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Title: Un libro para las damas - Estudios acerca de la educación de la mujer
Author: Sinués, María del Pilar
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Un libro para las damas - Estudios acerca de la educación de la mujer" ***

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Libraries.)



                        [Ilustración: Portada]



                        UN LIBRO PARA LAS DAMAS.

                                ESTUDIOS

                                 ACERCA

                      DE LA EDUCACION DE LA MUJER,

                              ESCRITOS POR

                        MARÍA DEL PILAR SINUÉS.

                            TERCERA EDICION.

                                MADRID,
            OFICINAS DE LA ILUSTRACION ESPAÑOLA Y AMERICANA,
                 CALLE DE CARRETAS, NÚM. 12, PRINCIPAL.

                             MDCCCLXXVIII.

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                                                           Es propiedad.


    MADRID, 1878.--Imprenta, estereotipia y galvanoplastia de Aribau
    y C.ª (sucesores de Rivadeneyra), Impresores de cámara de S. M.

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                       DOS PALABRAS DE LA AUTORA.

La mayor parte de los escritores de nuestra época que se han ocupado de
la constitucion de la familia, se hallan conformes en la persuasion de
que uno de los motivos que más frecuentemente produce su
quebrantamiento, y áun á veces su completa disolucion, es la gran
diferencia que media entre el nivel intelectual que hoy alcanza la
cultura del hombre, y la casi absoluta falta de ilustracion que
generalmente se advierte en nuestro sexo.

No pertenezco yo al número de las que creen que las mujeres debemos
legislar en los congresos y dictar sentencias en los tribunales; sino
que ántes bien me parece que la mision de la mujer debe ser realizada
en el interior del hogar doméstico.

Formar el corazon de sus hijos; elevar sus sentimientos por el amor á
lo bello y á lo bueno; ser la consejera íntima, la amiga de su marido;
poner en todo lo que la rodea el sello de su bondadosa é inteligente
dulzura, hé aquí, segun mi opinion, el deber social de la madre de
familia.

Pero si la mujer ha de cumplir dignamente sus obligaciones en el
interior de la familia, necesita comprenderlas bien; necesita saber que
son enteramente distintas de las del hombre: las de éste son
exteriores, y constituyen esa lucha apasionada, donde los intereses del
momento procuran siempre triunfar de las dificultades materiales; las
de la mujer se ciñen á procurar la dicha, el sosiego y el bienestar de
los seres amados que la rodean.

Y sin embargo, la unidad, la santa armonía del pensamiento es
indispensable para una union feliz; cuando todo lo que le interesa al
esposo es indiferente y desconocido para su mujer, hay un gérmen de
desunion entre ambos, que comienza por producir la frialdad en sus
relaciones, y á veces termina por una ruptura definitiva y completa del
vínculo conyugal.

Es absolutamente necesario que se eduque á la mujer en relacion al fin
social que está llamada á cumplir; es necesario que el sentimiento
inteligente de la mujer alcance, aunque por otro camino, los mismos
grados de elevacion que la cultura intelectual del hombre.

Si la madre es la que forma y debe formar siempre el corazon de sus
hijos, claro aparece que el hombre no puede pasar, en la esfera del
sentimiento, los límites que le marcó su educacion primera, en la cual
se funda necesariamente el desenvolvimiento de toda su vida.

Penetrada yo del convencimiento de que son verdaderos todos los
principios generales que dejo expuestos, he procurado en mis escritos
contribuir, segun la medida de mis fuerzas, á la educacion de la mujer
por medio del sentimiento de lo bello y de lo bueno, pues de este modo
es como comprendo la moralidad que el arte puede y debe producir en la
sociedad humana.

La contemplacion de la belleza purifica y eleva los sentimientos del
alma, sobre todo en nuestro sexo. Si el hombre con su razon llega á las
más elevadas cúspides de la verdad científica, la mujer con el
sentimiento debe adivinar todo lo que ignora; debe seguir á su
compañero en la vida, apoyada en la fe, que es el presentimiento de
todo lo que no sabemos, y fijando sus ojos en ese ideal de lo
perfectamente bello, que es al propio tiempo la esperanza celeste de
toda alma generosa.

No soy yo de las que abogan por la emancipacion de la mujer, ni áun
entro en el número de las personas que la creen posible: espíritu
débil, creo que toda la fuerza de mi sexo consiste en la bondad, en la
virtud, en el amor: creo que la mujer necesita constantemente el amparo
de un padre, de un esposo, de un hermano, de un hijo; pero creo tambien
que ella puede ser á su vez el apoyo moral de los suyos, el consuelo y
la alegría de los que la aman; creo que la esfera de accion de la mujer
es tan extensa como la del hombre, pero en condiciones completamente
distintas: el hombre, por medio de la razon, debe realizar todos los
hechos de la vida exterior: la mujer, por medio de su bondad
inteligente, debe dirigir toda la vida interior de la familia. El
hombre está llamado á instruir á sus semejantes por medio de la
ciencia; la mujer á educar á sus hijos por medio del arte, que es lo
bello. Porque la instruccion es lo externo, es lo que se adquiere por
el ejercicio de la inteligencia. La educacion es lo interno, es lo que
cada uno consigue mediante su íntima reflexion, avivada por el
sentimiento fundado en el amor á todo lo verdadero, á todo lo bello, á
todo lo bueno que existe inextinguible en el fondo del alma humana.

Este libro no tiene otra pretension que el de ser de alguna utilidad al
corazon de la mujer: los artículos de que se compone se dividen en
_religiosos, morales, filosóficos y de costumbres_; pero todos son
sencillos, todos al alcance de la comprension femenina y áun infantil,
y en todos preside la santa, la augusta idea de Dios y de sus preceptos.

Ningun inconveniente pueden tener las madres en dejar este libro en las
manos de sus hijas; he procurado que los artículos de que se compone
tengan la mayor variedad posible, alternando los más serios con los más
ligeros, y los que encierran alguna verdad triste, con los más jocosos.

Quizá alguna encantadora jóven de la clase media, á la que la modesta
fortuna de sus padres no le permite asistir á las reuniones y teatros,
se distraerá con la lectura de estas páginas y hallará en ellas alguna
sana verdad, algun consejo útil que le sirva para cuando constituya
familia; quizá la esposa que mece la cuna de su niño enfermo, hallará
en este libro el amigo de su velada solitaria; quizá la anciana que ha
quedado aislada porque cada uno de sus hijos ha edificado ya su nido
conyugal, halle aquí conformidad y consuelo; si así sucede, mi
esperanza más bella, mi ambicion más alta, se verán cumplidas.



                     LA POESÍA DEL HOGAR DOMÉSTICO.


                                   I.

No es la poesía tan sólo aquel rayo que ilumina la mente del que hace
versos.

La poesía está en el mundo bajo diversas formas, y vive entre nosotros
sin que nos apercibamos de su presencia.

La poesía en la mujer es hermana del sentimiento, es la blanca y
perfumada flor que brota en el corazon: cuando el huracan del dolor ha
agostado todas las demas flores del alma, la de la poesía desplega su
corola más hermosa que nunca.

Las lágrimas son su rocío; la resignacion es el sol benéfico que la
calienta con sus tibios resplandores.

La poesía es la compañera inseparable de la mujer buena y la que
embellece el hogar doméstico. ¡Desgraciada la mujer que la desconoce, y
desgraciado tambien el hombre que busca, para compañera suya, una mujer
prosaica y materialista! Si busca un alma fria, se encontrará con un
alma dura; si busca un corazon destituido de ilusiones, será fácil que
halle un corazon vacío y desgarrado.

Toda mujer que cuida de embellecer su casa y de hacer dichosa á su
familia, tiene un alma poética.

Una madre meciendo á su hijo sobre sus rodillas, junto á un balcon
entoldado de flores, está rodeada, á mis ojos, de una poesía tan bella
como elocuente.

Una jóven sentada al lado de su anciano padre, leyendo con suave y
dulce voz, para distraerle en las largas noches de invierno, ofrece un
cuadro de tierna y sublime poesía.

No he conocido un sér más poético que una jóven, hija de un anciano
militar, que se casó con un pobre empleado de pocos años y de ménos
haberes: yo la conocí despues de casada y madre de un niño de algunos
meses; vivia ademas con ellos su anciano padre, compartiendo la modesta
y casi mísera existencia de sus hijos.

El tedio se apoderaba de mi ánimo cuando iba con mi madre á casa de
alguna de sus opulentas y ociosas amigas: mi corazon, tan jóven que áun
no sabía darse cuenta de sus emociones, se adormecia en el fondo de mi
pecho.

Aquella monótona magnificencia; aquellos salones en los que el lujo se
aglomeraba bajo mil diferentes aspectos, respirando en todos la
vanidad; aquellas pesadas colgaduras de seda, que velaban el resplandor
del sol; aquellos divanes, en fin, destinados á enervar en una
soñolienta molicie al que los ocupase, me causaban un hastío que no
podia vencer.

¡Con qué afan deseaba que mi madre me concediera permiso para ir á casa
de mi jóven amiga!

Margarita me atraia con una simpatía incomprensible en mi edad, pues yo
no tenía aún doce años, y la amaba con la mayor ternura. Ella contaba
apénas veintidos primaveras, y su carácter, lleno de una apacible
alegría, alejaba de aquella casa á la tristeza, que no perdia la
ocasion de asomar á la puerta su torva faz.

Mi amiga cuidaba de su padre, de su esposo y de su hijo: su cariñoso
esmero se extendia tambien al balcon de su cuarto, que era un verdadero
jardin, y á dos tórtolas que, prisioneras en una jaula de cañas,
colocada entre las macetas, se arrullaban dulcemente y se alisaban con
su pico la delicada y sedosa pluma.

Siempre que iba yo á ver á Margarita la encontraba en su casa; su
pequeño gabinete no tenía otros muebles que algunas sillas de enea, una
mesa de graciosa hechura, sobre la cual habia siempre dos jarros de
loza llenos de flores, y un armario y la cuna del niño, velada con
cortinas de muselina blanca: junto á aquella cuna bordaba Margarita
todo el tiempo que la dejaban libre sus deberes domésticos; el sueldo
de su esposo era muy corto, y ella hacía el sacrificio de sus horas de
reposo, entregándose á aquella ocupacion que producia algun dinero, con
que contribuia al bienestar de su familia. Los que dicen que el trabajo
perjudica á la salud, asientan un error: Margarita era un prodigio de
belleza floreciente, de dulce y encantadora lozanía: cubria sus
mejillas un sonrosado delicioso, y sus ojos brillaban con la dicha y el
contento.

La ocupacion contínua es lo que conserva la tranquilidad en el espíritu
de la mujer, lo que le trae una grata calma, y esa alegría igual y
dulce que nace de la quietud del ánimo; el ocio es su más cruel
enemigo, porque el ocio vicia su corazon, embota su entendimiento,
hiela su alma y adormece todos sus buenos instintos.


                                  II.

Margarita vivia con su familia en una pequeña habitacion, enfrente de
la que ocupaba yo con la mia; todas las mañanas se levantaba á las
siete, y cantando como un pájaro, aseaba su pequeña sala y el gabinete
de las flores, como yo le llamaba: luégo vestia al niño, que ya andaba
solo, y ayudaba al tocador de su anciano padre.

Veíala yo con un placer indefinible entrar y salir y repartir sus
cuidados entre los tres seres que cifraban en ella toda su ventura:
mirábala cambiar el agua de sus tórtolas y darles alimento, y esperaba
con impaciencia la hora de su tocador, para asistir á él oculta entre
los pliegues de las cortinas que guarnecian mi ventana.

Concluidos sus quehaceres, se quitaba su gorrito blanco y desataba sus
hermosos cabellos castaños, que caian por su espalda en largos rizos;
peinábalos con maravillosa agilidad y los enlazaba despues con graciosa
forma detras de su cabeza: un vestido blanco era su única gala en el
verano: en el invierno le reemplazaba con uno de lana oscuro. Despues
de vestida se sentaba á trabajar, miéntras el abuelo jugaba y reia con
el niño.

Cuando por la tarde volvia su esposo, Margarita conocia sus pisadas;
dejaba su labor, y tomando al niño en los brazos, salia á recibirle.
¡Cuán dichoso debia sentirse aquel hombre al estrechar contra su
corazon á su angelical esposa y á su inocente hijo! Muy grande debia
ser su ventura, pues se grababa en todas sus facciones con caractéres
visibles y profundos.

Miéntras comian, no cesaba yo de oir la risa sonora y dulce de
Margarita; no obstante, el corto tiempo que permanecian en la mesa
acusaba la frugalidad de los manjares.

Muchas noches alcanzaba yo permiso de mi madre para pasar la velada en
casa de Margarita: ésta acostaba á su hijo y volvia á su bordado,
miéntras mecia la cuna con su lindo y ligero pié: á las diez dejaba la
aguja y tomaba un libro, en el cual leia con dulce voz hasta las doce.

¡Cuán atentos estábamos á la lectura su padre, su esposo y yo! Sentado
el anciano enfrente de ella, escuchaba su voz en una especie de
éxtasis, y el jóven esposo, con la mejilla apoyada en la mano, parecia
pendiente de los labios de Margarita.

Ésta tomaba los libros que más le agradaban en la biblioteca de mi
padre, y la eleccion de ellos atestiguaba más que nada la lucidez
modesta de su talento; de un talento que brillaba con la suave y grata
belleza de la perla, sin deslumbrar, como el diamante, con sus
soberbias facetas.


                                  III.

Todo lo bueno es poético y bello, y la mujer ha recibido de la
naturaleza la mision de sembrar con flores los eriales de la vida; mas
para que la cumpla es preciso que desde muy temprano se procure elevar
su entendimiento, y se la enseñe el amor de lo bello en lo moral, en lo
intelectual y hasta en lo físico.

Se ve muchas veces á una jóven dulce, poética, elegante, casi ideal
ántes de casarse, convertirse despues de casada en una mujer colérica,
prosaica y vulgar, y no hace mucho tiempo que sostuve yo con una amiga
mia el diálogo siguiente:

--¡No te conozco! ¿Qué genio maléfico te ha vuelto tan descuidada, no
sólo para tu casa, sino tambien para tu persona? ¿Quién te ha cambiado
así?

--¡El fastidio!

--¿Te aburres?

--¡Mortalmente! ¿Para qué violentarme ya? Mi marido sólo está en casa á
las horas de comer y dormir, y no repara en que la casa esté peor ó
mejor arreglada; la he dejado al cuidado de los criados.

--¡Yo sé que ántes él enseñaba su casa con cierto orgullo á sus amigos!

--No merece la satisfaccion de ese orgullo el que yo me moleste
cuidando de mil detalles fastidiosos.

--Y sin embargo, querida Julia, esos detalles son los que, á semejanza
de las ligaduras invisibles de Gulliver, sujetan á los hombres á su
hogar.

--No lo creas; no reparan en esas pequeñeces.

--Quizá te engañes... pero ¿y tu persona?

--¿Para qué cansarme en un peinado esmerado y en cambiar cada dia de
traje?

--¡Tu elegancia era lo que más agradaba á tu marido! ¿No te acuerdas?

--Para un marido nunca es elegante su mujer, y las admiraciones de
novio de mi esposo, cesaron el dia en que se casó conmigo.

--¿Quién te ha dicho eso? ¿Piensas que los gustos y hasta las ideas de
un hombre varian en un dia? ¿No temes que se halle mejor que en su
desordenada casa, en otra mejor cuidada y más elegante? ¿No temes que
alguna coqueta le prenda en sus redes?

--Yo no tengo tiempo de pensar en esas cosas, contestó Julia, herida
por mis observaciones; mis hijos me ocupan mucho: una esposa, una
madre, debe cuidarse ante todo de sus deberes.

--Uno de sus primeros deberes es agradar á su marido; no le basta con
ser virtuosa, aburriéndose: debe ser bella y feliz.

La pobre Julia no tuvo la fortaleza de violentarse un poco, y todas sus
buenas prendas de madre excelente y de ama de casa, no evitaron que mis
temores se realizasen.

El hogar doméstico sin poesía es para el espíritu fuerte del hombre una
cárcel mezquina y helada: si la mujer sabe embellecerlo, es el oásis
donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde
el alma reposa de las luchas y de los dolores de la vida.



                               LOS CELOS.


                                   I.

No hace muchos dias que me hallaba yo por la noche en casa de una
señora, que tiene dos hijas encantadoras.

La mayor, llamada María, cuenta diez y seis años, y es perfectamente
bella, y ademas un ángel de bondad y de dulzura.

La segunda, nombrada Isabel, es mucho ménos bonita y su aspecto es
constantemente triste y desapacible.

La madre prefiere á la mayor, y, fuerza es confesarlo, hay muchas
personas que la prefieren tambien.

La noche de que voy hablando me fijé con más atencion que de costumbre
en la expresion del semblante de Isabel, y hallé en ella alguna cosa de
acre, de amargo y triste.

--¿Qué tiene? le pregunté á su madre, mostrándola á la pálida niña, que
muda é inmóvil permanecia en un rincon.

--Tiene celos de su hermana mayor, me respondió.

--¡Celos! repetí, eso no puede ser; los celos son hijos del amor; si
estas dos niñas tuvieran otra edad, y amáran al mismo hombre, podria
decirse que Isabel tenía celos de María. Así es imposible.

--¿Acaso los celos sólo pueden nacer del amor?

--Sólo: no habiendo amor no hay celos: lo que Isabel siente es envidia.

--¿No es la misma cosa?

--No, señora; en los celos hay cierta nobleza y cierta abnegacion; en
la envidia todo es pequeño y miserable; pero la envidia puede curarse,
y la curacion de los celos es muy difícil, si no imposible.


                                  II.

Entre las mil torturas que afligen á la mujer, que martirizan su
corazon, que amargan su vida, hay algunas que ella misma se inventa por
la actividad de su fogosa imaginacion, por la extremada debilidad de su
espíritu, ó por efecto de su educacion descuidada.

De los más amargos dolores que se crea, son la envidia y los celos.

Los celos, dardo emponzoñado y forjado por el infierno.

La envidia, sierpe venenosa, que roe el corazon de que se posesiona,
hasta dejarlo vacío como un sepulcro.

La envidia nace de la pequeñez del alma; los celos, de la gran
sensibilidad del corazon.

Suele vituperarse á una persona que tiene celos, pero se la compadece
siempre.

Una persona envidiosa solamente inspira desprecio, y todo lo que en su
favor alcanza, es una lástima desdeñosa.

Los celos engendran el ódio; pero en cuanto el celoso es feliz,
compadece á la persona sobre la cual ha triunfado.

La envidia no conoce la compasion; el envidioso quisiera que el mundo
entero fuera desgraciado, para reunir él todas las riquezas y todas las
prosperidades.

Los celos se sienten únicamente cuando un amor grande, inmenso, llena
el corazon.

Si causa dolor el que la persona que los inspira sea bella, rica y esté
dotada de relevantes cualidades, es tan sólo porque estas ventajas
conquistan el amor que el infeliz que los siente quisiera para sí.

Los celos ambicionan amor.

De todo lo demas, ni siquiera se acuerdan.


                                  III.

Deplorable cosa es que los celos debiliten el ánimo y quiten la
facultad de reflexionar; porque, á no ser así, las desdichadas, heridas
de esa pasion podrian conjurar el mal en vez de acrecentarlo,
entregándose á los extremos de un violento dolor.

Oid, las que sufrais ese tormento, el consejo de una amiga vuestra: no
os quejeis demasiado, no hagais del llanto vuestra ocupacion contínua,
no deis al mundo el espectáculo de vuestra pena; ocultadla, si os es
posible, porque vuestros lamentos, vuestras lágrimas, vuestro dolor, no
es probable que os ganen de nuevo el corazon que hayais perdido.

No intenteis tampoco vengaros, aconsejadas de vuestro despecho, pagando
desvío con desvío é infidelidad con infidelidad: entónces perderíais
tambien lo único que puede serviros de consuelo: perderíais la paz de
la conciencia y el derecho de levantar la frente limpia de toda mancha.

Una suave y digna resignacion, una conducta irreprensible y decorosa,
una firmeza noble é igual en los modales, y una prudente reserva en la
vida íntima, quizá os devuelvan el sitio que es vuestro, en los
corazones que hayais perdido.

Nada de quejas, nada de lágrimas, nada de súplicas; no seamos ni
víctimas ni verdugos, porque es tan degradante y tan odioso lo uno como
lo otro.


                                  IV.

Mujeres conozco que han atormentado de tal suerte á sus maridos, con
celos infundados, que aquéllos tenian por la mayor desgracia el
quedarse solos con ellas; las mujeres de que os hablo les contaban los
minutos que estaban fuera de casa y el dinero que gastaban; les
impedian cumplir en sociedad con los deberes de buena educacion; les
pedian cuenta de todas sus acciones, de todos sus pensamientos, y
cuando los sabian, les regañaban sin cesar.

Los maridos así asediados no tardan en engañar á sus mujeres.

Les ocultan que han ido al café, como si esto fuera un pecado mortal.

Si han ido al teatro, les dicen que han estado acompañando á un amigo
enfermo; y poco á poco dejan de amarlas, y el hastío más profundo se
apodera de su vida, hasta que hallan una mujer amable, graciosa,
coqueta, que les seduce con un carácter completamente opuesto al
tiránico de sus esposas.

El hombre ha nacido libre, y libre debe vivir. Conquistad el corazon de
vuestros esposos, no con la virtud ceñuda, sino con la virtud dulce,
con la bondad, con la coquetería.

Hacedles agradable su casa y amable vuestro trato; sed sus amigas,
partid sus alegrías, consolad sus tristezas, endulzad sus dolores,
cuidad sus enfermedades; procurad que nada les falte en las comodidades
del hogar; velad por los intereses de la casa, que son los de ambos;
haceos, en fin, necesarias á su dicha y dejadlos libres, completamente
libres.

No les pregunteis adonde han ido, que ellos mismos os lo dirán.

No les pregunteis el dinero que han gastado, que los humillais; y las
heridas del amor propio son las que ménos han de perdonaros.

El hombre es el jefe natural de la familia y el dueño de su casa; para
impedir sus extravíos no teneis más medio lícito que imperar en su
corazon.

Y si os ofenden, sed templadas y generosas.

No rechaceis con dureza al que os ofendió cuando os dé alguna muestra
de arrepentimiento, por ligera que sea; no os vengueis de él cuando la
sociedad le arroje lleno de amarguras y decepciones.

Vosotras, dichosas criaturas, que estais escudadas y protegidas con un
amor tierno y profundo, no le perdais por vuestra imprudencia é
impremeditacion.

No pidais al hombre más de lo que puede concederos; no querais
violentar sus gustos, sus sentimientos, sus inclinaciones.

Respetadle al mismo tiempo que le ameis; pero sabed haceros precisas á
su bienestar, á su dicha, á su vida doméstica, que es la sola ciencia y
el gran talento que debe ostentar la mujer.



                           ENFERMEDAD MORTAL


                                   I.

Voy á dedicar á mis amables y benévolas lectoras una noticia de las
necesidades del dia.

Estamos atacados de una enfermedad mortal: del amor al lujo
desenfrenado; nos importa ménos ser que parecer; la vanidad nos mata;
el mal ha llegado á las mujeres, y éstas están más profundamente
heridas que los hombres.

La mujer no vive hoy por el corazon, vive por el cerebro: casi todas
anhelan ese ruido que se llama _celebridad_; nuestras madres cifraban
su gloria en el silencio en que se dejaba su nombre, y el elogio que
más deseaban era que no se hablase de ellas ni bien ni mal: hoy las
mujeres quieren ser citadas por su belleza y su elegancia en los
periódicos de _sport_ y de _high-life_; esto constituye su alegría y la
gloria de su familia.

Nunca la acre sed de goces ha abrasado con un fuego más devorador las
entrañas de la humanidad; nunca las tendencias materialistas se han
dibujado tan claramente como en nuestros dias, y como no hay hecho
aislado en el mundo, todo se encadena y todo se deduce con una lógica
inflexible y despiadada.

Lo caro de las habitaciones y su suntuosidad (algunas veces vulgar)
trae el lujo exagerado del mobiliario; nadie se atreveria á poner una
sillería de reps de lana en un salon deslumbrante de dorados.

Son precisos el damasco y el brocado esmaltado de flores que se inventó
para Mad. de Pompadour.

¿Y qué contraste haria un traje sencillo con estas suntuosidades, con
esas espléndidas colgaduras?

Las fábricas de Lyon no saben ya tejer raso, gro y terciopelo que sean
bastante ricos, y estos trajes exigen como complemento indispensable
las joyas; los diamantes juegan sus luces en torno del cuello, y las
perlas del más grande tamaño lucen, en los pendientes y en los
brazaletes, su deslumbradora blancura.

El traje de los señores se refleja fatalmente en la librea de los
criados; los lacayos se doran á fuego en todas las costuras; y no
siendo posible usar tanta esplendidez en un coche de alquiler, la
señora tiene sus caballos y su carruaje; el gran cupé para salidas de
noche; para el paseo la carretela de ocho resortes.

¿Y quién paga? El marido sin duda, á ménos que le sea imposible
soportar ese lujo... porque, en fin, lo imposible nadie puede
hacerlo... pasemos... alejémonos pronto... nos hallamos al borde del
abismo.


                                  II.

Otro rasgo fatal del cuadro de nuestras costumbres es la tendencia,
cada dia más clara y más audazmente confesada, de una sensualidad que
se desborda; la preocupacion de comer y de beber bien ha invadido á
todos; la cocina tiene hoy sus periódicos como el salon, y los más
acreditados publican de contínuo la lista de un _menu_ variado y
espléndido.

No se habla más que de salsas y de zumos, de _entremets_ y de _hors
d'oeuvre_ incitativos; el lujo de la mesa ha seguido la misma
progresion que todos los otros; una comida es hoy un gran negocio que
cuesta mucho dinero; ya no es permitido á nadie el dar de comer á sus
amigos, sin ceremonias; el comedor se ha vuelto un campo cerrado como
el salon; todas las rivalidades se encuentran allí y se libran una
batalla: allí tambien se hace gala de ingenio y de magnificencia; allí
tambien se lucha en excentricidad.

Se violenta el órden de las estaciones, se sirven primicias marchitas y
costosas mucho tiempo ántes de que la naturaleza, que hace bien lo que
hace, les dé madurez sabrosa; se sirve, más para los ojos que para el
paladar, á la rusa, con una abundancia exagerada de cristales y luces,
con _surtouts_ de plata, de los cuales el precio podria pagar una aldea.

Se trae de todos los países el fondo mismo del festin: bien fácil sería
dar una leccion de geografía en cualquiera de esas comidas, ó, más
bien, recibirla del maestre-sala ó jefe de comedor, sólo con que él
nombrase los platos presentes: el caviar viene de San Petersburgo; el
_sterlet_, del Volga ó del Moldau; las lenguas de venado, de Noruega;
los jamones, del condado de York; los mariscos, de Escocia; los
faisanes, de Bohemia; los pollos, de Rusia; los lomos de oso, de los
Alpes ó de los Pirineos.

Todavía queda el capítulo de las excentricidades: se cortan chuletas de
una langosta y se presentan liebres asadas sin despojarlas de su piel:
no hace muchos dias asistí á una comida que empezó por una sopa de
nidos de golondrinas, traidos expresamente de China con este objeto;
otro de los platos era un gigantesco pastel de corazones de palomas,
que habia debido costar más dinero que el que necesitan seis familias
indigentes, para alimentarse durante un año.

Los vinos no pueden quedarse detras de los manjares, ni como variedad
ni como calidad; y como la produccion ha llegado á ser inferior al
consumo, su valor ha ascendido á un extremo fabuloso.

Mas ¿qué importa? ¡Cuanto más caro cuestan estos vinos, más cantidad se
desea beber! Y sin embargo, esta profusion ruinosa no puede ser
agradable. El anfitrion que hace colocar diez copas delante de cada
plato, no posee el verdadero sentido de las cosas; esos aromas
distintos, y algunas veces opuestos, que es preciso saborear en un
reducido espacio de tiempo, deben perjudicarse los unos á los otros; y
sin embargo, los criados, pasando por detras de los sillones de cuero
de Rusia que ocupan los convidados, van nombrando pomposamente el
_Montrachet des Chevaliers_, el _Clos-Vougeat del 54_, el _Johanisberg_
sellado del Príncipe, el _Tockay de Esterhazy_, el _Chateau Larose_ y
el _Chateau Iquem_.

Estas bebidas, dignas de las mesas de los reyes, se suceden en un
opulento desórden; el caso es deslumbrar á los convidados, que envidian
no poder hacer otro tanto. ¿Qué importa el precio de esta satisfaccion?


                                  III.

Estos hechos son desgraciadamente de una autenticidad indiscutible, y
estos hechos ¡ay! acusan un desórden crónico y profundo que podria
llegar á ser incurable, porque no hiere sólo al alma, hiere tambien la
economía social y lleva inevitables y crueles perturbaciones al seno de
las familias.

Este cuadro de delicias y de locos gastos, dibujados por mi débil pluma
en las más altas regiones de la sociedad, tiene sus copias cada dia más
numerosas en la clase media; el mal lo invade todo, y de él nace esa
sed de especulaciones temerarias, esa fiebre de agiotaje, que es
tambien uno de los rasgos característicos de la época: hay necesidad de
improvisar recursos y de encontrar en la especulacion el dinero que no
da ni el patrimonio, ni tampoco el trabajo; ese otro patrimonio de la
honradez y del decoro.

Mas ¡ay! la fortuna ciega suele recoger lo que ha dado, y despues de
haber dejado saborear las alegrías peligrosas de una riqueza ficticia,
hace parecer más amarga la pena de una ruina demasiado positiva.

Una sola cosa puede traer al mundo social una reaccion provechosa; el
amor, es decir, la mujer. Tenemos en la naturaleza un tipo encantador:
la jóven, la hija de familia; ella trae á la existencia real su
frescura nativa, su dulce brillo, su gracia inocente; el corazon se
dilata á la vista de esa primavera de la vida. Cuando se aproxima, se
serenan como por encanto las tormentas del alma; los ménos buenos temen
turbar la atmósfera de calma y de serenidad que rodea su inocencia;
cada uno se vuelve mejor cuando está á su lado.

¡Jóvenes amigas mias! Á vosotras, y sólo á vosotras, toca traer el
remedio con vuestras inocentes manos para esta llaga inmensa; casaos
con el alma enamorada y no por cálculo ó por interes; y si amais de
véras á vuestros esposos, no les pediréis un lujo desenfrenado y loco;
os avergonzaréis de esa lucha con las demas mujeres y de esas
exigencias que se tragan el sosiego y se pueden tragar el honor de la
familia.

El desenfreno de que Francia ha dado tan largo y triste ejemplo ha sido
su ruina. ¡Escarmentemos al recordar la nueva Nínive, abrasada por la
justicia celeste!



                        LA ROMERÍA DE SAN ISIDRO


                                   I.

El dia 15 del florido mes de Mayo del año de gracia de 1872, y apénas
la aurora asomaba en el oriente su bello rostro, una jovencita, no
ménos linda que aquélla, abria la pequeña ventana de una buhardilla,
situada sobre el tejado de una hermosa casa que ocupa el número 40 de
la espléndida calle de Alcalá.

Algunas de vosotras, lectoras mias, no sabréis acaso cómo son las
buhardillas de Madrid: exteriormente tienen la forma de una caja de
muerto, colocada sobre el tejado: tantas buhardillas, tantos ataudes
que rematan en una ventana pequeña y guarecida de vidrios.

El interior es algunas veces hediondo y triste: esto sucede cuando las
habita la miseria: mas si es la pobreza la que se aposenta en ellas,
entónces son alegres, risueñas, aseadas, y en cada ventana hay una ó
más macetas de flores y hierbas de olor.

Porque entre la pobreza que cuenta con lo necesario, y la miseria que
de todo carece, hay un abismo.

La buhardilla á cuya ventana se habia asomado la jovencita tenía en el
exterior un aspecto alegre: dos macetas de barro encarnado hacian
centinela á la ventanita, y contenian: la una, un alelí cuajado de
flores encarnadas, y la otra, una frondosa mata de sándalo: en las
vidrieras se veian cortinillas de muselina blanca cogidas con unos
lacitos de cinta rosa.

La jóven asomó su bella cabeza, peinada ya, rosada y alegre: dos
gruesas trenzas de cabellos castaños se enlazaban en un ancho rodete en
aquella cabeza llena de animacion y de gracia: el cabello de las sienes
se levantaba naturalmente ondeado, y sus ojos castaños, con largas
pestañas negras, recorrian el sereno horizonte que puro y sin nubes,
presagiaba un dia sereno y radiante.

--Pero, hija, ¿ya te has levantado?--preguntó desde el interior de la
habitacion una voz femenina.

--¡Sí, ya estoy peinada, madre! Vamos, vístase usted para marcharnos,
que voy á llamar á la señorita Julia: aunque ella irá á las ocho en el
coche con el señor Marqués, me dijo que la llamase temprano.

La jóven dejó la ventana abierta, salió de la buhardilla y bajó
corriendo cuatro pisos, hasta llegar á la magnífica puerta del
principal; llamó y un criado vino á preguntar quién era.

--Diga V. á la doncella de la señorita que la llame para ir á San
Isidro,--dijo la muchacha,--tiene que ponerse un vestido nuevo y
necesita tiempo, segun me dijo anoche.


                                  II.

Una hora despues la graciosa habitante de la buhardilla subia con su
madre á uno de los muchos ómnibus que conducen, á 2 rs. por asiento, á
los infinitos romeros que acuden á San Isidro.

La muchacha se llamaba Juana y era de oficio _ribeteadora_ ó costurera
de botas de señora: tenía diez y siete años y vivia con su madre,
viuda; ésta habia sido nodriza de la hija del Marqués que ocupaba el
cuarto principal de la casa, y que las queria mucho por su honradez y
por ser Juana hermana de leche de su hija.

Juana llevaba vestido de percal de 3 rs. vara, de fondo blanco y
lunares negros, pañuelo de talle de crespon amarillo, bordado con sedas
de colores, delantal negro de tafetan, collar de corales y pendientes
de lo mismo; una rosa lucia su fresco colorido al lado izquierdo de la
cabeza, colocada entre las ricas trenzas de la jóven. Su novio, que era
el primer oficial de la tienda donde Juana trabajaba, las esperaba en
el ómnibus que, lleno ya, echó á correr al trote de sus cuatro caballos.

La pradera de San Isidro presentaba el golpe de vista más pintoresco:
la citada fiesta no es otra cosa que la romería de los habitantes de
Madrid á la ermita del Santo labrador, patron de la villa, que está al
otro lado del Manzanáres, y que fundó la Emperatriz Isabel, esposa de
Cárlos V, quien la hizo edificar el año 1528, en agradecimiento de
haber recobrado la salud el príncipe don Felipe, su hijo, con el agua
de la fuente inmediata, abierta por el Santo, segun la tradicion, con
un instrumento de labranza.

La capilla está situada en uno de los cerros más elevados de las
cercanías de la córte, y desde la puerta se descubre un animado
panorama: despliéganse, en primer término, los verdes arbolados del
Canal, y en lontananza progresiva parte del real sitio del Buen Retiro,
algunos pueblecitos de los alrededores de Madrid y los lindos
jardinillos del Campo del Moro, Cuesta de la Vega y Montaña del
Príncipe Pío: en los últimos horizontes se ven las cumbres del
Guadarrama cubiertas con su manto de nieve: en la colina de la ermita
el cielo es más azul, el aire más puro y la vegetacion más risueña.


                                  III.

Juana, su madre y su novio, _desembarcaron_ del ómnibus á la entrada de
la pradera, donde la animacion rayaba en frenesí; por entre las
dilatadas calles formadas con los toldos de las tiendas y llenas de
puestos de rosquillas, de frutas, de telas, de juguetes, de fondas, de
botijos llenos de leche del inmediato pueblo de las Navas, y de
confiterías ambulantes, bullia una muchedumbre inmensa: el pueblo,
engalanado con sus mejores trajes, se mezclaba con las damas más
opulentas, con las hijas de la aristocracia, que, vestidas de percal,
habian ido á _dar una vuelta_: la ermita despedia sin cesar oleadas de
gente, y á la espalda, al derredor de la fuente, la muchedumbre se
apiñaba para beber el agua bendita: las fondas estaban ya llenas; en
los salones de baile, formados con viejos tapices y cortinas, sonaban
las músicas; los caballos de madera del Tio Vivo volteaban llenos de
retozonas parejas; los vendedores gritaban para animar la venta, que
por cierto ya no podia estar más animada: como dice un excelente
escritor español contemporáneo: «Los ejércitos de Jerjes, Tamerlan y
Napoleon, reunidos y con ayuno de tres dias, no devorarian ni beberian
de seguro lo que en la pradera se bebe y se devora el 15 de Mayo de
cada año; podríanse edificar torres de pan, ciudadelas de rosquillas y
bollos del inmediato pueblo de Fuenlabrada; castillos de chuletas:
pirámides de frascos de licor, de dulces, asados y otros artículos de
fonda y repostería; formaríanse arroyos de aguardiente, rios de licores
y océanos de vino. Cada tenducho al aire libre, cada barraca mal
cubierta, cada fonda improvisada de lienzos, palos, esteras ó tablas,
con pretensiones artísticas algunas de ellas, ostenta ya al lado, ya
sobre la techumbre, abigarradas banderolas, y en su parte anterior
aparadores más ó ménos surtidos, así de comestibles y bebidas como de
santos y figuras de barro, madera y plomo. ¿Qué pueblo, qué país no
envidian nuestras romerías, y en particular la de San Isidro en Madrid?
Hasta los franceses, que son gente de broma, se quedan con la boca
abierta contemplando tan bello espectáculo: nada dirémos de los
alemanes y de los ingleses, cuyas fiestas populares son, en comparacion
de las nuestras, fiestas de difuntos.»

Juana, su madre y su novio, aunque acostumbrados de todos los años á
ver este espectáculo, quedaron contemplándole llenos de admiracion.

--¡Mire V. cuánto coche, señora Pepa! dijo el zapatero, airoso jóven
que vestia pantalon ajustado color de rata, chaqueta de paño fino azul,
sombrero hongo y camisa con chorrera.

--¡Y de qué distintas figuras! observó la buena mujer, colocándose bien
en el brazo una cesta de mimbres que llevaba cubierta con una blanca
servilleta, y que contenia el almuerzo de los tres, preparado la noche
anterior.

Con efecto: en la falda de la pradera se veia una nube de carruajes que
iban y venian en todas direcciones: veíanse en revuelta confusion la
opulenta carretela, la tartana oriunda de Valencia, el fiacre, el
vivaracho tres por ciento, la pesada galera, el carromato perezoso, el
ómnibus que se asemeja á una barca veneciana, el coche de principios
del siglo, semejante á un castillo gótico medio arruinado, y la calesa
clásica del año ocho, pintarrajeada, retozona y saltarina, ocupada por
un matrimonio jóven ó por una amante pareja del barrio de Lavapiés.

--Madre, dijo Juana: ¡mire V. en aquella carretela azul con caballos
oscuros á la señorita Julia con el señor Marqués! ¡Mírala, Antonio, qué
guapa viene! Trae vestido lanilla de rayitas blancas y azules, sombrero
de paja y sombrilla azul. ¿Verdad que es muy bonita?

--¡Más lo eres tú! respondió el zapatero mirando á su novia tiernamente.

--¡Quita allá, zalamero! dijo Juana dejando, no obstante, asomar á sus
ojos la alegría que llenaba su corazon, por aquella amorosa respuesta.


                                  IV.

Algunos instantes despues detuvo el cochero el soberbio tronco de la
carretela, bajó el Marqués y dió la mano á su hija. Juana corrió hácia
ellos: su madre y su prometido la siguieron.

--¿Has paseado mucho, Juana? ¿habeis almorzado ya? Papá y yo vamos á
tomar algo á esa fonda, y despues de dar una vuelta por aquí nos
volverémos á casa, dijo la hija del Marqués.

--Pues nosotros, hija mia, dijo la señora Pepa, que llamaba de tú á la
que habia alimentado á su seno, traemos el almuerzo, porque aquí todo
es caro y malo: anoche arreglé una menestra con jamon y una tortilla.

--Siéntense VV. á almorzar donde yo los vea, dijo el Marqués, para que
les envie Julia los postres y el café, y yo unos cigarros puros.

--Allí madre, dijo Juana, en ese jardinillo, al lado de la fuente.

--Vamos allá, y tantas gracias, señor Marqués, dijo el zapatero.

Extendiéronse dos blancas servilletas sobre la hierba, y madre, hija y
novio empezaron á comer la menestra con apetito: el vino se compró en
un puesto inmediato.

El Marqués y su hija entraron en la fonda de enfrente, y pidieron leche
de las Navas y fresa, sentándose en la única mesa que habia desocupada.

Al empezar Juana á partir la tortilla, que era el segundo plato de su
almuerzo, llegó un criado de la fonda conduciendo una bandeja con
pasteles, un plato de fresa, un mazo de cigarros habanos y el café
prometido.

Media hora despues el círculo se habia ensanchado con algunas amigas y
conocidos que tocaban guitarras, bandurrias y panderos y cantaban
alegremente, en tanto que Juana y sus amigas bailaban con sus novios.

       *       *       *       *       *

El Marqués y su hija se hallaban de vuelta á las doce y almorzaban en
su elegante comedor de Madrid.

Juana, su madre y su novio volvian al anochecer, acompañados de varios
amigos de ambos sexos, y engrosando el cordon humano que llega desde la
cuesta de la Vega hasta la ermita del Santo y que no se habia
interrumpido en todo el dia.



                               ¡LIBERTAD!


                                   I.

Una de las palabras más bellas que contiene el diccionario de la lengua
es la que sirve de epígrafe á estas líneas, cuando no se la da una
aplicacion viciosa, como suele acontecer; y, sin embargo, si hubiera un
diccionario aparte para nuestro sexo, era la primera que en él debiera
suprimirse.

La dependencia, si es un yugo para la mujer, es tambien para ella el
amparo, la proteccion, y debe desear solamente que no se lo impongan de
hierro, y que aunque ciña su cuello, deje á su corazon y á su
pensamiento la facultad de obrar los prodigios de bondad que nuestro
sexo sabe llevar á cabo.

Por eso la emancipacion de la mujer es un sueño peligroso, y llegaria á
ser una gran desgracia si se realizase.

La mujer para ser dichosa necesita de amparo y proteccion, moral y
materialmente hablando, y el dia que lo olvide, puede decir que ha
arrojado al abismo todas sus probabilidades de dicha, y debe resignarse
á una vida solitaria y triste, que debe considerarse como una muerte
moral.


                                  II.

Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educacion
atrasada, y en que ningun estudio serio ha venido á endurecer su
carácter y á dar un temple firme á su corazon; más la verdad, esto, á
mi juicio, le hace muy poca falta, y con tal que sepa lo necesario para
dar á sus hijos la educacion moral y religiosa que necesitan, con tal
que enseñe á sus hijas á ser buenas esposas y buenas madres, ha llenado
por completo su modesta, pero importante mision.

Creo, ademas, que á ningun español le agradaria para esposa una mujer
sábia y científica, que por ir á explicar una cátedra, dejase sus hijos
y su casa á merced de los criados.

No es esto que yo abogue por la ignorancia de la mujer: pienso, al
contrario, que debe cultivarse con cuidado su espíritu; pues como dice
con mucha gracia una poetisa amiga mia,

                 _No porque haya faroles en la villa,
                 Ha de estar el hogar sin lamparilla._

Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine á la
familia y comunique un dulce y grato resplandor á la casa.

Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el
hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que
calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa é hijos; hoy,
sobre todo en Madrid, las discusiones políticas, las juntas
patrióticas, los clubs, las manifestaciones en que de contínuo pasea
las calles, absorben todo su tiempo, y apénas está en su casa las horas
precisas para comer y dormir.

Si á la mujer se la hace sábia y se la da ademas la libertad de emplear
y lucir su sabiduría, ¿quién velará por la fortuna y por la educacion
de sus hijos? ¿quién por el buen órden de la casa, por la armonía
interior, por el bienestar doméstico, único positivo de la vida?

El hombre, fatigado por las luchas de la política, por el malestar y
las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco
oásis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que
cruzar en el desierto de la existencia.

Cuanto más se haga dificultoso el camino, más la compañera que ha
elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al
entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las
melodías de la risa, que son la expresion de la alegría y de la
felicidad: el órden, que es el bienestar, la armonía, que es la gracia,
le harán grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y
desgraciado escritor Cárlos Bernard, tendrá el buen gusto de preferir
el blando sosiego de su salon á las luchas de afuera, y á los salones
donde impera la ambicion.


                                  III.

El dilema es claro y cualquiera espíritu sano lo puede resolver sin
dificultad.

Puesto que el hombre no está jamas en su casa, nunca como ahora ha sido
la casa el lugar que debe ocupar la mujer.

Puesto que la mujer hace falta en la casa y no fuera, lo lógico es que
se la eduque para la casa y que se la enseñe, no sólo lo necesario para
dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la música, el
dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera
con perfeccion, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su
espíritu, empaparse en los buenos ejemplos é imitar los modelos de las
virtudes.

Y puesto que la mujer tiene dentro de las paredes de su casa tan
florido y tan bello campo donde moverse; puesto que tiene á su cargo la
noble tarea de hacer la dicha de los suyos; puesto que le es dado
pensar y sentir, ¿para qué necesita la libertad y para qué ha de
dársele?

¿Qué puede hacer de su libertad la huérfana que ha perdido á los
autores de sus dias?

¿Adónde irá sola? ¿Podrá viajar? ¿Podrá presentarse en los salones sin
una compañía respetada y respetable? ¿Podrá recibir á sus amigos? ¿Qué
hará, pues, de su libertad? ¿Qué objeto tiene?

La libertad completa se llama y debe llamarse aislamiento, tratándose
de la mujer, que se mueve en una esfera muy limitada, esfera de
sentimiento y no de pasiones é intereses materiales.

La que pierde á un marido á quien amaba, ni estima su libertad ni hace
tampoco uso de ella. ¿Qué hay comparable al lazo de flores de una union
feliz? ¿Qué hay en el mundo más bello que las dulces alegrías de una
union legítima, bendecida de Dios, aprobada por los hombres, sancionada
por todas las leyes morales, indisoluble por las armonías del alma y
por las afinidades del espíritu? Y cuando todo esto se ha perdido, ¿hay
acaso fuerza en el alma para tratar de buscarlo de nuevo? ¿Hay
probabilidades de hallarlo, aunque se busque? ¿Qué es la libertad,
cuando se ha perdido aquel bien inapreciable, que es tan raro en la
vida, y por lo mismo tan precioso? Las vulgares coqueterías y los
afectos vulgares, ¿podrán llenar aquel vacío?


                                  IV.

Áun la mujer que ha quedado libre por la muerte de un marido que valia
poco, queda más oprimida con su libertad que ántes se hallaba con su
esclavitud, porque en el mismo sufrimiento, llevado con resignacion,
hay siempre consuelo, como compensacion otorgada por el cielo al deber
cumplido; la vida sin deberes es una vida estéril, triste, más triste
que la que tiene rudas obligaciones que llenar.

Es preferible vivir en el dolor á vegetar sin emociones y sin afectos;
es preferible sufrir á no sentir nada.

Las palabras deber y sacrificio son incomprensibles para las almas
débiles y los espíritus viciados; mas para las organizaciones escogidas
y nobles están llenas de encanto, y en el cumplimiento del deber, en la
abnegacion del sacrificio, hallan sublimes compensaciones.

¡Ay de aquella que no tiene deberes que cumplir! ¡Más ganaria en
tenerlos muy rudos!

Sólo cuando la mujer ha llegado al invierno de la vida es cuando puede
considerarse un tanto libre á costa, sin embargo, de estar más aislada.
Con los cabellos blancos puede salir, recibir é ir á todas partes sola;
pero, ¡á cuán subido precio habrá comprado esa independencia!

--La vida acaba donde termina el amor--dice San Bernardo, y nunca como
en la vejez se ansía inspirar y sentir afecciones verdaderas y
legítimas.

Amemos los lazos que nos unen al deber, y no ambicionemos una libertad
de que no sabemos qué uso hacer cuando el alma conserva su santo pudor.



                               EL CHISTE.


                                   I.

La reputacion de bufo está hoy á la moda, y, sin embargo, me parece la
ménos envidiable de las reputaciones.

Me gusta la seriedad en los hombres, y más áun en las mujeres.

No obstante, á mi juicio, el carácter de la seriedad en ambos sexos
debe ser muy diferente. La seriedad varonil debe ser grave; la femenil,
dulce.

La seriedad en la mujer, significa y debe llamarse _dignidad_; en el
hombre es simplemente _seriedad_.

Repito que no me gustan los hombres chistosos: por lucir una gracia,
por hacer alarde de ingenio, sacrificarán á su hermano, á su mejor
amigo.

