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Title: La Gente Cursi - Novela de Costumbres Ridículas
Author: Frías, Ramón Ortega y
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Gente Cursi - Novela de Costumbres Ridículas" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



  URBANO MANINI, EDITOR, MADRID



  LA
  GENTE CURSI


  NOVELA DE COSTUMBRES RIDÍCULAS


  ORIGINAL DE

  D. RAMON ORTEGA Y FRIAS


  [Ilustración]


  ADMINISTRACION

  CALLE DE SERRANO, NÚM. 14, BARRIO DE SALAMANCA

  MADRID.--1872



     Esta obra es propiedad de D. Urbano Manini, y nadie sin su
     consentimiento podrá reimprimirla ni traducirla.

     Queda hecho el depósito que marca la ley.


IMPRENTA DE JOSÉ A. MUÑOZ, ALMIRANTE, 7



CAPÍTULO I

La mujer casamentera.


Hay quien tiene al ridículo más miedo que á la muerte, así como hay
quien pone todo su empeño en caer en el ridículo más lastimoso.

Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias á los tontos y á los
nécios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por
naturaleza, y los que pudiéramos llamar contagiados. Si los primeros son
incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los
segundos hay remedio, y hé aquí por qué escribimos este libro.

No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales ó
científicas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente
es preciso que ante todo encierre el interés del drama, y que si se
escribe con el buen fin de enseñar, de corregir vicios sociales, es
preciso que enseñe recreando, que corrija deleitando.

Por más que los tipos que vamos á presentarte, amado lector, estén
copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios
que vamos á darte á conocer, este libro es al fin una novela, que unas
veces te hará reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrás de
seguir detalle por detalle, paso á paso, hasta el desenlace, que de
seguro desearás conocer. Léela como quien no piensa más que en solazarse
y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los
españoles, y aunque no quieras habrás de pensar alguna vez en lo que
nunca has pensado; tal vez comprenderás lo que no has comprendido,
porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien sucederá
que al leer alguna página digas: «Esto ya lo sabia yo;» lo cual no ha de
desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me
propongo.

Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado
por las pasiones inherentes á nuestra naturaleza, sino consecuencia de
las costumbres de una época ó de los extravíos de una generacion, no
tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le
pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sábios
aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la
masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el más ignorante quizá de sus
indivíduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una
etimología griega, ni siquiera latina, hace fortuna á despecho de las
eminencias científicas, se acepta, y todos la usan como absolutamente
indispensable para hacerse comprender.

Decimos esto, para justificar el título de la presente obra.

Hay en la sociedad un crecido número de indivíduos que han llegado á
formar verdadera _clase_, y que no tenian calificacion. Este tipo, que
no se parece á ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre,
se le puso. ¿Quién? No lo sabemos, aunque sí tenemos la seguridad de que
se fraguó en la cabeza de un hijo de la risueña Andalucía.

¿Qué significa este nombre?

Nada por su etimología, y sin embargo, dice mucho al oido y es preciso
reconocerle un gran mérito. La combinacion y sonido de las sílabas de
una palabra expresa por sí una idea triste ó alegre, una cosa sublime ó
grotesca, delicada ó ruda, y esto sucede con el calificativo de las
gentes que nos proponemos pintar. Los que no conozcan nuestro idioma, no
pueden comprender lo que significa la palabra _cursi_; pero al oirla
pronunciar no ha de quedarles duda de que se refiere á algo que es
ridículo, grotesco ó cosa por el estilo, y en esto precisamente consiste
el mérito de la calificacion.

No busqueis otra, porque no la tenemos en nuestra rica lengua, y en vano
le buscarán equivalente en otro idioma los que quieran honrar una vez
más nuestro ingenio y traducir este libro.

El tipo que nos ocupa lo encontrareis en todas las clases de la
sociedad; pero donde abunda es en esa clase desgraciada que está entre
el obrero y el aristócrata, entre el capitalista y el mendigo; esa clase
que es rica y se muere de hambre; que es pobre y gasta como los ricos;
que tiene todas las necesidades y ningun recurso, y que disponiendo de
grandes recursos, sabe hacer abstraccion de todas las necesidades.

El _cursi_ no puede equivocarse, no puede confundirse, no puede pasar
desapercibido. Se distingue por sus maneras, por su lenguaje, por sus
gustos, por sus inclinaciones y hasta por su aspecto, y si no hubiera de
acusársenos de exagerados, diríamos que se les conoce hasta en la sombra
que proyectan.

¿No es esto verdad?

Serian dignos de compasion si no fuesen dichosos, porque á pesar de lo
mucho que en ocasiones sufren, creen que representan un gran papel,
sienten halagado su amor propio, y son así felices.

Los que no tienen talento, ni corazon, ni vergüenza, son dichosos; esto
nadie lo ignora.

La criatura cursi tiene corazon, pero nada más, y el corazon, sin el
compensador unas veces de la inteligencia, y otras de la dignidad ó de
la voluntad, sin algunas virtudes; el corazon, repetimos, es como la
barquilla sin timon, velas ni remos, que flota á merced del revuelto
oleaje y concluye por sumergirse ó estrellarse en las rocas.

Vamos á concluir, porque ya hemos dicho bastante para advertencia ó
aclaracion.

Particularmente la mujer de la clase que intentamos retratar, tiene un
porvenir bien triste, pues por las condiciones de su carácter y por las
circunstancias de su manera de vivir, se acerca, aunque lentamente, á un
abismo, sin que de ello se aperciba hasta que está en el fondo de donde
no puede salir. El niño que corre tras la mariposa, cree que un paso más
no tiene importancia, y paso tras paso se aleja tanto, que cuando quiere
volver á su hogar no encuentra el camino.

Así van, lo mismo el hombre que la mujer, hasta el último extremo de
todos los extravíos, y hasta el crímen.

Y aquí principia nuestra historia.

Las nueve de la noche habian dado.

El mes de Julio principiaba.

En Madrid, en Julio y á las nueve de la noche, el calor sofoca bastante
para que se comprenda cómo los que habitan cerca del Ecuador pasan la
existencia en dulcísima ociosidad, y á trueque de no moverse se resignan
á no comer.

Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios; pero nos parece que
este refran no es aplicable con exactitud á todos los climas.

Permítasenos creer que en los países donde la temperatura es muy
elevada, la ociosidad, en vez de ser madre de todos los vicios, es
fuente de todas las delicias.

Salvo algunas calles, no más que algunas del centro de la Villa tres
veces coronada, se veian en las demás muchas criaturas que se habian
acomodado en las aceras para aspirar el ambiente, si no fresco, al ménos
puro de la noche, y decimos puro, en cuanto es posible en una poblacion
como Madrid, donde respiran y bullen sin cesar más de trescientas mil
personas.

Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las
puertas de los cafés y horchaterías.

Los afortunados que pueden ir en coche, recostábanse indolentemente
sobre los blandos almohadones de sus vehículos, y los que no tienen
otros medios de locomocion que sus piés, iban y venian flojamente, y de
vez en cuando sacaban el pañuelo para limpiar el sudor que corria por
sus rostros.

Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jóvenes en su mayoría, exhibiendo
las mujeres sus encantos y mirando á los hombres como si con los ojos
dijesen:

--Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es
casarse.

Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en
el casamiento.

En cambio ellos, á la vez que se extasian contemplando tanta belleza,
parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que
alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea.

Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y
algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregábanse á las
delicias de un amor misterioso.

Todo esto y mucho más tendremos ocasion de examinarlo detenidamente;
pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para
introducirnos en la vivienda de doña Robustiana del Peral, tipo que por
ser raro es digno de nuestra atencion.

¿No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus
amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo así?

De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun
mezquino interés las movia, os equivocásteis.

Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que
hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno,
gozan y se consideran felices.

Como no se ocupan de otro asunto, como á todas horas piensan en lo
mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa
para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota.

Doña Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la
posicion social que casi todas las casamenteras ocupan.

Tenia cincuenta y ocho años, era viuda, y no habia conseguido encontrar
segundo esposo.

Parece que despechada debió complacerse en que ninguna mujer se casase;
pero le sucedió todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo
grandes triunfos, á pesar de que habia tenido que luchar con hombres
opuestos al matrimonio hasta por instinto.

Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era dueña además
de algunos bienes, con lo cual podia vivir cómoda y decorosamente, y así
vivia, y su fortuna era por muchos envidiada.

Aseguraban todos los amigos de doña Robustiana, que el trato de esta
era el más agradable del mundo.

La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benévolas, y ponia
todo su cuidado en prodigar alabanzas á cuantas personas conocia.

Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su
posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con
frecuencia.

Tenia doña Robustiana una hija, á quien no hay que decir que habia
conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipiélago
Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo.

De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su
soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos.

Como se habia propuesto pasar la vida todo lo más agradablemente
posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo
lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas
familias.

Allí pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregándose unas
veces á la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras á la
lotería, y tambien á las delicias de la música, pues doña Robustiana,
entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias,
conservaba un piano.

El armonioso instrumento contaba una respetable antigüedad; estaba
desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de
mover sus teclas.

Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para
entregarse á su goce favorito de hacer casamientos.

Esto, más que nada, era un atractivo para las jóvenes que aspiraban al
lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que á toda
costa querian casar á sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y sólo
por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para
casarlas.

Despues tocaban los inconvenientes; pero ¿qué importaba esto? Las habian
casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cónyuges,
arreglábase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese
aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el
contrario, decia:

--No es mia la culpa, pues nunca me agradó que se casase con semejante
hombre; pero ella se empeñó, y consentí para evitar escándalos y que la
justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo.

Tampoco esto menguaba el crédito de la casamentera, pues de todos modos
quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era
lo más interesante para las que á toda costa querian marido.

Si cuando las mujeres cumplen veinticinco años no ejerciese gran
influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas
desgracias; pero á los veinticinco años, y particularmente á los
treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, sólo por casarse,
para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no
representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace
sufrir más que todas las desgracias, más que todos los tormentos.

Si no para todas, para algunas mujeres el celibato á cierta edad es mil
veces peor y más horrible que la deshonra, ó de otro modo, es para ellas
una deshonra de cierto género, deshonra que pueden sufrir, pero que no
aceptan y con la que jamás se resignan.

A cierta edad, dice una mujer:

«Soy casada, soy viuda.»

Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible,
le cuesta más trabajo que hubiese podido costarle á Luis XIV decir que
se habia equivocado.

Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no
han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pícara
doncellez que las agobia como una montaña de plomo.

Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir.

Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden
representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo más
que hacer que entregarse á las dulzuras y amarguras del matrimonio.

No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha
querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin
reconocerle ningun derecho.

Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer.

Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero ¿de qué le sirve?

Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diéseis.

A la mujer todo le está prohibido, absolutamente todo. No se la permite
más que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no
puede pensar en otra cosa, á nada más aspira, y es capaz de cometer todo
género de locuras para ver realizada su única aspiracion.

No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la
sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas,
vuestras debilidades ó extravíos; pero si en ciertas cuestiones llegais
á la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra
dignidad á vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de
vuestros delicados sentimientos á la triste realidad de todas las
vulgaridades, de todas las pequeñeces, de todas las necedades, entonces
cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por más que
la advertencia os desagrade.

Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los
destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no
aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en
muchas ocasiones se empeña en ser esclava la que ha nacido para señora
absoluta.

Hemos dicho que doña Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho años, y
si más tenia, ella no confesaba más.

Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho más que de la
parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la física.

De escasa estatura era doña Robustiana; pero en compensacion era
excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus
naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas
de la viuda.

Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz,
corta, ancha y aplastada, y escondíanse sus ojos, muy pequeños,
redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud.

Escasísima era la cabellera, en otro tiempo de color castaña, de la
viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un añadido en la parte
posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente
colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su
peinadora.

En la forma del peinado veíanse lo que pudiéramos llamar reminiscencias
de pasadas y olvidadas modas; pues doña Robustiana no transigia
fácilmente con todo lo moderno.

Aún conservaba algunos vestidos de los últimos años de su matrimonio, y
aunque reformados, tenian el sello inequívoco de la antigüedad,
resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de
fiesta, ó ciertas noches para recibir á sus amigos, presentaba una
figura bien extraña por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera
decirse que sin más trabajo que retratarla con toda exactitud, se
hubiera tenido una caricatura.

Era muy aficionada á cargarse de adornos, y se los ponia de todas
clases. La cofia ó toquilla, ó como quiera llamarse, que cubria su
cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores.

Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes
medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto
esposo durante la luna de miel.

Así ataviada, sentábase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con
la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho
lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo allí
y contagiando con su sueño á su señora.

El gato no servia para cazar ratones; pero doña Robustiana lo tenia en
gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en
su cama para que le calentase los piés.

Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doña
Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba,
lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la mañana,
comia á las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia.

Lo único moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no
tenia más de veinte años, y era bonita, alegre, demasiado alegre quizá,
viva, habladora, aficionada á toda clase de enredos y embustera hasta lo
inconcebible.

Si estas cualidades hubieran podido ser apreciadas por la viuda, la
sirviente habria tenido que buscar nuevo acomodo; pero esta era muy
hábil para fingir, y aquella no pudo comprender la verdad.

Juana, que así se llamaba la sirviente, tenia un novio, del que nos
ocuparemos oportunamente, y aspiraba á casarse, aunque para conseguirlo
así no llevaba el mejor camino.

Cuando el ama y la criada estaban solas, no se oia en la casa más ruido
que el de la voz fresca y aguda de la sirviente, que cantaba con
envidiable alegría y como quien es completamente feliz.

No falta decir sino que la casa en que habitaba la viuda estaba en la
calle del Ave-María.

Recordaremos que habian dado las nueve y que el calor era sofocante.



CAPÍTULO II

Los amigos de doña Robustiana.


Encontrábase la señora del Peral en un gabinete y sentada junto al
balcon, agitando su abanico, sudando y contemplando el puro horizonte
cuajado de estrellas.

Apoyaba los piés en un pequeño taburete, y allí habia hecho que se
colocase su amado _Morito_, ó lo que es igual, el gatazo rubio, porque
en la falda le daba demasiado calor.

En el centro de la habitacion habia una mesa con cubierta de paño verde,
y sobre la mesa un quinqué con pantalla bastante grande y de color
oscuro.

Debajo de aquella mesa, y en las noches de invierno, colocábase el
brasero, los tertulianos de doña Robustiana introducian las piernas por
debajo del luengo tapete, apoyaban los brazos en la mesa y jugaban á la
lotería, cuando no se tocaba el piano ó no habia quien propusiese algun
juego de prendas.

En el verano hacian lo mismo, aunque no tenian que buscar el calor del
brasero.

Doña Robustiana habia cenado, es decir, estaba bien preparada para toda
la noche, y aguardaba con impaciencia á sus amigos.

Una campanilla resonó.

Juana, que en el balcon de otro aposento se deleitaba en aspirar el
ambiente de la noche, corrió hasta llegar á la puerta, abrió y dejó el
paso libre á dos personas.

Eran dos mujeres.

La una vieja y la otra jóven.

La primera flaca, consumida, asmática y de color bilioso.

La segunda tampoco tenia que deplorar el exceso de robustez; pero
gracias á los algodones, crinolinas, aceros y ballenas, presentaba
formas medianamente regulares de mujer.

Lo mismo que sus formas, era mentira su color, pues á la naturaleza le
habia parecido bien hacerla morena, y ella se habia convertido en
blanca.

Si la jóven no era lo que parecia, parecia algo bastante agradable, pues
en realidad no carecia de belleza, y sobre todo de gracia, y tenia
suficientes atractivos para hacer que en ella se fijasen las miradas de
los hombres.

Sonreia constantemente, no sabemos si para hacerse agradable ó para
lucir la blanca dentadura que le habia dado la naturaleza.

No era menester más que mirarla para comprender que era de carácter vivo
y alegre.

Donde ella se encontrase, segun doña Robustiana y sus amigos decian, no
era posible la tristeza.

Con tales condiciones, debia suponerse que encontraria pronto un marido,
con tanta más razon, cuanto que la viuda se habia declarado sobre este
punto su protectora.

Tenia además muchas habilidades, pues cantaba, aunque sin saber música,
graciosas canciones del género andaluz, y con pretensiones de actriz
recitaba los mejores trozos de las comedias sentimentales.

Además, ella tenia la pretension de vestir con mucho gusto, con mucha
elegancia, y creia firmemente que por todas partes iba encendiendo
corazones.

Sus padres habian tenido la desgraciada ocurrencia de bautizarla con el
nombre de Francisca; pero todos la llamaban Paquita, y sólo así pudo
ella resignarse con nombre tan vulgar.

Llevaba un vestido de una de esas telas que no tienen nombre, que son
muy vistosas, que cuestan muy poco, y que en realidad valen mucho ménos
de lo que cuestan.

No sabemos con cuántos volantes, rizados, lazos y otros adornos, iba
cubierto el vestido.

Lo habia estrenado aquella tarde, lo habia lucido en el Prado, y luego
en el café, y pensaba dar el último golpe de efecto en la tertulia. Para
conseguirlo así se presentaba más tarde que de costumbre, suponiendo que
encontraria ya reunidos á todos los amigos de la viuda.

Ya sabemos que Paquita se equivocaba y que tenia que sufrir un
desengaño, puesto que no habia de encontrar más que á doña Robustiana y
á su _Morito_.

La madre de Paquita, medio ahogada por haber subido la escalera, empezó
á toser, y como si perdiese el equilibrio, extendió un brazo y se apoyó
en uno de los hombros de su hija.

--¡Jesús, mamá!--exclamó esta, desviándose bruscamente.

--¿Qué te pasa?--preguntó la madre cuando pudo hablar.

--Pues no parece sino que yo sea un guardacanton... Mira cómo me has
puesto la puntilla del fichú.

--Pues, hija mia, con los viejos hay que tener paciencia, y debes
considerar que primero es tu madre que tus moños y pelendengues. Por tí
sufro todo esto, pues yo estaria mejor en casa, aunque allí tampoco me
falta que rabiar con la calma de tu padre.

--¿Piensas armarme una escena?

--Mira, niña, si has creido que voy á tolerar todas tus desvergüenzas...

--Pero, mamá, con tu genio nos pones en ridículo.

--Eso es, porque no dejo que me maltrates.

Este delicioso diálogo sostenian en el recibimiento y mientras se
quitaban y colgaban en una percha las mantillas.

Juana, con una lamparilla en la mano, permanecia inmóvil, sonreia
maliciosamente, y como no podia estar mucho tiempo callada, dijo á
Paquita:

--Vamos, señorita, no se enfade usted con su mamá.

--Pues esto no es nada,--repuso la biliosa madre;--habia usted de verla
en casa.

--Ahora puedes decir que soy una fúria, y con la buena fama que tú me
des...

--La que mereces.

--¿Ha venido alguien?--preguntó Paquita á la sirviente.

--Nadie todavía.

Hizo la jóven un gesto de disgusto; pero como tenia la costumbre de
decir siempre lo contrario de lo que sentia, murmuró:

--Me alegro.

Y haciendo crugir la pomposa falda y balanceando la cabeza, atravesó con
paso firme y altivo continente algunas habitaciones, hasta llegar al
gabinete donde se encontraba doña Robustiana con su amado _Morito_.

La madre siguió como mejor pudo á la hija.

--¡Ah!...--exclamó la viuda, poniéndose en pié.

El gato levantó la cabeza perezosamente, relamióse, cambió de postura, y
volvió á dormirse.

Resonaron no sabemos cuántos besos, cruzáronse las palabras más
cariñosas, y las tres amigas se sentaron.

Doña Robustiana, cumpliendo su deber, principió por dirigir mil
alabanzas á Paquita, hablándole además del vestido nuevo, preguntándole
cuántas varas de tela habia empleado y cuánto le habia costado:

Paquita respondió á todo, mintiendo segun su antigua costumbre.

La madre se quejó del calor, de los nervios y de la imperturbable calma
de su marido, y como cosa que viene de molde, habló del genio insufrible
de su hija.

A tal punto llegaban de la conversacion, cuando nuevamente resonó la
campanilla.

--¿Quién será?--preguntó la madre de Paquita.

--Siento que nos interrumpan,--dijo doña Robustiana,--porque ahora iba á
darles á ustedes una noticia de interés.

--Tendremos paciencia, y luego será.

Otras dos señoras se presentaron: otra madre con su hija, tipos opuestos
á las que hemos dado á conocer.

La primera, que apenas tendria cincuenta años, era excesivamente robusta
y con formas tambien excesivamente desarrolladas.

La cara, de color rojo amoratado, era más ancha que larga, y estrecha y
deprimida su frente, grande su boca, y extremadamente gruesos los
labios.

La nariz casi no merecia este nombre, pues más que nariz parecia un
trozo de remolacha colocado sobre la boca.

Sus pequeños ojos, de color indefinible, carecian de pestañas.

Copioso sudor corria por sus megillas.

Apenas podia respirar, y muy trabajosamente agitaba el abanico de
descomunal tamaño y de vivos colores.

A pesar de su fealdad, no era desagradable, pues sin cesar sonreia como
pueden sonreir los querubines, y en su semblante se revelaba una
candidez y una benevolencia sin igual.

Vestia lujosamente, pues toda su ropa y adornos eran de bastante valor;
pero al mirarla era preciso acordarse de la fábula de la mona que se
vistió de seda.

La segunda, es decir, la hija, se parecia mucho á la madre, era tambien
rechoncha, prodigiosamente desarrollada y de abultadas formas, que es lo
mismo que decir que era una mujer compuesta de diversos y grandes
bultos, sin que el emballenado corsé pudiese apenas contener ó disimular
tan colosales protuberancias.

Esto era una desgracia de gran consideracion, porque entre otros
inconvenientes, presentaba el de que sólo con mucho trabajo podia
mirarse los piés la jóven.

Tambien la candidez se pintaba en su semblante.

La robustez no tiene que ver nada con la sensibilidad, y por más que el
lector se sorprenda, debemos decir que la mofletuda niña era sensible
como una heroina de melodrama. Hablaba poco y suspiraba mucho y con
tanta languidez, que no podian escucharse con indiferencia sus tiernos
suspiros.

Impresionable y tímida hasta el último grado de la timidez, era muy
fácil producir en ella un trastorno, y más de una vez se la habia visto
desfallecer como la mujer más delicada.

Habia leido muchas novelas del género romántico, y queria á toda costa
ser una mujer sublime.

Al oirla suspirar, al ver cómo languidecia, se hubiera creido que, á
pesar de su temperamento sanguíneo, era una de esas criaturas de
organizacion débil, en que los nervios representan el principal papel.

No hay que decir que en su envidiable organizacion sucedia todo lo
contrario.

Comia poco, muy poco, segun ella aseguraba; pero la verdad Dios la
sabia.

Era desgraciada, y su desgracia consistia en la ruda franqueza de su
madre, que aunque con la mejor buena fe del mundo queria complacer á su
hija y representar la comedia, olvidábase con frecuencia de su papel y
hablaba de los tiempos en que vivia su esposo y ella bajaba al obrador y
vigilaba para que los trabajadores cumpliesen su deber.

Cuando la madre decia esto ó cosas por el estilo, su hija, que no se
separaba de ella un instante, le tiraba del vestido á guisa de
advertencia y le dirigia miradas angustiosas.

Llamábase la madre Cecilia, y á la hija le habian puesto el sublime
nombre de Adela.

El padre de esta, que ya no existia, habia tenido un gran taller de
cerrajería, y habia conseguido hacer una respetable fortuna.

La viuda y la hija del cerrajero podian, por consiguiente, gastar mucho
y presentarse con verdadero lujo.

Aspiraba la niña á casarse con un gran señor, ó por lo ménos con un
hombre que algo tuviese de aristócrata, y algo tambien de romántico,
borrando ella así sus plebeyos antecedentes.

En los paseos, en los teatros, en los cafés y en todos los sitios
públicos, veíase siempre á la sensible Adela en compañía de su madre;
pero hasta entonces no habia conseguido su objeto, si bien abrigaba la
esperanza de conseguirlo, porque habia fijado en ella sus miradas cierto
caballero de ilustre cuna, que la semana anterior habia sido presentado
á doña Robustiana del Peral, y que ya formaba parte de la tertulia.

Como se ve, Adela y Paquita eran dos tipos opuestos. La primera aspiraba
á la realizacion de sublimidades, y la segunda queria á toda costa un
esposo rico, que pudiera gastar mucho dinero, engalanarla, llevarla en
coche, emprender viajes los veranos y otras cosas por el estilo.

Cruzáronse nuevos saludos, y otra vez cambió el gato de postura, y se
entabló conversacion sobre los baños, lo cual dió á doña Cecilia ocasion
para decir:

--Cuando vivia mi Mateo, las costumbres eran distintas. Todas las tardes
bajábamos al rio...

Interrumpióse, porque sintió que Adela le tiraba del vestido.

--¡El rio!--exclamó Paquita con acento de repugnancia.--¡Jesús!

--Papá era caprichoso,--dijo entonces la jóven mofletuda.

--Sí, mucho debia serlo.

--Pero era un hombre muy honrado,--replicó doña Cecilia.

--¿Y quién ha puesto en duda su honradez?--dijo la escuálida madre de
Paquita con su natural acritud.

Doña Robustiana creyó conveniente tomar parte en la conversacion, y
dirigiéndose á la sensible Adela, le dijo:

--Creo que esta noche no se olvidará de nosotras Eduardo.

Púsose Adela colorada como un tomate, y exhaló un lánguido suspiro.

Paquita desplegó una sonrisa burlona.

Por tercera vez sonó la campanilla.

Pocos momentos despues se presentó un hombre sencillamente vestido, y
cuya raida levita revelaba una situacion demasiado triste.

Era alto, muy delgado, moreno y de mirada viva y penetrante; pero al
entrar dió á su rostro una expresion melancólica muy profunda.

Era el que poco antes habia sido nombrado por doña Robustiana.

No se le conocian á Eduardo bienes de fortuna, ni habia seguido ninguna
carrera ni aprendido ningun oficio.

Aseguraba él que vivia con el escaso producto de algunos bienes que
habia heredado de sus padres, y se resignaba con su pobreza, aunque esta
debia tener un término, pues un tio suyo, ricachon avaro que vegetaba en
las montañas de Galicia, tenia otorgado testamento legando toda su
fortuna á su sobrino.

Si esto era verdad, Dios lo sabia.

Eduardo habia leido mucho, decia que era un hombre de corazon, miraba
con desprecio los bienes mundanos, no habia tenido más amor que el de
las musas, y sabia suspirar tan lánguidamente como Adela.

A esta le habia dedicado algunos versos, donde se hablaba del espíritu,
del corazon, de las regiones etéreas, del aroma de las flores, de los
resplandores de la luna, de los pensiles, de las suaves auras de la
noche y de la eternidad.

Eduardo era, pues, un hombre sublime, espíritu puro, que apenas se
concebia cómo podia vivir en el inmundo lodazal de pasiones y ruindades
de este valle de lágrimas.

Y si no era así, por lo ménos así lo habia creido Adela.

La verdad la sabemos nosotros. Eduardo era un bribon consumado, que
vivia de las farsas y que sabia representar admirablemente todos los
papeles.

Comprendió que Adela era una mina de oro, y se propuso explotarla.

Si para conseguirlo era preciso casarse, se casaria, pues nada le
importan los lazos y compromisos al que no tiene intencion de
respetarlos.

Si lo hubiésemos visto cinco minutos antes, no lo habríamos reconocido.

Saludó cortésmente, y pareció turbarse cuando estrechó la robusta mano
de Adela.

Ella se estremeció, y no hay que decir que los estremecimientos no puede
disimularlos una criatura de las formas de la romántica niña que nos
ocupa.

Eduardo dijo que estaba sofocado, que era insoportable la atmósfera de
Madrid y que no deseaba ser rico más que para vivir largas temporadas en
el campo, en la callada soledad, á la sombra de los frondosos árboles, á
orillas de los murmuradores arroyos, contemplando el puro horizonte,
escuchando los armoniosos cantares de los inocentes pajarillos, y amando
y siendo amado, y pudiendo así olvidar al mundo egoista con todas sus
pasiones y debilidades.

Suspiró Adela.

--Pues, hijo,--replicó doña Cecilia,--yo estoy acostumbrada á la
animacion, y no podria vivir así.

