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Title: Viaje a America, Tomo 1 de 2
Author: Valls, Rafael Puig y
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Viaje a America, Tomo 1 de 2" ***

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Nota de transcripción

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas como MAYÚSCULAS.
  * Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la
    grafía de mayor frecuencia.
  * Se ha respetado también el uso inconsistente de los separadores
    de millares en las cifras.
  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
  * Algunas ilustraciones han sido desplazadas ligeramente para no
    interrumpir ningún párrafo.



  VIAJE Á AMÉRICA



  VIAJE
  Á
  AMÉRICA

  _Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago,
  México, Cuba y Puerto Rico_

  POR

  Rafael Puig y Valls

  [Ilustración]

  BARCELONA

  TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
  Arco del Teatro, 21 y 23
  1894


  ES PROPIEDAD



A mi hermano Mariano:

_Cuando la fraternidad no es más que vínculo de la sangre, aun siendo
rama de un árbol de tronco vigoroso, una ráfaga de viento puede
derribarla; cuando el amor fraternal ahonda, y más que rama de árbol
frondoso es raíz que penetra en el alma, las tempestades de la vida
sólo pueden arrancarla con la planta entera._

_Así ha ahondado tu afecto en mi alma; así ha arraigado en mi
corazón el cariño de hermano y amigo que tu inagotable bondad me ha
dispensado, sin desmentirse jamás, un solo instante, durante nuestra
ya larga existencia._

_¿Quién, pues, podría ocupar, con mejor derecho que tú, la primera
página de este libro?_

_Que ella te recuerde mientras vivas, el inquebrantable y
correspondido afecto de tu hermano_

                                       _Rafael_



De París á New-York


[Ilustración]Es cosa vulgarísima hacer un viaje de París á New-York;
el que pasa por el Havre sale ahora á las 12 y media de la noche
de la estación de San Lázaro, situada en el centro de París. A las
seis de la mañana pára el tren, que lleva el pomposo título de «tren
directo de París á New-York», junto á la pasarela del trasatlántico,
y á los pocos minutos cada pasajero ha colocado ya el equipaje de
mano en su camarote, esperando, no sin alguna zozobra, la hora de
salida que dicta la marea en las dársenas del Havre. Sería necesario
ser muy exigente si no estuviera contento con mi suerte; embarqueme
el 18 de marzo en el vapor más hermoso y nuevo de la Compañía
Trasatlántica francesa, el _Touraine_, que está realizando su décimo
tercer viaje con una velocidad pasmosa. A las 25 horas había andado
495 millas, según nota dada por el encargado de la corredera; hoy 21,
tercer día de viaje, debemos haber andado ya más de 800 millas, y
oigo decir á los compañeros de viaje que se _marean_, que el capitán
se propone llegar á New-York el viernes próximo, ó sea en menos de
siete días, desde el Havre.

Pocos vapores habrían realizado una travesía más rápida, y pocos
también podrán ofrecer á los pasajeros mayores comodidades y
garantías de seguridad.

El _Touraine_ ha sido construído para pasaje numeroso y todo se
ha sacrificado á la comodidad de los viajeros. Barco que salió á
mediados de 1891 del astillero de Saint Nazaire, parece un palacio
flotante que brilla al sol con el matiz nacarado del color blanco
agrisado que domina en la cubierta, dándole un aire de limpieza que
enamora.

La cubierta alta destinada á los pasajeros de primera, es un paseo
de más de cien metros de longitud y cuatro de anchura que circuye
los camarotes de lujo y los saloncitos de escribir; la inmediata
inferior, en que pasean los viajeros de segunda y tercera, tiene
iguales dimensiones y rodea la sala de conversación y los camarotes
de primera; y en el tercer puente, el más retirado y menos sometido
á la acción de los balanceos, está el comedor cruzado por tres mesas
paralelas rodeadas por otras más pequeñas que le dan el aspecto de
un gran salón de restaurant de las mejores fondas de París.

A las 6 y media de la tarde, cuando el camarero toca la campana,
anunciando á los pasajeros que el servicio de mesa está dispuesto,
el aspecto del comedor, iluminado con luz eléctrica, es severo,
de gusto exquisito é irreprochable. La escalera monumental, de
caoba barnizada, que le da acceso, con grandes espejos adornados
de cornisas y cariátides del mejor gusto, tapizados los entrepaños
con cueros repujados, llena de luz deslumbradora; el patio central,
que remata una linterna de traza elíptica y cristales deslustrados,
sostenidos los entrepuentes por vistosas columnas, de cuyos capiteles
arrancan artísticos candelabros de luces eléctricas, dan al conjunto
un aspecto tan hermoso que se llega á olvidar el mareo y el peligro
del viaje, creyendo haberse realizado el cuento de hadas que levantó
palacios del fondo del Atlántico.

En el centro del barco van las máquinas que mueven dos hélices
poderosas, máquinas tan discretas que apenas dejan oir al viajero
enfermo la vibración de sus palancas y articulaciones; y en el centro
van también, y repartidos en sus puentes, los camarotes de lujo, que
valen 3,000 francos por viajero; los destinados á dos pasajeros, que
reciben luz directa por los costados, que cuestan 600 francos por
persona, y los de tres literas, situados en el centro, que reciben
luz indirecta ó zenital eléctrica, que se pagan á razón de 500
francos por litera. Estos camarotes son llamados «primeras clases»
y gozan sus privilegiados poseedores del confort de los elegantes
salones ya descritos, de una mesa pantagruélica, de un servicio
perfectamente organizado, y de cuanto puede exigir un potentado, en
sus travesías por los mares.

Y si alguien duda de la necesidad de poseer un estómago de múltiples
resortes para digerir los suculentos y copiosos manjares servidos
á bordo del _Touraine_, si esta prosa no le parece indigesta,
cuide de seguirme al través de un comedor que está constantemente
en funciones, desde las ocho de la mañana, en donde sirven café
completo, con pan, leche y manteca, té ó chocolate; almuerzo á las
diez, compuesto de cinco hors-d’œuvres, y tres platos fuertes, tres
postres y café; un tente en pie, ó lunch, á la una, que adornan
suculentas tazas de té, frutas verdes y secas, compotas variadas,
sandwichs, etc, y una comida fuerte á las 6 y media, espléndida,
variada y ricamente preparada, regado todo con graves y médoc en el
almuerzo y la comida, hasta las nueve de la noche, en que se sirve
un té como fin de fiesta á tan aprovechados comensales. Y luego
habrá quien dude de que el tipo del caballero particular pueda ser
de carne y hueso como los demás mortales, cuando veo con mis propios
ojos tantas personas que hacen sus _quatre repas_ y un té con una
tranquilidad verdaderamente olímpica, á pesar del mareo y contra el
mareo, según el parecer del buen doctor, que pasea el uniforme y su
simpática persona por los salones del _Touraine_.

Después de esta reseña, muchos preguntarán, si son muchos los
lectores de este libro: ¿Y la travesía? ¡Ah! la gente del buque y los
que están acostumbrados á largas navegaciones dicen que el mar no
puede estar mejor, y que el Atlántico no suele gastar mejor carácter
que el que ostenta estos días, sin duda para no dar gusto á los que
han creído que era peligroso embarcarse en el _Touraine_ al verificar
su 13.ª expedición. Yo, por mi parte, no quito ni pongo rey, aunque
se me figura que siendo el barco de un porte tan espléndido que no
figuraría desdeñosamente al lado de nuestro _Pelayo_, no debería
moverse hasta el punto de tener unas tres cuartas partes del pasaje
en las literas, y ponerme en el caso de hacer tales garabatos al
escribir estas cuartillas, que temo van á arrancar venablos y
centellas á los desdichados cajistas que se vean en el caso de
traducirlas y componer las columnas de _La Vanguardia_.

       *       *       *       *       *

Interrumpida varias veces esta carta por los balanceos, he de añadir
que los días se suceden y no se parecen; en la noche del 22 hemos
tenido un _coup de vent_ que nos ha tenido angustiados, y el 23
ha nevado, manteniéndose los hielos y carámbanos todo el día en
el solado de los puentes y en los barrotes de las barandillas. El
termómetro marcaba 5 grados bajo cero. Hoy, 24, la niebla lo invade
todo, la sirena pita cada dos ó tres minutos, y el pasaje, á pesar
del evidente peligro que corremos, está contento porque el mar es
bonancible.

Llegó por fin el día suspirado: luce el 25 de marzo y estamos ya á
escasas millas de New-York. Vese ya tierra firme, la Long-Island, la
primera tierra americana para la mayor parte de los pasajeros del
_Touraine_, y todos contemplamos, extasiados, el nuevo continente
tantas veces ansiado y tan penosamente conseguido.

Los emigrantes, alemanes é italianos, entonan en este momento un
himno á la nueva patria, espléndida manifestación, concreción
vigorosa de sus bellas esperanzas.

Allá, con la vista fija en la proa del barco, todo el mundo espera
con ansia que la estatua de la «Libertad iluminando al mundo» nos
fije el término del viaje, y mientras los pasajeros de tercera
dedican á la patria ausente su mejor recuerdo, los españoles que
vamos á Chicago con las responsabilidades que ha de exigirnos algún
día la patria querida, volvemos también la vista hacia el Este
del mundo, en donde hemos dejado nuestras afecciones y nuestros
recuerdos, para cultivar, en tierra extraña, cobijados por el
pabellón de España, los intereses que nos han confiado el Gobierno y
los compatriotas que nos han honrado con su confianza y su amistad.

Y en este momento, cuando 3,000 millas de mar me separan de Europa,
me parece haber echado un cable en este trillado espacio, cable
amarrado en las oficinas de _La Vanguardia_ y en el pabellón de
España de la Exposición de Chicago, que manteniendo estrecha relación
de afectos entre ambos puntos, explique periódicamente á esos
lectores cómo se desarrollan en América nuestras simpatías, como se
gestionan nuestros intereses y cómo se trabaja para enaltecer el
nombre de España en aquella apartada región del continente americano.
¡Qué gran recompensa para todos, si tan ruda labor consigue
prestigios, gloria y riqueza para la patria!



