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Title: Orlando Furioso, Tomo I.
Author: Ariosto, Lodovico
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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  Nota del Transcriptor:


  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Ilustraciones han sido eliminadas.  Solo las leyendas correspondientes
  han sido incluídas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



  LOS GRANDES POEMAS.

  JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL


  PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE

  D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.


  TOMO II DE LA COLECCION.

     [Ilustración: Orlando Furioso]



  ORLANDO FURIOSO


  POEMA ESCRITO EN ITALIANO

  POR

  LUDOVICO ARIOSTO


  Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO

  POR

  D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.


  TOMO I.


  BARCELONA.
  EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
  CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 1.
  1872.



                                                ES PROPIEDAD.


  BARCELONA.
  ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JAIME JEPÚS.
  CALLE DE PETRITXOL, NÚM. 9, BAJOS.
  1872.

     [Ilustración: LUDOVICO ARIOSTO.]



BIOGRAFÍA DE LUDOVICO ARIOSTO.


Ludovico, ó Luis, Juan Ariosto nació el 8 de Setiembre de 1474 en
Reggio, ciudad del ducado de Ferrara. Sus padres fueron Nicolás Ariosto,
noble ferrarés, gobernador de la ciudadela de Reggio, y Daria Maleguzzi.
Luis fué el mayor de sus cuatro hermanos y cinco hermanas.

Apenas entrado en la adolescencia, dió público testimonio de su singular
talento, pronunciando en la apertura del curso universitario un discurso
en latin, compuesto por él, y notable por sus conceptos y por su florido
estilo. Desde entonces reveló su inclinacion y habilidad en la poesía,
escribiendo un drama titulado la _Fábula de Tisbe_, que representó
despues, acompañado de sus hermanos. Por obedecer á su padre empleó
cinco años en el estudio de las leyes; pero con tanta tibieza y
desapego, que no correspondiendo el resultado á las esperanzas
concebidas, se decidió su padre á dejarle seguir la carrera á que le
llamaba su vocacion. Estudió nueva y cuidadosamente la lengua latina
bajo la direccion de Gregorio de Spoleti, y se entregó con tal ardor al
exámen de los más excelentes escritores de aquella lengua, especialmente
de los poetas, que descubrió y aprendió las bellezas menos observadas, y
consiguió descifrar los pasajes más oscuros, lo cual le dió gran
renombre en la corte de Roma, bajo el pontificado de Leon X.

Habiendo adquirido Ariosto en la escuela de Gregorio el caudal de
conocimientos necesario, intentó ajustar la comedia italiana á las
reglas de la griega y de la latina, componiendo en prosa la _Cassaria_ y
los _Suppositi_ (los supuestos ó fingidos), que arregló más tarde en
versos esdrújulos. La muerte de su padre, ocurrida en Febrero de 1500,
le privó, en gran parte, de la comodidad y del tiempo necesario para
continuar los trabajos emprendidos en la poesía italiana y en la latina,
por haberse visto obligado á dedicarse á una tarea tan penosa como nueva
para él, cual era la del arreglo de sus asuntos domésticos, aunque no de
modo que renunciara totalmente á su ocupacion predilecta, segun lo
prueban las diferentes poesías que de aquel tiempo nos dejó impresas. No
tardó en conocer y apreciar su talento el cardenal Hipólito de Este,
hijo de Hércules I, el cual quiso que Ariosto formara parte de su alta
servidumbre. Observando aquel experto Príncipe que no consistia en la
poesía solamente el mérito de nuestro poeta, tuvo á gran dicha confiarle
las comisiones más delicadas, así suyas como de su hermano Alfonso,
sucesor de su padre Hércules en el ducado de Ferrara. Estas comisiones
fueron varias; pero las dos más importantes consistieron, la primera, en
impetrar del pontífice Julio II, en Diciembre de 1509, los socorros
necesarios en gente y dinero para rechazar una agresion de los
venecianos, y la segunda, en aplacar la cólera del mismo Pontífice,
sumamente irritado contra el duque Alfonso por su alianza con los
franceses.

En el tiempo en que Ariosto perteneció á la servidumbre del Cardenal de
Este, se le ocurrió, con objeto de atraerse el favor de su señor,
componer un poema que redundase en alabanza de dicho Cardenal y de su
familia, y empezó á escribirlo en tercetos; mas satisfaciéndole poco
este metro, adoptó las octavas reales, como más á propósito para su
idea, emprendiendo en seguida el trabajo de completar la obra bosquejada
por el conde Boyardo en su _Orlando enamorado_. Despues de diez ú once
años de trabajo, muchas veces interrumpido, creyó que su poema estaba en
disposicion de ser impreso y publicado, á fin de conocer la opinion
formada sobre él, no solo por sus amigos, sino tambien por la
generalidad, y tenerla presente para corregirlo más adelante. En efecto,
en 1516 dió á luz su _Furioso_, y una vez conocido el parecer de las
personas ilustradas, y despues de muchas correcciones, adiciones y
cambios, y de añadir seis cantos á los cuarenta de la primera edicion,
volvió á publicarlo en Ferrara en 1532. No quedó tampoco satisfecho de
las correcciones hechas en esta segunda edicion; porque desanimado por
el desvío con que despues de quince años de leales y penosos servicios
le pagó su señor, y atormentado por los incesantes litigios que tuvo que
sostener y que iban mermando su patrimonio, ó no hizo nada en su poema
por espacio de mucho tiempo, ó á lo menos poco y con poco gusto; de modo
que hácia el fin de su vida se lamentaba de que su _Furioso_ careciese
de la debida correccion, parte por causa de sus cuidados domésticos, y
parte por culpa de sus señores, que continuamente le distraian con
viajes, embajadas y gobiernos.

Ariosto suponia con fundamento que su poema le haria acreedor del
aprecio del Cardenal, y supuso tambien con razon que este aprecio no se
entibiaria por alguna cosa de poca importancia; pero cualquiera que
fuese el concepto que al principio hubiese formado aquel príncipe de
dicha obra, lo cierto es que no habian transcurrido diez y ocho meses
cuando el poeta se vió privado del fruto de sus honrosas tareas. La
única causa que para ello medió consistió en que, cuando pasó el
Cardenal á Hungria para permanecer en aquel país, como permaneció dos
años y algunos meses, Ariosto se excusó de acompañarle, fundándose en la
necesidad de atender á su quebrantada salud y al cuidado de su familia.
Desde aquel momento el Cardenal, si bien no le despidió de su
servidumbre, le privó por lo menos de su gracia, y dió manifiestas
pruebas de su animadversion hácia el poeta. Encontró, sin embargo,
cierta compensacion á esta pérdida en el nombramiento dé gentil-hombre
de su cámara, que le confirió el duque Alfonso.

Desempeñó tranquilamente este nuevo servicio cerca de tres años, en que
disfrutó del sosiego necesario para sus estudios, aun cuando siempre que
salia el Duque fuera de la capital, se veia obligado á acompañarle; pero
no fueron tranquilos por lo que á sus asuntos domésticos hacia, los
cuales le traian sumamente angustiado á causa de lo reducido de su
patrimonio y de su numerosa familia. Poco despues se añadió á esta
estrechez la pérdida de cierta pension que bastaba á sus necesidades,
que cobraba en Ferrara, y que fué suprimida por el Duque.

Reducido á los mayores apuros, suplicó al Duque que le auxiliase en su
necesidad ó que le diera licencia para dejar su servicio, á fin de
buscar en otra parte los medios de vivir de que carecia. Alfonso creyó
satisfacer sus deseos, nombrándole en Febrero de 1522 gobernador de la
Garfagnana, en ocasion en que el gobierno de aquel país era peligroso á
consecuencia de las distintas facciones y partidas de bandoleros que
merodeaban por él. En dicho cargo continuaba en el año de 1523, cuando
Clemente VII fué elegido papa, segun sabemos por la sátira sétima que
escribió á Buenaventura Pistofilo, secretario del Duque de Ferrara, en
respuesta á la proposicion de nombrarle ministro residente cerca del
Papa, que dicho secretario le habia dirigido; manifestando que, aparte
de la obediencia que al Príncipe debia, preferia continuar tranquilo en
su patria. Siguió, pues, encargado del gobierno de la Garfagnana hasta
terminar el plazo fijado, que era de tres años, y despues se trasladó á
Ferrara, donde por complacer al Duque, á quien agradaban en extremo las
representaciones teatrales, se dedicó á revisar y corregir las cuatro
comedias que habia escrito hacia ya muchos años, y á empezar la
_Escolástica_, que fué la quinta, y cuya obra dejó sin concluir.

El duque Alfonso no escaseó gasto alguno para hacer que se representaran
dichas comedias, é hizo que se levantase un teatro en un salon de su
palacio segun los planos del mismo poeta, el cual se esmeró tanto en su
construccion, que por aquel tiempo no se conoció otro tan bello ni
magnífico. En él se representaron varias veces con extraordinario
aplauso y en presencia de muchos príncipes las cuatro comedias citadas,
tomando parte en su ejecucion los personajes más notables de la corte,
segun era costumbre en aquellos tiempos; y hasta el príncipe D.
Francisco, uno de los hijos del Duque, no se desdeñó de recitar el
prólogo de la _Lena_, la primera vez que esta obra se puso en escena en
el año 1528.

Ariosto intentó componer un nuevo poema, ó más bien ampliar su
_Furioso_, añadiendo los cinco cantos que despues de su muerte fueron
impresos á continuacion del poema primitivo. Otras muchas cosas
escribió, además de las publicadas, para ejercitarse en la poesía ó como
meros ensayos; y sábese especialmente que, para adiestrarse en la
invencion de su _Furioso_, se dedicó á la traduccion de varios libros
novelescos, así españoles como franceses. Por complacer al Duque y quizá
tambien por su propia conveniencia, se ocupó asimismo en arreglar á la
escena italiana muchas comedias de Plauto y de Terencio, cuyos ensayos
seria de desear que no se hubiesen perdido, por más que el Poeta los
tuviese en poco, aunque solo fuese porque, merced á ellos, tendríamos
una nueva y respetable interpretacion de muchos pasajes oscuros y
difíciles de los clásicos latinos.

Los primeros ingenios de su tiempo apreciaron cual se merecian las
valiosas dotes de nuestro Poeta, el cual vivió con ellos en cordial
amistad, presentándonos un honroso recuerdo de esta en su poema. Pero
más particular y hasta cariñosamente fué amado, querido y admirado de
los principales señores de Europa, entre los cuales podemos citar,
además de su señor natural, el Duque de Ferrara, que le distinguió más
que cuantos en este ducado tenian á gala proteger las artes y la
literatura, á Juan de Médicis, que fué despues Papa con el nombre de
Leon X; á los cardenales Gonzaga, Farnesio, Salviatti, Bibiena y
Campeggi; al marqués del Vasto y todos los señores de la corte de
Urbino; á otros muchos príncipes y reyes que le ofrecieron un lugar
honroso en sus cortes, y para terminar de una vez, al emperador Cárlos
V, el cual, encontrándose en Mantua en noviembre de 1532, quiso honrarle
públicamente colocándole por su propia mano una corona de laurel en la
cabeza.

Poco más de un mes haria que habia cumplido los 58 años, cuando apenas
terminada la impresion de su poema corregido y ampliado, empezó á sentir
los primeros síntomas de una enfermedad que le condujo en ocho meses al
sepulcro. Los principales médicos de Ferrara que le asistieron la
juzgaron desde luego incurable. La calificaron de una obstruccion en el
cuello de la vejiga, y queriéndola combatir con bebidas aperitivas, le
estropearon el estómago: acudiendo entonces á atajar esta nueva
indisposicion, tanto le estragaron, que al fin resultó ético. Supúsose
que su mal habia tenido principio en la noche que precedió al último dia
del año 1532, no porque entonces empezara á sentirse de él atacado, sino
porque en aquella noche se agravó de manera, que desesperó ya de
recobrar la salud. Ocurrió la citada noche que, prendióse fuego en una
tienda situada en la galería del patio ducal frente á la Catedral, y
corriéndose las llamas á las tiendas contiguas, ardieron todas en tres
dias y con ellas los salones del palacio que sobre ellas habia,
juntamente con el teatro que el Duque habia hecho construir pocos años
antes en aquellos salones para la representacion de las comedias de
Ariosto. Desde entonces la enfermedad hizo rápidos progresos, y despues
de haberle extenuado completamente, le ocasionó la muerte el dia 6 de
Junio de 1533. Cuatro hombres trasladaron su cadáver desde la casa
mortuoria, situada en la calle del Mirasol, hasta la iglesia vieja de S.
Benito, alumbrado tan solo por dos hachas, pero acompañado
espontáneamente por los monjes y enterrado en dicha iglesia tan
sencillamente como habia querido y prescrito.

Su hermano Gabriel deseó hacerle un sepulcro proporcionado á su cariño y
al mérito del Poeta, pero no le ayudaron los medios. Su hijo Virginio se
propuso trasladar sus restos á una capilla que habia levantado en el
huerto de la casa paterna; mas los monjes se opusieron tenazmente á
ello. Cuarenta años permanecieron los huesos de Ariosto en tan humilde
sepultura, aunque visitados y honrados por muchos poetas, que le
dedicaron composiciones latinas é italianas. Agustín Mosti, noble
ferrarés, discípulo de Ariosto, determinó erigirle á sus expensas un
sepulcro más decoroso, y lo construyó en efecto en la iglesia nueva de
dichos monjes, todo de mármoles finísimos, y adornado de figuras y
elegantes tallados, descollando en su parte superior la estátua del
Poeta, de mayor tamaño que el natural. En 1612, uno de de sus
descendientes, llamado como él Ludovico, le erigió otro sepulcro en la
misma iglesia, mucho mejor por la calidad de los mármoles y por su
belleza arquitectónica, y se trasladaron de nuevo á él sus cenizas,
donde reposan hasta hoy dia.

Mucho nos quedaria que decir aun si quisiéramos ocuparnos minuciosamente
de cuanto tiene relacion con el poeta ferrarés. Nos limitaremos á
manifestar, que en sus poemas y especialmente en sus sátiras nos dejó
una exposicion clara é ingénua de las dotes de su ánimo, conformes á la
más rigurosa moral, y nos aventuramos á decir que, si viviese en
nuestros dias, hubiera ofrecido un ejemplo digno de imitar, y habria
descollado sin duda alguna entre los hombres de fama mejor sentada. Los
escritores contemporáneos de Ariosto ponderan la afabilidad de su
trato, la delicadeza y lealtad de sus acciones, su diligencia en
complacer á cuantos hacian uso del favor que gozaba con el Duque, su
modestia y su respeto hácia todos, su justicia, su mansedumbre y su
agrado. Ensalzaban asimismo su moderacion en el deseo de gracias y
honores, y aseguraban, que dándose por satisfecho con una modesta
riqueza, aborrecia los bienes adquiridos por medio de las bajezas ó las
humillaciones. Amigo de la sobriedad, despreciaba los esquisitos
manjares de los banquetes solemnes. Le suponian experto y sagaz,
profundo conocedor de los cortesanos y del carácter de los hombres que
habia tratado; de imaginacion rápida, y agudo y hasta chistoso en sus
palabras; inclinado al estudio y á la contemplacion; enemigo de la
ociosidad, de las vanas ceremonias, y sobre todo de las adulaciones
palaciegas; amante en extremo de su patria, fiel á sus príncipes, y
constante en su amistad.

En muchos pasajes de sus poesías se manifiesta inclinado á los galanteos
amorosos; pero aun cuando hubiese sido tal como él mismo confiesa,
créese que se separó algun tanto de la verdad por capricho, y por dar
belleza y amenidad á sus poéticas fantasias como lo exigía el carácter y
la libertad de su siglo. Parece á muchos censurable que ciertos trozos
de sus poesías no puedan leerse por todos sin perjuicio de la
honestidad; pero debe tenerse presente que en su tiempo no sucedia lo
mismo, como hoy no lo es entre ciertos isleños la desnudez que no
tolerarian los europeos. Ariosto fué siempre cauto y reservado en cuanto
se relacionaba con sus amores: tuvo dos hijos naturales, Virginio y Juan
Bautista: el primero, nacido de una amiga, llamada Ursulina, fué
canónigo de la Catedral de Ferrara; y el segundo, de madre ignorada,
capitan de la milicia del Duque. De su mujer legítima, Alejandra
Benucci, florentina, no se sabe que tuviese descendencia.

Por último, aun cuando á nuestro Poeta no se le ocurrió hacer gala de un
valor que se avenia mal con su carácter pacífico, debemos hacer constar
con el Pigna, uno de los escritores contemporáneos, que tomó parte en un
combate naval contra las fuerzas del papa Julio, ó más bien contra las
de la República veneciana, en el cual dió evidentes pruebas de bravura,
resistiendo valerosamente con otros caballeros, y logrando apoderarse de
un bajel enemigo, cargado de pertrechos y de toda clase de víveres de
boca y guerra. Por lo demás, basta la energía que demostró para limpiar
el territorio de la Garfagnana de los bandoleros y facciosos que lo
infestaban, para dejar sentado que el valor no era una de las cualidades
que menos resaltaban en el inmortal autor de _Orlando furioso_.



ORLANDO FURIOSO.



CANTO PRIMERO.

     Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel
     caballo que se le ha escapado.--Encendido este guerrero en ira y en
     amor, ataca al orgulloso Ferragús.--Este pronuncia un nuevo
     juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse
     de un casco.--El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada,
     y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.


Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y
las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar
de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso
y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la
muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.

Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa
ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel
hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por
quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va
amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á
cabo lo que prometo.

Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y
esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo,
única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro
humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros
lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy
todo cuanto me es posible daros.

Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos,
oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra
ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables
hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar
un lugar entre vuestros elevados pensamientos.

Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia
alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India,
en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y
llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en
Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña
contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer
arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el
primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber
aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en
España, para destruir el hermoso reino de Francia.

Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se
arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama:
¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por
quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas
orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su
patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo.
El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la
hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva
disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de
un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de
Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto
inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle
ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de
Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara
por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla
que se preparaba.

El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido
derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero
juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de
campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia
adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de
trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.

Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un
caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la
espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero
que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La
tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más
veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia
ella se dirigia.

Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien
por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto
fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su
bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La
doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la
espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida,
temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la
eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva,
en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.

Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio
Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á
pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por
refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y
hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.

La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus
fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un
momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer
mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la
hermosa Angélica la que se aproximaba.

Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería,
le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el
yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador
hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian
encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el
temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y
desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes,
que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más
fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes
procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su
instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á
todo escape por el bosque y por el campo.

Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno
al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos,
para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia
de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió
al sarraceno, diciéndole:

--Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien
perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo
Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun
cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella
doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye
precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la
alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje
más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á
quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado
combate, solo resultará perjuicio para entrambos.

Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío.
Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á
olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al
apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el
buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que
montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de
Angélica.

¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran
rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del
rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron
juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva
oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro
acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino.
Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las
dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al
acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de
haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo
sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia
perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á
buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan
enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de
recobrarlo.

Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de
un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente.
Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus
esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que
sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un
caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la
cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco
que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.

Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:

--¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo,
que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando
diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me
prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues,
porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido
cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y
lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura
adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y
quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino.
Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has
prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.

Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el
color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos,
expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de
Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte,
reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por
la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni
tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era
verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que
juró por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con más casco que con
el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor
este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio,
que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni
dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por
todos los sitios donde suponia encontrarlo.

     [1] Nombre de la madre de Ferragús.

No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á
su caballo saltar delante de él.--Detente, detente, Bayardo mio, exclama
el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!--Pero el
corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia
con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en
pos de él.

Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas
y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal
temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las
ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia
que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven
cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que
le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del
feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando
de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el
fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba
despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber
adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado
bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros
arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva
la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el
rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en
completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun
tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor
abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le
dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras
márgenes de aquellos arroyuelos.

No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de
encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y
estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y
pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al
par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol
no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un
lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se
dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas
lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo:
levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al
rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el
temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura,
conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.

El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una
mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol.
Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos;
despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas,
que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba
sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia
abrasado como un volcan.

--¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon,
decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo
hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el
fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro
ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni
flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella
es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin
sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el
aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los
amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó
su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde
tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el
cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante
de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su
propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable
á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á
quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás,
mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah,
prefiero morir antes que olvidarla!

Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el
enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena
consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto
reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á
Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á
Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se
habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más
servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se
presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota
de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica,
cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su
amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á
prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.

En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba
torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á
oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable
que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las
palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente
amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales
quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como
sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno
de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que
Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal
que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella
oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que
en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia
dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No
desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia
inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado,
concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con
lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su
frialdad y dureza habituales.

Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de
improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse
al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante
le dijo:

--La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta
que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.

Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el
hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus
compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la
figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella
que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y
amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus
brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del
guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio,
mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar
paterno.

Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo
desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey
de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la
deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia
podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió
del vientre materno.

Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido
cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más
graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el
amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo
invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es
desgraciado cree con facilidad lo que desea.

El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:

--Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la
ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy
dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del
bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré
inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera
marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa,
ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es
que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo
realice mis deseos.

Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el
bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su
temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba
siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se
colocó en la silla y empuñó la lanza.

En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero
continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien
el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar
la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia
estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada
impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á
singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido,
cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su
contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates
en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante
revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse
golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros
irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que
se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los
primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan
terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados
cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos
pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los
caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros;
pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve
muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el
otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda
punta del acicate.

El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se
dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que
aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que
el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.

Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y
tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla
despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del
mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su
triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó
dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que
nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al
considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.

Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz
y la palabra.

--Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha
sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento
más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará
gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion
claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.

En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron
llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros
una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó
junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á
un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien.
Sacripante le respondió:

--Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo
acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado
del caballo, espero que me digas su nombre.

El mensajero contestó:

--Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el
esforzado valor de una doncella gallarda, pero

     [Ilustración: La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.

     (Canto I.)]

más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien
te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta
ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.

Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando
tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado
como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su
derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su
dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á
Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para
ocasion y sitio más tranquilos.

Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que
les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta,
apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos
de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su
veloz carrera cuanto se oponia á su paso.

--Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan
mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto
estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es
Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de
él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!

Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle;
pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que
de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró
con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En
seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de
algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella,
recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca,
cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano
izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio
animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un
corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre
Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la
doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su
aliviado caballo.

Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas
armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él
al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al
paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en
otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que
él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles.
Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes
efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una
llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en
hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba:
Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.

Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño,
hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que
con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que
huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.

--¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil
me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido
las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado,
contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?

Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió
en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre
todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia
inflamado su corazon.

Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para
el canto siguiente.



CANTO II.

     Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos
     rivales suspendan el combate.--Reinaldo acude donde le llama el
     Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.--Buscando la
     atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al
     traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.


¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que
simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la
desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado
fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué,
en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que
me aborrece?

Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le
parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le
amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su
despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en
vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su
amor.

Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:

--Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo
que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien
intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu
poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un
ladron como tú.

--Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de
ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que
de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la
dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no
hay en el mundo nada que pueda comparársele.

Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia,
se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y
más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á
morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen
furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el
uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de
parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se
negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es
que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no
conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo
avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza
despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el
Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su
fiereza, se apeó de él con rapidez.

En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo,
trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y
empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y
rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban
en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus
diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su
maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora
inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto;
adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar
del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno
perdido por el otro.

Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la
paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha
de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe
resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si
cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo
impedido por la violencia del golpe.

Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe,
palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y
reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de
aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió
las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no
sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la
perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un
ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á
la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un
pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la
más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando
el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le
acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su
debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más
directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de
Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El
hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama,
ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus
alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la
primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado,
apareció poniéndose á sus órdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió
al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en
medio de ellos audazmente y les dijo:

--¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros
que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué
mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la
lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin
sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella,
causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he
encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose
ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno.
Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si
Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y
echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado
lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen
Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y
entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á
alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse
de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin
despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El
animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su
paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni
los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.

No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo
se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en
vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que
estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho
huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por
guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de
la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba
suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero
no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de
contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió
por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que
le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró
Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso
Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á
aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje
emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.

Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda brida hácia Paris, y
tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le
pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero
del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su
desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante;
y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey
Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército.
Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva
batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa
procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus
generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que
se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar
la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto
de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero,
con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo
campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la
suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á
Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que
despues se llamó Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no
porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad
del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de
reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con
menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus
pesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y
emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á
Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.

     [2] Inglaterra se llamó primitivamente Albion, voz Latina
     procedente de _Albus_, blanco, porque está rodeada de montes que
     parecen blancos al acercarse á ellos. Llamóse despues Bretaña del
     nombre de uno de sus reyes, Briton. Finalmente, cuando los sajones
     se apoderaron de ello bajo el gobierno de la reina Angela, la
     llamaron _Angel-Landt_, tierra de Angela, voz que despues fué
     convertida en England por los ingleses, Ingla-terra por los
     españoles, Angle-terre por los franceses, etc.

Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando
solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la
vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente
alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el
desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del
bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de
espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos
arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar
poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el
viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad
que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con
naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del
que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad,
ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa;
mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la
tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir
varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave,
y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.

Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante.
Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y
audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que
los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente
un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el
cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven,
cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró
con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de
una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante,
llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta
excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en
pos de sí una fuerte escolta.

Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el
rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte,
hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una
pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el
dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á
apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del
calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á
disfrutar algunos momentos de reposo.

Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un
bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del
líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y
solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á
cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian
verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia
melancólico y dolorido.

Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las
vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel
caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que
se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para
apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo
guerrero,

     [Ilustración: Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.

     (Canto II.)]

le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:

--Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al
campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las
montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba
con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero
armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si
es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi
hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon
que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella,
cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi
dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra
suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre,
que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita
en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al
raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada,
y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel
terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces
que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en
mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al
través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde
me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo
y mi vida.

»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas,
donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se
habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle
inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y
en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un
castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba
desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al
acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en
general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios,
obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado
aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las
aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el
brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.

»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y
noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun
obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las
maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la
señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar.
¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar
desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa,
que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila,
da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es
aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden
llegar hasta él.

»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos
caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero
bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era
Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy
apreciado en la corte de África.

--«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el
señor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrúpedo alado, hace
frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.

--«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero,
salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor
que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar
por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea,
rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié
del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al
pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el
primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por
suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de
desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella
sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza.
Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su
armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á
elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces
por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas
todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el
nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no
llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que
replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele
descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma.
El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y
antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y
le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar
las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de
cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes
sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar
sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion
anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre
Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de
defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que
su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le
vió confundido en las nubes.

»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á
Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras
que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la
rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos
en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á
turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian
comprender por donde les acometia.

»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra,
contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que
tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal
como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni
un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en
relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca
increible.

»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa
tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo
que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado
completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del
nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo
incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron
deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que
me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un
largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano,
sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas
profunda oscuridad.

»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un
mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su
escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza.
Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad
por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay
alguna comparable á la mia.»

Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo
dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de
Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo
se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los
sobrepujó á todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del
caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos
que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor
alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en
peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte
de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:

--Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan
grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo
que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que
no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondió:

--¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí
poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba;
pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte
voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás
quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te
espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.

Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha
guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que
el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les
alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia
derribado.--«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y
cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y
Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte
de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que
debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole
mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la
defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de
territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en
la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado
su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La
jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal
llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder;
por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último,
decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo
encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es
bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el
mensajero se retiró contento y satisfecho.

En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy
tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella
familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo
género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con
su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente
apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la
cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un
momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para
huir, y á este efecto le dijo:

--Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un
albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se
levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras
reconozco el terreno desde esa roca.

Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte,
mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en
medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta
brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido
vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra
cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una
antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la
estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos,
presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la
caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto,
buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para
hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la
peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de
semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su
elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba
claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando
se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella,
vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse
enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de
Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el
medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en
la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con
su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que
sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues
del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva.
Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en
seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:

--¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de
una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se
prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama
sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á
ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como
seguiré diciendo en el canto siguiente.



CANTO III.


     Vuelta en sí la hermosa Bradamante, encuentra á Melisa en aquella
     gruta, y oye el relato de las señaladas y heróicas acciones de
     todos sus descendientes.--En seguida, se informa del modo cómo se
     apoderará del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer inútiles
     todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado á
     Rugiero, y de librar á su amante y demás cautivos.


¿Quién me prestará el estro poético, la inspiracion que requiere el
noble asunto que me propongo cantar? ¿Quién dará á mis versos alas para
remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi
pecho el fuego de la poesía con más vehemencia de lo acostumbrado;
porque esta parte de mi narracion va consagrada á mi Señor, de cuyos
nobles ascendientes voy á ocuparme.

Entre tantos príncipes ilustres como descendieron desde el Cielo á
gobernar la Tierra, no has visto, ¡oh Febo, que iluminas el mundo! raza
tan gloriosa en la paz ó en la guerra, ni que por tanto tiempo haya
sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo
conservará, si no me engaña la profética inspiracion que en mí siento,
mientras el mundo gire sobre sus polos.

Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se
requiere, no la mia, sino aquella lira que dió gracias al Soberano del
éter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer
mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas
imágenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio y
mis desvelos. Mi inexperto buril procurará no obstante bosquejar esta
obra, hasta que quizás consiga, á fuerza de estudio, perfeccionar del
todo mi trabajo.

Pero volvamos á aquel infame cuyo pecho no podrán resguardar en adelante
ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que creyó haber
dado muerte á Bradamante. El traidor pensó que la doncella se habia
destrozado al caer por el alto precipicio; y apartándose entonces con
faz pálida y torva de aquella triste abertura, volvió á montar á
caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevóse el corcel de la
jóven. Dejemos á aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de
otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos á la doncella
que, por efecto de aquella felonía, estuvo á punto de recibir á un mismo
tiempo muerte y sepultura.

Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibió
contra la dura piedra, se dirigió hácia la puerta que daba paso á una
segunda y más anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa,
parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bóveda estaba sostenida
por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se
levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lámpara, que
con sus claros resplandores iluminaba todos los ámbitos de ambas
cavidades.

Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar
sagrado, arrodillóse y dirigió á Dios una fervorosa oracion. En tanto se
oyó rechinar sobre sus goznes una pequeña puerta, que dió paso á una
mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos
sueltos, la cual llamó á Bradamante por su nombre diciéndole:

--¡Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la
voluntad divina la que te ha conducido hasta aquí: sabe tambien que
hace muchos dias, el espíritu profético de Merlin me habia anunciado que
debias venir á visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te
estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con
respecto á tí. Esta es la gruta antigua y memorable que edificó Merlin,
el sábio mago de quien quizás hayas oido hablar alguna vez, y á quien
engañó aquí mismo la Dama del Lago. Aquí debajo existe su sepulcro,
donde yace corrompida su carne, y donde se acostó vivo y halló el sueño
de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer[3]. Muerto
está su cuerpo, pero su espíritu continuará animado hasta que se deje
oir el sonido de la angélica trompeta, que le cierre las puertas del
cielo ó á él le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus
acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas á la marmórea
tumba, podrás oirla con claridad, pues nunca dejó sin respuesta las
preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas ó futuras. Muchos dias
hace ya que vine á este cementerio desde un apartado país, para que
Merlin me resolviera un árduo misterio referente á mi profesion, y como
tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aquí más de un mes;
pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fijó en este dia el
de tu llegada.

     [3] Existió en Inglaterra un varon justo y tenido generalmente en
     opinion de santo, el cual, tentado muchas veces por el Demonio, lo
     sufria todo con admirable paciencia. Fueron por último tantas las
     persecuciones diabólicas, que el desgraciado, al ver muerto su
     ganado, y despues de este sus hijos varones y hasta su propia
     mujer, cayó en cama desesperado, entregando al poco tiempo su alma,
     en medio de mil blasfemias, á aquel que á tal estado le redujera.
     Dejó tres hijas, una de las cuales fué condenada á muerte, segun
     las leyes de aquel país, por haberse dejado seducir por un jóven;
     la segunda, para no incurrir en una pena semejante, se entregó á la
     prostitucion; pero la tercera, deseosa de guardar la castidad de
     que habia hecho voto, fué seducida entre sueños por el Demonio,
     quedando embarazada. Reducida á prision por esta causa y en virtud
     del cumplimiento de la citada ley, dió á luz en la cárcel á Merlin,
     y queriendo sus jueces llevar á cabo la sentencia, fué defendida y
     libertada por su hijo, niño aun de pocos dias. Hombre ya Merlin,
     fué á la corte del rey Uterpendragon, donde fundó la famosa órden
     de la Tabla redonda, é hizo cosas extraordinarias así como muchas
     profecías. Enamorado de la Dama del Lago, á quien solia llamar la
     blanca serpiente de la selva del Norte, construyó antes de su
     muerte un sepulcro capaz para él y para su amante, y estando con
     ella, le enseñó un conjuro, que una vez pronunciado sobre el
     sepulcro cerrado, jamás podria este volverse á abrir. La dama que
     odiaba á Merlin por haberse él envanecido de haberle arrebatado la
     virginidad, urdió un nuevo engaño, y acariciándole un dia más de lo
     que acostumbraba, le hizo entrar en el sepulcro con el pretexto de
     querer asegurarse de su capacidad, y habiendo entrado en él el
     encantador, lo cerró la dama, pronunciando inmediatamente las
     misteriosas palabras, de modo que no pudiendo salir, quedó el
     cuerpo de Merlin muerto, pero su espíritu hablaba y respondia á
     todo aquel que le dirigia alguna pregunta.

La asombrada hija de Amon escuchó inmóvil y atenta aquellas palabras; y
tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soñando ó despierta.
Confusa y ruborizada bajó los ojos, y replicó modestamente:

--¿Quién soy yo, qué mérito es el mio, para que los profetas prevean mi
venida?

Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigió hácia la Maga, que
la condujo al pié del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los
huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura,
reluciente, tersa y tan brillante, que á pesar de no penetrar el Sol en
la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de él
salian. Ya sea que algunos mármoles tengan cual pequeñas antorchas la
propiedad de disipar las sombras, ó bien, y esto me parece mas
verosímil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de
astrología, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia
distinguir en torno de aquel sitio venerable las más bellas pinturas y
esculturas.

Apenas Bradamante separó el pié del umbral de la puerta para penetrar en
el secreto recinto, cuando el espíritu vivo de aquellos restos mortales
le dirigió en voz clara estas palabras:

--Favorezca la fortuna tus deseos, ¡oh casta y nobilísima doncella, de
cuyas entrañas saldrá el gérmen fecundo que honrará á Italia y al mundo
entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en tí por sus
dos fuentes mejores, producirá el ornamento, la flor, la alegría de
todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y
el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de
los mayores honores y dignidades, serán marqueses, duques y emperadores.
De tu raza saldrán los capitanes y valientes guerreros que restituirán á
la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual
empuñarán el cetro reyes justos, que, imitando á Numa y al sabio
Augusto, harán renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y
paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha
designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada
habrá que pueda oponerse á este designio; en prueba de lo cual, pronto
caerá bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado á tu amante.

Calló Merlin, y acto continuo se preparó Melisa á hacer comparecer ante
la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las órdenes
de la maga empezaron á reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un
número considerable de espíritus elegidos, no sé si procedentes del
Infierno ó de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se
colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un círculo de
mayor diámetro que su altura; la proveyó además de un excelente talisman
á fin de que la respetaran los espíritus, y encargóle que callara y
permaneciera inmóvil. Hecho esto, cogió un libro y conjuró á los
demonios.

De repente empiezan á salir de la primera cueva numerosos espíritus, que
se fueron amontonando al rededor del sagrado círculo: en vano era que
intentasen penetrar en él; pues un poder misterioso se lo impedia, cual
si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando
sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba
los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas á
que estaban obligadas.

--Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los
encantados espíritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido,
dijo la encantadora á Bradamante, no sé cuando pondria fin á mi relato,
porque no basta una noche para tanto; así es que me limitaré á indicarte
algunos, segun el tiempo y la oportunidad.

»El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y
placentero, será el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y
de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier,
derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos
que habrán dado muerte á su padre. Por su valor se verá despojado
Desiderio del reino de Lombardia, valiéndole tan notable hazaña el
señorío de los estados de Este y Calaon.

»El que ves detrás de él es tu sobrino Uberto, honor de los combates y
de La Hesperia, que más de una vez salvará á la santa Iglesia de los
ataques de los infieles.

»Contempla ahí á Alberto, invicto capitan, que ostentará merecidos
lauros: con él está su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegará
con honor el estandarte de las culebras[4]. Más allá vése á Azzo, que
sucederá á su hermano en el reino de los insubres, y á Alberto Azzo,
cuyos prudentes consejos serán causa de que se arroje de Italia á
Berengario y á su hijo, haciéndose además digno de que el emperador Oton
le conceda la mano de su hija Alda.

     [4] Habiendo Berengario asediado á Milan, Hugo, hijo de Alberto de
     Este, le obligó á levantar el sitio, y reconquistó aquel Estado
     desplegando el estandarte en que estaba pintado el dragon que otro
     Hugo, uno de sus más valerosos ascendientes, habia adoptado como
     distintivo en la primera cruzada, y cuya historia era esta. Voluce,
     uno de los jefes de los sarracenos, acostumbraba llevar por cimera
     una serpiente que entrelazaba su yelmo, en cuya parte superior
     terminaba con la boca abierta y devorando á un niño. Habiendo
     retado Voluce á Hugo á singular batalla, este aceptó el reto,
     venció al infiel, y se apoderó de su casco, cuya cimera adoptaron
     por enseña él y sus sucesores.


»Allí tienes á otro Hugo: ¡oh admirable descendencia, que sigue las
huellas de sus virtuosos progenitores! Ese será el que castigue con
justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores á Oton III
y al Pontífice, apoderándose de la ciudad y de su castillo[5]. De ahí á
Folco, que haciendo donacion á su hermano de todo cuanto tiene en
Italia, pasa á gobernar otro gran ducado en Alemania[6]. Heredero por
línea materna de la casa de Sajonia, próxima á desaparecer, contribuirá
á mantenerla en su esplendor, y á que siga sosteniéndose en sus
descendientes.

     [5] Obligado el papa Gregorio V á huir de Roma á causa de la
     actitud de los Romanos capitaneados por Crescencio, fué á pedir
     auxilio al emperador Oton III, el cual le proporcionó un ejército
     bajo el mando de Hugo de Este, que bien pronto humilló la soberbia
     de los romanos: habiéndose fortificado Crescencio en el castillo de
     San Angelo juntamente con el antipapa por él elegido, cayeron ambos
     en poder de Hugo, que mandó dar muerte al primero y sacar los ojos
     al segundo.

     [6] El ducado de Sajonia, que le correspondia como heredero de su
     madre Alda, hija de Oton I, el cual habia muerto sin dejar
     sucesores.

»Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el
segundo Azzo, más amigo de la galantería que de la guerra. Su
primogénito vencerá al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre
alemana los campos de Parma: al otro le harán digno sus virtudes de
contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde[7] un enlace tan
ventajoso, que además de llevar en dote casi la mitad del reino de
Italia, alcanzará la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella época,
de enlazarse con la sobrina de Enrique I.

     [7] Llama el Poeta casta y prudente á la condesa Matilde, señora de
     las comarcas que hasta aquí habian formado parte del patrimonio de
     S. Pedro, porque habiendo contraido matrimonio con Albertazzo de
     Este, ignorando que era su pariente, así que pasados algunos años
     tuvo noticia de ello, se separó de su marido aconsejada por el
     Papa, y dedicándose á la vida contemplativa, murió dejando á la
     Santa Sede heredera de sus Estados.

»He ahí á Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguirá
la alta gloria de salvar á la Iglesia de las manos del impío Federico
Barbaroja. Por allí se aproxima otro Azzo, que será el que posea á
Verona con su hermoso territorio, y á quien el emperador Oton IV y el
papa Honorio II conferirán el título de marqués de Ancona.

»No acabaría nunca si hubiera de designarte á todos aquellos de tus
descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar á cabo
portentosas hazañas en favor de la Iglesia romana. Mira ahí á Obizzo, á
Folco; á otros Azzos y otros Hugos; á los dos Enriques, padre é hijo, y
los dos Güelfos, uno de los cuales subyuga la Umbría, y viste el manto
ducal de Espoleto. Ahí tienes al que restañará la sangre y curará las
heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo,
añadió designando á Azzo V, por quien será derrotado y muerto aquel
Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio,
aniquilará á sus súbditos y asolará el hermoso territorio de la Ausonia,
y á cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron,
Cayo y Antonio[8]. El mismo Azzo derrotará al emperador Federico II, y
regirá despues con cetro más feliz la hermosa tierra regada por el
rio[9] desde donde Febo llamó con dolorido plectro al hijo que no supo
guiar su ardiente carro, cuando se convirtió el llanto de las Heliades
en fabuloso ámbar[10], y Cienus, cubriéndose de blanco plumage, fué
transformado en cisne; aquella tierra le será dada por la Santa Sede
como recompensa de sus señalados y notables servicios.

     [8] Eccelino Romano, jefe de un numeroso cuerpo de ejército,
     proporcionado por el emperador Federico II, fué un hombre orgulloso
     y tan cruel, que se le creia hijo del Demonio. Entró en Lombardia
     al frente de sus tropas, y á sangre y fuego se apoderó de muchas
     ciudades. Declaró despues la guerra á los paduanos, y habiéndolos
     vencido, desterró á muchas familias que le parecieron sospechosas,
     dió muerte á innumerables personas, castrando á los niños, sacando
     los ojos á los ancianos y cortando los pechos á las mujeres,
     llegando al extremo de encerrar en el prado de Padua á doce mil
     hombres que hizo quemar vivos. Habiéndose apoderado despues de
     Cremona, Mantua, Ferrara y otras muchas ciudades, donde hizo abrir
     el vientre á las mujeres embarazadas, quemar á los niños, violar á
     las doncellas y matar á los hombres, se propuso conquistar á Milan;
     pero los milaneses, aliados con otros pueblos al mando de Azzo V,
     le derrotaron causándole tres heridas y reduciéndole á prision fué
     conducido á Sonzino: al verse Eccelino en aquel estado y
     desesperando de su salvacion, no quiso tomar alimento alguno, se
     abrió las heridas y murió. Los milaneses, para no quedar sin
     venganza, se apoderaron de un hermano de Eccelino llamado Alberto,
     juntamente con su mujer, seis hijos varones y dos hembras, y dieron
     muerte en su presencia á los hijos, y quemaron despues á las hijas,
     quitándole en seguida la vida. Las ciudades confederadas
     continuaron combatiendo contra Federico II; se apoderaron de
     Ferrara y volvieron á entregarla al Pontífice, el cual dió su
     gobierno á Azzo de Este, que tan valerosamente se habia portado en
     su lucha con los soldados de Federico.

     [9] El Eridano, rio de Italia, que hoy se llama Pó.

     [10] Las Heliades eran las hijas del Sol y hermanas de Faeton. La
     desgraciada muerte de su hermano les causó tal dolor que estuvieron
     llorando cuatro meses enteros. Los dioses las transformaron en
     álamos, y sus lágrimas se convirtieron en granos de ámbar. Por la
     misma causa, Cienus, amigo de Faeton, fué transformado en cisne.

»Y, ¿dónde dejo al hermano Aldobrandino[11]? Ese héroe, por socorrer al
Pontífice, no vacilará en atacar á Otton IV y á los gibelinos, que
cercarán el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio
vecino, sujetando á los habitantes de la Umbría y del Piceno; mas viendo
que no le será posible continuar auxiliando á la Iglesia por falta de
dinero, lo pedirá á Florencia, dejando en prenda, á falta de otra
seguridad, su propio hermano. Desplegará en seguida sus banderas
victoriosas, y destrozará el ejército aleman reponiendo en su silla al
Pontífice, y castigando merecidamente á los condes de Celano. Tan activo
guerrero se verá sorprendido por la muerte en la flor de su edad,
estando dedicado al servicio de la Santa Sede.

     [11] Creado Oton IV emperador por el Papa Inocencio III, declaró la
     guerra á la Iglesia y ayudado de la faccion gibelina, redujo al
     Pontífice á tal extremo, que tuvo que refugiarse en el Capitolio;
     Inocencio III reunió en él su Consejo y desposeyó á Oton del
     imperio. Fué auxiliado despues por muchos príncipes de Italia,
     entre los cuales estaba Aldobrandino de Este, primer marqués de
     Ferrara, el cual obligó al emperador Oton á regresar á Alemania, y
     como habia gastado todo cuanto poseia en defensa de la Iglesia,
     tuvo que pedir dinero prestado á los florentinos dejándoles en
     prenda á su hermano Azzo, y con bastantes miles de ducados que
     aquellos le dieron, levantó un ejército y destrozó completamente al
     enemigo. Murió al poco tiempo dejando á su hermano por heredero del
     Exarcado de Rávena y de todo el país comprendido entre el Pó y el
     Apenino, desde Placencia hasta Venecia.

»Su hermano Azzo heredará no solo los dominios de Ancona, Pisa y de
todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el
Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de ánimo de su
hermano, cualidades más preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da
ó los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre
aquellos. Hé ahí á Reinaldo, cuyo valor resplandecerá con no menor
brillo; pero la suerte le arrebatará la vida, envidiosa de la exaltacion
de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonará hasta
aquí desde Nápoles, donde el valeroso mancebo se hallará en rehenes de
su padre.

»Ahí viene Obizzo que, niño aun, sucederá á su abuelo en el gobierno de
sus estados, acrecentándolos con la alegre comarca de Regio y la feroz
Módena. Será tal su valor, que los pueblos le aclamarán unánimes por
soberano. Mira á Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de
la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Cárlos II de
Sicilia, será duque de Andria[12]. Contempla ese gallardo y amistoso
grupo, donde se reunen príncipes tan excelentes como Obizzo,
Aldobrandino, Nicolás el Cojo y el amoroso y clemente Alberto. Por no
entretenerte demasiado, dejaré de referirte cómo harán que se agreguen á
su bello patrimonio Faenza[13] y Adria, ciudad que ha dado su nombre al
mar agitado que la baña; el país conocido con un agradable nombre griego
á causa de las muchas rosas que produce[14], y la ciudad que, elevada en
medio de lagunas cenagosas, está siempre temiendo los desastrosos
efectos de las dos bocas del Pó, donde habitan gentes deseosas de ver
siempre enfurecido el mar y agitados los vientos[15]. Tampoco me ocuparé
de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.

     [12] Se refiere á Azzo VI que en la cruzada que pasó á Palestina
     para librar á los cristianos sitiados en Tolemaida, era portador
     del estandarte de la Cruz, mereciendo despues por su valor la mano
     de la hija de Cárlos, rey de las dos Sicilias.

     [13] Habiéndose rebelado los habitantes de Faenza contra el Papa
     Gregorio XI, envió este contra ellos á Juan Hancuto el cual se
     apoderó de la ciudad, la saqueó, pasó á cuchillo á todos sus
     habitantes, y la vendió despues por veinte mil ducados á Nicolás de
     Este.

     [14] Rovigo, llamada en Italia _Rhodigium_, de _Rhodos_, rosa, en
     griego.

     [15] Esta ciudad es Comacchio, perteneciente al ducado de Ferrara y
     situada entre el Primaio y el Volano, dos brazos del Pó. Dice el
     poeta que sus habitantes desean que el mar se altere, porque las
     tempestades arrastran hácia aquellas lagunas gran cantidad de
     pescado, de que se utilizan aquellos, que son en su mayor parte
     pescadores.


»Ahí tienes á Nicolás, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de
su país cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra él agitará Tadeo
la tea de la guerra civil, pero sabrá hacer completamente inútiles sus
esfuerzos rebeldes[16]. Sus entretenimientos juveniles consistirán en el
manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado así
desde la infancia á los peligros que unas y otros ofrecen, llegará á ser
la flor de los guerreros de su tiempo. Destruirá los planes de sus
rebeldes súbditos, convirtiéndolos en daño de los mismos; y merced á su
perspicacia, tan conocidas le serán toda clase de estratagemas que
ninguna podrá perjudicarle. Tarde le conocerá por su desgracia Oton III,
feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicolás le despojará á un mismo
tiempo de ambos estados y de su culpable vida[17]. Sus dominios irán
siempre extendiéndose, sin que para ello se aparte del camino recto. A
nadie causará jamás perjuicio alguno, como no se vea antes provocado;
por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondrá
límites á su elevacion, que irá en aumento mientras el mundo gire sobre
sus ejes.

     [16] Muerto Alberto de Este, Azzo de la misma familia que hacía
     mucho tiempo habia sido desterrado de su patria, se preparaba á
     regresar á ella con el auxilio de Tadeo, conde de Conio; pero los
     tutores de Nicolás rechazaron la invasion de Azzo, y fué creado
     Nicolás primer señor de su tierra.

     [17] Cuando murió Galeazzo Visconti intentaron apoderarse del
     gobierno de la Lombardia numerosos tiranuelos y capitanes, y entre
     ellos Oton III, el cual usurpó las ciudades de Parma y Reggio que
     habia sido cedida tiempo hacia por Azzo de Correggio á Obizzo de
     Este. Llegado Nicolás á su mayor edad, tomó las armas y dió muerte
     al citado Oton, y aclamándole los habitantes de Parma y Reggio como
     á su libertador, se pusieron voluntariamente bajo su dominio.

»Fija tu vista en Leonelo, y despues en el ínclito Borso, primer duque
de Ferrara[18] y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz,
alcanzará no obstante los triunfos más envidiables de cuantos se hayan
visto en otros paises; pues conseguirá domeñar al sanguinario Marte, y
encadenar al Furor. La única aspiracion de este príncipe consistirá en
hacer la felicidad de su pueblo.

     [18] Condenada á muerte por Nicolás de Este su mujer á quien habia
     sorprendido en adulterio, se casó con Ricciarda Salucense, de la
     que tuvo dos hijos, Hércules y Sigismundo: antes habia tenido otros
     dos naturales llamados Leonelo y Borso. Cuando murió Nicolás, dejó
     por herederos á los hijos legítimos confiándolos al cuidado de
     Leonelo, el cual se apoderó del gobierno de los Estados de Ferrara
     y desterró á Nápoles á sus hermanos. Gobernó durante nueve años, y
     al morir dejó un hijo pequeño llamado Nicolás, recomendándolo á su
     hermano Borso, el cual, guiado por su corazon religioso y
     magnánimo, levantó el destierro de sus dos hermanos y los hizo
     educar como príncipes. Borso fué amado de todos, y habiendo
     recibido pomposamente en Ferrara al emperador Federico, fué
     titulado por este duque de Ferrara, cuyo título fué confirmado por
     el Papa Paulo II, en él y todos sus descendientes.

»Ahora se adelanta Hércules que, con el pié medio quemado y débil paso,
reconviene al que va inmediato á él por haber impedido la fuga de
Budrio, aun cuando este en premio le declarará luego la guerra y pasará
hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Príncipe es ese de quien no sé
explicarme si alcanzará mayor gloria en la paz ó en la guerra. Los
habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias
alcanzará un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarán
memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harán famoso entre los
más invictos capitanes, y con su valor recobrará un señorío cuya
posesion le habrá sido disputada por más de treinta años. Cuanto
agradecimiento puedan tener á príncipe alguno sus vasallos, se lo
deberán á ese, no ya por haber convertido en campos fertilísimos lagunas
cenagosas, ni por atender á la defensa de las ciudades amparándolas con
muros y fosos, hermoseándolas además con templos y palacios, anchurosas
plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido
defender á su país de las garras del leon alado de Venecia, ni por
sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionará en toda la
Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios
deberán á Hércules tanto afecto y agradecimiento sus súbditos, como por
la gloria que les proporcionarán sus ínclitos descendientes, el justo
Alfonso y el benigno Hipólito. De ambos hermanos podrá decirse lo que la
tradicion refiere de los hijos del tindáreo cisne[19], que se privaban
alternativamente del calor del Sol para sustraerse mútuamente á los
rigores de la maligna atmósfera que les rodeaba; pues cada uno de
aquellos estará pronto á acudir en auxilio del otro aun á costa de su
propia vida.

     [19] Estos eran Cástor y Pólux, Elena y Clitemnestra, que habian
     nacido del consorcio de Júpiter, convertido en cisne, con Leda,
     esposa de Tindaro. Muerto Castor á mano de Linceo, su hermano pidió
     á Júpiter que lo hiciera inmortal; pero como este ruego no podia
     ser enteramente atendido, se les concedió que dividieran la
     inmortalidad entre ellos, de suerte que vivian y morian
     alternativamente.

El afecto que se profesarán los dos hermanos hará que su pueblo esté más
seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas
de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso verá reunidas
en sí la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos
creerán los mortales que Astrea[20] ha vuelto desde el cielo á la
Tierra, así como á ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno.
De mucho le servirán la prudencia y el valor, semejante al de su padre;
pues desprovisto de ejército, llegará á habérselas por una parte con las
escuadras de Venecia y por otra con la que no sé si llamar madrastra ó
madre, aunque de concederle este último título, será para él tan cruel
como con sus hijos lo fueron Medea ó Progne[21]. Cuantas veces salga con
su pueblo fiel, sea de dia ó de noche, fuera de los límites de su país,
otras tantas causará á sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar,
como por tierra, de lo cual darán fé por su desgracia los habitantes de
la Romanía, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso,
regarán con su sangre las tierras que están entre el Pó, el Santerno y
el Zanniolo. En los mismos confines sentirán la fuerza de su brazo los
españoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo, á quienes arrebatará
la Bastia, dando muerte á su gobernador despues de apoderarse de él; en
seguida hará perecer á toda la guarnicion desde el más ínfimo soldado
hasta el capitan, de suerte que no habrá quien pueda llevar á Roma la
noticia de tal desastre[22].

     [20] Astrea, diosa de la justicia, segun la fábula.

     [21] Medea fué una célebre maga que se enamoró de Jason,
     conquistador del vellocino de Oro. Habiéndose casado él despues con
     Creusa, Medea se vengó matando á todos los hijos que habia tenido
     de Jason.--Progne, hija de Pandion, rey de Atenas, mató á su hijo y
     lo sirvió en la comida á su esposo Tereo, furiosa al ver que este
     le habia sido infiel violentando á su hermana Filomena.

     [22] Enemistado Alfonso con el Papa por no querer prestarle
     vasallaje por el feudo de Ferrara, le declaró la guerra. El Papa
     entonces fué auxiliado por Fernando de Aragon y los venecianos. El
     capitan aragonés Pedro Navarro pasó con su gente á la Romanía y
     entró en el ducado de Ferrara, apoderándose á viva fuerza de la
     Bastia, fortaleza del Duque. Una vez posesionados de ella, los
     soldados españoles se esparcieron por todas las estancias buscando
     qué comer y entonces Alfonso, logrando escaparse, reunió todas sus
     gentes y derrotó á su vez al descuidado enemigo. Los romañoles que
     por creer perdido el ducado de Ferrara iban devastando el país,
     fueron tambien destrozados por Alfonso, el cual se apoderó otra vez
     de la Bastia, siendo pasada á cuchillo toda la guarnicion española,
     por creer los ferrareses que su duque habia muerto de una pedrada
     cuando solo estaba herido.

»Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzará la gloria de dar
el triunfo al ejército francés en los campos de Romanía contra los de
Julio II y de España, cuyo combate será tan terrible, que los caballos
se hundirán hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habrá gente
bastante para enterrar á tanto Aleman, Español, Griego, Italiano y
Francés como allí sucumbirá.

»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el
sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime
Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado
asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los
idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un
Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su
fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las
estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los
de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y
regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus
dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones
menores[24].

     [23] Publio Virgilio Maron, príncipe de los poetas latinos,
     contemporáneo y amigo del emperador Augusto.

     [24] Los venecianos, enemigos de Ferrara, acudieron al Pó con una
     respetable armada contra ella. El cardenal Hipólito salió de la
     ciudad con unos cuantos caballos é infantes y al llegar á Volana,
     castillo próximo al Pó, estableció secretamente su artilleria,
     protegido por los márgenes del rio, hizo por todas partes ciertas
     aberturas, y viendo descuidadas 20 galeras venecianas por haber
     saltado á tierra su tripulacion para saquear el país, rompió de
     noche el fuego contra ellas, echó cuatro á pique y se apoderó de
     las otras quince. Angelo Trevisano, jefe de aquella escuadra, logró
     escapar en la restante. De esta victoria hace diferentes veces
     mencion el Ariosto en este poema.

»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya
fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es
Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes
conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de
su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se
llaman Alfonsos.

»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á
uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion
alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la
aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo
cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras
retirarse y de que yo guarde silencio.»

Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro
la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente
aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante,
comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo
de su narracion, le preguntó:

--¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre
Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y
como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian
apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia[25].

     [25] Ultrajado por el cardenal Hipólito, D. Fernando, su hermano
     carnal, acudió al Duque pidiendo venganza ó castigo para él; pero
     viendo que no la conseguia se aconsejó de Don Julio, su hermano
     natural, y entrambos determinaron asesinar al Duque. Faltándoles en
     todas ocasiones resolucion para ello, fueron al fin sus planes
     descubiertos por el prudente cardenal y condenados á cadena
     perpétua.

Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en
llanto, exclamó:

--¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos
de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules!
no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por
las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la
justicia á la piedad.

Despues añadió en voz mas baja:

--No es necesario ni conveniente que sepas más. Conténtate con saborear
las dulzuras que en sí encierra el brillante cuadro que he presentado
ante tu vista; y no desees amargarlas á lo último. En cuanto aparezca en
el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que
más directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de
otro. Yo te guiaré hasta dejarte fuera de esa áspera selva, y cuando
lleguemos á la orilla del mar, te enseñaré el camino de modo que te sea
imposible extraviarte.

La atrevida jóven permaneció toda la noche en aquella cueva, y estuvo
hablando largo rato con Merlin, que le dirigió vivas instancias á fin de
que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empezó á rayar
el dia, salió de aquella mansion subterránea por un camino oculto y
oscuro, acompañada de Melisa, yendo á parar á un barranco escondido
entre montes inaccesibles á toda planta humana. Saltaron zanjas,
atravesaron torrentes, y á fin de hacer más agradable tan molesto
camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba,
suavizándolas con sabrosas y halagüeñas pláticas, que consistian
principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante, y en
los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maña y astucia á su
Rugiero.

--Aunque fueses Palas ó Marte, le decia, y llevases á tus órdenes más
gente de la que reunen el rey Cárlos y el rey Agramante, no podrias
resistir al nigromante; pues además de estar ceñida la roca inexpugnable
de murallas de acero, y de ser tan alta; además de que su caballo se
abre camino al través del aire, donde salta y galopa, posee el escudo
mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su
resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de
los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no
podrás precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces,
¿cómo podrias saber en lo más fuerte de la pelea si te acercabas á tu
adversario ó te alejabas de él? Un medio, y muy rápido, existe, sin
embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos
los demás encantos, y ese medio que voy á indicarte, es el único que
existe en el mundo. El rey Agramante de África ha dado un anillo, robado
á una reina de la India, á uno de sus barones llamado Brunel, que se
encuentra á pocas millas de aquí: la virtud de ese anillo es tal, que
quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin
embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaños, cuanto
lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado
en la práctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, más de
una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar á
Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanagloriándose de conseguir su
intento, ha prometido á su señor devolverle aquel guerrero, que merece
toda la preferencia del monarca. Pero á fin de que sea á tí, y solo á
tí, á quien deba tu amante su libertad, voy á manifestarte la conducta
que has de seguir. Irás durante tres dias caminando por la orilla del
mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te
encontrarás en una posada con el portador del anillo; le conocerás
fácilmente por su corta estatura que no llega á seis palmos, y por su
encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz pálida,
la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva,
aplastada la nariz y ásperas las cejas. Terminaré la pintura que de él
te hago diciéndote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes
á los de un mensajero. Procurarás entablar conversacion con él
hablándole de aquellos encantos extraños; y hazle creer que deseas, como
en afecto lo desearás, medir tus armas con las del mago, pero guárdate
de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase
de encantos. Él, entonces, se brindará á servirte de guia y compañero
hasta la roca. Síguele, y en el momento en que llegueis á descubrir el
castillo, dále la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que
pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu
pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria
de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.

Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona
cerca de Burdeos. Allí se separaron ambas, no sin derramar algunas
lágrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper
las ligaduras que sujetaban á su amante, caminó tanto, que llegó una
noche á un albergue donde ya se encontraba Brunel.

Le reconoció apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la
memoria la pintura que de él le hiciera la Maga; preguntóle de dónde
venia y á donde iba, cuyas preguntas satisfizo él con otras tantas
imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fué en zaga en
engañarle, y le ocultó del mismo modo su patria, linage, religion,
nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas
de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo
mismo que conocia sus mañas. Observándose estaban mútuamente, cuando
hirió sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os diré, Señor, luego que
haya descansado un momento.



CANTO IV.

     Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose
     del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.--Cabalga
     este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le
     transporta á regiones remotas.--Llega Reinaldo á Bretaña,
     cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion
     de salvar á la princesa Ginebra.


Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala
condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una
ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños,
querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en
esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para
encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las
penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos
trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con
aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia
advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era
necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun
dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella,
dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:

--¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?

Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta,
con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un
cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa
maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba
los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran
grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del
caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto,
desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la
verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con
frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba
su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la
tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por
aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó
creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se
atrevian á salir durante el dia.

El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un
castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que
en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que
habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de
volver.--«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó
muertos.»

La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella,
porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable
prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo.
Dirigiéndose al huésped, le dijo:

--Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese
castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo
contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

--No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo.
Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas
que te harán agradable mi compañía.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á
decir más por no exponerse á las consecuencias.

--Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir
que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de
conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo
que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á
propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del
siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y
otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al
punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando
está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de
España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de
Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli.
Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en
medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda
cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto,
que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y
trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen
alas. Brunel dijo entonces:

--Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los
caballeros.

La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus
cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que
facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente
para morada de las águilas ó de otro animal alado.

Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo
y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con
un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse
dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que
no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y
elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de
la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de
Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de
la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su
trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y
montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven
se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño
podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la
mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la
derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus
encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar
enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con
la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe
le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una
yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y
las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran
iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su
especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la
otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su
arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones,
y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió
hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la
tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo
demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes
acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo,
todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran
impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y
revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le
aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para
cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que
el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni
creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en
que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante.
Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin
tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la
lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el
astuto gato se complace en jugar con el

     [Ilustración: Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.

     (Canto IV.)]

ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este
entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con
el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus
contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se
valió del poder oculto de su anillo.

Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le
acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo,
cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera
deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino
para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en
que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas
la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las
alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en
el espacio.

El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se
dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera
oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado,
se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos.
El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus
encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago
llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no
habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo
adversario como habia aprisionado á tantos otros.

Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia
alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un
débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza,
levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del
vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza
impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto
en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos
cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.

--Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de
despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia
él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero,
con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y
por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.

El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:

--¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la
hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me
incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero
gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro
de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No
alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante;
llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es
Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y
laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante,
mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle
de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese
magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á
Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme
dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y
demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una
grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad.
He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese
castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin,
todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos,
manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el
paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has
venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu
corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi
humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese
corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el
castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que
elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á
todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi
querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de
arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á
Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!

La doncella se apresuró á responder:

--Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al
escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi
condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de
pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo
que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que
quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta
suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar
lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que
te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo
está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco
estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue á complacerte, tú mismo
podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora,
vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.

Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.

Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le
inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de
verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron
al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una
estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.

Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella,
llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la
piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que
despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento
quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose
como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido
el castillo.

Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la
dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido
presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros
se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del
campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les
privaba de los placeres que allí habian encontrado.

Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino
de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin
encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con
ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era
deudor de su libertad.

Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para
restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus
ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo
referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas
que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é
intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido
volverse á ver.

Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y
al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por
el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y
fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde
encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la
silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel
permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió
las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la
pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á
remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja
perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para
hacerles perder su pista.

Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado
al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando
poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados,
haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada
cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas
peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.

Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su
constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le
amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se
lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo,
esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa.
El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo
permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó
de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo,
le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante
algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un
rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á
quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.

Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se
quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse
de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del
palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á
suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes.
Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su
vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó
que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en
amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su
vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas,
decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno
cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable
restituirlo á su dueño.

     [26] Ganimedes fué un príncipe de extremada belleza, hijo de Tros,
     rey de Troya, á quien el águila de Júpiter arrebató y trasladó al
     cielo, para reemplazar á Hebe en el cargo de escanciador ó copero
     de los dioses.

El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero,
imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas
más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible,
hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el
terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á
tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto,
dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra
en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero
bajel impulsado en el mar por un viento favorable.

     [27] Hácia el África.

Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin
Reinaldo.

Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento
tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos
dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las
olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar
á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva
Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar
antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros
andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los
de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega
y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de
penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la
muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas haza­ñas de
Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos
caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de
cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y
trofeos pomposos.

     [28] Famosos caballeros de la Edad media, cuya existencia es
     fabulosa en su mayor parte, y problemática en los restantes.

     [29] Orden de caballeria fabulosa, instituida á fines del siglo V,
     segun las leyendas de la Gran Bretaña, por el rey Utherpandragon,
     por consejo del encantador Merlin. La órden se compuso de 24, y
     despues de 50 caballeros, cuyos nombres se encuentran grabados en
     una tabla de forma redonda que se ha conservado en Winchester.

Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo
desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se
alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el
guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna,
siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara
alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una
abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas
damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron
con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo
restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los
caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en
que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran
dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos
bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más
honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran
aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia
noticia de ellas.

--Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de
quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre
merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora
justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más
digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido
caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento
necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que
pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio
la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien
que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un
amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las
llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra
un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley
de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual
fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él,
como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal
castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es
inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido
por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho
publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su
defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en
recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa,
que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada
alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio,
ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa
te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues
además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan
solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el
Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio
que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey,
que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo
caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á
una dama que, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y
castidad.

Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:

--¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada
entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley
ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor
razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su
fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al
suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto,
con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla:
así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al
encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto
renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la
doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando
no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe
castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero
que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes
deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más
razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se
unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona
el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se
ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con
varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece,
quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley
se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la
mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el gran mal que se ha
causado soportándola por espacio de tanto tiempo.

Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los
antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese
ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la
reformaba.

Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte,
Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero
que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el
trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en
direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada
doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose
por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que
resonaban en todas las sinuosidades de la selva.

Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al
parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una
jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos
malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo
una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la
pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias
de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas
reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia
ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las
espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las
fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino
que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran
castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del
rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras
cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de
modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus
facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte.
Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz
humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.



CANTO V.

     Dalinda refiere á Reinaldo su historia y la de la princesa
     Ginebra.--Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia
     dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor,
     mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey
     su padre de impúdica y deshonesta.--Acude Reinaldo y dá la muerte
     al duque de Albania, obligándole antes á confesar sus imposturas.


Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en
paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca
á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona
descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el
lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué
Megera[30] ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué
hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos
dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una
mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en
sangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?--Todo esto es
en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un
ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al
que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de
una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le
quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.

     [30] Nombre de una de las furias.

Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que
habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y
desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La
dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la
historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.

La jóven empezó á hablar de esta manera:

--Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que
se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar
célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en
su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que
hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros,
evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han
presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus
enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa
continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando
reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos
bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi
edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.

»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando
en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi
señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme
y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera
el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles.
Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin
reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple
el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y
amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia
frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella
guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces.
Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo
misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun
tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me
proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por
el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre
desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio
habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni
de noche.

»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto
nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que
en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual
me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia
mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme
su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el
atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra.
Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio.
Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que
ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor
alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su
nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no
era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo
estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa
fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la
voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo
el reino otro caballero más digno, despues del monarca.

»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey,
estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á
su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia
todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que
su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera
alcanzar.

»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó
no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia
en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones,
aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de
encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que
Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice
cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero
nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las
aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus
pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un
caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á
Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de
residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal
perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le
igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto
era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y
jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron
al par de los principales nobles del reino.

»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la
amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su
hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo
fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya
despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.

»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara
siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás
me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza;
así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi
amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le
despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia
aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible
reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á
cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan
viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo
de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así
se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por
sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió
sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder
soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de
torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante
tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron
la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no
volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra
una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.

Tomada esta determinacion, me dijo:--«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te
confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de
sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque
tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo
conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita
el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora
bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien
me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las
veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en
que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella
se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus
cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y
por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada
imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás
vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se
irán amortiguando mis vehementes deseos.»

»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él
me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era
un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes,
vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la
escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el
lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.

»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante,
de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en
rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:

--«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más
consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal
hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras
el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que
estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te
atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en
obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si
estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que
respetaria tu felicidad.

--«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni
siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia.
Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan
ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser
mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que
no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que
nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como
indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño
más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de
Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy
menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.

--«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir
tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo
tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda
sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré
ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los
dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y
procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no
diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio
espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»

»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo
juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual,
Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus
amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras,
que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás
consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey
su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia
oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias
en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir
sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones,
así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey
y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que
llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto
conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.

»Despues añadió:

--«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á
conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más
irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio
hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por
otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil
solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.

»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon
que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia
propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:

--«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte
convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el
verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi
amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni
estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y
palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á
necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas
de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas;
pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en
callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro,
seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las
voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que
hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo
continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra
parte, ya que soy el más afortunado de los dos.

--«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy
seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de
falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como
todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso
que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que
no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.

»El Duque replicó:

--«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte
ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis
palabras.

»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su
cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo
manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el
corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento,
respondió:

--«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que,
segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la
que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para
mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes
que dé crédito á tus palabras.

--«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió
Polineso: y separóse de su rival.

»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á
visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente
urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre
las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y
señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia
subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado
atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una
emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle
cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible.
Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le
encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara.
Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso
entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las
armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro
que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera.
Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado;
y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que
Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado.
Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:

--«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego
que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo
te llame.»

--«Te lo prometo, contestó Lurcanio.

»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que
estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se
adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de
Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de
aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo
construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage
blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y
engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de
púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.

»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su
hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á
otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con
la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de
distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he
dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de
la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro
eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian
confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas
casas arruinadas media una regular distancia.

»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra,
y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria
el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso
á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al
balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser
de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia
siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me
acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de
disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de
Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que
en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó
darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo
la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia
visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle,
reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que
se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion.
Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más
léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.

--«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por
ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida?
¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más
bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más
honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era
desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes
aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto
contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa
falta de su hija.

»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal
empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No
ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó
de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el
furor que le puso fuera de sí.

»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una
palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante
muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano,
todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se
hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la
Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero,
portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia
perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad,
sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza
al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El
portador de tan triste nueva añadió:

--«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente
habia encontrado en el camino:--«Ven conmigo, á fin de que puedas
referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que
vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si
antes hubiera quedado sin vista!»--Nos encontrábamos entonces cerca del
promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion
á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se
precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le
dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»

»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez
mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando,
vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál
manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno,
desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos,
repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la
causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto
demasiado!

»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero
se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo
que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas
por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en
tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose
á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra
era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su
muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de
la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y
tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de
satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y
mucho menos en perder la gracia del monarca.

»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de
toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo:

--«Sabe, señor, que la única causa de que mi hermano perdiera la razon,
hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fué el
dolor que traspasó su alma al presenciar su deshonestidad, que desde
entonces le fué odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo á
hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano
eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba
merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales
servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde
léjos el perfume de las hojas, vió que otro subia por el árbol reservado
y cogia el anhelado fruto.»

»Y continuó refiriendo cómo habia visto á Ginebra salir al balcon,
afirmando que la habia visto echar desde él una escala por donde subió
un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia
recurrido á un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por último,
añadió, que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad
de cuanto habia dicho.

»Fácilmente comprenderás el estupor del angustiado padre cuando oyó
semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que
jamás se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado á
condenar á muerte á su hija, en el caso de que no se presentara un
caballero que, tomando la defensa de la jóven, probara la falsedad de lo
aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan á muerte á toda mujer,
sea casada ó doncella, convencida de haber cedido á una pasion criminal,
y se aplican con todo rigor, llegándose hasta el extremo de entregar la
esposa muerta al marido engañado, si en el término de un mes no
encuentra la acusada un caballero de ánimo tan varonil que sostenga,
contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente é
inmerecedora del suplicio.

»El Rey, que no puede dar crédito á la acusacion de su hija, ha hecho
proclamar con el objeto de libertarla, que entregará su mano y además
un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada.
Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan á
observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el
ánimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano
de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que
viaja por lejanos paises, señalándose en numerosos hechos de armas. Ah!
si aquel gallardo jóven estuviera más cerca, ó en un punto donde pudiera
llegar á su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy
se vé, abandonada.

»Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las
armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa ó verdadera, para saber
si es ó no justo que muera su hija, ha hecho prender á ciertas
camareras, que por su posicion al lado de su señora deberian estar
forzosamente en el secreto; por cuya razon preví que, si llegaban á
apoderarse de mí, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo.
Esta consideracion me obligó á alejarme precipitadamente de la corte
aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque, á quien hice
presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian á
prision. Aplaudió mi determinacion, por la que me prodigó las mayores
alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsejó que confiara
en él, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aquí, á la
que hizo que me acompañaran dos servidores suyos.

»Ya has oido, señor, las repetidas pruebas de amor que dí á Polineso;
por ellas comprenderás si tenia ó no derecho á esperar de él el
acendrado cariño de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que
recibí por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que á mis grandes
merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado
demasiado, puede esperar una mujer el más completo olvido! Aquel amante
pérfido, cruel é ingrato ha llegado al fin á sospechar de mi fidelidad,
y temeroso de que tarde ó temprano se me escapara la revelacion de sus
fraudulentas acciones, ha fingido enviarme á uno de sus castillos, bajo
el pretexto de que en él podria esperar con seguridad á que se mitigaran
la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era á
la muerte; pues habia encargado secretamente á mis dos guias, que en
cuanto nos internáramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin
compasion; é indudablemente se hubieran realizado sus deseos, á no haber
acudido tú al oir mis gritos. ¡Este es el premio que Amor da al que le
sirve bien!»

Tal fué la triste historia que refirió Dalinda al paladin mientras
proseguían su viaje. Regocijó en gran manera á Reinaldo aquel encuentro,
que le proporcionó la ocasion de profundizar un secreto que así le
patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su
defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento
cierto, con mucha mayor energía la abrazaba ahora siéndole tan evidente
la calumnia.

Apretó, pues, el paso hácia la ciudad de San Andrés, donde se hallaba el
Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que
decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para
llegar, cuando encontró á un escudero á quien supuso portador de
noticias más recientes. Habiéndole dirigido algunas preguntas, el
escudero le manifestó que habia llegado un caballero dispuesto á
defender á Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y á
quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse á todas
las miradas; que desde que en aquella ciudad se encontraba, nadie habia
conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su
yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente
quién pudiera ser.

Continuando su camino, llegaron en breve al pié de los muros de la
ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero
Reinaldo la tranquilizó; y como viese cerradas las puertas, preguntó la
causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo
el pueblo á presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio
y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al
otro lado de la ciudad; añadiendo, que ya habia comenzado la lucha.

El señor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvió á
cerrarse en cuanto él y Dalinda la traspusieron, y atravesó la desierta
ciudad, despues de haber dejado á la doncella en una posada,
encargándole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no
se haria esperar. En seguida se dirigió precipitadamente á la palestra
donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los
campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa cólera contra Ginebra,
mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que
habia abrazado.

Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados
de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura
raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable,
tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza.
Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia
orgullosas miradas.

Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso
Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa.
Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la
gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey,
y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo
dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:

--Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener
por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba,
tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y
se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que
miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es
el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si
defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le
hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de
tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia;
conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas
cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.

Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan
digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo
inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin
entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los
caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que
habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar
su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la
verdad de cuanto habia dicho.

Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo
con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos
estaban armados y el campo abierto, vinieron á las manos sin tardanza.
¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille
en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme
esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia
tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido
siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha
sido el autor de tan vil calumnia.

El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro
pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en
cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de
un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado
correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta.
Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á
más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma
celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera
incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en
estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado.
Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la
infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo
concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.

Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra,
experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le
acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de
honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo
el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces,
alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle
concedido tal defensor.

En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero
desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se
mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de
aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por
lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual
merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el
desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto
siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.



CANTO VI.

     Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el
     ducado de Albania.--Rugiero, atravesando los aires en su caballo
     alado, llega al reino de Alcina.--Un mirlo humano le refiere las
     infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella,
     más se vé rechazado en su camino por una turba de mónstruos, y
     salvado de ellos por dos damas que le obligan á emprender nuevos
     combates.


¡Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de
permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que
encubra su delito lo harán patente, á falta de alguna persona que la
denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado
por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon,
se descubra á sí mismo por imprudencia ó por casualidad. El miserable
Polineso creyó encubrir completamente su crímen haciendo desaparecer de
la faz de la tierra á Dalinda, su única cómplice y la sola persona que
podia revelarlo; y uniendo un crímen á otro crímen, precipitó el funesto
desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quizá; pero
impotente para contener su impaciencia, él mismo aceleró su muerte,
perdiendo á un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el
honor, principal castigo de su perfidia.

Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero
desconocido para que revelara su nombre. Accedió al fin á descubrirse, y
quitándose el yelmo, dejó ver el tan conocido rostro de Ariodante, á
quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de
Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la
corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y
gallardía.

Su presencia venia á desmentir la narracion del viajero: este, sin
embargo, habia dicho la verdad, pues le vió en efecto precipitarse en el
mar desde la roca; pero como suele suceder á más de un desesperado, que
anhela y llama á la muerte cuando está léjos, y al verla llegar le causa
pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto
le sucedió á Ariodante que, despues de sumergido en el agua se
arrepintió de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y
singular osadía, se puso á nadar hasta que ganó la orilla: una vez en
ella, abandonó como loco é insensato el deseo de arrancarse la vida que
hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar,
se puso á caminar hasta que encontró un asilo en el albergue de un
eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si
Ginebra se habia alegrado de su muerte, ó si, por el contrario, la habia
entristecido y angustiado.

Llegó primeramente á sus oidos que el dolor que experimentó la
princesa, estuvo á punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se
esparció rápidamente por toda la isla. ¡Resultado bien diferente del que
esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo
luego que Lurcanio habia denunciado á Ginebra como criminal ante su
padre, y su ira contra su hermano no fué menos vehemente que el amor que
volvió á sentir hácia la princesa, por parecerle aquella determinacion
tan cruel como impía, por más que hubiera sido adoptada en favor suyo.
Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que
quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo
en ponerse frente á frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el
que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y
perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera
falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los
caballeros temian exponerse á defender una causa injusta. Ariodante,
despues de mil reflexiones, se decidió á aceptar el reto de su hermano.

--¡Infeliz de mí! se decia á sí mismo: no, no podré consentir que ella
perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si
la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que
idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa ó
injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. Sé que
defiendo el delito; enhorabuena: sé tambien que pereceré, pero esto
tampoco me desconsuela; lo que sí me atormenta es que mi muerte no podrá
salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontraré
al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habrá podido
ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que á mí, á
quien tan cruelmente ha ofendido, me verá morir á su lado. De este modo
me vengaré tambien de mi hermano, causa de tanto escándalo; porque habrá
de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el
momento en que contemple con terror que ha dado muerte á su hermano
cuando creia vengarle.

Apoyado en tales reflexiones, se procuró nuevas armas y nuevo caballo,
así como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y
amarillo. La casualidad le proporcionó un escudero desconocido en aquel
país, y de esta suerte disfrazado se presentó á combatir contra su
propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste
aventura, y cómo fué por fin conocido Ariodante. La alegría que sintió
el Rey al verle en su presencia no fué menor que la que tuviera poco
antes viendo á su hija justificada. Reflexionó entonces el monarca que
nunca se podria encontrar amante más tierno y leal que aquel, cuando á
pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender á la princesa aun
contra su mismo hermano; é impulsado por esta consideracion, por su
propia inclinacion que hácia Ariodante le arrastraba, y finalmente por
los ruegos de toda la corte, así como por la singular insistencia de
Reinaldo, le entregó la mano de su hija y con ella el ducado de Albania,
que providencial y oportunamente habia vuelto á poder del Rey por la
muerte de Polineso. Reinaldo alcanzó el perdon de Dalinda, la cual, ya
fuese por estar desengañada del mundo, ó por haber hecho algun voto,
dirigió á Dios sus pensamientos, y ausentándose de Escocia sin demora,
fué á tomar el velo en un monasterio de la Dacia[31].

     [31] Region de la Europa oriental de la que hoy forma gran parte la
     Valaquia.

Pero tiempo es ya de volver á Rugiero, á quien dejamos recorriendo los
cielos montado en su rápido corcel.

Aunque el ánimo de este guerrero era entero y varonil, y el terror
jamás habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos
momentos no temblara su corazon como la hoja en el árbol. Habia dejado
ya muy atrás la Europa, y se encontraba á gran distancia del monumento
levantado por el invencible Hércules como aviso á los navegantes[32]. El
Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa
rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Júpiter,
portadora de sus fulmíneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero
que pudiera igualársele en velocidad, y aun creo que el trueno ó la
saeta invertirian más tiempo que él en llegar desde el cielo á la
tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en línea
recta y sin moderar el vuelo, empezó el Hipogrifo á describir anchos
círculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus
solitarias regiones, y fué descendiendo poco á poco hácia una isla muy
parecida á aquella donde pasó en vano, á través de un camino oculto por
debajo del mar, la ninfa Aretusa, á fin de librarse de un amante á quien
tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado[33].

     [32] Las columnas de Hércules que, segun la fábula, fueron
     colocadas por aquel semi-dios en los montes Calpe y Avila á uno y
     otro lado del Estrecho de Gibraltar como fin de sus trabajos, y
     como límite de las tierras y mares conocidos.

     [33] Bañándose un dia la ninfa Aretusa en el rio Alfeo inspiró
     amores al Dios de este rio. Para escapar de sus persecuciones
     imploró Aretusa el socorro de Diana, que la convirtió en fuente.
     Inmediatamente Alfeo mezcló sus aguas con las de Aretusa, y estas
     desaparecieron, yendo á brotar despues de un largo viaje
     subterráneo y submarino en Oligia, isla vecina de Siracusa, donde
     formaron una clara fuente.

En su viaje aéreo, no habia recreado la vista de Rugiero un país tan
bello ni de tan halagüeño aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero,
llegaria á encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde
por fin se posó el enorme pájaro con su ginete, no sin describir antes
un último y prolongado círculo en el aire. Por do quiera empezó á
descubrir fértiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas
cristalinas, márgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y
encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos
amenísimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de
múltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato
refugio contra los calores del estío, mientras que el ruiseñor saltando
de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces
cantos. Entre las purpúreas rosas y las blancas azucenas, á las que el
céfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozanía,
se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de
frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte ó el
escondido lazo, pastaban ó rumiaban la yerba, mientras que los corzos,
las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la
campiña en crecido número.

Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto
desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la
silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo,
las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo,
lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel
y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de
trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el
escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora
hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el
ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con
dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó
luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y
metiendo despues en él las manos, la estuvo agitando durante largo rato
á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el
contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor
y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre
corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.

De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa
enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que
proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto
á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco,
alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible
romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco
falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire
encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo
que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta
que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á
murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por
último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y
claramente estas palabras:

--Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia,
aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me
atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.

Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro
hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando
se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo
habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las
megillas, contestó:

--Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad de esta floresta,
perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase
un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa
enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin
embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma
racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de
las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella
á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera
ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de
palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de
mí.

Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á
temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la
corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde
cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos
le habia preservado su natural humedad, y contestó:

--Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y
quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar.
Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la
guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce
límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra.
Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una
dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas
islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido
largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros
caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la
libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas
costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una mañana,
impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una
hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á
quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna
en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado
se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se
dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la
boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian
logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos,
y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces,
formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas
sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas
ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares,
elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas.
Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues
como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos
por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.

»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras
misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no
sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La
solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle,
pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de
separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento.
Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del
mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:

--Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os
daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa
piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más
numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena,
cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí
hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.

»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho,
parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto
me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me
hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño
semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena,
desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las
aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el
engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y
se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose
levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago,
quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.

»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche
siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos
á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela
usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos
sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto
de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente.
Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los
vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha
cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las
dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla,
habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no
le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de
las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por
un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia
están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana
no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo
poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no
pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila
les dirije.

»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí
convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi
amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al
contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su
pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina
me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que
tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros
menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de
Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos
mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban
más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la
mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia
despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de
conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba
de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes
con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de
mí se aconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.

»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio
alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un
perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más
feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina
iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en
brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso
genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian
trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada
me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia.
Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes,
y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su
vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados,
convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que
está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y
en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.

»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié
en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido
en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon
de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora
te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar
transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente
te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de
prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te
precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así
como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la
astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han
sabido apartar de sus cabezas.»

Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su
amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una
planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese
deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en
aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le
prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun
camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó
por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los
dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero
erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia
dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de
aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir
muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con
una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que
á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir
que alguien traspusiera la montaña.

Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él,
perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde
estaba el hipogrifo, le desató, cogióle de las riendas é hizo que le
siguiera á pié; pues no se atrevió á montar en él como antes, por temor
de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba
pensando en los medios de que se valdria para llegar al país de
Logistila, dispuesto como estaba á intentarlo todo antes que dejarse
dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidió casi á cabalgar
en el hipogrifo y hacer su viaje por los aires; pero desistió de su
intento á fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo
rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.--«Yo me abriré camino
á todo trance, dijo, si no me engañan mis fuerzas.»--Mas apenas habia
andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubrió la
hermosa ciudad de Alcina.

Veíase á lo léjos una espaciosa muralla que, formando un vasto círculo,
encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi
llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta
quien diga que era de alquimia: no sé si esta opinion será más acertada
que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que
era de oro. Cuando Rugiero llegó cerca de aquellos muros tan soberbios,
que no tienen igual en el mundo, dejó el camino ancho, que á través de
la llanura, se dirigia en línea recta hácia las puertas de la ciudad, y
siguió el sendero de la derecha, que con más seguridad conducia al
monte; pero no tardó en tropezar con la horrible avanzada de que ya
tenia noticia, y que le interceptó furiosamente el paso.

Jamás se han visto formas más extrañas, ni rostros tan hediondos y
asquerosos como los de aquel tropel de mónstruos. Unos tenian forma
humana desde el cuello hasta los piés, pero su cabeza era de mono ó de
gato: otros mostraban sus piés de cabra; otros eran centauros ágiles y
fuertes: la fisonomia de los jóvenes era sobrado impúdica; la de los
viejos estúpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente
desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en
caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno
ó un buey; muchos cabalgaban á la grupa de un centauro, y no faltaba
quien iba caballero en un avestruz, un águila ó una grulla. Veíanse por
fin allí en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros,
vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas
con los machos, así como con los que de ambos sexos participaban: quién
llevaba un garfio y una escala de cuerda, quién una barra de hierro, y
quién, por último, estaba provisto de una lima sorda.

El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba
sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y á
otro iban algunos de sus extraños guerreros, dirigiendo la marcha del
animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no
le permitia hacerlo por sí mismo, al paso que otros cuidaban de
enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.

Uno de aquellos mónstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y
cabeza de perro, empezó á ladrar á Rugiero, á fin de que retrocediera á
la ciudad en que no habia querido entrar.--«No haré tal cosa, gritó el
paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;»--y
mostróle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el
pecho del mónstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero
Rugiero se precipitó rápidamente sobre él, y le atravesó el vientre de
tal estocada, que el acero salió más de un palmo por la espalda. Embrazó
en seguida el escudo, y á pesar de ser considerable el número de sus
enemigos, empezó á repartir tajos y mandobles á diestro y siniestro,
atravesando á unos, derribando á otros, y acometiendo á todos,
volviéndose y revolviéndose incesantemente. Contra sus cuchilladas era
ineficaz la resistencia de los almetes, escudos ó corazas, pues de cada
una de ellas hendia á un enemigo hasta el cuello ó hasta la cintura;
pero vióse por fin tan estrechado por todas partes, que le serian
necesarios más brazos y manos que los que tuvo Briareo[34] para mantener
á raya á aquel inícuo tropel de séres monstruosos, y abrirse paso á
través de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo
del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia
dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda á
todos sus horrendos adversarios, derribándolos á sus piés sin
resistencia; pero quizá tuvo á menos echar mano de tan innoble artificio
por esperarlo todo de su valor.

     [34] Uno de los gigantes que atacaron al Cielo y que, segun la
     Fábula, tenia cien brazos y cincuenta cabezas.

Sea lo que quiera, lo cierto es que se proponia morir antes que
entregarse á gente tan vil; pero de pronto se vieron salir de las
puertas de aquel muro, que supongo era de oro, dos hermosas jóvenes, en
cuyo ademan y aspecto se conocia que no habian nacido en humilde cuna ni
se habian criado bajo rústicos techos, sino entre las delicias de los
palacios. Una y otra iban montadas en unicornios más blancos que el
armiño; una y otra eran bellas, y sus trages tan vistosos, y de tan
peregrina elegancia, que el hombre que las contemplara necesitaria tener
los ojos de un dios para emitir su juicio sobre ellas: eran, en fin, la
gracia y la belleza personificadas.

Dirigiéronse ambas hácia el sitio en que Rugiero se encontraba á punto
de sucumbir al gran número de sus enemigos, y al verlas, toda la turba
se retiró sumisa; ellas pusieron su mano sobre el caballero, que
encendido de rubor les dió las gracias por tan humanitario acto, dándose
por muy satisfecho, accediendo á sus deseos, de emprender el regreso
hácia la ciudad de las doradas puertas.

Delante de cada una de estas puertas, habia un pórtico algun tanto
saliente, y tan enriquecido de las piedras más preciosas de Levante,
que apenas se divisaba sitio alguno que no las contuviera. Este pórtico
estaba sostenido por cuatro gruesas columnas de diamante puro, y ya
fueran falsos ó verdaderos estos diamantes, el caso era que su brillo y
hermosura recreaba la vista. Por debajo del pórtico y en derredor de las
columnas corrian jugueteando lascivas doncellas, cuya belleza seria
quizá mayor, si guardaran más los respetos que la mujer se debe á sí
misma. Todas ellas estaban vestidas de verdes faldas y coronadas de
frescas hojas. Adelantáronse á recibir á Rugiero, y con obsequiosos
ofrecimientos y agradable semblante, le hicieron entrar en aquel
paraiso, al que creo poder dar este nombre por figurárseme que allí
debió nacer el amor.

Allí las danzas alternan con los juegos; las horas transcurren veloces
en contínua fiesta sin que logre abrirse paso en la imaginacion ningun
pensamiento sombrío, ni penetren jamás el hastío ni la indigencia; pues
la abundancia derrama allí sus más predilectos tesoros. Allí, donde
parece que sonrie siempre el placentero Abril con frente alegre y
serena, viven multitud de jóvenes bulliciosas: unas cantan junto á las
fuentes con dulce y melodioso acento; otras á la sombra de un árbol ó de
una loma, juegan, danzan ó se entregan á entretenimientos no menos
inocentes, mientras que otras, separadas de sus compañeras, revelan á un
amante sus amorosas quejas. Por las copas de los pinos, de los laureles,
de las elevadas hayas y de los abetos empinados revolotean pequeños
amorcillos, unos cantando alegres sus triunfos, otros dirigiendo la
puntería para flechar los corazones, ó tendiendo las redes, y algunos
templando sus dardos en la corriente de un arroyo, ó bien aguzándolos en
piedras movedizas.

Allí presentaron á Rugiero un magnífico caballo alazan, fuerte y
arrogante, cuyos ricos arneses estaban recamados de piedras preciosas y
franjas de oro, confiando el alígero corcel, que antes obedecia
únicamente al viejo nigromante, al cuidado de un jóven que seguia los
pasos del paladin.

Las dos solícitas jóvenes que habian sacado á Rugiero de entre las manos
de la monstruosa turba, le dijeron estas palabras:

--Señor: la fama de vuestras hazañas, que ha llegado hasta nosotros, nos
presta la suficiente audacia para que impetremos vuestro auxilio en
nuestro obsequio. En nuestro camino encontraremos pronto un rio que
divide en dos partes esta llanura. Una mujer cruel, llamada Erifila,
defiende el puente que las une entre sí, y acomete, burla y repele á
todo el que pretende pasar á la otra orilla. Su estatura es gigantesca;
largos son sus dientes y venenosa su mordedura; tiene afiladas las uñas,
y araña y desgarra como un oso. Además de interceptarnos el camino, que
á no ser por ella estaria libre, hace frecuentes excursiones por este
jardin, difundiendo entre todos el espanto. Es preciso tambien que
sepais que muchos de los asesinos que os acometieron durante vuestro
viaje son hijos suyos, y los demás están á sus órdenes, teniendo la
misma inhumanidad, alevosía y rapacidad que ella.

Rugiero respondió:

--No una, sino cien veces estoy dispuesto á combatir en vuestro
servicio. Disponed de mi persona á vuestro arbitrio en todo aquello que
creais puede seros útil; porque si visto acero y malla no es para
conquistar tierras ni tesoros, sino para hacer cuantos beneficios pueda,
sobre todo tratándose de damas tan bellas cual lo sois vosotras.

Las damas le agradecieron sus corteses ofrecimientos en términos dignos
de tan galante caballero, y entre parecidas pláticas llegaron al sitio
donde se descubria el rio y el puente. En él vieron á la temible mujer
que lo guardaba, cubierta con una armadura de oro, sembrada de
esmeraldas y zafiros. Pero en el canto siguiente referiré el peligro que
corrió Rugiero al combatir con ella.



CANTO VII.

     Vencida la giganta Erifila por Rugiero en favor de las damas que
     así se lo habian rogado, se dirige el paladin hácia el inextricable
     laberinto en que Alcina habia aprisionado á otros muchos.--Melisa
     le hace ver el error en que ha caido, y le trae el oportuno
     remedio; y Rugiero, avergonzado de su falta, se decide á huir
     rápidamente de aquel país.


El que se ausenta léjos de su patria suele ver cosas que hasta entonces
le habrian parecido increibles; y al referirlas, cuando á ella regresa,
nadie le quiere dar crédito teniéndole por embustero; que el vulgo
necio, como no vea y toque clara y palpablemente las cosas, desconfia de
todo. Por esta razon sé que los hombres inexpertos darán poca fé á lo
que me propongo narrar en este canto. Pero ya sea mucha ó poca la que yo
adquiera, nada me importa: no es al vulgo ignorante y grosero al que me
dirijo, sino á vos, Señor, de cuya clara inteligencia espero que no
tendrá por mentirosa mi relacion; á vos, á quien van dedicados mis
fatigosos desvelos, en la esperanza de que sabreis recompensarlos.

Quedamos en el momento en que se divisó el rio y el puente custodiado
por la arrogante Erifila. Las armas de esta eran del metal más fino, y
sus colores participaban de los matices de distintas piedras preciosas,
como el encarnado rubí, el amarillo crisólito, la verde esmeralda y el
naranjado jacinto. Servíale de cabalgadura, no un caballo, sino un lobo
membrudo y fuerte, cuyos arneses eran de una riqueza nunca vista y sobre
el que atravesaba el rio. No creo que en la Apulia[35] haya existido un
animal de tal magnitud, pues era más alto y grueso que un toro, ni
comprendo cómo podia ella dirigirlo á su voluntad, porque en su
espumante boca no se veia freno alguno. La sobrevesta de aquella hembra,
maldita como la peste, era de color de tierra, y por su corte y hechura,
se asemejaba á la que usan los obispos y prelados en sus actos
oficiales. En la cimera, lo mismo que en el escudo, ostentaba la imágen
de un sapo hinchado y venenoso.

