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Title: Candido, o El Optimismo
Author: Voltaire
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Candido, o El Optimismo" ***

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CANDIDO,

Ó

EL OPTIMISMO,

VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,

Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
despues de su fallecimiento en Minden, el año 1759 de nuestra
redencion.



CAPITULO PRIMERO.

_Donde se da cuenta de como fué criado Candido en una hermosa
quinta, y como de ella fué echado á patadas._


En la quinta del Señor baron de Tunderten-tronck, título de la
Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la índole mas apacible
naturaleza. Víase en su fisonomía su alma: tenia bastante sano juicio,
y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
hermana del señor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
quien jamas consintió en casarse la doncella, visto que no podia
probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
tiempos habia acabado con el resto de su árbol genealógico.

Era el señor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban señoría, y
se echaban á reir quando decia algun chiste.

La señora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
de diez y siete años, era rolliza, sana, de buen color, y muy
apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
El oráculo de la casa era el preceptor Panglós, y el chicuelo Candido
escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
carácter.

Demostrado está, decia Panglós, que no pueden ser las cosas de otro
modo; porque habiéndose hecho todo con un fin, no puede ménos este de
ser el mejor de los fines. Nótese que las narices se hiciéron para
llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
Su Señoría una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
naciéron para que se los coman, todo el año comemos tocino. De suerte
que los que han sustentado que todo está bien, han dicho un disparate,
porque debian decir que todo está en el último ápice de perfeccion.

Escuchábale Candido con atención, y le creía con inocencia, porque la
señorita Cunegunda le parecía un dechado de lindeza, puesto que nunca
habia sido osado á decírselo. Sacaba de aquí que despues de la
imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
grado el de ser la señorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
quarto oir al maestro Panglós, el filósofo mas aventajado de la
provincia, y por consiguiente del orbe entero.

Paseándose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Panglós
que estaba dando lecciones de física experimental á la doncella de
labor de su madre, morenita muy graciosa, y no ménos dócil. La niña
Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observó pues
sin pestañear, ni hacer el mas mínimo ruido, las repetidas
experiencias que ámbos hacian; vió clara y distintamente la razon
suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvió desasosegada
y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurándose
que podía muy bien ser ella la razón suficiente de Candido, y ser este
la suya.

De vuelta á la quinta encontró á Candido, y se abochornó, y Candido se
puso también colorado. Saludóle Cunegunda con voz trémula, y
correspondió Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
un biombo Candido y Cunegunda; esta dexó caer el pañuelo, y Candido le
alzó del suelo; ella le cogió la mano sin malicia, y sin malicia
Candido estampó un beso en la de la niña, pero con tal gracia, tanta
viveza, y tan tierno cariño, qual no es ponderable; topáronse sus
bocas, se inflamáron sus ojos, les tembláron las rodillas, y se les
descarriáron las manos.... En esto estaban quando acertó á pasar por
junto al biombo el señor barón de Tunder-ten-tronck, y reparando en
tal causa y tal efecto, sacó á Candido fuera de la quinta á patadas en
el trasero. Desmayóse Cunegunda; y quando volvió en sí, le dió la
señora baronesa una mano de azotes; y reynó la mayor consternación en
la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas exîstir pueden.



CAPITULO II.

_De lo que sucedió á Candido con los Búlgaros._


Arrojado Candido del paraiso terrenal fué andando mucho tiempo sin
saber adonde se encaminaba, lloroso, alzando los ojos al cielo, y
volviéndolos una y mil veces á la quinta que la mas linda de las
baronesitas encerraba; al fin se acostó sin cenar, en mitad del campo
entre dos surcos. Caía la nieve á chaparrones, y al otro dia Candido
arrecido llegó arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamado
Valdberghof-trabenk-dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, y
muerto de hambre y fatiga. Paróse lleno de pesar á la puerta de una
taberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,
dixo uno, aquí tenemos un gallardo mozo, que tiene la estatura que
piden las ordenanzas. Acercáronse al punto á Candido, y le convidáron
á comer con mucha cortesía. Caballeros, les dixo Candido con la mas
sincera modestia, mucho favor me hacen vms., pero no tengo para pagar
mi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de su
facha y su mérito nunca pagan. ¿No tiene vm. dos varas y seis dedos?
Sí, señores, esa es mi estatura, dixo haciéndoles una cortesía. Vamos,
caballero, siéntese vm. á la mesa, que no solo pagarémos, sino que no
consentirémos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gente
honrada nos hemos de socorrer unos á otros. Razón tienen vms., dixo
Candido; así me lo ha dicho mil veces el señor Panglós, y ya veo que
todo está perfectísimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, y
quiere dar un vale; pero no se le quieren, y se sientan á la mesa.--¿No
quiere vm. tiernamente?... Sí, Señores, respondió Candido, con la
mayor ternura quiero á la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, le
dixo uno de aquellos dos señores, sino si quiere vm. tiernamente al
rey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en mi
ida.--Vaya, pues es el mas amable de los reyes, ¿Quiere vm. que
brindemos á su salud?--Con mucho gusto, señores; y brinda. Basta con
eso, le dixéron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el héroe
de los Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.
Echáronle al punto un grillete al pié, y se le lleváron al regimiento,
donde le hiciéron volverse á derecha y á izquierda, meter la baqueta,
sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le diéron
treinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo ménos jual, y no le
diéron mas de veinte; al tercero, llevó solamente diez, y le tuviéron
sus camaradas por un portento.

Atónito Candido aun no podia entender bien de qué modo era un héroe.
Púsosele en la cabeza un dia de primavera irse á paseo, y siguió su
camino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie humana,
lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas á su
antojo. Mas apénas había andado dos leguas, quando héteme otros quatro
héroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me le
llevan á un calabozo, Preguntáronle luego jurídicamente si queria mas
pasar treinta y seis veces por baquetas de todo el regimiento, ó
recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó que
las voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fué
forzoso que escogiese; y en virtud de la dádiva de Dios que llaman
libertad, se resolvió á pasar treinta y seis veces baquetas, y sufrió
dos tandas. Componíase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizo
justamente quatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
descubriéron músculos y nervios. Iban á proceder á la tercera tanda,
quando Candido no pudiendo aguantar mas pidió por favor que se le
hicieran de levantarle la tapa de los sesos; y habiendo conseguido tan
señalada merced, le estaban vendando los ojos, y le hacían hincarse de
rodillas, quando acertó á pasar el rey de los Bulgaros, que
informándose del delito del paciente, como era este rey sugeto de
mucho ingenio, por todo quanto de Candido le dixéron, echó de ver que
era un aprendiz de metafísica muy bisoño en las cosas de este mundo, y
le otorgó el perdon con una clemencia que fué muy loada en todas las
gacetas, y lo será en todos los siglos. Un diestro cirujano curó á
Candido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cútis
tenia ya, y empezaba á poder andar, quando dió una batalla el rey de
los Bulgaros al de los Abaros.



CAPITULO III.

_De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de lo que
le sucedió despues._


No habia cosa mas hermosa, mas vistosa, mas lucida, ni mas bien
ordenada que ámbos exércitos: las trompetas, los pífanos, los
atambores, los obués y los cañones formaban una harmonía qual nunca
la hubo en los infiernos. Primeramente los cañones derribáron unos
seis mil hombres de cada parte, luego la fusilería barrió del mejor de
los mundos unos nueve ó diez mil bribones que inficionaban su
superficie; y finalmente la bayoneta fué la razon suficiente de la
muerte de otros quantos miles. Todo ello podia sumar cosa de treinta
millares. Durante esta heroica carnicería, Candido, que temblaba como
un filósofo, se escondió lo mejor que supo.

Miéntras que hacian cantar un _Te Deum_ ámbos reyes cada uno en
su campo, se resolvió nuestro héroe á ir á discurrir á otra parte
sobre las causas y los efectos. Pasó por encima de muertos y
moribundos hacinados, y llegó á un lugar inmediato que estaba hecho
cenizas; y era un lugar abaro que conforme á las leyes de derecho
público habian incendiado los Bulgaros: aquí, unos ancianos
acribillados de heridas contemplaban exhalar el alma á sus esposas
degolladas; mas allá, daban el postrer suspiro vírgenes pasadas á
cuchillo despues de haber saciado los deseos naturales de algunos
héroes; otras medio tostadas clamaban por que las acabaran de matar;
la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas
cortadas.

Huyóse á toda priesa Candido á otra aldea que pertenecia á los
Bulgaros, y que habia sido igualmente tratada por los héroes abaros.
Al fin caminando sin cesar por cima de miembros palpitantes, ó
atravesando ruinas, salió al cabo fuera del teatro de la guerra, con
algunas cortas provisiones en la mochila, y sin olvidarse un punto de
su Cunegunda. Al llegar á Holanda se le acabáron las provisiones; mas
habiendo oido decir que la gente era muy rica en este pais, y que eran
cristianos, no le quedó duda de que le darian tan buen trato como el
que en la quinta del señor baron le habian dado, ántes de haberle
echado á patadas á causa de los buenos ojos de Cunegunda la
baronesita.

Pidió limosna á muchos sugetos graves que todos le dixéron que si
seguia en aquel oficio, le encerrarian en una casa de correccion, para
enseñarle á vivir sin trabajar. Dirigióse luego á un hombre que
acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la
caridad, y el orador, mirándole de reojo, le dixo: ¿A qué vienes
aquí? ¿estás por la buena causa? No hay efecto sin causa, respondió
modestamente Candido; todo está encadenado por necesidad, y ordenado
para lo mejor: ha sido necesario que me echaran de casa de la
baronesita Cunegunda, y que pasara baquetas, y es necesario que
mendigue el pan hasta que le pueda ganar; nada de esto podia ménos de
suceder. Amiguito, le dixo el orador, ¿crees que el papa es el
ante-cristo? Nunca lo habia oido, respondió Candido; pero, séalo ó no
lo sea, yo no tengo pan que comer. Ni lo mereces, replicó el otro;
anda,
bribon, anda, miserable, y que no te vuelva yo á ver en mi vida.
Asomóse en esto á la ventana la muger del ministro, y viendo á uno que
dudaba de que el papa fuera el ante-cristo, le tiró á la cabeza un
vaso lleno de.... ¡O cielos, á qué excesos se entregan las damas por
zelo de la religion!

Uno que no habia sido bautizado, un buen anabantista, llamado
Santiago, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban á uno
de sus hermanos, á un ser bípedo y sin plumas, que tenia alma, se le
llevó á su casa, le limpió, le dió pan y cerbeza, y dos florines, y
ademas quiso enseñarle á trabajar en su fábrica de texidos de Persia,
que se hacen en Holanda. Candido, arrodillándose casi á sus plantas,
clamaba: Bien decia el maestro Panglós, que todo estaba perfectamente
en este mundo; porque infinitamente mas me enternece la mucha
generosidad de vm., que lo que me enojó la inhumanidad de aquel señor
de capa negra, y de su señora muger.

Yendo al otro dia de pasco se encontró con un pordiosero, cubierto de
lepra, los ojos casi ciegos, carcomida la punta de la nariz, la boca
tuerta, ennegrecídos los dientes, y el habla gangosa, atormentado de
una violenta tos, y que á cada esfuerzo escupia una muela.



CAPITULO IV.

_De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el doctor
Panglós, y de lo que le aconteció._


Mas que á horror movido á compasion Candido le dió á este horroroso
pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
habia recibido. Miróle de hito en hito la fantasma, y vertiendo
lágrimas se le colgó al cuello. Zafóse Candido asustado, y el
miserable dixo al otro miserable: ¡Ay! ¿con que no conoces á tu amado
maestro Panglós? ¿Qué oygo? ¡vm., mi amado maestro! ¡vm. en tan
horrible estado! ¿Pues qué desdicha le ha sucedido? ¿porqué no está en
la mas hermosa de las granjas? ¿qué se ha hecho la señorita Cunegunda,
la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
alentar, dixo Panglós. Llevóle sin tardanza Candido al pajar del
anabautista, le dió un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
Panglós, le preguntó: ¿Qué es de Cunegunda? Es muerta, respondió el
otro. Desmayóse Candido al oirlo, y su amigo le volvió á la vida con
un poco de vinagre malo que encontró acaso en el pajar. Abrió Candido
los ojos, y exclamó: ¡Cunegunda muerta! Ha perfectísimo entre los
mundos, ¿adonde estás? ¿y de qué enfermedad ha muerto? ¿ha sido por
ventura de la pesadumbre de verme echar á patadas de la soberbia
quinta de su padre? No por cierto, dixo Panglós, sino de que unos
soldados bulgaros le sacáron las tripas, despues que la hubiéron
violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al señor baron
que la quiso defender. La señora baronesa fué hecha pedazos, mi pobre
alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
gallina, ni un árbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
hecho los Abaros en una baronía inmediata que era de un señor bulgaro.

