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Title: Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie
Author: Hawthorne, Nathaniel, Hale, Edward Everett, Irving, Washington
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie" ***

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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (La lista de los errores corregidos sigue el texto.)



                      CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE

                             SEGUNDA SERIE

                              BIBLIOTECA
                            INTERAMERICANA

                          _Obras publicadas_

              Benjamín Hárrison: _Vida Constitucional de
                         los Estados Unidos._

             Édgar Allan Poe: _Cuentos clásicos del norte:
                            Primera serie._

                Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
              Édward Éverett Hale: _Cuentos clásicos del
                        norte: Segunda serie._

                              _En prensa_

             Nícholas Múrray Bútler: _El significado de la
                              educación._

                           _En preparación_

            Wílliam P. Trent: _La literatura de los Estados
                               Unidos._

           J. Rússell Smith: _El comercio y las industrias._

            Alexánder Johnston: _La historia de la política
                        de los Estados Unidos._

              Con el título de INTERAMERICAN LIBRARY, se
   editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
          americanas, traducidas del español o del portugués,
               para distribuirse en los Estados Unidos.



                       BIBLIOTECA INTERAMERICANA

                                  III

                      Cuentos Clásicos del Norte

                            _Segunda Serie_

                                  Por

                           Wáshington Írving
                          Nathániel Háwthorne
                          Édward Éverett Hale

                          [Illustration: PRO
                                PATRIA
                                  PER
                         CONCORDIAM, Colophon]

                             Traducción de
                  Carmen Torres Calderón de Pinillos

                              Nueva York
                       Doubleday, Page & Company
                                 1920



                       BIBLIOTECA INTERAMERICANA

     Fundada por la Dotación de Carnegie para la Paz Internacional
         para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
   Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
        que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.

                        Copyright, 1920, por la
                        División Interamericana
                                 de la
               Asociación Americana para la Conciliación
                             Internacional

                     PÉTER H. GÓLDSMITH, Director
                   407 WEST 117TH STREET, NUEVA YORK



SUMARIO

WÁSHINGTON ÍRVING


                                         PÁGINA

ESBOZO BIOGRÁFICO                             3

INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE                 6

RIP VAN WINKLE                               11

LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO               45

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

EL ANCIANO CAMPEÓN                           97

EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT                  115

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER         137

LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL

     I. LA MÁSCARADA DE HOWE                155

     II. EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH      178

FEATHERTOP                                  199

EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN                 233

ÉDWARD ÉVERETT HALE

EL HOMBRE SIN PATRIA                        267



WÁSHINGTON ÍRVING


Wáshington Írving nació en Nueva York el 3 de abril de 1783; murió en
Súnnyside, su casa de campo cerca de Tárrytown, Nueva York, el 28 de
noviembre de 1859. Era hijo de Wílliam Írving, un inglés oriundo de las
islas de Órkney. Desde muy joven comenzó a trabajar y estudiar en un
despacho de abogado, pero interesábale más escribir para el _Morning
Chronicle_, bajo el seudónimo de "Jonathan Oldstyle," que dedicarse a
los estudios serios. Habiendo decaído su salud, resolvió viajar,
dirigiéndose a Europa en 1804, donde pasó dos años. A su regreso a los
Estados Unidos fundó el _Salmagundi_ en sociedad con J. G. Páulding.
Conquistó su fama literaria con la publicación de su _History of New
York, by Diedrich Knickerbocker_ (1809). En 1810 estableció en compañía
de sus dos hermanos una casa de comercio. Desde 1815 hasta 1832 residió
en Europa, siendo nombrado agregado a la legación de los Estados Unidos
en Madrid en 1826, y secretario de la legación en Londres en 1829.
Permaneció casi constantemente en Súnnyside desde 1832 hasta 1842, época
en que fué nombrado ministro en España, volviendo a Súnnyside en 1846 y
continuando allí hasta su muerte. Además del trabajo arriba mencionado
dió a luz las obras siguientes: _The Sketch Book_ (publicado por partes
en 1819 y coleccionado en 1820); _Bracebridge Hall, or the Humourists_
(1822); _Tales of a Traveler_ (1824); _Life and Voyages of Christopher
Columbus_ (1828); _Chronicle of the Conquest of Granada_ (1829);
_Voyages of the Companions of Columbus_ (1831); _The Alhambra_ (1832);
_Crayon Miscellany_ (including _Tour on the Prairies_, 1835); _Astoria_,
etc. (en colaboración con Pierre M. Írving, 1836); _Adventures of
Captain Bonneville_, etc. (1837); _Oliver Goldsmith_ (1849); _Mahomet
and His Successors_ (1850); _Wolfert's Roost_ (1855); _Life of George
Wáshington_ (1855-1859).

[Illustration: WÁSHINGTON ÍRVING]



ESBOZO BIOGRÁFICO


Wáshington Írving, uno de los primeros y más populares autores
americanos, a quien Tháckeray, en inspirada frase, llama "el primer
embajador que el mundo nuevo de las letras envió al antiguo," nació en
1783, en la ciudad de Nueva York. Recibió su educación en las escuelas
públicas, abandonando las aulas a los dieciséis años, aun cuando
continuara después por largo tiempo la lectura sistemática de los
mejores autores, especialmente Cháucer, Spénser y Bunyan. Desde su
juventud, demostró poseer un talento natural para escribir ensayos e
historietas. Como siempre detestó las matemáticas, escribía a menudo las
composiciones de sus compañeros quienes, en cambio, solucionaban sus
problemas. Estudió derecho por algún tiempo; pero no sintiéndose
inclinado a la esclavitud de una profesión, prefirió entregarse a
vagabundas correrías alrededor de la isla de Manhattan, que le
familiarizaron con el magnífico paisaje que hizo después famoso con su
pluma. Adquirió de esta manera el conocimiento exacto de varios puntos
históricos, curiosas tradiciones y leyendas de que tan bello uso ha
hecho en su _Sketch-Book_ y en la _History of New York_. En 1804,
amenazado de pulmonía, se embarcó para Europa y permaneció en el
extranjero cerca de dos años. A su regreso intentó reasumir la práctica
legal, pero sin ningún resultado. En compañía de algunos compañeros
inició entonces la publicación de una obra por entregas llamada
_Salmagundi_ la cual, bien dirigida, obtuvo éxito. En 1809 publicó su
_Knickerbocker's History of New York_, obra única en nuestra literatura,
perfectamente redondeada, y de sátira fina y sostenida. Dirigió durante
dos años una revista en Filadelfia a la cual contribuía con artículos
incluidos después en el _Sketch-Book_. En 1814 sirvió como ayudante del
gobernador Tompkins, y cuando terminó la guerra, regresó de nuevo a
Europa donde permaneció esta vez diecisiete años. Con motivo de la
quiebra de su hermano perdió toda su fortuna y, entregado a sus propios
recursos, dedicóse a la literatura para atender a su subsistencia.
Publicó su _Sketch-Book_ en 1819, el cual, debido a la influencia
personal de Sir Wálter Scott, se reimprimió en Londres, quedando
inmediatamente establecida la reputación de Írving como gran autor.

A continuación publicó _Bracebridge Hall_, en 1822, y _Tales of a
Traveler_ en 1824. Encargado de algunas traducciones del español, fué a
establecerse en Madrid. A su permanencia en España debemos algunas de
sus obras más encantadoras, como la _Life of Columbus_, _Conquest of
Granada_, _The Alhambra_, _Mahomet and His Successors_ y _Spanish
Papers_. Regresó a América en 1832; y durante los años subsiguientes se
publicaron _Astoria_, _Adventures of Captain Bonneville_ y _Wolfert's
Roost_. En 1842 Írving fué nombrado Ministro en España. Su _Life of
Goldsmith_ vió la luz pública cuatro años más tarde, después de su
vuelta a la patria. Su postrera obra, escrita con especial esmero, fué
la _Life of Washington_, en cinco volúmenes.

Los últimos años de Írving transcurrieron en "Sunnyside," su encantadora
residencia en Tárrytown, a las orillas del Hudson, en el centro del
hermoso paisaje que había inmortalizado. Írving falleció el 28 de
noviembre de 1859, el mismo año que Préscott, el historiador, y que
Macáulay. Un amigo que trató mucho a nuestro autor en sus últimos días,
le describe así: "Tenía ojos color gris obscuro, hermosa nariz recta que
casi podría decirse grande; frente ancha, alta y abierta, y boca
pequeña. Era de tamaño mediano, cinco pies y nueve pulgadas más o menos,
y tendía un poquillo a la obesidad. Su sonrisa era extremadamente
genial, iluminándole todo el rostro y haciéndole muy atrayente; y cuando
se preparaba a decir algo jocoso, brillaba en sus ojos mucho antes de
que hubiera pronunciado una palabra."

George Wílliam Curtis, en uno de sus deliciosos ensayos, _Easy Chair_,
dice: "Írving era personaje tan exótico como su Díedrich Kníckerbocker
en los anuncios preliminares de la _History of New York_. Hace treinta
años podía vérsele en ciertas tardes de otoño, marchando a lo largo de
Broadway con paso ágil y elástico, calzando zapatos bajos esmeradamente
atados, y ataviado con capa Talma, prenda corta semejante a la esclavina
de un abrigo. Tenía cierto aire ligero, jovial y de antigua escuela, que
revelaba incontestablemente al holandés y armonizaba admirablemente con
sus obras. Parecía, en realidad, escapado de alguno de sus libros; y la
afabilidad cordial y agudeza de sus discursos, al detenerse para alguna
charla pasajera, constituían uno de sus deliciosos rasgos
característicos. Era ya por aquel tiempo uno de nuestros más famosos
literatos, pero jamás demostraba vanidad alguna ni pretensiones
dogmáticas."


INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE

LA HISTORIA de Rip Van Winkle se supone escrita por Díedrich
Kníckerbocker, jocosa creación de Írving, y cuyo nombre se hizo familiar
al público como autor de _A History of New York_. Esta historia se
publicó en 1809, diez años antes de que viera la luz pública el primer
número de _The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Gent._ Este número, que
contenía la historia de Rip Van Winkle, fué escrito por Írving en
Inglaterra y enviado a América para su publicación, lo mismo que las
ediciones sucesivas. Colocó la escena en Káatskill, pero describió el
sitio según su fantasía y ajenos informes, habiéndolo visitado solamente
en 1833. El argumento no es nuevo: el cuento de hadas de la bella
durmiente en el bosque tiene el mismo tema, así como la historia de
Epaminondas de Creta, que floreció en la sexta o séptima centuria antes
de J. C. Se asegura que Epaminondas se quedó dormido en una cueva cuando
era muchacho y despertó cincuenta y siete años después mientras su
individuo había continuado su desarrollo normal. Existe también la
leyenda de los siete durmientes de Éfeso, mártires cristianos
emparedados en una cueva que buscaron como refugio y donde se
conservaron maravillosamente durante dos siglos.

Entre las historias que tanto abundan en los montes Harz de Alemania, se
refiere una de Péter Klaus, un cabrero a quien se acercó cierto día un
joven que comenzó a seguirle silenciosamente y le condujo a un lugar
aislado donde encontró doce caballeros que jugaban a los bolos sin
pronunciar una sola palabra. El cabrero vió una cantimplora de vino
fragante y bebiéndolo, quedó sumergido en profundo sueño que se prolongó
durante veinte años. La historia relata los incidentes del despertar del
cabrero y los cambios que encontró en su aldea a su regreso.

Esta historia, publicada con algunas otras en 1800, dió probablemente
origen a la de Írving, quien hace uso casi de idéntico argumento. Las
jocosas adiciones con que ha adornado su relato y la gracia de que todo
el cuento está revestido han logrado que la historia de Írving suplante
en la mente popular a todas las primitivas de este género, llegando Rip
Van Winkle a convertirse en un personaje familiar a quien aluden
frecuentemente aun personas que jamás han leído la historia de este
festivo autor. La forma dramática dada posteriormente a este cuento,
aunque asumiendo sólo los rasgos principales, ha contribuído en gran
manera a definir la concepción del personaje. La historia despierta un
sentimiento de curiosidad respecto de la vida futura, no muy alejado de
aquel que se considera en general como la tendencia del espíritu humano
a la inmortalidad individual. El nombre de Van Winkle fué una feliz
elección de Írving, pero no ha sido inventado por él. El impresor del
_Sketch-Book_, sin ir más lejos, llevaba el mismo nombre. El de
Kníckerbocker se encuentra también entre los holandeses, pero Írving lo
ha hecho típico. En _The Author's Apology_, que agregó como prefacio a
una nueva edición de la _History of New York_, dice: "He encontrado que
este nombre es una palabra de orden para dar sello familiar a cualquiera
cosa destinada al favor del público, como las sociedades Kníckerbocker;
las compañías de seguros Kníckerbocker; los vapores Kníckerbocker; los
ómnibus Kníckerbocker; el pan Kníckerbocker; el hielo Kníckerbocker;
y... hasta los neoyorquinos de origen holandés tienen a gala llamarse
"genuinos Kníckerbockers."



RIP VAN WINKLE

OBRA PÓSTUMA DE DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER

     Por Woden (Odin), Dios de los sajones, de quien procede Wednesday
     (miércoles) que es Wodensday (día de Odin). La verdad es algo que
     siempre conservaré hasta el día en que me arrastre hacia la tumba.

CÁRTWRIGHT.[1]



El cuento siguiente se encontró entre los papeles del difunto Díedrich
Kníckerbocker, un viejo caballero de Nueva York, muy curioso respecto de
la historia holandesa de la provincia y de las costumbres de los
descendientes de sus primitivos colonos. Sus investigaciones históricas
dirigíanse menos a los libros que a los hombres, pues que los primeros
escaseaban lamentablemente en sus temas favoritos mientras que los
viejos vecinos y, sobre todo sus mujeres, eran riquísimos en aquellas
tradiciones y leyendas de valor inapreciable para el verídico
historiador. Así, cuando le acontecía tropezar con alguna familia típica
holandesa, agradablemente guarecida en su alquería de bajo techado, a la
sombra del frondoso sicomoro, mirábala como un pequeño volumen de letra
gótica antigua, cerrado y abrochado, y lo estudiaba y profundizaba con
el celo de la polilla.

El resultado de todas estas investigaciones fué una historia de la
provincia durante el dominio holandés, publicada hace algunos años. La
opinión anduvo dividida con respecto del valor literario de esta obra
que, a decir verdad, no vale un ápice más de lo que pudiera. Su mérito
principal estriba en su exactitud, algo discutida por cierto en la época
de su primera aparición, pero que ha quedado después completamente
establecida y se admite ahora entre las colecciones históricas como
libro de indiscutible autoridad.

El viejo caballero falleció poco tiempo después de la publicación de
esta obra; y ahora que está muerto y enterrado no perjudicará mucho a su
memoria el declarar que pudo emplear mejor su tiempo en labores de más
peso.[2] Era bastante hábil, sin embargo, para encaminar su rumbo como
mejor le conviniera; y aunque de vez en cuando echara un poco de tierra
a los ojos de sus prójimos y apenara el espíritu de algunos de sus
amigos, a quienes profesaba sin embargo gran cariño y estimación, sus
errores y locuras se recuerdan "más bien con pesar que con enojo," y se
comienza a sospechar que jamás intentó herir ni ofender a nadie. Mas
como quiera que su memoria haya sido apreciada por los críticos,
continúa amada por mucha gente cuya opinión es digna de tenerse en
cuenta, como ciertos bizcocheros de oficio que han llegado hasta el
punto de imprimir su retrato en los pasteles de Año Nuevo,[3] dándole
así ocasión de inmortalizarse casi tan apreciable como la de verse
estampado en una medalla de Wáterloo o en un penique de la reina Ana.[4]


RIP VAN WINKLE

Todo aquél que haya remontado el Hudson recordará las montañas
Káatskill. Son una desmembración de la gran familia de los montes
Appalachian y se divisan al este del río elevándose con noble majestad y
dominando toda la región circunvecina. Todos los cambios de tiempo o de
estación, cada una de las horas del día, se manifiestan por medio de
alguna variación en las mágicas sombras y aspecto de aquellas montañas,
consideradas como el más perfecto barómetro por todas las buenas mujeres
de la comarca. Cuando el tiempo está hermoso y sereno, las montañas
aparecen revestidas de púrpura y azul, destacando sus líneas atrevidas
sobre el claro cielo de la tarde; pero algunas veces, aun cuando el
horizonte se encuentre despejado, se adornan en la cima con una
caperuza de vapores grises que se iluminan e irradian como una corona de
gloria a los postreros rayos del sol poniente.

Al pie de estas montañas encantadas[5] puede descubrir el viajero el
ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos tejados de ripia
resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la altura se
funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea
muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días
de la provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter
Stúyvesant[6] (¡que en paz descanse!), y donde se sostenían contra los
estragos del tiempo algunas casas de los primitivos pobladores,
construídas de pequeños ladrillos amarillos importados de Holanda, con
ventanas de celosía y frontones triangulares rematados en gallos de
campanario.

En aquella misma aldea y en una de las aludidas casas que, a decir
verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por la
intemperie, vivía hace mucho tiempo, cuando el país era todavía
provincia de la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van
Winkle. Era descendiente de los Van Winkle que figuraron tan
heroicamente en los caballerescos días de Péter Stúyvesant y le
acompañaron durante el sitio del fuerte Christina.[7] Había heredado
muy poco, sin embargo, del carácter marcial de sus antecesores. Hice ya
notar que era un hombre sencillo y de buen corazón; era además vecino
atento y marido dócil, y gobernado por su mujer. A esta última
circunstancia se debía probablemente aquella mansedumbre de espíritu que
le valió universal popularidad; porque los hombres que están bajo la
disciplina de arpías en el hogar son los mejor preparados para mostrarse
obsequiosos y conciliadores en el exterior. Indudablemente su carácter
se doblega y vuelve maleable en el horno ardiente de las tribulaciones
domésticas; y, a decir verdad, una reprimenda de alcoba es más eficaz
que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes de la
paciencia y longanimidad. Una mujer pendenciera puede así, en cierto
modo, considerarse una bendición; y a este respecto Rip Van Winkle era
tres veces bendito.

Lo cierto es que era el favorito de todas las comadres de la aldea que,
como las demás de su amable sexo, tomaban parte en todas las querellas
domésticas y nunca dejaban de censurar a la señora Van Winkle siempre
que se ocupaban de este asunto en la chismografía de sus reuniones
nocturnas. Los chicos de la aldea le aclamaban también alegremente
cuando se presentaba. Tomaba parte en sus diversiones, les fabricaba
juguetes, les enseñaba a volar cometa y a jugar bolas, y les refería
largas historias de aparecidos, brujas, e indios salvajes. Fuera donde
quisiese, escabulléndose por la aldea, rodeábale una turba de pilluelos
colgándose de sus faldones, encaramándose en sus espaldas y jugándole
impunemente mil pasadas; y ni un sólo perro del vecindario se habría
decidido a ladrarle.

El gran defecto de la índole de Rip era su aversión insuperable a toda
clase de labor provechosa. No que adoleciera de falta de asiduidad o
perseverancia, pues se habría sentado a pescar sin un murmullo en una
roca húmeda y armado de una caña larga y pesada como la lanza de un
tártaro, aun cuando no picara el anzuelo un sólo pez en todo el día para
alentarle en su faena. Podía llevar por largas horas una escopeta al
hombro y arrastrarse por selvas y pantanos, por colinas y cañadas para
tirar a unas cuantas ardillas o palomas silvestres. Nunca rehusaba
ayudar a sus vecinos aun cuando fuera en la tarea más penosa, y era el
primero en todas las reuniones de la comarca para desgranar las mazorcas
de maíz, o construir cercos de piedra; las mujeres de la aldea le
ocupaban también para sus correrías, o para ciertos trabajillos de poca
monta que sus poco amables maridos no querían desempeñar. En una
palabra, Rip estaba siempre dispuesto a atender a los negocios de
cualquiera de preferencia a los propios; pues cumplir con sus deberes
domésticos o mirar por las necesidades de su granja le era punto menos
que imposible.

Declaraba, en efecto, que resultaba inútil trabajar en su propia
alquería; era el más endiablado trozo de terreno en todo el país;
cualquiera cosa que se emprendiera salía mal allí y saldría siempre, a
pesar de sus esfuerzos. Los cercos se caían a pedazos contínuamente; su
vaca se extraviaba o se metía en las coles; la mala hierba crecía de
seguro más ligero en su finca que en cualquiera otra parte; llovía
justamente cuando él tenía algo que hacer a campo abierto; de manera que
si su propiedad se había desmoronado acre por acre hasta quedar reducida
a un pequeño trozo para el sembrío de maíz y de papas, debíase a que era
la granja de peores condiciones en toda la comarca.

Sus chicos andaban tan harapientos y selváticos como si no tuvieran
dueño. Su hijo Rip, un rapazuelo vaciado en su mismo molde, prometía
heredar con los vestidos viejos todas las disposiciones de su padre.
Veíasele ordinariamente trotando como un potrillo a los talones de su
madre, ataviado con un par de polainas de desecho de su padre, que con
gran dificultad procuraba mantener en alto sujetándolas con una mano,
como llevan las señoras elegantes su cola en el mal tiempo.

Rip Van Winkle era, sin embargo, uno de aquellos felices mortales de
disposición fácil y bobalicona que toman el mundo descuidadamente, comen
con la misma indiferencia pan blanco o pan moreno a condición de
evitarse la menor molestia, y preferirían morirse de hambre con un
penique a trabajar por una libra. Si le hubieran dejado vivir a su
manera, nada pediría a la vida, sumído en beatitud perfecta; pero su
mujer andaba siempre repiqueteandole los oídos con su incuria, su
pereza y la ruina que atraía sobre su familia. Mañana, tarde y noche
trabajaba su lengua sin cesar, y cada cosa que él decía o hacía
provocaba seguramente un torrente de doméstica elocuencia. Rip tenía
solamente una manera de contestar a estas reprimendas que, en razón del
continuo uso, había llegado a convertirse en hábito. Encogía los
hombros, sacudía la cabeza y levantaba los ojos al cielo sin pronunciar
una palabra. Esta mímica daba siempre lugar a una nueva andanada de
parte de su mujer; de modo que se veía constreñido a reunir sus fuerzas
y tomar el portante, único recurso que queda, en verdad, al marido
maltratado por su mujer.

El único aliado con que contaba Rip en la familia era su perro Wolf
(lobo), tan maltratado como su amo, pues la señora Van Winkle juzgaba a
ambos compañeros de ociosidad, y aun miraba a Wolf con malos ojos
considerándole culpable de los frecuentes extravíos de su dueño. La
verdad es que bajo todo punto de vista era Wolf un perro honorable, y
valeroso como el que más para corretear en los bosques; pero ¿qué valor
puede afrontar el continuo y siempre renovado terror de una lengua de
mujer? Apenas entraba Wolf en la casa decaía su ánimo y con la cola
arrastrando por el suelo o enroscada entre las piernas deslizábase con
aire de ajusticiado mirando de reojo a la señora Van Winkle, y al menor
blandir de la dama un palo de escoba o un cucharón volaba a la puerta
con quejumbrosa precipitación.

Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida que
transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca se
suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento
cortante que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo
trató de consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una
especie de club perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes
ociosos del pueblo, que celebraba sus sesiones en un banco a la puerta
de un pequeño mesón que ostentaba como muestra un rubicundo retrato de
su majestad Jorge III. Acostumbraban sentarse allí a la sombra durante
los largos y soñolientos días de verano, repitiendo indolentemente la
chismografía del vecindario o relatando inacabables historias sobre
cualquier friolera. Pero habría representado cualquier capital para los
estadistas escuchar las profundas discusiones que a menudo tenían lugar
cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por cualquier
transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su
contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick
Van Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la
palabra más altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban
sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!

Las opiniones de esta junta se sometían completamente al criterio de
Nicholas Védder, patriarca de la aldea y propietario del mesón, a cuya
puerta sentábase de la mañana a la noche, cambiando de sitio lo
justamente indispensable para evitar el sol, y aprovechar la sombra de
un gran árbol que allí junto crecía; de manera que los vecinos podían
decir la hora por sus movimientos con tanta exactitud como por un
cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero en cambio
fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre
carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de
interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o
refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes
y furiosas bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y
tranquilas inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras;
y aun algunas veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el
humo fragante se ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente
la cabeza en señal de perfecta aprobación.

Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el infortunado Rip por su
agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la asamblea
volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de
Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía
que le acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.

El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la desesperación; siendo su
única alternativa para escapar del trabajo de la alquería y de los
clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los bosques.
Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus
alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como compañero de miserias.
"¡Pobre Wolf," acostumbraba decir, "tu ama te da una vida de perros;
pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te faltará un
fiel amigo!" Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de su
dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente
que experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al
que expresaba su amo.

En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo una de sus largas
correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos más elevados
de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la caza de
ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de
su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la
cima de un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que
coronaba el borde de un precipicio. A través de un claro entre los
árboles podía dominar toda la parte baja del terreno en muchas millas de
rica arboleda. Veía a la distancia, lejos, muy lejos, el majestuoso
Hudson deslizándose en curso potente y silencioso, reflejando aquí y
allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna barquilla remolona
adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin entre las
azules montañas.

Por el otro lado hundía sus miradas en un valle profundo, salvaje,
escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de fragmentos
amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los rayos
del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip absorto en la
contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las montañas
comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip
comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera
regresar a la aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar
la temida presencia de la señora Van Winkle.

Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que gritaba a la distancia:
"¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" Miró en torno suyo, pero sólo pudo
descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario. Creyó que
hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el descenso,
cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente tranquilo
de la tarde: "¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" al mismo tiempo que
Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al
lado de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga
aprensión se apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma
dirección y advirtió una figura extraña que avanzaba con dificultad en
medio de las rocas, inclinándose bajo el peso de cierto bulto que
llevaba en sus espaldas. Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel
lugar desierto y aislado; pero juzgando que pudiera ser alguien del
vecindario necesitado de su ayuda, se apresuró a brindarle su
asistencia.

Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante el aspecto singular
del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba gris y
cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la antigua usanza holandesa:
coleto de paño recogido a la cintura y varios pares de calzones, el de
encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los costados y
borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía lleno de
licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar su
carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo
conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose
mutuamente treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho
desecado de algún torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando
ruidos que retumbaban en ondulaciones como truenos lejanos y que
parecían brotar de una profunda hondonada, o hendedura mejor dicho,
entre inmensas rocas hacia las cuales conducía el áspero sendero que
seguían. Detúvose Rip por un momento; mas prosiguió luego su camino
imaginando que el rumor provendría de alguna de aquellas pasajeras
tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la altura.
Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un
pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas
orillas tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo
podía vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la
tarde. Rip y su compañero, habían marchado en silencio durante todo el
trayecto, pues aun cuando el primero se maravillaba grandemente al
conjeturar el objeto de acarrear un barril de licor en aquellas montañas
agrestes, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que
inspiraba temor y cortaba toda familiaridad.

Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos motivos de admiración.
En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños personajes
jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos
llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor
parte ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su
aspecto era también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos
pequeñitos de cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz
y estaba coronada por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una
pequeña cola de gallo encarnada. Todos llevaban barba, de diversas
formas y colores. Había uno que aparentaba ser el jefe. Era un viejo y
robusto gentilhombre de aspecto curtido por la intemperie; llevaba
casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, sombrero de copa
alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos con rosetas. El
conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro antiguo
flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se
conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.

Lo que encontraba Rip más extraño era que aun cuando indudablemente
todos aquellos personajes trataban de divertirse, conservaran tanta
gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y formaran, en una
palabra, la partida de placer más melancólica que pudiera presenciarse.
Sólo interrumpía el silencio el ruido de los bolos, cuyo rodar
repercutían los ecos a través de la montaña semejando el rumor ondulante
de los truenos.

Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los jugadores abandonaron
súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada tan persistente,
tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus rodillas
se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su
compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos,
haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y
asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego
a su juego.

Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las aprensiones de Rip.
Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba, encontrando
que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por naturaleza,
pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba otro
trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos
se adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse
gradualmente y quedó sumergido en profundo sueño.

Al despertar, encontróse en la verde hondonada donde vió por primera vez
al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una brillante y hermosa
mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la fronda, el
águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura de
las montañas. "Seguramente," pensó Rip, "no he dormido aquí toda la
noche." Rememoró los sucesos antes de que el sueño le acometiera: el
hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la montaña; el
agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el
frasco.... "¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!" pensó Rip. "¿Qué
excusa daré a la señora Van Winkle?"

Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia y bien aceitada
escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido por el
polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó
entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una
pasada y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf
había desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado
persiguiendo alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos
por su nombre, pero en vano; los ecos repitieron su silbido y su
llamada, pero ningún perro apareció en lontananza.

Determinó entonces regresar al lugar donde se había realizado la broma
de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida, reclamarle
su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las
articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. "Estos
lechos de montaña no me sientan bien," pensó Rip, "y si la broma me
resulta en reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van
Winkle." Con bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró
la garganta por donde él y su compañero subieron la víspera; pero
observó con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca
en roca y llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo,
de ingeniarse para trepar por los costados, ensayando una fatigosa
ascensión a través de matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de
varias clases, más difícil aún por la trepadora vid silvestre que
lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a árbol tendiendo una especie
de red en el sendero.

Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la hondonada se abrían para
llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de semejante abertura. Las
rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el cual se despeñaba
el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una ancha y
profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante.
Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo
silbó una y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una
bandada de cuervos holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco
que se proyectaba sobre un asoleado precipicio desde el cual, seguros en
su elevación, parecían espiar lo que pasaba abajo y mofarse de las
perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía hacer? La mañana
transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta de su
desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de
encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los
montes. Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el
corazón lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.

Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando varias personas a
quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues siempre había
creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca. Los
vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él
acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de
sorpresa, y apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la
mano a la barba. La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a
hacer el mismo movimiento sin darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor
al notar que su barba tenía un pie de largo!

Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una turba de chiquillos
extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando su barba
gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre
ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba
cambiado; era más grande y más populoso. Había hileras de casas que él
jamás había visto, y habían desaparecido sus habituales guaridas.
Veíanse nombres extraños sobre todas las puertas, y rostros extraños en
todas las ventanas; todo era extraño, en una palabra. Sus ideas
comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar que tanto él como el
mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente éste era su
pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las
montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado
Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde
siempre estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. "¡Ese
frasco de anoche," pensaba, "ha dejado huera mi pobre cabeza!"

Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la
cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la
voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo
cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus
goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por
allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó
enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad.
"¡Aun mi perro me ha olvidado!" sollozó el pobre Rip.

Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso
orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en
apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores
conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas
piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente
silencioso.

Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el
mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar
veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y
destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con
enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta
un rótulo que decía: "Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle." En vez del
gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero
holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga
con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior,
y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular
combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la
muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual
había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había
metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido
en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba
provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en
grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.

Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta,
pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía
cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las
flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al
sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y
hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al
maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el
contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso
personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia
sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del
congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y
otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el
trastornado Van Winkle.

La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su
exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los
talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna.
Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a
los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado
inquirió "de qué lado había dado su voto." Rip quedó estupefacto. Otro
pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de
puntillas le preguntó al oído: "¿Demócrata o federal?" Veíase Rip
igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo,
pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos,
abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e
izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en
jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo
sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar
hasta el fondo de su alma, "qué motivo le traía a las elecciones con
fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso
provocar una insurrección en la villa."

--¡Ay de mí, caballero,--exclamó Rip con desmayo,--yo soy un pobre
hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su
majestad, a quien Dios bendiga!--

Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.

--¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con
él! ¡afuera!--Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo
caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que
produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al
incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por
el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos
subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus
vecinos que acostumbraban parar en la taberna.

--Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.--

Rip meditó un momento e inquirió luego:--¿Dónde está Nicholas Védder?--

Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó con voz débil y
balbuciente:

--¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está enterrado hace dieciocho
años! Una lápida de madera daba razón de él en el cementerio de la
iglesia, pero se gastó también y ya no existe.

--¿Dónde está Brom Dútcher?

--¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra; algunos dicen que
murió en la toma de Stony Point;[8] otros que se ahogó en una borrasca
al pie de Ántony's Nose.[9] Yo no podría decirlo; lo que sé es que
nunca regresó.

--¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?

--Se fué también a la guerra, se convirtió en un gran general y está
ahora en el congreso.--

El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan tristes nuevas de su
patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo en el mundo.
Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de tiempo
que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía
comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de
preguntar por sus otros amigos, pero gritó con desesperación:

--¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?

--¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí recostado contra el
árbol.--

Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar una exacta
reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán como
él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado. El pobre
hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si
sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su
extravío, el hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y
cómo se llamaba.

--¡Sólo Dios lo sabe!--exclamó, al cabo de su entendimiento.--¡Yo no soy
yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que
se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé
dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han
cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál
es mi nombre ni quién soy!--

A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas
significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la
frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia
de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera
algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de
tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento,
una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una
ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo
chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.

--¡Sht, Rip!--dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún
daño.--

El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo
despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.--¿Cómo os llamais,
buena mujer?--preguntó.

--Judith Gardenier.

--¿El nombre de vuestro padre?

--¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que
salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde
entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi
padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una
chiquilla.--

Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz
desfallecida:

--¿Dónde está vuestra madre?

--¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque
de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.--

Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo
contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos,
exclamando:

--¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y
ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van
Winkle?--

Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla trémula atravesó la
multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó por debajo el
rostro por un momento, exclamando en seguida:

--¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en cuerpo y alma! ¡Bien
venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis estado metido
estos largos veinte años?--

Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los veinte años
transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le
miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo
la lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de
tres picos--que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma
hubo pasado--sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca;
sacudimiento dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.

Decidióse, sin embargo, consultar al viejo Péter Vánderdonk a quien se
veía avanzar por la carretera. Era descendiente del historiador del
mismo nombre[10] que escribió una de las primeras crónicas de la
provincia. Péter era el más antiguo de los habitantes de la aldea y muy
versado en todos los acontecimientos maravillosos y tradiciones del
vecindario. Reconoció a Rip Van Winkle inmediatamente y corroboró su
relato de la manera más satisfactoria. Aseguró a la asamblea que era un
hecho establecido por su antepasado el historiador que las montañas
Káatskill habían estado pobladas siempre de seres extraños. Afirmábase
igualmente que el gran Héndrick Hudson, descubridor del río y de la
comarca, celebraba allí una especie de velada cada veinte años con toda
la tripulación de la _Half-Moon_; siéndole dado así el recorrer los
lugares donde se realizaron sus hazañas y mantener ojo alerta sobre el
río y la gran ciudad llamados por su nombre. Declaró que su padre les
había visto una vez vistiendo sus antiguos trajes holandeses y jugando a
los bolos en una cueva de la montaña; y que él mismo había oído una
tarde el eco de las bolas resonando como lejanas detonaciones de
truenos.

Para abreviar, la compañía se disolvió volviendo al asunto más
importante de la elección. La hija de Rip llevósele a su casa a vivir
con ella; tenía una linda casita bien amueblada, y por marido a un
fornido y jovial granjero a quien recordaba Rip como uno de los
pilluelos que acostumbraban encaramarse en sus espaldas. En cuanto al
hijo y heredero de Rip--la copia de su padre que apareció reclinado
contra el árbol--estaba empleado como mozo de la granja; pero mostraba
una disposición hereditaria para atender a cualquiera otra cosa de
preferencia a su labor.

Rip reasumió entonces sus antiguos hábitos y correrías; encontró pronto
muchos de sus contemporáneos, aunque bastante averiados por los estragos
del tiempo; prefiriendo entablar amistades entre la nueva generación de
la cual a poco llegó a ser el favorito.

No teniendo ocupación en la casa y habiendo alcanzado la edad feliz en
que el hombre puede ser holgazán impunemente, ocupó de nuevo su lugar en
el banco a la puerta del mesón, donde era reverenciado como uno de los
patriarcas de la aldea y como crónica viviente de la época "anterior a
la guerra." Transcurrió algún tiempo antes de que se pusiera al
corriente de la chismografía del vecindario o llegara a comprender los
extraños acontecimientos que se habían desarrollado durante su sueño: la
guerra de la revolución, cómo arrojó el país el yugo de la vieja
Inglaterra, y cómo era que en vez de ser vasallo de su majestad Jorge
III, se había convertido en ciudadano libre de los Estados Unidos. En
realidad, Rip no era político: las transiciones de estados e imperios
hacíanle muy poca mella; pero existía cierta clase de despotismo bajo el
cual había gemido largo tiempo: el gobierno de las faldas. Felizmente
aquello había terminado; había escapado al yugo matrimonial y podía ir y
venir por todas partes sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle.
Cada vez que se mencionaba este nombre, sin embargo, Rip sacudía la
cabeza, encogía los hombros y levantaba los ojos al cielo, lo cual podía
tomarse tanto como expresión de resignación a su suerte como de alegría
por su liberación.

Acostumbraba referir su historia a todos los extranjeros que se
hospedaban en el hotel de Mr. Dóolittle. Pudo notarse al principio que
la relación difería cada vez en varios puntos, lo que se debía
indudablemente a su reciente despertar. Pero al fin se fijó exactamente
en la forma que acabo de relatar, y no había hombre, mujer o niño en
todo el vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos afectaban
siempre dudar de su veracidad insistiendo en que Rip no había estado en
sus cabales, y que respecto de este punto siempre desvariaba. Los viejos
holandeses, sin embargo, le daban casi unánimemente pleno crédito. Aun
hoy no pueden oír las tempestades de truenos que estallan ciertas tardes
de verano en los alrededores de las montañas Káatskill, sin decir que
Héndrick Hudson y su tripulación están jugando su partida de bolos; y es
el deseo general de los maridos del pueblo maltratados por su mujer,
cuando la vida les resulta muy pesada, obtener algunos tragos del frasco
bienhechor de Rip Van Winkle.


NOTA

Podría sospecharse que el cuento que antecede hubiera sido inspirado a
Mr. Kníckerbocker por una pequeña superstición alemana acerca del
emperador Federico _der Róthbart_[11] y la montaña Kypphaüser. La nota
adjunta, sin embargo, que escribió como apéndice a este cuento,
demuestra que es un hecho absolutamente verídico, narrado con su
habitual fidelidad:

"La historia de Rip Van Winkle parecerá increíble a muchas personas;
mas, a pesar de todo, le doy entero crédito porque sé que los
alrededores de nuestra viejas colonias holandesas han sido teatro de
muchos sucesos y apariciones maravillosas. Verdaderamente, he oído en
las ciudades de las riberas del Hudson historias más inverosímiles que
la presente, las cuales estaban demasiado bien autorizadas para
permitirse alimentar la menor duda. Yo mismo he hablado varias veces
con Rip Van Winkle, quien era un hombre anciano y venerable la última
vez que le vi, y tan perfectamente racional y lógico, desde todo punto
de vista, que no creo que ninguna persona de conciencia rehusara dar
crédito a su historia; he visto también un certificado al respecto
otorgado ante el tribunal de la comarca y firmado con una cruz de la
propia mano del juez. De consiguiente la historia se encuentra fuera de
toda posibilidad de duda.

"D. K."


POST SCRIPTUM

Las siguientes notas se han tomado de un memorándum de viaje de Mr.
Kníckerbocker:

El Káatsberg, o montañas Káatskill, han sido siempre una región de
leyenda. Los indios las consideraban como la mansión de los espíritus
que dominaban el tiempo lanzando nubes o rayos de sol sobre el horizonte
y procurando buenas o malas estaciones de caza. Estaban dirigidos por el
espíritu de una vieja india que se suponía ser la madre y habitaba en el
pico más elevado de las montañas Káatskill. Corría a cargo de las
puertas día y noche para abrirlas y cerrarlas a la hora conveniente.
Colgaba las lunas nuevas en el firmamento y recortaba las viejas para
hacer estrellas. En tiempos de sequía podía obtenerse, con adecuada
propiciación, que hilara ligeras nubes de verano, formadas de telarañas
y rocío de la mañana, y las enviara a flotar en el aire copo a copo
desde la cresta de la montaña, como vedijas de algodón cardado; hasta
que disueltas por el calor del sol caían en lluvia deliciosa provocando
el brote de la hierba, la madurez de los frutos y el crecimiento de las
mieses a razón de una pulgada por hora. Si, en cambio, se encontraba
disgustada, aglomeraba nubes negras como tinta, colocándose en el centro
como una araña ventruda en medio de su tela; y cuando aquellas nubes
estallaban ¡qué de calamidades sucedíanse en el valle!

Antiguamente, afirmaban las tradiciones indias, existía una especie de
Mánitou o espíritu que habitaba las regiones más salvajes de las
montañas Káatskill y experimentaba un malvado placer en procurar toda
clase de males y vejaciones a los hombres rojos. Algunas veces asumía la
forma de oso, gamo o pantera para arrastrar al extraviado cazador a una
fatigosa jornada a través de bosques intrincados y ásperas rocas, y
desaparecer entonces lanzando un fuerte ¡ho! ¡ho! dejando al despavorido
cazador al borde de un escarpado abismo o de un torrente devastador.

Aun se muestra la residencia favorita de este Mánitou. Es una roca o
risco enorme en la parte más agreste de la montaña y se conoce con el
nombre de _Garden Rock_ (Roca florida) a causa de las frescas vides que
trepan abrazándola, y de las flores silvestres que abundan a su
alrededor. A sus pies yace un pequeño lago, asilo del solitario
alcaraván y poblado de serpientes acuáticas que toman el sol en las
hojas de los nenúfares que duermen en la superficie. El lugar era
tenido en gran veneración por los indios, hasta el punto que ni el más
atrevido cazador habría osado perseguir la pieza dentro de su recinto.
Cierto día, sin embargo, un cazador extraviado penetró en Garden Rock y
pudo observar gran número de calabazas colgando de las ramas
ahorquilladas de los árboles. Cogió una de ellas y trató de hurtarla;
pero en su prisa por huir la dejó caer entre las rocas, de donde brotó
un torrente que le arrebató y arrastró a profundos abismos en cuyo fondo
quedó destrozado por completo. El torrente siguió su curso hasta el
Hudson y continúa corriendo hasta el día; siendo el mismo arroyo
conocido hoy por el nombre de Kaaters-kill.



LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO

ENCONTRADA ENTRE LOS PAPELES DEL DIFUNTO DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER

      Es tierra bonancible de extrañas fantasías,
    De ensueños que se ciernen sobre ojos entornados,
      Y encantados castillos en nubes fugitivas
    Que siempre se coloran en cielos estivales.
           _--Castle of Indolence._[12]


En el fondo de una de aquellas espaciosas ensenadas, que tanto abundan
en las playas orientales del Hudson, y en un gran ensanchamiento del
río, denominado Tappan Zee[13] por los antiguos navegantes holandeses,
donde acortaban velas prudentemente, invocando la protección de San
Nicolás para atravesarlo, yacía una pequeña aldea o puerto rural que
algunos llaman Gréensburgh, pero que es general y propiamente conocida
por el nombre de Tarry Town (Lugar de parada). Se dice que este nombre
le fué dado antiguamente por las buenas comadres del pueblo vecino, con
motivo de la inveterada costumbre de sus maridos de estacionarse en las
tabernas en los días de mercado. Sea de ello lo que fuere, yo no
garantizo el hecho sino simplemente lo consigno en mi deseo de ser
preciso y auténtico. No muy lejos del pueblo, quizá a dos millas más o
menos, existe un diminuto valle o más bien un repliegue del terreno
entre altas colinas, que es uno de los sitios más tranquilos en todo el
universo. Un pequeño arroyo lo atraviesa, deslizándose con suave
murmullo que invita al reposo; siendo el reclamo eventual de la codorniz
o el golpeteo del pájaro carpintero los únicos ruidos que turban de vez
en cuando la tranquilidad estática de aquel paraje.

Recuerdo que mi primera hazaña en la caza de ardillas, cuando yo era
todavía un mozalbete, tuvo lugar en un bosquecillo de altos nogales que
sombrean un lado del valle. Vagaba por allí al mediodía, hora en que la
naturaleza está particularmente tranquila, y me sobrecogí al estruendo
de mi propia escopeta, prolongado y repercutido por el indignado eco,
rompiendo el sosegado silencio de los alrededores. Si alguna vez
anhelara yo un pacífico retiro donde huir del mundo y de sus
distracciones y soñar en tranquila quietud todo el resto de una agitada
existencia, nada respondería mejor a tal propósito que este escondido
vallecito.[14]

A causa de la indolente tranquilidad del lugar y del carácter peculiar
de sus habitantes, que descienden de los originarios colonos
holandeses, aquella recóndita cañada era conocida hace mucho tiempo por
el nombre de _VALLE ENCANTADO_, y los rústicos mozos del vecindario son
conocidos en todo el país circunvecino como los zagales del valle
encantado.

Una letárgica y soñadora influencia parece pesar sobre toda la comarca y
prevalecer en su ambiente. Algunos afirman que el lugar fué hechizado en
los primeros días de la colonización por un ilustre doctor alemán;
otros, que un viejo jefe indio, el profeta o adivino de la tribu,
celebraba allí sus conjuros antes del descubrimiento de aquella región
por Master Héndrick Hudson.[15] Lo cierto es que el lugar continúa bajo
el dominio de algún encantador que mantiene hechizada la mente de
aquellas buenas gentes, haciéndolas vivir en plena fantasía. Son dadas a
toda clase de creencias maravillosas; están sujetas a éxtasis y
visiones, y continuamente ven extrañas apariciones y oyen músicas y
voces por los aires. El vecindario abunda en cuentos locales, en lugares
frecuentados por espectros y en supersticiones sombrías. Las estrellas
voladoras y los brillantes meteoros cruzan aquel valle más a menudo que
cualquiera otra comarca; y el demonio de la pesadilla, con sus nueve
secuaces,[16] parece haber hecho del país el escenario favorito de sus
cabriolas.

Sin embargo, el espíritu dominante en esta hechizada región, y que
parece ser el jefe supremo de todas las potencias del aire, es el
fantasma de un jinete sin cabeza. Algunos opinan que es el espectro de
un soldado de caballería de Hesse,[17] cuya cabeza fué arrebatada por
una bala de cañón en alguna batalla desconocida de la guerra de la
revolución, y a quien pueden sorprender de vez en cuando los naturales
del pueblo galopando en la obscuridad de la noche como llevado en alas
de los vientos. Sus apariciones no se limitan al valle, sino que se
extienden a veces hasta las carreteras adyacentes y se repiten
particularmente en las cercanías de una iglesia[18] situada a corta
distancia. En efecto, algunos de los historiadores más auténticos de la
comarca, que han recogido y asociado las versiones flotantes con
respecto a este espectro, alegan que por haber sido enterrado el cuerpo
del soldado en el cementerio de la iglesia, ronda el fantasma por las
noches el lugar de la batalla en busca de su cabeza; atribuyéndose la
velocidad con que atraviesa a menudo la hondonada a la prisa que tiene
por llegar al cementerio antes del amanecer, con motivo de haberse
retardado más de lo permitido en sus pesquisas nocturnas.

Tal es la interpretación general de esta legendaria superstición que ha
procurado tema para muchas historias descabelladas en aquella región de
aparecidos; siendo conocido el espectro en todos los hogares por el
nombre de _El jinete sin cabeza_ del valle encantado.

Es digno de notarse que la propensión visionaria de que he hablado no se
limita solamente a los naturales de la comarca, sino que se la asimila
inconscientemente todo aquel que reside allí por algún tiempo. Por más
despierta que haya sido una persona antes de penetrar en la región de
los sueños, es seguro que se apropiará en poco tiempo la influencia
encantada del ambiente, volviéndose fantástica, fingiendo quimeras y
viendo aparecidos.

Menciono con todo elogio este pacífico retiro, pues que en estos
apartados rincones holandeses, escondidos acá y allá en el gran estado
de Nueva York, se conservan las antiguas costumbres, población y
hábitos, mientras los barre inadvertidos en otros lugares el impetuoso
torrente de inmigración y progreso que provoca incesantes cambios en la
agitada vida de la nación. Son como aquellas fajas de agua tranquila que
bordean algún tumultuoso arroyo, donde permanecen quietamente al ancla
burbujas y pajas meciéndose con suavidad en su improvisado puerto sin
ser molestadas por el flujo de la corriente. Aun cuando han transcurrido
muchos años desde que me desprendí de las letárgicas sombras del valle
encantado, me pregunto si encontraría todavía los mismos árboles y las
mismas familias vegetando en su abrigado seno.

En este recóndito paraje de la naturaleza vivía, en época remota de la
historia americana, es decir hará unos treinta años, una digna criatura
llamada Íchabod Crane, que residía o "paraba" allí, como él decía, con
el propósito de instruir a los niños del vecindario. Era natural de
Connécticut, estado que procura a la Unión exploradores tanto de las
selvas como del pensamiento, y reparte todos los años legiones de
hombres de sus bosques fronterizos y legiones de maestros de escuela de
sus comarcas. El nombre de Crane (grulla) no estaba en desacuerdo con su
persona. Era alto y excesivamente flaco, con hombros estrechos, largos
brazos y largas piernas, manos que sobresalían una milla de sus mangas,
pies que podían servir de palas, y toda una figura colgante que parecía
mantenerse unida con dificultad. Su cabeza era pequeña y chata en la
parte superior, con grandes orejas, grandes ojos verdes y vidriosos y
larga nariz agachadiza; de manera que semejaba un gallo de campanario
encaramado en su cuello de huso para indicar de qué lado iba a soplar el
viento. Al verle, en un día ventoso, dando zancadas por el flanco de
alguna colina, con sus vestidos colgantes y flotando en torno suyo, se
le habría creído el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o
algún espantajo hurtado de cualquier campo de trigo.

La escuela era un edificio bajo, de una sola pieza, construído
rústicamente con tablones; las ventanas en partes tenían vidrios y en
otras, parches de hojas de cuadernos viejos. En las horas vacantes se
aseguraba de manera muy ingeniosa por medio de un mimbre retorcido en la
aldaba de la puerta, y estacas colocadas contra las persianas de las
ventanas--idea sugerida indudablemente al arquitecto por el misterio de
las trampas de anguilas[19]--de manera que, si bien los ladrones podían
penetrar con perfecta facilidad, encontrarían posiblemente alguna
dificultad para salir. La escuela encontrábase aislada hasta cierto
punto, pero en agradable situación, al pie de una frondosa colina, con
un arroyo deslizándose en las cercanías y un gran abedul sombreando una
de sus esquinas. Desde allí podía escucharse, en los soñolientos días de
verano, el murmullo de las voces de los alumnos semejante al zumbido de
una colmena, interrumpido de cuando en cuando por la autoritaria voz del
maestro ya en tono de amenaza o de mandato; o por acaso, el rumor
pavoroso del abedul como aguijoneando a algún holgazán negligente en la
florida senda de la ciencia. A decir verdad, Íchabod Crane era un hombre
de conciencia que tenía siempre presente la máxima de oro: "Escatimar
los azotes es malograr al discípulo." Y seguramente con Íchabod Crane no
se malograban los discípulos.

No debe deducirse de aquí, sin embargo, que fuese uno de aquellos
crueles potentados de la escuela que se gozan en la aflicción de sus
vasallos; al contrario, administraba justicia más bien con método que
con severidad, aliviando la carga de los hombros del más débil y
poniéndola sobre las espaldas del más fuerte. Al chiquillo esmirriado
que retrocedía al menor preludio de azotes, se le administraban con
indulgencia; pero los fueros de la justicia quedaban incólumes
infligiendo doble ración al robusto y obstinado rapazuelo holandés, de
amplias posaderas, que se enfurruñaba y ensoberbecía y se volvía más
tozudo y hosco bajo el abedul. A todo esto llamaba el maestro "cumplir
su deber para con los padres;" y jamás se dió el caso de que
administrara un castigo sin que le siguiera la advertencia, muy
consoladora sin duda para el adolorido mozalbete, de que "recordaría
toda su vida y le quedaría siempre grato por lo que ahora hacía en su
obsequio."

Fuera de las horas de clase era el camarada y compañero de juegos de los
muchachos mayores; y en las tardes de los días festivos solía acompañar
a su casa a algunos de los más pequeños, siempre que tuvieran lindas
hermanas o buenas amas de casa por madres, lo que se dejaba notar en
seguida por el regalo de las alacenas. En realidad, le convenía estar en
buenos términos con sus discípulos. La renta que producía la escuela era
pequeña y habría bastado apenas para su diaria subsistencia porque era
un gran glotón y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de una boa;
mas para ayudar a su sostenimiento se alojaba y comía, siguiendo la
costumbre del lugar, en casa de los granjeros a cuyos hijos enseñaba.
Turnábase por semanas en casa de todos ellos, dando así la vuelta al
vecindario y llevando todo lo que poseía en el mundo atado en un pañuelo
de algodón.

Para que este sistema no resultara demasiado oneroso para la bolsa de
sus rústicos patrones, siempre prontos a considerar pesada carga
cualquiera pensión de la escuela y a juzgar a los maestros solamente
como unos zánganos, tenía Íchabod varios modos de hacerse a la vez útil
y agradable. Ayudaba a los granjeros de vez en cuando en las labores
ligeras de la alquería, tomaba parte en la preparación del heno,
componía los cercos, abrevaba los caballos, traía a las vacas del pasto
y cortaba leña para combustible en el invierno. Despojábase asimismo de
toda la dignidad autócrata y despotismo absoluto con que reinaba en su
pequeño imperio, la escuela, y se volvía admirablemente gentil e
insinuante. Atraíase a las madres mimando a los chicos, particularmente
a los más pequeños; y, semejante al león audaz que acariciaba
antiguamente al cordero con tanta magnanimidad,[20] solía sentarse con
un chico en las rodillas mientras mecía con el pie la cuna de otro por
varias horas.

Además de sus diversas habilidades, era el maestro cantor del vecindario
y cosechaba muchos brillantes chelines por enseñar la salmodia a los
mozos del lugar. No era una de sus menores satisfacciones instalarse los
domingos con un grupo de cantores escogidos, en el centro de la tribuna
de la iglesia donde, a su entender, arrebataba completamente la palma al
viejo capellán. Lo cierto es que su voz resonaba sobre todas las de la
congregación; y aun hoy se escuchan en aquella iglesia gorgoritos que se
dicen legítimos descendientes de la nariz de Íchabod Crane, y que pueden
oírse a media milla, hasta el lado opuesto de la alberca, en las
tranquilas mañanas del domingo. Así, por medio de sus pequeños ardides y
de la ingeniosa manera llamada vulgarmente "echar de mangas," el digno
pedagogo hacía su vida tolerable, mientras todos aquellos que no
comprenden una palabra del trabajo mental, juzgaban que se pasaba una
existencia maravillosamente envidiable.

El maestro de escuela es generalmente una figura importante entre el
círculo femenino de una comunidad rural, donde se le considera una
especie de caballero desocupado, de mucho gusto y talento muy superior a
todos los burdos zagales de la comarca, y solamente inferior al párroco
en conocimientos. Por consiguiente, su presencia causa siempre cierta
emoción en las mesas de té de las granjas, provocando a menudo la
adición de algunos dulces y pastas y aun, en ocasiones, la exhibición de
alguna tetera de plata. Nuestro letrado sentíase también especialmente
feliz con las sonrisas de todas las damiselas campesinas. ¡Con cuánto
gozo discurrían entre ellas los domingos en el cementerio de la iglesia,
después del servicio religioso, cogiendo los racimos de las vides
silvestres que cubrían los árboles de las cercanías, descifrando para
distraerlas los epitafios de las tumbas, o vagando con toda la compañía
por la orilla de la represa del molino adyacente, mientras los encogidos
patanes del lugar seguían tímidamente por detrás, envidiando la
superioridad de su talento y elegancia!

A consecuencia de su errante vida era también una gaceta ambulante que
llevaba de casa en casa todos los líos de la chismografía local, por lo
que su presencia se acogía siempre con satisfacción. Era, además,
estimado por las mujeres a causa de su erudición, pues había leído
varios libros casi hasta el final y conocía a fondo la _History of New
England Witchcraft_ (Historia de la brujería en Nueva Inglaterra), por
Cotton Máther,[21] en la que, diremos de paso, creía firme y
ardientemente.

Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla de sagacidad
limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su
facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo
alcanzado mayores proporciones con su estadía en aquella encantada
región. Ninguna leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su
capacidad de absorción. Deleitábase a menudo, después de cerrar la
escuela por las tardes, en tenderse en el mullido lecho de trébol que
bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en las cercanías, y leer los
horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la obscuridad creciente
de la tarde convertía los caracteres impresos en las páginas en sombras
indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su camino a través
de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se hospedaba en
aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los ruidos de
la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de la chotacabras
desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana arbórea
anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el repentino
rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo. Las
luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más
obscuros, asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente
alguna de las más lucientes su camino; y si por casualidad cualquier
enorme escarabajo aturdido venía bamboleándose en desatinado vuelo en su
dirección, el pobre camastrón estaba a punto de rendir el ánima
imaginando que había sido herido por algún maleficio. Su único recurso
en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o alejar los malos
espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle encantado,
sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de
pavor escuchando su melodía nasal "brotando en largos eslabones de
dulzura,"[22] y extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de
la polvorienta carretera.

Otra fuente de medroso placer consistía para él en pasar las largas
noches de invierno en compañía de las mujeres que hilaban en torno del
fuego escuchando, mientras sartas de manzanas se asaban y
chisporroteaban en el hogar, sus maravillosas historias de duendes y
aparecidos, de campos y arroyos encantados, y de casas y puentes
poseídos; y particularmente la leyenda del jinete sin cabeza o soldado
galopante del valle encantado, como le llamaban a veces. Deleitábalas
por su parte con las anécdotas de brujería y de pavorosos augurios y
apariciones portentosas y ruidos en los aires, que acontecían en los
antiguos tiempos de Connécticut; y llenábalas de angustia con diversas
consideraciones sobre los cometas y estrellas errantes, así como sobre
el hecho alarmante de que el mundo giraba absolutamente en redondo y que
estaban precisamente a medio camino de la voltereta.

Pero si existía algún placer en tales conversaciones mientras se
encontraban abrigados y protegidos en el rincón de la chimenea, en una
habitación vivamente alumbrada por el resplandor de los crujientes leños
y donde ningún espectro se hubiera atrevido por cierto a asomar la faz,
este goce se pagaba caramente con los subsiguientes terrores del camino
de regreso a los respectivos hogares. ¡Qué figuras y sombras más
horrendas a lo largo del sendero, entre la bruma y brillo sepulcral de
una noche de nevada! ¡Con qué anhelante mirada examinaba Íchabod cada
rayo tembloroso de luz brillando a través del vasto campo desde alguna
distante ventana! ¡Cuán frecuentemente sintióse atemorizado ante
cualquier arbusto cubierto de nieve que, cual fantasma revestido de una
sábana, parecía espiar su camino! ¡Cuántas veces se estremeció de helado
pavor al sonido de sus propios pasos en la endurecida corteza de la
tierra, sin atreverse siquiera a mirar por encima del hombro por temor
de encontrarse con algún ser extraordinario marchando pesadamente a sus
talones! ¡Y cuán a menudo se sintió desfallecer del todo al rumor de
una ráfaga de viento gimiendo entre los árboles, con la idea de que era
el soldado de caballería galopando en una de sus excursiones nocturnas!

No eran, sin embargo, más que simples terrores de la noche, fantasmas de
la mente del que camina en la obscuridad; y aun cuando Íchabod había
visto muchos espectros en diversas ocasiones y había sido más de una vez
acechado en diferentes formas por Satán[23] en sus solitarios vagares,
la luz del día ponía siempre fin a estas alucinaciones; y habría
disfrutado con todo una dichosa existencia, a despecho del diablo y de
sus obras, si no se hubiera cruzado en su camino el ser que causa a los
mortales perplejidades mayores que todos los espectros, duendes y la
raza entera de los brujos reunidos; esto es: una mujer.

Entre los discípulos de música que se reunían una vez por semana en la
noche para recibir sus lecciones de salmodia, encontrábase Katrina Van
Tássel, hija única de un rico granjero holandés. Era un delicioso
pimpollo de dieciocho años, regordeta como una perdiz, sabrosa, suave y
de mejillas tan rosadas como uno de los melocotones de su padre; y de
fama universal, no sólo por su belleza sino por sus vastas expectativas
en el porvenir. Con esto, era un poquitillo coqueta como podía deducirse
de su manera de vestir, combinación de la moda antigua y moderna en la
forma más apropiada para realzar sus encantos. Usaba los mismos adornos
de oro amarillo puro que su tatarabuela trajera de Saardam; el tentador
peto y una provocativa falda corta que permitía admirar el más lindo pie
y tobillo que se lucían en toda la región circunvecina.

Íchabod Crane tenía un corazón blando y decidido por el bello sexo; por
lo cual no debe maravillar que bocado tan exquisito encontrara gracia
ante sus ojos, sobre todo después de haber estado de visita en la casa
paterna. El viejo Baltus Van Tássel era la encarnación perfecta del
granjero próspero, feliz y de corazón abierto. Es verdad que rara vez
traspasaban sus ideas o sus miradas más allá de los linderos de su
granja; pero dentro de ellos todo era dicha, holgura y comodidad. Vivía
satisfecho pero no orgulloso de su prosperidad; y tenía más a gala la
abundancia sencilla que el estilo rebuscado en su manera de vivir. Sus
dominios estaban situados sobre las riberas del Hudson, en uno de
aquellos verdes, abrigados y fértiles rincones en que tanto gusta anidar
a los agricultores holandeses. Un gran olmo extendía sus anchas ramas
sobre la casa, y a sus pies brotaba una fuente de agua dulce y
cristalina en un pequeño manantial formado por un barril, de donde se
escapaba centelleando entre el césped hasta reunirse al arroyuelo vecino
que murmuraba bajo los alisos y los sauces enanos. Cerca de la casa
había una vasta troje que podía haber servido de iglesia; sus ventanas y
hendeduras parecían a punto de estallar con los tesoros de la granja;
oíase resonar dentro día y noche el atareado mayal; las golondrinas y
vencejos deslizábanse gorjeando bajo los aleros; mientras hileras de
palomas, algunas con un ojo vuelto hacia arriba como para examinar el
tiempo, otras con la cabeza bajo el ala o enterrada entre el pecho,
otras hinchándose, arrullando o haciendo la rueda a sus damas, tomaban
el sol desde el tejado. Cerdos bruñidos y pesados gruñían en el reposo y
abundancia de sus chiqueros, de donde asomaban las narices aquí y allá,
como absorbiendo el aire, manadas de cachorros. Un majestuoso escuadrón
de nevados gansos nadaba en el cercano estanque, escoltando flotillas
enteras de patos; regimientos de pavos cloqueaban por la granja,
mientras las gallinas de Guinea protestaban de tal atrevimiento con su
malhumorado y discordante grito, como gruñonas amas de casa. Delante de
la puerta de la troje pavoneábase el arrogante gallo, modelo de maridos,
de guerreros y gentileshombres, sacudiendo sus brillantes alas y
cantando toda la alegría y el orgullo de su corazón; escarbando a veces
la tierra con las patas y llamando después generosamente a su siempre
hambrienta familia de mujeres y chiquillos para que saborearan el rico
bocado que había descubierto.

Volvíase agua la boca del pedagogo al contemplar las magníficas promesas
de suculenta mesa para el invierno. En su devoradora visión aparecían
los lechoncillos rellenos corriendo a su alrededor con una manzana en el
hocico; los pichones voluptuosamente acostados en apetitoso pastel y
arrebozados en su dorada corteza; los gansos nadando en su propia salsa;
y los patos agradablemente instalados por parejas en las fuentes, como
amorosos cónyuges, con una decente provisión de salsa de cebollas. En
los puercos veía señalarse las rayas del futuro y reluciente tocino, y
el jugoso y delicado jamón; no había un solo pavo al que no adivinara
deliciosamente trufado, con la molleja bajo el ala y algunas veces con
un collar de sabrosas salchichas; y hasta los bizarros monarcas del
corral yacían tendidos sobre el lomo, como plato de entrada, con las
garras levantadas como implorando el cuartel que su caballeresco
espíritu desdeñara demandar en vida.

Al mismo tiempo que el extasiado Íchabod fantaseaba todo esto al rodar
la mirada de sus verdes ojos sobre los pingües prados, los ricos campos
de trigo, de centeno, de trigo sarraceno y maíz, como sobre los árboles
cediendo al peso de los rubios frutos en las huertas que rodeaban la
propiedad de Van Tássel, su corazón suspiraba por la damisela que
heredaría estos dominios, y caldeábase su imaginación a la idea de cuán
fácilmente podrían convertirse en plata contante que a su vez se
invertiría en inmensas posesiones de terreno yermo y palacios de ripia
en el desierto. No se detenía allí su ardiente fantasía sino que,
realizando sus esperanzas, le presentaba a la graciosa Katrina con toda
una larga prole de chiquillos, sentada en lo alto de un carro cargado de
baratijas caseras, con potes y marmitas danzando en la parte inferior; y
él mismo veíase montando a horcajadas una pacífica yegua con un potrillo
a la zaga, camino de Kentucky, Tennessee o Dios sabe qué rumbo.

Cuando entró en la casa, su corazón quedó conquistado por completo. Era
una de aquellas espaciosas granjas de altos caballetes y tejados de bajo
declive, construídas al estilo transmitido por los primeros colonos
holandeses; proyectándose hacia adelante los bajos aleros hasta formar
un corredor fronterizo capaz de cerrarse por completo en el mal tiempo.
Debajo colgaban mayales, arneses, instrumentos de labranza y redes para
pescar en la ribera cercana. En todo el largo de los costados había
bancos para el tiempo de verano; una gran rueda de hilar a uno de los
extremos y una mantequera al otro lado, mostraban los diversos usos a
que este importante pórtico estaba destinado. Del corredor pasó el
embelesado Íchabod a la sala que formaba el centro del edificio y era el
sitio habitual de residencia. Allí, hileras de resplandeciente vajilla,
colocada en un gran aparador, deslumbraron sus miradas. En un rincón
había un enorme saco de lana lista para hilarse; en otro, una cantidad
de lino y lana acabada de llegar del telar; mazorcas de maíz y cuerdas
de manzanas y melocotones secos pendían de los muros en atractiva
decoración, mezclados al festival de los rojos pimientos; mientras una
puerta ligeramente entornada permitía echar una ojeada al salón más
caracterizado, donde las sillas con sus patas de garras y las mesas de
caoba obscura relucían como espejos; los morillos de la chimenea, con
sus correspondientes palas y tenazas, resplandecían bajo su cubierta
semejando cabezas de espárragos; arbustos y conchas decoraban la repisa
de la chimenea, sobre la cual veíanse suspendidas hileras de huevos de
diversos colores; un gran huevo de aveztruz campeaba pendiente en el
centro de la pieza; y un gran anaquel, abierto intencionadamente,
desplegaba inmensos tesoros de plata antigua y porcelana bien conservada
de la China.

Desde el momento en que Íchabod reposó sus miradas en aquellas escenas
deleitosas desapareció la paz de su espíritu, y todo su estudio
concentróse en descubrir la manera de ganar el afecto de la sin par hija
de Van Tássel. Tropezaba, sin embargo, para esta empresa con
dificultades mayores de las que acostumbrara vencer el enjambre de
caballeros errantes de antaño que sólo combatían con gigantes,
encantadores, fieros dragones y otros adversarios de este jaez, fáciles
de dominar; viéndose obligados solamente a abrirse paso a través de
puertas de hierros y bronce, y muros de adamanto, para llegar al
castillo encantado donde se hallaba confinada la dama de sus
pensamientos; hazañas todas que realizaban tan fácilmente como quien
abre una vía hasta el fondo de un pastel de Navidad, encontrando al cabo
que la dama les otorgaba su mano como cosa convenida con anterioridad.
Íchabod, por el contrario, tenía que ganar el corazón de una coqueta de
aldea, perdido en un laberinto de caprichos y extravagancias que
ofrecían cada vez nuevas dificultades y estorbos; y hacer frente,
además, a una legión de adversarios de carne y hueso, los rústicos y
numerosos admiradores de Katrina, que sitiaban todos los accesos a su
corazón espiándose mutuamente con irritadas miradas, pero prontos a
formar causa común para atacar a cualquier nuevo competidor.

El más formidable entre ellos era un jactancioso, turbulento y atronador
valentón llamado Abraham o Brom Van Brunt según la abreviatura
holandesa, que se había hecho el héroe de la comarca por sus hazañas de
fuerza y temeridad. Tenía anchos hombros y macizas articulaciones,
cabello corto, negro y rizado, y aspecto rústico pero no desagradable,
con cierto aire mezcla de jovialidad y arrogancia. Por su figura
hercúlea y sus potentes miembros había merecido el sobrenombre de Brom
Bones (Brom el huesoso), por el cual se le conocía generalmente. Tenía
fama de grandes conocimientos y destreza en la equitación, sintiéndose
tan firme a caballo como un tártaro. Era el primero en todas las
apuestas y peleas de gallos y, con el ascendiente que la fuerza física
ejerce siempre en la vida rural, hacía de árbitro en todas las disputas,
decidiendo por cualquiera de las partes y dictando sus sentencias con
aire y tono que no admitía réplica ni contradicción. Estaba siempre
pronto para un lío o para una juerga; pero había más travesura que mala
intención en su temperamento y, en medio de toda su rudeza exterior,
gastaba en el fondo sus arranques de broma y buen humor. Tenía tres o
cuatro buenos camaradas que le tomaban como modelo y a la cabeza de los
cuales recorría la comarca mezclándose en todas las contiendas y
diversiones en muchas millas a la redonda. En el invierno llevaba
siempre como distintivo un gorro de piel con airosa borla de cola de
zorro; y cuando la gente reunida en alguna fiesta de aldea divisaba a la
distancia el conocido penacho agitándose en medio de un escuadrón de
atrevidos jinetes, sabía ya que se preparaba una borrasca. Algunas veces
se oía pasar la banda a media noche delante de las granjas, en medio de
gritos y exclamaciones como una tropa de cosacos del Don; y las viejas
damas arrancadas a su sueño acostumbraban escuchar por un momento hasta
que el ruido hubiera cesado y exclamaban entonces: "¡Ah! ¡Por allí anda
Brom Bones y su banda!" Los vecinos le miraban con mezcla de pavor,
admiración y simpatía, y siempre que ocurría en el pueblo algún tremendo
alboroto o cualquier extravagante locura, sacudían la cabeza y
garantizaban que Brom Bones se encontraba al fondo del asunto.

Hacía ya algún tiempo que este selvático héroe había hecho de la
deslumbradora Katrina el objeto de sus rudas galanterías, y a pesar de
que sus amorosos manejos eran algo semejantes a las gentiles caricias y
halagos de un oso, se murmuraba que la joven no desalentaba sus
esperanzas. Lo cierto es que sus avances fueron la señal de retirada
para los candidatos rivales que no se sentían inclinados a irritar a un
león en sus amores; de manera que, cuando un domingo por la noche pudo
verse su caballo atado en las caballerizas de Van Tássel, como muestra
infalible de que su amo hallábase dentro cortejando o "pretendiendo,"
como se acostumbraba decir, todos los aspirantes continuaron su camino
desesperados y fueron a iniciar nuevas lides por otros barrios.

Tal era el formidable rival con quien Íchabod Crane había de luchar y,
todo bien considerado, hombres más fornidos que él habrían temido al
competidor, y los más prudentes habrían desesperado. Pero en la
naturaleza del maestro había una mezcla feliz de maleabilidad y
perseverancia; en figura y en espíritu era un mozo bien templado;
flexible, pero tenaz; doblegándose sin romperse; y aun cuando inclinaba
la cabeza a la menor presión, apenas pasado el momento difícil ¡zas!
erguíase de nuevo y llevaba la frente tan alta como de costumbre.

Habría sido ciertamente una locura combatir a campo abierto contra
semejante rival, hombre tan incapaz como el fogoso Aquiles, de sufrir la
menor oposición a sus amores, Íchabod, por consiguiente, hacía sus
avances de manera muy suave e insinuante. So capa de maestro de canto
hacía visitas frecuentes a la alquería; sin que esto signifique, de otro
lado, que tuviese nada que temer de la oficiosa intervención de la
familia que a menudo representa un grave escollo en la senda de los
amantes. Balt Van Tássel era un hombre bueno e indulgente; amaba a su
hija más aún que a su pipa, y a fuer de hombre razonable y excelente
padre, dejábala hacer su voluntad en todo cuanto se la antojase. Su
arreglada mujercita tenía demasiado que hacer con atender a la casa y
cuidar de las aves; y además, como observaba sabiamente, los patos y los
gansos son muy tontos y es preciso mirar por ellos, mientras que las
muchachas pueden cuidarse por sí mismas. Así, mientras la atareada
señora bullía por la casa o daba vueltas a la rueca en un extremo del
corredor, el honrado Balt sentábase a fumar su pipa al otro extremo,
contemplando las proezas de un pequeño guerrero de madera que, armado de
una espada en cada mano, desafiaba al viento valientemente desde el
pináculo del granero. Entretanto Íchabod defendía su causa con la hija
bajo el gran olmo al lado de la fuente o vagando por la granja hacia el
crepúsculo, hora la más propicia para la elocuencia amatoria.

No me precio de saber cómo se vence y es vencido el corazón de la mujer.
Para mí ellas han sido siempre un enigma y un motivo de admiración.
Algunas parecen tener solamente un punto vulnerable o puerta de acceso,
mientras otras tienen millares de avenidas y pueden capturarse de mil
modos diferentes. Es un gran triunfo de la estrategia conquistar a las
primeras, pero demanda aun mayores conocimientos en esta ciencia
conservar la posesión de las segundas, porque entonces el hombre tiene
que librar batalla en todas las puertas y ventanas para defender su
fortaleza. Aquel que vence un corazón de mil entradas tiene ciertamente
derecho a algún renombre; pero el que conserva dominio indisputable en
el corazón de una coqueta es un héroe, en verdad. Mas no era éste el
caso con el temible Brom Bones, pues desde el momento en que Íchabod
Crane inició sus avances, declinaron evidentemente los intereses del
primero; no se veía ya su caballo atado en la caballeriza los domingos
por la noche, y una enemistad mortal desarrollóse gradualmente entre él
y el preceptor del valle encantado.

Brom, con su natural rudeza caballeresca, habría llevado de buena gana
las cosas a campo abierto y definido las pretensiones de ambos sobre la
dama en combate singular, de acuerdo con la moda de los más concisos y
simples razonadores, los caballeros errantes de antaño; pero Íchabod
tenía demasiada conciencia de la superioridad física de su adversario
para arriesgarse a justar con él; había oído jactarse a Bones de que
"doblaría en dos al maestro y le encerraría en uno de los anaqueles de
la escuela;" y era demasiado prudente para darle ocasión de ponerlo en
práctica.

Había algo extremadamente provocativo en su sistema de pacífica
obstinación, que no dejaba a Brom otra alternativa que acudir al fondo
de bellaquería que tenía siempre a su disposición y jugar a su rival
pesadas bromas, Íchabod llegó a convertirse en el objeto de una
fantástica persecución de parte de Bones y sus zafios camaradas.
Pillaban sus en otro tiempo pacíficos dominios, llenaban de humo la sala
de canto obstruyendo la chimenea, invadían la escuela durante la noche a
despecho de las ataduras de mimbres y estacas de las ventanas
volviéndolo todo de través, de manera que el pobre maestro comenzaba a
creer que las brujas de todo el país se congregaban allí para celebrar
sus sábados. Pero todavía lo más insoportable era que Brom aprovechaba
toda ocasión de ponerle en ridículo delante de su dama, y tenía un
canalla de perro a quien había enseñado a aullar de la manera más
irritante y al cual presentaba como rival de Íchabod para enseñar a
Katrina la salmodia.

En esta forma marcharon los asuntos por algún tiempo sin producir
efectos sensibles en la respectiva situación de los poderes
beligerantes. Una hermosa tarde de otoño encontrábase Íchabod muy
pensativo, entronizado en el alto escabel desde donde dominaba
generalmente todos los incidentes de su pequeño reino de las letras.
Balanceaba en su mano una férula, cetro de su despótico poder; la
varilla justiciera, terror constante de los malhechores, reposaba en
tres clavos detrás del trono, mientras sobre el escritorio podían verse
diversos artículos de contrabando y armas prohibidas, como manzanas
mordidas, cerbatanas, perinolas, jaulas de moscas y legiones enteras de
exuberantes gallitos de papel, decomisados sobre la persona de aquellos
holgazanes bribonzuelos. A todas luces, había tenido lugar hacía poco
algún tremebundo acto de justicia, porque los escolares estaban
intensamente atareados con sus libros o cuchicheaban tras ellos a
hurtadillas con ojo avizor sobre el maestro; y una especie de latente
zumbido reinaba en toda la sala de clase. Bruscamente el silencio se
interrumpió con la aparición de un negro, vestido de chaqueta y calzón
de cáñamo, con un fragmento redondo de copa de sombrero semejando el
gorro de Mercurio, y montado en un potro esmirriado, salvaje y
cojitranco, al que manejaba con una soga a guisa de ronzal. Se presentó
alborotando a la puerta de la escuela y trayendo a Íchabod una
invitación para una fiesta campestre o "quilting frolic"[24] que tendría
lugar aquella noche donde los Van Tássels; y después de declamar su
mensaje con el aire de importancia y el esfuerzo por expresarse en
lenguaje fino que los negros son tan dados a desplegar en pequeñas
embajadas de esta clase, saltó sobre su rocinante y desapareció por la
hondonada con toda la prisa ceremoniosa que requería su misión.

Todo era ahora bullicio y aturdimiento en la poco ha tranquila sala de
clase. Los muchachos pasaron sus lecciones al escape sin detenerse en
bagatelas; los más vivos escamotearon la mitad impunemente; los tardíos
recibieron de vez en cuando alguna eficaz aplicación en la parte
posterior para aguijonear su inteligencia y ayudarles a encontrar
cualquier palabra difícil. Arrojáronse los libros a un lado sin
preocuparse de ordenarlos en los anaqueles; volteáronse los tinteros,
cayeron las bancas, y la escuela quedó desierta una hora antes de lo
acostumbrado, dejando escapar una legión de diablillos que chillaban y
alborotaban entre el verdor en la alegría de su temprana emancipación.

El galante Íchabod dedicó por lo menos media hora más de lo ordinario a
su tocador, acepillando y puliendo su mejor y a decir verdad único
vestido negro desteñido, y arreglando sus guedejas con ayuda de un trozo
de espejo colgado en una de las paredes de la escuela. Para presentarse
ante su dama en verdadero estilo caballeresco, pidió prestado un corcel
al granjero en cuya casa se alojaba por entonces, un viejo holandés
gruñón llamado Hans Van Rípper, y así, bizarramente montado, salió como
un caballero errante en busca de aventuras. Mas tratándose de una
historia romántica, necesito consignar aquí siquiera en somera forma el
aspecto y equipo de mi héroe y de su cabalgadura. Montaba un averiado
caballo de arado que había dejado tras sí todo en la vida menos sus
defectos. Era flaco y peludo, con pescuezo de oveja y cabeza que parecía
un martillo; sus amarillentas crines y cola estaban todas enredadas y
llenas de nudos de cadillos; uno de sus ojos había perdido la pupila y
aparecía vidrioso y espectral, mientras el otro tenía reflejos
genuinamente diabólicos. A juzgar por su nombre, Gunpowder (Pólvora),
debía haber tenido mucho fuego y brío en sus días. Había sido, en
efecto, la montura favorita del iracundo Van Rípper, jinete frenético,
que había infundido probablemente al animal algo de su propio espíritu,
pues viejo y maltratado como estaba, conservaba aun más oculta malicia
que cualquier potro joven de la comarca.

Íchabod era figura adecuada para tal cabalgadura. Llevaba estribos
cortos que ponían sus rodillas cerca del pomo de la silla; sus codos
agudos proyectábanse hacia fuera como patas de saltamonte; sostenía el
látigo perpendicularmente como un cetro; y al trotar del caballo, el
movimiento de sus brazos figuraba un continuo aleteo. Un pequeño
sombrero de lana descansaba en la cumbre de su nariz, que así podía
llamarse la estrecha faja que hacía las veces de frente; y los negros
faldones de su chaqueta flotaban sobre las ancas casi hasta la cola del
caballo. Tal era el aspecto de Íchabod y de su corcel cuando
transpusieron renqueando la portada de Hans Van Rípper, formando en
conjunto una aparición tan extraordinaria como pocas veces es dado
contemplar a la clara luz del día.

Era, como he dicho, una hermosa tarde de otoño; el cielo estaba claro y
sereno y la naturaleza hacía gala de la rica y dorada librea que
asociamos siempre a la idea de abundancia. Los bosques ostentaban su
soberbio amarillo obscuro, mientras algunos árboles tiernos se habían
teñido con la helada de brillante colorido anaranjado, púrpura y
escarlata. Hileras interminables de patos salvajes aparecían en el
horizonte; podía oírse el latido de la ardilla desde los bosquecillos de
hayas y nogales y a intervalos el meditabundo silbo de la codorniz desde
el vecino campo de rastrojo.

Los pajarillos celebraban su último banquete diurno. En la plenitud de
su regocijo revolvíanse chirriando y triscando de rama en rama y árbol
en árbol a su capricho, entre la profusión y variedad de los
alrededores. Revoloteaba por allí el honrado petirrojo con su nota alta
y quejumbrosa, caza favorita de los mozalbetes; y los mirlos gorjeadores
volando en negras nubes; el carpintero de doradas alas con su cresta
carmesí, su ancha gorguera negra y espléndido plumaje; el pájaro del
cedro con sus alas de puntas rojas, su cola terminada en amarillo y su
pequeña montera de plumas; y el gayo azul, ese estrepitoso currutaco,
con su chaqueta azul claro y su ropaje blanco interior, chillando y
gorjeando, cabeceando, agitándose y haciendo cortesías, y afectando
estar en buenas relaciones con todos los cantores del boscaje.

Mientras Íchabod seguía a trote lento su camino, sus ojos, siempre
abiertos a todo síntoma de abundancia culinaria, recontaban con deleite
los tesoros del opulento otoño. Divisaba por todos lados amplia
provisión de manzanas, colgando unas de los árboles en pesada madurez,
reunidas otras en cestos y barriles para el mercado, y amontonadas las
de más allá en abundantes pilas destinadas a la prensa del lagar. Más
lejos podía observar los hermosos campos de maíz con sus doradas
mazorcas asomando entre la hojosa cubierta, sugiriendo la promesa de
bollos y pasteles; y debajo las amarillas calabazas mostraban sus
redondos vientres, preludio de las pastas más exquisitas; y dondequiera
que atravesaba y observaba los fragantes campos de trigo sarraceno
exhalando un olor a colmena, dulces esperanzas se apoderaban de su mente
haciéndole saborear de antemano las tortas bien cargadas de mantequilla
y endulzadas con miel o jarabe, preparadas por las lindas y regordetas
manecitas de Katrina Van Tássel.

Alimentando así su imaginación con mil dulces pensamientos y
"azucaradas" fantasías, caminaba por el flanco de una hilera de colinas
que dominaban algunos de los paisajes más bellos del majestuoso Hudson.
Gradualmente descendía el sol hundiendo su ancho disco hacia el oeste.
El dilatado seno del Tappan Zee yacía inmóvil y vidrioso, y apenas una
ligera ondulación acá y allá delineaba y engrandecía la sombra azulada
de las montañas lejanas. El horizonte lucía bellos tonos dorados que
paulatinamente se tornaban en nítido verde manzana y luego en el azul
profundo del cenit. Rayos oblicuos, prolongándose sobre las crestas
arboladas de las montañas que dominan algunos puntos de la ribera,
prestaban mayor intensidad al gris obscuro y purpúreo de sus rocosos
flancos. Una barca mecíase indolentemente a la distancia, derivando con
suavidad a impulsos de la corriente mientras su vela flotaba ociosa
contra el mástil; y, como la refracción del cielo se reflejaba sobre el
agua quieta, la embarcación parecía suspendida en el espacio.

Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr Van Tássel,
encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca adyacente.
Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza, vistiendo
calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y
magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus
gorros plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo,
enaguas de tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza
colgando al exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan
anticuada como las mamás, salvo uno que otro sombrero de paja, alguna
linda cinta y a veces algún vestido blanco que revelaba síntomas de
ciertas innovaciones de la ciudad. Mozos llevando chaquetas de faldones
cuadrados, hileras de estupendos botones de metal y el pelo largo por lo
común y dispuesto en coleta según la moda de aquel tiempo--especialmente
si habían podido conseguir una piel de anguila, que se consideraba en
todo el país como el tónico más poderoso y eficaz para el cabello.

Brom Bones era, sin embargo, el héroe de la jornada, habiéndose
presentado a la fiesta montando su caballo favorito Daredevil
(Temerario), que poseía a la par que su amo grandes bríos y coraje, y al
cual nadie sino Bones habría podido dominar. Distinguíase, en efecto,
por su afición a esos animales reacios y espantadizos, acostumbrados a
toda clase de mañas y que ponen al jinete en continuo riesgo de romperse
la crisma; pues sostenía que un caballo tratable y bien domeñado era
cabalgadura indigna de un mozo de hígados.