     [35] Region meridional de Italia, tambien llamada la Pulla.

Las dos damas hicieron que el caballero fijase en ella su atencion,
mientras que Erifila, dispuesta á combatir, empezó á mofarse de él y á
cerrarle el paso, como hacer solia con tantos otros. Al ver que Rugiero
avanzaba, le previno imperiosamente que retrocediera; pero él, sin hacer
caso de sus amenazas, empuñó la lanza y la retó á singular combate.
Entonces la giganta, rápida y atrevida, afirmándose en la silla,
enristró la lanza y espoleó al lobo, cuyos presurosos pasos hicieron
temblar la tierra. Al primer choque quedó tendida sobre la yerba, pues
el valiente Rugiero le metió la lanza por debajo del yelmo, arrancándola
de la silla con tal furia, que la arrojó á seis brazas de distancia. Sin
detenerse á más, sacó la espada que hasta entonces no habia
desenvainado, y se dispuso á cortar aquella orgullosa cabeza, como sin
riesgo alguno podia hacerlo, por yacer Erifila como muerta entre la
yerba y las flores, cuando las dos damas le gritaron:

--Conténtate con haberla vencido: no te vengues más cruelmente de ella.
Envaina el acero, ¡oh cortés paladin! y pasando el puente, prosigamos
nuestro camino.

Emprendieron, en efecto, su marcha al través de un bosque por un sendero
áspero y escabroso, que á pesar de su angostura y de las dificultades
que presentaba, les condujo directamente á la cumbre de la colina.
Cuando llegaron á ella se encontraron en una pradera dilatada, donde
contemplaron el palacio más admirable que pudiera verse en el mundo.

Apareció la bella Alcina fuera del pórtico, y se adelantó un buen trecho
á recibir á Rugiero, á quien acogió brillante y agradablemente en medio
de su fastuosa corte. Tantos y tales fueron los obsequios, reverencias y
ofrecimientos prodigados por todos indistintamente al valiente guerrero,
que más no podrian dirigirse al mismo Dios, si se hubiera dignado
descender desde su trono celestial.

El encantador palacio era menos digno de admiracion por las riquezas
increibles que encerraba, que por la gracia, agrado y gentileza, de sus
moradoras: estas, en cuanto á juventud y belleza, se diferenciaban muy
poco entre sí; pero Alcina las sobrepujaba á todas, así como el Sol
sobrepuja en esplendor á los demás astros. Las formas de su cuerpo eran
tan perfectas, cual no pudiera imaginarlas el más inspirado pintor; más
que el oro brillaban las trenzas de sus cabellos blondos, largos y
sedosos: sus delicadas mejillas ostentaban los suaves matices de la rosa
y del ligustro, y su ebúrnea frente completaba graciosamente el conjunto
inimitable de su rostro. Bajo dos arcos negros y sutiles veíanse dos
ojos, negros tambien, ó mejor dicho, dos

     [Ilustración: ¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.

     (Canto VII.)]

claros soles, de dulcísima mirada y parcos movimientos: no parecia sino
que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos
despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los
corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien
delineada nariz, que en líneas regulares dividia el rostro; bajo ella
aparecia, como entre dos pequeños valles, la boca matizada con los rojos
colores del cinabrio más puro, y en la que se descubrian dos hileras de
escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver
alternativamente: de ella salian halagüeñas palabras, capaces de
ablandar el corazon más duro y resistente: en ella se formaba por último
aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever á su arbitrio las
delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual
la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus
pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que
movidas por una apacible aura, van á morir en la cercana orilla. Las
demás partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de
Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo
visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su
blanquísima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba
el más pequeño hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por último,
dos piés pequeños y redondeados servian de sosten á cuerpo tan perfecto,
que cual los de los espíritus celestiales, no podia ni debia ocultarse
bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes,
eran otros tantos lazos tendidos á los corazones de los que la
contemplaban; por lo cual no es de extrañar que Rugiero quedara prendido
en ellos al encontrarse frente á tan sin igual belleza.

De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con
respecto á la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia á creer
que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engaño y la traicion.
Prefirió por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y
desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de
verse convertido en mirto; así como tuvo por una calumnia todo cuanto de
Alcina le habia dicho, y que únicamente la venganza, el hastío y la
envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera
tantas imposturas.

Súbitamente habíase borrado del corazon de Rugiero la imágen de la
hermosa dama á quien tanto amaba; porque Alcina, valiéndose de sus
encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella
estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en él grabada: débese por lo
tanto excusar á Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble
é inconstante.

Sentados á una mesa opípara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce
melodía que esparcian por los aires las cítaras, las arpas y las liras.
No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y
transportes del amor, ó recitaran sonoros y fantásticos versos,
inspirándose en las galanas ficciones de la poesía. Los suntuosos y
celebrados banquetes de los sibaríticos sucesores de Nino, ó los
ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian
compararse con el que la amorosa hada dió en obsequio del valiente
paladin, y aun es dudoso que lleguen á igualarse á él los que celebra en
el Olimpo el sumo Júpiter dispuestos por su copero Ganimedes.

Cuando se levantaron las mesas, entregáronse todos los comensales,
formando círculo, á un juego entretenido, que consistia en preguntarse
recíprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este
pasatiempo ofrecia gran comodidad á los amantes, pues así podian
revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no
desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo
aquella misma noche.

Aquel juego cesó más temprano de lo que se acostumbraba en otras
ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz
disipó las sombras del crepúsculo vespertino. Rodeado de hermosas
doncellas pasó Rugiero á descansar en una cámara fresca y elegante, que
se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofreciéronse allí
de nuevo á los convidados dulces exquisitos y aromáticos vinos, despues
de lo cual se fueron retirando á sus aposentos respectivos, no sin
repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez más sus respetos á
Rugiero. Metióse este entre sábanas perfumadas, que parecian salidas de
las manos de Aracnea[36], poniéndose á escuchar con toda atencion por
ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que
sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba
oirla, y las más de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando
reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta,
miraba hácia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las
horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre
si:--«Ahora viene.»--Y empezaba á contar los pasos que suponia haber
desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en
vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo
que tardó en reunírsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que
creyó que algun obstáculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya
tocaba con sus manos.

     [36] Doncella de Culofon, que tejía tan perfectamente, que no temió
     proponer un desafío á la diosa Minerva, y la diosa irritada por
     haber sido vencida hirió con su lanzadera la cabeza de Aracnea, que
     se ahorcó desesperada y quedó convertida en araña.

Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores más gratos;
y cuando conoció que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud
y el silencio, salió sola de su cámara, y se dirigió silenciosa por un
pasadizo secreto á la estancia en donde Rugiero se encontraba con el
corazon anhelante entre el temor y la esperanza.

Apenas vió el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sintió
circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia
contenerlas la piel: sus miradas engolfáronse con avidez en aquel mar de
delicias y perfecciones, y sin darle tiempo á más, saltó del lecho y la
estrechó entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que
se habia echado sobre uno camisa blanquísima y sumamente sutil. Al
abrazarla Rugiero, cayó el manto que la envolvia, y quedó el velo sutil
y transparente, que no encubria sus perfecciones más de lo que un
diáfano cristal oculta los primores de las rosas ó azucenas.

No se adhiere tan estrechamente la hiedra á la planta en tomo á la cual
se ha abrazado, como se enlazaron mútuamente ambos amantes, cogiendo en
sus labios la flor del espíritu, flor tan suave cual no la producen las
odoríferas arenas índicas ó sabeas. Los amorosos trasportes á que
entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos,
pues más de una vez se encontraron sus labios, y más de una vez
aspiraron su aliento mútuamente.

Estas escenas permanecian secretas en el palacio, y si no secretas, por
lo menos discretamente calladas; que el silencio raras veces ha sido
objeto do censura, y casi siempre de alabanza. Cumpliendo los deseos de
Alcina, los astutos moradores de aquella mansion acogian con semblante
agradable á Rugiero, y le prodigaban toda clase de atenciones,
inclinándose contínuamente ante él. En su placentera estancia no se
echaba de menos ninguno de los deleites que pudiera ambicionar el más
refinado deseo: diariamente cambiaban dos ó tres veces de trajes de
distintas y caprichosas hechuras; menudeaban los banquetes, y las horas
transcurrian en medio de las fiestas, de los juegos, de las justas, de
las luchas y representaciones escénicas, ó bien disfrutando de los
placeres del baño y de la danza: otras veces á la sombra de los
bosquecillos y sentados á las orillas de los arroyuelos leian antiguas
historias de amores; muchos ratos perseguian á la tímida liebre á través
de los floridos valles y de suaves collados, ó guiados por excelentes
sabuesos, hacian salir con estrépido á los atolondrados faisanes de
entre las zarzas y rastrojos: y ya tendian á los tordos lazos y varillas
de liga entre los enebros olorosos, ó ya turbaban la grata tranquilidad
de los peces con anzuelos cebados ó con redes.

Mientras Rugiero se entregaba sin reserva á aquella vida tan placentera,
el rey Cárlos luchaba contra Agramante, cuya historia no debo olvidar
por hablaros de la de Alcina, así como tampoco debo descuidar á
Bradamante que por espacio de muchos dias derramó lágrimas de
desesperacion y angustia, pensando en su deseado amante, á quien habia
visto desaparecer por camino desusado hasta entonces, sin saber donde
iria á parar.

Me fijaré en Bradamante con preferencia á los otros, y diré que durante
muchos dias fué buscando en vano por bosques umbrosos, por abiertas
campiñas, por villas, ciudades, montes y llanuras, sin conseguir la
menor noticia de su adorado amigo, que tan apartado de ella estaba. Con
frecuencia se aventuraba tambien en el campo sarraceno, sin encontrar la
menor huella de su Rugiero: no cesaba de interrogar á unos y otros,
explorando cuidadosamente los alojamientos, barracas y tiendas de
campaña, aunque siempre sin resultado. En estas pesquisas no corria
peligro alguno; pues pasaba entre los infantes y ginetes sin ser vista,
merced á aquel anillo que la hacia invisible cuando se lo metia en la
boca.

No quiere ni puede creer que haya muerto; porque la pérdida de un héroe
como Rugiero habria resonado desde las orillas del Hidaspes[37] hasta
las regiones en que el Sol se oculta. No sabe decir ni imaginar siquiera
qué camino haya podido seguir por el Cielo ó por la Tierra, y sin
embargo, la desventurada no cesa de buscarle, llevando por compañía sus
lágrimas y suspiros, y la pena más aguda.

     [37] Nombre antiguo de un rio de la India, famoso por una batalla
     que dió en sus márgenes Alejandro contra Poro.

Resolvió al fin volver á la cueva donde descansaban los huesos del
profeta Merlin, y prorumpir en tales exclamaciones al rededor de la
tumba, que movieran á compasion al frio mármol, presumiendo que si vivia
Rugiero, ó si nuestro fatal destino hubiera tronchado su adorada
existencia, allí podria saberlo, y tomaria en consecuencia la
determinacion que más conveniente le pareciera.

Emprendió con tal intento el camino que guiaba á las selvas próximas á
Poitiers, donde existia, oculta en un sitio agreste y sombrío, la tumba
oral de Merlin; pero aquella Maga que tanto se interesaba por la suerte
de Bradamante; aquella que en la gruta le diera á conocer las
condiciones de su posteridad; aquella encantadora sábia y benigna que
velaba con solicitud por la jóven, sabiendo que de su seno habrian de
salir tantos guerreros invictos, tantos semidioses, procuraba conocer
diariamente sus menores acciones y palabras: así es que habia tenido
noticia de la libertad y de la pérdida de Rugiero, y tambien de su
forzoso viaje á la India. Habíale visto sobre aquel desenfrenado corcel,
que no podia dirigir, recorrer un trayecto inmenso por vias peligrosas é
inusitadas: y no ignoraba que despues el guerrero, olvidando á su señor,
á su dama y hasta su honra, pasaba la vida entregado á los juegos, las
danzas, los banquetes, y por fin, á la molicie del ocio más afeminado.
En tan prolongada inercia podria haber llegado á consumir tan gentil
caballero la flor de sus años, para perder despues no solo el cuerpo y
el alma á un tiempo, sino aquella honrosa fama, única cosa que de
nosotros queda cuando desaparece de la tierra nuestro débil cuerpo.

Pero la bondadosa Melisa, que estaba consagrada al cuidado de Rugiero
más que él mismo, se propuso atraerle nuevamente al camino áspero y
fatigoso de la verdadera virtud, aunque fuera á pesar suyo, como un
excelente médico que emplea para curar el hierro y el fuego y hasta el
veneno, y si bien al principio causa agudos dolores con tan crueles
medios, devuelve con ellos la salud al enfermo, que no puede menos de
mostrársele agradecido. No le cegaba, sin embargo, tanto su cariño hácia
Rugiero que, como Atlante, pensara tan solo en conservarle la vida, ni,
como este, queria prolongarla aun á costa de su honor y su renombre,
despreciando todos los elogios y la admiracion del mundo con tal de que
ni en un solo año se anticipara su muerte. Atlante era el que le habia
enviado á la isla de Alcina, con objeto de que en su corte olvidara la
gloria de las armas: y como mágico experto y consumado, habia unido el
corazon de aquella reina al de Rugiero con un lazo tan amoroso y fuerte,
que jamás hubiera podido romperse, aunque el guerrero llegara á una
edad más avanzada que la de Néstor.

Volviendo, pues, á la encantadora que tan bien conocia el porvenir, diré
que, siguiendo el mismo camino por donde acudia errante la hija de Amon,
se encontró con ella. Al ver Bradamante á su querida Maga trocóse su
primitiva pena en esperanza: Melisa no tardó en anunciarle todo cuanto á
su Rugiero habia acontecido. La jóven quedó casi inanimada al saber que
su amante estaba tan apartado de ella, y mucho más al comprender que su
amor peligraba si no se ponia un pronto y eficaz medio; pero la solícita
Maga la tranquilizó, derramando con sus palabras un bálsamo consolador
en la herida que con sus noticias habia abierto, y prometiéndole y
jurándole que lograria hacer que volviera á ver á su Rugiero dentro de
pocos dias.

--Puesto que tienes en tu poder, le dijo, el anillo que destruye todas
las artes mágicas, no dudo un momento que si yo lo llevo al palacio
donde Alcina tiene cautivo á tu bien, conseguiré deshacer sus
encantamientos, y devolverte tu amante. Emprenderé la marcha en cuanto
aparezca el crepúsculo vespertino, y llegaré á la India al despuntar la
aurora.

Y continuó dándole cuenta del plan que habia trazado para arrancar al
paladin de aquella corte muelle y afeminada y hacerle volver á Francia.

Bradamante se quitó el anillo del dedo, y no solamente este, sino hasta
el corazon y la vida le habria dado con tal de que salvara á su amante.
Recomendóle mucho la conservacion de aquella alhaja, y encargóle mucho
más aun el cuidado de su Rugiero, á quien, por su conducto, enviaba mil
ternezas. Tomó en seguida el camino de la Provenza, mientras que la
encantadora se encaminó por opuesta via.

Para llevar á cabo su proyecto, al empezar la noche hizo Melisa aparecer
un palafren enteramente negro, pero con una pata roja, que probablemente
seria uno de los duendes ó espíritus infernales revestido de aquella
forma. La mágica montó en él, llevando desceñida la túnica, descalza, y
con los cabellos sueltos y horriblemente desordenados, habiéndose
quitado de antemano el anillo del dedo á fin de que su virtud eficaz no
destruyese aquel encanto. Emprendió despues tan veloz carrera que al
amanecer del siguiente dia se encontró en los dominios de Alcina.

Una vez en la isla, transformóse admirablemente: su estatura creció más
de un palmo; todos sus miembros engruesaron en proporcion, quedando bajo
el aspecto del Nigromante que criara con tanto cariño á Rugiero. En sus
mejillas apareció de improviso una luenga barba, y profundas arrugas
surcaron su frente y todo su rostro: en sus movimientos, en sus palabras
y en sus facciones imitó tan bien al encantador Atlante, que no parecia
sino que fuese él mismo.

Ocultóse despues, esforzándose en alejar de Rugiero á la enamorada
Alcina, hasta que al fin lo consiguió, aunque no sin trabajo; pues la
hada no podia permanecer un momento apartada de él. Encontróle
completamente solo, segun era su deseo, á la orilla de un riachuelo que
corria desde una colina hasta un pequeño lago límpido y ameno. En sus
vestiduras, hechas de tela de oro y seda, tejidas con prolijo esmero por
la mano de Alcina, y llenas de adornos y de perfumes, se echaba de ver
el ocio y la lascivia. Pendia de su cuello hasta el pecho un espléndido
collar de piedras preciosas, y en los brazos, un tiempo varoniles,
llevaba ricos brazaletes; atravesaban sus orejas dos hilos delgados de
oro en forma de sortijas que sostenian otras tantas perlas de
extraordinaria magnitud, cual nunca se hayan visto en la Arabia ó en la
India. Húmedos estaban sus ensortijados cabellos con los perfumes más
preciados y de olor más suave, y por último sus gestos, sus movimientos
respiraban la molicie y la afeminacion que es proverbial entre los
galanteadores de oficio de las damas de Valencia. Tal variacion habia
sufrido por la fuerza de los encantos de Alcina, que del antiguo Rugiero
solo quedaba el nombre; lo demás se habia corrompido ó estragado.

En esta situacion le encontró Melisa, que se presentó ante él bajo la
forma de Atlante, con aquel rostro grave y venerable tan respetado
siempre por Rugiero; y fijando en él la mirada colérica y amenazadora
que con frecuencia le habia hecho temblar en su niñez, le increpó en
estos términos:

--¿Es este el fruto que por espacio de tanto tiempo he debido esperar en
recompensa de mis sudores? ¿Te dí acaso por primeros alimentos la grasa
de los osos y leones, y andando por cavernas y profundos barrancos te
acostumbré desde niño á extrangular serpientes, á desarmar de sus
tajantes garras los tigres y panteras, y arrancar los colmillos al
javalí vivo, para despues de tantos afanes verte hoy convertido en el
Adónis ó el Atis de Alcina? ¿Es esto lo que la contínua observacion de
los astros y de las fibras palpitantes de los animales, los horóscopos,
los agüeros, los sueños y demás sortilegios á cuyo estudio me he
dedicado incesantemente me habian prometido esperar de tí desde tu más
tierna infancia, para cuando llegaras á la edad viril, en que tus
acciones heróicas debian ser tan preclaras y famosas cual nunca se
hubieran visto en el mundo? ¡Digno principio de tu carrera es este, que
permita esperar verte pronto convertido en un Alejandro, un César ó un
Escipion!

»¿Quién podria ¡ay de mí! presumir, que voluntariamente te convirtieras
en el esclavo de Alcina? Nadie podrá, sin embargo, poner en duda tu
oprobio, al contemplar en tus brazos y en tu cuello la cadena con que
ella dirige á su albedrío todos tus movimientos y acciones. Si no es
bastante á moverte tu propia estimacion; si no tienes en nada las
alabanzas y loores que puedes conseguir, así como tampoco sabes apreciar
en su justo valor el brillante destino que te reserva el cielo, ¿por qué
has de privar á tus sucesores del bien que te he predicho tantas veces?
¿Por qué has de consentir que permanezca infecundo el seno destinado por
el Cielo para concebir la raza gloriosa y sobrehumana, que ha de dar al
mundo más esplendor que el mismo Sol? No impidas, no, que las más nobles
almas que se han formado en la mente del Eterno adquieran de tiempo en
tiempo forma corpórea en el tronco cuya raiz has de ser tú. No seas, no,
un obstáculo á los mil triunfos y victorias gloriosas con que tus hijos,
tus nietos y todos tus descendientes han de devolver á Italia su
pristino honor, despues de muchos reveses y crueles pruebas.

»Deberian inclinar tu abatido ánimo á salir de ese estado tantas y
tantas almas bellas, ilustres, preclaras, invictas y santas como
florecerán en el árbol fecundo de tu estirpe, y sobre todo, deberia
reanimarte la esperanza de verte reproducido en Hipólito y su hermano,
séres los dos tan perfectos en todos los grados que á la virtud
conducen, cual pocos han existido en el mundo hasta el presente. De
ellos acostumbraba á hablarte con más frecuencia que de los otros, ya
porque su fama y su valor serán mayores que los de los restantes, ya
tambien porque observaba que era más fija tu atencion cuando de ellos me
ocupaba, que al referirte la historia de tus demás sucesores,
regocijándote con la idea de que tan ilustres héroes habian de
pertenecer á tu linaje.

»¿Qué tiene, pues, la que actualmente reina en tu corazon, que no lo
tengan mil y mil meretrices? ¿No ha sido tambien la concubina de otros
muchos, á quienes ha proporcionado al cabo una felicidad como suya?
Pero, á fin de que conozcas quién es Alcina, despojada de sus embustes y
artificios, coloca este anillo en tu dedo, vuelve á su lado, y entonces
podrás formar una exacta opinion de su belleza.»

Mientras Melisa le dirigia tan amargas reconvenciones, permanecia
Rugiero confuso, mudo, con la vista fija en el suelo y sin saber qué
decir: púsole la Maga el anillo en el dedo, y á su contacto se
estremeció el guerrero, que vuelto en sí, se vió abrumado de tal
vergüenza que hubiera deseado encontrarse á mil brazas debajo de tierra
para sustraerse á las miradas de todos.

En un momento recobró la Maga su primitivo ser, por considerar ya
innecesario ocultarse bajo la figura de Atlante, una vez conseguido el
resultado que se propusiera. En seguida se dió á conocer á Rugiero, y
habiéndole dicho su nombre, le participó que era enviada por aquella
apasionada jóven, que llena de amor pensaba continuamente en él, y que
no pudiendo vivir sin su Rugiero, habíala rogado que fuese á romper las
cadenas á que lo tenia sujeto la violencia del arte mágica; añadiendo
que habia tomado la forma de Atlante de Carena para obtener de él mayor
crédito y reverencia; pero que una vez conseguida su curacion, no habia
tenido inconveniente en darse á conocer y en descubrirle la verdad
entera.

--Aquella dama gentil que te ama tanto, prosiguió; aquella cuyas
virtudes la hacen tan digna de tu amor, y á quien debes saber que eres
deudor de la libertad que ahora disfrutas, si acaso lo has olvidado, te
envia este anillo que destruye todos los encantos de la magia, y de
igual modo hubiérate mandado su corazon, si este poseyera como aquel una
virtud capaz de influir en tu salvacion.

Melisa continuó hablándole del amor que Bradamante le habia profesado y
seguia profesándole; ensalzando al mismo tiempo su valor en cuanto era
compatible con la verdad y con la inclinacion que hácia la jóven sentia:
trató por último de todos estos asuntos con la perspicacia y talento
propios de tan experta mensajera, en términos de hacer que Rugiero
sintiera hácia Alcina el mismo horror que causa la vista de los objetos
más horrorosos. Este odio naciente parecerá extraño en el hombre que tan
apasionado estaba momentos antes; pero dejará de serlo si se tiene en
cuenta que aquel amor era hijo de la influencia de la magia, cuya
influencia quedó destruida en presencia del anillo. Este talisman hizo
más aun: transformó por completo las fingidas perfecciones de Alcina,
patentizando que cuanto ostentaba la hada desde el pié á los cabellos,
nada era suyo; así es que desapareció lo bello y quedó la fealdad en su
ingrata desnudez.

Así como el niño que esconde una fruta madura, y olvidando despues el
sitio donde la ha ocultado, si pasados algunos dias la encuentra por
casualidad, se admira al verla podrida y deshecha y muy diferente de
cómo él la escondió, y entonces en vez de apetecerla tanto como antes,
la odia, la desprecia y la arroja léjos de sí, del mismo modo Rugiero,
cuando por obra de Melisa volvió á hallarse en presencia de Alcina,
provisto de aquel anillo contra el que nada valen los sortilegios cuando
se lleva en el dedo, encontró en vez de la hermosa mujer de quien hacía
poco tiempo se separara, un ser tan deforme que en toda la Tierra
existia otro más decrépito ni mas horrible.

La faz de Alcina aparecia pálida, rugosa y macilenta; sus cabellos
escasos y encanecidos: su estatura no llegaba á seis palmos, ni en su
boca existia diente alguno, pues habia vivido más que Hécuba, más que la
Sibila cumea y más que cualquiera otra mujer. Merced á un arte,
desconocido en nuestro tiempo, lograba parecer jóven y bella: así es que
por medio de su magia habia ya seducido á otros muchos lo mismo que á
Rugiero, cuando el anillo vino á arrancar la máscara que por espacio de
muchos años habia ocultado la verdad. No era, pues, maravilloso que de
la mente de Rugiero desapareciera todo pensamiento que le hablara del
amor de Alcina, al contemplarla bajo el aspecto que ya no podian
disfrazar sus sortilegios.

Siguiendo el paladin los consejos de Melisa, no dió á conocer en su
semblante el disgusto que le causaba ya cuanto le rodeaba, hasta que
vistió por completo su armadura, tanto tiempo abandonada. A fin de que
Alcina no sospechara nada, pretestó que queria probar sus fuerzas, y ver
si habia engruesado despues de tantos dias como no iba cubierto con su
arnés. Ciñóse al costado á Balisarda, que este era el nombre de su
espada: cogió además el admirable escudo que no solo deslumbraba la
vista de cuantos le miraban, sino tambien les abatia como si el alma se
desprendiera de su cuerpo; y se lo colgó del cuello, cubierto con el
mismo velo que lo envolvia. Bajó á la cuadra, é hizo que le ensillaran
un corcel más negro que la pez, designado de antemano por Melisa quien
conocia la extraordinaria lijereza de sus piernas: llamábase Rabican y
era el mismo que condujo á aquel sitio la ballena en compañía del
caballero que convertido en mirto, era juguete de los vientos en la
orilla del mar. Podia igualmente haberse llevado el hipogrifo que estaba
atado junto á Rabican; pero la maga le dijo que recordara la
indocilidad de aquel animal, de que tenia ya pruebas, añadiendo que al
dia siguiente lo sacaria fuera de aquel país, cuando se encontraran en
un sitio á propósito donde pudiera enseñarle el modo de enfrenarlo y
dirigirlo á su placer; y que seria conveniente dejarlo en la cuadra, á
fin de que la presencia del corcel alado en ella no hiciera sospechar su
evasion.

Hizo Rugiero cuanto le aconsejó Melisa, que aunque invisible para todos,
no se apartaba de su lado. Con tales ficciones, salió del palacio
lascivo y muelle de la decrépita prostituta y se encaminó hácia una de
las puertas de la ciudad por donde se salia al camino que guiaba á los
estados de Logistila. Atacó de improviso á los que la custodiaban y
emprendiendo con ellos á cuchilladas, dejó á unos muertos y á otros mal
heridos, escapándose despues con toda lijereza por el puente; y antes
que Alcina tuviera noticia de su fuga, ya habia puesto una considerable
distancia entre él y la ciudad. En el canto siguiente referiré el camino
que siguió, y cómo llegó despues al país de Logistila.



CANTO VIII.

     Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.--Melisa devuelve su forma
     primitiva á Astolfo y á sus demás compañeros de
     cautiverio.--Reinaldo consigue levantar ejércitos que acudan en
     auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible
     apuro.--Angélica, encontrada durmiendo junto al ermitaño, es
     ofrecida como pasto á un mónstruo marino.--Orlando, que vé en
     sueños su desgracia, abandona angustiado á París.


¡Oh! ¡Cuán léjos estamos de sospechar el número de encantadores y
encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con
sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que
alcancen este resultado evocando á los espíritus ó consultando á los
astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engaño es como
someten á su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que
poseyera el anillo de Angélica, ó mejor dicho, el que estuviera dotado
de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro
de aquellos, despojado de la máscara que les proporcionan el arte y el
fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno,
quedaria convertido en un mónstruo de fealdad y perfidia, una vez
perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fué una
gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo presentó las
cosas bajo su aspecto verdadero.

Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, montó en
Rabican y se dirigió hácia la puerta de la ciudad completamente armado;
encontró desprevenidos á los guardias, y desenvainando el acero,
arremetió contra ellos, dejando muertos á unos y mal heridos á otros:
cruzó enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se internó por el
bosque; más á los pocos pasos tropezó con un criado de la hada. Llevaba
este en el puño un ave de rapiña, á la que se divertia en hacer
desplegar el vuelo todos los dias, ora hácia el campo, ora en direccion
á una laguna próxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre
sus garras; iba además acompañado de un perro, y cabalgaba en un rocin
de mala estampa.

Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con
tanta celeridad, le salió al encuentro, y con impertinente ademan le
preguntó la causa de su precipitacion. Rugiero no se dignó contestar á
tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se
propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo
cual extendió el brazo izquierdo exclamando:--¿Qué dirás si te prendo
inmediatamente? ¿Qué, si no llegas á poder defenderte de este
pájaro?»--Y lanzó por el aire á su halcon, el cual empezó á agitar las
alas con tal rapidez, que alcanzó á Rabican en su veloz carrera. El
cazador saltó en seguida de su caballejo, quitóle el freno, y el animal,
al verse libre, partió semejante á la flecha despedida del arco; pero
mucho peor que ella, atendiendo á sus coces terribles y crueles
mordeduras: el criado echó á correr tras él tan rápidamente que parecia
empujado por el viento. El perro, á su vez, no quiso quedarse rezagado,
sino que siguió á Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir
á las liebres en el prado.

A Rugiero le pareció vergonzoso no hacer frente á sus despreciables
enemigos, y se volvió hácia el audaz cazador; pero al ver que sus únicas
armas consistian en una vara que le servia para castigar á su perro, se
desdeñó de desenvainar la espada. Acercósele, sin embargo, el criado de
Alcina, y empezó á golpearle con la vara; mordióle el perro en el pié
izquierdo; el caballo por su parte le tiró tres pares de coces, que le
alcanzaron á un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su
derredor, le clavó varias veces las afiladas uñas en la carne: ante tal
acometida, espantóse Rabican, y no obedeció ya al freno ni al acicate.

Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como
ridícula, desnudó el acero, y empezó á amenazar con el filo y con la
punta al hombre y á los tres animales: pero aquella importuna turba le
atosigaba cada vez más, cerrándole todos los lados del camino, y
demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado
el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre él si conseguian sus
adversarios detenerle un poco más; pues no ignoraba que por corta que
fuera su detencion, no tardaria en salir á perseguirle Alcina con todo
su pueblo.

En esto empezaron á resonar los valles con el extruendo de las trompas,
los atabales y las campanas. El paladin comprendió entonces que de nada
le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y
que seria más breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante.
Levantó el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos
dias, y la luz deslumbradora que despidió el escudo inmediatamente,
hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas
otras veces produjera. Perdió el cazador los sentidos; cayó el perro y
el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en
el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dejó entregados á
su soporífico sueño.

Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar
las puertas de la ciudad dando muerte á un buen número de los que la
custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo á punto de perder el
conocimiento; desgarró sus vestiduras y se golpeó el rostro, acusándose
de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y
reunió en torno suyo todas sus gentes. Dividiólas en dos partes, á una
de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la
otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecióse este en un
momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fué la
desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar á su
Rugiero, que dejó la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco quedó
guardia alguna, cuya circunstancia proporcionó á Melisa, que estaba
acechando la ocasion más favorable para poner en libertad á los
desgraciados que gemian en aquel país maldito, el tiempo necesario para
examinarlo todo, quemar imágenes y destruir signos cabalísticos y toda
clase de talismanes y maleficios. Desde allí se puso á recorrer
presurosa las campiñas, haciendo que recobrara su primitiva forma
aquella numerosa multitud de amantes desdeñados, que estaban convertidos
en fuentes, en fieras, en árboles ó en piedras. Todos ellos, una vez
libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusiéronse en salvo
en los estados de Logistila, y pasaron desde allí á la Escitia, la
Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de
ser más prudentes en lo sucesivo.

Melisa habia devuelto á Astolfo, antes que á los demás, la forma humana,
en atencion á su parentesco con Bradamante y á los insistentes ruegos de
Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin
entregó el anillo á Melisa, á fin de que su auxilio en favor de aquel
caballero fuera más eficaz. Merced, pues, á los ruegos de Rugiero volvió
Astolfo á su anterior aspecto; á pesar de lo cual creyó Melisa que su
obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo
aquella lanza de oro, que derribaba á todos los caballeros á su menor
contacto; lanza que fué primero de Argalía, de Astolfo despues, y que
tanta gloria proporcionó en Francia á uno y á otro. Melisa logró
encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las demás
armas que fueron sustraidas al duque en aquella pérfida mansion. Montó
despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera á la
grupa, y le condujo al país de Logistila, á donde llegaron una hora
antes que Rugiero.

Este guerrero caminaba en tanto al través de duras peñas y punzantes
zarzas hácia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos é
internándose por senderos ásperos, desiertos, inhospitalarios y yermos.
Despues de una marcha de las más penosas, llegó hácia la hora calurosa
del mediodia á una playa situada entre el mar y una montaña, descubierta
por el Sur, arenosa, desnuda, estéril y desierta. El Sol dejaba caer
perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el
vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las
arenas, que habria bastado á derretir el vidrio. Los pájaros permanecian
inmóviles en la sombra; y únicamente la cigarra, oculta entre las ramas
de algun árbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con
su enojoso canto.

El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino, á lo
largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado á Rugiero.

Mas como no conviene que se diga que ocupo á mis lectores con un solo
asunto, dejaré por ahora á Rugiero sofocado por aquel calor, é iré á
buscar á Reinaldo en Escocia.

Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de
todo el país. Cuando se presentó una ocasion oportuna, dió á conocer con
más detenimiento la causa que le habia obligado á ir á aquel reino; la
cual no era otra que pedir en nombre de su señor el auxilio de la
Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justísimas razones
que militaban en favor de Cárlos. Contestóle el monarca sin vacilar, que
en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto á ser útil á
Cárlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias
pondria sobre las armas el mayor número de soldados que le fuera
posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran
satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de
Francia, añadiendo, por último, que esta consideracion no le detendria,
si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y
digno sobre todo del mando del ejército, si bien por entonces se hallaba
ausente del reino; pero que esperaba su regreso ínterin reunia las
fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo á la cabeza.

En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de
recursos para alistar infantes y ginetes; aparejó además numerosas
naves, proveyéndolas de municiones de boca y guerra y del dinero
necesario, y cuando Reinaldo se despidió de él cortesmente para pasar á
Inglaterra, fué acompañándole hasta Berwik, donde le dejó, no sin que
aquella separacion le costara algunas lágrimas. Un viento favorable
hinchaba ya las velas; despidióse Rugiero amistosamente de todos al
embarcarse, y maniobrando hábilmente los marineros, llegaron tras una
travesía corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al
encontrarse con el Támesis convierten en amargas sus aguas dulces:
aprovecháronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y
caminando con toda seguridad á la vela y al remo, llegaron en breve á la
vista de Lóndres.

Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que
tambien se hallaba sitiado en Paris, para el príncipe de Gales,
encargándole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes
pudiera proporcionar aquel país, y los hiciera transportar á Calais sin
pérdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El
príncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de
Oton, recibió tan brillantemente á Reinaldo de Amon, y le dispensó tales
honores que quizá no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca.
Accediendo despues á su demanda, dió órden para que en un dia prefijado
estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en
Bretaña y en sus islas adyacentes.

Mas permitidme, Señor, que haga ahora lo que un buen músico al tocar una
pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia
á su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que
estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Angélica, á
quien dejé en compañía de un ermitaño mientras iba huyendo. Continuaré,
pues, su historia.

Dije que suplicaba con afan al ermitaño que le indicara el camino del
mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir
si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de
Europa; pero el viejo, á quien causaba un gran placer la compañía de la
jóven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza
extraordinaria de Angélica inflamó su corazon, cuyo fuego reavivó sus ya
heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la
doncella, y que no

     [Ilustración: El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se
     alejaba más y más.

     (Canto VIII.)]

queria permanecer más tiempo con él, aguijó con desesperacion á su asno
sin conseguir que acelerara su paso lento y tardío. Al ver que Angélica
se iba alejando más y más, y temiendo perder su pista, recurrió á los
espíritus infernales, y á su evocacion apareció una turba de demonios.
Eligió á uno de entre ellos, é informándole préviamente de sus
intenciones, hízole penetrar en el cuerpo del corcel de Angélica, que
con su rápida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y
cual perro sagaz que, acostumbrado á seguir por el monte la pista de las
zorras ó de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que
la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se
planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su víctima, que
cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y
destrozada, el ermitaño propúsose del mismo modo salir al encuentro de
la fugitiva por distinto camino. Cuál sea su designio, lo comprendo
perfectamente, y aun os lo daré á conocer más adelante.

Angélica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo
jornadas más ó menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en
el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta
que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco
puede extinguirse. Cuando la doncella llegó á la orilla del mar que baña
las costas de Gascuña, encaminó su corcel por el lado de las olas
buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez á la playa;
entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipitó de tal modo
en el agua, que hubo de empezar á nadar. Atemorizada la jóven, ignoraba
el partido que debia tomar; afirmóse en la silla, y cuanto más tiraba de
las bridas de su caballo para obligarle á retroceder, más y más se
internaba en el mar. Levantóse lo vestidos para no mojarlos, y encogió
cuanto pudo los piés; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas á
merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian
tranquilos, y así como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.

Angélica volvia inútilmente hácia la tierra sus hermosos ojos, cuyas
lágrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia
alejarse más la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel,
que nadaba girando á la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sacó á
tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas
espantosas, cuando ya empezaba á oscurecerse el dia. Al verse aislada en
aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente á la
hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra
sumidos en las tinieblas, quedóse Angélica tan inmóvil, que cualquiera
que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada
de sentidos, ó una estátua de piedra pintada.

Estática y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y
desordenados, juntas las manos é inmóviles los labios, tenia elevados al
Cielo sus ojos lánguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber
convertido en daño suyo todos los acontecimientos. Permaneció bastante
tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en
amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.

--¡Oh, Fortuna! decia: ¿qué más te queda por hacer? ¿Aun no has saciado
en mí tus furores? ¿No estoy aun bastante disfamada? ¿Qué más puedo ya
darte sino esta mísera vida? Pero ¡ah! no es eso lo que deseas; pues de
lo contrario no te habrias apresurado á sacarla del mar, cuando en él
hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis
tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el último suspiro. No
veo, sin embargo, qué penas puedas infligirme mayores de las que me has
causado. Por tí he sido arrojada de un trono que no espero recobrar
jamás; y hasta he perdido el honor, lo cual es más sensible, pues si
bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por
impúdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.

»¿Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer á quien se
tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera ó supuesta, me
perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues
han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fué muerto mi
hermano, Argalía, á quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por
ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrotó á mi padre Galafron, gran
Khan del Catay en la India; por ellas me veo á tal extremo reducida, que
cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor
y la familia, y me has causado ya todo el daño posible, ¿para qué nuevas
desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una
muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables,
consentiré en que me entregues á alguna fiera que me destroce sin
piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podré
agradecértelo bastante como ponga fin á mi existencia.»

Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareció el
ermitaño á su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado
contemplando á Angélica, mientras al pié del peñasco se entregaba á su
dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en
aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y
aproximóse entonces á la jóven con aire más devoto que San Pablo ó San
Hilarion. Angélica se tranquilizó algun tanto al divisarle, pues no le
conoció: su temor fué desapareciendo poco á poco, aunque no la mortal
palidez de su semblante. Cuando le vió á su lado, exclamó:

--Padre, apiadaos de mí, que me encuentro en grave apuro.

Y con voz entrecortada por los sollozos, le refirió lo que él sabia
perfectamente.

El ermitaño empezó á consolarla con frases tiernas y llenas de uncion;
pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las
megillas húmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez más
audaz intentó abrazarla; pero la jóven indignada, extendió su brazo
desdeñosamente y le rechazó léjos de sí, encendida de un vivo rubor.

Llevaba el ermitaño pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que
sacó un frasquito que contenia cierto licor: destapólo y salpicó
ligeramente con él los poderosos ojos que iluminaban el rostro más
perfecto que creara el Amor: á su contacto, cerráronse los párpados de
Angélica, que cayó adormecida en el suelo y á entera disposicion del
viejo lascivo. Este empezó por estrecharla entre sus brazos, y sus
impúdicas manos se fijaron á su placer en las perfectas formas de la
jóven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el
ermitaño continuó besándola ardorosamente en los labios y el pecho, y
aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intentó
realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrépito
no correspondió á ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos
conseguia el resultado apetecido; hasta que por último cansado de
aquella lucha entre sus años y su lascivia, quedóse dormido á su vez
junto al objeto de su pasion, á quien amenazaba una nueva desgracia.
¡Cuán cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte
en juguete de sus caprichos á cualquier mortal!

Mas para referiros lo que le aconteció, es preciso que me separe un
tanto de la línea recta. En el mar del Norte hácia el Ocaso y más allá
de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy
escasa, desde que fué casi destruida por la orca fiera y otros mónstruos
marinos, que condujo allí Proteo para satisfacer su venganza.

Cuentan las historias antiguas, con fundamento ó sin él, que en aquella
isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta
gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consiguió
inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la
contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expió un momento
favorable, y apoderándose de la princesa, la abandonó despues dejando en
sus entrañas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, montó
en cólera luego que descubrió la falta de su hija, y sin moverle á
compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un
padre, llevó á cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo
tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia.
El marino Proteo encargado de apacentar los rebaños de Neptuno, soberano
de las aguas, sintió un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su
amada; y rompiendo en su furor las leyes y órdenes severas de su padre,
hizo salir á tierra las orcas, focas y demás mónstruos marinos, que no
solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las
aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanzó á las ciudades
amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando á sus pobladores á
permanecer dia y noche armados con gran temor y sobresaltado ánimo.
Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados á
abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta,
determinaron consultar al oráculo, cuya respuesta fué: que les era
preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y
ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar;
añadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para sí, cesando
en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras
otra, hasta dejarle satisfecho.

Entonces empezó una suerte desgraciada para las doncellas que
despuntaban en belleza ó gracia; pues conducidas sucesivamente ante
Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo
desde la primera á la última, devoradas por una orca, que permaneció
allí con este intento despues que se alejaron los restantes mónstruos
marinos. Fuese falsa ó verdadera esta historia de Proteo, no me atreveré
á afirmarlo; pero es lo cierto, que á consecuencia de ella se estableció
en aquella isla una ley bárbara contra las mujeres, la cual disponia que
se habia de alimentar con su carne á la orca monstruosa, que no dejaba
un solo dia de salir á la orilla. Si la condicion de mujer es una
desgracia en todas partes, en aquel país lo era mucho más por esta
causa.

¡Desgraciadas de las doncellas á quienes los azares de una suerte
contraria transportaban á aquellas infaustas playas! No bien aparecia en
ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perpétuo
acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mónstruo; pues
cuanto mayor fuera el número de extranjeras que pereciesen, menor seria
el de las suyas á quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no
siempre los vientos traian á sus costas las víctimas que deseaban, iban
constantemente buscándolas por do quiera, recorriendo los mares en
fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las
más cercanas, como desde las más apartadas playas, doncellas que
aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio
de la fuerza ó de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de
modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jóvenes de
diferentes paises.

Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida
entre malezas y sobre la húmeda yerba yacia dormida la infortunada
Angélica, saltaron á tierra algunos marineros para proveerse de agua y
de leña, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los
brazos del ermitaño. ¡Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan
feroz y villana! ¡Oh fortuna cruel! ¿Quién habia de pensar que tu
influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en
alimento de un mónstruo á la extraordinaria beldad por quien pasó el rey
Agrican desde los montes del Cáucaso con media Escitia á buscar la
muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien
Sacripante despreció su honor y su corona; la maravillosa hermosura por
quien el Señor de Anglante vió empañada su fama ilustre y perdida su
razon; la mujer seductura que trastornó todo el Oriente, y le sujetó á
su voluntad, se vé ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio
alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.

La desdichada doncella, sumida aun en su letárgico sueño, encontróse
encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo
tiempo del ermitaño, y juntamente con la jóven le trasladaron á su
bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y
pronto llegó la nave á la isla funesta, donde encerraron á Angélica en
una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le tocó la
suerte de ser presentada como cebo al mónstruo marino. Su belleza no
pudo menos de conmover á los crueles habitantes de la isla, que por
espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservándola
hasta el último extremo; y mientras contaron con doncellas que
sacrificar, prolongaron la vida de Angélica. Por último, la condujeron á
la playa, derramando lágrimas de compasion cuantos la rodeaban.

¿Quién será capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las
quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia
que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fué
puesta la hermosa jóven sobre la helada roca donde la esperaba una
muerte tétrica y abominable. No seré yo quien pretenda pintar aquella
escena con sus sombríos colores: tan grande es el dolor que lacera mi
corazon, que me veo obligado á acudir á otra parte y á escribir versos
menos lúgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las escuálidas
culebras, ni la tigre más ciega de furor, ni la venenosa serpiente que
se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas
del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectáculo que
ofrecia Angélica atada á la desnuda roca.

¡Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla
habia volado á París; si la hubiesen visto los dos guerreros á quienes
engañó el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las
regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de
acudir en su socorro. Pero hallándose tan léjos de ella, ¿qué podrian
hacer en su favor, aun cuando llegara á su noticia el apurado trance á
que se veia reducida?

París entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey
Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia
estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y á no ser porque el Cielo,
escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envió una abundante
lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido
destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor,
accediendo compasivo á las justas súplicas del anciano Cárlos, apagó con
una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir á la ciudad, y
contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sábio es
el que acude á Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que Él puede
ampararle: harto bien lo conoció el rey Cárlos, pues únicamente debió su
salvacion al auxilio divino.

Orlando pasó la noche recostado en su lecho, entregado á mil encontrados
pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra,
ó bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en
ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua
cristalina, herida por los rayos del Sol ó los del astro de la noche, se
reproducen en los techos á gran distancia tan pronto hácia la derecha
como hácia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Angélica
que volvia á ocupar su imaginacion, por más que no se hubiera borrado de
ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que
durante el dia parecia oculta. Habiéndola traido consigo desde el Catay
al Poniente, perdió sus huellas al llegar á Francia, y no logró
encontrarlas hasta el dia en que Cárlos fué derrotado junto á Burdeos.
Grande era el pesar que semejante pérdida causaba á Orlando, y por ello
se reprochaba continuamente su debilidad é imprevision.

--¡Alma mia, exclamaba, cuán vilmente me he portado contigo! ¡Ay de mi!
¡cuánto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia
del duque de Baviera por no saber oponerme á tan dura órden, cuando
podia continuar viviendo á tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo
permitiera. ¿No tenia yo razones para impedirlo? Quizá Cárlos no me
habria contrariado; y si se hubiera opuesto, ¿quién seria capaz de
apoderarse de tí contra mi voluntad? ¿Quién hubiera arrostrado mi
despecho? ¿No podria yo haber apelado á las armas, y dejarme arrancar el
corazon antes que ceder? ¡Ah! Ni Cárlos ni todos sus guerreros juntos
serian bastantes á arrebatarte de entre mis brazos. Si á lo menos te
hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de París ó en alguna
fortaleza;... pero ¿á qué confiarte á Namo? ¿Quién seria capaz de
custodiarte mejor que yo en el mundo? A mí me tocaba cuidar de tí hasta
la muerte, y te hubiera guardado más que á mis ojos, más que á mi mismo
corazon. Y sin embargo, á pesar de ser este mi deber, fuí tan insensato,
que no lo cumplí! ¡Dónde te encuentras ahora léjos de mí, alma de mi
alma, tan jóven y tan bella! En tí contemplo á la tímida ovejuela que,
extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo
tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por
el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion
de su dueño. ¿Dónde estás, dónde, dulce esperanza mia? Quizá andarás
errante y sola por el mundo... ¡Te habrán acometido quizás los lobos
carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor,
cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante
tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la
habrán ¡ay de mí! cogido y marchitado. ¡Oh infortunio! Si esa flor está
en efecto profanada, ¿qué puedo querer ya sino morir? ¡Oh, gran Dios!
haz que yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que
temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!

En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto,
entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban
reposo á sus cansados miembros ó á su espíritu no menos fatigado,
tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y
otros sobre la yerba ó las hojas de mirtos y hayas, tú solo, Orlando,
atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias
cerrar los párpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueño
fugitivo y breve, no conseguiste hallar en él la bienhechora calma.

Creíase transportado á una verde rivera esmaltada de olosas flores,
desde donde contemplaba el marfil más terso y la púrpura más brillante
que Amor haya pintado por su mano, así como las dos clarísimas estrellas
donde el mismo Amor alimentaba á las almas presas en sus redes: hablo de
los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon.
Sentia el mayor placer, la alegría mayor que pudiera gozar el más feliz
amante... cuando de repente estalla una tempestad que destrozó las
flores y tronchó las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse
otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan
encontrados. Parecia como si fuese errando inútilmente por algun
desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto,
perdió de vista á su amada sin saber cómo en medio de una niebla densa,
y empezó á buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los ámbitos
del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas,
exclamaba:--«¡Desgraciado de mí! ¿Quién ha trocado mi alegría en
quebranto?»--Oia los gritos de Angélica, que le llamaba en su auxilio,
deshecha en lágrimas, y acudia veloz hácia el sitio de donde parecian
salir, consumiéndose en infructuosos esfuerzos. ¡Cuán intenso y atroz
era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso
se dejó oir por el lado opuesto una voz que pronunció estas
palabras:--«¡No esperes volver á recrearte en su belleza!»--A tan
fatídica exclamacion, despertóse sobresaltado y bañado en copioso
llanto.

Sin reflexionar en que son engañosas las imágenes de un sueño producidas
por el deseo ó por el temor, le inquietó tanto la suerte de la doncella,
á quien veia ya deshonrada ó próxima á mayores peligros, que arrojándose
fuera del lecho, se armó de piés á cabeza y ensilló á Brida-de-oro sin
el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier
parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su
dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de
su linaje, sino que escogió otra armadura enteramente negra, quizá
porque el color de ella estaba más en armonía con el estado de su alma,
y que arrebató á un Amostante á quien habia dado muerte pocos años
hacia.

Emprendió su marcha silenciosamente á media noche, sin despedirse ni
decir una sola palabra á su tio, ni siquiera á su leal compañero
Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariñosa amistad.

Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, salió del rico
palacio de Titon é hizo huir á las húmedas y oscuras tinieblas, echó el
Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le causó el mayor
disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando más necesitaba
de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: así es que no
pudiendo contener su cólera, prorumpió en quejas y en las más amargas
censuras contra su sobrino, llegando á amenazarle con que le haria
arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.

Brandimarte, que amaba á Orlando como á sí mismo, no pudo permanecer sin
él; y bien fuese porque le sonrojaran los denuestos y amenazas que se
dirigian á su amigo, ó bien por abrigar la esperanza de hacerle volver,
alejóse en su busca en cuanto aparecieron las primeras sombras de la
noche, sin participar á Flor-de-Lis su intento, á fin de que no se lo
estorbara.

Era Flor-de-Lis una doncella á quien amaba en extremo Brandimarte, y á
la verdad con justo motivo, pues no solo estaba dotada de belleza,
gracias y donosura; sino tambien de prudencia y perspicacia. Si su
amante no se despidió de ella, consistió únicamente en que esperaba
volver á su lado al dia siguiente; pero los sucesos que sobrevinieron
contrariaron su propósito. Cuando vió Flor-de-Lis que transcurria un mes
entero sin que él regresara, no pudo resistir á la inquietud ni al deseo
de estar en su compañía, y marchó en su seguimiento sin guia,
completamente sola. Muchos fueron los paises que recorrió buscándole,
como diré cuando sea ocasion oportuna: por ahora dejaré de ocuparme de
ambos, por ser más necesario referir lo que importa al caballero de
Anglante; el cual, una vez que se hubo despojado de los gloriosos
blasones de los Almontes, se dirigió hácia una de las puertas de París,
y diciendo en voz baja su nombre al capitan de guardia, hizo que le
bajaran el puente levadizo, y emprendió el camino que conducia más
directamente al campo enemigo. Lo que despues le aconteció, se verá en
el canto siguiente.



CANTO IX.

     Tanto camina Orlando, que al fin llega á un sitio donde le refieren
     la historia de Proteo y de la isla de Ebuda.--Conmovido por la
     narracion de las desgracias de Olimpia, decídese á combatir contra
     el rey Cimosco, que tenia encerrado en una oscura prision al esposo
     de aquella princesa.--Cumple su promesa y se aleja de
     Holanda.--Bireno y Olimpia pasan á Zelanda para celebrar nuevamente
     sus bodas.


¿Qué no será capaz de hacer un corazon á quien haya rendido el pérfido y
cruel Amor, cuando este fué causa de que Orlando diera al olvido la
lealtad que á su señor debia? Hasta entonces habia sido prudente,
respetuoso y acérrimo defensor de la santa Iglesia; más ahora,
enloquecido por una insensata pasion, ni se cuida de Dios, ni de su tio,
ni siquiera de sí mismo. Por mi parte no puedo menos de excusarle, y
hasta me halaga tener tal imitador de mi principal defecto; pues tambien
yo soy descuidado y refractario al bien, mientras que corro dispuesto y
ágil tras aquello que me perjudica.

Cubierto con su negra armadura abandonó Orlando á Paris, dejando allí
sin sentimiento á sus muchos amigos, y se dirigió hácia donde los
soldados de España y África estaban acampados, ó mejor dicho, donde
estaban guarecidos bajo los árboles, y restos de tiendas, formando
grupos de veinte, diez, ocho, siete y hasta cuatro guerreros; pues hasta
tal extremo los habia diseminado la lluvia. Más ó menos distantes entre
sí, ninguno podia entregarse á su satisfaccion al descanso, y dormian
apoyados en el codo ó tendidos en tierra. En aquella ocasion propicia le
hubiera sido muy fácil al conde exterminar impunemente un gran número
de adversarios; pero no quiso desenvainar su Durindana.

Llevado de la nobleza de su corazon, se resistió á acuchillar á sus
enemigos dormidos, y se puso á buscar por todas partes las huellas de su
amada. Si encontraba alguno despierto, le daba las señas de Angélica, y
le suplicaba por favor que le indicase el sitio donde podria
encontrarla. Luego que fué de dia, recorrió todo el campamento
sarraceno, lo cual pudo efectuar sin riesgo alguno, merced á la arábiga
armadura de que iba revestido, así como á sus conocimientos en el idioma
africano que hablaba con tanta perfeccion, que se le hubiera creido
nacido y educado en Trípoli.

Sus minuciosas pesquisas le detuvieron tres dias en aquel campo, sin
conseguir resultado alguno: despues, no solo fué registrando todas las
ciudades y pueblos de Francia y sus distritos, sino que examinó
cuidadosamente hasta la más apartada aldea de la Auvernia y la Gascuña,
y continuó sus exploraciones desde la Provenza hasta los confines
españoles.

Cuando Orlando empezó su peregrinacion era la época en que termina
Octubre y empieza Noviembre; la estacion en que los árboles se ven
despojados de sus hojas, y van poco á poco descubriendo sus ramas hasta
que quedan desnudos del todo; esa estacion en que los pájaros se dirigen
formando compactas y numerosas bandadas en busca de climas más
templados. Transcurrió todo el invierno sin que el enamorado guerrero
cesara en su tarea, y en ella le sorprendió todavia la primavera.

Pasando un dia, segun su costumbre, de uno en otro país, llegó á la
orilla de un rio que separa la Normandia de la Bretaña, y sigue
tranquilo su curso hácia el vecino mar; pero entonces, aumentado su
caudal con los deshielos y las filtraciones de las montañas, se
precipitaba crecido y lleno de blancas espumas, despues de haber
arrastrado en su violencia el puente que ponia en comunicacion á una y
otra provincia. Empezó el paladin á examinar aquellos contornos para ver
si encontraba un medio de pasar á la otra orilla, cosa bastante difícil
no siendo pez ni ave, cuando descubrió una barquilla que bogaba en su
demanda, en cuya popa se veia sentada una doncella, la cual le dió á
entender por medio de señas que se dirigia hácia él. Aguardó en
consecuencia, el arribo de la navecilla; pero esta no llegó á tocar la
tierra, por cuidar sin duda la que la gobernaba de que nadie se
embarcara contra su voluntad. Orlando le rogó que le recibiese á bordo y
le trasladase á la orilla opuesta; mas ella le contestó:

--Aquí no pone nadie el pié, sin que antes me prometa bajo su fé de
caballero acceder á mi demanda, aceptando el combate más justo y más
honroso del mundo. Por lo tanto, caballero, si es que deseais valeros de
mí para saltar en la otra orilla, prometedme que antes de terminar el
mes próximo, iréis á uniros al rey de Hibernia[38], que en este momento
reune una fuerte armada para destruir la isla de Ebuda, la más cruel de
cuantas el mar rodea.--Sin duda sabreis, que más allá de la Irlanda
existe, entre otras muchas, una isla llamada Ebuda, cuyos habitantes,
obedeciendo á una ley bárbara, van de costa en costa apoderándose de
cuantas mujeres les es posible para ofrecerlas despues como alimento á
un animal voraz que, saliendo del mar diariamente, encuentra siempre una
doncella que devorar. Tambien reciben numerosas cautivas de los
corsarios ó de los mercaderes de esclavas que merodean por los mares,
muchas de ellas hermosísimas. A una por dia, podeis calcular cuántas
jóvenes habrán perecido ya! Si en vuestro corazon se alberga la piedad;
si no sois rebelde al amor, no dudo que os apresurareis á reuniros á
aquellos guerreros que aperciben en este momento sus armas para tan
noble cuanto humanitario objeto.

     [38] Nombre antiguo de Irlanda.

Aun no habia acabado la dama de pronunciar estas palabras, cuando ya
Orlando le juraba ser el primero en aquella empresa, como quien no puede
oir hablar de una accion inícua é infame, obligándole la indignacion á
interrumpir su relato. Lo que acababa de saber le hizo pensar y temer
que Angélica hubiera caido en manos de aquella gente; pues de otro modo
no era posible que no obtuviera indicio alguno de su existencia, despues
de haberla buscado por tantos sitios. Preocupóle de tal modo esta idea,
que haciéndole olvidar su intento, determinó navegar hácia la isla cruel
con toda la velocidad que le fuera posible; y antes de que traspusiera
un nuevo sol el horizonte, se embarcó en un bajel que pudo
proporcionarse en Saint-Maló, y desplegadas las velas, pasó por la noche
junto al Monte de San Miguel, dejó á la izquierda á Saint-Bricue y
Landriglier, y fué costeando las extensas playas de Bretaña virando
despues hácia las blancas arenas que dieron á la Inglaterra su antiguo
nombre de Albion; pero de repente cesó de soplar el viento Sur, y el
Aquilon y el Poniente se desataron con tal fuerza, que hubo necesidad de
arriar todas las velas y virar en redondo, de suerte que en un solo dia
perdió la embarcacion el camino que habia hecho en cuatro, y gracias á
la experiencia y presencia de ánimo del piloto que procuró correr la
tempestad en alta mar, no se estrelló contra las rocas como un frágil
vidrio.

Despues de cuatro dias de soplar furiosamente, aplacó el viento su
impetuosidad, y entonces pudo el bajel entrar en la desembocadura del
rio que corre junto á Amberes. Apenas entró en ella el fatigado piloto
con su bajel averiado, y consiguió echar el ancla en una lengua de
tierra que se extendia en la orilla izquierda de aquel rio, cuando se
vió aparecer un anciano de avanzada edad, á juzgar por sus blancos
cabellos, el cual saludó á todos con la mayor cortesía; despues se
dirigió al Conde en la creencia de que era el jefe de aquella gente, y
le rogó de parte de una doncella sumamente bondadosa y afable además de
hermosa, que se dignase ir á visitarla ó le concediera una entrevista á
bordo de la nave, adonde ella acudiria, añadiendo que ninguno de cuantos
caballeros errantes habian llegado á aquel país se habia resistido á
conceder tal favor, pues todos, bien arribaran por mar ó por tierra, se
habian apresurado á tener una entrevista con la jóven, y á darle los
consejos que más convenientes creian en su situacion apurada y cruel.

Orlando, al oir esto, saltó en tierra sin detenerse un momento, y en su
calidad de galante al par que humanitario caballero, siguió en pos del
anciano. Condújole este á un palacio, en cuya escalera esperaba una
dama, enlutada exterior y tambien interiormente, á juzgar por las
señales de dolor impresas en su semblante; las galerías, las cámaras y
los salones del palacio, todo estaba cubierto asimismo de negros paños.
Aquella dama, despues de haber dispensado á Orlando la más benévola y
honrosa acogida, le rogó que tomara asiento, y le dirigió la palabra en
estos términos:

--Debeis saber, caballero, que soy hija del conde de Holanda. Aun cuando
no fuí su única descendiente, pues tuve otros dos hermanos, me amaba mi
padre con tal ternura, que jamás se opuso á mi menor deseo. Tranquila y
feliz transcurria mi existencia, cuando llegó un noble personaje á
nuestro país. Era duque de Zelanda, y se dirigia á Vizcaya á pelear
contra los moros. Su extremada gentileza, su edad juvenil, y sobre todo
mi corazon, vírgen aun de todo amor, hicieron que me prendara de él
fácilmente, con tanto mayor motivo, cuanto que creia y creo, y creo
creer la verdad[39], que á su vez me amaba y me ama con sinceridad
completa.

     [39] Io credea é credo, é creder credo il vero.

»Aquellos dias que le retuvieron á mi lado los vientos, contrarios para
los demás y para mí propicios (pues cuando para los otros fueron
cuarenta, á mí me parecieron un momento, segun la velocidad con que
transcurrieron), los pasamos entretenidos en amorosos coloquios, y
prometiéndonos mútuamente encender la antorcha de himeneo con toda
solemnidad en cuanto él regresara de la guerra.

»Apenas se habia separado de nosotros Bireno, que así se llama mi leal
amante, cuando el rey de Frisia, cuyo reino está separado de nuestros
estados por ese rio, formó el proyecto de casarme con su hijo único,
llamado Arbante, y envió en su consecuencia á Holanda los principales
caballeros de su corte, con el encargo de pedir á mi padre mi mano. Yo
que no podia faltar á la fé jurada á mi amante, y que aun cuando lo
intentara, el amor no me hubiera permitido corresponder á su lealtad con
tan negra ingratitud, me decidí á desbaratar aquella negociacion,
próxima á realizarse, y dije terminantemente á mi padre, que preferia la
muerte á desposarme con el príncipe de Frisia. Mi buen padre, que no
tenia otra voluntad que la mia, no quiso contrariarme, y dispuesto á
enjugar el llanto que yo derramaba, retiró la palabra dada á los
enviados del rey vecino, rompiéndose por lo tanto las negociaciones
entabladas.

»Fué tal el despecho que causó este resultado al orgulloso rey de Frisia
y tanta su cólera, que invadió la Holanda y empezó la guerra infausta,
ocasion de la muerte de todos los mios. Además de estar dotado aquel
monarca de un vigor y una fuerza cual no se ven otras en nuestra edad, y
de que era tal su habilidad en hacer daño y tan consumada su astucia,
que ni el ingenio, ni la audacia, ni la misma fuerza podian resistirle,
hacia uso de un arma completamente desconocida de los antiguos y aun de
los modernos, excepto él. Esta arma consiste en un hierro hueco, de unas
dos brazas de longitud, en cuyo interior coloca ciertos polvos y una
bala. Hácia la parte posterior de aquel tubo, y por donde está cerrado,
toca con una mecha encendida un respiradero apenas perceptible, del
mismo modo que el médico suele tocar el sitio por donde se ha de ligar
una vena, y entonces sale la bala con un estrépito semejante al de un
trueno, y abrasa, abate, hiende y destroza cuanto toca, siendo sus
efectos tan destructores como los del mismo rayo.

»Con este ardid infame consiguió derrotar dos veces á nuestro ejército,
y dar muerte á mis hermanos: en el primer encuentro, sucumbió el mayor
con el pecho traspasado por una bala que le atravesó la coraza; en el
combate siguiente, pereció el segundo mientras iba huyendo, por haberle
alcanzado otra bala que le entró por la espalda y le salió por el pecho.
Defendiéndose otro dia mi padre en el único castillo que le quedaba, por
haberle despojado su enemigo de cuanto poseia, fué muerto del mismo
modo; pues en ocasion en que iba de un lado para otro, atendiendo á todo
y dando sus órdenes, recibió en medio de la frente un tiro fatal,
dirigido por el traidor, que le estuvo apuntando desde léjos.

»Muertos mi padre y mis hermanos, y habiendo quedado yo por única
heredera de la isla de Holanda, el rey de Frisia, que tenia deseos de
fijar definitivamente la planta en mis estados, me hizo saber, así como
á todos mis súbditos, que me otorgaria la paz con tal de que aceptara lo
que antes rechacé y consintiera en ser esposa de su hijo Arbante. La
respuesta que le dí fué inspirada, no tanto por el odio que sentia
intensamente hácia él y hácia toda su inícua estirpe, que habian dado
muerte á mi padre y mis dos hermanos, y saqueado, destruido é incendiado
á mi patria, como porque no quise faltar á la promesa que habia hecho á
Bireno de no casarme con nadie hasta su regreso de España. Así pues, le
contesté, que el dolor que padecia me daba fuerzas para soportar otros
ciento, y cuantos pudieran ocasionárseme, y que antes que acceder á su
demanda, preferia la muerte, que me quemaran viva y esparcieran al
viento mis cenizas.

»Mis súbditos procuraron apartarme de tal propósito, unos por medio de
ruegos, y amenazándome otros con entregarme al príncipe, entregándole al
mismo tiempo mis estados, antes de que mi obstinacion ocasionara la
ruina de todos. Cuando vieron que tan inútiles eran sus ruegos como sus
amenazas, y que seguia firme en mi resolucion, pusiéronse de acuerdo con
el rey de Frisia á quien entregaron la fortaleza juntamente con mi
persona, conforme habian dicho. El Rey portóse cortesmente conmigo, y
prometió conservarme la vida y el reino, con tal de que torciera mi
voluntad y diera la mano á su hijo Arbante. Al verme obligada á ceder á
la fuerza, anhelé la muerte, que por lo menos me devolveria la libertad;
pero el deseo de la venganza me estimulaba más que cuantas injurias
habia recibido. Forjé en mi mente mil proyectos, y comprendí por último
que el disimulo seria el partido mejor que en mi desesperada situacion
abrazar pudiera; y decidida á adoptarlo, finjí que deseaba acceder á sus
instancias, que no podian menos de serme gratas, y que, concediéndome su
perdon, me uniera á su hijo.

»Persistiendo siempre en mis propósitos, escogí, entre los muchos
servidores de mi padre, dos hermanos dotados de singular ingenio y de
gran corazon, pero más aun de una lealtad á toda prueba, por haber sido
criados en la corte, y haber vivido á nuestro lado desde su más tierna
infancia; tan adictos á mi persona, que no hubieran titubeado en ofrecer
su vida por salvarme. A ellos, pues, comuniqué mis designios, y como
esperaba, ofreciéronme su incondicional ayuda. Uno de los dos pasó á
Flandes, donde aprestó un bajel; al otro le conservé á mi lado en
Holanda.

»En tanto que los extranjeros como los del país se preparaban para
solemnizar mis bodas, llegó la noticia de que Bireno estaba reuniendo en
Vizcaya una flota para venir á Holanda. Estos preparativos eran á
consecuencia de un aviso que determiné enviarle por medio de un
mensajero, apenas terminó la primera batalla en que fué derrotado y
muerto un hermano mio; pero mientras Bireno procuraba reunir aquella
armada, tuvo tiempo el rey de Frisia de conquistar todos nuestros
estados. Mi amante, ignorando esta circunstancia, continuaba alistando
bajeles y soldados; y teniendo conocimiento de ello el Rey frison, dejó
al cuidado de su hijo los preparativos de nuestro casamiento; hízose
despues á la mar con todos sus buques; salió al encuentro del Duque, y
atacándole con ímpetu, quemó y echó á pique toda su flota, y le hizo
prisionero. ¡Así lo tenia dispuesto el destino!

»Aun no habia llegado á mi noticia este desastre, cuando me ví obligada
á casarme con el Príncipe, el cual quiso usar aquella misma noche de sus
derechos de esposo. Yo habia ocultado detrás de las cortinas del lecho
nupcial á mi fiel criado, que no se movió hasta que vió al Príncipe
dirigirse á mí; y no teniendo paciencia para esperar á que este se
acostara, se lanzó hácia él, y con brazo vigoroso le hendió de un
hachazo la cabeza, arrancándole la vida y la palabra á un tiempo mismo:
inmediatamente salté del lecho, y tuve valor para cortarle al cuello.
Aquel príncipe mal nacido cayó á mis piés, como cae el toro bajo la maza
del carnicero, vengándome así del inícuo rey Cimosco: este era el nombre
del impío rey de Frisia, que habia sacrificado á mi padre y mis dos
hermanos, y que para tener un pretexto de apoderarse de mis dominios,
pretendia casarme con su hijo, con la intencion quizás de arrancarme
tambien algun dia la vida.

»Antes de que se atravesara cualquier obstáculo, recogí cuantos objetos
de valor hallé á mano, y en seguida mi compañero me descolgó por una
ventana, atada á una cuerda, dirigiéndonos aceleradamente al sitio donde
nos esperaba su hermano con la embarcacion que habia aprestado en
Flandes. Desplegamos las velas, empuñamos los remos, y nos pusimos en
salvo como á Dios plugo.

»No sé si pudo más en el rey de Frisia el dolor que le causara la muerte
de su hijo, ó la ira que contra mí debió inflamarle, cuando regresó al
dia siguiente al sitio testigo de mi venganza. Volvia orgulloso con la
victoria alcanzada, y trayendo á Bireno cautivo; mas se encontró con un
espectáculo funesto, cuando esperaba hallar bodas y festejos.

»Por algun tiempo atormentóle noche y dia el recuerdo de su hijo y su
odio rencoroso contra mí; pero como el llanto no consigue devolver la
vida á los muertos, y con la venganza se suele aplacar el odio,
determinó unir aquella parte de su imaginacion consagrada á llorar la
muerte del Príncipe con la que me dedicaba su furor, á fin de calcular
los medios de que habria de valerse para apoderarse de mí y castigarme
cruelmente. Por de pronto, mandó degollar, quemar vivos ó encarcelar á
cuantos le habian indicado como partidarios mios ó que me habian
prestado algun auxilio en mi empresa. Propúsose despues matar á Bireno
para vengarse de mí, suponiendo que seria el sentimiento más cruel que
pudiera causarme; pero reflexionando que mientras estuviera en su poder
podria servirse de él como de un medio eficaz para hacerme caer en los
lazos que me tendiera, le conservó la vida, imponiéndole sin embargo una
condicion cruel y dura. Le dió un año de término, al fin del cual lo
sacrificaria irremisiblemente, si antes no procuraba por fuerza ó por
astucia, ó bien valiéndose de sus amigos y parientes y empleando todos
los medios que estuvieran á su alcance, entregarme en sus manos: de modo
que mi muerte era lo único que podia salvar su vida.

»Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto
entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia
seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco ó
mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar
á los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para
lograr su evasion, y la otra parte en incitar á los ingleses y á los
alemanes á que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis
emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber, ó porque
fueran inútiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun
auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejado arruinada. Entre
tanto, está próximo á espirar el plazo fatal, que una vez terminado será
causa de que no lleguen á tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi
adorado esposo sufra la muerte más cruel.

»Por él han muerto mi padre y mis hermanos; por él me he visto despojada
de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi único
sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no sé qué partido
tomar, como no vaya yo misma á entregarme á mi enemigo más cruel, y
salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no
encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su
holocausto esta vida, me será grato hacerlo así con tal de que respeten
la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabré hacer un
pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engañarme
despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme
encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le
antojen, no ponga, á pesar de todo, en libertad á Bireno, impidiéndome
escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le
posee y su conciencia perjura le induzcan á no darse por satisfecho con
mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer
conmigo.

»Ahora bien; el objeto que me mueve á referiros mis desgracias, así como
se las refiero á cuantos señores y caballeros llegan á este país, es
únicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique
un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del
traidor Cimosco, no retendrá este en su poder á Bireno; pues no quisiera
que, despues de muerta yo, muriera él tambien. He rogado á algun
guerrero que esté presente en el momento de entregarme al rey de Frisia;
pero que me prometa bajo su fé que este cambio se efectuará de modo que
mi presentacion coincidirá con la libertad de Bireno, de modo que cuando
me inmolen, exhale contenta mi último suspiro, en la seguridad de que mi
muerte habrá dado la vida á mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he
encontrado quien me dé su palabra de que, cuando me presente á Cimosco,
no consentirá que este Rey se apodere de mí sin darme antes á Bireno;
tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada
sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.

»¡Ah, señor! Si vuestro valor corresponde á vuestro altivo semblante y
hercúleo aspecto; si os es posible acompañarme ante el rey de Frisia, y
sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos
venir conmigo á ponerme en sus manos, y así no abrigaré el temor de que
muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.»

Aquí dió fin la doncella á su razonamiento, frecuentemente interrumpido
por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto
á acudir en auxilio de los desgraciados, se apresuró á contestar á la
Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria
mucho más de cuanto ella le pedia, y que se obligaba á socorrerla bajo
su fé de caballero. Opúsose abiertamente á que se entregara en manos de
su enemigo para librar á Bireno, asegurándole que mientras no le
faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, él solo era bastante
para salvar á entrambos.

Sin esperar á más, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando
un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar
sin pérdida de tiempo á la isla de Ebuda, aceleró la marcha cuanto pudo.
Un piloto hábil fué dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno
y otro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda,
que fueron dejando tan pronto delante como detrás, hasta que al tercer
dia desembarcó Orlando en Holanda; pero no permitió que saltara en
tierra la Princesa, víctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el
guerrero hacer llegar á su noticia la muerte del pérfido monarca antes
que desembarcara.

Encaminóse por aquella costa el paladin, completamente armado y
cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes,
y más grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaña su
corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa,
únicamente á Bayardo comparable. Llegó á Dordrecht, cuyas puertas
estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la
precaucion usada siempre, que nunca esta de más en un país recien
conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que
se dirigia allí desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con
una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.

Orlando rogó á uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un
caballero andante deseaba medirse con él á espada y lanza; pero bajo la
condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia á su retador,
le seria entregada la princesa que dió muerte á Arbante, pues la tenia
depositada en un sitio próximo desde donde fácilmente la pondria en sus
manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era él el
vencido, daria inmediatamente la libertad á Bireno, y le dejaria ir á
donde mejor le pareciese.

El soldado desempeñó presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la
virtud y la cortesía eran completamente desconocidas, concibió al
instante una idea inspirada por el fraude, la traicion y el engaño.
Parecióle que apoderándose de aquel guerrero, lograria tambien
apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era
cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido
mal el mensajero. Dispuesto á realizar este plan, hizo que treinta de
sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta á aquella
donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se
colocaron á espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido
ganando tiempo con fútiles palabras y pretextos, y cuando vió que los
treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, salió él al frente de
igual número de guerreros. Así como el diestro cazador suele rodear á la
fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos
lados, ó como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el
espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procuró el
rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera
escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad
de su empresa, que no llevó consigo aquel rayo terrestre con que habia
exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella
ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey
Cimosco pretendió obrar entonces á la manera del cauto cazador de
pájaros, que conserva vivos á sus primeros cautivos, á fin de que con
sus juegos y sus reclamos atraigan mayor número de pájaros á sus redes;
pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en
breve rompió el círculo en que le habian encerrado.

El Caballero de Anglante enristró su lanza contra el grupo más compacto
de sus enemigos, y atravesó con ella á uno, luego á otro, y otro, pues
no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspasó manteniéndolos
enristrados en su lanza, y por no ser esta bastante larga para que
cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, quedó el séptimo fuera; pero
tan mal herido, que no tardó en sucumbir. No de otra suerte procede el
hábil arquero, cuando en las orillas de los canales ó de los fosos,
dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los
costados ó por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la
saeta de un extremo á otro. Orlando arrojó léjos de sí su cargada lanza,
y desnudando el acero, se preparó á combatir contra sus demás
adversarios.

Rota la lanza, empuñó aquella espada que jamás dió un golpe en vago, y
cada uno de sus tajos ó estocadas hizo morder el polvo á un infante ó á
un ginete: donde alcanzó su hoja terrible tiñó de rojo el azul, el
verde, el blanco, el negro ó el amarillo. Entonces se arrepintió Cimosco
de no haber llevado consigo el tubo de hierro y el fuego, precisamente
cuando más los necesitaba, y con grandes voces y amenazas ordenó que se
los trajeran; pero nadie le dió oidos, porque cuantos lograban
refugiarse en la ciudad, no se aventuraban á salir de ella. Al ver el
rey de Frisia la fuga de sus guerreros, se decidió á imitarles: corrió á
la puerta y quiso alzar el puente levadizo; pero Orlando, persiguiéndole
de cerca, no le dió tiempo para ello. Entonces el monarca volvió de
nuevo las espaldas, dejando á su adversario dueño del puente y de ambas
puertas, y huyó, adelantándose á todos en su carrera, merced á la
velocidad de su corcel. Orlando no se dignó acometer á los miserables
satélites de Cimosco: á este, y á nadie más, deseaba arrancar la
existencia; pero su caballo era poco á propósito para la carrera,
mientras que el del fugitivo parecia tener alas. Al revolver de una
esquina desapareció á la vista del paladin; pero poco tardó en volver
con nuevas armas, por haber conseguido que le llevaran el tubo de
hierro y el fuego; y colocándose tras de una piedra, le esperó
escondido, como el cazador, armado de su venablo y rodeado de sus
perros, espera al fiero javalí, que en su destructora carrera troncha
las ramas, derriba los peñascos, y por do quiera que levanta su
orgullosa frente, parece que se hunda con estrépito la selva y que se
conmueva el monte.

Cimosco estaba en su puesto, acechando el momento en que pasara el audaz
Conde para hacerle pagar cara su osadía; cuando le divisó, aproximó el
fuego al orificio del hierro, que instantáneamente despidió una viva
llama, brillando por su parte posterior como un relámpago y estallando
como un trueno por delante: retemblaron las murallas, estremecióse el
terreno bajo las plantas del monarca, y en los cielos retumbó aquel
sonido aterrador. El proyectil ardiente, que atraviesa y destroza cuanto
encuentra á su paso y á nadie perdona, lanzó un estridente silbido, pero
contra lo que esperaba aquel nefando asesino, no produjo efecto alguno.
Bien sea por precipitacion, ó porque el mismo deseo de herir al Conde le
hiciera errar la puntería; bien fuese porque el corazon, temblando como
la hoja en el árbol, hiciera temblar á su vez las manos y los brazos, ó
bien porque la bondad divina no permitió la prematura muerte de su fiel
campeon, la bala fué á hundirse en el vientre del caballo, que cayó en
tierra, de donde no se levantó más.

Cayeron en tierra el caballo y el caballero: el uno la oprimió con su
peso; mas apenas la tocó el otro, cuando se levantó rápidamente, cual si
la caida hubiese redoblado su vigor y aliento: y así como el líbico
Anteo solia levantarse con más fiereza cada vez que tocaba la arena[40],
así tambien, al levantarse Orlando, pareció que el contacto con el
suelo habia aumentado sus fuerzas. El que haya visto alguna vez caer el
fuego que Júpiter despide con horrible estrépito, y le haya visto además
penetrar en un sitio cerrado que contenga carbon, azufre y salitre,
donde apenas llega, apenas toca un instante, parece que se inflame, no
solo la tierra, sino tambien el cielo, y arruina las murallas, y hiende
pesados mármoles y hace saltar los peñascos hasta las estrellas, podrá
formarse una idea del aspecto del Paladin al levantarse del suelo;
aspecto tan terrible é iracundo, que haria temblar al mismo Marte en el
cielo.

     [40] Anteo fué un gigante, hijo de Neptuno y de la Tierra, que
     habitaba en una gruta de la Libia y obligaba á todo el que pasaba
     por el camino á pelear con él: mientras tocaba la tierra, su madre
     le daba siempre fuerzas, y de este modo vencia á cuantos desafiaba,
     colocando sus cabezas al rededor de su morada. Pero provocado
     Hércules al combate por el gigante, y advertido del encanto que
     hacia á Anteo invencible, le estrechó entre sus brazos y le ahogó
     levantándole del suelo.

Sobrecogido de espanto el rey de Frisia, al contemplarle, volvió las
riendas para huir; pero Orlando corrió en pos de él con más velocidad
que la saeta disparada por la cuerda. Hizo entonces yendo á pié lo que
antes no habia conseguido á caballo; pues le persiguió con una ligereza
que excedia á toda ponderacion. Alcanzóle en breve, y de un solo tajo le
hendió la cabeza hasta el cuello, tendiéndole exánime á sus piés.

De pronto circuló por la ciudad un nuevo rumor, un nuevo estrépito de
armas. El primo de Bireno acababa de llegar con las tropas que traia de
su país, y encontrando abiertas las puertas, entró en aquella ciudad tan
aterrada por las hazañas de Orlando, que la recorrió toda sin hallar la
menor oposicion. Ignorando la poblacion quiénes eran y qué querian
aquellos guerreros, huyó desordenadamente; pero no bien echaron de ver
algunos habitantes que los recien llegados eran de Zelanda, segun
demostraba su traje y su lengua, desplegaron bandera blanca en señal de
paz, y pidieron al jefe de aquel ejército que se pusiera á su frente, y
les ayudara á castigar al rey de Frisia, que por tanto tiempo habia
tenido á su Duque aherrojado en una prision. El pueblo habia sido
siempre enemigo de Cimosco y de todos sus secuaces; porque habia dado
muerte á su antiguo Señor, y más aun porque era injusto, impío y rapaz.
Orlando se interpuso como amigo entre ambas partes, y consiguió que
ajustaran las paces; unidos despues los dos ejércitos, no dejaron un
solo frison con vida, ó por lo menos, que no fuese hecho prisionero.

En seguida, para no entretenerse en buscar las llaves de los calabozos,
echaron abajo las puertas, y pusieron en libertad á Bireno, que con las
frases del mayor reconocimiento, dió gracias á Orlando por la merced que
acababa de hacerle. De allí se dirigieron juntos, y seguidos de muchos
guerreros, al bajel en que estaba esperando Olimpia: este era el nombre
de la dama á quien de derecho correspondia el dominio de aquella isla;
de la afligida doncella, acompañada hasta allí por Orlando, la cual
nunca hubiera pensado que el paladin hiciera tanto en su obsequio; pues
se contentaba con alcanzar la libertad de su esposo á trueque de su
existencia. El pueblo al verla prorumpió en aclamaciones y la reverenció
hasta lo infinito.

Largo seria de referir las cariñosas muestras de amor que mútuamente se
dieron Olimpia y Bireno; así como las repetidas acciones de gracias que
á Orlando prodigaron los dos. El pueblo repuso á la princesa en el trono
de sus padres, y le juró fidelidad. Olimpia confió el gobierno del
Estado y aun de si misma á Bireno, á quien la habia ligado Amor con
indisoluble lazo. Ocupando despues otros cuidados la atencion de Bireno,
dejó á su primo por custodio de todas las fortalezas y demás dominios
de la isla, pues habia formado el proyecto de volver á Zelanda llevando
consigo á su fiel consorte. Pretendia además probar de nuevo la suerte
de las armas contra los frisones, contando con una prenda que habia
caido en su poder, para él de gran valor: era esta la hija de Cimosco,
que habia quedado cautiva con un gran número de sus parciales, y á quien
queria dar por esposa á un hermano suyo, menor de edad.

El Senador romano se alejó de aquel país el mismo dia en que rompió las
cadenas de Bireno. Entre tantos despojos como habia conquistado, no
quiso quedarse con nada más que con aquella arma que, segun he dicho, se
asemejaba al rayo en sus efectos. Su intencion, al escojerla para sí, no
habia sido la de utilizarla en su defensa, pues siempre tuvo por
impropio de ánimo varonil acometer cualquier empresa con ventaja: su
objeto fué el de arrojarla á un sitio desde donde jamás pudiera ofender
á nadie, y á este fin, se llevó consigo los polvos, las balas y todo
cuanto tenia relacion con aquella arma. En cuanto se halló en alta mar á
una distancia tal que por ninguna parte se divisaba el menor indicio de
las costas, la cogió y dijo:

--A fin de que ningun caballero pueda confiar en tí para ser audaz
impunemente, y para que jamás llegue á vanagloriarse el perverso de
haber triunfado del valor del bueno, queda aquí sepultada. ¡Oh invencion
abominable y maldita, que fuiste fabricada en las profundidades del
averno por mano del mismo Belcebú, dispuesto sin duda á esterminar el
mundo por medio de tí; vuelve al seno de los infiernos de donde has
salido!

Así diciendo, la arrojó al abismo.

Hinchadas las velas por un viento favorable, impelieron su bajel en
demanda de la isla fatal. Tanto era el deseo que el Paladin tenia de
saber si se encontraba en ella la mujer á quien amaba más que todo
cuanto existia en el mundo, y sin la cual le era odiosa la vida, que
temía tropezar con alguna nueva aventura si ponia el pié en Hibernia, y
tener que arrepentirse luego de no haber acudido más presuroso. Así es
que no hizo escala en Inglaterra, ni en Irlanda, ni en las opuestas
costas. Pero dejémosle encaminarse á donde le envia el ciego rapaz,
cuyas flechas le han atravesado el corazon: antes de proseguir su
historia, quiero volver á Holanda, adonde os invito á que me acompañeis;
pues no dudo que os desagradaria, como á mí, que las bodas se celebraran
sin nosotros. Los preparativos de la fiesta eran espléndidos y
suntuosos; pero no tanto, segun decian, como los de la que se proponian
celebrar en Zelanda. No pretendo, sin embargo, que acudais á ella;
porque surgirán nuevos incidentes que la interrumpan, cuyos pormenores
sabreis en el canto siguiente, si es que quereis acudir á escucharlo.



CANTO X.

     Dominado Bireno por un nuevo amor, abandona á Olimpia durante la
     noche en una playa desierta.--Rugiero, despreciando á Alcina, pasa
     al santo reino de Logistila, quien le coloca de nuevo sobre el
     caballo alado.--Rugiero vé durante su viaje las huestes de
     Reinaldo, y despues á Angélica atada á una roca, á la que logra
     salvar.


Entre todos cuantos amantes fieles han existido en el mundo, entre todos
aquellos que mayores pruebas de constancia hayan dado, tanto en el
infortunio como en la prosperidad, debo poner en primer lugar, más bien
que en el segundo, á Olimpia, cuyo ejemplo de amorosa ternura, si no
excedió, tampoco fué excedido por ningun otro, antiguo ni moderno.
Tantas y tan ostensibles fueron las pruebas de amor que dió á su Bireno,
que no es ya posible que mujer alguna ofrezca más evidentes seguridades
á su amante, aun cuando le mostrara abierto el pecho y el corazon. Si la
fidelidad y la abnegacion merecen ser correspondidas, nadie mejor que
Olimpia se hizo digna de que Bireno la amara más que á sí mismo, y de
que no la abandonara nunca por otra mujer, aun cuando esta fuese la que
ocasionó el gran conflicto entre Europa y Asia, ú otra que reuniera en
sí más perfecciones: por el contrario, antes que entregarla al olvido
deberia consentir en perder la luz del Sol, los sentidos, la vida y la
fama, y todo cuanto sea más preciado para el hombre.

Sí Bireno amó á Olimpia tanto como ella á él; si fué tan firme en su
fidelidad como ella; si no le distrajeron otros pensamientos que los del
amor de Olimpia, ó si pagó con ingratitud tanto cariño, y se mostró
cruel á tanta lealtad y ternura, eso es lo que voy á referiros, haciendo
que el asombro os obligue á enarcar las cejas y apretar los labios.
Cuando sepais la ingratitud con que correspondió á tanta bondad, no
existirá una sola mujer de entre vosotras que preste oidos á las
palabras de su amante.

Los amantes, á fin de conseguir cuanto desean y sin reflexionar en que
Dios lo oye y lo vé todo, no economizan promesas y juramentos, que al
poco tiempo se los lleva el aire, ó mejor dicho, en cuanto logran
satisfacer la ardiente sed que les devora. Este ejemplo deberá serviros
para no dar fácil crédito á los suspiros y á los ruegos que se os
dirijan. ¡Dichosos aquellos, mis queridas amigas, que pueden
escarmentar en cabeza ajena! Guardaos sobre todo de esos adoradores de
semblante afeminado y juvenil, porque sus deseos nacen y se extinguen
rápidamente como fuego de paja.

Así como el cazador que persigue á la liebre, arrostrando los ardores
del Sol ó los rigores del frio, y pasando alternativamente del llano á
la montaña, la desprecia en cuanto la vé muerta, y emprende de nuevo la
persecucion de cualquiera otra pieza que huye ante él, así tambien esos
jóvenes, os aman y os reverencian con cuanta solicitud es de rigor en
quien galantea asiduamente, mientras os mostrais con ellos duras é
inflexibles; mas no bien logran alcanzar el premio de la victoria, se
apresuran á convertiros de señoras en esclavas, se alejan de vosotras y
dirigen á otro objeto su veleidoso amor.

No os aconsejo por esto que renuncieis al amor, en lo que haríais mal;
sin ningun amante seriais como la vid que no tiene un palo ó una planta
donde apoyarse. Lo que sí os encargo es que huyais de la juventud
voluble é inconstante, y admitais los frutos maduros y agradables, pero
sin que tampoco lo sean demasiado.

Ya dije anteriormente, que entre los cautivos habian encontrado á una
hija del rey de Frisia, que Bireno destinaba para unirla á su hermano;
pero, á decir verdad, codicioso aquel de disfrutar sus gracias y
belleza, la guardaba para sí como manjar muy delicado, creyendo que
seria una deferencia insensata quitárselo él de la boca, para cederlo á
otro. Aun no pasaba la jóven de los catorce años, y era bella y fresca
cual la rosa recien abierta y vivificada por los dulces rayos del Sol de
primavera. No fué amor lo que por ella sintió Bireno, sino una pasion
tan abrasadora, que su fuego solo podia compararse en rapidez y
vehemencia al que consume instantáneamente la yesca, ó al que, prendido
por mano traidora y envidiosa, devora las mieses. Como estas se abrasó
inmediatamente; como estas ardió hasta la médula de sus huesos, apenas
vió á la afligida doncella vertiendo amargas lágrimas sobre el cadáver
de su padre. Y así como el agua fria detiene en el acto la ebullicion de
la que está puesta al fuego, del mismo modo se extinguió en él la llama
que le abrasaba por Olimpia, vencida por la que habia encendido en su
pecho la hija de Cimosco.

No tan solo estaba ya saciado de su antigua y fiel amante, sino que le
causaba tal aburrimiento, que su presencia le molestaba por estimularle
cada vez más el deseo de poseer al nuevo objeto de su pasion, hasta el
punto de temer por su vida si llegaba á dilatarse la realizacion de sus
aspiraciones: sin embargo, procuró refrenar su pasion mientras no
llegara el dia fijado para su objeto, y fingió no solo amar, sino adorar
á Olimpia, y apetecer únicamente cuanto ella deseaba. Si acariciaba á la
hija del rey de Frisia (y á pesar suyo no podia dejar de acariciarla más
de lo regular), no eran mal interpretados sus halagos, antes bien se
atribuian á compasion y bondad; pues el acto de consolar al afligido,
agobiado por los reveses de la Fortuna, jamás fué censurable, y sí digno
de alabanza, sobre todo tratándose de una niña inocente.

¡Oh gran Dios! ¡Cuán á menudo se ven ofuscados los juicios humanos por
densas tinieblas! ¡Las impías y profanas acciones de Bireno llegaron á
reputarse como santas y piadosas!

Por fin, empuñaron los remos los marineros, y alejándose de aquellas
costas, dirigieron gozosos las naves hácia Zelanda al través de
numerosos canales, llevando al Duque y su comitiva. Ya habian perdido
de vista las playas de Holanda, y dirigídose á la izquierda, hácia las
costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron
sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo
andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia
llegaron á una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequeña
ensenada. Olimpia saltó en tierra, acompañada del infiel Bireno, con
quien cenó alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha:
levantóse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos
en ella, mientras que sus compañeros volvieron á bordo de los buques
para entregarse á su vez al reposo.

El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos
dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse
segura en aquella costa, léjos del rumor de los bosques, y sin que la
molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al
lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara á un sueño
tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos ó los lirones.

El falso amante, á quien tenian desvelado sus inícuos pensamientos, así
que la vió dormida, levantóse silenciosamente, hizo un lio de sus
vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponérselos, salió de la
tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, voló á donde estaban sus
compañeros, á quienes despertó: ordenó en seguida que se desplegaran las
velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron á la mar, alejándose
de aquella playa.

Pronto la perdieron de vista, y con ella á la desdichada Olimpia, que
continuó durmiendo hasta que la aurora esparció sobre la tierra el
fresco rocío desde las doradas ruedas de su carro, y se oyó á los
alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las
aguas.[41] Medio dormida extendió la hermosa jóven su brazo para abrazar
á Bireno, pero en vano: á nadie encontró; retirólo y lo extendió de
nuevo, siempre infructuosamente: buscó con ambas manos, sin tropezar con
nada, y disipado por el temor su sueño, abrió los ojos, miró y no vió á
nadie; y no pudiendo permanecer más tiempo en el lecho, saltó de él y
salió precipitadamente de la tienda. Corrió hácia el mar, hiriéndose el
rostro; y convencida ya de su desgracia, mesóse los cabellos, se golpeó
el pecho, recorrió con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la
luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo
la playa divisó. Llamó á voces á Bireno, y á este nombre respondieron
los antros, más piadosos que él.

     [41] Alcione, era hija de Eolo y esposa de Ceix rey de Tesalia.
     Inconsolable por la pérdida de su esposo, muerto durante una
     navegacion, se arrojó al mar, y Júpiter la trasformó, juntamente
     con aquel, en el pájaro de su nombre.

En un extremo de la playa elevábase un peñasco, cuya base habian
socavado las olas con sus continuos embates, convirtiéndolo en una
especie de arco; dicho peñasco estaba encorvado y pendiente sobre el
mar. Olimpia trepó presurosa hasta la cima, merced al vigor que le
prestara su desesperacion, y vió huir á lo léjos las veleras naves de su
cruel señor. Las vió, ó creyó verlas; porque aun no habia bastante
claridad, y ante tan terrible espectáculo, temblorosa y más blanca y
yerta que la nieve, se dejó caer sobre la roca. Luego que le fué posible
levantarse extendió sus manos en direccion de las naves fugitivas, y
llamó diferentes veces con desgarradores gritos á su desalmado consorte.
Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto ó las palmadas,
interrumpiendo sus señales con estas y parecidas exclamaciones:--¡Adonde
huyes, cruel, con tanta velocidad! ¡Tu buque no lleva la carga que debe!
¡Haz que me lleve á mí, pues poco le estorbará mi cuerpo, cuando conduce
mi alma!--Y continuaba haciendo señas con los brazos ó con los vestidos
para que regresara el buque.

Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jóven,
llevábanse tambien las súplicas, las quejas, el llanto y los gritos de
la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intentó precipitarse en
las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin bajó de ella, y
volvió á la tienda donde habia pasado la noche.

Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hácia abajo, le decia entre
lágrimas:

--Anoche acojiste dos cuerpos. ¿Por qué al despertar no éramos tambien
dos? ¡Pérfido Bireno! ¡Ah! ¡Maldito mil veces el dia en que fuí
engendrada! ¿Qué debo hacer? ¿Qué va á ser de mí, sola y abandonada?
¿Quién me prestará ayuda y consuelo?... No veo aquí persona alguna; no
distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano.
¡Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi
salvacion!... ¡ Moriré sin duda de hambre! No habrá nadie que cierre mis
ojos, ni quién me dé sepultura, como no la encuentre en el vientre de
las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques
los osos, los leones, los tigres y demás animales feroces, á quienes la
naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para
destrozar á sus víctimas! Pero ¿qué fiera habrá tan cruel que me dé una
muerte peor que la que tú me destinas, feroz Bireno? A ellas les
pareceria bastante una sola, mientras que tú me haces sufrir mil
muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe á estas playas y me
reciba por compasion á bordo de su buque, salvándome de los osos, los
lobos y leones, del hambre, y de otros géneros de muerte á cual más
horribles, ¿podrá por ventura conducirme á Holanda, cuyos puertos y
fortalezas están custodiados por tí? ¿Me llevará á mi país natal, cuando
te has apoderado de él por medio de la traicion? Tú me has arrebatado
mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para
usurparlos mejor, te apresuraste á ponerlos bajo la vigilancia de tus
soldados. ¿Volveré á Flandes, donde vendí los restos de mi fortuna, los
únicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte
de tu prision? ¡Desdichada de mí! ¿A donde me encaminaré? Lo ignoro.
¿Debo acaso ir á Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera
despreciado por tí, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis
hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte
en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por tí, ni creo necesario
recordártelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, ¡hé aquí la
recompensa que te he merecido!.. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡No permitas que caiga
en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que
tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre ó cualquier otra
fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y
muerta me conduzca arrastrando á su caverna.