Desmayóse otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
en sí, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se informó de la causa
y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion á
Panglós habia puesto. ¡Ay! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
tambien he conocido á ese amor, á ese árbitro de los corazones, á esa
alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
patadas en el trasero. ¿Cómo tan bella causa ha podido producir en vm.
tan abominables efectos? Respondióle Panglós en los términos
siguientes: Ya conociste, amado Candido, á Paquita, aquella linda
doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos gocé los
contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debió
este don á un Franciscano instruidísimo, que había averiguado el
orígen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
qual le habia recibido de un capitan de caballería, que le hubo de una
marquesa, á quien se le dió un page, que le cogió de un jesuita, el
qual, siendo novicio, le habia recibido en línea recta de uno de los
compañeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le daré á nadie, porque
me voy á morir luego.

¡O Panglós, exclamó Candido, qué raro árbol de genealogía es ese! ¿fué
acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replicó aquel varon
eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado á Colon en una
isla de América este mal que envenena el manantial de la generacion, y
que á veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
principal blanco de naturaleza, no tuviéramos ni chocolate ni
cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
nosotros esta dolencia en este continente, no ménos que la teología
escolástica. Todavía no se ha introducido en la Turquía, en la India,
en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Miéntras
tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
particularidad en los exércitos numerosos, que constan de honrados
ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
treinta mil hombres en campal batalla contra un exército igualmente
numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.

Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
curaros. ¿Y cómo me he de curar, amiguito, dixo Panglós, si no tengo
un ochavo; y en todo este vasto globo á nadie sangran, ni le
administran una lavativa, sin que pague ó que alguien pague por él?

Estas últimas razones determináron á Candido á irse á echar á los
piés de su caritativo anabautista Santiago, á quien pintó tan
tiernamente la situacion á que se vía reducido su amigo, que no
dificultó el buen hombre en hospedar al doctor Panglós, y curarle á su
costa. Esta cura no costó á Panglós mas que un ojo y una oreja. Como
sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
tenedor de libros. Viéndose precisado á cabo de dos meses á ir á
Lisboa para asuntos de su comercio, se embarcó con sus dos filósofos.
Panglós le explicaba de qué modo todas las cosas estaban
peifectísimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
naciéron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les dió ni
cañones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
fraguado bayonetas y cañones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar á los
acreedores. Todo eso era indispensable, replicó el doctor tuerto, y de
los males individuales se compone el bien general; de suerte que
quanto mas males particulares hay, mejor está el todo. Miéntras estaba
argumentando, se obscureció el cielo, sopláron furiosos los vientos de
los quatro ángulos del mundo, y á vista del puerto de Lisboa fué
embutido el navío de la tormenta mas hermosa.



CAPITULO V.

_De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos del
doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista._


Sin fuerza y medio muertos la mitad de los pasageros con las
imponderables bascas que causa el balance de un navío en los nervios y
en todos los humores que en opuestas direcciones se agitan, ni aun
para temer el riesgo tenian ánimo: la otra mitad gritaba y rezaba;
estaban rasgadas las velas, las xarcias rotas, y abierta la nave:
quien podia trabajaba, nadie se entendia, y nadie mandaba. Algo
ayudaba á la faena el anabautista, que estaba sobre el combes, quando
un furioso marinero le pega un fiero embion, y le derriba en las
tablas; pero fué tanto el esfuerzo que al empujarle hizo, que se cayó
de cabeza fuera del navío, y se quedó colgado y agarrado de una
porcion del mástil roto. Acudió el buen Santiago á socorrerle, y le
ayudó á subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cayó en la
mar á vista del marinero que le dexó ahogarse, sin dignarse siquiera
de mirarle. Candido que se acerca, y ve á su bienhechor que viene un
instante sobre el agua, y que se hunde para siempre, se quiere tirar
tras de el al mar; pero le detiene el filósofo Panglós, demostrándole
que habia sido criada la cala de Lisboa con destino á que se ahogara
en ella el anabautista. Probándolo estaba _à priori_, quando se
abrió el navío, y todos pereciéron, ménos Panglós, Candido, y el
desalmado marinero que habia ahogado al virtuoso anabautista; que el
bribon salió á salvamento nadando hasta la orilla, donde aportáron
Candido y Panglós en una tabla.

Así que se recobráron un poco del susto y el cansancio, se encamináron
á Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del
hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusiéron los
piés en la ciudad, lamentándose de la muerte de su bien-hechor, la mar
embatió bramando el puerto, y arrebató quantos navíos se hallaban en
él anclados; se cubriéron calles y plazas de torbellinos de llamas y
cenizas; hundíanse las casas, caían los techos sobre los cimientos, y
los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades
y sexôs eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando
decia: Algo ganarémos con esto. ¿Qual puede ser la razon suficiente de
este fenómeno? decia Panglós; y Candido exclamaba: Este es el dia del
juicio final. El marinero se metió sin detenerse en medio de las
ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontró
se fué á emborrachar; y después de haber dormido la borrachera,
compró los favores de la ramera que topó primero, y que se dió á él
entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los
moribundos y los cadáveres, puesto que Panglós le tiraba de la casaca,
diciéndole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon
universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre
Eterno, respondió el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia;
quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos
al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.

Candido, que la caida de unas piedras habia herido, tendido en el
suelo en mitad de la calle, y cubierto de ruinas, clamaba á Panglós:
¡Ay! tráeme un poco de vino y aceyte, que me muero. Este temblor de
tierra, respondió Panglós, no es cosa nueva: el mismo azote sufrió
Lima años pasados; las mismas causas producen los mismos efectos; sin
duda que hay una veta de azufre subterránea que va de Lisboa á Lima.
Verosímil cosa es, dixo Candido; pero, por Dios, un poco de aceyte y
vino. ¿Cómo verosímil? replicó el filósofo, pues yo sustentaré que
está demostrada. Candido perdió el sentido, y Panglós le llevó un
trago de agua de una fuente inmediata.

Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metiéndose por
entre los escombros, cobráron algunas fuerzas, y trabajáron luego, á
exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se
habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les diéron la
ménos mala comida que en tamaño desastre se podia esperar: verdad es
que fué muy triste el banquete; los convidados bañaban el pan en
llantos, pero Panglós los consolaba sustentando que no podian suceder
las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que
hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte;
porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo
está bien.

Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto
á el estaba sentado, interrumpió muy cortesmente, y le dixo: Sín duda,
caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo está
perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

Perdóneme Vueselencia, le respondió con mas cortesía Panglós, porque
la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas
excelente de los mundos posibles. ¿Según eso este caballero no cree
que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar
Vueselencia, replicó Panglós, porque puede subsistir la libertad con
la necesidad absoluta; porque era necesario que fuéramos libres;
porque finalmente la voluntad determinada.... En medio de la frase
estaba Panglós, quando hizo el familiar una seña á su secretario que
le escanciaba vino de Porto ó de Oporto.



CAPITULO VI.

_Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
y de los doscientos azotes que pegáron á Candido._


Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrió á los sabios del pais para
precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
habiendo decidido la universidad de Coïmbra que el espectáculo de unas
quantas personas quemadas á fuego lento con toda solemnidad es
infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
su comadre, y dos Portugueses que se habían comido un pollo un
viernes, y la olla sin tocino un sábado; y despues de comer se
lleváron atados al doctor Panglós y su discípulo Candido, al uno por
lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
aprobar lo que decia. Pusiéronlos separados en unos aposentos muy
frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí á ocho dias los
vistiéron de un san-benito, y les engalanáron la cabeza con unas
mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglós
tenian rabo y garras, y las llamas ardian hácia arriba. Así vestidos
saliéron en procesion, y oyéron un sermon muy tierno, al qual se
siguió una bellísima música en fabordon. A Candido, miéntras duró el
canto, le pegáron doscientos azotes á compas; al Vizcayno y á los dos
que habian comido la olla sin tocino los quemáron, y Panglós fué
ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo día, tembló la tierra con
un furor espantable.

Candido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
decia entre sí: ¿Si este es el mejor de los mundos posibles, cómo
serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
mismo agasajo. Pero tú, caro Panglós, el mayor de los filósofos,
¿porqué te he visto ahorcar, sin saber por qué? O mi amado
anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ¿porqué te has
ahogado en el puerto? Y tú, baronesita Cunegunda, perla de las niñas,
¿porqué te han sacado el redaño? Volvíase diciendo esto á su casa, sin
poderse tener en pié, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
se le acercó una vieja que le dixo: Hijo mió, ten buen ánimo, y
sígueme.



CAPITULO VII.

_Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y como
topó este con su dama._


No cobró ánimo Candido, pero siguió á la vieja á una ruin casucha,
donde le dió su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexó
de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada, y al lado
de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua, y el señor
Santiago de Compostela se queden contigo: mañana volveré. Confuso
Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
todavía con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
mano la que has de besar, le dixo la vieja; mañana volveré. Untate con
la pomada, come y duerme.

No obstante sus muchas desventuras, comió y durmió Candido. Al otro
dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
estriega con otra pomada, y luego le trae de comer: á la noche vuelve,
y le trae que cenar. El tercer dia fué la misma ceremonia. ¿Quién es
vm.? le decia Candido; ¿quién le ha inspirado tanta bondad? ¿cómo
puedo darle dignas gracias? La buena señora nunca respondia palabra,
pero volvió aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
y no chistes; y diciendo esto agarró á Candido del brazo, y echó á
andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
hubiéron andado, llegáron á una casa sola, cercada de canales y
jardines. Llama la vieja á un postigo: abren, y lleva á Candido por
una escalera secreta á un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
canapé de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
figuraba que soñaba, teniendo su vida entera por un sueño funesto, y
el momento actual por un sueño delicioso.

Presto volvió la vieja, sustentando con dificultad del brazo á una
muger que venia toda trémula, de magestuosa estatura, cubierta de
piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo á Candido
la vieja. Arrímase el mozo, y alza con mano tímida el velo. ¡Qué
instante! ¡qué pasmo! cree que está viendo á su baronesita, á su
Cunegunda; y así era la verdad, porque era ella propia. Fáltale el
aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado á sus plantas.
Cunegunda se cae sobre el canapé: la vieja los inunda en aguas de
olor; vuelven en sí, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
preguntas y respuestas que no se dan vado unas á otras, en suspiros,
lágrimas y gritos. La vieja, recomendándoles que metan ménos bulla,
los dexa libres. ¡Con que es vm., dice Candido! ¡con que la veo en
Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte á parte
las entrañas, como me habia dicho el filósofo Panglós! Sí tal, replicó
la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
--¿Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?--Por mi desgracia,
sí, respondió llorando Cunegunda.--¿Y su hermano?--Mi hermano
también.--¿Pues porqué está vm. en Portugal? ¿cómo ha sabido que
también yo lo estaba? ¿porqué raro acaso me ha hecho venir á esta
casa? Todo lo diré, replicó la dama; pero antes es forzoso que me diga
vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me dió, y
las patadas con que se le hiciéron pagar.

Obedeció Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
que tenia trémula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
espinazo, contó con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
vertió tiernas lágrimas por la muerte del buen anabautista y de
Panglós; habló despues como sigue á Candido, el qual no perdió una
palabra, y se la comia con los ojos.



CAPITULO VIII.

_Historia de Cunegunda._


Durmiendo á pierna suelta estaba en mi cama, quando plugo al cielo que
entraran los Bulgaros en nuestra soberbia quinta de Tunder-ten-tronck,
y degollaran á mi padre y á mi hermano, é hiciesen tajadas á mi madre.
Un pazguato de Bulgaro de dos varas y tercia, viendo que habia yo
perdido los sentidos con esta escena, se puso á violarme; con lo qual
volví en mí, y empecé á morder, á arañar, y á querer sacar los ojos al
Bulgarote, no sabiendo que era cosa de estilo quanto en la quinta de
mi padre estaba pasando; pero me dió el belitre una cuchillada junto á
la teta izquierda, que todavía me queda la señal. Ha, espero que me la
enseñará vm., dixo el ingenuo Candido. Ya la verá vm., dixo Cunegunda,
pero sigamos el cuento. Siga vm., replicó Candido.

Añudó pues así el hilo de su historia Cunegunda: Entró un capitan
bulgaro, que me vió llena de sangre, debaxo del soldado que no se
incomodaba; y enojado del poco respeto que le tenia el malandrin, le
mató encima de mí: hízome luego poner en cura, y me llevó prisionera
de guerra á su guarnicion. Allí lavaba las pocas camisas que el tenia,
y le guisaba la comida; el decia que era yo muy bonita, y tambien he
de confesar que era muy lindo mozo, y que tenia la carne suave y
blanca, pero poco entendimiento, y ménos filosofía: y á tiro de
ballesta se echaba de ver que no le habia educado el doctor Panglós. A
cabo de tres meses perdió todo quanto dinero tenia, y no curándose mas
de mí, me vendió á un Judío llamado Don Isacar, que tenia casa de
comercio en Holanda y en Portugal, y se perdia por mugeres. Prendóse
mucho de mi el tal Judío, pero nada pudo conseguir, que me he
resistido á el mas bien que al soldado bulgaro; porque una honrada
muger bien puede ser violada una vez, pero con ese mismo contratiempo
se fortalece su virtud. El Judío para domesticarme me ha traído á la
casa de campo que vm. ve. Hasta ahora habia creido que no habia en la
tierra mansion mas hermosa que la granja de Tunder-ten-tronck, pero ya
estoy desengañada de mi error.