De buena gana me detendría a describir el mundo deleitoso que brotó ante
las miradas de mi héroe al penetrar en la sala de recibo de la morada de
Van Tássel. No se trataba por cierto de los encantos del grupo de
muchachas campesinas con su ostentoso despliegue de blanco y rojo, sino
de los innumerables atractivos de una mesa de te campestre y
genuinamente holandesa en la abundante estación del otoño. ¡Qué
aglomeración de fuentes de pastas de diversas clases, casi
indescriptibles, y cuyo secreto guardaban las hacendosas amas de casa
holandesas! Veíase allí el ilustre _doughnut_,[25] el tierno _oly
koek_,[2] y el frágil y dorado _cruller_;[26] bizcochos y bollos,
pasteles de jengibre y pastas de miel; en fin, todas las familias de
pastas y bollos. Y había además pasteles de manzana, de melocotón y de
calabaza, codeándose con rebanadas de jamón y carne ahumada y con
deliciosas fuentes de conservas de ciruelas, melocotones, peras y
membrillos; sin hacer mención de los pescados a la parrilla y gallinas
asadas, ni de los tazones de leche y crema, todo amontonado tan
confusamente como lo he enumerado, ni de la maternal tetera lanzando
desde el centro nubes de vapor. ¡Dios bendiga la marca! Necesitaría
aliento y tiempo de que disponer para describir como se merece este
banquete, y tengo demasiada prisa para terminar mi historia.
Afortunadamente, Íchabod Crane no estaba tan apurado como su
historiador, y dispensó grandes honores a todas estas golosinas.

Era una bondadosa y agradecida criatura, cuyo corazón se dilataba en
proporción al buen alimento que recibía su estómago y cuyo espíritu se
abrillantaba con la comida como acontece a otros con la bebida. Tampoco
podía evitar que sus grandes ojos rodaran por todas partes mientras
comía, ni regocijarse interiormente ante la posibilidad de llegar algún
día a ser el dueño de este lujo y esplendidez casi incomparables.
Pensaba cuán pronto volvería entonces la espalda a la vieja escuela,
cómo chasquearía sus dedos en las narices de Hans Van Rípper o
cualquier otro de sus tacaños patrones, y enviaría a rodar al ambulante
pedagogo que se atreviera a llamarle camarada.

El viejo Baltus Van Tássel discurría entre sus invitados con rostro
dilatado por la alegría y buen humor, tan redondo y jovial como el
plenilunio de otoño. Sus hospitalarias atenciones eran breves pero
expresivas, limitándose a un apretón de manos, alguna palmada en el
hombro, una risotada y la apremiante invitación para "embestir a las
cosas, y atenderse cada uno por sí mismo."

Pronto el sonido de la música en la sala o aposento general invitaba a
danzar. El ejecutante era un negro viejo de pelo gris, que por más de
medio siglo había sido la orquesta ambulante de todo el vecindario. Su
instrumento aparecía tan viejo y maltratado como el dueño. La mayor
parte del tiempo rascaba el violinista sólo dos o tres cuerdas
acompañando con la cabeza cada movimiento del arco; inclinándose casi
hasta el suelo y dando un golpe con el pie siempre que iba a comenzar
una nueva copla.

Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de danzarín como de su
poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras
quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en movimiento y
chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San Vito
en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los
bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y
tamaños que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario,
formaban una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las
puertas y ventanas, y miraban la escena con deleite rodando las blancas
bolas de sus ojos y mostrando en una mueca de oreja a oreja dos hileras
de marfil. ¿Cómo era posible que el azotador de pilluelos no se sintiera
animado y satisfecho? La dama de su corazón era su pareja en el baile y
sonreía graciosamente a sus amorosos guiños, en tanto que Brom Bones,
dolorosamente carcomido por el amor y por los celos, se mantenía todo
meditabundo sentado en un rincón.

Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído hacia un grupo de
personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel, estaban
sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los
antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.

En la época de que me ocupo, aquella comarca era uno de los lugares más
favorecidos por la crónica y por los grandes hombres. Las tropas
inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la guerra;
y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos,
viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería
de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para
permitir a cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la
hicieran más interesante y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en
héroe de todas las hazañas que se relataban.

Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga
barba azul que casi llegó a apoderarse de una fragata inglesa con un
viejo cañón de hierro de a nueve, colocado en un parapeto de barro, sólo
que el cañón estalló a la cuarta descarga. Y había también un viejo
caballero a quien no nombraremos por ser un _mynheer_[27] demasiado
poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido
de esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete
con la punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el
silbido de la bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en
prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar en cualquier momento el
puño un poquito abollado por el choque. Muchos otros se habían
distinguido igualmente en el campo de batalla, persuadidos todos de
haber ejercido considerable influencia para llevar la guerra a feliz
terminación.

Pero esto no era nada en comparación de los cuentos que siguieron sobre
espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros legendarios de
tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones medran bien
en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos apreciados por
la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de
nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran
aliciente en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de
echar la primera siesta y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos
que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al
levantarse para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a
quien visitar. Ésta es quizá la razón por la cual tan rara vez oímos
hablar de espectros, a no ser en aquellas antiguas comunidades
holandesas.

Con todo, la causa inmediata del predominio de las historias
maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor parte
a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el
ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y
fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle
encantado se encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como
de costumbre, repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas.
Relatáronse muchos cuentos horrendos acerca de procesiones funerarias,
sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos respectivamente, cerca del
gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el cual hicieron
prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la mujer
vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde
pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches
de invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias
tornaba siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado,
el jinete sin cabeza, de quien se había oído hablar varias veces
últimamente en sus correrías a través de la comarca y que, según decían,
maniataba su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio de
la iglesia.

La situación aislada de esta iglesia parece haber contribuído siempre a
convertirla en el refugio predilecto de los espíritus inquietos. Está
edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios olmos y
algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos muros
blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del
claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua
bordeada por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules
colinas del Hudson. Contemplando el cementerio cubierto de césped, en
que los rayos del sol parecen dormir tranquilamente, se pensaría que
allí al menos los muertos pueden reposar en paz. A un costado de la
iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por donde se precipita un
torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles caídos. Sobre la
parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, habían
arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí conducía
y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes estrechamente
enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se
convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las
correrías favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le
encontraba con mayor frecuencia.

Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más descreído en materia de
aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus excursiones al
valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que galoparon
por bosques y malezas, por colinas y pantanos, hasta que llegaron al
puente donde el jinete se transformó súbitamente en un esqueleto, arrojó
al viejo Bróuwer en el torrente y desapareció con ruido de trueno entre
las copas de los árboles.

Esta historia encontró inmediatamente una competidora en la tres veces
maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba haberse burlado del
galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne. Según él,
volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por el
nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de
ponche; y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo
duende en todo el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de
la iglesia, el fantasma dió un salto repentino y desapareció en una
llamarada.

Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso medio tono con que se
habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan sólo de cuando
en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa, produjeron
honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con largos
extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos
acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas
apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el
valle encantado.

La fiesta terminaba gradualmente. Los viejos granjeros reunían a su
familia en sus carros, oyéndose por algún tiempo el tintineo de los
cascabeles que se alejaba por las carreteras de la hondonada y por las
distantes colinas. Algunas damiselas iban sentadas en albardas a la
grupa de su galán favorito, y su risa alegre, mezclada al rumor de las
pisadas y repetida por el eco a través de las selvas silenciosas,
resonaba más y más débil hasta extinguirse gradualmente por completo,
quedando mudo y desierto el lugar poco ha lleno de ruido y de alegría.

Sólo Íchabod había quedado, siguiendo la costumbre de los galanes del
país, para tener un _tête-à-tête_ con la heredera, plenamente convencido
de hallarse en vísperas del triunfo. No pretendo decir lo que pasó en
aquella entrevista, porque lo ignoro en realidad. Temo, sin embargo, que
algo anduvo mal porque Íchabod salió tras corto intervalo con las orejas
caídas y el aire todo desolado. ¡Oh, mujeres! ¡mujeres! ¿Era posible que
esta chica hubiese estado representando con él una de sus acostumbradas
comedias de coquetería? ¿Alentar las esperanzas del pobre pedagogo había
sido una simple farsa para asegurar la conquista de su rival? ¡Sólo Dios
lo sabe, no yo! Baste decir que Íchabod escapó con el aspecto de un
salteador de gallinero más bien que del corazón de una linda dama. Sin
mirar a la derecha ni a la izquierda para observar la opulencia agrícola
que tan a menudo había ambicionado, fué directamente al pesebre y a
puñetazos y patadas levantó con gran descortesía a su corcel del cómodo
alojamiento donde dormía a pierna suelta soñando con montes de maíz y
avena y valles enteros de forraje y trébol.

Era precisamente la hora nocturna de las brujerías[28] aquella en que
Íchabod, alicaído y descorazonado, seguía el camino de su casa por el
flanco de las elevadas colinas que dominan Tarry Town y que con tanta
alegría recorrió esa misma tarde. La hora estaba tan melancólica como
él. Lejos, allá abajo, extendía el Tappan Zee la obscura e incierta
inmensidad de sus aguas, sobre las que se divisaba aquí y allí el alto
mástil de un barco meciéndose tranquilamente al ancla. En el mortal
silencio de la media noche podía Íchabod percibir el ladrido del perro
del guarda, débil y vago, como para dar solamente idea de la distancia a
que se encontraba este fiel compañero del hombre. De vez en cuando
escuchaba también resonar con eco fantástico en sus oídos el largo y
arrastrado canto de algún gallo incidentalmente despierto, lejos, muy
lejos, en alguna granja entre las apartadas colinas. Ninguna señal de
vida mostrábase a su alrededor, fuera del melancólico chirrido del
grillo o el grito gutural de las ranas desde el pantano vecino como si,
sintiéndose incómodas durante el sueño, se revolvieran súbitamente en su
lecho.

Todas las historias de duendes y espectros que había oído al crepúsculo,
acudían ahora en tropel a su memoria. La noche se ponía más y más
obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en el
firmamento, y nubes errantes las ocultaban por momentos a sus ojos.
Jamás se había sentido tan triste y abandonado. Aproximábase, de otro
lado, al sitio donde se radicaban muchas historias de aparecidos. En
medio de la carretera elevábase un enorme tulipán que dominaba como un
gigante a todos los árboles de la vecindad y servía como una especie de
mojón. Sus ramas, tan grandes como troncos de otros árboles, afectaban
formas nudosas y fantásticas retorciéndose casi hasta llegar al suelo y
elevándose de nuevo por los aires. Se le relacionaba con la trágica
historia del infortunado André, hecho prisionero en las cercanías, y era
universalmente conocido por el nombre de "árbol del mayor André." El
pueblo le miraba con cierta mezcla de respeto y superstición, nacida en
parte de la simpatía por la suerte de su malaventurado tocayo, y en
parte de los cuentos de extrañas apariciones y lamentaciones dolorosas
que circulaban a su respecto.

Conforme se aproximaba Íchabod al temido árbol comenzó a silbar,
creyendo luego que alguien había respondido a su silbo; pero era
solamente una ráfaga sutil cortando las secas ramas. Al acercarse un
poco más, pensó que veía algo blanco colgando del centro del árbol;
detúvose y dejó de silbar; pero mirando con más cuidado advirtió que el
árbol había sido herido por el rayo y en cierto sitio aparecía desnuda
la madera blanca. Repentinamente oyó un gemido; sus dientes se
entrechocaron y sus rodillas golpearon la silla: era solamente el roce
de una gran rama contra otra, movidas por la brisa. Transpuso el árbol
con felicidad, pero nuevos peligros levantábanse contra él.

A doscientas yardas del árbol un pequeño arroyo cruzaba la carretera y
corría hacia un valle cenagoso y montuoso llamado el pantano de Wíley.
Algunos ásperos maderos colocados uno junto a otro servían de puente
para pasar al riachuelo. Al lado opuesto del camino, donde el arroyo se
internaba en el bosque, un grupo de castaños y robles espesamente
entrelazados con vid silvestre arrojaba sombras cavernosas sobre la vía.
Atravesar el puente era la prueba más difícil. En idéntico sitio fué
capturado el desventurado André y bajo aquellos castaños y vides se
ocultaron los inflexibles labriegos que le sorprendieron. Desde aquel
entonces se consideraba encantado el arroyo y se llenaban de terror los
muchachos de la escuela que se veían obligados a atravesar el puente
después de anochecido.

A medida que se acercaba al arroyo, el corazón de Íchabod comenzó a dar
pesados golpes en su pecho; invocó en su ayuda, sin embargo, toda su
energía, dió a su caballo una veintena de talonazos en las costillas y
decidió valerosamente cruzar el puentecillo; pero el viejo y perverso
animal, en vez de lanzarse hacia adelante, dió un bote de costado y se
arrojó de través contra la estacada. El maestro, cuyos temores
aumentaban con la demora, tiró entonces las riendas del lado opuesto y
espoleó vigorosamente al jaco con el pie contrario. Todo fué en vano: el
caballo arrancó, es verdad, pero sólo para arrojarse al otro lado del
camino entre unas matas de zarzas y malezas de toda clase. Íchabod hizo
uso entonces del látigo y los talones contra los flancos hambrientos del
viejo Gunpowder que se lanzó de frente resoplando y bufando, pero para
detenerse justamente delante el puente, tan de súbito, que casi arroja
al jinete por las orejas. En este preciso instante el sensible oído de
Íchabod percibió un pesado chapoteo hacia el lado del puente. Entre la
obscura sombra de la arboleda a orillas del arroyo, vió algo inmenso,
informe y de altura desmesurada. No se movía, sino que parecía recogerse
en las tinieblas como algún monstruo gigantesco pronto a lanzarse sobre
el viajero.

El cabello del despavorido pedagogo se erizaba a impulsos del terror.
¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para volver riendas y además, ¿qué
probabilidades tenía de escapar a un duende o aparecido, si tal era, que
podría cabalgar en alas de los vientos? Reuniendo su valor, preguntó con
voz temblorosa: "¿Quién sois?" No recibió respuesta. Repitió su pregunta
con voz aun más agitada. Tampoco obtuvo contestación. Azotó de nuevo los
ijares del inflexible Gunpowder y cerrando los ojos rompió a entonar un
salmo con involuntario fervor. Precisamente en aquel momento el sombrío
objeto de alarma se puso en movimiento y lanzándose de un bote plantóse
en medio del camino. Aun cuando la noche era lóbrega y siniestra podía
discernirse en cierto grado la figura del desconocido. Aparentaba ser un
jinete de grandes dimensiones montado en un caballo negro de aspecto
vigoroso. No hacía demostración alguna en pro ni en contra sino que se
mantenía a lado de la carretera, zangoloteándose ligeramente por el lado
tuerto de Gunpowder que parecía ahora libre de su terror y malas
disposiciones.

Íchabod, a quien no agradaba mucho el extraño y nocturno compañero,
rememorando la aventura de Brom Bones con el soldado galopante, apresuró
entonces el paso con la esperanza de aventajarle; pero el extranjero
picó también para mantenerse al mismo nivel. Íchabod acortó riendas
entonces y avanzó al paso tratando de quedarse atrás; el otro procedió
de igual manera. Su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho;
trató de reanudar el canto de la salmodia; pero su lengua apergaminada
se pegaba al paladar y le era imposible emitir una sola estrofa. Había
algo de misterioso y terrible en el extraño y pertinaz silencio de su
obstinado compañero. Pronto pudo darse cuenta de la causa y quedó
horrorizado. Al ascender una elevación del terreno que delineó en
gigantesco relieve sobre el firmamento la figura de su compañero de
viaje embozado en una capa, Íchabod se sintió despavorido al observar
que ¡carecía de cabeza! ¡Y su horror llegó al colmo cuando se apercibió
de que el espectro llevaba en el pomo de la silla la cabeza que debía
descansar sobre sus hombros! Su terror se convirtió en desesperación;
descargó una lluvia de puñetazos y patadas sobre Gunpowder, esperando
escapar a su compañero a favor de algún salto repentino; pero el
espectro partió con igual velocidad. Lanzáronse entonces ambos en
fantástica carrera; volaban las piedras y saltaban chispas a cada
rebote. Los ligeros vestidos de Íchabod volaban por el aire mientras
tendía su largo y seco cuerpo sobre el cuello del caballo en la rapidez
de la fuga.

Llegaron así al camino que endereza hacia el valle encantado; pero
Gunpowder, que parecía poseído del demonio, en lugar de seguir por esta
vía, cambió de dirección y se lanzó imprudentemente por la pendiente de
la colina hacia la izquierda. Este sendero llevaba a una arenosa
hondonada sombreada de árboles por más de un cuarto de milla, cruzando
luego el puente famoso en las historias de aparecidos, precisamente
detrás del cual se eleva el verde montecillo donde estaba edificada la
pequeña iglesia de muros blanqueados.

Hasta aquí el pánico de su cabalgadura había dado aparente ventaja en la
cacería al jinete menos diestro; pero al llegar a la mitad del camino
del valle, aflojáronse los cordones de la cincha y sintió el maestro que
la montura resbalaba bajo sus piernas. La sujetó por el pomo tratando de
afirmarla, pero en vano; y tuvo apenas tiempo de salvarse de la caída
colgándose del cuello del viejo Gunpowder mientras la silla rodaba por
el suelo, pudiendo oír cómo la atropellaban las pisadas de su
perseguidor. Por un momento le acometió el temor de la ira de Hans Van
Rípper por tratarse de su montura de los días de fiesta, pero no había
tiempo de pensar en menudos terrores; el aparecido se precipitaba sobre
sus talones y, jinete inhábil como era, encontraba gran dificultad para
mantener su posición: unas veces se escurría por un lado, otras por el
otro, cayendo algunas con tal violencia sobre el huesudo lomo del animal
que temía verdaderamente quedar partido en dos mitades.

Un claro entre los árboles reanimó su valor infundiéndole la esperanza
de que el puente de la iglesia se hallara cercano. El reflejo vacilante
de una plateada estrella en el fondo del arroyo le hizo ver que no se
había engañado. Pudo divisar los muros de la iglesia brillando
confusamente en lontananza entre los árboles. Recordando el sitio donde
desapareció el espectro competidor de Brom Bones: "Si logro alcanzar el
puente estoy en salvo,"[29] pensó Íchabod. Justamente en aquel momento
oyó muy cerca tras de sí al negro corcel resoplando y jadeante; hasta se
figuró sentir su aliento ardoroso. Otro talonazo convulsivo en las
costillas y el viejo Gunpowder se lanzó sobre el puente; pasó como un
torbellino sobre las tablas resonantes; llegó al lado opuesto; y
entonces Íchabod se atrevió a mirar hacia atrás para corroborar si, de
acuerdo con la regla, su perseguidor se había desvanecido en una
llamarada de fuego y azufre.

En este preciso instante vió que el aparecido, levantándose sobre los
estribos, se disponía a arrojar su cabeza contra él. Íchabod trató de
evadir el siniestro proyectil, pero demasiado tarde. Tropezó con su
cráneo en tremendo estallido; dió un vuelco el maestro de cabeza contra
el polvo, y Gunpowder, el negro corcel y el jinete duende pasaron como
una exhalación.

A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo sin silla y con la
brida a los pies, pastando juiciosamente el césped a las puertas de su
amo. Íchabod no se presentó al desayuno; llegó la hora del almuerzo,
pero Íchabod no llegó. Los muchachos se reunieron en la escuela y
vagaron indolentemente por las márgenes del arroyo sin que nada se
supiera del maestro. Hans Van Rípper comenzaba ya a sentir alguna
inquietud por la suerte del pobre pedagogo y por su silla de montar.
Hiciéronse investigaciones y tras diligente pesquisa halláronse sus
huellas. A un lado del camino que conducía a la iglesia encontraron la
montura hundida en el polvo; las señales de los cascos de dos caballos
en vertiginosa carrera al parecer, y profundamente marcadas en la
carretera, llevaban al puente, pasado el cual, en las orillas de la
parte más ancha del arroyo, donde corre el agua negra y profunda, se
encontró el sombrero del infortunado Íchabod, y muy cerca de allí una
calabaza rota.

Sondearon el arroyo sin llegar a descubrir el cuerpo del maestro. Hans
Van Rípper, a fuer de ejecutor testamentario, examinó el paquete que
contenía todos los tesoros que poseía Íchabod en el mundo. Consistían en
dos camisas y media; dos corbatines; uno o dos pares de medias de
estambre; un viejo par de calzones cortos de pana; una navaja mohosa; un
libro de salmodia con las puntas llenas de dobleces; y un diapasón
roto. Los libros y muebles de la escuela pertenecían a la comunidad,
con excepción de la _History of Witchcraft_, de Cotton Máther, un _New
England Almanac_, y un libro de los sueños y de la buena ventura; en el
último había una hoja de papel ministro llena de tachaduras y borrones a
consecuencia de varias tentativas infructuosas para preparar el borrador
de unos versos en honor de la heredera de Van Tássel. Los libros de
magia y el ensayo poético fueron destinados a las llamas por Hans Van
Rípper, quien desde entonces determinó no enviar en adelante sus chicos
a la escuela, observando que nada bueno se saca de la lectura ni
escritura. Si el maestro tenía algún dinero--y había recibido su paga
justamente uno o dos días antes--lo llevaba todo consigo probablemente
en el momento de su desaparición.

El misterioso acontecimiento causó mucha expectación el domingo
siguiente en la iglesia. Grupos de mirones y comentadores se dieron cita
en el cementerio, en el puente y en el sitio en que se encontraron el
sombrero y la calabaza. Las historias de Brom Bones y toda una sarta por
el mismo estilo fueron el tema de conversación general; y después de
considerarlas con la debida atención y de compararlas con los síntomas
del caso actual, los vecinos sacudieron la cabeza arribando a la
conclusión de que Íchabod había sido arrebatado por el ginete sin
cabeza. Como era soltero y no tenía deudores, nadie se rompió más la
cabeza a este respecto; la escuela se mudó a otro barrio de la hondonada
y otro pedagogo vino a reinar en su trono.

A decir verdad, un viejo granjero que estuvo de paso en Nueva York
algunos años después, y de quien se recogió el relato de la aventura del
aparecido, llevó a su pueblo la inteligencia de que Íchabod estaba vivo
todavía; que dejó el valle, parte por temor del espectro y de Hans Van
Rípper, y parte por la mortificación de haber sido desdeñado
inopinadamente por la heredera; que había transladado sus lares a otra
parte lejana del país; había regentado una escuela y estudiado derecho
al mismo tiempo; había sido admitido en el foro; había hecho política;
fué elector, y se le mencionó en los periódicos; y por último, fué
nombrado juez del tribunal de diez libras.[30] Brom Bones, que poco
después de la desaparición de su rival llevó triunfalmente al altar a la
encantadora Katrina, parecía también estar demasiado al corriente de la
historia de Íchabod y rompía en una alegre carcajada cada vez que se
hacía mención de la calabaza; lo cual llevó a algunos a sospechar que
sabía más de lo que le agradaba decir sobre este asunto.

Sin embargo, las viejas del pueblo, que son los mejores jueces en la
materia, aseguran hasta hoy que Íchabod fué arrebatado por medios
sobrenaturales; y ésta es una de las historias favoritas del vecindario
que se relata a menudo al lado del fuego en el invierno. El puente llegó
a ser más que nunca el objeto de supersticioso terror; y puede muy bien
haber sido ésta la razón por qué se desvió el camino en los últimos
años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La
escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba
habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de
labranza, al volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de
verano, imaginan a menudo escuchar su voz a la distancia entonando un
melancólico salmo en las apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.


POST SCRIPTUM DE LA PROPIA MANO DE MR. KNÍCKERBOCKER

EL CUENTO que antecede está escrito casi con las mismas palabras que lo
oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la antigua ciudad de
Manháttoes[31] en que estuvieron presentes muchos de los vecinos más
notables e ilustres del lugar. El narrador era un viejecito agradable y
cortés, de mísero aspecto con sus vestidos raídos y su rostro
tristemente festivo: sujeto que daba a sospechar fuertemente su
indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser entretenido.
Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras de
aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que
habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los
oyentes un viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que
paseaba por todas partes su faz grave y casi severa; de vez en cuando
cruzaba los brazos inclinando la cabeza y miraba al suelo como abrumado
por el peso de alguna duda. Era uno de aquellos hombres circunspectos
que sólo se arriesgan a reír en terreno firme, cuando tienen de su lado
la razón y la ley.

Cuando se apaciguó el regocijo de la compañía y se restableció el
silencio, apoyó un brazo en el descanso de la silla y colocando el otro
en jarras, preguntó con cierto movimiento ligero pero extremadamente
hábil de la cabeza y contracción de las cejas, cuál era la moral del
cuento y qué era lo que se intentaba probar.

El narrador que llevaba justamente un vaso de vino a sus labios como
refresco después de la labor, detúvose por un momento, miró al preguntón
con aire de infinita deferencia, y bajando suavemente el vaso hasta la
mesa observó que la historia trataba de probar con toda lógica:

"Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres a
condición de que sepamos coger la ocasión al pelo;

"Que, en consecuencia, el que apuesta carreras con jinetes duendes
tendrá verosímilmente una carrera accidentada;

"_Ergo_, que en cierto modo sirve de escalón para altos merecimientos
del estado el que a un maestro de escuela le sea denegada la mano de una
heredera holandesa."

El cauto y viejo caballero frunció las cejas en diez dobleces al
escuchar estas premisas, dolorosamente impresionado por la fuerza del
silogismo; mientras el de los vestidos raídos le miraba triunfalmente
de reojo, a mi parecer. Al fin hizo observar que todo aquello estaba muy
bien, pero que, sin embargo, él juzgaba la historia un poquillo
extravagante; uno o dos puntos quedaban todavía por dilucidar.

--Palabra, señor,--replicó el narrador,--en cuanto a eso, yo no creo ni
siquiera la mitad.

D. K.



NATHÁNIEL HÁWTHORNE

Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem, Massachusetts. Nació el 6 de
julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire, el 19 de mayo de
1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825. Fué
empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se
hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el
objeto de llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación;
y fijó su residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado
inspector del puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de
tres años. Prestó servicios como cónsul de los Estados Unidos en
Líverpool desde 1853 hasta 1857. Regresó a la patria en 1861. Fanshawe,
su primer cuento, ahora muy difícil de conseguir, fué publicado a su
propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en el orden siguiente:
_Twice Told Tales_ (1837; segunda serie, 1842); _Mosses from an Old
Manse_ (1846); _The Scarlet Letter_ (1850); _The House of the Seven
Gables_ (1851); _The Wonder-Book_ (1851); _The Blithedale Romance_
(1852); _Snow Image and Other Twice Told Tales_ (1852); _Life of
Franklin Pierce_ (1852); _Tanglewood Tales_ (1853); _The Marble Faun_
(1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título de
_Transformation, or the Romance of Monte Beni_); _Our Old Home_ (1863);
_Pansie_ (1864, llamada también _The Dolliver Romance_); _Note Books_
(1868-1872); _Septimius Felton_ (1872); _Tales of the White Hills_
(1877); _Dr. Grimshawe's Secret_ (fragmento, 1888).

[Illustration: NATHÁNIEL HÁWTHORNE]



EL ANCIANO CAMPEÓN


Hubo una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de
injusticias más graves que todas las que amenazara traer la revolución.
Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había abolido
los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y sin
principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro
nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los
rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que
recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes
que se fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata
del pueblo o de sus representantes; los derechos de los ciudadanos
violados, y los títulos de propiedad anulados; las quejas amordazadas
por la censura de la prensa; y finalmente, el descontento sojuzgado por
una banda de tropas mercenarias que por primera vez hollaba nuestro
suelo. Durante dos años continuaron nuestros antecesores en taciturna
sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre su lealtad a la
madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un protector o
por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin embargo,
nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se
gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que
disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.

Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de
Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de
los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra.
Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también
fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre
que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia
produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y
lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir
a lo lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera
señal estuviera pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente
abatimiento. Advirtiendo el peligro, los gobernantes trataron de
evitarlo por medio de un imponente despliegue de fuerza, confirmando su
despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de abril de 1689,
Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el licor,
reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se
presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso
cuando comenzó el desfile.

El sonido del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de
crisis y agitación, parecía, más bien que la música marcial de los
soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que
afluía por diversas avenidas se reunió en King Street, lugar destinado,
casi una centuria más tarde, a ser el escenario de otro encuentro entre
las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su tiranía. Aun
cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de los
primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes
mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más
notables quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices.
Notábase el rostro grave, el porte generalmente severo, la expresión
firme aunque melancólica, la bíblica forma de elocución y la confianza
en las bendiciones del cielo por la justicia de su causa, que distinguía
a cualquier grupo de los primitivos puritanos cuando se veían amenazados
de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no era tiempo aún de
que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se encontraban aquel
día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en los bosques
al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir un
edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados
del parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus
antiguas armas fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de
los Estuardos. Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe,
de aquellos que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con
ferocidad religiosa mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban
con sus plegarias. Varios ministros veíanse esparcidos entre la
muchedumbre, que les miraba, a diferencia de otras agrupaciones, con
tanta reverencia que parecía que sus vestiduras debieran encarnar la
santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para tranquilizar
al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era motivo de
comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al
turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera
conmoción podía provocar un estallido en todo el país.

--Satanás dará ahora su golpe maestro,--exclamaban algunos,--porque él
sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán
llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de
Smíthfield[32] de King Street!--

A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en
torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor
dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más
alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en
aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33]
para reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.

--¡El Papa ha ordenado una nueva San Bartolomé!--gritaban otros.--¡Nos
asesinarán a todos, a los hombres y a los niños!--

Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la clase más prudente
juzgaba el objeto del gobernador algo menos atroz. Sabíase que
Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución y compañero
venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí
terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el
terror por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción
enemiga apoderándose de su jefe.

--¡Firme con los antiguos privilegios, gobernador!--rugía la multitud,
apoderándose de la idea.--¡Buen gobernador, anciano Brádstreet!--

Cuando más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la
aparición de la figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet,
un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en lo alto de las
gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la
multitud para que se sometiera a la autoridad constituída.

--Hijos míos,--concluyó el venerable personaje,--no hagáis nada
inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de
la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea servido de
hacer algo por nosotros.--

Los acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo
este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte
y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la
misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los militares.
Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la vía,
con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de
fuego en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el progreso de una
máquina arrollando con irresistible empuje todo lo que se encontrara en
su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido confuso de
cascos en el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que se
destacaba la figura central de Sir Édmund Andros, el más anciano de
ellos, pero erguido y de aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros
favoritos, los enemigos más acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su
derecha montaba Édward Rándolph, nuestro principal adversario, aquel
"mezquino demoledor," como le llama Cotton Máther, que llevó a cabo la
ruina de nuestra antigua administración, mereciendo el anatema que le
persiguió obstinadamente durante su vida y más allá de la tumba. Al otro
lado iba Búllivant, lanzando burlas y escarnio a su paso. Venía atrás
Dúdley, con los ojos bajos y continente temeroso, como si no se
atreviera a afrontar las miradas indignadas del pueblo que le
contemplaba a él, su único compatriota, entre los opresores de su país
natal. El capitán de una fragata fondeada en el puerto y dos o tres
oficiales civiles se veían también en el grupo. Pero la figura que
atraía más las miradas del público y despertaba más vibrantes
sentimientos, era el clérigo episcopal de King's Chapel, con sus
vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre los magistrados,
y encarnando admirablemente la prelacía y la persecución, la unión de la
iglesia y el estado y todas aquellas abominaciones que habían llevado al
destierro a los puritanos. Una doble hilera de soldados cerraba la
marcha.

Toda la escena pintaba la condición de la Nueva Inglaterra:
desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que no
nace de la naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un
lado, la multitud religiosa, con su semblante triste y su obscura
vestimenta; y del otro, el grupo de gobernantes despóticos, ostentando
acá y allá algún crucifijo sobre el pecho, con el alto personaje
eclesiástico al centro, magníficamente ataviados, encendidos por el
licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose del murmullo
universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una palabra
para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el
cual podía asegurarse la sumisión.

--¡Oh, Dios de los ejércitos!--clamó una voz entre la multitud,--¡envía
un salvador a tu pueblo!--

Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del
heraldo para introducir un notable personaje. La multitud había
retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la
extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera
parte de su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la
calzada libre entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre
toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que
parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo hacia el
centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba el
antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa
a la moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al
costado; pero llevaba además un bastón en la mano para sostener el
trémulo temblor de los años.

Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano
lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y
doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su pecho.
Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta,
prosiguió su camino en línea recta hacia adelante.

--¿Quién es este anciano patriarca?--preguntaron los jóvenes a sus
padres.--

--¿Quién es este hermano venerable?--se preguntaron los viejos unos a
otros.--

Nadie pudo responder. Los patriarcas del pueblo, que contaban ochenta
años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido
respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían
conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los
viejos consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y
apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían
recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises
como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había
borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de este blanco
patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición
había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?

--¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este
hombre?--susurraba la admirada multitud.

Entretanto el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía
su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más
cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el
redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en
sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de
la edad caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando
el compás de la música militar. De esta manera avanzaron, la antigua
aparición de un lado y toda la parada de soldados y magistrados por el
otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia en medio de
ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y
blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:

--¡Deteneos!--

La mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial
timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo
de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria,
fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido,
calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo.
Un temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta
aparición, en que se combinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan
vagamente entrevista, con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente
algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado de su tumba
por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y
reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva
Inglaterra.

El gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su
inesperada detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus
atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca aparición. El
anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con mirada
austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en
Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el
jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que
les acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no
tenían más recurso que obedecer.

--¿Qué hace aquí este viejo?--gritó Édward Rándolph
ferozmente.--¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no
dejéis a este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la
nación: ¡hacerse a un lado o ser pisoteados!

--Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca,--dijo riendo
Búllivant.--¿No veis que es algún antiguo dignatario que ha estado
durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos?
¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo
Noll![34]

--¿Estáis loco, anciano?--preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e
incisivo.--¿Cómo os atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey
Jaime?

--Habría detenido en estos momentos aun la marcha del mismo
rey,--replicó el respetable personaje con severa compostura.--Me
encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha
llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la
protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la
tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime?
No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía
su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo
hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás!
¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos
que desees que te pronostique el cadalso!--

El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su
campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que no estuviera
acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de años
atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los
soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en
instrumentos de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund
Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos duros y
crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil de
ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del
anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni
enemigos se habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus
pensamientos, no pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos.
Mas, sea que estuviese dominado por la mirada del blanco adalid, sea que
adivinara el peligro en la actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es
que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta y a la
defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos
los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban
prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado,
Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.

Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se
retiraban las tropas de King Street y el pueblo se amotinaba
tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo
gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más
edad que él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se
maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido
ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo
hasta que quedó solamente el espacio vacío. Pero todos convenían en que
la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época
aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en
las horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron
cuándo se celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra
tumularia.

¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en
los anales de aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa
para el tiempo, pero gloriosa en la eternidad por su lección humillante
para los monarcas, y altamente ejemplarizados para los vasallos. He oído
decir que dondequiera que los puritanos necesitan mostrar el espíritu de
sus ascendientes, aparece de nuevo el anciano. Transcurridos ochenta
años, se presentó otra vez en King Street. Cinco años después, en la
aurora de cierta mañana de abril, apareció en la pradera frente a la
capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta ahora el
obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caída de
la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker
Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los
alrededores. ¡Mucho, mucho tiempo puede transcurrir antes de que se
presente otra vez! Su hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de
peligro. Mas, si la tiranía nacional nos oprimiera alguna vez o el paso
de los invasores violara nuestro suelo, volvería de nuevo el anciano
campeón, porque encarna el espíritu genuino de la Nueva Inglaterra; y su
aparición simbólica en la hora del peligro representará siempre la
promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán corresponder a su
alcurnia.



EL _MAY-POLE_ DE MERRY MOUNT[35]

     Tema admirable para una novela filosófica es la historia de los
     primeros colonos en Mount Wóllarton o Merry Mount. En el ligero
     bosquejo a continuación, los hechos consignados en las severas
     páginas de nuestros cronistas de la Nueva Inglaterra hanse cambiado
     casi espontáneamente en una especie de alegoría. Las mascaradas,
     mojigangas y costumbres festivas descritas en el texto, están de
     acuerdo con los usos de aquel tiempo. Puede tomarse como autoridad
     en esta materia el _Book of English Sports and Pastimes_ de Strutt.


¡Hermosos días los de Merry Mount, cuando el _May-pole_ era el
estandarte de aquella alegre colonia! Los que lo erigían como triunfante
bandera hacían brotar claridad y alegría sobre las agrestes colinas de
la Nueva Inglaterra, y esparcían semillas de flores en todo el país
circunvecino. El regocijo y la melancolía se disputaban entonces el
imperio. La víspera de San Juan había llegado, aportando a los bosques
verdor más intenso y llevando en su regazo rosas de color más vivido que
los tiernos pimpollos de la primavera. Pero Mayo, o su espíritu gozoso,
habitaba el año entero en Merry Mount, divirtiéndose en los meses de
verano, alborotando en el otoño y calentándose en torno del fuego
durante las brumas del invierno. Revoloteaba con sonrisa soñadora a
través del mundo lleno de pesares y preocupaciones hasta que vino a
establecer sus lares entre los espíritus risueños de Merry Mount.

Jamás se había visto el _May-pole_ tan galanamente ataviado como en
aquella tarde víspera de San Juan. El venerado emblema era un pino que
había conservado la flexible gracia de la juventud aunque igualaba en
altura a los monarcas más potentes de la antigua selva. En su cima
flotaba una bandera de seda que ostentaba los colores del arco iris.
Abajo, cerca del suelo, el tronco estaba revestido de ramas de abedul y
varias otras del verde más lleno de vida, entre las que se mezclaban
algunas de hojas argentadas, sujetas con cintas flotantes en fantásticos
nudos de veinte colores distintos, a cual más encendidos. Flores
cultivadas y flores silvestres reían alegremente entre el verdor, tan
fresco y húmedo, que parecía haber brotado por arte de magia en este
regocijado pino. Hacia donde terminaba este verde y florido esplendor,
veíase pintado el _May-pole_ con los siete brillantes colores de la
bandera que ostentaba al tope. De las ramas verdes más bajas pendía una
frondosa guirnalda de rosas, cogidas algunas en los parajes más soleados
del bosque, y otras, de colorido aun más rico, nacidas de las semillas
inglesas que los colonos habían cultivado. ¡Oh, pueblo de la edad de
oro, cuya principal ocupación era cultivar flores!

Mas ¿qué significaba la extraña multitud que cogida de las manos veíase
el torno del _May-pole_? No podía suponerse seguramente que los faunos y
ninfas de las antiguas fábulas, arrojados de sus clásicas grutas,
hubieran buscado refugio en los frescos bosques del oeste, como lo
habían hecho los demás perseguidos. Éstos parecían monstruos góticos,
aunque quizá de descendencia griega. En los hombros de un hermoso
mancebo erguíanse la cabeza y las astas ramosas de un ciervo; otro,
humano en todo lo demás, tenía un rostro horrible de lobo; un tercero,
con el tronco y las piernas de hombre, mostraba la barba y los cuernos
de un venerable macho cabrío. Por allá se destacaba la figura erguida de
un oso, fiera en todos sus detalles, salvo en sus piernas traseras,
cubiertas de medias de seda color de rosa. Y allí otra vez, casi
portentoso, aparecía un verdadero oso de las profundidades de la selva,
extendiendo sus garras delanteras prontas a estrechar manos humanas, y
tan dispuesto al parecer como los demás de la rueda a desempeñar su
parte en la danza. Su figura inferior levantóse a medias para llegar a
la altura de sus compañeros cuando éstos se detuvieron. Otros rostros
tenían la apariencia de hombres o mujeres, pero disformes y
extravagantes, con rojas narices colgando delante de las bocas que
mostraban horribles profundidades, distendiéndose de oreja a oreja en
una perpetua carcajada. Podía verse allí al hombre primitivo, bien
conocido en la heráldica, peludo como un cinocéfalo y con su cinturón de
hojas verdes. A su lado se discernía una figura más noble quizá, pero
siempre contrahecha, un cazador indio con penacho de plumas y cinturón
de conchas. Muchos personajes de esta bizarra compañía llevaban gorros
de bufones y pequeños cascabeles pendientes de su atavío, que vibraban
con sones argentinos en armonía con la música inaudita de su espíritu
jovial. Algunos mancebos y doncellas ofrecían aspecto más serio, pero
mantenían bien su puesto, sin embargo, en medio de la heterogénea
multitud, por el arrobamiento exaltado que se revelaba en sus facciones.
Todos estos personajes eran los colonos de Merry Mount solazándose en la
vasta sonrisa del sol poniente alrededor de su venerado _May-pole_.

Si algún paseante extraviado en la melancólica selva hubiera oído este
regocijo y lanzado una furtiva y quizá medrosa mirada al espectáculo,
habría juzgado que era el séquito de Como, convertidos ya en brutos
algunos de sus personajes, otros a media transformación entre el hombre
y la bestia, y embriagados otros en el torrente de enloquecedora alegría
que precedía al cambio. Entretanto, una banda de puritanos, que,
invisible, espiaba la escena, asimilaba la mascarada a los espíritus
diabólicos y corrompidos con los cuales poblaba su superstición el negro
caos.

Dentro del círculo de monstruos se destacaban dos figuras tan aéreas que
hacían pensar que jamás hubieran hollado piso más sólido que nubes de
púrpura y doradas. La una era un mancebo de resplandecientes vestiduras,
con una banda semejando el arco iris que le cruzaba sobre el pecho. Su
mano derecha sostenía un cetro dorado, emblema de alta dignidad entre
los alegres adoradores del _May-pole_; mientras oprimía con la izquierda
los gráciles dedos de una hermosa doncella, no menos brillantemente
ataviada que su compañero. Vívidas rosas contrastaban, en su esplendente
colorido, con los obscuros y sedosos rizos de sus cabelleras, y veíanse
esparcidas a sus pies, donde quizá brotaron espontáneamente. Detrás de
la luminosa pareja y tan próximo al _May-pole_ que las ramas más bajas
sombreaban su semblante jovial, había un sacerdote inglés adornado de
sus vestiduras canónicas, pero cubiertas de flores a la moda del
paganismo, y llevando una corona de vid natural. Por el extravío de sus
ojos movibles y la decoración pagana de su continente parecía el
monstruo más selvático y el verdadero. Como de la reunión.

