Home
  By Author [ A  B  C  D  E  F  G  H  I  J  K  L  M  N  O  P  Q  R  S  T  U  V  W  X  Y  Z |  Other Symbols ]
  By Title [ A  B  C  D  E  F  G  H  I  J  K  L  M  N  O  P  Q  R  S  T  U  V  W  X  Y  Z |  Other Symbols ]
  By Language
all Classics books content using ISYS

Download this book: [ ASCII | HTML | PDF ]

Look for this book on Amazon


We have new books nearly every day.
If you would like a news letter once a week or once a month
fill out this form and we will give you a summary of the books for that week or month by email.

Title: Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie
Author: Poe, Edgar Allan
Language: Spanish
As this book started as an ASCII text book there are no pictures available.
Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie" ***

This book is indexed by ISYS Web Indexing system to allow the reader find any word or number within the document.



produced from images available at The Internet Archive)



                      CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE

                             PRIMERA SERIE

                              BIBLIOTECA
                            INTERAMERICANA

                          _Obras publicadas_

              Benjamín Hárrison: _Vida Constitucional de
                         los Estados Unidos._

             Édgar Allan Poe: _Cuentos clásicos del norte:
                            Primera serie._

                Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
              Édward Éverett Hale: _Cuentos clásicos del
                        norte: Segunda serie._

                              _En prensa_

             Nícholas Múrray Bútler: _El significado de la
                              educación._

                           _En preparación_

            Wílliam P. Trent: _La literatura de los Estados
                               Unidos._

           J. Rússell Smith: _El comercio y las industrias._

            Alexánder Johnston: _La historia de la política
                        de los Estados Unidos._

      Con el título de INTERAMERICAN LIBRARY, se
      editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
      americanas, traducidas del español o del portugués,
      para distribuirse en los Estados Unidos.



                       BIBLIOTECA INTERAMERICANA

                                  II

                      Cuentos Clásicos del Norte

                            _Primera Serie_

                                  Por

                            Édgar Allan Poe

                          [Illustration: PRO
                                PATRIA
                                  PER
                         CONCORDIAM, colofon]

                             Traducción de
                  Carmen Torres Calderón de Pinillos

                              Nueva York

                       Doubleday, Page & Company

                                 1920

                       BIBLIOTECA INTERAMERICANA

     Fundada por la Dotación de Carnegie para la Paz Internacional
         para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
   Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
        que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.

                        Copyright, 1919, por la
                        División Interamericana
                                 de la
               Asociación Americana para la Conciliación
                             Internacional

                     PÉTER H. GÓLDSMITH, Director
                   407 WEST 117TH STREET, NUEVA YORK



ÉDGAR ALLAN POE


Édgar Allan Poe nació en Boston, Massachusetts, el 19 de enero de 1809,
durante una permanencia temporal de sus padres, que eran actores, en la
ciudad; murió en Báltimore, Máryland, el 7 de octubre de 1869. A la
muerte de su madre fué adoptado por John Allan, de Ríchmond, Virginia,
quien le hizo educar en un colegio particular de Ríchmond y en la Manor
House School, Stoke-Néwington, Inglaterra, hasta 1820, época en que
regresó a Ríchmond. En 1826 ingresó a la University of Virginia. Durante
su breve permanencía allí hízose famoso por sus temerarias hazañas de
jugador y bebedor. Su protector le asoció a sus negocios en diciembre de
1826, pero el joven escapó a Boston donde trató de sostenerse con sus
poesías, de las cuales el primer volumen, publicado en 1827, se titula:
_Tamerlane and Other Poems_. Acosado por la necesidad, se alistó como
soldado en el ejército regular, bajo el nombre de Édgar A. Perry, siendo
nombrado sargento mayor en 1829. No obstante, su padre adoptivo Allan
hizo que le dieran de baja y que fuera admitido como cadete en West
Point. No agradándole la escuela, procuró intencionalmente que le
despidieran en 1831, y comenzó una vida irregular, vagando de ciudad en
ciudad y dedicándose a la literatura. En 1835 contrajo matrimonio con
Virginia Clemm, y se hizo cargo de la dirección del _Southern Literary
Messenger_ de Ríchmond. Más tarde fué director de varias revistas,
fijando su residencia en Nueva York en 1844. La publicación de _The
Raven_ (1845) consagró su fama convirtiéndole en el genio literario de
la época. Después de la muerte de su mujer en 1847 comenzó a declinar su
carrera, y murió dos años más tarde en el Wáshington College Hospital en
estado de delirio. Sus obras más importantes, en adición a las
mencionadas en la Introducción de esta serie, son: _Al Warwaf, Tamerlane
and Minor Poems_ (1829); _Poems_ (1831); _Tales of the Grotesque and
Arabesque_ (1840).

[Illustration: Ritrato de Edgar Allan Poe]



SUMARIO

                                                                  PÁGINA

INTRODUCCIÓN                                                           V

EL BARRIL DE AMONTILLADO                                               3

EL ESCARABAJO DE ORO                                                  17

LA RUINA DE LA CASA DE ÚSHER                                          75

LIGEIA                                                               107

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA                                         135

EL CRIMEN DE LA RUE MORGUE                                           147

EL GATO NEGRO                                                        201

UN DESCENSO POR EL MAELSTRÖM                                         219



INTRODUCCIÓN



I


Los cuatro escritores cuyas obras están representadas en esta colección
son idealistas en uno u otro sentido. La literatura clásica de los
Estados Unidos no tiene realistas, y el realismo es ajeno hasta ahora al
temperamento general del público norteamericano. A este respecto los
escritores de que tratamos rivalizan en la caracterización de su país. Y
rivalizan también en la maestría de su arte: los tres primeros son los
artistas literarios más hábiles que los Estados Unidos han producido
hasta la fecha. En otros respectos, sin embargo, difieren ampliamente; y
aquel que olvide la diversidad del espíritu que hizo brotar el genio de
la república del norte y las diversas clases de filosofía que produjo su
historia, encontrará alguna dificultad en descubrir la nota análoga en
Írving, Poe, Háwthorne y Hale.

Es fácil observar que Wáshington Írving es un artista de la escuela de
Áddison y Steele, con algo de su espíritu festivo. Poseía, sin embargo,
cualidades más profundas que le hacen totalmente distinto de los modelos
ingleses ante el criterio de los Estados Unidos. Tenía, ante todo, un
don especial, compartido únicamente por Fénimore Cóoper en la
literatura norteamericana, para crear personajes legendarios que
armonizaran con el ambiente, hasta el punto de quedar unidos para
siempre al cuadro. Lóngfellow no dió a su Hiawatha residencia local;
pero Rip Van Winkle e Íchabod Crane han quedado fijos en la perspectiva
del Hudson. La jocosidad de Írving tiene también cierta tonalidad más
vigorosa que puede advertirse fácilmente en el periódico _Spectator_; en
la historia de Kníckerbocker y en sus primeras obras, inició Wáshington
Írving su carrera de autor con una nota de exageración y de audacia que
la crítica inglesa probablemente atribuiría gustosa al nuevo mundo más
bien que al antiguo. En las dos historietas que aparecen en esta
colección se revelan síntomas aun más notables de su punto de vista
norteamericano. En _Rip Van Winkle_ maneja lo sobrenatural en tono
festivo y ligero, que contrasta con el aparato de sombríos fantasmas y
apariciones de Poe y Háwthorne, pero que se adapta mejor quizá al
temperamento de su país. Los norteamericanos combinan fe robusta con
jovial escepticismo, y sonríen a pesar de que les agrada sentirse
convencidos en la historia del largo sueño de Rip Van Winkle. Quizá es
rasgo característico de los Estados Unidos que la narración insista en
el transcurso del tiempo y que la vida nos aparezca patética a través de
nuestra simpatía por Rip. La literatura de los Estados Unidos, aunque
voz de un pueblo nuevo, ha tenido siempre los acentos y el espíritu de
una larga experiencia, la lasitud de vivir. Estos acentos y este
espíritu se dejan notar marcadamente en Poe y en Háwthorne; también se
encuentran en Írving, no en su analogía con Áddison sino en la especie
de piedad contenida con que juzga la vida. Esta definición puede
aplicarse de igual manera a _La leyenda del valle encantado_; pero el
lector necesita tener en cuenta en esta historieta ciertos rasgos
locales, no del todo claros aun para la generalidad de los
norteamericanos. Íchabod Crane es la caricatura del maestro de escuela
ambulante; como David Gánent en la novela de Cóoper, _El último de los
mohicanos_, es un neoyorquino bajo el disfraz del fértil buhonero de
Connécticut que cuando el negocio va mal está listo para enseñar en la
escuela o para dirigir el coro de la iglesia de la aldea. El ejemplo más
notable de este tipo en la vida real fué Amos Bronson Álcott, el gran
sacerdote del trascendentalismo que comenzó su carrera como buhonero,
usando la enseñanza como recurso secundario.



II


El arte de Írving fué en cierto modo avanzado para su época. Cóoper no
llegó nunca a la delicadeza y vigor de su estilo, ni Poe ni Háwthorne
pudieron igualarla. Estos dos escritores, sin embargo, suplieron la
habilidad consumada de Írving con temas más profundos y estilo más
serio. A la verdad, aunque careciendo Háwthorne de la exquisita
flexibilidad de Írving, posee cualidades supremas de dignidad, y a veces
casi de majestad; en tanto que Poe se asemeja a Fénimore Cóoper en
haber alcanzado fama de gran escritor con estilo poco más que mediano.
El hecho de que Poe no use juegos de palabras en el original explica el
éxito de sus cuentos y de sus poemas en la traducción; a decir verdad,
es positivamente mejor escritor en el francés de Baudelaire que en su
propio idioma. Su reputación en los Estados Unidos ha quedado por
consiguiente establecida no por virtud de su arte de estilista sino en
razón de poseer cierta habilidad especial para producir efectos de
encanto sobrenatural. La crítica francesa reconoció antes que Baudelaire
cierta afinidad entre el método de desarrollar sus cuentos y la
demostración matemática de un teorema. Este punto se ilustrará mejor por
la comparación.

En matemáticas, como en otras cosas que se relacionan con la vida, es
posible dar mayor importancia de acuerdo con los deseos a lo particular
o a lo general. La aritmética produce una sensación de realidad, porque
se refiere a cosas definidas, pero su propio realismo es una barrera
para la manifestación completa de las leyes universales. "Si una manzana
cuesta tres centavos," dice el libro de texto, "¿cuánto costarán dos
manzanas y un tercio?" Pero el niño sabe que las manzanas no se venden a
pedazos. El álgebra puede proponer la misma cuestión sin levantar
protestas en el realista; la substitución de un signo por la manzana
hace desaparecer la dificultad. Pero hace desaparecer también el
sentimiento de la realidad. Si los personajes de Poe son inverosímiles
y simbólicos, es porque representan únicamente signos algebraicos, la
_ab_ y la _xy_ del teorema que trata de demostrar. Poe se interesa
principalmente en el teorema. Algunas veces lo establece como
proposición definida como en _Ligeia_, en que la cita de Jóseph
Glánvill, que sirve de prólogo, autoriza la doctrina de la voluntad que
se desarrolla en la historia. Con más frecuencia el teorema no se
anuncia formalmente, pero está incluído en las primeras frases del
cuento. Este método se observa en _El barril de amontillado_, donde
aparece primero una definición de la venganza perfecta que después se
ilustra en la historia. Otras veces el teorema es tan solo una forma o
un matiz como en _La máscara de la muerte roja_. En algunos cuentos,
como en _El escarabajo de oro_, el interés reside enteramente en la
demostración o análisis, mas, por lo general, prefiere Poe emplear la
demostración matemática como medio de producir el efecto de belleza. El
elemento de raciocinio es tan poderoso en _El Descenso en el Maelström_,
y en _El Crimen de la Rue Morgue_, como en _El Escarabajo de oro_; pero
en los dos primeros, más hermosos, el raciocinio contribuye a producir
efectos artísticos de temor y horror.

En sus ensayos sobre la _Filosofía de la composición_ y el _Principio
poético_, nos ha dado Poe una cuenta clara de su objeto y su sistema
como escritor. Aunque se refiere a sus versos, la explicación es exacta
también con respecto a su prosa. Trata ante todo, dice, de producir un
efecto de belleza. Todos los medios que puedan crear este efecto son
legítimos. Muchas veces Poe consiguió su objeto provocando emociones en
forma romántica y retórica; pero con frecuencia lo obtuvo también por
medio de la manifestación austera de verdades lógicas o científicas. En
este caso nos recuerda, sin embargo, que la verdad es un medio y no un
fin; en el arte el fin es la belleza. Sus palabras al final del
_Principio poético_ deben tenerse en cuenta por todo lector que quiera
comprender la índole de sus escritos: "Con respecto a la
Verdad--suponiendo que la comprensión de una verdad nos lleve a percibir
cierta armonía que antes pasaba inadvertida--sentimos inmediatamente el
genuino efecto poético; pero este efecto se refiere únicamente a la
armonía y no atañe en lo menor a la verdad que sirvió sólo para poner de
manifiesto aquella armonía."

Si este método deja los personajes de las historias de Poe en cierta
sombra vaga y simbólica, no debe suponerse por ello que careciera de
teoría respecto al manejo adecuado de los fantásticos caracteres que se
agitan en la composición de sus argumentos matemáticos. Sus personajes
son a menudo femeninos y generalmente están asociados en alguna forma a
la idea de la muerte. Con tal frecuencia se repite en sus cuentos el
caso de una hermosa mujer muerta o una hermosa mujer moribunda, que una
de las críticas más usuales de las obras de Poe es afirmar que tenía un
campo muy estrecho y podía desenvolver sólo uno o dos temas. Carecía
ciertamente de la fecundidad de los grandes genios, pero aun dentro de
sus dotes reducidos se imponía él mismo límites más estrechos por su
curiosa teoría acerca de los caracteres más apropiados para el efecto
artístico. Creía que la emoción de la belleza es el efecto principal que
un cuento debe producir; la belleza es más exquisita en la mujer; y la
belleza de la mujer es más conmovedora en presencia de la muerte.
Inclinábase, en consecuencia, a escribir principalmente sobre hermosas
mujeres muertas o a punto de morir. La manifestación definida de esta
doctrina se encuentra en la _Filosofía de la composición_, cuando habla
de _El cuervo_. Dice que al escribir este poema comenzó con la intención
de representar una belleza melancólica:

"Me pregunté: _Entre todos los temas melancólicos, ¿cuál es el más
melancólico de acuerdo con el entendimiento general de la
humanidad?_--La muerte, fué la respuesta evidente.--Y _¿cuándo_,
insistí, _es más poético este melancólico tema?_--Por lo que he
explicado anteriormente la respuesta aquí es también evidente:--_Cuando
se combina más estrechamente con la belleza_; entonces la muerte de una
mujer hermosa es incuestionablemente el argumento más poético que
existe."

Cito este pasaje, no para justificar la estética de Poe sino para
demostrar su método. Este principio explica, hasta donde es posible, por
qué escribió _Ligeia_ y _La ruina de la casa de Úsher_. Aun cuando nunca
formuló teoría alguna con respecto a los personajes masculinos de sus
poesías y cuentos, podemos deducirla sin embargo de su práctica: creía
evidentemente que el argumento más trágico es la situación de un hombre
robusto afrontando el temor de la muerte. Sobre este tema escribió _El
barril de amontillado_ y _El Descenso en el Maelström_.

Se dice comúnmente que Poe no ha sido debidamente apreciado por sus
compatriotas. Indudablemente se le ha leído, admirado e imitado tanto en
los Estados Unidos como en cualquiera otra parte; pero es cierto que los
norteamericanos vacilarían en llamarle su genio más notable en
literatura. Es interesante para cualquiera que desee comprender el
espíritu de los Estados Unidos saber por qué los compatriotas de Poe, a
pesar de toda su admiración por su arte, no lo colocan a tanta altura
como los críticos extranjeros. No es a causa de la condenación puritana
de su embriaguez: las mismas personas a quienes sólo a medias agrada
Poe, son generalmente fervientes partidarios de Róbert Burns. Ni es
tampoco, como lo indican críticos más sutiles, en razón de que Poe
escribe a menudo sobre crímenes o hechos perniciosos considerándolos
simplemente incidentes desagradables, en tanto que Háwthorne, con
naturaleza más noble, considera las faltas como culpas; esto es, no como
tema de cuentos sino como un problema de moral. Esta explicación pone
fuera de duda el hecho evidente de que Poe es más convencional que
Háwthorne en su moralidad, puesto que rara vez inicia una cuestión
perturbadora en ética y nunca llega como Háwthorne a conclusiones
radicales y de sensación. La razón por la cual Poe es mirado todavía
con cierta desconfianza por sus compatriotas es que sus ideales residen
siempre en un mundo simbólico: siempre trata de encontrar una puerta de
escape para huir de la humanidad y del lote señalado al hombre. La
belleza que demuestra mediante el raciocinio no es una interpretación
sino una protesta contra la vida. Un poeta coloca naturalmente su mundo
ideal como crítica de las condiciones entre las que se debate, y si Poe
deseó criticar en esta forma a los Estados Unidos en el segundo tercio
del siglo diecinueve, sus compatriotas tendrían que sentirse ahora
agradecidos; pero su rebelión era contra la vida misma: no ofrecía más
solución que descarríos y muerte. Para el norteamericano de hoy el
rechazo de Poe por la vida es una especie de filosofía opiada que
debería compadecerse tanto como cualquier otro hábito anormal.



III


Los críticos asimilan a menudo a Háwthorne con Poe, y los temas graves y
sombríos de ambos parece que debieran relacionarlos. Difieren
esencialmente, sin embargo, en cuanto a propósitos y método. Háwthorne
no es poeta por naturaleza, aunque su prosa sea poética y todas sus
obras sean de imaginación; es, ante todo, un pensador, un observador de
la vida, un psicólogo en arte y un escéptico en filosofía. Parecerá
quizá extraño dar el calificativo de escéptico a un escritor de espíritu
tan generoso, de sentimientos tan leales como Nathániel Háwthorne; pero
un pequeño estudio de sus obras en relación con las ideas
trascendentales que rodearon su adolescencia y sus primeros años
viriles, convencerá al observador de que la conciencia puritana de
Háwthorne le impulsaba a investigaciones infatigables de la filosofía
que pasaba por verdadera entre sus asociados. El lector que no haya
tenido oportunidad de conocer las doctrinas de Álcott y de Émerson puede
encontrar indudablemente bastante belleza y elevación en Háwthorne para
compensar el estudio de sus obras. Aun sin conocer las doctrinas que él
ponía en duda, podemos admirar su fantasía en _La imagen de nieve_; su
talento en parábolas tiernas o festivas en _El May-Pole de Merry Mount_
y _El experimento del doctor Héidegger_; su profundo patriotismo en El
anciano campeón y las _Leyendas de la casa provincial_; sus dotes
incomparables para describir una conciencia atormentada en _El retrato
de Édward Rándolph_ y _El entierro de Róger Malvin_. Pero la orientación
intelectual de la mayor parte de sus obras más meditadas resultaría
obscura a menos de haber leído a nuestro jovial Émerson o a nuestro
escritor más festivo aún, Álcott. La doctrina de estos autores acerca de
la confianza en sí mismo, de la necesidad de vivir en el presente sin
respeto servil por el pasado, ha tenido inmensa boga en los Estados
Unidos, y se ha reforzado con la poderosa influencia de Walt Whitman;
pero Háwthorne hizo proyectar esta doctrina sobre esbozos fantásticos
como _El experimento del doctor Héidegger o Féathertop_, y sobre
novelas más largas, como si hiciera un análisis de laboratorio respecto
de su verdad. Álcott y Émerson creían con sublime optimismo que el mal
se cambia al fin en bien; que existe, según la frase de Émerson, un
principio de sacarina en todas las cosas. Háwthorne desarrolló también
esta doctrina en cuentos como _El entierro de Róger Malvin_. Podrían
producirse otros ejemplos tomados de sus demás obras, pero hemos dicho
ya bastante probablemente para indicar la razón por la cual la altura de
Háwthorne como pensador debe apreciarse a través del estudio del
pensamiento de la Nueva Inglaterra de su tiempo.

Háwthorne representa en cierto modo no solamente el espíritu de la Nueva
Inglaterra sino el de los Estados Unidos: es un fatalista profundo. Aun
cuando profese una fe poderosa en el libre albedrío y la incredulidad
con respecto a las nociones de necesidad de Émerson, la diferencia
esencial entre ellos es que Émerson cree en suerte más feliz y
Háwthorne, a despecho de sí mismo, se forja un porvenir sombrío.



IV


Muy poco es necesario decir acerca del famoso cuento de Édward Éverett
Hale. Esta historia se comprende por todas partes: ha sido traducida ya
en muchos idiomas. Escrita hacia el final de la guerra civil parece
tener especial resonancia en estos momentos en que muchos ciudadanos de
los Estados Unidos encuentran dificultad en decidir a qué país, a qué
grupo de ideales, deben prestar fidelidad. Este problema es tal vez
peculiar de una nación que--no deseamos suponer que con excesiva
generosidad--ha dado acogida cordial dentro de sus fronteras a todos los
ideales, sin considerar su procedencia. Con especial inquietud nos
preguntamos ahora si podremos amalgamar tal cantidad y tal diversidad de
ideales. Este problema ha existido siempre en los Estados Unidos aunque
no en forma tan inmediata; y si nuestra literatura se ocupa en gran
manera de ideas y de ideales no es porque seamos de descendencia
puritana ni deseemos conservar una moral tradicional, sino porque
sentimos instintivamente que sólo por la discusión de nuestros ideales
llegaremos alguna vez a un común ideal nacional. Por esta razón
Háwthorne nos parece un norteamericano moderno en un plano inferior de
arte, lo mismo que Hale. Írving floreció antes de que el conflicto de
ideales fuera una amenaza. Poe se apartó de nosotros en su amor de lo
inverosímil, rehusando en absoluto discutir ideales y tendiendo a ellos
sin embargo por su adoración de lo bello, que es uno de los ideales que
alimentamos al presente.

    JOHN ÉRSKINE
    Profesor de inglés
    Columbia University

Febrero de 1917



EL BARRIL DE AMONTILLADO


HABÍA soportado lo mejor posible los mil pequeños agravios de Fortunato;
pero cuando se atrevió a llegar hasta el ultraje, juré que había de
vengarme. Vosotros, que tan bien conocéis mi temperamento, no supondréis
que pronuncié la más ligera amenaza. _Algún día_ me vengaría; esto era
definitivo; pero la misma decisión que abrigaba, excluía toda idea de
correr el menor riesgo. No solamente era necesario castigar, sino
castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando la reparación se
vuelve en contra del justiciero; ni tampoco se repara cuando no se hace
sentir al ofensor de qué parte proviene el castigo.

Es necesario tener presente que jamás había dado a Fortunato, ni por
medio de palabras ni de acciones, ocasión de sospechar de mi buena
voluntad. Continué sonriéndole siempre, como era mi deseo, y él no se
apercibió de que _ahora_ sonreía yo al pensamiento de su inmolación.

Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras cosas era hombre que
inspiraba respeto y aun temor. Preciábase de ser gran conocedor de
vinos. Muy pocos italianos tienen el verdadero espíritu de aficionados.
La mayor parte regula su entusiasmo según el momento y la oportunidad,
para estafar a los millonarios ingleses y austriacos. En materia de
pinturas y de joyas, Fortunato era tan charlatán como sus compatriotas;
pero tratándose de vinos antiguos era sincero. A este respecto yo valía
tanto como él materialmente: era hábil conocedor de las vendimias
italianas, y compraba grandes cantidades siempre que me era posible.

Fué casi al obscurecer de una de aquellas tardes de carnaval de suprema
locura cuando encontré a mi amigo. Acercóse a mí con exuberante efusión,
pues había bebido en demasía. Mi hombre estaba vestido de payaso.
Llevaba un ceñido traje a rayas, y en la cabeza el gorro cónico y los
cascabeles. Me sentí tan feliz de encontrarle que creí que nunca
terminaría de sacudir su mano.

Díjele:

--Mi querido Fortunato, tengo una gran suerte en encontraros hoy. ¡Qué
bien estáis! Pero escuchad; he recibido una pipa que se supone ser de
amontillado, mas tengo mis dudas.

--¡Cómo!--repuso él.--¡Amontillado! ¿Una pipa? ¡Imposible! ¡Y en mitad
del carnaval!

--Tengo mis dudas,--repliqué;--y he cometido la bobería de pagar el
precio completo del amontillado antes de consultaros sobre este punto.
No podía encontraros y temía perder un buen negocio.

--¡Amontillado!

--Tengo mis dudas.

--¡Amontillado!

--Y necesito aclararlas.

--¡Amontillado!

--Como estáis comprometido, iré a buscar a Luchresi. Si alguno puede
decidirlo, será él. El me dirá...

--Luchresi no puede distinguir el amontillado del jerez.

--Y sin embargo, muchos opinan que es tan buen catador como vos mismo.

--¡Vamos, venid!

--¿Adónde?

--A vuestros sótanos.

--No, amigo mío; no quiero abusar de vuestros buenos sentimientos.
Observo que estáis comprometido. Luchresi...

--No tengo compromiso; vamos.

--No, amigo mío. No es cuestión solamente del compromiso, sino del
severo resfriado que os aflige, según veo. Los sótanos son húmedos.
Están incrustados de nitro.

--Vamos allá, a pesar de todo. El resfriado no significa nada.
¡Amontillado! Seguramente que os han engañado. Y lo que es Luchresi, no
sabe distinguir el jerez del amontillado.--

Hablando así, Fortunato se apoderó de mi brazo; y después de cubrir mi
rostro con una máscara de seda negra y ceñir estrechamente a mi cuerpo
un _roquelaure_, permití que me arrastrara hacia mi _palazzo_.

No había criados en la casa; todos habían salido a divertirse en
obsequio a la ocasión. Habíales dicho que no regresaría hasta la mañana
siguiente, a la vez que les daba órdenes explícitas de no abandonar el
palacio. Sabía yo bien que dichas órdenes eran razón suficiente para
provocar la desaparición inmediata de todos y cada uno de ellos tan
pronto como hubiera yo vuelto las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus candelabros y dando una a Fortunato le escolté
a través de una serie de habitaciones hasta el pasillo que conducía a
los subterráneos. Bajé una larga escalera de caracol, recomendándole
tener precaución cuando siguiera este camino. Llegamos al cabo a la
extremidad inferior del descenso, y nos detuvimos juntos sobre el húmedo
suelo de las catacumbas de los Montresor.

La marcha de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro
repiqueteaban a cada paso.

--¿La pipa?--preguntó.

--Está más allá,--respondí yo;--pero fijaos en las blancas telarañas que
relucen en los muros de estas cuevas.--

Volvióse hacia mí y me miró con turbias pupilas que destilaban el reuma
de la embriaguez.

--¿Nitro?--inquirió, al fin.

--Nitro,--afirmé.--¿Cuánto tiempo hace que tenéis esta tos?

--¡Ugh! ¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh!¡ugh! ¡ugh!...
¡ugh!¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!--

Mi pobre amigo se encontró incapaz de contestar durante largos minutos.

--No es nada,--dijo al cabo.

--¡Vámonos!--exclamé entonces con decisión,--regresemos; vuestra salud
es preciosa. Sois rico, respetado, admirado, amado; sois feliz, como lo
era yo en otro tiempo. Sois un hombre que haría falta. Para mí esto no
significa gran cosa. Regresemos; enfermaréis, y no quiero ser el
responsable. Además, allí está Luchresi...

--Basta,--declaró Fortunato;--esta tos no vale nada; no me matará. No
moriré, por cierto, de un resfriado.

--Es verdad, es verdad,--repliqué;--ciertamente que no era mi intención
alarmaros sin motivo; pero debéis tomar todas las precauciones
necesarias. Un trago de este Médoc nos preservará de la humedad.--

Diciendo estas palabras rompí el cuello de una botella que cogí de una
larga hilera de sus compañeras que yacían entre el polvo.

--Bebed,--dije, presentándole el vino.

Levantólo hasta sus labios mirándolo amorosamente. Detúvose luego y me
hizo un signo familiar con la cabeza mientras sus cascabeles
repiqueteaban.

--Brindo,--dijo,--por los muertos que reposan a nuestro rededor.

--¡Y yo, por vuestra larga vida!--

Tomó mi brazo de nuevo, y proseguimos.

--Estas catacumbas son extensas,--opinó.

--Los Montresor,--repuse,--eran una antigua y numerosa familia.

--No recuerdo vuestras armas.

--Un gran pie humano de oro sobre campo de azur; el pie destroza una
serpiente rampante cuyas fauces están incrustadas en el taco.

--¿Y el lema?

--_Nemo me impune lacessit._

--¡Bien!--exclamó.

El vino chispeaba en sus ojos, y los cascabeles vibraban. Mi propia
fantasía se exaltaba con el Médoc. Pasábamos entre grandes montones de
esqueletos mezclados con barriles y toneles en lo más profundo de las
catacumbas. Me detuve nuevamente y esta vez me atreví a coger el brazo
de Fortunato arriba del codo.

--¡El nitro!--exclamé;--mirad, aumenta ahora. Cubre las paredes como
musgo. Nos encontramos ahora bajo el lecho del río. Las gotas de humedad
escurren entre los huesos. Venid, retrocedamos antes que sea demasiado
tarde. Vuestra tos....

--No vale nada, os digo,--insistió él.--Prosigamos. Pero antes, venga
otro trago de Médoc.--

Rompí una botella de Grâve y se la pasé. Vacióla de una vez. Sus ojos
relampaguearon con brillo feroz. Rió, y arrojó lejos la botella con un
gesto que no pude comprender.

Miréle sorprendido. Repitió el movimiento, algo grotesco.

--¿No comprendéis?--preguntó.

--No, por cierto,--repliqué.

--Entonces no pertenecéis a la hermandad.

--¿Cómo?

--No, sois masón.

--Sí, sí,--aseguré,--sí, sí.

--¿Vos? ¡Imposible! ¿Masón?

--Masón,--repliqué.

--Un signo,--dijo,--un signo.

--Aquí está,--respondí, sacando una llana de entre los pliegues de mi
_roquelaure_.

--¡Os burláis!--exclamó, retrocediendo algunos pasos. Mas veamos el
amontillado.

--Sea así,--repuse, colocando de nuevo la herramienta debajo de mi
chaqueta, y ofreciéndole otra vez el brazo, sobre el cual se apoyó
pesadamente. Continuamos la ruta en busca del amontillado. Atravesamos
una arquería baja, descendimos, seguimos adelante y, descendiendo de
nuevo, llegamos a una profunda cripta donde la pesadez del aire ahogaba
nuestras antorchas sin permitirlas flamear.

Al fondo de esta cripta aparecía otra algo menos espaciosa. Sus muros
estaban cubiertos de restos humanos alineados hasta la altura de la
cabeza, a la manera de las grandes catacumbas de París. Tres lados de la
cripta interior estaban aún decorados en esta forma. En el cuarto, los
huesos se habían arrojado al suelo y yacían en promiscuidad formando en
cierto sitio un montón de regular tamaño. Dentro del muro, puesto así al
descubierto por el retiramiento de los esqueletos, apercibimos todavía
otra cripta o nicho interior de cuatro pies de profundidad y tres de
anchura por seis o siete de altura. Parecía no haberse construído con
propósito alguno especial, sino que formaba simplemente el espacio
intermedio entre dos de los pilares colosales que sostenían el techo de
las catacumbas; y tenía al fondo uno de los muros divisorios de sólido
granito.

En vano Fortunato, levantando su moribunda antorcha, trató de escudriñar
el interior del escondrijo. Su débil luz no nos permitió inspeccionarlo
en su totalidad.

--Adelante,--dije yo,--allí está el amontillado. Y en cuanto a
Luchresi....

--Luchresi es un ignorante,--interrumpió mi amigo, avanzando con pasos
vacilantes mientras yo seguía, pisándole los talones. Llegó en un
momento hasta el fondo del nicho y al encontrarse detenido por la roca,
quedó estúpidamente asombrado. Un instante más, y le había yo encadenado
contra el granito. Había dos anillos de hierro a distancia de dos o tres
pies más o menos uno de otro, horizontalmente. De uno de ellos pendía
una cadena corta y del otro un candado. Arrojando los eslabones sobre su
cintura, fué para mí labor solamente de unos cuantos segundos
asegurarle. Estaba demasiado atónito para resistir. Retirando la llave,
salí fuera del escondrijo.

--Pasad la mano sobre el muro,--insinué;--no podéis dejar de sentir el
nitro. En verdad, está eso _muy_ húmedo. Dejadme implorar una vez más
vuestro regreso. ¿No? Entonces, positivamente, me veré obligado a
abandonaros. Pero antes quiero haceros todas las pequeñas atenciones que
estén a mi alcance.

--¡El amontillado!--profirió mi amigo, sin recobrarse aún de su estupor.

--Es verdad,--repliqué,--el amontillado.

Diciendo estas palabras, me dirigí a la pila de huesos de que antes he
hablado. Arrojándolos a un lado, descubrí pronto una cantidad de piedras
de construcción y argamasa. Con estos materiales y con ayuda de mi
llana, comencé a tapiar vigorosamente la entrada del nicho.

Apenas habría colocado la primera hilera en mi labor de albañilería,
cuando pude notar que la embriaguez de Fortunato había desaparecido casi
por completo. La primera indicación que tuve de esta circunstancia fué
un sordo y lúgubre lamento que partía del fondo del nicho. _No_ era el
lamento de un ebrio. Hubo luego un largo y obstinado silencio. Coloqué
la segunda hilera, y la tercera, y la cuarta, y oí entonces furiosas
sacudidas a la cadena. El ruido se prolongó por varios minutos, durante
los cuales abandoné mi trabajo para escuchar con más satisfacción, y me
senté encima de los huesos. Cuando cesó al cabo el chirrido, cogí de
nuevo la llana y continué sin interrupción la quinta, sexta y séptima
ringlera. El muro elevábase entonces casi a nivel de mi pecho. Me detuve
otra vez y levantando la antorcha sobre la abertura, arrojé algunos
débiles rayos de luz sobre la figura encerrada dentro.

Una explosión de agudos y penetrantes gritos, brotando súbitamente de la
garganta de la encadenada forma, pareció como si me lanzara
violentamente hacia atrás. Por breves instantes temblé, vacilé.
Desnudando mi puñal, comencé a tentar el fondo del nicho; pero un
momento de reflexión me tranquilizó. Puse la mano sobre la sólida
construcción de las catacumbas y me sentí satisfecho. Me aproximé
nuevamente al muro, y respondí a los clamores que Fortunato lanzaba.
Híceles eco, los sostuve, los sobrepujé en fuerza y en volumen. Cuando
hice esto, los gritos se apagaron.

Era ya la media noche y mi tarea iba a concluir. Había completado la
octava, la novena y la décima hilera. Terminaba casi la última, la
undécima; faltaba colocar una piedra solamente y la argamasa para
asegurarla. Luchaba con su peso, y la había colocado a medias en la
posición deseada, cuando partió del fondo del nicho una risa débil que
puso los pelos de punta sobre mi cabeza. Sucedióla una voz lastimosa que
con dificultad pude reconocer como la del noble Fortunato. La voz decía:

--¡Ah! ¡ah! ¡ah!... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... muy buena broma en verdad, una
broma magnífica. Reiremos de buena gana muchas veces acerca de esto en
el _palazzo_... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... nuestro vino... ¡eh! ¡eh!¡eh!

--¡El amontillado!--dije yo.

--¡Eh! ¡eh! ¡eh!... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... sí, el amontillado. Pero ¿no está
haciéndose ya muy tarde? ¿No estarán aguardándonos en el _palazzo_ la
señora de Fortunato y los demás? Vámonos ya.

--Sí,--dije yo;--vámonos ya.

--_¡Por el amor de Dios, Montresor!_

--Sí,--repetí;--¡por el amor de Dios!--

Mas aguardé en vano respuesta a estas últimas palabras. Me impacienté.
Llamé en alta voz:

--¡Fortunato!--

No obtuve contestación. Llamé de nuevo:

Tampoco hubo respuesta. Introduje una antorcha por la abertura que
quedaba y la dejé caer dentro. Sólo respondió un repiqueteo de los
cascabeles. Mi corazón se oprimió; sin duda la humedad de las catacumbas
era la causa. Me apresuré a terminar mi labor. Forcé la última piedra
hasta colocarla en posición, luego la aseguré con argamasa. Contra la
nueva obra de albañilería elevé la trinchera de huesos. Por más de medio
siglo ningún mortal los ha removido jamás. _¡In pace requiescat!_



EL ESCARABAJO DE ORO

    ¡Hola! ¡hola! ¡Este hombre está atacado de locura!
      Debe haberle picado la tarántula.
         --_All in the Wrong._


Muchos años ha contraje íntima amistad con Mr. Wílliam Legrand.
Pertenecía a una antigua familia hugonote y había gozado de fortuna;
pero una serie de contratiempos le redujo más tarde a la miseria. Para
evitar la mortificación consiguiente a sus desastres abandonó Nueva
Órleans, la cuna de sus antepasados, y fijó su residencia en la isla de
Súllivan, cerca de Chárleston, en Carolina del Sur.

Esta isla es muy singular. Está formada casi toda de arena, y tiene
alrededor de tres millas de longitud. Su anchura no excede de un cuarto
de milla en toda su extensión. Queda separada del continente por una
corriente apenas perceptible que se desliza entre un yermo de cañas y
légamo, guarida favorita de las aves silvestres. La vegetación, como
puede suponerse, es escasa y raquítica. No hay árboles de ninguna clase.
Cerca de la extremidad occidental, hacia el fuerte de Moultrie, donde
existen algunos edificios de estructura miserable ocupados durante el
verano por los fugitivos del polvo y las fiebres de Chárleston, puede
encontrarse en verdad la palmera de abanico; pero toda la isla, con
excepción de la parte occidental y de una faja blanca y endurecida a la
ribera del mar, está cubierta de una densa maleza del mirto blanco tan
apreciado por los horticultores de Inglaterra. Estos arbustos alcanzan a
menudo una altura de quince o veinte pies y forman un tallar casi
impenetrable, embalsamando el aire con su fragancia.

En la más intrincada espesura de aquel soto, no muy alejada de la
extremidad oriental y más remota de la isla, había construído Legrand
una pequeña cabaña que habitaba en la época en que le conocí
incidentalmente por primera vez. Pronto este conocimiento se convirtió
en amistad, porque el recluso tenía muchas cualidades propias para
despertar interés y estimación. Lo encontré bien educado, de mentalidad
extraordinaria, pero atacado de misantropía y sujeto a perniciosos
accesos alternados de entusiasmo y melancolía. Tenía muchos libros, pero
rara vez hacía uso de ellos. Su principal distracción consistía en la
caza y la pesca o en vagar por la ribera y a través de los mirtos en
busca de conchas o ejemplares entomológicos, cuya colección de los
últimos podía haber causado la envidia de un Swámmerdamm. En estas
excursiones le acompañaba generalmente un negro viejo, llamado Júpiter,
a quien había franqueado antes de sus desgracias de familia, pero al
cual ni amenazas ni promesas pudieron inducir a abandonar lo que
consideraba su derecho de seguir los pasos de su joven "amo Will." No
sería extraño que los parientes de Legrand, juzgándole de mente algo
perturbada, hubieran contribuído a infundir a Júpiter esta obstinación
con el objeto de mantener cierta vigilancia y tutela sobre el vagabundo.

En la latitud de la isla de Súllivan los inviernos no son muy severos
por lo general, y en el otoño es muy raro que se sienta la necesidad de
encender la chimenea. Sin embargo, a mediados de octubre de 18--ocurrió
un día de frío extraordinario. A la hora precisa del ocaso me abría yo
paso entre las siemprevivas hacia la cabaña de mi amigo a quien no había
visto durante varias semanas, pues que en aquel entonces residía yo en
Chárleston, a nueve millas de distancia de la isla, y las facilidades
para el viaje de ida y vuelta estaban muy lejos de aproximarse a las del
tiempo actual. Al llegar a la choza golpeé la puerta como de costumbre
y, no obteniendo respuesta, busqué la llave en el sitio donde yo sabía
que la ocultaban de ordinario, abrí la puerta y entré. Un buen fuego
ardía en el hogar. Era una novedad que nada tenía por cierto de
desagradable. Me despojé del abrigo, acerqué una silla de brazos a los
crujientes leños, y me dispuse a esperar pacientemente la llegada de
Legrand.

Llegó poco después de obscurecido y me brindó la bienvenida más cordial.
Júpiter, sonriendo de oreja a oreja, se precipitó a preparar un ave de
pantano para la cena. Hallábase Legrand en uno de sus accesos--¿de qué
otro modo podría llamarlos?--de entusiasmo. Había encontrado un bivalvo
desconocido que representaba un género nuevo; y había perseguido y
cazado además, con ayuda de Júpiter, un escarabajo que juzgaba
absolutamente nuevo, pero acerca del cual quería tener mi opinión a la
mañana siguiente.

--¿Y por qué no ahora mismo?--pregunté, restregándome las manos sobre la
llama y enviando al diablo _in mente_ toda la tribu de escarabajos.

--¡Ah! ¡Si hubiera podido adivinar que estabais aquí!--exclamó
Legrand;--pero hace tanto tiempo desde que nos vimos la última vez que,
¿cómo iba a prever que me visitarais precisamente esta noche? De regreso
a casa encontré al teniente G----, el del fuerte, y neciamente le dejé
prestado el insecto; de manera que es imposible que lo veáis hasta
mañana. Quedaos aquí esta noche y enviaré a Júpiter a buscarlo al
amanecer. ¡Es la cosa más linda de la creación!

--¿Qué? ¿el amanecer?

--¡No! ¡Qué ocurrencia! ¡el escarabajo! Es más o menos del tamaño de una
nuez grande de nogal, color de oro brillante, y con dos manchas negras
como azabache, una a cada lado del extremo superior del dorso, y otra,
algo más extensa, al otro extremo. Las antenas son...

--No tié ná d'etaño,[1] amo Will, se lo digo a uté," interrumpió
Júpiter. "Er bicho é toíto de oro macizo por adentro y ajuera, menos las
alas.... Nunca en mi vía tantié un animal má pesao."

--Bien; supongamos que sea así, Jup,--replicó Legrand con más gravedad
de lo que requería el caso, a mi entender;--pero esto no es razón para
que dejes quemarse la cena. El color,--prosiguió volviéndose a mí,--es
bastante para justificar la opinión de Júpiter. Jamás habréis visto
reflejos metálicos más brillantes que los que sus escamas emiten; pero
no podéis juzgar de ello hasta mañana. Entretanto puedo daros alguna
idea de su forma.--

Hablando así, sentóse a una pequeña mesa donde había tintero y plumas,
pero no se veía nada de papel. Buscó en los cajones sin poder encontrar
ninguna hoja.

--No importa,--dijo al fin;--esto servirá lo mismo.--

Y sacando del bolsillo de su chaleco algo que me pareció una hoja sucia
de papel de oficio, púsose a dibujar un boceto a pluma. Mientras él
procedía, permanecí yo en mi sitio junto al fuego, pues aun sentía frío.
Cuando terminó su trabajo me lo alargó sin levantarse. En el momento en
que lo recibía, dejóse percibir un fuerte gruñido seguido de arañazos a
la puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, que pertenecía a
Legrand y a quien había yo demostrado gran simpatía en mis visitas
anteriores, se precipitó dentro saltando sobre mis hombros y llenándome
de caricias. Cuando terminaron sus cabriolas miré el papel y, a decir
verdad, me sentí no poco asombrado al ver el dibujo de mi amigo.

--Bien,--dije, después de contemplarlo por algunos minutos;--_esto_ es
un escarabajo muy extraño, he de confesarlo; completamente nuevo para
mí; jamás he visto nada semejante, a menos de ser un cráneo o una
calavera, que es lo que más se acerca a lo que tengo en observación.