--Hay almas que nacen para la soledad, para el misterioso silencio.

--Es verdad,--repuso tímidamente la mofletuda niña.

--Está usted muy sublime esta noche,--dijo Paquita.

--Hay criaturas que mueren sin que el mundo las haya
comprendido,--murmuró tristemente Eduardo.

Y dirigió una mirada elocuente á la sensible Adela.

Esta se ruborizó y bajó los ojos.

Doña Robustiana creyó la ocasion oportuna, y le dijo al truhan.

--Eduardo, tenemos que hablar, y lo haremos en la primera ocasion.

Presentóse otro tertuliano.

Era un jóven imberbe, pálido y enteco, que apenas se atrevia á moverse
por temor de que se estropease su ropa.

Llevaba corbata de vivos colores, grandes botones en la camisa, guantes
amarillos y un baston muy delgado con puño reluciente y que sin cesar le
servia de entretenimiento.

No queria este aparecer sublime, ni pobre, ni tímido; sino todo lo
contrario, pues tenia pretensiones de hombre de mundo, de calavera, de
desalmado, y con frecuencia hablaba de orgías, de aventuras amorosas, de
desafíos y de otras cosas del mismo jaez.

Vivia con el producto de un modesto empleo; pero él aseguraba que
recibia de sus parientes cantidades de consideracion, que se disipaban
sobre el tapete verde y en otros excesos.

Llamábase Juan, y por su desgracia no tenia derecho al apellido de
Tenorio, sino al de Gonzalez.

No era posible que el imberbe Juanito engañase al mundo, pues ninguna
habilidad tenia para representar su papel.

Ni siquiera habia sospechado que al hacerse el calavera se ponia en
ridículo, sino que, por el contrario, creia firmemente que todos lo
miraban como puede mirarse á un verdadero don Juan.

A pesar de esto, escuchaba humildemente las órdenes que sus jefes le
daban, no se atrevia á faltar á la oficina, y con la mayor prudencia
evitaba cualquiera cuestion que pudiera tener un término desagradable.

A Juanito le sucedia lo que desgraciadamente le sucede á muchas
criaturas, empeñándose en ser todo lo contrario de aquello para que han
nacido, con lo cual resulta que no se llega á ser nada.

Los que tienen el buen talento de aprovechar sus disposiciones
naturales, consiguen más ó ménos tarde hacer su fortuna.

El jóven era débil, y se empeñaba en ser fuerte; era tímido, y queria
aparecer valeroso; tenia un corazon sensible, y se esforzaba para obrar
como descorazonado.

¿Qué habia de conseguir en el mundo?

Empeñarse en ir contra la naturaleza, es una estupidez ó una locura.

Despues de Juanito fueron otras personas.

Casi todas ellas llevaban el bolsillo, vacío y la cabeza llena de
tonterías.

El piano se abrió para que tocase un jóven que hacia sus estudios en el
Conservatorio, y que tenia pretensiones de artista.

Despues de muchos ruegos se dignó Paquita cantar, moviendo mucho la
cabeza y poniendo los ojos en blanco.

Eduardo habló con Adela.

Doña Cecilia se ocupó de la honradez de su difunto marido.

La madre de Paquita murmuró sin cesar, y por fin se decidió jugar á la
lotería.

Esto les pareció muy bien á los unos y muy mal á los otros; pero todos
se colocaron al rededor de la mesa, y sobre esta se extendieron los
cartones.

No queremos describir con todos sus detalles esta escena.

Doña Robustiana los observaba á todos con disimulo y atencion profunda,
no para coartar la libertad de nadie, sino para recoger datos que podian
serle de mucha utilidad.

Más de una vez viéronse las mejillas de Adela rojas como si fuese á
brotar la sangre.

Eduardo, como todo hombre pensador, se distraia muy á menudo y dejaba de
apuntar, con perjuicio de sus intereses.

Paquita, excesivamente nerviosa, arrugaba con frecuencia el entrecejo,
palidecia, hablaba con voz insegura, y habia momentos en que parecia que
era presa de un malestar inexplicable.

El jóven que estaba á su lado se turbaba tambien.

Y doña Robustiana, que se habia puesto sus lentes, continuaba
imperturbable sacando bolas y diciendo números.

Combináronse ambos y ternos, ganaron los unos y perdieron los otros, y
como el calor era sofocante, todos acabaron por languidecer y el juego
terminó.

Otra vez se abrió el piano.

Doña Robustiana aprovechó entonces la ocasion para hablar en voz baja
con Eduardo, ponderando las cualidades de Adela.

A las doce de la noche se disolvió la reunion.

Al salir Eduardo dirigió á la criada picantes galanterías.

Cuando estuvieron en la calle, suspiró Adela y exclamó:

--¡Ay, mamá!

--¿Qué te sucede?--preguntó doña Cecilia.

--¿No le parece á usted que Eduardo es un hombre sublime?

--Sí; pero habla de una manera que no lo entiendo.

--Su elocuencia no puede estar al alcance de usted.

--Ya ves, hija mia, yo me he criado entre otra clase de gente.

--Es preciso que olvide usted eso, mamá.

--Tú has pasado bien la noche, y esto es lo que me importa.

--Sí, muy bien... ¡Qué noche!... No la olvidaré jamás.

Y Adela suspiró, no suavemente, sino pon toda la fuerza de sus vigorosos
pulmones.

Entre tanto, Paquita y su madre sostenian un diálogo de muy distinto
género.

--Te advierto,--decia esta con tono de muy mal humor,--que no quiero que
te distraigas cuando juegas.

--No sé si me he distraido.

--¿Y qué te decia el señor de Montalban cuando temblabas?

--Mamá, yo no he temblado.

--Paca, hay ciertas cosas...

--Déjame en paz.

--Tendré paciencia como siempre.

--Yo tambien necesito mucha.

--¿De qué puedes quejarte?

--De mi pícara suerte, porque paso el dia trabajando y sufriendo tu
genio, y cuando llega la hora del descanso se me presenta esa tonta de
Adela cargada de joyas para recordarme mi pobreza; pero poco he de
poder, ó tomaré venganza.

--Si tienes esperanza en la lotería lo mismo que tu padre...

--La tengo en mi talento.

--Entiendo, Paca, entiendo: lo dices por ese buen mozo que antes nos ha
seguido.

--No ha sido esta noche la primera vez.

--¿Pero quién es ese hombre?

--Un capitalista.

--¡Un capitalista!

--Y Dios mediante, no se me escapará.

--Siempre estás soñando con el dinero.

--¿Quieres que me resigne á vivir como vivo?

--Me parece que tienes que comer, que te presentas decentemente...

--Sí, con un vestido de relumbron, con algunos lazos que no valen una
peseta...

--Pero...

--Y poco ménos que sin camisa, pues ya sabes que no me queda más que
una, y para lavarla tengo que pasar una noche sin dormir.

--Más vale pobreza con honra, que riquezas con deshonra.

--No me parece deshonra el casarse con un hombre rico.

--Si lo consiguieras...

--Allá veremos.

--Por de pronto tenemos que pensar...

--Sí, en el casero, que no nos deja vivir; en el carbonero, que se
desvergüenza cada dia, y en el aguador, que armará veinte escándalos.

--La culpa la tiene tu padre con su cachaza. Como á él nadie le
molesta...

--La culpa la tiene la pobreza con honra que á tí te parece tan bella.

--Cuidado, Paca...

--Antes que seguir representando el papel que represento, prefiero la
muerte.

Paca y su madre llegaron á su casa.

Abrieron, encendieron un fósforo y subieron hasta el cuarto piso.

No tenian criados, y en cambio Adela tenia tres.

Entraron en su pobre habitacion, cuyo miserable aspecto contrastaba con
los volantes, puntillas y lazos que adornaban á la jóven.

El padre cachazudo, que se habia quedado en casa, dormia ya
profundamente y con la tranquilidad de las almas justas.

Una jícara de chocolate sirvió de cena á la madre y á la hija.

Esta se desnudó, arregló su cama con un pobre colchon en el suelo, y se
acostó para soñar con el dinero del capitalista buen mozo.

Despues de sueño tan agradable, la realidad debia ser bien triste, debia
parecerle doblemente horrible.

Entre tanto, Adela y su madre habian devorado un trozo de jamon y dos
chorizos, y se habian acostado en mullidos lechos, para roncar
estrepitosamente.

Si Adela soñaba, veia al sublime Eduardo junto á una mesa y escribiendo
sentidos versos.

En cuanto á la mesa, no se debia equivocar la sensible jóven, porque
efectivamente, Eduardo se encontraba entonces junto á una mesa, entre
una docena de tahures, viendo cómo los naipes caian sobre el tapete y
esperando la ocasion de _levantar un muerto_, que le permitiese almorzar
al otro dia.

El fingido calavera habia dicho que pensaba ir al casino y pasar allí
jugando el resto de la noche; pero se fué á su pobre morada, desnudóse,
se santiguó devotamente y se acostó, para poder levantarse al otro dia á
la hora de ir á su trabajo.

La verdad es, que si Juanito se hubiese casado con Paquita, tal vez
habrian sido dichosos; pero ella queria un hombre rico y él soñaba con
novelescas aventuras, cuyo término fuese el amor de alguna ilustre dama.

Doña Robustiana cenó en compañía de su gato, y trazó su plan para que al
ménos Adela consiguiese casarse con el sentimental Eduardo.

Todo esto, que parece poco, entrañaba mucho y debia producir las más
graves consecuencias.

¿Qué suerte estaba reservada á las dos jóvenes en quienes
particularmente hemos fijado la atencion?

Ambas estaban, como suele decirse, fuera de su centro, se habian
empeñado en realizar un absurdo, y no debian esperar nada bueno.

En cuanto á Juanito, era tambien digno de compasion, porque sus
estúpidas pretensiones debian producirle más de un sério disgusto.



CAPÍTULO III

La paloma y el gabilan.


El buen mozo de quien habia hablado Paquita, era efectivamente dueño de
una gran fortuna, que habia heredado y que disfrutaba, ó más bien
disipaba para sostener toda clase de vicios, para satisfacer todas sus
pasiones.

Se habia educado, como por desgracia se educan en España muchos de los
que nacen en la opulencia, acostumbrándose á la ociosidad y sin
contrariarse una sola vez en su vida.

Pertenecia á una familia ilustre, estaba relacionado con lo que se llama
el gran mundo, y representaba, en fin, un papel deslumbrador.

Todo esto significa que era uno de esos calaveras de buen tono, que por
más que hayan llegado al último punto de la depravacion, como son
ricos, son respetados por todo el mundo, y fácilmente consiguen, no sólo
la indulgencia de la sociedad, sino el perdon absoluto de sus criminales
extravíos.

Si el capricho de muchas mujeres le habia obligado á derramar el oro á
manos llenas, los caprichos suyos habian hecho derramar muchas lágrimas
á otras infelices.

--Así se compensa todo,--decia indiferentemente el aristocrático
calavera,--pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si
me acusan las que han sufrido por mí, yo tengo el derecho de acusar á
las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia.

No es menester decir más para dar á conocer con toda exactitud al
opulento jóven.

Por lo demás, sus ideas eran las del más perfecto caballero del siglo
XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino uniéndose á una mujer de
plebeyo orígen.

Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en
cuanto á su valor lo habia probado muchas veces con la más fria
serenidad, y ante el peligro de perder la existencia.

Batirse era para él una cosa muy sencilla, y la disputa de ménos
importancia la hacia cuestion de honor.

¡Pobre Paquita!

¿Qué debia sucederle con un hombre así?

El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear,
estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas
situaciones debia ejercer grandísima influencia en las mujeres.

Jóven, hermoso, rico y valiente, ¿cómo habia de resistirle ninguna
infeliz?

Tenia la guerra declarada á las mujeres de cierta clase, á esas que se
empeñan en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera
pueden ser, y que están mal avenidas con la modestia, que las sublimaria
si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de
las virtudes.

Ya hemos dicho que á esas infelices se las conoce al primer golpe de
vista. No hay más que verlas en la calle, examinar su atavío, fijar la
atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente,
cualquier hombre hará la última prueba diciéndolas una galantería,
quedándose detrás y observando cómo vuelven la cabeza, suben y bajan los
hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad
nerviosa.

¿Pues y las sonrisas?

¿Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus órbitas
como si estuviesen mal avenidos con encontrarse allí aprisionados?

Otra señal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las
palabras más cultas y su acento no se parece á ninguno.

Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre
calavera.

Encontrábase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados
de la córte y á ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas
mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia:

--Una _cursi_.

Nuestro jóven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y
agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus
víctimas.

Paquita fué una mañana al Prado á ver una formacion de tropa, porque la
tropa le encantaba, y para ella la música más agradable era la de los
figles, los serpentones y las trompetas.

Iba y venia mirando á los soldados que por lo ménos tenian el empleo de
capitan, y el calavera, que paseaba á caballo, dijo para sí:

--Es graciosa.

Más le hubiera valido á la desgraciada Paquita quedar allí muerta bajo
la cureña de un cañon.

El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y
cuando hubo llamado la atencion de la jóven, le dirigió una mirada
ardiente, se alejó, entregó á su lacayo el hermoso cuadrúpedo, y volvió
al sitio donde Paquita se encontraba.

La madre de esta tosia, y el calavera aprovechó aquellos momentos para
decir á la morena blanqueada.

--Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres.

Paquita bajó los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los
levantó para mirar frente á frente al que por ella sentia trastornado el
juicio.

¡Cómo palpitó el corazon de Paquita!

El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de
Saavedra, averiguó fácilmente quién era la niña de los hermosos ojos.

Varias veces la encontró como por casualidad, la siguió y le dijo con
las miradas mucho más de lo que hubiera podido decirle con los labios.

Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quién era su
galanteador, y cuando supo que era rico, acabó de perder la cabeza,
discurriendo así:

--¿Por qué no ha de quererme de buena fe? ¿Acaso no se ven todos los
dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor
no repara en estas pequeñeces. Yo soy jóven, bella y elegante, y esto es
todo lo que necesito.

Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplicó el número de sus
adornos, porque creyó que así su belleza seria más interesante, y
algunos dias disminuyó considerablemente su alimento para poder
comprarse una cinta ó cualquiera bagatela por el estilo.

--La ropa se ve,--decia,--y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este
pícaro mundo las apariencias lo hacen todo.

No pensó Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas
cosas que no pueden ocultarse á la mirada inteligente de los hombres que
conocen el mundo.

Alfredo creyó llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia
siguiente del en que hemos asistido á la agradable reunion de los amigos
de doña Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico
la siguiese desde el Prado por la calle de Alcalá.

--Mamá,--dijo la niña,--es preciso absolutamente hacer un sacrificio
más, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir.

--Siempre me pedirás algo que cueste dinero.

--Pero que hemos de disfrutar las dos.

--¿Y qué deseas?

--Entrar en el café.

--¿Y no has pensado?...

--He pensado en todo.

--Ya veo que te sigue ese hombre.

--Quiero hacer una prueba, mamá.

--Y luego tu padre...

--No hables tan alto, que todo el mundo te oye.

--Iremos al café; pero habrás de contentarte con un chico de leche
merengada.

--Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea...

--Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si además te empeñas en
tomar barquillos...

--Pues es claro.

--¿Sabes cuánto dinero llevo en el bolsillo?

--Ni me importa saberlo,--replicó la jóven con aspereza.

Y luego se volvió, desplegó una sonrisa, y lanzó al calavera una mirada
que hubiera podido calcinar una piedra.

Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos á Paquita el mérito de
sus tentadores ojos.

La madre seguia refunfuñando; pero entraron en el café del Iris.

Con aire casi majestuoso atravesó Paquita el primer departamento.

Todos los hombres la miraban, pero ella no miraba á ninguno, porque
suponia que Alfredo la seguia y la observaba.

Paquita llevó su severidad hasta el punto de hacer un gesto de
desagrado cuando algun atrevido le decia que era bella ó que con sus
ojos iba esclavizando corazones.

A la madre le desagradaba mucho que los hombres fuesen tan audaces.

Sentáronse.

Pocos momentos despues, y junto á la mesa inmediata, se sentó Alfredo.

Entonces fué cuando la madre de Paquita pudo examinar al pretendiente, y
sin que ella supiese por qué, la desagradó mucho.

¿No era un hombre rico, segun ella misma ambicionaba para su hija, y
además de buena educacion y distinguidas maneras?

Esta pregunta se la hizo la buena señora; pero no fué bastante para que
se tranquilizara.

El instinto de madre le decia la verdad.

En los ojos de Alfredo habia algo repulsivo para la madre de Paquita.

Las miradas del seductor eran para la jóven halagüeñas hasta el último
extremo: pero á la madre le producian el mismo efecto que la mirada
fascinadora de la culebra.

El mozo se acercó.

Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la
madre:

--Ese hombre no me gusta.

--¿Y por qué?--preguntó Paquita.

--No acierto á explicarlo.

--Basta que me guste á mí para que tú lo encuentres mal.

--Si estuviese aquí tu padre...

--Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema.

--Sí, lo conozco demasiado bien.

--Déjame ahora, que necesito observar.

La madre se resignó y calló.

Entre Paquita y Alfredo cruzáronse miradas elocuentes, tan elocuentes
que se entendieron sin necesidad de hablarse.

Así pasaron más de una hora.

Eran cerca de las diez, y determinaron volver á su casa, porque la jóven
no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor
de doña Cecilia y Adela.

Además, la visita no tenia ningun objeto de verdadero interés, pues
desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada
necesitaba Paquita los buenos oficios de doña Robustiana.

Sin necesidad de esta, aquella tendria marido.

Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las
grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito.

Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun él
decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo.

¡Brillar en el gran mundo!

Esto era la suprema dicha.

Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo
que la lechera de la fábula, y ya le parecia verse en los salones de la
alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las
mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden á todos los
tertulianos de doña Robustiana.

Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado.

Figúrese el lector la sorpresa de las dos mujeres.

Mostráronse muy disgustadas, y la madre insistió para que el mozo
cobrase.

El mozo volvió la espalda y se alejó.

No habia que preguntar quién se habia tomado la libertad de
obsequiarlas.

El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir
siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se
consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo así.

No les parecia conveniente disgustar al rico caballero, porque entonces
el casamiento se hubiera desbaratado.

Así aprecian las situaciones y juzgan esta clase de mujeres. Tienen la
pretension de ser grandes, verdaderas señoras en el sentido moral de
esta palabra, y les falta energía para hacer lo que hacen las que tienen
el verdadero sentimiento de la dignidad y del decoro.

Sentíanse turbadas bajo una influencia que no podian contrarestar.

Alfredo, como quien está seguro de lo que vale y de lo que puede,
acercóse á ellas, las saludó con una finura encantadora y le dijo á la
madre:

--Señora, reconozco que he cometido una gravísima falta, y le debo á
usted una satisfaccion, esperando que sea indulgente y me perdone, en
gracia siquiera de mi buena fe.

--Caballero,--balbuceó la madre de Paquita,--yo no sé... por qué...

--Hay momentos en que los hombres se vuelven locos ó estúpidos, y es
natural que entonces, no hagan más que torpezas. Esto lo comprenderá
usted fácilmente, porque tiene usted talento sobrado para comprenderlo.
Yo necesitaba un pretexto para tener la honra de hablar con usted, y no
me ha ocurrido otro medio que el de cometer una falta, porque así se
conseguia mi deseo, siquiera fuese para pedirle perdon.

¿No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres?

¡Y qué lenguaje tan bello!

Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza
y tan ingeniosamente.

No hay nadie invulnerable á la adulacion.

¿Cómo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan
cortés?

Esto hubiera sido una grosería, esto era indigno de una señora.

Movióse de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento
estuviera lleno de alfileres.

No sabia qué decir.

Quiso hablar, y la lengua no la obedeció.

Para disimular apeló al recurso de toser, sacar el pañuelo y limpiarse
la boca.

Alfredo, á quien las respuestas le interesaban muy poco, siguió
hablando.

No hay para qué repetir sus palabras, pues basta decir que manifestó el
vivo deseo de sostener con ellas cariñosas relaciones.

Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad
de fortunas no podia ser un inconveniente, pues él no miraba más que las
virtudes, y todo lo más los antecedentes en cuanto á la clase de
educacion de cada persona.

La cándida madre acabó por escuchar encantada al hábil seductor.

Paquita sintió lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el
gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable
hasta lo inconcebible.

Así pasaron otra hora, que fué para ellas un minuto.

Salieron los tres del café, y paso entre paso fueron hasta la calle de
San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres.

La madre habló largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que
no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo á pesar de su
aplicacion y su honradez.

--Todo eso se arregla fácilmente,--dijo Alfredo con indiferencia.

Lo cual equivalia á declararse protector del padre de Paquita.

Además del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte.

Lo que esto es para un empleado de poca categoría, no lo comprenden sino
los que lo son.

Siguió hablando la madre y culpó á su marido de encontrarse tan atrasado
en su carrera.

--Con su carácter,--decia,--no puede suceder otra cosa. Le prometen, no
le cumplen, y él se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca
le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen
miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en
su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para
que se meta en política, porque así es únicamente como se medra; pero ni
siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va
como un borrego á votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi
marido más que para una cosa, para una no más, para quemarme la sangre
con su cachaza. Mire usted qué suerte le esperaria á mi pobre Paca si yo
no estuviera en el mundo.

--Señora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energía,
su grandeza de alma. Si esta señorita se parece á usted...

--Es mi retrato, usted lo verá.

--No del todo, mamá,--se apresuró á decir Paquita,--porque tu carácter
violento...

--Señorita,--interrumpió Alfredo,--usted confunde la rara energía de su
mamá con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en
cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...

--Eso es, las circunstancias,--dijo la madre.

Llegaron á la casa.

Alfredo les prometió una visita, rogando lo pusiesen á las órdenes del
señor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita,
y añadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se
expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.

Despidiéronse.

Dió Alfredo algunos pasos, detúvose, y vió cómo las dos mujeres abrian
la puerta, encendian un fósforo y desaparecian.

El trastorno de Paquita habia llegado al último punto.

--¿Y qué dirás ahora?--le preguntó á su madre.

--Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. ¡Y qué
lenguaje tan fino! ¡Y cómo comprende las cosas á media palabra que se le
diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues
¿y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y
bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta
ocasion, no encontrarás otra. Cuida mucho de ocultar los pícaros
defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perderá.

--¿Y en qué consisten mis defectos?

--Lo sabes demasiado bien.

Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.

Paquita arregló su cama despues que hubieron cenado con la jícara de
chocolate, segun costumbre.

¡Qué dulce debia ser su sueño!

No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados
encantos y con habilidad sobrada para retenerlo.

A la mañana siguiente limpió y arregló la jóven el aposento como mejor
pudo, y se vistió con más esmero que nunca.

Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de
abultado abdómen y de temperamento linfático, escuchó, mientras sonreia
cándidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior.

No dió muestras de pesar ni de alegría, de agrado ni de disgusto, ni
dijo más que...

--Bueno.

Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en cólera á su
mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo más leve,
se puso á escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque
no le pareció bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin
la tercera.

Luego se puso su levita y su sombrero, tomó su baston, y salió para ir á
su oficina á cumplir sus deberes.

¿Iria aquel mismo dia Alfredo?

Paquita suponia que sí; pero su madre lo dudaba.

La jóven acertó, pues á las dos de la tarde resonó la campanilla, abrió
la madre y se encontró frente á frente con el aristocrático calavera.

El gavilan estaba ya en el nido de la paloma.



CAPÍTULO IV

Turbaciones.


La esposa de don Pascual sintió como si le hiciesen cosquillas en todo
su cuerpo, y ni vió, ni oyó, ni acertó á darse clara cuenta de lo que
sentia.

Quiso saludar al caballero, y no hizo más que tartamudear algunas
palabras incoherentes; quiso dejarle el paso libre, y se lo estorbó, y
pensando abrir más la puerta, la cerró violentamente y tan fuera de
tiempo, que cogió uno de los faldones de la levita del calavera.

Quiso este adelantar y no pudo, porque se encontraba preso, y tuvo que
retroceder y quedar inmóvil, diciendo mientras sonreia dulcemente:

--Perdone usted, señora, pero...

--¡Perdonar!... ¿Y de qué?... La visita de usted nos honra... Pase
usted, pase usted...

--Es que...

--Con franqueza, pues á mí me desagradan los cumplimientos.

--A mí tambien; pero es el caso que no puedo moverme.

Cuando una persona se ofusca, es difícil hacerle recobrar la calma, y
mucho más difícil devolver la lucidez á su entendimiento.

En todo pensó la esposa de don Pascual ménos en que habia cogido con la
puerta el faldon de la levita del amoroso pretendiente, y suponiendo que
este habia sentido repentinamente alguna indisposicion, dijo:

--Si se ha puesto usted malo, tendrá cuanto necesite.

--Estoy bien...

--Si alguna urgente necesidad...

--Señora.

--Parece que está usted violento, y la verdad, lo que más me hace sufrir
es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas.

Difícilmente contenia su impaciencia Alfredo.

No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita
se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la
situacion ridícula en que debia quedar.

Las preguntas, contestaciones y réplicas acabaron por poner en gran
cuidado á Paquita, y no pudiendo contenerse, corrió y se presentó á su
amante, diciendo con voz angustiosa:

--¡Dios mio!... ¿Pero qué sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede
negarlo...

--Lo que pierdo es la paciencia,--interrumpió Alfredo, que quiso
terminar aquella escena aun á trueque de renunciar á su amorosa
conquista.--Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes
la puerta, y se lo agradeceré como el más señalado favor.

--¡Abrir la puerta!--exclamó la madre de Paquita con acento de sorpresa
profunda.--¿Pues por qué piensa usted irse apenas ha puesto el pié en
nuestra pobre casa?

--Señora, estoy preso...

--¡Preso!...

--Mi levita...

--¿Qué quiere usted decir?... Aquí no aprisionamos á nadie, á nadie
violentamos...

--Mire usted, mire usted,--dijo desesperadamente el calavera.

Y al mismo tiempo llevó una mano hácia el dorso de su vientre para
llamar la atencion al punto que le presentaba el obstáculo.

Este movimiento se prestaba á interpretaciones que no tenemos para qué
mencionar.

Paquita bajó los ojos, y haciendo un esfuerzo consiguió ponerse
colorada como un tomate.

La madre arrugó el entrecejo.

Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el
punto de traspasar los límites de la decencia.

Y Alfredo era digno de lástima en aquellos momentos críticos, pues de
espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover
más que los brazos.

--¿Y qué hemos de ver ahí?--preguntó la madre con severo tono y
aludiendo á las señas que el aristocrático jóven acababa de hacer.

--Mi levita, mi levita,--gritó por fin el calavera.

Aún no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que
llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, quedó Alfredo
libre, y libre tambien quedó el paso para el aguador.

--¡Gracias á Dios ó al diablo!--exclamó el jóven.

Y enseñó arrugado y medio destrozado el faldon de su levita.

--¡Ah!--exclamó la madre.

--Eres torpe, mamá, muy torpe,--dijo Paquita.--¿Qué pensará este
caballero de nosotras?... Ahora no creerá que tienes mucho talento, pues
lo que acaba de suceder...

--Esto no es nada,--dijo Alfredo, que bien pronto recobró la
calma.--Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme
explicado bastante bien.

--Jesús, estoy sofocada y...

--Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse.

Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corrió en busca de un
cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita.

Alfredo se dejó limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor
que podia hacer.

Entraron en la sala, donde no habia más muebles que una mesa con tapete
de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeño espejo.

Paquita, que era de esas criaturas nécias hasta el punto de avergonzarse
de la pobreza, como si la pobreza fuera un crímen, cometió la insigne
tontería de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado,
consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se
habian puesto provisionalmente aquellas sillas.

Con toda su alma estaba convencida la jóven de que Alfredo creeria que
aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse.

Aseguró el calavera que él tenia su habitacion amueblada, poco más ó
ménos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente
tranquilas.

Dióse principio á la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable
que le era pasar el verano en Madrid, y quejándose de su padre, porque
no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera á San
Sebastian, ya que no fuese á Biarritz ó las pintorescas montañas de
Suiza.

--Yo pasaria la vida viajando,--decia la jóven con tono sentimental.--En
unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por
donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las
costumbres.