El chiste es siempre resbaladizo y peligroso; muchas veces es cruel:
nada respeta, á todo se atreve, y por lo mismo prueba poca altura de
sentimientos.

Pascal lo ha dicho: _palabras chistosas, mala alma_; y ésta es una de
las verdades terribles del gran pensador.

Pero si el chiste es desagradable y antipático cuando lo usa un hombre,
no sabria expresar lo odioso que me parece en una mujer.

La prefiero sentimental, romántica; prefiero uno de esos figurines
atrasados, del tiempo de los poetas melenudos y llorones; una de esas
mujeres que se rodeaban el rostro de tirabuzones (propiamente dicho) y
bebian vinagre para palidecer.

Á lo ménos aquéllas lo amaban todo, todo lo lloraban, todo lo
compadecian; y ésa es la mision de la mujer, ya sienta con mesura, ya
exagere la expresion de sus sentimientos.

El chiste lo materializa todo, y el tomar la vida por su lado material
es odioso tratándose de nuestro sexo. La mujer debe vivir sólo por el
sentimiento y para el sentimiento: una mujer chistosa es una triste
anomalía en su especie: más simpática es á mis ojos, como he dicho
ántes, la romántica, y más lo es tambien la marisabidilla, porque ésta
ama, como la otra, alguna cosa: ama el estudio y tiene la noble
ambicion de poseer talento; pero las mujeres chistosas se inmolan á lo
más prosaico, á lo más miserable de la tierra, sin mirar jamas al
cielo, patria del alma.


                                  II.

Yo amo á la mujer sonriente; pero me disgusta mucho riendo á
carcajadas, porque la risa destemplada, brutal, por decirlo así, está
siempre inspirada por el ridículo, es decir, por la muerte moral de
alguno ó quizá de muchos seres.

Y ademas, ¿qué ternura puede existir en el corazon de una mujer que se
burla de todo?

¿Qué hay para ella de sagrado, de noble é interesante?

La reputacion de chistosa es mortal para una jóven, porque se halla en
completa oposicion con todas las leyes del pudor, de la dulzura y de la
reserva.

El amor y la amistad huyen de ella asustados, porque el amor busca las
almas que le ofrecen un nido de bellas y perfumadas flores, y la
amistad no tiene la abnegacion que impide ver los defectos y que los
perdona aunque los vea.

Reconveníase en cierta ocasion á una madre porque en vez de moderar la
excesiva sensibilidad de su hijo, la excitaba, llevándole á socorrer á
los pobres y á los enfermos y contándole historias tristes, y le decian
que lo haria desgraciado afinando así las fibras más delicadas de su
alma.

--Prefiero,--respondió aquella tierna madre,--el que mi hijo sea bueno
á que sea feliz.

Admirable respuesta, y que prueba el temple de alma de aquella mujer
superior.


                                  III.

Se oye algunas veces decir:

«¡Qué alegre y animada es la señora A. ó la señorita X!...»

Es decir, ¡qué burlona, qué franca en sus modales, qué propensa á la
hilaridad, qué chistosa, en fin!

¡Libre Dios á las amigas de mi alma de semejante elogio!

¡Líbreos Dios de él, mis amadas lectoras! El pudor, la decencia, la
cortesía, la amable y santa benevolencia, tienen reglas fijas, é
infringirlas es muy perjudicial y muy triste.

Ningun hombre valiente, generoso, dotado, en fin, de cualidades sérias,
es chistoso.

Ninguna mujer suave, dulce, modesta, digna y bien educada lo es tampoco.

Hay, sí, en algunas almas una cierta alegría serena y pura que jamas ve
negro en los horizontes de la vida, que mira cada cosa por su lado
mejor, y que no se deja abatir por las penas pequeñas y mezquinas; pero
estas bellas almas están dotadas de una esperanza, de una resignacion,
de una tranquilidad, de una dulce alegría que no excluye el
sentimiento, y que está muy léjos de la grosera y vulgar alegría que
produce el chiste. Yo he dicho en una _Plegaria á la Vírgen_, que acaso
conoceréis algunas de vosotras...

                   La vida es buena: si en el bien se emplea,
                 Resbala alegre en la modesta casa;
                 Risueña corre en la pajiza aldea,
                 Vuela feliz si en la opulencia pasa.

                  *       *       *       *       *

Sí; la vida es buena para el que trabaja, para el que piensa, para el
que ama, sobre todo; y el que se burla de cuanto conoce, ni ama, ni
espera, ni es feliz, porque la burla deja en el alma un sabor amargo.


                                  IV.

Triste tarea es buscar en todo el ridículo, que es como si dijéramos,
el padre del chiste: verdad es que hay gustos tan puros y tan nobles,
que al instante le advierten; mas tambien la amable benevolencia de
carácter trae la indulgencia consigo y suaviza todo lo que es
desagradable á los otros. El chiste, no solamente nota el ridículo,
sino que lo busca donde no existe, y ridiculiza todo lo que hay de más
noble y más santo en la tierra, sin que los espíritus celestes escapen
siempre de su tijera envenenada.

Yo veo siempre al chiste envuelto en un vapor de sangre, porque sé que
un chiste ha costado la vida á muchas personas y la felicidad á muchas
familias.

Así, pues, mis amables lectoras, reprimid todo lo posible la propension
que sintais á reiros de algunas cosas y á ridiculizar otras; respetadlo
todo, excusadlo todo, admirad lo bello, que esto hace bien al alma, y
cuando veais al mal, llorad en vez de reiros.

Sólo una cosa ahoga el ridículo, la sangre; la persona de figura más
risible, si al entrar en un salon dispara un tiro al primero que vea se
burla de él, adquiere en el instante la terrible majestad del crímen y
de la venganza.

Un chiste puede traer un ridículo incurable, y por lo mismo puede
causar la muerte de alguno.

Que vuestros puros labios no se manchen jamas con la risa burlona y con
las chanzas atrevidas: todos los seres de la creacion merecen nuestro
respeto, y el más abyecto merece nuestra consideracion, nuestra
simpatía, nuestra compasion siquiera.

El ridículo no está en lo que miran los burlones: existe, á mi ver, en
su perversion interna; hay aberraciones en el espíritu, como en el
cuerpo hay dolencias; pero si provocan una sonrisa no deben hacer que
nos cebemos con malignidad en los que las padecen.

Sobre todo, jóvenes lectoras, á las que amo tanto y cuya felicidad
tanto me interesa, huid de la reputacion de chistosas; y si vuestro
carácter es alegre, que sea el rayo de sol que todo lo embellezca y
fecundice, y no el relámpago de cárdena luz, que dé á los objetos
tintas lívidas y sombrías.



                              DESALIENTO.

                                         Lo primero, lo indispensable
                                         es amar: no importa á quién, no
                                         importa qué: amad, y estais
                                         salvados...

                                                         (DUMAS _hijo_.)


                                   I.

--¿Para qué?

Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa
sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la savia de las
ilusiones y seca todas las flores del corazon.

¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me
reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué
la dicha de los otros?

La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se
apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.

El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el
otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de
cabellos blancos.

Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á
pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su
pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.

--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.

--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!

Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.

--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!

--¡La gloria es humo!

--¡Para ganar dinero!

--Me sobra con lo que tengo.

--Cásese usted.

--La mujer á quien amaba me ha engañado, y no puedo ya ponerme á la
persecucion de un nuevo amor.

--¡Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, ¿en qué cree?

--Casi en nada.

--¿Ni en la amistad?

--Ni en la amistad.

--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pensé con tristeza.

--Así, continuó mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del
marasmo en que me encuentro: si voy á trabajar, no hallo motivo para
ello; nadie me interesa ni á nadie intereso yo.

--¿No ama V. á nadie?

--Ya he dicho á V. que amé; amé con fe, con entusiasmo, con pasion, y
fuí engañado... una mujer es la que ha llevado á cabo mi destruccion
moral.

--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.

--La creia la mejor... piense V. cómo juzgaré á las otras; algunas
veces he deseado volver á querer, y siempre me he hecho esta pregunta:

--¿Para qué?

--¡Fatal pregunta!

--Á la que contestan siempre la lógica y la razon.

--¿Qué responden?

--Que la dicha es un sueño; que todo es mentira en la tierra, y que
sólo imperan en ella el cálculo y el egoismo.

Incliné la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo á las ideas de
aquel pobre sér desengañado, sino lamentando el no poder hacer brotar
una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.


                                  II.


Era una hermosa tarde.

Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de
verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años,
con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo
murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre
una doble guirnalda de flores.

Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo
piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de
despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos
resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y
serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados
rayos.

Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos
silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el
vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion
anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma
ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no
queria llegar hasta mi mente.

Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez,
porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu
femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V.
nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?

--Creo que no.

--¿No tiene V. padres?

--Hace ya largo tiempo que los perdí.

--¿Ni hermanos?

--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.

--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre
tantas tinieblas.

--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la
cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el
dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha
dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero
y le basta.

--Escríbale usted.

--¿Para qué?

--Para saber de ella: acaso esté enferma.

Mi amigo meció negativamente la cabeza.

En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á
espirar al pié de la montaña.

Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran
pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por
el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó
el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el
descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal
«¿para qué?», se lanzó á su encuentro.


                                  III.

--¿A qué has venido?--preguntó á la mujer tomándola una mano.

--¡A verte!--respondió ella,--muchos dias he estado esperando tu
acostumbrada carta: al ver que no llegaba, he temido que te hallases
enfermo.

--¿No ha llegado el dinero?

--Sí, ha llegado, pero ¡ah! ¿qué importa el dinero cuando se trata de
tu salud?

Al hablar así aquella mujer, fijaba en su hermano de leche una mirada
llena de ternura, y cubierta de lágrimas.

--¿Y has dejado á tus hijos?--preguntó él.

--Sí.

--¿Solos?

--Solos: la mayor cuenta ya diez años.

--¿Y los has dejado por mí?

--Sólo por verte.


                                  IV.

Al siguiente dia la pobre viajera se hallaba en cama y atacada de una
fuerte calentura; la fatiga de un largo viaje en un caluroso dia de
Julio, habia encendido la sangre en sus venas.

La ciencia no pudo salvarla.

Dos dias más tarde las campanas doblaban por ella: murió con
tranquilidad y sonriendo.

--¿Está V. arrepentida de lo que ha hecho? ¿ha sentido venir aquí?--la
preguntó el sacerdote que asistia sus últimos instantes.

--No, padre mio,--contestó;--hice lo que mi corazon me dictaba; el
Señor me ha llamado á sí, ¿qué más da en esta ocasion que en otra?
¡Hágase su santa voluntad!

Mi amigo no ha vuelto ya á pronunciar su terrible «¿para qué?»

Trabaja sin descanso para sus cinco hijos, como él llama á los
huérfanos, y cuando la fatiga le abruma, mira al cielo con los ojos del
alma, y allí ve la sombra de su hermana.

El sacrificio le ha mostrado el amor.

La muerte le ha mostrado á Dios: hoy su vida tiene un noble objeto: la
felicidad de cinco desvalidas criaturas.



                        LA BELLEZA Y LA GRACIA.

                                  Los años, los dolores, las tempestades
                                  de la vida, marchitan
                                  la hermosura y hasta destruyen
                                  sus últimos rasgos: la gracia,
                                  que nace del sentimiento de lo
                                  bello y de una inteligencia superior,
                                  la gracia sola, es inmortal.

                                                              (ANÓNIMO.)


                                   I.

No es la belleza sola la que adorais, vosotros, los que pretendeis ser
héroes en el amor: yo os hago la justicia de creer que si pasais por
delante del cuadro de _Las tres Gracias_, ó de la estátua de Vénus, les
concederéis una mirada de admiracion y nada más.

Acaso podréis apasionaros con el entendimiento de una obra de arte y
pasar largas horas extasiados ante una de esas dos bellas creaciones;
porque el arte tiene inmensa é indefinible atraccion; pero esa
admiracion apasionada os la inspirarán lo mismo _Los Niños coronados de
flores_, del Dominiquino; _El Caballero de Malta en oracion_, de
Hobemma, y la _Joconda_, anónima, que cada dia encadena á sus piés,
durante algunas horas, á muchas grandes inteligencias, en el museo del
LOUVRE.

La mujer que subyuga con un sentimiento grande y profundo es, á no
dudarlo, algo más que bella: es preciso que tenga el supremo encanto de
la gracia inteligente.

No hay duda en que la belleza admira á primera vista, pero la gracia
atrae y cautiva con una fuerza irresistible.

Se ven hombres casados que poseen una mujer muy hermosa, y sin embargo,
se apasionan verdadera y profundamente de otra tan poco favorecida por
la naturaleza, que á primera vista no se comprende cómo pueda
preferirla; pero si una persona inteligente trata con intimidad á la
esposa y á la amada, pronto comprenderá la causa de que así suceda.

El libertinaje, que es vulgar, como todo lo malo, atribuye aquella
sinrazon, muy general en la sociedad, á una bien pobre causa: afirma
que la posesion apaga el cariño, y que la mujer propia, en el hecho de
serlo, ya no puede ser amada, á lo ménos por largo tiempo.

Paréceme esto un grosero error; tanto valiera que el que ha admirado un
soberbio lienzo de Rubens, en tanto que estaba de venta ó que le poseia
un vecino suyo, lo arrojase á la calle á los dos dias de haber
conseguido comprarlo.

Sólo en un caso podria comprenderse que lo hiciera; si el cuadro, desde
el instante de estar en su poder, empezase á perder su brillante
colorido, si se borrasen de él las huellas del genio sublime que lo
habia producido y se convirtiese en un lienzo vulgar, se comprende que
el poseedor se llamase engañado, se irritase y se olvidase de él.

No es, pues, la posesion lo que apaga el amor que inspiran las mujeres
hermosas; es que si no tienen más que hermosura, la vista se acostumbra
á ella, y no hallándose alimentada el alma, no hay amor que dure y que
resista el cansancio.

Ademas, las mujeres son casi todas graciosas ántes de hallar un esposo:
pero una vez conseguido, podria creerse que su gracia era un anzuelo, y
que conseguida la pesca lo han arrojado como cosa incómoda é inútil.

Desde la hermosa Esther, reina de los judíos, que pasó de la esclavitud
al trono, hasta nuestros dias, la mujer que quiere y sabe conseguirlo,
es siempre adorable y adorada.


                                  II.

He visto algunas mujeres que equivocan la gracia con el gracejo, y que
sólo creen poseerla usando de maneras desahogadas y de palabras libres.

Eso no es la gracia; ó á lo ménos, no es la gracia tal como yo la
entiendo y como se admira en la buena y culta sociedad.

La gracia es la reunion encantadora del candor púdico, de la decencia
irreprochable, del natural cultivado, que se manifiesta con el lenguaje
dulce y cortés: la gracia es un compuesto de benevolencia, de elegancia
natural y perfecta, de maneras distinguidas: la gracia, cuando
verdaderamente la posee una mujer, traspira en todo lo que hace, y en
todo lo que toca, y hasta en todo lo que la rodea.

Una mujer dominante y de carácter duro é irascible, no tendrá jamas
gracia; por eso las virtudes rígidas, severas, y perfectas en una
palabra, tienen siempre muchos ménos adeptos que las amables
debilidades de algunas mujeres: parece como que la mujer debe estar
siempre envuelta en una delicada nube, que es la mitad decoro y la
mitad coquetería, y que la gracia debe flotar en la atmósfera que
respira, como un perfume impalpable.

La mujer es amable cuando llora, cuando rie y hasta cuando padece, si
es que quiere serlo: siempre que se descubra en ella la gracia y la
suavidad y que sus impresiones demuestren una alma noble y un buen
corazon, puede estar segura de su imperio.


                                  III.

No es la gracia patrimonio de la juventud y tambien le lleva ésta gran
ventaja á la belleza: dos excelentes escritores franceses han
demostrado que la mujer, en su edad madura, y áun en su ancianidad,
puede poseer una gracia suprema. Mad. d'Aubray, adorable creacion de
Dumas (hijo), es una prueba de este aserto, y Octavio Feuillet ha
presentado otra no ménos convincente en su precioso proverbio titulado,
_La Partida de damas_.

Las mujeres que más adoradas han sido, no han estado dotadas de gran
belleza; ninguna de ellas pertenece á la tribu divina de que nos habla
Balzac en _La Coussine Bette_.

Cleopatra, Mad. de Pompadour, Enriqueta de Inglaterra, María Antonieta
de Francia, Isabel de Aragon, la Duquesa de Borgoña, la hija del
Regente, Gabriela de Estrées y Agripina la Grande, no eran más que
mujeres agradables; pero todas estaban dotadas de elevada inteligencia
y de la gracia infinita que de ella nace, cuando á aquel dón del cielo
va unido un carácter sensible y el sentimiento de lo bello, que revela
una alma de artista.

Indudablemente, lo que comunica al trato más gracia y más encanto es
una buena educacion: la grosería y la vulgaridad son insoportables:
separad de las familias el delicado velo del decoro, y sólo quedarán
las sinuosidades del carácter y lo prosaico, es decir, lo odioso de la
vida: desnudad el amor de las atenciones, de las delicadezas;
desposeedlo de una educacion perfecta y distinguida, y el amor morirá
ahogado por el materialismo, como muere una bella rosa que ha nacido en
un zarzal, sofocada por las punzantes ramas, que no permiten llegar
hasta ella las brisas y el sol.


                                  IV.

Puede asegurarse que la gracia en la mujer es producto de un bello y
dulce carácter, ó á lo ménos de un deseo constante de agradar. El arte
de decir á cada uno aquello que puede serle más grato; de complacer en
la mesa individualmente; de hacer con talento los honores de un salon;
de mantener la conversacion viva y agradable; de vestirse bien y segun
conviene para cada hora del dia; de hablar con dulzura; de sonreirse á
tiempo, y sobre todo de dar á cada uno en la sociedad el lugar que le
corresponde, es lo que constituye todo lo que de explicable hay en la
gracia; pero hay otros mil detalles que no se pueden definir, y que son
los que constituyen ese encanto de algunas mujeres tan poderoso como
irresistible.

Yo deseo á mi sexo, más que belleza, gracia; pues en ésta y no en
aquélla estriba su imperio: aquélla puede compararse á una dalia, que
sólo cautiva los ojos: ésta, á una rosa que satura de un precioso aroma
el sitio donde reside.



                        LA VERDADERA CRISTIANA.


                                   I.

Yo no sé á qué atribuir el que, por más que lo procuro, no puedo
admirar á esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando
partes de rosario y ensartando oraciones.

Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estará muy
mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que
sus maridos serán muy poco dichosos.

Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, eminente en
saber, y que derrama á torrentes la luz en la cátedra del Espíritu
Santo, al cual he oido decir, hablando con una señora amiga mia y que
se hallaba en mal estado de salud:

--No vaya V. á la iglesia, pues eso la puede hacer daño.

--Sólo voy á misa, respondió la doliente con alguna tristeza.

--No vaya V. á misa tampoco.

--Únicamente asisto los domingos.

--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la
empeorará.

--¡Dios mio! exclamó mi amiga: ¡parecerá entónces que no soy cristiana!

--Dios está en todas partes, y de todas partes oye, señora mia: lea V.
la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y
por eso Dios no escuchará ménos sus preces que nacen del alma.

Mi amiga meció tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio,
repuso:

--No se puede V. figurar, señor, lo angustiada que tengo la conciencia,
¡me gustaba tanto ir á la iglesia! ¡Aquel ambiente saturado de
incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los
altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imágen del Redentor del
mundo y de su Madre hacian bien á mi alma afligida, y hallaba la
tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la iglesia
cumplia con un deber!

--¡Hija mia, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir á la casa
de Dios, donde tan dulce paz se respira, hacía bien, no á su
conciencia, sino á su corazon: ha perdido V. al esposo, al compañero de
su vida que la amaba, al objeto de su único amor, y sólo ante el que es
el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho
dolorido!...  Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como
tantas veces hacemos: léjos de tener su conciencia intranquila por no
poder ir á la iglesia, resígnese á esta privacion, y llévela con
paciencia por el amor de ese mismo Dios.

--¡Ántes me confesaba cada ocho dias! ¡Y ahora, como me pongo mala cada
vez que voy temprano á la iglesia, sólo puedo ir de mes á mes!

--Y áun es demasiado.

--¡Demasiado!

--Sí, por cierto: ¿qué delitos, qué graves culpas puede haber en su
vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan
repetidamente ante el tribunal de la penitencia? ¿Á qué desprestigiar
con la costumbre lo que la práctica tiene de grande y bueno? No se
puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las
pequeñeces de la vida: en ese caso deja de ser el médico del alma: no
se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la
familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni debe escuchar
escrúpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altísima, y
no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio,
de su delicadeza y de su santidad.

Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la pobre enferma del alma dejó
ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido á aquel varon
ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.

Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su
gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no
poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pié de los altares.

¿Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No
debemos dudarlo.


                                  II.

Me parece que son tan agradables al padre de las misericordias un acto
de perdon, la dádiva de una limosna, una lágrima dedicada al infortunio
ajeno, como dos horas de rezo.

Me parece tambien que ninguna mujer se ha de condenar porque deje de
oir misa algun dia, si su madre, su esposo ó sus hijos se hallan
enfermos, y necesitan de sus cuidados.

Me parece asimismo, que tan bueno, por lo ménos, como irse á confesar
todas las semanas, es no murmurar, hacer todos los favores que se
puedan y llevar con resignacion las pruebas de la vida, que nunca le
faltan ni áun al sér más dichoso y más opulento.

Yo no digo por esto que no sea muy necesario el aproximarse con
frecuencia á la mesa celestial, donde el alma halla tan delicioso y
nutritivo alimento; pero hay muchas mujeres que se creen buenas
cristianas porque oyen misa diariamente, porque rezan cierto número
fijo de oraciones y porque se confiesan con mucha frecuencia, y pasan
el resto de su vida en murmurar, en penetrar las vidas ajenas y en
buscar las faltas de todos.

Sólo pensarlo sería un sacrilegio.

La virtud para serlo y para hacerse amar necesita ser dulce, tolerante,
benévola, y hay algunas mujeres cuyas debilidades son la más bella
apología de su corazon y áun de su carácter.

He conocido, entre otras, una que fué la más coqueta, la más seductora,
la más agraciada, la más simpática de las jóvenes de su edad, segun
afirman personas del gran mundo que la han conocido; despertó
innumerables pasiones, y más de una tuvo un desenlace fatal.

Pero el matrimonio no se hallaba bien con su carácter independiente y
con su deseo de libertad: pasaron los años; sus gracias perdieron con
la juventud todo su prestigio; los adoradores se retiraron, y cuando ya
no era tiempo, aspiró á tener un esposo, un protector, un amigo.

No pudo alcanzar esta suprema dicha, y su carácter se volvió acre y
amargo: la juventud, la hermosura llegaron á serla odiosa, porque ella
no las poseia ya: censuró á los hombres y más á las mujeres: todo lo
bueno, todo lo bello se le hizo profundamente antipático, y mordia y
destrozaba moralmente con una saña implacable.

Así dispuesta, fea de cuerpo y más fea de alma, se hizo beata ó
santurrona.

¡Beata!

¡Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, de ódio y de hiel!

Vistióse con un traje de jerga negra, púsose una mantilla de lana, unos
zapatos gruesos; dejó las manos sin guantes; recogió el escaso cabello,
dejando todo lo horrible posible su cara flaca y amarillenta, y así
dispuesta, es decir, arrojando los últimos restos de belleza, de gracia
y áun de decencia, detras de ella, empezó á ir á la iglesia, donde se
pasaba los dias, y á confesar todas las semanas, criticando á las que
no lo hacian.

¿Creerán esas mujeres que Jesus, el dulce, amante y hermoso Jesus,
admite todo lo que hay en ellas de malo, que es lo que van á ofrecerle,
despues de haber dado al mundo lo poco bueno que tenian?


                                  III.

Imitemos á Jesus, ¡oh mujeres cristianas! á Jesus, que no llevaba el
azote en la mano, sino la miel en los labios.

_Él_ no culpaba: aconsejaba y redimia de la culpa.

Era piadoso y benigno para todos: era el supremo consolador de cuantos
se le acercaban.

Ya que los hombres no sepan imitar al divino modelo, imitémosle las
mujeres.

La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y piadosa: ha de
tener alumbrado su hogar con la dulce luz del buen ejemplo, y adornado
con las flores de la paciencia y la resignacion.

La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la Escritura: atiende
á todo, de todo cuida, y su benéfica influencia se deja sentir por
todas partes.

La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas ocupaciones,
porque á la vez que se dedica á hacer la dicha y á iluminar el
entendimiento de los suyos, se ocupa tambien de todas las labores de su
casa y del bienestar material de los que ama.

Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena cristiana.

He visto algunas que, bajo el pretexto de que tenian que confesarse al
siguiente dia, se han negado á ir al teatro con su marido, y este
marido, desairado y contrariado, ha renegado de la religion de su mujer
que le privaba de su compañía.

Esa mujer faltaba á sus deberes, al primero de sus deberes, negándose á
acompañar á su marido.

Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dispuesta, sus hijos
muy elegantes, su mesa muy bien servida, y puede ser, á pesar de todo
esto, muy agradable á Dios, y áun serle agradable por lo mismo que hace
todo esto, pues es gravísima falta el rodear á nuestra santa y benigna
religion de fealdad, de acritud y de intolerancia.


                                  IV.

La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion
sacrosanta.

He visto á una madre que adoraba á su hijo único, mirarle muerto en la
cuna, pálida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y
decir, alzando los ojos al cielo:

--¡Señor, era tuyo y te lo has llevado; hágase tu santa voluntad!

Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si
hubiese acusado á la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto
rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan
verdaderamente cristiana.

Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar á
Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.

No son necesarias las exterioridades ni las prácticas rutinarias de la
devocion exagerada é ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar
los ojos á la bóveda celeste es ya un consuelo inefable.

No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo
rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar
suspiros dolorosos.

Semejantes extremos sólo sirven para distraer la atencion de los que
verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y
absorto en la grandeza de la divinidad.

¿Cuántas (y áun cuántos) hay que mezclan á los suspiros y á las
palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del bárbaro ayuno á
que se condenan?

¿Cuántas que enferman de dolores reumáticos por pasarse en las frias
mañanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado
pavimento de la iglesia?

¿Cuántas que no comen de los postres, con risa interior de los criados
y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba
de mortificacion?

¿Y cuántas inspiran á sus hijos, con esas prácticas, terror hácia una
religion que impone semejantes sacrificios?

¡Oh, no, tiernas jovencitas, amigas mias! ¡No creais que esa es la
religion de Jesus! ¡Elevad el alma y huid de esas preocupaciones de los
espíritus estrechos! Disfrutad honesta y legítimamente de los bienes
que Dios mismo os ha concedido; no os martiriceis ni os hagais feas,
que eso no agrada al que es fuente de toda belleza y orígen de todo
amor.

«¡Amaos los unos á los otros!»

Esto es lo único que ordena: es decir, sed tolerantes, benévolas,
agradables; no calumnieis, no mintais y haced el bien posible.

«Dejadme á mí el cuidado de la venganza.»

Esta es otra de las órdenes de nuestro Padre celestial; es decir,
perdonad, excusad y no ultajeis jamas, ni devolvais el mal con el mal,
sino con el bien.

¡Mujeres católicas! ¡Cuanto más amables, más dulces, más caritativas,
más benévolas y más bellas seais; cuanto más perdoneis, consoleis y
hagais más grata y más hermosa la vida de los vuestros, seréis más
verdaderas cristianas!



                      EL BRAZALETE DE ESMERALDAS.


                                   I.

Siete años hace que pasó en Madrid, casi ignorado de todos, el terrible
drama que voy á referir.

La Condesa de M., viuda y riquísima, vivia á los 32 años con su hijo
Gonzalo, que iba á cumplir 16.

Madre é hijo se adoraban; pero la Condesa era aún jóven y necesitaba
otro amor que llenase su corazon.

Se habia casado á los 15 años con un anciano de cabellos de plata y
corazon de oro, que la habia hecho muy feliz enseñándola á vivir segun
su conciencia, despreciando las murmuraciones del mundo.

Ademas, la Condesa era italiana, y la libertad de costumbres en que se
habia criado hacía su carácter más independiente, su ternura más
expansiva y sus sentimientos ménos reprimidos de lo que generalmente se
ve en las mujeres del gran mundo.

En Italia se habia casado: en seguida vino á España, patria de su
esposo, y un año despues dió á luz á Gonzalo.

El Conde creyó volverse loco de alegría: viudo dos veces cuando casó
con Elena, habia renunciado á la ternura paterna y recibió á su hijo
como una flor enviada por Dios para perfumar su ancianidad.

La condesa Elena era casi una niña; el amor materno llenó enteramente
su corazon, y durante diez años nada echó de ménos sobre la tierra,
pasando su vida en acariciar á su hijo, y en prevenir todos los deseos
de su anciano esposo.

Éste empezó á decaer visiblemente; una enfermedad de consuncion, de
esas á las cuales la medicina no halla causa, se apoderó de él; feliz y
sonriendo veia demacrarse su cuerpo y caer sus cabellos blancos, y
léjos de amargarse su bondadoso carácter con la idea de su próximo fin,
solia decir que Dios, cansado de verlo ya en el mundo, lo llamaba á sí,
sin pena y sin dolor.


                                  II.

Un dia salió el Conde en carruaje y rehusó absolutamente que le
acompañase Elena; pero exigió que fuese con él su hijo, que á la sazon
contaba cerca de 11 años.

El anciano dió á su cochero las señas de uno de los mejores joyeros de
Madrid, y se apeó trabajosamente á la puerta de su almacen.

Pidió que le sacasen las pedrerías de más valor que hubiese, y
extendieron ante sus ojos un tesoro.

Las miradas del anciano se fijaron desde luégo en un soberbio brazalete
de esmeraldas montadas en oro: la pureza, igualdad y tamaño de las
piedras, su engaste y su prodigioso número, le hacía la más rica joya
de cuantas habia allí.

Formaba una ancha cinta de esmeraldas, cerrada con una estrella de las
mismas piedras, en cuyo centro habia una mucho mayor que las demas.

El Conde hizo el ajuste y le compró.

Luégo volvió á subir al coche con su hijo, y se dirigió á su casa.

--Elena, dijo á su esposa, dentro de pocos dias ya no existiré yo; toma
este brazalete, última dádiva que te hago y la única que te quedará,
pues hace largo tiempo que no te regalo nada, con el fin de que cuanto
te he dado quede consumido ántes de mi muerte. Elena, no te prohibo que
busques tu dicha en una nueva union; lo que te ruego es que no
consientas que las miradas de tu esposo profanen los dones que debiste
á mi ternura; si algo me sobrevive, quémalo ó enciérralo en donde sola
tú puedas verlo.

En cuanto á este brazalete, continuó el Conde, el dia que te unas á
otro hombre entrégaselo á tu hijo, que lo guardará en memoria mia.

La Condesa no respondió más que con lágrimas; pero Gonzalo echó sobre
el brazalete una mirada ardiente y sombría.

Dos dias despues murió el Conde, como habia predicho.


                                  III.

Elena se retiró á Sevilla y pasó, en una casa de campo que poseia allí
los dos primeros años de su viudez, únicamente ocupada de su hijo; la
soledad hizo de aquellos dos hermosos seres uno solo, pues sus almas se
confundian en una tierna y deliciosa simpatía.

La Condesa volvió al fin á Madrid, y pronto se vió asediada por una
córte tan numerosa como brillante.

Desde entónces Gonzalo apareció dominado por una tristeza amarga y
sombría; rehusaba acompañar á su madre á toda reunion y pasaba los dias
enteros sentado ante un retrato de su anciano padre.

Llegó por fin la hora del amor para la Condesa; el jóven Marqués de B.
conquistó su corazon, que áun permanecia cerrado á las pasiones, y
Elena se abandonó á la que supo inspirarle el Marqués, con toda la
delicia de la que le siente por la vez primera.

¡Pobre Gonzalo! ¿Qué era entre tanto de él? ¡Ay, ya no pasaba sólo los
dias sentado ante el retrato de su padre; pasaba tambien las noches, y
á la luz vacilante de su lámpara le parecia ver animarse aquellas
facciones venerables y entreabrirse aquellos labios que tantas veces le
habian cubierto de besos!

Elena, ocupada toda en su amor, nada sabía de esto: en una ocasion
estuvo ocho dias sin ver á su hijo ni preguntar por él.

Por fin, la noche del octavo se le ocurrió que podria estar enfermo, y
voló á su cuarto.

¡Habíase quedado dormido de rodillas ante el retrato del Conde, y Elena
se estremeció al ver el estado de demacracion espantosa de su pobre
hijo!


                                  IV.

Tres dias despues le participó con blandura que iba á unirse á otro
hombre, asegurándole que jamas le faltaria su ternura.

--Espero, mamá, que me darás tu brazalete de esmeraldas, fué la única
respuesta de Gonzalo.

--El dia de mi casamiento, hijo mio, contestó Elena.

--No, no, ha de ser ahora, mamá; desde el momento en que sé que vas á
tener otro esposo, debe estar en mi poder.

Elena, asustada al ver la lúgubre expresion de las facciones de su
hijo, desabrochó el brazalete de su brazo y se lo dió.

El niño le tomó, dejó caer en él una lágrima y le guardó en su seno.

Llegó por fin el dia de la ceremonia, á la cual no asistió Gonzalo; al
llegar á casa de vuelta de la iglesia Elena fué á buscarle á su cuarto;
la puerta estaba entornada, llamó, y no contestándole entró presurosa.

Gonzalo no estaba allí: entró en la alcoba y quedó petrificada de
horror al verle tendido en su lecho, inmóvil y descolorido.

La desgraciada madre se arrojó sobre él, tocó su corazon y estaba
helado; fué á tomar una de sus manos, y entónces ¡vió que tenía asido
el fatal brazalete de esmeraldas!... Pero ¡cosa extraña! faltaban á la
alhaja todas sus piedras, que habian sido desmontadas.

Elena, siempre silenciosa, revolvió por la alcoba sus secos y
extraviados ojos; entónces vió sobre la mesa de noche un papel, que
tomó y devoró con ánsia.

Decia así:

--«Madre mia: Hoy me he tragado una á una las piedras que componian el
brazalete de esmeraldas que te dió mi padre; no queria ver á otro
hombre ocupando el lugar del que me llamó su hijo, robándome toda tu
ternura.

«No queria tampoco que volvieras á ver esta alhaja, que hubiera sido
para tí un remordimiento perpétuo, ni he podido dejarla abandonada,
porque es para mí una reliquia... He guardado para el instante que dés
el fatal sí la esmeralda mayor, y ella me ahogará, librándome de la
odiosa carga de la vida.

«¡Adios, madre mia! ¡Sé feliz y perdona á tu hijo!--GONZALO.»

¡La desgraciada madre salió demente de aquel cuarto, y un mes despues
se la halló cadáver sobre la tumba de su hijo!



                         LAS ARMAS DE LA MUJER.


                                   I.

En la época belicosa que atravesamos; en esta época en que se inventan
cañones, fusiles, pistolas; máquinas de batir ejércitos, medios de
arrasar ciudades y todo género de instrumentos destructores de la
humanidad, como si la vida fuese tan larga y tan exenta de peligros; en
esta época guerrera y valerosa, no parecerá extraño que yo haga tambien
ostentacion de las armas de nuestro sexo, enumerándolas, elogiándolas y
recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de
nuestro bienestar.

Nuestras armas son numerosas y fuertes, tan fuertes, que sabiéndolas
esgrimir bien, y sobre todo á tiempo, el guerrero más temible, más
audaz y más fiero depone su lanza, inclina la cabeza y pide gracia y
misericordia.

¿Qué loca manía invade hoy las cabezas femeninas al querer dejar los
privilegios del sexo débil, tan bien armado, tan seguro siempre de la
victoria?

¿Por qué quieren ceñir el birrete de abogado ó de doctor, dejando las
blondas y las flores que tan graciosamente coronan las blancas sienes
de la mujer?

Con la blanda sumision, con la amorosa obediencia abdican todo su
poder, y entregan las armas bellas que poseen.

Los hombres no las contarán como sus iguales; no es la ciencia y el
estudio lo que da la energía del alma, la fuerza del carácter, y de
poseer estas prendas, la mujer dejaria de serlo.

Yo no quiero parecerme en nada al sexo fuerte, y prefiero escudarme con
mi debilidad á tener la terrible responsabilidad de la fuerza.

_Obedecer_ es mucho mejor, más fácil y más dulce que _mandar_.


                                  II.

Pasemos revista á nuestras armas, ¡oh, mis lectoras! y la que haya
olvidado las suyas, que las prepare y las tenga prontas para el combate.

La dulzura es el auxiliar más poderoso para conquistar todo cuanto
apetecemos: pues seamos dulces en todo, en el carácter, en las
acciones, en la expresion del rostro, en las inflexiones de la voz, en
la mirada y en la sonrisa.

Cuando un hombre se deja llevar por la cólera y se olvida de lo que se
debe á sí mismo, una palabra dulce le desarma y una dulce mirada le
avergüenza.

El contraste es la gran elocuencia y la gran leccion de la vida.

Una dulce sonrisa da las gracias con más verdad que una arenga, y una
dulce inflexion de voz alcanza más que todas las instancias.

Todos los poetas han vestido sus canciones inmortales con el ropaje de
la dulzura: ¿qué otra cosa sino su imágen son _la Cordelia_, de
Shakespeare; _la Cossete_, de Víctor Hugo; _Mme. de Tecle_, de
Feuillet, y _Corina_, de madame Staël?

La música, ¿nos encantaria si no hubiera en ella dulzura y sentimiento?

¿Amariamos las flores á no ser por su dulce perfume y su suave belleza?

El grato ambiente de la primavera ¿no parece reanimarnos con su
penetrante dulzura?

Sí; la dulzura es lo más bello que se conoce y lo que ejerce un
predominio mayor en nosotros, y con el manto de la dulzura se adorna
todo lo que es inmortal; seamos dulces, aunque tengamos razon para
estar resentidas, y mostremos _sentimiento_, pero _cólera_, jamas.

Julieta sedujo á Romeo por su inefable dulzura de carácter: así lo dice
el poeta y así lo demuestra en la deliciosa escena de _¡Adios!_ que los
dos jóvenes tienen á la aurora del dia que los separa para siempre, y
en la que la amada dice al amante, para retenerle más, que no es la
alondra la que canta, sino el ruiseñor el que se deja oir entre las
sombras de la noche.

Habrá quien comprenda y ame á la mujer fuerte y enérgica, y yo siento
no ser de ese número para amar de otro modo nuevo á la mujer; mas áun
cuando la voy á buscar para admirarla al campo del pasado y entre las
páginas de la historia, admiro más á la mártir de las oscuras penas del
hogar doméstico que á las heroínas como Juana de Monforte y la Monja
Alférez.

Bastantes hombres hay que derraman la sangre de sus semejantes.

Á las mujeres toca, no herir, sino curar, amar y bendecir.


                                  III.

La resignacion es otra de las armas mejores, y á la vez una de las
santas coqueterías de la mujer.

No es la falta de sentimiento; es el sentimiento mismo, domado,
suavizado, embellecido, por decirlo así, con la dulzura y la paciencia.

No hace mucho tiempo que reconvenia yo á un hombre de mérito que,
casado con una bella jóven, hacía la córte á otra mujer no tan bella.

Hacíale yo notar que no ganaba en el cambio, y me respondió:

--Usted se engaña, amiga mia, gano y mucho; mi mujer tiene un carácter
insoportable, y en casa de esa persona descanso de oirla quejarse de
todo; justamente esa otra no se queja de nada.

--Porque le quiere á V. ménos.

--Pues desearia que mi mujer no me quisiera tanto, y sería más feliz;
cariño que se expresa mortificando, no sirve para nada.

--¿Y no le remuerde á V. la conciencia de ser infiel á su mujer?

--Absolutamente; pasaria muy malos ratos si la viera resignada y
triste, pero dulce; mas ha tomado un camino que me absuelve; se enoja,
se encoleriza, y me creo en paz con mi conciencia en atencion á lo que
me hace sufrir.

--Si ella supiera que le era V. fiel, no estaria incomodada.

--Lo estaba lo mismo cuando yo lo era; lo ha estado siempre y siempre
lo estará; así es que tanto me sirve obrar bien con ella como obrar
mal, y no veo la razon de por qué no he de ser yo feliz, haciéndome
ella tan desdichado.

¡Cuánto hubiera ganado aquella pobre mujer por medio de la dulzura y de
la resignacion!

No hay hombre de corazon tan duro que al ver sufrir á su esposa
silenciosa y noblemente por sus extravíos, no se avergüence de ellos y
no procure corregirlos.

La cólera exaspera al sexo fuerte; semejante al clarin del combate,
convida á la batalla y hace desafiar todos los peligros.

La resignacion es una hija del cielo, tan hermosa, tan dulce, tan
benéfica, que en el alma de la criatura más afligida, más infeliz y más
perseguida, derrama la tranquilidad y el bálsamo del consuelo; no hay
pena que no dulcifique, ni herida cuyos dolores no alivie.


                                  IV.

Réstame hablar de la más bella de nuestras armas; del puñalito con cabo
incrustado de pedrería y delicadamente cincelado; del primoroso juguete
cuyo resplandor atrae y seduce.

Esta es... la coquetería.

¿Os asustais? No hay por qué; la coquetería no tiene nada que ver con
el coquetismo.

Es sencillamente el deseo de agradar y el arte de conseguirlo.

La mujer necesita conservar la coquetería para su felicidad, porque la
coquetería es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la
induce á realzarlo en cuanto puede y á aumentarlo con mil graciosos é
inocentes recursos; puede decirse que la coquetería es amable; puesto
que se ocupa de complacer.

Entre una mujer que descuide su traje y su atavío y una mujer vestida
con coquetería, no hay que dudar cuál de las dos alcanzará más
victorias: no será la más buena, sino la más agradable.

Casi todos los maridos negarán una cosa justa, solicitada en nombre del
derecho por su esposa, y no resistirán á la vista de un brazo blanco y
torneado que se apoya en su hombro, en tanto que los labios piden por
favor la misma cosa entre dos lágrimas y una sonrisa.

¡Oh, las lágrimas! Las lágrimas á tiempo son otro de los auxiliares de
la coquetería.

Pero las lágrimas vertidas dulcemente, y, sobre todo, sin cólera,
aunque sea con sentimiento.

Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas
más inexpugnables.

La dulzura, la persuasion, la belleza, el llanto; y cuando nada de esto
baste, la paciencia; hé aquí nuestros medios de conquista y nuestros
recursos diplomáticos para alcanzar la felicidad en esta vida.



                              EL TRABAJO.


                                   I.

En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios
nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca
engaña, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y
jamas asaltado por las tempestades.

El trabajo.

Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos dió tambien en él
un inmenso beneficio, á la manera que un padre pone en un rincon del
encierro donde ha confinado á su hijo travieso, un alimento sano y
nutritivo que sostenga sus fuerzas.

Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los
grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es
verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo
en medio de la multitud; sólo ve tinieblas en su interior y en derredor
suyo; la alegría de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el
egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de
luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible,
inagotable, desolada; mas si llega á recurrir al trabajo, si halla
valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca á aquel fiel
amigo, está salvado.

Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuerzo supremo;
verdad es que durante algun tiempo desmayará, y el desaliento invadirá
de nuevo su espíritu como una ola negra; mas poco á poco el trabajo le
irá calmando y se irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez,
que le infundirá ánimo y confianza.

El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que
se perdió en el vacío del cansancio ó en la amargura de los desengaños;
de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha
naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no sólo el tiempo
sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las
hacía eternas.


                                  II.

Os voy á referir lo que yo misma he visto, pues el precepto sin el
ejemplo no convence gran cosa.

Conocí á una mujer muy bella y que poseia una fortuna más que regular;
su marido la amaba, y era madre de dos hijos que adoraban los dos.

Todas sus amigas envidiábamos á aquella mujer; en su casa sólo habia
delicias; la paz, la alegría, moraban allí; era un compuesto de risas
de niños, músicas, flores, lujo y aromas; la mesa, espléndida, atraia
amables y risueños amigos; la magnificencia de su salon, amigas bellas
y elegantes; cada uno hallaba en aquella casa lo que preferia, así es
que todos se apresuraban á ir á ella.

Por las noches se reunia una concurrencia tan numerosa como escogida;
se cantaba, se leian versos, se tomaba té, se hablaba de arte y de todo
lo que es bello y agradable. Luisa, que así se llamaba mi amiga, vivia
en un cielo; así deciamos cuantas personas la tratábamos.

Cuando pasaba con su marido y sus hijos, recostada en un soberbio
carruaje por las anchas calles de la Fuente Castellana, todos decian:

--Ahí va la mujer más dichosa de Madrid.

De repente la vimos enflaquecer, y sus mejillas perdieron el bello
matiz de rosa; parecia triste y preocupada, pero á nadie confió el
secreto de su pena, que permaneció guardado en su pecho.

Pocos dias despues de esta mudanza, empezó á correr un rumor extraño.

Se decia que el esposo de Luisa hacía la córte á una amiga de su
esposa, muy á la moda y muy elegante, aunque de escasa fortuna.

Una noche Luisa fué al teatro con su marido y algunas personas llegaron
á saludarla. Así que estuvo acompañada, le dijo aquel que iba á salir
un instante y que volvia; la funcion terminó y Luisa esperaba aún á su
esposo. Tomó su coche y volvió sola á su casa.

Le esperó toda la noche en vano: no volvió.


                                  III.

El esposo y la amiga habian huido juntos, llevándose toda la fortuna.

Sólo se salvó el dote de Luisa, que era corto, pues su marido se habia
casado con ella por amor y no por miras interesadas.

--¿Qué se han hecho de tantas amigas y tantos amigos como yo tenía?--me
preguntaba un dia Luisa,--todos han desaparecido con mi felicidad y mi
opulencia; desde que vivo en esta modesta casa, á nadie veo.

--Te quedan tus hijos,--le dije,--no te quejes ni eches de ménos lo que
tan poco vale.

Luisa se resignaba abrazando á los dos niños. De repente fué el mayor
atacado de viruelas malignas; contagióse el segundo, y en el término de
quince dias los perdió á los dos.

Entónces aquella pobre alma cayó en la más negra desesperacion.

--Trabaja,--le dije un dia,--ó te matarás.

--¡Trabajar!--exclamó con amargura,--¿para qué? ¿para quién?

--Para distraerte.

--¿Piensas que el coser ó el bordar me distraerá?

--No hablo del trabajo mecánico; ocupa tu pensamiento; traduce para un
editor; y con lo que te dé, socorre á los que tienen ménos que tú: eso
te producirá dos bienes: la distraccion y el poder aliviar la desgracia.

Luisa siguió mi consejo; la soledad de sus dias se los hacía eternos;
su dicha habia huido como el humo, para no volver.

Sabía el inglés y el frances y se puso á traducir.

Cuando se cansaba de este trabajo, tomaba una obra de tapicería y
copiaba de los dibujos que se venden para este fin, pinturas y paisajes
enteros, con una facilidad y belleza sorprendentes.

Así la combinacion de los colorea y detalles ocupaba su imaginacion,
tanto como su mano.

Luisa sabía dibujar con perfeccion, y utilizaba su talento dibujando
con su aguja.

De todo esto sacaba algun dinero y socorria algunas desgracias.

Lo que no hubieran alcanzado las diversiones y las distracciones del
mundo, lo consiguieron el trabajo y la ocupacion contínua.

Luisa se consoló poco á poco de la injusticia de su suerte, y dejó de
pensar en los amigos ingratos y egoistas, en las amigas que la
explotaban sin amarla, y que huyeron de su lado el dia de la
desventura; pensaba en sus hijos, que le guardaban un sitio en el
cielo, y se ocupaba de aliviar las desgracias ajenas, que es el solo
medio de ser dichoso en el mundo.

Un dia supo que su marido, arruinado por la mujer á la que todo lo
habia sacrificado, se hallaba miserable y careciendo de recursos. Luisa
le envió todos los que tenía, y redobló su trabajo.

Su marido, avergonzado, conmovido, quiso salir de la abyeccion en que
estaba, é imitó su noble ejemplo; buscó trabajo á su vez, lo encontró y
fué á llamar á la puerta de su mujer.

--No hablemos del pasado,--le dijo ésta,--yo no me acuerdo de nada; me
hallas honrada como me dejaste; trabajemos juntos.

Así se hizo; Luisa siguió traduciendo y bordando; su marido aceptó un
modesto destino, y en breve un agradable y tranquilo bienestar
reemplazó á su pasada opulencia.

Un hijo ocupó el lugar de los que habian volado al cielo, y fué para
los esposos un nuevo lazo. Este niño, educado para el trabajo, será
algun dia uno de los grandes artistas de quien nuestra patria se
envanecerá con más justicia.



                            LA BENEVOLENCIA.

