no es Baselga,
sino el señor don Fernando? ¿Y a qué decirme que no puede seguir
faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo sé perfectamente que
después del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted
adúlteras relaciones? Tales excusas son inútiles para librarse de los
santos compromisos que con nosotros tiene usted contraídos.

La condesa pareció quedar anonadada por estas palabras, y sólo supo
disculparse con voz temblorosa:

--No es verdad, padre mío. A usted le han informado mal. Mi único amante
ha sido el rey.

--¡Embustera, como de costumbre! ¿No recuerda usted al lindo frailecillo
que yo alejé de esta casa y que compartía con usted locos placeres
mezclados con actos de devoción? ¿Cree usted acaso que yo no conozco a
un "baronet" agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?

El jesuíta vió que estas últimas palabras producían en la condesa un
tremendo efecto y continuó diciendo con acento cada vez más severo:

--Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia
exacta de cuanto hace la señora de Baselga, mujer ingrata que paga los
beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la
encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted
amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, ¿y aún se atreve
usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces
obligaciones que le ha impuesto la Orden? ¿Dónde están aquellas promesas
de eterna adhesión que usted nos hacía en otro tiempo? ¿Qué se ha hecho
del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la
baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirtió primero en poderosa
manceba del rey y después en esposa del conde de Baselga?

Cada una de las palabras del jesuíta, dichas lenta e intencionadamente,
causaban tal impresión en el ánimo de la hermosa, que ésta quedó mucho
tiempo cabizbaja y pensativa, no atreviéndose a mirar de frente al
airado acusador. Por fin pareció adoptar una resolución, y levantando el
rostro, fijó sus ojos en los del padre Claudio, diciéndole con aspereza:

--¿Qué es lo que desea usted de mí?

--Así la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a
escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al
rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran
medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la
abandona momentáneamente, es sólo porque nota desvío y frialdad. Hoy don
Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta
los barrios más bajos, y de seguro que volverá al lado de usted en
cuanto sepa que no encontrará una mujer fría e indiferente que se
entrega por deber y no sabe fingir pasión. ¿Está usted dispuesta a
obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?

--No--contestó resueltamente la condesa.

En el rostro del jesuíta pintóse una mezcla de asombro y de rabia, pero
esto sólo fué momentáneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la
acostumbrada sonrisa.

--¿Dice usted que no?... ¿Y por qué?

--Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no
mentir con otro la pasión que por él siento.

--De seguro que ese hombre no será su esposo.

--Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo esté loca por
él.

--¿Ese afortunado mortal será sin duda sir Walace?

--El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la
inmensidad de mi pasión.

--¡Hermosa frase!--dijo irónicamente el jesuíta--. Sin duda usted decía
lo mismo hace pocos meses y también se asustaba ante la inmensidad del
amor que profesaba al frailecito.

Pepita acogió estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de
broma contestó:

--Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia
también lo amé mucho.

--Lo mismo dirá usted dentro de poco de ese inglés a quien tanto cariño
profesa, y que no tardará en ser sustituído.

--Todo puede ser. Conozco bien mi carácter, y sé que mis pensamientos
son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.

El padre Claudio, a pesar de su sangre fría, mostróse un tanto asombrado
ante la cínica franqueza de Pepita.

--Acabemos pronto, hija mía--dijo adoptando aquel tonillo dulce,
insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones--. ¿Cuándo
le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en él a todas
horas? ¿Cuándo quieres recibirle?

--Nunca--contestó Pepita, haciendo un mohín de desprecio--. El tal don
Fernando es un ente repugnante y, por añadidura, algo viejo. Yo estoy ya
en los treinta, y a mi edad sólo se siente simpatía por la juventud
hermosa y robusta.

--¡Franca confesión de prostituta!--murmuró el padre Claudio.

El jesuíta quedóse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la
terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y
sonriendo cada vez más placenteramente, la preguntó:

--¿Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?

--Ya lo creo; mi marido...

--Dígalo usted con franqueza. El señor conde es un bruto.

--Eso es. Le conoce usted muy bien.

--El la ama a usted cada vez con pasión más fogosa.

--Así es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus
caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en
reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca
como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legítimo.
Sus caricias me causan náuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta
el punto en que me dan tentaciones de revelárselo todo y gritarle:
"¡Márchate, animal! En otro tiempo creí que te amaba, pero hoy estoy
convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey". Cada
vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo
de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, sólo por el placer
de ver la cara de idiota que pondría.

--Muy bien, hija mía. ¿Y qué le parece a usted que haría el conde si se
convenciera de que su mujer le engaña? ¿Hasta dónde llegaría su cólera
cuando supiera que sus compañeros se burlan a sus espaldas y le tienen
por un marido digno de lástima?

La condesa se estremeció, y por su rostro extendióse momentáneamente una
gran palidez, mientras que el jesuíta, cada vez más sonriente, decía con
acento melifluo:

--¿Cómo le parece a la señora condesa que su marido procederá cuando lo
sepa todo? ¿Dando de puñaladas, como los protagonistas de las comedias,
o estrangulando, como un gañán?

Pepita era cobarde y además impresionable a causa de su temperamento
nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que
aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginación
reproducía con exactitud las amenazas que el jesuíta apenas si indicaba.
La condesa se vió ya lívida y estrangulada, con el rostro golpeado y la
amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco
de sangre y destrozado el pecho a puñaladas, teniendo al lado, como
imagen de la venganza, al iracundo Baselga, poseído de un furor
gigantesco.

