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Title: Noli me tángere - Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Author: Rizal, José
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Noli me tángere - Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau" ***

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                               JOSÉ RIZAL

                            NOLI ME TÁNGERE
                             NOVELA TAGALA

                Edición completa con notas de R. SEMPAU


                        Qué, ¿no podría César presentarse
                          En vuestras tablas y un heroico Aquiles,
                          Un Orestes ó Andrómaca mostrarse?

                        ¡Quia! Si no vemos más que concejiles
                          Personas, curas, frailes, secretarios,
                          Mercaderes, soldados, alguaciles.

                        Dime: ¿qué pueden tales perdularios
                          Pensar ó hacer? ¡Para esos hombres viles
                          Sólo ocurren sucesos ordinarios!

                                     Schiller: La sombra de Shakespeare.


                               BARCELONA

              Casa Editorial Maucci.--Mallorca, 226 y 228

                   Buenos Ayres      México
                   Maucci Hermanos   Maucci Hermanos
                   Cuyo, 1070        1.a del Relox, 1

                                  1902



JOSÉ RIZAL Y MERCADO


Nació en Calamba é hizo sus primeros estudios en Manila, donde publicó
sus poesías juveniles. Tenía sólo trece años cuando dió al teatro un
melodrama en verso que llevaba por título: Junto al Pásig, y después
de esta producción, favorablemente acogida por el público y la prensa,
escribió una oda A la Juventud filipina y una loa denominada El Consejo
de los Dioses, dedicada á conmemorar el centenario de Cervantes.

Discípulo de los jesuítas, recibió de éstos educación esmerada, con
que se acrecentó su natural ingenio. En 1882, siendo aún muy joven,
pasó á España y cursó la carrera de médico y la de Filosofía y Letras.

Poco después, visitó las principales poblaciones de Europa y se
entregó con ardor al estudio de la filología. Conocedor de algunas
lenguas clásicas, quiso aprender los principales idiomas europeos,
y merced á su aplicación, su claro entendimiento y sus viajes, salió
airoso de su intento. Poseyó, además del tagalo, su lengua materna,
el español y el ilocano, aunque este último no le fué nunca familiar
como el primero.

No conoció la pereza. En las horas que su profesión de médico le
dejaba libres, pintaba y esculpía. Su habilidad de escultor era muy
notable, y, según Blumentritt, revelaba verdadera vocación de artista,
encariñado con la improductiva y hermosa labor.

Vivió sucesivamente en París, Bruselas, Berlín, Londres, Gante y
las principales ciudades del Rhin, flores abiertas al lado de las
fecundas aguas. También se detuvo en Italia y cruzó los lagos de
Suiza, que parecen reflejar en sus ondas la alegría y la pureza del
cielo del Mediodía.

En 1890, después de su viaje al Japón, volvió á Madrid y con
Marcelo del Pilar y otros filipinos publicó La Solidaridad, periódico
consagrado á la defensa de los intereses del Archipiélago. Su vigorosa
campaña, sólo secundada por algunos liberales, no mereció la aprobación
de los políticos en general, y, desalentado, se marchó á Bélgica,
fijando otra vez su residencia en la ciudad de Gante, donde publicó
un libro titulado El Filibusterismo.

Desde Gante envió á La Solidaridad algunos bien escritos artículos
que le acreditaban de audaz polemista y distinguido literato, y allí
corrigió las notas destinadas á la nueva edición del curioso libro
de Morga, Sucesos de las Islas Filipinas, reimpreso en París.

Pero el dulce recuerdo del país natal no le abandonaba un solo
instante: en Filipinas vivía su amada, allí tenía sus parientes y
amigos que le llamaban sin cesar, deseosos de abrazarle, y por su
desgracia partió, en el punto en que estallaba la sangrienta revuelta
de Calamba, suceso inesperado que le obligó á detenerse en Hong-Kong.

Meses después, desoyendo los consejos de sus paisanos y los
requerimientos de la prudencia, fiado en la decantada lealtad española,
nada menos que partió á Manila y fué detenido al llegar, no obstante
el salvoconducto que llevaba, refrendado por el Capitán general del
Archipiélago.

Se le envió desterrado á Dapitán (Mindanao) y se le prohibió toda
comunicación con sus partidarios, á la vez que la autoridad local
le sometía á la más escrupulosa vigilancia. Esta incomunicación no
impidió que, cuatro años más tarde, al declararse la insurrección por
él prevista, se le procesase militarmente y se le condujese á Manila.

En Septiembre de 1896 vino á Barcelona, recomendado á la benevolencia
de las autoridades militares por el general Blanco, que noblemente
quería arrancarle al poder de sus enemigos. Pero éstos, que eran los
más fuertes y se obstinaban en perderle, resueltos á lograr la muerte
del patriota filipino, pidieron nuevo Consejo de guerra y Rizal no
tuvo más remedio que volver á Manila.

El tribunal militar, en vista de los datos aportados al juicio,
desestimó las pruebas aducidas por el defensor, y no reconoció, ó no
pudo reconocer la inocencia del procesado, que desde hacía muchos
años estaba materialmente imposibilitado para conspirar ó preparar
una revuelta, y que, en sus libros ó de palabra, había demostrado el
inmenso amor que sentía por España.

El día 30 de Diciembre, al despuntar el alba, ofreció su vida á la
patria, en aquel campo de Bagumbayan donde Burgos y sus compañeros
derramaran con placer su sangre rebelde, que tan cara hemos pagado
con la sangre de nuestros soldados y el dinero de nuestros mercaderes.



Noli me tángere es un libro imperfecto, muy agradable, ingenuo,
romántico, notable por su valentía, en el que están retratados de
cuerpo entero los hombres á quienes debemos la pérdida de todas
las colonias.

Escrito para los indios que debían leerle en tagalo, ilocano y visayo,
tiene la sencillez de un relato más sentimental que artístico; y
su mérito consiste en haber sido publicado oportunamente, cuando era
necesario que al combate precediese la advertencia, inspirada en nobles
deseos y dirigida á un adversario más corajudo y más obcecado que leal.

No sabemos si la sinceridad patriótica que resplandece en la obra
de Rizal desarmará á sus detractores. En todo caso conviene advertir
que este libro no es para  leído ante un Consejo de guerra. Contiene
afirmaciones que deben ser meditadas y alusiones que no pueden ser
comprendidas por la justicia militar. Acaso el españolismo de los
españoles esté reñido con el de Rizal. Eso consiste en que los poetas
no piensan ni sienten como los demás hombres. Si Rizal no fué español
al uso, sus razones tendría para ello. ¿Acaso nosotros hemos sido
filipinos más que para devastar y ensangrentar el Archipiélago?

Geógrafos eminentes creen que la dominación española ha sido más
tolerable que un protectorado holandés ó inglés.

En efecto, somos demasiado perezosos para ser crueles, y no sacamos la
espada más que en los casos de apuro, cuando ya fuera mejor dejarla
quieta al cinto. Esta indolencia es la causa de las desgracias que
nos afligen. Hemos descuidado siempre el lado utilitario de una
conquista para aceptar tan sólo las místicas ventajas que ésta nos
ofrecía. Somos los conquistadores que, en nombre del Señor, toman
posesión de una tierra inculta y no se dignan mejorarla.

Nuestra candidez nos valdrá los elogios que, por pura fórmula,
se consignan en una Geografía. Y se dirá de nosotros que tenemos el
mejor método de colonización, el cual consiste en no colonizar, y que
podíamos haber conservado todas las posesiones con sólo prescindir
por un instante del Altísimo, ó lo que es igual, de sus frailes.

Sin contar con que, en lo concerniente á la lisonjera afirmación de
nuestra bondad, podría hacerse más de un distingo, pues no hay que
olvidar que los últimos gobernadores de las colonias se han mostrado
tan severos como Simón de Anda, sin imitarle en las cosas buenas que
supo hacer.



MI ÚLTIMO PENSAMIENTO

Poesía escrita por Rizal la víspera de su muerte.


          ¡Adiós, patria adorada, región del sol querida!
        Perla del mar de Oriente, nuestro perdido edén;
        á darte voy alegre la triste, mustia vida.
        Si fuera más brillante, más fresca, más florida,
        también por tí la diera, la diera por tu bien.

          En campos de batalla, luchando con delirio,
        otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar;
        el sitio nada importa: ciprés, laurel ó lirio,
        cadalso ó campo abierto, combate ó cruel martirio,
        lo mismo es, si la piden la patria y el hogar.

          Yo muero cuando veo que el cielo se colora
        y al fin anuncia el día tras lóbrego capuz;
        si grana necesitas para teñir tu aurora,
        vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,
        y dórela un reflejo de tu naciente luz.

          Mis sueños cuando apenas muchacho adolescente;
        mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,
        fueron el verte un día, joya del mar de Oriente,
        secos los negros ojos, alta la tersa frente,
        sin ceños, sin arrugas ni manchas de rubor.

          ¡Ensueño de mi vida, mi ardiente y vivo anhelo!
        ¡Salud! te grita el alma que pronto va á partir.
        ¡Salud!... ¡Oh! ¡que es hermoso caer por darte vuelo,
        morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
        y en tu encantada tierra la eternidad dormir!

          Si sobre mi sepulcro vieses brotar un día,
        entre la espesa hierba, sencilla, humilde flor,
        acércala á tus labios, que es flor del alma mía,
        y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fría,
        de tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.

          Deja á la luna verme con luz tranquila y suave,
        deja que el alba envíe su resplandor fugaz;
        deja gemir al viento con su murmullo grave,
        y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
        deja que el ave entone un cántico de paz.

          Deja que el sol ardiente las lluvias evapore
        y al cielo tornen puras con mi clamor en pos;
        deja que un ser amigo mi fin temprano llore;
        y en las serenas tardes, cuando por mí alguien ore,
        ora también ¡oh patria! por mi descanso á Dios.

          ¡Ora por todos cuantos murieron sin ventura;
        por cuantos padecieron tormentos sin igual,
        por nuestras pobres madres, que lloran su amargura;
        por huérfanos y viudas, por presos en tortura,
        y porque pronto veas tu redención final!

          Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio,
        y sólo restos yertos queden velando allí,
        no turbes el reposo, no turbes el misterio;
        pero si acordes oyes de cítara ó salterio,
        soy yo, querida patria, yo que te canto á tí.

          Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
        no tenga cruz, ni piedra que marquen su lugar,
        deja que la are el hombre, que la esparza la azada,
        que todas mis cenizas se vuelvan á la nada,
        y en polvo de tu alfombra se vayan á formar.

          ¡Entonces nada importa me pongas en olvido!
        Tu atmósfera, tus campos, tus valles cruzaré;
        vibrante y limpia nota seré para tu oído;
        aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
        constante repitiendo la esencia de mi fe!

          ¡Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores;
        querida Filipinas, oye el postrer adiós!
        Ahí te dejo todo: ¡mis padres, mis amores!
        ¡voy á do no hay esclavos, verdugos ni opresores,
        donde la fe no mata, donde el que reina es Dios!

          ¡Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
        amigos de la infancia en el perdido hogar!
        Dad gracias; ya descanso del fatigoso día.
        ¡Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría!
        ¡Adiós, queridos seres!... ¡Morir es descansar!


Hoy, 30 de Diciembre de 1901, hace cinco años que cayó en Manila bajo
el plomo de los soldados de España, víctima del encono de sus enemigos,
el apóstol de la libertad de Filipinas, verdadero mártir de la causa
de su patria.

Hé aquí como describe un periodista español aquel tristísimo suceso:

«Todavía se cometió otro delito más grave de lesa humanidad. Al caer
el infeliz reo, atravesado el corazón por la espalda, en medio de
aquel tenebroso cuadro formado por miles de españoles, entre los que
se destacaban elegantes mujeres, cual impúdicas damas de la bárbara
Roma en una fiesta del Coliseo, al sonar la mortífera descarga y
dar en tierra aquel endeble cuerpo sobre el paseo de la Luneta, una
exclamación general de vivas y bravos fué la única y piadosa oración
cristiana, que elevaron al cielo tantos espectadores.»

El Dr. Rizal fué asistido en la capilla por sus antiguos profesores
los P. P. Faura, Villaclara y Viza, y el misionero P. Balaguer, á quien
había conocido durante su destierro en Dapitán. A la mañana siguiente
despidióse de su septuagenaria y desconsolada madre y de su hermana,
casóse con su fiel compañera la irlandesa Josefina Brocken, escribió
á su hermano, compuso una poesía y preparóse para ir al fusilamiento.

Entre un piquete de artilleros, y asistido por los padres March y
Villaclara, salió de la fortaleza de Santiago á las siete de la mañana;
al entrar en el cuadro despidióse de su defensor con un apretón de
manos, y puesto de frente á los soldados indígenas encargados de la
ejecución, pretendió morir cara á cara, mas seguro de que habían de
herirle por la espalda, recomendó lo hicieran al corazón, y exclamando
«Consummatum est», recibió la descarga, dió media vuelta, vaciló un
poco, y cayó sobre el costado derecho en un escalón de la Luneta, y
junto á un grupo de arbustos. Un tiro de gracia le remató en seguida,
quedando ilesa su cabeza y con los ojos abiertos.


                                (De La Correspondencia, de Puerto Rico).



A MI PATRIA


Regístrase en la historia de los padecimientos humanos un cáncer de
un carácter tan maligno, que el menor contacto le irrita y despierta
en él agudísimos dolores. Pues bien, cuantas veces en medio de las
civilizaciones modernas he querido evocarte, ya para acompañarme de
tus recuerdos, ya para compararte con otros países, siempre se me
presentó tu querida imagen con un cáncer social parecido.

Deseando tu salud que es la nuestra, y buscando el mejor tratamiento,
haré contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponíanlos en
las gradas del templo, para que cada persona que viniese á invocar
á la Divinidad les propusiese un remedio.

Y á este fin, trataré de reproducir fielmente tu estado sin
contemplaciones; levantaré parte del velo que encubre el mal,
sacrificando á la verdad todo, hasta el mismo amor propio, pues,
como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas.


                                                        Europa 1886.

                                                            El Autor



NOLI ME TÁNGERE


I

UNA REUNIÓN


A fines de Octubre, don Santiago de los Santos, conocido popularmente
con el nombre de «Capitán Tiago», daba una cena, que, sin embargo de
haberla anunciado aquella tarde tan sólo, contra su costumbre, era ya
el tema de todas las conversaciones en Binondo, en otros arrabales y
hasta en Intramuros. Capitán Tiago pasaba entonces por el hombre más
rumboso, y sabíase que su casa, como su país, no cerraba las puertas
á nadie, como no fuese al comercio ó á toda idea nueva ó atrevida.

Como una sacudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de los
parásitos, moscas ó colados que Dios crió en su infinita bondad,
y tan cariñosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betún para
sus botas; otros, botones y corbatas, pero todos preocupados del modo
como habían de saludar más familiarmente al dueño de la casa, para
hacer creer en antiguas amistades, ó excusarse, si á mano viniese,
de no haber podido acudir más temprano.

Dábase esta cena en una casa de la calle de Anloague, y ya que no
recordamos su número, la describiremos de manera que se la reconozca
aún, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que
su dueño la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente
se encarga allí Dios ó la Naturaleza, que también tiene de nuestro
Gobierno muchas obras contratadas.--Es ello un edificio bastante
grande, á estilo de los muchos del país, situado hacia la parte
que da á un brazo del Pásig, llamado por algunos ría de Binondo,
y que desempeña, como todos los ríos de Manila, el múltiple papel
de baño, alcantarilla, lavadero, pesquería, medio de transporte y
comunicación y hasta agua potable, si lo tiene por conveniente el
chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal en
donde más el tráfico bulle y aturde el vaivén, en una distancia de
casi un kilómetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto
por un lado durante seis meses é intransitable por el otro el resto
del año, de tal suerte, que los caballos en la temporada del calor
aprovechan este permanente stato quo para desde allí saltar al agua,
con gran sorpresa del distraído mortal, que en el interior del coche
dormita ó filosofa sobre los progresos del siglo.

La casa á que aludimos es algo baja y de líneas no muy correctas:
que el arquitecto que la haya construído no viera bien, ó que esto
fuera efecto de los terremotos y huracanes, nadie puede decirlo con
seguridad. Una ancha escalera de verdes balaustres y alfombrada á
trechos conduce desde el zaguán ó portal, enlosado de azulejos, al
piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales
de losa china de abigarrados colores y fantásticos dibujos.

Pues que no hay porteros ni criados que pidan ó pregunten por
el billete de invitación, subiremos, ¡oh tú que me lees, amigo ó
enemigo! si es que te atraen los acordes de la orquesta, la luz
ó el significativo clin clan de la vajilla y de los cubiertos, y
quieres ver cómo son las reuniones allá en la Perla del Oriente. Con
gusto y por comodidad mía te ahorraría á tí de la descripción de
la casa, pero esto es muy importante, pues nosotros los mortales
en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por
nuestras conchas; por esto y otras cualidades más como tortugas son
también los mortales de Filipinas.--Si subimos, nos encontraremos de
golpe en una espaciosa estancia, llamada allí caída, no sé por qué,
que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que de salón de la
orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente,
parece guiñar al colado con dulces promesas, y amenazar á la tímida
joven, á la sencilla dalaga, con dos horas mortales en compañía de
extraños, cuyo lenguaje y conversación suelen tener un carácter muy
particular. Contrastando con estos terrenales preparativos están los
abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos
como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La muerte del Justo,
La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un espléndido y elegante
marco estilo Renacimiento que Arévalo tallara, un curioso lienzo de
grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La inscripción dice:
Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo,
bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad á la piadosa
y célebre capitana Inés. [1] La composición, si no revela mucho
gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece
ya un cadáver en putrefacción por los tintes amarillos y azules
de su rostro; los vasos y demás objetos, ese cortejo de las largas
enfermedades, están reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta
sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito
é inspiran ideas bucólicas, acaso piense alguno que el maligno dueño
de la casa conocía muy bien el carácter de la mayor parte de los que
se han de sentar á la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha
colgado del plafón preciosas lámparas de China, jaulas sin pájaros,
esferas de cristal azogado, rojas verdes y azules, plantas aéreas
marchitas, pescados desecados é inflados, que llaman botetes, etc.,
cerrando el todo por el lado que mira al río con caprichosos arcos de
madera, medio chinescos medio europeos, y dejando ver en una azotea
emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel
de todos colores.

Allá en la sala están los que han de comer, entre colosales espejos y
brillantes arañas: allá, sobre una tarima de pino, está el magnífico
piano de cola de un precio exorbitante, y más precioso aún esta noche,
porque nadie lo toca. Allá hay un grande retrato al óleo de un hombre
bonito, de frac, tieso, recto, simétrico como el bastón de borlas
que lleva entre sus rígidos dedos cubiertos de anillos: el retrato
parece decir:

--¡Ejem! !mirad cuánto llevo puesto y qué serio estoy!

Los muebles son elegantes, acaso incómodos y malsanos: el dueño de la
casa no pensaría en la higiene de sus convidados, sino en el propio
lujo.--¡Es cosa terrible la disentería, pero os sentáis en sillones
de Europa y eso no se tiene siempre! les diría él.

La sala está casi llena de gente: los hombres separados de las
mujeres, como en las iglesias católicas y en las sinagogas. Ellas son
unas cuantas jóvenes entre filipinas y españolas: abren la boca para
contener un bostezo, pero la tapan al instante con sus abanicos; apenas
murmuran algunas palabras; cualquiera conversación que se aventura
muere entre monosílabos, como esos ruidos que se oyen de noche en
una casa, ruidos causados por ratones y lagartijas. ¿Son acaso las
imágenes de diferentes Nuestras Señoras que cuelgan de las paredes
las que las obligan á guardar el silencio y la compostura religiosa,
ó es que aquí las mujeres forman una excepción?

La única que recibía á las señoras era la vieja, prima de Cpn. Tiago,
de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda
su política y urbanidad consistía en ofrecer á las españolas una
bandeja de cigarros y buyos [2], y en dar á besar la mano á las
filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana acabó por
aburrirse y, aprovechando el ruido de un plato que se rompía, salió
precipitadamente, murmurando:

--¡Jesús! ¡Esperad, indignos!

Y no volvió á parecer.

En cuanto á los hombres, éstos ya hacían más ruido. Algunos cadetes
hablaban con animación, pero en voz baja, en uno de los rincones,
mirando de cuando en cuando y señalando á veces con el dedo á
varias personas de la sala; y se reían entre ellos más ó menos
disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco,
cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, paseábanse de un extremo
á otro de la sala á grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros
sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la mayor animación
partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un
militar alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y
bizcochos ingleses.

El militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta; parecía un
duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia Civil; hablaba
poco, pero duro y breve.--Uno de los frailes, un joven dominico,
hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tenía
una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fué en años anteriores
catedrático en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado dialéctico,
tanto, que en los tiempos en que los hijos de Guzmán se atrevían aún
á luchar en sutilezas como los seglares, el hábil argumentador B. de
Luna no había podido jamás embrollarle ni cogerle: los distingos de
fray Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas
con lazos. El dominico hablaba poco y parecía pesar sus palabras.

Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho
y gesticulaba más. Sin embargo de que sus cabellos empezaban á
encanecer, parecía conservarse bien su robusta naturaleza. Sus
correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas
quijadas y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano
disfrazado, y, sin quererlo, os acordaréis de uno de aquellos tres
monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el
Equinoccio de Septiembre, allá en el Tirol, pasaban á media noche en
barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero
una moneda de plata, como el hielo fría, que le dejaba lleno de
espanto. Sin embargo, fray Dámaso no era misterioso como aquellos;
era alegre, y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre
que jamás se ha mordido la lengua, que cree santo é inmejorable cuanto
dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresión,
y hasta se veía uno obligado á perdonarle el enseñar en la sala unos
pies sin calcetines y unas piernas velludas, que harían la fortuna
de un Mendieta en las ferias de Quiapo [3].

Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía
de notable la nariz que, á juzgar por sus dimensiones, no debía ser
suya; el otro, un joven rubio, parecía recién llegado al país: con
éste sostenía el franciscano una viva discusión.

--Ya lo verá,--decía el fraile;--como cuente en el país algunos meses,
se va á convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid
y otra estar en Filipinas.

--Pero...

--Yo, por ejemplo,--continuó fray Dámaso levantando más la voz para
no dejarle al otro la palabra,--yo que cuento ya veintitres años de
plátano y morisqueta [4], yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No
me salga usted con teorías ni retóricas; conozco al indio. Haga cuenta
que desde que llegué al país, fuí destinado á un pueblo, pequeño, es
verdad, pero muy dedicado á la agricultura. Todavía no sabía yo muy
bien el tagalo, pero ya confesaba á las mujeres, y nos entendíamos,
y tanto me llegaron á querer que, tres años después, cuando me pasaron
á otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se
pusieron á llorar, me colmaron de regalos, me acompañaron con música...

--Pero eso sólo demuestra...

--¡Espere, espere usted! ¡no sea tan vivo! El que me sucedió permaneció
menos tiempo, y cuando salió tuvo más acompañamiento, más lágrimas
y más música, y eso que pegaba más y había subido los derechos de la
parroquia casi el doble.

--Pero usted me permitirá...

--Aun más; en el pueblo de san Diego he estado veinte años y sólo hace
algunos meses que lo he... dejado (aquí pareció disgustarse). Veinte
años, no me lo podrá negar nadie, son más que suficientes para
conocer un pueblo. San Diego tenía seis mil almas, y yo conocía á cada
habitante como si yo lo hubiese parido y amamantado: sabía de qué pie
cojeaba éste, dónde le apretaba el zapato á aquél, quién le hacía el
amor á aquella dalaga, qué deslices había tenido ésta y con quién,
cuál era el verdadero padre del chico, etcétera, como que confesaba á
todo bicho; se guardaban bien de faltar á su deber. Dígalo, si miento,
Santiago, el dueño de la casa; allí tiene muchas tierras y allí fué
donde hicimos nuestras amistades. Pues bien, verá usted lo que es
el indio; cuando salí, apenas me acompañaron unas viejas y algunos
hermanos terceros, ¡y eso que he estado veinte años!

--Pero no hallo que eso tenga que ver con el desestanco del
tabaco,--contestó el rubio aprovechando una pausa, mientras el
franciscano tomaba una copita de Jerez.

Fray Dámaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedóse
un momento mirando de hito en hito al joven.

--¿Cómo? ¿cómo?--exclamó después, con la mayor extrañeza.--Pero ¿es
posible que no vea usted eso que es claro como la luz? No ve usted,
hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de
los ministros son irracionales?

Esta vez fué el rubio el que se quedó perplejo; el teniente arrugó
más las cejas; el hombre pequeñito movía la cabeza como para dar la
razón á fray Dámaso ó para negársela. El dominico se contentó con
volverles casi las espaldas á todos.

--¿Cree usted?...--pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando
lleno de curiosidad al fraile.

--¿Que si creo? ¡Como en el Evangelio! ¡El indio es tan indolente!

--¡Ah! perdone usted que le interrumpa,--dijo el joven bajando la voz
y acercando un poco su silla;--ha pronunciado una palabra que llama
todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en
los naturales, ó sucede, según un viajero extranjero, que nosotros
excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y
nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes
son de la misma raza...

--¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que también conoce
el país; ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio
tienen igual!

--En efecto,--contestó el hombre pequeñito, que era el aludido,--en
ninguna parte del mundo puede usted ver otro más indolente que el
indio, ¡en ninguna parte del mundo!

--¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!

--¡Ni más mal educado!

El joven rubio principió á mirar con inquietud á todas partes.

--Señores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio;
esas señoritas...

--¡Bah! ¡no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio,
y además, no está presente y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías
de los recién venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiará de
opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan [5],
dormido en los catres y comido mucha tinola.

--¿Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del
loto que vuelve á los hombres... así... como olvidadizos?

--¡Qué loto ni qué lotería!--contestó riendo el padre Dámaso;--está
usted tocando el bombo. Tinola es un gulaí [6] de gallina y
calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado usted?

--Cuatro días,--profirió el joven algo picado.

--¿Viene como empleado?

--No, señor: vengo por cuenta propia para conocer el país.

--¡Hombre, qué pájaro más raro!--exclamó fray Dámaso mirándole
con curiosidad.--¡Venir por cuenta propia y por tonterías! ¡Qué
fenómeno! Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de
frente... muchos han escrito así grandes libros! Con tener dos dedos
de frente...

--Decía vuestra reverencia, padre Dámaso,--interrumpió bruscamente el
dominico cortando la conversación,--que ha estado vuestra reverencia
veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... ¿No estaba
vuestra reverencia contento del pueblo?

Fray Dámaso, á esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi
negligente, perdió repentinamente la alegría y dejó de reir.

--¡No!--gruñó secamente, y se dejó caer con violencia contra el
respaldo del sillón.

El dominico prosiguió en tono más indiferente aún:

--Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte años,
y que se conoce como el hábito que se lleva. Yo, al menos, sentí
dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores
lo hacían para bien de la Comunidad... para bien mío.

Fray Dámaso por primera vez en aquella noche parecía muy preocupado. De
repente dió un puñetazo sobre el brazo de su sillón y, respirando
con fuerza, exclamó:

--¡O hay religión ó no la hay, esto es, ó los curas son libres ó
no! ¡El país se pierde, está perdido!

Y volvió á dar otro puñetazo.

Toda la sala, sorprendida, se volvió hacia el grupo: el dominico
levantó la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos
extranjeros que se paseaban paráronse un momento, se miraron,
enseñáronse un poco sus dientes incisivos, y continuaron acto seguido
su paseo.

--¡Está de mal humor porque usted me lo ha tratado de
reverencia!--murmuró al oído del joven rubio el señor Laruja.

--¿Qué quiere vuestra reverencia decir? ¿qué le pasa?--preguntaron
el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz.

--¡Por eso vienen tantas calamidades! ¡Los gobernantes sostienen á
los herejes contra los ministros de Dios!--continuó el franciscano
levantando sus robustos puños.

--¿Qué quiere usted decir?--volvió á preguntar el cejijunto teniente,
medio levantándose.

--¿Qué quiero decir?--repitió fray Dámaso alzando más la voz y
encarándose con el teniente.--¡Yo digo lo que yo quiero decir! Yo, yo
quiero decir que cuando el cura arroja de su cementerio el cadáver de
un hereje, nadie, ni el mismo rey tiene derecho á mezclarse y menos á
imponer castigos. Conque un generalito, un generalito Calamidad [7]...

--¡Padre, su excelencia es Vice Real Patrono!--gritó el militar
levantándose.

--¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono!--contestó el franciscano
levantándose también.--En otro tiempo se le hubiera arrastrado
escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el
impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!

--Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa á
S. M. el rey!

--¡Qué rey ni qué Roque! para nosotros no hay más rey que el
legítimo...

--¡Alto!--gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera á sus
soldados;--ó retira usted cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte
á Su Excelencia...

--¡Ande usted ahora mismo, ande usted!--contestó con sarcasmo fray
Dámaso, acercándosele con los puños cerrados.--¿Cree usted que porque
yo llevo hábito, me faltan?... ¡Ande usted que todavía le presto
mi coche!

La cuestión tomaba un giro cómico, pero afortunadamente intervino
el dominico.

--¡Señores!--dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta
tan bien á los frailes,--no hay que confundir las cosas ni buscar
ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray
Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal,
per se, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En
las del hombre hay que hacer una subdistinción: las que dice ab irato,
las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas
últimas son las que únicamente pueden ofender y eso según, si ya in
mente preexistían por un motivo, ó solamente vienen per accidens en
el calor de la conversación, si hay...

--¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, padre
Sibyla!--interrumpió el militar que se embrollaba en tantas
distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía
culpable.--Yo sé los motivos y los va V. R. á distinguir. Durante
la ausencia del padre Dámaso en San Diego, enterró el coadjutor
el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima; yo le
he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se
haya confesado, ¿eso qué? yo tampoco me confieso; pero decir que se
ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que
tiene un hijo en quien cifra su cariño y sus esperanzas, un hombre
que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad,
un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo
aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V. R.

Y volviéndole las espaldas al franciscano, continuó:

--Pues bien, este cura, á su vuelta al pueblo, después de maltratar
al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadáver y sacarlo fuera
del cementerio para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego
ha tenido la cobardía de no protestar; verdad es que muy pocos lo
supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en
Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón,
ha pedido el castigo... y el padre Dámaso fué trasladado á otro pueblo
mejor. He ahí todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.

Y dicho esto, se alejó del grupo.

--Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan
delicada,--dijo el padre Sibyla con pesar.--Pero, al fin, si se ha
ganado en el cambio de pueblo...

--¡Qué se ha de ganar! Y ¿lo que se pierde en los traslados... y
los papeles... y las... y todo lo que se extravía?--interrumpió
balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dámaso.

Poco á poco volvió la reunión á su antigua tranquilidad.

Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español, cojo,
de fisonomía dulce é inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja
filipina, llena de rizos y pinturas y vestida á la europea.

El grupo les saludó amistosamente; el doctor de Espadaña y su señora,
la doctora doña Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Veíase
á algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado
á otro sin saber qué hacer.

--Pero ¿me puede usted decir, señor Laruja, qué tal es el dueño de
la casa?--preguntó el joven rubio.--Yo todavía no he sido presentado.

--Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.

--¡Aquí no hay necesidad de presentaciones!--intervino fray
Dámaso.--Santiago es un hombre de buena pasta.

--Un hombre que no ha inventado la pólvora,--añadió Laruja.

--¡También usted, señor de Laruja!--exclamó con meloso reproche doña
Victorina, abanicándose.--¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora,
si, según dicen, la habían ya inventado los chinos siglos hace?

--¿Los chinos? ¿Está usted loca?--exclamó fray Dámaso.--¡Quite
usted! ¡La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no sé
cuántos Savalls [8] en el siglo... siete!

--¡Un franciscano!--Bueno; ése habrá estado de misionero en China,
ese padre Savalls,--replicó la señora, que no dejaba así sus ideas.

--Schwartz querrá usted decir, señora,--repuso fray Sibyla sin mirarla.

--No lo sé; fray Dámaso ha dicho Savalls: ¡yo no hago más que repetir!

--¡Bien! Savalls ó Chevás, ¿qué más da? ¡Por una letra no se queda
chino!--replicó malhumorado el franciscano.

--Y en el siglo catorce, no en el siete,--añadió el dominico en tono
de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.

--¡Bueno, un siglo más ó un siglo menos tampoco le hace dominico!

--¡Hombre, no se enfade V. R.!--dijo el padre Sibyla sonriendo.--Tanto
mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado ese trabajo á
sus hermanos.

--Y ¿dice usted, padre Sibyla, que fué eso en el siglo
catorce?--preguntó con gran interés doña Victorina;--¿antes ó después
de Cristo?

Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala.



II

CRISÓSTOMO IBARRA.


No eran hermosas y bien ataviadas jóvenes que llamasen la atención de
todos, hasta la de fray Sibyla; no era S. E. el Capitán general con
sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento,
avanzara algunos pasos, y fray Dámaso se quedase como petrificado:
era sencillamente el original del retrato de frac, conduciendo de la
mano á un joven vestido de riguroso luto.

--¡Buenas noches, señores! ¡buenas noches, padre!--fué lo primero que
dijo Cpn. Tiago besando las manos á los sacerdotes que se olvidaron de
dar la bendición: el dominico se había quitado las gafas para mirar
al joven recién llegado, y fray Dámaso quedó pálido y con los ojos
desmesuradamente abiertos.

--¡Tengo el honor de presentar á ustedes á don Crisóstomo Ibarra,
hijo de mi difunto amigo!--continuó Cpn. Tiago;--este señor acaba de
llegar de Europa y he ido á recibirle.

A este nombre, se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvidó
de saludar al dueño de la casa; acercóse al joven y le examinó de
pies á cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con
todo el grupo, y no parecía presentar otra cosa de particular que
su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus
facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una
sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma se han cultivado á
la par. Veíanse en su rostro, franco y alegre, algunas ligeras huellas
de la sangre española al través de un hermoso color moreno, algo rosado
en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los países fríos.

--¡Calla!--exclamó con alegre sorpresa;--¡el cura de mi pueblo! ¡el
padre Dámaso, el íntimo amigo de mi padre!

Todas las miradas se dirigieron al franciscano: éste no se movió.

--¡Usted dispense, me había equivocado!--añadió Ibarra confuso.

--¡No te has equivocado!--pudo al fin contestar aquél con voz
alterada.--Pero tu padre jamás fué íntimo amigo mío.

Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido, mirándole lleno
de sorpresa, se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente
que le seguía observando.

--Joven, ¿es usted el hijo de don Rafael Ibarra?

El joven se inclinó.

Fray Dámaso se incorporó en su sillón y miró de hito en hito al
teniente.

--¡Bienvenido á su país y que en él sea más feliz que su
padre!--exclamó el militar con voz temblorosa.--Yo le he conocido y
tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más
honrados de Filipinas.

--¡Señor!--contestó Ibarra conmovido;--el elogio que usted hace de mi
padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún.

Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dió media vuelta y se
alejó precipitadamente.

Vióse el joven solo en medio de la sala: el dueño de la casa había
desaparecido, y no encontraba quién le presentase á las señoritas,
muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar
algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió á ellas:

--Permítanme ustedes,--dijo,--que salte por encima de las reglas de
una rigorosa etiqueta. Hace siete años que falto en mi país, y al
volver á él, no puedo contener mi admiración y dejar de saludar á su
más precioso adorno, á sus mujeres.

Como ninguna se atrevió á contestar, se vió el joven obligado á
alejarse. Dirigióse al grupo de algunos caballeros, que, al verle
venir, formaron un semicírculo.

--¡Señores!--dijo;--hay en Alemania la costumbre de que cuando un
desconocido viene á una reunión y no halla quién le presente á los
demás, él mismo dice su nombre y se presenta, á lo que contestan los
otros de igual manera. Permítanme ustedes este uso, no por introducir
costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas también,
sino porque me veo obligado á ello. He saludado ya al cielo y á las
mujeres de mi patria: ahora quiero saludar á los ciudadanos, á mis
compatriotas. ¡Señores, yo me llamo Juan Crisóstomo Ibarra y Magsalin!

Los otros dieron sus nombres más ó menos insignificantes, más ó
menos desconocidos.

--¡Yo me llamo A... a!--dijo un joven secamente é inclinándose apenas.

--¿Tendré acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han
mantenido mi entusiasmo por mi patria? Me han dicho que ya no escribe
usted, pero no han sabido darme el por qué...

--¿El por qué? Porque no se invoca á la inspiración para que se
arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en
verso una verdad de Pero Grullo. A mí me han llamado poeta, pero no
me llamarán loco.

--Y ¿se puede saber qué verdad era esa?

--Dijo que el hijo del león era también león; por poco no va
desterrado.

Y el extraño joven se alejó del grupo.

Casi corriendo llegó un hombre de fisonomía risueña, vestido como
los naturales del país, con botones de brillantes en la pechera;
acercóse á Ibarra, le dió la mano diciendo:

--Señor Ibarra, yo deseaba conocerle á usted; Cpn. Tiago es muy amigo
mío, yo conocí á su señor padre... yo me llamo Cpn. Tinong, vivo en
Tondo, donde usted tiene su casa; espero que me honrará con su visita;
venga usted á comer mañana con nosotros.

Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Cpn. Tinong sonreía y
se frotaba las manos.

--¡Gracias!--contestó afectuosamente:--pero parto mañana mismo para
San Diego...

--¡Lástima! ¡Entonces, será para cuando usted vuelva!

--¡La mesa está servida!--anunció un mozo de café de la Campana. La
gente empezó á desfilar, no sin que se hicieran de rogar mucho las
mujeres, especialmente las filipinas.



III

LA CENA

                                               Jele Jele bago quiere [9]


Fray Sibyla parecía muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus
contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén; hasta se
dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaña, que respondía por
monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un
humor espantoso, pegaba puntapiés á las sillas que le obstruían el
camino y hasta dió un codazo á un cadete. El teniente, serio; los
otros hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de
la mesa. Doña Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz,
pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada: en
efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del vestido.

--Pero ¿es que no tiene usted ojos?--dijo.

--Sí, señora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando
esos rizos,--contestó el poco galante militar, y se alejó.

Instintivamente los dos religiosos se dirigieron á la cabecera de
la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que
con los opositores á una cátedra: ponderan con palabras los méritos
y la superioridad de los adversarios, pero luego dan á entender todo
lo contrario, y gruñen y murmuran cuando no la obtienen.

--¡Para usted, fray Dámaso!

--¡Para usted, fray Sibyla!

--Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad,
dignidad y gobierno...

--¡Muy viejo que digamos, no! en cambio, ¡es usted el cura del
arrabal!--contestó en tono desabrido fray Dámaso, sin soltar la silla.

--¡Como usted lo manda, obedezco!--concluyó el padre Sibyla
disponiéndose á sentarse.

--¡Yo no lo mando!--protestó el franciscano;--¡yo no lo mando!

Iba ya á sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando
sus miradas se encontraron con las del teniente. El más alto oficial
es, según la opinión religiosa en Filipinas, muy inferior al lego
cocinero. Cedant arma togæ, decía Cicerón en el Senado; cedant arma
cottæ dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona
fina y repuso:

--Señor teniente, aquí estamos en el mundo y no en la iglesia; el
asiento le corresponde.

Pero, á juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le correspondía á
él. El teniente, bien sea por no molestarse, ó por no sentarse entre
dos frailes, rehusó brevemente.

Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la
casa. Ibarra le vió contemplando la escena con satisfacción y
sonriendo.

--¡Cómo, don Santiago! ¿no se sienta usted entre nosotros?

Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa
de Lúculo.

--¡Quieto! ¡no se levante usted!--dijo Cpn. Tiago poniendo la mano
sobre el hombro del joven.--Precisamente esta fiesta es para dar
gracias á la Virgen por su llegada de usted. ¡Oy! que traigan la
tinola. Mandé hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la
habrá probado.

Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar
el Benedícite al que casi nadie supo contestar, principió á repartir
el contenido. Pero sea por descuido ú otra cosa, al padre Dámaso le
tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello
desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas
y pechugas, principalmente Ibarra á quien le cupieron en suerte los
menudillos. El franciscano lo vió todo, machacó los calabacines,
tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido, y empujó
bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído
hablando con el joven rubio.

--¿Cuánto tiempo hace que falta usted en el país?--preguntó Laruja
á Ibarra.

--Casi unos siete años.

--¡Vamos, ya se habrá usted olvidado de él!

--Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado,
siempre he pensado en él.

--¿Qué quiere usted decir?--preguntó el rubio.

--Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí,
de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe
cuándo ni cómo murió su padre.

--¡Ah!--exclamó el teniente.

--Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?--preguntó doña
Victorina.--Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula [10].

--Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en
Alemania y en la Polonia rusa.

El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar,
creyó conveniente decir algo.

--Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia,
llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por
ventura?--preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.

--Es muy posible,--contestó con amabilidad Ibarra;--pero en este
momento no lo recuerdo.

--¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!--añadió el doctor
que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.

--Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una
palabra de español más que en algunos consulados.

--Y ¿cómo se arreglaba usted?--preguntó admirada doña Victorina.

--Me servía del idioma del país, señora.

--¿Habla usted también inglés?--preguntó el dominico que había estado
en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English [11], esa adulteración
del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.

--He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban
el inglés.

--Y ¿cuál es el país que más le gusta á usted en Europa?--preguntó
el joven rubio.

--Después de España, mi segunda patria, cualquier país de Europa libre.

--Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, ¿qué es lo más
notable que ha visto usted?--preguntó Laruja.

Ibarra pareció reflexionar.

--Notable ¿en qué sentido?

--Por ejemplo..... en cuanto á la vida de los pueblos..... vida social,
política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...

Ibarra se puso á meditar largo rato.

--Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo
nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar
su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo hallaba
natural; he visto siempre que la prosperidad ó miseria de los pueblos
están en razón directa de sus libertades ó preocupaciones, y por
consiguiente, de los sacrificios ó egoísmo de sus antepasados.

--Y ¿no has visto más que eso?--preguntó con risa burlona el
franciscano, que desde el principio de la cena no había dicho una
sola palabra, distraído tal vez por la comida;--no valía la pena de
malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: ¡cualquier bata [12]
de la escuela lo sabe!

Ibarra se quedó sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban
al uno y al otro, y temían un escándalo.--«La cena toca á su fin y
S. R. está ya harto», iba á decir el joven, pero se contuvo, y sólo
dijo lo siguiente:

--Señores, no extrañen ustedes la familiaridad con que me trata
nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para S. R. en
vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo
aquellos días, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y
honraba la mesa de mi padre.

El dominico miró furtivamente al franciscano, que se había puesto
tembloroso. Ibarra, continuó, levantándose:

--Ustedes me permitirán que me retire, porque, acabado de llegar
y teniendo que partir mañana mismo, quédanme muchos negocios por
evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y
apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!

Y apuró una copita, que hasta entonces no había tocado. El viejo
teniente le imitó, pero sin decir palabra.

--¡No se vaya usted!--decíale Capitán Tiago en voz baja.--Ya llegará
María Clara: ha ido á sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su
pueblo, que es un santo.

--¡Vendré mañana antes de partir! Hoy tengo que hacer una
importantísima visita.

Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba.

--¿Usted lo ha visto?--decía al joven rubio, gesticulando con el
cuchillo de postres.--¡Eso es por orgullo! ¡No pueden tolerar que
el cura los reprenda! ¡Ya se creen personas decentes! Es la mala
consecuencia de enviar los jóvenes á Europa. El gobierno debía
prohibirlo.

--Y ¿el teniente?--decía doña Victorina haciéndole coro al
franciscano;--en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha
hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!

La señora no podía olvidar la alusión á sus rizos y el pisoteado
encañonado de sus enaguas.

Aquella noche escribía el joven rubio, entre otras cosas, el capítulo
siguiente de sus Estudios Coloniales: «De cómo un cuello y un ala de
pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegría de
un festín.» Y entre sus observaciones había éstas: «En Filipinas la
persona más inútil en una cena ó fiesta es la que la da: al dueño
de la casa pueden empezar por echarle á la calle y todo seguirá
tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles
un bien el no dejar á los filipinos salir de su país, ni enseñarles
á leer...»



IV

HEREJE Y FILIBUSTERO


Ibarra estaba indeciso. El viento de la noche, que por esos meses
suele ser ya bastante fresco en Manila, pareció borrar de su frente
la ligera nube que la había obscurecido: descubrióse y respiró.

Pasaban coches como relámpagos, calesas de alquiler á paso moribundo,
transeuntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual,
que da á conocer al distraído ó al desocupado, dirigióse el joven
hacia la plaza de Binondo [13], mirando á todas partes como si quisiera
reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas
blancas y azules y paredes blanqueadas ó pintadas al fresco imitando
mal el granito; la torre de la iglesia seguía ostentando su reloj
con la traslúcida carátula; eran las mismas tiendas de chinos con
sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales había
él torcido una noche, imitando á los chicos mal educados de Manila:
nadie la había enderezado.

--¡Se va despacio!--murmuró, y siguió la calle de la Sacristía.

Los vendedores de sorbetes seguían gritando: ¡Sórbeteee! los huepes ó
lamparillas alumbraban aún los mismos puestos de chinos y de mujeres,
que vendían comestibles y frutas.

--¡Es maravilloso!--exclamó;--es el mismo chino de hace siete años,
y la vieja ... ¡la misma! ¡Diríase que esta noche he soñado en siete
años de viaje por Europa!... y ¡Santo Dios! continúa aún desarreglada
la piedra como cuando la dejé.

En efecto, estaba aún desprendida la piedra de la acera, que forma
la esquina de la calle de San Jacinto con la de la Sacristía.

Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país
de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó
la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi
sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas
cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.

--¡Joven, tenga usted cuidado! ¡Aprenda usted de su padre!--le dijo.

--Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho á mi
padre. ¿Podría usted decirme cuál ha sido su suerte?--preguntó Ibarra
mirándole.

--Qué, ¿no la sabe usted?--preguntó el militar.

--Se lo he preguntado á don Santiago, pero no me prometió referirlo
sino hasta mañana. ¿Lo sabe usted por ventura?

--¡Ya lo creo, como todo el mundo! Murió en la cárcel.

El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito.

--¿En la cárcel? ¿quién murió en la cárcel?--preguntó.

--¡Hombre, su padre de usted, que estaba preso!--contestó el militar
algo sorprendido.

--¿Mi padre ... en la cárcel ... preso en la cárcel? ¿Qué dice
usted? ¿Sabe usted quién era mi padre? ¿Está usted?...--preguntó el
joven cogiéndole del brazo al militar.

--Me parece que no me engaño; era don Rafael Ibarra.

--¡Sí, don Rafael Ibarra!--repitió el joven débilmente.

--¡Pues yo creía que usted lo sabía!--murmuró el militar con acento
lleno de compasión, al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra;--yo
suponía que usted ... pero ¡tenga usted valor! ¡aquí no se puede ser
honrado sin haber ido á la cárcel!

--Debo creer que no juega usted conmigo,--repuso Ibarra con voz débil,
después de algunos instantes de silencio.--¿Podría usted decirme por
qué estaba en la cárcel?

El anciano pareció reflexionar.

--A mí me extraña mucho que no le hayan enterado á usted de los
negocios de su familia.

--Su última carta de hace un año me decía que no me inquietase si
no me escribía, pues estaría muy ocupado: me recomendaba siguiese
estudiando... ¡me bendecía!

--Pues entonces esa carta se la escribió á usted antes de morir:
pronto hará un año que le enterramos en su pueblo.

--¿Por qué motivo estaba preso mi padre?

--Por un motivo muy honroso. Pero sígame usted, que tengo que ir al
cuartel; se lo contaré andando. Apóyese usted en mi brazo.

Anduvieron por algún tiempo en silencio: el anciano parecía reflexionar
y pedir inspiración á su perilla que acariciaba.

--Como usted sabe muy bien,--comenzó diciendo,--su padre era el
más rico de la provincia, y aunque era amado y respetado de muchos,
otros en cambio le odiaban ó envidiaban. Los españoles que venimos
á Filipinas no somos desgraciadamente lo que debíamos: digo esto
tanto por uno de sus abuelos de usted, como por los enemigos de su
padre. Los cambios continuos, la desmoralización de las altas esferas,
el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de
todo: aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno,
pronto le corrompe el país. Pues bien, su padre de usted tenía entre
los curas y los españoles muchísimos enemigos.

Aquí hizo una breve pausa.

--Meses después de su salida de usted, comenzaron los disgustos con el
padre Dámaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fray
Dámaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba,
y sin embargo eran muy amigos, como usted recordará aún. Además,
don Rafael era un hombre muy honrado y más justo que muchos que
confiesan y se confiesan: tenía para sí una moral muy rígida, y solía
decirme cuando me hablaba de estos disgustos: «Señor Guevara, ¿cree
usted que Dios perdona un crimen, un asesinato, por ejemplo, sólo con
decirlo á un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo,
y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atrición? ¿con ser
cobarde, desvergonzado sobre seguro? Yo tengo otra idea de Dios, decía;
para mí, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos
lloriqueos, ni con limosnas á la Iglesia. Y me ponía este ejemplo:
si yo he asesinado á un padre de familia, si he hecho de una mujer
una viuda infeliz, y de unos alegres niños huérfanos desvalidos,
¿habré satisfecho á la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar
el secreto á uno que me lo ha de guardar, dar limosnas á los curas,
que menos las necesitan, comprar la bula de composición ó lloriquear
noche y día? ¿Y la viuda y los huérfanos? Mi conciencia me dice que
debo sustituir en lo posible á la persona que he asesinado, consagrarme
todo y por toda mi vida al bien de esta familia cuya desgracia hice,
y aun así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?» Así
razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre,
y se puede decir que jamás ha ofendido á nadie; por el contrario,
procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que él decía
habían cometido sus abuelos. Pero volviendo á sus disgustos con el
cura, éstos tomaban mal carácter; el padre Dámaso le aludía desde el
púlpito, y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su
carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde ó temprano la
cosa iba á terminar mal.

El viejo teniente volvió á hacer otra breve pausa.

--Recorría entonces su provincia un exartillero, arrojado de las
filas por demasiado bruto é ignorante... Como el hombre tenía que
vivir, y no le era permitido dedicarse á trabajos corporales que
podrían dañar á nuestro prestigio, obtuvo de no sé quién el empleo
de recaudar impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido
educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos
es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era
burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que
cobraba, y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba más su
carácter, rudo y malo ya de antemano. Dábanle intencionadamente lo
escrito al revés; él hacía ademán de leerlo y firmaba en donde veía
blanco con unos garabatos que le representaban con propiedad. Los
indios pagaban, pero se burlaban; él tragaba saliva, pero cobraba,
y en esta disposición de ánimo no respetaba á nadie, y con su padre
de usted había llegado á cambiar muy duras palabras.

Sucedió que un día, mientras daba vueltas á un papel, que en una
tienda le habían entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de
la escuela empezó á hacer señas á sus compañeros, á reirse y señalarle
con el dedo. El hombre oía las risas, y veía la burla retozar en los
serios semblantes de los presentes; perdió la paciencia, volvióse
rápidamente, y empezó á perseguir á los muchachos que corrieron
gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles
alcance, les arroja su bastón que hiere á uno en la cabeza y le
derriba; corre entonces á él, le patea, y ninguno de los presentes
que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba
por allí su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del
brazo y le increpa duramente. Este que, sin duda, veía todo rojo,
levanta la mano, pero su padre no le dió tiempo, y con esa fuerza
que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le pegó,
otros que se contentó con empujarle; el caso es que el hombre vaciló,
cayó á algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. Don Rafael
levanta tranquilamente al niño herido y lo lleva al tribunal. El
exartillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvió en sí, muriendo
algunos minutos después. Como era natural, intervino la justicia, su
padre de usted fué preso y todos los enemigos ocultos se levantaron
entonces. Llovieron las calumnias, se le acusó de filibustero y hereje:
ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella
época, cuando la provincia tenía por alcalde á un hombre que hacía
gala de devoción, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz
alta el rosario, quizás para que le oyesen todos y rezasen con él;
pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres cobradores
de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le
abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acusó por
suscribirse á El Correo de Ultramar y á periódicos de Madrid, por
haberle á usted enviado á la Suiza alemana, por habérsele encontrado
cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote y ¿qué sé yo más? De
todo se deducían acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo él
descendiente de peninsulares. A haber sido otro, su padre de usted
acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un médico que atribuyó
la muerte del desgraciado cobrador á una congestión; pero su fortuna,
su confianza en la justicia, y su odio á todo lo que no era legal ni
justo, le perdieron. Yo mismo, á pesar de mi repugnancia á implorar
la merced de nadie, me presenté al Capitán General, al antecesor del
que tenemos: le hice presente que no podía ser filibustero quien acoge
á todo español, pobre ó emigrado, dándoles techo y mesa, y en cuyas
venas hierve aún la generosa sangre española; en vano respondí con
mi cabeza, juré por mi pobreza y mi honor militar, y sólo conseguí
ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado.

El viejo se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su
compañero que escuchaba sin mirarle, prosiguió:

--Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acudí al
célebre abogado filipino, el joven A,--pero rehusó encargarse de
la causa--«Yo la perdería», me dijo. «Mi defensa sería un motivo
de nueva acusación para él y quizás para mí. Acuda usted al señor
M, que es un orador vehemente, de fácil palabra, peninsular y que
goza de muchísimo prestigio.» Así lo hice, y el célebre abogado se
encargó de la causa, que defendió con maestría y brillantez. Pero los
enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos
testigos abundaban, y sus calumnias, que en otra parte se hubieran
disipado á una frase irónica ó sarcástica del defensor, aquí tomaban
cuerpo y consistencia. Si el abogado conseguía anularlos poniéndolos
en contradicción entre sí y consigo mismos, pronto renacían otras
acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos
terrenos, le pidieron indemnización de daños y perjuicios; dijeron
que mantenía relaciones con los tulisanes para que sus sembrados
y animales fueran respetados. Al fin, embrollóse el asunto de tal
manera, que al cabo de un año ya nadie se entendía. El alcalde tuvo
que dejar su puesto; vino otro que tenía fama de recto, pero éste,
por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedió amaba demasiado
los buenos caballos.

Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisión,
ó el dolor de ver á tantos ingratos, alteraron su salud de hierro,
y enfermó de ese mal que sólo la tumba cura. Y cuando todo iba á
terminarse, cuando iba á salir absuelto de la acusación de enemigo de
la Patria y de la muerte del cobrador, murió en la cárcel sin tener
á su lado á nadie. Yo llegué para verle expirar.

El viejo se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto habían
llegado á la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole
la mano, le dijo:

--Joven, los pormenores pídaselos usted á capitán Tiago. Ahora,
¡buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.

Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada,
y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció.

Volvióse lentamente y vió un coche que pasaba; hizo una seña al
cochero.

--¡Fonda de Lala!--dijo con acento apenas inteligible.

--Este debe venir del calabozo,--pensó el cochero dando un latigazo
á sus caballos.



V

UNA ESTRELLA EN NOCHE OBSCURA


Ibarra subió á su cuarto que da al río, y dejóse caer sobre un sillón,
mirando al espacio que se ensanchaba delante de él, gracias á la
abierta ventana.

La casa de enfrente, á la otra orilla, estaba profusamente iluminada
y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su
mayor parte.--Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, más
curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba
en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas
visiones, una de esas apariciones mágicas que á veces se ven en
los grandes teatros de Europa, en que á las apagadas melodías de una
orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada
de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa
gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo,
rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: á su presencia brotan las
flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos,
ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan
panderetas, hacen evoluciones y depositan á los pies de la diosa cada
cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta,
vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro
de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y
moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos,
militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El padre Dámaso estaba al lado
de aquella beldad; el padre Dámaso sonreía como un bienaventurado; fray
Sibyla, el mismo fray Sibyla le dirigía la palabra, y doña Victorina
arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y
brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella
era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre
los tenía bajos, enseñaban un alma purísima cuando los levantaba,
y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes,
podía decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil,
un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña [14]
y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen
los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo
hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir:
era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la
contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.

Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra cosa. Cuatro
desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio; en uno de
aquéllos, allá arriba, había una reja; sobre el sucio y asqueroso
suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el
anciano, que respiraba con dificultad, volvía á todas partes la vista
y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía de
cuando en cuando el ruido de una cadena ó un gemido al través de la
pared... y luego allá á lo lejos un alegre festín, casi una bacanal,
un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las flores á los aplausos y
á la embriagada risa de los demás. ¡Y el anciano tenía las facciones
de su padre, el joven se le parecía á él, y el nombre que aquél
pronunciaba llorando era el suyo!

Esto era lo que veía el desgraciado delante de sí. Se apagaron las
luces en la casa de enfrente, cesó la música y el ruido, pero Ibarra
oía aún el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su
última hora.

El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía
dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar
con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta
del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba á asomarse; todo
parecía descansar; sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado
quizás de sus tristes pensamientos ó del viaje.

Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso
en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo
sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido
rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso á lo lejos
una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideció
y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante;
pero el fraile no se movió de su sitio: miraba al lejano horizonte
que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan,
hacia el mar que dormía aún.



VI

CAPITÁN TIAGO

                                       ¡Hágase tu voluntad en la tierra!


Mientras nuestros personajes duermen ó se desayunan, vamos á ocuparnos
de capitán Tiago. No hemos sido jamás convidado suyo; no tenemos,
pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de
él, aun en circunstancias importantes.

Bajo de estatura, claro de color, redondo de cuerpo y de cara gracias
á una abundancia de grasa, que, según sus admiradores, le venía del
cielo, de la sangre de los pobres según sus enemigos, capitán Tiago
aparecía más joven de lo que realmente era: le hubieran creido de
treinta á treinta y cinco años de edad. La espresión de su rostro
era constantemente beatífica en la época á que se refiere nuestra
narración. Su cráneo, redondo, pequeñito y cubierto de un pelo negro
como el ébano, largo por delante y muy corto por detrás, contenía
muchas cosas, según dicen, dentro de su cavidad; sus ojos pequeños,
pero no achinados, no cambiaban jamás de espresión; su nariz era
fina y no chata, y si su boca no hubiese estado desfigurada por el
abuso del tabaco y del buyo, cuyo sapá [15] reuniéndose en un carrillo
alteraba la simetría de sus facciones, diríamos que hacía muy bien en
creerse y venderse por un hombre bonito. Sin embargo de aquel abuso,
conservaba siempre blancos sus propios dientes y los dos que le prestó
el dentista, á razón de doce duros pieza.

Se le consideraba como uno de los más ricos propietarios de Binondo y
uno de los más importantes hacenderos por sus terrenos en la Pampanga
y en la Laguna de Bay, principalmente en el pueblo de san Diego, cuyo
canon ó arriendo cada año subía. San Diego era el pueblo favorito
suyo por sus agradables baños, famosa gallera [16] y los recuerdos
que de él conserva: allí pasaba cuando menos dos meses del año.

Capitán Tiago tenía muchas fincas en Santo Cristo, en la calle de
Anloague y en la del Rosario; la contrata del opio la explotaban él y
un chino, y ocioso es decir que sacaban grandísimos beneficios. Daba de
comer á los presos de Bilibid, y zacate [17] á muchas casas principales
de Manila, mediante contratas, se entiende. En bien con todas las
autoridades, hábil, flexible y hasta audaz tratándose de especular
con las necesidades de los demás, era el único y temible rival de un
tal Pérez en cuanto á arriendos y subastas de cargos ó empleos, que el
Gobierno de Filipinas confía siempre á manos particulares. Así que en
la época de estos acontecimientos, capitán Tiago era un hombre feliz en
cuanto puede ser feliz un hombre de pequeño cráneo en aquellas tierras;
era rico, estaba en paz con Dios, con el Gobierno y con los hombres.

Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmático: motivos
no había para estar mal con el buen Dios cuando se está bien en
la tierra, cuando no se ha comunicado con Él jamás, ni se Le ha
prestado dinero. Nunca se había dirigido á Él en sus oraciones, ni
aún en sus más grandes apuros: era rico y su oro oraba por él: para
misas y rogativas Dios había criado poderosos y altivos sacerdotes;
para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad había criado
pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces
de rezar dieciséis misterios y leer todos los libros santos, hasta
la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande
apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba á mano ni una
vela roja de chino, dirigíase á los santos y santas de su devoción,
prometiéndoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer
de la bondad de sus deseos. Pero á quien más prometía y cumplía su
promesa, era á la Virgen de Antipolo, Nuestra Señora de la Paz y de
Buenviaje, pues con ciertos santos pequeños no andaba el hombre ni
muy puntual ni decente: á veces, conseguido lo que deseaba, no volvía
á acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volvía á molestar,
si se le presentaba ocasión: capitán Tiago sabía que en el calendario
había muchos santos desocupados, que acaso no tienen qué hacer allá
en el cielo. A la Virgen de Antipolo, además, atribuía mayor poder
y eficacia que á todas las otras Vírgenes, ya lleven bastones de
plata, ya Niños Jesús desnudos ó vestidos, ya escapularios, rosarios
ó correas; quizás se debe esto á la fama de ser aquélla una señora
muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografía,
según el Sacristán mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone
negra como el ébano, y á que las otras Vírgenes son más blandas de
corazón, más indulgentes: sabido es que ciertas almas aman más á un
rey absoluto que á uno constitucional; díganlo Luis XIV y Luis XVI,
Felipe II y Amadeo I. Por esta razón acaso se debe el verse también,
en el famoso santuario andar de rodillas á moros infieles y hasta
españoles; sólo que no se explica el por qué se escapan los curas
con el dinero de la terrible Imagen, se van á América y allá se casan.

Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce á
una pequeña capilla ú oratorio, que no debe faltar en ninguna casa
filipina: allí están los dioses lares de capitán Tiago, y decimos
dioses lares, porque este señor más bien estaba por el politeismo
que por el monoteismo, que jamás había comprendido. Allí se ven
imágenes de la Sagrada Familia con el busto y las extremidades de
marfil, ojos de cristal, largas pestañas y cabellera rubia rizada,
primores de la escultura de Santa Cruz. Cuadros pintados al óleo
por los artistas de Paco y Hermita, representan martirios de santos,
milagros de la Virgen, etc.; Santa Lucía mirando al cielo y llevando
en un plato otros dos ojos con pestañas y cejas, como los que se ven
pintados en el triángulo de la Trinidad ó en los sarcófagos egipcios;
san Pascual Bailón, san Antonio de Padua con hábito de guingón [18],
contemplando lloroso á un Niño Jesús vestido de Capitán general,
tricornio, sable y botas como en el baile de niños de Madrid: esto
para el capitán Tiago significaba que aunque Dios añadiese á su poder
el de un Capitán general de Filipinas, siempre jugarían con él los
franciscanos como con una muñeca. Vénse también un san Antonio Abad con
un cerdo al lado, cerdo que para el digno capitán era tan milagroso
como el santo mismo, por cuya razón no se atrevía á llamarle cerdo,
sino criatura del santo señor san Antonio; un san Francisco de Asís con
siete alas y el hábito color de café colocado encima de un san Vicente
que no tiene más que dos, pero en cambio lleva un cornetín, un san
Pedro Mártir con la cabeza partida con un talibón [19] de malhechor,
empuñado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un san Pedro que
corta la oreja á un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y
hace contorsiones de dolor, mientras un gallo sasabungin [20] canta
y bate las alas sobre una columna dórica, de lo cual deducía capitán
Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. ¿Quién
puede enumerar aquel ejército de imágenes y decir las cualidades
y perfecciones que allí se atesoran? ¡No tendríamos bastante con
un capítulo! Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso san
Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el
arcángel, mordiéndose el labio inferior, tiene los ojos encendidos,
la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y
blande en la diestra un kris joloano, dispuesto á herir al devoto ó
al que se acerque (según se deduce de su actitud y mirada) más bien
que al demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su
pierna de doncella. Capitán Tiago no se le acercaba jamás temiendo un
milagro. ¿Cuántas y cuántas veces no se ha animado más de una imagen,
por peor tallada que fuese como las que salen de las carpinterías de
Paete [21], para confusión y castigo de los pescadores descreidos? Es
fama que tal Cristo de España, invocado como testigo de promesas de
amor, asintió con movimiento de cabeza delante del juez, que otro
Cristo se desclavó el brazo derecho para abrazar á santa Lutgarda ¿y
qué? ¿no había él leido un librito, publicado recientemente sobre un
sermón mímico, predicado por una imagen de santo Domingo en Soriano? El
santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo ó dedujo
el autor del librito que anunciaba el fin del mundo [22] No se decía
también que la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tenía una mejilla
más hinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido? ¿No
es esto probar matemáticamente que las sagradas imágenes también
se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de
muelas, acaso por causa nuestra? No había él visto por sus propios
ojitos á los Cristos todos en el sermón de las Siete Palabras mover
y doblar la cabeza á compás de tres veces, provocando el llanto
y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al
cielo? ¿Más? Nosotros mismos hemos visto al predicador enseñar al
público, en el momento del descenso de la cruz, un pañuelo manchado
de sangre, é íbamos ya á llorar piadosamente, cuando, para desgracia
de nuestra alma, nos aseguró un sacristán que aquello era broma: era
la sangre de una gallina, asada y comida incontinenti á pesar de ser
Viernes santo... y el sacristán estaba grueso. Capitán Tiago, pues,
á fuer de hombre prudente y religioso, evita aproximarse al kris de
san Miguel;--¡Huyamos de las ocasiones! decía para sí; ya sé que es
un arcángel, pero ¡no, no me fío, no me fío!

No pasaba un año sin concurrir con una orquesta á la opulenta romería
de Antipolo: entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que
forman los tres novenarios y los otros días en que no hay novenarios,
y se bañaba después en el renombrado batis ó fuente, donde la misma
sagrada Imagen se bañara. Las personas devotas ven aún la huella de
los pies y el rastro de los cabellos en la dura peña, al enjugarlos,
precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco,
y como si sus cabellos fuesen de acero ó de diamante, y pesase mil
toneladas. Nosotros desearíamos que la terrible Imagen sacudiese una
vez su sagrada cabellera á los ojos de estas personas devotas, y les
pusiese el pie sobre la lengua ó la cabeza.--Allí, junto á esa misma
fuente, capitán Tiago debe comer lechón asado, sinigang de dalag con
hojas de alibambang [23] y otros guisos más ó menos apetitosos. Las
dos misas le venían á costar algo más de cuatrocientos pesos, pero
resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de
Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes
ó bersos como allí se llaman, si se han de calcular las grandes
ganancias, que, merced á estas misas, había de conseguir en el resto
del año.

Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En
Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tenía que
jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro
para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus
augures antes de una batalla dando de comer á los pollos sagrados,
capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones
propias de los tiempos y de las nuevas verdades. Él observaba la llama
de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del
tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que
capitán Tiago pierde pocas apuestas, y éstas se deberían á que el
oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho
sebo, ó que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc.,
etc.: el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños
eran pruebas, á que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y
devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado
por los chinos cereros y los pirotécnicos ó castilleros el hombre
era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y
gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.

Que estaba en paz con el Gobierno, no hay que dudarlo, por difícil
que la cosa pareciese. Incapaz de imaginarse un pensamiento nuevo,
y contento con su modus vivendi, siempre estaba dispuesto á obedecer
al último oficial quinto de todas las oficinas, á regalar piernas de
jamón, capones, pavos, frutas de China en cualquiera estación del
año. Si oía hablar mal de los naturales, él, que no se consideraba
como tal, hacía coro y hablaba peor; si se criticaba á los mestizos
sangleyes [24] ó españoles, criticaba él también acaso porque se
creyese ya ibero puro. Era el primero en aplaudir toda imposición
ó contribución, máxime cuando olía una contrata ó un arriendo
detrás. Siempre tenía orquestas á mano para felicitar y dar enfrentadas
[25] á toda clase de gobernadores, alcaldes, fiscales, etc., etc.,
en sus días, cumpleaños, nacimiento ó muerte de un pariente, en
cualquiera alteración, en fin, de la monotonía habitual. Encargaba
para esto versos laudatorios, himnos en que se celebraba al suave y
cariñoso gobernador, valiente y esforzado alcalde que le espera en
el cielo la palma de los justos (ó palmeta) y otras cosas más.

Fué gobernadorcillo del rico gremio de mestizos, á pesar de la
protesta de muchos que no le tenían por tal. En los dos años de su
mando estropeó diez fracs, otros tantos sombreros de copa y media
docena de bastones: el frac y el sombrero de copa en el Ayuntamiento,
en Malacañang y en el cuartel; el sombrero de copa y el frac en
la gallera, en el mercado, en las procesiones, en las tiendas de
los chinos, y debajo del sombrero y dentro del frac, capitán Tiago
sudando con la esgrima del bastón de borlas, disponiendo, arreglando
y descomponiéndolo todo con una actividad pasmosa y una seriedad
más pasmosa todavía. Así que las Autoridades veían en él un hombre,
dotado de la mejor voluntad, pacífico, sumiso, obediente, agasajador,
que no leía ningún libro ni periódico de España, aunque hablaba bien
el español; le miraban con el sentimiento con que un pobre estudiante
contempla el gastado tacón de su zapato viejo, torcido gracias á su
modo de andar.--Para él resultaban verdaderas ambas frases cristiana
y profana de beati pauperes spiritu y beati possidentes y muy bien se
le podía aplicar aquella, según algunos, equivocada traducción del
griego: ¡'Gloria á Dios en las alturas y paz á los hombres de buena
voluntad en la tierra'! pues, como veremos más adelante, no basta que
los hombres tengan buena voluntad para vivir en paz. Los impíos le
tomaban por tonto, los pobres por despiadado, cruel explotador de la
miseria, y sus inferiores por déspota y tirano. ¿Y las mujeres? ¡Ah,
las mujeres! Rumores calumniosos zumban en las miserables casas de
nipa [26] y se asegura oirse lamentos, sollozos, mezclados á veces
con los vagidos de un infante. Más de una joven es señalada por
el dedo malicioso de los vecinos: tiene la mirada indiferente y
el seno marchito. Pero estas cosas no le quitan el sueño; ninguna
joven turba su paz; una vieja es la que le hace sufrir, una vieja
que le hace la competencia en devoción, y que ha merecido de muchos
curas más entusiastas alabanzas y encomios que él en sus mejores días
consiguiera. Entre capitán Tiago y esta viuda, heredera de hermanos
y sobrinos, existe una santa emulación, que redunda en bien de la
Iglesia, como la competencia de los vapores de la Pampanga redundaba
entonces en bien del público. ¿Regala capitán Tiago un bastón de plata
con esmeraldas y topacios á una Virgen cualquiera? pues ya está doña
Patrocinio encargando otro de oro y con brillantes al platero Gadáunez;
que en la procesión de la Naval capitán Tiago levantó un arco con dos
fachadas, de tela abollonada, con espejos, globos de cristal, lámparas
y arañas, pues doña Patrocinio tendrá otro con cuatro fachadas,
dos varas más alto, más colgajos y pelendengues. Pero entonces
él acude á su fuerte, á su especialidad, á las misas con bombas y
fuegos artificiales, y doña Patrocinio tiene que morderse con sus
encías los labios, pues, excesivamente nerviosa, no puede soportar
el repiqueteo de las campanas y menos las detonaciones. Mientras él
sonríe, ella piensa en su revancha y paga con el dinero de los otros
á los mejores oradores de las cinco Corporaciones de Manila, á los
más famosos canónigos de la Catedral y hasta á los Paulistas para
predicar en los días solemnes sobre temas teológicos y profundísimos
á los pecadores que sólo comprenden lengua de tienda. Los partidarios
de capitán Tiago han observado que ella se duerme durante el sermón,
pero los partidarios de ella contestan que el sermón está ya pagado,
y por ella, y en todas las cosas pagar es lo primordial. Ultimamente
le anonadó regalando á una iglesia tres andas de plata con dorados,
cada uno de los cuales le costará más de tres mil pesos. Capitán Tiago
espera que esta anciana acabe de respirar el mejor día ó que pierda
cinco ó seis de sus pleitos, para servir solo á Dios; desgraciadamente
los defienden los mejores abogados de la Real Audiencia, y en cuanto á
su salud, no tiene por donde cogerla la enfermedad: parece un alambre
de acero, sin duda para edificación de las almas, y se agarra á este
valle de lágrimas con la tenacidad de una erupción de la piel. Sus
partidarios tienen la confianza segura de que á su muerte será
canonizada, y de que capitán Tiago mismo la ha de venerar aún en los
altares, lo que él acepta y promete con tal de que muera pronto.

Así era capitán Tiago en aquel entonces. En cuanto á su pasado
era el hijo único de un azucarero de Malabón, bastante acaudalado,
pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar á su hijo,
por cuyo motivo fué Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre
muy virtuoso, que procuraba enseñarle todo lo bueno que podía y
sabía. Cuando iba á tener la felicidad de que sus conocidos le
llamasen lógico, esto es, cuando iba á estudiar lógica, la muerte
de su protector, seguida de la de su padre, dió fin á sus estudios,
y entonces tuvo que dedicarse á los negocios. Casóse con una hermosa
joven de Santa Cruz que le ayudó á hacer su fortuna y le dió su
posición social. Doña Pía Alba no se contentó con comprar azúcar,
café y añil: quiso sembrar, y compró el nuevo matrimonio terreno en
San Diego, datando de ahí sus amistades con el P. Dámaso y D. Rafael
Ibarra, el más rico capitalista del pueblo.

La falta de heredero en los seis primeros años de matrimonio hacía
de aquel afán por acumular riquezas casi una censurable ambición, y,
sin embargo, doña Pía era esbelta, robusta y bien formada. En vano
hizo novenarios; visitó por consejo de las devotas de san Diego á la
Virgen de Caysasay en Taal; dió limosnas; bailó en la procesión en
medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo
fué en vano, hasta que fray Dámaso le aconsejó se fuera á Obando, y
allí bailó en la fiesta de san Pascual Bailón, y pidió un hijo. Sabido
es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos é hijas á elección:
Nuestra Señora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias á este
sabio consejo, doña Pía se sintió madre... ¡Ay! como el pescador
de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual cesó de cantar cuando
encontró un tesoro, ella perdió la alegría, se puso muy triste y
no se la vió ya más sonreír.--¡Cosas de antojadizas! decían todos,
hasta capitán Tiago. Una fiebre puerperal concluyó con sus tristezas,
dejando huérfana una hermosa niña que llevó á la pila el mismo
fray Dámaso; y como san Pascual no dió el niño que se le pedía,
le pusieron los nombres de María-Clara en honor de la Virgen de
Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado
san Pascual Bailón. La niña creció á los cuidados de la tía Isabel,
aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: vivía
la mayor parte del año en san Diego por su saludable clima y allí
fray Dámaso le hacía fiestas.

María Clara no tenía los pequeños ojos de su padre: como su madre,
los tenía grandes, negros, sombreados por largas pestañas, alegres
y risueños cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no
sonreía. De niña su rizada cabellera tenía un color casi rubio; su
nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca
recordaba la pequeña y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos
de las mejillas; su piel tenía la finura de una capa de cebolla y
la blancura del algodón al decir de sus enloquecidos parientes, que
encontraban el rasgo de paternidad de capitán Tiago en las pequeñas
y bien modeladas orejas de María-Clara.

Tía Isabel atribuía aquellas facciones semieuropeas á antojos de doña
Pía; recordaba haberla visto muchas veces en los primeros meses de
la gestación llorar delante de San Antonio; otra prima de capitán
Tiago era del mismo parecer, sólo que difería en la elección del
santo; para ella ó era la Virgen ó San Miguel. Un famoso filósofo,
primo de capitán Tinong y que sabía el Amat [27] de memoria, buscaba
la explicación en influencias planetarias.

María Clara, ídolo de todos, creció entre sonrisas y amores. Los
mismos frailes la festejaban cuando en las procesiones la vestían de
blanco, la abundante y rizada cabellera entretejida de sampagas [28]
y azucenas, con dos alitas de plata y oro pegadas á la espalda del
traje, y dos palomas blancas en la mano, atadas con cintas azules. Y
luego, era tan alegre, tenía una charla tan cándidamente infantil,
que capitán Tiago, loco de amor, no hacía más que bendecir á los Santos
de Obando y aconsejar á todos la adquisición de hermosas esculturas.

En los países meridionales, la niña á los trece ó catorce años se hace
mujer, como el capullo de la noche, flor á la siguiente mañana. En
ese periodo de transición, lleno de misterios y romanticismo, entró
María Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa
Catalina para recibir de las monjas la severa educación religiosa. Con
lágrimas se despidió del padre Dámaso y del único amigo con quien
había jugado en su niñez, de Crisóstomo Ibarra, que después partió
también para Europa. Allí, en aquel convento que se comunica con
el mundo al través de una doble reja, y todavía bajo la vigilancia
de la Madre Escucha, vivió ella siete años.--Cada uno con sus miras
particulares y comprendiendo la mutua inclinación de los jóvenes, don
Rafael y capitán Tiago concertaron la unión de sus hijos y formaron
una razón social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos años
después de la partida del joven Ibarra, fué celebrado con igual
júbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy
diferentes circunstancias.



VII

IDILIO EN UNA AZOTEA

                                              El Cantar de los Cantares.


Temprano habían ido aquella mañana á misa tía Isabel y María Clara:
ésta vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que
medio le servía de brazalete, y aquélla con sus anteojos para leer
el «Ancora de Salvación», durante el Santo Sacrificio.

Apenas desapareció el sacerdote del altar, la joven manifestó
deseos de retirarse, con gran sorpresa y disgusto de la buena tía
que creía á su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja
cuando menos. Refunfuñando y haciéndose cruces se levantó la buena
anciana. «¡Bah! ya me perdonará el buen Dios, que debe conocer el
corazón de las muchachas mejor que usted, tía Isabel», le hubiera
dicho para cortar sus severos, pero al fin maternales sermones.

Ahora se han desmayado ya, y María Clara distrae su impaciencia
tejiendo un bolsillo de seda, mientras la tía quiere borrar los rastros
de la fiesta anterior, empezando á manejar el plumero. Capitán Tiago
examina y repasa unos papeles.

Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacían palpitar el seno
de la virgen y la estremecían. ¡Ah, ahora desea estar otra vez en su
tranquilo beaterio, entre sus amigas! ¡Allí le podría ver sin temblar,
sin turbarse! Pero ¿no era él tu amigo de la infancia, no jugabais
tantos juegos y hasta reñíais á veces? El por qué de estas cosas no
lo he de decir; si tú que me lees has amado, lo comprenderás, y si no,
es inútil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.

--Yo creo, María, que el médico tiene razón,--dice capitán
Tiago.--Debes ir á provincias, estás muy pálida, necesitas buenos
aires. ¿Qué te parece, Malabón... ó San Diego?

A este último nombre, María Clara, se puso roja como una amapola y
no pudo contestar.

--Ahora iréis Isabel y tú al beaterio para sacar tus ropas y despedirte
de tus amigas,--continuó capitán Tiago sin levantar la cabeza;--ya
no volverás á entrar en él.

María Clara sintió esa vaga melancolía que se apodera del alma cuando
se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro
pensamiento amortiguó este dolor.

--Y dentro de cuatro ó cinco días, cuando tengas ropa nueva, nos iremos
á Malabón... Tu padrino ya no está en San Diego; el cura que viste
aquí anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos allá,
es un santo.

--¡Le prueba San Diego mejor, primo!--observó la tía Isabel;--además,
la casa que allá tenemos es mejor; y se acerca la fiesta.

María Clara quería dar un abrazo á su tía, pero oyó pararse un coche
y se puso pálida.

--¡Ah, es verdad!--contestó capitán Tiago, y cambiando de tono, añadió:

--¡Don Crisóstomo!

María Clara dejó caer la labor que tenía entre las manos; quiso
moverse, pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorría su
cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras, y después, una voz fresca,
varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mágico, la joven se
sustrajo á su emoción y echóse á correr, escondiéndose en el oratorio
donde estaban los santos. Los dos primos se echaron á reir, é Ibarra
oyó aún el ruido de una puerta que se cerraba.

Pálida, respirando aceleradamente, la joven se comprimió el palpitante
seno y quiso escuchar. Oyó la voz, aquella voz tan querida, que hacía
tiempo sólo oía en sueños; él preguntaba por ella. Loca de alegría
besó al santo que encontró más cerca, á San Antonio Abad ¡santo feliz,
en vida y en madera, siempre con hermosas tentaciones! Después buscó
un agujero, el de la cerradura, para verle y examinarle: y sonreía,
y cuando su tía la sacó de su contemplación, sin saber lo que se hacía,
se colgó del cuello de la anciana y la llenó de repetidos besos.

--Pero, tonta, ¿qué te pasa?--pudo al fin decir la anciana enjugándose
una lágrima de sus marchitos ojos.

María Clara se avergonzó y se tapó los ojos con el redondo brazo.

--¡Vamos, arréglate, ven!--añadió la anciana en tono
cariñoso.--Mientras él habla con tu padre de ti... ven, y no te
hagas esperar.

La joven se dejó llevar como una niña, y allá se encerraron en su
aposento.

Capitán Tiago é Ibarra hablaban animadamente cuando apareció la tía
Isabel, medio arrastrando á su sobrina, que dirigía la vista á todas
partes, menos á las personas...

¿Qué se dijeron aquellas dos almas, qué se comunicaron en ese lenguaje
de los ojos, más perfecto que el de los labios, lenguaje dado al
alma para que el sonido no turbe el éxtasis del sentimiento? En
esos instantes, cuando los pensamientos de los felices seres se
compenetran al través de las pupilas, la palabra es lenta, grosera,
débil, es como el ruido bronco y torpe del trueno á la deslumbradora
luz y la rapidez de la centella: expresa un sentimiento ya conocido,
una idea ya comprendida, y si se usa de ella es porque la ambición del
corazón, que domina todo el sér, y que rebosa de felicidad, quiere que
todo el organismo humano con todas sus facultades físicas y psíquicas
manifieste el poema de alegrías que entona el espíritu. A la pregunta
de amor de una mirada que brilla ó se vela, no tiene respuestas el
idioma: responden la sonrisa, el beso ó el suspiro.

Y después, cuando la enamorada pareja, huyendo del plumero
de la tía Isabel que levanta el polvo, se fueron á la azotea
para departir en libertad entre los pequeños emparrados, ¿qué se
contaron entre murmullos, que os estremecíais, florecitas rojas del
cabello-de-ángel? ¡Contadlo vosotras, que tenéis aromas en vuestro
aliento y colores en vuestros labios; tú, céfiro, que aprendiste
raras armonías en el secreto de la noche obscura y en el misterio
de nuestros vírgenes bosques; contadlo, rayos del sol, manifestación
brillante del Eterno en la tierra, único inmaterial en el mundo de la
materia, contadlo, vosotros, que yo sólo sé referir prosaicas locuras!