--¡Una calavera!--repitió Legrand como un eco.--¡Oh! sí, bien, quizás
tenga algo de esta apariencia sobre el papel, no hay duda. Las dos
manchas superiores pueden parecer los ojos, ¿no? y la más grande al otro
extremo, la boca; y luego, el conjunto es de forma oval.

--Tal vez sea así,--dije;--pero se me figura, Legrand, que no sois muy
buen artista. Necesito ver yo mismo el insecto si he de formarme alguna
idea de su aspecto particular.

--Bien, no sé por qué,--replicó algo amostazado.--Dibujo de manera
aceptable, al menos debería hacerlo así; he tenido buenos maestros y me
lisonjeo de no ser un topo.

--Pero, querido amigo, entonces estáis tratando de burlaros de
mí,--repuse.--Esto es un cráneo muy presentable; en verdad, hasta podría
decir una calavera excelente, de acuerdo con las nociones más
elementales de los ejemplares de esta clase en fisiología; y vuestro
_escarabajo_ debe ser el escarabajo más peculiar si se le parece. ¡Vaya!
Hasta podemos arrojar un poquillo de terror supersticioso a su respecto.
Se me imagina que podéis llamar a vuestro insecto _scarabæus capus
hominis_ o algo por el estilo; hay nombres análogos en la historia
natural. Pero ¿dónde están las antenas de que hablabais?

--¡Las antenas!--exclamó Legrand, que parecía irse acalorando sobre el
asunto.--Estoy seguro de que podéis descubrir las antenas; las he
dibujado tan distintamente como aparecen en el original, y creo que esto
es suficiente.

--Bien, bien,--repliqué;--probablemente es así, lo cual no obsta para
que yo no las vea;--y sin más comentario le alargué el papel no deseando
excitar su enojo. Sin embargo, estaba muy sorprendido por el giro que
tomaba el asunto; su mal humor me chocaba; y con respecto al diseño del
insecto, no había allí antenas positivamente y el conjunto tenía en
verdad extraordinario parecido al dibujo corriente de una calavera.

Recibió el papel con enfado y estaba visiblemente a punto de estrujarlo
y arrojarlo al fuego cuando una ojeada casual al dibujo pareció fijar de
repente su atención. En un instante enrojeció su rostro violentamente, y
un momento después palideció por completo. Durante algunos minutos
examinó el diseño con minuciosidad en el mismo sitio donde se encontraba
sentado. Al cabo se levantó, cogió una bujía de la mesa y fué a sentarse
sobre un arca en el rincón más alejado de la habitación. Allí hizo de
nuevo un ansioso escrutinio del papel revolviéndolo en todas
direcciones. No decía una palabra, sin embargo, y su conducta me llenaba
de estupor; pero juzgué prudente no exacerbar con comentario alguno la
extravagancia creciente de sus maneras. Luego, sacando una cartera del
bolsillo de su chaqueta, colocó dentro el papel cuidadosamente y
depositó el paquete en su escritorio que cerró con llave. Entonces
adquirieron sus ademanes mayor compostura, pero su entusiasmo primitivo
había desaparecido del todo. Sin embargo, parecía más bien abstraído que
descontento. Conforme avanzaba la noche se absorbía más y más en sus
meditaciones de las cuales no consiguieron arrancarle todos mis
esfuerzos. Había tenido yo la intención de pasar la noche en la cabaña
como lo acostumbraba a menudo, pero observando la actitud de mi huésped,
pensé que era más oportuno despedirse. No me instó para que permaneciera
en su compañía, pero estrechó mi mano al partir con mayor cordialidad
aún que de ordinario.

Haría un mes de lo que he relatado, intervalo durante el cual nada había
sabido de Legrand, cuando recibí en Chárleston la visita de su asistente
Júpiter. Nunca había visto al buen negro tan trastornado y creí que
algún serio desastre hubiera ocurrido a mi amigo.

--Y bien, Júpiter,--díjele,--¿de qué se trata? ¿Cómo está tu amo?

--Pá decir verdá, patrón, él no etá tan sano.

--¿Está enfermo? Lo siento mucho. ¿De qué se queja?

--¡Ahí etá! ¡Eso é lo pior! Nunca se queja de ná. Pero tá mu mal.

--¡Muy mal, Júpiter! ¿Por qué no me dijiste eso de una vez? ¿Está en
cama?

--No, señó; eso no. Pero no se sabe por ónde anda. Eso é lo que me
duele. El pobre amo Will m'etá dando mucho dolore de cabeza.

--Júpiter, quisiera entender lo que estás diciendo. Hablas de que tu
amo está enfermo. ¿No te ha dicho lo que tiene?

--¡Güeno, patrón! No hay que alterase po eso. Amo Will dice que no tiene
ná.... Pero ¿por qué anda poahí con la cabeza enterrá entre sus hombros
y blanco como una visión?... ¡Otra cosa! Siempre etá con una chará....

--¿Una qué, Júpiter?

--Sí; una chará, y una pizarra con lo número má raros que se ha vito. Le
digo a uté que me asuta en veces. Necesito mucho ojo con sus cosas.
L'otro día se m'escapó a la madrugá y se jué todo el bendito día. Tuve
preparao un garrote pá dale una güena soba cuando volviese; pero soy tan
zonzo que no tuve alma dempués de tó.... Parecía tan despeao que me dió
lástima.

--¡Eh? ¡Cómo? ¡Ah, sí! Bien, teniendo todo en cuenta, creo que es mejor
que no seas muy severo con el pobre. No lo disciplines, Júpiter; no me
parece que está en condiciones de resistirlo. Pero ¿no puedes imaginar
qué es lo que ha producido su enfermedad, o mejor dicho, este cambio en
sus maneras? ¿Ha sucedido algo desagradable después que no nos hemos
visto?

--No, patrón, no ha sucedido ná dende entonce. Me paece que jué antes...
jué el mimo día que uté etuvo.

--¡Cómo! ¿qué quieres decir?

--Güeno, patrón, yo digo que jué la cucaracha... ¡eso!

--¿El qué?

--La cucaracha. Seguro que esa cucaracha de oro lo picó en algún lao de
la cabeza.

--Y ¿qué motivo tienes para pensar eso, Júpiter?

--Esa cucaracha tiene mu güenas patas y mu güena boca. Nunca vide un
bicho más condenao: muerde y patea tó lo que se le arrima. Amo Will la
cazó primero, pero le digo que tuvo que soltarla mu prontito. Y entonce
creo que lo mordió. A mí dió miedo la boca e la cucaracha p'agarrarla,
pero la pesqué con un peaso e papel. L'envolví con el papel y tamién
l'ise comé papel. Así jué.

--Y ¿crees entonces que el insecto picó verdaderamente a tu amo y que la
picadura lo ha enfermado?

--A mí no é que me paece.... Toy seguro. ¿Po qué soñó tanto con el oro
si no é poque lo picó el bicho de oro? Yo he oído dende antes hablá de
estas cucarachas de oro.

--Pero ¿cómo sabes que sueña con oro?

--¿Que cómo sé? Poque habla de eso cuando duerme. Po eso toy seguro.

--Bien, Júpiter, quizá tengas razón; pero ¿a qué circunstancia
afortunada debo el placer de tu visita?

--¿Qué dise, patrón?

--¿Me traes algún recado de Mr. Legrand?

--No, patrón, traigo ete paquete;--y aquí Júpiter me entregó una carta
que decía así:

     QUERIDO----

     ¿Por qué no habéis venido en tanto tiempo? Espero que no seréis tan
     bobo de ofenderos por mis pequeños arranques; no, eso no es
     posible.

     Desde que no os he visto tengo grandes motivos de ansiedad.
     Necesito deciros algo, pero apenas sé en qué forma podría hacerlo y
     ni siquiera si debería decíroslo.

     No he estado muy bien en los últimos días y el pobre viejo Júpiter
     me ha aburrido más de lo que es posible soportar con sus ingenuas
     atenciones. ¿Lo creeríais? Había preparado un gran palo el otro día
     para castigarme por habérmele escapado y haber pasado la jornada
     solo, en las colinas de la isla. Creo, en verdad, que únicamente mi
     aspecto de enfermo me salvó de la azotaina.

     No he agregado nada a mi colección desde la última vez que nos
     vimos.

     Si podéis arreglarlo sin inconveniente, venid con Júpiter. _Venid_.
     Necesito veros _esta noche_ para un asunto de importancia. Os
     aseguro que es de la _mayor_ importancia.

     Vuestro afectísimo
     WÍLLIAM LEGRAND.

Algo había en el tono de la carta que me produjo gran inquietud. Su
estilo difería por completo del que acostumbraba Legrand. ¿En qué
estaría soñando? ¿Qué nueva extravagancia se había apoderado de su
excitable cerebro? ¿Cuál podía ser aquel "asunto de gran importancia"
que necesitara él definir? Las noticias de Júpiter a su respecto no
auguraban nada bueno. Temí que quizá el peso continuo de la desgracia
hubiera al fin trastornado la mente de mi amigo. En consecuencia, sin un
instante de vacilación me preparé a acompañar al negro.

Al llegar al embarcadero advertí una hoz y tres azadas, nuevas en
apariencia, colocadas en el fondo del bote que debíamos ocupar.

--¿Qué significa esto, Jup?--pregunté.

--Son una hoz y unas azadas, patrón.

--No cabe duda; pero ¿qué hacen aquí?

--Son una hoz y unas azadas que amo Will me mandó que le comprara en la
ciudad y que por má señas he tenío que largar un montón de plata po eso.

--Pero, en nombre de todo lo misterioso, ¿qué va a hacer "amo Will" con
azadas y con hoces?

--¡Ah! Eso sí que no sé y ¡el diablo cargue conmigo si el amo sabe má
que yo! Pá mí que tó é por la cucaracha.--

Viendo que no podía satisfacer mi curiosidad con las respuestas de
Júpiter, cuyo intelecto parecía completamente absorbido por el
escarabajo, abordé el bote y nos dimos a la vela. Empujados por brisa
poderosa y favorable arribamos pronto a la pequeña ensenada al norte del
fuerte de Moultrie y una caminata de dos millas nos condujo a la cabaña.
Era cerca de las tres de la tarde cuando llegamos, y Legrand nos
aguardaba en ansiosa expectación. Oprimió mi mano con vivacidad nerviosa
que me alarmó robusteciendo las sospechas que habían ya acudido a mi
mente. Su semblante tenía palidez cadavérica y sus ojos, hundidos en las
cuencas, brillaban con lustre sobrenatural. Después de algunas preguntas
acerca de su salud preguntéle, no sabiendo cosa mejor que decir, si no
había recuperado aún su escarabajo del teniente G.----

--¡Oh, sí!--replicó, enrojeciendo violentamente.--Lo recogí al siguiente
día. Nada podría decidirme a separarme de este escarabajo. ¿Sabéis que
Júpiter tenía razón en sus apreciaciones?

--¿A qué respecto?--pregunté, sintiendo mi corazón llenarse de tristes
presentimientos.

--Suponiendo que era un insecto de _oro verdadero_.--

Dijo esto con aire de profunda gravedad, y yo me sentí indeciblemente
contristado.

--Este insecto hará mi fortuna,--continuó con sonrisa triunfante;--me
reinstalará en mis posesiones de familia. ¿Qué de extraño tiene,
entonces, que yo lo aprecie en grado sumo? Desde que la Fortuna ha
creído oportuno concederme sus dones en esta forma, sólo me resta usar
de ellos debidamente para llegar a la riqueza que es su culminación.
¡Júpiter, tráeme el escarabajo!

--¡Qué! ¿La cucaracha, patrón? No quío buscale camorra a ese bicho; mejó
que uté mimo lo agarre.--

A lo cual levantóse Legrand con aire grave y majestuoso y me presentó el
insecto que sacó de una caja de cristal en que lo tenía encerrado. Era,
en verdad, un hermoso escarabajo, desconocido por aquel tiempo a los
naturalistas y, por consiguiente, un gran hallazgo desde el punto de
vista científico. Tenía dos manchas negras en el extremo anterior del
lomo y otra, más grande, en el extremo posterior. Las escamas eran
excesivamente duras y brillantes, con toda la apariencia del oro
bruñido. El peso del insecto era notable y, tomando todas estas cosas en
consideración, apenas podía yo reprochar a Júpiter sus opiniones al
respecto; pero lo que inclinaba a Legrand a asentir con esta idea no
podía comprenderlo, por vida mía.

--He enviado a buscaros,--dijo en tono grandilocuente cuando terminé el
examen del insecto,--he enviado a buscaros porque necesito vuestros
consejos y vuestra asistencia para llevar a cabo los designios de la
suerte y del escarabajo....

--Mi querido Legrand,--exclamé interrumpiéndole,--seguramente no os
sentís bien, y es preferible que toméis algunas ligeras precauciones.
Acostaos, y yo permaneceré aquí algunos días hasta que os encontréis
mejor. Estáis febril y....

--Tomadme el pulso,--dijo mi amigo.

Hícelo así, y a decir verdad no encontré la más ligera alteración.

--Pero podéis estar enfermo aun sin tener fiebre. Permitidme recetaros
por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en segundo....

--Estáis equivocado,--interrumpió.--Me encuentro tan bien como puedo
estarlo bajo la excitación que me aqueja. Si tenéis realmente algún
interés por mí, aliviaréis esta excitación.

--¿De qué manera puedo hacerlo?

--Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a emprender una expedición a las
colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la cooperación de
alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el único en
quien yo depositaría mi confianza. Ya tengamos éxito o fracasemos,
desaparecerá la agitación que ahora advertís en mí.

--Deseo muchísimo complaceros en cualquier sentido,--repliqué;--pero
¿significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna conexión con
vuestra expedición a las colinas?

--La tiene.

--En tal caso, Legrand, no puedo prestarme a proceder tan absurdo.

--Lo siento, lo siento mucho; porque tendremos que ensayarlo solos.

--¡Ensayarlo solos! ¡Este hombre está loco seguramente! Pero ¡aguardad!
¿Cuánto tiempo os proponéis ausentaros?

--Probablemente toda la noche. Saldremos en este instante y estaremos de
vuelta al alba en todo caso.

--¿Y me prometéis, por vuestro honor, que una vez satisfecha esta
fantasía y resuelto a vuestra satisfacción el asunto del escarabajo,
¡gran Dios! volveréis a casa y seguiréis implícitamente mis consejos
como si fuera vuestro médico?

--Sí; lo prometo; y ahora partamos inmediatamente porque no hay tiempo
que perder.

Acompañé a mi amigo con el corazón oprimido. Salimos a eso de las
cuatro, Legrand, Júpiter, el perro y yo, cargando Júpiter con la hoz y
las azadas que insistió en llevar él mismo, más por temor de dejar
aquellos instrumentos al alcance de su amo que por exceso de actividad o
complacencia, a lo que pude presumir. Su actitud era terriblemente
suspicaz, y las palabras "condenado insecto" fueron las únicas que se
escaparon de sus labios durante todo el trayecto. Por mi parte me había
encargado de dos linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el
escarabajo que llevaba atado al extremo del cordel de un látigo,
haciéndolo girar a uno y otro lado con aires de hechicero conforme
avanzábamos. Cuando pude observar esta última y evidente muestra de la
aberración mental de mi amigo apenas me fué posible retener las
lágrimas. Pensé, sin embargo, que era mejor seguir sus fantasías al
menos por el momento hasta que se presentara la oportunidad de adoptar
medidas más enérgicas con probabilidades de éxito. Me propuse al mismo
tiempo, aunque sin resultado, sondearle acerca del objeto de la
expedición. Habiendo logrado inducirme a acompañarle, no parecía desear
sostener conversación sobre tópicos de menor importancia, y a todas mis
preguntas se dignaba responder tan sólo: "¡Ya veremos!"

Cruzamos en un esquife el canal que separaba la isla y, ascendiendo las
colinas de la playa del continente, seguimos en dirección noroeste a
través de una comarca excesivamente salvaje y desolada donde no existía
traza de seres humanos. Legrand guiaba con decisión, deteniéndose
únicamente de vez en cuando para consultar ciertas señales que en
apariencia había colocado él mismo en alguna excursión preliminar.

De esta manera avanzamos durante cerca de dos horas, y precisamente a la
caída del sol penetramos en una región infinitamente más lúgubre que
todo lo que habíamos atravesado hasta entonces. Era una especie de
meseta cerca de la cima de una eminencia casi inaccesible, cubierta de
densa arboleda desde la base hasta la cumbre y sembrada de enormes
peñascos que parecían yacer desprendidos sobre el terreno, evitando en
muchos casos precipitarse a los hondos valles debido simplemente al
apoyo de los árboles contra los cuales descansaban. Quebradas profundas,
que partían en diversas direcciones, prestaban todavía un aire de
solemnidad más agreste a la escena.

La plataforma natural hasta donde nos habíamos encaramado estaba erizada
de espesas zarzas entre las cuales descubrimos pronto que habría sido
imposible avanzar sin el auxilio de la hoz; y Júpiter procedió, bajo la
dirección de su amo, a abrirnos una senda hasta el pie de un enorme
tulipán que se levantaba en medio de seis u ocho robles sobrepasando a
todos en altura y humillando a cuantos árboles había yo visto hasta
entonces por la belleza de su follaje y de su forma, por la magnitud de
sus ramas y por la majestad de su aspecto en general. Cuando llegamos
cerca del árbol, volvióse Legrand a Júpiter y preguntóle si sería capaz
de escalarlo. El viejo titubeó un poco quedando algunos instantes sin
responder. Aproximándose al fin al inmenso tronco, dió la vuelta
pausadamente alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando
terminó su escrutinio, dijo sencillamente:

--Claro, patrón, el negro Júpiter se trepa a cualquier árbol que le da
la gana.

--Entonces, arriba cuanto antes, porque pronto será demasiado tarde para
ver lo que necesitamos.

--¿Asta ónde me subo, patrón?--preguntó Júpiter.

--Sube primero por el tronco y luego te diré de qué lado debes ir.
¡Ah!... ¡espera! llévate al insecto.

--¡La cucaracha, patrón! ¿La cucaracha de oro?--gritó el negro,
retrocediendo acongojado. ¿Pá qué he de subir la cucaracha arriba del
árbol? ¡Demonio si la llevo!

--Si tienes miedo, Júpiter, un negro grandazo y viejo como eres, de
coger a este pequeño animalito inofensivo, llévalo por el cordón; pero
si no lo subes contigo en alguna forma, me veré obligado a romperte la
cabeza con esta azada.

--¿Qué es eso, patrón? ¿Po qué s'enoja ahora?--dijo Júpiter
evidentemente abochornado hasta la sumisión.--Siempre la paga el pobre
negro viejo. Yo lo dije sólo de juego. ¿Que le tengo miedo a la
cucaracha? ¿Qué me v'aser a _mí_ la cucaracha?--

Y a esto cogió cautelosamente el extremo más alejado del cordón y
manteniendo al insecto tan apartado de sí como lo permitían las
circunstancias, preparóse a escalar el árbol.

En la juventud, el tulipán o _Liriodendron tulipiferum_, magnífico
habitante de las selvas, tiene el tronco singularmente liso y se eleva a
menudo a gran altura sin ramas laterales; pero en su edad madura la
corteza se vuelve áspera y nudosa a la vez que aparecen ramas cortas en
el tallo. Así, la dificultad de la ascensión era más aparente que real
en el presente caso. Abarcando el enorme cilindro con brazos y rodillas
tan estrechamente como era posible, aferrándose con las manos en algunas
partes salientes mientras afirmaba en otras sus pies desnudos, Júpiter
se encaramó al fin, después de dos o tres escapes de caída inminente, en
la primera rama ahorquillada y pareció considerar su tarea virtualmente
llevada a cabo. El peligro de la empresa estaba vencido, en efecto, aun
cuando se hallaba ahora a sesenta o setenta pies de altura sobre el
nivel del suelo.

--¿Por ónde voy aora, amo Will?--preguntó.

--Sigue la rama más grande hacia este lado,--dijo Legrand. El negro
obedeció prontamente y al parecer con pequeño esfuerzo, ascendiendo más
y más alto hasta que perdimos de vista su agachada figura entre el
espeso follaje que la envolvía. A poco oímos su voz en una especie de
alerta.

--¿Asta ónde subo aora?

--¿A qué altura has llegado?

--Bien arriba,--replicó el negro;--ya púo ver el sielo po entre la punta
del árbol.

--Nada importa el cielo, pero atiende a lo que voy a decirte. Mira hacia
abajo del árbol y cuenta las ramas de este lado debajo de ti. ¿Cuántas
ramas has pasado?

--Una, do, tré, cuato, sinco... he pasao sinco ramas de este lao,
patrón.

--Entonces sube una más.--

Algunos minutos después oímos nuevamente su voz anunciando que había
llegado a la séptima.

--Ahora, Jup,--exclamó Legrand visiblemente agitado,--necesito que
avances sobre esa rama lo más lejos que puedas. Si encuentras algo
extraño, avísamelo inmediatamente.--

En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que podía aun abrigar
acerca de la demencia de mi amigo. No tenía otra alternativa sino pensar
que había sido atacado de locura, y llegué a sentirme verdaderamente
ansioso pensando en el modo de hacerlo regresar a la casa. En tanto que
reflexionaba sobre lo que sería más conveniente intentar, la voz de
Júpiter dejóse escuchar de nuevo.

--Mucho critianos se asutarían de andar po eta rama. Etá seca casi
todita.

--¿Dices que es una rama seca, Júpiter?--interrogó Legrand con voz
trémula.

--Sí, patrón; etá seca como tranca e puerta. Como que lo etoy viendo...
¡tá muerta!

--¿Qué haré, en nombre del cielo?--exclamó Legrand, que parecía
entregado a gran desesperación.

--¡Haced esto!--insinué yo, satisfecho de encontrar la oportunidad de
colocar una palabra.--¡Vaya! ¡Venir a casa y acostaros! Vamos
inmediatamente, si sois buen chico. Se hace tarde, y además debéis
recordar vuestra promesa.

--¡Júpiter!--gritó él, sin atenderme en lo más mínimo.--¿Me oyes?

--Sí, patrón; l'oigo mu bien.

--Entonces, prueba la madera con tu cuchillo y fíjate bien si la rama
está _muy_ seca.

--Podrida, patrón, seguro,--contestó el negro después de un momento;
pero no tan podrida. Quién sabe si pudiera 'vansá má ayá etando solo.
¡Así sí, digo!

--¡Solo! ¿Qué quieres decir?

--Güeno, é po la cucaracha. E mu pesada. Si la boto pa 'bajo, la rama no
se romperá con el peso del negro na má.

--¡Canalla infame!--gritó Legrand, muy consolado al parecer,--¿qué
piensas sacar diciéndome esas estupideces? Ten por seguro que si dejas
caer el insecto te rompo el cuello. ¡Mira, Júpiter! ¿me oyes?

--Sí, patrón; no hay necesidad de cargarle con tanto grito al pobre
negro.

--¡Bien! ¡Escucha ahora! Si vas por esa rama hasta donde creas que hay
seguridad y no dejas caer el escarabajo, te regalaré un dólar de plata
en cuanto llegues al suelo.

--Voy, patrón, pierda cuidao,--repuso el negro con presteza;--etoy casi
en la punta de la rama.

--_¡Casi en la punta de la rama!_--exclamó alegremente Legrand;--¿dices
que has llegado al extremo de esa rama?

--Pronto etoy en la mima punta, patrón.... ¡O-o-o-oh! ¡Santísimo Padre!
¡Qué es eto que hay en el árbol?

--¡Bien!--gritó? Legrand en medio de extraordinario deleite.--¿Qué es
ello?

--¿Qué! ¡Una calavera!... Alguno que dejó su cabesa en el árbol y los
gallinasos le han comío toíto el peyejo.

--¿Una calavera, dices? ¡Muy bien! ¿Cómo está asegurada contra el árbol?
¿Qué cosa la sostiene?

--Etá juerte, patrón; vamo a ver. ¡Vaya qu' é curioso! Etá clavada al
árbol con un clavo grandaso.

--Ahora bien, Júpiter, haz exactamente lo que te digo; ¿me oyes?

--Sí, patrón.

--Fíjate entonces; busca el ojo izquierdo de la calavera.

--¡Ju, ju! ¡Eso sí que etá güeno! No hay dengún ojo en la calavera.

--¡Malhaya sea tu estupidez! ¿Sabes siquiera distinguir tu mano
izquierda de tu mano derecha?

--Claro que lo sé... y mu bien. Mi mano isquierda é la que está
agarrando la rama.

--¡Sí, por cierto! Eres zurdo; y tu ojo izquierdo está al mismo lado que
tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el ojo izquierdo
de la calavera o el sitio donde estaba el ojo izquierdo. ¿Lo
encuentras?--

Hubo una larga pausa. Al fin preguntó el negro:

--¡Diga, patrón! ¿El ojo isquierdo de la calavera etá al mimo lao que la
mano isquierda de la calavera? Poque no l'encuentro manos a la
calavera.... ¡No importa! Aquí tengo ahora el ojo isquierdo... aquí etá
el ojo isquierdo.... ¿Qué ago con él?

--Deja caer por allí al insecto hasta donde alcance el cordón; pero ten
mucho cuidado de no dejar escapar el otro extremo.

--Listo, patrón. Fasilito pasó la cucaracha por el aujero... aora
¡cuidao con el bicho ayá abajo!

Durante todo este coloquio nada podía descubrirse de la persona de
Júpiter; pero el insecto, que había dejado descender, veíase ahora al
extremo del cordón, brillando como un globo de oro bruñido a los
últimos rayos del sol poniente que iluminaban todavía débilmente la
eminencia en que nos encontrábamos. El escarabajo oscilaba libremente
fuera de las ramas y, de soltarlo, habría caído a nuestros pies. Legrand
cogió la hoz al punto y desmontó un espacio circular de tres o cuatro
pies de diámetro, exactamente debajo del insecto; cumplido lo cual
ordenó a Júpiter soltar el cordón y descender del árbol.

Clavando en el suelo una estaca con gran esmero, en el punto preciso
donde cayó el animal, sacó mi amigo del bolsillo una cinta de medida.
Asegurando uno de sus extremos al tronco por el sitio más cercano a la
estaca, la desenrolló hasta alcanzar este punto, continuando la
operación hasta la distancia de cincuenta pies siguiendo la dirección
establecida por los dos puntos del tronco y la estaca. Júpiter abría
camino en la maleza con la hoz. Llegando al sitio determinado en esta
forma, enclavó de nuevo otra estaca y, tomándola como eje, describió un
círculo de cuatro pies de diámetro aproximadamente. Cogiendo entonces
una azada para sí y dando una a Júpiter y otra a mí, nos encareció
ponernos a cavar con la mayor actividad posible.

A decir verdad, no tenía yo especial afición por este entretenimiento en
ningún caso, y habría declinado gustoso la invitación en semejante
momento, porque la noche caía y me sentía muy fatigado con todo el
ejercicio que habíamos llevado a cabo; pero no vi modo alguno de
escapar, temiendo alterar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una
negativa. Si hubiera podido contar con la ayuda de Júpiter, no habría
vacilado en intentar el regreso del lunático a la casa, aun cuando fuera
por fuerza; pero sabía muy bien las disposiciones del viejo negro para
esperar que quisiera sostenerme, en cualesquiera circunstancias, en
lucha personal contra su amo. No dudaba yo que éste se hubiera
contagiado con alguna de las innumerables supersticiones del sur con
respecto a dinero enterrado, y que tal fantasía se confirmara en su
mente por el hallazgo del escarabajo o, quizá también, por la
obstinación de Júpiter en asegurar que este insecto era "un animal de
oro verdadero." Una mente predispuesta a la locura pronto se dejaría
arrastrar por tales sugestiones, especialmente si concordaban con ideas
favoritas preconcebidas, lo que me hizo recordar que el pobre muchacho
llamaba al escarabajo "la base de su fortuna." Encontrábame tristemente
vejado e impresionado, pero al fin resolví hacer de necesidad virtud y
cavar con entusiasmo para convencer más pronto al visionario, con
demostración ocular, de la falsedad de sus opiniones.

Encendimos las linternas y nos pusimos todos a la obra con ardor digno
de mejor causa. No pude menos de pensar, observando el resplandor que
iluminaba nuestras personas e instrumentos, en el grupo tan pintoresco
que debíamos formar, y cuán extraña y sospechosa parecería nuestra labor
a cualquiera que por casualidad se hubiera acercado a los alrededores.

Cavamos de firme durante dos horas. Apenas hablábamos; y nuestra
preocupación principal consistía en los ladridos del perro que tomaba
interés extraordinario en nuestros procedimientos. Alcanzaron por último
tal diapasón que temimos pudiera dar la alarma a cualquier vagabundo en
las cercanías; mejor dicho, tales eran las aprensiones de Legrand, pues
en cuanto a mí habría acogido con placer cualquiera interrupción que me
permitiera hacer regresar a casa al extraviado. El ruido fué dominado al
fin muy eficazmente por Júpiter que, saliendo del agujero con aire de
inflexible determinación, ató el hocico del perro con uno de sus
tirantes, volviendo luego a su tarea con risa ahogada de satisfacción.

Cuando expiró el tiempo indicado habíamos llegado a una profundidad de
cinco pies sin que aparecieran indicios de tesoro alguno. Siguió una
pausa general y comencé a esperar que estuviéramos al final de la farsa.
Sin embargo, Legrand, aunque visiblemente desconcertado, enjugó
pensativo su frente y se puso de nuevo a la obra. Habíamos excavado
completamente el círculo de cuatro pies de diámetro y ensanchamos algo
aquel límite ahondando dos pies más de profundidad. Nada apareció. El
buscador de oro, a quien compadecía yo sinceramente, trepó al fin del
fondo del hoyo con la decepción más amarga impresa en sus facciones y
procedió pausadamente y a más no poder a endosar su chaqueta que había
arrojado al comenzar su labor. Yo no hacía observación alguna. Júpiter
comenzó a reunir las herramientas a una señal de su amo. Hecho esto, y
quitada la mordaza al perro, nos encaminamos a casa en profundo
silencio.

Habríamos andado quizá una docena de pasos en aquella dirección cuando
Legrand se dirigió violentamente a Júpiter con un gran juramento
sacudiéndolo por el cuello.

--¡Canalla!--exclamó, silbando las palabras entre sus dientes
apretados.--¡Infernal negro bellaco! ¡Habla, te digo! ¡respóndeme al
instante sin superchería! ¿Cuál, cuál es tu ojo izquierdo?

--¡Oh, misericordia, patrón! ¿No é éte mi ojo isquierdo?--aulló el
aterrorizado Júpiter, colocando la mano sobre su órgano visual _derecho_
y manteniéndola allí con pertinacia como si temiera que su amo intentara
arrancárselo.

--¡Así me lo figuraba! ¡Estaba seguro de ello! ¡hurra!--vociferó
Legrand, dejando escapar al negro y ejecutando una serie de saltos y
cabriolas con gran admiración del criado quien, levantándose de donde
había caído arrodillado, miraba enmudecido de su amo a mí y de mí a su
amo.

--¡Venid! Tenemos que regresar,--dijo éste último;--la partida no está
terminada aún.--

Y de nuevo nos condujo hasta el árbol de tulipán.

--¡Júpiter,--dijo cuando llegamos al pie,--ven acá! ¿Estaba clavado el
cráneo en el árbol con la cara hacia afuera o con la cara contra la
rama?

--La cara etaba pá juera, patrón; así que los gallinasos se pudieron
come los ojos con descanso.

--Bien; entonces, ¿soltaste el insecto por este ojo o por
éste?--preguntó Legrand tocando ambos ojos de Júpiter.

--Jué por ete ojo, patrón... el ojo isquierdo... el mimo que uté me
dijo;--y el negro señalaba su ojo derecho.

--Así puede arreglarse; tenemos que ensayar otra vez.

Entonces mi amigo, en cuya locura veía yo ahora o imaginaba ver ciertas
indicaciones de método, movió la estaca que marcaba el sitio donde cayó
el escarabajo tres pulgadas al oeste de su primera posición. Tomando
luego como antes la medida desde el punto más cercano del tronco hasta
la estaca, y siguiendo aquella dirección en línea recta hasta la
distancia de cincuenta pies, quedó indicado un sitio separado por
algunas yardas del lugar en donde habíamos verificado la excavación.

Describiendo ahora un círculo algo mayor que la primera vez alrededor
del punto así indicado, principiamos de nuevo a trabajar con las azadas.
Yo estaba horriblemente fatigado, pero, aun sin comprender bien lo que
provocaba tal cambio en mis ideas, no sentía ya gran aversión por la
tarea que se me imponía. Estaba indeciblemente interesado; más aún,
excitado. Había algo en medio de la extravagancia de maneras de Legrand,
cierto aire de previsión, de deliberación que me impresionaba. Ahondaba
con empeño, y de vez en cuando me sorprendí a mí mismo buscando, con
modo que se asemejaba mucho a la expectación, el fantástico tesoro cuya
visión había trastornado a mi infortunado compañero. En cierto momento
en que los vagares de mi imaginación se habían apoderado de mí por
completo, y cuando habríamos trabajado quizá hora y media, nos
interrumpieron otra vez violentos ladridos del perro. Su inquietud en el
primer caso había sido evidentemente tan sólo el resultado de un juego o
de un capricho, pero ahora asumía tono más grave e insistente. Cuando
Júpiter intentó amordazarlo de nuevo, manifestó furiosa resistencia y
lanzándose en el agujero púsose a cavar frenéticamente con las uñas. En
pocos segundos descubrió un montón de huesos humanos que formaban dos
esqueletos completos, entremezclados con varios botones de metal y algo
que parecía residuos de lana apolillada. Uno o dos golpes de azada
descubrieron la hoja de una gran daga española, y ahondando un poco más
salieron a luz tres o cuatro piezas de oro sueltas.

A la vista de las monedas apenas pudo Júpiter refrenar su alegría, pero
el aspecto de su amo demostraba profunda decepción. Insistió, sin
embargo, para que continuáramos los esfuerzos, y no había terminado de
pronunciar aquellas palabras cuando yo tropecé y caí hacia adelante, con
la punta de la bota cogida en un gran anillo de hierro que yacía medio
oculto entre la tierra removida.

Trabajamos entonces ansiosamente, y jamás he pasado diez minutos de
excitación tan intensa como aquéllos. En este intervalo descubrimos una
caja oblonga de madera que, a juzgar por su conservación perfecta y
maravillosa solidez, había sido sometida a algún proceso de
petrificación, quizá por el bicloruro de mercurio. Aquella arca tenía
tres pies y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y medio de
altura. Estaba fuertemente asegurada con bandas de hierro forjado,
remachadas y formando una especie de tejido que cubría el conjunto. A
los costados de la caja, cerca de la cubierta, había tres anillos de
hierro, seis en total, que ofrecían seguro agarradero para que seis
personas pudieran levantarla con comodidad. Nuestros mayores esfuerzos
reunidos alcanzaron apenas a remover ligeramente el cofre en su mismo
sitio. Al momento pudimos comprobar la imposibilidad de levantar peso
tan enorme. Afortunadamente, la única cerradura de la tapa consistía en
dos cerrojos que descorrimos temblando y palpitantes de ansiedad. En un
instante brillaron ante nuestros ojos tesoros de valor incalculable. Al
caer dentro del hoyo los rayos de las linternas relampaguearon chispas y
dorados resplandores que partían de un confuso montón de oro y joyas
deslumbrando por completo nuestras miradas.

No intentaré describir las sensaciones que me acometieron mientras
contemplaba todo aquello. El asombro predominaba por supuesto. Legrand
parecía exhausto por la emoción y pronunció muy pocas palabras. El
rostro de Júpiter revistió durante algunos minutos palidez tan mortal
como, dada la naturaleza de las cosas, es posible asumir al rostro de un
negro. Parecía estupefacto, herido por el rayo. A poco cayó de rodillas
en el agujero, y enterrando hasta el codo en el oro sus desnudos brazos
permaneció así como saboreando la voluptuosidad de un baño. Al cabo, con
un profundo suspiro, exclamó como en soliloquio:

--¡Y todo eto po la cucaracha de oro! ¡la linda cucaracha de oro! ¡la
pobre cucarachita de oro que yo maltrataba como un bestia! ¿No tiene
vergüensa de ti, negro? ¡Contesta!--

Fué necesario al fin que yo hiciera despertar a amo y criado a la
necesidad de levantar el tesoro. Hacíase tarde, e importaba apresurarnos
para transportar todo a la casa antes del amanecer. Era difícil decidir
lo que debía hacerse, y transcurrió mucho tiempo en deliberación, tan
confusas se hallaban nuestras ideas. Finalmente aligeramos la caja
sacando dos terceras partes de su contenido y sólo entonces logramos con
bastante trabajo sacarla del hoyo. Ocultamos entre la maleza los
artículos extraídos del cofre dejando a su cuidado al perro con órdenes
estrictas de Júpiter de no abandonar su puesto bajo ningún pretexto ni
abrir la boca hasta nuestro regreso. Luego nos encaminamos
apresuradamente a la casa llevando la caja, y llegamos con seguridad,
pero con excesivo trabajo, a la una de la mañana. Rendidos de cansancio
como nos encontrábamos era humanamente imposible hacer más por el
momento. Descansamos hasta las dos y tomamos algún alimento, regresando
inmediatamente a las colinas armados de tres sólidos sacos que por
suerte encontramos en la casa. Poco antes de las cuatro llegamos a la
excavación, dividimos el botín en partes aproximadamente iguales y
dejando los hoyos abiertos nos dirigimos de nuevo a la cabaña donde
depositamos por segunda vez nuestra dorada carga cuando empezaban
justamente a brillar hacia el oriente sobre la copa de los árboles los
primeros y débiles rayos del alba.

Nos sentíamos deshechos; pero la intensa agitación del momento nos
privaba del reposo. Después de un sueño intranquilo, que se prolongó
tres o cuatro horas, nos levantamos como si lo hubiéramos concertado de
antemano para examinar nuestros tesoros.

La caja había estado llena hasta el borde, y pasamos todo el día y gran
parte de la noche siguiente en examinar su contenido. No había señales
de orden alguno en el arreglo; todo se había arrojado a la ventura.
Separando todo por grupos cuidadosamente nos encontramos dueños de un
tesoro mucho mayor de lo que creímos al principio. En moneda acuñada
había más de cuatrocientos o quinientos mil dólares, a lo que pudimos
juzgar, estimando el valor de las piezas tan aproximadamente como era
posible según las tablas del período a que pertenecían. No había una
sola partícula de plata. Todo era oro de fecha antigua y de gran
diversidad: monedas francesas, inglesas y alemanas, algunas guineas
inglesas y algunas fichas de las cuales jamás habíamos visto antes
ningún ejemplar. Había varias monedas muy grandes y muy pesadas, y tan
gastadas que no pudimos descubrir las inscripciones. Nada de moneda
americana. Encontramos más difícil estimar el valor de las joyas. Había
diamantes, algunos extraordinariamente grandes y hermosos, ciento diez
en total, y ninguno de ellos pequeño; dieciocho rubíes de reflejos
admirables; trescientas diez esmeraldas, todas muy bellas; veintiún
zafiros y un ópalo. Estas piedras habían sido arrancadas de su engaste y
arrojadas sueltas en el cofre. Los engastes, que encontramos entre otras
piezas de oro aparecían desfigurados a martillazos como para evitar su
identificación. Además de todo esto, había gran número de joyas de oro
macizo: cerca de doscientos anillos y pendientes; ricas cadenas, treinta
de ellas, si bien recuerdo; ochenta y tres crucifijos muy grandes y
pesados; cinco incensarios de oro de gran valor; una maravillosa
ponchera de oro ricamente cincelada y ornamentada de hojas de vid y
figuras de bacanal; dos empuñaduras de espada exquisitamente realzadas,
y muchos otros artículos menudos que no me es dado recordar. El peso de
estas alhajas excedía de trescientas cincuenta libras corrientes; no
habiendo incluído en esta apreciación ciento noventa y siete magníficos
relojes de oro, tres de los cuales valían cada uno quinientos dólares
por lo menos. Muchos de aquellos relojes eran extremadamente antiguos e
inútiles para medir el tiempo, habiéndose descompuesto su mecanismo en
mayor o menor proporción; pero todos estaban montados en ricas joyas y
en cajas de gran valor. Estimamos esa noche en millón y medio de dólares
el contenido del cofre; pero después de haber dispuesto de las joyas y
adornos, separando algunas para nuestro uso particular, encontramos que
habíamos tasado muy bajo nuestros tesoros.

Cuando, al cabo, concluído el inventario, y apaciguada en cierto modo la
intensa excitación de los primeros momentos, vió Legrand que moría yo
de impaciencia por la solución de este enigma extraordinario, entró en
la relación detallada de todas las circunstancias que con ello se
relacionaban.

--Recordaréis,--dijo,--aquella noche en que os alargué el bosquejo que
hice del escarabajo. Recordaréis asimismo que me sentí ofendido ante
vuestra insistencia en decir que mi dibujo parecía una calavera. La
primera vez que formulasteis aquella aserción creí que bromeabais; pero,
rememorando luego las manchas peculiares que el insecto tenía en el
lomo, convine conmigo mismo en que tal observación tenía en efecto
alguna apariencia de razón. Con todo, me irritaba la fisga hecha a mis
habilidades gráficas, porque en general se me considera buen artista; y
por consiguiente, cuando me devolvisteis la tira de pergamino estuve a
punto de estrujarla y arrojarla al fuego.

--¿La hoja de papel, queréis decir?--indiqué.

--No; tenía la apariencia de papel, y yo había creído al principio que
lo era; pero cuando quise dibujar en ella descubrí al momento que era en
realidad un trozo de pergamino muy fino. Estaba completamente sucio,
como recordaréis. Bien; en el momento mismo de estrujarlo y arrojarlo al
fuego cayeron mis ojos sobre el dibujo que habíais estado contemplando
y, ¡juzgad de mi sorpresa cuando advertí, en efecto, la figura de una
calavera precisamente en el mismo sitio en que yo creía haber dibujado
el escorzo del insecto! Por un instante quedé tan atónito que apenas
podía razonar con claridad. Sabía perfectamente que mi dibujo era muy
diferente de aquél en los detalles, aun cuando existía cierta
similaridad en las líneas generales. Entonces cogí una bujía y
sentándome al otro extremo de la habitación procedí al escrutinio
minucioso del pergamino. Volviéndolo del otro lado descubrí mi propio
dibujo por el revés, exactamente tal como lo había delineado. Mi primera
idea en aquel momento fué simplemente de sorpresa ante la extraordinaria
semejanza del diseño, ante la extraña coincidencia de que, sin saberlo
yo, hubiera una calavera al otro lado del pergamino precisamente debajo
de la figura de mi escarabajo y de que, no sólo en sus líneas sino en su
tamaño, aquella calavera tuviera con mi dibujo semejanza tan notable.
Decía que la singularidad de esta coincidencia me dejó estupefacto por
algunos instantes. Tal es el efecto ordinario de ciertas coincidencias.
La imaginación lucha por establecer alguna relación, alguna sucesión de
causa y efecto; y en la incapacidad de realizarlo sufre una especie de
parálisis temporal. Mas, al recobrarme de este estupor, despertóse
gradualmente dentro de mí una convicción que me impresionó más
hondamente aún que la misma coincidencia. Positiva, distintamente
comencé a recordar que _no_ había dibujo alguno en el pergamino cuando
hice mi diseño del escarabajo. Estaba ahora perfectamente seguro de
ello; porque rememoré que había vuelto primero un lado del pergamino y
después el otro en busca del sitio más limpio. Si la calavera hubiese
estado allí era imposible que hubiera yo dejado de advertirlo. Existía
un misterio que me encontraba incapaz de explicar; pero, sin embargo,
desde el primer momento comenzó a brillar débilmente y a intermitencias,
como una luciérnaga en las celdas más remotas y secretas del
pensamiento, la concepción de aquella verdad que la aventura de anoche
ha demostrado con tan gran magnificencia. Me levanté entonces, y
poniendo en lugar seguro el pergamino deseché toda reflexión sobre el
asunto hasta que pudiera hallarme a solas.