--¿No le agrada á usted la vida de Madrid?--preguntó Alfredo.

--En invierno, no más que en invierno.

--¿Es usted aficionada á la música?

--¡Ah!... ¡La música!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes
artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc...

--¿Te olvidas de Arderíus y Caltañazor, que nos han dado tan buenos
ratos?--interrumpió la madre.

--Mamá, tú no entiendes de eso.

--¡Que no entiendo!... ¿Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en
la _Bella Elena_ y en los _Dioses del Olimpo_? ¿Y la zarzuela _Por
seguir á una mujer_? ¿Y la otra de _Los Magiares_, donde sale aquel
soldadote que no habla, y Caltañazor se presenta vestido de fraile? Pues
tú bien te reias, y luego estabas á todas horas aturdiéndome con la
cancion de _la punta del pié_.

Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar á su madre con una
mirada.

--Perdone usted,--le dijo Alfredo;--pero yo tengo el mismo gusto que su
mamá, y por una vez que voy á la ópera, voy diez á los bufos.

--Lo único que me desagrada,--repuso la esposa de don Pascual,--son los
trajes de las suripantas.

--A mí tambien; pero no las miro, y así todo se remedia.

--Pues yo,--añadió Paquita,--tengo pasion por la música alemana, y por
eso hablo de Verdi y de Rossini.

Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir á
Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso ménos
interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus
miradas de fuego y los demás hechizos con que habia querido dotarla la
naturaleza.

Si era tonta, mucho mejor, y si nécia, bien merecia duro castigo por su
culpa.

Lo mismo que de música, habló la jóven de comedias, de novelas y hasta
de política, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates
como palabras.

Despues de media hora, pidió el calavera la nota relativa á la
situacion de don Pascual.

Se la entregaron, la leyó y la guardó.

Llamaron otra vez.

--Con permiso de usted,--dijo la madre de Paquita.

Y salió para abrir.

--Ayer mismo se fué la criada,--dijo la jóven,--y esperábamos una que no
ha venido.

¿Quién visitaba á las señoras de Bonacha?

Era Juanito, que se presentó, saludó como mejor pudo y se sentó.

Paquita cumplió su deber, haciendo la presentacion mútua de los dos
caballeros.

A los pocos minutos despidióse el seductor, prometiendo ocuparse del
asunto que expresaba la nota, y como luego Juanito mostrase extrañeza
por haber encontrado allí á una persona de tan elevada clase, la esposa
de don Pascual le dijo ásperamente:

--¿Pues qué habia usted creido, que no conociamos más que gente pobre,
como la que hace la tertulia á doña Robustiana? Pues se habia usted
equivocado.

A Juanito no se le ocultó que Paquita y Alfredo se miraban con cierto
interés, y entonces se arrepintió de no haber seguido los consejos de la
viuda casamentera.

Si Paquita tenia novio, tenia un atractivo más.

¡Sabrosa fruta del cercado ajeno!

No estaba Juanito enamorado de Paca, y sin embargo sintióse despechado y
muy cerca de los celos.

Derrotar al jóven aristócrata era un imposible.

¿Cómo habia de competir un pobre diablo con un capitalista?

Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se
enfadase y que quisiese llevar la cuestion á un terreno que á Juanito le
hacia temblar.

Disimuló el pobre como mejor pudo, tragó saliva, dirigió algunas frases
irónicas á la jóven, y se fué.

No le quedaba más consuelo, más desahogo que la murmuracion, y apenas
llegó la noche fué á casa de la viuda, y en plena reunion dió la noticia
de los amores de Paca.

Hiciéronse comentarios que no queremos repetir.

Doña Robustiana acarició su gato mientras decia:

--No me agrada ese asunto.

Doña Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclamó:

--¡Quién habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico
tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves,
Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea
desvergonzada.

--¡Jesús!--murmuró la niña mofletuda.

Y bajó los ojos, aunque bien pronto los levantó para cruzar con Eduardo
una mirada tiernísima.

Al tahur le pareció conveniente dar aquella misma noche el paso
decisivo, y si dudó algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al
decirle doña Robustiana:

--Deje usted pasar algunos dias, y se quedará á la luna de Valencia, lo
mismo que Juanito.

--Antes la muerte,--respondió Eduardo con trágica entonacion.

--Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en
la costa.

--¡Señora!...

--Lo dicho.

--Esta misma noche pasaré el Rubicon, y si no triunfo como César, moriré
como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo.

--No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que está usted tan
decidido, le proporcionaré la ocasion, haciendo que los unos se
distraigan con la música, y entreteniendo yo á doña Cecilia.

--¡Cuánto le debo á usted, doña Robustiana!

--Recompensada me consideraré si consiguen ustedes ser dichosos.

Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sentó al lado de doña
Cecilia, mientras que por una hábil maniobra, y perdónesenos la palabra,
quedaba Eduardo al lado de Adela.

Podian hablar los dos jóvenes con todo descuido, puesto que su voz debia
quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento.

Adela pareció temerosa de no encontrarse junto á su mamá, aunque la
verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable.

Bajó los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esperó sin articular
una sílaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la
sentencia.

Eduardo quiso probar una vez más que sabia representar admirablemente su
papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron más
lánguidos, exclamó:

--¡Adela, Adela!...

Hubiérase dicho que la voz se ahogaba en su garganta, ó lo que es igual,
que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para
comunicarlo á la sensible jóven.

Esta se estremeció, y bajando más la cabeza, murmuró dolientemente:

--¡Eduardo!...

--Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon,
abrasado y destrozado, y el alma... ¡Oh!... perdone usted, Adela...
estoy trastornado, estoy loco.

--¡Ay!...

--Sufro mucho, Adela.

--¡Que sufre usted!--replicó la robusta jóven, levantando al fin la
cabeza y mirando al tahur.

--¿Es posible que usted no lo haya comprendido?

--¡Ay!--volvió á decir Adela.

--No puedo más, no puedo más...

--¡Eduardo!...

--Tal vez para terminar mi vida vengo en busca de la luz de los ojos de
usted, como la mariposa que busca la llama donde ha de abrasarse; pero
la muerte es preferible á mi situacion, porque la muerte es el descanso,
es el olvido...

--¡La muerte!... ¿Pero está usted loco?

--Loco estoy, sí, ya lo he dicho.

--¡Ay!...

--Y la culpa es de la negra fatalidad que me persigue, la negra
fatalidad contra la que es inútil toda lucha. Ya sé que usted no me ama,
y que para otro más feliz guardará el tesoro de sus encantos, de sus
hechizos arrebatadores; el tesoro de sus virtudes y de su angelical
ternura...

--No, no.

--Pero quiero salir de dudas, quiero sucumbir de una vez bajo el peso de
la espantosa realidad que me espera.

Adela se movió con señales de gran desasosiego.

Suspiró una y otra vez, abrió y cerró el abanico, y al fin exclamó:

--¡Dios mio!...

--Pronuncie usted la sentencia.

--Pero...

--Pronúnciela usted... ¡oh!... las vacilaciones de usted son demasiado
elocuentes; usted no me ama, no es usted dueña de su corazon...

--Se equivoca usted...

--Pues si otro dichoso mortal no ha encendido en su pecho la llama
inextinguible de una pasion...

--Le digo que se equivoca.

--No me ama usted, Adela.

--¡Ay!... sí.

--¡Ah!... venga la muerte, venga todo...

--No hable usted de cosas tan tristes...

--¡Me ama usted!... ¿Es posible tanta dicha? ¿No estoy soñando? ¿No he
perdido la razon?

--Pero mamá...

--No será tan cruel que me destroce el alma.

--Déjeme usted sosegarme, se lo suplico.

--¡Dejarla!...

--Nos miran...

--¿Y qué me importa?

--Luego murmurarán...

--No pueden decir sino que nos amamos, que somos felices.

No tenemos para qué seguir repitiendo las palabras de los dos amantes.

Adela consiguió despues de algunos minutos recobrar la calma, y Eduardo
hizo una pintura de su amor, llegando hasta el último punto de la
sublimidad y prometiendo escribir aquella misma noche unos versos que
expresasen su dicha y los goces infinitos que le aguardaban en union de
la hermosa rubia.

Una hora despues volvió Adela al lado de su madre, y esta le preguntó:

--¿Qué te ha dicho?

--¡Ay, mamá!

--¿Se ha explicado al fin?

--¡Qué feliz soy!

--Ahora no se dará importancia Paquita y nada tendrás que envidiarle.

--Con el amor de Eduardo no hay nada que envidiar á ninguna mujer.
¡Cuánta ternura, cuánta delicadeza!... Y dice que quiere que nos casemos
en seguida, muy pronto.

--Te casarás antes que Paquita, yo te lo prometo.

--Jura que no puede vivir así, y yo... ¡Ay!

Aquella noche cenó más que nunca la mofletuda niña, porque la felicidad
abre el apetito; pero lo que no consiguió fué soñar como Paquita soñaba,
porque no era tan nerviosa como esta.

Al dia siguiente, todas sus amigas supieron que el matrimonio debia
realizarse en un breve plazo.

Juanito llevó la noticia á la morada de don Pascual.

Paquita escuchó desdeñosamente, y dijo con ironía:

--Me alegraré que Dios los haga felices.

Doña Robustiana estaba loca de contenta, porque habia conseguido hacer
un matrimonio más.

La única persona que sufria era Juanito, porque no podia resignarse á
que la hija de don Pascual se casase con Alfredo.

Si le hubiera sido posible, habria estorbado semejante casamiento, y si
se le presentaba la ocasion para hacerlo así, no debia dejarla pasar.

Los celos trastornan, y Juanito debia cometer más de una locura que lo
pusiese en grandísimo apuro.

La situacion de todos iba á cambiar en breve.



CAPÍTULO V

El protector.


¡Cuán dulcemente pasaron los dias para las dos parejas de enamorados!

Sin sentir se resbalaban las horas entre delicias inagotables, y la
felicidad hubiera sido completa para aquellas cuatro criaturas, si á dos
de ellas no les robase el sosiego un temor, que hasta cierto punto era
bien fundado.

Tenia miedo Eduardo de que se descubriesen los misterios de su vida y
que no se realizase el casamiento que de la noche á la mañana debia
hacerlo rico, permitiéndole disfrutar de la vida como hasta entonces no
habia disfrutado.

Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese ó se desencantase y
le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con
ella un hombre como aquel.

Así trascurrió una semana, y Alfredo se presentó, sacando un papel,
entregándolo á la madre de Paquita y diciendo:

--Ya se ha hecho justicia á su esposo de usted.

--¿Qué es esto?

--La credencial que esta mañana me ha enviado el ministro. No ha hecho
todo lo que le pedí; pero formalmente me ha prometido que lo hará en un
breve plazo.

--No somos ambiciosos, y con el ascenso á ocho mil reales estamos
satisfechos.

--¡Ocho mil reales!--replicó desdeñosamente Alfredo.--Yo no hubiera
aceptado jamás esa miseria para el padre de la mujer á quien amo.

Estas palabras produjeron un efecto indescriptible.

A la madre le hizo temblar la alegría.

La hija tomó el papel y leyó, dejando escapar un grito de sorpresa al
ver que á su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres, ó lo que
es igual, doce mil reales, duplicando así el sueldo que tenia.

Esto era demasiado.

La esposa de don Pascual se sintió trastornada hasta el punto de que
tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigió al calavera palabras
de gratitud y miradas de fuego.

Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse.

La jóven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que
acababa de perder el último resto de fuerza moral que le quedaba para
poner á salvo su pureza.

¿Qué podia negar Paquita á su amante?

Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder á todo,
pues otra cosa podia parecer una ingratitud.

Ya no necesitaba más Alfredo para terminar en pocos dias su obra.

Cuando don Pascual volvió á su casa y vió la credencial, desplegó una
sonrisa y dijo cándidamente:

--Me alegro.

--Todo esto,--gritó su esposa,--me lo debes á mí.

--No lo dudo.

--Y á tu pobre hija.

--Lo reconozco así.

--Y me parece que ahora no tendrás inconveniente en pedir una licencia
para que pasemos el calor fuera de Madrid.

--¿Y qué adelantaremos con tener la licencia? Para viajar se necesita
dinero, y no ignoras...

--El dinero se busca, se pide.

--¿A quién?

--A un prestamista.

--Nos harian pagar de interés el ciento por ciento.

--¿Y qué importa si se han duplicado nuestros recursos?

--Si los gastamos así, nos quedaremos como estábamos.

Don Pascual hablaba juiciosamente; pero de nada le sirvió, porque entre
la madre y la hija lo aturdieron, obligándole á que al fin prometiese
acudir á un prestamista.

No terminó aquel dia sin que la esposa y la hija de don Pascual fuesen á
visitar á todos sus amigos, para participarles el feliz suceso.

¡Doce mil reales!

Ni siquiera habian podido soñar tanta fortuna.

Si don Pascual abrigaba alguna duda en cuanto á la elevada posicion y á
la gran influencia de Alfredo, disipóse completamente al ver que en
pocos dias y con poquísimo trabajo, habia conseguido lo que para
cualquier pobre empleado debia parecer un imposible.

El calavera era ya como el ángel bueno para la familia Bonacha.

Cuando hablaba era escuchado con respeto profundo, y si se tomaba la
libertad de dar algun consejo, se ponia inmediatamente en práctica,
pues de no hacerlo así hubiera parecido inferir una grave ofensa al
generoso protector.

Tampoco se adoptaba resolucion alguna sin conocer la opinion del
calavera.

Tanto respeto, tanta sumision, debilitó algunas veces el valor de
Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra.

¿No era una cobardía herir mortalmente á los que no podian luchar ni
oponer la más leve resistencia?

Así lo pensó el depravado jóven alguna vez; pero discurriendo
torpemente, creyó que retroceder era una cobardía.

Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de
Alfredo, con sus amigos.

Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran
papel.

¿A quién debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que
amenazaban á la familia de don Pascual?

A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le
faltó el valor para oponerse á las contínuas locuras que las dos mujeres
intentaban.

Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho ménos del corazon humano,
se habia dejado deslumbrar, habia soñado imposibles, y con la
tranquilidad de su ignorancia habíase colocado en la resbaladiza
pendiente que debia conducirla al abismo.

No sabia la infeliz, con cuánta facilidad se desprestigia una mujer, y
tampoco se le alcanzaba cómo es objeto de desprecio y burla cuando ha
perdido el prestigio.

Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse á ser
esposo de la jóven.

Y sin embargo, ella no habia cometido ninguna grave falta, y podia
envanecerse con la pureza de su honra.

Empero sobre ella habia caido el ridículo, y esto era lo peor que podia
sucederla.

Todos los hombres se creen con derecho para hablar en cierto lenguaje y
para atreverse á todo, cuando se trata de una de esas infelices que se
encuentran en la misma situacion que Paquita.

¿Quién respeta á la que no sabe hacerse respetar?

No basta que una mujer sea virtuosa, es preciso que sea digna, porque la
dignidad es lo que infunde respeto.

Y la dignidad no está reñida con la pobreza.

A los ricos se les perdona todo fácilmente, mientras que á los pobres no
se les perdona nada.

Por eso los pobres tienen que mirar más cuidadosamente lo que hacen.

Una mujer rica puede siempre abrigar la esperanza de hacerse estimar por
su dinero y por su elevada posicion; pero las pobres que carecen de
estos recursos, ¿qué les queda si olvidan el decoro?

Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido
de don Pascual.

Alfredo dió otra prueba más de entendimiento y astucia, diciendo que el
padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo
que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la
conversacion, acabó por decir:

--Yo tampoco, señora, podré salir de Madrid este año.

--En ese caso nos quedamos,--se apresuró á responder Paquita.

--No se quedarán ustedes, porque me complacerán aceptando lo que ya he
querido ofrecerles más de una vez.

--Caballero...

--No imaginen ustedes que voy á poner mi bolsillo á su disposicion; pero
sí mi casa de recreo en las cercanías de Hortaleza. El sitio es
delicioso, y me parece que se encontrarán ustedes allí muy bien. Al
mismo tiempo me prestarán ustedes un gran servicio, porque la casa está
en un lastimoso abandono y los criados que hay allí hacen lo que se les
antoja. Yo podré ir á visitarlas á ustedes casi todos los dias, y así
no me privaré de la dicha de verlas.

La proposicion era deslumbradora.

Alfredo probó, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija
tendrian allí cuanto necesitasen, sin que esto representase para él
ningun sacrificio.

Las señoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y
don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los
domingos para ir á dar un abrazo á su esposa y á su hija.

Sintió esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le costó
mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso júbilo.

A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnífica, y
estar servida por un ejército de criados y tener todas las comodidades
que tienen los ricos.

¿Por qué habia de morirse sin disfrutar todo esto?

Su marido jamás habia de proporcionárselo, y era una tontería
desaprovechar la ocasion.

Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin
aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud.

Apenas se fué Alfredo, entregóse Paquita á los trasportes de su júbilo,
y se ocupó en revisar y arreglar su pobre equipaje.

Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado.

--¿No te parece bien?--le preguntó su esposa.

--Tanto me disgusta lo mucho como lo poco.

--Está visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta.

--Me parece que nuestra modesta posicion...

--Calla, Pascual, y no digas tonterías... Pues qué, ¿no somos tan
señoras como la primera? Siempre estás haciéndote el humilde, y por eso
no has medrado, ni medrarás.

--La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya á vivir
precisamente á la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal,
y puede suceder...

--El novio se queda en Madrid.

--No importa.

--Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre á quien le debemos
toda nuestra fortuna. ¿Qué sucederia si se enfadase? Nuestra hija
perderia el más brillante porvenir, y tendria que resignarse á ser
esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse
con ella.

Lo mismo que siempre, á don Pascual le faltó el valor para oponerse á
los deseos de su mujer y de su hija.

Tres dias despues se despidieron de doña Robustiana y sus amigos, y á
las diez de la mañana siguiente se detuvo un lujoso faeton á la puerta
de la casa de don Pascual.

El faeton era de Alfredo.

Un criado con librea subió para decir á las señoras que el carruaje
esperaba.

Se bajó el equipaje, que se encerraba todo en un cofre de respetable
antigüedad.

Paquita estaba ataviada vistosamente, y su madre se habia puesto el
mejor de sus vestidos.

Don Pascual iba y venia por la habitacion sin pronunciar una palabra.

Llegó el momento feliz.

Bajaron los tres.

Las dos mujeres se acomodaron en el carruaje, con asombro de los
vecinos, que las contemplaban y hacian toda clase de comentarios.

Don Pascual tenia que ir á su oficina.

El faeton se puso en movimiento, y desapareció en pocos instantes.

Exhaló un triste suspiro el infeliz Bonacha.

Sentia oprimido el corazon.

Su instinto no le engañaba.

¡Pobre Paquita!

Caras habian de costarle sus necedades.



CAPÍTULO VI

Juanito representa un triste papel.


Juanito estaba desesperado, porque habia concluido por enamorarse
ciegamente de Paquita.

A todas horas se le veia triste y meditabundo, y en vano doña Robustiana
intentó consolarlo, abriéndole camino para un nuevo amor.

Pasaron los dias y las semanas con una lentitud horrible para el jóven.

Hay un refran que dice: «Bien vengas mal, si vienes solo.»

El refran debia cumplirse, y una mañana, al presentarse en su oficina,
supo Juanito que estaba cesante.

El golpe no podia ser más terrible.

Habia perdido el objeto de su amor, y perdia tambien su empleo, que era
lo mismo que perder la comida, puesto que no tenia otro recurso para
vivir.

El fingido calavera quedó anonadado.

Le perseguia la más negra fatalidad, mientras que la fortuna sonreia á
la mujer que lo miraba desdeñosamente y lo rechazaba con espantosa
crueldad.

¿Qué le era posible hacer en tan triste situacion?

Nada tenia que hacer más que acudir á los que otras veces lo habian
protegido, para que empleasen su influencia y lo repusiesen en su
empleo.

En hacerlo así se ocupó Juanito, y despues de dos semanas consiguió que
le diesen una carta, recomendándolo al conde de Romeral, que necesitaba
los servicios de un jóven honrado, bien educado y de mediana
inteligencia.

No le ofrecian otra cosa á Juanito, y le fué preciso aceptar, pidiéndole
á Dios que el conde lo encontrase de su agrado.

Eran las tres de la tarde cuando nuestro jóven, despues de ponerse su
corbata más vistosa y sus guantes de color de perla, fué á la suntuosa
morada del conde de Romeral.

Tenia este una hija jóven y hermosa, y que debia heredar su título y sus
riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soñando como habia
soñado siempre, supuso que era posible que su persona interesase á la
hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna.

El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las señoras de Bonacha
debian muy pronto regresar á su humilde vivienda de la calle de San
Lorenzo.

Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos
despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el
desdichado pretendiente.

--¿El señor conde?--preguntó.

--Tiene visita,--le respondieron.

--No importa, esperaré, porque he de entregarle una carta da su amigo el
señor don Pedro de Almendares.

--¡El señor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasará recado á su
excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez
no haya inconveniente para que sea usted recibido.

El criado desapareció, volviendo un minuto despues para decir:

--Pase usted, caballero.

Siguió Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones
ricamente amuebladas, entró en una donde habia tres personas: el conde,
su hija y el amigo de tanta confianza á quien habia aludido el criado.

El conde de Romeral tenia sesenta y cinco años: era de escasa estatura,
enjuto de carnes, de rostro aguileño, pálido y enfermizo, y ojos
pequeños, redondos y hundidos.

Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia
distinguírsele, pues estaba colocado en el sitio más oscuro de la
habitacion.

Indolente por carácter y por costumbre, era uno de esos hombres que
hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y
aunque para los suyos tenia más servidores de los que en realidad
necesitaba, faltábale todavía uno que á todas horas se encontrase á su
disposicion y que se ocupase de ciertas pequeñeces en que no podian
entender los demás.

No tenia el conde más hijos ni parientes que la bellísima jóven que á su
lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cariño.

El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede
decirse que no tenia más defecto que su pereza.

En cuanto á su carácter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues
mientras unas veces se le veia caer en una melancolía profunda, otras
veces hablaba, bromeaba y reia como un niño.

Si se enfadaba, no duraba su arrebato más de medio minuto, y luego
parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la cólera.

Con semejante padre, era la jóven completamente feliz, y ella disponia á
su antojo y como absoluta dueña, pues el anciano no queria tomarse la
molestia de mandar.

Además de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su
lenguaje que en sus costumbres, pues á lo único que le daba valor en el
mundo era á la honra.

Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente á todo
el mundo, y por consiguiente no habia nada más fácil que engañarlo.

Su hija, que tenia veintidos años, era un verdadero prodigio de belleza,
y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre,
estaba muy lejos de ser tan benévola y tan sencilla como este.

Juanito la contempló admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion
en la otra persona que se encontraba allí, no pudo el jóven pretendiente
contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto.

Habia reconocido al dichoso Alfredo, á su odiado rival.

Alfredo saludó ceremoniosamente á Juanito, pero como se saluda á la
persona á quien ya se conoce.

Vióse Juanito obligado á corresponder cortésmente al saludo, y el conde,
con su llaneza característica, dijo:

--¿Segun veo, se conocen ustedes?

--Sí,--respondió el pretendiente.

Y para que no se le acusase de grosero ó mal educado, añadió:

--Tengo ese honor.

Contentóse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza.

El anciano tomó la carta que le presentó Juanito, y con mucha dulzura le
dijo que se sentase.

Luego entregó á su hija el papel, mandándole que leyese, so pretexto de
que la debilidad de sus ojos no se lo permitia á él.

En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y
sobre todo muy penosa.

Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la
vivienda de la familia Bonacha, el jóven empleado, siguiendo su
costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habló de los muchos
recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer
todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras.

Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran
señor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente
retribuida, alegando como título principal la circunstancia de no contar
con recursos para atender ni aun á sus más urgentes necesidades.

Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por añadidura
era su afortunado rival.

Pensó tambien el infeliz jóven que tal vez valia más que la que llevaba,
la recomendacion del aristocrático calavera, y que quizás de este
dependia el resultado de la pretension, pues era amigo íntimo del conde
y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandísima influencia.

¿Se concibe humillacion igual?

Y Juanito no podia quejarse de la fortuna, puesto que lo que entonces le
sucedia era obra suya exclusivamente: eran consecuencias inevitables de
la série de necedades y tonterías que habia cometido.

¿No comprenden esto los desdichados que se dejan extraviar?

Alfredo se recostó indolentemente en el sillon que ocupaba, y miró al
desdichado Juanito con un si es no es de irónica burla, capaz de hacer
perder la paciencia aun al hombre que tuviese tanta calma como don
Pascual.

Juanito experimentaba un malestar inexplicable, y era posible que
cometiese muchas torpezas.

Alternativamente se ponia su rostro pálido como el de un cadáver, ó
colorado como una cereza.

Para colmo de desdichas, la hija del conde tenia que leer en voz alta, y
por consiguiente Alfredo se enteraria del contenido de aquella carta, en
que se presentaba al pretendiente como á un pobre infeliz en todos
sentidos.

Hubiera querido Juanito que en aquellos momentos se lo tragase la
tierra, y á serle posible habria recogido aquella carta y renunciado á
la colocacion que debia darle de comer.

Nada de esto le hubiera sucedido á presentarse toda su vida modesto,
aunque con dignidad y enorgulleciéndose, no con las corbatas de vivos
colores y el dinero que no tenia, sino con su honradez y su pobreza.

Clotilde, que así se llamaba la hija del conde, leyó lo siguiente:

«Señor conde de Romeral.

»Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jóven muy
desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo así el único
recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos años, y de
muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues
así lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion.

»Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentirá, porque me
parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha
de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto.

»Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografía.

»Me intereso mucho por su suerte, y le agradeceré que le dispense su
proteccion.

»Ruego á usted haga presente mis cariñosos recuerdos á Clotilde, y usted
disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.--PEDRO DE ALMENDARES.

»P. S. No he visto estos dias á nuestro amigo Alfredo, y por esta razon
no he podido rogarle que una su recomendacion á la mia, para que el
jóven Gonzalez quede al servicio de usted.»

Este último detalle era un golpe más terrible que ninguno.

Cuando el señor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la
recomendacion de este tenia muchísima importancia, y ya no podia dudarse
de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia
en gran parte al rival á quien tanto odiaba, al hombre á quien habia
querido tratar de potencia á potencia.

El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la
habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria
entregado.

La sorpresa le aturdió.

Apenas acertaba á darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en
que creyó que estaba soñando.

--Vean ustedes una coincidencia bien rara,--dijo el conde.

--Ciertamente,--añadió su hija.

Y dirigió á Saavedra una mirada, que queria decir:

--Decide sobre la suerte de este desgraciado.

Alfredo volvió á cambiar de postura.

Desplegó una dulce sonrisa, y le dijo al conde:

--Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por
consiguiente no necesito que me lo recomiende el señor de Almendares. Le
agradeceré á usted mucho que lo tome á su servicio, y si por cualquiera
razon no le conviene hacerlo así, le hablaré al ministro para que sea
nuevamente colocado con un ascenso.

Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debió
dar las gracias á su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo
articular una silaba.

--Señor Gonzalez,--dijo el conde,--bien puede usted asegurar que es el
hombre más afortunado del mundo. Se quedará usted á mi servicio, si es
que le conviene, y yo haré por usted cuanto me sea posible. Si prefiere
usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero
en esta época de agitacion y revueltas políticas, ningun empleado puede
considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa
tendrá usted asegurado su porvenir.

--Gracias, señor conde,--dijo por fin Juanito.

--¿Cuánto sueldo tenia usted?

--Cuatro mil reales.

--Es una miseria, y no comprendo cómo podia usted atender á todas sus
necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer
milagros. Yo le hubiera ofrecido á usted doble de lo que tenia; pero
ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque
tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo á dos de mis mejores
amigos, al señor de Almendares y al señor de Saavedra. Soy muy
caprichoso, como todos los viejos, y á mi hija la sucede casi lo mismo,
y para ciertos asuntos, que no tienen más importancia que la que
nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de
usted. Será usted, como si dijésemos, nuestro secretario íntimo, y si se
pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegará un dia
que trabaje usted con exceso. ¿Le parece á usted bien? Creo que sí, y
por consiguiente nada tenemos que hablar. Mañana vendrá usted á las
diez, se instalará en mi despacho, y luego veremos si hay algo que
hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, está bien
dispuesta, y si yo doy una órden y ella otra contraria, hay que obedecer
ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero
que á mi lado nadie se disguste. Ya irá usted conociendo las
interioridades de la casa, y en cuanto á nuestros amigos, le advierto
que el señor de Saavedra es el único verdaderamente íntimo, porque sus
relaciones con nosotros tienen un carácter y un fin distinto de las
relaciones con los demás.