Pero ya que no lo queréis hacer, lo voy á intentar yo mismo.

El cielo era azul: una fresca brisa, que no olía á rosa, agitaba
las hojas y las flores de las enredaderas,--por esto se estremecían
los cabellos-de-ángel,--las plantas aéreas, los pescados secos y las
lámparas de China. El ruido del saguan [29], que removía las turbias
aguas del río, el paso de los coches y carros por el puente de Binondo
llegaban distintamente hasta ellos, pero no lo que murmuraba la tía.

--Mejor, allí estaréis vigilados por todo el vecindario,--decía ésta.

Al principio no se dijeron más que tonterías, esas dulces tonterías
que se parecen mucho á las jactancias de las naciones en Europa:
gustan y saben á miel para los nacionales, pero hacen reir ó fruncir
las cejas á los extranjeros.

Ella, como hermana de Caín, es celosa y por esto pregunta á su novio:

--¿Has pensado siempre en mí? ¿no me has olvidado en tantos
viajes? ¡Tantas grandes ciudades con tantas mujeres hermosas!...

El también, otro hermano de Caín, sabe eludir las preguntas y es un
poco mentiroso, y por eso:

--¿Podría yo olvidarte?--contesta mirando embelesado en las negras
pupilas de ella:--¿podría yo faltar á un juramento sagrado? ¿Te
acuerdas de aquella noche tempestuosa en que tú, viéndome solitario
llorar junto al cadáver de mi madre, te acercaste á mí, me pusiste la
mano sobre el hombro, tu mano que hacía tiempo ya no me dejabas que
cogiese, y me dijiste: «Has perdido á tu madre, yo nunca la tuve...» y
lloraste conmigo? Tú la querías y ella te quería como á una hija. Fuera
llovía y relampagueaba, pero me parecía oir música, ver sonreir
el pálido rostro del cadáver... ¡oh, si mis padres vivieran y te
contemplaran! yo entonces cogí tu mano y la de mi madre, juré amarte,
hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y
como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. ¿Podía
yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompañado siempre, me ha salvado de
los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma
en los países extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del
loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y
la desgracia de la Patria. En sueños te veía de pie en la playa de
Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la
temprana aurora; oía un lánguido y melancólico canto, que despertaba
en mí adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazón
los primeros años de mi niñez, nuestras alegrías, nuestros juegos,
todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me
parecía que eras el hada, el espíritu, la encarnación poética de mi
Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de
ese hermoso país que une á las grandes virtudes de la Madre España
las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sér
todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas [30]; y por esto
tu amor y el que profeso á mi Patria se funden en uno solo... ¿Podía
olvidarte? Varias veces creía escuchar los sonidos de tu piano y los
acentos de tu voz, y siempre que en Alemania, á la caída de la tarde,
cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantásticas creaciones
de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones,
evocaba tu nombre, creía verte en la bruma que se levanta del fondo
del valle, creía oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando
los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus
populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces
interiores, que cantaban para tí, y daban realidad á mis ilusiones
y ensueños. A veces me perdía en los senderos de las montañas, y la
noche, que allí desciende poco á poco, me encontraba aún vagando,
buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos
rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me parecía
verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar
entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseñor
dejaba oir sus variados trinos, creía que era porque te veía y tú le
inspirabas. ¡Si he pensado en tí! ¡La fiebre de tu amor no solamente
animaba á mi vista la niebla, sino que además coloreaba el hielo! En
Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me
hablaba de tus ojos; su risueño paisaje me hablaba de tu sonrisa, como
las campiñas de Andalucía con su aire saturado de aromas, poblado de
recuerdos orientales, llenos de poesía y colorido, me hablaban de tu
amor. En las noches de luna, de aquella soñolienta luna, bogando en
una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podría engañar á mi
fantasía para verte entre los álamos de la orilla, en la roca de la
Lorelay ó en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche,
como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la
tristeza de aquellos arruinados castillos!

--Yo no he viajado como tú; no conozco más que tu pueblo, Manila
y Antipolo,--contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto él le
cuenta,--pero desde que te dije adiós, y entré en el beaterio, me
he acordado siempre de tí, y no te he olvidado por más que me lo ha
mandado el confesor, imponiéndome muchas penitencias. Me acordaba de
nuestros juegos, de nuestras riñas cuando éramos niños. Escogías los
más hermosos sigüeyes [31] para jugar al siklot [32]; buscabas en
el río las más redondas y finas piedrecitas de diferentes colores
para que jugásemos al sintak; tú eras muy torpe, perdías siempre
y por castigo te daba el bantil [33] con la palma de mi mano,
pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tenía compasión. En
el juego de la chonka [34] eras muy tramposo, más aún que yo, y
solíamos acabar á arrebatiña. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando te
enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero después, cuando
me acordaba de ello en el beaterio, sonreía, te echaba de menos para
reñir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos aún niños:
fuimos con tu madre á bañarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los
cañaverales. En las orillas crecían muchas flores y plantas cuyos
extraños nombres me decías en latín y en castellano, pues entonces
ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te hacía caso; me entretenía en
ir detrás de las mariposas y libélulas, que tienen en su cuerpo fino
como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos
del nácar, que pululan y se persiguen unas á otras entre las flores;
á veces con las manos quería sorprender, coger los pececillos, que se
deslizan rápidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De
pronto desapareciste, y cuando volviste traías una corona de hojas
y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamándome Cloe;
para tí hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogió mi corona,
la machacó con una piedra mezclándola con el gogo [35] con que nos iba
á lavar la cabeza; se te saltaron las lágrimas de los ojos y dijiste
que ella no entendía de mitología:--«¡Tonto!--contestó tu madre,--verás
qué bien olerán después vuestros cabellos.»--Yo me reí, te ofendiste,
no me quisiste hablar, y el resto del día te mostraste tan serio, que
á mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho
el sol, cogí hojas de salvia que crecía á orillas del camino, te las
di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor
de cabeza. Sonreiste, entonces te cogí de la mano é hicimos las paces.

Ibarra se sonrió de felicidad, abrió su cartera y sacó un papel, dentro
del cual había envueltas unas hojas negruzcas, secas y aromáticas.

--¡Tus hojas de salvia!--contestó él á su mirada;--esto es todo lo
que me has dado.

Ella á su vez sacó rápidamente de su seno una bolsita de raso blanco.

--¡Psh!--dijo ella dándole una palmada en la mano;--no se permite
tocar; es una carta de despedida.

--¿Es la que te escribí antes de partir?

--¿Me ha escrito usted otra, señor mío?

--Y ¿qué te decía yo entonces?

--¡Muchos embustes, excusas de mal pagador!--contestó ella sonriendo,
dando á entender cuán agradables eran aquellas mentiras.--¡Quieto! te
la leeré, pero suprimiré tus galanterías para no martirizarte.

Y levantando el papel á la altura de sus ojos para que el joven no
le viera la cara, comenzó:

«Mi... no te leo lo que sigue, pues es un embuste,--y recorrió algunas
líneas con los ojos.--«Mi padre quiere que parta á pesar de mis
súplicas.--Tú eres hombre, me ha dicho, debes pensar en el porvenir y
en tus deberes. Debes aprender la ciencia de la vida, lo que tu patria
no puede darte, para serle útil un día. Si permaneces á mi lado, á mi
sombra, en esta atmósfera de preocupaciones, no aprenderás á mirar á
lo lejos; y el día en que te falte te encontrarás como la planta de
que habla nuestro poeta Baltasar: «Crecida en el agua, se le marchitan
las hojas á poco que no se la riegue; la seca un momento de calor.»
¿Ves? eres ya casi un joven ¡y lloras aún!--Me hirió este reproche y le
confesé que te amaba. Mi padre se calló, reflexionó, y poniéndome la
mano sobre el hombro me dijo con temblorosa voz:--¿Crees que tú solo
sabes amar, que tu padre no te ama ni siente separarse de tí? Hace
poco perdimos á tu madre; voy caminando ya á la vejez, á esa edad en
que se busca el apoyo y el consuelo de la juventud, y sin embargo,
acepto mi soledad, y no sé si te volveré á ver. Pero debo pensar en
otras cosas más grandes... El porvenir se abre para tí, para mí se
cierra; tus amores nacen, los míos van muriendo; el fuego hierve en
tu sangre, el frío se insinúa en la mía, y sin embargo lloras y no
sabes sacrificar el ahora á un mañana útil para ti y tu país!--Los
ojos de mi padre se llenaron de lágrimas, caí de rodillas á sus pies,
le abracé, le pedí perdón y le dije que estaba dispuesto á partir...»

La agitación de Ibarra suspendió la lectura: el joven estaba pálido
y andaba de un extremo á otro de la azotea.

--¿Qué tienes? ¿qué te pasa?--le preguntó ella.

--¡Tú me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir
ahora mismo para el pueblo! Mañana es la fiesta de los muertos.

María Clara se calló, fijó en él algunos instantes sus grandes y
soñadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:

--¡Vé, yo no te detengo más; dentro de algunos días nos volveremos
á ver! ¡Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!

Algunos minutos después, el joven descendía las escaleras acompañado
de capitán Tiago y de la tía Isabel, mientras María Clara se encerraba
en el oratorio.

--¡Haga usted el favor de decir á Andeng que prepare la casa,
que van á llegar María é Isabel! ¡Buen viaje!--decía capitán Tiago,
mientras Ibarra subía en el coche, que partió en dirección á la plaza
de San Gabriel.

Y después, por vía de consuelo, decía á María Clara, que lloraba al
lado de una imagen de la Virgen:

--Anda, enciende dos velas de á dos reales, una al señor San Roque,
y otra al señor San Rafael, ¡patrón de los caminantes! Enciende la
lámpara de Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos
tulisanes [36]. ¡Más vale gastarse cuatro reales en cera y seis
cuartos en aceite que no tener después que pagar un rescate gordo!



VIII

RECUERDOS


El coche de Ibarra recorría parte del más animado arrabal de Manila;
lo que la noche anterior le ponía triste, á la luz del día le hacía
sonreir á pesar suyo.

La animación que bullía por todas partes, tantos coches que iban y
venían á escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos,
los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta,
los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles,
las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el
impasible é indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar
bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol
mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban
en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.

Aquellas calles no tenían aún adoquinado. Brillaba el sol dos días
seguidos y se convertía en polvo, que todo lo cubría, hacía toser y
cegaba á los transeuntes: llovía un día, y se formaba un pantano, que
á la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco
metros de distancia á los peatones en las angostas aceras. ¡Cuántas
mujeres no habían dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas
bordadas! Entonces veíanse apisonando las calles presidiarios en fila,
la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzón
hasta las rodillas con números y letras azules; en las piernas cadenas
medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce ó quizás el
frío del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos
por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por
otro presidiario, que se consolaba acaso con poder á su vez maltratar
á otros. Eran hombres altos, de sombrías fisonomías, que él no había
visto jamás serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin
embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caía sobre los hombros,
ó cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio
mojado y deshecho: lo cogía el que estaba más cerca y lo escondía
en su salakot [37]; los demás se quedaban mirando con una expresión
rara á los otros transeuntes. Le parecía oir aún el ruido que hacían
desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre
de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba
estremeciéndose aún una escena que había herido su imaginación de
niño: era una siesta y el sol dejaba caer á plomo sus más calurosos
rayos. A la sombra de un carretón de madera yacía uno de aquellos
hombres, exánime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos,
arreglaban una camilla de caña, sin ira, sin dolor, sin impaciencia,
lo que era propio del carácter atribuído á los naturales.--Hoy tú,
mañana nosotros, dirían entre sí. La gente circulaba sin cuidarse
de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su
camino; el espectáculo era común, había encallecido los corazones;
los coches corrían reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de
aquel sol brillante en un cielo sin nubes; á él solo, niño de once
años, acabado de llegar del pueblo, le conmovía, á él sólo le dió
una pesadilla la noche siguiente.

Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen
filipino, que hacía todo lo posible por servir á pesar de sus naturales
imperfecciones, que se elevaba y se deprimía según el capricho del
Pásig y que éste más de una vez había maltratado y destrozado.

Los almendros de la plaza de San Gabriel no habían crecido, continuaban
raquíticos.

La Escolta [38] le pareció menos hermosa, sin embargo de que un gran
edificio con cariátides ocupaba el sitio de los antiguos camarines. El
nuevo Puente de España llamó su atención; las casas de la orilla
derecha del río entre cañaverales y árboles, allá donde la Escolta
termina y la Isla del Romero empieza, le recordaron las frescas
mañanas, cuando en banca [39] pasaban por allí para ir á los baños
de Ulî Ujî.

Encontraba muchos coches tirados por magníficos troncos de caballos
enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos aún, se
dirigían acaso á sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua
y ridícula, frailes graves, canónigos, etc. En una elegante victoria
creyó reconocer al padre Dámaso, serio y con las cejas fruncidas,
pero éste ya había pasado y ahora le saluda alegremente desde su
carretela Cpn. Tinong, que va con su señora y sus dos hijas.

A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigiéndose
hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fábrica de Tabacos de
Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando
las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordándose de aquel
fuerte olor que á las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas
y le mareaba cuando niño. Las animadas conversaciones, los chistes
llevaron maquinalmente su imaginación al barrio de Lavapiés en Madrid
con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados
guindillas, etc.

El jardín botánico ahuyentó sus risueños recuerdos: el demonio de las
comparaciones le puso delante de los jardines botánicos de Europa,
en los países donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que
brote una hoja y abra su cáliz una flor; recordó los de las colonias,
ricos y bien cuidados y abiertos todos al público. Ibarra apartó
la vista, miró á su derecha y allí vió á la antigua Manila, rodeada
aún de sus murallas y fosos, como una joven anémica envuelta en un
vestido de los buenos tiempos de su abuela.

¡La vista del mar que se pierde á lo lejos!.....

--¡A la otra ribera está Europa!--pensaba el joven. ¡Europa con sus
hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad,
soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz
en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar
están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la
materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el
espíritu!...

Pero estos pensamientos huyen de su imaginación á la vista de
la pequeña colina en el campo de Bagumbayan [40]. El montecillo,
aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atención
y le ponía meditabundo.

Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia,
hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido
eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones
que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel
hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al
despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el
saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen
corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis
maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo
que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo
mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos
países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también
vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda,
sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había
muerto allí.

A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:

--¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija
de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no
empaña á la patria, no!

No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus
cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas
de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el
cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes,
ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático,
ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada
padre de familia.

El coche seguía rodando: se encontraba con una carromata tirada por
uno ó dos caballos, cuyos arneses de abaká [41] delataban su origen
provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante
coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un
carretón, tirado por un carabao de paso lento é indiferente, animaba
las anchas y polvorosas calzadas, bañadas por el brillante sol de los
trópicos. Al melancólico y monótono canto del guía, montado sobre
el búfalo, acompaña el estridente rechinar de la seca rueda con el
descomunal eje del pesado vehículo; á veces es el sonido sordo de los
gastados patines ó plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que
se arrastra penosamente sobre el polvo ó los charcos del camino. En
los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las
blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que
rumía y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; á
lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro
de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha,
y salta la tierra á los golpes de sus poderosos cascos.

Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica
ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir
las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema
el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que
detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y
le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene
encantos para nuestro joven.

Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un
borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña,
sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.



IX

COSAS DEL PAIS


Ibarra no se había equivocado: en aquella victoria iba en efecto el
padre Dámaso y se dirigía á la casa de donde él acababa de salir.

--¿A dónde os vais?--preguntó el fraile á María Clara y á tía Isabel
que se disponían á subir en un coche con adornos de plata: padre
Dámaso en medio de su preocupación daba ligeros golpecitos en las
mejillas de la joven.

--Al Beaterio á sacar mis cosas,--contestó ella.

--¡Ahaaá! ¡ajá! vamos á ver quién puede más, vamos á ver...--murmuraba
distraído, dejando á las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la
cabeza baja y andar lento ganó las escaleras y subió.

--¡Debe tener sermón, y lo estará estudiando de memoria!--dijo tía
Isabel;--sube, María, que llegaremos tarde.

Si el padre Dámaso tenía sermón ó no, no lo podemos decir; pero cosas
muy importantes debían absorber su atención, pues no tendió la mano
á Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexión para besársela.

--¡Santiago!--fué lo primero que dijo,--tenemos que hablar de cosas
muy importantes; vamos á tu despacho.

Cpn. Tiago se puso inquieto, perdió el uso de la palabra, pero
obedeció y siguió detrás del colosal sacerdote, que cerró detrás de
sí la puerta.

Mientras conferencian en secreto, averigüemos qué se ha hecho de
fray Sibyla.

El sabio dominico no está en la casa parroquial: muy temprano, después
de decir misa, se fué al convento de su orden, situado á la entrada
de la puerta de Isabel II ó de Magallanes, según qué familia reina
en Madrid.

Sin hacer caso ni del rico olor á chocolate, ni del ruido de cajones
y monedas, que venía de la procuración, y contestando apenas al
respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla
subió, atravesó algunos corredores y llamó á una puerta con los
nudillos de los dedos.

--¡Adelante!--suspiró una voz.

--¡Dios devuelva á vuestra reverencia la salud!--fué el saludo del
joven dominico al entrar.

Sentado en un gran sillón se veía á un viejo sacerdote, demacrado, algo
amarillento, como esos santos que pintó Rivera. Sus ojos se hundían en
las ahuecadas órbitas, coronadas de pobladísimas cejas, que, por estar
contraídas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.

El padre Sibyla le contempló conmovido, cruzados los brazos debajo
del venerable escapulario de Santo Domingo. Después dobló la cabeza
sin decir una palabra y pareció aguardar.

--¡Ah!--suspiró el enfermo--me aconsejan la operación. Hernando,
¡la operación á mi edad! ¡El país, este terrible país! ¡Escarmienta
en mí, Hernando!

Fray Sibyla levantó lentamente los ojos y los fijó en la fisonomía
del enfermo:

--Y ¿qué ha decidido vuestra reverencia?--preguntó.

--¡Morir! ¡Ay! ¿quédame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he
hecho sufrir á muchos ... ¡saldo mi deuda! Y tú ¿cómo estás? ¿qué
traes?

--Venía á hablarle del encargo que me ha dado.

--¡Ah! y ¿qué es de ello?

--¡Psh!--contestó con disgusto el joven sentándose y volviendo con
desprecio la cara á otra parte; nos han contado fábulas; el joven
Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen
chico.

--¿Lo crees?

--Anoche comenzaron las hostilidades.

--¿Ya? y ¿cómo?

Fray Sibyla refirió brevemente lo que pasó entre el padre Dámaso y
Crisóstomo Ibarra.

--Además,--añadió concluyendo,--el joven se casa con la hija de
Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico,
y no querrá hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.

El enfermo movía la cabeza en señal de asentimiento.

--Sí, pienso como tú... Con una mujer tal y un suegro parecido, le
tendremos en cuerpo y alma. Y si no, ¡tanto mejor si se declarase
enemigo nuestro!

Fray Sibyla miró sorprendido al anciano.

--Para bien de nuestra Santa Corporación, se entiende,--añadió,
respirando con dificultad.--Prefiero los ataques á las tontas alabanzas
y adulaciones de los amigos... Verdad es que están pagados.

--¿Piensa vuestra reverencia?...

El anciano le miró con tristeza.

--¡Tenlo bien presente!--contestó respirando con fatiga. Nuestro
poder durará mientras se crea en él. Si nos atacan, el Gobierno
dice: Los atacan porque ven ellos un obstáculo á su libertad, pues
conservémoslos.

--Y ¿si les da oídos? El Gobierno á veces...

--¡No les dará!

--Sin embargo, si, atraído por la codicia, llegase á querer para sí
lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...

--Entonces ¡ay de él!

Ambos guardaron silencio.

--Además,--continuó el enfermo,--nosotros necesitamos que nos ataquen,
que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las
exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos
ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos
como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias,
nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de
ser ricos, no podremos ya convencer á las conciencias

--¡Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

--¡Todas se perderán como las perdimos en Europa! Y lo peor es que
trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de
subir cada año, y á nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos,
ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos, ¡ese
afán nos pierde! El indio se ve obligado á comprar en otra parte
tierras que resultan tan buenas ó mejores que las nuestras. Temo que
empezamos á bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. Por eso
no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien:
dejemos á los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el
prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios,
limpiémonos las moscas... ¡Que el Dios de las misericordias tenga
piedad de nuestra flaqueza!

--¿De manera que vuestra reverencia cree que el canon ó tributo?...

--¡No hablemos ya más de dinero!--interrumpió con cierto disgusto el
enfermo.--Decías que el teniente había prometido al padre Dámaso...

--¡Sí, padre!--contestó Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta mañana
le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el Jerez
le había subido á la cabeza, y que consideraba que el padre Dámaso
estaba en igual situación que él.--Y ¿la promesa? le pregunté en
broma.--Padre cura, me contestó: yo sé cumplir mi palabra cuando con
ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso
no tengo más que dos estrellas.

Después de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se
despidió.

El teniente no había ido en efecto á Malacañan [42], pero el Capitán
General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de
Manila le hacían bajo el nombre de cometas y apariciones celestes,
uno de aquellos le refirió la cuestión del padre Dámaso con colores
algo más intencionados aunque en forma más correcta.

--¿De quién lo supo usted?--preguntó Su Excelencia sonriendo.

--De Laruja, que lo contaba esta mañana en la redacción.

El Capitán General volvió á sonreirse y añadió:

--¡Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo
que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan
faldas. Es más; he sabido también que el provincial se ha burlado de
mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien,
le trasladaron llevándole á otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas,
como decimos en España!

Pero cuando Su Excelencia se encontró solo, dejó de reir.

--¡Ah! ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en
cintura á sus reverencias!--suspiró.--Pero cada pueblo merece su
suerte, y hagamos lo que todo el mundo.

Capitán Tiago entretanto concluyó de conferenciar con el padre Dámaso,
ó mejor dicho éste con aquél.

--¡Conque ya estás advertido!--decía el franciscano al
despedirse.--Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes
consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura
no cometer más tonterías y fíate en su padrino!

Capitán Tiago dió dos ó tres vueltas por la sala, meditabundo
y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen
pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara
que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.

--¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo!--murmuró.



X

EL PUEBLO


Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego [43] en medio
de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los
vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de
los labradores.

Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la
torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan,
entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la
hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel
cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro [44], separados por
huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño
nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero
follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la
Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga,
una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en
la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de
roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre
dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de
raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha
y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde,
desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues
ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para
acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y
vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio
magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es
de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan,
con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza,
ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.

Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de
bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares,
de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la
altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe
y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y
la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se
deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves
siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente:
matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras,
pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las
raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta
sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas,
y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las
hojas del árbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas,
pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece
ser la siguiente.

Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas, y en
las mal llamadas calles crecía aún abundante la hierba, en aquellos
tiempos en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegó
un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante
bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios
sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían
aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo
lo adquirió en cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin
saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando
un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención
de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de
putrefacción, colgado de la rama de un balitî [45]. En vida ya daba
miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y
aquella risa sin sonido; pero ahora, habiéndose suicidado, turbaba el
sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron
la ropa, y desde que el cadáver fué enterrado al pie mismo del balitî,
ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que
buscaba á sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos,
y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la
atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol
arrollando á su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida,
que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corrían aún
sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.

Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo
ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose
á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino
era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero
era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre,
que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una
joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.

Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos:
la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló
rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos,
el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la
aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero
el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos
se atreven á veces, armados de palos y piedras, á vagar por los
alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi [46], etcétera,
y ocurría que en lo mejor de la ocupación, ó cuando contemplaban
silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una ó
dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el
viejo! ¡el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles,
corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque,
pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.



XI

LOS SOBERANOS

                                                  Dividíos é imperad.

                                                     (Nuevo Maquiavelo.)


¿Quiénes eran los caciques del pueblo?

No lo fué don Rafael cuando vivía, aunque era el más rico, tenía
más tierras, y casi todos le debían favores. Como era modesto y
procuraba quitar el valor á cuanto hacía, en el pueblo no formó nunca
su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron
vacilar.--¿Sería Cpn. Tiago?--Cuando llegaba, era en verdad recibido de
sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos:
las mejores frutas cubrían su mesa; si se cazaba un venado ó jabalí,
él tenía un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor,
media hora después lo veía en su cuadra: todo esto es verdad, pero
se reían de él y le llamaban en secreto Sacristán Tiago.

¿Acaso el gobernadorcillo?

Este era un infeliz que no mandaba, obedecía; no reñía á nadie, era
reñido; no disponía, disponían de él; en cambio, tenía que responder al
Alcalde Mayor de cuanto le habían mandado, ordenado y dispuesto como
si todo hubiese salido de su cráneo, pero, sea dicho en su honor, él
do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos
y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.

¡Vamos! ¡entonces será Dios!

¡Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueño de sus
habitantes: por lo menos no les hacía temblar, y si les hubiesen
hablado de El por casualidad en algún sermón, de seguro que habrían
pensado suspirando: ¡Si sólo hubiese un Dios!... Del buen Señor se
ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios
para aquella gente había pasado á ser como esos pobres reyes que
se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo sólo hace la corte á
estos últimos.

San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de
Rómulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando después, bañándose
en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma
contemporánea con la diferencia de que en vez de monumentos de mármol
y coliseos, tenía monumentos de saualî [47] y gallera de nipa. El
cura era el Papa en el Vaticano; el alférez de la guardia civil el
Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporción con el
saualî y la gallera de nipa. Y aquí como allá resultaban continuos
disgustos, pues cada cual, queriendo ser el señor, hallaba sobrante
al otro. Expliquémonos y describamos las cualidades de ambos.

Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que
ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase
mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento
P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo,
estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso
de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se
hicieron hermanos de la V. O. T. [48], con gran tristeza de su rival,
la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al
ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un
cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con
hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo
ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos
necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que
este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara
á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de
Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la
Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los
asuang [49] de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso,
que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos
brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa
sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado
ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no
quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.

Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes;
según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba--era muy
amigo de predicar--se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se
parecía á Nerón que no dejaba salir á nadie mientras cantaba en el
teatro; pero aquél lo hacía para el bien y éste para el mal de las
almas.--Toda falta de sus subordinados la solía castigar con multas,
pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba también mucho
del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba á puñetazos y bastonazos,
que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le
podía querer mal;  estaba convencido de que  sólo a palos se le trata
al indio; así lo había dicho un fraile  que sabía escribir libros y
él lo creía pues no discutía nunca  lo impreso: de esta modestia se
podían quejar muchas personas.

Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un  viejo filósofo
del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba  en cualidad, pero
tampoco por esto se le podía querer mal.  Los ayunos y abstinencias,
empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente,
se le subía el viento á la cabeza. De esto venía á resultar que las
espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuando un cura ayunaba
mucho ó comía mucho.

El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal,
era, como ya dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres
que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido
á tentarle, fué cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón,
y sólo fué puesto en libertad después de nueve días.

Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo
de un hombre como tal, llega á tener peor fama que los mismos pobres
é incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora,
una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase doña
Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El
alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona
emborrachándose como una cuba, mandando á sus soldados hacer ejercicios
al sol, quedándose él en la sombra, ó más á menudo, sacudiendo á su
señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de
nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio,
si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella,
como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis
á los vecinos: concierto vocal é instrumental, á cuatro manos, piano,
fuerte, con pedal y todo.

Cada vez que estos escándalos llegaban á oídos del P. Salví, éste se
sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle
carca, hipócrita, carlistón, avaro; el P. Salví se sonreía también y
rezaba más. El alférez siempre contaba á los pocos españoles que le
visitaban, la anécdota siguiente:

--¿Va usted al convento á visitar al curita Moscamuerta? ¡Ojo! Si
le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece,
ponga atención. ¿Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de
chocolate, ¿eh? entonces quédese, sin temor, pero si dice: Fulanito,
haz una jícara de chocolate ¿ah? entonces coja usted el sombrero y
márchese corriendo.

--¿Qué? preguntaba el otro espantado ¿da jicarazo? ¡Caramba!

--¡Hombre tanto, no!

--¿Entonces?

--Chocolate ¿eh? significa espeso, y chocolate ¿ah? aguado.

Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma
anécdota se atribuye también á muchos curas. A menos que sea cosa de
la Corporación...

Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora,
que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación
pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y
salakot de nitô [50], pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se
vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba
disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se
subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban
los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su
cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los
impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto
como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le
zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa,
que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa,
que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví
le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus
cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez,
mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y
edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que,
si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.

Cuando el marido dormía el vino ó roncaba la siesta y doña Consolación
no podía reñir con él, entonces acomodábase en la ventana con su puro
en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar
á la juventud, dardea desde allí con sus ojos á las muchachas y las
moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos,
apresurando el paso y conteniendo la respiración. Doña Consolación
tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca un espejo.

Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.



XII

TODOS LOS SANTOS


Lo único que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el
culto que rinden á los que dejaron de ser. Y ¡cosa extraña! esta
costumbre aparece tanto más profundamente arraigada cuanto menos
civilizados son los pueblos.

Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas
veneraban y deificaban á sus antepasados; ahora sucede lo contrario:
los muertos tienen que encomendarse á los vivos. Cuentan también
que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos
y mantienen con ellos conversación; la mayor parte de los pueblos
de Asia, Africa y América les ofrecen los platos más exquisitos
de sus cocinas ó los que fueron en vida su comida favorita, y dan
banquetes á que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban
palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro
en esta materia y que ha conocido mejor el corazón humano es el de
Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; así, pues,
dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre
la tumba á todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabrá
cómo distraerse en la otra vida, le envían cada año un correo bajo
la piel de un esclavo decapitado.

Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las
tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en
paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el
Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por
muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias
y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya
que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino
el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa
en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y
un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle
del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos
cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones
en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera
sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja
de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en
el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que
el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí
esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino
la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten
y laven aquellas frías desnudeces.--En los alrededores recientes
excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña
colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî [51]:
el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el
segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía
bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que,
como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador:
la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de
los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se
encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda
fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y
terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales;
sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con
brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca,
levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

--No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse:
el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja
vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro
está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

--¡Oye!--dice el que fuma, en tagalo.--¿No sería mejor que cavásemos
en otro sitio? Esto es muy reciente.

--Son tan recientes unas fosas como otras.

--¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y
esos cabellos?

--Pero ¡qué delicado eres!--le reprocha el otro.--¡Ni que fueras
tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo
lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras,
lloviendo... Se apagó mi linterna.

El otro se estremeció.

--El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú
que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

--¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

--¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

--¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su
compañero.

--¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después
un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro:
me lo mandó el cura grande.

--¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?--continuó preguntando
el delicado.

--¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que
verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el
cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los
chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos
está lejos...

--¡No, no! ¡yo no cavo más!--interrumpió el otro, lleno de horror,
soltando la pala y saltando de la fosa;--he partido un cráneo y temo
que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se
alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de
luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre
sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se
arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para
sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar;
oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó
reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se
rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía
no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón
de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo
entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno
tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas,
movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente
se levantó y se dirigió al sepulturero.

--¡Oye!--le dijo.

Este levantó la cabeza.

--¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del
coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la
cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

--¡Mira!--añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;--no tengo
más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario
y dijo:

--¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.

--¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,--continuó
el viejo.--Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

--¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.

--¡Eres como la tumba que cavas!--le apostrofó el viejo
nerviosamente;--no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es
la fosa?

--¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!--contestó malhumorado el otro.

--¡Como la tumba, como la tumba!--repitió el viejo riendo
secamente;--ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!

Y se volvió dirigiéndose á la puerta.

El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos
de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó
de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido
cuanto en su derredor pasaba.



XIII

PRESAGIOS DE TEMPESTAD


En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero
un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de
polvo y los caballos sudaban.

Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un
gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.

--¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!--decía
el anciano tímidamente;--capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer
levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.

Ibarra no contestó.

--¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!--continuó el criado,
señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.

Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de
algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le
siguieron con la vista llenas de curiosidad.

El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas
que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro
tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales
condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á
todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba
huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.

--¿Es aquí?--murmuraba entre dientes:--no, es allá, pero ¡la tierra
está removida!

Ibarra le miraba angustiado.

--¡Sí!--continuó,--recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era
un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un
aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.

Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.

Este les saludó quitándose el salakot.

--¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?--preguntó
el criado.

El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.

--¿Una cruz grande?

--Sí, grande,--afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente
á Ibarra, cuya fisonomía se animó.

--¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?--volvió á preguntar
el sepulturero.

--¡Eso es, eso es, así, así!--y el criado trazó en la tierra un dibujo
en forma de cruz bizantina.

--Y ¿en la tumba había flores sembradas?

--¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!--añadió el criado lleno
de alegría, y le ofreció un tabaco.

--Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.

El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:

--Pues la cruz... ¡yo la he quemado!

--¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?

--Porque así lo mandó el cura grande.

--¿Quién es el cura grande?--preguntó Ibarra.

--¿Quién? El que pega, el padre Garrote.

Ibarra se pasó la mano por la frente.

--Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis
recordar.

El sepulturero se sonrió.

--¡El muerto ya no está allí!--repuso tranquilamente.

--¿Qué decís?

--¡Ya!--añadió el hombre en tono de broma;--en su lugar enterré hace
una semana una mujer.

--¿Estáis loco?--le preguntó el criado;--si todavía no hace un año
que le hemos enterrado.

--¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura
grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero
como era pesado y aquella noche llovía...

El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud
de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y
sacudiéndole.

--Y ¿lo has hecho?--preguntó el joven con acento indescriptible.

--No os enfadéis, señor,--contestó palideciendo y temblando;--no le
enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos,
dije para mí, y arrojé el muerto al agua!

Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo
con una expresión que no se puede definir.

--¡Tú no eres más que un desgraciado!--dijo, y salió precipitadamente,
pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.

El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:

--¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de
bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste
á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos
españoles! Todavía voy á perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le
seguía llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo
hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y
hacía gemir á los cañaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho
no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la
sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó
el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa
que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro
donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas
se abrían: el ilang-ilang [52] se balanceaba agitando alegremente
sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor
del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.

Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al
antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote,
que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego,
aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El
aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón
se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados
y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán [53]
con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito;
fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.

Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente,
le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz
apenas inteligible.

--¿Qué has hecho de mi padre?--preguntó.

Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se
pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como
paralizado.

--¿Qué has hecho de mi padre?--le volvió á preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía,
hizo un esfuerzo y contestó:

--¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!

--¿Que no?--continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de
rodillas.

--¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...

--¡Ah!--exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la
frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente
hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.



XIV

TASIO EL LOCO Ó EL FILÓSOFO


El extraño viejo vagaba distraído por las calles.

Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por
obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de
capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que
él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un
sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser
sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado,
optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año,
buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la
gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios
y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se
arruinó poco á poco.

Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo
Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco,
por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.

Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos
iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada
y el aire sumamente bochornoso.

El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera:
ahora sonríe mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta
de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón
de borlas, insignia de la autoridad.

--¿Parece que estáis alegre?--preguntóle éste en tagalo.

--En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.

--¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?

--¡La tempestad!

--¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?--preguntó el
gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.

--Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una
basura,--contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo,
mirando en la cara á su interlocutor;--pero espero otra cosa mejor.

--¿Qué, pues?

--¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!--contestó
seriamente el filósofo.

--¡Pedid de una vez el diluvio!

--¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo,
tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino;
yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la
compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes,
y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día
de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila
para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso
tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año
70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y
destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?

En aquel momento brilló un relámpago.

--¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!--murmuró el
gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.

Tasio soltó una carcajada.

--¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!--dijo en castellano
dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.

Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en
candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de
otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá
se veían calaveras pintadas.

--¿Es por las almas ó por las velas?--preguntó.

Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro
aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de
los sacristanes.

--¿Venís conmigo, muchachos?--les preguntó.--Vuestra madre os tiene
preparada una cena de curas.

--¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho,
señor!--contestó el mayorcito.--Espero cobrar mi sueldo para dárselo
á nuestra madre.

--¡Ah! y ¿á dónde vais?

--A la torre, señor, para doblar por las almas.

--¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas
durante la tempestad.

Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una
mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras
para dirigirse al coro.

Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:

--Ahora sentiría que cayesen rayos.

Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la
población.

--¡Pase usted antes!--le dijo en español una voz desde una ventana.

El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta
y cinco años que le sonreía.

--¿Qué lee usted ahí?--preguntó Tasio señalando hacia un libro que
el hombre tenía en la mano.

--Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas
del Purgatorio!--contestó el otro sonriendo.

--¡Hombre, hombre, hombre!--exclamó el viejo en diferentes tonos de
voz entrando en la casa;--el autor debe ser muy listo.

Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de
la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella
doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un
partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que
haya partidos en los pueblos de Filipinas.

--¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael,
que acaba de llegar de Europa?

--Sí, le ví cuando bajaba del coche.

--Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió
haber sido terrible.

El filósofo se encogió de hombros.

--¿No se interesa usted por esa desgracia?--preguntó la joven señora.

--Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver;
fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el
mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación,
y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle
en su muerte.

--¿Entonces?

--Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía
hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado,
pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no
al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por
sus obras, pero no por las de los otros.

--¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo
aconsejaba ayer?--preguntó la mujer cambiando de conversación.

--¡No!--contestó el viejo sonriendo.

--¡Lástima!--exclamó ella con verdadero pesar;--dicen que hasta
mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios
de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros
días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.

--¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que
aprovechar?

--¡Pero, Doray!--intervino don Filipo;--ya sabes que don Anastasio
no cree en el purgatorio.

--¿Que no creo en el purgatorio?--protestó el viejo medio levantándose
de su asiento.--¡Hasta sé algo de su historia!

--¡La historia del purgatorio!--exclamaron llenos de sorpresa ambos
consortes.--¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!

--¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus
penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar,
tendremos tiempo de no aburrirnos,--contestó Tasio poniéndose un
momento á meditar.

Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á
su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba
á decir. Este comenzó de la siguiente manera:

--El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo
N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según
el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que
nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien;
¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio
del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana,
que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.

--Podría haber existido in potentia, pero no in actu,--objetó el
teniente mayor.

--¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron
como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro,
que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos
puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios,
existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos,
pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto
de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil
quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo
cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba
los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de
los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas
obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente
hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y
duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en
el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran
negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde
reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues,
que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen,
se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella
religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento,
como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc.,
resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí
verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien
con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.

Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray,
quien dijo santiguándose:

--¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita
y encender candelas de perdón.

La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió,
mientras miraba alejarse á la joven:

--Ahora que no está, podemos hablar de la materia más
razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena
católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y
sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como
una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los
confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio
es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron
y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en
el abuso que de él se hace.

Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no
existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni
Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que
citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué
declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia
Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana
tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de
Virgilio de Aliæ panduntur inanes [54], que diera ocasión á S. Gregorio
el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en
su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los
bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma
su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No
hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas
religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos,
si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no
han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse
en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del
mediodía.--Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían
en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara
á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo
mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo,
quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía
aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos
á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba
su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días
en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba
de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección
de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso
[55] parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio,
pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible,
suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que
en ésta recibimos por nuestros pecados.

--¡Diantre con San Agustín!--exclamó don Filipo;--¡no estaba satisfecho
con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!

--Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que
San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis
esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, [56] nada hubo
sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más
tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un
fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de
Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente
el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y
tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza:
Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc. [57], en donde
dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras
obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas,
si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes
no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan
de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo
para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque
ligaberis in terra... [58] no quiere decir usque ad purgatorium,
etc. [59]; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio
en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de
san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que
sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la
materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos
libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la
piedad de los cristianos permite el robo,--ustedes, las autoridades,
lo dejan,--y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos,
los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una
obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar,
es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.

--Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?--preguntó sonriendo
Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma
que despedían humo fastidioso y agradable perfume.

--¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!--respondió el viejo
Tasio pensativo.--Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor;
haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.

--Y ¿qué pensamiento es ese?

--Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre
estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los
católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de
creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse
condenado millares de millares de hombres durante los innumerables
siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo,
después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo
conseguiría  salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente
no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que
vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible,
creerlo es blasfemar, no, no!

--¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...

--¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de
la creación!--contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.--La
creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios
no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar
á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas
ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo
que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese
Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que
se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas
entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres,
ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una
débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.

Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo
á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.

Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando
el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las
manos al cielo, gritaba:

--¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte
El Bueno!

Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...



XV

LOS SACRISTANES


Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con
otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo:
habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que
la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y,
azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada
á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena
de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba
el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido,
queja al parecer, gemía plañidero.

En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que
vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes
ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de
su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la
mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían
pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un
trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad
se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia,
empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de
vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar
el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.

--¡Tira de tu cuerda, Crispín!--dijo el mayor á su hermanito.

Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó
al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.

--¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!--suspiró el pequeño
mirando á su hermano; allí no tendría miedo.

El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y
parecía preocupado.

--¡Allá nadie me dice que robo!--añadió Crispín; ¡madre no lo
permitiría! Si supiese que me pegan...

El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo
con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando
oir una sonora vibración.

--¿Vamos á vivir siempre así, hermano?--continuó hablando
Crispín.--¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una
larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al
convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también,
hermano, debías enfermar conmigo.

--¡No!--contestó el mayor;--nos moriríamos todos: madre de pena,
y nosotros de hambre.

Crispín no replicó.

--¿Cuánto ganas tú este mes?--preguntó al cabo de un momento.

--Dos pesos: me han impuesto tres multas.

--Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones;
¡págalo, hermano!

--¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor
dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.

El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.

--¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,--murmuró después
pensativo.--Y cada peso... ¿cuántos cuartos?

--Ciento sesenta.

--¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y
¿cuántos son ciento sesenta?

--Treinta y dos manos,--contestó el mayor.

Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.

--¡Treinta y dos manos!--repetía;--seis manos y dos dedos, y cada
dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos
cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar
chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el
sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y
madre y...

Crispín se puso pensativo.

--¡Ahora, siento no haber robado!

--¡Crispín!--le reprendió su hermano,

--¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece
el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si
muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!

El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:

--¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!

--¿Lo crees tú?--preguntó el pequeño sorprendido.--Tú dirás que á mí
ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo
roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y
el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre
no lo va á creer, no lo creerá!

--Si el cura lo dice...

Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:

--Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy
enfermo; no quiero retirarme.

--¡Crispín, no llores!--dijo el mayor.--Madre no lo creerá; no llores;
el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...

Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:

--¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer
hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le
dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también,
que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro
padre es un vicioso que...

Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que
conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló
la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca,
con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo
tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido,
sin prevenir.

Los dos hermanos se quedaron fríos.

--¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á
compás!--dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.--Y
tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.

Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.

--Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,--murmuró
tímidamente Basilio.

--¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!

--Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.

--Y ¿me querrás tú mandar á mí?--le preguntó irritado aquel hombre. Y
cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.

--¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra
madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.

El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á
Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía
á su hermano:

--¡No me dejes, me van á matar!

Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo,
desapareciendo entre las sombras.

Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que
daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla,
un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos
acentos desgarradores.

El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente
abiertos, y los puños cerrados.

--¿Cuándo podré arar un campo!--murmuró entre dientes, y bajó
precipitadamente.

Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su
hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se
extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando,
detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le
escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de
la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco
estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían
rejas.

De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde
ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los
badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban
y no por las lágrimas.

La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco
á poco.

Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla,
y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la
obscuridad.

Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron
voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra
vez en silencio.



XVI

SISA


La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias
que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al
sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario
con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera
delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido
con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían
las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra
en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena
de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente
como la humana.

Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene
que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le
dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los
poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias
de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si
ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas
en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias,
ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para
los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los
entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora
por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios
pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa
lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y
vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre,
proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim
[60], ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos,
de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín,
que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para
la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al
oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo
tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?

La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa
en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del
difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para
mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes,
un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»--«Pero es menester
que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es
menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te
salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La
debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que
enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es
caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!

Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig
[61], donde está tendida la humilde estera, del palupu [62] de donde
cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y
reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos:
sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que
le han dado los hermanos mayores.

Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y
continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la
zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el
chacón [63], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica
voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros
ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo
escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las
sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de
los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!

Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la
madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la
cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al
gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido
despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando
la sufrida Sisa [64] ya no poseía nada para sostener los caprichos
de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con
más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su
marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta
qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los
falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.

Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más
sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio,
continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si
ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada
situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir
en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El
marido tampoco dijo nada.

Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas
brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba
Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que
medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos
angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en
donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las
que se venden tres dos cuartos.

Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama
amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían
pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del
gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una
vez. El muchacho decía:


            Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá
            Nang malaó y kumara kará [65].


Era aún joven y se conocía que un tiempo debió ser bella y
graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella á sus hijos,
eran hermosos, de largas pestañas y profunda mirada; su nariz era
correcta; sus pálidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los
tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un
color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor, ó acaso el
hambre, empieza á socavar las pálidas mejillas, la abundante cabellera,
en otro tiempo gala y adorno de su persona, si está aún aliñada no es
por coquetería, sino por costumbre: un moño muy sencillo sin agujas
ni peinetas.

Había estado varios días sin salir de casa, cosiendo una obra que
le habían encargado concluyese lo más pronto posible. Ella, para
ganar dinero, dejó de oir misa aquella mañana, pues habría empleado
en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:--¡la pobreza obliga á
pecar!--Concluído su trabajo, lo llevó al dueño, pero éste sólo le
prometió pagar.

Todo el día estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus
hijos iban á venir, y pensó regalarles. Compró sardinas, cogió de su
jardinito los tomates más hermosos, porque sabía que eran la comida
favorita de Crispín; pidió á su vecino, el filósofo Tasio, que vivía
á medio kilómetro, tapa de jabalí y una pierna de pato silvestre,
los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coció el más
blanco arroz, que ella misma había recogido en las eras. Aquello era,
en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.

Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comió el
arroz, la tapa de jabalí, la pierna del pato, cinco sardinas y los
tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareció que la comían á ella
misma. Harto ya él, se acordó de preguntar por los hijos; entonces
Sisa pudo sonreir y, contenta, prometió en su interior no cenar
aquella noche, pues de lo que quedaba no había para tres. El padre
preguntó por sus hijos, y esto para ella era más que comer.

Después él cogió su gallo y quiso marcharse.

--¿No quieres verlos?--preguntó temblorosa;--el viejo Tasio me ha
dicho que se retardarían un poco; Crispín ya lee y... ¡quizás Basilio
traiga su sueldo!

A esta última razón el marido se detuvo, vaciló, pero triunfó su
ángel bueno.

--¡En ese caso guárdame un peso!--dijo, y se marchó.

Sisa lloró amargamente, pero se acordó de sus hijos y secóse las
lágrimas. Coció nuevo arroz, y preparó las tres sardinas que quedaron:
cada uno tendría una y media.

--¡Traerán buen apetito!--pensaba;--el camino es largo y los estómagos
hambrientos no tienen corazón.

Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas;
fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.

El kalao [66] cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la
lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.

Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se
acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de
distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz,
y cuando sus hijos la oían cantar kundiman [67] lloraban sin saber por
qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.

Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía
del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas
hojas de los plátanos.

De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal
rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se
la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.

Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre
presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró
precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche
favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.

Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de
sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó
el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones
de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en
sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos,
sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía
á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para
charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes
ojos pensativos, y sonreía.

--¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!--decía la voz de Basilio desde fuera.

Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.



XVII

BASILIO

                                                       La vida es sueño.


Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dejó caer en los brazos
de su madre.

Un frío inexplicable se apoderó de Sisa al verle llegar solo. Quiso
hablar, pero no halló sonidos; quiso abrazar á su hijo, pero tampoco
halló fuerzas; llorar, érale imposible.

Pero á la vista de la sangre que bañaba la frente del niño, pudo gritar
con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazón:

--¡Hijos míos!

--¡No temáis nada, madre!--lo contestó Basilio;--Crispín se ha quedado
en el convento.

--¿En el convento? ¿se ha quedado en el convento? ¿Vive?

El niño levantó hacia ella sus ojos.

--¡Ah!--exclamó pasando de la mayor angustia á la mayor alegría. Sisa
lloró, abrazó á su hijo cubriéndole de besos la ensangrentada frente.

--¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás
herido, hijo mío? ¿Te has caído?

Y le examinaba cuidadosamente.

--El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría
salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me
dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una
bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar
el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.

--¡Dios mío, Dios mío!--murmuró la madre estremeciéndose.--¡Tú le
has salvado!

Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:

--¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles
no piensan en las madres!

--Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí
perseguido.

--¿Por qué se ha quedado Crispín?--preguntó Sisa, después que hubo
hecho la cura á su hijo.

Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le
refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las
torturas que hacían sufrir á su hermanito.

Madre é hijo confundieron sus lágrimas.

--¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres,
y los pobres tenemos que sufrirlo todo!--murmuraba Sisa, mirando con
sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy [68], cuyo aceite se acababa.

Así permanecieron algún rato silenciosos.

--¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.

--No tengo ganas; agua, quiero agua no más.

--¡Sí!--repuso la madre con tristeza;--ya sabía yo que no te gustaban
las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu
padre, ¡pobre hijo mío!

--¿Vino padre?--preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y
las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón
de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:

--Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha
hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse
con nosotros.

--¡Ah!--interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.

--¡Hijo!--le reprendió ella.

--¡Perdonad, madre!--repuso seriamente:--¿no estamos mejor nosotros
tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.

Sisa suspiró.

--¿No cenas? Entonces acostémonos, que ya es tarde.

Sisa cerró la choza y cubrió las pocas brasas con ceniza para que no
se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma:
cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que
no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.

Basilio murmuró sus oraciones y acostóse cerca de su madre, que
rezaba arrodillada.

Sentía calor y frío; procuró cerrar los ojos pensando en su hermanito
que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora
lloraría y temblaría de miedo en un rincón obscuro del convento. Sus
oídos le repetían aquellos gritos, como los había oído en la torre,
pero la cansada naturaleza principió á confundir sus ideas, y el
espíritu de los sueños descendió sobre sus ojos.

Vió una alcoba donde ardían dos velas. El cura, con el bejuco en
la mano, escuchaba sombrío al sacristán mayor, que le hablaba en un
extraño idioma, con gestos horribles. Crispín temblaba y volvía los
ojos llorosos á todas partes como buscando á alguien ó un escondite. El
cura se vuelve á él y le interpela irritado, y el bejuco silba. El
niño corre á esconderse detrás del sacristán, pero éste le coge,
le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea,
grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae
y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente
aullando. ¡Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza,
ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta;
loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la
mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristán mayor
coge un bastón, le da un golpe en la cabeza, y el niño cae aturdido; el
cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita:
rueda por el suelo como una masa inerte y deja un húmedo rastro [69]...

La voz de Sisa le llamó á la realidad.

--¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?

--¡Soñé!... ¡Dios mío!--exclamó Basilio incorporándose cubierto de
sudor.--Fué un sueño, decid, madre, que no fué más que un sueño,
¡un sueño no más!

--¿Qué has soñado?

El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el
sudor. La choza estaba toda á obscuras.

--¡Un sueño, un sueño!--repetía Basilio en voz baja.

--¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!--decía la madre cuando
su hijo volvió á acostarse.

--Pues,--dijo éste en voz baja,--soñé que fuimos á recoger
espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres
tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos
llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre,
no me acuerdo de lo demás!

Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.

--Madre, he formado un proyecto esta noche,--dijo Basilio después de
algunos minutos de silencio.

--¿Qué proyecto?--preguntó ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía
más juiciosos que ella misma.

--¡Ya no quisiera ser sacristán!

--¿Cómo?

--Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo
del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues
bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que
ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle
á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó
carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa
del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea
el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más
pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le
he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se
arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán,
se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se
quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe,
me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para
tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás
os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la
engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las
venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta,
y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos
monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré
también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y
así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un
pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que
coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos
carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos
los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín
tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré
trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?

--¿Qué he de decir? ¡Que sí!--contestó Sisa abrazando á su hijo.

Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el
porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.

Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los
años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía sí,
todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre
los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que
nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de
alegres pinturas.

Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay [70] y
otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las
mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban;
bañábanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las
piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos
les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas
de monedas y frutas. Luego vió una campana, colgada de un árbol,
y una cuerda larga para tocarla: á la cuerda había atada una vaca
con un nido de pájaros entre las astas, y Crispín estaba dentro de
la campana, etcétera. Y así fué soñando.

Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora,
no dormía.



XVIII

ALMAS EN PENA


Serían las siete de la mañana cuando fray Salví concluyó de decir su
última misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.

--El padre está enfermo,--decían las devotas;--no se mueve con la
pausa y elegancia de costumbre.

Despojóse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar á nadie,
sin hacer ninguna observación.

--¡Atención!--se cuchicheaban los sacristanes;--¡el barreno
progresa! ¡Van á llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!

Abandonó la sacristía para subir á la casa parroquial, en cuyo zaguán
escuela aguardábanle sentadas en los bancos unas siete ú ocho mujeres
y un hombre, que se paseaba de un extremo á otro. Al verle venir,
levantáronse, una mujer se adelantó para besarle la mano, pero el
religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio
de su camino.

--¿Habrá perdido un real Kuriput? [71]--exclamó la mujer con risa
burlona, ofendida de tal recibimiento. ¡No darle á besar la mano
á ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era
inaudito.

--¡Esta mañana no se ha sentado en el confesonario!--añadió hermana
Sipa, una vieja sin dientes;--yo quería confesarme para comulgar y
ganar las indulgencias.

--¡Pues os compadezco!--repuso una joven de cándida fisonomía;--esta
semana gané tres plenarias, y las dediqué al alma de mi marido.

--¡Mal hecho, hermana Juana!--dijo la ofendida Rufa.--Con una plenaria
había bastante para sacarle del Purgatorio; no debéis malgastar las
santas indulgencias; haced lo que yo.

--Yo decía: ¡cuanto más, mejor!--contestó la sencilla hermana Juana
sonriendo.--Pero, decid, ¿qué es lo que hacéis?

Hermana Rufa no contestó al instante: primero pidió un buyo, lo mascó,
miró á su auditorio que escuchaba atento, escupió á un lado, y comenzó
mientras mascaba tabaco:

--¡Yo no malgasto ni un santo día! Desde que pertenezco á la
Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 años de
indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas
limpias; no quiero engañar, ni que me engañen.

Hermana Rufa hizo una pausa y continuó mascando; las mujeres la
miraban con admiración, pero el hombre que se paseaba se detuvo,
y le dijo un poco desdeñoso:

--Pues yo, solamente este año, he ganado cuatro plenarias más que vos,
hermana Rufa, y cien años más, y eso que este año no he rezado mucho.

--¿Más que yo? ¿Más de 689 plenarias de 994,856 años?--repitió hermana
Rufa algo disgustada.

--Eso es, ocho plenarias más y ciento quince años más y en pocos
meses,--repitió el hombre, de cuyo cuello pendían escapularios y
rosarios mugrientos.

--No es extraño,--dijo la Rufa dándose por vencida;--¡sois el maestro
y el jefe en la provincia!

El se sonrió lisonjeado.

--No es extraño que gane más que vos, en efecto; casi, casi puedo
decir que aún durmiendo gano indulgencias.

--Y ¿qué hacéis de ellas, maestro?--preguntaron cuatro ó cinco voces
á la vez.

--¡Psh!--contestó el hombre haciendo una mueca de soberano desprecio;
¡las tiro por aquí y por allá!

--¡Pues en eso sí que no os puedo alabar, maestro!--protestó la
Rufa.--¡Iréis al purgatorio por malgastar indulgencias! Ya sabéis
que por cada palabra inútil se padecen cuarenta días de fuego, según
el cura; por cada palmo de hilo, sesenta; por cada gota de agua,
veinte. ¡Vais al purgatorio!

--¡Ya sabré yo salir de él!--contestó hermano Pedro con una confianza
sublime.--¡He sacado tantas almas del fuego! ¡He hecho tantos santos! Y
además, in articulo mortis puedo ganarme todavía, si quiero, lo menos
siete plenarias, y podré salvar á otros, muriendo!

Y dicho esto, se alejó orgullosamente.

--Sin embargo, debíais hacer lo que yo, que no pierdo un día y hago
bien mis cuentas. ¡No quiero engañar ni que me engañen!

--¿Qué hacéis?--preguntó la Juana.

--Pues debéis imitar lo que hago. Por ejemplo: suponed que gano un
año de indulgencias, lo apunto en mi cuaderno y digo: Bienaventurado
Padre Señor Santo Domingo, haced el favor de ver si en el purgatorio
hay alguno que precisamente necesite un año, ni un día más ni
un día menos. Juego cara y cruz; si sale cara, no; si sale cruz,
sí. Pues supongamos que sale cruz, entonces escribo: Cobrado; ¿sale
cara? entonces retengo la indulgencia, y de este modo hago grupitos
de cien años que tengo bien apuntados. Lástima que con ellos no se
pueda hacer lo que con el dinero: darlas á interés; se podrían salvar
más almas. Creedme, haced lo que yo.

--¡Pues yo hago otra cosa mejor!--contestó hermana Sipa.

--¿Qué? ¿mejor?--pregunta sorprendida la Rufa.--¡No puede ser! ¡Lo
que yo hago es inmejorable!

--¡Oid un momento y os convenceréis, hermana!--contesta la vieja Sipa
en tono desabrido.

--¡A ver, á ver! ¡oigamos!--dijeron las otras.

Después de toser ceremoniosamente, habló la vieja de esta manera:

--Vosotras sabéis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y
el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, se ganan diez
años por cada letra...

--¡Veinte!--No, ¡menos!--¡Cinco!--dijeron varias voces.

--¡Uno más, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado ó una
criada me rompe un plato, vaso ó taza, etc., le hago recoger todos los
pedazos, y por cada uno, aún por el más pequeñito, tiene que rezarme
el Bendita sea tu Pureza y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo
por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico á las almas. En
casa todos los saben, menos los gatos.

--Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana
Sipa,--objeta la Rufa.

--Y ¿mis tazas, y mis platos quién me los paga? Ellas están contentas
de pagarlos así, y yo también; no les pego, sólo algún coscorrón
ó pellizco...

--¡Os imitaré!--¡Haré lo mismo!--¡Y yo!--decían las mujeres.

--Pero ¡si el plato no se ha roto más que en dos ó tres pedazos,
ganáis poco!--observa aún la terca Rufa.

--¡Bah!--contesta la vieja Sipa,--les hago rezar también, hago colar
los pedazos y no perdemos nada.

Hermana Rufa no supo ya qué objetar.

--Permitidme que os someta una duda,--dice tímidamente la joven
Juana.--Vosotras, señoras, entendéis tan bien estas cosas del cielo,
purgatorio é infierno... yo confieso que soy ignorante.

--¡Hablad!

--Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo:
Tres padrenuestros, tres avemarías y tres gloriapatris...

--¿Y bien?...

--Pues quería saber cómo hay que rezarlos; ó tres padrenuestros
seguidos, tres avemarías seguidas y tres gloriapatris seguidos,
ó tres veces, un padrenuestro, un avemaría y un gloriapatri?

--Pues así es, tres veces un padrenuestro...

--¡Perdonad, hermana Sipa!--interrumpe la Rufa;--deben rezarse de
la otra manera: á los machos no hay que mezclarlos con las hembras:
los padrenuestros son machos, las avemarías son hembras y las glorias
son los hijos.

--¡Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemaría y gloria son
como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...

--¡Estáis equivocada! Ved solamente, vos que rezáis así no conseguís
nunca lo que pedís.

--¡Y vos porque rezáis así, no sacáis nada de vuestras
novenas!--replica la vieja Sipa.

--¿Quién?--dice la Rufa levantándose;--hace poco perdí un cerdito, recé
á San Antonio, y lo encontré, y tanto que lo vendí á un buen precio...

--¿Sí? ¡por eso decía vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!

--¿Quién? ¡La sinvergüenza! ¿Acaso soy yo como vos?...

El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba
de los padrenuestros, sólo se hablaba de cerdos.

--¡Vamos, vamos, no hay que reñir por un cerdito, hermanas! Las
Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le
han reñido á Nuestro Señor Jesucristo, que arrojó al agua una piara de
puercos que les pertenecían, y nosotros que somos cristianos y además
hermanos del Santísimo Rosario, ¿habremos de reñir por un cerdito? ¿Qué
dirían de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?

Calláronse todas admirando la profunda sabiduría del maestro, y
temiendo el qué dirán de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de
tanta obediencia, cambió de tono y prosiguió:

--Pronto nos hará llamar el cura. Hay que decirle qué predicador
elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dámaso, el padre
Martín ó el coadjutor. No sé si han elegido ya los Terceros; es
menester decidir.

--El coadjutor...--murmura tímidamente la Juana.

--¡Hum! ¡El coadjutor no sabe predicar!--dice la Sipa;--mejor es el
padre Martín.

--¿El padre Martín?--exclama otra con desdén;--no tiene voz: mejor
es el padre Dámaso.

--¡Ese, ese es!--exclama la Rufa.--¡El padre Dámaso sí que sabe
predicar, ese parece un comediante!

--¡Pero no le entendemos!--murmura la Juana.

--¡Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...

En esto llegó Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, dió los buenos
días á las mujeres y subió las escaleras.

--¡Aquella sube! ¡subamos también!--dijeron.

Sisa sentía latir con violencia su corazón mientras subía las
escaleras: no sabía qué iba á decir al padre para aplacar su enojo
ni qué razones iba á darle para abogar por su hijo. Aquella mañana,
con las primeras tintas de la aurora había bajado á la huerta para
coger sus más hermosas legumbres, que colocó en un cesto entre hojas
de plátano y flores. Fué á orillas del río á buscar pakô [72], que
sabía le gustaba al cura comer en ensalada. Vistióse sus mejores ropas,
y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar á su hijo, partió para
el pueblo.

Procurando hacer el menor ruido posible, subía las escaleras
lentamente, escuchando atenta por si acaso oía una voz conocida,
fresca, infantil.

Pero no oyó mi encontró á nadie, y se dirigió á la cocina.

Allí miró á todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron
con frialdad. Saludó y apenas la contestaron.

--¿Dónde podré dejar estas legumbres?--preguntó sin darse por ofendida.

--¡Allí... en cualquier parte!--contestó el cocinero sin mirarlas
apenas, atento á su faena: estaba desplumando un capón.

Sisa fué colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los
amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pakô
[73]. Después puso las flores encima, medio se sonrió, y preguntó á
un criado, que le pareció más tratable que el cocinero:

--¿Podré hablar con el padre?

--Está enfermo,--contestó éste en voz baja.

--Y ¿Crispín? ¿Sabéis si está en la sacristía?

El criado la miró sorprendido.

--¿Crispín?--preguntó frunciendo las cejas.--¿No está en vuestra
casa? ¿Lo querréis negar?

--Basilio está en casa, paro Crispín se ha quedado aquí,--repuso
Sisa;--quiero verle...

--¡Ya!--dice el criado;--se quedó, pero después... después se escapó,
robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta mañana temprano
al cuartel para dar parte á la Guardia Civil. Ya deben haber ido á
vuestra casa á buscar á los chicos.

Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron
en vano: no salió ningún sonido.

--¡Vaya con los hijos que tenéis!--añadió el cocinero.--Se conoce
que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre! ¡Cuidado
que el pequeño le va á sobrepasar!

Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sentada sobre
un banco.

--¡No lloréis aquí!--le gritó el cocinero:--¿no sabéis que el padre
está enfermo? Id á llorar en la calle.

La pobre mujer casi á empujones descendió las escaleras, al mismo
tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca
de la enfermedad del cura.

La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el
llanto.

Al llegar á la calle, miró indecisa en torno suyo, y después, como
si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.



XIX

AVENTURAS DE UN MAESTRO DE ESCUELA

                        El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo
                        Hablarle en necio para darle gusto.

                                                         (Lope de Vega).


El lago, rodeado de sus montañas, duerme tranquilo con esa hipocresía
de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro á la
tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas
á los genios fosforescentes, se dibujan á lo lejos, casi en el confín
del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores
que recogen la red; cascos y paraos [74] que tienden sus velas.

Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el
agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven
de aspecto humilde y fisonomía melancólica.

--¡Aquí es!--decía este último;--aquí fué arrojado el cadáver de su
padre. ¡Aquí nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y á mí!

Ibarra estrechó con efusión la mano del joven.

--No tiene usted que agradecérmelo!--repuso éste.--Debía muchos favores
á su padre, y el único que le hice fué acompañarle al sepulcro. Había
venido sin conocer á nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin
fortuna, como ahora. Mi predecesor había abandonado la escuela para
dedicarse á vender tabaco. Su padre de usted me protegió, me procuró
una casa y me facilitó cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la
enseñanza; iba á la escuela y repartía algunos cuartos á los chicos
pobres y aplicados, los proveía de libros y papeles. ¡Pero esto,
como todas las cosas buenas, duró muy poco!

Ibarra se descubrió y pareció orar largo rato. Volvióse después á su
compañero y le dijo:

--Decía usted que mi padre socorría á los chicos pobres. ¿Y ahora?

--Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,--contestó el joven.

--¿Por qué?

--La causa está en sus rotas camisas y avergonzados ojos.

Ibarra guardó silencio.

--¿Cuántos alumnos tiene usted ahora?--preguntó con cierto interés.

--Más de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.

--¿Cómo es eso?

El maestro de escuela se sonrió melancólicamente y exclamó:

--Decirle á usted las causas es contarle una larga y fastidiosa
historia.

--No atribuya usted mi pregunta á una vana curiosidad,--repuso
Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.--He reflexionado
mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale más que
llorarle, mucho más que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza,
y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero
por su ignorancia, y respeto al segundo por su carácter, y porque
quiero que se respete la religión que educó á la sociedad. Quiero
inspirarme en el espíritu del que me dió el sér, y por esto desearía
conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.

--El país--dijo el maestro--bendecirá su memoria de usted, si realiza
usted los hermosos propósitos de su difunto padre. ¿Quiere usted
conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza? Pues bien, en las
circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza
nunca será un hecho; primero, porque en la niñez no hay aliciente
ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la
carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania
estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo;
¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen
tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y á
veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra;
¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?

--Y usted que ve el mal ¿cómo no ha pensado en remediarlo?

--¡Ay!--contestó moviendo tristemente la cabeza;--un pobre
maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas
influencias. Necesitaría antes que todo tener escuela, un local,
y no como ahora que enseño al lado del coche del padre cura,
debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta,
incomodan, como es natural, al padre, que á veces desciende nervioso,
sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta á mí á
veces. Comprenderá usted que así no se puede enseñar ni aprender; el
niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado
sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado,
para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio,
buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permítame usted que
le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y
se han reído de mí. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté
de enseñar el español á los niños, porque además de que el Gobierno
lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé
el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes
reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el
idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi me comprendían
y componían algunas frases.

El maestro se detuvo y pareció dudar; después, como si se hubiera
decidido, continuó:

--No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en
mi lugar se habría portado lo mismo. Como decía, principiaba bien;
mas, algunos días después, el padre Dámaso, el cura de entonces, me
hizo llamar por el sacristán mayor. Como conocía su carácter y temía
hacerle esperar, subí inmediatamente, le saludé y le dí los buenos
días en castellano. Él, que por todo saludo me alargaba la mano
para que se la besara, la retiró y sin contestarme, empezó á reir
á carcajadas, burlonamente. Quedéme desconcertado; delante estaba
el sacristán mayor. Al pronto no supe qué decir; me quedé mirándole
pero él siguió riendo. Yo ya me impacientaba y veía que iba á cometer
una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno á la vez no
son cosas incompatibles. Iba ya á preguntarle, cuando de repente,
pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronería: «¿Con que
buenos días? ¡buenos días! ¡gracioso! ¡ya sabes hablar español!»
Y continuó riendo.

Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.

--Usted se rie,--repuso el maestro riéndose también;--confieso que
entonces no tuve ganas de reirme. Estaba de pie; sentí que la sangre se
me subía á la cabeza, y un relámpago oscurecía mi cerebro. Al cura le
ví lejos, muy lejos; me adelanté hacia él para replicarle, sin saber
lo que iba á decir. El sacristán mayor se interpuso, él se levantó y
me dijo serio en tagalo:--«No me uses prendas prestadas; conténtate
con hablar tu idioma y no me eches á perder el español, que no es para
vosotros. ¿Conoces al maestro Ciruela? Pues Ciruela era un maestro que
no sabía leer y ponía escuela.» Quise detenerle, pero entróse en su
cuarto y cerró la puerta violentamente. ¿Qué iba yo á hacer, yo que
apenas tengo para vivir con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el
visto bueno del cura y hacer un viaje á la cabecera de la provincia,
qué podía yo hacer contra él, la primera autoridad moral, política y
civil en un pueblo, sostenido por su Corporación, temido del Gobierno,
rico, poderoso, consultado, escuchado, creído y atendido siempre por
todos? Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi
puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganaría la
enseñanza, por el contrario, todos se pondrían del lado del cura, me
execrarían y llamarían vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano,
mal educado, y cuando no, anti-español y filibustero. Del maestro
de escuela no se espera saber ni celo; sólo se le pide resignación,
humillación, inercia, y perdóneme Dios si he renegado de mi conciencia
y razón, pero he nacido en este país, tengo que vivir, tengo una
madre y me abandono á mi suerte como un cadáver que arrastra la ola.

--Y ¿por este obstáculo se ha desanimado usted para siempre? ¿Y así
ha vivido usted después?

--¡Ojalá hubiera escarmentado!--contestó;--¡se hubieran limitado á
eso mis infortunios! Verdad es que desde entonces cobré aversión á
mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el
trabajo, cuando se hace á disgusto y con vergüenza, es un martirio,
y porque la escuela me recordaba cada día mi afrenta, haciéndome pasar
horas muy amargas. Pero ¿qué hacer? No podía desengañar á mi madre;
tenía que decirle que sus tres años de sacrificios para darme esta
carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la
profesión es honradísima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de
flores; que el cumplimiento de mi deber sólo me produce amistades; que
el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario,
sin dejar de ser infeliz, haría otra desgraciada, lo que además de
ser inútil es un pecado. Permanecí, pues, en mi puesto y no quise
desanimarme: intenté luchar.

El maestro de escuela hizo una breve pausa y después prosiguió:

--Desde el día en que fuí tan groseramente insultado, me examiné
á mí mismo y me ví en efecto muy ignorante. Púseme á estudiar día
y noche el español y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el
viejo filósofo me prestaba algunos libros, leía cuanto encontraba,
y analizaba cuanto leía. Con las nuevas ideas que de una parte y otra
he ido adquiriendo cambió mi punto de vista, y ví muchas cosas bajo
un aspecto diferente del que tenían antes. Ví errores donde antes
sólo veía verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron
errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial eran
el distintivo de las escuelas, y que antes tenían por el único medio
eficaz de hacer aprender--así nos habían acostumbrado á creerlo,--me
parecieron después que, lejos de contribuir al adelanto del niño,
le inutilizaban considerablemente. Me convencí de que era imposible
raciocinar teniendo la palmeta ó las disciplinas á la vista; el miedo
y el terror turban al más sereno, además de que la imaginación del
niño es más viva, más impresionable. Y como, para que en el cerebro
se impriman las ideas, es menester que reine la calma, exterior
é interiormente, que haya serenidad de espíritu, tranquilidad
material y moral y buen ánimo, creí que ante todo debía infundir
en los niños confianza, seguridad y aprecio de sí mismos. Comprendí
además que el espectáculo diario de los azotes mataba la piedad en el
corazón y extinguía esa llama de la dignidad, la palanca del mundo,
perdiéndose con ella la vergüenza que vuelve ya difícilmente. He
observado también que cuando uno es azotado, halla un consuelo en
que los demás lo sean á su vez, y sonríe con satisfacción al oir el
llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece
el primer día con repugnancia, después se acostumbra y halla un
deleite en tu triste misión. El pasado me horrorizó, quise salvar
el presente modificando el antiguo sistema. Traté de hacer amable y
risueño el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro
y bañado en lágrimas de la niñez, sino un amigo que le va á descubrir
secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un
sitio de recreo intelectual. Suprimí, pues, poco á poco los azotes,
me llevé á casa las disciplinas y las reemplacé con la emulación y
el aprecio de sí mismos. Si se descuidaba una lección, lo atribuía á
falta de voluntad, nunca á falta de capacidad; les hacía creer que
tenían mejores disposiciones de las que en realidad podían tener,
y esta creencia que procuraban confirmar, los obligaba á estudiar,
así como la confianza conduce al heroísmo. Al principio parecía que
el cambio de método era impracticable: muchos dejaron de estudiar;
pero yo seguí y noté que poco á poco se iban levantando los ánimos,
acudían más niños y con más frecuencia; y el que una vez era alabado
delante de todos, al día siguiente aprendía el doble. Pronto se
divulgó por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar,
y temiendo yo otra escena, saludéle secamente en tagalo. Esta vez
estuvo él muy serio conmigo. Me dijo que echaba á perder á los niños,
que malgastaba el tiempo, que no cumplía con mi deber, que el padre
que perdonaba el palo odiaba á su hijo, según el Espíritu Santo,
que la letra con sangre entra, etc., etc.; me trajo una porción de
dichos de los tiempos bárbaros, como si bastase que una cosa haya sido
dicha por los antiguos para ser indiscutible; según esto, deberíamos
creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades
crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me
recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de
lo contrario daría parte al alcalde en contra mía. No quedó aquí mi
desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres
de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi
paciencia y resignación. Empezaron ponderándome los antiguos tiempos
en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado
sus abuelos. «¡Aquellos sí que eran sabios! decían; aquellos pegaban
y enderezaban el árbol torcido. ¡Aquellos no eran jóvenes, eran viejos
de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos
ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco
palos, y por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos
valían más que nosotros, sí, señor, más que nosotros.» Otros no se
contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que,
si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían
obligados á sacarlos de la escuela. Inútil fué razonar con ellos:
como joven no me concedían gran razón. ¡Cuánto hubiera yo dado por
tener canas! Citábanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano
y se citaban á ellos mismos, diciendo que, si no hubiera sido por
los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía
que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de
este desengaño.

En vista de esto, tuve que renunciar á un sistema, que después de
mucho trabajo empezaba á darme sus frutos. Desesperado, llevé al
día siguiente á la escuela los azotes, y comencé de nuevo mi bárbara
tarea. La serenidad desapareció y volvió á reinar la tristeza en los
semblantes de los niños que ya me empezaban á querer: eran mis únicas
relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes
y darlos con toda la lenidad posible, los niños se sentían sin embargo
vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me
llegaba al corazón, y aunque interiormente estaba irritado contra sus
estúpidas familias, no podía vengarme en aquellas inocentes víctimas de
las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón
no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la
hora y me fuí á mi casa á llorar á solas... Acaso le extrañe á usted
mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El
viejo don Anastasio me decía: «¿Piden azotes los padres? ¿Por qué no
se los dió usted á ellos?» De resultas de esto caí enfermo.

Ibarra escuchaba pensativo.

--Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos
reducidos á una quinta parte. Los mejores habían desertado á la vuelta
del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban á
la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó
alegría, ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que
sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo,
porque el sustituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces á
clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á
ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos
mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de
una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvió porque
se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes
no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.

--Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?--preguntó Ibarra.

--¿Podía hacer otra cosa?--contestó.--Sin embargo, como durante mi
enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí
una nueva esperanza é intenté hacer otra prueba para que los niños
no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los
azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún
fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al
menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos
amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están
en castellano los libros, á excepción del Catecismo tagalo, que
varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos
libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete,
de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En
la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos
libros, he procurado sustituirlos poco á poco por cortos trozos,
sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de
Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A
veces yo mismo traducía obritas como la historia de Filipinas del
padre Barranera y los dictaba después, para que los reuniesen en
cuadernos, aumentándolos á veces con propias observaciones. Como no
tenía mapas para enseñarles Geografía, copié uno de la provincia que
ví en la Cabecera, y con esta reproducción y las baldosas del suelo
les dí algunas ideas del país. Esta vez fueron las mujeres las que se
alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello
una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me
reprendió, me dijo que primero debía cuidarme de la religión, y que
antes de enseñar estas cosas, debían los niños probar en un examen
que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo
de la Doctrina Cristiana.

En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se
conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las
cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios
y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el
padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen aún
muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden
significar. ¡Y así moriremos y así harán los que han de nacer, y en
Europa se hablará del Progreso!

--¡No seamos tan pesimistas!--repuso Ibarra levantándose.--El
teniente mayor me ha pasado una invitación para asistir á una junta
en el tribunal... ¿Quién sabe si allí tendrá usted una respuesta á
sus preguntas?

El maestro se levantó también, pero sacudiendo la cabeza en señal de
duda, respondió:

--¡Va usted á ver cómo el proyecto ese de que me hablaron se queda
también como los míos! Y si no, ¡veámoslo!



XX

LA JUNTA EN EL TRIBUNAL [75]


Era una sala de doce á quince metros de larga por ocho á diez de
ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al
carbón, más ó menos feos, más ó menos indecentes, con inscripciones que
completaban su sentido. En un rincón y adosados ordenadamente al muro,
se veían unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roñosos,
espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros
[76].

En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se
escondía colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato,
sobre una tarima de madera, un viejo sillón abría sus destrozados
brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada
y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las
tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas
desvencijadas completaban el mueblaje.

Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aquí
conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido
de los viejos no se mezcla con el de los jóvenes, y unos y otros no
se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal,
sólo que sus luchas adquieren en los pueblos un carácter extremado.

--¡La conducta del gobernadorcillo me escama!--decía don Filipo, el
jefe del partido liberal, á sus amigos;--lleva un plan preconcebido en
esto de dejar hasta la última hora la discusión del presupuesto. Notad
que apenas nos quedan once días.

--¡Y se ha quedado en el convento á conferenciar con el cura que está
enfermo!--observó uno de los jóvenes.

--¡No importa!--repuso otro;--todo lo tenemos ya preparado Con tal
que el proyecto de los viejos no obtenga la mayoría...

--¡No lo creo!--dijo don Filipo;--yo presentaré el proyecto de
los viejos.

--¿Cómo? ¿qué decís?--preguntaron sus oyentes sorprendidos.

--Digo que si hablo el primero, presentaré el proyecto de nuestros
enemigos.

--Y ¿el nuestro?

--De presentarlo os encargaréis vos,--contestó el teniente sonriendo
y dirigiéndose á un joven cabeza de barangay [77]; hablaréis después
que haya yo sido derrotado.

--¡No os comprendemos, señor!--decían los interlocutores, mirándole
llenos de duda.

--¡Oid!--dijo don Filipo en voz baja á dos o tres que le
escuchaban.--Esta mañana me encontré con el viejo Tasio.

--Y ¿qué?

--El viejo me dijo: «Vuestros enemigos os odian á vos más que á
vuestras ideas. ¿Queréis que una cosa no se haga? pues proponedla,
y aunque fuese más útil que una mitra será rechazada. Una vez que
os hayan derrotado, haced que exponga lo que queríais el más modesto
de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarán.»
Pero guardadme el secreto.

--Pero...

--Por eso propondré el proyecto de nuestros enemigos exagerándolo
hasta el ridículo. ¡Silencio! ¡El señor Ibarra y el maestro de escuela!

Ambos jóvenes saludaron á unos grupos y otros sin tomar parte en
sus conversaciones.

Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado:
era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada
cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco á poco
el silencio.

Sentóse el capitán [78] en el sillón colocado debajo del retrato de Su
Majestad, tosió cuatro ó cinco veces, pasóse las manos por la cabeza
y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió á toser
y así sucesivamente.

--¡Señores!--repuso al fin con voz desfallecida:--me he atrevido
á convocaros á todos para esta junta... ¡ejem! ¡ejem!... tenemos
que celebrar la fiesta de nuestro patrón San Diego, el 12 de este
mes... ¡ejem! ¡ejem! hoy estamos á dos... ¡ejem! ¡ejem!

Y aquí le atacó una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.

Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta
años, de aspecto arrogante. Era el rico capitán Basilio, contrario
del difunto don Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de
Santo Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia adelante,
y que desde que él dejó San Juan de Letrán, la humanidad empezó
á retroceder.

--Permítanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan
interesante,--dijo.--Hablo el primero, si bien otros de los que aquí
están presentes tienen más derechos que yo, pero hablo el primero
porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa
que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco
que sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de
una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al último, y por
eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me
permitirán pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo
muy notabilísimas personas como el capitán actual; el capitán pasado,
mi distinguido amigo don Valentín; el capitán pasado, mi amigo de
la infancia don Julio; nuestro célebre capitán de cuadrilleros, don
Melchor, y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero
mentar, que VV. SS. ven aquí presentes. Suplico á VV. SS. que me
permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría
yo la fortuna de que la Junta accediese á mi humilde ruego?

Y el orador se inclinó respetuosamente sonriendo.

--¡Ya podéis hablar, que os escuchamos con ansia!--dijeron los amigos
aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los viejos
tosían con satisfacción y se frotaban las manos.

Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de
seda, prosiguió:

--Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi
humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que á otro
cualquiera de los que aquí están presentes, me aprovecharé de este
permiso, tan generosamente concedido, y voy á hablar. Me imagino con
mi imaginación que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado
romano, senatus populusque romanus que decíamos en aquellos hermosos
tiempos, que fatalmente para la humanidad no volverán ya, y pediré á
los patres conscripti, que diría el sabio Cicerón, si estuviera en mi
lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como
decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su
parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.

Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se
sentó no sin dirigir una mirada de superioridad á Ibarra que estaba
sentado en un rincón, y otra de mucha significación á sus amigos como
diciéndoles: «¡Ah! ¿He hablado bien? ¡ah!»

Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los
jóvenes como para matarlos de envidia.

--Ahora puede hablar el que quiera, ¡ejem!--repuso el gobernadorcillo
sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.

A juzgar por el silencio, ninguno quería dejarse llamar uno de los
patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovechó
la ocasión y pidió la palabra.

Los conservadores guiñaron los ojos y se hicieron señas significativas.

--Yo voy á presentar mi presupuesto, señores, para la fiesta,--dijo
don Filipo.

--¡No lo podemos admitir!--contestó un viejo tísico, conservador
intransigente.

--¡Votamos en contra!--dijeron los otros adversarios.