                                              El ser buena es una ganga;
                                              para ser feliz ser buena.

                                                           LUIS EGUILAZ.

                                             (_La Cruz del matrimonio._)


                                   I.

¡Oh vírgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de
serlo! ¡Oh dulce y modesta benevolencia! ¡Quién no te acogerá en su
seno! ¡Quién no te dará un blando asilo en su alma! ¡Quién no querrá
hacer de tí la compañera de su vida!

Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata
sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su
torva y adusta faz; serena y apacible, tú le muestras tu tranquila
mirada y grata sonrisa.

Puede decirse que tú haces más bien que la caridad; porque ésta sólo
alivia las grandes desgracias y tú endulzas las mil amarguras de la
vida.


                                  II.

No hay nada que más se tema, y por consiguiente que ménos se ame, que
una persona excesivamente rigorista: un hombre de carácter duro é
intratable inspira temor, y se desea estar siempre léjos de él; pero si
estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su
eterna desgracia.

Es natural suponer en la mujer un carácter dulce, apacible y blando, un
corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se
admira de que una mujer sea excesivamente tímida y dócil, pero á lo que
nadie puede acostumbrarse es á ver á una mujer dura é intolerante.

La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocerá nunca la
amistad, ni acaso el amor.

La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan
natural en la mujer como el perfume en la flor. ¿No sería extraño que
una bella rosa exhalase miasmas pútridos?

Tan extraña me parece una mujer intolerante y malévola.

¡Cuántas veces ha conquistado una amistad eterna una sola palabra
indulgente!

¡Cuántas el rencor ha caido deshecho como nube de verano ante una dulce
y confiada sonrisa! Hay pocas personas y pocas acciones que merezcan
ser miradas con rigor y calificadas con dureza: áun en el fondo de los
crímenes se ocultan casi siempre grandes y aterradoras desgracias.

Una de las reglas más seguras de la buena educacion es darse por
ofendido en sociedad las ménos veces posible; el ofenderse, ademas de
demostrar mal carácter, humilla al enojado; la verdadera dignidad hace
imposible hasta el pensamiento de que se le falte, y quita la
susceptibilidad ridícula, dejando la noble é inquebrantable fortaleza
con que debe rechazarse siempre el verdadero insulto.


                                  III.

Es imposible llevar nada en la vida con un rigor extremado, porque es
imposible que los que nos rodean lleguen á la perfeccion que nosotros
mismos no podemos alcanzar.

La tolerancia, la benevolencia, son necesarias no sólo con la sociedad
y con nuestros amigos, sino hasta con la propia familia.

Exigir que un hombre abrumado con los cuidados de la vida sea siempre
afable é indulgente, galante, cariñoso y lisonjero, es una utopia que
nunca llegará á verdad, es una ilusion que jamas podrá verse realizada.

Nadie nace perfecto: el carácter tiene sus alternativas, como las tiene
el corazon: como el mar tiene sus mareas, como el cielo sus nubes: toda
persona que siente mucho es desigual, porque la variedad de sus
impresiones se refleja en el exterior si no tiene gran dominio sobre sí
misma.

La benevolencia es, pues, uno de los ejes sobre que gira la felicidad
humana; cuando alguna accion desagrada, es necesario ponerse en el
lugar del que nos ofendió y preguntarnos:

¿Qué hubiera yo hecho en su caso? Con su educacion y en sus
circunstancias especiales, ¿hubiera hecho otro tanto?

Este exámen de sí mismo trae, á no dudarlo, la indulgencia.

Á no haber mucha benevolencia, tampoco lograrémos nunca tener amigos:
es preciso tomar á las personas con sus defectos y sin la pretension de
corregirlas: por el contrario, hay que excusar estos defectos por el
recuerdo de las buenas cualidades: apénas habrá una persona que no sea
apreciable por alguna sobresaliente y bella dote de corazon ó de
carácter.

Las personas más intolerantes y más rígidas aprecian y admiran á las
benévolas y corteses.

Hace poco tiempo oí yo decir á una persona que era más que intolerante,
maldiciente:

--El Sr. N.... es sumamente apreciable y tiene la más distinguida
educacion, porque jamas habla mal de nadie.


                                  IV.

La murmuracion, ese vicio que tan arraigado se halla en la sociedad, y
áun en los círculos más elevados y escogidos, es enemiga mortal de la
benevolencia, y la que hace alarde de ella demuestra, no sólo malos
sentimientos, sino tambien mala educacion.

El tocado, la figura, los modales, las costumbres de las personas á
quienes tratan, ofrecen incesante pasto á la murmuracion de algunas
mujeres, y no pocas veces me he preguntado yo si serán tan dichosas que
la escasez de sus propios cuidados les haga pensar tanto en los ajenos.

Las que así viven, las que de eso se ocupan, deben tener un corazon muy
seco, una cabeza muy vacía y una casa muy mal arreglada.

La felicidad y el buen órden de una familia exigen una atencion
constante y grande cuidado.

¿Cómo pensará en lo que le concierne quién sólo se ocupa de investigar
y de censurar lo que hacen los demas?

Es de todo punto imposible combinar el deseo de saber y de criticar
vidas ajenas, con el cuidado de la propia.

La benevolencia trae consigo una dulce paz y una inefable quietud,
porque no habiendo amargura en el alma es segura la dicha.

¡Hacer bien! ¡Qué grata ocupacion!

¡Pensar bien! ¡Qué noble empleo de la inteligencia!

Disculpar, amar, consolar; ¡qué tres cosas tan dulces y tan fáciles!

Cuando nos creemos ofendidos, olas de amargura invaden el ánimo, y la
sed de la venganza es como la túnica de Neso, que abrasaba al que la
llevaba consigo.

Una mujer que adoraba á su marido fué no sólo olvidada de éste, que se
aburrió de ella, sino perjudicada en sus intereses, casi arruinada por
él.

--¿Por qué le sufres eso? le preguntaba un dia una amiga suya,
indignada de verla soportar con paciencia uno de los ultrajes más duros
que puede sufrir una mujer.

--Porque le amé, respondió la pobre ofendida.

--¿Y hoy le amas?

--Ya no.

--¿Por qué dejas que te arruine?

--Porque le amé.

--Si á lo ménos dijeras que áun le quieres, tendriais disculpa en tu
debilidad.

--Pero mentiria: ya no le quiero; y no obstante, le quise tanto, que el
recuerdo de aquel amor basta para que le perdone.

--Lo que tú buscas siempre es motivo para no acusarle.

--Es verdad.

--Y cuando no encuentras motivo, hallas pretexto.

--Tambien es cierto: y al obrar así, miro por mi tranquilidad: no me
aconsejes la desesperacion negra, sombría y desolada: déjame para
alivio la benevolencia, esa suave hija del cielo que cobija mi sueño
con sus alas, que hace dulces lágrimas de los raudales de mi amargo
llanto: siendo indulgente y generosa, soy ménos infeliz.



                      SENSIBILIDAD Y SENSIBLERIA.

                                   I.

¿No os ha llamado la atencion alguna vez, lectoras mias, la errada
manera con que generalmente se juzgan en el mundo, no sólo las
acciones, sino hasta los sentimientos?

Raras, rarísimas veces se da á las cosas el nombre que les corresponde,
y esa terrible _opinion pública_, á que tanto y con tanta razon tememos
todos, tiene ordinariamente un punto de vista que no puede ser más
equivocado.

Se llama, por ejemplo, _bondadosa_, á una persona que sólo es amable;
_dulce_, á la que no se cuida de que el mundo se desplome; _cariñosa_,
á la que hace algunas zalamerías de rutina, sin pensar jamas en las
desgracias ajenas; _prudente_, á la que deja ofender con una cobardía
indigna á un amigo ausente; _indulgente_, á la que mira con
indiferencia los yerros y áun las faltas de las personas que deben
serle más amadas, y así se juzga de todo lo demas.

Por lo que toca á la mujer, la opinion pública anda aún más
descaminada: la modestia y áun la dignidad se toma muchas veces por
escasez de inteligencia, al paso que se da el nombre de _talento_ á la
osadía para hablar de todo, bien ó mal.

Pero dejando las várias equivocaciones que tanto daño hacen al sexo
débil, vengamos al asunto que es objeto de este pobre artículo; es
decir, á la definicion de una especie que abunda mucho y que merece ser
conocida.

Voy á hablar de las _sensibles_ y de las _sensibleras_, y quisiera
hacerlo de un modo que aquéllas y éstas quedasen en el lugar que les
corresponde, para que no se pudieran confundir en adelante como hasta
hoy.


                                  II.

La sensibilidad es uno de los más bellos atributos de la mujer, y sin
ella puede decirse que no tiene de mujer más que el nombre.

Pero aquella bella y dulce cualidad no se da á conocer por alardes
contínuos: una pequeñez la descubre, y acaso ni ella misma sospecha que
existe: la sensibilidad es una compasion natural y tierna de las penas
y de los dolores de los otros; es el deseo de ayudarlos; es el generoso
anhelo de la felicidad ajena: una lágrima es á veces un testimonio
irrecusable de la sensibilidad del corazon: el cuidado de los animales
indefensos, el cariño que se les profesa lo es tambien: no hay ninguna
persona verdaderamente sensible que maltrate á un animal.

Hace pocos dias fuí yo á ver á una jóven muy bella que conozco: su aire
de hada, la delicadeza encantadora de sus facciones, la dulzura de su
voz y la elegancia de sus modales, hacen de ella, más bien que una
mujer, una sílfide: ademas está siempre hablando de su sensibilidad:
jamas va á ver un drama, porque se pone mala: las emociones, segun ella
dice, la matan, y se queja contínuamente del corazon.

Cuando yo llegué á su casa se me hizo entrar en una pequeña habitacion,
donde se hallaba: delante del balcon, y acostada en un canastillo,
habia una gata rodeada de cuatro hijuelos que habia dado á luz: la
sílfide eligió el de la piel más bonita, y señaló los otros tres á un
criado, diciéndole:

--Vaya V. ahora mismo á tirarlos léjos de aquí.

Este rasgo acaso parezca insignificante á muchas personas: ¿qué
importa, en efecto, la vida de tres animalillos recien nacidos?

Nada á primera vista; y sin embargo, yo no he podido ya estimar á la
delicada persona que decretó la muerte de aquellos infelices bichos,
con la sonrisa en los labios, con tan perfecta tranquilidad.

Una mujer sensible puede alumbrar sin palidecer para que corten un
brazo á una persona querida, si de esto depende la conservacion de la
vida de aquella persona, y no será extraño que al ver á un anciano
tenderle una mano en demanda de una limosna prorrumpa en lágrimas.

Una frase de un drama ó de un libro humedece á veces los ojos de una
mujer, y (bueno es decirlo en loor suyo) los ojos de un hombre tambien;
y sin embargo, acaso esta mujer y este hombre no se habrán sabido
desmayar en toda su vida, ni habrán dicho ninguna frase pomposa y
estudiada.

Dejemos á las sensibles para acudir á las _sensibleras_, no sin
asegurar ántes que la sensibilidad es silenciosa y se oculta en el
misterio y en la sombra.


                                  III.

--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa
donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí
una viuda bonita y muy coqueta.

--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien
tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!

--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que
agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el
último instante!

--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!

La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa
entreabrió sus labios.

La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su
_sensibilidad_, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última
mirada en los ojos de su hija.

Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber
recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su
derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.

En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven,
padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales
términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso
mimarlas de contínuo y sin descanso.

Las _sensibleras_ creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito
una novela titulada _El Sol de invierno_, en la que pinté una de esas
mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie
se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es
extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus
detalles.

En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á
Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que
asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el
cuidado de sus hijas á una aya, porque _le hacen sufrir horriblemente_
las dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de
las mujeres más á la moda de Madrid, y la llaman _Tulita_, gastando su
caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su
sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte
en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar
trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor
les parezca, y evitándose cuidados que _le hacen sufrir mucho_.

Este retrato es el de muchas _sensibleras_, de voz melosa y plañidera,
de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni
estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas
y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué
hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y
si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran
toda clase de cuidados.

--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada
mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para
conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia,
riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.

--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es
feliz!

--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?

--¡Alcornoque quisiera yo ser!

--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.


                                  IV.

¿Habeis visto alguna carta de una sensiblera?

¡Qué estilo tan romántico!

¡Qué profusion de exclamaciones!

¡Cuánto! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ay!

¡Qué lacrimosas frases!

¡Qué períodos tan tiernos, tan exagerados, para decir la cosa más
trivial y más pequeña!

El tormento que esas personas imponen es irresistible: es preciso
amarlas mucho, porque, segun dicen, para ellas _el amor es la vida_; y
hay que compadecerlas de contínuo por sus males imaginarios.

La sensibilidad verdadera, por el contrario, es pudorosa y reservada;
se explica casi siempre por una lágrima furtiva, y enjugada ántes de
que nadie se aperciba de su aparicion.

Una mujer verdaderamente sensible se desmaya y grita pocas veces; pero
es fácil que se muera de dolor con la sonrisa en los labios, y haciendo
la dicha, miéntras viva, de cuantos la rodean.



                            LA IMPACIENCIA.


                                   I.

Dice no sé qué pensador profundo, que de casi todas nuestras desdichas
debemos pedir perdon al cielo.

Lo que quiere decir, que de todas nuestras desdichas tenemos nosotros
la culpa.

Esto parecerá aventurado y duro; y sin embargo, reflexionándolo bien,
se ve que dicha afirmacion encierra una gran verdad.

Hay dos cosas que se pagan caras en el mundo, y que tienen su castigo
próximo y cruel: la impaciencia y la necedad.

Muchas empresas han abortado por no tener un poco de paciencia. Hay
quien lleva á cabo una grande obra, y acabándose su paciencia cuando
llega á los últimos detalles, pierde todo cuanto en ella ha trabajado.

La perseverancia ha alcanzado triunfos increibles. Una persona de muy
pocos alcances puede llegar con la constancia adonde no llega el más
luminoso y elevado talento, y es que por lo regular al gran talento va
unida la carencia de perseverancia y de fe.

Por el contrario, una inteligencia limitada se reconoce incapaz de
hacer grandes cosas, y se aplica con todas sus fuerzas á lo que
emprende.


                                  II.

Es muy comun en el mundo hacer juicios errados y equivocar lo que es
consecuencia de altas cualidades del espíritu con defectos de carácter.

No hace mucho tiempo que oia yo á unas jóvenes quejarse de que su madre
tenía mal genio, y esto lo oia por la milésima vez.

Nunca habia querido discutir con aquellas personas, temiendo que acaso
no comprendiesen lo que iba á decirles; mas la acusacion esta vez me
pareció más injusta que otras, ya por la particular disposicion de mi
ánimo, ya porque era más claro el error de aquel aventurado juicio.

--Vuestra madre, dije, no tiene mal genio, y vosotras la juzgais con
injusticia.

--¿Pues no ves, me respondieron, cómo se enfada? ¿Nos podrás negar que
su carácter es impaciente?

--No, porque lo es.

--Y el ser impaciente, ¿no equivale á tener mal genio?

--Es muy distinto; vuestra madre se impacienta porque la herís; porque
es excesivamente sensible, y porque la lastimais de contínuo. ¿No
habeis reparado que la menor palabra vuestra la tranquiliza y la
aplaca? Pues el carácter que se doblega así no es malo.

--¿Querrás decir que lo tiene dulce?

--No, lo tiene impaciente, y ése es un mal más bien para ella que para
vosotras. Vuestra madre siente con vehemencia y expresa con sinceridad:
eso es todo.

--Y nos hace á los demas completamente infelices con esas dotes.

--No sostendré lo contrario; pero lo que os hace infelices es la
exageracion de esas dotes, y, sobre todo, la impaciencia, que es
consecuencia inmediata.

En efecto: si aquella madre hubiera sabido reprimir la impaciencia, sus
hijas la hubieran amado mucho más y estimado mucho más tambien de lo
que la estimaban.

Hay personas muy pacientes y hasta muy apacibles; pero es porque no
sienten. Todo lo miran con indiferencia, y aunque el mundo se desplome,
si salvan su individualidad no pasan pena alguna. Su semblante no se
contrae jamas, la sonrisa no desaparece de sus labios y se hallan
siempre en una perfecta tranquilidad moral y material.

La impaciencia les es perfectamente desconocida, y es que, como nada
les interesa, por nada se apresuran, pues, lo repito, miran ante todo
por su individuo.

Estas personas pasan generalmente por muy buenas, muy bondadosas, muy
angelicales, cuando no son más que... muy impasibles.

Si la paciencia fuese nuestra fiel é inseparable compañera, seríamos, á
no dudar, muy dichosos, porque cuando no reside en el alma, ésta se
halla amargada, sufre, se queja, y ve todas las sinrazones con cristal
de aumento.

Por el contrario, la paciencia es un estado de perfecta quietud: el que
sabe esperar y sufrir, lo sabe todo; y en cuanto á las mujeres, la
paciencia es la más adorable de las virtudes que pueden poseer.


                                  III.

Oponiendo la paciencia á la injuria y á la sinrazon se han conseguido
grandes resultados: una mujer desdeñada de su marido, sólo con la
paciencia puede volver á conquistarle, porque la paciencia es la suave
valla que impide romper los diques al decoro y que conserva la dignidad
en el interior de la familia.

En tanto que media el respeto y la consideracion entre los esposos, no
hay que temer que se derrumbe el edificio conyugal; pero la impaciencia
de la mujer es lo que le hace muchas veces venirse al suelo; la
impaciencia hace acudir á los labios las palabras descompuestas y
duras, las injurias y los denuestos; la impaciencia acrece los
defectos, y ve, como ya dije, con cristal de aumento las faltas más
leves y más ligeras.

En muchas ocasiones, la paciencia equivale á un rasgo de talento,
porque vale mucho más aparentar que se ignoran las faltas que
impacientarse por ellas.

Mas donde la impaciencia causa un daño horrible es en la educacion de
los hijos: la dignidad paternal y maternal dependen, sobre todo, de la
gran calma y serenidad del ánimo: el padre, y áun más la madre, que se
descompone delante de sus hijos, baja de su alto puesto, y dejándole,
no puede exigir que los demas se lo conserven.


                                  IV.

Si las mujeres no hallásemos en nuestra razon y en nuestro corazon
bastantes motivos para obligarnos á tomar el partido de la dulzura y de
la complacencia, deberíamos pedirlas á la habilidad: ésta nos
enseñaria, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos
sacrificios, pero que el que los lleva á cabo se sustrae más pronto ó
más tarde á esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad
nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las
personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones
equivalentes á las que impone la abnegacion.

¡Qué grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia!
¡Cuántas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aquélla! Aun en las
cosas más triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es
un daño muy grave.

--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para
terminarle, dice una jóven avergonzada del mal efecto de su traje entre
otros bien concluidos.

--Tenía tal impaciencia al ver que no venía mi modista, que no he
querido salir, y he pasado una tarde aburridísima, añade otra.

--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y
ademas, los cambio todos los dias, oí decir hace poco tiempo á una
señora.

Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la
persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse
como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos
rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque
no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire
cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia
familia.



                              LA CARIDAD.


                                   I.

Hay un consuelo para todas las penas de la vida: un bálsamo para todos
los dolores: un rayo de sol que disipa todas las tinieblas que
incesantemente oscurecen el horizonte de nuestra existencia: la caridad.

Se han visto personas cuyo corazon se hallaba yerto y marchito á fuerza
de sentir amargos sinsabores, que en el ejercicio de esta virtud han
hallado un consuelo supremo é inagotable, y que en pos de la caridad ha
venido á visitarles la esperanza, esa hermosa mensajera del Dios de las
misericordias.

La caridad es un beneficio para el que la ejerce, porque nada es tan
consolador como el espectáculo del bien que se ha hecho, de la
felicidad que es obra nuestra y que ha reemplazado al llanto de la
desesperacion.

La caridad lleva en su manto el consuelo y la alegría. El que la ejerce
ama á Jesucristo en el mendigo andrajoso y macilento, en la enferma
anciana y desvalida, en el niño lloroso y abandonado.

¡Oh caridad! la pureza inmaculada de tu ropaje y la blancura de tus
alas toman nueva brillantez al rozarse con la miseria que procuras y
consigues aliviar. ¡Tú extiendes tanto tus beneficios que es imposible
señalarles un término! ¡No te contentas con dar pan al hambriento, con
vestir al desnudo y con prestar consuelo á todos los dolores! ¡Perdonas
ademas todas las penas, y no hay injuria que no haga olvidar tu plácida
dulzura!


                                  II.

La caridad es un deber para todos, pero este deber se convierte en una
satisfaccion muy dulce para la mujer, porque es innegable que la mujer
ha nacido con un caudal más rico de sentimiento que el que ha sido
otorgado al hombre.

El destino, la principal ocupacion de la mujer, es el amor. ¿Y qué otra
cosa es la caridad que un amor grande, generoso y purificado?

El cálculo y el trabajo constituyen la vida del hombre: la de la mujer
está consagrada, como ya dije, al amor.

La caridad debe ser, pues, una ocupacion en la mujer, por avenirse
mejor con su organismo y con el destino que el cielo la ha deparado
sobre la tierra.

Á la mujer que reciba en su pecho á esa bella hija de la religion, Dios
la colmará de dicha y de prosperidades: con la caridad vendrán la
esperanza y la fe, y su vida será feliz y estará exenta de pesares,
pues no hay dolor que no endulcen esas hijas del cielo.

¡Feliz aquélla que las abriga bajo su techo!

¡Feliz la que consiga que se reclinen en las cunas de sus hijos!

¡Feliz la que les rinde el amoroso culto que merecen!

Las malas pasiones no desgarrarán jamas su seno; la felicidad no se
apartará de su hogar, porque la felicidad reside en nosotros mismos, y
sólo una conciencia pura puede darla.


                                  III.

Si por vuestro daño habeis nacido con una imaginacion ardiente, no la
atormenteis con sueños vanos, lectoras mias.

El poder y la gloria no se han hecho para la mujer; su poder está en el
ascendiente que pueden darle su dulzura y el exacto cumplimiento de sus
deberes; su gloria en la práctica de las virtudes, y su felicidad
depende en gran parte de las dulces emociones de la caridad.

Siembre la mujer beneficios en derredor suyo, y los desgraciados á
quienes consuele implorarán para ella las bendiciones del cielo; cuide
del huérfano, y el Señor de todo lo creado conservará la hermosura y la
salud de sus hijos.

Practicad segun vuestro estado la santa caridad, y las lágrimas que
enjugueis serán recogidas en una copa de oro por el ángel de vuestra
guarda, y se convertirán en perlas que servirán para tejeros una corona
en el cielo.

La caridad extenderá su manto sobre vuestras cabezas para protegeros
contra la desgracia, y despues que hayais pasado á una vida mejor,
cubrirá con él vuestros sepulcros y hará brotar en ellos flores
hermosas, imágen de vuestras virtudes.



                         EL VERDADERO TALENTO.


                                   I.

Entre las infinitas cosas que se confunden en el mundo, hay dos que lo
están casi siempre, y que difieren tanto entre sí, como una malva loca
de un hermoso rosal, esmaltado de sus incomparables flores.

Estas dos cosas son la osadía y el talento.

El talento es bello y luminoso: hijo del alma, ni grita, ni hace ruido,
ni rivaliza, ni lo necesita.

La osadía no va jamas solitaria por el mundo: le acompañan el
charlatanismo, la vanidad, el afan de figurar, el lujo y lo que se
llama en lenguaje gráfico, aunque no sea muy castellano, la cursilería,
que es el empeño de aparecer, en primer término.

Nada hay más cándido, más noble, más leal, que el verdadero talento: la
osadía le engaña con su malicia siempre que quiere, porque el talento
se mece en regiones ideales y no entiende nada de las miserias y
pequeñeces de la vida; vuela y no rastrea; da y no calcula; sufre y no
se queja. No conoce la envidia, porque, grande por sí mismo, se basta
para abrirse ancho y hermoso camino, que al cabo le ceden las medianías
que han querido cerrarle el paso.

Como se da el nombre de _amor_, profanándolo, á muchos sentimientos que
nada de semejante tienen con aquél, se da tambien el nombre de
_talento_ á muchas cosas que, como la osadía, son graves defectos de
carácter y de educacion.

De una mujer habladora, sin saber lo que decia, he oido asegurar _que
tenía mucho talento_; he oido aclamar _el talento_ de otra mujer
cáustica, burlona y maldiciente, y bautizar tambien con el nombre de
_talento_ la manía de intriga, la tenacidad para conseguir sus fines y
la falta de dignidad de muchas otras.

--Concha tiene _mareado_ al señor de Castro,--decia hace pocos dias una
amiga mia á otra señora,--se casará, y hará de él lo que quiera. ¡_Qué
talento tiene esa_ muchacha!

--Los hombres que se dejan _marear_ ó _engañar_, que es la misma
cosa,--repuso su interlocutora,--son tontos, y no es gran hazaña el
aturdirlos, ni cuesta gran trabajo.

En efecto, no hay en el mundo un marido peor que un hombre engañado, de
cuyos ojos ha caido la venda.


                                  II.

Hay dos clases de talento, aunque ambas forman un todo que, cuando
alguna mujer lo llega á poseer, constituye el bello ideal de nuestro
sexo: mas aunque sólo posea una de estas dos clases, puede ya ser amada
y estimada en alto grado.

Aparte del _talento artístico_, que es el primero y más brillante,
aparte del talento que crea y embellece, del talento literario, en fin,
está el talento de la vida, el talento de saber llevar una existencia
decorosa y honrada, de cuidar su casa y sus intereses.

Este talento hace tomar el lado bueno en todas las cosas de la vida y
huir el malo; enseña el modo de unir la exquisita distincion á la
prudente economía; la dignidad á la bondad; el órden, que es la gracia,
con la amable libertad del espíritu, que no conocen los caractéres
sistemáticos y meticulosos.

Este talento es el que más conviene á la mujer; el artístico no se
elige. Dios lo da ó lo niega, segun sus altos designios; pero el
talento de la vida puede adquirirse, y es indudable que se adquiere con
la reflexion y hasta con la práctica del mundo.

Ya la educacion de la mujer se ha hecho más extensa, y su ilustracion
va tomando cada dia más rápido vuelo: ya la mujer lee, y, como
consecuencia natural, comprende muchas cuestiones sociales, puede
reflexionar acerca de ellas, y puede ser la compañera y la amiga del
hombre y el primer Mentor de sus hijos.

La vida tiene una doble fase: el lado serio (y éste es el más
importante) y el lado frívolo, ligero y agradable. El verdadero talento
de la mujer consiste en llenar los deberes que los dos imponen;
consiste en cuidar del gobierno interior de su casa, de la dicha de su
marido, de la educacion y bienestar de sus hijos: mision que no puede
llenarse sin una razon clara y sin una tranquila fortaleza de espíritu.

En el terreno práctico de la vida, la cólera y los arrebatos que ésta
produce no sirven para nada; son precisas la prudencia, la calma, la
reflexion, gran suma de dulzura y de paciencia, y no menor de fortaleza
y dignidad de carácter: con la diplomacia se consigue mucho: con la
fuerza no se alcanza nada.


                                  III.

La parte más frívola de la vida es quizá la que hace más agradable á la
mujer, y áun añadiré, sin temor de equivocarme, que es lo que la hace
más amada.

Porque, fuerza es confesarlo en detrimento de la fortaleza humana, la
virtud desnuda de atractivos seduce poco, generalmente hablando, y una
mujer agradable obtiene tantas simpatías, por lo ménos, como una mujer
buena.

La elegancia es uno de los mayores atractivos de la mujer, y es desde
luégo un atractivo mucho más poderoso y durable que el de la hermosura.

Para ser elegante una mujer no debe nunca _competir_, sino
_distinguirse_; la competencia es un escollo odioso; la distincion es
una gracia y una gran prueba de talento. La competencia provoca
enemistades; la distincion atrae el afecto y hasta la admiracion.

Así, pues, mis queridas señoras, no imiteis nada; inventad, y si teneis
un poco de buen tacto y de buen gusto, seréis vosotras las imitadas.

Si teneis pocos medios de fortuna, el sistema de no imitar os librará
de muchos sinsabores; y desde luégo os impedirá el sentir los dolores
intolerables de la envidia, madre infernal de la competencia; en vez de
caer en el género _cursi_, que es el querer aparentar lo que no se
tiene, arreglad vuestra casa de un modo que esté en relacion con
vuestros medios, y vestid con arreglo á los mismos; el aseo y la
elegancia se hallan al alcance de todos.

Cuando una mujer debe asistir á una reunion de personas donde se sabe
de antemano que el lujo ha de ser espléndido, dará una gran prueba de
talento vistiendo con una sencillez tal, que haga contraste con todas
las maravillas adonde no puede ni debe llegar; la sencillez en ese caso
será una gran distincion.

Lo que no puede suprimirse jamas es el decoro, la gracia y la modestia,
que es el adorno más bello de la mujer y la hija encantadora del
verdadero talento.


                                  IV.

El verdadero talento tiene una magia que no posee el talento sólo de
apariencia: todo lo ilumina, todo lo embellece, todo lo suaviza, y
puede decirse que lo alcanza todo.

No es sólo una gran penetracion y un entendimiento extraordinario lo
que lleva á cabo grandes obras morales, empresas difíciles ó negocios
arriesgados; es preciso utilizar todos estos recursos en tiempo y
ocasion oportunos; es preciso no malgastar las fuerzas, cuando hay que
reservarlas para ocasiones más importantes ó más decisivas.

Esto es lo que adivina el talento, porque su intuicion es maravillosa;
sabe hacer tres cosas que parecen insignificantes y que tienen, sin
embargo, importancia suma en la vida y en el logro de todas las
empresas.

Estas tres cosas son: _callar_, _escuchar_ y _esperar_.

¡Callar! ¿qué elocuencia hay en algunas ocasiones, comparable á la
dignidad, al dolor ó al desden del silencio?

¡Escuchar! ¿dónde hay complacencia más amable que la de oir
pacientemente los proyectos de un sabio, las esperanzas de un poeta, ó
las quejas de un desgraciado?

¡Esperar! ¡cuántas dulzuras encierra esta palabra! ¡qué consuelo para
las penas! ¡qué grato y poderoso antídoto para la impaciencia!

Estos tres grandes recursos los posee el verdadero talento; se doblega
sin humillacion, acaricia para conseguir, y le sirven, no sólo para las
cosas grandes, sino tambien para lo que se llama _pequeñeces_, y que en
la vida de la mujer ocupan tan gran lugar.

El verdadero talento se aviene á todo, se doblega á todas las
situaciones, y pone constantemente en práctica esta gran verdad de un
gran escritor.

«Se debe aceptar de buen grado todo aquello que es irremediable.»

La familia, la amistad, el hogar doméstico, la fortuna, todo gana, todo
está bien conducido, todo está floreciente, todo está bien y bellamente
ordenado, cuando la mujer posee, no el talento que brilla, que
deslumbra y que se agita, sino el bello, el grato, el tranquilo y
modesto, en fin, el verdadero talento.



                              LA TIMIDEZ.


                                   I.

Voy á hablar de un defecto que perjudica de una manera extrema y
lastimosa á los pobres seres que le padecen, y señaladamente á las
mujeres, en cuyas blandas y suaves naturalezas se arraiga de una manera
terrible.

Nada más léjos de mi deseo que el ver el atrevimiento en una jóven
residiendo en todo su sér como en morada propia; la mujer debe ser
modesta, reservada, tímida en muchas ocasiones; pero la timidez extrema
le causa tambien un grave perjuicio y oscurece muchas veces, no sólo
sus gracias, sino hasta sus buenas cualidades.

Voy á trascribir aquí la carta que una jóven, amiga mia, me escribe
acerca del ridículo que ha caido sobre ella, por no saber vencer su
timidez extremada.

«Fuí invitada á comer, me dice, á casa de los señores T...., que tienen
tres hijas de mi edad, y no puedes figurarte cuánto dí que reir, y la
serie de torpezas que cometí á causa de mi invencible cortedad de genio.

»En vano fué que mi madre me amonestase ántes de salir y que emplease
toda clase de advertencias, á fin de precaverme contra mi enemigo; yo
me creia fuerte en casa porque habia ensayado dos ó tres cortesías;
tenía pensado todo cuanto debia hablar; pero ¡ay, amiga mia! ¡qué gran
diferencia hay de la teoría á la práctica, y cómo he visto que el
aplomo debe tenerse sobre el terreno y que no basta todo el que tenemos
en nuestro gabinete, porque éste desaparece cuando más falta nos hace!

»Cuando entré, toda la familia se hallaba reunida en la biblioteca.
Esta familia consta de la madre, dama elegante y acostumbrada al trato
de la sociedad más distinguida; del padre, caballero lleno de cortesía
y de benevolencia, y de tres jóvenes, amables, dulces y bien educadas.

»Cuando entré, el portero hizo sonar una campana anunciando visita;
pero yo, que me forjo terrores á cada instante, creí que era la del
comedor y que por mí se esperaba para sentarse á la mesa, y ya subí la
escalera con el corazon oprimido.

»Al entrar en la biblioteca lo hice con tanta prisa que pisé al pobre
Sr. T.... de una manera tal, que le hice dar un grito: este accidente
aumentó mi turbacion de un modo indecible; me incliné para saludar á la
señora de la casa y tropecé con un velador, el que se tambaleó, y
hubiera caido al suelo á no haberlo sostenido la mayor de las jóvenes.

»La cortés y benévola acogida de toda la familia me tranquilizó algun
tanto; cada uno se esforzó para hacerme olvidar mi torpeza, y yo admiré
profundamente el poder de la buena educacion, que dió fuerzas al Sr.
T.... para ocultar el dolor físico que mi pisada debió causarle, y que
se tradujo por el grito que en el primer instante no pudo retener, y
que todos oimos.


                                  II.

»Hablamos de las obras nuevamente puestas á la venta, y el señor T....
me enseñó una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan
poco conocida como digna de serlo; señalóme en un estante un volúmen
elegantemente encuadernado, diciéndome que aquélla era su última
produccion; yo quise tomarla; el buen señor fué á adelantarse á mi
deseo; pero yo, para no molestarle, alargué vivamente el brazo; el
libro pesaba ménos de lo que era de esperar, atendido su tamaño; salió
con violencia, cayó en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al
suelo, y derribó un tintero que sobre él habia; todos echaron á broma
el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta
caer sobre la alfombra, y sin saber lo que hacía, trémula, confusa,
yerta de terror, me incliné y... ¡oh colmo de ridiculez! me puse á
recogerla con mi pañuelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi
torpeza.

»En el mismo instante un criado vino á anunciar que la comida se
hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba
haciendo; encarnada como una grana seguí al comedor á la familia; la
señora T.... me daba el brazo y me colocó entre ella y su hija mayor,
graciosa y dulce jóven, cuya modestia nada tenía parecido á mi torpeza
y timidez excesivas.

»La amabilidad de la señora de la casa empezaba á tranquilizarme,
cuando el mal genio que me perseguia me dió otra prueba de su
encarnizamiento contra mí; habia yo colocado el plato de sopa demasiado
cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar á una pregunta
de mi vecina, la señorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje,
dejé caer el plato con todo su contenido sobre mi falda; á pesar de
haber empapado mi servilleta y otras várias que me fueron ofrecidas, mi
traje verde luz se inundó de aquel líquido craso y todavía hirviente;
recordé entónces el valor con el cual el dueño de la casa habia
disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi
parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.


                                  III.

»Una de las señoritas me suplicó que le acercase un asado colocado
cerca de mí; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de
budin que tenía en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando;
entónces me fué imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba
conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de
las órbitas; cada uno de los presentes me propinó un remedio distinto:
el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo pedí agua, y un criado trajo
un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera
burlarse de mí, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lancé un
grito, y el líquido salió por las narices y por mi boca en un acceso de
tos; la señora riñó á su criado; ciega con el dolor de la quemadura y
del aguardiente, llevé á la cara el pañuelo con el que habia secado la
tinta; una risa general estalló entónces, porque la más exquisita
cortesía no bastaba ya ante tanta ridiculez, y huí á mi casa sin
despedirme de nadie y loca de dolor.

«¡Oh invencible timidez! Yo te maldigo como á mi más cruel enemigo.»


                                  IV.

La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca
de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato
social.

La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la
absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una
timidez invencible.

Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su
dignidad y no desestimarse por completo, dando á los demas un exceso de
consideracion y de condescendencia, porque las más bellas disposiciones
desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espíritu
y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.

Hay algunas personas tan excesivamente tímidas, que no saben jamas qué
hablar ni qué postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el
trato, lazo de seda que une á la gran familia humana, es un tormento
insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de
recibir visitas, convirtiéndose su cortedad de genio en una grosería
que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropía.

En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto á que se
estime demasiado poco: de la gran estimacion de sí misma nace la
dignidad, la aversion á las familiaridades y á las habladurías, y hasta
una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la
lleva, no sólo á las ridiculeces que á mi pobre amiga, sino á otros
extremos más graves.

Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban
reunidas várias personas, oí criticar amargamente á una bella señora
que no se hallaba allí, pero que yo conocia de vista.

Todos los presentes dieron un arañazo más ó ménos grande en aquella
reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio
protestaron contra la cobardía de la agresion.

Cuando me levanté, una amiga que allí se hallaba salió conmigo.

--¿Por qué has callado--le pregunté indignada--al oir censurar así á
una persona que tratas? Más bien; ¿por qué has hecho coro con todos
esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?

--¿Y qué querias que hiciera? respondió: yo no tengo el valor de ir
contra la corriente de todos: no me atrevo á tanto.

--¡Qué indigna cobardía! exclamé llena de enojo.

--¿Qué quieres? soy tímida, y así son casi todas las gentes: piensa en
que al Redentor le crucificaron: ¿qué harian conmigo?

No he vuelto á saludar á aquella mujer: hay una clase de timidez
inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es sólo ruin
pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.



                         LAS PEQUEÑAS VIRTUDES.


                                 Los negocios domésticos, los deberes
                                 sociales, los estudios, las facultades
                                 del espíritu y del corazon, ofrezcamos
                                 todo esto á Dios: mi querida
                                 señora, sed amable para él, humilde
                                 y paciente por él, y tendréis un
                                 tesoro de horas afortunadas; no de
                                 horas sin pesares, pero sí dichosas,
                                 porque estarán en armonía con vuestra
                                 conciencia y con el divino modelo;
                                 allí está el mérito; allí está la
                                 paz; allí está la caridad; allí está la
                                 fuerza.

                                                         SILVIO PELLICO.

                                                   (_Carta á una dama._)


                                   I.

Virtudes pequeñas, ¡qué dulce es vuestro poder y que necesidad tenemos
de vuestro auxilio las mujeres!

Quédense para el sexo fuerte las grandes, las que producen acciones
heroicas que se esculpen en bronces y en mármoles. El brioso alazan
necesita la inmensidad para lanzarse en la brava carrera: el cisne
necesita sólo el dulce y límpido lago, y el pajarillo la embalsamada y
escondida floresta: así nosotras, tanto ó más que las relevantes
cualidades, mucho más que la ciencia y la grave y sólida instruccion
del espíritu, necesitamos rodearnos de las pequeñas flores del
Evangelio, abiertas bajo los pasos de aquél que fué dulce y humilde de
corazon.

Paciencia, dulzura, indulgencia, afabilidad, cortesía, olvido,
ignorancia de la falta de los otros, caritativa condescendencia para
las debilidades de los demas, yo os llamo desde lo íntimo de mi corazon
para que hagais mi vida apacible y feliz.

Fuerza es que yo lo confiese; las grandes virtudes, tales como en
general se entienden, me han asustado mucho siempre, y áun más el
aspecto de los que las practican, porque las personas de gran virtud se
me han presentado constantemente ceñudas, mal vestidas, mal peinadas,
regañonas é intolerantes.

¡Cuántas dulces y pequeñas virtudes he visto ocultas, por el contrario,
bajo la graciosa apariencia de la belleza y la elegancia!

--Esa es una persona de gran virtud, he oido asegurar algunas veces; yo
me he vuelto llena de aquel amor y veneracion que profeso á todo lo
bueno, y me he hallado con una mujer fea, flaca, vestida de mala
manera, huraña, regañona, con el traje roto y descuidado.

--Está sólo dedicada á servir á Dios, me han dicho, y su
desprendimiento de las cosas terrenas es profundo y absoluto.

--¡Y qué! exclamé yo un dia con la ingenuidad de doce años que contaba
entónces, ¿porque se sirva y se ame á Dios se ha de vestir así? ¿Impone
su servicio por librea la miseria y la fealdad? Yo he leido en mis
libros de estudio, que los antiguos coronaban de flores los blancos
becerros y los hermosos corderillos que sacrificaban á sus dioses:
¿merece ménos nuestro Dios que aquéllos ídolos? ¿Merecen ménos tambien
sus servidores que aquellos animales?

Debo confesarlo: nadie halló que responderme; pero la servidora del
Dios de bondad y de misericordia me echó una mirada de cólera y de
encono, y oí salir de entre sus labios, pálidos y secos por el ayuno,
el dictado de chiquilla insolente con que me regalaba.


                                  II.

--¡Parece, continué yo riéndome de la horrible cara que me puso, parece
que sólo se ofrece á Dios lo que el mundo ya no quiere, lo peor y lo
más feo! ¡Todas las mujeres excesivamente devotas son solteronas viejas
ó que se han vuelto muy feas, y á mí me parecen criadas del diablo!
Jesus es muy hermoso: su madre es hermosísima, y se deben disgustar de
los santurrones de ambos sexos. Y luégo, yo sé, porque lo dice la
Historia Sagrada, que Abel elegia para el altar del Señor sus más
bellos y sazonados frutos, sus más frescas y perfumadas flores: estos
dones los consumia la llama divina, y los de Caín quedaban intactos,
porque llevaba al altar lo peor que tenía. ¡Luégo esta señora se parece
á Caín, pues no se dedicó al Señor cuando era jóven y bonita, sino
ahora que ya no es lo uno ni lo otro!

Una carcajada acogió esta salida, más sincera que cortés, y más lógica
que agradable para la señora de gran virtud.


                                  III.

No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y
para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser
Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de
la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí
bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la
que las haya amado y cultivado constantemente.

¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras
pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida
soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos,
bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso
disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad
del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las
ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud
amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que
viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien
posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la
impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea
decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el
olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con
cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un
juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido
trabajo.

¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no
atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por
qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el
santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es
diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos
están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter
y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el
sacrificio queda cumplido!


                                  IV.

¡Pequeñas, bellas y delicadas virtudes! ¡Perlitas puras de la cadena de
la vida, hecha de tanto hierro! ¡Yo os amo, os venero y os llamo en
auxilio mio á todas horas! ¡Os necesito, porque adoro vuestra belleza!
¡Abridme vosotras los corazones y conquistadme afectos! ¡Sed mis
protectoras, y que vuestro dulce y santo perfume anuncie mi presencia!

Amables y lindas jóvenes que leeis estas líneas, mejor sentidas por mi
corazon que trazadas por mi mano: la virtud que resulta de todas estas
pequeñas virtudes reunidas, es tambien una gran virtud, como es bello y
admirable un mosaico compuesto de partículas diminutas y delicadas;
pero esta gran virtud que poseeréis practicando las pequeñas, no es
fea, sino bella, adorable, llena de poesía y de gracia: esta gran
virtud os exige el ser agradables, bonitas, elegantes, afables y
dulces: os ordena cultivar vuestro talento y vuestras gracias, y es la
sola verdaderamente grande y digna de ser ofrecida al Dios, todo amor,
todo grandeza, bondad y misericordia.



                             LA DESGRACIA.


                                   I.

Empezaré copiando un bello y elocuente párrafo del ilustre escritor
frances Mr. Jules Janin, que servirá como de tema y sumario á las
desaliñadas líneas de este pobre artículo.

Vosotras,--dice á las damas parisienses,--pagais muy caro el ir á ver
tragedias llenas de exageraciones, ejecutadas en verso, por buenos ó
malos actores: el dinero que gastais sin placer, por lo que llamais
vuestros placeres, deberiais llevarlo allá arriba, cerca del cielo,
bajo los techos donde el estío es abrasador, y donde en el invierno se
tiembla de frio; en esas alturas dolorosas, ¡Dios sólo sabe cuántos
dramas crueles podriais encontrar! ¡Dios sabe si enjugariais lágrimas
verdaderas! En esos sitios, visitados por vosotras, os sentiriais
bendecidas, amadas y alabadas; desde el fondo de los corazones
conmovidos, las lágrimas que vertierais serian muy dulces.

«¿Por qué vais, pues, á vuestras fiestas, á vuestros espectáculos, á
vuestras exposiciones, á vuestras matanzas? Allí verteis lágrimas
estériles, sobre buhardillas de tela pintada y compadeciendo el corazon
desgarrado de una mujer, que despues cenará perfecta y alegremente:
allí la orquesta es la que agita vuestros nervios, y las ficciones las
que exaltan vuestra imaginacion. Id á buscar las desgracias verdaderas;
y por la noche, en lugar de soñar con tiranos de melodramas, armados de
puñales y de copas llenas de veneno, soñaréis con las desgracias que
habeis socorrido; veréis á la madre de familia cuyo hijo habeis
salvado, y oiréis las bendiciones del anciano. ¡Hé aquí los dramas que
traen paz al alma, y á la noche sueños dulces, y consoladores!»

Este predicador mundano y elegante ha encontrado, observando lo que
pasa en derredor suyo, los acentos puros y nobles de la verdad, y nada
mejor podemos hacer las mujeres que seguir su consejo.

No es la desgracia que se ostenta la más digna de compasion y de
lástima: es la que se oculta; la que se avergüenza de sí misma: es la
que vive bajo las apariencias de la decencia, la que está valerosamente
combatida por la dignidad.

¡Cuántas y cuán diversas fases tiene la desgracia! Desde la escasez,
donde empieza la pobreza, hasta la miseria que es su último grado, la
desgracia se presenta á nuestros ojos mil veces al dia, pasa al lado
nuestro, nos implora, y nos tiende la mano á cada instante, sin que nos
apercibamos ó queramos apercibirnos de su presencia.


                                  II.

Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan
dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tenía una fortuna más que
regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas,
amigos fieles y cariñosos; y sin embargo de todo esto, se tenía algunas
veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus
desfallecimientos, y á veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su
tranquilidad.

Aquella mujer, jóven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era
infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.

En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con
excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta
persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones
á los niños, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas:
la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante
jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.

La señora M. que así se llamaba la dama que se tenía por tan
desgraciada, la llamó para que diese leccion á sus hijos, niños de
corta edad; y preguntándole un dia, supo por fin el secreto de la
felicidad de aquella humilde criatura.

--He vivido siempre para los otros y jamas para mí,--le dijo,--el yo es
el enemigo más formidable de toda dicha. Muy jóven aún, quedé sin padre
y sin otro talento que una bonita letra; procuré utilizarla y busqué
algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de
mí, y esto me daba valor, enviándome Dios como supremo consuelo, la
esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba
manuscritos: tenía ademas nociones de dibujo; procuré perfeccionarlas,
y traté de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante
bien.

De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, murió, y
los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: ¿qué hacer? Los traje
conmigo, y la pluma corrió más de prisa sobre el papel. Dios, que es el
padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros:
mi pluma dió para todo durante quince años: mi anciana madre murió sin
que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella;
pero pocos instantes ántes de cerrar los ojos, me dijo:

--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para tí; pero
ahora en el cielo te pagaré mi deuda, y rogaré á Dios que recompense
tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltará.

--Mi madre murió; yo eduqué á mis huerfanitos con todo el amor y
cuidado posibles: los niños aprendieron una bonita letra y los coloqué
bastante bien en el comercio: la niña aprendió el lindo y aseado oficio
de modista.

Cuando ya no tuve que trabajar más que para mí, me puse muy triste...
Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de
los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones á los
niños de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que
gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en
cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso
en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero á todos y soy dichosa.

La señora de M.... oyó casi avergonzada la historia de aquella noble
criatura, diciéndose que la desventura puede salir del seno de la
felicidad, y que la dicha más pura puede salir del seno de la desgracia.


                                  III.

Las más brillantes posiciones ocultan á veces desgracias terribles.

El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaños; el
sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la
saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces
frívolos, estas cosas reunidas y áun cada una de por sí, producen un
malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la más
horrible de las desgracias.

No amar á nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera más morir.

Así, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su
camino una persona atea á fuerza de sufrir, que se dedique á
consolarla, á endulzar su amargura, á reanimar su fe y su esperanza, y
hará una obra tan meritoria como dando pan á un infeliz pordiosero,
porque la miseria del alma no es ménos dolorosa que la del cuerpo.

Sólo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busquémosla
por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrámosla
con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio,
privándonos de algo supérfluo, para dar á los desdichados lo necesario.