Cosas de España... y de los Estados Unidos


[Ilustración]Molestia invencible suele ser, en todas partes, el paso
de una frontera. Los españoles solemos ser tolerantes cuando se trata
del país ajeno; cuando se trata del nuestro no hay palabra bastante
dura en el diccionario para vituperar los procedimientos de los
aduaneros españoles. Los extranjeros, que suelen ser pacientes en su
patria, reprueban los minuciosos reconocimientos de los carabineros
al llegar á la frontera española, que les parece ya país conquistado,
y no hallando en nosotros respeto á lo que representa el cumplimiento
de un deber, se desatan en improperios, lanzando sin rubor y en
alta voz, para que la oiga todo el mundo, la frase ya rutinaria
á fuerza de puro sabida: _cosas de España_; pero tenga presente
el español que emprenda un viaje á América por placer, estudio ó
negocio, que las cosas americanas dejan tan atrás las nuestras en
punto á fiscalización aduanera y sanitaria, que no hay, ni ha habido
en el mundo, procedimiento inquisitorial que se parezca al que voy á
historiar para enseñanza y ejemplo de los que creen de buena fe que
todo lo extranjero es mejor y más digno de un pueblo culto que lo
nuestro.

Llegué á la vista de New-York á las dos de la tarde del 25 de marzo
último: una vez pasado el estrecho que forman los puntos avanzados de
la costa en que están emplazados el fuerte Lafayette y el Hamilton,
el _Touraine_ paró sus hélices, acercóse un bote de vapor en que iba
el empleado de la Aduana, que entró en el trasatlántico, posesionóse
de una mesa, preparó su tintero y pluma, y con la lista de los
pasajeros á la vista, abrió una información para cada uno de ellos,
averiguando el nombre, la procedencia, la edad, la profesión y el
número de bultos que constituían el bagaje de los que íbamos en el
barco. Recibida la declaración _jurada_, firmamos un documento,
que la mayor parte de los pasajeros no entendía, en que nos
comprometíamos á probar que habíamos declarado la verdad bajo pena de
comiso de todo aquello que no se había declarado.

La operación, tratándose de un barco que transportaba más de
cuatrocientos pasajeros, no podía ser corta, y más al ampliarse con
una nueva visita que recibió el vapor á las cuatro de la tarde y que
nos produjo un verdadero sobresalto. La Sanidad, representada por un
subalterno, al tener noticia de que iban en el _Touraine_ emigrantes
alemanes procedentes de Hamburgo, y que uno de ellos presentaba
síntomas algo alarmantes, fuese en busca del jefe, y con la amenaza
de veinte días de cuarentena, estuvimos con el alma en un hilo, hasta
que, previo reconocimiento muy detenido, la Sanidad de New-York
contentóse con fumigar á los emigrantes y los bagajes, dejando salir
á los pasajeros de 1.ª y 2.ª, que desembarcamos cuando ya anochecía.

Cuando se cruza el Atlántico y se han pasado horas de zozobra, el
viajero cree haber ganado el derecho de que se respete su cansancio,
su deseo de reparar las fuerzas perdidas y de hallar, en cómodo
albergue, alivio á sus males y calma á su espíritu.

Al poco rato el vapor atracó, colocó rápidamente su pasarela, y con
un: ¡Bendito sea Dios! pisamos tierra con satisfacción verdadera.
La Trasatlántica francesa tiene en la dársena que ocupan sus barcos
una inmensa nave de madera, cuyos cuchillos de armadura que arrancan
del suelo forman una bóveda que abriga un espacio mal iluminado,
sucio, ahumado, que parece bodega invertida de un barco carbonero.
Hay allí una serie de compartimientos clasificados, con iniciales,
que el pasajero ha de buscar, si se le ha advertido de antemano que
su bagaje irá á depositarse en el cajón cuya inicial corresponde á su
apellido. No hay en aquella bodega ni una silla, ni un banco; cuando
llegan los baúles, el viajero cansado se apoya en ellos y espera que
la Aduana inspeccione los bagajes cuya declaración _jurada_ firmó
creyendo, quizá, que bastaría su palabra honrada, legalizada con su
firma, para evitarse las molestias de una inspección tan minuciosa,
que no hay maleta, baúl, saco de mano ó manta, que escape á la mano
escrutadora y nimia, en detalles, del aduanero norte-americano.

Hora y media estuve esperando el baúl y la inspección; cuando pude
salir con las consabidas señas puestas en los bultos, habían dado las
ocho de la noche, con la inversión de cinco horas en lo que en todas
partes puede hacerse, con mayor respeto á la dignidad humana, en dos
horas escasas.

Y antes de que el presunto viajero español que entra por el puerto
de New-York estudie con calma lo apuntado, si en algo estima sus
intereses, voy á trasladar al papel alguna impresión que entiendo
vale la pena de ser conocida.

Iban en el _Touraine_ el arzobispo de Quebec y el obispo de Cythère;
ambos en _tenue bourgeoise_, venían de Viena, y habían visitado
también la Palestina y España. Para los católicos del mundo, el
español es un ser que se distingue por su altivez, su energía y
su amor á la religión. A las pocas horas, sabiendo que yo era
español, se mostraron tan deferentes conmigo y tan amantes de mi
país que entablóse entre nosotros una verdadera y simpática amistad.
Interrogáronme acerca de nuestros poetas y publicistas, conocían
nuestros mejores filósofos, literatos y artistas clásicos, y no
acababan nunca cuando se ponían á hablar de la conquista de México,
descrita, al parecer con entusiasmo, por Prescott.

Aquellas altas dignidades de la iglesia llegaron á New-York
acompañados de dos sacerdotes, sin que nadie fuera á recibirles, ni
nadie se preocupara de aquel ejemplo de humildad cristiana, llevando
modestamente el bagaje de mano, menos pesado, sin duda para ellos,
que la responsabilidad de la cura de almas que ejercitan, con alta
sabiduría, en las frías comarcas del Canadá.

Y mientras este alto ejemplo puede servir á todos de saludable
enseñanza, el que no quiera dejar cuatro ó cinco dollars en las
garras de algún cochero neo-yorkino, cuide de no salir de la aduana
sin que, poniéndose de acuerdo con algún agente de hotel y sobre todo
con el de la compañía llamada «Express», consiga impedir que sea
atropellado de la manera más odiosa que cabe imaginar.

Para evitar las demasías de los cocheros se ha formado en las grandes
ciudades norteamericanas una compañía que envía sus agentes á los
trasatlánticos y á los vagones de los ferrocarriles, que mediante un
pequeño estipendio, unos cuarenta centavos de dollar, equivalentes
á dos pesetas por bulto, y cangeando el talón ó chapa metálica
numerada, de que hablaré luego, por un cartón que se ata en el asa
del baúl y en que se consigna la dirección dada por el viajero, al
poco rato se consigue tener el bagaje en el hotel, dejando al viajero
en libertad de aprovechar los tranvías y ferrocarriles elevados que,
por cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos de peseta, puede
apearse á pocos pasos del hotel, boarding ó casa á donde va á parar,
sin verse obligado á gastar un duro y medio por una carrera de media
hora escasa, que es lo que cuesta por persona un carruaje de dos
caballos en New-York y Chicago.

Claro es que el que no sepa hablar inglés no tiene más remedio que
acudir á los agentes españoles de dos hoteles modestos, pero bien
situados en la calle 14, junto á la 5.ª avenida, llamado Hotel
Español, y en Irving place muy cerca de Broadway, conocido con el
nombre de Hotel Hispano-americano. En New-York es completamente
inútil hablar francés ó italiano, la inmensa mayoría de la población
no conoce más idioma que el inglés, disfrazado con un acento
sumamente duro que obliga á un verdadero y largo aprendizaje.

Pero no terminan aquí las desdichas del europeo en New-York; el que
va á Chicago ó á cualquier punto de los Estados Unidos, ha de empezar
por entregar el equipaje al agente del «Express», que lo llevará
á la estación de partida, tomar con anticipación el billete y el
_Pullman-car_, que es un _sleeping_ más lujoso y cómodo que el que
circula por las líneas de Europa, en alguna agencia del Broadway, y
cuidar de que se facture, para lo cual un mozo de la estación ha de
poner una etiqueta numerada que corresponde al número de una placa
metálica que se entrega al viajero, sin que se haya de pagar exceso
de peso como no pase de 150 libras, que no rebasa casi nunca, el baúl
ó mundo de uso corriente.

El coste de un viaje en ferrocarril norte-americano compensa en
realidad, por su baratura, las molestias de cambio de procedimiento
que se impone aquí al viajero. Mil millas hay de New-York á Chicago,
ó sean 1500 kilómetros, y este recorrido, que costaría en España más
de 60 horas y 40 duros, se hace en 27 horas y aun en 25, gastando
22 dollars por el pasaje, 5 ídem por el _Pullman-car_ y 3 ídem por
dos comidas y un almuerzo divinamente condimentados que se disfrutan
tranquilamente en el vagón-restaurant. Y si tan repetidos cambios,
gastos y mareos no han labrado ¡oh viajero! tu salud, llegarás con
la ayuda de Dios á esta ciudad para visitar la gran Exposición de
Chicago.

Pero antes de partir, justo será echar una ojeada á New-York, después
pararse en las cataratas del Niágara, para entrar definitivamente
en el primer centro pecuario del mundo, la gran ciudad del Estado
Michigan.



New-York


[Ilustración]El espectáculo más grandioso que New-York ofrece
al viajero es el de la bahía, con su movimiento portentoso, sus
ferry-boats, sus dársenas, sus flotas comerciales, sus edificios
colosales que sobrecogen más que admiran, y el tráfico que revela el
soberbio mecanismo del segundo puerto del mundo por su importancia
y el primero por su belleza soberana. El conjunto del panorama no
tiene rival; el que ha visto New-York desde la bahía, bordeada por
el Hudson y el Harlem river, adornada con la estatua de la libertad
iluminando al mundo, el puente suspendido que enlaza la ciudad á
Brooklyn, los docks y almacenes, los buques que entran y salen,
los remolcadores que silban constantemente, las muchedumbres que
van en los ferry-boats agitando los sombreros y saludando á los que
llegan, los trasatlánticos franceses, ingleses, españoles, alemanes
y norteamericanos, en sus desembarcaderos, amarrados á las dársenas
adornadas con los pabellones de los respectivos países, y con los
aparatosos anuncios de las Compañías navieras, los grandes edificios
de la ciudad, cubiertos de cúpulas extrañas, con linternas que las
rematan, amontonándose en el horizonte y proyectándose las unas sobre
las otras, formando montón abigarrado y pretencioso, los letreros de
caracteres colosales, pintados con colores chillones, como si los
vecinos de aquella ciudad acusaran á la humanidad entera de padecer
intensa miopía, todo sobrecoge el ánimo subyugado por aquella orgía
de movimiento, ruido y color que forma un conjunto monstruoso,
extraño, inusitado ante el que toda apreciación resulta incompleta
y todo juicio imposible. Y mientras el viajero sigue con la vista
las variadas siluetas que presenta la ciudad y el puerto, á medida
que el trasatlántico va avanzando, camino de la dársena, el empuje
simultáneo de tres remolcadores lo dejará atracado, en breve tiempo,
para que el pasaje pueda desembarcar tranquilamente, y pisar, después
de ocho días de zozobras, la tierra americana.