No necesitaba Juanito más explicaciones para comprender que Alfredo
amaba á Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del
conde.

Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente,
pues le daba la seguridad de que, más ó ménos tarde, Paquita recibiria
un desengaño.

Además, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin
provocar un lance con su rival.

Las heridas abiertas en el amor propio producen vértigos.

Mucho odiaba Juanito á Saavedra; pero su ódio se encendió más y más
desde que se vió humillado y representó el más triste de los papeles.

Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de
comer, se lo debia precisamente á su afortunado rival.

Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeñez en comparacion de
Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le
ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse.

Maquinalmente pronunció Juanito algunas frases de gratitud, y
prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidióse y salió.

Cuando se encontró en la calle, miró á todos lados como si no
reconociese el sitio.

Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar.

El infeliz tuvo que volverse á su casa para entregarse allí con libertad
completa á sus amargas reflexiones.

Una y otra vez acusó á Paquita, que lo despreciaba, que no hacia
justicia á sus nobles sentimientos y sanas intenciones.

Se veia despreciado por un hombre que amaba á otra.

¿No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengaño?

¿No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura?

Así creyó Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba
satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival.

No hay enemigo pequeño, dice el adagio, y el más pequeño es á veces el
más temible.

Acordóse Juanito de la fábula del águila y el escarabajo.

Si Alfredo era el águila, Juanito podia muy bien hacer lo que el
escarabajo habia hecho.

Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que
estaba profundamente trastornado.

Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para
Alfredo.

No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que
poder advertirle á Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus
relaciones con la familia Bonacha.

Si el aristocrático calavera hubiese comprendido que una tempestad
horrorosa agitaba el alma del jóven cursi, no habria perdido un instante
para ir á buscarlo y exigirle que guardase silencio.

Empero no dió Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consistió
su torpeza.

Llegó el dia siguiente.

A las diez en punto de la mañana entraba Juanito en la suntuosa morada
del conde.

Estaba el jóven pálido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia
dormido.

Los criados lo recibieron muy bien, y se instaló en el despacho, segun
las órdenes que tenia.



CAPÍTULO VII

Juanito empieza á vengarse.


No habian trascurrido quince minutos, cuando se presentó Clotilde
envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas
de sus bellísimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez
más de lo que convenia.

Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desórden.

A pesar de esto, nunca habia parecido la jóven tan arrebatadora.

Saludó á Juanito como se saluda á las personas de confianza, y le dijo
que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.

No le faltaron á Clotilde pretextos para justificar su presencia allí,
y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fué prolongando la
conversacion y dándole el giro que le convenia.

Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos
hechizos, preguntándose más de una vez si Paquita merecia la pena de que
ningun hombre sufriese por ella el más leve disgusto.

Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino
que, por el contrario, más que nunca estuvo decidido á descargar el
terrible golpe contra Alfredo, ocurriéndosele además que era posible que
la hija del conde no perdonase jamás al que la habia engañado y que
pensase en otro hombre.

¿Por qué Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de
Clotilde?

Así su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar
desdeñosamente á Paquita.

Era jóven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le
parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.

Se equivocaba, porque no sabia que de lo que ménos se enamora la mujer
es de la belleza física, y que sobre este punto sus aspiraciones y
sentimientos están muy por encima de los del hombre. El talento, el
valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el
estilo, hacen que una mujer se enamore, más que de la juventud ó la
hermosura, del cuerpo.

Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este
punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de
matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.

No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando
habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer
rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar
la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más
valor.

Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele
decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba
á conseguir.

Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor
indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.

El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que
él la buscase, y quiso aprovecharla.

Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:

--Nos conocimos en cierta casa.

--¡Cierta casa!--replicó Clotilde.--¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no
piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada
favorable para Alfredo y para usted?

--¡Señorita!...

--Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.

--No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.

--Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar
donde la honra no es lo que más resplandece.

--Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.

--Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.

--Hace bastante tiempo que conozco á la familia de un empleado, cuya
honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por
primera vez ví á don Alfredo de Saavedra.

--¿Y quién es ese empleado?

--Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales
de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias á la proteccion que don
Alfredo le dispensa.

--Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia
nuestro amigo.

--Vivian con bastante estrechez.

--¿Tiene muchos hijos ese don Pascual?

--Una hija que ha cumplido veinte años, y de la que algunos dicen que es
bastante bella.

Por un instante palideció el rostro de Clotilde; pero acostumbrada á
disimular, desplegó una sonrisa, acercóse más á Juanito y le preguntó:

--¿Usted no opina lo mismo en cuanto á la belleza de esa jóven?

--Me parece graciosa, y nada más.

--¡Graciosa!...

--Pero es algo vanidosa.

Clotilde fijó una mirada profunda y fascinadora en el jóven, y dijo:

--¿Y cómo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?

--Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy
delicados, y no quiero mezclarme en ellos.

Otra vez palideció la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para
dominarse.

--Comprendo,--murmuró.

--Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.

--Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe
hablar con franqueza.

--Es que...

--Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra
sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que
protege al padre...

--Y ha hecho en favor de esa familia más de lo que debia esperarse:
¿Puedo ser más franco?--añadió Juanito como quien se decide á dar un
paso peligroso.--Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la
dicha; pero ustedes son antes para mí, y quiero darles pruebas de
lealtad.

Así llegó la conversacion á tomar el carácter que deseaba Juanito, lo
mismo que Clotilde.

Esta ya no intentó disimular.

Las explicaciones fueron interesantísimas desde aquel momento.

Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de
la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo á la
familia Bonacha para que pasase allí la fuerza del calor del estío.

Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.

Clotilde escuchó con tanta ansiedad como angustia.

Más de una vez se tornó lívido su rostro y sombría su mirada.

Prometió no decir á nadie quién le habia dado tan graves noticias, y
atormentada por los celos y trastornada por la ira, salió del despacho.

En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su
espíritu.

Juanito empezó á sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya
no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar
el último.

Algunas horas despues se presentó Alfredo de Saavedra.

No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde
comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil
adivinar la verdad.

¡Pobre Juanito!

Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.

Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza
de voluntad, y sabia dominarse.

Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á
Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta
la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo
con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera,
que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos
habia.

Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para
disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido
honrar demasiado á la hija de Bonacha.

No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza,
porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.

No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la
que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque
heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.

El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y
Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban
distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.

--Nubes hay,--dijo Alfredo,--que empañan el cielo de tu alegaría, y
sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.

--Se equivoca usted, caballero,--replicó severamente Clotilde.

Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:

--Mal principia la conversacion.

--De mujeres como yo,--añadió la hija del conde,--no deben temerse
tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la
dignidad á las señoras.

--¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado,
ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más
duras?

--El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un
hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida
clase.

--¡Clotilde!...

--He concluido.

--Necesito explicaciones.

--No las daré.

--Sin duda un error...

--El error es imposible cuando hay pruebas...

--Tal vez alguna calumnia...

--No.

--Y en último caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la
defensa es imposible cuando ignoro de qué se me acusa.

--Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.

--Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...

--Basta, caballero.

--Si no me das las explicaciones que necesito, acudiré á tu padre.

--Y mi buen padre le echará á usted en cara la fealdad de su proceder, y
le preguntará si es un error ó una calumnia la desinteresada proteccion
que usted dispensa á cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de
las cercanías de Hortaleza.

Arrugóse el entrecejo del jóven.

Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.

--Está bien,--dijo con grave tono.

--¿Consiste en eso la defensa de usted?

--No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que
los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no
existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se
haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.

Clotilde desplegó una sonrisa irónica.

--Yo soy el ofendido,--añadió Alfredo.

--Pues no espere usted de mí la reparacion.

--El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.

--Pues bien; entre tanto...

--Habrá una víctima inocente.

--De seguro no será usted, caballero.

--Lo será esa honrada familia, porque me será preciso volverle la
espalda para probar así la pureza de mis intenciones, y cuando de esta
ya no quede duda, creo que tú misma serás la primera en proteger á esos
desgraciados.

Creyó Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fué á sentarse
cerca de su padre.

Disimuló Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues salió, fué
á su casa, y mandó que para aquella noche se preparase su berlina, con
objeto de ir á la casa de campo.

Cuando pasó el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empezó á
tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar
de dónde habia partido el golpe.

Ahora lector, si bien te parece, iremos á la casa de campo para conocer
la verdadera situacion de la infeliz Paquita.



CAPÍTULO VIII

Cómo se llega al fondo del abismo.


La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres ó cuatro dias como el
que recibe un fuerte golpe en la cabeza.

Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para
darse cuenta de su nueva situacion.

Se habian encontrado con tres ó cuatro sirvientes, que las agobiaban en
fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se
vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen.

Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo,
una gran molestia.

La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero
ésta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien.

No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos
mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian
á dar órdenes, como quien está acostumbrado á hacerlo así, y
particularmente al comer cometian muchas torpezas.

Al dia siguiente se presentó Alfredo para saber si sus buenas amigas
habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya
por la mañana temprano ó al oscurecer.

Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y
se sentaba á la sombra, los dos jóvenes iban y venian hablando de su
amor, cruzando miradas de fuego y permitiéndose algunas sencillas
libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.

Algunos dias almorzó allí el calavera, y cuando pasó una semana le dijo
á la jóven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia
de un testigo.

¿Cómo podia remediarse esto?

Para Saavedra era muy fácil, puesto que á las diez ó las once, hora en
que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse á la ventana de su
dormitorio, que daba al jardin, y allí, aspirando el aire puro y fresco
de la noche, contemplando el purísimo cielo y dejando que la
imaginacion se remontase en alas de las más risueñas ilusiones, podian
pasar dos ó tres horas de incomparable delicia.

Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente,
puesto que aquella era su casa.

Paquita hizo alguna resistencia; pero se dejó vencer.

La ventana estaba á tres piés del suelo, y bajo la misma habia un banco
de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el
uno del otro.

Paquita, para acallar sus escrúpulos, se hizo el siguiente razonamiento:

--Si es peligroso hablar con el hombre á quien se ama, igual es el
peligro estando á solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre
nos acompaña, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada
sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de mí nada tiene de particular,
y mientras yo quiera guardarme, es inútil toda vigilancia, así como
tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.

A las diez de la noche estaba Paquita puesta á la ventana, y Alfredo en
el jardin, en pié y junto al asiento de piedra.

Una hora despues, que á la jóven le habia parecido un minuto, Alfredo se
colocó sobre la piedra.

Así podian hablar más bajo y evitaban que algun curioso los escuchase.

¿Qué se decian?

Lo que se dicen siempre los enamorados.

Era más de la una de la madrugada cuando se separaron.

Saavedra dijo que pensaba volverse á Madrid; pero no se tomó semejante
molestia, pues se quedó allí en su dormitorio, y á la mañana siguiente
representó el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de
costumbre.

Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo,
con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura.

Luego se quejó Alfredo del cansancio consiguiente á permanecer en pié y
parado tres ó cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese
lo mismo á su lado Paquita.

Estar sentados ó en pié le pareció á la jóven completamente igual, y se
atrevió á salir de la casa, haciendo compañía en el jardin á su amante.

Llegó un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban
cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores.

Paso tras paso se llega sin sentir á la cumbre de la montaña que nos
parece inaccesible, ó al fondo del abismo que habíamos mirado con
horror.

Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra
lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe.

Si desde el primer momento se le dijese adónde paso á paso habia de
llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige más que un paso, uno
solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que dé el segundo, y así
concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible.

Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere
retroceder; pero ya es tarde.

La que no evita el primer paso, da el último.

¿Se comprende ahora la triste situacion de Paquita?

No habia llegado al último punto de su perdicion, pero llegaria.

En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus
esperanzas, y algo más, que más que las esperanzas valia.

Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acabó de
decidir al desalmado Alfredo.

Si antes se habia detenido por algunos escrúpulos, estos desaparecieron,
y exclamó:

--¡Bonito papel represento!... Guardar consideraciones á esta clase de
gente, es una estupidez.

Y decidido á no reparar ya en nada, fué aquella noche á la casa de
campo.

Paquita le salió al encuentro en el jardin.

No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en
opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si
podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria
jamás con la que olvidaba su decoro.

Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo
tambien.

A la mujer se la perdona todo, ménos el escándalo.

Hay cierta clase de faltas que á la mujer le hacen más ó ménos mal,
segun se cometen.

Una inconveniencia es á veces para una mujer mucho peor que la deshonra.

El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona á quien se olvida de
cierta clase de consideraciones.

De lo que aquella noche sucedió nada podemos decir, puesto que el
resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto.

Alfredo volvió á las cinco de la madrugada á su casa de Madrid, y se
acostó.

Cuando Paquita salió aquella mañana de su dormitorio, estaba triste y
preocupada.

Alfredo no fué aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino á las once de la
noche.

Una semana despues se habló del regreso á Madrid, porque el señor
Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa.

La madre y la hija volvieron, pues, á la calle de San Lorenzo.

Su antigua habitacion les parecia horrible.

No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse.

Todo les parecia muy malo allí.

Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados
pudiera vivirse. Además, sus recursos habian triplicado, gracias á la
proteccion de Alfredo y á los ahorros que hizo don Pascual mientras
vivió solo.

Fueron á visitar á doña Robustiana; pero ya Paquita no parecia
envanecerse con el amor de Saavedra.

La viuda preguntó cuándo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don
Pascual respondió:

--Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para
arreglar asuntos de mucho interés, y no volverá hasta el mes de Octubre.

--Bien me parece eso,--repuso doña Robustiana,--muy bien, con tal que
ese hombre cumpla sus promesas.

--Si usted lo conociese, no dudaria.

--Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad
que tú mereces eso y mucho más.

--¿Y Adela?--preguntó la esposa de Bonacha.

--No tardará quince dias en casarse, pues ya están arreglando los
papeles.

--¡Tan pronto!...

--Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en órden,
porque ya saben ustedes que es el hombre más delicado del mundo; pero
como ellas no miran el interés, porque el dinero les sobra, han querido
que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes
del otoño.

--Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna.

--Eduardo la adora; pero no es tan rico como el señor de Saavedra, ni
representa en la sociedad tan brillante papel.

--¿Y qué más puede pedir la hija de un cerrajero?--replicó Paquita.

--Si es honrada, puede pedir mucho.

La jóven palideció, y su madre se apresuró á decir:

--Mi hija tambien es honrada.

--Nadie lo ha puesto en duda.

--Y es señora desde que nació, y su padre es un caballero, y por
consiguiente pertenece á otra clase. Buen papel haria la hija del
cerrajero entre duques y marqueses, como estará mi hija cuando se case.

--Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece
que las dos han conseguido lo que deseaban.

Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque
este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid.

Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empezó
á perder la tranquilidad.

Doña Robustiana, con la mejor intencion, le dijo á la jóven:

--Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque estás más
pálida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegría.

Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir.

--Me siento muy bien,--dijo.

¿Y qué pensaba de todo esto don Pascual?

Aunque parezca inverosímil, su carácter habia cambiado durante la
ausencia de su familia.

Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado,
y algunas noches dejaba de leer _La Correspondencia_, lo cual sorprendió
mucho á su esposa.

Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido
considerablemente su apetito.

Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar
con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.

Así como el instinto le habia dicho á su esposa que Alfredo no era
conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al
honrado padre grandes desgracias.

No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le
desagradaba mucho.

Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con
tantos razonamientos, que el infeliz se sintió aturdido, y tuvo que
callar.

Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y
tanto ascender asustaba ya á don Pascual Bonacha.

Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con
claridad, es sospechoso; más aún, que no puede ser bueno.

Así daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el
talento.

Si á don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotería, antes
de cobrar hubiera enseñado el billete á todo el mundo para que nadie
dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la
procedencia de aquel dinero.

Lo mismo le sucedia en cuanto á los adelantos tan rápidos y repentinos
hechos en su carrera.

¿Por qué le protegia tan decididamente un hombre á quien apenas conocia?

Esta pregunta debió hacérsela el mundo, y para explicarse el efecto
intentaria buscar la causa.

Para que esta fuese adivinada no era menester más que una mediana
sagacidad.

Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen
cuidado de hacer público que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que
el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa.

Así no daba lugar á que nadie preguntase de dónde salia el dinero que
valian todos aquellos moños, volantes, pendientes y otros adornos por el
estilo, pues era fácil que algun malicioso creyese que don Pascual
explotaba á los que iban á rogarle que despachara pronto un expediente.

El honrado Bonacha era, pues, una víctima de los extravíos de su hija,
así como esta debia ser al mismo tiempo víctima de Saavedra y de sus
propias debilidades.

De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de
respetuosa consideracion y lástima sino don Pascual, y aun á este
debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes á
su esposa y á su hija.

Muchos padres hemos conocido así, y sobre haber sufrido ellos mucho,
han hecho muy desgraciados á sus hijos.

«Quien bien te quiera te hará llorar,» dice el adagio.

Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar á su hija.

Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal
vez no habia comprendido don Pascual.

El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos
sentidos la enorme carga de la familia, no debe creársela.

Juanito no se descuidó, y apenas supo que habian regresado la esposa y
la hija de don Pascual, dispúsose á proseguir su obra, yendo á casa de
doña Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la
madre y la hija.

A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente á frente la
tormenta, y buscó un camino indirecto.



CAPÍTULO IX

Las primeras lágrimas.


Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta
alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de
la mujer casamentera.

Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad.
Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la
viuda le profesaba gran estimacion.

--¿No está usted bien?--le dijo ella apenas lo vió.

Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.

--Vamos á ver si nos entendemos,--añadió la viuda;--siéntese usted aquí,
á mi lado... Véte, _Morito_.

El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.

--Señora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie.

--Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la
voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin
otras recomendaciones que las de su honradez.

--Ciertamente.

--Pero yo no puedo equivocarme como los demás.

--Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

--No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.

--Harto me pesa,--respondió Juanito, suspirando tristemente.

--No tiene usted madre, y yo quise serlo...

--Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.

--Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la
esperanza de que se remedie el mal.

--¡Remedio!... no lo hay.

--¿Y por qué?

--Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun
cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como
Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de
exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.

La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:

--¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?

--Al ménos así parece que sucederá.

--Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo
conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy
corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano
el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido
muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no
vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados,
porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se
lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de
decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

--¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?

--Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta
clase de asuntos.

--Estoy convencido.

--Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una
mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo
contrario.

--Tiene usted el don de adivinar.

--¿Lo cree usted así?

--Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.

--Explíquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de
combinar nuestro plan de campaña.

--Le confiaré á usted un secreto.

--Sepamos.

--Don Alfredo de Saavedra ama á otra mujer rica y de elevada clase.

--¿Lo ve usted?

--Y esa mujer le corresponde.

--Ya pareció aquello.

--Mis noticias son exactas, puesto que...

--Sí, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de
Romeral.

--Exactamente.

--¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la
tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada;
comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole
justicia, le amará.

--¡Ah!--exclamó Juanito, empezando á reanimarse.

--Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.

--Pero el secreto que acabo de confiarle...

--Lo explotaré con habilidad...

--Piense usted...

--Es usted un niño.

--Doña Robustiana...

--Hemos terminado.

--Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.

--¿Ama usted de veras á Paca?

--Con frenesí.

--Pues será usted su marido.

En el colmo del entusiasmo besó con ternura filial Juanito las redondas
manos de la viuda, y esta juró una y otra vez que cumpliria lo que habia
prometido.

El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para
Juanito.

Separáronse, y al dia siguiente la viuda fué á visitar á la familia
Bonacha.

La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior
dispensa al inferior.

Disimuló doña Robustiana y dijo para sí:

--Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.

Y luego añadió en vez alta:

--No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un
crímen no subir.

--Mucho le agradecemos á usted sus demostraciones cariñosas,--respondió
la esposa de don Pascual.

Doña Robustiana miró muy atentamente á Paquita, y despues de algunos
minutos le preguntó:

--¿Conoces á la hija del conde de Romeral?

--No,--respondió la jóven.

--Pero la conocerá cuando se case,--se apresuró á decir la esposa de
Bonacha,--porque entonces se visitará con toda esa gente.

--En cuanto á la hija del conde...

--¿Qué?

--Nada, nada,--respondió la viuda.

Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho
valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho
nada.

Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.

--¿Pero por qué,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de
Romeral?

--Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin,
hablemos de tu próxima felicidad.

--Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo
digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.

--Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo,
porque estos asuntos son muy delicados.

--¿Qué quiere usted decir?--preguntó la madre de Paquita, que empezaba á
dejarse arrebatar por la cólera.

--Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia,
sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no
necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero
todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua,
reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la
libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu
boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran
que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.

No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.

La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana
terminantes explicaciones.

¿Qué más podia decir la viuda?

Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:

--¡Hablaré, hablaré!

--Ya escuchamos.

--Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la
hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos
amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este
compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las
personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte,
debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se
odien.

La madre y la hija quedaron anonadadas.

La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que
acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.

Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.

Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la
mirada de la viuda.

¡Infeliz!

Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.

¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?

Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar
sus mortales angustias.

Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se
dispuso á salir.

La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se
acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y
le dijo con humilde tono:

--Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.

--Creo que sí.

--No puede usted desear que yo me vea en ridículo.

--Me parece que no tengo un alma tan depravada.

--Pues bien; yo le suplico...

--De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que
me visitan.

--Gracias.

--Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...

--Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que
por él habrá usted tenido esas noticias.

--¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.

Paquita suspiró tristemente.

--Te ama como no puede amarte ningun hombre.

La esposa de don Pascual volvió á tomar parte en la conversacion, y
dijo:

--Lo que tiene Juanito es rábia porque mi hija no lo ha querido, y para
vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.

--Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que á
consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.

Despidióse y salió doña Robustiana, dejando en aquella casa el gérmen de
profundos trastornos.

Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregáronse á todos los
trasportes de la desesperacion.

La madre amenazaba terriblemente.

La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo á
palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.

No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se presentó.

Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le
sucedió al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer
golpe de vista comprendió que algo muy grave sucedia.

La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y
vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que
hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase
reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha
habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en
otro terreno y á seguir distinto sistema.

Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:

--¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de
amarte ciegamente?

--No lo he olvidado,--respondió Saavedra con una frialdad espantosa.

--Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

--Debes esperar que yo te ame siempre.

--Eso es muy vago.

--¿Pues qué más deseas?

--Lo que exige mi honor, que he sacrificado por tí.

--Paca, te aconsejo que dejes ese tono trágico, porque...

--Me engañas, Alfredo,--interrumpió la jóven sin poder contenerse.

--¡Que te engaño!...

--Amas á otra.

--No es verdad.

--Tengo pruebas.

--Todo lo adivino... ¡Oh!... ese mozalbete estúpido se ha empeñado en
que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion durísima. No te
pido explicaciones, porque no las necesito.

--No he visto á Gonzalez hace ya mucho tiempo.

--Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está
desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo
posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de
Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he
despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo
alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.

--Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del
conde.

--Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no
pienso casarme.

--Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus
intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me
tranquilice para siempre.

--¿En qué puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un
cigarro.

--Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos
indisolubles...

--Paca,--interrumpió Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse
ligeramente.

--Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita.

--Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

--¡Te vas!...--exclamó Paquita con acento de terror.

--Pero volveré, descuida.

--¡Te vas!...--volvió á decir la jóven.

--He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino
inmediatamente.

--¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--gritó desesperadamente la infeliz.

--De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de
Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede
imaginarse.

Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo:

--Si así te dejas arrebatar, jamás nos entenderemos.

--¡Estoy perdida!...

--Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones
recobrarás la calma.

--¡Dios mio!...

--No he venido para oirte llorar.

--¡Oh!...

--Adios... Creo que dentro de pocos dias volveré; pero si mis asuntos me
obligan á detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya
comprendes que más ó ménos tarde he de venir.

La jóven quiso hablar, y no pudo.

Sentíase medio ahogada.

Acudió la madre á tomar parte en la conversacion, porque era imposible
que permaneciese mucho tiempo callada.

--¿Pero qué es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la
clase de usted...

--Señora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no
estoy dispuesto á recibir; y en cuanto á lo demás, ya he dado
explicaciones á su hija de usted, y todo quedará arreglado.

Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuchó, y salió sin dar tiempo
á que le dirigiesen nuevas reconvenciones.

--Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la
primera vez que yo me hubiese equivocado.

Paquita guardaba silencio y lloraba.

Su madre no podia comprender todavía todo lo horrible de la situacion.

Bien puede decirse que la suerte de la jóven estaba decidida.

A quien más compadecemos es al honrado don Pascual.



CAPÍTULO X

Dos bribones que se entienden.


Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece á las que ya
hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que
Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia
lo mismo para un barrido que para un fregado.

No hemos tenido ocasion de verlo más que en la vivienda de doña
Robustiana, ni de oirlo más que cuando hablaba sublimemente con la
sensible Adela.

Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar á cada
uno en su lenguaje y para dar á su rostro la expresion, ahora cándida,
luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.

Por esta razon tenemos que reconocerle el mérito que se reconoce á un
actor consumado.

Lástima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese
extraviado hasta el punto de llegar á ser un miserable, tan digno de
compasion como de castigo.

Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era débil alguna vez; cuando se
trataba del bello sexo, estaba sujeto á caprichos, y estos le habian
producido ya más de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones,
la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la
causa está en su propia organizacion.

Se recordará que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado
galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos á dar
explicaciones.

Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier
hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no
ciegamente, con interés sobrado para cometer alguna locura.

En este caso se encontraba Eduardo, y como á Juana, contra su costumbre,
le pareció bien mostrarse esquiva, avivóse más lo que no sabemos si
llamar pasion del amante de Adela, quedando así probado que los
inconvenientes y los obstáculos encienden el deseo, son combustible
añadido á la hoguera.

Empeñóse el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empeñó en
resistir, defendiéndose heróicamente en la antesala, los pasillos y la
escalera, lo que primero fué un capricho sin importancia, llegó á ser
una cuestion grave, hasta de amor propio.

No era posible que Eduardo se resignase á verse derrotado cuando se
trataba de una fregona; pero no le ocurrió pensar que al empeñarse en
aquella lucha iba á quedar preso en las redes que él mismo tendia.

Ablandóse al fin Juana, aunque poco, y permitió ciertas franquezas, que
del caso no son, cuando bajaba á las doce de la noche para abrir la
puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra
la llave.

Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores
intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de
divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es
preciso aprovecharla.

Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, creyó este que
podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia
de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.

La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que
ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acabó por escuchar
al tahur y le dió una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.

Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y
esta libertad la aprovechó para el arreglo del asunto que nos ocupa.

Las ocho acababan de dar, y el café del Sur, situado en la Plaza del
Progreso y esquina á la calle de Lavapiés, estaba ya ocupado hasta el
último rincon.

En el café del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma
mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que
puede ruborizar á un coracero y se respira una atmósfera pesada y
nauseabunda, capaz de resentir los pulmones más firmes.

Esto no mengua en nada el crédito de que goza el café del Sur, pues
precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan á los
concurrentes y para que allí se beba y se fume, sin que á nadie deba
hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, á nadie más que al
gobierno, que no lo vende mejor.

Junto á una de las mesas encontrábase Eduardo.

Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba á beber la segunda, en tanto
que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se
quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de
su futura.

Juana entró en el café.

Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia
mucho que ver cómo arrastraba una larga cola, que producia un ruido
bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la
falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la
diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.

Una lluvia de piropos cayó sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en
consideracion tales atrevimientos, atravesó el café y fué á sentarse
frente á Eduardo.

--Ea,--dijo,--aquí me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme
de lo que no se convenceria la más tonta. ¿Lo entiende usted?

--Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.

--Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se
va usted á casar, porque ha de saber usted que nací en el barrio de
Maravillas y allí todo el mundo habla muy claro.

Interrumpióse Juana, porque el mozo se acercó, preguntando:

--¿Qué se ofrece?