Tan luego que partisteis y que Júpiter se quedó dormido me dediqué a una
investigación metódica del suceso. En primer lugar estudié la forma en
que el pergamino había llegado a mi poder. El sitio en que descubrí el
escarabajo era en la costa del continente, aproximadamente a una milla
al este de la isla y a muy corta distancia de la señal de la marea alta.
Al cogerlo sentí una aguda picadura que me obligó a dejarlo caer.
Júpiter, con su prudencia habitual, antes de cazar al insecto que había
volado en su dirección, buscó una hoja o algo por este estilo que le
permitiera cogerlo con seguridad. En aquel momento sus miradas y las
mías cayeron sobre el pedazo de pergamino que entonces creí papel.
Estaba medio enterrado en la arena, con una esquina saliente. Cerca del
paraje donde lo encontramos observé los despojos del casco de algo que
parecía haber sido la falúa de algún barco. Los restos del naufragio
demostraban hallarse en aquel sitio por mucho tiempo, pues apenas podía
descubrirse su semejanza con el maderamen de los buques.

Bien; Júpiter recogió el pergamino, envolvió al insecto dentro y me lo
pasó. Poco después, regresando a casa, encontramos al teniente G----. Le
mostré el escarabajo, y él me suplicó dejárselo para llevarlo al fuerte.
Obtenido mi consentimiento, lo metió en el bolsillo de su chaleco sin el
pergamino en que había estado envuelto, el cual conservé yo en las manos
durante su inspección. Quizá si temió que cambiara yo de idea y prefirió
apoderarse del insecto inmediatamente; sabéis bien cuan entusiasta es
por todo lo que se refiere a la historia natural. Al mismo tiempo, debo
haber depositado yo inconscientemente el pergamino en mi faltriquera.

Recordaréis que cuando me dirigí a la mesa con el propósito de hacer el
esbozo del insecto, no encontré papel en el sitio donde lo guardo
generalmente. Miré en el cajón y tampoco lo había. Busqué en mis
bolsillos esperando encontrar alguna carta inútil, y mi mano tropezó con
el pergamino. Detallo con tanta minuciosidad la manera precisa en que
este documento llegó a mi poder, porque aquellas circunstancias me
impresionaron con fuerza singular.

Indudablemente me creeréis fantástico, pero ya había establecido yo una
especie de _conexión_. Había unido dos eslabones de una gran cadena. Un
barco había naufragado en una costa, y no lejos del barco había un
pergamino, _no un papel_, con el dibujo de una calavera. Preguntaréis,
por supuesto, que dónde existe la conexión. Respondo que el cráneo o
calavera es el emblema muy conocido de los piratas. En todas sus
escaramuzas enarbolan una bandera que ostenta una calavera.

He dicho que la hoja era pergamino y no papel. El pergamino es durable,
casi indestructible. Asuntos de poca monta rara vez se consignan en
pergamino, puesto que no se adapta tan bien como el papel para los fines
ordinarios del dibujo o la escritura. Esta reflexión prestaba algún
significado, alguna importancia, al diseño de la calavera. Tampoco dejé
de observar la _forma_ del pergamino. Aun cuando una de sus esquinas
aparecía destruída por cualquier accidente, podía advertirse que era
oblonga su forma original. Era precisamente la clase de hoja que se
hubiera elegido para memorándum, para consignar algo que debiera
recordarse mucho tiempo y guardarse cuidadosamente.

--Pero,--interrumpí yo,--habéis dicho que la calavera no estaba en el
pergamino cuando hicisteis el dibujo del escarabajo. ¿Cómo encontráis
entonces la conexión entre el barco y la calavera, puesto que ésta,
según admitís vos mismo, debe haber sido dibujada, Dios sabe cómo y por
quién, en algún período subsecuente al diseño que hicisteis del insecto?

--¡Ah! Ahí yace todo el misterio; aunque en este punto tuve
relativamente poca dificultad para solucionar el enigma. Mis pasos eran
seguros y sólo podían conducir a un resultado. Razoné, por ejemplo, de
esta manera: Cuando dibujé el escarabajo, no había calavera visible en
el pergamino. Al terminar mi trabajo, os pasé el dibujo observándoos
fijamente hasta que me lo devolvisteis. Por consiguiente, no fuisteis
_vos_ quien hizo el diseño de la calavera ni había nadie presente que
pudiera hacerlo. Luego, no apareció allí por acción humana; y sin
embargo, estaba en el pergamino.

Al llegar a este punto de mis reflexiones, traté de recordar y _recordé_
en efecto, con entera lucidez, todos los incidentes que ocurrieron en
aquel período de tiempo. La temperatura estaba fría ¡oh, circunstancia
rara y feliz! y el fuego ardía en la chimenea. Yo me sentía acalorado
con el ejercicio y me senté cerca de la mesa; pero vos habíais
arrastrado una silla al lado de la chimenea. En el preciso instante en
que yo os había dado el pergamino y os encontrabais vos a punto de
inspeccionarlo, entró Wolf, el terranova, y se lanzó sobre vuestros
hombros. Mientras le acariciabais con la mano izquierda tratando de
alejarlo, vuestra mano derecha que sostenía el pergamino caía
descuidadamente entre vuestras rodillas y quedaba muy próxima al fuego.
Por un momento creí que la llama le hubiera alcanzado y estaba a punto
de preveniros; pero antes de que yo hablara habíais recogido la hoja y
os dedicabais a examinarla. Cuando hube considerado todos estos
detalles, no tuve la menor duda de que el _calor_ había sido el agente
que trajo a luz la calavera que figuraba en el pergamino. Sabéis bien
que existen y han existido desde tiempo inmemorial ciertas
preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre
papel o vitela en forma de que los caracteres se hagan visibles
solamente cuando se les somete a la acción del fuego. El zafre, hervido
a fuego lento en _aqua regia_ y diluído en una cantidad de agua que
represente su peso cuatro veces, se emplea a veces con este objeto:
resulta una tinta verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de
nitro, produce tinta roja. Estos colores desaparecen en tiempo más o
menos largo cuando se enfría el material con que se ha escrito; pero se
hacen visibles nuevamente por la aplicación del calor.

Procedí luego al minucioso escrutinio de la calavera. Las líneas
exteriores, es decir, las extremidades del dibujo que quedaban más
próximas al borde de la vitela, aparecían mucho más _precisas_ que las
otras. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o
desigual. Inmediatamente encendí fuego y sometí todo el pergamino a un
vivo calor. Al principio, el único efecto obtenido fué que se reforzaran
las líneas débiles de la calavera; pero, insistiendo en el experimento,
hízose visible en la esquina de la hoja, diagonalmente opuesta al sitio
en que aparecía delineada la calavera, una figura que de pronto imaginé
que representaba una cabra. Examen más detallado me convenció, sin
embargo, de que se había tratado de dibujar un cabrito.

--¡Ja! ¡ja! ¡ja!--exclamé yo,--seguramente que no tengo derecho de
reírme de vos: un millón y medio de dólares es asunto demasiado serio
para provocar esta clase de regocijo; pero no pretenderéis con esto
establecer el tercer eslabón de vuestra cadena; no encontraréis,
supongo, conexión especial entre vuestros piratas y una cabra. Los
piratas, como sabéis, nada tienen que hacer con cabras; estos animales
pertenecen a los intereses agrícolas.

--Pero acabo de decir precisamente que la figura _no_ representaba una
cabra.

--Bien, un cabrito entonces; más o menos la misma cosa.

--Más o menos, pero no exactamente,--repuso Legrand.--Quizá habréis oído
hablar de cierto _capitán_ Kidd.[2] En el acto consideré la figura del
animal como una especie de retruécano o firma en jeroglífico; y digo
firma, porque su posición en la vitela sugería esta idea. La calavera,
colocada en el extremo diagonalmente opuesto, afectaba asimismo el aire
de un sello o emblema. Pero me encontré tristemente desorientado por la
ausencia de algo más, del cuerpo de mi supuesto documento, del texto que
debía contener.

--Presumo que esperabais hallar una epístola entre el sello y la
firma....

--Algo de eso. El hecho es que, sin poder explicarme la razón, sentí el
presentimiento irresistible de una gran fortuna en perspectiva. Quizá si
era más bien el deseo que la certidumbre; pero ¿querréis creer que las
necias palabras de Júpiter de que el insecto era de oro macizo tuvieron
gran efecto sobre mi imaginación? Y luego, aquella serie de incidentes
y coincidencias, ¡era todo tan extraordinario! ¿No os llama la atención
lo extraño de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar en el _único_
día de todo el año que estuvo suficientemente frío para que se
necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la intervención del
perro en el momento preciso en que apareció, jamás habría yo visto la
calavera ni habría sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?

--Pero proseguid; estoy impaciente.

--Bien; habéis oído, por supuesto, los mil vagos rumores acerca de
tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte de la costa
del Atlántico. Aquellos rumores debían tener alguna base, en realidad. Y
el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo podía
explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el
tesoro estuviera _todavía_ sin descubrir. Si Kidd hubiera ocultado su
botín por cierto tiempo, recuperándolo más tarde, los rumores nunca
habrían llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma.
Observaréis que todas las historias se refieren a buscadores de tesoros
y nunca a quienes los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro,
el asunto se habría agotado. Parecíame que cualquier incidente, la
pérdida del memorándum que indicaba su situación, por ejemplo, podía
haberle privado de los medios de recobrarlo, y que este accidente
hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra manera
jamás habrían sabido nada de tal tesoro oculto; y cuyas inútiles
tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y convertido en
moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal.
¿Habéis oído hablar alguna vez de que se haya descubierto algún tesoro
importante en estas costas?

--Jamás.

--Es bien sabido, sin embargo, que las riquezas acumuladas por ese Kidd
eran inmensas. Di por sentado, en consecuencia, que la tierra las
escondía aún; y no os sorprenderá el oírme decir que sentí la esperanza,
que casi podría llamarse certidumbre, de que el pergamino hallado de
manera tan extraña encerraba la dirección extraviada del lugar en que
habían sido depositadas.

--Pero ¿cómo os desenvolvisteis?

--Acerqué de nuevo la vitela al fuego después de aumentar la potencia
del calor, pero nada apareció. Me ocurrió entonces la posibilidad de que
la capa de polvo que cubría el pergamino tuviera algo que hacer con el
fracaso; así, lo lavé cuidadosamente echándole encima un poco de agua
templada, después de lo cual lo coloqué en una vasija de estaño con la
calavera hacia abajo, y puse la vasija en un brasero de carbón
encendido. Pasados algunos minutos, cuando la vasija estuvo del todo
caliente, levanté la hoja y con indecible alegría la encontré marcada en
varios puntos con algo que semejaba cifras dispuestas en líneas. Púsela
otra vez al fuego y la dejé permanecer allí por un minuto más. Al
retirarla, el contenido se había revelado por entero en la forma que
podéis ver ahora.--

Y Legrand, que había vuelto a calentar el pergamino, lo sometió a mi
investigación. Los siguientes caracteres aparecían allí rudamente
trazados en tinta roja, entre la calavera y la cabra:

     53[crd][crd][crd]305))6*;4826)4[crd].)4[crd];806*;48[cr]8
     ¶60))85;I[crd](;:[crd]* 8[cr]83
     (88)5*[cr];46(;88*96*?;8)*[crd](;485);5*[cr]2:*[crd](;4956*2(5*--4)8
     ¶8*; 4069285);6[cr]8) 4[crd][crd];I
     ([crd]9;48081;8:8[crd]I;48[cr]85;4) 485[cr]528806*81
     ([crd]9;48;(88;4([crd]?34;48)4[crd];161;:188;[crd]?;

{[cr] quiere decir un símbolo de una cruz. [crd] quiere decir un símbolo de
 una cruz dobl. (nota del transcriptor)}

--Pues me encuentro tan a obscuras como antes,--dije yo, devolviéndole
el pergamino.--Aun cuando todos los tesoros de Golconda me aguardaran a
la solución de este enigma, estoy cierto de que me sería imposible
alcanzarlos.

--Sin embargo,--dijo Legrand,--la solución no es tan difícil como puede
hacerlo imaginar la primera y rápida inspección de estos caracteres.
Estos signos, como es fácil adivinar, constituyen una clave, es decir,
tienen un significado; mas, por lo que sabemos de Kidd, no suponía yo
que fuera capaz de construir cifras muy abstrusas. Me persuadí al
momento, en consecuencia, de que ésta era de la especie más sencilla,
pero bastante complicada, sin embargo, para aparecer completamente
insoluble a la ruda comprensión de un marinero.

--¿Y la descifrasteis en verdad?

--Muy fácilmente; he tenido ocasión de interpretar otras mucho más
abstrusas. Las circunstancias y cierta inclinación de temperamento me
han hecho interesarme siempre en esta clase de enigmas; y no hay razón
para creer que el ingenio humano bien aplicado no pueda resolver
enigmas de cierta naturaleza inventados por otro ingenio humano. Así,
una vez que hube sacado a luz caracteres conectados y legibles, no me
detuve a pensar en la simple dificultad de traducirlos en toda su
importancia.

En el caso actual, y verdaderamente en cualquier caso de escritura
secreta, la primera cuestión es resolver el _idioma_ de la clave; porque
el principio de la solución, especialmente tratándose de cifras
sencillas, depende y varía según el espíritu de la lengua en que están
redactadas. En general, para aquel que intenta la solución, no hay otra
alternativa sino ensayar, guiándose de probabilidades, todos los idiomas
conocidos hasta que tropiece con el verdadero. Mas toda dificultad
quedaba eliminada con la firma en la clave que tenemos ante los ojos. El
equívoco con la palabra _Kidd_ es apreciable solamente en inglés. A no
ser por esta consideración, habría ensayado primero el español y el
francés, por ser idiomas en que un pirata de los mares españoles hubiera
debido escribir naturalmente un secreto de tal naturaleza. Pero en este
caso di por sentado que el jeroglífico estaba combinado en inglés.

Observaréis que no existe división entre las palabras. De haberla, la
tarea habría sido fácil relativamente. Habría comenzado entonces por la
comparación y análisis de las palabras más cortas, y si alguna palabra
constaba de una sola letra como era muy probable, _a_ (un, una) o _I_
(yo), por ejemplo, habría dado inmediatamente la solución por vencida.
Mas no existiendo separación, mi primer movimiento fué deslindar tanto
los signos predominantes como los menos frecuentes. Contándolos todos,
formulé una tabla en esta forma:

  Signos  8 figuraban 33 veces
  ;        "        26    "
  4        "        19    "
  [crd])        "        16    "
  *        "        13    "
  5        "        12    "
  6        "        11    "
  [cr]I        "        8    "
  o  "   6 "
  2        "        5    "
  :3        "        4    "
  ?        "        3    "
  ¶        "        2    "
  --.        "        1    "

Ahora bien, en inglés la letra que ocurre más frecuentemente es la e.
Luego, la sucesión sigue este orden: _a o i d h n r s t u y c f g l m w
b k p q x z_. La _e_ predomina en tan vasta escala que muy rara vez se
presenta una frase independiente, de cualquiera extensión, en que esta
letra no sea el signo más repetido.

De consiguiente, tenemos ancho campo desde el principio para dar forma a
algo más que una simple hipótesis. El uso general que puede hacerse de
esta tabla es evidente, pero en este caso tan sólo exigiremos de ella
servicios muy relativos. Como el signo principal es 8, comenzaremos
dando por sentado que corresponde a la _e_ del alfabeto regular. Para
comprobar esta suposición veamos si el 8 se presenta a menudo por pares,
puesto que la _e_ se escribe doble en inglés con mucha frecuencia, por
ejemplo en palabras como _meet_, _fleet_, _speed_, _seen_, _been_,
_agree_, etc. En esta clave la encontramos en grupos de dos no menos de
cinco veces, a pesar de que el jeroglífico es bien corto.

Supongamos entonces que el 8 es una _e_. Ahora bien, entre todas las
palabras del idioma inglés _the_ (el, la, los, las) es la más usada;
veamos si hay repetición de tres caracteres colocados en el mismo orden
en que el último sea _8_. Si descubrimos repetición de tales signos,
arreglados en esta forma, probablemente representan la palabra _the_.
Observando la clave descubriremos nada menos que siete grupos en esta
disposición, siendo los caracteres _;48_. De manera que podemos asumir
que el punto y como representa la _t_, el _4_ representa la _h_, y el
_8_ representa la _e_, estando la última letra perfectamente comprobada.
Así hemos avanzado un gran paso.

Por el hecho de haber descubierto esta sola palabra nos hallamos capaces
de dilucidar un punto de gran importancia; esto es, el principio y la
terminación de algunas otras palabras. Estudiemos, por ejemplo, la
penúltima vez que se presenta la combinación _;48_ no muy lejos del
final del manuscrito. Sabemos ya que el punto y como que le sigue
inmediatamente es el principio de otra palabra, y de los seis caracteres
que suceden a este _the_ conocemos cinco nada menos. Traduciendo dichos
caracteres a las letras que hemos descubierto que representan, y
dejando un espacio en blanco para el signo que desconocemos, resulta:

    t eeth.

Descartamos al momento la _th_ del final, como parte independiente de la
palabra que comienza con la primera _t_, pues recorriendo el alfabeto
entero en busca de una letra que se adapte convenientemente al sitio
vacante, nos convencemos de que no existe en el idioma palabra de que
esta _th_ pueda formar parte. Quedamos así reducidos a:

    t ee,

y recorriendo de nuevo el alfabeto como antes, si fuere necesario,
llegamos a la palabra _tree_ (árbol) como única traducción posible.
Entonces encontramos que hemos ganado otra letra, la _r_, representada
por el signo (, con las palabras _the tree_ (el árbol) a continuación.

Mirando a poca distancia de estas palabras, tropezamos de nuevo con la
combinación _;48_, y la empleamos esta vez como _terminación_ de la
palabra que la precede inmediatamente. Así ponemos en claro esta
disposición:

    the tree;4([crd]?34 the,

o, substituyendo las letras ya conocidas, encontramos que dice:

    the tree thr[crd]?3h the.

Ahora bien; si dejamos en blanco los caracteres desconocidos o los
substituímos con puntos, dice así:

    the tree thr...h the,

en que la palabra _through_ (siguiendo, a través de, por medio de, a lo
largo de) salta inmediatamente por sí misma. Mas este nuevo
descubrimiento nos da tres letras más, la _o_, la _u_ y la _g_,
representadas por [crd], _?_ y _3_.

Estudiando luego minuciosamente la clave en busca de combinaciones de
los caracteres conocidos, encontramos esta disposición no muy lejos del
principio:

    83(88, o sea egree,

que corresponde claramente a la conclusión de la palabra _degree_
(grado) y nos da una nueva letra, la _d_, representada por el signo
[cr].

Cuatro letras más allá de la palabra _degree_, advertimos la
combinación:

;46(;88.

Traduciendo los caracteres conocidos y reemplazando el otro con un punto
como hicimos antes, leemos lo siguiente:

    th.rtee,

arreglo que sugiere inmediatamente la palabra _thirteen_ (trece), y nos
procura a su vez dos caracteres, la _i_ y la _n_, representados por el
_6_ y el *.

Volviendo ahora al principio del jeroglífico encontramos la combinación:

    53 [crd][crd][cr].

Traduciendo según el método empleado, obtenemos:

.good,

lo que nos prueba que la primera letra es una _A_, y que las dos
primeras palabras son _A good_ (Un buen).

Es tiempo ya de arreglar nuestra clave en forma tabular, según lo que
hemos descubierto, para evitar confusión. Resulta así:

  El 5 representa la a
  [cr]        "        " d
  8        "        " e
  3        "        " g
  4        "        " h
  6        "        " i
  *        "        " n
  [crd]        "        " o
  (        "        " r
  ;        "        " t
  ?        "        " u

Tenemos representadas, por consiguiente, nada menos que once de las
letras más importantes, y es inútil proseguir relatando los detalles de
la solución. Lo que he dicho basta para demostraros que claves de esta
naturaleza pueden ser descifradas fácilmente, y daros a la vez una idea
de su desenvolvimiento racional. Podéis estar seguro de que el ejemplar
que tenemos ante los ojos pertenece a la especie más sencilla de
jeroglíficos. Sólo me resta ahora facilitaros la traducción completa de
los caracteres trazados en el pergamino, tal como yo la he solucionado.
Hela aquí:

     Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del diablo
     cuarenta y un grados trece minutos norte nordeste tronco principal
     séptima rama este tiro por el ojo izquierdo de la calavera línea
     recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.

--Pero el enigma continúa en tan mala condición como antes,--dije
yo.--¿Cómo es posible extraer ningún significado a toda esta jerga de
_asientos del diablo, calaveras y hoteles de obispos?_

--Hay que confesar,--repuso Legrand,--que el asunto reviste aspecto
grave, si se le considera con mirada superficial. Así, mi primera
tentativa fué dividir esta oración en las frases imaginadas naturalmente
por el autor del jeroglífico.

--¿Puntuarla, queréis decir?

--Algo por el estilo.

--Pero ¿cómo era posible realizarlo?

--Reflexioné que el escritor había corrido las palabras unas tras otras
sin división alguna _intencionalmente_ para aumentar las dificultades de
la solución y que, una vez en este terreno, un hombre no muy avisado se
sentiría predispuesto verosímilmente a exagerar la precaución. Cuando en
el curso de su composición llegara al final de una frase que
naturalmente requiriese un punto o una pausa, inclinaríase más bien a
trazar sus caracteres más juntos allí que en cualquiera otra parte. Si
observáis el manuscrito, encontraréis cinco casos de amontonamiento
mayor de lo acostumbrado. Actuando bajo esta sugestión, hice la división
como sigue:

     Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del
     diablo--cuarenta y un grados trece minutos--norte nordeste--tronco
     principal, séptima rama este--tiro por el ojo izquierdo de la
     calavera--línea recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta
     pies.

--A pesar de la división me quedo a obscuras,--dije.

--También me dejó a mí a obscuras por algunos días,--replicó
Legrand--durante los cuales practiqué pesquisas diligentes en los
alrededores de la isla de Súllivan tratando de averiguar si existía
algún edificio conocido por el nombre de "Hotel del Obispo." No habiendo
obtenido informe alguno sobre este punto, me preparaba a extender la
esfera de investigación procediendo en forma metódica cuando una mañana
me entró en la cabeza repentinamente la idea de que "Hotel del Obispo"
podía referirse a una antigua familia llamada Bessop,[3] que desde
tiempo inmemorial había poseído una antigua casa solariega a cuatro
millas aproximadamente hacia el norte de la isla. Me dirigí, en
consecuencia, a aquella posesión y recomencé mis pesquisas entre los
negros más viejos del lugar. Al fin una de las mujeres más ancianas
dijo que había oído hablar de un sitio llamado el "Castillo de Bessop" y
que podía guiarme hasta allá, pero que aquello no era castillo ni
hostería sino una roca muy escarpada.

Ofrecí pagarle bien, y después de alguna vacilación consintió en
acompañarme hasta aquel paraje. Lo encontramos con gran dificultad; y
luego que la hube despachado, procedí al examen del lugar. El _castillo_
consistía en un amontonamiento irregular de rocas, entre las cuales se
destacaba una, tanto por su altura como por su posición aislada y su
forma artificial. La escalé hasta la cumbre, sintiéndome luego
completamente desorientado acerca de lo que debería emprender a
continuación.

--Mientras me hallaba hundido en mis reflexiones cayeron mis ojos sobre
un estrecho borde en la pared oriental de la roca, quizá a una yarda más
abajo del sitio en que me hallaba colocado en la cima. Este borde se
proyectaba cerca de dieciocho pulgadas y no tenía más que un pie de
ancho, mientras que un nicho labrado en el peñasco justamente sobre
aquella parte saliente le hacía asemejarse rústicamente a uno de
aquellos asientos de respaldar cóncavo que usaban nuestros antecesores.
No tuve la menor duda de que aquel era el "asiento del diablo" a que
aludía el manuscrito, y de que me apoderaba así de todo el secreto del
enigma.

Comprendía que el "buen vidrio" no podía referirse a otra cosa que a un
telescopio, porque la palabra _vidrio_ rara vez se emplea por los
marinos en otro sentido. De allí deduje inmediatamente que era
necesario usar un telescopio y que existía determinado punto de vista,
_que no admitía variación_, desde el cual debía usarse. Tampoco vacilé
un momento en la certidumbre de que las frases "cuarenta y un grados
trece minutos" y "norte nordeste," se indicaban como la dirección en que
había de nivelarse el telescopio. Excitado en gran manera por estos
descubrimientos, corrí a la casa, me procuré un anteojo y regresé a la
roca.

Dejéme caer en el borde saliente y encontré que era imposible sentarse a
no ser en cierta posición particular. Este hecho confirmó mis
conjeturas. Procedí a emplear el telescopio. Por supuesto los "cuarenta
y un grados y trece minutos" sólo podían aludir a la altura sobre el
horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba claramente
indicada por las palabras "norte nordeste." Establecí esta dirección por
medio de una brújula de bolsillo; y enderezando el telescopio en ángulo
de cuarenta y un grados de elevación, tan aproximado como era posible
calcular, lo moví cautelosamente arriba y abajo hasta que atrajo mi
atención una hendedura circular o abertura en el follaje de cierto árbol
elevado que sobresalía entre todos sus compañeros a la distancia. En el
centro de esta abertura aparecía una mancha blanca cuya naturaleza no
pude discernir de pronto. Ajustando el lente del telescopio, miré otra
vez, y entonces advertí que era un cráneo humano.

Ante tal descubrimiento sentí la confianza total de haber solucionado el
enigma; porque la frase "tronco principal, séptima rama este" podía
referirse únicamente a la posición del cráneo en el árbol; en tanto que
"tiro por el ojo izquierdo de la calavera" admitía asimismo sólo una
interpretación con referencia a la manera de encontrar el tesoro
enterrado. Comprendí que la indicación era arrojar un objeto pesado por
el ojo izquierdo de la calavera, y que una línea recta tirada desde el
punto más cercano del árbol siguiendo el _tiro_, o sea el sitio donde el
proyectil hubiera caído, y extendida a cincuenta pies de distancia,
indicaría un lugar determinado; y en aquel lugar determinado pensé yo
que era por lo menos _posible_ que existiera algún depósito valioso.

--Todo esto está admirablemente claro,--dije,--y aun cuando muy
ingenioso, es sencillo y explícito. ¿Qué hicisteis luego de haber dejado
el "Hotel del Obispo?"

--Bien; anoté cuidadosamente los detalles del árbol y regresé a la casa.
Apenas abandoné el "asiento del diablo," desvanecióse la abertura
circular, y no pude volver a encontrarla por más que me volviera en uno
u otro sentido. Lo que representa para mí el ingenio mayor en todo este
asunto es el hecho, del cual he llegado a convencerme por repetidos
ensayos, de que el espacio abierto circular en cuestión no es visible de
ningún otro punto sino de aquel que procura el estrecho borde sobre el
frente de la roca.

En esta expedición al "Hotel del Obispo" estuve acompañado de Júpiter
quien había observado indudablemente la abstracción de mis maneras en
las últimas semanas y tenía gran cuidado de no dejarme solo. Pero al
día siguiente logré escapar a su vigilancia levantándome muy temprano y
me largué a las colinas en busca del árbol. Después de mucho trabajo
logré encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se
proponía administrarme una corrección. El resto de la aventura lo
conocéis tan bien como yo.

--Imagino,--dije,--que en la primera tentativa de excavación errasteis
el sitio por la estupidez de Júpiter de hacer caer el insecto por el ojo
derecho de la calavera en vez del izquierdo.

--Precisamente. Este error nos daba una diferencia de dos pulgadas y
media en el sitio del _tiro_, es decir, en la posición de la estaca que
quedaba cerca del árbol. Si el tesoro hubiera estado enterrado bajo el
_tiro_, la diferencia habría sido de poca monta, pero aquel punto y el
punto más cercano del árbol servían sólo para establecer una línea de
dirección; de consiguiente, el error, aunque insignificante al
principio, aumentaba conforme avanzaba la línea, de manera que al llegar
a los cincuenta pies estábamos completamente fuera de la pista. De no
haber tenido mis convicciones bien sentadas de que existía un tesoro
enterrado por cualquier parte en los alrededores, toda nuestra labor
habría sido en vano.

--¡Pero vuestra grandilocuencia y vuestras maneras haciendo revolotear
el insecto eran tan extraordinarias! Yo estaba seguro de que habíais
perdido el juicio. Y luego ¿por qué insistir en que Júpiter dejara caer
el escarabajo en vez de una bala por el ojo de la calavera?

--¡Ah! Vamos, si he de hablar con franqueza; sentíame algo molesto por
vuestras evidentes sospechas respecto al estado de mi razón, y resolví
castigaros suavemente, a mi manera, tratando de embrollaros y
desconcertaros un poquillo. Por esto hacía revolotear al escarabajo y
ordené a Júpiter que lo arrojara desde el árbol. Una observación vuestra
acerca de su gran peso me sugirió esta última idea.

--Sí, comprendo; y ahora sólo resta un punto por dilucidar. ¿Qué hemos
de creer con respecto de los esqueletos hallados en la excavación?

--En esta materia no estoy más adelantado que vos mismo. La única forma
plausible de explicación, aun cuando sea horrible pensar en atrocidad
semejante, es que Kidd (dado que fuera él quien ocultó este tesoro, lo
que para mí está fuera de duda) debió tener alguien que lo ayudara en
esta empresa. Pero, concluída la labor, juzgó quizá conveniente eliminar
a todos los testigos del secreto. Probablemente bastaron dos golpes de
azadón mientras sus coadjutores estaban ocupados en el fondo del
agujero; quizá si necesitó una docena, ¿quién podría asegurarlo?



LA RUINA DE LA CASA DE ÚSHER

    Son coeur est un luth suspendu;
    Sitôt qu'on le touche il résonne.[4]
           --BÉRANGER.


DURANTE todo un largo día de otoño, triste, pesado y sombrío, de
aquellos en que cuelgan las nubes opresivamente bajas en el firmamento,
atravesaba solo, a caballo, un monótono erial para encontrarme al fin,
conforme avanzaban las sombras de la noche, al frente de la melancólica
casa de Úsher. No sé por qué, pero a la primera ojeada al edificio, un
sentimiento de tristeza intolerable se apoderó de mi espíritu. Digo
intolerable, porque esta impresión no estaba siquiera atenuada por
aquella sensación casi agradable, por cuanto poética, con que
generalmente recibe el cerebro las imágenes naturales aunque austeras de
lo desolado y lo terrible. Miraba la escena que se desarrollaba ante mis
ojos: la casa y las simples líneas del paisaje de los alrededores del
dominio, los muros helados, las ventanas semejando cuencas vacías, unos
cuantos lozanos juncos y algunos blancos troncos de árboles moribundos;
mirábalo todo con depresión de ánimo tan profunda que sólo puede
compararse con propiedad al despertar de los sueños de un fumador de
opio, al amargo ingreso a la vida, al desgarramiento horrible de los
velos. Sentíase tal frialdad, tal desfallecimiento, tal angustia del
corazón, una melancolía tan irremediable de la mente, que ningún
estímulo era capaz de impulsar la imaginación hacia la idea de lo
sublime. ¿Qué era aquello, me detengo a pensar, aquello que enervaba
tanto en la contemplación de la casa de Úsher? Misterio insoluble; ni
tan siquiera podía luchar con las sombrías fantasías que acudían en
tropel a mi mente cuando trataba de investigarlo. Me veía obligado a
volver a la poco satisfactoria conclusión de que existe indudablemente
cierta combinación de objetos sencillos que tiene la facultad de
afectarnos en tal manera, aun cuando el análisis de esta facultad resida
en consideraciones superiores a nuestra capacidad. Era muy posible,
reflexionaba yo, que simplemente un arreglo diverso de los detalles de
la escena, de los toques del cuadro, fuera suficiente para modificar y
anular quizá por completo su cualidad de impresionar tristemente; y
raciocinando así, encaminé mi cabalgadura hacia la margen escarpada de
un negro y cárdeno lago que yacía con brillo inmóvil cerca de la morada;
miré abajo, y pude contemplar en el fondo con estremecimiento más vivo
aún la imagen refleja e invertida de las grises junceas, de las ramas de
los árboles semejando espectros, y de las ventanas que aparecían como
cuencas vacías.

A pesar de todo, me disponía a permanecer algunas semanas en aquella
mansión fatídica. Su propietario, Róderick Úsher, era uno de los mejores
camaradas de mi juventud; pero habían transcurrido muchos años desde
nuestra última entrevista. Recientemente, sin embargo, había recibido
una carta suya en una lejana comarca del país, la cual por su estilo
desatinadamente apremiante no admitía otra respuesta que la personal. La
misiva dejaba ver gran agitación nerviosa. Hablaba de aguda enfermedad
física, de ciertos desórdenes mentales que le oprimían, y de su deseo
ardiente de verme por ser su mejor y, a decir verdad, único amigo
íntimo, esperando que el placer de mi compañía procurase algún alivio a
su malestar. La manera en que todo esto estaba redactado, el _alma_ que
ponía visiblemente en su petición, no me permitieron vacilar, y cedí al
punto a sus deseos, que sólo consideraba en aquel momento una original
solicitud.

Aun cuando habíamos estado íntimamente asociados en nuestra juventud,
sabía yo en realidad muy poco acerca de mi amigo. Su reserva habitual
era excesiva. Tenía noticia, sin embargo, de que su familia, muy
antigua, se había distinguido desde tiempo inmemorial por una
sensibilidad peculiar de temperamento que se desplegaba a través de las
edades en muchas obras de arte exaltado, manifestándose últimamente en
frecuentes donativos de munificente y discreta caridad, como también en
apasionada devoción a las complejidades del arte musical de preferencia
a sus bellezas convencionales y fácilmente comprensibles. Conocía
además el hecho, digno de tenerse en cuenta, de que los vástagos de la
raza de Úsher, muy respetada en todo tiempo, jamás habían dado vida a
ninguna rama lateral vigorosa; en otras palabras, que la familia entera
estaba representada por su descendencia directa y que siempre había
acontecido lo mismo con pequeñas y temporales diferencias. Esta
deficiencia, consideraba yo, enlazando en el pensamiento la armonía
perfecta de la índole de aquella circunstancia con la individualidad
característica de los descendientes de la casa de Úsher, y calculando la
posible influencia que la falta de ramas colaterales podía haber
ejercido en un lapso de varias centurias por la consiguiente transmisión
directa de padres a hijos del patrimonio junto con el nombre, era
indudablemente la razón de haberse identificado ambos de tal suerte, que
el título original de la propiedad quedó al fin absorbido en la singular
y ambigua denominación de "Casa de Úsher," que parecía incluir a la vez,
en la mente del pueblo que la usaba, el nombre de la familia y el nombre
de la mansión.

He dicho que mi infantil experimento de mirar al fondo del estanque tuvo
como único resultado agravar más aún mi primera y extraña impresión. Es
indudable que la conciencia del rápido desarrollo de mi
superstición--¿por qué no llamarla así?--sirvió sólo para acrecentarla.
Tal es, como lo sabía hace mucho tiempo, la ley paradójica de todos los
sentimientos que tienen por base el terror. Y puede muy bien haber sido
ésta la única causa de que, al levantar mis ojos desde la reflexión del
lago hasta la verdadera mansión, brotara en mi mente una fantasía
singular, fantasía tan ridícula en verdad, que debo mencionarla siquiera
sea para demostrar la intensidad de las sensaciones que me agitaban.
Había trabajado tanto mi imaginación, que llegué a persuadirme de que
flotaba al rededor de la casa y sobre el dominio entero, una atmósfera
peculiar, propia sólo de la mansión y de sus cercanías, atmósfera que no
tenía afinidad alguna con el ambiente general sino que ascendía de los
árboles marchitos, del valle gris, del taciturno lago; un vapor
misterioso y maligno, tétrico, pesado, aplomado y apenas perceptible.

Sacudiendo de mi espíritu aquello que _debe_ haber sido un sueño,
examiné minuciosamente el verdadero aspecto del edificio. Su carácter
principal parecía residir en su gran antigüedad. El descoloramiento
producido por los años era enorme. Hongos microscópicos cubrían todo el
exterior, colgando desde los aleros en fino tejido. Sin embargo, en
conjunto, estaba lejos de extraordinaria destrucción. Ningún trozo de la
obra de albañilería había sufrido; y parecía incompatible la perfecta
adaptación de sus partes con la ruinosa condición de las piedras por
separado. Había allí algo que me hacía recordar la aparente integridad
de ciertas labores antiguas de ebanistería consumiéndose durante largos
años en algún descuidado artesonado sin recibir jamás un soplo del aire
exterior. Fuera de estas manifestaciones de decadencia general, el
edificio daba pocas muestras de inestabilidad. Quizás el ojo de un
observador atento habría descubierto una hendedura apenas perceptible
que se extendía en zigzag sobre el muro fronterizo, desde el techado
hasta perderse en las lóbregas aguas del estanque.

Notaba yo todas estas circunstancias mientras seguía una corta calzada
que conducía a la casa. Un criado que me aguardaba tomó mi caballo, y yo
penetré bajo la gótica arquería del vestíbulo. Un lacayo silencioso y de
paso furtivo me condujo a través de obscuros e intrincados pasadizos
hasta el estudio de su amo. Mucho de lo que veía al pasar contribuía,
sin saber cómo, a aumentar las vagas impresiones de que he hablado. Aun
cuando más o menos todos los objetos que me rodeaban, los tallados y
artesonados, las sombrías tapicerías de los muros, la negrura de ébano
del piso, y los fantásticos trofeos heráldicos que vibraban a mi paso me
eran familiares desde la infancia, y aun cuando yo no vacilaba en
reconocerlo así, sorprendíame a mí mismo el extraño efecto que producían
en mi imaginación estas ordinarias imágenes. En una de las escaleras
encontré al médico de la familia. Parecióme que su rostro tenía una
expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad. Acercóse a mí con
vacilación y siguió adelante. El lacayo abrió entonces una puerta y me
introdujo a la presencia de su amo.

La cámara en que me encontraba era grande y elevada. Las ventanas
largas, estrechas y ojivales se abrían a tanta distancia del negro
pavimento de roble que eran inaccesibles desde el interior. Débiles
rayos de luz filtrábanse a través de los enrejados cristales y bastaban
para hacer visibles los objetos principales situados cerca de allí; pero
la vista se afanaba en vano por descubrir los ángulos lejanos de la
habitación o los detalles de la obra de talla de los artesonados de la
bóveda. Obscuras draperías pendían de los muros. La mueblería era
profusa, antigua, incómoda, y estaba hecha girones. Libros e
instrumentos de música diseminados acá y allá no lograban prestar vida a
la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de pesadumbre. Un ambiente
de melancolía tenaz, profunda e irremediable flotaba y se difundía por
doquier.

A mi entrada, Úsher se levantó de un sofá donde yacía completamente
acostado y me saludó con efusiva vivacidad, que me pareció al principio
tener mucho de la exagerada cordialidad y del esfuerzo amable del hombre
de mundo _ennuyé_. Una ojeada a su semblante me convenció pronto, sin
embargo, de su sinceridad. Nos sentamos; y durante algunos minutos, en
tanto que él guardaba silencio, examinábale yo con un sentimiento mezcla
de piedad y de terror. ¡Jamás hombre alguno ha sufrido, seguramente,
alteración tan terrible en un corto espacio de tiempo como Róderick
Úsher! Con dificultad pude admitir la identidad del pálido espectro que
aparecía ante mis ojos con la del compañero de mi temprana juventud, aun
cuando los rasgos de su fisonomía habían sido notables en todo tiempo.
Cutis de palidez cadavérica; grandes ojos incomparablemente húmedos y
luminosos; labios algo delgados y muy descoloridos, pero de bellísima
curva; nariz de delicado perfil hebreo con ventanillas extraordinariamente
movibles para esta clase de tipo; barba finamente modelada, que acusaba
en su falta de prominencia la falta de energía moral; cabello tan suave
y tenue como una pluma; facciones todas que, acompañadas de un
desarrollo poco común hacia las sienes, formaban un conjunto que no
podía olvidarse fácilmente. Y ahora la simple exageración del carácter
predominante de aquellos rasgos y del sello que les caracterizaba había
provocado cambios tan profundos que me hacían dudar de la personalidad
de aquel a quien me dirigía. La palidez excesiva de la piel le hacía
asemejarse a un espectro; y sobre todo, me deslumbraba el brillo
maravilloso de sus ojos, produciéndome casi una especie de pavor. El
cabello plateado había crecido descuidadamente y en su tenuidad flotaba
más bien que caía alrededor del rostro, en forma tal, que me era
imposible asociar su arábigo estilo con la idea de un ser humano.

En los modales de mi amigo pude notar inmediatamente cierta incoherencia
y vaguedad que provenían, según me apercibí pronto, de continuos y
fútiles esfuerzos para dominar una habitual trepidación o excesiva
agitación nerviosa. En realidad, estaba preparado a encontrar algo de
esta naturaleza, no sólo por su carta sino por reminiscencias de la
expresión particular de sus facciones juveniles y por conclusiones
fáciles de deducir de su temperamento y aspecto físico peculiares. Sus
ademanes eran alternativamente fogosos y taciturnos. Su voz cambiaba con
rapidez desde cierta trémula indecisión, cuando la vida física parecía
completamente agotada, hasta una especie de concisión enérgica, una
enunciación firme, áspera, pausada y sonora, semejante a aquella gutural
pronunciación, lenta, equilibrada y vibrante, que puede observarse en el
ebrio consuetudinario o en el fumador de opio impenitente durante el
período de excitación más intensa.

En esta forma habló del objeto de mi visita, de su deseo ardiente de
verme y del solaz que aguardaba de mi presencia. Entró al cabo en lo que
consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, decía, un mal de
constitución y de familia, algo para lo cual desesperaba de encontrar
remedio; una simple afección nerviosa, añadió inmediatamente, que sin
duda pasaría pronto. Se manifestaba esta afección en una multitud de
sensaciones extraordinarias. Algunas de ellas me interesaron y
trastornaron conforme las detallaba, aun cuando influían quizá para este
resultado los términos que empleaba y su manera de narrarlas. Sufría
mucho por la sensibilidad morbosa de sus sentidos; sólo podía tolerar el
alimento más insípido; podía usar únicamente vestiduras de determinada
clase de tejido; el perfume de las flores le oprimía; la luz más débil
torturaba sus ojos; y sólo le era dado resistir sin horror sones
peculiares arrancados de ciertos instrumentos de cuerda.

Le encontré ciegamente esclavizado por terrores anómalos. "Pereceré
seguramente," decía, "debo perecer en esta deplorable locura. Así, así,
y no de otra manera he de morir. Tiemblo ante los acontecimientos
futuros, no tanto en sí mismos como en sus resultados. Me estremezco al
pensamiento de cualquier incidente, siquiera el más trivial, que se
desarrolle para mí en medio de esta intolerable agitación de espíritu.
En verdad, no odio el peligro sino en su efecto absoluto, el terror. En
esta lastimosa y debilitada condición, siento que pronto o tarde llegará
el momento en que pierda a la vez la razón y la vida en lucha con el
horrendo fantasma, _terror_."

Me di cuenta además, a intervalos y a través de cortadas y ambiguas
alusiones, de otro rasgo singular de su estado mental. Hallábase
encadenado a la mansión que habitaba por ciertas creencias
supersticiosas en virtud de las cuales jamás se había atrevido a
alejarse durante largos años, y que se basaban en determinada
influencia, cuyo supuesto poder se transmitía en forma demasiado
tenebrosa para repetirse aquí; influencia que, debido a ciertas
peculiaridades en la naturaleza y estructura de la morada de sus
antepasados, había prevalecido en su espíritu, a costa de largos
sufrimientos, afirmaba él; efecto provocado por la _fisonomía_ de los
grises muros y torrecillas y por el tétrico estanque en que se
reflejaban, que había al fin echado abajo la fuerza moral de su
existencia.