El recorrido desde el puerto á la fonda española de la calle catorce,
atravesando calles mal iluminadas, sucias y poco concurridas, no da
á New-York un aspecto lisonjero; la calle catorce, en cambio, con sus
iglesias, teatros, establecimientos públicos y privados, ofrece ya
al cansado viajero el espectáculo de una gran ciudad, de fisonomía
inglesa, que á primeras horas de la noche se entrega al descanso,
dejando abiertas las tiendas por puro lujo y reclamo más ostentoso
que bonito.

La fonda española de la calle catorce, modestita como todo lo
nuestro, ofrecióme buena mesa y limpia cama, calefacción bien
entendida y confort suficiente para el que, acostumbrado, como yo, á
disfrutar de todo, con lo bueno, cuando pasa, y resignado con lo malo
y mediano, recordaba la movediza litera del _Touraine_, el ruido de
la maquinaria y las maniobras de un trasatlántico en fatigosa lucha,
durante ocho días, con las tornadizas aguas del Atlántico.

Levantéme remozado, contento y decidido á dar un vistazo á
New-York, la ciudad europea de América, por excelencia, la que
dando hospitalidad á todas las razas y á todos los intereses del
mundo, ha conservado algo del viejo continente, rasgos fisionómicos,
necesidades de otras costumbres aportadas con el bagaje de las
preocupaciones, de los vicios, del modo de ver y sentir padecidos
en otras playas, en el fondo del Este del mundo, iluminado aún en
mi cerebro con los recuerdos de un continente adornado con las
obras prodigiosas de artistas, gloria de las naciones europeas, de
Italia, Francia, España, Inglaterra... cuyos monumentos han dado á
la arquitectura de los palacios y monumentos de New-York sus rasgos
fisionómicos, su carne y sus huesos, sus líneas ornamentales y sus
estilos más renombrados, pero, falto todo del rasgo genial que es
emanación purísima del espíritu, y concreción hermosa de la labor del
arte al través de los siglos y de la sangre ardiente de las razas
artistas del mundo.

Basta echar una ojeada al plano de New-York para distinguir la
parte vieja de la nueva, la obra de los primeros pobladores,
encariñados con las rancias ideas de una urbanización enrevesada, de
calles estrechas y tortuosas, de ventilación difícil y saneamiento
imposible, de la gran porción de ciudad extensa, cuadriculada, con
ejes normales al Hudson y al Harlem rivers, y un gran pulmón central,
The Central Park, rodeado de avenidas majestuosas, adornado de
estanques, lagos, arboledas, prados, estatuas, monumentos, cliché
fastidioso de todas las grandes ciudades, aunque sin caer, en el afán
de trazas y alzados, de colores, cenefas y combinaciones que dan al
conjunto el aspecto de un cromo de dimensiones colosales, en que la
naturaleza pierde el encanto de sus expansiones bravías y sus notas
acentuadas y vigorosas. Pero prescindiendo de ese órgano expansivo,
de ese generador de oxígeno empotrado, casi, en el centro y en forma
de rectángulo, en las grandes cuadrículas neo-yorquinas, el número
de plazas de la primera ciudad americana resultan pequeñas, notándose
el afán de aprovechar la península que forman los dos ríos que la
abrazan y estrechan, fijando límites á su inmenso poder de expansión.
Y como si un gigante, cansado de tanta monotonía, de tanta línea y
ángulo recto, de tanta cuadrícula antiestética, atravesada en sus
ejes principales, en sus trazas más holgadas por los ferrocarriles
elevados, hubiera querido poner á su enojo, feliz expresión y rasgo
permanente de sus osadías, cruzando con ondulante rasgo las calles y
avenidas más concurridas de la ciudad neo-yorquina, surge en plano
tan simétrico, la calle más irregular, más fastuosa, más larga y más
extraña, que conoce el mundo entero con el nombre de Broadway.

El Broadway es como el Regent street en Londres, como los bulevares
centrales en París, como la Rambla en Barcelona, la nota típica
de New-York, el eje de giro de todo su tráfico, el centro de los
negocios, el lugar más frecuentado y el punto preferido para
localizar las tiendas más suntuosas, los bancos y las sociedades
de crédito más en boga, los edificios de las compañías de seguros
más repletas de millones, los restaurants y bars de moda, la vía
que cruzan los tranvías de tracción animal más frecuentados y los
coches de los potentados, de los ricos legendarios, cuyo activo
asombra á tantas gentes, y lugar preferido por la bohemia universal
para paseo, en que desfilan, con su aire decidor y algún tanto
desenvuelto, las bellezas neo-yorquinas que de las nueve de la mañana
á las cinco de la tarde de los días de labor, van recorriendo tiendas
y bazares con ansias verdaderamente pavorosas para los bolsillos de
padres y maridos.

El Broadway y sus alrededores Wall Street, Broad Street, Nassau
Street y Fulton Street, durante las horas de tráfico presentan una
animación extraordinaria, sólo comparable á la City de Londres y
al Downtown de Chicago. Formarse idea entonces de los edificios
suntuosos del Broadway y de los palacios é iglesias, de las calles y
plazas de aquel gran centro, requiere estar en posesión de una cabeza
muy sólida para sobreponerse al ruido, movimiento y confusión de un
tráfico abrumador, que alcanza su máximo entre Madison square y la
calle que termina en la punta de la península formada por los dos
ríos, llamada Batería.

Respecto á la belleza de los edificios principales del gran
centro comercial de New-York, el europeo si va á América con los
prejuicios del viejo continente, si no empieza por considerar que
el yankee sacrifica gustoso las líneas y los adornos de los estilos
arquitectónicos más preciados, á lo que entiende que mira como fin
primordial, á lo útil y á lo cómodo, perderá lastimosamente el
tiempo, tratando de explicarse por qué se han mezclado en un mismo
edificio detalles hermosos y bien concebidos, de estilos puros,
con adefesios y composiciones extravagantes que parecen la obra
caprichosa de un niño que deja correr el lápiz sobre el papel, sin
preocuparse de las reglas establecidas y de los criterios adoptados,
esquemas obligados de todo proyecto arquitectónico.

Si fuera posible prescindir del conjunto de aquellos edificios
colosales, montón de sillería de arenisca roja con tonos negros,
en que domina el cubo exagerado en todo, como signo de riqueza, ó
valentía de raza, ó ambas cosas á la vez; si prescindiendo de la
falta de harmonía que hay entre alzados que desafían las nubes, y
puertas y ventanas achatadas que dan á la entrada principal del
edificio apariencias de antro, y á las bocas de luz y aire, aberturas
rasgadas en muros espesos que asemejan aspilleras de barbacana, y se
fijara la vista en detalles atrevidos, en capiteles, frisos, aleros,
dinteles bien dibujados y sentidos, en arcos caprichosos, en columnas
y pilastras ampulosas y holgadas, en trazas movidas, huyendo de la
forma rectangular y cuadrada que en nuestras calles resulta monótona,
fría, y para el arquitecto pie forzado que mata todas sus iniciativas
y fantasías, aun se hallaría materia sobrada para trazar un cuadro
vigoroso y sentido de la arquitectura neo-yorquina, escasamente
emancipada de los estilos viejos de Europa, y menos atrevida que la
de las ciudades del Far-West, que si admira como obra de cálculo,
resulta como arte una cosa digna de severa censura.

Pero el que cruza por vez primera la quinta avenida, Madison
square, la calle catorce, el Union square, y sigue el Broadway,
echando una rápida ojeada al Grace church, al edificio de Welles
and Standard Oil C-O., al Washington building, á la Subtesorería
de los Estados Unidos, á la estatua de Jorge Washington, queda
encantado, y especialmente ante una iglesia gótica, cuyo nombre
no recuerdo, rodeada de un cementerio, con sus piedras tumulares,
sus estatuas y sarcófagos suntuosos, rodeado por una verja de
hierro, creciendo entre las tumbas plantas trepadoras adornadas
de flores, que hizo brotar allí la mano piadosa de una madre ó de
una esposa, nota extraña que parece el memento terrible que está
allí perenne, para recordar á los que pasan, con la angustia en la
frente, azorados y enloquecidos por la fiebre del oro, el fin de
esta vida y el principio de otra, en que para nada nos servirá el
bagaje de las riquezas acumuladas en los grandes centros comerciales
del mundo, como no sea de estorbo para llegar más velozmente al
término suspirado de la eterna dicha. Pero el viandante hostigado
por el ansia de ver cosas nuevas, atraído por edificios tan
variados, colosales, majestuosos, fíjase al fin en una cúpula
montada sobre base estrechísima de un edificio de no sé cuantos
pisos que ostenta, en letras colosales, la palabra «The World», ya
vista desde el puerto, antes de que atraque el trasatlántico á la
dársena de su destino, nombre de un periódico famoso que tira, en sus
ediciones diarias, más de sesenta mil ejemplares, vendidos á precios
desconocidos aquí, á cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos
de peseta cada número, dando tanta lectura y tantas viñetas cada
día, con tipos de imprenta pequeños, que no se comprende de dónde
sacan tanto material que pagan generosamente sus editores, haciendo
lucrativa y decorosa la vida de los que se dedican á la prensa diaria
y periódica en el Nuevo mundo, y que con otros diarios de igual ó
parecida importancia acusan la medida y los alcances de aquel gran
centro comercial.

Y como mi estancia en New-York, solicitado por mis deberes
perentorios en Chicago, me obligan á partir, sin que pueda formarme
idea exacta de la vida, los recursos y las costumbres del gran
emporio americano, sólo por no dejar solución de continuidad en mi
viaje, doy esta nota fugaz y rapidísima de mi paso por New-York, que
voy á enlazar con las dos visitas hechas á las cataratas del Niágara,
maravilla del Nuevo mundo, cuya impresión voy á apuntar aquí, antes
de entrar en la eterna rival de New-York, la gran Chicago.