Y así diciendo, arrancábase Olimpia sus hermosos cabellos de oro. Corrió
de nuevo hácia la playa, volvió de un lado á otro la cabeza repetidas
veces, ondeando su cabellera á merced del viento: parecia fuera de sí, y
como si se hubiese apoderado de su cuerpo, no uno, sino una docena de
espíritus malignos, semejante á veces en su desesperacion á Hécuba al
contemplar el cadáver de Polidoro. Detúvose por último sobre una roca
mirando fijamente al mar, tan inmóvil que parecia una estátua de
piedra.

Pero dejémosla lamentarse hasta que volvamos á ocuparnos de ella, y
tratemos de Rugiero que continuaba cabalgando por la playa, rendido y
abrumado por el intenso calor del mediodia. El Sol heria con sus rayos
aquellas lomas, que refractaban vivamente su ardor: hervia la arena
blanca y fina de aquella costa, y á las armas del guerrero les faltaba
poco para caldearse completamente. Mientras que la sed y las molestias
del camino por la playa arenosa y solitaria le hacian desagradable y
enojosa compañía, llegó á una torre antigua, edificada á la orilla del
mar, donde estaban tres damas de la corte de Alcina, á quienes conoció
por sus vestidos y ademanes. Tendidas sobre tapices de Alejandría,
disfrutaban á la sombra de un delicioso fresco, rodeadas de vinos
exquisitos y de toda clase de dulces y manjares delicados. Cerca de la
playa y mecida por las olas, tenian dispuesta una barquilla, esperando
que hinchase la vela alguna brisa, de la que entonces no se sentia el
más ligero soplo.

Apenas vieron á Rugiero caminando trabajosamente por la movediza arena,
atento solo á su viaje, con la sed retratada en los labios y lleno de
sudor el abatido semblante, le llamaron diciéndole que interrumpiera por
un momento su marcha, y no se negara á restaurar sus fuerzas
quebrantadas, disfrutando por algun tiempo aquella grata sombra. Una de
ellas se acercó al caballo para tener el estribo; otra dió mayor pábulo
á su sed, presentándole una copa de cristal llena de vino espumoso; pero
Rugiero no quiso aceptar nada, conociendo que el menor retraso en su
marcha daria á Alcina tiempo de alcanzarle, cuando la encantadora iba en
pos de él, y estaba ya muy cerca. No se inflaman con tanta rapidez el
salitre y el azufre más puro al contacto del fuego, ni es tan grande la

     [Ilustración: Una de ellas se acercó al caballo para tener el
     estribo.

     (Canto X.)]

furia del mar cuando se vé impelido por un negro turbion descendido del
cielo, como la tercera de aquellas damas ardió en ira y furor, al ver
que Rugiero seguia impávido su camino sin hacer ningun caso de ellas á
pesar de su belleza.

--Tú no eres cortés ni caballero, exclamó con desaforados gritos; esas
armas que llevas las has robado, y probablemente habrás adquirido del
mismo modo ese caballo: tan verdad es lo que digo, como que deberias ser
castigado con una muerte infame, descuartizado, quemado vivo ó empalado,
por villano, ladron, orgulloso é ingrato.

Otras muchas injurias y denuestos le prodigó la arrogante dama, á pesar
de que Rugiero no se dignó contestarle, por estar persuadido de que no
podia reportarle ninguna utilidad semejante disputa. Embarcóse la jóven
con sus hermanas en la barquilla que estaba dispuesta para su servicio,
y á fuerza de remo siguieron al paladin, que continuaba costeando la
playa.

En tanto que las tres doncellas dirigian á Rugiero desde la barca todo
género de amenazas, maldiciones é injurias, y cuantas frases insultantes
pudieran excitar su cólera, llegó el guerrero al estrecho por donde se
pasaba á los estados de la más benigna hada; y vió á un barquero
anciano, que al divisarle desató su barca de la orilla opuesta, como si
estuviera ya avisado y preparado de antemano, esperando la llegada de
Rugiero. El barquero se dirigió á él, manifestando su alegría por
transportarle á mejores playas: si el rostro es el espejo del corazon,
aquel anciano reunia á una gran benignidad una discrecion no menor.

Saltó Rugiero en la barca, dando á Dios fervientes gracias por haberle
salvado, y empezó á surcar las aguas departiendo amigablemente con aquel
marinero prudente y dotado de singular experiencia. Daba este mil
plácemes al guerrero por haber sabido sustraerse tan á tiempo al poder
de Alcina, antes de que le hubiera hecho apurar, como á tantos otros, la
copa de sus filtros encantados, así como tambien aprobaba su
determinacion de refugiarse en el país de Logistila, donde seria testigo
de las costumbres más santas, donde admiraria la belleza eterna y la
gracia infinita que nutren y alimentan el corazon sin producir jamás la
saciedad.

--La presencia de Logistila, continuaba diciendo el anciano, difundirá
de pronto en tu alma el mayor asombro y reverencia; y conforme vayas
acostumbrándote poco á poco á su elevado trato y modesto continente,
tendrás en poca estima cualquier otro bien que para tí exista en la
Tierra. Su amor es diametralmente opuesto á todos los demás: mientras
que los otros tienen oprimido continuamente el corazon entre el temor y
la esperanza, el suyo inspira un solo deseo, el de contemplarla, con lo
cual quedan todos satisfechos por completo. Ella te proporcionará goces
más gratos que los que ofrecen las músicas, las danzas, los perfumes,
los baños y los manjares: sus pensamientos, que parten de una base más
perfecta, tienen más elevacion que la que alcanzan los milanos al
remontarse por los aires: ella te enseñará, por último, cómo puede
llegar á participar un ser mortal de la gloria de los bienaventurados.

Así iba diciendo el barquero, mientras bogaba hácia la orilla opuesta,
bastante apartada todavia, cuando descubrió en alta mar un gran número
de bajeles que iban en su demanda: en ellos venia la ofendida Alcina con
todos los guerreros que habia logrado reunir, decidida á perder la
existencia y sus estados, ó á rescatar el objeto de su pasion: tan
extrema determinacion se la habia inspirado Amor, no menos que el dolor
causado por la injuria recibida. Jamás habia sentido, por nada ni por
nadie, tan vivos deseos de vengarse como entonces: así es que corriendo
presurosa tras su venganza, hacia que los remos golpeasen las aguas con
tal fuerza y rapidez que la espuma salpicaba ambas orillas: el estrépito
que producian retumbaba en el mar y en las costas, llenando además con
sus ecos el espacio.

--Descubre el escudo, Rugiero, exclamó el anciano: descúbrelo
inmediatamente: es indispensable; de lo contrario, serás muerto ó
aprisionado con vergüenza tuya.

Y no contento con esta advertencia, cogió por sí mismo el escudo, y
levantando la tela que lo cubria, dejó escapar aquella luz
deslumbradora. El encantado resplandor que hirió vivamente los ojos de
sus adversarios, les ofendió de tal modo que quedaron como ciegos,
cayendo sin conocimientos unos por la popa, y otros por la proa.

Un vigía colocado sobre una roca de los dominios de Logistila, al
divisar la escuadra de su enemiga, dió por medio de una campana la señal
de alarma: no tardó en acudir presuroso el ejército de aquella hada, y á
los pocos momentos se oyó semejante al de la tempestad el estruendo de
la artilleria, que disparaba contra los perseguidores de Rugiero, el
cual socorrido por todas partes, consiguió poner en salvo su libertad y
su vida.

En esto llegaron á la playa cuatro damas, enviadas apresuradamente por
Logistila: la valerosa Andrónica, la prudente Fronesia, la honestísima
Dicila, y la casta Sofrosina, que dió entonces mayores muestras de
solicitud que sus compañeras.

Inmediatamente despues empezó á salir del castillo el ejército de la
virtuosa hada, que no tenia rival en el mundo, y embarcándose en una
flota, compuesta de un crecido número de grandes bajeles, anclados en
una ensenada tranquila que formaba la playa al pié de la fortaleza, y
dispuestos dia y noche á combatir al primer aviso, á la primera
campanada, se extendió por el mar en forma de batalla.

Terrible fué el combate que se siguió así por mar como por tierra;
terrible y fatal para Alcina que perdió en aquel dia los estados
usurpados á su hermana. ¡Cuántas batallas han tenido un resultado
totalmente distinto del que se esperaba antes de trabarlas! Esto fué lo
que le sucedió á Alcina; pues no solo no consiguió apoderarse nuevamente
de su amante, segun se prometia, sino que de todos sus bajeles, tan
numerosos que apenas cabian en el mar, solo pudo salvar de las llamas
una débil barquilla, en la cual huyó triste y desesperada.

Con la fuga de Alcina acabó de consumarse la total destruccion de la
armada, y sus soldados cayeron muertos en la pelea ó fueron reducidos á
prision; pero este cruel revés no afligia tanto á la maga como la
pérdida de su Rugiero, por quien suspiraba dia y noche amargamente,
derramando copiosas lágrimas. En su desesperacion se lamentaba con
frecuencia de no poder darse la muerte; porque una hada no puede morir
mientras el Sol siga su curso natural y no varien las revoluciones del
cielo y de los astros. Si así no fuese, el dolor de Alcina era bastante
á conmover á Cloto[42] para que cortara el hilo de sus dias, y hubiera
puesto término á su suplicio valiéndose del acero, como Dido[43], ó cual
la soberbia reina del Nilo[44], eligiendo un veneno mortal para
arrancarse la existencia, pero desgraciadamente las hadas no siempre
pueden morir.

     [42] Cloto, una de las tres Parcas, hijas de la Noche. Era la que
     tenia la rueca é hilaba el destino de los humanos.

     [43] Princesa de Tiro y reina de Cartago despues. Para sustraerse á
     las persecuciones de Iarbas, rey de Mauritania, se arrojó á una
     hoguera y en ella se dió una puñalada.

     [44] Cleopatra, reina de Egipto, hizo que un áspid le mordiera un
     brazo, cuyo veneno le causó la muerte, á fin de no caer en poder
     del emperador Octavio vencedor de su amante Marco Antonio.

Mas volvamos á Rugiero, digno de eterna gloria, y dejemos á Alcina
entregada á su afliccion.

Luego que el paladin, saltando á tierra, consiguió fijar la planta en
aquel país seguro y hospitalario, dió fervorosas gracias á Dios por no
haberle desamparado en la realizacion de su intento, y volviendo al mar
la espalda, se encaminó rápidamente hácia la roca donde se asentaba el
castillo de Logistila. Jamás vieron ojos mortales otra fortaleza tan
suntuosa ni tan bien defendida. Sus murallas eran de una piedra mucho
más preciosa que el diamante ó el rubí; de una piedra completamente
desconocida entre nosotros; para formarse idea de ella seria preciso ir
á verla hasta aquel país; pues no creo que se encuentre otra semejante
en parte alguna, como no sea en el Cielo. Lo que la hace mucho más
notable y de más valor que cualquiera otra piedra preciosa, es que al
contemplarse en ella, el hombre vé retratado lo que pasa hasta en el
fondo de su corazon: contempla sus vicios y sus virtudes tan claras y
patentes, que no vuelve jamás á hacer caso de la adulacion ni de las
censuras inmerecidas: mirándose en aquel brillante espejo, aprende el
hombre á conocerse á sí mismo y adquiere una exquisita prudencia. El
resplandor que aquellas piedras despedian, comparable solo al del Sol,
alumbraba de tal modo con sus fulgurantes destellos, que quien poseyera
una sola, podria, siempre que le viniera en mientes, convertir la noche
en dia, á pesar del mismo Febo. No solo las murallas eran dignas de
admiracion: el arte y la materia de que se compone aquel castillo
compiten hasta tal punto, que seria difícil juzgar á cual de ambos debia
darse la preferencia.

Sobre arcos tan elevados que no parecia sino que sostuvieran los mismos
cielos, se ostentaban tan extensos y bellísimos jardines, que hubiera
sido difícil formarlos semejantes en la llanura. Por entre las luminosas
almenas asomaban sus verdes ramas mil arbustos odoríferos, cargados,
tanto en verano como en invierno, de pintadas flores y frutas sazonadas.
Solamente en aquellos jardines crecen árboles tan fecundos, y solo en
ellos se ven rosas, violetas, lirios, amarantos ó jazmines tan
magníficos. En otras partes las flores suelen nacer, vivir, é inclinar
su corola marchita en un mismo dia, dejando huérfano de hojas su tallo á
la menor variacion atmosférica; pero allí era perpétua la belleza de las
flores: no porque la benigna naturaleza les conceda una temperatura á
propósito, sino porque Logistila, con su cuidado y sus talentos, las
hacia vivir en una primavera eterna, sin el auxilio de ninguna cosa
sobrenatural, lo cual parecia á todos increible.

Logistila se mostró muy complacida de la llegada á sus dominios de un
caballero tan gentil, y dispuso que fuera muy agasajado, y que todos se
esmeraran en honrarle y obsequiarle. Rugiero vió con satisfaccion á
Astolfo que hacia bastante tiempo se encontraba allí; y en pocos dias
fueron llegando sucesivamente todos los caballeros á quienes Melisa
habia devuelto su primitiva forma.

Despues de haber descansado algunos dias, se acercó Rugiero á la
prudente Hada con el duque Astolfo, que anhelaba tanto como aquel
guerrero regresar á Occidente. Melisa tomó la palabra por ambos, y
suplicó humildemente á la Hada, que con sus consejos, favor y auxilio,
lograsen volver al país de que procedian. Logistila contestó que
pensaria en ello, y que dentro de dos dias les concederia lo que
deseaban. Reflexionó despues en los medios de que se valdria para
auxiliar á Rugiero y al Duque, y resolvió que el caballo alado fuese el
primero en regresar á las costas de Aquitania; pero antes quiso que se
le hiciera un freno á propósito para dirigirle. Enseñó á Rugiero de qué
modo ha de valerse para hacerle subir ó bajar, segun su deseo, y cómo ha
de manejar las riendas para que vuele describiendo círculos, para que
hienda los aires en línea recta ó para que permanezca fijo sostenido en
las alas. A los pocos ensayos, logró el paladin dominar por completo á
su corcel, guiándole por los aires con la misma facilidad y destreza con
que solia cabalgar en su anterior caballo por el terreno llano.

Cuando Rugiero lo tuvo todo dispuesto para el viaje, se despidió de la
Hada benéfica, y salió de sus estados llevando grabado en su corazon el
permanente y cariñoso recuerdo de sus bondades.

Continuaré hablando de Rugiero que emprendió su marcha en ocasion muy
oportuna, y despues referiré cómo el guerrero inglés consiguió reunirse
á Carlomagno y sus aliados tras un viaje mucho más largo y penoso.

Al partir Rugiero, no siguió el mismo camino por donde á pesar suyo le
habia conducido el Hipogrifo, siempre por encima de los mares y sin ver
apenas la tierra: en disposicion ahora de dirigirle á su albedrío, quiso
regresar á su país por distinta via, como los reyes Magos hicieron al
volver al suyo por no encontrarse con Herodes. Al ir hácia aquella isla
donde estaban las dos hadas en contínua guerra, habia atravesado la
España, y fué á parar á la India Oriental directamente cruzando los
mares. A la vuelta quiso ver otras regiones distintas de aquellas en
donde Eolo impele á los vientos, y terminar el círculo empezado, para
dar, lo mismo que el Sol, la vuelta al mundo entero.

Ofreciéronse á su vista el Catay, y Mangiana sobre el gran Quinsaí:
pasó volando sobre el monte Imaús; dejó á la izquierda la Sericania, y
declinando siempre desde la Escitia hiperbórea hasta las costas de
Hircania, llegó al país de los Sármatas; y cuando se encontró en los
confines de Europa y Asia, vió la Rusia, la Prusia y la Pomerania.

Aunque el único deseo de Rugiero fuese el de ver cuanto antes á su
querida Bradamante, no pudo, sin embargo, privarse del placer que le
causaba ir dando la vuelta al mundo, y siguió visitando las comarcas de
Polonia, Hungria, Germania y todas las demás de aquella triste tierra
boreal hasta que por fin llegó á Inglaterra, último confin, por aquella
parte, del mundo conocido. No vayais á figuraros, Señor, que durante
este largo trayecto estuviera siempre volando: cada noche procuraba
encontrar un albergue buscando una posada donde descansar cómodamente.
Invirtió muchos dias y aun meses en su viaje, por lo mismo que se
complacia en visitar nuevas tierras y nuevos mares, hasta, que llegando
á Lóndres una mañana, obligó á su palafren á descender á la orilla del
Támesis.

En las praderas que rodeaban aquella ciudad vió una inmensa multitud de
infantes y ginetes armados, que desfilaban en apiñados escuadrones, y al
toque de cornetas y atabales, por delante del buen Reinaldo, honor y
prez de los paladines; el cual, si recordais lo que de él he referido,
habia pasado á aquellos reinos por mandato de Carlomagno en demanda de
auxilios de toda clase.

Rugiero llegó precisamente en el momento en que se pasaba revista á tan
lucido ejército, y desmontando del Hipogrifo, preguntó la causa de aquel
aparato militar á un caballero, que se apresuró con gran cortesía á
satisfacer su curiosidad, diciéndole que las tropas agrupadas allí bajo
tantas y tan distintas banderas procedian de Escocia, Irlanda,
Inglaterra y demás islas adyacentes; y que en cuanto terminase aquella
revista, se dirigirian hácia la costa, donde los esperaban ya los buques
que debian surcar el Océano, para acudir en socorro de los franceses,
reducidos al último extremo, y que solo de ellos esperaban su salvacion.

--Pero á fin de que quedes bien enterado, voy á designarte uno por uno
todos esos escuadrones.

»¿Ves aquella gran bandera en que están unidas las flores de lís á los
leopardos? Pues es la enseña del jefe de todas esas tropas reunidas, en
pos de la cual han de seguir los demás estandartes. El nombre de dicho
jefe, famoso en estos paises, es el de Leonelo, flor y nata de los
guerreros, maestro en el arte de la guerra, sobrino del Rey y duque de
Lancaster.

»La bandera que sigue inmediatamente al estandarte real, aquella que
hace el viento ondear hácia el monte y ostenta tres alas blancas en
campo verde, es la de Ricardo, conde de Warwick. Del duque de Glocester
es aquella otra que tiene dos astas de ciervo sobre medio cráneo. El
duque de Clarence lleva por blason una antorcha: el de York un árbol.
Mira allí un estandarte que por divisa tiene una lanza rota en tres
pedazos; es la del duque de Norfolk: el rayo es la del buen conde de
Kent, como aquel grifo lo es del conde de Pembroke: el duque de Sufolk
lleva por enseña una balanza: aquellas dos serpientes unidas por un yugo
son la del conde de Essex, y la guirlanda en campo azul la del de
Northumberland. El conde de Arundel lleva en su estandarte una pequeña
embarcacion sumergiéndose en el mar; y aquellos tres son los del marqués
de Barclay, del conde de la Mark y del de Richmond; el primero lleva un
monte hendido en campo blanco; el segundo una palma, y el tercero un
pino bañado por las olas. Las banderas de los condes de Dorset y de
Southampton tienen, la de aquel un carro y la de este una corona.

»Raimundo, conde de Devonshire, ostenta en su estandarte aquel milano
que protege el nido con sus alas; la bandera amarilla y negra es del
conde de Vigorre; la del conde de Derby tiene por blason un perro; la
del de Oxford un oso; el rico prelado de Bath sostiene una cruz
deslumbradora, y el duque Arimon de Sommerset ostenta en su estandarte
una silla rota sobre fondo oscuro.

»Ascienden á cuarenta y dos mil los hombres de armas y los arqueros á
caballo; los soldados de á pié alcanzarán de seguro á doble número.

»Repara en aquellas banderas; una gris, otra verde, otra amarilla y otra
negra listada de azul: son las de Godofredo, Enrique, German y Odoardo,
capitanes de otras tantas mesnadas: el primero es duque de Buckingham;
conde de Salisbury el segundo; el tercero señor de Burgenia, y Odoardo,
conde de Croisbury. Todas esas tropas, que están formadas hácia Levante,
son las de Inglaterra. Vuélvete ahora hácia Occidente, y fíjate en
aquellos treinta mil escoceses, que vienen á las órdenes de Zerbino,
hijo de su rey.

»Hé allí el estandarte real del rey de Escocia, que ostenta un leon
armado con una espada de plata, teniendo un unicornio á cada lado: junto
á él acampa el príncipe Zerbino, que es el más valiente y gallardo de
cuantos le rodean: la naturaleza se esmeró en hacerle perfecto, y rompió
luego el molde, para que aquel guerrero fuera sin par. No existe quien
reuna tanta virtud, tanta gracia, ni tal valor como el príncipe de
Escocia, que tiene además el título de duque de Ross.

»El conde de Athol lleva una barra de oro en su estandarte: la otra
bandera es del duque de Marr, que tiene por blason un leopardo: aquella
que está engalanada de varios colores y de numerosas avecillas es la del
gallardo Alcabrun, que á pesar de ser el primer magnate de su selvático
país, no tiene el título de duque, ni de conde, ni de marqués siquiera.
Aquella bandera en que se vé un águila mirando fijamente al Sol es del
duque de Stratford: el conde Lurcano, señor de Angus, tiene por blason
un toro entre dos perros de presa; el duque de Albania ostenta en el
suyo los colores azul y blanco, y el conde de Buckan un buitre
destrozado por un dragon verde.

»Aquella bandera negra y blanca es del fuerte Arman, señor de Forbess; y
la que está á su izquierda con una antorcha en campo verde es del conde
de Erelia. Contempla ahora á los guerreros de Hibernia cerca de la
llanura: forman dos escuadrones, mandado el primero por el conde de
Kildare y el otro compuesto de aguerridos montañeses, por el de Desmond.
La enseña del primero tiene un pino inflamado; la del segundo, una banda
roja en campo blanco.

»No socorren á Carlomagno únicamente la Inglaterra, la Escocia y la
Irlanda, sino que se apresuran á enviar sus guerreros con este objeto
Suecia, Noruega, la isla de Thulé[45] y hasta la remota Islandia, y
finalmente todas las naciones septentrionales, enemigas naturales de la
paz. Diez y seis mil guerreros, ó pocos menos, salidos de sus cavernas ó
de sus selvas, con el rostro, el pecho, la espalda, los brazos y las
piernas cubiertas de vello como las fieras, rodean aquella bandera
enteramente blanca, formando en su derredor un bosque de lanzas. Morat,
su jefe, es el que la lleva, dispuesto á empaparla en sangre mora.»

     [45] Isla que los antiguos tenian por la más septentrional
     conocida, y que hoy se cree fuera el grupo de las Faroes.

Mientras Rugiero estaba entretenido en contemplar las variadas enseñas
de aquel lucido ejército, que se disponia á acudir en socorro de
Francia, y preguntaba los nombres de los señores bretones, hablando con
su interlocutor acerca de lo que presenciaba, fueron aproximándose
varios curiosos á contemplar estupefactos su extraño y maravilloso
corcel, único en el mundo, y en breve formaron en torno suyo un apiñado
grupo. Para aumentar su sorpresa y admiracion, y á fin de reirse de su
asombro, montó Rugiero en el Hipogrifo, le aflojó las riendas, y
tocándole lijeramente con las puntas de los acicates, le hizo remontarse
velozmente por los aires, dejando á los circunstantes atónitos y mudos
de estupor.

Desde allí, y despues de atravesar la Inglaterra de un extremo á otro,
dirigióse Rugiero á Irlanda, á aquella Hibernia fabulosa, donde
construyó un santo anciano la cueva, dotada de tan singular virtud que
el hombre queda en ella purificado de sus peores faltas[46]. Despues
encaminó su volador corcel á la Bretaña menor, y al pasar sobre el mar
miró hácia abajo, y vió Angélica atada á una de las peñas de la isla del
Llanto, que así se llamaba aquella isla habitada por una gente tan
feroz, cruel é inhumana, que, segun he dicho en otro canto, iba
continuamente merodeando por diferentes costas, á fin de apoderarse de
las mujeres más hermosas, para convertirlas despues en nefando alimento
de un mónstruo marino.

     [46] Caverna conocida con el nombre de _Purgatorio de San
     Patricio_, construida en un monasterio de Ultonia, y en la que se
     hallan representadas las penas del Infierno. La tradicion y la fé
     de los irlandeses le atribuyen la propiedad de redimir los pecados
     á los que la visitan.

Angélica habia sido encadenada aquella misma mañana en la playa donde
solia acudir la desmesurada orca marina que se alimentaba de tan
aborrecible manjar. Ya he dicho antes cómo fué aprisionada por los que
la encontraron dormida al lado del viejo encantador, que valiéndose de
sus artes mágicas, la habia atraido al sitio que se propusiera: los
feroces ebudios no tuvieron reparo en exponerla en la costa, como cebo
de la fiera, completamente desnuda, y tal cual la habia formado la
naturaleza, y sin tener siquiera un velo con que ocultar las blancas
azucenas y las encendidas rosas esparcidas por sus delicados miembros,
que no podian marchitar los calores del verano ni los hielos del
invierno.

Rugiero habria podido creer que era una estátua hecha de alabastro ó de
reluciente mármol, y colocada en aquel peñasco por un capricho artístico
de algun inspirado escultor, si no hubiese visto claramente cómo rodaban
las lágrimas por las frescas y sonrosadas mejillas, hasta rociar con
ellas los torneados pechos, y cómo ondeaba á merced del viento la dorada
cabellera. Al fijar sus ojos en los bellos ojos de Angélica, acordóse
Rugiero de su Bradamante; el amor y la compasion agitaron á un tiempo su
pecho de tal modo, que á duras penas pudo contener el llanto, y
moderando el vuelo de su corcel, acercóse á la jóven y le dijo
dulcemente:

--¡Oh hermosa doncella, digna tan solo de la cadena con que Amor
esclaviza á los amantes, é inmerecedora de la triste suerte á que te veo
reducida! ¿Quién ha sido el hombre despiadado, que lleno de cruel
envidia, ha podido imprimir la huella de tan atroces ligaduras en el
terso marfil de esas lindas manos?

Al oir tales palabras, sintió la jóven que encendia su rostro el calor
de la vergüenza, viendo que estaban expuestas á las miradas de todos
aquellas partes de su cuerpo que, aunque reunan todas las perfecciones,
no puede menos de ocultarlas el pudor. Hubiérase cubierto el rostro con
las manos, si no las hubiese tenido atadas á la roca; pero lo cubrió con
su llanto, única cosa que no le habian podido arrebatar, y procuró
tenerlo inclinado. Conteniendo los sollozos, empezó á contestar á
Rugiero con voz débil y fatigosa; mas no pudo seguir adelante, porque
expiró la palabra en sus labios al oir un gran rumor que del mar
procedia.

Apareció en seguida el desmesurado mónstruo, medio sumergido en las
olas, y así como el bajel impelido por los vientos acude velozmente á
refugiarse en el puerto, con igual rapidez se dirigió la horrible fiera
á apoderarse del cebo que se le tenia dispuesto; la distancia que le
separaba de Angélica era muy corta, y la jóven, medio muerta de espanto,
no tenia ya esperanza alguna de salvacion, cuando Rugiero, que llevaba
empuñada la lanza, se adelantó empezando á descargar furiosos golpes con
ella sobre la orca.

No puedo comparar á aquel enorme cetáceo sino con una gran masa que gire
en todas direcciones; pues lo único que tenia de animal era la cabeza,
con sus ojos y sus colmillos de fuera, semejantes á los de un jabalí.
Rugiero procuraba herirle de frente, entre los ojos; pero embotábanse
los golpes de su lanza, como si los hubiera dirigido contra el hierro ó
la piedra. Al ver que fué vana la primera acometida, retrocedió á fin de
tomar más impulso para la segunda; y la orca, que observó la sombra de
las grandes alas del hipogrifo corriendo sobre las ondas, abandonó la
presa segura que tenia en la orilla por correr furibunda tras la dudosa,
volviéndose y revolviéndose contra aquel fantasma, mientras que Rugiero
procuraba caer sobre ella descargándole nuevos golpes.

Así como suele descender desde la region de los aires el águila, que,
atraida por la serpiente que ha visto deslizarse entre la yerba, ó
tenderse al Sol sobre una pelada roca, para limpiar y alisar sus doradas
escamas, no la acomete de frente á fin de evitar su ponzoñosa mordedura,
sino que la ataca por la espalda, agitando las alas con objeto de
impedir que el reptil se vuelva y la ataque á su vez, del mismo modo
acometió Rugiero á la orca con espada y lanza dirigiendo sus golpes, no
al sitio donde podian servirle de defensa sus terribles colmillos, sino
entre las orejas, sobre la espalda ó hácia la cola. Si la fiera se
volvia, cambiaba él de direccion, y tan pronto descendia como volvia á
elevarse; pero se fatigaba en vano, porque no conseguia atravesar
aquella piel más dura que la roca.

Podia compararse aquel combate á los ataques que contra el mastin dirige
la mosca atrevida durante el polvoroso Agosto, ó en los meses anterior y
siguiente, aquel lleno de espigas y este de mosto: pícale en los ojos, y
en el hocico; da mil vueltas en torno suyo y no se separa un momento de
él, mientras que el perro da continuos mordiscos al aire, hasta que
alcanzando uno á su enemiga basta para hacerle pagar cara su audacia.

La orca golpeaba con tal violencia las olas que hacia saltar el agua
hasta el cielo; así es que el paladin no sabia si estaba batiéndose en
el aire, ó si su corcel se habia metido en el mar. Más de una vez deseó
encontrarse en la playa; porque de durar mucho aquella lucha, temia que
de nada le sirvieran las alas mojadas del Hipogrifo, encontrándose por
consiguiente sin auxilio y sin poder valerse de la más insignificante
barquilla. Ofrecióse entonces á su imaginacion un nuevo y más seguro
medio de vencer con otras armas á la horrenda fiera, deslumbrándola con
el resplandor del escudo encantado. Voló hácia la orilla, y para no
comprometer el éxito, se dirigió á la jóven que continuaba atada á la
roca, y le colocó en el dedo el anillo que destruia todos los encantos;
aquel anillo que Bradamante habia arrebatado á Brunel para salvar á
Rugiero, y que le habia enviado á la India por conducto de Melisa para
arrancarle del poder de la pérfida Alcina. Melisa, como he dicho antes,
hizo uso de aquel talisman en favor de muchos, y despues se lo devolvió
á Rugiero, que no volvió á desprenderse de él.

En aquella ocasion se lo confió á Angélica por temor de que privara al
escudo de su esplendoroso fulgor, y para que al mismo tiempo sirviera de
defensa á aquellos bellos ojos, que ya le habian aprisionado en sus
redes. El enorme cetáceo se acercaba en tanto á la orilla, oprimiendo
con su cuerpo un inmenso espacio de mar. Preparóse Rugiero, y cuando le
vió cerca, levantó el velo, uniendo un nuevo Sol al que ya brillaba en
el cielo. La encantada luz, dando de lleno en los ojos de la fiera,
produjo el efecto acostumbrado. Como la carpa ó la trucha flotan por el
rio cuyas aguas ha emponzoñado con cal el pescador, así se vió flotar el
mónstruo con el vientre hácia arriba á merced de las olas. Rugiero
procuró entonces herirle por todas partes, pero no pudo conseguir su
intento.

Angélica empezó á rogarle que cesara en sus inútiles esfuerzos,
diciéndole entre copioso llanto:

--Vuelve, por Dios, Señor: desátame antes que la orca vuelva en sí;
llévame contigo, y sumérgeme en lo profundo del mar antes que dejarme de
nuevo expuesta á la voracidad de ese mónstruo.

Rugiero, conmovido por estas súplicas, desató á la jóven y la apartó de
la orilla. Preparó su corcel, que afirmando las patas en la arena, tomó
impulso, se lanzó por los aires y atravesó velozmente el espacio,
llevando sobre sus lomos al caballero y á la jóven. Así se vió privada
la orca de un manjar harto suave y delicado para ella. Durante aquel
viaje aéreo, volvíase Rugiero con frecuencia y cubria de besos el pecho
y los vivaces ojos de su compañera.

El paladin abandonó el propósito que tuvo al principio dar la vuelta á
España, é hizo que su corcel descendiera en la costa cercana, donde
forma un prolongado cabo la Bretaña menor.

Habia en aquella costa un bosque de pobladas encinas, en el cual
anidaban multitud de ruiseñores: en el centro se descubria un pequeño
prado con una fuente en medio, y á uno y otro lado se elevaban colinas
solitarias. Allí fué donde el ardoroso caballero detuvo su atrevida
marcha y bajó á la pradera, haciendo que su corcel plegara las alas.
Apenas apeado del caballo, se preparó á dar asaltos más dulces; pero le
incomodaba el arnés, y tuvo que quitárselo por ser un obstáculo para sus
deseos. En su precipitacion, no acertada á despojarse de las armas:
mientras procuraba desatar un nudo, sin saber cómo hacia dos. ¡Jamás le
habia costado tanto trabajo quitarse la armadura! Pero este canto se va
alargando demasiado, y quizá, Señor, esteis ya cansado de escucharme.
Aplazaré, pues, la conclusion de esta historia para ocasion más
oportuna.



CANTO XI.

     Angélica huye de Rugiero, valiéndose del anillo misterioso que
     aquel le habia confiado.--Rugiero presencia despues la lucha de un
     gigante con Bradamante, á quien se lleva aquel, perseguido por
     Rugiero.--Orlando llega á la isla de Ebuda, dá muerte al mónstruo
     marino y salva á Olimpia, que se casa despues con Oberto, rey de
     Irlanda.


Sucede muchas veces que un débil freno es bastante para detener en su
veloz carrera al corcel más brioso; pero es en cambio muy raro que el
freno de la razon logre contener los ímpetus de la lujuria, cuando el
inmediato goce la incita; del mismo modo que el oso no se aparta
fácilmente de una colmena, como haya llegado á olfatear la miel ó haya
probado una sola gota de ella.

¿Qué razon podria, pues, contener al buen Rugiero para apartarle del
intento de gozar de la hermosura de Angélica, á quien tenia en su poder,
completamente desnuda en un bosque tranquilo y solitario? Habíase
olvidado enteramente de su Bradamante, cuya imágen solia estar siempre
fija en su memoria; ó si acaso conservaba algun ligero recuerdo de ella,
no impedia que se tuviera por necio si no se aprovechaba de la ocasion
que la suerte le ofrecia para disfrutar de los encantos de Angélica,
ante los cuales no habria podido menos de olvidar su continencia el
mismo Xenocrates[47].

     [47] Filósofo griego, discípulo de Platon, célebre por sus
     virtudes, su desinterés y sobre todo por su continencia.

Rugiero habia arrojado léjos de sí la lanza y el escudo, y se quitaba
con verdadera impaciencia todas las piezas de su armadura: en aquel
momento bajó Angélica los ojos, contemplando avergonzada la desnudez de
su cuerpo; y sus miradas se fijaron en el precioso anillo que llevaba en
el dedo, el mismo que Brunel le habia arrebatado en Albraca, y que
llevaba en su primer viaje á Francia, cuando acompañó á su hermano
armado con la lanza que entonces poseia el paladin Astolfo. Con él habia
destruido el encanto de Malagigo en la caverna de Merlin; con él logró
romper una mañana las cadenas con que Dragontina tenia aprisionados á
Orlando y sus compañeros, y con él salió invisible de la torre donde la
tenia encerrada un viejo infame. Pero ¿á qué he de recordar todos estos
pormenores que conocéis tan bien como yo? Brunel, por complacer al rey
Agramante, la fué siguiendo en sus largos viajes, hasta que consiguió
arrebatarle aquel talisman: desde entonces se mostró la Fortuna
enteramente adversa á Angélica, hasta que consiguió desposeerla de su
reino.

Al ver de nuevo aquella joya en su dedo, fué tal su contento y su
estupor, que dudando de si todo aquello era un sueño, apenas podia dar
crédito á sus ojos y á sus manos. Sacóse el anillo del dedo, y poco á
poco se lo metió en la boca, desapareciendo súbitamente de la vista de
Rugiero, como se oculta el Sol tras densa nube.

El paladin dirigió sus miradas en derredor, y daba vueltas como un loco
buscando á la jóven: acordóse bien pronto del anillo, y quedó confuso y
estupefacto, prorumpiendo despues en blasfemias contra su imprevision, y
acusando de ingrata y desleal á la doncella, que tan indignamente
recompensaba el auxilio que le habia dado.

--¡Ah, ingrata hermosura! exclamaba: ¿es este el galardon que yo
merecia? ¿Por qué prefieres robarme ese anillo á aceptarlo como un
regalo de mis manos? No solo te hubiera entregado ese talisman, sino
tambien mi escudo, mi caballo, y hasta mi persona, para que hicieras de
ella el uso que tuvieras por conveniente con tal de que no me ocultaras
tu hermoso rostro. Bien sé, cruel, que me estás oyendo, y sin embargo no
me respondes....

Y así diciendo, no cesaba de dar vueltas en derredor de la fuente con
los brazos extendidos, como si estuviera ciego. ¡Ah! ¡Cuántas veces
abrazaba el aire con la esperanza de estrechar entre sus brazos á la
doncella!

Angélica se habia alejado ya bastante, y no cesó de andar hasta que
llegó á una cueva muy ancha y profunda que encontró al pié de un monte.
En ella estaba descansando un viejo pastor, que guardaba un numeroso
ganado de yeguas, las cuales iban paciendo por el valle las frescas
yerbas que brotaban á orillas de los arroyuelos. A uno y otro lado de la
cueva habia frondosas alamedas, donde se guarecia la yeguada de los
ardores del Sol del medio dia. Angélica permaneció allí durante todo el
dia, continuando invisible; y cuando al caer la tarde juzgó que habia
restaurado suficientemente las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu,
envolvióse en unos paños rojos, bien diferentes á las lujosas y
elegantes vestiduras verdes, amarillas, violadas, azules y purpúreas que
habia siempre llevado. Tan humilde ropaje, no podia, sin embargo,
privarla de su encantador aspecto y noble continente. Cesen en sus
alabanzas cuantos ensalzan á Filis, Nerea, Amarilis ó á la ligera
Galatea: Títiro y Melibeo se verian obligados á confesar que ninguna de
ellas era comparable por su belleza á Angélica.

La doncella eligió entre todas aquellas yeguas la que mejor le pareció,
y alejándose de aquel sitio, sintió renacer el deseo de regresar al
Oriente.

Rugiero en tanto continuaba buscando asídua é inútilmente á la
fugitiva, y cuando por último se convenció de su error, y de que ni
estaba allí ya ni le oia, se dirigió hácia el sitio donde habia dejado
al Hipogrifo; mas con gran sorpresa suya se encontró con que se habia
arrancado el freno é iba volando por los aires en toda su libertad.
Grande fué el disgusto que le ocasionó la pérdida de su caballo, y mucho
más coincidiendo con la decepcion que Angélica le habia hecho sufrir;
pero su mayor sentimiento consistia en la falta del precioso anillo, no
tanto por la virtud que poseia, como por haber sido regalo de
Bradamante.

Pesaroso en alto grado, volvió á vestirse sus armas, y se colocó el
escudo á la espalda; alejóse del mar, y atravesando la playa, se dirigió
á un anchuroso valle, en el cual habia un bosque sombrío, dividido por
un sendero trillado y de una gran longitud. No anduvo mucho, cuando oyó
un gran estrépito á su derecha y hácia el sitio en que más espesa era la
selva. Aquel estruendo era producido por el choque de las armas:
apresuró el paso, saltando matorrales, y descubrió en un pequeño claro
del bosque dos individuos que se batian encarnizadamente. Animados por
un feroz deseo de no sé qué venganza, no se daban tregua ni descanso.
Uno de ellos era un gigante de aspecto horrendo; el otro un caballero
atrevido y leal, que valiéndose del escudo y de la lanza, y saltando acá
y allá, procuraba esquivar los furibundos golpes de la maza que el
gigante empuñaba con las dos manos. Cerca de él yacia su caballo muerto.

Rugiero se detuvo, y permaneció mudo espectador de aquella lucha: en su
mente dirigió fervientes votos al Cielo por que venciera el caballero;
más se abstuvo de acudir en su defensa, y continuó apartado hasta ver el
resultado del combate.

De pronto levantó el gigante la maza con ambas manos, y dejóla caer con
toda su fuerza sobre el yelmo de su adversario á quien derribó tan
tremendo golpe; y apenas el vencedor le vió en el suelo, se apresuró á
desatarle el casco para darle muerte, cuya circunstancia permitió á
Rugiero distinguir las facciones del vencido. Atónito el paladin,
conoció en aquel rostro el de su dulce y bella Bradamante, á la que se
preparaba á cortar la cabeza el impío gigante: fuera de sí, se lanzó á
él con la espada desnuda retándole á singular batalla; mas su
adversario, despreciando el desafío, cogió á la doncella desmayada entre
sus brazos, la colocó sobre sus hombros y alejóse con ella, del mismo
modo que huye el lobo llevándose un tierno corderito, ó el águila
arrebatando entre sus encorvadas garras una paloma ó cualquier otra
avecilla.

Comprendiendo Rugiero lo necesario que era su auxilio en aquella
ocasion, echó á correr tras el gigante con cuanta velocidad le era
posible; pero aquel movia sus desmesuradas piernas con tal rapidez, que
el enamorado paladin apenas podia seguirle con la vista. Corriendo el
uno y persiguiendo el otro, penetraron en un sendero oscuro y sombrío,
que iba dilatándose á cada paso, hasta que salieron á una gran pradera.

Los dejaremos allí para volver á Orlando, que acababa de arrojar en las
profundidades del mar el arma terrible del rey Cimosco, á fin de que no
pudiera caer en manos de nadie. De poco le sirvió, porque el impío
enemigo de la naturaleza humana, que fué el inventor de aquel rayo, á
imitacion del que, descendiendo del cielo, rompe las nubes, hizo que lo
encontrara un mágico en tiempo de nuestros abuelos ó poco antes, para
ocasionar á los mortales un tormento mayor del que les causara cuando
engañó á Eva con la manzana. Aquella máquina infernal estuvo sepultada

     [Ilustración: Rugiero corre á salvar á Bradamante, creyéndola
     vencida por un gigante.

     (Canto XI.)]

bajo más de cien brazas de agua por espacio de muchos años, hasta que
fué extraida del mar por medio de sortilegios: primeramente fué conocida
de los alemanes, que haciendo con ella diferentes ensayos, ayudados por
el Demonio que aguzaba sus ingenios en nuestro daño, dieron por fin con
el uso á que estaba destinada. La Francia, la Italia, y sucesivamente
todas las naciones aprendieron despues ciencia tan cruel: unos fundieron
el bronce, y al salir del horno ardiente, lo modelaron en forma hueca:
otros horadaron el hierro, y forjaron armas de todas dimensiones, más ó
menos pesadas, á las que cada autor, segun su capricho, dió los nombres
de bombardas ó arcabuces, cañones sencillos ó cañones dobles, sacres,
falconetes ó culebrinas, cuyos tiros atraviesan el hierro, rompen el
mármol y ábrense camino por donde se les dirige. Confia, pues, á la
frágua, mísero soldado, cuantas armas llevas, inclusa la espada, y
échate al hombro un mosquete ó un arcabuz, porque sin ellos no
alcanzarás ningun buen resultado.

¡Oh invencion horrible y criminal! ¿Cómo pudiste hallar cabida en el
corazon del hombre? Tú has destruido la gloria militar; tú has
arrebatado su honor á la carrera de las armas; por tí se ven reducidos á
tal extremo el valor y la virtud, que con frecuencia aparece el malvado
preferido y antepuesto al bueno: por tí no son ya una ventaja en las
batallas la audacia y la gallardía. Tú has sido y serás causa de la
sangrienta muerte de tantos señores y tantos caballeros antes de que
concluya esta guerra, origen del llanto de todo el mundo, y de Italia
especialmente. Por esto he dicho, y estoy seguro de no equivocarme, que
el inventor de tan abominable artificio fué el más cruel y el más
perverso de cuantos hayan inventado artificios crueles y perversos, y
creeré que Dios, en justa y eterna venganza de tal infamia, encerrará
su alma maldita en el profundo abismo, junto á la del maldito Judas.

Pero sigamos al paladin Orlando, á quien aguijonea cada vez más el deseo
de llegar á la isla de Ebuda, donde las mujeres más hermosas, son
entregadas á la voracidad de un mónstruo marino.

Cuanta más prisa tenia el caballero, tanta menos parecia tener el
viento, y ora soplara por la izquierda, ora por la derecha, ó bien por
la popa, era siempre tan flojo que la nave iba navegando con suma
lentitud: á veces reinaba una desesperadora calma chicha, y otras
agitábanse las olas con tal violencia que obligaban al bajel á
retroceder ó á ir dando bordadas, como si Dios, en sus altos juicios,
hubiera dispuesto que Orlando no llegara á la isla antes que el rey de
Hibernia, á fin de que más fácilmente sucediera lo que tendreis ocasion
de oir tras breves páginas.

--Aproxímate á la isla, dijo Orlando al piloto: quédate en la costa y
dame la lancha; pues intento ir al escollo sin compañía alguna. Me
llevaré el cable más grueso, y el ancla más grande que haya en el buque;
pronto verás el uso que pretendo hacer de ellos, si llego á encontrarme
frente á frente con aquel mónstruo.

Hizo botar al agua el esquife, al que se trasbordó con todo lo necesario
para su proyecto: dejó en el buque todas sus armas, excepto la espada, y
bogó completamente solo en demanda del escollo, dirigiendo los remos
hácia el pecho, y vuelto de espaldas al sitio donde queria desembarcar,
del mismo modo que el cangrejo suele salir á la orilla desde el fondo
del mar. Era la hora en que la bella Aurora habia extendido sus dorados
cabellos ante la presencia del Sol, aun medio oculto, á despecho del
enojo del celoso Titon.

Cuando llegó como á un tiro de piedra del desnudo escollo parecióle oir
á intervalos lastimosos quejidos, que llegaban á sus oidos bastante
debilitados por la distancia. Volvióse enteramente hácia la izquierda, y
fijando sus ojos en la rompiente de las olas, vió una mujer desnuda,
atada á un tronco, y cuyos piés bañaban las aguas. Como se encontraba
aun algo distante, y como aquella mujer tenia la cabeza inclinada, no
pudo distinguir sus facciones. Empezó entonces á remar con más fuerza, é
iba avanzando con el deseo de cerciorarse de quien ser pudiera, cuando
de pronto oyó un terrible mugido que procedia del mar, haciendo retumbar
con su eco las cavernas y las selvas. Levantáronse las olas, y apareció
en seguida el mónstruo, bajo cuya masa enorme casi desaparecia el agua.

Cual negra nube que, llevando en su seno la lluvia y la tempestad,
desciende sobre un oscuro valle, rodeándolo todo de tinieblas más densas
que las de la misma noche y ocultando la luz del dia, así se adelantó la
horrenda fiera, cubriendo con su cuerpo tanto espacio de mar, que podia
decirse que lo abarcaba todo. Estremeciéronse las ondas, mientras que
Orlando, recogido en sí mismo, la contempló con mirada serena y altiva,
sin perder el color ni sentir miedo en su corazon; y como aquel que está
firmemente decidido á llevar á cabo un propósito, se adelantó
rápidamente, colocando el esquife entre la orca y la jóven, á fin de que
su cuerpo la sirviera de antemural y tambien para poder atacar á aquella
con más seguridad. Dejando su espada tranquila en la vaina, empuñó el
áncora que estaba atada al cable y esperó con gran serenidad al terrible
mónstruo. En cuanto la orca se hubo aproximado y vió tan cerca de sí á
Orlando en la lancha, abrió para devorarle su inmensa boca, por la cual
cabria con facilidad un hombre á caballo. Aprovechando aquella ocasion,
precipitóse Orlando entre las fauces del mónstruo marino con su cable,
con su áncora, y aun creo que con su lancha, é hincóle los dos picos de
la segunda en la lengua y en el paladar de suerte que le imposibilitó
por completo el movimiento de las desmesuradas mandíbulas, del mismo
modo que los mineros colocan barras de hierro para sostener las paredes
de las galerías que van abriendo, á fin de preservarse de los
hundimientos de estas mientras atienden desprevenidos á su trabajo. Los
dos extremos del áncora estaban tan separados entre sí que para llegar
al superior habria tenido el guerrero que dar un salto.

Una vez puesto aquel puntal, y seguro ya de que la fiera no podia cerrar
la boca, desnudó Orlando la espada y empezó á dar tajos y reveses á
diestro y siniestro por aquel oscuro antro. Del mismo modo que pelean
los sitiados cuando el enemigo ha llegado á penetrar en la fortaleza, se
defendia la orca como podia del paladin que tenia en su garganta.
Vencida por el dolor, unas veces saltaba fuera del agua descubriendo sus
lomos escamosos; otras se hundia entre las olas removiendo la arena con
su voluminoso vientre y haciéndola salir á la superficie. Orlando, al
verse expuesto á perecer ahogado por las frecuentes inmersiones del
cetáceo, salió nadando de la boca de este y dejando en ella bien clavada
el áncora, pero sin soltar el cable que la sujetaba, llegó á nado hasta
el escollo: una vez en terreno firme, fué tirando del cable y atrayendo
hácia sí el áncora que continuaba clavándose cada vez más en las fauces
del mónstruo, el cual se vió obligado á obedecer al impulso de Orlando y
á ceder á aquella fuerza superior á otra cualquiera; fuerza que con una
sola sacudida era capaz de levantar más peso que con diez un
cabrestante.

La orca, arrastrada á pesar suyo por el poderoso brazo

     [Ilustración: Orlando fué tirando del cable y atrayendo al
     mónstruo.

     (Canto XI.)]

del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con
violencia y revolcábase continuamente sin poder romper la cuerda que la
sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta
acá y acullá, da mil vueltas, se tiende y se vuelve á levantar, sin
conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca
salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse
el nombre de Rojo á aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en
términos de descubrir más de una vez su arenoso fondo, ó de elevar
montañas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro
Sol; y todo esto producia un estrépito tal, que retemblaban los montes,
las selvas y hasta las playas más lejanas.

El viejo Proteo salió de su gruta al oir semejante estruendo, y apareció
en la superficie del mar; y al ver á Orlando entrar y salir de la orca y
arrastrarla hácia la orilla, huyó por el anchuroso Océano, abandonando
sus diseminados rebaños. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y
tan extraña confusion, hizo uncir á su carro á sus delfines, y no paró
hasta llegar á las costas de Etiopía, mientras que Ino, acongojada,
llevando á Melicertes en sus brazos[48], las Nereidas con los cabellos
en desórden, los Glaucos, los Tritones y demás divinidades marinas
corrian atolondrados de uno á otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

     [48] Melicertes, hijo de Atamas y de Ino. Huyendo con su madre del
     furor de su padre, que creia ver en ellos una leona con su
     cachorro, se arrojaron al mar, quedando convertidos en dos
     divinidades marinas.

Orlando sacó por fin á la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que
ocuparse más; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia
muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos á presenciar tan
singular combate; mas ofuscados por una preocupacion fanática,
consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella
se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo
tanto, de haber excitado otra vez su cólera, y de que volvieran á
acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos
los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar
humildemente á la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que
sobreviniesen más funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al
mar al impío Orlando á fin de aplacar el furor de Proteo con este
sacrificio. De los ánimos de todos los isleños se apoderó el deseo de
realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el
fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron á la
playa, y acometieron á Orlando, rodeándole de mil modos y atacándole por
todos lados. Quedó sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y
tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria ó el
debido agradecimiento por haber dado muerte al mónstruo, su recompensa
consistia en injurias y atentados contra su vida; pero así como el oso,
á quien los rusos ó los lituanios enseñan por las calles como un
entretenido espectáculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos
de los gozquecillos, á los que ni siquiera se digna mirar, de igual
suerte vió el paladin sin temor á toda aquella turba vil que podia
derribar con solo un soplo; y bien lo dió á conocer manteniéndoles á una
respetable distancia, apenas se volvió contra ellos empuñando su
Durindana.

Los insensatos isleños habian creido que Orlando no podria hacerles
frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna
otra arma defensiva; pero ignoraban que su piel, desde los piés á la
cabeza, era más dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron
hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas
(y no serian muchas más) tendió á sus piés treinta enemigos, cuya
leccion bastó para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigióse á desatar á la jóven, cuando resonaron
en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los bárbaros estaban
entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando
con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de
ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas
partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia ó por
crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna ó poca resistencia
opusieron los isleños, bien por haberse visto cogidos de improviso, ó
bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes,
y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad,
incendiaron las casas, pasaron á cuchillo á las personas, derribaron las
murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritería y matanza, acudió
Orlando á la doncella destinada á satisfacer la voracidad de la orca
marina. Al fijar en ella sus miradas creyó conocerla; aproximóse más y
se afirmó en su creencia: le pareció que era Olimpia, y efectivamente
era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada.
¡Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon
el desengaño que le diera Amor, la Fortuna cruel la entregó el mismo dia
en manos de unos corsarios, que la llevaron á la isla de Ebuda. La
infeliz jóven habia conocido á Orlando en cuanto se encaminó hácia el
escollo donde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda,
tenia la cabeza baja, sin atreverse á hablar ni á levantar hácia él la
vista.

Preguntóle Orlando por qué fatalidad la encontraba en aquella isla de
tal suerte, cuando él la habia dejado en compañía de su esposo, tan
contenta y satisfecha como era posible.

--¡Ay de mí! le contestó: no sé si deba daros de nuevo las gracias por
haberme librado entonces de la muerte, ó si manifestarme pesarosa,
porque hoy, merced á vos, no hayan tenido un término mis desgracias.
Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un género de
muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entrañas de
aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida,
pues solo con mi existencia concluirán mis miserias. ¡Oh! arrancádmela
por vuestra mano, y en mi último suspiro irá envuelta mi gratitud hácia
tanta bondad.

Despues continuó refiriéndole entre copioso llanto cómo su esposo la
habia burlado, dejándola dormida en una isla, donde unos corsarios se
apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar á su
cuerpo la actitud con que se suele pintar ó esculpir á Diana sorprendida
por Acteon en el baño, volviéndose de lado y ocultando su pecho y mil
bellezas, á pesar de dejar expuestas á las miradas de todos la espalda y
los costados.

Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto, á fin
de cubrir á Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una
afanosa espectacion, llegó Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber
que el mónstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero
habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca un áncora
pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo
modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era
cierto cuanto se le habia referido, acudió á aquel sitio, en tanto que
su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.

Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la
sangre que llevó consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia
entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoció en seguida, tanto más
cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fijó en la
mente la idea de que Orlando, y nadie más, era capaz de haberla llevado
á cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde salió
el año anterior para ceñirse la corona que heredara por muerte de su
padre, y allí habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzándose
al momento la visera de su casco, corrió á abrazar y festejar al
paladin, que le estrechó entre sus brazos con no menores muestras de
alegría. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de
afecto y cordial amistad, refirió Orlando á Oberto la traicion de que
habia sido víctima Olimpia, así como el nombre del traidor, más obligado
que otro alguno á guardarle fidelidad. Dióle minuciosa cuenta de las
muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor á Bireno, así como
las pérdidas en familia y bienes que por él habia sufrido hasta llegar á
ofrecer su vida por la de tan pérfido amante, añadiendo por último que
él habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia
salir garante.

Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jóven
estaban llenos de lágrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba
entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando
cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus
rayos el nebuloso velo; y así como los ruiseñores entonan en aquella
estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo
Amor humedecia en las lágrimas de la jóven las plumas de sus alas,
regocijándose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego
forjaba sus dardos, templándolos despues en el cristalino raudal que se
deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues
de templadas sus flechas, las disparó contra el galan Oberto, á quien no
pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues
mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la
desdichada Olimpia, se sintió el corazon herido, sin saber cómo.

Los atractivos de Olimpia eran de los más raros, pues no solo formaban
un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas,
la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los demás
miembros, velados hasta entonces por el traje á las miradas profanas,
eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse á cuantos hubiera
en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la
nieve y eran más tersos que el marfil, parecian de leche recien
exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeño
semejante á los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando
en la estacion amena empieza el Sol á derretir las nieves que habia
acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus
alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo más terso y brillante que un
espejo, parecian hechos á torno por el mismo Fidias[49] ó por otra mano
más diestra, si es posible. ¿Habré de describir las perfecciones que
encerraban las demás partes que ella procuraba ocultar en vano? Básteme
decir, que desde los piés á la cabeza era toda ella el tipo de la
belleza más acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles
de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza,
á pesar de ser ella superior á las otras dos Diosas, y probablemente
Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera
dicho á Elena:--«Quédate con Menelao; pues yo no quiero más beldad que
esta.»--Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que
esculpir la estátua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo
las doncellas más hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una
de ellas tuviera más perfecto, á fin de que saliera su obra perfecta
tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en
ella todas las bellezas.

     [49] El mejor estatuario de la antigüedad, natural de Atica.

Estoy seguro de que Bireno no vió jamás aquel cuerpo desnudo; pues de
otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar á la jóven en la
isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego
del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran
solicitud y haciéndole concebir la esperanza de que de tanto infortunio
naceria para ella la dicha. Prometióle acompañarla á Holanda, y no parar
hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable
venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que
emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurándole por último que
pondria inmediatamente por obra este propósito.

En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien
no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque
todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas
entregadas al mónstruo marino. Fácilmente encontró Oberto trajes de mil
distintas hechuras, é hizo vestir con uno de ellos á Olimpia, aunque
sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado:
verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los
industriosos florentinos, ni el vestido más minuciosamente recamado á
fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de
Minerva ó del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos
de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba
incesantemente.

Orlando se manifestó muy contento de aquel naciente amor por muchos
motivos; pues además de estar persuadido de que el rey de Irlanda no
dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por
esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando él habia acudido
á la isla de Ebuda para socorrer á su amada si es que se encontraba en
ella, y no para favorecer á Olimpia. Le constaba ya que Angélica no
estaba allí, pero no podia cerciorarse tan fácilmente de si habia
estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin
quedar uno solo con vida.

Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habiéndose embarcado todos
juntos en direccion á Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para
regresar á Francia. No consintió en detenerse un dia entero en Irlanda á
pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras
su amada, le prohibia permanecer allí más tiempo. Antes de partir,
recomendó al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas
que habia hecho á la princesa, aunque bien es verdad que no habia
necesidad de ello, pues cumplió su palabra con más exactitud de lo que
se acostumbra.

Y en efecto, en breves dias reunió Oberto su ejército; y aliado con los
reyes de Inglaterra y de Escocia, restituyó á Olimpia la Holanda, se
apoderó de la Frisia, sublevó la Zelanda contra Bireno, y no terminó la
guerra hasta que le dió la muerte: ¡castigo harto débil para la magnitud
de su delito! Oberto se casó con Olimpia, á quien convirtió de simple
condesa en una reina poderosa.

Pero volvamos al Paladin que navegaba á toda vela por el ancho mar,
caminando sin cesar noche y dia. Pronto llegó al mismo puerto de Francia
de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dejó en
breve tras de sí los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en
el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en
cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si
no las refiero ahora. Orlando estaba siempre más pronto á llevar á cabo
cualquier accion laudable y meritoria, que á publicarlas despues, y
ninguno de sus hechos llego á conocerse sino cuando habian tenido
testigos presenciales. Pasó el resto del invierno tan callado, que no se
supo nada de él á ciencia cierta; pero cuando el Sol iluminó la Tierra
desde el discreto animal que llevó á Friso, y el céfiro con su soplo
dulce y templado trajo de nuevo la risueña primavera, reaparecieron las
admirables hazañas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las
yerbas. De llano en monte, y de campiña en costa, iba vagando agobiado
por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hirió sus
oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguijó su corcel,
empuñó la espada y se encaminó velozmente hácia el sitio de donde salian
aquellos lamentos: pero diferiré para otro momento la continuacion de mi
historia, si quereis seguir escuchándome.



CANTO XII

     Persigue Orlando irritado á un caballero que arrebata á la fuerza á
     su dama y llega á un palacio construido por Atlante de Carena con
     el objeto de atraer á él á Rugiero.--Llega este despues; pero
     habiendo Orlando descubierto de nuevo á Angélica, marcha en pos de
     ella, combate con Ferragús, lleva á cabo una accion heróica contra
     los paganos, y encuentra despues á Isabel.


Al separarse Ceres da la madre Idea[50], regresó apresuradamente á los
valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo
cuyo peso gime el gigante Encelado[51] herido por el rayo; y no
encontrando á su hija donde la habia dejado[52], se mesó desesperada los
cabellos, se hirió los ojos, y se golpeó el rostro y el pecho; arrancó
despues dos pinos, y los encendió en el fuego de Vulcano[53], dándoles
la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una
de aquellas antorchas en cada mano, subió á su carro tirado por dos
serpientes; recorrió en busca de su hija las selvas, las campiñas, los
montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes,
la tierra y el mar, y despues de hacer inútiles pesquisas sobre la
Tierra, bajó á las profundidades del Tártaro.

     [50] Sobrenombre de Rea ó Cibeles, madre de los dioses, á quien se
     aplicó esto por ser particularmente venerada un el monte Ida, de
     Frigia.

     [51] Gigante temible, hijo del Tártaro y la Tierra, y uno de los
     que hicieron la guerra á los dioses del Olimpo. Júpiter, victorioso
     de él, le agobió con el enorme peso del Etna.

     [52] Habiendo dejado Ceres á su hija Proserpina cogiendo flores en
     un valle próximo al Etna, aprovechó esta ocasion el dios de los
     Infiernos, Pluton, para apoderarse de la doncella y colocarla en el
     trono de su horrible reino.

     [53] El fuego que vomita el volcan del monte Etna, bajo el cual
     suponian los antiguos que tenia Vulcano sus fraguas.

Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis[54],
como era su deseo, con tal de encontrar á Angélica no habria dejado de
recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los
montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region
del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de
Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.

     [54] Nombre de una ciudad de la Grecia antigua, célebre por el
     culto que en ella se daba á Ceres y por el magnífico templo
     dedicado á esta diosa.

Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba á recorrer la
Italia, la Alemania, las dos Castillas, y á atravesar el mar de España,
para pasar á la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hirió sus
oidos el eco de una voz doliente; apretó el paso, y vió á alguna
distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y
llevando en brazos á una tristísima doncella echada sobre el arzon
delantero de la silla. La jóven lloraba y procuraba desasirse dando
muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso
príncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, creyó conocer
á Angélica á quien dia y noche iba buscando por el interior y los
confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero sí que se
parecia á aquella Angélica gentil, á quien amaba Orlando tan
tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada
amante, tan afligida y triste, lleno de cólera y de furor, retó con
estentórea voz á su raptor, y prorumpió en amenazas contra él, lanzando
á rienda suelta en su seguimiento á Brida-de-oro. Pero aquel infame ni
se dignó contestarle, ni detenerse: atento únicamente á su admirable
presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que
hubiera dejado atrás al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro
en pos de él, y la profunda selva resonaba con sus gritos.

Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera, á un extenso prado en
medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con
diferentes clases de mármoles, adornados de prolijas esculturas. El
raptor atravesó corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin
abandonar un momento á la doncella; poco despues llegó Brida-de-oro con
su dueño enojado y furibundo. Cuando entró en el palacio, miró Orlando
en torno suyo, y no vió ya al caballero ni á la jóven. Saltó más bien
que se apeó de su corcel, é internándose en el palacio, pasó como un
rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de
reconocer todas las cámaras, hasta las más reducidas y apartadas.
Despues de haber recorrido en vano todos los sitios más recónditos de la
planta baja, subió al primer piso, y en él perdió el mismo tiempo y
trabajo que habia perdido en el inferior.

Vió diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y
las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin
fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de
arriba á abajo y de abajo á arriba repetidas veces, sin conseguir
alegrar sus ojos con la vista de Angélica, ni encontrar al ladron que le
habia arrebatado tan adorada imágen. Mientras dirigia inútilmente sus
pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado á mil
pensamientos, vió á Ferragús, á Brandimarte, al rey Gradasso, al rey
Sacripante y otros muchos caballeros, que como él recorrian todos los
departamentos del palacio, y como él se afanaban inútilmente,
maldiciendo sin cesar al malvado é invisible señor de aquella mansion.
Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robado
algo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia
arrebatado; los otros se enfurecian por la pérdida de su amada; por las
diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella
especie de jaula, donde muchos de ellos, víctimas de tales engaños,
contaban semanas y meses enteros de permanencia.

Despues de haber recorrido cuatro ó seis veces todo aquel misterioso
palacio, se dijo Orlando á sí mismo:--«Si permanezco aquí, gastaré el
tiempo y el trabajo inútilmente, pues el ladron puede muy bien haber
escapado con Angélica por alguna otra salida y encontrarse ya muy léjos
de este sitio.»--Ocupada con este pensamiento su imaginacion, salió á la
pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de
aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para
descubrir si á uno ú otro lado aparecian las señales de un nuevo camino,
oyó que le llamaban desde una ventana; levantó los ojos, y le pareció
oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia
ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le
figuró oir á Angélica, que entre súplicas y llanto le decia:--«¡Favor,
socorro! Te recomiendo mi honor más que mi alma, más que mi vida. ¿Seria
posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado
Orlando? ¡Oh! ¡Antes que dejarme entregada á tan inhumana suerte,
arráncame la vida con tus propias manos!»

Estas palabras obligaron á Orlando á renovar una y otra vez sus
pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce
esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya á sentir. Cada vez
que se detenia, creia escuchar una voz semejante á la de Angélica que
imploraba su auxilio. Acudia presuroso hácia el sitio de donde le
parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte,
obligándole á ir de un lado para otro, y siempre en vano.

Pero creo oportuno volver á Rugiero, á quien dejé en el momento en que
acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y á su dama,
hasta que al salir del bosque se encontró en una pradera dilatada.
Continuando su persecucion, llegó, si no estoy equivocado, al mismo
sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la
puerta del palacio, y tras él Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso
el pié en el umbral, miró el patio y las galerías, y no vió ya al
gigante ni á la dama: paseó inútilmente sus miradas en todas
direcciones, subió y bajó en vano por todas aquellas cámaras, sin
encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cómo habian desaparecido tan
rápidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro ó
cinco veces las galerías, las cámaras y los salones de aquel edificio,
tanto los inferiores como los superiores, volvió de nuevo á sus
pesquisas, y no las abandonó sino cuando hubo registrado hasta debajo de
las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en
las selvas vecinas, alejóse del palacio; pero atraido por una voz que le
llamaba, como la otra llamó á Orlando, volvió de nuevo á reconocer el
edificio.

La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Angélica,
ofrecióse á la vista y á la imaginacion de Rugiero como la dama de
Dordoña, la soberana de su albedrío. Si aquella voz, si aquella persona
se dirigia á Gradasso ó alguno de los que iban errantes por el palacio,
todos creian ver y oir en ella al objeto de sus más fervientes deseos.
Atlante de Carena habia imaginado este nuevo é insólito encantamiento
para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce
pena, y sustraerle por este medio á su funesto destino, que le condenaba
á morir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir así
lo que no habia logrado valiéndose primeramente del castillo de acero, y
de Alcina despues. Atlante atrajo á aquella morada, no solo á Rugiero,
sino tambien á cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, á
fin de que su protegido no pereciera á sus manos; y mientras les
obligaba á permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de
provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros
encontraban cuanto podian apetecer.

Pero volvamos á Angélica que, teniendo en su poder el admirable anillo,
merced al cual se hacia invisible ó destruia todos los encantos, y
despues de haber encontrado en la cueva víveres, vestidos, caballos y
cuanto necesitaba, se disponia á regresar á la India y á su hermoso
reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compañeros á Orlando ó
Sacripante, no porque amara al uno más que al otro, pues siempre se
habia mostrado con ellos desdeñosa, sino porque, obligada á atravesar
por tantas ciudades y castillos para pasar á Levante, le era
indispensable un compañero y un guia, y ninguno le habria inspirado
tanta confianza como ellos. Fué buscando tanto al uno como al otro
durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le
revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las
aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La
Fortuna la encaminó por último hácia el punto donde estaban Orlando,
Ferragús y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos, á quienes
Atlante habia hecho caer en sus redes.

Entró Angélica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque
llevaba el anillo en la boca; y registrándolo todo, encontró á Orlando y
á Sacripante, que continuaban buscándola inútilmente por aquel recinto.
Vió tambien cómo Atlante, suplantando su imágen, engañaba y entretenia á
los dos guerreros. En seguida, empezó á pensar á cual de ellos deberia
confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cuál seria preferible,
si el Conde Orlando ó el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando
podria salvarla con más valor de cualquier peligro, es cierto; pero de
elegirle por guia y compañero, quedaria bajo su dependencia, por no
saber de qué medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle
regresar á Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria
posible deshacerse del circasiano, cuando así le conviniera, aunque él
la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determinó á
escogerle por compañero, y á fingir con él celo y lealtad.

Quitóse el anillo de la boca, descorriendo así el velo que cubria su
presencia á los ojos de Sacripante. Creyó, sin embargo, dejarse ver de
él solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferragús, que no
habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio á su amada, al
ídolo de su corazon, á Angélica. Corrieron presurosos y simultáneamente
hácia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun
encantamiento, por haberse colocado Angélica el anillo en el dedo, con
lo que hizo inútiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos
guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron
en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de
noche; y acostumbrados á su peso, la llevaban con la misma facilidad y
el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferragús, que era el
tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar
almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quitó al
hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando buscó
inútilmente en el rio el casco de Argalía; y si bien es verdad que en
aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo
retarle, porque mientras en él permanecieron no les era dable conocerse.
Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella
penetraban no podian conocerse unos á otros, ni dejar, tanto de dia como
de noche, la espada, la coraza ó el escudo; mientras sus caballos, con
la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la
puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y
paja.

Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre
sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos
cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando
á su yegua, porque no era de su agrado la compañía de los tres amantes,
á quienes quizá habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto
los alejó del palacio lo suficiente para no temer que el encantador
malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios,
encerró tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado más de
un disgusto, y desapareció de repente de su vista, dejándolos entregados
á la mayor perplejidad. Aunque el primer propósito de Angélica habia
sido el de elejir á Orlando ó Sacripante para que la acompañaran al
reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mudó
repentinamente de propósito y determinó pasarse sin ninguno de los dos,
pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de
quedar obligada á cualquiera de ellos.

Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hácia todos
los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra ó
la liebre á quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier
madriguera, en un barranco ó en un espeso matorral. Entre tanto
Angélica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones.
Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la
doncella habia desaparecido de su vista por él, único cuya direccion
podia haber seguido: corrió Orlando, siguióle Ferragús, y Sacripante se
lanzó tras ellos con no menor velocidad: Angélica refrenó á su corcel y
los siguió tranquilamente. Cuando llegaron á un sitio en que todos los
senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros á examinar
el terreno á fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero
Ferragús, el más arrogante de cuantos mortales pudieran ceñir corona, se
volvió con insolente ademan hácia los otros dos, gritándoles:

--¿A qué venis? Retroceded ó dirigíos por otro camino, si no quereis
hallar aquí la muerte; porque no estoy dispuesto á sufrir compañia,
cuando se trata de amar ó de buscar á mi dama.

Al oir estas palabras, Orlando exclamó dirigiéndose al Circasiano:

--¿Qué más podria decir ese villano, si en nosotros viera á las
prostitutas más viles y tímidas que hayan empuñado jamás la rueca y el
huso?

Vuelto luego hácia Ferragús, añadió:

--Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me
detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien ó mal en cuanto has
dicho.

El Español contestó:

--¿Por qué te preocupa lo que á mí me tiene sin cuidado? Yo solo soy
bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal
como me encuentro.

--Házme el obsequio, dijo Orlando dirigiéndose al Rey de Circasia, de
prestar á ese tu yelmo hasta que le cure de esa insensata manía: jamás
he visto otra semejante á la suya.

El Rey respondió:

--¿No seria yo más loco si accediera á tu deseo? Préstale el tuyo, si en
ello no hallas inconveniente, y verás cómo soy tan capaz como tú de
castigar á un insensato.

--¡Vosotros sois los imbéciles! exclamó Ferragús: si yo quisiera llevar
un casco, ya hubiérais perdido los que llevais, pues habria sabido
arrancároslos á la fuerza. Mas, ya que es forzoso decíroslo, sabed que
un voto me obliga á ir sin él, y sin él iré hasta que logre apoderarme
del que cubre la cabeza del paladin Orlando.

--¿Es decir, contestó el Conde sonriéndose, que tienes la pretension de
poder hacer sin casco con Orlando lo que él hizo en Aspromonte con el
hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras á encontrar con
Orlando frente á frente, temblarias de piés á cabeza; y no solo no
desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas
llevas.

El altanero Español respondió:

--Más de una vez he luchado ya con Orlando, poniéndole en tan grave
aprieto, que me habria sido fácil apoderarme de todas sus armas, cuanto
más del almete. Y si no lo hice fué porque aun no habia formado la
intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no
quise; mas hoy espero que podré conseguirlo sin trabajo alguno.

Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y gritó:

--Cochino embustero, ¿cuándo y en dónde has podido más que yo con las
armas en la mano? Ese paladin, á cuya costa te alabas, y á quien creias
léjos de tí, está en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes
arrebatarme este yelmo, ó si soy capaz de arrancarte todas tus armas.
No quiero tampoco llevarte la más mínima ventaja.

Y así diciendo, desatóse el yelmo, lo colgó en las ramas de una haya, y
desenvainó inmediatamente á Durindana. Ferragús no se manifestó
atemorizado por ello; desnudó su acero, y se puso en disposicion de
amparar con él y con el escudo su cabeza descubierta.

Empezaron en seguida la pelea, buscándose mútuamente y revolviendo sus
caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia á penetrar por
entre las junturas de las corazas y por la parte más débil de su
armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros más dignos de
medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro
conseguian herirse.

Ya creo haberos dicho, Señor, que Ferragús tenia todo su cuerpo
encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde
recibe el niño su primer alimento cuando aun está encerrado en el
claustro materno; por esta causa llevó el Sarraceno resguardado
contínuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente
temple, hasta el mismo dia en que cubrió su faz la tétrica losa del
sepulcro. El príncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia
ser herido en las plantas de los piés; por eso las preservó de todos los
golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran más
duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos
cubiertos con su armadura, más bien era por adorno que por necesidad.

Aquel combate espantoso, que horrorizaba á la vista, iba haciéndose cada
vez más reñido y cruel. Ferragús no daba golpe en vago, ya hiciera de
punta ó de filo: los de Orlando rompian, rajaban, ó hacian volar en
pedazos las diferentes piezas de la armadura de su enemigo, mientras
que Angélica, siempre invisible, era el único testigo de tan terrible
espectáculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jóven no debia de
estar muy distante, aprovechó la oportunidad que aquel combate le
proporcionaba, y se encaminó por el sendero que supuso habria seguido la
doncella cuando desapareció de su vista; de suerte que la hija de
Galafron fué la única persona que presenció la lucha de los dos
campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo,
á pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareció tan
peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y
á este fin, ideó apoderarse del yelmo, para observar no más lo que
harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba
decidida á no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era
la de dárselo al Conde; pero queria divertirse un rato á su costa.

Descolgó, pues, el yelmo, lo colocó en su regazo y continuó mirando un
breve rato á los dos guerreros: en seguida se alejó sin decirles una
palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los
dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que á
uno y otro cegaba, cuando Ferragús, que fué el primero en advertirlo, se
apartó de Orlando y dijo:

--¡Cómo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con
nosotros! ¿A qué premio aspirará ahora el vencedor, si nos ha robado el
yelmo?

Retrocedió Orlando; dirigió sus miradas á la rama, y al verla sin el
yelmo, su furor no conoció límites. Convino con Ferragús en que se lo
habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la
brida é hincando el acicate en su corcel, salió en su persecucion; tras
él siguió Ferragús, y cuando llegaron á un sitio donde se veian las
huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigióse el Conde
por la izquierda hácia un valle, por donde se habia encaminado
Sacripante, mientras que el Sarraceno continuó por un sendero próximo á
un monte, en el que se habia internado Angélica.

La jóven habia llegado en tanto á una fuente, situada en un paraje
umbroso y agradable, que invitaba á todo transeunte á gozar de su
frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus
labios. Angélica se detuvo á la orilla de las cristalinas ondas,
pensando que allí nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera
sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia.
Apenas llegó, colocó el casco en un arbusto junto á las verdes orillas
del arroyuelo, y despues buscó el sitio más á propósito donde pastara su
yegua.

El caballero español llegó á aquella fuente, siguiendo las huellas de
Angélica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareció de su
vista, y se alejó con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de
recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel
descubrió á su amada, corrió hácia ella lleno de alegría; pero la jóven
desapareció, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que
se desvanece un ensueño fantástico. Ferragús se puso á buscarla por
todas partes, maldiciendo á Mahoma, á Trevigante y á todos los profetas
y maestros de su religion. Volvió desesperanzado hácia la fuente, donde
yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conociólo, apenas fijó en él la
vista, á causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la
que decia dónde lo habia ganado Orlando, el modo cómo se apoderó de él,
la época de la victoria y el nombre de su anterior dueño. No dudó un
momento el pagano en cubrirse con él la cabeza y el cuello; pues á
pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jóven,
semejante en lo rápido á la de las fantasmas nocturnas, apresuróse á
aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.

Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo,
ocurriósele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar á
Angélica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del
relámpago. Recorrió en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido
la esperanza de encontrar sus huellas, marchó á unirse con los
sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolándose de no haber
podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete
de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde buscó por espacio de
mucho tiempo á Ferragús, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no
pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno
entre dos puentes, se lo quitó arrancándole al mismo tiempo la
existencia.

Angélica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado
rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de
Orlando cerca de la fuente.

--Por meterme á hacer lo que no debia, iba diciendo entre sí, he dejado
al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que
debia yo ofrecerle por los muchos servicios á que le estoy obligada.
Pero si me apoderé de él, bien sabe Dios que fué con buena intencion,
aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi único
pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel
arrogante español realizara por mi mediacion sus deseos.

En estos y semejantes términos iba lamentándose de haber privado á
Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tomó el camino que le
pareció mejor para dirijirse á Oriente, ocultándose ó dejándose ver que
las gentes, segun que le parecia ó no oportuno. Despues de haber
recorrido muchos paises, llegó á un bosque, donde encontró á un jóven
inícuamente herido en el pecho y tendido entre los cadáveres de dos
compañeros suyos. Pero no puedo continuar hablándoos más tiempo de
Angélica; porque antes he de referir otras muchas cosas, así como
tampoco pienso ocuparme de Ferragús ni de Sacripante por algun tiempo.
El príncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y será preciso
que os cuente con preferencia á lo demás, los muchos trabajos, penas y
fatigas que soportó para conseguir sus deseos, que no pudo ver
realizados nunca.

Al llegar á la primera ciudad que halló á su paso, cubrióse con un casco
nuevo, sin cuidarse de si estaba bien ó mal templado, pues lo que él
procuraba era no ser conocido: por lo demás, tanto le importaba aquel
casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable.
Oculto, pues, á todas las miradas, continuó sus pesquisas tanto de dia
como de noche, y arrostrando impávido las lluvias ó los ardores del Sol.
Pasando un dia cerca de Paris, hácia la hora en que Febo sacaba del mar
sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con
flores rojas y amarillas; á esa hora en que las estrellas cesan en sus
danzas y se ponen el velo para marcharse, dió Orlando una prueba
brillante de su valor. Encontróse frente á frente de dos escuadrones de
sarracenos: á la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de
blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro
tiempo, y á la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el
otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecen que
pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era
el de Alzirdo.

Aquellos soldados, como todos los demás del ejército pagano, habian
establecido sus cuarteles de invierno, unos al pié de las murallas de
las ciudades, otros más léjos, pero todos en rededor de las poblaciones
y los castillos; porque habiendo intentado más de una vez el rey
Agramante asaltar á Paris, aunque en vano, se decidió por último á
asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de él,
y á este fin renunió un número considerable de tropas: además de las que
habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde España á las
órdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros
franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el país
comprendido entre Paris y el rio de Arlés con parte de la Gascuña,
excepto algunas fortalezas.

Apenas empezaron los ondulantes arroyos á convertir el hielo en
templadas y cristalinas corrientes, y á revestirse los árboles de nuevas
hojas, reunió el rey Agramante á todos cuantos seguian su misma suerte,
para organizar su ejército de modo que pudiera realizar desde luego sus
propósitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto
á fin de llegar á tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda
clase de tropas, fuesen buenas ó malas. Orlando topó, segun he dicho,
con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada,
segun su costumbre.

Cuando Alzirdo divisó á aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el
mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo
Dios de la guerra, quedó sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero
continente, y vió en él un guerrero capaz de las acciones más heróicas,
por cuya razon entró en deseos de medir con él sus armas. Jóven y
arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran
corazon. Preparóse á la lucha y lanzó su caballo contra Orlando: mejor
hubiera hecho en continuar á la cabeza de sus soldados; porque en el
terrible choque, el príncipe de Anglante le atravesó el corazon,
derribándole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huyó á
todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir á torrentes la
sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito
horrísono y terrible, que llenó todo el espacio, y se precipitaron en el
mayor desórden contra el Conde, descargándole muchos de ellos tajos y
estocadas, mientras los más lanzaban un diluvio de dardos contra la flor
y nata de los paladines. Aquel tropel de bárbaros rodeaba al Conde,
gritando: «¡A él! ¡A él!» y produciendo un estruendo semejante al que
ocasiona una muchedumbre de javalíes, cuando van corriendo despavoridos
por los montes ó los campos, al ver que un lobo salido de su guarida ó
un oso descendido de las montañas se ha apoderado de cualquier javato,
que se lamenta con estridentes gruñidos de haber caido entre las garras
de la fiera.

Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo ó la coraza: unos
descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban
por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no
hallaba cabida el temor, despreciaba á aquella turba vil y todas sus
armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia á los
corderos por numerosos que sean. Su mano empuñaba desnudo el
centelleante acero que habia hecho morder el polvo á tantos sarracenos:
¿quién seria, pues, capaz de contar el número de sus víctimas? La sangre
ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadáveres en él
amontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan inútiles las rodelas
y los almetes como los petos rellenos de algodon ó los innumerables
pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y
los lamentos, sino los brazos, las cabezas y demás miembros de los
sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo
mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre
sí alegremente:--«En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadañas
mias.»

Sucedíanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron
á huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian
acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban á tragárselo. No
habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara
huir juntamente con él: unos escapaban á pié por un lado; otros
aguijaban á sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de
salvarse, en si era buena ó mala la direccion que seguia. En torno de
ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta
la más imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo á
contemplarse en él, excepto un anciano á quien la edad habia secado la
sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano,
consideró la muerte preferible á una fuga ignominiosa, y enristrando la
lanza contra el Paladin francés, la hizo pedazos en el centro del escudo
del terrible Conde, á quien ni siquiera conmovió en la silla. Este, que
continuaba blandiendo su espada, tiró al pasar una cuchillada á
Manilardo, á quien ayudó la suerte; pues al venirle encima el crudo
acero, se ladeó en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien
le derribó del caballo. Quedó el Rey moro aturdido del golpe; su
contrario no se volvió siquiera para mirarle, y continuó en su tarea de
tajar, romper, hender y derribar cuanto se oponia á su paso: todos
creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de
toda aquella tropa que no cayera, ó huyera ó se echara boca abajo, como
huye al través de las extensas regiones del aire una bandada de
estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por último la
vencedora espada del guerrero dejó el campo libro de todo enemigo vivo.

Aunque Orlando conocia perfectamente todo el país, vacilaba con respecto
al camino que debia tomar.

No sabia si haria bien en dirijirse á la derecha ó á la izquierda, y su
pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir,
temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario
emprender para encontrar á Angélica. Mientras tanto iba marchando á la
ventura por campos ó selvas como un insensato, hasta que al fin llegó al
anochecer al pié de un monte: á lo léjos vió brillar una luz, que salia
por entre la hendidura de una roca, hácia la que se aproximó para ver si
Angélica se habia guarecido allí. A la manera que se busca una temerosa
liebre por los bosquecillos de enebros ó por los rastrojos en campo
raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las
matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos,
del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios
adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hácia aquel
resplandor, llegó á un claro del bosque, en medio del cual habia un
angosto respiradero, que servia de entrada á una extensa gruta: algunas
zarzas y espinos que se veian á la entrada formaban una especie de muro
espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse á las
miradas del que á ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible
fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su
situacion.

     [Ilustración: En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de
     agradable rostro, acompañada de una vieja.

     (Canto XII.)]

Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido
despues á averiguarlo, apeóse de Brida-de-oro, le ató á un árbol, se
acercó con gran cautela á la entrada de la cueva, y separando la maleza
penetró en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones
conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas
estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension
considerable: estaba cortada á pico y abovedada, y á pesar de su
profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba
muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran
agujero abierto á la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado
de un hogar, se veia á una doncella de agradable rostro que apenas
habria cumplido los quince años. Bastóle al Conde una sola mirada para
apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, á
pesar de que sus ojos estaban preñados de lágrimas, señales manifiestas
de algun profundo dolor. Acompañábala una vieja con la que sostenia una
gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas llegó
el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.

Orlando las saludó con la cortesía que todo caballero está obligado á
usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pié,
devolviéndole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que
se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y
al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de
terrible aspecto. Orlando les preguntó en seguida quién era el ser tan
descortés, injusto, bárbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella
gruta un rostro tan bello y encantador. La jóven contestó á aquella
pregunta con voz fatigosa é interrumpida por férvidos sollozos, que
hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos:
abundantes lágrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro, é iban á
perderse en su seno. Mas dignaos, Señor, escuchar el resto de esta
historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.



CANTO XIII.

     Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella á
     quien Zerbino amaba.--Da muerte á la turba vil y perversa que la
     tenia sepultada en aquella cueva.--Bradamante, apesadumbrada por la
     suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia
     reunidos tantos caballeros.--Agramante pone en movimiento su
     ejército.


¡Cuán venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que
encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan
solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se vé en los
palacios más suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen
dignas del título de hermosas!

He dicho más arriba que Orlando encontró en la gruta á una doncella, y
que le preguntó quién la habia conducido allí. Prosiguiendo, pues, mi
narracion, os referiré cómo ella dió al Conde cuenta de sus desventuras,
en los términos más breves que pudo emplear, y con acento dulce y
suavísimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

--Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han
de costar caras, porque esa vieja no tardará en participar esta
entrevista al que me tiene aquí encerrada, estoy, sin embargo,
dispuesta á decírtelo todo, así me cueste la vida. ¿Y qué mayor dicha
puedo esperar de él, sino que cualquier dia me haga morir?

»Me llamo Isabel, y fuí hija del infortunado rey de Galicia: he hecho
bien en decir fuí, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la
angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me
lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y
mientras tanto trama en secreto engaños y traiciones. En otro tiempo
vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jóven, amable, rica, honrada y
bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en
fin, no puede haber suerte más desgraciada que la mia. Mas deseo que
sepas el orígen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes
generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

»Hace cosa de un año que mi padre mandó publicar que daria un torneo en
Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo á una multitud de caballeros
de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareció
digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor
me lo hiciera ver así, ó porque el verdadero mérito se manifiesta por sí
solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llevó á cabo en
la liza, quedé presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo
hasta que ya no era dueña de mí misma: no obstante mi debilidad, me
tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon
á un hombre indigno, sino al más acreedor de él y al más gallardo que
existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor
á todos los demás caballeros, y me dió pruebas, en las cuales creo
firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia.
Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de este modo, aun
cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

»Terminadas las fiestas, mi Zerbino regresó á Escocia. Si sabes lo que
es amor, podrás comprender cuán afligida quedé: su recuerdo estaba
grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno á su corazon
se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por
no poder moderar sus deseos, pensó en los medios de llevarme á su lado.
Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le
impidió pedir á mi padre mi mano, por cuya razon determinó robarme. En
los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos
por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas,
y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar:
aquel sitio le pareció el más favorablemente dispuesto para efectuar lo
que impedia nuestra distinta religion, y me participó de antemano el
plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa
Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de
Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.

»No pudiendo llevar á cabo por sí mismo el rapto meditado, porque su
anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian
socorrer al apurado rey de Francia, envió en su lugar á Odorico á quien
eligió como el más fiel y decidido amigo entre todos los amigos
decididos y fieles con que contaba; y así debia ser, suponiendo que los
beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habíamos
convenido de antemano en que este vendria á robarme en un buque armado
convenientemente, así que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto
llegó el anhelado dia, me trasladé á aquel jardin, y Odorico, seguido
de una tropa de marineros armados, desembarcó en un rio próximo á la
ciudad y se dirigió silenciosamente adonde yo me encontraba. Me
trasladaron en seguida á la galera preparada, antes de que se difundiera
por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, á
quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron
degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo
abandoné mi patria, tan llena de alegría como no podrás figurarte,
esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

»Apenas nos encontramos á la altura de Mongia, cuando nos asaltó por la
izquierda una horrorosa tempestad que oscureció el cielo, hasta entonces
sereno; alborotóse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las
nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba
creciendo de hora en hora y cada vez con más fuerza, en términos de
hacer totalmente inútiles todas las maniobras. De nada nos servia
amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque: á pesar de
nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hácia unos escollos
próximos á la Rochela, y á no ser por el auxilio del Todopoderoso,
seguramente nos hubiéramos estrellado contra la costa; porque el
desapiadado viento nos empujaba con más velocidad que la que lleva una
flecha al ser despedida del arco.

»Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurrió á un medio que con
frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que
saltó con presteza llevándome consigo: despues de él, saltó otro, y
otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion á no ser por la
resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron á los demás y
cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos
felizmente á tierra todos cuantos nos habíamos refugiado en el bote: no
tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se
hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto.
Con las manos extendidas hácia el cielo, dí fervorosas gracias á la
bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar,
permitiéndome volver á ver á mi Zerbino.

»Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareció en el mar con
el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme á mi amante,
me importaba muy poco todo lo demás. La playa donde logramos arribar no
ofrecia señal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia
un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaña,
cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las
olas se estrellaban en su base. Allí fué donde el amor tirano y cruel,
que jamás ha cumplido lealmente una promesa, y que está siempre
acechando una ocasion para estorbar y oponerse á nuestros propósitos más
razonables, convirtió del modo más lamentable mi consuelo en dolor, mi
bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza,
olvidando su promesa, ardió por mí en deseos impuros.

»Ya fuese porque no se hubiera atrevido á revelarme su pasion durante el
viaje, ó porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de
aquel sitio despertase en él un amor criminal, es lo cierto que Odorico
se preparó á satisfacer en él sin demora su deshonesto apetito; pero
antes procuró desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con
nosotros en el bote. Era este un escocés llamado Almonio, que se
mostraba muy adicto á Zerbino, el cual le recomendó á Odorico como
hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este
que era una imprudencia digna de censura obligarme á ir á pié hasta la
Rochela, y le rogó en consecuencia que se adelantara á reconocer el
país, á fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada
recelaba, echó á andar inmediatamente hácia la ciudad que nos ocultaba
el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compañero,
determinó Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber
cómo quitárselo de encima, ó ya tambien porque tuviera en él una gran
confianza. Aquel hombre llamábase Corebo de Bilbao, y habia pasado su
infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no
vió inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando
que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo,
que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le
apostrofó de traidor, y le echó en cara su felonía de palabra y de obra.
Excitados ambos por la cólera que ardia en sus corazones, sacaron á
relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los
preparativos del combate, emprendí la fuga al través de la oscura selva.

»Odorico, más diestro en el manejo de las armas que su adversario, logró
tal ventaja sobre él á los pocos golpes, que le dejó por muerto, y en
seguida se lanzó en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prestó sus alas
para alcanzarme, y le enseñó tambien las frases más halagüeñas y
suplicantes para inducirme á amarle y complacerle; pero todo fué en
vano, porque estaba firmemente decidida á morir antes que satisfacer sus
deseos. Tras de las súplicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada
le servian unas ni otras, recurrió descaradamente á la violencia: en
vano fué que á mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza
que en él depositó Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al
entregarme en sus manos, pues no conseguí ablandarle ni disuadirle.
Viendo entonces que eran estériles mis reconvenciones y mis ruegos, y
sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que
se abalanzaba sobre mí como hambriento oso, me defendí como pude con las
manos, con los piés y hasta con los dientes y las uñas, y le arranqué
las barbas y arañé la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban
hasta las estrellas.

»No sé si fué por casualidad, ó porque mis lamentos se debian oir á una
legua de distancia, ó porque los habitantes de aquel país acostumbren á
recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el
caso fué que apareció una multitud de hombres por aquel monte, desde el
que descendieron al mar, dirigiéndose despues hácia nosotros. Aquella
turba llegó á tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio
fué, sin embargo, para mí lo mismo que salir de Scila para precipitarme
en Caribdis, ó como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las
brasas: verdad es que no fuí tan desgraciada, ni sus intentos tan
salvajes, que llegaran aquellos hombres á ultrajar mi persona; pero este
respeto no fué hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino
de su propósito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para
venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me
tienen aquí sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver á mi
Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido
sorprender, me han prometido ó dado en venta á un mercader que debe
llevarme á Oriente para presentarme al Soldan.»

Tal fué la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros
interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer á los
tigres y á las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, ó
aliviaba quizá sus penas con el consuelo de hacer á otro partícipe de
ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de
hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya
mirada era sombría y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que
le partió además la nariz y la mandíbula. Al reparar en aquel caballero,
tranquilamente sentado junto á la jóven, exclamó volviéndose hácia sus
camaradas:

--Ahí teneis un nuevo pájaro, á quien sin haber tendido ningun lazo,
encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde:

--Jamás he visto hombre más oportuno ni tan á propósito como tú: ignoro
si has adivinado, ó si lo sabes por habértelo dicho alguien, que yo
ardia en deseos de poseer unas armas tan magníficas y un trage tan
airoso como el tuyo, y precisamente has llegado á tiempo de satisfacer
mi necesidad.

Orlando se puso en pié, y contestó á aquel jayan, sonriendo amargamente:

--Dispuesto estoy á venderte mis armas; pero mediante un trato que no
suele tener cuenta á ningun mercader.

Y cogiendo rápidamente un tizon encendido, de los que ardian en el fuego
que junto á él estaba, le hirió con él por casualidad en el sitio en que
la nariz se une á las cejas. El tizon le abrasó los párpados de ambos
ojos; pero causó mayor daño en el izquierdo, pues se lo reventó
privándole así del único sitio por donde podia ver la luz: además, aquel
golpe tan fiero, no solo le dejó sin vista, sino que le hizo ir á
reunirse con los espíritus á quienes Quiron y sus compañeros obligan á
estar sumergidos en la pez hirviendo[55].

     [55] Dante, en su _Divina comedia_, coloca al centauro Quiron en
     uno de los círculos del Infierno, donde él y los demás centauros
     cuidan de que los condenados no salgan fuera de la pez hirviendo.

En medio de la cueva habia una mesa enorme, de dos palmos de espesor,
sobre un pié macizo y tosco, y en derredor de la cual solia colocarse el
bandido con todos sus compañeros. Con la misma agilidad con que suele
jugar á la barra el airoso español, arrojó Orlando aquella pesada mesa
sobre la agrupada canalla. Unos quedaron con el pecho ó con el vientre
aplastado; otros con la cabeza, los brazos ó las piernas rotas; estos
exhalaron el último aliento; aquellos salieron estropeados para toda su
vida, y algunos, por fin, menos heridos, procuraron buscar su salvacion
en la fuga. No de otra suerte, un enorme peñasco lanzado sobre un monton
de serpientes que están enroscadas al dulce calor de un sol de
primavera, aplasta lomos, magulla cabezas y destroza escamas, resultando
una multitud de sierpes más pequeñas segun que el golpe ha dividido el
cuerpo de algunas ó muchas de ellas; y mientras las unas mueren ó
pierden la cola, otras no pueden mover la parte anterior de su cuerpo y
agitan y retuercen convulsivamente la posterior, y otras, cuya suerte es
más propicia, se deslizan entre la yerba, y van serpenteando en busca de
un refugio. El estrago que causó la mesa fué terrible; pero no es de
extrañar, si se atiende á que fué arrojada por el valeroso Orlando.