--¡Señores!--dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;--aún no he
expuesto el proyecto que nosotros, los jóvenes, traemos aquí. Este
gran proyecto, estamos seguros de que será preferido por todos al
que idean ó pueden idear nuestros adversarios.

Este presuntuoso exordio acabó de irritar los ánimos de los
conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible
oposición. Don Filipo prosiguió:

--Tenemos 3,500 pesos de presupuesto. Pues bien, con esta cantidad
podremos celebrar una fiesta que eclipse en magnificencia á todas las
que hasta aquí se han visto, ya en nuestra provincia ya en las vecinas.

--¡Hum!--exclamaron los incrédulos;--el pueblo A. tenía 5,000, el
B. 4,000, ¡hum! ¡hambuguería! [79]

--¡Oidme, señores, y os convenceréis!--continuó don Filipo
impertérrito.--¡Propongo que se levante un gran teatro en medio de
la plaza, que cueste 150 pesos!

--¡No bastan 150, hay que poner 160!--objetó un tenaz conservador.

--¡Apuntad, señor director, 200 pesos para el teatro!--dijo don
Filipo.--Propongo que se contrate á la comedia de Tondo para que dé
funciones por siete noches seguidas. Siete funciones á 200 pesos noche,
hacen 1,400: ¡apuntad 1,400, señor director!

Viejos y jóvenes se miraron sorprendidos: sólo los que estaban en el
secreto no se movieron.

--Propongo además grandes fuegos artificiales; nada de lucecitas ni
de ruedecitas que gustan á niños y solteras; nada de esto. Nosotros
queremos grandes bombas y colosales cohetones. Propongo, pues, 200
grandes bombas á dos pesos una, y 200 cohetones del mismo precio. Los
encargaremos á los castilleros de Malabón.

--¡Hum!--interrumpió un viejo:--una bomba de á dos pesos no me espanta
ni deja sordo; tiene que ser de á tres pesos.

--¡Apuntad 1,000 pesos para 200 bombas y doscientos cohetones!

Los conservadores ya no pudieron contenerse; algunos se levantaron
y conferenciaron entre sí.

--Además, para que vean nuestros vecinos que somos gente espléndida y
nos sobra dinero,--continuó don Filipo levantando la voz y lanzando una
rápida mirada al grupo de los viejos,--propongo: 1.o cuatro hermanos
mayores para los dos días de fiesta, y 2.o que cada día se arrojen
al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones,
como lo hacía Sila, contemporáneo de ese Cicerón, de quien acaba de
hablar Cpn. Basilio.

--¡Eso es, como Sila!--repitió Cpn. Basilio lisonjeado.

El asombro subía por grados.

--Como va á acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles
de pesos y sus mejores gallos, y el liam-pó [80] y las cartas, propongo
quince días de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...

Pero los jóvenes le interrumpieron levantándose: creían que el teniente
mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.

--Y por último, para no descuidar los placeres del alma...

Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones
de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que
un tumulto.

--¡No!--gritaba un intransigente conservador;--¡no quiero que se
alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!

--¡Don Filipo nos ha engañado!--decían los liberales. ¡Votaremos en
contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!

El gobernadorcillo, más abatido que nunca, no hacía nada para
restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.

El capitán de cuadrilleros pidió la palabra; se la otorgaron, pero
no abrió la boca y volvió á sentarse confuso y avergonzado.

Por fortuna se levantó Cpn. Valentín, el más moderado entre todos
los conservadores, y habló:

--No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por
parecernos una exageración. Tantas bombas y tantas noches de comedia
sólo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar
muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He
consultado la opinión de las personas sensatas, y todas desaprueban
unánimemente el proyecto de don Filipo. ¿No es esto, señores?

--¡Sí! ¡sí!--dijeron jóvenes y viejos á una voz. Los jóvenes estaban
encantados de oir hablar así á un viejo.

--¿Qué vamos á hacer nosotros con cuatro hermanos mayores?--prosiguió
el anciano.--¿Qué quieren decir esas gallinas, capones y lechones
arrojados al lago? ¡Hambuguería! dirán nuestros vecinos, y luego
ayunaremos medio año. ¿Qué tenemos que ver con Sila ni con los
romanos? ¿Nos han invitado acaso alguna vez á sus fiestas? ¡Yo, por
lo menos, no he recibido ningún billete de su parte y cuidado que ya
soy viejo!

--¡Los romanos viven en Roma, donde está el Papa!--le murmuró por lo
bajo Cpn. Basilio.

--¡Ahora lo comprendo!--exclamó el anciano sin turbarse.--Celebrarían
sus fiestas en vigilia y el Papa mandaría arrojar la comida al mar
para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de
fiesta es inadmisible, imposible, ¡es una locura!

Don Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su proposición.

Los conservadores más intransigentes, satisfechos de la derrota de
su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse á un joven cabeza
de barangay y pedir la palabra.

--Pido á VV. SS. me excusen, si, joven como soy, me atrevo á hablar
delante de tantas personas respetabilísimas tanto por su edad, como
por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos
juzgan; pero puesto que el elocuente orador, Cpn. Basilio, ha invitado
á todos á manifestar aquí sus opiniones, sirva su autorizada palabra
de disculpa á la pequeñez de mi persona.

Los conservadores movían la cabeza satisfechos.

--¡Este joven habla bien!--¡Es modesto!--¡Raciocina admirablemente!--se
decían unos á otros.

--¡Es lástima que no sepa gesticular bien!--observó Cpn. Basilio.--Pero
¡ya se ve! no ha estudiado á Cicerón y aún es muy joven.

--Si os presento, señores, un programa ó proyecto,--continuó el
joven,--no lo hago con el pensamiento de que lo encontraréis perfecto,
ni lo aceptaréis; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez más
á la voluntad de todos, probar á los viejos que pensamos siempre
como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan
elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.

--¡Bien dicho, bien dicho!--decían los lisonjeados conservadores.

Cpn. Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover
el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el
gobernadorcillo, distraído ó preocupado: ambas cosas parecía. El
joven prosiguió, animándose:

--Mi proyecto, señores, se reduce á lo siguiente: inventar nuevos
espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día,
y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste
vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad
para todos.

--¡Eso es! ¡eso es!--asintieron los jóvenes;--eso queremos.

--¡Muy bien!--añadieron los viejos.

--¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente
mayor? ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan
cortar la cabeza á sus hijas ó las cargan en un cañón y luego el
cañón se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni
tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué
son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y
mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles,
como seducidas del Tikbalang [81]? En nuestras costumbres amamos la
dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos
de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de
un moro ó gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al
hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez,
ó rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la
pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios
y defectos y ensalzar las buenas cualidades?

--¡Eso es! ¡eso es!--repitieron sus partidarios.

--¡Tiene razón!--murmuraron pensativos algunos viejos.

--¡En eso no había yo pensado jamás!--prosiguió Cpn. Basilio.

--Pero ¿cómo vais á hacer eso?--le objetó el intransigente.

--¡Muy fácilmente!--contestó el joven.--Traigo aquí dos comedias,
que seguramente el buen gusto y conocido discernimiento de los
respetables ancianos, aquí reunidos, encontrarán muy aceptables
y divertidas. Titúlase una «La Elección del Gobernadorcillo;»
es una comedia en prosa, en cinco actos, escrita por uno de los
presentes. La otra en nueve actos, para dos noches, es un drama
fantástico de carácter satírico, escrito por uno de los mejores poetas
de la provincia, y se titula Mariang Makiling [82]. Viendo nosotros
que se retardaba la discusión de los preparativos de la fiesta, y
temiendo que nos faltase tiempo, hemos buscado en secreto nuestros
actores y les hemos hecho aprender sus papeles. Esperamos que con una
semana de ensayo, tendrán más que lo suficiente para salir airosos de
su cometido. Esto, señores, además de ser nuevo, útil y razonable,
resulta económico: trajes no necesitamos, los nuestros sirven, los
de la vida común.

--¡Yo costeo el teatro!--exclamó entusiasmado Cpn. Basilio.

--¡Si salen soldados, presto los míos!--dijo el capitán de
cuadrilleros.

--Y yo... y yo... si necesitan un viejo...--balbuceaba otro, y se
erguía con prosopopeya.

--¡Aceptado! ¡aceptado!--gritaron muchas voces.

El teniente mayor estaba pálido de emoción; llenáronse de lágrimas
sus ojos.

--¡Llora de despecho!--pensó el intransigente y gritó:

--¡Aceptado, aceptado sin discusión!

Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario,
el hombre empezó á elogiar el proyecto del joven. Este prosiguió:

--Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para
distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela,
al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en
el río y en el lago, carreras de caballos, levantar cucañas é instituir
otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo
que por razón de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos
artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectáculos muy hermosos
y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso
el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de música son
suficientes; así, evitamos esas riñas y enemistades, que hacen de los
pobres músicos, que vienen á alegrar nuestras fiestas con su trabajo,
unos verdaderos gallos de pelea, retirándose después mal pagados, mal
alimentados, contusos y á veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar
se puede principiar la construcción de un pequeño edificio para servir
de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos
la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer
orden, nuestros niños aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He
aquí el proyecto á la ligera: el perfeccionarlo será la obra de todos.

Un alegre murmullo se levantó en la sala: casi todos asentían á lo
dicho por el joven; sólo algunos murmuraban:

--¡Cosas nuevas! ¡cosas nuevas! En nuestra juventud...

--Aceptémoslo por ahora,--decían los otros;--humillemos á aquél.

Y señalaban al teniente mayor.

Cuando se restableció el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba
la decisión del gobernadorcillo.

Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y
por fin pudo tartamudear con los ojos bajos:

--Yo también estoy conforme... pero ¡ejem!

El tribunal le escuchaba en silencio.

--¿Pero?--preguntó Cpn. Basilio.

--¡Muy conforme!--repitió el gobernadorcillo:--es decir... no estoy
conforme... sí, pero...

Y se frotó los ojos con el dorso de la mano.

--Pero el cura,--continuó el infeliz,--el padre cura quiere otra cosa.

--¿Paga el cura la fiesta ó la pagamos nosotros? ¿Ha dado un cuarto
siquiera?--exclamó una voz penetrante.

Todos miraron hacia el sitio de donde partieron estas preguntas:
allí estaba el filósofo Tasio.

El teniente mayor estaba inmóvil con los ojos fijos, mirando al
gobernadorcillo.

--Y ¿qué quiere el cura?--preguntó Cpn. Basilio.

--Pues el padre cura quiere... seis procesiones, tres sermones,
tres grandes misas... y si sobra dinero, comedia de Tondo y canto en
los intermedios.

--¡Pues nosotros no los queremos!--dijeron los jóvenes y algunos
viejos.

--¡El padre cura lo quiere!--repitió el gobernadorcillo.--Yo he
prometido al cura que se cumpliría su voluntad.

--Entonces ¿por qué nos habéis convocado?

--Precisamente... para decíroslo.

--Y ¿por qué no lo habéis dicho desde un principio?

--Quería decirlo, señores, pero Cpn. Basilio habló y no he tenido
tiempo... ¡Hay que obedecer al cura!

--¡Hay que obedecerle!--repitieron algunos viejos.

--¡Hay que obedecer! de lo contrario el Alcalde nos encarcela á
todos,--añadieron tristemente otros viejos.

--¡Pues obedeced y haced la fiesta vosotros!--exclamaron los jóvenes
levantándose.--Nosotros retiramos nuestra contribución.

--¡Todo está cobrado ya!--dijo el gobernadorcillo.

Don Filipo se le acercó y le dijo amargamente:

--Sacrifiqué mi amor propio en favor de una buena causa; vos
sacrificásteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo
lo derribásteis.

Ibarra decía al maestro de escuela:

--¿Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto
inmediatamente.

--¿Tiene usted un negocio?

--¡Tenemos un negocio!--contestó Ibarra con misterio.

Por el camino decía el viejo filósofo á don Filipo, que maldecía
su suerte:

--¡La culpa es nuestra! ¡Vosotros no protestásteis cuando os dieron
por jefe un esclavo, y yo, loco de mí, lo he olvidado!



XXI

HISTORIA DE UNA MADRE

                                Andaba incierto--volaba errante,
                                Un solo instante--sin descansar....

                                                              (Alaejos).


Sisa corría á su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en
nuestro sér, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados
de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo
se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar á
lo lejos, corremos á ella, la perseguimos; ¡no importa si en medio
del sendero se abre un abismo!

La madre quería salvar á sus hijos; ¿cómo? Las madres no preguntan
por los medios cuando se trata de sus hijos.

Corría desalada, perseguida por los temores y los siniestros
presentimientos. ¿Habrían preso ya á su hijo Basilio? ¿A dónde ha
huido su Crispín?

Cerca de su casa distinguió los capacetes de dos soldados por encima
del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pasó en su
corazón: olvidóse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos
hombres, que no guardaban miramientos aun con los más ricos del pueblo;
¿qué iba á ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los
guardias civiles no son hombres; sólo son guardias civiles; no oyen
súplicas y están acostumbrados á ver lágrimas.

Sisa, instintivamente, levantó los ojos al cielo, y el cielo sonreía
con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente
azul. Detúvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo
su cuerpo.

Los soldados dejaban su casa y venían solos: no habían prendido más
que la gallina que Sisa engordaba. Respiró y cobró ánimo.

--¡Qué buenos son y qué buen corazón tienen!--murmuró casi llorando
de alegría.

Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad á
sus hijos, y ella los habría colmado de bendiciones.

Miró otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas,
esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su
corazón la confianza, prosiguió su camino.

Al aproximarse á aquellos hombres temibles, Sisa hacía de mirar á todas
partes como distraída y fingía no ver su gallina, que piaba pidiendo
socorro. Apenas pasó á su lado, quiso correr, pero la prudencia moderó
sus pasos.

No se había alejado mucho cuando oyó que la llamaban
imperiosamente. Estremecióse, pero hízose la desentendida y continuó
andando. Tornaron á llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra
insultante. Volvióse á pesar suyo toda pálida y temblorosa. Un guardia
civil le hacía señas con la mano.

Acercóse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror
y secándosele la garganta.

--¡Dinos la verdad ó si no te atamos á aquel árbol y te pegamos dos
tiros!--dijo uno de ellos con voz amenazadora.

La mujer miró hacia el árbol.

--¿Eres la madre de los ladrones, tú?--preguntó el otro.

--¡Madre de los ladrones!--repitió Sisa maquinalmente.

--¿Dónde está el dinero que te han traído anoche tus hijos?

--¡Ah! el dinero...

--¡No nos lo niegues, que será peor para tí!--añadió el otro.--Hemos
venido para prender á tus hijos y el mayor se nos ha escapado; ¿dónde
has escondido al menor?

Al oir esto, Sisa respiró.

--¡Señor! contestó; hace muchos días que no he visto á mi hijo Crispín:
esperaba verle esta mañana en el convento y allí solamente me dijeron
que...

Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.

--¡Bueno!--exclamó uno de ellos;--danos el dinero y te dejaremos
en paz.

--¡Señor!--suplicó la desgraciada mujer;--mis hijos no roban aunque
tengan hambre: estamos acostumbrados á padecerla. Basilio no me ha
traído ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontráis un solo
real, haced de nosotros lo que queráis. Los pobres ¡no somos todos
ladrones!

--Entonces,--repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en
los ojos de Sisa--vienes con nosotros; tus hijos ya procurarán parecer
y soltar el dinero que han robado. ¡Síguenos!

--¿Yo?... ¿seguiros?--murmuró la mujer retrocediendo y mirando con
espanto los uniformes de los soldados.

--Y ¿por qué no?

--¡Ah! ¡compadeceos de mí!--suplicó casi de rodillas.--Soy muy pobre,
no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo único que tenía me lo
habéis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo
lo que encontréis en mi choza, pero dejadme aquí en paz, ¡dejadme
aquí morir!

--¡Adelante! tienes que venir, y si no sigues á gusto te ataremos.

Sisa rompió en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.

--¡Dejadme al menos ir delante á una distancia!--suplicó cuando sintió
que la cogían brutalmente y la empujaban.

Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre sí en voz baja.

--¡Bien!--dijo uno;--como de aquí hasta que entremos en el pueblo
puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás
marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en
ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!

Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las
promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le
concedían demasiado.

Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en
verdad venía por el camino, pero y ¿el aire y la luz del día? El
verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara
con el pañuelo, y marchando á ciegas lloró en silencio sobre su
humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos,
aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada
y estimada: hasta ahora había mirado con compasión á aquellas mujeres,
vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los
soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas
en la escala de la vida.

Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los
pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres
y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados á los
costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza,
le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora,
al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y
que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban al través de su
pañuelo y asaeteaban su cara.

Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspiró. Apartó un instante
el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos
postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le
había parecido tan larga aquella distancia.

A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra
descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación
su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres;
¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le
hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó á llamar
á su puerta.

Como el sol empezaba á arder, preguntáronla los soldados si quería
descansar.

--¡Gracias!--respondió horrorizada.

Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fué al acercarse
al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno suyo: ¡vastos
arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ni un
precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintióse de
haber seguido á los soldados hasta allí; echó de menos el profundo
río que corría cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de
puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte. Pero el pensamiento de
sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró
en aquella noche, y pudo murmurar resignada:

--¡Después... después iremos á vivir en el fondo del bosque!

Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose á los guardias,
les dijo en voz baja:

--¡Ya estamos en el pueblo!

Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento; era una
plegaria, era el dolor condensado en sonido.

Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se
adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.

En aquel momento empezaron á repicar las campanas anunciando que había
terminado la misa mayor. Sisa avivó el paso para no encontrarse, si
posible era, con la gente que salía. Pero en vano; no había medio de
esquivar su encuentro.

Saludó con amarga sonrisa á dos conocidas suyas que la interrogaban con
la mirada, y en adelante, para evitarse aquellas mortificaciones, bajó
la cabeza y sólo se puso á mirar al suelo, ¡y cosa extraña! tropezaba
con las piedras del camino.

La gente se paraba un momento al verla, conversaban entre sí
siguiéndola con los ojos: todo esto lo veía, lo sentía á pesar de
tener constantemente los ojos bajos.

Oyó una voz desvergonzada de mujer que preguntaba detrás de ella
casi gritando:

--¿Dónde la habéis cogido? Y ¿el dinero?

Era una mujer, sin tapis ó túnica, con saya amarilla y verde y camisa
de gasa azul; se podía conocer por su traje que era una querida de
la soldadesca.

Sisa creyó sentir un bofetón: aquella mujer la había desnudado
delante de la multitud. Levantó un momento sus ojos para saciarse en
la burla y en el desprecio; vió á la gente lejos, muy lejos de ella,
y sin embargo sentía el frío de sus miradas y oía sus cuchicheos. La
pobre mujer andaba sin sentir el suelo.

--¡Eh, por aquí!--le gritó un guardia.

Como un autómata cuyo mecanismo se rompe, giró rápidamente sobre
sus talones. Y sin ver nada, sin pensar, corrió á esconderse; vió
una puerta con un centinela, trató de penetrar por ella, pero otra
voz, más imperiosa aún, la apartó de su camino. Con paso vacilante
buscó la dirección de aquella voz, sintió que la empujaban por las
espaldas, cerró los ojos, dió dos pasos y faltándole las fuerzas,
se dejó caer en el suelo, primero de rodillas y sentada después. Un
llanto sin lágrimas, sin gritos, sin ayes, la agitaba convulsivamente.

Aquello era el cuartel. Allí había soldados, mujeres, cerdos y
gallinas. Algunos cosían sus ropas mientras su querida estaba acostada
sobre el banco, teniendo por almohada el muslo del hombre, fumando
y mirando aburrida hacia el techo. Otras ayudaban á los hombres á
limpiar las prendas de vestir, las armas, etc., cantando á media voz
canciones lúbricas.

--¡Parece que los pollos se han escapado! ¡No traéis más que la
gallina!--dijo una mujer á los recién llegados: no se ha averiguado
si aludía á Sisa ó á la gallina que continuaba piando.

--¡Sí, siempre vale más la gallina que los pollos!--se contestó ella
misma cuando vió que los soldados se callaban.

--¿Dónde está el sargento?--preguntó en tono disgustado uno de los
guardias civiles.--¿Han dado ya parte al alférez?

Movimientos de hombros que se encogían fueron las contestaciones: nadie
se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.

Allí pasó ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en
un rincón, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreñados
y en desorden. A mediodía se enteró el alférez, y lo primero que hizo
fué no dar crédito á la acusación del cura.

--¡Bah! ¡cosas del mezquino fraile!--dijo, y ordenó que soltaran á
la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.

--¡Si quiere recobrar lo perdido,--añadió,--que lo pida á su San
Antonio ó que se queje al nuncio! ¡Despejen!

A consecuencia de esto, Sisa fué echada del cuartel, casi á empujones,
porque ella no quería moverse.

Al verse en medio de la calle echó á andar maquinalmente hacia su
casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y
la mirada fija en el lejano horizonte. El sol ardía en su zenit y no
había una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba
débilmente las hojas de los árboles, el camino estaba ya casi seco;
ni un ave se atrevía á dejar la sombra de las ramas.

Sisa llegó al fin á su casita. Entró en ella, muda, silenciosa;
la recorrió, salió, echó á andar en todas direcciones. Corrió
después á casa del viejo Tasio, llamó á la puerta, pero el viejo no
estaba allí. La infeliz volvió á su casa y empezó á llamar á gritos:
¡Basilio! ¡Crispín! deteniéndose á cada momento y aplicando el oído
con atención. El eco repetía su voz; el dulce susurro del agua en
el vecino río, la música de las hojas de las cañas eran las únicas
voces de la soledad. Volvía á llamar, subía á una altura, bajaba á un
barranco, descendía al río; sus ojos erraban con expresión siniestra,
se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, después se
obscurecían, como el cielo en una noche de tormenta: diríase que la
luz de la razón chisporroteaba y estaba próxima á apagarse.

Volvió á subir á su casita, sentóse en la estera donde se acostaran
la noche anterior, levantó los ojos y vió un jirón de la camisa de
Basilio en el extremo de una caña del dinding ó tabique, que cae
cerca del precipicio. Levantóse, cogiólo y lo examinó á la luz del
sol: el jirón tenía manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera,
pues bajó y continuó examinándolo en medio de los rayos abrasadores,
levantándolo á lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le
faltase la claridad, miró al sol frente á frente y con los ojos
desmesuradamente abiertos.

Siguió aún vagando de un lado á otro, gritando ó aullando extraños
sonidos; habría tenido miedo quien la hubiese oído: su voz tenía un
raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la
noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa
rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejército de sombras que
le persiguen, si os encontráis en un edificio arruinado y solitario,
oís ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondréis ser el roce
del viento al azotar las altas torres ó derruídos muros, pero que os
llenan de terror y hacen que os estremezcáis sin poderlo remediar;
pues bien, el acento de aquella madre era aún más lúgubre que esos
desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.

Así la sorprendió la noche. Quizás el cielo le concediera algunas
horas de sueño, durante las cuales el ala invisible de un ángel,
rozando su pálido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda á
dolores; quizás tantos sufrimientos no estarían á la medida de la débil
resistencia humana, é intervendría entonces la Madre Providencia con
su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso
que, al día siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando ó hablando
con todos los seres de la Naturaleza.



XXII

LUCES Y SOMBRAS


Han pasado tres días desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos
tres días con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego á hacer
preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.

Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del
gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jóvenes,
y no faltaba quien echase la culpa de todo á todos.

Comentaban la llegada de María Clara, acompañada de tía Isabel. Se
alegraban de ello porque la querían, y á la vez que admiraban mucho su
hermosura, se admiraban también de los cambios que sufría el carácter
del padre Salví.--«Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio;
no habla ya mucho con nosotras y se pone á ojos vistas más delgado y
taciturno», decían sus penitentes. El cocinero le veía enflaquecerse
por minutos y se quejaba del poco honor que hacía á sus platos. Pero
lo que más exaltaba la murmuración de la gente era el hecho de verse
en el convento más de dos luces durante la noche mientras el P. Salví
está de visita en una casa particular... ¡en casa de María Clara! Las
beatas se hacían cruces, pero continuaban murmurando.

Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la
provincia saludando á tía Isabel y á su sobrina, pero sin explicar la
causa de su ausencia. Muchos le creían preso por su conducta con el
P. Salví en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios
subieron de punto, cuando, á la tarde del tercer día, le vieron bajar
de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente
al religioso que también se dirigía á ella.

De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.

Si ahora vamos á la casa de María Clara, un hermoso nido entre naranjos
é ilang ilang, alcanzaremos aún á los dos jóvenes, asomados á una
ventana que da vistas al lago. Sombreábanla flores y enredaderas,
que trepaban en cañas y alambres esparciendo un ligero perfume.

Sus labios murmuran palabras, más suaves que el susurro de las hojas
y más perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el
jardín. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechándose de las
sombras del rápido crepúsculo de la tarde, asomaban por encima de las
olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol
moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas
de plantas acuáticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en
cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, más blancas
aún que la espuma misma, y que al descender completamente la noche
empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como
de arpas eólicas; dicen también... pero volvamos á nuestros jóvenes
y oigamos el final de su conversación. Ibarra decía á María Clara.

--Mañana, antes de que raye el alba, se cumplirá tu deseo. Esta noche
lo dispondré todo para que nada falte.

--Entonces escribiré á mis amigas, para que vengan. ¡Haz de modo que
no pueda seguir el cura!

--Y ¿por qué?

--Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y
sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la
palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles,
tan extrañas... me preguntó una vez si no había soñado en cartas
de mi madre; creo que está medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng,
mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come ni se
baña y vive á obscuras. ¡Haz que no venga!

--No podemos menos de no invitarle,--contesta Ibarra pensativo.--Las
costumbres del país lo requieren; está en tu casa y además se ha
portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consultó sobre el
negocio que te he hablado, sólo ha tenido alabanzas para mí y no ha
pretendido poner el más pequeño obstáculo. Pero veo que te pones seria;
descuida, que no nos podrá acompañar en la banca.

Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada
sonrisa en los labios.

--¡El viento es frío!--dijo;--cuando se coge un catarro no se le
suelta hasta que venga el calor. ¿No temen ustedes resfriarse?

Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigían al lejano horizonte;
no miraba á los jóvenes.

--¡Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento
delicioso!--contestó Ibarra.--En estos meses tenemos nuestro otoño
y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.

El fraile suspiró.

--Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que
intervenga el frío invierno,--continuó Ibarra.--En Febrero brotarán
las yemas en las ramas de los árboles frutales, y en Marzo tendremos
ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos
á otra parte.

Fray Salví se sonrió. Empezaron á hablar de cosas indiferentes, del
tiempo, del pueblo, de la fiesta; María Clara buscó un pretexto y
se alejó.

--Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite á la
que celebraremos mañana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos
damos nuestros amigos y nosotros.

--Y ¿en donde se hará?

--Las jóvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque,
cerca del balitî: por eso nos levantaremos temprano para que no nos
alcance el sol.

El religioso reflexionó; un momento después, contestó:

--La invitación es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le
guardo rencor. Pero tendré que ir más tarde después que haya cumplido
con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!

Minutos después, Ibarra se despedía para cuidar de la fiesta del día
siguiente.--Era ya noche oscura.

En la calle se le acercó uno que le saludó reverentemente.

--¿Quién sois?--preguntóle Ibarra.

--No conocéis, señor, mi nombre,--contestó el desconocido.--Os he
estado esperando dos días.

--Y ¿por qué?

--¡Porque en ninguna parte se han apiadado de mí, porque dicen que
soy un bandido, señor! ¡Pero he perdido mis hijos, mi mujer está loca
y todos dicen que merezco mi suerte!

Ibarra examinó rápidamente al hombre y preguntó:

--¿Qué queréis ahora?

--¡Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!

--No puedo detenerme,--contestó Ibarra.--Si queréis seguirme, caminando
me podréis contar lo que os ha sucedido.

El hombre dió las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas
de las mal alumbradas calles.



XXIII

LA PESCA


Todavía brillaban las estrellas en la bóveda de zafiro, y las aves
dormitaban aún en las ramas, cuando una alegre comitiva recorría ya
las calles del pueblo dirigiéndose al lago, á la alegre luz de las
antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos ó
de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que
llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones,
platos, etc. Al ver los semblantes en que ríe la juventud y brillan
las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y
negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaríamos
por divinidades de la noche huyendo del día, si no supiésemos que
son María Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la
severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza
modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, reían, se pellizcaban, se hablaban al oído
y después prorrumpían en carcajadas.

--¡Vais á despertar á la gente que aún está durmiendo!--les reprendía
la tía Isabel;--cuando éramos jóvenes no alborotábamos tanto.

--¡Tampoco madrugarían ustedes como nosotras, ni serían los viejos
tan dormilones!--contestaba la pequeña Sinang.

Callábanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se
olvidaban, reían y llenaban la calle con sus juveniles y frescos
acentos.

--¡Hazte la resentida; no le hables!--decía Sinang á María
Clara:--¡ríñele para que no se acostumbre mal!

--No seas tan exigente,--decía Iday.

--¡Sé exigente, no seas tonta! ¡El novio debe obedecer mientras
es novio, que después cuando es marido hace lo que le da la
gana!--aconsejaba la pequeña Sinang.

--¿Qué entiendes tú de eso, niña?--le corregía su prima Victoria.

--¡Pst, silencio, que vienen!

En efecto, venía un grupo de jóvenes alumbrándose con grandes antorchas
de caña. Marchaban bastante serios al són de una guitarra.

--¡Parece guitarra de mendigo!--dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que
guardaban un continente serio y formal como si aún no hubiesen
aprendido á reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban,
sonreían y hacían seis preguntas para obtener media contestación.

--¿Está el lago tranquilo? ¿Creéis que vamos á tener buen
tiempo?--preguntaban las madres.

--No os inquietéis, señoras; yo sé nadar bien,--contestaba un joven
flaco, alto y delgado.

--¡Debíamos antes haber oído misa!--suspiraba tía Isabel juntando
las manos.

--Aún es tiempo, señora; Albino, que ha sido seminarista, la puede
decir en la banca,--contestó otro señalando al joven flaco y alto.

Este, que tenía una fisonomía de socarrón, al oir que le aludían,
adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salví.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría
de sus compañeros.

Al llegar á la playa, escapáronse involuntariamente de los labios
de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes
bancas, unidas entre sí, pintorescamente adornadas con guirnaldas de
flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos
de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas
y claveles, frutas, como piñas, kasuy, plátanos, guayabas y lanzones
[83], etc. Ibarra había traído sus alfombras, tapices y cojines, y
formado con ellos cómodos asientos para las mujeres. Los tikines [84]
y los remos tenían también sus adornos. En la banca mejor adornada
había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la
otra ardía el fuego en kalanes [85] de barro; preparábase té, café
y salabat [86] para el desayuno.

--¡Aquí las mujeres, allí los hombres!--decían las madres al
embarcarse.--¡Estaos quietas! No moverse mucho que vamos á naufragar.

--¡Hacer antes la señal de la cruz!--decía tía Isabel persignándose.

--Y ¿estaremos aquí tan solas?--preguntaba Sinang haciendo un
mohín;--¿nosotras solamente?... ¡aray!

Este ¡aray! lo causaba un pellizco que á tiempo le propinó su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz
de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el
Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.

Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separación establecida
por las madres, parecía dedicarse á la meditación.

--¡Ten cuidado!--dijo en voz alta Albino, el seminarista, á otro
joven;--pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

--¿Qué es?

--Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

--¡Ay, que nos hundimos!--gritaron las mujeres espantadas.

--¡No tengáis cuidado, señoras!--les afirmó el seminarista.--Esa
banca está segura: no tiene más que cinco agujeros y no muy grandes.

--¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Es que queréis ahogarnos?--exclamaron
las mujeres horrorizadas.

--¡Nada más que cinco, señoras, y así de grandes!--aseguraba el
seminarista enseñándoles la pequeña circunferencia formada por sus
dedos índice y pulgar.--Pisad bien las estopas para que no salten.

--¡Dios mío! ¡María Santísima! ¡Ya entra agua!--gritó una vieja que
sentía mojarse.

Hubo un pequeño tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.

--¡Pisad bien las estopas, allí!--continuaba Albino, señalando hacia
el sitio donde estaban las jóvenes.

--¿Dónde? ¿Dónde? ¡Dios! ¡No lo sabemos! ¡Por piedad, venid que no
lo sabemos!--imploraron las temerosas mujeres.

Fué menester que cinco jóvenes pasasen á la otra banca para
tranquilizar á las aterradas madres. ¡Casualidad rara! parecía que
al lado de cada una de las dalagas había un peligro: las viejas no
tenían juntas ni un agujero comprometido. Y ¡más extraño aún! Ibarra
estaba sentado al lado de María Clara, Albino al de Victoria, etc. La
tranquilidad volvió á reinar en el círculo de las cuidadosas madres,
pero no en el de las jóvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no
lejos, y era aún muy temprano, se decidió que se dejasen los remos y
todo el mundo se desayunase. Apagáronse los faroles, pues la aurora
iluminaba ya el espacio.

--¡No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la
mañana antes de ir á misa!--decía capitana Ticá, la madre de la alegre
Sinang;--tomad salabat con poto [87], Albino, y veréis que hasta os
dará ganas de rezar.

--Es lo que hago,--contestó éste:--pienso confesarme.

--¡No!--decía Sinang,--tomad café, que da ideas alegres.

--Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

--¡No hagáis eso!--le advertía la tía Isabel;--tomad té con galletas;
dicen que el té tranquiliza el pensamiento.

--¡También tomaré té con galletas!--contestaba el complaciente
seminarista;--por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.

--Pero ¿podéis?...--pregunta Victoria.

--¿Tomar también chocolate? ¡Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no
tarde mucho...

La mañana era hermosa: las aguas comenzaban á brillar, y de la luz
directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una
claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una
claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en
algunas marinas.

Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba
á despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y
advertencias, reían y bromeaban entre sí.

--¿Te acuerdas?--decía una á capitana Ticá,--te acuerdas de cuando
nos bañábamos en el río, cuando aún éramos solteras? Descendían á
lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de plátano,
con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba
una banderita en donde leíamos nuestros nombres...

--Y ¿cuando volvíamos á casa?--añadía otra sin dejar concluir á la
primera;--encontrábamos los puentes de caña destrozados y entonces
teníamos que vadear los arroyos... ¡los pícaros!

--¡Sí!--decía capitana Ticá,--pero yo prefería mojar los bordes de
mi falda antes que descubrir el pie: sabía que en los matorrales de
la orilla había ojos que observaban.

Las jóvenes que oían estas cosas se miraban y sonreían; las demás
tenían sus propias conversaciones y no hacían caso.

Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso
y ajeno á toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de
una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo
dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados,
caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura,
dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que
contribuían con sus nervudos y desnudos brazos á manejar, como una
pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar
las dos bancas.

María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él
entonces volvía rápidamente la vista á otra parte y miraba á lo lejos,
al monte, á la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo
unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa,
pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dió las
gracias brevemente y en voz apenas perceptible.

Y nadie volvió á acordarse más de él. Las alegres risas y las
ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro;
no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la
obligaban á fruncir las cejas un instante para volver otra vez á su
alegría como antes.

Concluído el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales
de pesca.

Estos eran dos, colocados á cierta distancia uno del otro: ambos
pertenecían á capitán Tiago. Desde lejos veíanse algunas garzas posadas
sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa,
mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay ó calao
volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie
del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

María Clara siguió con la vista á las garzas que, al aproximarse las
bancas, echáronse á volar en dirección al vecino monte.

--¿Anidan esas aves en el monte?--preguntó la joven al piloto, acaso
más que para saberlo para hacerle hablar.

--Probablemente, señora,--contestó;--pero nadie hasta ahora ha visto
sus nidos.

--¿No tienen nido esas aves?

--Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario serían muy
desgraciadas.

María Clara no notó el acento de la tristeza con que pronunció el
piloto estas palabras.

--¿Entonces?...

--Dicen, señora,--contestó el joven,--que los nidos de esas aves son
invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga
en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de
los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos
nidos se dejan contemplar.

María Clara se puso pensativa.

Entretanto habían llegado al baklad [88]: el viejo banquero ató las
embarcaciones á una caña.

--¡Espera!--dijo tía Isabel al hijo del viejo, que se preparaba á
subir provisto de su panalok, ó sea la caña con la bolsa de red;--es
menester que esté dispuesto el sinigang para que los peces pasen del
agua al caldo.

--¡Buena tía Isabel!--exclamó el seminarista;--no quiere que el pez
pueda echar de menos ni un momento el agua.

Andeng, la hermana de leche de María Clara, á pesar de su cara
limpia y alegre, tenía fama de buena cocinera. Preparó agua de arroz,
tomates y camias, ayudándola ó estorbándola algunos, que acaso querían
merecer sus simpatías. Las jóvenes limpiaban los cogollos de calabaza,
los guisantes, y cortaban los paayab [89] en cortos pedazos, largos
como cigarrillos.

Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cómo saldrían
los peces de su cárcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogió el
arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tenía
además muy hermosos dedos.

La juventud batió las palmas, María Clara le dió un beso; el arpa es
el instrumento que más se toca en aquella provincia y era el propio
de aquellos momentos.

--¡Canta, Victoria, la canción del matrimonio!--pidieron las madres.

Los hombres protestaron y Victoria, que tenía buena voz, se quejó de
ronquera. «La canción del matrimonio» es una hermosa elegía tagala
en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado,
sin mentar ninguna de sus alegrías.

Entonces pidieron que cantase María Clara.

--Todas mis canciones son tristes.

--¡No importa, no importa!--dijeron todas.

No se hizo de rogar, cogió el arpa, tocó un preludio y cantó con voz
vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.


              ¡Dulces las horas en la propia patria
            Donde es amigo cuanto alumbra el sol,
            Vida es la brisa que en sus campos vuela,
            Grata la muerte y más tierno el amor!

              Ardientes besos en los labios juegan,
            De una madre en el seno al despertar,
            Buscan los brazos á ceñir el cuello,
            Y los ojos sonriendo al mirar.

              Dulce es la muerte por la propia patria,
            Donde es amigo cuanto alumbra el sol:
            ¡Muerte es la brisa para quien no tiene
            Una patria, una madre y un amor!


Extinguióse la voz, cesó el canto, enmudeció el arpa y aún seguían
escuchando: ninguno aplaudió. Las jóvenes sentían sus ojos llenarse
de lágrimas. Ibarra parecía contrariado y el joven piloto miraba
inmóvil á lo lejos.

De repente se oyó un atronador estruendo: las mujeres soltaron un
grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que
soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao,
llamado tambulî. La risa y la animación volvieron; los ojos, llenos
de lágrimas, brillaron alegremente.

--Pero ¿es que nos vas á volver sordas, hereje?--le gritó tía Isabel.

--Señora,--contesta el exseminarista solemnemente;--he oído hablar
de un pobre trompetero, allá en las orillas del Rhin, que por tocar
la trompeta se casó con una noble y rica doncella.

--Cierto, el trompetero de Säckingen,--añadió Ibarra, no pudiendo
menos de tomar parte en la nueva animación.

--¿Lo oís?--continúa Albino;--pues yo quiero ver si tengo la misma
suerte.

Y volvió á soplar aún con más bríos en el resonante cuerno, acercando
particularmente la trompa á los oídos de las jóvenes que más tristes
se habían puesto. Naturalmente, hubo un pequeño alboroto; las madres
le hicieron callar á fuerza de chinelazos y pellizcos.

--¡Aray! ¡aray!--decía palpándose los brazos.--¡La distancia que
separa Filipinas de las orillas del Rhin! ¡Oh tempora! ¡oh mores! ¡A
unos les dan encomiendas y á otros sambenitos!

Ya todas reían, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de
los alegres ojos, decía en voz baja á María Clara:

--¡Feliz tú! ¡Ay, yo también cantaría si pudiese!

Andeng anunció al fin que el caldo estaba ya dispuesto á recibir á
sus huéspedes.

El jovencito, el hijo del pescador, subió entonces sobre el encerradero
ó bolsa del corral, colocado en el extremo más estrecho de éste,
donde se podría escribir el Lasciati ogni speranza voi ch'entrate,
si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo:
pez que entraba allí no salía sino para morir. Es un espacio casi
circular de un metro de diámetro próximamente, dispuesto de manera
que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde
allí retirar los peces con la redecilla.

--¡Allí sí que no me aburriría el pescar con caña!--decía Sinang
estremeciéndose de placer.

Todos estaban atentos: ya algunos creían ver los peces colear y
agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin
embargo, al introducirla el joven, no saltó pez alguno.

--Debe estar lleno,--decía Albino en voz baja;--hace más de cinco
días que no se ha visitado.

El pescador retiró la caña... ¡ay! ni un pececito adornaba la red;
el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, parecía
reir con risa argentina. Un ¡ah! de admiración, de disgusto, de
desengaño se escapó de los labios de todos.

El joven repitió la misma operación, y el mismo resultado.

--¡No entiendes tu oficio!--le dijo Albino trepando al encerradero
y arrancando la red de las manos del joven.

--¡Ahora veréis! ¡Andeng, abre la olla!

Pero Albino tampoco lo entendía y siguió vacía la red. Todos se
echaron á reir.

--¡No hagáis ruido, que os oyen los peces y no se dejan
coger!--dijo.--Esta red debe estar rota.

Pero la red tenía íntegras todas sus mallas.

--Déjame á mí,--díjole León, el novio de Iday.

Este se aseguró bien del estado del cerco, examinó la red y,
satisfecho, preguntó:

--¿Estáis seguros de que no se ha visitado desde hace cinco días?

--¡Segurísimos! La última vez fué la vigilia de Todos los Santos.

--Pues entonces, ó el lago está encantado ó yo saco algo.

León introdujo la caña en el agua, pero el asombro se pintó en su
semblante. Silencioso miró un momento al vecino monte y siguió paseando
la caña dentro del agua: después, sin retirarla, murmuró en voz baja:

--Un caimán.

--¡Un caimán!--repitieron.

La palabra corrió de boca en boca en medio del espanto y de la
estupefacción general.

--¿Qué decís?--le preguntaron.

--Digo que hay un caimán cogido,--afirmó León, é introduciendo el
mango de la caña en el agua, continuó:

--¿Oís ese sonido? eso no es la arena, es la dura piel, la espalda
del caimán. ¿Veis como se mueven las cañas? es él que forcejea, pero
está arrollado sobre sí mismo; esperad... es grande; su cuerpo mide
casi un palmo ó más de ancho.

--¿Qué hacer?--fué la pregunta.

--¡Cogerlo!--dijo una voz.

--¡Jesús! ¿y quién lo coge?

Nadie se atrevía á descender al abismo. El agua era profunda.

--¡Debíamos atarle á nuestra banca y arrastrarle en triunfo!--dijo
Sinang;--¡comerse los peces que debíamos comer!

--¡No he visto hasta ahora un caimán vivo!--murmuró María Clara.

El piloto se levantó, cogió una larga cuerda y subió ágilmente á la
especie de plataforma. León le cedió el sitio.

Excepto María Clara, nadie hasta entonces se había fijado en él:
ahora admiraban todos su esbelta estatura.

Con gran sorpresa y á pesar de los gritos de todos, el piloto saltó
dentro del encerradero.

--¡Llevaos este cuchillo!--le gritó Crisóstomo sacando una ancha
hoja toledana.

Pero ya el agua subía en forma de mil surtidores y el abismo se
cerró misterioso.

--¡Jesús, María y José!--exclamaban las mujeres.--Vamos á tener una
desgracia! ¡Jesús, María y José!

--No tengáis cuidado, señoras,--les decía el viejo banquero;--si hay
en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.

--¿Cómo se llama ese hombre?--preguntaron.

--Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; sólo que
no ama el oficio.

El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se
trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenían la
respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo
cuchillo.

La lucha pareció terminarse. Asomóse por encima la cabeza del joven,
que fué saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban
llenos de lágrimas.

El piloto trepó llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una
vez en la plataforma tiró de ella.

El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por
el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya
lo había anunciado León, pintado, y sobre sus espaldas crecía verde
musgo, que es á los caimanes lo que las canas á los hombres. Mugía
como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba
á ellas, y abría las negras y tremendas fauces, descubriendo sus
largos colmillos.

El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.

Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima,
con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el
hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un nuevo esfuerzo, arqueó el
cuerpo, batió el suelo con la potente cola, y, escapándose, se lanzó de
un salto al lago, fuera del corral, arrastrando á su domador. El piloto
era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos.

Rápido como el rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo
de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó, porque las filipinas
no saben aún desmayarse.

Vieron las olas colorearse, teñirse en sangre. El joven pescador
saltó al abismo con su bolo [90] en la mano, su padre le siguió:
pero apenas desaparecían, cuando vieron á Crisóstomo y al piloto
reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco
vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.

Imposible es describir la alegría de los circunstantes: mil brazos
se tendieron para sacar á los jóvenes del agua. Las viejas estaban
medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había
hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La
única que no podía hablar era María Clara.

Ibarra estaba ileso, el piloto tenía en el brazo un ligero rasguño.

--¡Os debo la vida!--dijo á Ibarra, que se envolvía en mantas de lana
y tapices.

La voz del piloto parecía revelar cierta pena.

--Sois demasiado intrépido,--contestóle Ibarra;--otra vez no tentaréis
á Dios.

--¡Si me hubieses seguido, si hubiésemos muerto,--contestó el joven
completando su pensamiento,--en el fondo del lago, habría yo estado
en familia!

Ibarra no se acordaba de que allí yacían los restos de su padre.

Las viejas ya no querían ir al otro baklad, sino retirarse, alegando
que el día había comenzado mal y podrían sobrevenir muchas desgracias.

--¡Todo es porque no hemos oído misa!--suspiraba una.

--Pero ¿qué desgracia hemos tenido, señoras?--preguntaba Ibarra.--¡El
caimán sí que es desgraciado!

--Lo cual prueba--concluyó el exseminarista--que en toda su pecadora
vida jamás ha oído misa este reptil. Nunca le he visto entre los
numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.

Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fué menester
que Andeng preparase otro sinigang.

El día adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban
en torno del caimán, levantando «montes de espuma do tersa brilla,
rica en colores, la luz solar», que dice el poeta Paterno.

La música volvió á resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los
acordeones y guitarras con mayor ó menor afinación, pero el que
mejor lo hacía era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada
y perdía el compás á cada instante, ó se olvidaba á lo mejor y se
pasaba á otra sonata enteramente distinta.

El otro corral fué visitado con desconfianza. Muchos esperaban
encontrar allí la hembra del caimán; pero la naturaleza es burlona,
y salía siempre llena la red.



Tía Isable mandaba:

--El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el biâ para el escabeche,
el dalay y el buan-buan para pesâ: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos
en la red para que continúen en el agua. ¡Las langostas á la sarten! El
bânak es para asado, envuelta en hojas de plátano y relleno de tomates.

--Dejad los demas para que sirvan de reclamo: no es bueno vaciar el
baklad completament añadía.



Entonces trataron de abordar á la orilla, en aquel bosque de
árboles seculares perteneciente á Ibarra. Allí, á la sombra y junto
al cristalino arroyo, almorzarían entre las flores ó debajo de
improvisadas tiendas.

La música resonaba en el espacio; el humo de los kalanes se levantaba
alegre en forma de tenues torbellinos; el agua cantaba dentro de la
ardiente vasija, acaso palabras de consuelo para los peces muertos,
acaso palabras de sarcasmo y burla; el cadáver del caimán daba vueltas,
presentaba ya el blanco y destrozado vientre, ya la pintada y verdosa
espalda, y el hombre, favorito de la naturaleza, no se inquietaba
por tantos fratricidios, que dirían los bramines ó los vegetarianos.



XXIV

EN EL BOSQUE


Temprano, muy temprano había dicho su misa el padre Salví y limpiado en
pocos minutos una docena de almas sucias, lo cual no era su costumbre.

Después, con la lectura de unas cartas que llegaron bien selladas y
lacradas, perdió el digno cura su apetito y dejó que el chocolate se
enfriara completamente.

--El padre se pone enfermo,--decía el cocinero mientras preparaba
otra taza;--hace días que no come: de los seis platos que le pongo
en la mesa, no toca dos.

--Es que duerme mal,--contesta el otro criado;--tiene pesadillas desde
que cambió de alcoba. Sus ojos se hunden cada vez más, enflaquece de
día en día, y está muy amarillo.

En efecto, da lástima ver al padre Salví. Ni ha querido tocar la
segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Cebú: paséase
pensativo por la espaciosa sala, arrugando entre sus huesudas manos
unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche,
se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el
fatídico árbol, y en cuyas cercanías se celebra la partida campestre.

Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se internó
solo en el bosque.

Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce
á un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de
las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres,
muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin
duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de
todos tamaños y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas,
brillantes, pavonadas, llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y
de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados
de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra
que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la
podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos
que turban el silencio de aquel misterioso paraje.

Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los
espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle,
las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar á
cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente:
alegres carcajadas y frescas voces llegaron á sus oídos, y las
carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.

--Voy á ver si encuentro un nido,--decía una hermosa y dulce voz
que el cura conocía:--quisiera verle sin que él me viese, quisiera
seguirle á todas partes.

El padre Salví ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose
á escuchar.

--¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura,
que te vigila en todas partes?--contestó una alegre voz.--¡Ten cuidado
que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!

--¡No, no son celos, es pura curiosidad!--replicaba la voz argentina,
mientras la alegre repetía: «¡Sí, celos, celos!» y reía á carcajadas.

--Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible á mí, le haría á
él para que nadie le pudiese ver.

--Pero tú tampoco le verías, y eso no está bien. Lo mejor es que si
encontramos el nido, se lo regalemos al cura: así puede vigilarnos
á nosotras sin que tengamos necesidad de verle, ¿no te parece?

--Yo no creo en los nidos de las garzas,--contestaba otra voz;--pero
si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...

--Y ¿cómo? ¿cómo? ¿Acaso como sor Escucha?

Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.

--¡Ya sabes cómo se la engaña á sor Escucha!

El padre Salví vió desde su escondite á María Clara, á Victoria y á
Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo
de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas
hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas
de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera
suelta y los brazos desnudos, y cubría el busto una camisa de anchas
rayas y alegres colores. Las tres jóvenes, á la vez que buscaban un
imposible, recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.

El Acteón religioso contemplaba pálido é inmóvil á aquella púdica
Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras órbitas, no se cansaban
de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello
elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies,
que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sér extrañas
sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas á su ardiente cerebro.

Tras un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales,
desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles
alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el padre Salví
de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose
inmóvil, dudoso; dió algunos pasos como si tratase de seguir á las
jóvenes, pero volvió y, andando por la orilla, trató de buscar el
resto de la comitiva.

A alguna distancia de allí vió en medio del arroyo una especie de
baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de
él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma,
flores y banderolas.--Más allá vió un puente de caña y á lo lejos á
los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas
bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar
gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá, en la orilla opuesta,
en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres
bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles
seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban
el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor,
el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta
capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto
don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: «Discutimos
un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos.» Y el célebre
orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación,
enviando tres pavos y poniendo sus criados á la disposicion del joven.

El cura fué recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por
el alférez.

--Pero ¿de dónde viene vuestra reverencia?--preguntóle éste al ver
su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de
ramas secas.--¿Se ha caído vuestra reverencia?

--No, me he extraviado!--contestó el padre Salví, bajando los ojos
para examinar su traje.

Se abrían frascos de limonadas, se partían cocos verdes para que los
que salían del baño bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne,
más blanca que la leche; las jóvenes recibían además un rosario de
sampagas, entremezcladas de rosas é ilang-ilang, que perfumaban
la suelta cabellera. Sentábanse ó recostábanse en las hamacas,
suspendidas de las ramas, ó se entretenían jugando alrededor de una
ancha piedra, sobre la cual se veían naipes, tableros, libritos,
sigüeyes y pedrezuelas.

Enseñáronle al cura el caimán, pero al parecer estaba distraído y sólo
prestó atención cuando le dijeron que aquella ancha herida la había
hecho Ibarra. Por lo demás no era posible ver al célebre y desconocido
piloto; había desaparecido ya antes de la llegada del alférez.

Al fin salió María Clara del baño, acompañada de sus amigas,
fresca como una rosa en su primera mañana cuando brilla el rocío,
con chispas de diamante, en los divinos pétalos. Su primera sonrisa
fué para Crisóstomo, y la primera nube de su frente para el padre
Salví. Este lo notó y no suspiró.

Llegó la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alférez, el
gobernadorcillo y algunos capitanes más con el teniente mayor,
sentáronse en una mesa que presidía Ibarra. Las madres no permitieron
que ningún hombre comiese en la mesa de las jóvenes.

--Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,--dijo
León al exseminarista.

--¿Qué? ¿Qué es eso?--preguntaron las viejas.

--Las bancas, señoras, estaban tan enteras como este plato,--aclaró
León.

--¡Jesús!--exclamó tía Isabel sonriendo.

--¿Sabe usted algo ya, señor alférez, del criminal que maltrató al
padre Dámaso?--preguntaba fray Salví en la comida á aquel.

--¿De qué criminal, padre cura?--preguntó el alférez, mirando al
fraile al través del vaso de vino que vaciaba.

--¿De quién ha de ser? ¡Del que anteayer tarde golpeó al padre Dámaso
en el camino!

--¿Golpeó al padre Dámaso?--preguntaron varias voces.

El coadjutor pareció sonreir.

--¡Sí, y el padre Dámaso está ahora en cama! Se cree sea el mismo
Elías que le arrojó á usted en el charco, señor alférez.

El alférez se puso colorado de vergüenza ó de vino.

--Pues yo creía--continuó el padre Salví con cierta burla--que estaba
usted enterado del asunto ... que el alférez de la guardia civil...

Mordióse el militar los labios y balbuceó una tonta excusa.

En esto, apareció una mujer pálida, flaca, vestida miserablemente;
nadie la había visto venir, pues iba silenciosa y hacía tan poco
ruido que de noche se la habría tomado por un fantasma.

--¡Dad de comer á esa pobre mujer!--decían las viejas:--¡oy! ¡venid
aquí!

Pero ella continuó su camino y se acercó á la mesa donde estaba el
cura: éste volvió la cara, la reconoció y se le cayó el cuchillo de
la mano.

--¡Dad de comer á esta mujer!--ordenó Ibarra.

--¡La noche es obscura y desaparecen los niños!--murmuraba la mendiga.

Pero, á la vista del alférez que le dirigió la palabra, la mujer se
espantó y echó á correr desapareciendo por entre los árboles.

--¿Quién es ésa?--preguntó.

--¡Una infeliz que se ha vuelto loca á fuerza de sustos y
dolores!--contestó don Filipo;--hace cuatro días que está así.

--¿Es acaso una tal Sisa?--preguntó con interés Ibarra.

--La han preso sus soldados de usted,--continuó con cierta amargura
el teniente mayor;--la han conducido por todo el pueblo por no sé
qué cosas de sus hijos que ... no se han podido aclarar.

--¿Cómo?--preguntó el alférez volviéndose al cura:--¿es acaso la
madre de sus dos sacristanes?

El cura afirmó con la cabeza.

--¡Que han desaparecido sin averiguarse nada de ellos!--añadió
severamente don Filipo, mirando al gobernadorcillo que bajó los ojos.

--¡Buscad á esa mujer!--mandó Crisóstomo á los criados.--He prometido
trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...

--¿Que han desaparecido dicen ustedes?--preguntó el alférez.--¿Sus
sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?

Este apuró el vaso de vino que tenía delante é hizo señas con la
cabeza de que sí.

--¡Caramba, padre cura!--exclama el alférez con risa burlona, y alegre
con el pensamiento de una revancha;--desaparecen algunos pesos de
V. R. y se me despierta á mi sargento muy temprano para que los haga
buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted,
señor capitán... Verdad es también que usted...

Y no concluyó su frase, sino que se echó á reir hundiendo su cuchara
en la roja carne de una papaya silvestre.

El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contestó:

--Es que yo tengo que responder del dinero...

--¡Buena respuesta, reverendo pastor de almas!--interrumpió el alférez
con la boca llena.--¡Buena respuesta santo varón!

Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salví, haciendo un esfuerzo
sobre sí mismo, repuso con una sonrisa forzada:

--Y ¿sabe usted, señor alférez, qué se dice de la desaparición de
esos chicos? ¿No? ¡Pues pregúntelo usted á sus soldados!

--¿Cómo?--exclama aquél, perdiendo la alegría.

--¡Dícese que en la noche de la desaparición han sonado varios tiros!

--¿Varios tiros?--repitió el alférez mirando á los presentes.

Estos hicieron un movimiento de cabeza afirmativo.

El padre Salví repuso entonces lentamente y con cruel burla:

--Vamos, veo que usted ni coge á los criminales ni sabe lo que hacen
los de su casa, y quiere meterse á predicador y enseñar á los otros su
deber. Usted debe saber el refrán de «Más sabe el loco en su casa...»

--¡Señores!--interrumpe Crisóstomo, viendo que el alférez se ponía
pálido;--á propósito de esto quisiera saber qué dicen ustedes de
un proyecto mío. Pienso confiar esa loca á los cuidados de un buen
médico, y en el entretanto con el auxilio y los consejos de ustedes,
buscar á sus hijos.

La vuelta de los criados que no habían podido encontrar á la loca,
acabó de pacificar á los dos enemigos, llevando la conversación á
otro asunto.

Terminada la comida, y mientras se servía el té y el café,
distribuyéronse jóvenes y viejos en varios grupos. Unos cogieron los
tableros, otros los naipes, pero las jovencitas, curiosas de saber
el porvenir, prefirieron hacer preguntas á la Rueda de la Fortuna.

--¡Venga usted, señor Ibarra!--gritaba capitán Basilio que estaba un
poco alegre.--Tenemos un pleito de hace quince años, y no hay juez en
la Audiencia que lo falle: vamos á ver si lo terminamos en el tablero.

--¡Al instante y con mucho gusto!--contestó el joven.--Un momento,
que el alférez se despide.

Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendían el ajedrez
se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y
atraía hasta á los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al
cura para conversar con él sobre asuntos espirituales, pero fray
Salví no juzgaría apropiado el sitio ni la ocasión, pues daba vagas
contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban
en todas partes, menos en sus interlocutoras.

Comenzó la partida con mucha solemnidad.

--Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,--decía Ibarra.

A la mitad del juego, Ibarra recibió un parte telegráfico que le hizo
brillar los ojos y ponerse pálido. Intacto lo guardó en su cartera,
no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba
entre risas y gritos preguntando al Destino.

--¡Jaque al rey!--dijo el joven.

Capitán Basilio no tuvo más remedio que esconderle detrás de la reina.

--¡Jaque á la reina!--volvió á decir amenazándola con su torre,
que resultaba defendida por un peón.

No pudiendo cubrir á la reina ni retirarla á causa del rey que estaba
detrás, capitán Basilio pidió tiempo para reflexionar.

--¡Con mucho gusto!--contestó Ibarra;--tenía precisamente algo que
decir ahora mismo á algunos en aquella reunión.

Y se levantó, concediendo á su contrario un cuarto de hora.

Iday tenía el disco de cartón en que estaban escritas cuarenta y ocho
preguntas, Albino el libro de las respuestas.

--¡Mentira! ¡no es verdad! ¡mentira!--gritaba medio llorosa Sinang.

--¿Qué te pasa?--preguntóle María Clara.

--Figúrate, pregunto yo: «¿Cuándo tendré juicio?» echo los dados,
y ése, ese cura trasnochado lee en el libro: «¡Cuando la rana críe
pelo!» ¿Te parece?

Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que continúa riendo.

--¿Quién te manda hacer esa pregunta?--le dice su prima Victoria.--¡El
hacerla basta para merecer tales contestaciones!

--¡Preguntad!--le dijeron á Ibarra presentándole la rueda.--Hemos
decidido que quien obtuviese la mejor contestación recibiría un regalo
de los demás. Todos hemos preguntado ya.

--Y ¿quién ha obtenido la mejor?

--¡María Clara, María Clara!--contestó Sinang.--Le hicimos preguntar
quieras ó no quieras: «¿Es su cariño fiel y constante?» y el libro
contestó...

Pero María Clara, toda encarnada, le tapó la boca con sus manos,
y no la dejó continuar.

--¡Entonces, dadme la rueda!--dijo Crisóstomo sonriendo.

--Pregunto: «¿Si saldré bien en mi actual empresa?»

--¡Vaya una fea pregunta!--exclamó Sinang.

Ibarra echó los dados, y con arreglo á su número buscaron la página
y el renglón.

--«¡Los sueños sueños son!»--leyó Albino.

Ibarra sacó el parte telegráfico y lo abrió temblando:

--¡Esta vez, vuestro libro ha mentido!--exclamó lleno de
alegría.--¡Leed!

«Proyecto escuela aprobado, otro sentenciado á su favor.»

--¿Qué significa esto?--le preguntaron.

--¿No decíais que hay que regalar algo á la que mejor contestación
obtenga?--preguntó con voz temblorosa de emoción mientras partía
cuidadosamente el papel en dos pedazos.

--¡Sí! ¡Sí!

--Pues bien, este es mi regalo,--dijo entregando á María Clara la
mitad;--en el pueblo he de levantar una escuela para niños y niñas;
esta escuela será mi regalo.

--Y ese otro pedazo ¿qué quiere decir?

--Esto se lo regalaré á quien haya obtenido la peor respuesta.

--¡Pues yo! ¡entonces á mí!--gritó Sinang.

Ibarra le dió el papel y se alejó rápidamente.

--Y esto ¿qué quiere decir?

Pero el feliz joven ya estaba lejos y volvía á proseguir su partida
de ajedrez.

Fray Salví se acercó como distraído al alegre círculo de los
jóvenes. María Clara se secaba una lágrima de alegría.

Cesó entonces la risa y enmudeció la conversación. El cura miraba
á los jóvenes sin acertar á decir una sola palabra; éstos esperaban
que él hablase y guardaban silencio.

--¿Qué es esto?--pudo al fin preguntar cogiendo el librito y medio
hojeándolo.

--«La rueda de la Fortuna,» un libro de juego,--contestó León.

--¿No sabéis que es un pecado creer en estas cosas?--dijo, y rasgó
con ira las hojas.

Gritos de sorpresa y disgusto se escaparon de todos los labios.

--¡Mayor pecado es disponer de lo que no es suyo contra la voluntad
del dueño!--replicó Albino levantándose.--Padre cura, eso se llama
robar, y Dios y los hombres lo prohiben.

María Clara juntó las manos y miró con ojos llorosos los restos de
aquel libro que hace poco la había hecho tan feliz.

Fray Salví, contra lo que esperaban los presentes, no le replicó
á Albino: quedóse viendo cómo revoloteaban las desgarradas hojas,
yendo á parar algunas en el bosque, otras en el agua; después se
alejó tambaleando con las dos manos sobre la cabeza. Detúvose algunos
segundos hablando con Ibarra, que le acompañó hasta uno de los coches,
dispuestos para llevar ó conducir á los invitados.

--¡Hace bien en marcharse ese espanta-alegrías!--murmuraba
Sinang.--Tiene una cara que parece decir: «No te rías, que conozco
tus pecados.»

Después del regalo que había hecho á su prometida, Ibarra estaba
tan contento, que empezó á jugar sin reflexionar ni entretenerse
examinando con cuidado el estado de las piezas.

De esto resultó que, aunque capitán Basilio se defendía ya sólo á
duras penas, la partida llegó á igualarse, gracias á muchas faltas
que el joven cometió después.

--¡Sobreseemos, sobreseemos!--decía capitán Basilio alegremente.

--¡Sobreseemos!--repitió el joven,--sea cualquiera el fallo que los
jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusión.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin
á un pleito que tenía á ambas partes ya fastidiadas, la repentina
llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y
con la bayoneta calada, turbó la alegría é introdujo el espanto en
el círculo de las mujeres.

--¡Quieto todo el mundo!--gritó el sargento.--¡Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levantó y se le acercó.

--¿Qué quiere usted?--preguntó.

--Que nos entregue ahora mismo á un criminal llamado Elías, que les
servía de piloto esta mañana,--contestó con tono de amenaza.

--¿Un criminal?... ¿El piloto? ¡Debe usted estar equivocado!--repuso
Ibarra.

--No, señor: ese Elías está nuevamente acusado de haber puesto la
mano en un sacerdote...

--¡Ah! y ¿es ése el piloto?

--El mismo, según se nos dice. Admite usted en sus fiestas á gente
de mala fama, señor Ibarra.

Este le miró de pies á cabeza y le contestó con soberano desprecio:

--¡No tengo que dar á usted cuenta de mis acciones! En nuestras
fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera
venido, habría encontrado un sitio en la mesa, como su alférez,
que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvió las espaldas.

El sargento se mordió los bigotes, y considerando que era la parte
más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al
piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. Don Filipo le decía:

--Note usted que esas señas convienen á las nueve décimas partes de
los naturales; ¡no vaya usted á dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni
banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó
algunas palabras y se marchó como había venido.

La alegría volvió poco á poco á renacer, llovieron las preguntas y
abundaron los comentarios.

--¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez á un charco!--decía
León pensativo.

--Y ¿cómo fué eso? ¿cómo fué?--preguntaban algunos curiosos.

--Dicen que por Septiembre, en un día muy lluvioso, se encontró
el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba
muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso,
transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener
su caballo, picó espuelas, gritando al hombre que retrocediese: éste
parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que
llevaba sobre el hombro, ó no quería hundirse en el charco y siguió
adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre
cogió un trozo de leña y dió al animal en la cabeza con tal fuerza,
que el caballo cayó arrastrando al jinete al lodazal. Dicen también
que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco
balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de
furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él,
se supuso que sería el célebre Elías, llegado á la provincia hacía
algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado á conocer
á los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

--¿Es, pues, un tulisán?--preguntó Victoria estremeciéndose.

--No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los
tulisanes que saqueaban una casa.

--¡No tiene cara de malhechor!--añadió Sinang.

--No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en
toda la mañana,--repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en
silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después
las alegres conversaciones volvieron á reanudarse vivas, llenas de
color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas á escuchar tantos
acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban
como diciendo: «¡Adiós, juventud! ¡Adiós, sueño de un día!»

Y ahora, á la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de
caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el
pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa,
la guitarra enmudece á medida que se van acercando á las moradas de
los hombres. ¡Poneos la máscara, que estáis otra vez entre vuestros
hermanos!



XXV

EN CASA DEL FILÓSOFO


A la mañana del día siguiente, Juan Crisóstomo Ibarra, después de
visitar sus tierras, se dirigió á casa del anciano Tasio.

Completa tranquilidad reinaba en el jardín, pues las golondrinas,
que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacían ruido. El
musgo crecía en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba,
bordando las ventanas. Aquella casita parecía la mansión del silencio.

Ibarra ató cuidadosamente su caballo á un poste, y caminando casi de
puntillas, atravesó el jardín, limpia y escrupulosamente mantenido;
subió las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entró.

Lo primero que se presentó á sus ojos fué el viejo, inclinado sobre un
libro en el que parecía escribir. En las paredes se veían colecciones
de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros
y manuscritos.

El viejo estaba tan absorto en su ocupación que sólo notó la llegada
del joven en el punto que éste, no queriendo estorbarle, trataba
de retirarse.

--¿Cómo estaba usted ahí?--preguntó mirando á Ibarra con cierta
extrañeza.

--Usted dispense,--contestó éste,--veo que está muy ocupado...

--En efecto, escribía un poco, pero no urge, y quiero descansar. ¿Puedo
serle útil en algo?

--¡En mucho!--contestó Ibarra acercándose;--pero...

Y echó una mirada al libro que estaba sobre la mesa.

--¿Cómo?--exclamó sorprendido;--¿se dedica usted á descifrar
jeroglíficos?

--¡No!--contestó el viejo ofreciéndole una silla;--no entiendo el
egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de
escritura y escribo en jeroglíficos.

--¿Escribe usted en jeroglíficos? Y ¿por qué?--preguntó el joven
dudando de lo que veía y oía.

--¡Para que no me puedan leer ahora!

Ibarra le miró de hito en hito, pensando si el viejo estaría en
efecto loco. Examinó rápidamente el libro para ver si aquello era
cierto y vió muy bien dibujados animales, círculos, semicírculos,
flores, pies, manos, brazos, etc.

--Y ¿por qué escribe usted si no quiere que le lean?

--Porque no escribo para esta generación, escribo para otras edades. Si
ésta me pudiese leer, quemaría mis libros, el trabajo de toda mi
vida; en cambio, la generación que descifre estos caracteres será una
generación instruída, me comprenderá y dirá: «¡No todos dormían en la
noche de nuestros abuelos!» El misterio ó estos curiosos caracteres
salvarán mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y
los extraños ritos han salvado á muchas verdades de las destructoras
clases sacerdotales.

--Y ¿en qué idioma escribe usted?--preguntó Ibarra, después de
una pausa.

--En el nuestro, en el tagalo.

--Y ¿sirven los signos jeroglíficos?

--Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y
paciencia, casi le diría que sirven mejor que el alfabeto latino. El
antiguo egipcio tenía nuestras vocales; nuestra o, que sólo es
final y que no es como la española, sino una vocal intermedia entre
o y u; como nosotros, el egipcio no tenía verdadero sonido de e;
se encuentran en él nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el
alfabeto latino tal como lo usamos en español. Por ejemplo: en esta
palabra mukhâ,--añadió señalando en el libro,--trascribo la sílaba
ha más propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que
en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiración
menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene
menos fuerza, me valgo de este busto de león, ó de estas tres flores
de loto según la cantidad de la vocal. Es más; tengo el sonido de la
nasal que tampoco existe en el alfabeto latino españolizado. Repito
que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto,
casi se podrían adoptar los jeroglíficos, pero esta misma dificultad
me obliga á ser conciso y á no decir más que lo justo y necesario;
este trabajo además me hace compañía, cuando mis huéspedes de la
China y del Japón se marchan.

--¿Cómo?

--¿No les oye usted? Mis huéspedes son las golondrinas; este año
falta una; algún mal muchacho chino ó japonés debe haberla cogido.

--¿Cómo sabe usted que vienen de esos países?

--Sencillamente: hace algunos años, antes de partir, les ataba al
pie un papelito con el nombre de Filipinas en inglés, suponiendo que
no debían ir muy lejos, y porque el inglés se habla en casi todas
estas regiones. Durante años mi papelito no obtuvo contestación,
hasta que últimamente lo hice escribir en chino, y he aquí que el
Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar:
el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas
del Hoang-ho, y el otro, supone el chino á quien consulté debe ser
japonés. Pero le estoy á usted entreteniendo con estas cosas y no le
pregunto en qué puedo serle útil.

--Venía á hablarle de un asunto de importancia,--contestó el
joven:--ayer tarde...

--¿Han preso á ese desgraciado?--interrumpió el viejo lleno de interés.

--¿Habla usted de Elías? ¿Cómo lo ha sabido usted?

--He visto á la Musa de la guardia civil.

--¡La Musa de la guardia civil! Y ¿quién es esa Musa?

--La mujer del alférez, á quien usted no invitó á su fiesta. Ayer
mañana se divulgó por el pueblo lo sucedido con el caimán. La Musa
de la guardia civil tiene tanta penetración como malignidad, y supuso
que el piloto debía ser el temerario que arrojó á su marido al charco
y apaleó al padre Dámaso; y como ella lee los partes que debe recibir
su marido, apenas hubo llegado éste á su casa borracho y sin juicio,
despachó, para vengarse de usted, al sargento con los soldados á fin
de que turbaran la alegría de la fiesta. ¡Tenga usted cuidado! Eva
era una buena mujer, salida de las manos de Dios... ¡Doña Consolación
dicen que es mala y no se sabe de qué manos vino! La mujer, para poder
ser buena, necesita haber sido siquiera una vez ó doncella ó madre.

Ibarra se sonrió ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos
papeles:

--Mi difunto padre solía consultar á usted en algunas cosas, y recuerdo
que sólo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo
entre manos una pequeña empresa, cuyo buen éxito necesito asegurar.

E Ibarra le refirió brevemente el proyecto de la escuela, que había
ofrecido á su novia, desarrollando á la vista del estupefacto filósofo
los planos que le llegaron de Manila.

--Quisiera que usted me dijese qué personas debo ganar primero en
el pueblo para el mejor éxito de la obra. Usted conoce bien á los
habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi país.

El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lágrimas los
planos que tenía delante.

--¡Lo que usted va á realizar era mi sueño, el sueño de un pobre
loco!--exclamó conmovido;--y ahora, lo primero que le aconsejo es no
venir á consultarme jamás.

El joven le miró sorprendido.

--Porque las personas sensatas--continuó con amarga ironía--le tomarían
á usted por loco también. La gente cree locos á los que no piensan
como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ¡ay de
mí! el día en que quieran devolverme el juicio; ese día me privarían
de la pequeña libertad que me he comprado á costa de mi reputación
de sér razonable. Y ¿quién sabe si tienen razón? No pienso ni vivo
según sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo
goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido más
que á servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dámaso,
ahora es rico, turba los pequeños destinos de sus conciudadanos,
y á veces hasta habla de justicia. «¡Ese es el hombre de talento!»
piensa el vulgo; «¡ved, con nada se ha hecho grande!» Pero yo, yo he
heredado fortuna, consideración, he estudiado, y ahora soy pobre; no
me han confiado ni el más ridículo cargo, y todos dicen: «¡Ese es un
loco; ése no entiende la vida!» El cura me llama filósofo por mote,
y da á entender que soy un charlatán que hace gala de lo que aprendió
en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos
me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos;
¿quién lo podrá decir?

Y el viejo sacudió su cabeza como para alejar un pensamiento y
continuó:

--Lo que le puedo también aconsejar es que consulte al cura, al
gobernadorcillo, á todas las personas de posición: ellos le darán
á usted malos, torpes ó inútiles consejos, pero consultar no quiere
decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible
y haga constar que obra según ellos.

Ibarra estuvo un momento reflexionando y después repuso:

--El consejo es bueno, pero difícil de seguir. ¿No podría yo llevar
adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? ¿No podría
lo bueno hacerse paso al través de todo, y que la verdad no necesita
pedir prestado vestidos al error?

--¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!--replica el viejo.--Eso es
bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está
el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño
que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho
que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su
llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que
tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios
quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted
que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de
guingón [91], el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado
una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había
calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos
que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un
procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno
con todos sus soldados.» Cave ne cadas [92]. El oro es muy poderoso;
el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares,
y ya desde los tiempos de Moisés.

--No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi
país,--contestó sonriendo Ibarra.--Creo que esos temores son un poco
exagerados, y espero poder realizar todos mis propósitos sin encontrar
resistencia grande por ese lado.

--Sí, si ellos le tienden la mano; nó, si ellos se la retiran. Todos
los esfuerzos de usted se estrellarían contra las paredes de la casa
parroquial con sólo agitar el fraile su cordón ó sacudir el hábito;
el alcalde, con cualquier pretexto, le negaría mañana lo que hoy ha
concedido; ninguna madre dejaría que su hijo frecuentase la escuela,
y entonces todas sus fatigas tendrían un efecto contraproducente:
desanimarían á los que después quisiesen intentar generosas empresas.

--Con todo,--repuso el joven,--no puedo creer en ese poder que usted
dice, y aun suponiéndolo, admitiéndolo, tendría todavía á mi lado al
pueblo sensato, al gobierno que está animado de muy buenos propósitos,
lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.

--¡El gobierno! ¡El gobierno!--murmuró el filósofo levantando los
ojos para mirar al techo.--Por más animado que esté del deseo de
engrandecer el país en beneficio del mismo y de la madre patria; por
más que el generoso espíritu de los Reyes Católicos lo recuerde aún
alguno que otro funcionario y lo piense á sus solas, el gobierno no
vé, no oye, no juzga más que por lo que le hace ver, oir y juzgar el
cura ó el provincial; está convencido de que sólo descansa en ellos,
de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive
es porque le consienten que viva y el día en que le falten, caerá
como un maniquí que perdió su sostén. Al gobierno se le amedrenta
con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de
aquí se origina un sencillo juego que se parece á lo que sucede á los
medrosos al visitar lugares lúgubres: toman por fantasmas las propias
sombras y por extrañas voces los propios ecos. Mientras el gobierno
no se entienda con el país, no saldrá de esa tutela; vivirá como esos
jóvenes imbéciles que tiemblan á la voz de su ayo, cuya condescendencia
mendigan. El gobierno no sueña en ningún porvenir robusto, es un brazo;
la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar
de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad,
y débil é incapaz todo lo confía á manos mercenarias. Compare usted,
si no, nuestro sistema gubernamental con los de los países que ha
visitado...

--¡Oh!--interrumpió Ibarra;--eso es mucho pedir, contentémonos
con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de
otros países, y eso es gracias á la religión y á la benignidad de
los gobernantes.

--El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque
está aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo
que sangra su corazón. Pero un día usted lo verá y lo oirá y ¡ay
de los que basan su fuerza en la ignorancia ó en el fanatismo! ¡ay
de los que gozan con el engaño y trabajan en la noche creyendo que
todos duermen! Cuando la luz del día alumbre el aborto de las sombras,
vendrá la reacción espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida,
tanto veneno destilado gota á gota, tantos suspiros ahogados saldrán
á la luz y estallarán... ¿Quién pagará entonces esas cuentas que los
pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia
en sus páginas ensangrentadas?

--¡Dios, el gobierno y la religión no permitirán que llegue ese
día!--repuso Crisóstomo, impresionado á pesar suyo.--Filipinas es
religiosa y ama á España; Filipinas sabrá cuanto por ella hace la
nación. Hay abusos, sí, hay defectos, no lo he de negar, pero España
trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos,
no es egoísta.

--Lo sé, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se
anulan en las esferas inferiores, gracias á los vicios de todos,
gracias por ejemplo, al ávido deseo de enriquecerse en poco tiempo y
á la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los
corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su
ejecución, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra
las demasías de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los
abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormirá más tranquilo,
sin embargo. Aun más; si acaso viene un personaje de alto puesto
con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por
detrás le tienen por loco: «Vuecencia no conoce el país, V. E. no
conoce el carácter de los indios, V. E. los va á perder, V. E. hará
bien en fiarse en fulano y zutano, etc.», y como S. E. no conocía
efectivamente el país, que hasta ahora había colocado en América,
y además tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja
convencer. Su excelencia recuerda también que para conseguir el puesto,
ha tenido que sudar mucho y sufrir más, que lo tiene únicamente por
tres años, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoterías
sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo
y una buena renta para vivir con lujo en la corte; hé aquí lo que
debía buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se
interese por el bien del país quien viene como extranjero para hacer
su fortuna y marcharse después. ¿Qué le importa el agradecimiento
ó las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus
recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable,
es menester que resuene en los oídos de los que amamos, en la atmósfera
de nuestro hogar ó de la patria que ha de guardar nuestras cenizas:
queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar
con sus rayos el frío de la muerte, para que no nos reduzcamos por
completo á la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto
podemos prometer al que viene á cuidarse de nuestros destinos. Y lo
peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan á enterarse de
su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestión.

--No, antes de volver á ella, necesito aclarar ciertas
cosas,--interrumpió el joven vivamente.--Puedo conceder que el
gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos
al gobierno. Hay funcionarios inútiles, malos, si usted quiere,
pero también los hay buenos y si éstos no pueden hacer nada, es
porque se encuentran con una masa inerte: la población que toma poca
participación en las cosas que le atañen. Pero no he venido á discutir
con usted sobre este punto: venía para pedirle un consejo y usted me
dice que doble ante grotescos ídolos la cabeza.

--Sí, y lo repito, porque aquí hay que bajar la cabeza ó dejarla caer.

--¿Bajar la cabeza ó dejarla caer?--repitió Ibarra pensativo.--¡Es
duro el dilema! Pero ¿por que? ¿Es acaso incompatible el amor á mi
país con el amor á España? ¿Es acaso necesario rebajarse para ser buen
cristiano, prostituir la propia conciencia para llevar á cabo un buen
fin? Amo á mi patria, á Filipinas, porque á ella le debo mi vida y mi
felicidad, y porque todo hombre debe amar á su patria; amo á España,
la patria de mis mayores, porque, á pesar de todo, Filipinas le debe y
le deberá su felicidad y su porvenir; soy católico, conservo pura la
fe de mis padres, y no veo por qué había de bajar la cabeza, cuando
la puedo levantar, entregarla á mis enemigos cuando los puedo hollar.

--Porque el campo en donde usted quiere sembrar está en poder de sus
enemigos, y contra ellos no tiene usted fuerza... Es necesario que
bese usted primero esa mano que...

Pero el joven no le dejó continuar y exclamó arrebatado:

--¡Besar! Pero usted olvida que entre ellos han matado á mi padre, le
han arrojado de su sepulcro ... pero yo que soy el hijo no lo olvido,
y si no le vengo, es porque miro por el prestigio de la religión.

El viejo filósofo bajó la cabeza.

--Señor Ibarra,--repuso lentamente;--si conserva usted esos recuerdos,
recuerdos cuyo olvido no le puedo aconsejar, abandone la empresa que
intenta y busque en otra parte el bien de sus paisanos. La empresa
pide otro hombre porque, para llevarla á cabo, no sólo se necesita
tener dinero y querer; en nuestro país se requieren además abnegación,
tenacidad y fe, porque el terreno no está preparado; sólo está sembrado
de cizaña.

Ibarra comprendía el valor de estas palabras, pero no debía
desanimarse; el recuerdo de María Clara estaba en su mente: era
preciso realizar su oferta.

--¿No le sugiere su experiencia más que ese duro medio?--preguntó en
voz baja.

El viejo le cogió del brazo y le llevó á la ventana. Un viento fresco,
precursor del norte, soplaba; á sus ojos se extendía el jardín,
limitado por el extenso bosque que servía de parque.

--¿Por qué no hemos de hacer lo que ese débil tallo, cargado de rosas
y capullos?--dijo el filósofo, señalando un hermoso rosal.--El viento
sopla, le sacude, y él se inclina como ocultando su preciosa carga. Si
el tallo se mantuviese recto, se rompería, el viento esparciría las
flores, y los capullos se malograrían. El viento pasa y el tallo
vuelve á erguirse, orgulloso con su tesoro: ¿quién le acusará de
haberse plegado ante la necesidad? Allá vea usted aquel gigantesco
kupang [93], que mueve majestuosamente su aéreo follaje donde anida el
águila. Lo traje del bosque débil planta; con delgadas cañas sostuve
su tallo durante meses. Si lo hubiera traído grande y lleno de vida,
á buen seguro que aquí no habría vivido: el viento le habría sacudido
antes de que sus raíces se pudiesen fijar en el terreno, antes que éste
se afirmase á su alrededor y le proporcionase el debido sustento para
su tamaño y altura. Así terminará usted, planta trasplantada de Europa
á este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeñece. Usted
está en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo
anuncia tempestad y la copa de los árboles de su familia se ha probado
que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra
todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge á un puerto
á la primera ráfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es
cobardía; lo malo es desafiarla para caer y no volverse á levantar.