--¡Adoradores del _May-pole_!--exclamó el florido
oficiante,--alegremente han resonado los bosques todo el día con vuestro
regocijo. Pero ésta debe ser vuestra hora más feliz, corazones míos. Sí;
aquí están el rey y la reina de Mayo, a quienes yo, un clérigo de Oxford
y gran sacerdote de Merry Mount, voy a unir en este instante con los
santos lazos de Himeneo. ¡Levantad vuestro espíritu ligero, vosotros,
bailarines moriscos, hombres de las selvas y risueñas doncellas, osos,
lobos y cornudos caballeros! Venid, entonad un coro ahora, vibrante con
el antiguo júbilo de la alegre Inglaterra, y con el entusiasmo más
exaltado de esta fresca selva; y luego, una danza para mostrar a esta
joven pareja para qué se ha hecho la vida y cuán ligeramente habrán de
atravesarla! ¡Vosotros todos que amáis el _May-pole_, prestad vuestras
voces para entonar el canto nupcial del rey y la reina de Mayo!--

Este himeneo era acontecimiento más serio de los que tenían lugar de
ordinario en Merry Mount, donde la broma y la farsa, la travesura y la
fantasía fomentaban un continuo carnaval. El rey y la reina de Mayo, aun
cuando debieran perder su título al ocaso, iban a ser real y
verdaderamente compañeros en la danza de la vida, comenzando el compás
aquella misma hermosa tarde. La guirnalda de rosas que pendía de las
verdes ramas bajas del _May-pole_ había sido trenzada para ellos y se
arrojaría sobre sus cabezas unidas como símbolo de su florida unión.
Así, tan luego que el sacerdote concluyó, una exclamación tumultuosa
brotó del grupo de figuras monstruosas.

--¡Comenzad la estrofa, reverendo padre,--gritaron todos;--y jamás
habrán coreado los bosques ecos tan regocijados como los que lanzaremos
al aire los adoradores del _May-pole!_--

Inmediatamente se dejó oír un preludio de flautas, cítaras y violas,
tocado por hábiles ministriles desde el fondo de una arboleda vecina,
con tan alegre cadencia que hasta las ramas del _May-pole_ se
estremecieron a sus sones. Pero el rey de Mayo, el del cetro dorado,
buscando los ojos de su reina, sorprendióse de la mirada casi
melancólica que tropezó con la suya.

--Édith, mi dulce reina de Mayo,--murmuró en tono de reproche,--¿esta
guirnalda de rosas pende acaso sobre nuestras tumbas que tan triste
apareces? ¡Oh, Édith! ¡Ésta es nuestra época de oro! No la opaques con
sombras de melancolía; porque nada nos traerá el futuro más hermoso que
el recuerdo de lo que en estos momentos está pasando.

--¡Esto es precisamente lo que me entristece! ¿Cómo ha venido también a
tu mente?--dijo Édith en tono aun más bajo que el suyo; pues era delito
de alta traición estar triste en Merry Mount.--Por esto suspiro en medio
del festival y de la música. Y además, querido Édgar, me parece
debatirme en un sueño, y pienso que las figuras de nuestros joviales
amigos son visiones; que su alegría es imaginaria; y que no somos
nosotros en realidad el rey y la reina de Mayo. ¿Qué misterio es éste
que oprime mi corazón?--

Precisamente en aquel instante, como al influjo de algún conjuro, cayó
una ligera lluvia de hojas de rosa ya marchitas del _May-pole_. ¡Ay de
los pobres amantes! Tan pronto como ardieron sus corazones en la
verdadera pasión, sintieron algo vago y perecedero en sus anteriores
placeres y les acometió un medroso presentimiento de cambios
inevitables. Desde el momento en que amaron profundamente, cayeron bajo
la ley terrenal de pesar y preocupaciones, de alegrías turbadas, y se
encontraron ya extraños en Merry Mount. Éste era el misterio del corazón
de Édith. Dejemos ahora que el sacerdote los una, y que las máscaras se
diviertan en torno del _May-pole_, hasta que el último rayo del sol se
refleje en su cima, y las sombras de la selva pongan su melancolía en
medio de las danzas. Veamos, entretanto, quiénes eran estos alegres
personajes.

Hace doscientos años, quizá más, que el mundo antiguo y sus habitantes
se fatigaron mutuamente de sus sempiternas relaciones. Los hombres
emigraron por millares hacia el oeste; unos, para trocar cuentas de
vidrio y baratijas de joyería por las pieles de los cazadores indios;
otros, para conquistar terrenos vírgenes; y otros, más austeros, para
orar. Pero ninguno de estos motivos había sido el aliciente para los
colonizadores de Merry Mount. Sus jefes fueron hombres que habían gozado
tanto de la vida, que cuando se presentaron los enfadosos huéspedes,
Pensamiento y Sabiduría, se encontraron arrollados por la turba de
pompas y vanidades a las cuales debían haber puesto en fuga. Obligaron
al errante Pensamiento y a la Sabiduría pervertida a endosar una máscara
y representar la farsa de la Locura. Los hombres de quienes nos
ocupamos, habiendo perdido la fresca alegría del corazón, imaginaron una
filosofía de placer desenfrenado y vinieron a estos lugares para
realizar sus fantasías. Reunieron adeptos en aquella aturdida raza cuya
vida entera transcurre como los días festivos de los hombres graves.
Había en su séquito ministriles no del todo desconocidos en las calles
de Londres; cómicos ambulantes, cuyo teatro fueran los salones de los
gentileshombres; bufones, juglares y saltimbanquis, cuya ausencia se
dejaría sentir por largo tiempo en las romerías, fiestas conmemorativas
y ferias; en una palabra, forjadores de alegría en todo sentido, que
abundaban en aquella época, pero que comenzaron a desaparecer con el
desarrollo del puritanismo. Ligeros habían sido sus pasos sobre la
tierra y ligeramente cruzaron ellos el océano. Muchos habían sido
arrojados por sus sufrimientos en desesperada locura de placer; otros
eran tan locamente festivos por la fuerza de su juventud, como el rey y
la reina de Mayo; mas, cualquiera que fuese la causa de su regocijo,
jóvenes y viejos estaban alegres en Merry Mount. Los jóvenes se creían
felices. Los de más edad, aun cuando supieran que el regocijo es
solamente una falsa felicidad, seguían, sin embargo, obstinadamente la
engañosa sombra pues que siquiera llevaba brillante atavío. Frívolos
impenitentes durante toda su vida, no se atrevían a aventurarse en las
austeras verdades de la existencia, ni aun con la esperanza de encontrar
los goces verdaderos.

Todos los pasatiempos clásicos de la vieja Inglaterra habíanse
transplantado allí. El rey de _Christmas_ ostentaba su corona y el
monarca de _Misrule_ (Desconcierto) llevaba un cetro poderoso. La
víspera de San Juan cortaban varios acres de bosque para hacer hogueras
y danzaban a su lumbre toda la noche coronados de guirnaldas y arrojando
flores a las llamas. En tiempo de cosecha, aun cuando su campo fuese el
más pequeño, hacían una imagen con las gavillas de maíz, la decoraban
con guirnaldas de otoño y llevábanla en triunfo al hogar. Pero lo que
caracterizaba especialmente a los colonos de Merry Mount era su
veneración por el _May-pole_, que ha convertido su historia en un
cuento lleno de poesía. La primavera cubría de botones y de frescos y
verdes vástagos el venerado emblema; el verano le traía rosas del más
vivo colorido y el follaje perfecto de los bosques; el otoño le
enriquecía con su pompa roja y amarilla que convertía cada hoja
silvestre del bosque en una pintada flor; y el invierno le plateaba con
su escarcha, adornándole de estalactitas hasta que resplandecía a la luz
semejando todo él un rayo helado del sol. Así alternaban las estaciones
su homenaje al _May-pole_ pagándole el tributo de su más rico esplendor.
Sus adeptos bailaban en torno del árbol por lo menos una vez al mes;
denominábanle a veces su religión o su altar; pero en toda ocasión
representaba el estandarte de Merry Mount.

Desgraciadamente, había en el Nuevo Mundo ciertos hombres que alardeaban
de una fe más austera que la de aquellos alegres adoradores del
_May-pole_. No muy lejos de Merry Mount había una colonia de puritanos,
hombres los más infelices, que recitaban sus plegarias antes del
amanecer y trabajaban luego en los bosques o en las sementeras hasta que
la noche les llamaba de nuevo a la oración. Tenían siempre sus armas
apercibidas para atacar a los salvajes extraviados. Cuando se reunían en
cónclave, jamás era para sostener el clásico regocijo inglés, sino para
escuchar sermones que se prolongaban tres horas, o proclamar premios por
cabezas de lobos o cabelleras de indios. Sus fiestas eran días de
vigilia y su distracción principal el canto de los salmos. ¡Desgraciado
del mozo o doncella que siquiera soñara con la danza! Los hombres
eminentes hacían un signo al condestable; y ponían en el cepo a los
réprobos de pies ligeros; o de haber danza, era en derredor del poste de
los azotes, que podía llamarse el _May-pole_ de los puritanos.

Una partida de estos feroces puritanos, abriéndose paso penosamente a
través de las dificultades de la selva y revestido cada uno de una
armadura de hierro pesadísima para embarazar su marcha, llegaba a veces
hasta el risueño recinto de Merry Mount. Allí estaban los suaves
colonos, regocijándose en torno del _May-pole_; quizá enseñando la danza
a algún oso, o tratando de comunicar su alegría a los graves indios; o
disfrazándose con las pieles de los ciervos y los lobos que habían
cazado con este objeto. A menudo la colonia entera, y los magistrados
como todos los demás, jugaba un juego semejante a la gallina ciega, en
el cual perseguían los gozosos pecadores, con los ojos vendados, a uno
de ellos sin vendar que hacía de chivo y a quien debían descubrir por el
ruido de los cascabeles que llevaba en sus vestidos. Se dice que una vez
vióseles escoltando hasta su tumba un cadáver cubierto de flores, en
medio de músicas festivas y gran regocijo. ¿Reiría el difunto? En sus
momentos de tranquilidad cantaban baladas y recitaban historias para
edificación de sus piadosos visitantes; o llenábanles de perplejidad con
sus juegos de prestidigitación; o les hacían muecas desde el centro de
collarines de caballo; y cuando se fatigaban de diversión, hacían broma
de su mismo cansancio y comenzaban a apostar a los bostezos.
Presenciando todas estas enormidades, los hombres de hierro sacudían la
cabeza y fruncían las cejas de manera tan sombría que los alegres
alborotadores levantaban los ojos al cielo para observar la momentánea
nube que había opacado el resplandor del sol que, estaba sobrentendido,
debía brillar constantemente en aquellos parajes. De otro lado,
afirmaban los puritanos que cuando elevaban un salmo en sus lugares
consagrados, el eco que devolvían las selvas semejaba muchas veces el
estribillo de un alegre coro que terminaba en una carcajada. ¿Quién sino
el demonio y sus fieles secuaces, los habitantes de Merry Mount, había
de molestarles? Con el tiempo levantóse una enemistad, amarga y sombría
de un lado, y tan seria como podía serlo, por el otro, entre los
puritanos y los espíritus ligeros que habían jurado pleito homenaje al
_May-pole_. El carácter futuro de la Nueva Inglaterra hallábase en juego
en esta insoportable querella. Si los feroces santos llegaban a
establecer su jurisdicción sobre los joviales pecadores, su espíritu
obscurecería el ambiente y convertiría el país en una tierra de rostros
nublados, de ardua labor, de sermones y salmos por toda la eternidad.
Pero si el estandarte de Merry Mount alcanzaba la primacía, brillaría el
sol sobre las colinas, las flores embellecerían la floresta, y toda la
posteridad rendiría homenaje al _May-pole_.

Después de estos detalles auténticos de la historia, volvamos a las
nupcias del rey y la reina de Mayo. ¡Ah! hemos demorado demasiado y nos
vemos obligados a ensombrecer nuestra historia repentinamente. Lanzando
una ojeada al _May-pole_, encontramos que un solitario rayo de sol se
desvanece en su cima dejando solamente un débil matiz dorado fundiéndose
entre los tonos irisados de la bandera. Aun esta dudosa luz comienza a
desaparecer, abandonando el dominio entero de Merry Mount a las brumas
del atardecer, que tan instantáneamente han surgido de los negros
bosques circunvecinos. Mas algunas de estas obscuras sombras asumen
figura humana.

Sí; con el sol poniente, ha pasado para Merry Mount su último día de
regocijo. El círculo de alegres máscaras estaba roto y en desorden; el
ciervo bajaba sus astas tristemente; el lobo se volvía más débil que un
cordero; los cascabeles de los danzantes moriscos repiqueteaban con
trémulos sones de terror. Los puritanos habían tomado una parte
característica en la mascarada del _May-pole_. Sus sombrías figuras
mezclábanse a las bizarras formas de sus enemigos, convirtiendo la
escena en un cuadro de actualidad semejante al despertar de la mente en
medio de las fantasías desparpajadas de un sueño. El jefe del bando
hostil erguíase en el centro del círculo, mientras el séquito de
monstruos se inclinaba en torno suyo semejando espíritus del mal en
presencia de un mago temido. Ninguna farsa fantástica podía continuarse
en su presencia. Tan indomable se revelaba la energía de su continente,
que la figura entera, rostro cuerpo y ánima, parecía forjada en hierro,
toda de una pieza con el casco y la armadura, aunque dotada de vida y
pensamiento. ¡Era el puritano de los puritanos; era Éndicott en persona!

--¡Detente, sacerdote de Baal!--dijo con torvo ceño y colocando su mano
irreverente en la sobrepelliz.--¡Te conozco, Bláckstone![36] Eres el
hombre que jamás pudo soportar disciplina alguna, ni siquiera la de tu
corrompida religión, y has venido aquí a predicar la iniquidad de que
diste el ejemplo con tu propia vida. Mas ahora se verá que el Señor ha
santificado estos lugares por medio de su pueblo escogido. ¡Anatema
sobre los profanadores! ¡Y ante todo, sobre esta abominación cubierta de
flores, el altar de tu religión!--

Y con su cortante espada asaltó Éndicott el venerado _May-pole_. No
resistió el árbol por largo tiempo su poderoso brazo. Gimió con tristes
ecos; llovieron hojas y capullos sobre el cruel exaltado; y cayó por
último el estandarte de Merry Mount arrastrando sus verdes ramas, cintas
y flores, símbolo de placeres desvanecidos. A su caída, cuenta la
tradición, se puso el cielo más obscuro y enviaron los bosques sombras
más tétricas sobre aquellos lugares.

--¡Allí,--gritó Éndicott, mirando su obra con aire triunfador,--allí
yace el único _May-pole_ de la Nueva Inglaterra! Tengo la firme
convicción de que su caída decidirá la suerte de los livianos e
indolentes sectarios de la alegría durante nuestros días y los de toda
nuestra posteridad. ¡Amén, dice John Éndicott!

--¡Amén!--coreó su séquito.

Los adoradores del _May-pole_ lanzaron un gemido por su ídolo. A esta
manifestación, el jefe puritano dirigió una mirada a la cuadrilla de
Como, en que cada figura, representación de la más franca alegría
llevaba en aquel momento la expresión de hondo abatimiento y tristeza.

--Valiente capitán,--inquirió Péter Pálfrey, el más anciano de la
banda,--¿qué disposiciones se tomarán con respecto de los prisioneros?

--No pensaba arrepentirme jamás de haber echado abajo un _May-pole_ y,
no obstante encuentro ahora en mi corazón que le plantaría de nuevo para
procurar a todos estos paganos otra danza en torno de su ídolo. ¡Hubiera
servido perfectamente como poste de azotes!

--Hay bastantes pinos, sin embargo,--sugirió el lugarteniente.

--Es verdad, buen anciano,--replicó el jefe.--De consiguiente, atad a la
condenada banda y procurad a cada uno de ellos una pequeña ración de
cardenales como adelanto de nuestra futura justicia. Colocad luego en el
cepo a algunos de esos villanos para que descansen hasta que la
Providencia los conduzca a una de nuestras bien organizadas colonias
donde podremos encontrar acomodo para todos. Después pensaremos en otros
castigos, como marcas de hierro candente o corte de las orejas.

--¿Cuántos azotes para el sacerdote?--preguntó el anciano Pálfrey.

--Ninguno todavía,--respondió Éndicott, dirigiendo su inflexible ceño
hacia el reo.--El gran tribunal general determinará si los azotes y
larga prisión, acompañados de otras severas penas, serán expiación
suficiente por sus culpas. ¡Dejadle mirar dentro de sí mismo! Por
violaciones de orden civil podríamos sentir piedad, mas ¡ay de aquel que
ataca nuestra religión!

--Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes de sus
compañeros?--preguntó el oficial.

--¡Disparad vuestras armas en su cabeza!--exclamó el enérgico
puritano.--¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!

--Aquí hay una resplandeciente pareja,--continuó Péter Pálfrey,
señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.--Parecen ser de alto
rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo
menos doble ración de azotes.--

Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró atentamente el atavío y el
continente de la desventurada pareja. Estaban pálidos, temerosos y
abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo sostén y pura
afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que eran
marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento
del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la
reina de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle
sentir ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos
estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la adversidad.
Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la torva faz
del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras los
vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las
arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos
puritanos. Mas nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y
tan pura como cuando su esplendor se abrillantaba con el infortunio.

--¡Joven,--dijo Éndicott,--te encuentras en momentos difíciles, tanto tú
como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque imagino que
tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!

--¡Hombre inflexible!--exclamó el rey de Mayo,--¿cómo podré conmoverte?
Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero encontrándome
impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras, pero deja
marchar ilesa a Édith!

--De ningún modo,--replicó el cruel fanático.--No hemos de mostrar,
ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más estricta
disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de
penas además de la suya propia?

--¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi cabeza!--exclamó Édith.

En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los pobres amantes en
terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos estaban
prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba y
un destino riguroso encarnado en el jefe puritano, era todo lo que
tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que avanzaba pudo
disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al dulce
espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de
sus bellas esperanzas.

--Las penas de la vida han venido muy temprano para esta joven
pareja--observó Endicott.--Veremos cómo se manejan en su desgracia
actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis
encontrar en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey
de Mayo y a su dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de
ello, algunos de vosotros.

--Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?--preguntó Péter Pálfrey,
dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y sedosos
bucles del mancebo.

--Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en el verdadero estilo
calabaza,--replicó el capitán.--Traedlos luego con nosotros, pero con
más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el mancebo
que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso
en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de
nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha
sido. ¡No imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra
perecedera existencia, son aquellos que la malgastan danzando en torno
de un _May-pole!_--

Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que fundaron los pétreos
cimientos de la Nueva Inglaterra, levantó la guirnalda de rosas del
abatido _May-pole_ y la arrojó con su propia mano cubierta del
guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y la reina de Mayo. Fué un
acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral del universo
destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión de
apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás
volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido
entretejida con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que
les unía representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía
del cielo, sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote
atravesar, y jamás dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas
desvanecidas de Merry Mount.



EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER


EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a
cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres
caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y
el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos
eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios
durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban
tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el
vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en
especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo.
El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su
energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de
incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma.
El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que
le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la
presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la
viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días;
mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de
ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de
la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres
viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor
Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda
Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar
del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar
apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro
invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del
todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por
actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.

--Mis antiguos y queridos amigos,--dijo el doctor Héidegger, haciéndoles
tomar asiento,--Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos
con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.--

Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del doctor Héidegger era un
sitio de los más curiosos: una obscura cámara, amueblada a la antigua,
festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde tiempo inmemorial.
Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble, cuyos
anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros
góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños
libros en duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central
había un busto de Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas,
acostumbraba sostener consultas el doctor Héidegger en todos los casos
difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había
un armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta
puerta se divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido
entre dos estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada
superficie dentro de un deslustrado marco dorado. Entre muchas otras
historias maravillosas que se relataban acerca de este espejo, decíase
que las almas de todos los pacientes difuntos del doctor habitaban
dentro de su vera, y se encaraban con él siempre que miraba en aquella
dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado con el retrato
de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y brocado en
descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su atavío.
Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con
la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una
de las recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda
aún por mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme
infolio, encuadernado en cuero negro y cerrado con pesados broches de
plata. No llevaba letras en el lomo y nadie podía decir el título de la
obra. Pero sabíase perfectamente que era un libro de magia, y una vez
que lo cogió una camarera, simplemente con la idea de quitarle el polvo,
el esqueleto se removió en su armario, el retrato de la dama colocó un
pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron en el
espejo; en tanto que la bronceada cabeza de Hipócrates fruncía el ceño
y decía: "¡Detente!"

Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la tarde de estío a que se
refiere nuestra historia, había una pequeña mesa redonda, negra como el
ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un ánfora de cristal
cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol penetraban
a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas de
damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera
que un suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los
cinco viejos reunidos en torno. También había cuatro copas de champaña
sobre la mesa.

--Mis antiguos y queridos amigos,--repitió el doctor Héidegger,--¿puedo
confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento
extremadamente singular?--

Hay que advertir que el doctor Héidegger era un viejo caballero muy
original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la base de mil
fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones,
dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y
verídica persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan
con la credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de
novelero.

Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al doctor de su famoso
experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de un ratón por
medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier basura en el
microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que tenía el
hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el
doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel
enorme infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general
declaraba ser un libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras,
abrió el volumen y sacó de entre sus góticas páginas una rosa o lo que
fué alguna vez una rosa, pues que entonces las verdes hojas y pétalos de
púrpura habían adquirido un tono parduzco, y la flor entera parecía a
punto de convertirse en polvo entre las manos del doctor.

--Esta rosa,--explicó suspirando el doctor Héidegger,--esta misma rosa
que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció hace cincuenta y cinco
años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y yo pensaba
llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco años
la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro.
Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera
revivir alguna vez?

--¡Qué ocurrencia!--exclamó la viuda Wycherly con un impertinente
movimiento de cabeza.--¡Podríais preguntar igualmente si un rostro
arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!

--¡Mirad!--respondió el doctor Héidegger.

Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua que allí había. Al
principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber nada de
humedad, al parecer. Pronto, sin embargo, pudo notarse un cambio
singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron, adquiriendo un
tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún sueño
mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes;
y por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca
como cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía
completamente abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas
apretábanse todavía modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban
dos o tres gotas de rocío.

--Es ciertamente una linda ilusión óptica--dijeron descuidadamente los
amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros en
espectáculos de prestidigitación;--haced el favor de mostrarnos de qué
manera se realiza.

--¿Habéis oído hablar alguna vez de la _Fuente de la
Juventud_?--preguntó el doctor Héidegger,--aquélla que fué a buscar
Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?

--Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?--preguntó la viuda Wycherly.

--No,--respondió el doctor Héidegger,--porque nunca la buscó en su
verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado, se
encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida,
no lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias
magnolias gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se
conservan tan frescas como violetas por la virtud de esta agua
maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de
estudios, me ha enviado la que veis en aquel vaso.

--¡Ejem!--murmuró el coronel Kílligrew, que no creía una palabra de la
historia del doctor;--y ¿cuál sería el efecto de este líquido en la
naturaleza humana?

--Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido coronel--replicó el doctor
Héidegger,--y vosotros todos, mis respetados amigos, sois los
bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad necesaria
para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos
disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra
vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del
experimento.--

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las cuatro copas de
champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía impregnada de
algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas burbujas
desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la
superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos
personajes no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y
reconfortantes y, aun cuando escépticos con respecto a su poder
rejuvenecedor, sentíanse inclinados a beberlo inmediatamente. Pero el
doctor Héidegger les detuvo por un momento.

--Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos amigos,--dijo,--sería
conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido durante vuestra
vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por
segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y
una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar,
no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de
vuestra edad!--

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil
y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la idea de que, conociendo
cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de
extraviarse nuevamente.

--Bebed entonces,--dijo el doctor inclinándose.--Me regocijo de haber
elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.--

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor
poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no
podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más
lastimosamente.

Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni placeres, que hubieran
sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las mismas criaturas
grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor de la mesa
del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían
entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de
nuevo los vasos sobre la mesa.

Indudablemente pudo notarse al punto cierta animación en el aspecto de
los invitados; algo así como el efecto producido por un vaso de vino
generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba en los
cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas,
reemplazando la palidez terrosa que les hacía asemejarse a un cadáver.
Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico poder principiaba a
borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo había grabado
desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su capota,
casi sintiéndose mujer de nuevo.

--¡Dadnos un poco más de esta agua maravillosa!--exclamaron
ansiosamente.--Hemos comenzado a rejuvenecer, pero estamos todavía
demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!

--¡Paciencia, paciencia!--dijo el doctor Héidegger que, sentado,
observaba los efectos del experimento con filosófica frialdad.--Habéis
puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os contentaréis con
rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra
disposición!--

Llenó las copas nuevamente con el licor de la juventud, del cual quedaba
lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes como sus nietos a
la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún las
burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de
los vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso?
No bien acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció
presentarse un cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros
y brillantes; una sombra obscura se extendió sobre sus plateados rizos;
y se encontraron reunidos en torno de la mesa del doctor Héidegger tres
caballeros de mediana edad y una dama salida apenas de la primera
juventud.

--¡Mi querida viuda, estáis encantadora!--exclamó el coronel Kílligrew
que había conservado la mirada fija sobre el rostro de la señora,
mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante
la aurora de un nuevo día.

La hermosa viuda sabía desde largo tiempo atrás que los elogios del
coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad; así,
saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus
miradas tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto
los tres caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer
que el agua de la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades
espirituosas; a menos que la exaltación de sus ideas fuera simplemente
el alegre desvanecimiento producido por la súbita desaparición del peso
de los años. La imaginación del señor Gascoigne parecía encaminarse a
tópicos políticos; mas no era fácil determinar si sus elucubraciones se
referían al pasado, al presente o al futuro, pues que las mismas ideas e
idénticas frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta
años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la
gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes
atrevidos en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni
siquiera su propia conciencia llegara a apoderarse del secreto; o
expresábase de nuevo con acento mesurado y docta entonación de orador,
como si oídos reales escucharan los bien redondeados períodos de su
arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo tiempo una alegre
canción báquica, tamborileando en su vaso el compás del coro, mientras
sus ojos vagaban sobre el risueño semblante de la viuda Wycherly. Al
otro lado de la mesa el señor Médbourne sumíase en profundos cálculos de
dólares y centavos, que tenían que ver particularmente con un proyecto
para proveer de hielo a las Indias Orientales o equipar un tiro de
ballenas para los témpanos polares.

En cuanto a la viuda Wycherly, permanecía frente al espejo haciendo
monadas y cortesías a su propia imagen y saludándola como al amigo más
amado que existía en el mundo para ella. Acercó su rostro muy junto al
espejo para observar si la pata de gallo y las importunas arrugas
marcadas largo tiempo atrás habían desaparecido verdaderamente. Examinó
si la nieve de sus cabellos habíase fundido por completo y si podría
echar atrás su capota con entera seguridad. Al fin, volviéndose
alegremente, avanzó hacia la mesa en una especie de paso de baile.

--¡Mi viejo y querido doctor!--exclamó,--¡por favor, brindadme otro
vaso!

--¡Ciertamente, mi querida señora, ciertamente!--replicó el complaciente
doctor.--¡Mirad! Ya tenía los vasos llenos.--

En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta el borde de aquella
agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la superficie,
semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el
ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un
resplandor suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran ánfora,
reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura
venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto
respaldar y primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que
habría podido caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido
discutido, salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de que bebían
ansiosamente en aquel momento la tercera copa del licor de la fuente de
la juventud, sintiéronse casi atemorizados por la misteriosa expresión
de la fisonomía del doctor Héidegger.

Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió por sus venas.
Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la vejez, con su
séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades, tan
sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar
alegremente. La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual
las escenas sucesivas de la vida eran únicamente una colección de
cuadros descoloridos, prestaba otra vez su encanto al porvenir.
Sintiéronse como seres nuevos creados en un universo nuevo.

--¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!--exclamaban en su éxtasis.

La juventud, al igual que la vejez, borraba los caracteres fuertemente
marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a todos aquellos
personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos con el
regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su
alegría era el impulso de mofarse de las enfermedades y la decrepitud
de que habían sido víctimas hasta hacía pocos instantes. Reían locamente
de su extravagante atavío, de las chaquetas de amplios faldones y los
chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta
exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a cojear
alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un
par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de
magia; el tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba
imitar la venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban
regocijadamente, saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly
(si una damisela tan fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando
ágilmente hasta la silla del doctor, con el sonrosado rostro brillando
de maliciosa alegría.

--¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y danzad
conmigo!--exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más
estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría
el pobre viejo doctor.

--Os ruego dispensarme,--respondió el doctor tranquilamente.--Estoy
viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos años ha. Pero
cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda pareja.

--¡Bailad conmigo, Clara!--gritó el coronel Kílligrew.

--¡No, no; yo seré su compañero!--profirió el señor Gascoigne.

--¡Fuí su prometido hace cincuenta años!--exclamó el señor Médbourne.

Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus dos manos con impulso
apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle; el tercero
hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la capota
de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando
por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los
pretendientes, hacía ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a
librarse del triple abrazo. Nunca se había presenciado cuadro más vivo
de rivalidad juvenil con hermosura tan hechicera como galardón. Sin
embargo, por extraña ilusión, debida a la obscuridad de la cámara y a
los antiguos vestidos que aun llevaban los invitados, se dice que el
gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos, canosos y ajados
abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja encogida y
arrugada.

Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo demostraban. Inflamados
hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda que no otorgaba
ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales comenzaron a
cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado
galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor.
Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en
mil fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante
arroyo sobre el pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa,
envejecida al declinar del verano y que había venido a morir allí. El
insecto voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en
la nevada cabeza del doctor Héidegger.

--¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly,--exclamó el
doctor.--Tengo que protestar seriamente de este tumulto.--

Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les
llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta
el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger,
quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio
siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un
movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la
mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo,
a pesar de la juventud de que creían disfrutar.

--¡Mi pobre rosa de Silvia!--exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a
la luz de las nubes del poniente;--parece que se marchita otra vez.--

Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la
flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había
arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun
pendían de sus pétalos.

--La amo tanto ahora como en su húmeda frescura,--observó el doctor,
oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba,
la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.

Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no
sabían si atribuir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de ellos
gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que
se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos
más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso
una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve
espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el
doctor Héidegger?

--¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?--exclamaron dolorosamente.

Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes
más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había
desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que
demostraba que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra
su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que
no podía volver a ser hermosa.

--Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,--dijo el doctor Héidegger:--y
¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no
lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales
de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio
que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la
lección que me habéis enseñado!--

Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon para sí la lección.
Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y beber mañana,
tarde y noche de la Fuente de la Juventud.



LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL


I

LA MASCARADA DE HOWE

VAGANDO por la calle de Wáshington una tarde del verano pasado, atrajo
mis miradas una muestra de hotel que asomaba de un estrecho zaguán
abovedado casi en frente de la antigua iglesia del Sur. La muestra
representaba la fachada de un soberbio edificio designado con el nombre
de "Antigua Casa Provincial, al cuidado de Thomas Waite." Me sentí
satisfecho de recordar así el propósito, que abrigaba largo tiempo, de
visitar y recorrer la mansión de los antiguos gobernadores reales de
Massachusetts; y penetrando en el pasillo abovedado que se extendía en
medio de una hilera de tiendas de ladrillo, unos cuantos pasos me
transportaron desde el bullicioso centro del moderno Boston hasta un
patiocillo pequeño y silencioso. Un lado de este espacio estaba ocupado
por la fachada cuadrada de la casa provincial, de tres pisos, y coronada
de una cúpula en cuya cima podía distinguirse un indio dorado, con su
arco tendido y una flecha en la cuerda, apuntando al gallo de la veleta
colocada en el chapitel de la Iglesia del Sur. Esta figura conservaba
la misma actitud hacía setenta años o quizá más, desde el tiempo en que
el buen decano Drowne, un diestro escultor en maderas, la colocó por
primera vez en su larga vigilia de centinela sobre la ciudad.

La casa provincial es una construcción de ladrillo que parece haber
recibido últimamente una capa de pintura de color claro. Una escalinata
de rojos peldaños de piedra blanda y arenosa, y ornada de una
balaustrada de hierro curiosamente cincelada, asciende desde el patio
hasta el hermoso vestíbulo alrededor del cual se extiende una galería
con barandilla de hierro de idéntico modelo y labor a la que se
encuentra abajo. Entre los dibujos de hierro de la galería se ven
forjadas las siguientes letras y cifras: "16 P. S. 79," que indican
probablemente la fecha en que se construyó el edificio y las iniciales
del nombre de su fundador. Una ancha puerta de dos hojas me franqueó la
entrada al vestíbulo o salón, a la derecha del cual se encuentra la
entrada al despacho de licores.

En este salón, presumo, es donde los antiguos gobernadores celebraban
sus recepciones con pompa casi regia, rodeados de los militares,
consejeros, jueces y otros oficiales de la corona, mientras todos los
leales de la provincia se reunían en honor suyo. Pero esta habitación no
puede presumir siquiera de antigua magnificencia en sus condiciones
actuales. Los artesones de la ensambladura están cubiertos de barniz
obscuro, adquiriendo tonos aun más opacos por la sombra profunda que
arrojan sobre la casa provincial las construcciones de ladrillo de la
calle de Wáshington que la circundan. Jamás un rayo de sol ilumina esta
mansión, donde tampoco luce ya el resplandor de las antorchas de los
saraos, extinguidas desde la época de la revolución. El objeto más
antiguo y decorativo que allí se encuentra es una chimenea formada de
placas de porcelana azul holandesa, con figuras representando escenas de
la Escritura; y por cuanto yo me sé, las damas de Pównall o Bérnard
debían ocupar allí su sitio junto al fuego, mientras referían a sus
hijos la historia de cada una de las azules placas de porcelana. Una
cantina de estilo moderno, bien surtida de recipientes, botellas, cajas
de cigarros y bolsas de malla para los limones, y provista de un
receptáculo de cerveza y de una fuente de soda, se extiende en toda la
longitud de uno de los costados de la habitación. Cuando entré, un viejo
personaje chasqueaba los labios en forma tal que me hizo comprender que
los salones de la Casa Provincial contienen todavía buenos licores, aun
cuando indudablemente de distintos viñedos de los que acostumbraban
surtirse los antiguos gobernadores. Después de saborear un vaso de
sangría preparado por las diestras manos de Mr. Thomas Waite, traté de
que el digno sucesor y representante de tantos personajes históricos me
guiara a través de la mansión, tan venerada en otro tiempo.

Satisfizo mis deseos prontamente; mas, a decir verdad, tuve que poner en
juego enérgicamente mi imaginación para encontrar algo de interesante en
una casa que, despojada de sus recuerdos históricos, tiene solamente el
aspecto de una taberna favorecida de ordinario por la clientela de los
habitantes acomodados de la ciudad, y de los gentilhombres rurales de la
antigua escuela. Las habitaciones, vastas probablemente en otro tiempo,
están divididas en secciones que se subdividen en pequeños cuartuchos,
que ofrecen apenas el espacio necesario para el angosto lecho, silla y
mesa tocador de un solo ocupante. A pesar de todo, la gran escalera
puede calificarse sin hipérbole una ostentación de grandeza y
magnificencia. Sube en espiral por el centro de la casa, en series de
anchos peldaños, que terminan en un vestíbulo cuadrado, desde donde
continúa la ascensión hasta la cúpula. Una barandilla cincelada, pintada
de nuevo en los pisos inferiores, pero que va volviéndose más sucia y
desteñida conforme se asciende, bordea la escalinata de arriba abajo con
lindas columnas primorosamente labradas y entrelazadas. Las botas
militares y quizá los anchos zapatones de algunos gobernadores gotosos
hollaron esta escalera cuando los habitantes de la casa subían a la
cúpula, que tan vasto panorama ofrecía sobre su metrópoli y sobre toda
la comarca circunvecina. La cúpula es un recinto octógono con varias
ventanas y una puerta que abre sobre el techo. Desde este mismo sitio,
según me complacía yo en imaginar, pudo Gage contemplar, a menos que
alguna de las tres montañas se lo impidiese, su desastrosa batalla de
Búnker Hill; y Howe apercibió quizá la aproximación del ejército
sitiador de Wáshington, aunque los edificios construídos después en los
alrededores han ocultado casi todo el paisaje, salvo el campanario de
la Iglesia del Sur, que parece estar dentro del alcance de los brazos.
Descendiendo de la cúpula, detúveme en los desvanes para observar la
ponderosa armazón de roble blanco mucho más pesada que la de los
edificios modernos y semejando un antiguo esqueleto. Los muros de
ladrillo, material importado de Holanda, y el maderaje de la casa se
conservan tan enteros como antes; pero, debido a los arruinados
pavimentos y a otras partes destruidas del interior, se piensa
aprovechar el conjunto y construir un nuevo edificio dentro del molde de
la antigua estructura y obra de albañilería. Entre otros inconvenientes
de la actual construcción, mi hostelero hizo mención de que cualquier
choque o sacudimiento podía echar abajo el polvo de las edades desde el
techo de una habitación hasta el pavimento de la que se encontraba
debajo.

Desde la gran ventana de la fachada nos dirigimos a los balcones donde
los representantes del rey acostumbraban sin duda en otro tiempo
presentarse al pueblo leal, requiriendo los aplausos y el ondular de los
sombreros, con majestuosas venias de su magnífica persona. En aquellos
días la fachada de la casa provincial daba sobre la calle; y todo el
sitio ocupado ahora por la hilera de tiendas de ladrillo y por el patio
se encontraba entonces dividido en cuadros de césped, sombreados de
árboles y bordeados de un cerco de hierro cincelado. Ahora, el antiguo
edificio aristocrático oculta su faz roída por el tiempo detrás de una
advenediza construcción moderna; hasta pude observar en una ventana del
fondo algunas lindas obreras cosiendo, charlando y riendo mientras
lanzaban de vez en cuando alguna indolente mirada a los balcones.
Descendiendo de allí, entramos nuevamente en la cantina, donde el viejo
caballero arriba mencionado, cuyo chasquido de labios decía tan
favorablemente de los buenos licores de Mr. Waite, continuaba todavía
regodeándose en su sillón. Aparentaba ser algún huésped o visitante
ordinario de la casa, que tenía cuenta abierta en la cantina, su silla
de verano cerca de la ventana abierta y su conocido rincón de invierno
al lado del fuego. Como era de aspecto sociable, me aventuré a dirigirme
a él con una observación calculada para despertar reminiscencias
históricas, si por acaso existían en su mente; y complacióme mucho
descubrir que, entre recuerdos propios y tradiciones, el viejo caballero
conocía en realidad historias muy divertidas acerca de la casa
provincial. La parte más interesante de su conversación esbozó las
líneas principales de la siguiente leyenda. Aseguraba tenerla por
referencias de un testigo ocular; pero la derivación natural, unida al
lapso de tiempo transcurrido, debe haber dejado gran oportunidad para
diferencias en la narración; de manera que, desesperando de obtener
verdad literal y absoluta, no he tenido escrúpulo alguno en hacer los
cambios más conducentes para delectación y beneficio del lector.

       *       *       *       *       *

En una de las recepciones dadas en la casa provincial, durante el último
período del sitio de Boston, tuvo lugar un incidente que jamás ha
podido explicarse satisfactoriamente. Los oficiales del ejército inglés
y los leales habitantes de la provincia, elegidos en su mayor parte
entre los bloqueados de la ciudad, habían sido invitados a un baile de
máscaras; pues la diplomacia de Sir Wílliam Howe consistía en ocultar lo
angustioso y expuesto de aquellos momentos y la condición desesperada
del sitio, bajo la pompa desplegada en los saraos. El espectáculo de
aquella noche, si ha de creerse a los miembros más ancianos del círculo
de la corte provincial, era la fiesta más alegre y fastuosa que se
registraba en los anales del gobierno. Los salones, brillantemente
iluminados, estaban llenos de figuras que parecían desprendidas del
obscuro lienzo de los retratos históricos, brotadas de las mágicas
páginas del romance o escapadas, por lo menos, de algún teatro de
Londres, sin tiempo para haber cambiado su atavío. Caballeros de la
conquista, cubiertos de acero; barbados estadistas de la reina Elízabeth
y damas de su corte con vestidos de altos volantes alternaban con
personajes de comedia, como algún pintarrajado Merry Ándrew removiendo
su gorro y cascabeles; algún Fálstaff casi tan cómico como su prototipo;
o algún Don Quijote con una rama de judías en vez de lanza y una
cobertera de olla en lugar de escudo.

Pero el mayor regocijo provenía de un grupo de figuras ridículamente
vestidas de uniformes viejos, que parecían comprados en alguna feria de
andrajos militares o hurtados de algún receptáculo de desechos del
ejército tanto inglés como francés. Ciertas prendas de aquella
vestimenta habríanse llevado con toda probabilidad en el sitio de
Loúisburg, mientras las chaquetas de corte más moderno podían suponerse
desgarradas y hechas jirones por las espadas, balas y bayonetas usadas
en la época de la victoria de Wolfe. Uno de aquellos héroes, de figura
alta y escuálida, blandiendo una mohosa espada de enorme longitud,
pretendía ser nada menos que el general George Wáshington; y los demás
altos oficiales del ejército americano, como Gates, Lee, Pútnam,
Schúyler, Ward y Heath, aparecían representados por espantajos
semejantes. Una entrevista entre los guerreros rebeldes y el general en
jefe inglés, forjada en el mismo estilo burlesco, fué recibida con
inmenso aplauso, más estrepitoso aún de parte de los leales de la
colonia. Uno de los invitados, sin embargo, manteníase aparte mirando
estas bufonerías con austero desdén y frunciendo de vez en cuando el
ceño con amarga sonrisa.

Era un anciano de gran reputación y alta clase en otro tiempo en la
provincia, y que había sido soldado famoso en sus días. Se demostraba
cierta sorpresa de que una persona como el coronel Jóliffe, cuyos
principios conservadores eran bien conocidos, aunque demasiado viejo
entonces para tomar parte activa en la lucha, hubiera permanecido en
Boston durante el sitio, y particularmente hubiera consentido en
presentarse en la morada de Sir Wílliam Howe. Pero había venido, sin
embargo, trayendo del brazo a una hermosa joven nieta suya; y erguía
allí su austera figura entre el regocijo y la bufonería, caracterizando
su tipo mejor que ningún otro en la mascarada, pues que encarnaba
admirablemente el antiguo espíritu de su tierra natal. Los demás
invitados afirmaban que el torvo ceño puritano del coronel Jóliffe
arrojaba sombras a su alrededor; aun cuando, a despecho de esta nefasta
influencia, la alegría rayaba cada vez más alto, semejando (¡siniestra
comparación!) el brillo falaz de una lámpara que arroja sus últimos
destellos. Haría más de media hora que el reloj de la Iglesia del Sur
había dado once campanadas, cuando comenzó a circular entre la sociedad
el rumor de que iba a ofrecerse un nuevo espectáculo o exhibición que
cerraría de manera digna el espléndido festival de aquella noche.