Los que se libraron del golpe ó no salieron muy maltratados de él (y
Turpin afirma que fueron siete), confiaron á los piés su salvacion; pero
el paladin les cerró la salida, y apoderándose de ellos sin dificultad,
fuéles atando sólidamente las manos con una cuerda á propósito para el
caso, que encontró en aquella morada selvática. Obligóles despues á
salir de la cueva, y les llevó al pié de un serbal corpulento, cuyas
ramas aguzó con su espada: en seguida les enganchó en ellas para que
sirvieran de pasto á los cuervos. No tuvo necesidad de sujetar su cabeza
con cadenas; las agudas ramas del árbol, en las que Orlando los fué
empalando uno á uno por la barba, bastaron para purgar al mundo de
aquella vil canalla.

La vieja, amiga y compañera de tales malandrines, apenas los vió
muertos, huyó llorando y mesándose los cabellos por selvas y bosques
inextricables. Despues de andar por caminos ásperos y escabrosos con
tardo paso, paralizado muchas veces por el temor, llegó á la orilla de
un rio, donde encontró á un guerrero, del que me ocuparé más adelante.

Volveré á Isabel, que suplicaba á Orlando no la dejase sola,
ofreciéndose á seguirle por todas partes.

Orlando se esforzó en consolarla con la mayor amabilidad; y apenas
emprendió la blanca Aurora su acostumbrado camino, adornada con sus
velos de púrpura y sus guirnaldas de rosas, se alejó de aquel sitio con
Isabel. Anduvieron por espacio de muchos dias sin hallar cosa digna de
particular mencion, hasta que toparon con un caballero á quien llevaban
cautivo. Más tarde os diré quién era; ahora me aparta de ellos una
doncella de quien os será grato que os hable: me refiero á la hija de
Amon, á quien dejé entregada á sus amorosas penas.

Esperando inútilmente el regreso de su Rugiero, estaba la hermosa jóven
en Marsella, dando qué hacer casi diariamente á las huestes musulmanas,
que hacian frecuentes incursiones por el Languedoc y la Provenza,
talando montes y llanos; pero ella les tenia á raya, portándose cual
diestro guerrero y experimentado caudillo. Cuando vió que habia
transcurrido mucho más tiempo del fijado para la vuelta de su Rugiero,
temió por él y agitaron su corazon mil crueles presentimientos. Un dia
en que, segun su costumbre, estaba lamentándose en secreto, se le
presentó aquella que llevó en el anillo el remedio para curar el corazon
herido por Alcina. Al verla aparecer sin su amante despues de haber
pasado tanto tiempo, quedó pálida, llena de angustia, y tan temblorosa
que apenas podia sostenerse. La buena Maga se adelantó hácia ella
sonriendo, y cuando adivinó la causa de su turbacion, procuró
tranquilizarla revistiendo su semblante de esa risueña apariencia que
suele tener el mensajero de buenas noticias.

--Hermosa jóven, le dijo, no tengas el más mínimo temor por tu Rugiero,
que está vivo y sano, y adorándote como siempre: sin embargo, se vé
privado de su libertad, porque tu enemigo le tiene otra vez en su poder.
Fuerza será, pues, que montes á caballo y me sigas inmediatamente si
deseas salvarle; yo te abriré un camino para que restituyas la libertad
á tu Rugiero.

Y continuó refiriéndole el nuevo ardid mágico que Atlante habia urdido
contra él, y le dijo que con el auxilio de su imágen, á la que al
parecer llevaba cautiva un perverso gigante, le habia atraido al palacio
encantado, donde desapareció la vision. Añadió Melisa que con semejante
engaño, detenia Atlante á cuantas damas y caballeros llegaban allí,
mostrándoles el objeto de su pasion ó sus deseos: que cada cual, al
mirar al encantador, creia ver en él á su dama, á su escudero, á su
camarada ó á su amigo, y en fin, objetos distintos, segun que lo eran
tambien sus deseos; resultando de aquí que se cansaban todos en inútiles
pesquisas y en correr tras aquellas imágenes, que se desvanecían al
aproximarse, excitando de tal modo su anhelo y su esperanza, que no
podian apartarse de tan singular morada.

--Cuando te halles cerca de aquella mansion encantada, prosiguió
Melisa, saldrá el nigromante á tu encuentro bajo la forma de tu Rugiero:
valiéndose de sus malas artes, te hará ver á tu amante vencido por un
guerrero de fuerza superior á la suya, á fin de que, volando tú en su
auxilio, vayas á reunirte con los demás caballeros, cuya suerte
sufrirás. Ahora bien, para que no caigas en los lazos donde han caido
tantos otros, ten mucho cuidado de no dar crédito alguno al que veas con
el aspecto y semblante de Rugiero pidiendo socorro: por el contrario,
así que le veas delante de tí, arráncale su indigna vida, sin que te
detenga el temor de matar á Rugiero, pues tan solo matarás al que es
causa de todos tus pesares. Bien conozco que te parecerá duro dar la
muerte á cualquiera que parezca tu amante; pero no dés crédito á tu
vista extraviada por los maleficios que te ocultarán la verdad. Antes de
que yo te conduzca al bosque, forma una resolucion inmutable; de lo
contrario, si consientes en que viva el mágico, perderás á Rugiero para
siempre.

Decidida la animosa jóven á arrancar la existencia á Atlante, cogió sus
armas y se dispuso á seguir á Melisa, de cuya abnegacion y fidelidad
estaba persuadida. La encantadora le sirvió de guia por los bosques y
por los terrenos cultivados, que atravesaban rápidamente y á grandes
jornadas, procurando hacerle menos fastidioso el camino con el atractivo
de sus sabrosas pláticas. Entre todos los asuntos de su conversacion,
era el principal el recuerdo de que su union con Rugiero debia producir
excelentes príncipes y gloriosos semidioses. Como Melisa conocia
perfectamente todos los secretos del Destino, le era fácil predecir
cuanto debia suceder en el transcurso de los siglos.

--¡Oh querida y prudente guia! dijo á la Maga la ínclita doncella: ya
que me has dado á conocer con muchos años de anticipacion toda mi
excelente progenie varonil, háblame de alguna dama de mi raza, si es que
ha de existir alguna que pueda figurar entre las bellas y virtuosas.

La complaciente Melisa respondió:

--De tí veo salir madres de emperadores y grandes reyes, señoras
honestísimas, sólidas columnas de casas ilustres y de esclarecidos
dominios, cuyo lustre sustentarán ó aumentarán. Las damas de tu linaje
no serán menos dignas de renombre y fama por su piedad, su valor, su
prudencia, y su honestidad incomparable que los caballeros por sus
hechos de armas. Si tuviese que ocuparme en particular de cada una de
tus descendientes digna de honrosa memoria, me faltaria el tiempo, pues
no deberia pasar en silencio á ninguna de ellas; pero, á fin de
satisfacer tu deseo, elegiré algunas entre otras mil. ¿Por qué no me
hiciste presente esto mismo en la cueva, y habrias podido contemplar
tambien sus imágenes?

»De tu preclara estirpe saldrá la protectora y amiga de las letras y de
las bellas artes, á quien no sé si llamar apuesta y bella, ó más bien
prudente y honesta. Esta será la liberal y magnánima Isabel[56], cuyo
renombre prestará eterna fama á la ciudad situada á orillas del Mincio,
que lleva el nombre de la madre de Ocno[57]: En ella sostendrá una
honrosa y espléndida competencia con su dignísimo esposo, para ver quién
de los dos apreciará y amará más la virtud y quién será más cortés y
benigno. Si el uno aduce en su favor que á orillas del Taro[58] y en
sus estados consigue librar á Italia del yugo francés, la otra alegará
que á Penélope la hizo su castidad tan célebre como su esposo Ulises.
Muchas y muy grandes cosas sé con respecto á esta dama, por habérmelas
anunciado Merlin durante el tiempo que pasó en la cueva léjos del mundo;
pero me detengo aquí porque si llego á desplegar las velas por tan
anchuroso mar, mi travesía será mayor que la de Tifis[59]. Concluyo,
pues, manifestándote, que en Isabel estarán reunidos todos los dones que
proporciona el cielo á la virtud.

     [56] Hija de Hércules, duque de Ferrara, y hermana de Alfonso é
     Hipólito; fué mujer animosa, honestísima y digna de todo encomio.
     Casóse con Francisco Gonzaga, señor de Mantua, el cual puesto á la
     cabeza de los venecianos, en auxilio de los genoveses contra Cárlos
     VIII de Francia, derrotó á los franceses.

     [57] Ocno fué hijo del Tiber y de la profetisa Manto, que dió su
     nombre á la ciudad de Mantua.

     [58] Rio de Italia que nace en los Apeninos cerca de Génova,
     atraviesa el Ducado de Parma y desagua en el Pó.

     [59] Piloto del buque en que fueron los Argonautas á la conquista
     del Vellocino de oro.

»Con ella estará su hermana Beatriz[60], á quien cuadra admirablemente
este nombre, porque no solo disfrutará mientras viva la felicidad que se
encuentra en la Tierra, sino que su benéfica influencia se extenderá
sobre su esposo, el más rico y dichoso de todos los príncipes; pero en
cuanto ella abandone esta terrenal morada, caerá aquel en la desgracia
más profunda. Mientras viva Beatriz, el Moro y Sforza, y las culebras de
los Visconti, serán invencibles desde las nieves polares hasta las
orillas del mar Rojo, y desde el Indo hasta los montes que baña el mar
de Francia; pero en cuanto muera aquella princesa, su esposo y el reino
de los insubres caerán en la esclavitud con grave perjuicio para toda la
Italia: con ella, desaparecerá tambien la suprema sabiduría.

     [60] Mujer de Luis Sforza, duque de Milan, llamado el _Moro_, el
     cual, despues de muerto Galeazzo su hermano, bajo pretexto de
     dirigir á Juan Galeazzo, sobrino suyo y heredero de aquel Estado,
     la gobernó continuamente, hasta que por fallecimiento de su
     sobrino, le colocaron en posesion definitiva del ducado los señores
     de Milan. Beatriz fué dama de gran pompa: hizo gala de una
     arrogancia impropia en una dama, y procuró continuamente
     inmiscuirse en los asuntos de Estado, repartiendo empleos y hasta
     disponiendo de la justicia. Murió en 1476, y poco despues su marido
     perdió sus estados.

»Otras muchas princesas de igual nombre nacerán bastantes años antes:
una de ellas ceñirá sus sagrados cabellos con la espléndida corona de la
Panonia[61]: otra, cuando haya dejado la pesada carga de la vida, será
colocada en Ausonia entre el número de los santos, y se le ofrecerán
inciensos é imágenes votivas. Callaré las demás; pues como he dicho, mi
relato seria demasiado largo, si bien es verdad que cada una de ellas
mereceria inspirar la heróica trompa de la Fama. Nada diré de las
Blancas, ni de las Lucrecias y Constanzas, y otras y otras que serán
madres de los príncipes más ilustres de Italia, y renovarán el esplendor
de las principales familias reinantes. Ninguna raza será más fecunda que
la tuya en mujeres célebres, no solo por las virtudes de las hijas, sino
por la extraordinaria honestidad de las esposas[62].

     [61] Nombre antiguo de la Hungria.

     [62] El gran lunar que empaña el poema de Ariosto es la adulacion á
     la casa de Este, que le arrastra hasta el punto de citar las
     _Lucrecias._

»Y á fin de que con respecto á este punto sepas algo de lo que me dijo
Merlin, sin duda con el objeto de que te repitiera sus palabras,
continuaré hablándote con buena voluntad de tu descendencia.

»Me ocuparé primeramente de Ricarda[63], digno modelo de entereza y
honestidad: jóven aun, quedará viuda, y expuesta á los rigores de la
fortuna, como con frecuencia acontece á los buenos. Verá á sus hijos,
niños todavia, desposeidos de los estados de su padre, y vagando por
tierras extrañas en manos de sus adversarios; pero al fin tendrán sus
desgracias una digna recompensa.

     [63] Ricarda, hija del marqués de Salazzo y mujer de Nicolás de
     Este. Viendo que Leonelo y Borso se habian apoderado del gobierno
     de Ferrara, envió sus hijos á diferentes estados en busca de mejor
     suerte. La primera sobrellevó animosamente todo género de
     privaciones y contrariedades, hasta que repuesto en el trono ducal
     su hijo Hércules, volvió á ocupar su antiguo rango.

»No olvidaré á la ilustre reina, de la preclara alcurnia de Aragon[64],
de cuya prudencia y recato no nos ofrecen modelo más acabado los
historiadores griegos y latinos: tampoco habrá otra más favorecida por
la bondad divina, que la elegirá para ser madre de tan hermosos
descendientes como Alfonso, Hipólito é Isabel. Leonor se llamará esta
princesa, que se ha de ingertar en tu árbol afortunado. ¿Y qué te diré
de la segunda nuera, próxima sucesora de aquella, de Lucrecia
Borgia[65]? Su belleza, su virtud, su fama honesta y su fortuna crecerán
como la flor naciente en un terreno feraz. Lo que el estaño es respecto
á la plata, el cobre al oro, la silvestre adormidera á la rosa, el
pálido sauce al laurel siempre verde, y el vidrio pintado á la piedra
preciosa, tales serán comparadas con Lucrecia, á quien venero antes de
nacer, cuantas mujeres hayan adquirido hasta ahora nombradía por su
singular belleza, su gran prudencia ó por otra circunstancia no menos
laudable. Sin embargo, sobre todos los elogios que se le prodigarán
durante su vida y aun despues de muerta, descollará el de haber dotado á
Hércules y sus demás hijos de régias costumbres, y haberles trasmitido
los nobles sentimientos que los harán tan ilustres en el sacerdocio como
en las armas, porque el perfume de la virtud no se desvanece de repente,
aun cuando se traslade á un nuevo vaso, sea malo ó bueno.

     [64] Encontrándose el duque Hércules desterrado en la corte de
     Aragon, alcanzó por su valor y virtudes la mano de Leonor, hija del
     infante D. Fernando, do la que tuvo tres hijos.

     [65] Lucrecia Borgia, hija del papa Alejandro VI, que la tuvo antes
     de su exaltacion al Pontificado, casó con Juan Sforza, señor de
     Pésaro. Abandonada por este, casó segunda vez con D. Luis de
     Aragon, hijo natural del rey D. Alfonso, y por muerte de este con
     Alfonso I, duque de Ferrara.

»Tampoco pasaré en silencio á Renata de Francia[66], nuera de Lucrecia
é hija de Luis XII y de la gloria eterna de la Bretaña. En ella, veo
reunidas todas las perfecciones que se hayan admirado en mujer alguna
desde que el fuego calienta, moja el agua, y gira el cielo en derredor
de sus ejes.

     [66] Despues que Luis XII de Francia empuñó las riendas del
     gobierno, y cuando repudió á Juana, hija de Luis XI, su primera
     mujer, se casó con Ana de Bretaña, para reunir á su corona los
     estados de esta. De Luis y Ana, nació Renata, que fué nuera de
     Lucrecia Borgia, por haberse casado con Hércules II, hijo de
     Lucrecia, y heredero del ducado de Ferrara.

«Mucho tiempo necesitaria para hablarte de Alda de Sajonia, de la
Condesa de Celano, de Blanca Maria de Cataluña, de la hija del rey de
Sicilia, de la hermosa Lippa de Bolonia y de otras muchas; pues si fuera
haciéndome cargo de las alabanzas que cada una de por sí merece seria
como entrar en un mar sin límites.»

Despues de haber dicho Melisa los nombres de la mayor parte de las
mujeres de la posteridad de Bradamante, con gran contento de esta, le
repitió una y muchas veces los medios de que se habia valido el
nigromante para atraer á Rugiero al palacio. Detúvose Melisa cuando
estuvo cerca de aquel edificio, por no creer oportuno seguir adelante y
evitar que la viera aquel astuto viejo, y dejó sola á la doncella, no
sin recomendarle una vez más el cumplimiento de cuantos consejos le
habia dado. Apenas habia andado Bradamante como unas dos millas por un
sendero desierto, cuando vió á un caballero exactamente igual á su
Rugiero, á quien estrechaban tan fuertemente dos gigantes de cruel
aspecto, que estaban á punto de quitarle la vida. Al ver la doncella en
tal peligro al que, segun todos los indicios debia ser Rugiere, sintió
convertida su confianza en sospecha, y olvidó de pronto todos sus buenos
propósitos. Supuso que Melisa tendria alguna prevencion ú odio contra
Rugiero á causa de cualquier injuria ó de infundados enojos, y que
procuraba por medio de un ardid grosero hacerle perecer por mano de su
amada.

La doncella decia entre sí:--¿Por ventura, no será ese mi Rugiero, á
quien siempre veo con el corazon y ahora con mis propios ojos? Si ahora
no le veo ó no le conozco bien, ¿qué podré ver ó conocer en adelante?
¿Por qué he dar más crédito á lo que otros creen que á lo que me ofrece
mi vista? A falta de mis ojos, mi corazon me diría si Rugiero está léjos
ó cerca de mí.»

Mientras raciocinaba de esta suerte, oyó una voz idéntica á la de su
amante que pedia socorro, y vió á aquel caballero huir velozmente sobre
un caballo al que desgarraba los hijares, y tras él á sus dos feroces
enemigos, que se lanzaron á toda brida en su persecucion. No pudiendo
contenerse la doncella, siguió sus huellas; llegó al palacio encantado,
y apenas atravesó el umbral de la puerta, se hizo partícipe del funesto
error de todos. Buscó á Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro,
fuera, y hasta en los sitios más recónditos, sin cesar dia y noche.
¡Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y
Rugiero se veian y hablaban á todas horas, no se conocian el uno al
otro.

Pero dejemos á la varonil doncella, y no os pese que quede sometida á
aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de él, haré
de modo que salgan los dos amantes. Así como la variacion de manjares
excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se hará menos
pesada para los que la oigan, cuanta más variedad se encuentre en ella.
Veéme obligado además á servirme de muchos hilos para terminar la gran
tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cómo los moros,
saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia
del rey Agramante, que amenazando airado á las lises de oro, quiso que
su ejército se reuniera para pasarle nuevamente revista, á fin de
conocer cuál era el verdadero número de sus soldados. Además de los
ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios
excelentes capitanes de España, de África y de Etiopía, viéndose sus
tropas obligadas á vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de
los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fué el de
proveer de jefes á aquellos escuadrones, y comunicarles las órdenes
necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian
ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar á cuantos
guerreros se habian alistado en España y en África, los cuales,
respondiendo á su llamamiento, acudieron pronto á ponerse á las órdenes
de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Señor, dejaré para otro
canto los detalles de esta revista.



CANTO XIV.

     En la revista pasada al ejército mahometano, Agramante echa de
     menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por
     Orlando.--Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca
     del guerrero.--Amores de Mandricardo y Doralicia.--Reinaldo, guiado
     por un ángel, llega á París, cuando ya los moros lo estaban
     asaltando.


En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la
guerra de Francia contra España y África, habian perecido ya
innumerables guerreros, cuyos cadáveres quedaron abandonados á la
voracidad de los lobos, de los cuervos y de las águilas rapantes; y si
bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber
perdido casi todo el país, los sarracenos tenian en cambio motivos
poderosos de afliccion por los muchos príncipes y esclarecidos campeones
de su ejército, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costándoles
sus victorias tanta sangre, que el dolor anubló su regocijo.

¡Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse á las
antiguas, séame permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es
fuerza atribuir á vuestro heroismo, y del que Rávena deberá de
lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera á los conseguidos por
los moros[67]. Me refiero á la memorable batalla en que, al ver á los
picardos, los morinos[68] y á los ejércitos Normando y Aquitano
abandonando el campo, os lanzásteis en medio del grueso de las tropas
españolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jóvenes gallardos, que
merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con
la espada y la espuelas doradas, armándoles caballeros. Ayudado por tan
animosos jóvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destruísteis
las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual á
nadie más que á vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se
marchitasen ó deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos
inmortal ciñe vuestra frente por haber conservado á Roma su Fabricio,
aquel gran Colonna,[69] á quien proporcionásteis un auxilio, que os
honra más que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los
aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rávena, y
todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron
sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin
embargo, aquel triunfo fué más glorioso que digno de regocijo; porque
contrabalanceó vuestra alegría el pesar ocasionado por la muerte del
Capitan francés, del jefe del ejército, y por la de tantos príncipes
ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para
volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y
nuestra vida se debe á aquella victoria, por haber impedido que el
irritado Júpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su
cólera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar
nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como
han quedado en Francia, cubiertas de luto é inundadas en llanto. Es
preciso, pues, que Luis[70] se apresure á enviar nuevos capitanes á sus
tropas, á fin de restituir su honor á las doradas flores de lís, y
castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres,
esposas, é hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos,
negros y grises, y han arrojado por el suelo al Señor sacramentado para
apoderarse de los vasos sagrados. ¡Oh desventurada Rávena! ¡Cuánto mejor
hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! ¿Por qué no
te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo tú para Arimino y
Faenza[71]? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio, para que
enseñe á los suyos más continencia, y los recuerde cuántos han perecido
en Italia por tan bárbaros excesos.

     [67] Alusion á la batalla de Rávena, dada el 11 de Abril de 1512
     entre las tropas españolas y sus auxiliares, mandadas por el virey
     de Nápoles D. Pedro Cardona y el conde D. Pedro Navarro, por una
     parte, y por la otra, las francesas mandadas por Gaston de Foix,
     duque de Nemours. El campo quedó por los franceses; pero el triunfo
     les costó caro, porque murió su jefe al dar una carga contra los
     españoles que se retiraban en buen órden.

     [68] Antiguo nombre de los habitantes del Artois y de Flandes.

     [69] Fabricio Colonna, jefe de las fuerzas papales en la batalla de
     Rávena, á quien hizo prisionero Alfonso de Ferrara durante el
     combate, conservándole la vida y devolviéndole poco despues la
     libertad á pesar de las protestas de los franceses, aliados de
     Alfonso.

     [70] Luis XII, rey de Francia.

     [71] Los franceses, despues de haberse apoderado de Rávena,
     saquearon completamente la ciudad, y pasaron á cuchillo á sus
     habitantes sin excepcion alguna. Ya antes habia sufrido Brescia
     iguales daños por parte de los venecianos. A consecuencia de esto,
     los de Rimini, Faenza, Imola y Forli se apresuraron á abrir al
     ejército francés las puertas de sus ciudades.

Así como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes á su
ejército, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar
cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la
conclusion del invierno permitió á los soldados salir de sus tiendas, á
fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes á los escuadrones
que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues,
hicieron desfilar por delante de ellos á sus soldados, compañía por
compañía.

A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo:
seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto á manos
de Reinaldo; el rey español les dió por capitan á Isolier. A las órdenes
de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes, á las de Grandonio.
Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del
estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Málaga y Sevilla, y
cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el
mar de Cádiz hasta la fértil Córdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo
presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el
segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedió en
la corona de Portugal á su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de
estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituyó á
Maricoldo, su antiguo jefe.

El audaz Malatista conducia á los de Toledo y Calatrava, mandados en
otro tiempo por Sinagon, y á todos cuantos se bañan en el Guadiana ó
beben sus aguas. Formando un escuadron, á cuyo frente iba Bianzardin,
desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y
Zamora. Los zaragozanos y demás caballeros de la corte de Marsilio iban
á las órdenes de Ferragús: todos ellos eran valientes y estaban
perfectamente armados. Veíase entre ellos á Malgarino, Balinverno,
Malzariso y Morgante, á quienes una misma suerte habia obligado á
refugiarse en país extranjero: desposeidos de sus estados respectivos.
Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien
Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte,
Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo
Languiran, Malagur, de astuta y rápida imaginacion, y otros y otros,
cuyos hechos de armas os haré ver cuando llegue el caso.

Cuando el ejército de España acabó de desfilar en buen órden por delante
del rey Agramante, se adelantó con sus batallones el rey de Oran, hombre
de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte
de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir
que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los
garamantas[72]. Siguió el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado
muerto en Gascuña á su capitan Argosto. Tanto este, como los que le
precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun
cuando Agramante carecia de ellos, no tardó en habilitarlos, nombrando
para este cargo á Buraldo, Ormida y Arganio, y siguió de esta suerte
eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confió á Arganio el
mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro
Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian á Brunel, que marchaba
cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde
que Bradamante le arrebató el anillo en la selva próxima al peñasco
donde estaba el castillo de Atlante: y á no ser por Isolier, hermano de
Ferragús, que lo encontró atado á un árbol, y refirió al Rey la verdad
de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo á las
reiteradas súplicas de muchos de sus guerreros, le perdonó la vida
cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar,
previniéndole, no obstante, que á la primera falta le haria empalar: por
consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza
inclinada y el rostro macilento.

     [72] Pueblo indígena del África, que habitaba el país de Zab y una
     parte del Sahara.

Seguia en pos Farurante, y tras él los infantes y ginetes de Mauritania.
Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, á
quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fué de
Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las
de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los
de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los
soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del
rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de
Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de él. Agramante se lo
designó inmediatamente, nombrando al efecto á Corineo, su fiel amigo.
Del mismo modo hizo á Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia
antes á Tanfirion, y á Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de
Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian á Clarindo, y
despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo
que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual
se agrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron,
ni que tuvieran por jefe un Sarraceno más prudente que su rey Sobrino.
Los de Bellamarina, á quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces á
las órdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado
su ejército con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso
bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al África por
encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas
las regiones del África no se conocia un moro más valeroso ni más audaz
que Rodomonte, á quien temian más, y con justo motivo, los parisienses
sitiados, que á Marsilio, á Agramante y á todos cuantos guerreros
pasaron á Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia
tampoco enemigo más irreconciliable que él.

Siguió Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara,
Dardinelo. No sé si algun buho ó corneja, ú otra ave de mal agüero les
llegaria á predecir desde los tejados ó los árboles la suerte funesta
que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del
siguiente dia para que ambos príncipes murieran en la batalla que se
dió. Ya no faltaban por desfilar más que las tropas de los reyes de
Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia
noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora,
cuando trajeron á su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le
anunció la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los
suyos.

--Señor, añadió el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir
á los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejército entero,
como no huyera con la prontitud que yo; gracias á mi lijereza he podido
salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se
precipita entre un rebaño de cabras ó carneros, derriba él infantes y
ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de África un
caballero, á quien desde Occidente á Oriente no habia quien igualara en
valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser
hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz
Mandricardo.

Sus maravillosas hazañas le habian conquistado un renombre que llenaba
el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia
de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante
coraza que mil años antes habia llevado el troyano Héctor. Para
adquirirlas arrostró los azares de una aventura extraordinaria y
prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrándose presente cuando el escudero dió cuenta de la heróica
accion de Orlando, alzó su frente orgullosa y se preparó inmediatamente
á ir en busca de aquel guerrero. Ocultó, no obstante, su intento, bien
fuese por desdeñar toda compañía, ó por temor de que otro se le
anticipara en tal empresa, si llegaba á traslucirse su pensamiento.
Preguntó al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y
aquel le respondió:

--Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene
cimera.

--Así era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque
quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado á Mandricardo un corcel bayo con manchas
castañas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un
caballo español. Sobre él saltó Mandricardo armado de piés á cabeza, y
se alejó á galope por el campo, jurando en su interior no volver al
campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el
camino vió muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible
de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia
perecido á su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde
terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia á marchar
pálidos, mudos y como fuera de sí. No anduvo mucho el sarraceno sin que
se ofreciera á sus miradas un espectáculo inhumano y cruel, pero
testimonio de las maravillosas hazañas que habian referido al rey
africano. Mandricardo se paró á contemplar aquellos cadáveres, llegando
hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sintió
una inconcebible envidia hácia el caballero, cuyo esforzado brazo habia
causado tantas víctimas. Como lobo ó mastin que habiendo encontrado
demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no
pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos ó las
pezuñas, única cosa que han dejado los perros ó las aves de rapiña, se
queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el
diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues
en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde á tan
espléndido banquete.

Durante aquel dia y la mitad del siguiente continuó incierto su camino
en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba á todo
transeunte. Llegó por fin á una pradera, á la que daban sombra árboles
corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por
donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en
Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso
estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les preguntó
quién y con qué objeto les habia reunido allí en tan gran número: el que
parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo,
y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y
pedrería, lo que daba á entender que el ginete seria un personaje
notable, le contestó:

--Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompañar á su hija,
á quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado
todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que
ahora nos molesta, conduciremos á la Princesa al campamento español:
entretanto está descansando.

Mandricardo, acostumbrado á menospreciar cuanto existia en el mundo,
quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien ó mal á la
princesa confiada á su custodia; por lo cual exclamó:

--Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria
saber si es cierto, condúceme en seguida á su presencia, ó haz que venga
aquí: porque necesito estar pronto en otra parte.

--Preciso es que seas un loco rematado, le contestó el granadino. Pero
no pudo continuar, porque el tártaro se lanzó sobre él lanza en ristre y
le pasó de parte á parte; la coraza no pudo contener la violencia del
golpe, y el desgraciado cayó en tierra herido mortalmente. El hijo de
Agrican volvió á enristrar la lanza, y preparóse á atacar á los
restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoderó de las
armas de Héctor, vió que faltaba la primera; por lo cual juró, y no en
vano, que su mano no empuñaría espada alguna hasta conseguir arrancar á
Orlando su Durindana, que era la de Héctor, y que Almonte habia tenido
antes en gran estima.

Grande fué la audacia del Tártaro, que no temió luchar solo contra
aquellos guerreros, gritándoles:--«¿Quién pretenderá estorbarme el
paso?»--Y lanza en ristre se precipitó sobre ellos. A su vez enristraron
la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron
simultáneamente. Mandricardo mató una porcion de ellos, antes de que se
rompiera su lanza: cuando la vió partida, aferró con ambas manos el
trozo mayor que le quedaba, é hizo con él tal carnicería, que jamás se
ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destrozó á los
filisteos con una quijada que encontró al acaso, el sarraceno hacia
pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al
caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian á porfia hácia la
muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les
causaba horror perder la existencia, aunque sí el ignominioso modo cómo
Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera
á merced de un pedazo de asta rota, á cuyos furibundos golpes iban unos
tras otros cayendo, cual si fuesen ranas ó culebras. Cuando una triste
experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al
ver que las dos terceras partes de sus compañeros yacian en el suelo sin
vida, se decidieron los restantes á emprender la fuga. El sarraceno
cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que
escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y así como en
una laguna seca desaparece pronto la estridente caña, ó los rastrojos en
un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende
fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de
surco en surco, así tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez más
ante la inflamada cólera de Mandricardo.

     [Ilustración: Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza
     que le quedaba.

     (Canto XIV.)]

Cuando este vió el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo
custodiara, adelantóse por el camino que le marcaba la yerba recien
hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse
por sí mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su
fama; y saltando por entre los cadáveres, pasó al sitio en que el rio
presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba
Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pié de un
añoso fresno y llorando amargamente: sus lágrimas se deslizaban hasta su
turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un
manantial: su rostro expresaba á la vez el dolor que le causaba la
muerte de sus compañeros, y el temor que le asaltaba por su propia
suerte. Apenas vió acercarse á aquel guerrero empapado en sangre y con
aspecto feroz y sombrío, sintió redoblar su espanto, y empezó á lanzar
agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por sí misma y por los
que la rodeaban, pues además de los guerreros, cuidaban de la Princesa
algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las más
hermosas del reino de Granada.

Al contemplar el Tártaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en
toda España, y que hasta inundado en llanto podia tender las
inextricables redes de Amor, (¿qué no seria cuando resplandeciera con
dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra ó en el paraiso; lo
único que consiguió con su victoria, fué quedar cautivo, sin saber cómo,
de su misma prisionera. No consintió, sin embargo, en renunciar al
premio de su triunfo, á pesar de que las lágrimas de Doralicia
demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon.
Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se
preparó á llevarla consigo; hízola montar en un palafren blanco, y
prosiguió con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente á
los ancianos, á las damas y doncellas, y á cuantas personas habian
venido desde Granada con la Princesa, diciéndoles:

--Perded cuidado, conmigo solo irá bien acompañada: yo seré su guia, su
protector, y sabré atender á todas sus necesidades. Adiós, amigos.

No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos
desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre sí:--«¡Cuán
profundo será el dolor de su padre cuando llegue á su noticia este
suceso! ¡Cuánta ira, cuánta pena sentirá su esposo, y cuán horrible será
su venganza! ¡Ah! ¿Por qué no habria de llegar en ocasion tan critica,
para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey
Estordilano, antes de que la lleve léjos de nosotros?

Satisfecho el Tártaro con la magnífica conquista que le habian
proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que
antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria;
ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de
hallar un sitio á propósito donde apagar su amorosa llama. Esforzábase
en consolar á Doralicia, cuyo rostro estaba bañado en llanto; ideaba mil
cosas para distraerla, y le decia:

--Há largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspiró una viva
pasion hácia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el
deseo de ver la Francia ó la España, he abandonado mi patria, mi trono y
todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el
amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues
vivo adorándoos: si preferis el brillo de la cuna, ¿qué estirpe
encontrareis más elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si
os halagan las riquezas, ¿quién posee más vastos dominios que yo, cuando
solo á Dios cedo en poderío? Si sois sensible al valor, creo haber dado
hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.

Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba á Mandricardo, iban
derramando un bálsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida
aun por el espanto. Poco á poco cesó el miedo y con él el dolor que le
habia lacerado el alma, y empezó á escuchar con más paciencia y mayor
agrado las frases de su nuevo amante. Mostróse despues en sus benignas
respuestas mucho más afable y cortés, y por último permitió que
Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion:
entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor,
adquirió no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jóven
llegaria á acceder á sus deseos.

Contento y alegre con aquella compañia, que tanto le satisfacia y
deleitaba, vió llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de
la noche invitan á todos los seres animados al reposo, y empezó á
cabalgar con mayor velocidad, hasta que oyó los sonidos de los
caramillos y zampoñas, y divisó algunas columnas de humo que se elevaban
por encima de varias granjas y cabañas. Aquellas moradas, más cómodas
que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreció
la suya al caballero y á la doncella con tan corteses modales y tan
solícita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de él. No solo se
encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino
tambien en las cabañas y en los más humildes tugurios.

Lo que sucedió entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche
hubo tendido su manto, no podré referirlo con toda exactitud; así es que
lo dejaré al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que reinó
entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos
aparentaban estar muy contentos, y Doralicia dió las gracias al pastor
por su cordial hospitalidad. Desde allí fueron vagando de comarca en
comarca, hasta que se encontraron á la orilla de un placentero rio,
cuyas aguas se deslizaban hácia el mar tan silenciosamente, que no se
sabia si estaban estancadas ó si circulaban en libertad; eran además tan
limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. Allí
encontraron dos caballeros y una doncella.

Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo
camino, me aleja de allí, y me arrastra hácia el campamento de los
moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer á la Francia entera. El
ejército musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde
el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el
audaz Rodomonte se jactaba de incendiar á París y de arrasar la sagrada
Roma. Habia llegado á noticia de Agramante que los ingleses acababan de
cruzar el mar, por lo cual llamó á su presencia á Marsilio, al anciano
rey del Algarbe y á otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad
que se preparara al momento el ejército entero para dar á París un
asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar á la llegada de tan
considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la
ciudad.

Los sarracenos habian reunido de antemano al pié de las murallas
innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para
emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y
lanchas, y por último, Agramante habia ya designado las tropas que
debian dar el asalto en primera y segunda fila, á cuyo frente se
proponia acometer en persona la ciudad.

La víspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes
ceremonias religiosas dentro de París por los sacerdotes, y los frailes
de todas las órdenes, á cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que
confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer
todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los príncipes
y de los prelados, asistió á las prácticas religiosas en la iglesia
mayor, con una devocion de que dió excelente ejemplo á sus súbditos. Con
las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia:

--¡Señor, aunque yo sea inícuo é impío, no permita tu bondad que padezca
tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle
justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el
castigo de nuestras cabezas á fin de que no lo recibamos por mano de tus
enemigos; pues si á nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible
derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe,
puesto que ha dejado morir á tus defensores, De no castigar á un solo
culpable, se alzarán contra tí otros ciento por todo el mundo, hasta el
extremo de que la falsa ley de Babel conseguirá sofocar y humillar tu
religion. Proteje á este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu
santo sepulcro á sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido
á la santa Iglesia y sus pontífices. Bien sé que nuestros méritos no
corresponden ni con mucho á lo que te es debido, y que no debemos
esperar perdon de tí, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si
nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarán purificados
nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu
piedad, no desesperamos de tu auxilio.

Así decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso
además otras rogativas religiosas, y pronunció votos que la inminencia
del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes
súplicas no fueron estériles, porque su ángel tutelar recogió sus
ruegos, y desplegando las alas, los llevó á los piés del Salvador del
mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran
portadores de otras infinitas súplicas para el Eterno, las cuales habian
escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus
angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron á su sempiterno
Amante, y le patentizaron su deseo unánime de que acogiera benigno las
justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia á Él en demanda de
socorro. La Bondad inefable, á quien jamás acudió en vano un corazon
verdaderamente cristiano, levantó sus piadosos ojos é hizo una seña al
arcángel San Miguel para que se aproximara.--«Vé, le dijo, al encuentro
del ejército cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y
condúcele al pié de los muros de París, sin que lo adviertan sus
contrarios: busca primeramente al Silencio, y díle de mi parte que te
ayude en esta empresa: él sabrá demasiado lo que tiene que hacer para
realizar mis designios. Desempeñada esta comision, vuela presuroso hácia
donde tiene la Discordia su asiento: díle que coja su yesca y su
eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta
cizaña y tantas rencillas entre sus guerreros más valerosos que vuelvan
pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida ó
se carguen de cadenas, ó bien abandonen despechados el campamento hasta
conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.»

El arcángel bendito emprendió inmediatamente su vuelo, sin replicar una
sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban
las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceñíale en torno un
círculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al
que producen de noche los relámpagos. El mensajero celestial iba
pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para
encontrar sin pérdida de tiempo al enemigo de la palabra, á quien debia
transmitir primero la órden del Señor. Fué recorriendo los lugares más
frecuentados por él, hasta que por último presumió que lo hallaria en
alguna iglesia ó monasterio de monjes en reclusion perpétua, donde
estaba prohibida toda conversacion y donde la palabra _Silencio_ se veia
escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en
todas las celdas. Creyendo encontrarlo allí, agitó con mayor viveza sus
doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun á la Paz, la
Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoció su error, así
que llegó al claustro, pues no encontró al Silencio; preguntó por él, y
le dijeron que allí solo existia de nombre. Tampoco halló Piedad, ni
Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian
residido en el claustro, pero fué en otro tiempo, y de él las habian
arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la
Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examinó
atentamente aquella turba vil, y descubrió entre ella á la Discordia, á
quien, segun la órden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio.
Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los
condenados, y la fué á encontrar ¡quién lo creyera! en aquel nuevo
infierno, entre misas y ceremonias religiosas.

Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella á quien solo
esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando
la conoció por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales é infinitas,
cuyos girones ocultaban ó mostraban su desnudez, á medida que andaba ó
eran agitados por el viento. Sus enmarañados cabellos eran rojos,
plateados, negros y grises: unos estaban trenzados, otros atados y
recogidos por una cinta; caíanle por la espalda muchos y por el pecho
algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de
exámenes, de espedientes jurídicos, de glosas, de consultas, de relatos
y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la
hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos,
procuradores y abogados.

Llamóla Miguel, y le ordenó que fuera á colocarse entre los sarracenos
más valientes, y buscara un pretexto para obligarles á combatir entre sí
con memorable estrago. Pidióle despues nuevas del Silencio, persuadido
de que ella las sabria fácilmente, puesto que iba por todas partes
atizando sus incendios La Discordia respondió:

--No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de él
muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de
mis compañeros que alguna vez ha ido con él, podrá, segun creo,
indicarte su morada.

Y señaló á uno con el dedo, diciendo:--«Aquel es.»

Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus
movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto,
que parecia al del arcángel Gabriel cuando dijo: _Ave Maria_. Todo lo
demás era en él hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas
imperfecciones bajo un hábito largo y ancho, que tambien escondia un
puñal pendiente siempre de su cuello. El ángel le preguntó por el camino
que debia seguir para encontrar al Silencio.

--En otro tiempo, contestó el Fraude, solia habitar únicamente entre las
virtudes, con Benito y con los discípulos de Elías en los monasterios
que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pasó en las
escuelas, en tiempo de Pitágoras y de Architas[73]; pero al desaparecer
aquellos filósofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino
recto, abandonó sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con
los malvados. Empezó á ir de noche con los amantes; despues con los
ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con
la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra á
refugiarse en algun subterráneo cavernoso en compañia de los monederos
falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compañeros y de
albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin
embargo, la esperanza de que le hallarás, si procuras ir á media noche á
la mansion del Sueño; indudablemente darás con él, pues en ella duerme.

     [73] Célebres filósofos de la antigüedad, griego el primero y
     tarentino el otro, Pitágoras prevenia á todos sus discípulos nuevos
     que estuvieran cinco años sin hablar antes de empezar el estudio de
     la filosofia.

Aunque el Fraude tiene la costumbre de engañar siempre, era no obstante
su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le dió crédito, y
sin más tardanza se marchó volando del monasterio; si bien procuró
moderar el movimiento de sus alas á fin de llegar con oportunidad al
término de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueño,
cuya situacion conocia.

Existe en Arabia un valle ameno y pequeño, léjos de toda ciudad y
pueblo, formado por dos montañas y cubierto de abetos seculares y hayas
frondosas. En vano intenta el Sol hacer penetrar en él la luz del dia;
pues sus rayos no han podido atravesar jamás aquella espesa enramada,
bajo la cual hay una cueva espaciosa abierta en la roca, cuya entrada
está oculta por la hiedra trepadora, que la rodea enteramente con sus
tortuosas vueltas. En aquel albergue es donde reposa el grave Sueño: á
su lado se vé el Ocio corpulento y obeso, y la Pereza tendida en el
suelo, por no poder andar ni casi estar en pié. El desmemoriado Olvido
permanece á la puerta; no conoce, ni deja entrar á nadie; ni escucha, ni
transmite mensaje alguno, y por fin, no recuerda ningun nombre. En torno
de aquella mansion vaga el Silencio: su calzado es de fieltro, y oscuro
el manto; y á cuantos encuentra hace señas con la mano desde léjos para
que no se aproximen. El Angel se le acercó muy despacio, y le dijo al
oido:

--Dios ha dispuesto que conduzcas á París á Reinaldo con los soldados
que lleva á sus órdenes para auxiliar á su rey; pero quiere que su
marcha sea tan silenciosa, que los sarracenos no puedan oir el menor
ruido; y esto ha de ser de tal modo, que antes que la Fama encuentre un
resquicio por donde ir á avisarles, se vean atacados por aquellos.

El Silencio inclinó la cabeza por toda contestacion, dando á entender
que así lo haria, y emprendió obediente la marcha en seguimiento del
Arcángel. Del primer vuelo llegaron á Picardia: Miguel excitó el ardor
de aquel ejército animoso, y le hizo andar el largo camino con tal
velocidad, que un solo dia le bastó para llegar á París, sin que ninguno
conociera que aquella rápida marcha era efecto de un milagro. El
Silencio vagaba constantemente en torno de aquel ejército, al que ocultó
tras una niebla profunda, que dando paso á la luz del dia, era
impenetrable á los sonidos de los clarines y de las trompetas. Pasó
despues al campo de los infieles, y llevó consigo un no sé qué, que los
hizo sordos y ciegos.

Mientras se aproximaba Reinaldo con una precipitacion que solo era
debida á su celestial conductor, y con un silencio tan grande, que desde
el campo sarraceno no se percibia una sola palabra, el rey Agramante
habia llevado su infanteria á los arrabales de París y á la orilla de
los fosos que defendian las murallas, para intentar aquel dia un
esfuerzo supremo. El que pudiera contar los soldados que dirigió el rey
Agramante contra Carlomagno en aquella ocasion, seria capaz de contar
tambien todas las plantas que crecen en las frondosas espaldas del
poblado Apenino, así como las olas que bañan el pié del africano Atlas
cuando el mar está enfurecido, y todos los ojos con que el cielo examina
á media noche las furtivas acciones de los amantes. Oianse sin cesar los
frecuentes y terroríficos sonidos de las campanas, tocando á rebato:
todos los templos se llenaron de una multitud que oraba y levantaba las
manos al cielo. Si los tesoros fueran tan gratos á los ojos de Dios como
lo son á los de los insensatos mortales, aquel dia hubiera obtenido cada
santo una imágen de oro en la Tierra. Los ancianos se lamentaban de
haber vivido demasiado para presenciar entonces semejantes calamidades,
y envidiaban á las imágenes de piedra que permanecian en su pedestal
tantos y tantos años. Pero los jóvenes valientes y vigorosos, que no
paraban mientes en la inminencia del peligro, corrian presurosos hácia
las murallas, despreciando las advertencias de las personas de edad
madura.

En los muros estaban ya los barones, los paladines, los reyes, los
duques, los marqueses, los condes, los caballeros, los soldados de
Francia y los extranjeros, prontos á morir por su Dios y por su honor, y
pidiendo incesantemente al Emperador, en su deseo de caer sobre los
sarracenos, que mandase bajar los puentes levadizos. Carlomagno se
felicitaba al ver su animoso entusiasmo; pero no consintió en dejarlos
salir, y fué distribuyéndolos en los sitios más á propósito para cortar
el paso á los bárbaros, aumentando ó disminuyendo su número, segun que
el estado de las fortificaciones así lo reclamaba; encomendando á los
unos el cuidado de dirigir los fuegos, y encargando á los otros el
manejo de las máquinas de guerra y su colocacion en donde hubiera
necesidad: en una palabra, no se daba un momento de reposo, atendiendo á
todo y organizando la defensa de la ciudad.

París está situado en una gran llanura, en el centro, ó mejor dicho, en
el corazon de Francia; atraviesa sus muros un rio que pasa por el
interior y vuelve á salir en direccion opuesta; pero antes forma una
isla que proteje la parte principal de la ciudad: las otras dos (porque
aquella poblacion está dividida en tres partes) se hallan defendidas en
el interior por el rio, y en el exterior por los fosos. Este recinto,
cuya circunferencia es de muchas millas, puede ser atacado por
diferentes puntos á la vez; pero como Agramante no queria fraccionar su
ejército, se decidió á dar el asalto por uno solo, y se retiró á la otra
parte del rio, hácia Poniente, porque á su retaguardia todos los
castillos y ciudades le estaban sometidos hasta la frontera de España.

En todo el terreno circundado por las murallas habia hecho Cárlos gran
acopio de municiones, y construido diques, contrafosos y casamatas:
habia colocado enormes cadenas en la entrada y en la salida del rio, y
empleó su mayor cuidado en fortificar convenientemente los puntos que en
su concepto eran más débiles y estaban más amenazados. El hijo de Pepino
previó con la perspicacia de Argos el lado por donde Agramante debia
intentar el asalto: así es que supo estorbar cuantos proyectos habia
formado el sarraceno.

Marsilio aprestó en la llanura su ejército, en el que se veia á
Ferragús, Isolier, Serpentino, Grandonio, Falsironte, Balugante, y
cuantos jefes habian venido de España. A la izquierda, y colocados en
la orilla del Sena, estaban Sobrino, Pulian, Dardinel de Almonte y el
rey de Oran, cuya gigantesca estatura media seis brazas desde el pié á
la frente, Pero ¿por qué he de ser más lento en manejar la pluma, que
aquellos guerreros en esgrimir sus armas? Ya el rey de Sarza, lleno de
cólera y despecho, gritaba y se enfurecia, porque tardaba tanto la señal
del combate.

Así como las importunas moscas se lanzan en los calurosos dias del estío
sobre las vasijas de leche de los pastores ó sobre los suculentos restos
de un banquete, produciendo con sus alas un ronco y monótono zumbido, ó
como una bandada de estorninos se precipita sobre los dorados racimos de
las uvas ya maduras, del mismo modo se lanzaron los moros al terrible
asalto, llenando de gritos atronadores el espacio. Los cristianos,
armados de lanzas, espadas, hachas, piedras y materias combustibles,
defendian su ciudad desde las murallas con heróica resolucion,
despreciando el orgullo de los sarracenos. Donde caia un guerrero,
ocupaba otro inmediatamente su lugar: nadie habia tan cobarde que
retrocediera.

Por fin, abrumados por los golpes y por las heridas, se vieron los
sitiadores obligados á volver á los fosos: los sitiados, no solo
empleaban contra ellos el acero, sino tambien enormes peñas, almenas
enteras, trozos de murallas arrancados con sumo trabajo, los techos de
las torres y pedazos de cornisas. Abrasaban además con inmensas
cantidades de agua hirviendo á los sarracenos, los cuales no podian
resistir semejante lluvia que, entrando por las viseras de los cascos,
los cegaba completamente. Si aquel diluvio les causaba casi más daño que
el hierro, ¿cuánto no les causaria una nube de cal viva, cuánto no
deberian aterrarles las vasijas inflamadas, llenas de aceite, azufre,
pez y trementina? Tampoco permanecieron ociosos los aros de fuego,
circuidos de una cabellera de llamas; pues arrojados desde diversos
sitios, ceñian á los sarracenos con dolorosas guirnaldas.

Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division,
acompañado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de
Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, así como los
reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar
á conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera,
completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo
que una jóven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de
Rodomonte, y la jóven que lo enfrenaba era la imágen de Doralicia, hija
de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cómo y en qué sitio se
habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba á aquella jóven más
que á su vida y más que á su corona, y por hacerse agradable á sus ojos
se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesía: pero aun no habia
llegado á su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si
lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel
dia combatiendo contra los cristianos.

Apoyáronse á un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno
de sus peldaños subieron al instante dos guerreros: los segundos
empujaban á los primeros, y eran á su vez empujados por los terceros: á
unos les sostenia su propio valor, á los otros el temor, y todos se
veian obligados á demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno á
detenerse un momento, caia herido ó muerto á manos de Rodomonte, del
cruel rey de Argel. Así es que todos se esforzaban en escalar las
murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos
procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento
fuera más fácil y menos peligroso: Rodomonte era el único que se
desdeñaba de seguir el camino más seguro, y mientras que los demás
dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, él prorumpió en
terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte é
impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual
habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impío que
edificó la torre de Babel, creyendo arrojar á Dios de su celestial
morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su
espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.

No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria
sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la
noche, si en el mundo existiera un camino que condujese á él. Sin
detenerse á examinar si el muro estaba entero ó abierta la brecha, ni si
era profundo el foso, lo atravesó corriendo, metiéndose hasta el cuello
en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando
el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y
ballestas, corria como entre los pantanosos cañaverales de nuestra
Mallea, suele correr el javalí, que se abre ancho paso con el pecho, las
pezuñas y los colmillos; y resguardándose con el escudo, no solo
despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pié
fuera del agua, lanzóse á una gran plataforma apoyada en la muralla en
que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vió al
terrible sarraceno haciendo volar pedazos de cráneo de mayor diámetro
que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y
vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban á parar á los
fosos. Arrojó el escudo léjos de sí, empuñó con ambas manos su terrible
acero, y se precipitó sobre el duque Arnolfo que habia venido desde
aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se
defendió menos de lo que resiste el azufre á la accion del fuego, y cayó
en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revés
arrancó la vida á Anselmo, á Oldrado, á Espinelocio y á Prando: los dos
primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de
Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible á causa de lo
reducido de aquel sitio en donde estaban apiñados multitud de guerreros.
En seguida hendió desde la frente al pecho y al vientre á Orghetto de
Maguncia.

Arrojó despues á los fosos desde lo alto de una almena á Andropono y á
Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino
el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia
cuanto es posible del agua como si fuera el veneno más activo ó la
sangre de una víbora: entonces pereció allí, teniendo el sentimiento de
morir en el agua. Dividió el sarraceno de arriba á abajo al provenzal
Luis, y atravesó de parte á parte á Arnaldo de Tolosa. A Oberto,
Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el último aliento envuelto en
su sangre, y con ellos á Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro
de París, y asimismo á otros muchos, cuyos nombres y patria no sé cómo
apuntar brevemente.

Los moros, siguiendo presurosos á Rodomonte, fijaron sus escalas, y
alcanzaron la muralla en más de un punto, mientras que los parisienses
dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les
servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer,
aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda
línea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras
que los primeros defensores continuaban disparando de abajo á arriba
con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas
en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y
sus saetas á la gran masa de sitiadores, cuyo número hubiera disminuido
considerablemente, á no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este
iba animando á los unos, motejando á los otros por su inercia, y
haciéndoles avanzar á pesar suyo; á cuantos veia dispuestos á emprender
la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza ó el pecho; cogia á
muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello ó por los
brazos, y arrojándoles al foso iba formando en él tan gran monton, que
era estrecho para contenerlos á todos.

Mientras aquel tropel de bárbaros escalaba las murallas, ó se
precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde allí apoderarse del
segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran
provistos de alas, dió un salto á pesar del peso de su cuerpo y del de
su armadura, y se lanzó al otro lado del foso, cuya anchura no seria
menor de treinta piés. Rodomonte la atravesó con la velocidad de un
galgo y al caer no produjo más ruido que si tuviera sus piés cubiertos
de fieltro. Empezó entonces á despedazar á cuantos se le oponian, como
si las armas de sus contrarios fueran de blando estaño ó de piel, y no
de hierro: ¡tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!

Mientras tanto los cristianos, para engañar al enemigo, habian llenado
el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie
podia verlas, por más que estuviera el foso lleno de ellas hasta los
bordes. Habian acumulado tambien en él muchos barriles, unos con
salitre, otros con aceite, con azufre, ó con materias parecidas.
Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos
que se disponian á escalar el segundo parapeto, así que oyeron la señal
convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes
puntos á la vez; y reuniéndose todas aquellas llamas hasta formar una
sola, extendiéronse de una á otra orilla, y se elevaron tanto, que
habrian podido secar el húmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa
que oscureció la luz del Sol y ocultó á todas las miradas el sereno azul
del cielo, extendióse sobre las cabezas de sitiados y sitiadores,
mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy
parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las
llamas homicidas concordaba de un modo extraño con el áspero concento,
con la horrísona armonía de los lamentos, gritos y aullidos exhalados
por los infelices que perecian en el foso, víctimas de la temeridad y de
la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Señor, no puedo prolongar
más este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos
momentos.



CANTO XV.

     Combate del ejército moro contra el cristiano al pié de los muros
     de París.--Despídese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz
     Caligorante, y corta despues la cabeza á Orrilo, con quien habian
     combatido en vano Grifon y Aquilante.--Encuentra luego á
     Sansoneta--Grifon recibe malas noticias referentes á su amada.


Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte ó de la
pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado á costa de
mucha sangre redunda en descrédito del jefe vencedor, mientras que
adquiere eterna gloria y se hace digno de los mayores honores el que
consigue derrotar al enemigo sin daño de los suyos. Vuestra victoria,
Señor, fué merecedora de perpétua fama, pues conseguisteis amansar de
tal modo al Leon[74], tan temido en los mares, y dueño de las dos
orillas del Pó, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga
sus rugidos, no me infundirán pavor mientras os vea. Entonces supisteis
demostrar cómo debe vencerse, pues no solo dísteis muerte al enemigo,
sino que tambien nos salvásteis.

     [74] El Leon de Venecia.

Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirtió en su
daño; pues precipitó á los suyos en el foso, donde perecieron todos
abrasados por aquel incendio voraz y repentino que á ninguno respetó. La
inmensa zanja habria sido pequeña para contenerlos á todos, si el fuego
no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves
pavesas á fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho
sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al
cual habian descendido mal de su grado, obligados por las órdenes de su
imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apagó su existencia;
pero Rodomonte, causa principal de su daño, pudo librarse de tamaño
martirio. Atravesó de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio
de los enemigos; si hubiese descendido á el con sus soldados, aquel
seria el fin de todas sus hazañas. Volvió despues los ojos á aquella
sima infernal y cuando vió que el fuego lo dominaba todo, y llegaron á
sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpió en
espantosas blasfemias contra el cielo.

El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de
la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en
rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya
tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores ó no
tendria los suficientes para hacer frente á los suyos. Con él iban
Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga;
Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas[75]; Malabuferso, rey de
Fez, en cuyo país reina un estío perpétuo, y otros varios guerreros,
expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que
no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.

     [75] Antiguo nombre de las islas Canarias.

El monarca sarraceno halló todo lo contrario de lo que esperaba; porque
aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en
persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines, á cuyo lado
combatian el rey Salomon, el danés Ogiero, los dos Guidos y los dos
Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y
Oton, así como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria
compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de
distinguirse en presencia de su señor con alguna accion heróica. Más
adelante os referiré sus proezas; porque ahora me veo precisado á
ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace señas desde léjos,
rogándome que no lo deje en el tintero.

Tiempo es ya de volver adonde dejé al venturoso Astolfo de Inglaterra,
que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto
sepultado, ardia en deseos de regresar á su país; deseos avivados por
las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la
cual se ocupaba en mandarle á su tierra por el camino más cómodo y
seguro. Logistila aparejó con este objeto la mejor galera de cuantas
surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel
viaje, quiso que Andrónica y Sofrosina le acompañaran con una fuerte
armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia ó en el golfo Pérsico.
Aconsejóle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la
India y del reino de los nabateos[76], y regresara por tan largo
trayecto al mar de Persia y de Eritrea[77], evitando no solo los mares
boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las
regiones que están privadas de la luz del sol por espacio de algunos
meses del año.

     [76] Region de la Arabia Pelrea que se extendia por las costas del
     mar Rojo.

     [77] Nombre bajo el cual los antiguos conocian al mar Rojo y al
     golfo Pérsico.

Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, dió permiso á Astolfo para que
emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseñado muchas cosas
que fuera prolijo enumerar; y á fin de impedir que por arte mágica
cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regaló como
recuerdo suyo un libro bello y útil, encareciéndole que lo Ilevara
siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias
para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de señales
particulares y de un índice podia encontrarse en él cuanto se buscara
relativamente á encantamientos. Hízole además otro presente, superior á
todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo
horrible sonido hacía huir á cuantos lo escuchaban. Los sonidos
formidables de aquella trompa ó cuerno de caza, lo repito, ponian en
fuga á todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el
hombre de corazon más animoso. El estrépito que produce el huracan, el
trueno ó un terremoto no era comparable al horrísono estruendo de
aquel.

El excelente caballero inglés despidióse de la hada despues de haberle
expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la
tranquila playa, hizo rumbo hácia las ricas y populosas ciudades de la
India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la
derecha y á la izquierda fué descubriendo infinidad de islas, hasta que
llegó á la vista de la tierra de Tomás[78], en donde el piloto hizo
variar el rumbo más al Norte. La hermosa escuadra siguió atravesando el
piélago, pasó casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro[79] y
despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea
las aguas del mar con su espumosa corriente, á Trapobana[80] y
Coringo[81], llegó al mar que está oprimido entre dos playas[82].
Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la
altura de Cochin[83], y salieron fuera de los límites de la India.

     [78] La tierra de Meliapour á San Tomé, en la India, donde padeció
     martirio el apóstol Santo Tomás.

     [79] Nombre antiguo de la península de Malacca, ó más bien, de la
     India transgangética.

     [80] Antiguo nombre de la isla de Ceilan.

     [81] Puerto de la costa de Coromandel.

     [82] El golfo de Bengala.

     [83] Ciudad del Indostan inglés, capital de la provincia del mismo
     nombre.

Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y
al efecto dirigió algunas preguntas á Andrónica, si algun bajel
procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol[84], solia
aparecer en los mares de Oriente, bien navegara á remo ó bien á vela, y
si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia ó
Inglaterra.

     [84] Los paises occidentales.

--Sin duda sabrás, respondió Andrónica, que el mar rodea á la Tierra por
todas partes, y que las olas van unas en pos de otras, tanto bajo las
zonas glaciales, como bajo las tórridas; pero como las regiones de la
Etiopía se extienden mucho hácia el Sur, ocupando un inmenso espacio de
mar, han creido algunos que aquellas eran el límite del imperio de
Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su
rumbo hácia nuestro Océano índico, y de que tampoco exista en Europa
marino alguno que intente arribar á nuestras comarcas. Por adelantarse
tanto en el mar la tierra meridional de África, se ven todos precisados
á retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que
llega á unirse con el hemisferio opuesto. Pero, á través de los años,
veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del
Occidente, se abrirán paso por caminos desconocidos hasta ahora[85].

     [85] Nótese que el Autor hace hablar á Andrónica en los tiempos de
     Carlomagno; es decir, muchos siglos antes de las expediciones
     marítimas á la India.

»Veo á unos dar la vuelta al rededor del África, y costear las playas
habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo
desde el que vuelve el Sol á nuestros paises, cuando sale del
Capricornio, y encontrando por último el fin del inmenso promontorio que
parece dividir en dos este mar único, recorrer todas las costas y las
vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia[86].

     [86] Alusion al descubrimiento del camino de la India, doblando el
     cabo de Buena Esperanza, realizado por los portugueses al mando de
     Vasco de Gama.

»Veo á otros dejar á derecha é izquierda las dos costas formadas por
obra de Hércules, é imitando, el curso circular del Sol, encontrar
nuevas tierras y nuevo mundo[87]. Veo la santa Cruz y la enseña imperial
plantada en sus verdes orillas; veo á los unos custodiando los
combatidos bajeles: á los otros, escogidos para la conquista de aquellos
paises; veo á diez derrotando á mil, y los reinos de la India Occidental
sujetos á la corona de Aragon, y veo en resúmen á los capitanes de
Carlos V vencedores en todas partes.

     [87] Alusion al descubrimiento de América por Colon y los
     españoles, que salieron de Palos, pequeño puerto situado en la
     costa de la provincia de Huelva. El Autor supone equivocadamente
     que la expedicion pasó por el estrecho de Gibraltar, obra de
     Hércules, segun la fábula.

»Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los
antiguos; que continúe todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga
desconocido hasta que haya pasado la sexta y la séptima edad de la
Tierra. El Eterno revelará su existencia á los hombres, cuando llegue la
época en que tendrá á bien colocar el cetro del mundo en manos del
emperador más justo y sábio que haya existido ó exista desde Augusto.

»Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y
aragonesa, un príncipe[88], cuyo valor no podrá compararse con ningun
otro del que se haya hablado ó escrito. Veo á Astrea colocada por él en
su perdido asiento, ó mejor dicho, vuelta á la vida; y veo á las
virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del
mundo á aquella diosa, volver merced á él de su ostracismo. La Bondad
divina le concederá por estos merecimientos, no solo la corona del
grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo,
sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondrá en ellos. El poder
celestial tiene además dispuesto, que mientras reine este emperador haya
un solo pastor y un solo rebaño. Para que tengan más fácil cumplimiento
los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le
rodeará de capitanes invictos en mar y tierra.

     [88] El emperador Carlos V, hijo de Felipe de Austria y de D.ª
     Juana la Loca, hija de los reyes Católicos. Nació en Gante, ciudad
     de Flandes, próxima al Rhin.

»Veo á Hernan Cortés, que someterá á su dominio nuevas ciudades y
reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los
habitantes de la India. Veo á Próspero Colonna[89], así como á un
marqués de Pescara[90], y tras ellos á un jóven marqués del Vasto[91],
que escarmentarán en Italia á las lises de oro: veo á este último
dispuesto á superar en heroismo á los otros dos para arrebatarles la
palma del triunfo, semejante á un brioso corcel que, saliendo el último
de la barrera, alcanza y adelanta á los que le preceden. Veo en Alfonso
(que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que á la escasa edad
de veintiseis años, alcanzará del Emperador el mando de su ejército, al
que llevará de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al
poder de su señor.

     [89] Próspero Colonna, descendiente de la antigua familia romana
     del mismo nombre, esforzado y prudente capitan, que adquirió
     reputacion de gran general en la guerra que Cárlos VIII de Francia
     emprendió contra Nápoles en 1494, ayudó á Gonzalo de Córdoba y ganó
     á los franceses en 1522 la victoria de la Bicoca.

     [90] Francisco Dávalo, marqués de Pescara, sucesor del anterior en
     el mando de las tropas españolas que combatian en Italia, y
     guerrero no menos animoso.

     [91] Alfonso Dávalo, marqués de Vasto, sucesor tambien del anterior
     en el mismo grado de dignidad. Estos tres jefes pelearon siempre en
     favor de Cárlos I de España contra los ejércitos franceses.

»Del mismo modo que con tales guerreros irá Cárlos V aumentando por
tierra la herencia de sus padres, así tambien saldrá victorioso en
cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las
costas de Europa y las de África por otro, luego que consiga atraer á su
servicio á Andrés Doria, aquel Doria que limpiará el mar de corsarios.
Aunque el gran Pompeyo venció y exterminó en otro tiempo á los piratas,
su gloria es incomparable á la que Doria adquirirá; porque aquellos no
podian considerarse iguales al reino más poderoso que ha existido,
mientras el invicto marino purgará los mares con sus solas fuerzas y su
pericia, de tal modo, que bastará pronunciar su nombre para que se
estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la
lealtad de este capitan, y acompañado por él, entrará Cárlos en Italia,
cuyas puertas le serán abiertas, y ceñirá la corona del Imperio. Veo á
Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazañas, cediéndola á su
patria, cuya libertad alcanzará merced á sus ruegos, obrando así de un
modo muy diferente á otros, que en igual posicion hubieran deseado
esclavizarla en provecho propio[92]. Esta piedad, este patriotismo es
más digno de gloria que la que obtuvo César por sus victorias en
Francia, España, Inglaterra, África ó Tesalia. La fama que por sus
empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podrá
compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron
por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud á su propio país.
¡Baldon eterno á los que convierten á su patria de libre en esclava!
¡Donde quiera que resuene el nombre de Andrés Doria, deberán inclinar
humillados y avergonzados la cabeza! Veo á Cárlos colmándole de
beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos
la recompensa de sus acciones, le donará la rica tierra de la Apulia,
donde antes se habrán engrandecido los Normandos. No limitará Cárlos su
generosidad á este capitan, sino que la hará extensiva con mano liberal
á cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo más complacida
su alma dando una ciudad ó una comarca entera á un súbdito leal, ó á
cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando
nuevos reinos y nuevos imperios.»

     [92] En la guerra que se suscitó entre Cárlos I de España y
     Francisco I de Francia, de cuya guerra fué principal teatro la
     Italia, el célebre marino genovés Andrés Doria abrazó el partido de
     los franceses, y sirvió heroicamente al rey Francisco; pero
     habiendo notado que era objeto de los celos de los ministros
     franceses, y que el monarca diferia la ratificacion de las promesas
     hechas en favor de Génova, le abandonó, abrazó el partido de Cárlos
     V estipulando con él la restauracion de la libertad de su patria,
     expulsó á los franceses de Génova y cambió la forma de su gobierno,
     haciendo decretar que los duxes serian elegidos por dos años y no
     perpétuamente. En cuanto á él, rehusó esta dignidad, y continuó
     sirviendo al Emperador, que le hizo muchas donaciones.

De esta suerte iba Andrónica revelando á Astolfo las victorias que,
transcurrido un gran número de años, proporcionarían á Cárlos V sus
capitanes, en tanto que su compañera cuidaba de contener ó alentar los
vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentándolos ó
disminuyéndolos á su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al
anchuroso mar de Persia, y de allí á pocos dias llegaron á aquel golfo
que debe su nombre á los antiguos magos: una vez en él, pusieron las
proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo,
á cubierto de Alcina y de su odio, se apresuró á desembarcar,
emprendiendo en seguida su camino por tierra.

Atravesó campiñas y bosques, montes y llanuras, en los que se vió más de
una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso
que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los
leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto
aproximaba á sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en
todas direcciones. Pasó por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y
oloroso incienso; país que ha elegido el fénix por asilo, con
preferencia á cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y llegó
á orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron á los israelitas,
sepultando en su seno por voluntad del Cielo á Faraon con todo su
ejército. Siguió durante algun tiempo la corriente del rio Trajano,
cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya
ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la
arena, ni llegaba á doblar la yerba ó desflorar la nieve; corcel que
seria capaz de correr por el mar sin mojarse los cascos; que, en su
impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y á las
flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido á Argalía,
fué engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de
heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su
nombre era el de Rabican.

Continuando su camino, llegó el Duque á la confluencia de aquel rio con
el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este último,
divisó una embarcacion que avanzaba rápidamente hácia él. En la popa iba
un ermitaño, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este
anciano invitó al paladin á entrar en el bajel, gritándole desde léjos:

--Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo,
apresúrate á pasar á esta otra orilla, porque el camino que sigues te
conduce directamente á la muerte. Apenas llegues á andar seis millas
más, encontrarás la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya
estatura excede en ocho piés á la de cualquier mortal. Todo caballero ó
viandante que con él tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de
entre sus manos; porque el malvado extrangula á unos, desuella á otros,
descuartiza á muchos y hasta se traga á más de uno vivo. Para
proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red
maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultándola con
tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie
sin tener prévia noticia de ella: ¡tan sutil es, y tan perfectamente la
coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen
impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas
carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin
atender á su calidad, pues para él es lo mismo la dama que el
caballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante.
Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los
huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como
vistosos trofeos en derredor de su tétrica mansion. Decídete, pues, hijo
mio, á seguir esta otra via, que te conducirá hasta el mar con toda
seguridad.

--Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impávido caballero; pero
ante el peligro no vaciló nunca mi honor, al que tengo en más que á mi
propia existencia. En vano es que me excites á variar de camino, cuando
por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay
duda de que huyendo podré salvarme; pero quedaré deshonrado, y prefiero
la muerte antes que conservar la vida á tal costa. Yendo al encuentro
del gigante, lo peor que podrá sucederme es sucumbir donde tantos otros
han sucumbido; pero si Dios presta ayuda á mi brazo y consigo salir
ileso, dando muerte al mónstruo, este camino ofrecerá en adelante
completa seguridad, de suerte que el beneficio será mayor que el daño.
No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura
salvacion de muchos.

--Vé en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etéreas
regiones al arcángel San Miguel.

Así dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo á Astolfo, el cual siguió
adelante por la orilla del Nilo, confiando más en el sonido de su trompa
que en su espada.

Entre el profundo rio y las lagunas por él formadas habia en la arenosa
orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena
á todo trato humanitario. En torno de esta se veian los cráneos y los
esqueletos de los desgraciados á quienes su mala suerte hasta allí
llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes
tan sangrientos despojos.

Cual en las poblaciones ó en los castillos de los Alpes suele el cazador
fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes
de los osos á quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha
corrido; así fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto
mayor resistencia: los restos de los demás estaban esparcidos por do
quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.

Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mónstruo que adornaba
con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con
brocados, vigilaba contínuamente en su puerta. Al divisar desde léjos al
Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya é iba á
entrar en el tercero, que no aparecia por allí caballero alguno.
Dirigióse presuroso hácia la laguna, que era oscura y cubierta de
espesos cañaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar
al paladin y atacarle por la espalda, esperando además que cayera en las
redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos
otros. En cuanto Astolfo vió al gigante, detuvo á su corcel, temeroso de
caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apeló en
seguida á su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo
que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huyó en direccion á su
morada. Continuó Astolfo tocando con más fuerza, atento siempre á ver si
descubria la red: Caligorante corrió con mayor velocidad, sin reparar
siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el ánimo, perdió tambien
el instinto, y su terror fué tal, que dirigió sus pasos
involuntariamente hácia donde estaba oculta la red, en la que cayó al
fin quedando completamente envuelto y tendido en el suelo.

El paladin, al ver caido al gigante, y considerándose por lo tanto
seguro, corrió hácia él presuroso; y apeándose del caballo y desnudando
el acero, se dispuso á vengar la deplorable muerte de mil y mil
desventurados; pero detúvose considerando que la muerte de un hombre
indefenso y atado podia tenerse por villania más bien que por valor, y
al ver al gigante con los brazos, los piés, y el cuello sujetos,
desistió de su intento.

Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas
con tal arte, que en vano se intentaria desprender su más pequeña malla:
eran las mismas que en otro tiempo sujetaron á Venus y á Marte[93]. El
celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender á ambos
amantes mientras estaban entregados á los placeres del amor; despues
Mercurio las robó á su constructor para coger con ellas á la bella
Cloris, á Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece
el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su
recogida vestidura. Mercurio acechó con tanto cuidado á esta Ninfa, que
al fin consiguió un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio
donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopía[94].

     [93] Vulcano casóse á pesar de su fealdad con Venus; pero como esta
     diosa le hiciese frecuentes infidelidades, se vengó de ella
     encerrándola en una red, así como á Marte su amante, á quienes
     sorprendió juntos un dia, y los expuso de esta suerte á la burla de
     los otros dioses.

     [94] El Nilo.

Esta red fué conservada durante muchos siglos en Canope[95], en el
templo de Anubis[96]. Tres mil años despues, Caligorante quemó la
ciudad, saqueó el templo y se apoderó de ella. Posteriormente la colocó
á pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos
cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente á caer en
ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por
los piés y por los brazos.

     [95] Antigua ciudad del Bajo Egipto, llamado hoy Abukir.

     [96] Dios de los infiernos entre los egipcios, á quien
     representaban con el cuerpo de hombre y la cabeza de perro.

Astolfo cogió una de las cadenas de que estaba formada la red y ató las
manos de aquel infame á la espalda, rodeándole además los brazos y el
pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sacó de
entre los otros lazos y le permitió levantarse, lo cual hizo el gigante
más dócil y sumiso que un niño. El Duque determinó llevarle consigo, é
ir enseñándole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar
allí la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella,
y obligó á cargar con ella á Caligorante, á quien llevaba atado tras de
sí cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con
su yelmo, y continuó la marcha, causando una viva alegría á los
habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre
aquel camino.

Astolfo anduvo á tan buen paso, que en breve descubrió los sepulcros de
Memfis, aquellas pirámides que hacen famosa á esta ciudad; pasó tambien
por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos
á ver al desmesurado gigante.--«¿Cómo es posible, decian, que un
caballero tan pequeño haya logrado maniatar á un hombre tan
gigantesco!»--Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia
la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba
por el mucho valor que en él suponia.

El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues
actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles á contener su numerosa
poblacion, y á pesar de tener las casas tres pisos, un número
considerable de sus habitantes duerme á la intemperie. El Soldan habita
un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil
de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo
con sus mujeres, sus familias y sus caballos.

Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, así como sus diferentes
deltas, pasó á Damieta, á pesar de haber oido decir que el que á tanto
se atrevia se exponia á quedar muerto ó aprisionado; porque á la orilla
del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron,
terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus
correrias hasta el Cairo, robando á cuantos encontraba. Nadie podia
resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la
vida; pues su cuerpo habia recibido más de cien mil heridas que no
pudieron ocasionarle la muerte.

Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su
vida se dirigió Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del
ladron, y llegó á Damieta: desde allí pasó á la desembocadura del Nilo,
y vió en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sér
encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontró á Orrilo en el
momento en que estaba combatiendo con dos guerreros, á quienes acosaba
de tal modo, á pesar de ser él solo contra los dos, que apenas podian
parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados
resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero,
Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido á la
verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una
fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra
y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos
viandantes ó infelices marinos á quienes su mala estrella encamina por
aquellas playas.

La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos;
mas tan poco le importaba á Orrilo su pérdida como los golpes que ambos
le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros
á cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos ó sus
piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su
sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendió de un tajo la cabeza
hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividió basta el pecho; mas
Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so
enfurecian al ver que sus esfuerzos eran inútiles. El que haya visto
caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio,
y hayan observado cómo se fracciona y vuelve á unirse, comprenderá, si
recuerda este caso, cuanto digo con respecto á Orrilo. Si le cortaban la
cabeza, se bajaba, la buscaba á tientas hasta que la encontraba, la
cogia por los cabellos ó por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro
por qué medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del
cuerpo, Grifon la cogió precipitadamente, extendió su brazo y la arrojó
al rio; pero de poco le sirvió, porque Orrilo se sumergió en él, nadando
como un pez, y al poco rato salió á la orilla con la cabeza colocada en
su lugar.

Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y
la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian
sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado á los hijos de
Olivero, cuando, tiernos niños aun, los rescataron de las crueles garras
de dos aves enormes, que los habian robado á su madre Gismunda, y se los
llevaban léjos de su patria. Pero

     [Ilustración: Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco
     y Aquilante el Negro.

     (Canto XV.)]

no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia, á pesar
de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tomó, no sé cómo,
uno por otro. Continuaré, pues, refiriendo el combate que los dos
jóvenes emprendieron á ruegos de las dos damas.

La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas[97], habia
desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal
disipadas por la débil é incierta claridad de la Luna, impedian
distinguir los objetos, cuando regresó Orrilo á su torre, por haber
dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el
nuevo Sol apareciera por el horizonte.

     [97] Por estar más al Occidente que la desambocadura del Nilo.

Astolfo, que habia conocido desde luego á Grifon y á Aquilante por sus
empresas y por sus terribles golpes, se apresuró á saludarlos
afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al
gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en
la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto.
Las damas condujeron á un palacio próximo á los caballeros para que
disfrutaran de algun reposo; salieron al camino á recibirlos hermosas
doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos á
algunos palafreneros; quitáronse despues las armas, y pasaron á un lindo
jardin, donde, junto á una fuente límpida y amena, encontraron dispuesta
una cena excelente.

Ataron al gigante con otra cadena mucho más gruesa al tronco de una
añosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y
encargaron su custodia á diez soldados, á fin de que no pudiera romper
sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran
descuidados y tranquilos.

Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista,
pusiéronse á disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no
consistió en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las
animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando
principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que
parecia un sueño, de recoger y reunir á su cuerpo los brazos, las
piernas ó la cabeza separados de él, para volver á la lucha más fuerte y
terrible que antes.

Astolfo habia leido ya en su libro, que enseñaba el modo de destruir los
encantos, que no se podria quitar la vida á Orrilo mientras tuviese en
la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado
éste, seria fácil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia
el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello
entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su
triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que á los
pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al
mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de
aquella empresa, y al efecto prometió á los dos hermanos que mataria á
Orrilo, cuando ellos tuvieran á bien que midiera con él sus armas.
Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos
íntimamente de que se cansaria en vano.

Apenas despuntó en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo bajó desde su
amurallada mansion á la llanura. Trabóse inmediatamente la lucha entre
el Duque y él, empuñando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo
multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer
salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el
puño con la maza, ora uno ú otro brazo, ora le atravesaba la coraza y
el pecho, desmembrándole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo
recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de
nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese
dividido en cien pedazos, lo volveria á ver íntegro en un momento. Al
cabo de mil mandobles acertólo uno que le separó el casco y la cabeza de
los hombros: apeóse del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se
apoderó de su sangrienta cabeza, volvió á montar de un salto, y se la
llevó corriendo á escape contra el curso del Nilo, á fin de que su
decapitado adversario no pudiese recobrarla.

Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empezó á buscar su cabera
por el suelo; pero no bien conoció por la rápida carrera del caballo de
Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudió inmediatamente á su
caballo, saltó en él, y voló en persecucion del paladin, queriendo
gritar: «Espera, vuelve, vuelve»; pero no pude, porque aquel le
arrebataba la boca. Consolóse con que aun le quedaban las piernas, y
siguió tras de su adversario á rienda suelta; mas el veloz Rabican, que
corria de un modo asombroso, le dejó en breve muy atrás.

Astolfo iba en tanto examinando á toda prisa aquella cabeza desde la
nuca hasta las cejas á fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba
á Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no
habia uno solo que se distinguiera de los demás por lo grueso ó por lo
encrespado: así es que el Duque no sabia cuál arrancar para dar la
muerte al infame bandido.--«Mejor será, dijo al fin, arrancarlos
todos.»--Y como careciera de tijeras ó de navaja de afeitar, apeló á su
espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz,
la despojó en un momento de su cabellera. De esto modo logró cortar el
cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquirió una
espantosa palidez, torció los ojos, y aparecieron en él evidentes
señales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que
le perseguia, cayó de la silla, y quedó sin movimiento.

Astolfo volvió adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la
mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las señales de la
muerte, y les mostró el cuerpo del bandido que yacia en tierra á larga
distancia. No sé si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por
más que así lo demostraran; quizá sintieron en el pecho el aguijon de la
envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco
creo que á las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate;
pues deseando apartar á los dos hermanos de la dolorosa suerte que al
parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por
ponerlos en lucha con Orrilo, á fin de tenerlos entretenidos el tiempo
necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su
destino.

En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo,
soltó una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas.
Aquella paloma dirigió al Cairo su vuelo; tras esta soltó otra y otra,
segun era costumbre en aquel país, de suerte que en pocas horas circuló
por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.

Una vez terminada aquella empresa, se dedicó el Duque á consolar á los
dos nobles jóvenes, y á excitarles, aunque de ello no tenian necesidad
porque no era otro su deseo, á que defendieran la Santa Iglesia y la
justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por
Oriente, fuesen á adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron
Grifon y Aquilante, despidiéndose cada uno de su hada respectiva, las
cuales no supieron oponerse á tal designio por más que les fuera
doloroso. Astolfo emprendió con ellos la marcha hácia la derecha por
haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios
vivió en carne mortal, antes de regresar á Francia. Fácilmente hubieran
podido dirigirse hácia la izquierda, que les ofrecia un camino más
agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero
prefirieron el áspero y horrible de la derecha, que les permitia llegar
á la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro.
Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua
y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de
ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante,
que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.

Cuando llegaron al término de aquel camino escabroso y salvaje, vieron
desde la cumbre de una montaña la santa tierra, donde el sublime Amor
lavó con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad
encontraron un jóven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de
Meca, el cual, á pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy
prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y
respetado de todos: Orlando le habia convertido á nuestra fé,
bautizándole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en
levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del
Califa de Egipto, é intentaba además circunvalar el monte Calvario con
una muralla de dos millas de longitud. Acogió á los caballeros con
rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los
condujo al interior de la ciudad, y les dió franca y cortés hospitalidad
en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de
aquella tierra por el emperador Carlomagno.

El duque Astolfo regaló á Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya
robustez era tal, que podia llevar por sí solo más peso que diez
acémilas. Además del gigante, le dió tambien la red con que lo habia
aprisionado. Sansoneto regaló en cambio al Duque un rico y vistoso
tahalí, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y
que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libró
del dragon á la doncella[98]. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas
en Jaffa, cuando se apoderó de esta ciudad juntamente con otras muchas
preseas.

     [98] San Jorje.

Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio
cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos
los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares
que hoy, para eterna vergüenza y baldon de los cristianos, están en
poder de los impíos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en
contínuas guerras, llevando sus armas á todas partes, menos donde
debiera.

Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias
religiosas y demás piadosas prácticas, un peregrino griego, conocido de
Grifon, trajo á este noticias graves y funestas, muy distintas de su
primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta
amargura en su corazon, que abandonó la oracion y las penitencias. Por
desgracia suya, amaba el caballero á una mujer llamada Origila, que
habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza;
pero de un carácter tan pérfido y desleal que no seria posible encontrar
otra semejante, aunque se registrasen todas las ciudades y aldeas, la
tierra firme y los más remotos archipiélagos. Grifon la habia dejado en
la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el
momento en que esperaba volver á verla á su regreso más bella que nunca,
y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido á Antioquía
en compañia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse á
dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el
punto mismo en que llegó tan fatal nueva á sus oidos, no cesaba Grifon
de suspirar dia y noche, haciéndosele insoportable cuanto agradaba y
complacia á los demás; como podrá conocer todo el que haya sufrido los
pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que más
aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que
padecia. Su hermano Aquilante, más juicioso que él, le habia reprendido
ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancárselo del
corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la más perversa de
cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar
siempre á su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba
contra su propia conviccion.

El desventurado amante resolvió alejarse sin decir una palabra á su
hermano, pasar á Antioquía para apoderarse de la que era dueña de su
corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado, á fin de
tomar de él una venganza ruidosa.--En el canto siguiente referiré cómo
puso por obra su determinacion y lo demás que aconteció.



CANTO XVI.

     Grifon encuentra al fin cerca de Damasco al vil Martan con la
     pérfida Origila.--Los ejércitos cristiano y sarraceno continuan su
     lucha encarnizada, y si fuera de París sufren los moros grandes
     perdidas, Rodomonte causa dentro de la ciudad tantos incendios y
     tanto estrago que no se sabe donde es mayor el mal que origina.


Muchas y muy graves son las penas que causa el amor; y como, por mi
desgracia, he padecido la mayor parte de ellas, que han redundado
siempre en daño mio, puedo hablar de este asunto á ciencia cierta. Por
esta razon, si digo, ó si he dicho otras veces, lo mismo de viva voz que
por escrito, que un mal es leve, y otro acerbo y cruel, podeis dar
entero crédito á mi sincera opinion. He dicho, y no cesaré de repetirlo
mientras me quede un soplo de vida, que el que se encuentra prendido en
las redes de un amor digno, aunque su amada se le muestre desdeñosa, y
completamente adversa á su ferviente pasion, aunque Amor le niegue hasta
la más pequeña merced, y haya gastado en vano el tiempo y el trabajo, no
debe lamentarse de los tormentos que sufre, por más que languidezca y
muera, con tal que haya entregado su corazon á una mujer merecedora de
poseerlo. En cambio debe lamentarse amargamente aquel que se ha
convertido en esclavo de unos ojos hermosos y una magnífica cabellera,
tras los cuales se oculte un corazon perverso, esquivo á toda pureza y
abrigo de toda maldad; pues cuanto más se esfuerza el desgraciado
víctima de tal pasion, en desprenderse de ella, tanto más penetra en su
corazon el amoroso dardo que, como el ciervo herido, lleva por todas

     [Ilustración: Grifon encuentra á Origila.

     (Canto XVI.)]

partes: avergüénzase de sí mismo y de su amor, y ni se atreve á
confesarlo ni consigue curarse de él.

En tan triste caso se hallaba el jóven Grifon, que conocia su error y no
podia enmendarlo: convencido estaba de cuán vilmente cifraba todo su
amor en la inícua y desleal Origila, y sin embargo, su razon quedaba
vencida por su insensato deseo, y el albedrío cedia ante su loco
apetito: por culpable y pérfida que fuese su amada, no podia menos de
volar á su lado.

Reanudando, pues, mi interrumpida historia, diré que Grifon salió
secretamente de la ciudad, sin atreverse á decir una palabra de su
marcha á su hermano, que tantas veces le habia echado en cara su
debilidad. Tomó á la izquierda el camino más llano y transitable que
conducia á Rama[99], y en seis dias llegó á Damasco de Siria, de donde
salió para Antioquía. Cerca de Damasco encontró al caballero á quien
Origila habia entregado su corazon: por sus perversas costumbres eran
tan adecuados el uno para la otra como la flor para su tallo; pues la
inconstancia, la perfidia y la traicion dominaban del mismo modo en
ambos, encubriendo los dos tan grandes defectos bajo una máscara de
cortesía y afabilidad fatal para cuantos encontraban. Aquel caballero
venia montado en un arrogante corcel, soberbiamente enjaezado: en su
compañia iba la pérfida Origila engalanada con un magnífico vestido
azul, festonado de oro; seguíanle dos pages llevando el yelmo y el
escudo, y acudia con tanta pompa á tomar parte en las justas que en
Damasco se preparaban.

     [99] Ciudad de Palestina, entre Sumaria y Jerusalen: llamada
     antiguamente Arimathea.

El rey de Damasco habia hecho anunciar por aquellos dias una espléndida
fiesta, con cuyo motivo acudian á dicha ciudad muchos caballeros tan
magnificamente equipados como les era posible. En cuanto la deshonesta
Origila vió venir á Grifon, temió sus ultrajes y su venganza, por
conocer demasiado que su nuevo amante no tenia fuerza ni valor
suficiente para medir sus armas con las de aquel. Mas apelando á su
procaz audacia y osadía, á pesar del temblor que le causaba el espanto,
compuso el rostro y esforzó la voz de modo que no dió indicios de su
temor, y ejecutando un proyecto fraguado con su cómplice, echó á correr,
fingiendo una alegría extraordinaria, hácia Grifon, le enlazó con sus
brazos y le tuvo un gran rato estrechado contra su pecho: despues,
acompañando á sus vehementes caricias la suavidad de sus palabras, le
dijo llorando:

--¿Es este, señor mio, el premio que merecia la que tanto te adora? ¿Has
podido dejarme abandonada un año entero y cerca de otro, y aun no
manifiestas sentimiento alguno? Si me hubiera quedado aguardando tu
regreso, no sé si habria conseguido ver un dia tan feliz como este!
Cuando esperaba que volvieses á buscarme desde Nicosia, á cuya corte
fuiste, dejándome consumida por una fiebre violenta que me puso á las
puertas de la muerte, supe que habias pasado á Siria, cuya noticia me
causó tan profundo dolor, que, no sabiendo cómo acudir á tu lado, estuve
á punto de atravesarme el corazon con mi propia mano. Pero la Fortuna,
más cuidadosa de mí que tú, me ha concedido ahora un doble don:
primeramente el de enviarme á mi hermano, con el que he venido hasta
aquí sin temor por mi honra; y despues el de permitir que halle á mi
amante, á tí, á quien quiero más que todo cuanto en el mundo existe; y
por cierto que te he encontrado á tiempo, pues de haber tardado un poco
más, habria perecido, señor mio, llorando tu ausencia.

Y aquella sagaz mujer, cuyas acciones encerraban más astucia que las de
la zorra, prosiguió querellándose con tanta destreza, que hizo recaer
toda la culpa en Grifon: le persuadió de que el que la acompañaba no
solo era su hermano, sino que por sus cuidados parecia más bien un
padre; y por fin, supo tejer aquella trama de tal modo, que sus palabras
parecerian más verídicas que las de San Juan, ó San Lucas.

Grifon no solo no se atrevió á echar en cara su perfidia á aquella mujer
más inícua que bella; no tan solo no tomó una pronta venganza del
adúltero que la acompañaba, sino que se consideró harto feliz con
disculparse y con evitar las reconvenciones de Origila; y prodigó mil
atenciones á su rival como si fuese su verdadero cuñado. Dirigióse con
ellos hácia Damasco y en el camino le manifestaron que el opulento rey
de Siria iba á celebrar unas fiestas espléndidas en su corte, á las que
serian admitidos los guerreros de todos los paises y de todas las
religiones, los cuales podrian permanecer con entera seguridad dentro ó
fuera de la ciudad todo el tiempo que durasen las fiestas.

Pero como no pretendo continuar con tanto interés la historia de la
pérfida Origila, que contaba sus dias por las traiciones hechas á sus
amantes, volveré más gustoso á ocuparme de aquellos doscientos mil
combatientes, y de las llamas continuamente atizadas que llenaban de
horror y espanto á los habitantes de París.

Suspendí la narracion de aquel combate en el momento en que Agramante
acababa de atacar una de las puertas de la ciudad, que suponia sin
defensa. Sin embargo, ninguna ofrecia mayor resistencia; porque la
custodiaba Carlomagno en persona, y con él los más valientes caudillos,
tales como los dos Guidos, los dos Angelinos, Angeliero, Avino, Avolio,
Berlingiero y Oton. Los combatientes de una y otra parte anhelaban
singularizarse á la vista de Cárlos y de Agramante, y buscaban afanosos
la ocasion de adquirir más gloria y merecer más recompensas, cumpliendo
valerosamente con su deber. Sin embargo, las pruebas de heroismo que
dieron los moros redundaron en su propio daño; porque fué tan grande el
número de los muertos, que los vivos no pudieron menos de reconocer todo
lo temerario de su empresa. Desde las murallas caia una espesa granizada
de saetas sobre los enemigos: los gritos y los alaridos que lanzaban
ambos ejércitos llegaban hasta el cielo con pavoroso estruendo: mas
dejaré por un momento de hablar de Cárlos y de Agramante, para tratar
del Marte africano, del terrible Rodomonte, que iba recorriendo el
interior de la ciudad.

No sé si recordais, Señor, que este sarraceno, confiado en su valor,
habia dejado á sus soldados devorados por las llamas entre la muralla y
el primer reducto: ¡jamás se ha presenciado espectáculo tan horroroso!
Dije tambien que, atravesando de un salto el foso que rodeaba á la
ciudad, consiguió entrar en ella. Cuando los ancianos y demás habitantes
poco aptos para el manejo de las armas, que estaban cerca del sitio de
la lucha procurando con ansiedad saber el giro que tomaba, conocieron al
atroz sarraceno por sus armas extrañas y por su escamosa coraza,
prorumpieron en atronadores lamentos y en confusos ayes, elevando al
cielo sus temblorosas manos. Los que pudieron huir á tiempo, buscaron un
refugio en sus casas ó en los templos; pero la fulminante espada que el
infiel giraba con violencia en torno suyo á pocos concedió esta
salvacion; pues alcanzando á la mayor parte de ellos, hizo volar por el
aire brazos, piernas, cabezas ú otros miembros: á los que no partia por
la mitad del cuerpo, los hendia de arriba á abajo de una sola
cuchillada, y de tantos como hirió, mató ó persiguió, no hubo uno solo
que se atreviese á resistirle. Lo mismo que hace el tigre con los
débiles corderos que encuentra en los campos de la Hircania[100] ó á las
orillas del Ganges, ó el lobo con las cabras y las ovejas que pastan las
yerbas del monte que sepulta á Tifeo[101], hacia el cruel pagano con
aquellas que no llamaré legiones ni falanges, sino turbas de populacho
vil, digno de la muerte antes de nacer. Entre todos cuantos hizo morder
el polvo, no consiguió herir á uno solo frente á frente.

     [100] Region del Asia, que se extendia á lo largo de la costa S. E.
     del mar Caspio y hoy corresponde al Daghestan.

     [101] El monte Etna, del que se ha hablado ya en otra nota.

El terrible Rodomonte recorrió aquella calle populosa y larga, que va al
puente de S. Miguel, esgrimiendo sin cesar su sangrienta espada, que ni
distinguia al siervo del señor, ni se apiadaba más del justo que del
perverso: de nada le servia al sacerdote su carácter religioso; ni su
inocencia al niño; los hermosos ojos ó las frescas mejillas de la
doncella no encontraban merced en su animosa saña, como tampoco los
nevados cabellos del anciano; y dando tantas pruebas de valor como de
crueldad, no distinguia sexo, edad ni condicion en sus víctimas. En su
insaciable sed de sangre humana, aquel impío rey, el más cruel de los
impíos, no tuvo bastante con la derramada, sino que desahogando tambien
su ira en los edificios, empezó á incendiar las casas y los profanados
templos. La mayor parte de las casas eran de madera en aquel tiempo,
segun las crónicas, y esto puede creerse fácilmente, considerando que
aun en el dia de cada diez casas hay tan solo cuatro construidas de
piedra ó ladrillo en París. El odio del sarraceno no parecia tampoco
satisfecho aun cuando lo viera todo consumido por el fuego, y donde
alcanzaba su mano arrancaba con una sola sacudida los techos ó las
paredes de aquellas débiles moradas. Podeis creer, señor, que la mayor
bombarda que hayan visto en Padua no produce tantos estragos en los
edificios como el Rey de Argel con el solo esfuerzo de sus manos.