                      LA HERMOSURA Y LA ELEGANCIA.


No hace muchas noches que nos hallábamos reunidas algunas personas,
enlazadas por los vínculos de la amistad más verdadera, en el lindo
gabinete de una simpática jóven, casada hace poco más de un año con un
hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carácter.

No éramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos años: el
esposo de nuestra amiga era la persona más grave, y no ha llegado
todavía á la edad madura.

En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de política y de
obras dramáticas, la parte débil se ocupaba en bordar y charlar de
modas y de las novedades del dia.

--¿Qué os parece de Luisa R....?--dijo de repente la señora de la casa,
dirigiéndose á nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro
de oir contínuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mérito
muy escaso.

Al oir nombrar á Luisa R. todos los caballeros dejaron sus
conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.

--¿Lo veis?--exclamó mi amiga entre risueña y enojada,--en nombrando á
Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. ¿Qué tendrá esa
mujer?

--Yo no lo sé,--respondió una de las jóvenes,--á mí me parece muy
grande su boca y demasiado corta su nariz.

--Pues á mí,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan
dulces y expresivos.

--Yo no la encuentro bonito nada más que el talle.

--Á mí me gusta la expresion de su rostro.

--Pero señores, ¿quieren VV. volver á su conversacion?--exclamó una de
las presentes,--¿no es muy doloroso que ni áun delante de nosotras
hayan VV. de contener su admiracion por la señorita R....?

--Es un delito de lesa galantería,--añadió otra.

--Es insoportable,--agregó una tercera.

--Mi marido tiene la culpa,--dijo la señora de la casa.--¿Quereis creer
que es uno de los más acérrimos partidarios de Luisa?

--No lo niego,--respondió sonriendo el aludido,--me agrada esa jóven, y
si eso es delito, todas estas señoras me excusarán, estoy seguro de
ello.

--¿Nosotras?--gritó airado el coro femenino.

--Sin duda: y si no, veamos: en la parte bella de esta reducida
reunion, algunas han dicho que les agradaba Luisa y otras que no les
gusta: ¿no es cierto?

--Sí: ¿pero qué tiene eso que ver?...

--¡Paciencia! ¿Hay aquí una sola que haya dicho que Luisa es fea ó
desagradable?

--No la creemos ninguna de las dos cosas.

--¿Hay alguna que haya encontrado de mal gusto su modo de vestir, ó
faltas de elegancia sus maneras?

--¡Oh, no! dijo la esposa del que hablaba, yo soy justa: he visto muy
pocas personas de modales más distinguidos.

--Ni de más variada y dulce conversacion.

--Ni de una sencillez más elegante en el vestir.

--Ni de más gracia en todas sus acciones.

--Ved aquí, señoras, explicada la causa del imperio que esa jóven
ejerce en nosotros y áun en su mismo sexo, lo que es mucho más raro,
dijo triunfante nuestro antagonista: la belleza es relativa; es decir,
agrada segun el gusto de la persona que la contempla; la elegancia es
absoluta, es decir, que agrada á todos y á todos cautiva: podrán VV.
expresar su gusto acerca de las facciones de Luisa, que á unas
agradarán y á otras no; pero con respecto á su perfecta educacion y á
su carácter simpático, nadie halla defectos que ponerla.

La llegada del té impidió que respondiéramos á aquellas palabras
sensatas y llenas de verdad; pero así que la parte masculina nos dejó
para ir á saborear sus habanos, nosotras volvimos á hablar de Luisa.

--Mi marido tiene razon, es preciso concederlo, dijo nuestra amiga: no
sé por qué nos admiran las inmensas simpatías que alcanza Luisa: ¿no
habeis reparado con qué gracia se viste, qué dulzura hay en sus
palabras, qué encanto hay en su voz?

--Y luégo, añadió otra, su elegancia es incomparable: sabe de qué modo
se ha de vestir á todas horas, y lo hace con un gusto exquisito.

--No será, pues, por su riqueza.

--¡No por cierto! Sus medios no pueden ser más escasos, y á no ser por
su habilidad...

--Es, en efecto, positivo, dijo nuestra amiga, que en la sociedad
rendimos culto--y á veces hasta involuntariamente--á todo lo que es
bueno y bello: la simpatía es una ley poderosa, y sólo la dedicamos á
quien la merece: pocas veces se engaña la simpatía, y áun es más fácil
que se engañe el amor, porque en éste tienen su parte los encantos del
rostro, en tanto que aquélla nace casi siempre del conocimiento de las
bellas prendas del alma y de una educacion esmerada.

Vemos algunas veces una figura muy bella, pero que no nos agrada: sin
embargo, siempre seducen y cautivan la verdadera elegancia, los modales
escogidos, y en fin, la distincion natural de aquella, á quien un
carácter dulce hace más encantadora.



                            VALOR FEMENINO.


                                   I.

No es, por cierto, la cualidad moral que se lee al frente de estas
líneas peculiar sólo del hombre, ó necesaria únicamente al sexo fuerte;
la mujer necesita tambien ser valerosa, y lo es muchas veces, si bien
en una esfera más humilde y más silenciosa que aquél; porque todas las
virtudes de la mujer--y el valor es en ella una virtud,--brillan y
deben brillar poco, y se desarrollan y lucen entre las paredes
solitarias del hogar doméstico.

No busqueis el valor en la mujer cuya cabeza turbulenta ó vacía la
aleja de su familia para ir en pos de las fiestas y los placeres; ésa
será, no tímida, sino pusilánime: el valor de la mujer se apoya desde
luégo en un perfecto raciocinio, en un juicio sólido, en un casto
decoro.

El valor en el sexo bello está sostenido por la dignidad: así, pues, la
jóven coqueta, la esposa ligera, la viuda verde y pretenciosa, no
pueden poseerlo; pero la mujer cristiana, suave y fuerte á la vez, como
la de la Escritura, puede dar ejemplos de valor al más esforzado
guerrero.

Y no hay que pensar que yo, al hablar del valor en la mujer, trato de
que, como Judit, quiera aquélla libertar á la patria, ó como Juana de
Monforte defender sus estados, ó como Catalina de Médicis tener sujeta
á su familia con un yugo de hierro, no; yo no he pensado jamas, al
pensar en el valor de la mujer, en las guerreras, en las políticas, en
las avaras, en las intrigantes, que en todas épocas han brillado en el
mundo.

Tampoco he confundido nunca con el valor la sangre fria con que he
visto á algunas mujeres engañar al padre, al hermano y al esposo; el
verdadero y santo valor de la mujer está léjos de la mentira, del
fraude, de la ambicion y hasta de la ligereza; la mujer para ser
valerosa ha de empezar por ser humilde, modesta, piadosa, amable,
digna, prudente, buena hija, buena esposa y buena madre.

Porque el valor en ella es el resultado y el punto de partida de todas
las demas virtudes que la enaltecen.


                                  II.

Nunca he podido oir hablar de la emancipacion de la mujer sin que una
sonrisa de lástima se haya asomado á mis labios.

¿Para qué quiere la mujer vivir por sí sola? Tal como vive hoy tiene
ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y
léjos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese á
su lado, y para que fuese lo que debe ser.

No há menester el valor para seguir una carrera de áridos y monótonos
estudios; no le necesita para manejar por sí sola sus negocios, para
luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito ó para
matar á quien la calumnie ó la ofenda; necesita el valor para sufrir
como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar
de los suyos las espinas, dejándoles ver sólo las flores.

Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille
en él la luz suave y vivificante de las creencias religiosas,
mantenidas con su ejemplo.

Le necesita para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, á fin
de que no falte á su familia la decencia, lujo de las fortunas
modestas, ó la limpieza, lujo de la desgracia.

Le necesita para educar á sus hijos, para consolar á su marido si
sufre, para alegrar los últimos dias de sus ancianos padres: éste es el
valor, ésta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar
en las aulas ó el que puede desplegar en los combates.

Mujeres valerosas necesita más que nada la sociedad: mujeres valerosas
que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar á su
marido: que se humillen á los importantes, aunque al parecer fútiles
cuidados del ama de la casa: que se doblegue á coser, á zurcir, á
enseñar á su cocinera el modo de condimentar un plato y á arreglar sus
habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para
hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las
cátedras y para otros elevados destinos están los hombres; si algun dia
llega en que la mujer sepa desempeñar todas esas cosas y en que no le
sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrán recibido una herida de
muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe
cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero
que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha
doméstica.


                                  III.

Voy á poner algunos ejemplos, de cómo comprendo el valor en la mujer.

Creo que al casarse una jóven--casi siempre de muy pocos años--no se
deja el corazon en la iglesia, y desgraciado de su marido si tal
hiciera.

Y bien: ese corazon que se ha abierto al amor del hombre á quien ha
elegido por esposo, como una flor al rocío de la aurora; ese corazon
tierno, sensible, lleno de ilusiones, puede verse destrozado por
amargos desengaños, puede helarse al soplo del egoismo marital, como
sucede muchas veces.

Pero como las heridas del corazon no afean el rostro, sino que, por el
contrario, suelen hacerle más interesante, la pobre esposa inspira á
otro hombre simpatía y afecto verdadero: entónces compara entre el
esposo desencantado y el galan rendido; entre el que la deja sola y el
que anhela verla un instante; entre el que la desdeña y el que la ama;
¿quién puede salvar á esta mujer del precipicio cuando á nadie puede
pedir consejo? su valor; ese valor que está apoyado en el sentimiento
del deber, en su fe cristiana, en su propia dignidad.

Con valor generoso huye de ver á quien la persigue, y con valor
contesta negativamente á todas sus aspiraciones.

Valor necesita para sofocar su sed de ternura, su necesidad de afectos,
y este valor sólo á Dios lo pide; sólo de Dios puede venir.

Valor necesita para preferir el abandono en que la deja su marido y la
soledad de su casa, á las dulces pláticas del amor mutuo y
correspondido; para dejar las flores por las espinas, lo agradable por
lo enojoso, la alegría por la tristeza, las sonrisas por las lágrimas;
y sin embargo, este valor lo tiene siempre la mujer honrada.

Busquemos á la esposa en otra esfera; imaginemos que ha pasado ya la
edad del amor, ó que, por dicha suya, no lo ha inspirado á ningun otro
hombre más que á su marido; pero supongamos que este marido es
irascible, colérico, grosero, mezquino, en una palabra, insoportable.

¿No es un valor heroico el de la mujer que á todos estos defectos opone
las cualidades contrarias? ¿No hay un valor sublime en oponer la
conformidad y la dulzura á la ira, la moderacion á la grosería, la
paciencia á la mezquindad, la resignacion á la injusticia y el silencio
digno al insulto?

Hablemos aún de la esposa; ved á esta otra afanada en arreglar su casa
todo lo posible con el escaso sueldo de su marido; vedla ideando mil
prodigios de economía, arreglando de su ropa los trajecitos que han de
engalanar á sus hijos; mirad el vestido de la mayor; es uno de los que
su madre se hizo para casarse; la blusita del segundo está hecha de la
única bata de abrigo que tenía; la colgadura de la cama en que duerme
el niño que áun alimenta á su pecho, es de su blanco vestido de boda.
Ella cose, borda, plancha, lava, y por la noche, cuando están dormidos,
reza por la dicha de su esposo y de sus hijos, en vez de descansar de
las fatigas del dia.

¿Y en la mesa? la comida, dispuesta por sus manos, no es ni muy
abundante ni muy delicada; ella hace platos para ofrecerlo casi todo á
su marido y á sus hijos, y desde luégo todo lo mejor; ¡pobre mujer! la
fatiga, los cuidados, la falta de buen alimento, han marchitado su
belleza y el delicado color de sus mejillas; se apagó el brillo de sus
ojos, pero áun se ve en su rostro la sublime expresion del amor, de la
esposa y de la madre. Y léjos de agotarse su valor, cada dia se levanta
alegre y esforzada á sufrir las mismas penas, á soportar las mismas
privaciones; y no se crea que esta mujer ha sido nunca vulgar ó
prosaica; si tiene algunos minutos de tiempo, en tanto que sus hijos
duermen, toca el piano; esta mujer piensa y siente; gusta de leer y
comprende lo que lee; no lee nunca libros necios é insípidos, y sabe
distinguir, así en la lectura como en todo, lo que es bueno de lo que
no lo es; tiene instinto de lo bello y una poesía natural que se
comunica á cuanto toca y la rodea; no es, en fin, una mujer ordinaria,
sino una criatura noble, dotada de una naturaleza exquisita; por eso
tiene todas las virtudes, por eso es admirablemente valerosa para
descender á todas las realidades de la vida, para soportarlas y para
cumplir con sus deberes de esposa y madre.


                                  IV.

La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.

Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su
marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.

Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.

Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de
hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la
libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.

Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca,
mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y
animándoles con su voz y con su presencia.

Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus
fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y
persecuciones.

Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le
habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la
cabeza de un corto número de caballeros.

Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada
más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el
que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el
que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las
naciones.

Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias
especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más
campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.

El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas,
admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar
doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas
lo esperan, ni lo desean.

Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de
la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de
ángel.

Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con
valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á
fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un
hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y
honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los
instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada;
oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando
las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el
juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad,
queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido
la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar;
rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole,
en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única
legítima, única dulce, única que llena el corazon.

¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué
abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué
inagotable y noble paciencia!

Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha
recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en
desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato!
¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los
maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado
caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva
le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le
espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y
amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su
sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle,
nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia
llegará en que le diga:

--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras
abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!


                                   V.

Fuerza es, pues, educar á la mujer para que sepa sufrir con valor las
contrariedades y dolores de la vida; fuerza es inspirarle ese valor que
no deja subir al labio la queja, que enmudece ante el agravio, que
perdona la injuria en vez de vengarla, que absuelve siempre, y siempre
disculpa.

Las mujeres varoniles llamarán quizá á este valor _debilidad_; pero la
que esto escribe, muy débil materialmente, sólo concibe así la
fortaleza femenina, sólo así procura ejercitarla, sólo así la aconseja,
sólo así la desea, y sólo así la cree la mejor corona de su sexo.



                              LA CORTESÍA.


                                   I.

La verdadera cortesía nace de la bondad del corazon y es la llave que
nos abre todos los corazones; es la expresion ó la imitacion de las
virtudes sociales; y estas virtudes son las que nos hacen útiles y
agradables á las personas con quienes tenemos que vivir.

En sociedad se perdona rara vez una falta de cortesía, porque no hay
otro modo de demostrarse afecto y benevolencia que las mutuas
atenciones, triviales en la apariencia, pero que muchas veces nos
conquistan afectos profundos y sinceros.

Una visita de atencion, el sencillo y cordial ofrecimiento de un libro,
de un grabado de modas ó de una pieza de música, un simple recado que
manifieste interes, nos abren á veces un corazon bueno y leal, cuyo
cariño es eterno.

Verdad es que la cortesía impone algunas molestias; pero es como un
freno saludable que nos impide entregarnos á nuestras pequeñas
pasiones; es decir, es como un velo delicado con el cual podemos cubrir
nuestros defectos, impidiéndoles salir á la luz y mostrar toda su
fealdad.

La amabilidad, la cortesía son como precisas en la edad juvenil, en esa
edad en que el corazon, sin penas aún y sin sacudimientos, debe estar
todo dispuesto á la dulzura y á la indulgencia.

Nada es más bello y nada hace formar mejor y más noble idea del
carácter de una jóven que la deferencia y las atenciones que consagra á
los amigos de sus padres; algunas veces estos amigos son ancianos, y su
trato, por consecuencia, es poco entretenido, porque adolecen de mil
rarezas; pero los padres acogen, no sólo con benevolencia, sino con
cariño á las jóvenes amigas de sus hijas; sonrien con tierna
indulgencia oyendo sus conversaciones superficiales y sus juegos
ruidosos, y encuentran en sí mismos algun destello de alegría que
mezclar á la de aquéllas, no porque ellos se diviertan, sino porque las
ven dichosas.

Una jóven no debe consentir jamas que la antigua amiga de su madre
ocupe un asiento incómodo, teniendo ella otro mejor; debe escuchar
cuanto diga con aspecto de verdadero interes, y ceder en todo á la
opinion de las personas mayores que han adquirido la triste ventaja de
la experiencia.


                                  II.

Tanto como en sociedad, ó acaso más, es precisa la cortesía en el seno
de la familia.

Procurad, amigas mias, ser atentas con vuestros hermanos y hermanas,
esos primeros amigos de nuestra existencia; no seais jamas con ellos
secas, difíciles, díscolas, tales, en una palabra, como os
avergonzaríais de aparecer á los ojos de los demas.

¿Por qué arrebatarse entre hermano y hermana un libro que agrada, un
sitio cómodo? ¿Por qué armar disputas por las cosas pequeñas? Esas
querellas, que parecen tener tan pocas consecuencias como tienen
fundamento, van minando lentamente el edificio de la mutua
consideracion; llega una de las grandes crísis de la vida en que se
necesita el amor de las familias, y éste ¡ya no existe!

La dulce intimidad que reina bajo el techo doméstico, no debe degenerar
nunca en esa grosera franqueza, que debilita y rompe los lazos más
sagrados.

No es de buen gusto la familiaridad que algunas jóvenes ostentan con
sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni áun
en la amistad más íntima; la cortesía, los modales atentos son el mejor
sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos, y muchas
veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cariño la
desatencion, que está muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se
presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desaliño que se
hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente; las he
visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder
con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal ó materno, y
estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales ó inferiores,
sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.

¿Por qué no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones
que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué
una jóven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para
todos los demas?


                                  III.

Hablar de sí mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.

Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesía que
nos gana todos los corazones.

En sociedad es preciso olvidarse de sí mismo para atender á las penas,
á las molestias y hasta á las excentricidades de los demas; es preciso
manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso
enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les
preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de sí mismo, y ser
amables si queremos ser amados.

Pocos afectos nacen espontáneos, á no ser el amor; el cariño, la
amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la
dulzura y la benevolencia del carácter, las atenciones para con los
demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del
carácter. Una de las primeras reglas de la cortesía es no decir jamas
ninguna cosa que desagrade ú ofenda á quien nos escucha; si las
personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin
reflexionar, dicen mil inoportunidades.

--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces á personas que dicen
cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el
corazon de alguno de sus oyentes.

Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal
educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace
odiosas y repulsivas á todos.

Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda:
en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian
sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la
moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el
visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.

Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de
atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como
figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la
exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan
distinguida á la mujer.

En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha
cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más
sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de
trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando
los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para
que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á
ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer
finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la
señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados:
la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan
simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de
los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.

Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en
pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe
ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las
personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.

Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en
cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre
todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una
inteligencia femenina, jamas estará solo.

Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la
causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.

En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad,
y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el
afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el
medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más
fortuna.

Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece
con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de
aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.



                            PENSAR Y SENTIR.


                           CARTA Á UNA JÓVEN.


                                   I.

Puesto que deseas saber mi opinion, querida Valeria, acerca de si es
preferible para la felicidad de la vida el que la mujer sepa pensar ó
sepa sentir, voy á decírtela, no dándotela en absoluto, sino
sencillamente, como una opinion que me es propia, y nada más.

Creo, mi amada Valeria, que el sentimiento puede llegar á ser un mal no
estando guiado por la razon; es decir, que el sentir solo no es
bastante para la felicidad de la vida si no se piensa tambien, para
regular nuestras acciones del modo más acorde, no sólo con el buen
parecer, sino tambien con la tranquilidad á que debemos aspirar.

Personas hay en las que el sentimiento por lo extremado puede llamarse
enfermizo, y la que te escribe estas líneas es una prueba de ello: todo
lo que sienten es con tan inmensa fuerza, que la razon no se muestra
sino generalmente traida por algun amargo desengaño; es decir, que no
dan cabida jamas á esa augusta huéspeda cuando tienen el alma llena de
flores y de armonía, sino cuando el dolor la ha convertido en un árido
desierto, cuando sólo ven tinieblas y soledad dentro y fuera de sí.

Si á la par que el alma se eleva á las regiones del sentimiento, el
pensamiento caminase tranquilo por el sendero de la razon; si
meditásemos en vez de dejarnos llevar por los sueños vanos y peligrosos
de la fantasía, entónces podriamos ser dichosos y labrar á la vez la
dicha de cuantos nos rodean.

Pero ¡ay! cuanto más se siente ménos se piensa, y si observas, Valeria,
lo que pasa al derredor tuyo, te convencerás de esta triste verdad, lo
mismo que si te observas á tí misma; tú amas, y el anhelo de estar
constantemente al lado del objeto de tu amor, el exceso mismo del
sentimiento que te inspira, no te deja pensar en que puede cansarse de
estar siempre en tu compañía; en que en vez de desear que llegue el dia
de ser tu esposo, puede temerlo como un mal irremediable. El amor,
Valeria mia, necesita de una atmósfera pura y serena, y no puede
existir en un ambiente sofocante. El amor ha de vivir libre y no
prisionero; el amor ha de ser espontáneo y no impuesto; y si no piensas
en esto, si te limitas sola y únicamente á sentirlo, á acrecentarlo
cada dia y á exigirle más sacrificios, el amor morirá y huirá de tí,
dejándote destrozado el corazon, donde con tanta intensidad, donde con
tan ardiente exclusivismo le albergaste.

El amor verdadero, el amor noble, profundo y generoso, tiene su
carácter propio, tiene sus manifestaciones, tiene sus distintivos, por
decirlo así; una vez convencida de que existe, no te empeñes en
sostenerle con artificios, cuando puede vivir por sí solo; déjale
completa libertad, deja que luzca la llama sin darle la presion de un
fanal, porque toda luz así velada, es más opaca y ménos pura.

Ni te empeñes tampoco, llevada por el exceso mismo del sentimiento, en
creer toda la dicha de la tierra encerrada en tu amor.

He visto desdichadas mujeres vestir con las galas de su imaginacion,
rica y entusiasta, un ídolo de barro; prodigábanle las perlas y las
flores, y le veian, no cual era, que entónces se hubieran asustado,
sino como ellas lo querian ver.

¡Ay! ¡Cuanto más elevaban el ídolo, cuanto más levantaban el pedestal,
más lo alejaban de ellas! Llegaba el dia en que, cansadas de
sostenerlo, en que rendidas de aquel trabajo sin recompensa y sin
gloria, de aquel trabajo vil, que la ingratitud no reconocia y que el
mundo acusaba, dejaban caer los brazos, y entónces el ídolo venía al
suelo, se hacía pedazos y dejaba ver el polvo vil que constituia su sér.

Esta es, Valeria mia, la amarga historia del corazon de muchas mujeres:
historia triste, que va envuelta en un dolor mortal, y que no lleva
consigo ni áun la gloria del martirio.

Piensa, pues, y rechaza los ídolos de barro; no des tu corazon más que
á un hombre digno de tí, pero no pidas tampoco á este hombre más que lo
que un hombre puede conceder, ni llegues á las exageraciones del
sentimiento.

El sentimiento exagerado no halla su recompensa, ni es pagado jamas.


                                  II.

En el matrimonio te recomiendo más todavía el pensar: las sublimidades,
querida mia, no lo son en la vida real sino cuando van acompañadas de
la augusta luz de la razon: si no haces más que sentir, eres mujer
perdida: el raciocinio es de todo punto indispensable para guiarnos en
las sinuosidades del camino: el sentimiento nos extravía muchas veces,
ó más bien nos extravía siempre.

Hay que sentir, por decirlo así, con medida, y hay que pensar mucho:
hay que pensar en la dicha de toda una familia, y hay que poner al
sentimiento límites muy estrechos las más veces, por más que el
sentimiento parezca ilimitado como todo lo infinito.

Ya en la edad madura, presumo que el pensar se sobrepondrá en tí al
sentir, como sucede á todas las mujeres. La ancianidad: hé aquí el
puerto de paz de las mujeres que sienten con exceso: la ancianidad con
su velo blanco apaga el fuego de la pasion, y trae á la razon por la
mano, como fiel y cariñosa compañera.

En las nobles y elevadas regiones del arte, el pensar y el sentir son
tambien dos cosas que deben ir juntas si el artista ha de producir
obras de esas que no mueren jamas; pero en el artista el sentimiento ha
de preceder al pensamiento, y ha de ser más grande; se necesita sentir
en sí mismo la belleza ideal, y luégo pensar con firmeza en la
ejecucion; pensar incesantemente en la necesidad de llevarla á cabo; el
trabajo constante es la ley del arte, como es la ley de la vida.
«Paganini, dice Balzac, que hacía vibrar su alma en las cuerdas de su
violin, hubiera llegado á ser un violinista ordinario si hubiera pasado
tres dias sin estudiar.»

Y en otra página de sus libros inmortales añade el mismo gran escritor
frances:

«El arte es la creacion idealizada: así los grandes artistas, los
poetas completos no esperan ni los encargos ni los compradores: crean
hoy, mañana, siempre; y de esto resulta esa costumbre del trabajo y ese
perpétuo vencimiento de las dificultades, que les mantiene en eterno y
amoroso lazo con su musa protectora y con sus fuerzas intelectuales.
Canova vivia en su taller, como Voltaire en su gabinete: Homero y
Fídias han debido vivir tambien así.»

Si el artista se deja llevar sola y exclusivamente del sentimiento,
degenerará en soñador, y entónces no hay gloria posible para él; porque
la pereza es el estado normal de todos los artistas, pudiendo ocuparla
con sus sueños sin fin, y es muy fácil convertirse de pensador en
soñador y sumergirse en esa peligrosa reverie, enfermedad del alma, y
abismo donde quedan sofocadas las nobles aspiraciones del arte y del
trabajo.


                                  III.

Mas hablemos de nosotras, ó más bien de tí, amada Valeria, de tí que
pones ahora el pié en el florido sendero de tu vida; de tí, que tienes
el alma llena de fe y henchida de esperanza, y que me preguntas con el
santo candor de la inocencia:

¿Qué haré? ¿Conviene más á la mujer pensar ó sentir? ¿Deberé crear en
los mundos de la pasion, ó fabricarme una vivienda en los de la razon?

Ni lo uno ni lo otro, Valeria: vive en ambos, y no renuncies del todo á
ninguno de los dos: líbreme Dios del dolor de verte _racionalista_ como
del dolor de verte soñadora: aquello es el desierto de hielo; esto la
perpétua y dolorosa decepcion: vive sobre todo para el amor, pero deja
á la razon que modere la impetuosidad de tus impresiones y que las
regule, como un hábil mecánico regula el movimiento de una magnífica
péndola, para que marque el trascurso del tiempo; el decorado de esta
péndola puede ser tan bello como el sueño de un poeta: mas esto no
impide que la máquina sea de una exactitud y regularidad perfectas,
sino que, por el contrario, estas condiciones hacen de ella una obra
maestra, y completan la admirable armonía del conjunto.



                              LAS VISITAS.


                                   I.

--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no há muchos dias, en
presencia mia, una señora jóven y bella,--cada dia tengo más: es una
fatiga: ¡pasan de cuatrocientas! Así es que siempre estoy en falta con
las gentes: mi última enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no sé
qué hacer.

--Hay un medio fácil de salir del paso,--opinó otra amiga de ambas que
la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen
cada dia veinte ó treinta, dejando tarjetas en las porterías ó
subiéndolas el lacayo.

--¡Magnífica idea!--exclamó la dama,--lo salva todo: cumplo con las
gentes, como quien dice, sin tiempo.

Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada
inteligencia, no ménos que por su edad avanzada: era tio de la que
acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.

--¿Por qué haces tú visitas?--le preguntó, despues de haberla mirado en
silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion
que le era habitual.

--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.

--¿Sólo por eso?

--¿Y por qué otro motivo se hacen?

--Por afecto á las personas á quienes se va á visitar.

--¡Dios mio!--exclamó la jóven señora,--si fuéramos á amar á todas las
personas á quienes visitamos, ¿dónde habria corazon para tanto? Ademas,
amistades verdaderas ¡hay tan pocas!

--Por cierto, hija mia, que dices ahora lo que sientes, y veo en tu
rostro que este conocimiento te causa no pequeña tristeza: tienes
razon: la amistad verdadera es difícil hallarla, y las personas que
llevan el género de vida que tú llevas no la encontrarán nunca, porque
todo lo que dais á la frivolidad, se lo quitais al corazon.

--No lo entiendo á V., mi querido tio.

--Yo me explicaré: ¿por qué visitas á tanta gente?

--Porque toda esa gente me visita á mí.

--Y entre todas esas personas ¿hay muchas que te aman?

--Acaso ni una sola,--contestó con un suspiro mi amiga,--¡acaso ni una
sola se interesa por mí!

--Y eso ¿en qué consiste? Siendo dulce, bondadosa, amable en tu trato,
¿cómo es posible que seas generalmente antipática?

--¡Tio! ¡No creo que nadie me profese antipatía!--exclamó la jóven
resentida.

--Entónces, ¿eres indiferente á todos?

--¡Eso será más bien! pero ¿antipática? ¡oh, no! ¡A nadie he hecho daño
en toda mi vida!

--Lo sé, y por eso te pregunto si sabes la causa de esa carencia de
afectos, de esa frialdad que te rodea, pobre hija mia.

--No la conozco, ni habia pensado nunca mucho en ella, porque me
entristecen esos pensamientos.

--Ahora hablemos de tí. ¿Tienes tú afecto, no á todas, pues ya veo que
eso es imposible, sino á alguna de las personas que te visitan?

--No les tengo afecto, pero tengo inclinacion á algunas, y si no fuera
porque una invencible timidez me lo impide y porque me falta tiempo
para ello, desearia cultivar su amistad.

--¡Ya está explicado el enigma!--exclamó el anciano,--¡la falta de
tiempo! ¡La falta de tiempo que se pierde en un trato frívolo é inútil,
y que se echa de ménos para los afectos verdaderos!


                                  II.

Mi amiga miró asombrada á su tio, que prosiguió:

--No se pueden tener muchas amistades si se han de tener algunos
amigos, hija mia; la vida está llena con dos afectos, y bastan si se
sienten profundamente: el amor y la amistad son dos dulces necesidades
del corazon, y para satisfacerlas todo el tiempo es corto.

¿A qué ese cúmulo de frívolas visitas? ¿Puede creer en tu simpatía é
interes la dama que sólo conoce de tí el nombre inscrito en las
tarjetas que le sube el lacayo? ¿Puedes tú creer en los suyos, cuando
ella hace lo mismo?

--¡Pero si esa es la costumbre!

--Costumbre absurda y no tan generalizada tampoco como tú crees;
llévate siempre esta regla en tu trato: ni buscar amistades, ni
perderlas.

Las visitas son necesarias para conservar las relaciones sociales; son
la expresion de la deferencia hácia los que nos son superiores; de la
simpatía á nuestros iguales, de la piedad hácia los que sufren; son, en
fin, el lazo que une á la gran familia llamada sociedad, y bajo este
punto de vista son, no sólo necesarias, sino agradables; pero lo que es
inútil y absurdo es ese afan de visitar que se ha desarrollado en
nuestros dias y que á nada conduce más que á perder el tiempo y la
paciencia: si se dedican todas las horas de que se puede disponer á las
visitas de cumplido, ¿qué tiempo dedicarémos á las de afecto? ¿Y cómo
expresarémos éste sino yendo á ver de cuando en cuando á las personas
que nos lo inspiren?

--Lo que me ha herido profundamente,--dijo la jóven,--es que durante
los dias de mi enfermedad apénas ha venido nadie á verme; nadie se ha
ofrecido á velarme; nadie me ha acompañado una hora.

--En cambio, desde que saben que te levantas, tienes al criado de la
antesala constantemente anunciando visitas y recibiendo tarjetas:
ademas, la lista que se ponia á la puerta de la habitacion estaba llena
todos los dias.

--¡Sí! de nombres que venian á escribir criados ó conocidos de mis
amigos.


                                  III.

--La sociedad exige mucho y da muy poco,--dijo nuestro anciano
amigo,--despues de una noche de baile que has pasado sin dormir y
empaquetada en un traje incómodo: despues de un dia de visitas,
fatigoso y eterno, ¿vuelves á tu casa con el espíritu alegre y el
corazon tranquilo?

--¡Nunca, tio mio! ¡Mi cuerpo llega cansado! ¡Mi espíritu, vacío y
triste!

--Así sucede á casi todas las personas, y desde luégo á todas las que
piensan y sienten.

--¿En qué consiste, pues, que algunas jóvenes que yo trato están sólo
contentas así?

--¡Porque ni sienten ni piensan; porque esa frivolidad basta para
llenar su tiempo y divertirlas; porque no tienen recursos en sí mismas;
en una palabra, hija mia, porque miran siempre á la tierra y jamas al
cielo! Pero eso no da la felicidad, ni la alegría, ni áun la
tranquilidad: adquiere la costumbre de preguntarte cada noche al
recogerte: ¿Qué he hecho hoy?--y verás qué dolor sientes al tener que
contestarte:--Nada que valga algo.--¡Luégo he arrojado un dia al
abismo! _Diem perdidi_, como decia el Emperador Tito.

--Pero señor,--observó un jóven elegante y perfumado que se hallaba
presente tambien,--¿se ha de retirar la señora de todo trato? ¿Bella,
rica, libre, pues es viuda, y en lo más florido de la juventud, va á
dedicarse sólo á pensar y á sentir? ¿Y el buen tono? ¿Y su proverbial
elegancia? ¿Se ha de eclipsar? ¿Se ha de morir moralmente?

--No, señor, ántes por el contrario, le aconsejo una resurreccion á la
dicha, á la paz consigo misma: que entre todas esas innumerables
visitas elija aquellas que le sean más simpáticas ó que sean
verdaderamente distinguidas por sus talentos y virtudes: que elija, en
una palabra, lo que le agrade, lo que pueda amar, ó á lo ménos estimar;
para la amistad, que se dedique más á conquistar afectos que á provocar
envidias; más á ser amiga que á ser rival; más á ser útil que á
deslumbrar; que desee más ser querida por sus bondades que ser citada
por modelo de elegancia, y que prefiera la dulce intimidad de algunas
pocas y elegidas personas, al gran círculo en el que sólo se admiran
sus trajes y sus prendidos sin pensar en las nobles cualidades de su
carácter y de su corazon.

Mi amiga besó tiernamente la mano de su tio, prometiéndole así, de una
manera tácita, seguir sus consejos.



                         CUALIDADES Y DEFECTOS.


                                   I.

Mis amadas lectoras--pues yo no me atrevo á hablar á los hombres acerca
de mis opiniones--mis amadas lectoras, ¿no habeis notado alguna vez que
hay personas insufribles en el trato íntimo, y á las que, sin embargo,
la sociedad aclama como modelo de todas las virtudes?

Para que entendais lo que os pregunto, os voy á citar un ejemplo.

Conozco yo una madre y una hija en contínua y perfecta disidencia en el
interior de su casa, á pesar de juzgarlas todo el mundo, como
vulgarmente se dice, unidas por el más tierno afecto.

Así debia ser, y por eso se cree así: la madre es una señora jóven áun,
de un talento más que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y
agradable, distinguida y simpática á todos.

La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion
amorosa, blanda y benévola naturalmente; todos sus hermanos han muerto,
y ella ha llegado á ser el único amor y la sola compañía de su madre.

Yo oigo decir en torno suyo:

--¡Qué felices deben ser!

--¡Cuánto se aman!

--¡Esa jóven no se casará jamas, por no separarse de su madre!

--¡Si esa madre perdiera á su hija, se moriria!

De todas estas opiniones sólo la última encierra acaso una verdad; es
posible que si esta madre perdiese á su hija, sucumbiese al dolor de
haberla perdido.

Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida más amarga que la que
llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una á la
otra.

¿No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede
entre madre é hija?

Pues áun es más horrible, cuando la extrema y contínua diversidad de
opiniones tiene lugar en el matrimonio.

¡Y la tiene tantas veces, tantas... que causa espanto el saberlo y áun
el adivinarlo!

No obstante, repito lo que dije al empezar; casi siempre estas personas
insufribles para la vida íntima, pasan por modelos de virtud y de
moralidad entre las gentes que las tratan poco.

Demostrada la llaga, veamos si podemos adivinar lo que la ocasiona, y
cuál es el remedio que la conviene.


                                  II.

En mi pobre opinion de mujer, creo que para la vida interior ó de
familia, es mucho mejor tener un solo vicio que muchos defectos.

En primer lugar, un vicio puede curarse; una fuerte sacudida moral, una
desgracia originada por ese mismo vicio, suelen ser el cauterio de la
llaga; pero de los defectos nadie se cura jamas, pues casi siempre los
creemos cualidades relevantes.

Refiriéndome de nuevo á la madre y á la hija de quienes ya he hablado,
puedo asegurar que las dos tienen la culpa del malestar en que viven, y
del completo y triste desacuerdo á que han llegado.

La madre quiere que su hija sea perfecta.

La hija quiere, á su vez, que su madre sea una madre modelo.

Cayendo en la manía comun, llama la madre á sus exigencias de
perfeccion AMOR, y la hija las llama TIRANÍA.

Ambas carecen de la más amable de las cualidades: de la que es el
copito de algodon en rama, dulce, suave y blando, que iguala todas las
sinuosidades del carácter y todos los lados salientes de las
situaciones: carecen de benevolencia; han llegado á no entenderse, que
es la mayor de las desgracias en la intimidad de la familia.

Esos dos pobres seres viven juntos y está cada uno de ellos solo,
¡eternamente solo!

¡Dios mio! ¿Qué sacrificio puede parecer penoso si precave el llegar á
tan horrible estado? ¿Y qué es un poco de tolerancia, comparada con las
ventajas y la paz que trae consigo?

¡Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza! ¡Adorables virtudes, que
el cielo ha señalado como cardinales y primeras! ¡Vosotras sois las
cuatro fuertes columnas en las que descansa todo el edificio de la paz
doméstica! ¡Vosotras dais la dicha y la paz al hogar, la calma á la
conciencia y la tranquilidad al alma!

La prudencia calla y tolera los defectos ajenos, pensando en los
propios.

La justicia mide las circunstancias atenuantes de lo que da impulso á
las acciones, que á primera vista parecen culpables.

La fortaleza perdona las injurias despues de soportarlas con valor.

La templanza contiene los movimientos descompuestos de la ira, y
derrama un bálsamo exquisito en el alma herida.

¡Oh, nobles virtudes! ¡Sed siempre las santas compañeras de mi débil
sexo! ¡Sed siempre los ángeles guardadores de la mujer!


                                  III.

No sé qué deplorable flaqueza nos impele siempre á ver en cada uno de
nuestros defectos una cualidad.

Las personas muy mezquinas, se creen _económicas_ y _arregladas_.

Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hácia las otras.

Las oficiosas, _serviciales_.

Las aduladoras, _amables_ y _cariñosas_.

Las despilfarradoras y manirrotas, _generosas_.

Las maldicientes, _listas_, contoneándose muy huecas con esta idea.

«¡El que me la pegue á mí!...»

He visto á un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que,
preguntado por un hermano suyo que por qué no pedia satisfaccion de
aquella ofensa, contestó:

--Yo soy un hombre prudente que me debo á mis hijos: éstos me necesitan.

--¡Más necesitan el honor que tú les quitas con tu cobardía! exclamó
irritado su hermano.

Así cegados los ojos de nuestra razon, en vez de combatir nuestros
defectos como á enemigos, los acariciamos y cuidamos como á cualidades
relevantes que nos ensalzan.


                                  IV.

El motivo, el grande y triste motivo de que algunas personas muy
elogiadas por todos y muy dignas de serlo, sean insoportables para la
vida íntima, es la poca atencion que ponemos en estudiarnos cada uno,
evitando todo lo que puede molestar á los demas: es la falta de cuidado
en corregir los defectos del carácter, esos defectos que hacen la vida
más amarga que un vicio por arraigado que esté: el ánsia de perfeccion
ajena, que es lo que se llama intolerancia; el descuido de la propia;
el egoismo; la murmuracion; la costumbre de exagerar y áun de mentir;
el hábito de impacientarse por poca cosa, todo esto constituye un
conjunto insoportable, y que convierte en víctimas á los que viven en
derredor nuestro.

Nada hay comparable á la dicha de la paz y de la alegría doméstica; el
que se halla mal en su hogar, en vano será que vaya á buscar fuera la
felicidad: no puede hallarla: por eso quiero que todos nuestros
esfuerzos, lectoras mias, tiendan á conservarla y que empleemos todas
las delicadezas y todas las ternuras que nos son propias, para que
reinen en el seno de la familia la dulce concordia, la grata avenencia,
la hermosa unidad de las voluntades y de los corazones.



                              LA COQUETA.


                                   I.

Cuando he tratado de escribir algun artículo de costumbres, y he
pensado retratar en él un tipo, he buscado alguno que sea, no sólo
conocido, sino _mal conocido_: es decir, ó excesivamente alabado, ó
vilipendiado en demasía.

Á la coqueta se la juzga con arreglo á uno de estos dos extremos: el
ódio de todas las mujeres y de algunos hombres, y las simpatías de una
no pequeña parte del sexo fuerte.

Á mi juicio, hay diversidad en la especie de las coquetas, y sin amor
propio puedo decir que el juicio de una mujer en este asunto, es de
mucha mayor validez que el de un hombre.

Si no me engaño, es nuestro esclarecido poeta D. Tomás de Iriarte el
que ha definido á la coqueta en estos cuatro versos:

                          «Es la coqueta, mujer
                        Que pasa alegre su vida,
                        Anhelando ser querida
                        Y no pensando en querer.»

Mas desde que se escribió esta definicion, la especie ha adquirido
variedades notables.

La coqueta de que habla Iriarte tiene en su carácter algo de noble y de
bello: el anhelo del cariño dice mucho en favor de quien le abriga, y
no será extraño que esa coqueta, áun sin pensar en querer, quiera
cuando ménos lo espere, y quiera con pasion y con lealtad.

La coqueta que piensa y siente no es muy temible: pero hay otra que si
piensa no siente, y esa es el verdugo de todo el que siente por ella.

La clase de mujeres á que me refiero anhela inspirar pasiones, pero con
la decidida intencion de burlarse de esas pasiones: ansian siempre lo
imposible, y el hombre que más estimasen, el que les fuese más
agradable, le desdeñarian si le viesen realmente apasionado de ellas.

Estas mujeres temibles quieren dominar en general al sexo que llamamos
fuerte; su anhelo no es de amor, sino de dominio; su afan no es de
afecciones ni de ternura, sino de homenajes; el cariño las fatiga y las
aburre, y no se libra de sus tiros ni el honrado y ejemplar padre de
familia; si hay en ellas alguna capacidad para el sentimiento, tal vez
alcanza á interesarlas el que más resiste á sus manejos y á sus
_avances_, como dicen nuestros vecinos los franceses.


                                  II.

La coquetería y el coquetismo se confunden generalmente, y no obstante,
son muy diferentes: la primera la sienten todas las mujeres desde que
despunta la luz de su razon, y algunas veces no las abandona hasta el
sepulcro: el segundo no se siente, se ejerce; porque léjos de ser un
sentimiento, es un sistema calculado y sujeto á reglas.

El coquetismo, y no la coquetería, es lo que hace las coquetas; porque
el coquetismo lo ejercen únicamente las mujeres de corazon frio y de
poco elevados sentimientos.

La coquetería es conveniente: constituye el principal encanto de la
mujer, y necesita conservarla para su felicidad, porque la coquetería
es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la induce á
realzarlo en cuanto puede con mil graciosos é inocentes recursos; puede
decirse que la coquetería es un deseo constante de agradar.

Hay algunas mujeres dotadas de encantadora coquetería en su juventud;
todo participa de ella; sus acciones, su traje, sus palabras, y hasta
sus menores movimientos; su más vivo deseo es complacer; y yo encuentro
en esa constante ocupacion del placer de los demas algo de generoso y
tierno.

Su coquetería las hace siempre amables y dulces: su coquetería las
inclina á cultivar todo género de habilidades, y á presentarse, áun en
familia, bien y elegantemente prendidas: su casa está siempre cuidada
con esmero, y en la colocacion de los muebles, en los pliegues de las
cortinas, en la fisonomía general que presenta su domicilio, se ve ese
anhelo de complacer que cautiva todas las voluntades.

No, no es la coquetería lo que hace las coquetas; porque la coquetería,
la amable y graciosa coquetería se emplea tambien con éxito para
alcanzar las simpatías de nuestro sexo; coqueterías son los mil
pequeños servicios que una mujer puede prestar á otra para captarse sus
simpatías.

¡Cuántas cosas que parecian imposibles ha conseguido una dulce mirada,
una palabra amable, una frase dicha á tiempo, y dicha con deseo de
agradar!


                                  III.

El coquetismo no tiene la abnegacion y la generosidad de la coquetería;
no imprime en la que lo ejerce el sello del talento, sino el de la
astucia y falsedad; el coquetismo es fastuoso y deslumbrador, pero
carece de ese atractivo inherente á todo aquello en que toma parte el
corazon; anhela que se le rinda tributo, no amor; es vano, pero no
sensible; arrogante, pero no digno: como ya he dicho, el coquetismo y
no la coquetería es lo que da á la mujer el odioso nombre de coqueta.

El coquetismo es intolerante, mordaz y despiadado hasta con las mismas
que le dan abrigo, pues no bien los años empiezan á escribirse en su
frente con amargos y helados caractéres, las abandona, sin dejarlas
otra cosa que vacío y soledad; porque el coquetismo espanta al
matrimonio, en vez de atraerlo como la coquetería. La pobre mujer de
quien hace presa adquiere por él patente de malos sentimientos y de no
buena moral.

Por eso muy pocos quieren á la coqueta para depositaria de su honor y
para madre de sus hijos.

El coquetismo es dispendioso, y le gustan las galas vistosas;
compañeras del coquetismo son la vanidad y la ambicion; y es de tal
modo cruel, que se complace en conquistar corazones para desgarrarlos
despues con crueles desengaños.

Si la coqueta puede elegir esposo, se ve generalmente que escoge á una
persona rica, aunque le doble la edad ó sea deforme y ridícula; porque
para la coqueta no hay otra dicha que los goces de la vanidad y del
lujo; su corazon es mudo y helado; una vez casada, es cosa muy comun
verla abandonarse á una existencia de comodidades, y enteramente
egoista, para indemnizarse de los cuidados que le costó alcanzar la
posicion social que ambicionaba.


                                  IV.

Hay otra clase de coquetas muy inocente, y á ella pertenecen las niñas
que entran en el camino de la vida por la puerta de flores de la
adolescencia; ésta es la que se prolonga hasta una edad muy avanzada si
no se cuida mucho de elevar y de despertar un corazon que se presenta
tan superficial, y con una ausencia tan completa de sentimiento; estas
mujeres son las que ejercen de una manera despiadada el coquetismo,
cuando llegan al estío de la vida, ya por la ausencia de ternura en el
alma, ya porque acaso ignoran el daño que causan, ya tambien por la
absoluta carencia de una educacion íntima y tierna, que sólo una madre
inteligente é ilustrada puede dar.

La coquetería es una dulce amiga que embellece nuestra vida y la de
todos los seres que nos rodean, y á la que, léjos de rechazar ó
desconocer, debemos amar, haciéndola nuestra compañera inseparable;
ella da encanto á nuestra casa, elegancia á nuestro traje y hasta
belleza á nuestra fisonomía; ella es una hada bienhechora que nos
enseña á complacer á las personas que amamos, y nos sonrie siempre.

El coquetismo es un monstruo detestable que se traga nuestros buenos
instintos, y que nos hace aborrecibles á todos, porque endurece el
corazon al invadirlo.

La coquetería es amiga de la virtud; el coquetismo es su enemigo más
implacable; en una palabra, la coquetería es la base de la dicha y el
sosten de todas las bellas cualidades de la mujer; el coquetismo es el
prólogo de su perdicion, y tiene por epílogo el desprecio y el abandono
de todos.

No se deben ahogar en una jóven el amor á lo bello, el constante deseo
de agradar, la gracia nativa que la inclina á complacer, las
expansiones del alma, que demuestran su temple apasionado y amante. Lo
que debe corregirse, lo que debe extirparse, como las malas hierbas de
un jardin, en una alma jóven, es el afan de homenajes, el empeño de
llamar la atencion, el desden soberbio, la vanidad y el orgullo del
carácter; porque todos estos defectos fatales van creciendo con la
edad, y constituyen el sér odioso y aborrecible que se llama _coqueta_,
y que, si llega al deplorable perfeccionamiento de la especie, es uno
de los borrones de la sociedad actual, es uno de los baldones de
nuestro sexo.



                              LAS PAGANAS.


                                   I.

Ningun sér que ama á otro sér apasionadamente es completamente digno de
compasion, porque no es completamente desgraciado.

Un afecto profundo ocupa la mayor parte de la vida, y á veces la llena
toda.

Es verdad que muchas veces este amor es pagado con ingratitud, y que
estas pasiones suelen tener su calvario y su cruz; pero hay en el amor
una exaltacion que hace preferir el martirio por la persona querida, á
la más completa felicidad sin ella.