[Ilustración: LAS CATARATAS DEL NIÁGARA]

Las Cataratas del Niágara


El express del Illinois Central que sale á las seis de la tarde del
New-York, llega á las ocho de la mañana del día siguiente á un punto
del territorio canadiense, desde donde pueden verse las cataratas,
casi á vista de pájaro. En aquella escotadura del terreno, el tren se
pára breves instantes; los pasajeros, medio dormidos aún, bajan de
los Pullman-cars, se acercan cuanto pueden al borde de la cortadura,
y admirados ante aquel espectáculo grandioso, deslumbrados por los
cambiantes de luz en los torbellinos de agua pulverizada que salen
del fondo del cauce y atontados por el sordo ruido de las moles de
agua que se precipitan por los acantilados del río, vuelven á ocupar
su puesto en el vagón, sin haberse formado idea clara de lo que han
visto, ni poderlo apreciar en la medida de lo justo.

Ver de esta manera las cataratas del Niágara equivale á no haberlas
visto; las cataratas valen más que eso, y justo es dedicarles un día
entero, para gozar de todos sus encantos y perspectivas.

Por eso, quise hacer una segunda visita más detenida, saboreada con
calma, á conciencia, y con ansia de apreciar aquella maravilla, única
en el mundo conocido, con todos sus perspectivas, sus colores, sus
estremecimientos, sus furores y sus fuerzas colosales.

Estorba allí, cuanto constituye el marco de aquel cuadro colosal:
estorban la población, los hoteles, las obras de arte, los silbidos
y campaneos de los trenes que pasan, del tranvía que recorre la
orilla izquierda del Niágara, en territorio del Canadá; que lo único
á que aspira allí el hombre, es á quedarse solo con la naturaleza,
para contemplar aquella escena, aquel fondo de valle, circo inmenso
de rocas, acantilados terminados en arista, sobre que se despeña un
mar airado, poderoso, inclemente, que ruge con iras de gigante, que
echa espumas de agua pulverizada, humeante, como si el choque de las
corrientes hubiera encendido intensa brasa en el fondo del cauce que
las convirtiera rápidamente en vapor, después de haber servido de
poderoso ariete que abre cada día cauce nuevo á las tumultuosas aguas
del Niágara.

Vistas las caídas desde la orilla canadiense, la cascada
norte-americana, cuando el sol se pone, aparece arrebolada con
todos los colores del arco-iris, y si el viento azota las espumas
levantadas por el choque sobre roca dura, donde rebotan las aguas
perdiendo toda su fuerza para transformarse en trabajo mecánico
perforante, los arco-iris formados cambian de posición, se
multiplican, cortan la caída y la segmentan, complaciéndose la luz en
adornar aquellas aguas que llevan en su seno todas las majestades y
todos los esplendores de la materia inerte. Y como si la naturaleza
hubiera querido mostrar reunidas la fuerza portentosa de quince
millones de pies cúbicos de agua que se despeñan por minuto de una
altura media de 160 pies, con la gracia y belleza de corrientes
divididas por el Goat Island, islote colocado en medio del río,
convertido en parque, proyectando una gran masa de aguas contra el
territorio del Canadá, que cae en forma de herradura sobre el cauce,
y allí remansan las aguas impelidas por la catarata americana,
chocando las corrientes con furia espantosa, arremolinándose,
cambiando de color, mezclando sus espumas y sus detritus, surge de
aquella confusión espantosa, de aquel caos horrendo, la belleza
apocalíptica que recuerda las convulsiones de los océanos del
interior del globo terráqueo, cuyas sacudidas de gigante trazan sobre
la tierra las pavorosas huellas del volcanismo.

[Ilustración: Puente sobre el Niágara]

Pero, no basta esta impresión de conjunto para saborear todas las
bellezas del Niágara Falls: dejemos pronto la orilla izquierda del
río, apartemos por un momento la vista del horseshoe, y de la caída
americana, demos descanso al oído perturbado por el ruido mate,
horrísono, de tantos metros cúbicos de agua que saltan vomitando
espumas al fondo del lecho del Niágara, y pasemos á la orilla
opuesta aprovechando un puente suspendido que es una maravilla de
elegancia. El Suspension bridge, visto de lejos, parece una línea
recta, un trazo de tinta china que cruza un horizonte blanquecino; de
cerca, resulta pasarela graciosísima más digna de un pintor que de
un ingeniero, que al dividir el hondo cauce del río, en dos partes,
parece nota justa que corrige la obra de la naturaleza que resulta
ser allí excesivamente monótona y descolorida.

Visto el cauce desde el Suspension bridge, la cabeza sufre el vértigo
de las grandes alturas: si se miran las cataratas, píntanse sólo en
la retina tumultos y nieblas que se levantan del fondo del río; si
se mira á la parte opuesta, la vista descansa en un recodo que forma
el valle, abrupto, casi cortado á pico y cubierto de vegetación
vigorosa, de verde intenso, sobre el que se dibuja breve línea,
de trazo negro que da paso á un ferrocarril; en el cauce, ruedan
veloces las aguas formando espumoso oleaje; en las orillas, saltan
pequeñas cascadas, signos de aprovechamientos industriales, y en la
orilla derecha del puente, hállase la población sucia, fea, pueblo de
mercaderes, plagado de bazares, de hoteles, de guías impertinentes,
con toda la prosa de la vida, aumentada sin piedad en la tierra libre
de América. Pasemos y pasemos aprisa, sigamos la calzada que guía
al Prospect Park, dejémonos guiar por un plano inclinado que nos
conducirá al cauce del Niágara, y aprovechemos el _round trip_, el
viaje circular de un vaporcito _The Maid of the Mist_, _La Doncella
de la Niebla_, que va á dar un paseo por las corrientes impetuosas
del río y á colocarnos lo más cerca posible de las cataratas, vistas
de abajo arriba para poder apreciar toda la belleza de aquella masa
colosal de agua, que forma cabellera inmensa, extendida, matizada
de mil colores, que se desploma de más de cincuenta metros de
altura. Desde el pie del funicular á unos cincuenta pasos se halla
el vaporcito en tensión, un marinero me ofrece un impermeable,
unos pantalones y un capuchón de lona embreada, y con tan rara
indumentaria, me coloco en sitio preferente, para aprovechar la
excursión. Sale en breve el vapor, atraviesa el río, toca en la
orilla del Canadá, y trazando al río una diagonal, se dirige
rápidamente á la catarata norte-americana; al poco rato, el barco
entra ya en la zona de los remolinos y de las aguas pulverizadas,
cuya intensidad crece hasta cegar la vista. El impermeable chorrea
por todas partes, el vapor sacudido por el oleaje y las corrientes,
avanza cada vez más, el ruido aumenta, la catarata avanza y el
espectáculo crece, se desenvuelve, se apodera de todo mi sér, me
subyuga y bajo la acción fascinadora de aquella maravilla gigantesca,
me siento aturdido y espantado de tanta grandeza. El vapor se para,
el temporal de viento y lluvia arrecia, las gentes se ponen el
pañuelo en la boca, no hay quien resista largo tiempo las sacudidas
del viento y una impresión tan honda, y cuando el barco vira y vuelve
la popa á la catarata norte-americana, aparece con toda su belleza la
herradura del caballo, formando circo de espumas, levantando chorros
imponentes de agua, y mientras _La Doncella de la Niebla_ desanda
el camino recorrido, y busca vados relativamente tranquilos, entre
las corrientes espantosas de ambas cataratas que chocan con furias
formidables, en el cauce del río, aquel cuadro va difuminándose,
el ruido decreciendo, las aguas tranquilizándose y el espíritu del
viajero descansando de una tensión en que se confunden el temor, el
espanto, la admiración y el placer.

No terminan aquí las siluetas y las perspectivas que ofrece pródiga
la naturaleza al viajero, en Niágara Falls; falta ver la cueva de los
vientos—The Cave of the Winds—que exige la serenidad de una cabeza
segura y una pierna sólida, donde halló trágica muerte, en 1892, un
inexperto viajero; el parque Prospect, desde donde se ve toda la
catarata de la orilla norte-americana, dominándola á vista de pájaro
y pudiendo contemplar la línea ondulada y sinuosa, intersección
del plano inclinado con el plano de caída que forman las aguas en
aquella catarata; nos falta recorrer el Goat Island, el islote que
parece una barca holandesa anclada en medio del río, y cuyos flancos
dividen la corriente principal del Niágara; hemos de cruzar aún
una serie de puentes y pasarelas, por cuya luz divagan corrientes
de aguas bullidoras, para ver las islas llamadas tres hermanas,
grupito de rocas, en cuyas grietas crece una vegetación vigorosa,
acariciada constantemente por las brisas y rompientes de un cauce
abrupto, y cuajado de piedras, y al llegar á la hermana más pequeña,
gozar otra vez, y desde punto muy cercano, la perspectiva de toda la
extensión mojada del río, la parte alta de la herradura del caballo,
y el hermoso contraste que ofrece la tranquila acción de las aguas
deslizándose sobre el cauce alto, con el impetuoso movimiento y
choque en las caídas al desplomarse por los acantilados del abismo.

Todo este conjunto de cosas resulta pura y simplemente sublime; y
por tanto, sería atrevimiento imperdonable pretender siquiera que
pluma tan inexperta como la mía, pudiera dar idea aproximada de un
espectáculo que la naturaleza, tan pródiga en América, ha adornado
con todos los encantos y colores de su espléndida paleta.

No insisto, pues, ¡oh lector! en traducir lo que ha quedado grabado
en mi imaginación con caracteres imborrables, porque cuanto mayor
fuera el esfuerzo producido, resultaría mayor el contraste entre
lo vivo y lo pintado; seguir, pues, camino del Far West, ha de
parecer de buen sentido, y ya que tan suntuosos vehículos me ofrecen
las compañías carrileras americanas, mientras sueño bajo dorados
artesonados de maderas preciosas, iluminados con luz eléctrica,
el espectáculo que acabo de apuntar, se aproxima la hora de llegar
á Chicago á las diez de la noche del 29 de marzo de 1893; mientras
cruzan por cuatro líneas paralelas que siguen las playas del
Michigan, trenes que pasan con velocidades espantosas, brillantemente
iluminados, yendo para mí hacia ignotas tierras y produciéndome
calofríos la idea de que el descuido más insignificante puede
terminar mi viaje de manera trágica, y á las puertas ya de Chicago, y
de su celebérrima Exposición universal.