El inquisidor general me vió un dia en misa, no me quitó los ojos de
encima, y me mandó á decir que me tenia que hablar de un asunto
secreto. Lleváronme á su palacio, y yo le dixe quien eran mis padres.
Representóme entónces quanto desdecia de mi nobleza el pertenecer á un
israelita. Su Ilustrísima propuso á Don Isacar que le hiciera cesión
de mí; y este, que es banquero de palacio y hombre de mucho poder,
nunca tal quiso consentir. El inquisidor le amenazó con un auto de fe.
Al fin atemorizado mi Judío hizo un ajuste en virtud del qual la casa
y yo habian de ser de ámbos de mancomun; el Judío se reservó los
lúnes, los miércoles y los sábados, y el inquisidor los demas dias de
la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin
freqüentes contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la
noche de sábado á domingo pertenecia á la ley antigua, ó á la ley de
gracia. Yo empero á entrámbas leyes me lie resistido hasta ahora, y
por este motivo pienso que me quieren tanto. Finalmente, por conjurar
la plaga de los terremotos, y por poner miedo á Don Isacar, le plugo
al Ilustrísimo señor inquisidor celebrar un auto de fe. Honróme
convidándome á la fiesta; me diéron uno de los mejores asientos, y se
sirviéron refrescos á las señoras en el intervalo de la misa y el
suplicio de los ajusticiados. Confieso que estaba sobrecogida de
horror de ver quemar á los dos Judíos, y al honrado Vizcayno casado
con su comadre; pero ¡qué asombro, qué confusión y qué susto fué el
mio quando vi con un sambenito y una coroza una cara parecida á la de
Panglós! Estreguéme los ojos, miré con atencion, le vi ahorcar, y me
tomó un desmayo. Apénas habia vuelto en mí, quando le vi á vm. desnudo
de medio cuerpo: allí fué el cúmulo de mi horror, mi consternacion, mi
desconsuelo, y mi desesperacion. Digo de verdad que la cútis de vm. es
mas blanca y mas encarnada que la de mi capitan de Bulgaros; y esta
vista aumentó todos los afectos que abrumada y consumida me tenian. A
dar gritos iba, yá decir: deteneos, inhumanos; pero me faltó la voz, y
habrian sido en balde mis gritos. Quando os hubiéron azotado á su
sabor, decia yo entre mí: ¿Cómo es posible que se encuentren en Lisboa
el amable Candido y el sabio Panglós; uno para llevar doscientos
azotes, y otro para ser ahorcado por órden del ilustrísimo Señor
inquisidor que tanto me ama? ¡Qué cruelmente me engañaba Panglós,
quando me decia que todo era perfectísimo!

Agitada, desatentada, fuera de mi unas veces, y muriéndome otras de
pesar, tenia preocupada la imaginacion con la muerte de mi padre, mi
madre y mi hermano, con la insolencia de aquel soez soldado bulgaro,
con la cuchillada que me dió, con mi oficio de lavandera y cocinera,
con mi capitan bulgaro, con mi sucio Don Isacar, con mi abominable
inquisidor, con la horca del doctor Panglós, con aquel gran miserere
en fabordon durante el qual le diéron á vm. doscientos azotes, y mas
que todo con el beso que dí á vm. detras del biombo la última vez que
nos vimos. Dí gracias á Dios que nos volvia á reunir por medio de
tantas pruebas, y encargué á mi vieja que cuidase de vm., y me le
traxese luego que fuese posible. Ha desempeñado muy bien mi encargo, y
he disfrutado el imponderable gusto de volver á ver á vm., de oírle, y
de hablarle. Sin duda que debe tener una hambre canina, yo tambien,
tengo buenas ganas, con que cenemos ántes de otra cosa.

Sentáronse pues ámbos á la mesa, y despues de cenar se volviéron al
hermoso canapé de que ya he hablado. Sobre el estaban, quando llegó el
señor Don Isacar, uno de los dos amos de casa; que era sábado, y venia
á gozar sus derechos, y explicar su rendido amor.



CAPITULO IX.

_Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el Inquisidor general,
y el Judío._


Era el tal Isacar el hebreo mas vinagre que desde la cautividad de
Babilonia se habia visto en Israel. ¿Qué es esto, dixo, perra Galilea?
¿con que no te basta con el señor inquisidor, que tambien ese chulo
entra á la parte conmigo? Al decir esto saca un puñal buido que
siempre llevaba en el cinto, y creyendo que su contrario no traía
armas, se tira á él. Pero la vieja habia dado á nuestro buen
Vesfaliano una espada con el vestido completo que hemos dicho:
desenvaynóla Candido, y derribó en el suelo al Israelita muerto,
puesto que fuese de la mas mansa índole.

¡Virgen Santísima! exclamó la hermosa Cunegunda; ¿qué será de
nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, soy
perdida. Si no hubieran ahorcado á Panglós, dixo Candido, el nos daria
consejo en este apuro, porque era eminente filósofo; pero pues el nos
falta, consultemos con la vieja. Era esta muy discreta, y empezaba á
decir su parecer, quando abriéron otra puertecilla. Era la una de la
noche; habia ya principiado el domingo, dia que pertenecia al señor
inquisidor. Al entrar este ve al azotado Candido con la espada en la
mano, un muerto en el suelo, Cunegunda asustada, y la vieja dando
consejos.

En este instante le ocurriéron á Candido las siguientes ideas, y
discurrió así: Si pide auxîlio este varon santo, infaliblemente me
hará quemar, y otro tanto podrá hacer á Cunegunda; me ha hecho azotar
sin misericordia, es mi contrincante, y yo estoy de vena de matar;
pues no hay que detenerse. Fué este discurso tan bien hilado como
pronto; y sin dar tiempo á que se recobrase el inquisidor del primer
susto, le pasó de parte á parte de una estocada, y le dexó tendido
cabe el Judío. Buena la tenemos, dixo Cunegunda: ya no hay remision;
estamos excomulgados, y es llegada nuestra última hora. ¿Cómo ha hecho
vm., siendo de tan suave condicion, para matar en dos minutos á un
prelado y á un Judío? Hermosa señorita, respondió, quando uno está
enamorado, zeloso, y azotado por la inquisicion, no sabe lo que se
hace.

Rompió entónces la vieja el silencio, y dixo: En la caballeriza hay
tres caballos andaluces con sus sillas y frenos; ensíllelos el
esforzado Candido; esta señora tiene moyadores y diamantes; montemos á
caballo, y vamos á Cadiz, puesto que yo no me puedo sentar mas que
sobre una nalga. El tiempo está hermosísimo, y da contento caminar con
el fresco de la noche.

Ensilló volando Candido los tres caballos, y Cunegunda, él, y la vieja
anduviéron diez y seis leguas sin parar. Miéntras que iban andando,
vino á la casa de Cunegunda la santa hermandad, enterráron á Su
Ilustrísima en una suntuosa iglesia, y á Isacar le tiráron á un
muladar.

Ya estaban Candido, Cunegunda y la vieja en la villa de Aracena, en
mitad de los montes de Sierra-Morena, y decian lo que sigue en un
meson.



CAPITULO X.

_De la triste situacion en que, se viéron Candido, Cunegunda y la
vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América._


¿Quién me habrá robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
Cunegunda; ¿cómo hemos de vivir? ¿qué hemos de hacer? ¿donde he de
hallar
inquisidores y Judíos que me den otros? ¡Ay! dixo la vieja, mucho me
sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmió en Badajoz
en nuestra posada. Líbreme Dios de hacer juicios temerarios; pero él
dos veces entró en nuestro quarto, y se fué mucho ántes que nosotros.
Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Panglós que los
bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
derecho á su posesion. Conforme á estos principios, nos habia de haber
dexado el padre para acabar nuestro camino. ¿Con que no te queda nada,
hermosa Cunegunda? Ni un maravedí, respondió esta. ¿Y qué nos harémos?
exclamó Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
montaré á las ancas de el de la señorita, puesto que no me puedo
sentar mas que sobre una nalga, y así llegarémos á Cadiz.

En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compró barato el
caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesáron á Lucena, á Cilla,
y á Lebrixa, y llegaron en fin á Cadiz, donde estaban armando una
esquadra para poner en razon á los reverendos padres jesuitas del
Paraguay, que habian excitado á uno de sus aduares de Indios contra
los reyes de España y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo á presencia del
general de aquel pequeño exército el exercicio á la bulgara con tanto
donayre, ligereza, maña, agilidad y desembarazo, que le dió este el
mando de una compañía de infantería. Hétele pues capitan; con esta
graduacion se embarcó en compañía de su Cunegunda, de la vieja, de dos
criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del señor
inquisidor general de Portugal.

En la travesía discurriéron largamente cerca de la filosofía del pobre
Panglós. Vamos á otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
donde todo está bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
sus defectillos en lo físico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
alma, decia Cunegunda; pero todavía llevo el corazon traspasado con lo
que he visto, y lo que he padecido. Todo irá bien, replicó Candido; ya
el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega á Dios,
dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
mio, que apénas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
desventuras como las mias. Sonrióse Cunegunda del disparate de la
buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. ¡Ay! le
dixo, madre, á ménos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
madres de vm., y que haya visto á dos de sus amantes azotados en un
auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
de armas, y he sido cocinera. Señorita, replicó la vieja, vm. no sabe
qual ha sido mi cuna; y si le enseñara mi trasero, no hablaria del
modo que habla, y suspenderia el juicio. Excitó esta réplica fuerte
curiosidad en los ánimos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
satisfizo en las siguientes razones.



CAPITULO XI.

_Que cuenta la historia de la vieja._

No siempre he tenido yo los ojos lagañosos y ribeteados de escarlata;
no siempre se ha tocado mi barba con mis narices, ni he sido siempre
criada de servicio. Soy hija del papa Urbano X y la princesa de
Palestrina. Hasta que tuve catorce años, me criáron en un palacio al
qual no hubieran podido servir de caballeriza todas las quintas de
barones tudescos, y era mas rico uno de mis trages que todas las
magnificencias de la Vesfalia. Crecia en gracia, en talento y beldad,
en medio de gustos, respetos y esperanzas, y ya inspiraba amor.
Formábase mi pecho; pero ¡qué pecho! blanco, duro, de la forma del de
la ve nus de Medicis; ¡y qué ojos! ¡qué pestañas! ¡qué negras cejas!
¡qué llamas salian de las niñas de mis ojos, que eclipsaban el
resplandor de los astros, segun decian los poetas de mi barrio! Las
doncellas que me desnudaban y me vestian se quedaban absortas quando
me contemplaban por detras y por delante; y todos los hombres se
hubieran querido hallar en su lugar.

Celebráronse mis desposorios con un príncipe soberano de Masa-Carrara.
¡Dios mio! ¡qué príncipe! tan lindo como yo; ayroso, y de la condición
mas blanda, del mas agudo ingenio, y perdido por mi de amores: yo le
amaba como quien quiere por la vez primera, esto es que le idolatraba.
Dispusiéronse las bodas con pompa y magnificencia nunca vista: todo
era fiestas, torneos, óperas bufas; y en toda Italia se hiciéron
sonetos en mi elogio, de los quales ninguno hubo que no fuera rematado
de malo. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, quando una marquesa
vieja, á quien habia cortejado mi príncipe, le convidó á tomar
chocolate con ella, y el desventurado murió al cabo de dos horas en
horribles convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta.
Desesperada mi madre, puesto que mucho ménos desconsolada que yo,
quiso perder de vista por algun tiempo esta funesta mansion. Teníamos
una hacienda muy pingüe en las inmediaciones de Gaeta, y nos
embarcámos para este puerto en una galera del pais, dorada como el
altar de San Pedro en Roma. Hete aquí un pirata de Salé que nos da
caza y nos aborda: nuestros soldados se defendiéron como buenos
soldados del papa, es decir que tiráron las armas y se hincáron de
rodillas, pidiendo al pirata la absolución _in articulo mortis_.

En breve los desnudáron de piés á cabeza, y lo mismo hiciéron con mi
madre, con nuestras doncellas, y conmigo. Cosa portentosa es de ver
con qué presteza desnudan estos caballeros á la gente; pero lo que mas
extrañé, fué que á todos nos metiéron el dedo en un sitio donde
nosotras las mugeres no estamos acostumbradas á meter mas que cañutos
de xeringa. Parecióme muy rara esta ceremonia; que así falla de todo
el que no ha salido de su pais: mas luego supe que era por ver si en
aquel sitio habíamos escondido algunos diamantes, y que es estilo
establecido de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que andan
barriendo los mares, y que los señores religiosos caballeros de Malta
nunca le omiten quando apresan á Turcos ó Turcas, porque es ley del
derecho de gentes, que nunca ha sido quebrantada.