Admitía, sin embargo, aunque con alguna vacilación, que gran parte de
aquella melancolía particular que le afligía podía atribuirse a causa
más natural y palpable, a la seria y larga enfermedad, y probablemente
cercano fin, de una hermana tiernamente amada, su única compañera por
largos años, el único y último miembro de su familia en la tierra. "Su
muerte," decía con amargura que jamás olvidaré, "le dejaría (a él,
desesperado y frágil) único descendiente de la antigua raza de Úsher."
Mientras hablaba así, Lady Mádeline--que así se llamaba la
dama--atravesó suavemente un ángulo lejano de la habitación y
desapareció sin haber notado mi presencia. La miré con profunda
extrañeza no desprovista de terror, y estoy todavía lejos de expresar
mis verdaderos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía en
tanto que mis ojos seguían sus huellas. Cuando al fin cerróse una puerta
tras ella, mis miradas trataron instintiva y ansiosamente de escudriñar
el continente de su hermano; pero había enterrado el rostro entre sus
manos, y pude solamente percibir que una palidez mayor que de ordinario
se extendía sobre sus enflaquecidos dedos entre los cuales brotaban
lágrimas apasionadas.

La enfermedad de Lady Mádeline había burlado largo tiempo la ciencia de
sus facultativos. Una apatía continua, una gradual decadencia de su
constitución y frecuentes aunque pasajeras afecciones, de carácter
cataléptico en su mayor parte, formaban la diagnosis habitual. Al
principio luchó ella contra la fuerza del mal sin guardar cama
definitivamente; pero en la noche de mi llegada a la casa sucumbió al
poder destructor de la enfermedad, según me participó su hermano con
agitación inenarrable; y supe que lo que había vislumbrado de su persona
en aquel momento sería probablemente todo lo que llegaría a conocer de
la dama, en vida por lo menos.

Durante los días subsiguientes no se mencionó su nombre entre nosotros y
todo aquel tiempo estuve ensayando diversos entretenimientos para
aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o
escuchaba yo como en sueños las salvajes improvisaciones con que hacía
hablar a su guitarra. Y al penetrar de esta manera más y más íntimamente
en los repliegues de su alma, pude apreciar mejor la impotencia de mis
tentativas para levantar su espíritu de la lobreguez en que se debatía;
la que, como cualidad positiva inherente, se extendía a todos los
objetos del universo físico y moral en incesante radiación de tinieblas.

Conservaré siempre el recuerdo de las horas solemnes que pasé a solas
con el heredero de la casa de Úsher. Fracasaría si intentara dar idea
exacta de la índole de los estudios y trabajos en los que me extraviaba
o me conducía. Un idealismo exaltado y exageradamente inquieto arrojaba
su luz sulfúrea sobre todo aquello. Sus largas improvisaciones de
endechas resonarán por siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo
especialmente una extraña perversión y amplificación del aire exótico
del último vals de von Wéber. De las pinturas creadas por su complicada
fantasía y que se definían toque a toque en cierta vaguedad que me hacía
correr escalofríos, estremeciéndome sin saber por qué; de aquellos
cuadros tan vívidos que aun se conserva su imagen ante mí, trataría en
vano de expresar algo más que una pequeñísima parte capaz de encerrarse
en el compás de la palabra escrita. Por su simplicidad intensa, por la
pureza de su diseño, atraían aquellos cuadros, y sobrecogían la atención
de manera indecible. Si algún mortal pintó alguna vez la idea, aquel
mortal era ciertamente Róderick Úsher. Para mí, en las circunstancias
que me rodeaban, brotó al fin de estas extrañas fantasías que imaginaba
el hipocondriaco para arrojarlas sobre la tela, una sensación intensa de
intolerable pavor, de que no era sombra siquiera la que me hacía
experimentar la contemplación de las tétricas, en verdad, pero demasiado
concretas imágenes de Fuseli.

Una de las fantásticas creaciones de mi amigo, que no procedía con tan
absoluto exclusivismo del espíritu de abstracción, puede describirse
siquiera débilmente con palabras. Era un pequeño cuadro representando el
interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y rectangular con
muros bajos, blancos y pulidos, sin interrupción ni detalles. No se veía
orificio alguno en toda su extensión, ni podían descubrirse antorchas ni
otro foco alguno de luz artificial; y, sin embargo, un torrente de luz
intensa brillaba por todas partes, bañando el conjunto en lúgubre e
inadecuado esplendor.

He hablado ya de la condición mórbida de sus nervios auditivos que hacía
insoportable toda música al paciente, salvo determinados sones de los
instrumentos de cuerda. Quizá si los estrechos límites en que se
confinaba él mismo al tocar la guitarra eran, en gran parte, lo que daba
vida a la índole fantástica de su ejecución. Mas no puede atribuirse a
idéntica causa la férvida facilidad de sus improvisaciones. Era sin duda
el resultado, tanto en la música como en las palabras de sus
desordenadas lucubraciones (pues que a menudo se acompañaba él mismo con
rimas verbales improvisadas), de aquella intensa concentración y
reacción a la cual aludía anteriormente, y que sólo es dado observar en
momentos determinados de gran excitación artificial. Puedo recordar
fácilmente las palabras de una de aquellas rapsodias. Sin duda me
impresionaron con mayor viveza conforme la escuchaba, en razón del
encubierto o simbólico desarrollo de su argumento en que imaginaba yo
discernir por vez primera en Úsher la plena conciencia del bamboleo de
su elevada razón en su santuario. Los versos, que se titulaban El
_palacio hechizado_, decían más o menos, si no exactamente, como sigue:

    En el más fresco de nuestros valles
      de ángeles buenos solaz,
    en cierto tiempo un regio palacio, resplandeciente,
      erguía su faz.
    Era en los dominios del rey Pensamiento.
      Nunca serafines
    desplegaron las alas
      sobre morada más bella.[5]

    Todo esto ocurría en remoto pasado.
      Pendones amarillos, gloriosos, dorados,
    en su cúspide veíanse flamear.
      Y el céfiro gentil,
    que en aquel tiempo feliz jugueteaba
      de la mansión en redor,
    por las almenas soberbias y blancas
      como alado perfume escapó.

    Peregrinos transeuntes de aquel feliz valle,
      a través de ventanas translúcidas,
    veían sombras de espíritus
      agitándose armónicamente
    y a compás de templado laúd,
      al rededor de un magnífico trono
    donde brillaba el monarca,
      nacido en la púrpura y digno de tal esplendor.

    Cubierta de rubíes y perlas
      la puerta del palacio estaba;
    y por ella cruzaba flotando,
      flotando centelleante,
    una multitud de Ecos
      cuyo deber grato y único
    era entonar con voz de sin par melodía
      de su rey el talento y cordura.

    Pero el Mal, de tristezas vestido,
      asaltó del monarca el estado.
    ¡Ah! ¡Lloremos, que jamás lucirá nuevo día
      para él, desolado!
    Y del castillo la aureola de gloria,
      una vez floreciente y purpúrea,
    sólo es ya de antiguas edades, la historia
      perdida, enterrada.

    Los viajeros que hoy cruzan el valle
      ven reflejarse en las rojas ventanas
    grandes sombras en danza fantástica
      girando a discorde son.
    Y por la lívida puerta,
      al igual que un torrente espantoso,
    para siempre una turba monstruosa
      precipítase y ríe: ¡la sonrisa olvidó!

Recuerdo muy bien que la inspiración de esta balada nos llevó a cierto
orden de ideas acerca de las cuales expresó Úsher una opinión que
menciono aquí, no en razón de su novedad pues otros hombres pensaron ya
del mismo modo,[6] sino por la tenacidad con que él la sostenía. Esta
opinión, en tesis general, se refería a la sensibilidad de las plantas;
pero en la desordenada fantasía de mi amigo asumía carácter más atrevido
y traspasaba, en determinadas condiciones, las leyes del reino
inorgánico. Me faltan palabras para expresar la magnitud, el ardiente
_abandono_ de su convicción. Dicha creencia, sin embargo, se relacionaba
(como aludí anteriormente) con las piedras grises de la casa de sus
antepasados. Las condiciones de sensibilidad se habían tenido en cuenta,
imaginaba él, en el arreglo de tales piedras, en el orden de su
colocación, así como en la disposición de los hongos que las cubrían y
de los marchitos árboles que se conservaban en los alrededores; y, sobre
todo, en el largo tiempo que este arreglo se había respetado y en su
reflexión en las quietas aguas del estanque. La prueba de la
sensibilidad de aquellos objetos podía encontrarse, decía (y aquí me
estremecí a sus palabras), en la gradual y positiva condensación de una
atmósfera propia sobre las aguas y los muros de la casa. Sus efectos
podían descubrirse fácilmente, añadió, en aquella muda, pero poderosa y
terrible influencia que había encauzado por varias centurias los
destinos de su familia, y le había convertido _a él_ en lo que yo veía,
en lo que era en la actualidad.

Nuestros libros, los mismos que durante largos años habían constituído
gran parte de la existencia mental del enfermo, guardaban como puede
suponerse, estrecha analogía con este personaje de leyenda.
Profundizamos juntos obras como el _Ver-Vert et Chartreuse_ de Gresset;
el _Belphegor_ de Machiavelli; el _Heaven and Hell_ de Swédenborg; el
_Subterranean Voyage of Nicholas Klimm_ de Hólberg; la _Chiromancy_, por
Róbert Flud, por Jean d'Indaginé y por de la Chambre; la _Journey into
the Blue Distance_, por Tieck; y la _City of the Sun_ por Campanella.
Uno de nuestros ejemplares favoritos era una pequeña edición en octavo
del _Directorium Inquisitorum_, por el dominicano Eymeric de Gironne; y
había ciertos pasajes de _Pomponius Mela_ acerca de los antiguos sátiros
y egipanes africanos que hacían soñar a Úsher durante horas enteras. Su
principal deleite consistía, sin embargo, en la lectura de un libro
gótico en cuarto, extremadamente raro y curioso, manual de una iglesia
abandonada, el _Vigiliæ Mortuorum Chorum Ecclesiæ Maguntinæ_.

No pude dejar de recordar el salvaje ritual de aquella obra y pensar en
su probable influencia sobre el hipocondriaco, el día en que después de
informarme bruscamente de que Lady Mádeline había fallecido, me
manifestó su intención de conservar el cadáver durante una quincena en
alguna de las numerosas bóvedas que existían en los muros del edificio,
antes de proceder a su definitiva inhumación. La razón principal que
adujo para este singular procedimiento era de tal naturaleza que no me
dejaba libertad de discutirla. Sentíase el hermano inclinado a esta
resolución, según explicó, a causa de los extraños síntomas de la
enfermedad de la difunta, de ciertas interrogaciones acres e importunas
de parte de los médicos y de la situación lejana y a la intemperie que
ocupaba el cementerio de la familia. No negaré que al rememorar el
siniestro continente del personaje a quien encontré en la escalera el
día de mi llegada a la casa, se me pasaron todos los deseos de oponerme
a aquello que después de todo sólo consideraba inofensiva y de ninguna
manera extraordinaria precaución.

A petición de Úsher, yo mismo le ayudé en las disposiciones para el
entierro temporal. Después de colocado el cuerpo en el ataúd, nosotros
solos lo condujimos al lugar de su descanso. La bóveda en que lo
depositamos, cerrada por tan largo tiempo que nuestras antorchas
oscilaron en su pesada atmósfera, nos dejó poca oportunidad para
pesquisas minuciosas; era pequeña, húmeda, y estaba absolutamente
desprovista de medio alguno para recibir la luz; quedando situada a
gran profundidad exactamente debajo de la parte del edificio que
correspondía a mi cuarto de dormir. Aparentemente se había usado en
remotas épocas feudales como calabozo de la peor especie, y en los
últimos tiempos como depósito de pólvora o cualquiera otra substancia
combustible, pues parte del pavimento y todo el interior de un largo
pasillo abovedado que allí conducía, estaban cuidadosamente revestidos
de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también protegida de
manera análoga. Su enorme peso producía un chirrido en extremo áspero y
discordante al girar sobre los goznes.

Después de depositar nuestra lúgubre carga sobre algunos soportes en
esta mansión de horror, nos volvimos a medias hacia el ataúd todavía sin
cerrar para contemplar el rostro de la ocupante. Lo primero que atrajo
mi atención fué la sorprendente semejanza que existía entre la hermana y
el hermano; y entonces Úsher, adivinando tal vez mis pensamientos,
murmuró algunas palabras por las cuales comprendí que la muerta y él
eran gemelos, y que siempre se había dejado notar entre ellos cierta
simpatía de constitución apenas explicable. Nuestras miradas no se
detuvieron largo tiempo sobre la difunta, porque no podíamos
contemplarla sin terror. El mal que postró a Lady Mádeline en plena
madurez de su juventud, dejóla, como sucede en todas las enfermedades de
carácter esencialmente cataléptico, la ironía de un débil sonrosado en
el seno y en el semblante, y aquella lánguida y misteriosa sonrisa, tan
terrible en los dominios de la muerte. Colocamos la tapa en su sitio
fijándola con tornillos y, después de asegurar la puerta de hierro,
volvimos penosamente a las habitaciones altas de la casa, tan tétricas
casi como el lugar que acabábamos de abandonar.

Después de algunos días de amargo pesar, presentóse un cambio notable en
los síntomas del desorden mental que afligía a mi amigo. Su manera de
ser cambió enteramente. Olvidaba o descuidaba sus ocupaciones
ordinarias. Vagaba de pieza en pieza con paso precipitado, desigual y
sin objeto. Su palidez asumía tonos aun más cadavéricos, a ser posible;
pero la lumbre de sus ojos habíase extinguido por completo. La aspereza
incidental de su voz no se dejaba oír ya más; y cierto estremecimiento
convulsivo, como de excesivo terror, caracterizaba habitualmente su
lenguaje. En ocasiones parecíame que su mente turbada luchaba sin cesar
con algún opresor secreto, para revelar el cual necesitaba apelar a todo
su valor; pero otras veces me veía obligado a juzgar todas estas
manifestaciones como simples extravagancias provocadas por su locura,
porque notaba que se quedaba mirando al vacío horas enteras en actitud
de profunda atención, como si escuchara sonidos imaginarios. No es de
extrañar que su estado me aterrorizara, me contagiara. Sentía ya que se
apoderaba de mí por grados la influencia desordenada de sus fantásticas
y perturbadoras supersticiones.

Al retirarme tarde a descansar una noche, siete u ocho días después de
depositar el cuerpo de Lady Mádeline en el calabozo, pude apreciar
mejor que nunca el alcance de tales impresiones. El sueño había huído de
mis párpados mientras las horas transcurrían una tras otra. Intenté
raciocinar para dominar la nerviosidad que se había apoderado de mi
espíritu; procuré convencerme de que gran parte si no todo lo que sentía
era debido a la inquietadora influencia de la lúgubre mueblería de la
habitación, a las sombrías y desgarradas draperías que, torturadas por
el aliento de una tempestad cercana, batíanse acá y allá caprichosamente
sobre los muros y susurraban medrosamente entre las decoraciones del
lecho. Pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Un temblor invencible se
apoderó de mí gradualmente; y al fin pesó sobre mi corazón una alarma
aguda e infundada. Dominándola con pena y respirando fuertemente me
enderecé sobre las almohadas, tratando ansiosamente de penetrar la
intensa obscuridad de la cámara; y escuché entonces, no sé cómo, a menos
que algún espíritu del instinto me incitara, ciertos ruidos sordos e
indistintos que venían a largos intervalos, yo no sé de dónde, entre las
pausas de la tempestad. Oprimido por un intenso sentimiento de horror,
tan extraordinario como intolerable, me eché encima la ropa
precipitadamente, sabiendo bien que no podría ya dormir aquella noche, y
traté de reaccionar contra la condición deplorable en que me encontraba,
dando paseos forzados de un extremo a otro de la habitación.

Había dado así algunas vueltas, cuando un leve paso en la escalera
contigua atrajo mi atención. Reconocí inmediatamente a Úsher. Un
instante después llamó, en efecto, a mi puerta con suave golpear, y
entró llevando una lámpara en la mano. Su semblante mostraba palidez
cadavérica como de costumbre, pero había además cierta especie de
hilaridad insana en sus ojos, una visible histeria contenida en toda su
actitud. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que
había soportado largas horas y llegué hasta felicitarme de su presencia
como un alivio.

--¿De modo que no habéis visto?--dijo ex abrupto, después de mirar
intensa y silenciosamente en torno suyo por algunos instantes. "--¿No
habéis visto? Pero ¡aguardad! Ya veréis."--Hablando así, y bajando
cuidadosamente la pantalla de su lámpara, dirigióse con rapidez a una de
las ventanas y la abrió de par en par ante la tempestad.

La impetuosa furia de las ráfagas que se precipitaron en la habitación
nos levantó casi por los aires. Era, en verdad, una noche borrascosa
pero de austera belleza y singularmente extraña en su hermosura y en su
horror. Verosímilmente se había levantado un torbellino en las cercanías
porque se presentaban frecuentes y violentas alteraciones en la
dirección del viento; y la densidad excesiva de las nubes, tan bajas que
parecían pesar sobre los torreones del castillo, no impedía notar la
velocidad de seres vivientes al parecer, con que se precipitaban unas
contra otras de todos lados sin desvanecerse a la distancia. Decía que
su excesiva densidad no impedía que apreciáramos el espectáculo, aun
cuando no había rastro de luna ni de estrellas, ni resplandor alguno de
relámpagos. Sin embargo, la superficie inferior de aquellas pesadas
masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos
rodeaban, resplandecían a la luz sobrenatural de una exhalación gaseosa,
débilmente luminosa y perfectamente visible que circundaba y envolvía
toda la mansión.

--¡No debéis presenciar este espectáculo, no lo presenciaréis!--exclamé
dirigiéndome a Úsher y estremeciéndome, mientras le arrastraba con suave
violencia desde la ventana hasta un asiento.--Estas manifestaciones que
os perturban son simplemente fenómenos eléctricos bastante comunes, o
quizá puedan también derivar su fantástico origen de los pesados miasmas
del lago. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso en
vuestras condiciones. He aquí uno de vuestros romances favoritos. Yo
leeré y vos escucharéis; y pasaremos juntos esta horrible noche."--

El antiguo volumen que había cogido era el _Mad Trist_ de Sir Láuncelot
Cánning; pero lo califiqué de favorito de Úsher más bien bromeando
tristemente que hablando de buena fe, porque en verdad nada podía
encontrarse en su verbosidad grosera y poco imaginativa que pudiera
interesar el elevado y espiritual idealismo de mi amigo. Fué, con todo,
el primer libro que pude haber a mano inmediatamente; y alimenté la vaga
esperanza de que la excitación que agitaba en aquel momento al
hipocondriaco encontrara momentáneo alivio--pues que la historia de los
desórdenes mentales está llena de anomalías semejantes--en las
descabelladas incidencias que hubiere de leer. En realidad, a juzgar por
el aire extravagante de ansiosa atención con que escuchaba o aparentaba
escuchar la fraseología del cuento, podía congratularme por el éxito de
mi plan.

Habíamos llegado a la parte bien conocida de esta historia en que
Éthelred, el héroe del _Trist_, habiendo intentado en vano penetrar
pacíficamente en la morada del ermitaño, se resuelve a lograrlo a viva
fuerza. Aquí, si bien se recuerda, la narración continúa así:

     Entonces Éthelred, que naturalmente poseía un valeroso corazón y se
     sentía además muy potente en aquel momento por virtud del vino que
     había bebido, no perdió más tiempo en parlamentar con el ermitaño,
     que usaba en verdad de obstinado y malicioso proceder; sino que,
     sintiendo la lluvia que caía sobre sus hombros y temiendo que
     arreciara la tempestad, levantó su maza y a grandes golpes abrió
     pronto en las planchas de la puerta un hueco suficiente para su
     mano armada del guantelete y, tirando de allí fuertemente, rompió y
     desgajó y destrozó todo de manera tal que el estrépito de la seca y
     resonante madera alarmó a todo el mundo repercutiendo a través de
     la selva.

Al terminar este acápite me sobresalté e hice una pausa involuntaria;
porque me pareció--aun cuando deduje inmediatamente que era ilusión de
mi exaltada fantasía--me pareció, digo, que de algún remoto rincón de la
casa llegaba a mis oídos el eco indistinto, amortiguado y confuso
ciertamente, de aquellos sonidos de golpes y destrucción que Sir
Láuncelot había descrito con tanta minuciosidad. Sin duda alguna era
solamente cualquiera coincidencia que despertó mi atención entre el
rechinar de las vidrieras y los ruidos combinados de la borrasca todavía
en aumento en el exterior; nada había seguramente en el rumor que
pudiera interesarme o inquietarme. Proseguí la historia:

     Pero el soberbio campeón Éthelred, al atravesar la puerta, se
     sintió dolorosamente sorprendido e irritado de no encontrar rastro
     alguno del astuto ermitaño; sino en su lugar un dragón escamoso, de
     prodigioso tamaño y lengua ígnea que hacía de centinela delante de
     un palacio de oro, pavimentado de plata; y pendiente del muro
     veíase un escudo de brillante bronce con la siguiente leyenda
     grabada:

    Quien aquí penetra es conquistador;
    Ganará el escudo quien mate al dragón;

     y entonces Éthelred, levantando su maza, hirió en la cabeza al
     dragón; el cual se desplomó a sus plantas rindiendo su pestilente
     aliento con tan hórrido, agudo y penetrante alarido que Éthelred se
     vió precisado a cubrirse los oídos con las manos para defenderse
     del pavoroso ruido del que nada análogo había escuchado hasta
     entonces.

Aquí me detuve de nuevo bruscamente, esta vez con sentimiento de
profundo estupor, porque no podía caberme la menor duda de que en el
mismo instante había oído en realidad, aun cuando me fuera imposible
indicar la dirección, un grito ahogado y aparentemente lejano, pero
áspero, prolongado y extraño; un sonido discordante, exacta reproducción
de lo que mi fantasía había ya evocado como el sobrenatural alarido del
dragón descrito por el romancero.

Oprimido como me sentía por mil encontradas sensaciones en que
predominaban la angustia y un excesivo terror a causa de la segunda y
más extraordinaria coincidencia, tuve aún la presencia de espíritu
necesaria para evitar que se excitara con cualquiera observación la
sensitiva nerviosidad de mi compañero. No estaba seguro de que se
hubiera apercibido de aquellos rumores, a pesar de que indudablemente
mostraba extraña alteración en su conducta en los últimos minutos. Desde
el sitio que ocupaba frente a mí había arrastrado su silla poco a poco
hasta dar cara a la puerta de entrada de la habitación, de modo que
apenas podía yo distinguir parcialmente sus facciones, aunque me parecía
que sus labios temblaban como si estuviese murmurando palabras
ininteligibles. Su cabeza había caído sobre el pecho; pero yo sabía que
no estaba dormido, pues en una ojeada furtiva a su perfil descubrí uno
de sus ojos rígidamente abierto. El movimiento de su cuerpo difería
también de su manera habitual, porque se mecía de un lado a otro con
ondulación suave, uniforme y constante. Notando todo esto con rapidez,
reasumí la narración de Sir Láuncelot que proseguía así:

     Y habiendo escapado el campeón en esta forma a la furia tremebunda
     del dragón, y recordando el bronceado escudo y la ruptura del
     encanto que allí residía, empujó el cuerpo de la fiera lejos de su
     paso y avanzó valerosamente sobre el plateado pavimento del
     castillo hasta el lugar donde estaba el escudo pendiente del muro;
     el cual no aguardó, en verdad, que el héroe hubiese llegado, sino
     que cayó espontáneamente a sus pies sobre el pavimento de plata con
     inmenso estruendo y horrísono sonido retumbante.

No habían terminado mis labios de proferir estas palabras cuando,
semejando en realidad un escudo de bronce que cayera pesadamente en
aquel mismo instante sobre un pavimento de plata, pude oír distintamente
una metálica, hueca y estridente aunque ahogada repercusión.
Completamente trastornado, me levanté de un salto; pero el mesurado
balanceo de Úsher continuó sin interrupción. Me abalancé hacia el
asiento que ocupaba. Sus ojos estaban fijos y en toda su figura
triunfaba una rigidez de piedra. Mas tan pronto como coloqué una de mis
manos en su hombro, sentí un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo;
una sonrisa marchita tembló sobre sus labios; y vi que hablaba en un
murmullo bajo, precipitado e ininteligible, como inconsciente de mi
presencia. Inclinándome muy cerca sobre él, pude al fin beber la
horrenda importancia de sus palabras.

--¿No lo oís?... Sí; yo lo oigo y _lo había_ oído. Muchos, muchos,
muchos, largos minutos... muchas horas, muchos días lo he oído... pero
no me atrevía... ¡oh, misericordia! ¡miserable de mí!... no me
atrevía... ¡no _me atrevía_ a hablar! _¡La hemos enterrado viva!_ ¿No
decía yo que mis sentidos son muy agudos? _Ahora_ os digo que percibí
sus primeros y débiles movimientos en el hueco ataúd. Los oí... hace
muchos, muchos días... pero no me atrevía... _¡No tenía valor de
hablar!_ Y ahora... esta noche... Éthelred... ¡ha! ¡ha!... ¡el
quebrantamiento de la puerta del ermitaño, el clamor de muerte del
dragón y el estrépito del escudo!... ¡Digamos mejor, el hendimiento del
ataúd, el chirrido de las puertas de hierro de su prisión, y su lucha
en el pasillo revestido de cobre de la bóveda! ¡Oh! ¿dónde escapar? ¿Por
ventura no estará ella aquí dentro de poco? ¿No se apresurará a
vituperarme por mi precipitación? ¿No he oído, acaso, sus pasos en la
escalera? ¿No he escuchado el pesado y horrible latir de su corazón?
¡INSENSATO! Aquí se puso en pie furiosamente y gritó sílaba por sílaba,
con tal fuerza que parecía iba a rendir el ánima: ¡INSENSATO! OS DIGO
QUE ELLA SE ENCUENTRA EN ESTE INSTANTE DELANTE DE LA PUERTA!

Como si la energía sobrehumana de su enunciación hubiese tenido el poder
de un conjuro, los enormes bastidores antiguos a que señalaba Úsher
corrieron hacia atrás suavemente en el mismo instante sus pesadas garras
de ébano. Era efecto de las impetuosas ráfagas; pero, delante de
aquellas puertas erguíase la alta y amortajada imagen de Lady Mádeline
de Úsher. Había sangre en sus blancas vestiduras y señales de lucha
cruel en toda su enflaquecida figura. Detúvose por un momento temblando
y bamboleándose en el umbral; y luego, con sordo y lúgubre gemido se
desplomó pesadamente sobre su hermano y, en las violentas convulsiones
de su real y esta vez postrera agonía, le trajo al suelo cadáver,
víctima de los terrores que él mismo se había anticipado.

Huí despavorido de aquella cámara y de aquella mansión. La tempestad
bramaba todavía en plena furia cuando yo me encontré cruzando la antigua
calzada. De pronto brilló a lo largo del camino una luz inusitada, y yo
me volví para averiguar de dónde procedía este rayo sobrenatural, pues
la vasta morada y sus sombras era lo único que dejaba tras de mí. La
radiación brotaba de una luna llena y de un rojo sangriento en su ocaso,
y resplandecía vivamente sobre aquella hendedura apenas perceptible de
que he hablado y que se extendía en ziszás desde la techumbre del
edificio hasta su base. En tanto que miraba, la hendedura se ensanchó
rápidamente; hubo luego una ráfaga furiosa del remolino; el orbe entero
del satélite estalló al mismo tiempo ante mis ojos; mi cerebro osciló
mientras veía los potentes muros abriéndose en dos partes; oyóse un
prolongado y tumultuoso estruendo semejante a millares de voces de las
aguas; y el profundo y tétrico lago que yacía a mis pies cerróse sombría
y silenciosamente sobre los fragmentos de la _Casa de Úsher_.



LIGEIA

     La voluntad está allí yacente, mas no muerta. ¿Quién conoce los
     misterios de la voluntad, en todo su poder? Porque Dios es
     solamente una inmensa voluntad dominando todas las cosas por virtud
     de su intensidad. El hombre no es vencido por los ángeles, ni
     siquiera por la muerte completamente, sino en razón de la flaqueza
     de su frágil voluntad.

     --JÓSEPH GLÁNVILL.


No podría, por mi ánima, recordar cómo, cuándo, ni dónde exactamente
conocí a Lady Ligeia. Han transcurrido muchos años desde entonces, y mi
memoria se ha debilitado con los sufrimientos. O tal vez me es imposible
rememorarlo ahora porque, en realidad, la personalidad de mi amada, su
raro talento, el sereno y singular carácter de su belleza y la
penetrante y avasalladora elocuencia de su voz velada y musical se
abrieron paso hasta mi corazón en forma tan rápida y furtiva que, sin
duda alguna, aquellos incidentes pasaron desapercibidos o ignorados.
Creo, sin embargo, que la encontré por primera vez y más a menudo en
alguna grande, antigua y decadente ciudad en las cercanías del Rhin.
Seguramente debo haberla oído hablar de su familia; y no cabe duda de
que se remontaba a una gran antigüedad. ¡Ligeia! ¡Ligeia! Sumido en
estudios de naturaleza tal que debilitan todas las impresiones del mundo
exterior, sólo esta dulce palabra ¡Ligeia! tiene el poder de hacer
brotar ante mis ojos, por medio de la fantasía, la imagen de aquella que
ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta la idea de que jamás
llegué a saber el nombre de familia de la que fué mi amiga y mi
prometida, y llegó a convertirse en la compañera de mis estudios, y más
tarde en la esposa elegida de mi corazón. ¿Fué aquello una humorada de
mi Ligeia? ¿Exigió acaso, como prueba de la intensidad de mi afecto, que
no hiciera yo investigación alguna a este respecto? ¿O sería quizás un
capricho mío, alguna extraña y romántica ofrenda en el altar de la más
apasionada devoción? Apenas tengo la confusa reminiscencia del hecho en
sí mismo; ¿cómo puede maravillar que haya olvidado por completo las
circunstancias que lo originaron? Realmente, si alguna vez el espíritu
que se denomina _Romance_, si la pálida _Astophet_, de alas de nebulosa,
diosa del Egipto idólatra, presidió alguna vez, como aseguran, los
matrimonios novelescos, indudablemente debió reinar en el mío.

Hay, sin embargo, un tema predilecto de mi corazón en el que mi memoria
jamás falla. Es éste _la propia_ Ligeia. Era de alta estatura, algo
cenceña y casi flaca en sus últimos días. Trataría en vano de describir
la majestad, el apacible reposo de su continente y la incomparable
ligereza y elasticidad de su marcha. Iba y volvía como una sombra. Nunca
me daba cuenta de su entrada a mi cerrado estudio sino por la música
amada de su voz, dulce y queda, cuando colocaba su marmórea mano sobre
uno de mis hombros. Ninguna doncella igualó jamás la hermosura de su
semblante. Era la irradiación de un sueño de opio, una aérea y
espiritual visión, más extraordinariamente divina que todas las
fantasías que poblaban los ensueños de las hijas de Delos. Sin embargo,
sus facciones no se definían en el molde corriente que se nos ha
enseñado falsamente a admirar en las clásicas obras del paganismo. "No
existe belleza exquisita," dice Bacon, Lord Verúlam, hablando con
sinceridad de las diferentes formas y caracteres de belleza, "sin algo
de extraordinario en sus proporciones." Así, aun cuando yo sabía que las
facciones de Ligeia no eran de regularidad clásica; aun cuando podía
percibir que su belleza era, en verdad, "exquisita," y sentía mucho de
"extraordinario" en ella, he procurado en vano descubrir en qué
consistía la irregularidad y determinar mi percepción de lo
"extraordinario." Examinaba el contorno de la alta y pálida frente: era
irreprochable; y ¡cuán fría me parece esta palabra aplicada a su divina
majestad! ¡La piel rivalizando con el marfil más puro, la requerida
amplitud y reposo, la encantadora prominencia cerca de las sienes; y
luego, las trenzas color plumaje de cuervo, sedosas, abundantes y
naturalmente rizadas, dignas del homérico epíteto de "jacintianas!"
Miraba las delicadas líneas de la nariz; y sólo en los graciosos
medallones hebreos he observado semejante perfección. Tenían la misma
frescura de superficie, idéntica tendencia aquilina apenas perceptible,
las mismas ventanillas de curva armoniosa que dicen de la elevación del
espíritu. Contemplaba la dulce boca. Allí se fijaba, en verdad, el
triunfo de todo lo divino: la soberbia curva del labio superior; la
suave y voluptuosa indolencia del inferior; los hoyuelos que regocijaban
y el color que hablaba; los dientes resplandeciendo detrás con
brillantez casi asombrosa y reflejando rayos de luz inmaculada en su
sonrisa serena y plácida, a la par que incomparablemente radiante y
embriagadora entre todas las sonrisas. Observaba la forma de la barba; y
encontraba también aquí la suave amplitud, la dulzura y majestad, la
redondez y espiritualidad de los griegos; y el contorno que el dios
Apolo reveló sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y en
seguida penetraba en los grandes ojos de Ligeia.

No había modelos de ojos en la remota antigüedad. Puede ser también que
en aquellos ojos de mi amada residiera el secreto a que alude Lord
Verúlam. Eran, según creo, mucho más grandes que los ojos ordinarios de
nuestra raza. Eran también más redondos que los más redondos entre los
ojos de gacela de la tribu de Nourjahad. Sin embargo, sólo a intervalos,
en momentos de intensa excitación, se notaba esta peculiaridad en
Ligeia. Y en aquellos momentos su belleza aparecía (quizá únicamente en
mi exaltada fantasía), como la hermosura de seres ultraterrenales, como
la hermosura fabulosa de las huríes de los turcos. Sus pupilas eran del
negro más luciente, y lejos, en contorno, se rizaban las larguísimas
pestañas de azabache. Las cejas, de dibujo ligeramente irregular, eran
de igual color. Lo que encontraba yo de "extraordinario" en los ojos de
Ligeia consistía, sin embargo, en algo de naturaleza diferente de la
forma, el color o la brillantez; algo que, después de todo, me veo
obligado a referir a la _expresión_. ¡Ah, palabras sin significado, tras
de cuya vasta amplitud de sonido atrincheramos nuestra ignorancia de lo
espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuánto he meditado
acerca de esto durante horas enteras! ¡Cuánto he luchado por evocarla en
el transcurso de toda una noche de verano! ¿Qué era aquello, aquello más
profundo que el manantial de Demócrito, aquello que había lejos, muy
lejos dentro de las pupilas de mi adorada? ¿Qué era _aquello?_ Estaba
poseído de la pasión de escudriñarlo. ¡Aquellos ojos! ¡aquellos orbes
inmensos, brillantes, divinos! Llegaron a convertirse para mí en las
estrellas gemelas de Leda, y yo para ellas en el más apasionado de los
astrólogos.

No hay sensación más irritante entre las mil anomalías de la mente que
el hecho, a que jamás se ha prestado atención en los colegios, según
creo, de que en el esfuerzo para rememorar cualquiera cosa olvidada por
largo tiempo, llegamos a menudo hasta _el borde mismo_ de la
reminiscencia, sin poder al cabo traer a la memoria lo que deseamos.
Así, ¡cuán frecuentemente durante el curso de un intenso escrutinio de
los ojos de Ligeia, sentía que me aproximaba al conocimiento pleno de
su expresión, lo sentía cerca, pero no en mi poder aún, y al fin volvía
a escaparse por completo! Y (¡oh, extrañeza! ¡oh, misterio entre todos!)
encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de
analogías con esta expresión. Quiero decir que en el período subsecuente
a la toma de posesión de mi espíritu por la hermosura de Ligeia, que
reinaba allí como en un trono, experimentaba al contacto de muchas
existencias del mundo material un sentimiento semejante al que me
producían siempre sus inmensas y luminosas pupilas. No me es posible,
sin embargo, definir ni analizar este sentimiento, ni siquiera
observarlo con claridad. Reconocía su expresión algunas veces, permitid
que lo repita, en el rápido desarrollo de una vid, en la contemplación
de una falena, una mariposa, una crisálida, un arroyo de agua corriente.
La he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. La he encontrado
en la mirada de personas de mucha edad. Y hay en los cielos una o dos
estrellas, una especialmente, de sexta magnitud, doble y cambiante, que
se encuentra cerca de la estrella mayor de Lira, en la cual, en medio de
un examen telescópico, me di cuenta también de este sentimiento. Me he
sentido lleno de su fuerza al escuchar ciertos sones de instrumentos de
cuerda, y muchas veces leyendo determinados pasajes de algunos libros.
Recuerdo muy bien un trozo de una obra de Jóseph Glánvill que, quizá
simplemente en razón de su originalidad (¿quién podría decirlo?), nunca
dejaba de inspirarme el mismo sentimiento. "La voluntad está allí
yacente, mas no muerta. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad en
todo su poder? Porque Dios es solamente una inmensa voluntad dominando
todas las cosas por virtud de su intensidad. El hombre no es vencido por
los ángeles, ni siquiera por la muerte completamente, sino en razón de
la flaqueza de su frágil voluntad."

Un lapso de varios años y la reflexión consiguiente me han permitido
trazar una remota relación entre este pasaje del moralista inglés y una
faz del carácter de Ligeia. Cierta _intensidad_ de pensamiento, acción o
palabras era quizá en ella el resultado, o el indicio por lo menos, de
aquella enorme fuerza de voluntad que durante nuestras largas relaciones
no encontró oportunidad de demostrar su existencia de manera más
palpable. Entre todas las mujeres que he conocido, ella, la
exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con mayor
violencia de los buitres tumultuosos de la pasión devoradora. Y sólo
podía yo formarme idea del alcance de aquella pasión por la milagrosa
dilatación de sus ojos que a la vez me deleitaba y amedrentaba; por la
mágica melodía, modulación, claridad y dulzura de su voz, muy queda; y
por la apasionada energía de las ardientes palabras que pronunciaba,
doblemente conmovedoras por el contraste con su manera de proferirlas.

He hablado de los conocimientos de Ligeia: eran inmensos, como jamás
pudiera imaginarlos en ninguna mujer. Era profundamente instruída en
los idiomas clásicos, y nunca la sorprendí en falta en los modernos
lenguajes de Europa, hasta donde mis conocimientos alcanzaban. A decir
verdad, ¿se equivocó alguna vez Ligeia aun en los temas más admirados,
por cuanto más abstrusos, de la jactanciosa erudición académica? ¡Cuán
maravillosa, cuán extraordinariamente se ha definido para mí este lado
de su naturaleza, tan sólo en los últimos tiempos! Decía que su saber
era tan vasto como jamás pude suponerlo en una mujer; mas ¿dónde existe
el hombre que, como ella, haya atravesado triunfalmente los vastos
dominios de la ciencia moral, de la física y de las matemáticas? Yo no
comprendía entonces lo que ahora percibo con toda claridad: que los
conocimientos de Ligeia eran gigantescos, asombrosos; sin embargo, sabía
bastante de su supremacía moral para renunciar a mi propio criterio con
infantil confianza y dejarme guiar por ella en el caótico mundo de las
investigaciones metafísicas en que me ocupaba con gran interés durante
los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué inmenso triunfo, con
qué vívido deleite, con cuánto de todo aquello que es etéreo en la
esperanza, sentía, al inclinarse ella sobre mí en los estudios, sin
buscarla ni comprenderla, aquella deliciosa mirada dilatándose por
grados ante mis ojos; y a través de cuyo largo, radiante y virgen
sendero podría al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado
adorablemente preciosa para no estar vedada a los mortales!

¡Imaginad ahora cuán agudo sería el pesar con que contemplé años más
tarde cómo brotaron alas a mis justas esperanzas, y volaron con ella a
la inmensidad! Sin Ligeia, yo era como un niño extraviado tentando en la
obscuridad. Su presencia, las lecturas que ella acometía sola,
iluminaban vívidamente los innumerables misterios de la ciencia del
trascendentalismo en que me hallaba sumergido. Faltándome la lumbre
radiante de sus ojos, los caracteres antes brillantes y dorados
volvíanse más opacos que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaban
cada vez menos y con menor frecuencia sobre las páginas que yo leía.
Ligeia estaba enferma. Los extraños ojos refulgían con resplandor
demasiado glorioso; los pálidos dedos adquirían los tonos de
transparente cera de la tumba; y las azules venas de su elevada frente
hinchábanse y bajaban impetuosamente a impulsos de la más ligera
emoción. Veía que la muerte se acercaba, y luché desesperadamente con el
inflexible Azrael. Y, con gran estupor de mi parte, noté que la lucha de
mi apasionada esposa era aun más enérgica que la mía. Muchos rasgos de
su altivo carácter me habían dejado la impresión de que la muerte no
aportaría para ella sus habituales terrores; pero no era así. Las
palabras son impotentes para dar idea exacta de la fortaleza y tesón con
que contendió a brazo partido con las Sombras. Yo gemía de angustia al
contemplar este espectáculo. Hubiera querido suavizar su fin, hubiera
querido razonar; pero, en la intensidad de su ardiente anhelo de vivir,
vivir, _solamente_ vivir, ensayar cualquier solaz o razonamiento habría
sido la locura más estupenda. Sin embargo, sólo en el último momento,
entre las congojas convulsivas de su elevado espíritu, se conmovió la
placidez exterior de su continente. Su voz hízose más y más débil, más y
más velada; pero no quisiera recordar el extraño significado de aquellas
palabras tan quedamente pronunciadas. Mi cerebro se extraviaba mientras
escuchaba extasiado una melodía sobrenatural, hipótesis y aspiraciones
que jamás conoció antes la humanidad.

No podía dudar de que Ligeia me amaba; y era fácil comprender que en un
corazón como el suyo el amor debía reinar con pasión extraordinaria.
Pero sólo en su muerte me impresionó plenamente la fuerza de su
sentimiento. Oprimía mis manos durante largas horas y desplegaba ante mí
los tesoros de su alma, que eran ya idolatría más que apasionada
devoción. ¿Qué había hecho yo para merecer la bendición de tales
confesiones? Y ¿qué había hecho para merecer el anatema de perder a mi
adorada en la hora misma de recibirlas? No puedo soportar detenerme más
tiempo en este tema. Séame permitido decir tan sólo que, en el abandono
tan femenino de Ligeia en su amor, ¡ay de mí, tan poco merecido, tan
liberalmente ofrendado! comprendí al fin la razón de su ardiente y
salvaje anhelo por aquella vida que ahora se le escapaba con tanta
rapidez. Esta violenta aspiración, este extraordinario deseo de vivir,
_solamente_ vivir, es lo que me encuentro incapaz de describir, no tengo
frases suficientes para expresarlo.

A las doce de la noche en que Ligeia desapareció, llamándome
perentoriamente a su lado con la cabeza, me pidió que recitara ciertos
versos compuestos por ella misma no hacía muchos días. Obedecí. Los
versos eran como sigue:

    ¡He aquí finalmente una noche de gala,
    después de los recientes años desolados!
    Un tropel de ángeles, envueltos en velos,
    ahogados en llanto,
    acude al teatro,
    para ver un drama de esperanza y miedo,
    mientras suspira la orquesta
    la música infinita del espacio.

       *       *       *       *       *

    Bufones en lo alto con disfraz de dioses
    gruñen y murmuran agitándose
    en continuo y veloz revoloteo.
    Son sólo títeres movidos
    por seres poderosos e informes
    que cambian a su antojo el escenario
    y hacen brotar al golpe de sus alas de cóndor
    ¡Invisible Dolor!

       *       *       *       *       *

    ¡Oh, el drama abigarrado!
    ¡Estad seguros de que no lo olvidaréis!
    Con su Fantasma siempre perseguido
    por una muchedumbre que jamás lo alcanza,
    siguiendo el mismo eterno círculo
    que conduce al punto de partida;
    un drama de Locuras y Maldades
    y que tiene al Horror por desenlace.