[Ilustración: VISTA DE LA EXPOSICIÓN]

Chicago


El tren del Illinois Central que sale de New-York á las seis de la
tarde, llega á Chicago á las nueve de la noche del día siguiente.
Sin embargo, muchos opinan, en los Estados Unidos, que los trenes no
llegan casi nunca á la hora de itinerario; pero como yo llegué á las
diez al punto de mi destino, no salí mal librado del viaje ya que la
experiencia me demostró más tarde, que los itinerarios se dictan en
Norte América por el gusto de no tenerlos nunca en cuenta para nada.

La idea que tengo de mi llegada á Chicago no puede ser más confusa;
mareado y rendido, no he conseguido averiguar jamás á que depôt
ó estación me apeé; lo que supe más tarde, fué que debí bajar
en la estación de la calle 22, seguir esta vía hasta dar con su
intersección en ángulo recto con el Michigan Avenue, retroceder á la
calle 23, recorriendo un block ó una manzana de casas para dar con mi
cuerpo en el Metropole hotel, y evitarme tres cosas desagradables: un
verdadero viaje en coche, el susto de atravesar sitios oscuros junto
al lago, que me daban la idea de estar en pleno campo á las diez de
la noche, y una agarrada con el cochero que me pedía dollar y medio
por una carrera que en Barcelona ó en Madrid no habría costado más
allá de dos pesetas.

Mi primera impresión chicagoana no fué, pues, de las más halagüeñas;
una estación con montantes y cubierta de madera, pésimamente
alumbrada; un solado que se cimbreaba bajo mis pies, un portal con
unos cuantos policemen de factura inglesa, club en mano y casco
esferoidal en la cabeza, vigilando la concurrencia, tres ó cuatro
carruajes de alquiler con sus ruedas metidas en el barro negruzco
de una calle abandonada, tres cocheros que se quieren amparar de
mi equipaje de mano y vacilan ante mi deseo de ir al Metropole
Hotel, no son notas dignas de una gran ciudad. Al fin escojo á mi
automedonte que gruñe entre dientes: ¿Metropole Hotel?... ¿Metropole
Hotel?... como si estuviera buscando una seña ingrata escondida en
el fondo de su memoria velada quizás por los vapores del whiskey ó
del brandy. Y como no acierta á resolver, me decido á intervenir
entre tantas gentes que preguntan y nadie responde.—Twenty third
street, corner Michigan Avenue... ¡Aoh! ¡yes! ¡Aoh! ¡yes!... Monto en
el carruaje, y fiado en mi cochero empiezo á escudriñar el terreno
y á orientarme. Pasa un cuarto de hora y apenas consigo formar
concepto del terreno que piso; en el fondo me parece percibir aguas
en que riela la luz de las estrellas; de cuando en cuando una luz
eléctrica de arco, montada sobre alto pie derecho, me deslumbra
para entrar rápidamente en la sombra pavorosa de lo desconocido;
el tiempo pasa, y con él va desvaneciéndose la tranquilidad de mi
espíritu hasta que vislumbro ya calles alumbradas, anchas, en que
transita poca gente; atravieso una gran avenida y doy por fin con un
edificio que tiene apariencias de castillo medioeval que se llama
el Metropole Hotel. Dobles puertas vidrieras montadas sobre ancha
escalera, dan paso á un vestíbulo de bóveda rebajada, estucado con
colores vivos y brillantes, espléndidamente iluminado y calentado
al rojo. Es uno de tantos hoteles montados teniendo á la vista los
dorados espejismos con que se han embriagado los burgueses yankees,
ante los esperados prodigios de la Exposición universal. Me acerco
á las oficinas del manager que toma nota de mi nombre y apellido,
me da una llave con una placa de latón de grandes dimensiones, y me
meto en el ascensor, que pára en el quinto piso al pie de un cuarto
interior, lleno de luz y escesivamente calentado, con el mueble cama
plegado, dando á la habitación aire de salita de recibo de pocas
pretensiones, pero aceptable, por su limpieza, sus muebles, que
parecen recién salidos del taller, su piano de factura americana,
y sus luces de incandescencia, que en forma de araña y palmatorias
de paramento se han prodigado en la habitación. Me entretengo en
cerrar los circuítos de las luces eléctricas, y con tanta luz, los
reflejos sobre muebles barnizados dan aire de fiesta á lo que, visto
más detenidamente, resulta modestísimo ajuar de un hotel de segundo
orden. El calorífero, que parece la tubería de un órgano, presenta
una superficie de calefacción tan extensa, y de radiación tan fuerte
que, en noches de hielo, se duerme sin abrigo y aun con la ventana
abierta; así la tuve por descuido durante la primera noche que pasé
en Chicago.

Al día siguiente, contento de haber llegado al término de mi viaje
oficial, faltóme tiempo para echar una rápida ojeada al centro
de negocios de la ciudad, y al recinto inmenso de su Exposición
universal.

Acompañado del Sr. Dupuy de Lome, delegado general de España en la
Exposición, y de D. Juan Cologan, capitán de Ingenieros militares,
emprendí temprano mi excursión al centro de negocios, al celebrado
Downtown de Chicago. El ferrocarril elevado que sigue la dirección
norte-sur de la ciudad, tomado en la estación de la calle 22, twenty
second street, nos condujo en menos de un cuarto de hora al pie de
Van Buren, en el gran centro comprendido entre el lago Michigan y
el río Chicago, con dos ramas; una al Norte y otra al Oeste, y la
calle 12 que forman la zona de tráfico más típica, más americana y
característica de la gran ciudad del Michigan.

Estoy, pues, ya, en el primer centro comercial del mundo; su
fisonomía especial, su tráfico babilónico, sus edificios colosales,
su atmósfera arrebolada de tintas negras que manchan un cielo gris,
triste y descolorido, los rayos del sol que no logran dar á aquellas
masas tonos de color acentuados, dominando siempre los colores
sucios de areniscas rojas, de hierros pardos, de granitos en que
domina la mica negra; de coches de tranvía deslustrados por el uso,
de grandes carros y coches que siguen su camino agobiados ya por
la pesadumbre de los años; el arroyo ennegrecido por el detritus
del humo que vomitan millares de chimeneas, las aceras sucias,
desiguales y descuidadas de una administración comunal poco celosa;
la indumentaria de las gentes, extraña, ridícula, pretenciosa á
veces... cosas son todas que constituyen un portento de rarezas,
la gran mancha abigarrada del Far-West americano, con todos sus
alientos, sus grandezas, sus opulencias, sus miserias, sus ambiciones
locas y sus osadías sin cuento y sin medida.

El que visita por primera vez el Downtown de Chicago, lo primero que
se le ocurre preguntar es si aquella ciudad se ha construído para
gigantes y por una raza superior que sólo concibe lo monumental y
grandioso, cuya fórmula se sintetiza en su famosa osadía. «Todo lo
americano es lo más grande del mundo.» «The greatest of the World.»
El centro tiene realmente una fisonomía especial digna de un mundo
nuevo, calcado en moldes distintos de los usados en el continente
europeo. Aquellos macizos de edificación aplastan al viandante, la
enorme desproporción que existe entre las dimensiones de las casas y
la mísera gente que hormiguea al pie de obras monumentales levantadas
por la soberbia americana, produce el efecto extraño de un estrabismo
intelectual que no caben juntos en el cerebro, sin tormento del
espíritu, tan discordes elementos.

Cada paso en Wabash street y en State street es una sorpresa;
aquellos edificios inmensos, The Auditorium, el Masonic Temple, los
Bancos, las Sociedades de Seguros, el palacio de la Administración
de correos, los hoteles Victoria, Palmer house, etc., con sus
grandes macizos de sillería, me parecían canteras desbastadas en
cuyos estratos se habían entretenido razas gigantes en labrar
con enormes martillos y cinceles, puertas y ventanas, columnas
estrambóticas, frisos desproporcionados, paramentos lisos, desnudos,
fríos, sostenidos por arcos de no sé cuantos centros, casi siempre
rebajados, haciendo oficio de espaldas colosales que sostienen
la pesadumbre inmensa de una cantera de piedra de sillería. La
arquitectura en Chicago exagera la nota yankee que florece raquítica
en New-York. Los aires del desierto americano azotando las frentes de
los hijos del Far-West producen obras más informes, de perfiles menos
atildados, de líneas menos suaves, de ornamentación más sobria, más
árida y ¿por qué no decirlo? menos culta que en la ciudad del Este;
manifestación de razas enamoradas de las inmensas estepas, de las
grandes altitudes, de los ciclones asoladores, de los blizzards que
ciegan, hielan y matan; de todo lo grandioso aprendido en la escuela
realista de una naturaleza que ostenta en las llanuras americanas
bríos y fuerzas de una grandeza sublime.

El arte en Chicago no tiene grandes admiradores; lo que allí cuenta
es, en todo orden de ideas y manifestaciones, lo grandioso, lo
que puede apellidarse gráficamente un mammoth, el gigante de los
animales, más pequeño sin duda que las osadías inagotables del genio
yankee.

La descripción de los edificios del Downtown resultaría deslabazada
y monótona: edificios de veinte y treinta pisos, en cuyos paramentos
caben todos los estilos y adornos, rasgos geniales de trazo limpio
y seguro con detalles nimios, pobres, llenos de incorrecciones,
desdibujados y sin sentido; colores chillones, alternando con masas
negruzcas, rojizas, de tonos sucios, concreciones de los vahos
inmundos de la población más sucia de la tierra, que manchan las
fachadas de las casas; talleres, bazares, librerías, pocas, muy
pocas en número, restaurants, bars, tiendas inmensas, imitaciones
del Grand Marché, Le Printemps etc., de París; grandes depósitos
de muebles, edificios destinados exclusivamente á escritorios y
oficinas, manifestaciones todas de un centro donde el agio disputa
palmo á palmo el terreno para montar y encasillar, en el mejor sitio
del mercado sus ideas, sus invenciones, su tráfico, sus monopolios y
cuanto constituye la vida comercial é industrial de Chicago.