El primero de los amores, el más grande, el más puro, el que da al
corazon una felicidad más perfecta, es el divino: el amor á Dios,
supremo consolador de todos los males, padre tierno y previsor, que
jamas nos abandona; ese amor llena, no sólo la vida, sino tambien el
alma, de la dicha más completa y más dulce.

Despues del amor divino hay algun amor mundano, que á fuerza de ser
grande llega hasta el heroismo, y que aunque contravenga algunas veces
á las leyes del deber, se hace perdonar, ó disculpar al ménos, por ser
inmenso.

Hay tambien quien ama á sus padres con la mayor ternura: y del amor á
los hijos creo inútil hablar, porque hay muy pocas mujeres que no sean
capaces de sacrificar á su amor maternal hasta su propia vida.

En la amistad se han visto tambien ejemplos admirables de grandeza y
abnegacion, y dos damas holandesas, las fundadoras de la novela en su
país, vivieron unidas desde su juventud más tierna por los lazos de una
amistad tan sólida, que han pasado á ser citadas como ejemplo hasta
nuestros dias.

Todo esto es posible, y lo vemos cada dia; todas estas variantes del
amor se admiran, se comprenden y las alabamos con razon; pero hay otra
clase de amor que no es noble, ni grande, ni disculpable siquiera, y de
este amor voy á tratar en el párrafo siguiente.


                                  II.

--Dime, querido Cárlos, preguntaba un dia el Marqués de... á su hermano
mayor, ¿qué te parece mi mujer?

--Una pagana, respondió ásperamente el Duque, que era el hermano á
quien esta pregunta se dirigia.

El que habia interpelado quedó un instante suspenso, á pesar de serle
bien conocido el carácter brusco, excéntrico y demasiadamente sincero
de su hermano primogénito.

--Yo creo muy cristiana á la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de
algunos instantes; pero tu opinion es para mí de tal importancia, que
te ruego me dés la explicacion de lo que has dicho.

--Digo que tu mujer es una pagana, y así la califiqué desde el dia de
tu casamiento, tres meses hace.

--¿Y por qué la juzgas así?

--Se llaman paganos los que adoran ídolos, ¿no es cierto?

--Sin duda.

--Tu mujer adora dos ídolos.

--¿Cuáles son?

--El lujo y el placer.

--¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Es tan bonita!

--¡Lindísima!

--¡Y tan jóven!

--Diez y nueve años; lo sé.

--Ya variará.

--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya
contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.

Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una
pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su
belleza y sus gracias.

Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis
primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más
completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna
expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué
para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le
llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que
le abria las puertas de su cárcel doméstica.

No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella
esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun
vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del
gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el
Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y
á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias
encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus
trajes.

Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la
Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho
várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era
debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los
insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha
sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su
gusto y la única que comprendia ya.

El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se
entregan ciegamente á él.


                                  III.

La vida de la Marquesa no tenía otro método que la de tantas otras
señoras de su clase: se levantaba á la una, la recogian sus doncellas
el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, á
las dos; hacía algunas visitas ó recorria algunos almacenes de modas,
hasta las cuatro en invierno, hora en que iba á dar algunas vueltas á
la Castellana; se vestia para comer, á las siete; iba á su platea del
teatro Real á las nueve; volvia á su casa á las doce; se vestia de
nuevo y se iba á uno ú otro salon, hasta las tres de la mañana: á esa
hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.

Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia
algunos libros nuevos, ella no les hacía el honor de consagrarles una
mirada: dejó olvidar la música, que sabía bien; el dibujo, en el que
sobresalia cuando niña, y perdió el raciocinio que, aunque no en gran
dósis, algun dia habia poseido.

No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso
palacio, y llegó, en fin, á no saber hablar más que de modas, de
trajes, de brillantes y de chismes de salon.

Así aquella pagana se convirtió en fanática adoradora de la tontería,
de la venalidad, de lo que hay de más frívolo en el mundo, y el culto
del lujo y de la ostentacion fué el solo que sobrevivió á todos los
cultos, á todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.

¡Pobre Blanca! ¡Tan bonita, dotada de tan dulce carácter, tan simpática
á todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien
merece el nombre de idiotismo!

¡Rebajar su espíritu en vez de elevarlo! ¡Ocuparse sólo de lo material
sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande!
¡Mirar siempre á la tierra y jamas al cielo! ¡Qué inmensa, qué terrible
desgracia!


                                  IV.

Hoy la Marquesa tiene cuarenta años: las arrugas van surcando sus
blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han
llegado conducidas por las veladas de muchos años, por la vida agitada
del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de
familia, de la buena esposa que se dedica á cuidar y á embellecer su
hogar.

Su esposo ha dejado de amarla; al año de casado se convenció, y su
hermano mayor le ayudó á convencerse, de que aquella linda pagana era
sólo un mueble más; el más bello de todos los de su morada, pero sin
más alma ni más entendimiento que aquéllos.

Los amigos, y tambien las amigas, empiezan á olvidar el camino de su
casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pingüe, no ha
podido resistir á los contínuos y exorbitantes gastos de los esposos.

El Marqués, cansado de estar siempre solo, porque siendo de más edad
que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de
que ésta no le amaba, ni le habia amado jamas, buscó su distraccion en
otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre á
la que eligió para compañera y le ha dejado sola en el camino de la
vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su
tiempo y todo el afecto de su corazon.

¡Pobre Blanca!

Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de
ninguna especie, sin fe viva en el alma, ¿qué le queda? Sólo el vacío
del sepulcro, que siente ya en torno suyo.

Su carácter, que se ha agriado, se ofende y se disgusta de todo lo que
es bello y bueno: la juventud y la hermosura de las demas mujeres le
son hoy odiosas; se ha vuelto murmuradora, y casi pudiera decirse
maldiciente, porque su espíritu ha ido empequeñeciéndose, y ya no hay
en él lugar para nada que sea noble, delicado y grande.

Tal es el fin de las pobres paganas que dedican toda su adoracion al
lujo y á las distracciones del mundo, y que no ocupan su corazon en el
amor de la familia, y su fortaleza en el cumplimiento del deber.



                          DOLENCIAS DEL ÁNIMO.


                                   I.

Uno de los mayores males de la humanidad, y que hace ver todos los
objetos y todos los intereses de la vida bajo el prisma más triste y
más sombrío, es el descontento.

Los caractéres descontentadizos son víctimas de sí mismos; todo cuanto
tienen les parece lleno de defectos; y es lo más extraño que tampoco
les agrada lo que poseen los demas, mirando el mundo como un desierto,
y su suerte como la más desventurada.

Las personas que han tenido la desgracia de nacer con un carácter dado
al descontento, acusan hasta á la Providencia, y hallan defectos hasta
en las leyes más sábias de la naturaleza, hasta en la perfecta y
admirable armonía que rige al universo; y si éste se convirtiera en
cielo, le hallarian defectos tambien, porque el defecto está, no en lo
que miran, sino en su modo de ver.

De todas las enfermedades del espíritu que se pueden padecer, un
carácter descontentadizo es la más cruel, y quizá la más incurable de
todas.

Esta terrible dolencia tiene sus variantes, y hay quien cree más
felices á los otros que á sí mismos, siendo el período de que acabo de
hablar el más cruel y el más grave de esta peligrosa enfermedad.

Generalmente hablando, es achaque de todo mortal, pero más
particularmente de la mujer, el poner la dicha, no en lo que tenemos,
sino en lo que dejamos de poseer.

La que no puede negar que es rica, bien nacida y amada de su familia,
lamenta el carecer de hermosura, aunque no se la pueda llamar fea.

La que ha nacido bella, suspira por aquellas dotes, ó dice que daria
toda su hermosura por un poco de talento.

Yo conozco una mujer extraordinariamente fea, pero dotada de un talento
sobresaliente; una hermosa tarde de primavera se hallaba paseando
conmigo en los frondosos jardines de Aranjuez; cansadas ya de andar,
nos sentamos en un banco rústico, á la sombra de algunos grandes
árboles, y empezamos á hablar de mil cosas diferentes.

Mi amiga desplegó tal sutileza de ingenio, tal gracia y tanta lucidez
de raciocinio, que yo me entusiasmé; é idólatra del talento, como he
sido siempre, no pude ménos de exclamar:

--¡Bendito sea Dios, que te ha dotado de tan elevada inteligencia!

Jamas olvidaré el gesto de tristeza con que mi amiga sacudió la cabeza
al contestarme.

--¡Toda mi inteligencia, dijo, la daria yo por una cara regular!

--¡Oh, no! exclamé yo: ¡son mucho más nobles, más durables y más
atractivos los dones de la inteligencia y del corazon!

--Así se dice generalmente, repuso tristemente mi amiga, y áun se cree
así; pero si la primera vista de una persona es repulsiva y antipática,
¿cómo podrá luégo hacerse amable y cautivar á nadie por otras dotes,
que sólo el tiempo y el trato puede ir descubriendo?

--¡Pero cuando se llegan á conocer inspiran un afecto eterno!

--Podrá ser; pero créeme, amiga mia, á la mujer debe serle mucho más
halagador, y con efecto así es, el agradar á primera vista; sé
distinguir, porque, como tú dices, tengo alguna inteligencia; sé
distinguir la simpatía de la estimacion; el amor nace á primera vista;
las prendas del alma son las que le fijan; pero yo no seré querida
jamas, aunque siempre sea muy estimada, y necesito una fuerza de
carácter que no tengo para consolarme de tan triste suerte.

Así habló mi amiga, y yo no tuve valor para culpar su desaliento,
porque me pareció fundado en muy triste pero muy verdadera causa.

Lo mismo que nos sucede respecto de nuestras cualidades, nos sucede
respecto de las de los demas, y sobre todo, en el matrimonio, la mujer
es por demas intolerante.

¿Por qué causa es más indulgente y más benévola respecto de sus padres
y de sus hermanos, que respecto de su marido?

¡Ay! porque al casarse cree haber conquistado la libertad de ser
injusta y de juzgarlo todo con rigor, cuando debia ser todo lo
contrario.

Muchas esposas hay que, favorecidas por la suerte con hombres honrados
y que las aman de todo corazon, les echan en cara que son poco atentos,
que no las miman, ú otra _gran culpa_ por este estilo.

Es decir, que fundamos siempre nuestra desgracia en lo que _nos falta_,
sin pensar en la dicha de lo que poseemos, y como dice muy bien
Carolina Coronado:

                   «Es lo mismo que todos los pesares
                Del mundo tenga, ó que los sueñe todos,
                Si se sufre igualmente de ambos modos.»

Lo imaginado es muchas veces peor que lo que verdaderamente padecemos,
porque la imaginacion va en la pena mucho más allá de la realidad. Una
imaginacion demasiado viva ó desordenada es tambien un gran daño que
puebla de fantasmas el cerebro, que ve el mal y el dolor donde no
existe, y que devora á los desventurados que le dan cabida.

No se puede pedir á la humanidad más de lo que puede dar, ni exigir un
amor heroico y apasionado del esposo, de los padres ó de los hijos;
cada persona quiere segun el temple de su alma, y no son siempre los
esposos que parecen más apasionados los que aman mejor, con más
constancia y fidelidad.


                                  III.

Hay una cosa, sin embargo, que preserva del dolor de carecer de los
bienes que envidiamos en otros, y que evita el desaliento.

La vanidad.

Las personas muy vanas creen lo que poseen perfecto, seductor,
inmejorable.

He visto hombres muy graves, hombres de mundo, hombres serios, atacados
de esa feliz dolencia hasta un punto increible, y digo feliz, porque el
modo de ver las cosas los que tal defecto tenian, era para ellos un
elemento de constante y completa dicha.

¿Se habla delante de esas gentes de la distribucion de la casa que cada
uno habita?

Ninguno la tiene mejor que la suya.

¿Se habla de caballos?

Los suyos son de la más pura raza.

¿De un buen sastre?

El suyo tiene un nombre glorioso en los anales de la aguja.

¿De perros?

Ellos los poseen de castas desconocidas.

¿De la belleza de alguna mujer?

Su esposa ó su prometida llaman la atencion general cuando se presentan
en público.

¿De buena mesa?

Su cocinero tiene que ir á casa de sus amigos, cuando tienen
convidados, para hacer alguno de esos platos de que él solo posee el
secreto.

¡Oh dicha de la vanidad! ¡quién pudiera disfrutarte!

Estas personas son muy felices, pero son, en cambio, sumamente molestas.

Prefiero tratar con un pobre sér agobiado por un descontento incurable;
prefiero tener á mi lado á un misántropo, á tener que soportar la necia
vanidad de un tonto, cansada para el dichoso, ultrajante para el
triste, antipática á todos.

Las personas vanidosas son las que ménos simpatías tienen: porque no se
contentan sólo con la competencia; quieren sobresalir en todo y por
todo, quieren siempre ocupar el primer lugar, y no comprenden que están
ofendiendo siempre á cuantos hablan con ellos.

Personas he visto que estando fatigadas, no sólo por penas morales,
sino por privaciones materiales, han tenido el empeño de hacer creer á
todos en su felicidad y en su riqueza, y no por dignidad, que esto
hubiera merecido alabanza, sino por vanidad, por necio deseo de
inspirar envidia á otros que padecian las mismas ó más crueles penas
que ellos.

¡Triste aberracion, que sólo les traia antipatías y enemistades de las
personas á quienes herian y humillaban!


                                  IV.

Hay otra tercera clase de personas á las que se les figura que les
falta todo, á causa de una modestia que ya llega á ser como una
dolencia del ánimo.

Esta clase es tambien desgraciada, y quizá más que ninguna, porque
cuando falta la completa estimacion de sí mismo no hay valor para nada,
y el alma está en una angustia contínua.

No hay nada que me cause más lástima que el ver á una persona dominada
por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que
se puedan comparar á éste.

La vanidad es á la vez osada y feliz; el descontento de la vida es
altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre
concepto de sí mismo, es un mal gravísimo y de difícil curacion.

_¡Yo no valgo nada!_

Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco á poco va
empequeñeciendo el ánimo y amenguando insensiblemente el valor moral é
intelectual de quien le abriga.

Todos valemos algo; todos somos útiles en la tierra; todos llevamos en
el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado,
puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos
estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento
de la propia valía.

Apelemos, pues, á la razon para hallar el justo medio, que está tan
léjos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos
equidad para los demas, á la vez que la tenemos para nosotros mismos.



                             LOS RECUERDOS.

                                    Siempre, aunque sea en una cárcel,
                                    Hay un rincon ignorado
                                    Do alguna vez se ha gozado
                                    Un instante de placer;
                                    Y al dejarle para siempre,
                                    Conociendo que le amamos,
                                    Un _¡adios!_ triste le damos,
                                    Sin podernos contener.

                                                             (ZORRILLA.)


                                   I.

Hay imágenes que se graban en el alma y van formando una historia
secreta é ignorada de todos, aparte de la triste historia de la vida.

Hablo de los recuerdos; de los recuerdos que nos acompañan y nos
consuelan en las rudas pruebas por que atravesamos y nos hacen
llevaderos los dolores presentes, trasladándonos con el pensamiento á
otras épocas más dichosas.

El presente es muchas veces doloroso. El porvenir, oscuro.

Sólo en el pasado es donde se puede encontrar un pedazo de cielo azul
para dejar errar la fantasía, como ave triste y enferma que ha quemado
sus alas al atravesarlos desiertos de la vida.

¿Por qué esto?

¡Ay! porque la doliente humanidad cree siempre más dichoso el dia que
pasó que el que espera; porque, como dice Chateaubriand, _¡en la
sociedad, cada hora abre una tumba, y hace verter una lágrima!_

La esperanza, esa deidad consoladora que, envuelta en diáfanos velos,
sonrie á los niños en la cuna y acaricia al hombre, se deja ver pocas
veces en torno de la mujer; flota á lo léjos como la sombra de un
sueño, y como sombra se desvanece cuando va á asirla su débil mano.

Para la mujer es más grato, más dulce, más consolador el recuerdo.

El recuerdo queda en su corazon.

La esperanza no hace más que vagar ante sus ojos.


                                  II.

Cada vez que contemplo yo el sol, recuerdo uno de sus rayos que
calentaba mis piés cuando era niña, y á cuyo reflejo luminoso se abria
un pequeño mundo que yo abarcaba con dominio infantil.

Caia aquella ráfaga de dorada luz en un pobre y húmedo cuartito, cuyo
pavimento era de yeso, resquebrajado en muchas partes.

Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian á dar vueltas al
sol.

Dos ó tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y
volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un
alegre dia de estío.

Sentábase allí el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus
grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.

Una perdiz se acercaba con menudo paso al conciliábulo y picoteaba al
gato, de quien era muy buena amiga.

Tenía yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequeña, que
tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar á un gran
caracol que salia de su cáscara, estirándose poquito á poco, como para
observar.

En una de las grietas del suelo habian brotado dos ó tres hierbecillas;
un dia, al levantarme, vi á la más alta coronada con una flor morada
del tamaño de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colmó de
gozo y me estremeció al mismo tiempo.

Me pareció la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre
hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos ó tres gotas de agua, y
aquel dia fué uno de los más dichosos de mi inocente vida.

Yo era la reina de aquel pequeño mundo tan alegre, tan feliz. Sentábame
allí, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las
partículas más pequeñas se las llevaban las hormigas con un afan que
hacía venir lágrimas á mis ojos.

Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol
se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos éramos dichosos con un
rayo de sol y un poco de pan.

¡Oh, sí, todos éramos felices! Yo lo era tambien, porque tenía seis
años.

Desde entónces, siempre que en una bella mañana de invierno penetra un
rayo de sol en mi aposento, á traves de mi ventana, recuerdo el mundo
en miniatura donde yo imperaba cuando era niña; mi pensamiento vuela
hácia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones
infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le
visitaba el sol.


                                  III.

Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque
están rodeados de inocencia; pero los más consoladores, los que
constituyen un dón inestimable, son los del bien que hemos hecho.

Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad
que hay en él muchos ingratos; pero los beneficios llevan en sí mismos
su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.

Conocí á una mujer tan completamente halagada por los dones de la
naturaleza y de la fortuna, que llegó á ser completamente infeliz.

Imaginaos una mujer bella, jóven y casada con un hombre, jóven tambien,
opulento y que la adoraba.

No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.

Su cuarto de dormir, situado en lo más retirado de la casa, estaba no
sólo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda
algodonada para que no se percibiese el más leve rumor que perturbase
sus sueños.

Al abrir los ojos tenía al alcance de su mano un timbre, el cual, sólo
con tocarle, llamaba á dos camareras serviciales, discretas é
inteligentes.

Metíase en un baño de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y luégo
se desayunaba con su marido ó sola, segun era su voluntad, que nadie
coartaba en lo más mínimo.

Peinábala un peluquero tan hábil que no la causaba daño alguno; tenía
carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en
todos los teatros; convites para todos los salones; espléndida casa y
soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magníficos; todos la
envidiaban, y, sin embargo, cayó en un hastío mortal, por lo mismo que
nada tenía que desear.

Un dia fué á visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de
fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le preguntó la
causa de su pena.

--Vengo, dijo, de ver á una familia que se está muriendo de hambre.

--¡De hambre! repitió la hermosa jóven: ¡debe ser muy raro eso de ver
morirse de hambre! Me alegraria ver á esa familia.

--Puedes conseguirlo al instante.

--¡Yo!

--Vénte ahora mismo conmigo á ver á esos desdichados.

--¿No les has socorrido tú?

--Sí, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figúrate
un padre ciego, una madre baldada en una cama, y ¡cinco niños que piden
pan á gritos!

Las personas ricas no pueden comprender de súbito los horrores de la
miseria; así fué que mi amiga oyó este relato con bastante
indiferencia; tomó su bolsillo y salió con su compañera.

Cuando se halló en la mísera y helada buhardilla de aquellas pobres
gentes, sintió en el alma una impresion dolorosa, penetrante,
desconocida; pero sintió algo, despues de mucho tiempo en que no sentia
nada.

Entregó su bolsillo á la pobre madre enferma sin que pensase contraer
en ello mérito alguno; pero aquella mujer besó sus manos, bañándolas en
llanto, y todos los niños, conducidos por el padre ciego, se arrojaron
á sus piés colmándola de bendiciones.

Desde aquel dia la vida de aquella hermosa jóven tiene un objeto noble
y grande. ¡La caridad!

Crueles dolores la han afligido despues; grandes decepciones ha
sufrido; pero los dulces recuerdos del bien que hace la consuelan de
todos sus disgustos y sinsabores.


                                  IV.

No son sólo los ricos los que pueden practicar el bien.

El que consuela al afligido con palabras dulces y afectuosas hace
igualmente un inestimable beneficio, y su recuerdo, á pesar de la
ingratitud con que pueda ser recibido, basta para hacer dichoso á quien
lo ha practicado.

Hay tambien recuerdos que matan.

Los remordimientos, los crueles é implacables remordimientos no son
otra cosa que los recuerdos del daño que se ha hecho, á los cuales va
unida la memoria de las bellas cualidades que poseian las personas á
quienes se ha ofendido ó lastimado.

Al hombre le acompañan ménos los recuerdos; su vida está llena de
realidades más ó ménos penosas, más ó ménos agradables.

Los negocios absorben todo su tiempo y absorben tambien su imaginacion.

La mujer, por el contrario, relegada al hogar doméstico, retirada en
él, tiene muchas veces que acogerse á sus recuerdos para ser dichosa.

Á la mujer le está vedada toda ocupacion, toda actividad fuera del
círculo de su familia, y los recuerdos son para ella un mundo mejor, un
oásis en el cual descansa de todos esos dolores vulgares, silenciosos y
desconocidos que combaten y envenenan su existencia.

La pradera donde corria cuando niña; los primeros libros que leyó; las
oraciones que le enseñaba su madre; los cuentos de la vieja nodriza;
los juegos con sus hermanos; la imágen ante la cual rezaba; las
memorias de su primer amor; aquellas emociones tan puras, tan castas,
tan indecisas, que ni áun despues de mucho tiempo sabe definir; la rama
que el viento mecia en el bosque; el pájaro, que en las alboradas del
estío se posaba á cantar en las macetas de su ventana; el primer
ramillete que le regalaron y que conserva, seco ya, en el fondo de una
caja; todas estas cosas forman para la mujer un mundo de poesía y de
amor, al cual se retira para buscar la calma.


                                   V.

Jamas he podido comprender que una mujer tenga gusto en cambiar con
frecuencia de habitacion.

Dice Alejandro Dumas que los que rehusan cambiar de domicilio son, por
lo regular, personas avaras.

Yo, con permiso del fecundo narrador, diré que no soy avara, y que, sin
embargo, siento un gran dolor cada vez que he de trocar mi vivienda por
otra, aunque gane mucho en el cambio.

¿Cómo no amar las paredes que nos han visto llorar, reir, y que han
presenciado nuestras venturas y nuestros dolores?

¿Cómo no amar el primer rayo de sol que la primavera nos envia como una
bella sonrisa, y el rayo de luna que viene á quebrarse en los cristales
de nuestra ventana?

Paréceme que el apego de la mujer á su casa y á los objetos que la
adornan, es inseparable de su condicion, suave, blanda y amorosa; que
la constancia en sus afectos debe serle tan propia como el culto de los
recuerdos, y que un corazon frio, egoista é indiferente es como una
anomalía en nuestro sexo, á quien Dios encomendó el cuidado de
embellecer el hogar, derramando en él la suave luz de la poesía y del
amor.

Haga la mujer todo el bien que le sea posible; ame y socorra á los
menesterosos; y por desgraciada que sea su vida, siempre tendrá en sus
recuerdos un pedazo de cielo azul, un horizonte sereno, adonde volver
sus fatigados ojos.



                        LA POBREZA Y LA MISERIA.


                                   I.

Entre estas dos situaciones hay un abismo, á pesar de que muchas veces
se las confunde.

La pobreza no es una desgracia.

La miseria es una desgracia horrible.

La pobreza es carecer de lo supérfluo, pero tener lo necesario.

La miseria es carecer de todo: ¡es el hambre, la desnudez, el frio, la
enfermedad, el dolor, la muerte!

He visto gentes muy contentas con la pobreza, y que habiendo llegado á
ser ricas por una herencia inesperada, por el logro de algun negocio
lucrativo, han echado de ménos el tiempo de su medianía, y han
deplorado el tener fortuna y los cuidados que ésta trae consigo.

Las mujeres se lamentan de la pobreza mucho más que los hombres, y se
han visto algunas que, solas, aisladas, sin familia, han hecho
esfuerzos inauditos para llegar á la opulencia, símbolo para ellas de
todos los goces de la tierra.

Pero la riqueza se escapa siempre de las débiles manos de nuestro sexo:
al ingenio, al talento de la mujer le falta constantemente la principal
cualidad, la fuerza: no tiene ni las dotes ni los defectos masculinos,
por más que se esfuerce en adquirirlos.

La energía ficticia y febril que una mujer da á su talento, es siempre
estéril y pasajera: despues de estos esfuerzos, despues de estos
ataques de epilepsía intelectual, recae en el vacío, más débil y más
desalentada, porque esta energía pasajera la obtiene sólo á expensas de
su fuerza natural, que no reside, como la del hombre de genio, en la
violencia de las pasiones, en la gravedad de los estudios y en el vigor
de los pensamientos, sino en la profundidad de las observaciones, en la
exaltacion de las creencias y en la sublimidad de los sentimientos.

Así es que pocas mujeres han llegado á la fortuna por la sola fuerza de
su talento, y en nuestro país desde luégo, no conozco ninguna; hay
muchas que se han elevado al pináculo de sus deseos, manejando la
intriga y la lisonja en un grado más ó ménos hábil, y han llegado á un
enlace brillante, que les ha dado la opulencia y todos los goces de su
exigente vanidad.

¡Mas cuántas veces es posible que estas mujeres hayan echado de ménos
la apacible medianía, la casi pobreza que moraba en el techo paterno!
¡Cuántas veces habrán pensado en el modesto traje de lanilla, hecho por
sus manos y estrenado con tanta alegría, al sentirse devoradas por el
hastío que produce el no tener nada que desear!


                                  II.

La miseria, y no la pobreza, es la que produce los crímenes, y de esos
hombres que no tienen pan ni abrigo para su familia, salen generalmente
los infelices que llenan los presidios y que sirven de escarmiento,
cuando se aplican en todo su rigor, las leyes de la justicia humana.

Sin tener las ideas socialistas del ilustre escritor Eugenio Sué, que
en su exageracion pretendia que todos los ricos eran malos y
degradados, y todos los pobres ejemplares y virtuosos, creo que todos
debemos, segun nuestras fuerzas, aplicarnos á socorrer la miseria, y
que una parte á lo ménos de lo que gastamos en lo supérfluo, debemos
dedicarlo á dar lo necesario á los que no lo tienen. La miseria tiene
varios aspectos: no es la que se ostenta la más digna de lástima y de
socorro; es la que se oculta en las heladas buhardillas; la que
cubierta con un espeso velo pide limosna por la noche; la que no se
queja y viste aún con restos de decencia, para disimular el mayor
tiempo posible la desgracia y el dolor.

Esa miseria vergonzante es la más dolorosa y la más digna de auxilio,
porque casi siempre procede de desgracias inmensas, de pérdidas del
corazon, tan ligadas á los intereses, que han arruinado para siempre la
felicidad y la fortuna.

Se han visto familias caer de repente, desde una posicion decorosa y
desahogada, en la más profunda miseria, á causa de algun fraude de que
han sido víctimas: una, sobre todo, á quien he conocido, cayó en tan
completa desgracia, que el padre no pudo resistirla, y buscó en la
muerte el descanso de un dolor que su fortaleza no alcanzó á
sobrellevar: su esposa y sus dos hijas hubieron de dedicarse, primero á
labores de su sexo, que les pagaban muy escasamente; y despues, visto
que el producto de su trabajo no les alcanzaba para vivir, al servicio
doméstico.

La inteligencia y buena educacion de la madre llamó la atencion de la
familia á quien servia; y enterada ésta de sus desgracias, hizo venir
tambien á sus dos hijas, dándoles una habitacion en su casa, mesa, una
criada y algunas labores delicadas y productivas que desempeñaba una de
las jóvenes, miéntras la otra con su madre iba á dar lecciones de
música.

Las tres pobres mujeres llegaron á encontrarse tan dichosas en su
modesta situacion, que la preferian á su opulencia pasada, y sólo
tenian en el alma el dolor de la muerte de aquel esposo, de aquel padre
que tanto amaban, y que las habia amado tanto.


                                  III.

_La dicha de ser rico_, se llama una novela francesa de grande y justa
fama: su argumento es muy sencillo: un zapatero se hallaba muy feliz
con lo que su oficio producia, cuando tiene una herencia tan rica como
inesperada; su mujer y sus dos hijos se vuelven locos de alegría, y él
mismo da gracias al cielo por este beneficio; pero muy pronto el
cuidado de guardar su dinero le quita el sueño, le agita y le sumerge
en un piélago de inquietudes y de zozobras; ya hace una abertura en la
pared para ocultar en ella su tesoro; ya, creyéndole allí poco seguro,
sale al campo y lo entierra de noche con todas las precauciones que
pudiera guardar un criminal; y llegan á tal extremo su inquietud y su
angustia, que maldice su herencia y suspira por el tiempo en que vivia
sin cuidados, ni envidiado ni envidioso de los demas.

Su mujer, que le amaba, su hija y su hijo, que adoraban en él, deploran
el cambio operado en su salud, que se resiente de tantas amarguras: de
contínuo, los vecinos burlones les envian avisos anónimos de que van á
robarles, asesinándoles primero; y al fin el pobre zapatero, que ántes
vivia contento con el pan de cada dia, que nada más pedia al cielo que
pan y trabajo, que nada tenía que guardar, está á punto de perder la
razon y la vida.

Una noche su esposa y su hijo salen al campo para ver si el malhadado
tesoro se halla donde le habia enterrado el pobre hombre; pero la
tierra está excavada, y el cofrecito de hierro ha desaparecido: en
lugar de lamentar la pérdida, caen de rodillas y dan gracias á Dios por
ella, elevando sus ojos y sus corazones al firmamento bordado de
estrellas: el ladron fué bendecido por haberles librado de aquella
funesta riqueza.

Desde aquel dia, el zapatero y su familia recobraron la tranquilidad,
el sueño apacible, y su apetito feliz y nunca desmentido.


                                  IV.

No es generalmente la miseria dón de la Providencia divina, tan
paternal y tan previsora para todos.

La miseria es casi siempre hija de la holganza, de los vicios, de la
malversacion de los medios de vida.

Dios hace nacer pobres y ricos; la indigencia es casi siempre obra de
los extravíos del hombre, y algunas veces obra tambien de los extravíos
de la mujer, que gasta más de lo que debe y puede.

La pobreza no es espantosa ni repugnante: ¿cuántas veces no se han
alegrado nuestros ojos, al entrar en un cuarto muy alto, en un piso
cuarto ó en una buhardilla? La cama, limpia y bien mullida; la ventana,
adornada con visillos blancos, sujetos con lazos rosa ó azules; el
pavimento, brillante de limpieza; los muebles, barnizados; las flores
frescas, en un jarrito de cristal ó de loza; todo esto lo permite la
pobreza, y todo esto la embellece y casi la santifica.

La limpieza es el lujo de los que cuentan con escasa fortuna; el
arreglo es una bella cualidad de los pobres, y se ven familias que con
muy pocos haberes viven con decencia y dignidad.

Apénas hay familia donde la esposa sepa gobernar su casa con
inteligencia, en que no haya un bienestar relativo: diríase que el buen
órden atrae el dinero, y que el desarreglo lo ahuyenta: las compras
inútiles, el gusto por el fausto y por el lujo, arruinan, no sólo las
fortunas modestas, sino tambien las grandes.

La pendiente de la holgura á la miseria es rápida, y se baja sin pasar
por el término medio de la pobreza: el que nace con lo necesario no le
falta, sabiendo conservarlo, hasta que muere; pero se han visto muchas
familias opulentas llegar, por el exceso de sus gastos, á la más
completa desnudez; á la más horrible miseria.

No nos rebelemos contra la pobreza, y al contrario, contentémonos con
ella si Dios nos la envia; pero evitemos con todas nuestras fuerzas la
miseria: y cuando la veamos, socorrámosla en lo posible, sin pensar en
si el desgraciado que la sufre es por su culpa, ó porque el cielo, como
al santo Job, le quiere probar con ese terrible azote, que devora á
tantos desheredados de los bienes de la tierra.



                                LA VOZ.


                                   I.

Hay algunas cosas en la vida que llamamos _pequeñas_, y que lo parecen
en efecto; pero que son, sin embargo, más importantes de lo que se
cree, y de mayor influencia en nuestra suerte de la que se supone.

Al hablar de una mujer hermosa, se elogian sus ojos, su boca, su talle,
la expresion de su semblante, las gracias de toda su figura.

Cuando se menciona una mujer agradable, se habla de su talento, de su
gracia, de su amabilidad, de su instruccion: mas hay una cosa de la que
nadie se cuida y que nadie nombra. La voz.

Y sin embargo, ¿quién que conozca el poder de los sonidos en las
imaginaciones impresionables podrá negar á la voz una mágica influencia?

¿Quién duda que existen voces celestiales, que al hablar penetran en el
corazon y nos llevan adonde quieren, sin que nos demos cuenta de ello?

¿Quién no ha oido en una conversacion de muchas personas un acento
encantador que ha conquistado desde que se ha dejado oir todas nuestras
simpatías, y que ha hecho que nos interesemos inmediatamente por las
ideas de quien le posee?

No podré yo expresar á mis lectoras el valor que tiene ese órgano, que
si bien se cree muy importante cuando se trata del canto, júzgase
indiferente en lo que toca á la conversacion.

El metal de la voz despierta simpatías más vivas, y acaso más
irresistibles que la belleza misma.

Una mujer bella con una voz áspera y bronca, pierde la mitad de su
belleza.

Por el contrario, una que sea sólo agradable, cautiva de una manera
irresistible si su voz es dulce y simpática.

Y no creo que el metal de la voz es independiente de nuestra voluntad:
nosotros podemos, si no variarlo, modificarlo al ménos, y de ingrato,
hacerle dulce y agradable.

No tienen poca parte para dar el tono á la voz los sentimientos del
alma; cuando la ira domina, la voz es sofocada y áspera y los sonidos
oscuros, careciendo completamente de modulaciones.

Mas cuando la dicha, la tranquilidad y la alegría tiene el ánimo en una
dulce serenidad, la voz es dulce tambien y halaga al oido, casi como un
canto.

Hay mujeres, y yo misma conozco algunas, que con una voz muy dulce
tienen un corazon seco y helado: que su acento afectuoso es el disfraz
de un monstruoso egoismo; pero esto no quita su poderoso encanto á un
agradable metal de voz: ántes, por el contrario, el ver el imperio que
estas mujeres ejercen en cuantos les rodean, al observar cuán bien,
pronta y fácilmente consiguen todos sus fines y llegan á las empresas
más difíciles, se comprende cuán grande es el poder de una voz grata al
oido, y de un suave y melodioso acento.


                                  II.

En la mujer, sobre todo, es indispensable un eco de voz dulce y
afectuoso.

La que carece de él debe adquirirlo con el estudio, pues ya he dicho
que en gran parte la dulce emision de voz depende de nosotras.

Tal influencia ejerce en el hombre la voz dulce de la mujer, y tanto le
agrada, que apénas habrá cosa que niegue al suave acento de la súplica,
y apénas habrá nada que conceda al duro acento del mando.

He oido hace poco tiempo preguntar á un hombre dotado de un carácter
violento y duro, su parecer acerca de una mujer muy bella.

--No me gusta, respondió secamente: tiene un metal de voz áspero y
desagradable, y yo prefiero una mujer fea, dotada de una dulce voz.

En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que
agradecer á la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que
ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.

Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las más fuertes
afecciones: aquel hombre severo, de carácter duro y seco, no podia
ménos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su
esposa.

He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al
oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridícula é
inmotivada cólera, le decia:

--Tienes razon mil veces, pero cálmate por mí, pues te vas á poner
malo; ya se arreglará eso de otro modo.

Alguna persona rigorista, presente como yo á estas escenas, ha dicho
que esta mujer era una hipócrita, y que culpando en el fondo de su alma
á su marido, fingia ser de su parecer; pero ¿hubiera ganado algo la paz
de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien,
culpando la imprudencia y la cólera de su esposo?

Sin duda que no: ella le trata como á un enfermo y hace bien, porque
realmente lo está: la ira es una cruel dolencia moral.

Algunas veces, en lo más fuerte de sus accesos, este hombre violento se
cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que
causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su
grosera cólera: la he visto en várias ocasiones callar, hacer como que
no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su
triunfo: cuando volvia á la habitacion ya parecia no acordarse de
aquello, y hablaba á su marido de otras cosas, con tanta afabilidad
como si nada hubiera pasado.

Así, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la
cólera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior á la mujer, y
á ningun marido que ama á la suya, le gusta verse rebajado ante sus
ojos, y lo que es más duro, á los ojos de sus hijos.

¿Es acaso esta mujer insensible?

No: es prudente; ama á su marido, y conoce bien el corazon humano.


                                  III.

Ya he dicho más arriba que el carácter dominante y la propension á la
cólera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; así es
que la voz áspera se tiene por signo de una índole desapacible y
violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco
simpáticas al sexo fuerte.

Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcísimo, y de
una expresion angelical en el rostro, con un carácter de hierro y una
voluntad más firme que todas las voluntariosas é impacientes: estas
mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas,
dan órdenes severas é ineludibles con el acento más melodioso, y toman
resoluciones enérgicas y terribles, que rara vez adoptan las que
regañan mucho.

La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero ésta es la
más fuerte y la más inquebrantable: dicen que sí á todo, y sólo hacen
lo que quieren ó les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte,
lloran, se desmayan, se refugian en el _no puedo_, suplican y fatigan
al que las quiere dominar, saliéndose siempre _con la suya_, como suele
decirse.

Esta clase de caractéres no me parece digna de aprecio: pero la
prefiero con mucho á la otra clase, que encierra todas las
provocaciones de la cólera grosera, todas las réplicas brutales y
descompuestas, de la impaciencia: dominar por la súplica y por la
protesta de la debilidad, es más digno y más propio de la mujer, que
hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.

El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caña que
se doblega á su ímpetu, y que vive á orillas del lago azul y
trasparente.

Mérito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, é
inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.


                                  IV.

No hay mujer ninguna, á ménos que no sea completamente insensible,
dotada de una perenne é inalterable dulzura: á la que veo siempre
complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando
melosamente, lo confieso, no le dedico mis más grandes simpatías.

El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una
contraccion de facciones, una lágrima cerniéndose en las pestañas, un
temblor en la voz, la palidez y el rubor súbito, son señales infalibles
de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se
alcanza: he visto, y no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella y
virtuosísima, ultrajada por su marido ante un gran número de personas,
y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desmintió con una
irritante é insolente grosería.

La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte: un instante
despues un encarnado ardiente vistió desde su frente hasta su cuello:
su seno palpitó con violencia: sus ojos lanzaron un relámpago
deslumbrador... ¡qué terrible lucha tenía lugar en su corazon! Todos
los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro,
cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con
acento dulce y sumiso á su brutal marido:

--Perdona, amigo mio, me habré equivocado.

¡Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! ¡Cómo se
leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! ¡Y qué triste
papel el del marido déspota y grosero!

El poseer una voz agradable es un seguro antídoto contra los arrebatos
de la cólera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento
dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural ó
adquirida, sirve de freno á todas las desigualdades de un carácter
desapacible.



                      EL SANTUARIO DE MONTSERRAT.

               Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISA

                     DOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.


                                   I.

Al dedicar un recuerdo al célebre santuario de las montañas de
Cataluña, á nadie mejor que á tí, mi amada Antonia, hubiera podido
dirigirme: á tí, que tantas veces me has instado en tus cartas para que
escribiera algo acerca de mis viajes, y á quien he prometido hacerlo:
sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba
escribírtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para
hablarte del asilo más grandioso que posee en la tierra la Reina de los
Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos tú y yo.

Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de
Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de
las siete de la tarde[1].

     [1] El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las
     poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el
     curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer,
     titulado _Guía de Montserrat_.

Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del
carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.

En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion
de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y
recuerdos, _no tiene igual ni semejanza en todo el orbe_.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma
diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad
inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la
mano de Dios puede destruir.

¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por
la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio;
cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al
parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del
Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el
manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente
confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.

En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de
paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto,
incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas,
que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y
melancólica grandeza.

Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados
franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos
majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y
oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el
semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las
gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas,
como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó
bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.

Las fugitivas están, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y
azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.

No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qué
extremo me conmovió la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca
lozanía entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.

Parecíame oir sonoras carcajadas de alegría entre las notas de un canto
funeral.

Creia ver jóvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de
enlutadas y afligidas ancianas.

Pero á medida que rezaba el consuelo descendia á mi alma.

Pensaba en que Dios coloca siempre la alegría junto al dolor, y que
quizá sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectáculo hubiera
sido demasiado tétrico y desconsolador para mi alma.

En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedería: los
monjes dan allí la más cristiana y cariñosa hospitalidad: cada viajero
tiene su cuarto; algunos domésticos cuidan del aseo y servicio de las
habitaciones, y por la noche se ve á los religiosos, envueltos en sus
largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los
visitadores de aquellas santas soledades están bien asistidos.

En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, está
situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos niños de
familias pobres, á los cuales se les proporciona una educacion
religiosa y gratuita.

La comunidad de estos niños se llama _Escolanía_, y su habitacion,
situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro
encantador, que representa á la Vírgen cobijando bajo su manto á
algunos niños casi desnudos.

Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos,
cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las
brumas que descienden del cielo hasta los picos más elevados.

Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son
pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las
montañas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados
y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron
en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como
la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la
pureza y de la humildad.

En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el
niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los
historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen,
la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á
España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la
invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y
por Pedro, obispo de Barcelona.


                                  II.

Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron
resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado
cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á
Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar
de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á
causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en
la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño
Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia
exquisita.

Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á
una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos
pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza
humana separarla de aquel sitio.

En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió
en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion
y voto del conde Vifredo, el _Velloso_, del cual fué abadesa su hija la
jóven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó
monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll,
por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que
no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la
_Baranda de los monjes_, extensa galería, á la cual se pasa por el
interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales
estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del
monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre
cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés
vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que
entra tambien el terror.

¡Cuánto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que
todo lo puede las abriera!

¡Cuántos imponentes espectáculos habrán contemplado aquellos ojos sin
luz!

Ellos han visto subir al santuario á los Reyes Católicos, con su hija
_Juana la Loca_; á la emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V; á Felipe
II, que estuvo en él cuatro veces; á sus hijas las infantas Catalina é
Isabel; á Felipe III; á Maximiliano II; á D. Juan de Austria; á Cárlos
III; á Cárlos IV; á Fernando VII y á Isabel II.

No pueden los límites de una carta reseñar detenidamente á Monserrat;
muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba
sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del
más grande de todos los santuarios del mundo cristiano.

El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montañas, ha
vuelto á invadirlas hace algunos años; tú lo sabes tambien, pues la
prensa toda dió cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron á
una mano aleve; ya los religiosos iban á sacar de la iglesia la sagrada
imágen para ponerla á salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y
todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agonía á
agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de
María, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.

Si hubo culpables ¡Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni tú
ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.

Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.



                              LA MODESTIA.


                                   I.

No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas
acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cándida
virtud.

El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado á sus
límites más elevados y más sublimes, admiran: pero la modestia cautiva
y atrae con un poder indecible.

Como todas las virtudes suaves, ésta es más propia de la mujer que del
hombre, y más necesaria en ésta que en aquél.

La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la
modestia, como estas flores, se oculta con ese suave é inimitable rubor
de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados
sus encantos y su gracia, hasta por los más indiferentes.

La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, ó, mejor dicho, el
complemento de sus encantos; puede compararse á esos diáfanos y blancos
velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer más bellas. Y
así como esos velos ocultan los leves defectos del semblante,
encubriéndolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la
que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del
carácter y hace resaltar todas las bellas cualidades.

No hay falsa modestia.

La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no
conseguirá más que ponerse en ridículo. Porque la modestia es tan
suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma
el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como á la violeta, por su
aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con
arrobamiento y se la ama.

La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y
encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la
excelencia y bondad del corazon.

Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara, ó al
ménos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca á
nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpatía.

¿Y sabeis lo que es simpatía?

Es uno de los más dulces lazos del género humano. Es el término que
separa el cariño de la indiferencia. En las mujeres, así como en los
hombres, es el primer eslabon de la cadena de la amistad. Entre un
hombre y una mujer es el primero de la cadena del amor.

Los lazos de la simpatía son fuertes y durables: son gratos,
expansivos, libres de toda sujecion, porque la simpatía no nace de las
leyes del deber, ni nace de la gratitud, ni es esclava de las
exigencias de la sociedad.

La simpatía es espontánea, brota en el corazon como brota una
madreselva en las tapias de un huerto ó de un patio.

La simpatía y la modestia jamas se separan, sobre todo en la mujer:
porque la simpatía que ésta inspira es casi siempre emanada ó nacida de
su modestia.


                                  II.

La modestia tiene dos manifestaciones.

Modesta es la mujer que en su porte, en su traje y en sus modales,
conserva aquella dulce dignidad que le impide todo movimiento
indecoroso ó poco conveniente.

Y modesta es la que ningun alarde hace de su mérito, la que le deja
adivinar ó que se descubra sólo por su propio brillo.

Sea cualquiera de estas dos formas la que tome la modestia, cautiva
siempre.

_La alabanza propia envilece_, ha dicho un sabio, y esto lo vemos
confirmado todos los dias.

El mérito de una persona, por grande que sea, es despreciado si ésta
hace de él una ridícula ostentacion, ó si mira con desden el de los
demas.

Y este desprecio hácia la altanería es inherente á la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso
hollar, y á falta de dignidad, existe en todos un sentimiento
invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpáticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpatía es espontánea, casi nunca es inmotivada, y una
persona dulce y modesta despertará muchas más simpatías que una vana y
altanera.

Á la mujer modesta se le concede mérito de buena voluntad, por lo mismo
que ella parece desconocerlo.

Á la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones más comunes,
porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y
por eso dije en otro capítulo que la mujer que ha nacido privilegiada
por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja
por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante á la belleza intelectual, digo ahora respecto
de la hermosura física.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, léjos de
obtenerla, únicamente conseguirá que se le niegue todo mérito; ó si se
le concede, lo que es todavía peor, que se la rebaje con alguna
calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos
peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni
exige homenajes ni ofende á nadie.


                                  III.

La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las
jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy
cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus
hijas desde su más tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos,
los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar
excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que
aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en
público.

La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar,
todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa
reputacion de _chistosa_ que se concede á otras, debe preferir la de
_modesta_.

Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La
_gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas
veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la
desenvoltura.

He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la
infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes
en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo
conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura
repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta
de pudor y de delicadeza.

¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quizá, sin más faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su
reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su
maledicencia, ó blanco de sus _chispeantes_ burlas.

La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la
de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el
declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la
conduzca por él sin despeñarla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde
que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer
modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme.
Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan
inofensivas.

La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace
comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace
con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya
nacido destituida de ella.

Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use,
se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable
que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le
enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar
de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino
cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si
se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la
modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco
convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor
delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua
de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal _¿qué se
me da á mí?_, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.


                                  IV.

La verdadera gracia, la gentil coquetería, la distincion en los modales
son inseparables de la modestia, y por lo tanto, la mujer más
destituida de atractivos personales puede ser encantadora si es modesta.

Pocas, muy pocas nacen completamente hermosas, y así la mujer debe
buscar todo aquello que realza sus gracias personales; porque esto,
léjos de ser una falta, es un homenaje á la Providencia, puesto que se
manifiesta estimacion hácia las ventajas y los dones que nos ha
concedido.

La exageracion en el traje y en el peinado casi nunca sienta bien, sea
cualquiera la figura y facciones de la que la use.

La modestia impide que llamemos la atencion, y por eso evita casi
siempre el ridículo.

El buen gusto no es el uso de los adornos pomposos, de los colores
fuertes, de las formas extraordinarias en los vestidos; por el
contrario, en el tocado y adorno de una mujer de buen gusto preside
casi siempre una gran sencillez, y la sencillez es uno de los preceptos
de la modestia.

Ademas, la modestia no sólo se acomoda á todas las fortunas, sino que
embellece las posiciones más medianas.

El lujo de los pobres es la limpieza, como dijo el malogrado Sué.

Si á una limpieza exquisita se reune el buen gusto y esa coquetería
propia del hogar doméstico y necesaria en la mujer, ésta se hará
admirar en todas partes.