Si Agramante hubiese atacado la ciudad por fuera con el mismo vigor con
que el maldito Rodomonte la recorria por dentro llevándolo todo á sangre
y fuego, París se hubiera perdido irremisiblemente; pero Agramante no
pudo conseguirlo por habérselo impedido el paladin que llegaba de
Inglaterra al frente de las tropas inglesas y escocesas, conducido por
el Arcángel y el Silencio. Dios permitió, que en el momento en que
Rodomonte saltaba dentro de la ciudad, causando tantos estragos, llegara
al pié de los muros Reinaldo, flor y nata de la casa de Claramonte, y
con él sus soldados. Habia echado un puente sobre el rio á tres leguas
más allá de Paris, y dió un gran rodeo hácia la izquierda, á fin de que
el rio no le sirviese de obstáculo para atacar á los bárbaros. Envió de
vanguardia seis mil arqueros de á pié, reunidos bajo la altiva bandera
de Odoardo, y más de dos mil ginetes armados á la lijera, á las órdenes
del gallardo Ariman, é hizo que se dirigieran por el camino que va desde
las costas de Picardia hasta las puertas de San Martin y San Dionisio y
entraran en la capital para auxiliarla con toda rapidez. Hizo tambien
que fueran por el mismo camino tras ellos los carros y demás bagages,
mientras él, con el resto del ejército, daba un rodeo más largo. Iban
provistos de barcas, pontones y otros artificios necesarios para
atravesar el Sena, que no podia vadearse, y despues que lo hubo pasado
todo el ejército y se cortaron los puentes, formó Reinaldo sus tropas en
batalla bajo sus respectivas banderas. Pero antes reunió en torno suyo á
los barones y capitanes, y colocándose sobre una eminencia desde la
cual podia ser visto y oido de todos, les dirigió esta arenga:

--Bien podeis, señores, elevar desde el fondo de vuestros corazones las
más fervientes gracias al Cielo que os ha conducido hasta aquí á fin de
que, á costa de insignificantes fatigas, alcanceis una gloria superior á
la de las demás naciones. Dos príncipes os deberán su salvacion si
logran hacer que se levante el cerco puesto á esa ciudad: el uno es
vuestro rey, á quien estais obligados á salvar de la esclavitud y la
muerte; el otro, el emperador más justamente loado y más grande que se
haya sentado en el trono. Con ellos libertareis además á otros muchos
reyes, duques, marqueses, señores y caballeros de diferentes paises.

»Salvando una ciudad, no solo os deberán un eterno agradecimiento los
parisienses, que se encuentran abatidos, temerosos y desconsolados, más
que por sus propios duelos, por los de sus mujeres é hijos, que corren
igual peligro que ellos, y por las santas vírgenes á quienes el sagrado
de sus celdas no podria librar de ser profanadas; salvándola, repito, no
solo os deberán perpétua gratitud los habitantes de Paris, sino tambien
todos los paises inmediatos. Al hablar así no me refiero solo á los
pueblos vecinos; sino que como todas las naciones de la Cristiandad
tienen ahora en el recinto de esa ciudad á muchos de sus guerreros, al
conseguir vosotros la victoria, conseguireis tambien su libertad, de
modo que os quedarán obligados otros muchos estados además de la
Francia.

»Si los antiguos ceñian con una corona la frente del que salvaba la vida
de un ciudadano, ¿de qué recompensa no sereis dignos al salvar tan
inmensa multitud? Pero si tan santa obra no puede llevarse á cabo por
alguna punible envidia ó por una cobardía no menos punible, estad
ciertos de que una vez perdidas aquellas murallas, no habrá ya
seguridad para la Italia, ni para la Alemania, ni para cuantas naciones
adoran á Aquel que por nosotros expiró en la cruz. No creais tampoco que
vuestro país esté tan apartado ni tan defendido por el mar, que pueda
librarse de los ataques de los moros; pues si estos han salido otras
veces de Gibraltar y del estrecho de Hércules para saquear vuestras
costas, ¿qué no harán si llegan á apoderarse de la Francia?

»Aun cuando á nadie reportase el menor honor ni la menor utilidad esta
empresa, deber nuestro es socorrernos mútuamente, puesto que militamos
en una misma iglesia: y por fin, desechad todo temor, y toda ocasion de
querellas, hasta que hagamos cejar á los enemigos, gente á mi parecer
sin experiencia de la guerra, sin vigor, sin corazon y hasta sin armas.»

Con tales ó mejores razonamientos, pronunciados con voz clara y
enérgica, consiguió Reinaldo excitar el belicoso ardor de los barones
británicos y de sus aguerridas huestes; lo que fué, como dice el
proverbio, clavar la espuela al corcel en medio de su rápida carrera.
Terminada la arenga, hizo que los diversos batallones empezaran poco á
poco su movimiento, agrupados en torno de sus respectivas banderas.
Dividió las tropas en tres cuerpos, y les dió órden de avanzar sin
producir el más leve rumor. Concedió á Zerbino el honor de ser el
primero en atacar á los Bárbaros, y este paladin se dirigió contra ellos
siguiendo la orilla del Sena: ordenó luego á los irlandeses que fueran
atravesando los campos, dando más largo rodeo; y por último, colocó en
el centro á los infantes y ginetes de Inglaterra al mando del duque de
Lancaster.

Una vez designado á cada cuerpo su camino, cabalgó el paladin por la
orilla, y se adelantó al duque Zerbino y al cuerpo de ejército que
mandaba, hasta llegar á encontrarse con el rey de Oran, el rey Sobrino y
otros guerreros musulmanes que custodiaban por aquel lado el campo, á
una media milla de distancia de los moros españoles. El ejército
cristiano que habia llegado hasta allí escoltado por guias tan fieles
como lo eran el Arcángel y el Silencio, no pudo ya guardarlo por más
tiempo; y al descubrir á los enemigos, prorumpió en gritos acompañados
del agudo sonido de las trompetas, produciendo un clamor que, llegando
hasta el cielo, heló de espanto el corazon de los infieles.

Reinaldo lanzó su caballo al combate adelantándose á todos, y
enristrando su lanza, dejó tras de sí á más de un tiro de flecha á los
escoceses, por no poder dominar ya su impaciencia, y cual torbellino
precursor de una horrible tempestad, se precipitó léjos de los suyos con
su veloz Bayardo. Al aparecer el Paladin de Francia, dieron los moros
evidentes señales del temor que les infundia, viéndose temblar las
lanzas en sus manos, los piés en los estribos y los cuerpos en los
arzones. El rey Puliano fué el único cuyo semblante permaneció sereno,
porque no conoció á Reinaldo; y no creyendo hallar en él tan séria
resistencia, salió á su encuentro, enristró la lanza, afirmóse bien
sobre los estribos, hincó ambos acicates en los hijares del caballo y le
soltó las riendas. El hijo de Amon, ó más bien de Marte, aceptó con su
valor acostumbrado aquel reto, y pronto demostró por sus hechos la
justicia de su renombre y la destreza y serenidad con que peleaba. A un
tiempo mismo dirigieron uno y otro sus lanzas contra sus cabezas, pero
el efecto fué distinto, porque el cristiano siguió incólume adelante y
el infiel quedó muerto. Para demostrar el valor son necesarias señales
más evidentes que la de poner con gallardía la lanza en ristre; pero
este no es tampoco bastante si no le acompaña la fortuna, pues sin ella
de poco sirve las más de las veces el valor.

Recogió el Paladin su lanza, y arremetió brioso contra el Rey de Oran,
hombre de gigantesca estatura, pero de corazon pequeño. Preparóse á
darle uno de esos golpes que merecen ser contados en el número de los
memorables; mas la lanza clavóse en el escudo: bien es verdad que no
pudo dirigirla más arriba, por no permitírselo la colosal estatura del
sarraceno. Sin embargo, el broquel, á pesar de estar forrado
exteriormente de acero y de palma en su interior, no pudo resguardar el
cuerpo del infiel, cuya alma mezquina escapóse por una ancha herida
abierta en su vientre. El corcel, agobiado por su pesada carga, debió
dar gracias interiormente á Reinaldo, que con aquel golpe le evitó
mayores fatigas.

Rota la lanza, Reinaldo revolvió su caballo con tanta presteza cual si
tuviese alas, y cayó impetuosamente sobre sus enemigos, en el sitio en
que más apiñados estaban y mayor era su número. Desnudó á Fusberta, y
empezó á esgrimirla con tal vigor, que las armas de sus contrarios
volaban hechas pedazos como si fuesen de frágil vidrio. El acero mejor
templado no podia resistir sus tajos, que penetraban siempre en la carne
por él defendida. La tajante espada apenas encontraba cotas ó armas
defensivas que la embotaran, al paso que atravesaba todas las rodelas,
ya estuviesen revestidas de cuero ó de madera, así como los acolchados
coseletes, ó los turbantes más retorcidos. No es extraño, pues, que
Reinaldo hiriera, derribara ó hiciera pedazos á cuantos se ponian al
alcance de su acero, pues que de este no podian defenderse los moros
mejor que la yerba de la guadaña ó las espigas de la tempestad.

Destrozado estaba ya el primer frente del enemigo cuando llegó Zerbino
con la vanguardia del ejército cristiano. El Príncipe escocés se
adelantó á sus soldados con la lanza enristrada, mientras estos
avanzaban bajo sus banderas con no menor decision; hubiéraseles tomado
por leones ó lobos prontos á devorar manadas de cabras ó de carneros.
Cuando estuvieron cerca, aguijaron simultáneamente á sus caballos y
atravesaron con la velocidad del rayo la escasa distancia que les
separaba del enemigo. Trabóse entonces una lucha particular, pues los
escoceses herian sin ser heridos, y los paganos caian sin resistencia,
como si solo se encontrasen allí para ser degollados. Cada infiel
parecia más frio que el hielo; cada escocés más ardoroso que la llama; y
sobrecogidos aquellos por la irresistible fogosidad de los cristianos,
creian ver en cada uno de sus contrarios un nuevo Reinaldo.

Al observar Sobrino la mortandad de los suyos, voló con sus escuadrones
á socorrerlos, sin esperar las órdenes del jefe del ejército: sus
guerreros eran, como él, africanos más valientes y mejor armados que los
ya derrotados, aun cuando no valian mucho más que estos. Dardinel
tambien hizo avanzar sus tropas, poco aguerridas y peor armadas, si bien
él ostentaba un yelmo brillante, é iba cubierto con una coraza y cota de
malla. Tras él siguió Isolier, cuyos soldados eran, segun creo, más
animosos.

El buen Trason, duque de Marra, que asistia con entusiasmo á aquella
batalla, dió la voz de ataque á sus ginetes, apenas oyó y vió avanzar á
las cohortes navarras mandadas por Isolier, exhortándoles á que fuesen
en su compañia en busca de eterna fama. El nuevo Duque de Albania,
Ariodante, imitando á Trason, puso en movimiento sus escuadrones.

El retumbante sonido de los clarines, de los tímpanos y de otros
instrumentos bélicos, unido al incesante rumor producido por los arcos,
las hondas, las máquinas de guerra, las ruedas y el fragor de las armas,
y sobre todo, los gritos tumultuosos, ayes y lamentos de los
combatientes, que rimbombaban hasta el cielo, producian un estrépito
tal, que solo era comparable al de las cataratas del Nilo, cuando las
aguas al despeñarse atruenan y ensordecen las comarcas circunvecinas. La
espesa lluvia de saetas que se lanzaban de uno á otro campo llegaba á
oscurecer la luz del Sol. El aliento de los combatientes, el vapor
desprendido del sudor de hombres y caballos y los torbellinos de polvo
que levantaban, cubrian el aire de una densa niebla: tan pronto avanzaba
un ejército y retrocedia el otro, como recobraba este el terreno
perdido, obligando á aquel á batirse en retirada, y más de una vez
sucedia que el vencedor caia muerto sobre el cadáver mismo del vencido.
Donde un escuadron se detenia rendido de cansancio, le reemplazaba al
momento otro que venia de refresco; el número de guerreros aumentaba
progresivamente por una y otra parte, reforzándose ambas
alternativamente con nuevos infantes ó ginetes: la tierra, hollada por
las innumerables pisadas de los combatientes, estaba tinta en sangre; la
yerba habia perdido su matiz verde, viéndose convertido en rojo, y donde
antes se ostentaban ufanas las flores de color azul ó amarillo, yacian
ahora en confuso monton los hacinados cadáveres de hombres y caballos.

Zerbino daba señaladas muestras de un valor superior á su juventud; y
llevado de su fogosidad, mataba, heria ó destruia á los enemigos que
llovian en su derredor. Ariodante se señaló tambien con admirables
hazañas al frente de sus nuevos súbditos, y llenó de terror y asombro á
los moros de Navarra y de Castilla. Quelindo y Mosco, hijos bastardos
del difunto Calabrun, rey de Aragon, y Calamidor de Barcelona, célebre
por su arrojo, se habian lanzado fuera de sus filas; y creyendo alcanzar
gloria y corona, á un tiempo mismo se precipitaron sobre Zerbino con
intencion de matarle, hiriéndole el caballo en un costado. Cayó muerto
el noble animal traspasado por tres lanzas; pero el esforzado Zerbino se
puso inmediatamente en pié, revolviéndose furioso contra sus
acometedores para vengar la muerte de su caballo; y dirigiéndose primero
al inexperto Mosco, á quien tenia más cerca, y que se envanecia con la
esperanza de cogerle prisionero, le tiró una estocada que, atravesándole
un costado, le hizo saltar de la silla pálido y yerto. Cuando Quelindo
vió la desgraciada suerte de su hermano, arremetió lleno de furor á
Zerbino proponiéndose derribarle; mas este se abalanzó á él, y asiendo
su caballo de la brida, le hizo caer en tierra, de la que no volvió á
levantarse, y le puso en estado de no comer mas paja ni cebada, pues
descargó una cuchillada tan violenta, que mató con ella á un tiempo
mismo al caballo y al ginete. Aterrado Calamidor por los crueles efectos
del acero del Príncipe escocés, volvió la brida para huir á toda prisa;
pero Zerbino le tiró un descomunal fendiente, diciéndole: «Espera,
traidor, espera.» No llegó á herir el acero donde se propuso el
Príncipe, pero el golpe no perdió todo su efecto; pues alcanzando á la
grupa del caballo enemigo, lo desjarretó haciéndole caer. El mahometano
consiguió salir de entre su derribado corcel, é intentó huir á pié; mas
no pudo conseguirlo, porque llegando en aquel momento el duque Trason,
le pasó por encima y le aplastó con el peso de su caballo.

Ariodante y Lurcanio corrieron á interponerse entre Zerbino y la
multitud de enemigos que le rodeaba, así como otros muchos nobles y
caballeros que ayudaron al Escocés á montar de nuevo á caballo.
Ariodante no cesaba de esgrimir su acero, cuyos temibles efectos
sintieron Artálico y Margano, y mucho más Etearco y Casimiro. Los dos
primeros tuvieron que retirarse heridos; pero los otros dos quedaron
tendidos en el campo. Por su parte Lurcanio daba pruebas de su fuerte
brazo, hiriendo, derribando ó dispersando á los enemigos.

No creais, Señor, que en el resto de la llanura fuese la pelea menos
encarnizada que á orillas del rio, ni que el cuerpo de ejército que iba
al mando del buen duque de Lancaster permaneciera ocioso á retaguardia.
Este atacó á los moros de España, y por una y otra parte desplegaron
igual valor los respectivos jefes, infantes y ginetes. Iban en las
primeras filas Oldrado, duque de Glocester, y Fieramonte, duque de
Yorck, y con ellos Ricardo, conde de Warvik y el audaz Enrique, duque de
Clarence. Frente á ellos tenian á Malatista, rey de Almería, Folicon, de
Granada, y Baricondo, de Mallorca, con todas sus tropas. Por algun
tiempo estuvo indecisa la victoria, pues no se notaba ventaja apreciable
en unos ni otros. Cristianos y sarracenos atacaban ó retrocedian,
asemejándose á las espigas impelidas por los vientos de Mayo, ó á las
agitadas olas junto á la playa, que vienen y van incesantemente. Cuando
se cansó la suerte de jugar con ambos ejércitos, abandonó de pronto á
los sarracenos. A un tiempo mismo el duque de Glocester arrancó de la
silla á Malatista; Fieramonte hirió en un hombro á Folicon y le derribó,
cayendo uno y otro infiel prisioneros en poder de los ingleses; y
Baricondo quedó sin vida á manos del duque de Clarence.

Estas pérdidas aterraron tanto á los paganos é infundieron á los
cristianos tal ardor, que aquellos no hacian ya más que batirse en
retirada, desordenarse y emprender la fuga, mientras estos avanzaban
contínuamente, ganaban poco á poco terreno y hostigaban y perseguian á
los moros; y á no ser por la llegada de nuevos refuerzos, los sarracenos
hubieran perdido por aquel lado la batalla. Pero Ferragús, que no se
habia separado hasta entonces del lado del rey Marsilio, cuando vió su
enseña fugitiva y medio exterminado su ejército, espoleó á su corcel y
lo lanzó en lo más récio de la pelea, llegando en el momento en que caia
en tierra Olimpio de la Sierra con la cabeza hendida por una cuchillada.
Era este un jovencillo, que con las dulces endechas que solia cantar al
armonioso son de una cítara, era capaz era ablandar cualquier corazon,
aun cuando fuese más duro que una peña. ¡Dichoso él si hubiera sabido
contentarse con tal arte, y hubiese arrojado léjos de sí el escudo, el
arco, la aljaba, la lanza y la cimitarra, que le hicieron perecer en
Francia en la flor de su edad! Cuando Ferragús, que le amaba
cariñosamente, le vió caer, sintió un dolor tan profundo cual no se lo
causó la muerte de otros mil y mil que habian perecido antes, y
arremetió con tal furor al que lo inmolara, que de un solo tajo le
dividió el yelmo, la frente, el rostro y el pecho, tendiéndole muerto á
sus piés. No paró aquí, sino que esgrimiendo su acero, lleno de
vengativa saña, empezó á romper cascos y corazas, á cortar brazos y
cabezas y á causar por do quiera un grande estrago, logrando contener
por aquel lado la derrota de sus huestes, y reanimar el valor de los
musulmanes, que huian aterrados, rotos y destrozados sin órden ni
concierto.

El rey Agramante, deseoso de matar gente y de singularizar su valor,
acudió tambien á tomar parte en aquella pelea, seguido de Baliverso,
Farurante, Prusion, Soridano y Bambirago, así como de una muchedumbre de
infieles tan innumerable, que con su sangre llegaria á formarse un
lago, siendo más difícil contarlos que enumerar las hojas arrancadas de
los árboles por los vientos del otoño. Habiendo retirado Agramante del
asalto un gran número de infantes y ginetes, ordenó que fueran á las
órdenes del Rey de Fez á dar la vuelta hasta colocarse á retaguardia del
campamento, para defenderlo del ataque con que le amenazaban los
irlandeses, cuyos escuadrones avanzaban precipitadamente, despues de dar
largos rodeos, con la intencion de apoderarse de las tiendas de campaña
de los sarracenos. El Rey de Fez cumplió aquella órden sobre la marcha,
conociendo que cualquier demora podia serles funesta.

Entre tanto reunió Agramante el resto de su ejército; lo dividió en dos
partes, y mandó que una de ellas corriera á la llanura, donde se habia
trabado la batalla: él, con la otra, se dirigió hacia la orilla del rio,
por creer que era allí más necesaria su presencia, pues se habia
presentado un mensajero del rey Sobrino pidiendo refuerzos hácia aquel
lado. Agramante llevaba consigo, formando un solo cuerpo, más de la
mitad de su ejército; y asustados los escoceses al oir el confuso rumor
que producian conforme iban acercándose, se sobrecogieron de tal modo,
que perdiendo todo sentimiento de honor, empezaron á cejar y á
desbandarse. Zerbino, Lurcanio y Ariodante quedaron solos haciendo
frente á los enemigos, é indudablemente habria perecido el primero, que
estaba desmontado, si no acudiese oportunamente Reinaldo en su socorro.
Hasta entonces habia estado el Paladin combatiendo en otra parte, y
poniendo en vergonzosa fuga más de cien banderas; pero avisado del gran
peligro que corria Zerbino, á quien sus tropas habian abandonado á pié
entre la gente mahometana, volvió riendas y se lanzó al encuentro de los
escoceses que huian desatentados.

--¿A dónde vais? les gritó deteniéndose. ¿Por qué os veo cometer una
bajeza tan afrentosa, como es la de abandonar el campo á tan vil
canalla? ¿Son esos los trofeos con que pretendeis adornar vuestras
iglesias? ¡Oh! ¡Qué gloria, qué fama alcanzareis, abandonando al hijo de
vuestro Rey á pié y solo!

Dichas estas palabras, se apoderó de una lanza que tenia uno de sus
escuderos y viendo cerca á Prusion, rey de los alvaraches, cayó furioso
sobre el, y de un bote le arrancó de la silla, dejándole sin vida: en
seguida derribó muertos á Agricalte y Bambirago; hirió gravemente á
Soridano, y le hubiera arrancado la existencia como á los otros, á no
habérsele hecho pedazos la lanza. Rota esta, sacó á relucir á Fusberta,
y tiró una estocada á Serpentin, el de la Estrella, cuyas armas estaban
encantadas; pero no pudieron impedir que cayese del caballo sin sentido
ante la violencia del golpe. De este modo fué haciendo en torno del jefe
de los escocesas ancha plaza, de suerte que este pudo montar libremente
en uno de los caballos que por allí vagaban sin ginete; y á tiempo
cabalgó, pues si hubiese tardado un poco más, no lo habria conseguido,
porque simultáneamente llegaron Agramante, Dardinelo, Sobrino y el rey
Balastro; pero Zerbino, que habia montado en ocasion oportuna, empezó á
repartir mandobles á diestro y siniestro, enviando á los mas osados al
Infierno para que diesen noticias del modo de vivir de los mortales.

El buen Reinaldo, que se dedicaba con preferencia á luchar con los
enemigos que más daño hacian en las filas de los cristianos, dirigió sus
golpes contra el rey Agramante, que le parecia demasiado audaz y
valiente, pues él solo causaba más estrago que mil moros juntos; y
precipitándose sobre él con su Bayardo, de un solo revés le echó á rodar
con su caballo.

Mientras fuera de la ciudad combatian los dos ejércitos con tanta
crueldad, odio, rabia y furor, Rodomonte continuaba dentro de París
causando numerosas víctimas, é incendiando casas, palacios y templos.
Ocupado Cárlos en combatir en otra parte, no podia ver ni sospechar
siquiera las crueldades del sarraceno: estaba dando entrada en la ciudad
á Odoardo y Arimano con sus huestes británicas, cuando se le presentó un
escudero, tan pálido, tembloroso y desalentado, que apenas podia
articular una palabra:

--¡Ay de mí, Señor, ay de mí! exclamó muchas veces antes de dar
principio á su relato: ha llegado el dia en que el romano Imperio caerá
sepultado entre sus ruinas. Cristo ha abandonado hoy á su pueblo! hoy ha
caido el Demonio desde el cielo, para no dejar un habitante en esta
ciudad ¡Satanás, el mismo Satanás, porque no puede ser otro, está
destruyendo y convirtiendo en ruinas esta ciudad infeliz! Vuélvete, y
mira la densa humareda que despiden esas llamas devoradoras; escucha los
lamentos que hasta el cielo llegan, y sirvan de fé á lo que dice tu
siervo. Un hombre solo es el que destruyo á sangre y fuego este hermoso
país, y su solo aspecto basta para que todo el mundo huya
precipitadamente.

Al tener noticia de tamañas calamidades, quedóse Cárlos como el que oye
el tumulto y las campanas tocando á rebato antes de ver el fuego, que es
el único en ignorar, cuando precisamente á él es á quien más de cerca le
toca y más directamente le perjudica; y conociendo el monarca
inmediatamente toda la extension del daño, dirigió sus más valientes
guerreros hácia donde oia más estrépito y más lamentos. Hizo que le
siguiera una gran parte de sus paladines y sus mejores soldados, y llevó
su enseña hasta la plaza, en donde Rodomonte se encontraba. El
Emperador pudo ver entonces las horribles huellas de la crueldad del
sarraceno, y el suelo sembrado de miembros humanos. Pero basta ya; el
que desee escuchar el fin de esta interesante historia, tómese la
molestia de volver otra vez.



CANTO XVII.

     Carlomagno se dirige con sus guerreros á contener á
     Rodomonte.--Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino
     y lleva á cabo señaladas proezas.--Martan esquiva el combate y
     demuestra su extraordinaria cobardía; despues, para avergonzar á
     Grifon, le roba las armas, y presentándose al Rey cubierto con
     ellas, es muy honrado por él.--Grifon, tenido por Martan, sufre los
     denuestos del pueblo.


Cuando nuestros pecados han traspasado los límites de perdon, el Supremo
Hacedor, demostrándonos que su justicia es igual á su piedad, permite
que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mónstruos humanos, á
quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir
terriblemente á sus pueblos. Por esta razon envió al mundo á Mario y
Sila, á los dos Nerones[102], al furibundo Cayo[103], á Domiciano y al
último Antonino[104]: por esto sacó de entre la hez del populacho á
Maximino[105], exaltándole al solio imperial; hizo nacer en Tebas á
Creonte[106]; entregó al pueblo agilino en manos de Mezencio, que regó
con sangre humana los campos de su país[107], y en tiempos menos remotos
consintió que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia
entera. Y ¿qué diré de Atila? ¿qué del inícuo Eccelino de Romano[108]?
¿qué de otros ciento, á quienes Dios envia, cansado de vernos siempre
por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin
necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos
harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la cólera divina,
cuando nos ha dado, á nosotros, rebaños inútiles y malnacidos, famélicos
lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara á
contener tanto alimento ó sí no tuvieran el hambre necesaria, llaman
para devorarnos á otros lobos ultramontanos más hambrientos que
ellos[109]. Los huesos que yacen insepultos á las orillas del Trasimeno,
en Cannas y en Trebbia[110] son pocos en comparacion de los que hoy
sirven de abono á los campos por donde pasa el Adda, el Mella, el Ronco
y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos
mucho peores quizás que nosotros, á causa de nuestros multiplicados é
infinitos crímenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegará,
sin embargo, en que á nuestra vez vayamos á saquear sus costas, si por
ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen á un punto tal que
exciten el enojo do la Bondad eterna.

     [102] Tiberio Neron, segundo emperador Romano y Domicio Enobarbo
     Neron, quinto emperador, ambos tan crueles como es proverbial.

     [103] Cayo Calígula, tercer emperador romano, célebre tambien por
     su ferocidad y sus extravagancias.

     [104] Otros dos emperadores romanos, notables por su crueldad. El
     segundo fué el célebre Eliogábalo, á quien los soldados, al
     exaltarle al trono imperial, saludaron con el nombre de Antonino en
     memoria de su abuelo Antonino Caracalla. Su ferocidad fué causa de
     que el Senado promulgase una ley á fin de que en adelante no
     llevase ningun emperador dicho nombre, y por eso dice el poeta que
     Eliogábalo fué el último Antonino.

     [105] Emperador romano, que en un principio fué pastor de Tracia;
     hombre avaro y cruel, y furibundo perseguidor de los cristianos.

     [106] Rey de Tebas, cuyo país gobernó tiránicamente. Uno de los
     principales rasgos de su crueldad consistió en que habiendo
     sepultado Antígona, á pesar de su formal prohibicion, el cadáver de
     su hermano Polinice, Creon mandó enterrarla viva.

     [107] Mezencio, rey de los Agilinos, pueblo de Toscana, fué tan
     feroz que mandaba atar los cuerpos de los muertos en estado de
     putrefaccion con los de los vivos, uniendo boca con boca, mano con
     mano y así de los demás miembros, y de esta suerte hacia morir á
     los que incurrian en su desagrado.

     [108] De este guerrero desalmado nos hemos ocupado ya en una nota
     del canto III.

     [109] Alusion á los suizos, franceses y alemanes llamados á Italia
     por el papa Julio II.

     [110] A orillas del lago Trasimeno en Italia fué vencido el consul
     romano Flaminio por el general cartaginés Annibal muriendo en la
     batalla 15,000 romanos y cayendo otros tantos prisioneros. Cerca
     del pueblo de Cannas, en la Apulia, volvió Annibal á derrotar á los
     romanos, mandados por Varron y Paulo Emilio, causándolos una
     mortalidad espantosa; y por fin, junto al rio Trebbia, cerca de
     Génova, los derrotó tambien en términos que de 40 mil hombres
     apenas pudieron salvarse diez mil.

Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena
Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas,
por donde el Turco y el Moro llevaban la vergüenza, la violacion, la
rapiña y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran
los mayores de todos.

Dije que Cárlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno,
se dirigia á la plaza en su busca. A su paso encontró numerosos
cadáveres de sus súbditos, los palacios incendiados, derruidos los
templos, y asolada gran parte de la ciudad: jamás habia presenciado tan
desastroso espectáculo.

--¿Adónde huís, exclamó, espantadas turbas? ¿No hay uno solo de entre
vosotros que haga frente á la desgracia? ¿Qué ciudad, qué asilo os
quedará cuando tan vilmente perdais este? ¡Es decir, que un solo hombre,
encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su
fuga, logrará retirarse impunemente despues de haberos degollado á
todos!

Así decia Cárlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon,
mientras llegaba delante de su alcázar, donde vió al pagano esterminando
á sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en él con
la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de
fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.

Rodomonte, ébrio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y
despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable
espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego á los
edificios: despues se dirigió al alcázar real, palacio elevado y
suntuoso, y empezó á descargar tremendos golpes en sus puertas. Los
sitiados hacian llover sobre él desdo las murallas pedazos de pared y
almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir
los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas,
que las lápidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de
sus antecesores.

El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante
armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante á la
serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su
antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con
más vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los
ojos, extermina á cuantos animales encuentra á su paso. Ni las piedras,
ni las almenas, vigas, arcos ó flechas, ni cuanto caia sobre el
sarraceno era bastante á cansar su sanguinaria diestra, ni á impedir que
siguiera sacudiendo y haciendo poco á poco pedazos la gran puerta del
alcázar, en la cual abrió tantos boquetes que fácilmente podia ser visto
y ver á su vez á cuantos llenaban el patio principal, en cuyos
semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y
lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bóvedas; las
mujeres desconsoladas iban corriendo de uno á otro lado del edificio,
pálidas y afligidas, y despidiéndose de todos los aposentos y de sus
lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar á gentes extrañas.

     [Ilustración: Carlomagno acude con sus paladines á impedir los
     estragos que Rodomonte causa en París.

     (Canto XVII.)]

A tan apurado trance llegaban las cosas, cuando se presentó el Rey
acompañado de sus guerreros. Contempló Carlos sus robustas manos, tan
prontas otras veces á acudir donde la necesidad las llamaba, y les dijo:

--¿No sois vosotros aquellos que lucharon conmigo en Aspromonte contra
Agolante? Se habrá debilitado tanto vuestro vigor que, á pesar de haber
dado entonces muerte á aquel rey, á Trojano, á Almonte y á cien mil
guerreros más, temereis hoy á un solo hombre de su misma raza, y hasta
de su mismo ejército? ¿Por qué he de veros ahora menos animosos de lo
que entonces lo fuísteis? Mostrad vuestro heroismo á ese perro que á
tantos hombres devora. Un corazon generoso no hace caso de la muerte,
venga tarde ó temprano, con tal que sea honrosa. Pero no; al veros
colocados donde estais no puedo dudar de vosotros, que siempre me habeis
dado la victoria.

Al decir estas palabras, lanzó su corcel contra el sarraceno,
enristrando la lanza, y al mismo tiempo que él se precipitaron el
paladin Ogiero, Namo, Olivier, Avino, Avolio, y los inseparables Oton y
Berlingiero, y empezaron á descargar terribles golpes sobre el pecho,
los costados y la cabeza de Rodomonte.

Mas por piedad, Señor, dejemos ya nuestro relato de ira y de muerte, y
baste por ahora con lo dicho acerca de aquel sarraceno no menos valiente
que cruel; que ya es tiempo de volver donde dejé á Grifon, llegado á las
puertas de Damasco con la pérfida Origila, y con aquel que no era su
hermano, sino su adúltero amante.

Es fama que una de las más ricas, más populosas y suntuosas ciudades de
Oriente es Damasco, distante siete jornadas de Jerusalen, y situada en
una llanura fértil y abundante, tan agradable en invierno como en
verano. Un collado próximo la priva de los primeros rayos de la
naciente aurora. Dos rios cristalinos atraviesan la ciudad y riegan una
multitud de jardines constantemente esmaltados de pintadas flores y
cubiertos de verdura. Es fama tambien que el agua de azahar abunda tanto
en aquella poblacion, que se podria dar movimiento con ella á varios
molinos; y el que va por las calles percibe su balsámico aroma que sale
de todas las casas. La calle principal estaba á la sazon colgada de
magníficos tapices de colores vistosos, y el suelo y las paredes de las
casas cubiertos de yerbas olorosas y de verdes ramas. Cada puerta, cada
ventana estaba engalanada con finísimas telas y tapices; pero mucho más
aun con la presencia de bellas damas adornadas con preciadas joyas y
trajes soberbios. En muchos sitios, veíase celebrar animados bailes en
el interior de las casas; y en las plazas públicas el pueblo se
entretenia en correr excelentes caballos, cubiertos de ricos arneses.
Pero lo que sobre todo llamaba la atencion era la espléndida corte del
Rey de Damasco, en donde los grandes, los nobles y los vasallos
ostentaban un lujo verdaderamente oriental, deslumbrando la vista con
cuantas perlas, oro y piedras preciosas pueden producir la India y las
costas del mar Eritreo.

Grifon y sus compañeros iban examinándolo todo á su placer, cuando les
salió al encuentro un caballero, que les invitó á apearse de los
caballos, ofreciéndoles hospitalidad en su palacio: con aquella finura y
cortesía proverbiales en Oriente, les proveyó de todo lo necesario, hizo
que les preparáran un baño y despues les presentó con agradable
solicitud una suntuosa cena. Díjoles que Norandino, rey de Damasco y de
toda la Siria, habia invitado á los hijos del país y á los extranjeros
que estuviesen armados caballeros para las justas que debian celebrarse
en la plaza en la mañana del siguiente dia, y que si ellos tenian el
valor que su talante demostraba, podrian dar pruebas de él sin necesidad
de ir más adelante.

Aun cuando Grifon no habia ido allí con este objeto, aceptó, sin
embargo, la invitacion; porque era de parecer que no estaba de más hacer
gala del valor siempre que se presentare ocasion para ello. En
consecuencia, preguntó á su huésped el motivo de aquellas fiestas, y si
eran una solemnidad anual, ó bien un pretexto por medio del cual
quisiera el Rey experimentar el valor de sus paladines. El caballero
respondió:

--Esta es la primera fiesta que celebramos, y que deberá repetirse cada
cuatro lunas. El Rey la ha instituido en memoria de que en tal dia
consiguió salvar su cabeza, despues de haber permanecido cuatro meses
lleno de dolor y angustia y con la muerte ante sus ojos. Mas para daros
á conocer todos los pormenores de esta historia, os diré que nuestro
rey, llamado Norandino, ha vivido por espacio de muchos años prendado de
la donosura y sin par belleza de la hija del rey de Chipre, y que
habiendo alcanzado por último su mano, regresaba directamente á Siria
con su esposa y con muchas damas y caballeros. Apenas nos pusimos á toda
vela fuera del puerto, y vogábamos por el borrascoso Carpatiano[111],
cuando nos asaltó una tempestad tan cruel, que atemorizó hasta al mismo
piloto, á pesar de ser un antiguo y experto marino. Durante tres dias y
tres noches anduvimos errando á merced de las amenazadoras olas, hasta
que al fin conseguimos desembarcar, rendidos de cansancio y empapados en
agua, en una playa rodeada de praderas extensas y verdes collados.
Levantamos al momento nuestras tiendas, y colocamos alegres anchos
toldos entre los árboles: se encendieron hogueras, se preparó la comida,
y se extendieron los manteles.

     [111] Mar así llamado del nombre de la isla Carpathos ó Scarpante,
     situada en el Mediterráneo, entre las de Rodas y Creta.

»El Rey habia ido entro tanto á recorrer los valles cercanos, y los
sitios más recónditos del bosque, seguido de dos criados que llevaban su
arco y sus flechas, con objeto de ver si encontraba cabras monteses,
gamos ó ciervos. Mientras esperábamos, disfrutando con placer del
anhelado reposo, que regresara nuestro Rey de la caza, vimos á un
mónstruo terrible, al Ogro, que venia por la orilla del mar corriendo
hácia nosotros. ¡Dios haga, Señor, que vuestros ojos no contemplen nunca
el horroroso semblante del Ogro! Más vale tener noticia de él por lo que
diga la fama, que caer en sus manos al verle. No puedo comparar á nada
su corpulencia, segun lo desmesuradamente grueso que es: en lugar de
ojos, tiene bajo la frente dos huesos salientes del color del hongo.
Venia, como digo, hacia nosotros por la orilla del mar, y no parecia
sino que se adelantase un montecillo: enseñaba dos colmillos semejantes
á los del javalí; su nariz era larga y el pecho sucio, velludo y
repugnante. Avanzaba corriendo con la nariz levantada á guisa de
perdiguero cuando olfatea la caza, y apenas le vimos, huimos todos
precipitadamente, y con el rostro desencajado, hácia donde nos encaminó
el temor. De nada nos servia verle ciego; porque, olfateando no más,
hacia al parecer lo que es imposible que hagan otros, provistos de vista
y olfato; y tanto era así, que se necesitarian alas para huir de él.
Corriamos en todas direcciones, pero nuestros esfuerzos eran inútiles,
pues él aventajaba en velocidad al viento. De cuarenta personas, apenas
pudieron salvarse diez, refugiándose á nado á bordo del buque: apoderóse
de las restantes, y colocóse unas cuantas debajo del brazo, formando una
especie de haz con ellas; llenóse con otras el seno, y metió el resto
en un enorme zurron, que llevaba pendiente de los hombros, á la manera
de los pastores.

»El mónstruo ciego nos llevó despues á su guarida, cavada en un peñasco
próximo á la orilla del mar, cuyas paredes eran de un mármol más blanco
que él papel en que no se haya escrito nunca. Habitaba allí con el una
matrona, triste al parecer y dolorida, y en su compañia estaban varias
damas y doncellas de todas edades y condiciones, unas lindas y otras
feas. Cerca de la cueva en que habitaba el Ogro, y casi en la cima del
monte, existia otra tan grande como la primera, donde encerraba sus
ganados, compuestos de innumerables reses que apacentaba él mismo, así
en verano como en invierno, cuidando de sacarlos al campo y volverlos á
encerrar, más bien por distraccion que por necesidad. Preferia, sin
embargo, alimentarse de carne humana como lo demostró antes de llegar á
su antro; pues se comió, y aun creo que se tragó vivos, tres de nuestros
más jóvenes compañeros.

»Dirigióse en seguida hácia la cueva del ganado, levantó una gran
piedra, y nos encerró allí, despues de hacer salir sus rebaños, que
condujo adonde solia apacentarlos, tañendo una zampoña que llevaba
colgada al cuello.

»Nuestro Señor habia vuelto entre tanto á la playa, y conoció bien
pronto su triste suerte por el silencio que en todas partes reinaba, y
por no hallar á nadie en las tiendas, en los pabellones ni debajo de los
toldos. No podia imaginar quién le habia dejado entregado de aquella
suerte al aislamiento más completo; y lleno de temor se dirigió á la
orilla del mar, desde donde vió á sus marineros levar las anclas y
desplegar las velas. Apenas le divisaron ellos en la playa, se
apresuraron á enviarle un bote para trasladarle á bordo; pero en cuanto
Norandino tuvo noticia de las crueldades del Ogro, sin detenerse á
pensar en más, tomó el partido de ir á buscarlo donde se encontrara,
manifestándose tan desconsolado por la pérdida de su Lucina, que juró
rescatarla ó perecer en la demanda.

»Púsose, pues, á caminar siguiendo las huellas recientemente impresas en
la arena, con una precipitacion, hija de su ferviente amor, hasta que
llegó á la cueva de que os he hablado, en la cual esperábamos todos el
regreso del Ogro con el miedo mayor del mundo, creyendo, al menor rumor
que escuchábamos, que se presentaba hambriento y dispuesto á devorarnos.
La fortuna guió hasta allí los pasos de Norandino, pues no encontró en
la cueva al Ogro; pero si á su mujer, que gritó al verle:

--»¡Huye, infeliz! ¡Desgraciado de tí si el Ogro te coje!»

--»Poco me importa, le contestó el Rey, que me coja ó no, que me salve ó
me dé la muerte: nada puede aumentar ya mi desgracia. He llegado hasta
aquí, no por haber errado el camino, sino llevado en alas del deseo de
morir junto á mi esposa.»

»Despues siguió pidiéndole noticias de los cogidos en la playa por el
Ogro, y se informó sobre todo de si habia dado muerte á su bella Lucina
ó la retenia cautiva. La mujer del mónstruo le contestó con mucha
humanidad, y le tranquilizó diciéndole que Lucina vivia, y que no
tuviese cuidado alguno con respecto á su vida, porque el Ogro no
devoraba nunca á las mujeres.

--»Una prueba de ello la tienes en mí, añadió, y en todas estas damas
que me rodean; jamás nos ha causado ni nos causará el Ogro el menor
daño, mientras no nos separemos de esta cueva; pero á la que intenta
huir le cuesta caro, pues desoyendo toda clase de súplicas, la entierra
viva, la carga de cadenas ó la expone desnuda sobre la playa á los
ardientes rayos del Sol. Cuando ha traido hoy aquí á tus compañeros, no
se ha cuidado de hacer su acostumbrada separacion entre los hombres y
las mujeres, sino que los hizo entrar todos revueltos en confuso monton.
Apenas vuelva conocerá por el olfato la diferencia de sexos: las mujeres
no deberán temer nada; pero los hombres serán positivamente inmolados; y
de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, servirán diariamente de pasto á
su voracidad. No se me ocurre nada que aconsejarte para que libertes á
Lucina: así pues, debes darte por satisfecho con saber que su vida no
corre peligro, y que participará de nuestra próspera ó adversa fortuna;
pero vete, por Dios, vete, hijo mio, antes que el Ogro te huela y te
devore: en cuanto llega, se pone á olfatear por todas partes, y
descubriria hasta el raton más pequeño que aquí hubiese.»

»El Rey contestó que no se marcharia sin ver á Lucina, y que preferia
morir cuanto antes á su lado, á vivir léjos de ella. Cuando la mujer del
Ogro conoció que era en vano todo su empeño para disuadirle del
propósito que tan resueltamente habia formado, ideó un nuevo medio para
ayudarle, y lo puso inmediatamente por obra. Del techo de la cueva
pendian las pieles, colgadas en distintas épocas de los cabritos, cabras
y corderos que servian de alimento al Ogro y á sus cautivas: la mujer de
este hizo que el Rey se untara de piés á cabeza con la grasa de un gran
macho cabrio hasta que su olor hiciera desaparecer el del cuerpo humano,
y cuando le pareció que Norandino despedia aquella fetidez que notamos
siempre en dichos animales, cogió la piel del mismo y le envolvió con
ella pues era bastante grande para el objeto. Una vez cubierto con tan
extraño disfraz, le hizo andar á cuatro piés y le condujo á la cueva
cerrada por una piedra enorme donde, privada de libertad, yacia su bella
esposa.

»Consintió Norandino en todo; colocóse cerca de la abertura con la
esperanza de poderse mezclar entre el rebaño, y estuvo aguardando con
ansiedad hasta la caida de la tarde. Al anochecer oyó los acordes de la
zampoña con que el terrible pastor, yendo en pos de su rebaño, le
ordenaba que abandonase la húmeda yerba para regresar á la cueva. Ya
podeis pensar cuál seria su espanto al notar la aproximacion del Ogro, y
mucho más cuando vió, lleno de horror, su feroz aspecto al llegar á la
boca de la cueva; pero el amor pudo más que el miedo, por lo cual fácil
os será comprender si el cariño de Norandino era fingido ó sincero.
Adelantóse el Ogro, levantó la piedra y dejó espedita la entrada, por la
que pasó el Rey confundido entre las cabras y las ovejas.

»Cuando tuvo encerrado su rebaño, bajó el Ogro adonde estábamos,
cuidando antes de cerrar la entrada. Fué olfateándonos á todos, y por
fin cogió dos de mis compañeros, con cuyas carnes crudas quiso regalarse
para cenar. El solo recuerdo de aquellas espantosas quijadas hiela la
sangre en mis venas y me inunda de sudor el rostro. Apenas se marchó el
Ogro, arrojó el Rey la piel que le encubria, y abrazó á su esposa; pero
esta, en lugar de entregarse á la alegría, se desesperó al ver á su
esposo, precisamente en el sitio donde le esperaba una muerte cierta,
sin que esto pudiera servir para salvarle á ella la vida.

--«¡Ah! señor, le dijo: en medio de mi triste suerte, me consolaba la
idea de que no estabas con nosotros cuando el Ogro nos trajo hoy aquí;
pues aun cuando me era acerbo y duro el encontrarme al borde del
sepulcro, tan solo habria tenido que llorar mi futura desgracia; pero
ahora lamentaré tu muerte más que la mia, ya seas sacrificado antes ó
despues que yo.»

»Y continuó mostrando más afliccion por la suerte de Norandino que por
la suya propia.

El Rey le contestó:

--«La esperanza que abrigo de salvarte, así como á todos nuestros
compañeros, me ha hecho venir hasta aquí: si no consigo realizar este
propósito, venga en buen hora la muerte; pues que sin tí, sol de mi
vida, me es imposible vivir. Podre marcharme del mismo modo que he
venido; pero bajo la condicion de que todos habeis de seguirme, si no
teneis reparo, como no lo he tenido yo, en despedir el olor de un animal
inmundo.

»Nos explicó entonces el ardid que le habia enseñado la mujer del Ogro
para engañar el olfato del mónstruo, aconsejándonos que nos cubriéramos
con pieles, por si se le ocurria palparnos al salir de la cueva.
Persuadidos de la excelencia de semejante estratagema, degollamos todos
los machos cabríos que encontramos, prefiriendo los más viejos y los más
fétidos del rebaño. Nos untamos el cuerpo con aquella grasa abundante
que tienen en rededor de los intestinos y nos cubrimos con sus pieles.

»Salió entre tanto el dia de su áureo palacio, y apenas apareció el
primer rayo del Sol, dirigióse el pastor á la cueva, llamando á sus
rebaños al pasto acostumbrado por medio de los sonidos de su instrumento
pastoril. Tenia las manos extendidas hácia la boca de la cueva, á fin de
que no nos escapásemos entre el rebaño; nos cogia al atravesarla, y
cuando se aseguraba de que lo que tocaba era pelo ó lana, nos dejaba
pasar. Hombres y mujeres salimos por camino tan raro, revestidos de
nuestras estiradas pieles; y el Ogro no detuvo á nadie hasta que se
presentó Lucina, temblando de miedo. Bien fuese porque dándole asco
aquella grasa, no quiso untarse como nosotros, ó porque sus movimientos
fueran más pausados y suaves que los del animal á quien debia imitar, ó
tambien porque cuando el Ogro la tocó dejara escapar un grito de pavor,
ó porque se le destrenzaran los cabellos; ya fuese en fin por otra causa
que ignoro, el caso es que el mónstruo la conoció.

»Estábamos todos tan ocupados en nuestra propia salvacion, que en
ninguna otra cosa reparábamos; sin embargo, yo me volví al oir el grito
lanzado por Lucina, y ví al Ogro quitándole la piel, y repeliéndola al
interior de la cueva. Seguimos, no obstante, caminando encorvados bajo
nuestro disfraz, y fuímos mezclados con el rebaño á una pradera amena,
situada entre verdes collados, adonde nos condujo el pastor. Estuvimos
allí esperando hasta que el narigudo Ogro se hubo echado á dormir á la
sombra de una espesa enramada, y entonces huimos unos hácia el mar y
otros hácia las montañas. Solo Norandino se opuso á seguirnos; pues
llevado de la extremada pasion que sentia por su esposa, se empeñó en
volver á la gruta entre el ganado, más resuelto que nunca á morir ó á
rescatar á su fiel compañera. Cuando vió al salir del encierro, que
quedaba ella sola en su cautividad, estuvo á punto de arrojarse
espontáneamente en la boca del Ogro, enloquecido por su desesperacion, y
se dirigió á él con tal intento, faltando muy poco para verse triturado
por los colmillos del mónstruo; pero le contuvo la esperanza, aunque
lijera, de sacarla de nuevo de aquella hórrida mansion.

»Cuando el Ogro volvió por la noche á la cueva con sus ganados, y
advirtió nuestra fuga que le privaba de su apetitosa cena, llamó á
Lucina, causa de aquel perjuicio, y la condenó á permanecer encadenada á
la intemperie sobre la cima de aquel peñasco. Norandino era testigo de
los padecimientos de su amante esposa y se desesperaba por no poder
proporcionarle la libertad aun á costa de su vida. El infeliz amante
tenia ocasion de presenciar por mañana y tarde la afliccion y el llanto
de Lucina, cada vez que, mezclado entre las cabras, iba al campo ó
regresaba á la gruta; y ella le suplicaba siempre con señas que no
continuara por más tiempo allí, donde su vida estaba en un continuo
peligro, sin que pudiera prestarle el menor auxilio. La mujer del Ogro
suplicaba tambien al Rey que se escapara, pero inútilmente, porque él
continuaba negándose con insistente tenacidad á marcharse sin su esposa,
creciendo su constancia más y más.

»Permaneció sumido en tanta abyeccion, incitado por el amor y la piedad,
durante largos dias, hasta el momento en que llegaron á aquella roca el
rey Gradaso y el hijo de Agrican, los cuales hicieron tanto con su
audacia, que pusieron en libertad á la bella Lucina, si bien les ayudó
la suerte más que su ingenio; y la llevaron corriendo hácia el mar;
donde la entregaron á su padre, que allí la esperaba. Esta humanitaria
cuanto arriesgada empresa se efectuó en las primeras horas de la mañana,
mientras Norandino estaba todavia encerrado en la cueva con el ganado.
Pero en cuanto se alzó del todo el velo que ocultaba el dia, y la mujer
del Ogro le anunció la feliz evasion de su esposa y el modo cómo esta se
habia llevado á cabo, dió á Dios fervorosas gracias, y concibió la
esperanza de recobrarla, ya que estaba libre de tan miserable suerte,
con la ayuda de su espada, de sus ruegos y de sus tesoros. Lleno de
alegría siguió con el rebaño hasta la pradera, y esperó á que el
mónstruo se tendiera sobre la yerba para entregarse al sueño; despues
huyó caminando dia y noche, y cuando estuvo seguro de que el Ogro no
podria darle alcance, se embarcó en Satalia[112] y hará unos tres meses
que ha llegado á Siria.

     [112] Satalieh ó Adalia, ciudad de la Turquía asiática (Anatolia),
     á 66 leguas de Esmirna.

»El Rey ha hecho buscar á la hermosa Lucina por Rodas, por Chipre, por
todas las ciudades y castillos de África, de Turquía y de Egipto, y
hasta antes de ayer no ha podido tener la menor noticia de ella. Por
fin, su suegro le ha hecho saber que acaba de llegar con ella, sana y
salva, á Nicosia, despues de haber sufrido por espacio de muchos dias
continuas tempestades. En celebridad y contento por tan buena noticia,
prepara nuestro Rey esta espléndida fiesta, y quiere que cada cuatro
lunas se haga otra igual, por serle agradable conmemorar los cuatro
meses que pasó bajo la piel de un macho cabrio entre los rebaños del
Ogro, de cuyo miserable género de vida se vió libre en tal dia como el
de mañana.

»He sido testigo ocular de la mayor parte de cuanto os he referido: el
resto lo sé por quien lo ha presenciado todo; en una palabra, por el
mismo Rey, que calendas é idus permaneció allí, hasta que recobró su
alegría. Si alguno niega estos pormenores, podreis decirle que está mal
informado.»

En tales términos narró aquel caballero á Grifon el fundado motivo de
aquella fiesta.

Embebidos con tal relato pasaron gran parte de la noche, y todos
convinieron en que el Rey habia dado grandes pruebas de un amor inmenso
y de una piedad sin límites. Cuando se levantaron de la mesa, pasaron á
descansar en cómodos y mullidos lechos, hasta que al despuntar la
aurora, serena y radiante, interrumpieron su sueño los gritos de
alegría del pueblo.

Los sonidos de los clarines y atabales que recorrian las calles,
convocaban á los habitantes á la plaza principal de la ciudad. Luego que
Grifon oyó el ruido producido en la calle por los caballos, los carros y
los mil discordantes gritos, se vistió aquella magnífica armadura, tan
perfecta como no se hallaria fácilmente otra, pues la Hada blanca la
templó por sí misma, haciéndola impenetrable y encantada. El vil
caballero de Antioquía armóse tambien y acudió al lado de Grifon. El
huésped les habia ya preparado fuertes lanzas provistas de gruesas
astas, é hizo que los acompañaran algunos de sus más próximos parientes,
saliendo él tambien con ellos, rodeado de numerosos escuderos de á pié y
de á caballo.

Llegaron á la plaza y se mantuvieron apartados, cuidándose menos de
lucir su gallardía en el terreno de la liza, que de contemplar cómo iban
acudiendo uno á uno, dos á dos, tres á tres, los marciales campeones,
prontos á tomar parte en las justas. Los unos indicaban en sus empresas
por medio de colores artísticamente combinados, la alegría ó el
quebranto que les hacian sentir sus amadas; los otros anunciaban sus
triunfos ó sus reveses amorosos en los emblemas de los cascos ó de los
escudos. En aquel tiempo acostumbraban los sirios armarse á semejanza de
los guerreros de Occidente, cuyo uso habian adquirido probablemente de
su frecuente roce con los franceses, que entonces poseian los sagrados
lugares que Dios omnipotente habitó en carne mortal, y que hoy los
cristianos, tan orgullosos como desgraciados, dejan en poder de los
perros infieles, para su eterno baldon. En lugar de enristrar nuestras
lanzas en defensa y acrecentamiento de la Santa Fé, las volvemos contra
nosotros mismos, destruyendo á los ya escasos creyentes verdaderos. ¡Oh
españoles, franceses, alemanes y suizos! encaminad vuestro valor y
vuestros esfuerzos á más dignas conquistas, porque cuanto aquí buscais,
pertenece ya á Cristo. Si los unos quereis ser llamados Católicos, y
Cristianísimos los otros, ¿por qué matais á los hijos de Jesucristo?
¿Por qué les despojais de sus bienes? ¿Por qué no reconquistais á
Jerusalen, que os ha sido arrebatada por los renegados? ¿Por qué
consentis que el aborrecido turco sea dueño de Constantinopla y de la
mejor parte del mundo?--¿No tienes, oh España, próxima á tí esa África,
que te ha ofendido mucho más que esta Italia? ¡Y por asolar este país
desgraciado, abandonas tu primera al par que hermosa empresa!--¡Y tú,
embriagada Italia, sentina de todos los vicios, tú duermes tranquila,
sin avengonzarte de ser alternativamente la esclava de aquellas naciones
de quienes fuiste en otro tiempo señora!--¡Oh Suizos! Si el temor de
morir de hambre en vuestras madrigueras os lanza sobre la Lombardia, y
buscais entre nosotros quien os dé pan ó quien ponga término á vuestra
miseria quitándoos la vida, cerca teneis las riquezas de los turcos;
arrojadles de Europa, ó por lo menos de Grecia, y así podreis salir de
vuestro continuo ayuno ó morir más gloriosamente en aquellos paises.--Lo
que os digo á vosotros, se lo repito á vuestros vecinos los alemanes:
allí están las riquezas que Constantino sacó de Roma, llevándose las
mejores y regalando las restantes. No se bailan tan distantes, como
querais emprender el camino, el Pactolo[113] y el Hermus[114], de donde
se extrae el oro; la Migdonia[115] y la Lidia[116], y aquellas comarcas
deliciosas tan celebradas en la Historia.--Y tú, gran Leon[117], á quien
hace inclinar la frente el grave peso de las llaves del cielo, no dejes
que la Italia continúe entregada á su pesado sueño, ya que la tienes
cojida por los cabellos. Tú eres Pastor, y Dios te ha confiado el
báculo, dándote al mismo tiempo un nombre temible, para que rujas, y
para que, extendiendo los brazos, protejas á tus rebaños de los ataques
de los lobos.

     [113] Riachuelo de Lidia, llamado en el dia rio de Sart ó Bagoulet,
     que arrastraba mucho oro. Segun la fábula, poseia esta propiedad
     desde que Midas se habia bañado en él.

     [114] Rio de Eolia, en el Asia menor. Hoy se llama Sarabal: desagua
     cerca de Esmirna.

     [115] Provincia de la alta Asia, entre el Chaboras y el Tigris, que
     formó parte de la antigua Mesopotamia.

     [116] Parte occidental del Asia Menor ó Anatolia.

     [117] El Papa Leon X.

Pero ¿á dónde he ido á parar en alas de mi fantasia, que, pasando de una
cosa á otra, me encuentro tan distante del camino que venia siguiendo?
No creo, sin embargo, haberlo perdido hasta el punto de no saber
encontrarlo. Decia que en Siria acostumbraban armarse como los
franceses, y que la plaza principal de Damasco resplandecia con el
brillo de los cascos y corazas. Las hermosas damas echaban desde los
balcones flores encarnadas y amarillas sobre los campeones, mientras que
al sonido de los clarines lucian estos su destreza, haciendo caracolear
y encabritarse á sus corceles. Cada cual, fuese buen ó mal ginete,
procuraba llamar la atencion, y espoleaba ó castigaba á su caballo; unos
merecian vítores y aplausos; y otros excitaban las risas y la rechifla
de los espectadores. El premio del torneo consistia en una armadura que
habian regalado al Rey pocos dias antes, la cual se encontró casualmente
en el camino un mercader, cuando regresaba de Armenia. El Rey añadió á
dicha armadura una sobrevesta de un tejido finísimo, adornándola con
tantas perlas, oro y piedras preciosas que su valor era inmenso. Si el
Rey hubiese conocido la calidad de aquella armadura, la habria preferido
á todas las que poseia, y á pesar de su generosidad y cortesía, no la
hubiera ofrecido como premio al vencedor. Como seria prolijo referir
quién la habia despreciado hasta el punto de dejarla abandonada en un
camino á merced del primero que pasara, lo diferiré para ocasion más
oportuna, y me ocuparé de Grifon.

Cuando llegó este á la plaza, ya se habian roto más de dos lanzas y
cambiado algunos tajos y estocadas. Ocho caballeros de los más adictos
al Rey, que les distinguia con su aprecio, jóvenes, diestros en el
manejo de las armas, y todos ellos jefes ó descendientes de familias
ilustres, eran los mantenedores del torneo: como tales se hallaban
dispuestos á combatir durante aquel dia, uno á uno, contra todo el que
se presentase, primeramente con lanza y despues con espada y maza, hasta
que al Rey le pluguiera suspender la lucha. Gran destrozo se hacia de
corazas; pues allí lidiaban por diversion los caballeros cual si fueran
enemigos capitales, en la única diferencia de que el Rey podia
separarlos cuando quisiese.

El caballero de Antioquía, el cobarde Martan, hombre sin fé, entró
audazmente en la liza como si la sola compañía de Grifon le hiciera
partícipe de su valor, y quedóse á un lado esperando que terminase un
empeñado combate trabado entre dos caballeros. El señor de Seleucia, uno
de los ocho mantenedores, estaba entonces peleando con Ombruno, y le dió
en el rostro tan violenta estocada, que le mató en el acto con gran
pesar de los circunstantes, que le apreciaban por su caballerosidad y
por su cortesía, en que no le igualaba ningun guerrero de aquel país. Al
ver Martan aquel espectáculo, tuvo miedo de que á él pudiera sucederle
otro tanto; y volviendo á su cobardía acostumbrada, empezó á buscar un
pretexto para huir. Grifon, que estaba á su lado y le miraba
atentamente, le hizo algunas observaciones, y en vista de su ineficacia,
le obligó á salir contra otro mantenedor que habia avanzado hasta el
medio de la plaza, como sale el perro persiguiendo al lobo; que
corriendo tras él diez ó veinte pasos, se detiene y contempla ladrando
cómo rechina su enemigo los amenazadores colmillos y el fuego sombrío
que arde en sus ojos; pero sin tener en cuenta que se hallaba un
presencia de tantos príncipes, de gente tan escogida y de tantas damas,
evitó el tímido Martan el encuentro de su adversario, y volvió riendas
hácia la izquierda. Hubiera podido echar la culpa á su caballo, que á no
dudarlo, cargaria tranquilamente con ella; pero cuando empuñó la espada,
dió tales muestras de terror y vacilacion, que ni el mismo Demóstenes
hubiera podido defenderle. Sus armas parecian de papel y no de metal;
esquivaba cada golpe temiendo verse herido; por último, abandonó el
combate, huyendo vergonzosamente en medio de las burlonas carcajadas del
pueblo. Las palmadas, los gritos y los silbidos del populacho le
persiguieron mientras corria precipitadamente hácia su alojamiento,
huyendo como lobo acosado por los perros.

Quedóse allí Grifon, que, lleno de vergüenza, se consideraba deshonrado
por la cobardía y vilipendio de su compañero: hubiera preferido verse
rodeado de llamas á encontrarse en aquel sitio. La afrenta de Martan
abrasaba su corazon, y le salia al rostro, como si la hubiese él
recibido, suponiendo que el pueblo le comparaba á aquel: creia por lo
tanto indispensable que resplandeciera su valor en todo su brillo, ya
que el más insignificante error ó la menor debilidad se exagerarian
desmesuradamente en contra suya, á consecuencia de la mala impresion
que pesaba en el ánimo de todos. Apoyó, pues, la lanza en el muslo,
confiado en la seguridad con que manejaba las armas; lanzó su caballo á
toda brida y la enristró á la mitad de la carrera, cayendo
impetuosamente sobre el baron de Sidonia, á quien derribó del primer
bote. Todos se pusieron en pié asombrados, pues esperaban precisamente
lo contrario.

Recogió Grifon su lanza, que no se habia roto con aquel golpe, y la hizo
pedazos contra el escudo del Señor de Laodicea, á quien hizo caer de
espaldas sobre la grupa del caballo; pero que despues de haber oscilado
tres ó cuatro veces, consiguió erguirse, empuñó la espada, revolvió el
caballo, y se lanzó sobre Grifon. Sorprendido este al ver á su contrario
montado todavia, y que el encuentro anterior no habia bastado para
derribarle, dijo entre sí:--«Lo que no pudo la lanza lo hará la espada
con cinco ó seis golpes.»--Y descargó sobre la cabeza de su adversario
tal cuchillada que parecia caida de las nubes, y tras de aquella otra y
otra, hasta que logró aturdirle y arrancarle de la silla.

Entre los mantenedores estaban dos hermanos de Apamea, llamados Tirso y
Corimbo, que siempre habian salido vencedores en los torneos; pero ambos
cayeron entonces bajo los golpes del hijo de Olivero. El uno fué al
suelo del primer bote; el otro cedió á la espada de Grifon. Los
espectadores estaban ya unánimes en concederle el premio de la victoria,
cuando entró en la liza Salinterno, caballerizo mayor y mariscal de la
corte, primer ministro del Rey y además guerrero esforzado. Juzgando
vergonzoso que un campeon extranjero consiguiese el galardon ofrecido,
cogió una lanza, salió al encuentro de Grifon, y le retó con altaneras
amenazas; pero nuestro héroe, por toda contestacion eligió una lanza de
entre otras diez que le presentaron, y á fin de no errar el golpe, la
dirigió contra el escudo de su contendiente, y atravesándole este, la
coraza y el pecho, hizo que penetrara el agudo hierro entre costilla y
costilla, subiendo más de un palmo por la espalda. Aplaudió su caida la
multitud porque para todos, excepto para el Rey, se habia hecho odioso
Salinterno á causa de su avaricia.

Despues de estos, Grifon hizo medir el suelo á Ermofilo y Carmondo,
ambos de Damasco: el primero era general de los ejércitos reales; el
segundo gran almirante de la Siria: el uno fué lanzado de la silla al
primer encuentro, y el otro cayó debajo de su corcel, que no pudo
sostener la impetuosa arremetida del valiente Grifon. Quedaba todavia el
Señor de Seleucia, el mejor guerrero de los ocho mantenedores, á cuyo
arrogante aspecto iba unida la excelencia de sus armas y la bondad de su
palafren. Uno y otro procuraron herirse en la visera del almete; pero el
golpe de Grifon fué dirigido con más violencia que el del pagano, á
quien hizo perder el estribo izquierdo. Ambos arrojaron los trozos de
las lanzas y se atacaron con nuevo ardor espada en mano. Grifon fué el
primero en asestar con la suya á su adversario un golpe, capaz de partir
un yunque, haciendo volar en pedazos el escudo de hierro y hueso que
aquel habia elegido entre otros mil; y á no haberle resguardado su fina
y bien templada armadura, probablemente le habria atravesado el muslo.
Casi al mismo tiempo descargó el Señor de Seleucia una cuchillada sobre
el casco de Grifon con tal violencia, que gracias á estar encantado,
como sus demás armas, no salió abierto ó roto. El pagano perdia el
tiempo inútilmente, porque, á pesar de su vigoroso brazo, no conseguia
atravesar aquella durísima armadura, mientras Grifon iba agujereando por
muchas partes la del infiel, pues no daba golpe en vago. Todos los
circunstantes conocian la ventaja que el guerrero cristiano llevaba
sobre el señor de Seleucia, por lo cual estaban convencidos de que si el
Rey, haciendo uso de su derecho, no los separaba, moriria el segundo á
manos del primero. Norandino ordenó, pues, á su guardia que entrase en
el palenque á impedir que continuase tan encarnizada pelea: hízose así,
y el público aplaudió la acertada disposicion del monarca.

Los ocho mantenedores, que estaban dispuestos pocos momentos antes á
medir sus armas con todos los campeones del mundo, y que, sin embargo,
no habian podido resistir á uno solo, fueron saliendo del palenque uno á
uno, despues de haber cumplido tan mal con su cometido. Los guerreros
que habian acudido á tomar parte en la liza se retiraron tambien al ver
que ya no tenian con quien pelear, por haber hecho Grifon solo lo que
todos ellos debian hacer contra los ocho. Así es que aquella fiesta duró
tan poco que concluyó en menos de una hora; pero Norandino, deseoso de
continuarla y aun prolongarla hasta la tarde, salió de su palco, é hizo
despejar el palenque; dividió luego en dos secciones su numerosa
comitiva, segun el rango y las proezas de los caballeros que la
componian, y dió principio á una justa nueva.

Grifon habia vuelto entre tanto á su morada, lleno de cólera y saña, más
avergonzado de la afrenta que le hiciera sufrir Martan, que satisfecho
del lauro alcanzado con su victoria. El villano Martan, secundado del
mejor modo posible por la astuta y engañosa Origila, tenia ya preparadas
mil ingeniosas mentiras para disculpar el oprobio que le rodeaba. Diera
el jóven ó no crédito á su palabra, es el caso que admitió discretamente
aquellas disculpas; pero dispuso por su bien que inmediatamente saliesen
de la ciudad con gran sigilo, temiendo que el populacho no pudiera
permanecer tranquilo si llegaba á ver á Martan. En su consecuencia,
echaron á andar por calles tortuosas y solitarias, y traspusieron en
breve las puertas de la ciudad.

Apenas habian andado dos millas, cuando Grifon se detuvo en una posada,
bien fuese porque él ó su caballo estuviesen fatigados, ó porque le
rindiera el sueño. Quitóse el yelmo y todas sus demás armas; hizo que
despojasen á su caballo de la silla y de la brida, y despues se encerró
solo en un cuarto, acostándose enteramente desnudo. Apenas reclinó la
cabeza en la almohada, cuando se cerraron sus ojos, y le sorprendió el
sueño tan profundamente como nunca pueden haber dormido los tejones ni
los lirones.

Martan y Origila, retirados á un jardin contiguo, urdieron la trama más
original que caber pueda en cabeza humana. Determinó el primero
apoderarse del corcel y de las armas y vestiduras que se habia quitado
Grifon, y regresar á Damasco para presentarse á Norandino; fingiendo ser
el caballero que habia dado tantas pruebas de valor en las justas. Al
proyecto siguió la ejecucion, y poniéndose la armadura, la sobrevesta,
la cimera, el escudo y todas las prendas de Grifon, montó en su caballo
mas blanco que la leche. Poco despues se presentó en la plaza, donde aun
se hallaba reunido el pueblo, seguido de Origila y de varios escuderos,
y llegó en el momento en que concluian los simulacros á espada y lanza.
El Rey habia ordenado que se buscara al caballero de las blancas plumas,
de blancas vestiduras y caballo blanco, deseoso de saber el nombre del
vencedor. Aquel infame, que cual el asno de la fábula disfrazado con la
piel del leon, se ocultaba bajo un arnés que no era el suyo, no bien
supo, como esperaba, que llamaban al vencedor, se presentó á Norandino,
suplantando á Grifon. El bondadoso Rey se levantó apenas le vió ante sí,
le besó, le estrechó entre sus brazos, y lo colocó á su lado: no
pareciéndole suficientes sus alabanzas particulares, y queriendo que su
valor llegase á noticia de todos, le hizo proclamar, al sonido de los
clarines, como el vencedor del torneo de aquel dia. El nombre indigno de
Martan, pronunciado en alta voz, recorrió velozmente todos los ámbitos
de la plaza. Norandino quiso que fuera cabalgando á su lado en el
tránsito al palacio, y le agasajó tanto y de tan diferentes modos, que
tal vez hubiera prodigado menos honores al mismo Hércules ó á Marte.
Designóle un magnífico y suntuoso aposento en su regio alcázar, y al
mismo tiempo hizo prodigar grandes honores á Origila, á cuyo servicio
puso los más nobles caballeros y donceles de su servidumbre.

Mas tiempo es ya de que volvamos al confiado Grifon, que léjos de
sospechar el menor engaño por parte de sus compañeros ni de otro
cualquiera, se habia dormido, y no despertó hasta la tarde. Así que se
hubo levantado y conoció que el Sol iba á terminar su carrera, pasó
presuroso de su cuarto al en que habia dejado á su falso cuñado con la
artera Origila; pero como no los encontrara en él y observara que no
estaban allí sus ropas ni sus armas, concibió algunas sospechas, que se
confirmaron al ver las de Martan en vez de sus vestiduras. Interrogado
el huésped por Grifon, le manifestó que hacia ya rato que el caballero
de las blancas armas habia regresado á la ciudad en compañía de la dama
y de sus escuderos. Poco á poco fué cayendo el velo que Amor habia
corrido hasta aquel dia sobre sus ojos, y se convenció, con gran dolor,
de que Martan era, no el hermano de Origila, sino su adúltero amante.
Entonces empezó á lamentarse, aunque en vano, de su insensatez, y de
que, habiendo sabido la verdad por boca del peregrino, fué tan necio
que dió crédito á las palabras de la que tantas veces le habia engañado.

Cuando habia podido vengarse, no supo aprovechar la oportunidad: pero á
la sazon se decidió á castigar á su fugitivo rival, aun cuando para ello
se vió obligado, por su mal, á hacer uso de las armas y del caballo de
aquel infame. Mejor hubiera hecho en marchar desnudo que en vestirse la
indigna coraza, embrazar el abominable escudo y poner en el yelmo la
enseña escarnecida de Martan; pero el rabioso deseo que sentia de
perseguir á la meretriz y á su cómplice, no le dió lugar á reflexionar.

Llegó á las puertas de Damasco cuando apenas quedaba una hora de dia. No
léjos de la puerta hácia la que se adelantaba Grifon, elevábase á la
izquierda un espléndido castillo, más adornado, bello y cómodo que
fuerte y á propósito para la guerra. El Rey, los señores y los
principales caballeros de la Siria, en compañía de hermosas y elevadas
damas, celebraban en aquella agradable morada un suntuoso y placentero
festin. Los balcones de la estancia donde este tenia efecto dominaban
las murallas, y desde ellos se descubrian extensas campiñas y los
diferentes caminos que conducian á la ciudad; por lo cual, tanto el Rey
como toda la corte vieron á Grifon por desgracia suya, cuando llegó
cerca de la puerta, cubierto con aquellas armas vilipendiadas y
escarnecidas; y tomándole todos por el cobarde caballero á quien estas
pertenecian, prorrumpieron en burlonas carcajadas.

Martan estaba sentado á la derecha del Rey, distincion que el monarca le
concedió en prueba de su aprecio, y á su lado su digna querida.
Norandino les preguntó con semblante risueño el nombre de aquel cobarde,
tan poco celoso de su honra, que se atrevia á presentarse con tal
altivez, despues de haber dado tristes y vergonzosas pruebas de su
falta de valor.

--No puedo explicarme, añadió el monarca, cómo siendo vos un guerrero
tan digno y esclarecido, tengais por compañero al hombre mas villano de
todo el Oriente. ¿Lo habeis traido acaso para que brille más vuestro
valor al compararlo con el suyo? Os juro, sin embargo, por los eternos
Dioses, que si no fuera por consideracion á vos, le castigaria tan
ignominiosamente como suelo castigar á los que se le parecen, y le haria
conservar un recuerdo indeleble de lo mucho que aborrezco á los
cobardes; pero sepa que si se va impune, debe agradecerlo á vos y solo á
vos, en cuya compañía ha venido.

Martan, que siempre fué el receptáculo de todos los vicios, le contestó:

--Alto y esclarecido Señor; no podré deciros quién sea ese caballero, á
quien encontré casualmente en el camino de Antioquía. Por su talante me
pareció digno de mi compañía, pues no habia tenido noticia ni
presenciado hasta ahora más hazaña suya que la proeza, bien triste por
cierto, que ha llevado hoy á cabo; la cual me desagradó tanto, que me
faltó poco para castigar su extraordinaria bajeza, poniéndole en estado
de no volver á manejar lanza ni espada; y si algo me contuvo, fué tan
solo el respeto al sitio en que me hallaba y el que debia á Vuestra
Majestad. Pero como no pretendo que le sirva de mérito la circunstancia
de haber sido mi compañero por uno ó dos dias, con la que me considero
deshonrado, confieso que me pesaria eternamente verle partir ileso de
entre nosotros, con mengua de la noble profesion de las armas: así es
que la mayor satisfaccion que podreis darme será la de mandarle colgar
de una almena, en vez de dejarle marchar libremente, cuyo castigo digno
y saludable servirá de escarmiento y ejemplo á los cobardes como él.

Origila se apresuró á apoyar sin ningun género de vacilacion las
palabras de Martan; pero el Rey contestó:

--En mi concepto, no es su conducta tan punible, que merezca por ella
perder la vida. Así, pues, en castigo de su grave falta, solo quiero
proporcionar una nueva diversion al pueblo.

Y llamando á uno de sus caballeros, le mandó ejecutar lo que habia
resuelto.

El caballero comisionado escogió algunos soldados, y se dirigió con
ellos á la puerta de la ciudad, donde los apostó sigilosamente esperando
la llegada de Grifon; y apenas se presentó este, cuando se echaron sobre
él tan de improviso, que le cogieron á mansalva entre los dos puentes, y
con befa y escarnio le encerraron en un oscuro calabozo, en el que pasó
toda la noche.

Apenas el Sol habia desplegado su dorada cabellera fuera del seno de la
antigua madre, y empezaba á expulsar las sombras de las playas y á
iluminar las cumbres de los montes, cuando temeroso Martan de que el
audaz Grifon hiciese oir la verdad y recaer la culpa en quien la tenia,
pidió licencia al Rey para alejarse, y emprendió su marcha, dando por
pretexto razonable la repugnancia á presenciar el castigo preparado. El
bondadoso Norandino le habia dado ricos presentes además del premio del
torneo, y especialmente un escrito en que se le concedian los mayores
honores y privilegios. Dejémosle marchar; que yo os prometo que no
tardará en alcanzar la recompensa de sus infamias.

Grifon fué sacado á la vergüenza hasta la plaza, cuando más llena estaba
de gente. Despues de quitarle el yelmo y la coraza, le habian vestido
para mayor ignominia un justillo ridículo; y como si le condujeran á la
picota, le colocaron en una gran carreta, arrastrada con paso lento por
dos vacas hambrientas y estenuadas. En derredor de tan innoble carro se
amontonaban hediondas viejas y descaradas prostitutas, que dirigian
alternativamente su marcha, prodigando á Grifon las más mordaces
injurias. Mayor era el aprieto en que le ponian los muchachos; porque,
además de dirigirle espresiones denigrantes, le habrian muerto á
pedradas, si algunas personas más sensatas no lo hubiesen impedido. Las
armas que fueron causa de su mal, por haber dado lugar á que se le
equivocara con Martan, iban atadas á la zaga de la carreta, y
arrastrando por el suelo, sufrian por el lodo el suplicio merecido.

Detúvose la carreta delante de una especie de tribunal, donde oyó Grifon
la ignominiosa sentencia que se le aplicaba por culpas ajenas, y despues
que le fué leida en particular, la publicó un pregonero con desaforados
gritos. Desde allí le fueron exponiendo á la curiosidad del pueblo
delante de todos los templos, de los edificios públicos y de las
principales casas, donde no quedó epíteto denigrante, vergonzoso y soez
que no se le dirigiese. Por último, las turbas le condujeron fuera de la
ciudad, creyendo que sus dicterios y sus rechiflas bastarian para que no
tuviera ganas de volver jamás á ella; pero mal conocian con quien tenian
que habérselas, porque así que le desligaron los piés y se vió en
libertad entrambas manos, se apoderó Grifon del escudo y de la espada
que iban arrastrando por el suelo, y como aquel grosero populacho estaba
completamente desarmado... Pero aplazaré lo que siguió para el otro
canto; pues ya es tiempo, Señor, de terminar este.



CANTO XVIII.

     Grifon venga su afrenta.--El Rey de Argel va en busca de
     Mandricardo.--Cárlos vuelve á combatir y vence.---Martan es
     castigado por su cobardía.--Marfisa vence á las gentes de
     Norandino: despues pasa á Francia con Grifon y otros guerreros;
     durante su navegacion sobreviene una tempestad.--Cloridano y el
     leal y apuesto Medoro encuentran el cadáver de su rey Dardinelo.


Magnánimo señor: con razon sobrada he alabado y alabo todas vuestras
acciones; si bien mi estilo áspero, rudo y poco á propósito les arrebata
gran parte de su gloria. Entre todas las virtudes que os adornan hay,
sin embargo, una, que aplaudo en particular con el corazon y con los
labios: esta consiste en que si á todos prestais benévola atencion
escuchando sus palabras, ninguno puede engañaros fácilmente. Con
frecuencia os he oido alegar una y más escusas en defensa de una persona
ausente á quien se haya vituperado en vuestra presencia, ú os he visto
suspender el juicio que sobre ella deberiais haber formado hasta que
pudiera sincerarse por sí misma. Por eso antes de pronunciar vuestro
fallo habeis querido ver frente á frente al acusado, escuchar las
razones que alega en su defensa, y hasta aplazar por meses y años la
sentencia antes que dictarla con perjuicio de otros.

Si Norandino obrara con igual mesura, no habria tratado á Grifon como lo
hizo; por lo cual, mientras vuestra prudencia esquisita os ha grangeado
una fama tan justa como imperecedera, él denigró extraordinariamente la
suya. La impremeditacion de Norandino fué causa de la matanza que se
siguió á la afrenta hecha á Grifon; pues este guerrero, en menos de diez
tajos y otras tantas estocadas que descargó lleno de cólera, derribó
treinta víctimas en derredor del carro. Asustado el populacho empezó á
dispersarse, huyendo por los caminos. Muchos de los fugitivos procuraron
penetrar en la ciudad, cayendo en su precipitacion unos sobre otros.
Grifon, sin prorumpir en una amenaza, sin decir una sola palabra,
acuchillaba á las turbas inermes, y olvidando toda compasion, tomaba una
venganza sangrienta de su insulto.

Una parte de los que consiguieron llegar á la puerta, merced á la
celeridad de sus piernas, levantaron de improviso el puente levadizo,
más atentos á su propia seguridad que á la de todos; los restantes,
pálidos y llorosos, continuaron huyendo sin atreverse siquiera á volver
atrás el rostro, haciendo resonar por todas partes sus lamentos, y
produciendo un ruido y un tumulto espantosos. En el momento en que
alzaron el puente, alcanzó Grifon á dos de los que por su desgracia
quedaron fuera de él: al uno le estrelló contra una dura piedra la
cabeza, cuyos sesos se desparramaron por el campo; cogió al otro por la
cintura, y lo arrojó por encima de los muros al interior de la ciudad.
Cuando los habitantes de Damasco vieron aquel hombre que caia del cielo,
sintieron circular por sus huesos el frio de la muerte, por creer que el
terrible Grifon habia atravesado de un salto las murallas. Un asalto que
hubiese dado á Damasco el Soldan de Egipto no produciria seguramente
mayor confusion. El choque de las armas, las corridas de las personas,
los gritos penetrantes y los sonidos mezclados de clarines y atabales
llenaban el espacio y repercutian hasta en los cielos. Pero me parece
conveniente dejar para otra ocasion el término de esta aventura, y
pasaré á ocuparme del buen rey Cárlos, á quien dejé acometiendo á
Rodomonte, que exterminaba á sus gentes.

Dije que el Rey iba acompañado del gran Danés, Namo, Olivero, Avino,
Avolio, Oton y Berlingiero. Ocho botes de lanza, dirigidos por estos
ocho guerreros con toda su fuerza, se embotaron en la escamosa coraza
que defendia el pecho del cruel mahometano: Rodomonte se irguió
rápidamente despues de haber sostenido aquel choque, capaz de arrancar
un monte de su base, cual se eleva un buque cuando el nauta le va
orzando lentamente ante la impetuosidad del viento. Formando un círculo
en torno del arrogante sarraceno estaban Guido, Raniero, Ricardo,
Salamon, el traidor Ganelon, el leal Turpin, Angioliero, Angiolino,
Hugo, Ivan, Marco y Mateo del llano de San Miguel, los ocho de que antes
hice mencion, y Arimano y Odoardo de Inglaterra, que habian entrado en
la ciudad poco antes. No se estremecen tanto los elevados muros de la
sólida fortaleza fundada sobre los peñascos de los Alpes, cuando la
furia del Boreas ó del Garbino[118] arranca los fresnos y los abetos de
las montañas, como se estremeció de cólera y de orgullo el Sarraceno,
ébrio de furor y sediento de sangre: tan rápidas como el rayo y la saeta
fueron su ira y su venganza.

     [118] Boreas, viento frio y seco, del Norte.--Garbino, viento del
     Mediterráneo, conocido vulgarmente con el nombre de _leveche_.

Descargó una cuchillada sobre el que tenia más cerca, que fué el
desgraciado Hugo de Dordoña, y lo derribó con la cabeza hendida hasta
los dientes, á pesar del buen temple de su yelmo. A su vez recibió
Rodomonte un diluvio de golpes en todo el cuerpo, pero producian el
mismo efecto que el que produce una aguja en un yunque: tan
impenetrables eran las escamas de su coraza. En breve quedaron
desamparados todos los reductos y la ciudad entera; porque los soldados
se dirigieron en tropel á la plaza, donde era más necesario su esfuerzo
para acudir en auxilio de Cárlos. Aquellos hombres que poco antes huian
despavoridos, corrian ahora por todas las calles hácia la plaza; pues la
presencia del Rey les infundia tal ánimo, que cada cual sentia renacer
su valor, y empuñaba con nuevo ardor las armas.

Cuando en algunas ocasiones, por ofrecer una diversion al pueblo, suele
encerrarse un indómito toro en la reforzada jaula de una leona
acostumbrada á reñir, los cachorros de esta, al ver agitarse al toro con
la cabeza erguida y mugiendo, y asustados por las prolongadas astas, se
recogen á un lado tímidos y confusos; pero si su fiera madre se lanza
sobre su adversario y le clava en las orejas los afilados dientes,
quieren á su vez hacer correr la sangre y acuden atrevidos en socorro de
la leona, mordiendo al toro, unos en el lomo, y otros en el vientre.
Imitando á los cachorros de la leona, empezaron á descargar los
parisienses sobre el pagano una verdadera y espesa lluvia de
proyectiles, dirigidos desde las azoteas, desde las ventanas y aun desde
más cerca. Apenas cabian en la plaza los infantes y ginetes que en ella
se aglomeraron; las turbas que acudian por todas partes parecian
enjambres de abejas; y eran tan numerosas, que aun cuando, por estar
desarmadas y casi desnudas, seria más fácil acuchillarlas que tronchar
una col, no habria podido Rodomonte exterminarlas en veinte dias aunque
formaran un solo grupo.

El pagano empezaba á arrepentirse de su temeridad, por no saber cómo
salir de aquel apuro. A pesar de que enrojecia el suelo la sangre de más
de mil enemigos, no se notaba disminucion en estos; abrumábale el
cansancio y respiraba ya difícilmente; por lo cual comprendió al fin,
que si no se apresuraba á escapar mientras conservaba algun vigor y
permanecia ileso, podria sucederle muy bien que cuando quisiera huir ya
no le fuese posible. Dirigió en su derredor horribles miradas, y observó
que por todas partes tenia cerrada la salida; pero se decidió á abrirse
camino por entre los cadáveres de sus adversarios; y esgrimiendo con
furia su tajante espada, acometió aquel impío á la hueste británica, que
acababa de llegar al mando de Odoardo y Arimano. El que haya visto la
terrible dispersion que causa el embravecido toro, acosado en la plaza
por los perros, y estimulado ó herido todo el dia por la apiñada
muchedumbre que se agita en torno de las barreras, cuando rompiendo la
valla, acomete furioso á la aterrada turba, y engancha á unos y otros
con sus cuernos, puede pensar que el aspecto del cruel africano cuando
acometió á sus enemigos, fué semejante al de la fiera, ó más terrible.
Cortó de través por medio del cuerpo á quince ó veinte; hizo volar las
cabezas de otros tantos, sin emplear para cada uno más que un solo
golpe, bien ó mal dirigido: no parecia sino que estuviese podando vides
ó ramas de árboles. Por último, dejando á su paso cabezas hendidas,
brazos cortados, y hombros piernas y otros miembros esparcidos por el
suelo, consiguió abrirse un camino para escapar.

Su retirada, empero, no podia calificarse de fuga; pues conservando su
valor, y sin dar la menor muestra de espanto, se puso á considerar cuál
seria el camino más seguro para salir de la ciudad. Llegó al fin al
sitio por donde el Sena se desliza junto á la isla interior y sale de la
poblacion por debajo de las murallas. Cual generoso leon que, perseguido
al través de los bosques númidas ó masilios, se muestra arrogante y
valeroso en su fuga, y se interna en la selva pausado y amenazador, así
Rodomonte, siempre altivo, animoso siempre, atravesó por entre un bosque
terrible de lanzas, espadas y venablos, y con lento y seguro paso,
aproximóse al rio y se tiró á él. Era tanto, sin embargo, lo que le
excitaba su saña, que á pesar de encontrarse fuera del alcance de sus
enemigos, volvió varias veces á atacarlos y á teñir en sangre su espada,
haciendo morder el polvo á un centenar de ellos; pero al fin la razon
venció á la cólera; suspendió aquella carnicería cuyo olor llegaba hasta
el cielo; y se arrojó al agua, librándose así de tanto peligro, y
nadando completamente armado, como si estuviese provisto de aletas.

¡Oh África! Por más que te envanezcas de haber sido cuna de Anteo y de
Anibal, no ha visto en tu seno la luz ningun guerrero que á Rodomonte
pueda compararse! Apenas llegó á la orilla opuesta, se arrepintió de
dejar á sus espaldas aquella ciudad, que recorriera en toda su
extension, sin incendiarla ó destruirla por completo; y sentíase tan
inflamado por la soberbia y la ira, que estuvo á punto de penetrar
nuevamente en su recinto, y por largo rato la contempló gimiendo y
suspirando, sin poder decidirse á abandonarla hasta arrasarla
enteramente; pero, en medio de su insensato furor, vió venir por la
orilla del rio á quien logró extinguir el odio y paralizar la ira.
Pronto os diré quién era este, pero antes he de tratar de otro asunto.

Debo ocuparme de la altanera Discordia, á quien el arcángel Miguel habia
dado el encargo de suscitar querellas y combates entre los guerreros más
valientes que rodeaban á Agramante. La Discordia se separó de los
frailes aquella misma tarde, despues de haber recomendado al Fraude que
ocupara su puesto en el convento, y que procurara mantener vivos el
desórden y la desunion entre los monges hasta su regreso. Considerando
que la compañía de la Soberbia seria de mucha utilidad para su empresa,
le dijo que la siguiera, pues como habitaban juntas en el mismo
monasterio, no tuvo que andar mucho para buscarla. La Soberbia consintió
en ello, pero no se alejó sin dejar quien la sustituyese en el convento;
y como supuso que su ausencia duraria pocos dias, eligió á la Hipocresia
por su lugarteniente.

Pusiéronse, pues, en marcha la implacable Discordia y la Soberbia, y en
el camino encontraron á los afligidos y desconsolados Celos, que, como
ellas, se dirigian al campo sarraceno, acompañados de un diminuto enano,
enviado por la bella Doralicia para que refiriera al rey de Sarza su
aventura. Cuando Doralicia cayó en poder de Mandricardo, segun os he
referido en otro lugar, encargó sigilosamente al enano que fuese á dar
la noticia de su rapto á aquel rey, esperando que no llegaria á sus
oidos en vano, y que pronto daria nuevas y admirables pruebas de su
pujanza, rescatándola de las manos del ladron que de tal modo la habia
arrebatado y vengándose cruelmente de él. Los Celos encontraron al
enano, y una vez conocido el motivo de su viaje, se pusieron á caminar á
su lado, suponiendo que tendrian que intervenir para algo en aquella
cuestion. Muy grato le fué á la Discordia su encuentro con los Celos;
pero mucho más cuando supo la causa de su ida al campo mahometano; pues
su auxilio le podria servir de mucho para el logro de sus planes.
Teniendo ya un excelente medio para enemistar al hijo del rey Agrican
con Rodomonte, solo le faltaba encontrar otro para desunir á los demás
jefes.

Encamináronse con el enano al sitio donde la garra del terrible pagano
se habia clavado en París, y llegaron á la orilla del rio en el momento
en que Rodomonte salia de él á nado. En cuanto conoció el sarraceno al
mensajero de su amada, dominó su cólera, serenó su frente y se sintió
inflamado de nuevo valor, esperando oir alguna noticia agradable; pues
estaba muy léjos de sospechar el ultraje que se le habia inferido.
Adelantóse al encuentro del enano y le preguntó alegremente:

--¿Qué nuevas me traes de nuestra Doralicia? ¿Dónde te envia?

El enano respondió:

--No puede llamarse tuya ni mia la dama que de otro es sierva. Ayer
encontramos en el camino á un caballero, que nos la arrebató y se la
llevó consigo.

Apenas profirió el enano estas palabras, se adelantaron los Celos, frios
cual la serpiente, y se abrazaron al infiel. El enano continuó su
narracion, y refirió cómo un solo caballero se habia apoderado de la
doncella, exterminando á cuantos la custodiaban. La Discordia cogió
entonces el pedernal y el eslabon, sacó algunas chispas, y aplicando la
yesca encendida á la Soberbia, produjo en un momento un fuego abrasador,
con el que incendió de tal modo el corazon de Rodomonte, que estuvo á
punto de consumirle. El sarraceno rugió de cólera, y con rostro
descompuesto y horrible prorumpió en amenazas contra el cielo y los
elementos. Como la tigre que al descender desde la montaña á su vacia
guarida, empieza á registrarla por todas partes, y comprendiendo al fin
que le han sido arrebatados sus hijuelos, se siente acometida de tal
furor, tanta rabia y frenesí tan grande, que no la detienen los montes,
los rios, ni las tinieblas de la noche, y ni el cansancio, ni el granizo
son bastantes á refrenar el odio que la lleva en pos del cazador, así
tambien Rodomonte, poseido de frenética ira, se volvió hácia el enano, y
diciéndole: «Sígueme», echó á andar sin añadir una sola palabra y sin
esperar á proporcionarse un corcel ó un carro. Caminaba con más
velocidad que el lagarto cuando atraviesa un camino abrasado por los
rayos del Sol. Como carecia, de caballo, se propuso apoderarse del
primero que encontrara, de quien quiera que fuese. No bien hubo
adivinado la Discordia este pensamiento, cuando miró sonriéndose á la
Soberbia, y le dijo que queria ir á buscar un corcel que fuese causa de
nuevas querellas y nuevas contiendas para el sarraceno, así como
despejar todo el camino, á fin de que no se presentara en él más caballo
que el que ella designara; pues ya habia calculado dónde encontrarlo.
Pero dejemos á Rodomonte y volvamos á Cárlos.

Despues de la retirada del sarraceno, consiguió Carlomagno dominar el
incendio que por todas partes le rodeaba, y en seguida reorganizó sus
soldados, colocando guardias en los sitios que ofrecian más débil
resistencia. Lanzó los restantes sobre los sarracenos, decidido á
terminar de una vez la pelea, y dispuso una salida simultánea por todas
las puertas, desde la de San German hasta la de San Víctor, con órden de
dirigirse todos al fronte de la puerta de San Marcelo, donde habia una
extensa llanura, y de que estas distintas divisiones se esperasen unas á
otras, hasta formar un solo cuerpo. En seguida, animando con la voz á
sus guerreros y excitándoles á que dieran pruebas tales de su bravura,
que se conservara eterno recuerdo de ellas, hizo que los diferentes
escuadrones emprendieran la marcha, dando la señal del ataque.

Entre tanto, el rey Agramante habia vuelto á montar á caballo, no
obstante los esfuerzos de los cristianos para impedirlo, y trabó un
terrible y descomunal combate con el amante de Isabel. Lurcanio, por su
parte, cambiaba furiosos golpes con el rey Sobrino; y Reinaldo acometia
intrépidamente á un escuadron entero, al que arrollaba, destrozaba y
ponia en fuga, ayudado por la fortuna tanto como por su valor. En tal
estado se hallaba la batalla, cuando el Emperador atacó la retaguardia
de los moros por el sitio en que ondeaba la enseña del rey Marsilio, en
torno de la cual se hallaba reunido lo más escogido de los guerreros
españoles. Con la infanteria en el centro, y en los flancos la
caballeria, dió Cárlos la señal de ataque á sus animosos soldados,
acompañado de un horrísono estruendo de clarines y tambores que hasta el
cielo retumbaba. Las huestes sarracenas empezaron á batirse en retirada,
y hubieran emprendido la huida destrozadas, diseminadas y deshechas,
para no volver á reunirse más, si no se hubiesen presentado el rey
Grandonio y Falsiron, que más de una vez se habian visto en mayores
apuros, acompañados de Balugante, del feroz Serpentin y de Ferragús, que
decia á sus soldados con voz estentórea:

--Valerosos guerreros, compañeros, hermanos mios: manteneos firmes, y
los enemigos verterán toda su sangre, como no faltemos á nuestro deber.
¡Pensad en la gloria, en el botin inmenso que la fortuna nos depara hoy,
si somos vencedores! ¡Pensad tambien en la vergüenza y en la desgracia
que nos afligirá eternamente si salimos vencidos!

Diciendo esto, cogió una lanza enorme y cayó sobre Berlingiero, que se
estaba batiendo con Argalifa, y ya le habia hecho pedazos el casco:
derribóle en tierra, y desnudando la espada, hizo caer otros ocho en su
derredor. Cada uno de sus golpes arrojaba de la silla por lo menos á un
enemigo. En otra parte, Reinaldo hacia tal matanza de paganos, que me
seria imposible calcular su número: donde él se hallaba, no lograban
rehacerse sus contrarios, que le hacian ancha plaza. Zerbino y Lurcanio
peleaban con iguales brios, distinguiéndose de modo que su nombre
circulaba de boca en boca por el campo de batalla: este habia muerto de
una estocada á Balastro, jefe de las tropas de Alzerbe, mandadas poco
tiempo antes por Tardoco; aquel habia hendido el yelmo de Finaduro, que
iba al frente de los soldados de Zamor, Saffi y Marruecos. Pero podrá
decírseme: ¿no existia, por ventura, entre los africanos un solo
caballero que supiera manejar la lanza ó la espada? Paciencia, que á
ninguno privaré de la gloria que haya adquirido.

No dejaré sepultado en el olvido al rey de Zumara, el noble Dardinelo,
hijo de Almonte, que derribó con su lanza á Huberto de Milford, Claudio
del Bosco, Elio y Dulfin del Monte, y con la espada á Anselmo de
Strattford y á Raimundo y Pinamonte de Lóndres, y eso que eran de los
más vigorosos. Dos de ellos quedaron sin sentido, uno herido y muertos
los cuatro restantes. Mas, á pesar del brillante valor de que daba
pruebas, no pudo conseguir que sus soldados resistieran al ímpetu de los
nuestros, menos numerosos en verdad, pero tambien más valientes, más
expertos en el manejo de las armas y mucho mejor disciplinados y
equipados: así es que los moros de Zumara, de Ceuta, de Marruecos y de
Canarias emprendieron la fuga, y en especial los de Alzerbe, á quienes
se opuso el noble jóven, procurando reanimarlos, ya con sus ruegos, ya
con palabras duras.