La extensión inmensa de una ciudad que no llega á tener dos millones
de habitantes, las soluciones de continuidad que existen aún entre
barrios poco alejados del centro, los parques inmensos enclavados en
puntos distintos de la ciudad, la longitud y anchura de las calles
recorridas constantemente por los tranvías de cable, la escasa
densidad de una población en que cada familia ocupa una casa entera,
siendo una excepción el caserío alquilado por pisos, causas son que
contribuyen á dar á Chicago un aspecto melancólico, pues sólo en
Downtown y en centros especiales, alcanza tráfico suficiente para dar
animación á la ciudad, cuyo perímetro inmenso puede contener cuatro
veces, por lo menos, la población actual.

Los parques y jardines, más extensos que bien cuidados, numerosos,
repartidos convenientemente para que los diferentes centros de
población puedan disfrutar de sus paseos y arboledas; el Lincoln
park, el Washington Park, el Garfield park, el Jackson park, donde
se ha montado el inmenso mecanismo de la Exposición colombina, con
sus estatuas y monumentos, con sus extensas praderías y rodales de
árboles forestales que alternan con masas de flores y hojarasca
variada; los recursos de una vialidad facilísima, motivos son de
concurrencia en días festivos que dan á la ciudad atractivos y
aires de alegría. El lago, el Michigan de horizontes infinitos, mar
interior, tan grande como el Mediterráneo, en que navegan tantos
barcos que convierten el puerto de Chicago en el más concurrido del
mundo, no alcanza nunca, ni aun en los mejores días del año, cuando
el sol y el aire ostentan sus mejores galas, el aspecto sonriente
del mar latino que no refleja jamás las sombras de masas de humo,
de gases y vapores de agua que dan á la naturaleza entera tonos
grises como los que reproducen las aguas tristes del Michigan,
impurificadas por la respiración inmensa y los detritus variadísimos
de la ciudad de Chicago.

Reproducir ahora aquí lo ya repetido en libros, revistas y
periódicos acerca de los recursos de Chicago, acumular cifras, datos
estadísticos, impresiones gastadas por lo sobadas y repetidas, no
sería plato de gusto para nadie; baste, pues, condensar lo más nuevo,
lo menos conocido y más variado que he visto allí, sin que haya
levantado en mi espíritu las oleadas de entusiasmo que durante tantos
años han mantenido en Europa una opinión deslumbradora, sostenida por
la opinión política y el afán de atribuir grandezas é iniciativas á
las razas americanas, productoras de una civilización nueva capaz
de regenerar la sangre del mundo entero, con el aliento gigante de
un pueblo que se inspira en el principio, que llaman santo, de la
libertad absoluta.

Los que me sigan en mi viaje al través del continente americano,
descontarán en el camino muchas grandezas, dejando entre flores,
abrojos y espinas muchas ilusiones y no pocas esperanzas.



Ingeniería municipal


[Ilustración]Interesa ya de tal manera la ingeniería municipal, que
su tecnicismo informa ya el lenguaje de todos los pueblos cultos.

En este punto, he hallado en América cosas tan raras, y criterios
tan nuevos, que han sido una verdadera revelación. Chicago es una
ciudad de una fuerza expansiva maravillosa; hace pocos días tuve la
fortuna, de conocer, en un banquete al general Suoy Smith, á quien
fuí presentado, conociendo de antemano la accidentada historia de su
vida, y como supo que me interesaban sus trabajos de ingeniería, tuvo
la galantería de enviarme un folleto que, resumido, voy á exponer
aquí:

Hace cincuenta años, cuando el general era teniente, fué destinado á
custodiar el fuerte de madera levantado para defender á la naciente
ciudad contra las algaradas de los indios, y que ocupaba, según
pienso, el emplazamiento del centro actual de Chicago, en Dearborn
street. El general ha presenciado, pues, el inmenso desarrollo de
esta ciudad y ha contribuído con su saber y su trabajo á crear
los principios de la ingeniería municipal que se están poniendo
en práctica, sin la preocupación de cosas que son para nosotros
sagradas, y que no sabríamos tocar sin creer que cometemos una
verdadera profanación.

Desde Europa, no es fácil formar concepto de la verdad de las cosas
americanas, y admirados de lo que nos cuentan creemos, con cierta
candidez, que Chicago está construída como una ciudad europea; ¡qué
error! aquí no hay urbanización propiamente dicha, ni aceras, ni
rasantes uniformes, ni cloacas, ni... iba á decir casas, porque lo
que cubre el encasillado de esta superficie poblada son _cottages_
que alternan con hoteles inmensos, casas de madera que se construyen
en tres meses, y que forman el relleno de los espacios que circuyen
las calles anchas, rectas, inacabables, cruzadas por cables-tranvías,
moviéndose sin interrupción sobre rodillos cuyos ejes rechinan como
protesta de tan ímprobo trabajo.

Claro es que hay en esto excepciones, y que, siendo Chicago una
población de gente riquísima, en sitios preferidos, se han construído
palacios, hotelitos primorosos de familias acomodadas y parques
grandiosos que adornan el cuadro, siendo esto excepciones que
informan la regla general de calles sucias, de aceras que cambian
cada veinte pasos de rasante, formadas por cuatro tablas que se
cimbrean y que esconden lo que no debe verse ni puede decirse.

Pero lo raro en todo esto es que, sentada la ciudad en un llano
y á orillas del lago Michigan, los ingenieros que proyectaron la
primera red de cloacas no acertaron con el desagüe apropiado á las
necesidades del servicio, y hoy, con ser Chicago tan rica, no se
atreve á emprender la regeneración del subsuelo, ante el importe
de veinticinco millones de dollars, que costaría la urbanización
completa de la ciudad.

El general Smith cita en su folleto dos ó tres proyectos que están
en estudio sobre el particular; pero como no hallo en ninguno de
ellos cosa alguna que ofrezca novedad, paso á otra materia, que la
tiene en alto grado para los que en punto á vialidad no creemos que
deba sacrificarse el ornato de las poblaciones al ideal americano de
moverse con holgura, comodidad y rapidez. Y son en esto tan radicales
los puntos de vista, que el general propone la construcción de
tres grandes medios de comunicación para Chicago: la subterránea,
la de nivel y una tercera á la altura de los primeros pisos. La
subterránea para viajeros, la de nivel para carros y camiones, y la
última para viandantes; libres así de las ansias del tránsito rodado
que, dice el general, sería _very enjoyed by the ladies_.

Figúrense mis lectores una ciudad que en vez de tener sus aceras
montadas á unos cuantos centímetros por encima del arroyo, se alzaran
á cinco metros de altura, y dígaseme si esto, que parece en Chicago
aceptable y que es muy posible se realice en breve, no trastornaría
por completo todos los puntos de vista de nuestra arquitectura,
ingeniería y policía municipal, poniendo de golpe, en tela de juicio,
cuanto hemos discurrido, pensado y sentido los europeos desde que
el arte y la ciencia se compenetraron para construir las ciudades
artísticas que son el orgullo de la raza latina y el modelo en que
han hallado su mejor inspiración las razas sajonas.

Y que esto se hará en América lo dicen los _elevados_ de New-York que
siguen los ejes de las mejores avenidas, enseñoreándose de toda la
ciudad que llenan de humo, polvo y ruido, encaramándose como Asmodeo
para visitar todos los hogares que dominan con un desenfado digno del
procedimiento americano, en que la libertad no puede representarse
por curvas que se tocan tangencialmente, sino secantes que producen
choques diarios y éxitos que sólo favorecen al más fuerte.

Si en Barcelona se intentara construir un ferrocarril elevado
que siguiera los ejes de las ramblas y del paseo de Gracia, sin
considerar la belleza de nuestras mejores calles y más preciados
puntos de vista, se produciría una verdadera revolución que se
llevaría de cuajo todas las simpatías de la ciudad.

Y dejando á un lado tan extraños procedimientos, voy á decir algo,
aunque ligeramente, de los edificios de 10, 15 y 20 pisos que en
New-York y Chicago se levantan, sin preocupaciones arquitectónicas,
ni más objetivo que sacar de una superficie determinada la mayor
renta posible. Los negocios exigen centros de contratación, comunidad
de ideas y sentimientos, algo que la distancia relaja y que la
facilidad y el contacto de las gentes afina y perfecciona. Por esto
los hombres de negocios necesitan tener sus despachos y oficinas,
con todos sus anexos, en los centros de población. Chicago lo tiene
en Downtown, y lo que no alcanza en superficie de nivel, lo consigue
superponiendo pisos y aprovechando los recursos de los procedimientos
de construcción modernos y los mecanismos de la ingeniería.

Una casa de 20 pisos sin ascensor sería un pájaro sin alas, una
aspiración sin realidad posible; así como una balumba tan enorme de
pisos que espanta, resultaría una torre de Babel moderna si no se
conocieran, aunque sea empíricamente, las fórmulas de resistencia de
materiales que son la garantía de los éxitos alcanzados en América al
construir los edificios que son el orgullo de los yankees y el pasmo
de las gentes. Pero lo que debe averiguar el europeo es, si hay, en
todo esto, algo nuevo, y si lo nuevo ofrece garantía bastante y capaz
de sostener la legitimidad de ese orgullo de raza que tanto desdén
muestra por todo lo que no es americano, como si la mecánica y la
construcción no las hubieran aprendido en nuestros libros y fundido
sus obras al calor de nuestro espíritu y con el trabajo maravilloso
de los siglos, acumulado por las razas pobladoras del mundo antiguo.

Y, ¡coincidencia singular! mientras el pueblo americano muestra su
genial poderío enseñándonos esas moles sentadas sobre emparrillados
de acero, rellenos de hormigón, formadas de columnas y tirantes
metálicos que parecen desafiar el poder destructor de los tiempos,
los autores de estas obras, con la experiencia de los resultados, han
llegado á convencerse de que lo único nuevo que habían practicado es
peligroso, y muestra ser tan deficiente que han de cambiar de rumbo,
si la estabilidad de esos grandes edificios ha de ser una verdad y
una garantía de que alcanzarán vejez larga y provechosa.

«The Auditorium», que es hotel, teatro, casino, centro de oficinas...
todo en una pieza, se hunde lentamente, y no porque se haya
traspasado el límite asignado á la carga por pie cuadrado (un metro
= 3'28 pies) que las experiencias practicadas para el suelo de
Chicago, dicen que está comprendido entre 2.500 y 4.000 libras por
pie cuadrado, sino porque, situada la ciudad sobre un subsuelo flojo,
filtrado por las aguas del Michigan, cuando es de igual resistencia
en toda la superficie, estando bien repartidas las cargas, el suelo
cede lentamente y los edificios tienen un asiento uniforme, bajando y
hundiéndose; pero cuando la resistencia del terreno es desigual, la
plataforma de acero se rompe y el edificio se resquebraja, causando
su ruina. Pero no es este el único peligro á que están expuestos esos
grandes edificios; las masas metálicas se dilatan y contraen con los
cambios de temperatura, y en este país donde el termómetro trabaja
en escala tan extensa, cuyos límites pueden fijarse entre 26 grados
de frío y 50 de calor, los aceros, con sus empujes incontrastables
lo rompen todo, aun sin contar con los incendios que doblan los
pies derechos y columnas, derribando los edificios con una rapidez
aterradora.