Vosotras, madres respetables, que por la medianía ó escasez de vuestra
fortuna sufrís tanto con las privaciones de vuestras hijas; vosotras
que, al contemplar con orgullo su belleza, llorais de sentimiento por
no poder adornarla segun vuestro deseo; creedme, si son modestas y
virtuosas, vuestras hijas alcanzarán más simpatías con su sencillez que
las opulentas damas que carecen de esta amable cualidad.

El mundo, es verdad, rinde vasallaje á la opulencia, pero sólo rinde
culto á la virtud; aplaude los talentos brillantes, el fausto, todo
aquello, en fin, que deslumbra; pero al mismo tiempo trata de empañar
esos talentos con los tiros de la envidia.

Únicamente ama y estima verdaderamente á la modestia, porque la
modestia es la base de muchas virtudes; y semejante á una perfumada
diadema que adorna una cabeza herida, recrea con su celestial aroma á
la sociedad, encubriendo los defectos de quien la posee.



                                 LA FE.


                                   I.

Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir
para el público, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.

Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el
dedicarse á las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no
escribiria.

Vale más, á mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de
coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceñida de laureles.

La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no
para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal
considero el exponer al público los sentimientos del alma.

Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y
su poesía al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia
de su esposo y de sus hijos.

Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que
le sobre aún despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus
deberes; si su corazon, demasiado amante, ó su imaginacion viva, ó su
juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la
generalidad, ¿por qué ha de privársele de un desahogo ó distraccion que
á nadie ofende y que puede enseñar algo ó servir de algun consuelo á
las demas mujeres?

Y no creais tampoco que la palabra _enseñar_ encierra gigantescas y
ridículas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una
mujer sin más que tener corazon, á aquellas criaturas que le tienen
dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia ó endurecido por
el desengaño.

Yo aspiro á probar si sé enseñar á creer en este artículo, porque creer
es uno de los mayores beneficios de la vida.

Y no obstante, para enseñar á creer se requiere tan sólo no carecer de
fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano;
se necesita haber sufrido y haber llorado, pues sólo en el dolor es
cuando nuestro corazon busca un consuelo más elevado que los que
podemos hallar en el mundo.

En la alegría olvidamos á Dios; el primer grito de nuestra pena es éste:

--¡Piedad, Dios mio!


                                  II.

¡La fe! ¡Bendita sea!

Esta hermosa hija del cielo nos hace mucho bien para que no la acojamos
con amor en nuestro corazon.

Sin ella no habria en el mundo sentimiento alguno bueno ni honrado, ni
áun mundo habria.

La fe es el orígen del amor de los esposos; del cariño de los hermanos;
de la pasion de los amantes; de la tierna simpatía á que damos el
nombre de amistad.

La fe nos ofrece una vida de eterna ventura, y hasta alcanzarla nos da
valor para sufrir las penas de este valle de lágrimas.

La fe ha llenado de santos mártires el cielo y de santas vírgenes los
conventos del mundo.

La fe es la luz purísima que ilumina las almas; el rayo de sol que
alumbra la noche tenebrosa de la duda.


                                  III.

Hé aquí lo que dice Eugenio Pelletan en su _Profesion de fe del siglo_
XIX:

«El hombre necesita creer, porque ha nacido inteligente; creer es el
medio de ser para su espíritu; su espíritu vive únicamente creyendo, y
ademas porque, habiendo nacido libre, tiene, en virtud de esta
libertad, una parte de accion en su destino. Debe, pues, conocer,
aunque sea en parte, ese destino para arreglar á él su conducta. De
aquí la necesidad de una creencia. ¿Quién eres? ¿Por qué existes? ¿De
dónde vienes? ¿A dónde vas? Hé aquí el enigma que, desde Job á Prometeo
y desde Prometeo hasta Fausto, la humanidad está contínuamente
resolviendo.»

«¿Pero qué garantía tiene el hombre de poder encontrar su solucion? Una
sola, podemos responder, y le basta; el deseo que tiene de hallarla. El
afan de buscar no es en nuestra alma más que la anticipacion de la
verdad. La soberana armonía no se engaña á sí misma: no ha dado la
aspiracion á nuestra alma como el cebo de un engaño. Por todas partes
donde ha puesto la sed, ha puesto al lado la fuente. ¿Quién puede
admitir un momento que Dios señala la verdad al presentimiento para
escondérsela á la razon? Entónces no sería Dios, sería su propio
mentís. Habria encendido en nosotros un deseo que sería un suplicio;
hubiera hecho de nuestro más sublime instinto, un infierno. Semejante
hipótesis es impía, no merece ni áun la refutacion. Decirla es
refutarla.»

Vosotros, los que afectais no creer en nada para correr desenfrenados
de extravío en extravío; vosotros, los que no quereis dique alguno para
vuestras pasiones; vosotros, seres á quienes el mundo llama en su culto
lenguaje _despreocupados_, no podréis ménos de convenir en el fondo de
vuestra alma, en que Eugenio Pelletan tiene razon; porque todos,
hastiados de los vacíos goces de la vida, habréis buscado _un más allá_
en vuestro destino.

¿Qué os ha contestado entónces vuestra razon oscurecida por las nieblas
de los goces materiales?

¿Qué os ha respondido vuestra conciencia, ese juez invisible, pero
rígido y severo?

Es bien seguro que vuestra razon ofuscada y vuestra fuerte conciencia
han batallado encarnizadas en el fondo mismo de vuestras almas; mas si
ha quedado la victoria por la primera, si esa razon extraviada os ha
dicho que no hay nada más allá de este mundo, ¿qué os queda?

¿Sois acaso felices con los goces que él os proporciona?

La grandeza de vuestro espíritu ¿no se abate hasta desear la muerte y
el _no ser_?

¿No teme entónces vuestro cuerpo entrar en la tumba para volverse polvo?

¿No se empeña otra lucha nueva entre el espíritu y la materia; aquél
anhelando dejar un mundo donde no cabe; ésta, aferrándose á un mundo
que le halaga más que la nada del sepulcro?

¡Desdichados, que no teneis fe! ¡Vuestra breve y emponzoñada existencia
sólo puede ser una cadena de dolores!

¿Quién os consuela cuando la muerte os arrebata el padre, la esposa ó
el hijo?

¿Adónde volveis los ojos turbios de dolor?

¿A los que quedan? ¡Ay! ¡Estos han de morir tambien!

¿A sus sepulcros? Sus losas nada os dirán: ¡sólo guardan elocuentes
frases para los ojos del alma!

Los que creen en su inmortalidad acuden á postrarse ante las tumbas, y
ven en el rayo del sol ó de la luna, que va á quebrarse en ellas, el
alma que amaron y que ha descendido del cielo, para que consuele la
suya.


                                  IV.

La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.

Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre
un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.

En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo
al cielo.

Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas
veces apoyó sus labios.

Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de
su hijo que canta dulcemente en su tumba.

El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.

Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los
musulmanes adorando á _Alá_: á los indios llamando al _Grande
Espíritu_; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de
los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus
hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las
flores.

Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y
Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática,
pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del
hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y
emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.

¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?

¿A quién rendís culto?

Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son
para mí más comprensibles que vosotros.

Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más
simpáticos á mi corazon.

Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de
Belona, son más valerosas.

Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor
contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que
esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado
que vosotros.

Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.

Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que
os compense los mezquinos placeres que os ofrece.

Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la
celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con
estrellas: ¡GLORIA!

Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está
animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice
Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.

El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria
y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y
benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al
hombre: «_¡Cree y espera en mí!_»


                                   V.

No hay más que un escudo para los golpes del infortunio: la fe.

Ved á la madre que pierde al hijo único que era todo su amor; vedla
velar su agonía, cerrar sus ojos y depositarle en su sepulcro; la fe le
presta resignacion y esperanza de encontrarle en un mundo más dichoso,
para no separarse ya de él en toda la eternidad.

Ved á la hermosa jóven que encierra en un claustro, los dias más bellos
de su juventud; la fe hace que desee otro esposo mejor que los que el
mundo le ofrece.

Ved á la hermana de la caridad, ese tipo de la abnegacion y del
heroismo; la fe la sostiene en sus fatigas y en sus penosos deberes:
¿quién, sino la fe, podia obligarla á sacrificar su existencia al
alivio de la humanidad doliente?

No, no hay un solo sufrimiento, por hondo que sea, por incurable que
parezca, que no sea sanado ó endulzado por la fe.

La prueba más eficaz que tenemos de lo que alcanza la fe, la que más
debe convencer al que no se obstine en cerrar completamente los ojos
del alma á la luz que pueda disipar las tinieblas que la oscurecen, á
la reflexion que basta á enfrenar las pasiones que la emponzoñan: el
más sublime ejemplo de la grandeza de nuestra religion, es el de la
constancia que los primeros mártires del cristianismo han ofrecido á
los siglos venideros.

Ahí teneis á Santa Ines, niña de trece años é hija de padres gentiles,
convertidos por ella, que muere sonriendo, degollada bárbaramente á los
piés del prefecto Tértulo.

Ahí teneis á Santa Cecilia, doncella de diez y seis abriles, ciega y
mendiga, que espira á la primera vuelta de las ruedas del potro, sin
angustias, sin dolores, y cantando dulcemente.

Ahí teneis á San Pancracio, jóven de diez y ocho años, que muere en el
anfiteatro de Roma al clavarse en su garganta las garras de una
pantera, y que deja la vida, sonriendo al tribuno Sebastian, que pronto
debe tambien seguirle en el martirio.

Ahí teneis al mismo Sebastian, que espira oscuramente asaeteado, sin
testigos, en el parque de Adónis.

Ahí teneis á la santa niña Emerenciana, que muere á pedradas, miéntras
ora en las catacumbas.

Ahí teneis, en fin, á San Casiano, que rinde el postrer aliento á manos
de sus discípulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar
una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.

¿Quién, sino la fe, pudo dar tal fortaleza á los niños y á los ancianos?

¿Quién estancó el llanto de las madres?

¿Quién dió regocijo á los padres por la muerte de sus hijos?

Sólo ese sagrado fanal que alumbra los ojos del alma para que crea en
otra vida mejor.

Sólo la fe obra tan admirables prodigios.

Sólo la fe pone dulces sonrisas en los labios de los que padecen.


                                  VI.

La fe es tan consoladora como benéfica.

Ella nos hace confiar en todos cuantos nos rodean, nos hace ver en toda
su grandeza el cariño de los padres, nos hace creer en la fidelidad, en
la nobleza, en el amor, porque la fe está rodeada de una córte de
hermosas criaturas, que se llaman _creencias_.

Estos seres tienen alas como los ángeles, y cuando hay algun mortal tan
desgraciado que despide á la fe de su alma, la fe vuela al cielo
seguida de sus aladas é inocentes compañeras.

Dios mismo, al bajar al mundo para hacerse hombre y morir por nosotros,
trajo consigo á la fe.

Ella curó á los tullidos, dió vista á los ciegos, habla á los mudos y
alimento á los hambrientos, y áun en nuestros dias pudiéramos ver
muchos milagros operados por la fe.

La fe está siempre entre nosotros sin pedirnos recompensa, y á veces
sin que la conozcamos.

La fe con que ama un hombre, triunfa casi siempre de la inconstancia de
su amada.

La fe en el estudio, vence las dificultades que éste ofrece á una
inteligencia limitada.

La fe en el talento, abre al que la abriga un porvenir más ó ménos
lisonjero, más ó ménos lejano; pero siempre consolador.

La fe en la ciencia del médico, cura á muchos enfermos de sus dolencias.

Y hasta la fe en los principios políticos ha sido provechosa, pues si
bien ha hecho infinitas víctimas, éstas han espirado con la sonrisa en
los labios como los mártires del cristianismo, ó arrastran una vida de
privaciones y destierro, pacientes y resignadas.

No despidais, pues, á la fe.

Los que no la abrigueis en vuestras almas, llamadla presurosos, porque
no podeis elegir compañera más benéfica y generosa.

La negra discordia huye, bramando de furor, de la mansion que ocupa.

La desesperacion no hinca jamas su rabioso diente en el seno que la
cobija, porque la fe le defiende valerosamente de sus ataques, y hasta
acompaña al sepulcro al que la ama y la abriga.



                             LA ESPERANZA.

                                      El sepulcro de la última esperanza
                                      es la cuna del suicidio.

                                                                   L. V.


                                   I.

La esperanza es hermana de la fe.

Quien no abriga la fe en su corazon, no puede ser consolado por la
esperanza.

Nada son, nada valen, ni para nada sirven las esperanzas que hace
brotar la ambicion.

La esperanza, si no va sostenida por su madre la Religion y por su
hermana la fe, es tan débil que muere al nacer.

Las ilusiones toman con frecuencia el manto de la esperanza; le dividen
en pedazos, se cubren con ellos y van á visitar las cabezas enfermizas
y los corazones estragados de los mortales.

Éstos las confunden con la esperanza; las acogen con amor, las
acarician, las abrigan, y las pérfidas, despues de haber saciado su sed
en la savia de su cerebro, huyen riéndose descompasadamente, y dejando
las más espantosas tinieblas en el espíritu débil que las acogió.

--¿Por qué la esperanza se deja robar y desgarrar su hermoso manto? me
preguntaréis acaso.

Y yo os contestaré:

--La esperanza deja sonriendo que las ilusiones se apoderen de él, y al
mirarlas volar sobre la tierra, exclama satisfecha:

--Corto será vuestro reinado: el mio es más hermoso y duradero, pues
cuando abandonais á los míseros mortales desengañados y abatidos, á mí
toca volar á reanimarlos y á prestarles consuelo. Vuestra mision es
herir, la mia curar las heridas que haceis.

Y en efecto, vedla al lado de todos los dolores de la vida.

Vedla sentada junto al que llora, reclinada en el lecho del moribundo.

Vedla velar las tumbas de los muertos.

Vedla, en fin, hasta en el cadalso, mostrando el cielo con su blanca
mano al delincuente que espira arrepentido.


                                  II.

Si el mundo llamase á la religion y á la fe; si no desdeñase la
benéfica influencia con que constantemente éstas le brindan, la
esperanza haria fecundos á tantos genios como se agostan con el soplo
amargo del escepticismo: habria más gloria, poder y felicidad; no
abortarian tantas empresas, grandes en su concepcion, porque no serian
mezquinas en sus medios, y Dios no dejaria caer su mano airada sobre
nuestras cabezas.

La esperanza es la que guía todos nuestros pasos en el sendero del
bien; la madre sufre todos sus dolores, todas sus penas, no por el
egoismo que encierra la idea de que sus hijos le paguen en la
ancianidad cuanto por ellos sufrió, sino alentada por la _esperanza_
generosa de contemplarlos un dia fuertes, virtuosos y felices.

El soldado arrostra los peligros del combate, porque la _esperanza_ le
enseña á lo léjos una corona de inmortal laurel.

El marino reza en la tempestad á la Reina del cielo, porque tiene su
_esperanza_ cifrada en tan cariñosa y compasiva señora.

Á mí me conoce y ama como una amiga.

La tengo sentada frente á mí, en mi mesa de escritorio.

La encuentro en el templo, apoyada junto al altar.

La veo en mis largos y solitarios paseos mecerse en las ramas de los
árboles.

La oigo en la campiña cantar con los pájaros.

Á su risa brotan en Mayo las flores de mis balcones.

Á su arrullo me duermo.

Á su dulce llamamiento me despierto.

Ella cortó hoy mi pobre pluma para escribir estas líneas.

Ella hace veloces y alegres las horas de mi trabajo.

Ella, en fin, es mi mejor amiga.

Los pesares del corazon, los sinsabores del alma, los amaños de la
sociedad, las intrigas del poder, las injusticias de los hombres, los
desengaños del mundo, las decepciones más amargas, los dolores más
hondos, todo lo alivia la blanda sonrisa de la esperanza.

El desgraciado sufre sus dolores con paciencia, porque la _esperanza_
le promete el alivio de ellos en la tierra, ó el precio de su
resignacion en un mundo mejor.

El mártir soporta heroicamente sus tormentos, porque _espera_ el cielo
que la fe le descubre.

El poeta pasa sus breves dias con la cabeza abrasada, sus noches sin
sueño, y sus amargos desengaños, _esperando_ conquistarse un glorioso
renombre, que le compense de todas sus fatigas.

Mas ¡ay! todas estas esperanzas se convierten en vanas ilusiones, si la
religion y la fe no las sostienen.

Oid á Alfonso de Lamartine en sus _Meditaciones_, en ese libro,
consuelo de los corazones heridos, encanto de las almas tiernas y
bálsamo de la amargura del desengaño: oidle, y si yo no os inspiro gran
fe al rogaros que _espereis_, tenedla al ménos en el gran poeta, cuya
inteligencia parece haber sido iluminada por el mismo Dios.

«Alúmbrate con la antorcha de la esperanza hasta en las sombras mismas
de tu muerte, seguro de que la Providencia no tiende lazo alguno á tus
pasos; cada aurora la justifica; el universo entero se fia de ella;
sólo al hombre ha ofrecido dudas; pero su venganza paternal confundirá
la duda infiel en el abismo de su bondad.»

Sí; no hay duda que la bondad suprema no confunda en el abismo de su
misericordia sin límites. No hay vacilacion en un alma pura, que no sea
sostenida por la fe é iluminada por la esperanza.

¡Amantes y virtuosas madres! ¡Vosotras, que sois los únicos seres para
quienes mi voz puede tener algun poder, enseñad á vuestros hijos, desde
el momento en que su inteligencia pueda comprenderos, á _creer_, á
_esperar_ y _amar_!

Hacedles ver que toda la ciencia de los mortales debe circunscribirse á
este círculo, tan estrecho pero tan fácil, y que únicamente la fe y la
esperanza pueden labrar su dicha en esta vida, y conquistar el reino
eterno que Dios nos tiene prometido.



                           EL TÚ Y EL USTED.


                                   I.

Hace algunos años leí en un periódico unas líneas, que me inspiraron
este artículo: aquellos renglones eran los siguientes:

«La más completa confusion deja conocer apénas quiénes son superiores,
quiénes inferiores, cuáles los padres, cuáles los hijos, pues una
_igualdad_ homicida y vergonzosa los ha confundido enteramente.»

Desde entónces, como digo, pensé en este artículo, pues creo que de esa
_igualdad_ que se advierte en algunas familias, no tiene la culpa el
_tú_, tan amante y confiado, que los hijos emplean con sus padres: otra
base más perjudicial tendrá esa _igualdad_, tan culpable para toda
persona sensata, y de ella deberia castigarse á los padres, no por
consentir el que sus hijos les llamen de _tú_, sino por no saber
guardar su lugar y su decoro.

Yo me honro con la amistad de infinitas familias en las que hablan de
tú los hijos á los padres, y, sin embargo, al primer golpe de vista se
conoce cuáles son los padres por las distinciones, los cuidados y la
ternura de que se les rodea.

¿Qué espectáculo es más dulce?; el que ofrece un niño que se abraza
confiadamente á su padre y le dice al oido estas palabras: «papá,
¿quieres que no me vaya todavía á acostar?», ó el que presenta una
criatura que á diez pasos de su padre murmura estas palabras: «¿quiere
usted que me esté aquí un poco más?»

Fácil será decirlo, si se observan los semblantes de los dos; el del
primero revela la dicha y el bienestar; su mirada es leal y franca: el
del segundo retrata un temor servil; su mirada oblícua examina á
hurtadillas el rostro de su padre, que no se atreve á mirar de frente.

Y, sin embargo, aquel niño que llama de _tú_ á su padre, como á su
mejor amigo, es probable que sea con él más tierno, amante y atento que
el que le llama de _usted_; los padres han sido colocados por Dios
mismo en un pedestal tan elevado, que sólo pueden descender de él por
culpa suya. Si un padre comprende el sublime destino que le ha sido
conferido; si le comprende y le estima lo bastante para guardar su
propio decoro y no cometer nunca ninguna accion reprensible, sus hijos
le respetarán siempre, aunque sólo sea por ese instinto que Dios mismo
ha colocado en el corazon humano, por esa necesidad que todos tenemos
de vivir sujetos á una naturaleza superior: la libertad absoluta es un
dón tan fatal, que no se hace amar de nadie.

Y no se crea que yo condeno el _usted_ por la sola razon de la
antipatía que me inspira, y que manifesté en una nota que coloqué al
frente de mi primera novela; yo reconozco que ese tratamiento es el
propio de la época prosaica y materializada en que vivimos; pero ya que
en la sociedad se emplea, ya que es lenguaje usual entre personas
indiferentes y áun enemigas, permítasenos no usarle con las personas
que amamos.


                                  II.

El _usted_ ha sido desterrado del seno de la amistad, porque coarta la
confianza, y contiene, ántes de que suban á los labios, las más dulces
expansiones del corazon; ¿por qué, pues, se ha de condenar el que se
vaya desterrando poco á poco tambien entre padres é hijos? ¿Hay acaso
un amigo mejor y más sincero para un jóven, que su propio padre? ¿Hay
alguno que más se desvele por su bien? ¿Hay alguno á quien deba amar
con más tierno exclusivismo?

Gentes hay cuyo tipo ha descrito con inimitable maestría el ilustre
Fernan Caballero, en su bella _Gaviota_. El general Santa María,
colocado allí á propósito para formar contraste con una dama romántica
y sujeta á todos los caprichos de la moda, es un hombre enemigo
acérrimo de esta inconstante deidad, que asienta como principio
infalible que nada de lo que de ella proviene es bueno: en nuestros
dias existen aún algunas gentes así, sin querer comprender que hay
algunas innovaciones útiles y saludables, y yo creo que de esta clase
es el tratamiento de _tú_ entre los padres y los hijos.

Jóvenes de ambos sexos he visto, de esos cuyos padres hacen alarde de
ser _chapeados á la antigua_, que escudados con el _usted_ contestan á
los autores de sus dias una desvergüenza de más volúmen que las que
algunos de los que les hablan de _tú_, se atreverian á decir á sus
criados: y esto no es extraño, esos padres no educan á sus hijos ni
para el cariño ni para el respeto; los educan para el miedo, y el dia
que su carácter pierde algo de la fuerza que les prestaba la edad, sus
hijos sacuden el yugo que les era tan pesado y abrumador.

Todo respeto, toda consideracion en el mundo están basados en el valor
del que los inspira: amamos á Dios porque tenemos su imágen enclavada
en una cruz y espirando entre tormentos sin ejemplo para redimirnos: le
amamos porque sabemos que á su bondad debemos la vida, el alimento y
todos cuantos goces y placeres disfrutamos; le respetamos porque nada
reconocemos más grande, más poderoso que él; sean, pues, los padres,
que son su imágen en la tierra, una imágen viva de su proteccion y de
su amor: sean grandes, nobles, apasionados para sus hijos, mostrándoles
en cuantas ocasiones les sea posible, su nobleza y su amor, y estos
hijos les pagarán su cariño con usura, porque la juventud es tierna; se
confiarán á ellos porque los reconocerán superiores; buscarán su
consejo y les contarán sus dolores, seguros de que los han de
comprender, consolar y guiar por la senda del bien.

Estos padres justos no son nunca débiles; sus castigos aplicados con
oportunidad y energía, son más temibles que por su rigor, porque privan
de la amistad del que los impone por algun tiempo; un padre bueno,
recto y cariñoso hace igualmente buenos á sus hijos, y éstos besan
sumisos la mano fuerte y protectora que sujeta las riendas de su vida y
les evita el hundirse en la sima sin fondo del mal.


                                  III.

«--Jamas olvidaré, me decia no hace mucho un hombre muy digno, jamas
olvidaré lo que sintió mi corazon una noche que contando apénas catorce
años, fuí al cuarto de mi padre para confiarle una falta, cuyo peso me
abrumaba.

»--¿Qué tienes, me dijo, que estás pálido, hijo mio?

»--Padre, respondí yo bajando la cabeza, vengo á decirte que he
levantado la mano á mi hermana.

»Mi padre se irguió, y sus grandes y poderosos ojos centellearon; pero
bien pronto se apagó aquella luz fugitiva, desprendiéndose de ellos
algunas lágrimas.

»--Si yo te diese ahora un golpe con toda mi fuerza, sería un cobarde,
¿no es verdad, Fernando? me preguntó.

»--No, padre mio; tienes el derecho de hacerlo.

»--El fuerte no tiene ningun derecho para maltratar al débil; un golpe
mio te aplastaria, porque eres débil como una doncella; luégo yo sería
un cobarde, y ademas padre bárbaro y cruel.

»Yo guardé silencio.

»--Fernando, continuó mi padre, tu eres un cobarde; has pegado á tu
hermana, que cuenta dos años ménos que tú, y que es mujer.

»El orgullo herido vistió mi frente de una ardiente púrpura; pero
devoré mi ultraje y callé.

»--Vas á pedir perdon á tu hermana, continuó mi padre; y luégo, hijo
mio, para rehabilitarte á tus propios ojos, pasarás cuatro dias en tu
cuarto, sin salir ni áun para comer.

»Yo, por mi parte, continuó abrazándome, te he perdonado ya, desde el
momento en que depositaste en mí tu confianza; nunca llama en vano un
buen hijo al corazon de su padre.

»El mio, prosiguió mi amigo, se anegó en ternura al sentirme acariciado
por el que me podia castigar severamente; las lágrimas que veia correr
por las mejillas de mi padre hicieron brotar dos raudales de mis ojos:
aquel hombre, cuyo valor era proverbial, cuya probidad acataban todos,
y á quien yo veia cercado siempre de tanto respeto, se convirtió desde
aquel instante para mí en mi único amigo y supo captarse mi confianza
hasta el extremo de ir yo á revelarle todos mis proyectos de
diversiones y amores, pudiendo confesar hoy con orgullo, que á la
amistad de mi padre debo el haber evitado todos los precipicios de que
la juventud está rodeada.»

Este hombre, que, como se puede suponer, sigue con sus hijos el ejemplo
de su padre, no ha enseñado á éstos á llamarle de _usted_, porque está
convencido de que este tratamiento que él rechaza con sus amigos, no
debe colocarse como una barrera entre la amistad que él y sus hijos se
profesan.


                                  IV.

Nada hay más grande, más sublime, más poderoso que Dios: y sin embargo,
él nos ha mandado llamarle de _tú_ en las oraciones que ha hecho con
sus ángeles y que por boca de éstos y de sus apóstoles nos ha
trasmitido para implorarle y darle gracias: _Padre nuestro que estás en
los cielos_, dice el cristiano cada dia: _llena eres de gracia_,
pronuncia al saludar á María con el ángel; entre Dios y sus hijos no se
conoce el _usted_, y sería una burla sacrílega é impía emplearle con el
Criador y su divina y amantísima Madre.

¡Padres, que sois la imágen del Criador en la tierra! ¡Madres, que
habeis recibido de la Madre comun de nuestro sexo el ejemplo de la más
santa y heroica ternura! Si sois buenos é irrepensibles, no necesitais
de nada más para inspirarles respeto, porque la tierna niñez, la pura
adolescencia, aman la virtud y respetan la dignidad: mas si por
desgracia se encuentra entre ellos alguno cuya índole indómita necesita
de rigor, usadlo á su tiempo, seguros de que, si es oportuno, os
considerarán siempre como sus mejores amigos, y revestidos ademas por
Dios de un poder semejante al suyo, que os permite castigarles y
premiarles en este mundo; que vuestro amor vaya acompañado de dignidad,
y que hallen siempre vuestro seno preparado á recibir su cabeza
culpable, y vuestra mano armada del castigo que ha de rehabilitarles;
de este modo oiréis siempre en torno vuestro estas dulces y
consoladoras palabras, que tanto bien hacen al corazon, que son la
única ventura positiva de la tierra:

--¡Padre mio! ¡Madre mia! ¡Qué buenos sois! ¡Yo os amo más que á todas
las cosas del mundo!



                              LA AMISTAD.


                                   I.

Con tanto asombro como pena he oido á algunas mujeres quejarse de que
no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo
que dicho por bocas jóvenes y sonrosadas me ha parecido increible, ó
por lo ménos muy dudoso; creo más bien que estas mujeres comprenden mal
la amistad, y la exigen más de lo que puede dar, queriendo que se eleve
á la categoría del más sublime heroismo.

Y es por cierto un error bien lamentable que, así en amistad como en
amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante
y no demos en cambio tolerancia y prudencia.

Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona
perfecta, jamas tendrémos amigos. Ningun mortal está exento de
defectos; sólo se debe, pues, procurar que los seres á quienes amemos
tengan los ménos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos
soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.

Una señora me dió no hace muchos dias, al oirme hablar así, la
siguiente lógica contestacion:

--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente:
amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se está uno solo
en su casa, que sufriendo las impertinencias de los más.

--Mas ¿qué nos queda, repuse, si despreciamos las simpatías del alma,
si desairamos las bellas prendas que posee una persona, sólo porque se
le reconoce algun defecto?

--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores
penas posibles.

--¡Ah, señora! exclamé; nos queda sólo el egoismo, y el egoismo no ha
hecho jamas la dicha de nadie; ¡no se queje V. de que no hay amistad en
la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!


                                  II.

La historia guarda en sus páginas la memoria de dos mujeres, que toda
su vida estuvieron unidas por la amistad más tierna y más pura: Isabel
Wolf y Agata Deken, fundadoras de la novela en Holanda, cultivaron
juntas las letras, juntas escribieron, y vivieron juntas desde que la
viudez de la primera la dejó sola en el mundo: esta union fué tanto más
admirable, cuanto que á las rivalidades femeniles podrian unirse las
literarias, y la emulacion que éstas llevan siempre consigo; pero léjos
de ser así, vivieron siempre unidas con la más cariñosa amistad, y la
vida arreglada, piadosa, ejemplar que llevaban, les conquistaron el
afecto universal, á la vez que una admiracion verdadera por las obras
de su ingenio.

El dia 5 de Noviembre de 1804 murió Isabel, y Agata no pudo
sobrevivirla más que nueve dias: anciana y aislada en la tierra, pues
habia perdido á su esposo y á sus hijos, Agata miró la muerte como el
último de los beneficios que Dios podia enviarle, y dió, muriendo, á su
amiga la postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las
habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quizá único entre dos
mujeres escritoras.

Algun tiempo despues la sociedad de Ciencias y Artes de Amsterdam,
queriendo tributar un homenaje público á sus virtudes y talentos, honró
la memoria de las dos amigas, celebrando unos magníficos funerales, á
los cuales asistieron cuantas personas distinguidas en todo género
residian en aquella gran ciudad.

Es de suponer que entre estas dos señoras habria algunas desigualdades
de carácter, algunas disidencias de gustos é inclinaciones; pero es de
suponer tambien que una á otra se dispensarian, tolerándose mútuamente
sus defectos, en gracia de sus buenas cualidades.


                                  III.

Nunca se deben confiar á otra persona ni pensamientos, ni sentimientos,
hasta estar bien segura de que los puede comprender, ni jamas debe dar
el dulce título de amiga una mujer más que á la que ha dado muestras de
merecerlo: hay penas y alegrías que no deben dividirse con ningun sér
indiferente, con ninguna persona de cuyo afecto no estemos
completamente seguros. Mas si debe procederse con mesura ántes de dar
nuestra amistad, una vez concedida, no se debe huir ante ninguno de los
sacrificios que esta amistad impone.

Se deben disimular á una amiga todos aquellos defectos que, no naciendo
del corazon, no pueden lastimar el nuestro; porque la indulgencia y la
moderacion son las principales cualidades de toda mujer distinguida, y
que se estima á sí misma.

He visto personas tan extremadamente indulgentes, que más bien que
estar dotadas de un bello y dulce carácter, parecian poseer un orgullo
lleno de nobleza. Hubiérase dicho que estas personas estaban colocadas
en un pedestal tan alto, que nada podia ofenderlas; que todo lo miraban
desde inmensa distancia, y que despreciaban las mezquindades de los
demas; y sin embargo, no tenian enemigos, y eran, por el contrario,
universalmente estimadas.


                                  IV.

Una ilustre escritora de nuestros dias ha dicho, «que la amistad es una
necesidad del corazon y que el amor es un lujo del mismo.»

Me parece esto muy cierto, y áun creo que deberia añadirse á tan bella
frase, «que la amistad es un beneficio para el alma.»

Un hombre nunca confesará á la mujer á quien ama que está pobre ó
exhausto de recursos; pero se lo dirá á su amigo.

La amistad es un comunismo de penas y de placeres, de dicha y de
llanto, al que nada se puede comparar, cuando está basado en profunda y
verdadera estimacion; pero esto lo encuentran pocos hombres, áun ménos
mujeres, y no se puede tampoco conseguir sin poner mucho de tolerancia
y generosidad, pues no hemos de exigirlo todo sin dar nada.

Se ha notado mil veces que la amistad más acendrada ha nacido de los
más extraños contrastes; y todos los dias estamos viendo amigos unidos
por el más tierno afecto, que son muy diferentes en caractéres y
costumbres.

Pero en nuestro sexo, entre las mujeres, la amistad es muy difícil, y
casi pudiera decirse que es imposible; porque la emulacion quebranta el
afecto apénas éste ha nacido, ó la irreflexion hace ofrecer un cariño
que en breve se conoce que es imposible dar, ya por incompatibilidad de
caractéres, ya por convencernos de que las bellas prendas que
suponiamos no existian más que en nuestra imaginacion entusiasta.

Es, pues, mil veces preferible á sufrir un desengaño el reflexionar
ántes de ofrecer nuestra amistad y estar seguras de que la persona que
á primera vista nos parece simpática, es--á lo ménos por las cualidades
del corazon--digna de ella; porque no hay nada más ridículo que esos
lazos, tan pronto formados como llegados á su más íntima estrechez y
que se rompen en breve, con un estrépito que hace formar mala idea del
carácter y del corazon de la mujer.



                                EL LUJO.


                                   I.

Cuando veo á las niñas vestidas desde los ocho años con trajes que son
una reproduccion en miniatura de los de sus madres; cuando las veo con
vestidos completamente bordados que cuestan seiscientos y mil reales,
con cintas en el talle de á dos duros la vara, con sombreros de paja de
arroz guarnecidos de plumas y flores costosísimas, con botas de raso,
con guantes largos y con encajes en el cuello y las mangas; cuando veo
así vestidas á las niñas, siento como una impresion de tristeza en el
alma.

¿Cómo se exigirá de estas criaturas el amor á la sencillez, la
modestia, tan encantadora en la mujer, cuando tengan más edad?

¿Cómo se les reprenderán las pretensiones exageradas y el amor al lujo,
cuando la coquetería, natural en la adolescencia, ocupe el sitio de la
inocencia de la infancia?

¿Cómo serán buenas esposas? Y sobre todo, ¿cómo serán buenas madres?

Acostumbrándolas al lujo, exponen las madres á sus hijas á ser muy
desgraciadas; el primer mal que las proporcionan es el hastío, que nace
de la saciedad de todos los deseos; el carácter de estas niñas, á las
que el vulgo llama felices, se agria, se hace vanidoso, despreciativo,
duro para los demas, antipático, en una palabra. Sus caprichos, sus
exigencias no tienen fin ni medida, y sus padres son las primeras
víctimas.

Cuando estas niñas llegan á la edad de amar y de ser amadas, el lujo es
tambien el orígen de su desgracia; toda fortuna del que desea casarse
con ellas les parece poca; saben sumar y restar, como la Cecilia de _Le
Duc Job_, que escribió en frances Leon Laya y arregló un académico
español con el título de _Lo Positivo_, y saben calcular perfectamente
lo que necesitan para alimentar la voracidad de ese dragon que se llama
lujo.

Suelen casarse, pues, no con el que aman, sino con el que es más rico,
porque el _descender_ les sería insoportable.

Pero si la suerte inconstante convierte, por uno de esos incidentes tan
comunes en nuestra época, la opulencia en medianía, ¡cuánto tienen que
sufrir esas pobres criaturas! ¡Cuánto más que la que ha sido educada
con modestia y sencillez!

No entra por poco tambien el miedo al lujo en la aversion que muchos
hombres tienen al matrimonio; muy pocos hay que quieran ver sufrir á la
mujer que aman, y ántes prefieren renunciar á ella, que someterla á
privaciones de todos los instantes.

El lujo, el detestable lujo, ha hecho imposible el hogar y la familia:
el carruaje, el abono en los teatros, la modista cara, la peinadora,
las telas de valor, los encajes y las joyas, parecen en el dia--y sobre
todo en nuestra pobre España--necesidades imprescindibles, necesidades
que ni nuestras abuelas, ni áun nuestras madres conocian.


                                  II.

Es una cosa innegable que el lujo enfria el alma y la deja como murada
para todo sentimiento elevado y generoso.

Semejante á la pasion del juego, la pasion del lujo absorbe por
completo la existencia; como la hidra de la fábula, que siempre tenía
siete cabezas, porque renacian cuantas se le cortaban, el lujo tiene
siempre hambrientas sus siete fauces, y próximas á devorar, no sólo el
dinero, sino el sosiego: una mujer dedicada por completo á los cuidados
que el lujo proporciona, no piensa en nada serio, útil y elevado; el
cuidado de sobresalir y de hacerse envidiar ocupa todas las horas de su
vida; y si es verdad que le causa algunas satisfacciones, es tambien
cierto que le proporciona muchos dolores.

Poco á poco, insensiblemente, el ánimo de esas pobres mujeres se va
empequeñeciendo, y su alma se llena de tinieblas; cuando la juventud ha
pasado, y con ella las ilusiones y la belleza; cuando se ven aisladas,
solas y tristes, el tedio las consume, y no saben qué hacer de sus
eternos dias, de sus solitarias noches.

Es, pues, preciso acostumbrar á las niñas á que amen la sencillez, y
vestirlas de una manera esmerada y elegante, pero todo lo modesta
posible; si la suerte les ha favorecido con los dones de la fortuna,
podrán aumentar sus gastos cuando, en la plenitud de su razon, puedan
calcular aquéllos y sus ingresos, con la saludable valla de las
costumbres modestas; si esta misma fortuna sufre reveses, no padecerán
las crueles privaciones de los goces de la vanidad, tan punzantes, y á
la vez tan áridos.


                                  III.

Para que las niñas tengan aficiones más elevadas que la pasion del
lujo, debe procurarse que se acostumbren á la lectura y al trabajo;
aunque la principal ocupacion de las niñas debe sér la costura y el
cuidado de las cosas útiles, como la confeccion de la lencería de la
casa, y la de sus propios vestidos, es tambien utilísimo bajo el punto
de vista de su dicha y de su tranquilidad, el que tomen aficion y apego
á las labores de adorno, como toda clase de bordados, flores
artificiales, disecacion de flores y pájaros, y cuidado de macetas
delicadas, jardineras, etc., etc.

Estos cuidados que ocupan la imaginacion mucho más que la costura,
estas labores de capricho y agradables, absorben la atencion de las
niñas y les hacen pasar horas deliciosas, porque disfrutan del goce de
crear cosas bonitas, y hallan en estas obras un inocente orgullo,
cuando las han terminado, y en tanto las llevan á cabo.

Sabido es lo mucho que entretienen las obras de tapicería, por la
combinacion de los colores y primor de los detalles; y estas obras, muy
caras, casi imposibles, para las niñas hijas de las familias modestas,
son para las de opulenta fortuna un antídoto, un preservativo
saludable. ¡Tan cierto es que las cosas varian de carácter, segun á
quien se refieren!

Es tambien muy útil el procurar que las niñas cultiven las artes y
hagan de ellas un estudio serio; ya porque en nuestra época todo es
mudable y pueden servirles un dia de medios de vida, y ya porque las
distraen agradable y constantemente, haciéndolas amables á todos.

La música y la pintura ocupan de tal suerte á las jóvenes que han
nacido verdaderamente artistas, que en su arte cifran toda su dicha, y
á veces el arte les hace las veces de los afectos perdidos, ó no
hallados en este valle de tristezas.


                                  IV.

No solamente en las telas es de mal gusto el lujo excesivo para las
niñas; lo es tambien en las hechuras: los volantes, los encajes, los
flecos caros, las pasamanerías, todo adorno costoso está proscrito para
los niños en el extranjero, y, sobre todo, en Inglaterra, donde las
señoras visten á sus hijas con la mayor sencillez, pero tambien con la
mayor elegancia.

Por grande que sea la fortuna de una jóven, jamas, hasta que se case,
debe llevar encajes, joyas, y telas fuertes de seda; esto _envejece_ y
afea hasta á las más bonitas, así como las telas ligeras y baratas, el
tafetan, el foulard, la gasa, el tul y la muselina, hablan de frescura,
de alegría y de juventud.



                                LA CASA.


                                   I.

¡Dulce palabra, que consuela de todas las penas! ¡Oásis de la vida,
retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! ¡Cuánto debemos
estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!

_¡Mi casa!_ El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como
la primera, como la más suave y grata de todas las felicidades, el
poder pronunciar estas palabras.

La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe
hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que
pasan su vida de fiesta en fiesta y que apénas entran en su hogar más
que para comer y dormir.

Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una
triste historia que voy á referir á mis lectoras.


                                  II.

Una jóven muy bonita y muy _á la moda_, casó hará unos tres años con un
hombre á quien amaba; era él inteligente, pero ambicioso, y conocia
perfectamente la gran frivolidad de su mujer.

Á los tres meses de haberse casado, la miraba como á uno de los
hermosos cuadros que componen su soberbia galería de pinturas.

La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte más
pequeña; no salia casi nunca con su marido; cuando éste tenía _spleen_,
ó algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se
iba á comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba
salir siempre que queria, le daba la más ámplia libertad, y no bien
manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje,
lo tenía en su guardaropa ó en su joyero.

--¡Qué mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fué soltera se
divirtió cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como
una reina!

Así juzga el mundo casi siempre.

La jóven frívola y ligera, que sólo pensaba poco ántes en teatros,
bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la
fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado á
reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.

Su cabeza estaba vacía; pero su corazon, bueno y amante, comprendió que
no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cariño y
consideracion de su marido.

No era su amiga ni su compañera; era _una cosa_ bonita, á la que se
cuidaba como á las porcelanas de sus consolas; era una figura mecánica,
como el autómata jugador de ajedrez, que á gran precio habia comprado
su marido en Alemania.


                                  III.

Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle
prorumpió en lágrimas.

--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos.
¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.

--¡No, no deseo nada de eso! exclamó la pobre esposa; ¡lo que deseo es
tu cariño!

--¿Qué motivos de queja tienes de mí?

--¡No soy tu amiga! ¡Voy sola á todas partes! ¡No me confias tus penas!
¡No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde á tu esposa!

--¡Bah! respondió el marido; guarda el sitio que tienes, pues no
sabrias estar en otro.

--¡Pues qué! exclamó ella exasperada; ¿me niegas toda sensibilidad,
toda inteligencia?

--Desde que te conocí te he visto bajo el aspecto más frívolo; no me
casé contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida,
sino porque eras bonita y queria verte siempre.

--¡Ah! exclamó la jóven levantando su rostro pálido de dolor y de
cólera; ¡yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu
tiempo lo das á otra mujer! ¡sé tus indignos devaneos, y no he de
callar más tiempo!

El silencio sucedió á estas palabras.

--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de
algunos instantes; pero consuélate, esa mujer es tan fea como bella
eres tú, y ademas te lleva algunos años.

--¿Qué te cautiva entónces en ella?

--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda
sensibilidad; cosas son éstas que jamas he pensado hallar en tí; la
intimidad del alma, la simpatía de las ideas con otro sér, constituyen
una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vacío y frio
su hogar, va á sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le
falta.

Desde aquel dia la jóven esposa quiso probar á su marido que podia
partir con él el peso de la existencia. Dedicóse á embellecer su casa,
y retirada en ella, cambió del todo su método de vida; leia, se
perfeccionaba en la música, se acostumbraba á pensar, y fué, en fin,
_un alma_ que halló el camino de la de su marido, del cual prevenia
todos los deseos.

La maternidad vino á estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y
misericordia, deja siempre un rayo de consuelo áun en medio del mayor
dolor.

Su marido ha llegado á entender que tiene en su casa algo más que un
mueble como los otros; él tambien se ha aficionado á las tranquilas
dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo
encuentra guardado por su bella esposa; y él, que con tan ruda
franqueza le habló, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con
los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las
nieblas de la materialista y frívola sociedad.

Ya es la amiga, la compañera y el único amor del hombre á quien unió su
destino, que es la mayor y quizá la única felicidad positiva de la
mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.


                                  IV.

¡La casa! ¡El hogar!

¿Dónde se descansa mejor, dónde se halla mayor satisfaccion y un
bienestar más dulce?

Id á las fiestas más espléndidas del mundo, y será raro el que no
volvais á vuestra casa con el cuerpo y el espíritu igualmente
fatigados; pero en la dulce tranquilidad de vuestra casa, jamas
estaréis solos: los muebles, los libros, el piano, el periódico que os
trae las más lindas novedades de la moda, el pajarito que canta en su
jaula, el ramo que os da su perfume, todos estos objetos os parecen, y
con razon, otros tantos amigos que os sonrien y os aman: allí no hay
decepciones, allí no hay envidia ni maledicencia; allí todo es paz,
calma, armonía y reposo; allí, desde la sagrada imágen que escucha
vuestros ruegos, hasta las macetas de vuestro balcon, todo os es
querido, como queremos cuanto vive de nuestros cuidados.

La mujer que no se halla bien _en su casa_, será en vano que busque la
dicha en el ruido y las fiestas; porque en el mundo y entre su más
espléndido bullicio, el alma huérfana está tan aislada como en las más
vastas soledades, como en los más espantosos desiertos.



                             LA TOLERANCIA.


                                   I.

Debo hablar de una cosa que he omitido hasta aquí, para dedicarle un
capítulo aparte, pues es de gran importancia en la vida de la mujer.

Esta es la tolerancia, que algunos confunden con la indulgencia, y que
es, en efecto, muy semejante á esta plácida y encantadora virtud.

No es tan bella, sin embargo; pero es en cierto modo más útil y más
necesaria.

La tolerancia tiene límites más estrechos que la indulgencia, y rara
vez degenera, como ésta, en una perjudicial debilidad.

La falta de tolerancia absoluta puede traer graves disgustos, y áun
grandes desastres; una mujer que se queja á su marido de la falta de
respeto de otro hombre, le expone á un lance desagradable siempre;
terrible muchas veces.

¡Cuántos sinsabores evita en situaciones semejantes un poco de
tolerancia!


                                  II.

En sociedad se puede dar á conocer de mil maneras corteses cuando
alguna cosa nos desagrada, y esto sin que sea necesario para lograrlo
el estar dotada una mujer de un talento sobresaliente, bastando tener
buena educacion. Una palabra dicha sin acritud, pero con entereza, un
silencio digno, y á veces una sonrisa fria, bastan para cortar las
franquezas imprudentes, las palabras atrevidas, las críticas
descorteses.

Sin embargo, áun en el caso de que el resentimiento sea justo, la mujer
debe evitar todo lo posible el descomponerse con la cólera.

En todas las ocasiones de la vida--ha dicho Jules Janin en uno de sus
más bellos artículos--la calma y la sangre fria es el medio mejor de
dominar las dificultades, y esto debe entenderse lo mismo colectiva que
individualmente, lo mismo tratándose de una que de muchas personas.

Hay muchas veces que es una prueba de talento y de dignidad el hacer
como que no se ven los insultos que la mala voluntad y la envidia
quieren hacernos, porque se da á conocer que nos hallamos demasiado
altos para reparar en semejantes miserias, ó para darnos por enojados
de ellas.

Si la malevolencia desea molestarnos ó hacernos sufrir, ¿qué mayor
triunfo podemos concederle que el logro de sus deseos? ¿Ni qué mayor
mortificacion que el ver que no nos llegan sus tiros envenenados, sus
injustos ataques, y á veces hasta las calumnias de la envidia, que
siempre es el orígen de todo insulto?

Á propósito de esto, y para que el ejemplo siga á los preceptos,
referiré un caso que presencié no hace mucho tiempo.

Una señora de mucho mérito, por su juventud, su belleza y su elevada
posicion social, frecuentaba una casa que no debiera haber frecuentado,
por la razon de que no se la estimaba en ella segun se merecia.

Por una extraña obececacion de la persona que la ocupaba como dueña
absoluta, ó tal vez por una envidia tan grande que no alcanzaba á
ocultarse bajo el tupido velo de las conveniencias sociales, esta
señora, léjos de profesar amistad á la que llamaba su amiga, la
detestaba profundamente, y no era, por cierto, de extrañar, si se
examinan los motivos que para ello tenía.

La señora de Z. era más jóven, más bonita y más rica que su envidiosa
amiga.

--¿Por qué iba, pues, á casa de ésta? se me preguntará.

El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jóven,
hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba á la señora de T....,
que tenía muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de
haber buenos, ésta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los
lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa
y mentida por la otra.

--¿Cómo haré yo para echar de casa á esta insoportable mujer?
preguntaba un dia la señora de T. á uno de sus más asiduos visitantes.