--Café con media tostada de abajo,--dijo la sirviente.

Pocos momentos despues estaba complacida.

--Mira, Juana, á mí no me vengas con música celestial, porque yo te
conozco demasiado bien. Tú necesitas hacer tu negocio; yo tengo
necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...

--Poco á poco.

--¿Te ofendes?

--No; pero...

--Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este
pícaro mundo los que andan con escrúpulos de monjas.

--Entiendo.

--Todos van á su negocio, y el que no lo hace...

--Que no soy torpe.

--Voy á decir que te den una copita.

--Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un
perro.

--No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña
Robustiana y cambiar de vida.

--La que paso no puede ser peor.

--No ignoras que voy á casarme.

--¡Y lo dice usted con tanto descaro!

--Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado
de Adela.

--Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer;
pero así dormirá usted tranquilo.

--Me caso con Adela...

--Por el dinero, ¿no es verdad?

--Sí.

--¿Y con ese dinero?...

--Obsequiaré á otra que pueda satisfacer mi gusto.

--Y eso es una picardía.

--Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me
agrada, que me conviene. Una picardía parece tambien que tú busques de
cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin
embargo, lo harás feliz y tú podrás ser tambien dichosa sin que la
conciencia te atormente.

Juana siguió tomando el café, y aunque era muy habladora, guardó
silencio.

Eduardo prosiguió así:

--Me casaré dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes
á lo gran señora, yo haré que desista de su propósito, porque la vida de
Madrid me agrada mucho más que la que me espere por esos mundos de Dios.
Apenas nos casemos me haré cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y tú
podrás inmediatamente dejar de servir.

--¿Y qué dirá Manolo?

--No soy adivino; pero tú eres sobradamente lista, y le harás ver que lo
negro es blanco.

--Bien, eso corre de mi cuenta.

--Tendrás dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes
en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.

--¿Y si algun dia se descubre el negocio?

Eduardo se encogió de hombros con indiferencia, apuró el contenido de la
copa, dejó escapar una bocanada de humo, y respondió:

--Mi esposa hará entonces lo que le parezca mejor, y tú te arreglarás
con Manolo lo mejor que te parezca.

--Considere usted que si ya estoy comprometida...

--Jugarás el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de
abandonarte, y si te decides por mí, nos reiremos de todo el mundo.

--En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...

--Es arreglarse con mi mujer.

La sirviente soltó una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que
acababa de decir Eduardo.

Este añadió:

--Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.

--Eso no puede suceder.

--Pero al ménos se contarán sus penas y se consolarán, mientras que
nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que á
la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...

--Es usted capaz de dar tentaciones á un santo.

--Como tú no tienes de ángel más que el rostro...

--Te veo,--replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan
á la gente de su clase.

--¿Estamos conformes?

--Que sí.

--Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me
tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.

--Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

--Sí, mucha prudencia; pero...

--Déjame en paz.

--Siento que no te atrevas á tomar una copa.

--Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.

--¿Sabes lo que pienso?

--Lo sabré si me lo dices.

--Si Manolo no fuese un estúpido, me agradeceria lo que hago en su
favor, puesto que de aquí á un año será rico.

--Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para
favorecer al pobre Manolo, y si él supiera la verdad, se pondria hecho
una fúria.

--Ya te he dicho que es un estúpido.

Así continuaron hablando hasta despues de las nueve.

No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni
siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos
estrepitosos, con los que el público demostraba su agrado por lo
admirablemente bien que los actores trabajaban.

--Ya es muy tarde,--dijo la sirviente.

--Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.

--¿Irás esta noche?

--Sí.

--Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...

--¿Tienes celos?

--No, pero...

--Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos
de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia
perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un
tesoro de esperanzas.

Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y
se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que
parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

--¿Adónde vas por aquí?--preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.

--Pues ya lo ves, voy á mi casa,--respondió ella.

--¿Y de dónde vienes, paloma?--replicó Manolo irónicamente.

Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:

--No vengo del sermón, ya puedes figurártelo.

--Sí, me lo figuro.

--Esta tarde he paseado por la Montaña del Príncipe Pio.

--Mientras yo te esperaba en Chamberí, segun lo convenido.

--Salí tarde, porque la señora me entretuvo, y creí que ya no te
encontraria.

--Y despues de la Montaña...

--Viéndolo estás.

--Pero en alguna parte te habrás detenido.

--Detenerme... ¡Pues tiene la señora buen genio para hacerla esperar!

--Juana,--replicó Manolo con tono que algo tenia de amenazador,--tú has
creido que puedes burlarte de mí; pero te equivocas.

--¿Y por qué dices eso?

--Demasiado bien lo sabes.

--Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una
esquina, pues no es justo que yo lo pague.

--¡Juana!...

--No puedo detenerme.

--Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el café...

--¿Y qué?--interrumpió la sirviente, convenciéndose de que ya era inútil
negar.--Tú ves visiones.

--¿Con que no sales ahora del café?

--Sí.

--Pues entonces...

--Será menester decírtelo todo.

--No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese
silbante que va de visita á casa de tu señora.

--Me ofendes, Manolo.

--Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.

--Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha
mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que
sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate.
Ahora,--añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,--quéjate
cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida,
porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.

Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos
para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.

--Adios,--dijo con voz ahogada;--hasta el Valle de Josafat.

Y dió un paso para alejarse.

Manolo la detuvo, diciendo:

--Espera.

--Déjame.

--¿Por qué lloras?

--Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Déjame, y busca
otra que te quiera más que yo, otra que sea más honrada...

--No he puesto en duda tu cariño ni tu honradez...

--¡Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...

--Que la gente nos mira.

--Pues déjame.

--No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un
genio:...

--Si á tí te ofendiesen, veríamos.

--No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se
acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.

Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.

Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes
reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.

Despidiéronse y se separaron.

Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la
sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella
misma.

Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el
primero que se le habia presentado.

Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo
que parecia.

Era un marido, y con esto tenian bastante.

Todo esto será demasiado desagradable, tal vez horrible; pero
desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos
hemos concretado á referir lo que hemos visto más de una vez.

Las novelas más interesantes se encuentran en la vida real, y basta
copiarlas para hacer un libro.

Volvamos á la familia Bonacha.



CAPÍTULO XI

Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.


Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero
habia trascurrido una semana, y la carta no llegó.

Durante este tiempo tuvo la jóven motivo para comprender en toda su
extension su desgracia.

Esperó otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidió
escribir á su amante.

Hé aquí la carta de Paquita:

«Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.

»¿Por qué no me escribes?

»¿Te ha sobrevenido alguna desgracia?

»¿Te has olvidado de mí?

»No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.

»Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me será imposible
ocultar mi deshonra.

»Respetables intereses deben haberte obligado á salir de Madrid, y esos
mismos intereses te detendrán; pero hay algo que vale mucho más que
todos esos intereses, más aún que toda tu fortuna, y ese algo es mi
honor.

»Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir
á salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner á cubierto nuestras
debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede
pedirnos cuenta de nuestra conducta.

»No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en
sacrificios, y que para satisfacer hasta tus más leves deseos, he
olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.

»Ha llegado tu vez, y ahora espero de tí las pruebas; ahora estás tú
obligado á consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.

»No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu
conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario,
lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que
evites que tu conciencia te acuse algun dia.

»El dolor me trastorna.

»Desde que nos separamos, el sueño huye de mis ojos.

»Lloro noche y dia.

»¡Cuánto sufro, Alfredo, cuánto sufro!

»Si no cumples tu deber, ¿qué será de mí?

»Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, ¿qué le
sucederá?

»No podrá el infeliz soportar golpe tan terrible.

»Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos
sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la
eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo
que no se hubiera resignado, con lo que no se resignará, es con la
deshonra.

»Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como
los ricos, y quizá más aún, porque es lo único que tenemos.

»Si nos arrebatan el honor, ¿qué nos queda?

»Tú me has arrojado al fondo de un abismo, y tú eres la única persona
que puede salvarme.

»Alfredo, salva mi honor y quítame despues la vida.

»No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible
desgracia.

»Toda su vida ha sido un mártir, y ya que no otra cosa, que pueda al
ménos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque sólo Dios sabe lo
que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.

»No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos
generosos, y si no por cariño, por compasion, Alfredo, siquiera por
compasion, corre, ven, sálvame, y luego huye de mí, si es que mi
presencia te enfada, que yo devoraré en silencio mi dolor y mis
amarguras, y no turbaré tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino
que te dejaré en completa libertad para que goces y seas dichoso.

»No puedo más, Alfredo, no puedo más... Ven y salva á tu víctima
infeliz, compadece á mi padre, piensa que tú tambien eres padre, y haz
por tu hijo lo que por mí no harias.»

El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.

Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero
el sentimiento, cuando llega á cierto grado, iguala todas las
inteligencias.

No habia meditado Paca para escribir.

Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que
ella misma pudiera apreciar todo su mérito en ningun sentido.

¿Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?

¿Era posible que abandonase á la mujer que todo se lo habia sacrificado?

Sí era posible, por más que no lo parezca.

Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado,
era para él de mucha importancia.

Además, parecíale horroroso casarse con Paquita, á quien él mismo, en
presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las más sangrientas
burlas.

No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia
serlo sin deshonrarse, segun él mismo creia.

Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion,
tratándose de un hombre de sus circunstancias y carácter.

Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad,
su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.

Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo
miraria con profundo desden, y que en los círculos de lo que se llama
gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epígramas.

Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.

Una vez escrita la carta, encontróse Paquita con que no sabia cómo
dirigirla.

¿Qué hacer para salir de este apuro?

Consultó con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir
á la casa de Saavedra para preguntar á los criados del mismo.

Hiciéronlo así.

Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad,
casi con desden, á pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.

--Ahora,--dijo el criado, que debia estar bien instruido por su
señor,--se encuentra el señor don Alfredo en Santander; pero no estará
allí más que tres ó cuatro dias, porque asuntos de interés lo llaman á
Francia.

Volvieron á su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia quedó la carta
en el correo.

Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pasó
sin que recibiesen ninguna carta.

Volvieron á ver al mayordomo de Alfredo.

El criado dijo:

--Cuando el señor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso
de absoluta necesidad, porque no cree que está obligado á dar cuenta de
sus acciones á su servidumbre.

--¿Pero dónde se encuentra?--preguntó Paquita.

--No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris
ó en Lóndres.

--¿Y cuándo volverá?

--Tampoco el señor de Saavedra dice eso á sus criados.

Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente
inútiles.

¿Habia recibido Alfredo la carta?

Debia suponerse que sí, pero esto no era más que una suposicion.

Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se
presentó á las señoras de Bonacha, diciéndoles:

--El señor de Saavedra me escribe desde Lóndres, y me manda entregar
esto á ustedes y advertirles que recibió su carta.

Y al mismo tiempo presentó el criado un pliego, que aunque no muy
voluminoso, lo era más que una carta cualquiera.

La hija de don Pascual exhaló un grito de alegría.

Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su
regreso.

El criado añadió:

--El mismo dia que el señor don Alfredo me escribió, debia salir de
Lóndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dónde se
encuentra en estos momentos.

No bien hubo pronunciado estas palabras, salió.

Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de
abrirlo.

Sus manos temblaban convulsivamente.

--Acaba,--le dijo su madre.

La jóven rompió al fin el sobre.

No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil
reales, es decir, mil duros.

La madre dejó escapar una exclamacion de sorpresa.

La hija exhaló un grito desgarrador, y perdió el conocimiento.

No se necesitaban explicaciones.

Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y
pagaba la deuda.

Esto no necesita comentarios.

La última esperanza se habia desvanecido.



CAPÍTULO XII

Otro celoso que quiere vengarse.


¡Qué feliz era Adela!

El sacerdote acababa de bendecir la union de la jóven con Eduardo, con
el hombre sensible, cariñoso y tierno, con el hombre sublime hasta el
último grado de la sublimidad.

Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo
presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner
en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la _Católica_.

--¿Qué es eso?--le preguntó Adela.

--Una de las condecoraciones que tengo.

--Yo no sabia...

--Ya me conoces,--repuso el tahur,--y sabes que no soy vanidoso.

--Pero si tienes esas distinciones...

--Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada más, y aun eso, más
que para dar importancia á mi persona, para cumplir exigencias sociales,
y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo
representa en el mundo.

Lo que sintió Adela no puede explicarse.

¡Casada con un hombre que tenia una cruz!

No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada.

Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y á esta hora fueron
á almorzar á la fonda del Cisne.

Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pasó
alegremente.

Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina.

La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien á la fiesta, no
asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la
dicha de Adela, ni mucho ménos exponerse á que le preguntáran cuándo se
casaba ella.

Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le
pagaban su honor, y fácil es comprender el estado de su ánimo.

¿Habia aceptado el dinero?

No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fué á devolverlo
al mayordomo, y se encontró con que este habia partido para ir á
reunirse á su señor.

Conservó Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia
su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo.

No más que una semana trascurrió, despues de haberse casado Adela con
Eduardo, cuando una mañana tuvo Juana por conveniente maltratar á
_Morito_.

--¿Qué significa esto?--dijo la viuda con acento colérico.

--Significa,--respondió la sirviente,--que yo estoy aquí para servirla á
usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato.

--Pues si no quieres sufrirlas, tendrás que buscar nuevo acomodo.

--Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me
echen.

--Puedes hacer lo que te parezca mejor.

--Pues déme usted la cuenta, y tal dia hará un año.

Cruzáronse algunas frases más, todas ágrias hasta el último grado de
acritud.

Doña Robustiana pagó á su sirviente, y esta se fué.

Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia
anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse á vivir con
una amiga suya.

El tahur habia satisfecho así todos sus deseos, y se consideraba el
hombre más dichoso del mundo.

Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la
necesidad de nuevas emociones, y se acordó de su antigua vida,
suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotonía de
su nueva existencia.

Siempre Adela á su lado, siempre su suegra frente á él, y si conseguia
dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver
á Juana.

Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de
Eduardo.

Un hombre como él, no podia vivir así.

Ya era dueño absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueño de una
gran parte de la fortuna que poseian.

¿Por qué habia de seguir guardando consideraciones?

Creyó que representaba un mal papel.

Si encontraba á sus amigos, se le burlaban, llamándole esposo manso y
otras cosas por el estilo.

Y Adela se mostraba cada dia más exigente para que le guardasen cierta
clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse
halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido.

Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que
hacer, y salió.

Su esposa pensaba haber ido á paseo, luego al café, y por último al
teatro ó á la tertulia de doña Robustiana.

--¿Tardarás mucho en volver?--le habia preguntado Adela á su marido.

--No lo sé,--respondió él;--pero haré lo posible para venir pronto.

--Te aguardaré vestida.

--Como quieras.

--Si ya no es hora de ir á paseo, iremos desde luego al café ó al
teatro.

Llegó la noche, y Eduardo no habia vuelto.

Adela y su madre se vistieron cubriéndose de adornos, y determinaron
pasar la noche en el café.

Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.

--¡Dios mio!...--exclamó la jóven.--¿Le habrá sucedido alguna desgracia?

Doña Cecilia se contentó con hacer un gesto de disgusto.

A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y á las diez
se quitó los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.

La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria
reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una
vez.

A las diez y media perdieron las esperanzas.

Adela cambió su lujoso vestido por una bata, dejóse caer en un sillon y
empezó á llorar.

--No tengas cuidado,--le decia entonces su madre,--que ninguna desgracia
le habrá sucedido. Luego lo verás entrar bueno y sano, y diciendo que
sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra
vez, la culpa será tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir.
A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en
libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido será como
todos. Si yo me hubiese descuidado, ¡pobre de mí! pero me mantuve
siempre firme, y así conseguí que tu padre anduviese siempre derecho. Si
te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aquí
estoy yo, que no permitiré que tu marido se burle de tí.

--Tal vez...

--Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabríamos.

--Sus quehaceres...

--¿Y qué negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa más que
en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe á tí, puesto
que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te
quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse
contigo.

--Piensa que no es ningun descamisado.

--¿Pues qué tiene? Las esperanzas de heredar á su tio, y si éste vive
cien años y quiere dejar á otro su fortuna, ni aun eso tendrá. Luego has
de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece
natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que él
hubiera contestado poniéndose en relaciones contigo.

Adela suspiró tristemente.

Empezaba á comprender una verdad horrible.

--Tarde ó temprano todo se descubre,--prosiguió diciendo la madre,--y
sabe Dios lo que al fin resultará.

Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.

Ya habian dado las once cuando sonó la campanilla y entró Eduardo,
dejándose caer en una silla, limpiándose el sudor que corria por su
frente, y diciendo:

--¿Cenamos ya?

Era de ver el semblante de las dos mujeres.

--Yo no quiero cenar,--dijo Adela.

--Yo tampoco,--añadió su madre.

Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente
darlas.

Su silencio las mortificaba horriblemente.

--¿Estás mala?--preguntó el tahur á su esposa.

--Estoy buena.

--Yo tambien, á Dios gracias, muy buena,--dijo doña Cecilia con acento
irónico.

--Me alegro.

No era posible que la madre se contuviese más.

Su cólera estalló.

--Ya se conoce,--dijo,--que debias tener mucho cuidado por nuestra
salud.

--No habia motivos para abrigar ningun temor.

--Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves á tu casa á la hora de
dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste
papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y
cuando vienes no te se ocurre más que pedir la cena.

--Si he venido tarde, ha sido...

--Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer.

Adela dejó escapar un raudal de lágrimas.

--Bien, muy bien,--dijo Eduardo,--no me faltaba más que una escena.

--Caballero,--gritó doña Cecilia con creciente arrebato,--no toleraré
que trate usted así á mi hija; y si esto se repite, adoptaré una
resolucion enérgica.

Pensó Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta
situacion, y poniéndose en pié, replicó enérgicamente:

--Señora, usted no es mi mujer, usted no es nada para mí...

--¡Que no soy nada!...

--No tiene usted derecho á pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre
este punto me entenderé con mi esposa.

--Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su
bondad. Ha visto usted que á la pobrecita le falta el valor para hablar
fuerte...

--Basta, señora.

--Ahora es preciso que todo quede en claro.

--Pues bien; se empeñan ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que
estoy fuera de casa, y les probaré que no soy uno de esos hombres que se
dejan dominar.

--¿Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?...

--Yo soy bondadoso, pero no débil; estoy dispuesto á ser un marido
cariñoso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian,
han podido buscar otro.

--Tenga usted entendido...

--Está usted hiriendo mi dignidad,--gritó Eduardo.

--Usted está pasando buena vida con nuestro dinero...

--El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata
así, puesto que las ofensas llegan á tal punto, ahora mismo saldré de
esta casa para no volver, y ustedes se quedarán con su dinero y yo con
mi decencia, que vale mucho más.

Adela se atrevió al fin á tomar parte en la conversacion, porque las
amenazas de su marido eran demasiado terribles.

--¡Eduardo, Eduardo, mio!...--exclamó con acento de angustiosa súplica.

Y quiso acercarse á él para abrazarle y hacerle salir de la habitacion.

--Déjame,--replicó bruscamente el tahur.

La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese.

--¡Que se irá con su decencia!--exclamó irónicamente.--¡Miren la
decencia con el bolsillo vacío!...

--Tienen ustedes mucho dinero,--gritó Eduardo;--pero deben ustedes
considerarse honradas á mi lado.

--¡Honradas!...

Y doña Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos
tiempos, apoyó las manos en las caderas y gritó fuera de sí:

--Oiga usted, señor hambriento, es preciso que usted sepa...

--Señora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que
se le quiten las manchas del carbon de la fragua...

--¡Silbante!...

--¡Cursi!--gritó Eduardo con toda la fuerza dé sus pulmones.

Esta palabra produjo un efecto inconcebible.

Rugió doña Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur.

Gritó Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener á su madre.

Los criados acudieron, y sujetaron á Eduardo, que juraba y maldecia como
si se encontrase en una taberna.

Agitábanse todos, y todos hablaban á la vez.

Cruzábanse los improperios y las palabras más groseras.

La infernal gritería puso en conmocion á todos los vecinos de la casa, y
muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar
socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia.

--¡Así se trata á un caballero como yo!--exclamaba Eduardo.

--¡Nos ha llamado cursis!--gritaba fuera de sí doña Cecilia.

--¡Qué escándalo, qué horror!--decia la pobre Adela.

Y los criados suplicaban, y resonaba sin cesar la campanilla, agitada
por los vecinos.

Para poner término á tan violenta escena, no quedó más recurso que sacar
medio arrastrando á la madre y encerrarla en otra habitacion; y Eduardo,
queriendo tambien contribuir á la paz, tomó su sombrero y salió de la
casa, jurando que no volveria si no le daban cumplida satisfaccion.

Desmayóse Adela.

Los vecinos invadieron todas las habitaciones.

Fueron en busca de un médico, y eran ya más de las dos de la madrugada
cuando la calma se restableció completamente.

Todas las ilusiones de Adela se habian desvanecido.

Su situacion habia cambiado.

Eran las diez de la mañana, y Eduardo no habia vuelto.

Entonces se entabló la discusion entre doña Cecilia y Adela.

Esta lloraba, se desesperaba y acusaba á su madre de cuanto sucedia.

La madre empezaba tambien á arrepentirse de haberse dejado arrebatar por
la cólera, porque temia que Eduardo cumpliese su propósito de no
volver, en cuyo caso la jóven se quedaria mucho peor que antes de
haberse casado.

Pero no queria doña Cecilia dar su brazo á torcer, como suele decirse, y
replicó:

--Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una
injusticia.

--Antes le llamaste tú hambriento y perdido, y no sé cuántas cosas más.

--Eso no es una razon.

--Tenia que defenderse.

--Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta
con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo más que la
noche y el dia. Acuérdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va
vestido como un gran señor. Y entonces no se ocupaba más que en escribir
versos para tí, y ahora...

--Pues con decir todo eso he ganado mucho,--dijo Adela.

--Déjalo, que ya volverá como vuelven los gorriones cuando se les corta
el pico.

--Tú no conoces á Eduardo.

--Pero ya voy conociéndolo por mi desgracia.

Dieron las once.

Tampoco el marido parecia.

Trascurrieron las horas con horrible lentitud.

Era preciso adoptar una resolucion.

Adela quiso ir á buscar á su marido.

Doña Cecilia no se opuso, porque tenia ya por lo ménos tanto miedo como
la hija.

Pero ¿dónde estaba Eduardo?

Hé ahí lo que no podian adivinar.

Despues de mucho discurrir, decidieron ir á pedir consejo á doña
Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera
dignidad; hace público cuanto ha de ponerla en ridículo.

Vistiéronse, y ya iban á salir, cuando se presentó un criado, diciendo
que acababa de llegar un hombre que queria verlas.

--No estamos para ver á nadie.

--Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho interés, y segun se
explica, trae noticias del señorito.

Estas palabras, verdaderamente mágicas entonces, produjeron su efecto.

El hombre en cuestion fué recibido.

Era Manolo.



CAPÍTULO XIII

Borrascas matrimoniales.


Adela no sabia quién era aquel hombre; pero le preguntó:

--¿Tiene usted noticias de mi esposo?

El novio de Juana apretó los puños y respondió:

--Por desgracia, sí.

--¡Dios mio!...

--No se asusten ustedes, porque la única persona que pierde en este
juego soy yo, y he venido por si les parece bien emplear su influencia y
hacer de modo que el asunto se ponga en claro. No digo que haya nada de
particular; pero, en fin, cuando á uno se le pone algo entre ceja y
ceja... Yo conozco bien que pueden ustedes tener un disgusto; pero no
me quedaban más que dos caminos, el de hacer esto ó el de tomar la
justicia por mi mano, y han de saber ustedes que aunque soy un hombre
muy pacífico, cuando se me sube la sangre á la cabeza cierro los ojos y
hago una barbaridad con mucha frescura.

¿Qué queria decir Manolo?

Doña Cecilia y Adela le miraron sorprendidas.

--Si no se explica usted con más claridad...

--Me explicaré.

--¿Qué le ha sucedido á mi esposo?

--A quien le ha sucedido es á mí.

--¿Pero dónde está?

--Con ella.

--¡Con ella!--exclamó Adela, en tanto que su rostro se cubria de mortal
palidez.

--¡Con ella!--gritó doña Cecilia, de cuyos ojos se escaparon dos
centellas.

--Eso es.

--¿Y quién es ella?

--La Juanita.

--¡Juana!... No sabemos...

--¿Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doña Robustiana
del Peral?

--¡Aquella relamida!

--¡Aquella desvergonzada!

--Poco á poco, señoras...

--¡Aquella bribona!...

--¡Aquella perdida!...

--¡Cuidado con lo que se dice!--interrumpió Manolo, como si amenazase.

--Concluya usted.

--Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho ménos perdida.

--Eso ya lo veremos.

--Y tanto como se verá, porque han de saber ustedes que yo soy su novio.

--Pues más le valiera á usted haberse muerto,--dijo doña Cecilia.

--Mi desgracia es haberlas conocido á ustedes.

--Si piensa usted desvergonzarse...

--Lo que pienso es decir las cosas claras.

--No se olvide usted de que somos unas señoras.

--¿Y á mí qué?

--¿Dice usted que mi marido está con esa mujer?...

--Sí, pero yo tengo pruebas de la honradez de Juana.

--Nos alegramos mucho.

--Y no es que haya sucedido nada de particular; pero quiero evitar que
suceda, porque al fin todos somos débiles en el mundo, y como Juana es
bonita, mucho más bonita que todas esas señoras cursis que andan por
ahí...

--No pronuncie usted palabras ofensivas.

--A nadie ofendo con decir que Juana es bonita; pero tambien es pobre, y
el dinero es mala tentacion, y como hace más de un mes que está sin
acomodo...

--Entiendo,--interrumpió doña Cecilia.

--He visto algunas cosas que no me han gustado; pero, en fin, no tenian
nada de particular, y anoche sucedió que en la Plaza del Progreso ví á
Juana hablando con su marido de usted.

--Esos serán los negocios que lo tenian fuera de casa,--dijo doña
Cecilia.--Ya lo estás viendo, Adela; eres tonta, y todo esto sucede
porque tú no tienes carácter.

--Mamá, pudo suceder que Eduardo se encontrase por casualidad con esa
mujer, y si ella le habló, tuvo que escucharla.

--Así es como Juana se explica,--repuso Manolo,--pues asegura que al ver
á don Eduardo le ocurrió encargarle que le proporcionase alguna casa
donde servir.

--Ya lo ves, mamá.

--Sí,--dijo irónicamente doña Cecilia;--y luego habrá ido á darle la
contestacion.

--Lo que me tiene con cuidado,--añadió Manolo,--es que don Eduardo,
segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y
todavía no se ha separado de ella. Fué á buscarla á las doce.

--No necesito más,--gritó fuera de sí doña Cecilia.--Ahora veremos cómo
se defiende; ahora veremos si se atreve á llamarnos _cursis_... Vamos,
Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor.

Coger á Eduardo _in fraganti_ delito, era para doña Cecilia una
complacencia sin igual.

Con su encaso entendimiento, no comprendió que hacia un gran mal á su
hija y que en beneficio de esta debió buscar razones para justificar la
conducta del infiel esposo.

Adela, temblando convulsivamente, púsose en pié.

A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia
esperar de su esposo.

La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no
comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente
la realidad.

No hay nada tan amargo como los desengaños, y tras un desengaño corria
la jóven.

Manolo, por el contrario, se empeñaba en hacerse ilusiones y en creer
que Juana lo amaba y era la mujer más honrada del mundo.

¿Podria justificarse Eduardo?

Cuando se separó de su esposa y de su suegra, se fué en busca de Juana,
y en la vivienda de esta pasó toda la noche, refiriéndole cuanto habia
sucedido y poniéndose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo
que pudiera suceder.

--Así me gusta,--dijo Manolo, disponiéndose á salir con las dos
mujeres.--Don Eduardo se avergonzará, y con cuatro cosas que le digan
ustedes, dejará tranquila á Juana, y yo tambien viviré tranquilo.

No hablaron entonces más.

Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la
calle del Salitre.

Adela apenas podia sostenerse.

Doña Cecilia dió algunos golpes en una puerta indicada por Manolo.

--¿Quién es?--se oyó preguntar.

--Abra usted,--respondió la madre.

Y la puerta se abrió, apareciendo Juana.