Pues bien, el autor de esos emparrillados de escuadrías poderosas
sobre que descansan los edificios de 10 á 20 pisos, reniega de
sus antiguos amores, y vuelve la vista á nuestros procedimientos,
aconsejando que se funde sobre roca, que en muchas partes se halla
aquí á 60 pies de profundidad (18'59 metros), ó á lo menos en el
banco de arcilla compacta hallada encima de la roca, profundizándose
siempre á un nivel inferior al que algún día puedan llegar los
drenes de saneamiento, por considerar, con razón, que el empleo de
vigas de grandes escuadrías en la zona de tierras mojadas por las
aguas del Michigan, alcanzarán una duración larguísima, montando
así grandes columnas de mampostería bien enlazadas y espaciadas de
manera que las cargas puedan repartirse con arreglo á lo que exija la
estabilidad del edificio.

Véase pues, en punto á ingeniería, á qué queda reducido lo que puede
llamar la atención de los inteligentes en Chicago; los elevados,
los funiculares, la toma de aguas en el lago, las plantas de luz
eléctrica, las grandes estaciones de fuerza para transmitir la
energía, los depósitos de cereales, los mataderos de ganado y los
procedimientos de conserva; el desenvolvimiento prodigioso de los
caminos de hierro no tientan mi pluma, porque siendo todo ello
interesantísimo, no daría á estas páginas un solo dato que no fuera
ya relatado y conocido, y por tanto, el atractivo de la novedad.



[Ilustración: Midway Plaisance]

Los preparativos de apertura de la Exposición


Faltan veinte días para abrir el certamen colombino y las salas
de los edificios están casi vacías, la urbanización en mantillas,
la ornamentación interior esbozada, los trabajos de jardinería en
proyecto, y los palacios, con sus ropajes sucios de invierno, no
tienen prisa, al parecer, en remozarse para recibir á los ilustres
visitantes que acudirán á las fiestas inaugurales del 1.º de mayo.

Las razones que se dan para cohonestar estas faltas son de distinto
orden: algunas se confiesan en alta voz, y otras se susurran en
voz baja como si fueran insidiosa murmuración de la maledicencia.
Hace un mes, este mar interior que se llama lago Michigan, con sus
horizontes infinitos y sus tempestades que levantan olas que ya
querría ostentar el Mediterráneo en días de temporal, estaba helado
en toda su extensión; los fríos de este invierno, de 22 grados bajo
cero, con nevadas excepcionales, han entorpecido de tal manera los
trabajos de la Exposición que, toda la buena voluntad de la Dirección
general, no ha bastado para resolver las dificultades propias de una
labor que asustaría á gente menos emprendedora y dispuesta que la
pobladora de las inmensas llanuras del Illinois. Llenas las calles
de nieve, teniendo que emplear el hacha para cortar el hielo en las
fundaciones, ateridos los obreros de frío espantoso, congelados los
materiales, el paro absoluto se impuso cuando el 1.º de mayo se
acercaba con una rapidez que no permitía cálculos, ni ofrecía medios
de salvar dificultades invencibles.

La segunda razón se funda en el cosmopolitismo de este pueblo,
formado de una masa que ha olvidado la noción de patria, y que sufre
aquí los horrores de un clima ingrato, con la idea de formar un
capital que, en poco tiempo, le consienta vivir con holgura en el
país de adopción ó en la tierruca cuyo recuerdo calienta siempre el
corazón humano.

Chicago tiene cerca de dos millones de habitantes, en su mayoría
irlandeses, alemanes, franceses é italianos; la gran masa obrera,
aluvión que el hambre ha lanzado sobre las costas americanas, no
se ocupa, ni preocupa de la idea pura y patriótica encaminada á
conmemorar el hecho más glorioso de la especie humana; la Exposición
no ha sido para ella más que un medio de conseguir en pocos meses, de
acumular en algunas semanas, la suma de dollars codiciada y que los
usos corrientes de la vida no pueden proporcionarla; y las sociedades
obreras, forzando cada vez más sus aspiraciones, se han declarado en
huelga repetidas veces, poniendo á los contratistas en apuros tales,
que bien podría ser que las sumas colosales empleadas en construir
una ciudad de palacios, en área inmensa, esfuerzo colosal de un
pueblo enamorado de todo lo que se pinta en la retina con dimensiones
extraordinarias, se convirtiera en un fracaso espantoso que arruinará
á muchas gentes y postrará, por mucho tiempo, las energías de esta
raza. Como ejemplo diré que un simple peón gana aquí, por hora,
treinta y cinco centavos, equivalentes á catorce pesetas por día
de trabajo de ocho horas. Los carpinteros ganan cincuenta centavos
por hora, ó sean cuatro duros por las ocho horas, pagándose doble
las extraordinarias, y aun me han asegurado que los contratistas,
agobiados por los delegados y comisarios de las naciones expositoras,
que van á exigirles las multas consignadas en los contratos si no
entregan los edificios dentro de los plazos estipulados, han llegado
á subastar los jornales á cinco y seis duros por cada ocho horas.

A pesar de esto, las huelgas se repiten, las ambiciones aumentan, y
á lo mejor, cuando parece que el trabajo cunde, estalla una nueva
discordia que pone en tela de juicio la posible solución de este
problema económico llamado Exposición de Chicago.

Decíame un amigo que ha vivido muchos años en este país, ocupando un
alto puesto en el mundo diplomático: esta Exposición no es obra de
una aspiración de la gran nacionalidad americana, ni de los estados
de la federación, ni es empresa comunal, ni negocio particular, y
sin embargo, todos estos organismos se han fundido en un pensamiento
para cooperar en tan grande obra por más que no ha habido en la labor
común igual lealtad, ni se han empleado análogos esfuerzos para
conseguir la realización de la empresa.

En Barcelona hubo lucha de personalidades, aquí lucha de intereses,
del Este contra el Oeste, de New-York contra Chicago; mostrándose las
Cámaras vacilantes é indecisas al votar una subvención deficiente;
los Estados de la Unión, al acudir al certamen lo han hecho á
remolque, y sólo el municipio y la suscripción pública han rivalizado
aquí para sostener el pabellón local. Aun hay quien asegura que por
falta de recursos dejan pasar los días sin mostrar la vitalidad
económica que parece ser el nervio de este pueblo y el espíritu de
sus empresas y negocios; y en verdad, que si esta suposición es
falsa, no se compadece la arrogancia de otros días con la falta
de entusiasmo y de trabajo que se nota en todos los centros de la
Exposición, observándose además una especie de desencanto y de
fatiga que parece precursora de éxitos dudosos ó de convencimientos
fatalistas, desencanto contagioso que crece en mi pensamiento cuantas
veces recorro salas que no se llenan, pabellones que no se acaban,
y observo tramitaciones que no se simplifican, negociados que no se
compenetran; como si los diferentes centros administrativos fueran
organismos independientes, sin engranaje ni enlaces, cabos sueltos de
una cadena sacudida con escasa voluntad y más escaso entendimiento.

Que aquí pasa algo anómalo y raro, no me cabe duda; que quizá no sé
interpretarlo, tampoco me cuesta trabajo creerlo; pero, aun teniendo
tan legítimo temor, no he de negar que sería necesario cerrar los
ojos á la luz y quitar atributos á la razón para aceptar, sin
reparos, suposiciones optimistas que no hallo medio, hoy por hoy, de
justificar con fundamentos sólidos y vigorosos.

No piensa, sin embargo, así la gente del país, que trata de sacar
provechos tangibles del certamen colombino. Figuran, en primer
término, los fondistas que, sin encomendarse á Dios ni á los santos,
van á doblar desde 1.º de mayo los precios de las habitaciones y
de la manutención. Esto significa, pura y simplemente, pagar ocho
dollars diarios por un cuarto de 5.º, 6.º ó 7.º piso, con las comidas
correspondientes, sin vino, por supuesto, que aquí se paga á precios
fabulosos.

Las casas de huéspedes exigen dos ó tres dollars diarios por un
cuarto regularmente alhajado, sin manutención; los cafés, licores,
gastos de peluquería, limpiabotas, etc., distan mucho de parecerse
á los precios europeos, y por tanto, el que se decida á visitar
la Exposición de Chicago es necesario que haga buena provisión de
dollars, si no quiere concretarse á vivir muy modestamente, y á
sufrir toda clase de impertinencias y desazones.

Además, el europeo que está acostumbrado á reglamentaciones
provechosas ha de cuidar aquí de estudiar los organismos del país
para evitar gastos y disgustos; el que espera en un ferrocarril la
señal de marcha, toque de campanas y silbatos, corre el riesgo de
quedarse en tierra; llegada la hora de marchar, el jefe de tren
levanta el brazo y el maquinista actúa sobre los émbolos, sin señal
previa, ni preocuparse de si los viajeros están ó no en los vagones.

Para ir á la Exposición, la compañía Illinois Central ha construído
seis líneas paralelas que recogen los pasajeros de las estaciones de
la ciudad; pero, como pasan por las mismas líneas un gran número de
expresos que van á diferentes puntos de la república, si no se tiene
mucho cuidado en reconocer los trenes-tranvías, se corre el riesgo
de salir de Chicago para ir á la Exposición y encontrarse, bien á
pesar suyo, á cincuenta millas de donde quería ir, sin que nadie se
haya preocupado de asesorar al extranjero, ni de ejercitar las más
elementales reglas de hospitalidad.