No diré si fué cosa dura para una princesa joven que la llevaran
cautiva á Marruecos con su madre; bien se pueden vms. figurar quanto
padeceríamos en el navío pirata. Mi madre todavía era muy hermosa;
nuestras camareras, y hasta nuestras meras criadas eran mas lindas que
quantas mugeres pueden hallarse en el Africa toda; y yo era un
embeleso, el epílogo de la beldad y la gracia, y era doncella; pero no
lo fui mucho tiempo, que el arraez del barco me robó la flor que
estaba destinada para el precioso príncipe de Masa-Carrara. Este
arraez era un negro abominable, que creía que me honraba con sus
caricias. Sin duda la princesa de Palestrina y yo debíamos de ser muy
robustas, quando resistímos á todo quanto pasámos hasta llegar á
Marruecos. Pero vernos adelante, que son cosas tan comunes que no
merecen mentarse siquiera.

Quando llegámos, corrian rios de sangre por Marruecos; cada uno de los
cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenia su partido aparte, lo
qual componia cincuenta guerras civiles distintas de negros contra
negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos
contra mulatos; y todo el ámbito del imperio era una continua
carnicería.

Apénas hubimos desembarcado, acudiéron unos negros de una faccion
enemiga de la de mi pirata para quitarle el botin. Despues del oro y
los diamantes, la cosa de mas precio que habia éramos nosotras; y
presencié un combate qual nunca se ve igual en nuestros climas
europeos, porgue no tienen los pueblos septentrionales tan ardiente
la sangre, ni es en ellos la pasion á las mugeres lo que es entre los
Africanos. Parece que los Europeos tienen leche en las venas, miéntras
que por las de los moradores del monte Atlante y paises inmediatos
corre fuego y pólvora. Peleáron con la furia de los leones, los
tigres, y las sierpes de la comarca, para saber quien habia de ser
dueño nuestro. Agarró un moro de mi madre por el brazo derecho, el
teniente del barco la tiró hácia el por el izquierdo; un soldado moro
la cogió de una pierna, y uno de los piratas asió de la otra; y casi
todas nuestras doncellas se encontráron en un momento tiradas de
quatro soldados. Mi capitan se habia puesto delante de mí, y
blandiendo la cimitarra daba la muerte á quantos á su furor se
oponian. Finalmente vi á todas nuestras Italianas y á mi madre
estropeadas, acribilladas de heridas, y hechas tajadas por los
monstruos que batallaban por su posesion; mis compañeros cautivos, los
que los habian cautivado, soldados, marineros, negros, blancos,
mestizos, mulatos, y mi capitan en fin, todos fuéron muertos, y yo
quedé moribunda encima de un monton de cadáveres. Las mismas escenas
se repetian, como es sabido, en un espacio de mas de trescientas
leguas, sin que nadie faltase á las cinco oraciones al dia que manda
Mahoma.

Zaféme con mucho trabajo de tanta multitud de sangrientos cadáveres
amontonados, y llegué arrastrando al pié de un naranjo grande que
habia á orillas de un arroyo inmediato: allí me caí rendida del susto,
del cansancio, del horror, de la desesperacion, y del hambre. En breve
mis sentidos postrados se entregáron á un sueño que mas que sosiego
era letargo. En este estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre
la vida y la muerte, quando me sentí comprimida por una cosa que
bullia sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos, vi á un hombre blanco y
de buena traza, que suspirando decia entre dientes: _O che sciagura
d'essere senza cogl...._



CAPITULO XII.

_Donde prosigue la historia de la vieja._


Atónita quanto alborozada de oir el idioma de mi patria, extrañando
empero las palabras que decia aquel hombre, le respondí que mayores
desgracias habia que el desman de que se lamentaba, informándole en
pocas razones de los horrores que habia sufrido; despues de esto me
volví á desmayar. Llevóme á una casa inmediata, hizo que me metieran
en la cama, y me dieran de comer, me sirvió, me consoló, me halagó, me
dixo que no habia visto en su vida criatura mas hermosa, ni habia
nunca sentido mas que le faltara lo que nadie podia suplir. Nací en
Nápoles, me dixo, donde capan todos los años dos ó tres mil
chiquillos: unos se mueren, otros sacan mejor voz que las mugeres, y
otros van á gobernar estados. Me hiciéron la operacion susodicha con
suma felicidad, y he sido músico de la capilla de la señora princesa
de Palestrina. ¡De mi madre! exclamé. ¡De su madre de vm.! exclamó él
llorando. ¡Con que es vm. aquella princesita que crié yo hasta que
tuvo seis años, y daba nuestras de ser tan hermosa como es vm.!--Esa
misma soy, y mi madre está quatrocientos pasos de aquí, hecha tajadas,
baxo un montón de cadáveres...... Contéle entónces quanto me habia
sucedido, y el también me dio cuenta de sus aventuras, y me dixo que
era ministro plenipotenciario de una potencia cristiana cerca del rey
de Marruecos, para firmar un tratado con este monarca, en virtud del
qual se le subministraban navíos, cañones y pólvora, para ayudarle á
exterminar el comercio de los demas cristianos. Ya está desempeñada mi
comision, añadió el honrado eunuco, y me voy á embarcar á Ceuta, de
donde la llevaré á vm. á Italia. _Ma che sciagura, d'essere senza
cogl...._

Díle las gracias vertiendo tiernas lágrimas; y en vez de llevarme á
Italia, me conduxo á Argel, y me vendió al Dey. Apenas me habia
vendido, se manifestó en la ciudad con toda su furia aquella peste que
ha dado la vuelta por Africa, Europa y Asia. Señorita, vm. ha visto
temblores de tierra, pero ¿ha padecido la peste? Nunca, respondió la
baronesa.

Si la hubiera padecido, confesaria vm. que no tienen comparacion los
terremotos con ella, puesto que es muy freqüente en Africa, y que yo
la he pasado. Fígurese vm. qué situacion para la hija de un papa, de
quince años de edad, que en el espacio de tres meses habia sufrido
pobreza y esclavidud, habia sido violada casi todos los dias, habia
visto hacer quatro pedazos á su madre, habia padecido las plagas de la
guerra y la hambre, y se moria de la peste en Argel. Verdad es que no
me morí; pero pereció mi eunuco, el Dey, y el serrallo casi todo.

Quando calmó un poco la desolacion de esta espantosa peste, vendiéron
á los esclavos del Dey. Compróme un mercader que me llevó á Tunez,
donde me vendió á otro mercader, el qual me revendió en Tripoli; de
Tripoli me revendiéron en Alexandría; de Alexandría en Esmyrna, y de
Esmyrna en Constantinopla: al cabo vine á parar á manos de un agá de
genízaros, que en breve tuvo órden de ir á defender á Azof contra los
Rusos que la tenian sitiada.

El agá, hombre de mucho mérito, se llevó consigo todo su serrallo, y
nos alojó en un fortin sobre la laguna Meótides, á la guarda de dos
eunucos negros y veinte soldados. Fuéron muertos millares de Rusos,
pero no nos quedáron á deber nada: Azof fué entrada á sangre y fuego,
y no se perdonó edad ni sexô: solo quedó nuestro fortin, que los
enemigos quisiéron tomar por hambre. Los veinte genízaros juráron no
rendirse; los apuros del hambre á que se viéron reducidos, los
forzáron á comerse á los dos eunucos, por no faltar al juramento; y
al cabo de pocos dias se resolviéron á comerse las mugeres.

Teníamos un iman, varon muy pío y caritativo, que les predicó un
sermón eloqüente, exhortándolos á que no nos mataran del todo.
Cortad, dixo, una nalga á cada una de estas señoras, con la qual os
regalaréis á vuestro sabor; si es menester, les cortaréis la otra
dentro de algunos dias: el cielo remunerará obra tan caritativa, y
recibiréis socorro. Como era tan eloqüente, los persuadió, y nos
hiciéron tan horrorosa operacion. Púsonos el iman el mismo ungüento
que se pone á las criaturas recien circuncidadas, y todas estábamos á
punto de muerte.

Apénas habian comido los genízaros la carne que nos habian quitado,
desembarcáron los Rusos en unos barcos chatos, y no se escapó con
vida ni siquiera un genízaro: los Rusos no paráron la consideracion
en el estado en que nos hallábamos. En todas partes se encuentran
cirujanos franceses; uno que era muy hábil nos tomó á su cargo, y nos
curó: y toda mi vida me acordaré de que, así que se cerráron mis
llagas, me reqüestó de amores. Nos exhortó luego á tener paciencia,
afirmándonos que lo mismo habia sucedido en otros muchos sitios, y que
esa era la ley de la guerra.

Luego que pudiéron andar mis compañeras, las conduxéron á Moscou, y yo
cupe en suerte á un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte
zurriagazos cada dia. A cabo de dos años fué desquartizado este señor,
por no se qué tracamundana de palacio; y aprovechándome de la ocasion,
me escapé, atravesé la Rusia entera, y serví mucho tiempo en los
mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de
Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. Así he
envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del
trasero, siempre acordándome de que era hija de un papa. Cien veces he
querido darme la muerte, mas me sentia con apego á la vida. Acaso esta
ridícula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque
¿donde hay mayor necedad que empeñarse en llevar continuamente encima
una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de
su exîstencia, y querer exîstir; halagar en fin la víbora que nos está
royendo, hasta que nos haya comido las entrañas y el corazon?

En los paises adonde me ha llevado mi suerte, y en los mesones donde
he servido, he visto infinita cantidad de personas que maldecian su
exîstencia; pero no han pasado de doce las que he visto que daban
voluntariamente fin á sus cuitas: tres negros, quatro Ingleses, quatro
Ginebrinos, y un catedrático aleman llamado Robel. Al fin me tomó por
su criada el Judío Don Isacar, y me llevó, hermosa señorita, á casa
de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm.,
interesándome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca
hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun
poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos
para matar el tiempo. Señorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el
mundo: vaya vm. preguntando á cada pasagero uno por uno la historia
de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra
uno solo que no haya maldecido cien veces la exîstencia, y que no se
haya creido el mas desventurado de los mortales.



CAPITULO XIII.

_De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa
Cunegunda y la vieja._


Oída la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trató con toda la
urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarquí y
tanto mérito, y admitió su propuesta. Rogó á todos los pasageros que
le contaran sus aventuras uno después de otro, y Candido y ella
confesáron que tenia la vieja razon. ¡Qué lástima es, decia Candido,
que hayan ahorcado, contra lo que es práctica, al sabio Panglós en un
auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal físico, y del
mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle
con mucho respeto algunos reparillos.

Miéntras contaba cada uno su historia, iba andando el navío, y al fin
aportó á Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se
fuéron á presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa,
Mascareñas, Lampurdan y Souza, el qual señor tenia una arrogancia
que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba á
los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en
tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando
ademanes tan arrogantes, que á quantos le saludaban les venían
tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no
mas, y Cunegunda le pareció la mas hermosa criatura de quantas habia
visto. Lo primero que hizo fué preguntar si era muger del capitan.
Sobresaltóse Candido del tonillo con que acompañó esta pregunta, y no
se atrevió á decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo
era; ni ménos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto
que esta mentira oficiosa era muy freqüentemente usada do los
antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir
la verdad. Esta Señorita, díxo, me debe favorecer con su mano, y
suplicamos ámbos á Vueselencia que se digne ser padrino de los
novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas,
Lampurdan y Souza, se alzó con la izquierda mano los bigotes, se rió
con ademan burlon, y mandó al capitan Candido que fuera á pasar
revista á su compañía. Obedeció este, y se quedó el gobernador á
solas con la baronesita; le manifestó su amor, previniéndola que el
dia siguiente seria su esposo por delante ó por detras de la iglesia,
como mas á Cunegunda le potase. Pidióle esta un quarto de hora para
pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse.

Entráron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Señorita, vm.
tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y está en su mano ser
muger del señor mas principal de la América meridional, que tiene unos
estupendos bigotes, y así no viene al caso echarla de incontrastable
firmeza. Los Bulgaros la violáron á vm.; un inquisidor y un Judío han
disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legítimos. Si yo
fuera vm., confieso que no tendría reparo ninguno en casarme con el
señor gobernador, y hacer rico al señor capitan Candido. Así decia la
vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le
daban, y miéntras estaba aferrando áncoras un navichuelo que traía un
alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo.