--Y ¿produciría este sacrificio los frutos que espero?--preguntó
Ibarra;--¿creería en mí y olvidaría su agravio el sacerdote? ¿Me
ayudarían francamente en provecho de la instrucción que disputa á
los conventos las riquezas del país? ¿No pueden fingir amistad,
aparentar protección, y por debajo, en las sombras, combatirle,
minarle, herirle en el talón para hacerle vacilar más pronto que
atacándole de frente? Dados los antecedentes que usted supone, todo
se puede esperar.

El viejo permaneció silencioso, sin poder contestar. Meditó algún
tiempo y repuso:

--Si tal sucediese, si la empresa fracasase, le consolaría á usted
el pensamiento de haber hecho cuanto dependía de su parte, y aun así,
algo se habría ganado: poner la primera piedra, sembrar, después que
se desencadene la tempestad, algún grano acaso germine, sobreviva á
la catástrofe, salve la especie de la destrucción y sirva después
de simiente para los hijos del sembrador muerto. El ejemplo puede
alentar á los otros que sólo temen principiar.

Ibarra consideró estas razones, vió su situación y comprendió que,
con todo su pesimismo, el viejo tenía mucha razón.

--¡Le creo á usted!--exclamó estrechándole la mano.--No en vano
esperaba un buen consejo. Hoy mismo iré á franquearme con el cura,
que al fin y al cabo no me ha hecho ningún mal y que debe ser bueno,
pues no todos son como el perseguidor de mi padre. Tengo además que
interesarle en favor de esa desgraciada loca y de sus hijos: confío
en Dios y en los hombres.

Despidióse del viejo y, montando á caballo, partió.

--¡Atención!--murmuró el pesimista filósofo siguiéndole con la mirada;
observemos bien cómo desarrollará el destino la comedia que ha empezado
en el cementerio.

Esta vez estaba verdaderamente equivocado: la comedia había empezado
mucho antes.



XXVI

LA VÍSPERA DE LA FIESTA


Estamos á diez de Noviembre, la víspera de la fiesta.

Saliendo de la monotonía habitual, el pueblo se entrega á una actividad
incomparable en la casa, en la calle, en la iglesia, en la gallera y
en el campo: las ventanas se cubren de banderas y damascos de varios
colores; el espacio se llena de detonaciones y música; el aire se
impregna y satura de regocijos.

Diferentes confituras de frutas del país en dulceras de cristal
de alegres colores va ordenando la dalaga en una mesita, que cubre
blanco mantel bordado. En el patio pían pollos, cacarean gallinas,
gruñen cerdos, espantados ante las alegrías de los hombres. Los criados
suben y bajan llevando doradas vajillas, cubiertos de plata: aquí se
riñe porque se rompe un plato, allá se ríen de la simple campesina: en
todas partes se manda, se cuchichea, se grita, se hacen comentarios,
conjeturas, ni animan unos á otros, y todo es confusión, ruido y
bullicio. Y todo este afán y toda esta fatiga es por el huésped
conocido ó desconocido; es para agasajar á cualquiera persona que
quizás no se haya visto jamás, ni se dejará ya más ver después; para
que el forastero, el extranjero, el amigo, el enemigo, el filipino,
el español, el pobre, el rico salgan contentos y satisfechos; no se
les pide siquiera gratitud, ni se espera de ellos que no dañen á la
hospitalaria familia durante ó después de la digestión. Los ricos,
los que han estado alguna vez en Manila, y han visto algo más que los
otros, han comprado cerveza, champagne, licores, vinos y comestibles
de Europa, de lo que apenas probarán un bocado ó beberán un trago. Su
mesa está aparejada gallardamente.

En medio está una gran piña artificial, muy bien imitada, en que clavan
palillos para dientes, primorosamente cortados por los presidiarios en
sus horas de descanso. Ya figuran un abanico, un ramillete de flores,
una ave, una rosa, una palma ó unas cadenas, todo tallado de una sola
pieza de madera: el artista es un forzado, el instrumento es un mal
cuchillo y la inspiración la voz del bastonero.--A los lados de esta
piña, que se llama palillera, levántanse sobre fruteros de cristal,
pirámides de naranjas, lanzones, ates, chicos y aun mangas [94] á
pesar de ser Noviembre. Después, en anchos platones, sobre papeles
calados y pintados con brillantes colores, se presentan jamones de
Europa, de China, un pastel grande en forma de Agnus Dei ó de paloma,
el Espíritu santo tal vez, pavos rellenos, etcétera, y entre éstos
los aperitivos frascos de acharas [95] con caprichosos dibujos,
hechos de la flor de bonga y de otras legumbres y frutas, cortadas
artísticamente y pegadas con almíbar á las paredes de los garrafones.

Límpianse los globos de vidrio, que han venido heredándose de padres
á hijos; se hacen brillar los aros de cobre; se desnudan las lámparas
de petróleo de sus fundas rojas, que las libran de moscas y mosquitos
durante el año y las hacen inútiles; las almendras y colgantes de
cristal de formas prismáticas bambolean, chocan armoniosamente, cantan,
parece que toman parte en la fiesta, se alegran y descomponen la luz,
reflejando sobre la blanca pared los colores del arco iris. Los niños
juegan, se divierten, persiguen los colores, tropiezan, rompen tubos,
pero esto no impide que continúe la alegría de la fiesta: en otra
época del año lo contarían de diferente manera las lágrimas de sus
redondos ojos.

Al igual de estas venerandas lámparas, salen también de sus escondites
las labores de la joven: velos, hechos al crochet, alfombritas, flores
artificiales; aparecen antiguas bandejas de cristal, cuyo fondo figura
un lago en miniatura con pececitos, caimanes, moluscos, algas, corales
y rocas de vidrio de brillantes colores. Estas bandejas se cubren de
puros, cigarrillos y diminutos buyos, torcidos por delicados dedos de
las solteras.--El suelo de la casa brilla como un espejo; cortinas de
piña ó jusi [96] adornan las puertas; de las ventanas cuelgan faroles
de cristal ó de papel rosa, azul, verde ó rojo: la casa se llena de
flores y tiestos colocados sobre pedestales de loza de China; hasta
los santos se engalanan, las imágenes y las reliquias se ponen de
fiesta, se les sacude el polvo, se limpian los cristales y cuelgan
de sus marcos ramilletes de flores.

En las calles, de trecho en trecho, se levantan caprichosos arcos de
caña labrada de mil maneras, llamados sinkaban, rodeados de kalushús
[97] cuya sola vista alegra ya el corazón de los muchachos. Alrededor
del patio de la iglesia, está el grande y costoso entoldado, sostenido
por troncos de caña, para que pase la procesión. Debajo de éste juegan
los chicos, corren, trepan, saltan y rompen las nuevas camisas que
debían lucir el día de la fiesta.

Allá, en la plaza, se ha levantado el tablado, escenario de caña,
nipa y madera: allí dirá maravillas la comedia de Tondo, y competirá
con los dioses en milagros inverosímiles; allí cantarán y bailarán
Marianito, Chananay, Balbino, Ratia, Carvajal, Yeyeng, Liceria, etc. El
filipino gusta del teatro y asiste con pasión á las representaciones
dramáticas; oye silencioso el canto, admira el baile y la mímica,
no silba, pero tampoco aplaude. ¿No le gusta la representación? pues
masca su buyo ó se marcha sin turbar á los otros que acaso encuentran
gusto en ello. Sólo algunas veces aúlla el bajo pueblo, cuando los
autores besan ó abrazan á las actrices, pero no pasa de ahí. En otro
tiempo se representaba únicamente dramas; el poeta del pueblo componía
una pieza en que necesariamente había de haber combates á cada dos
minutos, un jocoso (gracioso) y metamorfosis terroríficas. Pero desde
que los artistas de Tondo se pusieron á pelear cada quince segundos,
tuvieron dos jocosos y dieron en cosas más inverosímiles aún, mataron
á sus colegas provincianos. El gobernadorcillo era aficionado á ello,
y escogió de acuerdo con el cura, la comedia: «El príncipe Villardo
ó los esclavos arrancados de la infame cueva,» pieza con magia y
fuegos artificiales.

De cuando en cuando, repican alegremente las campanas, aquellas mismas
campanas que diez días antes tan tristemente doblaban. Ruedas de fuego
y morteretes atruenan el aire: el pirotécnico filipino, que aprendió
su arte sin maestro alguno conocido, va á desplegar sus habilidades,
prepara toros, castillos de fuego con luces de bengala, globos de papel
inflados con aire caliente, ruedas de brillantes, bombas, cohetes, etc.

¿Resuenan lejanos acordes? pues ya corren los muchachos
precipitadamente hacia las afueras de la población para recibir
á las bandas de música. Son cinco las alquiladas, además de tres
orquestas. La música de Pagsanghan, propiedad del escribano, no
debe faltar, ni la del pueblo S. P. de T., célebre entonces porque la
dirigía el maestro Austria, el vagabundo cabo Mariano, que lleva, según
dicen, la fama y la armonía en el estreno de su batuta. Los músicos
elogian su marcha fúnebre «El Sauce,» y deploran que no hayan tenido
educación musical, pues con su genio habría dado gloria á su país.

La música entra en el pueblo tocando alegres marchas, seguida de
chicos haraposos ó medio desnudos: quien viste la camisa de su hermano,
quien los pantalones de su padre. Tan pronto como la música ha cesado,
ya la saben de memoria, la tararean, la silban con rara afinación,
y dan su juicio.

Entretanto van llegando en carromatas, calesas ó coches los parientes,
los amigos, los desconocidos, los tahures con sus mejores gallos,
con sacos de oro, dispuestos á arriesgar sus fortunas sobre el tapete
verde ó dentro de la rueda de la gallera.

--¡El alférez tiene cincuenta pesos cada noche!--murmura un hombre
pequeñito y rechoncho al oído de los recién llegados; capitán Tiago va
á venir y pondrá banca; capitán Joaquín trae dieciocho mil. Habrá liam
pó: el chino Carlos lo pone con un capital de diez mil. De Tanauan,
Lipa y Batangas, así como de Santa Cruz, vienen grandes puntos. ¡Va á
ser en grande! ¡Va á ser en grande! Pero tomen ustedes chocolate. Este
año no nos pelará capitán Tiago, como el pasado: no ha costeado más
que tres misas de gracia y yo tengo un mutyâ [98] de cacao. Y ¿cómo
está la familia?

--¡Bien, bien! ¡gracias!--contestaban los forasteros: y ¿el padre
Dámaso?

--El padre Dámaso predicará por la mañana y tallará con nosotros por
la noche.

--¡Mejor, mejor! ¡No hay entonces peligro ninguno!

--¡Seguros, estamos seguros! ¡El chino Carlos suelta además!

Y el hombre rechoncho hace con sus dedos un ademán, como quien
cuenta monedas.

Fuera del pueblo, los montañeses, los kasamá, se ponen sus mejores
trajes para llevar á casa de los socios capitalistas bien cebadas
gallinas, jabalíes, venados, aves; éstos cargan en los pesados carros
leña, aquéllos frutas, plantas aéreas, las más raras que crecen en
el bosque: otros llevan bigâ [99] de anchas hojas, tikas tikas [100]
con flores de color de fuego para adornar las puertas de las casas.

Pero donde reina la mayor animación, que ya raya en tumulto, es
allá sobre una especie de ancha meseta á algunos pasos de la casa
de Ibarra. Rechinan poleas, óyense gritos, el ruido metálico de la
piedra que se pica, el martillo que clava un clavo, el hacha que labra
la viga. Cava la tierra una muchedumbre y abre un ancho y profundo
foso; otros ponen en fila piedras sacadas de las canteras del pueblo,
descargan carros, amontonan arena, disponen tornos y cabrestantes...

--¡Aquí! ¡allá eso! ¡Vivo!--gritaba un viejecillo de fisonomía animada
é inteligente, que tenía por bastón un metro con cantos de cobre, al
cual va arrollada la cuerda de una plomada. Era el maestro de obras,
ñor Juan, arquitecto, albañil, carpintero, blanqueador, cerrajero,
picapedrero y en ocasiones escultor.

--¡Es menester terminarlo ahora mismo! ¡Mañana no se puede trabajar
y pasado mañana es la ceremonia! ¡Vivo!

--¡Haced el hoyo de manera que se adapte justamente con este
cilindro!--decía á unos picapedreros que pulimentaban una grande
piedra cuadrangular; dentro de esto se conservarán nuestros nombres.

Y repetía á cada nuevo forastero que se acercaba lo que ya mil veces
había dicho.

--¿Sabéis lo que vamos á construir? Pues es una escuela, modelo en su
género, como las de Alemania, mejor aún! El plano lo ha trazado el
arquitecto señor R., y yo, ¡yo dirijo la obra! Sí, señor, ved, esto
va á ser un palacio con dos alas: una para los niños y otra para las
niñas. Aquí en medio un gran jardín con tres surtidores: allí, en los
costados, arboledas, pequeñas huertas para que los chicos siembren y
cultiven plantas en las horas de recreo, aprovechen el tiempo y no lo
malgasten. ¡Ved cómo los cimientos son profundos! ¡Tres metros sesenta
y cinco centímetros! El edificio va á tener bodegas, subterráneos,
calabozos para los desaplicados, cerca, muy cerca de los juegos
y del gimnasio para que los castigados oigan cómo los diligentes
se divierten. ¿Veis ese grande espacio? Eso será la explanada para
correr y saltar al aire libre. Las niñas tendrán jardín con bancos,
columpios, alamedas para el juego de la comba [101], surtidores,
pajareras, etc. ¡Esto va á ser magnífico!

Y ñor Juan se frotaba las manos, pensando en la fama que iba á
adquirir. Vendrían los extranjeros para verlo y preguntarían:--¿Quién
es el gran arquitecto que ha construído esto?--¿No lo sabéis? Parece
mentira que no conozcáis á ñor Juan. ¡Sin duda venís de muy
lejos!--contestarían todos.

Con estos pensamientos iba de un extremo á otro, inspeccionándolo
todo y pasando revista á todo.

--¡Encuentro demasiada madera para una cabria!--decía á un hombre
amarillo que dirigía algunos trabajadores: yo tendría bastante con tres
largos trozos que formen trípode y otros tres los que sujeten entre sí.

--¡Abá! [102]--contestó el hombre amarillo sonriendo de un modo
particular;--cuanto más aparato demos á la obra, tanto mayor efecto
conseguiremos. El conjunto tendrá más aspecto, más importancia,
y dirán: ¡Cuánto se ha trabajado! Veréis, veréis qué cabria levanto
yo! Y luego la adornaré de banderolas, guirnaldas de hojas y flores
... diréis después que habéis tenido razón en admitirme entre vuestros
trabajadores, y el señor Ibarra no podrá desear más.

Y el hombre reía y sonreía: ñor Juan sonreía también y movía la cabeza.

A alguna distancia de allí se veían dos kioscos unidos entre sí por
una especie de emparrado cubierto de hojas de plátano.

El maestro de escuela, con unos treinta muchachos, tejían coronas,
sujetaban banderas á los delgados pilares de caña, cubiertos de lienzo
blanco abollonado.

--¡Procurad que las letras estén bien escritas!--decía á los que
dibujaban inscripciones; el alcalde va á venir, muchos curas asistirán,
¡acaso el Capitán General, que está en la provincia! Si ellos ven
que dibujáis bien, tal vez os alaben.

--¿Y nos regalen una pizarra?...

--¡Quién sabe! pero el señor Ibarra ya ha pedido una á Manila. Mañana
llegarán algunas cosas, que se repartirán entre vosotros como
premios... Pero, dejad esas flores en el agua, mañana haremos los
ramilletes, traeréis más flores, porque es menester que la mesa esté
cubierta de ellas; las flores alegran la vista.

--Mi padre traerá mañana flores de bainô [103] y un cesto de sampagas.

--El mío ha traído tres carretones de arena y no ha recibido pago.

--¡Mi tío ha prometido pagar un maestro! añadía el sobrino de capitán
Basilio.

En efecto, el proyecto había encontrado eco casi en todos. El
cura había pedido apadrinar y bendecir él mismo la colocación de
la primera piedra, ceremonia que tendría lugar el último día de la
fiesta, siendo una de sus mayores solemnidades. El mismo coadjutor
se había acercado tímidamente á Ibarra, ofreciéndole cuantas misas
le pagasen los devotos hasta la conclusión del edificio. Aún más;
la hermana Rufa, la rica y económica mujer, dijo que si llegaba á
faltar dinero, ella recorrería algunos pueblos para pedir limosna,
con la única condición de que le pagasen el viaje y los alimentos,
etc. Ibarra le dió las gracias y respondió:

--No sacaríamos gran cosa, pues ni yo soy rico ni este edificio es
una iglesia. Además, no he prometido levantarlo á costa de los otros.

Los jóvenes, los estudiantes que venían de Manila para celebrar la
fiesta, le admiraban y le tomaban por prototipo; pero, como sucede casi
siempre, cuando queremos imitar á los hombres notables, sólo imitamos
sus pequeñeces, cuando no sus defectos, porque de otra cosa no somos
capaces, y muchos de estos admiradores se fijaban en la manera como
el joven hacía el lazo de su corbata, otros en la forma del cuello
de la camisa y no pocos en el número de los botones de su americana
y chaleco.

Los funestos presentimientos del viejo Tasio parecían haberse
disipado para siempre. Así se lo manifestó Ibarra un día, pero el
viejo pesimista contestó:

--Recuerde usted lo que dice Baltasar:


        «Kung ang isalúbong sa iyong pagdating
        Ay masayang mukhâ 't may pakitang giliu,
        Lalong pag ingata 't kaauay na li him...» [104]


Baltasar era tan buen poeta como pensador.

Estas y otras cosas más pasaban en la víspera, antes de ponerse el sol.



XXVII

Al anochecer


En casa de capitán Tiago se habían hecho también muy grandes
preparativos. Conocemos al dueño; su afición al fausto y su orgullo
de manileño debían humillar en esplendidez á los provincianos. Otra
razón había además que le obligaba á procurar eclipsar á los otros:
tenía á su hija María Clara, y estaba allí su futuro yerno que sólo
hacía hablar de él.

En efecto: uno de los más serios periódicos de Manila le había dedicado
un artículo en su primera plana, titulado: ¡Imitadle! colmándole de
elogios y dándole algunos consejos. Le había llamado el ilustrado joven
y rico capitalista; dos líneas más abajo, el distinguido filántropo;
en el siguiente párrafo el alumno de Minerva que había ido á la madre
patria para saludar al genuino suelo de las artes y ciencias y un
poco más abajo el español filipino, etc., etc. Capitán Tiago ardía
en generosa emulación y pensaba que tal vez fuese también su deber
levantar á su costa un convento.

Días antes habían llegado á la casa, que habitaban María Clara y su
tía Isabel, multitud de cajas de comestibles y bebidas de Europa,
espejos colosales, cuadros y el piano de la joven.

Capitán Tiago llegó el mismo día de la víspera: al besarle su hija
la mano, él le regaló un hermoso relicario de oro con brillantes y
esmeraldas, conteniendo una astilla de la barca de San Pedro, donde
se había sentado Nuestra Señora durante la pesca.

La entrevista con el futuro yerno no podía ser más cordial; se habló
naturalmente de la escuela. Capitán Tiago quería que se llamase
escuela de San Francisco.

--Créame usted,--decía;--San Francisco es un buen patrón. Si usted
la llama escuela de Instrucción primaria, no haga usted nada. ¿Quién
es instrucción primaria?

Llegaron algunas amigas de María Clara y la invitaron á salir á paseo.

--Pero vuelve pronto,--dijo capitán Tiago á su hija que le pedía su
permiso;--ya sabes que esta noche cena con nosotros el padre Dámaso
que acaba de llegar.

Y volviéndose á Ibarra que se había puesto pensativo, añadió:

--Cene usted también con nosotros; en su casa estará usted solo.

--Con muchísimo gusto, pero debo estar en casa por si vienen
visitas,--contestó balbuceando el joven, esquivando la mirada de
María Clara.

--Traiga usted á sus amigos,--replicó frescamente capitán Tiago;--en
mi casa siempre hay comida abundante. Quisiera además que usted y el
padre Dámaso se entendiesen...

--¡Ya habrá tiempo para eso!--contestó Ibarra sonriendo con sonrisa
forzada y se dispuso á acompañar á las jóvenes.

Bajaron las escaleras.

María Clara iba en medio de Victoria é Iday; la tía Isabel seguía
detrás.

La gente se apartaba respetuosa para abrirles camino. María Clara
iba sorprendente de belleza: su palidez había desaparecido y si sus
ojos seguían pensativos, su boca, por el contrario, sólo parecía
conocer la sonrisa. Con esa amabilidad de la doncella feliz saludaba
á los antiguos conocidos de su niñez, hoy admiradores de su dichosa
juventud. En menos de quince días había vuelto á recobrar aquella
franca confianza, aquella charla infantil que parecían haberse
aletargado entre los estrechos muros del beaterio: diríase que la
mariposa al dejar el capullo reconocía todas las flores; le bastó
volar un momento y calentarse á los dorados rayos del sol para perder
la rigidez de la crisálida. La nueva vida se reflejaba en todo el sér
de la joven: todo lo encontraba bueno y bello; manifestaba su amor
con esa gracia virginal que no viendo más que pensamientos puros,
no conoce el por qué de los falsos rubores. Sin embargo, se cubría el
rostro con el abanico cuando le daban una alegre broma, pero entonces
sus ojos sonreían y un ligero estremecimiento recorría todo su sér.

Las casas principiaban á iluminarse, y en las calles, que recorría
la música, encendíanse las arañas de caña y madera, imitación de las
de la iglesia.

Desde la calle, al través de las abiertas ventanas, se veía á la gente
bullir en las casas, en una atmósfera de luz y perfumes de las flores,
á los acordes del piano, arpa ú orquesta. Cruzaban las calles chinos,
españoles, filipinos, y éstos ya vistiendo el traje europeo, ya el del
país. Andaban confundidos codeándose y empujándose criados cargando
carne y gallinas, estudiantes vestidos de blanco, hombres y mujeres,
exponiéndose á ser atropellados por coches y calesas, que á pesar
del tabî [105] de los conductores, difícilmente se abrían paso.

Delante de la casa de Cpn. Basilio, algunos jóvenes saludaron
á nuestros conocidos y los invitaron á que visitaran la casa. La
alegre voz de Sinang que descendía las escaleras corriendo puso fin
á toda escusa.

--Subid un momento para que yo pueda salir con vosotras,--decía.--Me
aburre estar entre tantos desconocidos, que sólo hablan de gallos
y barajas.

Subieron.

La sala estaba llena de gente. Algunos se adelantaron para saludar
á Ibarra cuyo nombre era conocido de todos; contemplaban extasiados
la hermosura de María Clara, y algunas viejas murmuraban mientras
mascaban buyo: «¡Parece la Virgen!»

Allí tuvieron que tomar chocolate. Capitán Basilio se había hecho
íntimo amigo y defensor de Ibarra desde el día de campo. Supo por el
telegrama, regalado á su hija Sinang, que estaba enterado de que el
pleito había sido sentenciado á su favor, por lo cual, no queriendo
dejarse vencer en generosidad, trataba de anular lo del juego de
ajedrez. Pero, no consintiendo Ibarra en ello, capitán Basilio propuso
que el dinero con que debía pagar las costas, se emplease en pagar á
un maestro en la futura escuela. A consecuencia de esto, el orador
empleaba su oratoria para que los otros contrarios desistiesen de
sus extrañas pretensiones y les decía:

--¡Creedme: en los pleitos el que gana se queda sin camisa!

Pero no llegaba á convencer á nadie, á pesar de citar á los romanos.

Después de tomar el chocolate, nuestros jóvenes tuvieron que oir el
piano, tocado por el organista del pueblo.

--Cuando le oigo en la iglesia,--decía Sinang señalándole,--me dan
ganas de bailar; ahora que toca el piano se me ocurre rezar. Por esto
me marcho con vosotras.

--¿Quiere usted venir con nosotros esta noche?--preguntaba capitán
Basilio al oído de Ibarra al despedirse:--el P. Dámaso va á poner
una pequeña banca.

Ibarra se sonrió y contestó con un movimiento de cabeza que tanto
equivalía á un sí como á un no.

--¿Quién es ése? preguntó María Clara á Victoria señalando con una
rápida mirada á un joven que las seguía.

--Ese... ése es un primo mío, contestó algo turbada.

--Y ¿el otro?

--Ese no es primo mío,--contestó vivamente Sinang;--es un hijo de
mi tía.

Pasaron por delante de la casa parroquial, que por cierto no era de las
menos animadas. Sinang no pudo contener una exclamación de asombro al
ver que ardían las lámparas, de una forma antiquísima, que el P. Salví
no dejaba nunca encender por no gastar petróleo. Oíanse gritos y
sonoras carcajadas, veíase á los frailes andar lentamente moviendo
á compás la cabeza y el grueso puro que adornaba sus labios. Los
seglares que entre ellos estaban procuraban imitar cuanto hacían
los buenos religiosos. Por el traje europeo que vestían debían ser
empleados ó autoridades en la provincia.

María Clara distinguió los redondos contornos del P. Dámaso al lado
de la correcta silueta del P. Sibyla. Inmóvil en su sitio estaba el
misterioso y taciturno P. Salví.

--¡Está triste!--observó Sinang;--piensa en lo que le van á
costar tantas visitas. Pero ya veréis como no lo paga él, sino los
sacristanes. Sus visitas siempre comen en otra parte.

--¡Sinang!--le reprende Victoria.

--No le puedo sufrir desde que rompió la Rueda de la Fortuna; yo ya
no me confieso con él.

Entre todas las casas, se distinguía una que ni estaba iluminada,
ni tenía las ventanas abiertas: era la del alférez. Extrañóse de ello
María Clara.

--¡La bruja! ¡la Musa de la Guardia Civil, como dice el
viejo! exclamó la terrible Sinang. ¿Qué tiene ella que ver con nuestras
alegrías? ¡Estará rabiando! Deja que venga el cólera y verás como da
un convite.

--¡Pero, Sinang!--vuelve á reprender su prima.

--Nunca la he podido sufrir y menos desde que turbó nuestra fiesta
con sus guardias civiles. A ser yo arzobispo, la casaba con el
P. Salví... ¡vería qué hijitos! Mira que hacer prender al pobre piloto,
que se arrojó al agua por complacer...

No pudo concluir la frase: en el ángulo de la plaza donde un ciego
cantaba al són de una guitarra el romance de los peces, se presentaba
un raro espectáculo.

Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma,
y vestido miserablemente. Consistía su traje en una levita, hecha
jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos
en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su
rostro quedaba todo en sombras gracias á su salakot, pero de
aquellas tinieblas partían de cuando en cuando dos fulgores, que se
apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos debía creerse
que era joven. Depositaba un cesto en tierra, y se alejaba después
pronunciando sonidos extraños, incomprensibles; permanecía de pie,
completamente aislado, como si él y la muchedumbre se esquivasen
mutuamente. Entonces, acercábanse algunas mujeres á su cesta,
depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no había nadie que
se acercase, salían de aquellas sombras otros sonidos más tristes,
pero menos lastimeros, acción de gracias tal vez; recogía su cesta
y se alejaba para repetir lo mismo en otro sitio.

María Clara presintió allí una desgracia y preguntó, llena de interés,
por aquel extraño sér.

--Es el leproso,--contestó Iday.--Hace cuatro años ha contraído esa
enfermedad: unos dicen por cuidar á su madre, otros por haber estado
en la húmeda prisión. Vive allá en el campo, cerca ya del cementerio
de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de él por temor
de contagiarse. ¡Si vieras su casita! Es la casita de Giring-giring
[106]: el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la
tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese á la gente. Un día
cayó un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero él, que
pasaba cerca, le ayudó á salir de allí. Súpolo el padre, se quejó al
gobernadorcillo, y éste le mandó dar seis azotes en medio de la calle,
quemando después el bejuco. ¡Aquello era atroz! el leproso corría
huyendo, el azotador le perseguía y el gobernadorcillo le gritaba:
«¡Aprende! más vale que uno se ahogue que no que enferme como tú.»

--¡Es verdad!--murmuró María Clara.

Y sin darse cuenta de lo que hacía, acercóse rápidamente á la cesta del
desgraciado y depositó en ella el relicario que acababa de regalarle
su padre.

--¿Qué has hecho?--le preguntaron sus amigas.

--¡No tenía otra cosa!--contestó disimulando con una risa las lágrimas
de sus ojos.

--Y ¿qué va él á hacer con tu relicario?--le dijo Victoria.--Un día le
dieron dinero, pero con una caña le alejó de sí: ¿para qué lo quería
si nadie acepta nada que venga de él? ¡Si el relicario pudiera comerse!

María Clara miró con envidia á las mujeres que vendían comestibles,
y se encogió de hombros.

Pero el lazarino se acercó á la cesta, cogió la alhaja que brilló entre
sus manos, se arrodilló, la besó y después descubriéndose hundió la
frente en el polvo que la joven había pisado.

María Clara ocultó el rostro detrás de su abanico y se llevó el
pañuelo á los ojos.

Entretanto se había acercado una mujer al desgraciado que parecía
orar. Traía la larga cabellera suelta y desgreñada, y á la luz de
los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la
loca Sisa.

Al sentir su contacto, el lazarino soltó un grito y se levantó de un
salto. Pero la loca se agarró á su brazo, con gran horror de la gente,
y decía:

--¡Recemos, recemos! ¡Hoy es el día de los muertos! Esas luces son
las vidas de los hombres; ¡recemos por mis hijos!

--¡Separadla, separadlos! ¡que se va á contagiar la loca!--gritaba
la multitud, pero nadie se atrevía á acercarse.

--¿Ves aquella luz en la torre? ¡Aquella es mi hijo Basilio que
baja por una cuerda! ¿Ves aquella allá en el convento? Aquella es mi
hijo Crispín, pero yo no voy á verlos porque el cura está enfermo y
tiene muchas onzas, y las onzas se pierden. ¡Recemos, recemos por el
alma del cura! Yo le llevaba amargoso y zarzalidas; mi jardín estaba
lleno de flores, y tenía dos hijos. ¡Yo tenía jardín, cuidaba flores,
y tenía dos hijos!

Y soltando al lazarino se alejó cantando:

«¡Yo tenía jardín y flores, yo tenía hijos, jardín y flores!»

--¿Qué has podido hacer por esa pobre mujer?--preguntó María Clara
á Ibarra.

--¡Nada; estos días había desaparecido del pueblo y no se la podía
encontrar!--contestó medio confuso el joven.--He estado además muy
ocupado, pero no te aflijas; ¡el cura se interesa mucho por ella!

--¿No decía el alférez que haría buscar á los niños?

--¡Sí, pero entonces estaba un poco... bebido!

Apenas acabada de decir esto, cuando vieron á la loca, arrastrada
más bien que conducida por un soldado: Sisa oponía resistencia.

--¿Por qué la prendéis? ¿Qué ha hecho?--preguntó Ibarra.

--¿Qué? ¿No habéis visto cómo ha alborotado?--contestó el custodio
de la pública tranquilidad.

El lazarino recogió precipitadamente su cesto y se alejó.

María Clara quiso retirarse, pues había perdido la alegría y el
buen humor.

--¡También hay gentes que no son felices!--murmuraba.

Al llegar á la puerta de su casa, sintió aumentar su tristeza al ver
que su novio se negaba á subir y se despedía.

--¡Es necesario!--decía el joven.

María Clara subió las escaleras pensando en lo aburridos que son los
días de fiesta, cuando vienen las visitas de los forasteros.



XXVIII

CORRESPONDENCIAS

                        Cada cual habla de la feria según le va en ella.


No habiendo sucedido nada importante para nuestros personajes, ni en
la noche de la víspera ni al siguiente día, saltaríamos gustosos al
último, si no considerásemos que acaso algún lector extranjero desee
conocer cómo celebran sus fiestas los filipinos. Para esto copiaremos
al pie de la letra varias cartas, una de ellas la del corresponsal
de un serio y distinguido periódico de Manila, venerable por su tono
y alta severidad. Nuestros lectores rectificarán algunas ligeras y
naturales inexactitudes.

El digno corresponsal del noble periódico escribía así:


        «Sr. Director...

    »Mi distinguido amigo: Jamás presencié, ni espero ver en
    provincias, fiesta religiosa tan solemne, espléndida y conmovedora
    como la que se celebra en este pueblo por los M. M. R. R. y
    virtuosos P. P. Franciscanos.

    »La concurrencia es grandísima; aquí he tenido la felicidad de
    saludar á casi todos los españoles, residentes en esta provincia,
    á tres R. R. P. P. Agustinos de la Provincia de Batangas, á dos
    R. R. P. P. Dominicos, uno de ellos el M. R. P. Fr. Hernando de
    la Sibyla, que con su presencia ha venido á honrar este pueblo, lo
    cual no deben olvidar jamás sus dignos habitantes. He visto también
    á gran número de principales de Cavite, Pampanga, á muchos ricos
    de Manila, y muchas bandas de música, entre ellas la refinadísima
    de Pagsanghan, propiedad del escribano, don Miguel Guevara, y á
    multitud de chinos é indios, que con la curiosidad que caracteriza
    á los primeros y religiosidad de los últimos, esperaban con ansia
    el día en que había de celebrarse la solemne fiesta, para asistir
    al espectáculo cómico-mímico-lírico-coreográfico-dramático,
    para cuyo fin se había levantado un grande y espacioso tablado
    en medio de la plaza.

    »A las nueve de la noche del día diez, la víspera de la fiesta,
    después de la opípara cena con que nos obsequió el Hermano mayor,
    llamaron la atención de cuantos españoles y frailes estábamos en
    el convento, los acordes de dos músicas que con acompañamiento de
    apiñada multitud y al ruido de cohetes y bombazos, y precedidas
    por los principales del pueblo, venían al convento para sacarnos
    y conducirnos al sitio preparado y destinado para nosotros á fin
    de presenciar el espectáculo.

    »Tuvimos que ceder á tan galante ofrecimiento, por más que yo
    hubiera preferido descansar en los brazos de Morfeo y dar grato
    reposo á mis doloridos miembros, gracias á las sacudidas del
    vehículo que nos proporcionó el gobernadorcillo del pueblo de B.

    »Bajamos, pues, y fuimos á buscar á nuestros compañeros que cenaban
    en la casa que aquí tiene el piadoso y opulento don Santiago de
    los Santos. El cura del pueblo, el M. R. P. Fr. Bernardo Salví, y
    el M. R. P. Fr. Dámaso Verdolagas, que ya está por especial favor
    del Altísimo restablecido de la dolencia, que mano impía sobre
    él causara, en compañía del M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla
    y el virtuoso cura de Tenauan, con otros españoles más, eran los
    invitados en casa del Creso filipino. Allí hemos tenido la dicha
    de admirar, no solamente el lujo y el buen gusto de los dueños
    de la casa, que no es común entre los naturales, sino también
    á la preciosa, bellísima y rica heredera, que demostró ser una
    consumada discípula de Santa Cecilia tocando en su elegante piano,
    con una maestría que me hizo recordar á la Gálvez, las mejores
    composiciones alemanas é italianas. Lástima que tan perfecta
    señorita sea tan excesivamente modesta y oculte sus méritos á la
    sociedad que para ella sólo tiene admiraciones. No debo dejar en
    el tintero que en casa del anfitrión nos hicieron tomar champaña
    y finos licores, con la profusión y esplendidez que caracterizan
    al capitalista conocido.

    »Asistimos al espectáculo. Ya conoce usted á nuestros artistas
    Ratia, Carvajal y Fernández; sus gracias sólo fueron comprendidas
    por nosotros, pues la clase no ilustrada no pescó de ello ni
    una jota. Chananay y Balbino, bien, aunque algo ronquillos:
    el último soltó un pollito, pero en conjunto y buena voluntad
    admirables. A los indios, sobre todo el gobernadorcillo, gustó
    mucho la comedia tagala: este último se frotaba las manos y
    nos decía que era una lástima que no hubiesen hecho pelear á
    la princesa con el gigante que la había robado, lo cual en su
    opinión habría sido más maravilloso, y más, si el gigante llegaba
    á ser invulnerable menos en el ombligo, como un tal Ferragús de
    que habla la historia de los Doce Pares. El M. R. P. Fr. Dámaso,
    con esa bondad de corazón que le distingue, participaba de la
    opinión del gobernadorcillo y añadía que en tal caso la princesa
    ya se arreglaría para descubrirle al gigante su ombligo y darle
    el golpe de gracia.

    »Excuso decirle que durante el espectáculo no permitió que faltase
    nada la amabilidad del Rothschildt filipino: sorbetes, limonadas
    gaseosas, refrescos, dulces, vinos, etcétera, etc. corrían con
    profusión entre los que estábamos allí. Notóse mucho y con razón
    la ausencia del conocido é ilustrado joven don Juan Crisóstomo
    Ibarra que, como usted sabe, debe mañana presidir la bendición de
    la primera piedra para el gran monumento que tan filantrópicamente
    hace levantar. Este digno descendiente de los Pelayos y Elcanos
    (porque, según he sabido, uno de sus abuelos paternos es de
    nuestras heroicas y nobles provincias del Norte, acaso uno de los
    primeros compañeros de Magallanes ó Legaspi) tampoco se ha dejado
    ver en el resto del día, á causa de un pequeño malestar. Su nombre
    corre de boca en boca y sólo lo pronuncian con alabanzas que no
    pueden menos de redundar en gloria de España y de los legítimos
    españoles como nosotros, que no desmentimos jamás nuestra sangre,
    por mezclada que pudiese estar.

    »Hoy, 11, por la mañana, presenciamos un espectáculo altamente
    conmovedor. Este día, como es público y notorio, es la
    fiesta de la Virgen de la Paz, y la celebran los Hermanos del
    Smo. Rosario. Mañana será la fiesta del Patrón San Diego y toman
    parte en ella principalmente los Hermanos de la V. O. T. Entre
    estas dos corporaciones hay una emulación piadosa para servir
    á Dios, y esta piedad llega hasta el extremo de provocar
    santos disgustos entre ambas, como lo sucedido últimamente por
    disputarse el gran predicador de reconocida fama, el tantas veces
    nombrado M. R. P. Fr. Dámaso, que ocupará mañana la cátedra del
    Espíritu Santo con un sermón que será, según creencia general,
    un acontecimiento religioso y literario.

    »Pues, como íbamos diciendo, presenciamos un espectáculo
    altamente edificante y conmovedor. Seis jóvenes religiosos,
    tres que debían decir misa y los otros tres de acólitos,
    salieron de la sacristía, y postrados ante el altar, entonó
    el celebrante, que era el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla,
    el Surge Dómine, con que debía empezar la procesión al rededor
    de la iglesia, con aquella magnífica voz y religiosa unción que
    todo el mundo le reconoce y le hacen tan digno de la admiración
    general. Terminado el Surge Dómine, el gobernadorcillo, vestido de
    frac, con el guión, seguido de cuatro acólitos con incensarios,
    empezó la procesión. Tras ellos venían los ciriales de plata,
    la municipalidad, las preciosas imágenes vestidas de raso y oro,
    representando á Santo Domingo, San Diego y la Virgen de la Paz
    con un magnífico manto azul con planchas de plata dorada, regalo
    del virtuoso exgobernadorcillo, muy digno de imitarse y nunca
    suficientemente nombrado, don Santiago de los Santos. Todas estas
    imágenes iban en carros de plata. Tras la madre de Dios veníamos
    los españoles y los otros religiosos: el oficiante iba protegido
    por un palio que llevaban los cabezas de barangay, y cerraba la
    procesión el benemérito cuerpo de la guardia civil. Creo inútil
    decir que una multitud de indios formaban las dos filas de la
    procesión, llevando con gran piedad cirios encendidos. La música
    tocaba religiosas marchas; repetidas salvas hacían bombas y ruedas
    de fuego. Causa admiración ver la modestia y fervor que estos actos
    inspiran en el corazón de los creyentes, la fe pura y grande que á
    la Virgen de la Paz profesan, la solemnidad y ferviente devoción
    con que tales solemnidades celebramos los que tuvimos la dicha
    de nacer bajo el sacrosanto é inmaculado pabellón de España.

    »Terminada la procesión, se dió principio á la misa ejecutada
    por la orquesta y los artistas del teatro. Después del Evangelio,
    subió al púlpito el M. R. P. fray Manuel Martín, agustino que ha
    venido de la provincia de Batangas, el cual ha tenido absorto y
    pendiente de su palabra á todo el auditorio y principalmente á
    los españoles en el exordio en castellano, que dijo con valentía y
    frases tan fácilmente traídas y adecuadas, que llenaban nuestros
    corazones de fervor y entusiasmo. Esta palabra, pues, es lo que
    debe darse á lo que se siente ó sentimos cuando se trata de la
    Virgen y de nuestra querida España, y sobre todo cuando pueden
    intercalarse en el texto, puesto que la materia se presta, las
    ideas de un príncipe de la Iglesia, el señor Monescillo [107],
    que son con seguridad las de todos los españoles.

    »Concluída la misa subimos todos al convento juntamente con los
    principales del pueblo y otras personas de importancia, donde
    fueron muy bien obsequiados con la finura, atención y prodigalidad
    que caracterizan al M. R. P. fray Salví, ofreciéndoles cigarros
    y un fuerte tente-en-pie que el Hermano mayor había preparado
    debajo del convento, para todo el que necesitase acallar las
    necesidades de su estómago.

    »Durante el día no faltó nada para hacer alegre la fiesta y
    para conservar la animación característica de los españoles,
    que en ocasiones tales no pueden contenerse, demostrando ya en
    canciones ó bailes, ya en otras sencillas y alegres distracciones,
    que tienen corazón noble y fuerte, que las penas no les abaten y
    que basta se reunan en un sitio dado tres españoles para que la
    tristeza y malestar de allí se ausenten. Rindióse, pues, culto
    á Terpsícore en muchas casas, pero principalmente en la del
    ilustrado millonario filipino, á donde fuimos todos invitados
    á comer. Excuso decirle á usted que el banquete, opípara y
    brillantemente servido, fué la segunda edición de las bodas de
    Caná ó Camacho, corregida y aumentada. Mientras gozábamos de los
    placeres de la bucólica que dirigía un cocinero de la Campana,
    tocaba la orquesta armoniosas melodías. La hermosísima señorita
    de la casa lucía un traje de mestiza y una cascada de brillantes,
    y fué como siempre la reina de la fiesta. Todos deploramos en el
    fondo de nuestra alma que una ligera torcedura de su lindo pie la
    haya privado de los placeres del baile, pues si hemos de juzgar
    por lo que sus perfecciones en todo demuestran, la señorita de
    los Santos debe bailar como una sílfide.

    »El alcalde de la provincia ha llegado esta tarde con objeto de
    solemnizar con su presencia la ceremonia de mañana. Ha deplorado el
    malestar del distinguido propietario señor Ibarra, que, gracias
    á Dios, según se nos ha dicho, ya está mejor.

    »Esta noche hubo procesión solemne, pero de esto le hablaré en
    mi carta de mañana, porque, además de los bombazos que me han
    aturdido y vuelto algo sordo, estoy muy cansado y me caigo de
    sueño. Mientras, pues, recupero fuerzas en los brazos de Morfeo ó
    sea en el catre del convento, deseo á usted, mi distinguido amigo,
    buenas noches y hasta mañana, que será el gran día.


        Su affmo. amigo q. b. s. m.

        »San Diego, 11 de Noviembre.

        El corresponsal.»


Esto escribía el bueno del corresponsal. Veamos ahora qué escribía
capitán Martín á su amigo Luis Chiquito:


    «Querido Choy: Ven corriendo, si puedes, que la fiesta es muy
    alegre; figúrate que capitán Joaquín está casi desbancado:
    capitán Tiago le ha doblado tres veces y las tres en puertas,
    con lo que Cabezang Manuel, el dueño de la casa, se vuelve cada
    vez más pequeño de alegría. El padre Dámaso rompió de un puñetazo
    una lámpara porque hasta ahora no ha ganado una carta; el cónsul
    ha perdido en sus gallos y en la banca todo lo que nos ha ganado
    en la fiesta de Biñang y en la del Pilar de Santa Cruz.

    »Esperábamos que capitán Tiago nos trajese á su futuro yerno,
    el rico heredero de don Rafael, pero parece que quiere imitar á
    su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. ¡Lástima! Parece
    que no será nunca de provecho.

    »El chino Carlos está haciendo una grande fortuna con el liam-pó;
    sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imán: se queja
    continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando
    el cubo del liam-pó se pára poco á poco, entonces se inclina casi
    hasta tocarle, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado,
    porque sé otras historias parecidas.

    »Adiós, Choy; mis gallos van bien y mi mujer está alegre y se
    divierte.


        »Tu amigo

        Martín Aristorenas.»


Ibarra había recibido también un billetito perfumado, que Andeng,
la hermana de leche de María Clara, le había entregado á la noche
del primer día de la fiesta. El billete decía:


    «Crisóstomo: Hace más de un día que no te dejas ver; he oído
    que estás algo enfermo, he rezado por tí y encendido dos cirios
    por más que papá dice que no estás enfermo de gravedad. Anoche
    y hoy me han aburrido mandándome tocar el piano é invitándome á
    bailar ¡No sabía que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si
    no fuera por el padre Dámaso, que procura distraerme contando y
    diciéndome muchas cosas, me habría encerrado en mi alcoba para
    dormir. Escríbeme qué tienes, pues diré á papá que te visite. Por
    ahora, te envío á Andeng, para que te haga té: ella lo sabe cocer
    bien y acaso mejor que tus criados.


        María Clara.


    »P. D. Si no vienes mañana, no iré á la ceremonia. Vale.»



XXIX

LA MAÑANA


Las bandas de música tocaron diana á los primeros albores de la aurora,
despertando con aires alegres á los fatigados vecinos del pueblo. La
vida y la animación renacieron, las campanas volvieron á repicar y
las detonaciones comenzaron.

Era el último día de la fiesta, era verdaderamente la fiesta
misma. Se esperaba ver mucho más que el día anterior. Los hermanos
de la V. O. T. eran más numerosos que los del Santísimo Rosario,
y los cofrades sonreían piadosamente, seguros de humillar á sus
rivales. Habían comprado mayor número de velas: los chinos cereros
hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por más
que algunos aseguraban que no era fe en el catolicismo, sino por el
deseo de tomar mujer. Pero á esto respondían las piadosas mujeres:

--Aunque así fuera, el casarse tantos chinos á la vez no dejaría de
ser un milagro, y ya les convertirían sus esposas.

La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las
alhajas. Los tahures y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas
con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos
sombreros de jipijapa. Sólo el viejo filósofo seguía como siempre:
la camisa de sinamay [108] con rayas obscuras, abotonada hasta el
cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color de ceniza.

--¡Está usted hoy más triste que nunca!--le dijo el teniente
mayor;--¿no quiere usted que nos alegremos de vez en cuando, puesto
que tenemos mucho que llorar?

--¡Alegrarse no quiere decir cometer locuras!--contestó el viejo.--¡Es
la insensata orgía de todos los años! Y todo ¿por qué? ¡Malgastar
el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades! ¡Ya lo entiendo,
es la orgía, es la bacanal para apagar las lamentaciones de todos!

--Ya sabe usted que participo de su opinión,--repuso don Filipo,
medio serio medio sonriendo.--La he defendido, pero ¿qué podía hacer
contra el gobernadorcillo y el cura?

--¡Dimitir!--contestó el filósofo y se alejó.

Don Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

--¡Dimitir!--murmuraba dirigiéndose á la iglesia,--¡dimitir! ¡Sí! si
este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí, ¡dimitiría!

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños
y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros,
entraban y salían por las estrechas puertas. Olía á pólvora, á flores,
á incienso, á perfume; bombas, cohetes y buscapiés hacían correr y
gritar á las mujeres, reir á los niños. Una banda de música tocaba
delante del convento, otras, conduciendo á la municipalidad, recorrían
las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz
y colores abigarrados distraían la vista, armonías y estruendos el
oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas
cuyos caballos á veces se espantaban, encabritaban, se ponían de
manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta,
constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.

El Hermano mayor de este día había enviado criados para buscar
convidados en la calle, como el que dió el festín de que nos habla
el Evangelio. Se invitaba, casi á la fuerza, á tomar chocolate, café,
té, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones
de una querella.

Iba á celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como
la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el
celebrante sería el padre Salví y entre las personas que iban á oirla
estaría el alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente
ilustrada para escuchar al padre Dámaso, que gozaba de gran fama en la
provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones
del padre Salví, acudía también para dar una prueba de su buena
voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura
le había dado. Tal fama tenía el padre Dámaso, que ya el corresponsal
escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:

«Como le había anunciado á usted en mis mal pergeñadas líneas de ayer,
así ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray
Dámaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, transferido hoy á otro
mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado
ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elocuentísimo y
profundísimo sermón, que edificó y dejó pasmados á todos los fieles
que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable
fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos,
novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los
gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las
prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta
reputación, no sólo entre los ilustrados españoles, sino aun entre
los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.»

Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado á
borrar cuanto había escrito. El padre Dámaso se quejaba de cierto
ligero catarro que había cogido la noche anterior: después de
cantar unas alegres peteneras se había tomado tres vasos de sorbete
y asistido un momento al espectáculo. A consecuencia de esto quería
renunciar á ser el intérprete de Dios para con los hombres, pero no
encontrándose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San
Diego,--el cura los sabía, es verdad, mas tenía que oficiar,--los
otros religiosos hallaron unánimemente que el timbre de voz del
padre Dámaso era inmejorable y que sería una gran lástima dejar de
pronunciar sermón tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por
esto, la antigua ama de llaves le preparó limonadas, le untó pecho
y cuello con ungüentos y aceites, le envolvió en paños calientes,
le sobó, etc., etc. El padre Dámaso tomó huevos crudos batidos en
vino, y en toda la mañana ni habló ni se desayunó; apenas bebió un
vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos,
renunciando heroicamente á su pollo frito y á su medio queso de la
Laguna de todas las mañanas, porque, según el ama, pollo y queso
tenían sal y grasa y podrían provocar la tos.

--¡Todo para ganar el cielo y convertirnos!--decían conmovidas las
hermanas de la V. O. T., al enterarse de estos sacrificios.

--¡La Virgen de la Paz le castiga!--murmuraban las hermanas del
Santísimo Rosario, que no le podían perdonar el haberse inclinado al
lado de sus enemigas.

A las ocho y media salió la procesión á la sombra del entoldado de
lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien había una novedad: la
Hermandad de la V. O. T. Viejos, viejas y algunas jóvenes camino de
viejas exhibían largos hábitos de guingón; los pobres los gastaban de
tela basta, los ricos de seda ó sea del guingón franciscano, que llaman
por usarlo más los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos
sagrados hábitos eran legítimos, venían del convento de Manila de donde
el pueblo los adquiere por limosna, á cambio de dinero prix fixe, si
se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse,
pero no disminuirse. Lo mismo que estos hábitos se venden también otros
en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen,
además de la gracia especial de procurar muchas indulgencias á los
muertos que en ellos se amortajan, la gracia más especial aún de ser
más caros cuanto más viejos, raídos é inservibles son. Escribimos esto
por si algún piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas,
ó algún tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevándose á
Filipinas un cargamento de hábitos zurcidos y mugrientos, pues llegan
á costar dieciséis pesos ó más según el aspecto más ó menos haraposo.

San Diego de Alcalá iba en un carro adornado con planchas de plata
repujada. El Santo, bastante delgado, tenía el busto de marfil de
una expresión severa y majestuosa, á pesar del abundante cerquillo
rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.

Nuestro venerable padre San Francisco seguía. Después la Virgen,
como ayer, sólo que el sacerdote que venía debajo del palio, era
esta vez el padre Salví y no el elegante padre Sibyla de modales tan
distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente,
le sobraba unción: tenía las manos juntas en actitud mística, los
ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran
los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfacción al verse á
la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la
humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su
sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz,
iba de un carro á otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba
de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se ponía más
serio aún y más grave.

Así andaba la procesión lenta, pausadamente al són de bombas,
cantos y religiosas melodías, lanzadas al aire por las bandas de
música, que seguían detrás de cada carro. Con tal afán, entretanto,
distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes
se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan
á las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el
carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.

Frente á una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras,
se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios
españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó
levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase
saludo ó que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más
derecho y la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia
y más elegantemente.

En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático,
vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta
edad. Nodriza ó niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio,
y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.

Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse
con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos
provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio:
«¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»

La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca
y alejóse corriendo muy confusa. El niño echóse á llorar.

Los maliciosos se guiñaron unos á otros, y los españoles que vieron
la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salví se
trocó en un rojo amapola.

Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera
á la mujer, que era una forastera.



XXX

EN LA IGLESIA


De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los hombres asignan
por casa al Criador de cuanto existe.

Se empujaban, se oprimían, se machucaban unos á otros, exhalando
ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavía, desde
lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita,
pero á lo mejor venía la oleada y apartaba la mano: entonces se
oía un gruñido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los
empujones. Algunos viejos que conseguían refrescar sus dedos en el
agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una población
entera con más los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien
con trabajo, el cogote, la coronilla, la frente, la nariz, la barba,
el pecho y el ombligo, en la convicción de que así santificaban todas
aquellas partes y no padecerían ni tortícolis, ni dolores de cabeza,
ni tisis, ni indigestiones. Las personas jóvenes, bien porque no
fuesen tan enfermizas ó no creyesen en aquella sagrada profilaxis,
apenas humedecían la puntita del dedo--para que la gente devota no
tuviese nada que decir,--y hacían de señalar la frente sin tocarla,
por supuesto. «Será bendita y todo lo que se quiera,» pensaría alguna
joven, «¡pero tiene un color!»

Se respiraba á duras penas; hacía calor y olía á animal bimano; pero
el predicador valía todas aquellas molestias: su sermón le costaba
al pueblo doscientos cincuenta pesos. El viejo Tasio había dicho:

--¡Doscientos cincuenta pesos por un sermón! ¡Un hombre solo y una sola
vez! ¡La tercera parte de lo que cuestan los comediantes que trabajarán
durante tres noches!... ¡Necesariamente debéis ser muy ricos!

--¿Qué tiene eso que ver con la comedia?--contestó malhumorado el
nervioso maestro de los Hermanos de la V. O. T.;--con la comedia
se van las almas al infierno, y con el sermón al cielo. Si hubiese
pedido mil, le pagaríamos y todavía se lo tendríamos que agradecer...

--¡Después de todo, tenéis razón!--replicó el filósofo;--á mí al
menos me divierte más el sermón que la comedia.

--¡Pues á mí ni la comedia!--gritaba furioso el otro.

--¡Lo creo, tanto entendéis del uno como del otro!

Y el impío se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas
profecías que el irritable maestro hacía sobre su vida futura.

Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba:
agitaban el aire abanicos, sombreros y pañuelos; gritaban y lloraban
los niños, lo que daba que trabajar á los sacristanes para echarlos
del templo. Esto hacía pensar al concienzudo y flemático maestro de
la Cofradía del Santísimo Rosario:

--«Dejad que los niños se acerquen á mí», decía N. S. Jesucristo,
es verdad; pero aquí debe sobrentenderse «niños que no lloran.»

Una vieja, de las vestidas de guingón, la Hermana Putê, decía á su
nieta, una chiquilla de seis años, que estaba á su lado arrodillada:

--¡Condenada! ¡estáte atenta, que vas á oir un sermón como el de
Viernes Santo!

Y le dió un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo
una mueca, alargó el hocico y arrugó las cejas.

Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los
confesonarios. Un viejo, cabeceando, hacía creer á nuestra vieja que
mascullaba rezos y hacía correr rápidamente los dedos por las cuentas
de su rosario, que aquella era la manera más reverente de acatar los
designios del cielo y poco á poco se puso á imitarle.

Ibarra estaba en un rincón; María Clara, arrodillada cerca del altar
mayor en un sitio que el cura tuyo la galantería de hacer despejar
por los sacristanes. Capitán Tiago, vestido de frac, se sentaba en los
bancos destinados á las autoridades, por lo cual los chicos que no le
conocían, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercársele.

Por fin llegó el señor alcalde con su estado mayor, viniendo de
la sacristía y ocupando uno de los magníficos sillones, sobre una
alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la
banda de Carlos III y cuatro ó cinco condecoraciones más.

El pueblo no le reconoció.

--¡Abá!--exclamó un labriego;--¡un civil vestido de comediante!

--¡Simple!--le contestó el vecino codeándole:--¡es el príncipe
Villardo, que vimos anoche en el teatro!

El alcalde subió de categoría á los ojos del pueblo, llegando á ser
encantado príncipe, vencedor de gigantes.

Empezó la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dormían
se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El
P. Salví, á pesar de su gravedad, parecía muy satisfecho, pues le
servían de diácono y subdiácono nada menos que dos agustinos.

Cada cual cantó bien, cuando le llegó el turno, con voz más ó menos
nasal y pronunciación obscura, menos el oficiante que la tenía algo
temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extrañeza de los
que le conocían. Se movía sin embargo, con precisión y elegancia;
decía el Dóminus vobiscum con unción ladeando un poco la cabeza y
mirando hacia la bóveda. Al verle recibir el humo del incienso, se
habría dicho que Galeno tenía razón admitiendo el paso del humo de las
fosas nasales al cráneo por la criba del etmoides, pues se erguía,
echaba hacia atrás la cabeza, caminaba después hacia el centro del
altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitán Tiago le halló más
majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de
emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda
de caballo y babuchas de alta suela.

--Indudablemente,--pensaba,--un solo cura nuestro tiene más majestad
que todos los emperadores.

Por fin llegó el deseado momento de oir al P. Dámaso. Los tres
sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como
diría el honrado corresponsal; el alcalde y demás gente de varas y
bastones los imitaron; la música cesó.

Aquel paso del ruido al silencio, despertó á nuestra vieja hermana
Putê, que ya roncaba, gracias á la música. Como Sigismundo, ó como el
cocinero del cuento de Dornröschen, lo primero que hizo al despertarse
fué dar un cogotazo á su nieta, que también se había dormido. Esta
chilló, pero se distrajo pronto viendo á una mujer darse golpes de
pecho convencida y entusiasmada.

Todos procuraron colocarse cómodamente; los que no tenían banco se
sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo ó sus mismas piernas.

El P. Dámaso atravesó la multitud, precedido de dos sacristanes y
seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareció al
subir la escalera de caracol, pero pronto reapareció su redonda cabeza,
después el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Miró á
todas partes con seguridad, medio tosiendo; vió á Ibarra; un pestañeo
particular dió á entender que no se olvidaría de él en sus oraciones;
después una mirada de satisfacción al P. Sibyla y otra de desdén
al P. Manuel Martín, el predicador de ayer. Concluida esta revista,
volvióse disimuladamente al compañero diciéndole: «¡Atención, hermano!»
Este abrió el cuaderno.

Pero el sermón merece capítulo aparte. Un joven que entonces aprendía
la taquigrafía y que idolatra á los grandes oradores, lo estenografió;
gracias á esto podemos traer aquí un trozo de la oratoria sagrada de
aquellas regiones.



XXXI

EL SERMÓN


Fray Dámaso empezó lentamente, pronunciando á media voz:

«Et spíritum tuum bonum dedisti, qui dóceret eos, et manna tuum non
prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.»

«¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitaste
tu maná de su boca y les diste agua en su sed!»

«Palabras que dijo el Señor por boca de Esdras, libro II, cap. IX,
vers. 20.»

El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín
palideció y se tragó saliva; aquello era mejor que el suyo.

Sea que el P. Dámaso lo notara ó estuviese aún ronco, es el caso que
tosió varías veces poniendo ambas manos sobre el antepecho de la santa
tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar:
blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.

«¡Excelentísimo Señor (al alcalde), virtuosísimos sacerdotes,
cristianos, hermanos en Jesucristo!»

Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el
auditorio, cuya atención y recogimiento le llenaron de satisfacción.

La primera parte del sermón debía ser en castellano y la otra en
tagalo: loquebantur omnes linguas [109].

Después de los vocativos y de la pausa, extendió majestuosamente la
mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; después se
cruzó de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de
esta calma á la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia
la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto
ímpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y
cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre
si salir ó quedarse, pero ya el predicador empezaba á hablar con voz
fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente
en medicina.

«Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el
aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca,
oid pues vosotros con los oídos del alma y del corazón, para que las
palabras del Señor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves
del Infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en
el campo de nuestro venerable y seráfico P. S. Francisco. Vosotros,
grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan
los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne
y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la
lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras del Satán infernal,
ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la
cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David,
al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial,
más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y
por haber»...--(El alférez arruga el ceño),--«sí, señor alférez,
más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo,
vence con denuedo al eterno tulisán de las tinieblas y á todos los
secuaces de Luzbel y habría á todos para siempre extirpado, si los
espíritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creación divina,
este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que,
valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudan bien
á la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro,
digo pues que este gran santo es únicamente un soldado último,
un ranchero en nuestra poderosísima compañía, que desde el cielo
manda nuestro seráfico P. S. Francisco, á la que tengo la honra de
pertenecer como cabo ó sargento por la gracia de Dios.»

Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del párrafo
otra cosa que las palabras guardia civil, tulisán, S. Diego y
S. Francisco, observaron la mala cara que había puesto el alférez,
el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regañaba á aquél
porque no perseguía á los tulisanes. San Diego y S. Francisco
se encargarían de ello, y muy bien, como le prueba una pintura,
existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su
cordón había contenido la invasión china en los primeros años del
descubrimiento. Alegráronse, pues, no poco los devotos, agradecieron á
Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes,
S. Francisco destruiría también á los guardias civiles. Redoblaron,
pues, la atención siguiendo al P. Dámaso, que continuó:

«Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas
aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun
al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia
da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los
hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum [110] como dice
Cicerón, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi país, resulta
que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades,
Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que
jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y
Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros
pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas
son pequeñas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al
lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las
nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...»

--¡Amén!--contestó el maestro de la V. O. T. y se santiguó.

Con esta figura de retórica, que aprendiera de un gran predicador en
Manila, quería el P. Dámaso sorprender á su auditorio, y en efecto,
su Espíritu Santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le
tocara con el pie para recordarle su misión.

--¡Patente está á vuestros ojos!--dijo el Espíritu desde abajo.

«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente
de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes,
y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna
brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey;
por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito
es poder brillar aun en medio del día como lo hace el sol: así brilla
el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis
patente á vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra
del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos
míos, patente, patente á todos, ¡patente!»

Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un
confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que
los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no
volvió á salir de su escondite mientras duró el sermón.

«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»--(la que tenía la
imágen era de plata),--«tu modesto hábito honran al gran Francisco
de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa
raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los
pueblos sin distinguir al blanco del negro»--(el alcalde contiene la
respiración)--«sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de
fe y de religión armada»--(¡Ah! respira el alcalde)--«que sostiene
al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la
perdición.»

Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á
poco. María Clara no atendía al sermón; sabía que Ibarra estaba cerca
y pensaba en él mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los
evangelistas, que tenía todas las trazas de un pequeño carabao.

«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de
los santos y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais
saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por
más que muchos de vosotros lo habéis olvidado ya viviendo como los
protestantes ó herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como
los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!»

--¡Abá cosa ese pale Lámaso [111], ese!--murmuró el chino Carlos
mirando con ira al predicador, que seguía improvisando, desencadenando
una serie de apóstrofes é imprecaciones.

«¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes! ¡Dios os castiga
ya desde esta tierra con cárceles y prisiones! ¡Las familias, las
mujeres debían huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar
á todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la villa
del Señor!... ¡Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado,
cortadlo, arrojadlo al fuego...!»

Fray Dámaso estaba nervioso, había olvidado su sermón y su retórica.

--¿Oyes?--preguntó un joven estudiante de Manila á su compañero;--¿te
lo cortas?

--¡Ca! ¡que lo haga él antes!--contestó el otro señalando al
predicador.

Ibarra se puso inquieto: miró en derredor suyo buscando algún rincón,
pero toda la iglesia estaba llena. Nada oía ni veía María Clara, que
analizaba el cuadro de las benditas ánimas del purgatorio, almas en
forma de hombres y mujeres en cueros, con mitras, capelos ó tocas,
asándose en el fuego y agarrándose al cordón de S. Francisco, que no
se rompía á pesar de tanto peso.

El Espíritu Santo fraile, con aquella improvisación, perdió el hilo
del sermón y saltó tres largos párrafos, apuntando mal al P. Dámaso,
que descansaba jadeante de su apóstrofe.

«¿Quién de vosotros, pecadores que me escucháis, lamería las llagas
de un pobre y andrajoso mendigo? ¿Quién? ¡Que responda y levante la
mano! ¡Ninguno! Ya lo sabía yo: sólo un santo como Diego de Alcalá
puede hacerlo; él lamió toda podredumbre diciendo á un asombrado
hermano: ¡Así se cura á este enfermo! ¡Oh caridad cristiana! ¡Oh
piedad sin ejemplo! ¡Oh virtud de virtudes! ¡Oh dechado inimitable! ¡Oh
talismán sin mancha!...»

Y siguió con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos
en cruz, subiéndolos y bajándolos como si quisiese volar ó espantar
á los pájaros.

«Antes de morir habló en latín sin saber latín. ¡Pasmaos,
pecadores! Vosotros, á pesar de que lo estudiáis y os dan por
ello azotes, no hablaréis latín, ¡moriréis sin saberlo! Hablar
latín es una gracia de Dios, por eso la iglesia habla latín. ¡Yo
también hablo latín! ¿Cómo? ¿Dios iba á negar este consuelo á
su querido Diego? ¿Podía morir, podía dejarle morir sin hablar
latín? ¡Imposible! ¡Dios no sería justo, no sería Dios! Habló,
pues, latín, y de ello dan testimonio los autores de aquella época.»
Y terminó su exordio con el trozo que más trabajo le costara y que
plagiara de un gran escritor, Sinibaldo de Más.

«Yo te saludo, pues, esclarecido Diego, honra de nuestra
corporación. Tú eres dechado de virtudes, modesto con honra,
humilde con nobleza, sumiso con entereza, sobrio con ambición,
enemigo con lealtad, compasivo con perdón, religioso con
escrúpulo, creyente con devoción, crédulo con candidez, casto
con amor, callado con secreto, sufrido con paciencia, valiente
con temor, continente con voluptuosidad, atrevido con resolución,
obediente con sujeción, vergonzoso con pundonor, cuidadoso en tus
intereses con desprendimiento, diestro con capacidad, ceremonioso
con urbanidad, astuto con sagacidad, misericordioso con piedad,
recatado con vergüenza, vengativo con valor, pobre por laboriosidad
con conformidad, pródigo con economía, activo con negligencia,
económico con liberalidad, inocente con penetración, reformador con
consecuencia, indiferente con ansia de aprender. ¡Dios te crió para
sentir los deliquios del amor platónico...! ¡Ayúdame á cantar tus
grandezas y tu nombre más alto que las estrellas y más claro que el
sol mismo que gira á tus pies! Ayudadme, vosotros, pedid á Dios la
inspiración suficiente rezando el avemaría.»

Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil
moscardones. El alcalde dobló trabajosamente una rodilla, moviendo
la cabeza disgustado; el alférez estaba pálido y contrito.

--¡Al diablo con el cura!--murmuró uno de los dos jóvenes que venían
de Manila.

--¡Silencio!--contesta el otro,--que nos oye su mujer...

Entretanto, el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía á
su Espíritu Santo por haber saltado tres de sus mejores párrafos,
tomaba dos merengues y un vaso de Málaga, seguro de encontrar en
ellos mayor inspiración que en todos los Espíritus santos ya sean de
madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraido
fraile. Iba á empezar con el sermón tagalo.

La vieja devota da otro cogotazo á su nieta, quien despierta
malhumorada y pregunta:

--¿Es hora ya de llorar?

--¡Aún no, pero no te duermas, condenada!--contestó la buena abuela.

De la 2.a parte del sermón, ó sea del tagalo no tenemos más que
ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque
lo poseyese mejor, sino porque, teniendo á los filipinos de provincia
por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de
ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oido hablar de
reglas de la oratoria y entre sus oyentes podía haber alguno que
hubiese saludado las aulas, acaso el señor alcalde mayor; por lo
cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se
los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.

Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón:
eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo,
como decía hermana Rufa; así que el auditorio esperó en vano una
ocasión para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvió
á dormirse.

No obstante, esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al
menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.

Empezó con un Maná capatir con cristiano [112], al que siguió una
avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno,
del mahal na santo pintacasi [113], de los pecadores indios y de los
virtuosos Padres Franciscanos.

--¡Menche! [114]--dijo uno de los irreverentes manileños á su
compañero;--eso está en griego para mí, yo me voy.

Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran
escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo
á la mitad de su frase; algunos esperaban un violento apóstrofe,
pero el P. Dámaso se contentó con seguirle con la vista y prosiguió
su sermón.

Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de
respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte,
pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló
de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles
sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos
y soplados, de jóvenes sabiondos, filosofillos ó pilosopillos, de
abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen
muchos cuando quieren ridiculizar á sus enemigos: sacan en todo la
terminación en illo, porque el cráneo parece no dar otra cosa, y se
quedan muy felices.

Ibarra lo oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente
tranquilidad, buscaba con los ojos á Dios y á las autoridades, pero
allí no había más que imágenes de santos, y el alcalde dormitaba.

Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba
de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar á un
sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una
mano.--«¡Pero ahora--añadía--sólo os quitáis el salakot ó el sombrero
de castorillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para
no desarreglar el peinado! Os contentáis con decir: buenos días,
¡among! [115], y hay orgullosos estudiantillos de poco latín, que
por haber estudiado en Manila ó en Europa, se creen con derecho á
estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah! ¡el día del juicio
pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! ¡va
á llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!»

Y exhortaba al pueblo á que no imitase á esos salvajes, sino que los
huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.

--«¡Oid lo que dicen los santos Concilios!--clamaba.--Cuando un indio
encontrare en la calle á un cura, doblará la cabeza y ofrecerá el
cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van á
caballo ambos, entonces el indio se parará, se quitará el salakot ó
sombrero reverentemente; en fin, si el indio va á caballo y el cura
á pie, el indio bajará del caballo y no volverá á montar hasta que
el cura le diga: ¡Sulung! [116] ó esté ya muy lejos. Esto dicen los
santos Concilios, y el que no obedezca estará excomulgado.»

--Y ¿cuándo uno monta un carabao?--pregunta un escrupuloso labriego
á su vecino.

--¡Entonces... sigue adelante!--contesta éste, que es un casuista.

Pero á pesar de los gritos y gestos del predicador muchos se dormían
ó distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos:
en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre
los pecados de los impíos; tuvieron que desistir de su empresa por
falta de socios. La misma hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un
hombre sentado á su lado se había de tal manera dormido, que se cayó
sobre ella, descomponiéndole el hábito: la buena anciana cogió su
zueco y á golpes empezó á despertarle, gritando:

--¡Ay! ¡quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!

Armóse un tumulto, como era consiguiente. Paróse el predicador, enarcó
las cejas, sorprendido de tanto escándalo. La indignación ahogó la
palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus
puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco
refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente
de rodillas.

--«¡Aaah! ¡aaah!--pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando
los brazos y agitando la cabeza; ¡para eso os predico yo aquí toda
la mañana, salvajes! Aquí, en la casa de Dios, reñís y decís malas
palabras, ¡desvergonzados! ¡Aaaaah! ¡ya no respetáis nada!... ¡Esta
es la obra de la lujuria é incontinencia del siglo! ¡Ya lo decía, aaah!

Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El
alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir
el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en
que distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras, ni las
alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía
á María Clara en un jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren
los hombres en sus miserables pueblos!

El padre Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto
era echar leña al fuego: fray Dámaso era terco y prolongó más el
sermón. Fray Sibyla se mordía los labios y arreglaba repetidas veces
sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martín
era el único que parecía escuchar con placer, pues sonreía.

Por fin, dijo Dios basta: el orador se cansó y bajó del púlpito.

Todos se arrodillaron para dar gracias á Dios. El alcalde se restregó
los ojos, extendió un brazo como para desperezarse, soltando un
¡ah! profundo y bostezando.

Continuó la misa.

Cuando, al cantar Balbino y Chananay el Incarnatus est, todos se
arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuró
al oído de Ibarra: «¡En la ceremonia de la bendición no os alejéis
del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis á la piedra, que os
va la vida en ello!»

Ibarra vió á Elías, que, dicho esto, se perdía entre la muchedumbre.



XXXII

LA CABRIA


El hombre amarillo había cumplido su palabra: no era una sencilla
cabria lo que había construído sobre el abierto foso para hacer
descender la enorme mole de granito; no era el trípode que ñor Juan
había deseado para suspender una polea de su vértice, era algo más;
era á la vez que una máquina, un adorno, pero un grandioso é imponente
adorno.

Sobre ocho metros de altura se eleva la confusa y complicada andamiada:
cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servían de almas,
sujetos entre sí por colosales vigas cruzadas formando diagonales,
unidas unas á otras por gruesos clavos hundidos sólo hasta la mitad,
acaso porque, teniendo el aparato un carácter provisional, pudiera ser
después fácilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados,
daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado allá
arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y
monstruosas guirnaldas de flores y hojas, artísticamente entretejidas.

Allá arriba, en la sombra que proyectan maderos, guirnaldas y banderas,
pende sujeta por cuerdas y ganchos de hierro una descomunal polea
de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres
cables aún mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar
lleno, socavado en su centro, para formar con la excavación de la otra
piedra, ya colocada en el foso, el pequeño espacio destinado á guardar
la historia del día, como periódicos, escritos, monedas, medallas,
etc., y transmitirla acaso á muy lejanas generaciones. Estos cables
descendían de arriba abajo, se enlazaban con otra no menos gruesa
polea atada al pie del aparato, é iban á arrollarse al cilindro de
un torno, sujeto en tierra merced á gruesos maderos. Este torno, que
se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica
la fuerza de un hombre merced á un juego de ruedas dentadas, si bien
lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.

--Mirad,--decía el hombre amarillo haciendo girar el manubrio:--mirad,
ñor Juan, como con mis fuerzas únicamente hago subir y bajar la
inmensa mole... Está tan bien dispuesto, que á voluntad puedo graduar,
pulgada por pulgada, el ascenso ó descenso, de modo que un hombre
desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras,
mientras yo lo manejo desde aquí.

Ñor Juan no podía menos de admirar al hombre que se sonreía tan
particularmente. Los curiosos hacían comentarios y alababan al hombre
amarillo.

--¿Quién os enseñó la maquinaria?--le preguntó ñor Juan.

--¡Mi padre, mi difunto padre!--contestaba con su particular sonrisa.

--¿Y á vuestro padre?...

--Don Saturnino, el abuelo de don Crisóstomo.

--No sabía que don Saturnino...

--¡Oh! ¡sabía muchas cosas! No solamente pegaba bien y exponía al
sol á sus trabajadores; sabía además despertar á los dormidos y hacer
dormir á los despiertos. ¡Ya veréis con el tiempo lo que mi padre me
ha enseñado, ya veréis!

Y el hombre amarillo se reía, pero de un modo extraño.

Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaban el cilindro de
plomo y los objetos que iban á guardar en aquella especie de tumba:
una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de
una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El
filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:

--Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza á nacer, envejecida
después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya á las sacudidas
de la naturaleza, ya á la destructora mano del hombre, y sobre
las ruinas crezcan la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo
destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al
viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella
y de los que la destruyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria
de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo
se hayan sepultado ó desaparecido, sólo por alguna casualidad el
pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá
desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios
de la nación que habite estas regiones trabajarán, como trabajan los
actuales egiptólogos con los restos de una grandiosa civilización,
preocupada de la eternidad y que no sospechaba iba á descender
sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga á
sus alumnos de cinco y siete años en un idioma hablado por todos los
hombres: «¡Señores! Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos
encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos
signos y traducidas algunas palabras, podemos, sin género alguno
de temor, presumir que tales objetos pertenecían á la edad bárbara
del hombre, á la era obscura que solemos llamar fabulosa. En efecto,
señores; para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de
nuestros antepasados, bastará que os diga, que los que vivían aquí
no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de
su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del
mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase
consultar su cabeza existente en otra parte del globo, acaso en
los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección,
por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las
circunstancias de aquellos seres, que apenas me atrevo á llamar
humanos. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún
(ó al menos así lo creían) en relación directa con su Criador,
pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y
denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray,
sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el
mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento
de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significaría Muy Rico
Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses,
virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y á pesar de
su gran poder y prestigio, jamás cometerían la más ligera falta, lo
cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta
de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame
aún el argumento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado,
de que tales misteriosos seres hacían descender á Dios sobre la tierra
con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino
por boca de ellos, y á quien se comían, bebían la sangre y no pocas
veces lo daban también á comer á los hombres comunes...

Estas y otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de
todos los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se
equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos á nuestra narración.

En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y á
los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo, opíparo y abundante. Sin
embargo, en la mesa destinada á los chicos de la escuela, no había ni
una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas.--En la
enramada estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta
de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores
para el sediento público.

El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar
sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo
del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el
emparrado. Los muchachos se subían á las ramas, sobre las piedras,
para ver mejor la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura;
miraban con envidia á los chicos de la escuela que, limpios y bien
vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban
entusiasmados; ellos, pobres campesinos, verían á sus hijos comer
sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en
ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría padres á hijos.

Pronto se oyeron los lejanos acordes de la música; la precedía una
abigarrada turba, compuesta de todas las edades y vestida de todos
los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examinó con
una mirada todo su aparato. Un curioso campesino seguía su mirada
y observaba todos sus movimientos: era Elías que acudía también á
presenciar la ceremonia; por su salakot y su manera de vestir, casi
estaba desconocido. Se había procurado el mejor sitio, casi al lado
mismo del torno, al borde de la excavación.

Con la música venían el alcalde, los munícipes, los frailes, menos
el padre Dámaso, y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el
primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera
unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos
aristocráticos eran el flaco de S. E. capitán Tiago; el alférez
y algunos ricos más iban en la dorada pléyade de las jóvenes que
lucían sus sombrillas de seda. El padre Salví seguía, como siempre,
silencioso y pensativo.

--Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena
acción,--decía el alcalde á Ibarra;--yo le proporcionaré cuanto usted
necesite, y si no, haré que se lo proporcionen los otros.

A medida que se iban acercando, sentía el joven palpitar su
corazón. Instintivamente dirigió una mirada á la extraña andamiada,
allí levantada; vió al hombre amarillo saludarle respetuosamente
y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió á Elías,
quien con un significativo pestañeo le dió á entender se acordase de
lo que le había dicho en la iglesia.

El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el
tuerto sacristán mayor tenía el libro, y un monaguillo el hisopo y la
vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos,
guardaban un tan profundo silencio, que, á pesar de leer en voz baja,
se conocía que temblaba la voz del padre Salví.

Entretanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que
poner, como manuscritos, periódicos, medallas, monedas, etc., y el
todo encerrado dentro del cilindro de plomo y herméticamente soldado.

--Señor Ibarra, ¿quiere usted colocar la caja en su sitio? ¡El cura
espera á usted!--murmuró el alcalde al oído del joven.

--Con mucho gusto,--murmuró éste;--pero usurparía ese honroso deber
al señor escribano: ¡el señor escribano debe dar fe del acto!

El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que
conducía al fondo de la excavación, y con la solemnidad conveniente
lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo
y roció las piedras con agua bendita.

Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre
la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se
adaptase bien y se agarrase.

Ibarra presentó al alcalde una llana de albañil, sobre cuya ancha
hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunció antes
una alocución en castellano.

«¡Vecinos de San Diego!--dijo con grave acento: tenemos el honor de
presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderéis
sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la
base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el
porvenir de los pueblos! Enseñadnos la escuela de un pueblo, y os
diremos qué pueblo es.

«¡Vecinos de San Diego! ¡Bendecid á Dios, que os ha dado virtuosos
sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable
la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo
su glorioso manto! ¡Bendecid á Dios, que se ha apiadado de vosotros
trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la
divina palabra! ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho,
hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!

«¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan transcendental
edificio. Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el
rey, que Dios guarde, rey de las Españas, en nombre del preclaro
gobierno español, y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre
victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación
de esta escuela!

«¡Vecinos de San Diego, viva el rey! ¡Viva España! ¡Vivan los
religiosos! ¡Viva la religión católica!»

--¡Viva! ¡viva!--contestaron muchas voces,--¡viva el señor alcalde!

Este descendió después majestuoso á los acordes de la música que
empezó á tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la
piedra y con igual majestad que al principio volvió á subir.

Los empleados aplaudieron.

Ibarra ofreció otra cuchara de plata al cura que, después de fijar
los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la
escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta
por los poderosos cables, pero fué sólo un segundo, y continuó
descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron
más aplausos: á los empleados se habían agregado algunos frailes y
capitán Tiago.

El padre Salví parecía que buscaba á alguien á quien entregar la
cuchara; miró como dudoso á María Clara, pero cambiando de opinión se
la ofreció al escribano. Este, por galantería se acerca á María Clara,
quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan
todos uno tras otro. Capitán Tiago no fué olvidado.

Faltaba Ibarra, y ya se iba á ordenar que el hombre amarillo hiciese
descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven, diciéndole
en tono de broma y afectando familiaridad:

--¿No mete usted su cuchara, señor Ibarra?

--¡Sería un Juan Palomo; yo me lo guiso y yo me lo como!--contestó
éste en el mismo tono.

--¡Ande usted!--dijo el alcalde empujándole suavemente; si no, doy
orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el
día del juicio.

Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña
llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreir á
algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con
expresión indefinible; al verle, se habría dicho que toda su vida
se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo
abierto á sus pies.

Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar que pendía
sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan
con voz algo temblorosa:

--¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!

El joven quedó sólo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados
en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con
ansia los movimientos del joven.

Oíase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al
través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al
alcalde por su discurso.

De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la
cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un
ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba
en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta:
un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y
corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María
Clara y el padre Salví permanecen en su sitio sin poderse mover,
pálidos y sin palabra.

Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron á Ibarra
de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de
piedra, que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido
y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con
ojos espantados el cadáver de un hombre, que yacía á sus pies, medio
sepultado entre las vigas.

--¿No se ha muerto usted?--¿Vive usted todavía?--¡Por Dios hable
usted!--decían algunos empleados, llenos de terror é interés.

--¡Milagro! ¡Milagro!--gritaron algunos.

--¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!--dijo Ibarra, como
despertando de un sueño.

Al oir su voz, María Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y
cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.

Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un
lado á otro, bajaban á la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.

--¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?--preguntaba el alférez.

Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al
lado del torno.

--¡Que procesen al maestro de obras!--fué lo primero que pudo decir
el alcalde.

Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el
corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la
sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello
unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y
una por el opuesto aunque algo más grande: al verlas se habría creído
que una mano de acero le había cogido como una tenaza.

Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su
mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu Santo
al P. Dámaso, decía con ojos llorosos:

--¡Dios es justo, Dios es bueno!

--¡Cuando pienso que momentos antes estaba allí!--decía uno de los
empleados á Ibarra,--¡digo! si llego á ser el último, ¡Jesús!

--¡A mí se me ponen los pelos de punta!--decía otro medio calvo.

--¡Y bueno que á usted le pasó eso y no á mí!--murmuraba tembloroso
aún un viejo.

--¡Don Pascual!--exclamaron algunos españoles.

--Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo, si no salía
aplastado, me habría muerto después con sólo pensar en ello.

Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.

--¡Que esto no impida que la fiesta continúe, señor de Ibarra!--decía
el alcalde--¡alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni
español. Hay que festejar su salvación de usted. ¡Mire que si le coge
la piedra debajo!

--¡Hay presentimientos, hay presentimientos!--exclamaba el
escribano;--yo ya lo decía: El señor Ibarra no bajaba á gusto. ¡Yo
ya lo veía!

--¡El muerto es no más que un indio!

--¡Que siga la fiesta! ¡Música! ¡no resucita al muerto la
tristeza! ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias!... ¡Que
venga el directorcillo!... ¡Preso el maestro de obras!

--¡Al cepo con él!

--¡Al cepo! ¡Eh! ¡música, música! ¡Al cepo el maestrillo!

--Señor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza no ha de
resucitar al muerto, menos lo conseguirá la prisión de un hombre sobre
cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido
su libertad por estos días al menos.

--¡Bien! ¡bien! pero ¡que no reincida!

Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa
admitida. Fr. Salví parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro,
que á un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.

No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras
todo se desplomaba, una figura vestida de un traje oscuro como el
de los franciscanos. No había duda: era el mismo San Diego. Súpose
también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo nó; claro
como la luz del sol.

--¿Ves? tú no querías oír misa,--decía una madre á su hijo;--si no
te llego á pegar para obligarte, ahora irías tu al tribunal como ese,
¡en carreta!

En efecto el hombre amarillo ó su cadáver, envuelto en una estera,
era conducido al tribunal.

Ibarra corría á su casa para mudarse.

--¡Mal comienzo, hum!--decía el viejo Tasio alejándose.



XXXIII

LIBRE PENSAMIENTO


Estaba concluyendo Ibarra de arreglarse, cuando un criado le anunció
que un campesino preguntaba por él.

Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, ordenó le introdujesen en
su despacho ó gabinete de estudio, biblioteca á la vez que laboratorio
químico.

Pero con extrañeza vió allí la severa y misteriosa figura de Elías.

--Me habéis salvado la vida,--dijo éste en tagalo comprendiendo el
movimiento de Ibarra;--os he pagado mi deuda á medias y no tenéis nada
que agradecerme, antes al contrario. He venido para pediros un favor...

--¡Hablad!--contestó el joven en el mismo idioma, sorprendido de la
gravedad de aquel campesino.

Elías fijó algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:

--Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os
suplico no habléis á nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.

--Descuidad,--contestó el joven con cierto tono de disgusto;--sé que
os persiguen, pero yo no soy ningún delator.

--¡Oh, no es por mí, no es por mí!--exclamó con cierta viveza y
altivez Elías;--es por vos: yo no temo nada de los hombres.

La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel
campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni
con su estado ni su fortuna.

--¿Qué queréis decir?--preguntó interrogando con sus miradas á aquel
hombre misterioso.

--Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para
mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido
y confiado vuestros enemigos.

Ibarra retrocedió.

--¿Mis enemigos? ¿Tengo enemigos?

--¡Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el
hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso! ¡La enemistad es
la ley de la vida!

Ibarra miró en silencio á Elías.

--¡Vos no sois piloto ni campesino!...--murmuró.

--Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas,--continuó Elías
sin advertir las palabras del joven;--meditáis una empresa grande,
tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos,
porque han tenido pasiones, y en la vida no son los criminales los
que más odio provocan, sino los hombres honrados.

--¿Conocéis á mis enemigos?

Elías no contestó por de pronto y meditó.

--Conocí á uno, al que ha muerto, repuso. Ayer noche descubrí que
él tramaba algo contra vos, por algunas palabras cambiadas con un
desconocido que se perdió entre la multitud. «A éste no le comerán
los peces como á su padre: lo veréis mañana», decía. Estas palabras
llamaron mi atención no sólo por su sentido, sino por el que las
pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con
el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra,
no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo
no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo
en mí me decía que mis presunciones eran ciertas, y por esto escogí,
para advertiros, un momento y una ocasión propios para que no me
pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.

Largo rato había callado ya Elías y aún no había contestado ni dicho
una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.

--¡Siento que ese hombre haya muerto!--repuso al fin;--¡de él se
habría podido saber algo más!

--Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la
ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios
sea el único Juez!

Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo
sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones:

--¿Creéis también en el milagro?--dijo sonriendo;--¡ved el milagro
de que habla el pueblo!

--Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre
deificado, creería que efectivamente el hombre había criado á Dios á
su imagen y semejanza,--contestó solemnemente:--pero yo creo en El; he
sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando
destrucción á cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al
criminal, me puse al lado suyo: él fué herido y yo estoy sano y salvo.

--¿Vos? ¿de manera que vos?...

--¡Sí! yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su
obra fatal: yo vi su crimen. Y os digo: sea Dios el único juez entre
los hombres, sea El el único que tenga derecho sobre la vida; ¡que
el hombre no piense nunca en sustituirle!

--Y sin embargo, vos esta vez...

--¡No!--interrumpió Elías adivinando la objeción,--no es lo
mismo. Cuando el hombre condena á los otros á muerte ó destruye
para siempre su porvenir, lo hace á mansalva y dispone de la fuerza
de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo
pueden ser equivocadas ó erróneas. Pero yo, al exponer al criminal
en el mismo peligro que él ha preparado á los otros, participaba de
los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.

--¿No creéis en la casualidad?

--Creer en la casualidad es como creer en milagros: ambas cosas suponen
que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es milagro? Una contradicción,
un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción
en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significan dos
grandes imperfecciones.

--¿Quién sois?--volvió á preguntar Ibarra con cierto temor;--¿habéis
estudiado?

--He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los
hombres,--contestó el piloto eludiendo la pregunta.

Ibarra creyó comprender á aquel joven perseguido: negaba la justicia
humana, desconocía el derecho del hombre á juzgar á sus iguales,
protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre
las otras.

--Con todo, debéis admitir la necesidad de la justicia humana, por
imperfecta que ella pueda ser,--repuso.--Dios, por más ministros
que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su
juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras
pasiones. ¡Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue
alguna vez á sus semejantes!

--Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no
para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de
remediar el mal que ha hecho. Pero, añadió cambiando de tono, esta
discusión está por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que
os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos;
conservaos para el bien de vuestro país.

Y se despidió.

--¿Cuándo os volveré á ver?--preguntó Ibarra.

--Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aún soy
vuestro deudor!



XXXIV

LA COMIDA


Allá bajo el adornado kiosco comían los grandes hombres de la
provincia.

El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A
la derecha del joven se sentaba María Clara, y el escribano á su
izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el gobernadorcillo, los frailes,
los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban,
no según el rango, sino según sus aficiones.

La comida era bastante animada y alegre, pero, á la mitad de ella,
vino un empleado de telégrafos en busca de Cpn. Tiago, trayendo
un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo,
y naturalmente todos se lo suplican.

El digno Capitán frunce primero las cejas, después las levanta: su
rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego
y levantándose:

--¡Señores,--dice azorado,--S. E. el Capitán general viene esta tarde
á honrar mi casa!

Y echa á correr llevándose el parte y la servilleta, pero sin sombrero,
acosado por exclamaciones y preguntas.

El anuncio de la venida de los tulisanes no habría producido más
efecto.

--¡Pero oiga usted!--¿Cuándo viene?--¡Cuéntenos usted!--¡Su Excelencia!

Capitán Tiago ya estaba lejos.

--¡Viene S. E. y se hospeda en casa de Cpn. Tiago!--exclaman algunos
sin considerar que allí estaban la hija y el futuro yerno.

--¡La elección no podía ser mejor!--repuso éste.

Los frailes se miran unos á otros; la mirada quería decir: «El Capitán
general comete una de las suyas; nos ofende»; piensan así, se callan
y nadie expresa su pensamiento.

--Ya me habían hablado de eso ayer,--dice el alcalde,--pero entonces
S. E. no estaba aún decidido.

--¿Sabe V. E, señor alcalde, cuánto tiempo piensa el Capitán general
quedarse aquí?--pregunta inquieto el alférez.

--Con certeza no; á S. E. le gusta dar sorpresas.

--¡Aquí vienen otros partes!

Eran para el alcalde, el alférez y el gobernadorcillo, anunciando lo
mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.

--¡S. E. llegará á las cuatro de la tarde, señores!--dice el alcalde
solemnemente;--podemos comer con tranquilidad!

Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termópilas: «¡Esta noche
cenaremos con Plutón!»

La conversación volvió á tomar su curso ordinario.

--¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador!--dice tímidamente
uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto
la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en
toda la mañana.

Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron
un movimiento y un guiño que querían decir: «¡Ande usted! ¡Al primer
tapón zurrapas!» pero algunos más benévolos contestaron:

--Debe usted estar algo cansado...

--¿Qué algo?--exclama el alférez;--rendido debe estar y, como dicen
por aquí, malunqueado. ¡Cuidado con la plática!

--¡Un sermón soberbio, gigante!--dice el escribano.

--¡Magnífico, profundo!--añade el corresponsal.

--Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él
tiene,--observa el P. Manuel Martín.

El agustino no le concedía más que pulmones.

--Y la facilidad de expresarse,--añade el P. Salví.

--¿Saben ustedes que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de
la provincia?--dice el alcalde cortando la conversación.

--Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues
apenas prueba bocado,--repuso uno de los empleados.

María Clara se ruborizó.

--Doy gracias al señor ... se ocupa demasiado de mi persona,--balbuceó
tímidamente,--pero...

--Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,--concluyó
el galante alcalde, y volviéndose al P. Salví:

--Padre cura,--añadió en voz alta,--noto que todo el día está
V. R. callado y pensativo...

--¡El señor alcalde es un terrible observador!--exclama el P. Sibyla
en un tono particular.

--Esa es mi costumbre,--balbucea el franciscano;--me gusta más oir
que hablar.

--¡V. R. atiende siempre á ganar y no perder!--dice en tono de broma
el alférez.

El P. Salví no tomó la cosa á broma: su mirada brilló un momento
y replicó:

--¡Ya sabe bien el señor alférez que estos días no soy yo el que más
gana ó pierde!

El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dió por
aludido.

--Pero, señores, yo no comprendo cómo se puede hablar de ganancias
ó pérdidas,--interviene el alcalde;--¿qué pensarían de nosotros esas
amables y discretas señoritas, que nos honran con su presencia? Para
mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche:
hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables
armonías, que elevan al alma á las celestiales esferas de lo infinito
y de lo ideal...

--¡V. E. está poetizando!--dice alegremente el escribano, y ambos
apuran la copa.

--No puedo menos,--dice el alcalde limpiándose los labios;--la ocasión,
si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse
versos, y por cierto, no malos.

--¡De modo que V. E. ha sido infiel á las musas por seguir á
Temis!--dice enfáticamente nuestro mítico ó mitólogo corresponsal.

--¡Psh! ¿qué quiere usted? Recorrer toda la escala social fué siempre
mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara
de la justicia y sirvo á la humanidad, mañana...

--Mañana arrojará V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en
el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro,--añade el
P. Sibyla.

--¡Psh! sí... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal:
cualquier advenedizo lo llega á ser. Una villa en el norte para pasar
el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucía para el
invierno... ¡Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas!... De
mí no dirá Voltaire: Nous n'avons jamais été chez ces peuples que
pour nous y enrichir et pour les calomnier [117].

Los empleados creyeron que S. E. había dicho una gracia y se echaron
á reir celebrándola; los frailes los imitaron, pues no sabían que
Volter era el Voltaïré tantas veces maldecido por ellos y puesto
en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo sabía y se puso serio,
suponiendo que el alcalde había dicho una herejía ó impiedad.

En el otro kiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser
chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa
y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Aquel
que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino;
de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quienes
optaban por la cuchara, quienes por el tenedor ó el cuchillo, y como
no consideraban á nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios
es Cristo ó, más claramente, una discusión de teólogos.

Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas
se podía leer que eran felices.

--¡Ya!--decía una campesina á un viejo que trituraba buyo en su
kalíkut [118];--por más que mi marido no quiera mi Androy será
sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese
necesario, pediremos limosna. No falta quien dé dinero para que los
pobres puedan ordenarse. ¿No dice el hermano Mateo, hombre que no
miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? ¡Pues
mirad á mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!

Y á la buena madre se le hacía agua la boca viendo á su hijo coger
el tenedor con ambas manos.

--¡Dios nos ayude!--añade el viejo mascando el sapá;--si Andoy llega
á ser papa, nos iremos á Roma, ¡jejé! todavía puedo andar bien. Y si
me muero... ¡jejé!

--¡Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidará de que le habéis
enseñado á tejer cestos de caña y dikines [119].

--Tienes razón, Petra; yo también creo que tu hijo será gran cosa
... cuando menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya
aprendido el oficio! Ya, ya se acordará de mí cuando Papa ú obispo
se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dirá misas por mi
alma, ¡jejé!

Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalíkut con
mucho buyo.

--Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré á Andoy:
Hijo, quítanos á todos los pecados y mándanos al cielo. Ya no tendremos
necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo
santo Papa ya puede cometer pecados!

--Envíale mañana á casa, Petra,--dice entusiasmado el viejo;--le voy
á enseñar á labrar el nitô! [120]

--¡Hum! ¡abá! ¿Qué creéis, abuelo? ¿Pensáis que los curas mueven
todavía las manos? ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja
en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas,
dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dirá en la cama,
con abanico!... ¿Qué os figurábais?

--No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el nitô. Bueno es
que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna,
como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Me da
compasión ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.

Acercóse otro campesino diciendo:

--¡Está decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; no hay como
ser doctor!

--¡Doctor! callaos, cumpare [121],--contesta la Petra;--¡no hay como
ser cura!

--¿Cura? ¡brr! ¿cura? ¡El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le
veneran, cumare!

--¡Por favor! El cura, con dar tres ó cuatro vueltas, y decir déminos
pabiscum, come á Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le
cuentan sus secretos!

--Y ¿el doctor? Pues ¿qué creéis que es el doctor? El doctor ve todo
lo que tenéis las mujeres, toma el pulso á las dalagas... ¡Yo sólo
quisiera ser doctor una semana!

--Y ¿el cura? ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor? ¡Y
todavía mejor! ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda
para el cura.

--¿Pues qué? ¿comen los médicos sardinas secas? ¿se lastiman los
dedos comiendo sal?

--¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos? Para eso tiene
grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan
los sacristanes.

--¿Y el confesar, cumare? ¿No es un trabajo?

--¡Vaya un trabajo! ¡Ya quisierais estar confesando á todo el
mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los
hombres y las mujeres, qué nuestros vecinos! El cura no hace más que
sentarse, y todo se lo cuentan; á veces se duerme, pero suelta dos
ó tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios! ¡Yo quisiera ser
cura en una tarde de cuaresma!

--Y ¿el... el predicar? eso no me diréis que no es trabajo. ¡Ved,
si no, cómo sudaba esta mañana el cura grande!--objetaba el hombre,
que sentía batirse en retirada.

--¿El predicar? ¿Un trabajo el predicar? ¿Dónde tenéis el juicio? ¡Ya
quisiera yo estar hablando medio día, desde el púlpito, regañando y
riñendo á todos, sin que ninguno se atreva á replicar, y pagándome por
ello todavía! ¡Ya quisiera yo ser cura no más que una mañana cuando
estén oyendo misa los que me deben! ¡Ved, ved no más al padre Dámaso
cómo engorda de tanto reñir y pegar!

En efecto venía el padre Dámaso con el andar de hombre gordo, medio
sonriendo, pero de una manera tan maligna, que Ibarra al verle perdió
el hilo de su discurso.

El padre Dámaso fué saludado, si bien con cierta extrañeza, con
muestras de alegría por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los
postres y el champaña espumaba en las copas.

La sonrisa del padre Dámaso se hizo nerviosa cuando vió á María Clara
sentada á la derecha de Crisóstomo; pero, tomando una silla al lado
del alcalde, preguntó en medio de un silencio significativo:

--¿Se hablaba de algo, señores? ¡continúen ustedes!

--Se brindaba,--contestó el alcalde.--El señor de Ibarra mencionaba
á cuantos le habían ayudado en su filantrópica empresa y hablaba del
arquitecto, cuando V. R...

--Pues yo no entiendo de arquitectura,--interrumpió el padre
Dámaso,--pero me río de los arquitectos y de los bobos que á ellos
acuden. Ahí está: yo tracé el plano de esa iglesia, y está construída
perfectamente: así me lo dijo un joyero inglés que se hospedó un día
en el convento. ¡Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!

--Sin embargo,--repuso el alcalde viendo que Ibarra se callaba,--cuando
ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela,
necesitamos un perito!...

--¡Qué perito ni qué peritas!--exclama con burla el padre
Dámaso.--¡Quien necesite de peritos es un perrito! ¡Hay que ser más
bruto que los indios, que se levantan sus propias casas, para no
saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco encima,
que es todo una escuela!

Todos miraron hacia Ibarra, pero éste, si bien se puso pálido, siguió
como conversando con María Clara.

--Pero considere V. R...

--Vea usted,--continúa el franciscano no dejando hablar al
Alcalde,--vea V. cómo un lego nuestro, el más bruto que tenemos,
ha construído un hospital bueno, bonito y barato. Hacía trabajar
bien y no pagaba más que ocho cuartos diarios á los que tenían aún
que venir de otros pueblos. Ese sabía tratarlos, no como chiflados
y mesticillos, que los echan á perder pagándoles tres ó cuatro reales.

--¿Dice V. R. que sólo pagaba ocho cuartos? ¡Imposible!--dice el
alcalde para cambiar el curso de la conversación.

--Sí, señor, y eso debían imitar los que se precian de buenos
españoles. Ya se ve, desde que el canal de Suez se ha abierto, la
corrupción ha venido acá. ¡Antes, cuando teníamos que doblar el Cabo,
ni venían tantos perdidos, ni iban allá otros á perderse!

--Pero ¡padre Dámaso!...

--Usted ya conoce lo que es el indio: tan pronto como aprende algo,
la echa de doctor. Todos esos mocosos que se van á Europa...

--Pero ¡oiga V. R...!--interrumpía el alcalde, que se inquietaba por
lo agresivo de aquellas palabras.

--Todos van á acabar como merecen,--continúa el fraile; la mano de
Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en
esta vida reciben el castigo los padres de semejantes víboras... se
mueren en la cárcel ¡je je! como si dijéramos, no tienen donde...

Pero no concluyó la frase. Ibarra, lívido, le había estado siguiendo
con la vista; al oir la alusión á su padre, se levantó y de un salto,
dejó caer su robusta mano sobre la cabeza del sacerdote, que cayó de
espaldas atontado.

Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevió á intervenir.

--¡Lejos!--gritó el joven con voz terrible,--y extendió su mano á un
afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile,
que volvía de su atolondramiento;--¡el que no quiera morir que no
se acerque!

Ibarra estaba fuera de sí: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus
órbitas amenazadores. Fray Dámaso, haciendo un esfuerzo, se levantó,
pero él, cogiéndole del cuello le sacudió hasta ponerle de rodillas
y doblarle.

--¡Señor de Ibarra! ¡Señor de Ibarra!--balbucearon algunos.

Pero ninguno, ni el mismo alférez, se atrevía á acercarse viendo
el cuchillo brillar, calculando la fuerza y el estado de ánimo del
joven. Todos se sentían paralizados.

--¡Vosotros, ahí! vosotros os habéis callado, ahora me toca á mí. Yo
lo he evitado. Dios me lo trae, ¡juzgue Dios!

El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro seguía
sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.

--Mi corazón late tranquilo, mi mano va segura...

Y mirando al rededor suyo:--Antes, ¿hay entre vosotros alguno,
alguno que no haya amado á su padre, que haya odiado su memoria,
alguno nacido en la vergüenza y la humillación?... ¿Ves? ¿oyes ese
silencio? Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de
santidad y religión, y el corazón de miserias, tú no debiste conocer
lo que es un padre... ¡hubieras pensado en el tuyo! ¿Ves? ¡Entre esa
multitud que tú desprecias no hay uno como tú! ¡Estás juzgado!

La gente que le rodeaba, creyendo que iba á cometer un asesinato,
hizo un movimiento.

--¡Lejos!--volvió á gritar con voz amenazadora;--¡qué! ¿teméis que
manche mi mano en sangre impura? ¿No os he dicho que mi corazón late
tranquilo? ¡Lejos de nosotros! ¡Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis
otros hombres y os atribuís otros derechos! Mi padre era un hombre
honrado; preguntadlo á ese pueblo que venera su memoria. Mi padre
era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mí y por el bien de su
país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero
ó el desterrado que acudía á él en su miseria! Era buen cristiano:
ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó
al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le
ha hecho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha
correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él á la
ignorancia, valiéndose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su
tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo
de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora! Yo
le he huído, he evitado su presencia... Vosotros le oisteis esta
mañana profanar el púlpito, señalarme al fanatismo popular, y yo
me he callado. Ahora viene aquí á buscarme querella; he sufrido
en silencio con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria
más sagrada para todos los hijos... Vosotros los que estáis aquí,
sacerdotes, jueces, ¿vísteis á vuestro anciano padre desyelarse
trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien,
morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar,
buscando un sér que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en
el extranjero?... ¿Oisteis después deshonrar su nombre, hallasteis
su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella? ¿No? ¡Os calláis,
luego le condenáis!

Levantó el brazo; pero una joven, rápida como la luz, se puso en medio
y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.

Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco
á poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos dejando caer el
cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó al
través de la multitud.



XXXV

COMENTARIOS


Pronto se divulgó el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie
lo quería creer, pero, teniendo que ceder á la realidad, todos se
deshacían en exclamaciones de sorpresa.

Cada cual según el grado de su elevación moral hacía sus comentarios.

--¡El padre Dámaso está muerto!--decían algunos;--cuando le levantaron,
tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.

--¡Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar su
deuda!--exclamaba un joven.--Mirad que lo que ha hecho esta mañana
en el convento no tiene nombre.

--¿Qué ha hecho? ¿Ha vuelto á pegar al coadjutor?

--¿Qué ha hecho? ¡A ver! Cuéntanoslo.

--¿Habéis visto esta mañana á un mestizo español salir por la sacristía
durante el sermón?

--¡Sí! sí que le vimos. El padre Dámaso se fijó en él.

--Bueno... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué
había salido. «No entiendo el tagalo, padre», contestó, «Y ¿por qué
te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre
Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos
á puñetazos hasta que los separaron.

--Si me ocurriese eso...--murmuró entre dientes un estudiante.

--No apruebo la acción del franciscano,--repuso otro,--pues la religión
no se debe imponer á nadie como un castigo ó una penitencia; pero casi
lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati,
y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido
de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.

--Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!

--Sin embargo debemos protestar contra el hecho,--exclamaba otro
estudiante;--callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en
cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!

--¡Te equivocas!--le replicaba otro.--¡Nerón era un gran artista y
el P. Dámaso un pésimo predicador!

Los comentarios de las personas de edad eran otros.

Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera
del pueblo, decía el gobernadorcillo:

--Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin
embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...

--¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor
Ibarra, queriais decir probablemente?--interrumpía don Filipo.--El
mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado
como un viejo, y el viejo como un joven.

--Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera
de la hija de Cpn. Tiago?--pregunta capitan Martín.--¿Ninguno de los
frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que te peor! No quisiera estar
en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido
miedo. ¡Peor que te peor, hum!

--¿Lo creeis?--pregunta con interés capitán Basilio.

--Espero,--dice don Filipo cambiando con éste una mirada,--que el
pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia
ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado,
el pueblo se calla, sus amigos...

--Pero, señores,--interrumpe el gobernadorcillo,--¿qué podemos
hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda,
los frailes siempre tienen razón.

--Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos,--contesta
don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra
«siempre»;--¡démonosla una vez y entonces hablaremos!

El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con
voz agria:

--¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país
estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y
están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí! tratad de defenderle
y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.

--¡Sí!--exclama D. Filipo con amargura,--eso sucederá, mientras se
piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más
á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el
miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los
demás; por eso todos somos débiles.

--¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis
cómo os dejan colgado!--¿No sabéis el refrán español: la caridad bien
entendida empieza por sí mismo?

--¡Mejor diríais--contesta exasperado el teniente mayor--que
la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la
vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy
de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!

Las mujeres opinaban de otra manera.

--¡Ay!--suspiraba una mujer de expresión bondadosa;--los jóvenes
siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay,
Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle á mi hijo, que también
tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús! casi le tengo envidia á su
difunta madre ... me moriría de pena.

--Pues yo no,--contestaba otra mujer;--no me daría pena si tal pasase
á mis dos hijos.

--¿Qué decís, capitana María?--exclamaba la primera juntando las manos.

--Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana
Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido,
y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?

--¡Yo le negaría mi bendición!--exclama una tercera, la hermana
Rufa,--pero...

--¡Negarle la bendición, jamás!--interrumpe la bondadosa capitana
Tinay,--una madre no debe decir eso ... pero yo no sé lo que haría
... no sé ... creo que me moriría ... le ... ¡no! ¡Dios mío! pero no
querría verle más ... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?

--Con todo,--añadía hermana Rufa,--no hay que olvidar que es un gran
pecado poner la mano sobre una persona sagrada.

--¡La memoria de los padres es más sagrada!--replica capitana
María. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar
tan santa memoria!

--¡Es verdad!--murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de
ambas;--¿de dónde sacáis tan buenas razones?

--Pero y ¿la excomunión y la condenación?--replicaba la Rufa.--¿Qué
son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos
condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunión ... ultrajar á
un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!

--¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le
excomulgará! Y yo os digo: si ese joven viene á mi casa, yo le recibo
y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno: ¡el que
es buen hijo será buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!

--Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que
tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi
alma, ¿qué decís, capitana Tinay?

--¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el cura la tiene,
¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una
tonta... ¡Lo que voy á hacer es decirle á mi hijo que no estudie
más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi
hijo que quería ir á Europa!

--¿Qué pensáis hacer?

--Decirle que se queda á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana ó
pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestión
es vivir en paz.

Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.

--Pues yo,--decía gravemente la capitana María,--si fuese rica como
vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser
hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veríamos en la otra vida
... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en
nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.

--¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!--exclamaba espantada capitana
Tinay, juntando las manos;--¡parece que no habéis parido con dolor
á vuestros gemelos!

--Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar
de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me
han costado, sean no más que medio hombres...

--¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!--dice en
tono algo severo hermana Rufa.

--Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman
para sí, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas
últimas; mi marido así me lo ha enseñado.

--Todos vuestros pensamientos, capitana María,--dice la Rufa como
predicando,--son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario,
de San Francisco, de Santa Rita ó Santa Clara!

--¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de
ser hermana de los santos,--contestaba la otra sonriendo.

Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores
vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos,
nos iremos á la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos,
veremos allí á un conocido nuestro, el hombre que soñaba con los
doctores en medicina.

--¡Lo que más siento,--decía éste,--es que la escuela ya no se termina!

--¿Cómo? ¿cómo?--preguntaban los circunstantes con interés.

--¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá
escuela!

--Quién dice que ya no habrá escuela?--pregunta un rudo y robusto
aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.

--¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo plibastiero
[122]. ¡Ya no hay escuela!

Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo
para ellos.

--Y ¿es malo ese nombre?--se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.

--¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!

--¿Peor que tarantado y saragate? [123]

--¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así,
y ni siquiera me ha dolido el estómago.

--¡Vamos, no será peor que indio [124], que dice el alférez!

El que va á tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se
rasca la cabeza y piensa.

--¡Entonces será como betelopora [125], que dice la vieja del
alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.

--Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,--contestaba
gravemente.--Ya os acordáis de la palabra ispichoso, que bastaba
aplicar á un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le
llevasen al desierto ó á la cárcel; pues plebestiero es mucho
peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro
dicho por un cristiano, un cura ó un español á otro cristiano como
nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez
plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te
queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo
y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres
y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.

Todos estaban aterrados.

--¡Que me obliguen á ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más
que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo
llamar pelbistero!--jura cerrando sus puños el aldeano.--¿Quién? ¡Yo,
rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo
comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!

--¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo
palabistiero..... y me confesaré en seguida!--murmura en voz muy baja,
alejándose del grupo, uno de los campesinos.



XXXVI

LA PRIMERA NUBE


En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación
de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las
palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le
había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los
sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.

Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir
dignamente al capitán general, había sido llamado al convento.

--No llores, hija,--decía tía Isabel pasando la gamuza sobre las
brillantes lunas de los espejos;--ya le retirarán la excomunión,
ya escribirán al Santo Papa ... haremos una grande limosna... ¡El
padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo ... no ha muerto!

--No llores,--le decía Andeng en voz baja;--ya haré yo que le hables:
¿para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se
perdona con decirlo al cura!

¡Por fin, capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta
á muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el
desaliento. El pobre hombre sudaba, se pasaba la mano por la frente
y no conseguía articular una palabra.

--¿Qué hay, Santiago?--pregunta ansiosa la tía Isabel.

Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.

--¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?

--¡Lo que yo ya me temía!--prorrumpe al fin medio llorando.--¡Todo
está perdido! ¡El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo
contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo
mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa
y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto á los padres,
pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían,
cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay, San Antonio! ¡si lo
hubiese sabido, si lo hubiese sabido!

María Clara sollozaba.

--No llores, hija mía,--añadía volviéndose á ésta; tú no eres como tu
madre que no lloraba nunca..... no lloraba más que por antojos... El
padre Dámaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de España
... y te lo destina por novio...

María Clara se tapó los oídos.

--Pero, Santiago, ¿estás loco?--le gritó tía Isabel;--¡hablarle de
otro novio ahora! ¿Crees que tu hija muda de novios como de camisa?

--Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisóstomo es rico ... los
españoles sólo se casan por amor al dinero ... pero ¿qué quieres
que haga? Me han amenazado con otra excomunión..... dicen que corre
gran peligro no sólo mi alma sino también el cuerpo..... el cuerpo,
¿oyes? ¡el cuerpo!

--¡Pero tú no haces más que desconsolar á tu hija! ¿No es amigo tuyo
el arzobispo? ¿Por qué no le escribes?

--El arzobispo también es fraile, el arzobispo no hace más que lo
que los frailes le dicen. Pero, María, no llores; vendrá el Capitán
general, querrá verte y tus ojos estarán encarnados..... ¡Ay! yo que
pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia sería el
más feliz de los hombres y todos me tendrían envidia..... ¡Cálmate,
hija mía: yo soy más desgraciado que tú y no lloro! ¡Tú puedes tener
otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil pesos! ¡Ay, Virgen
de Antipolo, si esta noche al menos tuviese suerte!

Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, música tocando la
marcha real anunciaron la llegada de S. E. el Gobernador general
de las Islas Filipinas. María Clara corrió á esconderse en su
alcoba... ¡Pobre joven! juegan con tu corazón groseras manos que no
conocen sus delicadas fibras.

Mientras la casa se llenaba de gente, y fuertes pasos, voces de mando,
ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada
joven yacía medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen, que
la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, sólo sentida
por Delaroche, como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de
su Hijo. María Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba
en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos
apoyadas contra el suelo, parecía el tallo de una azucena doblado
por la tempestad. ¡Un porvenir soñado y acariciado durante años,
cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud,
daban forma á las células de su organismo, querer borrarlo ahora, con
una sola palabra, de la mente y del corazón! ¡Tanto valía paralizar
los latidos de uno y privar á la otra de su luz!

María Clara era tan buena y piadosa cristiana, como amante hija. No
sólo le arredraba la excomunión: el mandato y la amenazada tranquilidad
de su padre le exigen ahora el sacrificio de sus amores. Sentía ella
toda la fuerza de aquel afecto que hasta entonces no sospechaba. Era
una vez un río que se deslizaba mansamente; fragantes flores
alfombraban sus orillas, y su lecho lo formaba fina arena. Su corriente
apenas rizaba el viento; habríase dicho al verle que se remansaba. Pero
de repente se estrecha el cauce, ásperas rocas le cierran el paso,
añosos troncos se atraviesan formando dique, ¡ah! ¡entonces ruge el
río, se levanta, hierven las olas, sacude penachos de espuma, bate
las rocas y se lanza al abismo!

Quería orar, pero ¿quién ora en la desesperación? Se ora cuando
se espera, y cuando no, y nos dirigimos á Dios, sólo exhalamos
quejas.--«¡Dios mío! gritaba su corazón, ¿por qué separar así á un
hombre, por qué negarle el amor de los demás? Tú no le niegas tu sol,
ni tu aire, ni le ocultas la vista de tu cielo, ¿por qué negarle el
amor, cuando sin cielo, sin aire y sin sol se puede vivir, pero sin
amor jamás?»

¿Llegarían al trono de Dios esos gritos que no oyen los hombres? ¿los
oiría la Madre de los desgraciados?

¡Ay! la pobre joven, que no había conocido una madre, se atrevía
á confiar estos pesares que causan los amores de la tierra á aquel
corazón purísimo, que sólo había conocido el amor de hija y el de
madre: ella en sus tristezas acudía á esa imagen divinizada de la
mujer, la idealización más hermosa de la más ideal de las criaturas,
á esa creación poética del Cristianismo, que reune en sí los dos más
bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias,
y á quien llamamos María.

--¡Madre, madre!--gemía.

Tía Isabel vino á sacarla de su dolor. Habían llegado algunas amigas
y el Capitán general deseaba hablarle.

--¡Tía, decid que estoy enferma!--suplicó la joven espantada;--¡me
van á hacer tocar el piano y cantar!

--Tu padre lo ha prometido, ¿vas á dejar dar un feo á tu padre?

María Clara se levantó, miró á su tía, retorcióse los hermosos brazos
y balbuceó:

--¡Oh! si tuviese yo...

Pero no concluyó su frase y empezó á arreglarse.



XXXVII

SU EXCELENCIA


--¡Deseo hablar con ese joven!--decía S. E. á un ayudante;--ha
despertado todo mi interés.

--Ya han ido á buscarle, mi general. Pero aquí hay un joven de Manila
que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no
tenía tiempo y que no había venido para dar audiencias sino para ver
el pueblo y la procesión, pero ha contestado que V. E. siempre tiene
tiempo disponible para hacer justicia...

S. E. se vuelve al alcalde maravillado.

--Si no me engaño,--contesta éste haciendo una ligera inclinación,--es
el joven que esta mañana ha tenido una cuestión con el padre Dámaso
con motivo del sermón.

--¿Aún otra? ¿Se ha propuesto ese fraile alborotar la provincia,
ó cree que él manda aquí? ¡Decid al joven que pase!

S. E. se pasea nervioso de un extremo á otro de la sala.

En la antesala había varios españoles, mezclados con militares y
autoridades del pueblo de San Diego y de los vecinos: agrupados en
corro conversaban ó disputaban. Encontrábanse también ahí los frailes
todos, menos el padre Dámaso, y querían pasar para presentar sus
respetos á S. E.

--¡S. E. el Capitán general suplica á VV. RR. que se esperen un
momento!--dice el ayudante;--¡pase usted, joven!

Aquel manileño que confundía el griego con el tagalo entró en la sala
pálido y tembloroso.

Todos estaban llenos de sorpresa: muy irritado debía estar S. E. para
atreverse á hacer esperar los frailes. El padre Sibyla decía:

--¡Yo no tengo nada que decirle!... ¡aquí pierdo tiempo!

--Digo lo mismo,--añade un agustino;--¿nos vamos?

--¿No sería mejor que averiguásemos cómo piensa?--pregunta
el padre Salví;--evitaríamos un escándalo ... y ... podríamos
recordarle..... sus deberes para con..... la religión.....

--¡VV. RR. pueden pasar, si gustan!--dice el ayudante conduciendo al
joven que no entendía el griego, que ahora sale con un rostro en que
brilla la satisfacción.

Fray Sibyla entró el primero; detrás venían el padre Salví, el padre
Manuel Martín y los otros religiosos. Saludaron humildemente, menos
el padre Sibyla, que conservó, aún en la inclinación, cierto aire de
superioridad; el padre Salví por el contrario casi dobló la cintura.

--¿Quién de VV. RR. es el padre Dámaso?--preguntó de improviso
S. E. sin hacerles sentar, ni interesarse por su salud, sin dirigirles
las frases lisonjeras á que estaban acostumbrados tan altos personajes.

--¡El padre Dámaso no está, señor, entre nosotros!--contestó casi
con el mismo acento seco el padre Sibyla.

--Yace en cama enfermo el servidor de V. E.,--añade humildemente el
padre Salví;--después de tener el placer de saludarle y enterarnos
de la salud de V. E., como cumple á todos los buenos servidores del
rey y á toda persona de educación, veníamos también en nombre del
respetuoso servidor de V. E. que tiene la desgracia...

--¡Oh!--interrumpe el Capitán elsewhere] general haciendo girar una
silla sobre un pie y sonriendo nerviosamente,--si todos los servidores
de mi excelencia fuesen como su reverencia el padre Dámaso preferiría
servir yo mismo á mi excelencia!

Sus reverencias que ya estaban parados corporalmente, se lo quedaron
también en espíritu ante esta interrupción,

--¡Tomen asiento VV. RR.!--añadió, después de una breve pausa,
dulcificando un poco su tono.

Capitán Tiago iba de frac y andaba de puntillas; conducía de la mano
á María Clara, que entró vacilante y llena de timidez, y no obstante
hizo un gracioso y ceremonioso saludo.

--¿Es esa señorita hija de usted?--preguntó sorprendido el Capitán
general.

--¡Y de V. E., mi general!--contestó capitán Tiago seriamente.

El alcalde y los ayudantes abrieron los ojos; pero S. E., sin perder
su gravedad, tendió la mano á la joven y le dijo afablemente:

--¡Felices los padres que tienen hijas como usted, señorita! me han
hablado de usted con respeto y admiración ... he deseado verla para
darle las gracias por el hermoso acto que ha llevado á cabo este
día. Estoy enterado de todo, y cuando escriba al gobierno de S. M. no
olvidaré su generoso comportamiento. Entre tanto, permítame usted,
señorita, que en nombre de S. M. el rey que aquí represento y que ama
la paz y tranquilidad de sus fieles súbditos, y en el mío, en el de
un padre que también tiene hijas de su edad de usted, le dé las más
expresivas gracias y la proponga para una recompensa!

--¡Señor!...--contestó temblorosa María Clara.

S. E. adivinó lo que ella quería decir y repuso:

--Está muy bien, señorita, que usted se contente con su conciencia y
con la estimación de sus conciudadanos: á fe que es el mejor premio,
y nosotros no debíamos pedir más. Pero no me prive usted de una
hermosa ocasión para hacer ver que si la justicia sabe castigar,
también sabe premiar y que no siempre es ciega.

Todas las palabras en letra cursiva fueron pronunciadas de un modo
más significativo y en voz más alta.

--¡El señor don Juan Crisóstomo Ibarra aguarda las órdenes de
V. E.!--dijo en voz alta un ayudante.

María Clara se estremeció.

--¡Ah!--exclamó el Capitán general,--permítame usted, señorita, que
le exprese el deseo de volverla á ver antes de dejar este pueblo:
tengo aún que decirle cosas muy importantes. Señor alcalde, V. S. me
acompañará durante el paseo, que quiero hacer á pie, después de la
conferencia que tendré á solas con el señor Ibarra.

--V. E. nos permitirá que le advirtamos,--dijo el padre Salví
humildemente,--que el señor Ibarra está excomulgado...

S. E. le interrumpió diciendo:

--Me alegra mucho no tener que deplorar más que el estado del padre
Dámaso, á quien deseo sinceramente una curación completa, porque
á su edad un viaje á España por motivos de salud no debe ser muy
agradable. Pero esto depende de él... y entre tanto ¡que Dios conserve
la salud á VV. RR.!

Unos y otros se retiraron.

--Y ¡tanto que depende de él!--murmura al salir el padre Salví.

--¡Veremos quién hará más pronto el viaje!--añadió otro franciscano.

--¡Me voy ahora mismo!--dice despechado el padre Sibyla.

--¡Y nosotros á nuestra provincia!--dijeron los agustinos.

Unos y otros no podían sufrir que, por culpa de un franciscano,
S. E. los hubiese recibido fríamente.

En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrión de hacía algunas
horas. No cambiaron con él ningún saludo, pero sí miradas que decían
muchas cosas.

El alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes habían
desaparecido, le saludó y le tendió la mano familiarmente, pero la
llegada del ayudante que buscaba al joven no dió lugar á ninguna
conversación.

En la puerta se encontró con María Clara: las miradas de ambos se
dijeron también muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron
los ojos de los frailes.

Ibarra vestía de riguroso luto. Presentóse sereno y saludó
profundamente, sin embargo de que la visita de los frailes no le
parecía de buen augurio.

El Capitán general se adelantó hacia él algunos pasos.

--Tengo suma satisfacción, señor Ibarra, en estrechar su
mano. Permítame usted que le reciba en el seno de la confianza.

S. E., en efecto, contemplaba y examinaba al joven con marcado
contento.

--¡Señor... tanta bondad!...

--Su sorpresa de usted me ofende, me dice que no esperaba de mí un
buen recibimiento: ¡esto es dudar de mi justicia!

--Una amistosa acogida, señor, para un insignificante súbdito de Su
Majestad como yo, no es justicia, es un favor.

--¡Bien, bien!--dice su excelencia sentándose y señalándole un
asiento,--déjenos usted gozar un rato de expansión; estoy muy
satisfecho de su conducta y ya le he propuesto al gobierno de
S. M. para una condecoración por el filantrópico pensamiento de erigir
una escuela... Si usted se me hubiese dirigido, yo habría presenciado
con placer la ceremonia y acaso le habría evitado un disgusto.

--El pensamiento me parecía tan pequeño,--contestó el joven,--que no
lo creía bastante digno para distraer la atención de V. E. de sus
numerosas ocupaciones; además, mi deber era dirigirme antes á la
primera autoridad de mi provincia.

S. E. movió la cabeza con aire satisfecho, y adoptando cada vez un
tono más familiar, continuó:

--En cuanto al disgusto que usted ha tenido con el padre Dámaso, no
guarde ni temor ni rencores: no se le tocará un pelo de su cabeza,
mientras yo gobierne las islas; y por lo que respecta á la excomunión,
ya hablaré con el arzobispo, porque es menester que nos amoldemos
á las circunstancias: aquí no podríamos reirnos de estas cosas en
público como en la península ó en la culta Europa. Con todo, sea
usted en lo sucesivo más prudente; usted se ha colocado frente á
frente de las corporaciones religiosas que, por su significación y
su riqueza, necesitan ser respetadas. Pero yo le protegeré á usted
porque me gustan los buenos hijos, me gusta que se honre la memoria
de los padres; yo también he amado á los míos y ¡vive Dios! no sé lo
que habría hecho en su lugar...

Y cambiando rápidamente de conversación, preguntó:

--Me han dicho que viene usted de Europa; ¿estuvo usted en Madrid?

--Sí, señor, algunos meses.

--¿Oyó usted acaso hablar de mi familia?

--Acababa V. E. de partir cuando tuve el honor de ser presentado
á ella.

--Y ¿cómo entonces se vino usted sin traerme ninguna recomendación?

--Señor,--contestó Ibarra inclinándose,--porque no vengo directamente
de España, y porque, habiéndome hablado del carácter de V. E., he
creído que una carta de recomendación no sólo sería inútil, sino
hasta ofensiva: los filipinos todos le estamos recomendados.

Una sonrisa se dibujó en los labios del viejo militar, que repuso
lentamente como midiendo y pesando sus palabras:

--Me lisonjea que usted piense así, y... ¡así debía ser! Sin embargo,
joven, usted debe saber qué cargas pesan sobre nuestros hombros en
Filipinas. Aquí, nosotros, viejos militares, tenemos que hacerlo ó
serlo todo: rey, ministro de Estado, de Guerra, de Gobernación, de
Fomento, de Gracia y Justicia, etc., y lo peor aún es que para cada
cosa tenemos que consultar á la lejana madre patria, que aprueba
ó rechaza, según las circunstancias, ¡á veces á ciegas! nuestras
propuestas. Ya decimos los españoles: ¡el que mucho abarca poco
aprieta! Venimos además generalmente conociendo poco el país y le
dejamos cuando le empezamos á conocer.--Con usted puedo franquearme,
pues sería inútil aparentar otra cosa. Así que, si en España donde
cada ramo tiene su ministro, nacido y criado en la misma localidad,
donde hay prensa y opinión; donde la oposición franca abre los ojos al
gobierno y le ilustra, anda todo imperfecto y defectuoso, es un milagro
que aquí no esté todo revuelto, careciendo de aquellas ventajas, y
viviendo y maquinando en las sombras una más poderosa oposición. Buena
voluntad no nos falta á los gobernantes, pero nos vemos obligados
á valernos de ojos y brazos ajenos, que por lo común no conocemos,
y que acaso en vez de servir á su país, sólo sirven á sus propios
intereses. Esto no es culpa nuestra, es de las circunstancias; los
frailes nos ayudan no poco á salir del paso, pero no bastan ya... Usted
me inspira interés y desearía que la imperfección de nuestro actual
sistema gubernamental no le perjudicase en nada... yo no puedo velar
por todos, ni todos pueden acudir á mí. ¿Puedo serle á usted útil en
algo, tiene usted algo que pedir?

Ibarra reflexionó.

--Señor,--contestó,--mi mayor deseo es la felicidad de mi país,
felicidad que quisiera se debiese á la madre patria y al esfuerzo de
mis conciudadanos, unidos una y otros con eternos lazos de comunes
miras y comunes intereses. Lo que pido sólo puede darlo el gobierno
después de muchos años de trabajo continuo y reformas acertadas.

S. E. le miró por algunos segundos, con una mirada que Ibarra sostuvo
con naturalidad.

--¡Es usted el primer hombre con quien hablo en este país!--exclamó
tendiéndole la mano.

--V. E. sólo ha visto á los que se arrastran en la ciudad, no ha
visitado las calumniadas cabañas de nuestros pueblos: V. E. habría
podido ver verdaderos hombres si para ser hombre basta tener un
generoso corazón y costumbres sencillas.

El Capitán general se levantó y se puso á pasear de un lado á otro
de la sala.

--Señor Ibarra,--exclamó parándose de repente; el joven se
levantó;--acaso dentro de un mes parta; su educación de usted y su
modo de pensar no son para este país. Venda usted cuanto posee, arregle
su maleta y véngase conmigo á Europa: aquel clima le sentaría mejor.

--¡El recuerdo de la bondad de V. E. lo conservaré mientras
viva!--contestó Ibarra algo conmovido;--pero debo vivir en el país
donde han vivido mis padres...

--¡Donde han muerto, diría usted más exactamente! Créame, acaso conozca
su país mejor que usted mismo... ¡Ah! ahora me acuerdo,--exclamó
cambiando de tono,--usted se casa con una adorable joven, y le estoy
deteniendo aquí. Vaya usted, vaya usted al lado de ella y para mayor
libertad envíeme al padre,--añadió sonriendo.--No se olvide usted,
sin embargo, de que quiero que me acompañe á paseo.

Ibarra saludó y se alejó.

S. E. llamó á su ayudante.

--¡Estoy contento!--dijo dándole ligeras palmadas en el hombro;--hoy
he visto por primera vez cómo se puede ser buen español sin dejar de
ser buen filipino y amar á su país; hoy les he demostrado al fin á
las reverencias que no todos somos juguetes suyos: este joven me ha
proporcionado la ocasión y pronto habré saldado todas mis cuentas con
el fraile. ¡Lástima que ese joven algún día ú otro... pero llámame
al alcalde!

Este se presentó inmediatamente.

--Señor alcalde,--le dijo al entrar,--para evitar que se repitan
escenas, como las que V. S. esta siesta ha presenciado, escenas que
deploro porque desprestigian al gobierno y á los españoles todos,
me permito recomendarle eficazmente al señor Ibarra, para que no
sólo le facilite los medios de llevar á cabo sus patrióticos fines,
sino también evite que en adelante le molesten personas de cualquier
clase que fueren y bajo cualquier pretesto.

El alcalde comprendió la reprimenda y se inclinó para ocultar su
turbación.

--Haga V. S. decir lo mismo al alférez que aquí manda la sección,
y averigüe si es verdad que este señor tiene ocurrencias propias,
que no dicen los reglamentos: he oído sobre esto más de una queja.

Capitán Tiago se presentó tieso y planchado.

--Don Santiago,--le dijo S. E. en tono afectuoso,--hace poco le
felicitaba á usted por la dicha de tener una hija como la señorita de
los Santos; ahora le felicito por su futuro yerno: la más virtuosa de
las hijas es digna seguramente del mejor ciudadano de Filipinas. ¿Se
puede saber cuándo es la boda?

--¡Señor!...--balbucea capitán Tiago, y se limpia el sudor que corría
por su frente.

--¡Vamos, veo que aún no hay nada definitivo! Si faltan padrinos,
tendré sumo gusto en ser uno de ellos. ¡Es para quitar el mal gusto
que me han dejado tantas bodas como hasta aquí he apadrinado!--añadió
dirigiéndose al alcalde.

--¡Sí, señor!--contestó capitán Tiago con una sonrisa que inspiraba
compasión.

Ibarra fué casi corriendo en busca de María Clara: tenía tantas cosas
que decirle y contarle. Oyó alegres voces en una de las habitaciones
y llamó ligeramente á la puerta.

--¿Quién llama?--pregunta María Clara.

--¡Yo!

Las voces callaron y la puerta... no se abrió.

--Soy yo, ¿puedo entrar?--pregunta el joven cuyo corazón latía
violentamente.

El silencio continuó. Segundos después unos ligeros pasos se acercaron
á la puerta y la alegre voz de Sinang murmuró al través del agujero
de la cerradura:

--Crisóstomo, vamos al teatro esta noche; escribe lo que tengas que
decirle á María Clara.

Y los pasos volvieron á alejarse, rápidos como vinieron.

--¿Qué quiere esto decir?--murmuraba Ibarra pensativo, alejándose
lentamente de la puerta.



XXXVIII

LA PROCESIÓN


A la noche, y encendidos ya todos los faroles de las ventanas,
salió por cuarta vez la procesión al repique de las campanas y las
consabidas detonaciones.

El Capitán general, que había salido á pie en compañía de sus
dos ayudantes, capitán Tiago, el alcalde, el alférez é Ibarra,
precedidos por guardias civiles y autoridades que abrían paso y
despejaban el camino, fué invitado á ver pasar la procesión en casa
del gobernadorcillo, que había hecho levantar delante un tablado,
para que se recitara una loa en honor del santo patrón.

Ibarra hubiera renunciado gustoso á oir esta composición poética
y preferido ver la procesión en casa de capitán Tiago, donde María
Clara se había quedado con sus amigas, pero S. E. quería oir la loa
y no tuvo más remedio que consolarse con la idea de verla en el teatro.

Principiaba la procesión con los ciriales de plata, llevados por tres
enguantados sacristanes; seguían los chicos de la escuela, acompañados
del maestro; después los muchachos con los faroles de papel, de forma
y colores varios, puestos en el extremo de una caña más ó menos larga
y adornada según el capricho del muchacho, pues que esta iluminación
la costeaba la niñez de los barrios. Cumplen gustosos con este deber,
impuesto por el matandâ sa nayon [126]; cada cual imagina y compone su
farol, su fantasía lo adorna con más ó menos perendengues y banderitas,
atendiendo también al estado del bolsillo, y lo ilumina con un cabo
de vela si tiene un amigo ó pariente sacristán, ó compra una candelita
roja que los chinos usan ante sus altares.

En medio van y vienen alguaciles, tenientes de justicia, para cuidar
de que las filas no se rompan ni se aglomere la gente, y para ello
se valen de sus varas, con cuyos golpes, dados convenientemente y
con cierta fuerza, procuran contribuir á la gloria y brillantez de
las procesiones para edificación de las almas y lustre de las pompas
religiosas.

A la vez que los alguaciles reparten gratis estos santificadores
bejucazos, otros, para consolar á los azotados, distribuyen cirios
y velas de diferentes tamaños, gratis también.

--Señor alcalde,--dice Ibarra en voz baja,--¿se dan esos golpes en
castigo de los pecados ó sólo por gusto?

--¡Tiene usted razón, señor Ibarra!--contesta el Capitán general que
oyó la pregunta;--este espectáculo... bárbaro extraña á todo el que
viene de otros países. Convendría prohibirlo.

Sin poderse explicar el por qué, el primer santo que aparece es san
Juan Bautista. Al verle se diría que la fama del prímo de N. S. no
andaba muy bien puesta entre la gente; verdad es que tenía pies y
piernas de doncella y cara de anacoreta, pero iba en unas viejas
andas de madera y le obscurecían unos cuantos chicos, armados de sus
faroles de papel no encendidos, pegándose disimuladamente unos á otros.

--¡Desgraciado!--murmuró el filósofo Tasio, que presenciaba la
procesión desde la calle;--¡no te vale ser el precursor de la Buena
Nueva, ni el haberse Jesús inclinado ante tí! no te vale tu gran fe ni
tu austeridad, ni el morir por la verdad y tus convicciones: todo esto
¡lo olvidan los hombres, cuando no se cuenta más que con los méritos
propios! Más vale predicar mal en las iglesias que ser la elocuente
voz que clama en el desierto; esto te enseña Filipinas. Si hubieses
comido pavo en vez de langostas, vestido seda en vez de pieles y te
hubieses afiliado á una corporación...

Pero el viejo suspendió su apóstrofe, pues venía san Francisco.

--¿No lo decía?--continuó sonriendo sarcásticamente;--éste va en
carro y ¡Santo Dios, qué carro, cuántas luces y cuántos faroles
de cristal! ¡nunca te viste rodeado de tantas lumbreras, Giovanni
Bernardone! Y ¡qué música! ¡Otras melodías dejaron oir tus hijos
después de tu muerte! Pero, venerable y humilde fundador, si resucitas
ahora, no verás sino degenerados Eliases de Cortona, y si te reconocen
tus hijos, te encierran y acaso participes de la suerte de Cesáreo
de Spira.

Detrás de la música venía un estandarte que representaba al mismo
santo, pero con siete alas, llevado por los Hermanos Terceros,
vistiendo el hábito de guingón y rezando en alta y lastimera voz.--Sin
saberse la causa de ello, venía santa María Magdalena, hermosísima
imagen con abundante cabellera, pañuelo de piña bordado entre los
dedos cubiertos de anillos, y traje de seda adornada de planchas de
oro. Luces é incienso la rodeaban; veíanse sus lágrimas de vidrio
reflejar los colores de las luces de Bengala, que daban á la procesión
aspecto fantástico; así que la santa pecadora lloraba ora verde,
ora rojo, ora azul, etc. Las casas no principiaban á encender estas
luces sino cuando pasaba san Francisco; san Juan Bautista no gozaba de
estos honores, y pasaba de prisa, avergonzado de ir el único vestido
de pieles entre tanta gente cubierta de oro y piedras preciosas.

--¡Allí va nuestra santa!--dice la hija del gobernadorcillo á sus
visitas;--le he prestado mis anillos, pero es para ganar el cielo.

Los alumbrantes deteníanse alrededor del tablado para oir la loa, los
santos hacían lo mismo: ellos ó sus portadores querían oir versos. Los
que cargaban á san Juan, cansados de esperar, se sentaron en cuclillas
y convinieron en dejarle en el suelo.

--Puede regañar el alguacil,--objetó uno.

--¡Quizá en la sacristía le dejan en un rincón entre telarañas!...

Y san Juan, una vez en el suelo, llegó á ser como gente del pueblo.

A partir de la Magdalena vienen las mujeres, sólo que en vez de
empezar por las niñas, como entre los hombres, venían primero las
viejas cerrando las solteras la procesión hasta el carro de la Virgen,
detrás del cual venía el cura bajo su palio. Esta costumbre la tenían
del padre Dámaso que decía: «A la Vírgen le gustan las jóvenes y no
las viejas», lo que hacía poner mala cara á muchas beatas, pero no
cambiar el gusto de la Vírgen.

San Diego seguía á la Magdalena, aunque no parecía alegrarse de ello,
pues continuaba compungido como esta mañana cuando iba detrás de san
Francisco. Tiran de su carro seis Hermanas Terceras por no sé qué
promesa ó enfermedad: es el caso que tiran, y con afán. San Diego se
detiene delante del tablado y aguarda á que le saluden.

Pero hay que esperar el carro de la Virgen, precedido de gente vestida
de fantasma, que asusta á los chicos, y por eso se oye un llorar y
chillar de los bebés imprudentes. Sin embargo, en medio de aquella
masa obscura de hábitos, capuchones, cordones y tocas, al son de aquel
rezo monótono y gangoso, vense, como blancos jazmines, como frescas
sampagas entre trapos viejos, doce niñas vestidas de blanco, coronadas
de flores, el cabello rizado, de miradas brillantes como sus collares;
parecían geniecillos de la luz prisioneros de los espectros. Iban
cogidas á dos anchas cintas azules sujetas al carro de la Virgen,
recordando á las palomas que arrastran el de la Primavera.

Ya todas las imágenes estaban atentas, pegadas unas á otras para
escuchar los versos; todo el mundo tenía los ojos fijos en la
entreabierta cortina; al fin un ¡aaah! de admiración se escapó de
todos los labios.

Y lo merecía: era un jovencito con alas, botas de montar, banda,
cinturón y sombrero con plumajes.

--¡El señor alcalde mayor!--gritó uno, pero el prodigio de la creación
empezó á recitar una poesía como él y no se dió por ofendido de
la comparación.

¿Para qué trasladar aquí lo que dijo en latín, tagalo y castellano,
todo versificado, la pobre víctima del gobernadorcillo? Nuestros
lectores han saboreado ya el sermón del padre Dámaso de esta mañana,
y no queremos mimarlos con tantas maravillas, además de que el
franciscano podrá mirarnos con rencor si le buscamos un competidor,
y esto es lo que no queremos, gente pacífica como tenemos la fortuna
de ser.

Continuó después la procesión: san Juan siguió su calle de amarguras.

Al pasar la Virgen por delante de la casa de capitán Tiago, un canto
celestial la saludó con las palabras del arcángel. Era una voz tierna,
melodiosa, suplicante, llorando el Ave María de Gounod, acompañándose
del piano que oraba con ella. La música de la procesión enmudeció,
el rezo cesó y el mismo padre Salví se detuvo. La voz estremecía y
arrancaba lágrimas: expresaba más que una salutación, una plegaria,
una queja.

Ibarra oyó la voz desde la ventana donde estaba, y el terror y la
melancolía descendieron sobre su corazón. Comprendió lo que aquel
alma sufría y expresaba en un canto y temió preguntarse la causa de
aquel dolor.

Sombrío, pensativo le encontró el Capitán general.

--Me acompañará usted en la mesa; allí hablaremos de esos niños que
han desaparecido,--le dijo.

--¿Seré yo la causa?--murmuraba el joven mirando sin ver á S. E.,
á quien siguió maquinalmente.



XXXIX

DOÑA CONSOLACIÓN


¿Por qué están cerradas las ventanas de la casa del alférez? ¿Dónde
estaban, mientras pasaba la procesión, la cara masculina y la camisa de
franela de la Medusa ó la Musa de la guardia civil? ¿Habrá comprendido
doña Consolación lo desagradables que eran su frente surcada de gruesas
venas, conductoras, al parecer, no de sangre, sino de vinagre y hiel,
el grueso tabaco, digno adorno de sus morados labios, y su envidiosa
mirada, y, cediendo á un generoso impulso, no ha querido turbar con
su aparición siniestra las alegrías de la multitud?

¡Ay! para ella los impulsos generosos vivieron en la Edad de oro.

La casa está triste porque el pueblo se alegra, como decía Sinang;
no tiene ni faroles ni banderas. Si el centinela no se pasease delante
de la puerta, se diría que la casa está deshabitada.

Una débil luz alumbra la desarreglada sala, y pone transparentes las
sucias conchas [127] en que se ha agarrado la telaraña é incrustado
el polvo. La señora, según su costumbre de estar mano sobre mano,
dormita en un ancho sillón. Viste como todos los días, es decir,
mal y horriblemente: por todo tocado un pañuelo atado á la cabeza,
dejando escapar delgados y cortos mechones de cabellos enmarañados;
la camisa de franela azul, sobre otra que debió haber sido blanca,
y una falda desteñida que modela los delgados y aplanados muslos,
colocados uno sobre otro y agitándose febrilmente. De su boca van
saliendo bocanadas de humo, que arroja con fastidio al espacio hacia
donde mira cuando abre los ojos. Si en aquel momento la hubiese visto
don Francisco de Cañamaque [128] la habría tomado por un cacique del
pueblo ó el mankukulam [129], adornando después su descubrimiento
con comentarios en lengua de tienda, inventada por él para su uso
particular.

Aquella mañana, la señora no había oído misa, no porque no hubiese
querido, al contrario, quería enseñarse á la multitud y oir el
sermón, pero el marido no se lo había permitido, y la prohibición
iba acompañada, como siempre, de dos ó tres insultos, juramentos y
amenazas de puntapiés. El alférez comprendía que su hembra vestía
ridículamente, que olía á eso que llaman querida de soldados, y que
no convenía exponerla á las miradas de los personajes de la cabecera
ni de los forasteros.

Pero ella no lo entendía así. Sabía que era hermosa, atractiva, que
tenía aires de reina y que vestía mucho mejor y con más lujo que
la misma María Clara: ésta iba de tapis, ella de saya suelta. Fué
necesario que el alférez le dijese:--¡O te callas ó te envío á
puntapiés á tu p... pueblo!

Doña Consolación no quería volver á puntapiés á su pueblo, pero pensó
en la venganza.

Jamás fué propia para infundir confianza en nadie la faz obscura de la
señora, ni cuando se pintaba, pero aquella mañana inquietó grandemente,
sobre todo cuando la vieron recorrer la casa de un extremo á otro,
silenciosa y como meditando algo terrible ó maligno: su mirada tenía
el reflejo que brota de la pupila de una serpiente cuando, cogida,
va á ser aplastada: era fría, luminosa, penetrante, y tenía algo de
viscoso, asqueroso y cruel.

La más pequeña falta, el más insignificante inusitado ruido le
arrancaban un torpe é infame insulto que abofeteaba al alma, pero
nadie respondía: excusarse era otro crimen.

Así se pasó el día. No encontrando un obstáculo que se le pusiese
delante,--el marido estaba convidado,--se saturaba de bilis:
creeríase que las células de su organismo se cargaban de electricidad
y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo á su alrededor se
plegaba, como las espigas al primer soplo del huracán; no encontraba
resistencia, no hallaba ninguna punta ó eminencia para descargar su
mal humor: soldados y criados se arrastraban á su lado.

Para no oir el regocijo exterior, mandó cerrar las ventanas y encargó
al centinela no dejara pasar á nadie. Atóse un pañuelo á la cabeza
como para evitar que estallara, y á pesar de que el sol brillaba aún,
mandó encender luces.

Sisa, como vimos, fué detenida por perturbadora del orden y conducida
al cuartel. El alférez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar
la noche en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente día vióla
el alférez, y temiendo por ella en aquellos días de algarabía, y no
queriendo dar un espectáculo desagradable, encargó á los soldados la
tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. Así
pasó la demente dos días.

Esta noche, sea que la vecindad de la casa de capitán Tiago haya
llevado hasta ella el triste canto de María Clara, sea que otros
acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese,
Sisa empezó también á cantar con su voz dulce y melancólica los
kundiman [130] de su juventud. Los soldados la oían y se callaban:
¡ay! aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos
del tiempo en que aún no se habían corrompido.

Doña Consolación la oyó también en su aburrimiento, y enterada de la
persona que cantaba:

--¡Que suba al instante!--mandó, después de algunos segundos de
meditación. Algo como una sonrisa vagaba por sus secos labios.

Trajeron á Sisa, quien se presentó sin turbarse, sin manifestar
extrañeza ni temor: parecía no ver á señora alguna. Esto hirió la
vanidad de la Musa, que pretendía infundir respeto y espanto.

La alféreza tosió, hizo seña á los soldados para que se fuesen y,
descolgando el látigo de su marido, dijo con acento siniestro á
la loca:

--¡Vamos, magcantar icau! [131].

Sisa naturalmente no la comprendió, y esta ignorancia aplacó sus iras.

Una de las bellas cualidades de esta señora era el procurar ignorar el
tagalo, ó al menos aparentar no saberlo, hablándolo lo peor posible:
así se daría aires de una verdadera orofea [132], como ella solía
decir. Y hacía bien, porque si martirizaba el tagalo, el castellano
no salía mejor librado ni en cuanto se refería á la gramática ni á la
pronunciación. Y ¡sin embargo su marido, las sillas y los zapatos,
cada cual había puesto de su parte cuanto podía para enseñarla! Una
de las palabras que le costaron más trabajo aún que á Champollión
los jeroglíficos, era la palabra Filipinas.

Cuéntase que al día siguiente de su boda, hablando con su marido,
que entonces era cabo, había dicho Pilipinas; el cabo creyó deber suyo
corregirla, y le dijo dándole un coscorrón:--«¡Dí Felipinas, mujer! no
seas bruta. ¿No sabes que se llama así á tu p... país por venir de
Felipe?»--La mujer, que soñaba en su luna de miel, quiso obedecer
y dijo Felepinas. Al cabo le pareció que ya se acercaba, aumentó
los coscorrones y la increpó: «Pero, mujer, ¿no puedes pronunciar
Felipe? No lo olvides, sabe que el rey don Felipe... quinto... Di
Felipe, y añádele nas que en latín significa islas de indios, y tienes
el nombre de tu rep... país».

La Consolación, lavandera entonces, palpándose el chichón ó los
chichones, repitió empezando á perder la paciencia:

--Fe... lipe, Felipe... nas, Felipenas, ¿así ba?

El cabo se quedó viendo visiones. ¿Por qué resultó Felipenas en vez
de Felipinas? ¿Una de dos: ó se dice Felipenas ó hay que decir Felipi?

Aquel día tuvo por prudente callarse; dejó á su mujer y fué á
consultar cuidadosamente los impresos. Aquí su admiración llegó al
colmo; restregóse los ojos:--¡A ver... despacio!--Filipinas decían
todos los impresos bien deletreados: ni él ni su mujer tenían razón.

--¿Cómo?--murmuraba,--¿puede mentir la historia? ¿No dice este libro
que Alonso Saavedra había dado este nombre al país en obsequio al
infante don Felipe? ¿Cómo se corrompió este nombre? ¿Si sería un
indio el tal Alonso Saavedra?...

Consultó sus dudas al sargento Gómez, que en su mocedad había deseado
ser cura. Este, sin dignarse mirarle y arrojando una bocanada de humo,
le contestó con la mayor prosopopeya:

--En los tiempos antiguos decíase Filipi en vez de Felipe; nosotros
los modernos, como nos volvemos franchutes, no podemos tolerar dos
is seguidas. Por esto la gente culta, en Madrid sobre todo, ¿no has
estado en Madrid? la gente culta, digo, ya empieza á decir: menistro,
enritación, embitación, endino, etc., que es lo que se llama montarse
á la moderna.

El pobre cabo no había estado en Madrid; hé aquí por qué ignoraba el
busilis. ¡Qué cosas se aprenden en Madrid!

--¿De modo que hoy se debe decir?...

--¡A la antigua, hombre! este país aún no es culto, ¡á la antigua:
Filipinas!--contestó Gómez con desprecio.

El cabo, si era mal filólogo, era en cambio un buen marido: lo que
acababa de aprender, su mujer debía saberlo también y continuó la
educación.

--Consola, ¿cómo llamas á tu p... país?

--¿Cómo lo he de llamar? como me lo enseñaste: Felifenas.

--¡Te tiro la silla, p...! ayer ya lo pronunciabas algo mejor,
á la moderna; pero ahora hay que pronunciarlo á la antigua! Feli,
digo, ¡Filipinas!

--¡Miro que yo no soy ninguna antigua! ¿qué te has creido?

--¡No importa! ¡dí Filipinas!

--¡No me da la gana! Yo no soy ningún trasto viejo... apenas treinta
añitos,--contestó remangándose como disponiéndose al combate.

--¡Dilo, rep..., ó te tiro la silla!

Consolación vió el movimiento, reflexionó y balbuceó respirando
fuertemente:

--Feli... Fele... File...

¡Pum! ¡crracc! la silla concluyó con la palabra.

Y la lección terminó á puñetazos, arañazos, bofetones. El cabo
la cogió del cabello, ella á él de la perilla y de otra parte del
cuerpo--morder no podía, porque los dientes se le movían todos--el
cabo dió un grito, soltóla, pidióle perdón, brotó la sangre, hubo un
ojo más rojo que el otro, una camisa hecha jirones, salieron muchos
órganos de sus escondites, pero Filipinas no salió.

Aventuras parecidas sucedían cada vez que se trataba del lenguaje. El
cabo, que veía los progresos lingüísticos de ella, calculaba con
dolor que en diez años su hembra perdería por completo el uso de la
palabra. En efecto, así sucedió. Cuando se casaron, ella entendía
aún el tagalo y se hacía entender en español; ahora, en la época de
nuestra narración, ya no hablaba ningún idioma: se había aficionado
tanto al lenguaje de los gestos, y de éstos escogía los más ruidosos
y contundentes, que daba quince y falta al inventor del volapük.

Sisa, pues, tuvo la fortuna de no comprenderla. Desarrugándose un poco
sus cejas, una sonrisa de satisfacción animó su cara; indudablemente
ya no sabía el tagalo, era ya orofea.

--¡Asistente, di á ésta en tagalo que cante! ¡No me comprende, no
sabe el español!

La loca comprendió al asistente y cantó la canción de la noche.

Doña Consolación oía al principio con risa burlona, pero la risa
desapareció poco á poco de sus labios, se puso atenta, después seria y
algo pensativa. La voz, el sentido de los versos y el canto mismo la
impresionaban: aquel corazón árido y seco estaba tal vez sediento de
lluvia. Ella lo comprendía bien: «La tristeza, el frío y la humedad
que descienden del cielo envueltos en el manto de la noche,» según
el kundiman, le parecía que descendían también sobre su corazón; «la
flor mustia y marchita que, durante el día había ostentado sus galas,
deseosa de aplauso y llena de vanidad, al caer la tarde, arrepentida
y desengañada, hace un esfuerzo para levantar sus ajados pétalos al
cielo, pidiendo un poco de sombra para ocultarse y morir sin la burla
de la luz que la vió en su pompa, sin ver la vanidad de su orgullo,
un poco de rocío también que llore sobre ella. El ave nocturna deja
su solitario retiro, el hueco del añoso tronco, y turba la melancolía
de las selvas»...

--¡No, no cantes!--exclamó la alféreza en perfecto tagalo levantándose
agitada; ¡no cantes! ¡esos versos me hacen daño!

La loca se calló; el asistente soltó un: ¡Abá! sabe palá tagalog! y
quedóse mirando á la señora lleno de admiración.

Esta comprendió que se había delatado; avergonzóse, y, como su
naturaleza no era la de una mujer, la vergüenza tomó el aspecto de
rabia y odio. Señaló la puerta al imprudente, y de un puntapié la cerró
detrás de él. Dió unas cuantas vueltas por el aposento, retorciendo
entre sus nervudas manos el látigo, y, parándose de pronto delante
de la loca, le dijo en español:--¡Baila!

Sisa no se movió.

--¡Baila, baila!--repitió con voz siniestra.

La loca la miraba con ojos vagos, sin expresión: la alféreza le levantó
un brazo, después otro, sacudiéndoselos: inútil, Sisa no comprendía.

Púsose á saltar, á agitarse, estimulando á la otra para que la
imitara. Oíase de lejos la música de la procesión tocar una marcha
grave y majestuosa, pero la señora saltaba furiosamente siguiendo otro
compás, otra música, la que resonaba en su interior. Sisa la miraba
inmóvil: algo como curiosidad se pintó en sus ojos y una débil sonrisa
movió sus pálidos labios: le hacía gracia el baile de la señora.

Paróse ésta como avergonzada, levantó el látigo, aquel terrible látigo
conocido de los ladrones y soldados, hecho en Ulangô y perfeccionado
por el alférez con alambres retorcidos, y dijo:

--¡Ahora te toca á tí bailar... baila!

Y empezó á azotar débilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara
se contrajo de dolor, obligándola á defenderse con las manos.

--¡Ajá! ¡ya empiezas!--exclamó con salvaje alegría, y del lento pasó
á un allegro vivace.

La infeliz lanzó un quejido de dolor y levantó vivamente el pie.

--¿Has de bailar, p... india?--decía la señora, y el látigo vibraba
y silbaba.

Sisa dejóse caer al suelo, llevándose ambas manos á las piernas y
mirando á su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos
á la espalda le hicieron levantarse: ya no fué un quejido, fueron
dos aullidos lo que la desgraciada exhaló. Rasgóse la fina camisa,
la piel se abrió y brotó la sangre.

La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su víctima
exaltó á doña Consolación.

--¡Baila, baila, condenada maldita! ¡Mal haya la madre que te
parió!--gritaba;--¡baila ó te mato á latigazos!

Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra,
empezó á saltar y á bailar.

La loca la comprendió al fin, y siguió moviendo descompasadamente los
brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra,
sonrisa de un Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo;
había odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera
expresado más.

Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar á su marido
hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.

Apareció el alférez pálido y sombrío; vió lo que allí pasaba y lanzó
una terrible mirada á su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse
sonriendo cínicamente.

El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro
de la extraña bailarina y la hizo parar. La loca respiró y sentóse
poco á poco en el suelo, manchado de su sangre.

El silencio continuó: el alférez respiraba con fuerza; la hembra que
le observaba con ojos interrogadores, recogió el látigo y le preguntó
con voz tranquila y lenta:

--¿Qué te pasa? ¡No me has dado siquiera las buenas noches!

El alférez, sin contestar, llamó al asistente.

--¡Llévate á esa mujer,--dijo;--que la Marta le dé otra camisa y la
cure! Tú le darás bien de comer, una buena cama... ¡cuidado con que
se la trate mal! Mañana se la conducirá á casa del señor Ibarra.

Después cerró cuidadosamente la puerta, puso el cerrojo y se acercó
á su señora.

--¡Tú estás buscando que yo te reviente!--le dijo cerrando los puños.

--¿Qué te pasa?--preguntó ella levantándose y retrocediendo.

--¿Qué me pasa?--gritó con voz de trueno, soltando una blasfemia y
enseñándole un papel lleno de garabatos, continuó:

--¿No has escrito tú esta carta al alcalde, diciendo que se me paga
para permitir el juego, so p...? ¡Yo no sé cómo no te machaco!

--¡A ver! ¡á ver si te atreves!--díjole ella riendo burlonamente;
¡el que me machaque ha de ser más hombre que tú!

Él oyó el insulto, pero vió el látigo. Cogió un plato de los
que estaban sobre una mesa, y se lo arrojó á la cabeza; la mujer,
acostumbrada á estas luchas, se baja rápidamente y el plato se estrella
contra la pared; igual suerte les cupo á una taza y á un cuchillo.

--¡Cobarde!--le dice ella,--no te atreves á acercarte.

Y le escupe para exasperarle más. El hombre se ciega y bramando se
arroja sobre ella, pero ésta, con una rapidez asombrosa, le cruza la
cara á latigazos, y échase á correr atropelladamente, encerrándose en
su cuarto, cuya puerta cierra violentamente. Rugiendo de ira y dolor
persíguela el alférez y sólo consigue darse contra la puerta que le
hace vomitar blasfemias.

--¡Maldita sea tu descendencia, marrana! Abre, p.... ¡abre, si no te
rompo la crisma!--aullaba golpeando la puerta con sus puños y pies.

Doña Consolación no contestaba. Oíase un crujir de sillas y baúles,
como quien quiere levantar una barricada con muebles caseros. La casa
cimbraba á los puntapiés y juramentos del marido.

--¡No entres, no entres!--decía la voz agria de la mujer;--si te
asomas te pego un tiro.

El pareció calmarse poco á poco y se contentó con pasearse de un
extremo á otro de la sala como una fiera en su jaula.

--¡Vete á la calle á refrescarte la cabeza!--continuaba burlándose
la mujer, que parecía haber concluído ya sus preparativos de defensa.

--¡Te juro que como te coja, no te ve ni Dios, so cochina p...!

--¡Sí! ya puedes decir lo que quieras... ¡no querías que fuese á
misa! ¡no me dejabas cumplir con Dios!--decía con sarcasmo, como ella
sola lo sabía hacer.

El alférez cogió su capacete, arreglóse un poco y se marchó á grandes
pasos, pero al cabo de algunos minutos volvió sin hacer el menor
ruido: se había quitado las botas. Los criados, acostumbrados á estos
espectáculos, solían aburrirse, pero la novedad de las botas llamó
la atención, y unos á otros se guiñaron los ojos.

Sentóse el alférez en una silla, al lado de la sublime puerta, y tuvo
la paciencia de esperar más de media hora.

--¿Has salido de veras ó estás allí, cabrón?--preguntaba la voz de
vez en cuando, cambiando de epítetos, pero subiendo de tono.

Por fin ella comenzó á retirar poco á poco los muebles; él oía el
ruido y se sonreía.

--¡Asistente! ¿ha salido el señor?--gritó doña Consolación.

El asistente, á una señal del alférez, contestó:

--Sí, señora, ha salido.

Oyósela reir alegremente y descorrió el cerrojo.

Despacito se levantó el marido; entreabrióse la puerta...

Un grito, el ruido de un cuerpo que cae, juramentos, aullidos,
maldiciones, golpes, voces roncas... ¿Quién describe lo que pasó en
la obscuridad de la alcoba?

El asistente, saliendo á la cocina, hizo una seña muy significativa
al cocinero.

--¡Y lo vas á pagar tú!--díjole éste.

--¿Yo? ¡en todo caso el pueblo! Ella me preguntó si había salido,
no si había vuelto.



XL

EL DERECHO Y LA FUERZA


Serían las diez de la noche. Los últimos cohetes suben perezosamente
por el cielo obscuro, donde, brillan cual nuevos astros, algunos
globos de papel, elevados hacía poco merced al humo y al aire
calentado. Algunos, adornados de fuegos artificiales, se incendiaron
amenazando las casas todas; por esto siguen viéndose aún hombres sobre
los caballetes de los tejados, armados de una larga caña con un trapo
en la punta y provistos de un cubo de agua. Sus negras siluetas se
destacan en la vaga claridad del aire, y parecen fantasmas descendidos
de los espacios para presenciar los regocijos de los hombres.--Habíanse
quemado también multitud de ruedas, castillos, toros ó carabaos de
fuego y un gran volcán que ha superado en hermosura y grandiosidad
á cuanto hasta entonces habían visto los habitantes de San Diego.

Ahora se dirige la gente en masa hacia la plaza del pueblo para
asistir por última vez al teatro. Acá y allá se ven luces de Bengala,
alumbrando fantásticamente los alegres grupos; los chicos se valen de
antorchas para buscar entre la hierba bombas falladas y otros restos
que pudieran utilizarse, pero la música da la señal y todos abandonan
la pradera.

El gran tablado está espléndidamente iluminado: miles de luces rodean
los puntales, penden del techo y siembran el suelo en apiñados
grupos. De ellas cuídase un alguacil y cuando se adelanta para
arreglarlas, el público le silba y grita:--¡Ya está, ahí está!

Delante del escenario templa la orquesta los instrumentos, preludia
aires; detrás de ésta se encuentra el sitio de que hablaba el
corresponsal en su carta. La principalía del pueblo, los españoles y
los ricos forasteros iban ocupando las alineadas sillas. El pueblo,
la gente sin títulos ni tratamientos, ocupaba el resto de la plaza;
algunos cargaban un banco á cuestas, más que para sentarse para
remediar la falta de estatura: esto provocaba ruidosas protestas
por parte de los desbancados; aquellos descendían inmediatamente,
pero pronto volvían á subir como si nada hubiera pasado.

Idas y venidas, gritos, exclamaciones, carcajadas, un buscapié
rezagado, un reventador ó petardo aumentaban el bullicio. Acá se
le rompe el pie á un banco y caen al suelo, á las risotadas de la
multitud, personas que habían venido de lejos para ver, y ahora
resultaban vistas; allá riñen y disputan por el sitio; un poco más
distante se oye un estrépito de copas y botellas que se rompen:
es Andeng que lleva refrescos y bebidas; con ambas manos sostiene
cuidadosa la ancha bandeja, pero se encuentra con el novio que quiere
aprovecharse de la situación...

El teniente mayor, don Filipo, preside el espectáculo, pues el
gobernadorcillo es aficionado al monte; don Filipo habla con el
viejo Tasio:

--¿Qué he de hacer?--decía;--el alcalde no ha querido admitir mi
dimisión; «¿no se siente usted con fuerzas para cumplir con sus
deberes?» me preguntó.

--Y ¿qué le ha contestado usted?

--¡Señor alcalde! le contesté; las fuerzas de un teniente mayor,
por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad:
vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo,
y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, señor alcalde.--Pero
el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaríamos de esto
después de las fiestas.

--¡Entonces que Dios ayude á usted!--dijo el viejo y trató de irse.

--¿No quiere usted ver la función?

--¡Gracias! para soñar y disparatar me basto yo solo,--contestó con
risa sarcástica el filósofo;--pero ahora me acuerdo, ¿no ha llamado
nunca su atención el carácter de nuestro pueblo? Pacífico, gusta
de espectáculos belicosos, de luchas sangrientas; demócrata, adora
emperadores, reyes y príncipes; irreligioso, se arruina por las pompas
del culto; nuestras mujeres tienen un carácter dulce y deliran cuando
una princesa blande la lanza... ¿sabe usted á qué se debe esto? Pues...

La llegada de María Clara y sus amigas cortó la conversación. Don
Filipo las recibió y las acompañó á sus asientos. Detrás venía el
cura y venían también otros vecinos que tienen por oficio escoltar
á los frailes.