--¿Qué nueva y jocosa invención trae vuecencia entre manos?--interrogó
el reverendo Máther Byles, cuyos escrúpulos de ministro no habían sido
suficientes para mantenerle alejado de la fiesta.--Creedme, señor, he
reído ya más de lo que conviene a mi traje con vuestra homérica plática
con el harapiento general de los rebeldes. Otro acceso de alegría
semejante, y me veré obligado a despojarme de mi peluca y mi banda de
clérigo.

--No tal, mi buen doctor Byles,--repuso Sir Wílliam Howe;--si el
regocijo fuera un crimen, nunca habríais alcanzado el grado de doctor en
teología. En cuanto a la nueva bufonada, no estoy más adelantado que vos
mismo; quizá ni siquiera al mismo grado. Vamos, doctor, confesadlo, ¿no
habéis incitado la austera imaginación de algunos de vuestros
compatriotas para producir una escena de nuestra mascarada?

--Quizá,--hizo observar maliciosamente la nieta del coronel Jóliffe,
cuyo elevado espíritu sentíase indignado por tantas burlas contra la
Nueva Inglaterra;--quizá si tendremos una cuadrilla de figuras
alegóricas. La Victoria, con los trofeos de Léxington y Búnker Hill; la
Prosperidad, con su cuerno superabundante, para representar el actual
bienestar de nuestra buena ciudad; y la Gloria, brindando una corona
para las sienes de vuecencia.--

Sir Wílliam Howe sonrió a estas palabras, a las cuales habría respondido
con su ceño más sombrío, a ser pronunciadas por labios bigotudos. Vióse
libre de la necesidad de replicar por una singular interrupción.
Escucháronse ecos de música fuera de la casa, como si procedieran de
alguna banda militar completa, estacionada en la calle y tocando una
lenta marcha fúnebre, en vez de los alegres sones requeridos por las
circunstancias. Parecía que los tambores estuvieran ensordecidos y que
las trompetas exhalaran gemidos, de manera que tales ecos apagaron
inmediatamente el regocijo del auditorio, llenando a todos de sorpresa y
a muchos de aprensión. Ocurrió a varios de los circunstantes la idea de
que el cortejo de las exequias de algún elevado personaje se había
detenido a las puertas de la casa provincial, o también que algún
suntuoso ataúd, cubierto de terciopelo y lujosamente decorado, estaba a
punto de ser sacado por el portal. Después de escuchar por un momento,
llamó Sir Wílliam Howe con áspera entonación al director de orquesta que
antes había animado la fiesta con alegres y risueñas melodías. Era
tambor mayor de un regimiento inglés.

--Dighton,--interrogó el general,--¿qué significa esta farsa? ¡Haced
callar inmediatamente a vuestra banda con su marcha funeraria, o palabra
que tendrán motivo suficiente para su lúgubre vena! ¡Hacedlos callar,
bribón!

--Con el perdón de vuestro honor--respondió el tambor mayor, cuyo
rubicundo rostro había perdido por completo el color,--la culpa no es
mía. Yo y mi banda estamos aquí todos reunidos; y dudo que ninguno de
nosotros pudiera tocar esa marcha de memoria. Sólo la he oído una vez,
en ocasión de los funerales del difunto rey su majestad George II.

--¡Bien, bien!--dijo Sir Wílliam Howe, recobrando su compostura.--Éste
es el preludio de alguna extravagante mascarada. Dejadlo pasar.--

Una nueva figura apareció en aquel momento; mas, entre todas las
máscaras fantásticas dispersas en los salones, ninguno pudo decir con
certeza de dónde venía. Era un hombre con traje de sarga negra de moda
antigua, y que tenía la apariencia de mayordomo o criado principal de la
casa de algún noble o rico propietario rural inglés. Avanzó hacia la
puerta exterior de la mansión y, abriendo por completo ambas hojas, se
hizo a un lado y miró hacia atrás en dirección de la gran escalera, como
si aguardase que alguien descendiera por allí. Al mismo tiempo, la
música de la calle ejecutaba altas y dolientes llamadas. Sir Wílliam
Howe y sus invitados dirigieron sus miradas a la escalera, donde
aparecían, en el descanso más alto que podía distinguirse desde abajo,
varios personajes que descendían hacia la puerta. El primero era un
hombre de rostro austero, que llevaba sombrero de alta copa cubriendo un
casquete; capa obscura, y grandes botas arrugadas que subían hasta el
muslo. Traía bajo el brazo una bandera arrollada, que parecía ser la de
Inglaterra, pero singularmente desgarrada y hecha jirones; y llevaba una
espada en la mano derecha mientras sostenía una Biblia con la izquierda.
La figura siguiente era de aspecto más suave aunque lleno de dignidad, y
lucía cuello alechugado sobre el cual caía la barba, toga de terciopelo
labrado y justillo y bragas de raso negro. Llevaba en la mano un rollo
de manuscritos. Muy de cerca seguía a estos dos un joven de rostro y
continente que atraían la atención, con frente profundamente pensadora y
contemplativa y tal vez cierto rayo de entusiasmo en la mirada. Su
atavío era antiguo, como el de sus predecesores, y tenía una mancha de
sangre en su cuello alechugado. En el mismo grupo con los tres de que
hemos hablado venían otros cuatro personajes, todos de aspecto
majestuoso y habituado al mando, y ademanes de gente acostumbrada a las
miradas de la multitud. Los circunstantes imaginaban que estos
personajes iban a reunirse con el misterioso funeral que se había
detenido frente a la casa provincial; sin embargo, esta suposición
parecía desmentida por el aire de triunfo con que agitaban las manos al
atravesar el dintel y desaparecer por el portal.

--¡Por el nombre del diablo! ¿qué significa esto?--murmuró Sir Wílliam
Howe, dirigiéndose a un caballero que se encontraba a su lado;--¿es
acaso una procesión de los regicidas jueces de Carlos el Mártir?

--Éstos,--dijo el coronel Jóliffe, rompiendo el silencio casi por
primera vez aquella noche,--éstos, si interpreto bien, son los
gobernadores puritanos, los jefes de la antigua y primitiva democracia
de Massachusetts. Éndicott, con la bandera de la cual ha arrancado el
símbolo de sumisión, y Wínthrop y Sir Henry Vane y Dúdley, Haynes,
Béllingham y Léverett.

--¿Por qué tenía aquel joven una mancha de sangre en su
gorguera?--preguntó Miss Jóliffe.

--Porque, años después,--respondió su abuelo,--separaba el tajo de su
tronco la cabeza más hábil de toda Inglaterra, en aras de la causa de la
libertad.

--¿No desea vuecencia ordenar la guardia?--musitó Lord Percy, que se
había reunido con otros oficiales ingleses en torno del general.--Puede
haber alguna conspiración bajo toda esta mojiganga.

--¡Psh! No tenemos nada que temer,--replicó indolentemente Sir Wílliam
Howe.--No puede haber traición en este asunto, sino una simple farsa, y
ésta es de las más insulsas. Y aun cuando fuera hiriente y amarga,
reírnos de ella sería la mejor diplomacia. Mirad, aquí viene un poco más
de esta gentuza.--

Otro grupo de personajes había descendido en parte la escalera. Venía
primero un venerable patriarca de barba blanca, que tentaba
cuidadosamente su camino con una vara. Siguiendo sus huellas con premura
y extendiendo su mano cubierta del guantelete como para coger el hombro
del anciano, adelantábase una figura alta y de aspecto marcial, con
casco de acero empenachado de plumas, brillante escudo y larga espada
cinto, que resonaba contra los peldaños. El que venía en seguida era un
hombre robusto, ataviado con traje rico y de corte, pero dejando notar
al instante, sin embargo, que no era un cortesano; su marcha tenía el
movimiento oscilatorio que distingue a los marinos; y habiendo tropezado
por azar en la escalera, púsose iracundo súbitamente y se le oyó
mascullar un juramento. Inmediatamente detrás aparecía un personaje de
noble continente, con peluca rizada como la que se ve en los retratos
del tiempo de la reina Anne y en otros anteriores a aquella época; y
ostentando una estrella bordada en la pechera de su casaca. Mientras
avanzaba hacia la puerta, saludaba a derecha e izquierda de manera muy
graciosa e insinuante; pero, a diferencia de los primeros gobernadores
puritanos, llegando al dintel, pareció agitar las manos con pesar.

--Mi buen doctor Byles, haced la parte del coro, os ruego,--dijo Sir
Wílliam Howe.--¿Quiénes son estos ilustres varones?

--Con el permiso de vuecencia,--respondió el doctor,--éstos florecieron
un poco antes de mis días; pero, sin duda, nuestro amigo el coronel ha
sido uña y carne con algunos de ellos.

--Nunca vi sus rostros en vida,--dijo gravemente el coronel Jóliffe; sin
embargo de que he hablado frente a frente con muchos jefes de este país,
y espero aun congratular a otro antes de morir con la bendición de un
anciano. Mas ahora se trata de estos personajes. Supongo que el
venerable patriarca represente a Brádstreet, el último de los puritanos,
gobernador allá por el año noventa, más o menos. El otro es Sir Édmund
Andros, un tirano, como os lo dirá cualquier chiquillo de escuela; y de
consiguiente, el pueblo le precipitó de su alto puesto para encerrarle
en una prisión. Luego viene Sir Wílliam Phipps, pastor, tonelero,
capitán de marina y luego gobernador. ¡Ojalá muchos de sus compatriotas
se elevaran a tanta altura desde tan modesto origen! Y el último que
visteis era el benigno Earl de Béllamont, que nos gobernó bajo el
reinado del rey Wílliam.

--Pero ¿qué significa todo esto?--interrogó Lord Percy.

--Si fuera yo un rebelde,--dijo Miss Jóliffe a media voz,--imaginaría
que se ha citado a los espectros de los antiguos gobernadores para
asistir a los funerales de la autoridad real en la Nueva Inglaterra.--

Varios otros personajes aparecían en la escalera. El que venía a la
cabeza del grupo tenía cierta expresión preocupada, ansiosa y casi
taimada; y, a despecho de su altanería, producida indudablemente por la
ambición de su espíritu y por el desempeño continuado de altos puestos,
no parecía incapaz de adular a los que se encontraban superiores a él.
Algunos pasos más atrás veíase un oficial de rojo y bordado uniforme, de
corte tan antiguo que perfectamente podía haberse llevado en tiempo del
duque de Márlborough. Su nariz tenía un tinte rubicundo que, unido al
trémulo parpadeo de uno de sus ojos, bastaba para sindicarle como
adorador del vino y de la alegre compañía; a pesar de lo cual se
mostraba inquieto y arrojaba frecuentes miradas en derredor, como
temeroso de algún peligro oculto. Venía en seguida un rollizo caballero,
con casaca de paño afelpado, forrada en sedoso terciopelo; mostraba
inteligencia, astucia y buen humor en su semblante y llevaba un infolio
bajo el brazo; pero su aspecto era el de un hombre vejado y atormentado
más allá de su paciencia y acosado de fatiga mortal. Bajó las escaleras
precipitadamente, seguido por un majestuoso personaje ataviado con traje
de terciopelo púrpura ricamente bordado; su porte habría sido imponente,
si un penoso ataque de gota no le hubiera obligado a cojear de peldaño
en peldaño con contorsiones del cuerpo y del semblante. Cuando el doctor
Byles pudo contemplar esta figura en la escalera, se estremeció
febrilmente; pero siguió observándole con persistencia hasta que el
gotoso caballero llegó al umbral, hizo un ademán de angustia y
desesperación y se desvaneció entre la obscuridad exterior, desde donde
le llamaba la música funeraria.

--¡Mirad! ¡El gobernador Bélcher! ¡mi antiguo jefe, en su misma figura
y vestido!--profirió jadeante el doctor Byles.--¡Esto es una burla
horrible!

--Una broma enfadosa, nada más,--dijo Sir Wílliam Howe, con aire de
indiferencia. Mas ¿quiénes eran los tres que le precedían?

--El gobernador Dúdley, un astuto diplomático, pero a quien sus
artificios llevaron a prisión,--replicó el coronel Jóliffe.--El
gobernador Shute, antiguo coronel bajo Márlborough, y a quien obligó el
pueblo a salir de la provincia; y el sabio gobernador Búrnet, a quien
produjo su legislatura una fiebre mortal.

--Imagino que eran unos desgraciados estos gobernadores reales de
Massachusetts,--observó Miss Jóliffe.--¡Cielos! ¡Cómo se obscurece la
luz!

Era un hecho ciertamente que la luz de la gran lámpara que iluminaba la
escalera tornábase ahora opaca y sombría; a tal punto que varias
figuras, que bajaron rápidamente y atravesaron el pórtico, más parecían
sombras que personas de carne y hueso. Sir Wílliam Howe y sus invitados
se mantenían en la puerta de los salones contiguos observando el
progreso de este espectáculo singular, con diversas emociones de ira,
desdén y terror disimulado; pero, sin embargo, con ansiosa curiosidad.
Las sombras, que parecían apresurarse ahora para unirse a la misteriosa
procesión, demostraban su identidad por las notables peculiaridades de
su atavío o por rasgos marcados de su manera de ser, más que por la
semejanza de facciones con sus prototipos. Casi invariablemente, en
verdad, conservaban sus rostros ocultos en profunda sombra. Pero oíase
murmurar al doctor Byles y a algunos otros caballeros, que habían
conocido por largo tiempo a los gobernadores sucesivos de la provincia,
los nombres de Shírley, Pównall, de Sir Francés Bérnard, y el recordado
Hútchinson; confesando de aquella manera que los actores, quienesquiera
que fuesen, habían conseguido representar los rasgos característicos de
los verdaderos personajes en su procesión de fantasmas de gobernadores.
Al desaparecer por el portal, extendían sus brazos aquellas sombras
hacia la obscuridad de la noche con formidable expresión de dolor. Tras
de la forma que personificaba a Hútchinson aparecía una figura marcial
sosteniendo delante de su rostro un sombrero de tres picos que había
retirado de su empolvada cabeza; pero las charreteras y demás insignias
de su clase eran las de un oficial general; y algo en su porte recordaba
a los presentes la figura de un personaje que había sido recientemente
el amo de la casa provincial y de toda la comarca.

--¡La figura de Gage, tan exacta como en un espejo!--exclamó Lord Percy,
palideciendo.

--¡No, por cierto!--profirió Miss Jóliffe, riendo nerviosamente;--no
puede ser Gage, puesto que Sir Wílliam habría saludado en este caso a su
antiguo compañero de armas. ¡Quizá no dejará pasar al próximo sin
desafiarle!

--Podéis estar segura de ello, señorita mía,--respondió Sir Wílliam
Howe, fijando la mirada con marcada expresión en el semblante impasible
de su abuelo.--He tardado demasiado en hacer los honores a los invitados
que nos abandonan. El próximo que se retire recibirá la cortesía
debida.--

Un salvaje e imponente estallido de la música dejóse escuchar en este
momento a través de la puerta abierta. Parecía que la procesión, que
había llenado sus filas gradualmente, estuviera a punto de proseguir, y
que aquel vibrante alarido de las sollozantes trompetas y el resonar de
los ensordecidos a tambores fuera la señal de apresurarse para algún
rezagado. Las miradas se volvieron por irresistible impulso hacia Sir
Wílliam, como si fuera él a quien convocaba la imponente música para
asistir a los funerales de su poder desvanecido.

--¡Mirad! ¡aquí viene el último!--murmuró Miss Jóliffe, señalando con
trémulo dedo la escalera.

Presentóse una figura a las miradas, conforme iba descendiendo la
escalera; aunque tan sombrío estaba el lugar de donde emergió, que
algunos de los espectadores imaginaron que la misma obscuridad se había
moldeado súbitamente en forma humana. Descendió la figura con paso
marcial e imponente; y al llegar a los peldaños inferiores, pudo verse
que era la de un hombre alto, con botas, y embozado en una capa militar
que cubría su rostro hasta reunirse con el ondulante borde de un
sombrero galoneado. Las facciones, de consiguiente, quedaban ocultas por
completo. Pero los oficiales ingleses imaginaban haber visto antes esta
capa militar y hasta reconocían el desgastado bordado del cuello, así
como la dorada vaina de una espada que asomaba entre los pliegues de la
capa, reflejando vívidos destellos luminosos. Además de estos pequeños
detalles, había ciertos rasgos del porte y de las maneras, que incitaron
a los maravillados contertulios a separar sus miradas de la embozada
figura para buscar a Sir Wílliam Howe, con el propósito de verificar si
no había desaparecido de improviso de en medio de ellos. Vieron entonces
al general tirar de su espada, con el rostro lleno de ira sombría, y
avanzar hacia la figura encapada, antes de que ésta hubiera podido
avanzar un solo paso.

--¡Descubríos, villano!--gritó.--¡No pasaréis más allá!--

La figura, sin retroceder un pelo ante la espada que amenazaba su pecho,
hizo una pausa solemne y bajó en seguida la capa de su rostro, pero no
lo bastante para que los espectadores alcanzaran a discernirlo. Mas
indudablemente Sir Wílliam Howe había visto lo suficiente. La dureza de
su continente se trocó en un aire de horror, mientras retrocedía varios
pasos ante la aparición, dejando caer al suelo su espada. La figura de
aspecto marcial cubrió de nuevo sus facciones con la capa y prosiguió su
camino; pero al llegar al umbral, y de espaldas a los espectadores, se
notó que golpeaba el suelo con el pie y sacudía sus crispadas manos en
el aire. Asegurábase después que Sir Wílliam Howe había repetido el
mismo desesperado ademán de rabia y de pesar cuando por última vez, y
como el último de los gobernadores reales, atravesó el dintel del
pórtico de la casa provincial.

--¡Mirad! El cortejo avanza,--dijo Miss Jóliffe.

La música moría en la calle, y sus tristes sones vinieron mezclados con
el resonar de media noche en el campanario de la antigua Iglesia del
Sur, y con el estruendo de la artillería que anunciaba que el ejército
sitiador de Wáshington se había atrincherado en una colina más cercana.
Cuando el sonido retumbante del cañón hirió sus oídos, irguióse el
anciano coronel Jóliffe en toda su altura y sonrió austeramente al
general inglés.

--¿Querría vuecencia investigar algo más acerca de este misterioso
espectáculo?--preguntó.

--¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado demasiado tiempo sobre
los hombros de un traidor!--exclamó ferozmente Sir Wílliam Howe, aunque
sus labios temblaban.

--¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,--replicó tranquilamente el
coronel;--porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir Wílliam Howe
y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno solo de
estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando
esta noche sus últimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y
pienso que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado
para el funeral!--

A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en la capa y cogiendo el
brazo de su nieta, abandonó los salones donde se había celebrado el
último festival que gobernadores británicos ofrecieran en la antigua
provincia de la bahía de Massachusetts. Se cree que el coronel y la
joven dama poseían alguna secreta inteligencia respecto del misterioso
espectáculo de aquella noche. Sea como quiera, este conocimiento jamás
se hizo general. Los actores de esta escena se desvanecieron en sombras
más profundas aún que aquella banda de indios salvajes que arrojó a las
olas la carga de los buques de te, mereciendo así ocupar un puesto en la
historia, aunque sus nombres quedaran ignorados. Mas refiere la
superstición, entre otras leyendas respecto de esta morada, el
maravilloso concepto de que en la noche del aniversario de la derrota
inglesa, los espectros de los antiguos gobernadores de Massachusetts se
deslizan aun a través del pórtico de la casa provincial, y que la última
de las sombras, embozada en una capa militar, pasa levantando al aire
sus manos crispadas e hiriendo con sus ferradas botas los anchos
peldaños de piedra con ademán febril de desesperación, y sin que se deje
percibir en lo menor el ruido de sus pasos.

       *       *       *       *       *

Cuando dejaron de oírse los verídicos acentos de la narración del
anciano caballero, respiré largamente y miré en torno de la habitación,
tratando de arrojar con mente enérgica un tinte de romance y de grandeza
histórica sobre las realidades de la escena. Pero mi olfato percibía la
fragancia del humo del cigarro que el narrador había emitido en grandes
nubes, visible emblema, me figuro, de la nebulosa obscuridad de su
relato. Además, mi exuberante fantasía se distrajo con el repiqueteo de
la cuchara en un vaso de ponche de _whisky_ que Mr. Thomas Waite
preparaba para un consumidor. Tampoco contribuía en mucho a la
apariencia pintoresca de los muros ensamblados, la pizarra de la
diligencia de Bróokline que pendía allí en vez del escudo armorial de
algún gobernador de antiguo linaje. Un mayoral, sentado cerca de una de
las ventanas y leyendo un diario de a centavo, el _Times_ de Boston,
ofrecía también un aspecto muy poco adecuado para reproducirse entre
fotografías de "tiempos de Boston," de setenta o cien años ha. En el
hueco de la ventana había un paquete muy bien envuelto en papel obscuro,
cuya dirección tuve la trivial curiosidad de leer: "Miss Susan Huggins,
_Province House_." Alguna linda camarera, indudablemente. En verdad, es
labor terriblemente ardua querer arrojar el encanto de la pátina de
antigüedad sobre localidades con las cuales tenga algo que ver el mundo
viviente y los días que se deslizan apresuradamente sobre nuestras
cabezas. Sin embargo, al contemplar la magnificente escalera, por la
cual descendió la procesión de viejos gobernadores, y atravesar el
venerable portal en el que su fantasma me había precedido, me llenó de
gozo la conciencia de sentir un estremecimiento de pavor. Entonces,
lanzándome por el estrecho pasillo abovedado, unos cuantos pasos me
transportaron de nuevo en medio de la densa multitud de la calle de
Wáshington.


II

EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH

EL ANTIGUO y tradicional contertulio de la Casa Provincial estuvo
presente en mis recuerdos desde la mitad del verano hasta el mes de
enero. Una tarde desocupada de invierno resolví hacerle otra visita,
confiando en que le encontraría como de costumbre en el rincón más
cómodo de la cantina, y creyendo, de otro lado, hacer obra meritoria
para mi país al sacar del olvido cualquier otro hecho desconocido de la
historia. La noche era cruda y fría, y volvíase casi borrascosa por
efecto de una ráfaga de viento que soplaba a lo largo de la calle de
Wáshington, haciendo que las luces de gas flotaran y vacilaran dentro de
los faroles. Apresurábame en mi camino, mientras mi fantasía se ocupaba
de comparar el aspecto presente de la calle con el que asumía
probablemente cuando los gobernadores ingleses habitaban la mansión
hacia la cual me dirigía. Los edificios de ladrillo eran escasos en
aquellos tiempos, hasta que estalló una sucesión de incendios
destructores, barriendo una y otra vez las casas y depósitos de madera
de uno de los barrios más populosos de la ciudad. Las construcciones se
hacían entonces aisladas e independientes, sin encerrar como ahora su
existencia particular en hileras seguidas, con fachada de similitud
fatigante; sino ostentando cada una, por el contrario, ciertos rasgos
originales, como si el gusto individual de su propietario las hubiera
delineado, y ofreciendo un conjunto de pintoresca irregularidad: pérdida
que no puede compensarse con ninguno de los atractivos de nuestra
arquitectura moderna. Este espectáculo, revelándose confusamente acá y
allá a las miradas, a los rayos de alguna vela de sebo, que se filtraban
bajo las pequeñas hojas de las diseminadas ventanas, formaba sombrío
contraste con la calle tal como aparecía en aquel momento, con las luces
de gas brillando de esquina a esquina, y con sus tiendas
resplandecientes que arrojaban claridad diurna a través de las grandes
vidrieras de cristal.

Mas volviendo hacia arriba las miradas, encontraba el mismo cielo
obscuro y nebuloso que mostraba en otros tiempos su faz ceñuda a los
habitantes de la época colonial. Las ráfagas invernales tenían el mismo
silbido familiar a sus oídos. La antigua Iglesia del Sur lanzaba
igualmente al espacio su viejo chapitel, que se perdía en la obscuridad
entre el cielo y la tierra; y en tanto que yo pasaba, el mismo reloj que
había advertido a tantas generaciones lo transitorio de esta existencia,
me habló también pausada y sonoramente de esta misma filosofía tan
olvidada. "Las siete solamente," pensé. "Las leyendas de mi viejo amigo
matarán apenas el tiempo entre esta hora y la de acostarse."

Atravesando el estrecho pasillo, crucé el patio cuyo cercado recinto era
visible a merced de una linterna colocada sobre el pórtico de la Casa
Provincial. Entrando en la cantina, encontré como esperaba al viejo
escudriñador de tradiciones, sentado ante un magnífico fuego de
antracita, y lanzando nubes de humo de un enorme cigarro. Me reconoció
con evidente satisfacción, debido a las raras cualidades de oyente
atento que me hacen invariablemente el favorito de las damas y
caballeros de edad, con propensiones narrativas. Acercando una silla al
lado del fuego, pedí al hostelero que nos favoreciera a cada cual con un
vaso de ponche de _whisky_, que fué prontamente servido, y se nos trajo
arrojando su caliente vaho, con una raja de limón al fondo, una capa de
oporto rojo obscuro en la superficie y su correspondiente polvillo de
nuez moscada espolvoreado sobre el conjunto. Cuando levantamos nuestros
vasos al mismo tiempo, mi amigo, el de las leyendas, se presentó como el
señor Bela Tíffany; siendo para mí motivo de regocijo su exótico nombre,
pues que daba a su figura y carácter cierta especie de individualidad, a
mi entender. La bebida actuó como un disolvente en la memoria del viejo
caballero, que fluyó innumerables cuentos y tradiciones, anécdotas de
famosos personajes ya difuntos, y rasgos de costumbres antiguas, tan
infantiles algunas como cantinela de nodrizas, y dignas otras de la
pluma de un grave historiador. Nada me hizo más impresión que la
historia de un cuadro negro y misterioso que pendía en aquellos tiempos
en una de las habitaciones de la Casa Provincial, justamente sobre la
pieza en que nos encontrábamos. La siguiente versión del hecho es tan
correcta como la que verosímilmente podría obtener el lector de
cualquiera otra fuente; aunque posee además, en verdad, cierto tinte
novelesco que se acerca a lo maravilloso.

       *       *       *       *       *

En uno de los salones de la casa provincial conservábase desde largo
tiempo atrás un antiguo cuadro, de marco tan negro como el ébano, y cuya
tela estaba tan obscura, por efecto de los años, el humo y la humedad,
que no era posible distinguir una sola pincelada del artista. El tiempo
había arrojado su velo impenetrable sobre aquel cuadro, dejando a la
fábula, las conjeturas y la tradición, el trabajo de decir lo que alguna
vez reflejó su lienzo. Durante la administración sucesiva de muchos
gobernadores había colgado, por derecho propio e indiscutible, sobre la
chimenea de la misma habitación; y continuaba todavía allí cuando el
teniente gobernador Hútchinson asumió el mando de la provincia, a la
separación de Sir Francis Bérnard.

El teniente gobernador hallábase una tarde sentado en su majestuoso
sillón, descansando la cabeza en el tallado espaldar y mirando pensativo
la vacua obscuridad del cuadro. No era tiempo oportuno, sin embargo,
para esta inactiva contemplación, ya que asuntos de importancia
trascendental requerían la decisión del gobernador; pues acababan de
recibirse nuevas del arribo de una flota inglesa conduciendo tres
regimientos de Hálifax para dominar la insubordinación del pueblo, y
dicha tropa aguardaba la venia del gobernador para ocupar la fortaleza y
la torre de Castle Wílliam. Mas, en lugar de estampar su firma en la
orden oficial, permanecía sentado el teniente gobernador, examinando tan
intensamente la negra vacuidad de la tela, que su continente atrajo la
atención de dos jóvenes que le acompañaban. Uno de ellos, que vestía
uniforme militar de ante, era su pariente, Francis Lincoln, capitán
provincial de Castle Wílliam; la otra, sentada a su lado en un taburete
bajo, era Alice Vane, su sobrina predilecta.

Vestía completamente de blanco; era una pálida y etérea criatura que,
aun cuando nacida en la Nueva Inglaterra, se había educado fuera del
país, y parecía no sólo una extranjera de lejanas tierras sino un ser de
un mundo diferente. Varios años, hasta que quedó huérfana, había
habitado con su padre la risueña Italia y adquirido allí un gusto
delicado y una afición por la escultura y la pintura, que encontraba muy
pocas satisfacciones en las moradas poco elegantes de la burguesía
colonial. Decíase que las producciones de su lápiz manifestaban un
talento superior, aunque la ruda atmósfera de la Nueva Inglaterra
hubiera tal vez coartado sus impulsos, obscureciendo los brillantes
tonos de su fantasía. Observando la persistente mirada de su tío clavada
en el cuadro y tratando de descubrir a través de la bruma de los años el
argumento desarrollado en el lienzo, su curiosidad se sintió excitada.

--¿Se sabe, querido tío--interrogó la joven,--lo que representaba este
cuadro en otro tiempo? Quizá si pudiera restaurarse, encontraríamos que
es la obra maestra de algún gran artista. ¿Por qué, si no, habría
ocupado tanto tiempo este sitio preferente?

Como no contestó de pronto el tío, contra su costumbre, porque siempre
se mostraba tan complaciente a los caprichos y fantasías de Alice como
si hubiera sido su propia hija bien amada, el joven capitán tomó a su
cargo la respuesta.

--Este negro y viejo cuadrado de lienzo, mi bella prima,--dijo,--ha
venido heredándose en la casa provincial desde tiempo inmemorial. En
cuanto al artista, nada sé decir; pero si ha de creerse la mitad de las
historias que circulan acerca de este cuadro, ninguno de los grandes
maestros italianos ha producido jamás obra de arte tan maravillosa como
la que tenéis delante.--

Y el capitán Lincoln comenzó a relatar algunas de las extrañas fábulas y
fantasías que se contaban respecto del viejo cuadro, las mismas que,
vista la imposibilidad de refutarlas con demostraciones positivas, se
habían convertido en populares artículos de fe. Una de las más
extravagantes y, a la vez, más acreditadas versiones, aseguraba que el
cuadro era el retrato auténtico y original de Satanás en persona, tomado
en una reunión de brujos y brujas, que fueron juzgados en pleno
tribunal. Afirmábase igualmente que un espíritu o demonio familiar
habitaba tras de la negrura del cuadro y había aparecido en momentos de
calamidad pública a más de uno de los gobernadores reales. Shírley, por
ejemplo, había sido testigo de esta ominosa aparición la víspera de la
vergonzosa y sangrienta derrota al pie de los muros de Ticonderoga.
Muchos domésticos de la casa provincial habían percibido una torva faz
que les observaba, en el crepúsculo matutino o vespertino o en la
obscuridad de la noche, mientras avivaban el fuego que chisporroteaba
abajo en el hogar; pero, si alguno era suficientemente intrépido para
acercar una antorcha al lienzo, aparecía éste tan negro e indescifrable
como siempre. El habitante más anciano de Boston recordaba que su
padre--en cuyos días el retrato no se había borrado aún del
todo--consiguió mirarlo una vez; pero nunca permitió que le interrogaran
acerca del rostro que estaba allí representado. En relación con estas
historias era curioso observar que sobre la parte superior del marco
había algunos pedazos destrozados de seda negra, indicando que un velo
había cubierto el retrato hasta que la pátina de los años lo ocultó por
completo a las miradas. Pero, después de todo, la parte más original del
asunto consistía en que tantos pomposos gobernadores de Massachusetts,
hubieran permitido que el ennegrecido cuadro permaneciera en el salón de
estado de la casa provincial.

--Algunas de estas historias son terribles en realidad,--observó Alice
Vane, que se había estremecido a veces y sonreído otras, mientras su
primo las relataba.--Casi sería mejor arrancar el negro lienzo, puesto
que la pintura original nunca será tan formidable como aquellas que
forja la fantasía.

--Pero, ¿sería posible--preguntó su primo,--devolver a esta obscura tela
sus prístinos colores?

--Ese arte se conoce en Italia,--dijo Álice.--

El teniente gobernador había vuelto de su abstracción y escuchaba
sonriendo la conversación de sus jóvenes parientes. Sin embargo, su voz
tenía un timbre peculiar cuando hizo la explicación del misterio.

--Siento mucho, Álice, destruir tu fe en las leyendas a que eres tan
aficionada,--observó;--pero mis investigaciones de anticuario me han
hecho conocer hace largo tiempo el tema de este cuadro, si cuadro hemos
de llamarle; el cual no es ya visible, ni lo será jamás, como jamás ha
de verse de nuevo el rostro del hombre a quien representaba, enterrado
largos años ha. Era el retrato de Édward Rándolph, fundador de esta
casa, y personaje famoso en la historia de la Nueva Inglaterra.

--¿De aquel Édward Rándolph,--exclamó el capitán Lincoln,--que obtuvo la
revocación de la primera carta constitucional de la provincia, bajo la
cual nuestros antecesores habían gozado privilegios casi democráticos?

--Era el mismo Rándolph,--respondió Hútchinson, removiéndose inquieto en
su silla.--¡Fué su destino saborear la amargura del odio popular!

--Nuestros anales refieren,--continuó el capitán de Castle Wílliam,--que
las maldiciones del pueblo siguieron dondequiera a ese Rándolph,
causándole daño en todos los acontecimientos posteriores de su vida, y
mostrándose aún en cierta manera estos mismos efectos en las
circunstancias de su muerte. Dicen también que la oculta pesadumbre de
esta maldición hizo mella igualmente en su exterior, y podía percibirse
en el semblante, horrible de mirar, de este hombre infortunado. Si esto
era verdad, y el cuadro representaba verdaderamente su aspecto, es obra
misericordiosa esta negra nube que se ha aglomerado sobre el retrato.

--Estas tradiciones son absurdas para quien, como yo, ha experimentado
el escaso fondo de verdad que existe en todas ellas,--dijo el teniente
gobernador.--Con respecto a la vida y carácter de Édward Rándolph, se ha
dado implícita fe al doctor Cotton Máther, quien (debo decirlo, aunque
algo de su sangre corra por mis venas) ha llenado nuestra historia
primitiva de cuentos de viejas, tan fantásticos y extravagantes como los
de Grecia o los de Roma.

--Y sin embargo,--murmuró Álice Vane--¿no tienen acaso su moral aquellas
fábulas? Imagino que si era tan espantoso el rostro de este retrato,
habría alguna razón para que permaneciera tan largo tiempo colocado en
una habitación de la casa provincial. Cuando los gobernadores olvidan
sus responsabilidades, sería bien que algo les recordara el horrible
peso de la maldición de todo un pueblo.--

El teniente gobernador se estremeció y miró por un momento a su sobrina,
como si las juveniles fantasías de Álice respondieran a algún
sentimiento oculto en su pecho, que toda su política y sus principios no
habían podido dominar completamente. Sabía, es verdad, que la joven, a
despecho de su educación extranjera, alimentaba las simpatías de raza de
cualquier muchacha de la Nueva Inglaterra.

--¡Silencio, necia chiquilla!--profirió al fin, más ásperamente de lo
que jamás se dirigiera a la gentil Álice.--La censura de un rey es más
terrible que el clamor de una salvaje y descarriada muchedumbre. Capitán
Lincoln, está decidido. Las tropas reales ocuparán la fortaleza de
Castle Wílliam. Los dos regimientos restantes se alojarán en la ciudad o
acamparán en terrenos comunales. Es tiempo ya, después de tantos años
turbulentos y casi de rebelión, que el gobierno de su majestad tenga un
muro de fuerza para resguardarlo.

--¡Confiad, señor, confiad todavía un poco más en la lealtad del
pueblo,--repuso el capitán.--No le enseñéis que puede estar con los
soldados ingleses en otros términos que en los de la fraternidad más
cordial, como cuando peleaban juntos en la guerra francesa. No
convirtáis en campamento las calles de vuestra ciudad natal. ¡Pensadlo
dos veces, antes de entregar a otras manos, que no sean las de los
verdaderos naturales de la Nueva Inglaterra, el viejo Castle Wílliam,
llave de la provincia!

--Joven, está decidido,--repitió Hútchinson, levantándose de su
silla.--Un oficial estará de servicio esta noche para recibir las
instrucciones necesarias para el acuartelamiento de las tropas. Vuestra
presencia será también necesaria. ¡Hasta entonces, adiós!--

A estas palabras el teniente gobernador abandonó precipitadamente la
habitación, mientras Álice y su primo seguían lentamente, conversando
bajito y deteniéndose de vez en cuando para lanzar una ojeada al
misterioso cuadro. El capitán de Castle Wílliam pensaba que el aire y
continente de la joven podía compararse al que se atribuye a uno de
aquellos espíritus fabulosos, hadas o personajes de la mitología
antigua, que intervienen a veces en los asuntos de los mortales, mitad
por capricho, mitad por un sentimiento de simpatía hacia la desgracia o
la felicidad humana. Mientras sostenía el capitán la puerta abierta para
que pasara Álice, hizo ella un signo con la cabeza al cuadro y sonrió.

--¡Preséntate, sombría y diabólica figura!--exclamó.--¡Tu hora ha
llegado!--

Aquella noche se hallaba el teniente gobernador Hútchinson en la misma
habitación donde tuvo lugar la escena que hemos narrado, rodeado de
varias personas a quienes reunían diversos intereses. Encontrábanse allí
los consejeros municipales de Boston, sencillos patriarcas, padres del
pueblo y personificaciones admirables de los antiguos colonos puritanos,
cuya energía austera imprimió tan hondo sello al carácter de la Nueva
Inglaterra. Contrastando con ellos, veíase uno o dos miembros del
consejo, ricamente ataviados con las blancas pelucas, las casacas
bordadas y otras magnificencias de aquella época, y haciendo en cierto
modo ostentación del ceremonial cortesano. Un mayor del ejército inglés,
aparentemente de guardia, esperaba las órdenes del teniente gobernador
para el desembarque de las tropas, que aun permanecían a bordo de los
transportes. El capitán de Castle Wílliam se mantenía junto a la silla
de Hútchinson, con los brazos cruzados y mirando con altanería al
oficial inglés que pronto iba a reemplazarle en su puesto. Sobre una
mesa colocada en el centro de la habitación había un candelabro de
plata, cuyas seis bujías arrojaban su resplandor sobre un papel listo
aparentemente para la firma del teniente gobernador.

Disimulada en parte entre los voluminosos pliegues de las cortinas de
una de las ventanas, podía percibirse la blanca drapería de un vestido
de mujer. Parecerá extraño que Álice Vane se encontrara allí en tales
momentos; pero había algo tan infantil y caprichoso en su carácter
original que siempre se apartaba de las reglas acostumbradas, que su
presencia no sorprendió a los pocos que llegaron a notarla. En aquel
momento, el presidente del municipio dirigía al teniente gobernador una
larga y solemne arenga, protestando contra la introducción de tropas
inglesas en la ciudad.

--Y si vuestro honor,--concluyó este excelente aunque enojoso
anciano,--estima conveniente insistir en que espadachines y mosqueteros
mercenarios sienten sus reales en nuestros barrios tranquilos, ¡que la
responsabilidad de esta decisión no caiga sobre nuestras cabezas!
¡Pensad, señor, mientras es tiempo todavía, que si llega a derramarse
una sola gota de sangre, será una mancha eterna sobre la memoria de
vuestro honor! Habéis escrito, señor, con hábil pluma las hazañas de
nuestros abuelos. De consiguiente, sería muy de desear que merezcáis a
vuestro turno honrosa mención como verdadero patriota y recto
gobernador cuando vuestros hechos sean consignados en la historia.

--No soy insensible, mi buen señor, al deseo natural de ocupar un alto
puesto en los anales de mi país,--replicó Hútchinson, dominando su
impaciencia hasta convertirla en cortesía;--ni conozco método mejor para
alcanzar este fin que contrarrestar el pasajero espíritu de malevolencia
que, con perdón vuestro, parece haber atacado a hombres aun más ancianos
que yo. ¿Me aconsejaríais que aguarde hasta que la multitud asalte la
casa provincial, como lo hicieron con mi casa particular? ¡Creedme,
señor, puede llegar el tiempo en que os sintáis felices de buscar
refugio bajo la bandera real, que tanto disgusto os causa ahora ver
izar!

--Sí;--agregó el mayor inglés que aguardaba con impaciencia las órdenes
del teniente gobernador.--Los demagogos de esta provincia han evocado al
diablo y no pueden ahora deshacerse de él. Nosotros los exorcizaremos en
el nombre de Dios y en el del rey.

--Si mezcláis al diablo en el asunto, ¡cuidado con sus garras!--replicó
el capitán de Castle Wílliam, molesto por la burla que se hacía de sus
compatriotas.

--Con perdón vuestro, mi joven señor,--dijo el venerable consejero,--no
permitáis que un espíritu pernicioso inspire vuestras palabras.
Lucharemos contra el opresor con ayunos y oraciones, como hubieran hecho
nuestros antecesores. Pero también como ellos nos someteremos a la
suerte que a la sabia Providencia plazca enviarnos, después de haber
agotado nuestros mayores esfuerzos para remediarla.

--¡Ya asoman las garras del diablo!--murmuró Hútchinson, que comprendió
perfectamente la naturaleza de esta puritana sumisión.--Este asunto se
resolverá inmediatamente. Cuando haya un centinela en cada esquina y una
guardia de corte delante de la casa consistorial, cualquier gentilhombre
leal podrá aventurarse a salir. ¿Qué puede importarme el vocerío del
populacho de esta remota provincia del reino? ¡El rey es mi señor y la
Inglaterra es mi patria! Sostenido por la fuerza armada, sentaré el pie
sobre la canalla, y la desafiaré!--

Cogió una pluma y estaba a punto de estampar su firma en el papel que
yacía sobre la mesa cuando el capitán de Castle Wílliam colocó una mano
en su hombro. La libertad de aquel acto, tan contrario al ceremonioso
respeto que se consideraba entonces debido a la categoría y a la
dignidad, despertó sorpresa general, mucho mayor en el mismo gobernador
que en cualquier otro de los circunstantes. Al levantar la vista
encolerizado, observó que su joven pariente señalaba con el dedo el muro
opuesto. La mirada de Hútchinson siguió la dirección indicada, y vio
algo que había pasado antes inadvertido a sus ojos: una cortina de seda
negra suspendida sobre el misterioso cuadro, al que ocultaba por
completo. Su pensamiento voló inmediatamente a la escena de la tarde
precedente; y en su sorpresa y en el tumulto de emociones indefinidas
que se apoderaban de su espíritu, entre las cuales adivinaba que su
sobrina tenía alguna parte en tal fenómeno, llamóla en alta voz:

--¡Álice! ¡Ven acá, Álice!--

Apenas había pronunciado estas palabras cuando Álice, deslizándose de su
sitio con rapidez y cubriéndose los ojos con una mano, descorrió con la
otra la obscura cortina que ocultaba el retrato. Una exclamación de
sorpresa brotó de los labios de los espectadores; mientras la voz del
teniente gobernador tenía un timbre de horror.

--¡Por el cielo!--murmuró con voz baja y reconcentrada, hablando más
bien consigo mismo que con los que le rodeaban;--si el espíritu de
Édward Rándolph apareciera entre nosotros desde la región del tormento
no llevaría seguramente más visibles en su rostro los terrores del
infierno!