Dejó esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo:

--¡Ustedes por aquí!

--De seguro no nos esperaria usted, ¿no es verdad? Pues aquí estamos
para hacerle á usted saber quiénes somos, y para anonadar al hombre que
olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar
refugio en este nido de gente perdida.

--¡Jesús!--exclamó Juana con esa entonacion especial de la gente de su
clase.--Pues no vienen ustedes poco fuertes.

--Como podemos, ¿lo entiende usted?--replicó doña Cecilia.

Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo,
dejándose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se
asomaban para averiguar lo que sucedia.

Juana, que no se asustaba fácilmente, desplegó una sonrisa burlona, y
dijo:

--Supongo que vienen ustedes á buscar á su hombre... Pues aquí está; no
se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden
ustedes tranquilizarse.

--Desvergonzada.

--Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no
gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchísima alma para ponerle
las peras á cuarto al mismísimo rey en persona, ¿está usted?

--Mamá, vámonos de aquí.

--No se asuste usted, señorita; que yo no me como los niños crudos, y ya
que ha venido usted á buscar á su marido, debe usted cogerlo de una
oreja y llevárselo, porque á mí no me sirve más que para estorbo; porque
ha de saber usted que si yo quisiera más hombres que mi Manolo, los
tendria, porque puedo y porque sí. Y no hay que tentarme mucho la ropa,
pues si la sangre se me calienta... En fin, más vale callar.

--Sí,--replicó doña Cecilia;--mejor es que calle usted, pues si se
olvida de que habla con unas señoras...

--¡Vaya un señorío!... Ustedes sí que se han olvidado de la fragua donde
hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora...

--Que le arrancaré la lengua.

--¡A mí!... ¡Pues no faltaba más sino que yo dejara que me pusiesen las
manos encima unas silbantonas cursis como ustedes!

Montó en cólera doña Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo,
permanecia inmóvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido á no
adoptar Eduardo la determinacion de presentarse.

Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectáculo.

Adela se ponia alternativamente pálida y colorada.

Eduardo, grave y severamente, dijo á su esposa y á su suegra:

--A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de señoras. Si
estoy aquí, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aquí
estaré el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les
dije...

--¡Eduardo!--exclamó Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del
truhan.

--Aparta... Me habeis puesto en ridículo, y para un hombre de mi clase
el ridículo es peor que la muerte. ¿Quién habia de creerlo de tí?
Siempre tan delicada, tan sublime...

--No es mia la culpa; pero mamá...

--Eso es,--gritó fuera de sí doña Cecilia,--ahora yo tendré la culpa de
todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira á un
enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago
que me das...

--Ven, Eduardo mio, ven...

--No.

--Yo te juro no hacer caso de mamá.

--¿Qué estás diciendo, hija desnaturalizada?

--Reconozco,--añadió Adela,--que he cometido una falta y que he sido
demasiado exigente; pero no volverá á suceder, te lo prometo, lo juro
por nuestro amor.

Eduardo fingió que empezaba á sentirse conmovido.

Algunas lágrimas de Adela pusieron término á las aparentes vacilaciones
del tahur.

--Por una sola vez, te perdono,--dijo.

Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias á la
jóven.

Esta, su esposo y doña Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento
de las vecinas, á quienes pareció poco animada la escena que acababa de
tener lugar.

Manolo, turbado y confuso, pidió perdon á Juana, y esta lo reconvino con
la mayor dureza, diciéndole que si no se curaba de aquellos celos
estúpidos, le volveria la espalda para siempre.

Manolo prometió aprobar todo lo que hiciese Juana, y una y otra vez
reconoció que merecia el más duro castigo.

Entre Adela y Eduardo quedó restablecida la paz; pero él supo sacar
partido de la situacion, y desde aquel dia cambió de conducta, saliendo
cuando bien le parecia, volviendo á su casa cuando se le antojaba, y
faltando algunos dias á la hora de comer.

Todas las situaciones se aceptan cuando no hay otro remedio, y Adela
aceptó la suya.

Ya no podia ser feliz.

Quedábase muchos dias sin ir á paseo, y concluyó por ir con su madre
como antes de haberse casado.

Por la noche, si no iban al teatro, concurrian á la tertulia de doña
Robustiana, y allí iba, aunque no siempre, á buscarlas Eduardo.

Cuando pasó un mes, empezó el marido á recogerse á la madrugada.

Adela no se atrevió á quejarse.

Debia ser madre muy pronto, y esta era una razon más para que la infeliz
jóven guardase silencio.

Aun no podia conocer su desgracia en toda su horrible extension.

La mayor parte de la fortuna de las dos mujeres estaba representada por
títulos de la deuda del Estado.

Tenian además una casa en Madrid, que les producia unos quince mil
reales de renta.

Los títulos habian sido torpe y cándidamente entregados al tahur, para
que este se cuidara de cobrar los intereses.

Si Adela hubiese sido más sagaz, habríase apercibido de que su esposo
empezaba á estar muy preocupado, que comia poco, que se dejaba arrebatar
por la cólera muy fácilmente y que con frecuencia se quejaba de dolor ó
incomodidad en el estómago.

¿Qué significaba todo esto?

Significaba simple y sencillamente, que los títulos de la deuda iban
pasando á otras manos, y su valor iba quedando sobre el tapete verde en
los garitos.

Antes de un año no quedaria de aquella fortuna más que la casa, y esta
se venderia tambien; es decir, que la miseria amenazaba á las dos
infelices, y que cuando reconociesen sus errores, seria demasiado tarde
para remediar la desgracia.

Eduardo nada habia perdido, pues ni aun su hijo le haria sufrir, porque
hay que tener presente que en esta clase de hombres el vértigo de sus
vicios ahoga todos los sentimientos delicados, hasta el sentimiento del
amor paternal.

Dejaremos á esta familia, para ocuparnos otra vez de la de Bonacha.



CAPÍTULO XIV

Otro esfuerzo.


Habia principiado el mes de Octubre, y Alfredo no volvia, ni nadie tenia
noticias de su paradero.

Cada dia que pasaba era, por consiguiente, más crítica la situacion de
la desgraciada hija de don Pascual.

Bien pronto le seria imposible ocultar su falta á los ojos del mundo, y
mucho ménos á los de su padre, que por torpe que fuese era padre al fin,
y debia penetrar con la mirada mucho más que el mundo.

Para la madre no era ya un secreto aquella espantosa desgracia, y por
consiguiente habia empezado á expiar sus debilidades y á sufrir las
consecuencias de sus necedades y extravíos.

La mayor parte de la responsabilidad debia caer sobre ella por no haber
sabido evitar que su hija se perdiese, y aunque don Pascual era un
hombre demasiado bueno, demasiado indulgente y tímido hasta la
exageracion, su esposa temblaba.

Nunca le habia tenido miedo á su marido, y entonces se sentia poseida de
terror.

Este cambio consistia en que su conciencia la acusaba, y cuando la
conciencia no está tranquila, el más valeroso se vuelve cobarde, y
tiembla y se aturde el que ha dado pruebas de más serenidad.

La madre y la hija pasaban el dia conferenciando y buscando medios para
salir del apuro; pero cavilaban inútilmente.

Sin Alfredo nada podian hacer, y este no volvia, y ni siquiera se
comprometia escribiendo una carta.

El miserable debia tener bien meditado su plan, y no podia dudarse en
cuanto á sus intenciones desde el primer momento en que fijó la atencion
en Paquita.

Ya lo hemos dicho: desgraciadamente referimos una historia que es algo
más que verosímil, puesto que es verdad.

En los momentos de suprema angustia se trastorna la cabeza más firme, se
cometen todas las torpezas, se hace todo lo que es inconveniente,
resultando que la situacion se agrava.

Los que sienten demasiado no piensan como los que están en completa
calma, ó lo que es igual, cuando el sentimiento se excita hasta cierto
grado, cambian las ideas, porque todo se ve á través de un prisma que
con frecuencia nos engaña.

La criatura es propensa á creer que todo el mundo ha de tomar en
consideracion sus sufrimientos, ó que estos son de más importancia que
los que agobian á los demás, y de aquí resulta muchas veces el desengaño
ó el desencanto cuando se ve que el mundo escucha con fria indiferencia
el relato de aquellos dolores.

La esposa y la hija de Bonacha debian extraviarse en este sentido, y
debian sufrir nuevos y terribles golpes que acrecentasen su martirio.

Creyeron que ante todo debian averiguar á toda costa dónde se encontraba
Alfredo, para escribirle amenazándole con el escándalo.

¿Quién podia darles la noticia que deseaban?

Nadie mejor que el conde de Romeral, y hé aquí cómo Juanito podia
prestar un gran servicio á la familia Bonacha.

--Aunque Juanito lo sepa,--dijo la hija,--lo ocultará, porque como se ha
empeñado en que yo me case con él, no le conviene que continúen mis
relaciones con Alfredo.

--Todo puede arreglarse.

--Esto no.

--Me ocurre una buena idea.

--¿En qué consiste?

--Acudiremos á doña Robustiana, y ella se encargará de obligar á Juanito
á decir cuanto sepa.

--Pero cuando doña Robustiana vea nuestro empeño, sospechará lo que no
es menester que sospeche.

--¿Y por qué ha de sospecharlo?

--Porque á cualquiera le ocurre que cuando una mujer persigue á un
hombre con tanto empeño y tenacidad, es porque hay algo que la liga á
aquel hombre, y ese algo no puede ser más que una cosa, no puede ser más
que mi situacion horrible.

--Pues, hija mia, el que no se embarca no pasa el mar, y algo es preciso
exponerse á perder, si ha de ganarse algo.

--Me horroriza la idea de que mi secreto...

--Piensa que doña Robustiana tiene buen corazon, y aunque ella sepa la
verdad, no hay miedo de que á nadie se la diga.

--No me atrevo.

--Iré yo sola y le diré que tú no sabes que doy semejante paso, sino que
es cosa mia, porque te veo sufrir mucho y quiero hacer lo posible para
devolverte la calma.

--Siendo así...

--Hoy mismo iré.

Paquita suspiró y guardó silencio.

¡Cuánto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias
deliciosos que pasó en la casa de campo!

La esposa de don Pascual fué á ver á la viuda.

--¿Y Paquita,--preguntó doña Robustiana,--está enferma?

--No, aunque le sobran motivos para estarlo.

--Supongo que alude usted...

--Sí, á ese perjuro que ha hecho creer á mi hija que la adora y le
vuelve repentinamente la espalda.

--Les hice á ustedes la advertencia...

--Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado.

--¿Y no escribe?

--Ni se sabe dónde está.

--Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones.

--Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonará al que la ha
engañado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo
sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar
que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin
dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte.
Le aseguro á usted, doña Robustiana, que estoy pasando lo que no ha
pasado ninguna criatura, y á todo esto, tengo tambien el tormento de mi
marido, que no hace más que decir que la culpa es mia, porque consentí
esos amores, y para que nada falte á mi desesperacion, se ha empeñado en
hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha
engañado á su hija.

--Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy
delicado, y no transige con cierta clase de cosas.

--Y en este apuro y no sabiendo qué hacer, acudo á usted sin que Paquita
lo sepa.

--Si á costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su
desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.

--Hasta hoy me he concretado á ver, oir y callar; pero ya estoy decidida
á tomar parte en este asunto, y quiero escribir á ese hombre por si
consigo más que mi hija.

--Pero si no saben ustedes dónde se encuentra...

--En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme.

--No comprendo bien...

--Voy á explicarme.

--Sí, sepamos.

--No es posible que el conde de Romeral ignore dónde se encuentra el
que, sobre ser su amigo íntimo, ha de casarse con su hija.

--Empiezo á entender.

--Y si el conde lo sabe...

--Debe saberlo Juanito, ¿no es verdad?

--Eso he querido decir.

--Y usted desea que yo...

--Le pregunte á Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo
hacemos...

--La comision es delicada.

--Tiene usted con Juanito mucha influencia.

--Me respeta bastante, no lo niego.

--Entonces...

--Intentaré dejarlas á ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de
conseguirlo así.

Doña Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles
sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar
á la esposa de Bonacha.

Despidióse esta, y se fué tan satisfecha como podia estarlo en su
situacion.

--¡Pobre Paquita!--murmuró la viuda.

Habia adivinado la verdad, porque no era difícil adivinarla.

Aquella misma noche fué Juanito algo más temprano que de costumbre, y
así pudo la viuda desempeñar con más libertad su comision.

--Amigo mio,--dijo doña Robustiana,--preciso es que me dé usted otra
prueba de franqueza y de generosidad.

--Dispuesto estoy.

--Acuérdese usted que tengo ya su palabra.

--Y la cumpliré.

--Quiero saber cómo puede dirigirse una carta á don Alfredo de Saavedra.

Palideció Juanito y quedó, silencioso por algunos minutos.

Le era muy fácil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso
hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse á decir la verdad lo hacia
para cumplir su palabra ó con dañada intencion.

--Señora,--contestó al fin,--aunque nadie me obliga, seré franco.

--No espero otra cosa de usted,--dijo doña Robustiana.

--Don Alfredo de Saavedra está en Lóndres.

--¿Pero cómo debe dirigírsele una carta?

Por toda contestacion sacó Juanito su cartera, y con el lápiz escribió
algunas líneas.

Luego arrancó la hoja, se la presentó á la viuda, y le dijo:

--Esas son las señas exactas, y si se le escribe y no contesta, la
culpa no es mia.

--Gracias.

--He cumplido mi deber.

--Su generosidad tendrá algun dia la recompensa que merece.

Juanito desplegó una sonrisa amarga.

--Me parece,--añadió la viuda,--que la hija de don Pascual ódia ya á
don Alfredo de Saavedra.

--¿Y por qué se afana tanto por él?

--Esto es ya una cuestion de amor propio.

--Cuestion que le costará muchos disgustos.

--Así lo creo; pero cuanto más duro sea el desengaño, más probabilidades
hay de que usted, sea correspondido.

--El tiempo lo dirá.

Se presentaron otros amigos, y la conversacion fué interrumpida.

A las once de la siguiente mañana volvió la esposa de don Pascual á ver
á su amiga, y esta le entregó el papel donde estaban las señas.

Sin perder tiempo escribió Paquita, suplicando, amenazando, evocando
recuerdos y pintando con los más vivos colores su dolor y su
desesperacion.

Esta última carta era mucho más elocuente que la que ya hemos dado á
conocer.

La llevaron al correo y la certificaron, para que así no les quedase
duda de que Alfredo la habria recibido.

Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible.

Apenas salian de casa.

El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en
cuando hablaba de su propósito de dejar el empleo que debia al que habia
engañado á su pobre hija.

¿Qué resultado produciria esta carta?

Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo dió
los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita.



CAPÍTULO XV

El último esfuerzo.


Pasaron quince dias, que era mucho más tiempo del que se necesitaba para
que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado,
ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva
resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir á la
administracion de correos.

Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta;
pero su sorpresa fué la más profunda cuando les presentaron la carta
misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia á su
procedencia, porque no habia querido recibirla la persona á quien se
habia dirigido.

Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este
decia, y no acertaron á pronunciar una palabra.

--Les explicaré á ustedes lo que esto significa,--dijo el
empleado.--Cualquiera persona está en su derecho de no recibir las
cartas que se le dirigen, y cuando así sucede, se hace lo que está usted
viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido
que no le convenia, ó por otra razon cualquiera, ello es que la persona
á quien va dirigida la carta se ha negado á recibirla, y aquí la tiene
usted, y puede llevársela, entregándome el recibo del certificado.

Tampoco entonces acertaron á responder las infelices.

--¿Me han comprendido ustedes?

--Si,--dijo al fin la esposa de Bonacha.

--Pues me quedo con el recibo, y aquí está la carta.

Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender.

Como un autómata que obedece á sus resortes, tomó la carta y la guardó
en el bolsillo.

Salieron de la administracion.

La desdichada jóven no hubiera podido decir dónde sé encontraba.

Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.

Apoyándose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de
Atocha; pero allí se detuvo, diciendo:

--No puedo más.

--¿Te has puesto mala?

--No; pero... entremos en un coche.

Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavéricamente pálido y
desfigurado.

No pudo entonces derramar una sola lágrima.

Cuando estuvo en su casa, se sentó, inclinó la cabeza sobre el pecho, y
quedó inmóvil como una estatua.

La madre fué y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo
comentarios sobre su situacion.

Esto no era más que un desahogo, pero no un remedio.

Así pasó casi todo el dia.

Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse
disgustos no quiso recibir la carta.

Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el
resultado.

Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y
tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jóven acabaria de
perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria.

Debia la infeliz encontrarse en más de un apuro que la obligase á gastar
el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto
hiciese debia renunciar á todas sus aspiraciones.

Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se
desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia
Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por
lo mismo estas debian concluir más pronto.

Empero todavía no se habia resignado; todavía le quedaban alientos para
luchar, y lo único que le faltaba eran los medios.

Pensó si debia arrostrarlo todo, dar á conocer su desgracia á su padre y
emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto
presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto á otro
sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero.

Además, hubiera sido preciso dar un escándalo, confesar claramente la
deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo.

¿No era Clotilde el obstáculo?

Pues si Clotilde rechazaba enérgicamente á Saavedra, debia ser más fácil
conseguir que este se casase con Paquita.

No ideaba la jóven más que locuras.

Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el
juicio se pervierte.

Conferenció con su madre, y al fin decidió hacer el último esfuerzo.

Llegó el dia siguiente.

La madre y la hija salieron á las dos de la tarde de su casa, tomaron un
coche, y fueron á la suntuosa morada del conde de Romeral.

Habíase puesto Paquita su mejor ropa, habíase adornado con el más
cuidadoso esmero.

Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido.

Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer ménos
seductora.

No pensó que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que,
más que otra cosa, debia ponerse en ridículo.

Entró en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don
Pascual.

Hé ahí otra torpeza.

La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la cólera, y
no pensó que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse
sola, y con el fin que se presentaba.

Encontró muchos inconvenientes en los criados, porque era más difícil
ver á Clotilde que á su padre; pero ella encareció tanto la importancia
del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo:

--Espere usted, y veremos.

Sentóse Paquita en una antesala.

A los pocos minutos se presentó una mujer jóven y bella, y bastante bien
vestida.

Creyó la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pié
y saludó; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo,
preguntó:

--¿Cómo se llama usted?

--Soy la hija de don Pascual Bonacha.

--Mi señorita no tiene costumbre de recibir á nadie, porque como puede
usted comprender...

--¡Su señorita!

--Eso he dicho.

Paquita conoció su error, quedándose avergonzada.

La doncella prosiguió diciendo:

--Pero tanto han encarecido el asunto que á usted la trae...

--Sí, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su
señorita de usted se arrepienta de haberme recibido.

--La verá usted.

Desapareció la sirviente.

Paquita volvió á sentarse.

Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos.

Levantóse una cortina, y Clotilde se presentó vestida sencillamente y
sin ningun adorno.

Su doncella la siguió, y se quedó junto á la puerta en actitud
respetuosa.

La hija del conde atravesó la antesala, saludó con un movimiento de
cabeza á la víctima de Alfredo, y le preguntó:

--¿En qué puedo complacerla á usted?

Lo primero que á Paquita le ocurrió pensar, fué que Clotilde era
excesivamente hermosa.

Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sintió
trastornada, porque empezó á comprender que le seria imposible entrar en
cierta clase de explicaciones, ni mucho ménos entablar una discusion en
aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de
Clotilde era una cortés despedida.

Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos
para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:

--Debo suponer que no le es á usted desconocido mi nombre.

--No.

--Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...

--Señorita,--interrumpió Clotilde,--le evitaré á usted la molestia de
explicarse.

--Es que...

--No ignoro que tiene usted, ó ha tenido, relaciones de cierta clase con
Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas
relaciones, le advertiré dos cosas: primera, que mi decoro no me permite
escuchar el relato de historias ó sucesos de esa clase; y segunda, que
hace ya algunos meses que devolví á Saavedra su más completa libertad,
no habiendo entre él y yo más relaciones que las de una buena amistad.
De todo esto puede usted deducir que no tengo interés alguno en los
amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que
adopte tal ó cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto á usted la
espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada
puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.

--A pesar de esas razones...

--Repito que hablarme á mí de ese asunto es como hablar á otra persona
cualquiera, y perdóneme usted que no la escuche más, porque ya le he
dicho que mi decoro me lo prohibe.

Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclinó
y se dirigió á la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina.

Paquita quedó anonadada.

La vergüenza la hizo enrojecer.

La ira produjo en ella el más profundo trastorno.

Clotilde atravesó el umbral, y cayó la cortina.

La doncella quedó inmóvil.

La desdichada hija de don Pascual se oprimió el pecho.

Dejó escapar un grito desgarrador.

Sintió que repentinamente renacian sus fuerzas.

Quiso seguir á la hija del conde pero la sirviente se lo estorbó, y le
dijo:

--Tranquilícese usted, señorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero
debe usted considerar que la culpa no es de nadie más que de don
Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi
consejo, no le pesaria: engañe usted al primero que se la presente, y
así se vengará sin que le remuerda la conciencia por aquello de que
paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y
merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se
convencerá de que usted hubiera hecho lo mismo que mi señorita.

Por fin el llanto corrió por las mejillas de Paquita.

--¿Viene usted sola?--preguntó la doncella.

--No.

--Me alegro, porque está usted muy agitada... la acompañaré hasta la
puerta.

Paquita siguió maquinalmente á la criada, entrando en el coche y
dejándose caer pesadamente.

El vehículo se puso en movimiento.

Entre tanto, la hija del conde se preguntaba:

--¿Cómo esta mujer se atreve á dar este paso?

Y luego pensó que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y
hacerse bien cargo de su situacion.

Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo
ignoraba y ni siquiera lo sospechaba.

Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que
no se le decia claramente.

Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado á la
hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y
facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante.

¿Cómo habia de suponer Paquita que iba á favorecer á su rival?

Y así lo habia hecho.

Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco á poco, iba ella
misma publicando su deshonra.

Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:

--¡Ya no hay esperanza!

No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.

La infeliz jóven habia hecho el último esfuerzo.

Ya le era forzoso resignarse.

En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun
buen resultado, debia invertirlo en poner á cubierto su honor en cuanto
era posible que lo pusiese.

Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades:
su padre y el dinero.

En cuanto á lo segundo, ¿por qué no habian de hacer uso de los veinte
mil reales?

Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al
ménos con aquella cantidad podian más fácilmente poner en práctica
cualquiera resolucion.

Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil
duros como devolviéndolos.

No hay que decir que esto era un error.

Paquita mostró algunos escrúpulos; pero al fin se convenció.

Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad
no conocen más que el nombre.

Otra idea le ocurrió á la esposa de don Pascual.

--Me parece,--dijo,--que debes tomar al pié de la letra el consejo que
te dió la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno
merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito
pague lo que hizo Alfredo.

--Pero eso...

--Tú has sido demasiado crédula, has sido tonta y han abusado de tu
buena fe, lo cual prueba que para los crédulos no hay compasion. ¿Por
qué has de tener escrúpulos cuando no los han tenido para engañarte?
Además, engañando á Juanito lo harás dichoso, porque te ama, mientras
que al engañarte á tí te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede
duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido
á la pobre Adela, que se casó con un hombre que parecia un santo, que no
tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya enseñó
las uñas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre
mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar á otras.

--Todo eso está bien; pero papá...

--Descuida, que á tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.

--Es imposible.

--Para esto nos ayudará tambien doña Robustiana.

--No sé cómo.

--Tengo mi plan, y triunfaremos.



CAPÍTULO XVI

La honradez y el corazon de don Pascual.


Doña Robustiana debia dar una prueba más de su buen corazon y de su
ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propósito de ser
ella la que casase á Paquita.

Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido á
consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo
un dia:

--Pecho al agua.

Y sin más ni más fué á ver á la viuda.

Como era consiguiente, la conversacion recayó sobre la conducta de
Alfredo de Saavedra, y cuando doña Robustiana dijo que nada de lo
sucedido le sorprendia, exclamó la madre de Paquita:

--¡Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga,
y ya no queremos ocultarle la verdad...

Interrumpióse, empezando á llorar.

Suspiró tristemente la viuda, y dijo:

--He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se
mortifique usted en decírmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no
tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cómo se repara. Nadie está
libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion más
que de castigo.

--La pobrecita, tan inocente, tan crédula... ¡hija de mi alma!

De crédula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su
perdicion habian sido sus necedades.

--Pues veamos,--repuso la viuda,--en qué puedo yo ayudarles á ustedes,
pues aún quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.

--Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede
justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son
en cuanto á mi marido...

--Y que les seria á ustedes preciso estar por lo ménos tres ó cuatro
meses fuera de Madrid.

--A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos.

--No es poco, pues con el dinero todo se consigue.

--Tambien mi marido es crédulo, y representando nosotras bien el papel,
creo que todo se conseguiria.

--Déjeme usted reflexionar.

Guardó silencio y meditó la viuda.

--Hé aquí mi plan,--dijo despues de algunos minutos.

--Veremos si le ha ocurrido á usted lo mismo que á mí.

--Paquita se ha desmejorado bastante.

--Como que apenas duerme ni come.

--Desde hoy debe quejarse á todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de
malestar, y cuando pasen algunos dias se levantará tarde, se acostará
temprano, y no querrá salir, asegurando que le faltan las fuerzas.

--Muy bien.

--Entre tanto, yo hablaré á todos los amigos del triste estado de
Paquita, y diré que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que
se desenvuelva una tísis, lo cual á nadie debe sorprender, porque
Paquita es de pocas carnes y de organizacion débil, y ya sabe usted que
los que están robustos no creen que pueden vivir los que están flacos.

--Prosiga usted.

--Irán todos los amigos á visitar á Paquita, y la encontrarán pálida y
ojerosa. Ella tendrá buen cuidado de estar siempre mal vestida y
despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.

--Tiene usted mucho talento, doña Robustiana.

--Suspirará tristemente, hablará muy poco y de vez en cuando toserá, que
yo le aseguro á usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por
muerta.

--No se equivoca usted.

--Don Pascual querrá que á su hija la vea un médico; pero ella se
resistirá, y yo entre tanto habré ponderado el talento y la ciencia de
cierto médico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de
enfermedades.

--¿Y ese médico?...

--Es persona de mi más completa confianza, y además debe usted tener
entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay médico que no sea
honrado y reservado, siquiera por egoismo.

--Tiene usted razon.

--Desde el momento en que amenace un peligro á Paquita, Juanito, que la
ama, la adorará, y aquí está el punto grave de la cuestion.

--Juanito es bueno.

--El médico asegurará que su hija de usted no puede salvarse si no pasa
los rigores del frio en un clima más templado, como el de Valencia ó
Andalucía, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje.

--¿Y si intenta pedir una licencia para acompañarnos?

--La licencia no han de dársela para tanto tiempo como ustedes han de
estar fuera de Madrid.

--Capaz es de dejar el destino.

--No lo dejará, porque es el único recurso con que cuenta para atender á
la curacion de su hija.

--¿Y dice usted que Juanito?...

--Convencido de que ya Paquita no ama á don Alfredo de Saavedra, hará su
declaracion formal.

--Y se escribirán...

--Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva á Madrid saludable y
alegre...

--Comprendo, comprendo.

--Pues si le parece á usted bien...

--Sí, sí.

--Manos á la obra, que Dios nos protegerá.

--Hoy mismo empezaremos.

La esposa de don Pascual y doña Robustiana se abrazaron y se dirigieron
las palabras más cariñosas.

Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvió á su casa, se encontró
acostada á su hija.

--¿Qué es esto?--preguntó.

--Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,--respondió la
jóven.

Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guardó silencio.

Paquita apenas tomó alimento, asegurando que la comida le repugnaba.

Cuando llegó la noche, la viuda habló á sus tertulianos de la enfermedad
de Paquita.

Esta supo representar admirablemente su papel.

Fueron á visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la
jóven no podia vivir.

Don Pascual se concretaba á preguntar á su hija si se sentia mejor; pero
ni siquiera nombró á los médicos.

¿Cómo se explicaba esto en un hombre tan cariñoso, y que siempre habia
llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija?

Era inexplicable su conducta.

Otra semana pasó, y como don Pascual no parecia dispuesto á cambiar de
sistema, su mujer le dijo:

--¿En qué piensas?