--Ahora veremos si Almonte mereció que respetárais su memoria, les dijo;
ahora veré tambien si sois capaces de abandonarme á mí, á su hijo, en
medio de tan gran peligro. Deteneos; os lo ruego en nombre de mi juvenil
edad, en la que habeis fundado toda vuestra esperanza. ¿Preferireis
acaso morir sin defenderos, y que no vuelva ni uno solo de nosotros al
África? Si no permanecemos estrechamente unidos, todos los caminos se
nos cerrarán; porque al regresar separados, tropezaremos con las
montañas, que cual elevados muros nos rodean, y con el proceloso mar,
que es un foso demasiado ancho. Mucho mejor es perecer aquí, que
entregarse á merced de esos perros. Por Dios, amigos mios, conservad
vuestro ánimo; porque cualquiera otra determinacion es inútil, y debeis
además considerar que nuestros enemigos no tienen más alma, más vida, ni
más brazos que nosotros.

Diciendo estas palabras, el vigoroso jóven acometió al conde de Athol y
le dió la muerte.

El recuerdo de Almonte reanimó de tal modo el valor del ejército
africano, antes fugitivo, que juzgó mejor defenderse á todo trance, que
volver las espaldas. Guillermo de Burnick sobresalia entre todos los
guerreros ingleses de toda la altura de su cabeza: le atacó Dardinelo y
se la cortó de un solo tajo, igualando así su estatura á la de los
otros. Despues hizo lo mismo con Aramon de Cornouailles, cuyo hermano
corrió á prestarle auxilio; pero Dardinelo le hendió desde los hombros
hasta donde termina el estómago: en seguida atravesó el vientre á Bogio
de Vergalle, dispensándole con esto de cumplir la promesa que á su
esposa habia hecho de regresar á su lado vencedor al cabo de seis meses.
El gallardo Dardinelo divisó no muy léjos á Lurcanio, que habia tendido
á sus piés á Dorquin con la garganta atravesada, y á Gardo con la cabeza
hendida hasta los dientes, y acababa de inmolar á Alteo, que quiso huir,
pero lo hizo con demasiada lentitud, pues alcanzándole el guerrero
escocés, le asestó un golpe en la nuca que le causó la muerte. Al ver el
africano tendido á Alteo, á quien amaba tanto como á si propio, cogió
una lanza y corrió á vengarle, ofreciendo á Mahoma (dado caso de que le
pudiera oir), que si lograba vencer á Lurcanio, colgaria como ofrenda
su armadura en la mezquita del falso profeta. Atravesando como un
relámpago el espacio que del cristiano le separaba, le dió en un costado
tan violento bote de lanza, que le pasó de parte á parte, mandando á sus
soldados que le despojaran de sus armas.

Juzgo inútil describir el dolor que sintió Ariodante por la pérdida de
su hermano, así como manifestar los deseos que tuvo de enviar por su
propia mano el alma de Dardinelo á los infiernos. Pero la apiñada
multitud de moros y cristianos no le dejó el paso franco. Anhelaba una
pronta venganza, y para satisfacerla procuraba abrirse un camino
sangriento con la espada. En su furor arrollaba, aterrorizaba, ponia en
fuga, heria ó exterminaba á cuantos salian á su encuentro ó le hacian
frente. Dardinelo, conociendo los deseos de Ariodante, se esforzaba por
su parte en allanarle el camino para realizarlos, aunque en vano, porque
tambien se lo impedia la muchedumbre que tenia delante y que
esterilizaba todos sus esfuerzos. Si el uno causaba una espantosa
mortandad en los moros, el otro le imitaba, haciendo exhalar el último
aliento á un sinnúmero de escoceses, de ingleses y franceses. La Fortuna
interceptó de tal modo su camino, que no lograron encontrarse frente á
frente en todo el dia: reservaba á Dardinelo un adversario más famoso,
pues el hombre rara vez, consigue burlar su estrella. Reinaldo se
dirigia hácia aquel lado, á fin de que la aglomeracion de los guerreros
no sirviese de defensa á la vida de uno de sus enemigos. Reinaldo se
acercaba, guiado por la Fortuna, que queria proporcionarle la gloria, de
arrancar la existencia á Dardinelo.

Pero baste por ahora con lo dicho acerca de las ínclitas proezas que se
llevaban á cabo en Occidente. Tiempo es ya de volver á Grifon, á quien
dejé lleno de ira y despecho, haciendo huir á aquella despavorida
multitud con un miedo cual nunca lo hablan conocido los fugitivos.
Admirado Norandino de aquel tumulto, corrió á informarse por sí mismo de
la causa que lo motivaba, seguido de más de mil guerreros armados. Al
ver el Rey huir á todo el pueblo, se adelantó con sus tropas hácia la
puerta, é hizo que la abrieran inmediatamente. Habiendo ahuyentado
Grifon entre tanto á aquella turba soez y cobarde, se cubrió de nuevo
con la despreciada armadura de Martan, presumiendo que tendria necesidad
de emplearla en su defensa; y retirándose á un templo próximo, rodeado
de sólidas paredes y de un foso profundo, se hizo fuerte á la cabeza de
un puente que le daba acceso, á fin de que sus enemigos no pudieran
cogerle en medio. Salió de pronto por la puerta de la ciudad un numeroso
escuadron de soldados, prorumpiendo en gritos y amenazas, que ni le
hicieron variar de posicion, ni sentir el menor espanto. Cuando aquella
hueste estuvo cerca de él, salió á su encuentro hasta la mitad del
camino, y despues de haber hecho en ella una espantosa carnicería
empuñando la espada con ambas manos, se refugió en el estrecho
puentecillo, y desde allí continuó teniendo á raya á sus agresores, ya
acometiendo á su vez, ya retirándose, pero dejando siempre sangrientas
huellas de su paso. Caian sin cesar infantes y ginetes al impulso de sus
descomunales cuchilladas; á pesar de lo cual, aquella lucha iba
haciéndose cada vez más encarnizada y peligrosa; porque el pueblo entero
acudia contra él, en términos de que Grifon temió al fin sucumbir,
agobiado por la multitud que le estrechaba de cerca, y además por estar
herido en el hombro y en el muslo izquierdo y sentir que le iba faltando
el aliento. Pero la Virtud, protectora de los valientes, le hizo
encontrar gracia para con Norandino; mientras este rey acudia á
informarse de la causa del tumulto, tuvo ocasion de ver á tantos
vasallos suyos muertos ó cubiertos de heridas, que parecian hechas por
la mano de Héctor[119], como testimonio fehaciente de la injusticia con
que poco antes habia infligido un castigo afrentoso á un caballero
intachable. Cuando poco despues se aproximó á Grifon, y pudo contemplar
de cerca al guerrero que estaba exterminando á sus gentes y tenia ante
sí un horrible monton de cadáveres, cuya sangre enrojecia el agua de
aquel foso, creyó ver al mismo Horacio defendiendo el puente contra la
Toscana entera[120].

     [119] El más hábil y valiente de los capitanes troyanos, hijo de
     Príamo, rey de Troya. Su valor fué causa de que le dieran el nombre
     de Héctor, que significa _áncora_, por que se le consideraba como
     el apoyo y áncora de los troyanos.

     [120] Horacio Cocles, héroe de los primeros tiempos de Roma:
     defendió solo contra todo el ejército de Porsenna la entrada del
     puente Sublicio, mientras sus compañeros lo cortaban detrás de él;
     luego que fué destruido, se arrojó al rio armado, lo atravesó á
     nado y entró en Roma sano y salvo.

Anhelando salvar la vida de tan esforzado campeon, y reparar su anterior
injusticia, que no podia menos de redundar en su descrédito, hizo que se
retiraran sus gentes, lo que en honor de la verdad, no le costó gran
trabajo, y elevando la mano desnuda y sin armas, ademan usado
antiguamente en señal de tregua ó de paz, gritó á Grifon:

--Confieso que estoy arrepentido y que me pesa en el alma la falta que
he cometido contigo; pero mi poca reflexion por una parte, y por otra,
las instigaciones de algunas personas, me han obligado á incurrir en tan
grave error. He hecho sufrir al caballero más digno del mundo lo que
creia dirigido al más villano; y aun cuando el honor que te dispenso al
hablarte de este modo iguala y disminuye, ó mejor aun, supera á la
injuria y á la afrenta que se te ha hecho hoy por ignorancia, estoy
dispuesto á darte la mayor satisfaccion que me sugiera mi mente ó que
sea digna de mi poder, y ojalá pudiera consistir en oro, en castillos ó
en ciudades. Pídeme, si así te parece, la mitad de mis estados: pronto
estoy á cedértelos; pues tu preclaro valor no solo te hace merecedor de
este donativo, sino tambien dueño de mi corazon: y en prueba de ello, hé
aquí mi mano; estréchala, en señal de fé y amistad eterna.

Así diciendo, se apeó del caballo y tendió á Grifon su diestra.

El jóven guerrero, conmovido ante la bondad de Norandino, que se
adelantaba hácia él con los brazos abiertos, olvidó su saña, arrojó la
espada, y le abrazó humildemente las rodillas. Observando el Monarca que
de las dos heridas de Grifon brotaba copiosa sangre, mandó
inmediatamente que la restañaran, y despues le hizo llevar á la ciudad,
alojándole en su real palacio, donde pasó algunos dias sin poderse
armar, curándose de sus heridas.

Pero dejémosle en Damasco, y acudamos á Palestina al encuentro de su
hermano Aquilante y de Astolfo. Desde que Grifon se alejó de los santos
muros de Jerusalen, no cesaron los dos caballeros de buscarle por todos
los sitios de aquella ciudad dignos de veneracion, recorriendo tambien
todos los alrededores, sin que uno ni otro consiguieran averiguar su
paradero. Iban perdiendo ya la esperanza de lograr su objeto, cuando
tropezaron casualmente con el peregrino griego de que en otro lugar he
hablado, el cual, conversando con ellos, les manifestó que Origila habia
emprendido el camino de Antioquía de Siria en compañía de un nuevo
amante, hijo de aquella ciudad, del que se habia prendado
repentinamente. Aquilante le preguntó si habia participado tal noticia á
Grifon; y oida la contestacion afirmativa del peregrino, dedujeron desde
luego la causa de la ausencia de aquel; la cual no podia ser otra sino
el deseo de ir á Antioquía en busca de Origila con intencion de
arrancarla de las manos de su rival y tomar de él grande y memorable
venganza.

Aquilante no podia tolerar que su hermano hubiese acometido semejante
aventura sin ir en su compañía: así es que apercibió sus armas, y marchó
en su seguimiento, rogando antes á Astolfo que demorase su regreso á
Francia y al hogar paterno hasta que él volviese de Antioquía.
Pareciéndole más rápido y mejor el viaje por mar, bajó hasta Jaffa,
donde se embarcó. Tuvo durante la navegacion un viento del Mediodia tan
fuerte y al mismo tiempo tan favorable á sus deseos, que al dia
siguiente divisó las costas de Sour[121] y las de Sakfet, unas tras
otras; pasó despues por Beyruth y Dgebileh, dejando á su izquierda la
isla de Chipre, y dirigió la proa hácia el golfo de Layax, costeando las
playas de Tortosa de Trípoli y Lizza. El piloto hizo virar la nave,
airosa y veloz, en direccion del Oriente, y encaminó su rumbo en demanda
del Oronte[122], por cuya embocadura entró bien pronto. Una vez allí,
Aquilante hizo echar el puente, saltó en tierra, y montado en su brioso
corcel, marchó por la orilla del rio hasta llegar á las puertas de
Antioquía.

     [121] Nombre actual de la antigua Tiro.

     [122] Rio de Siria, llamado hoy Aasí, que sale del Líbano, pasa por
     Antioquía y desemboca en el Mediterráneo.

En aquella ciudad procuró adquirir los informes necesarios con respecto
á Martan, y supo que se habia ido con Origila á Damasco, donde debia
celebrarse un gran torneo por órden del Rey. Le aguijoneaba de tal modo
el deseo de ir en pos de Martan, persuadido como estaba de que su
hermano le habria seguido, que en el mismo dia salió de Antioquía, si
bien no creyó oportuno volver de nuevo á embarcarse. Dirigióse pues por
el camino de Lidda y Larisa, dejando á sus espaldas á la rica y populosa
Alepo. El Supremo Hacedor, para mostrar que en este mundo no deja sin
recompensa á las buenos ni sin castigo á los malos, hizo que Aquilante
encontrase á Martan á una legua escasa de Manuga. Martan hacia llevar
delante de sí, con grande aparato, los premios alcanzados en el torneo.

A primera vista creyó Aquilante que aquel infame era su hermano,
engañado por las armas y por las vestiduras más blancas que la nieve
intacta de que iba engalanado Martan: lanzó una exclamacion de alegría,
é iba á hablarle, cuando conociendo su error, expiró la palabra en sus
labios y oscurecióse su semblante. Inmediatamente le asaltó la sospecha
de que Grifon podria haber muerto á manos de Martan, víctima de algun
engaño tramado por Origila, y le gritó:

--Dime, tú, que debes de ser un ladron y un traidor, como lo demuestra
tu semblante; ¿dónde has adquirido esas armas? ¿dónde has montado en el
excelente corcel de mi hermano? Dime si Grifon ha muerto ó vive, y como
es que le has privado de sus armas y de su caballo.

Cuando Origila oyó los acentos de aquella voz furiosa, volvió
rápidamente las riendas á su palafren para huir; pero Aquilante fué más
veloz que ella y la obligó á volver de buen ó mal grado. Martan,
sobrecogido de improviso por las amenazas terribles del caballero, se
puso lívido, empezó á temblar como la hoja en el árbol y no supo qué
decir ni qué hacer. Aquilante continuó en sus insultos y amenazas,
llegando hasta ponerle la espada en la garganta, y jurando degollar á
ambos si no le revelaban toda la verdad de lo acaecido. Martan, en mal
hora llegado á aquel sitio, balbuceó algunas palabras, y buscando en su
imaginacion algun pretexto que disminuyera su falta, contestó por fin:

--Has de saber, Señor, que esta dama es hermana mia, y como yo, hija de
padres honrados y virtuosos, si bien Grifon la ha obligado vivir
deshonestamente con él para vergüenza y oprobio de mi hermana. Yo, que
no podia soportar tal infamia, pero que tampoco me sentia con ánimo
suficiente para arrebatarla á la fuerza á tan bravo caballero, determiné
valerme para conseguirlo de la astucia y del disimulo. Concerté con mi
hermana, cuyo deseo más vivo era el de volver á su vida honrada, el modo
de llevar á cabo mi proyecto, y un dia, mientras Grifon dormia
tranquilamente, se alejó cautelosamente de su lado. Para impedirle que
la siguiera y desconcertara nuestros planes, nos apoderamos de su corcel
y de sus armas, y hemos llegado aquí en el estado en que nos ves.

Hubiera podido Martan envanecerse por su superchería, á la que
fácilmente diera crédito Aquilante, mucho más cuando era verosímil lo
del robo de las armas, caballo y demás prendas pertenecientes á Grifon;
pero quiso llevarla demasiado léjos, añadiendo á ella una insolente
mentira, como era la de suponer hermana suya á Origila, y esto fué lo
que le vendió; porque como Aquilante habia sabido en Antioquía por
muchos conductos que aquella era su concubina, conoció el ardid, y
exclamó lleno de cólera:--Mientes, ladron.--Y en seguida le descargó un
puñetazo tan terrible en el rostro, que le obligó á tragarse dos
dientes. Sin detenerse á más, ni darle otras explicaciones, le asió los
brazos y se los ató á la espalda con una cuerda, haciendo otro tanto con
Origila, á pesar de todos sus ruego y protestas. Aquilante los hizo
caminar luego ante si, cruzando ciudades y castillos, sin abandonarles
un momento hasta que llegaron á Damasco, propuesto como estaba á
llevarlos, haciéndoles sufrir toda clase de humillaciones, hasta el fin
del mundo, si necesario fuese, ínterin no encontrase á su hermano, á
cuya merced deseaba entregarlos.

Acompañado de ambos cómplices, de sus escuderos y de sus palafrenes,
entró Aquilante en Damasco, y apenas puso en la ciudad los piés oyó el
nombre de Grifon circulando de boca en boca en medio de alabanzas
universales. Los grandes, los pequeños, todos los habitantes, en fin, de
Damasco le conocian ya, y sabian que él era el que dió tantas pruebas de
su valor en el torneo, y que un compañero suyo le habia arrebatado el
premio de la jornada con una audacia increible. Apenas entró Martan en
la ciudad, fué conocido, y señalándole los transeuntes con el dedo,
empezaron á decir:

--¿No es ese el vil cobarde que se apropia las hazañas de otro, y ha
hecho recaer su infamia y su oprobio en un caballero valiente, aunque no
tan astuto como él?--¿No es esa la ingrata mujer que vende á los buenos
y ayuda á los perversos?

--Son tal para cual, decian otros; parecen nacidos el uno para el otro.

Empezaron á llenarles de improperios, y á correr tras ellos furiosos,
gritando:--«Que los empalen; que los quemen vivos; que los
descuarticen.»--El populacho, ansioso de verlos, corria, se empujaba y
salia á su encuentro por las calles y plazas. Pronto llegó á oidos del
Rey esta noticia, que le causó al parecer tanto regocijo como si hubiese
conquistado otro reino. Sin esperar á que se reuniese su escolta, salió
presuroso y tal como se encontraba al encuentro de Aquilante, que habia
conseguido vengar á su hermano: le dispensó una acogida tan cordial como
honrosa, le ofreció un asiento á su mesa y alojamiento en su palacio, y
habiendo mandado encerrar á los dos presos en una torre, le acompañó á
la cámara en que aun se hallaba Grifon retenido en el lecho por sus
heridas. Ruborizóse este así que vió á su hermano, por suponer que debia
ya tener noticia de su aventura, y despues que Aquilante se hubo burlado
un poco á sus expensas, determinaron imponer un justo castigo á aquellos
dos culpables que habian caido en manos de sus adversarios. Aquilante y
el rey querian hacerles sufrir mil distintas penas; pero Grifon
intercedió por ambos, no atreviéndose á hablar en favor de Origila sola,
y empleó toda su elocuencia para alcanzar su perdon, logrando que
Norandino consintiera en que Martan no muriese, si bien deberia ser
azotado públicamente por mano del verdugo. Al siguiente dia le hicieron
recorrer todas las calles de la ciudad, sujeto con ligaduras que no eran
por cierto de flores ni hojas, y le azotaron ignominiosamente. En cuanto
á Origila, dispusieron que continuase cautiva hasta el regreso de la
bella Lucina, á cuyo recto juicio pensaban someter el castigo que
deberia inflijírsele. Aquilante permaneció en el palacio, sumamente
agasajado, esperando que su hermano se restableciese y pudiera soportar
el peso de las armas.

El rey Norandino, á quien sirvió de prudente leccion el error en que
habia incurrido, continuaba pesaroso y triste sin poder perdonarse el
haber prodigado tantos ultrajes á un caballero, digno, por el contrario,
de honra y de estimacion: así es que dia y noche estaba su pensamiento
ocupado en arbitrar el medio de darle la más brillante reparacion.
Considerando que, pues los habitantes de Damasco habian sido testigos de
la afrenta del guerrero, era justo que lo fuesen tambien de su
rehabilitacion, y que esta habia de ser tan gloriosa y tan cumplida cual
á un gran rey convenia, determinó restituirle públicamente el premio
que un traidor con tanta falacia le arrebatara; y en su consecuencia
hizo anunciar por todos sus estados que de allí á un mes se celebraria
otro torneo. Los preparativos que para él se hicieron fueron acompañados
de una pompa verdaderamente régia: la Fama, extendiendo sus voladoras
alas, llevó en breve la noticia por toda la Siria, por Fenicia, por
Palestina, y llegando á oidos de Astolfo y del Virey de aquella region,
los indujo á tomar parte en las justas. La historia ha calificado
siempre á Sansoneto de guerrero valiente y cumplido caballero. Segun he
dicho en otro lugar, Orlando fué su padrino, y Carlomagno le confió el
gobierno de la Tierra Santa. Astolfo y él hicieron sus preparativos de
viaje, y se dirigieron á la ciudad de Damasco, donde se disponian
fiestas tan famosas cual repetia incesantemente la fama.

Cabalgando iban por aquellas comarcas, á jornadas cortas, y con lento
paso, á fin de conservar todas sus fuerzas y vigor para el dia del
torneo, cuando toparon en la encrucijada de dos caminos con una persona
que por su traje y ademanes parecia un hombre, aun cuando era una mujer
de maravillosa intrepidez en los combates. Aquella doncella llamábase
Marfisa; su valor era tan asombroso que, espada en mano, habia hecho
sudar muchas veces al Señor de Brava y al de Montalban; y se ocupaba en
ir de acá para allá, armada dia y noche, buscando por montes y llanos
caballeros andantes con quienes medir sus armas para adquirir un
glorioso renombre. En cuanto divisó á Astolfo y Sansoneto que hácia ella
se dirigian completamente armados, y pudo apreciar su marcial
continente, su elevada estatura y vigorosos miembros, creyó habérselas
con dos guerreros esforzados; y ya habia lanzado su caballo á golpe,
dispuesta á desafiarlos y deseosa de manifestar su intrepidez, cuando
fijando

     [Ilustración: Astolfo, acompañado de Sansoneto, encuentra á Marfisa
     en el camino de Damasco.

     (Canto XVIII.)]

en ellos sus miradas con más detencion, conoció al duque Astolfo.
Recordó en seguida las atenciones que con ella tuvo el caballero durante
su estancia en el Catay, y le llamó por su nombre, quitóse las manoplas,
se alzó la visera del yelmo, y á pesar de su altivez, no vaciló en
correr á él con los brazos abiertos. Astolfo, por su parte, la estrechó
entre los suyos con grande afecto y deferencia. Dirigiéronse luego
mútuas preguntas acerca del objeto de su viaje; y respondiendo primero
el Duque, le manifestó que iba á Damasco para asistir al torneo á que
habia invitado el rey de Siria á todos cuantos campeones quisieran
ostentar sus brillantes proezas. Marfisa, pronta siempre á dar muestras
de las suyas, contestó en seguida:--«Quiero ir con vosotros á ese
torneo.»--Astolfo y Sansoneto se mostraron sumamente gozosos por tener
tal compañera, y prosiguiendo su interrumpido viaje, llegaron á Damasco
la víspera del dia de la fiesta, hospedándose en un arrabal de la
ciudad, donde se entregaron al descanso con más tranquilidad y más á sus
anchas que si se hubiesen apeado en el mismo palacio real.

Durmieron reposadamente hasta la hora en que la Aurora abandona el lecho
de su anciano esposo, y cuando el nuevo Sol, brillante y claro, empezó á
esparcir por la tierra sus refulgentes rayos, la hermosa doncella y los
dos guerreros requirieron sus armas, despues de haber enviado á la
ciudad varios escuderos, que á su regreso les informaron de cómo el rey
Norandino se hallaba ya en la plaza dispuesta para tan bárbaros juegos,
viendo romper lanzas. Sin más demora se dirigieron á la ciudad, y
siguiendo por la calle mayor llegaron al terreno de la liza, donde ya
habia una multitud de apuestos caballeros, que esperaban ansiosos la
señal del combate.

El premio que aquel dia estaba destinado para el vencedor consistia en
una espada y una maza de armas, ricamente guarnecidas, y además un
corcel tan arrogante cual convenia á la munificencia de un rey como
Norandino.

Intimamente persuadido el Monarca de que Grifon el Blanco ganaria el
segundo premio lo mismo que ganó el primero, así como de que alcanzaria
la gloria de las dos jornadas, y deseoso de darle todo cuanto debe
poseer un hombre de su valia, añadió la espada, la maza y un magnífico
caballo á la armadura que en el pasado torneo debia haberse adjudicado á
Grifon, como vencedor de todos sus adversarios, y que habia usurpado
Martan suplantando con sus ficciones al jóven paladin. El Rey hizo
colgar delante de su palco aquella soberbia armadura; puso pendiente de
ella la bien guarnecida espada, y colgó la maza del arzon del caballo, á
fin de que su protegido se llevase uno y otro premio. Desgraciadamente
para el propósito de Norandino, aquella magnánima guerrera que habia
acudido á la liza en compañía de Astolfo y del buen Sansoneto impidió
que se realizasen sus deseos. Apenas vió Marfisa la armadura de que he
hablado, la conoció inmediatamente, porque le habia pertenecido y la
tenia en tanta estima como se suele tener el más preciado objeto, por
más que la dejara abandonada en medio de un camino en cierta ocasion que
le estorbaba para perseguir á Brunel, á aquel impío digno de la horca,
que le habia robado su espada. Aun cuando no espero que se presente otra
oportunidad para referir este incidente, considero, sin embargo, inútil
ocuparme de él. Contentaos, pues, con saber de qué modo encontró Marfisa
su armadura.

Habeis de saber tambien que en cuanto la conoció por ciertas señales
particulares, determinó no dejar transcurrir un solo dia sin
recuperarla; y decidida á no renunciar á su posesion por nada del mundo,
é importándole poco los medios de que en aquella ocasion deberia valerse
para lograr su objeto, acercóse rápidamente al trofeo, extendió la mano,
y sin más rodeos se apoderó de la armadura, siendo causa su misma
precipitacion de que varias de sus piezas rodaran por el suelo.

Sumamente irritado el Monarca por aquella accion atrevida, con una sola
mirada concitó contra Marfisa toda la ira del pueblo, que dispuesto á
castigar tamaña injuria, empuñó las armas para vengar á su rey, dando al
olvido el daño que poco tiempo antes le causara una ofensa inferida á un
caballero andante. Ni el niño que al presentarse la primavera juguetea
alegremente entre las flores de variados matices, ni la jóven hermosa y
engalanada que asiste á bailes y á conciertos, se hallan tan á gusto ni
disfrutan mayor placer que el que sintió la esforzada Marfisa al verse
rodeada de lanzas y espadas amenazadoras; al encontrarse donde se
derramara sangre y se diera la muerte, y al escuchar el estrépito de las
armas y de los caballos. Clavando los acicates á su corcel, cayó lanza
en ristre sobre el insensato tropel de sus acometedores, atravesando á
unos el pecho, el cuello á los otros, y derribando á muchos con su
irresistible empuje: desenvainó despues la espada, y alcanzando ora á
este, ora á aquel, cortaba cabezas y brazos, hendia cráneos y traspasaba
costados.

El atrevido Astolfo y el fuerte Sansoneto, que se habian cubierto con
sus armas al mismo tiempo que la jóven, aun cuando no habian acudido
allí para combatir, y sí para asistir á un torneo, al ver trabada tan
desigual pelea, caláronse las viseras, enristraron sus lanzas contra
aquella canalla, y haciendo despues uso del desnudo acero, empezaron á
abrirse ancho camino. Los caballeros de diversas naciones que se habian
reunido allí para tomar parte en la fiesta, se quedaron indecisos y
estupefactos al observar el furor con que se esgrimian las armas, y al
ver convertidos en llanto los juegos: la mayor parte de ellos ignoraba
el motivo de la cólera del pueblo, así como la injuria que al Rey se
habia hecho. Por último, algunos se pusieron al lado de las turbas, y no
tardaron en arrepentirse de ello; otros, cuidándose poco, en su calidad
de extranjeros, de lo que pudiera acontecer en la ciudad, decidieron
ausentarse, y otros, más avisados, esperaron inmóviles el resultado del
combate, pero con las bridas en la mano. Grifon y Aquilante fueron de
los que se asociaron al pueblo para vengar el robo de la armadura.

Al ver los dos hermanos á Norandino con los ojos encendidos y
chispeantes de cólera, y advertidos por muchos de los circunstantes de
la causa que habia originado aquel tumulto, consideraron, en especial
Grifon, que aquel ultraje les tocaba tan de cerca como al mismo Rey; y
cogiendo apresuradamente sus lanzas, corrieron furiosos al combate.
Astolfo, que prestaba su auxilio á la parte contraria, iba delante de
sus compañeros, espoleando á su lijero Rabican, y blandiendo su
encantada lanza de oro cuyo choque nadie podia resistir. Hirió con ella
á Grifon, dejándole tendido en el suelo, y en seguida encontró á
Aquilante; le tocó apenas con la lanza en el borde del escudo, y le
derribó de espaldas en la arena. Los caballeros de más prez y más
esfuerzo saltaban de las sillas á impulsos de Sansoneto: el pueblo
empezaba ya á buscar las salidas de la plaza para escapar, mientras que
al Rey le ahogaba la ira y el despecho. En tanto Marfisa, cubierta con
sus armas, y llevándose además las que constituian el premio del torneo,
se retiraba tranquila á su alojamiento, despues de haber puesto en fuga
á sus adversarios. Astolfo y Sansoneto apresuráronse á seguirla: los
tres juntos se dirigieron á la puerta de la ciudad, sin que nadie se
atreviese á molestarles y se detuvieron en el rastrillo. Aquilante y
Grifon, pesarosos y avergonzados por haber caido al primer encuentro,
tenian la cabeza inclinada y no se atrevian á presentarse delante de
Norandino; pero algun tanto repuestos de su turbacion, volvieron á
montar á caballo, y salieron á escape en persecucion de sus enemigos.
Tras ellos fué el Rey con muchos de sus súbditos, dispuestos á morir ó
vengarse, mientras el insensato populacho gritaba:--«¡A ellos!» á ellos!
aunque sin acercarse demasiado, y esperando el resultado de aquel nuevo
ataque.

Grifon alcanzó á los tres compañeros en el momento en que se
posesionaban del puente. Apenas llegó, cuando creyó conocer á Astolfo
que llevaba las mismas divisas, el mismo caballo y la misma armadura con
que le vió el dia en que dió muerte al terrible Orrilo. No habia
reparado en él durante la lucha empeñada en la plaza; mas conociéndole
entonces, le saludó, y le preguntó despues quiénes eran sus compañeros,
y por qué habian derribado en la arena el premio del torneo con tan poco
miramiento hácia el Monarca. El duque de Inglaterra dió á Grifon las
noticias que le pedia con respecto á sus compañeros; mas, en cuanto á
las armas, causa del reciente combate, le manifestó que positivamente no
sabia nada, y que Sansoneto y él se habian puesto en favor de Marfisa,
por haber venido en su compañía.

Mientras el Paladin estaba hablando con Grifon, llegó Aquilante, le
conoció tan luego como le oyó hablar con su hermano, y renunció á sus
deseos de venganza. Entre tanto iban acercándose muchos de los
caballeros de Norandino, si bien se mantenian á cierta distancia, tanto
por no atreverse á avanzar más, cuanto porque, al verlos conferenciando,
no quisieron interrumpirles, esperando el resultado de su plática. Al
oir uno de ellos que estaba allí Marfisa, cuya fama de valor era
universal, volvió el caballo y fué á aconsejar á Norandino que, si no
queria ver muertos á todos sus súbditos, dispusiera lo necesario, antes
de que tal sucediera, para arrancarlos de las manos de Tisifona[123] y
de la muerte, porque la misma Marfisa en persona era la que se habia
apoderado de la armadura.

     [123] Una de las Furias, que como Alecton y Megera, sus compañeras,
     tenia el derecho de castigar las faltas de los hombres en la Tierra
     y en el Infierno.

Al escuchar Norandino aquel nombre tan temido en todo el Oriente, y ante
el cual hasta los más valientes sentian erizárseles los cabellos de
espanto por mas que Marfisa residiese con frecuencia á bastante
distancia de aquel país, fué de la misma opinion que el caballero que le
habia llevado la noticia, y se apresuró á llamar y reunir en torno suyo
á todos sus guerreros, cuya cólera se habia trocado en temor.

En el ínterin los hijos de Olivero, Sansoneto y el hijo de Oton
suplicaron con tan vivas instancias á Marfisa que pusiera término á tan
crueles discordias; que al fin alcanzaron su asentimiento. Adelantándose
con semblante altivo hácia el Rey, le dijo la guerrera:

--Ignoro, Señor, con qué derecho pretendes dar como premio al vencedor
del torneo una armadura que no te pertenece, pues es exclusivamente mia,
aunque un dia me ví obligada á abandonarla en medio del camino de
Armenia para perseguir á pié á un ladron que me habia inferido una grave
ofensa. Mi divisa, si es que la conoces, puede atestiguar la verdad de
mis palabras.

Y le mostró grabada en la coraza aquella divisa, que consistia en una
corona dividida en tres pedazos.

--Es cierto, repuso Norandino, que hace pocos dias me entregó esa
armadura un mercader armenio; pero si me la hubieseis pedido, os la
habria cedido sin dificultad, fuese ó no vuestra; porque á pesar de
habérsela regalado ya á Grifon, tengo en él tal confianza, que estoy
seguro de que me habria devuelto ese presente, con tal de facilitarme
tan justa restitucion. Por lo demás, no es necesario alegar que tiene
vuestra divisa para atestiguar que os pertenece; bástame con vuestra
palabra, á la que doy más crédito que á cualquier otro testimonio;
aparte de que esa armadura debe pasar tambien á vuestras manos como
digna recompensa del sublime valor que habeis demostrado. Recibidla,
pues, y olvidemos esta querella: Grifon tendrá otro galardon más
espléndido.

Este guerrero, que deseaba más dejar al Rey tranquilo y satisfecho, que
adquirir la disputada armadura, contestó:

--Mi mayor recompensa consistirá en saber que continúo siendo agradable
á vuestros ojos.

Sin embargo, decidida Marfisa á que su desinterés corriera parejas con
su valor, y deseando adquirir para sí toda la gloria, se empeñó en ceder
á Grifon con gentil gallardía la armadura en cuestion, y por último la
admitió como regalo del jóven.

Volvieron entonces á la ciudad en paz y buena armonía, á consecuencia de
lo cual redobláronse los festejos. Continuó el interrumpido torneo, cuyo
premio alcanzó Sansoneto, porque ni Astolfo, ni los dos hermanos, ni
Marfisa, la más esforzada de los cuatro, quisieron tomar parte en él, á
fin de procurar, como buenos amigos y compañeros, que Sansoneto saliese
vencedor. Despues de haber pasado ocho ó diez dias en el palacio de
Norandino, disfrutando de las fiestas y placeres con que este los
agasajó, se despidieron de él, anhelando regresar á su querida Francia,
de la que no podian vivir tanto tiempo ausentes. Marfisa, que deseaba
hacer aquel viaje, para medir sus armas con los paladines franceses y
conocer por si misma si sus hazañas correspondian á lo que la Fama iba
pregonando, marchó en su compañía. Sansoneto dejó encomendado á otro
caballero el gobierno de Jerusalen, y los cinco, formando un escogido
grupo de guerreros, que difícilmente encontraria competidores en el
mundo, se despidieron, como he dicho, de Norandino, y se encaminaron á
Trípoli con objeto de embarcarse.

En aquel puerto encontraron una carraca[124] cargada de mercaderías con
destino á Occidente, y ajustaron su pasaje y el de sus caballos con el
viejo capitan del buque, que era natural de Luna[125]. El tiempo, que no
podia ser más sereno y bonancible, les presagiaba una próspera
navegacion. Zarparon, en breve, é hinchando un viento favorable las
velas, alejáronse pronto de la costa. Hicieron su primera escala en la
isla consagrada á la Diosa de los amores, cuyos habitantes acogen
benignamente á los forasteros, pero sus aires acortan la vida y hasta
destemplan el hierro. La causa de esto consiste en un pantano: y en
verdad que la naturaleza no debia haber cometido con Famagusta la falta
de acercarla á la maligna Constanza[126], cuando tan benigno es el clima
del resto de la isla de Chipre. El pestífero olor que despide el pantano
no permitió que la embarcacion estuviese anclada mucho tiempo en sus
inmediaciones. Aprovechando por esta razon un Levante favorable,
desplegó todas sus velas y costeando las playas de Chipre, fondeó en
Pafos, apresurándose los navegantes á saltar en sus vistosas orillas,
unos para descargar mercancias y otros para recorrer aquel país del amor
y los placeres.

     [124] Embarcacion antigua, grande y pesada.

     [125] Puerto de Toscana, llamado hoy Lunegiano.

     [126] Dos puertos de mar en la isla de la Chipre, antes famosos y
     hoy medio arruinados.

A seis ó siete millas del mar, el terreno va elevándose paulatinamente
hasta la cumbre de un collado ameno. Los mirtos, los cedros, los
naranjos, los laureles y otros mil árboles aromáticos cubren la campiña.
El sérpol, la mejorana, las rosas, los lirios y el azafran exhalan tan
suaves perfumes desde aquel embalsamado terreno, que se perciben desde
léjos en el mar cuando soplan los vientos de tierra. Un arroyo fecundo,
formado por un claro manantial, va regando toda aquella playa, cuyo
conjunto es tal, que desde luego se conoce que aquel sitio tan ameno y
delicioso pertenece á la hermosa Venus: las mujeres y las doncellas son
allí más agradables é incitantes que en cualquier otro país del mundo, y
la Diosa las inflama con su fuego á todas ellas, jóvenes ó viejas, de
tal modo, que se abrasan de amor hasta el fin de su vida.

Los viajeros oyeron referir allí la aventura del Ogro y de Lucina, de
que ya habian tenido conocimiento en Siria, y supieron además que en
Nicosia estaba haciendo la Princesa los preparativos necesarios para ir
á reunirse con su esposo.

Estando ya listo el patron, y soplando un viento favorable, levó anclas,
viró hácia Poniente y desplegó todas las velas. Pronto se encontraron en
alta mar, empujados por un mistral bonancible; pero de improviso el
Poniente, que habia estado adormecido mientras el Sol brilló en el
horizonte, empezó á soplar con violencia, luego que se hizo de noche, y
agitó furiosamente la nave. Estalló por último la tempestad, acompañada
de tantos relámpagos y truenos, que no parecia sino que se desgarraba el
firmamento y ardia por todas partes. Las nubes cubrieron todo el espacio
con un tenebroso velo que ocultaba la luna y las estrellas: el mar por
abajo, el cielo por arriba, y el viento por todas partes, despedian
horrísonos bramidos; una tormenta deshecha de lluvia y espeso granizo
acosaba á los navegantes, mientras la noche, haciendo cada vez más
profundas sus tinieblas, se extendia sobre las formidables y furiosas
olas. Preparáronse los marineros á echar mano de todos los recursos del
arte en que son tan celebrados; y al paso que uno iba por todas partes
haciendo resonar su silbato, con cuyos agudos sonidos ordenaba la
maniobra, otros preparaban el áncora de reserva; estos tendian los
cables ó arriaban las vergas, aquellos se afianzaban al timon, algunos
reforzaban los mástiles, y los demás cuidaban de tener despejada la
cubierta.

El furioso temporal fué en aumento durante toda aquella noche caliginosa
y más lóbrega que el Infierno. Creyendo el piloto que en alta mar serian
menos impetuosas las olas, procuraba alejarse cada vez más de la costa,
oponiendo siempre la proa á los embates de aquellas y á la furia del
viento, esperando que al rayar el alba cesaria la fortuna de
perseguirlos ó se mostraria más humana. Pero léjos de calmarse la
tempestad, creció su violencia con el dia, si puede darse este nombre á
aquella sucesion de horas cuya claridad era tan débil, que apenas
disipaba las tinieblas. Perdida toda esperanza, y abrigando ya algun
temor, se abandonó el abatido marino á merced de las olas; volvió la
popa del buque en direccion del viento y se decidió á correr aquella
tempestad, cuidando antes de amainar las velas.

Mientras la veleidosa Fortuna se burlaba en el mar de los trabajados
navegantes, no por eso dejaba en reposo á los que, en tierra firme,
peleaban en Francia, donde continuaban su combate sangriento los
sarracenos y los ingleses, y donde Reinaldo seguia acometiendo y
arrollando los escuadrones enemigos, cuyas banderas pisoteaba. Ya dije
que habia lanzado su Bayardo sobre el gallardo Dardinelo. Al ver
Reinaldo el blason que el hijo de Almonte ostentaba orgulloso en su
escudo, juzgó que el que lo llevaba deberia ser un guerrero distinguido
con el que no podria desdeñarse de medir sus armas. Se ratificó en esta
opinion cuando estuvo más cerca de él y contempló los cadáveres
amontonados en su derredor, por cuya causa dijo:--«Fuerza será cortar de
raiz esa mala yerba, antes de que crezca y produzca mayores males.»

Por donde quiera que iba el Paladin, todos se apartaban abriéndole ancho
paso; pues el cristiano sabia despejar el terreno tan bien como su
enemigo, con aquella fulminante espada, de todos temida. Cuando Reinaldo
vió que entre él y el mísero Dardinelo no quedaba ya nadie, y que sus
soldados no se atrevian á seguirle, le gritó:

--Jóven, el que te legó ese escudo te dió una herencia fatal. Voy á
probar, si eres capaz de hacerme frente, cómo defiendes esos cuarteles
rojos y blancos; pues si tu brazo es ahora débil para resguardarte de
mí, mucho más lo seria si combatieras con Orlando.

Dardinelo respondió:

--En breve te persuadirás de que si llevo este blason es porque sé
defenderlo, y porque estoy seguro de aumentar con mis acciones el brillo
del escudo que heredé de mi padre. Aun cuando me ves tan jóven, no creas
por eso que soy capaz de huir ó de entregarte el escudo: antes que
apoderarte de él, me has de arrancar la vida; pero, en Dios confio que
sucederá lo contrario. En fin, sea cual fuere mi suerte, nadie podrá
censurarme por haberme hecho indigno de mis progenitores.

Y así diciendo acometió al caballero de Montalban espada en mano.

Un sudor frio heló la sangre que en derredor del corazon tenian los
africanos, cuando vieron á Reinaldo lanzarse sobre su señor con una
furia semejante á la del leon que se arroja en el prado sobre un novillo
que aun no ha sentido los deseos del amor. El Sarraceno fué el primero
en descargar un golpe, pero en vano intentó abrir el yelmo de Mambrino.
Sonrióse Reinaldo y exclamó:

--Vas á ver cómo se encontrar las venas mejor que tú.

A un tiempo mismo clavó los acicates en su corcel y le tiró de las
riendas, dirigiendo tan certera estocada contra Dardinelo, que,
entrándole el acero por el pecho, le salió la punta por la espalda. Al
sacar la espada, escapóse el alma del Sarraceno mezclada con su sangre
por aquella ancha herida, y el cuerpo del infortunado cayó frio y
desangrado del caballo.

Cual purpúrea flor que, tronchada por la reja del arado, languidece y
muere, ó como la amapola que demasiado cargada de rocío inclina en el
huerto la corola, así salió de esta vida Dardinelo, desapareciendo todo
color de su rostro: con su muerte desvanecióse tambien el valor y la
audacia de los suyos; y así como las aguas, á veces contenidas ó
encerradas por medio de algun artificio, suelen desbordarse con gran
estrépito, cuando les falta este apoyo, del mismo modo los africanos,
que estaban hasta cierto punto contenidos mientras su Dardinelo les
infundia algun valor, empezaron á huir en todas direcciones, apenas le
vieron caer exánime del caballo.

Reinaldo no se opuso á la huida de los que en ella fiaban su salvacion,
procurando que los imitaran los que pretendian resistirse aun.
Ariodante, que estuvo al lado de Reinaldo la mayor parte del dia, no
dejaba en pié un solo enemigo al alcance de su mano. Lionelo y Zerbino,
por su parte, continuaban su obra de exterminio, con un ardor siempre
creciente; y hasta el mismo Carlomagno y Olivero, Turpin, Guido, Salomon
y Ogiero cumplieron con su deber en aquella jornada, tan fatal para los
moros, que estuvieron á punto de perecer todos en ella. Pero el prudente
rey de España hizo tocar retirada, y se alejó con los restos de su
ejército: juzgando más conveniente declararse vencido que perder vida y
hacienda, prefirió retirarse y salvar algunos batallones, á prolongar la
resistencia y ser causa de su completo exterminio. Hizo, pues,
retroceder sus banderas hácia el campamento moro, que estaba defendido
por fosos y trincheras, siguiéndole Estordilano, el rey de Andalucia, y
un numeroso escuadron de portugueses; y envió á decir al rey de Berbería
que se retirase del mejor modo posible, añadiéndole que si conseguia
salvar la persona y las posiciones ocupadas, deberia darse por muy
satisfecho.

Este monarca, á quien jamás habia mostrado la Fortuna un rostro tan
cruel y adverso, y que estaba casi completamente derrotado, iba
perdiendo la esperanza de volver á ver á Biserta[127]; por lo cual se
tuvo por muy dichoso al saber que Marsilio habia puesto en seguridad una
parte de sus tropas. Empezó, pues, á batirse en retirada haciendo que
retrocedieran sus banderas, y reuniendo sus escasos soldados.

     [127] Puerto del estado de Túnez, en otro tiempo uno de los mejores
     del África.

Pero la mayor parte de estos se hicieron sordos al ruido de los clarines
y tambores y demás instrumentos bélicos; y poseidos de un terror pánico,
cedieron á la cobardía y se precipitaron en el Sena, donde quedaron
ahogados muchos de ellos. El rey Agramante, Sobrino y sus capitanes más
valientes se esforzaban en aminorar la derrota, corriendo y fatigándose
de una en otra parte, para conseguir que los fugitivos regresaran en
órden á sus trincheras; pero ni el Rey, ni Sobrino, ni capitan alguno
pudieron lograr, á pesar de sus afanes, de sus ruegos, y amenazas, que
se retiraran en pos de las banderas, no ya todos, sino ni la tercera
parte siquiera de los que huian. Lo menos perecieron ó huyeron dos por
cada uno de los que quedaron, y aun estos no muy sanos; pues el que no
estaba herido en el pecho, lo estaba en la espalda, y todos molidos y
asendereados.

Perseguidos los sarracenos con tenacidad hasta sus mismas trincheras, no
habrian estado seguros tampoco en ellas, á pesar de las medidas que
tomaban para resistirse, pues Carlomagno sabia asir la ocasion por su
único cabello, si no hubiese venido á suspender el combate la noche
tenebrosa, enviada quizás más pronto que de ordinario por el Sumo
Hacedor, apiadado de sus criaturas. La sangre inundaba la campiña, y
corriendo como un gran rio, cubria todos los caminos. Contáronse hasta
ochenta mil hombres pasados á cuchillo aquel dia. Los campesinos y los
lobos salieron durante la noche de sus grutas á despojarlos los unos y á
devorarlos los otros.

El Emperador no volvió á entrar en la ciudad, sino que acampó fuera de
sus muros, asediando á los enemigos en sus tiendas, y disponiendo que
por todas partes se encendieran hogueras. Los paganos, por su parte,
abrieron nuevos fosos, levantaron nuevas trincheras y bastiones; los
jefes estuvieron constantemente vigilando el campo y recorriendo todos
los puestos para impedir que se durmieran los centinelas, y ni uno solo
abandonó las armas en toda la noche. En el campamento de los
intranquilos sarracenos no dejaron de verterse lágrimas, y de exhalarse
suspiros y lamentos durante la noche, pero tan ahogados y contenidos
cuanto era posible. Los unos lloraban por la pérdida de sus parientes ó
amigos; los otros por el dolor que les causaban sus heridas ó por las
incomodidades que padecian, y todos en general por temer una suerte
mucho más funesta.

Entre los moros habia dos jóvenes, de oscuro linaje, nacidos en
Tolemaida, cuya historia es digna de ser escrita, por haber ofrecido un
ejemplo raro de verdadero amor. Llamábanse Cloridano y Medoro, y lo
mismo en la próspera que en la adversa fortuna habian profesado un
afecto sin límites á Dardinelo, en cuya compañía pasaron á Francia.
Cloridano, que habia sido toda su vida cazador, reunia á su robustez una
notable agilidad. Medoro, que apenas acababa de salir de la pubertad,
conservaba todavia el cutis fresco, blanco y sonrosado: entre todos los
moros que habian acudido á aquella empresa no se conocia uno de rostro
más bello y agradable: tenia los ojos negros, los cabellos blondos y
ensortijados, y parecia, en suma, un ángel descendido del celeste coro.
Ambos estaban de centinela en las trincheras, así como otros muchos,
vigilando por la seguridad del campamento, á la hora en que la Noche, á
la mitad de su carrera contemplaba al cielo con ojos soñolientos. Medoro
no sabia hablar más que de su señor, del desgraciado Dardinelo de
Almonte, lamentándose amargamente de que hubiese quedado tendido en el
campo sin vida y sin gloria. Vuelto hácia su compañero, le decia:

--¡Ay! Cloridano, no puedo expresarte el dolor que siento al pensar que
mi señor ha quedado tendido en la llanura, para servir probablemente de
pasto á los lobos y á los cuervos. Al recordar su benevolencia y su
humanidad para conmigo, me parece que aun cuando vertiera toda mi
sangre por él y por su fama, pagaria escasamente la inmensa deuda de mi
gratitud. Así es que, no pudiendo resignarme á que permanezca insepulto
en medio del campo, voy á salir á buscarlo, y tal vez Dios permitirá que
llegue sin ser descubierto hasta el sitio en que acampa ahora el rey
Carlos. Quédate tú aquí; pues si en el cielo está escrito que he de
morir, podrás así dar cuenta de mi muerte; y ya que la Fortuna se oponga
á tan humanitaria obra, se hará por lo menos justicia á mi buen corazon.

Estupefacto se quedó Cloridano al ver tanto ánimo, tanto amor y lealtad
tanta en un niño, y como sentia por él un grande afecto, procuró
disuadirle de semejante propósito; pero fueron inútiles todos sus
esfuerzos, porque un dolor tan verdadero como el de Medoro no se
consuela ni distrae fácilmente, y el jóven estaba firmemente resuelto á
morir ó á dar sepultura al cadáver de su señor. Viendo que nada podia
conmoverle ni obligarle á ceder, le respondió Cloridano:

--Siendo así, tambien iré yo; tambien yo quiero participar de tan
laudable accion, y como tú deseo una muerte gloriosa. ¿Qué cosa podria
serme ya agradable en este mundo, si me quedara sin tí, Medoro mio?
Prefiero mil veces morir contigo peleando á perecer de desconsuelo, si
me privasen de tí.

Tomada esta resolucion, esperaron su relevo, y en seguida se pusieron en
marcha. Saltando fosos y estacadas, llegaron en breve al campo de los
cristianos, que estaban sin recelo alguno, durmiendo tranquilamente, con
las hogueras apagadas, por no inspirarles ya temor los sarracenos, y
muchos de ellos tendidos entre las armas y los bagajes, llenos de vino
desde el estómago hasta los ojos. Cloridano se detuvo un momento
exclamando:

--Nunca se deben desperdiciar las ocasiones. Medoro, ¿no te parece muy
oportuna la que se nos presenta para degollar á los que han asesinado á
nuestro señor? Vé á escuchar y á vigilar cuidadosamente los alrededores
por si alguien viniese á sorprendernos: entre tanto, te prometo abrirte
con mi espada ancho camino por medio de nuestros enemigos.

Apenas acabó de pronunciar estas palabras, entró en la tienda donde
dormia el docto Alfeo, médico, mágico y sábio astrólogo, que habia
llegado el año anterior á la corte de Carlomagno: sirvióle de poco su
ciencia astrológica, ó mas bien, le engañó completamente en esta
ocasion; pues habiéndose predicho á sí mismo que terminaria sus dias al
lado de su esposa despues de una avanzada ancianidad, expiró al filo de
la espada del cauteloso sarraceno, que le atravesó con ella la garganta,
é inmoló despues otros cuatro guerreros al lado del adivino, sin darles
tiempo de pronunciar una palabra: Turpin no hace mencion de sus nombres,
ni la marcha de los siglos ha dejado la menor noticia de ellos. Tras
estos, dió muerte á Palidon de Moncalieri, que dormia tranquilo entre
dos caballos; despues se dirigió adonde el misero Grilo yacia con la
cabeza apoyada en un tonel, despues de haberlo vaciado y de haberse
tendido esperando disfrutar en santa paz de un sueño plácido y
tranquilo. El atrevido sarraceno le cortó la cabeza, y por la misma
herida empezaron á salir chorros de sangre y de vino, de cuyo líquido
tenia más de un cubo en el cuerpo: soñaba que estaba bebiendo todavia,
cuando Cloridano interrumpió su sueño de un modo tan trágico. Despues
hizo exhalar el último aliento de dos solos golpes á Andropono, griego,
y á Conrado, aleman, que habian estado tomando el fresco una parte de la
noche, entretenidos con el jarro y los dados. ¡Cuán desgraciados fueron
en no continuar disfrutando de los mismos entretenimientos hasta que el
Sol hubiese vadeado el Indo! Pero el destino seria impotente con el
hombre si cada cual conociera el porvenir.

El cruel Pagano continuaba degollando sin piedad á nuestras gentes
dormidas, haciendo en ellas una espantosa carnicería, semejante á un
furioso leon estenuado y hambriento, que al encontrarse en un establo,
mata, extrangula, devora y destroza á las indefensas reses que están
enteramente á su merced. Medoro aun no habia hecho uso de su espada por
desdeñarse de emplearla contra la innoble plebe; pero habiendo entrado
donde el duque de Albret dormia en brazos de su dama, tan estrechamente
enlazados el uno y la otra que ni el aire podria pasar entre ellos, les
cortó la cabeza á cercen. ¡Oh dulce muerte! ¡oh suerte feliz! Sus almas
debieron volar al asiento que les estaba reservado; tan íntimamente
unidas como lo estaban sus cuerpos. Inmediatamente despues mató á
Malindo y á su hermano Ardarico, hijos del conde de Flandes: Cárlos los
habia armado caballeros, y añadido las lises á sus blasones, al verlos
volver aquel dia vencedores y con los aceros teñidos de sangre,
prometiendo además cederles algunas tierras en la Frisia, como lo habria
cumplido á no estorbarlo Medoro.

Entrambos sarracenos habian ido avanzando hasta tocar á las tiendas de
los paladines, levantadas en torno de la del Emperador, la cual estaba
constantemente vigilada por alguno de aquellos. Al llegar allí,
suspendieron los dos moros la matanza, y retrocedieron, por juzgar
imposible que todos ellos se hubiesen entregado al sueño. Aun cuando
pudieron retirarse cargados con un rico botin, pensaron más en su propia
salvacion, de la que podrian darse por muy satisfechos. Cloridano se
encaminó, seguido de Medoro, por donde suponia que el paso era más fácil
ó seguro, y llegaron por fin al campo de batalla, donde el pobre y el
rico, el príncipe y el vasallo, y los hombres y los corceles hacinados
en confuso monton, yacian en un lago de sangre entre los restos de
espadas, lanzas, escudos y ballestas. Aquella horrible mezcla de
cadáveres, que cubria la llanura en toda su extension, hubiera hecho
inútiles las pesquisas de los dos compañeros hasta la llegada del dia,
si la Luna, accediendo á las súplicas de Medoro, no hubiese esparcido su
ténue claridad, apartando las nubes que la interceptaban. Medoro habia
fijado devotamente sus ojos en el cielo, exclamando:

--¡Oh santa Diosa, á quien con tanta justicia dieron nuestros
antepasados el nombre de Triforme[128]! ¡Tú, que en el Cielo, en la
Tierra y en el Infierno ostentas tu belleza bajo múltiples formas; tú,
que vas por las selvas siguiendo, cual cazadora, las huellas de las
fieras y de los mónstruos, indícame dónde yace confundido entre tantos
cadáveres el cuerpo de mi Rey, que durante su vida imitó tus santas
virtudes!

     [128] Los paganos dieron este nombre á la Luna, porque suponian que
     Hécate, hijo de Júpiter y Latona, representaba tres papeles
     diferentes, el de Luna en el cielo, Diana en la tierra y Proserpina
     en el infierno, y algunos la pintaban con tres cuerpos reunidos y
     una sola cabeza, pero con tres caras.

Ya fuese obra de la casualidad, ó efecto de la santa lealtad de Medoro,
la Luna abrióse paso á través de las nubes, apenas terminó el jóven
sarraceno su plegaria, y apareció tan bella y radiante como el dia en
que despojada de todo velo se arrojó en brazos de Endimion[129]. Su luz
le permitió ver distintamente á París, el campamento cristiano, el
sarraceno, el monte y la llanura, y más allá las colinas de los Mártires
y de Montlery. Los rayos de la Luna se reflejaron con todo su esplendor
en el sitio en que yacia muerto el hijo de Almonte. Medoro, con el
rostro bañado en llanto, se adelantó hácia su querido señor, á quien
conoció por los colores rojo y blanco de su escudo, y regó la faz de
Dardinelo con sus amargas lágrimas, que cual dos rios brotaban de sus
ojos, con tan dulce actitud, con lamentos tan tiernos, que los vientos
se hubieran detenido para escucharlos; y aun cuando los exhalaba en voz
baja y apenas perceptible, no era tanto por temor de perder la vida, si
llegasen á oirle, pues más bien era para él una odiosa carga de la que
deseaba verse libre, cuanto por recelo de que le impidiesen llevar á
cabo el deber piadoso que allí le habia conducido. Medoro y Cloridano
colocaron sobre sus hombros el inanimado cuerpo de Dardinelo,
participando ambos de su peso, y se alejaron tan precipitadamente como
se lo permitió la preciosa carga que llevaban.

     [129] Pastor fabuloso de Caria, de una gran belleza, á quien
     Júpiter condenó á un sueño eterno por haber osado atentar al honor
     de Juno. La Luna, ó Diana, concibió por él una ardiente pasion
     mientras dormia, y le transportó á una gruta del monte Latmos,
     donde iba con frecuencia á visitarle.

Acercábase ya el señor de la luz alejando del Cielo á las estrellas y de
la Tierra á las sombras, cuando Zerbino, cuyo ardiente valor alejaba el
sueño de sus párpados siempre que era necesario, regresaba al campamento
al amanecer, despues de haber estado persiguiendo á los moros toda la
noche. Los caballeros que le acompañaban divisaron desde léjos á los dos
infieles, y se lanzaron en tropel hácia ellos, esperando alcanzar honra
y provecho.

--Hermano, dijo Cloridano, forzoso nos será abandonar nuestra carga y
emprender la fuga; pues no seria muy prudente que dos vivos se perdieran
por salvar un muerto.

Y al decir estas palabras soltó su parte de carga, creyendo que Medoro
imitaria su ejemplo; pero el contristado jóven, que profesaba á su señor
mayor cariño que Cloridano, lo acomodó del todo sobre sus hombros,
mientras su compañero se alejaba precipitadamente como si Medoro fuera á
su lado ó detrás de él: si hubiera podido sospechar que lo abandonaba
de tal suerte, habria arrostrado por defenderle no una, sino mil
muertes.

Los caballeros, decididos á apoderarse de los fugitivos ó á matarlos si
no se rendian, fueron esparciéndose por la llanura, y ocupando todas las
salidas por donde aquellos pudiesen escapar: el mismo Zerbino, sin
separarse mucho de ellos, se mostraba más solícito y ardoroso que
ninguno en la persecucion, porque al ver la actitud sospechosa de los
dos amigos, no dudó que pertenecieran al ejército enemigo. En aquel
tiempo existia cerca de allí una selva antigua, poblada de espesas
plantas y de arbustos y cubierta de inextricables senderos, que formaban
una especie de laberinto, hollados tan solo por la planta de las fieras.
Los dos paganos abrigaban la esperanza de penetrar en ella, á fin de
guarecerse y ocultarse entre el enmarañado ramaje; pero el que escuche
con agrado mi canto, queda invitado para oir más adelante su
continuacion.



CANTO XIX.

     Angélica prodiga sus cuidados á Medoro herido, y despues de curado,
     se desposa con él, partiendo ambos para el Cathay.--Marfisa y sus
     tres compañeros llegan á Layax despues de muchos trabajos.--Guido
     el salvaje, reducido á la esclavitud por las impías mujeres que en
     aquella costa dominaban, combate con Marfisa, ofreciéndole despues
     hospitalidad en su palacio, juntamente con sus compañeros.


El hombre á quien sonrie continuamente la fortuna no puede saber nunca
si es verdaderamente amado, porque cuantos le rodean, ya sean amigos
falsos ó leales, le demuestran el mismo afecto. Pero si su posicion se
cambia de próspera en adversa, entonces huyo de él la turba aduladora,
quedando únicamente á su lado el que le ama tan de corazon, que la
muerte del objeto amado no es bastante para desvanecer su cariño. Si
pudiera verse el corazon humano como se vé el rostro, muchos de los que
en la corte son atendidos y reverenciados, y oprimen y escarnecen con su
poder á los demás, verian ocupado su puesto por los que gimen en la
desgracia; el humilde no tardaria en alcanzar las mayores dignidades, al
paso que el soberbio quedaria confundido entre la escoria del pueblo.

Pero volvamos á Medoro, al súbdito leal y agradecido, que profesó un
especial cariño á su señor, así en vida como en muerte.

El infeliz jóven iba buscando el medio de salvarse por los intrincados
senderos de aquel bosque; pero agobiado bajo el peso del cadáver de
Dardinelo, no acertaba á encontrar un refugio; y como, por otra parte,
le era completamente desconocido el terreno, se extraviaba con
facilidad, y cuanto más caminaba, más se perdia entre la maleza y las
zarzas. Cloridano se encontraba léjos de él y en seguridad, pues
hallándose más desembarazado, consiguió llegar á un sitio desde donde no
percibia el rumor que producian sus perseguidores: reparó entonces en
que Medoro no le seguia, y sintiendo que con él habia dejado tambien el
corazon, exclamó poseido de la mayor angustia:

--¡Ay de mí! ¿Cómo he podido ser tan negligente, ó perder la razon hasta
el extremo de encontrarme aquí, Medoro mio, sin tenerte á mi lado y sin
saber cómo ni dónde te he dejado?

Así diciendo, volvió á internarse en los tortuosos senderos de aquella
selva inextricable, y á desandar el camino andado, corriendo á ciencia
cierta en pos de la muerte. Percibió otra vez el rumor de las pisadas de
los caballos, y los gritos amenazadores de los enemigos; conoció luego
la voz de Medoro, y por fin le vió solo, á pié y rodeado de numerosos
ginetes. Lo menos eran cien guerreros á caballo los que le tenian
cercado: Zerbino los mandaba, y ordenó que le prendieran: el infeliz
daba vueltas de acá para allá, procurando defenderse cuanto le era
posible, y buscando un refugio detrás de las encinas, de los olmos, de
las hayas ó de los fresnos, sin abandonar un momento su preciosa carga.
Por último, colocó sobre la yerba el cuerpo de su señor, conociendo que
no le era posible continuar de aquel modo, y prosiguió defendiéndolo,
semejante á la osa que al verse atacada por el cazador en su peñascosa
guarida, cobija con su cuerpo á sus hijuelos, estremeciéndose á la vez
de amor y de rabia, y dudando qué partido tomar; pues mientras su ira y
sus feroces instintos la invitan á servirse de sus garras y á
ensangrentar sus labios, su cariño maternal la detiene y la obliga á
continuar contemplando á sus cachorros con ternura.

Cloridano, que no sabia cómo auxiliar á su amigo, pero que estaba
dispuesto á morir á su lado, si bien decidido á exterminar el mayor
número de contrarios que le fuera posible antes de exhalar el último
aliento, colocó en el arco uno de sus agudos venablos, y desde su oculto
retiro, hizo tan buen uso de él, que atravesó á un escocés el cerebro,
derribándole sin vida del caballo. A un mismo tiempo se volvieron todos
hácia el sitio de donde habia salido la flecha homicida, y en el acto
disparó el sarraceno otra saeta, matando á un segundo escocés, el cual,
mientras preguntaba á sus compañeros quién habia herido al primero,
gritando y gesticulando, fué alcanzado por el nuevo dardo, que le
atravesó la garganta, cortándole el uso de la palabra. Zerbino no pudo
soportar con paciencia la muerte simultánea de los suyos, y se dirigió
furioso á Medoro, diciendo: «Tu muerte nos vengará.»--Cogió al jóven por
sus rubios cabellos y le atrajo violentamente hácia sí; pero al fijar la
vista en aquel hermoso rostro, se apiadó de él y no le mató. El jóven le
dijo entonces con ademan suplicante:

--Caballero, por tu Dios te ruego que no seas cruel, y me concedas el
favor de sepultar el cuerpo de mi Rey. No deseo merecer de tí otra
compasion, ni creas tampoco que me importe la vida, pues no deseo
existir más tiempo del necesario para enterrar el cadáver de mi señor.
Despues, si estás poseido del furor del Tebano Creonte, podrás, si así
te place, despedazar mis miembros y esparcirlos para que sirvan de pasto
á las fieras y á las aves de rapiña; pero antes, permíteme que sepulte
al hijo de Almonte.

Así dijo Medoro, con dulce voz y con palabras capaces de conmover á un
monte: Zerbino empezaba ya á sentir hácia el jóven sarraceno un grande
afecto y una compasion infinita; cuando un guerrero bárbaro, sin respeto
alguno á su príncipe, clavó su impía lanza en el pecho del desgraciado y
suplicante Medoro. Disgustado quedó Zerbino por aquella accion tan cruel
como insensata, y mucho más al ver que la violencia del golpe derribó en
tierra al sarraceno, pálido y sin sentido, por lo cual juzgó que habia
muerto instantáneamente. La irritacion y el dolor de Zerbino fueron
tales, que exclamando: «No quedarás sin venganza,» arremetió lleno de
saña al autor de aquella triste hazaña; pero este esquivó el cuerpo, y
desapareció de su presencia con la velocidad del relámpago.

Apenas vió Cloridano que su Medoro caia en tierra, salió del bosque,
para combatir á pecho descubierto; arrojó léjos de sí el arco, y ciego
de ira, se lanzó espada en mano contra sus enemigos, más bien por
encontrar la muerte, que con la esperanza de vengarse de un modo que á
su cólera igualara. No tardó en enrojecer el suelo con su sangre; vió
próximo su fin, y apenas sintió que le abandonaban las fuerzas, se dejó
caer al lado de su Medoro. Los escoceses se alejaron entonces del
bosque, siguiendo á su despechado príncipe, y dejando á los dos moros,
sin vida el uno, y casi muerto el otro.

El infeliz Medoro estuvo mucho rato arrojando tan copioso raudal de
sangre por su herida, que hubiese muerto indudablemente á no haber
recibido un auxilio oportuno. Tropezó casualmente con él una doncella,
cubierta de humildes y pastoriles vestiduras, pero de regio talante, de
rostro bello, de distinguidos modales y continente honesto. Como hace
mucho tiempo que no me he ocupado de ella, apenas os será posible
conocerla: era, si acaso no lo sabeis, Angélica, la altiva hija del gran
Can del Cathay. Cuando recobró el anillo que Brunel le habia arrebatado,
creció tanto su orgullo y su arrogancia, que parecia desafiar al mundo
entero; viajaba sola, desdeñándose de aceptar la compañía de todo
caballero, por famoso que fuese, y avergonzándose al recordar que habia
admitido como amantes á Sacripante y á Orlando. Lo que sobre todo
aumentaba su enojo era el recuerdo de haber querido bien á Reinaldo,
juzgando que se habia envilecido demasiado al fijar sus ojos en un
caballero tan distante de su alcurnia. Pero irritado el Amor por tan
desmesurada arrogancia, no quiso tolerarla por más tiempo, y oculto
donde yacia Medoro, esperó á la jóven con la flecha preparada en el
arco.

Cuando Angélica vió á aquel jovencillo herido, cuya vida se iba
extinguiendo por momentos, y que se lamentaba menos de su suerte que de
dejar insepulto el cuerpo de su rey, sintió que se abria paso en su
corazon por vias desconocidas hasta entonces una piedad insólita,
apoderándose de ella una dulce compasion, que se aumentó al escuchar el
relato que de sus cuitas le hizo Medoro. Procuró entonces recordar los
secretos de la cirujía que aprendiera en la India; pues, segun parece,
este es un estudio noble, digno y encomiado en aquellas regiones, donde
sin revolver libros ni papeles se trasmite de padres á hijos; y se
dispuso á procurar su curacion, valiéndose al efecto de los jugos de
algunas yerbas. Recordó haber visto en una pradera inmediata una planta
saludable, quizás el díctamo ó la panacea, ú otra cuyo nombre ignoro,
pero de efecto tan seguro, que restaña la sangre y hace desaparecer el
dolor y la inflamacion de las heridas: corrió á cogerla, y volvió
presurosa al lado de Medoro. En el camino encontró á un pastor, que
venia á caballo por el bosque buscando una ternera, que hacia dos dias
se habia alejado del rebaño y vagaba sola por aquellos contornos.
Angélica le condujo al sitio en que Medoro iba perdiendo las fuerzas con
la sangre que manaba de su pecho, en la que habia empapado el suelo de
tal modo, que estaba próximo á perder la vida.

La doncella se apeó de su palafren, é hizo que el pastor se apeara
asimismo del suyo: machacó despues la yerba entre dos piedras, la cogió
en seguida y exprimió su jugo en el hueco de su mano; lo aplicó á la
herida, y frotó además con él el pecho, el vientre y las piernas del
moribundo, siendo tan eficaz el remedio, que cesó la sangre de brotar.
Medoro recobró algun tanto el vigor perdido, y al poco rato le fué
posible subir sobre el caballo del pastor. Sin embargo, el jóven
sarraceno no consintió en apartarse de aquel sitio sin dejar sepultado
el cuerpo de su señor: hizo, pues, que le enterraran y á Cloridano con
él, y entonces ya no opuso resistencia á marcharse adonde le quisieron
conducir. En breve llegaron á la humilde morada del complaciente pastor,
donde Angélica, llevada de su piedad, continuó al lado del herido, sin
querer separarse de él hasta su curacion completa: ¡tan grande era su
naciente afecto, y tanta la compasion que sintió hácia el jóven cuando
le vió tendido en el suelo y casi muerto! Conforme fué apreciando poco á
poco las gracias y la belleza de Medoro, sintió su corazon minado por la
lima sorda de su pasion, hasta que por último se abrasó en amoroso
fuego.

El pastor habitaba con su mujer y sus hijos una cabaña bastante buena y
agradable, de nueva y reciente construccion y situada en el bosque entre
dos colinas. Allí fué donde la doncella, á fuerza de cuidados, logró
curar en breve la herida de Medoro; pero sintiendo á su vez y en menos
tiempo los crueles efectos de una herida mucho mayor y más profunda, que
habia abierto en su corazon el dardo invisible, disparado por el niño
alado desde los hermosos ojos y blondos cabellos de Medoro. Consumíala
un ardor siempre creciente; pero olvidando su propio padecimiento, solo
se ocupaba en atender solicita al mismo que era causa de su quebranto. A
medida que la herida del sarraceno se iba cerrando, se abria y empeoraba
la de Angélica: sanó por fin el jóven, al paso que á ella la iba
extenuando la fiebre con su temblor, ya helado, ya sofocante. De dia en
dia recobraba Medoro su marchita belleza, y de dia en dia iban
desvaneciéndose los sonrosados colores de la doncella, como suele
desvanecerse la nieve del invierno ante los templados rayos del sol de
primavera. Forzoso le era, pues, tomar una pronta determinacion, si no
queria que la hiciesen perecer sus fogosos deseos; y por lo mismo
comprendió que no debia esperar más á que otro le ofreciese lo que
anhelaba ansiosa; y olvidando las leyes del pudor, pidió á Medoro, con
voz resuelta y atrevida mirada, que aplicase el remedio necesario á un
mal que él mismo le habia causado sin saberlo.

¡Oh conde Orlando! ¡Oh rey de Circasia! ¿De qué os sirve vuestro ínclito
valor? ¿Cuál es la recompensa de vuestra gloria y renombre? ¿Qué
galardon adquirís por vuestros servicios? Decidme si obtuvisteis alguna
vez el más insignificante favor en premio de cuanto por ella habeis
sufrido. ¡Oh rey Agrican! Si pudieras volver á la vida, ¡cuál no seria
tu humillacion al presenciar la conducta de Angélica, tú, para quien
ella fué siempre desdeñosa, rechazándote cruel é inhumanamente! ¡Oh
Ferragús! ¡Oh numerosos adalides que no nombro, y que llevásteis á cabo
mil inclitas proezas por aquella ingrata, con cuánta desesperacion no la
contemplariais ahora en brazos de su amante!

Angélica dejó cojer á Medoro aquella flor que nadie habia tocado hasta
entonces, porque nadie habia sido tan afortunado que pudiese hollar tan
maravilloso jardin. Sin embargo, para cohonestar hasta cierto punto
aquella union, se celebró con ceremonias santas el matrimonio, bajo los
auspicios del amor, y siendo prónuba la mujer del pastor. Celebráronse
las bodas bajo aquel rústico techo con la mayor solemnidad que fué
posible, y por espacio de un mes se entregaron ambos amantes á los
tranquilos deleites de su pasion. Angélica no podia estar un momento
separada de su Medoro; no se cansaba de acariciarle; y á pesar de verse
continuamente en sus brazos, sus deseos y sus voluptuosos impulsos
renacian sin cesar. Ya permaneciera en la cabaña, ya saliera fuera de
ella, tenia dia y noche á su lado al hermoso

     [Ilustración: Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.

     (Canto XIX.)]

jóven; por mañana y tarde iban buscando un retiro agradable junto á las
orillas de los rios, ó por las verdes praderas, ó bien, para librarse de
los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata
y cómoda quizás como la que sorprendió los secretos de Eneas y Dido,
cuando iban huyendo del agua[130]. En los momentos en que les permitian
alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus
nombres con una aguja ó un cuchillo en el tronco de algun árbol, cuyo
ramaje prestara amena sombra á un manantial ó á un arroyuelo; en las
rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la
cabaña y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se
encontraban los nombres de Angélica y Medoro escritos y entrelazados de
diferentes maneras.

     [130] Habiendo llegado Eneas á Cartago despues de la destruccion de
     Troya, presentóse á Dido, reina de aquel país, la cual se enamoró
     de él, y deseosa de ofrecerle distracciones, le invitó á una
     caceria. Sorprendidos en ella por una copiosa lluvia, que obligó á
     huir á sus compañeros en todas direcciones, Eneas y Dido se
     refugiaron en una cueva, y encontrándose solos en ella, se
     entregaron sin reserva á su amor, que fué despues causa del
     suicidio de Dido, al verse abandonada por Eneas.

Cuando Angélica se apercibió de que su residencia en la cabaña del
pastor iba prolongándose demasiado, se dispuso á regresar á la India
para ceñir á Medoro la brillante corona del Cathay. La jóven llevaba en
el brazo hacía mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras
preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el
conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana á Zeliante, á
quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvió á los brazos de su
padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regaló á
su libertador, el cual, enamorado ya de Angélica, lo aceptó con la
intencion de ofrecérselo á su amada. La jóven estimaba aquel brazalete
como pudiera estimar el más preciado objeto, pero no por amor al
paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya.
Consiguió conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabré deciros por
qué medio, cuando los ebudos crueles é inhospitalarios la expusieron
enteramente desnuda á la voracidad de un mónstruo marino. No teniendo,
pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y á su mujer en pago de la
hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta
solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaña, sacóse el
brazalete del brazo, y se lo entregó, rogándoles que lo admitiesen en
obsequio suyo, y acto contínuo se dirigieron hácia los montes que
separan la Francia y la España.

Pensaban esperar algunos dias en Valencia ó Barcelona á que saliese
algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar á la cumbre de aquellas
elevadas montañas, descubrieron más allá de Gerona el dilatado mar, cuya
playa fueron costeando hácia la izquierda siguiendo el frecuentado
camino de Barcelona. Pero antes de llegar á esta ciudad, vieron tendido
en la playa á un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan súcios
y tan llenos de lodo é inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas
divisó á los dos jóvenes, se precipitó sobre ellos como se precipita un
perro sobre personas desconocidas, causándoles un susto y una afrenta
inesperada.

Mas vuelvo á ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y
de los demás navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y
extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar
embravecido. La tormenta, cada vez más soberbia y arrogante, continuaba
amenazándoles con sus furores; y á pesar de que su saña duraba ya tres
dias, no daba señal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los
vientos desencadenados habian destrozado el castillo de popa y las
gavias; lo que el vendabal dejaba en pié, era cortado y arrojado al mar
por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta
marina, marcaban el rumbo que seguian á la escasa luz de una pequeña
linterna, otros permanecian en la bodega, examinándolo todo atentamente,
alumbrados por una antorcha, y otros en la popa ó en la proa cuidaban
del reloj de arena, consultándolo cada media hora para saber el tiempo
trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por último, cada cual,
provisto de su correspondiente carta marina, pasó sobre cubierta á fin
de dar su parecer en el consejo á que los habia convocado el capitan.
Uno de ellos sostenia que se encontraban próximos á las sirtes de
Limiso[131], segun lo que de sus cálculos deducia; otro, que estaban
cerca de los agudos peñascos de la costa de Trípoli, donde el mar
estrella frecuentemente á los buques; y alguno aseguraba que se hallaban
perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual
apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma
inquietud é igual temor.

     [131] Puerto de mar de la isla de Chipre, donde existen bancos de
     arena y piedras peligrosas para los navegantes.

Al tercer dia, el viento les atacó con más furia, y el mar se mostró más
airado: el primero desgajó y se llevó el trinquete; una monstruosa
oleada del segundo arrebató el timon y el timonel. Hubiera sido preciso
un corazon más fuerte que el mármol y más duro que el acero para
resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas
ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de
contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sinaí,
á Santiago de Galicia, á Chipre, á Roma, al Santo Sepulcro, á la Vírgen
de Ettino y otros sitios célebres, si salian con bien de tan apurado
trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las
cuales lo elevaban á veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar
el artimon para oponer menos blanco á los embates del viento, y
juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderías y cuantos
objetos de algun peso existian á bordo, lo arrojó á merced de las olas.
En seguida se pusieron unos á manejar la bomba, á fin de extraer de la
nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia
salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las
averías causadas por las olas en el casco del buque.

Cuatro dias permanecieron entregados á tantos trabajos y á tan mortal
angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un
refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba á triunfar de
sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor,
abrieron sus corazones á la esperanza al ver el deseado fuego de San
Telmo, que apareció sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya
entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los
resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos
húmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza.
La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no siguió adelante; el
mistral ya no les molestó en la travesía; pero el Sud-Oeste, cual tirano
del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las
olas se sucedian con rapidez increible unas á otras, semejantes á un
devastador torrente, é impelian al buque con la velocidad del halcon que
hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado
hasta el fin del mundo, destrozado ó sumergido en el abismo. El experto
marino arbitró, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se
amarraran á la popa cables gruesos y sólidos de los cuales se colgaron
las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes
la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo
descender á la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y
salvó al buque, próximo á zozobrar, haciendo que se deslizara por alta
mar con mayor seguridad.

Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria,
á la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se
distinguian perfectamente los dos castillos situados á la entrada del
puerto. Mas en cuanto el piloto conoció el sitio en que se encontraba,
quedó aterrado, porque allí no se atrevia á echar las anclas, ni le era
posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, ¿cómo conseguirlo con
un bajel que habia perdido los mástiles, las gavias, las vergas, y cuyo
casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de
mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que
suicidarse ó condenarse á un perpétuo cautiverio; porque todos cuantos
habian saltado en ella por equivocacion ó conducidos por su adversa
fortuna, habian perdido la vida ó la libertad. Tampoco era conveniente
malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian á que los
habitantes de aquel país saliesen con sus buques armados en corso á
atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.

Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximóse á él el
duque Astolfo, y le preguntó la causa de ella, así como la de no haber
entrado ya en el puerto. Contestóle el marino que toda aquella costa
estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante
largos años, era la de esclavizar ó dar la muerte á todo el que saltaba
en tierra. Añadió que únicamente se libraba de tan triste suerte el que
fuese capaz de vencer cuerpo á cuerpo á diez guerreros, y de satisfacer
por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que
salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda,
perecia irrevocablemente, y sus compañeros se veian obligados á cultivar
los campos ó á custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de
una y otra prueba, lograba la libertad de sus compañeros; mas no así la
suya, pues habia de tomar por esposas á diez mujeres, elegidas segun sus
deseos.

Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara.
Acercáronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el
piloto les refirió del mismo modo la causa que le tenia apartado del
puerto. «Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, á
gemir bajo el yugo de la esclavitud.»

Los marineros y demás navegantes fueron del parecer del piloto; pero
Marfisa y sus compañeros opinaron de distinto modo, por creer que
estarian más seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les
importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse á ser
de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les
servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor
arrostraria impávido los peligros de aquel país ó de cualquier otro del
mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente
el Duque inglés, por estar persuadido de que apenas dejase oir los
sonidos de su trompa, dispersaria á sus agresores. Una parte de los
navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionándose
las disputas consiguientes á esta diferencia de opiniones, cuando por
último, los primeros, que eran los más numerosos, obligaron al piloto á
tomar tierra mal de su grado.

En cuanto vieron desde la ciudad á nuestros navegantes adelantarse en
demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de
marineros expertos, la cual se dirigió al encuentro de la triste nave en
que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando á su elevada popa la
proa de aquella, la sacaron fuera del impío mar. Entraron en el puerto á
remolque, y á fuerza de remos más bien que á favor de las velas, porque
el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre
tanto, los caballeros se vistieron su armadura, ciñeron su fiel espada y
procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espíritu
del piloto y demás compañeros de viaje.

El puerto, que era semicircular, tenia más de cuatro millas de
circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada
uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos
fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia,
y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.

No bien fondeó en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se
tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en él seis
mil mujeres en hábitos guerreros y empuñando sus arcos, al mismo tiempo
que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con
naves y cadenas, colocadas de una á una otra fortaleza, las cuales
estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas
mujeres, que por su edad podria compararse á la Sibila de Cumas[132] ó á
la madre de Héctor[133], llamó al piloto, y le preguntó si querian
dejarse quitar la vida, ó si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo
de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era,
pues, elejir entre la esclavitud ó la muerte.

     [132] La Sibila de Cumas, una de las diez que se conocieron, fué en
     su juventud amada de Apolo. Deseando este Dios conceder una gracia
     á su amada, le dijo un dia que le pidiese lo que quisiera; y ella,
     cogiendo un puñado de arena, le pidió vivir tantos años cuantos
     eran los granos de arena que tenia en la mano, lo cual le fué
     otorgado; pero habiéndose olvidado de pedir que no desapareciera su
     juventud, transformóse de tal modo con el tiempo, que abandonada
     del cuerpo, no quedó de ella más que la voz.

     [133] Esta fué Hécuba, segunda mujer de Príamo, rey de Troya.
     Despues de la destruccion de su patria, pasó á Tracia para ver á su
     rey Polimnestor, á quien Príamo habia confiado uno de su hijos, y
     sabiendo que habia mandado asesinarlo, se vengó del rey sacándole
     los ojos ayudada por algunos troyanos. Los tracios les persiguieron
     á pedradas, y Hécuba, fuera de sí, corrió tras aquellas piedras
     mordiéndolas, y de improviso se halló transformada en perra; quiso
     abrir la boca para quejarse, pero dejó oir furiosos aullidos, que
     resonaron durante mucho tiempo por los campos de la Tracia.

--Sin embargo, añadió, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y
fuerte, que se atreva á combatir contra diez de los nuestros y consiga
vencerlos, y esté dispuesto además á servir de esposo por la noche á
diez doncellas, le reconoceremos por nuestro príncipe, y vosotros
podreis marcharos enteramente libres ó permanecer aquí, segun vuestra
voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha
de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para
luchar con nuestros diez guerreros llega á ser vencido ó sale mal de la
segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y él perecerá.

Donde la vieja esperaba hallar temor, encontró, por el contrario,
animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas
para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los demás
tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no
podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada
lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues, de acuerdo nuestros
caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no
faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los
peligros de las condiciones impuestas.

Aproximóse el buque á tierra, le amarraron con sólidos cables, y echaron
el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus
armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la
ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se
entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en
manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto á la
antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de
aquel país calzar espuelas, ceñir espada, ni usar arma alguna, excepto
los diez designados para sostener el combate. Todos los demás estaban
dedicados á manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el
peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los piés y
les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena,
como señal de su profesion de labriegos ó pastores. Los varones
escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian
reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil
mujeres.

Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cuál de ellos
habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez
doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo
resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de
que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche,
para la que la hacia inhábil su sexo; pero la jóven guerrera no quiso
consentir en ello, y precisamente fué la designada por la suerte.
Marfisa les dijo entonces:

--Os ofrezco perecer en la demanda antes que por mí os veais sumidos en
la esclavitud: por esta espada os juro (y mostró el acero que llevaba
ceñido al costado), que sabré deshacer todos los obstáculos, del mismo
modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta á lograr que
en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga
que lamentarse de haber llegado á este país.

Así dijo, y no pudiendo sus compañeros oponerse á la decision de la
suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera,
que armada de piés á cabeza, se presentó en el terreno del combate.

En la parte más elevada de la poblacion existia una plaza circular,
rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada á esta clase
de combates, á los torneos, á las luchas y demás regocijos públicos, y
cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de
mujeres armadas se colocó en aquellas graderías, despues de lo cual
hicieron entrar á Marfisa. La jóven se presentó montada en un arrogante
caballo tordo rodado, de cabeza pequeña y fogosa mirada, de paso seguro
y soberbio, y de magnífica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en
Damasco como el más hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para
su uso, y se lo habia regalado á Marfisa.

Entró esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el
Sol llegaba á la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron
por todos los ámbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vió
que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El
guerrero que venia al frente valia al parecer más que los otros nueve
reunidos. Presentóse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, más
negro que el cuervo de plumaje más oscuro, excepto la frente y la pata
trasera izquierda, en las que se veian algunas manchas blancas. El
color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia
indicar que así como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el
oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el tétrico
llanto.

En cuanto se oyó la señal del combate, nueve de los guerreros bajaron
simultáneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso
prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo á un
lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de
observar las leyes de la cortesía más que de obedecer las del país,
permaneció inmóvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.

El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arrancó entonces
como un rayo contra los nueve combatientes; y la jóven enristró en medio
de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian
podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia
elegido como la más sólida de entre otras muchas entenas. El aspecto de
la guerrera fué en aquel momento tan terrible, que al contemplarla
palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al
primero que alcanzó le agujereó el pecho como si lo hubiera tenido
desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso
escudo chapeado de hierro, viéndose salir la lanza por la espalda más de
un codo: tan grande fué la violencia del golpe. Sin detenerse á más, le
dejó rodar por el suelo, y se lanzó á toda brida sobre los otros. Al
segundo y al tercero les dió tan soberbio bote de lanza, que ambos
exhalaron el último aliento, por haberles partido la columna vertebral,
arrancando á uno de ellos de la silla: tan terrible fué aquel choque y
tan amontonados venian sobre ella sus contrarios. Solamente las balas
de cañon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abrió el grupo que
formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza
de la jóven; pero permaneció ante sus golpes tan inmóvil como las
paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.

Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en
el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los más
fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo
Marfisa un momento su caballo, volvió riendas y lo lanzó nueva y
rápidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se
apartaron de ella en desórden. No obstante, los persiguió, los acuchilló
á su sabor y enrojeció con su sangre hasta la empuñadura de la espada:
derribóle á uno la cabeza, un brazo á otro, y á un tercero le dió tan
tremenda cuchillada, que fué rodando por el suelo el pecho con la cabeza
y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron á caballo.
Quiero decir, que lo dividió por medio del cuerpo, hácia donde se reunen
las costillas y las caderas, dejándole con la mitad no más de su figura,
semejante á esos exvotos de plata ó de cera que las gentes de paises
lejanos ó próximos suelen colgar ante las imágenes divinas, para
manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les
salian bien sus piadosas demandas. Alcanzó despues en medio de la plaza
á uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separó de tal modo
la cabeza del tronco, que no hubo médico que pudiera volvérsela á unir.
En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron á los piés de
Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron
todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse
más del suelo para continuar la lucha.

Habia permanecido inmóvil hasta entonces en un extremo de la plaza el
caballero que mandaba á los nueve combatientes vencidos, por considerar
como una accion indigna é inícua acometer á uno solo con tanta ventaja.
Pero en cuanto vió que aquel campeon habia dado tan rápida cuenta de sus
compañeros, se adelantó para probar que la generosidad y no el temor le
habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una seña de que
deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no
pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una
doncella, dijo á Marfisa:

--Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido á tantos
adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte más de
lo que lo estás. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y
entonces volverás al palenque; pues no seria honroso para mí aceptar la
lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun
presumo.

--No es nuevo para mí el manejo de las armas, ni acostumbro á ceder tan
pronto al cansancio, contestó Marfisa; y en prueba de ello, pronto
conocerás, á pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se
merece, tu cortés ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de
descansar; y además, es aun tan temprano, que seria vergonzoso
entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.

El caballero respondió:

--¡Ojalá pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi
corazon, como quedarán los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el
dia de hoy te parezca más corto de lo que crees.

Así diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas, ó más bien, dos
pesadas entenas; se las presentó á Marfisa para que escogiese una, y
tomó despues la que ella habia dejado. Preparáronse ambos, esperando
solo la señal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire
resonaron con el estrépito de sus armas, apenas se oyó el primer toque
de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmóviles los
labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cuál
de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia
el menor rumor en la plaza.

Marfisa enristró la lanza, procurando arrancar de la silla al primer
bote á su contrario, de modo que no pudiera levantarse más; el caballero
negro, por su parte, tendia lo mismo que la jóven á derribarla sin vida.
Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura
encina y sí de sauce seco y delgado; el choque fué tan violento para los
corceles, que doblaron á un mismo tiempo los corvejones, como si el filo
de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron
simultáneamente, pero los ginetes salieron rápidamente de entre los
arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado
á mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de
la silla; pero esta vez lo fué, como habeis oido, y al considerar su
caida, se quedó, no atemorizada, sino á punto de volverse loca de furor.
En cuanto al caballero negro, no se sorprendió menos de su propia caida,
pues no solia saltar de la silla tan fácilmente.

No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vió nuevamente
en pié, dispuestos á renovar la lucha. Empezaron á descargarse con el
mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos
aceros, ó esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, ora se
dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba
el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron á conocer que
eran más fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado,
no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su
destreza, que cada cual recibia el mismo número de golpes que descargaba
sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente
audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir
tampoco más destreza ni mayor bizarría, pues ambos tenian cuanta es
posible reunir en una persona.

Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contínuo
martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor
indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos
mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el ámbito que circundan los
mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese más que vigor y
fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer.
Marfisa decia entre sí:--«Ha sido una dicha para mí que este caballero
permaneciera inmóvil durante el combate que he sostenido con sus
compañeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque
¿cómo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer
frente sus ataques?»--Así decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba
su espada ociosa.--«Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no
haber dejado descansar á mi adversario; pues á pesar de lo fatigado que
debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus
golpes. Si hubiéramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su
vigor, ¿qué seria de mí? Puedo considerarme como el más feliz de los
hombres con que haya rehusado mi oferta.»

Prolongóse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor
ventaja por una ú otra parte: imposibilitados por la falta de luz de
poder parar los golpes que mútuamente se dirigian, suspendió la lucha el
cortés caballero, diciendo á la guerrera:

--Puesto que las tinieblas importunas han venido á sorprendernos y los
dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues
tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable
concederte que añadas á tus dias más que el corto espacio de una noche.
Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu
existencia sea tan limitada: échasela más bien á la inhumana ley del
sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo vé
todo cuánto me duele tu suerte y la de tus compañeros. En prueba de
ello, acepta la hospitalidad que á todos os ofrezco en mi morada; en la
inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad,
porque la turba mujeril, á cuyos maridos has dado muerte en este mismo
sitio, conspira ya contra tí. Cada uno de los que has inmolado estaba
casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa
viudas desean vengar el daño que de tí han recibido. Así es que, si te
niegas á aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte
terrible.

Marfisa contestó:

--Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de
que tu lealtad y nobleza de corazon serán tan perfectas como tu bizarría
y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al
contrario, tiembla por tí mismo. No creo haberte dado motivo para
suponer que soy un adversario indigno de tí; y tanto es así, que dejo
enteramente á tu arbitrio la continuacion ó la suspension de la lucha,
lo mismo que el proseguirla de dia ó de noche, y cómo, cuándo y dónde
quieras.

Por último, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que
saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cuál de
los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigió á
Aquilante, á Grifon y á sus demás compañeros para rogarles que se
dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche.
Aceptáronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos
alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del
guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente
alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse
mútuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendió al
encontrarse con un jóven que no parecia tener más de diez y ocho años,
juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no quedó
menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jóven el sexo
de su adversario. Preguntáronse mútuamente sus nombres, cuyas preguntas
satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os diré, si venis á
escucharme, el del caballero.



CANTO XX.

     Guido y los demás guerreros se evaden de aquella triste region,
     despues que Astolfo ha puesto en fuga á todos sus habitantes
     valiéndose de su trompa.--Astolfo incendia despues todo el país, y
     se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.--Marfisa
     derriba en Francia á Zerbino, obligándole á encargarse de
     Gabrina.--El príncipe escocés sabe por Gabrina lo acaecido á
     Isabel.


Las mujeres de la antigüedad han hecho cosas admirables, así en las
armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido
una radiante luz por el mundo. Harpalice[134] y Camila[135] son famosas
por su valor y su pericia militar; Safo[136] y Corina[137] se ilustraron
por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecerán en la noche de
los tiempos. Las mujeres han llegado á la perfeccion en cualquier arte á
que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que
tenga las más ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido
algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar
siempre el mal influjo; ó más bien, preciso será acusar de esta falta á
la envidia ó á la ignorancia de los escritores.

     [134] Hija de Harpalico, rey de los amineos en la Tracia. Desde muy
     niña la acostumbró su padre al manejo de las armas y ella le ayudó
     en la guerra que sostuvo contra Neoptolemo, hijo de Aquiles, á
     quien hizo huir.

     [135] Hija de Metabo, rey de los Volsgos: ocupada desde su infancia
     en los ejercicios de la caza y de la guerra, se hizo célebre por su
     lijereza en la carrera y su habilidad en manejar el arco.

     [136] La más célebre poetisa griega, natural de Mitilene, en la
     isla de Lesbos. Sus contemporáneos la llamaron la _Décima Musa_,
     levantaron templos en honor de su memoria y acuñaron moneda con su
     busto. Inventó un género de versos.

     [137] Poetisa de Tanagro, en Beocia, llamada la _Musa lírica_. Fué
     rival de Píndaro, y le ganó cinco veces la palma en los juegos de
     la Grecia.

Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se
distinguen igualmente con méritos brillantísimos, y no tan solo dignos
de que el papel y la pluma perpetúen su memoria, sino tambien de que su
fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas
lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y
aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que
envidiar á los de Marfisa.

Volviendo, pues, á esta guerrera, diré que ofreció al cortés caballero
darle noticias de su vida, luego que él por su parte le manifestara su
condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre
del jóven guerrero, que pronunció primeramente el suyo para darle
ejemplo, diciéndole:--«Yo soy Marfisa.» Y bastó aquel nombre, famoso y
conocido en todo el mundo para saber lo demás.

El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su
vida, y expresóse en estos términos:

--Creo que cada uno de vosotros tendrá presente el nombre de mi estirpe;
pues no solo Francia, España y las naciones vecinas, sino tambien la
India, la Etiopía y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de
Claramonte, de cuyo linaje salió el caballero que mató á Almonte, y el
que inmoló á Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta
sangre, pues, nací yo en la region donde el Ister[138] se arroja por
ocho ó diez bocas en el Ponto Euxino[139], á la cual habia llegado poco
antes el duque Amon y enamorándose de mi madre. Por ahora hace un año
que la dejé desconsolada para ir á Francia á reunirme con mi familia;
pero no me fué posible terminar el viaje, por haberme arrojado á esta
costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en
ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el
Salvaje, y hasta ahora he llevado á cabo pocas hazañas, por lo cual es
desconocido mi nombre: aquí dí muerte á Argilon de Melibea con los diez
guerreros que le acompañaban: salí despues vencedor de la segunda
prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas á mi gusto, por lo
cual podreis considerar que mi eleccion recayó en las más bellas y más
donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza á todas las demás por
habérseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo
confiarán á cualquier otro á quien sonría la fortuna, permitiéndole que
venza á diez campeones.

     [138] Antiguo nombre del rio Danubio.

     [139] Antiguo nombre del mar Negro.

Los caballeros preguntaron á Guido la causa de que hubiese tan pocos
varones en aquel territorio, y si estaban sujetos á sus mujeres así como
estas lo están á sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les
respondió:

--Desde que permanezco en este país he tenido ocasion de oir muchas
veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais
saberlo, os lo referiré tal y como ha llegado á mi noticia.

«Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte años de
ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y
permanecido otros diez á merced de las olas, detenidos en el mar por
vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo
soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos
del frio de las noches, habian elegido amantes jóvenes que mitigaran su
pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos;
mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada
abstinencia, perdonaron de comun acuerdo á sus mujeres, si bien
decidieron arrojar de sus moradas á los hijos adulterinos, negándose á
que continuaran viviendo á sus expensas. En su consecuencia, cumplióse
con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir
manteniendo á un gran número de sus hijos. Los que habian llegado á la
edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando á diferentes
paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las
ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna
en la corte, y varios, por último, se dedicaron á guardar ganados.

»Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho
años, hijo de la cruel Clitemnestra[140], fresco y lozano cual un lirio
ó como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido á otros cien jóvenes
de su misma edad, los más esforzados de toda la Grecia, armó un bajel y
dedicóse á piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los
cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo[141], y para
afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para
defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron á su servicio á
Falanto (que así se llamaba el jóven), y le confiaron á él y á sus demás
compañeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la más rica y
más agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la
hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes
juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de
agasajar en extremo á los forasteros, acogieron tan cordialmente á
aquellos jóvenes, que no faltó más sino que los hicieran dueños de sus
mismos hogares.

     [140] Mujer de Agamenon, rey de Argos. Mientras este príncipe
     estuvo en el sitio de Troya, se entregó á criminales amores con
     Egisto, y ambos amantes asesinaron á Agamenon al regresar de su
     expedicion, cuando salia del baño. Orestes, hijo de Agamenon, los
     castigó.

     [141] Rey de Creta. Asistió al sitio de Troya, donde se distinguió
     por su valor. Sorprendido al regresar á su patria por una furiosa
     tempestad, ofreció á los dioses, para aplacarla, sacrificarles el
     primero que se presentase á su vista al tocar el suelo pátrio.
     Desgraciadamente, el primero que se presentó fué su hijo, é
     Idomeneo, cumpliendo su promesa, le atravesó con su espada; pero
     sus súbditos, indignados por semejante sacrificio, le obligaron á
     salir de sus estados.

»Los compañeros que Falanto habia elegido eran todos jóvenes, como he
dicho, y gallardos; así es que desde el primer momento se apoderaron de
los corazones de las bellas cretenses; y como además de su gallardía,
eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos
dias tan bien vistos á los ojos de las mujeres de aquel país, que no
tardaron estas en preferirlos á todas las cosas del mundo. Una vez
terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus
compañeros á Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto
recibían, pensaron en abandonar un país que ya no les proporcionaba los
medios necesarios para vivir; pero las jóvenes cretenses, al saberlo,
dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron más lágrimas que si
hubieran visto perecer á sus padres. Todas ellas suplicaron
encarecidamente á sus jóvenes amantes que no se apartasen de su lado;
mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y
abandonaron por ellos á sus padres, hermanos é hijos, no sin llevarse
las joyas, el dinero y los objetos de más valor que existian en su hogar
doméstico; pues tan sigilosamente llevaron á cabo su fuga, que no hubo
uno solo que la descubriese. Fué tan propicio el viento y tan á
propósito la hora que Falanto eligió para la partida, que ya se
encontraban á muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de
ver su daño. La suerte proporcionó despues á la comitiva de Falanto
esta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando
tranquilamente del fruto de su robo.

»Durante diez dias fué para ellos esta playa una mansion llena de
delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce
el hastío en el corazon de los jóvenes, convinieron unánimemente Falanto
y sus compañeros en abandonar á sus mujeres y librarse de este modo de
ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega á
sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapiñas como parcos en sus
gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo más
que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aquí á aquellas
desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hácia las costas de
la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento[142].

     [142] Durante la guerra que Esparta sostuvo con Mesenia y que duró
     diez años, nacieron algunos hijos del comercio ilegitimo de las
     mujeres de Esparta con los jóvenes, á quienes se permitia abandonar
     momentáneamente el campo para suplir la ausencia de los maridos é
     impedir que pereciese el Estado por falta de ciudadanos.
     Despreciados por sus compatriotas, fueron declarados ilegítimos é
     inhábiles para heredar; conspiraron con los ilotas; pero se
     descubrió la conspiracion y tuvieron que abandonar á Esparta:
     entonces fueron á establecerse, capitaneados por Falanto, en la
     costa oriental de Italia, donde fundaron á Tarento.

»Las cretenses, viéndose vendidas por sus amantes, en quienes tenian
depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan
poseidas de estupor que parecian inmóviles estátuas colocadas en la
orilla del mar. Convencidas despues de que sus lágrimas y sus lamentos
de nada podian servirles, empezaron á pensar y á buscar un medio para
sustraerse á tamaña desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y
mientras unas opinaban que debian regresar á Creta y someterse al
arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de
hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques
salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar,
á adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar
errantes cual meretrices, mendigas ó esclavas, que ir por sí mismas á
buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables
acciones. Tales ó parecidos eran los dictámenes á cual más duro y penoso
de aquellas infelices, cuando se levantó Orontea, cuyo orígen se
remontaba al rey Minos, y era la más jóven, bella y prudente de todas
sus compañeras, y tambien la que menos faltas habia cometido.
Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y
abandonado por él el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus
palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnánimo, rebatió
los encontrados pareceres de sus amigas, y esplanó el suyo, que hizo
prevalecer.

»No creyó conveniente abandonar un país ostensiblemente fértil, de cielo
puro y clima sano; una comarca por la que circulaban límpidos
arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una
costa en la que habia puertos y bahías, que por su desgracia se verian
precisados á frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados á
transportar los diferentes productos de África y de Egipto. Su parecer
fué, pues, el de establecerse aquí y tomar cruel venganza del sexo viril
que tan pérfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel,
obligado por los vientos á refugiarse en alguno de los puertos de estas
playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por
todas ellas, sin que se perdonase la vida á uno solo.

»Tal fué la opinion de Orontea, y tal la que prevaleció: hízose la ley
en estos términos, y se puso inmediatamente en práctica.

»En cuanto el estado de la atmósfera presagiaba una tempestad, corrian á
la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que
propuso aquella ley, y á quien ellas eligieron por su reina; apresaban
las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las
entregaban á las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que
pudiese llevar á cualquiera parte la noticia de sus estragos.
Transcurrieron de este modo algunos años, viviendo siempre solas, y sin
mitigar su odio hácia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian
su propio daño, si no mudaban de conducta; porque careciendo de
posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la
cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propósito
era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su
rigor, eligieron por espacio de cuatro años los diez mejores y más
gallardos caballeros de cuantos arribaron á estas playas, prefiriendo
los más á propósito para sostener el amoroso combate que buscaban
aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual á cada decena
correspondia un marido.

»Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes
para resistir tal prueba, tuvieron que degollar á muchos. Al fin
hallaron los diez que necesitaban á quienes hicieron partícipes de su
lecho y del gobierno del país, obligándoles á jurar de antemano que
siempre que llegaran á estas playas otros hombres, habrian de apoderarse
de ellos y pasarlos á cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron
hijos, y empezaron á temer que llegara un dia en que el número de los
varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al
fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan
orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos
saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera á
cubierto de sus futuras rebeldías. Con el propósito de que el sexo
masculino no llegara á subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que
previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo
ahogar á los demás, cambiarlos fuera del reino por hembras ó venderlos.
Por esta causa los envian á diferentes paises, y á los que se los
llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas á cambio
de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos
vacías. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su
auxilio, y mantener por sí solas su descendencia. Esta es la única
piedad, la sola clemencia que por tan inícua ley conceden á los suyos
con preferencia á los extraños, á quienes siguen condenando con igual
crueldad que antes, si bien dicha ley fué reformada, disponiendo que no
fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen á los
navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian á diez, veinte ó más
hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de
ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia
erigido y consagrado á la Venganza. Uno de los diez varones, designado
tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en
las entrañas de la víctima.

»Muchos años despues vino á parar á estas playas homicidas un
jovencillo, de la estirpe del heróico Alcides, dotado de gran valor y
llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se
apoderaron las mujeres de él con la mayor facilidad, y le pusieron en un
calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinándole con
otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello
y placentero; tenia un aspecto tan seductor y una voz tan dulce y
persuasiva, que un áspid se hubiera detenido á escucharle. No tardaron
en hablar de él, como de la cosa más rara del mundo, á Alejandra, hija
de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de años: todas sus
antiguas compañeras habian muerto; pero las habian sustituido otras,
educadas más varonilmente que sus madres, y habíase aumentado de tal
manera su número, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez
fraguas[143], pues los diez caballeros continuaban dando á los
extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al
jovencillo que tanto le ponderaron, pidió permiso á su madre para
satisfacer este deseo, y vió y oyó á Elbano; pero cuando quiso separarse
de él, sintió que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado á
él que, sin saber cómo, se encontró presa en su mismo calabozo. Elbano
le dijo:

     [143] Es decir, que ya no tenian un marido por cada diez mujeres,
     pues habiendo aumentado tanto el número de estas, tocaban aquellos
     á más de diez cada uno.

--»Hermosa doncella: si en este país no fuese completamente desconocida
la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus
rayos, me atreveria á suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza
que se apodera fácilmente de las almas, que me hiciéseis merced de la
vida para consagrarla en adelante á vuestro esclusivo servicio. Pero
como aquí no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y
conveniencia, me abstendré de pedir un favor semejante; pues harto sé
que mis ruegos serian inútiles: lo que sí deseo es encontrar la muerte
con las armas en la mano, cual cumple á un caballero, y no como un
criminal condenado por la justicia ó como la víctima irracional en un
sacrificio.»

»La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban húmedos por las lágrimas que
le causaba su compasion hacia el jóven, le respondió:

--«Aun cuando este país es el más perverso y cruel de cuantos han
existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como
quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de
esa regla. Si hasta aquí han sido mis costumbres tan bárbaras y crueles
como las de todas mis compañeras, es porque nunca habia encontrado un
mortal que inclinase mi corazon á la piedad. Hoy, sin embargo, tendria
la ferocidad de una tigre y el corazon más duro que el diamante, si no
hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor.
¡Ojalá no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nación contra
los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun á costa de mi
propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en
lo más mínimo, y creo muy difícil obtener el favor que me pides, á pesar
de ser insignificante. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para
conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion;
aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien
tus tormentos.»

»Elbano replicó:

--«Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados,
es tal el vigor que en mí siento, que tengo esperanza de salvar mi vida,
despues de haberlos exterminado á todos.»

»Alejandra exhaló un profundo suspiro por toda contestacion, y se separó
del jóven, llevándose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de
cuyas heridas no podia curarse. Acudió á su madre, y le suplicó que no
dejara morir á aquel caballero si llegaba á mostrarse tan valeroso y
fuerte que hiciera perecer á diez adversarios. La reina Orontea reunió
al instante su consejo, y pronunció estas palabras:

--«Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y
costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para
saber á quien deberemos admitir y á quien desechar, es necesario que le
sometamos á una prueba, á fin de no consentir, con perjuicio nuestro,
que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que
vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero á quien la
suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo,
y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso
de que logre vencerlos á todos, le confiaremos entonces el cuidado del
puerto y le concederemos que salve á sus compañeros. Me expreso de este
modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende
vencer á diez campeones, y en caso de valer él solo por todos los otros
juntos, es dignísimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario,
si le ciega un desmesurado orgullo, recibirá el castigo merecido.»

»Orontea dió aquí fin á su discurso, y entonces una de las más ancianas
tomó la palabra para contestarle, diciendo:

--«La razon principal que nos indujo á admitir á los hombres en nuestro
consorcio, no consistió en que tuviésemos necesidad de su ayuda para
defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor
eran más que suficientes para ello. ¡Ojalá nos bastáramos así nosotras
mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que
esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos
hombres, si bien en corto número, con el fin de que nunca pudiera haber
más de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo
tanto, nuestro objeto fué no más que el de tener hijos; nunca el de
buscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en
cuanto á lo segundo, más vale que sean inútiles ó perezosos. Por
consiguiente, la idea de admitir entre nosotras á un hombre tan fuerte
cual suponen, es enteramente contraria á nuestro principal propósito;
porque si uno solo es capaz de dar muerte á diez hombres, ¿á cuántas
mujeres no dominará? Si los diez hombres que hoy existen aquí fueran tan
esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El
designio de facilitar armas á los que pueden más que nosotras, no es por
cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, además, que si
la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que
consiga dar muerte á los diez, te ensordecerán los lamentos de cien
mujeres que quedarán viudas por tan fútil pretexto. En resúmen, si ese
jóven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios más
aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres:
y en último caso, podria perdonársele, si fuera á propósito para hacer
con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.»

»Tal fué el parecer de la cruel Artemia (que así se llamaba la anciana);
y si Elbano se libró de verse hecho pedazos ante el altar de la
inexorable diosa, no fué por cierto porque Artemia no se esforzara en
conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer á su hija,
adujo tantas y tales razones en pró de su opinion, y empleó tanta
elocuencia, que la asamblea aprobó por último su plan. La belleza de
Elbano, superior á la de cuantos caballeros existian entonces, ejerció
tal influjo en el corazon de las jóvenes, más numerosas que las ancianas
en aquel consejo, que prevaleció su parecer sobre el de estas; las
cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y
poco faltó para que dicha ley dejara de aplicarse aquella única vez por
favorecer á Elbano. Resolvieron, por último, perdonarle; pero despues
que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate,
no ya con cien mujeres, sino con otras diez.

»Sacáronle de la cárcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo á su
eleccion, y luchó solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro
bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fué sometido á prueba con diez
doncellas, teniendo tan buen éxito en su segunda empresa que las dejó á
todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron
merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admitió por yerno, y le
entregó á Alejandra, y las otras nueve jóvenes con quienes habia llevado
á cabo su prueba nocturna. Orontea le eligió despues por sucesor suyo,
juntamente con Alejandra, á quien esta tierra debe su nombre, bajo la
condicion de que haria observar por él y por sus herederos la ley que
rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero á quien su
desventurada estrella haga poner el pié en estas costas, escoja, entre
ofrecerse á la muerte ó combatir solo contra diez guerreros, y si de dia
logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche
con igual número de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con él
tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser
nombrado príncipe y guia del ejército femenino, pudiendo renovar á su
capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este
modo hasta que llegue otro que sea más fuerte y logre arrancarle la
vida.

»Unos dos mil años hace que existe tan impía costumbre, y trascurren
pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo.
Si hay algunos que, como Elbano, y como ahora mismo sucede, admitan la
lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer
combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo.
Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan
corto número que pueden contarse con los dedos. Argilon fué uno de
ellos, pero no disfrutó largo tiempo de su victoria; porque habiéndome
arrojado una tempestad á este país, le sepulté en el sueño eterno. ¡Ah!
¡por qué no perecí aquel mismo dia con él, en lugar de verme obligado á
vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las
risas, los juegos, tan gratos á mi edad, los trajes, las joyas, las
preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre
privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme
jamás de estos sitios es para mí la esclavitud más penosa é intolerable.
Al ver cómo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad
y la molicie y dedicado á tan vil tarea, mi corazon vive en perpétua
angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La
fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontándose
hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si
lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable.
No parece sino que el destino haya querido burlarse de mí, reservándome
para una profesion tan vergonzosa, y reduciéndome á la condicion de un
caballo ciego, cojo ó con otro defecto, á quien arrojan de la parada por
ser ya inútil para la guerra ó para más provechoso destino. ¡Ah! pues
que solo muriendo conseguiré verme libre de tan abyecta servidumbre,
venga la muerte cuanto antes á poner término á mi desesperacion.»

Al llegar aquí, Guido dió fin á sus palabras, maldiciendo el dia en que
su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcionó el
cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchándole atentamente, aunque
algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que
hubo adquirido la certeza de que aquel jóven era hijo del duque Amon, su
pariente, le dijo:

--Yo soy tu primo Astolfo, príncipe de Inglaterra.

Estrechóle en seguida contra su corazon, y le besó con gran cariño y
deferencia, no sin derramar alguna lágrima.

--Mi querido pariente, añadió, no necesitaba en verdad tu madre colgar
de tu cuello señal alguna para dar á conocer que tu raza es la nuestra;
pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu
orígen.

Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el más vivo placer al
encontrar un pariente tan cercano, le acogió entonces con rostro
macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era
extraño: si él vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia
siguiente sin ir más léjos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba
de que él perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en
daño del otro. Pesábale tambien que de su victoria resultase un
cautiverio eterno para los demás caballeros, así como el considerar que
con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella
conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que
Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las
doncellas; resultando de aquí que ella pereceria indudablemente, y ellos
ceñirian la cadena del esclavo.

Marfisa y sus compañeros sentian á su vez la mayor compasion y el más
tierno afecto hácia Guido, tan jóven, tan cortés y tan generoso, y casi
se desdeñaban de salvarse á costa de su muerte, en especial la primera,
que estaba decidida á morir con él, en el caso de que no les fuera
posible adoptar otra resolucion. Así, pues, dirigiéndose á Guido, le
dijo:

--Ven con nosotros, y salgamos de aquí á viva fuerza.

--¡Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes
perder toda esperanza de escaparte.

Marfisa añadió:

--Jamás ha dudado mi corazon de poner fin á cosa alguna que haya
empezado, ni de hallar camino más seguro que el que yo misma me he
abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento
capaz, teniéndote á mi lado, de acometer la empresa más arriesgada.
Cuando la turba mujeril se halle mañana colocada en las gradas del
palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora
emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos á la
voracidad de los lobos y buitres de este país, y entregando la ciudad á
las llamas.

Guido replicó:

--Dispuesto estoy á seguirte, y á morir á tu lado, si es preciso; pero
no esperemos salir con vida de tamaña empresa, aunque á lo menos
moriremos vengados. El palenque está generalmente ocupado por diez mil
mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y
las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus
manos.

--Aunque su número fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados
que acompañaron á Jerjes[144], y que el de los espíritus rebeldes
arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy á
exterminarlas como tú vengas conmigo, ó por lo menos no te unas á ellas.

     [144] Jerjes, rey de Persia, pasó á conquistar la Grecia al frente
     de un ejército de 5,283,220 hombres, segun Herodoto.

--Solo un medio existe, añadió Guido, del que podamos echar mano para
salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente:
Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse á las naves ó
salir del puerto, pienso recurrir á la fidelidad de una de mis esposas,
cuyo amor he puesto muchas veces á prueba y en ocasiones más apuradas
que la presente. Desea tanto como yo salir de este país horroroso, con
tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve
rivales, y que ella sola poseerá mi cariño. A favor de la noche le será
fácil armar una fusta ó una saetía que vuestros marineros encontrarán
lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos
caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y
guiados por mí, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad,
cuantos obstáculos se opongan á nuestra marcha; y de esta suerte confio
en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.

--Obra como te parezca, respondió Marfisa: en cuanto á mí, estoy segura
de salir de aquí. Me es más fácil degollar por mi mano á cuantas mujeres
se guarecen tras estas murallas, que huir ó dar el menor indicio de
temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del
solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. Sé
muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta
tierra honor y prez, me acogerian con júbilo y tal vez seria de las
primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aquí en
vuestra compañía, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no
soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchándome yo
libremente.

Con estas y otras palabras demostró Marfisa, que si consentia en
refrenar su audacia no atacando con memorable valor á la turba
femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro á que
exponia á sus compañeros, á quienes fácilmente podria perjudicar su
mismo atrevimiento, y por esta razon dejó á Guido que adoptara el
partido que más conveniente creyese. Aquella misma noche participó este
su proyecto á Aleria, que así se llamaba la más fiel de sus mujeres, y
no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontró dispuesta á
ayudarle. Aleria eligió una nave, la hizo armar, embarcó en ella sus
objetos más preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia,
debia recorrer las costas con algunas compañeras. Antes de esto, habia
hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar
con ellos á los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras
unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando
alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando á cada momento,
sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los
primeros albores del dia.

El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por
la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de
Licaon[145] apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo,
cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se
apresuraron á llenar las gradas del palenque, semejantes á las abejas
que se agitan al rededor de la colmena, preparándose á poblar una nueva
habitacion así que vuelve el buen tiempo. El estrépito de los tambores,
de las trompas y los clarines llenó pronto con sus ecos la tierra y el
cielo, llamando á Guido para que se presentara á terminar el combate
interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y
todos sus compañeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos á pié
y otros á caballo.

     [145] Licaon, rey de Arcadia, fué trasformado en lobo por haber
     querido asesinar á Júpiter que bajo la forma de un simple mortal
     habia ido á pedirle hospitalidad. Calisto, hija de Licaon, al ver
     la transformacion de su padre, pasó al servicio de Diana, y
     enamorado Júpiter de ella se revistió de la apariencia de esta
     diosa y la sedujo. Conocida su falta por Diana, la arrojó de su
     lado y Juno, celosa de ella, la convirtió en osa, despues de haber
     dado á luz un hijo llamado Arcas. Cuando este llegó á la mayor
     edad, persiguió un dia, cazando, á su madre, la cual se refugió en
     el templo de Júpiter; siguióla hasta allí su hijo, y enfurecidos
     los habitantes por tal sacrilegio, se preparaban á matar á los dos,
     cuando el padre de los dioses los trasladó al cielo, donde formaron
     las constelaciones de la osa mayor y menor.--Quiere significar el
     poeta que estas constelaciones apenas habian terminado su órbita, á
     causa de la rotacion de la Tierra que daba paso al nuevo dia,
     cuando las mujeres, etc.

Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la
plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. Así lo anunció Guido
á sus compañeros, exhortándoles á que se prepararan á combatir como
buenos; despues de lo cual emprendió la marcha silenciosamente y se
presentó en la plaza, rodeado de más de cien hombres. Recomendándoles
entonces que apretaran el paso, se dirigia á la otra puerta para salir
de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza,
armadas completamente y dispuestas siempre á combatir, conocieron su
intento, al verle á la cabeza de tantos varones, y á un tiempo mismo
empuñaron todas sus arcos y se precipitaron hácia la segunda puerta para
cerrarle el paso. Guido y los demás caballeros, y sobre todos Marfisa,
no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para
forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas
partes cayó sobre ellos, hiriendo y matando á algunos, que comenzaron á
desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, así como el de Marfisa,
cayeron atravesados por las flechas; y á no ser por el buen temple de
sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.

Astolfo dijo entonces para sí:--«La ocasion es magnífica para utilizar
mi trompa; y puesto que, segun observo, los aceros no nos sirven de
nada, voy á ver si consigo abrirnos paso con ella».--Y acercándose la
trompa á los labios, como solia hacerlo en los trances más apurados,
empezó á despedir aquellos sonidos horribles, á cuyos aterradores ecos
parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pánico que
se apoderó de las innumerables mujeres allí reunidas fué tan grande,
que, buscando la huida, se precipitaban de arriba á abajo de las
graderías, se derribaban unas á otras, y poseidas del mayor espanto y
confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. Así como los
habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha
ido creciendo poco á poco en tanto que estaban entregados al sueño, al
verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas ó
tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion,
del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando
la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones,
procurando tan solo alejarse; aglomerábanse á millares delante de cada
puerta, y oprimiéndose unas á otras, se interceptaban ellas mismas la
salida: caian hacinadas á montones, pereciendo muchas aplastadas por el
peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas,
quedando unas muertas, otras con la cabeza ó los brazos rotos y la mayor
parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los
lamentos, mezclados con el estrépito que producian las carreras y tan
extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus
sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois
decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras
de la cobardía que se habia apoderado de su corazon, no lo extrañeis,
porque la liebre es tímida por naturaleza. Pero ¿qué direis del

     [Ilustración: Y acercándose la trompa á los labios, empezó á
     despedir aquellos sonidos horribles.....

     (Canto XX.)]

ánimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jóvenes
hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran á su estirpe?
Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que
con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos
conejos ó palomas sobresaltados por un ruido cercano.

La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir
su poder á amigos que á adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos
corrian tras la espantada Marfisa; y á pesar de su vertiginosa carrera,
no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba
recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su
instrumento mágico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras
escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los
bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrás la cabeza,
estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no
pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de
donde no volvieron á salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y
los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad quedó
casi desierta.

Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, pálidos y
temblorosos, huian hácia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los
marineros: encontraron allí á Aleria, que tenia ya preparada la nave, y
embarcándose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron
las olas con los remos.

Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad,
desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las
calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian
huyendo ú ocultándose de él: muchas hubo á quienes su cobardía les hizo
arrojarse en sitios oscuros é inmundos, y otras muchas, no sabiendo
donde guarecerse, se habian echado á nado en el mar, pereciendo
ahogadas. El Duque regresó de su excursion en busca de sus compañeros á
quienes creia encontrar en el muelle: tendió sus miradas en todas
direcciones, y no vió á ninguno de ellos en toda aquella playa desierta:
levantó, por último, la vista, y divisó entonces á lo léjos la nave en
que se alejaban á toda vela, por lo cual se vió obligado á seguir otro
camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos dé el menor cuidado verle
emprender solo tan largo viaje á través del país de los infieles y de
otros más bárbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la
planta; pues no habrá peligro alguno del que no triunfe merced á su
trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidémonos ahora de
sus compañeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A
fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre
ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrísonos
ecos de la trompa, sintiéronse tan heridos por el punzante aguijon de la
vergüenza, que sus rostros se tiñeron de un encendido rubor; no se
atrevian á mirarse mútuamente, y todos permanecian tristes, humillados,
silenciosos y con la cabeza inclinada.

El piloto, atento á su derrotero, pasó por Chipre y Rodas; y atravesando
luego el mar Egeo, vió desaparecer sucesivamente más de cien islas y el
peligroso promontorio de Malea; é impulsado siempre por un viento
constante y favorable, dejó tras si la península griega de Morea, dió
despues la vuelta á la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno,
fué costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fondeó en Luna,
donde habia dejado á su familia, dando las gracias más fervientes al
Señor por haberle concedido una navegacion tan próspera. En Luna
encontraron los caballeros un bajel que se hacia á la vela para Francia;
embarcáronse en él aquel mismo dia, y en breve llegaron á Marsella.

Bradamante, á quien estaba confiado el gobierno del país, se hallaba
ausente á la sazon; de lo contrario, hubiera decidido á los guerreros á
pasar algunos dias en su compañía. Saltaron en tierra, y sin esperar á
más, se despidió Marfisa de sus cuatro compañeros y de la esposa de
Guido, y siguió su camino á la ventura, diciendo que no era digno de
caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los
estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en
grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el águila altanera, los
osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el
auxilio ajeno ni temen á nadie, van siempre solos.

Ninguno de los otros fué de esta misma opinion; por lo cual, se alejó
sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el
blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta más
frecuentada, y llegaron al dia siguiente á un castillo donde recibieron
una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fué halagüeño en la
apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras él se
ocultaba; porque el Señor del castillo, que, fingiendo la mayor
cortesía, les dió asilo en su morada, cuando llegó la noche los hizo
prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso
soltarlos sino despues que les arrancó el juramento de observar una
costumbre infame.

Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Señor, ir en pos de
la belicosa doncella. Marfisa pasó el Durance, el Ródano y el Saona, y
llegó á la falda de una áspera montaña. Allí vió venir por la márgen de
un torrente á una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de
cansancio, y sobre todo afligida y melancólica. Era esta aquella vieja
que servia á los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envió
al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por
las razones que diré más adelante, andaba hacia muchos dias por senderos
oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje
y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero
extranjero, por lo cual no huyó como solia siempre que topaba con algun
guerrero del país: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del
torrente, y esperó á la jóven con tranquilidad y confianza; y luego que
la vió cerca, le salió al encuentro saludándola y le rogó que la pasara
á la orilla opuesta á la grupa de su caballo.

Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun
siguió llevándola á la grupa de su caballo por algun tiempo á través de
un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro más firme. No bien habian
salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un
caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una
magnífica sobrevesta, el cual se dirigia hácia el torrente en compañía
de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de
semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en
una palabra, del caballero que la acompañaba. Éste era Pinabel, aquel
conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara á Bradamante en la
cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos,
aquellas lágrimas que anublaban contínuamente su vista, eran por la
pérdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder
del Nigromante. Mas despues que desapareció de la cima del peñasco el
castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que
mejor cuadrase á sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella
dama, dispuesta siempre á satisfacer, con demasiada facilidad, los
deseos de Pinabel, fué á buscarle, y á la sazon viajaban juntos de
castillo en castillo.

Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vió á
la vieja compañera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empezó á
motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco
acostumbrada á soportar ultrajes en su presencia, respondió colérica á
la dama que aquella vieja era más hermosa que ella, como estaba
dispuesta á probárselo á su caballero, bajo la condicion de que habia de
ceder á la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que
derribara al campeon que la acompañaba.

Conoció Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de
este reto, por lo cual requirió, á pesar suyo, sus armas; embrazó el
escudo, enristró la lanza, tomó distancia, y se precipitó furioso sobre
la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y dió tan tremendo
bote á Pinabel en la visera de su casco, que le derribó en tierra sin
sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar
la cabeza.

Marfisa, vencedora en aquel combate, obligó á la dama á desnudarse de su
traje y de todas sus galas, é hizo que la vieja se quitara á su vez el
suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas
de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendió en seguida
tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto más repugnante
cuanto mejor engalanada.

Tres dias viajaron de este modo sin que les sucediera cosa alguna digna
de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron á un caballero que
venia hacia ellas, solo y á rienda suelta. Por si desearais conocerle,
os diré que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de
gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor más vivos, por no haber
podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar á cabo un
acto de magnanimidad. En vano corrió Zerbino por la selva en persecucion
del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan á tiempo,
consiguió tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo
intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado
los primeros rayos del sol, que consiguió escapar incólume de las manos
de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este príncipe.

El escocés, á pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al
ver á aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se
avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercóse á Marfisa y le
dijo:

--Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompañar á una
jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar
quien te la envidie.

La vieja deberia tener, á juzgar por su arrugado pellejo, más años que
la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para
excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que
chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho más horrible; porque el insulto
mayor que puede dirigirse á una mujer es llamarla vieja ó fea.

Marfisa, á quien divertia aquella escena, fingió indignarse, y respondió
á Zerbino:

--Vive Dios, que mi dama es más bella que tú cortés; y como creo que tus
palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges
no conocer su belleza por disculpar tan solo tu extremada cobardía.
¿Qué caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jóven tan
bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?

--A fé mia, dijo Zerbino, que está muy bien en tus manos, y seria
lástima que alguien te la arrebatara: por lo que á mí hace, puedes estar
completamente seguro de que no seré tan indiscreto que intente privarte
de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto
estoy á darte á conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya
á romper una sola lanza en honor de tu compañera. Hermosa ó fea,
guárdatela: no seré yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan
digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre
parejas con su hermosura.

Marfisa le replicó:

--Es preciso que mal de tu grado pruebes á arrebatarme mi dama. No puedo
consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar
siquiera poseerlo.

Zerbino respondió:

--No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una
victoria, que será beneficiosa para el vencido y perjudicial para el
vencedor.

--Si no te parece bueno este partido, te propondré otro que no debes
rechazar, contestó Marfisa á Zerbino. Si me vences, conservaré esta dama
en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirás por fuerza.
Veamos, pues, quién de los dos se quedará sin ella. Pero te advierto
que, si pierdes, habrás de acompañarla siempre y por donde mejor le
convenga.

--Consiento en ello, exclamó Zerbino.

Y revolvió sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente.
Afirmóse en los estribos, se aseguró en la silla, y para no errar el
golpe, dirijió una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella,
pero no pareció sino que habia metal. La guerrera por su parte le
embistió de tal modo, chocado con un monte de que alcanzándole en el
yelmo, le arrojó aturdido del caballo.

Aquella caida, la única que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando él
habia derribado á millares de guerreros, le causó el más profundo pesar,
considerándola como una afrenta que no conseguiria borrar jamás.

Por largo tiempo permaneció tendido, inmóvil y silencioso; mas al
recordar su promesa de servir perpétuamente de caballero á la horrible
vieja, sintió aumentar su desesperacion. Dirigiéndose á él su vencedora,
le dijo riendo desde el caballo:

--Te presento esta dama; cuanto más bella y agradable me parece, más
satisfecho estoy de que sea tuya. Sé, pues, su campeon en lugar mio;
pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que
has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun
has prometido.

Sin esperar respuesta, dirigió su corcel hácia un bosque, en el que se
internó rápidamente.

Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidió
noticias de él á la vieja, la cual no le ocultó la verdad; verdad
amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.

--El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido
dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar
el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar
del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de
Francia.

Zerbino, al escuchar estas palabras, sintió aumentarse su vergüenza de
tal modo, que no solo le tiñó de un vivo carmin el rostro, sino que
faltó poco para que comunicara su encendido color á todas las piezas de
su armadura. Montó á caballo, dirigiéndose á sí mismo los más duros
reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que
la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en
cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se
veia obligado á cumplirlo, bajó la cabeza, como el corcel rendido de
cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en
la boca.

--¡Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: ¿qué mudanza ha sido
esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, ¿te
parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en
mis manos? Mucho más preferible era para mí lamentar la completa pérdida
de mi amada, que verme obligado á aceptar un cambio tan desigual. Por tí
ha servido de alimento á los peces y á las aves marinas la que,
sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni
tendrá jamás rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has
prolongado por diez ó veinte años más de los que debias, y solo por
aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja,
que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto á los gusanos.

Así se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan
pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la pérdida de su
dama. Aun cuando la vieja jamás habia visto al príncipe escocés, no
obstante, por lo que le oia decir, adivinó que era el caballero de quien
le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he
referido, recordareis que dicha vieja habia salido de la cueva donde
Isabel, la amada de Zerbino, permaneció muchos dias cautiva. La jóven le
habia manifestado distintas veces cómo huyó de su país natal, y cómo se
salvó en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que
la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto
le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos
del príncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con más detenimiento
su rostro, conoció ser él el caballero cuya ausencia costara tantas
lágrimas á Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se
lamentaba más de no verle, que de estar á la merced de los malhechores.
Por las frases que Zerbino dejó escapar en medio de su duelo y
afliccion, comprendió la vieja que estaba en la equivocada creencia de
que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le
constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegría, y se
dispuso á referirle con marcada perversidad lo que le fuera
desagradable, callándose lo que podria mitigar su pena.

--Escucha, le dijo, tú, cuyo orgullo se complace en cubrirme de
escarnio: si supieses lo que sé acerca de la que lloras por muerta, me
llenarias de caricias; pero, antes que revelártelo, consentiria en que
me dieras muerte, ó me hicieras mil pedazos, á no ser que te vuelvas más
complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este
secreto.

Así como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta
prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan ó de carne, ú otra
cosa que produzca el mismo efecto, así tambien se apaciguó de improviso
Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado
con respecto á su llorada dama; y volviéndose á ella con rostro más
agradable, le suplicó y le rogó por Dios y por los hombres que no le
ocultara cuanto supiera, fuese bueno ó malo.

--No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel
pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que
arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar á los muertos. Durante
los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de más de
veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas á recobrarla, no debes
tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por tí.

¡Ah, vieja maldita, y cómo adornas tus embustes! Harto sabias que
faltabas á la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte,
ninguno de ellos atentó contra su honor.

Zerbino preguntó á la anciana dónde y cuándo habia visto á Isabel, pero
no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso añadir una sola
palabra á las ya dichas. El Príncipe recurrió primeramente á las
súplicas; le amenazó despues con cortarle el pescuezo; pero tan inútiles
fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar á la
horrible bruja. Guardó por último silencio, persuadido de que nada
conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despertó en
él unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el
pecho: por recobrar á Isabel se habria lanzado en medio de las llamas;
pero ligado por la promesa hecha á Marfisa, no le era dado andar más que
por donde la vieja quisiera llevarlo.

Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun
la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro,
treparon por los montes y bajaron á los valles. Mas, en cuanto el
hermoso sol volvió las espaldas al medio dia, fué interrumpido su
inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En
el canto siguiente referiré lo que aconteció.



CANTO XXI.

     Zerbino combate para defender á Gabrina, que parece tener el
     corazon de víbora, y es derribado el Holandés por causa de la vieja
     odiada y perversa.--El herido, tendido en el verde prado, refiere á
     Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se
     aumenta el odio y el rencor que hácia ella siente el príncipe
     escocés.--Corre despues á donde oye gritos y estrépito de armas.


No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar más fuertemente un fardo,
ni un clavo unir dos tablas con más solidez de la que liga la fé con su
tenaz é indisoluble nudo á un alma noble y generosa. Los antiguos
representaban á la Fé cubierta de piés á cabeza con un velo blanco, cuya
pureza no alteraba la más pequeña mancha ni el lunar más leve. La
palabra empeñada no debe dejarse jamás sin cumplimiento y ya se haya
dado á un solo individuo, ó á más de mil, así en una selva como en una
gruta, y lo mismo léjos de todo lugar habitado, que ante los tribunales,
en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, ó
sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno,
basta que se haya empeñado una vez para observarla sin escusa ni
pretexto.

Zerbino, fiel á su palabra en todas ocasiones, cumplió lealmente la que
diera á Marfisa, apartándose de su camino para seguir á la vieja, cuya
compañía era para él más desagradable que una enfermedad ó la misma
muerte; pero pudo más su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya
he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la
vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin
proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he
dicho tambien, fué interrumpido tan continuado silencio, á la caida de
la tarde, por un caballero andante que se les presentó en medio del
camino.

Luego que la vieja conoció á dicho caballero, llamado Hermónides de
Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso
su orgullo, dulcificó la aspereza de su semblante y se acogió al amparo
de Zerbino, recordándole la promesa hecha á Marfisa, y diciéndole que el
guerrero que hácia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus
parientes; que habia dado la muerte á su padre y á su único hermano, y
que probablemente desearia exterminar del mismo modo á toda su raza.

--Nada temas, le contestó Zerbino, mientras te halles bajo mi
proteccion.

En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja, á quien tanto
odiaba, dijo á Zerbino con voz arrogante y amenazadora:

--Prepárate á luchar conmigo, ó renuncia á defender á esa vieja, para
que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides á combatir
por ella, indudablemente perecerás, como perece todo aquel que proteje
una causa injusta.

Zerbino le respondió cortesmente, que su propósito de matar á una mujer
era vergonzoso, censurable, é indigno de un caballero, añadiendo que si
se empeñaba en combatir, estaba dispuesto á ello, pero rogándole al
propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como
parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.

Como las palabras del escocés fueron inútiles, se hizo necesario apelar
á los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron á
toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos
públicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron á
encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermónides de Holanda bajó
su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompióse
aquella, causando muy poco daño á su adversario. En cambio, el golpe del
príncipe de Escocia no fué tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo
el escudo de su contrincante, le atravesó de parte á parte el hombro,
arrojándole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino á compasion, por
creer que habia muerto á Hermónides, se apeó con presteza del caballo, y
fué á alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un
sueño, fijó en Zerbino sus miradas, contemplándole silencioso algunos
momentos, y despues le dijo:

--No siento haber sido derrotado por tí, que á juzgar por tu rostro,
debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es
contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no sé cómo
eres campeon, por avenirse mal con tu bizarría. Cuando conozcas el
motivo que me conduce á vengarme de ella, te arrepentirás siempre que lo
recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en
mi pecho el aliento necesario para decírtelo (y dudo que así sea), te
haré ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el
último estremo.

»Tenia yo un hermano que se ausentó, jóven aun, de Holanda nuestra
patria, y pasó al servicio de Heraclio, emperador entonces de los
griegos. Contrajo allí una estrecha y fraternal amistad con un gentil
magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo
rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero

     [Ilustración: Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.

     (Canto XXI.)]

de quien hablo llamóse Argeo; era esposo de esta pérfida mujer, y
desgraciadamente la amó hasta el extremo de dar por ella al olvido el
sentimiento de su propia dignidad; pero esa infame, más voluble que la
hoja caida del árbol en otoño y empujada en todas direcciones por el
viento, olvidó pronto el cariño que durante algun tiempo habia sentido
por su marido, y fijó todos sus conatos y todos sus deseos en conseguir
el amor de mi hermano. Mas no opone tanta resistencia á los embates de
las olas el Acrocerauno[146] de infamado nombre, ni se muestra tan
vigoroso contra Boreas el pino que ha renovado más de cien veces su
cabellera y cuyas raices tienen tanta profundidad cuanta es la altura de
la montaña en que está plantado, como resistencia opuso mi hermano á los
ruegos de esa mujer, nido de todos los vicios más viles y repugnantes.

     [146] Cadena de montañas del Epiro, llamada hoy della Chimera ó
     Khimarioli.

»Aconteció un dia, como suele suceder á todo caballero audaz que anda en
busca de contiendas y las encuentra con frecuencia, que mi hermano fué
herido en una de sus aventuras, muy cerca del castillo de su amigo.
Acostumbrado á detenerse en él, lo mismo cuando iba solo, que cuando le
acompañaba Argeo, se propuso permanecer en dicho castillo hasta la
curacion de su herida. Mientras mi hermano estaba aun atendiendo á su
restablecimiento, sucedió que Argeo tuvo que ausentarse por cierto
asunto, é inmediatamente esa desvergonzada se decidió á renovar sus
instancias amorosas, y lo hizo segun su costumbre; pero aquel, á fuer de
amigo leal, no quiso tolerar por más tiempo tan criminal insistencia, y
á fin de que no se le tildara en lo más mínimo de traidor, eligió entre
las desgracias que preveia la que le pareció menos mala. Resolvió, pues,
romper los lazos amistosos que á Argeo le unian, y huir tan léjos que
no volviese á tener noticias suyas la perversa mujer. Aun cuando se le
hiciera muy duro obrar así, lo consideró más leal que doblegarse á los
criminales deseos, tantas veces expresados, ó dar cuenta de la conducta
de su mujer á Argeo, que la queria más que á su propia vida.

»A pesar de que aun no estaban curadas sus heridas, vistióse sus armas y
se ausentó del castillo, con el firme propósito de no volver á poner los
piés en aquel país. Mas de poco le sirvió su noble accion; porque la
suerte se le manifestó contraria, privándole de toda defensa. Al
regresar Argeo á su morada, encontró á su mujer derramando lágrimas,
suelto el cabello y con el rostro encendido; y al verla en aquel estado,
le preguntó el motivo de su afliccion. Antes de contestar ella, dejó que
Argeo renovara más de una vez sus preguntas, por estar meditando sin
duda el modo de vengarse del que la habia abandonado; hasta que al fin,
auxiliada por su movible imaginacion, y cambiando su amor en odio,
exclamó:

--»¡Ah! señor: ¿para qué te he de ocultar la falta que he cometido
durante tu ausencia? Aun cuando pudiera ocultarla á los ojos de todo el
mundo, no me seria posible acallar mi propia conciencia. El alma que
deplora su pecado inmundo, siente un suplicio tan cruel, que sus efectos
son mucho más dolorosos que los del mayor castigo corporal que pudiera
infligírseme por mi culpa, si tal nombre debe darse á lo que se hace
sucumbiendo á la violencia. Pero sea lo que quiera, debes tener
conocimiento de ella, y despues haz salir con tu espada mi alma pura é
inmaculada de su inmunda corteza, y priva para siempre á mis ojos de la
luz del sol, á fin de no verme obligada, despues de tanta afrenta, á
tenerlos constantemente bajos, y de que no me causen vergüenza las
miradas de los hombres. Tu amigo ha mancillado mi honor; ha violado á
la fuerza este cuerpo, y temeroso de que yo te lo participara, se ha
ausentado sin despedirse siquiera.»

»Con tan mentidas palabras excitó el odio de su marido contra el
compañero á quien dispensara hasta entonces una sincera y viva amistad.
Argeo les dió entero crédito, y sin detenerse á más, apercibió sus armas
y corrió á vengarse. Conocedor del país, alcanzó en breve á mi hermano,
que débil aun y demacrado, caminaba lentamente, sin abrigar la menor
sospecha: en cuanto se puso á su lado, le obligó á retirarse á un sitio
extraviado, donde quiso tomar inmediata venganza de la supuesta ofensa,
y á pesar de las razones y protestas de mi hermano, empeñóse Argeo en
combatir con él. Lleno estaba el uno de salud y vigor, y enfurecido por
su reciente cólera; enfermo el otro, y contenido por su amistad no
debilitada: el combate era por lo tanto muy desigual, y mi hermano
resistió muy poco á los golpes de su compañero, convertido en su
reciente enemigo. Resultó que Filandro (este era el nombre del infeliz
jóven de quien te hablo), no pudiendo soportar la fatiga de la lucha,
tuvo que ceder y entregarse.

--«No permita Dios, dijo Argeo, que mi justo furor al par que tu infamia
me conduzcan al extremo de manchar mis manos en la sangre de un hombre á
quien tanto amé y en cuya amistad confiaba; y aun cuando hayas dado tan
mal pago á mi cariño, quiero demostrar á los ojos de todo el mundo, que
tanto en mi odio, como en mi amistad, soy más noble y más grande que tú,
vengando mi afrenta sin necesidad de darte la muerte.»

«Así diciendo, hizo colocar sobre el caballo una especie de parihuela
formada con ramas de árboles, y lo llevó casi muerto al castillo,
encerrándole en una torre, donde condenó al inocente á una prision
perpétua en castigo de su supuesta falta. Verdad es que nada echó de
menos allí, excepto la libertad; porque podia mandar y pedir cuanto
quisiera, y todos se apresuraban á obedecerle.

»Esa infame mujer, atormentada incesantemente por su idea constante, iba
casi todos los dias á visitarle en su prision, de cuyas llaves disponia;
y penetraba en ella cuando se le antojaba, para poner á prueba la
lealtad de mi hermano con mayor audacia que antes.

--«¿De qué te sirve esa lealtad, calificada en todas partes de perfidia?
le decia. ¿Qué triunfos tan elevados y gloriosos; qué soberbios despojos
y qué botin tan pingüe; qué premio, en fin, alcanzas con ella, cuando
todos te motejan de traidor? ¡Qué utilidad, qué honra no reportarias
ahora si me hubieses concedido lo que te pedia! En cambio, ahora recoges
el gran fruto de tu obstinado rigor, viéndote encerrado en una prision,
de la que no esperes salir, como no dulcifiques antes tu dureza. Pero si
me complaces, yo me arreglaré de suerte que recobres la libertad y la
fama.»

--«No, contestó Filandro: no esperes jamás que mi firme lealtad pueda
dejar de ser lo que es; y aun cuando contra toda justicia y razon
encuentro hoy tan cruel recompensa, y el mundo haya formado un mal
concepto de mí, basta con que mi inocencia resplandezca claramente ante
Aquel que lo vé todo y puede consolarme con su eterna gracia. Si Argeo
no está satisfecho con tenerme preso, puede arrancarme esta vida
enojosa, y quizá el cielo no me negará el premio de una buena accion,
tan mal agradecida en la Tierra. Tal vez el que hoy se crea ofendido por
mí, cuando mi alma se haya librado de mi cuerpo, conocerá la injusticia
que conmigo habrá cometido, y derramará lágrimas por su fiel amigo
muerto.»

»Varias veces intentó esa mujer desenfrenada ablandar á Filandro, pero
siempre inútilmente. Sus insensatos deseos, cada vez más irritados por
los obstáculos que se les oponian iban buscando en el fondo de su
corazon sus antiguos y perversos instintos para utilizarlos de una vez.
Formó mil distintos proyectos antes de fijarse en alguno de ellos. Seis
meses transcurrieron sin que pusiera los piés en la prision de mi
hermano, por lo cual el mísero Filandro esperaba y creia que ya no
sentia por él afecto alguno. Pero la Fortuna, propicia siempre á los
malvados, proporcionó á esta infame la ocasion de poner fin por un medio
deplorable á su apetito tan ciego como irracional.

»Mucho tiempo hacia que su marido estaba enemistado con un magnate
llamado Morando el hermoso, el cual acostumbraba hacer, en ausencia de
Argeo, algunas incursiones por las tierras de este, llegando muchas
veces hasta el castillo; pero nunca se atrevia á acercarse á más de diez
millas cuando sabia que estaba en él su dueño. Para poderlo atraer á sus
manos, propaló Argeo la noticia de que iba á marchar á Jerusalen á
cumplir un voto. La hizo circular por todas partes, y se alejó el dia
prefijado con bastante publicidad para que todos lo vieran, aun cuando
nadie sospechaba sus verdaderas intenciones, á excepcion de su mujer, de
quien únicamente se fiaba. Al oscurecer volvió al castillo, donde pasó
aquella noche y las siguientes, saliendo de él al primer albor matutino,
disfrazado y sin ser visto de nadie. Manteníase oculto vagando por las
inmediaciones de su castillo, para ver si el crédulo Morando volvia á
sus acostumbradas incursiones. Permanecia todo el dia en el bosque, y
cuando veia que el Sol se ocultaba tras el horizonte marítimo, regresaba
á su morada, donde su infiel consorte le recibia por una puerta secreta.
Creia, pues, todo el mundo que Argeo estaba á muchas leguas de sus
dominios; y esa inícua mujer, juzgando la ocasion oportuna, fué á ver á
mi hermano con nuevos y perversos designios. Derramando un raudal de
lágrimas fingidas, que desde los ojos iban á caer sobre su seno, le
dijo:

--«¿Dónde podré encontrar la proteccion necesaria para que mi honor no
sea del todo mancillado? ¿Cómo salvar tambien el de mi marido? ¡Ah! Si
él estuviese aquí, no temeria nada. Ya conoces á Morando, el cual,
mientras Argeo se halla ausente, no teme á Dios ni á los hombres. Pues
bien: ora valiéndose de ruegos, ora de amenazas, emplea los mayores
esfuerzos para obligarme á sucumbir á sus deseos; y de tal modo procura
seducir á mis gentes que no sé si al verme sola podré resistirle.
Constándole que mi esposo está muy léjos de aquí, y que no volverá en
mucho tiempo, ha tenido la audacia de penetrar en mis tierras sin
pretestar la menor excusa. ¡Oh! si por fortuna estuviese mi esposo á mi
lado, no solo no se atreveria á intentar semejante paso, sino que ni
siquiera se consideraria seguro á tres millas de nuestras murallas.

»Hoy mismo me ha pedido, con cínica franqueza, lo que muchos meses há
venia buscando: de tal modo me ha expresado sus deseos, que he temido
por mi honor y mi decoro; y á no haberle contestado con dulzura,
fingiendo que accederia á sus designios, se habria apoderado á la fuerza
de lo que hoy cree obtener voluntariamente. Así, pues, he prometido
dejarle satisfecho, aunque sin intencion de cumplir mi promesa; porque
un convenio hecho á la fuerza es nulo: mi propósito fué entonces el de
impedir que llevase á cabo lo que se preparaba á conseguir por medio de
la violencia. Ahora bien: solo tú puedes librarme de él; de lo contrario
quedará mancillado mi honor, al mismo tiempo que el de Argeo, al que,
segun me has dicho, tienes en tanto ó en más que el tuyo propio. Si te
niegas á prestarme este servicio, me asistirá el derecho de decir que es
mentida la lealtad de que te envaneces; que solo por crueldad has
despreciado mis súplicas y mis lágrimas, y que la resistencia que hasta
ahora has opuesto á mi pasion no ha sido motivada en manera alguna por
tu amistad hácia Argeo. Y sin embargo, nuestro amor podia haber quedado
oculto entre ambos, al paso que mi infamia no dejará de hacerse
pública.»

--«No eran necesarios tantos preámbulos, contestó Filandro, para
excitarme á defender la honra de Argeo; porque siempre estoy dispuesto á
ello. Dime pronto lo que debo hacer; pues me he propuesto ser siempre lo
mismo que hasta aquí he sido; y aun cuando tan sin razon sufro un
inmerecido castigo, no he pensado siquiera en culpar á tu esposo, por
quien estoy dispuesto á arrostrar la muerte, aunque debiera luchar
contra el mundo entero y hasta contra mi destino.»

»Esa mujer impía respondió:

--«Quiero que arranques la existencia al hombre que procura nuestra
deshonra. No temas que esta accion te acarree mal alguno; porque te
proporcionaré los medios más seguros para llevarla á cabo. Debe volver á
este castillo hácia la tercera hora de la noche, favorecido por las
tinieblas; le haré una señal en que hemos convenido, y le introduciré en
mi estancia de modo que no sea observado. Mientras tanto tú debes
esperar en ella, oculto en la sombra, hasta que lo ponga en tus manos,
despues que se haya desnudado de sus armas y de casi toda su ropa.»

»De esta suerte preparó el lazo en que debia caer su marido, esa mujer,
ó mejor dicho, esa furia infernal, tan traidora como cruel. Así que
llegó aquella desastrosa noche, sacó á mi hermano de la torre,
proveyéndole de armas, y le condujo á su habitacion, donde se ocultó
esperando la llegada del desdichado amigo. Sucedió tal como estaba
previsto; pues raras veces se frustran los designios de los malvados.
Persuadido Filandro de que castigaba á Morando, descargó un golpe fatal
sobre el excelente Argeo, de cuyo golpe le hendió el cráneo y el cuello,
tanto más fácilmente, cuanto que el yelmo no resguardaba su cabeza.
Argeo exhaló su postrer suspiro sin hacer el menor movimiento,
pereciendo á manos del amigo que ni por ensueño podia suponer que
llegaria á encontrarse en semejante trance; y ¡caso raro! creyendo velar
por su honor, hizo con él lo peor que puede hacerse con el enemigo más
encarnizado.

»Apenas cayó Argeo, desconocido aun de mi hermano, apresuróse este á
devolver la espada á Gabrina, que tal es el nombre de esa mujer, nacida
tan solo para vender á todo el que caiga en sus manos. Gabrina, que
hasta entonces le habia ocultado la verdad, quiso que Filandro
contemplara, con la luz en la mano, la víctima de quien era homicida, y
le mostró el cadáver de su compañero Argeo. Amenazóle en seguida, si no
consentia en realizar su prolongado y amoroso deseo, con divulgar el
crímen de que era culpable sin poder alegar nada en su favor; añadiendo
que le haria morir afrentosamente como traidor y asesino, recordándole,
por último, que si bien le constaba que no tenia apego á la vida, debia
mirar por su fama.

»Filandro permaneció algunos momentos lleno de temor y de afliccion,
luego que se persuadió de su error: su primer impulso, dictado por la
cólera que le poseia, fué el de matar á Gabrina, y aun dudó si era la
mejor determinacion que podia adoptar; y á no haber acudido en su
auxilio la razon, haciéndole reflexionar que se encontraba en una morada
hostil, la hubiera despedazado con los dientes á falta de otras armas.
Así como un bajel sorprendido en alta mar por dos vientos encontrados,
que tan pronto le empujan velozmente hácia delante, como le hacen
retroceder al punto de partida, y le obligan á virar contínuamente de
popa y de proa, se deja al fin arrastrar por el más fuerte, así
Filandro, despues de muchas vacilaciones, eligió el menos malo de los
dos partidos que se le proponian. La razon le hizo ver el gran peligro
que corria de encontrar, no tan solo la muerte, sino un fin infame é
ignominioso, como llegara á divulgarse él homicidio por el castillo, y
se estremeció ante esta consideracion. Voluntariamente ó no, era preciso
que apurara hasta las heces aquel amarguísimo cáliz, y por último, pudo
más el temor que la obstinacion en su corazon lacerado.

»El temor de un suplicio afrentoso le obligó á prometer á Gabrina que
cumpliria todos sus mandatos, si se alejaban seguros de aquel sitio. Así
fué como alcanzó esa infame el fruto de sus deseos, despues de lo cual
abandonaron aquella comarca. De este modo regresó Filandro á nuestro
lado, dejando en Grecia un nombre deshonrado y envilecido, y llevando
eternamente grabada en su corazon la imágen de su compañero, á quien
habia inmolado tan neciamente, para obtener, bien á pesar suyo, la
conquista inícua de una Progne cruel, de una Medea. Si no le hubiera
contenido el duro freno de su fé y sus juramentos, habria exterminado á
Gabrina; pero, en cambio, le tuvo tanto odio como es posible.

»Desde aquel acontecimiento no se le vió nunca sonreir; todas sus
conversaciones estaban impregnadas de la mayor tristeza; continuamente
exhalaba profundos suspiros, y llegó á ser cual otro Orestes despues de
dar muerte á su madre y al sagrado Egisto, cuando se ensañaron con él
las Furias vengadoras[147]. Aquel dolor profundo y continuado minó su
naturaleza de tal modo, que por último cayó enfermo en el lecho.
Conociendo entonces esa meretriz lo poco grata que era su presencia para
mi hermano, trocó la intensa llama de su amor en odio, en ira ardiente é
inextinguible; tan furibunda entonces contra Filandro como en otro
tiempo lo fué esa malvada contra Argeo, formó el proyecto de deshacerse
del segundo marido, lo mismo que se habia deshecho del primero, y llamó
á un médico á propósito para semejante obra, hombre vil y fraudulento,
más hábil para matar con venenos que para curar á sus enfermos con
tisanas, prometiéndole una recompensa superior á la que él le pidiera,
la cual le seria entregada en cuanto la librara de la presencia de su
señor por medio de algun brevaje emponzoñado.

     [147] Orestes, hijo de Agamenon y Clitemnestra, pasó su juventud en
     Fócida despues del asesinato de su padre por su madre y Egisto, y
     allí contrajo con Pílades la amistad que á ambos hizo tan célebres.
     Vengó la muerte de su padre con la de los dos culpables; pero
     perseguido por las Furias, le acompañaron por todas partes los
     remordimientos y la demencia.

»El indigno viejo presentóse en la estancia de mi hermano, donde á la
sazon me hallaba yo con otras muchas personas, enseñándonos el tósigo
que llevaba en la mano, y diciéndonos que era una pocion tan excelente,
que en breve haria recobrar al enfermo su perdida robustez; pero
meditando Gabrina un nuevo crímen, antes de que el enfermo gustase aquel
líquido, ya fuese por quitar de en medio á su cómplice ó por no darle lo
que le habia prometido, asió la mano del médico en el momento en que
aproximaba á los labios de mi hermano la taza que contenia el tósigo, y
le dijo:

--«No lleves á mal que vele por la existencia del hombre á quien tanto
he amado. Quiero estar segura de que no le das ninguna bebida nociva, ni
ningun jugo envenenado, y por esta razon me opondré á que le suministres
ese brevaje, si tú no lo pruebas antes.»

»Considera, señor, cuál seria la turbacion del viejo al escuchar estas
palabras. Bien fuese porque lo crítico de aquella circunstancia le
impidiese tomar de pronto una resolucion salvadora, ó bien por desterrar
toda sospecha, el caso es que se decidió á beber una parte del contenido
de la taza; y el enfermo, en vista de tal seguridad, tomó el resto, que
le presentó el mismo médico. Cual gavilan, que teniendo aprisionada
entre sus corvas garras una tímida perdiz con la que espera saciar su
apetito, se vé sorprendido por un perro que hasta entonces ha sido su
compañero fiel, el cual le arrebata ávidamente su presa, así se quedó el
médico que, creyendo ya tocar el precio de su pérfida accion, se
encontró, donde esperaba ayuda, con una amarga decepcion.

»Oye ahora un rasgo de incomprensible audacia, y ojalá suceda otro tanto
á cualquier hombre dominado por la avaricia.

»Una vez terminada su triste mision, echó á andar el viejo con ánimo de
regresar á su casa, y tomar alguna medicina que neutralizase los crueles
efectos del veneno; pero Gabrina se opuso, diciendo que no consentiria
en que se alejara hasta que se conociera la virtud del brevaje propinado
al enfermo. De nada le sirvieron al médico sus ruegos ni sus
ofrecimientos para disuadirla de su tenaz oposicion; y desesperado al
sentir próxima una muerte que no podia evitar, reveló á los
circunstantes aquel complot infernal, sin que esa lograra paliar, como
intentó, su declaracion. De este modo hizo el buen médico consigo mismo
lo que tantas veces habia hecho con los otros, y su alma siguió á la de
mi hermano, separada pocos momentos antes de su cuerpo.

»En cuanto nosotros oimos la verdad de los labios del viejo, nos
precipitamos sobre esa fiera abominable, mucho más cruel que cuantas se
albergan en las selvas, y la encerramos en un sitio tenebroso, para
condenarla á la hoguera que tenia tan merecida.»

Hasta aquí llegaba Hermónides de su relato, y se proponia referir cómo
se escapó Gabrina de su prision, cuando, agravándose los dolores de su
herida, volvió á caer pálido sobre la yerba. Dos escuderos que le
acompañaban hicieron unas parihuelas con ramas gruesas, y Hermónides
mandó que le transportaran en ellas, porque de otro modo le era
imposible continuar su camino. Zerbino manifestó á aquel caballero todo
el sentimiento que le causaba el triste estado en que le habia puesto,
añadiendo que, fiel observador de las reglas de caballeria, no habia
tenido más remedio que defender á la mujer confiada á su custodia; pues
de otra suerte habria dado lugar á que se pusiera en duda su lealtad;
porque cuando la recibió bajo su amparo, prometió salvarla de cuantos
atentaran contra ella. Aseguróle despues que, si en alguna cosa podia
serle útil, estaria pronto á acudir á su llamamiento. El caballero le
respondió que solo deseaba recordarle la conveniencia de deshacerse de
Gabrina, antes que llegara á tramar contra él alguna maquinacion de que
despues se lamentara y arrepintiese aunque en vano. Gabrina permaneció
siempre con los ojos bajos, porque no es fácil contradecir la verdad.

Zerbino se alejó en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha,
y maldiciéndola todo el dia en su interior por haber sido causa de la
desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y
enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes
el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspiró tanta
aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina, á quien no
pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso
cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplicó su mala voluntad
hácia él: su corazon estaba henchido de veneno, por más que en su rostro
apareciera lo contrario.

Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y
concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia
hácia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios
seguros de que se habia empeñado un combate, no muy léjos de ellos, á
juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la
causa, se adelantó precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le
siguió Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocuparé de lo que
sucedió.



CANTO XXII.

     Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el
     encantamiento y hace desaparecer el palacio.--Bradamante consigue
     encontrar á su Rugiero, el cual derriba á cuatro adversarios en
     ocasion en que acudia á librar de las llamas á un caballero
     andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por órden de
     Pinabel, á quien Bradamante quita la vida.


Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis
contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os
halleis en minoría con respecto á las de vuestro sexo, no os ofendais de
lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi
indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrírseme, censurando su índole
perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de
hacerlo constar así, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la
verdad, que me ha impuesto él que ejerce un dominio absoluto sobre mí.
Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estén
dotadas de un corazon virtuoso.

El oprobio del traidor que vendió á su Maestro por treinta dineros, no
alcanzó á Pedro ni á Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre
por más que fuese hermana de tantas mujeres indignas[148].

     [148] Hipermnestra fué una de las cincuenta hijas de Danao, que
     salvó á su esposo Linceo, á pesar de la órden de su padre, que
     habia mandado á todas sus hijas matar á sus maridos la primera
     noche de sus bodas. Danao citó á Hipermnestra á juicio para
     castigarla por su desobediencia; pero el pueblo la declaró
     inocente. Sus hermanas fueron precipitadas por Júpiter en el
     Infierno, y condenadas á llenar eternamente un tonel agujereado.

Por una sola á quien me atrevo á censurar en mis versos por exigirlo
así la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar á otras ciento,
haciendo que su virtud resplandezca más que el Sol.

Pero volviendo á tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen
escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en
amenizarla con la variedad posible, recordaré que el caballero de
Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Siguió un sendero angosto
entre dos cerros, y á los pocos pasos llegó á un valle rodeado de
montañas, en cuyo fondo encontró el cadáver de un caballero. Ya os diré
su nombre; mas antes quiero volver las espaldas á la Francia y pasar á
Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de
Occidente.

Le dejé en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su
trompa á la chusma mujeril, salvándose de un gran peligro, y poniendo en
fuga á sus mismos compañeros que se alejaron vergonzosamente á bordo de
una nave. Seguiré, pues, ocupándome de él, y os diré que al salir de
aquel país, tomó el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias llegó á la
Anatolia, y se dirigió despues á Bursa, desde donde continuó su viaje
por mar, hasta que desembarcó en la Tracia. Siguió luego las orillas del
Danubio, recorrió la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos
de veinte dias atravesó la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se
encontró en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, llegó
á Aquisgran, luego al Brabante, y por último se embarcó en Flandes. El
viento que soplaba hácia Tramontana impelió de tal suerte las velas
sobre la proa, que al mediodia dió vista á Inglaterra, en cuyas playas
saltó al poco rato. Montó á caballo y le espoleó de tal suerte, que
llegó aquella misma tarde á Lóndres.

Allí tuvo noticia de que el anciano Oton se encontraba en Paris muchos
meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido
posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determinó
trasladarse á Paris cuanto antes, y embarcándose en el Támesis, salió
pronto á alta mar, é hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un
vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, haciéndole
deslizarse rápido sobre la superficie de las aguas, fué creciendo poco á
poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de
estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por
su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto á la
derecha como á la izquierda, y entregados totalmente á la ventura,
consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.

Luego que Astolfo puso el pié en la anhelada tierra, hizo ensillar á
Rabican, cubrióse con su armadura, se ciñó la espada, y emprendió el
camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era más eficaz que
el de mil hombres. Atravesó un bosque y llegó al pié de una colina de
donde brotaba un manantial claro y apacible, á la hora en que los
ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el
aprisco ó en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y
especialmente por una sed abrasadora, se quitó el casco, ató su corcel á
uno de aquellos espesos árboles, y se preparó á satisfacer su sed en las
frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus
labios, cuando un campesino que estaba oculto allí cerca, salió
repentinamente de entre un matorral, saltó sobre el caballo y huyó con
él.

Astolfo oyó el ruido, alargó la cabeza, y apenas conoció el daño que le
ocasionaban, se apartó del manantial, olvidando su sed, y echó á correr
tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El
campesino no se alejaba á escape tendido, pues de esta suerte habria
desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando ó
tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope.
Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron
ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en
una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se
refugió en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba á la del
viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su
armadura, le seguia á larga distancia. Al fin llegó á aquel suntuoso
edificio; pero allí perdió de vista á su caballo y al raptor. En vano
miró por todas partes y recorrió presuroso las salas, las cámaras y las
galerías: su trabajo fué completamente inútil; pues no consiguió
descubrir al pérfido villano, ni presumir donde habria ocultado á
Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del
dia continuó infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y
fuera.

Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospechó al fin
que aquel sitio estaba encantado; y acordándose del libro que le habia
regalado Logistila en la India, á fin de poder burlar con su auxilio
todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurrió
á su índice, y vió pronto la página en que habia de encontrar el medio
de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente
de la descripcion del palacio encantado, así como de los medios que
deberian emplearse para dejar confundido al Mágico, y librar á todos los
cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espíritu,
autor de todos aquellos engaños y prestigios; una vez levantada la
piedra que le cubria, él mismo haria que el palacio se desvaneciera como
humo.

Deseoso el paladin de llevar á cabo tan gloriosa empresa, no tardó más
tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mármol
pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vió al Duque próximo á
destruir su obra, apeló á nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia
suceder; y por medio de sus artes diabólicas, hizo aparecer á Astolfo
bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante;
otros por un campesino, y muchos creyeron ver en él un caballero de
torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que
se revestia el Mágico en el bosque; así es que para recobrar lo que
Atlante les habia arrebatado á cada cual, acometieron simultáneamente al
paladin.

Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros
muchos guerreros, víctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con
furor sobre el Duque, dispuestos á hacerle pedazos; pero en tan apurado
trance, acordóse de su trompa, con la que les obligó á mitigar su
cólera: si no hubiese apelado á sus horribles sonidos, era segura su
muerte. Pero en cuanto se llevó á la boca aquella bocina, y despidió sus
tremebundos sones, empezaron todos los caballeros á escaparse cual
palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, pálido
y aterrado, huyó de su morada tembloroso, y no paró hasta que dejó de
percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian
con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no
bastando para sujetarlos las cuerdas á que estaban atados, y siguieron á
sus dueños por distintos caminos. En el palacio no quedó un solo ser
viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los demás, si
Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.

En cuanto el Duque inglés se libró del Mágico, levantó la pesada piedra
del umbral, y encontró debajo de ella algunas imágenes y otras cosas que
me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mágicos,
hizo pedazos todo cuanto encontró, conforme á las prescripciones del
libro, y de improviso desapareció el palacio convertido en humo y en
vapores. Allí encontró el caballo de Rugiero atado con una cadena de
oro; me refiero á aquel caballo que le diera el Mágico para enviarle á
la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno á propósito para dirigir
su carrera cuando volvió á Francia, recorriendo todo el lado derecho de
la Tierra, al pasar á Inglaterra desde la India. No sé si recordareis
que el Hipogrifo dejó aquel freno atado á un árbol, el dia en que la
hija de Galafron desapareció enteramente desnuda de la vista de Rugiero,
recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos
lo vieron por los aires, fué el volador corcel á reunirse con su antiguo
amo, y permaneció á su lado hasta el dia en que el Duque destruyó todos
los encantos.

Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese más agradable; pues
el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer á medida de su deseo
la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la
vuelta á todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su
marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en
que Melisa le libró del poder de la malvada Alcina, que le tenia
convertido en mirto. Entonces vió y observó atentamente cómo cedia la
cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oyó las
instrucciones que esta benigna hada dió á Rugiero para guiarle por todas
partes segun su voluntad. Decidido, pues, á quedarse con el Hipogrifo,
le colocó su silla, que estaba cerca, y le hizo un freno á propósito,
reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en
aquel sitio, pertenecientes á los caballos fugitivos. Dispuesto ya á
remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordóse de su Rabican, y el
temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo
era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate,
cuanto porque le habia traido desde el último rincon de la India hasta
el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneció irresoluto, y por
último determinó ofrecerlo como un valioso presente á algun amigo, antes
que abandonarlo en medio del camino á merced del primero que llegara.
Pasó todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador ó
campesino, que le siguiese á cualquiera ciudad llevando del diestro á
Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del
siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y á la indecisa luz del
crepúsculo, le pareció divisar un caballo que se adelantaba por el
bosque.

Mas, para deciros lo que sucedió, necesito antes ir á reunirme con
Rugiero y Bradamante.

En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja
se halló á bastante distancia de aquel sitio, Rugiero miró en torno
suyo, y vió lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual,
valido de sus sortilegios, impidió que ambos amantes pudieran conocerse.

Rugiero contempló á Bradamante, y esta le examinó á su vez, asombrada y
sin poder explicarse cómo habia ofuscado sus sentidos una ilusion
extraña por espacio de tantos dias. Rugiero abrazó á su hermosa dama,
que se puso más encarnada que una rosa, y apresuróse á coger en sus
labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes
volvieron á repetir una y mil veces sus caricias y susabrazos,
sintiendo tan inmensa alegría, que apenas la podian contener sus
corazones. ¡Oh! ¡Cómo maldijeron entonces los infames encantos, que no
les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio
encantado, haciéndoles perder además tan placenteros dias!

Bradamante, dispuesta á otorgar á su amante todos los favores que son
lícitos á una doncella pudorosa, y á fin de sustraerlo de las tinieblas
en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro,
manifestó á Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y
esquivez á concederle el término de sus amorosos deseos, era
indispensable que la pidiera á su padre Amon; pero bautizándose antes.
Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el
cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres
antecesores, sino que estaba pronto á darle la vida, como llegara á
pedírsela, le contestó:--Por merecer tu cariño pondria mi cabeza, no
bajo el agua, sino entre las llamas.

Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues á
Bradamante, la cual le guió á Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico,
célebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al
salir del bosque encontraron á una dama, cuyo semblante revelaba el
mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre cortés para con
todos, pero mucho más para con las mujeres, apenas vió las lágrimas que
surcaban el delicado rostro de aquella dama, sintió una gran compasion y
deseó conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercándose á ella, le
preguntó, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro
bañado en llanto. Levantó la dama hácia él sus ojos preñados de
lágrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:

--Gentil caballero, las lágrimas que ves rodar por mis mejillas son
producidas por la compasion que me inspira un doncel á quien hoy mismo
van á dar muerte en un castillo cerca de aquí. Enamorado ese jóven de
una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de España,
solia pasar á su lado todas las noches, sin dar que sospechar á la
familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y
fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto
que permanezca constantemente oculto, no faltó quien le observara,
revelándolo en seguida á dos amigos suyos, y estos á otros, hasta que,
llegó á noticia del Rey: antes de ayer se presentó un comisionado de
Marsilio, que sorprendiendo á ambos amantes en el lecho, les ha
encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que
no transcurrirá el dia de hoy sin que perezca el jóven lastimosamente.
He huido por no presenciar el espectáculo cruel y horroroso de verle
perecer en una hoguera, pues nada podrá causarme dolor tan vivo como el
suplicio de ese jóven: de hoy en adelante todos mis placeres se
convertirán en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de
arder sus bellos y delicados miembros.

Bradamante escuchó atenta este relato, el cual la conmovió tanto, que no
parecia sino que el jóven condenado á muerte fuese uno de sus hermanos;
y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues.
Volviéndose á Rugiero, le dijo:

--Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese
cautivo.

Y dirigiéndose á la afligida dama, añadió:

--Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que
hayan dado la muerte al desdichado jóven, puedes estar segura de que
sabremos salvarle.

Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su
dama, é imitando su noble desinterés, ardió en deseos de volar en
socorro del jóven, y dijo á la dama, de cuyos ojos continuaban brotando
abundantes lágrimas:

--¿A qué aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer:
dirígenos pronto adonde se halla tu protegido, á quien prometemos sacar
de entre millares de lanzas ó espadas, con tal que nos conduzcas
inmediatamente á su lado. Aligera, pues, el paso más de lo que te sea
posible, no vaya á suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos
cuando ya le hayan abrasado las llamas.

Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes,
atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su
muerta esperanza, pero como temia menos la distancia á que se encontraba
el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino
haciendo inútiles sus esfuerzos, permaneció algunos instantes indecisa.
Por fin les dijo:

--Si tomásemos el camino más llano y que más directamente conduce al
castillo, sin duda llegaríamos antes de que la hoguera estuviese
encendida: pero estamos obligados á caminar por senderos tan tortuosos y
ásperos que alargarán nuestro viaje más de un dia, y temo que al llegar
á su término encontremos muerto al jóven.

--Y ¿por qué no hemos de ir por el camino más corto? preguntó Rugiero.

La dama respondió:

--Porque á la mitad de él se encuentra un castillo de los condes de
Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el más perverso
de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre
inícua y vergonzosa para las damas y caballeros andantes. Por allí no
pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados á someterse
á los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus
corceles; dejando además, los guerreros las armas, y las damas sus
vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace
muchos años mejores caballeros que los cuatro que han jurado á Pinabel
ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicaré el
origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que
está en uso, y juzgareis si fué ó no recta la causa que obligó á los
caballeros á prestar del juramento.

«Pinabel tiene una dama tan inícua, tan infame, cual no existe otra. Un
dia que iba con él no sé por donde, encontró un caballero que le causó
una gran afrenta. Habiéndose ella burlado de una vieja que iba montada á
la grupa del caballo de aquel campeon, empeñóse un combate; y Pinabel,
que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, salió vencido:
el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba ó no, por lo
cual la obligó á bajarse de su palafren, la dejó á pié, é hizo que la
vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de
la más ardiente sed de venganza, se reunió á Pinabel, que siempre está
dispuesto á secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su
imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo á su
amante que el único modo de verla de nuevo risueña y placentera,
consistia en desmontar á mil caballeros y mil damas, quitándoles á los
unos las armas y sus vestidos á las otras.

»Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel
cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta allí desde
comarcas remotísimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen
otros más intrépidos ni diestros en el manejo de las armas: llámanse
Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el más jóven Guido el salvaje. Pinabel
dispensóles en su castillo una cortés acogida, y mientras estaban
entregados al sueño por la noche, los sorprendió en el lecho, los
aprisionó, y no consintió en restituirles la libertad hasta que le
juraron permanecer allí durante un año y un mes (tal fué el tiempo que
les prefijó); que despojarian de sus armas á cuantos caballeros andantes
apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los
vestidos de las damas que fuesen en su compañía, quitándoles asimismo
los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron más remedio que
prestar aquel juramento, bien á pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido
luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos
caballeros que han tenido que marcharse á pié y sin armas. Tienen
establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea
el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si dá con un
contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del
caballo, los otros tres están obligados á acometer á un tiempo al
vencedor hasta triunfar ó sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es
ya tan temible de por sí, calcula lo que serán todos juntos.

»La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor
demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponiéndoos á los azares
de una lucha; y aun suponiendo que saliérais de ella victoriosos, como
lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda
resolverse en una hora, temo mucho que aquel jóven perezca entre las
llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.»

Rugiero contestó:

--Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el
Supremo Hacedor ó la fortuna cuidarán entre tanto de ese jóven.
Decididos á combatir con los cuatro caballeros, podrás juzgar, al ver el
resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha
sido condenado á las llamas por una falta tan leve como nos has
manifestado.

Sin añadir una sola palabra, les guió la dama por el camino más corto.
Poco más de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y
en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria
peligro de perder tambien la vida. Sonó dos voces la campana del
castillo, anunciando su presencia: abrióse la puerta, y salió presuroso
al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin,
gritándoles:

--Esperad, esperad: no sigáis adelante, que aquí hay que pagar derechos,
y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la diré.

Y empezó á referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortándoles
despues á que se conformaran con ella.

--Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y
vosotros abandonad aquí vuestras armas y caballos: no os expongais á
luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis
vestidos, armas y caballos; pero nada podrá devolveros la vida una vez
perdida.

--Basta, contestó Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de
todo, y he venido á probar por mí mismo si esos caballeros son en efecto
tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto á poner á
merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se
trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad de que mi compañero
tampoco cederá los suyos á las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan
pronto á medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras
armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaña, y estamos
perdiendo un tiempo precioso.

El viejo respondió:

--Por el puente se acerca quien viene á satisfacer tus deseos.

Y era verdad; pues por él se adelantaba un caballero que llevaba una
sobrevesta roja salpicada de flores blancas.

Bradamante suplicó encarecidamente á Rugiero, que por galantería le
cediera el honor de arrojar de la silla al caballero; mas no pudo
conseguirlo, y le fué preciso resignarse á la voluntad de su amante.
Rugiero quiso llevar á cabo por sí solo aquella empresa, y que
Bradamante permaneciera como mera espectadora del combate.

Rugiero preguntó al viejo el nombre del primer campeon que salia contra
él.

--Es Sansoneto, contestó el anciano; le conozco por las flores blancas y
el rojo color de su vestido.

Ambos adversarios, sin dirigirse la palabra ni demorar un solo momento
el combate, se pusieron simultáneamente en movimiento, y se acometieron
con la lanza en ristre, excitando la ardorosa carrera de sus corceles.
Mientras tanto Pinabel habia salido de la fortaleza, acompañado de
algunos infantes, dispuestos siempre á apoderarse de las armas de los
vencidos, y á auxiliar á los caballeros que caian de la silla. Venian á
encontrarse los dos atrevidos contendientes, apoyando en el ristre sus
enormes lanzones de roble verde, de dos palmos de circunferencia, y
cuyos hierros tenian igual longitud. Sansoneto habia hecho cortar en el
bosque inmediato diez ó doce astas semejantes á aquellas, destinándolas
á tal objeto; y eran tan fuertes que ni escudos, ni corazas diamantinas,
podrian resistir su choque. Cuando se aprestaron al combate, hizo dar
una de dichas astas á Rugiero, reservándose él la otra.

Con tales lanzas, capaces de hendir un yunque (tan bien templados tenian
sus hierros), se alcanzaron á la mitad de su carrera, dándose un bote
descomunal en sus respectivos escudos. El de Rugiero, que tanto habia
hecho sudar á los demonios cuando lo forjaron, á pesar de estar
desnudos, no se resintió en lo más mínimo del golpe; me refiero á aquel
escudo que fabricó Atlante, y de cuya fuerza ya os he hablado otras
veces: os he dicho que era tal la fuerza con que heria la vista su
encantado resplandor, que al descubrirlo, abrasaba los ojos y derribaba
á los hombres privados de sentido. Por esta razon lo llevaba Rugiero
siempre cubierto con un velo que solo levantaba en los más apurados
trances. Debe creerse además que fuese impenetrable, puesto que resistió
el bote de la lanza de Sansoneto.

El escudo de este, forjado por artífices menos hábiles, no pudo soportar
el terrible golpe de su adversario: como si le hubiera herido un rayo,
dió paso al hierro de la lanza y se abrió por el medio; dió paso al
hierro, que tropezó al atravesar el escudo con el brazo mal defendido
por él, y Sansoneto quedó herido, y á su pesar fué arrojado de la silla,
siendo el primero de los cuatro mantenedores de aquella costumbre
punible que salió vencido en el combate en lugar de apoderarse de los
despojos de sus adversarios. Bueno es que llore alguna vez el que
siempre rie, y que la fortuna no se muestre siempre propicia á los
deseos de los venturosos. El vigía del castillo, haciendo con la campana
una nueva señal, avisó á los demás caballeros que saliesen á su vez á
combatir.

Mientras tanto se habia aproximado Pinabel á Bradamante para saber quien
era el caballero que con tan singular valor acababa de derribar á uno de
sus campeones. La justicia divina, indudablemente dispuesta á
proporcionarle una recompensa digna de sus merecimientos, permitió que
fuese aquel dia montado en el mismo corcel que algun tiempo antes
arrebatara á Bradamante. Precisamente hacia ocho meses por entonces que
encontrándose el de Maguncia con la guerrera en un camino, la habia
arrojado, segun recordareis, en la tumba de Merlin, cuando la libró de
la muerte una rama que cayó con ella no menos que su buena suerte; y
persuadido Pinabel de que habia quedado sepultada en la cueva, se llevó
su caballo.

Bradamante conoció al punto su corcel, gracias al cual conoció tambien
al inícuo Conde; y al oir su voz y al fijarse con más detenimiento en su
rostro, dijo entre sí:--«Este es sin duda el traidor que intentó
arrancarme vida y fama; sus pecados le han traido seguramente á recibir
el castigo de sus crímenes.»--Amenazar á Pinabel, desenvainar la espada
y embestirle, todo fué obra de un momento; pero antes procuró cortarle
la retirada para que no pudiera refugiarse en el castillo.

Semejante á la zorra que halla interceptado el paso de su madriguera,
Pinabel perdió la esperanza de salvarse; y no atreviéndose á hacer
frente á la guerrera, huyo á ocultarse en la selva próxima, dando
desaforados gritos. Pálido, consternado y fiando su salvacion en la
huida, clavaba los acicates en los hijares de su corcel, mientras la
animosa doncella de Dordoña le seguia de cerca, descargándole furiosos
golpes con su espada, sin abandonarle un punto. El estrépito que
producia el choque de las armas y el rumor de las pisadas de los
caballos resonaba en todos los ámbitos del bosque; pero los habitantes
del castillo no observaron nada de esto, por tener fija toda su atencion
en Rugiero.

Los otros tres caballeros habian pasado entre tanto desde el castillo al
lugar del combate, acompañados de la mujer indigna, promovedora de tan
innoble costumbre: cada uno de los tres iba con el rubor de la vergüenza
en el rostro y lleno de luto el corazon, por verse obligados á acometer
juntos á un solo adversario, deseando encontrar la muerte antes que
conservar la vida á costa de su honra. La cruel meretriz por quien se
habia establecido y observado aquella costumbre inícua, les iba
recordando su pacto y el juramento que de vengarla le hicieran.

--Si mi lanza es suficiente para derribarle, decia Guido el Salvaje,
¿por qué pretendes que me ayuden mis dos amigos? Si acaso le engañara,
consiento gustoso en que me corten la cabeza.

Otro tanto decian Aquilante y Grifon; cada uno de ellos deseaba luchar
solo con su contendiente, prefiriendo morir ó quedar prisioneros, á
tener que acometerle todos juntos.

La dama de Pinabel les contestó con resolucion:

--¿A qué vienen tantas palabras inútiles? Yo os he traido aquí para que
despojeis á ese guerrero de sus armas y no para formar leyes nuevas y
nuevos pactos. Pudisteis hacerme esas observaciones cuando os tenia
encarcelados; pero ahora ya es tarde: estais obligados á cumplir lo
ofrecido, y no á desperdiciar el tiempo con frases vanas y engañosas.

Rugiero, por su parte, les gritaba:

--¡Mirad mis armas! ¡Mirad mi caballo, cuya silla y arneses son
enteramente nuevos! Contemplad tambien el traje de esta dama: si deseais
apoderaros de todo, ¿qué os detiene?

Excitados los tres mantenedores por las palabras de la dueña del
castillo, así como por las provocaciones y las burlas de Rugiero,
viéronse forzados á acometerle juntos, aunque llevando el rostro
encendido de vergüenza. Adelantáronse á Guido los dos descendientes del
noble marqués de Borgoña, porque el caballo de aquel, menos ágil, quedó
atrás, si bien á corta distancia. Rugiero les arremetió con la misma
lanza con que habia derribado á Sansoneto, y cubierto con el escudo que
solia usar Atlante en los montes Pirineos: con aquel escudo encantado
cuyo brillo ningun mortal podia sostener y al que apelaba Rugiero en
último recurso. El guerrero solo se habia servido de él en tres
ocasiones, bien apuradas por cierto: las dos primeras, cuando procuró
huir de la mansion de la molicie, para pasar á la morada de la
honestidad; la tercera cuando obligó á la orca á devorar las olas
espumosas en vez de saciarse con las delicadas carnes de las hermosa
Angélica desnuda, que tan mal pago dió despues á su libertador. Excepto
en estas tres ocasiones, Rugiero lo habia tenido cubierto siempre con un
velo, que podia levantar fácilmente en cuanto necesitase de su auxilio.

Resguardado con él, segun os he dicho, acudia al combate tan animoso,
que le inspiraban menos temor sus tres adversarios que si hubiesen sido
débiles criaturas. La lanza de Rugiero fué á chocar en la extremidad
superior del escudo de Grifon, á la altura del almete: Grifon estuvo
tambaleándose algunos momentos, hasta que por último cayó, yendo á parar
léjos de su caballo. La lanza del hermano de Aquilante habia dado
tambien en el escudo de su adversario, pero como dirigió el bote de
soslayo, al tropezar con su superficie tersa y bruñida, se deslizó por
ella la punta de la lanza y produjo un efecto contrario: desgarróse el
velo que encubria el fulgor espantoso y encantado, á cuyo resplandor
era forzoso que todos cayesen deslumbrados irremisiblemente.

Aquilante, que acometió á Rugiero al mismo tiempo que su hermano,
arrancó el resto del velo y convirtió al escudo en un rayo: su claridad
repentina hirió los ojos de los dos hermanos y tambien los de Guido, que
tras ellos venia. Todos cayeron sin sentido; porque el escudo no solo
les privó de la vista, sino tambien del conocimiento.

Ignorante aun Rugiero del resultado de la lucha, volvió su caballo; y al
volverlo desenvainó su cortadora espada; pero no vió á nadie que le
hiciera frente, porque todos yacian en el suelo. Los caballeros, los
soldados que habian salido del castillo, los caballos y hasta las damas
parecian hallarse en brazos de la muerte. Al principio quedó
sorprendido; pero luego observó que pendia de su brazo izquierdo, hecho
girones, el velo con que solia ocultar la luz que tal efecto produjera.
Asaltado de un repentino pensamiento, empezó á buscar con la vista á su
adorada guerrera y sus miradas se fijaron en el sitio donde la habia
dejado al empezar la primera lucha: no viéndola allí, supuso que se
habria marchado á impedir que pereciera aquel jóven, temerosa sin duda
de que fuese arrojado á las llamas, mientras él estaba entretenido en su
combate con los cuatro campeones.

Entre las personas que estaban desmayadas distinguió á la dama que allí
le habia guiado; la recogió del suelo, adormecida cual estaba, la colocó
en el arzon delantero de la silla y echó á andar cabizbajo, cubriendo el
escudo encantado con un manto que llevaba la dama, la cual recobró los
sentidos en cuanto desapareció el nocivo resplandor. Rugiero continuaba
su marcha, rojo de vergüenza y sin atreverse á levantar los ojos,
temiendo que le echaran en cara una victoria tan poco gloriosa.

--¿Cómo podria yo enmendar, decia entre sí, una falta que me cubre de
tanto oprobio? En adelante todos dirán que he conseguido mis triunfos
por medio de encantos, y no por mi valor.

Mientras iba entregado á tales pensamientos, tropezó con lo que buscaba:
en medio del camino vió una cisterna profunda, donde solian abrevarse
los ganados despues del pasto, en las calorosas horas del estío. Rugiere
exclamó:

--¡Oh, escudo maldito! Yo sabré evitar que vuelvas á deshonrarme. No te
conservaré un momento más; y permita el Cielo que la vergüenza que me
has ocasionado sea la última que haya de tener en el mundo.

Así diciendo, saltó del caballo; cogió una piedra de gran peso, la ató
al escudo, y precipitó una y otro en el fondo de la cisterna,
exclamando:

--Permanece ahí sepultado, y quede contigo eternamente oculto mi
oprobio.

El pozo era profundo y estaba lleno do agua hasta los bordes; la piedra
y el escudo eran pesados: así es que no pararon hasta llegar al fondo,
quedando ocultos por el agua que volvió á unirse tras ellos. La Fama no
pudo callar aquella accion generosa y digna de renombre, y divulgóla en
breve: su trompeta sonora difundió la noticia por Francia, España y los
paises comarcanos. Apenas circuló de boca en boca esta aventura por
todas partes, acudieron muchos guerreros, así de las más próximas como
de las más apartadas regiones, en busca del escudo; pero no pudieron dar
con el bosque donde se hallaba el pozo guardador del sagrado escudo;
porque la Fama que publicó la accion de Rugiero, no quiso revelar nunca
la situacion del país ni de la cisterna.

Tan pronto como se hubo alejado Rugiero del sitio que fué testigo de su
poco costosa victoria, dejando á los cuatro grandes campeones de Pinabel
tendidos cual muñecos de paja, al llevarse al escudo, se llevó tambien
la luz que entorpecia los sentidos, y cuantos yacian como muertos, se
levantaron llenos de asombro. Durante todo aquel dia no supieron
ocuparse más que de tan maravilloso suceso, haciendo cada cual sus
consideraciones con respecto á aquella luz terrible: hablando estaban de
este acontecimiento, cuando llegó á sus oidos la noticia de la muerte de
Pinabel, aunque sin saber quien fuese el matador.

Durante el combate, la atrevida Bradamante habia alcanzado á Pinabel en
un paso estrecho, y le habia sepultado cien veces su acero en el pecho y
los costados. Luego que purgó á la Tierra de aquel hombre pérfido y
dañino, volvió la espalda al bosque testigo de su venganza, llevándose
el corcel que el infame le arrebatara en otra ocasion. Quiso regresar al
sitio donde habia dejado á Rugiero; mas no supo hallar el camino, y
aunque recorrió montes y valles, buscándole por toda la comarca, su
contraria suerte no le permitió que hallase la ruta más conveniente para
reunirse á su Rugiero. Los que encuentren agradable esta historia quedan
invitados para oir su continuacion en el canto siguiente.



CANTO XXIII.

     Astolfo se remonta á los aires.--Prenden á Zerbino, acusándole de
     haber dado muerte á Pinabel: Orlando le pone en
     libertad.--Rodomonte cabalga en Frontino, que ha arrebatado á
     Hipalca.--El paladin Orlando combate con Mandricardo; y despues,
     teniendo noticia de los amores de Angélica cae en la locura más
     furiosa que se ha conocido.


Todos debemos auxiliar á nuestro prójimo, porque las buenas acciones
raras veces quedan sin recompensa; y aun cuando no la obtengan, por lo
menos su práctica no puede causar la muerte, ni perjuicio, ni ignominia.
En cambio, el que ocasiona algun daño á otro, encuentra tarde ó temprano
el castigo merecido, pagando una deuda que nunca se olvida. Dice el
proverbio que, si las montañas están fijas, los hombres vuelven á
encontrarse. Ved cuál fué la suerte de Pinabel por haberse portado
inícuamente: encontró la pena á que le habia hecho acreedor su índole
perversa, y Dios, que las más de las veces no permite que padezca
injustamente un inocente, salvó á Bradamante, así como salvará á todo
aquel cuya conciencia esté limpia de toda felonía. Creyó Pinabel que
habia dejado muerta y sepultada en la cueva á la doncella, no esperando
volverla á ver y mucho menos llegar á perder la vida á sus manos. De
nada le sirvió encontrarse en el castillo de su padre; en el castillo de
Altaripa, situado entre escarpadas montañas y próximo al país de
Poitiers. Poseia esta fortaleza el viejo conde Anselmo, de quien nació
el malvado Pinabel, que para librarse de las manos de Claramonte, tuvo
que apelar al auxilio de sus amigos.

Al pié de un monte se vengó á su placer Bradamante de aquel traidor,
arrancándole la indigna vida, sin que Pinabel supiera hacer otra cosa
más que gritar y pedir perdon, en vez de defenderse como un caballero.
Despues de haber dado muerte al fementido conde, que en otra ocasion
procuró asesinarla, quiso volver al sitio en que habia dejado á Rugiero;
mas no se lo permitió su adversa suerte, la cual hizo que se extraviara
por un sendero, que la llevó á la parte más espesa, más solitaria y más
sombría del bosque, en el momento en que las tinieblas sustituian á la
luz del Sol. No sabiendo la guerrera donde albergarse durante la noche,
se detuvo en aquel sitio, tendiéndose sobre la naciente yerba, cobijada
por las ramas de los árboles; y ora durmiese esperando la llegada del
dia, ora contemplase á Saturno, Júpiter, Venus, Marte y demás planetas
errantes, no se apartó un momento de su imaginacion la imágen de su
adorado Rugiero. Exhalando frecuentes suspiros, que salian de lo más
profundo de su corazon, se lamentaba, arrepentida y pesarosa, de que
hubiera podido en ella la ira más que el amor.

--La cólera, decia, ha hecho que me separara de mi amante: si á lo menos
hubiese reparado en el camino que seguia, sabria ahora volver por donde
he venido, despues de haber llevado á cabo mi venganza. ¡Oh, cuán ciega
y falta de memoria he sido!

Estas y otras palabras estuvo pronunciando en voz alta durante la noche,
además de otras muchas que no salieron del fondo de su corazon, mientras
que el viento de sus suspiros y el copioso raudal de sus lágrimas
formaban una verdadera tormenta de dolor. Por fin, despues de una
prolongada espectativa, apareció por Oriente la deseada aurora; entonces
la jóven montó en su caballo, que iba paciendo por el bosque, y
emprendió la marcha, en direccion opuesta á la del Sol.

No anduvo mucho, cuando se halló á la salida del bosque, y á corta
distancia del sitio donde habia estado el palacio en que el encantador
malvado la entretuvo durante tantos dias con sus ficciones. Allí
encontró á Astolfo, que se habia detenido á arreglar una brida para el
Hipogrifo, y estaba perplejo por no saber á quien confiar su Rabican.
Por una feliz casualidad, el paladin no llevaba entonces puesto su
casco: así es que, en cuanto Bradamante salió de la selva, conoció á su
primo. Saludóle desde léjos, corrió á él con suma alegría, le abrazó
luego que estuvo cerca, y le dijo su nombre, alzándose la visera para
hacerle ver claramente que era en efecto su prima.

No podria Astolfo encontrar una persona á quien con más confianza
encomendara su Rabican, que la hija del Duque de Dordoña, seguro como
estaba de que lo cuidaria perfectamente y se lo devolveria á su regreso,
por lo cual creyó que Dios se la habia enviado; y si siempre veia con
gusto á Bradamante, con mucho mayor placer la vió entonces por la
necesidad que de sus servicios tenia. Despues de abrazarse
fraternalmente dos ó tres veces, y de dirigirse con gran solicitud
mútuas preguntas sobre su vida, Astolfo dijo entre sí:--«Si he de
recorrer el reino de las aves, debo aprovechar sin demora la ocasion que
se me presenta.»--Y confiando á la doncella sus intentos, le mostró su
volador corcel.

No se sorprendió Bradamante al ver desplegar las alas á aquel caballo,
pues en otra ocasion le vió venir contra ella dirigido por Atlante, y
más tarde le contempló fijamente, con perjuicio de su vista, el dia en
que se llevó á Rugiero al través de caminos extraños é inusitados.
Astolfo dijo á su prima que deseaba confiarle su Rabican, tan veloz en
la carrera, que si echaba á correr al disparar un arco, en breve dejaba
tras sí á la saeta: asimismo queria entregarla sus armas, con encargo de
que las llevara á Montalban y las guardara allí hasta su regreso; pues
en aquella ocasion no tenia necesidad de ellas. Como intentaba viajar á
través de los aires, deseaba aligerar su peso cuanto le fuera posible.
Conservó la espada y la trompa, aun cuando con esta sola tenia bastante
para librarse de cualquier riesgo, y entregó tambien á Bradamante la
lanza que llevó el hijo de Galafron; aquella lanza que hacia saltar de
la silla á cuantos guerreros alcanzaba.