       *       *       *       *       *

    Pero ¡ved! ¡Entre la algazara de los cómicos,
    y desde los desiertos bastidores,
    aparece arrastrándose una forma
    color rojo de sangre!
    La forma se retuerce,
    se retuerce devorando a los bufones
    que padecen angustias espantosas;
    y los querubes lloran
    ante el monstruo que se goza en sangre humana.

       *       *       *       *       *

    Apáganse las luces.
    El drama ha concluído.
    Sobre las temblorosas formas de la escena,
    con rapidez igual que una borrasca,
    cae el telón: un paño funerario.
    Y los espíritus tristes y dolientes,
    al levantar el vuelo,
    recuerdan que aquel drama trágico es "El Hombre,"
    y su héroe se llama
    Gusano, el Vencedor.

"¡Oh, Dios mío!" sollozó a medias Ligeia, alzándose y levantando los
brazos a lo alto con movimiento espasmódico, al terminar yo estas
líneas. "¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre divino! ¿Deberán estas cosas suceder así?
¿Nunca ha de ser vencido este vencedor? ¿No somos carne y hueso de Ti
mismo? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad en todo su
poder? El hombre no es vencido por los ángeles, ni siquiera por la
muerte completamente, sino en razón de la flaqueza de su frágil
voluntad."

Entonces, exhausta por la emoción, dejó caer los blancos brazos, y se
dirigió solemnemente hacia su lecho de muerte. Y cuando lanzaba sus
últimos suspiros brotó, mezclado con ellos, un murmullo de sus labios.
Inclinando mis oídos hasta su boca, distinguí nuevamente las palabras
finales del pasaje de Glánvill. "El hombre no es vencido por los
ángeles, ni siquiera por la muerte completamente, sino en razón de la
flaqueza de su frágil voluntad."

Murió; y yo, deshecho hasta el polvo por el pesar, no pude soportar más
tiempo el desolado aislamiento de mi morada en la triste y decadente
ciudad de los alrededores del Rhin. No carecía de lo que el mundo
denomina riquezas. Ligeia me había traído más, mucho más, de lo que
representa el ordinario lote de los mortales. Por consiguiente, después
de algunos meses de viajes fatigosos y sin objeto, compré e hice reparar
una abadía, que no nombraré, en uno de los más agrestes y menos
frecuentados parajes de la bella Inglaterra. El tétrico y fantástico
tamaño del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos
recuerdos melancólicos y de antiguo venerados que se relacionaban con la
posesión tenían mucho de común con el sentimiento de amargo abandono que
me llevaba a esta remota e insociable comarca del reino. Sin embargo,
aun cuando el exterior de la abadía, con su marchito verdor colgando por
todas partes, sufrió pequeña alteración, me complací, con una especie de
perversidad infantil, y tal vez con la débil esperanza de aliviar mis
pesares, en desplegar en el interior una magnificencia casi regia. Tenía
desde la infancia una afición especial a esta clase de locuras, la que
volvió a mí como una extravagancia provocada por el dolor. ¡Ay de mí!
¡Comprendo ahora cuánto había de incipiente insania en el derroche de
aquellas exquisitas y fantásticas draperías, en las solemnes esculturas
egipcias, en la original mueblería y cornisas, en los recamados bizarros
diseños de los tapices de oro! Había llegado a esclavizarme por completo
en los lazos del opio, y mis obras y mis órdenes tomaban el colorido de
mis sueños. Mas no debo detenerme a detallar tales absurdos. Permitidme
solamente hablar de la cámara por siempre maldita a la que, en un
momento de alienación mental, llevé desde el altar como mi esposa, como
la sucesora de la inolvidable Ligeia, a la rubia, de ojos azules, Lady
Rowena Trevanion, de Tremaine.

No existe la más pequeña parte de la arquitectura y decoración de
aquella cámara que no esté ahora visible ante mis ojos. ¿Dónde estaban
las almas de los altivos antepasados de la familia de mi novia, cuando
por su ansia de oro permitieron atravesar el umbral de una habitación,
decorada en _tal_ manera, a una doncella, su hija muy amada? He dicho
que recuerdo minuciosamente los detalles de aquella cámara (aunque
olvido en forma deplorable los asuntos de mayor entidad), a pesar de que
no había estilo especial ni conexión alguna en su caprichoso arreglo,
que pudiera contribuir a que se conserve en la memoria. La habitación,
situada en una alta torrecilla del castillo de la abadía, era de forma
pentagonal y de gran tamaño. Ocupando todo el frente sur del pentágono,
había una ventana única, una lámina inmensa de cristal pulido de
Venecia, un solo trozo de vidrio plomizo, de manera que los rayos del
sol o de la luna, al atravesarla, arrojaban un resplandor fantástico
sobre los objetos del interior. En la parte superior de esta enorme
ventana extendía su tejido una antigua vid que colgaba de los macizos
muros del torreón. El techo, de tétrico roble, era excesivamente alto,
abovedado y primorosamente esculpido con los tipos más extravagantes y
grotescos de un estilo mitad gótico, mitad druídico. Del dibujo central
de esta sombría cúpula pendía, de una cadena de oro de largos eslabones,
un inmenso incensario del mismo metal, de modelo sarraceno, y con muchas
perforaciones combinadas en tal forma que oscilaba dentro y fuera de
ellas, como dotada de serpentina vitalidad, una continua sucesión de
fuegos de colores.

Divanes orientales y candelabros dorados veíanse por varios lados; y
había también un lecho, el lecho nupcial, de sólido ébano esculpido,
ejemplar indio, muy bajo, y con un dosel semejando una urna funeraria.
En cada uno de los ángulos del cuarto se levantaba un gigantesco
sarcófago de negro granito, extraído de las tumbas de los reyes frente a
Lúxor, y con su antigua cubierta exornada de esculturas de tiempo
inmemorial. Pero en la tapicería de la cámara, sobre todo, se mostraba,
¡ay de mí! la fantasía capital de todo aquello. Los elevados muros, de
altura gigantesca y casi desproporcionada, estaban revestidos de arriba
abajo en amplios pliegues de una tapicería pesada y casi sólida, del
mismo tejido que descollaba como alfombra en el pavimento, como cubierta
en los divanes y en el lecho de ébano, como drapería en el dosel y como
magníficas volutas en las cortinas que cubrían parcialmente la ventana.
El tejido era de la más rica tela de oro. Estaba salpicado por todas
partes, a intervalos irregulares, de arabescos de un pie de diámetro,
laborados sobre la tela en dibujos del más puro negro de azabache. Pero
aquellas figuras ostentaban su verdadero estilo arabesco solamente
cuando se las contemplaba desde cierta línea visual. Por una disposición
bastante generalizada ahora, pero que se remonta a un período de gran
antigüedad, se las había dotado de aspecto cambiante. Para el que
entraba en la habitación tenían simplemente la apariencia de
monstruosidades; pero, al avanzar un poco más, su forma cambiaba
gradualmente; y paso a paso, al dar la vuelta en la cámara, veíase
rodeado el visitante de una sucesión interminable de los horrendos
fantasmas que pueblan las supersticiones normandas, o que toman cuerpo
en los ensueños infernales de los monjes. El efecto fantástico se
acrecentaba con la introducción de una corriente de aire artificial
detrás de las draperías, que prestaba al conjunto lúgubre e inquietadora
animación.

En salones semejantes, en cámara nupcial como la que acabo de describir,
pasé con la castellana de Tremaine las impías horas del primer mes de
matrimonio, horas que transcurrieron sin mayores perturbaciones. No pude
dejar de apercibirme, sin embargo, de que mi mujer temía los fieros
impulsos de mi carácter, que me amaba poco, y trataba de esquivarme;
pero esto me produjo más bien placer que cualquier otro sentimiento. La
detestaba con odio demoniaco más que humano. Mi memoria retrocedía (¡oh!
¡con cuánta intensidad de pesar!) a Ligeia, la bien amada, la augusta,
la bella, la desaparecida. Gozaba con las reminiscencias de su pureza,
su erudición, su elevación de espíritu, su naturaleza etérea, su
apasionado e idolátrico amor. Y entonces ardía mi espíritu plena y
libremente con fuego mayor aún que el que a ella la consumía. En la
exaltación de mis sueños de opio (porque habitualmente estaba sumido en
los efectos de esta substancia), llamábala en voz alta por su nombre en
el silencio de la noche, o en los lugares más recónditos del valle
durante el día, como si por medio de mi salvaje anhelo, de la pasión
solemne, del ardor nostálgico que me consumía por la muerta, pudiera yo
volverla a la senda que había abandonado sobre la tierra. (¡Ah! ¿era
posible que _esto_ fuera para siempre?)

Al iniciarse el segundo mes de matrimonio, Lady Rowena se sintió atacada
de repentino malestar, del cual se recobraba con lentitud. La fiebre que
la consumía hacía sus noches intranquilas; y en su inconsciente estado
de media vigilia, hablaba de ruidos, de movimientos dentro y alrededor
de la cámara de la torrecilla; lo cual deduje yo que no tenía otro
origen que el desarreglo de su mente o quizá la influencia
fantasmagórica de la misma habitación. Al fin entró en convalecencia;
luego se restableció por completo. Pero, apenas hubo transcurrido un
breve período, un nuevo acceso, más violento que el primero, la arrojó
de nuevo en el lecho del dolor; y de este segundo ataque nunca llegó a
recobrarse su constitución, débil en todo tiempo. Su enfermedad asumió
desde entonces caracteres alarmantes y la más severa persistencia,
desafiando la ciencia y los desvelos de los médicos. Con la exacerbación
del malestar crónico que la aquejaba, y que aparentemente había dominado
su naturaleza hasta el punto de que era imposible combatirlo con medios
humanos, observé también una exacerbación análoga en la irritación
nerviosa de su temperamento, y en su excitabilidad por causas triviales
de temor. Habló de nuevo, ahora más a menudo y con mayor insistencia, de
ruidos, ligeros ruidos, y del movimiento inusitado de las draperías, a
que había aludido anteriormente.

Una noche, a fines de septiembre, propuso a mi atención este angustioso
tema con más énfasis aún de lo acostumbrado. Acababa de despertar de un
sueño agitado, durante el cual estuve espiando, con sentimiento mezcla
de ansiedad y de temor, los efectos que se retrataban en su adelgazado
semblante. Sentéme al lado del lecho de ébano, sobre uno de los divanes
de la India. Ella se enderezó a medias y habló, en ardiente murmullo, de
los sonidos que en aquel mismo instante _oía_, pero que yo no podía
escuchar, de los movimientos que ella _veía_, pero que yo no podía
percibir. El aire soplaba fuertemente detrás de las draperías y quise
demostrarle algo que, dejadme confesarlo, yo mismo no creía por
completo: que aquellos suspiros inarticulados y aquellas suaves
variaciones de las figuras sobre el muro no eran sino los efectos
naturales y ordinarios de las ráfagas de aire. Pero una palidez mortal,
extendiéndose sobre su rostro, vino a probarme que eran infructuosos mis
esfuerzos para tranquilizarla. Parecía que estaba a punto de
desfallecer, y no había criados al alcance de la voz. Recordé el sitio
donde se había depositado una ánfora de vino ligero ordenado por los
médicos, y me apresuré a atravesar el aposento para procurárselo. Pero,
al detenerme debajo de la luz del incensario, dos circunstancias de
naturaleza sorprendente atrajeron mi atención. Sentí que algún objeto
palpable aunque invisible había pasado ligeramente cerca de mí; y
observé sobre la dorada alfombra, en el centro precisamente del
resplandor suntuoso del incensario, una sombra, sombra débil, vaga,
angelical, algo semejante a lo que podría definirse como la sombra de
una sombra. Pero yo estaba aturdido con los efectos de una dosis
exagerada de opio y no me preocupé de estas cosas, ni hablé de ellas a
Rowena. Habiendo encontrado el vino, crucé de nuevo la habitación, llené
una copa y la aproximé a los labios de la desfalleciente señora. Habíase
recobrado un tanto, sin embargo, y cogió ella misma el vaso, mientras yo
me hundía en un diván cercano con los ojos fijos en su semblante. En
este momento oí distintamente un paso ligero sobre la alfombra y cerca
del lecho; y un segundo después, en el acto en que Rowena levantaba la
copa hasta sus labios, vi (o quizá soñé que veía), vi caer dentro del
recipiente, como de algún surtidor invisible en la atmósfera del cuarto,
tres o cuatro grandes gotas de un líquido brillante color de rubí. Si yo
vi esto, no lo vió Rowena. Bebió el vino sin vacilar, y yo me abstuve de
hablarle de este incidente que, bien considerado, debe haber sido
únicamente el resultado de una exaltada fantasía, en mórbida actividad
por el terror de la dama, por el opio y por la hora.

Pero no pudo escapar a mi propia percepción el hecho de que,
inmediatamente después de la absorción de las gotas color de rubí,
sufrió un rápido acrecentamiento el malestar de mi mujer; a tal punto
que, tres noches más tarde, las manos de sus camareras la preparaban
para la tumba; y a la cuarta, me encontré solo con su amortajado
cadáver, sentado en aquella cámara fantástica que la recibió como mi
esposa. Extravagantes visiones, engendradas por el opio, revoloteaban
como sombras a mi alrededor. Mirábalas con ojos inquietos posarse sobre
los sarcófagos en los ángulos de la habitación, sobre las cambiantes
figuras de la tapicería y entre el serpenteo de los fuegos diversamente
coloreados en el incensario que pendía en el centro de la habitación.
Mis miradas se dirigieron entonces, recordando los incidentes de una de
las noches anteriores, al espacio debajo de los rayos del incensario,
donde había percibido el débil reflejo de una sombra. No estaba allí
ahora, sin embargo; y, respirando con más libertad, torné mis ojos hacia
la rígida y pálida figura que yacía sobre el lecho. Entonces se
apoderaron de mi mente millares de remembranzas de Ligeia, y sentí en el
alma, con la violencia tumultuosa de una inundación, todo el agudo e
intolerable dolor con que la había visto _a ella_ así amortajada. La
noche transcurría; y en tanto yo continuaba mirando el cuerpo de Rowena
con el pecho lleno de amargos pensamientos por la única y supremamente
bien amada.

Sería la media noche, o más temprano quizá, o quizá más tarde, porque no
me había dado cuenta del tiempo transcurrido, cuando un suspiro suave y
apagado, pero muy distinto, me sorprendió en medio de mi ensueño.
_Sentí_ que venía del lecho de ébano, del lecho mortuorio. Escuché en
una agonía de supersticioso terror; mas no hubo repetición del sonido.
Esforcé mi visión tratando de descubrir cualquiera moción del cuerpo,
pero no se percibía ni la más ligera. Sin embargo, no podía engañarme.
_Había oído_ el rumor, aunque débil, y mi alma se había despertado
dentro de mí. Deliberada y persistentemente conservé mi atención fija
sobre el cadáver. Muchos minutos transcurrieron, sin embargo, antes de
que se presentara ninguna circunstancia que pudiese arrojar luz sobre el
misterio. Hízose al fin evidente que un ligerísimo, muy débil, matiz de
colorido subía a las mejillas y a lo largo de las pequeñas venas
hundidas de los párpados. Dominado por una especie de horror o pavor
inexplicable, para expresar enérgicamente el cual no existen palabras
suficientes en el lenguaje humano, sentí que mi corazón cesaba de latir
y que mis miembros se volvían rígidos sobre el asiento. Pero el
sentimiento del deber contribuyó al fin a devolverme mi presencia de
ánimo. No podía dudar por más tiempo de que nos habíamos precipitado en
los preparativos, que Lady Rowena vivía todavía. Era necesario procurar
una reacción inmediata; pero la torrecilla estaba lejos de la parte de
la abadía habitada por los criados, y nadie se encontraba al alcance de
la voz. No había forma de llamarlos sin abandonar la habitación por
algunos minutos, y no podía aventurarme a proceder así. De consiguiente,
luché solo en mis esfuerzos para atraer el espíritu todavía en suspenso.
Tras corto tiempo, sin embargo, pudo notarse que se presentaba una
recidiva: desapareció el color de las mejillas y párpados dejando una
palidez mayor aún que la del mármol; los labios se recogieron y
fruncieron nuevamente en la expresión lúgubre de la muerte; una
repulsiva y viscosa frialdad extendióse con rapidez en toda la
superficie del cuerpo; y sobrevino casi instantáneamente la acostumbrada
e inflexible rigidez mortal. Me dejé caer estremeciéndome en el diván
del cual me había lanzado tan súbitamente, y me entregué de nuevo a la
apasionada vigilia de los recuerdos de Ligeia.

Una hora transcurrió de esta manera cuando (¿sería posible!) oí por
segunda vez un vago rumor que partía del lado del lecho. Escuché con
horror extremado. El sonido dejóse oír de nuevo: era un suspiro. Me
precipité sobre el cuerpo, y vi, vi distintamente un temblor de los
labios. Un minuto después abriéronse descubriendo una hilera de perlados
dientes. La admiración luchaba ahora en mi pecho con el terror que antes
reinaba como soberano. Sentí que mi vista se obscurecía, que la razón se
me escapaba; y debido sólo a un violento esfuerzo pude al fin
reconquistar el dominio de mis nervios para emprender la tarea que el
deber me señalaba. Mostrábase ahora una especie de brillo parcial sobre
la frente, las mejillas y la garganta; un calor perceptible se apoderaba
del cuerpo; y dejábase sentir así mismo un ligero latido del corazón. La
dama _vivía;_ y con ardor redoblado me dediqué a la labor de
resucitarla. Golpeé y humedecí sus sienes y sus manos, e hice uso de
todos los medios que la experiencia y mis frecuentes lecturas sobre
medicina pudieron sugerirme. Pero en vano. Súbitamente el color se
desvaneció; cesaron las pulsaciones; reasumieron los labios la expresión
de la muerte; y un instante después el cuerpo tomó la helada viscosidad,
el color lívido, la rigidez intensa, la depresión de las líneas y todas
las horrendas peculiaridades del que hubiera sido durante varios días un
huésped de la tumba.

Y de nuevo me sumergí en las visiones de Ligeia; y otra vez (¿qué puede
maravillar el que tiemble mientras escribo?), _otra vez_ llegó a mis
oídos un suspiro desde el lecho de ébano. Mas ¿por qué detallar
minuciosamente los horrores indecibles de aquella noche? ¿Por qué
detenerme a relatar cómo, una y otra vez, casi hasta el amanecer,
repitióse este horrendo drama de la vuelta a la vida; cómo cada
terrorífica recidiva era aparentemente seguida por una muerte más
inflexible e irremediable; cómo cada agonía llevaba, al parecer, el
sello de una lucha con algún enemigo invisible; y cómo cada lucha era
seguida de un extraño cambio en la apariencia personal del cadáver!
Dejadme llegar a la conclusión.

La mayor parte de esta horrible noche había transcurrido en esta forma,
y la que había estado muerta revivió una vez más, ahora con mayor fuerza
que nunca, aunque se levantaba de disolución más pavorosa que todas las
anteriores en su desesperanza al parecer irremediable.

Yo había cesado hacía tiempo de moverme y de luchar y continuaba
rígidamente sentado en el diván, presa desamparada de un torbellino de
violentas emociones, de las cuales el extremado pavor era quizá la menos
terrible, la menos devastadora. El cadáver, repito, conmovióse de nuevo
y más vigorosamente que antes. Los matices de la vida brotaron con
insólita energía en el semblante; los miembros se suavizaron; y, salvo
que los párpados continuaban apretadamente unidos y que los vendajes y
draperías funerarias prestaban todavía su sello de ultratumba a la
figura, podía soñar que Rowena había escapado positivamente de las
garras de la muerte. Pero si aun no hubiese admitido tal idea, era
imposible dudarlo más largo tiempo al ver que, levantándose del lecho,
vacilante, con débiles pasos, los ojos cerrados, y semejante a una
persona en un acceso de somnambulismo, aquella cosa amortajada avanzó
intrépida y palpablemente hasta el centro de la habitación.

No temblé; no me moví; porque una multitud de fantasías inenarrables
relacionadas con el aire, la estatura, el continente de la figura, se
apoderó en tropel de mi cerebro, paralizandome y convirtiéndome en
piedra. No me moví; pero contemplé la aparición. Había un desorden
insensato en mis pensamientos, un tumulto imposible de aplacar. ¿Podía
ser, en verdad, la _viviente_ Rowena quien se encontraba frente a mí?
¿Podía _absolutamente_, ser Rowena, la rubia, de ojos azules, Lady
Rowena Trevanion, de Tremaine? ¿Por qué, _por qué_ lo había de dudar? El
vendaje estaba apretadamente colocado cerca de la boca; pero ¿podía
aquella no ser la boca de la viva castellana de Tremaine? ¿Y las
mejillas? Había rosas como en la plenitud de la vida; sí, en rigor,
éstas podían ser las lindas mejillas de la señora de Tremaine vuelta a
la vida. ¿Y la barba, con sus hoyuelos, como en plena salud, ¿podía no
ser suya? Pero entonces, _¿habíase vuelto más alta después de su
enfermedad?_ ¡Qué locura tan imposible de expresar se apoderaba de mí
con estos pensamientos! ¡Un salto, y me arrojé a sus pies!
Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de su cabeza el vendaje
funerario que la envolvía, y se deslizaron en la iluminada atmósfera de
la cámara, pesadas masas de cabello largo y desordenado. _¡Era más negro
que el ala del cuervo a la media noche!_ Y entonces, abriéronse
suavemente _los ojos_ de la figura que se hallaba delante de mí. "¡Aquí,
entonces, en verdad!" proferí en un gran clamor. "¿Puedo acaso
equivocarme? ¿lo podría jamás? ¡Estos son los redondos, los negros y
extraños ojos de mi perdido amor, de Lady, ¡oh! de _Lady Ligeia!_"



LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA


La "Muerte Roja" había devastado largo tiempo la comarca. Jamás epidemia
alguna habíase mostrado tan horrenda ni fatal. La sangre era su
distintivo y su Avatar, el horror bermejo de la sangre. Producía agudos
dolores, vértigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de los
poros, y la descomposición final. Las manchas escarlata en el cuerpo, y
especialmente en el rostro de las víctimas, eran el entredicho fatal que
las arrojaba lejos de la asistencia y simpatía de sus semejantes. Y el
ataque de la peste--su proceso y su terminación--era sólo cuestión de
media hora.

Pero el príncipe Próspero era afortunado, intrépido y sagaz. Cuando sus
dominios se encontraron despoblados por mitad, convocó a su presencia a
un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y damas de
su corte, y retiróse con ellos a la reclusión más completa en una de sus
almenadas abadías. Era ésta de amplia y magnífica estructura, creación
de la propia augusta y excéntrica fantasía del monarca. Circundábanla
fuertes y elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que
entraron los cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y
quedaron soldados los cerrojos. Habíase resuelto no dejar medio de
ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenesí o desesperación
de los que se hallaban dentro. La abadía estaba ampliamente
aprovisionada; y con tales precauciones los cortesanos podían desafiar
el temor al contagio. El mundo exterior podía cuidar de sí mismo. Al
mismo tiempo era locura apesadumbrarse o pensar en ello. El príncipe
había previsto todas las formas de placer. Había bufones, trovadores,
bailarines de ballet, músicos, vino y belleza. Todo esto y la salvación
se hallaban dentro. Fuera quedaba la "Muerte Roja."

Hacia la terminación del quinto o sexto mes de aislamiento, y mientras
la peste arrasaba furiosamente afuera, el príncipe Próspero entretenía a
sus amigos con un baile de máscaras de inusitada magnificencia.

Era una escena voluptuosa, en verdad, esta mascarada. Pero, ante todo,
dejadme describir los salones en que se realizaba. Eran siete cámaras,
todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales
piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de dobleces
se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda
abarcarlas en toda su extensión. Pero aquí todo era muy distinto, como
podía esperarse de la afición del duque por lo bizarro. Las habitaciones
estaban tan irregularmente dispuestas que la visual podía abrazar muy
poco más de una al mismo tiempo. Presentábase una curva aguda cada
veinte o treinta yardas, y a cada curva, el aspecto era completamente
diferente. A la derecha y a la izquierda, en el centro de los muros,
una estrecha y elevada ventana gótica, daba a un pasillo cerrado que
seguía las revueltas del departamento. Estas ventanas eran de vidrios de
colores en combinación con el tono dominante de la decoración de la
cámara sobre la cual se abrían. La del extremo oeste, por ejemplo,
estaba entapizada de azul; y de azul vívido eran los cristales de las
ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de púrpura, y
aquí los cristales eran color de púrpura. La tercera cámara era verde, e
igual color ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y
alumbrada en tono anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado.
La séptima habitación estaba severamente revestida de tapicerías de
terciopelo negro que cubrían el techo y caían a lo largo de los muros en
pesados pliegues sobre una alfombra de igual color e idéntico tejido.
Pero, en esta cámara solamente, el color de las ventanas no correspondía
al matiz de la decoración. Los cristales eran allí escarlata, de un tono
vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete habitaciones había
lámpara o candelabro alguno entre la profusión de adornos de oro
esparcidos acá y allá o pendientes del techo. No se veía luz de ninguna
clase que emanara de arañas o bujías dentro de las cámaras. Pero en los
corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un
pesado trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos
a través del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y
produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantásticas
apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cámara negra, el
efecto del fuego que corría sobre las negras colgaduras, penetrando a
través de los cristales teñidos de color de sangre, era
extraordinariamente lúgubre, y daba tan sombrío aspecto a la figura de
los que entraban, que muy pocos de la compañía eran suficientemente
intrépidos para traspasar sus umbrales. En esta pieza había también un
gigantesco reloj de ébano que se erguía apoyado contra el muro
occidental. Su péndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y
cuando las manecillas habían recorrido todo el circuito de la esfera y
la hora iba a sonar, venía desde las profundidades bronceadas del reloj
un sonido alto y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de
entonación y énfasis tan peculiares que, a cada lapso de una hora, los
músicos de la orquesta se veían obligados a detenerse instantáneamente
en su ejecución para escuchar el sonido; y los bailarines cesaban en sus
evoluciones; todo lo cual provocaba un breve desconcierto en la alegre
compañía; pudiendo observarse que mientras los ecos del reloj vibraban
todavía, los más jóvenes palidecían, y los de mayor edad y más serenos
pasaban su mano por la frente como en medio de algún confuso ensueño o
meditación. Mas apenas cesaba la vibración, ligeras carcajadas brotaban
por todas partes en la asamblea; los músicos mirábanse unos a otros y
sonreían de su propia nerviosidad y locura, comprometiéndose mutuamente
en voz queda a que la próxima campanada del reloj no les produciría
emoción semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos (que
representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela),
repetíase el sonido del reloj, y repetíase igual desconcierto, el mismo
temblor y meditación de una hora antes.

Pero, a pesar de todo, era aquélla una brillante y magnífica fiesta. La
estética del duque era original. Tenía un gusto refinado para la
combinación de efectos y colores. Desdeñaba la decoración que sólo se
gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus
concepciones ostentaban bárbaro esplendor. Algunos le habrían calificado
de loco. Sus admiradores, sin embargo, sabían que no era así; pero se
hacía necesario oírle, verle, y palparle para estar _seguros_ de que se
encontraba en su juicio.

El príncipe había dirigido personalmente, en su mayor parte, la
decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su gran
festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la
mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho
brillo y relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que
de entonces acá se ha observado después en _Ernani_. Encontrábanse
figuras arabescas con miembros y accesorios extraños. Había fantasías
delirantes como las creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho
de ingenio, mucho de bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que
podía inspirar aversión. Acá y allá en las siete cámaras discurrían
muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y
saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que
la música descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco,
dió la hora el reloj de ébano colocado en el salón de terciopelo. Y
entonces todo quedó silencioso y en suspenso, dejándose oír únicamente
la voz del reloj. Los desvaríos quedaron rígidos y helados en su
inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas,
cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa ligera,
velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez
comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se
deslizan por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas
por los rayos que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se
aventura hasta el séptimo salón hacia el occidente; porque la noche
avanza; y una luz más bermeja penetra a través de los rojos cristales; y
la negrura de la tétrica drapería causa pavor; y todo aquel que huella
la negra alfombra de la cámara escucha resonar las campanadas del reloj
de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que el que perciben
los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones más
lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía
febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar,
hasta que al cabo brotó del reloj el son de media noche. Y entonces se
suspendió la música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los
bailarines y reinó como antes una medrosa paralización de la alegría.
Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto
aconteció quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la
imaginación de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por
esto aconteció también que, antes de que el eco de la duodécima
campanada hubiérase hundido en el silencio, muchas personas advirtieran
la presencia de un enmascarado que no había llamado hasta aquel momento
la atención de los circunstantes. Y habiéndose extendido en un cuchicheo
el rumor de su aparición, levantóse en toda la sociedad un expresivo
zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobación, primero, de terror; de
horror, y de repulsión finalmente.

Podría suponerse que en una reunión de fantasmas como la que he
descrito, ninguna aparición ordinaria tendría el poder de excitar tal
sensación. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna parecía
extraordinaria; pero el personaje en cuestión mostrábase más herodiano
que el propio Herodes; y había traspasado los límites, casi indefinidos,
del decoro del príncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse
sin emoción siquiera sea en el corazón de los más empedernidos. Aun
respecto de aquellos completamente abandonados, para quienes la vida y
la muerte son igualmente burlescas, hay ciertos temas en los cuales no
es permitido bromear. Toda la compañía parecía profundamente convencida
de que en el porte y disfraz del extranjero no existía ingenio ni
oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta de arriba
abajo en atavíos funerarios. La máscara que ocultaba su semblante tenía
tal semejanza con el aspecto de un cadáver, que el más minucioso
escrutinio habría tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo
esto podía haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados
al sarao; pero el enmascarado había ido hasta asumir el tipo de la
Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre; y el ancho
rostro ostentaba en todas sus facciones las señales del horrible
escarlata.

Cuando las miradas del príncipe Próspero cayeron sobre este atroz
fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para caracterizar
mejor su papel, discurría acá y allá entre los concurrentes, viósele
convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o
de repulsión; pero inmediatamente su faz enrojeció a impulsos de la
rabia.

--¿Quién se atreve?--preguntó con voz enronquecida a los cortesanos que
le rodeaban;--¿quién se atreve a insultarnos con esta grotesca
blasfemia? ¡Cogedle y desenmascaradle! ¡Veamos a quién hemos de colgar
mañana desde las almenas al levantarse el sol!--

Encontrábase el príncipe Próspero en la cámara azul, hacia el este,
cuando profería estas palabras. Su voz repercutió sonora y distintamente
en las siete salas, pues el príncipe era hombre osado y vigoroso, y la
música había callado a un movimiento de su mano.

Encontrábase en el salón azul con un grupo de pálidos cortesanos a su
alrededor. Mientras pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un
ligero movimiento del grupo hacia el intruso que se encontraba al
alcance en aquel momento; y quien entonces, con firme y deliberado paso,
se aproximó al que hablaba. Pero, debido al desconocido pavor que la
insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la
concurrencia, ninguno se atrevió a poner la mano sobre él; de modo que
pudo acercarse sin obstáculos hasta una yarda de distancia de la persona
del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo
impulso, se recogía desde el centro hasta los muros de la habitación,
dirigióse el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y
mesurado que le distinguió desde el primer momento, del salón azul al
púrpura; del púrpura al verde; del verde al anaranjado; de aquí al
blanco; y siguió todavía al violado, sin que se hubiera hecho movimiento
alguno para detenerle. Entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la
rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, atravesó
precipitadamente las seis cámaras sin que nadie le siguiera, a
consecuencia del terror mortal que les había sobrecogido. Llevaba en
alto una daga desenvainada, y habíase acercado impetuosamente hasta tres
o cuatro pies de la figura que huía, cuando al llegar ésta al extremo de
la cámara de terciopelo, volvióse repentinamente e hizo frente a su
perseguidor. Oyóse un agudo grito; el puñal resbaló centelleando sobre
la negra alfombra en la cual, un instante después, caía postrado de
muerte el príncipe Próspero. Entonces algunos de los asistentes a la
fiesta, reuniendo el salvaje valor de la desesperación, precipitáronse a
la cámara negra, y cogiendo al enmascarado, cuya alta figura continuaba
erguida e inmóvil en la sombra del reloj de ébano, sintiéronse poseídos
de indecible horror al encontrar que los ornamentos de la tumba y la
máscara de cadáver que sacudían con violenta rudeza, no estaban
sostenidos por forma tangible alguna.

Y entonces se reconoció la presencia de la Muerte Roja. Había entrado de
noche como un ladrón. Y uno a uno se desplomaron en los salones regados
de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura
desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano terminó con la del
último de la alegre partida. Y el fuego de los trípodes se extinguió. Y
la Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado
sobre todo el reino.



EL CRIMEN DE LA RUE MORGUE

     El canto de las sirenas, o el nombre que asumió Aquiles para
     ocultarse entre las mujeres, son cuestiones difíciles de dilucidar,
     en verdad, pero que no se encuentran fuera de toda conjetura.

--Sir Thomas Browne: _Urn-burial_.


LAS facultades mentales llamadas analíticas son poco susceptibles de
análisis en sí mismas. Las apreciamos puramente en sus efectos. Sabemos,
entre otras cosas, que cuando se poseen en capacidad extraordinaria
procuran a su poseedor intensos goces. De igual manera que el hombre
vigoroso se precia de su fuerza física deleitándose en ejercicios que
pongan sus músculos en acción, el analizador se gloria en la actividad
mental que _desembrolla_. Deriva placer aun de la circunstancia más
trivial que ponga en juego sus talentos. Es aficionado a enigmas,
acertijos y jeroglíficos, manifestando en las soluciones un grado tal de
_sutileza_ que parece inexplicable a la ordinaria sagacidad. El
resultado, obtenido únicamente por el espíritu y esencia del método,
afecta en verdad cierto aire de adivinación. La facultad de resolver se
fortalece mucho, verosímilmente, con el estudio de las matemáticas,
especialmente en sus ramos superiores, los que con marcada injusticia y
solamente a causa de sus operaciones retrógradas se han denominado
analíticos como calificativo de excelencia. Sin embargo, el cálculo no
es el análisis propiamente dicho. Un jugador de ajedrez, por ejemplo,
ejercita el uno sin hacer uso del otro. De lo que se desprende que el
juego de ajedrez se desconoce en gran manera en sus efectos mentales. No
escribo ahora un tratado sobre la materia, sino unas cuantas
observaciones sin propósito definido, simplemente para que sirvan de
prólogo a una narración original; mas aprovecharé de paso la ocasión de
asegurar que las principales facultades reflexivas de la inteligencia se
ejercen más eficaz y decididamente en el discreto juego de damas que en
la frivolidad laboriosa del ajedrez. En este último, en que las piezas
tienen bizarros y diversos movimientos con valor diferente y variable,
lo que es solamente complejo se confunde con lo profundo, error bastante
común en realidad. La atención se excita poderosamente en este juego. Si
se distrae por un momento, se comete en el acto algún descuido que se
traduce en perjuicio o en derrota. Siendo los movimientos permitidos no
sólo múltiples sino envolventes, la posibilidad de los descuidos se
multiplica; y en nueve casos sobre diez vence aquel que tiene mayor
facultad de concentración, a despecho quizá de mayor sutileza en su
adversario. En el juego de damas, por el contrario, en que el movimiento
es único y tiene pequeña variación, las probabilidades de inadvertencia
disminuyen y, conservando la atención casi libre, se obtienen las
ventajas con relación a la mayor penetración. Para ser menos abstracto:
supongamos un juego de damas en que las piezas se hayan reducido a
cuatro reinas y donde verdaderamente no pueda esperarse ninguna
inadvertencia. Es obvio que siendo los jugadores de igual fuerza sólo
podrá obtenerse la victoria por algún movimiento _recherché_, resultado
de algún esfuerzo intelectual. Privado de los recursos ordinarios, el
analizador se arroja sobre el espíritu de su adversario, se identifica
con él, y frecuentemente descubre así de una ojeada el único recurso,
sencillo a veces hasta el absurdo, por medio del cual puede inducirle en
error o precipitarle por falta de cálculo.

El _whist_ ha sido famoso largo tiempo por su influencia sobre lo que
llamamos facultad calculadora; y muchos hombres de mentalidad superior
se han deleitado en este juego mientras esquivaban la frivolidad del
ajedrez. Sin duda alguna ningún otro juego ejercita tanto como el whist
la facultad del análisis. El mejor jugador de ajedrez en todo el mundo
no puede aspirar a ser sino el mejor jugador de ajedrez; mientras que la
habilidad en el whist significa capacidad para el éxito en todas las
empresas importantes en que el talento compite con el talento. Cuando
hablo de habilidad me refiero a aquella perfección que incluye el
conocimiento de todas las fuentes de donde puede derivarse cualquier
legítima ventaja. No sólo son éstas múltiples sino multiformes, y a
menudo residen en repliegues del pensamiento inaccesibles por completo a
la ordinaria comprensión. Observar atentamente es recordar con claridad;
y a este respecto el reconcentrado jugador de ajedrez puede
desempeñarse muy bien en el whist, pues que las reglas de Hoyle, basadas
en el simple mecanismo del juego, son general y suficientemente
comprensibles. De manera que tener retentiva y proceder "según el
libro," son las cualidades estimadas comúnmente como la suma total de
requisitos que distingue a un buen jugador. Pero en materia que traspasa
los límites de las reglas ordinarias es donde se comprueba la sutileza
del analizador. Silenciosamente reúne su capital de observaciones y
deducciones. Quizá hacen lo mismo sus compañeros; y la diferencia en los
resultados obtenidos reside en la calidad de la observación más bien que
en la fuerza de las inducciones. Es indispensable el conocimiento de
aquella que se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí
mismo; ni porque su objetivo sea el juego desdeña las inducciones que se
desprenden de los detalles exteriores. Examina el aspecto de su
compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus
adversarios. Observa el modo de arreglar las cartas en cada juego;
descubriendo a menudo triunfo por triunfo y figura por figura por las
miradas que dirigen los jugadores a cada una de las cartas. Percibe
todos los cambios de fisonomía según el juego adelanta, formándose un
capital de ideas con las diferentes expresiones de sorpresa, de triunfo
y de pesar que manifiestan los jugadores. Por la manera de recoger las
cartas en una baza deduce si la persona que la levanta puede hacer otra
en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por el aire con que se
arrojan las cartas sobre la mesa. Una palabra casual o inadvertida; la
caída o voltereta accidental de una carta, con la ansiedad consiguiente
o la negligencia para ocultarla; el recuento de las bazas con el orden
de arreglo; el embarazo, vacilación, angustia o trepidación, todo ofrece
a su percepción aparentemente intuitiva indicaciones sobre el verdadero
estado del asunto. Después de haberse jugado las dos o tres primeras
vueltas, encuéntrase en plena posesión del contenido de las cartas de
cada jugador y desde aquel momento juega las suyas con absoluta
precisión, como si el resto de la partida jugara a cartas vueltas.

La facultad analítica no debe confundirse con la simple ingeniosidad;
porque si bien el analizador es ingenioso necesariamente, el hombre
ingenioso es a menudo incapaz de analizar. La facultad de encadenar y
combinar, por medio de la cual se manifiesta generalmente la
ingeniosidad, y a la que han señalado los frenólogos, erróneamente a mi
entender, un órgano separado juzgándola cualidad primitiva, hase
encontrado con tanta frecuencia en aquellos cuyo cerebro está casi en
los confines del idiotismo, que ha atraído la atención de los psicólogos
en general. Entre la ingeniosidad y la habilidad analítica existe mucho
mayor diferencia, en verdad, que entre la fantasía y la imaginación, aun
cuando tienen caracteres de estricta analogía. Se advertirá, en efecto,
que el ingenioso es siempre fantástico, en tanto que el _verdadero_
imaginativo nunca procede sino por análisis.

La narración que sigue representará para el lector un ligero comentario
de la proposición que acabo de sentar.

Durante mi residencia en París, en la primavera y parte del verano de
18--, conocí a Monsieur Auguste Dupín. Este caballero era de excelente,
más aún, de ilustre familia; pero, debido a una sucesión de
acontecimientos adversos, había llegado a tal extremo de pobreza que
sucumbió la energía de su carácter y cesó de frecuentar la sociedad y de
preocuparse por restaurar su fortuna. Por cortesía de sus acreedores
conservaba todavía en su poder una pequeña porción de su patrimonio, con
cuya renta arreglábase para procurarse lo indispensable con ayuda de la
más estricta economía, prescindiendo por completo de todas las
superfluidades. Los libros eran su único lujo, y en París se pueden
conseguir a poco costo.

Nos encontramos por primera vez en una obscura librería de la rue
Montmartre, donde la circunstancia de buscar ambos el mismo raro y
valioso ejemplar nos hizo entrar en comunión más estrecha. Nos buscamos
luego una y otra vez. Yo estaba profundamente interesado en la pequeña
historia de familia que él me había relatado con aquel candor con que
los franceses acostumbran entregarse, siempre que el tema tenga relación
con su persona. Estaba atónito por la amplitud de sus conocimientos y,
sobre todo, sentía mi alma inflamarse al contacto del ardiente fervor y
la vívida frescura de su imaginación. Habiendo fijado mi residencia en
París con cierto objeto determinado, comprendí que la sociedad de este
hombre representaba para mí tesoros inapreciables, y así se lo dije
francamente. Arreglamos al cabo que viviríamos juntos durante mi
permanencia en aquella ciudad; y como mis condiciones monetarias eran
algo más desahogadas que las suyas, me permitió tomar a mi cargo los
gastos de alquilar y amueblar, en estilo que convenía a la melancolía
fantástica de nuestro temperamento, una deteriorada y extravagante
mansión situada en una parte lejana y desolada del Faubourg
Saint-Germáin, la cual se encontraba deshabitaba hacía largo tiempo a
causa de supersticiones que no nos cuidamos de inquirir, y vacilante
hasta el punto de amenazar su ruina total.

Si nuestra manera de vivir en aquel sitio hubiera sido conocida en la
sociedad, nos habrían juzgado locos, siquiera calificaran de inofensiva
nuestra locura. Nuestro aislamiento era completo. No recibíamos
visitantes. A decir verdad, había yo guardado cuidadosamente el secreto
de mi retiro a mis antiguos compañeros; y en cuanto a Dupín, hacía
muchos años que había dejado de conocer a nadie o ser conocido en París.
Existíamos solamente dentro de nosotros mismos.

Una de las extravagancias de la fantasía de mi amigo (¿pues qué otro
nombre podría darle?) era ser un enamorado ferviente de la Noche; y
pronto caí en esta originalidad, como en todas las demás que le
distinguían, entregándome con perfecto abandono a sus fantásticos
caprichos. La negra diosa no podía acompañarnos de continuo; pero
nosotros simulábamos su presencia. A las primeras luces de la mañana
bajábamos las grandes persianas de nuestra vieja morada; encendíamos un
par de cirios fuertemente perfumados que arrojaban solamente rayos muy
débiles y fantásticos; y a su lumbre sumergíamos nuestras almas en el
ensueño, leyendo, escribiendo o conversando hasta que el reloj nos
anunciaba el advenimiento de la nueva Obscuridad. Entonces salíamos a la
calle cogidos del brazo, continuando las conversaciones del día, vagando
muy lejos hasta una hora avanzada, y tratando de encontrar entre las
ardientes luces y las sombras de la populosa ciudad aquel refinamiento
de excitación mental que la observación tranquila jamás puede procurar.

En tales ocasiones no podía dejar de percibir y admirar (aun cuando era
lógico esperarlo de su poderosa imaginación) una habilidad analítica
peculiar en Dupín. Parecía en verdad deleitarse en ejercitarla, si no
precisamente en desplegarla; y no vacilaba en confesar el placer que
aquello le proporcionaba. Jactábase ante mí, con risa baja y
concentrada, de que muchos hombres tenían para él ventanas en el pecho;
haciendo seguir a esta aserción pruebas directas y sorprendentes de su
conocimiento perfecto de mis propias impresiones. Su manera de ser en
tales momentos era rígida y absorta; sus ojos adquirían vaga expresión;
en tanto que su voz, de registro poderoso de tenor, elevábase a un tiple
que hubiera vibrado ásperamente si no fuera por su enunciación clara y
perfectamente deliberada. Observando sus modales en estas ocasiones,
varias veces me puse a meditar en la antigua filosofía de la doble
personalidad, y me divertía imaginar un doble Dupín: el creador y el
resolvente.