--En trabajar lo mismo que siempre,--respondió Bonacha.

--Nuestra pobre hija está cada dia peor.

--Ya lo veo.

--¡Y lo dices con esa calma!...

--Sufro y me resigno, porque Dios lo manda así.

--Pero resignarse no es abandonarse.

--¿Y qué quieres decir?--replicó don Pascual, mientras tomaba el
sombrero para salir.

--Quiero decir, que es preciso que á nuestra hija la vea un médico.

--¡Un médico!--exclamó Bonacha con acento de profunda sorpresa.

--Sí.

--¿Y qué ha de hacer el médico?

--Curarla.

Cambió de expresion el rostro de don Pascual.

No era en aquellos momentos el hombre cándido y bonachon.

Fijó una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos
dijo:

--Me parece que el médico nada puede hacer.

Tembló la esposa de Bonacha y bajó los ojos, como si no se atreviese á
arrostrar la mirada de su marido.

Este se puso el sombrero, tomó el baston y dijo sencillamente:

--Hasta luego.

¿Sospechaba la verdad?

Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevió á provocar
explicaciones sobre este punto.

Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extrañeza
porque á la jóven la tuviesen en tal abandono, sin acudir á los socorros
de la ciencia.

--Viéndolo estás,--dijo la mujer al marido;--la gente murmura, y tiene
sobrada razon.

--Si es preciso llamar á un médico para que el mundo no se ocupe de mi
hija, que el médico venga.

Y segun se habia convenido, fué á visitar á la enferma el médico amigo
de doña Robustiana.

El honrado don Pascual continuó encerrado en su reserva.

Al cabo de una semana declaró el médico que era imposible que Paquita se
salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno
de alguna de las provincias del Mediodía, y designó los puntos que le
parecian más convenientes.

No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho ménos pensó en pedir licencia
para acompañar á su familia.

Guardando siempre su tenaz silencio, se fué en busca de un prestamista,
tomó dos mil reales, que debian servir para los primeros gastos del
viaje, y firmó un recibo de tres mil y quinientos, cantidad que debia
descontársele de su paga en virtud de providencia judicial y en el
espacio de unos once meses.

Entre tanto, su esposa quiso empezar á hacer uso de los veinte mil
reales pera comprar vestidos y adornos, pues hay que advertir que á
pesar de todas sus desgracias, no se habian curado radicalmente, ni
habian escarmentado aquellas dos infelices.

Abrió el cofre en cuyo fondo guardaba el dinero; pero este habia
desaparecido.

Quedó la esposa de don Pascual inmóvil, sin aliento, con la mirada fija
y abiertos los ojos como si fuesen á saltar de sus órbitas.

Hay que advertir que dos dias antes habian despedido á la criada, y que
despues de haberse ido esta, habia tenido en la mano los mil duros la
esposa de don Pascual.

No podia, por consiguiente, sospecharse un robo, y mucho ménos cuando no
se veian en el cofre señales de violencia.

Trascurrieron algunos minutos.

--Me equivoco,--murmuró por fin la mujer de Bonacha.

Y empezó á sacar una por una cuantas prendas habia en el cofre.

Los mil duros no parecian.

--¡Paca, Paca!--gritó la madre.

--¿Qué quieres?--respondió la hija, que acostumbrada ya á representar su
papel de enferma, no se movia fácilmente.

--Ven, ven...

--¿Para qué?

--Los mil duros...

--Bien, traelos.

--Pero...

--Déjame tranquila, mamá.

--Esto es horrible...

--Debes tener en consideracion que estoy enferma.

--Los mil duros, los mil duros...

--No grites, no alborotes...

--Han desaparecido.

Levantóse al fin la jóven, mientras decia:

--Mamá, tienes la cabeza trastornada, lo cual debe consistir en tu edad.

--Si alguna de las dos está loca, debes ser tú, y si no piensa en lo que
te ha sucedido.

--¿Quieres armar un escándalo?

--Lo que quiero es morirme,--dijo la madre, revolviendo una y otra vez
las prendas, que del cofre habia sacado.

La jóven comprendió entonces toda la gravedad de lo que sucedia; pero
abrigó la esperanza de que su madre hubiese guardado en otro cajon el
dinero y que no se acordase.

Desde el cofre fueron á una cómoda, y luego á la única mesa que tenia el
cajon.

No estaban los billetes en ninguna parte.

Puede decirse que revolvieron la casa y registraron hasta el interior de
los colchones.

¿Quién las habia robado?

Y todo estaba en su lugar, sin que pareciese que nadie habia tocado al
contenido de los cajones.

Hicieron todas las suposiciones imaginables; pero no adivinaron la
verdad.

Perder mil duros era una gran desgracia; pero habia que tomar tambien en
consideracion cómo habia desaparecido aquel dinero.

No podian decir una sola palabra á don Pascual.

--¿Y cómo podremos ahora hacer el viaje?

--Tu padre no querrá acudir á un prestamista.

--Y si acude le pedirá una miseria.

--Y tenemos muchos gastos que hacer.

--Necesito por lo ménos tres vestidos.

--Yo tambien.

--Y un sombrero.

--Y yo otra sombrilla.

--Por tí no tengo cuidado, porque puedes arreglarte más fácilmente.

--Es claro; yo aunque vaya llena de harapos, voy bien, ¿no es verdad?

--Pero á tu edad...

--Todavía no soy ninguna vieja.

--Mamá, piensa que ya has cumplido cincuenta y un años.

--Sí; ya sé que soy una jamona; pero me parece...

--¡Jamona!... algo más.

--Mira, Paca, no me tientes la paciencia.

--Bien dice el refran, que las verdades amargan.

--Siempre te empeñas en compararme á tu padre, que es un viejo que no
puede tenerse en pié.

--Tiene cinco años más que tú, y ya ves que no se pone ningun adorno, ni
piensa en ciertas cosas propias de la juventud.

--Tú tampoco deberias pensar, porque tu estado...

--He cometido una falta; pero es menester que sepamos lo que tú has
hecho en tu juventud.

--Paca, que soy tu madre...

--El resultado es que has perdido los mil duros.

--Ya sabes que estaban bien guardados.

--Tan bien guardados, que han desaparecido sin saber cómo.

--¡Oh!... daria lo que me queda de vida por saber quién los ha robado.

Paquita se dió una palmada en la frente, y exclamó:

--¡Ah!...

--¿Qué te sucede?

--Todo lo adivino.

--Explícate.

--Los mil duros los ha cogido papá.

--¡Dios bendito!...

--No lo dudes.

--¿Y habia de estar callado?

--Sí, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto á mis
desgraciados amores.

--Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un
médico, me miró no sé cómo... ¡Jesús!... estoy temblando.

--Ya no me atreveré á mirar á mi padre frente á frente.

No fué menester más para que la madre perdiese instantáneamente todo su
valor.

Ambas enmudecieron.

Quedaron profundamente abatidas.

Arreglaron los cajones, y esperaron á que don Pascual llegara.

Este se presentó á la hora de costumbre.

Ni la madre ni la hija se atrevieron á mirarlo frente á frente.

--¿Quieres ya comer?...--le preguntó la primera.

--Sí; pero antes me direis cuándo pensais emprender el viaje.

--Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando
quieren.

Con mucha calma sacó don Pascual los cien duros que habia tomado del
prestamista, se los entregó á su esposa, y le dijo:

--Con ese dinero podreis atender á los primeros gastos, y yo os enviaré
de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras
atenciones.

--¿Y este dinero?...

--Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo
de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi
sueldo.

--¿No tenias otro recurso?

--Ninguno, y tú misma lo sabes, puesto que en tus manos está cuanto
poseemos,--dijo don Pascual.

--Podia suceder que algun amigo...--repuso su esposa.

--La amistad, con raras excepciones, no es bastante para abrir el
bolsillo, y sobre todo, á mí no me gusta molestar á nadie, y prefiero
hacer un sacrificio.

--Pero cien duros...

--¿Es poco?

--Hay que hacer tantos gastos...

--Cuando se va en busca de la salud, no es menester vestidos ni adornos.

--Siempre dices lo mismo.

--Comamos,--repuso con calma don Pascual.

Su esposa no se atrevió á continuar hablando.

Las dos mujeres supusieron que aquellos dos mil reales procedian de los
veinte mil que habian desaparecido, y acusaron al pobre don Pascual,
porque guardaba para sí la mayor parte, sin consideracion á las
necesidades de su familia, necesidades imperiosas, como para ciertas
mujeres lo son los relumbrantes adornos.



CAPÍTULO XVII

La declaracion.


Aquella misma tarde se presentó Juanito.

¡Pobre Juan!

Paquita revelaba en su semblante el abatimiento y la tristeza más
profunda.

Saludó á su amigo con débil voz, tosió tres ó cuatro veces, y guardó
silencio.

--Usted es de confianza,--dijo la madre,--y como tengo mucho que hacer,
porque hemos de irnos mañana...

--Si he de estorbar, me iré.

--Nada de eso... con su permiso.

Y la esposa de don Pascual se fué á la cocina.

--¡Mañana!--murmuró tristemente Juanito.

Paquita suspiró, inclinó la cabeza y tosió.

--Se van ustedes...

--Y Dios sabe si volveremos á vernos,--respondió al fin la jóven.

--¿Qué dice usted?

--¡Ah!... siento en el corazon el frio de la muerte...

--¡Paca, Paca!--exclamó con espanto el jóven.

--Estoy resignada, y casi espero con ansiedad el instante supremo de
dejar este mundo. ¿Qué es la vida?

--¡La vida!--murmuró maquinalmente Juanito.

--Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un
fantasma que se desvanece al tocarlo...

--Es verdad.

--Ilusiones que se desvanecen como el humo.

--¡Ilusiones!...

--Esperanzas que se pierden...

--¡Las esperanzas!--dijo el jóven, que parecia un eco de Paquita.

El desdichado sufria mucho en aquellos momentos.

--Y el corazon entre tanto se destroza

--¡Pobre corazon mio!

--Y así llega la vejez...

--Yo quisiera ser viejo.

--Pero no lo es usted.

--Ni usted tampoco.

--Sí,--dijo Paquita;--he llegado á la decrepitud, cuando no tengo más
que veinte años, porque he sufrido mucho, y vivir es sufrir, y cada dia
representa para mí un año...

--Y para mí un siglo.

Paca tosió.

Juanito suspiró lánguidamente.

Miráronse, y bajaron los ojos.

Ella se oprimió el pecho, y él apretó los puños como si estuviese
desesperado.

¡Bonito papel estaba representando el pobre Juan!

No sabemos en qué novela habia leido Paquita, lo que acababa de decir.

Para las mujeres que no tienen entendimiento, las novelas son un gran
recurso.

Verdad es que Juanito se encontraba en el mismo caso.

Ella guardaba silencio, y á él le tocaba lucirse con otras cuantas
frases de enamorado de melodrama.

--¡Qué triste es la soledad!--exclamó.--Y la soledad más horrible es la
del alma, la del corazon, en medio del bullicio del mundo. ¿Qué es la
vida sin amor y sin ilusiones? Un desierto donde por todas partes nos
rodea el calcinado arenal, sin que la vista alcance á descubrir el verde
ramaje de una palmera, ni llegue al oido el dulce susurro del
cristalino arroyo que ha de apagar nuestra sed devoradora.

Paquita volvió á toser.

--¡Ah!...--prosiguió diciendo Juanito.--Se va usted, y yo me quedo; se
va usted...

--En busca de la muerte, y usted se queda...

--Muriendo entre los vivos y sin el consuelo de que nadie comprenda mi
dolor... ¡Oh!... ¿Dónde habrá un alma para mi alma, dónde para mi
corazon habrá un corazon?

--¡Juanito, Juanito!...

--¡Qué!... ¿pues no digo la verdad?

--¡Ay!...

--¡Paquita!...

--Las palabras de usted son horriblemente amargas.

--Es que la hiel de que está impregnado mi espíritu...

--Es usted injusto.

--¡Injusto!

--Tiene usted vida...

--¿Para qué me sirve?

--Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon...

--¿Hay alguno para mí?

--Tal vez; pero...

Interrumpióse Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego añadió:

--Debo resignarme, porque mia es la culpa.

--¿Qué quiere usted decir?

--Si nadie le comprende á usted, ¿quién puede apreciar lo que pasa en mi
alma?

No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogió una de las
manos de Paquita, la estrechó fuertemente y exclamó:

--Compadézcame usted...

--¡Ya es tarde!

--¡Tarde!...

--Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que
los desengaños...

--Me hace usted sufrir mucho.

--Levántese usted...

--Una sola palabra, una sola...

--Que puede venir mi mamá.

--¿Y qué me importa?--replicó Juanito fuera de sí.

Y apretó más y más la mano de Paquita, y á tal punto llegó su entusiasmó
que le produjo un vértigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de
lo que hacia, sin respeto á la inmaculada pureza de Paquita, besó con
frenesí aquella mano, que temblaba, que abrasaba...

--¡Jesús!--se oyó exclamar.

Y la madre apareció.

Turbado y confuso se levantó Juanito, con el pantalon empolvado, los
cabellos en desórden, la corbata desarreglada...

Paquita se cubrió el rostro con las manos.

--Reconozca usted--dijo severamente la esposa de don Pascual,--que abusa
usted indignamente de mi confianza.

--Señora, todo mi delito consiste...

--Ya lo he visto.

--La pasion me trastorna...

--Así se excusan todos los que cometen cierta clase de faltas.

--No es un crímen amar...

--Pero sí es un crímen hacer lo que usted estaba haciendo.

--Me reconviene usted con demasiada dureza, me rechaza tal vez porque
soy pobre...

--Eso no.

--Si su hija de usted acepta mi amor...

--¿Quiere usted que se exponga á otro desengaño? Ya ve usted cómo se ha
quebrantado su salud...

--Yo soy más pobre, pero más honrado que ese otro miserable.

--En fin, Paquita decidirá; pero me parece...

--Hable usted, hable usted,--dijo Juanito con acento suplicante á la
jóven.

Levantó esta la cabeza, y como si estuviese profundamente conmovida,
dijo:

--Si Dios quiere conservarme la vida; le daré á usted una prueba de que
hay corazones que sientan como el suyo.

Juanito juró que era el hombre más dichoso del mundo, y continuando la
conversacion, convinieron en escribirse diariamente, ó por lo ménos con
la frecuencia que lo permitiese la salud de Paquita.

Aquella noche Juanito, en el último punto de su entusiasmo, abrazó y
besó á doña Robustiana.

Al dia siguiente pensó que debia atenuar los efectos de todo lo que
habia hecho contra Saavedra, y decidió hablar á Clotilde para que esta
se convenciese de que su antiguo amante no se ocupaba de otra mujer.

¿Era posible que á la hija del conde se le ocultase la verdad?

No se le ocultaria, y de lo que se convenceria era de que Juanito lo
habia hecho todo impulsado por los celos, y sin otro fin que el de hacer
á Saavedra todo el mal imaginable.

Como se comprende, así se conseguia justificar al miserable seductor, y
este no tendria que hacer más que gozar del triunfo que sus mismos
enemigos le habian proporcionado tan torpemente.

Ya tenia Paquita novio, ya podia estar segura de casarse, y por
consiguiente sufrió ménos por no poder comprar los adornos que
necesitaba para embellecerse.

Llegó el momento de partir.

El padre y la hija se abrazaron.

El primero apenas pronunció algunas palabras.

No podia dudarse de que conocia el terrible secreto, y nos inclinamos á
creer que en su poder estaban los mil duros que habian desaparecido del
cofre.

Juanito pasó tres dias de mortal angustia.

Cuando recibió la primera carta, de Paquita, la leyó siete veces, la
besó más de mil, y luego fué á dar parte de su dicha á doña Robustiana.

--¿Lo ve usted?--decia esta.

--Todo lo debo al talento y á la habilidad de usted.

--Me felicitaré si son ustedes más dichosos que Adela y Eduardo.

--Eduardo es un miserable.

Nada más sucedió entonces que sea digno de mencion.



CAPÍTULO XVIII

La fortuna vuelve la espalda á Juanito.


Pasaron tres meses.

A don Pascual se le habia visto constantemente triste y meditabundo.

A las nueve de la mañana salia de su casa, iba á tomar chocolate á un
café, y despues se encaminaba á su oficina.

Una vez cumplidos sus deberes, dirigíase á una de esas fondas que casi
merecen llamarse bodegones, y tomaba algun alimento, sin que nunca
excediese el gasto de dos ó tres reales.

Desde allí volvia á su casa para no salir hasta otro dia, y unas veces
sentado y otras paseándose, miraba á su alrededor, levantaba los ojos al
cielo y suspiraba dolorosamente.

Lo que pasaba en su alma no es posible hacerlo comprender.

Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con
rapidez; pero él aseguraba que se sentia completamente bueno.

Distraíase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba á
veces inmóvil como si se hubiese petrificado, y pasaba así una ó dos
horas.

Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecíase como
si despertase del más profundo sueño, y continuaba su trabajo.

Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido.

Creyeron algunos que don Pascual empezaba á perder la razon.

Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agonía lenta
y horrorosa.

El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo.

El extravío de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como
una montaña de plomo.

Forzoso era que sucumbiese.

Por fin recibió una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba
mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver á Madrid.

Lo que esto significaba lo comprendió perfectamente don Pascual.

Pensó entonces que era preciso averiguar lo que su hija habia
determinado en cuanto al fruto de su deshonra.

Hombre de conciencia recta, no era posible que Bonacha consintiese que
la madre abandonara al hijo inocente, que no le habia pedido la vida.

Tal era la situacion de aquella familia desdichada, cuando Alfredo
volvió por fin á la córte.

Entonces Clotilde se mostró más dispuesta á transigir.

¿Qué hubiera sucedido si supiese la verdad en cuanto á la deshonra de
Paquita?

No lo sabemos; pero sí podemos asegurar que en semejante caso el conde
no habria consentido que su hija se casara con Alfredo.

De las explicaciones que mediaron entre este y Clotilde, resultó lo que
debia resultar, que Juanito, despechado por los celos más ó ménos
fundados, habia querido herir alevosamente.

Juanito fué desde aquel momento, y en opinion de Clotilde, un hombre
ruin hasta el último grado de la ruindad.

¿Podia ella consentir que un hombre semejante continuara ocupando en su
casa un puesto de confianza?

No.

La sentencia fué pronunciada, y Juanito debia encontrarse otra vez sin
recursos para vivir.

Esto era doblemente horrible en los momentos en que pensaba casarse.

Pero ¿qué le importaba á Clotilde la suerte de Juanito?

Lo que le importaba era su dignidad, que creia ofendida.

Aquel hombre, que nada representaba en el mundo, que nada valia, habia
querido hacerla instrumento de su venganza, de sus propios intereses, de
sus ruines pasiones.

Perdonar esto no parecia generosidad, sino estupidez y falta de decoro.

Era aquella una cuestion de dignidad en opinion de Clotilde.

No quiso hacer partícipe á su padre de lo que sucedia, porque habiendo
de ser el mismo el resultado, quiso evitarle disgustos.

Cuando una mujer se empeña en conseguir lo que parece imposible, triunfa
más ó ménos tarde.

Clotilde empezó por hablar de la falta de inteligencia de Juanito.

Luego aseguró que este tenia la mala costumbre de discutir sobre las
órdenes que se le daban, y por último lo acusó de curioso, porque se
habia tomado la libertad de hacer toda clase de averiguaciones para
descubrir lo que habia querido ocultársele.

Y todo esto era verdad, todo lo habia hecho Juanito; pero no porque
quisiese hacerlo, sino porque con una habilidad admirable lo habia
puesto Clotilde en el resbaladero, sin que él viese el lazo que se le
tendia.

La curiosidad, llevada á cierto punto, es una falta gravísima y hasta
peligrosa, y el conde no podia perdonar á Juanito.

Además, la jóven estaba disgustada, y el padre lo sacrificaba todo para
que su hija estuviese contenta.

Tenia necesidad el conde de salir de Madrid por consejo de los médicos,
y aprovechando esta ocasion, despidió á Juanito.

Tan horrible desgracia la conoció el jóven precisamente en los momentos
en que acababa de recibir una carta de Paquita anunciando su completo
restablecimiento y su vuelta á Madrid.

No podia llegar más á tiempo.

Poco le faltó á Juanito para volverse loco.

Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temió que la familia Bonacha
lo rechazase; pero aun cuando no sucediese así, ¿cómo casarse sin medios
de atender á sus nuevas obligaciones?

Acudió á doña Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el paño
de lágrimas de Juanito.

--Todo se arreglará,--respondió la viuda, que era optimista por
naturaleza.

--¿Cómo ha de arreglarse?

--No lo sé; pero ello es que se arreglará.

--Al señor de Almendares no puedo acudir, porque creerá que yo he dado
motivos para que el conde me despida.

--Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego,
«como no hay bien ni mal que cien años dure...»

--El remedio llegará tarde.

--Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando ménos se espera.

--Ahora que Paquita habia recobrado la salud...--exclamó Juanito.

--Usted tambien recobrará su empleo.

Algo se tranquilizó Juanito, por más que las palabras de la viuda no
tuviesen ningun valor.

A las diez de aquella noche encontrábanse en la estacion del
ferro-carril del Mediodía don Pascual Bonacha y Juanito.

Saludáronse, y al jóven le pareció conveniente hablar de su desgracia
mientras llegaba el tren.

--Tengo,--dijo,--que darle á usted una noticia muy desagradable.

--¡Desagradable!--replicó Bonacha distraidamente.

--Sí.

--¿Qué sucede?

--Me he quedado sin empleo.

--Es una gran desgracia.

--Adivino de dónde ha partido el golpe, y me vengaré cuando se me
presente la ocasion.

--¿No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral?

--Sí.

--¿Y no tiene ese conde una hija?

--Veo que no necesita usted más explicaciones.

--No.

--Ese miserable Alfredo de Saavedra...

--Basta, basta.

--Y mi situacion es doblemente terrible en estos momentos.

--Siempre es horrible quedarse sin recursos para vivir.

--¿Pero usted todavía ignora que yo estaba decidido á casarme muy
pronto?

--¡Casarse!...

--Sí.

--Entonces le han hecho á usted un gran beneficio.

--¡Don Pascual!...

--¿De qué se admira usted?

--Me sorprende que hable usted así, porque un hombre de las sanas ideas
de usted no es posible que se muestre contrario al matrimonio. Más de
una vez le he oido á usted dar su opinion sobre este punto, y...

--Los hombres cambian de opinion.

--Usted, que tiene una esposa modelo de virtudes...

--Es verdad; pero empiezo á comprender que la familia es una enorme
carga, que no siempre puede soportarse, y en este sentido hablo contra
el matrimonio.

--Si usted supiese quién es la mujer elegida por mi corazon...

--Cualquiera que sea.

--Me parece que ya no está bien guardar este secreto.

--Amigo mio, le advierto á usted que no soy curioso.

--La mujer que ha de participar de mi suerte, es su hija de usted.

--¡Mi hija!--dijo don Pascual con asombro.

--Sí.

--¡Mi hija!... Imposible.

--¿Acaso?...

--No basta que usted la quiera.

--¿Pues qué más se necesita?--preguntó Juanito.

--Que ella corresponda á ese amor.

--Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente
nos hemos escrito todos los dias.

No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con
Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo.

Dudó el anciano si soñaba, y se pasó las manos por la frente y se
restregó los ojos.

Juanito pensó lo peor que podia pensar, es decir, que porque habia
perdido su empleo se le miraba con desden.

--Señor don Pascual, espero que Dios me abrirá camino, y como soy
honrado y trabajador, encontraré donde ganar el sustento.

--¡Honrado!...

--Me parece que no hay motivo para ponerlo en duda.

--Peor para usted.

--¿Peor para mí?

--Eso he dicho.

Empezó Juanito á sospechar que Bonacha habia perdido la razon, y despues
de algunos momentos, le dijo:

--No puedo creer que la honradez sea una desgracia.

--Yo tampoco creia otras cosas; pero el tiempo... En fin, si mi hija
quiere casarse con usted, que se case; pero conste que yo no tomo parte
en este asunto.

No sabemos adónde hubieran ido á parar en el trascurso de la
conversacion; pero fueron interrumpidos por el silbido de la locomotora,
y tuvieron que acudir para recibir á las viajeras.

Poco despues se presentaron estas.

Hubo abrazos, saludos cariñosos, sonrisas y lágrimas.

Entraron en un coche y se alejaron de la estacion.

Paquita parecia haber recobrado toda la alegría de otro tiempo.

Llegó el instante de entrar en cierta clase de explicaciones, porque la
jóven preguntó á su novio:

--¿Y qué novedades hay por Madrid?

--Ninguna buena,--respondió tristemente Juanito.

--¿Pues qué sucede?

--Hoy me he quedado sin empleo.

--¡Sin empleo!--exclamaron la madre y la hija.

--Y en estos momentos, en estas circunstancias... ¡oh!... estoy
desesperado.

Todos guardaron silencio.

Los semblantes, que estaban alegres, revelaron la más profunda tristeza.

Largo rato pasó sin que se percibiese otro ruido que el que producia el
coche al rodar sobre el empedrado de las calles.

Por fin Juanito reanudó la conversacion, para decir que ya no le parecia
conveniente guardar el secreto de sus amores, y que lo habia dado á
conocer á don Pascual.

Al estupor sucedió la ira, y las dos mujeres se desataron en
improperios contra Saavedra, acusándolo de la desgracia de Juanito.

Don Pascual escuchaba y callaba, y cuando fué interpelado por su esposa,
respondió:

--Todo me parece bien, y así se lo he dicho á este caballero.

--¿Con que te parece bien que lo dejen sin destino?

--Nadie sabe dónde está ni en qué consiste su fortuna.

En vano habló la esposa de don Pascual, porque este continuó guardando
silencio.

El carruaje llegó á la calle de San Lorenzo.

Las viajeras necesitaban descansar, y Juanito se despidió, prometiendo
volver al siguiente dia.

La madre y la hija, mientras cenaban, hablaron sin cesar de su viaje, de
la nueva situacion de Juanito y de la maldad de Alfredo de Saavedra.

Dos horas despues se habian acostado y dormian.

Don Pascual no pudo conciliar el sueño, pensando en la inocente criatura
fruto de la debilidad de su hija.



CAPÍTULO XIX

El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.


Don Pascual aprovechó la ocasion de que era domingo, y cuando salió de
su casa se encaminó á la de Alfredo.

¿Qué intentaba el desgraciado?

Tal vez iba á verse tratado como su hija cuando se presentó á Clotilde.

El rostro de Bonacha estaba pálido, y su mirada era sombría.

Tampoco aquella mañana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y
cándido hasta el último grado de la candidez.

Preguntó por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse.

--Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con
una energía que nadie hubiera sospechado en él.

--¿Su nombre de usted, caballero?

--Bonacha.

--El criado no se atrevió á replicar; desapareció, y volvió muy pronto
para decir:

--Pase usted.

--Entró don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se
encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un
sillon.

Habia creido que el desdichado don Pascual iba á exigirle que se casase
con Paquita, pintándole la triste situacion de esta.

Resuelto estaba el jóven á mostrarse inflexible y aun á rechazar con
dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenció de que se
equivocaba.

Presentóse don Pascual con la cabeza erguida, detúvose un momento, y
luego dijo:

--Caballero, no vengo á pedirle á usted nada, ni siquiera la honra que
me ha robado, y se lo advierto así para que no se tome la molestia de
calcular cómo saldrá mejor del apuro.

Tan sorprendido quedó Alfredo, que no acertó á replicar.

El anciano, con grave tono, prosiguió diciendo:

--Mi desgraciada hija ha guardado para mí el secreto de su falta; pero
yo la he adivinado fácilmente, he guardado silencio, he observado, he
hecho todo lo que puede hacer un espía, y así he conseguido conocer
hasta el último detalle.

--Entonces nada tengo que decirle á usted.

--No he venido para que me diga, sino para que me escuche.

--¿Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta?

--No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay
calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la
impunidad, prueba que es un cobarde.

--¡Caballero!--gritó Saavedra, poniéndose en pié como impulsado por un
resorte y lanzando una mirada terrible á don Pascual.

Empero este permaneció impasible, y arrostró serenamente aquella mirada.

--Le he llamado á usted cobarde...