--¡Insoportable! repuso éste muy admirado; ¿llama usted insoportable á
esa mujer angelical?

--Justamente; la llamo insoportable, porque para mí lo es.

--Pero ¿por qué causa? ¿En qué ha podido ofender á usted? ¡Ella es tan
buena, tan dulce, tan amable!...

--¡Por favor, caballero, basta de elogios! exclamó la dama muy apurada:
ya sé todo lo que es; pero áun sé mejor que no la quiero en mi casa, y
para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado
encontrar.

--Pues hay uno muy fácil, respondió él.

--¿Uno muy fácil? ¿Cuál es?

--Dentro de tres dias es su santo de usted.

--Es cierto.

--¿Y no suele V. tener algunos amigos de ambos sexos á comer?

--Sí; pero ¿qué conexion tiene?...

--¿No convida V. por esquelas?

--Sí.

--¡Pues bien! no envie V. esquela de convite á la señora de Z.

--¡Oh! ¡pero eso es una grosería espantosa! exclamó con repugnancia la
señora de T....; hace más de veinte años que ese dia come en mi casa.

--Pero ¿no dice V. que desea librarse de su amistad?

--¡Sí!

--Entónces, ¿á qué tener consideraciones con una persona á la cual se
aborrece? Para romper para siempre unas relaciones es lo mejor ese
golpe; ¡no hay cuidado de que se puedan volver á reanudar!

--Lo pensaré, dijo la señora de T....; pero confieso que me cuesta
trabajo.

Su consejero no se tomó la pena de responderle, y salió de allí
maldiciendo á la envidia y á los envidiosos.


                                  III.

Sin vacilar un instante, encaminó sus pasos á casa de la mujer á quien
habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay
personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras
se nutren de obras buenas y elevadas.

Halló á la bella señora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentóse, y
despues de algunas lisonjas vulgares, entró de lleno en la cuestion.

--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.

--¿Un mal rato? preguntó la jóven; ¿por qué, amigo mio?

--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.

--¿De mí?

--De V., sí, señora.

El buen amigo se calló, esperando esta pregunta tan natural:

--¿Y quién habla mal de mí?

Pero se engañó: su interlocutora se encogió de hombros y cambió de
conversacion.

--¡Cómo! exclamó él; ¿no le importa á V. que la critiquen, que la
murmuren?

--No por cierto, amigo mio, porque lo hacen sin razon.

--¿Y eso qué importa, si lo hacen?

--Dejarlos; las calumnias caen siempre por su base.

--¡Pero V. tiene enemigos!

--No lo creo: no puedo creerlo.

--¿Ni porque se lo diga yo?

--Creo más bien que V. se engaña.

--¡Pero si estoy seguro de ello! exclamó el oficioso exasperado; ¡usted
verá cómo le hacen un desaire que no se espera!

--¡Un desaire! ¡A mí!

--¿Quiere V. que le diga cuál?

--No, amigo mio, respondió la señora de Z.; jamas me ha gustado sentir
males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: así, pues,
esperaré esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin
impaciencia ninguna porque llegue.

Y aquí la jóven cambió de conversacion con una perfecta suavidad en la
apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su
visitante no pudo, por más esfuerzos que hizo, volverla á traer al
terreno que deseaba.

La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.

Ajena la señora de Z. á lo que pasaba en el corazon de su amiga y á los
pérfidos consejos que le daban los envidiosos, preparó un traje
conveniente para el dia del santo de aquélla y esperó, no sólo la
invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la
señora de T....; pero fué en vano; no recibió ni invitacion ni visita.

Este golpe la hirió profundamente, tanto por lo que tocaba á su
corazon, cuanto por lo que tocaba á su amor propio; lloró mucho aquel
dia: pero á las nueve de la noche se vistió con su buen gusto
acostumbrado, y se dirigió á casa de su amiga, á cuya tertulia iba
todas las noches.


                                  IV.

Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron
admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi
todos se alegraban de ella.

Pero la que enrojeció de confusion, fué su amiga: habia pensado que el
resentimiento alejaria para siempre de su lado á la que habia ofendido,
y que no tendria que soportar el tormento y la vergüenza de verla
despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para
una persona que áun conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no
hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una
persona á quien voluntariamente ha ofendido.

La señora de Z. se fué derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tomó
cariñosamente la mano y le preguntó _qué tal habia pasado el dia_:
aquélla balbuceó algunas palabras desacordes, y luégo empezó á
excusarse con mucha confusion de no haberla convidado á comer.

--Y eso ¿qué tiene de particular, querida mia? respondió jovialmente y
bastante alto para ser oida la jóven; cada uno es dueño de tener á su
mesa las personas que sean más de su gusto; yo tampoco hubiera podido
venir, porque tenía hoy muchas ocupaciones.

Á la primera ocasion que se presentó, no faltó quien se fuera á sentar
al lado de la señora de Z. y se lamentase traidoramente de la
ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente,
tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariñosamente á su
amiga y conservar la sonrisa en los labios.

Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad á la
fuerza, porque tenía el convencimiento de lo que valia: dos dias
despues pretextó, para no asistir á la tertulia, una ligera
indisposicion; luégo fué otra noche al teatro, despues dijo que
dedicaba una noche á la semana á arreglar ciertos papeles, sola en su
casa, y que otra la destinaba para ir á la ópera: por fin, dejó de ir
del todo y rompió el último hilo de aquel lazo que ella habia ayudado á
anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de
sus sacrificios.

Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer,
y la envidia comprendió que no se la podia herir impunemente; su
ingrata amiga lamentó eternamente la pérdida de su amistad, como una
desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no
tenía cura.

Si hubiera ido á casa de su amiga, á llenarla de dicterios; si le
hubiera escrito una carta insolente, ó bien si hubiera desaparecido de
aquella casa sin volver más, hubiera dejado al insulto y á la envidia
triunfantes.

Su venganza fué digna y generosa, y elevó mucho más el pedestal de la
consideracion que se la profesaba.


                                   V.

La dureza es bastante comun con los criados, y yo creo que es
comprender muy poco sus intereses el regañar de contínuo á las personas
que están á nuestro servicio.

Una señora que reconviene á voces á sus criadas, se iguala con ellas,
porque es sabido que esa clase de gentes sin educacion hablan siempre
en el diapason más alto que pueden: ademas, los criados, cuando se ven
ultrajados, ó lo están á su parecer, no escuchan en silencio las
reconvenciones, altercan olvidando todo respeto y toda consideracion, y
muchas veces se despiden por venganza y por el gusto de dejar al
cuidado de la señora todos los pormenores del servicio doméstico.

Un poco de tolerancia en todas las cosas de la vida, un poco de
paciencia y de abnegacion, ó á lo ménos de cortesía, nos evita muchas
incomodidades, y áun á veces muy graves disgustos: la amistad sobre
todo, es un cambio recíproco de sacrificios de amor propio, y de
deferencias cariñosas.

Donde no hay tolerancia, es imposible que haya amistad, y casi pudiera
decirse lo mismo del amor: cada uno ha de disimular los defectos del
otro, para que á su vez le disimulen los suyos propios.

Muchas veces se ven reunidas en una misma persona grandes virtudes y
grandes defectos; en estos casos, es lo más regular y positivo que las
virtudes estén ocultas y los defectos en relieve; pero entónces es
preciso buscar el grano de oro á traves de la tosca tierra, y decir
como el filósofo:

«El oro, aunque sea entre escombros, siempre es oro.»

Si se carece absolutamente de tolerancia, es preciso al ménos aparentar
que se tiene.

Nada ganaríamos con decir á nuestra mejor amiga:

--¡Qué habladora es V.! ó bien:--¡Cuánto me fastidian sus largas
visitas! ¡Qué mal se peina! ¡Qué mal gusto tiene para vestir!

Estas imprudentes franquezas, esta expresion de la intolerancia, ofende
siempre, hiere el amor propio del que es objeto de ella, y á veces
convierte una amistad antigua y sincera en un ódio mortal y eterno.



                      ORGULLO, VANIDAD Y DIGNIDAD.


                                   I.

                                    La soberbia, el orgullo y la vanidad
                                    son tres manifestaciones distintas
                                    de un mismo vicio, que pretende
                                    encubrirse con el nombre de una
                                    virtud, la dignidad humana.

                                                                   L. V.


Existe entre estos tres sentimientos una diferencia muy notable. El
orgullo bien entendido y sentido--porque es un sentimiento más ó ménos
vehemente--con moderacion, es siempre laudable y conveniente. En este
caso los nombres _orgullo_, _dignidad_, son sinónimos.

El orgullo es muchas veces el defensor de la virtud de la mujer, áun
cuando ésta se halle combatida por una de esas pasiones terribles y
exclusivas, que se ven algunas veces en la vida; y de más de una
pudiera asegurarse que, encontrándose aislada en medio del mundo, sin
padres, esposo, familia ni autoridad alguna que pudiese contenerla y
pedirle cuenta de sus acciones, ha encontrado la salvacion de su honor
en el sentimiento fuerte y noble de su orgullo.

Nadie ha presentado el orgullo bajo formas más poéticas y bellas, y al
mismo tiempo más verdaderas, que Eugenio Sué, en la lindísima novela
que lleva por título _La Duquesa_, y que está basada en el primero de
los pecados capitales. La hermosa y casta Herminia, aquella jóven de
diez y ocho años, por cuya alma purísima no han resbalado nunca más que
nobles y virtuosos pensamientos, es la personificacion de la dignidad
de la mujer, ó por mejor decir, de su bien entendido orgullo; porque
este orgullo le hace sobrellevar la miseria y las privaciones con
paciencia, y hasta con alegría. Este orgullo hace frente á todas las
asechanzas de un hombre pervertido, que desea seducirla. Este orgullo
le hace respetar el secreto de su madre, consintiendo en aparentar que
ignora á quién debe la vida. Y este orgullo, en fin, le hace guardar su
lugar tan admirablemente, que la altanera Duquesa de Sennéterre, una de
las damas de la más antigua nobleza francesa, tiene que ir á su casa á
pedirle que consienta en casarse con su hijo, el heredero de todos sus
títulos y blasones.

Al que haya leido esta lindísima novela nada puedo decirle ya en elogio
del orgullo. En ella, como dije ántes, está poetizado y embellecido de
un modo tan sublime y con tal fundamento, que necesariamente debe
convencerle de que es útil y hasta necesario. Casi pudiera decirse que
el orgullo es el padre de la gentil y graciosa coquetería; porque una
mujer orgullosa es aseada, ya que no puede ser elegante, y el aseo es
el lujo y la coquetería de los pobres.

Una mujer digna lleva, con una elegancia sin igual, un vestido blanco,
cuyo coste no pase de ochenta reales, y muy económico ademas, porque
cada vez que se lava queda nuevo y fresco, y quizás desluce con él á
otras que ostentan trajes de muy subido precio.

Una mujer digna y orgullosa, en la buena acepcion de esta palabra,
recibe, sin cortarse, en su modesta vivienda la visita más encumbrada.
No descubre en su frente esa culpable vergüenza de _no ser rica_, que
atormenta á tantas otras; hace con perfecto desembarazo los honores de
su casa, porque su orgullo, tan exigente, por lo ménos, como la más
delicada conciencia, le grita sin cesar al oido:

«_Tú eres noble, estimable y rica, porque eres buena._»

Ademas, la mujer que posee aquel sentimiento, escucha con altivo y
generoso desden todo aquello que puede ofenderla, por más que á sus
solas pague un justo tributo al dolor que las injusticias del mundo le
ocasionan.


                                  II.

El orgullo es tambien necesario en la vida doméstica. Aunque el
destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea
amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que más
la realzan, hay casos en que á todas estas consideraciones debe
sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.

No me entretendré yo, por cierto, en señalar cuáles deben ser estos
casos. En ellos el único juez es la conciencia; pero sí aseguraré que
la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo,
cuando éste se levanta en su corazon herido, segura de que las
decisiones dictadas por él serán siempre justas y razonables.

El orgullo impide á la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el
exagerar y el aventurar la más leve mentira. El orgullo imprime á sus
modales un carácter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser
dulces. El orgullo, la hace solícita para sus hijos, amante de su
marido, y buena y entendida ama de su casa.

La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle.
Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si
tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizás no comete
faltas, por no tener cómplices que pudieran un dia echárselas en cara.
No veréis nunca que una mujer orgullosa se case con una persona
deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel á su
marido, porque sólo se casa con un sér á quien pueda amar.

Dedúcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener
orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con
todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras
consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia,
en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el más leve
desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mártir de su
deber: ni causa á sus padres el más pequeño disgusto, ni da á sus hijos
nunca un mal ejemplo.


                                  III.

El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y
hasta odioso, si no va acompañado de mucha dulzura de carácter.

El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entónces
merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de
dignidad y de generosa altivez.

Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin
embargo, más opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y
hasta preciso, cuando va acompañado de buenos sentimientos y de buen
carácter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente,
engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los
sentimientos dulces y tiernos.

Pero la vanidad es demasiado raquítica para ser mala, y sobrado
menguada para ser buena. Es ménos que buena y que mala, es ridícula.

La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energía
como el orgullo ambicioso. Su afan está reducido á brillar, ó, mejor
dicho, á llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen
lo más _vistoso_ con preferencia á lo más bonito, y se contentan con
los triunfos más mezquinos, como es el despertar la envidia de las
demas mujeres.

No hay cosa que más hiera que el ridículo. El mundo compadece quizá á
un ser culpable, pero se encarniza con el que está marcado por aquél.
Así, pues, creedme, lectoras mias, huid de él y precaveos de sus tiros.
Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar léjos á la vanidad
cuando se acerque á vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable
error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una
de las más bellas dotes de la mujer, y la defensa más eficaz de su
virtud, cuando está secundada por la sublime y hermosa religion.

Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos
dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior á
vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable é hijo de la
vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa
jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os hará desear cosas
nuevas y más árduas. La vanidad enajena el cariño de los padres, del
esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho
al sér que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus
caprichos é inagotables exigencias. La vanidad os robará la
consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudriña; y la
envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscará todos vuestros
defectos, y áun os los prestará imaginarios, para vengarse de vuestra
vanidad.


                                  IV.

La vanidad no tiene nada de comun con la dignidad; aquélla es un grave
defecto, ésta es una virtud bella y noble. La dignidad es puramente
defensiva; la ignorancia, no obstante, la confunde con la vanidad, que
es agresiva y que ademas se ejerce en una vía completamente opuesta.

Las almas vulgares, los espíritus poco cultivados no conocen la
dignidad, y, por consiguiente, no la reconocen en los otros; llaman
orgullosas á las personas reservadas, y al expresar esta opinion
errónea, les parece que expresan su desaprobacion; incapaces de
comprender ese sentimiento de delicadeza moral, que impide á los que lo
poseen el exponer al público sus pensamientos, sus recuerdos y sus
esperanzas, guardan una especie de rencor á las personas demasiado
_orgullosas_, para dar su alma por pasto á su vulgar curiosidad. ¡Y
felices podemos llamarnos si su despecho se detiene en los límites de
la desaprobacion! Muchas veces va más allá, y si un espíritu limitado
se alía á una alma vil para juzgar la dignidad, ésta se verá acusada de
multiplicar los velos para ocultar las faltas, y su reserva se
considerará como la manifestacion de un disimulo prudente y necesario.

¿Pero qué importa el juicio erróneo de los que no saben comprender el
mérito de la amable y serena virtud que se llama dignidad? tanto peor
para ellos; porque la dignidad es un gran bien que nos da la estimacion
ajena, y es una adorable compañera para la mujer.



                            TIPOS FEMENINOS.


                               LA MADRE.


                           ARTÍCULO PRIMERO.


                                    Si deseais hallar en la tierra algo
                                    que dé idea de la perfeccion divina,
                                    buscadlo en la madre.

                                                         FERRIZ VILLEDA.


                                   I.

Empiezo estos modestos estudios de los tipos femeninos por el que me
parece el más grande, el más sublime de todos, por el que creo que es
la base de la familia, así como la familia es la base de la sociedad.

La madre es á mis ojos la figura más grande, más noble y más hermosa de
la creacion; ella es la que anima, la que sostiene, la que consuela, la
que sobre todo ama y perdona, que es la sublime mision de la mujer.

Puede el hombre atravesar por los huracanes de la vida; puede sufrir el
choque de las pasiones y ser amargado por los desengaños; puede
combatir cuerpo á cuerpo con los mayores peligros; puede ser extraviado
por sus malas pasiones, y pervertido con el contacto del mundo; pero
jamas se borrarán de su alma las primeras ideas, cuyo gérmen ha
depositado en ella la mano piadosa de su buena madre.

De los pobres seres que no la tienen han salido siempre los grandes
criminales, y esos monstruos de maldad, horror de la naturaleza.

Y decimos de los hijos sin madre en absoluto, porque puede estarse sin
madre así moral como materialmente, pues hay mujeres que no merecen
este nombre sagrado, aunque hayan dado á luz numerosos hijos.

Pero los ejemplos de madres desnaturalizadas son raros, y en cambio la
historia nos los ofrece repetidísimos de heroismo materno.


                                  II.

La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á
distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra
cuna y espía nuestra primera sonrisa.

Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar
nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo
en nuestra frente el dulce calor de sus besos.

¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!

¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física
á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su
refugio en aquel recuerdo incomparable!

¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?

¡Jamas!

Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz
de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una
aureola de belleza y de poesía.

La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es
tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es
infinito, como la clemencia celeste.

Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos
presenta.

María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime,
que llega hasta la heroicidad.

La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel
le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera
está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el
dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de
su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina
palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente,
conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios
de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.

El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita
acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y
brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con
su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.

Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña
durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que
sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido?
¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?

¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada,
amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar
consuelo en lo humano!

Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas
sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo
aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio?
Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de
todos los hombres en la persona del discípulo amado.

--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.

--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.

De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor
maternal.


                                  III.

¡Cuán sublime es la mision de la madre!

Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la
que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el
bienestar, segun su carácter y sus aspiraciones.

Aunque se halle dotada del organismo más exquisito y más poético, toma
para sí las mil pequeñeces materiales que fatigan su espíritu, y que la
hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso
de sus contínuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ántes
que por ella, por sus hijos, que son la parte más querida de sí misma.

No es al padre á quien se confian los sueños dolorosos, que á veces nos
asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de
gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se
agitan en nuestro cerebro; ¡es á la madre! porque la madre, áun más que
aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora
nuestras decepciones.

Si por acaso la inteligencia de la madre no está al nivel de la de su
hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo así, y
siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el
pensamiento de su hijo.

Y si la madre posee elevado talento, ¡cuánto más grande es su
sacrificio!

Á la vez que madre es mujer, es decir, un sér sujeto á sueños é
ilusiones; un sér apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa
influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta
muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia á un profundo
desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar á sus
hijos.

¡Cuántas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeñado en
contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de
seguir, ó la inclinacion amorosa de una hija!

¡Cómo suplica entónces!

¡Cómo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!

¡Qué inagotable es el manantial de su llanto!

¡Qué irresistibles argumentos halla!

¡Feliz aquel que ha hallado una madre inteligente y tierna apoyada en
su cuna!

¡Feliz quien se apoya en este amor, el más santo, el más sublime de
todos!



                               LA MADRE.


                           ARTÍCULO SEGUNDO.


                                   I.

La historia de Roma nos presenta en medio de sus escándalos, el más
sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.

Agripina _la Grande_, la esposa de Germánico, fué desterrada despues de
su viudez, con sus hijos, á la isla Pandataria (hoy de Santa María) por
su tio, el cruel emperador Tiberio.

Demasiado sabía la desgraciada princesa que no era á sus hijos á quien
más ódio profesaba el Emperador; era á ella á quien aborrecia; á ella,
nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germánico, y adorada del
pueblo romano y de las legiones que por sí misma habia conducido tantas
veces á la victoria, acompañando á su esposo para alentar al ejército.

Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba,
sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á
todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por
eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una
tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los
medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.

Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber,
envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su
seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las
bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya
prometian todas las gracias de una bella adolescencia.

--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma
que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan
profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?

Y la misma voz le respondia:

--¡Morir!

Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta
llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina
el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del
Emperador.

Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria
comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento
que sus esclavas le servian.

Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba
en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver
arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de
buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las
mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando,
ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con
tanto delirio.

Optó, pues, por la muerte de _hambre_, la más lenta, la más dolorosa de
las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.

¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?

Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz,
y con la sonrisa en los labios.

Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino
que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.

--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del
Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!

El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina
se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre
heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella
venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.

Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves
de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas
madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.


                                  II.

Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion
al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus
hijos.

En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más
sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en
la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se
eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta
el dia.

Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que
puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres
eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.

Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido
desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo
talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y
melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma
del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que
sacaba celestiales melodías.

Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todavía con ternura de aquella
madre, que, vástago de una de las más ilustres familias de Francia, se
encerró con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre
casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar
el cielo á traves de los viejos árboles y enseñar á su Alfonso á pensar
y á sentir.

Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer
hizo brotar y dirigió sus primeras impresiones: de ahí proceden esa
melancolía que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza
en las imágenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita
elegancia, esa poesía inagotable, que se advierten en todas las obras
de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es _un tanto
femenina_, y tienen razon: ése es el más alto elogio que se puede hacer
de su madre.

Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el
dulce abrigo del ala maternal, aquel cariño tierno é inteligente le
sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en
sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de
Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no sólo
todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion,
acaso culpable, pero verdadera y profunda.


                                  III.

En todos los escritos de Lamartine reside el alma grande, bella,
piadosa, tierna y apasionada de su madre; si todos los hombres tuviesen
una madre como aquella, habria tambien más nombres gloriosos en el
mundo, y las malas pasiones no tendrian tanto imperio.

Como se ve, no quiero hablar aquí del amor ciego é ininteligente de la
madre que sólo alcanza á desear una absoluta dominacion sobre sus
hijos, y que más que abrirles el camino de la vida y de la
inteligencia, se los obstruye todos. Hablo del amor á la vez
inteligente y apasionado, como del bello ideal del cariño materno; pero
áun aquél es á mis ojos respetable, pues si en sus manifestaciones es
errado, en el fondo es grande y lleno de abnegacion.

En el artículo siguiente hablaré de la triste influencia que su madre
ha tenido en el destino de otro hombre ilustre, y á la vez muy
desventurado.



                               LA MADRE.


                           ARTÍCULO TERCERO.


                                   I.

Triste es el ejemplo que vamos á ofrecer á nuestros lectores, y, sin
embargo, le elegimos entre muchos, como el más elocuente y como el más
propio para manifestar hasta dónde llega la influencia de la madre
sobre su hijo.

Ya hemos visto la saludable que ejerció Mad. de Lamartine en el suyo;
hablemos de la funesta, de la tristísima, que Lady Byron tuvo en el
carácter y en el destino del ilustre poeta que le debe la vida.

La orgullosa y severa Inglaterra se envanece, y con justísima razon, de
contar entre sus hijos al poeta cuyo nombre ha llenado con su gloria al
mundo entero; pero si esa nacion, moral por excelencia y amante de la
familia, separa sus ojos de madre de la entidad _poeta_ de Lord Byron,
y los fija en la entidad _hombre_ del mismo, es seguro que los cerrará
avergonzada.

Lady Byron estaba dotada de una hermosura encantadora y de un talento
tan grande, que no podia comprenderse sin asombro, ó más bien que
podian comprender muy pocas personas, pues sólo la inteligencia grande
es la que sabe medir y apreciar la grande inteligencia.

Lady Byron no fué dichosa en su matrimonio; á pesar de sus
sobresalientes dotes de talento y de hermosura, ó quizá á causa de
estas mismas dotes, mal apreciadas de su marido, detestó el lazo eterno
que á él le unia, y el nacimiento de su único hijo Jorge la causó más
disgusto que placer.

La muerte desató su cadena conyugal, y, viuda ya, amó ó creyó amar
muchas veces, engañándose siempre y mirando caer á sus piés los ídolos
que su propia imaginacion habia levantado y vestido con doradas galas.

En la perpétua tempestad de su vida, poco ó nada pensaba en su hijo,
que desde su más tierna edad escandalizaba, con los arrebatos de su
carácter, á los sesudos profesores y á los inocentes educandos de los
colegios de nobles de Harrow y de Cambridge; si Lady Byron hubiese
modelado desde entónces el carácter de su hijo con el blando cincel del
amor materno, seguramente no se hubiesen desencadenado más tarde las
furiosas pasiones, que sumergieron la gigantesca naturaleza de Jorge en
el abismo de todos los excesos.

Aquella madre fatal reunia una razon débil á una imaginacion ardiente y
soñadora y á un corazon árido y frio; su salvaje orgullo le hacía negar
todo cuanto no comprendia; sus creencias religiosas, débiles siempre,
desaparecieron por completo cuando más falta le hacian; cuando la edad
del amor habia pasado; cuando su cabeza, rehusando abrigarse bajo la
santa bandera de la fe cristiana, debia quedar expuesta á todas las
tempestades de la vida.


                                  II.

Jorge Byron fué á la casa maternal, expulsado del colegio por su
desarreglada conducta, hija sobre todo del abandono en que su madre le
dejaba; y en vez de hallar en aquella madre una amiga tierna y
previsora, halló una mujer dura, fria, indiferente para él, y que en su
helado y extraño escepticismo, se reia de las cosas más santas, y se
burlaba de todo.

No se lanza á traves de las selvas el caballo que ha roto el freno con
más ardor y bravura en la carrera, que el jóven Lord se lanzó en todos
los excesos de la vida libertina; juzgó á todas las mujeres en su
madre, y á todas las despreció, siendo para él juguetes que le
divertian más ó ménos tiempo; sus poemas _Childe Harold_, _El
Corsario_, _Chiam_, _La Desposada de Abidos_, _Lara_ y _Don Juan_,
elevaron su fama al más alto grado de la gloria; pero ¡qué vida la del
poeta! viajando sin cesar para olvidar el vacío que ni la gloria podia
llenar, cansado de honores y de riquezas, consumido de hastío, Jorge
Byron era el hombre más desgraciado de la tierra.

Fatigado de su deplorable existencia, quiso ver si hallaba la calma en
el puerto del matrimonio, y obtuvo la mano de Mis Milblanc, jóven
encantadora, que le dió pronto una hija; pero los lazos de la familia
se le hicieron insoportables al poco tiempo, y huyó á Ginebra,
trasladándose despues á Florencia.

Para que no existiese una desdicha que Jorge no apurase, le llegó la
hora de amar verdadera y profundamente, cuando ya estaba unido á otra
mujer; la Condesa de G.... fué la que le inspiró el único amor de su
vida, y la Condesa estaba casada como él.

No es de este lugar el referir los escándalos que estos amores
produjeron: la Condesa, cansada del carácter de Byron, agobiada con la
esterilidad de aquel corazon que sólo por ella latia, pero que en todo
lo demas era de piedra, tuvo, por fin, el noble valor de desprenderse
de tan funestos lazos, y Lord Byron, desesperado, recorrió la Grecia y
se ocupó en conspirar, hasta que á los treinta y siete años murió de
una fiebre inflamatoria, asistido y cuidado solamente por un fiel
criado suyo.


                                  III.

Tal fué, considerada á grandes rasgos, la vida de este gran poeta, de
quien una madre tierna y piadosa podia haber hecho un buen ciudadano,
un buen esposo, un buen padre, y sobre todo, un hombre feliz, y que fué
el más desgraciado de los vivientes y uno de los hombres más bajamente
viciosos.

Aquel que estudie el carácter y los escritos de Lord Byron hallará
entre unos y otros las más extrañas contradicciones; escéptico en su
vida, se lamenta amargamente de no haber nacido católico; aristócrata
por la cuna y el carácter, hace alarde de despreciar las preocupaciones
de su clase; abomina la disipacion en sus obras, y su vida no es otra
cosa que una disipacion continuada; considera el matrimonio como una
calamidad insoportable, huye de él, y escribe que el matrimonio es el
estado más feliz de la vida.

¡Pobre y enferma cabeza! ¡Pobre corazon extraviado y solitario en los
desiertos de la vida! ¡Pobre y gigantesco pensamiento, aspirando
siempre á un _más allá_ que no encontraba! ¡Si una madre tierna,
piadosa é inteligente te hubiera prestado el calor amoroso de su seno;
si te hubiera mostrado el cielo con la palabra y con el ejemplo de una
virtud suave y sencilla; si te hubiera abierto en su corazon un refugio
á todas las decepciones, á todos los dolores de la vida, hubieras sido
feliz, aunque no hubiera sido de otro modo que agradeciendo á Dios tu
propia grandeza!


                                  IV.

El mundo, casi siempre justo, se ha encargado del castigo de Lady
Byron; en vez de rodear su memoria de la aureola de gloria eterna que
de justicia se debia á la madre de tan gran hombre, sólo la representa
cubierta con los negros velos del sombrío escepticismo y del helado
orgullo.

Deploremos todas las mujeres que aquella mujer ilustre, que aquella
madre, no se haya elevado sobre su pedestal de palmas y de flores;
deploremos que no adorne su frente la augusta corona del amor materno;
ciñéronla, es verdad, la de la hermosura y la del talento; pero ¿qué
valen éstas, si no sostiene los suaves y perfumados velos del amor
maternal y de la fe cristiana?

¡Nada! Todo perece en la tierra para aquella que, habiendo dado á luz
hijos, no puede esperar que se grabe en su losa funeraria:

                    _¡Aquí reposa una buena madre!_



                               LA MADRE.


                            ARTÍCULO CUARTO.


                                   I.

--¡Dadme hijos, Dios mio, ó haced que muera!

Este era el grito que Raquel elevaba al cielo cada dia: éste era el
grito de las mujeres de la nacion predestinada, donde todas aspiraban á
ser la madre del Mesías.

Este es el grito que hoy tambien se escapa del seno de muchas mujeres,
que se inclinan sobre una cuna, áun vacía.

Desde que la mujer siente un hijo en su seno, sólo anhela la venida de
este hijo; su corazon se llena de la ternura más fuerte, más pura, más
desinteresada; de la ternura que _da siempre_, y que _no recibe casi
nunca_: de una ternura que no agotan ni las fatigas, ni los
sacrificios, ni áun la ingratitud, que es algunas veces su recompensa;
de una ternura que no se asusta de las pruebas más duras y que, cuando
tiene su orígen en la sagrada fuente de la religion cristiana, _nutre_,
como dice San Agustin, _almas para el cielo_.

Séfora, madre de los Macabeos, supo exhortar á sus hijos á resistir al
tirano Antíoco, y á desafiar el horror de los tormentos, porque aquella
valerosa madre amaba á sus hijos tanto _y tan bien_, que anhelaba
conquistarles, áun á costa del martirio que su corazon sufria al verles
martirizar, la felicidad eterna.

«Esta madre era--dice la Escritura--admirable y digna de vivir en la
memoria de todos.»

Antíoco quiso conquistar por el prestigio de las riquezas y de los
honores al más jóven de los hijos, al Benjamin de esta heroica Raquel:
mas ella, inclinándose hácia el niño, le exhortó con penetrante
energía, y le rogó que fuese digno de sus hermanos y de sí mismo.

«El Rey, inflamado en cólera, fué más cruel con este niño que con sus
demas hermanos, y aquél murió confiado en el Señor: la madre sufrió la
muerte despues de todos sus hijos»[2].

     [2]Libro de los Macabeos, cap. VII.


                                  II.

Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo,
la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el
destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza,
colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.

La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de
Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde
aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre
se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su
corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los
brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.

Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor
hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y
ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.

San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal
talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y
á la virtud, que para darme al mundo.»

Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres,
porque la _maternidad moral_ es el complemento de la maternidad
material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de
madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.

Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con
más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo
para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar
su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en
lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas
las virtudes.

Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su
imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba
de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande,
que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.

Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se
volvió por entero hácia su madre.

Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la
santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué
obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no
podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que
una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.

La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el
triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.


                                  III.

San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura
de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso
separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto;
pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable
pluma del santo ha legado á las edades futuras.

«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no
despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo
muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á
un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí,
pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi
corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones
un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes!
Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista
sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi
cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende
largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones;
pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y
teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»

Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre
las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su
deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.

Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos,
y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta,
tan llena de abnegacion, exclamaba:

--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!

San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la
perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el
cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido
una buena y santa madre.

Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su
hijo San Luis.

La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre
Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las
letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su
hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la
jóven cayese de rodillas á sus piés.



                               LA MADRE.


                            ARTÍCULO QUINTO.


                                   I.

De la hermosa, amable é interesante madame de Sevigné es de quien vamos
á tratar en este artículo, como de uno de los modelos de amor maternal
que conocemos.

Infeliz en su enlace, no obstante que estuvo de acuerdo con su corazon,
quedó viuda muy jóven, y en vano fué que se viese rodeada de los más
brillantes partidos; quedáronle dos hijos, y se dedicó sola y
exclusivamente _á ser madre_.

La Marquesa de Sevigné amaba mucho á sus dos hijos, pero el varon no
alcanzó las infinitas pruebas de ternura que dió á su hija Margarita
Francisca, que luégo fué la condesa Grignan.

Á la ternura maternal que la Marquesa profesaba á su hija se debe esa
obra maestra de naturalidad y de gracia, esas _Cartas_, que áun nos
interesan tan vivamente: se admira en ellas el espíritu ingenioso de su
autora y su imaginacion fresca y llena de brillantez; pero se admira
aún más su corazon maternal, en el que habitan como en morada propia,
una ternura y una afeccion inagotables: hay en esas cartas expresiones
mil veces repetidas, pero que parecen siempre interesantes y siempre
nuevas: su elocuencia tierna y sublime es tan natural, tan delicada,
tan persuasiva, tan amorosa, que admira profunda y tiernamente: se ve
en las cartas de esa madre á su hija, pintada la verdadera manera de
amar, que se olvida de sí misma y se ocupa sólo de la dicha del objeto
amado.

La Marquesa, sin embargo, no era pagada por su hija con un amor igual
al que le daba. Margarita era dura, altanera, fria de corazon, y
frecuentemente necesitaba del perdon maternal: la hija era una mujer
irreprensible, y la madre, que tenía todas las amables debilidades de
su sexo, se veia juzgada duramente, y algunas veces reprendida con
severidad por la misma hija á quien adoraba.

Hemos dicho que Margarita, condesa de Grignan, tenía necesidad muchas
veces del perdon de su madre, y en ninguna ocasion resplandecen mejor
la delicadeza y el profundo amor de la Marquesa á su hija, que cuando
tiene que perdonarla.

«Tú me amas, hija mia, le escribia, y me lo dices de un modo que trae á
mis ojos abundantes lágrimas: te complaces pensando en mí, y en hablar
de mí, y dices que nunca eres tan dichosa como cuando me expresas tus
sentimientos; cuando estos sentimientos llegan á mí, son recibidos de
un modo que sólo puede ser comprendido por los que saben amar como yo
te amo; tú eres para mí el mundo entero, y sólo á tí conozco.»

Este sentimiento tan vivo no hizo la dicha de madame de Sevigné: vivió
separada de su hija desde el casamiento de ésta, y no pensó en que
cuanto más elevamos un ídolo, más le separamos de nosotros: en todos
los amores de la tierra la ceguedad, la idolatría, sólo llevan á la
desgracia.

En tanto que no salió del lado de su madre, la jóven Margarita fué el
objeto de los más tiernos cuidados de aquélla: la presentó en la córte,
y la adornaba del modo más á propósito para hacer resaltar su belleza,
que era perfecta; jóven áun la madre, bella y más agradable que la
hija, pues su hermosura era de un carácter infinitamente más dulce que
la de Margarita, apénas pensaba en sí misma, reservando todos sus
cuidados y desvelos para la hija que amaba más que á sí propia.

Luis XIV, prendado de la admirable hermosura de Margarita, cuando ésta
fué presentada en la córte, la distinguió mucho y hubo noche que bailó
con ella cuatro veces seguidas. Margarita no era insensible á los
homenajes de aquel Monarca, hermoso jóven y al que se miraba como á un
semidios: á los diez y seis años no hay bastante fortaleza para
reflexionar, y el alma de aquella niña, bien que oculta tras de un
espeso velo de dureza y de egoismo, era ardiente y ambiciosa.

Madame de Sevigné tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones
del Rey.

No se atrevia á dejar de ir á las recepciones de la córte con su hija,
pues conocia el carácter del Monarca, y temia que la misma privacion de
ver á Margarita le empujase á cometer violencias para llegar hasta ella.

Dióse, pues, prisa á casarla con el conde de Grignan, hombre de edad
madura, sin que llegase á la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba
á Margarita con todo el entusiasmo del último amor.

Margarita fué dichosa en aquel enlace, pero no así su madre; habia
deseado ésta ante todo que su hija no se separase de ella, y así se lo
prometió el conde de Grignan; pero en breve, órdenes superiores del
Gobierno, y que él no esperaba, le hicieron salir de París, al cual no
volvió en muchos años.

De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevigné, cartas
admirables y de las que ya nos hemos ocupado.

La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir á ver á su hija,
y pasó á su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la
llamaban de nuevo á París, y los dolores de la ausencia empezaron para
ella con mayor y más profunda intensidad; para que su correspondencia
fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de
Sevigné se informaba de todas las anécdotas de la córte, de todo lo que
sucedia, y lo referia en sus cartas á su hija, con una gracia y una
viveza encantadoras y teniéndola al corriente de todas las novedades.

El amor de madame de Sevigné llegó para su hija hasta la idolatría: y
nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa
Mónica y como Blanca de Castilla, á las que, como madame de Sevigné,
convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues
este amor, cuando no es débil, es grande, poderoso, admirable: podria
reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si
comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es
preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.

Es fácil y cómodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle;
pero ¡cuánto más hermoso y más grande es pensar en su alma!

El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su
hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el
sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en
más que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer
más verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas
flores.

Reconvenian no hace mucho á una madre delante de nosotros, porque en
vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con
lecturas tiernas y llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos,
y le acusaban de que le hacía desgraciado.

--Amigo mio, respondió aquella madre: prefiero el que mi hijo sea bueno
á que sea feliz.



                               LA MADRE.


                            ARTÍCULO SEXTO.


                                   I.

Por los ejemplos que hemos presentado á nuestras amables lectoras
creemos haber demostrado suficientemente hasta qué punto es grande y
hermosa en la humanidad la figura de la madre, hasta qué punto puede
llegar su influencia en el destino de sus hijos, y cuán inmensa es la
importancia que se la debe conceder.

«Si quereis mejorar la sociedad, educad á las mujeres», decia Mad.
Campan á Napoleon I; y al darle aquel consejo, debia indudablemente
pensar en las madres, porque nadie como una madre puede hacer marchar á
su familia por la senda del bien y de la virtud.

Para que una mujer sea buena madre, debe ser ante todo buena cristiana,
y ademas mujer instruida; porque su principal mision es inculcar á sus
hijos los sentimientos religiosos, que les han de servir de puerto de
paz en todas las borrascas de la vida.

«Nada hay que pueda reemplazar la educacion de una buena Madre», dice
Maistre: «cuando la Madre se impone el deber de imprimir el sello de la
virtud sobre la frente de su hijo, es casi seguro que la mano del vicio
no lo borra jamas.»

«El jóven sigue su primera direccion, dice el libro de _Los
Proverbios_, y no la deja ni áun en su ancianidad.»

Madame de Genlis nos ha pintado, en una de sus encantadoras novelitas,
un ejemplo casi heroico del amor maternal.

Una jovencita, hija de una viuda hermosa y rica, estaba dotada de tan
rebelde é indomable carácter, que parecia haber nacido solamente para
ser el tormento de la que le habia dado el sér: no hubo pena que la
pobre madre no sufriese de su hija, y Eglantina, que este era su
nombre, en vez de agradecer á su madre el que se hubiera dedicado á
ella por completo, renunciando al amor y al matrimonio, parecia
complacerse en llenar su vida de disgustos y sinsabores.

Una terrible enfermedad acometió de repente á la jóven: el cielo le
envió una viruela maligna, que le atacó á la vista de tal modo, que los
médicos la declararon en inminente riesgo de perderla.

--Sólo hay un medio, dijo el más anciano; pero lo veo imposible de
lograr.

--¡Hable V., doctor,! exclamó la afligida madre: diga ese medio, y le
aseguro que lo encontrar.

--¡Imposible, señora!

--¿Qué hay de imposible para una madre cuando se trata de salvar á su
hija? ¡Le digo á V. que lo hallaré!

--Pues bien, es preciso buscar una mujer bastante pobre para que por
una cantidad que ella misma fije, extraiga con los labios, y de la
manera más lenta y más suave posible, el humor maligno que ha cargado á
los ojos de la señorita su hija de V.

--¡Gran Dios! exclamó la madre; ¿y dónde hallar á esa mujer?

--Creo que en ninguna parte, señora, y tanto ménos se hallará, cuanto
que es un deber de conciencia el advertirle que peligra su vida, si
traga alguna partícula de ese humor.

Aquella misma tarde, al volver los doctores, se hallaron á la madre de
Eglantina vestida con un humilde traje de algodon y con una gorra de
muselina.

--Ya se ha encontrado la persona que necesitábamos para salvar á mi
hija, dijo.

--¿Ha sido posible?

--Sí, señores.

--¿Y dónde está?

--Yo soy.

--¡Usted! exclamaron los dos médicos.

--Yo misma; sírvanse, pues, darme sus instrucciones para ir al instante
á aliviar á mi hija.

--Olvida V., señora, que expone la vida, exclamaron los doctores.

--No lo olvido, y por lo mismo que se expone la vida, es á mí, y sólo á
mí, á quien corresponde tomar ese cargo. ¡Cómo! ¿me han creido VV.
capaz, señores, de ir á buscar quien por dinero llenase un oficio
repugnante, y que yo desempeñaré con verdadera felicidad? ¡Salvar á mi
hija! ¿Qué más gloria podia yo esperar que me estuviera destinada, ni
cómo cederia á nadie esta ventura? Si por un instante he podido pensar
que otra lo haria, bien pronto me he dicho que sólo yo debia y podia
llenar esta sagrada obligacion.

Y la generosa madre condujo á los médicos á la alcoba de su hija.

Eglantina tenía los ojos cerrados y cargados de viruela; su madre se
inclinó sobre ella, y la informó dulcemente del único remedio que habia
para salvarla la vida.

--¡De esta suerte, murmuró la jóven con tristeza, estoy ciega para
siempre! porque ¿quién habrá que se quiera encargar de salvarme,
practicando tan repugnante trabajo?

--Ya se ha encontrado quién lo hará, hija mia.

--¿Y quién es?

--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y
ahora mismo va á empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo
pronto.

La madre hizo como que se iba, y volvió, arrodillándose en seguida al
lado de la cama de su hija, y dando principio á la operacion.

¿Quién podrá pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre
la que habia salvado su vista, y acaso su vida?

Un cambio completo se verificó en su corazon, y dedicó toda su
existencia á pagar á aquella madre generosa la deuda de gratitud, que
con ella habia contraido.

No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una
madre, y los rasgos más heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo,
por las madres han sido llevados á cabo.

Venerad, pues, y amad con ternura á vuestras madres, mis queridas
lectoras, y pensad que el amor maternal es el más santo y grande de los
amores; el más generoso, el más fuerte, el que perdona siempre y
siempre olvida, el que nos recibe al nacer, nos acompaña al morir, y
vela por nosotros, áun despues que nuestras madres van á residir al
cielo.



                                LA HIJA.


                           ARTÍCULO PRIMERO.

                                     ¿Qué es una hija?

                                     ¡Cuando su educacion y sus propias
                                     inclinaciones la hacen buena,
                                     es la alegría de la casa, el ángel
                                     consolador de sus padres, la aurora
                                     del cielo doméstico, el rayo
                                     de sol que todo lo ilumina, lo dora
                                     y embellece!

                                                    DE UN LIBRO INÉDITO.


                                   I.

Con verdadero placer voy á tratar de describir este tipo, el más bello,
el más poético, el más risueño, el más inocente. En la madre todo me
parece grande, casi augusto, hasta sus mismos errores: en la hija todo
lo veo dulce, suave, tierno y simpático.

_Madre_ es, á mi entender, sinónimo de sacrificio, de abnegacion, de
virtud y de nobleza.

_Hija_ es emblema de tierno afecto, de alegría, de encanto y de gracias.

Verdad es que para la que esto escribe la infancia y la juventud tienen
tal atraccion y tanta poesía, que los niños le parecen siempre
adorables, y las jóvenes le son siempre queridas.

Lo duro de la condicion varonil choca acaso con su delicado y
susceptible orgullo de mujer; pero las mujeres y los niños han obtenido
siempre su más tierno afecto; las primeras, porque comprende las
desdichas de su condicion; los segundos, por su inocencia y su
debilidad.

Muchas veces en el interior de una familia dividida por discordias he
admirado el poder y el prestigio de la hija de la casa; ella era la que
mediaba entre su padre y un hermano inaplicado ó rebelde; ella la que
consolaba á su madre, afligida por las diferencias entre el hijo y el
esposo; ella la que hablaba y reia cuando guardaban todos un sombrío
silencio; ella la que animaba, la que hacía olvidar, á lo ménos, por el
momento. La hija era el rayo de blanca luna que corria el negro nublado
del cielo doméstico.

Uno de los hermanos le pedia su intercesion para que le dejasen ir al
teatro; otro la ponia de mediadora para que su madre le diese una corta
cantidad de dinero; una hermanita pequeña le suplicaba le alcanzase la
concesion de un sombrero de moda nueva, y hasta el que estaba en
mantillas queria ir á sus brazos para que lo llevase á ver la luz del
quinqué, hácia la que tendia sus manecitas con esa aficion á todo lo
que brilla, que ya se demuestra desde la cuna.

La hermana lograba todo para todos, y luégo cada uno le pagaba su dulce
intercesion con muchas caricias y besos.


                                  II.

La casa sin hija es como huerto sin sol. Cuando en una familia se ha
pasado ya del descontento á una guerra sorda y cruel; cuando han
surgido entre el padre y la madre diferencias imposibles de vencer;
cuando, en fin, arde en la casa la tea de la discordia, sólo la rosada
é inocente boca de una hija la puede apagar.

Los hijos, por mucho talento que tengan, no lo conseguirán jamas,
porque es preciso el delicado instinto, el fino tacto y toda la gracia
y poesía de _la jóven_, para apagar la sangre humeante que brota de las
llagas del corazon y del amor propio, cuando se creen ultrajados.

¡Feliz el matrimonio donde hay una hija, una hija dulce, sensible,
afectuosa; una hija que piense, y sobre todo _que sienta_! ¡Jamas
llegarán á envenenarse las querellas! ¡Jamas dividirá á los consortes
el abismo!

Si la madre es la firme base y la fuerte columna en que descansa la
familia, la hija es el ángel custodio que la cubre con sus alas.

Coronemos á la madre de mirto y de laurel, y á la hija de rosas y
azucenas.


                                  III.

Pocos dias hace que una amiga mia, que acaba de casarse, me enseñaba
una carta de sus padres.

--Mira, me decia, en tanto que gruesas lágrimas se deslizaban por sus
mejillas; mira lo que me escriben.

La carta empezaba así, y era la madre la que hablaba por los dos:

«Desde que has salido de casa, hija mia, todo se halla mudo y vacío
para nosotros; en medio de los cuidados materiales que agobian á tu
padre, en medio de los dolores de mi siempre débil salud, tu sola vista
nos daba la felicidad.

»Cuando mirábamos tu cabecita rubia nos creiamos en la primavera de la
vida, porque los rayos de juventud que la alumbraban reanimaban
nuestros corazones.

»Cuando veiamos tus dulces y límpidos ojos, la dicha nos sonreia en
ellos, y pensábamos que nunca habiamos de perderte.

»¿Qué se ha hecho tu grata y armoniosa risa que alegraba la casa?
¿Dónde está el melodioso canto que se escapaba de tus labios en tanto
que te ocupabas de tus cuotidianos quehaceres, y que era para nosotros
como un eco de bendicion y de alegría?

»Aquí, hija mia, nada _vive_ desde que tú nos dejaste, y la existencia
sin tí nos parece tan vacía, que no merece la pena de conservarse.

»Aun está tu cuarto embalsamado con el perfume que usabas siempre y que
dejabas detras de tí, como un dulce y eterno recuerdo tuyo; las flores
últimas que pusiste en las copas de tu mesa de tocador han muerto allí,
como la alegría en nuestros corazones; el espejo ya no refleja tu
querida imágen; tu blanco lecho parece que te espera todavía; el
crucifijo ante el cual orabas, sigue guardando tu alcoba virginal, y
todo aquel aposento se halla envuelto en una sombría tristeza, como si
lamentase tu ausencia.

»Y cuando alguno de nosotros llora, ya no hay quien le consuele, sino
que todos los demas sufren con él.