--¡Dios los premie también en la otra vida!--dijo el viejo Tasio
alejándose.

La función empezó con Chananay y Marianito en Crispino e la
Comare. Todos tenían ojos y oídos en el escenario menos uno: el
P. Salví. Parecía no haber ido allí más que para vigilar á María Clara,
cuya tristeza daba á su hermosura un aire tan ideal é interesante,
que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos
del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas órbitas,
no decían arrobamiento: en aquella sombría mirada se leía algo
desesperadamente triste: ¡con tales ojos contemplaría Caín desde
lejos el paraíso cuyas delicias le pintara su madre!

Se concluía el acto cuando entró Ibarra; su presencia ocasionó un
murmullo: la atención de todos se fijó en él y en el cura.

Pero el joven no pareció advertirlo, pues saludó con naturalidad á
María Clara y á sus amigas, sentándose á su lado. La única que habló
fué Sinang.

--¿Has estado á ver el volcán?--preguntó.

--No, amiguita, he tenido que acompañar al Capitán general.

--¡Pues es lástima! El cura venía con nosotras, y nos contaba historias
de condenados; ¿te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos,
¿te parece?

El cura se levantó y acercóse á don Filipo, con quien pareció entablar
una viva discusión. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura
y en voz baja.

--Siento no poder complacer á V. R.,--decía éste;--el señor Ibarra
es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho á estarse aquí
mientras no perturbe el orden.

--Pero ¿no es perturbar el orden escandalizar á los buenos
cristianos? ¡Es dejar á un lobo entrar en el aprisco! ¡Responderás
de esto ante Dios y ante las autoridades!

--Siempre respondo de los actos que emanan de mi propia voluntad,
padre,--contestó don Filipo inclinándose ligeramente;--pero mi pequeña
autoridad no me faculta para mezclarme en asuntos religiosos. Los que
quieran evitar su contacto que no hablen con él: el señor Ibarra no
fuerza tampoco á nadie.

--Pero es dar ocasión al peligro, y quien ama el peligro, en él perece.

--No veo peligro alguno, padre: el señor alcalde y el Capitán general,
mis superiores, han estado hablando con él toda la tarde, y no les
he dar una lección.

--Si no le echas de aquí, salimos nosotros.

--Lo sentiría muchísimo, pero no puedo echar de aquí á nadie.

El cura se arrepintió, pero ya no había remedio. Hizo una seña á su
compañero, que se levantó con pesar, y ambos salieron. Imitáronlos
las personas adictas, no sin lanzar antes una mirada de odio á Ibarra.

Los murmullos y los cuchicheos subieron de punto: acercáronse y
saludaron entonces varias personas al joven y decían:

--Nosotros estamos con usted; no haga usted caso de esos.

--¿Quiénes son esos?--preguntó con extrañeza.

--¡Esos que han salido por evitar su contacto!

--¡Sí! dicen que está usted excomulgado.

Ibarra, sorprendido, no supo qué decir y miró á su alrededor. Vió á
María Clara que ocultaba el rostro detrás del abanico.

--Pero ¿es posible?--exclamó al fin;--¿todavía estamos en plena Edad
media? De manera que...

Y acercándose á las jóvenes y cambiando de tono:

--Dispensadme,--dijo;--me había olvidado de una cita; volveré para
acompañaros.

--¡Quédate!--le dijo Sinang;--Yeyeng va á bailar en «la Calandria»;
baila divinamente.

--No puedo, amiguita, pero ya volveré.

Redoblaron los murmullos.

Mientras Yeyeng salía vestida de chula con el «¿Da usté su permiso?»
y Carvajal le contestaba «Pase usté adelante» etc., acercáronse dos
soldados de la guardia civil á don Filipo, pidiendo que se suspendiese
la representación.

--Y ¿por qué?--pregunta éste sorprendido.

--Porque el alférez y la señora se han pegado y no pueden dormir.

--Diga usted al alférez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene
facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.

--¡Pues hay que suspender la función!--repitieron los soldados.

Don Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.

Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo á nadie una palabra
acerca del incidente.

Después del trozo de zarzuela, que fué muy aplaudido, se presentó el
príncipe Villardo retando á combate á todos los moros, que tenían
preso á su padre; el héroe les amenazaba con cortarles á todos la
cabeza de un solo tajo y enviarlas á la luna. Afortunadamente para
los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego,
sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente
y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente
Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros,
arroja también espada y escudo y emprende la carrera; los moros,
al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en
imitarle: óyense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la
gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz,
etc.--¡Tulisanes! ¡Tulisanes!--gritan unos.--¡Fuego! ¡ladrones!--gritan
otros;--mujeres y niños lloran, ruedan por el suelo bancos y
espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.

¿Qué había pasado?

Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano á los músicos para
suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros,
armados de sus viejos sables, los logran detener á pesar de su
resistencia.

--¡Conducidlos al tribunal!--gritaba don Filipo,--¡cuidado con
soltarlos!

Ibarra había vuelto y buscaba á María Clara. Las atemorizadas jóvenes
se agarraron á él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías
en latín.

Repuesta algún tanto la gente del susto, y habiéndose dado cuenta de lo
que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron
piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían á los dos
guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar á
doña Consolación juntamente con el alférez.

--¡Para eso sirven!--gritaba una mujer remangándose y extendiendo
los brazos; ¡para perturbar el pueblo! ¡No persiguen más que á los
hombres honrados! ¡Allí están los tulisanes y jugadores! ¡Incendiemos
el cuartel!

Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían
de debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario
estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos
á la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador,
hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela;
Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el príncipe Villardo;
Balbino y los moros se esforzaban en consolar á los músicos, más ó
menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto á otro hablando
y arengando á todo el que encontraban.

Pero ya se había formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corrió
á contenerlos.

--¡No alteréis el orden!--gritaba;--mañana pediremos satisfacción,
se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!

--¡No!--contestaban algunos;--lo mismo hicieron en Calamba [133]; se
prometió lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. ¡Queremos justicia
por nuestra mano! ¡Al cuartel!

En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su
actitud. Don Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vió á Ibarra.

--¡Señor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!

--¿Qué puedo hacer yo?--preguntó el joven perplejo, pero el teniente
mayor ya estaba lejos.

Ibarra á su vez miró al rededor, buscando sin saber á quién. Por
fortuna creyó distinguir á Elías, que presenciaba impasible el
movimiento. Ibarra corre á él, le coge del brazo y le dice en español:

--¡Por Dios! haga usted algo, si puede; ¡yo no puedo nada!

El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.

Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco
á poco, el grupo empezó á disolverse tomando cada cual una actitud
menos hostil.

Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, con la bayoneta
calada.

Entretanto ¿qué hacía el cura?

El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra
las persianas, miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de
tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no
hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban
de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.

De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos
sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritería
llegaban vagamente hasta él.--Uno de los criados, que vino sin aliento,
le enteró de lo que pasaba.

Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y
del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la
debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie,
el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen,
el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y
¡cuando se aman! Se le figuró ver á Crisóstomo llevar en sus brazos
á María Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.

Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco
se dirigió á la plaza.

Allí encontró á los españoles que reprendían á los soldados, miró hacia
los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vió vacíos.

--¡Padre Cura! ¡padre Cura!--le gritaban los españoles,--pero él
no hizo caso y corrió en dirección á la casa de capitán Tiago. Allí
respiró: vió en el trasparente caído una silueta, la adorable silueta,
llena de gracia y suave de contornos, de María Clara, y la de la tía
que llevaba tazas y copas.

--¡Vamos!--murmuró;--¡parece que sólo se ha puesto enferma!

Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa
sombra desapareció.

El cura se alejó de aquel sitio sin ver á la multitud. Tenía delante
de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando
dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas,
que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael;
la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad,
pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la
ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.

La imaginación siguió viendo otras cosas más... pero ¿quién escribe
todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?

Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción
de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

«¡Gracias mil veces, gracias infinitas á la oportuna y activa
intervención del M. R. P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando
todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba
desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la
multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y
autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El
virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las
delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza,
para evitar que le sucediese á su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los
vecinos de San Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su
heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!»



XLI

DOS VISITAS


En el estado de ánimo en que se encontraba Ibarra, le era imposible
conciliar el sueño; así que, para distraer su espíritu y alejar las
tristes ideas que se exageran durante la noche, púsose á trabajar
en su solitario gabinete. El día le alcanzó haciendo mezclas y
combinaciones, á cuya acción sometía trocitos de caña y otras
sustancias, que encerraba después en frascos numerados y lacrados.

Un criado entró anunciándole la llegada de un campesino.

--¡Que pase!--dijo sin volverse siquiera.

Entró Elías, que permaneció de pie en silencio.

--¡Ah! ¿sois vos?--exclamó Ibarra en tagalo al reconocerle;--dispensad
que os haya hecho esperar, no lo había notado: estaba haciendo un
experimento importante...

--¡No quiero distraeros!--contestó el joven piloto;--he venido primero,
para preguntaros si queríais algo para la provincia de Batangas hacia
donde parto ahora, y después para daros una mala noticia...

Ibarra interrogó al piloto con la mirada.

--La hija de capitán Tiago está enferma,--añadió Elías
tranquilamente;--pero no de gravedad.

--¡Yo ya me lo temía!--exclamó Ibarra con voz débil;--¿sabéis qué
enfermedad es?

--¡Una fiebre! Ahora, si no tenéis nada que mandar...

--Gracias, amigo mío; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid
que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondáis.

Elías se inclinó.

--¿Cómo habéis podido conjurar el motín de anoche?--preguntó Ibarra
fijando en él sus ojos.

--¡Muy sencillamente!--contestó Elías con la mayor naturalidad;--los
que dirigían el movimiento eran dos hermanos cuyo padre había muerto,
apaleado por la guardia civil; un día tuve la fortuna de salvarlos de
las mismas manos en que había caído su padre, y ambos me están por
esto agradecidos. A ellos me dirigí anoche y ellos se encargaron de
disuadir á los demás.

--Y ¿esos dos hermanos cuyo padre murió apaleado?...

--Acabarán como el padre,--contestó Elías en voz baja;--cuando la
desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen
que perecer; cuando el rayo hiere un árbol, todo lo reduce á cenizas.

Y Elías, viendo que Ibarra callaba, se despidió.

Este, al verse solo, perdió el continente sereno que había conservado
en presencia del piloto, y el dolor se manifestó en su semblante.

--¡Yo, yo la he martirizado!--murmuró.

Vistióse rápidamente y descendió las escaleras.

Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla
izquierda, le saludó humildemente, parándole en su camino.

--¿Qué queréis?--le preguntó Ibarra.

--Señor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que murió ayer.

--¡Ah! Os doy el pésame... y ¿bien?

--Señor, quiero saber cuánto vais á pagar á la familia de mi hermano.

--¿Pagar?--repitió el joven sin poder reprimir su disgusto;--ya
hablaremos de esto.--Volved esta tarde que hoy tengo prisa.

--¡Decid solamente cuánto queréis pagar!--insistió Lucas.

--¡Os he dicho que hablaremos otro día, hoy no tengo tiempo!--dijo
Ibarra impaciente.

--¿No tenéis tiempo ahora, señor?--preguntó con amargura Lucas,
poniéndosele delante;--¿no tenéis tiempo para ocuparos de los muertos?

--¡Venid esta tarde, buen hombre!--repitió Ibarra conteniéndose;--hoy
tengo que ver á una persona enferma.

--¡Ah! ¿y por una enferma olvidáis á los muertos? ¿Creéis que porque
somos pobres?...

Ibarra le miró y le cortó la palabra.

--¡No pongáis á prueba mi paciencia!--dijo y siguió su camino. Lucas
se le quedó mirando con una sonrisa llena de odio.

--¡Se conoce que eres el nieto del que puso á mi padre al sol!--murmuró
entre dientes;--¡aún tienes la misma sangre!

Y cambiando de tono añadió:

--Pero, si pagas bien... ¡amigos!



XLII

LOS ESPOSOS DE ESPADAÑA


Ya ha pasado la fiesta; los vecinos del pueblo hallan otra vez, como
todos los años, que la caja está más pobre, que han trabajado, sudado
y velado mucho sin divertirse, sin adquirir nuevos amigos, en una
palabra, han comprado caro el bullicio y los dolores de cabeza. Pero
no importa; el año que viene se hará lo mismo, lo mismo la venidera
centuria, pues esta ha sido hasta ahora la costumbre.

En casa de capitán Tiago reina bastante tristeza: todas las ventanas
están cerradas, la gente apenas hace ruido al andar y sólo en la cocina
se atreve á hablar en voz alta. María Clara, el alma de la casa, yace
enferma en el lecho; su estado se lee en todos los semblantes, como
se leen las dolencias del espíritu en las facciones de un individuo.

--¿Qué te parece, Isabel: hago la limosna á la cruz de Tunasan ó á
la cruz de Matahong?--pregunta en voz baja el atribulado padre.--La
cruz de Tunasan crece, pero la de Matahong suda; ¿cuál crees tú que
sea más milagrosa?

Tía Isabel piensa, mueve la cabeza y murmura.

--Crecer... crecer es mayor milagro que sudar: todos sudamos, pero
no crecemos todos.

--Es verdad, sí, Isabel, pero advierte que sudar... sudar la madera
que hacían para pie de banco no es poco milagro... Vamos, lo mejor
será dar limosna á ambas cruces; así ninguna se resiente y María
Clara sanará más pronto... ¿Están bien los cuartos? Ya sabes que
viene con los doctores un nuevo señor medio pariente del P. Dámaso;
es menester que nada falte.

En el otro extremo del comedor están las dos primas, Sinang y Victoria,
que vienen á acompañar á la enferma. Andeng les ayuda á limpiar un
servicio de plata para tomar el té.

--¿Conocéis al doctor Espadaña?--pregunta con interés á Victoria la
hermana de leche de María Clara.

--¡No!--contesta la interpelada;--lo único que sé de él es que cobra
muy caro, según capitán Tiago.

--¡Entonces debe ser muy bueno!--dice Andeng;--el que agujereó el
vientre de doña María cobraba caro; por eso era sabio.

--¡Tonta!--exclama Sinang,--no todo el que cobra caro es sabio. Mira
el doctor Guevara, después que no supo ayudar al parto, cortándole
la cabeza al niño, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe
es cobrar.

--¿Qué sabes tú?--le pregunta su prima dándole un codazo.

--¿No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas,
después de perder su esposa, tuvo también que perder su casa, porque
el Alcalde es amigo del doctor, le obligó á pagar... ¿no lo he de
saber? Mi padre le prestó el dinero para hacer el viaje á Santa Cruz
[134].

Un coche, parándose delante de la casa, cortó todas las conversaciones.

Capitán Tiago, seguido de tía Isabel, bajó corriendo las escaleras
para recibir á los recién llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio
de Espadaña, su señora, la doctora doña Victorina de los Reyes de de
Espadaña y un joven español de fisonomía simpática y agradable aspecto.

Ella vestía una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un
gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo
del camino, mezclándose con los polvos de arroz en sus mejillas,
parecían aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy
lleva también del brazo á su marido cojo.

--¡Tengo el gusto de presentarle á usted á nuestro primo, don Alfonso
Linares de Espadaña!--dijo doña Victorina señalando al joven; el señor
es ahijado de un pariente del padre Dámaso, secretario particular de
todos los ministros...

El joven saludó con gracia; capitán Tiago por poco le besa la mano.

Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras
capitán Tiago los conduce á sus aposentos, digamos algo acerca de
este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en
los primeros capítulos.

Doña Victorina era una señora de sus cuarenta y cinco agostos,
equivalentes á treinta y dos abriles, según sus cálculos
aritméticos. Había sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,--así
solía decirlo ella,--pero extasiada en la contemplación de sí misma,
había mirado con gran desdén á muchos adoradores filipinos que tuvo,
pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar
á nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues
no pocas veces había entregado joyas de inestimable valor á varios
aventureros extranjeros y nacionales.

Seis meses antes de la época de nuestra historia, vió realizado su
más hermoso sueño, el sueño de toda su vida, por el cual despreciaría
los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitán
Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus oídos, ó cantadas en alguna
serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueño; pero doña
Victorina que, aunque hablaba mal el español, era más española que
Agustina de Zaragoza, y sabía el refrán: Más vale tarde que nunca,
consolábase con decírselo á sí misma.--No hay felicidad completa en
la tierra, era su otro íntimo refrán, porque ambos no salían jamás
de sus labios delante de otras personas.

Doña Victorina, que había pasado su primera, segunda, tercera y
cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el
objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la
suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y
dos abriles, no hubiese tenido más que treinta y uno,--la diferencia
para su aritmética era muy grande,--habría devuelto al destino la
presa que le ofrecía, para esperar otra más en conformidad con sus
gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que
tenía ya mucha necesidad de marido, vióse obligada á contentarse con
un pobre hombre, que arrojó de sí Extremadura y que después de vagar
por el mundo seis ó siete años, Ulises moderno, encontró al fin en la
isla de Luzón hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media
naranja... ¡ay! y la naranja era agria. Llamábase el infeliz Tiburcio
Espadaña, y aunque tenía treinta y cinco años y parecía viejo, era
más joven que doña Victorina que sólo tenía treinta y dos. El por
qué de esto es fácil de comprender, pero peligroso de decir.

Había ido á Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan
mala suerte que, además de marearse mucho y fracturarse una pierna
durante la navegación, encontróse á los quince días de su llegada
con la cesantía que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya
se encontraba sin un cuarto.

Escarmentado del mar, no quiso volver á España sin haber hecho fortuna,
y pensó dedicarse á algo. El orgullo español no le permitía ningún
trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para
vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo
hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio vivía á costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era
honrado, sabíale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaquecía. No
teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus
paisanos, para desprenderse de él, fuese á provincias y se hiciese
pasar por doctor en medicina. El hombre se resistía al principio,
pues si bien había sido mozo en el hospital de San Carlos, no había
aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el
polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fué por corto
tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus
escrúpulos, dióles oídos al fin, fuése á provincias y empezó por
visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su conciencia se
lo decía. Mas, á semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego,
concluyó cobrando caro y poniendo gran precio á sus visitas; de aquí
que pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente
su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de
sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía á los otros.

Intercedieron por él particulares y profesores.--«¡Hombre! Dr. C.,
déjele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis ó siete
mil pesitos, se podrá volver á su tierra y vivir allí en paz. Total
¿qué le hace á usted eso? ¿que engaña á los incautos indios? Pues que
sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca;
sea usted buen español!

El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero
como la noticia llegó á oídos del pueblo, empezóse á desconfiar de él
y á poco don Tiburcio Espadaña perdió su clientela y se vió de nuevo
obligado casi á mendigar el pan de cada día. Por entonces supo de
un amigo suyo, íntimo que fué de doña Victorina, el apuro en que se
encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. Don Tiburcio
vió allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.

Doña Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde veniéntibus ossa [135]
habría exclamado él, si hubiese sabido latín. Ella no era ya pasable,
era pasada; su abundante cabellera se había reducido á un moño, grande,
al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su
cara y empezaban á movérsele los dientes; los ojos habían sufrido
también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia
para mirar á cierta distancia: su carácter era lo único que le había
quedado.

Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se
aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos
tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva
al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir;
pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás á ella para
pedirle su mano. Había oído más de una vez decir que «á la ocasión
la pintan calva» y creyó honradamente que don Tiburcio era la misma
ocasión, pues gracias á sus noches negras padecía de una prematura
calvicie. ¿Qué mujer no es prudente á los treinta y dos años?

Don Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna
de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma
del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos
eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen
hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad.--Allá en
su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena,
iba á acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dormía
pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los
disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética
imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa,
trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle
de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando,--¡sí, él
pensaba en las riñas como en una felicidad! Pero cuando, obligado
á vagar de país en país en busca, no ya de fortuna, sino de alguna
comodidad para vivir los días que le restaban; cuando, ilusionado por
las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para
Filipinas, el realismo cedió el puesto á una arrogante mestiza, á una
hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos
trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor,
sus coches, etc. Llegó á Filipinas y creyó que realizaba su sueño,
pues las jóvenes, que en plateados coches acudían á la Luneta y al
Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante,
la mestiza ó la india desapareció, y con trabajo se forjó la imagen
de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vió su sueño
tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dósis de
filosofía natural, se dijo: «¡Aquello era un sueño y en el mundo no se
vive soñando!» Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz,
¡psé! cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas,
pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa,
imponente y varonil, pero el hambre es más imponente, terrible y más
pretenciosa todavía, y luega para eso ha nacido él dulce de genio,
y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él
tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle
su cesantía, y además ¿qué importa? ¿es una vieja fea y ridícula? ¡él
es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefería cuidar que no ser
cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él,
respondía: «Dame pan y llámame tonto.»

Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía
mal á una mosca: modesto é incapaz de abrigar un mal pensamiento,
se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el
país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de
gran valor y de elevada importancia que á las pocas semanas adquieren
la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar
odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente
veía infelices á quienes convenía desplumar, si no quería ser más
infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse
pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia
y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!

Casáronse ó cazáronse pues, y fueron á Sta. Ana para pasar la luna
de miel; pero en la noche de bodas, doña Victorina tuvo una terrible
indigestión, y don Tiburcio dió gracias á Dios, mostróse solícito
y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre
honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con
melancolía descubriendo sus desprovistas encías; había envejecido lo
menos diez años.

Muy contenta doña Victorina de su marido, hizo que le arreglaran
una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores
sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, pidió á Batangas y
Albay los mejores troncos y hasta le obligó á tener dos caballos para
las próximas carreras.

Mientras trasformaba á su marido, no se olvidaba de su propia
persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje
europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos
flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turbó
la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido que no salía nunca á pie,--ella no quería que se viese su
cojera,--la llevaba á paseo por los sitios más solitarios con gran
pesar de Eva, que quería lucir su marido en los paseos más públicos,
pero se callaba por respeto á la luna de miel.

El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de
arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doña Victorina
frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y
ella comprendió su flaco.

Pronto creyóse madre y anunciólo así á todos sus amigos:

--El mes que viene, yo y de Espadaña nos vamos á la Peñínsula; no
quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.

Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba
categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de
de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió
sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.

--¡Si no pongo más que un de puede creerse que no lo tienes,
tonto!--decía á su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de
memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla
hablar:--«Voy á ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaña
cree que es lo más bonito. De Espadaña ha recorrido todo el
mundo»--«Probablemente no volveré más á este país de salvajes.»--«No
he nacido para vivir aquí; me convendría más Aden ó Port Said; desde
niña lo he creído así, etc.» Doña Victorina en su geografía dividía
el mundo en Filipinas y España, á diferencia de los chulos que lo
dividen en España y América ó China por otro nombre.

El marido sabía que algunas de estas cosas eran barbaridades,
pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su
tartamudez. Hízose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de
madre, y se dió por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas
y pasearse en bata por la Escolta, pero ¡oh desencanto! pasaron
tres meses y el sueño se evaporó, y no habiendo ya motivo para que
el hijo no fuese revolucionario, se desistió del viaje. Dióse á
consultar médicos, comadronas, viejas, etc., pero inútil; ella, que
con descontento de capitán Tiago se burlaba de san Pascual Bailón,
no quería recurrir á ningún santo ni santa; por lo que le dijo un
amigo de su marido:

--¡Créame usted, señora; es usted el único espíritu fuerte en este
aburrido país!

Sonrióse ella sin comprender lo que era espíritu fuerte, y á la noche,
á la hora de dormir, se lo preguntó al marido.

--Hija, contestó éste, el e... espíritu fuerte, que conozco es el
amoníaco: mi amigo habrá hablado por re... retórica.

Desde entonces ella decía siempre que podía:

--Soy el único amoníaco en este aburridísimo país, hablando por
retórica; así lo ha dicho el señor N. de N., peninsular de muchísima
categoría.

Cuanto decía se tenía que hacer, había llegado á dominar completamente
á su marido, que por su parte no ofreció gran resistencia, llegando
á convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le
incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfurecía de veras,
le arrancaba la dentadura dejándole horrible por uno ó más días.

Se le ocurrió que su marido debía ser doctor en Medicina y Cirugía
y así se lo manifestó.

--¡Hija! ¿quieres que me prendan?--preguntó asustado.

--No seas tonto y déjame arreglar las cosas; no irás á curar á nadie,
pero quiero que te llamen doctor y á mí doctora; ¡ea!

Y al día siguiente Rodoreda recibía el encargo de grabar en una
losa de mármol negro: DOCTOR DE ESPADAÑA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE
DE ENFERMEDADES.

Toda la servidumbre les debía dar los nuevos títulos, y á consecuencia
de esto se aumentó el número de los flequillos, la capa de polvos
de arroz, las cintas y encajes, y miró con más desdén que nunca á
sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos
categoría que el suyo. Cada día sentía dignificarse y elevarse más,
y á seguir este camino, al cabo de un año se creería de origen divino.

Estos sublimes pensamientos no impedían sin embargo que cada día
fuese más vieja y ridícula. Cada vez que capitán Tiago se encontraba
con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto
continuo un peso á la iglesia para una misa en acción de gracias. A
pesar de esto, capitán Tiago respetaba mucho al marido por el título de
especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atención
las pocas frases que él en su tartamudez conseguía pronunciar. Por
esto, y porque este doctor no visitaba á todo el mundo como los otros
médicos, le escogió capitán Tiago para asistir á su hija.

En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el
viaje para España, doña Victorina pensó en un administrador peninsular,
no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en
Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo
de la familia: escribiéronle, pues, pagándole de antemano ya el pasaje,
y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.

Estos son los tres personajes que acaban de llegar.

Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el padre Salví, y los
esposos, que ya le conocían, le presentaron con todos sus títulos al
joven Linares, que se ruborizó.

Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba
y dormía. Se habló del viaje; doña Victorina lució su verbosidad
criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los
puentes de caña, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el
segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente,
etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.

--Hubiera usted venido dos días antes, doña Victorina,--repuso capitán
Tiago en una pequeña pausa,--y habría usted encontrado á S. E. el
Capitán general: allí estaba sentado.

--¿Qué? ¿Cómo? ¿Estuvo aquí S. E.? ¿Y en su casa de usted? ¡Mentira!

--¡Le digo á usted que allí se sentaba! Hubiera usted venido dos
días antes...

--¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes!--exclama
ella con verdadero pesar, y dirigiéndose á Linares:

--¿Oyes, primo? ¡Aquí estaba S. E.! ¿Ves si tenía razón De Espadaña
cuando te decía que no ibas á casa de un miserable indio? Porque
usted sabrá, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de
ministros y duques y comía en casa del conde del Campanario.

--Del duque de la Torre, Victorina,--le corrige su marido.

--Lo mismo da, ¿si me dirás tú á mi?...

--¿Encontraría yo este día al padre Dámaso en su pueblo?--interrumpe
Linares dirigiéndose al padre Salví;--me han dicho que está cerca
de aquí.

--Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco,--contestó el cura.

--¡Cuánto me alegro! tengo una carta para él,--exclamó el joven,--y
si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido
expresamente para visitarle.

La feliz casualidad entretanto se había despertado.

--De Espadaña,--dice doña Victorina terminando el almuerzo,--¿vamos
á ver á Clarita?--Y á capitán Tiago:--¡Por usted solo, don Santiago,
por usted solo! Mi marido no cura más que á las personas de categoría,
y ¡aun, aun! Mi marido no es como los de aquí... en Madrid no visitaba
más que á los personajes de categoría.

Pasaron al cuarto de la enferma.

La habitación estaba casi á obscuras, las ventanas cerradas por miedo
á una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba partía de
los cirios que ardían delante una imagen de la Virgen de Antipolo.

Ceñida la cabeza con un pañuelo empapado en agua de Colonia, envuelto
cuidadosamente el cuerpo en blancas sábanas de abundantes pliegues, que
velaban sus formas virginales, yacía la joven en su catre de kamagon
[136], entre cortinajes de jusi y piña. Sus cabellos, formando un marco
al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente
palidez, animada únicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A
su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.

De Espadaña tomóle el pulso, examinó la lengua, hizo unas cuantas
preguntas, y dijo moviendo la cabeza á un lado y otro:

--¡E... está enferma, pero se puede curar!

Doña Victorina miró con orgullo á los circunstantes.

--¡Liquen con leche por la mañana, jarabe de altea, dos píldoras de
cinoglosa!--ordenó de Espadaña.

--Cobra ánimo, Clarita,--decía doña Victorina acercándose;--hemos
venido para curarte... Te voy á presentar á nuestro primo.

Linares estaba absorto, contemplando aquellos elocuentes ojos que
parecían buscar á alguien, y no oyó á doña Victorina que le llamaba.

--Señor Linares,--díjole el cura arrancándole de su éxtasis,--aquí
viene el padre Dámaso.

En efecto, venía el padre Dámaso, pálido y algo triste; al dejar la
cama, su primera visita fué para María Clara. No era ya el padre
Dámaso de antes, tan robusto y decidor; ahora marcha silencioso y
algo vacilante.



XLIII

PROYECTOS


Sin cuidarse de nadie, se fué derecho á la cama de la enferma y
tomándola de la mano:

--¡María!--dijo con indecible ternura, y brotaron lágrimas de sus
ojos;--¡María, hija mía, no te has de morir!

María abrió los ojos y le miró con cierta extrañeza.

Ninguno de los que le conocían al franciscano sospechaba en él
tiernos sentimientos; bajo aquel rudo y grosero aspecto nadie creía
que existiese un corazón.

El padre Dámaso no pudo seguir más y se alejó de la joven, llorando
como un niño. Fuése á la caída para dar rienda suelta á su dolor,
bajo las favoritas enredaderas del balcón de María Clara.

--¡Cómo quiere á su ahijada!--pensaban todos.

Fray Salví le contemplaba inmóvil y silencioso, mordiéndose ligeramente
los labios.

Sosegado algún tanto, le fué presentado por doña Victorina el joven
Linares, que se le acercó con respeto.

Fray Dámaso le contempló en silencio, de pies á cabeza, tomó la
carta que aquél le alcanzaba y la leyó sin comprenderla al parecer,
pues preguntó:

--Y ¿quién es usted?

--Alfonso Linares, el ahijado de su cuñado...--balbuceó el joven.

El padre Dámaso echó el cuerpo hacia atrás, examinó de nuevo al joven
y, animándose su fisonomía, se levantó.

--¡Con que eres tú el ahijado de Carlicos!--exclamó abrazándole;--ven
que yo te abrace... hace unos días recibí carta suya... ¡con que eres
tu! No te conocí... ya se ve, aún no habías nacido cuando dejé el país;
¡no te conocí!

Y el padre Dámaso estrechaba en sus robustos brazos al joven que se
ponía rojo, no se sabe si de vergüenza ó de asfixia. El padre Dámaso
parecía haber olvidado por completo su dolor.

Pasados los primeros momentos de efusión y hechas las primeras
preguntas acerca de Carlicos y de la Pepa, preguntó el padre Dámaso:

--Y ¡vamos! ¿qué quiere Carlicos que haga por ti?

--En la carta creo que dice algo...--volvió á balbucear Linares.

--¿En la carta? ¿á ver? ¡Es verdad! Y ¡quiere que te procure un empleo
y una mujer! ¡Hum! Empleo... empleo, es fácil; ¿sabes leer y escribir?

--¡Me he recibido de abogado en la Universidad Central!

--¡Caramba! ¿Con que eres un picapleitos? pues no tienes
facha... pareces un madamisela, pero ¡tanto mejor! Pero darte una
mujer... ¡hum! ¡hum! una mujer...

--Padre, no tengo tanta prisa,--dijo Linares confuso.

Pero el padre Dámaso se paseaba de un extremo á otro de la caída
murmurando:

--¡Una mujer, una mujer!

Su rostro ya no estaba triste ni alegre; ahora expresaba la mayor
seriedad y parecía que estaba cavilando. El padre Salví miraba toda
esta escena desde lejos.

--¡Yo no creía que la cosa me diese tanta pena!--murmuró el padre
Dámaso con voz llorosa;--pero de dos males el menor.

Y levantando la voz y acercándose á Linares:

--Ven acá, mozo,--dijo;--vamos á hablar con Santiago.

Linares palideció y se dejó arrastrar por el sacerdote, que marchaba
pensativo.

Entonces le tocó á su vez al padre Salví el turno de pasearse,
meditabundo como siempre.

Una voz que le daba los buenos días le sacó de su monótono paseo;
levantó la cabeza y se encontró con Lucas, el cual le saludaba
humildemente.

--¿Qué quieres?--preguntaron los ojos del cura.

--¡Padre, soy el hermano del que murió el día de la fiesta!--contestó
en tono lacrimoso Lucas.

El padre Salví retrocedió.

--Y ¿qué?--murmuró con voz imperceptible.

Lucas hacía esfuerzos para llorar y se enjugaba los ojos con el
pañuelo.

--Padre,--decía lloriqueando,--he estado en casa de don Crisóstomo para
pedir la indemnización... Primero me recibió á puntapiés, diciendo
que él no quería pagar nada, pues había corrido peligro de morir por
culpa de mi querido é infeliz hermano. Ayer volví para hablarle,
pero ya se había marchado á Manila, dejándome, como por caridad,
quinientos pesos y encargándome que no volviese jamás. ¡Ah, padre,
quinientos pesos por mi pobre hermano, quinientos pesos! ¡Ah, padre!...

El cura le escuchaba al principio con sorpresa y atención, y lentamente
se reflejó en sus labios una sonrisa tal de desprecio y sarcasmo á la
vista de aquella comedia, que, si Lucas la hubiese visto, se habría
escapado á todo correr.

--Y ¿qué quieres ahora tú?--le preguntó volviéndole las espaldas.

--¡Ay, padre! decidme por amor de Dios qué debo hacer: el padre ha
dado siempre buenos consejos.

--¿Quién te lo ha dicho? Tú no eres de aquí...

--¡Al padre le conocen en toda la provincia!

El padre Salví se le acercó con ojos irritados y, señalándole la calle,
dijo al espantado Lucas:

--¡Vete á tu casa y dale gracias á don Crisóstomo que no te haya
enviado á la cárcel! ¡Largo de aquí!

Lucas se olvidó de su farsa y murmuró:

--Pues yo creía...

--¡Largo de aquí!--gritó con nervioso acento el padre Salví.

--Quisiera ver al padre Dámaso...

--El padre Dámaso tiene que hacer... ¡largo de aquí!--volvió á mandar
con imperio el cura.

Lucas bajó las escaleras murmurando:

--Este es también otro... ¡como no pague bien!... El que pague mejor...

A las voces del cura habían acudido todos, hasta el padre Dámaso,
capitán Tiago y Linares.

--¡Un insolente vagabundo que viene á pedir limosna y no quiere
trabajar!--dijo el padre Salví, cogiendo el sombrero y bastón para
dirigirse al convento.



XLIV

EXAMEN DE CONCIENCIA


Largos días y tristes noches se han pasado á la cabecera de la cama;
María Clara había recaído momentos después de haberse confesado,
y durante su delirio no pronunciaba más que el nombre de su madre,
á quien ella no había conocido. Pero sus amigas, su padre y su tía
velaban; enviábanse misas y limosnas á todas las imágenes milagrosas;
capitán Tiago prometió regalar un bastón de oro á la Virgen de
Antipolo, y al fin la fiebre comenzó á descender paulatinamente y
con regularidad.

El doctor de Espadaña está asombrado de las virtudes del jarabe
de altea y del cocimiento de liquen, prescripciones que no ha
variado. Doña Victorina se halla tan contenta de su marido, que un
día que éste le pisó la cola de su bata, no aplicó su código penal
quitándole la dentadura, sino que se contentó con decirle:

--¡Si no llegas á ser cojo, me pisas hasta el corsé!

¡Y ella no lo usaba!

Una tarde, mientras Sinang y Victoria visitaban á su amiga, conversaban
durante la merienda, en el comedor el cura, capitán Tiago y la familia
de doña Victoria.

--Pues lo siento mucho,--decía el doctor;--el padre Dámaso lo sentirá
mucho también.

--Y ¿á dónde dice usted que le trasladan?--preguntó Linares al cura.

--¡A la provincia de Tayabas!--respondió éste negligentemente.

--Quien lo sentirá mucho también es María cuando lo sepa,--dijo
capitán Tiago;--le quiere como á un padre.

Fray Salví le miró de reojo.

--Creo, padre,--continuó capitán Tiago,--que toda esta enfermedad
viene del disgusto que ha tenido el día de la fiesta.

--Soy del mismo parecer, y ha hecho usted bien en no permitir al
señor Ibarra que le hablase; se hubiera agravado.

--Y si no fuera por nosotras,--interrumpe doña Victorina,--Clarita
ya estaría en el cielo cantando alabanzas á Dios.

--¡Amén Jesús!--creyó deber decir capitán Tiago.

--Fortuna para usted que mi marido no haya tenido enfermo de más
categoría, pues hubiera usted tenido que llamar á otro y aquí todos
son ignorantes; mi marido...

--Creo y sigo en lo que he dicho,--la interrumpe á su vez el cura;--la
confesión que María Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis
favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale más que
muchas medicinas, y ¡cuidado que no niego yo el poder de la ciencia,
sobre todo el de la cirugía! pero una conciencia limpia... ¡Lean
ustedes los libros piadosos y verán cuántas curaciones operadas por
sólo una buena confesión!

--Usted perdone,--objeta doña Victorina picada;--eso del poder de la
confesión... ¡cure usted á la mujer del alférez con una confesión!

--¡Una herida, señora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir
la conciencia!--replica severamente el padre Salví;--sin embargo,
una buena confesión la preservaría de recibir en adelante golpes como
los de esta mañana.

--¡Lo merece!--continúa doña Victorina, como si no hubiese oído cuanto
dijo el padre Salví.--¡Esa mujer es muy insolente! En la iglesia no
hace más que mirarme, ¡ya se ve! es una cualquiera; el domingo yo
le iba á preguntar si tenía monos en la cara, pero ¿quién se mancha
hablando con gente que no es de categoría?

Por su parte el cura, como si tampoco hubiese oído toda esta perorata,
continuó:

--Créame usted, don Santiago; para acabar de curar á su hija es
menester que haga una comunión mañana; le traeré el viático... creo que
no tendrá nada de qué confesarse, sin embargo... si quiere conciliarse
esta noche...

--No sé,--añadió al instante doña Victorina aprovechando una
pausa,--no comprendo cómo puede haber hombres capaces de casarse
con tales espantajos, como esa mujer; de lejos se ve de dónde viene;
se le conoce que se muere de envidia; ¡ya se ve! ¿qué gana un alférez?

--Con que, don Santiago, diga usted á su prima que prevenga á la
enferma de la comunión de mañana; vendré esta noche á absolverla de
sus pecadillos...

Y viendo que la tía Isabel salía, le dijo en tagalo:

--Preparad á vuestra sobrina para confesarse esta noche; mañana le
traeré el viático; con eso convalecerá más pronto.

--Pero, padre,--se atrevió á objetar tímidamente Linares,--no vaya
á creer que está en peligro de muerte.

--¡No tenga usted cuidado!--le contestó sin mirarle,--yo sé lo que me
hago: he asistido ya á muchísimos enfermos; además, ella dirá si quiere
ó no tomar la santa comunión y verá usted como dice á todo que sí.

Por de pronto capitán Tiago tuvo que decir sí á todo.

Tía Isabel entró en la alcoba de la enferma.

María Clara seguía en cama, pálida, muy pálida; á su lado estaban
sus dos amigas.

--Toma un granito más,--decía Sinang en voz baja presentándole un
gránulo blanco, que sacó de un pequeño tubo de cristal;--él dice que,
cuando sientas ruido ó zumbido de oídos, suspendas la medicina.

--¿No ha vuelto á escribirte?--pregunta en voz baja la enferma.

--No, ¡debe estar muy ocupado!

--¿No me manda decir nada?

--No dice más sino que va á procurar que el arzobispo le absuelva de
la excomunión para que....

La conversación se suspende porque viene la tía.

--El padre quiere que te dispongas á confesarte, hija,--dice
ésta;--dejadla para que haga su examen de conciencia.

--Pero ¡si no hace una semana que se confesó!--protesta Sinang.--Yo
no estoy enferma y no peco tan á menudo.

--¡Abá! ¿no sabéis lo que dice el cura? el justo peca siete veces al
día. Vamos ¿quieres que te traiga el Ancora, el Ramillete ó el Camino
recto para ir al cielo?

María Clara no contestó.

--Vamos, no te has de fatigar,--añade la buena tía para consolarla;
yo misma te leeré el examen de conciencia y tú no harás sino recordar
los pecados.

--¡Escríbele que no piense más en mí!--murmuró María Clara al oído
de Sinang, cuando se despedía de ella.

--¿Cómo?

Pero la tía entró y Sinang tuvo que alejarse, sin comprender lo que
su amiga le había dicho.

La buena tía acercó una silla á la luz, púsose los anteojos sobre la
punta de la nariz, y abriendo un librito, dijo:

--Pon mucha atención, hija mía; voy á empezar por los mandamientos
de la ley de Dios; iré despacio para que puedas meditar; si no me
has oído bien, me lo dirás para que lo repita; ya sabes que por tu
bien no me canso jamás.

Empezó á leer con voz monótona y gangosa las consideraciones acerca de
los casos pecaminosos. Al fin de cada párrafo ponía una larga pausa,
para dar tiempo á la joven de recordar sus pecados y arrepentirse.

María Clara miraba vagamente al espacio. Terminado el primer
mandamiento de amar á Dios sobre todas las cosas, obsérvala tía
Isabel por encima de los anteojos y se queda satisfecha de su aire
meditabundo y triste. Tose piadosamente, y después de una larga pausa,
comienza el segundo mandamiento. La buena anciana lee con unción,
y terminadas las consideraciones, mira otra vez á su sobrina, que
vuelve lentamente la cabeza á otro lado.

--¡Bah!--dijo para sí tía Isabel;--en esto de jurar su santo nombre,
la pobrecita no tendrá nada que ver. Pasemos al tercero.

Y el tercer mandamiento fué desmenuzado y comentado, y leídos todos
los casos en que se peca contra él, vuelve á mirar hacia la cama;
pero ahora la tía levanta las gafas, y se restriega los ojos: ha visto
á su sobrina llevarse el pañuelo á la cara como para enjugar lágrimas.

--¡Hum!--dice,--¡ejem! La pobre se durmió durante sermón.

Y volviendo á colocar los anteojos sobre la punta de su nariz, se dijo:

--Vamos á ver si, así como no ha santificado las fiestas, no ha
honrado padre y madre.

Y lee el cuarto mandamiento con voz más pausada y gangosa aún,
creyendo dar así mayor solemnidad al acto, como había visto hacer á
muchos frailes: tía Isabel no había oído jamás predicar á un cuákero,
si no se habría puesto también á temblar.

La joven, entretanto, se lleva varias veces el pañuelo á los ojos,
y su respiración se hace más perceptible.

--¡Qué alma tan buena!--piensa para sí la anciana;--¡ella que es tan
obediente y sumisa con todos! Yo he tenido más pecados y nunca he
podido llorar de veras.

Y comenzó el quinto mandamiento con mayores pausas y una gangosidad
más perfecta aún si cabe, con tanto entusiasmo, que no oyó los
ahogados sollozos de su sobrina. Sólo á una pausa que hizo, después
de las consideraciones sobre el homicidio á mano armada, percibió los
gemidos de la pecadora. Entonces el tono pasó de lo sublime, leyó lo
que restaba del mandamiento con acento que procuró hacer amenazador,
y viendo que su sobrina seguía aún llorando:

--¡Llora, hija, llora!--le dijo acercándose al lecho;--cuanto más
llores más pronto te ha de perdonar Dios. Ten el dolor de contrición
mejor que el de atrición, ¡Llora, hija, llora! ¡no sabes cuánto gozo
viéndote llorar! Date también golpes de pecho, pero no muy fuertes,
porque todavía estás enferma.

Mas, como si el dolor para crecer necesitase el misterio y la soledad,
María Clara, al verse sorprendida, cesó poco á poco de suspirar y
secó sus ojos sin decir una palabra ni contestar á su tía.

Esta prosiguió la lectura, pero, como el llanto de su público había
cesado, perdió el entusiasmo, los últimos mandamientos le dieron sueño
y le hicieron bostezar, con gran detrimento de la monótona gangosidad,
que así se interrumpía.

--¡A no verlo no lo creería!--pensaba después la buena anciana;--¡esta
niña peca como un soldado contra los cinco primeros, y del sexto
al décimo ni un pecado venial, al revés de nosotras! ¡Cómo va el
mundo ahora!

Y encendió un gran cirio á la Virgen de Antipolo y otros dos más
pequeños á Nuestra Señora del Rosario y á Nuestra Señora del Pilar,
teniendo cuidado de apartar y poner en un rincón un crucifijo de
marfil, para darle á entender que por él no se habían encendido los
cirios. La Virgen de Delaroche tampoco tuvo participación: es una
extranjera desconocida, y tía Isabel no había oído hasta ahora ningún
milagro suyo.

No sabemos qué habrá pasado en la confesión de aquella noche; nosotros
respetamos esos secretos. La confesión fué larga, y la tía, que desde
lejos vigilaba á su sobrina, pudo notar que el cura, en vez de aplicar
el oído á las palabras de la enferma, tenía por el contrario la cara
vuelta hacia ella, y no parecía sino que quería leer en los hermosos
ojos de la joven los pensamientos ó adivinarlos.

Pálido y con los labios contraídos, salió el padre Salví del
aposento. Al ver su frente obscura y cubierta de sudor, se habría
dicho que era él el que se había confesado y no mereció la absolución.

--¡Jesús, María y José!--dijo la tía santiguándose para apartar un
mal pensamiento;--¿quién comprende á las jóvenes ahora?



XLV

LOS PERSEGUIDOS


A favor de la débil claridad, que difunde la luna al través de las
espesas ramas de los árboles, un hombre vaga por el bosque con paso
lento y reposado. De vez en cuando y como para orientarse, silba una
melodía particular, á la que suele responder otra lejana entonando
el mismo aire. El hombre escucha atento, y después prosigue su camino
en la dirección del lejano sonido.

Por fin, al través de mil dificultades que ofrece de noche una selva
virgen, llega á un pequeño claro, bañado por la luna en su primer
cuarto. Elevadas rocas, coronadas de árboles, se levantan alrededor
formando una especie de derruído anfiteatro; árboles recién cortados,
troncos carbonizados llenan el medio, confundidos con enormes peñascos,
que la naturaleza cubre en parte con su manto de verde follaje.

Apenas el desconocido hubo llegado, cuando otra figura, saliendo
repentinamente de detrás de una gran roca, avanza y sacando un
revólver:

--¿Quién eres?--pregunta en tagalo con voz imperiosa, amartillando
el gatillo de su arma.

--¿Está entre vosotros el viejo Pablo?--preguntó el primero con voz
tranquila, sin contestar á la pregunta ni intimidarse.

--¿Hablas del capitán? Sí, está.

--Díle entonces que aquí le busca Elías,--dijo el hombre que no era
otro que el misterioso piloto.

--¿Sois vos, Elías?--preguntó el desconocido con cierto
respeto y acercándose, sin dejar por eso de apuntarle con su
revólver;--entonces... venid.

Elías le siguió.

Penetraron en una especie de caverna, que se hundía en las
profundidades de la tierra. El guía, que sabía el camino, advertía
al piloto cuando debía descender, inclinarse ó arrastrarse;
sin embargo, no tardaron mucho y llegaron á una especie de sala,
alumbrada miserablemente por antorchas de brea, ocupada por doce ó
quince individuos armados, de fisonomías siniestras y trajes sucios,
sentados unos, acostados otros, hablando entre sí apenas. Apoyados los
codos sobre una piedra, que hacía el oficio de mesa, y contemplando
meditabundo la luz que difundía tan poca claridad para tanto humo,
se veía un anciano de fisonomía triste, la cabeza envuelta en una
venda ensangrentada: si no supiéramos que aquella era una caverna
de tulisanes, diríamos, al leer la desesperación en el rostro del
anciano, que era la torre del Hambre en la víspera de devorar Ugolino
á sus hijos.

A la llegada de Elías y de su guía, los hombres medio se incorporaron,
pero á una señal del último se tranquilizaron, contentándose con
examinar al piloto, que estaba completamente sin armas.

El anciano volvió lentamente la cabeza y se encontró con la seria
figura de Elías, que le contemplaba descubierto, lleno de tristeza
é interés.

--¿Eres tú?--preguntó el anciano, cuya mirada, al reconocer al joven,
se animó algún tanto.

--¡En qué estado os encuentro!--murmuró Elías á media voz y moviendo
la cabeza.

El anciano bajó la cabeza en silencio, hizo una seña á los hombres,
los cuales se levantaron y se alejaron, no sin medir antes con una
mirada la estatura y los músculos del piloto.

--¡Sí!--dijo el anciano á Elías luego que se encontraron solos;--hace
seis meses, cuando te di abrigo en mi casa, era yo el que me compadecía
de tí; ahora la suerte ha cambiado, y eres tú quien me compadeces. Pero
siéntate, y dime cómo has llegado hasta aquí.

--Hace unos quince días que me han hablado de vuestra
desgracia,--contestó el joven lentamente en voz baja, mirando hacia
la luz;--púseme al instante en camino y os he estado buscando de
monte en monte: he recorrido casi dos provincias.

»Por no derramar sangre inocente, he tenido que huir; mis enemigos
temían presentarse y sólo me ponían delante unos infelices, que no
me han hecho el más pequeño mal.

Después de una corta pausa, que Elias empleó para leer los pensamientos
en el sombrío semblante del anciano, repuso:

--He venido para proponeros una cosa. Habiendo buscado inútilmente
algún resto de la familia que ha causado la desgracia de la mía,
he decidido dejar la provincia en donde vivo, para emigrar hacia el
norte y vivir entre las tribus infieles ó independientes: ¿queréis
dejar la vida que comenzáis y veniros conmigo? Seré vuestro hijo,
pues que habéis perdido los que teníais, y yo que no tengo familia,
tendré en vos un padre.

El anciano movió la cabeza negativamente, y dijo:

--A mi edad, cuando se toma una resolución desesperada, es porque
no hay otra. Un hombre que, como yo, ha pasado su juventud y su edad
madura trabajando para el propio porvenir y el de sus hijos; un hombre
que ha sido sumiso á todas las voluntades de sus superiores, que ha
desempeñado á conciencia pesados cargos, sufrido todo para vivir en
paz y en una tranquilidad posible; cuando este hombre, cuya sangre ha
enfriado el tiempo, renuncia á todo su pasado y á todo su porvenir
en los bordes mismos de la tumba, es porque ha juzgado maduramente
que la paz ni existe ni es el supremo bien. ¿A qué vivir miserables
días en tierra extranjera? Yo tenía dos hijos, una hija, un hogar,
una fortuna; gozaba de consideración y aprecio; ahora estoy como un
árbol despojado de sus ramas, vago fugitivo, cazado como una fiera
en el bosque, y todo ¿por qué? Porque un hombre ha deshonrado á mi
hija, porque los hermanos pidieron cuenta de la infamia á ese hombre,
y porque ese hombre está colocado por encima de los demás con el título
de ministro de Dios. Con todo, yo, padre, yo, deshonrado en mi vejez,
he perdonado la injuria, indulgente con las pasiones de la juventud y
las debilidades de la carne, y ante un mal irreparable, ¿qué debía yo
hacer sino callarme y salvar lo que me ha quedado? Pero el criminal
ha tenido miedo ante una venganza más ó menos próxima, y buscó la
perdición de mis hijos. ¿Sabes qué ha hecho? ¿No? ¿No sabes que se
fingió un robo en el convento, y entre los acusados figuró uno de mis
hijos? Al otro no se le pudo incluir porque estaba ausente. ¿Sabes
las torturas á que fueron sometidos? ¡Las conoces porque son las
de todos los pueblos! ¡Yo, yo vi á mi hijo colgado de los cabellos,
yo oí sus gritos, yo oí que me llamaba, y yo, cobarde y acostumbrado
á la paz, no he tenido el valor ni de matar ni de morir! ¿Sabes que
el robo no se probó, que se vió la calumnia y que en castigo el cura
fué trasladado á otro pueblo, y mi hijo murió á consecuencia de la
tortura? El otro, el que me quedaba, no era cobarde como su padre,
y temiendo el verdugo que no vengara en él la muerte del hermano, so
pretexto de no tener cédula de vecindad, que momentáneamente había
olvidado, fué preso por la guardia civil, maltratado, irritado y
provocado á fuerza de injurias hasta obligarle al suicidio. ¡Y yo,
yo he sobrevivido después de tanta vergüenza, pero si no he tenido
el valor de padre para defender á mis hijos, quédame un corazón para
la venganza y me vengaré! ¡Los descontentos se van reuniendo bajo mi
mando, mis enemigos aumentan mi campo, y el día en que me considere
fuerte, bajaré al llano y extinguiré en el fuego mi venganza y mi
propia existencia! ¡Y ese día llegará ó no hay Dios [137]!

Y el anciano se levantó agitado y, con la mirada centellante y la
voz cavernosa, añadió mesándose sus largos cabellos:

--¡Maldición, maldición sobre mí que he contenido la mano vengadora
de mis hijos; yo los he asesinado! ¡Hubiera dejado que el culpable
muriese, hubiese creído menos en la justicia de Dios y en la de los
hombres, y ahora tendría á mis hijos, fugitivos tal vez, pero los
tendría y no habrían muerto entre torturas! ¡Yo no había nacido
para ser padre, por eso no los tengo! ¡Maldición sobre mí que no
he aprendido con mis años á conocer el medio en que vivía! ¡Pero en
fuego y sangre, y en mi muerte propia sabré vengaros!

El desgraciado padre, en el paroxismo de su dolor, se había arrancado
la venda, abriéndose una herida que tenía en la frente, de la que
cayeron gotas de sangre.

--Respeto vuestro dolor,--repuso Elías,--y comprendo vuestra venganza;
yo también soy como vos, y sin embargo, por temor de herir á un
inocente, prefiero olvidar mis desdichas.

--¡Tú puedes olvidar porque eres joven y porque no perdiste ningún
hijo, ninguna última esperanza! Pero yo te lo aseguro, no heriré á
ningún inocente. ¿Ves esta herida? Por no matar á un pobre cuadrillero
que cumplía con su deber, me la he dejado hacer.

--Pero ved,--dijo Elías después de un momento de silencio;--ved en qué
espantosa hoguera vais á sumir á nuestros desgraciados pueblos. Si
cumplís la venganza por vuestra mano, vuestros enemigos tomarán
terribles represalias, no contra vos, no contra los que están armados,
sino contra el pueblo que suele ser el acusado, según la costumbre,
y entonces ¡cuántas injusticias!

--¡Que el pueblo aprenda á defenderse, que cada cual se defienda!

--¡Sabéis que eso es imposible! Señor, os he conocido en otra
época cuando érais feliz, entonces me dabais sabios consejos; ¿me
permitiréis?...

El anciano se cruzó de brazos y pareció atender.

--Señor,--continuó Elías midiendo bien sus palabras;--yo he tenido la
fortuna de haber podido prestar un servicio á un joven rico, de buen
corazón, noble y que ama el bien de su país. Dicen que este joven
tiene amigos en Madrid; no lo sé, pero sí os puedo asegurar que es
amigo del Capitán general. ¿Qué decís si le hacemos portador de las
quejas del pueblo, si le interesamos en la causa de los infelices?

El anciano sacudió la cabeza.

--¿Dices que es rico? Los ricos no piensan más que en aumentar sus
riquezas; el orgullo y la pompa los ciegan, y como generalmente están
bien, sobre todo cuando tienen poderosos amigos, ninguno de ellos se
molesta por los desgraciados. ¡Lo sé todo porque fuí rico!

--Pero el hombre de que os hablo no se parece á los otros; es un hijo
que ha sido insultado en la memoria de su padre; es un joven que,
como ha de tener dentro de poco familia, piensa en el porvenir,
en un buen porvenir para sus hijos.

--Entonces es un hombre que va á ser feliz; nuestra causa no es la
de los hombres felices.

--¡Pero es la de los hombres de corazón!

--¡Sea!--repuso el anciano sentándose;--supón que consienta en llevar
nuestra voz hasta al Capitán general, supón que encuentre en la corte
diputados que aboguen por nosotros, ¿crees que se nos hará justicia?

--Intentémoslo antes de tomar una sangrienta medida,--contestó
Elías.--Os debe extrañar que yo, otro desgraciado, joven y robusto,
os proponga á vos, anciano y débil, medidas pacíficas; pero es que yo
he visto tantas miserias causadas por nosotros como por los tiranos:
el inerme es el que paga.

--Y ¿si no conseguimos nada?

--Algo se conseguirá, creedme; no todos los que gobiernan son
injustos. Y si nada conseguimos, si desoyen nuestras voces, si el
hombre se ha vuelto sordo á los gritos de dolor de sus semejantes,
¡entonces me tendréis á vuestras órdenes!

El viejo, lleno de entusiasmo, abrazó á Elías.

--Acepto tu proposición, Elías; sé que cumples tu palabra. Vendrás
á mí y yo te ayudaré á vengar á tus antepasados, tú me ayudarás á
vengar á mis hijos, ¡mis hijos que eran como tú!

--Entretanto evitaréis, señor, toda medida violenta.

--Expondrás las quejas del pueblo, tú las conoces ya. ¿Cuándo sabré
la contestación?

--Dentro de cuatro días enviadme un hombre á la playa de San Diego,
y le diré la que me dé la persona en quien espero... Si acepta,
nos harán justicia, y si no, seré el primero que caerá en la lucha
que emprenderemos.

--Elías no morirá, Elías será el jefe, cuando capitán Pablo caiga
satisfecho en su venganza,--dijo el anciano.

Y él mismo acompañó al joven hasta fuera de la cueva.



XLVI

LA GALLERA


Para santificar la tarde del domingo se va generalmente á la gallera
en Filipinas, como á los toros en España. La riña de gallos, pasión
introducida en el país y explotada hace un siglo, es uno de los vicios
del pueblo, más trascendental que el opio entre los chinos; allí va el
pobre á arriesgar lo que tiene, deseoso de ganar dinero sin trabajar;
allí va el rico para distraerse, empleando el dinero que le sobra de
sus festines y misas de gracia; pero la fortuna que juegan es suya,
el gallo está educado con mucho cuidado, con más cuidado quizás que el
hijo, sucesor del padre en la gallera, y esto disculpa á los jugadores.

Puesto que el gobierno lo permite, y hasta casi lo recomienda, mandando
que el espectáculo sólo se dé en las plazas públicas, en días de fiesta
(para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), después de la misa
mayor hasta el obscurecer (ocho horas), asistiremos á este juego para
buscar á algunos conocidos.

La gallera de San Diego no se diferencia de las demás que se encuentran
en otros pueblos más que en algunos accidentes. Consta de tres
departamentos: el primero, ó sea la entrada, es un gran rectángulo
de unos veinte metros de largo por catorce de ancho; á uno de sus
lados se abre una puerta, que generalmente suele guardar una mujer,
encargada de cobrar el sa pintû, ó sea el derecho de entrada. De esta
contribución, que cada uno pone allí, percibe el gobierno una parte,
algunos centenares de miles de pesos al año: dicen que con este
dinero, con que el vicio paga su libertad, se levantan magníficas
escuelas, se construyen puentes y calzadas, se instituyen premios
para fomentar la agricultura y el comercio... ¡Bendito sea el vicio
que tan buenos resultados produce!--En este primer recinto están
las vendedoras de buyo, cigarros, golosinas y comestibles, etc.;
allí pululan los muchachos que acompañan á sus padres ó tíos, que
les inician cuidadosos en los secretos de la vida.

Este recinto comunica con otro de proporciones un poco mayores,
una especie de foyer donde el público se reune antes de las soltadas
[138]. Allí están la mayor parte de los gallos, sujetos por una cuerda
al suelo mediante un clavo de hueso ó de palma brava; allí los tahures,
los aficionados, el perito atador de la navaja; allí se contrata, se
medita, se pide prestado, se maldice, se jura, se ríe á carcajadas;
aquel acaricia su gallo, pasándole la mano por encima del brillante
plumaje; éste examina y cuenta las escamas de las patas; refiérense
las hazañas de los héroes; allí veréis muchos, con el semblante
mohino, llevar de los pies un cadáver desplumado: el animal que fué
el favorito durante meses, mimado, cuidado día y noche y en el cual
cifraban halagüeñas esperanzas, ahora no es más que un cadáver y va
á ser vendido por una peseta, para ser guisado con jengibre y comido
aquella misma noche: ¡sic transit gloria mundi! El perdidoso vuelve
al hogar donde le esperan la inquieta esposa y los haraposos hijos,
sin el capitalito y sin el gallo. De todo aquel dorado sueño, de
todos aquellos cuidados durante meses, desde que despunta el día hasta
que el sol se oculta, de todas aquellas fatigas y trabajos, resulta
una peseta, las cenizas que quedan de tanto humo.--En este foyer
discute el menos inteligente; el más ligero examina concienzudamente
la materia, pesa, contempla, extiende las alas, palpa los músculos á
aquellos animales. Unos van muy bien vestidos, seguidos y rodeados de
los partidarios de sus gallos; otros, sucios, con el sello del vicio
marcado en el escuálido semblante, siguen ansiosos los movimientos de
los ricos y atienden á las apuestas, porque la bolsa puede vaciarse,
pero no saciarse la pasión: allí no hay rostro que no esté animado;
allí no está el filipino indolente, el apático, el callado: todo es
movimiento, pasión, afán; diríase que tienen esa sed que aviva el
agua del cieno.

De este lugar se pasa á la arena que llaman rueda. El piso, cercado
de cañas, suele ser más elevado que el de los dos anteriores. En
la parte superior, y tocando casi al techo, hay graderías para los
espectadores ó jugadores, que vienen á ser lo mismo. Durante el
combate se llenan estas graderías de hombres y niños que gritan,
vociferan, sudan, riñen y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer
llega hasta allí. En la rueda están los prohombres, los ricos, los
famosos tahures, el contratista, el sentenciador. Sobre el suelo,
apisonado perfectamente, luchan los animales, y desde allí distribuye
el destino á las familias risas ó lágrimas, festines ó hambre.

A la hora en que entramos, vemos ya al gobernadorcillo, á capitán
Pablo, á capitán Basilio, á Lucas, el hombre de la cicatriz en la cara,
que tanto sintiera la muerte de su hermano.

Capitán Basilio se acerca á uno del pueblo y le pregunta:

--¿Sabes qué gallo trae capitán Tiago?

--No lo sé, señor; esta mañana le han llegado dos, uno de ellos es
el lásak que ganó el talisain del cónsul.--¿Crees que mi búlik [139]
puede luchar con él?

--¡Ya lo creo! ¡Pongo mi casa y mi camisa!

En aquel momento llegaba capitán Tiago. Vestía como los grandes
jugadores, camisa de lienzo Cantón, pantalón de lana y sombrero de
jipijapa. Detrás venían dos criados, llevando el lásak y un gallo
blanco de colosales dimensiones.

--¡Sinang me ha dicho que María va cada vez mejor!--dice capitán
Basilio.

--¿Perdió usted anoche?

--Un poco; sé que usted ha ganado... voy á ver si me desquito.

--¿Quiere usted jugar el lásak?--preguntó capitán Basilio mirando el
gallo, y pidiéndoselo al criado.

--Según, si hay apuesta.

--¿Cuánto pone usted?

--Menos de dos, no lo juego.

--¿Ha visto usted mi búlik?--pregunta capitán Basilio, y llama á un
hombre que trae un pequeño gallo.

Capitán Tiago lo examina, y después de pesarlo y analizar las escamas,
lo devuelve.

--¿Cuánto pone usted?--pregunta.

--Lo que usted.

--¿Dos y quinientos?

--¿Tres?

--¡Tres!

--¡Para la siguiente!

El corro de curiosos jugadores esparce la noticia de que lucharán dos
célebres gallos; ambos tenían su historia y su fama conquistada. Todos
quieren ver, examinar las dos celebridades; se emiten opiniones,
se profetiza.

Entretanto las voces crecen, aumenta la confusión, se invade la rueda,
las graderías son asaltadas. Los soltadores llevan á la arena dos
gallos, uno blanco y otro rojo, armados ya, pero las navajas están
aún envainadas. Se oyen gritos de ¡al blanco! ¡al blanco! alguna que
otra voz grita ¡al rojo! El blanco era el llamado y el rojo el dejado
esto es, el favorito y el outsider (desechado).

Entre la multitud circulan guardias civiles; no llevan el uniforme del
benemérito cuerpo, pero tampoco van de paisano. Pantalón de guingón
con franja roja, camisa manchada de azul de la blusa desteñida, gorra
de cuartel, he aquí el disfraz en armonía con su comportamiento:
apuestan y vigilan, turban y hablan de mantener la paz.

Mientras se grita, se tienden las manos, agitando monedas y haciéndolas
sonar; mientras se busca en los bolsillos la última moneda ó, á falta
de ella, se quiere empeñar la palabra, prometiendo vender el carabao,
la próxima cosecha, etc., dos jóvenes, hermanos al parecer, siguen
con ojos envidiosos á los jugadores, se acercan, murmuran tímidas
palabras que nadie escucha, se ponen cada vez más sombríos y se miran
entre sí con disgusto y despecho. Lucas los observa con disimulo,
sonríe malignamente, hace sonar pesos de plata, pasa cerca de los
dos hermanos, y mira hacia la rueda, gritando:

--¡Pago cincuenta, cincuenta contra veinte por el blanco!

Los dos hermanos cambian una mirada.

--Yo ya te decía,--murmura el mayor,--que no apostases todo el dinero;
¡si me hubieses obedecido tendríamos ahora para el rojo!

El menor se acerca tímidamente á Lucas y le toca del brazo.

--¿Eres tú?--exclama éste volviéndose y fingiendo sorpresa;--¿acepta
tu hermano mi proposición ó vienes á apostar?

--¿Cómo queréis que apostemos, si hemos perdido todo?

--¿Entonces aceptáis?

--¡El no quiere! si pudieseis prestarnos algo, ya que decís que
nos conocéis...

Lucas rascóse la cabeza, estiró su camisa, y repuso:

--Sí que os conozco; sois Társilo y Bruno, jóvenes y fuertes. Sé que
vuestro valiente padre murió de resultas de los cien azotes diarios,
que le daban esos soldados; sé que no pensáis en vengarle...

--No os entrometáis en nuestra historia,--interrumpió Társilo, el
mayor;--eso trae desgracia. ¡Si no tuviéramos una hermana, ya haría
tiempo que estaríamos ahorcados!

--¿Ahorcados? Sólo ahorcan al cobarde, al que no tiene dinero ni
protección. Y de todos modos el monte está cerca.

--¡Ciento contra veinte, voy al blanco!--gritó uno al pasar.

--¡Prestadnos cuatro pesos... tres... dos,--suplicó el más joven;
luego os devolveremos el doble; la soltada va á empezar.

Lucas rascóse de nuevo la cabeza.

--¡Pst! Este dinero no es mío, me lo ha dado don Crisóstomo para
los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre;
aquél sí que era valiente; el que no lo es, que no busque diversiones.

Y se alejó de ellos, aunque no mucho.

--Aceptemos ya ¿qué más da?--dijo Bruno.--Lo mismo da morir ahorcado
que fusilado: los pobres no servimos para otra cosa.

--Tienes razón, pero piensa en nuestra hermana.

Entretanto el redondel se ha despejado, va á comenzar la lid. Las
voces empiezan á callarse, y los dos soltadores y el perito atador de
navajas se quedan en medio. A una señal del sentenciador, aquél desnuda
los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.

Los dos hermanos se acercan tristes y silenciosos al cerco, y observan,
apoyando la frente contra la caña. Un hombre se acerca y les dice
al oído:

--¡Pare! [140] ciento contra diez; ¡yo soy por el blanco!

Társilo le mira con aire atontado. Bruno le da un codazo, al que
responde con un gruñido.

Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de
no herirse. Reina un silencio solemne: creeríase que los presentes,
menos los dos soltadores, son horribles muñecos de cera. Acercan un
gallo al otro, sujetándole la cabeza á uno para que al ser picoteado
se irrite, y viceversa: en todo duelo debe de haber igualdad, lo mismo
entre galos parisienses que entre gallos filipinos. Después les hacen
verse cara á cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben
quién les ha arrancado una plumita y con quién deben luchar. Erízase
el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan
de sus redondos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan
en tierra á distancia y les dejan el campo libre.

Avanzan lentamente. Oyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie
habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como midiéndose
con la mirada, los dos gallos emiten sonidos, tal vez de amenaza y
desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fríos y azulados
reflejos; el peligro los anima y dirígense uno á otro decididos,
pero á un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan
la cabeza y vuelven á erizar sus plumas. En aquel momento el pequeño
cerebro se baña en sangre, brota el rayo, y con su natural valor se
lanzan impetuosamente el uno contra el otro; chocan entre sí pico
contra pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala:
los golpes se han parado con maestría, y sólo han caído algunas
plumas. Vuelven á medirse de nuevo; de repente el blanco vuela,
se eleva agitando la mortífera navaja, pero el rojo ha doblado las
piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco sólo ha azotado el aire;
mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vuélvese
rápidamente y hace frente. Atácale el rojo con furia, pero se defiende
con serenidad: no en vano es el favorito del público. Todos siguen
trémulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que
otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y
blancas, tintas en sangre: pero no es á primera sangre el duelo; el
filipino, siguiendo aquí las leyes dadas por el gobierno, quiere que
sea á muerte ó á quien huya el primero. La sangre riega el suelo ya,
los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin, tentando
un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el último golpe,
clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos;
pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados,
extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmóviles
hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza;
el rojo, sujeto del ala, se mantiene á su lado, poco á poco dobla
sus piernas y cierra lentamente sus ojos.

Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el gobierno,
declara vencedor al rojo; una salvaje gritería saluda la sentencia,
gritería que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura
algún tiempo. El que la oye de lejos, comprende entonces que el que
ha ganado es el dejado; de lo contrario el júbilo duraría menos. Tal
sucede entre las naciones: una pequeña que consigue alcanzar una
victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por los siglos de
los siglos.

--¿Ves?--dijo Bruno con despecho á su hermano,--si me hubieses creído
hoy tendríamos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto.

Társilo no contestó, pero miró con ojos entornados al rededor suyo,
como buscando á alguien.

--Allá está hablando con Pedro,--añade Bruno;--le da dinero, ¡cuánto
dinero!

En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas
de plata. Cámbianse aún algunas palabras en secreto y se separan al
parecer satisfechos.

--Pedro habrá sido contratado: ¡ese, ese sí que es decidido!--suspira
Bruno.

Társilo permanece sombrío y pensativo; con la manga de la camisa se
enjuga el sudor que corre por su frente.

--Hermano,--dice Bruno,--yo voy si tú no te decides; la ley
[141] continúa, el lásak debe ganar y no podemos perder tan buena
ocasión. Quiero apostar en la soltada siguiente; ¿qué más da? Así
vengamos al padre.

--¡Espera!--le dice Társilo y le mira fijamente en los ojos: ambos
estaban pálidos;--voy contigo, tienes razón: vengaremos al padre.

Se detiene, sin embargo, y vuelve á enjugarse el sudor.

--¿En qué te paras?--pregunta Bruno impaciente.

--¿Sabes qué soltada sigue? ¿vale la pena?...

--¡Pues no! ¿no lo has oído? El búlik de capitán Basilio contra el
lásak de capitán Tiago; según la ley del juego, debe ganar el lásak.

--¡Ah, el lásak! yo también apostaría... pero asegurémonos antes.

Bruno hace un gesto de impaciencia, pero sigue á su hermano y éste mira
bien el gallo, le analiza, medita, reflexiona, hace algunas preguntas,
el desgraciado duda; Bruno está nervioso y le mira airado.

--Pero ¿no ves esa ancha escama que tiene allí, cerca del espolón? ¿no
ves esas patas? ¿qué más quieres? ¡Mira esas piernas, extiende esas
alas! ¿Y esta escama partida encima de esta ancha, y esta doble?

Társilo no le oye, sigue examinando el animal: el ruido del oro y de
la plata llegan á sus oídos.

--Veamos ahora el búlik,--dice con voz ahogada.

Bruno golpea el suelo con el pie, hace crujir sus dientes, pero
obedece á su hermano.

Acércanse á otro grupo. Allí arman el gallo, escogen navajas, el
atador prepara seda roja, lo encera y frota varias veces.

Társilo envuelve el animal con una mirada sombríamente impasible:
parecía que no veía el gallo, sino otra cosa en el porvenir. Se pasa
la mano por la frente.

--¿Estás dispuesto?--pregunta á su hermano con voz sorda.

--¿Yo? desde antes; ¡sin necesidad de verlos!

--Es que... nuestra pobre hermana...

--¡Abá! ¿No te han dicho que el jefe es don Crisóstomo? ¿no le has
visto pasearse con el Capitán General? ¿Qué peligro corremos?

--¿Y si morimos?

--¿Qué más da? Nuestro padre murió apaleado.

--¡Tienes razón!

Ambos hermanos buscan á Lucas entre los grupos.

Tan pronto como le divisan, Társilo se detiene.

--¡No! vámonos de aquí, ¡nos vamos á perder!--exclama.

--¡Vete si quieres, yo acepto!

--¡Bruno!

Desgraciadamente un hombre se acerca y les dice:

--¿Apostáis? Yo soy por el búlik.

Los dos hermanos no contestan.

--¡Logro!

--¿Cuánto?--pregunta Bruno.

Púsose el hombre á contar sus monedas de cuatro pesos: Bruno le miraba
sin respirar.

--¡Tengo doscientos; cincuenta contra cuarenta!

--¡No!--dice Bruno resuelto;--poned...

--¡Bueno; cincuenta contra treinta!

--¡Doblad si queréis!

--¡Bien! el búlik es de mi patrón y acabo de ganar; ciento contra
sesenta.

--¡Trato hecho! Esperad que saque dinero.

--Pero yo seré el depositario,--dice el otro no confiando mucho en
las trazas de Bruno.

--¡Me es igual!--responde éste que confía en sus puños.

Y volviéndose á su hermano le dice:

--Si te quedas, yo me voy.

Társilo reflexionó: amaba á su hermano y el juego. No podía dejarlo
solo, y murmuró:--¡Sea!

Acercáronse á Lucas: éste les vió venir y se sonrió.

--¡Mamâ!--dice Társilo.

--¿Qué hay?

--¿Cuánto dais?--preguntan los dos.

--Ya lo he dicho: si os encargáis de buscar otros para sorprender el
cuartel, os doy treinta pesos á cada uno, y diez á cada compañero. Si
todo sale bien, recibirá ciento cada uno y vosotros el doble: don
Crisóstomo es rico.

--¡Aceptado!--exclamó Bruno; venga el dinero.

--¡Ya sabía yo que érais valientes como vuestro padre! ¡Venid,
que no nos oigan esos que le mataron!--dijo Lucas señalando á los
guardias civiles.

Y llevándolos á un rincón, les dice mientras les cuenta las monedas:

--Mañana llega don Crisóstomo y trae armas; pasado mañana, á la
noche, cerca de las ocho, id al cementerio y os diré sus últimas
disposiciones. Tenéis tiempo de buscar compañeros.

Despidiéronse. Los dos hermanos parecían haber cambiado de papel:
Társilo estaba tranquilo, Bruno inquieto.



XLVII

LAS DOS SEÑORAS


Mientras capitán Tiago jugaba su lásak, doña Victorina daba un paseo
por el pueblo, con la intención de ver cómo tenían los indolentes
indios sus casas y sementeras. Se había vestido lo más elegantemente
que podía, poniéndose sobre la bata de seda todas sus cintas y flores,
para imponer á los provincianos y hacerles ver cuánta distancia mediaba
entre ellos y su sagrada persona, y dando el brazo á su marido cojo, se
pavoneó por las calles del pueblo, en medio de la estupefacción y de la
extrañeza de los habitantes. El primo Linares se había quedado en casa.

--¡Qué feas casas tienen esos indios!--empezó doña Victorina haciendo
una mueca;--yo no sé cómo pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y
¡qué mal educados son y qué orgullosos! ¡Se encuentran con nosotros
y no se descubren! Pégales en el sombrero como hacen los curas y los
tenientes de la guardia civil, enséñales urbanidad.

--Y ¿si me pegan?--pregunta el doctor de Espadaña.

--¡Para eso eres hombre!

--¡Pe... pero estoy cojo!

Doña Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban
adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrábase
además con muchas jóvenes que, al pasar á su lado, bajaban los ojos
y no admiraban, como debían, su lujoso traje. El cochero de Sinang,
que conducía á ésta y á su prima en un elegante tres por ciento
[142], tuvo la desfachatez de gritarle ¡tabî! con voz tan imponente,
que ella tuvo que apartarse y sólo pudo protestar:

«¡Mírale al bruto del cochero! Le voy á decir á su amo que eduque
mejor á sus criados.»

--¡Volvámonos á casa!--mandó á su marido.

Este, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo
el mandato.

Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumentó el descontento
de doña Victorina: el militar no sólo no le hizo ningún cumplido por
su traje, sino que casi lo examinó con burla.

--Tú no debías darle la mano á un simple alférez,--dijo á su marido
al alejarse aquél; él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el
sombrero; ¡no sabes guardar el rango!

--¡El es jefe a ... aquí!

--Y ¿qué nos importa? ¿Somos acaso indios?

--¡Tienes razón!--contestó él que no quería reñir.

Pasaron delante de la casa del militar. Doña Consolación estaba en la
ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como
la casa era baja, se miraron, y doña Victorina la distinguió bien: la
Musa de la guardia civil la examinó tranquilamente de pies á cabeza,
y después, sacando el labio inferior hacia adelante, escupió, volviendo
la cara á otro lado. Esto acabó con la paciencia de doña Victorina,
y dejando á su marido sin apoyo, se cuadró enfrente de la alféreza,
temblando de ira y sin poder hablar. Doña Consolación volvió lentamente
la cabeza, la examinó de nuevo tranquilamente y escupió otra vez,
pero con mayor desdén.

--¿Qué tiene usted, doña?--pregunta.

--¿Puede usted decirme, señora, por qué me mira usted así? ¿Tiene
usted envidia?--consigue al fin hablar doña Victorina.

--¿Yo, envidia yo, y de usted?--dice con sorna la Medusa;--¡sí! ¡le
envidio los rizos!

--¡Ven, mujer!--dice el doctor;--¡no le hagas ca... caso!

--¡Deja que le dé una lección á esta ordinaria sin vergüenza!--contesta
la mujer dando un empellón á su marido que por poco besa el suelo,
y volviéndose á doña Consolación.

--¡Mire usted con quién se trata!--dice;--¡no crea usted que soy
una provinciana ó una querida de soldados! En mi casa, en Manila,
no entran los alféreces; se esperan en la puerta.

--¡Hola, excelentísima señora Puput! no entrarán los alféreces,
pero sí los inválidos, como ese, ¡ja! ¡ja! ¡ja!

A no haber sido por los coloretes, se habría visto á doña Victorina
ruborizarse: quiso asaltar á su enemiga, pero el centinela la
detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.

--¡Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de
categoría... ¿Quiere usted lavar mi ropa, la pagaré bien! ¿Cree usted
que no sé que era usted lavandera!

Doña Consolacion se irguió furiosa: lo de lavada la hirió.

--¿Cree usted que no sabemos quién es y qué gente trae? ¡Vaya! ¡ya me
lo ha dicho mi marido! Señora, yo al menos no he pertenecido más que
á uno, pero ¿y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el
sobrante, el trapo de todo el mundo.

El tiro le dió en la cabeza á doña Victorina; remangóse, cerró los
puños y apretando los dientes empezó á decir:

--¡Baje usted, vieja cochina, que le voy á machacar esa sucia
boca! ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!

La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, y pronto se la vió
bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.

Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habrían venido á las manos,
si no hubiese llegado el alférez.

--Pero ¡señoras... Don Tiburcio!

--¡Eduque usted mejor á su mujer, cómprele mejores vestidos y si no
tiene dinero, robe usted á los del pueblo, que para eso tiene usted
soldados!--gritaba doña Victorina.

--¡Aquí estoy, señora! ¿por qué no me machaca V. E. la boca? ¡Usted
no tiene más que lengua y saliva, doña Excelencias!

--¡Señora!--decía el alférez furioso;--¡dé usted gracias que yo me
acuerde de que es usted mujer, que si no la reventaba á puntapiés
con todos sus rizos y cintajos!

--¡Se... señor alférez!

--¡Ande usted, matasanos! ¡No lleva usted pantalones, Juan Lanas!

Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos é injurias;
sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban
cuatro á la vez y decían tantas cosas, que desprestigian á ciertas
clases, sacando á relucir muchas verdades, renunciamos aquí á
escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo
lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen á las
manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.

--¡Señores, señoras! ¡qué vergüenza! ¡Señor alférez!

--¿Qué se mete usted aquí, hipócrita, carlistón?

--Don Tiburcio, llévese usted á su señora! ¡Señora, contenga usted
su lengua!

--¡Eso dígaselo usted á esos roba pobres!

Poco á poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña
de las desvergüenzas de cada pareja y, amenazándose é insultándose,
se fueron separando poco á poco. Fray Salví iba de una parte á otra
animando el espectáculo; ¡si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese
estado presente!....

--¡Hoy mismo nos vamos á Manila y nos presentamos al Capitán
general!--decía furiosa doña Victorina á su marido.--Tú no eres hombre;
¡lástima de pantalones que gastas!

--Pe... pero, mujer, y ¿los guardias? ¡yo estoy cojo!

--Debes desafiarle á pistola ó á sable, ó si no... si no...

Y doña Victorina le miró en la dentadura.

--Hija, no he cogido nunca...

Doña Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le
arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. El, medio
llorando, y ella echando chispas, llegaron á casa. Linares estaba en
aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no
había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver á sus
primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas
y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.

--Primo,--dice doña Victorina,--tú desafías ahora mismo al alférez
ó si no...

--Y ¿por qué?--pregunta Linares sorprendido.

--Le desafías ahora mismo ó si nosino digo aquí á todos quién eres tú.

--Pero ¡doña Victorina!

Las tres amigas se miran.

--¿Te parece? ¡El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres
lo que eres! La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha
dejado insultar... ¡un hombre!

--¡Abá!--dijo Sinang;--¡se han peleado y no lo hemos visto!

--¡El alférez le rompió los dientes al doctor!--añadió Victoria.

--Hoy mismo nos vamos á Manila; tú, te quedas aquí á desafiarle,
y si no le digo á don Santiago que es mentira cuanto le has contado,
le digo...

--¡Pero, doña Victorina, doña Victorina!--interrumpe pálido Linares
acercándose á ella, cálmese usted; no me haga usted recordar...--y
añadió en voz baja:--No sea usted imprudente, precisamente ahora.