--Con algún fin especial,--dijo solemnemente el anciano consejero,--ha
hecho desaparecer la Providencia el velo que ocultaba tanto tiempo esta
espantosa efigie. ¡Hasta este momento nadie había podido ver lo que
nosotros contemplamos!--

Dentro del antiguo cuadro, que hacía tan poco tiempo encerraba solamente
una tela negra y vacua, aparecía ahora una figura, todavía obscura es
verdad, en sus sombras y matices, pero destacándose en poderoso relieve.
Era el retrato de un caballero con barba, vistiendo rico traje antiguo
de terciopelo bordado, con ancha gorguera, y llevando un sombrero cuyo
ancho borde sombreaba su frente. Bajo esta sombra los ojos tenían un
brillo peculiar, casi de persona viviente.

Resaltaba la figura tan distintamente sobre el fondo, que hacía el
efecto de una persona mirando desde el muro a los atónitos y
despavoridos espectadores. A ser posible describir con palabras la
expresión del rostro, diríase que era la de algún desgraciado,
sorprendido en algún crimen repugnante y expuesto al odio acerbo, a la
burla y al vergonzoso escarnio de una multitud que le rodease. Veíase la
lucha de la altanería, vencida y subyugada por el peso opresor de la
ignominia. La tortura del alma se revelaba plenamente en el semblante.
Parecía que el retrato, oculto tras la nube de los años, hubiera ido
adquiriendo expresión más lúgubre e intensa hasta dejarse ver de nuevo,
arrojando su fatídico augurio sobre la hora presente. Tal era, si hemos
de dar crédito a la leyenda, el retrato de Édward Rándolph cuando la
maldición popular había impreso su nefasto sello en la personalidad del
gobernador.

--¡Este espantoso rostro me enloquecerá!--dijo Hútchinson que parecía
fascinado por aquella contemplación.

--¡Tened cuidado entonces!--murmuró Álice.--Él atropelló los derechos
del pueblo. ¡Mirad su castigo, y evitaos un crimen semejante!--

El teniente gobernador tembló por un instante; mas apelando a toda su
energía, que no era, sin embargo, uno de sus caracteres predominantes,
consiguió librarse del hechizo que se desprendía del semblante de
Rándolph.

--¡Niña!--exclamó riendo acerbamente y volviéndose hacia Álice,--¿has
hecho uso de tu talento en la pintura, de tu intrigante espíritu
italiano, de tus golpes de efecto escénicos, pretendiendo ejercer alguna
influencia con artificios tan triviales sobre el consejo del gobernador
y tratándose del interés de las naciones? ¡Mira!

--¡Deteneos un instante más,--dijo el consejero, mientras Hútchinson
cogía de nuevo la pluma;--pues si algún mortal recibió jamás una
advertencia de parte de un alma atormentada, vuestro honor es ese
hombre!

--¡Basta!--repuso Hútchinson ferozmente.--Aun cuando aquella misma
figura insensible me gritara, "¡deténte!," no me conmovería.--

Y arrojando una torva mirada de desafío al retrato, que parecía expresar
en aquel momento con mayor intensidad que nunca todo el horror de su
miseria, rasgueó sobre el papel, con caracteres que demostraban hallarse
empujado por la desesperación, el nombre de Thomas Hútchinson. En
seguida se estremeció, dicen, como si esta firma hubiera sido su
condenación eterna.

--¡Está hecho!--dijo; y colocó una mano delante de sus ojos.

--¡Quiera Dios perdonar este acto!--dijo Álice Vane, con voz suave y
triste, como la de un espíritu bueno al huir muy lejos.

Al día siguiente circulaba entre la servidumbre de la casa un rumor
persistente que se extendió por toda la ciudad, asegurando que el negro
y misterioso retrato se había desprendido del muro y hablado frente a
frente con el teniente gobernador Hútchinson. Si tal milagro se
verificó, no quedaron trazas del suceso; pues nada pudo percibirse
dentro del negro marco sino la nube impenetrable que le cubría desde el
tiempo que era posible recordar. Si verdaderamente apareció la figura,
había huído luego como un espíritu, al romper el día, ocultándose tras
un siglo de tinieblas. Lo más probable es que el secreto de Álice para
restaurar los colores del cuadro, había tenido solamente resultados
pasajeros. Pero todos aquellos que pudieron contemplar en ese breve
intervalo el espantoso rostro de Édward Rándolph, no deseaban repetición
del espectáculo, y siempre temblaban más tarde al recordar aquella
escena, como si hubiera sido el mismo espíritu del mal quien apareció
ante sus miradas. En cuanto a Hútchinson, cuando llegó su última hora,
allá lejos, sobre el océano, jadeante y sin respiración, quejábase de
que se ahogaba en la sangre de los asesinatos de Boston; mientras
Francis Lincoln, el antiguo capitán de Castle Wílliam, que se encontraba
junto a su lecho de muerte, podía notar en el extravío de su mirada
cierta expresión semejante a la de Édward Rándolph. ¿Sintió acaso su
destrozado espíritu, en aquella hora suprema, el tremendo peso de la
maldición de un pueblo?

A la terminación de esta milagrosa leyenda, pregunté a mi huésped si el
cuadro se conservaba todavía en la habitación que estaba encima de
nuestras cabezas; pero Mr. Tíffany me informó de que había sido
retirado de allí hacía largo tiempo, y se suponía que estaba disimulado
en cualquier rincón extraviado del Museo de la Nueva Inglaterra. Quizá
si algún curioso anticuario pueda dar alguna luz sobre el asunto y,
ayudado Mr. Hóworth, el reparador de cuadros, llegue a producir una
prueba no del todo innecesaria con respecto a la autenticidad de los
hechos arriba relatados. Durante el curso de esta historia, se había
preparado una tempestad, que estalló con tanto estrépito y violencia
tal, en la parte alta de la casa provincial, que parecía que todos los
antiguos gobernadores y grandes hombres estuvieran alborotando arriba,
mientras el señor Bela Tíffany murmuraba de ellos abajo. En el
transcurso de las generaciones, cuando mucha gente ha vivido y muerto en
una vieja casa, el silbido del viento colándose a través de sus grietas
y el crujido de sus vigas y cabrios, semejan extraordinariamente el tono
de la voz humana, o carcajadas, o pasos pesados hollando las desiertas
habitaciones. Es como si revivieran los ecos de media centuria. Estos
mismos fantásticos sonidos repercutían y murmuraban en nuestros oídos,
cuando me despedí del círculo formado en torno del fuego de la casa
provincial, y bajando los peldaños del pórtico, me dirigí a mi morada
luchando contra una violenta tempestad de nieve.



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LEYENDA MORAL


¡DICKON!--gritó Mamá Rigby,--¡fuego para mi pipa!--

La vieja señora tenía la pipa en la boca cuando decía estas palabras.
Las había lanzado después de llenarla de tabaco, sin tratar de
encenderla en el hogar donde, en realidad, no había huellas de que se
hubiera encendido fuego aquella mañana. Sin embargo, tan pronto como
hubo dado la orden, brotó un rojo intenso en el hueco de la pipa y una
bocanada de humo de los labios de Mamá Rigby. Nunca pude descubrir de
dónde vino el fuego, ni qué mano invisible lo hizo encenderse allí.

--¡Bien!--dijo Mamá Rigby, con una inclinación de cabeza.--¡Gracias,
Dickon! Ahora hagamos el espantajo. Quedad al alcance de la voz, Dickon,
por si os necesito otra vez.--

Apenas amanecía; pero la buena mujer había madrugado aquella mañana con
el objeto de hacer un espantajo que quería colocar en su sementera de
maíz. Era la última semana de mayo, y ni los cuervos ni los mirlos
habían descubierto aún las pequeñas hojas verdes y enrolladas del maíz
que comenzaba justamente a brotar de la tierra. Así, había resuelto
fabricar un espantajo que pareciera vivo por todos sus lados y
terminarlo inmediatamente de pies a cabeza, de manera que comenzara
aquella misma mañana sus deberes de centinela. Ahora bien; Mamá Rigby
era, como todos sabemos, una de las brujas más hábiles y poderosas de la
Nueva Inglaterra y podía hacer, en consecuencia, con muy pequeño
esfuerzo, un espantajo suficientemente horrible para aterrorizar al
mismísimo ministro de la iglesia protestante. Pero, habiendo despertado
aquella mañana con disposición de espíritu extraordinariamente
placentera, suavizada todavía más por su pipa de tabaco, resolvió
producir algo fino, hermoso y espléndido, de preferencia a lo horrible y
espantoso.

"No quiero colocar un duende grosero en mi propio campo de maíz y casi a
mis puertas," díjose a sí misma, lanzando una bocanada de humo; "podría
hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de cosas maravillosas y esta vez
me quedaré dentro de los límites de la vida ordinaria, en obsequio a la
variación. Además, no hay necesidad de espantar a los chiquillos a una
milla a la redonda, aunque yo sea, como ellos dicen, _bruja de verdad_."

Quedó sentado, de consiguiente, en la mente de Mamá Rigby, que el
espantajo representaría un caballero elegante de la época, hasta donde
lo permitieran los materiales de que podía disponer. Quizá será oportuno
enumerar los principales artículos que entraron en la composición de la
figura.

El más importante de todos indudablemente, aunque llegaba a apreciarse
muy poco, era cierto palo de escoba en que Mamá Rigby había dado muchos
nocturnos paseos aéreos a la media noche, y el cual servía ahora de
columna vertebral al espantajo, o de espinazo, hablando en términos
vulgares. Uno de los brazos estaba constituído por un mayal, inútil
ahora, que acostumbraba manejar el buen Rigby antes de que su esposa le
enviara fuera de este pícaro mundo; el otro, si no me equivoco, estaba
compuesto del cabo de una escoba el travesaño roto de una silla, atados
fuertemente a la altura del codo. En cuanto a las piernas, la derecha
era el mango de un azadón y la izquierda un palo cogido en la miscelánea
confusa del montón de maderas. Los pulmones, estómago y demás cosas por
el estilo eran nada menos que un saco de harina relleno de paja. Tenemos
así el esqueleto y la individualidad entera del espantajo, con excepción
de la cabeza; la cual se suplió admirablemente con una calabaza seca y
arrugada, donde abrió Mamá Rigby dos huecos para los ojos y una abertura
para la boca, dejando que cierta azulada prominencia hiciera en el
centro las veces de nariz. El conjunto constituía realmente un semblante
del todo respetable.

"He visto muchos rostros peores sobre hombros humanos, seguramente,"
pensó Mamá Rigby. "Y más de un fino caballero tiene cabeza de calabaza,
lo mismo que mi espantajo."

Pero en este caso los vestidos debían hacer al hombre. Así, la buena
anciana cogió de una percha una casaca antigua color ciruela, hecha en
Londres, y con restos de bordado en las costuras, puños, solapas de las
faltriqueras y ojales; pero lamentablemente usada y descolorida,
remendada en los codos, rasgada en los faldones y completamente raída.
En la solapa izquierda veíase un agujero redondo, producido quizá por
alguna placa nobiliaria arrancada violentamente, o por el corazón
ardiente de alguno de los posesores de la prenda que la hubiera
chamuscado. Los vecinos aseguraban que esta rica vestimenta pertenecía
al guardarropa del Hombre Negro, quien la conservaba en la casa de Mamá
Rigby por la comodidad de vestirse allí siempre que quería presentarse
de gran parada a la mesa del gobernador. Para completar el atavío había
un amplio chaleco de terciopelo, bordado primitivamente con follaje de
dorado tan brillante como las hojas de arce en octubre, pero que se
había apagado ya casi del todo sobre el terciopelo. Venía en seguida un
par de calzas color escarlata, llevadas alguna vez por el gobernador
francés de Loúisbourg, y cuyas rodillas habían tocado los escalones
inferiores del trono de Louis el Grande. El francés regaló estas calzas
a un indio curandero quien las dió a la vieja bruja a cambio de un vaso
de aguardiente en una de sus danzas en la selva. Además, sacó Mamá Rigby
un par de medias de seda y las calzó en las piernas del espantajo donde
aparecían como una fantasía, mostrando la realidad de los palos al dejar
percibir dolorosamente la madera a través de los agujeros. Colocó, por
último, la peluca de su amado esposo en el pelado cráneo de la
calabaza, y completó el conjunto con un empolvado sombrero de tres
picos adornado con las más largas plumas de cola de gallo que se pudiera
imaginar.

Tan luego que la vieja hubo terminado, colocó esta figura en un rincón
de su cabaña, riendo al observar el amarillo rostro del espantajo con la
pequeña naricilla picaresca levantada al aire. Tenía un cómico aspecto
de satisfacción de sí mismo y parecía decir: "¡Pero, venid a admirarme!"

"¡Y es un hecho que sois digno de que se os admire!" murmuró Mamá Rigby,
llena de maravilla ante su obra. "He fabricado muchos muñecos desde que
soy bruja, pero se me figura que éste es el mejor de todos. Casi es
demasiado magnífico para espantajo. Y ahora, llenaré primero mi pipa con
tabaco fresco y lo llevaré en seguida a la sementera de maíz."

Mientras llenaba su pipa, seguía mirando la anciana con cariño casi
maternal al espantajo en su rincón. A decir verdad, sea casualidad o
destreza, o quizá sólo hechicería, había algo maravillosamente humano en
la ridícula figura acicalada con su harapiento esplendor, y que parecía
arrugar su amarillo semblante en una mueca de curiosa expresión entre
desdén y regocijo, como si comprendiera que representaba en sí misma una
burla a la humanidad. Mientras más la contemplaba Mamá Rigby, más
satisfecha se hallaba de su labor.

--¡Dickon!--gritó imperiosamente--¡fuego otra vez para mi pipa!--

Apenas había terminado, cuando apareció como antes una brasa enrojecida
sobre el tabaco. Mamá Rigby aspiró una larga bocanada y la exhaló
después hacia el rayo de luz matinal que luchaba por atravesar las
empolvadas vidrieras de la ventana de su cabaña. Gustábale saborear su
pipa con una brasa del fuego de la chimenea de donde había sido
arrancado. Pero no puedo decir dónde estaba tal chimenea, ni quien
aportaba el fuego, salvo aquel invisible mensajero que parecía responder
al nombre de Dickon.

"Este muñeco," pensaba Mamá Rigby, con los ojos fijos en el espantajo,
"es trabajo demasiado artístico para dejarlo todo el verano en un campo
de maíz espantando a los cuervos y a los mirlos. Es capaz de algo mejor.
¡Vaya que he danzado muchas veces con figuras más ridículas, cuando
escaseaban las parejas en nuestras reuniones de hechicería en los
bosques! ¿Qué sucederá si le dejo buscarse la vida entre los demás
hombres de paja y gente vacía que andan alborotando por el mundo?"

La vieja bruja aspiró tres o cuatro bocanadas de humo de su pipa y
sonrió.

"¡Encontrará una multitud de semejantes en cada esquina!" continuó.
"Bien; no intento meterme hoy en brujerías, más allá de lo que dure mi
pipa; pero soy maga y lo seré y de nada sirve querer disimularlo. ¡Haré
un hombre de mi espantajo, siquiera sea por el placer de pegar un
petardo!"

Mientras murmuraba estas palabras, Mamá Rigby retiró la pipa de su boca
y la arrojó en la abertura que hacía de tal en el rostro de calabaza
del espantajo.

--¡Fuma, querido mío, fuma!--dijo.--¡Fuma, elegante mozo! ¡tu vida
depende de ello!--

Era indudablemente una exhortación original, dirigiéndose a un paquete
de palos, paja y vestidos viejos, sin nada mejor que una arrugada
calabaza por cabeza, como sabemos bien que estaba formado el espantajo.
Sin embargo, debemos recordarlo muy especialmente, Mamá Rigby era una
bruja de singular habilidad y poder; y teniendo presente este hecho, no
habrá nada increíble en los notables incidentes de nuestra historia. A
la verdad, la dificultad mayor quedará vencida al punto, si logramos
llegar a la creencia de que tan pronto como la vieja le ordenó fumar,
brotó una bocanada de humo de la boca del espantajo. Fué seguramente una
bocanada muy ligera; pero a ésta siguió otra y otras más, cada una más
decidida que las anteriores.

--¡Fuma, ángel mío! ¡fuma, lindo!--siguió diciendo Mamá Rigby con su
sonrisa más graciosa.--Es hálito de vida para ti; te doy mi palabra.--

Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada. Debía existir algún
conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía
misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de
las encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura
arrojó al fin una nube de humo que se extendió desde el obscuro rincón
hasta la faja luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció
entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo,
pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque
el fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del
espantajo. La vieja bruja aplaudió golpeando sus flacas manos una contra
otra y sonrió a su muñeco de manera alentadora. Veía que el encanto
obraba. La faz arrugada y amarilla, que hasta entonces no había ofrecido
aspecto vital, comenzaba a mostrar una especie de fantástica y tenue
atmósfera humana que parecía fluctuar a su alrededor, desvaneciéndose a
veces completamente, y haciéndose otras más perceptible siguiendo las
exhalaciones de la pipa. De igual manera asumía toda la figura una
semblanza de vida, como la que prestamos a formas mal definidas de las
nubes, engañándonos a medias con las divagaciones de nuestra propia
fantasía.

Si hubiéremos de ahondar profundamente en la materia, podría dudarse si,
después de todo, hubo algún cambio en la sórdida, raída, insignificante
y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente alguna ilusión
fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la coloreaba y
delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los milagros
de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por
último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo
ofrecer otra mejor.

--¡Muy bien, lindo mancebo!--exclamó de nuevo Mamá Rigby.--Vamos, otra
buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y violentamente.
¡Fuma, por tu vida, te lo digo! ¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si
corazón tienes, y si éste tiene fondo! ¡Bien, ahora! Aspira esta
bocanada como si gozaras en hacerlo.--

Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al espantajo, poniendo tal
potencia magnética en su gesto que inevitablemente debía éste obedecer,
como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.

--¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón, perezoso?--dijo Mamá
Rigby.--¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!--

Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta relación en el regazo de
mi abuela y no hubiera quedado completamente establecida entre las cosas
verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía aún analizar su
posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla ahora.

Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el brazo como para coger
su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie de sacudimiento
o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el equilibrio.

¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada, después de todo;
solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas. Pero la
enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su
voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera
podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el
espantajo a mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas.
Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo de
invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia
humana, a través de la cual era visible la rígida, desvencijada,
incongruente, vieja, harapienta, múltiple e inútil combinación de su
esencia, pronta a desplomarse en tierra en un montón de residuos, por la
conciencia de su propia indignidad para erguirse. ¿Confesaré la verdad?
En este punto de vivificación, el espantajo me hace recordar ciertos
caracteres indefinidos y anormales, compuestos de elementos heterogéneos
y empleados mil veces, a despecho de su insignificancia, por los
escritores de novelas (yo también como los demás) que han poblado con
ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.

Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a mostrar los rasgos
de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una cabeza de
serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento pusilánime
de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.

--¡Fuma, miserable!--gritó con ira.--¡Fuma, fuma, fuma, tú, criatura de
paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú, cabeza de
calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente vil
para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con
el humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de
donde ha venido aquella brasa ardiente!--

Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más remedio que inhalar
aquella peligrosa vida. Haciendo de necesidad virtud, aplicóse
vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo tan espeso que la
pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en los vapores
del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y podía
apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera
de la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo
en jarras y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente
en medio de la obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando
provocaba alguna terrible pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado
del lecho para saborear su agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba,
trémulo y lleno de terror. Mas es preciso reconocer que sus esfuerzos
servían perfectamente para el objeto; pues a cada sucesiva exhalación,
perdía la figura visiblemente su aspecto informe y confuso y parecía
condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de este mágico
cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el bello
bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el
terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo
dirigía hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.

Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado, sacudiéndolo en dirección
a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas procedía bajo el
principio, falso quizá pero profundo, como todos los que profesara
persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas débiles
y entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben
aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella
intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable
simulacro en sus primitivos elementos.

--Tienes el aspecto de un hombre,--dijo la bruja severamente.--¿Tienes
también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!--

El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un
murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría
decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del
tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la
fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la
figura y que ésta era la voz que respondía.

--¡Madre,--murmuró la pobre voz ahogada,--no seáis tan cruel conmigo! Yo
bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?

--¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?-exclamó
Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.--Y
¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la
confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de
decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás
dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo
donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder
hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de
molino, si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy
segura!

--A vuestras órdenes, madre,--respondió la figura.

--Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío, respondió Mamá
Rigby.--Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes. Encontrarás
un centenar de frases hechas y quinientas personas que las aprovechan. Y
ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan
hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de
brujería en todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de
cera, de paja, de palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma
del mar y humo de las chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así,
atiende a lo que voy a decirte.

--¡Sí, bondadosa madre,--dijo la figura;--con todo el corazón!

--¡Con todo el corazón!--exclamó la bruja, dejando caer las manos sobre
los costados y riendo estrepitosamente.--Tienes una linda manera de
expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado
izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!--

De excelente humor por su fantástica invención, Mamá Rigby dijo al
espantajo que debía ir a representar su papel en el gran mundo, donde ni
un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de esencia más
refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy alta
la cabeza entre los mejores, dotóle al punto de incalculables riquezas.
Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y parte en diez mil
acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres de viñedos
en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España;
agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación
asimismo del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual
hizo naufragar la hechicera diez años atrás en mitad del océano por
medio de sus artes nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y
pudiera introducirse en el mercado, permitiría levantar una bonita suma
entre los pescadores. Para que no careciera de dinero en efectivo, le
dió un cuarto de penique de cobre, sellado en Bírmingham, que era todo
lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que al aplicarse
sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.

--Con esta clase de moneda solamente,--dijo Mamá Rigby,--puedes hacer
carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti lo más que me
ha sido posible.--

Además, con el objeto de que tuviera el aventurero todas las ventajas
necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente anciana le dió
una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado, miembro del
consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades que
constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de la sociedad
en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola
palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía
murmurar a su vez al oído de mercader.

--Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera
correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus
oídos,--dijo la vieja bruja.--¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez
Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!--

A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo
inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la
idea de lo que iba a comunicarle.

--El digno magistrado Gookin,--murmuró,--tiene por hija una donosa
doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello continente y
bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo
comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás.
Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a
conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que
así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto,
suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de
baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y
la linda Polly Gookin será tuya.--

Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la
vaporosa fragancia de su pipa y parecía ahora continuar en esta
ocupación por propio placer y no como condición indispensable para su
existencia. Era maravilloso observar cuán extraordinariamente se
asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos--que a este tiempo parecía ya
tenerlos--estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba siempre la
cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus labios
las palabras propias para la ocasión: "¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame,
se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh!
¡Ah! ¡Jem!" y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención,
interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun
después de haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el
principio al espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el
sujeto comprendía perfectamente el alcance de los astutos consejos que
la vieja bruja depositaba en su remedo de oído. Mientras aplicaba con
mayor entusiasmo sus labios a la pipa, su expresión se volvía más sagaz,
sus gestos y ademanes adquirían mayor vida y su voz resonaba de manera
más inteligible. Sus vestidos lucían también más y más con ilusoria
magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de toda esta obra
maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra ennegrecida
para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza
pintada y boquilla de ámbar.

Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del vapor de la pipa la
vida de esta ilusión, hubiera de terminar simultáneamente con la
reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja había previsto esta
dificultad.--Sostén la pipa, hermoso mío,--dijo,--mientras la lleno de
nuevo para ti.--

Era penoso ver cómo el elegante caballero comenzaba a retroceder hasta
espantajo mientras Mamá Rigby sacudía las cenizas de la pipa y procedía
a llenarla otra vez con el tabaco de su caja.

--¡Dickon!--exclamó con su voz fuerte e imperiosa,--¡más fuego para esta
pipa!--

Apenas lo había dicho, cuando la partícula de rojo intenso brillaba
dentro de la cabeza de la pipa; y el espantajo, sin aguardar las órdenes
de la bruja, aplicando el tubo a sus labios, comenzaba a arrancar cortas
y convulsivas bocanadas que pronto, sin embargo, se convirtieron en más
iguales y regulares.

--Ahora, chiquillo de mi corazón,--dijo Mamá Rigby,--suceda lo que
quiera debes adherirte a tu pipa. Tu vida reside allí; y esto lo sabes
bien, aun cuando no sepas mucho más fuera de esto. ¡No te desprendas de
tu pipa, te digo! Fuma, aspira, lanza nubes de humo, y si alguien te
pregunta, di a la gente que es por salud, que tu médico lo ha
recomendado así. Y cuando tu pipa esté concluyéndose, ve, delicia mía, a
cualquier rincón y, penetrándote primero bien de humo, exclama con
imperio: "¡Dickon! ¡una nueva pipa de tabaco! ¡Dickon! ¡fuego para mi
pipa!" y fúmala tan pronto como sea posible. De lo contrario, en lugar
de un galano caballero con casaca bordada de oro, te convertirás en un
haz de palos y vestidos destrozados, un saco de paja y una arrugada
calabaza. ¡Ahora parte, tesoro mío, y la dicha sea contigo!

--¡Nada temáis, madre!--dijo la figura con voz sonora, lanzando una
vigorosa bocanada.--¡Yo arribaré, si esto es dado a un caballero y a un
hombre honrado!

--¡Oh, tú me harás morir!--exclamó la vieja bruja, en una carcajada
convulsiva.--Eso estuvo muy bien dicho. ¡Si es dado a un caballero y a
un hombre honrado! Representas tu papel a la perfección. Continúa siendo
un elegante caballero; y yo apostaré en tu cabeza como hombre de meollo
y de substancia, provisto de talento y de lo que llaman corazón, y de
todo aquello que debe poseer un hombre, contra cualquier otro animal de
dos pies. Por ti me creo yo ahora hechicera más hábil que antes. ¿No te
he formado acaso? ¡Y desafío a hacer cosa parecida a la mejor bruja de
la Nueva Inglaterra! ¡Mira, llévate mi vara!--

La vara, que era un simple palo de roble, tomó inmediatamente la
apariencia de un bastón con puño de oro.

--Esta cabeza de oro tiene tanto talento como la tuya,--dijo Mamá
Rigby,--y te guiará directamente a la casa del digno magistrado Gookin.
Ve allá, mi lindo, querido, precioso, tesoro mío; y cuando pregunten tu
nombre, di que te llamas Feathertop (Cabeza Emplumada). Llevas plumas en
el sombrero, y arrojé todo un manojo en el hueco vacío de tu cabeza; tu
peluca es también del estilo llamado Feathertop. ¡Así, Feathertop será
tu nombre!--

Saliendo de la cabaña, Feathertop marchó virilmente hacia la ciudad.
Mamá Rigby permaneció en el dintel, profundamente complacida de ver los
rayos del sol reflejándose en su obra, como si toda aquella
magnificencia fuera real; y observando cuán empeñosa y amorosamente
fumaba su pipa Feathertop, y con qué elegancia marchaba, a pesar de
cierta ligera rigidez en las piernas. Le miró alejarse hasta que se
perdió de vista y envió su bendición a su favorito cuando una revuelta
del camino le ocultó completamente a sus ojos.

Cerca del mediodía, cuando la calle principal de la vecina ciudad se
encontraba en el colmo del bullicio y animación, seguía la acera un
extranjero de aspecto muy distinguido. Su porte y sus vestidos estaban
llenos de nobleza. Llevaba casaca color ciruela ricamente bordada,
chaleco de suntuoso terciopelo magníficamente adornado de hojas doradas,
un espléndido par de calzas encarnadas y las más bellas y brillantes
medias de seda. Su cabeza estaba cubierta con una peluca tan lindamente
arreglada y empolvada que habría sido un sacrilegio desordenarla con el
sombrero de encaje dorado y adornado de una pluma nevada, que el
caballero llevaba bajo el brazo. En el pecho de la casaca resplandecía
una estrella. Manejaba este personaje su bastón de puño dorado con la
gracia peculiar de los gentilhombres de aquella época; y, para completar
su atavío, llevaba en los puños volantes de encaje de delicadeza
etérea, delatando a las claras cuán ociosas y aristocráticas debían ser
las manos que ocultaban a medias.

Circunstancia digna de notarse en el continente de este brillante
personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa fantástica, con
cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a sus
labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo
que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en
graciosos remolinos por la boca y la nariz.

Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba activamente de
conocer el nombre del extranjero.

--Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada alcurnia,--decía un vecino
de la ciudad.--¿Veis la estrella que lleva sobre el pecho?

--¡No; vaya que es poco brillante para verse!--decía otro.--Sí; debe ser
forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta imagináis que su
señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del viejo mundo
desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra, ¿queréis
decirme dónde están sus criados y su equipaje?

--No necesita equipaje para establecer su alcurnia,--hizo observar un
tercero.--Así se presentara en harapos, brillaría su nobleza a través de
los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante dignidad de aspecto.
Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.

--Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre
noble,--dijo otro de los ciudadanos.--Los hombres de aquellas regiones
tienen siempre la pipa en la boca!

--Así son también los turcos,--respondió su compañero.--Pero, a mi
juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y aprendido allí
la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se despliegan
como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un
espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de
sacudimiento o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe
haberlo adquirido por la observación constante de las maneras del gran
monarca. El carácter y profesión del extranjero están bastante
evidentes. Es algún embajador francés que ha venido a conferenciar con
nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.

--Verosímilmente es un español,--dijo otro,--y de allí viene su tez
amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de los
dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales
se dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del
Perú y Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus
minas.

--¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó una señora;--¡tan
alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido, una nariz
tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios me
bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!

--Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,--dijo el extranjero,
haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en
aquel instante.--¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!

--¿Se ha oído alguna vez cumplimiento más exquisito y original?--murmuró
la dama, en éxtasis de delectación.

En medio de la admiración general que excitaba el extranjero, sólo se
escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de un
impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente
personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su
amo, vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la
opinión pública fué un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de
sus pulmones, balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de
calabazas.

Entretanto Feathertop seguía su camino por la calle. Con excepción de
las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una que otra ligera
inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de los
espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era
necesaria mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta
ecuanimidad con que se manejaba mientras la admiración de la ciudad
crecía hasta convertirse casi en clamor en torno suyo. Con una multitud
congregada tras de sus huellas, llegó el extranjero finalmente a la casa
del digno juez Gookin, atravesó la reja, subió los peldaños de la
escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse que, en el intervalo
entre su llamada y la respuesta, sacudía el extranjero las cenizas de su
pipa.

--¿Qué dijo con aquella voz tan imperiosa?--preguntó uno de los
espectadores.

--No sé, no podría decirlo,--respondió su amigo.--Pero el sol me
deslumbra de manera extraña. ¡Qué ajado y descolorido se ha puesto
repentinamente su señoría! ¡Dios me bendiga! ¿Qué es lo que me pasa?

--Lo maravilloso es que su pipa, apagada hace un momento, aparece otra
vez encendida y con el fuego más intenso que he visto en mi vida. Hay
algo misterioso en este extranjero. ¡Qué bocanada de humo más espesa!
¿Decíais que estaba ajado y descolorido? ¡Mirad! Cuando se vuelve,
brilla la estrella en su pecho como una llamarada.

--Así es, en verdad,--dijo su compañero;--y deslumbrará probablemente a
la linda Polly Gookin a quien veo asomándose a la ventana de aquella
habitación.--

Tan luego que se abrió la puerta, volvióse Feathertop hacia la multitud,
inclinóse majestuosamente, como un gran hombre que reconociera los
homenajes en la forma más estricta, y desapareció en la casa. Brillaba
en su semblante una especie de sonrisa misteriosa, una mueca, mejor
dicho; pero entre la muchedumbre que le contemplaba, nadie tuvo la
penetración suficiente para descubrir su ilusoria personalidad, salvo un
chiquillo y un miserable can.

Nuestra leyenda pierde aquí algo de continuidad, y saltando sobre las
explicaciones preliminares entre Feathertop y el comerciante, pasa en
busca de la linda Polly Gookin. Era ésta una damisela de suaves y
redondeadas formas, cabello rubio, ojos azules y bello rostro sonrosado,
ni demasiado ingenuo, ni demasiado perspicaz. La joven descubrió por la
ventana al brillante extranjero que se encontraba a la puerta y,
preparándose para la entrevista, se acicaló inmediatamente con una cofia
de encajes, un collar de cuentas, su pañuelo más hermoso y su falda de
damasco de la mejor calidad. Mientras se apresuraba a bajar de su
aposento al salón, mirábase en los grandes espejos ensayando lindos
modales, ya una sonrisa, ya cierta dignidad ceremoniosa, ya una sonrisa
más dulce que la primera, mientras besaba su mano, moviendo la cabeza y
manejando el abanico; en tanto que, dentro del espejo, una
insignificante doncellica repetía todos sus ademanes y gestos ridículos
sin lograr que Polly se avergonzara de ellos. En suma, si la linda Polly
no llegaba a producir ilusión tan completa como el ilustre Feathertop,
era culpa de su poca habilidad y no de su poca voluntad para
conseguirlo; de manera que al demostrar así su simplicidad, no era
aventurado suponer que el fantasma creado por la hechicera pudiera
conquistarla.

Apenas oyó Polly el ruido de los pasos gotosos de su padre,
aproximándose a la puerta del salón acompañados del rígido resonar de
los zapatos de altos tacones de Feathertop, sentóse recta como una
flecha y comenzó inocentemente a entonar una canción.

--¡Polly! ¡Polly, hija mía!--gritó el viejo mercader.--Ven acá,
chiquilla.--

El continente del magistrado aparecía turbado e indeciso cuando abrió la
puerta.

--Este gentilhombre,--continuó, presentando al extranjero,--es el
caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que me trae un
recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con su
señoría, niña, y honradle como su calidad merece.--

Después de estas pocas palabras de presentación, el magistrado abandonó
el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado Polly a su padre
en vez de dedicarse por entero a la contemplación del brillante
caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la
inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando
de esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca
galvánica, que se convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop
hubo vuelto las espaldas; al mismo tiempo que amenazaba con el puño
cerrado y golpeaba el suelo con su pie gotoso; falta de cortesía que
trajo consigo su inevitable y doloroso resultado. Parece, en verdad, que
la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual fuere, actuaba más
por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader. Siendo además
hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que las
figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento.
Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras
eran una partida de diablillos debidamente provistos de cuernos y cola,
y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo diabólico en
toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus
sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un
obscuro pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la
estrella que Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas,
reflejando trémulos rayos sobre los muros, el techo y el pavimento.

Con tales siniestros pronósticos que se manifestaban de maneras tan
diversas, no es sorprendente que el mercader pensara que comprometía a
su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el fondo de su alma la
elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando este atrayente
personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el corazón,
inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con
el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría
puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante;
pero había de por medio cierto grave terror que le constreñía.

Este respetable anciano, se había dejado arrastrar algo en mal camino en
su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora obligado a
redimirlo por el sacrificio de su hija.

La puerta del salón era en parte de cristales cubiertos por una cortina
de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al sesgo. Tan vivo interés
acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a acontecer entre la
bella Polly y el galante Feathertop que, después de abandonar el
aposento no pudo impedirse de mirar por la abertura de la cortina.

Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada, fuera de las bagatelas
antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que algún peligro
sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era
indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo;
y, de consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe
confiar sin la debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El
digno magistrado que conocía la humanidad en cualquiera esfera o
condición, no podía menos de advertir que todos los gestos y ademanes
del distinguido Feathertop respondían en absoluto a las conveniencias
del momento: nada de rudeza natural había quedado en él; las
convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su naturaleza
íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta misma
peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y
fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en
el hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así
como si su individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una
sombra. Tratándose de Feathertop, esta impresión se confundía en un
sentimiento extravagante, fantástico y original, como si su vida y
esencia dependieran del humo rizado que se escapaba de su pipa.

Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba
entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar
distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta
gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que
no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su
compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba
la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó
positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo
magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para
provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda
tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca
semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus
palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven;
nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres
heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos
momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios
tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella
chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con
regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh,
linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos
diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a
una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?

De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa
pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a
que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los
bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor
indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de
colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que
traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y
los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como
deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera
tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes
dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una
lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los
ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito,
alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se
desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la
dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante
remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto
de su composición real, despojada de toda hechicería.

¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos
con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones
anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues
quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo
vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión
de su propia personalidad.

Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de
este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas
de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la
carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que
parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.

"¡Ah!" pensó la vieja bruja, "¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha
salido fuera de su tumba?"

Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su
pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho;
los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido
aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los
mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como
sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por
completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil
artificio.

--¿Qué cosa salió mal?--preguntó la bruja.--¿Olfateó el hipócrita juez
más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte
demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!

--No, madre,--dijo Feathertop desesperadamente;--no es eso.

--¿La chica desdeñó a mi precioso?--preguntó Mamá Rigby lanzando rayos
feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.--¡Cubriré su
rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa!
¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya
digna de ti!

--Dejadla tranquila, madre,--respondió el pobre Feathertop;--la doncella
estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría
hecho sentirme completamente humano. Pero,--añadió tras breve pausa y
con un grito de desprecio para sí mismo,--¡me he visto, madre! ¡He visto
la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir
más!--

Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la
chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de
paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una
arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de
luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de
boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi
humano.

"¡Pobre chico!--exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su
desventurada creación.--¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay
millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados
de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que
entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se
aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de
ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?--

Murmurando estas palabras, había llenado la bruja una nueva pipa de
tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre colocarla en
sus propios labios o en los de Feathertop.

--¡Pobre Feathertop!--continuó.--Podría darle fácilmente ocasión de
ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo. Pero no; es
demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene demasiado
corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e
indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de
todo. Es un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si
todos sus semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran
bien para la humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que
él.--

Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus labios.

--¡Dickon!--gritó con su aguda e imperiosa voz,--fuego para mi pipa!



EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN


LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que
terminó en la renombrada "batalla de Lóvell," es uno de los pocos
incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del
romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la
imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña
banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón
de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de
acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería
andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas
individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos
referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias
funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y
condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La
historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este
asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera
adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera
millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres
ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los
incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo
relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos
combatientes que sobrevivieron en la retirada de la "batalla de Lóvell."


       *       *       *       *       *

Brillaban alegremente los primeros rayos del sol sobre la copa de los
árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros
fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble
sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca
del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que
prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando
su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas,
semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales
parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una
extensión de varios acres en torno de esta roca, los robles y otros
árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto
ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía
inmediatamente detrás de los viajeros.

Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño
evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del
árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se
sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus
cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso
cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la
juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el
agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada
desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la
íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en
seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un
joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza
sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento
causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de
romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento
de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto
del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte
sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo;
y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó
repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué
preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste
sacudió la cabeza.

--Rubén, hijo mío,--dijo,--esta roca tras de la cual nos encontramos
servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas
millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun
cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de
esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo
que yo pensaba.

--Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,--replicó el
joven,--y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí
mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos;
y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al
hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las
guarniciones de la frontera.

--No tengo dos días de vida, Rubén,--dijo el otro, serenamente,--y mi
cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con
dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus
fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te
apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la
muerte.

--Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,--dijo Rubén
con resolución.

--No, hijo mío, no,--insistió su compañero.--Deja que se imponga la
voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte.
¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de
que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre,
Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te
ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!

--Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar
insepulto en esta soledad?--exclamó el joven.--No; si vuestro fin se
aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna
despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual
descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo
me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.

--En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los
hombres,--replicó el otro,--se acostumbra enterrar a los muertos.
Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser
humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo
el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan
caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta
roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin,
para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un
guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al
contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!--

Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron
visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que
existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un
hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría
afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de
Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las
súplicas de su compañero.

--¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!--exclamó el
joven.--Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la
mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero
aquí...

--Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,--interrumpió Malvin.--Soy hombre
de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que
pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida.
Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama;
y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche
caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora
podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso
corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de
haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar
mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.

--¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas?--exclamó
Rubén.--¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré
defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días
conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos
perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la
tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme
obligado a decir esto a Dorcas?

--Dirás a mi hija,--repuso Róger Malvin,--que, a pesar de encontrarte
dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis
pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise
yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio
del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido
salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que
serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos
y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera
que recorreréis juntos.--

Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas
palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad;
mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se
apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén.
Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes.
Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con
arte generoso a procurar su propio interés.

--Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de
vida,--prosiguió.--Es posible que con pronta asistencia llegara a
recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya
a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y
probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se
hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una
de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que
no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?--

Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar
esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén.
Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de
Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos
semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar
la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse
de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.

--Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que
nuestros amigos no se encuentran muy distantes,--dijo a media voz.--Un
cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido
bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el
fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría
tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de
marcha. Aconsejadme escrupulosamente,--añadió, volviéndose a Malvin,
desconfiado de su propio criterio.--Si estuvierais en mi lugar, ¿me
abandonaríais mientras tuviera vida?

--Hace veinte años,--replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al
reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos,--hace veinte años
que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca
de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al
fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y
trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer
pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro,
amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a
partir.

--¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?--preguntó Rubén, pendiente de
las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio
éxito.

--Sí;--respondió el otro.--Llegué al campamento de una partida de
cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde
mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que
trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo
estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.--

Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se
fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del
joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.

--¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!--dijo.--Vuelve con
nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las
heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía
dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi
corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.--

Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía
mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse
abandonado para expirar en la soledad.

Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud,
alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los
deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían
sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil
provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un
lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la
roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven
roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era
innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de
Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente,
quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva.
El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo
en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría,
ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo
en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando
las últimas palabras de Malvin.

La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos
respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de
ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra
mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro
humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de
ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

--Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por
ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos
por tu abandono--aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén--porque
sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado
sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún
tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días,
y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y
vuelve, Rubén,--añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al
fin,--cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado;
vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a
murmurar una plegaria sobre mis restos.--

Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a
los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres
de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos;
presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el
propósito de enterrar a los que habían perecido "en las fauces del
desierto." Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la
solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de
Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en
sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que
quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente
convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin.
Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta
que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la
felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de
resistir.

--Es suficiente,--dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de
Rubén.--¡Ve, y que Dios te guíe!--

El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles
y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo,
cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.

--¡Rubén, Rubén!--dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose
junto al moribundo.

--Levántame y déjame reclinado contra la roca,--fué su última
petición.--Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré
divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.--

Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura al moribundo,
comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más
rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de
remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más
justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin;
mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas,
retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa
curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído,
miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y
los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había,
sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si
simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de
Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo
percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras
que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable.
Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y
de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo,
luchó fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a
la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a
quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente
como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y
mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e
implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no
retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de
sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la
brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a
Rubén su juramento.