No supongáis, por lo que acabo de decir, que pienso descubrir un
misterio o escribir algún romance. Lo que he manifestado con respecto al
francés era simplemente el fruto de una imaginación exaltada y quizá
mórbida. Pero un ejemplo dará mejor idea de la índole de sus
observaciones en los momentos a que me refiero.

Vagábamos una noche por una calle larga y sucia en las cercanías del
Palais Royal. Ocupados ambos aparentemente en nuestros propios
pensamientos, hacía quince minutos por lo menos que no pronunciábamos
una palabra. De repente saltó Dupín con esta frase:

--Es un mozo de pequeña estatura, es verdad, y estaría mejor en el
Théâtre des Variétés.

--No hay duda,--repliqué inconscientemente, sin observar de pronto, tan
absorto me encontraba en mis reflexiones, la forma extraordinaria en que
Dupín coincidía con mis meditaciones. Un instante después me di cuenta
de ello con profundo estupor.

--Dupín,--dije con gravedad,--esto sobrepasa mi comprensión. No vacilo
en decir que estoy estupefacto y apenas puedo dar crédito a mis
sentidos. ¿Cómo es posible que supierais que estaba pensando en...?--Y
me detuve, para asegurarme por completo de que él sabía a quién me
refería.

----...en Chantilly,--concluyó.--¿Por qué os detenéis? Estabais
diciéndoos a vos mismo que su pequeña figura no es a propósito para la
tragedia.--

Éste había sido precisamente el tema de mis reflexiones. Chantilly era
un antiguo remendón de la rue Saint-Denis que, loco por la escena,
lanzóse a representar el _rôle_ de Jerjes en la tragedia de Crébillon
del mismo nombre, y había sido puesto en la picota del pasquín por su
atentado.

--Decidme, por Dios,--exclamé,--el método, si alguno puede haber, por
medio del cual habéis podido sondear mi alma en esta circunstancia.--

A la verdad, estaba yo más impresionado de lo que quería expresar.

--El frutero fué,--replicó mi amigo,--quien os trajo a la conclusión de
que el zapatero remendón no era de altura suficiente para Jerjes _et id
genus omne._

--¡El frutero? ¡Me asombráis! No conozco ningún frutero.

--El hombre que tropezó con vos cuando entrábamos a esta calle, hará tal
vez quince minutos.--

Recordé entonces que, en efecto, un frutero que llevaba en la cabeza un
cesto de manzanas casi me arroja a tierra por casualidad cuando pasamos
de la rue C---- a la gran avenida en que entonces nos hallábamos; pero
no podía imaginar lo que esto tenía que ver con Chantilly.

No había un átomo de charlatanería en Dupín.

--Os lo explicaré,--dijo,--y entonces comprenderéis todo con claridad.
Trazaremos el curso de vuestras meditaciones desde el momento en que
hablé hasta el encuentro con el frutero en cuestión. Los eslabones de la
cadena corren así: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro,
estereotomía, las piedras de la calle, el frutero.--

Hay pocas personas que no se hayan entretenido alguna vez en seguir los
temas a través de los cuales su mente ha llegado a originales
conclusiones. Esta ocupación resulta a menudo muy interesante; y aquél
que por primera vez la ensaya se sorprende por la distancia,
aparentemente ilimitada e incoherente, entre el punto de partida y la
meta. ¡Cuál sería pues mi sorpresa al oír hablar al francés de esta
manera y no poder menos de reconocer que decía la verdad! Él continuó:

--Hablábamos de caballos, si mal no recuerdo, en el momento de abandonar
la rue C----. Éste fué el último tema de discusión. Al cruzar la calle,
un frutero, con un gran cesto de manzanas en la cabeza, pasó rápidamente
rozándonos y echando a rodar un montón de piedras de pavimentación
reunidas en un sitio donde estaban reparando la calzada. Os detuvisteis
sobre uno de los fragmentos, resbalasteis y os heristeis ligeramente el
tobillo; aparecisteis después algo vejado, murmurasteis algunas
palabras, volvisteis a mirar a la pila de piedras y luego quedasteis
silencioso. Yo no puse atención particular en lo que hacíais; pero la
observación vino después como una especie de necesidad.

Permanecisteis con los ojos fijos en tierra, mirando con expresión
petulante los huecos y grietas del pavimento, de manera que pude
deducir que pensabais en piedras hasta que llegamos a la pequeña
callejuela llamada Lamartine, pavimentada por vía de ensayo con zoquetes
sobrepuestos y remachados. Allí vuestro aspecto se animó, y, al advertir
el movimiento de vuestros labios, no pude dudar de que pronunciabais la
palabra "estereotomía," término aplicado con mucha afectación a esta
clase de pavimento. Sabía yo que no podríais pensar en estereotomía sin
recordar la atomía y, de consiguiente, la doctrina de Epicuro; y
entonces, rememorando que no ha mucho discutíamos sobre este tema, y
mencionaba yo la manera tan extraordinaria como poco notada en que van
confirmándose las vagas conjeturas de este noble griego acerca de la
reciente cosmogonía de las nebulosas, comprendí que no podríais evitaros
de lanzar una mirada a la gran nebulosa de Orión, y ciertamente esperaba
que así lo haríais. Mirasteis al cielo; y entonces estuve seguro de que
había seguido correctamente vuestros pensamientos. Pero en la acerba
diatriba que apareció en el Musée de ayer contra Chantilly, hacía el
crítico algunas alusiones bochornosas sobre el cambio de nombre del
zapatero remendón al calzarse el coturno, y citaba una línea latina que
hemos comentado juntos a menudo y que dice:

    _Predidit antiquum litera prima sonum._

Os había dicho alguna vez que se refería a Orión, que antiguamente se
escribía Urión; y por cierta mordacidad relacionada con esta
explicación, estaba seguro de que no la habríais olvidado. Era claro,
por consiguiente, que habíais de combinar las dos ideas de Orión y de
Chantilly. Pude observar que las combinabais por la clase de sonrisa que
apareció en vuestros labios. Pensabais en la inmolación del pobre
remendón. Hasta aquel momento habíais conservado vuestra habitual manera
de andar; pero os vi entonces erguiros en toda vuestra altura, y no pude
menos que experimentar la certidumbre de que recordabais la diminuta
figura de Chantilly. En este momento interrumpí vuestras meditaciones
para observar que, en efecto, es un mozo muy pequeño Chantilly y que
estaría mejor en el Théâtre des Variétés.--

Poco tiempo después de esta conversación, leíamos juntos cierta edición
de la _Gazette des Tribunaux_, cuando atrajo nuestra atención el
artículo siguiente:

                   CRIMEN EXTRAORDINARIO

     Esta madrugada, a las tres más o menos, los habitantes del Quartier
     Saint-Roch despertaron de su sueño por una serie de alaridos
     terroríficos que partían, al parecer, de una casa de la rue Morgue
     que se sabía ocupada únicamente por Madame L'Espanaye y su hija,
     Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún retardo
     ocasionado por tentativas infructuosas para penetrar en la casa por
     los medios ordinarios, se logró forzar la puerta de entrada con una
     palanca de hierro, y ocho o diez de los vecinos entraron
     acompañados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos habían
     cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras
     del primer piso, pudieron escucharse dos o más voces ásperas en
     iracunda disputa, las cuales parecían provenir de la parte más
     elevada de la casa. Cuando el grupo llegó al segundo descanso de la
     escalera, había cesado el ruido y todo estaba perfectamente
     tranquilo. La partida se diseminó distribuyéndose por las diversas
     habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en el fondo del cuarto
     piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, también hubo de
     forzarse, presentóse un espectáculo que sobrecogió de espanto y
     estupor a todos los circunstantes.

     El departamento aparecía en el más espantoso desorden, con los
     muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones. Había un
     solo lecho, del cual se habían arrancado los colchones y los
     cobertores, que yacían arrojados en medio de la habitación. Sobre
     una silla veíase una navaja manchada de sangre. En el hogar había
     dos o tres gruesos mechones grises de cabello humano, manchados
     asimismo de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz.
     En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de
     topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas de
     _métal d'Alger_, y dos saquillos de cuero que contenían cerca de
     cuatro mil francos en oro. Los cajones de un _bureau_, que había en
     una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente habían sido
     saqueados, aunque quedaban todavía en ellos muchos objetos. Se
     descubrió una pequeña caja de hierro bajo los cobertores en medio
     del aposento. Estaba abierta y tenía la llave en la cerradura. No
     encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca importancia.

     No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye; mas,
     observándose gran cantidad de hollín en el hogar, hízose una
     pesquisa en la chimenea y ¡horror! encontróse allí el cuerpo de la
     hija que había sido lanzada cabeza abajo, haciéndose penetrar a
     viva fuerza por la estrecha abertura hasta una distancia
     considerable. El cadáver estaba caliente todavía. Examinándolo, se
     encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por la
     violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él.
     Veíanse en el rostro profundos arañazos y en la garganta obscuras
     marcas y hondas huellas de uñas, como si la joven hubiera sido
     estrangulada.

     Después de minuciosa investigación de todos y cada uno de los
     departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se
     encaminó a un pequeño patio embaldosado, a la espalda del
     edificio, donde se encontró el cadáver de la anciana señora con la
     garganta cortada en forma tan terrible que, al tratar de
     levantarla, cayó la cabeza completamente separada del tronco. El
     cuerpo y la cabeza aparecían horriblemente mutilados, al punto que
     el primero apenas si conservaba figura humana.

     Hasta ahora no se descubre, parece, la más ligera huella para
     esclarecer este horrible misterio.

El siguiente día trajo el periódico estos detalles adicionales:

                  LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE

     Muchas personas han sido interrogadas con relación a este pavoroso
     y extraordinario asunto; mas nada se ha traslucido que pueda
     arrojar alguna luz sobre el misterio. Damos a continuación un
     extracto de los interrogatorios.

     _Pauline Dubourg_, lavandera, declara que conocía hace tres años a
     ambas víctimas, habiendo estado todo este tiempo a cargo de su
     ropa. La anciana señora y su hija parecían estar en buenos
     términos, muy afectuosas mutuamente. Eran paga excelente. Nada
     podía decir respecto de su manera de vivir o medios de fortuna.
     Creía que Madame L. decía la buenaventura para sostenerse. Decíase
     que tenía dinero ahorrado. Nunca encontró a otras personas en la
     casa cuando venía a tomar la ropa o a entregarla. Estaba segura de
     que no tenían criada a domicilio. Parecía no haber muebles en la
     casa, con excepción de los del cuarto piso.

     _Pierre Moreau_, tabaquero, declara que acostumbraba vender
     pequeñas cantidades de tabaco a Madame L'Espanaye hacía cerca de
     cuatro años. Había nacido en la vecindad y vivido siempre en el
     mismo barrio. La anciana y su hija ocupaban hacía más de seis años
     la casa en donde se encontraron los cadáveres. Antes estuvo ocupada
     por un joyero que subarrendaba los cuartos altos a varias personas.
     La casa era propiedad de Madame L. Habiéndose disgustado por el
     abuso de posesión de su arrendatario, vino ella misma a habitar la
     propiedad sin querer alquilar ningún departamento. La anciana era
     algo pueril. Los testigos habían visto a la joven unas cinco o seis
     veces durante los seis años. Ambas llevaban una vida muy retirada,
     y se decía que tenían dinero. Había oído en la vecindad que Madame
     L. decía la buenaventura; pero no lo creía. Nunca había visto a
     nadie atravesar la puerta, salvo la anciana y su hija, un mandadero
     una o dos veces, y un médico unas ocho o diez veces.

     Muchas otras personas y vecinos testificaron de igual manera. A
     nadie se indicaba como visitante de la casa. Ignorábase si existían
     parientes de Madame L. y de su hija. Las persianas de las ventanas
     del frente rara vez se alzaban. Las de la parte posterior siempre
     estaban cerradas, con excepción del gran aposento del fondo en el
     cuarto piso. La casa era un buen edificio, no muy antiguo.

     _Isidore Muset_, gendarme, declara que fué llamado a la casa a eso
     de las tres de la mañana, y encontró a la puerta veinte o treinta
     personas que trataban de entrar. La puerta se forzó al fin con una
     bayoneta, no con palanca de hierro. Tuvieron poca dificultad para
     abrirla porque era de dos hojas y no estaba asegurada por arriba ni
     por abajo. Los alaridos continuaron hasta que se abrió la puerta y
     luego cesaron repentinamente. Parecían gritos de una o varias
     personas en extrema angustia; eran fuertes y arrastrados, no
     rápidos ni cortos. Los testigos se dirigieron arriba. Al llegar al
     primer descanso de la escalera, oyeron dos voces en disputa
     acalorada e iracunda: la una, áspera y gruesa; la otra, mucho más
     chillona, una voz extraña. Pudo distinguir algunas palabras de la
     primera que era voz de un francés. Positivamente no era voz de
     mujer. Pudo distinguir las palabras "_sacré_" y "_diable_." La voz
     chillona pertenecía a un extranjero. No podría asegurar si era voz
     de hombre o de mujer. No pudo entender lo que decía, pero creía que
     el idioma era el español. El testigo describió el estado de la
     habitación y de los cadáveres conforme a nuestros informes de ayer.

     _Henri Duval_, uno de los vecinos, y platero de profesión, declara
     que fué uno de los que primero penetraron en la casa. Corrobora en
     general el testimonio de Muset. Tan pronto como se forzó la
     entrada, cerraron de nuevo la puerta para impedir el paso a la
     multitud que se aglomeraba a pesar de lo avanzado de la hora. La
     voz chillona opina el testigo que era de un italiano. Seguramente
     no era de francés. No podría afirmar que fuera voz de hombre. Podía
     también ser de mujer. No conocía el italiano. No pudo distinguir
     las palabras, mas por la entonación estaba convencido de que quien
     hablaba era un italiano. Conocía a Madame L. y a su hija. Había
     hablado con ambas a menudo. Estaba cierto de que la voz chillona no
     pertenecía a ninguna de las víctimas.

     _Odenhéimer_, restaurador. Este testigo declaró espontáneamente. No
     sabiendo hablar francés, dió su testimonio por medio de un
     intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por la casa en el
     momento de los alaridos. Se prolongaron por varios minutos, quizá
     diez. Eran largos y agudos, muy angustiosos. Fué uno de los que
     penetraron en la casa. Corroboró el anterior testimonio en todas
     sus partes, menos una. Estaba cierto de que la voz chillona era de
     hombre, un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas.
     Eran fuertes y rápidas, desiguales, aparentemente lanzadas entre el
     temor y la cólera. La voz era desapacible, no tanto chillona como
     desapacible. No podría llamarse voz chillona. La voz gruesa decía a
     menudo "_sacré_," "_diable_," y una vez "_mon Dieu!_"

     _Jules Mignaud_, banquero, de la firma Mignaud et Fils, rue de
     Loraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía
     algunas propiedades. Había abierto cuenta en su casa de banca en la
     primavera del año... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos
     de pequeñas sumas. No había girado hasta tres días antes de su
     muerte, que retiró personalmente cuatro mil francos. Esta suma se
     pagó en oro, y un empleado la trajo hasta la casa.

     _Adolphe Le Bon_, empleado de Mignaud et Fils, declara que el día
     en cuestión, a eso de las doce, acompañó a su residencia a Madame
     L'Espanaye llevando los cuatro mil francos en dos talegos. Cuando
     se abrió la puerta, apareció Mademoiselle L., y le recibió uno de
     los saquillos mientras la anciana tomaba a su cargo el otro.
     Entonces él se inclinó y partió. No vió a nadie en la calle en ese
     momento. Es una calle atravesada, muy solitaria.

     _Wílliam Bird_, sastre, declara que era uno de la partida que
     penetró en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fué uno
     de los primeros que subió la escalera. Oyó las voces que
     disputaban. La voz gruesa era de francés. Pudo distinguir varias
     palabras, pero no las recuerda todas. Percibió claramente "_sacré_"
     y "_mon Dieu!_" Hubo en aquel momento un ruido como de lucha entre
     varias personas, un ruido como de raspar y empujar. La voz chillona
     era muy fuerte, más fuerte que la gruesa. Seguramente no era voz de
     ningún inglés. Parecía ser de alemán. Quizá sí era voz de mujer. No
     entiende el alemán.

     Habiéndose llamado por segunda vez a testificar a cuatro de
     aquellas personas, declararon que la puerta del aposento donde se
     encontró el cuerpo de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro
     cuando llegó la partida. Todo estaba perfectamente silencioso; no
     había lamentos ni ruidos de ninguna clase. Cuando se forzó la
     puerta, no se vió a nadie. Las ventanas de ambos cuartos, el del
     fondo y el del frente, estaban cerradas y aseguradas fuertemente
     por dentro. Una puerta entre las dos habitaciones estaba también
     cerrada, pero sin llave. La puerta que conducía del aposento del
     frente al pasadizo estaba cerrada, con la llave por el lado de
     adentro. Una pieza pequeña en el frente de la casa, en el cuarto
     piso, al principio del pasadizo, tenía la puerta entreabierta. Esta
     habitación estaba llena de lechos viejos, cajas y trastos por el
     estilo. Todo se removió y examinó cuidadosamente. No quedó una
     pulgada de terreno en la casa que no se escudriñara con la mayor
     minuciosidad. Las chimeneas se barrieron de arriba abajo con
     escobas. El edificio constaba de cuatro pisos y el desván. Una
     puerta corrediza en el techo estaba sólidamente enclavada y no
     parecía haberse abierto por varios años. El tiempo transcurrido
     entre el momento en que se oyeron las voces en disputa y el de la
     ruptura de la puerta del cuarto se fijaba diversamente por los
     testigos. Unos lo estimaban en tres minutos, mientras otros lo
     hacían llegar hasta cinco. La puerta se abrió con dificultad.

     _Alfonso Carcio_, enterrador, declara que reside en la rue Morgue.
     Es español. Fué uno de la compañía que penetró en la casa. No subió
     las escaleras. Es nervioso y temía las consecuencias de una
     emoción. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era de
     francés. No pudo distinguir lo que decía. La voz chillona
     pertenecía a un inglés, está seguro de ello. No conoce el inglés,
     pero juzga por el acento.

     _Alberto Montani_, confitero, declara que se encontró entre los
     primeros que subieron la escalera. Oyó las voces en cuestión. La
     voz gruesa era de un francés. Comprendió varias palabras. El que
     hablaba parecía amonestar. No pudo entender ninguna palabra de la
     voz chillona. Hablaba de manera rápida y desigual. Cree que es la
     voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Jamás
     ha conversado con ningún natural de Rusia.

     Varios testigos certificaron en su segunda declaración que las
     chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran demasiado
     estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por "escobas"
     querían significar escobillones cilíndricos como los que usan los
     deshollinadores. Estos escobillones se habían pasado de arriba
     abajo en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en
     la parte de atrás por donde pudiera haber escapado el asesino
     mientras la gente subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle
     L'Espanaye estaba tan sólidamente embutido en la chimenea que
     apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o cinco
     personas.

     _Paul Dumas_, médico, declara que fué llamado al amanecer para
     examinar los cuerpos. Ambos yacían sobre el cañamazo del lecho en
     el aposento donde fué encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la
     joven tenía muchas magulladuras y excoriaciones. La circunstancia
     de haber sido embutido en la chimenea bastaría para explicar estas
     manifestaciones. La garganta estaba horriblemente lacerada.
     Aparecían huellas profundas de uñas precisamente debajo de la
     barba, y una serie de placas lívidas producidas a no dudarlo por la
     impresión de los dedos. El rostro estaba terriblemente amoratado y
     los ojos salientes de sus órbitas. La lengua veíase mordida en su
     mayor parte. Descubrióse una gran contusión en la cavidad del
     estómago, debida aparentemente a la presión de una rodilla. Según
     la opinión de M. Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido
     estrangulada por una o varias personas desconocidas. El cadáver de
     la madre aparecía horriblemente mutilado. Los huesos de la pierna y
     el brazo derecho estaban cual más cual menos destrozados. La tibia
     izquierda hecha astillas, lo mismo que las costillas del lado
     izquierdo. Todo el cuerpo estaba espantosamente magullado y
     amoratado. No era posible explicarse cómo se habían infligido
     aquellas lesiones. Quizás alguna pesada clava de madera o una barra
     de hierro, una silla, cualquier arma pesada y obtusa, podría
     producir tales resultados, manejada por un hombre en extremo
     vigoroso. Ninguna mujer podía haber causado estas heridas con
     ninguna clase de arma. La cabeza de la víctima estaba enteramente
     separada del tronco cuando la vió el testigo, y mostraba asimismo
     grandes magulladuras. La garganta había sido cortada evidentemente
     con algún instrumento muy afilado, una navaja con toda
     probabilidad.

     _Alexandre Étienne_, cirujano, fué llamado a la vez que M. Dumas
     para examinar los cuerpos. Corrobora el testimonio y la opinión del
     primero.

     Nada nuevo se produjo de importancia, aunque varias otros personas
     fueron interrogadas. Jamás se había cometido en París asesinato tan
     misterioso, si de asesinato se trata, en verdad, en este caso. La
     policía está completamente desorientada, lo cual es muy raro en
     asuntos de esta naturaleza. No existe, sin embargo, la menor
     huella.

La edición de la tarde del mismo periódico decía que el quartier
Saint-Roch continuaba en gran excitación, que la propiedad había sido
cuidadosamente registrada y que se habían llevado a cabo nuevos
interrogatorios, pero sin ningún éxito. Una nota de última hora
manifestaba, sin embargo, que Adolphe Le Bon quedaba detenido aun cuando
nada aparecía en contra suya más allá de los hechos mencionados.

Dupín se mostraba singularmente interesado en el desenvolvimiento de
este proceso, a lo que podía yo traslucir por su actitud, porque no
hacía comentario alguno. Solamente después de la noticia de la prisión
de Le Bon inquirió mi opinión con respecto de los asesinatos.

Sólo pude convenir con todo París en considerarlos un misterio
insoluble. No veía medio por el cual pudiera descubrirse al asesino.

--No debemos juzgar de los medios por este interrogatorio
superficial,--dijo Dupín.--La policía de París, tan renombrada por su
perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay método en sus
procedimientos, salvo el método del primer momento. Hace gala de grandes
disposiciones; pero con mucha frecuencia se adaptan tan mal al objeto,
que nos hace recordar a Monsieur Jordain pidiendo su _robe-de-chambre,
pour mieux entendre la musique_. Los resultados obtenidos son admirables
a menudo, pero se deben en su mayor parte a simple diligencia y
actividad. Cuando estas cualidades no tienen aplicación, sus planes
fracasan seguramente. Vidocq, por ejemplo, tenía buen golpe de vista y
era perseverante. Pero, careciendo de la educación del raciocinio,
erraba continuamente por la misma intensidad de sus investigaciones.
Disminuía su poder visual por colocar el objeto demasiado cerca de sus
ojos. Podía discernir quizá uno o dos puntos con extraordinaria
claridad, pero al dedicarse a ellos especialmente, perdía de vista el
tema en conjunto. Así sucede con las cosas demasiado profundas. Y la
verdad no se halla siempre en el pozo. En efecto, por cuanto de la
experiencia se desprende, creo, por el contrario, que se encuentra
invariablemente en la superficie. La profundidad reside en los valles
donde nosotros la suponemos, y no en la cima de las montañas donde la
verdad se encuentra. La forma y el origen de errores de esta clase se
concibe perfectamente comparándola a la contemplación de los cuerpos
celestes. Mirar una estrella con rápida ojeada, examinarla en sentido
lateral volviendo en aquella dirección la porción exterior de la retina
más susceptible que la parte interior a las impresiones débiles de luz,
es contemplar la estrella distintamente, apreciar mejor su brillo,
brillo que se opaca justamente en proporción cuando dirigimos de lleno
las miradas sobre el astro. Mayor número de rayos hiere la vista en este
caso; pero en el primero hay capacidad más refinada de comprensión. Por
causa de profundidad innecesaria debilitamos y ponemos en perplejidad
nuestra mente; siendo posible, a la verdad, que la misma Venus llegue a
desvanecerse en el firmamento como resultado de un escrutinio demasiado
sostenido, demasiado concentrado o demasiado directo.

Tratándose de estos asesinatos, interroguémonos nosotros mismos antes de
formarnos ninguna opinión. Una investigación del asunto nos servirá de
distracción--(yo pensé que esta expresión, aplicada así, resultaba muy
curiosa),--y además Le Bon me hizo un servicio en cierta ocasión por el
cual le estoy agradecido. Iremos a ver la casa con nuestros propios
ojos. Conozco a G----, el prefecto de policía, y no tendremos dificultad
para obtener el permiso--.

Obtenida la autorización, nos encaminamos inmediatamente a la rue
Morgue. Es una de las callejuelas miserables que se encuentran entre la
rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Era tarde cuando llegamos, pues este
barrio está situado a gran distancia del que nosotros habitábamos.
Encontramos la casa con facilidad, porque todavía contemplaban muchas
personas con inútil curiosidad las cerradas persianas desde el lado
opuesto de la calle. Era una de aquellas ordinarias casas parisienses,
con su vestíbulo, en uno de cuyos costados veíase la garita de cristales
con tablero corredizo en la ventanilla indicando la _loge du concierge_.
Antes de entrar seguimos la calle hacia arriba, dimos vuelta a una
callejuela, y luego de regreso pasamos por la espalda del edificio.
Dupín examinaba entretanto los alrededores a la par que la casa con
atención minuciosa, a la cual no encontraba yo el objeto.

Volviendo sobre nuestros pasos, nos encontramos al frente del edificio;
llamamos y, después de mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos
por los agentes de guardia. Subimos al aposento donde se había
encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye, y donde todavía yacían
las víctimas. Como de costumbre, habíase dejado subsistir el desorden de
la habitación. No vi nada más allá de lo que indicaba la _Gazette des
Tribunaux_. Dupín lo escudriñaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las
víctimas. Pasamos en seguida a las otras piezas y al patio, acompañados
de un gendarme por todas partes. Esta pesquisa nos ocupó hasta el
obscurecer, hora en que nos retiramos. De regreso a nuestro domicilio,
mi compañero se detuvo un momento en las oficinas de uno de los diarios.

He dicho que mi amigo tenía múltiples genialidades, y que _je les
ménageais_--esta frase no tiene equivalente en inglés. Por ahora su
capricho consistía en declinar todo tema de conversación sobre el
asesino hasta las doce del día siguiente. De súbito me preguntó si había
observado algo peculiar en el sitio de aquellas atrocidades.

Su manera de recalcar la palabra "peculiar" me hizo estremecer sin saber
por qué.

--No; nada _peculiar_,--respondí;--nada más, por lo menos, de lo que
ambos leímos en el periódico.

--La _Gazette_,--replicó,--no ha penetrado, me figuro, todo el horror de
la cosa. Mas descartad la vana opinión del periódico. Me parece que se
considera insoluble este misterio por la misma razón que debía hacer que
se le juzgue de fácil solución. Me refiero al carácter _outré_ que le
distingue. La policía está confundida por la aparente ausencia de
motivo; no por el asesinato en sí mismo, sino por la atrocidad de este
asesinato. Están confundidos también por la aparente imposibilidad de
conciliar las voces oídas en la discusión con el hecho de que a nadie
encontraron arriba sino el cadáver de Mademoiselle L'Espanaye, y que no
hubiera forma de salida sin que pudiera notarlo la gente que subía. El
desorden salvaje de la habitación: el cadáver embutido cabeza abajo en
la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana; todas
estas consideraciones ya mencionadas, y otras que no necesito mencionar,
han sido suficientes para paralizar la potencia policiaca, para
desorientar completamente la famosa _penetración_ de los agentes del
gobierno. Han caído en el grosero y común error de confundir lo
inusitado con lo abstruso. Mas, por esta misma desviación del plano
ordinario, la razón descubre un camino, si le hay, en su persecución de
la verdad. En investigaciones de naturaleza tal como las que ahora
perseguimos, no debe uno preguntarse ¿qué ha pasado? sino ¿qué ha pasado
que antes no había sucedido? En efecto, la facilidad con que llegaré, o
he llegado ya, mejor dicho, a la solución del misterio, está en razón
directa de su insolubilidad a los ojos de la policía.--

Miré de hito en hito a mi amigo, con mudo estupor.

--Estoy aguardando,--continuó, lanzando una ojeada a la puerta de
nuestro departamento,--estoy aguardando a una persona que debe haber
estado complicada en la perpetración de esta carnicería aun cuando no
haya sido precisamente el asesino. Es inocente, según toda probabilidad,
de la parte más grave de los crímenes cometidos. Confío en que mis
deducciones sean exactas; porque allí he fundado la esperanza de conocer
el enigma por completo. Espero a mi hombre aquí, en este cuarto, en
cualquier momento. Es posible que no venga; pero todas las
probabilidades están a favor de su venida. Si llega, será preciso
detenerle. He aquí pistolas; ambos sabremos manejarlas si la ocasión lo
demanda.--

Cogí las pistolas sin saber casi lo que hacía, y sin dar crédito a mis
oídos, mientras Dupín proseguía como en un soliloquio. He hablado de su
manera abstraída en tales ocasiones. Su discurso se dirigía a mí; pero
su voz, aun cuando no era alta, tenía la entonación empleada
generalmente cuando se habla con alguna persona a gran distancia. Sus
ojos, de expresión vaga, fijábanse únicamente en el muro.

--Aquello de que las voces que disputaban,--decía,--oídas por la gente
que subía las escaleras, no eran voces de mujer, está ampliamente
comprobado por la evidencia. Esto descarta la duda de que la vieja
señora hubiera asesinado primero a su hija para suicidarse después.
Hablo de esto solamente para proceder con método; porque la fuerza de
Madame L'Espanaye jamás habría podido llevar a cabo la tarea de encajar
el cuerpo de su hija en la chimenea, como fué encontrado; y la
naturaleza de las heridas en su propio cuerpo excluye toda idea de
atentado contra sí misma. Luego, ha sido cometido el asesinato por
tercera persona; y la voz de aquella o aquellas personas, es la que se
oía en la discusión. Permitidme ahora hacer notar, no precisamente las
declaraciones respecto de aquellas voces, sino lo que había de
_peculiar_ en aquellas declaraciones. ¿Observasteis en ello algo de
peculiar?--

Insinué que, en tanto que todos los testigos estaban acordes en
calificar la voz gruesa como perteneciente a un francés, había gran
diferencia de opiniones acerca de la voz chillona o desapacible, como la
definió uno de los testigos.

--Esto es la evidencia en sí misma,--dijo Dupín,--pero no es aún la
peculiaridad de la misma evidencia. No habéis observado nada de
particular. Y, sin embargo, había _algo_ digno de ser observado. Los
testigos, como habéis notado, estaban de acuerdo acerca de la voz
gruesa: su testimonio ha sido unánime. Pero con respecto a la voz
chillona, la peculiaridad consiste, no en que estuvieran en desacuerdo,
sino en que cuando trataron de describirla un italiano, un inglés, un
español, un holandés y un francés, cada uno de ellos la juzgó
perteneciente a un extranjero. Todos estaban seguros de que no era la
voz de un compatriota. Todos la comparan a la voz de un individuo que se
expresara en idioma desconocido. El francés supone que es un español y
"hasta podría haber distinguido algunas palabras _si supiera español_."
El holandés asegura que era la voz de un francés; pero encontramos que,
"_no sabiendo francés el testigo fué interrogado por medio de
intérprete_." El inglés opina que "era voz de alemán," y no _conoce el
alemán_. El español "está seguro" de que era un inglés, pero "juzga por
el acento" también, "_pues no sabe inglés_." El italiano cree que es la
voz de un ruso, pero "_jamás ha hablado con ningún ruso_." Más aún; otro
francés difiere de opinión con el primero y está seguro de que la voz
era de italiano, pero, "_no conociendo este idioma_, deduce por el
acento, lo mismo que el español." Ahora bien; ¿qué voz tan
singularmente extraña es ésta, que provoca declaraciones tan
contradictorias? ¿En qué acentos se expresaba, para que naturales de las
cinco principales divisiones de Europa no pudieran percibir nada
familiar a sus oídos? Diréis que podía ser la voz de un asiático o de un
africano. Ni africanos ni asiáticos abundan en París; mas, sin negar
esta posibilidad, llamaré solamente vuestra atención a tres puntos. Uno
califica la voz de desapacible más bien que chillona. Otros dos la
definen como "rápida y desigual." Ninguna palabra, ningún sonido
semejando palabras ha podido discernirse ni ha sido mencionado por los
testigos.

--Yo no sé,--continuó Dupín,--qué clase de impresión he logrado llevar a
vuestra mente; pero no vacilo en decir que las deducciones legítimas de
esta parte tan sólo del testimonio, con referencia a la voz gruesa y a
la voz chillona, bastan por sí mismas para engendrar la sospecha que
debe encaminar el proceso de la investigación del misterio. Digo
"deducciones legítimas," pero mi idea no queda así del todo definida.
Intento expresar con ello que estas deducciones son las _únicas_
razonables, y que la sospecha se levanta inevitablemente como simple
resultado. No manifestaré aún esta sospecha. Sólo deseo que comprendáis
que en mi mente ha tenido fuerza suficiente para dar forma definida,
cierto giro particular, a mis investigaciones en el aposento.

Transportémonos ahora con la imaginación a dicho aposento. ¿Qué debemos
buscar ante todo allí? El medio de salida empleado por los asesinos. No
es mucho aventurar si aseguramos que ninguno de nosotros cree en
acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no
habían sido asesinadas por espíritus. Los malhechores eran de carne y
hueso, y escaparon como seres de carne y hueso. ¿Cómo, entonces?
Afortunadamente sólo hay un modo de dilucidar el punto, y este modo
_tiene_ que llevarnos a conclusiones definidas. Examinemos, uno por uno,
los medios posibles de salida. Es evidente que los asesinos estaban en
el aposento en que se encontró a Mademoiselle L'Espanaye, o al menos en
el cuarto contiguo, cuando el grupo de gente subía las escaleras.
Entonces, sólo tenemos que buscar las salidas de ambas habitaciones. La
policía ha sondeado los pisos, los techos y la obra de albañilería de
los muros en todas direcciones. No era posible que escapase a su
vigilancia ninguna salida oculta. Pero no confiando en sus ojos, examiné
con los míos propios. No existían salidas secretas. Las dos puertas que
daban acceso a los cuartos por el pasadizo estaban cerradas con llave y
tenían la llave por dentro. Volvamos a las chimeneas. Éstas, aunque de
anchura ordinaria en los primeros ocho o diez pies sobre el hogar, no
admitirían hasta la salida ni siquiera el paso de un gato grande. Siendo
absoluta la imposibilidad de salida por los medios indicados, quedamos
reducidos a las ventanas. Por las del cuarto del frente, nadie podría
haber escapado sin ser visto de la multitud estacionada en la calle. Los
asesinos tienen entonces que haber pasado por las ventanas de la pieza
interior. Llegados a esta conclusión de manera inequívoca, no nos
conviene como razonadores descuidar una serie de imposibilidades
aparentes. Debemos probar únicamente que estas aparentes
"imposibilidades" en realidad no son tales.

Hay dos ventanas en la habitación. Una de ellas está completamente libre
de muebles y del todo visible. La parte inferior de la otra queda oculta
por la cabecera de la pesada cuja colocada exactamente en aquella
dirección. La primera ventana se encontró firmemente asegurada por
dentro. Resistió todo el empuje de los que trataron de levantarla.
Habíase abierto con barreno un gran hueco a la izquierda del marco, y un
grueso clavo estaba profundamente incrustado allí casi hasta la cabeza.
Examinando la otra ventana, se encontró incrustado un clavo semejante; y
fracasó del mismo modo una vigorosa tentativa para levantar el bastidor.
La policía quedó completamente satisfecha de que la escapatoria no había
tenido lugar por aquel lado. Y, en consecuencia, se juzgó inútil retirar
los clavos y abrir las ventanas.

Mi pesquisa particular fué más minuciosa por la razón a que antes he
aludido; porque yo sabía que aquél era el punto en que debía probarse
que la imposibilidad aparente no existía en realidad. Comencé a
deducirlo así a _posteriori_. Los asesinos habían escapado
indudablemente por una de aquellas ventanas. Siendo así, no era posible
que aseguraran por dentro los bastidores en la forma en que se
encontraron: consideración que, en razón de ser tan obvia, detuvo las
pesquisas de la policía en este terreno. Y sin embargo, los bastidores
estaban asegurados. De consiguiente, debían tener la facultad de
cerrarse por _sí mismos_. No había forma de evadir esta conclusión. Me
dirigí a la ventana libre, extraje el clavo con cierta dificultad, y
procuré levantar el bastidor. Resistió todos mis esfuerzos como yo me lo
esperaba. Debía existir un resorte oculto, estaba seguro ahora; y esta
comprobación de mis deducciones me convenció de que mi raciocinio era
correcto, aun cuando todavía existieran circunstancias misteriosas con
relación a los clavos. Una pesquisa minuciosa hízome descubrir el
resorte oculto. Oprimílo, y satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve
de levantar el bastidor.

Coloqué nuevamente el clavo en su sitio y me dediqué a observarlo con
atención. Una persona que pasara a través de esta ventana podía haberla
cerrado de nuevo haciendo jugar el resorte; pero no era posible volver a
colocar el clavo en su sitio. El resultado era claro y estrechaba de
nuevo el campo de investigación. Los asesinos _debían_ haber escapado
por la otra ventana. Suponiendo, en tal caso, que el resorte de los
bastidores funcionara de igual modo, como era probable, debía existir
alguna diferencia entre los clavos o, por lo menos, en la manera de
colocarlos. Encaramándome en el cañamazo del lecho, miré atentamente por
encima de la cabecera la segunda ventana. Pasando la mano por detrás,
descubrí pronto y oprimí el resorte que, como lo había juzgado de
antemano, era enteramente igual a su compañero. Busqué entonces el
clavo. Era tan grueso como el otro y encajaba aparentemente de la misma
manera, hundido hasta la cabeza.

Diréis que estaba confundido; pero si lo creéis así habéis equivocado la
naturaleza de mis inducciones. Usando una frase de cazador, diré que no
había "fallado" una sola vez. Ni un momento había perdido el rastro. No
había grietas en ningún eslabón de la cadena. Había seguido la pista al
secreto hasta su resultado final; y este resultado era el clavo. Tenía
en todo sentido, he dicho, la misma apariencia que su compañero de la
otra ventana; pero esta circunstancia era nula en absoluto, por
concluyente que pudiera parecer, al compararse con la certidumbre de que
allí, en aquel punto, desaparecían las huellas. Debe haber algo raro en
el clavo, pensé. Lo palpé; y la cabeza, con cerca de una pulgada de
punta quedó entre mis manos. El resto continuaba en el agujero, donde se
había roto. La fractura era antigua, porque el borde estaba cubierto de
orín, y procedía evidentemente de algún martillazo que introdujo a
medias la cabeza en el borde superior de la parte baja del bastidor.
Coloqué de nuevo cuidadosamente esta cabeza en el hueco de donde la
había cogido, y su semejanza con un clavo perfecto era completa; la
rotura quedaba invisible. Oprimiendo el resorte, levanté suavemente el
bastidor algunas pulgadas; la cabeza se alzó con el marco continuando
segura en su puesto. Cerré la ventana, y la apariencia del clavo
resultaba otra vez perfecta.

Así, el enigma estaba resuelto. El asesino había escapado por la ventana
que daba sobre el lecho. Cayendo espontáneamente en su sitio, o cerrada
quizás a propósito, quedó asegurada por el resorte; y la firmeza del
resorte produjo el error de la policía que juzgó provenía del clavo la
resistencia, considerando innecesario pesquisas ulteriores.

El problema siguiente era la forma de descenso. Sobre este punto me
encontraba ya satisfecho desde nuestro paseo alrededor del edificio. A
cinco pies y medio más o menos de la ventana en cuestión se eleva un
pararrayos. Desde este poste habría sido difícil para cualquiera
alcanzar la ventana, no digo entrar. Observé, sin embargo, que las
persianas del cuarto piso eran de aquella clase particular que los
carpinteros parisienses llaman _ferrades_, forma muy poco usada en la
actualidad, pero que se ve con frecuencia en las casas antiguas de Lión
y de Burdeos. Son semejantes a una puerta ordinaria de una sola hoja,
excepto en su mitad superior hecha en forma de celosía, o labrada a
manera de enrejado; ofreciendo así excelente apoyo para los manos. En
esta casa las persianas tienen muy bien tres pies y medio de anchura.
Cuando las divisé desde la parte trasera del edificio, estaban ambas
abiertas hasta la mitad, es decir, formando ángulo recto con el muro. Es
probable que la policía haya examinado como yo la espalda de la casa;
pero de ser así, no advirtió la gran anchura de las persianas, o no le
prestó por lo menos la debida consideración. En efecto, persuadidos de
que no había salida de este lado, naturalmente descuidaron examen más
minucioso. Era claro para mí, sin embargo, que la persiana
correspondiente a la ventana situada a la cabecera del lecho llegaría a
cerca de dos pies de distancia del pararrayos, si se dejaba caer por
completo sobre el muro. Era también evidente que poniendo en juego un
grado extraordinario de vigor y de audacia, podía efectuarse la entrada
por la ventana escalando el pararrayos. Una vez llegado a la distancia
de dos pies y medio (suponiendo que la persiana estuviera abierta en
toda su extensión), podía encontrar el ladrón sólido apoyo en el
enrejado. Demos pues por sentado que escaló el poste afirmando los pies
contra el muro, y que lanzándose de allí intrépidamente hizo oscilar la
persiana en forma de cerrarla; y suponiendo que la ventana estuviese
abierta, pudo deslizarse él mismo dentro de la habitación.

Deseo que tengáis especialmente presente que me refiero a un grado
extraordinario de vigor como requisito esencial para el éxito de hazaña
tan difícil y arriesgada. Mi designio es demostrar, primero, que la cosa
era realizable; pero segunda y _principalmente_, necesito impresionar
vuestra mente con el carácter _extraordinario_, casi sobrenatural, de la
agilidad que era capaz de llevarla a cabo.

Diréis indudablemente, usando lenguaje legista, que para hacer
comprensible el caso, debería más bien disminuir que acrecer la
apreciación de la fuerza necesaria para ejecutarlo. Éste puede ser el
método legista, pero no es el del raciocinio. Mi objeto final es
descubrir la verdad. Mi propósito inmediato, conduciros a poner de
acuerdo aquel vigor _extraordinario_ a que acabo de referirme, con la
voz chillona, desapacible y desigual sobre cuya nacionalidad no han
podido convenir siquiera dos personas, y en cuya enunciación no ha
podido discernirse silabeo alguno.--

A estas palabras cierta vaga e informe concepción de la idea de Dupín
revoloteó en mi mente. Parecíame encontrarme al borde de la comprensión,
como sucede a veces que nos sentimos al mismo borde del recuerdo sin
llegar al fin a dar forma a las reminiscencias. Mi amigo continuó:

--Observaréis,--dijo,--que he tratado el asunto desde la manera de
salida hasta la de acceso. Mi intención era sugerir que ambos se habían
efectuado de igual forma y por el mismo punto. Volvamos ahora al
interior del aposento. Observemos aquí el aspecto de la decoración. Los
cajones del tocador, dicen, habían sido saqueados, aunque muchos
artículos de adorno quedaban todavía allí. Esta conclusión es absurda.
Es simplemente una proposición bastante necia y nada más. ¿Cómo podían
saber que los objetos encontrados en los cajones no eran todos los que
allí se hallaban de ordinario? Madame L'Espanaye y su hija llevaban una
vida muy retirada, no recibían visitas, salían rara vez, tenían en suma
poca oportunidad para muchos cambios de atavío. Los objetos que se
encontraron eran, por lo menos, de tan buena calidad como los demás que
usaban aquellas señoras. Si el ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no
había de tomarlos todos? En una palabra, ¿por qué abandonar cuatro mil
francos en oro para embarazarse con un paquete de trapos? El oro se
había abandonado. Casi toda la suma indicada por Monsieur Mignaud, el
banquero, fué encontrada en talegos en el suelo. Quiero, por
consiguiente, que descartéis la disparatada idea de _motivo_ engendrada
en el cerebro de la policía por aquella parte del testimonio que habla
de dinero entregado a las puertas de la casa. Coincidencias diez veces
más notables que la entrega del dinero y el asesinato cometido dentro
del tercer día, suceden en todos los momentos de nuestra vida, sin
llamar la atención siquiera sea superficialmente. Las coincidencias
representan en general grandes tropiezos en la vía de aquellos
pensadores que no están acostumbrados a sondear la teoría de las
probabilidades, teoría a que se deben los resultados más gloriosos de la
investigación humana para mayor gloria de la ilustración. En el caso
actual, si el oro hubiese desaparecido, el hecho de haberse entregado
tres días antes habría sido algo más que coincidencia. Habría
corroborado la idea del motivo. Mas, bajo las verdaderas circunstancias,
si creemos que el oro fué la causa del crimen, tendríamos que juzgar al
criminal tan idiota e incapaz como para abandonar a la vez su oro y su
motivo.