A la sazón que pasaba esto, llegaba capitán Tiago de la gallera,
triste y suspirando: había perdido su lásak.

No le dejó tiempo doña Victorina de suspirar; en pocas palabras y
muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando
ponerse en buena luz.

--Linares le va á desafiar, ¿oye usted? ¡Si no, no le deje usted
que se case con su hija, no lo permita usted! Si no tiene valor,
no merece á Clarita...

--¿Con que te casas con ese señor?--pregunta Sinang cuyos alegres ojos
se llenan de lágrimas;--yo sabía que eras discreta, pero no voluble.

María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con
espantados ojos á su padre, á doña Victorina y á Linares. Este se
ruboriza, capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:

--Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no
lleve pantalones; te expones á que te insulten hasta los perros.

Pero la joven no contestó y dijo á sus amigas:

--Conducidme á mi cuarto, que no puedo andar sola.

Ayudáronla á levantarse; y rodeada su cintura con los redondos
brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de
la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.

Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la
cuenta á capitán Tiago, la cual ascendió á algunos miles, y al día
siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al
tímido Linares le confiaron el papel de vengador.



XLVIII

EL ENIGMA

                            Volverán las oscuras golondrinas...

                                                              (Becquer).


Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día siguiente. Su primera
visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á
María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con
la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita
del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel,
que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de
su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.

--Pase usted,--decía la tía en su medio castellano;--María, don
Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha
descomulgado.

Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y
la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de
María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y
las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas
y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa,
la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como
sus afilados dedos.

A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas
de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero,
faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico.

Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo
adelantarse y murmurar tembloroso:

--Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás
mejor de lo que yo creía.

María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra
y continuaba con los ojos bajos.

Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el vergonzoso
joven sostuvo con altivez.

--Vamos, veo que mi llegada no era esperada,--repuso
lentamente;--María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro
día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos
veremos... con seguridad.

Estas últimas palabras acompañadas de una mirada para Linares. La joven
levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía,
tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.

--¿Podré venir mañana?

--Ya sabes que para mí siempre eres bien venido,--contestó ella apenas.

Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en
la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir
era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?

--¡Oh, mujer al fin!--murmuraba.

Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras
estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada iba y
venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió á su encuentro.

--Don Crisóstomo,--dijo,--al fin ha llegado usted; todos le
esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro
diez de alto; dentro de dos días tendrán la altura de un hombre. No
he admitido más que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo,
malatapay, pino y narra [143] para las obras muertas. ¿Quiere usted
visitar los subterráneos?

Los trabajadores saludaban respetuosos.

--¡Aquí está la canalización que me he permitido añadir,--decía Ñor
Juan;--estos canales subterráneos conducen á una especie de depósito
que hay á treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto
no había en el plano. ¿Le disgusta á usted?

--Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; usted es
un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió usted?

--Conmigo, señor,--contestaba el viejo modestamente.

--¡Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si
alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo
me ha invitado á comer.

--¡Abá, señor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos
ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está, y sin embargo sigue
tan gordo.

--¿Cómo?

--Ya lo creo; hace un año dió un bastonazo al coadjutor y el coadjutor
es tan sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?

Ibarra divisó á Elías entre los trabajadores; éste le saludó como
los demás, pero con una mirada le dió á entender que tenía algo
que decirle.

--Ñor Juan,--dijo Ibarra;--¿quiere usted traerme la lista de los
trabajadores?

Ñor Juan desapareció, é Ibarra se acercó á Elías, que levantaba solo
una gruesa piedra y la cargaba en un carro.

--Si me podéis conceder, señor, algunas horas de conversación,
paseaos luego la tarde á orillas del lago y embarcaos en mi banca,
pues tengo que hablaros de graves asuntos,--dijo Elías alejándose,
después de ver el movimiento de cabeza del joven.

Ñor Juan trajo la lista, pero en vano la leyó Ibarra; el nombre de
Elías no figuraba allí.



XLIX

LA VOZ DE LOS PERSEGUIDOS


Antes de ocultarse el sol, ponía Ibarra el pie en la banca de Elías,
á la orilla del lago. El joven parecía contrariado.

--Perdonad, señor,--dijo Elías con cierta tristeza, al verle;--perdonad
que me haya atrevido á daros esta cita; quería hablaros en libertad
y aquí no tendremos testigos: dentro de una hora podemos volver.

--Os equivocáis, amigo Elías,--contestó Ibarra procurando sonreir;--me
tenéis que conducir á ese pueblo cuyo campanario vemos desde aquí. La
fatalidad me obliga á ello.

--¿La fatalidad?

--Sí; figuraos que al venir me encuentro con el alférez, que se
esfuerza en ofrecerme su compañía; yo que pensaba en vos y sabía que
os conocía, para alejarle le he dicho que me iba á ese pueblo, en
donde tendré que estar todo el día, pues el hombre me quiere buscar
mañana á la tarde.

--Os agradezco esta atención, pero debíais sencillamente invitarle
á que os acompañara,--contestó Elías con naturalidad.

--¡Cómo! ¿y vos?

--No me habría reconocido, pues la única vez que me vió no podía
pensar en hacer mi filiación.

--¡Estoy de malas!--suspiró Ibarra, pensando en María Clara.--¿Qué
teníais que decirme?

Elías miró al rededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se
había ocultado y, como en estas latitudes el crepúsculo apenas dura,
comenzaban las sombras á extenderse, y hacían brillar el disco de la
luna en su lleno.

--Señor,--repuso Elías con voz grave,--soy portador de los deseos de
muchos desgraciados.

--¿De los desgraciados? ¿Qué queréis decir?

Elías le refirió en pocas palabras la conversación que había tenido con
el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que éste abrigaba y sus
amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elías concluyó su
relato, reinó un largo silencio, que Ibarra fué el primero en romper:

--¿De modo que desean?...

--Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la
administración de justicia, es decir, piden una mirada paternal por
parte del Gobierno.

--Reformas ¿en qué sentido?

--Por ejemplo; más respeto á la dignidad humana, más seguridades al
individuo, menos fuerza á la fuerza ya armada, menos privilegios para
este cuerpo que fácilmente abusa de ellos.

--Elías,--contestó el joven,--yo no sé quién sois, pero adivino
que no sois un hombre vulgar; pensáis y obráis de otra manera que
los otros. Vos me comprenderéis, si os digo que si bien el estado
actual de las cosas es defectuoso, más lo sería si se cambiase. Yo
podría hacer hablar á los amigos que tengo en Madrid, pagándolos,
podría hablar al Capitán general, pero ni aquellos conseguirían nada,
ni éste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo
daría jamás un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que
si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora
necesarias: son lo que se llama un mal necesario.

Elías, muy sorprendido, levantó la cabeza y le miró atónito.

--¿Creéis vos también, señor, en el mal necesario?--preguntó con voz
ligeramente temblorosa;--¿creéis que para hacer el bien se necesita
hacer el mal?

--No; creo en él como en un remedio violento de que nos valemos cuando
queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el país es un organismo
que padece una enfermedad crónica, y para sanarle, el gobierno se ve
precisado á usar de medios, duros y violentos si queréis, pero útiles
y necesarios.

--Mal médico es, señor, aquel que sólo busca corregir los síntomas y
sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal, ó conociéndolo,
teme atacarlo. La guardia civil tiene no más que este fin: represión
del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple
más que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad sólo
puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los
medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro país, como
no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el gobierno,
éste debe ser indulgente, no sólo porque necesita indulgencia, sino
porque el individuo, descuidado y abandonado por él, tiene menos
luces. Además, siguiendo vuestra comparación, el tratamiento que se
aplica á los males del país, es tan destructor que sólo se deja sentir
en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. ¿No
sería más razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un
poco la violencia del medicamento?

--Debilitar á la guardia civil sería poner en peligro la seguridad
de los pueblos.

--¡La seguridad de los pueblos!--exclamó Elías con amargura.--Pronto
hará quince años que estos pueblos tienen su guardia civil y ved:
aún tenemos tulisanes, aún oimos que se saquean pueblos, aún se ataja
en los caminos; los robos continúan y no se averiguan los autores;
el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no así el
pacífico habitante del pueblo. Preguntad á cada honrado vecino si
mira esta institución como un bien, una protección del gobierno y no
como una imposición, un despotismo cuyas demasías hieren más que las
violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero
raras, y contra ellas está uno facultado para defenderse; contra las
vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no
son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. ¿Qué efecto
produce esta institución en la vida de nuestros pueblos? Paraliza las
comunicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas;
se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer
síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula, ha
de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente
y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse
saludar de grado ó por fuerza, aun en la oscuridad de la noche,
en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar á los
campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar:
hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un
pacífico habitante á quien el jefe debía favores; no hay la seguridad
del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel ó la casa, salen
y prenden á todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante
el día; ¿queréis más? pues durante estas fiestas han continuado
los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos
permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de
ellos; ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia
de los hombres? ¡Ah, señor, si á esto llamáis conservar el orden!...

--Convengo en que hay males,--replicó Ibarra,--pero aceptemos estos
males por los bienes que los acompañan. Esta institución puede ser
imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que
el número de los criminales aumente.

--Decid más bien que por este terror aumenta el número,--rectificó
Elías.--Antes de la creación de este cuerpo, todos los malhechores
casi, con excepción de muy pocos, eran criminales por el hambre;
pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la carestía, y los
caminos se veían otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con
sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros,
tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro país, los que
tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa
la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta,
un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasías
de este poder, el temor á atroces suplicios los arrojan para siempre
de la sociedad y los condenan á matar ó á morir. El terrorismo de
la guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como
un tulisán lucha y se defiende en la montaña mejor que un soldado de
quien se burla, resulta que no somos capaces de extinguir el mal que
hemos creado. Acordaos de lo que ha hecho la prudencia del Capitán
general, de la Torre: el indulto, concedido por él á esos infelices,
ha probado que en estos montes late aún el corazón del hombre y sólo
espera el perdón. El terrorismo es útil cuando el pueblo es esclavo,
cuando el monte no tiene cavernas, cuando el poder pone apostado detrás
de cada árbol un centinela y cuando en el cuerpo del esclavo sólo hay
estómago y tripas; pero, cuando el desesperado que lucha por la vida
siente su brazo fuerte, latir su corazón y su sér llenarse de bilis,
¿podrá el terrorismo apagar el incendio al que libra combustibles?

--Me confundís, Elías, al oiros hablar así; creería que tenéis razón
si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho,--no os
déis por ofendido pues os excluyo y os miro como una excepción;--ved
quiénes son los que piden esa reforma. ¡Casi todos criminales ó gentes
que están para serlo!

--Criminales ó futuros criminales, pero ¿por qué lo son? Porque
se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus
más caras afecciones, y al pedir protección á la justicia, se han
convencido de que sólo la podían esperar de sí mismos. Pero os
equivocáis, señor, si creéis que sólo la piden los criminales;
id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos
suspiros de las familias y os convenceréis de que los males que la
Guardia civil corrige, son iguales, si no menores, á los que ella
continuamente causa. ¿Deduciríamos por esto que son criminales todos
los vecinos? Entonces ¿para qué defenderlos de los otros? ¿por qué
no destruirlos á todos?

--Algún error existe aquí que se me escapa ahora, algún error en la
teoría que deshace la práctica, pues en España, en la patria, este
cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades.

--No lo dudo: quizás esté allá mejor organizado, el personal
más selecto; acaso también porque España lo necesite, pero no
Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se
invocan cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente
cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, señor; ¿por qué no han
adoptado esta institución las otras naciones, que por su vecindad
á España debían parecérsele más que Filipinas? ¿Será por esto que
tienen aún menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos
asesinatos y se dan menos puñaladas en sus grandes capitales?

Ibarra bajó la cabeza como meditando, después la levantó y contestó:

--Esta cuestión, amigo mío, necesita un serio estudio; si mis
indagaciones me dicen que esas quejas son fundadas, escribiré á mis
amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed
que el gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada,
para hacerse respetar, y autoridad para imponer.

--Eso, señor, cuando el gobierno está en guerra con el país; mas,
para bien del gobierno, no debemos hacer creer al pueblo que está en
oposición contra el poder. Y si así fuese, si prefiriésemos la fuerza
al prestigio, debíamos mirar bien á quién damos esta fuerza ilimitada,
esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes,
llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un
arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero
creer con vos que el gobierno necesita este brazo; pues que escoja
bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse
autoridad á que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que
sabe dársela.

Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el
timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la banca,
no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas;
la luna resplandecía majestuosa en un cielo de zafir, algunas luces
brillaban á lo lejos en la ribera.

--Y ¿qué más piden?--preguntó Ibarra.

--Reforma del sacerdocio--respondió con voz desalentada y triste
Elías;--los desgraciados piden más protección contra...

--¿Contra las órdenes religiosas?

--Contra sus opresores, señor.

--¿Habrá olvidado Filipinas lo que á estas órdenes debe? ¿habrá
olvidado la inmensa deuda de gratitud á los que los han sacado del
error para darles la fé, á los que los han amparado contra las tiranías
del poder civil? ¡He aquí el mal de desconocer la historia patria!

Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito á lo que oía.

--Señor,--repuso con voz grave;--acusáis de ingratitud al pueblo;
permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores
que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan
ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad
cristiana, tan manoseada; prescindamos de la historia, no preguntemos
qué ha hecho España del pueblo judío, que ha dado á toda Europa, un
libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le
ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su
amor propio nacional, aletargado, destruído casi durante la dominación
romana y goda. Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error;
¿llamáis fe á esas prácticas exteriores, religión á ese comercio
de correas y escapularios, verdad á esos milagros y cuentos que
oímos todos los días? ¿Es ésta la ley de Jesucristo? Para esto no
necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos á una
gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba
perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis que,
por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible á
la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara,
pues por ella hemos renunciado á nuestra nacionalidad, á nuestra
independencia; por ella hemos dado á sus sacerdotes nuestros mejores
pueblos, nuestros campos y damos aún nuestras economías con la compra
de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria
extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la
protección dada contra los encomenderos [144], os podría contestar
que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no,
reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor á la humanidad
guiaban á los primeros misioneros que vinieron á nuestras playas;
reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé
que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases, así en
lo religioso, como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero
porque los antepasados fueron virtuosos, ¿consentiríamos el abuso en
sus degenerados descendientes? Porque se nos ha hecho un gran bien,
¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal? El país no pide
la abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias
y las nuevas necesidades.

--Yo amo á nuestra patria, como la podéis amar vos, Elías; comprendo
algo lo que desea, he oído con atención lo que dijisteis y con todo,
amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí
menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.

--¿Será posible, señor?--preguntó Elías extendiendo con desaliento
las manos--¿no véis la necesidad de reformas, vos cuyas desgracias
de familia...

--¡Ah, yo me olvido de mí y olvido mis propios males ante la seguridad
de Filipinas, ante los intereses de España!--interrumpió vivamente
Ibarra.--Para conservar á Filipinas es menester que continúen como
son los frailes, y en la unión con España está el bien de nuestro país.

Ibarra había concluído ya de hablar, y Elías escuchaba aún; su
fisonomía está triste, sus ojos han perdido su brillo.

--Los misioneros han conquistado el país, es verdad,--repuso;--¿creéis
que por los frailes se conservará Filipinas?

--Sí, sólo por ellos, así lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas.

--¡Oh!--exclamó Elías arrojando con desaliento el remo en la banca;--no
creía que tuviéseis tan pobre idea del gobierno y del país. ¿Por qué
no despreciáis á uno y otro? ¿qué diríais de una familia que sólo vive
en paz por la intervención de un extraño? ¡Un país que obedece porque
se le engaña, un gobierno que manda porque se vale del engaño, un
gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por sí mismo! Perdonad,
señor, pero creo que vuestro gobierno es torpe y suicida cuando se
alegra de que tal se crea. Os doy gracias por vuestra amabilidad ¿á
dónde queréis que os conduzca ahora?

--No,--repuso Ibarra;--discutamos, es menester saber quién tiene la
razón en materia tan importante.

--Perdonad, señor,--contestó Elías sacudiendo la cabeza;--no soy
bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna
educación, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis
palabras os parecerán siempre sospechosas. Los que han expresado
la opinión contraria son españoles, y como tales, aunque digan
trivialidades ó simplezas, el tono, los títulos y el origen las
consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de
combatirlos. Además, cuando veo que vos que amáis vuestro país,
vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os
habéis visto provocado, insultado y perseguido, conserváis tales
opiniones á pesar de todo y de vuestra ilustración, empiezo á
dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo
se equivoque. He de decir á esos desgraciados que han puesto su
confianza en los hombres, que la pongan en Dios ó en sus brazos. Os
doy de nuevo las gracias y mandad á donde os debo conducir.

--Elías, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazón y me hacen
también dudar. ¿Qué queréis? No me he educado en medio del pueblo,
cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niñez en el
colegio de los jesuítas, he crecido en Europa, me he formado en los
libros y he leído sólo lo que los hombres han podido traer á la luz;
lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores,
eso lo ignoro. Con todo, amo como vos nuestra patria, no sólo porque es
deber de todo hombre amar el país á quien debe el sér y á quien deberá
acaso el último asilo; no sólo porque mi padre me lo ha enseñado así,
porque mi madre era india, y porque todos mis más hermosos recuerdos
viven en él; ¡le amo además porque le debo y le deberé mi felicidad!

--Y yo porque le debo mi desgracia,--murmuró Elías.

--Sí, amigo mío, sé que sufrís, sois desgraciado, y esto os hace ver
oscuro el porvenir é influye en vuestra manera de pensar; por esto
escucho con cierta prevención vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar
los motivos, parte de ese pasado...

--Mis desgracias reconocen otro origen, si supiese que iban á ser
de alguna utilidad, os las referiría, pues aparte de que no hago de
ellas ningún misterio, son bastante conocidas de muchos.

--Acaso el saberlas rectifique mis juicios; sabéis que desconfío
mucho de las teorías, me guío más por los hechos.

Elías permaneció pensativo algunos instantes.

--Si es así, señor,--repuso,--os referiré brevemente mi historia.



L

LA FAMILIA DE ELÍAS


«Hará unos sesenta años vivía mi abuelo en Manila y servía de tenedor
de libros en casa de un comerciante español. Mi abuelo era entonces
muy joven, estaba casado y tenía un hijo. Una noche, sin saberse cómo,
ardió el almacén, el incendio se comunicó á toda la casa y de ésta á
otras muchas. Las pérdidas fueron innumerables, se buscó un criminal y
el comerciante acusó á mi abuelo. En vano protestó, y como era pobre
y no podía pagar á los célebres abogados, fué condenado á ser azotado
públicamente y paseado por las calles de Manila. No hace mucho se
usaba todavía este castigo infamante, que el pueblo llama caballo y
vaca, peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado de
todos menos de su joven esposa, vióse atado á un caballo, seguido de
una cruel multitud, azotado en cada esquina, á la faz de los hombres,
sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de
paz. Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho
la venganza de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos,
le tuvieron que sacar del caballo pues había perdido el sentido, y
¡ojalá hubiese muerto! Por una de esas crueldades refinadas le dieron
la libertad; su pobre mujer, encinta entonces, en vano mendigó de
puerta en puerta trabajo ó limosna, para cuidar al enfermo marido y al
pobre hijo, ¿quién se fía de la mujer de un incendiario é infame? ¡La
esposa, pues, tuvo que dedicarse á la prostitución!»

Ibarra se levantó de su asiento.

«¡Oh, no os inquietéis! la prostitución no era ya una deshonra
para ella ni un deshonor para el marido: honor y vergüenza ya no
existían. El marido curó de sus heridas y vino á ocultarse con su mujer
é hijo en los montes de esta provincia. Aquí parió la mujer un feto
estropeado y lleno de enfermedades, que tuvo la fortuna de morir. Aquí
vivieron algunos meses aún, miserables, aislados, odiados y temidos
de todos. No pudiendo mi abuelo soportar su miseria y menos valeroso
que su mujer, se ahorcó, desesperado de ver á su esposa enferma,
privada de todo auxilio y cuidado. El cadáver se pudrió á la vista
del hijo, que apenas podía cuidar á su madre enferma, y el mal olor lo
descubrió á la justicia. Mi abuela fué acusada y condenada por no haber
dado parte; se le atribuyó la muerte de su marido y se creyó esto,
pues ¿de qué no es capaz la mujer de un miserable, que después fué
prostituta? Si jura, la llaman perjura, si llora le dicen que miente,
y blasfema si invoca á Dios. Sin embargo, le tuvieron consideración
y esperaron su alumbramiento para después azotarla: sabéis que los
frailes extienden la creencia de que á los indios únicamente se los
puede tratar á palos: leed lo que dice el padre Gaspar de S. Agustín.

«Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga
á luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los
sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia,
y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después
cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así
creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó
con sus dos hijos á la vecina provincia y allí vivieron como fieras:
odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en
medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisán tan luego
como se halló con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de Bálat se
estendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en
su venganza todo lo llevaba á sangre y fuego. El menor, que había
recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con
su suerte é infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque
daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes,
ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de
delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el
hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían
hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad
de los indios. Al fin, el famoso Bálat cayó un día en poder de la
Justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que
nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven á
su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aún no había
vuelto, encontróla tendida en tierra, á orillas del camino, debajo
de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados,
fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se
veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y
seguir la mirada del cadáver, ¡y vé en la rama colgado un cesto,
y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!»

--¡Dios mío!--exclamó Ibarra.

--«¡Eso pudo exclamar mi padre!--continuó Elías fríamente.--Los
hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero
los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si
vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un
miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío:
la Naturaleza le ha maldecido y el árbol ni crece ni da fruto. Lo
mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza
como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce,
la colgaron delante de la cabaña de la madre!»

Ibarra bajó la cabeza.

--«El joven huyó como un maldito,--continuó Elías;--huyó de pueblo en
pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de
trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad,
la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no
conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economía logró hacerse un
pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó
en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo
desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano
no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero
el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para
salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio,
se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era
rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trató de defenderse,
lo admitió todo y fué enviado á presidio. La joven dió á luz un niño
y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un
padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna
edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como
nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fué muy venturosa; mi hermana
y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos
que no conocen otros amores. Muy joven fuí á estudiar en el colegio
de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó á
la pensión de la Concordia. Concluída nuestra corta educación, porque
únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para
tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo
felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros
campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con
un joven á quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por
cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la
voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso
nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí
satisfacción; la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió
á abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha,
teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis
caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir
entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó
mi pariente; el caso es que citó ante la justicia á este viejo y
le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que
se pegaba á sus queridos hijos y á quien yo había maltratado varias
veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié á nuestra fortuna, mi
hermana perdió su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para
ir á otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido á
nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe
todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.

»Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros
se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir
una palabra, vió casarse con otra á su antiguo novio, y yo la ví poco
á poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano
la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis
meses después supe que por aquella época, después de una crecida del
lago, se había encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales
el cadáver de una joven, ahogada ó asesinada; tenía, según dicen,
un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo
hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presentó á
reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido. Por las señas
que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de
su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella á mi
pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi
fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos,
á veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo
mi camino. He aquí brevemente relatada mi historia, y la historia de
uno de los juicios de los hombres».

Elías se calló y continuó remando.

--Voy creyendo que no os falta razón,--murmuró en voz baja
Crisóstomo,--cuando decís que la justicia debía procurar el bien por
la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo
que... esto es imposible, utópico; pues ¿de dónde sacar tanto dinero,
tantos nuevos empleados?

--Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y
caridad? ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño,
darle á comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un
criminal esa centella, dada por Dios á cada hombre para buscar el
bien? ¿Será más humano acompañar á un reo al patíbulo, que acompañarle
por la difícil senda que conduce del vicio á la virtud? ¿No se pagan
también espías, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio,
cuesta dinero también.

--Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos.

--Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo,
uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo á los demás,
¡dad la idea de lo que se llama una patria!

--Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.

--¡Esperar, esperar equivale á sufrir!

--Si lo pidiese, se me reirían.

--Y ¿si el pueblo os sostiene?

--¡Jamás! no seré yo nunca el que he de guiar á la multitud á conseguir
por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, ¡no! Y si yo viera
alguna vez á esa multitud armada, me pondría del lado del gobierno y la
combatiría, pues en esa turba no vería á mi país. Yo quiero su bien,
por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción,
por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.

--¡Sin lucha tampoco hay libertad!--contestó Elías.

--¡Es que yo no quiero esa libertad!

--Es que sin libertad no hay luz,--replicó el piloto con viveza;--decís
que conocéis poco vuestro país, lo creo. No véis la lucha que se
prepara, no véis la nube en el horizonte; el combate comienza en la
esfera de las ideas para descender á la arena, que se teñirá en sangre;
oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle! ¡para ellos
no se ha escrito la historia!

Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil,
iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su
abundante cabellera, y continuó:

--¿No véis como todo despierta? El sueño duró siglos, pero un día
cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces
nuevas tendencias trabajan los espíritus, y estas tendencias, hoy
separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado á
los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa
de la libertad.

Un silencio solemne siguió á estas palabras. Entretanto la banca,
llevada insensiblemente por las olas, se acercaba á la orilla. Elías
fué el primero que rompió el silencio.

--¿Qué he decir á los que me envían?--preguntó cambiando de tono.

--Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen,
pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia
todos tenemos nuestras culpas.

Elías no volvió á replicar; bajó la cabeza, continuó remando, y
llegado á la orilla, se despidió de Ibarra, diciendo:

--Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido
conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante os olvidéis de
mí y no me reconozcáis en cualquiera situación que me encontréis.

Y dicho esto, volvió á conducir la banca, remando en dirección á una
espesura en la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso;
parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el
remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre
las azules ondas.

Por fin llegó; un hombre salió de la espesura y se le acercó.

--¿Qué digo al capitán?--preguntó.

--Dile que Elías, si no muere antes, cumplirá su palabra,--contestó
tristemente.

--Entonces ¿cuándo te reunirás con nosotros?

--Cuando vuestro capitán crea que ha llegado la hora del peligro.

--¡Está bien, adiós!

--¡Si no muero antes!--murmuró Elías.



LI

CAMBIOS


El pudibundo Linares está serio y lleno de inquietud; acaba de recibir
una carta de doña Victorina, que dice así:


    «Estimado primo: Dentro de tres días espero saber de ti ci ya te
    á matado el alféres ó tú hael no qiero que pase un día mas cin
    que eze animal tenga su castigo si pasa este plazo iaun no leas
    desafiao haese le digo ha don Santiago que jamas fuiste segretario
    ni dabas bromas á Canobas ni ivas de golgorio con el general don
    arseño Martines le digo ha Clarita que todo es bola ino te doy ni
    un quarto mas si le desafias te prometo todo lo que qieras con que
    haver si le deza fías te prebengo que no hay es qucas ni motibos.

    Tu prima que te qiere de coracon

    Victorina de los Reyes de Espadaña.

    Sampaloc lunes a las 7 de la Noche.»


El asunto era serio: Linares conocía el carácter de doña Victorina y
sabía de qué era capaz; hablarle de razón era hablar de honradez y
urbanidad á un carabinero de Hacienda, cuando se propone encontrar
contrabando donde no lo hay; suplicar era inútil; engañar, peor;
no había más remedio que desafiar.

--Pero ¿cómo?--decía paseándose solo;--¿si me recibe á cajas
destempladas? ¿si me encuentro con su señora? ¿quién querrá ser mi
padrino? ¿el cura? ¿capitán Tiago? ¡Maldita sea la hora en que he
dado oídos á sus consejos! ¡Latera! ¿Quién me obligaba á darme pisto,
contar bolas, á engatusar con fanfarronadas! ¿qué va á decir de mí
esa señorita?... ¡Ahora me pesa haber sido secretario de todos los
ministros!.

En este triste soliloquio estaba el buen Linares cuando el padre
Salví llegó. El franciscano estaba en verdad más flaco y pálido que
de costumbre, pero sus ojos brillaban con una luz singular y á sus
labios asomaba una extraña sonrisa.

--Señor Linares, ¿tan solo?--saludó dirigiéndose á la sala, por cuya
puerta entreabierta se escapaban algunas notas de piano.

Linares quiso sonreir.

--Y ¿don Santiago?--añadió el cura.

Capitán Tiago se presentó en el momento mismo, besó la mano al cura,
le desembarazó de su sombrero y bastón, sonriendo como un bendito.

--¡Vamos, vamos!--decía el cura entrando en la sala, seguido de Linares
y capitán Tiago;--tengo buenas noticias que participar á todos. He
recibido cartas de Manila que me confirman la que ayer me trajo el
señor Ibarra... de modo, don Santiago, que el impedimento desaparece.

María Clara, que estaba sentada al piano entre sus dos amigas, medio
se levanta, pero pierde las fuerzas y vuelve á sentarse. Linares
palidece y mira á capitán Tiago, que baja los ojos.

--Ese joven me va pareciendo muy simpático,--continúa el cura;--al
principio le juzgué mal... es un poco vivo de genio, pero después sabe
tan bien arreglar sus faltas que no se le puede guardar rencor. Si
no fuera por el padre Dámaso...

Y el cura dirigió una rápida mirada á María Clara, que escuchaba, pero
sin apartar los ojos del papel de música, á pesar de los pellizcos
disimulados de Sinang, que así expresaba su alegría, y á estar á
solas habría bailado.

--¿El padre Dámaso?...--preguntó Linares.

--Sí, el padre Dámaso ha dicho,--continuó el cura sin separar su
vista de María Clara,--que como... padrino de bautismo, no podía él
permitir... pero en fin, yo creo que si el señor Ibarra le pide perdón,
lo que no dudo, todo se arreglará.

María Clara se levantó, dió una excusa y se retiró á su cuarto,
acompañada de Victoria.

--Y ¿si el padre Dámaso no le perdona?--pregunta en voz baja capitán
Tiago.

--Entonces... María Clara verá... el padre Dámaso es su
padre... espiritual; pero yo creo que se entenderán.

En aquel instante oyéronse pasos y apareció Ibarra, seguido de la
tía Isabel: su presencia produjo una impresión muy variada. Saludó
con afabilidad á capitán Tiago, que no supo si sonreir ó llorar,
y á Linares con una profunda inclinación de cabeza. Fray Salví se
levantó y le tendió tan afectuosamente la mano, que Ibarra no pudo
contener una mirada de sorpresa.

--No lo extrañe usted,--dice fray Salví;--ahora mismo le alababa
á usted.

Ibarra dió las gracias y se acercó á Sinang.

--¿Dónde has estado todo el día?--preguntó ésta con su charla
juvenil;--nos preguntábamos y decíamos: ¿A dónde habrá ido esa alma
redimida del purgatorio? Y cada una de nosotras decía una cosa.

--Y ¿se puede saber qué decíais?

--No, eso es un secreto, pero ya te lo diré á solas. Ahora dinos
dónde has estado, para ver quién ha podido adivinar.

--No, eso es también un secreto, pero yo te lo diré á solas, si los
señores lo permiten.

--¡Ya lo creo, ya lo creo! ¡No faltaba más!--dijo el padre Salví.

Sinang llevó á Crisóstomo á un extremo de la sala: ella estaba muy
alegre con la idea de saber un secreto.

--Dime, amiguita,--preguntó Ibarra;--¿está María enfadada conmigo?

--No lo sé, pero dice que es mejor que la olvides y se echa á
llorar. Capitán Tiago quiere que se case con aquel señor, el padre
Dámaso también, pero ella no dice ni sí ni no. Esta mañana, cuando
preguntábamos por tí y yo decía: ¿Si habrá ido á hacer el amor á
alguna? ella me contestó: ¡Ojalá! y se puso á llorar.

Ibarra estaba serio.

--Dile á María que quiero hablarle á solas.

--¿A solas?--preguntó Sinang frunciendo las cejas y mirándole.

--Enteramente á solas, no; pero que no esté aquél delante.

--Es difícil: pero pierde cuidado, se lo diré.

--Y ¿cuándo sabré la contestación?

--Mañana, vete á casa temprano. María no quiere jamás estar sola,
la acompañamos; Victorina duerme una noche á su lado y yo otra;
mañana me toca el turno. Pero oye ¿y el secreto? ¿Te vas sin decirme
lo principal?

--¡Es verdad! estuve en el pueblo de Los Baños; voy á explotar los
cocales, pues pienso levantar una fábrica; tu padre será mi socio.

--¿Nada más que eso? ¡Vaya un secreto!--exclamó Sinang en voz alta,
con el tono de un usurero estafado;--yo creía...

--¡Cuidado! ¡no te permito que lo publiques!

--¡Ni ganas!--contestó Sinang arrugando la nariz.--Si fuera algo más
importante, lo diría á mis amigas; pero ¡comprar cocos! ¡cocos! ¿quién
se interesa por los cocos?

Y más que de prisa fué á buscar á sus amigas.

Momentos después, Ibarra se despidió viendo que la reunión no podía
menos de languidecer; capitán Tiago tenía una cara agridulce, Linares
estaba callado y observaba, el cura aparentando alegría hablaba de
cosas extrañas. Ninguna de las jóvenes había vuelto á salir.



LII

LA CARTA DE LOS MUERTOS Y LAS SOMBRAS


El nublado cielo oculta á la luna; un viento frío, presagio del próximo
Diciembre, barre algunas hojas secas y el polvo en el estrecho sendero,
que conduce al cementerio.

Tres sombras se hablan en voz baja debajo de la puerta.

--¿Le has hablado á Elías?--preguntó una voz.

--No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los
nuestros: Don Crisóstomo le ha salvado la vida.

--Por eso también acepté,--dice la primera voz;--don Crisóstomo
hace que la curen á mi mujer en casa de un médico en Manila. Me he
encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.

--Y nosotros, del cuartel para decir á los civiles que nuestro padre
tenía hijos.

--¿Cuántos seréis?

--¡Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisóstomo dice
que seremos veinte.

--Y ¿si no salís bien?

--¡St!--dijo uno y todos se callaron.

Veíase á favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse
siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detenía como si volviese
la cara hacia atrás.

Y no le faltaba motivo. Detrás, á unos veinte pasos, venía otra sombra,
mayor, y que parecía más sombra que la primera: tan ligeramente pisaba
el suelo, desaparecía con rapidez como si le tragase la tierra cada
vez que la primera se detenía y volvía.

--¡Me siguen!--murmuró ésta;--¿será la guardia civil? ¿mentirá el
sacristán mayor?

--Dicen que es aquí la cita,--decía en voz baja la segunda sombra;--de
algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.

La primera sombra llegó al fin á la puerta del cementerio. Las tres
primeras se adelantaron.

--¿Sois vosotros?

--¿Sois vos?

--¡Separémonos, que me han seguido! Mañana tendréis las armas y á la
noche será. El grito es: «¡Viva don Crisóstomo!» ¡Idos!

Las tres sombras desaparecieron detrás de las tapias. El recién
llegado se ocultó en el hueco de la puerta y esperó silencioso.

--¡Veamos quién me sigue!--murmuró.

La segunda sombra llegó con mucha precaución y se detuvo como para
mirar en torno suyo.

--¡He llegado tarde!--dijo á media voz;--pero acaso vuelvan.

Y como empezaba á caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar,
pensó guarecerse debajo de la puerta.

Naturalmente se encontró con el otro.

--¡Ah! ¿quién sois?--preguntó el recién llegado con voz varonil.

--Y ¿quién sois vos?--contestó el otro tranquilamente.

Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de
la voz y distinguirse las facciones.

--¿Qué esperáis aquí?--preguntó el de voz varonil.

--Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar
esta noche una cantidad,--contestó el otro con voz natural;--y vos
¿á qué venís?

--A... lo mismo.

--¡Abá! [145] me alegro: así me estaré sin compañero. Traigo cartas;
á la primera campanada les pongo albur; á la segunda, gallo; las que
se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputárselas á
tajos. ¿Traéis también cartas?

--¡No!

--¿Entonces?

--Sencillamente; así como les ponéis banca, espero que ellos me
la pondrán.

--Y ¿si los muertos no la ponen?

--¿Qué hacer? El juego no se ha hecho aún obligatorio entre los
muertos...

Hubo un momento de silencio.

--¿Venís armado? ¿Cómo vais á luchar con los muertos?

--Con mis puños,--contestó el más grande de los dos.

--¡Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay
más de un vivo, y somos dos.

--¿De veras? pues yo no quiero irme.

--Ni yo, me hace falta dinero,--contestó el más pequeño;--pero hagamos
una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.

--Sea...--contestó el otro con cierto disgusto.

--Entonces entremos... ¿tenéis fósforos?

Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar á propósito,
y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El más bajo
sacó de su salakot unas cartas, y el otro encendió un fósforo.

A la luz miráronse el uno al otro, pero, á juzgar por la expresión
de sus rostros, no se conocían. No obstante, nosotros reconoceremos
en el más alto y de voz varonil á Elías, y en el menor á Lucas con
su cicatriz en la mejilla.

--¡Cortad!--dijo éste, sin dejar de observarle.

Apartó algunos huesos, que encontró sobre el nicho, y sacó un as y
un caballo. Elías encendía fósforos uno tras otro.

--¡Al caballo!--dijo, y para señalar la carta puso una vértebra encima.

--¡Juego!--dijo Lucas, y á las cuatro ó cinco cartas sacó un as.

--Habéis perdido,--añadió;--ahora dejadme solo que me busque la vida.

Elías, sin decir una palabra, se alejó perdiéndose en la obscuridad.

Algunos minutos después dieron las ocho en el reloj de la iglesia,
y la campana anunció la hora de las ánimas; pero Lucas no invitó á
jugar á nadie: no evocó á los muertos, como manda la superstición,
sino que descubrió y murmuró algunas oraciones, santiguándose y
persignándose con el mismo fervor que lo haría en aquel momento el
jefe de la cofradía del santísimo rosario.

Toda la noche siguió lloviznando. A las nueve las calles estaban ya
obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe
colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecían
encendidos para hacer ver las tinieblas.

Dos guardias civiles se pasean de un extremo á otro de la calle,
cerca de la iglesia.

--¡Hace frío!--decía uno en tagalo, con acento visaya [146]; no
cogemos á ningún sacristán; no hay quien componga el gallinero del
alférez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.

--Y á mí,--contesta el otro;--nadie roba ni alborota; pero, gracias
á Dios, dicen que Elías está en el pueblo.

Dice el alférez que el que le coja, estará libre de azotes durante
tres meses.

--¡Ah! ¿Sabes de memoria las señas?--preguntó el visaya.

--¡Ya lo creo! estatura alta, según el alférez; regular, según el
padre Dámaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular,
barba ninguna, pelo negro...

--¡Ah! ¿y señas particulares?

--Camisa negra, pantalón negro, leñador...

--¡Ah! no se escapará; me parece ya verle.

--No le confundo con otro, aunque se le parezca.

Y ambos soldados siguen su ronda.

A la luz de los faroles vemos otra vez dos sombras ir una detrás
de otra con gran cautela. Un enérgico ¿quién vive? detiene á ambas,
y la primera contesta ¡España! con voz temblorosa.

Los soldados le arrastran y le llevan á un farol para reconocerle. Era
Lucas, pero los soldados dudan y se consultan con la mirada.

--¡El alférez no ha dicho que tenga cicatriz!--dice el visaya en voz
baja.--¿A dónde vas?

--A mandar una misa para mañana.

--¿No has visto á Elías?

--¡No le conozco, señor!--contesta Lucas.

--¡No te pregunto si le conoces, tonto! tampoco le conocemos; te
pregunto si le has visto.

--No, señor.

--Oye bien, te diré sus señas. Estatura á veces alta, á veces regular;
pelo y ojos negros; todo lo demás es regular,--dice el visaya.--¿Le
conoces ahora?

--¡No, señor!--contestó Lucas atontado.

--Entonces, ¡sulung! ¡burro! ¡burro!--Y le dieron un empellón.

--¿Sabes tú por qué para el alférez es alto Elías, y regular para el
cura?--pregunta pensativo el tagalo al visaya.

--No.

--Porque el alférez estaba hundido en el charco cuando le observó y
el cura de pie.

--¡Es verdad!--exclama el visaya;--tienes talento... ¿cómo eres
guardia civil?

--No siempre lo fuí; yo era contrabandista,--contesta el tagalo
con jactancia.

Pero otra sombra los distrajo: le dieron el ¿quién vive? y la llevaron
á la luz. Esta vez era el mismo Elías el que se presentaba.

--¿A dónde vas?

--A perseguir, señor, á un hombre que pegó y amenazó á mi hermano;
tiene una cicatriz en la cara y se llama Elías...

--¡Ah!--exclaman los dos y se miran espantados.

Y acto continuo echan á correr en dirección á la iglesia, donde
minutos antes había desaparecido Lucas.



LIII

IL BUON DÍ SI CONOSCE DA MATTINA [147]


Temprano se esparcía por el pueblo la noticia de que la noche anterior
se habían visto muchas luces en el cementerio.

El jefe de la V. O. T. hablaba de velas encendidas y describía
sus formas y tamaños, pero no pudo  decir á punto fijo el número,
pues había contado más de veinte. Hermana Sipa, de la cofradía del
Santísimo Rosario no debía tolerar que se jactase solo de haber visto
esta gracia de Dios uno de la hermandad enemiga: hermana Sipa, aunque
no vive cerca, oyó lamentos y gemidos, y hasta creyó reconocer en las
voces ciertas personas con quienes ella en otro tiempo... pero, por
caridad cristíana, no solamente perdonaba, sino oraba y callaba sus
nombres, por lo cual todos la declaraban santa incontinenti. Hermana
Rufa no tiene en verdad tan fino el oído, pero no debe sufrir que
hermana Sipa lo haya oído, y ella no; por esto ha tenido un sueño y
se le han presentado muchas almas, no sólo de personas muertas, sino
también de vivas; las almas en pena pedían parte de sus indulgencias,
apuntadas en toda regla y atesoradas. Ella podrá decir los nombres
á las familias interesadas, y sólo pide una pequeña limosna para
socorrer al Papa en sus necesidades.

Un muchachuelo, pastor de oficio, que se atrevió á asegurar no haber
visto más que una luz y dos hombres con salakot, á duras penas escapó
de palos é insultos. En vano juró; estaban sus carabaos que venían
con él y podían hablar.

--¿Vas á saber más que el celador y las hermanas, paracmasón [148],
hereje?--le decían y le miraban con malos ojos.

El cura subió al púlpito y volvió á predicar sobre el purgatorio,
y los pesos volvieron á salir de sus escondites para ganar una misa.

Pero dejemos á las almas en pena y oigamos la conversación de don
Filipo y del viejo Tasio, enfermo en su casita solitaria. Hacía
días que el filósofo ó el loco no dejaba la cama, postrado por una
debilidad que progresaba rápidamente.

--En verdad que no sé si felicitaros porque os hayan admitido la
dimisión; antes, cuando el gobernadorcillo desoyó tan descaradamente
el parecer de la mayoría, el solicitarla era justo; pero ahora que
estáis en lucha con la guardia civil es inconveniente. En tiempo de
guerra se debe permanecer en su puesto.

--Sí, pero no cuando el general se vende,--contestó don Filipo;--ya
sabéis que á la siguiente mañana puso el gobernadorcillo en libertad
á los soldados que he conseguido prender, y se ha negado á dar un
solo paso. Sin el consentimiento de mi superior no puedo nada.

--Vos solo, nada, pero con los demás mucho. Hubiérais aprovechado
esta ocasión para dar un ejemplo á los otros pueblos. Sobre la
ridícula autoridad del gobernadorcillo está el derecho del pueblo;
era el comienzo de una buena lección y la perdísteis.

--Y ¿qué hubiera podido yo contra el representante de las
preocupaciones? Ahí tenéis al señor Ibarra, se ha plegado á las
creencias de la multitud; ¿pensáis que él cree en la excomunión?

--No estáis en la misma situación: el señor Ibarra quiere sembrar,
y para sembrar hay que bajarse y obedecer á la materia; vuestra misión
era sacudir, y para sacudir se pide fuerza é impulso. Además, la lucha
no se debía plantear contra el gobernadorcillo; la frase debía ser:
contra el que abusa de su fuerza, contra el que turba la tranquilidad
pública, contra el que falta á su deber; y no hubiérais estado solo,
pues que el país de ahora no es el mismo que hace veinte años.

--¿Lo creéis?--preguntó don Filipo.

--Y ¿no lo sentís?--contestó el anciano medio incorporándose en el
lecho; ¡ah! es porque no habéis visto el pasado, no habéis estudiado
el efecto de la inmigración europea, de la venida de nuevos libros y
de la marcha de la juventud á Europa. Estudiad y comparad: es cierto
que existe aún la Real Pontificia Universidad de santo Tomás con su
sapientísimo claustro, y se ejercitan todavía algunas inteligencias
en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo,
pero ¿dónde encontraréis ahora aquella juventud metafísica de
nuestros tiempos, de instrucción arqueológica, que, torturado el
encéfalo, moría sofisticando en un rincón de provincias, sin acabar
de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestión de la
esencia y existencia, elevadísimos conceptos que nos hacían olvidar
de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? ¡Ved ahora
la niñez! Llena de entusiasmo á la vista de más amplios horizontes,
estudia historia, matemáticas, geografía, literatura, ciencias,
físicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oíamos con
horror, como si fuesen herejías; el más libre pensador de mi época
las declaraba inferiores á las categorías de Aristóteles y á las
leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre;
renuncia al análisis de su Dios, á penetrar en lo impalpable,
en lo que no ha visto, á dar leyes á los fantasmas de su cerebro;
el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio
está á su alcance; cansado de su trabajo inútil y presuntuoso, baja
la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cómo nacen nuestros
poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco á poco sus tesoros
y empiezan á sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias
experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el
tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos
moldes de la filosofía del derecho; algunos empiezan á brillar en
medio de las tinieblas que rodean á nuestra tribuna, y advierten
un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cómo habla la juventud,
visitad los centros de enseñanza, y otros nombres resuenan en las de
los claustros, allí donde sólo oímos los de santo Tomás, Suárez, Amat,
Sánchez y otros, ídolos de mi tiempo. En vano claman desde el púlpito
los frailes contra la desmoralización, como claman los vendedores
de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su
mercancía está pasada é inservible. En vano extienden los conventos
sus prolongaciones y raíces para ahogar en los pueblos la corriente
nueva; los dioses se van; las raíces del árbol pueden enflaquecer á
las plantas que en él se apoyan, pero no quitar la vida á otros seres,
que, como el ave, se remontan á los cielos.

El filósofo hablaba con animación; sus ojos brillaban.

--Sin embargo, el germen nuevo es pequeño; si todos se proponen
el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,--objetó don
Filipo incrédulo.

--Ahogarle... ¿quién? ¿el hombre, ese enano enfermo, ahogar al
progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? ¿Cuándo lo
pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle,
le empujan. E pur si muove, decía Galileo, cuando los dominicos
le obligaban á declarar que la tierra no se movía; la misma frase
se aplica al progreso humano. Se violentarán algunas voluntades, se
sacrificarán algunos individuos, pero no importa: el progreso seguirá
su camino, y de la sangre de los que caigan brotarán nuevos y vigorosos
retoños. ¡Ved! la prensa misma, por más retrógrada que quisiera ser,
da también un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan
á esta ley, é imitan á los jesuítas, sus enemigos irreconciliables:
dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesías,
porque, como no les falta inteligencia á pesar de creerse en el siglo
XV, comprenden que los jesuítas tienen razón, y tomarán aún parte en
el porvenir de los pueblos jóvenes que han educado.

--Según vos, ¿los jesuítas van con el progreso?--preguntó admirado
don Filipo; ¿por qué, pues, se los combate en Europa?

--Os contestaré como un antiguo escolástico,--contestó el filósofo
volviéndose á acostar y recobrando su fisonomía burlona:--de tres
maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrás;
los primeros le guían, los segundos se dejan llevar, los últimos son
arrastrados, y á éstos pertenecen los jesuítas. Ellos ya quisieran
dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan,
prefieren seguir á ser aplastados ó quedarse en medio del camino
entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos
siglos detrás del carro: apenas empezamos á salir de la Edad media;
por esto los jesuítas, que son retroceso en Europa, vistos desde aquí,
representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instrucción,
las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como á los dominicos
el escolasticismo, muerto ya á pesar de León XIII: no hay papa que
resucite lo que el sentido común ha ajusticiado... Pero ¿á dónde hemos
ido?--preguntó cambiando de tono;--¡ah! hablábamos del estado actual de
Filipinas... Sí, ahora entramos en el período de lucha, digo, vosotros:
nuestra generación pertenece á la noche, nos vamos. La lucha está entre
el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal
castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye á lo lejos,
á los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva
de otros países... ¿Quiénes caerán y se sepultarán entre los escombros?

El anciano calló, y viendo que don Filipo le miraba pensativo,
sonrióse y repuso:

--Casi adivino lo que pensáis.

--¿De veras?

--Pensáis que muy bien puedo equivocarme,--dijo sonriendo con
tristeza;--hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil
humani a me alienum puto [149], decía Terencio; pero si alguna vez se
permite soñar ¿por qué no soñar agradablemente en las últimas horas
de la vida? Y luego, ¡no he vivido más que de sueños! Tenéis razón;
¡sueño! nuestros jóvenes no piensan más que en amoríos y placeres:
más tiempo gastan y trabajan más para engañar y deshonrar á una
joven, que para pensar en el bien de su país; nuestras mujeres por
cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias;
nuestros hombres sólo son activos para el vicio y heroicos en la
vergüenza; la niñez despierta en tinieblas y rutina; la juventud
vive sus mejores años sin ideal, y la edad madura, estéril, tan sólo
sirve para corromper con su ejemplo á la juventud... Me alegro de
morir... claudite jam rivos, pueri [150].

--¿Queréis alguna medicina?--preguntó don Filipo para cambiar el giro
de la conversación, que había puesto sombrío el semblante del enfermo.

--Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedáis sí. Decid á
don Crisóstomo que me visite mañana, pues tengo cosas muy importantes
que decirle. Dentro de algunos días me voy. ¡Filipinas está en las
tinieblas!

Don Filipo, después de algunos minutos más de conversación, dejó
grave y pensativo la casa del enfermo.



LIV

                                            Quidquid latet, apparebit,
                                            Nil inultum remanebit [151].


La campana anuncia la oración de la tarde; al oir el religioso tañido,
detiénense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador
que viene del campo, suspende el canto, pára el acompasado andar
del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de
la calle y agitan con afectación los labios para que nadie dude de
su devoción; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ángelus
para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta
... todo ruido que no sea el del avemaría se disipa, enmudece.

Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y
escandaliza á muchas viejas; ¡y más escándalo! se dirige á casa del
alférez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de
sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salví no hace
caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano
sobre la nariz cristiana, para de allí deslizarla suavemente (según ha
observado doña Consolación) en el seno de una graciosa jovencita, que
se inclina para pedir la bendición. ¡Importante asunto debe preocuparle
para olvidarse así de sus propios intereses y de los de la Iglesia!

En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia
á la puerta del alférez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad,
que sonríe coma una condenada.

--¡Ah, padre cura! iba á verle ahora; el cabrón de usted...

--Tengo un asunto importantísimo...

--No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... ¡le pego un
tiro si vuelve!

--¡Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta mañana!--dice el cura
jadeante y dirigiéndose hacia la sala.

--¡Qué! ¿cree usted que me mata á mí ese muñeco sietemesino? ¡Le
reviento de un puntapié!

Padre Salví retrocedía,  y miró instintivamente hacia el pie del
alférez.

--¿De quién habla usted?--preguntó temblando.

--¿De quién he de hablar, si no de ese bobalicón, que me propone un
desafío á revólver á cien pasos?

--¡Ah!--respiró el cura, y añadió:--vengo á hablar á usted de un
asunto urgentísimo.

--¡Déjeme usted de asuntos! Será como el de los dos muchachos!

Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan
sucio, habría visto el alférez la palidez del cura.

--¡Hoy se trata seriamente de la vida de todos!--repuso éste á
media voz.

--¡Seriamente!--repitió el alférez palideciendo; ¿tira bien ese
joven?...

--No hablo de él.

--¿Entonces?

El fraile le indicó la puerta que él cerró á su manera, de un
puntapié. El alférez hallaba las manos superfluas y no habría perdido
nada con dejar de ser bimano. Una imprecación y un rugido respondieron
de fuera.

--¡Bruto! ¡me has partido la frente!--gritó su esposa.

--¡Ahora, desembuche usted!--dijo él al cura tranquilamente.

Este le miró un largo rato; después preguntó la  voz nasal y monótona
de predicador:

--¿No ha visto usted que me venía corriendo?

--¡Rediós! ¡creí  que estaba usted con diarrea!

--Pues bien,--dijo el cura sin cuidarse de la grosería del
alférez,--cuando así falto á mi deber, es que hay graves motivos.

--Y ¿qué más?--preguntó el otro golpeando con el pie en el suelo.

--¡Calma!

--Entonces ¿á qué venir con tanta prisa?

El cura se le acercó y preguntó con misterio:

--¿No...  sabe... usted... nada de nuevo?

El alférez se encogió de hombros.

--Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.

--¿Me quiere usted hablar de Elías, que anoche escondió su sacristán
mayor?--preguntó.

--No, no hablo ahora de esos cuentos,--contestó el cura malhumorado;
hablo de un gran peligro.

--¡Pues, p...! suéltese usted entonces!

--¡Vaya!--dijo el fraile lentamente y con cierto desdén;--verá usted
una vez más la importancia que tenemos los religiosos; el último lego
vale un regimiento; con que un cura...

Y bajando la voz y con mucho misterio:

--¡He descubierto una gran conspiración!

El alférez saltó y atónito miró al fraile.

--Una terrible y bien urdida conspiración, que ha de estallar esta
misma noche.

--¡Esta misma noche!--exclamó el alférez abalanzándose al cura; y,
corriendo á su revólver y sable colgados de la pared,

--¿A quién prendo? ¿á quién prendo?--gritó.

--¡Cálmese usted; aún hay tiempo, gracias á la prisa que me he dado;
hasta las ocho!...

--¡Afusilo á todos!

--¡Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es
un secreto de confesión) se ha acercado á mí y me lo ha descubierto
todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el
convento, apresan la falúa y nos asesinan á todos los españoles.

El alférez estaba atontado.

--La mujer no me ha dicho más que esto,--añadió el cura.

--¿No ha dicho más? ¡pues la prendo!

--No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono
del Dios de las misericordias.

--¡No hay Dios ni misericordias que valgan! ¡la prendo!

--Está usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es
prepararse; arme usted silenciosamente á los soldados y póngalos en
emboscada; mándeme cuatro guardias para el convento y advierta á los
de la falúa.

--¡La falúa no está! ¡Pido auxilio á las otras secciones!

--No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa
es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les hará
cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos
asuntos. ¡Atención! aquí puede usted ganarse cruces y estrellas;
sólo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.

--¡Constará, Padre, constará, y acaso le caiga una mitra!--contestó
el alférez radiante, mirándose las mangas de su uniforme.

--Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados,
¿eh? ¡Discreción! esta noche á las ocho llueven estrellas y cruces.

Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce
á casa de Crisóstomo y sube las escaleras aprisa.

--¿Está el señor?--pregunta la voz de Elías al criado.

--Está en su gabinete trabajando.

Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder
tener explicaciones con María Clara, se había puesto á trabajar en
su laboratorio.

--¿Ah, sois vos, Elías?--exclamó;--pensaba en vos: ayer me había
olvidado de preguntaros por el nombre de aquel español en cuya casa
vivía vuestro abuelo.

--No se trata, señor, de mí...

--Ved,--continuó Ibarra sin notar la agitación del joven y acercando
un trozo de caña á la llama;--he hecho un gran descubrimiento: esta
caña es incombustible...

--No se trata, señor, de la caña ahora; se trata de que recojáis
vuestros papeles y huyáis dentro de un minuto.

Ibarra miró sorprendido á Elías y, al ver la gravedad de su semblante,
se le cayó el objeto que tenía entre las manos.

--Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora
os encontréis en un lugar más seguro.

--Y ¿por qué?--preguntó al fin.

--Poned en seguro cuanto tenéis de más precioso...

--Y ¿por qué?

--Quemad todo papel escrito por vos ó para vos: el más inocente se
puede interpretar mal...

--Pero y ¿por qué?

--¿Por qué? porque acabo de descubrir una conspiración que se os
atribuye para perderos.

--¿Una conspiración?... y ¿quién la trama?

--Me ha sido imposible averiguar el nombre de su autor; hace un
momento acabo de hablar con uno de los desgraciados pagados para ello
y á quien no he podido disuadir.

--Y ese ¿no os ha referido quién es el que le paga?

--Sí, exigiéndome que le guardase el secreto, me dijo que érais vos.

--¡Dios mío!--exclamó Ibarra y se quedó aterrado.

--¡Señor, no lo dudéis, no perdamos tiempo, que la conjuración acaso
estalle esta noche misma!

Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la
cabeza, parecía no oirle.

--El golpe no se puede impedir,--continuó Elías;--he llegado tarde,
desconozco á los jefes... ¡salvaos, señor, conservaos para vuestro
país!

--¿A dónde huir? ¡Esta noche me esperan!--exclamó Ibarra pensando en
María Clara.

--¡A otro pueblo cualquiera, á Manila, á casa de alguna autoridad,
pero en otra parte, para que no se diga que dirigíais el movimiento!

--Y ¿si yo mismo denuncio la conspiración?

--¡Vos denunciar!--exclamó Elías mirándole y retrocediendo;--pasaríais
por traidor y cobarde á los ojos de los conspiradores, y por pusilánime
á los ojos de los otros; se diría que les tendisteis un lazo para
hacer méritos, se diría...

--Pero ¿qué hacer?

--Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengáis que se relacionan
con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...

--¿Y María Clara?--exclamó el joven;--¡no, antes morir!

Elías se retorció las manos y dijo:

--¡Pues bien, á lo menos evitad el golpe, preparáos para cuando
os acusen!

Ibarra miró alrededor suyo en ademán atontado.

--Entonces, ayudadme; allí en esas carpetas tengo las cartas de mi
familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan
comprometer. Leed las firmas.

Y el joven, aturdido, atontado, abría y cerraba cajones, recogía
papeles, leía aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba
libros, los hojeaba, etc. Elías hacía lo mismo, si bien con menos
trastorno aunque con igual afán; pero de pronto se detiene, sus ojos
se dilatan, da vueltas á un papel que tiene en la mano y pregunta
con voz temblorosa:

--¿Conoció vuestra familia á don Pedro Eibarramendía?

--¡Ya lo creo!--contestó Ibarra abriendo un cajón y sacando un montón
de papel;--¡era mi bisabuelo!

--¿Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramendía?--vuelve á preguntar
Elías, lívido y con las facciones alteradas.

--Sí,--contesta Ibarra distraído;--acortamos el apellido que era largo.

--¿Era vascongado?--repitió Elías acercándosele.

--Vascongado, pero ¿qué tenéis?--pregunta sorprendido.

Elías cierra el puño, lo oprime contra su frente y mira á Crisóstomo,
que retrocede al leer la expresión de su cara.

--¿Sabéis quién era don Pedro Eibarramendía?--pregunta entre
dientes.--Don Pedro Eibarramendía era aquel miserable que calumnió á
mi abuelo y causó toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido,
Dios os entrega á mí... ¡dadme cuenta de nuestras desgracias!

Crisóstomo le miró aterrado, pero Elías le sacudió del brazo, y le
dijo con una voz amarga en que rugía el odio:

--Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivís, amáis, tenéis
fortuna, hogar, consideraciones, vivís... ¡vivís!

Y fuera de sí, corrió hacia una pequeña colección de armas, pero
apenas hubo arrancado dos puñales, los deja caer, y mira como un loco
á Ibarra, que continuaba inmóvil.

--¿Qué iba á hacer?--murmuró, y huyó de la casa.



LV

LA CATÁSTROFE


Allá en el comedor cenan capitán Tiago, Linares y tía Isabel; desde
la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. María Clara ha dicho
que no tenía apetito y se ha sentado al piano, acompañada de la alegre
Sinang, que le murmura al oído misteriosas frases, mientras el padre
Salví se pasea inquieto de un extremo á otro de la sala.

No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la
llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos
no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.

--Verás como el fantasma ese se queda hasta las ocho,--murmura Sinang
señalando al cura;--á las ocho debe él venir. Ese está enamorado
como Linares.

María Clara miró con espanto á su amiga. Esta, sin notarlo, continuó
con su charla terrible:

--¡Ah! ¡ya sé yo por qué no sale á pesar de mis indirectas: no quiere
gastar luz en el convento! ¿sabes? Desde que caíste enferma, las dos
lámparas que hacía encender, se han vuelto á apagar... Pero ¡mírale
qué ojos pone y qué cara!

En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El cura se
estremeció y fué á sentarse en un rincón.

--¡Ya viene!--dijo Sinang pellizcando á María Clara;--¿oyes?

La campana de la iglesia dió el toque de las ocho y todos se levantaron
para rezar; el padre Salví con voz débil y temblorosa ofreció, pero,
como cada uno tenía sus propios pensamientos, nadie paró atención
en ello.

Terminado el rezo apenas, se presentó Ibarra. El joven llevaba luto no
sólo en el traje sino también en la cara, de tal manera que, al verle,
María Clara se levantó dando un paso hacia él como para preguntarle
qué tenía, pero en el mismo instante una descarga de fusilería se
dejó oir. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El
cura se esconde detrás de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones
se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitán
Tiago, tía Isabel y Linares entran precipitadamente gritando ¡tulisán,
tulisán! Andeng los sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su
hermana de leche.

Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitán
Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una
gallina, que ofrece llorando á la Virgen de Antipolo; Linares tiene
la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara
se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es
Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con
estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.

--¡Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra
las ventanas!--gemía tía Isabel.

--¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!--contestaba
capitán Tiago;--¡ora pro nobis!

Poco á poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez
que grita corriendo:

--¡Padre cura! ¡Padre Salví! ¡Venga usted!

--¡Miserere! ¡El alférez pide confesión!--grita tía Isabel.

--¿Está herido el alférez?--pregunta al fin Linares;--¡ah!

Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.

--¡Padre cura, venga usted! ¡ya no hay nada que temer!--continuaba
gritando el alférez.

Fray Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende
las escaleras.

--¡Los tulisanes han muerto al alférez! María, Sinang, al cuarto;
¡atrancad bien la puerta! ¡kyrie eleyson!

Ibarra se dirigió también á las escaleras, á pesar de tía Isabel,
que decía:

--¡No salgas, que no te has confesado, no salgas!

La buena anciana había sido muy amiga de su madre.

Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo,
que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían
pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se
sucedían en su retina.

A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven
tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria
y desierta.

Cerca del cuartel vió soldados con la bayoneta calada hablar vivamente,
por lo cual pasó inadvertido.

En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del
alférez sobresalía y lo dominaba todo.

--¡Al cepo! ¡esposas en las manos! ¡Dos tiros al que se
mueva! ¡Sargento, montará usted guardia! ¡Hoy nadie se pasea, ni
Dios! ¡Capitán, no hay que dormir!

Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban
inquietos.

--¡Ensillad el mejor caballo é idos á dormir!--les dijo.

Entró en su gabinete, y á prisa quiso preparar una maleta. Abrió una
caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió
en un saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara,
y, armándose de un puñal y dos revólveres,  se dirigió á un armario,
donde tenía herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

--¿Quién va?--preguntó Ibarra con voz lúgubre.

--¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida ó echamos la puerta
abajo!--contestó una voz imperiosa en español.

Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su
revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fué á abrir él
mismo en el momento en que acudían los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

--¡Dése usted preso en nombre del Rey!--dijo el sargento.

--¿Por qué?

--Allá se lo dirán á usted; nos está prohibido el decirlo.

El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados
descubriesen sus preparativos de huída, cogió un sombrero, y dijo:

--¡Estoy á su disposición! Supongo que será por breves horas.

--Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le
hace esta gracia; pero si huye usted...

Ibarra les siguió, dejando consternados á sus criados.

Entretanto ¿qué había sido de Elías?

Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber
á dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación
violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba,
se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose
ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares
troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo,
que allá á sus pies se bañaba á la luz de la luna, se extendía en el
llano, recostado á orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño,
volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama
á otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías
ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas
sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la
ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía
tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver
entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y
el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡Cobarde, cobarde!

Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, á la playa que
recorría agitado; pero allá á lo lejos, en medio de las aguas, donde
la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y
mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado,
la cabellera suelta esparcida al aire.

Elías cayó de rodillas en la arena.

--¡Tú también!--murmuró extendiendo los brazos.

Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse
y entró en el agua como si siguiese á alguien. Caminaba por aquella
suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla,
el agua le llegaba á la cintura y seguía, seguía como fascinado
por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la
descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven
vuelve á la realidad. Merced á la tranquilidad de la noche y á
la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las
detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago
está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.

Volvió á la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué? El mismo no
lo sabía.

El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas;
los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche,
se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la
tristeza y la soledad.

Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas
y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas;
pero prosiguió su camino, y, saltando cercos y tapias, llegóse con
mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la
casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y
lamentando la prisión de su señor.

Enterado de lo que había pasado, Elías se alejó, dió la vuelta á la
casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete,
donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.

Elías vió los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos
que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo
que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer,
pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.

Lanzó una mirada al jardín, y á la luz de la luna vió dos guardias
civiles que venían con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes
relucían en la obscuridad.

Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del
gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse
precipitadamente las armas, vió el retrato de María Clara, vaciló
... lo guardó en uno de los saquitos, y, llevándoselos, saltó por
la ventana.

Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.

--¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!--decía el
directorcillo.

--¿Tenéis permiso? Si no, no subiréis,--decía un viejo.

Los soldados les apartaron á fuerza de culatazos, subieron las
escaleras ... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas
lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.

--¡Incendio! ¡Incendio! ¡Fuego!--gritaron todos.

Todos se precipitan para salvar cada cual lo que pueda, pero el
fuego ha llegado al pequeño laboratorio y estallan las materias
inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra
el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se
saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero están
aislados. El fuego gana los demás aposentos y se eleva al cielo
levantando gruesas espirales de humo. Ya toda la casa es presa de
las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos
campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de
aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.



LVI

LO QUE SE DICE Y LO QUE SE CREE


Dios amaneció al fin para el aterrorizado pueblo.

La calle donde se encuentra el cuartel y el tribunal continúa aún
desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante,
se abre con estrépito la hoja de madera de una ventana y se asoma una
cabeza infantil, que gira en todos sentidos, alarga el cuello y mira
en todas direcciones... ¡Plas! el ruido anuncia el brusco contacto de
un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del niño hace
una mueca, sus ojos se cierran, desaparece, y la ventana se vuelve
á cerrar.

El ejemplo está dado; aquel abrir y cerrar se ha oído sin duda, porque
otra ventana se abre despacito y asómase con cautela la cabeza de
una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma hermana Putê que tanto
alboroto armó mientras el padre Dámaso predicaba. Niños y viejas son
los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por
el afán de saber, las segundas por el de recordar.

Sin duda no hay quien se atreva á darle un chinelazo, pues permanece
allí, mira á lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca,
escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre
también tímidamente una ventanilla y da paso á hermana Rufa, la que no
quiere engañar ni que le engañen. Ambas se miran un momento, sonríen,
se hacen señas y vuelven á persignarse.

--¡Jesús! ¡Parecía una misa de gracia, un castillo!--dice hermana Rufa.

--Desde el saqueo del pueblo por Bálat no he visto otra noche
igual,--contesta hermana Putê.

--¡Cuántos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.

--¿Tulisanes? ¡No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra
los civiles. Por eso está preso D. Filipo.

--¡Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.

Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron
cambiándose saludos y haciendo comentarios.

A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse á lo lejos
soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.

--¡Allá va otro muerto!--dijo uno desde una ventana.

--¿Uno? Yo veo dos.

--Y yo... pero en fin ¿á que no sabéis qué fué?--preguntaba un hombre
de rostro socarrón.

--¡Ya! los cuadrilleros.

--No, señor; ¡un alzamiento en el cuartel!

--¿Qué alzamiento? ¿El cura contra el alférez?

--Pues, nada de eso,--dice el que había hecho la pregunta;--son los
chinos que se han sublevado.

Y volvió á cerrar su ventana.

--¡Los chinos!--repiten todos con el mayor asombro.

--¡Por eso, no se ve á ninguno!

--Habrán muerto todos.

--Yo ya me lo suponía que iban á hacer algo malo. Ayer...

--Yo ya lo veía. Anoche...

--¡Lástima!--decía hermana Rufa;--morirse todos antes de la Pascua,
cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al año nuevo...

La calle se iba animando poco á poco: primero fueron los perros,
gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulación; á
estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y
acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con
el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en
la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso
libre. Cuando se vió que se podía andar sin recibir un tiro, entonces
empezaron á salir los hombres, afectando indiferencia; al principio,
sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo;
después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se
llegaron hasta delante del tribunal.

Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados
había querido robar á María Clara, y capitán Tiago la había defendido,
ayudado por la guardia civil.

El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitán
Tiago está herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.

La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas
una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran
sensación. Súpose que venían del convento; por la forma de los pies
que colgaban, una conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se
dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el
misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de
los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.

A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles,
procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya
clara y detallada.

--Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos á don Filipo y á
don Crisóstomo,--decía un hombre á hermana Putê;--he hablado con uno
de los cuadrilleros que están de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo
de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis,
capitán Tiago casa su hija con el joven español; don Crisóstomo,
ofendido, quiso vengarse y trató de matar á todos los españoles, hasta
al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la
misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitán Tiago. Dicen
que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de
don Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también.

--¿Le quemaron la casa?

--Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí
el humo!--dice el narrador acercándose á la ventana;--los que vienen
de allá cuentan cosas muy tristes.

Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía
aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más ó menos piadosos,
más ó menos acusadores.

--¡Pobre joven!--exclama un viejo, el marido de la Putê.

--¡Sí!--le contesta ella;--pero mira que ayer no mandó decir misa
por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros.

--Pero, mujer, ¿no tienes tú compasión?...

--¿Compasión de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los
enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis? ¡En el campo santo
andaba como en un corral!

--Pero si el corral y el campo santo se parecen,--responde el
viejo;--sólo que en aquél no entran más que animales de una especie...

--¡Vamos!--le grita hermana Putê;--todavía vas á defender á quien Dios
tan claramente castiga. Verás como te prenden á tí también. ¡Sostén
una casa que se cae!

El marido se calló ante el argumento.

--¡Ya!--prosigue la vieja;--después de pegar al padre Dámaso, no le
quedaba más que matar al padre Salví.

--Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.

--Sí, era bueno,--replica la vieja;--pero se fué á España; todos los
que se van á España se vuelven herejes, han dicho los curas.

--¡Oy!--le replicó el marido que vió su revancha;--¿y el cura, y
todos los curas, y el arzobispo, y el Papa, y la Virgen no son de
España? ¡Abá! ¿serán también herejes? ¡abá!

Felizmente para hermana Putê, la llegada de una criada corriendo,
toda azorada y pálida, cortó la discusión.

--¡Un ahorcado en la huerta del vecino!--decía jadeante.

--¡Un ahorcado!--exclamaron todos llenos de estupor.

Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio.

--Sí, señor, continúa la criada temblorosa;--iba yo á coger guisantes
... miro á la huerta del vecino para ver si estaba ... veo un hombre
balancearse; creí que era Teo, el criado, que me da siempre.... Me
acerco para ... coger guisantes, y veo que no es él sino otro, un
muerto; corro, corro y...

--Vamos á verlo,--dice el viejo levantándose;--condúcenos.

--¡No te vayas!--le grita hermana Putê cogiéndole de la camisa;--¡te
va á suceder una desgracia! ¿se ha ahorcado? ¡pues peor para él!

--Déjame verlo, mujer; vete al tribunal, Juan, á dar parte; acaso no
esté aún muerto.

Y fuése á la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás
de él; las mujeres y la misma hermana Putê venían detrás, llenas de
temor y curiosidad.

--Allá está, señor,--dijo la criada deteniéndose y señalando con
el dedo.

La comisión se detuvo á respetable distancia, dejando al viejo
avanzar solo.

Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol [152], se balanceaba
suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún
tiempo; vió aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada,
la cabeza doblada.

--No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,--dijo en voz
alta;--ya está rígido; hace mucho que está muerto.

Las mujeres se acercaron poco á poco.

--Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace
dos semanas; ved la cicatriz en la cara.

--¡Ave María!--exclamaron algunas mujeres.

--¿Rezamos por su alma?--preguntó una joven luego que hubo acabado
de mirarlo y examinarlo.

--¡Tonta, hereje!--le riñe la hermana Putê,--¿no sabes lo que dijo
el padre Dámaso? Es tentar á Dios rezar por un condenado; el que se
suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en
lugar sagrado.

Y añadía:

--Ya me parecía que ese hombre iba á concluir mal; jamás pude averiguar
de qué vivía.

--Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor,--observó una joven.

--¡No sería ni para confesarse ni para encargar una misa!

Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rodeó el cadáver, que
aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el
directorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron
sobre unas parihuelas.

--La gente tiene prisa por morir,--dijo riendo el directorcillo,
mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.

Hizo sus preguntas capciosas, tomó declaración á la criada á quien
procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya
atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo
que iba á la cárcel, empezó á llorar y acabó por declarar que no
buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo á Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello
un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.

La cara no estaba más amoratada que el resto del cuerpo; encima de la
ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales ó equimosis;
las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso
campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban
llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo
que más llamó su atención fueron las simientes de amores-secos [153]
pegadas hasta en el cuello de la camisa.

--¿Qué estás viendo?--le pregunta el directorcillo.

--Estaba viendo, señor, si le podía reconocer,--balbuceó medio
descubriéndose, esto es, bajando más el salakot.

--¿No has oído que es un tal Lucas? ¿Estás durmiendo?

Todos se echaron á reir. El campesino, corrido, profirió algunas
palabras, y retiróse cabizbajo, andando lentamente.

--¡Oy! ¿á dónde vais?--le grita el viejo;--¡por allí no se sale;
por allí se va á casa del muerto!

--¡Todavía duerme el hombre!--dice el directorcillo con burla; habrá
que echarle agua encima.

Los circunstantes volvieron á reir.

El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se
dirigió á la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor.

--¡Duerme aún!--le contestaron groseramente;--¿no sabéis que anoche
saquearon el convento?

--Esperaré á que despierte.

Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes
acostumbradas á ser mal tratadas.

En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla
larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos
mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo
y se elevaba y deprimía con regularidad.

El campesino sentóse cerca, dispuesto á aguardar pacientemente, pero
se le cae una moneda y va á buscarla, ayudado de una vela, debajo del
sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de
amores  secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido
que despierta al fin, se restriega el único ojo sano, é increpa al
hombre con bastante mal humor.

--¡Quería mandar decir una misa, señor!--contesta en tono de disculpa.

--Ya se han concluído todas las misas,--dice entonces el tuerto
dulcificando un poco su acento;--si quieres para mañana... ¿Es para
las almas del Purgatorio?

--No, señor,--contesta el campesino dándole un peso.

Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió:

--Es para una persona que pronto va á morir.

Y abandonó la sacristía.

--¡Le hubiera podido pillar anoche!--dijo suspirando, mientras se
quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura
de Elías.



LVII

¡Væ Victis!

                                                     Mi gozo en un pozo.


Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de
la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil á los
atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas ó se cargan unos
á otros para ver algo al través de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el
programa de la fiesta; ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los
guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas,
y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa
emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos
soldados; el alférez se pasea de un lado á otro, mirando de cuando
en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría
aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla
de Salamina. Doña Consolación bosteza en un rincón, enseñando
unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija
fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras
indecentes. Ella había conseguido del marido, á quien la victoria
había hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso
las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y
la aburría el retardo del suplicio.

El gobernadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón
colocado debajo del retrato de S. M., está vacío y parece destinado
á otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.

--¡Pues no se ha hecho usted esperar!--le dice el alférez.

--Preferiría no asistir,--contesta el padre Salví en voz baja, sin
hacer caso de aquel tono amargo;--soy muy nervioso.

--Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su
presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.

--¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?

El alférez señaló hacia la cárcel.

--Ocho están allí,--dijo;--el Bruno murió á medianoche, pero su
declaración ya consta.

El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un
¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.

--¡Podemos empezar!--repuso.

--¡Sacad á los dos que están en el cepo!--mandó el alférez con voz
que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura,
añadió, cambiando de tono:

--¡Están metidos saltando dos agujeros!

Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les
diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que
se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más
ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría
en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los
tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una
vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió
la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon
de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y
sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en
aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que
el aire se renovase.

A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas:
hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas,
acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un
golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.

Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos
los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la
entreabierta puerta.

Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano
de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados,
descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron
insolentemente en la mujer del alférez.

--Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus
compañeros,--dijo el alférez al padre Salví.

Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como
un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.

--¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el
patio!--gritaba.

--Es un tunante,--observó el alférez hablando con el cura;--quiso
huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que
tenemos vivos.

--¿Cómo te llamas?--preguntó el alférez á Társilo.

--Társilo Alasigan.

--¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?

--Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.

--¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.

--Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y
nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.

El alférez mira al sargento sorprendido.

--Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se
pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.

Hubo un momento de silencio.

--Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,--profirió el
alférez, blandiendo un bejuco.

Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.

El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura;
y volviéndose á los soldados:

--¡Conducidle á donde están los cadáveres!--ordenó.

En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados
cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena
de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo
á cada instante.

--¿Los conoces?--preguntó el alférez, levantando la estera.

Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros
dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas,
aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro
pareció escaparse de su pecho.

--¿Los conoces?--le volvieron á preguntar.

Társilo permaneció mudo.

Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse,
sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo
siguió impasible.

--¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!--gritó el
alférez exasperado.

--¡Habla ya!--le dice el directorcillo;--de todos modos te matan.

Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los
santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.

--¿Le conoces á ese?--preguntó el P. Salví.

--¡Es la primera vez que le veo!--contestó Társilo mirando con cierta
compasión al otro.

El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.

--¡Atadle al banco!

Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco
de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió
á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes,
le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente
los labios.

--¡No he visto mujer más fea!--exclamó Társilo en medio del silencio
general;--prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado
de ella, como el alférez.

La Musa palideció.

--Me vais á matar á palos, señor alférez,--continuó;--esta noche me
vengará vuestra mujer al abrazaros.

--¡Amordazadle!--gritó el alférez temblando de ira.

Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo,
sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.

A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su
triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado,
prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca;
bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó
trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso
vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra
la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio,
extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba
de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos
y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido
de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin,
el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira
y asombro, hizo una seña para que le desatasen.

Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido
algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.

--¡Al pozo con él!--dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen
por timbaín [154]. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado
este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La
Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de
un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de
caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de
mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí,
pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad
desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya
sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se
condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense
sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que
el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una
fiebre de la que muere casi siempre.

Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada
fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una
oración. La altivez de su desesperación parecía haber  desaparecido
ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello,
y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.

Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que
sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón
de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.

--¡Habla ya!--volvió á decirle el directorcillo;--de todos modos te
ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.

--De aquí saldrás para morir,--le dijo un cuadrillero.

Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de
cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen
con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.

El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.

Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire;
tenía los ojos medio cerrados.

--Si sois cristianos, si tenéis corazón,--murmuró en tono de
súplica,--bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque
contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás
un día os veáis como yo!

El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.

--¡Despacio, despacio!--gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz
con la vista;--¡cuidado!

La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las
piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las
grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba
los segundos.

--¡Arriba!--mandó secamente al cabo de medio minuto.

El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el
agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del
balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros,
arrancados de las paredes, caían con estrépito.

Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de
heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos
de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.

--¿Quieres declarar?--le preguntaron.

--¡Cuida de mi hermana!--murmuró el infeliz mirando suplicante á
un cuadrillero.

La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á
desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía
tranquila. El alférez contó un minuto.

Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y
amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos
los ojos, inyectados en sangre.

--¿Vas á declarar?--volvió á preguntar con desaliento el alférez.

Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus
párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde
flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz
del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón
infame le ocultó el espectáculo del mundo.

Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire
que subían á la superficie.

--¡Tiene sed!--dijo riendo.

Y el agua volvió á quedar tranquila.

Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.

Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos
párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua
cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su
cuerpo ya no se estremecía.

Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo
una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación
le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de
su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.

--¡Se ha asfixiado á sí mismo!--murmuró un cuadrillero;--mirad como
se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.

El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como
un loco á todas partes.

El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.

--Señor, señor!--gemía;--¡diré todo lo que vosotros queráis!

--¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?

--¡Andong [155], señor!

--¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?

--¡Andong, señor!--repitió el imbécil.

--Póngale usted Bernardo ó lo que sea,--decidió el alférez.

--¿Apellido?

El hombre le miró espantado.

--¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?

--¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez
detuvo su paseo.

--¿Oficio?

--Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.

--¿Quién os mandó que atacaseis el cuartel?

--¡Nadie, señor!

--¿Cómo nadie? ¡No mientas, que te van á meter en el pozo! ¿Quién os
ha mandado? ¡Di la verdad!

--¡La verdad, señor!

--¿Quién?

--¡Quién, señor!

--Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución.

--¿Cuál revolución, señor?

--Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel.

--¡Ah, señor!--exclamó ruborizándose Andong.

--¿Quién tiene, pues, la culpa de eso?

--¡Mi suegra, señor!

Una risotada acogió á estas palabras. El alférez se paró y miró con
no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían
producido buen efecto, continuó más animado:

--Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa más que todo lo
podrido é inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre,
vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te
verá. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo
ataba mis calzones...

Un bejucazo le cortó la palabra.

--¡A la cárcel!--mandó el alférez;--esta tarde ¡á la Cabecera con él!



LVIII

EL MALDITO


Pronto se extendió por el pueblo la noticia de que los presos iban
á partir; al principio fué oída con terror, después vinieron los
llantos y las lamentaciones.

Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento
al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna
parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se
había encerrado por estar enfermo; el alférez había aumentado sus
guardias, que recibían con la culata á las mujeres suplicantes;
el gobernadorcillo, sér inútil, parecía más tonto y más inútil que
jamás. Frente á la cárcel, corrían de un extremo á otro las que aún
tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando
los nombres de las personas queridas.

El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray,
la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en
brazos á su tierno hijo: ambos lloran.

--Retiraos,--le decían;--vuestro hijo va á coger una calentura.

--¿A qué vivir si no ha de tener un padre que le eduque?--contestaba
la desconsolada mujer.

--Vuestro marido es inocente; ¡tal vez vuelva!

--¡Sí, cuando ya nos habremos muerto!