Elevóse en seguida Astolfo sobre el caballo volador, haciéndole al
principio remontarse poco á poco; pero despues apresuró su vuelo de tal
modo, que Bradamante lo perdió de vista en un momento, del mismo modo
que el piloto saca á su bajel lentamente de entre los escollos
peligrosos, y así que deja atrás el puerto y la costa, desplega todas
sus velas y aventaja en velocidad al viento.

Una vez alejado el Duque, quedóse Bradamante indecisa y pensativa, por
no saber cómo arreglarse para llevar á Montalban la armadura y el corcel
de su pariente; pues en aquel momento su corazon estaba vivamente
estimulado por el deseo ardiente de volver á ver á su Rugiero, á quien
pensaba encontrar en Valleumbroso, dado caso que no le hallara antes.
Mientras permanecia irresoluta, vió á un labriego que casualmente
llegaba por aquel camino, al cual hizo recoger y colocar como pudo la
armadura de Astolfo sobre Rahican, y despues le confió los dos caballos,
montando en el uno y llevando al otro del diestro. Bradamante tenia dos
caballos antes de encargarse del de su primo: el suyo y el que habia
recobrado de Pinabel.

Se decidió á emprender el camino de Valleumbroso, esperando encontrar
allí á su Rugiero; mas como ignoraba cuál era el mejor ó más corto,
temia extraviarse. El campesino, por su parte, no tenia conocimiento del
país: por último, echó á andar á la ventura, siguiendo la via que le
pareció más directa al monasterio. Anduvo errante por uno y otro
sendero, sin encontrar una sola persona de quien adquirir informes, y
hácia la hora de nona[149] salió del bosque, descubriendo á corta
distancia un castillo que coronaba la cima de una colina. Fijóse en él,
y le pareció que era el de Montalban; y en efecto, aquel era el castillo
en que á la sazon habitaban la madre y algun hermano de Bradamante.

     [149] Una de las horas en que los Romanos dividian el dia, y
     equivale al tiempo de las tres de la tarde.

No bien hubo conocido el sitio en que se encontraba, cuando se sintió
poseida de una tristeza profunda. Por poco que se detuviera allí, se
exponia á ser descubierta y á que la obligaran á permanecer en la casa
paterna; de esta permanencia forzada resultaria que su amoroso fuego la
abrasase hasta el punto de hacerla perecer, pues ya no le seria posible
reunirse á su Rugiero, ni llevar á cabo en Valleumbroso su cristiano
proyecto. Despues de haber estado algunos momentos indecisa, resolvióse
á volver la espalda á Montalban y echó á andar hacia la abadía, cuyo
camino, una vez puesta allí, le era ya conocido. Pero su buena ó mala
fortuna quiso que antes de salir del valle, se encontrara con Alardo,
uno de sus hermanos, sin tener tiempo de ocultarse de él. Alardo venia
de preparar alojamientos por aquella comarca para los infantes y
ginetes, que á instancia de Carlomagno habia reunido en los paises
circunvecinos. Ambos hermanos se hicieron mil cariñosas demostraciones
de afecto, y despues se encaminaron á Montalban, hablando de diferentes
cosas.

Entró la hermosa doncella en el castillo, donde Beatriz la habia
esperado durante mucho tiempo, vertiendo tan continuas como infructuosas
lágrimas, despues de haberla hecho buscar por toda la Francia. Los besos
y los abrazos de su madre y sus hermanos le parecieron muy frios
comparados con los apasionados de Rugiero, que quedaron impresos para
siempre en su alma. En vista de que ya no le era posible ir á
Valleumbroso, determinó enviar otra persona en su nombre á fin de que
avisara inmediatamente á Rugiero la causa que la impedia efectuarlo por
si misma, y rogarle (como si fuese necesario) que recibiese el bautismo
por su amor, y acudiese despues á realizar lo proyectado entre ambos
hasta que los uniera el sagrado lazo del matrimonio. Determinó además
enviarle por el mismo mensajero aquel caballo que apreciaba tanto, y con
sobrado motivo, porque ni en todo el reino de los sarracenos, ni en el
de los francos, podria encontrarse un corcel más hermoso ni más
gallardo, si se exceptúa únicamente á Brida-de-oro y Bayardo. El dia en
que Rugiero montó con demasiada audacia en el Hipogrifo y atravesó sobre
él los aires, abandonó á Frontino (que así se llamaba su caballo) y
Bradamante, haciéndose cargo de él, lo envió á Montalban, donde lo
cuidaron perfectamente sin que nadie cabalgara en él desde entonces,
como no fuese por poco tiempo, y aun así sin fatigarlo demasiado; de
suerte que Frontino se hallaba más lucido y vigoroso que nunca.

Ayudada Bradamante por todas sus doncellas y servidoras, se apresuró á
bordar con minucioso esmeró una cubierta de seda blanca y gris recamada
de finísimo oro; adornó con ella la silla y la brida del magnífico
palafren, y en seguida llamó aparte á la hija de su nodriza Callitrefia,
confidente discreta de todos sus secretos. Habíale hablado ya mil veces
de su profundo amor hácia Rugiero, encomiando hasta la exageracion la
belleza, el valor y la gallardía de su amante. Llamóla, pues, y le dijo:

--No podria elejir un mensajero más fiel, más prudente ni mejor que tú
para lo que necesito, Hipalca mia.

Hipalca se llamaba la doncella, á la cual explicó donde tenia que ir y
todo cuanto deberia manifestar en nombre suyo á su amante, encargándole
sobre todo que la disculpara por no haber ido al monasterio, y que
echara la culpa no al olvido de su promesa, sino á la suerte que puede
más que nosotros. La hizo montar en un caballo; le entregó la rica brida
de Frontino y le recomendó que si por el camino tropezaba con algun
hombre tan insensato ó tan villano que quisiese arrebatarle aquel
corcel, no tenia que pronunciar más que una sola palabra para hacerle
entrar en razon; pues no conocia á ningun caballero tan atrevido que no
temblara al oir el nombre de Rugiero. Otras muchas cosas le encargó que
tratara con él en su representacion; y cuando Hipalca estuvo
perfectamente instruida de todo, se puso en camino sin detenerse á más.

Pronto se alejó la doncella de Bradamante atravesando caminos, campiñas
y selvas oscuras; y llevaba andadas ya más de diez millas sin que nadie
la hubiese molestado en su camino ni siquiera le preguntase adonde iba;
cuando hácia la mitad del dia, y al ir á subir una montaña por un
sendero angosto y escabroso, se encontró con Rodomonte que seguia, á pié
y armado, á un pequeño enano. El moro fijó en ella su mirada orgullosa,
y prorumpió en blasfemias contra los dioses, porque no habia hallado en
poder de un caballero aquel corcel tan hermoso y tan ricamente
enjaezado. Habia jurado apoderarse á toda costa del primer caballo que
encontrase, y aquel era precisamente el primero y el más hermoso y más
á propósito para él que hallar pudiera; y aun cuando juzgaba una
villania arrebatárselo á una mujer, sin embargo, sus mismos deseos de
poseerlo le tenian indeciso. Lo miraba, lo contemplaba, y decia con
frecuencia:

--Pero ¿por qué no irá sobre él su dueño?

--¡Oh! Si él estuviese aquí, respondió Hipalca, pronto te haria mudar de
opinion. El que acostumbra montarlo vale mucho más que tú; no hay en el
mundo un guerrero que pueda comparársele.

--¿Quién es, preguntó el moro, ese caballero que tan en poco tiene la
fama de los demás?

--Es Rugiero, contestó la doncella.

Rodomonte replicó:

--Siendo así, no tengo inconveniente en apoderarme de ese corcel, puesto
que se lo arrebato á un campeon tan esforzado como Rugiero; y si es
cierto, como dices, que es tan fuerte y superior á cualquier otro
guerrero, no solo le devolveré su caballo, sino tambien los arneses y
hasta el precio que quiera exigirme por el tiempo que de ellos me
aproveche. Pero has de decirle que yo soy Rodomonte, y que si desea
conocer el esfuerzo de mi brazo, le costará poco trabajo encontrarme;
pues por do quiera que voy me da siempre á conocer el resplandor que me
rodea; el rayo no deja mayores huellas de su paso de las que dejo yo en
cuantas partes fijo mi planta.

Al decir esto, arregló las riendas doradas de Frontino, saltó sobre él,
y ascendió por la montaña sin hacer caso de Hipalca, que se quedó
asombrada, triste y llorosa; y entregándose al dolor más profundo,
prorumpió en amenazas y dicterios contra Rodomonte.

En otra parte se refiere lo que despues acaeció; pues Turpin que es
quien relata esta historia, se detiene al llegar aquí y vuelve á aquel
país en que poco antes fué muerto el de Maguncia.

Apenas se habia alejado de aquel sitio con la mayor premura la hija de
Amon, cuando Zerbino llegó por otro sendero, acompañado siempre de la
vieja falaz, y vió en el valle tendido á un caballero, que le era
completamente desconocido. Zerbino, llevado de su natural bondadoso y
compasivo, no pudo menos de apiadarse de semejante desgracia. Pinabel
yacia en tierra inanimado, derramando torrentes de sangre por sus
heridas que debian de ser tantas en número, como si cien espadas se
hubiesen dirigido contra su pecho para darle la muerte. Apresuróse el
caballero escocés á seguir las huellas recientemente impresas en la
arena, para ver si podia descubrir al homicida, diciendo á Gabrina que
le esperase allí, pues no tardaria en volver.

La vieja se aproximó al cadáver, examinándolo escrupulosamente, con
intencion de apoderarse de cuantas prendas le gustaran: como entre sus
muchos defectos, tenia el de ser tan avara cuanto puede serlo una mujer,
le dolia que aquel muerto estuviese inútilmente adornado con sus ricas
preseas; y si hubiese podido arbitrar un medio ó realizar la esperanza
de llevarse ocultamente su hurto, le habria arrebatado la magnífica
sobrevesta y con ella las soberbias armas; pero juzgándolo difícil se
contentó con despojarle de lo que podia esconder fácilmente, abandonando
el resto con harto dolor de su corazon. Le arrebató, pues, entre otras
cosas, un hermoso cinturon, que ocultó entre sus dos faldas, ciñéndoselo
en derredor del cuerpo.

Poco despues llegó Zerbino, que habia perdido las huellas de Bradamante,
porque el sendero se dividia en otros muchos ascendentes ó descendentes;
y como se aproximaba la noche, no le pareció conveniente dejarse
sorprender por las tinieblas en medio de aquellas rocas; así es que se
reunió con la impía vieja para buscar un albergue. A unas dos millas de
distancia vieron un gran castillo que era el de Altaripa, donde se
detuvieron para pasar la noche, que se remontaba á grandes pasos hácia
el cielo. Poco tiempo hacia que se encontraban en el castillo, cuando
hirió sus oidos un triste lamento, y vieron que todos los habitantes de
aquella mansion derramaban lágrimas cual si á todos les hubiese
alcanzado una misma desgracia. Zerbino preguntó la causa de semejante
afliccion, y le contestaron que el conde Anselmo acababa de recibir la
noticia de que el cadáver de su hijo Pinabel yacia en un angosto sendero
situado entre dos colinas. Para evitar Zerbino que recayesen en él las
sospechas, fingió el mayor asombro y bajó los ojos, pensando, sin
embargo, en que el cadáver que halló en medio del camino era
indudablemente el de Pinabel.

No tardó mucho en llegar la fúnebre comitiva, alumbrada por teas y
hachones; á su aspecto redoblaron los gemidos y los lamentos, y brotaron
más copiosas las lágrimas de los ojos de los circunstantes, en especial
de los del desgraciado padre, cuyo rostro revelaba la desesperacion de
que estaba poseido. Mientras se preparaban solemnes y magníficas
exequias, con la pompa que prescribia la usanza antigua, y que los
siglos van haciendo desaparecer, hizo publicar el Señor del castillo un
edicto, que dió tregua á la afliccion de sus vasallos, prometiendo una
rica recompensa al que descubriera al matador de su hijo. Aquel bando
circuló rápidamente de boca en boca hasta que llegó á los oidos de la
malvada vieja, cuya crueldad superaba á la de las tigres y las osas; y
en seguida resolvió perder á Zerbino, ya fuese por el odio que sentia
hácia él, ya por el orgullo de probar que era el único ser en cuyo
corazon no existia el menor átomo de humanidad, ó quizá por ganar el
premio ofrecido: lo cierto es que se presentó al aflijido padre y
despues de un exordio revestido de alguna verosimilitud, le dijo que
Zerbino era el matador de su hijo, y le mostró el rico cinturon que se
ocultara entre las ropas. El conde Anselmo lo conoció en el acto, y en
virtud de aquella prueba y de la delacion de la infame vieja, no pudo
poner en duda su veracidad. Levantó las manos al cielo derramando
lágrimas, como para darle las gracias de que su hijo no quedara sin
venganza. Hizo armar precipitadamente á todos sus vasallos, disponiendo
que cercaran el castillo, y mientras tanto, Zerbino, que estaba muy
ajeno de pensar en lo que le esperaba, y no podia suponer que el conde
Anselmo le infiriese ofensa alguna, dormia tranquilo y confiado: aquella
noche misma fué sorprendido en el lecho, encadenado, y sepultado en un
seguro calabozo.

Aun no habia dejado ver el Sol sus resplandores, cuando estuvo todo
preparado para el suplicio de Zerbino, que debia ser descuartizado vivo
en el mismo sitio en que se cometió la muerte que se le imputaba: tal
fué la órden del Señor del castillo, y tal la que acataron todos sin
permitirse la menor observacion. En cuanto la bella Aurora matizó el
trasparente cielo con sus tintas blancas, sonrosadas y amarillas, todo
el pueblo, gritando: «¡Muera! ¡Muera!» acudió á castigar á Zerbino por
su supuesto delito. El insensato populacho le acompañó fuera del
castillo, sin órden ni concierto, unos á caballo y otros á pié: entre
ellos caminaba Zerbino, con la cabeza baja, maniatado y montado en un
mal caballo.

Mas Dios, que acude con frecuencia en auxilio de los inocentes, y nunca
abandona al que confia en su bondad, le proporcionó un defensor, el más
á propósito para que su existencia no corriera el menor peligro. Este
fué Orlando, que llegó en la ocasion más oportuna para salvar á Zerbino.
Orlando vió en la llanura aquella multitud, que arrastraba á la muerte
al afligido caballero. Con él iba la doncella que encontró escondida en
una gruta; la princesa Isabel, hija del rey de Galicia, que habia caido
en manos de unos bandidos, despues de haber visto su nave destrozada por
las turbulentas olas de un mar proceloso; aquella que tenia más dentro
de su corazon á Zerbino, que el alma que la alentaba. Orlando no se
separó un punto de ella despues de haberla sacado de la caverna.

Cuando la jóven observó la muchedumbre que cruzaba por la llanura,
preguntó á Orlando cuál era su objeto.--«Lo ignoro» contestó el Paladin,
y dejándola en la montaña, bajó al llano con la mayor presteza: miró á
Zerbino, y al primer golpe de vista conoció que era un caballero
ilustre. Aproximándose á él, le preguntó la causa de ir encadenado y el
sitio adonde le conducian. Levantó la cabeza el doliente caballero, y
dando oidos á las palabras del recien llegado, le dijo toda la verdad
con tan ingénuas frases que el Conde le consideró digno de su
proteccion, por estar seguro de que quien así se expresaba era inocente,
y perecia víctima de una sinrazon. Afirmóse más en esta creencia cuando
supo que el conde de Altaripa era quien habia ordenado aquel suplicio;
pues no podia esperarse otra cosa de un hombre tan pérfido. Inflamóle
asimismo el odio inveterado y hereditario que separaba á las dos
familias de Maguncia y de Claramonte, odio que ocasionó tantos daños,
tantos ultrajes y tantas muertes.

--Desatad á ese caballero, canalla, gritó el Conde á los soldados;
desatadle, ó pereceis todos á mis manos.

--¿Quién es ese que descarga tan descomunales tajos? respondió uno que
quiso echarla de valiente. ¿Por ventura cree que somos de cera ó de
paja, y él de fuego?

Y se lanzó contra el Paladin de Francia, que enristró á su vez la lanza,
cayendo sobre su adversario. La armadura brillante que aquel soldado
habia usurpado la noche anterior á Zerbino, y que llevaba puesta, no le
resguardó del terrible choque del Paladin: el hierro de la lanza de este
tropezó en el lado derecho de la visera del yelmo, y aun cuando no lo
traspasó merced á su fino temple fué tan violenta la sacudida que el
soldado cayó sin vida con la columna vertebral rota. Sin detener un
momento su carrera ni sacar del ristre la lanza, Orlando atravesó con
ella el pecho de otro soldado; la dejó clavada en él, y desenvainando
rápidamente á Durindana, embistió á aquella multitud compacta, hendiendo
á unos la cabeza, separándosela del cuello á otros, y traspasando á
muchos la garganta; de suerte que en un instante tendió á sus piés ó
puso en fuga á más de ciento. En breve dió muerte á más de la tercera
parte de aquellos desdichados; y arrollando á los restantes, tajó,
hendió, hirió, atravesó é hizo pedazos á cuantos se pusieron á su
alcance. Para huir más velozmente, arrojaban los escudos, los cascos,
los venablos y las picas que les embarazaban; los unos corrian por el
camino, los otros á través de los campos; estos se ocultaban en los
bosques; aquellos en la profundidad de las cavernas. Orlando, dejando
aparte toda piedad, no quiso que aquel dia quedase uno solo con vida. De
ciento veinte á que ascendian (segun la cuenta que hizo Turpin),
murieron ochenta por lo menos.

Orlando se acercó por último á Zerbino, cuyo corazon saltaba
violentamente en el pecho. Es imposible reproducir en verso la alegría
de que se sintió poseido al ver volver á Orlando. De buena gana se
habria echado á sus plantas para manifestarte su gratitud; pero no le
fué posible por impedírselo las ligaduras que al caballo le sujetaban.
Mientras el Paladin, despues de haberle desatado, le ayudaba á cubrirse
con su armadura, de la que habia despojado al jefe de aquella abigarrada
tropa, que por su mal quiso engalanarse con ella, Zerbino fijó sus
miradas en Isabel que habia permanecido hasta entonces en la cima del
collado, y á la sazon se iba acercando á los dos caballeros una vez
terminada la lucha. Cuando Zerbino vió tan cerca de sí á la doncella á
quien tanto amaba, á la hermosa jóven que creia sepultada en el fondo
del mar, por haber dado crédito á una noticia falsa, y á la que habia
llorado tanto, sintió que se le helaba la sangre en el corazon, cual si
se le hubiera introducido un pedazo de hielo en el pecho, y empezó á
temblar con todos sus miembros; pero casi instantáneamente le pasó aquel
frio, y en su lugar se abrasó en la más ardiente y amorosa llama. El
respeto debido al señor de Anglante le impidió volar frenético á
abrazarla, pensando, y aun teniendo por indudable, que Orlando fuese
amante de la doncella. Su alegría fué por lo tanto asaz pasajera; volvió
á sentir una nueva y más terrible pesadumbre, pues la noticia de la
muerte de su amada le aflijió mucho menos que el verla en poder de otro.
Aumentaba su desesperacion el pensar que pertenecia á un caballero á
quien debia tanto; porque pretender arrebatársela seria una accion vil
al mismo tiempo que una empresa algo difícil. A nadie consentiria que se
alejara con una presa tan codiciada, sin oponer la mayor resistencia;
pero tratándose del Conde, su deber le exigia que no titubease en
manifestarle su gratitud aun á costa de la mayor humillacion.

Taciturnos y melancólicos llegaron á una fuente, junto á la cual se
apearon de los caballos y se detuvieron algun tanto; quitóse el yelmo el
fatigado Conde, obligando á Zerbino á que hiciese lo mismo. Al ver
Isabel el rostro de su amante, el exceso de su repentino gozo cubrió de
pronto el suyo de una palidez mortal; despues se rehizo, y recobró sus
colores como recobra la flor sus brillantes matices al primer rayo del
Sol que la baña despues de una copiosa lluvia. Sin detenerse á más ni
tener en cuenta el respeto debido al Conde, se arrojó en los brazos de
Zerbino, inundando el llanto sus mejillas y su seno, y sin poder
pronunciar una palabra, porque la emocion embargaba su voz. Al
presenciar Orlando aquellas demostraciones de afecto, no necesitó más
para comprender que aquel caballero era Zerbino.

Luego que Isabel pudo proferir algunas palabras, á pesar de que el
llanto seguia humedeciendo sus mejillas, se apresuró á encomiar la
esquisita delicadeza con que la habia tratado el Paladin de Francia,
Zerbino, para quien el amor de la doncella pesaba tanto como su propia
vida en la balanza de su destino, se arrojó á los piés del Conde,
expresándole su inmensa gratitud por haberle dado dos veces y casi á un
mismo tiempo la existencia. Las acciones de gracias y los mútuos
ofrecimientos hubieran durado largo rato si no los interrumpiera cierto
rumor que llegó hasta ellos producido por el agitado movimiento del
ramaje. Como estaban descubiertos, se calaron con presteza los yelmos y
apercibieron los caballos; y apenas se habian colocado en la silla,
cuando vieron aparecer á un caballero y una dama.

Era el guerrero aquel Mandricardo que se habia puesto tenazmente en
persecucion de Orlando para vengar á Alzirdo y Manilardo, á quienes
derrotó con gran valor el Paladin. Sus pesquisas fueron, sin embargo,
menos activas, desde que, con el solo auxilio de un trozo de lanza, se
habia apoderado de Doralicia, arrancándola de manos de un centenar de
guerreros cubiertos de hierro. Mandricardo ignoraba que el caballero á
quien perseguia fuese el señor de Anglante; pero suponia fundadamente
que debia ser algun ilustre caballero andante. Fijáronse sus miradas con
mayor atencion en Orlando que en Zerbino, y despues de haberle examinado
de piés á cabeza, y comparado las señas que le habian dado con las del
guerrero que en su presencia tenia, exclamó:

--Tú eres el hombre que voy buscando: diez dias ha que sigo cuidadoso
tus huellas, estimulado por la noticia de tus proezas que circuló por el
campamento sarraceno, cuando á costa de mucho trabajo llegó allí uno
solo de los mil soldados que enviaste á las regiones infernales, y
refirió el estrago que causaste en las tropas de los reyes de Noricia y
de Tremecen. Apenas llegó tal suceso á mis oidos, me apresuré á
seguirte, no solo por conocerte, sino tambien para medirme contigo: como
adquirí minuciosos informes con respecto á tus armas y persona, estoy
seguro de que eres el que busco, aun cuando estos indicios no son en
manera alguna necesarios; pues por más que te ocultaras de mí entre cien
guerreros, fácilmente te conoceria por ese aspecto altivo y arrogante
que te distingue.

--No puede menos de asegurarse, respondió Orlando, que eres un caballero
de alta prez; porque tan magnánimos deseos no creo que se alberguen en
corazones humildes. Si solo por verme has llegado hasta aquí, quiero que
me contemples lo mismo por dentro que por fuera; y á fin de que
satisfagas cumplidamente ese anhelo, me quitaré el yelmo. Pero, así que
hayas contemplado bien mi rostro, debes esperar la satisfaccion del
segundo deseo; la del que te ha escitado á venir en mi seguimiento, á
fin de que conozcas si mi valor corresponde á ese porte guerrero que
tanto encareces.

--Ea, pues, exclamó el Pagano: ya estoy satisfecho con respecto al
primer punto; pasemos inmediatamente al segundo.

El Conde examinó atentamente al infiel de piés á cabeza; miró sus
costados y el arzon de la silla, y no vió espada alguna pendiente de
aquellos, ni maza de armas de este. Esta circunstancia hizo que le
preguntara de qué armas pensaba valerse en el caso probable de que se le
rompiese la lanza. Mandricardo respondió:

--No te inquietes por eso: me ha bastado mi lanza para vencer á otros
muchos caballeros; además, he jurado no ceñir espada hasta que arrebate
al Conde su Durindana, y voy buscándole por todas partes á fin de
ajustar con él esta y otras cuentas. Y si es que saberlo quieres, te
diré que hice este juramento cuando cubrí mi cabeza con este yelmo, el
cual, así como cuantas armas llevo, perteneció á Héctor, muerto hace más
de mil años. Solo me falta la espada de aquel héroe; no sabré decirte
cómo fué robada, pero sí que la posee el Paladin, segun me parece, y de
aquí procede toda esta audacia de que se envanece. ¡Oh! si consigo
encontrarle, no tardaré en obligarle á restituirme un acero tan mal
adquirido. Otro motivo me induce tambien á buscarle; el de vengar al
famoso Agrican, mi padre, á quien Orlando mató traidoramente: bien es
verdad, que de otro modo no hubiera triunfado de él.

El Conde no pudo ya permanecer en silencio, y gritó con voz terrible:

--¡Mientes tú, y cuantos se atrevan á decirlo! La suerte te ha deparado
al que buscas: yo soy Orlando; el vencedor leal de tu padre, y esta es
la espada que ambicionas, la cual será tuya, si sabe arrebatármela tu
valor. A pesar de que me pertenece por justo derecho, quiero dispensarte
la galantería de que disputemos su posesion: y como en esta disputa no
quiero que sea más tuya que mia, la colgaré de un árbol, del que la
podrás descolgar libre y tranquilamente, si acaso me das la muerte ó
quedo cautivo.

Así diciendo, cogió á Durindana, y la colgó en un arbusto que habia en
medio del campo.

Alejáronse uno de otro á medio tiro de flecha para tomar campo;
excitaron en seguida el ardor de sus corceles, abandonando enteramente
las riendas, y se embistieron con desusado ímpetu, descargándose
recíprocamente tan terribles golpes en la visera del almete, que las
lanzas se rompieron como si fuesen de hielo, y volaron hasta el Cielo
hechas menudas astillas. Fuerza era que las lanzas se quebraran, ya que
los caballeros no se movieron lo más mínimo y continuaron peleando con
los trozos de aquellas inmediatos al cuento. Acostumbrados á manejar con
maestría el acero, esgrimieron aquellos troncos, semejantes á dos
aldeanos armados de garrotes, que se disputan con encarnizamiento el
agua de una acequia ó los límites de un campo.

No resistieron más de tres ó cuatro golpes los trozos de lanza que aun
conservaban, y se hicieron asimismo pedazos en medio del furor de
aquella lucha. En el colmo de su vengativa saña, ambos guerreros, al
verse sin armas, apelaron á las manos, con las cuales se daban terribles
golpes, se arrancaban los clavos de las corazas, y se destrozaban las
mallas, cual pudieran hacerlo los martillos más pesados ó las más duras
tenazas. El Sarraceno deseaba con impaciencia encontrar una coyuntura,
para poner término á tan extraordinario combate sin mengua para su
fama, porque consideraba una necedad continuar de aquel modo, mucho más
cuando los golpes que á la sazon se descargaban eran más dolorosos para
el que los daba, que para el que los recibia. Procuraron entonces asirse
mútuamente para luchar á brazo partido: el Rey pagano se agarró
fuertemente á Orlando; lo oprimió contra su pecho, é intentó hacer con
él lo que el hijo de Jove hizo con Anteo. Sacudióle impetuosamente á uno
y otro lado, lo soltó, lo atrajo nuevamente hácia sí, y tan dominado
estaba por su ciego furor, que no se cuidó de sujetar las riendas de su
caballo. Orlando, que conservaba toda su serenidad, y esperaba vencer á
su adversario, observaba atentamente sus movimientos; y aprovechándose
de aquel descuido, puso la cauta mano sobre la cabeza del caballo del
infiel y le arrancó el freno.

Mientras tanto, el Sarraceno cifraba todo su conato en ahogar al paladin
ó derribarle de la silla; pero el Conde resistia sus sacudidas,
oprimiendo fuertemente con las rodillas el lomo de su caballo. Fueron
tales, por último, los violentos esfuerzos del pagano, que se rompieron
las cinchas, y Orlando cayó en tierra sin notarlo apenas, pues seguia
con los piés en los estribos y oprimiendo la silla con las piernas: el
estrépito que produjo su caida fué muy parecido al que causaria un saco
lleno de armas, al desprenderse de una altura considerable.

El corcel de Mandricardo, al sentir libre su cabeza por no tener freno
ni rienda que la contuviera, emprendió desbocado una vertiginosa carrera
á través de bosques y caminos, impelido sin cesar por un ciego temor y
llevando consigo á Mandricardo. Doralicia, que vió á su defensor y
compañero salir del campo y desaparecer rápidamente, no se creyó segura
sin él, y salió en su seguimiento, aguijando á su palafren, mientras
que el Pagano, confuso y avergonzado, iba gritando á su corcel,
pegándole sin descanso con piés y manos, y amenazándole cual si el
animal pudiese comprender sus palabras, con lo cual excitaba más y más
el ardor de su carrera. El bruto, que era cobarde y asustadizo, volaba á
través de los campos, sin reparar en los obstáculos del camino; habia
andado ya tres millas, y aun hubiera seguido adelante, á no impedírselo
un foso en cuyo fondo, que no tenia por cierto plumas ni lana, fueron á
caer de espaldas caballo y caballero. Mandricardo sufrió una tremenda
sacudida, pero salió ileso: allí se detuvo al fin el corcel; mas,
careciendo de freno, era imposible guiarle. El Tártaro lo sujetó por la
crin, y exasperado hasta el extremo, no sabia qué partido tomar.

--Ponle la brida de mi caballo, le dijo Doralicia; que como es más
dócil, le guiaré lo mismo con ella que suelto.

El Sarraceno consideraba como una descortesia aceptar el ofrecimiento de
su dama, y se resistia á admitirlo, cuando la fortuna, favorecedora de
sus deseos, le proporcionó el medio de obtener lo que buscaba, enviando
allí á la malvada Gabrina, que despues de haber vendido traidoramente á
Zerbino, iba huyendo como la loba que oye venir á lo léjos á los
cazadores y á los perros. Llevaba todavia puesto el traje y demás
prendas juveniles de que fué despojada la caprichosa dama de Pinabel
para vestirla á ella, y montaba asimismo el caballo de aquella jóven,
uno de los más buenos y mejor enjaezados del mundo. La vieja tropezó con
el Tártaro antes de haber advertido su presencia en aquel sitio. Al ver
á aquella bruja que, engalanada con prendas propias de la juventud,
parecia un mico ó un orangutan, la hija de Estordilano y Mandricardo no
pudieron contener la risa: el Sarraceno determinó apoderarse de la brida
de su palafren, y despues de haber realizado su propósito, empezó á
gritar, á espantarle y á hacerle huir de tal modo que echó á correr
despavorido por la selva, llevándose á la vieja, medio muerta del susto,
y atravesando á la ventura valles, montes, caminos, senderos
extraviados, fosos é inclinadas pendientes.

Mas no me intereso lo bastante por la vieja para que vaya á descuidar á
Orlando, el cual estaba ocupado en arreglar las cinchas de su caballo y
en acomodarle la silla del mejor modo posible. Volvió á montar, y
aguardó algun tiempo el regreso del Sarraceno: viendo que no aparecia,
se decidió por último á ir en su busca; pero fiel á sus hábitos de
cortesía, no quiso alejarse de allí sin despedirse préviamente de los
dos amantes, de la manera más afectuosa. Zerbino sintió en extremo que
se marchara; Isabel lloraba enternecida, y ambos estaban empeñados en
acompañarle; pero el Conde se opuso tenazmente á ello, no obstante lo
grata que debia serle tal compañía, manifestándoles que la mayor infamia
que puede recaer sobre un guerrero es la de admitir un amigo que le
ayude y le defienda cuando va en busca de un enemigo. Les rogó tan solo
que si tenian la suerte de encontrar al Sarraceno antes que él, le
dijesen que Orlando permaneceria tres dias en aquellos alrededores, pero
que despues iria á reunirse con el ejército de Carlomagno para defender
la enseña de las lises de oro: de este modo, si queria encontrarle,
sabria donde dirigirse. Los dos amantes le prometieron cumplir de muy
buena voluntad este encargo y todo cuanto el Paladin tuviese á bien
ordenarles.

Separáronse en seguida, tomando cada cual camino opuesto; pero Orlando,
antes de alejarse, descolgó la espada que pendia del árbol y se la ciñó:
acto contínuo, guió su caballo hácia los sitios en que á su parecer
podria dar con el Sarraceno. La desordenada é indecisa carrera que habia
seguido el de este, hizo que Orlando anduviera dos dias enteros
inútilmente, sin encontrarle, ni obtener el menor indicio con respecto á
su enemigo. Llegó por fin á la orilla de un arroyo que de cristal
parecia, y fertilizaba con sus aguas un florido prado, esmaltado de los
más preciosos colores, y adornado de innumerables y distintos árboles.
El fresco céfiro que allí soplaba hacia llevadero el calor del medio dia
al sediento ganado y al desnudo pastor: así es que Orlando, á pesar de
ir cargado con la coraza, el yelmo y el escudo, no sentia la menor
molestia. Adelantóse, pues, hasta el medio de la floresta para
entregarse al reposo; pero en su lugar solo encontró un asilo triste y
penoso para su corazon, siendo para él aquel dia el más fatal é
infortunado que pueda imaginarse.

Al dirigir sus miradas en derredor, observó que muchos de los árboles
que descollaban en las umbrosas márgenes del arroyo tenian grabadas
ciertas inscripciones: examinólas más detenidamente, y pronto conoció
que estaban hechas por la mano de la mujer á quien amaba. Aquel era, en
efecto, uno de los sitios adonde iban con frecuencia Medoro y la hermosa
reina del Cathay desde la cabaña del pastor, que estaba próxima. Orlando
pudo leer los nombres de Angélica y Medoro, grabados en cien árboles y
entrelazados de cien diferentes maneras. Cuantas letras los componian
fueron otros tantos puñales con que el Amor le traspasó el corazon: no
queriendo dar crédito á sus ojos, trataba de buscar en su mente una
explicacion contraria á lo que veia, y procuraba persuadirse de que era
otra Angélica la que habia grabado su nombre en aquella corteza.

--¡Ah! exclamó de repente.--Conozco esos caracteres, pues no en balde
los he visto y leido tantas veces; pero quizá ese Medoro es un nombre
imaginario, con el cual ha querido designarme la señora de mis
pensamientos.

Engañándose á sí mismo con esta opinion, tan apartada de la verdad,
conservó alguna esperanza, que procuraba alimentar á cada momento; pero
en vano, porque cuanto más creia desvanecer sus implacables sospechas,
más las renovaba y encendia, como el incauto pajarillo que, viéndose
aprisionado en una red ó sujeto en una varilla de liga, queda más y más
prendido en ella, á medida que agita las alas para recobrar su libertad.
Al seguir recorriendo aquellos contornos, llegó á un sitio en que el
monte formaba una especie de bóveda sobre el transparente manantial. La
hiedra y la viña silvestre habian adornado la entrada de aquella gruta
con sus ramas retorcidas y trepadoras: aquel era el asilo en donde los
dos amantes se refugiaron tantas veces huyendo de los abrasadores rayos
del Sol, para entregarse á sus amorosos deleites: allí, más que en
ninguna otra parte, se veian escritos profusamente sus nombres; ora con
carbon, ora con yeso, y ora grabados en la piedra con la punta de un
cuchillo.

El afligido Conde apeóse allí de su caballo, y vió en la entrada de la
gruta algunas palabras, estampadas al parecer recientemente por la mano
de Medoro. Las delicias que habia disfrutado en aquel retiro inspiraron
al mancebo las siguientes frases escritas en verso. Creo que en su
lenguaje tenian bastante belleza poética: en nuestro idioma, su sentido
era este:

       «Verde enramada, límpida corriente,
       Gruta opaca de plácida frescura,
       Do gocé con Angélica inocente,
       Hija de Galafron, la alta ventura

       Que ansiaron otros mil inútilmente,
       Abrasados por ella en llama impura:
       Yo, Medoro infeliz, solo pagaros
       Puedo el bien que os debí, con encomiaros,

       Y con regar á todo fiel amante,
       Doncella y campeon de esfuerzo y brio.
       Hijo de esta region ó caminante,
       Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio

       Diga:--«Benigno os sea el Sol brillante
       Y la Luna; y el coro, siempre pio,
       De ninfas haga que jamás turbados
       Seais por los pastores y ganados.»

Estas frases estaban escritas en árabe, idioma que el Conde poseia tan á
la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella
le era más familiar, habiéndole servido en muchas ocasiones para salvar
su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero á la sazon no debió
envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado,
pues el daño que le causó fué infinitamente mayor que todos aquellos
juntos. Tres, cuatro, seis veces leyó el infeliz aquel escrito, y otras
tantas se esforzó, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia
estampado. Cuanto más lo leia, más claro y distinto hallaba su
significado, sintiendo á cada nueva lectura que la helada mano del
infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se quedó
inmóvil, con los ojos y la mente fijos en la peña, é indiferente al
mismo tiempo á lo que en ella veia.

Abandonóse entonces de tal modo á su dolor, que estuvo á punto de perder
la razon. ¡Oh! no, no existe pesar alguno á este comparable! ¡Creed al
que por desgracia lo ha experimentado! Inclinó Orlando la cabeza sobre
el pecho; bajó la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su
afliccion le dominó hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni
sus ojos encontraron lágrimas para llorar. Su impetuoso quebranto
permaneció reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse
de él bruscamente, así como el agua contenida en un recipiente de ancho
diámetro y cuello angosto, permanece en él aunque le vuelquen, porque al
acudir el líquido á la boca, lo hace con tal precipitacion y se
aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan
trabajosamente algunas gotas.

Al cabo de algun tiempo, logró reponerse un poco, y se puso á
reflexionar cómo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y
en su consecuencia procuró, creyó y esperó persuadirse de que alguno
habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su
dama, ú oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para
hacerle morir; suponiendo además que una mano desconocida habia imitado
á la perfeccion la letra de Angélica. Tan infundada como frágil
esperanza consiguió despertar su amortiguado espíritu y reanimarle algun
tanto; y volviendo á montar en Brida-de-oro, se alejó de aquel sitio en
el momento en que el Sol cedia el puesto á su nocturna hermana.

No habia andado mucho, cuando distinguió las blancas espirales de humo
que salian de los techos de algunas cabañas; oyó el ladrido de los
perros, el balido de los rebaños, y por fin, llegó á la puerta de una
cabaña, en la que pidió hospitalidad. Dominado por la tristeza, echó pié
á tierra, y confió su Brida-de-oro á un discreto mancebo, mientras que
otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas ó le limpiaban la
coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curándose
de su herida, y en la que halló una suerte inesperada.

Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehusó la cena que le
ofrecian: su dolor le alimentaba más que cualquier manjar que le
presentasen. Sin embargo, cuanto más procuraba encontrar el sosiego
apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos
tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas
y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo á punto de
preguntar el orígen de aquellas inscripciones, y otras tantas selló sus
labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que
continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa
realidad no aumentara su desesperacion.

De poco le sirvió, sin embargo, engañarse á sí mismo; porque se le
revelaron todo sin preguntar á nadie. Viéndole el pastor tan abismado en
su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empezó sin
más ni más á narrar la historia de los dos amantes; historia que referia
á todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos
viajeros con interés y complacencia. Manifestóle, pues, que él, cediendo
á los ruegos de Angélica, habia trasportado á su cabaña á Medoro, herido
gravemente, y que la jóven le cuidó la herida, logrando curarla en pocos
dias; pero que habiéndole Amor causado una herida mucho mayor en el
corazon, fué tan abrasador el incendio producido por una sola chispa,
que se inflamó toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel
fuego: añadió que sin reparar la doncella en que era hija del monarca
más poderoso del Oriente, se desposó, obligada por el amor, con un
guerrero pobre y oscuro. El pastor completó su narracion presentando al
Conde la alhaja que le regalara Angélica al partir, como testimonio de
su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.

Esta conclusion fué para el Paladin la segur que le cortó de un golpe la
cabeza, con cuyo golpe puso término el cruel Amor á las innumerables
heridas que en su corazon habia causado. Esforzóse Orlando, no obstante,
en ocultar su dolor; pero pudo este más que el y rompiendo los diques de
la voluntad, precipitóse al fin por los ojos y la boca del desdichado,
convertido en lágrimas y sollozos. Apenas se vió solo Orlando, y sin
necesidad ya de ocultarse de nadie, dió rienda suelta á su afliccion y
derramó un torrente de lágrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho:
suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frenético en el lecho,
que le parecia más duro que una peña y más punzante que si estuviese
hecho de ortigas.

En medio de su delirante desesperacion le asaltó la idea de que la cama
en que yacia era la misma donde más de una vez habia dormido su ingrata
dama en brazos de su amante, y se apartó de aquellas aborrecidas plumas,
tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se
habia tendido, al ver cerca de sí una culebra. El lecho, la cabaña, el
pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida
de la luna ó la aparicion del primer albor matutino, cogió sus armas,
montó en su caballo, y empezó á caminar á la ventura por entre las más
oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abrió otra vez las
puertas á su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.

Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que
resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los
sitios habitados, y permanecia de contínuo en las selvas, en cuyo duro
suelo dormia á la intemperie. Admirábase de sí mismo, al ver que no se
agotaba el manantial de sus lágrimas, y al observar sus interminables
suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:

--Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lágrimas,
no: mis lágrimas no bastaron á mi dolor inmenso, y se secaron antes de
que este pudiera exhalarse del todo.

»Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que á
los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas
vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirán á un tiempo
mismo mis males y mi existencia.--Estos, que atestiguan mi tormento, no
son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen
tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente
desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento,
mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. ¡Oh! ¿cómo
es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin
consumirse?--Y yo, yo no soy el que parezco! El que fué Orlando ha
muerto y yace en el sepulcro, víctima, de su ingratísima amada; ¡tan
cruda fué la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy más que el
alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil
tormentos por este infierno, á fin de que, avanzando sola con su sombra,
sirva de ejemplo á cuantos en el amor cifran su esperanza.»

Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el
dia, su fatal destino le encaminó de nuevo hácia la fuente en que Medoro
grabó sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritóse de
tal modo, que todo su ser se convirtió en odio, rabia, ira y furor.
Empuñó la espada sin tardanza, é hizo pedazos la inscripcion y la roca,
cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. ¡Desgraciada aquella gruta
y los sitios todos en que se leian los nombres de Angélica y Medoro! Los
dejó de tal modo, que no volvieron á ofrecer su sombra y su frescura al
pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces,
tampoco estuvo al abrigo de su cólera; pues arrojó en sus cristalinas
ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbió
desde el fondo á la superficie, de tal suerte, que jamás recobraron su
primitiva trasparencia. Por último, cansado, bañado en sudor, y cuando
su fatigado aliento no correspondió á su despecho, á su odio
inextinguible y ardiente ira, cayó jadeante sobre la yerba, y empezó á
exhalar hondos suspiros. Afligido, inmóvil, con los ojos abiertos y
fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento
ni conciliar el sueño, permaneció en aquel sitio mientras que el sol
apareció y desapareció tres veces, y solo cesó su grandísima pena cuando
le hubo privado enteramente de la razon.

Levantóse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arrancó
la armadura y la cota de malla; arrojó léjos de sí el yelmo y el escudo,
la coraza y sus restantes armas, las cuales fué esparciendo por el
bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente
desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. Así empezó aquella
furiosa locura, tan terrible, que nadie tendrá noticia de otra que pueda
comparársele.

El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del
menor destello de juicio: olvidóse de conservar su espada con la cual
estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor
inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostró
llevando á cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un
solo esfuerzo arrancó un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si
fuesen hinojos ó yeros. Del mismo modo siguió destrozando encinas y
olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los árboles mas seculares
caian á sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas
arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para
tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrépito, dejaban
sus ganados esparcidos por la floresta, y se dirigian precipitadamente
hácia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.

Mas he llegado ya á un punto, que si lo traspasara, tal vez os
molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto,
antes de que llegue á fastidiaros por difusa.



CANTO XXIV.

     Zerbino traspasa á Odorico, juntamente con Gabrina, su vergonzosa
     obligacion de acompañar á esta vieja y le deja en libertad.--Muere
     Zerbino á manos de Mandricardo por defender la espada de
     Orlando.--Quejas de Isabel.--Mandricardo combate con
     Rodomonte.--Suspenden su lucha para socorrer á Agramante y su
     ejército, que estaban á punto de caer en poder de los cristianos.


Cuantos pongan su incauto pié sobre la liga de Amor, deben procurar
retirarlo á tiempo, antes de dejar enviscadas en ella las alas; porque
el amor, segun opinion de los sábios de todas las edades, no es en suma
más que una locura, y aun cuando no todos lleven su insensato furor
hasta el extremo que lo llevó Orlando, siempre dan algunas señales del
que les domina. Y sobre todo, ¿hay indicio de locura más vehemente, que
el de perderse á sí mismo por querer á los demás? Si los efectos son
varios, la insensatez de que proceden es siempre la misma; es como un
gran bosque, en que forzosamente deben extraviarse cuantos en él
penetran, ya suban ó bajen; ya se dirijan á un lado, ya á otro. En
resúmen, y para decirlo de una vez: el que llega á una edad madura,
despues de haber dedicado toda su vida al amor, mereceria, además de
otros castigos, que se le cargara de grillos y cadenas.

Me podrán decir, con razon quizás:--«Hermano, estás dando consejos á los
demás, sin tener en cuenta tu propia flaqueza.» A esto responderé que lo
comprendo demasiado, pues mi mente se halla ahora en un lúcido
intervalo, y que por lo mismo he resuelto recobrar mi perdida calma y
abstenerme de toda clase de devaneos, como espero conseguirlo en breve;
pero desgraciadamente no me será fácil lograrlo tan pronto como
quisiera, porque el mal ha penetrado hasta en la médula de los huesos.

En el canto precedente os decia, Señor, que el delirante y furioso
Orlando habia esparcido por el campo sus armas, desgarrado sus vestidos,
arrojado léjos de sí su espada, y arrancando uno y otro árbol, hacia
resonar con sus gritos las cavernas y los bosques. Atraidos algunos
pastores, al escuchar tan inusitado rumor, por su mala estrella ó por
algun grave pecado, se aproximaron á él, pero en cuanto vieron más de
cerca las increibles pruebas del prodigioso vigor de aquel insensato,
volvieron las espaldas para huir, aunque sin saber adonde, como suele
suceder cuando nos sobrecoje el pánico. El loco se lanzó sobre uno de
ellos, logró cojerle, y le arrancó la cabeza con la misma facilidad con
que cualquiera arrancaria una manzana del árbol ó una hermosa flor de su
tallo. Asió en seguida el pesado tronco por una pierna, y se sirvió de
él como de una maza para golpear á los demás pastores. Derribó á dos de
ellos sin sentido, y quizá no volverian á despertar de su sueño hasta el
dia del juicio: los restantes huyeron en todas direcciones, merced á su
lijereza y prevision; hubiérales costado trabajo evitar el alcance del
loco, si este no se hubiese vuelto para acometer á sus rebaños. Los
labradores, escarmentando en cabeza ajena, abandonaron por los campos
sus arados, hoces y azadones; refugiáronse unos en los tejados de las
casas, y otros en los templos, por no considerarse seguros en las cimas
de los olmos ó de los sauces, contemplando desde allí la horrenda furia
de Orlando, que con los puños, los dientes, las uñas y los piés,
magullaba, abria y hacia pedazos á los bueyes y caballos: el que
conseguia librarse de su saña, debia preciarse con razon de ágil.

Podeis calcular si las aldeas cercanas resonarian en breve con el
estrépito producido por los gritos, por las trompas y las rústicas
bocinas, y más que todo por el clamor de las campanas tocando á rebato.
A aquellos ecos, millares de aldeanos bajaron de las montañas armados
con espontones[150], arcos, venablos y hondas, y otros tantos subieron
de los valles para acometer á Orlando. Cual suele adelantarse por la
salobre orilla la ola empujada por el Austro, que al principio parece
que juguetea, y en pos de ella avanza la segunda aumentando en volúmen,
y á esta sigue la tercera con más fuerza, siendo cada vez mayor la
cantidad de agua que deja impresas sus huellas en la arena, del mismo
modo iba engrosando aquella multitud irritada, que desde lo alto de los
peñascos y desde el fondo de los valles se precipitaba contra Orlando.

     [150] Especie de lanza de poco más de dos varas de longitud con el
     remate de hierro en forma de corazon, usada en los siglos XVI y
     XVII.

El Paladin tendió á sus piés á dos grupos de diez personas cada uno que
le atacaron desordenadamente: los demás juzgaron conveniente, al ver tan
terrible ejemplo, mantenerse para mayor seguridad á cierta distancia. En
vano era que le lanzaran venablos y toda clase de proyectiles; ninguno
de estos podia hacer brotar su sangre, por ser aquel héroe
invulnerable, gracia que el Rey del cielo le concedió para que
protegiera mejor su santa Fé. Aquel dia estuvo Orlando á punto de morir
si la muerte hubiera tenido algun dominio sobre él: aquel dia pudo muy
bien conocer á lo que se exponia abandonando su espada, y queriendo
mostrarse tan audaz como siempre, á pesar de no ir defendido por su
armadura.

La multitud empezó á retirarse, al ver la inutilidad de sus esfuerzos; y
Orlando, al hallarse solo, siguió el camino de una aldea inmediata. No
encontró en ella un solo ser viviente, porque todos sus habitantes,
viejos y jóvenes, la habian evacuado por temor, abandonando al huir las
modestas provisiones, propias de su sencilla vida pastoril. Sintiendo,
en medio de su furor insano, los crueles efectos del hambre, arrojóse el
Conde sobre los primeros víveres que le vinieron á la mano, devorándolos
crudos ó cocidos en un momento, sin observar diferencia alguna entre el
pan y las bellotas.

Siguió vagando despues por la comarca, y cazando á los hombres lo mismo
que á las fieras; en sus correrias por los bosques se apoderaba de las
ágiles cabras ó de los ligeros gamos; con frecuencia atacaba á los osos
y á los javalíes, á quienes derribaba con su brazo desnudo y desarmado;
y más de una vez, calmó su apetito insaciable con la carne y todos los
despojos de estas fieras. De esta suerte recorrió la Francia en todas
direcciones, hasta que un dia llegó á un puente, bajo el cual se
deslizaba un rio ancho, profundo y caudaloso y de escarpadas orillas.
Cerca de él se levantaba una torre, desde la cual se dominaba todo aquel
país hasta los más lejanos horizontes. En otra parte oireis lo que allí
hizo: ahora es preciso que os hable de Zerbino.

Despues de la partida de Orlando, se detuvo algun tiempo el príncipe de
Escocia, y siguió más tarde el mismo sendero por donde se habia alejado
el Paladin, llevando su caballo al paso. No creo que anduviese más de
dos millas, cuando vió que dos guerreros completamente armados se
adelantaban, custodiando á un caballero atado sobre un pequeño
caballejo. Tanto Zerbino, como Isabel, conocieron al prisionero en
cuanto estuvo cerca de ellos. Era Odorico de Vizcaya; aquel caballero
desleal, á quien Zerbino eligió entre todos los suyos para confiarle á
su amada, que fué lo mismo que confiar al lobo la custodia del cordero,
esperando que en aquella ocasion le daria una nueva prueba de la lealtad
con que siempre le habia servido. Precisamente entonces iba Isabel
refiriendo á Zerbino los pormenores de aquel suceso, dándole cuenta de
su salvacion en un esquife, antes de que se sumergiera la nave; de la
violencia que con ella habia usado Odorico, y de su cautiverio en la
gruta de los bandidos. Aun no habia llegado al término de su relato,
cuando vieron que traian cautivo á aquel malandrin. Los dos guerreros
que llevaban preso á Odorico, conocieron á su vez á Isabel y supusieron
que el caballero que la acompañaba debia de ser su amante y su señor al
mismo tiempo; de lo cual se cercioraron tan pronto como vieron pintado
en el escudo el antiguo blason de su ilustre raza, y conocieron, al
contemplar más fijamente el rostro de Zerbino, que habian sospechado la
verdad.

Echaron pié á tierra, y se dirigieron presurosos hácia el Príncipe con
los brazos abiertos, abrazándole donde se abraza á los personajes de
estirpe real, con la cabeza descubierta é hincados de hinojos.
Contemplando Zerbino á uno y otro, conoció que eran Corebo el Vizcaino y
Almonio, á quienes habia hecho pasar á bordo del buque que mandaba
Odorico. Almonio le dijo:

--Ya que á Dios place (gracias le sean dadas) que Isabel esté contigo,
comprendo, Señor mio, que nada nuevo podré decirte con respecto al
motivo de venir encadenado ese infame: supongo que mi señora, que ha
sido la más ofendida por él, te habrá narrado todo lo acontecido: debes
por lo mismo saber cómo se burló de mí ese traidor alejándome con un
pretesto cualquiera, y cómo fué herido Corebo por defender á su señora.
Pero como Isabel no vió ni oyó lo que sucedió despues de mi regreso, y
por lo tanto, no habrá podido referírtelo, voy á manifestártelo en pocas
palabras.

»Volvia yo presuroso desde la ciudad á la playa con los primeros
caballos que logré encontrar, y trataba de descubrir el lugar en que
habian quedado mis compañeros, cuando al llegar á la orilla del mar y al
sitio en que los habia dejado, no ví más que sus huellas recientemente
impresas en la arena. Las seguí y me llevaron á un espeso bosque; apenas
habia penetrado en él cuando llegaron á mis oidos gemidos lastimeros, y
hallé á Corebo tendido en el suelo. Preguntéle qué habia sido de la dama
y de Odorico, y quién le habia puesto en aquel estado; y en cuanto supe
lo ocurrido, me puse en seguimiento del traidor, buscándolo por todas
las revueltas del bosque, sin que á pesar de mis pesquisas, me fuera
posible encontrarlo en todo el dia. Volví al lado del herido, que habia
empapado el terreno con su sangre hasta tal punto, que de permanecer
allí un poco más, no hubiese tenido necesidad de médicos ni lecho para
curarse, sino de una huesa y de sacerdotes y frailes para enterrarlo.
Hice que le trasladaran desde el bosque á la ciudad, y le instalé en una
hostería, cuyo dueño, amigo mio, logró curarlo al poco tiempo, merced á
sus cuidados y á los de un experto cirujano. Provistos despues de armas
y caballos, Corebo y yo continuamos buscando á Odorico, á quien
encontramos por fin en la corte de Alfonso de Vizcaya, donde le obligué
á aceptar el reto que le dirigí. La justicia del Rey, que me concedió
franco espacio para la lucha; la razon que me asistia, y además de la
razon, la Fortuna que proporciona la victoria á quien mejor le parece,
me auxiliaron tanto, que el traidor pudo menos que yo, por lo cual quedó
prisionero mio, y el Rey, luego que tuvo conocimiento de su crímen, me
autorizó para hacer de él cuanto me pareciese. No he querido darle la
libertad ni la muerte, sino llevarle atado por todas partes, como ves,
prefiriendo que tú lo juzgaras, y decidieras si debe perecer ó sufrir
otro castigo. Habiendo oido decir que estabas en el campo de Carlomagno,
hemos venido hasta aquí con el deseo de encontrarte. ¡Doy á Dios
fervientes gracias por haberte hallado en un sitio en que no lo
esperaba! Doyle tambien gracias al ver que te ha restituido, no sé cómo,
á tu Isabel, de quien no creia que volvieses á tener noticias, á
consecuencia del crímen de ese infame.»

Zerbino prestó atento oido á la narracion de Almonio sin interrumpirle,
y al mismo tiempo sin apartar la vista de Odorico: era menor su odio que
su sentimiento por ver tan mal recompensada su amistad. Luego que
Almonio hubo acabado su relato, Zerbino permaneció mucho tiempo
pensativo y silencioso, considerando que le habia hecho traicion de un
modo tan manifiesto el hombre que menos motivos tenia para obrar así:
lanzando por último un hondo suspiro, que puso fin á su prolongada
admiracion, preguntó al prisionero si era cierto cuanto Almonio habia
referido. El infame se dejó caer de rodillas en tierra, y exclamó:

--Señor, cuantos en el mundo viven, pecan ó yerran: el bueno solo se
diferencia del malvado en que este sale vencido en todas las guerras
que le mueven sus menores pasiones, mientras que el otro recurre á sus
armas y se defiende; mas si el enemigo es fuerte, tambien queda rendido.
Si me hubieses confiado la defensa de una de tus fortalezas, y al primer
asalto del enemigo le hubiese dejado plantar en ella su bandera sin
resistirme, seria justo que se me imprimiera en la frente el estigma de
la cobardía, ó de la traicion, que es peor; pero si me hubiese visto
obligado á ceder ante la fuerza, estoy seguro de que no recaeria sobre
mí vilipendio alguno, sino gloria y merecimientos. Cuanto más poderoso
es el enemigo, tanto más aceptable es la excusa de una derrota.--Es
cierto que debí guardar mi fé del mismo modo que una fortaleza rodeada
de murallas; pero aun cuando puse todo mi conato en conservarla con el
cuidado y la inteligencia de que me dotó la Providencia divina, sucumbí
al fin, vencido por un asalto irresistible.

Así habló Odorico, y como seria prolijo reproducir las palabras que
añadió, me limitaré á deciros que continuó empleando los argumentos más
persuasivos para demostrar que cedió á una tentacion irresistible, y que
si cometió aquella falta, lo hizo vencido por un poder superior á él. Si
los ruegos han logrado alguna vez enternecer un corazon irritado; si las
palabras más humildes y suplicantes han obtenido el resultado apetecido,
entonces debieron conseguirlo; pues Odorico halló en su mente las más á
propósito para ablandar el corazon más duro. Zerbino permanecia
indeciso, no sabiendo si deberia perdonar ó vengar aquella injuria: la
gravedad del delito le aconsejaba que arrancara la existencia al
culpable; pero el recuerdo de la estrecha amistad que por tanto tiempo
se habian profesado, apagó con el agua de la compasion la cólera que en
su pecho ardia, y le indujo á perdonarle.

Mientras Zerbino estaba ocupado en reflexionar si daria la libertad, ó
se llevaria cautivo al amigo desleal, ó bien si se privaria de su
presencia por medio de la muerte, ó le condenaria á pasar la vida entre
tormentos, llegó relinchando el corcel que asustó Mandricardo con sus
gritos despues de haberle quitado la brida, llevando sobre su lomo á la
vieja por quien Zerbino habia estado á punto de perecer. Atraido el
palafren por los relinchos de los otros, se mezcló entre ellos,
arrastrando consigo á la vieja, que en vano lloraba y pedia socorro. Al
verla Zerbino, elevó al cielo su mano en accion de gracias, por
mostrarse con él tan benigno que en un mismo dia entregaba á su merced
aquellos dos seres para quienes solo odio debia abrigar su corazon.
Zerbino hizo detener á la vieja hasta tanto que decidiera de su suerte:
primeramente pensó cortarle la nariz y las orejas para escarmiento
ejemplar de los malvados: luego le pareció mejor exponer su cuerpo á la
voracidad de los buitres. Despues de haber vacilado entre diferentes
géneros de suplicios, se decidió por último y volviéndose á sus
compañeros, les dijo:

--Quiero proporcionarme la satisfaccion de perdonar la vida á ese
traidor; pues si bien no debiera quedar impune todo cuanto ha hecho, no
es tampoco merecedor de la muerte. Consiento, pues, en que viva y quede
libre; porque estoy persuadido de que cometió un crímen arrastrado por
su pasion, y debe admitirse fácilmente cualquier disculpa cuando la
falta recae en el amor. El amor ha trastornado con frecuencia cabezas
mucho más firmes que la suya, y ha dado lugar á excesos mucho mayores
que los cometidos por ese infame que así nos ha ultrajado. Por lo tanto,
Odorico debe quedar en libertad, y si hay aquí alguno digno de castigo,
debe ser yo, que en mi ceguedad, no dudé en confiarle un encargo
difícil, sin tener en cuenta que el fuego enciende á la paja fácilmente.

Despues, mirando á Odorico, añadió:

--Para castigar tu delito, quiero que por espacio de un año seas el
acompañante de esa vieja; bien entendido que no te has de separar de
ella un solo momento: donde quiera que vayas ó te encuentres, tanto de
noche como de dia, deberás permanecer constantemente á su lado, y
defenderla hasta morir contra todo el que intentase ultrajarla. Quiero
además que estés pronto á combatir con quien ella te indique, si así lo
desea, y quiero, por último, que durante el transcurso de eso año,
recorras todas las provincias de la Francia.

Así dijo Zerbino; pues convencido de que la falta de Odorico merecia la
sepultura, quiso abrir á sus piés otra más profunda de la que no pudiera
evadirse sino por una casualidad milagrosa. Gabrina habia vendido y
ultrajado á tantas damas y tantos guerreros, que yendo en su compañía
era imposible evitar contínuas querellas con los caballeros andantes. De
este modo serian castigados los dos: ella por sus antiguos crímenes, al
paso que él, saliendo injustamente en su defensa, no dejaria de
encontrar una pronta muerte. Zerbino obligó á Odorico á que le jurara
solemnemente observar tales condiciones, pactando de antemano que, si
dejaba de cumplirlas y por casualidad llegaba á encontrarle, le haria
perecer de un modo cruel, sin escuchar más ruegos ni dar oidos á la
piedad. En seguida, ordenó á Corebo y Almonio que desataran al traidor:
Corebo, auxiliado por su compañero, hizo lo que le mandaba su señor,
aunque con estudiada lentitud; pues tanto uno como otro sentian que se
les escapara la venganza que deseaban.

No tardó Odorico en alejarse con la vieja maldita; y aun cuando en las
obras de Turpin no se lee lo que despues hicieron ambos, he consultado
otro autor que de ellos se ocupó. Este autor, cuyo nombre callaré,
refiere que apenas hubieron andado una jornada, cuando, deseoso Odorico
de desembarazarse de aquel estorbo, á pesar de su pacto y de la fé
jurada, echó un lazo corredizo al cuello de Gabrina, y la colgó de un
olmo, donde la dejó abandonada. Un año despues, Almonio hizo á Odorico
la misma jugada; pero el autor susodicho no dice en qué sitio.

Recordando Zerbino que debia seguir las huellas de Orlando, y no
queriendo perderlas, trató de enviar noticias suyas á sus tropas, que
indudablemente estarian intranquilas por su ausencia; y á este efecto,
mandó á Almonio, confiándole además otros encargos que no son del caso
referir. Tras Almonio, envió á Corebo, y quedó solo con Isabel. Era tan
grande el afecto que Zerbino, así como su amada, sentian por el virtuoso
Paladin, y tantos sus deseos de saber si habia vuelto á encontrar al
Sarraceno que le hiciera caer del caballo juntamente con la silla, que
determinaron no regresar al campo cristiano hasta que transcurrieran los
tres dias fijados por Orlando para esperar al caballero que no llevaba
espada.

El príncipe de Escocia fué siguiendo los mismos caminos que recorrió el
Conde, hasta que él y su amada se hallaron entre los árboles apartados
del camino, en que la ingrata Angélica trazó sus amorosas inscripciones.
Así estos, como el manantial y las peñas tenian impresos los recientes
vestigios del furor del Paladin. Zerbino vió á lo léjos cierta cosa
reluciente; aproximóse á ella y encontró la coraza del Conde: un poco
más allá tropezó con el casco, pero no era aquel yelmo famoso que cubrió
la cabeza del africano Almonte: oyó despues relinchar un corcel, oculto
entre la espesura del bosque; levantó la cabeza y vió á Brida-de-oro
paciendo tranquilamente la yerba, con el freno pendiente del arzon de la
silla: buscó por la floresta á Durindana, y la encontró fuera de la
vaina; halló tambien la sobrevesta del Conde, pero hecha menudos
girones, que el desgraciado Paladin habia ido esparciendo por el suelo.

Con semblante triste contemplaron Isabel y Zerbino aquellos destrozos,
sin poder atinar con la causa de semejante desórden: bien es verdad que
podrian hacer toda clase de suposiciones, excepto la de que Orlando
estuviese privado de razon: si hubieran hallado alguna mancha de sangre,
habrian temido por su vida. Mientras estaban formando mil comentarios,
vieron venir por la orilla del riachuelo un pastorcillo pálido y
descompuesto, el cual habia sido testigo desde el pico de una roca del
espantoso furor de Orlando, y presenció cómo arrojaba sus armas,
desgarraba sus vestidos, daba muerte á los pastores y hacia otras mil
locuras. Interrogado por Zerbino, le relató fielmente lo ocurrido, de lo
que el Príncipe quedó tan asombrado, que apenas se atrevia á darle
crédito, á pesar de tener delante las pruebas más fehacientes.

Sin embargo, por si fuese cierto, echó pié á tierra, y lleno de
compasion, de lágrimas y de tristeza, se puso á recojer uno por uno
aquellos restos esparcidos por el bosque, ayudado de Isabel, que se apeó
asimismo de su palafren con igual objeto. Dedicados á tan piadosa
ocupacion estaban, cuando se llegó á ellos una doncella de semblante
triste, exhalando hondos suspiros. Si alguno tiene interés en saber su
nombre, la causa de su afliccion y el dolor que la angustiaba, le diré
que era Flor-de-lís, que iba buscando á su amante. Bradamante la habia
abandonado en la ciudad de Cárlos, sin decirle una palabra; en dicha
ciudad le estuvo ella esperando seis ú ocho meses, y viendo que no
volvia, se decidió á buscarlo por todas partes, desde el uno al otro mar
y hasta el pié de los Pirineos y de los Alpes, registrando los sitios
más apartados de la Francia, excepto el palacio de Atlante el
encantador. Si Flor-de-lís hubiese penetrado en aquel palacio, habria
visto vagar por él á su Brandimarte con Gradasso, Rugiero, Bradamante,
Ferragús, y más tarde con Orlando. Pero despues que Astolfo arrojó de
allí al Nigromante con los sonidos horribles y maravillosos de su
trompa, Brandimarte habia regresado á Paris, y Flor-de-lís lo ignoraba.

Al llegar casualmente, segun os iba diciendo, aquella hermosa doncella
junto á los dos amantes, conoció las armas del Conde, y á Brida-de-oro,
que habia quedado sin su dueño y con el freno en la silla. Vió las
señales de aquel funesto lance, y en breve tuvo conocimiento de su
causa, pues el pastor le refirió en los mismos términos que
anteriormente el principio de la locura de Orlando.

Entre tanto Zerbino habia reunido todas las armas, y colgándolas de un
pino, formó con ellas un bello trofeo: deseoso despues de impedir que se
las apropiara algun caballero del país ó transeunte escribió en el verde
tronco estas lacónicas palabras:

       _Armadura del paladin Orlando._

Como si quisiera decir: «Nadie las toque, si no se siente con brios para
medirse con Orlando.»

Acababa apenas de poner fin á tan laudable obra, y ya se disponia á
montar á caballo, cuando llegó el altanero Mandricardo; y al ver el pino
engalanado con las gloriosas reliquias, preguntó al Príncipe el orígen
de aquel trofeo, y Zerbino le refirió la verdad tal como la habia oido.
Gozoso el rey pagano, no perdió tiempo; acercóse presuroso al pino, y
se apoderó de la espada exclamando:

--Nadie puede censurarme por esta accion: tiempo ha que me pertenecia
este acero, y por lo mismo, me asiste un perfecto derecho para tomar
posesion de él donde quiera que lo encuentre. Orlando se ha fingido loco
y lo ha abandonado, sin duda por no sentirse con valor suficiente para
defenderlo; mas aun cuando oculte su cobardía bajo tan ridículo
pretexto, esa no es una razon para que yo deje de hacer uso de un
derecho legítimo.

--No la toques, gritó Zerbino, ó reflexiona que no te apoderarás de esa
espada sin batirte conmigo. Si has adquirido del mismo modo las armas de
Héctor, bien puede decirse que las has robado, y no que han sido el
premio de tu denuedo.

Sin añadir una sola palabra, corrieron á atacarse el uno al otro, con
igual esfuerzo y valentía; y apenas habia empezado la lucha, cuando
resonó el aire con el estruendo de cien golpes. Rápido como el rayo,
esquivaba Zerbino todos los golpes de Durindana, y hacia saltar acá y
allá á su corcel como un gamo, buscando el terreno más firme. Harto
necesaria le era su agilidad; pues si dejaba que le alcanzase un solo
tajo de aquel acero, habria ido bien pronto á reunirse con los
enamorados espíritus que pueblan la selva de los frondosos mirtos[151].
Así como el perro ágil ataca al cerdo, que vaga por el campo separado de
la piara, y va dando vueltas en torno suyo, saltando y brincando,
mientras espera una ocasion para acometerle, del mismo modo Zerbino
seguia con la vista todos los movimientos del acero enemigo, y heria y
huia á un tiempo mismo, procurando atacar y defenderse de suerte que no
peligraran su vida ni su honra.

     [151] Alusion á los Campos Elíseos, el jardin de los Infiernos.

Por su parte el Sarraceno, siempre que dejaba caer su espada, de lleno ó
en vago, lo hacia con tal fuerza, que cada uno de sus golpes silbaba
como el viento Norte cuando sopla impetuoso durante el mes de Marzo
entre dos montañas, y azota los árboles de una frondosa selva, ora
obligándoles á inclinar sus pobladas copas, ora haciendo describir mil
círculos por el aire á sus ramas destrozadas.

Por más que Zerbino logró esquivar y huir multitud de golpes, no pudo al
fin evitar que le alcanzara un gran fendiente, que pasando entre la
espada y el escudo, le dió en el pecho. A pesar de que el peto, la malla
y la coraza eran muy dobles y de excelente temple, cedieron del mismo
modo al filo de la espada, que bajó rajando cuanto encontró á su
alcance, así la armadura como el arzon y hasta el arnés. Si Durindana
hubiese alcanzado al príncipe escocés más de lleno, seguramente lo
habria hendido de arriba á abajo como una caña; pero penetró tan poco en
la carne, que solo desgarró la piel: sin embargo, la herida, á pesar de
no ser profunda, era tan larga que mediria más de un palmo: la humeante
sangre de Zerbino tiñó su luciente armadura con una lista roja, que le
llegaba á los piés. Del mismo modo he visto dividir un tejido de plata
con una cinta purpúrea por la mano, más blanca que el alabastro, que á
menudo me atraviesa el corazon.

De poco le valió á Zerbino su destreza, su fuerza y su audacia; pues el
rey de Tartaria le aventajaba en vigor y en el excelente temple de sus
armas. Aun cuando el golpe del Pagano fué más terrible en la apariencia
que en sus efectos, no obstante, Isabel sintió que el corazon se le
oprimia dentro del helado pecho. Zerbino, lleno de ardimiento y de
valor, y encendido de ira y de despecho, empuñó su acero con ambas manos
y lo descargó con toda su fuerza

     [Ilustración: Combate entre Zerbino y Mandricardo.

     (Canto XXIV.)]

sobro el yelmo del Tártaro. Casi quedó tendido el soberbio Sarraceno
sobre el cuello de su caballo ante la violencia de aquel golpe, que le
habria dividido la cabeza en dos pedazos, á no estar encantado el yelmo.
Mandricardo no difirió su venganza, y sin pronunciar una sola palabra,
dirigió á su adversario un furioso tajo sobre el almete, esperando
hendirle hasta el pecho: Zerbino, con la vista y el pensamiento fijos en
los movimientos del Pagano, volvió rápidamente el caballo hácia la
izquierda; pero no tan á tiempo que consiguiera evitar aquel mandoble.
El acero del Sarraceno le partió el escudo, rompió y desató el brazal,
hirióle el brazo, destrozó el arnés y se corrió hasta el muslo.

En vano procuraba el príncipe de Escocia herir á su vez á Mandricardo:
sus esfuerzos no tenian el menor resultado, y apenas si dejaba impresas
las huellas de sus golpes en la armadura de su contrario. El rey de
Tartaria, por su parte, habia ya conseguido tales ventajas, que Zerbino
estaba herido en siete ú ocho partes, desprovisto de escudo y medio roto
el yelmo. El Príncipe escocés perdia mucha sangre; íbanle faltando las
fuerzas, y sin embargo, parecia no sentirlo, porque su esforzado
corazon, inaccesible á la debilidad, valia tanto que sostenia su
vacilante cuerpo.

Entre tanto Isabel, pálida de terror, corrió á Doralicia, y le rogó y
suplicó por Dios vivo que hiciera lo posible por poner fin á tan
tremenda lucha. Doralicia, tan galante como hermosa, é incierta todavia
sobre el éxito del combate, hizo de buen grado lo que Isabel le pedia, é
indujo á su amante á que terminara la contienda ó la suspendiera por lo
menos. Zerbino, dando oidos asimismo á su adorada, calmó su vengativa
saña, y renunció á prolongar el combate, siguiendo á Isabel por donde
quiso guiarle, sin terminar la comenzada empresa.

Flor-de-lís derramaba por su parte silenciosas lágrimas, al ver tan mal
defendida la excelente espada del desgraciado Conde; y en su iracunda
afliccion, se mesaba los cabellos. Desearia que se hubiese encargado
Brandimarte de aquella empresa; por lo cual formó el propósito de
referirle lo ocurrido, en cuanto llegara á encontrarle, persuadida de
que entonces no se envaneceria Mandricardo por mucho tiempo de su
preciada conquista. Prosiguió Flor-de-lís buscando á su Brandimarte dia
y noche, alejándose cada vez más de su amante, que, como hemos dicho, se
hallaba ya de regreso en Paris. Despues de dar mil vueltas por montes y
llanuras, llegó á la orilla de un rio, donde vió y conoció al mísero
Paladin; pero antes diré lo que le sucedió á Zerbino.

Al desgraciado caballero le parecia una falta tan grande el dejar
abandonada á Durindana en poder de Mandricardo, que el dolor de haberla
cometido le hacia olvidar el de sus heridas; y sin embargo, la sangre
que habia salido y continuaba saliendo de ellas, apenas le permitia
seguir á caballo. Apagado al poco tiempo su ardor al par de su cólera,
aumentaron sus padecimientos tan impetuosamente, que se sintió próximo á
fallecer. Su debilidad le impedia seguir adelante, por lo cual se detuvo
junto á una fuente: al verle Isabel en aquel estado, no sabia qué hacer,
ni qué decirle para prestarle un eficaz auxilio: afligida en extremo,
contemplaba cómo su amante iba perdiendo la vida rápidamente, sin poder
evitarlo; pues aquel sitio estaba demasiado apartado de toda poblacion,
donde ir en busca de un médico que le socorriera, bien por compasion, ó
por la esperanza de una recompensa.

Isabel se limitaba, pues, á gemir y llorar en vano, y á increpar
duramente al cielo y la fortuna exclamando:

--¡Ay desventurada! ¿Por qué no quedé sepultada entre las olas, cuando
desplegué mis velas por el Océano?

Zerbino, á quien afligian más las lágrimas de Isabel que la pasion tenaz
y dura que le habia puesto á las puertas de la muerte, fijó en ella sus
lánguidas miradas, y le dijo:

--¡Ah corazon mio! así te dignes amarme aun despues de mi muerte, como
es cierto que lo único que amarga mis últimos momentos, no es la idea de
perder la vida, sino la de dejarte aquí abandonada y sin guia. ¡Ah! si
en el momento de exhalar mi último suspiro, supiera que quedaba segura
tu existencia, moriria feliz, contento y sumamente dichoso, puesto que
muero en tus brazos. Pero ya que mi destino inícuo y fiero quiere que te
abandone sin saber en qué manos caerás, juro por esa boca, por esos ojos
y por esos cabellos, entre los que quedé prendido, que bajo desesperado
á los Infiernos, y que todos sus tormentos más crueles no lo serán tanto
como el que me causará el recuerdo de haberte dejado sin proteccion.

A estas palabras respondió la tristísima Isabel inclinando su rostro
bañado en llanto, y uniendo sus labios á los de Zerbino, descoloridos y
lánguidos como la rosa que se marchita en su tallo por no haber sido
cogida oportunamente:

--No te figures, vida mia, que harás sin mí tu final partida: ¡oh! no lo
temas, corazon mio, pues estoy dispuesta á seguirte al Cielo ó al
Infierno. Es preciso que nuestras almas se separen al mismo tiempo de
nuestros cuerpos, y que vuelen juntas á la eternidad. En cuanto cierres
los ojos, sucumbiré bajo el peso de mi dolor, ó si este no es bastante
intenso para matarme, te prometo atravesarme hoy mismo el corazon con
esa espada. Abrigo una gran esperanza de que nuestros cuerpos serán más
felices despues de la muerte que en vida; pues quizá algun transeunte,
movido á compasion, nos sepultará reunidos en una misma tumba.

Mientras así decia, iba recogiendo en su boca los últimos suspiros que
la muerte arrancaba á Zerbino, ansiosa de aspirar hasta su más
imperceptible soplo. Zerbino, esforzando su débil voz, le dijo:

--Te ruego y te suplico, ídolo mio, por aquel amor de que me diste
pruebas al abandonar por mí el techo paterno, y te lo ordeno tambien, si
así puedo hacerlo, que respetes tu existencia hasta que Dios tenga á
bien disponer de ella, y conserves eternamente el recuerdo de que te he
amado cuanto es posible amar en este mundo. No dejará el Señor de acudir
en tu auxilio para librarte de todo ultraje, como acudió cuando para
sacarte de la cueva envió en tu ayuda al Senador romano, y como te
socorrió en el mar, y te libró de las violencias del criminal Odorico.
Si solo la muerte puede algun dia salvar tu honra, entonces elige de dos
males el menos funesto.

No creo que pudiera pronunciar estas últimas palabras de un modo
bastante distinto para que Isabel las oyera; pues se extinguió su vida,
como se extingue una bujía ó la luz de una lámpara privada de aceite.
¿Quién podria reproducir el inmenso dolor de la jóven, al ver á su
amante pálido, rígido y frio como el hielo, tendido en sus brazos?
Dejóse caer sobre el ensangrentado cadáver, y lo inundó con sus copiosas
lágrimas, prorumpiendo en tales lamentos, que sus ecos se perdian á gran
distancia por el bosque y la campiña: golpeábase el pecho y las
mejillas; se mesaba lastimosamente sus rubios y ensortijados cabellos, y
pronunciaba sin cesar el nombre de Zerbino. Su inmenso dolor, llevado
hasta los últimos límites, degeneró en tal furor é ira tanta, que,
olvidando las últimas órdenes de su amante, habria dirigido contra su
propio pecho el acero homicida, si no corriera hácia ella, estorbando su
criminal intento, un eremita que acostumbraba pasear con frecuencia
desde su cercano retiro hasta la fresca y cristalina fuente. Este
venerable anciano reunia á una gran bondad una prudencia natural, y era
además caritativo en extremo, modelo de virtud y de elocuencia.

Aproximándose á la afligida jóven, empezó á dirigirle las frases más
persuasivas y eficaces, exhortándola á la paciencia, y le presentó, como
espejo en donde debia mirarse, el ánimo, y la resignacion de las mujeres
del Antiguo y Nuevo Testamento. Le hizo comprender despues, que tan solo
en Dios se hallaba la verdadera felicidad, y que todas las esperanzas
mundanales eran rápidas, frágiles y transitorias. Tan elocuentemente
habló al corazon de Isabel, que consiguió por último distraerla de su
resolucion cruel al par que obstinada, haciéndole además formar el
proyecto de consagrar el resto de sus dias al servicio de Dios; pero sin
olvidar por ello el profundo amor que por su amante sintiera, ni
abandonar tampoco sus restos mortales, de los que habia decidido no
separarse nunca, llevándoselos consigo á todas partes y permaneciendo
dia y noche junto á ellos.

Auxiliada por el eremita, que era robusto y fuerte, á pesar de su edad,
colocaron el cuerpo de Zerbino sobre su caballo, y vagaron muchos dias
por aquellas selvas. El prudente anciano no habia querido ofrecer á la
bella jóven un asilo en su retiro solitario, fabricado en una selvática
gruta, por temor de encontrarse enteramente solo con ella.--«Es harto
peligroso, decia entre sí, tener á un tiempo en la mano la paja y la
antorcha.»--No fiándose tampoco en su edad y su prudencia hasta el punto
de intentar una prueba tan arriesgada, pensó que lo mejor seria
acompañarla á Provenza, donde junto á un castillo próximo á Marsella,
existia un monasterio riquísimo, agradablemente situado, y famoso por
la religiosidad de sus moradoras. Para transportar hasta allí al difunto
caballero, habia colocado su cadáver en una caja, bastante larga, capaz
y embreada, que le proporcionaron en un castillo.

Anduvieron durante muchos dias por diferentes paises, eligiendo siempre
los senderos menos frecuentados, á fin de evitar el encuentro de los
muchos soldados que, por estar en guerra la Francia, circulaban por do
quiera. Desgraciadamente, llegaron á un sitio en que los cerró el paso
un caballero, dirigiéndoles los mayores ultrajes y los insultos más
groseros, de lo cual me ocuparé cuando sea oportuno; pues ahora debo
volver al Rey de Tartaria.

Una vez terminada la pelea del modo que he referido, púsose el jóven á
descansar de sus fatigas á la sombra de los árboles y á la orilla del
arroyuelo, despues de haber quitado la silla y el freno á su corcel,
dejándole que paciera libremente las tiernas yerbecillas del prado.
Apenas se habia recostado sobre el césped, cuando vió á lo léjos un
caballero que desde lo alto de una colina se dirigia á la llanura. En
cuanto Doralicia levantó la vista para mirarle, le conoció, y exclamó,
designándolo á Mandricardo:

--Ese es, si no me engaña la distancia, el soberbio Rodomonte. Estoy
segura de que desciende de esa colina para reñir contigo: esta es, pues,
la ocasion más oportuna de mostrar tu valor. Como le estaba prometida en
matrimonio, ha considerado mi rapto como un sangriento ultraje y viene
decidido á vengarse.

Cual un intrépido azor, que, al ver aparecer la paloma, la perdiz, la
chocha, el ánade ú otra ave semejante, levanta la cabeza, y se pone
erguido y arrogante, así tambien Mandricardo se apresuró á enjaezar su
corcel, esperando alegre y deseoso de pelear á Rodomonte, como si ya
contase por suya la victoria, con el pié afirmado en los estribos y las
bridas en la mano. Cuando estuvieron tan próximos que podian oir
distintamente sus altaneras palabras, empezó el Rey de Argel á amenazar
al Tártaro con la cabeza y con la mano, gritándole que no tardaria en
castigar la audacia con que, por un temerario capricho, habia osado
provocar á un guerrero que no dejaba impune la menor injuria.
Mandricardo respondió á tales amenazas:

--Es en vano que intentes infundirme miedo con amenazas, las cuales solo
sirven para asustar á las mujeres, á los niños ó á los que no saben
manejar el acero, Pero yo, para quien el mejor descanso es la pelea, las
desprecio y estoy pronto á probártelo á pié, á caballo, con ó sin armas,
y lo mismo en campo abierto, que en palenque cerrado.

Pronto pasaron de las amenazas, de los ultrajes y demostraciones de su
ira, á las estocadas y al terrible estridor de los golpes, semejantes al
viento que empieza por soplar con hálito apenas perceptible, y aumenta
gradualmente su fuerza, sacudiendo primero las copas de los fresnos y
las encinas, y levantando despues al cielo espesas nubes de polvo, hasta
que concluye por arrancar de raiz, los árboles y derribar las casas,
causando naufragios en el mar, y haciendo estallar en la tierra una
violenta tempestad que destruye los rebaños esparcidos por la floresta.
Los animosos corazones y extraordinarias fuerzas de los dos paganos, que
no tenian iguales en el mundo, hicieron que el combate fuera tan
espantoso cual debia esperarse de su natural feroz. Cada vez que
chocaban los aceros, la tierra se estremecia á su tremendo y formidable
estrépito; sus armas despedian millares de chispas que llegaban hasta
las nubes, cual si fueran infinitas lámparas de ellas pendientes.

Sin tomar aliento ni descansar un solo instante, íbase prolongando la
lucha terrible de ambos reyes; uno y otro buscaban el sitio más á
propósito para atravesar la armadura ó abrir la malla de su adversario,
y ni el uno ni el otro cedia ó podia adelantar un paso, permaneciendo
firmes en un reducido círculo, como si estuviesen rodeados de fosos y
murallas, ó les costara demasiado cada pulgada de terreno. Uno de los
infinitos golpes que el Tártaro descargó á dos manos sobre el Rey de
Argel le alcanzó en la frente y le hizo ver mil relámpagos girando en su
derredor. Privado por un momento de sus fuerzas el Africano, cayó de
espaldas sobre la grupa de su caballo, perdió los estribos y estuvo á
punto de medir el suelo en presencia de la mujer á quien tanto amaba.
Pero así como un excelente arco de fino acero se endereza tanto más
impetuosamente cuantos más esfuerzos se han hecho para encorvarlo,
causando mayor daño del que ha recibido, de igual modo se enderezó el
Africano y descargó sobre su enemigo un golpe mucho más violento, que
alcanzó al hijo del Rey Agrican en el mismo sitio en que este hiriera á
Rodomonte. Merced á su casco troyano, que le resguardó de aquella
cuchillada, salió Mandricardo ileso; pero tan aturdido, que estuvo mucho
tiempo sin saber si era de dia ó de noche. El airado Rodomonte, sin
perder un instante, dejó caer otra vez su furiosa espada sobre la cabeza
de su adversario.

Asustado el corcel del Tártaro por el silbido que despedia el acero al
hendir el aire, sirvió por su mal de auxilio á su señor; pues
encabritándose para huir de un salto, recibió en medio de la cabeza el
tajo dirigido al ginete, y como no tenia, cual su amo, el casco de
Héctor, cayó muerto en tierra. Al caer el caballo, Mandricardo, vuelto
ya en sí, se puso en pié instantáneamente, y empezó á esgrimir con
rapidez su Durindana. La rabia que hervia en su pecho á consecuencia de
la muerte de su corcel no tardó en conocerse por sus incesantes y
furiosos golpes: el africano dirigió su caballo sobre él con la
intencion de derribarle; pero firme Mandricardo como el escollo
combatido por las olas, resistió la acometida y derribó al caballo de
Rodomonte. Apenas sintió este que su corcel caia, soltó los estribos, se
apoyó en el arzon y saltó rápidamente á tierra. Igualándose de nuevo el
combate, se hizo más terrible y desesperado; el odio, la ira, y la
soberbia cegaban cada vez más á los dos guerreros, y la lucha iba á
continuar al parecer indefinidamente, cuando llegó á toda prisa un
mensajero que le puso término.

Este mensajero era uno de los muchos que habian enviado los moros por
toda la Francia para llamar á sus banderas á los capitanes y caballeros,
á fin de que los auxiliaran contra el Emperador de las lises de oro, el
cual los tenia tan estrechamente sitiados en su campamento, que de no
recibir un socorro inmediato, era segura su ruina. El mensajero conoció
á los dos reyes, no solo por sus divisas y por los colores de sus
sobrevestas, sino tambien por el modo de esgrimir las espadas y por los
terribles golpes que sus manos eran las únicas capaces de descargar. Su
cualidad de enviado del Rey no le inspiró la suficiente confianza para
ponerse entre ellos, ni tampoco le pareció bastante segura la
inviolabilidad de su cargo de embajador: así es que se dirigió á
Doralicia, y le manifestó que Agramante, Marsilio y Estordilano, con un
reducido número de guerreros, estaban asediados en su inseguro
campamento por el ejército cristiano, suplicándole que se lo participara
á entrambos caballeros, que procurara ponerles de acuerdo, y que les
hiciera partir sobre la marcha en auxilio del pueblo sarraceno.

Doralicia se arrojó valerosamente entre ellos, diciéndoles:

--En nombre de ese amor que me profesais, os ordeno que reserveis
vuestras espadas para hacer mejor uso de ellas, y acudais sin pérdida de
tiempo en socorro de nuestro ejército sarraceno, asediado en este
momento en sus tiendas donde espera un rápido auxilio ó su total ruina.

Entonces tomó la palabra el mensajero, refiriéndoles minuciosamente lo
sucedido y el gran peligro en que se hallaban los moros, y entregó
despues al hijo de Ulieno[152] una carta del hijo del rey Trojan. A
consecuencia de estas noticias convinieron los dos guerreros en
estipular una tregua hasta el dia en que los moros lograran romper el
cerco que los estrechaba; pero bajo la condicion de que una vez
levantado dicho cerco, habian de separarse de nuevo para volver á
empezar la suspendida lucha, hasta que la suerte de las armas decidiera
á quien habria de pertenecer la doncella. Tomaron por testigo de su
juramento á la misma Doralicia, en cuyas manos lo prestaron.

     [152] Rodomonte.

Mal avenida la impaciente Discordia, así como el Orgullo, allí
presentes, con aquella suspension de hostilidades, no querian consentir
ni tolerar que quedara establecido tal acuerdo; pero pudo más que ellos
el Amor, tambien presente, á cuyo valor ninguno se iguala, y á fuerza de
flechazos, apartó á la Discordia y al Orgullo. Estipulóse, pues, la
tregua entre ambos caballeros, tal como plugo á la que imperaba en sus
corazones. Faltábales un caballo, pues el del Tártaro yacia tendido sin
vida, cuando apareció oportunamente Brida-de-oro, que iba pastando á
orillas del arroyo. Pero veo que he llegado al fin de este canto, por lo
cual, con vuestro permiso, haré aquí punto.



FIN DEL TOMO I.



ÍNDICE.


  TOMO I.

                                                              Páginas.

  Biografía de Ludovico Ariosto.                                     I

  CANTO     I.--Huye Angélica, mientras Reinaldo procura
                alcanzar á su caballo.--Combate entre
                Reinaldo y Ferragús.--El Rey de Circasia
                encuentra á Angélica, su amada, pero Reinaldo
                estorba la realizacion de sus planes.                1

  CANTO    II.--Un ermitaño hace que Reinaldo y Sacripante
                suspendan su combate.--Reinaldo vuelve á
                Paris, y Carlomagno le envia á Inglaterra.
                --Bradamante va en busca de Rugiero, y
                encuentra á Pinabel quien intenta matarla.          17

  CANTO   III.--Bradamante encuentra á Melisa en una gruta y
                oye la historia de sus descendientes.--Melisa
                le dice cómo ha de apoderarse del anillo de
                Brunel para librar á Rugiero.                       33

  CANTO    IV.--Bradamante vence á Atlante el encantador y
                pone en libertad á Rugiero.--Cabalga este en
                el hipogrifo que le transporta á regiones
                remotas.--Llega Reinaldo á Bretaña, y acomete
                la empresa de salvar á la princesa Ginebra.         52

  CANTO     V.--Dulinda refiere á Orlando su historia y la de
                Ginebra.--Lurcanio acusa á esta princesa de
                impúdica y deshonesta.--Acude Reinaldo y mata
                al duque de Albania, obligándole á
                retractarse.                                        68

  CANTO    VI.--Matrimonio de Ariodante y Ginebra.--Rugiero
                llega al reino de Alcina.--Descubre el
                guerrero las infamias de Alcina, y quiere
                huir de ella, pero se lo impide una turba de
                mónstruos.                                          88

  CANTO   VII.--Rugiero vence á la giganta Erifila, y despues
                se deja arrastrar por las seducciones de
                Alcina.--Melisa le advierte de su error, y el
                guerrero se apresura á huir de aquel país.         106

  CANTO  VIII.--Melisa devuelve su primitiva forma á Astolfo
                y á sus demás compañeros.--Reinaldo consigue
                levantar en Inglaterra nuevos ejércitos.
                --Angélica es ofrecida como pasto á un
                mónstruo marino.--Orlando abandona angustiado
                á Paris.                                           124

  CANTO    IX.--Refieren á Orlando la historia de Proteo y de
                la isla de Ebuda.--Orlando abraza la defensa
                de Olimpia, vence al rey Cimosco y se aleja
                de Holanda.--Bireno y Olimpia pasan á Zelanda
                para casarse.                                      144

  CANTO     X.--Bireno abandona á Olimpia en una playa
                desierta. Rugiero pasa al reino de Logistila;
                vuelve á montar en el hipogrifo; vé las
                huestes de Reinaldo, y salva á Angélica á
                quien iba á devorar un mónstruo marino.            164

  CANTO    XI.--Angélica huye de Rugiero, valiéndose del
                anillo misterioso.--El guerrero persigue á un
                gigante que arrebataba á Bradamante.--Orlando
                da muerte á la orca de la isla de Ebuda, y
                salva á Olimpia, que se casa con el rey de
                Irlanda.                                           190

  CANTO   XII.--Atlante atrae á Orlando al palacio encantado.
                --Llega á él Rugiero.--Orlando descubre á
                Angélica; lucha con Ferragús, lleva á cabo
                una accion heróica contra los paganos, y
                encuentra despues á Isabel.                        208

  CANTO  XIII.--Historia de Isabel.--Orlando la arranca del
                poder de los bandidos.--Bradamante penetra en
                el palacio encantado.--Agramante avanza con
                su ejército.                                       228

  CANTO   XIV.--Agramante pasa revista al ejército
                mahometano, y nota la falta de los dos
                escuadrones exterminados por Orlando.
                --Envidioso Mandricardo, va en busca de este
                guerrero.--Amores de Mandricardo y Doralicia.
                --Reinaldo llega á Paris, guiado por un
                ángel.                                             246

  CANTO    XV.--Batalla entre moros y cristianos.--Astolfo
                aprisiona á Caligorante, y mata á Orrilo, con
                quien habian combatido Grifon y Aquilante.
                --Encuentra despues á Sansoneto.--Grifon sabe
                la perfidia de su amada.                           274

  CANTO   XVI.--Grifon encuentra á Martan y Origila.
                --Continuacion de la batalla de Paris.
                --Estragos que Rodomonte causa en la ciudad.       298

  CANTO  XVII.--Carlomagno se dirige á contener á Rodomonte.
                --Grifon y Martan toman parte en el torneo de
                Damasco. Martan roba á Grifon sus armas, y
                recibe el premio del torneo.--Grifon, tenido
                por Martan, sufre los denuestos del pueblo.        317

  CANTO XVIII.--Grifon venga su afrenta.--Rodomonte va en
                busca de Mandricardo.--Nueva victoria de
                Carlomagno.--Marfisa vence á las gentes de
                Norandino; pasa á Francia con Grifon, y les
                sorprende una tempestad.--Cloridano y Medoro
                encuentran el cadáver de Dardinelo.                347

  CANTO   XIX.--Angélica cura á Medoro herido; se casa con él
                y parten para el Catay.--Marfisa y sus tres
                compañeros llegan á Layax.--Guido el salvaje
                combate con Marfisa en la ciudad de las
                mujeres homicidas.                                 389

  CANTO    XX.--Astolfo, valiéndose de su trompa, pone en
                fuga á las mujeres homicidas, y Guido y los
                demás guerreros se evaden de aquel país.
                --Marfisa vence en Francia á Zerbino, y le
                obliga á encargarse de Gabrina.--El príncipe
                escocés sabe por esta lo sucedido á Isabel.        414

  CANTO   XXI.--Lucha entre Zerbino y Hermónides de Holanda.
                --Historia de Gabrina, referida por este.          446

  CANTO  XXII.--Astolfo llega al palacio de Atlante y lo
                destruye.--Bradamante encuentra á Rugiero, el
                cual vence á cuatro caballeros mientras iba á
                salvar á otro de las llamas.--Muerte de
                Pinabel de Maguncia.                               462

  CANTO XXIII.--Orlando salva á Zerbino acusado de haber
                muerto á Pinabel.--Rodomonte arrebata á
                Hipalca el caballo Frontino.--Orlando combate
                con Mandricardo, y teniendo despues noticia
                de los amores de Angélica, se vuelve loco.         483

  CANTO  XXIV.--Zerbino obliga á Odorico á hacerse cargo de
                Gabrina.--Muere Zerbino á manos de
                Mandricardo.--Mandricardo combate con
                Rodomonte; ambos suspenden su lucha para
                socorrer al ejército sarraceno.                    512



PLANTILLA

PARA LA COLOCACION DE LAS LÁMINAS.


  TOMO I

                                                                  Pág.
  Portada.

  Retrato de Ludovico Ariosto.                                       1

  La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.                   14

  Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.                       24

  Bradamante vence y sujeta á Atlante de Carena.                    56

  ¡Envaina el acero! le gritaron las dos damas.                    108

  El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba
  más y más.                                                       130

  Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo.         172

  Rugiero corre á salvar á Bradamante, creyéndola vencida por
  un gigante.                                                      194

  Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.           198

  En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable
  rostro acompañada de una vieja.                                  227

  Mandricardo aferró con ambas manos el trozo de lanza que le
  quedaba.                                                         256

  Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y
  Aquilante el negro.                                              290

  Grifon encuentra á Origila.                                      299

  Carlomagno acude con sus paladines á contener los estragos
  que Rodomonte causa en Paris.                                    321

  Astolfo, acompañado de Sansoneto, encuentra á Marfisa.           368

  Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.            396

  Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir
  aquellos sonidos horribles.                                      434

  Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.                  448

  Combate entre Zerbino y Mandricardo.                             527





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Orlando Furioso, Tomo I." ***

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