Conservando ahora cuidadosamente en mira los puntos hacia los cuales he
dirigido vuestra atención: aquella voz peculiar, aquella extraordinaria
agilidad y la chocante ausencia de motivo en un crimen tan singularmente
atroz, demos una ojeada al asesinato en sí mismo. Tenemos aquí una mujer
estrangulada por la fuerza de las manos y encajada cabeza abajo en una
chimenea. Los asesinos no emplean ordinariamente tales medios. Y menos
aún, disponen de los cadáveres en semejante forma. Convendréis conmigo
en que había algo excesivamente _outré_, algo irreconciliable
completamente con las nociones comunes del impulso humano en la manera
de arrojar este cuerpo por la chimenea, aun cuando queramos suponer al
autor el más depravado de los hombres. Pensad asimismo ¡cuán enorme debe
haber sido la fuerza capaz de empujar _hacia arriba_ el cadáver en
cavidad tan estrecha que apenas fué suficiente el esfuerzo reunido de
varios hombres para arrastrarlo _hacia abajo!_

Volvamos luego a las otras manifestaciones de este vigor maravilloso.
Había en el hogar madejas, gruesas madejas, de grises cabellos humanos
arrancados de raíz. Conocéis la fuerza enorme que requiere arrancar
juntas siquiera veinte o treinta hebras de pelo. Visteis, lo mismo que
yo, las madejas a que se alude. Las raíces (¡repugnante espectáculo!)
estaban adheridas a fragmentos de piel del cráneo, muestra irrefutable
de la fuerza prodigiosa que se había desplegado para arrancar quizá
medio millón de hebras a la vez. El cuello de la anciana no solamente se
había cortado, sino que la cabeza estaba separada por completo del
tronco: el instrumento había sido una sencilla navaja. Observad también
la ferocidad _brutal_ de estas circunstancias. No digo nada de las
magulladuras del cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su digno
coadjutor Monsieur Étienne, han declarado que fueron producidas por
algún instrumento obtuso; y estos caballeros tienen muchísima razón. El
instrumento obtuso fué evidentemente el enlosado pavimento del patio
donde fué arrojada la víctima desde la ventana que daba sobre el lecho.
Esta idea, por sencilla que parezca, escapó a la policía por la misma
razón que no advirtió la anchura de las persianas; pues que la
circunstancia de los clavos obstruyó herméticamente su percepción acerca
de la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas en
cualquier forma.

Si, además de todo esto, reflexionamos debidamente en el desorden
peculiar de aquella habitación, llegaremos a combinar las diversas ideas
de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal,
una carnicería sin objeto, un horror que toca en lo _grotesco_,
absolutamente extraño a toda humanidad, y una voz de entonación
extranjera a los oídos de hombres de muchas naciones y desprovista de
toda pronunciación distinta e inteligible. ¿Qué resultado se desprende?
¿Qué impresión hace todo esto en vuestra mente?--

Sentí un escalofrío en los huesos cuando Dupín me dirigió esta pregunta.

--¡Un loco, ha sido un loco el autor de estos
asesinatos!--exclamé;--algún maníaco escapado de cualquier _maison de
santé_ de las cercanías.

--En cierto modo,--replicó,--vuestra idea no está desprovista de razón.
Pero la voz de los locos, aun en sus más furiosos paroxismos, jamás ha
concordado con la descripción de la voz peculiar oída arriba. Los locos
tienen alguna nacionalidad, y su lenguaje, aunque incoherente en su
fraseología, tiene siempre la coherencia del silabeo. Además, el pelo de
los locos no es semejante al que tengo entre las manos. Desenredé este
pequeño mechón de entre los dedos rígidos y crispados de Madame
L'Espanaye. Decidme lo que pensáis acerca de esto.

--¡Dupín!--exclamé, completamente enervado;--¡este pelo es de lo más
raro; esto no es cabello _humano!_

--Ni yo he dicho que lo fuera,--repuso él;--pero antes de decidir este
punto querría que miraseis el pequeño croquis que he delineado en este
papel. Es un facsímile de lo que se ha descrito en cierta parte del
testimonio como "obscuras marcas y profundas huellas de uñas" en la
garganta de Mademoiselle L'Espanaye; y en otra declaración, la de
Messieurs Dumas y Étienne, como "una serie de manchas amoratadas
producidas evidentemente por la impresión de los dedos."

--Observaréis--continuó mi amigo, extendiendo el papel ante mis ojos
sobre la mesa,--que este dibujo da la idea de un apretón firme y fijo.
No hay el menor _deslizamiento_ aparente. Cada dedo ha conservado,
probablemente hasta la muerte de la víctima, la espantosa posición en
que se había incrustado. Procurad ahora colocar vuestros dedos al mismo
tiempo en las respectivas impresiones que aparecen.--

Procuré en vano hacer lo que me indicaba.

--Quizá no ensayamos convenientemente este punto,--insistió mi
amigo.--El papel está extendido en una superficie plana y la garganta
humana es cilíndrica. He aquí un trozo de madera cuya circunferencia es
más o menos igual a la del cuello. Envolved allí el dibujo y ensayad de
nuevo.--

Hice como me decía; pero la dificultad era todavía mayor que antes.

--¡Esto,--exclamé,--no es la huella de una mano humana!

--Leed ahora este pasaje de Cuvier,--replicó Dupín.

Contenía una relación minuciosa y la descripción anatómica general del
gran orangután leonado de las islas de las Indias Orientales. La
gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad
salvaje y las propensiones imitativas de este mamífero son bastante
conocidas por todos. Comprendí inmediatamente todos los horrores del
asesinato.

--La descripción de los dedos,--dije al terminar la
lectura,--corresponde exactamente a este dibujo. Es evidente que sólo un
orangután, y de la especie indicada, podría haber impreso las huellas
que habéis delineado. El mechón de pelo rojizo es idéntico también al
color del animal descrito por Cuvier. Mas no llego a penetrar los
detalles de este horrible misterio. Además, se oyeron _dos_ voces en la
disputa, y una de ellas era incontestablemente la de un francés.

--Es verdad; y recordaréis una expresión que los testigos atribuyen casi
unánimemente a esta voz; la exclamación "_mon Dieu!_" Esta expresión, de
acuerdo con las circunstancias, ha sido justamente definida por uno de
los testigos, Montani el confitero, como reproche o amonestación
amistosa. Sobre estas dos palabras he fundado, de consiguiente, mis
mayores esperanzas para la solución completa del enigma. Un francés
conocía el crimen. Es posible, y a la verdad más que probable, que fuera
inocente de toda participación en la sangrienta hazaña que se realizaba.
El orangután puede habérsele escapado. Puede haberle perseguido hasta el
aposento; pero bajo las terribles circunstancias que sobrevinieron, le
fué probablemente imposible capturarlo. Está todavía perdido. No
proseguiré haciendo conjeturas; no tengo derecho de darles otro nombre,
puesto que los ligeros matices de reflexión en que están basadas arrojan
apenas luz suficiente para mi propia comprensión, y no puedo pretender,
de consiguiente, hacerlos perceptibles a ninguna otra persona.
Llamémoslas conjeturas y hablemos de ellas como tales. Si el francés
aludido es, como creo, inocente de esta atrocidad, el anuncio que dejé
anoche, al regresar a casa, en las oficinas de _Le Monde_, periódico
dedicado a los intereses marítimos y muy buscado por los marineros, le
traerá verosímilmente a nuestra morada.--

Alargóme un papel en donde leí lo siguiente:

                           CAPTURADO

     En el Bois de Boulogne, en las primeras horas de la mañana del ----
     presente (la mañana del crimen), un gran orangután leonado de la
     especie de la isla de Borneo. El propietario, que se asegura ser un
     marinero perteneciente a un buque maltés, puede recoger el animal,
     siempre que lo identifique satisfactoriamente y pague algo por su
     captura y manutención. Acudid al Número ----, Rue ----, Faubourg
     Saint-Germain,---- piso tercero.

--¿Cómo es posible,--pregunté,--que sepáis que el hombre es un marinero
y que pertenece a un buque maltés?

--No lo _sé_,--repuso Dupín.--No estoy seguro de ello. Sin embargo, he
aquí un pequeño fragmento de cinta que, a juzgar por su forma y su
aspecto grasoso, se ha usado evidentemente para atar el cabello en esas
largas _queues_ a que son tan aficionados los marineros. Mas aún; este
nudo pueden hacerlo muy pocos marineros, siendo peculiar de los
malteses. Recogí la cinta al pie del pararrayos. No puede haber
pertenecido a ninguna de las víctimas. Después de todo, aun cuando
estuviere equivocado en las inducciones provocadas por esta cinta,
respecto de que el francés sea un marinero de algún buque maltés, no hay
ningún mal en decirlo en el anuncio. Si estoy equivocado, él supondrá
sencillamente que voy errado por cualquiera circunstancia que no se
tomará el trabajo de inquirir. Pero de acertar, habré conseguido un
gran triunfo. En efecto, sabedor del crimen aunque inocente,
naturalmente vacilaría el francés en acudir al anuncio y reclamar el
orangután. Pero razonará así: "Soy inocente; soy pobre; mi orangután es
muy valioso; para cualquiera en mis circunstancias representa una
fortuna; ¿por qué había de perderlo por vanas aprensiones de peligro?
Está allí, a mi alcance. Ha sido encontrado en el Bois de Boulogne, a
gran distancia del lugar de los asesinatos. ¿Cómo puede sospecharse que
un estúpido animal haya cometido el crimen? La policía ha fracasado; no
ha podido encontrar la más ligera huella. Aun cuando siguieran la pista
al animal, sería imposible que probaran mi conocimiento del suceso o que
me implicaran en la culpabilidad por haberlo sabido. De otro lado, _me
conocen_. El anunciador me designa como dueño del animal. No sé hasta
qué punto puedan llegar sus datos acerca de mi persona. Si rehuyo
reclamar una propiedad de tanto valor y de la cual se me conoce como
dueño, haré sospechoso por lo menos al orangután. No es buena diplomacia
atraer la atención sobre mí ni sobre el animal. Acudiré al anuncio,
recogeré mi orangután y lo tendré encerrado hasta que haya pasado todo
el alboroto."--

En este momento oímos pasos en la escalera.

--Tened al alcance vuestras pistolas,--dijo Dupín;--pero no hagáis uso
de ellas ni las mostréis, sino cuando os dé la señal.--

Se había dejado abierta la puerta de la casa, y el visitante entró sin
llamar, avanzando algunos peldaños en la escalera. Ahora, sin embargo,
parecía vacilar. Luego, le oímos descender. Dupín se dirigía rápidamente
hacia la puerta cuando advertimos que regresaba de nuevo. No retrocedió
ya, sino que avanzó por el contrario con decisión y golpeó la puerta de
nuestro aposento.

--Adelante,--dijo Dupín, en tono placentero y jovial.

Un individuo entró. Era un marinero, evidentemente: alto, grueso y
musculoso, y con cierto aspecto de intrepidez no del todo desprovisto de
atractivo. Su rostro, muy tostado por el sol, estaba medio oculto por
las patillas y el _mustachio_. Llevaba un gran garrote de roble, mas no
parecía tener armas de otra clase. Inclinóse desmañadamente, lanzándonos
un "buenas tardes," con acento francés que, aunque sonaba un poco a
Neufchatel, revelaba bastante su origen parisién.

--Sentaos, amigo mío,--dijo Dupín.--Supongo que venís por el orangután.
Mi palabra, casi os envidio su posesión; un animal muy hermoso e
indudablemente de gran valor. ¿Qué edad le suponéis?--

El marinero respiró largamente, como hombre que se ve libre de peso
intolerable, y replicó en tono firme:

--No sabría decirlo con exactitud; pero no puede tener más de cuatro o
cinco años. ¿Lo guardáis aquí?

--Oh, no; no tenemos aquí comodidad para conservarlo. Está en un establo
de la rue Dubourg, muy cerca de este barrio. Se os entregará mañana.
¿Estáis dispuesto, por supuesto, a identificar la propiedad?

--Seguramente que sí, señor.

--Sentiré separarme del animal,--dijo Dupín.

--No imagino que os hayáis tomado esta molestia en balde, señor. No
podría esperarlo. Estoy dispuesto a recompensar el hallazgo del animal,
es decir, una cosa razonable.

--Bien,--replicó mi amigo,--eso está muy bien, seguramente. ¡Dejadme
pensar! ¿qué pediré? ¡Oh! Voy a decíroslo. Mi recompensa será ésta. Vais
a darme todos los detalles que sepáis acerca de esos asesinatos de la
rue Morgue.--

Dupín pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran
tranquilidad. Con igual mesura se adelantó también hacia la puerta, la
cerró, y puso la llave en su faltriquera. Sacó luego una pistola de su
pecho y la colocó sobre la mesa sin la menor precipitación.

El semblante del marinero se encendió como si le acometiera un acceso de
asfixia. Levantóse y aseguró el garrote; pero un instante después se
dejó caer sobre la silla, temblando violentamente y con aspecto mortal.
No pronunció una sola palabra. Yo le compadecía desde el fondo de mi
corazón.

--Amigo mío,--dijo Dupín en tono afectuoso,--os alarmáis sin motivo,
realmente. No intentamos haceros daño alguno. Yo sé perfectamente que
sois inocente de las atrocidades de la rue Morgue. No negaré, sin
embargo, que en cierto modo os encontráis complicado en ellas. Por lo
que os he dicho comprenderéis que he tenido datos sobre este asunto,
datos que jamás podríais imaginar. Ahora la cosa se presenta de esta
manera. Nada habéis hecho que pudierais haber evitado; nada ciertamente
que os haga culpable. Ni siquiera sois culpable de robo, cuando podríais
haber robado impunemente. Nada tenéis que ocultar, ni tenéis razón
alguna para hacerlo. De otro lado, todos los principios de honor os
obligan a confesar lo que sabéis. Un hombre inocente se encuentra ahora
en prisión acusado de un crimen del cual vos podéis señalar el
perpetrador.--

El marinero había recobrado en gran parte su presencia de ánimo mientras
Dupín pronunciaba estas palabras; mas todo el aplomo había desaparecido
de su continente.

--¡Así Dios me ayude!--exclamó tras breve pausa.--Os diré todo lo que sé
de este asunto, mas no puedo esperar que creáis siquiera la mitad; loco
sería, en verdad, si tal pensara. Sin embargo, soy inocente, y mi último
suspiro será muy limpio si muero por esta causa.--

Lo que dijo en substancia fué lo siguiente. Había realizado últimamente
un viaje al archipiélago indio. Un grupo, del cual formaba parte,
desembarcó en Borneo y siguió al interior en excursión de placer. Él y
un camarada cogieron al orangután. Muerto su compañero, pasó el animal a
su exclusiva propiedad. Después de muchas dificultades en su viaje de
regreso, ocasionadas por la intratable ferocidad de su cautivo, logró al
fin instalarlo con seguridad en su propio domicilio en París, donde
tratando de evitar la desagradable curiosidad de los vecinos, lo tuvo
cuidadosamente encerrado hasta que se recobrara de una herida en el pie
causada por una astilla a bordo del buque. Su designio posterior era
venderlo.

Volviendo a su casa después de una fiesta de marineros, en la noche, o
más bien en la mañana del crimen, encontró al animal instalado en su
propio dormitorio, en donde se había introducido forzando la puerta de
un pequeño gabinete contiguo en el cual pensaba su amo tenerle
seguramente confinado. Navaja abierta en mano, se hallaba sentado frente
al espejo ensayando la operación de afeitarse en que probablemente
sorprendió alguna vez a su dueño, mirando por el agujero de la llave.
Aterrorizado al ver arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y
tan apto para manejarla, el hombre quedó sin saber que hacer durante los
primeros momentos. Acostumbraba, sin embargo, dominar al orangután con
ayuda de un látigo, y a este medio recurrió en aquella circunstancia.
Apenas el animal le divisó lanzóse a la puerta del aposento, luego a las
escaleras, y por una ventana, desgraciadamente abierta, se arrojó a la
calle.

El francés le siguió lleno de desesperación. El orangután, todavía con
la navaja abierta en la mano, deteníase de vez en cuando para mirar
hacia atrás y gesticular a su perseguidor hasta que éste llegaba casi a
alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continuó
la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas y en silencio
profundo, pues eran cerca de las tres de la mañana. Atravesando una
callejuela a espaldas de la rue Morgue, llamó la atención del fugitivo
una luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame
L'Espanaye, en el cuarto piso del edificio. Abalanzándose hacia la casa,
advirtió el pararrayos, lo escaló con agilidad inconcebible, se asió de
la persiana que caía completamente sobre el muro, y por este medio
lanzóse directamente a la cabecera de la cuja. Todo esto no había
ocupado el espacio de un minuto. El orangután empujó otra vez la
persiana dejándola abierta cuando se introdujo en la habitación.

El marinero quedó a la vez regocijado y perplejo. Tenía ahora la
esperanza de capturar a la fiera, que difícilmente podría escapar de la
trampa en que se había metido a no ser por el poste que encontraría
interceptado a la salida. De otro lado, había muchos motivos de ansiedad
al pensar en lo que podría hacer dentro de la casa. Esta última
reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es
difícil de escalar, especialmente para un marinero; pero cuando llegó a
la altura de la ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda,
vióse obligado a detenerse; lo más que pudo hacer fué alzarse un poco
para echar una ojeada al interior de la habitación. Al mirar, casi
perdió su punto de apoyo a impulsos de su excesivo horror. Entonces
fueron aquellos horribles alaridos que despertaron a todos los
habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de
dormir, estaban aparentemente arreglando algunos papeles en la caja de
hierro de que antes se ha hecho mención, y que habían rodado hasta el
medio del aposento. Estaba abierta, y su contenido yacía a un lado en el
suelo. Las víctimas estaban sentadas de espaldas a la ventana; y por el
tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera y los alaridos, se
comprende que no notaron su presencia en el primer momento. El golpe de
la persiana pudo atribuirse al viento, naturalmente.

Cuando el marinero alcanzó a mirar adentro, el gigantesco animal había
cogido a Madame L'Espanaye por el cabello, que llevaba suelto como si
hubiera estado peinándose, y blandía la navaja ante su rostro imitando
los ademanes de un barbero. La hija yacía privada de movimiento: se
había desmayado. Los gritos y la lucha de la anciana, durante la cual le
fueron arrancados los cabellos, convirtieron en ira los hasta entonces
pacíficos propósitos del orangután. Con deliberado empuje de su brazo
musculoso separó casi completamente la cabeza del tronco. La vista de la
sangre enardeció su ira convirtiéndola en frenesí. Rechinando los
dientes y echando fuego por los ojos, lanzóse sobre el cuerpo de la
joven e incrustó sus temibles garras en la garganta de Mademoiselle
L'Espanaye reteniendo su aliento hasta que expiró. Sus miradas furtivas
y salvajes fijáronse entonces en la cabecera del lecho sobre la cual
pudo distinguir el rostro de su amo, rígido por el horror. La furia de
la fiera, que no dudaba que su amo llevaba aún el temible látigo, se
convirtió instantáneamente en pavor. Consciente de merecer castigo,
parecía deseosa de ocultar sus sangrientas hazañas y se removía en torno
del aposento en agonía nerviosa de agitación, echando abajo los muebles
y destrozándolos en su ir y venir, y arrancando y tirando al suelo los
cobertores y colchones del lecho. Por último, se apoderó primero del
cuerpo de la hija y lo embutió en la chimenea en la forma en que fué
encontrado; y luego, del de la vieja señora arrojándolo inmediatamente
por la ventana.

Al aproximarse el orangután con su mutilada carga, el marinero se lanzó
despavorido al pararrayos, y precipitándose más que deslizándose hasta
el suelo se apresuró a regresar a su domicilio, temiendo las
consecuencias de aquella carnicería, y prescindiendo con satisfacción,
en medio de su terror, de toda preocupación por la suerte del animal.
Las palabras oídas por el grupo que subía las escaleras eran las
exclamaciones de horror y espanto del francés, mezcladas a los alaridos
demoníacos de la fiera.

Queda muy poco que añadir. El orangután escapó probablemente por el
pararrayos momentos antes del forzamiento de la puerta. Debe haber
cerrado la ventana al salir. Fué capturado después por su mismo dueño,
que obtuvo por él una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fué
puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos
en el despacho del prefecto de policía, acompañados de algunos
comentarios de Dupín. El funcionario de policía, a pesar de sus buenas
disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro
que había tomado este asunto; y aun se dejó arrastrar a una o dos
frasecillas sarcásticas respecto de la conveniencia de que cada cual se
preocupe de aquello que le importe.

--Dejadle hablar,--dijo Dupín, que no juzgó necesario replicar.--Dejadle
hacer frases: esto aligerará su conciencia. Estoy satisfecho de haberle
derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la
solución de este misterio no es tan sorprendente como él se imagina;
porque en verdad nuestro amigo el prefecto es más astuto que profundo.
No hay cuerpo en su sabiduría. Es como si fuera todo cabeza y nada de
miembros, como los retratos de la diosa Laverna; o a lo más, todo cabeza
y busto como el bacalao. Pero es una buena persona, después de todo. Le
admiro especialmente por sus golpes maestros de inversión, a lo que debe
su reputación de habilidad. Me refiero al método que practica "_de nier
ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas_."



EL GATO NEGRO


No espero ni solicito fe para la narración tan sencilla como
extravagante que está a punto de brotar de mi pluma. Locura sería en
verdad el esperarlo, pues que mis propios sentidos rechazan su
evidencia. Sin embargo, no estoy loco, ni estoy soñando, de seguro. Mas
debo morir mañana y quiero hoy aligerar el peso de mi alma. Mi propósito
inmediato es presentar llana y sucintamente a los ojos del lector, sin
comentario de ninguna clase, una serie de simples acontecimientos
domésticos. En sus consecuencias, estos acontecimientos me han
aterrorizado, me han torturado, me han deshecho. A pesar de todo, no
trataré de interpretarlos. Para mí sólo han representado el Horror; para
muchos otros serán quizá no tanto terribles como _baroques_. Es posible
que se encuentre después algún entendimiento que reduzca mi fantasma a
los límites de lo vulgar; algún entendimiento más sereno, más lógico y
mucho menos excitable que el mío, capaz de percibir en las
circunstancias que expreso lleno de pavor, simplemente la sucesión
ordinaria de las causas y efectos más naturales.

Desde mi niñez híceme notar por la docilidad y ternura de mi
temperamento. La bondad de mi corazón revestía caracteres de delicadeza
tan exquisita, que me hacía el blanco de las burlas de mis compañeros.
Era particularmente afecto a los animales, y mis padres condescendían
con esta inclinación procurándome gran diversidad de favoritos, a los
que consagraba la mayor parte de mi tiempo; y nunca era tan feliz como
cuando les alimentaba y acariciaba. Esta peculiaridad de mi carácter
aumentó en la adolescencia, y aun en la virilidad derivaba de aquella
fuente muchos de mis mejores goces. Apenas necesito explicar a los que
hayan sentido afección por algún perro fiel e inteligente la intensidad
de placer que produce este sentimiento. Existe en el amor generoso y
abnegado de un irracional algo que va directamente al corazón de aquel
que haya tenido ocasión de comprobar a menudo la ruin amistad y la
lealtad tan deleznable del hombre.

Me casé joven y tuve la suerte de encontrar en mi mujer inclinaciones
semejantes a las mías. Observando mi afición por los animales
domésticos, no perdía ella ocasión de procurarse los más lindos.
Teníamos pájaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un pequeño mono
y _un gato_.

Era éste un enorme y hermoso animal, enteramente negro, e inteligente
hasta un grado excepcional. Al ocuparnos de su inteligencia, mi mujer,
que tenía gran fondo de superstición, hacía frecuentes alusiones al
antiguo concepto popular que considera brujas disfrazadas a todos los
gatos negros. No que prestara ella fe a esta creencia; y si menciono la
idea, es por la sencilla razón de que la recuerdo ahora de pasada.

Plutón, que así se llamaba el gato, era el preferido entre los diversos
favoritos y mi compañero habitual de juegos. Solamente yo le alimentaba,
y él acostumbraba seguirme por todas partes dentro de la casa; siéndome
difícil evitar que hiciera lo propio también por las calles.

Nuestra amistad continuó así por varios años, durante los cuales, y a
impulsos del demonio Intemperancia (me ruborizo al confesarlo), mi
temperamento y mi carácter sufrieron radical alteración hacia el mal.
Día por día hacíame más taciturno e irritable, y guardaba menos
consideración a los demás. Aun me permitía usar con mi mujer un lenguaje
destemplado, llegando después hasta la violencia personal. Mis favoritos
hubieron de sentir, naturalmente, este cambio de disposición. No
solamente les descuidaba, sino que abusaba de ellos. Todavía conservaba
Plutón, sin embargo, ciertas prerrogativas que me impedían maltratarle,
como lo hacía sin escrúpulo de ninguna clase con el mono, los conejos y
aun el perro, cuando por cariño o por casualidad se atravesaban en mi
camino. Pero la enfermedad avanzaba--¡el Alcohol es semejante a una
enfermedad!--y al fin hasta Plutón que se volvía viejo, e impertinente
en consecuencia, comenzó a sufrir los efectos de mi mal temperamento.

Una noche en que regresaba a casa muy embriagado, después de una orgía
en una de mis guaridas habituales en la ciudad, se me ocurrió que el
gato evitaba mi presencia. Cogíle entonces; y, en su terror por mi
violencia, me infirió una pequeña herida mordiéndome la mano.
Instantáneamente se apoderó de mí una furia demoniaca. No me conocía a
mí mismo. Mi alma prístina parecía haber escapado en aquel momento de mi
cuerpo; y una maldad diabólica, nutrida por la ginebra, estremecía todas
mis fibras. Saqué un cortaplumas del bolsillo de mi chaleco, abríle, y
deliberadamente arranqué de su órbita uno de los ojos del animal. ¡Me
avergüenzo, me quemo, me horrorizo, al escribir esta abominable
atrocidad!

Cuando al día siguiente volví a la razón, después de haber dormido los
humos de la orgía nocturna, experimenté un sentimiento mitad de horror
mitad de remordimiento por el crimen cometido; pero era apenas un
sentimiento débil y equívoco que no llegó a conmover mi ánima. Me
sumergí de nuevo en los excesos y ahogué pronto en vino la memoria de mi
hazaña.

Al mismo tiempo el gato se recobraba lentamente. El hueco vacío del ojo
presentaba, es verdad, terrible aspecto; pero el animal no parecía
sufrir ningún dolor. Iba y venía por la casa como de costumbre; mas,
como era de esperarse, huía aterrorizado a mi aproximación. Tenía yo
todavía bastante corazón para sentirme apenado por esta evidente prueba
de desafecto de parte de un ser que tanto me había amado en otro tiempo.
Pero este sentimiento se convirtió pronto en irritación. Y se presentó
entonces, para confirmar mi depravación final e irrevocable, el espíritu
de Perversidad. De este espíritu no se ocupa la filosofía. Sin embargo,
no estoy tan cierto de la existencia de mi alma como de que la
perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazón humano: una de
las facultades primordiales e indivisibles que definen la orientación
del carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces
cometiendo alguna acción vil y torpe por la sola razón de que _no
debería_ hacerlo? ¿No existe acaso en nosotros, cierta perpetua
inclinación a violar la _Ley_, contra todo el torrente de nuestro buen
criterio, y sólo porque comprendemos que tiene razón de ser? El espíritu
de perversidad, decía, vino a poner el colmo a mi depravación. Aquella
ansia infatigable del alma de _vejarse a sí misma_, de violentar su
propia naturaleza, de hacer el mal por puro gusto, me impulsaba continua
y tenazmente a consumar el daño que había infligido al inofensivo
animal. Una mañana, a sangre fría, pasé un lazo a su cuello y lo colgué
de la rama de un árbol; lo ahorqué con lágrimas que corrían de mis ojos
y el remordimiento más amargo que laceraba mi corazón; lo ahorqué
_porque_ sabía que me había amado y _porque_ sentía que no me había dado
motivo de ofensa; lo ahorqué _porque_ comprendía que al hacerlo así
cometía un pecado, un pecado mortal que exponía mi alma a encontrarse,
si tal era posible, más allá de la gracia infinita del Dios más
misericordioso y más terrible.

En la noche del día en que cometí esta crueldad, desperté a los gritos
de incendio. Las cortinas de mi cama estaban convertidas en llamas. Toda
la casa ardía. Con gran trabajo pudimos escapar de esta conflagración mi
mujer, mi criada y yo. Todas mis riquezas desaparecieron
repentinamente, y desde entonces me entregué a la desesperación.

Estoy por encima de la flaqueza de establecer relación alguna de causa y
efecto entre el desastre y la atrocidad cometida. Pero refiero una
cadena de acontecimientos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto.
Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todos los muros, con
excepción de uno, se habían desplomado. El que continuaba en pie era la
pared no muy gruesa de una habitación situada en el centro de la casa, y
contra la cual descansaba antes la cabecera de mi lecho. El estuco había
resistido allí en gran parte la acción del fuego, hecho que atribuí a su
reciente aplicación. Densa muchedumbre se había apiñado cerca de este
muro, y muchas personas parecían examinar cierta parte con viva y
minuciosa atención. Las palabras "¡extraño!" "¡singular!" excitaron mi
curiosidad. Me aproximé, y pude observar la figura de un _gato_
gigantesco grabado como al bajo relieve sobre la blanca superficie. La
impresión se había fijado allí con detalles verdaderamente maravillosos.
Veíase una cuerda al rededor del cuello del animal.

Cuando se presentó por primera vez ante mis ojos esta aparición--pues
difícilmente podía considerarla de otro modo--mi sorpresa y mi terror
fueron extremados. Pero al fin vino la reflexión en mi ayuda. Recordé
que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. A la voz de
fuego, el jardín se llenó de gente inmediatamente; y una de aquellas
personas cortó sin duda la cuerda de que pendía el animal, arrojándolo
a mi aposento por alguna ventana abierta. Probablemente esto se hizo con
el propósito de despertarme. El desplome de los otros muros comprimió
seguramente contra el estuco fresco a la víctima de mi crueldad; y la
cal de la mezcla, combinada con el amoniaco del cuerpo, y por efecto de
las llamas, había producido la figura que allí aparecía.

A pesar de que tranquilicé prontamente mi razón, ya que no mi
conciencia, acerca del hecho sorprendente que acabo de manifestar, no
dejó por ello de hacer profunda impresión en mi mente. Durante largos
meses no pude librarme del fantasma del gato; y en este período se
apoderó también de mi espíritu cierto vago sentimiento que se asemejaba
al remordimiento aunque en realidad no lo fuera. Llegué hasta deplorar
la pérdida del animal y a buscar a mi alrededor, en los abyectos lugares
que frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y hasta
cierto punto de apariencia semejante para reemplazarle.

Una noche en que me hallaba sentado, medio embrutecido, en uno de
aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi atención un objeto
negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles de ginebra
o de ron que constituían el principal mueblaje del departamento. Había
estado mirando fijamente por varios minutos la parte superior del
barril, y lo que causaba mi mayor sorpresa era la circunstancia de no
haber advertido antes el objeto en cuestión. Acerquéme, y le toqué. Era
un gato negro, muy grande, tan grande como Plutón y semejante a él en
todos sus detalles con excepción de uno solo. Plutón no tenía un pelo
blanco en ninguna parte del cuerpo, mientras este gato tenía un gran
grupo de manchas blancas de forma indefinida que le cubría casi todo el
pecho.

Al tocarle yo, se levantó prontamente, comenzó a hilar de contento, se
restregó contra mi mano, y pareció deleitarse con mi atención. Éste era
pues el ser que andaba yo tratando de encontrar. Inmediatamente propuse
su compra al tabernero, quien manifestó no ser su dueño: no conocía al
gato; jamás lo había visto antes.

Continué acariciándole, y cuando me preparaba a regresar a mi domicilio,
el animal mostró disposición de acompañarme. Le permití hacerlo así,
deteniéndome de vez en cuando a darle palmaditas antes de proseguir.
Cuando llegamos a la casa se domesticó inmediatamente, haciendo al punto
grandes migas con mi mujer.

Por lo que a mí toca, pronto sentí despertarse dentro de mí cierta
antipatía por el animal. Era justamente lo contrario de lo que esperaba;
pero, no sé cómo ni por qué, su evidente afección me repugnaba y me
hastiaba. Poco a poco este sentimiento de tedio y repugnancia se
convirtió en odio acerbo. Evitaba al animal; pero cierta sensación de
vergüenza y el recuerdo de mi crueldad anterior me impedían maltratarlo.
Durante varias semanas no lo golpeé, ni lo traté con violencia en forma
alguna; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a mirarlo con
aversión intolerable, y a huir en silencio de su odiosa presencia como
de un hálito pestilente.

Lo que aumentó indudablemente mi aversión por el animal fué el
descubrimiento, a la mañana siguiente de haberle traído a casa, de que,
a semejanza de Plutón, se hallaba privado de un ojo. Esta circunstancia,
sin embargo, lo hizo más caro a mi mujer, quien, como dije antes, poseía
en alto grado aquella humanidad de sentimientos que había sido en otro
tiempo uno de mis rasgos distintivos y fuente de muchos sencillos y
puros placeres.

Con mi odio por el gato parecía aumentar, sin embargo, su predilección
por mí. Seguía mis pasos con pertinacia tal que sería difícil hacer
comprender al lector. Dondequiera que me sentase se acurrucaba bajo la
silla o saltaba sobre mis rodillas cubriéndome de sus repugnantes
caricias. Si me levantaba a pasear, se metía entre mis pies casi
haciéndome caer; o clavando en mis vestidos sus largas y afiladas
garras, se encaramaba de este modo hasta mi pecho. En tales momentos,
aun cuando hubiera deseado aplastarlo de un golpe, sentíame cohibido
para hacerlo, parte por el recuerdo de mi crimen anterior, mas
principalmente, dejadme confesarlo al fin, por el _terror_ absoluto que
me inspiraba el animal.

Este terror no era precisamente de daño físico; y sin embargo, no sabría
cómo definirlo. Me siento casi avergonzado de confesar (sí, aun en esta
celda de criminal, estoy casi avergonzado de confesar) que el espanto y
el horror que el gato me inspiraba se aumentaban por una quimera de lo
más fantástica que es posible imaginar. Mi mujer me había llamado la
atención más de una vez sobre la índole de la mancha de pelo blanco de
que he hablado, y que constituía la única diferencia visible entre este
extraño animal y el que yo había ahorcado. El lector recordará que esta
marca, aunque grande, era al principio indefinida; mas por pequeños
grados, grados casi imperceptibles, y que mi razón luchó mucho tiempo
por rechazar como fantasías, había asumido al fin rigurosa claridad de
líneas. Representaba ahora un objeto que me estremezco de nombrar; y por
eso, sobre todo, aborrecía y temía, y me habría librado del monstruo de
buena gana, _si me hubiera atrevido;_ representaba ahora, decía, la
imagen de algo espantoso, una cosa horrible, ¡el _Patíbulo!_--¡oh,
lúgubre y funesta máquina de horror y de crimen, de agonía y de muerte!

Y me encontraba yo verdaderamente desventurado, más allá de los límites
de miseria que es dado soportar a la pobre humanidad. ¡Y había de ser
una bestia irracional, a cuyo semejante destruí con menosprecio; había
de ser una _bestia irracional_ quien me causara a _mí_, a mí, un hombre,
formado a imagen del supremo Dios, este sufrimiento intolerable! ¡Ah!
¡Ni de día ni de noche volví jamás a saborear la bendición del descanso!
¡Durante el día la bestia no me dejaba solo un momento; y en la noche
despertaba a cada instante de sueños de terror insuperable para sentir
sobre mi rostro el ardiente aliento de _la cosa_, y su flácido peso
oprimiendo eternamente mi corazón como pesadilla encarnada que no tenía
el poder de sacudir!

Bajo la presión de tortura semejante sucumbieron los pocos restos del
bien dentro de mí. Los malos pensamientos eran mi sola compañía, los más
negros y depravados pensamientos. La acostumbrada irritabilidad de mi
carácter aumentó hasta el aborrecimiento de todas las cosas y de toda la
humanidad; mientras mi mujer, sin una queja, era ¡ay de mí! la víctima
diaria y paciente de los súbitos, frecuentes e incontenibles arranques
de furia a que entonces me abandonaba ciegamente.

Un día me acompañaba ella en algún recorrido casero por los sótanos del
viejo edificio que nuestra pobreza nos compelía a habitar. El gato me
seguía por las escaleras, y haciéndome casi precipitar, me exasperó
hasta la locura. Cogiendo un hacha, y olvidando en medio de mi ira el
terror infantil que hasta entonces había detenido mi mano, asesté un
golpe al animal, que le habría sido fatal instantáneamente a caer como
yo lo deseaba. Pero la mano de mi mujer desvió el golpe. Arrastrado por
su intervención a ira más que demoniaca, desasí el brazo que ella me
sujetaba y hundí el hacha en su cabeza. Cayó muerta en el sitio, sin un
gemido.

Cometido el horroroso asesinato, me dediqué sin tardanza y con entera
deliberación a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía bien que no podría
sacarlo fuera de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de
ser observado por los vecinos. Diversos proyectos se presentaron a mi
imaginación. A veces pensaba en cortar el cuerpo en menudos fragmentos y
hacerlos desaparecer por medio del fuego. Otras, resolvía cavar una
sepultura en el suelo del sótano. Luego, deliberaba sobre si sería
conveniente arrojarlo al pozo del patio; o empacarlo como mercadería en
un cajón con los requisitos acostumbrados, y buscar un mozo de cuerda
que lo sacara fuera de la casa. Finalmente di con lo que me pareció
expediente mejor que todos los anteriores. Determiné emparedarlo en el
sótano, como se dice que hacían con sus víctimas los monjes de la edad
media.

La cueva se adaptaba muy bien para tal objeto. Sus muros estaban
construídos con gran solidez, y recientemente habían sido revocados con
una mezcla que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer.
Existía, además, en uno de los muros una protuberancia causada por
cierta falsa chimenea u hogar que se había rellenado para nivelarla con
el resto del sótano. No puse en duda el que fácilmente se podría remover
los ladrillos en aquel sitio, colocar allí el cuerpo y disponer el muro
en su forma primitiva de manera que nadie pudiera percibir nada
sospechoso.

Mis cálculos no me engañaron. Con ayuda de una barra de hierro arranqué
fácilmente los ladrillos, y depositando cuidadosamente el cadáver contra
la pared interior, lo mantuve en esta posición mientras que, con poco
trabajo, volvía a rehacer el muro conforme se encontraba anteriormente.
Procurándome argamasa, arena y filamentos con las precauciones
posibles, preparé un compuesto que no pudiera distinguirse del enlucido
antiguo y lo coloqué esmeradamente sobre el nuevo enladrillado. Al
concluir, me sentí satisfecho de mi obra. El muro no ofrecía la más
ligera señal de haberse removido. Recogí los fragmentos del suelo con el
cuidado más minucioso. Miré triunfante en torno y me dije a mí mismo:
"¡Aquí, por lo menos, mi labor no ha sido en vano!"

Me preocupé en seguida de buscar al animal que había causado tanta
desventura, porque al fin había resuelto firmemente deshacerme de él. Si
me hubiera sido dado encontrarle en aquel momento, su suerte no habría
sido dudosa; mas parecía que el taimado gato, alarmado por la violencia
de mi cólera, evitaba afrontar mi actual disposición. Es imposible
describir o imaginar la intensa sensación de reposo bienaventurado que
produjo en mi pecho la ausencia de esta detestada criatura. Tampoco
apareció en la noche; y así, por una vez siquiera, desde su llegada a la
casa, dormí con sueño profundo y tranquilo; _dormí_, ¡ay, a despecho del
asesinato que pesaba sobre mi alma!

Transcurrieron el segundo y el tercer día, y mi atormentador no se
presentó. Respiré de nuevo como hombre libre. ¡El monstruo, en su
terror, había abandonado la casa para siempre! ¡No lo vería más! ¡Mi
felicidad era suprema! La perversidad de mi negro crimen me molestaba
apenas. Tuvieron lugar algunos interrogatorios que fueron contestados
fácilmente. Aun se procedió a una pesquisa; mas, por supuesto, nada
pudieron descubrir. Creía ya asegurada mi felicidad futura.

Hacia el cuarto día después del asesinato, se presentó en la casa
inopinadamente un grupo de la policía y procedió de nuevo a verificar
rigurosa investigación en el edificio. Seguro como me hallaba de que mi
escondrijo era inescrutable, no sentí preocupación alguna. Los oficiales
me ordenaron acompañarles en su pesquisa. No dejaron rincón ni esquina
sin escudriñar. Al fin, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. Ni
uno sólo de mis músculos se conmovió. Mi corazón latía tranquilamente
como el de aquel que duerme en la inocencia. Paseé la cueva de un
extremo al otro. Había cruzado los brazos sobre el pecho y vagaba sin
inquietud de acá para allá. La policía se mostró enteramente satisfecha
y se preparaba ya a partir. El júbilo era demasiado grande en mi corazón
para poder refrenarlo. Me quemaba por decir algo, una palabra de triunfo
siquiera, para afirmar más aún la certeza de mi inocencia.

"Caballeros," dije al fin, cuando el grupo comenzaba a subir las
escaleras, "estoy deleitado al ver que vuestras sospechas se han
desvanecido. Os deseo salud y un poquillo más de cortesía. A propósito,
caballeros, ésta es una casa muy bien construída." (En mi rabioso deseo
de decir algo con desenvoltura, apenas sabía ya lo que hablaba). "Hasta
diré _admirablemente_ bien construída. Estos muros--¿os vais,
caballeros?--estos muros están edificados con gran solidez;" y entonces,
por puro frenesí de bravata, golpeé pesadamente con un bastón que
llevaba en la mano la misma construcción de ladrillos tras de la cual se
encontraba el cadáver de la esposa de mi alma.

Pero ¡así me libre Dios y me defienda de las fauces del Enemigo! Apenas
la repercusión de los golpes se ahogó en el silencio, cuando ¡una voz
contestó dentro de la tumba! Un gemido, ahogado e interrumpido primero y
semejante al llanto de un niño, que pronto se elevó convirtiéndose en
grito largo, fuerte y sostenido, completamente anormal y nada humano; un
alarido, un chillido lamentoso, mitad de horror y mitad de triunfo, como
puede oírse brotar solamente del infierno, reuniendo el grito de agonía
de los condenados y la exultación de los demonios por su condenación.