No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero
y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con
Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso
vender á un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y
este conoció que eran las mismas que le habia comprado á el propio el
Inquisidor general. Fué preso el santo religioso, y confesó de plano á
quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y
Cunegunda. Ya se sabia la fuga de ámbos: fuéron pues en su seguimiento
hasta Cadiz, y sin perder tiempo salió un navío en su demanda. Ya
estaba la embarcación al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudió
la voz de que iba á desembarcar un alcalde del crímen, que venia en
busca de los asesinos del ilustrísimo Señor Inquisidor general. Al
punto dió órden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se
puede escapar, dixo á Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fué
vm. quien mató á Su Ilustrísima; y fuera de eso el gobernador
enamorado no consentirá que la toquen en el pelo de la ropa: con que
no hay que menearse. Va luego corriendo á Candido, y le dice:
Escápate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen
vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero ¿cómo se habia de
apartar de Cunegunda? ¿y donde hallaria asilo?



CAPITULO XIV.

_Del recibimiento que á Candido y á Cacambo hiciéron los jesuitas
del Paraguay._


Se había traído consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran
muchos en los puertos de mar de España, que era un quarteron, hijo de
un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan,
marinero, metedor, soldado y lacayo. Llamábase Cacambo, y queria
mucho á su amo, porque su amo era muy bueno. Ensilló en un abrir y
cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo á Candido: Vamos,
Señor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos á correr sin mirar
siquiera hacia atrás. Candido vertia amargas lágrimas diciendo: ¡Oh
mi amada Cunegunda! ¿con que es fuerza que te abandone quando iba el
señor gobernador á ser padrino de nuestras bodas? ¿Qué va á ser de mi
Cunegunda, que de tan léjos habia traído? Será lo que Dios quisiere,
dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las
remedia; vámonos. ¿Adonde me llevas? ¿adonde vamos? ¿qué nos haremos
sin Cunegunda? decia Candido. Voy á Santiago, replicó Cacambo; vm.
venia con ánimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos á pelear en
su favor. Yo se el camino, y le llevaré á vm. á su reyno; y tendrán
mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio á la
bulgara; vm. hará un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha
menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver
y hacer cosas nuevas. ¿Con que tu ya has estado en el Paraguay? le
dixo Candido. Friolera es si he estado, replicó Cacambo; he sido
pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los
padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal
gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de diámetro, y se divide
en treinta provincias. Los padres son dueños de todo, y los pueblos
no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por
mí no veo mas divina cosa que los padres, que aquí estan haciendo la
guerra á los reyes de España y Portugal, y confesándolos en Europa;
aquí matan á los Españoles, y en Madrid les abren de par en par el
cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm. á ser
el mas afortunado de los humanos. ¡Qué gusto para los padres, quando
sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro!

Así que llegáron á la primera barrera, dixo Cacambo á la guardia
avanzada que un capitan queria hablar con el señor comandante. Fuéron
á avisar á la gran guardia, y un oficial paraguayés fué corriendo á
echarse á los piés del comandante para darle parte de esta nueva.
Desarmáron primero á Candido y á Cacambo, y les cogiéron sus
caballos andaluces; introduxéronlos luego entre dos filas de
soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete
de Teatino puesto, la espada ceñida, la sotana remangada, y una
alabarda en la mano: hizo una seña, y al punto veinte y quatro
soldados rodeáron á los recienvenidos. Díxoles un sargento que
esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado
el padre provincial que ningún Español descosiese la boca como no
fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el
pais. ¿Y donde está el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En
la parada, desde que dixo misa, y no podrán vms. besarle las espuelas
hasta de aquí á tres horas. Si el señor capitan, que se está muriendo
de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Español, que es Aleman;
con que me parece que podemos almorzar miéntras llega Su
Reverendísima.

Fuése incontinenti el sargento á dar cuenta al comandante. Bendito sea
Dios, dixo este señor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar;
llévenle á mi enramada. Lleváron al punto á Candido á un retrete de
verdura, ornado de una muy bonita colunata de mármol verde y color de
oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, páxaros-moscas,
colibríes, gallinas de Guinea, y otros páxaros raros. Estaba servido
en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y miéntras comian granos de
maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor
del sol, se metió el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo
muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y
arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los
labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Español, ni la
de un jesuita. Fuéron restituidas á Candido y á Cacambo las armas que
les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo
les echó un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista,
temiendo que le jugaran alguna treta.

Besó Candido la sotana del comandante, y se sentaron ámbos á la mesa.
¿Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. Sí, padre
reverendísimo, dixo Candido. Miráronse uno y otro, al pronunciar estas
palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el
pecho. ¿De qué pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia
provincia de Vesfalia, replicó Candido, natural de la quinta de
Tunder-ten-tronck. ¡Dios mio! ¿es posible? exclamó el comandante. ¡Qué
portento! gritaba Candido. ¿Es vm.? decia el comandante. No puede ser,
replicaba Candido. Ambos á dos se tiran uno á otro, se abrazan, y
derraman un mar de lágrimas. ¿Con que es vm., reverendo padre? ¡vm.,
hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fué muerto por los Bulgaros;
vm., hijo del señor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en
este mundo se ven cosas extrañas. ¡Ha Panglós, Panglós, qué júbilo
fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!

Hizo retirar el comandante á los esclavos negros y á los Paraguayeses,
que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y dió
mil veces gracias á Dios y á San Ignacio, estrechando en sus brazos á
Candido, miéntras que por los rostros de ámbos corrian copiosos
llantos. Mas se enternecerá vm., se pasmará, y perderá el juicio,
continuó Candido, quando sepa que la baronesita su hermana, á quien
cree que le han pasado el vientre, está buena y sana.--¿Adonde?--Aquí
cerca, en casa del señor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido
con ella á la guerra. Cada palabra que en esta larga conversación
decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la
lengua, atenta en los oidos, y brillándoles en los ojos. A fuer de
Alemanes, estuviéron largo espacio sentados á la mesa, miéntras venia
el reverendo padre provincial; y el comandante habló así á su amado
Candido.



CAPITULO XV.

_Que cuenta la muerte gue dió Candido al hermano de su querida
Cunegunda._


Toda mi vida tendré presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte á
mi padre y á mi madre, y violar á mi hermana. Quando se retiráron los
Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echáron en
una carreta á mi madre, á mi padre, y á mí, á dos criadas, y tres
muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que
dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos roció con
agua bendita, que estaba muy salada; me entráron unas gotas en los
ojos, y advirtió el padre que hacian mis pestañas un movimiento de
contraccion; púsome la mano en el corazon, y le sintió latir: me
socorriéron, y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe vm.,
querido Candido, que era muy bonitillo; creció mi hermosura con la
edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me
tomó mucho cariño, y me dió el hábito de novicio: poco despues me
enviáron á Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas
alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo ménos jesuitas
españoles que pueden, y prefieren á los extrangeros, de quien se
tienen por mas seguros. El reverendo padre general me creyó bueno para
el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un Polaco, un Tirolés, y yo.
Así que llegué, me ordenáron de subdiácono, y me diéron una tenencia:
y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán
recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver
excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traído á vm. aquí para
favorecernos. Pero ¿es cierto que está mi querida Cunegunda aquí cerca
en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirmó con
juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriéron de nuevo
los llantos de entrámbos.

No se hartaba el baron de dar abrazos á Candido, apellidándole su
hermano y su libertador. Acaso podrémos, querido Candido, le dixo,
entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar á mi
hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondió Candido, porque me
iba á casar con ella, y todavía espero ser su esposo. ¡Tú, insolente!
replicó el baron: ¡tener descaro para casarte con mi hermana, que
tiene setenta y dos quarteles! ¡y tienes avilantez para hablarme de
tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le
respondió: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
de este mundo; yo he sacado á la hermana de vuestra reverencia de
poder de un Judío y un inquisidor; ella me está agradecida, y quiere
ser mi muger: maese Panglós me ha dicho que todos éramos iguales, y
Cunegunda ha de ser mia. Eso lo verémos, picaruelo, dixo el jesuita
baron de Tunder-ten-tronck, alargándole con la hoja de la espada un
cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en
la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
humeando en sangre, echó á llorar. ¡Ay, Dios mio, dixo, que he quitado
la vida á mi amo antiguo, á mi amigo y mi cuñado! El mejor hombre del
mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos
son clérigos.

Acudió á la bulla Cacambo que estaba de centinela á la puerta de la
enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
amo; sin duda van á entrar en la enramada: muramos con las armas en la
mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogió la
sotana del baron, se la echó á Candido encima, le puso el bonete de
Teatino del cadáver, y le hizo montar á caballo: todo esto se executó
en un momento. Galopemos, Señor: todo el mundo creerá que es vm. un
jesuita que lleva órdenes, y ántes que vengan tras de nosotros,
estarémos ya fuera de las fronteras. Todo fué uno el pronunciar estas
palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel.



CAPITULO XVI.

_Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones._


Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todavía ninguno
en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo
no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
fruta, y botas de buen vino, y así se metiéron con sus caballos
andaluces en un pais desconocido, donde no descubriéron sendero
ninguno trillado: al cabo se ofreció á su vista una hermosa pradera
regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexáron pacer sus
caballerías, Cacambo propuso á su amo que comiese, dándole con el
consejo el exemplo. ¿Cómo quieres, le dixo Candido, que coma jamon,
después de haber muerto al hijo del señor baron, y viéndome condenado
á no volver á mirar á la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá el alargar
mis desventurados años, debiendo pasailos léjos de ella en los
remordimientos y la desesperacion? ¿Qué dirá el diarista de Trevoux?

Dicho esto, no dexó de comer. El sol iba á ponerse, quando á deshora
oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
mugeres; pero no sabian si eran de gusto ó de sentimiento:
levantáronse empero á toda priesa con el susto y la inquietud que
qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos
dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
en su seguimiento iban dos ximios dándoles bocados en las nalgas.
Movióse Candido á compasion; habia aprendido á tirar con los
Búlgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin
tocar á las hojas; cogió pues su escopeta madrileña de dos cañones,
tiró, y mató ámbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo,
que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí
un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á
Dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas
de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos
mucho provecho en el pais. Iba á decir mas, pero se le heló la sangre
y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban
amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y
henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta
bondad, dixo á Cacambo; el qual le replicó: Buena la hemos hecho,
Señor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas.
¡Amantes! ¿cómo es posible? Cacambo, tu te estás burlando: ¿cómo
quieres que tal crea?' Señor amado, replicó Cacambo, vm. de todo se
pasma. ¿Porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios
favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
yo quarteron de Español? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber
oido decir á maese Panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que
de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros,
que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo
todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo
Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
metan en algun atolladero.

Persuadido Candido por tan sólidas reflexîones, se desvió de la
pradera, y se metió en una selva, donde cenó con Cacambo; y despues
que hubiéron ámbos echado sendas maldiciones al inquisidor de
Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedáron
dormidos sobre la yerba. Al despertar sintiéron que no se podian
menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del
pais, á quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
cuerdas hechas de cortezas de árboles. Cercábanlos unos cincuenta
Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
unos hacian hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y
todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengarémos, y nos
regalarémos; á comer jesuita, á comer jesuíta.

Bien le habia yo dicho á vm., señor, dixo en triste voz Cacambo, que
las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando
los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van á cocernos ó
asarnos. Ha, ¿qué diria el doctor Panglós si viera lo que es la pura
naturaleza? Todo está bien, norabuena; pero confesemos que es triste
cosa haber perdido á mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por
unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el
guirigay de estos pueblos, y les voy á hablar. No dexes de
representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano.

Señores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van á comer
á un jesuíta; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme á
justicia que tratar así á sus enemigos. Efectivamente el derecho
natural enseña á matar al próxîmo, y así es estilo en todo el mundo: y
si no exercitamos nosotros el derecho de comérnoslos, consiste en que
tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
el mismo caso, y cierto vale mas comerse á sus enemigos, que abandonar
á los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms.,
señores, no se querrán comer á sus amigos; y creen que van á espetar á
un jpsuita en el asador, miéntras que el asado es vuestro defensor, y
enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais;
este señor que estais viendo es mi amo, y léjos de ser jesuita, acaba
de matar á un jesuita, y se ha traído los despojos: este es el motivo
de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana,
llevadla á la primera barrera del reyno de los padres, é informaos si
es cierto que mi amo ha muerto á un jesuita. Poco tiempo será
necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
derecho público, la moral y las leyes, para que nos hagais mal.

Pareció justa la proposicion á los Orejones, y comisionáron á dos
prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
los diputados desempeñáron su comision con mucha sagacidad, y
volvieron con buenas noticias. Desatáron pues los Orejones á los dos
presos, les hiciéron mil agasajos, les diéron víveres, y los
conduxéron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No
es jesuita, no es jesuita.

No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le habían puesto
en libertad. ¡Qué pueblo, decia, qué gente, qué costumbres! Si no
hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte á
parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad
es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
agasajado tanto estas gentes, así que han sabido que no era jesuita.



CAPITULO XVII.

_Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y
lo que alli viéron._


Quando estuviéron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo
á Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; créame, y
vólvamónos á Europa por el camino mas corto. ¿Cómo me he de volver,
respondió Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo á mi pais, los
Abaros y los Bulgaros lo talan todo á sangre y fuego; si á Portugal,
me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos
asen vivos. Mas ¿cómo nos hemos de resolver á dexar la parte del mundo
donde reside mi baronesita?

Encaminémonos á Cayena, dixo Cacambo; alli hallarémos Franceses, que
andan por todo el mundo, y que nos podrán valer: y acaso tendrá Dios
misericordia de nosotros.

No era cosa fácil ir á Cayena: bien sabian, á poco mas ó ménos, hácia
que parte se habian de dirigir; pero las montañas, los rios, los
despeñaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes
estorbos insuperables. Los caballos se muriéron de cansancio; se les
acabáron las provisiones; y se mantuviéron por espacio de un mes con
frutas silvestres. Al cabo se halláron á orillas de un riachuelo
poblado de cocos, que les conserváron la vida y la esperanza.
Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo á Candido: Ya
no podemos ir mas tiempo á pié, sobrado hemos andado; una canoa vacía
estoy viendo á la orilla del río, llenémosla de cocos, metámonos
dentro, y dexémonos llevar de la corriente: un río va siempre á parar
á algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas, á lo ménos
verémos cosas nuevas. Vamos allá, dixo Candido, y encomendémonos á la
Providencia.

Navegáron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces
amenas, otras áridas, aquí llanas, y allá escarpadas. El río se iba
continuamente ensanchando, y al cabo se encañaba baso una bóveda de
espantables breñas que escalaban el cielo. Tuviéron ámbos caminantes
la osadía de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bóveda; y el
río, que en este sitio se estrechaba, se los llevó con horroroso
estrépito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas
viéron otra vez la luz; pero la canoa se hizo añicos en los baxíos, y
tuviéron que andar á gatas de uno en otro peñasco una legua entera:
finalmente avistáron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
montañas. Todo el pais estaba cultivado no ménos para recrear el gusto
que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo útil se
maridaba con lo agradable; víanse los caminos reales cubiertos, ó por
mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
ligeros que los mejores caballos de Andalucía, Tetuan y Mequinez.

Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se apeó con
Cacambo en el primer lugar que topó. Algunos muchachos de la aldea,
vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo á la
entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiéron
algunas, y eran oro, esmeraldas y rubíes, de tanto valor que el de
ménos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol.
Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan
jugando al tejo. En esto se asomó el maestro de primeras letras del
lugar, y dixo á los muchachos que ya era hora de entrar en la
escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real.

Los chicos del lugar abandonáron al punto el juego, y tiráron los
tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogiólos Candido,
y acercándose á todo correr al preceptor, se los presentó con mucha
humildad, diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habian dexado
olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echóse á reir el
maestro de leer, y las tiró al suelo; miró luego atentamente á Candido
á la cara, y siguió su camino.

Los caminantes se diéron priesa á coger el oro, los rubíes y las
esmeraldas. ¿Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien
educados los infantes de este pais, pues así los enseñan á no hacer
caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo ménos atónito
que Candido. Al fin se llegáron á la primera casa del lugar, que tenia
trazas de un palacio de Europa; á la puerta habia agolpada una
muchedumbre de gente, y mas todavía dentro: oíase resonar una música
melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares.
Arrimóse Cacambo á la puerta, y oyó hablar peruano, que era su lengua
materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman,
de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le serviré á vm. de
intérprete, dixo á Candido; entremos, que este es un meson.

Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron á que
se sentaran á mesa redonda. Sirviéron en ella quatro sopas con dos
papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibríes en un
plato, y seiscientos páxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caña de
azúcar.

La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
hiciéron á Cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este,
dexándole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabó la comida,
Cacambo y Candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante
largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les
dixo: Bien vemos, señores, que son vms. extrangeros; y como no estamos
acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir
quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para
comodidad del comercio las paga el gobierno. Aquí han, comido vms.
mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
recibirán como se merecen. Explicaba Cacambo á Candido todo quanto
decia el huésped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla
como tenia en decírselo su amigo Cacambo. ¿Pues qué pais es este,
decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que
este sea el pais donde todo está bien, añadia Candido, que alguno ha
de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglós, muchas
veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.



CAPITULO XVIII.

_Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron._


Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yo
soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
tenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto
del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.
Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano. Candido representaba
la segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en una
casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con
que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de
colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego
satisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta y
dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las
asombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reyno
donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron el
disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al
fin destruyéron los Españoles.

Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en
su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no
saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha
mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles han
tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _El
Dorado_; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquí
cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables
breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
nosotros sin dexar uno vivo.

Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno,
de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por
medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un poco
el anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que tan
ingratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion era
la del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acaso
puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:
adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios?
repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Como
si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las
personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba
Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que
pedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y
buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A
Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde
estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquí
todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que
acompañan cinco ó seis mil músicos.--¿Con que no teneis frayles que
enseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á los
que no son de su parecer?--Menester seria que estuviéramos locos,
respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y no
entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como
extático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais es
este
de la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto
nuestro
amigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck
era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus
criados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si me
priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de
modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del
pais, si alguno de ellos os desagrada.

Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y
en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un
extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte
piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia
era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los
pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.
Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte
hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los
vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales
oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de Su
Magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo.
Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á uno
de los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; si
hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las
manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
sala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo el
oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas.
Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual
correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á
cenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que
escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que
sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia
cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas
satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una
galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y
matemáticas.

Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la
ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesa
entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puede
ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
del monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres del
rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó
á Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.

Un mes estuviéron en este hospicio. Candido decia continuamente á
Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no se
puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no
habita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en Europa una que
bien quieras. Si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damos
vuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
de piedras del Dorado, serémos mas ricos que todos los monarcas
juntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidad
podrémos cobrar á la baronesita. Este razonamiento petó á Cacambo: tal
es la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad.

Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
en él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros,
tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todo
hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua
empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el
qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos;
las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero,
pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de
máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá
acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que
Vuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros
cargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, y
dixo: No se qué, pasion es la que tienen vuestros Europeos á nuestro
barro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

Inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquina
para izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tres
mil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quince
dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.
Metiéron en la máquina á Candido y á Cacambo: dos carneros grandes
encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
preciosas. El rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. Fué
cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izáron á ellos
y á sus carneros á la cumbre de las montañas. Habiéndolos dexado en
parage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y Candido no tuvo
otro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á la
baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
Buenos-Ayres, si es dable poner precio á mi Cuncgunda: vamos á la isla
de Cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poner
en ajuste.



CAPITULO XIX.

_De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de
Martin._


La primera jornada de nuestros dos caminantes fué bastante agradable,
llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores
tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El
enamorado Candido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los
árboles. A la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, y
pereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron de
cansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete á
ocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unas
simas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que dos
carneros. Candido dixo á Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son
las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, y
la dicha de volver á ver á Cunegunda. Confiéselo así, dixo Cacambo;
pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podrá
poseer el rey de España, y desde aquí columbro una ciudad, que presumo
que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras
miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

En las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en el
suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
izquierda y la mano derecha. ¡Dios mió! le dixo Candido, ¿qué haces
ahí, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando á
mi amo el señor de Vanderdendur, negociante afamado, respondió el
negro. ¿Ha sido por ventura el señor Vanderdendur quien tal te ha
parado? dixo Candido. Sí, Señor, respondió el negro; así es práctica:
nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos
vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge un
dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á ese
precio se come azúcar en Europa; puesto que quando en la costa de
Guinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo
querido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, para
que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
nuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tu
madre. Yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
papagayos lo son mil veces ménos que nosotros. Los fetiches holandeses
que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

O Panglós, exclamó Candido, esta abominacion no la habias tú
adivinado: se acabó, será fuerza que abjure tu optimismo. ¿Qué es el
optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondió Candido, es la manía de
sustentar que todo está bien quando está uno muy mal. Vertia lágrimas
al decirlo contemplando al negro, y entró llorando en Surinam.

Lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío que
se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre á quien se lo
preguntáron era justamente un patron español que les ofreció
ajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería,
adonde Candido y Cacambo le fuéron á esperar con sus carneros.

Candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas sus
aventuras al Español, y le confesó que queria robar á la baronesita
Cunegunda. Ya me guardaré yo, le respondió, de pasarlos á vms. á
Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni
ménos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su
Excelencia. Este dicho fué una puñalada en el corazon de Candido:
lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á Cacambo,
le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
nosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos en
diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á Buenos-Ayres, en busca
de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidor
ninguno, y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío, y te iré á
esperar á Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni
Abaros, ni Judíos, ni inquisidores que temer. Parecióle bien á
Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muerte
haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazáronse derramando
muchas lágrimas; Candido le encomendó que no se olvidara de la buena
vieja; y Cacambo se partió aquel mismo dia: el tal Cacambo era un
excelente sugeto.

Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otro
patron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian,
quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era
necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor
Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ¿Quanto pide vm., le
preguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mi
bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros,
y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí el
prudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sin
regatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, y
dixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mil
le daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con
que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez
volvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treinta
mil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuró
el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin
duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos.
Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estaban
ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en una
lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha
de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.
En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay!
exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese á
la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
hacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juez
holandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á la
puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era
regular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil
duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra,
le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y
exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

Esta conducta acabó de desesperar á Candido; y aunque á la verdad
habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
juez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y le
ocasionáron una negra melancolía. Presentábase á su mente la maldad
humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
Finalmente estando para salir para Burdeos un navío francés, y no
quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo
que valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que
pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre de
bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el mas
descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
Presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido
caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor
educados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron mas
sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Reuniólos
en su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion que
hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á los
demas una gratificacion. Duró la sesion hasta las quatro de la
madrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba Candido de
lo que le habia dicho la vieja quando iban á Buenos-Ayres, y de la
apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien no
hubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada lástima que contaban,
pensaba en Panglós, y decia: El tal Panglós apurado se habia de ver
para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es cierto
que si está todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la
tierra. Finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre,
que habia trabajado diez años para los libreros de Amsterdan,
creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
Portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban
de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menós tan
desventurados como él; pero Candido esperaba que con el docto se
aburriria ménos en el viage. Todos sus competidores se quejáron de la
injusticia manifiesta de Candido; mas este los calmó repartiendo cien
duros á cada uno.



CAPITULO XX.

_De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion._


Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
el navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
discurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candido
le sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza de
ver á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,
todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
de Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al
sistema de Panglós. Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensa
de todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral?
Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano;
pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido,
que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
Martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menester
es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en mi
cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios á
disposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los
tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon de
asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueles
los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he
visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo. Cosas buenas hay,
no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no han
llegado á mi noticia.

En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. De
uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un
anteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios que
combatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y á
otro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Al
cabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto,
y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin y
Candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que
zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.

Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros.
Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendo
esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus
carneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, que
lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes
gruesos del Dorado.

En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío
sumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés,
el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en el
mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
se libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á veces
llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha
sufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero
¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios ha
castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.

Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candido
en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputáron, y
tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se
comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
lomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambien
podié hallar á Cunegunda.



CAPITULO XXI.

_Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarse
á las costas de Francia._


Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia,
señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corrido
muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es
enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.--¿Y ha
visto vm. á Paris, señor Martin?--He visto á París, que es una
menestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo
el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segun
me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía
unos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi por
ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré
como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á
Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este
pueblo, y creo que así será.

Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien
puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se
cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy á
esperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿me
acompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Venecia
solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho
agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otra
cosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamente
mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No
por cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios que
nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué fin
piensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernos
dar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, del
amor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, que
conté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de
extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
se me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todos
tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre
hayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos,
mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,
ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos,
hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos se
hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?
Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuó Martin, si los milanos
siempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm. que
las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy
diferente porque el libre albedrío..... Así discurrian, quando
aportáron á Burdeos.



CAPITULO XXII.

_De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á
Martin._


No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario
para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo
Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que
dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era
encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A
mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
encarnado, y que se muriese de la moniña.

Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver
esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de
Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la
mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
presto.

Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se
agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba
convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.

Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la
comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y
Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos
contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en
Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.
Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,
replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.

Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,
porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en
Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia
para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al
muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como
dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
_sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué
quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris
se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen
dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
riéndose se cometen las mas detestables acciones.

¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?
dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó
un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la
escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo
Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de
llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á
París allí como si hubiera vivido en el muchos años.

Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y
nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los
miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés
era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.

Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y
á
Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en
dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que
sea un mylord inglés.

La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho
silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias
hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó
amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo
bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no
sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes
hinchados.

Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él
altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué
varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia
él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo
está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;
nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.

Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó
Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó
en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.
Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que
he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no
quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La
pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo
quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis
amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de
la marquesa.

Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el
señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido
le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.

Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con
que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,
señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á
Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
que aguardo con su respuesta.

Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se
despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro
dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela
siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que
estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su
presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."

Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una
imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la
posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la
cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No
puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la
cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y
que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.

En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la
cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo
Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,
¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el
alguacil.

Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
señora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate un
tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
vm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros son
arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
Diepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan á
todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces el
hilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia
[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural de
Arras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, ha
cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de
1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
Clialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la herida
no fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.

Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Qué
monstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais donde
azuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
visto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. á
Venecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., es
á la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar los
grillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y se
llevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había un
buque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
Candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
Portsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyó
que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luego
que se le presentase ocasion.



CAPITULO XXIII.

_Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de lo
que allí viéron._


¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que es
este mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada y
muy abominable, respondió Martin.--Vm. ha estado en Inglaterra: ¿son
tan locos como en Francia?--Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
sabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
nieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
que todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dos
paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; lo
que sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.

Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta
de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almirante
Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
de los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda
la asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixo
Candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quien
era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
almirante, le dixéron.--¿Y porqué han muerto á ese almirante?--Porque
no
ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á un
almirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
enemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés como
este del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero en
esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
para dar mas ánimo á los otros.

Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que no
quiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patron
holandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
conduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
el patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y se
estremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo,
y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
dando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda. Con
Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo va
bien y lo mejor que es posible.



CAPITULO XXIV.

_Que trata de fray Hilarion y de Paquita._


Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas las
posadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vida
alegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba á
informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinam
á Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de Diepeá
Portsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo el
Mediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio que
morir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
terrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tiene
vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, ni
á las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
mas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figura
que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; la
guardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo á
vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
que daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no se
hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda,
quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
la plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscano
era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su
diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos son
dichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese
frayle son felicísimas criaturas. Yo apuesto á que no, dixo Martin.
Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.

Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada á
comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á teber
vino de Montepulciano y _lácrima-cristi_, Chipre y Samos.
Sonrojóse la mozuela; admitió el Franciscano el convite, y le siguió
la muchacha mirando á Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
lágrimas. Apénas entró la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
¿Pues que, ya no conoce el señor Candido á Paquita? Candido que oyó
estas palabras, y que hasta entónces no la habia mirado con atencion,
porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: ¡Ha, pobre chica! ¿con que
tú eres la que puso al doctor Panglós en el lindo estado en que le vi?
¡Ay, señor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que está vm. informado
de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediéron á la señora
baronesa y á la hermosa Cunegunda, y júrole á vm. que no ha sido ménos
adversa mi estrella. Quando vm. me vió era yo una inocente; y un
capuchino, que era mi confesor, me engañó con mucha facilidad: las
resultas fuéron horribles, y me vi precisada á salir de la quinta,
poco después que le echó á vm. el señor baron á patadas en el trasero.
Si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera
muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
misericordia todos los días. Era ella una furia, el mas feo el de los
hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
por un hombre á quien no podía ver. Bien sabe vm., señor, los peligros
que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de
los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos
horas se murió en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me
metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
sacado á salvamento mi inocencia. El juez me declaró libre, con la
condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó
otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este
abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso,
y que para nosotras es un piélago de desventuras. Víneme á exercitar
mi profesion á Venecia. Ha, señor, si se figurara vm. qué cosa tan
inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto
insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á
pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un
hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
malbadada criatura de este mundo. Así descubria Paquita su corazon al
buen Candido, en su gabinete, á presencia de Martin, el qual dixo: Ya
llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.

Habíase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
miéntras servian la comida. Candido le dixo á Paquita: Pues si
parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y
halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
como dices que eres desdichada. Ha, señor, respondió Paquita, esa es
otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robó y me aporreó un
oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un
frayle.

No quiso Candido oir mas, y confesó que Martin tenia razón. Sentáronse
luego á la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fué bastante alegre
la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. Díxole
Candido al frayle: Paréceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino.
Por Dios santo, caballero, respondió fray Hilarion, que quisiera que
todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
hacerme Turco. Quando tenia quince años, mis padres, por dexar mas
caudal á un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligáron á
tomar este exêcrable hábito. El convento es un nido de zelos, de
rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á
todos los demas religiosos.

Volviéndose entónces Martin á Candido con su acostumbrado relente, le
dixo: ¿Qué tal? ¿he ganado, ó no, la apuesta? Candido regaló dos mil
duros á Paquita, y mil á fray Hilarion. Yo fío, dixo, que con este
dinero serán felices.

Pues yo fío lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hará vm.
más infelices todavía. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar
nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi
carnero encarnado y á Paquita, me halle un dia de manos á boca con
Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
respondió Candido. Consiste en que he vivido mucho, replicó Martin.
¿Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
Verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
de un detenido exâmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que
nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilación mandó Candido á pedir
licencia al señor Pococurante para hacerle una visita el dia
siguiente.



CAPITULO XXV.

_Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor
Pococurante, noble veneciano._


Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al
palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos
curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.

Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan á fastidiarme estas muchachas.

Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y
pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.

Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la
música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo,
dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La
música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver
malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
fué en todo del dictámen del senador.

Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la
biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado,
alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo,
que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.

No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte
Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á
la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
arrullar criaturas del Ariosto.

¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo
Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
sé qué Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo
de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy
conforme á razón.

¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa
Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué
tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.

¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá
haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si
uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa útil.

¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador;
de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que
no los abro nunca, ni yo ni nadie.

Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á
concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la
libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.

Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre
sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un
inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á
perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á
los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á
vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo
mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no
le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan
superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este
Pococurante! ninguna cosa le agrada.

Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido
alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á
su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
quanto tiene.

¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto
tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto,
respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda.
Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.

Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.



CAPITULO XXVI.

_Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
extranjeros, y quien eran estos._


Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros
alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que
tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole
del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se
descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de
Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco
le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro
amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está?
llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está
aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.--¡Dios mio, en
Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando:
vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir
á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es
menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra;
cene, y esté aparejado.

Preocupado Candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á
ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la
alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su
razon, se sentó á la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
habian venido á pasar el carnaval á Venecia.

Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su
amo al fin de la comida, le dixo al oido: Señor, Vuestra Magestad
puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas
estas palabras. Atónitos los convidados se miraban sin chistar, quando
llegándose otro sirviente á su amo, le dixo: Señor, el coche de
Vuestra Magestad está en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
seña, y se fué el criado. Otra vez se miráron á la cara los
convidados, y creció el asombro. Arrimándose luego el tercer criado á
otro extrangero, le dixo: Señor, créame Vuestra Magestad, que no se
debe detener mas aquí; yo voy á disponerlo todo, y desapareció.

Entónces no dudáron Candido ni Martin de que era mogiganga de
carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. Otro tanto
dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy
diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
y le dixo: A fe, Señor, que nadie quiere fiar un ochavo á Vuestra
Magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese
con Dios Vuestra Magestad.

Habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio
Candido, Martin y los seis forasteros. Rompióle al fin Candido,
diciendo: Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿porqué son todos
vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el señor Martin ni yo lo somos.
Respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
Sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi
sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la
cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Después de Acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: Yo me
llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
cuna. Mi padre y mi madre fuéron encarcelados, y á mi me criáron en
una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. He peleado por
sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el
corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido
preso, y ahora voy á ver al Rey mi padre á Roma, el qual ha sido
destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el
carnaval á Venecia.

Habló entónces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la
Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el
carnaval á Venecia.

Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
á los juicios de la Providencia; y he venido á pasar el carnaval á
Venecia.

Habló por último el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
gran señor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
nombre es Teodoro; fuí electo rey en Córcega, me daban
_magestad,_ y ahora apénas se dignan de decirme _su merced_:
he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios
de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
estado mucho tiempo en Londres en una cárcel acostado sobre paja; y me
rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como
Vuestras Magestades, á pasar el carnaval á Venecia.

Escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este
razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey Teodoro para que
comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regaló un brillante de dos
mil zequíes. ¿Quién es este particular, dixéron los cinco reyes, que
puede hacer una dádiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
nosotros, y que efectivamente la hace?

Al levantarse de la mesa, llegáron á la misma posada quatro Altezas
Serenísimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
la guerra, y venian á pasar lo restante del carnaval á Venecia; pero
ne se informó siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
no pensando en mas que en ir á buscar á su amada Cunegunda á
Constantinopla.



CAPITULO XXVII.

_Del viage de Candido á Constantinopla._


Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitan turco que habia de
llevar á Constantinopla al sultan Acmet, que tomara á bordo á Candido
y á Martin; y ámbos se embarcáron, habiéndose postrado primero ante su
miserable Alteza. Candido en el camino decia á Martin: ¡Con que hemos
cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que
darle tina limosna! Acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados.
Yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar
de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglós, amado
Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha
sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
friolera que ni siquiera mentarse merece.

Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado
antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda?
¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin
duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo,
le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la
Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque
es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el
gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa,
dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el
millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió
Cacambo: ¿pues no tuve que dar doscientos mil al señor Don Fernando
de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, gobernador de
Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme á Cunegunda? ¿y no
nos ha robado un pirata todo quanto nos había quedado? ¿No nos ha
conducido dicho pirata al cabo de Matapan, á Milo, á Nicaria, á Samos,
á Petri, á los Dardanelos, á Mármara y á Escutari? Cunegunda y la
vieja estan sirviendo al príncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo
del sultan destronado. ¡Quanta espantosa calamidad encadenada una con
otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
facilidad rescataré á Cunegunda. ¡Que lástima es que esté tan fea!
Volviéndose luego á Martin, le dixo: ¿Quién piensa vm. que es mas
digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
Carlos Eduardo, ó yo? No lo sé, dixo Martin, y menester fuera hallarme
dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
aquí Panglós, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondió
Martin, la balanza con que pesaba ese señor Panglós las miserias, y
valuaba las cuitas humanas; pero sí presumo que hay en la tierra
millones de hombres mas dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo,
el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.

A pocos dias llegáron al canal del mar Negro. Candido rescató á precio
muy subido á Cacambo, y sin perder un instante se metió con sus
compañeros en una galera para ir á orillas de la Propontis en demanda
de Cunegunda, por mas fea que estuviese.

Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y á quien el
arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Candido
con mas atención que á los demas forzados, arrimándose a ellos con
lástima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
pareció que se daban un poco de ayre á Panglós, y al otro desventurado
jesuíta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido á
compasión con esta idea, los contempló con mayor atencion, y dixo á
Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar á maese Panglós,
y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
esos que van remando en la galera.

Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos
galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto
se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que
me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que
es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta
galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es
maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia
Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del
señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?

Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de
galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda
un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
zequíes.--Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla,
y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El
arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y
hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.

Dió Candido cien abrazos á Panglós y al baron.--¿Pues cómo no he
muerto á vm., mi amado baron? ¿y vm., mi amado Panglós, cómo está vivo
habiéndole ahorcado? ¿y porqué están ámbos en galeras en Turquía? ¿Es
cierto que esté mi querida hermana en esta tierra? dixo el barón. Sí,
Señor, respondió Cacambo. Al fin vuelvo á ver á mi caro Candido,
exclamaba Panglós. Candido les presentaba á Martin y á Cacambo: todos
se abrazaban, todos hablaban á la par; bogaba la galera, y estaban ya
dentro del puerto. Llamáron á un. Judío á quien vendió Candido por
cincuenta mil zequíes un diamante que valia cien mil, y el Judío le
juró por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
satisfizo el rescate del baron y Panglós: este se arrojó á las plantas
de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquel le dió las gracias
baxando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con
que. ¿Pero es posible, decia, que esté en Turquía mi hermana? Tan
posible, replicó Cacambo, que está fregando platos en casa de un
príncipe de Transilvania. Llamáron, al punto á otros Judíos, vendió
Candido otros diamantes, y se partiéron todos en otra galera para ir á
librar á Cunegunda.



CAPITULO XXVIII.

_Que trata de los sucesos que pasáron con Candido, Cunegunda,
Panglós y Martin._


Mil perdones pido á vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
reverendísimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedí un poco.
Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
contaré que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
boticario del colegio, me acometió y me hizo prisionero una partida
española, y me pusiéron en la cárcel de Buenos-Ayres, quando acababa
mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran á Roma al
padre general, y me nombráron para ir á Constantinopla de capellan de
la embaxada de Francia. Habia apénas ocho dias que estaba desempeñando
las obligaciones de mi empleo, quando encontré una noche á un icoglan
muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
bañarse, y yo tambien me metí con el en el baño, no sabiendo que era
delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
musulman. Un cadí me mando dar cien palos en la planta de los piés, y
me condenó á galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.

¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad
es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te
acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la
hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron,
sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me
llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial
desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas
con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La
incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á
Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera
abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y
viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que
su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en
sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á
un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize.
Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban,
y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el
barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger
me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no
teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader
veneciano, y le acompañé á Constantinopla.