       *       *       *       *       *

Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su
marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas
sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por
la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su
naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin
apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros
productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad,
muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero
había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera
intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de
que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas
veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven
corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que,
incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol,
viéndose obligado a esperar allí la muerte.

En tal situación fue descubierto por una partida despachada en socorro
de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a
la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.

Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos, velaba al lado del
lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que son
privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios
días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y
obstáculos que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar
respuesta definida a las preguntas con que muchas personas se
apresuraban a fatigarle. No habían circulado aún detalles auténticos del
combate; ni era dado tampoco a las madres, esposas e hijos saber si los
seres amados de su corazón estaban cautivos o yacían entre las cadenas
inquebrantables de la muerte. Dorcas guardaba en silencio sus temores
hasta que una tarde, despertando Rubén de un sueño intranquilo, pareció
reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el
joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar
más largo tiempo su ansiedad filial.

--¿Y mi padre, Rubén?--comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su
amante la obligó a detenerse.

El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió
violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso
fue ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y
habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.

--Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió
embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente
acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y
morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación;
y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis
fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu
padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del
cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la
vida se le escapaba; y...

--¡Murió!--exclamó Dorcas débilmente.

Rubén sintió cuán imposible era confesar que su egoísta amor a la vida
le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se
hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó,
desfallecido y avergonzado, ocultando, el rostro entre las almohadas.
Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se había
anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su
violencia.

--¿Abriste una fosa para mi padre en el desierto?--fué la pregunta que
expresó inmediatamente su piedad filial.

--Mis brazos estaban débiles; pero hice lo que pude,--replicó el joven
en voz baja.--Elévase una magnífica piedra tumularia sobre su cabeza y,
¡pluguiera al cielo que me sea dado reposar tan tranquilamente como
él!--

Observando Dorcas el extravío de sus últimas palabras, no inquirió más
en aquella ocasión; pero su corazón se tranquilizó a la idea de que
Róger Malvin no había carecido de los ritos funerarios que era posible
procurar. La historia del valor y la fidelidad de Rubén no perdió nada
de su fuerza cuando Dorcas la refirió a sus amigos; y el pobre joven, al
dejar con vacilante paso su cuarto de enfermo para respirar la brisa
soleada, hubo de sufrir la miserable y humillante tortura del inmerecido
elogio general. Todos reconocían que era digno de solicitar la mano de
la hermosa doncella a cuyo padre había sido fiel "hasta la muerte;" y
como mi cuento no es de amor, baste decir que pasados algunos meses
Rubén llegó a ser el esposo de Dorcas Malvin. Durante la ceremonia
nupcial el rostro de la desposada brillaba con reflejos sonrosados; pero
el semblante del esposo estaba pálido.

Atormentaba ahora el corazón de Rubén Bourne un sentimiento
incomunicable; algo que debía ocultar cuidadosamente a la persona que
más amaba y en quien más confiaba en el mundo. Deploraba amarga y
profundamente la cobardía moral que había retenido sus palabras cuando
estuvo a punto de confesar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el temor
de perder su cariño, la obsesión del desprecio general, impidiéronle
rectificar la falsedad. Comprendía que no era acreedor a censura alguna
por haberse separado de Róger Malvin. Su presencia, el sacrificio
gratuito de su vida, habría agregado solamente una nueva angustia a los
últimos momentos del moribundo; pero al disimular este hecho
justificable, le había prestado la apariencia misteriosa de una falta;
de manera que Rubén, a quien su razón decía haber procedido
honradamente, experimentaba, sin embargo, en alto grado los terrores
mentales que constituyen la expiación de todo aquel que ha perpetrado un
crimen oculto. Por efecto de cierta asociación de ideas llegaba hasta
considerarse a veces casi un asesino. Durante muchos años, también, le
asaltaba de repente una idea que no podía arrojar por completo de su
mente aun cuando comprendía toda su insensatez y extravagancia. Tenía la
obsesión torturadora de que su suegro permanecía aún sentado al pie de
la roca, sobre las marchitas hojas, vivo y aguardando el socorro que
había implorado. Estas alucinaciones mentales, aparecían y desaparecían
sin que, a pesar de todo, jamás las hubiera tomado Rubén por realidades;
pero cuando su ánimo estaba tranquilo y despejado, sentíase consciente
de haber faltado a una promesa solemne, y de que un cuerpo insepulto
clamaba por él desde el desierto. Mas, a consecuencia de su
prevaricación, veíase en la imposibilidad de obedecer a la llamada. Era
demasiado tarde para invocar la asistencia de los amigos de Róger Malvin
para llevar a cabo el entierro diferido por tanto tiempo; y el
supersticioso temor a que eran dados más que nadie los colonos
extranjeros, retraía a Rubén de aventurarse solo en esta empresa. No
sabía siquiera hacia qué lado de la inmensa selva debía buscar la
bruñida roca con sus fantásticos caracteres, a cuya base yacía el
insepulto cadáver: sus recuerdos de todo el viaje eran muy indistintos,
y la última parte no había dejado impresión alguna en su memoria.
Sentía, sin embargo, un impulso constante, una voz perceptible sólo a
sus oídos, que le ordenaba volver y redimir su promesa; y tenía la
convicción extraordinaria de que, al tratar de efectuarlo, llegaría
directamente hasta los restos de Malvin. Mas año tras año seguía
desobedeciendo esta intimación desoída aunque sentida. Este único y
secreto pensamiento llegó a convertirse en una cadena que liaba su
espíritu y roía su corazón como una serpiente, transformándole poco a
poco en un hombre irritable, melancólico y abatido.

En el transcurso de algunos años de matrimonio, se presentaron notables
cambios en la prosperidad de Rubén y Dorcas. Toda la riqueza del primero
había consistido en su corazón sano y sus brazos robustos, mientras
Dorcas, única heredera de su padre, hizo dueño a su esposo de una granja
cultivada de antiguo, más extensa y mejor provista que la mayor parte de
los establecimientos de la frontera. Rubén Bourne era, sin embargo, un
propietario descuidado: en tanto que las tierras de los otros
fructificaban anualmente cada vez más, las suyas se arruinaban en igual
proporción. El desaliento por la agricultura había disminuído con la
terminación de la guerra india, durante la cual viéronse los hombres
obligados a manejar con una mano el arado y el mosquete con la otra,
juzgándose afortunados si los salvajes no destruían el producto de su
arriesgada labor, ya en las sementeras o en los graneros. Pero Rubén no
aprovechó de las nuevas condiciones del país; ni tuvieron éxito sus
escasos intervalos de aplicación industriosa a sus negocios. La
irritabilidad por la cual había llegado a distinguirse era otra de las
causas de su decreciente prosperidad, ocasionándole continuos disgustos
en sus inevitables relaciones con los colonos vecinos. El resultado de
todo esto fueron juicios innumerables; porque el pueblo de la Nueva
Inglaterra, en los primeros tiempos y en medio de las salvajes
condiciones del país, adoptaba siempre que le era posible el método
legal para zanjar sus diferencias. En una palabra, la gente no
simpatizaba con Rubén Bourne; y, completamente arruinado algunos años
después de su matrimonio, restábale un sólo recurso para luchar contra
la mala suerte que venía persiguiéndole: abrirse paso entre los rincones
más escondidos de la selva y procurarse la subsistencia en algún paraje
virgen del desierto.

Rubén y Dorcas tenían un hijo de su matrimonio, llegado ya a la edad de
quince años, hermoso adolescente que prometía gloriosa virilidad.
Estaba especialmente dotado para las salvajes proezas de la vida de la
frontera, en las cuales empezaba ya a sobresalir. Tenía el pie ligero,
la puntería exacta, rápida comprensión y corazón animoso y jovial; de
manera que todos los que preveían la repetición de la guerra india,
hablaban de Cyrus Bourne como de un jefe futuro para la colonia. Rubén
amaba al mancebo con profundo y reconcentrado ardor, como si todo lo que
había de bueno y feliz en su naturaleza se hubiera transmitido a su hijo
con la fuerza de su afección. Aun Dorcas, amante y amada, le era mucho
menos cara que el joven; porque los secretos pensamientos y emociones
solitarias de Rubén habíanle vuelto egoísta poco a poco, y sólo era
capaz de amar profundamente aquello que representaba, o que él
imaginaba, un reflejo o renovamiento de su propia naturaleza. Se
reconocía en Cyrus, como había sido en sus lejanos días; y parecía a
veces compartir el espíritu del mancebo y revivir a una vida nueva y
feliz. Rubén partió acompañado de su hijo a la expedición emprendida con
el objeto de elegir el trozo de terreno que deberían cultivar, y
derribar y quemar los árboles; labor necesariamente preliminar al
transporte de sus enseres domésticos. Transcurrieron así dos meses del
otoño; pasados los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron a
pasar el último invierno en las colonias.

       *       *       *       *       *

A principios del mes de mayo la pequeña familia, cortando los vínculos
de afecto que la encadenaban a los objetos inanimados, se despidió de
los pocos que aún se apellidaban sus amigos a despecho de la ruina de su
fortuna. La tristeza de la partida mitigábase en diversas formas en cada
uno de los peregrinos. Rubén, hombre caprichoso y misántropo a causa de
su desdicha, partió con su severa fisonomía habitual y con los ojos
bajos, sintiendo poca pesadumbre y desdeñando reconocerla. Dorcas,
sollozando fuertemente por el desgarramiento de los lazos con que su
naturaleza sencilla y afectuosa se había unido al lugar, sentíase de
otro lado confortada a la idea de que los seres queridos de su corazón
marchaban con ella y que estarían reunidos dondequiera que se
dirigiesen. Y el mancebo, a la vez que enjugaba una lágrima en sus ojos,
pensaba en el placer de las aventuras que le brindaba la selva jamás
hollada.

¡Oh! ¿quién no ha deseado, en el entusiasmo de un ensueño a ojos
abiertos, vagar en la inmensidad de un desierto estival, sintiendo en el
brazo el peso ligero de una criatura dulce y bella? Los jóvenes no
encontrarían más barrera a su paso libre y triunfante que el bullente
océano o las montañas coronadas de nieve; el hombre tranquilo elegiría
su hogar allá donde la naturaleza ha provisto doble riqueza, en el valle
de algún transparente arroyuelo; y cuando la edad provecta le alcanzara
allí, tras largos años de esta pura existencia, encontraríale convertido
en el padre de una raza, en el patriarca de un pueblo, en el fundador de
lo que estaba llamado a ser una nación. Y cuando la muerte llegara hasta
él, como el dulce sueño que invocamos tras un día de felicidad, sus
numerosos descendientes llorarían sobre sus venerados restos. Envuelto
por la tradición en misteriosos atributos, sería semejante a un dios
para las generaciones venideras; y su posteridad más remota le miraría
en un pedestal, dominando el valle milenario en el esplendor de su
gloria.

La intrincada y sombría selva a través de la cual vagaban los personajes
de mi cuento era completamente diferente de la tierra fantástica del
soñador. Posesionábase de su existencia la naturaleza, a pesar de todo;
y las aflictivas preocupaciones traídas del mundo exterior eran lo único
que se oponía ahora a su felicidad. Una robusta y peluda caballería, que
conducía todas sus riquezas, no protestaba por el pequeño peso de Dorcas
que se le agregaba a veces; ya que generalmente el vigor de su raza la
sostenía al lado de su marido durante la última parte de la jornada
diaria. Rubén y su hijo, con el mosquete al hombro y el hacha colgada a
la espalda, conservaban su paso infatigable, espiando con ojos de
cazador las piezas que servían para su sustento. Cuando el hambre se
dejaba sentir, deteníanse y preparaban su alimento en el bosque, en el
margen de algún inmaculado arroyo que protestaba con dulce murmullo,
como una doncella al primer beso de amor, cuando se arrodillaban para
beber rozándolo con sus labios sedientos. Dormían en una choza fabricada
de ramas y despertaban al brotar la aurora, frescos para emprender las
tareas del nuevo día. Dorcas y el mancebo viajaban alegremente, y aun
el espíritu de Rubén brillaba a intervalos con muestras exteriores de
placer; pero interiormente le agobiaba un pesar frío, tan frío que lo
comparaba a las masas de nieve acumuladas en las profundidades de los
valles y en las hondonadas de los riachuelos, mientras arriba se
ostentan las hojas de verde brillante.

Cyrus Bourne tenía suficiente conocimiento de la selva para advertir que
su padre no seguía el mismo rumbo que tomaron en su expedición del
pasado otoño. Dirigíanse ahora más hacia el norte, abandonando la
dirección de las colonias y penetrando en una región de que bestias y
hombres salvajes eran los únicos posesores. El joven hizo alusión
algunas veces a esta materia, y Rubén le escuchaba atentamente, llegando
a cambiar una o dos veces la dirección de su marcha siguiendo los
consejos de su hijo; mas apenas lo había hecho, parecía encontrarse
intranquilo. Lanzaba hacia adelante miradas rápidas y escudriñadoras,
buscando aparentemente enemigos ocultos detrás de los troncos de los
árboles; y no encontrando nada peligroso por aquel lado, tornábalas
atrás como si temiera ser perseguido. Observando Cyrus que su padre
volvía gradualmente a su primera dirección, no trató ya de intervenir:
no permitiéndole su naturaleza aventurera lamentar la mayor extensión y
misterio de su ruta, aunque sentía involuntariamente oprimírsele el
corazón.

En la tarde del quinto día, hicieron alto y armaron su sencillo
campamento una hora antes del ocaso. El aspecto del país en las últimas
millas aparecía diverso a causa de las ondulaciones del terreno que
semejaban las olas enormes de algún mar petrificado; en una de cuyas
depresiones, paraje romántico y agreste, levantó la familia su tienda y
encendió su hogar. Había algo que estremecía y emocionaba a la par en el
espectáculo de aquellos tres seres, unidos por los fuertes lazos del
amor y aislados de toda otra criatura humana. Los obscuros y tétricos
pinos se inclinaban sobre ellos y cuando el viento barría sus altas
ramas, un rumor misericordioso escuchábase en el bosque; ¿o quizá se
lamentaban aquellos viejos árboles, temiendo que los hombres intentaran
al fin destrozar sus raíces con el hacha? Rubén y su hijo se propusieron
marchar en busca de caza, de la cual no tenían provisión aquel día,
mientras Dorcas preparaba la cena. El mancebo, después de prometer que
no se alejaría mucho del campamento, partió con paso tan ligero y
elástico como el ciervo que se proponía derribar; mientras su padre,
sintiendo pasajera felicidad al mirarle, pensaba enderezar sus pasos en
dirección opuesta. Dorcas, entretanto, sentóse cerca del fuego de secas
ramas, sobre un tronco de árbol caído hacía largos años, enmohecido
ahora y cubierto de musgo. Su ocupación, alternada con una mirada
incidental al puchero que comenzaba a hervir sobre el fuego, era la
lectura del almanaque de Massachusetts del año en curso que, con
excepción de una vieja Biblia en gótico, constituía toda la riqueza
literaria de la familia. Nadie presta mayor atención a la división
arbitraría del tiempo que aquéllos que se encuentran excluídos de toda
sociedad; y así Dorcas hizo notar como dato de importancia que era el
doce de mayo. Su marido se estremeció.

--¡El doce de mayo! ¡Debería recordarlo bien!--murmuró, mientras un
torrente de pensamientos ocasionaba cierta confusión momentánea en su
mente.--¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro vagando? ¿En dónde le he
dejado?--

Dorcas, demasiado acostumbrada a las maneras inciertas de su marido para
notar especialmente esta nueva peculiaridad, dejó el almanaque a un lado
y se dirigió a él con aquel tono melancólico que los corazones tiernos
dedican a los pesares largo tiempo enfriados y desvanecidos.

--Por estos días, en este mismo mes, hace dieciocho años, mi pobre padre
abandonó este mundo por otro mejor. Tuvo un brazo cariñoso para sostener
su cabeza y una tierna voz para alentarle en sus últimos momentos,
Rubén; y el pensamiento de los afectuosos cuidados que le prodigaste me
ha consolado muchas veces desde aquel tiempo. ¡Oh! ¡La muerte sería
horrible para un hombre solitario en un lugar tan abandonado como éste!

--¡Ruega al Cielo, Dorcas,--dijo Rubén con voz interrumpida,--ruega al
Cielo que ninguno de nosotros muera solitario y quede insepulto en esta
triste soledad!--Y se apresuró a alejarse, dejándola cuidar del fuego
bajo los tétricos pinos.

La rapidez de la marcha de Rubén Bourne disminuyó poco a poco conforme
se hacía menos sensible el dolor que las inocentes palabras de Dorcas le
habían producido. Mil extrañas reflexiones se apoderaron, sin embargo,
de su mente; y, avanzando más bien con paso de somnámbulo que de
cazador, no podía atribuirse a precaución alguna de su parte que su
tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos del campamento. Sus pasos se
encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no observó siquiera que se
encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto de espesa
arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de éstos, veíanse aquí
robles y otras clases de árboles de madera dura; y en torno de sus
raíces brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios
vacíos y cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce
de las ramas o el crujido de los troncos producía algún rumor, como si
la selva despertara de un sueño, Rubén levantaba instintivamente el
mosquete que reposaba en su brazo y lanzaba una mirada rápida y
escrutadora por todos lados; mas, convencido por su ligera observación
de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo a sus
pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había
arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su
rumbo premeditado. Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de
su alma, donde el motivo yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le
había hecho adelantar y que una potencia sobrenatural había impedido su
regreso. Confiaba en que la Providencia le procuraría la ocasión de
expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan largo tiempo
insepultos; y que, una vez depositados bajo tierra, la paz arrojaría
sus resplandores sobre el sepulcro de su corazón. Distrájole de estas
ideas un rumor en el bosque a corta distancia del sitio a que había
llegado. Observando el movimiento de algún objeto detrás de la espesa
cortina de maleza, hizo fuego con el instinto del cazador y la seguridad
del buen tirador. Un suave quejido, que decía de su certeza, y con el
cual aun los animales pueden expresar su agonía mortal, pasó inadvertido
para Rubén Bourne. ¿Qué recuerdos se atropellaban en su mente?

La espesura en cuya dirección había hecho fuego crecía cerca de la cima
de una ondulación del terreno, apretándose en torno de la base de una
roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba lejos de
asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un
espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén:
reconocía hasta las venas que parecían formar una inscripción en
olvidados caracteres. Todo continuaba igual, excepto una densa maleza
que envolvía la parte baja de la roca, y habría ocultado a Róger Malvin
en caso que permaneciera todavía sentado en aquel sitio. En este momento
las miradas de Rubén advirtieron otro cambio que el tiempo había
efectuado desde que se encontró por última vez en el mismo lugar que
ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído. El árbol
joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento,
había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble,
lejos todavía de su madurez, pero abundantemente provisto de umbrosas
ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar a
Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el
exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna
circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama
más alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén
recordaba cómo había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama
cuando estaba verde y fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la
había marchitado?

       *       *       *       *       *

Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas continuó sus
preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de un
árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido
un mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante
metal que les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era
algo extraño encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno
desolado de la naturaleza. El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre
las ramas altas de los árboles que crecían en terreno elevado; pero las
sombras de la tarde obscurecían ya la hondonada donde habían acampado, y
el fuego comenzaba a enrojecerse reflejándose en los negros troncos de
los pinos o revoloteando sobre la densa y obscura masa de follaje que
circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste; porque sentía que era
preferible viajar en el desierto con los amados de su corazón, que
vivir aislada en medio de una multitud que no se interesara por ella.
Mientras se ocupaba en arreglar asientos de trozos de madera cubiertos
de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la selva sombría
siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La ruda
melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía
una noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia,
asegurada contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de
nieve, se regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el
indecible hechizo peculiar de la idea original; pero cuatro líneas,
insistentemente repetidas, brillaban entre el conjunto como el fuego de
los corazones cuya alegría celebraban. En ellas, con la magia de unas
cuantas palabras, había destilado el poeta la verdadera esencia del amor
de la familia y de la felicidad doméstica, y eran un cuadro y un poema a
la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su casa abandonada
parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba el rumor
del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las
ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los
ecos de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías
del campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad
al lado del fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió
con todo el orgullo de su corazón maternal.

--¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún ciervo!--exclamó,
recordando que Cyrus había partido a cazar en la dirección hacia donde
resonó el tiro.

Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las
crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus
proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó
su alegre voz a encontrarle entre los árboles.

--¡Cyrus! ¡Cyrus!--

Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su
encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si
su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se
lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente,
enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando
mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y
correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía
servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con
la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en
el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente
indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía.
Varias veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y
una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca.
Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el
tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las
cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa.
Rodeando la base de la roca, se encontró súbitamente junto a su marido
que había llegado por otra dirección. Inclinando el cañón de su fusil
cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén parecía absorto en
la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.

--¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te quedaste dormido sobre
él?--exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la ligera la
posición y aspecto de su marido.

Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y cierto horror frío y
siniestro, indefinible en su origen y en su objeto, comenzó a apoderarse
de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su marido tenía
palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran
incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación
que las petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su
presencia.

--¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!--exclamó Dorcas, y el eco
extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio de
muerte.

Su marido se estremeció, la miró en el rostro, condújola al frente de la
roca y señaló con el dedo.

¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin sueños, sobre las hojas
caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el brazo; sus suaves
rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros estaban
ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al
joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que
aquello era la muerte!

--Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu familia más cercana,
Dorcas,--dijo su marido.--Tus lágrimas regarán a la vez la tumba de tu
padre y la de tu hijo.--

Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció brotar de lo más
hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al cuerpo de su
amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del roble
se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves
fragmentos sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y
su hijo y sobre los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el
corazón de Rubén y brotaron lágrimas de sus ojos como el agua de una
roca. El hombre abatido por la desgracia redimió la solemne promesa del
mancebo herido. Su crimen quedaba expiado; la maldición se apartaba de
su lado; y después de haber vertido sangre más querida a su corazón que
la suya propia, subió a los cielos por primera vez en largos años una
plegaria de labios de Rubén Bourne.



ÉDWARD ÉVERETT HALE


Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts, el 3 de abril de
1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909. Procedía de una
familia distinguida de patriotas y hombres importantes en
intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en
Harvard University, graduándose en la universidad a la temprana edad de
diecisiete años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo,
dedicándose luego al estudio de la teología, y más tarde fue ministro
unitario, ejerciendo el ministerio de pastor en varias iglesias
principales de Wórcester y Boston, Massachusetts. Desde 1903 hasta 1909,
época de su fallecimiento, fué capellán del senado nacional. Fué
abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de reforma,
famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y filántropo.
Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy
diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: _History of Kansas and
Nebraska_ (1854); _Ninety Days' Worth of Europe_ (1861); _A Man without
a Country_ (1861); _Puritan Politics in England and New England_ (1869);
_The Ingham Papers_ (1870); _Ten Times One Is Ten_ (1870); _His Level
Best_ (1872); _Philip Nolan's Friends_ (1876); _A New England Boyhood_
(1892); _How to Live_ (1902); _Memories of a Hundred Years_ (1902); _We,
the People_ (1903); _Foundation of the Republic_ (1907); y muchos
volúmenes de sermones, libros para niños, etc.

[Illustration: ÉDWARD ÉVERETT HALE]



EL HOMBRE SIN PATRIA


SUPONGO que pocos lectores del _New York Herald_ del 13 de agosto de
1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las
defunciones, el anuncio siguiente:

     NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta _Levant_ de
     los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHÍLIP NOLAN.

Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme
desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un
vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba,
por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y
matrimonios anunciados en el _Herald_. Tengo buena memoria para nombres
y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones
suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se
habrían interesado en este anuncio, si el oficial del _Levant_ que lo
redactó, hubiéralo hecho en esta forma: "Falleció, mayo 11, _El hombre
sin patria_". Pues bajo el nombre de "El hombre sin patria" había sido
generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de
marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la
verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que
muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una
vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su
nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.

No hay ningún mal en referir la historia de este ser infortunado. Hasta
hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun cuando terminó la
administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los oficiales
de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice muy
alto ciertamente del _esprit de corps_ de la profesión y del honor
personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido
totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por
ciertas investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí
agregado al despacho de los astilleros, me inclino a pensar que los
informes oficiales a su respecto se quemaron cuando el incendio de los
edificios públicos en Wáshington. Uno de los Túcker, o quizá uno de los
Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación de la guerra; y cuando,
al regresar del viaje, presentó su informe en Wáshington a uno de los
Crówninshield, que se encontraba entonces en el departamento de marina,
descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por completo tal
historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la
política adoptada consistía en un "_Non mi ricordo._" Pero lo que sé es
que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de marina ha mencionado a
Nolan en sus informes de viaje.

Como dije antes, no existe ahora la necesidad de misterio. Y ya que ha
muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante referir un poquillo
de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes americanos del
día lo que significa ser _un hombre sin patria_.

Phílip Nolan era un joven oficial de los más distinguidos en la "Legión
del Oeste," como se llamaba entonces la división de nuestro ejército
originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y arrojada
expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró en el fuerte de Mássac
o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta por el diablo, a
aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena, imagino.
Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días a
navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la
vida de cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del
permiso de escribirle que le había concedido el gran hombre. El pobre
mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y volvió
a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de
respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se
burlaban de él porque, en su afección mal recompensada por un político,
había sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al
_monongahela_,[39] al _sledge_ y al _high-low-jack_.[40] El
_bourbon_,[39] el _euchre_ y el _poker_,[40] eran aun desconocidos. Pero
un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió Burr el río, no
como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus reales, sino
como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos
procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su
nombre había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas
semanales; y se rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un
imperio delante de él. El día de su llegada fué un gran día para el
pobre Nolan. No haría una hora que se encontraba Burr en el fuerte
cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche pidió a Nolan que le
acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un árbol de
algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron la
vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun
cuando él todavía lo ignoraba, se convirtió en _un hombre sin patria_.

Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos
interesa, de otro lado. Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y
Jéfferson y los partidarios de la casa de Virginia[41] de aquel entonces
se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa de
York[42] con motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de
los acalorados de segundo orden en aquel distante valle del Misisipí,
más alejado entonces de nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de
Púget, introdujeron la novedad en su escenario provincial; y para
disipar la monotonía del verano en el fuerte de Adams, se dieron como
espectáculo una serie de juicios militares de los oficiales. Varios
coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la lista entró
también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes, Dios
lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido
abandonarlo, que habría obedecido gustoso la orden de marchar a
cualquier lado con todo el que quisiera seguirle, siempre que la orden
apareciera firmada: "Por mandato de Su Excelencia, A. Burr." La corte
marcial proseguía sus tareas. Pero los pájaros gordos volaban, a lo que
yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó suficientemente establecida,
como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo hubiéramos sabido nunca de
él, si no fuera porque al preguntarle el presidente del tribunal,
momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su lealtad
constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:

"¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los
Estados Unidos!"

Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras
al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo
menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución,
arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales
que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su
parte, había crecido en el oeste[43] de aquellos días, en medio de la
"conspiración española," y la "conspiración de Órleans," y todo lo
demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada
por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su
educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus
expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que
su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la
colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor
persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los "Estados
Unidos" apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había
vivido a costa de los "Estados Unidos," todo el tiempo que estaba en el
ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los "Estados
Unidos." Los "Estados Unidos" le habían dado el uniforme que vestía y
la espada que llevaba al costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque
los "Estados Unidos" os habían aceptado entre los primeros como uno de
sus leales hombres de honor, aquel "A. Burr" se preocupaba de vos un
pelo más que de los hombres de su chata que izaban la vela de la
embarcación.

No excuso a Nolan; explico simplemente al lector por qué enviaba al
diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella jamás.

Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez después de aquellas
palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de 1807, hasta el
día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo a los
Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.

El viejo Morgan, como he dicho, sintióse terriblemente ofendido. Si
Nolan hubiera comparado a George Wáshington con Bénedict Árnold, o
gritado "¡Dios guarde al rey George!" no habría quedado Morgan más
dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus
habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el
rostro más blanco que un sudario, para decir:

"¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal! El tribunal decide,
sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a oír el nombre
de los Estados Unidos."

Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El tono del viejo Morgan
había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en silencio mortal
durante un minuto. Aun Nolan perdió su fanfarronería pasado un momento.
Entonces Morgan añadió:--"Señor mariscal, llevad al prisionero a Órleans
en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe naval."

El preboste dió sus órdenes, y sacaron al prisionero de la sala del
tribunal.

"Señor preboste," continuó el viejo Morgan, "cuidad de que nadie
mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor preboste,
ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que nadie
nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo
del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta
noche. La corte se suspende sin día determinado."

Siempre he creído que el coronel Morgan llevó a Wáshington los
procedimientos de la corte marcial, explicando a Jéfferson lo que había
pasado. Lo cierto es que el presidente aprobó la resolución; es decir, a
creerse a las personas que aseguran haber visto su firma. Antes de que
el _Nautilus_ diera la vuelta de Nueva Órleans por la costa
septentrional del Atlántico llevando a su bordo al prisionero, la
sentencia quedaba aprobada y él era un hombre sin patria.

El plan adoptado fué más o menos el mismo que se siguió siempre. Quizá
nació de la necesidad de enviarle por agua desde el fuerte de Adams y de
Órleans. Se solicitó del secretario de marina,--probablemente el primer
Crówninshield, aun cuando no estoy seguro de la persona,--que pusiera a
Nolan a bordo de algún buque del gobierno aparejado para larga
travesía, ordenando que se le confinara de tal suerte que jamás volviese
a oír hablar de su patria ni a volverla a ver. Pocas travesías largas se
realizaban en aquel tiempo, y la marina no gozaba de gran favor; de
manera que, siendo casi todo tradición en esta historia, como ya lo he
explicado, no podría decir con certidumbre cuál fué su primer viaje.
Pero el capitán a quien fué entregado Nolan--probablemente Tíngey o
Shaw, aunque también pudo ser alguno de los jóvenes de aquel tiempo que,
como yo, son viejos en la actualidad--el capitán, decía, reguló la forma
y las precauciones necesarias para el caso, las mismas que, de acuerdo
con aquel programa, se llevaron a cabo hasta la muerte del prisionero.

Treinta años después, cuando era yo oficial segundo del _Intrepid_, vi
el pliego original que contenía las instrucciones. Siempre he lamentado
no haber sacado entonces copia exacta de este papel. Decía, sin embargo,
más o menos lo siguiente:

_Wáshington_ (y la fecha,
que debe haber sido a
fines del 1807).

     SEÑOR: El teniente Neale os entregará la persona de Phílip Nolan,
     ex teniente en el ejército de los Estados Unidos.

     En el transcurso de su juicio por la corte marcial, manifestó dicha
     persona, acompañado de un voto, el deseo de _no volver a oír hablar
     jamás de los Estados Unidos_.

     La sentencia del tribunal fué que este deseo quedara satisfecho.

     Por ahora ha confiado el presidente la ejecución de la sentencia a
     este departamento.

     Tomaréis al prisionero a bordo de vuestro buque, y le guardaréis
     con toda clase de precauciones para impedir su fuga.

     Le procuraréis alojamiento, mesa y vestidos en relación con el
     grado de oficial que había alcanzado en el ejército, como si fuera
     a bordo un pasajero por asuntos del gobierno.

     Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier arreglo que juzguen
     conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele a
     ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se
     encuentra prisionero.

     Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria ni leerá la
     menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis
     especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las
     diversas concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que
     se mantenga esta regla que envuelve su expiación.

     La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver el país de que
     ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje, recibiréis
     órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.

Respetuosamente,
_Por el Departamento de Marina_,
W. SÓUTHARD.



Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden completa, no habría
solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo que respecta
al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor en el
puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán del
_Levant_ la conserva hasta hoy como documento para probar su derecho de
conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.

La regla adoptada a bordo del buque en el cual conocí al "hombre sin
patria" era la misma que se había observado desde el principio, según
creo. En ninguna mesa agradaba tenerle de continuo, porque su presencia
cortaba toda conversación sobre la patria o el regreso futuro, sobre
política y literatura, paz o guerra; suprimiendo, en fin, más de la
mitad de los temas que agrada tratar a los hombres durante una
navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera vedado
reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo;
y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía
conversar con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por
medio. Con los oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta
donde él y los otros quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más
tímido, aunque tenía sus favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el
capitán le invitó a su mesa todos los lunes, y cada mesa le tomó un día
por turno. Según las proporciones del barco, cada uno le tenía a su mesa
con mayor o menor frecuencia. Tomaba el almuerzo en su camarote--siempre
tenía su camarote particular--donde había un centinela o alguien de
guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que comía o bebía, lo
tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la tripulación
tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a "_Plain Buttons_"
(Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con algún
oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres
prohibición de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de
su castigo era moralizador. Llamábanle "Plain Buttons," porque aun
cuando él prefería vestir el uniforme regular del ejército, no se le
permitía usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del
país que había desconocido.

Recuerdo que poco tiempo después de haberme agregado a la marina, me
encontraba una vez en tierra con algunos de los oficiales más antiguos
de nuestro buque, y los del _Brandywine_ con quienes nos reunimos en
Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión al Cairo y a las
Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en aquella
dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos
"Dons" entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a
hablar de Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con
respecto a sus libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía
desembarcar aunque el buque estuviera fondeado en el puerto largos
meses, el tiempo se le hacía pesado con frecuencia, y cualquiera estaba
autorizado para prestarle libros siempre que no fueran publicados en
América, ni hicieran mención de este país. Esta clase de libros era muy
común en aquel tiempo, en que la gente del otro hemisferio se preocupaba
de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay. Recibía así,
pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al buque;
solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o
capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto
resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado
era tan inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre
las batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning,
encontraba de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de
la página venía el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier
trozo insignificante del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera
vez, digo, que llegaba a mi conocimiento algo de este sistema, con el
cual tanto y tanto tuve que hacer después. Lo recuerdo, porque apenas se
hizo alusión a las lecturas, el pobre Phillips, que era de la partida,
nos refirió algo acontecido a Nolan en su primer viaje al cabo de Buena
Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a saber de tal viaje. Habían
tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes de cortesía con el
almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir para una larga
travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje, Phillips
consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses,
lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte
inesperada. Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado,
contábase _The Lay of the Last Minstrel_ (El canto del último trovador),
poema del cual más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno
conocía a fondo. Creo que no haría mucho que se había publicado. Bien;
nadie pensó que hubiera riesgo de encontrar allí nada nacional, aunque
Phillips juraba que el viejo Shaw había arrancado la _Tempestad_ de
Shákespeare antes de dársela a Nolan porque decía, "las islas de Bermuda
deben ser nuestras y, por Júpiter, algún día lo serán." Así, permitióse
a Nolan que se reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo
fumaba y leía en voz alta en el puente. Ahora no se hace esto a menudo,
pero cuando yo era joven matábamos así el tiempo con mucha frecuencia.
Bien; sucedió que llegó el turno a Nolan de leer para los demás; y leía
muy bien, por lo que me sé. Ninguno de los presentes conocía una palabra
del poema; solamente que trataba de magia y caballería, y que pasaba
hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el canto quinto,
detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la menor
idea de lo que venía a continuación:

    Allí vive un hombre tan desgraciado, que nunca a sí mismo pudo decir,

Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera oído antes aquel poema;
pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente o mecánicamente:

    ¡Ésta es mi patria, mi país natal!

Entonces todos advirtieron que algo doloroso se acercaba; mas Nolan,
esperando pasar pronto, supongo, empalideció un poco, pero siguió
adelante:

    "¿Cuyo corazón jamás ardió dentro del pecho,
     tras largos años en ajenas tierras,
     al enderezar sus pasos al hogar?...
     Si allí vive ese hombre, id, miradle bien...."

En este momento todos deseaban en sus adentros que hubiera forma de
saltar dos páginas del poema; pero Nolan no tuvo presencia de ánimo para
esto; tartamudeó un poco, volvióse color de escarlata y balbuceó:

    Para él no entona el ministril sus trovas;
      a pesar de sus títulos, su nombre famoso,
    riquezas sin número, cuanto el deseo puede forjar,
      aquel infeliz, dentro de sí concentrado....

Y aquí se ahogó el desgraciado; no pudo continuar; y levantándose
precipitadamente, arrojó el libro al mar, desapareció en su camarote, "y
¡por Júpiter!" decía Phillips, "no le vimos más por espacio de dos
meses. Y yo tuve que inventar una triste historia para explicar al
cirujano inglés por qué me era imposible devolverle su Wálter Scott."

Esta anécdota revela más o menos el tiempo en que la fanfarronería de
Nolan se había venido abajo. Al principio, decían, era altanero,
consideraba una farsa su prisión, afectaba gozar con el viaje, y así en
lo demás; pero, dice Phillips, que cuando volvió a salir de su camarote
no era ya el mismo hombre. Jamás leyó en voz alta otra vez, a menos que
fuera la Biblia o algo de Shákespeare o cualquiera otra cosa de que
estuviese muy seguro. Pero no fué esto solamente. Jamás volvió a mostrar
con los jóvenes el compañerismo de otros tiempos. Siempre era tímido
después cuando yo le conocí, hablaba rara vez y sólo para contestar,
excepto con unos pocos amigos. Entusiasmábase en contadas
ocasiones--recuerdo haberle oído expresarse con bella elocuencia en los
últimos años de su vida, sobre tema inspirado en uno de los sermones de
Fléchier--pero generalmente tenía el aspecto fatigado y nervioso de un
hombre herido en el corazón.

Cuando efectuaba su viaje de regreso el capitán Shaw, siempre que fuera
Shaw, como he supuesto, abordó con sorpresa general a una de las islas
Windward o Antillas menores, permaneciendo allí casi una semana. Los
marineros decían que los oficiales estaban hartos de carne salada y
querían probar sopa de tortuga antes de regresar a la patria. Mas
después de algunos días llegó el _Warren_ al mismo fondeadero; cambiaron
señales; enviaron cartas y documentos a Phillips y a todos aquellos
hombres que estaban de retorno al hogar, y dijeron que el _Warren_
zarpaba para el extranjero, quizás hasta el Mediterráneo, y que tomaba a
bordo al pobre Nolan y sus petates para la segunda travesía. Él
empalideció profundamente cuando recibió la orden de alistarse para el
transbordo. Sabía bastante de astronomía para comprender que hasta aquel
momento seguían rumbo a "la patria." Esto era prueba evidente de algo en
que no había pensado, de que quizá nunca regresaría a su país, ni
siquiera para estar en prisión. Y fué éste el primero de los veinte o
más transbordos, que le llevaron a habitar pronto o tarde, más de la
mitad de nuestros mejores buques; manteniéndole durante su vida entera a
cien millas de distancia más o menos de la patria de la cual manifestó
una vez el deseo de no volver a oír hablar.

Quizá sí fué durante esta segunda travesía--pues que ello aconteció en
el Mediterráneo--cuando tuvo ocasión de bailar con Mrs. Graff, famosa
belleza del sur en aquella época. Habían estado fondeados largo tiempo
en la bahía de Nápoles donde los oficiales intimaron mucho con la marina
inglesa que les ofreció grandes fiestas; por lo cual pensaron nuestros
hombres corresponder las atenciones dando un suntuoso baile a bordo del
buque. Cómo pudo realizarse esto a bordo del _Warren_, no sabría
decirlo. Tal vez no era el _Warren_, o tal vez las damas de aquel tiempo
no necesitaban tanto espacio como las de hoy. Precisaba a los oficiales
disponer con algún fin del camarote de Nolan, y les disgustaba pedírselo
sin invitarle para el baile; de manera que el capitán autorizó la
invitación, siempre que ellos aceptaran la responsabilidad de evitar que
conversara con personas inconvenientes "que pudieran darle noticias."
Así, el baile se verificó, siendo la fiesta más hermosa de la temporada,
me atrevo a decir; pues jamás he sabido que no lo fueran los saraos de
la gente de guerra. Entre las damas contábase la familia del cónsul de
los Estados Unidos, una o dos viajeras que se habían aventurado hasta
allí y un lindo grupo de señoritas y señoras inglesas, quizá si hasta la
misma Lady Hámilton.

Bien; diferentes oficiales se turnaban conversando amistosamente con
Nolan en forma de evitar que otra persona le hablase. La fiesta
transcurría alegremente; y después de las primeras horas los mismos
camaradas que montaban la guardia honoraria con Nolan dejaron de temer
que ocurriera ningún contratiempo. Solamente cuando una dama inglesa,
quizá Lady Hámilton como dije antes, pidió "las danzas americanas de
figuras," sucedió algo muy original. Todos bailaban contradanzas en
aquella época. La banda negra, muy entusiasta, convino en lo que serían
"las danzas americanas de figuras," y se abrió con _Virginia Reel_,
continuando con _Money-Musk_, al cual debía seguir _The Old Thirteen_
según el orden cronológico. Mas, precisamente en el momento en que Dick,
el director de orquesta, golpeaba la batuta para que comenzaran los
violines, y se inclinaba hacia adelante para decir con todo el
ceremonial negro: "_¡The Old Thirteen_, señoras y caballeros!" como
había dicho, "_¡Virginny Reel_, si gustáis!" y "_Money-Musk_, si
gustáis!" el asistente del capitán le tocó en el hombro, y murmuró algo
en su oído que le impidió anunciar el nombre de la danza; se inclinó
simplemente, comenzó el aire, y todos le siguieron; enseñando los
oficiales las figuras a las jóvenes inglesas sin decirlas por qué la
danza no tenía nombre.

Mas no era ésta la historia que iba yo a referir. En tanto que se
deslizaba la fiesta, Nolan y los camaradas habían recobrado su aplomo,
como digo, a tal punto que pareció enteramente natural que, inclinándose
ante la arrogante Mrs. Graff, dijera el primero:

--Espero que no me habréis olvidado, Miss Rútledge. ¿Puedo aspirar al
honor de teneros por pareja?--

Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que estaba a su lado, no pudo
impedírselo. Ella rió y dijo:

--Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan; pero bailaré con vos lo
mismo que si lo fuera;--e hizo una seña con la cabeza a Shúbrick como
diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde se
formaba la cuadrilla.

Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había conocido a la dama en
Filadelfia y se había encontrado con ella en otras partes, y pensó que
era una enviada de Dios. No es fácil conversar en contradanzas como se
hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero allí había
oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas y
los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y
los franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante
tiempo de conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él
con intrepidez, aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la
anécdota años después:

--Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?--

Entonces la arrogante criatura le miró con ojos penetrantes. ¡Júpiter!
¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!

--¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos el hombre que no
deseaba volver jamás a oír hablar de su patria--y subió inmediatamente
al puente en busca de su marido, dejando al pobre Nolan solo, como
estaba de ordinario. Nunca volvió él a bailar.