--Si ha venido usted para ofenderme...

--Aquí estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la
responsabilidad.

--Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo á cubierto de mi
enojo...

--Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron á usted
antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que
merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no
hay ultraje mayor que el que usted ha hecho á mi honra.

--A pesar de todo eso, estoy en mi casa...

--Yo estaba en la mia, y allí fué usted para echar una mancha sobre mi
honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es
probarle á usted que la honra puede perderse si á uno se la arrebatan;
pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.

--No pongo en duda la de usted, caballero.

--No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se
habia extraviado; pero sus extravíos no eran criminales. Usted
comprendió que era muy fácil explotar las debilidades de mi hija, y las
explotó sin pensar que heria de muerte á un desgraciado, que no tenia
otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta
inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los
sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia
resignado con todas las desgracias. Descargó usted el golpe terrible, y
con la conciencia tranquila se ocupó usted en buscar la dicha por otros
medios. Su víctima de usted pidió reparacion, recordando promesas y
juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia
con su honor; pero usted creyó que á nada estaba obligado, porque se
trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia
usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla
como buen caballero, tasó usted la honra de toda una familia en mil
duros... ¡Oh!...

Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando
convulsivamente á impulsos de la ira, acercóse más á Saavedra, y añadió
con sarcástico tono:

--Sí, pagando la deuda no tenia nadie derecho á poner en duda que es
usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon
grande y noble.

Alfredo, á pesar de toda su audacia, no se atrevió á levantar la cabeza.

El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosiguió diciendo:

--Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo
débil, el que así escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota
las debilidades y se burla de todo lo que es más respetable, de todo lo
que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para
satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve á tasar el
valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se
ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.

--¡Oh!...

--Poco viviré, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi
conciencia esté tranquila; quiero probar que si la cobardía de usted me
ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.

--Basta, basta;--murmuró Alfredo con voz ronca.

--Hoy mismo quedará hecha la renuncia de mi empleo.

--Pero...

--Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra...
¡Oh!...

El infeliz don Pascual sacó los mil duros en billetes, y con fuerza
convulsiva los arrojó al rostro de Saavedra.

Rugió este como el leon cuando se siente herido.

Volvió á ponerse en pié.

Centellas se escaparon de sus ojos.

Sus mejillas habian enrojecido como si fuese á brotar la sangre.

--Yo,--gritó don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y
que nada vale, el anciano débil, he tenido bastante valor para sellar
las mejillas del miserable que manchó mi honra.

--¡Salga usted, salga usted!--exclamó Alfredo, sin poder apenas
contenerse.

Empero don Pascual cruzó los brazos, irguió la cabeza y dijo:

--Aquí estoy... Puede usted vengarse... Aquí estoy, porque el valor me
sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones...
¿Por qué se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, está usted en
su casa, y tiene derecho hasta para matarme... ¡Oh!... pero en estos
momentos es usted el que ha de temblar, porque á mí no hay nada,
absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un
tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y
yo no espero más que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese
agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor
de mi pobre hija... ¡Ah!... cuando sea usted padre...

El infeliz anciano empezaba á perder las fuerzas, y tuvo que
interrumpirse.

Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras sí el
alma, exclamó:

--¡Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo más que mi hija, y usted
abusó de su inocencia; la colocó usted en la pendiente que ha de
llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la
detenga, porque dado el primer paso dará el último, porque la
desesperacion la ha trastornado... ¡Pobre hija mia!... ¡Hija de mi
alma!...

Desapareció la ira de Alfredo, y empezó á sentirse conmovido.

No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre
infeliz.

Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas
palabras dulces y cariñosas al anciano; pero este, recobrando por un
momento la energía, retrocedió y dijo:

--Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia
despertará.

Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, salió.

Largo rato pasó antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.

--¡Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no sé cómo... Pero nada puedo
hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... ¿Pues es mia la culpa,
si su hija ha sido débil?... Me parece que doy á este asunto una
importancia que no tiene. ¿Qué es esto más que una calaverada como otra
cualquiera?... Digno es de consideracion y lástima el padre; pero bien
sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario,
beneficios. ¿Quién habia de creer que tuviese la energía que ha
demostrado?... Y asegura que va á dejar el empleo, y como no puede
dejarlo á medias, es decir, como no puede renunciar la parte que á mí me
debe, se quedará sin nada, y tras la deshonra sufrirá la miseria...
¡Oh!... eso no, eso no, pues á pesar de mis calaveradas, no soy un
miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi
alma.

Llamó Alfredo á su mayordomo, y le dijo:

--Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrégalos al gobernador
para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de
beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero
que se sepa quién hace la obra de caridad.

El criado obedeció.

Entonces le ocurrió á Saavedra decir:

--¿Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha
nombrado don Pascual... ¡Oh!... no, no abandonaré á esa criatura
inocente, que debe la existencia á mis locuras.

Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por más que
él se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que
esta dejase de atormentarlo.



CAPÍTULO XX

Bonacha se explica con su mujer.


Don Pascual cumplió su propósito, y renunció el destino.

La renuncia, como era consiguiente, fué aceptada.

Cuando ya no tenia remedio, fué cuando Bonacha dijo á su familia que se
habia quedado sin empleo.

Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida.

Su esposa, dejándose arrebatar por la ira, acusó y reconvino con las más
duras palabras al pobre anciano.

La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza
de casarse con Juanito, y que este viviese á costa del suegro mientras
otro recurso no habia.

La situacion era en verdad bien crítica.

Cesante el padre, cesante el futuro marido, ¿qué iba á suceder?

Si al ménos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no
se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija.

Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez ó doce horas diarias,
apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la
sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente,
con esa modestia que se parece mucho á la miseria y que casi no es
vivir.

--¿Te has propuesto,--decia furiosa la esposa de Bonacha,--te has
propuesto matar de hambre á tu familia?

Don Pascual sonrió; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir
otras veces, sino con una expresion indefinible.

--¿No has pensado que tienes la obligacion de mantener á tu familia?

--Sí.

--Pues ahora veremos cómo se hace el milagro.

--Muy sencillamente.

--Me picas la curiosidad, y quiero conocer el secreto.

--Muriéndose, no es preciso comer,--dijo don Pascual.

--¡Pascual, Pascual!...

--Todas las necesidades,--dijo con dulzura el hombre
bonachon,--concluyen en la sepultura.

--Si no te has vuelto loco, quieres hacernos perder el juicio.

--¿Os infunde miedo la muerte?

--Más vale que calles, porque se me apura la paciencia...

--Te probaré que no estoy loco,--repuso Bonacha.

--Si la prueba consiste en alguna de tus necedades...

--Puesto que te empeñas, será. Toda mi vida, y particularmente contigo,
he sido débil: ahora me habia propuesto demostrar energía; pero por una
sola vez, hoy no más, seré débil como siempre lo he sido.

--No te comprendo, y en cuanto á tu debilidad...

--Ten alguna paciencia, que voy á explicarme.

--Lo deseo.

Don Pascual le dijo á su hija:

--Véte.

--¡Que me vaya!...

--Sí, yo te lo mando.

--¿Y por qué ha de irse?

--Porque no quiero que oiga lo que voy á decir.

--Pero...

--Paca, te he mandado salir,--replicó imperiosamente don Pascual.

Su hija tembló y obedeció.

Arrepintióse la madre de haber provocado aquellas explicaciones, porque
comprendió lo que debia suceder.

Cuando marido y mujer quedaron solos, el rostro del primero cambió,
volviendo á ser el mismo hombre á quien hemos visto ya frente á
Saavedra, y provocando la cólera de este.

--Pascual,--dijo tímidamente la esposa,--tú estás trastornado...

--Tal vez.

--Sin duda tu salud...

--Es buena.

--No quiero que te incomodes, porque si caes enfermo será peor.
Reconozco que me he dejado arrebatar; pero es tan triste nuestra
situacion...

--Calla y escúchame.

--Te veo tan alterado que...

--No perderé la calma, descuida.

--Mañana hablaremos...

--Ha de ser ahora.

--Obedezco y te escucho.

--Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya
que con ciega confianza depositases en manos de un amigo íntimo, de un
pariente...

--Pascual, Pascual,--interrumpió temblando la descuidada madre.

--Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depósito...

--Basta, basta.

--Mi hija era mi única felicidad; mi honra, era mi único tesoro...

No se necesitaban más explicaciones.

La esposa de don Pascual, anonadada, cayó de rodillas, cruzó las manos y
exclamó:

--¡Perdóname, perdóname!...

--Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que
te perdone tu hija.

--¡Compadéceme, esposo mio!...

--Ahora levanta la voz, pregúntame por qué he dejado ese empleo que
debia á la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregúntame
con qué hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por último, díme
si todavía te espanta la muerte.

Un raudal de lágrimas corrió por las mejillas de la esposa de don
Pascual.

La infeliz no pudo articular una sílaba.

--Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que
hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace
tres dias que arrojé al rostro del miserable seductor los mil duros con
que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar
las heridas abiertas en mi alma. Y le llamé cobarde y le hice temblar, y
volví á mi casa con la conciencia tranquila.

--¡Mátame, Pascual, mátame!...

--Te matará la conciencia con tormentos los más horribles.

--¡Dios mio!

--Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que
debia su existencia á vuestras debilidades.

--Esa criatura ha muerto.

--¡Que ha muerto!

--Mira.

La esposa sacó una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido,
y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de
existir, á pesar de los cuidados de su honrada nodriza.

--¡Hé aquí con cuánta facilidad,--murmuró don Pascual,--resuelve la
muerte las situaciones más difíciles! Dios lo ha dispuesto así; pero...
¡ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese
ángel, porque al fin era el hijo de mi hija; era...

No pudo proseguir, porque la voz se ahogó en su garganta.

Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibió otro
ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual.

Este rompió al fin el silencio para decir:

--Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engañar al
que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor...

--Exageras, Pascual.

--¡Que exagero!...

--Mientras nuestra hija sea una esposa fiel, de nada podrá quejarse
Juanito. Lo pasado pasó, y así como ella no le pide cuentas de lo que ha
podido hacer antes de casarse...

--No prosigas.

--Reflexiona bien...

--Nuestra hija va á cometer otra falta, quizá más grave que la primera;
pero no le pondré obstáculos, porque no quiero ser responsable de su
suerte.

--Ya que se le presenta esa proporcion...

--Hemos concluido.

Y no quiso escuchar más el desgraciado Bonacha, sino que tomó el
sombrero y salió.

No necesitó preguntar Paquita para saber lo que habia sucedido, pues
curiosa en demasía, habia estado escuchando.

Con el rostro lívido y descompuesto se presentó la jóven á su madre.

--¡Todo lo sabe!--exclamó esta.

Paquita no quiso seguir la conversacion.

Ya ves, lector, de lo que es capaz un hombre como Bonacha.

Esas criaturas que parecen débiles, son las más fuertes en ciertas
situaciones.



CAPÍTULO XXI

Alfredo se empeña en hacer algo bueno.


Un mes habia pasado.

Eran las tres de la tarde.

Disponíase á comer doña Robustiana, cuando sonó la campanilla y se
presentó su sirviente, diciéndole:

--Un caballero quiere verla á usted.

--¿No lo conoces?

--Dice que se llama don Alfredo de Saavedra.

--¡Don Alfredo!...

--Y es muy guapo y muy elegante...

--Que entre, que entre,--dijo la viuda sorprendida.

Alfredo se presentó, saludando con la delicadeza que á su clase
convenia, y diciendo despues:

--Señora, hay situaciones en que es preciso apelar á supremos recursos.

--Caballero...

--Ante todo le pido á usted perdon, y le suplico...

--Si en algo puedo serle útil...

--Para pedirle un favor he venido.

--Pues ya escucho.

--Supongo que conoce usted los secretos de la familia Bonacha.

--Sí, conozco todas las desgracias de esas criaturas.

--Así me evito el disgusto de entrar en explicaciones enojosas, tanto
más enojosas para mí, cuanto que tengo que reconocer que soy culpable;
pero crea usted que estoy bien castigado con mi propia conciencia, y que
ya no puedo ser completamente dichoso.

--Aún tiene remedio el mal.

--En su menor parte.

--La infeliz Paca...

--Ya sé que piensa casarse, y yo, sin mengua de mi honor, no puedo dejar
de ser esposo de la hija del conde de Romeral.

--Pues si acaso intenta usted indemnizar con dinero á esa pobre
familia...

--No, porque ya una vez con el dinero ha tenido valor para azotarme el
rostro ese anciano que tan débil parece.

--Entonces...

--Don Pascual dejó su empleo, y yo he sido causa indirecta de que se
quede tambien sin recursos para vivir ese jóven que ha de casarse con
Paquita.

--Si les ofrece usted un destino...

--No se lo ofreceré; pero lo necesitan, y si usted quiere ayudarme, hará
á esos desgraciados un gran beneficio y tranquilizará mi conciencia en
cuanto es posible que se tranquilice.

--No comprendo...

--Está usted bien relacionada.

--Es cierto.

--Nada tendria de particular que encontrase usted á uno de los que
fueron amigos de su difunto esposo.

--Y algunos de ellos han hecho gran fortuna,--dijo doña Robustiana.

--Ese amigo imaginario pudo deber la vida á su esposo de usted.

--Ahora entiendo.

--Es agradecido...

--Sí, pone á mi disposicion su influencia, y yo le pido un empleo para
Bonacha y otro para Juanito.

--Y será usted la madrina, y el regalo consistirá en las dos
credenciales...

--No necesito más explicaciones.

--¿Puedo contar con el auxilio de usted?

--Sí, caballero, porque para hacer un beneficio no debe nadie vacilar.

--Gracias, señora, gracias.

--Por supuesto, que es menester que no se sospeche la verdad, porque mi
amigo Bonacha...

--Lo conozco demasiado bien.

--Estamos de acuerdo.

--Ahora si usted quisiera decirme...

--¿Qué?

--¿Y mi hijo?

--Hay un ángel más en el cielo.

--¡Oh!

--Dios lo ha dispuesto así.

La conversacion no podia prolongarse.

Revelando en el semblante profunda tristeza, púsose en pié el jóven,
ofreció la diestra á la viuda, y le dijo:

--Señora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la
clarísima inteligencia de usted.

--Caballero...

--Si se me presentase la ocasion de prestarle á usted algun servicio, me
consideraria feliz.

--Nada valgo, nada puedo...

--Vale usted mucho, señora,--dijo Alfredo.

Y saludando como hubiera podido saludar á una duquesa, salió.

--Lo cortés no quita á lo valiente,--dijo la viuda cuando estuvo
sola.--Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer
que es muy fino, que tiene mucho talento y... ¡qué bella figura!...
ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por él, porque, la
verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ¡ay!...

Suspiró la viuda, y se consoló pasando la mano por el lomo á _Morito_.

Desde aquel mismo dia empezó doña Robustiana á preparar el terreno, y lo
hizo con tanta habilidad, que nada sospechó el señor de Bonacha, aunque
vivia muy sobreaviso.

Siguió la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las
palabras de su imaginario amigo.

Despues de quince dias volvió Alfredo á presentarse á la viuda, y le
entregó dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo, á doce mil
reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito.

--Señora,--dijo Saavedra,--más hubiera pedido por mi voluntad y más me
hubieran dado; pero he temido infundir sospechas.

--Ha procedido usted con mucho acierto.

--Cuando pasen algunos meses, podrá usted acudir nuevamente á su amigo,
y se mejorará la suerte de esa familia, en la inteligencia de que
mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, irá
ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No
puedo hacer más.

--A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza
de sentimientos y una delicadeza bien rara.

--Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo á quien favorecer,
aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirán en
cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podrá suceder mañana si hay
cambio político.

Así doña Robustiana, sin saber cómo, se encontró hecha mujer de gran
influencia.

Si el mundo hubiese visto cómo la trataba Alfredo, no habria podido
adivinar la causa.

Los agraciados recibieron las credenciales.

Juanito quiso casarse inmediatamente.

¡Infeliz!



EPÍLOGO


Habia trascurrido un año desde los últimos sucesos que hemos referido.

Juanito se consideraba el hombre más dichoso del mundo, y la verdad es
que no tenia motivo para quejarse de su esposa.

Esta cumplia sus deberes con religiosa exactitud, y creemos que los
cumpliria siempre, pues en realidad no era mala.

Tambien Juanito era un excelente esposo, que se parecia algo á su
suegro.

Tenian un hijo, y esto lo consideraron una nueva felicidad, y además del
hijo habian conseguido un ascenso, gracias á la proteccion de doña
Robustiana del Peral.

Don Pascual Bonacha no habia vuelto á recuperar la alegría; su salud
seguia quebrantándose, y parecia que habian trascurrido diez años,
segun lo que se avejentaba. No debia vivir mucho, porque el tiempo no
calmaba su dolor.

La herida que habia recibido era mortal, y forzosamente habia de
sucumbir.

Su esposa estaba tranquila y gozaba, porque la bondad del marido de su
hija permitió á la madre constituirse en jefe de todos. Ella disponia
sin contradiccion, y no necesitaba más para encontrarse bien.

Lo único que le desagradaba era que sus amigos le preguntasen por su
nieto, que era lo mismo que llamarle abuela.

La esposa de don Pascual, segun ya hemos visto, creíase todavía jóven, y
si no tenia pretensiones de enamorar, parecíale que aún podia ser mirada
con agrado.

Continuaban yendo á la tertulia de doña Robustiana, y esta presentaba
siempre como modelo de esposos á Paquita y á Juanito.

No sucedia lo mismo con la desgraciada Adela, pues Eduardo habia dado
fin al importe de todos los títulos de la deuda que tenia en su poder, y
quiso luego que se vendiese la casa.

Era forzoso que esta situacion llegase, y llegó.

No hay que decir que en las casas de juego habia quedado la mayor parte
de aquella fortuna, adquirida en fuerza de tanto trabajo, de tanta
honradez y hasta de muchas privaciones.

Por de pronto, quiso el tahur justificar su conducta, diciendo que habia
emprendido algunos negocios, y que en todos ellos habia sido
desgraciado, ya porque las circunstancias no le favorecieron, ya porque
habia sido víctima de la mala fe de criminales especuladores.

Empero siempre resultaba lo mismo, es decir, que habian desaparecido
muchos miles de duros, que producian una renta respetable.

Les era preciso cambiar de sistema de vida á las dos pobres mujeres,
suprimiendo criados y todo aquello que no era de absoluta necesidad,
puesto que ya no contaban con más que con los catorce ó quince mil
reales que la casa producia.

A pesar de todo esto, no se atrevió Adela á reconvenir á su marido.

La infeliz sufria y callaba.

Su madre perdió al fin la paciencia y tomó parte en el asunto, no
solamente para decir lo que su hija callaba, sino para oponerse á que la
casa se vendiese ó hipotecase.

Eduardo, con gran habilidad, hizo ver claramente que con el importe de
la finca podian salvarse los negocios perdidos, recuperando el capital y
mucho más aún; pero doña Cecilia replicó:

--No entiendo de negocios ni de cuentas.

--Pues como yo entiendo, los explico,--repuso el esposo de Adela.

--Todos los bienes que dejó mi marido los adquirió despues que nos
casamos, y por consiguiente la mitad de la herencia es mia.

--Nadie lo niega.

--La casa representa ménos que esa mitad, y por consiguiente me la
apropio, y si esto no te parece bien, puedes acudir á los tribunales.

--¡Yo acudir á los tribunales para una cuestion de dinero!... Me
consideraria deshonrado.

--Pues, hijo, yo no me deshonro por guardar lo que es mio.

--Si pudiera usted comprender...

--Comprendo muy bien que estamos arruinadas, y no niego que tendrás un
gran talento para los negocios; pero es lo cierto que muy bonitamente ha
desaparecido un capital. Más valia que te hubieses ocupado en escribir
versos como antes de casarte y en llevar á tu mujer á paseo.

--Señora, mi delicadeza no me permite seguir esta discusion.

--¡Y habla de delicadeza el que nos ha dejado poco ménos que sin
recursos para comer!...

--Si nos colocamos en el terreno de las ofensas...

--Estoy resuelta á decir las verdades, á gritar, á escandalizar...

--Grite usted cuanto se le antoje.

--No tenia usted sobre qué caerse muerto.

--Pero yo soy un caballero, mientras ustedes...

--¡Caballero!... ¿Y el tio que estaba en Galicia?... Nos ha engañado
usted, ha cometido un abuso, nos ha robado...

--Que mi paciencia se apura.

--Desde hoy mismo yo seré la dueña de la casa, y aquí nadie manejará el
dinero más que yo, y no se obedecerán más órdenes que las mias, y si no
le conviene á usted así, buscará usted otros tontos que se dejen
engañar.

--Saldré de esta casa para no volver.

--No cometeremos la torpeza de ir á buscarlo.

--Esta bien, señora: ya que usted adopta una resolucion...

--Puede usted hacer lo que bien le parezca, que para tener semejante
marido, mejor está mi hija sin ninguno.

Por de pronto aceptó Eduardo la nueva situacion, porque le quedaba el
recurso de hacer uso del crédito que el dinero de su mujer le habia
dado.

Tomó, pues, algunas cantidades de consideracion, que se disiparon lo
mismo que todas.

Bien pronto lo acosaron los acreedores, y más de una vez le amenazaron
graves peligros.

¿De dónde sacaria más dinero?

Se apoderó de algunas prendas de valor que en la casa habia, como eran
cubiertos y otras alhajas, que es lo mismo que decir que se robó á sí
mismo.

Doña Cecilia se puso hecha una fúria y adoptó las precauciones
convenientes para que no se repitiesen estos abusos.

Eduardo llegó al período de la desesperacion, término inevitable de la
vida de estos hombres.

No podia retroceder al punto de partida de su existencia, y sobre todo
era insoportable el sufrimiento que lo agobiaba.

Nunca habia reconocido más ley que su capricho, y no era posible que se
sometiese á su suegra.

La pobre Adela, á quien no le habian quedado más recursos que sus ruegos
y sus lágrimas, lloró y suplicó, pero inútilmente.

Un vértigo arrastraba á Eduardo, y era imposible detenerlo.

¿Sufria como padre?

Decia que sí; pero su conducta desmentia sus palabras.

Le hablaban de la triste suerte que le esperaba á su hijo, y se conmovia
profundamente; pero algunos minutos despues salia de su casa y se
entregaba con furor á toda clase de desórdenes.

Cuando le faltó el dinero abandonó á Juana, ó más bien ella lo dejó por
otro.

Manolo, comprendiendo al fin la verdad, volvió la espalda para siempre á
la que habia querido tan de veras.

Acostumbrada á la holganza, ni siquiera volvió á pensar Juana en ponerse
á servir.

No habia hecho ahorros, porque esta clase de mujeres gastan cuanto
tienen.

Su segundo amante la dejó tambien.

Llegó para la jóven el espantoso dia de la miseria.

Vendió sus ropas y adornos.

Al fin no tuvo que vender.

Su belleza se habia marchitado.

Sintió los tormentos del hambre, y entonces aceptó las proposiciones de
una amiga suya, hundiéndose para siempre en el lodazal de los más
repugnantes vicios.

Su existencia debia concluir en el hospital.

Viendo Eduardo que no intimidaba á su suegra con amenazas, hizo
indicaciones para que comprendiesen que intentaba quitarse la vida.

Tampoco este sistema le dió el resultado que deseaba.

--Cuando quieras,--le decia doña Cecilia,--puedes matarte; porque mi
hija estará mucho mejor viuda que casada contigo.

--Se verá usted perseguida por mi sombra.

--Mejor es que me persiga una sombra que el hambre.

Eduardo se dedicó entonces á trazar planes, que es la ocupacion favorita
de todos los desocupados.

Al fin decidió ir á buscar la fortuna en América.

En vano intentó su esposa disuadirlo de este propósito.

Necesitaba el tahur dinero para emprender el viaje; pero doña Cecilia le
dijo:

--Búscalo.

El miserable se dijo un dia:

--Nada conseguiré de estas mujeres.

Y desapareció sin que pudiera averiguarse su paradero.

Entonces fué cuando Adela pensó que hubiera podido ser dichosa con un
hombre trabajador y honrado como su padre.

¿Y Alfredo?

Se habia casado con la hija del conde.

Sus amigos decian:

--Está desconocido Saavedra.

Efectivamente, su carácter habia cambiado.

Semejante cambio lo atribuian todos al casamiento; pero se equivocaban.

Alfredo no era tan dichoso como pudo ser.

De vez en cuando lo atormentaba su conciencia.

Si por casualidad se encontraba alguna vez con Juanito, este levantaba
la cabeza con mucho orgullo, mientras decia para sí:

--Ya está viendo esa gente que para nada necesito su proteccion.

¿Qué hubiera pensado si le dijesen que el pan que comia lo debia á su
antiguo rival?

¿Y qué le hubiera sucedido al conocer los motivos que para protegerlo
tenia el que le disputó el corazon de Paca?

La candidez de Juanito era verdaderamente lastimosa.

Doña Robustiana del Peral continuaba lo mismo que siempre, y tenia ya en
proyecto otras tres bodas, que debian hacer felices ó desgraciadas á
tres de las jóvenes que formaban su tertulia.

La extension de este libro no nos ha permitido dar á conocer á la gente
cursi que hay en otras clases de la sociedad; pero ocasion tendremos
para presentarlas, penetrando en su vida íntima y levantando el velo que
cubre muchos misterios.

Pobres mujeres, para vosotras he escrito este libro: no olvideis las
provechosas lecciones que encierra, y preferidlo todo antes que el
ridículo, teniendo presente que cuando los pobres no olvidan la
dignidad, son tan respetados como los ricos.


    --FIN--



ÍNDICE


                                                                  Págs.

  CAP. I. La mujer casamentera.                                       5

  -- II. Los amigos de doña Robustiana.                              21

  -- III. La paloma y el gavilan.                                    43

  -- IV. Turbaciones.                                                59

  -- V. El protector.                                                74

  -- VI. Juanito representa un triste papel.                         84

  -- VII. Juanito empieza á vengarse.                                98

  -- VIII. Cómo se llega al fondo del abismo.                       109

  -- IX. Las primeras lágrimas.                                     121

  -- X. Dos bribones que se entienden.                              135

  -- XI. Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.    149

  -- XII. Otro celoso que quiere vengarse.                          157

  -- XIII. Borrascas matrimoniales.                                 171

  -- XIV. Otro esfuerzo.                                            182

  -- XV. El último esfuerzo.                                        192

  -- XVI. La honradez y el corazon de don Pascual.                  204

  -- XVII. La declaracion.                                          219

  -- XVIII. La fortuna vuelve la espalda á Juanito.                 227

  -- XIX. El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.        238

  -- XX. Bonacha se explica con su mujer.                           247

  -- XXI. Alfredo se empeña en hacer algo bueno.                    255

  EPÍLOGO.                                                          261



URBANO MANINI, EDITOR

CALLE DE SERRANO, NÚM. 14. BARRIO DE SALAMANCA, MADRID



OBRAS EN VENTA

                                                                Rvn.

  =Abelardo y Eloisa=; _por D. Ramon Ortega y Frias_.
    Dos tomos en gran tamaño.                                     40

  =Don Quijote de la Mancha=; _por Cervantes_.
    Dos tomos ilustrados. Precio.                                 25

  =Cristóbal Colon= (_descubrimiento de las Américas_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              50

  =Hernan Cortés= (_descubrimiento y conquista de Méjico_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              70

  =El País del Oro= (_descubrimiento y conquista del Perú_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              40

  =El Motin de Esquilache=; _por D. Manuel Fernandez y
    Gonzalez_.--Dos abultadísimos tomos ilustrados.               40

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    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              40

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  =La Fiebre de Riquezas= (_viaje á California_); _por don
    Julio Nombela_.--Dos tomos ilustrados. Precio.                20

  =Los Dramas de Paris=; _por Ponson du Terrail_.
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    y Gonzalez_.--Cinco tomos ilustrados. Precio.                 56

  =D. Miguelito Capa-rota=; _por id._--Cuatro tomos id.           40

  =La Candela de San Jaime=; _por id._--Un tomo.                   4

  =Las Cuatro Barras de Sangre=; _por id._--Un tomo.               4

  =La Gente Cursi=; _por D. R. Ortega y Frias_.--Un tomo.          4


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