Ocurrióme un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anémonas, ranúnculos,
jacintos y aurículas. Cayósele el ramillete, y yo le cogí, y se le
puse con tanta cortesía como respeto. Tanto tardaba en ponérsele, que
se enfadó el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamó gente.
Lleváronme á casa del cadí, que me mandó dar cien varazos en los piés
y me envió á galeras, amarrándome justamente á la misma galera y al
mismo banco que el señor baron. En ella habia quatro mozos de
Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frayles de Corfú, que nos
aseguráron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
nuestras. Sustentaba el señor baron que le habian hecho mas injusticia
que á mí; y yo defendia que mucho mas permitido era volver á poner un
ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
disputábamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
la penca, quando te conduxo á nuestra galera la cadena de los sucesos
de este universo, y nos rescataste. ¿Y pues, amado Panglós, le dixo
Candido, quando se vió vm. ahorcado, disecado, molido á palos, y
remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
estoy en mis trece, respondió Panglós; que al fin soy filósofo, y un
filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar Leibnitz,
aparte que la harmonía preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
no ménos que el lleno y la materia sutil.



CAPITULO XXIX.

_De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja._


Miéntras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglós,
Martin y Cacambo; miéntras que discurrian acerca de los sucesos
contingentes ó no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal físico, sobre la
libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
está en galeras en Turquía, aportáron á las playas de la Propontis,
junto á la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
presentó fué Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
contemplando á Cunegunda toda prieta, los ojos lagañosos, enxutos los
pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
atras, y se adelantó luego por buena crianza. Abrazó Cunegunda á
Candido y á su hermano, todos abrazáron á la vieja, y Candido las
rescató á entrámbas.

Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja á Candido
que le comprase, ínterin hallaba toda la compañía mejor acómodo.
Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie,
acordó sus promesas á Candido en tono tan resuelto, que no se atrevió
el pobre á replicar. Declaró pues al baron que se iba á casar con su
hermana; pero este dixo: Nunca consentiré yo en semejante vileza de su
parte, y tamaña osadía de la tuya, ni nunca no podrán echar en cara
tal ignominia. ¿Con que los hijos de mi hermana no podrán entrar en
los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
sea con un baron del imperio. Cunegunda se postró á sus plantas, y las
bañó en llanto, pero fué en balde. ¡Fatuo, sin seso, le dixo Candido,
te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que
estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea
mi muger, y todavía quieres tu estorbármelo! Si me dexara llevar de la
ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondió el
baron, pero no te has de casar con mi hermana miéntras yo viva.



CAPITULO XXX.

_Donde se da fin á la historia._


En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de
casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determinó
á acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto,
que no las podía dilatar mas. Consultó pues á Panglós, á Martin y al
fiel Cacambo. Panglós compuso una erudita memoria, probando que no
tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las
leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dándole la mano
izquierda; Martin fué de parecer de que tiraran con el baron al mar; y
Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le
volveria á poner á remar á la galera, ínterin le enviaban al padre
general por la primera embarcacion que diese á la vela para Roma.
Pareció bien esta idea: aprobóla la vieja; y sin decir palabra á
Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo así la
satisfaccion de jugar pieza á un jesuita, y escarmentar la vanidad de
un baron aleman.

Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido
casado con su amada, viviendo en compañía del filósofo Panglós, del
filósofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo traído
tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la
vida mas feliz; pero tanto le estafáron los Judíos, que no le quedáron
mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea,
se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cayó
enferma, y era mas regañona, todavía que Cunegunda. Cacambo que cavaba
el huerto y llevaba á vender la hortaliza á Constantinopla, estaba
rendido de faena, y maldecia su suerte. Panglós se desesperaba, porque
no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin,
firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra
mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido,
Martin y Panglós sobre metafísica y moral. Por las ventanas del
coitijo sovían pasar con mucha freqüencia barcos cargados de efendis,
baxáes y cadíes, que iban desterrados á Lemnos, Mitylene y Erzerum; y
llegar otros cadíes, otros baxáes y otros efendis, que ocupaban el
lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se vían cabezas
rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo á la
Sublime Puerta. Estas escenas daban materia á nuevas disertaciones; y
quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventuró á
decirles un dia: Quisiera yo saber qué es peor, ¿ser violada cien
veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar
baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe,
ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas
desventuras hemos pasado, ó estar aquí sin hacer nada? Ardua es la
qüestion, dixo Candido.

Suscitó este razonamiento nuevas reflexîones; y coligió Martin que el
destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, ó
en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no
afirmaba nada: Panglós confesaba que toda su vida habia sido una serie
de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo
estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo. Lo que acabó de
cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas
que nunca á Candido, y de poner en confusion á Panglós, fué que un dia
viéron llegar á su cortijo á Paquita y fray Hilarion en la mas
horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros,
se habian dexado y vuéltose á juntar, y vuelto á reñir, habian sido
puestos en la cárcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion
se habia hecho Turco. Paquita seguía exercitando su oficio, pero ya no
ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martín á
Candido, que en breve disiparian las dádivas de vm., y serian mas
miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son
mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. ¡Ha, dixo Panglós á
Paquita, con que te ha traído el cielo con nosotros! ¿Sabes, pobre
muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una
oreja? ¡Qué mudada que estás! ¡válgame Dios, lo que es este mundo!
Esta nueva aventura les dió márgen á que filosofaran mas que nunca.

En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor
filósofo de Turquía.

Fuéren á consultarle; habló Panglós por los demás, y le dixo: Maestro,
venimos á rogarte que nos digas para que fué formado un animal tan
extraño como el hombre? ¿Quién te mete en eso? le dixo el derviche:
¿te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
la tierra. ¿Qué hace al caso que haya bienes ó que haya males? quando
envía Su Alteza un navio á Egipto, se informa de si se hallan bien ó
mal los ratones que van en él? Pues qué se ha de hacer? dixo Panglós.
Que te calles, respondió el derviche. Yo esperaba, dixo Panglós,
discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
la harmonía preestablecida. En respuesta les dió el derviche con la
puerta en los hocicos.

Miéntras que estaban en esta conversacion, se esparció la voz de que
acababan de ahorcar en Constantinopla á dos visires del banco y al
muftí, y de empalar á varios de sus amigos; catástrofe que metió mucha
bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Panglós, Candido y
Martin á su cortijo ,`encontráron á un buen anciano que estaba tomando
el fresco á la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos.
Panglós, que no era ménos curioso que argu-mentista, le preguntó como
se llamaba el muftí que acababan de ahorcar. No lo sé, respondió el
buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de muftí ni de visir
ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo,
sí, que generalmente los que manejan los negocios públicos perecen á
veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo
de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviará vender
allá las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convidó á los
extrangeros á entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les
presentáron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban,
kaimak guarnecido de cáscaras de azamboa confitadas, naranjas,
limones, limas, pinas, alfónsigos, y café de Moka, que no estaba
mezclado con los malos cafées de Batavia y las islas de América; y
luego las dos hijas del buen musulman sahumáron las barbas de Candido,
Panglós y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una
vasta y magnífica posesión. Nada mas que veinte fanegadas de tierra,
respondió el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de
tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la
necesidad.

Miéntras se volvia Candido á su cortijo, iba haciendo profundas
reflexiones en las razones del Turco, y le dixo á Panglós y á Martin:
Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy
mas feliz que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de
cenar en Venecia. Las grandezas, dixo Panglós, son muy peligrosas,
segun opinan todos los filósofos. Eglon, rey de los Moabita, fué
asesinado por Aod; Absalon colgado de los cabellos y atravesado con
tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboan, muerto por Baza; el rey
Ela por Zambri; Ocosías por Jehú; Atalia por Joyada; y los reyes
Joaquín, Jeconías y Sedecías fuéron esclavos. Sabido es de qué modo
muriéron Creso, Astyages, Dario, Dionisio de Syracusa, Pyrro, Perseo,
Hanibal, Jugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Neron, Oton, Vitelio,
Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Henrique VI, Ricardo
III, María Estuardo, Carlos I, los tres Henriques de Francia, el
emperador Heririque IV, el rey godo Don Rodrigo, Don Alvaro de Luna; y
nadie ignora... Tampoco ignoro yo, dixo Cundido, que es menester
cultivar nuestra huerta. Razon tienes, dixo Panglós; porque quando fué
colocado el hombre en el paraiso de Eden, fué para labrarle, _ut
operaretur eum_, lo qual prueba que no nació para el sosiego.
Trabajemos pues sin argumentar, dixo Martin, que es el medio único de
que sea la ida tolerable.

Toda la compañía aprobó tan loable determinacion; empezó cada uno á
exercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que
Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita
bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion
sirvió, que aprendió con perfeccion el oficio de carpintero, y paró en
ser muy hombre de bien. Panglós deeia algunas veces á Candido. Todos
los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles;
porque si no te hubieran echado á patadas en el trasero de una
magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en
la inquisicion, si no hubieras andado á pié por las soledades de la
América, si no hubieras pegado una birena estocada al baron, y si no
hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no
estarias aqui ahora comiendo azamboas en dulce, y alfónsigos. Bien
dice vm., respondió Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

_Fin de Candido, ó del Optimismo._



TABLA

DE LAS NOVELAS CONTENIDAS EN EL TOMO PRIMERO.

ZADIG, Ó EL DESTINO, historia oriental Dedicatoria de Zadig á la
sultana
Cheraah, por Sadi.

CAP. I. El tuerto
CAP. II. Las narices
CAP. III. El perro y el caballo
CAP. IV. El envidioso
CAP. V. El generoso
CAP. VI. El ministro
CAP. VII. Disputas y audiencias
CAP. VIII. Los zelos
CAP. IX. La muger aporreada
CAP. X. La esclavitud
CAP. XI. La hoguera
CAP. XII. La cena
CAP. XIII. Las citas
CAP. XIV. El bayle
CAP. XV. Los ojos azules
CAP. XVI. El bandolero
CAP. XVII. El pescador
CAP. XVIII. El basilisco
CAP. XIX. Las justas
CAP. XX. El ermitaño
CAP. XXI. Las adivinanzas

COMO ANDA EL MUNDO, vision de Babuco, escrita por el propio MEMNON,
Ó LA CORDURA HUMABA LOS DOS CONSOLADOS HISTORIA DE LOS VIAGES DE
ESCARMENTADO, escrita por el propio.

MICROMEGAS, historia filosófica.

CAP. I. Viage de un raorador del mundo de la estrella Sino al planeta
de Saturno.
CAP. II. Conversación del morador de Siriot con el de Saturno.
CAP. III. Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno.
CAP. IV. Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra.
CAP. V. Experiencias y raciocinios de ambos caminantes.
CAP. VI. De lo que les aconteció con unos hombres.
CAP. VII. Conversación con los hombres.

HISTORIA DE UN BUEN BRAMA.

CANDIDO, Ó EL OPTIMISMO.

CAP. I. Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una herniosa
quinta, y como de ella fue echado a patadas.
CAP. II. De lo que sucedió á Candido con los Bulgaros.
CAP. III. De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de
lo que le sucedió despues.
CAP. IV. De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el
doctor Panglós, y de loque le aconteció.
CAP. V. De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos
del doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista.
CAP. VI. Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el
terremoto, y de los doscientos azotes que pegaron á Candido.
CAP. VII. Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y
como topó este con su dama.
CAP. VIII. Historia de Cunegunda.
CAP. IX. Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el inquisidor
general, y el Judío.
CAP. X. De la triste situacion en que se viéron Candido, Cunegunda y
la vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América.
CAP. XI. Que cuenta la historia de la vieja.
CAP. XII. Donde prosigue la historia de la vieja.
CAP. XIII. De como Candi lo tuvo que separarse por fuerza de la
hermosa Cunegunda y la vieja.
CAP. XIV. Del recibimiento que á Candido y Cacambo hiciéron los
jesuitas del Paraguay.
CAP. XV. Que quenta la muerte que dió Candido al hermano de su querida
Cunegunda.
CAP. XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes
con dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones.
CAP. XVII. Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del
Dorado, y lo qne allí viéron.
CAP. XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron.
CAP. XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo
Candido de Martin.
CAP. XX. De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion.
CAP. XXI. Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martin, al
acercarse á las costas de Francia.
CAP. XXII. De los sucesos que en Francia aconteciéron
á Candido y á Martin.
CAP. XXIII. Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y
de lo que allí viéron.
CAP. XXIV. Que trata de fray Hilarion y de Paquita.
CAP. XXV. Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al
señor Pococurante, noble veneciano.
CAP. XXVI. Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
extrangeros, y quien eran estos.
CAP. XXVII. Del viage de Candido á Constantinopla.
CAP. XXVIII. Que trata de los sucesos que pasáron con Candido,
Cunegunda, Panglós y Martin.
CAP. XXIX. De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.
CAP. XXX. Donde se da fin á la historia





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Candido, o El Optimismo" ***

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