No podría referir una historia ordenada de su vida: nadie sería capaz de
hacerlo ahora; y a la verdad, tampoco trato yo de hacerlo. Ésta es la
tradición que he arreglado, porque es lo que creo entre las fábulas que
han circulado acerca de este hombre durante cuarenta años. Las mentiras
que se cuentan de él son innumerables. La gente acostumbraba decir que
era el "hombre de la máscara de hierro;" y el pobre George Pons fué a la
tumba con el convencimiento de que era el autor de "Junius," castigado
por su famoso libelo contra Thomas Jéfferson. Pons no era muy fuerte en
materia de historia.

Anécdota más feliz que todas las que he referido, es la que se refiere a
la guerra. Esto sucedió poco después. He oído contar la historia en tres
o cuatro formas diferentes, y quizá haya pasado más de una vez. Pero no
sabría decir en cuál de los buques tuvo lugar. Sin embargo, en uno de
los grandes duelos de fragata con los ingleses, en los cuales recibió
realmente el bautismo de fuego nuestra armada, aconteció que un
proyectil redondo del enemigo cogió de lleno una de nuestras baterías,
llevándose al oficial y a casi todos los hombres de artillería. Podéis
decir cuanto queráis acerca del valor; pero seguramente no era
espectáculo muy agradable aquél. Mientras los hombres que estaban
solamente heridos trataban de levantarse, y los sanos ayudaban a los
asistentes del cirujano a retirar los cuerpos, apareció Nolan en mangas
de camisa, con la baqueta de un fusil en la mano; y, como si hubiera
sido el oficial de mando, expresó con autoridad quiénes debían ir al
sollado con los heridos y quiénes debían permanecer con él;
completamente tranquilo y con aquel aire de seguridad que hace sentir a
los demás que todo marcha perfectamente. Cargó en seguida el cañón con
sus propias manos, apuntó y dió la orden de fuego. Permaneció allí,
capitán de aquella batería, levantando el espíritu de sus hombres hasta
la destrucción del enemigo; sentado en la cureña mientras el cañón se
enfriaba, aunque estaba expuesto en todo instante; explicando la manera
más sencilla de preparar las descargas pesadas; haciendo que los
inexpertos rieran de sus propias chambonadas; y cuando el cañón estaba
frío, cargándolo de nuevo y disparando con rapidez dos veces mayor que
cualquiera otra batería del buque. El capitán rondaba para alentar a sus
hombres, y Nolan, tocando su sombrero, dijo:

--Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la artillería, señor.--

Y en esta parte de la historia concuerdan todas las leyendas; que el
comodoro dijo:

--Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca olvidaré este día, señor,
ni vos tampoco lo olvidaréis.--

Y después que todo hubo pasado y que recibió la espada del inglés, en
medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro exclamó:

--¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que venga acá.--

Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:

--Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de
los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.--

Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la
dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me lo contó fué
testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en
verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal
día en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial,
llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente
cincelada, del viejo comodoro.

El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que
pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al
secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía
esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando
la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de
ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído
decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de
Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre,
Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros
días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan
sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines,
empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar
convenientemente la batería. He pensado siempre que fué una lástima que
Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto habría arreglado
el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las islas y
tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros
amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado
que se hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios
los virginianos descartaron por completo esta posibilidad.

Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan tenía treinta entonces,
debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento. Parecía un hombre de
sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de aquella época
me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo su
vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin
desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los
jefes de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que
ningún hombre llevaba vida tan metódica como la suya.--Sabréis que la
gente me llama el "hombre de la máscara de hierro," y no ignoráis cuán
ocupado vivía este personaje.--Acostumbraba decir que no aconsejaría a
nadie leer continuamente, como no es posible dedicarse de continuo a
ninguna ocupación; pero que él leía precisamente cinco horas
diarias.--"Luego," añadía,--pongo al día mis anotaciones, escribiendo a
determinadas horas los comentarios sobre mis lecturas e incluyendo en
ellas mi colección de recortes.--Esta colección era muy interesante a
la verdad. Tenía seis u ocho libros sobre temas diferentes. Uno de
historia, otro de ciencias naturales y otro que él llamaba
"Misceláneas." Mas no eran simplemente colecciones de recortes de
periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas
cerradas y trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había
enseñado a labrar a los marineros y que figuraban hermosamente como
ilustraciones en su colección. Dibujaba admirablemente. Tenía algunos
cuadros sumamente divertidos y otros de lo más patéticos que he visto en
mi vida. Quisiera saber quién conserva las colecciones de Nolan.

Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes constituían
su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias,
respectivamente.--Luego,--proseguía,--todo hombre necesita alguna
distracción tanto como una profesión. La historia natural es mi
distracción.--Esto le tomaba dos horas más todos los días. Los marineros
acostumbraban traerle pájaros y peces; pero en las largas travesías
tenía que conformarse con ciempiés, cucarachas y otros menudos
ejemplares de este estilo. Era el único naturalista que he conocido que
hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera y del
mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en
cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos
escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto
como el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la "ocupación"
diaria y regular de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba.
Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre
bastante ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna
otra persona experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el
enfermero más atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así,
siempre que alguien estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el
capitán requiriese sus servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto
a recitar las oraciones. He dicho que leía admirablemente.

Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u ocho años después de
la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje cuando fuí
nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre el
mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de
Virginia,[44] experimentaba cierto sentimentalismo provocado por los
horrores del tráfico de esclavos, e hizo algo entonces en favor de su
supresión. Nos encontrábamos por este motivo al sur del Atlántico.[45]
Por el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una
especie de clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté
nada acerca de él. Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que
era de novatos el preguntar y se me figura que pensé que debía haber un
"Plain Buttons" en todas las naves. Le teníamos a comer en nuestra mesa
una vez por semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una
sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no
debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría
preguntado la causa. Tan desprovistas de razón como ésta había muchas
otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez
acerca del _hombre sin patria_ en cierta ocasión en que dimos caza a una
sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al
abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se
enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la
barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo,
cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués.
Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que
el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz
de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba,
podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán
le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la
suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra
vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra
parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad
y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos
negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres,
habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los
cuales en obsequio a la ocasión se colocaron a los bribones que
componían la tripulación de la goleta. Los negros, libres ahora en su
mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose en torno de
Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y en el
_patois_ de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes hasta el
dialecto de _Beled-el-jerid_.

Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo alto de un gran
barril donde se había encaramado en su desesperación, y exclamaba:--¡Por
el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a estos
infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He
aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada.
Luego, les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto
mejor que el inglés!--

Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces hicieron salir de las
filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que según se había
puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con colonos
portugueses en la costa de Fernando Po.

--Explicadles que están libres,--dijo Vaughan;--y que estos bribones
serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para todos
ellos.--

Nolan "dijo esto en español;" es decir, lo explicó en portugués
inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo transmitieron a
los demás negros en idioma que todos fueran capaces de comprender. Hubo
entonces un grito salvaje de delectación, un apretar los puños y saltar
y danzar y besar los pies de Nolan; y un precipitarse general hacia el
barril en adoración espontánea a Vaughan, el _deus ex machina_ de la
ocasión.

--Decidles,--continuó Vaughan, muy complacido,--que los llevaré a todos
al Cabo de Palmas.--

Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas estaba realmente tan
alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro, lo cual
significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y como
comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,--¡Ah, Palmas
no!--y comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la
mayor volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su
magnanimidad, y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de
sudor perlaban en la pálida frente del pobre Nolan cuando hizo callar a
los hombres y repitió:

--Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su patria, a su propia
tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus propios
chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre
ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos
enfermos en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al
médico blanco que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en
la bahía justamente enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha
vuelto a ver a nadie de su familia. Y este otro dice,--se atragantó
Nolan,--que no ha sabido una sola palabra de su tierra durante seis
meses que ha pasado encerrado en una barraca infernal.--

Vaughan decía después que se sentía envejecer mientras Nolan bregaba
para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo el alcance de
aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse a
algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los
negros dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de
Vaughan, casi tan intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo
encontrar palabras exclamó:

--¡Decidles que sí, que sí, que sí! Decidles que irán a las montañas de
la luna, si lo desean. ¡Si yo oriento el rumbo a través del gran
desierto blanco, ellos volverán a su hogar!--

Y después de algún esfuerzo, Nolan lo repitió. Entonces se lanzaron
todos a besarle otra vez, y querían que frotara su nariz contra las
suyas.

Pero Nolan no pudo soportar más tiempo; y, logrando que Vaughan le diera
autorización para regresar, me arrastró hacia el bote. Cuando estuvimos
instalados a popa y los hombres comenzaron a remar, me dijo:

--¡Joven, que esto os enseñe lo que es estar sin familia, sin hogar y
sin patria! Y si alguna vez os sentís tentado a decir una palabra o a
hacer algo que pueda levantar una barrera entre vos y vuestra familia,
vuestro hogar y vuestra patria, ¡pedid a Dios la gracia de que en aquel
mismo instante os lleve a su propia casa, el cielo! Uníos estrechamente
a vuestra familia, joven; olvidaos a vos mismo cuando laboréis para
ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes, hablad
de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón
mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis
libre, como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a
vuestra patria, joven,--y las palabras se ahogaban en su garganta,--y
por esta bandera,--y señalaba a la del barco,--nunca tengáis otro anhelo
que servirla como ella lo exige, aunque el servicio os procure mil
infiernos. Cualquiera cosa que os suceda, quienquiera que os lisonjee o
que os seduzca, nunca miréis otra bandera, nunca paséis una noche sin
rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad, joven, que detrás de
todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los oficiales y
del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra patria,
y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla
siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se
hubieran hoy apoderado de ella!--

Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma cargada de pasión; mas,
casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que así lo haría y
que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía oírme;
pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió:--¡Oh!
¡si alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!--

Creo que esta confidencia a medias, de la cual jamás abusé, siendo ésta
la primera vez que hago referencia a ella, fué lo que nos hizo después
tan buenos amigos. Él se manifestaba siempre muy bondadoso para conmigo.
Sentábase a menudo a mi lado, y aun se levantaba muchas veces por la
noche para pasear conmigo en el puente cuando me tocaba la guardia. Me
enseñó muchísimo de matemáticas, y a él debo mi afición por esta
ciencia. Prestábame libros y me ayudaba a comprenderlos. Jamás aludió
otra vez directamente a su historia; pero durante treinta años supe por
diversos oficiales todo lo que voy refiriendo. Cuando terminada nuestra
travesía, nos separamos en el puerto de Santo Tomás, estaba yo más
triste de lo que podría expresar. Tuve el placer de encontrarle otra vez
en 1830; y más tarde, cuando creí tener alguna influencia en Wáshington,
removí cielo y tierra para obtener su gracia. Pero, fuera de su prisión,
se había convertido en una especie de fantasma. Pretendían que no
existía tal individuo, que jamás había existido. ¡Probablemente dirán lo
mismo ahora en el departamento de marina! Quizá si lo ignoran en
realidad. ¡No sería el primer asunto del servicio que parece ignorar el
departamento del ramo!

Se cuenta que Nolan encontró una vez a Burr en uno de nuestros buques,
cuando una partida de norteamericanos vino a bordo en el Mediterráneo.
Pero creo que esto es falso; o más bien una fábula _ben trovata_ acerca
del tremebundo golpe que asestó a Burr preguntándole si le agradaba
mucho encontrarse "sin patria." A juzgar por la vida de Burr, nada de
esto puede haber sucedido, por supuesto; y lo menciono únicamente como
ilustración de las innumerables historias que circulan cuando existe un
pequeño misterio en el fondo.

Así vió cumplido su deseo el infeliz Nolan. Sólo considero suerte más
horrible que la suya, la de aquellos hombres que tienen un día para
abandonar su patria por el destierro en castigo de haber intentado su
ruina, y pueden comprobar al mismo tiempo la prosperidad que alcanza
después de verse depurada de ellos y de sus iniquidades. El deseo del
pobre Nolan, como todos aprendimos a llamarle, no porque su expiación
fuera demasiado grande sino porque su arrepentimiento era tan visible,
fué sin duda el mismo de los Bragg y Beáuregard, que faltaron a su
juramento de soldados hace dos años, y el de los Maury y Barrón, que
faltaron al suyo de marinos. No sé si ellos se habrán arrepentido a
menudo. Sé que hicieron todo lo posible para destruir la patria; para
convertir en átomos y arrojar a los vientos todos los honores, vínculos,
recuerdos y esperanzas que constituyen la patria. Sé también que
mientras vegetan por todo el resto de su vida en sitios miserables, como
Boulogne y Léicester Square, dedicados a vituperarse mutuamente hasta la
muerte, su expiación tendrá la misma punzante agonía que la de Nolan,
agregada al tormento de que todo aquel que les conozca podrá verles
despreciados y execrados. ¡Habrán satisfecho su deseo, lo mismo que
Nolan!

En cuanto a éste, ¡infeliz! se arrepintió de su locura y se sometió
valerosamente a la suerte que había invocado. Nunca agravó
intencionalmente la dificultad o delicadeza de la misión de quienes le
tenían bajo custodia. Sucedieron algunos incidentes; mas nunca fueron
provocados por su culpa. El teniente Truxton me refería que cuando la
anexión de Tejas hubo acalorada discusión entre los oficiales acerca de
la conveniencia de arrancar este estado de la hermosa colección de mapas
que tenía Nolan; del mapa universal y del mapa de Méjico, conforme
arrancaron el de los Estados Unidos cuando compraron un atlas para él.
Pero se decidió, con bastante buen criterio, que hacerlo así sería
revelarle virtualmente lo que había sucedido, o como decía Harry Cole,
hacerle pensar que el viejo Burr había llegado a triunfar al fin. Así,
no fué culpa de Nolan que tuviera lugar un gran contratiempo en mi
propia mesa, cuando me encontré por pocos meses al mando de la corbeta
_George Washington_ en un viaje a la América del Sur. Estábamos anclados
en la bahía de La Plata, y algunos de los oficiales que desembarcaron y
volvían justamente a bordo nos entretenían con la relación de sus
malaventuras montando los caballos bravios de Buenos Aires. Nolan estaba
a la mesa con nosotros, y de humor inusitadamente jovial y comunicativo.
La historia de cierta caída hízole recordar una de sus aventuras cuando
era todavía adolescente y cogía caballos salvajes en Tejas con su
hermano Stephen. Refirió la anécdota con muchísima gracia, tanto que él
mismo rompió el silencio de un instante que sigue generalmente a las
historias interesantes, preguntando sin darse cuenta:

--Decidme ¿qué ha sido de Tejas? Después que Méjico proclamó su
independencia, creía yo que Tejas le seguiría muy pronto. Es
verdaderamente una de las regiones más hermosas de la tierra; es la
Italia de este continente. Pero no he sabido una palabra de Tejas
durante casi veinte años.--

Había en la mesa dos oficiales de Tejas. La razon por la cual ignoraba
Nolan todo lo que se relacionaba con esa zona era que se habían cortado
lastimosamente de sus periódicos todas las noticias desde que Austin
inició la colonización; de manera que aun cuando leía de Honduras y de
Tamaulipas, y hasta últimamente de California, aquella virgen provincia
que tanto había recorrido, y donde había muerto su hermano según creo,
no existía ya para Nolan. Waters y Williams, los dos tejanos, miráronse
ferozmente tratando de no reír; Édward Morris parecía absorto en la
contemplación del tercer eslabón de la cadena de la lámpara del capitán.
Watrous tuvo una convulsión de estornudos. Nolan comprendió que algo
había en el aire, no sabía qué. Y yo, como dueño de la fiesta, me vi
obligado a decir:

--Tejas está fuera del mapa, Mr. Nolan. ¿Habéis visto la curiosa
relación de la bienvenida a Sir Thomas Roe, por el capitán Back?--

Después de este viaje no volví a ver a Nolan. Escribíale por lo menos
dos veces al año porque en aquella travesía intimamos muchísimo; pero
él jamás me contestó. Los compañeros me contaron que _envejeció_ muy
rápidamente en los últimos quince años, para lo que había motivo, en
verdad; pero que siempre era el mismo suave, estoico y silencioso
sufridor, soportando lo mejor posible la pena impuesta por su propio
deseo; menos sociable quizá con la gente nueva a quien no conocía, pero
más ansioso que nunca al parecer, de hacerse util, de ayudar y enseñar a
los jóvenes que sentían por él una especie de adoración. Y ahora parece
que ha muerto este querido y viejo compañero. ¡Ha encontrado al fin una
patria y un hogar!

Después de haber escrito estas líneas, y mientras dudaba si las haría
publicar como enseñanza a los jóvenes Nolan y Vallándigham y Fátnall de
nuestros días, recibí una carta de Dánforth, a bordo del _Levant_, con
la relación de las últimas horas de Nolan. Esto ha venido a desvanecer
todos mis escrúpulos con respecto a la publicación de su historia.

Para comprender las primeras palabras de esta carta, debe recordar el
lector profano que desde 1817 era sumamente delicada la posición de los
oficiales que conservaban a Nolan bajo su custodia. El gobierno no había
renovado las instrucciones de 1807 a su respecto. ¿Qué debían hacer en
esta situación? ¿Dejaríanle marchar? Y ¿qué responderían en caso de que
el departamento de marina les pidiera cuentas por haber violado las
órdenes de 1807? ¿Seguirían guardándole? ¿Qué sucedería, si alguna vez
llegaba la liberación de Nolan, y entablaba él juicio criminal por falsa
prisión o secuestro contra todos los que le habían tenido prisionero?
Yo hice presente e insistí con Soúthard sobre todas estas
circunstancias, y tengo mis razones de creer que los demás oficiales
procedieron de igual manera. Pero el secretario contestaba siempre, como
sucede en Wáshington con bastante frecuencia, que no había órdenes
especiales que dar y que debíamos resolver según nuestro propio
criterio. Lo que significaba, "Si tenéis suerte, seréis sostenido; si
fracasáis, seréis abandonado." Bien; como dice Dánforth, todo ha pasado
ahora, aun cuando no sé si me expongo a ser perseguido criminalmente por
las revelaciones que vengo haciendo.

He aquí la carta:

_Levant_, 2° 2´ S. a 131° O.

QUERIDO FRED:

     Estoy tratando de reunir mi valor para deciros que todo ha
     terminado para nuestro viejo y querido Nolan. Durante esta travesía
     he estado con él más que nunca y he podido comprender ampliamente
     la forma en que acostumbrabais expresaros acerca de este viejo
     camarada. Pude advertir que no andaba muy fuerte en los últimos
     tiempos, pero no tenía la menor idea de que su fin estuviese tan
     cercano. El médico le atendía con gran esmero, y ayer por la mañana
     vino a decirme que Nolan no se sentía muy bien y que no había
     podido dejar su camarote; algo que yo no recordaba haber sucedido
     jamás. Permitió que le visitara el doctor mientras él permanecía
     acostado--primera vez que el médico había entrado en su camarote--y
     manifestó deseos de verme. ¡Oh, amigo mío! ¿Recordáis las historias
     misteriosas que inventaban los marineros a propósito de su
     camarote, en los lejanos días del _Intrepid_? Bien; acudí, y allí
     yacía el pobre hombre en su lecho, sonriendo plácidamente al darme
     la mano, pero con aspecto muy débil. No pude evitarme de lanzar
     una mirada en torno, la cual me mostró el pequeño santuario que se
     había formado en el hueco que habitaba. Las estrellas y las rayas
     lucían rodeando un retrato de Wáshington, y había pintado un águila
     majestuosa, arrojando rayos por el pico y sujetando con las garras
     el globo que sus alas cubrían. El querido y antiguo compañero
     sorprendió mi ojeada y dijo con triste sonrisa: "Como veis, ¡aquí
     tengo patria!" Y señaló entonces a los pies de su lecho, donde yo
     no había dirigido antes la mirada, un gran mapa de los Estados
     Unidos, dibujado de memoria, y que había colocado en aquel sitio
     para mirarlo mientras yacía acostado. Veíanse allí en grandes
     letras nombres originales y anticuados: _Indiana Territory_,
     _Mississippi Territory_ y _Louisiana Territory_, como supongo que
     aprenderían la geografía nuestros padres; pero el viejo camarada
     había agregado también Tejas, llevando la frontera occidental hasta
     el Pacífico; sólo que en estas costas no había nada definido.

     "¡Oh, Dánforth! Sé que me muero. No volveré a ver mi patria!" dijo.
     "¡Espero que querréis decirme algo ahora? ¡Aguardad, aguardad! No
     pronunciéis una palabra hasta que yo haya dicho lo que estoy seguro
     que sabéis: que no hay en este buque, que no hay en los Estados
     Unidos ¡Dios los guarde! hombre más leal que yo. ¡No puede haber
     hombre que ame tanto como yo nuestro pabellón, que ore por él como
     yo lo hago, o invoque para él porvenir tan brillante como yo!
     Cuenta ahora treinta y cuatro estrellas, Dánforth. Doy gracias a
     Dios por ello, aunque ignoro sus nombres. Jamás se ha arrancado
     ninguna de sus estrellas; ¡doy gracias a Dios por ello! De allí
     deduzco que ningún Burr ha triunfado. ¡Oh, Dánforth,
     Dánforth!--suspiró--¡qué espantosa pesadilla parece la idea juvenil
     de gloria personal o de soberanía independiente, cuando uno la
     recuerda tras vida semejante a la mía! Pero ¡decidme algo, que yo
     sepa todo, Dánforth, antes de morir!"

     Íngham, os juro que me sentí un monstruo por no haberle dicho todo
     desde antes. Hubiera o no peligro en hacerlo, fuera o no
     delicadeza, ¿quién era yo, para haber tiranizado todo este tiempo
     a aquel querido y santo anciano que había expiado largos años, en
     toda la fuerza de su virilidad, la locura de traición de un
     adolescente!

     "Mr. Nolan," exclamé, "os diré todo lo que deseéis saber mas, ¿por
     dónde he de comenzar?"

     ¡Oh, la bienaventurada sonrisa que iluminó su pálido semblante!
     Estrechó mi mano y dijo: "¡Dios os bendiga! Decidme sus nombres,"
     añadió, señalando las estrellas del pabellón. "La última que
     conozco es Ohío. Mi padre vivía en Kentucky. Pero he adivinado
     Míchigan, Indiana y Misisipí; allí estaba el fuerte de Adams. Esto
     suma veinte. ¿Cuáles son las otras catorce? ¡Espero que no habréis
     quitado ninguna de las antiguas?"

     Bueno, no era mal examen éste; y yo le dije los nombres en el mejor
     orden que me fué posible, y él me pidió que bajara su hermoso mapa
     y que las dibujara al lápiz lo mejor que pudiese. Estaba loco de
     alegría a propósito de Tejas y me dijo que allí había muerto su
     hermano. Tenía marcada una cruz dorada en el sitio en que suponía
     encontrarse su tumba; y había conjeturado que Tejas pertenecía a la
     Unión. Luego se extasió al ver California y Óregon; esto, decía, lo
     había sospechado en parte porque jamás se le permitió desembarcar
     en dichas playas, aun cuando los buques se dirigían allá a menudo.
     Y los marineros--agregaba riendo--traían muchas otras cosas además
     de peletería. Luego retrocedió ¡cuán lejos, Dios mío! para
     averiguar de la _Chesapeake_[46] y lo que sucedió a Barron por
     rendirse al _Leopard_; y si Burr había hecho alguna nueva
     tentativa--rechinando los dientes con el único impulso de ira que
     demostró. Pero pronto lo hubo dominado, y exclamó: "¡Dios me
     perdone, como estoy cierto de haberle perdonado!" Luego me preguntó
     acerca de la antigua guerra, y refiriéndome la verdadera historia
     de sus proezas con el cañón el día en que tomamos el _Java_,
     inquirió por el querido viejo David Pórter, como le llamaba. Y
     después, tranquilizándose algo y demostrando sentir gran
     felicidad, me escuchó referir en una hora la historia de cincuenta
     años.

     ¡Cuánto deseaba yo que hubiera otro que supiera más! Pero hice lo
     mejor que pude. Hablé de la guerra inglesa. Le conté de Fulton y de
     los comienzos de la navegación a vapor. Le hablé del viejo Scott y
     de Jackson; le dije todo lo que sabía acerca de Misisipí, Nueva
     Órleans, Tejas y su tierra natal, el antiguo Kentucky. Y pensad, me
     preguntó quién estaba al mando de la Legión del Oeste. Díjele que
     era un bizarro oficial llamado Grant que, según las últimas
     noticias, iba a establecer su cuartel general en Vícksburg.
     Entonces, "¿dónde está Vícksburg?" dijo. Se lo dibujé en el mapa;
     está a cien millas más o menos de su viejo fuerte de Adams; y creo
     que el fuerte de Adams será una ruina en la actualidad.
     "Probablemente está situado en la antigua colonia de Vick," dijo,
     "¡vaya, qué cambio!"

     Os aseguro, Íngham, que era tarea bien difícil condensar la
     historia de medio siglo en aquella conversación con un enfermo. No
     sé todo lo que le dije acerca de la inmigración y la manera de
     realizarla; de vapores, ferrocarriles y telégrafos; de inventos,
     libros y literatura; del colegio militar de West Point y de la
     escuela naval de Annápolis; todo esto con las interrupciones más
     originales que podáis imaginar. ¡Figuraos a Róbinson Crusoe
     haciendo las preguntas acumuladas en cincuenta y seis años!

     Recuerdo que preguntó de improviso quién era presidente ahora; y
     cuando se lo dije, inquirió si el Viejo Abe era hijo del general
     Benjamín Lincoln. Decía que cuando era aun muy joven había conocido
     al viejo general Lincoln en cierta negociación llevada a cabo con
     los indios. Díjele que no, que el Viejo Abe era de Kentucky, como
     él; pero no pude decirle a qué familia pertenecía; había salido de
     esfera baja. "¡Bravo!" gritó Nolan. "Me alegro. Meditando y
     rumiando todo esto, he llegado a la conclusión de que nuestro mayor
     peligro consistía en la sucesión regular al mando, de nuestras
     primeras familias." Entonces hablé de mi visita a Wáshington. Le
     conté cómo había conocido al diputado por Óregon, Hárding; le
     hablé de la Smithsonian Institution[47] y las expediciones
     exploradoras; le conté del Capitolio y de las estatuas del frontón
     y de la Libertad de Cráwford en la cúpula; y del Wáshington de
     Gréenough. Íngham, díjele cuanto pude recordar que demostrara la
     grandeza y la prosperidad del país; pero ¡no me fué posible forzar
     mis labios para decirle una palabra acerca de la infernal
     sublevación!

     Y él bebía mis palabras y gozaba con ellas hasta un extremo
     indecible. Iba quedando poco a poco más silencioso, pero no se me
     ocurrió que estuviera fatigado o desfalleciente. Le alcancé un vaso
     de agua en que apenas humedeció sus labios, y me dijo que
     permaneciera a su lado. Entonces me pidió que le trajera el libro
     presbiteriano de _Oraciones generales_ que estaba cerca, y me
     anunció con una sonrisa que se abriría por sí solo en el sitio
     deseado, como efectivamente sucedió. Había una doble marca roja en
     el extremo inferior de la página; yo me arrodillé y leí, mientras
     él repetía conmigo: _Por nosotros y por nuestra patria, te damos
     gracias, Dios misericordioso porque, a pesar de nuestras repetidas
     transgresiones a tu santa ley, has continuado dispensándonos tu
     bondad maravillosa_--y así hasta terminar la acción de gracias.
     Entonces volvió las páginas hasta el final del mismo libro, y leyó
     palabras más familiares a mis oídos:--_Desde el fondo del corazón
     te suplicamos, Señor, sostener con tu gracia y bendecir a tu siervo
     el presidente de los Estados Unidos, a todas las demás
     autoridades_,... y el resto de la oración episcopal.

     "Dánforth," dijo, "he repetido estas oraciones mañana y noche hace
     cincuenta y cinco años." Y luego, expresó el deseo de dormir.
     Hízome inclinar sobre él, y me besó; entonces dijo: "Abrid mi
     Biblia, Dánforth, cuando haya muerto." Salí.

     No tenía idea de que aquello fuera el fin. Imaginé que estaba
     fatigado y quería dormir. Sabía que era feliz, y quise dejarle
     solo.

     Pero una hora más tarde, entrando suavemente el doctor, encontró
     que Nolan había entregado su alma en una sonrisa. Oprimía algo
     contra sus labios. Era la banda de la Orden de Cincinnati, de su
     padre.

     Abriendo su Biblia, encontramos una tira de papel en una página
     donde había subrayado el texto:

     _Desean patria, una patria celestial; allí donde Dios no se
     avergüence de llamarse su Dios: porque Él ha preparado una ciudad
     para ellos._

     En la tira de papel había escrito:

     _Sepultadme en el mar; ha sido mi hogar, y le amo. Pero ¿querrá
     alguien colocar una piedra a mi memoria en el fuerte de Adams o en
     Órleans, para que mi desgracia no sea mayor de la que estaba
     condenado a sobrellevar? Decid allí:_

                            _En memoria de_
                             PHÍLIP NOLAN
             _Teniente del Ejército de los Estados Unidos
          Amó su patria más que ninguno; pero ninguno como él
                      fué indigno de su patria._



FOOTNOTES:

 [1] Wílliam Cártwright, 1611-1643, fué amigo y discípulo de Ben Jonson.

 [2] La _History of New York_ ofendió a muchos neoyorquinos a causa
 del uso atrevido de algunos nombres tenidos hasta entonces en
 veneración como tronco de antiguas familias, y por su sátira burlesca
 del carácter holandés. Entre los críticos se contaba un entusiasta
 amigo de Írving, Gulian C. Verplanck, quien declaró terminantemente
 en un discurso pronunciado ante la Sociedad Histórica de Nueva York:
 "Lastima ver que un talento admirable por su exquisita percepción de
 lo bello y por su rápida apreciación del ridículo, derroche su rica
 fantasía en un tema ingrato, y su sátira exuberante en una vulgar
 caricatura." Írving tomó la crítica por el buen lado y, como leía las
 palabras de Verplanck justamente al terminar su historia de Rip Van
 Winkle, dió la jocosa nueva en su introducción.

 [3] Pastel oblongo de semillas aromáticas que se hace todavía en Nueva
 York para el Año Nuevo, y es de origen holandés.

 [4] Existía una tradición popular que aseguraba que sólo se habían
 acuñado tres peniques en el reinado de la reina Ana; que dos de
 ellos se conservaban bajo la custodia pública; y que nadie sabía
 donde se hallaba el tercero, pero que la persona bastante feliz para
 encontrarlo podría obtener por él un precio enorme. Diremos de paso
 que hubo ocho monedas de penique en el reinado de la reina Ana y que
 los numismáticos no consideran de gran valor estos ejemplares.

 [5] Hábil toque para preparar el espíritu del lector a recibir el
 cuento.

 [6] Stúyvesant fué gobernador de los Nuevos Países Bajos desde 1647
 hasta 1664. Desempeña papel muy importante en la _Knickerbocker's
 History of New York_, como sucedió en la vida real. Hasta muy
 recientemente se mostraba en el Bówery un peral que se decía haber
 sido plantado por él.

 [7] Los Van Winkle figuran en el ilustre catálogo de héroes que
 acompañaron a Péter Stúyvesant al fuerte Christina y estaban

    "Llenos de ardor y coles."

 Véase la _History of New York_, libro VI, capítulo VIII.

 [8] Sobre el Hudson. Esta fortaleza es famosa por el atrevido asalto
 del "loco" Anthony Wayne, el 15 de julio de 1779.

 [9] Algunas millas arriba de Stony Point se encuentra el promontorio
 de Ánthony's Nose (La nariz de Antonio). Si hemos de dar crédito a
 Díedrich Kníckerbocker, este promontorio fué llamado así en memoria
 de Anthony Van Córlear, trompeta de Stúyvesant. "Debe saberse que
 la nariz de Ánthony el trompeta era de tamaño muy desarrollado,
 elevándose atrevidamente en su rostro como una montaña de Golconda....
 Ahora, sucedió que cierta brillante mañana muy temprano, habiendo
 lavado cuidadosamente su voluminoso semblante el buen Anthony, estaba
 inclinado sobre el entrepaño de la galera contemplándose en las
 claras ondas. En este preciso momento el ilustre sol, rompiendo en
 todo su esplendor detrás de un alto risco de las montañas, lanzó uno
 de sus rayos más fulgentes sobre la bruñida nariz del trompeta; y la
 refracción de este rayo cayendo directamente al fondo del agua como
 ardiente proyectil fué a matar a un enorme cocodrilo que se solazaba
 cerca del buque.... Cuando este prodigioso milagro llegó a oídos
 de Péter Stúyvesant, le causó... extraordinaria maravilla; y como
 monumento a tal suceso, dió el nombre de Ánthony's Nose a un macizo
 promontorio de las cercanías que ha continuado llamandose así desde
 aquellos tiempos."--_History of New York_, libro VI. capítulo IV.

 [10] Adrián Vánderdonk.

 [11] Se decía que Federico I de Alemania, 1121-1190, llamado _der
 Róthbart_ (Barbarroja o Rufus), no había muerto sino que estaba sumido
 en profundo sueño del cual despertará tan pronto como Alemania le
 necesite. Igual leyenda refieren los daneses con respecto de su Hólger.

 [12] Poema exquisito de James Thomson, poeta inglés que floreció
 de 1700 a 1748. Describe allí un hermoso palacio con arboledas y
 prados y campos floridos, donde todo tendía a la molicie y al lujo
 de sus habitantes que se alimentaban de lotos. Parece haber tomado
 el argumento del Tasso, poeta italiano del siglo dieciséis, y la
 inspiración de Spénser, poeta inglés de la misma centuria y autor de
 "_The Faerie Queene_".

 [13] El "Mediterráneo" del río, como Írving se complacía en llamarlo:
 cuenta diez millas de longitud por cuatro de anchura aproximadamente.

 [14] Posteriormente compró Írving la pequeña casita que se decía
 haber sido la morada de los Van Tássel; la ensanchó y mejoró, dándole
 el nombre de "Sunnyside." Allí transcurrieron sus últimos años,
 cumpliéndose así el deseo manifestado por el autor.

 [15] Conocido más generalmente como Henry Hudson. Era un navegante
 inglés emigrado que, buscando un pasaje al noroeste para la India,
 descubrió el río y la bahía que llevan su nombre, el primero en 1609,
 y la segunda en 1610. En 1611 se amotinó su tripulación, obligándole a
 entrar con otros ocho hombres en un pequeño bote y abandonando a todos
 a su suerte. Jamás se volvió a saber de ellos.

 [16] "He met the night-mare and her ninefold."--_King Lear_.

 [17] Soldados mercenarios empleados por el gobierno británico en la
 guerra de la revolución.

 [18] Se dice que aun se conserva esta pequeña iglesia holandesa,
 construída en 1699.

 [19] Trampa con abertura en forma de embudo, que favorece la entrada,
 pero dificulta la salida de la caza.

 [20] Alusión a un grabado y versos chabacanos de un texto antiguo de
 primera enseñanza.

 [21] Cotton Máther era un clérigo de Nueva Inglaterra, estudiante
 aprovechado y escritor fecundo, habiendo llegado a cerca de
 cuatrocientos sus trabajos publicados. Como la mayoría de la
 gente en aquella época, creía en la existencia de los brujos, y
 pensaba realizar obra meritoria para el servicio de Dios procurando
 exterminarlos. Falleció en 1728.

 [22] _L'Allegro_, de Milton.

 [23] Alusión a la antigua y extendida creencia de que los espectros,
 duendes y brujos eran solamente los obedientes vasallos y emisarios
 del genio de las tinieblas.

 [24] Alegre reunión de los vecinos y amigos para hacer colchas de
 dibujos caprichosos con los retazos de diversas formas y colores
 traídos a la fiesta por todos los concurrentes.--_La Redacción_.

 "Ahora se han establecido _quilting-bees_, _husking-bees_ y otras
 reuniones campestres para desempeñar determinada labor, en las cuales
 bajo la influencia inspiradora del violín la tarea se aligera con la
 alegría, terminando generalmente en baile." _History of New York_, por
 Írving.

 [25] Buñuelo.--_La Redacción_.

 [26] Pasta dulces de amasijo.--_La Redacción_.

 [27] Título ordinario entre los holandeses que corresponde a señor en
 español; de consiguiente, un holandés.--_La Redacción_.

 [28]

      "T'is now the very witching time of night
      When churchyards yawn."--_Hámlet_.
    ("Es precisamente la hora nocturna de las brujerías
    En que los cementerios de las iglesias se abren.")


 [29] Existía la supersticiosa creencia de que los brujos no podían
 atravesar un arroyo.

 [30] Tribunal autorizado a fallar en los juicios en que el dinero en
 cuestión no exceda de la suma de diez libras.

 [31] La ciudad de Nueva York, como se la nombra en la _History of New
 York_, por _Díedrich Kníckerbocker_ (Írving).

 [32] Sitio notable en Londres en tiempo de la reina María por ser
 el lugar donde levantaban la pira para quemar a los heréticos.--_La
 Redacción_.

 [33] Clérigo protestante inglés. Después de la exaltación de la
 reina María al trono predicó contra los dogmas del catolicismo en
 Paul's Cross; siendo arrestado, juzgado y quemado como hereje.--_La
 Redacción_.

 [34] Apodo dado comúnmente a Óliver Crómwell--_La Redacción_.

 [35] Dejamos en inglés el nombre de _May-Pole_ (Árbol de Mayo) porque
 al traducirlo, en la relación llena de poesía a que sirve de tema,
 creeríamos despojarlo de su clásico sello de leyenda.--_La Redacción_.

 [36] Si el gobernador Éndicott no hubiera hablado con tal seguridad,
 juzgaríamos que aquí existía error. Aun cuando el reverendo Mr.
 Bláckstone era un excéntrico, nunca se le conoció como hombre inmoral.
 Más bien nos permitimos dudar de su identidad con el sacerdote de
 Merry Mount.

 [37] Juego de palabras intraducible. _Brass_, con referencia a moneda,
 significa calderilla, numerario de cobre o bronce; y en otro sentido,
 descaro, desvergüenza.--_La Redacción_.

 [38] Burr nació en 1756 y murió en 1836. Se distinguió al servicio
 de la revolución, llegando a ser senador por Nueva York, y luego
 vicepresidente de los Estados Unidos de 1801 a 1805. En 1804 mató en
 duelo a Alexánder Hámilton, lo cual le atrajo el odio general de la
 nación. Parece que su traición data de aquel tiempo. En 1805 formó
 el plan de conquistar Tejas y quizá Méjico, creando una república
 de la cual sería presidente, fijando la capital en Nueva Órleans.
 Con el apoyo de Blennerhásset, compró una vasta extensión de terreno
 en las riberas del Wáshita que debía servir de punto de partida
 a la expedición. Mas, por abandono de varias personas de quienes
 dependía Burr para los recursos, el plan fracasó, y el conspirador
 fué arrestado en Misisipí el 14 de enero de 1807. Fué juzgado como
 traidor en mayo del mismo año; pero después de uno de los juicios más
 famosos en la historia fué declarado al fin inocente en septiembre.
 Esta sentencia fué debida, sin embargo, a falta de pruebas materiales
 de su culpabilidad. Ni entonces, ni nunca, se puso jamás en duda la
 deslealtad de Burr. Después de este juicio, su vida estuvo llena
 de fracasos, decepciones y desgracias. Su proyectada traición ha
 formado el tema de muchas historias y novelas, y representa uno de los
 incidentes más dramáticos de la historia americana.

 [39] Una especie de _whisky_.--_La Redacción_.

 [40] Juegos de naipes.--_La Redacción_.

 [41] El presidente Jéfferson era de aquel estado, y sus partidarios
 constituían lo que el autor, adoptando la fraseología de Shákespeare,
 llama la "Casa de Virginia."

 [42] La "casa de York" se refiere al partido federal.

 [43] En la América del Norte existe una supuesta linea divisoria de
 los estados según su posición geográfica, y se alude frecuentemente
 al oeste, este, norte o sur para indicar los estados comprendidos en
 aquella zona.--_La Redacción_.

 [44] Se refiere a que Wáshington, Jéfferson, Mádison y Monroe,
 cuatro de los primeros cinco presidentes de los Estados Unidos, eran
 originarios de Virginia.

 [45] Los buques de los Estados Unidos vigilaban constantemente para
 evitar el tráfico de esclavos.

 [46] En junio de 1807, oponiéndose la fragata _Chesapeake_ de los
 EE. UU. al "derecho de registro," fué atacada por el buque inglés
 _Leopard_. James Barron, comodoro del buque americano, se vió obligado
 a rendirse; siendo juzgado por este hecho bajo el cargo de negligencia
 en sus deberes y, encontrándosele culpable, fué suspendido del
 servicio, sin sueldo, durante cinco años.

 [47] La Smithsonian Institution se estableció en Wáshington en
 1846. Es debida a la iniciativa y legado de James Smithson "para
 difundir los conocimientos entre los hombres" y funciona bajo lo
 dirección del gobierno, dedicándose especialmente a investigaciones
 científicas.--_La Redacción_.

       *       *       *       *       *

La lista de los errores corregidos por el transcriptor:

Jamás se volvó => Jamás se volvió {pg 47 n.}

nocturna de las brujerias=> nocturna de las brujerías {pg 84 n.}

La ciudad de Neuva York=> La ciudad de Nueva York {pg 94 n.}

al servicio de a revolución=> al servicio de la revolución {pg 269 n.}

fué arrestado en Misisipí el 14 de enero de 1907=> fué arrestado en
Misisipí el 14 de enero de 1807 {pg 269 n.}

frenta=> frente {pg 5}

Wensday (miércoles)=> Wednesday (miércoles) {pg 11}

Todo aquel]que haya=> Todo aquél]que haya {pg 13}

todo la comarca=> toda la comarca {pg 17}

del soldado en el cementario=> del soldado en el cementerio {pg 48}

las mesas de te=> las mesas de té {pg 54}

discurría entre ellas=> discurrían entre ellas {pg 54}

podía oirse=> podía oírse {pg 72}

visperas del triunfo=> vísperas del triunfo {pg 83}

se divisiba aquí y allí=> se divisaba aquí y allí {pg 84}

no hagais nada=> no hagáis nada {pg 103}

en que se cambinaban la santidad=> en que se combinaban la santidad {pg
107}

El coronel Kíllegrew=> El coronel Kílligrew {pg 146}

un patiecillo pequeño=> un patiocillo pequeño {pg 155}

de una balustrada de hierro=> de una balaustrada de hierro {pg 156}

de antigüedads obre=> de antigüedad sobre {pg 177}

la guerra india suceptibles=> la guerra india susceptibles {pg 233}

se proposieron enrodar=> se propusieron enrodar {pg 271}

Quizá si fué durante esta segunda travesía=> Quizá sí fué durante esta
segunda travesía {pg 283}

él permanecía acosado=> él permanecía acostado {pg 302}





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie" ***

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