Capitana Tinay llora y llama á su hijo Antonio; la valerosa capitana
María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos
gemelos, sus únicos hijos.

Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea,
gesticula con los brazos remangados y arenga al público.

--¿Habéis visto cosa igual? Prender á mi Andong, pegarle un tiro,
meterle en el cepo y llevarle á la cabecera, sólo porque... ¿porque
tenía nuevos calzones? ¡Esto pide venganza! ¡Los guardias civiles
abusan! Juro que, si vuelvo á encontrar á cualquiera de ellos buscando
un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le
mutilo, ¡le mutilo! ó si no... ¡que me mutilen!

Pero pocas personas hacían coro á la suegra musulmana.

--De todo esto tiene la culpa don Crisóstomo,--suspira una mujer.

El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud;
Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro:
el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel á su
costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por
la muerte de Ibarra.

A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes,
se paró delante del tribunal.

El carro fué rodeado de la multitud, que quería desengancharlo
y destrozarlo.

--No hagáis tal,--decía capitana María;--¿queréis que vayan á pie?

Esto detuvo á las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el
vehículo. Aparecieron después los presos.

El primero fué don Filipo, atado; saludó sonriendo á su esposa; Doray
rompió en amargo llanto y costó trabajo á dos guardias impedirle que
abrazase á su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareció
llorando como un niño, lo que no hizo más que aumentar los gritos de su
familia. El imbécil Andong prorrumpió en llanto al ver á su suegra,
causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba también
maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana María. Estos tres
jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fué Ibarra,
suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba
pálido; buscó una cara amiga.

--¡Ese es el que tiene la culpa!--gritaron muchas voces;--¡ese tiene
la culpa y va suelto!

--¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!

Ibarra se volvió á sus guardias:

--¡Atadme, pero atadme bien, codo con codo!--dijo.

--¡No tenemos orden!

--¡Atadme!

Los soldados obedecieron.

El alférez apareció á caballo, armado hasta los dientes; seguíanle
diez ó quince soldados más.

Cada preso tenía á su familia que rogaba allí por él, lloraba por él
y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía
á nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido.

--¿Qué os han hecho á vos mi marido y mi hijo?--decíale llorando
Doray:--¡ved á mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!

--¡Tú eres un cobarde!--le gritaba la suegra de Andong.--¡Mientras
los otros peleaban por tí, tú te escondías, cobarde!

--¡Maldito seas!--le decía un anciano siguiéndole;--¡maldito el oro
amasado por tu familia para turbar nuestra paz! ¡Maldito! ¡Maldito!

--¡Que te ahorquen á tí, hereje!--le gritaba una pariente de Albino,--y
sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó.

El ejemplo fué pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cayó una
lluvia de polvo y piedras.

Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de
tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adiós que
le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza;
quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila,
en una anciana que caía muerta á la vista de la cabeza de su hijo;
quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos.

El alférez creyó necesario alejar á la multitud, pero las pedradas
y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus
dolores: capitana María. Inmóvil, con los labios contraídos, los
ojos llenos de lágrimas silenciosas veía alejarse á sus dos hijos; su
inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.

El cortejo se alejó.


De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que
más compasion han demostrado para el joven son los indiferentes ó
curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo
Capitán Basilio, que prohibió el llanto á su hija Sinang.

Ibarra vió las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres,
donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de
su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas,
brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo
de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor
despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía ni patria, ni hogar,
ni amor, ni amigos, ni porvenir!

Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era
un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana,
apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio,
que á la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus
fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro
hasta que desapareció á lo lejos: permaneció algún tiempo pensativo
y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de
su casa, descansando á cada paso.

Al día siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral
mismo de su solitario retiro.



LIX

PATRIA É INTERESES


El telégrafo trasmitió sigilosamente el suceso á Manila, y treinta
y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio y no
pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados
por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de
los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en
secreto, y con gran terror de los que lo llegaban á saber. El hecho, en
mil versiones desfigurado, fué creído con más ó menos facilidad según
adulaba ó contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.

Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos
aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un
estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el
fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces,
condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia,
dignidades, etc., empezaron á revolotear, como mariposas en una
atmósfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la
población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte,
destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas,
cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíanse oir en el aire
los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las
torturas; las Marianas  y Bagumbayan se presentaban envueltos en
haraposo y sangriento velo: se confundían pescadores y pescados. El
destino mostraba el acontecimiento á la imaginación de los manileños
como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra
llena de dorado, colores vivos, aves y flores.

En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse coches, los
provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias. Presentábanse
en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corría gravísimo
peligro. Se volvió á hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.

--¡Un Te Deum, un Te Deum!--decía un fraile en un convento;--¡esta
vez que nadie falte en el coro! ¡No es poca bondad de Dios hacer ver
ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cuánto valemos nosotros!

--Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo
Mal Agüero [156], contestaba otro.

--¿Qué habrá sido de él sin las corporaciones?

--Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero
y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!

--¡Amén!--¡Amén--¡Viva Salví!--¡Viva!

En otro convento se hablaba de otra manera.

--¿Veis? Ese es un alumno de los jesuítas; ¡del Ateneo salen los
filibusteros!--decía un fraile.

--Y los antirreligiosos.

--Yo ya lo dije: los jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud;
pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel
cuando hay temblor...

--¡Y Dios sabe cómo estarán hechos!

--Sí, ¡vaya usted á contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve,
¿quién escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...

Y sonríen con soberano desprecio.

--Pero ¿y los temporales? y ¿los baguios [157]?--pregunta otro con
ironía sarcástica;--¿no es eso divino?

--¡Cualquier pescador los pronostica!

--Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y
te diré cómo es tu padre! Pero verán ustedes si los amigos se favorecen
unos á otros: los periódicos casi piden una mitra para el padre Salví.

--Y ¡la va á tener! ¡Se la chupa!

--¿Lo crees?

--¡Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos
se la caló; escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no
eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh! ¡viejas
vulgaridades!

--¡Es verdad! ¡Tantas injusticias dañan á la religión!--exclamaba
otro;--si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qué cráneos...

--Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...--añadía otro con
voz nasal.--Natura abhorret vacuum...

--Por eso se les agarran; ¡el vacío las atrae!--contestaba otro.

Estas y otras cosas más se decían en los conventos, y hacemos gracia
á nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos,
metafísicos ó picantes. Conduzcamos al lector á casa de un particular,
y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos á casa de capitán
Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia
á Ibarra para que le honrase con su visita.

En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está capitán Tinong
sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca
en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la capitana Tinchang,
lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oían desde un
rincón mudas, atontadas y conmovidas.

--¡Ay, Virgen de Antipolo!--gritaba la mujer.--¡Ay, Virgen del Rosario
y de la Correa! ¡ay! ¡ay! ¡Nuestra Señora de Novaliches!

--¡Nanay!--repuso la más joven de las hijas.

--¡Ya te lo decía yo!--continuó la mujer en tono de recriminación;--¡ya
te lo decía yo! ¡ay, Virgen del Carmen, ay!

--¡Pero si tú no me has dicho nada!--se atrevió á contestar capitán
Tinong lloroso;--al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar
la casa y conservar la amistad de capitán Tiago porque... porque era
rico... y me dijiste...

--¿Qué? ¿qué te dije? ¡Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! ¡Ay,
si me hubieses escuchado!

--¡Ahora me echas la culpa á mí!--replicó en tono amargo, dando una
palmada sobre el brazo del sillón;--¿no me decías que había hecho bien
en invitarle á que comiese con nosotros, porque como era rico.... tú
decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos? ¡Abá!

--Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio:
tú no hacías más que alabarle; don Ibarra aquí, don Ibarra allá, don
Ibarra en todas partes, ¡abaá! Pero yo no te aconsejé que le vieras
ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar.

--¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?

--¡Pues debías haberlo sabido!

--¿Cómo, si ni siquiera le conocía?

--¡Pues, debías haberle conocido!

--Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que le veía, que oía hablar
de él!

--¡Pues debías haberle visto antes, oído hablar de él! ¡Para eso
eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!--contestó
impertérrita la esposa, lanzándole una terrible mirada.

Capitán Tinong no supo qué replicar.

Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle,
y acercándose con los puños cerrados:

--¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para
que tú con tu torpeza eches á perder el fruto de mis fatigas?--le
increpó.--Ahora vendrán á llevarte desterrado, nos despojarán de
nuestros bienes, como á la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre...!

Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo á sollozar,
pero siempre repitiendo:

--¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!

--Y si fueses tú hombre,--preguntó al fin picado el marido,--¿qué
harías?

--¿Qué? pues... pues... pues hoy mismo me presentaría al Capitán
general, para ofrecerme á pelear contra los alzados, ¡ahora mismo!

--Pero ¿no has leído lo que dice el Diario? ¡Lee! «La traición infame
y bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor, y pronto
los rebeldes enemigos de la patria y sus cómplices sentirán todo el
peso y la severidad de las leyes...» ¿ves? ya no hay alzamiento.

--No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han
salvado.

--¡Sí! también lo ha hecho el padre Burg...

Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca..

--¡Dale! ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en
Bagumbayan! ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado
sin formación de causa? ¡Jale! ¡dilo!

Capitán Tinong, por más que hubiese querido obedecerla, no habría
podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su
cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre se
hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.

Este era el primo don Primitivo, que sabía de memoria el Amat,
un hombre de unos cuarenta años, pulcramente vestido, panzudo y
algo regordete.

--Quid video?--exclamó al entrar;--¿qué pasa? Quare? [158]

--¡Ay, primo!--dijo la mujer corriendo llorosa hacia él;--te he
hecho llamar, pues no sé qué va á ser de nosotras... ¿qué nos
aconsejas? ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...

--Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non
fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum [159].

Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído
una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se
le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los
griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba á librar de
los persas invasores.

--¿Por qué lloráis? Ubinam gentium sumus? [160]

--Tú sabes ya la noticia del levantamiento...

--Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et
nunc? [161] Y ¿qué? ¿Os debe algo don Crisóstomo?

--No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado á comer, le ha saludado
en el Puente de España... ¡á la luz del día! ¡Van á decir que es
amigo suyo!

--¿Amigo?--exclamó sorprendido el latino levantándose;--amice, amicus
Plato sed magis amica veritas! ¡Dime con quién andas y te diré quién
eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum
resultatum! Hmmm! [162]

Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oir tantas palabras
en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos
suplicantes y dijo:

--Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos
como tú; háblanos en tagalo ó castellano, pero danos un consejo.

--Lástima que no entendáis latín, prima: las verdades latinas son
mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus
est argüendum, [163] en latín es una verdad como el Arca de Noé; lo
puse una vez en práctica en tagalo, y fuí yo el apaleado. Por esto,
es una lástima que no sepáis latín; en latín todo se podría arreglar.

--Sabemos también muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis [164]
pero ahora no nos entenderíamos. ¡Dale un argumento á Tinong para
que no le ahorquen!

--¡Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese
joven!--repuso el latino.--Los justos pagan por los pecadores; por
poco te aconsejaba que hicieras tu testamento... Vae illis! Ubi est
ignis! Similis simili gaudet; atqui Ibarra ahorcatur, ergo ahorcaberis
[165]...

Y movía la cabeza de un lado á otro, disgustado.

--¡Saturnino, qué te pasa!--grita capitana Tinchang, llena de
terror;--¡ay, Dios mío! ¡Se ha muerto! ¡Un médico! ¡Tinong, Tinongoy!

Acuden las dos hijas y empiezan las tres á lamentarse.

--¡No es más que un desmayo, prima, un desmayo! Yo más me
hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es más
que un desmayo. Non timeo mortem in catre sed super espaldonem
Bagumbayanis. [166] ¡Traed agua!

--¡No te mueras!--lloraba la mujer,--¡no te mueras que vendrán á
prenderte! ¡Ay, si te mueres y vienen los soldados, ¡ay! ¡ay!

El primo le roció la cara con agua, y el infeliz volvió en sí.

--¡Vamos, no llorar! Inveni remedium, encontré el
remedio. Trasportémosle á su cama; ¡vamos! ¡valor! que aquí estoy
con vosotros y toda la sabiduría de los antiguos... Que llamen á un
doctor;--y ahora mismo, prima, vas al Capitán general y le llevas un
regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peñas;
dices que es regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y á
cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que está gravemente
enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para
que no puedan encontrar nada, como ha hecho don Crisóstomo. Scripti
testes sunt! Quod medicamenta non sanant, ferrum sanat, quod ferrum
non sanat, ignis sanat [167].

--¡Sí, toma, primo; quémalo todo!--dijo capitana Tinchang;--aquí están
las llaves, aquí las cartas de capitán Tiago, ¡quémalas! Que no quede
ningún periódico de Europa, que son muy peligrosos. Aquí están estos
The Times que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aquí están
los libros.

--Vete al Capitán general, prima,--dijo don Primitivo;--déjame solo. In
extremis extrema [168]. Dame el poder de un director romano y verás
cómo salvo la pat... digo, al primo.

Y empezó á dar órdenes y más órdenes, á revolver estantes, rasgar
papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la
cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado
herrumbrosos revólvers; la criada que quería conservar el cañón de
uno para soplador, recibió un réspice.

--Conservare etiam sperasti, perfida? [169] ¡Al fuego!

Y continuó su auto de fe.

Vió un viejo tomo en pergamino y leyó el titulo:

--«Revoluciones de los globos celestes por Copérnico», pfui! Ite,
maledicti, in ignem kalanis [170],--exclamó arrojándolo á la
llama.--¡Revoluciones y Copérnico! ¡Crimen sobre crimen! Si no llego á
tiempo... «La libertad en Filipinas.» ¡Tatatá! ¡qué libros! ¡Al fuego!

Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni
el mismo «Capitán Juan,» obrita cándida, consiguió librarse. Primo
Primitivo tenía razón: los justos pagan por los pecadores.

Cuatro ó cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en
Intramuros se comentaban los acontecimientos del día. Eran muchas
viejas y solteronas casaderas, mujeres ó hijas de empleados, vestidas
de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual
de las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen,
había un señor de edad, pequeñito y manco, á quien trataban con mucha
consideración y que guardaba con respecto á los demás un desdeñoso
silencio.

--A la verdad que antes no podía sufrir á los frailes y guardias
civiles por lo mal educados que son,--decía una señora gruesa;--pero
ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con
cualquiera de ellos. Yo soy patriota.

--¡Lo mismo digo!--añadió una flaca;--¡qué lástima que no tengamos
al anterior gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!

--¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!

--¿No dicen que quedan muchas islas por poblar? ¿Por qué no deportan
allá á tantos indios chiflados? A ser yo el Capitán general...

--Señoras,--dijo el manco:--el Capitán general sabe su deber; según he
oído, está muy irritado, pues habían colmado de favores á ese Ibarra.

--¡Colmado de favores!--repetía la flaca, abanicándose furiosa;--¡miren
ustedes lo ingratos que son estos indios! ¿Se los puede tratar acaso
como personas? ¡Jesús!

--Y ¿saben ustedes lo que he oído?--preguntaba un militar.

--¡A ver!--¿Qué es? ¿Qué dicen?

--Personas fidedignas--dijo el manco en medio del mayor
silencio--aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era
puro cuento.

--¡Jesús! ¿ustedes han visto?--exclamaron ellas creyendo ya en
el cuento.

--La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte,
desde donde poderse bien defender cuando vayamos á atacarle...

--¡Jesús! ¡qué infamia! Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes
pensamientos,--exclamaba la gorda.--Si fuera yo el Capitán general,
ya verían... ya verían...

--¡Lo mismo digo!--exclamaba la flaca dirigiéndose al manco.--¡Prendía
á todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formación de causa,
desterrados ó bajo partida de registro! ¡El mal arrancarlo de raíz!

--¡Pues se dice que el filibustero ese es hijo de españoles!--observó
el manco sin mirar á nadie.

--¡Ah, ya!--exclama impertérrita la gorda;--¡siempre iban á ser los
criollos! ¡ningún indio entiende de revolución! ¡Cría cuervos... cría
cuervos!...

--¿Saben ustedes lo que he oído decir?--pregunta una criolla que así
corta la conversación.--La mujer de capitán Tinong... ¿se acuerdan
ustedes? aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo...

--¿Aquel que tiene dos hijas? y ¿qué?

--Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitán general ¡un
anillo de mil pesos de valor!

El manco se vuelve.

--¿De veras? y ¿por qué?--pregunta con ojos brillantes.

--La mujer decía, como regalo de Pascua...

--¡La Pascua no viene dentro de un mes!

--Temerá que le venga el chaparrón encima...--observa la gorda.

--Y se pone á cubierto,--añade la flaca.

--¡Satisfacción no reclamada, culpa confesada!

--En eso pensaba yo; usted ha puesto el dedo en la llaga.

--Es menester ver bien eso,--observa pensativo el manco;--me temo
que allí haya gato encerrado.

--¡Gato encerrado, eso! eso iba yo á decir,--repite la flaca.

--Y yo,--dice otra arrebatándole la palabra;--la mujer de capitán
Tinong es muy avara... aún no nos ha enviado ningún regalo y eso
que hemos estado en su casa. Con que cuando una agarrada y codiciosa
suelta un regalito de mil pesitos...

--Pero ¿es cierto eso?--preguntó el manco.

--¡Y tanto! ¡y tan cierto! se lo ha dicho á mi prima su novio, el
ayudante de S. E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba
puesto la mayor el día de la fiesta. ¡Va siempre llena de brillantes!

--¡Un escaparate andando!

--¡Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera! En lugar de
comprar un figurín ó pagar una tienda...

El manco abandonó la tertulia dando un pretexto.

Y dos horas después, cuando ya todos dormían, varios vecinos de Tondo
recibieron una invitación por medio de soldados... La Autoridad
no podía consentir que ciertas personas de posición y propiedades
durmiesen en casas tan mal guardadas y poco refrescadas: en la
Fuerza de Santiago y otros edificios del gobierno el sueño sería
más tranquilo y reparador. Entre estas personas favorecidas estaba
incluído el infeliz capitán Tinong.



LX

MARÍA CLARA SE CASA


Capitán Tiago está muy contento. En toda esta terrible temporada
nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han sometido á
incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas, pediluvios
continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías más,
que conocen bien ciertos personajes que se llaman á sí mismos
civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre
ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron
sospechosos para el gobierno) han vuelto también á sus casas, después
de algunos días de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitán
general mismo había ordenado que se los echase de sus posesiones,
no juzgándolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas,
con gran disgusto del manco, que quería celebrar las próximas Pascuas
en su abundante y rica compañía.

Capitán Tinong volvió á su casa enfermo, pálido, hinchado,--la
excursión no le había probado bien,--y tan cambiado que no dice una
palabra, ni saluda á su familia que llora, ríe, habla y se vuelve
loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr
el peligro de saludar á un filibustero. El mismo primo Primitivo,
con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar de su mutismo.

--Crede, prime,--le decía:--si no llego á quemar todos tus papeles,
te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el
pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non
in Marianis Insulis es, camotes seminando [171].

Historias parecidas á las de capitán Tinong no las ignoraba capitán
Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber á punto fijo á
quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro á la
Virgen de Antipolo, á la Virgen del Rosario, ó por lo menos á la Virgen
del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede
conceder, á Nuestra Señora de la Correa: según ella, el milagro no
podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía:

--Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola;
mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el señor Linares, que,
ya sabes, embroma al mismo señor Antonio Cánovas, aquel cuyo retrato
nos trae la ilustración, aquel que no se digna enseñar á la gente
más que media cara.

Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada
vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no
había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado;
que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había
aparecido una que confirmaba la acusación; que los peritos habían
declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por
un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa como no se
podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le
tranquilizaban y le hacían sonreir.

De igual manera que capitán Tiago y su prima divergían en sus
opiniones, los amigos de la familia se dividían también en dos
partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este último era
insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristán
mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofradía
veían la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino
cerero--su proveedor cuando va á Antipolo--decía abanicándose y
agitando la pierna:

--No siya osti gongong; ¡Míligen li Antipulo esi! Esi pueli más con
tolo; no siya osti gongong [172].

Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por
profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta
esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado:

--¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete! [173]

Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.

Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan
fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia
á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual
podría acarrear graves consecuencias.--«¡Prudencia!--se decía á sí
mismo;--no vayamos ahora á echarlo á perder.»

En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó:
doña Victorina, don Tiburcio y Linares.

Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó
las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces
la conveniencia de un pariente de categoría.

--¡Na!--concluía,--como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija,
buen palo ze le arrima.

--¡A... a... al revés, mujer!--corrigió el doctor.

Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner
z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza;
primero se dejaba arrancar los rizos postizos.

--¡Zí!--añadía hablando de Ibarra;--eze lo tenía muy merezío; yo ya lo
ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á
tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?

Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose
á capitán Tiago:

--Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por
mi primo.

--¡Señora! ¡señora!--protestó Linares.

Pero ella no le dió tiempo.

--¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del
general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!

María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su
enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda
de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se
acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.

Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:

--Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz
relacionez!--y miró significativamente á Linares.

--¡Dios ha protegido á mi padre!--contestó en voz baja la joven.

--Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz
loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».

--¡A... a... al revés!

Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para
hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á
la respuesta:

--¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...

--Venimoz precizamente á hablar con uzté  e la virgen,--contestó
ella misteriosamente señalando á María Clara;--tenemoz que hablar
e negocioz.

La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó,
apoyándose en los muebles.

Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan
mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se
despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía
á tía Isabel:

--¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á
María, que la casamos dentro de poco.

Tía Isabel la miró espantada.

--¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos
y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos
de envidia!

Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena
otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son
únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por
españolas, peninsulares y filipinas.

Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el
padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente
de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez
que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus
hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente
con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y
le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había
llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde
que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en
todo se quedan grandes hombres.

En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración:
la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder
su aire de tristeza.

--¡Pst!--decía una joven;--orgullosita...

--Bonitilla,--contestaba otra;--pero él podía haber escogido otra
que tuviese menos cara de tonta.

--El oro, chica; el buen mozo se vende.

En otra parte se decía:

--¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!

--A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.

--Pues cuando enviude...

Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en
una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar,
palidecer y morderse varias veces los labios.

En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta,
y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos
hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba
desdeñoso silencio.

--He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre
Salví,--pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su
nueva estrella.

--Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en
Manila... ¿y usted?

--Dejo también el pueblo,--contestó estirándose;--el gobierno me
necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias
de filibusteros.

Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las
espaldas por completo.

--¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del
filibusterillo?--preguntó un empleado.

--¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?--pregunta otro. Lo más probable
y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.

--¡Va desterrado!--dice secamente el viejo teniente.

--¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro
perpetuo!--exclaman varios á la vez.

--Si ese joven,--prosiguió el teniente Guevara en voz alta y
severa,--hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en
ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no
supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de
seguro que habría salido absuelto.

Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron
una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre
Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que
le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó
inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era
el único que sabía preguntar.

--¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?

--Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo
é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió
á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió
el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como
suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.

--Y ¿la declaración del bandido antes de morir?

--El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás
se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que
era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso
por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder
del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía
el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace
suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor
decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta,
mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido,
perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.

--Decía usted--preguntó un franciscano--que iba dirigida la carta á
una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?

El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó,
retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras
los otros hacían comentarios.

--¡Ahí se ve la mano de Dios!--decía uno;--hasta las mujeres le
tienen odio.

--Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la
huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, --añadió otro
riendo.--¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!

Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó
á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento;
á sus pies se veían las flores.

--Usted es una joven muy precavida,--le dijo el viejo teniente en voz
baja;--ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran
ustedes un tranquilo porvenir.

Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los
labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza
suficiente para cogerla del vestido.

--¡Tía!--murmuró.

--¿Qué tienes?--preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.

--¡Conducidme á mi cuarto!--suplicó colgándose del brazo de la anciana
para levantarse.

--¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?

--Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito
descansar. Decid á mi padre que dormiré.

--¡Estás fría! ¿quieres té?

María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta
de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una
imagen, sollozando:

--¡Madre, madre, madre mía!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la
luz de la luna.

La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la
risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron  á
la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero
María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar,
cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba
aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie
de la imagen de la Madre de Jesús.

La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces,
tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.

--¡Vamos, se ha dormido!--dijo la tía en voz alta;--como es joven y
no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó
una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados,
bañados por la melancólica luz de la luna.

--¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!--murmuró en voz
baja y se dirigió á la azotea.

La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un
coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias
aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse
lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos
sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.

Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero,
que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que
la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos
después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento,
porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se
detuvo. María Clara retrocedió.

--¡Crisóstomo!--murmuró llena de terror.

--¡Sí, soy Crisóstomo!--repuso el joven en voz grave:--un enemigo,
un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la
prisión en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la
cabeza y dejó caer ambas manos.

Ibarra continuó:

--Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi
destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero
yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través
de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad
permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres
joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte,
antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

--¡Crisóstomo!--dijo;--Dios te ha enviado para salvarme de la
desesperación... ¡óyeme, y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

--No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte
la tranquilidad.

--No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la
daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta
la muerte!

Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó
qué deseaba.

--¡Que creas que te he amado siempre!

Crisóstomo sonrió con amargura.

--¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te
ha ocultado un solo pensamiento!--exclamó con dolor la joven. ¡Te
comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me
revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás
esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en
manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!

María Clara descansó un momento y continuó:

--¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En
una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló
el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser
que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.

--Si,--continuó ella;--el hombre me dijo que no podía permitir nuestra
unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado
á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi
padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él
lo oyó.

--¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria
de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del
verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?

--Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!--exclamó
Crisóstomo convulso.

La joven sacó de su seno dos papeles.

--¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus
remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas,
y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en
vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él
en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me
las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de
que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde
que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre
el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una
por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que
iban á hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:

--¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre,
podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho
sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara,
podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi
muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir
sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia
de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?

--¡María, tú eres una santa!

--Soy feliz, puesto que tú me crees...

--Sin embargo,--añadió el joven cambiando de tono,--he oído que
te casas...

--¡Sí!--sollozó la joven;--mi padre me exige este sacrificio... él
me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda
de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco,
pero...

--¿Pero?

--No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice.

--¿Qué meditas hacer?--preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos.

--¡El porvenir es obscuro y el Destino está entre sombras! no sé lo
que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás
seré de nadie. Y de ti, ¿qué va á ser de ti?

--No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá
mi fuga, María...

María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó
repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándole
bruscamente de sí:

--¡Huye, huye!--le dijo;--¡huye, adiós!

Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, á una señal de la joven,
se alejó ebrio, vacilante...

Saltó otra vez el muro y entró en la banca. María Clara, apoyada
sobre el antepecho le miraba alejarse.

Elías se descubrió y la saludó profundamente.



LXI

LA CAZA EN EL LAGO


--Oíd, señor, el plan que he meditado,--dijo Elías pensativo mientras
se dirigían á San Gabriel.--Os ocultaré ahora en casa de un amigo
mió en Mandaluyong; os traeré todo vuestro dinero, que he salvado y
guardado al pie del balití, en la misteriosa tumba de vuestro abuelo;
dejaréis el país...

--¿Para ir al extranjero?--interrumpió Ibarra.

--Para vivir en paz los días que os quedan de vida. Tenéis amigos
en España, sois rico, podréis haceros indultar. De todos modos,
el extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisóstomo no contestó; meditó en silencio.

Llegaban en aquel momento al Pásig y la banca empezó á subir la
corriente. Sobre el puente de España corría un jinete aprisa y se
oía un prolongado y agudo silbido.

--Elías,--repuso Ibarra;--debéis vuestra desgracia á mi familia; me
habéis salvado la vida dos veces, y os debo no sólo gratitud, sino
también una restitución de vuestra fortuna. Me aconsejáis que viva
en el extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aquí
sois también desgraciado.

Elías movió tristemente la cabeza y contestó:

--¡Imposible! Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi país,
pero puedo sufrir y morir en él, y acaso por él: siempre es algo. ¡Que
la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia, y puesto que no nos
une un noble pensamiento, puesto que no laten nuestros corazones á un
solo nombre, al menos que á mis paisanos me una la común desventura, al
menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio
oprima nuestros corazones!

--Entonces ¿por qué me aconsejáis que parta?

--Porque en otra parte podéis ser feliz y yo no, porque no estáis
hecho para sufrir, y porque aborreceríais vuestro país, si un día
os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer á su patria es la
mayor desventura.

--¡Sois injusto conmigo!--exclamó Ibarra con amargo reproche;--olvidáis
que, apenas llegado aquí, me he puesto á buscar su bien...

--No os ofendáis, señor, no os hago ningún reproche: ¡ojalá todos
puedan imitaros! Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendáis si
os digo que vuestro corazón os engaña. Amabais á vuestra patria porque
vuestro padre así os lo ha enseñado; la amabais porque en ella teníais
amor, fortuna, juventud, porque todo os sonreía, vuestra patria no os
había hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello
que nos hace felices. Pero el día en que os veais pobre, hambriento,
perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas,
ese día renegaréis de vos, de vuestra patria y de todos.

--Vuestras palabras me lastiman,--dijo Ibarra resentido.

Elías bajó la cabeza, meditó y repuso:

--Yo quiero desengañaros, señor, y evitaros un triste
porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma
banca y á la luz de esta misma luna, hará un mes, días más días menos:
entonces erais feliz. La súplica de los desgraciados no llegaba
hasta vos: desdeñasteis sus quejas porque eran quejas de criminales;
disteis más oídos á sus enemigos y, á pesar de mis razones y ruegos,
os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependía entonces
el que yo me convirtiese en criminal ó me dejase matar para cumplir
una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe
de los malhechores ha muerto... ¡Ha pasado un mes y ahora pensáis de
otra manera!

--Tenéis razón, Elías, pero el hombre es un animal de circunstancias:
entonces estaba cegado, disgustado, ¿qué sé yo? Ahora la desgracia me
ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisión me han
enseñado; ahora veo el horrible cáncer que roe á esta sociedad, que
se agarra á sus carnes y que pide una violenta extirpación. ¡Ellos
me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan
á ser criminal! Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero
verdadero filibustero; llamaré á todos los desgraciados, á todos los
que dentro del pecho sienten latir un corazón, á esos que os enviaban
á mí... ¡no, no seré criminal, nunca lo es el que lucha por su patria,
al contrario! Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano,
les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, ¿cómo nos
contestan? Con el insulto y la burla, negándonos hasta la cualidad
de seres humanos. ¡No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad;
no hay más que el derecho de la fuerza!

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General y creyeron notar movimiento
y agitación en los guardias.

--¿Se habrá descubierto la fuga?--murmuró Elías.--Acostaos, señor,
para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista,
y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La banca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino
que resbalan por encima del agua.

Como Elías había previsto, el centinela le paró y le preguntó de
dónde venía.

--De Manila, de dar zacate á los oidores y curas,--contestó imitando
el acento de los de Pandakan.

Un sargento salió y enteróse de lo que pasaba.

--¡Sulung!--díjole éste;--te advierto que no recibas en la banca á
nadie; un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas
te daré una buena propina.

--Está bien, señor; ¿qué señas tiene?

--Va de levita y habla español; con que ¡cuidao!

La banca se alejó. Elías volvió la cara y vió la silueta del centinela,
de pie junto á la orilla.

--Perderemos algunos minutos de tiempo,--dijo en voz baja;--debemos
entrar en el río Beata para simular que soy de Peña Francia. Veréis
el río que cantó Francisco Baltasar.

El pueblo dormía á la luz de la luna. Crisóstomo se levantó para
admirar la paz sepulcral de la naturaleza. El río era estrecho y sus
orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elías arrojó su carga en la orilla, cogió una larga caña y sacó
debajo de la hierba algunos vacíos bayones ó sacos hechos de hoja de
palmera. Siguieron navegando.

--Sois dueño de vuestra voluntad, señor, y de vuestro porvenir,--dijo
á Crisóstomo que se mantenía silencioso.--Pero si me permitís
una observación, os diré: Mirad bien lo que vais á hacer, vais
á encender la guerra, pues tenéis dinero, cabeza y encontraréis
pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas,
en esta lucha que vais á emprender, los que más sufrirán son los
indefensos é inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes,
hacían que me dirigiese á vos pidiendo reformas, son también los que
me mueven ahora á deciros que meditéis. El país, señor, no piensa
separarse de la madre patria; no pide más que un poco de libertad, de
justicia y de amor. Os secundarán los descontentos, los criminales,
los desesperados, pero el pueblo se abstendrá. Os equivocáis, si,
viendo todo obscuro, creéis que el país está desesperado. El país
sufre, sí, pero aún espera, cree, y sólo se levantará cuando haya
perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan,
lo cual aún está lejos. Yo mismo no os seguiría; jamás acudiré á esos
remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

--¡Entonces iré sin vos!--repuso Crisóstomo resuelto.

--¿Es vuestra firme decisión?

--¡Firme y única, testigo la memoria de mi padre! Yo no me dejo
arrancar impunemente paz y felicidad, yo que sólo he deseado
el bien, yo que todo lo he respetado y sufrido por amor á
una religión hipócrita, por amor á una patria. ¿Cómo me han
correspondido? Hundiéndome en un calabozo infame y prostituyendo á
mi futura esposa. ¡No, no vengarme sería un crimen, sería animarlos
á nuevas injusticias! ¡No, fuera cobardía, pusilanimidad, gemir
y llorar cuando hay sangre y vida, cuando al insulto y al reto se
une el escarnio! ¡Yo llamaré á ese pueblo ignorante, le haré ver su
miseria; que no piense en hermanos; sólo hay lobos que se devoran,
y les diré que contra esta opresión se levanta y protesta el eterno
derecho del hombre para conquistar su libertad!

--¡El pueblo inocente sufrirá!

--¡Mejor! ¿Podéis conducirme hasta la montaña?

--¡Hasta que estéis en seguridad!--contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pásig. Hablaban de cuando en cuando de cosas
indiferentes.

--¡Santa Ana!--murmuró Ibarra;--¿conoceréis esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuítas.

--¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres!--suspiró Elías.--En
mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros:
tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos
días veía á mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor
de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha
pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar á Malapad-na-bató [174]. Los
que de noche han surcado alguna vez el Pásig, en una de esas noches
mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido
azul melancólica poesía: cuando las sombras ocultan la miseria de
los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz;
cuando sólo habla la Naturaleza, esos comprenderán lo que meditaban
ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenía sueño, y, viendo que la banca
estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional
costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejóles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pásig tampoco sospechaba nada, y no fueron
molestados.

Comenzaba á amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como
un gigantesco espejo. La luna palidecía y el Oriente se teñía con
rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que
avanzaba poco á poco.

--La falúa viene,--murmura Elías;--acostaos y os cubriré con estos
sacos.

Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

--Se pone entre la orilla y nosotros,--observa Elías inquieto.

Y varió poco á poco la dirección de su banca, remando hacia
Binangonan. Con gran estupor notó que la falúa cambiaba también de
dirección, mientras una voz le llamaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto
estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver al Pásig:
su banca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad! otra banca
venía del Pásig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los
guardias civiles.

--¡Estamos cogidos!--murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que
quedaba, principió á remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de
Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rápidamente; Elías vió sobre la falúa, que
viraba, algunos hombres de pie haciéndole señas.

--¿Sabéis guiar una banca?--preguntó á Ibarra.

--Sí; ¿por qué?

--Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la
pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré
de vos, y después procuráis salvaros.

--¡No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

--Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como
á pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo
caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

--¿Veis?--dijo Elías poniendo el remo en la banca.--Nos veremos en
la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!

--Y ¿vos?

--Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa; una bala la rasgó de sus manos, y dos
detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra,
que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levantó y saltó
al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto á alguna distancia apareció la cabeza
del joven como para respirar, ocultándose al instante.

--¡Allá, allá está!--gritaron varias voces y silbaron de nuevo
las balas.

La falúa y la banca pusiéronse en su persecución: una ligera estela
señalaba su paso, alejándose cada vez más de la banca de Ibarra, que
bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la
cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador
se aproximaba á la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los
remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues
sacaba la cabeza á menudo y cada vez en distinta dirección, como para
desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela
el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla á unas
diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada
volvió á aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de
la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza
con un aire que tanto quería decir sí como no.



LXII

EL PADRE DÁMASO SE EXPLICA


En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda;
ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados
de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La
joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte
de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan,
y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:

--¿Quién soy? ¿quién soy?

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

--Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido
de provincias para asistir á tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para
que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa y la llevó con
respeto á sus labios.

--¿Qué tienes, María?--preguntó el franciscano, perdiendo su
sonrisa alegre y llenándose de inquietud;--tu mano está fría,
palideces... ¿estás enferma, hijita?

Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le
hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó
con la mirada.

--¿No tienes ya confianza en tu padrino?--preguntó en tono de
reproche;--vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo
hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de
cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del padre Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba á tener
modulaciones cariñosas. María Clara empezó á llorar.

--¿Lloras, hija mía? ¿por qué lloras? ¿Has reñido con Linares?

María Clara se tapó los oídos.

--¡Nada de él... ahora!--gritó la joven.

Padre Dámaso la miró lleno de asombro.

--¿No quieres confiarme tus secretos? ¿No he procurado siempre
satisfacer tus más pequeños caprichos?

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún
rato, y volvió á llorar amargamente.

--¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño! ¡Cuéntame
tus penas; verás cómo tu padrino te ama!

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas á sus pies
y levantando su semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja,
apenas perceptible:

--¿Me ama usted aún?

--¡Niña!

--¡Entonces... proteja usted á mi padre y rompa mi casamiento!

Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultando el
secreto de su nacimiento.

El padre Dámaso apenas podía creer lo que oía.

--Mientras él vivía,--continuó la joven,--pensaba luchar, esperaba,
confiaba. Quería vivir para oir hablar de él... pero ahora que le
han muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

--Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que?...

--Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi
padre no quiere más que el parentesco! Ahora que él está muerto, ningún
otro me llamará su esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme,
quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí;
ahora que él está muerto... el convento ó la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal, que el padre Dámaso
perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

--¿Le amabas tanto?--preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fray Dámaso inclinó la cabeza sobre el
pecho y se quedó silencioso.

--¡Hija mía!--exclamó con voz dolorida;--perdóname que te haya
hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quería tu
felicidad. ¿Cómo podía permitir yo que te casases con uno del país,
para verte esposa infeliz y madre desgraciada? Yo no podía quitar de tu
cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abusé de todo, por
tí, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, llorarías después,
por la condición de tu marido, expuesto á todas las vejaciones sin
medio de defensa; madre, llorarías por la suerte de tus hijos: si
los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la
Religión, y los verás ahorcados ó expatriados; si los dejas ignorantes,
¡los verás tiranizados y degradados! ¡No lo podía consentir! Por esto
buscaba para tí un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos
que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Sabía que
tu amigo de la infancia era bueno, le quería á él como á su padre,
pero los odié desde que vi que iban á causar tu infelicidad, porque
yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama á una hija; no tengo
más cariño que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora
sin que piense en tí; sueño en tí; tú eres mi única alegría...

Y el padre Dámaso se echó á llorar como un niño.

--Pues bien, si me ama usted no me haga eternamente desgraciada;
él ya no vive, quiero ser monja.

--¡Ser monja, ser monja!--repitió.--,Tú no sabes, hija mía, la
vida, el misterio que se oculta detrás de los muros del convento,
¡tú no lo sabes! prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que
en claustro... Aquí tus quejas pueden oirse; allá sólo tendrás los
muros... Tú eres hermosa; muy hermosa, y no has nacido para él,
para esposa de Cristo. Créeme, hija mía, el tiempo lo borra todo;
más tarde te olvidarás, amarás, y amarás á tu marido... á Linares.

--¡O el convento ó... la muerte!--repitió María Clara.

--¡El convento, el convento ó la muerte!--exclamó el padre
Dámaso.--María, yo ya soy viejo, no podré velar más tiempo por ti y
por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven,
sea quien quiera, todo menos el convento.

--¡El convento ó la muerte!

--¡Dios mío, Dios mío!--gritó el sacerdote, cubriéndose la cabeza
con las manos;--tú me castigas, sea; pero vela por mi hija...

Y volviéndose á la joven:

--¿Quieres ser monja? lo serás; no quiero que mueras.

María Clara le cogió ambas manos, las estrechó, las besó
arrodillándose.

--¡Padrino, padrino mío!--repetía.

Fray Dámaso salía después triste, cabizbajo y suspirando.

--¡Dios, Dios, tú existes puesto que castigas! Pero véngate en mí y
no hieras al inocente, salva á mi hija.



LXIII

LA NOCHEBUENA


Arriba, en la vertiente de la montaña, junto á un torrente, se
esconde entre los árboles una choza, construída sobre troncos. Sobre
su techo de kogon [175], trepa ramosa, cargada de frutas y flores,
la calabaza; adornan el rústico hogar cuernas de venado, calaveras de
jabalí, algunas con largos colmillos. Allí vive una familia tagala,
dedicada á la caza y á cortar leñas.

A la sombra de un árbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la
palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones
y legumbres. Dos muchachos, un niño y una niña, juegan al lado de otro,
pálido, melancólico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre
un caído tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo
de Sisa, Basilio, el hermano de Crispín.

--Cuando te pongas bueno del pie,--le decía la niña,--jugaremos pico
pico con escondite, yo seré la madre.

--Subirás con nosotros á la cumbre del monte, añadía el niño, beberás
sangre de venado con zumo de limón y te pondrás grueso, y entonces
te enseñaré á saltar de roca en roca, encima del torrente.

Basilio sonreía con tristeza, miraba la llaga de su pie, y después
dirigía la vista al sol que brillaba espléndido.

--Vende estas escobas,--dijo el abuelo á la joven,--y compra algo
para tus hermanos que hoy es la Pascua.

--¡Reventadores, quiero reventadores!--gritó el niño.

--¡Yo, una cabeza para mi muñeca!--gritó la niña, cogiendo á su
hermana del tapis.

--Y tú ¿qué quieres?--preguntó el abuelo á Basilio.

Este se levantó trabajosamente y se acercó al anciano.

--Señor;--le dijo,--¿he estado, pues, enfermo más de un mes?

--Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado
dos lunas; creíamos que ibas á morir...

--¡Dios os pague; nosotros somos muy pobres!--repuso Basilio;--pero
ya que hoy es Pascua, quiero irme al pueblo para ver á mi madre y á
mi hermanito. Me estarán buscando.

--Pero, hijo, todavía no estás bueno y tu pueblo está lejos; no llegas
á media noche.

--¡No importa, señor! Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes;
todos los años pasamos juntos esta fiesta... el año pasado comimos un
pescado entre nosotros tres... Madre habrá estado llorando buscándome.

--¡No llegarás vivo al pueblo, muchacho! Esta noche tenemos gallina
y tapa de jabalí. Mis hijos te buscarán cuando vengan del campo...

--Tenéis muchos hijos, y mi madre no tiene más que á nosotros dos;
acaso me cree ya muerto. Esta noche quiero darle una alegría, un
aguinaldo... un hijo.

El anciano sintió humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza
del niño y le dijo conmovido:

--¡Pareces un viejo! ¡Anda, vete, busca á tu madre, dale el
aguinaldo... de Dios, como dices; si hubiese sabido el nombre de tu
pueblo, habría ido allá cuando estabas malo. Anda, hijo mío, que Dios
y el Señor Jesus te acompañen. Lucía, mi nieta, irá contigo hasta el
próximo pueblo.

--¿Cómo? ¿te vas?--le pregunta el niño.--Allá abajo hay soldados,
hay machos ladrones. ¿No quieres ver mis reventadores? ¡Pum purumpum!

--¿No quieres jugar gallina ciega con escondite?--pregunta á su vez la
niña;--¿te has escondido alguna vez? Verdad, no hay cosa más agradable
que ser perseguido y esconderse.

Basilio se sonrió; cogió su bastón y con lágrimas en los ojos:

--Volveré pronto,--dijo;--traeré á mi hermanito, le veréis y jugaréis
con él; es tan grande como tú.

--¿Anda también cojeando?--preguntó la niña;--entonces le haremos
madre en el pico pico.

--No te olvides de nosotros,--le decía el anciano;--llévate esta tapa
de jabalí y dáselo á tu madre.

Los niños le acompañaron hasta el puente de caña, colocado sobre el
torrente de alborotado curso.

Lucía le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista
de los niños.

Basilio marchaba ligero á pesar de su pierna vendada.



El viento del norte silba y los habitantes de San Diego tiritan
de frío.

Es la Nochebuena, y sin embargo, el pueblo está triste. Ni un farol
de papel cuelga de las ventanas, ningún ruido en las casas anuncia
regocijo como otros años.

En el entresuelo de la casa de capitán Basilio, hablan al lado de
una reja éste y don Filipo (la desgracia del último los había hecho
amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su
prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba á brillar en el horizonte y doraba nubes,
árboles y casas, proyectando largas y fantásticas sombras.

--¡No es poca fortuna la vuestra, salir absueltos en estos
tiempos!--decía capitán Basilio á don Filipo; os han quemado vuestro
libros, sí, pero otros han perdido más.

Una mujer se acercó á la reja y miró hacia el interior. Sus ojos eran
brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreñada:
la luna le daba un aspecto singular.

--¡Sisa!--exclamó sorprendido don Filipo,--y volviéndose á capitán
Basilio, mientras la loca se alejaba.

--¿No estaba en casa de un médico?--preguntó;--¿se ha curado ya?

Capitán Basilio se sonrió amargamente.

--El médico tuvo miedo de que le acusasen como amigo de don Crisóstomo
y la despidió de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre,
canta, es inofensiva y vive en el bosque...

--¿Qué cosas más han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos? Sé
que tenemos cura nuevo y nuevo alférez...

--¡Terribles tiempos, la humanidad retrocede!--murmura capitán Basilio
pensando en el pasado.--Veréis: al día siguiente de vuestra marcha
encontraron muerto al sacristán mayor, colgado del zaquizamí de su
casa. El padre Salví sintió mucho su muerte y se apoderó de todos sus
papeles. ¡Ah! el filósofo Tasio murió también y fué enterrado en el
cementerio de los chinos.

--¡Pobre don Anastasio!--suspiró don Filipo;--y ¿sus libros?

--Fueron quemados por los piadosos, que así creían agradar á Dios. Nada
pude salvar, ni los libros de Cicerón... el gobernadorcillo no hizo
nada por impedirlo.

Ambos guardaron silencio.

En aquel momento se oía el canto triste y melancólico de la loca.

--¿Sabes cuándo se casa María Clara?--preguntaba Yday á Sinang.

--No lo sé,--contestó ésta:--recibí una carta de ella, pero no la
abro por temor de saberlo. ¡Pobre Crisóstomo!

--Dicen que si no es por Linares, á capitán Tiago le ahorcan; ¿qué
iba á hacer María Clara?--observó Victoria.

Un muchacho pasó cojeando; corría en dirección á la plaza, de donde
partía el canto de Sisa. Es Basilio. El niño ha encontrado su casa,
desierta y en ruinas; después de muchas preguntas sólo sacó que su
madre estaba loca y vagaba por el pueblo: de Crispín ni una palabra.

Basilio tragóse las lágrimas, ahogó el dolor y sin descansar fué
á buscar á su madre. Llegó al pueblo, preguntó por ella y un canto
hirió sus oídos. El infeliz dominó el temblor de sus piernas y quiso
correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dejó la plaza y se llegó delante de la casa del nuevo
alférez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza
de mujer se asoma á la ventana, pero no es la Medusa, es una joven:
alférez y desgraciado no son sinónimos.

Sisa empezó á cantar delante de la casa, mirando á la luna, que se
mecía majestuosa en el cielo azul entre nubes de oro. Basilio la veía
y no se atrevía á acercarse, esperando quizás que abandone el sitio;
andaba de un lado á otro, pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca,
y mandó al centinela que le hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oir su voz, llena de terror,
echóse á correr, y sabe Dios cómo corre una loca. Basilio sigue detrás
de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.

--¡Mirad cómo ese muchacho persigue á la loca!--exclamaba indignada
una criada que estaba en la calle.

Y viendo que la seguía persiguiendo, cogió una piedra y la lanzó
contra él diciendo:

--¡Toma! ¡qué lástima que esté atado el perro!

Basilio sintió un golpe en su cabeza, pero continuó corriendo sin hacer
caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se
abrían para dar paso á un curioso; cerrábanse otras temiéndose otra
noche de alborotos.

Llegaron fuera del pueblo. Sisa empezó á moderar su carrera; gran
distancia la separaba de su perseguidor.

--¡Madre!--le gritó cuando la distinguió.

La loca, apenas oyó la voz, comenzó de nuevo á huir.

--¡Madre, soy yo!--gritó el muchacho desesperado.

La loca no oía, el hijo seguía jadeante. Los sembrados habían pasado
y estaban ya cerca del bosque.

Basilio vió á su madre entrar en él y entró también. Las matas, los
arbustos, los espinosos juncos y las raíces salientes de los árboles
impedían la carrera de ambos. El hijo seguía la silueta de su madre,
alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando
al través de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la
familia de Ibarra.

El muchacho tropezó varias veces cayendo, pero se levantaba, no
sentía dolor; toda su alma se reconcentraba en sus ojos, que seguían
la querida figura.

Pasaron el arroyo que murmuraba dulcemente; las espinas de las cañas,
caídas en el barro de la orilla, se hundían en sus pies desnudos:
Basilio no se detenía para arrancarlas.

Con gran sorpresa vió que su madre se internaba en la espesura
y entraba por la puerta de madera, que cierra la tumba del viejo
español al pié del balitî.

Basilio trató de hacer lo mismo pero halló la puerta cerrada. La loca
defendía la entrada con sus descarnados brazos y desgreñada cabeza,
manteniéndola cerrada con todas sus fuerzas.

--¡Madre, soy yo, soy yo, soy Basilio, vuestro hijo!--gritó el
extenuado muchacho dejándose caer.

Pero la loca no cedía; apoyándose con los pies contra el suelo ofrecía
una enérgica resistencia.

Basilio golpeó la puerta con el puño, con su cabeza, bañada en
sangre, lloró, pero en vano. Levantóse trabajosamente, miró al muro,
pensando escalarlo, pero nada halló. Lo rodeó entonces y vió una
rama del fatídico baliti cruzándose con la de otro árbol. Trepó:
su amor filial hacía milagros, y de rama en rama pasó al balitî,
y vió á su madre sosteniendo aún con su cabeza las hojas de la puerta.

El ruido que hacía en las ramas llamó la atención de Sisa; volvióse
y quiso huir, pero el hijo, dejándose caer del árbol, la abrazó y la
cubrió de besos, perdiendo después el sentido.

Sisa vió la frente bañada en sangre; inclinóse hacia él, sus ojos
parecían saltar de las órbitas; le miró en la cara, y aquellas pálidas
facciones sacudieron las dormidas células de su cerebro, algo como una
chispa brotó en su mente, reconoció á su hijo y, soltando un grito,
cayó sobre el desmayado muchacho, abrazándole y besándole.

Madre é hijo permanecieron inmóviles...

Cuando Basilio volvió en sí halló á su madre sin sentido. La llamó,
prodigóle los más tiernos nombres y, viendo que ni respiraba ni
despertaba, levantóse, fué al arroyo á sacar un poco de agua en un
cucurucho de hojas de plátano y roció con ella el pálido rostro de su
madre. Pero la loca no hizo el menor movimiento, sus ojos continuaron
cerrados.

Basilio la miró espantado; aplicó su oído al corazón de ella, pero
el flaco y marchito seno estaba frío y el corazón no latía: puso los
labios sobre sus labios y no percibió ningún aliento. El desgraciado
abrazó el cadáver y lloró amargamente.

La luna brillaba en el cielo majestuosa, la brisa vagaba suspirando
y debajo de la hierba los grillos trinaban.

La noche de luz y alegría para tantos niños, que en el amable seno de
la familia celebran la fiesta de más dulces recuerdos, la fiesta que
conmemora la primera mirada de amor que el cielo envió á la tierra;
esa noche en que todas las familias cristianas comen, beben, bailan,
cantan, ríen, juegan, aman, se besan... esa noche, que en los países
fríos es mágica para la niñez con su tradicional árbol de pino,
cargado de luces, muñecas, confites y oropeles, que miran deslumbrados
los redondos ojos donde se refleja la inocencia, esa noche no ofrece
á Basilio más que una orfandad. ¿Quién sabe? Acaso en el hogar del
taciturno padre Salví juegan también los niños, acaso se canta:


                    La Nochebuena se viene,
                    La Nochebuena se va...


El niño lloró y gimió mucho y cuando levantó la cabeza, vió un hombre
delante de sí, que le contemplaba en silencio. El desconocido le
preguntó en voz baja:

--¿Eres el hijo?

El muchacho afirmó con la cabeza.

--¿Qué piensas hacer?

--¡Enterrarla!

--¿En el cementerio?

--No tengo dinero, y además no lo permitiría el cura.

--¿Entonces...?

--Si me quisiéseis ayudar...

--Estoy muy débil,--contestó el desconocido que se dejó caer poco
á poco en el suelo, apoyándose con ambas manos en tierra;--estoy
herido... hace dos días que no he comido ni dormido... ¿No ha venido
ninguno esta noche?

El hombre permaneció pensativo, contemplando la interesante fisonomía
del muchacho.

--¡Escucha!--continuó en voz más débil;--habré muerto también antes
que venga el día... A veinte pasos de aquí, á la otra orilla del
arroyo, hay mucha leña amontonada; tráela, haz una pira, pon nuestros
cadáveres encima, cúbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos
convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

--Después, si ningún otro viene... cavarás aquí, encontrarás mucho
oro... y todo será tuyo. ¡Estudia!

La voz del desconocido se hacía cada vez más ininteligible.

--Ve á buscar la leña... quiero ayudarte.

Basilio se alejó. El desconocido volvió la cara hacia el Oriente y
murmuró como orando:

--¡Muero sin ver la aurora brillar sobre mi patria!... ¡vosotros,
que la habéis de ver, saludadla... no os olvidéis de los que han
caído durante la noche!

Levantó sus ojos al cielo, sus labios se agitaron como murmurando
una plegaria, después bajó la cabeza y cayó lentamente en tierra...

Dos horas más tarde, Hermana Rufa estaba en el batalan [176] de su
casa haciendo sus abluciones matinales para ir á misa. La piadosa
mujer miraba al cercano bosque y vió subir una gruesa columna de humo;
frunció las cejas y, llena de santa indignación, exclamó:

--¿Quién será el hereje que en día de fiesta hace kaingin [177]. ¡Por
eso vienen tantas desgracias! ¡Prueba ir al Purgatorio y verás si te
saco de allá, salvaje!



EPÍLOGO


Viviendo aún muchos de nuestros personajes, y habiendo perdido de
vista á los otros, es imposible un verdadero epílogo. Para bien de la
gente, mataríamos con gusto á todos nuestros personajes empezando por
el P. Salví y acabando por doña Victorina, pero no es posible... ¡que
vivan! el país y no nosotros los ha de alimentar al fin...

Desde que María Clara entró en el convento, el P. Dámaso dejó el
pueblo para vivir en Manila, al igual del P. Salví, que, mientras
espera mitra vacante, predica varias veces en la iglesia de Santa
Clara, en cuyo convento desempeña un cargo importante. No pasaron
muchos meses, y el P. Dámaso recibió orden del M. R. P. Provincial
para desempeñar el curato en una provincia muy lejana. Cuéntase que
tomó tanto pesar en ello, que al día siguiente le hallaron muerto en
su alcoba. Unos dijeron que murió de apoplejía, otros de una pesadilla,
pero el médico disipó las dudas declarando que murió de repente.

Ninguno de nuestros lectores reconocería ahora á capitán Tiago si le
viese. Ya semanas antes de profesar María Clara cayó en un estado de
abatimiento tal, que empezó á enflaquecer y á ponerse muy triste,
meditabundo y desconfiado, como su examigo, el infeliz capitán
Tinong. Tan pronto como las puertas del convento se cerraron, ordenó
á su desconsolada prima, la tía Isabel, recogiese cuanto á su hija y
difunta esposa había pertenecido, y se fuese á Malabón ó San Diego,
pues quería vivir solo en adelante. Dedicóse al liampó y á la gallera
con furia, y empezó á fumar opio. Ya no va á Antipolo, ni manda decir
misas; doña Patrocinio, su vieja competidora, celebra piadosamente
su triunfo, poniéndose á roncar durante los sermones. Si alguna vez,
al caer de la tarde, os paseáis por la primera calle de Santo Cristo,
veréis, sentado en la tienda de un chino, un hombre pequeño, amarillo,
flaco, encorvado, con los ojos hundidos y soñolientos, labios y uñas
de un color sucio, mirando á la gente como si no la viese. Al llegar
la noche le veréis levantarse con trabajo, y, apoyado en un bastón,
dirigirse á una estrecha esquinita, entrar en una sucia casucha,
encima de cuya puerta se lee en grandes letras rojas: FUMADERO
PÚBLICO DE ANFION [178]. Este es aquel capitán Tiago tan célebre,
hoy completamente olvidado, hasta del mismo sacristán mayor.

Doña Victorina ha añadido á sus rizos postizos y á su andaluzamiento,
si se nos permite la palabra, la nueva costumbre de querer guiar los
caballos del coche, obligando á don Tiburcio á estarse quieto. Como
por la debilidad de su vista sucedían muchas calamidades, ella usa
ahora quevedos, que le dan un aspecto famoso. El doctor no ha vuelto
á ser llamado para asistir á nadie; los criados le ven muchos días
de la semana sin dientes, lo cual, como saben nuestros lectores,
es de muy mal agüero.

Linares, único defensor de este desgraciado, hace tiempo descansa
en Paco víctima de una disentería y de los malos tratamientos de
su cuñada.

El victorioso alférez se fué á España de teniente con grado de
comandante, dejando á su amable mujer en su camisa de franela, cuyo
color es ya incalificable. La pobre Ariadna, al verse abandonada,
se consagró también, como la hija de Minos, al culto de Baco y al
cultivo del tabaco, y bebe y fuma con tal pasión, que ya la temen no
sólo las jovencitas sino también las viejas y los chiquillos.

Vivirán probablemente aún nuestros conocidos del pueblo de San Diego,
si es que no se han muerto en la explosión del vapor «Lipa», que
hacía el viaje á la provincia. Como nadie se cuidó de saber quiénes
fueron los infelices que en aquella catástrofe murieron, á quiénes
pertenecieron las piernas y brazos desparramados en la isla de la
Convalecencia y en las orillas del río, ignoramos por completo si entre
ellos iba algún conocido de nuestros lectores. Estamos satisfechos,
como el gobierno y la prensa de entonces, con saber que el único fraile
que en el vapor estaba se ha salvado y no pedimos más. Lo principal
para nosotros es la vida de los virtuosos sacerdotes, cuyo reinado
en Filipinas conserve Dios para bien de nuestras almas [179].

De María Clara no se volvió á saber nada más, sino que el sepulcro
parece la guarda en su seno. Hemos preguntado á varias personas de
mucha influencia en el santo convento de Santa Clara, pero nadie nos
ha querido decir una sola palabra, ni aun las charlatanas devotas,
que reciben la famosa fritada de hígados de gallinas, y la salsa más
famosa aún, llamada «de las monjas», preparada por la inteligente
cocinera de las Vírgenes del Señor.

Sin embargo, una noche de Septiembre rugía el huracán y azotaba con
sus gigantescas alas los edificios de Manila; el trueno retumbaba á
cada instante; relámpagos y rayos alumbraban por momentos los estragos
del vendaval y sumían á los habitantes en espantoso terror. La lluvia
caía á torrentes. A la luz del relámpago ó del rayo que culebreaba se
veía un pedazo de techo, una ventana volar por los aires, desplomarse
con horrible estrépito: ni un coche, ni un caminante atravesaba las
calles. Cuando el ronco eco del trueno, cien veces repercutido, se
perdía á lo lejos, entonces se oía suspirar al viento, que arremolinaba
la lluvia, produciendo un repetido trac-trac contra las conchas de
las cerradas ventanas.

Dos guardias cobijábanse en un edificio que se construía cerca del
convento: eran un soldado y un distinguido.

--¿Qué hacemos aquí?--decía el soldado;--nadie anda por la
calle... debíamos irnos á una casa; mi querida vive en la calle
del Arzobispo.

--De aquí allá hay buen trecho y nos mojaremos,--contesta el
distinguido.

--¿Qué importa con tal que no mate el rayo?

--¡Bah! no tengas cuidado; las monjas deben tener un pararrayos
para librarse.

--¡Sí!--dice el soldado;--¿pero de qué sirve si está la noche tan
oscura?

Y levantó la vista hacia lo alto para ver en la oscuridad: en aquel
momento brilló un relámpago repetido y seguido de un formidable trueno.

--¡Naku! ¡Susmariósep! [180]--exclamó el soldado persignándose,
y estirando á su compañero:--¡vámonos de aquí!

--¿Qué te pasa?

--¡Vámonos, vámonos de aquí!--repitió castañeteándole los dientes
de miedo.

--¿Qué has visto?



--¡Un fantasma!--murmuró todo tembloroso.

--¡Un fantasma?

--¡Sobre el tejado... debe ser la monja que recoge brasas durante
la noche!

El distinguido sacó la cabeza y quiso ver.

Brilló otro relámpago y una vena de fuego surcó el cielo, dejándose
oir un horrible estallido.

--¡Jesús!--exclamó persignándose también.

En efecto, á la brillante luz del meteoro había visto una figura
blanca, de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al
cielo los brazos y la cara, como implorándole. ¡El cielo respondía
con rayos y truenos!

Tras el trueno se oyó un quejido triste.

--¡No es el viento, es el fantasma!--murmuró el soldado como
respondiendo á la presión de mano de su compañero.

--¡Ay! ¡ay!--cruzaba el aire sobreponiéndose al ruido de la lluvia: el
viento no podía cubrir con sus silbidos aquella voz dulce y lastimera,
llena de desconsuelo.

Brilló otro relámpago de una deslumbrante intensidad.

--¡No, no es fantasma!--exclamó el distinguido;--la he visto otra vez;
es hermosa como la Virgen... ¡Vámonos de aquí y demos parte!

El soldado no se hizo repetir la invitación y ambos desaparecieron.

¿Quién gime en medio de la noche, á pesar del viento, de la lluvia y
de la tempestad? ¿quién es la tímida virgen, la esposa de Jesucristo,
que desafía los desencadenados elementos y escoge la tremenda noche y
el libre cielo, para exhalar desde una peligrosa altura sus quejas á
Dios? ¿Habrá abandonado el Señor su templo en el convento y no escucha
ya las plegarias? ¿no dejarán tal vez sus bóvedas que la aspiración
del alma suba hasta el trono del Misericordioso?

La tempestad se desencadenó furiosa durante casi toda la noche;
durante la noche no brilló una sola estrella; los ayes desesperados,
mezclados con los suspiros del viento, continuaron, pero hallaron
sordos á la naturaleza y á los hombres: Dios se había velado y no oía.

Al día siguiente, cuando, despejado el cielo de oscuras nubes, el sol
brilló de nuevo en medio del éter purificado, un coche se detenía á
la puerta del convento de Santa Clara y descendía de él un hombre,
que se dió á conocer como representante de la autoridad y pidió hablar
inmediatamente con la abadesa y ver á todas las monjas.

Cuéntase que apareció una con el hábito todo mojado, hecho jirones,
y pidió llorando el amparo del hombre contra las violencias de la
hipocresía delatando horrores. Cuéntase también que era hermosísima,
que tenía los más bellos y expresivos ojos que jamás se hayan visto.

El representante de la autoridad no la acogió: parlamentó con la
abadesa y la abandonó á pesar de sus ruegos y lágrimas. La joven
monja vió cerrarse la puerta detrás del hombre, como el condenado
vería cerrarse para él las puertas del cielo, si alguna vez el cielo
llegaba á ser tan cruel é insensible como los hombres. La abadesa
decía que era una loca.

El hombre no sabría tal vez que en Manila hay un hospicio para
dementes, ó acaso juzgaría que el convento de monjas era sólo un asilo
de locas, aunque se pretende que aquel hombre era bastante ignorante,
sobre todo para poder decidir cuándo una persona está en su juicio
ó no.

Cuéntase también que el general señor J. [181]--pensó de otra manera,
y que cuando el hecho llegó á sus oídos, quiso proteger á la loca y
la pidió.

Pero esta vez no apareció ninguna hermosa y desamparada joven, y la
abadesa no permitió que se visitase el claustro, invocando para ello
el nombre de la religión y los Santos Estatutos.

Del hecho no se volvió á hablar más, como tampoco de la infeliz
María Clara.


                                  FIN



ADVERTENCIA: La biografía de José Rizal ha sido redactada con arreglo á
las notas facilitadas por el sabio geógrafo Fernando Blumentritt. Los
señores E. Reclus, Henry Lucas y E. López han contribuído también á
esta obra con datos relativos á la flora de Filipinas.



ÍNDICE


                                                  Páginas

        José Rizal y Mercado (Biografía)                5
        Mi último pensamiento (poesía)                  8
        A mi patria                                    13
        Una reunión                                    15
        Crisóstomo Ibarra                              26
        La cena                                        29
        Hereje y filibustero                           34
        Una estrella en noche oscura                   40
        Capitán Tiago                                  42
        Idilio en una azotea                           52
        Recuerdos                                      61
        Cosas del país                                 65
        El pueblo                                      69
        Los soberanos                                  72
        Todos los Santos                               77
        Presagios de tempestad                         81
        Tasio el loco ó el filósofo                    84
        Los sacristanes                                93
        Sisa                                           97
        Basilio                                       102
        Almas en pena                                 107
        Aventuras de un maestro de escuela            113
        La junta en el Tribunal                       121
        Historia de una madre                         132
        Luces y sombras                               139
        La pesca                                      142
        En el bosque                                  154
        En casa del filósofo                          166
        La víspera de la fiesta                       176
        Al anochecer                                  183
        Correspondencias                              190
        La mañana                                     196
        En la iglesia                                 201
        El sermón                                     205
        La cabria                                     214
        Libre Pensamiento                             223
        La comida                                     226
        Comentarios                                   235
        La primera nube                               241
        Su Excelencia                                 244
        La procesión                                  252
        Doña Consolación                              256
        El derecho y la fuerza                        266
        Dos visitas                                   273
        Los esposos de Espadaña                       275
        Proyectos                                     286
        Examen de conciencia                          289
        Los perseguidos                               294
        La gallera                                    300
        Las dos señoras                               309
        El enigma                                     313
        La voz de los perseguidos                     316
        La familia de Elías                           325
        Cambios                                       331
        La carta á los muertos y las sombras          334
        Il buon dí si conosce da mattina              339
        Quidquid latet, apparebit, etc.               344
        La catástrofe                                 350
        Lo que se dice y lo que se cree               355
        ¡Væ victis!                                   361
        El maldito                                    369
        Patria é intereses                            372
        María Clara se casa                           382
        La caza en el lago                            392
        El padre Dámaso se explica                    398
        La Nochebuena                                 401
        Epílogo                                       408



NOTAS


[1] Un cuadro parecido existe en el convento de Antipolo (Nota de la
edición de Berlín).

[2] Hojas de betel (Piper Betle L.), cubiertas de cal hidratada y
arrolladas á un pedazo de nuez de bonga (Areca Catechu L.) En lengua
tagala buñga, quiere decir: «El fruto por excelencia.»

[3] Mendieta, personaje muy conocido en Manila, portero de la
Alcaldía, empresario de teatros infantiles, director de un Tío Vivo,
etcétera.--Quiapo, pueblecillo situado en los alrededores de Manila.

[4] Arroz cocido con agua y que forma la base de la alimentación de
los indígenas.

[5] Bailes populares.

[6] Guisado.

[7] Alude al general Terreros, que ya ha muerto.

[8] Inocente juego de palabras. Savalls es un famoso cabecilla
carlista.

[9] Dice que no lo quiere y eso es precisamente lo que quiere. Frase
del llamado español de tiendas que se habla en Manila y Cavite.

[10] Los filipinos ignorantes suelen cambiar la n en ñ.

[11] Para que se vea cómo pronuncia el chino las lenguas europeas,
diremos que Pidgin es corrupción de la voz inglesa business; y así,
Pidgin-English significa inglés comercial.

[12] Muchacho.

[13] Binondo, arrabal de Manila.

[14] Tela fabricada con la fibra de la piña de América (Bromelia
Ananas).

[15] Buyo mascado.

[16] Lugar en que se verifican las riñas de gallos. Véase el capítulo
XLVI.

[17] Hierba llamada también talango; forraje de diversas gramíneas
y en especial de la Russelia junceum.

[18] Tela de algodón fabricada en la India.

[19] Sable de los moros joloanos.

[20] Gallo con espolón.

[21] Pueblo de la Laguna (Luzón.)

[22] Dios quiera que se cumpla pronto esta profecía para el autor del
librito y todos los que le creemos. Amén. (N. de la edición de Berlín).

[23] Sinigang, sopa de pescado cocido con agua y sazonado con algunas
frutas ácidas. Dalag (Ophiocephalus), abundante en los ríos, los
lagos y pantanos, que en la estación de las lluvias se encuentra en
los arrozales y también en los campos inundados. Alibambang, Bauhinia
malabárica Roxb.

[24] Sangley ó buhonero chino.

[25] Serenatas.

[26] Nipa fruticans, Burm. En Filipinas, se da el nombre de casas
de nipa á las que tienen el techo formado con las anchas hojas de
ese árbol.

[27] La Biblia de Torres Amat, arzobispo de Tarragona.

[28] Sampaga ó sampaca (magnoliáceas).

[29] Remo de madera, de una sola pieza.

[30] ¡Y pensar que al autor de este libro se le fusiló como
filibustero!

[31] Conchas (Cypræa moneta) que sirven de moneda como los cauríes. Se
exportan en gran número á Siam.

[32] Sintak y siklot, juegos infantiles.

[33] Prenda entregada por el perdidoso, que recibe unos golpes en
el brazo.

[34] Juego filipino parecido al boliche. Consiste en echar pedrezuelas
á los agujeros de una tabla de madera colocada á cierta distancia de
los jugadores. Estos son dos, y sale ganando el que introduce mayor
número de piedras.

[35] Jabón fabricado con la raiz triturada de la Entada scandens,
Benth, ó de la Entada purseta (mimosas).

[36] Tulisán, bandido, partidario.

[37] Sombrero hecho con cañas y fibras de anajao (Corypha minor).

[38] Es una de las mejores calles y la más comercial de Manila;
hace algunos años se llamaba camarines á los vetustos edificios de
un solo piso, en los cuales se hallaban establecidos tenderos chinos.

[39] Embarcación pequeña y estrecha, de uso común en Filipinas.

[40] Allí, como es sabido, murió Rizal.

[41] O abacá, cáñamo de Manila, elaborado con el tronco de una de
las numerosas variedades de bananos, cuya corteza contiene filamentos
parecidos á los del áloes. Este banano (Musa textilis) es objeto de
un gran comercio en el archipiélago.

[42] Palacio del Gobernador General de Filipinas.

[43] No hemos podido encontrar ningún pueblo de este nombre, pero sí
muchos de estas condiciones (Nota de la edición de Berlín).

[44] Arbol clasificado entre las palmeras. Su filamento sirve para
hacer cuerdas.

[45] Baniano de las Indias, árbol á veces gigantesco.

[46] Frutos del guayabo y del papayo; lomboi (Eugenia Jambolana, Lam.).

[47] Es una especie de enrejado de cañas.

[48] Venerable Orden de san Francisco.

[49] Brujos.

[50] Filamento de un helecho que abunda en Filipinas.

[51] Solanum sanctum, L. y Tabernaemontana Pandacaqui Poir. género
este último perteneciente á las apocináceas.

[52] Cananga odorata ó Uvaria aromática, anonácea.

[53] Cálamus máximus, notable por su dureza.

[54] Los demás están suspendidos en el vacío.

[55] Hoy estarás conmigo en el Paraíso. (No creemos ofender la
ilustración de los lectores, al poner en castellano estas conocidas
frases. Nuestro propósito es dar la explicación completa del texto,
y hacerle inteligible para todos. Además, en la edición alemana el
propio autor explica por medio de notas algunas de las citas latinas
que puso en boca de sus personajes.)

[56] Es preciso creer que el Purgatorio es anterior al juicio de
faltas leves.

[57] Con la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo.

[58] Lo que hubieres atado en la tierra...

[59] Hasta el Purgatorio, etc.

[60] Palabra china que sirve para designar la mecha de una lamparilla.

[61] Pavimento de caña.

[62] Caballete del techo.

[63] Lagarto que vive en las casas de los filipinos y es notable por
su grito, con el que repite muchas veces la palabra toco.

[64] Diminutivo de Basilisa, Narcisa y otros nombres de análoga
terminación.

[65] Sentóse el negro y el rojo le miró; transcurrió un momento y
resonó el «kikirikí.»

[66] Buceros hydrocórax, pájaro levirrostro, que tiene sobre el medio
pico superior una excrecencia de 6 pulgadas de largo por 3 de ancho. Su
voz es muy rara, semejante al mugido de un becerro.

[67] Respóndeme.

[68] Candil.

[69] Sueño ó realidad, no sabemos que esto le haya sucedido á
ningún franciscano; del agustino padre Piernavieja se cuenta algo
parecido. (Nota de la edición de Berlín).

[70] Nephelium glabrum, Noron.

[71] Mezquino, avaro (N. de la edic. de Berlín.)

[72] Hemionitis incisa, leguminosa de China. Baillón la llama pak-choi.

[73] Amargoso, Momórdica balsamina; patola, Luffa ægyptiaca, Mill:
zarzalida ó salsalida, Mollugo subserrata.

[74] Pequeñas embarcaciones; los paraos están adornados con cañas.

[75] En Filipinas, Tribunal equivale á Ayuntamiento.

[76] Agentes del municipio.

[77] Jefe de barangay ó balangay, oficial municipal, cabeza de un
grupo de 50 ó 60 familias. Según Reclus, el nombre de balangay ó
barca recuerda el tiempo en que los piratas ó emigrantes malayos,
ascendientes de los filipinos, venían al Archipiélago en embarcaciones
más frágiles que el sampán chino y acampaban junto al mar. De aquí
que á las primeras poblaciones se las llamase barangay, como á la
barca de este nombre.

[78] Es el título que se da á los gobernadorcillos.

[79] ¡Pura broma!

[80] Juego chino.

[81] El vulgo cree que las almas de los niños que mueren al nacer,
se trasforman en duendes, en tianaks ó en tikbalangs. Estos últimos
son gigantes que tienen algo de Tántalo y á la vez del Judío Errante
y los genios de los cuentos orientales.

[82] María del Makiling. El Makiling es una montaña de la isla
de Luzón.

[83] Kasuy, Anacardium occidentale, L.; lanzones, fruto del Lansium
domésticum, Jac.

[84] Tikin, timón.

[85] Kalan, hornillo.

[86] Mezcla de agua, miel y jengibre: se usa contra la tos.

[87] Cárex tuberosa, P. Bl. (ciperáceas).

[88] Corral de pesca, atajadizo.

[89] Frutos de la Averrhoa Carambola, L., tamimbia de Filipinas.

[90] Arma blanca, de hoja ancha y corta. Es parecida al machete.

[91] Vestido de los franciscanos.

[92] ¡Cuidado con caer!

[93] Kupang ó copang, Mimosa peregrina (leguminosas).

[94] Ates, frutos de la Anona squamosa. Chicos, frutos del Achras
Sapota, L. Mangas, frutos de la Mangífera índica.

[95] Salsa que se obtiene haciendo macerar en vinagre brotes tiernos
de la col palmista ó del bambú.

[96] Tela de seda.

[97] Enramada de caña.

[98] Medida equivalente á medio cahiz.

[99] Arbol llamado científicamente Alocasia macrorhiza, Schott.

[100] Semillas negras y redondas del Abrus precatorius (rosario de
cuentas, papilionáceas).

[101] Juego de origen chino.

[102] Interjección que equivale á ¡Claro está!

[103] Especie de nelumbium, planta acuática.

[104] Si á tu llegada viene á verte, con cara sonriente y cariñoso
gesto, sé más prudente que nunca: es un traidor, un encubierto enemigo.

[105] ¡Eh! Se dice para avisar á los transeuntes.

[106] La vivienda del diablo; la casa de Tócame-Roque.

[107] El que fué arzobispo de Toledo, primado de las Españas.

[108] Tela fabricada con el filamento de una variedad del abacá,
llamada albay.

[109] Hablarán todas las lenguas.

[110] Errare humanum est.

[111] Los chinos cambian la d en l: Pale Lámaso por padre Dámaso.

[112] Hermanos míos en Jesucristo.

[113] Venerable Santo patrón.

[114] ¡Cáspita!

[115] Among, señor.

[116] Para despedirle. Sulung, vete.

[117] Hemos vivido entre esas gentes sólo para enriquecernos y
calumniados.

[118] Bolsita de tela.

[119] Cestitos hechos con filamentos de la Dillenia ph. (magnoliáceas).

[120] Filamentos de un helecho de Filipinas, que se emplean para
tejer petacas y salakots.

[121] Compadre. Cumare, comadre.

[122] Filibustero.

[123] Tarantado, picado de la tarántula; saragate, buscarruidos.

[124] Indígena que profesa la religión católica.

[125] ¡Vete á la porra!

[126] Literalmente, el viejo del barrio.

[127] En Filipinas las ventanas de las casas son de madera y tienen,
en vez de cristales, conchas de nácar, blancas, finas y transparentes,
que forman un tablero de cuadros y rombos.

[128] Político español. Autor de Las Islas Filipinas, Madrid, 1880;
Recuerdos de Filipinas, y Las I. F. De todo un poco.

[129] Hechicero.

[130] Kundiman, canción

[131] Vamos, ¡á cantar!

[132] Europea.

[133] En 1879.

[134] En Calamba sucedió un hecho igual. (N. de la edición de Berlín).

[135] Para los que vienen tarde, los huesos.

[136] Diospyros sp. (ebenáceas), madera de gran precio, empleada
en ebanistería.

[137] ¿Tanauan ó Pateros? (Nota de la edición de Berlín). Se refiere
al lugar en que debió ocurrir el hecho relatado.

[138] Suelta de los gallos.

[139] Lásak, gallo blanco y rojo; talisain, gallo de varios colores;
búlik, gallo blanco y negro.

[140] Compadre.

[141] La partida.

[142] Coche descubierto.

[143] Molave macho. Vitex geniculata, P. Bl.; molave
hembra. Vitex op. Dungon. Heritiera litteralis ó Heritiera
sylvatica, Vid. Ipil. Afzelia bijuga ó Eperua decandra, P. Bl.,
leguminosas. Langil, Mimosa lebbek (?), P. Bl. Tíndalo ó balayon,
Eperua rhomboidea, Bl. Malapatay, Diospyros embrioptesis, Bl. Pino
ó palo-pino, Pinus Merkusii, Junk et Vrieuse, Pinus insularis,
Lindl. Narra colorada, madera roja parecida á la caoba, Pterocarpus
Santalinus, L.; narra blanca ó arana, Pterocarpus pállidus, Bl.

[144] En otro tiempo, propietarios de tierras, quienes para cultivarlas
utilizaban el trabajo de los indios, sujetos á servidumbre real. Elías
alude á las luchas sostenidas por los frailes contra los primitivos
colonos.

[145] Esta interjección la usan frecuentemente los indígenas y tiene
diversos significados (véase la nota de la pág. 181). Aquí puede
traducirse por ¡Está bien!

[146] Visaya, lengua de los habitantes de las Visayas ó
Bisayas. Comprende varios dialectos, y entre ellos el cebuano y el
panayano, que respectivamente se hablan en Cebú y Panay.

[147] El buen día se conoce á la mañana.

[148] Masón.

[149] Soy hombre, y de lo humano nada me es ajeno.

[150] Es el último verso de la 3.a égloga de Virgilio: Esclavos,
detened los arroyos.

[151] Dos versos bien conocidos del Dies irae: «Todo lo que estaba
oculto será revelado, nada quedará impune.»

[152] Sandoricum indicum, de Cavanilles (meliáceas).

[153] Desmodium canescens, De Cand., planta leguminosa.

[154] Del verbo timbâ, sacar agua de un pozo.

[155] Diminutivo familiar de algunos nombres. (Véanse en el texto los
que cita el directorcillo.) Los tagalos suelen suprimir la primera
sílaba del nombre y añaden la desinencia ng: Mariang, Andeng, Ticá,
etc. Otras veces ponen una y: Doray, Tinay, etc.

[156] Mote aplicado al general Jovellar.

[157] Nombre filipino del tifón.

[158] ¿Qué veo? ¿por qué? (N. del A.)

[159] ¿Qué preguntáis? Nada existe en la inteligencia que no haya
pasado antes por los sentidos. No se desea lo que se desconoce (Esta
nota y las siguientes son de Rizal).

[160] ¿Entre qué gentes estamos?

[161] ¿El alzamiento sofocado de Ibarra contra el alférez de la
guardia civil? ¿Qué mas?

[162] Amigo, Platón es mi amigo, pero lo es más la verdad. El negocio
es malo y temo un horrible fin.

[163] A palos se le arguye al que niega los principios.

[164] Catolis, en vez de qui tollis, etc.

[165] ¡Ay de ellos! donde hay humo hay fuego. Cada cual busca su
pareja; es así que le ahorcan á Ibarra, luego serás ahorcado...

[166] No temo la muerte en el catre, pero sí en el espaldón da
Bagumbayan.

[167] Lo escrito testifica. Lo que no curan los medicamentos, lo cura
el hierro; lo que no cura el hierro, lo cura el fuego.

[168] A grandes males grandes remedios.

[169] Pérfida ¿querías conservarlos también?

[170] Arded, malditos, en el fuego del hornillo...

[171] Lo sucedido, sucedido. Demos gracias á Dios que no estás en
las Islas Marianas sembrando camotes  (Camotes, patatas de Málaga,
Convolvulus batatas P. Bl.)

[172] No sea usted tonto, ¡es la Virgen de Antipolo! Esa puede más
que todos; no sea usted tonto.

[173] Si no es hombre y no se muere, será una buena mujer.

[174] En tagalo esta voz significa «piedra ancha». Se llama así á una
roca escarpada que se ve en el río. Frente á la roca había un puesto
de carabineros que vigilaba la entrada de mercancías por el Pásig.

[175] Gramínea larga y flexible que se emplea para cubrir las cabañas
de los indígenas; Imperata arundinácea Brogn.

[176] Atrio.

[177] Kaingin, siembra, labor del campo.

[178] Fumadero público de opio.

[179] 2 de Enero 1833 (N. de la edic. de Berlín).

[180] ¡Oh! ¡Oh! ¡Jesús, María, José!

[181] ¿Jovellar?





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Noli me tángere - Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau" ***

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