Los sollozos de mi amiga, que, con el rostro entre las manos, se
entregaba al dolor que le causaba la lectura de aquella tierna y
elocuente carta, me obligaron á detenerme. Entónces, separando con
dulzura sus manos, le dije:

--¿Por qué esa afliccion? Cálmate y espera del cielo una hija que sea
para tí lo que tú has sido para tus padres; esa es la ley de la
naturaleza, y ¡feliz la que sólo puede esperar de ella recompensa!

Dejaré para mi artículo siguiente la demostracion con ejemplos de lo
que una hija puede y debe ser en la familia; la historia me prestará
algunos, y en nuestros mismos dias el amor filial ofrece acabados y
tiernísimos modelos de abnegacion.



                                LA HIJA.


                           ARTÍCULO SEGUNDO.


                                   I.

Jamas se borrará de nuestra memoria el grandioso ejemplo del amor
filial que la ilustre pluma de la Condesa de Genlis nos refiere,
afirmando ántes que es verdadero.

Para aquellas de nuestras lectoras que no le conozcan, vamos á
referirlo, no sin advertirles que, por sublime que sea, nos parece muy
natural y dentro completamente de las leyes del deber.

El Marqués de Valmore, viudo y padre de un niño de siete años, iba á
contraer un segundo enlace con una encantadora niña de diez y seis.

Clara, que éste era su nombre, era un modelo de todas las gracias
propias de su edad, pero pobre; su padre era un emigrado español
llamado Montalban, y ambos habitaban en la aldea que se extendia al pié
del opulento castillo de Valmore.

El Marqués, jóven de treinta años, vió á Clara y la amó; era imposible
defenderse del encanto de aquella niña, cuya plácida fisonomía
retrataba la sensibilidad y el talento, unidos á la inocencia y á la
más perfecta hermosura.

Á pesar de todas las representaciones de la madre y de la hermana del
Marqués, éste declaró que su resolucion de casarse con Clara era
irrevocable, y todo se preparó para la boda.

La fortuna propia del Marqués no era muy considerable; su gran riqueza
provenia de la colosal que le habia traido su primera esposa: esta
fortuna la habia heredado de su madre el niño Eduardo, el que si moria,
debia, á su vez, dejarla á su padre.

Clara amaba al niño, de quien iba á ser segunda madre, con una ternura
sin límites; es verdad que el niño la merecia y se la pagaba con usura:
sólo al lado de Clara se hallaba contento; todo lo bello que poseia era
para Clara, y á Clara llamaba cada mañana al despertarse.

El Marqués se pasaba largo rato algunas veces contemplando el grupo
encantador que formaban su prometida y su hijo, jugando como dos
hermanos sobre el césped del parque.


                                  II.

Era la víspera del casamiento: Clara habia madrugado, y venía de su
casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y
flores; reinaba estío, y la naturaleza ofrecia sus más ricos dones: en
un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos
que más apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar á causa
de su débil salud.

Clara se parecia al ángel de la juventud y de la inocencia: llevaba un
largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su
espalda, sin adorno ni sujecion alguna.

Sus ojos azules, grandes y límpidos, reflejaban la serenidad de aquel
dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen
en sus alas la juventud y la esperanza.

El aya de Eduardo salió á recibirla.

--¿Ya levantada, señorita? la preguntó; aquí duermen aún todos, ménos
Eduardo y yo.

--Tanto mejor, exclamó Clara alegremente; mirad, mi querida señora:
esta canastilla es para dar á Eduardo una sorpresa; voy á ponerla sobre
la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis
que está cubierta con un gran tapete; yo me esconderé debajo; llamaréis
al niño, verá la canastilla, y yo disfrutaré de su alegría, sin que
sepa dónde estoy.

Y esto diciendo, la hermosa niña echó á correr al jardin seguida del
aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.

Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del
templete; alzó el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo,
y ocultó debajo su graciosa y poética figura.

El aya fué á llamar á Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del
jardin.

Algunos instantes despues se oyó al niño que llegaba corriendo y
gritando alegremente: Clara le vió penetrar en el templete, y su
inocente corazon latió presuroso; pero de súbito el gorjeo infantil de
Eduardo se apagó en un largo gemido... Clara vió el tapete de la mesa
alzarse por un lado... vió asomarse por el hueco la enérgica cabeza de
su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto á
la vez, y vió caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.

La desgraciada niña no pudo ni lanzar un suspiro, y quedó desmayada.

Cuando volvió en sí se halló frente al cadáver de Eduardo, cuyo pecho
infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se
hallaba el Marqués de pié, sombrío, lívido y con los brazos cruzados
sobre el pecho: los representantes de la ley estaban allí tambien.

Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba á su hija con una
ansiedad profunda.

--Se os acusa de la muerte de este niño, señorita, dijo á la jóven el
procurador del Rey.

--¡Á mí!...  gritó Clara lanzándose sobre el cadáver; ¡á mí! ¿Quién me
acusa?

--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este niño, el Sr. Marqués,
que iba á ser mañana vuestro esposo, sería inmensamente rico, y sin
duda la ambicion os ha extraviado.

Clara sabía aquello por la primera vez, y apénas oyó lo que la decian
se dejó caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadáver, y puso
sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente víctima.

--¡Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, ¡y defendeos si
podeis! exclamó sordamente el Marqués.

Clara tembló, é iba á gritar:--«¡Soy inocente!»--pero la angustiosa
mirada de su padre le cerró la boca: una palidez terrible cubrió su
gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle
su sacrificio:

--¡Yo he dado muerte á ese niño!

El español, al asesinar á la inocente criatura, queria conquistar para
su hija una opulencia de que él mismo necesitaba; pero jamas pensó que
su crímen recayese sobre Clara: cuando arrojó el puñal bajo la mesa del
jardin, no la vió allí; pensaba, y con razon, que se culparia á algun
ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por
la presencia del niño en el jardin.


                                  III.

Algunos dias despues Clara subia al cadalso, tranquila y firme en el
heroico propósito de salvar á su padre de la horrible suerte que ella
iba á sufrir sin merecerla; pero el hombre que tanto la habia adorado,
no pudo resolverse á dejarla morir, y un oficial del Rey llegó,
agitando una órden en su mano, y gritando estas elocuentes palabras:

--¡Perdon! ¡S. M. indulta á la culpable!

Tres años más tarde una religiosa hospitalaria recorria una sala del
hospital de sangre de la Rochela, terminado ya su glorioso sitio; era
Clara: al llegar á uno de los lechos ocupados aquel dia, dejó escapar
un grito: en él yacia herido el Marqués de Valmore.

--¡Clara! exclamó él reconociéndola tambien: ¡Mi Clara, mi santa y
adorable Clara! te encuentro al fin... Montalban ha sido preso y
condenado á muerte por robo y asesinato en París... ¡Ántes de morir ha
confesado que él era el asesino de mi hijo, y que no era tu padre...
no! ¡Tú eres la hija del noble y desgraciado Conde de Rosemberg, que te
confió á sus cuidados, y luégo murió en el destierro! ¡Yo te he buscado
por todas partes, y no hallándote, he querido morir en la guerra!
¡Ahora ya puede Dios llamarme á sí!

El Marqués curó, gracias á los cuidados de Clara, y ésta se llamó
algunos meses despues la Marquesa de Valmore.

--¿Por qué te empeñastes en morir? la preguntaba tiernamente su esposo
el dia mismo de su union.

--Mi padre me habia dado la vida, y yo debia salvar la suya, contestó
sencillamente Clara: ademas ¿qué me importaba vivir siendo criminal á
tus ojos?

Este admirable rasgo de amor filial ha servido de argumento á una de
las mejores óperas de un ilustre maestro; y la pura figura de Clara de
Rosemberg vivirá tanto como los siglos, pues sólo la virtud es inmortal.

Cuando vuestros deberes filiales os parezcan penosos, acordaos, mis
jóvenes lectoras, de la que todo lo sacrificó á estos deberes: su amor,
su dicha y hasta su vida; cumplidlos con exactitud y ternura, y estad
ciertas de que Dios vela siempre por los buenos hijos, y les recompensa
con creces todos sus sacrificios.

Imposible parece que existan malas hijas; pero la que merece ese triste
dictado en él mismo lleva su castigo, pues nadie querrá para amiga, ni
profesará estimacion, á la que no sabe llenar el primero y el más santo
de los deberes.



                                LA HIJA.


                           ARTÍCULO TERCERO.


                                   I.

No tan _eclatante_, como dicen los franceses; no tan brillante, como
nosotros decimos, como el ejemplo que acabo de ofrecer, llega otro á mi
memoria, que me ha referido una antigua y respetable amiga; pero si el
sacrificio de Clara de Rosemberg en aras del amor filial aparece
rodeado de la aureola del heroismo, por las circunstancias que le
produjeron, pues el crímen es siempre ruidoso, el que voy á dar á
conocer no es ménos grande por ser más silencioso é ignorado, como lo
es siempre la suave y modesta virtud.

En Francia, y en una pequeña ciudad de provincia, en una callejuela
oscura y solitaria, habitaba un piso bajo, escasamente alumbrado por
dos estrechas ventanas, un anciano matrimonio; la esposa era ciega, el
marido se hallaba paralítico.

Toda su compañía era una hija, la mayor de dos que habian tenido.
Marta, la más pequeña, habia sido una bella flor nacida con la aurora,
y que fué á dejar su inocente aroma en los jardines del cielo. Dolores
era el nombre de la que quedaba en la tierra.

Ésta no habia sido jamas hermosa; pero habia en toda su persona la
gracia exquisita de la castidad y del decoro, esa gracia inimitable,
ese encanto supremo de la inocencia y del candor: sus grandes ojos, que
ostentaban el sombrío azul de la pizarra, eran elocuentes por la
dulzura y tristeza que expresaban: sus cabellos negros guarnecian su
frente en espesas y hermosas trenzas; su talle delicado era notable por
su elegancia y distincion. Dolores era bella como el sueño de un poeta,
bella con la belleza ideal que habla poco á los sentidos, pero cuya
vista deja una huella indeleble en el alma.

Un paseante extraviado la vió un dia bordando al lado de su ventana; en
el antepecho habia un vaso con flores, únicas amigas de la pobre jóven,
que pasaba su vida entregaba á un asíduo trabajo, y al cuidado de sus
padres.

El paseante tenía una hermosa figura, y contaba la edad de Dolores, de
veintiseis á veintiocho años; pero ¡qué diferencia entre los dos! la
esperanza iluminaba con sus ardientes rayos la frente de aquél, y la
alegría moraba en el fondo de sus brillantes ojos. Dolores era triste
como el recuerdo del amor postrero.

El contraste trajo el amor, como sucede siempre. Mauricio adoró aquella
noble y melancólica sombra: en cuanto á ella, era el primer hombre á
quien habia oido palabras de afecto: habia vivido toda su vida en el
retiro más absoluto, y dedicada por completo al cuidado de los dos
ancianos, sobre todo desde la muerte de Marta.


                                  II.

Mauricio llevaba cada dia á la solitaria un ramo de flores, y al dia
siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para
aspirar hasta sus últimos perfumes.

Un dia dijo Dolores:

--Entre usted.

La puerta se abrió y los dos amantes se sentaron frente á frente: en el
fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en
sus sillones, ya casi entregados á un idiotismo completo.

--¿Qué le parezco á V. ahora? preguntó Dolores mirándole con sus dulces
y profundos ojos.

--Más bella que ántes, respondió Mauricio; y la amo á V. de tal suerte,
que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar á
su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; ¿quiere V. ser mi
esposa?

Dolores iba á responder--¡Sí!--pero se volvió á mirar á sus padres: una
nube pasó por su frente, y dijo con voz trémula:

--Mañana le responderé á usted.

Al dia siguiente Mauricio volvió por la contestacion. Dolores le abrió
la puerta, y él se sorprendió dolorosamente al hallarla pálida como un
cadáver, y vestida de negro.

--Mauricio, le dijo, yo le amo á V., pero no puedo ser su esposa... Me
debo á mis padres...

--Nada les faltará, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrán medios
para vivir rodeados de comodidades.

--¡Les faltarán mi amor y mis cuidados! objetó la jóven meciendo la
cabeza. ¡Mauricio, no puedo casarme!

--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aquí con mi regimiento: que
renuncia V. á mí para siempre... ¿No me ama V., Dolores?

--¡Con toda mi alma! ¡Jamas he amado á nadie, ni de nadie he sido
querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para mí!

--¿Y así me rechaza V.? ¿Así renuncia V. al amor, es decir á la vida?

--¡Ese es mi deber!

--Amor que así está subyugado por un deber que no es una verdad, es
amor muy débil, exclamó Mauricio con amargura, y cayendo así en la
vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el
más santo motivo. ¡Adios, Dolores!

Un sollozo respondió á estas palabras.

--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hácia ella:
¡desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el último rayo de
felicidad que se viene á posar en su frente.

--Lo sé, murmuró Dolores.

--¿Y no quiere V. ser mia?

--¡No puedo!

--¿Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van á agradecer su
sacrificio?

--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.

Mauricio lanzó una exclamacion, en la que entraban por partes iguales
la cólera y el dolor, y se lanzó fuera de la pobre casita.

--¡Adios, murmuró Dolores: sombra adorada de mi primero y único amor,
sueños de felicidad, para siempre adios!

Y cayó sobre su asiento, cubriéndose el rostro con las manos y
sollozando amarga y dolorosamente.

Cuando alzó la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia
desaparecido en ella; sólo quedaba la grandiosa y triste poesía de un
dolor eterno.


                                  III.

Dolores volvió á tomar su labor; las últimas flores que le habia dado
Mauricio se marchitaron en su ventana, y ella recogió cuidadosamente
sus hojas secas, como recogió en su corazon los recuerdos de su
desgraciado amor: despues, inclinándose sobre su bordado, dijo con
honda tristeza:

--Así pasaré ya el resto de mi vida.

Dos dias despues, y á la caida de una bella tarde de otoño, oyó los
ecos de una música militar. Era el regimiento de Mauricio que salia de
la ciudad, segun él mismo habia dicho.

Dolores sintió que alguna cosa se rompia en el fondo de su corazon.
Levantóse, y se fué á arrodillar delante del lecho de su madre, que se
habia acostado ya.

--¡Madre mia! exclamó la desgraciada: ¿es verdad que me amas? ¿Es
verdad que te soy necesaria? ¡Dímelo, por Dios!

--Déjame dormir, respondió ásperamente la anciana, volviéndose del lado
de la pared.

Dolores alzó al cielo sus ojos: nadie en la tierra agradecia su inmenso
sacrificio... la música se fué perdiendo lentamente á lo largo, y se
apagó al fin en el vacío...

Algunos años despues murieron los padres de Dolores; el anciano siguió
de cerca á su esposa; la pobre huérfana quedó sola sobre la tierra.


                                  IV.

Un dia recibió esta carta:

«Dolores: Usted que es una santa, ruegue por mí; el recuerdo más dulce
de mi vida se dirige á V.; he sido muy desgraciado, pues he perdido á
mi esposa, á mis hijos, y estaba solo en el mundo; buscando el amor, he
caido en el libertinaje, y en un duelo he sido herido de muerte... ¡mi
último suspiro es de V., y se lo envio como mi postrer adios!

                                                            _Mauricio._»

Dolores besó este billete y le puso junto á su corazon; para almas como
la suya, aquel recuerdo era una recompensa: desde aquel dia habló con
Mauricio, enviándole al cielo el lenguaje de la oracion.



                                LA HIJA.


                            ARTÍCULO CUARTO.


                                   I.

Los dos ejemplos que dejamos expuestos en nuestros anteriores artículos
prueban hasta dónde puede llegar la ternura filial en nuestro sexo.

El uno está rodeado de la aureola del heroismo: el otro, de la suave y
dulce luz de las virtudes privadas; pero uno y otro demuestran que todo
debe posponerse á la gratitud y al amor que debemos á nuestros padres.

Se han visto malos hijos; pero de hijas malas y desnaturalizadas
presenta la historia muy raros ejemplos.

Y esto no es extraño á nuestro parecer; la condicion de la mujer,
blanda é impresionable, la inclina á venerar el ejemplo de su madre y á
seguirle religiosamente; en tanto que los hijos abandonan el hogar y
llevan léjos de él sus pasiones, sus penas y sus alegrías: se alejan de
sus padres, y sólo en las grandes ocasiones pueden dar á éstos pruebas
de su amor.

Pero las hijas, en las que domina ante todo el sentimiento; las hijas,
que por su condicion viven y crecen al lado de los que les han dado el
sér, pueden en todas las situaciones y en todos los instantes probarles
su amor y gratitud.


                                  II.

Grande y noble es el ejemplo de amor filial que Isabel de Segura dió
casándose con D. Rodrigo de Azagra, por conquistar unas cartas que éste
poseia, y que encerraban la deshonra de su madre; y el poeta eminente
que ha llevado al teatro la lastimera y tierna historia de _Los Amantes
de Teruel_, ha dado el más grande interes á su obra, poniendo como base
de la desdicha de Diego y de Isabel, el santo sacrificio de la hija á
su madre.

Pero si la hija puede y debe en circunstancias excepcionales
sacrificarse moral y materialmente por sus padres, no es ménos cierto
que tambien puede en las naturales de la vida labrar su felicidad.

La mayor libertad que se nota cada dia en las costumbres, y la fe que
se oscurece con esta misma libertad, hace que áun en las familias más
unidas, áun en los hijos más tiernos se note cierto tono irrespetuoso y
ligero, y cierta falta de atencion que las niñas excusan con la
franqueza familiar.

Esto me parece, no sólo anti-cristiano, sino anti-social, y los padres
deben poner el más grande cuidado en evitar el que sus hijos les falten
al respeto y consideracion que les son debidos.

--¡No añadais, dice Silvio Pellico en su libro _Deberes de los
hombres_, no añadais tristeza con vuestro modo de obrar, á las
tristezas que doblegan las cabezas que el tiempo ha blanqueado! ¡Que
vuestra presencia reanime á vuestros padres! Cada sonrisa que llameis
sobre sus labios, cada movimiento de alegría que desperteis en sus
corazones, será para ellos el más bello de los goces y descenderá sobre
vosotros como un rocío bienhechor: Dios confirma siempre las
bendiciones de los padres.

Esta bella exhortacion debe dirigirse con preferencia á las hijas, pues
ellas son las que viven más inmediatamente al lado de sus padres, y las
que más pueden alegrar su corazon, y distraerlos de sus pesares.


                                  III.

No espereis, mis amables lectoras, á las ocasiones solemnes para probar
á vuestros padres vuestro amor y respeto, porque éstas se presentan
raras veces, y más de una existencia se pasa sin haber podido dar
pruebas de abnegacion, á no ser en las _pequeñas cosas_ de cada dia: no
dejeis pasar esas ocasiones, y pagad vuestra deuda filial en pequeña
moneda, por decirlo así, ya que no os sea dado hacerlo en grandes
sumas, pues, si no, correis peligro de morir insolventes.

Á todas horas y de todos modos podeis dar á vuestros padres testimonios
de afecto; la dulzura en el lenguaje, las atenciones en la mesa, en la
calle y dentro de casa, son otros tantos homenajes que les debeis, y de
los que no podeis excusaros sin falta notoria de respeto y cariño.

No es de buen gusto la familiaridad chocante que algunas jóvenes
ostentan con sus madres: nosotros no aceptamos la familiaridad y
desatenta llaneza, ni áun en la amistad más íntima, ni áun en el amor,
ni áun en el matrimonio; la cortesía, los modales afectuosos y dulces
son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos;
y muchas veces nos ha lastimado profundamente el ver confundir el
cariño con la desatencion, que está muy cerca de la insolencia; hemos
visto hijos que se presentaban ante sus padres mal vestidos y con un
desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más
indiferente: los hemos visto tomar posturas contrarias á la buena
educacion, cantar, responder con negligencia y aspereza, murmurar del
mandato maternal ó paterno y obrar en la mesa como si estuviesen, no
con sus iguales, sino con sus inferiores, sirviéndose, comiendo y
levantándose con la más extraña libertad.

¿Por qué no se han de guardar con los autores de nuestros dias todas
las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los
extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser con sus padres lo que es para
todos los demas?

Imposible le sería estimar quien estas líneas escribe, á una jóven que
respondiese duramente á su madre, aunque ésta adoleciese de los más
graves defectos; imposible concederle el más pequeño lugar en su
corazon, aunque por otro lado aquella hija estuviera adornada de las
más relevantes y bellas cualidades, porque nada se puede esperar de
quien no guarda en el alma como una flor inmaculada y pura, el tierno
sentimiento del amor filial.

Jóvenes que áun vivís bajo el ala dulce del amor materno y paternal, á
vosotras os toca ser la alegría del hogar y el consuelo de vuestros
padres: dejad á vuestros hermanos seguir á cada uno el camino que la
suerte le destine: vosotras sois los ángeles custodios de la casa, y
las que debeis rodear á vuestros padres de cuidados y de alegría:
vosotras las que debeis evitarles las penas y las fatigas, y las que
debeis condenaros hasta á un asiduo y penoso trabajo, si es preciso,
para pagarles así la inmensa deuda de gratitud que contraeis al nacer.



                                LA HIJA.


                            ARTÍCULO QUINTO.


                                   I.

Pongamos ante los ojos de nuestras jóvenes lectoras áun otro bello y
elocuente ejemplo del amor filial.

El Príncipe Cárlos Estuardo fué, no sólo uno de los hombres más
desgraciados del mundo, sino tambien uno de los mayores libertinos que
el mundo ha conocido.

En sus excesos no habia ni nobleza ni decoro, y los cometia del mismo
modo que el último lacayo de su casa: si es verdad que en el
libertinaje hay sus grados, el Príncipe Estuardo habia ya descendido
hasta la última escala.

Pretendiente á la corona del Reino-Unido, como hijo de la casa de los
Estuardos, anduvo muchos años errante por países extranjeros, y
buscando partidarios que no hallaba; durante su larga y amarga
peregrinacion tuvo una hija que recogió, hizo bautizar con el nombre de
_Carlota_, y depositó para que se educase en el convento de
benedictinas de Meaux.

Algunos años más tarde, el Príncipe casó con la jóven, bella y
encantadora Luisa Stolberg, hija del Príncipe de este nombre; pero la
más completa oposicion de gustos y de caractéres desunió este
matrimonio, y Luisa, despues de muchas escenas violentas, fué sacada de
la casa conyugal por el severo Cardenal de V...., hermano mayor de su
esposo, y depositada en un convento de órden del Papa.

La sentencia de divorcio se presentó al instante, y el matrimonio quedó
disuelto.

Pasaron aún muchos años: las desgracias siguieron agobiando á Cárlos
Estuardo: amargado, desesperando de todo, sin saber á quién volver sus
tristes ojos, tuvo un dia un pensamiento salvador; pensó en su hija y
la llamó junto á él.

Carlota corrió al lado de aquel padre á quien no conocia, pero de quien
se decia que era desgraciado; era una hermosa niña, que áun no habia
cumplido veinte años, y cuyos largos cabellos rubios guarnecian un
rostro angelical.


                                  II.

Carlota demostró á su padre, desde el primer instante, un cariño y un
respeto que elevaron á sus propios ojos á aquel hombre degradado; y el
padre quiso á su vez elevar á su hija, dándola el título que habian
llevado siempre los primogénitos de la casa real de Escocia.

La jóven, olvidada y huérfana poco ántes, pudo usar el título de
Duquesa de Albany y lo supo llevar con una nobleza verdaderamente
régia; sus cuidados habian trasformado el pobre castillo, donde Cárlos
Estuardo habia ido á ocultar su pobreza y su desventura; el órden y la
decencia reinaban en él: la jóven Duquesa recibia en los salones,
abandonados desde hacía largo tiempo, á una sociedad escogida, que
formaba una córte en torno del desterrado: ella habia vuelto la
dignidad á todo lo que rodeaba á su padre, y habia vuelto á éste hácia
todos los sentimientos nobles que habian honrado su juventud; el viejo,
que buscaba en la embriaguez el olvido de sus males habia desaparecido,
y habia vuelto á ser Cárlos Estuardo, el caballero, el pretendiente,
del cual las ideas generosas y el valor habian levantado en otro tiempo
á la Escocia.

Sus antiguos recuerdos florecian bajo la influencia de su hija; treinta
dolorosos años se borraban, y volvia con el pensamiento á su juventud,
tan llena de ardimiento y de generosas aspiraciones; tenía el anciano
momentos de sensibilidad ardiente, cuando pensaba en la Escocia y en
sus bravos _highlanders_; algunas veces una animacion extraordinaria se
encendia en sus ojos, cuando contaba con una energía juvenil la campaña
de 1746; pero su cuerpo debilitado no pudo soportar por largo tiempo el
peso de sus emociones, y un dia, despues de haber hecho su narracion
acostumbrada á un viajero inglés que habia ido á visitarle, se desmayó.

Los cuidados y el respeto de su hija le habian vuelto á sí mismo; pero
no pudieron volverle á la vida; espiró el 30 de Enero de 1788,
aniversario del suplicio de Cárlos I, en los brazos de Carlota.

Seis meses despues esta hija tan llena de abnegacion, tan fiel, tan
tarde conocida y amada, fué á reunirse con su regio padre en las
bóvedas de la iglesia de Frascati.


                                  III.

La Princesa Luisa, conocida bajo el nombre de Condesa de Albany, tuvo
una existencia larga y brillante; fué amada del gran Alfieri, y éste la
llamaba _su Musa_; Sismondi fué uno de sus más constantes admiradores;
Mme. de Staël, cuando la escribia, la llamaba _su querida soberana_;
Lamartine adoraba la gracia y suavidad de su talento; en Florencia, en
París, tuvo una córte de admiradores, que los años no despoblaron; en
fin, vivió muy dichosa, segun los hombres, muy envidiada, muy
lisonjeada, muy favorecida hasta el fin, por la fortuna y por la
naturaleza; pero su historiador, Mr. Saint René de Taillandier,
consigna que no pudo ver sin amargura á su esposo, á aquel Príncipe tan
heroico á los veinte y cinco años, y degradado despues por un largo
infortunio, levantarse ya cerca de su fin, por una tierna y generosa
influencia, que no era la suya.

Luisa vió con dolor á la hija llenar con una piadosa abnegacion la
tarea que pertenecia á la esposa; y la Duquesa Carlota, levantando el
alma fatigada y abatida de Cárlos Estuardo, humilló á la Princesa Luisa.

La dulce figura de Carlota Estuardo nos ha parecido digna de ser puesta
ante los ojos de nuestras lectoras; esta Antígona cristiana,
consoladora de un Príncipe desgraciado, merece nuestro más tierno
recuerdo.

Como última prueba de amor al padre que durante tanto tiempo la habia
olvidado, la Duquesa de Albany le siguió á la tumba, no pudiendo ya
vivir sin afectos en la tierra, despues de haber sentido el más puro y
tierno de todos; parece como que su mision fué la de atesorar en su
retiro las bellas flores de la religion y de la piedad cristianas, y
trasmitirlas á su padre, para que se durmiese dulcemente en el sueño de
que no se despierta jamas; cumplida aquella sagrada tarea, Dios la
llamó para darla á su lado el premio que reserva á los buenos y amantes
hijos.



                                LA HIJA.


                            ARTÍCULO SEXTO.


                                   I.

Terminemos este ligero estudio del tipo encantador que llamamos _la
hija_ con algunas consideraciones generales, y despues con otro nuevo y
elocuente ejemplo.

Nada hay más simpático en la sociedad que una jóven que tiene con sus
padres todo género de atenciones, que les manifiesta un tierno cariño y
una profunda consideracion.

Nadie puede amar ni estimar á la que demuestra á sus padres despego, y
más de un tierno y entusiasta amor se ha apagado ante una respuesta
dura, dada por una hija á su madre.

--¿Cuándo se casa V.? preguntábamos hace poco á á un amigo nuestro.

--No lo sé, respondió con tono triste y contrariado.

--¡No lo sabe V.! ¿Pues no iba á hacerse la boda?

--He desistido de ella.

--¿Por qué?

--La que amaba, la que creia que podria labrar mi dicha, no me conviene.

--¿Qué dice V.?

--Es mala hija, y no puede ser buena esposa y buena madre.

--¿Pero no vive con la suya? ¿No va con ella á todas partes?

--Eso no es un obstáculo para que la trate muy mal y con absoluta falta
de consideracion; una sola escena ha bastado para que yo desista del
proyecto de casarme con ella: he visto que no siente por su madre ni
respeto ni cariño; y la que no profesa respeto al santo lazo del amor
filial, le profesará ménos al conyugal y al materno.

De esta suerte miran los hombres el olvido de los deberes más sagrados,
y apénas habrá alguno, por libertino que sea, que quiera unir su suerte
á la de una mujer sin corazon.

_Honrarás padre y madre_, dice el decálogo; y este precepto de la
religion lo impone tambien el mundo, y castiga con su desprecio á la
que falta á él.


                                  II.

Pocas hijas tan excelentes ha habido como madame Staël, autora de
várias obras que le han dado fama inmortal, é hija del ilustre Necker,
ministro de Luis XVI.

El amor filial era el sentimiento predominante en ella, y de aquel amor
dió pruebas que le conquistaron la estimacion y el afecto de todas las
personas de verdadera valía de la capital de Francia.

Apénas habia salido de la infancia, cuando ya sostenia conversaciones
sérias con su padre, que á su vez la adoraba, y con todos los
ilustrados amigos de aquel hombre de Estado.

Su gran talento se desarrollaba á expensas del cuerpo, y los médicos la
ordenaron residir en el campo, adonde su padre iba á verla con
frecuencia; la instruccion particular que su padre le daba fué la que
produjo en ella aquel entusiasmo que animó toda su vida, como una bella
llama, y una inclinacion irresistible hácia las altas cualidades que
distinguen á los hombres superiores.

Era la admiracion de todos la apasionada ternura con que se amaban el
Ministro y su hija, y la frialdad que reinaba entre la misma y su
madre; pero aunque se ha pretendido que aquella frialdad nacia de que
Mme. Necker tenía celos del afecto de su esposo á su hija, es lo cierto
que no pudiendo la madre moderar á su gusto el carácter y las
inclinaciones de la niña, se fué apartando de ella poco á poco.

La severidad maternal hizo que Ana, éste era el nombre de la autora de
_Corina_, manifestase toda su ternura á su padre, y áun se cree tambien
que retrató á la que la habia llevado en su seno en la severa lady
Edgermond, tan recta, tan virtuosa, pero tan intolerante y tan poco
indulgente.


                                  III.

Desde que aquella ilustre niña pudo pensar, se ocupó en meditar los
graves asuntos de la política, por lo que podian interesar á su adorado
padre.

Para no separarse de éste, eligió, entre los numerosos pretendientes
que se presentaron á su mano, á Erico Magnus, baron de Staël Holstein,
embajador de Suecia, y que dió su palabra de honor de no obligar jamas
á su esposa á dejar la Francia.

Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, éste
se retiró á Suiza y su hija le acompañó; volvió á ser llamado por el
Rey, y otra vez fué con él á París.

En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandonó por
segunda vez á Francia. Ana acababa de dar á luz un hijo; mas olvidando
el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir á su padre
á la posesion de Copelt.

Poco tiempo despues murió la Baronesa, y Ana fué entónces más que nunca
el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la pérdida de
su esposa.

Desterrada ella misma, murió su padre, en tanto que sufria léjos de su
patria la pérdida de su esposo y todos los dolores de una larga
peregrinacion. Entónces su desesperacion no tuvo límites: volvió á
Copelt, reunió todas las obras de su padre y las hizo imprimir, con un
extenso artículo biográfico, escrito por ella misma, con la
justificacion del carácter de Mr. Necker y de su vida privada.

La lectura de este opúsculo da á conocer el alma apasionada de Mme.
Staël, y convence plenamente de que el sentimiento más profundo que se
albergaba en ella era el amor filial: expresa en él, con la elocuencia
de un vivo dolor, su amargo pesar al ver que su padre descendia á la
tumba sin que los franceses hubieran apreciado su carácter noble y
superior. Aquel escrito es un quejido del alma, herida en lo más vivo,
que hace sufrir y excita el llanto: es indudable que la autora hubiera
eternizado su nombre, áun cuando fuera ésta su única produccion.


                                  IV.

De esta suerte Mme. Staël llevó hasta más allá de la tumba su admirable
amor filial, y este sentimiento es acaso el que, tanto como su talento
literario, ha hecho inmortal su nombre.

Desde la muerte de su padre, la Baronesa de Staël se dejó dominar por
una profunda melancolía. Ni el amor de sus hijos, ni un casamiento más
feliz que el primero, ni los halagos de la fortuna, nada pudo aliviar
aquel profundo dolor en que su alma se hallaba sumergida.

Sus hijos recompensaron su ternura filial y fueron para ella modelos de
cariño y de respeto.

Cuando ya el helado dedo de la muerte se apoyaba en su frente, Mme.
Staël alzó los ojos al cielo y exclamó:

--¡Padre mio, voy á buscarte!

Este fué el grito postrero de aquel modelo de hijas.



                              CONCLUSION.


Quedan aquí terminadas estas páginas, que he ofrecido á mis benévolas
lectoras.

Ninguna vanidosa pretension me ha inducido á escribirlas, sino sólo el
deseo de darles algunos consejos que puedan serles útiles en el camino
de la vida.

Para escribirlas he leido en mi propio corazon, y he acudido á mis
recuerdos, dulces ó dolorosos; es decir, que este libro está escrito
con verdad y conviccion, y que lo ofrezco con la mejor voluntad al
juicio siempre imparcial y justo del público.

    _Madrid_, _Setiembre de 1875_.

                                                 MARÍA DEL PILAR SINUÉS.

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Footnote 1:

  El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las poblaciones y
  accidentes pintorescos del camino, se hallan en el curioso libro
  escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer, titulado _Guía de
  Montserrat_.

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Footnote 2:

  Libro de los Macabeos, cap. VII.



                                ÍNDICE.


                                                              _Páginas._
  Dos palabras de la autora.                                          5

  La Poesía del hogar doméstico.                                     11

  Los Celos.                                                         19

  Enfermedad mortal.                                                 25

  La Romería de San Isidro.                                          31

  ¡Libertad!                                                         39

  El Chiste.                                                         45

  Desaliento.                                                        51

  La Belleza y la Gracia.                                            59

  La Verdadera Cristiana.                                            65

  El Brazalete de esmeraldas.                                        75

  Las Armas de la Mujer.                                             81

  El Trabajo.                                                        89

  La Benevolencia.                                                   95

  Sensibilidad y sensiblería.                                       101

  La Impaciencia.                                                   109

  La Caridad.                                                       115

  El Verdadero talento.                                             119

  La Timidez.                                                       127

  Las Pequeñas virtudes.                                            135

  La Desgracia.                                                     141

  La Hermosura y la Elegancia.                                      149

  Valor femenino.                                                   151

  La Cortesía.                                                      161

  Pensar y sentir.                                                  169

  Las Visitas.                                                      175

  Cualidades y defectos.                                            181

  La Coqueta.                                                       187

  Las Paganas.                                                      195

  Dolencias del ánimo.                                              203

  Los Recuerdos.                                                    211

  La Pobreza y la Miseria.                                          221

  La Voz.                                                           229

  El Santuario de Monserrat.                                        237

  La Modestia.                                                      245

  La Fe.                                                            253

  La Esperanza.                                                     265

  El Tú y el usted.                                                 271

  La Amistad.                                                       279

  El Lujo.                                                          285

  La Casa.                                                          291

  La Tolerancia.                                                    297

  Orgullo, Vanidad y Dignidad.                                      307

                     Tipos femeninos.--La Madre.--

  Artículo I.                                                       315

  Artículo II.                                                      321

  Artículo III.                                                     327

  Artículo IV.                                                      333

  Artículo V.                                                       339

  Artículo VI.                                                      345

  La Hija.--

  Artículo I.                                                       351

  Artículo II.                                                      357

  Artículo III.                                                     365

  Artículo IV.                                                      371

  Artículo V.                                                       377

  Artículo VI.                                                      383

  Conclusion.                                                       389



                  LA ILUSTRACION ESPAÑOLA Y AMERICANA.

           PERIÓDICO ESPECIAL DE BELLAS ARTES Y ACTUALIDADES.

              DIRECTOR-PROPIETARIO, D. ABELARDO DE CÁRLOS.

            SE PUBLICA LOS DIAS 8, 15, 22 Y 30 DE CADA MES.

Esta notable Revista publica en sus páginas no sólo los acontecimientos
mas importantes que ocurren en el mundo, sino tambien cuantos
monumentos artísticos y notables existen en España y América.

Cada número consta de 16 páginas gran fólio, con grabados en ocho de
ellas, inmejorablemente impresos sobre papel superior. Cuando las
circunstancias lo exigen se publican suplementos, grátis para los
señores suscritores. El texto y los grabados son siempre de los más
distinguidos escritores y artistas, y la edicion tan lujosa como las
mejores de los periódicos de esta clase que se publican en el
extranjero.

                         PRECIOS DE SUSCRICION.

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      |            |   MADRID.    |  Y PORTUGAL.  | EXTRANJERO. |
      |            +--------------+---------------+-------------+
      | Un año     | Pesetas.  35 | Pesetas.   40 | Pesetas. 50 |
      | Seis meses |    »      18 |    »       21 |    »     26 |
      | Tres meses |    »      10 |    »       11 |    »     14 |
      +------------+--------------+---------------+-------------+



                              AÑO XXXVII.


                      LA MODA ELEGANTE ILUSTRADA,

                   PERIÓDICO DE SEÑORAS Y SEÑORITAS.

Sale á luz los dias =6=, =14=, =22= y =30= de cada mes, y cada año
forma un hermoso volúmen de unas =1.200= columnas gran fólio, de
escogida lectura, conteniendo sobre =3.500= grabados intercalados de
las más recientes modas y toda clase de labores propias de señoras;
=48= figurines grabados en acero é iluminados con colores
finos;--dibujos de tapicería;--=34= grandes patrones tamaño natural,
con más de =1.000= modelos de trajes, corazas, túnicas, delantales,
abrigos y demas confecciones. Estos patrones alternarán con las grandes
hojas de dibujos para bordados, que tanta aceptacion han tenido en años
anteriores, y una coleccion de selectas piezas de música moderna para
_canto y piano_ y _piano solo_, originales de los maestros compositores
más notables de España y del extranjero; =50= ó más ejercicios de
ingenio, como son Saltos de Caballo ó Jeroglíficos; todo lo cual
constituye un =PRECIOSO ALBUM=, digno de ocupar, por su belleza, lujo y
utilidad, un lugar preferente, lo mismo en el gabinete de la
aristocrática familia, que en la mesa de labor de la ménos acomodada
señorita.

La lectura es selecta é instructiva, y su contenido excede en el año de
=10= tomos en 8.º

                         PRECIOS DE SUSCRICION.

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   |           |    1.ª        |      2.ª        |   3.ª    |    4.ª   |
   |           |  EDICION.     |    EDICION.     | EDICION. | EDICION. |
   |           +---------------+-----------------+----------+----------+
   |           |Madrid.        |Madrid.          |          |          |
   |           |    Provincias |      Provincias |  Madrid  |  Madrid  |
   |           |    y Portugal.|      y Portugal.|  y Prov. |  y Prov. |
   |           +---------------+-----------------+----------+----------+
   |           |  _Pesetas._   |    _Pesetas_.   |_Pesetas_.|_Pesetas._|
   | Un año    | 37,50 | 40,00 |  28,00 | 30,00  |  20,00   |  15,00   |
   | Seis meses| 19,00 | 21,00 |  14,50 | 16,00  |  10,50   |   8,00   |
   | Tres meses| 10,00 | 11,00 |   7,50 |  8,50  |   5,50   |   4,25   |
   | Un mes    |  3,50 |  4,00 |   5,50 |  3,00  |   2,00   |   1,50   |
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Se remiten números de muestra grátis de ambos periódicos á los que lo
soliciten, dirigiéndose á la

Administracion: Carretas, 12, principal. MADRID.



                   OBRAS PUBLICADAS EN LA BIBLIOTECA
                   SELECTA DE AUTORES CONTEMPORANEOS.


                           OBRAS PUBLICADAS.

ALBUM POÉTICO ESPAÑOL, por los señores Marqués de Molina, Hartzenbusch,
Campoamor, Calcaño, Bustillo, Arnao, Palacio, Grilo, Aguilera, Nuñez de
Arce, Alarcon y otros; un tomo, 4.º mayor, 8 pesetas rústica y 12
lujosamente encuadernado.

VÁRIAS OBRAS INÉDITAS DE CERVÁNTES, sacadas de códices de la Biblioteca
Colombina, por D. Adolfo de Castro; un tomo, 8.º mayor frances, 8
pesetas.

DELICIAS DEL NUEVO PARAÍSO, por don José Selgas; 2.ª edicion; un tomo,
8.º mayor frances, 3 pesetas.

COSAS DEL DIA, continuacion de las _Delicias del nuevo paraíso_, por D.
José Selgas; un tomo, 8.º mayor, 3 pesetas.

ESCENAS FANTÁSTICAS, por D. José Selgas; un tomo, 8.º mayor, 3 pesetas.

MARI-SANTA, por D. Antonio de Trueba; un tomo, 8.º mayor, 4 pesetas.

AMORES Y AMORÍOS (historietas en prosa y verso), por D. Pedro Antonio
de Alarcon; un tomo, 8.º mayor, 4 pesetas.

EL MATRIMONIO. Su ley natural, su historia, su importancia social,
precedido de un prólogo del Sr. D. Aureliano Fernandez-Guerra, por D.
Joaquin Sanchez de Toca; dos tomos, 8.º mayor, 8 pesetas.

CUARENTA SIGLOS, historia útil á la generacion presente, por D. Anselmo
Fuentes; este libro ha sido revisado por la autoridad eclesiástica; un
tomo, 8.º mayor frances, 8 pesetas.

RECUERDOS DE ITALIA, por D. Emilio Castelar; 3.ª edicion; un tomo, 8.º
mayor frances, 6 pesetas.

RECUERDOS DE ITALIA, por D. Emilio Castelar; segunda parte; un tomo,
8.º mayor frances, 4 pesetas.

LA CUESTION DE ORIENTE, por D. Emilio Castelar; un tomo, 8.º mayor
frances, 4 pesetas.

PRINCIPIOS GENERALES DEL ARTE DE LA COLONIZACION. Obra indispensable en
toda biblioteca y utilísima á los que se dedican á estudios
estadísticos, por don Joaquin Maldonado Macanaz; un tomo en 4.º, 6
pesetas.

UN LIBRO PARA LAS POLLAS, novela, por doña Francisca Sarasate; un tomo,
8.º mayor frances, 3 pesetas.

DISQUISICIONES NÁUTICAS, por el capitan de navio D. Cesáreo Fernandez
Duro; un tomo, 8.º mayor, 6 pesetas.

LA MAR DESCRITA POR LOS MAREADOS; MÁS DISQUISICIONES, por el capitan de
navio D. Cesáreo Fernandez Duro; un tomo, 8.º mayor frances, 6 pesetas.

EL COMENDADOR MENDOZA.--LA CORDOBESA.--UN POCO DE CREMATÍSTICA, por D.
Juan Valera; un tomo, 8.º mayor frances, 4 pesetas.

LETRA MENUDA, prosa y versos de Don Manuel del Palacio; un tomo, 8.º
mayor frances, 3 pesetas.

DE MADRID Á MADRID, dando la vuelta al mundo, por D. Enrique Dupuy de
Lôme; un tomo, 8.º mayor frances, 4 pesetas.

UN LIBRO PARA LAS DAMAS (Estudios acerca de la educacion de la mujer),
por D.ª María del Pilar Sinués (3.ª edicion); un tomo, 8.º mayor, 4
pesetas.

UN LIBRO PARA LAS MADRES, por Doña María del Pilar Sinués; un tomo, 8.º
mayor frances, 4 pesetas.

LA VIDA ÍNTIMA.--EN LA CULPA VA EL CASTIGO, por D.ª María del Pilar
Sinués; un tomo, 8.º mayor, 4 pesetas.

HIJA, ESPOSA Y MADRE, cartas dedicadas á la mujer acerca de sus deberes
para con la familia y la sociedad, con un apéndice titulado _Hermana_,
por doña María del Pilar Sinués; dos tomos, 8.º mayor frances, 8
pesetas.

LA ABUELA, por D.ª María del Pilar Sinués; un tomo, 8.º mayor, 4
pesetas.

SUEÑOS Y REALIDADES, por D. Ramon de Navarrete; un tomo, 8.º mayor
frances, 4 pesetas.

GUIA ILUSTRADA DE MADRID, con más de 150 grabados intercalados en el
texto y planos sueltos muy importantes, por el Excmo. Sr. D. Angel F.
de los Rios; un tomo, 8.º prolongado, 6 pesetas rústica y 8
encuadernado.


EL BAZAR, revista ilustrada, con preciosas novelas, como _Noventa y
tres_, de Víctor Hugo. Cuatro tomos, 25 pesetas.

NUEVOS POEMAS Y DOLORAS, por D. Ramon de Campoamor; 4 pesetas.

EL MUNDO INVISIBLE, continuacion de las _Escenas fantásticas_, por D.
José Selgas; 4 pesetas.



                               EN PRENSA.

ADRIANA DE WOLSEY, original de Ventura Hidalgo.



                          OBRAS DE LA AUTORA.


                          NOVELAS ORIGINALES.

  El Lazo de flores.                                        1 tomo.

  La Rama del sándalo.                                         1  »

  El Angel del hogar.                                          3  »

  Á la sombra de un tilo.                                      1  »

  Dos venganzas.                                               2  »

  El Sol de invierno.                                          2  »

  Margarita.--La flor del Castellar.                           1  »

  La Senda de la gloria.                                       2  »

  Amor y llanto.                                               2  »

  Celeste.                                                     1  »

  El Almohadon de rosas.                                       1  »

  La Gitana.--Rosa.                                            1  »

  Plácida.--Un Drama de Familia.                               1  »

  Querer es poder.                                             1  »

  Un nido de palomas.                                          1  »

  Á rio revuelto.                                              2  »

  La Vírgen de las lilas.                                      1  »

  Fausta Sorel.                                                2  »

  Cuentos de color de cielo.                                   1  »

  El último amor.                                              1  »

  Veladas de invierno.                                         2  »



                           MUJERES CÉLEBRES.


                          LEYENDAS HISTÓRICAS.

  Reinas mártires.                                          2 tomo.

  Glorias de la Mujer.                                         1  »

  La Condesa de Genlis.--Eva.                                  1  »

  Juana d'Arc.--Catalina Gabrielli.                            1  »

  Eloisa.--María Teresa de Austria.                            1  »

  La Marquesa de Sevigné.--Blanca Capelo.                      1  »

  Agripina.--Santa Teresa de Jesus.                            1  »

  Cristina de Suecia.--La Condesa de Albani.                   1  »

  Santa Adelaida.                                              1  »

  María Delorme.--Isabel Farnesio.                             1  »

  Ana María de Nesle.                                          1  »

  Julia Leonor de Lespinasse.                                  1  »

  Sofía Cottin.                                                1  »

  María Stuard.                                                1  »

  La Emperatiz Josefina.                                       1  »



                             CURSO COMPLETO
                   DE EDUCACION MORAL PARA LA MUJER.

  Un libro para las damas (tercera edicion).                   1  »

  La vida íntima (tercera edicion).                            1  »

  Hija, Esposa y Madre (1.ª y 2.ª serie, con un apéndice
  titulado _Hermana_) (tercera edicion).                       2  »

  Un libro para las Madres (segunda edicion).                  1  »

  La Abuela, narracion.                                        1  »



                            OBRAS DE TEXTO.

  La Ley de Dios.                                              1  »

  Á la luz de la lámpara.                                      1  »

   (Estos dos libritos, muy á propósito para la tierna capacidad
   de los niños, están declarados de texto, é incluidos en el trienio
   escolar de 1876 á 1879 en todas las escuelas de la Península y de
   las posesiones de España en Ultramar.)


                                POESÍAS.

  Flores del alma.                                          1 tomo.

  Cantos de mi lira.                                           1  »


                    NOVELAS TRADUCIDAS DEL FRANCES.

  Sibila, por Octavio Feuillet.                             1 tomo.

  El lazo roto, por Mme. Bourdon.                              1  »

  Historia de una familia, por la misma.                       1  »

  Eufrasia.--Historia de una pobre mujer,
  por la misma.                                                1  »

  La Tumba de hierro, por Enrique Conscience.                  1  »

  La Caballera, por Paul Féval.                                1  »

  ¡Pobre Lucila! por Wilkie Collins.                           1  »

                  *       *       *       *       *



  Nota del Transcriptor:


  Las reglas ortográficas usadas al momento de publicación fueron
  preservadas.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio
  público





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Un libro para las damas - Estudios acerca de la educación de la mujer" ***

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