Estos fantasmas, que pasaron rápidamente por su imaginación, le
produjeron un terror que el jesuíta adivinaba mientras permanecía
silencioso y atento, deseando prolongar la agitación de la rebelde
adepta.

Esta no tardó en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse
a sí misma, dijo al jesuíta con tono triunfante:

--Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cuál es mi
conducta.

--Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene interés en
mostrárselas al conde.

--¿No será usted esa persona?

--No; pero algún ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que
el conde sepa toda la verdad.

Sonrió la condesa al oír estas palabras, y el jesuíta adivinó que
aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.

--¿Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por mí para
lograr mi objeto?

--Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace
tiempo.

--Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niéguese
usted a obedecer mis indicaciones, que yo permaneceré inactivo, dejando
que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de
veinticuatro horas tal vez éste se convencerá de hasta dónde llega su
deshonra.

Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadió de
que sus amenazas eran ciertas, y reflexionó largo rato sobre la
resolución que le convenía adoptar.

Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y había tomado gran
parte en sus tramas para dudar del poder de los jesuítas. El padre
Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo
que ponerse en pugna con la Institución más poderosa de su época, que
sabría vengarse de un modo tan oculto como seguro.

La hermosa condesa tembló ante la perspectiva de crearse tan tremendos
enemigos, y de tal modo perdió la serenidad, que mirando al impasible
padre Claudio con aire propio de quien pide compasión, le dijo
humildemente:

--Estoy dispuesta a cumplir las órdenes de vuestra reverencia.

--Así la quiero ver, hija mía. Permanezca usted siempre fiel a nuestro
glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de
darla toda clase de felicidades. ¿Está usted dispuesta a recibir al rey?

--Le recibiré cuando quiera vuestra reverencia.

--Bueno. Ya avisaré oportunamente a la señora condesa. Por de pronto,
anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabrá nada de los
deslices de su esposa.

Pepita inclinó la cabeza, y ocultándola entre sus manos, comenzó a
llorar. El padre Claudio la contempló con la indiferencia del que está
acostumbrado a tal clase de arranques, y únicamente preguntó al poco
rato por pura cortesía:

--¿Qué le ocurre a usted, Pepita?

--Soy muy desgraciada, padre mío.

--¡Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las
que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra
le sonríen y alcanza honores que le envidian otras mujeres.

--¡Vaya un honor! ¡Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carácter
antipático! ¡Ay, Jesús mío!... ¡Soy muy desgraciada!... ¡Y pensar que yo
he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en mí!...

Y al decir esto, Pepita levantó la hermosa cabeza, que bañada por las
lágrimas resultaba más interesante, y con sus ojazos empañados por el
llanto, lanzó una diabólica mirada al bello jesuíta.

No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la
significación de aquello. Además, no era la primera vez que la hermosa
condesa pretendía inflamar con tan claras indirectas al almibarado
padre.

La esclava del jesuíta quería convertirse en dominante señora, y para
ello pretendía encender en él una pasión. Apoderándose de la parte de
hombre que encerraba aquel negro hábito, podría dominar la parte de
autómata teocrático que ocultaba.

Pero el jesuíta comprendía la importancia de las amorosas
demostraciones; sabía que aquello no significaba más que el deseo de
arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueño de su voluntad,
para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su
condición regia; y como esto no convenía a los planes del padre Claudio,
de aquí que éste, para librarse de la tentación que le ofrecía aquel
cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba
a desaparecer.

Púsose en pie, tomó el sombrero y se despidió de Pepita, diciéndola con
un tonillo jovial, aunque algo autoritario:

--Conque quedamos en que usted será obediente y buena hija de nuestra
Orden. ¡Buenos días y que el Sagrado Corazón le guarde!

Salió el jesuíta rápidamente de la habitación, y Pepita, secándose las
lágrimas con dos rudos restregones, fijó su centelleante mirada en la
puerta, y dijo con voz colérica:

--¡Imbécil! Huye, como el casto José, de una mujer hermosa. No quiere
comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. ¡Monstruo! Sin duda
en los novicios de la Orden encontrará consuelo para sus pasiones.

FIN DEL TOMO PRIMERO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

pertenciente=> perteneciente {pg 11}

Palacio=> Palaico {pg 32}

dificios=> edificios {pg 43}

quenes=> quienes {pg 54}

fracmasones=> francmasones {pg 55}

Méiico=> Méjico {pg 59}

covoyes marítimos=> convoyes marítimos {pg 60}

distiguida=> distinguida {pg 62}

tiene utsed=> tiene usted {pg 70}

pemitía=> permitía {pg 78}

pemitía=> permitía {pg 79}

salidad=> salida {pg 85}

hemosa=> hermosa {pg 86}

deseperación=> desesperación {pg 86}

fueza=> fuerza {pg 87}

contamplaba=> contemplaba {pg 95}

odivinado=> adivinado {pg 99}

Hemano=> Hermano {pg 100}

deculpas=> de culpas {pg 100}

pemita=> permita {pg 101}

hemosa=> hermosa {pg 105}

quellos=> aquellos {pg 113}

Superitendente=> Superintendente {pg 119}

únicamete=> únicamente {pg 131}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La araña negra, t. 1/9" ***

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