Sería locura hablar de mis sentimientos. Desfalleciente, retrocedí
titubeando hasta el muro opuesto. Por un momento quedó inmóvil el grupo
en las escaleras a causa de su extremo horror y espanto. En el momento
inmediato una docena de brazos robustos atacaba el muro. Cayó
completamente. El cadáver, ya descompuesto, y cubierto de grumos de
sangre coagulada, permanecía erguido ante los ojos de los espectadores.
Sobre su cabeza, con la roja boca distendida, y echando fuego por su
único ojo, estaba la asquerosa bestia cuya astucia me indujo al
asesinato, y cuya voz informe me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado
al monstruo dentro de la tumba!



UN DESCENSO POR EL MAELSTRÖM

     Los métodos de Dios, tanto en las manifestaciones de la naturaleza
     como en las de su providencia, no se asemejan a los _nuestros;_ ni
     los modelos que forjamos corresponden en manera alguna a la
     inmensidad, la sublimidad y la inescrutabilidad de sus obras, _más
     profundas aún que el manantial de Demócrito._

     --JÓSEPH GLÁNVILL.


Habíamos llegado a la cima de la roca más elevada. Durante algunos
minutos pareció el viejo demasiado exhausto para hablar.

"No hace mucho," dijo al cabo, "que hubiera podido yo guiaros en esta
ruta tan bien como el más joven de mis hijos; pero hace cerca de tres
años que me ocurrió un incidente que jamás ha sucedido a mortal alguno,
o por lo menos, el hombre a quien le aconteciera no ha sobrevivido para
contarlo; y las seis horas de angustioso terror que sufrí entonces me
destrozaron de cuerpo y alma. Vos me creéis un anciano; mas no lo soy.
Menos de un día fué necesario para cambiar en blancos estos cabellos que
eran negros como el azabache, para debilitar mis miembros y aflojar mis
nervios hasta el punto de que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de
una sombra. ¿Imagináis que apenas puedo mirar desde este pequeño
acantilado sin sentirme desvanecido?"

El "pequeño acantilado" de que hablaba, y sobre cuyo ápice habíase
tendido negligentemente a descansar de manera que la parte más pesada de
su cuerpo colgaba fuera, protegiéndose únicamente contra la caída con
uno de sus codos que apoyaba en su escurridizo borde; este "pequeño
acantilado" era un peñasco que se elevaba sobre un escarpado precipicio
de rocas negras y pulidas, a mil quinientos o mil seiscientos pies sobre
el mundo de escollos que se divisaba abajo. Nada me habría decidido a
acercarme a media docena de yardas de su margen. En realidad, sentíame
tan profundamente emocionado por la peligrosa posición de mi compañero,
que me tiré al suelo de largo a largo, prendido de los arbustos que
tenía cerca, y sin atreverme a mirar ni tan siquiera el cielo, mientras
luchaba en vano conmigo mismo para persuadirme de que las propias bases
de la montaña no estaban en peligro con la furia del viento. Pasó largo
tiempo antes de que pudiera raciocinar lo suficiente para cobrar el
valor de sentarme y mirar a la distancia.

"Debéis desprenderos de esas fantasías," decía el guía, "porque os he
traído aquí para que podáis gozar del mejor punto de vista para apreciar
el suceso a que antes hice alusión, y referiros la historia completa
mientras contempláis el paraje a que se refiere.

"Nos encontramos," continuó, con aquella peculiar manera que le
distinguía, "nos encontramos muy cerca de la costa noruega, a los
sesenta y ocho grados de latitud, en la gran provincia de Nordland, y en
el funesto distrito de Lofoden. La montaña sobre cuya cima nos
encontramos es Helseggen, la Nebulosa. Ahora alzaos un poquillo, cogeos
de la hierba, si os sentís desvanecido, así, y mirad el mar detrás de la
zona de vapor que nos rodea."

Miré aturdidamente, y pude contemplar una ancha extensión del océano,
cuyas aguas tenían tal color de tinta que me hizo recordar
inmediatamente los relatos del _Mare Tenebrarum_ del geógrafo nubio. La
mente humana no podría concebir paisaje más desolado. A derecha e
izquierda, tan lejos como la vista podía abarcar, extendíanse, semejando
los baluartes del universo, hileras de pavorosas rocas negras y
escarpadas, cuyo lúgubre aspecto se realzaba poderosamente con el
bramido del oleaje que estrellaba contra ellas su blanca y fantástica
cresta, aullando y lamentándose por toda la eternidad. Exactamente
frente al promontorio sobre cuyo ápice nos encontrábamos, y a distancia
de cinco o seis millas en el mar, podía distinguirse una isla pequeña y
blanquizca; o hablando con más propiedad, podía discernirse su posición
por la violencia de la marejada que la envolvía. A dos millas más o
menos en dirección de tierra, levantábase otro islote más pequeño,
horriblemente escarpado y estéril, y circundado a diversos intervalos
por un hacinamiento de negras rocas.

El aspecto del océano, en el espacio comprendido entre la playa y el
islote más distante, era muy inusitado. Aun cuando en aquel momento
soplaban ráfagas de viento tan violentas hacia tierra que un bergantín
al largo, muy lejos, se mantenía con todos los rizos tomados, y su casco
entero se hundía constantemente fuera de la vista, no había, sin
embargo, el menor oleaje, sino simplemente una especie de rápido, corto
y enfurecido movimiento del agua en todas direcciones, tanto en sentido
del viento como hacia cualquier otro lado. Apenas se veía espuma,
excepto en la inmediata proximidad de las rocas.

"La isla que se ve a la distancia," resumió el anciano, "es llamada
Vurrgh por los noruegos. La otra, a la mitad del camino, es Móskoe.
Aquélla, a una milla al norte, es Ambaaren. Más lejos están Islesen,
Hótholm, Keíldhelm, Suarven y Búckholm. Más allá todavía, entre Móskoe y
Vurrgh, se encuentran Ótterholm, Flimen, Sandflesen y Stockolm. Éstos
son los verdaderos nombres de las islas; pero la razón por la cual se
haya pensado en denominarlas todas es cosa que vos no podréis comprender
ni la comprendo yo tampoco. ¿Oís algo ahora? ¿Notáis algún cambio en el
agua?"

Haría diez minutos más o menos que nos encontrábamos en lo alto de la
roca de Helseggen, hasta donde habíamos subido por el interior de
Lofoden, de manera que no pudimos ver el mar hasta que se ofreció de un
golpe a nuestros ojos desde el ápice. En tanto que el viejo hablaba,
advertía yo un fuerte ruido que iba en aumento, semejante al estruendo
de un enorme rebaño de búfalos en alguna pradera americana; notando al
mismo tiempo que el movimiento que los marinos denominan el _escarceo_
del océano, convertíase rápidamente a nuestra vista en una corriente que
se dirigía al este. Ante mis propios ojos adquiría esta corriente
monstruosa velocidad. Cada minuto aumentaba su rapidez, su impetuosa
precipitación. En cinco minutos el océano entero hasta Vurrgh hallábase
poseído de furia desenfrenada e indomable; pero sobre todo entre Móskoe
y la costa dominaba el tumulto mayor. Allí el vasto lecho de las aguas
hendíase y se rasgaba en mil canales divergentes, estallaba
repentinamente en convulsión frenética, hinchándose, hirviendo,
silbando, girando en vórtices gigantescos e innumerables y
precipitándose en remolinos hacia el este con rapidez que jamás asume el
agua, excepto en caídas torrenciales.

En algunos minutos presentóse un cambio radical en la escena. La
superficie general se niveló algo más, desaparecieron los remolinos uno
a uno, mientras se marcaban rayas prodigiosas de espuma donde nada se
veía un momento antes. Estas rayas al fin, extendiéndose a gran
distancia, entraron a su vez en el movimiento giratorio de los remolinos
desaparecidos y formaron la base de un vórtice mucho más vasto.
Súbitamente, muy de súbito, todo aquello tomó vida definitiva y distinta
en un circuito de más de una milla de diámetro. El extremo del remolino
se marcaba por una ancha faja de brillante espuma; pero ni una sola
partícula se deslizaba entre las fauces del terrorífico cañón: cuyo
interior, hasta donde la mirada podía sondear, era un muro de agua,
liso, negro y brillante, inclinándose sobre el horizonte en un ángulo de
cuarenta y cinco grados más o menos, girando vertiginosamente en redondo
con movimiento ondulatorio y circular, y lanzando a los aires una voz
pavorosa mitad alarido mitad bramido, tal, que ni la potente catarata
del Niágara levanta jamás al cielo en su agonía.

La montaña temblaba hasta su base, y la roca se bamboleaba. Me arrojé de
cara contra el suelo sujetándome de las escasas hierbas, en el exceso de
mi agitación nerviosa.

"Esto," dije al cabo al anciano, "esto _no puede_ ser otra cosa que el
gran remolino del Maelström."

"Así le llaman a veces," respondió él. "Nosotros los noruegos le
llamamos Móskoe-ström, por la isla que está a mitad de su camino."

Los relatos ordinarios respecto de este vórtice no me habían preparado a
lo que presenciaba. El de Jonás Ramus, quizá el más detallado entre
todos, no procura la concepción más débil de la magnificencia y horror
de la escena, ni de la intensa y asombrosa sensación de _novela_ que
confunde al observador. No estoy seguro del punto de dónde presenció el
espectáculo el autor aludido, ni del momento en que aquello se realizó;
pero seguramente no ha sido del ápice del Helseggen, ni durante una
tempestad. Hay, sin embargo, ciertos pasajes en su descripción que
pueden citarse en razón de los detalles, aunque su efecto sea
excesivamente atenuado para dar la impresión de esta escena.

"Entre Lofoden y Móskoe," dice el escritor mencionado, "la profundidad
del agua es de treinta y seis a cuarenta brazas; pero del otro lado,
hacia Ver (Vurrgh), esta profundidad disminuye hasta el punto de no
permitir el paso de un buque sin que corra el riesgo de estrellarse
contra las rocas, lo cual sucede aun en el momento de mayor calma. A la
hora del flujo, la corriente barre la zona comprendida entre Lofoden y
Móskoe con rapidez tumultuosa; pero el estruendo de su impetuoso reflujo
hacia el mar podría apenas igualarse por la más retumbante y temible
catarata; escuchándose este ruido a muchas leguas a la redonda, y siendo
el vórtice o remolino tan vasto y tan profundo, que si algún buque
entrara dentro de su radio de atracción, sería cogido inevitablemente y
arrastrado hasta el fondo, destrozándose allí contra las rocas; y
podrían verse los fragmentos arrojados de nuevo a la playa al volver de
la marea. Pero estos intervalos de tranquilidad tienen lugar solamente
en el buen tiempo y a la vuelta del flujo y el reflujo, prolongándose
alrededor de un cuarto de hora, después de cuyo tiempo se presenta de
nuevo gradualmente la violencia del fenómeno. Cuando la corriente es más
tumultuosa y su furia se aumenta con alguna tempestad, es peligroso
encontrarse dentro de una milla en aguas de Noruega. Barcas, yates y
buques de mayor calado hanse visto arrastrados por falta de cautela para
mantenerse lejos de su atracción. Ha sucedido también frecuentemente
que encontrándose ballenas cerca de la corriente, hayan sido arrebatadas
por su violencia; y es imposible describir sus bramidos y resoplidos en
aquel momento en medio de sus esfuerzos infructuosos para escapar.
Cierta vez, un oso, tratando de atravesar a nado de Lofoden a Móskoe,
fué cogido y arrastrado por la corriente, mientras rugía de manera
horrible que pudo oírse hasta la playa. Gran cantidad de pinos y abetos,
después de haber sido absorbidos por el remolino, vuelven a aparecer
arriba, tan destrozados y batidos que parece que les hubieran brotado
cerdas. Esto demuestra claramente que el fondo está formado de agudas
rocas entre las cuales se estrellan los objetos de un lado a otro. La
corriente está regulada por el flujo y reflujo del mar que cambia
constantemente cada seis horas. El año 1645, temprano en la mañana del
domingo de sexagésima, rayaba en tal furia el estruendo e impetuosidad
del fenómeno, que las piedras de algunas casas de la costa cayeron por
efecto de su violencia."

Con respecto a la profundidad del agua, no veo cómo haya podido
especificarse en la inmediata proximidad del vórtice. Las "cuarenta
brazas" deben referirse solamente a aquella parte del canal cerca de las
playas de Móskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del
Móskoe-ström debe ser enormemente mayor; y basta para comprobar este
hecho la ojeada que es posible lanzar, siquiera lateralmente, a los
abismos del remolino desde el pico más alto del Helseggen. Mirando
desde aquella altura el rugiente Phlégeton no pude evitar una sonrisa
al recordar la sencillez con que el honrado Jonás Ramus menciona, como
algo muy difícil de creer, las anécdotas del oso y las ballenas; porque
me parecía, en verdad, la cosa más evidente, que los buques de guerra de
mayor calado que llegaran a encontrarse dentro de esta terrible
vorágine, podrían resistirse tanto como una pluma en el huracán y serían
arrebatados inmediatamente, sin la menor duda.

Las hipótesis para explicar este fenómeno, algunas de las cuales me
parecían suficientemente plausibles en lectura, según recuerdo, se me
presentaban en aquel momento a la imaginación con aspecto muy diferente
y poco satisfactorio. La idea generalmente aceptada es que este vórtice,
lo mismo que otros tres más pequeños en las islas de Férroe, "no tiene
otra causa que el choque de las olas al levantarse y al caer, durante el
flujo y el reflujo, sobre un parapeto de rocas y bajíos que confina el
agua, de manera que se precipitan allí como una catarata; y de
consiguiente, mientras más sube la marea más profunda es la caída, y el
resultado lógico es un remolino o vórtice cuya prodigiosa succión está
suficientemente comprobada por menores experimentos." Estas palabras son
de la _Encyclopaedia Britannica_. Kírcher y otros imaginan que en el
centro del canal del Maelström hay un abismo que penetra el globo y
desemboca en alguna región remota, el golfo de Botnia se ha indicado
casi definitivamente en cierta ocasión. Esta opinión, frívola en sí
misma, era a la que más se inclinaba mi mente mientras observaba el
fenómeno; y al mencionarla al guía, quedé algo sorprendido de oírle
decir que aun cuando aquella era la idea casi universalmente acogida a
este respecto por los noruegos, no era la suya, sin embargo. Como
primera proposición declaró, a pesar de todo, su incapacidad de
comprender el fenómeno; y en esto convine con él, pues aunque
concluyente sobre el papel, toda explicación resulta ininteligible y aun
absurda entre el retumbar del abismo.

"Habéis observado bastante el remolino ahora," dijo el viejo, "y si os
arrastráis en redondo sobre la roca hasta poneros a sotavento para que
llegue a vuestros oídos algo amortiguado el bramido de las aguas, os
referiré una historia que os convencerá de que tengo motivos para saber
algo del Móskoe-ström."

Me coloqué como deseaba, y el guía comenzó:

"Poseía yo, en compañía de mis dos hermanos, una embarcación pequeña,
aparejada en goleta, con capacidad de setenta toneladas más o menos, en
la cual teníamos la costumbre de ir a pescar entre los islotes que
quedan más allá de Móskoe, cerca de Vurrgh. En todas las corrientes
violentas del océano se encuentra buena pesca en su oportunidad, siempre
que se tenga el valor suficiente para ir a buscarla; pero entre todos
los mozos de la costa de Lofoden, éramos nosotros los únicos que
salíamos regularmente a pescar a las islas, como os he dicho. El sitio
acostumbrado por los pescadores está mucho más lejos, allá abajo, hacia
el sur. Allí se encuentra pesca a todas horas sin gran peligro y es,
por consiguiente, el lugar preferido. Sin embargo, los sitios elegidos
por nosotros, aquí, entre las rocas, ofrecían no sólo la más delicada
variedad de pesca, sino en mucha mayor abundancia; de manera que
frecuentemente conseguíamos en un solo día lo que otros más tímidos en
el oficio no podían reunir en toda una semana. En verdad, esto
representaba para nosotros una especulación desesperada, en que el
riesgo de la vida era la labor y el ánimo respondía como capital.

"Guardábamos la goleta en una ensenada a cinco millas más arriba de la
costa respecto del lugar en que nos encontramos; y en el buen tiempo
solíamos aprovechar de los quince minutos de calma para atravesar el
canal principal del Móskoe-ström, muy lejos del vórtice, y ponernos
luego al ancla allá por Ótterham o Sandflesen, donde el reflujo no es
tan violento como en otras partes. Acostumbrábamos quedarnos allí hasta
que se aproximaba el momento de la nueva marea, que teníamos en cuenta
para regresar. Nunca salíamos a esta clase de expediciones sin contar
con viento firme para el regreso, viento que estuviéramos seguros no
había de fallar; y rara vez nos equivocamos en este punto. Dos veces
solamente en seis años nos vimos obligados a pasar toda la noche al
ancla a causa de calma chicha, lo que es raro, en verdad, en estos
parajes; y otra vez tuvimos que quedarnos en aquellos sitios, muertos de
hambre, casi una semana, debido a un viento huracanado que comenzó a
soplar poco después de nuestro arribo y que ponía el canal demasiado
tempestuoso para pensar en atravesarlo. En aquella ocasión hubiéramos
sido arrebatados por el mar, a pesar de todo, pues los remolinos nos
arrastraban en redondo con tal violencia que hubimos de encepar el ancla
y comenzar a rastrearla; hasta que, afortunadamente, entramos en una de
las innumerables corrientes atravesadas que se encuentran hoy aquí,
mañana allí, la cual nos arrastró a sotavento de Flimen, donde pudimos
abordar.

"No podría relataros la vigésima parte de las dificultades a que nos
veíamos obligados a hacer frente en _el terreno_; es mal paraje para
encontrarse allí, aun en el buen tiempo; pero nos dábamos maña para
escapar sin accidentes de las garras del Móskoe-ström, aunque en ciertas
ocasiones tenía el corazón en la boca cuando sucedía que lleváramos un
minuto de retraso o de adelanto sobre la marea. A veces el viento no era
tan fuerte al partir como lo habíamos calculado, y entonces avanzábamos
menos de lo que habríamos deseado, mientras la corriente hacía
ingobernable la embarcación. Mi hermano mayor tenía un hijo de dieciocho
años, y por mi parte, tenía yo dos robustos mozos hijos míos. Ellos nos
habrían ayudado muchísimo en algunas ocasiones para manejar los remos y
luego para pescar; pero, aun cuando nosotros nos arriesgáramos
voluntariamente, no teníamos alma de poner en peligro a los muchachos
porque, hay que decirlo de una vez, el peligro era horrible; ésta es la
verdad.

"Dentro de pocos días se cumplirán tres años desde que sucedió lo que
voy a relataros. Era el 10 de agosto de 18--, día que la gente de este
lado del mundo jamás olvidará, porque se desató el huracán más
formidable que jamás envió el cielo. Y sin embargo, toda la mañana, y
aun hasta avanzada la tarde, hubo una brisa sudoeste, suave y constante,
mientras brillaba el sol en todo su esplendor; de manera que ni los
marinos más viejos habrían podido pronosticar lo que iba a suceder.

"Nosotros tres, mis dos hermanos y yo, cruzamos hacia las dos de la
tarde en dirección a las islas, y pronto tuvimos casi llena la
embarcación de pescado fino que, según todos pudimos notarlo, abundaba
mucho más aquel día que en todas las ocasiones que podíamos recordar.
Eran justamente las siete, _por mi reloj_, cuando levamos ancla para
regresar, contando con atravesar la peor parte del Ström en el
intermedio de calma de las mareas, que sabíamos tendría lugar a las
ocho.

"Salimos con viento fresco cuarto estribor, y durante algún tiempo
corrimos el largo a gran velocidad sin soñar con peligros, porque no
había en realidad la más pequeña razón para preverlos. De pronto, nos
cogió en facha una ráfaga que venía del Helseggen. Era esto lo más
inusitado, algo que jamás nos había sucedido, y comencé a sentirme
inquieto, sin saber exactamente el porqué. Pusimos la embarcación al
viento, pero sin poder absolutamente avanzar a causa de los remolinos; y
estaba ya a punto de proponer que regresáramos a ponernos al ancla
cuando, mirando a popa, observamos todo el horizonte cubierto de una
nube singular de color de cobre, que se levantaba con aterradora
velocidad.

"Al mismo tiempo cayó la brisa que nos había cogido y quedamos en calma
chicha, impelidos por la corriente en todas direcciones. Este estado de
cosas no duró, sin embargo, lo suficiente para dejarnos tiempo de
meditar. En menos de un minuto la borrasca estaba sobre nuestras
cabezas; en menos de dos, el cielo se encapotó completamente; y con
esto, y la espuma que volaba, volvióse súbitamente tan obscuro que no
podíamos vernos unos a otros en el barco.

"Sería locura intentar describir huracán tal como el que se desencadenó
aquel día. Las más viejos marinos de Noruega jamás habían presenciado
cosa parecida. Habíamos dejado diestramente correr las velas antes de
que pudiera cogerlas la borrasca; pero a la primera ráfaga del vendaval,
ambos mástiles cayeron por la borda como cortados de un golpe,
llevándose consigo el palo mayor y al más joven de mis hermanos que se
había hecho atar por seguridad.

"Nuestro barco era tan liviano como la pluma más tenue que jamás hubiera
flotado sobre el mar. Tenía la cubierta completamente corrida, con una
pequeña escotilla cerca de la proa, la que siempre acostumbrábamos
cerrar al cruzar el Ström como precaución contra el mar agitado. Pero en
esta ocasión pudimos habernos ido a pique inmediatamente, porque en
ciertos momentos estábamos completamente cubiertos por el agua. No
puedo decir cómo escapó entonces mi hermano mayor, porque jamás tuve
oportunidad de averiguarlo. En cuanto a mí, tan pronto como nos armamos
a la trinquetada, me tendí de plano sobre la cubierta con los pies en la
estrecha regala de la borda del combés de proa, y apretando con las
manos una argolla que había cerca del palo de trinquete. Simplemente el
instinto me empujó a realizar todo esto, que indudablemente era lo mejor
que podía hacer, pues estaba demasiado trastornado para pensar.

"Por momentos estábamos completamente inundados, como decía, y todo ese
tiempo retenía yo el aliento sujetándome en la argolla. Cuando no pude
resistir más, me levanté sobre las rodillas, sosteniéndome siempre con
las manos, y así logré aclarar un poco mis ideas. En este momento
nuestra pequeña embarcación daba una sacudida, exactamente como un perro
cuando sale del agua, librándose así en cierto modo de las olas. Hacía
yo esfuerzos por salir del estupor que me había dominado y determinar lo
que podríamos hacer, cuando sentí que alguien me cogía del brazo. Era mi
hermano mayor, y mi corazón saltó de alegría porque estaba cierto de que
había perecido entre las olas; pero en seguida toda mi alegría se cambió
en horror porque él, poniendo su boca sobre mi oído, gritó la sola
palabra: _¡Móskoe-ström!_

"Nadie puede comprender lo que sentí en aquel momento. Me estremecí de
pies a cabeza como si padeciera un violento acceso de calentura. Sabía
bien lo que él quería decir con esta sola palabra; sabía bien lo que él
trataba de hacerme comprender. ¡Con el viento que nos empujaba, íbamos
directamente hacia el remolino del Ström y nada podía salvarnos!

"Como bien comprendéis, para cruzar el canal del Ström, tomábamos el
camino muy arriba del remolino, aun en tiempo tranquilo, y luego
aguardábamos y espiábamos cuidadosamente la marea; pero ¡ahora íbamos
impelidos derechamente al abismo, a merced de semejante huracán! Es
posible--pensé--que lleguemos allí justamente en el intermedio de las
mareas, y entonces habrá alguna esperanza; pero en seguida me apostrofé
por mi locura de soñar con esperanzas de ninguna clase. Sabía muy bien
que estábamos perdidos, aunque nuestra embarcación hubiera sido diez
veces más grande que un navío de noventa cañones.

"Por este tiempo el primer ímpetu de la tempestad se había calmado, o
quizá no lo sentíamos tanto porque corríamos delante de ella; pero en
todo caso, las aguas que al principio se mantenían bajas por el viento y
continuaban planas y espumantes, levantábanse ahora tan altas como
montañas. Un cambio singular mostrábase también en el cielo. Alrededor,
en todas direcciones, estaba todavía tan negro como la pez, pero casi
sobre nuestras cabezas se abrió de repente una grieta circular de
firmamento claro, tan claro como nunca lo había contemplado antes, y de
brillante azul profundo, a través del cual aparecía la luna llena con un
resplandor que jamás le había conocido. Alumbraba todo con gran
claridad a nuestro alrededor, mas ¡oh Dios! ¡qué escena la que ponía al
descubierto!

"Hice entonces una o dos tentativas para hablar a mi hermano; pero a
causa de algo que yo no podía comprender, el estruendo había aumentado
de manera que no pude hacerle entender una sola palabra, a pesar de que
gritaba en sus oídos con toda la fuerza de mi voz. Entonces sacudió la
cabeza, pálido como un muerto, y levantó uno de sus dedos como si
dijera: _¡Escucha!_

"Al principio no pude comprender lo que quería decir, mas luego un
horrible pensamiento me asaltó. Saqué el reloj de mi faltriquera. No
andaba. Miré la esfera a la luz de la luna, y rompí a llorar mientras lo
arrojaba a lo lejos en el océano. _¡Se había parado a las siete!
¡Estábamos atrasados respecto de la marea, y el remolino del Ström
estaba en plena furia!_

"Cuando un barco está bien construído, debidamente trincado y no lleva
demasiado lastre, parece que las olas se deslizan bajo su quilla en una
fuerte borrasca mientras las corre a lo largo, lo cual provoca la
admiración de la gente de tierra, y es lo que en jerga marina se llama
_correr las olas_.

"Bien; hasta entonces habíamos corrido el mar con bastante habilidad;
pero en aquel momento nos cogió un gigantesco golpe de agua exactamente
bajo la bovedilla, y nos arrebató conforme se elevaba, arriba, arriba,
como si fuera a llegar hasta las nubes. Jamás hubiera creído que una ola
pudiera levantarse a tal altura. Y luego caímos con un ímpetu, un
declive y una sacudida tal que me hizo sentir náuseas y vértigos como si
me precipitaran en sueños de lo alto de una gran montaña. Pero mientras
estuvimos arriba tuve tiempo de arrojar una rápida ojeada alrededor, y
esta ojeada fué más que suficiente. Comprendí en un momento nuestra
posición exacta. El abismo del Móskoe-ström se encontraba a un cuarto de
milla de distancia; pero era tan semejante en aquellos momentos al
Móskoe-ström de todos los días como puede asemejarse el remolino que
veis ahora a un simple canal de molino. Si no hubiera sabido dónde
estábamos y lo que se nos esperaba, no habría reconocido el lugar. Como
estaban las cosas, cerré los ojos involuntariamente por el horror. Mis
párpados apretáronse uno contra otro como en un espasmo.

"No habrían transcurrido más de dos minutos cuando sentimos amansarse
las olas súbitamente y nos encontramos envueltos en espuma. El barco dió
una media vuelta cerrada sobre babor y se disparó como un rayo en su
nueva dirección. En el mismo instante el ruido fragoroso del agua se
ahogó completamente en una especie de trémulo alarido, semejante al que
se podría imaginar lanzado por los tubos de escape de un millar de
barcos dejando todos escapar el vapor al mismo tiempo. Estábamos
entonces en el cinturón de marejada que rodea siempre al remolino; y yo
pensaba, por supuesto, que un momento más nos precipitaría en aquel
abismo que podíamos discernir sólo de manera indistinta a causa de la
enloquecedora velocidad con que éramos arrastrados. El barco no parecía
absolutamente hundirse en las aguas, sino deslizarse sobre la superficie
del oleaje como una burbuja de aire. Su lado de estribor daba al
remolino, y el de babor ocultaba a nuestra vista el mundo de océano que
habíamos dejado atrás Elevábase como un gran muro movible entre nosotros
y el horizonte.

"Puede parecer extraño, pero, sin embargo, yo me sentía más dueño de mí
cuando nos encontramos en las mismas fauces del vórtice que cuando nos
aproximábamos a su horror. Habiendo perdido toda esperanza, me libré de
gran parte de aquel terror que me inutilizaba al principio. Sospecho que
fué la desesperación lo que templó mis nervios.

"Quizá creeréis que soy jactancioso, pero lo que digo es la pura verdad.
Comencé a meditar cuán magnífico era morir de esta manera, y qué gran
locura era la mía en detenerme en mezquinas consideraciones sobre mi
propia vida en presencia de esta maravillosa manifestación del poder de
Dios. Creo que enrojecí de vergüenza cuando esta idea atravesó mi
espíritu. Pasado algún tiempo, me sentí poseído de la más viva
curiosidad acerca del interior del remolino. Y sentí positivamente el
_deseo_ de explorar sus profundidades aun a costa del sacrificio de mi
vida que ello implicaba; siendo mi principal pesar la idea de que jamás
podría relatar a mis viejos camaradas de la costa los misterios que
hubiera descubierto. Indudablemente eran éstas extrañas fantasías para
ocupar la mente de un hombre en tal situación; y he pensado después
varias veces que sin duda las revoluciones del barco alrededor del
remolino me habían vuelto algo tonto.

"Otra circunstancia contribuyó también a devolverme mi sangre fría; y
fué la cesación del viento que no podía alcanzarnos en esta posición;
pues, como vos mismo lo podéis apreciar, el cinturón de marejada está
considerablemente más bajo que el nivel general del océano, que formaba
entonces sobre nosotros una alta, negra y enorme protuberancia. Si jamás
habéis estado en el mar en ocasión de una borrasca, no podéis formaros
idea de la confusión de ideas que resulta del viento y la lluvia
combinados. Ciegan, ensordecen y ahogan, quitándoos toda facultad de
acción o de reflexión. Pero entonces nos hallábamos libres en gran parte
de estas molestias; exactamente como el condenado a muerte goza en su
prisión de las pequeñas prerrogativas que le estaban prohibidas cuando
su sentencia era todavía incierta.

"Imposible sería decir cuántas veces recorrimos el circuito de aquella
zona. Corrimos en redondo quizás una hora, volando más que flotando, y
acercándonos gradualmente al centro del remolino, y luego cada vez más y
más cerca de su horrendo margen. Durante todo este tiempo no me había
desprendido del anillo. Mi hermano estaba a popa, sujetándose de un
pequeño barril de agua vacío, atado fuertemente al cuartel de la
bovedilla, y que era el único objeto que no hubiera sido barrido por el
mar cuando nos cogió el primer golpe del temporal. Al aproximarnos al
borde del abismo, abandonó su punto de apoyo y trató de acogerse a la
argolla, de la cual, en la agonía de su terror, intentaba separar mis
manos, como si no fuera suficientemente grande para prestarnos a los dos
seguro apoyo. Nunca he sentido pesar tan profundo como cuando le vi
acometer este acto, aunque sabía que estaba loco al intentarlo,
furiosamente insano por la fuerza de su terror. No me ocupé, por cierto,
de disputarle el sitio. Sabía demasiado bien que lo mismo daba que
tuviéramos o careciéramos de un punto de apoyo; así, le abandoné el
anillo y me dirigí a popa en busca del barril. No había entonces gran
dificultad para realizar esto, porque el barco volaba en redondo con
bastante firmeza y equilibrio sobre su quilla, oscilando solamente acá y
allá con las inmensas ondulaciones y remolinos del vórtice. Apenas me
había asegurado en mi nueva posición, cuando dimos un violento vuelco a
estribor y nos precipitamos en el abismo. Murmuré una agitada plegaria y
creí que todo había terminado. Como sentía el agobiador mareo del
descenso, apreté instintivamente mi abrazo al barril, y cerré los ojos.
Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, esperando la
destrucción instantánea, y me maravillaba de no sentirme ya en luchas
mortales dentro del agua. Pero transcurrió un momento, luego otro. Vivía
todavía. La sensación de caída había cesado, y el movimiento del buque
se parecía mucho al anterior, como cuando nos encontrábamos en el
cinturón de marejada, con la diferencia de que ahora se notaba más
tendido. Cobré valor, y contemplé otra vez la escena.

"Nunca olvidaré la sensación de espanto, de horror y admiración con la
cual miraba en derredor. El barco parecía colgado como por arte de magia
a media altura sobre el interior de un canal de vasta circunferencia y
maravillosa profundidad, cuyos costados perfectamente lisos podían
haberse confundido con el ébano, a no ser por la rapidez vertiginosa con
que giraban en redondo, y por el fantástico y radiante esplendor que
despedían a los rayos de la luna llena, los cuales, desde aquella
abertura circular entre las nubes que antes he descrito, bañaban en un
torrente de gloria dorada los negros muros yendo a perderse entre las
más remotas profundidades del abismo.

"Al principio estaba demasiado confuso para observar nada con atención.
El despliegue general de aterradora grandeza era todo lo que podía
percibir. Cuando me recobré un poco, sin embargo, mis miradas se
dirigieron instintivamente hacia abajo. En aquella dirección me era
posible obtener una perspectiva libre por la posición en que se
encontraba la goleta sobre la inclinada superficie del vórtice. El barco
se mantenía casi recto sobre su quilla; es decir, la cubierta estaba en
plano paralelo con el agua, pero con declive de más de cuarenta y cinco
grados, de manera que parecíamos acostados sobre la extremidad de
nuestros baos. No pude menos de observar que, a pesar de todo, apenas
tenía mayor dificultad para mantenerme en pie y caminar en esta posición
que si hubiéramos estado en un plano horizontal; lo que era debido,
supongo, a la velocidad de nuestras revoluciones.

"Los rayos de la luna parecían penetrar hasta el mismo seno del profundo
golfo; pero no pude ver nada distintamente a causa de una espesa lluvia
en que todo estaba envuelto, y sobre la cual se tendía un magnífico arco
iris semejando el estrecho y vacilante puente que, según aseguran los
musulmanes, es la única vía entre el Tiempo y la Eternidad. Esta lluvia
o rocío, era ocasionada indudablemente por el choque de los grandes
muros al confundirse en el fondo; pero no me atrevo a describir el
alarido que brotaba hasta los cielos desde el centro de aquella
profundidad.

"Nuestro primer salto en el abismo desde la zona espumosa arriba nos
llevó a gran distancia en la pendiente; pero el descenso posterior no
seguía la misma proporción absolutamente. Girábamos y girábamos en
redondo, no con movimiento uniforme, sino en vertiginosas sacudidas y
oscilaciones que nos arrojaban a veces solamente unas cincuenta yardas,
mientras nos hacían otras recorrer casi todo el circuito del remolino.
Nuestro progreso hacia abajo en cada revolución era lento mas
perfectamente perceptible.

"Mirando en derredor sobre la vasta amplitud del líquido color de ébano
que nos sostenía, pude notar que nuestro barco no era el único objeto
que flotaba en el ámbito del torbellino. Encima y debajo de nosotros
veíanse fragmentos de buques, grandes masas de maderaje, y troncos de
árboles, con muchos otros pequeños artículos, como piezas de mueblería,
cajas destrozadas, barriles y duelas. He aludido antes a la
extraordinaria curiosidad que me había asaltado en lugar de mis terrores
primitivos. Parecía aumentar ésta en mí a medida que se aproximaba más y
más mi fatal sentencia. Comencé entonces a observar con extraño interés
los numerosos objetos que flotaban en nuestra compañía. _Debo_ haber
estado delirante, porque hasta encontraba _distracción_ en calcular la
velocidad relativa de su variado descenso hacia el espumante fondo. Este
abeto--me sorprendí diciendo una vez--será ciertamente el primero que dé
el gran salto y desaparezca; quedando luego desconcertado al ver que los
despojos de un buque mercante holandés le tomaban la delantera y se
sumergían primero. Al fin, después de varios cálculos de esta naturaleza
y de advertir que me engañaba en todos ellos, este hecho, el hecho
repetido de mi invariable error, me inspiró una serie de ideas que
hicieron nuevamente temblar mis miembros y batir con pesadez mi corazón.

"No era un nuevo terror lo que así me afectaba, sino al contrario la
aurora de una incipiente y alentadora esperanza. Esta esperanza brotó en
parte del recuerdo de lo que en otras ocasiones había presenciado, y en
parte de la observación del momento. Rememoré que gran cantidad del
material flotante regado en la costa de Lofoden había sido absorbido y
vuelto a arrojar por el Móskoe-ström. En su mayor parte estaban aquellos
despojos horriblemente destrozados, tan aplastados y ásperos que tenían
solamente la apariencia de un montón de astillas; pero recordé también
que había algunos que no estaban desfigurados en absoluto. Luego, no
había a que atribuir esta diferencia, a menos que se supusiera que los
fragmentos destrozados eran los únicos que habían sido _completamente
absorbidos_; y que los otros, sea por haber entrado al torbellino en un
período avanzado de la marea o por cualquiera otra razón, habían
descendido tan lentamente después de su absorción, que no llegaron al
fondo antes del momento en que cambiara la corriente del flujo o del
reflujo, según las circunstancias. Concebí por último la posibilidad de
que hubieran sido devueltos de esta manera por el remolino hasta el
nivel del océano, sin sufrir la suerte de los que entraron primero o
fueron absorbidos con mayor rapidez. Hice, además, tres importantes
observaciones. La primera fué que, como regla general, mientras más
grandes eran los cuerpos, más rápido era su descenso; la segunda que,
entre masas de igual volumen, una esférica y otra de _cualquiera otra
forma_, la superioridad de velocidad para descender correspondía a la
esférica; y tercera que, entre dos cuerpos de igual tamaño, uno de ellos
cilíndrico y el otro de cualquiera otra forma, el cilíndrico era
absorbido más lentamente. Desde mi salvamento, he tenido varias
conversaciones sobre este tema con un viejo maestro de escuela del
distrito; y supe por él lo que significaban las palabras _esférico_ y
_cilíndrico_. Él me explicó también, aun cuando después haya olvidado la
explicación, cómo lo que yo observé era verdaderamente la consecuencia
natural de la forma de los fragmentos flotantes; y me mostró cómo
sucedía que un cilindro arrastrado en un vórtice ofrece más resistencia
para la succión y es absorbido con mayor dificultad que otro cuerpo de
igual volumen y de cualquiera otra forma.[7]

"Hubo una circunstancia que hirió mi imaginación, haciéndome adelantar
mucho en la vía de estas observaciones y volviéndome ansioso de ponerlas
en práctica; y fué que a cada revolución dejábamos atrás algo semejante
a un barril o quizá la verga o mástil de algún buque, mientras muchos
otros objetos que habían estado a nuestro nivel cuando abrí los ojos por
primera vez a las maravillas del abismo, encontrábanse ahora mucho más
arriba de nosotros y parecían haber avanzado muy poco de su primera
posición.

"No vacilé más. Resolví atarme fuertemente al tonel vacío que me servía
de apoyo en aquel momento, y lanzarme con él al agua. Traté de llamar la
atención de mi hermano señalando a los barriles que flotaban cerca de
nosotros, e hice cuanto estuvo en mi poder para explicarle lo que
intentaba acometer. Creo que al fin me comprendió; mas fuera éste o no
el caso, sacudió la cabeza desesperadamente y rehusó abandonar su
posición cerca de la argolla. Era imposible para mí llegar hasta él; la
ocasión no admitía retardo; y así, con amarga lucha le abandoné a su
suerte, atándome al tonel con las mismas cuerdas que le sujetaban a la
bovedilla; y me precipité en el mar sin más vacilación.

"El resultado fué precisamente el que esperaba. Como soy yo mismo quien
os relata esta historia; como veis que llegué a escapar; y como conocéis
ahora la forma en que realicé mi salvación; y debéis, por consiguiente,
anticiparos todo lo que me falta decir, llevaré mi historia rápidamente
a su conclusión. Habría pasado una hora o algo así después que abandoné
la goleta cuando, habiendo descendido a gran distancia debajo del sitio
en que yo me encontraba, dió tres o cuatro giros violentos en rápida
sucesión y, arrastrando a mi amado hermano en su seno, se precipitó de
una vez para siempre en el caos de espuma del abismo. El barril al cual
me había yo atado hallábase algo más abajo de la distancia media entre
el fondo del torbellino y el punto en que yo salté fuera del barco,
cuando se presentó un gran cambio en la índole del remolino. La
pendiente de los costados se volvió cada vez menos inclinada. Los giros
hiciéronse menos y menos violentos. Desaparecieron poco a poco la espuma
y el arco iris; y el fondo del abismo pareció elevarse lentamente. El
cielo estaba claro, el viento había caído, y la luna llena se ponía
radiantemente en el oeste cuando me encontré en la superficie del
océano, en frente de las playas de Lofoden y sobre el sitio en que el
remolino del Móskoe-ström _había existido_. Era la hora de calma de la
marea, pero todavía el mar se elevaba en olas como montañas por efecto
del huracán. Me vi arrastrado violentamente hacia el canal del Ström, y
en algunos minutos me arrebató la corriente abajo, hacia la costa donde
estaban situadas las pesqueras de mis compañeros. Un bote me recogió
exhausto de fatiga y, entonces que el peligro había ya pasado, mudo por
el recuerdo de su horror. Los que me recibieron a bordo eran mis viejos
camaradas y mis compañeros de todos los días; pero no me reconocieron,
como tampoco habría yo reconocido a un viajero de la región de las
sombras. Mi pelo, que había sido negro como el ala del cuervo el día
anterior, estaba tan blanco como lo veis ahora. Dicen también que ha
variado toda la expresión de mi fisonomía. Referíles mi historia; no la
creyeron. Ahora os la relato a _vos_, sin esperanza de que le prestéis
mayor fe de la que acostumbran otorgarle los alegres pescadores de
Lofoden."

 NOTAS:

 [1] El sonido semejante de _antenas y estaño_ en inglés provoca
 la equivocación del negro que no entiende mucho de requilorios de
 pronunciación.--_La Redacción_.

 [2] Analogía de sonido y ortografía con kid, que en inglés significa
 cabrito.--_La Redacción_.

 [3] Nombre análogo en letras y pronunciación a _Bishop_, que en inglés
 significa obispo.--_La Redacción_.

 [4]

    Su corazón es un laúd en pendiente,
    Apenas se le roza, vibra.


 [5] Sin pretensiones de traducir en verso las bellísimas rimas de
 Poe, hemos procurado expresar en simple prosa cadenciosa la idea
 encerrada en esta poesía y despertar algo de la emoción buscada por el
 autor.--_La Redacción_.

 [6] Watson, el doctor Pércival, Spallanzani y especialmente el obispo
 de Llándaff.

 [7] Véase Arquímedes: _De Incidentibus in Fluido_, libro 2.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie" ***

Doctrine Publishing Corporation provides digitized public domain materials.
Public domain books belong to the public and we are merely their custodians.
This effort is time consuming and expensive, so in order to keep providing
this resource, we have taken steps to prevent abuse by commercial parties,
including placing technical restrictions on automated querying.

We also ask that you:

+ Make non-commercial use of the files We designed Doctrine Publishing
Corporation's ISYS search for use by individuals, and we request that you
use these files for personal, non-commercial purposes.

+ Refrain from automated querying Do not send automated queries of any sort
to Doctrine Publishing's system: If you are conducting research on machine
translation, optical character recognition or other areas where access to a
large amount of text is helpful, please contact us. We encourage the use of
public domain materials for these purposes and may be able to help.

+ Keep it legal -  Whatever your use, remember that you are responsible for
ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just because
we believe a book is in the public domain for users in the United States,
that the work is also in the public domain for users in other countries.
Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we
can't offer guidance on whether any specific use of any specific book is
allowed. Please do not assume that a book's appearance in Doctrine Publishing
ISYS search  means it can be used in any manner anywhere in the world.
Copyright infringement liability can be quite severe.

About ISYS® Search Software
Established in 1988, ISYS Search Software is a global supplier of enterprise
search solutions for business and government.  The company's award-winning
software suite offers a broad range of search, navigation and discovery
solutions for desktop search, intranet search, SharePoint search and embedded
search applications.  ISYS has been deployed by thousands of organizations
operating in a variety of industries, including government, legal, law
enforcement, financial services, healthcare and recruitment.



Home