[Ilustración: PALACIO DE LA ELECTRICIDAD]

Suma y sigue


Transcurren los días de tal manera que bien puede decirse que se
suceden y no se parecen; que llueva en abril dos días seguidos no
causará á nadie maravilla, que nieve luego dos días más en esta
ciudad de Chicago, de latitud aproximada á la de Madrid, si se
consulta actualmente el aspecto hermoso y sonriente de los plátanos
de los paseos de España que dan sombra á tantas flores, ya parecerá
más extraño; pero, que llueva en _todos los edificios_ de la
Exposición colombina, sin que se ponga al mal remedio _eficaz_, ni
crea la gente que van á exigirse responsabilidades por los daños que
se causen á los que creyeron alcanzar aquí para sus obras, trabajos
y proyectos, hospitalidad más á cubierto de la intemperie y de la
acción destructora de las aguas, pocos días antes de abrirse el gran
certamen por el presidente Cleveland y el duque de Veragua, esto ya
es más duro y más difícil de creer, sobre todo para aquellos que
veían un motivo de reclamación diplomática en las goteras malhadadas
de la nave central de la Exposición de Barcelona, y se figuran que
aquí todo se hace bien por ser extranjero, americano del norte y
quizá republicano.

Hace ya tres semanas que me he encargado del servicio de
«Manufacturas» de la sección de España; en este intervalo ha llovido
varias veces y las goteras no se repasan, sin que Mr. Alisson, jefe
del departamento, haga caso, al parecer, de las reclamaciones de
nuestro delegado general Sr. Dupuy de Lome, de las mías, ni de nadie.
Y lo más serio del caso es que cada día son más numerosas, siendo ya
difícil averiguar si se pretende poner remedio á mal tan deplorable,
si es posible instalar en estas condiciones, y si podré hallar sitio
para los objetos desembalados que esté garantizado de la acción
invasora de las aguas.

La tormenta última, ciclón poderoso que ha causado estragos en
varios Estados de esta república, ha venido de perlas para explicar
de algún modo el atraso en que se halla la vialidad de la «ciudad
blanca» y cuanto se relaciona con su desenvolvimiento. Ayer nevó todo
el día como si estuviéramos en enero, y con este motivo, los diarios
de hoy, curándose en salud, dicen que en semejantes condiciones no
es posible trabajar, que el personal dedicado á vialidad ha debido
ocuparse en reparar los estragos del viento y de la nieve, y que con
los días buenos, la Exposición se llenará de flores y verdura, de
caminos inmejorables, y de instalaciones portentosas, en menos tiempo
del que se necesita para llenar de noticias rimbombantes los diarios
de 40 páginas y de letra menuda que, cual el _Chicago Herald_, el
_Chicago Post_ y otros, se convierten en heraldos de maravillas y en
mágicos prodigiosos del gran certamen americano.

Y por cierto que magias y magias portentosas se necesitan emplear
para resolver el pavoroso problema de llenar en pocos días, en horas
ya, salas inmensas, en urbanizar millones de pies cuadrados de
paseos que no pueden atravesarse, hoy por hoy, sino con zancos; sin
un árbol, ni una flor, mostrando en todas partes un abandono cruel,
cuando el presidente va á salir de Washington y el duque de Veragua
de New-York para abrir esta _World’s Fair_, esta feria del mundo
destinada á mostrar á todos la potencia colosal y creadora del pueblo
yankee.

Pero la invención más prodigiosa de estas gentes no está en lo que
ha hecho y hace Edison en Menlo-Park, ni en las fundaciones de casas
que sostienen 20 pisos, ni en sus _ferry-boats_ que transportan
sobre los ríos trenes enteros; todo esto es una pequeñez al lado
del mecanismo asombroso de sus aduanas, mecanismo que sólo pude
entrever en New-York y que hace dos semanas estoy estudiando con una
paciencia y un cariño que si no temiera pecar de inmodesto, diría
que merece una cruz laureada. ¡Válgame Dios! ¡qué complicación y qué
obstruccionismo! De sobra sabe todo el mundo que las mercancías se
declaran al entrar en New-York y que las destinadas á la Exposición
sólo pagarán derechos en caso de que se vendan, volviendo libres
de toda carga á los respectivos países las que hayan servido
únicamente para ser expuestas. Pues bien, la administración de
aduanas ha establecido un régimen tan riguroso en el recinto de los
edificios que no puede abrirse una sola caja sin ser escrupulosamente
registrada, debiendo seguirse el siguiente procedimiento para que
puedan instalarse los objetos que envían las naciones al certamen.

Y al llegar aquí, pido á mis lectores paciencia y resignación;
se trata pura y simplemente de facilitar un estudio comparativo,
y deducir si se ha hallado en el mundo un procedimiento más
inquisitorial y riguroso para evitar que los expositores extranjeros
que han pagado á la gran nación americana el homenaje de su respeto
y consideración, al celebrar las fiestas del centenario, enviando sus
mejores obras, defrauden los intereses públicos en una proporción
relativamente escasa, vendiendo á espaldas de la administración de
aduanas lo que no esté debidamente registrado.

Llegan las cajas á los respectivos edificios, y enseguida el
inspector les pone un cartel conminatorio notificando que pagará
una multa de mil dollars ó sufrirá la prisión subsidiaria
correspondiente el que abra la caja sin su permiso. Avisado
oportunamente, empieza la operación, se levantan los tornillos de la
tapa y se apodera de la lista expresiva de los objetos contenidos
en la caja, exigiendo la inspección de todos los objetos, uno por
uno, poniéndoles una etiqueta numerada cuya cifra apunta en una
libreta en que constan el número de orden de la comisión española, la
procedencia y la relación detallada de los objetos y su valor.

Al terminar la operación, me entrega un impreso que he de llenar y
devolverle el día siguiente, detallando el número de orden y el total
de las cajas abiertas que van al depósito, con destino al embalaje y
reimportación de los objetos á España.

Esta visita, exacta y minuciosa, objeto por objeto y libro por libro,
separando los encuadernados de los que no lo están, sin consentir,
ni una sola vez, que quede sin abrir un solo libro ó caja, ha de
producir un retraso tan considerable en la instalación general, que
si no se modifica el procedimiento, no veo medio de que este certamen
adquiera condiciones presentables hasta fines de junio.

Pero todas estas minucias, que podrían calificarse gráficamente de
otra manera, resultan cómicas á veces, sin perjuicio de resultar, en
otro orden de ideas, una verdadera expoliación.

Cómico resulta, por ejemplo, exigir á los delegados generales que
pongan su retrato en los pases, como si la galantería y la honradez
internacional no supusieran el convencimiento de que las personas
designadas por los respectivos gobiernos para representar á las
diferentes naciones que han concurrido al certamen, no han de abusar
de la franquicia concedida; y cuando los delegados se resisten á
aceptar semejante... llamémosle acuerdo, los diarios combaten la
resistencia y discuten la orden como si se tratara de renovar la
guerra de Secesión; en cambio, ya resulta menos chistoso que el
catálogo prometido en inglés, francés, alemán y español se publique
sólo en inglés y que se exija á los que quieran figurar en él, la
enorme cifra de cinco dollars por línea, y como si esto no bastara,
las luces eléctricas de arco voltaico ofrecidas hace poco á 60
dollars cada una por seis meses, se aumentan hasta 100, resultando
que las instalaciones extensas, pagarán, por este sólo concepto, una
cantidad tan crecida, que temo ha de costar muchas resistencias
y muchos disgustos figurar en este gran concurso, que hasta ahora
va resultando excesivamente húmedo, cuajado de contrariedades y
resistencias y bastante carito.

Es de esperar que estos males hallen enmienda en la fecunda labor y
grandes energías de esta poderosa república.



[Ilustración: PALACIO DE LA ADMINISTRACIÓN]

Apertura de la Exposición


No es cosa fácil dar idea de un acontecimiento que será una de las
páginas más hermosas de la historia de América. Acabo de llegar de
la fiesta inaugural, nervioso y fatigado de emoción, y ante estas
cuartillas de papel, siento el dolor de no saber expresar en pocas
líneas y describir con palpitante interés, la apoteosis más grande
de este siglo, dedicada á una gloria española que inició en el mundo
la esplendorosa civilización moderna, espíritu de una sociedad nueva
que elabora en estas regiones, ante mis pasmados ojos, algo que no
comprendo y que encierra elementos de vida que van á transformar por
completo las civilizaciones de los diferentes pueblos de la tierra.

La inauguración de hoy, con su aparente sencillez, ha sido un
portento; este pueblo, que no tiene noción clara del arte, ha hallado
en esta fiesta la nota justa, sintética, que se ha llevado de cuajo
todas las simpatías y todos los corazones.

Una gradería levantada á espaldas del palacio de la Administración,
dominando la dársena, cerrada al Este por hermosa columnata;
Manufacturas y Agricultura al Norte y Sur formando el marco grandioso
de la esplanada en que se apiña abigarrada multitud, entre la que
se levantan erguidas: columnas rostrales, mástiles rematados por
carabelas, estatuas y fuentes monumentales, la de Colombia tronando
y dominando las aguas surcadas por lanchas eléctricas y góndolas
venecianas, fué el punto preferido para celebrar la fiesta inaugural.
Ocupadas las graderías por el cuerpo diplomático, los delegados y
comisarios de todas las naciones, á las once entraban Cleveland
y el duque de Veragua, acompañados por los altos funcionarios de
los Estados Unidos y las comisiones de la Exposición, en el sitio
preferente de la gradería.

La multitud alborozada empezó á gritar y silbar como sólo sabe
hacerlo el pueblo yankee, y una orquesta situada en la parte más
alta de la escalinata inauguró la fiesta con la marcha colombina
de Paine. En seguida el pastor Milburn, anciano venerable, dirigió
á Dios una oración impetrando la protección del cielo; Miss Jessie
Couthair, luciendo la mantilla española, adornada con peineta y
claveles rojos y amarillos, leyó el poema de Crouffut titulado _La
profecía_; la orquesta tocó la sinfonía de Rienzi; monsieur Davis,
director general de la Exposición, dirigió un discurso al presidente
Cleveland, y por fin, este ilustre hombre de Estado hizo un brevísimo
discurso á la multitud, enalteciendo el gran certamen y la obra
grandiosa del pueblo americano. Y mientras la gente entusiasmada
agitaba los sombreros en señal de júbilo, la orquesta tocaba el _Dios
salve á la Reina_ que es también himno nacional de esta república,
la artillería saludaba con repetidas salvas, los mástiles de todos
los edificios se coronaban de banderas, estandartes, flámulas y
gallardetes, y en medio de aquel entusiasmo y ruido atronador de
voces, cañonazos y campanas, los tres mástiles puestos al pie de
la tribuna se coronaban: la central, con la bandera de la Unión,
y los laterales con los estandartes de Castilla y de León con sus
castillos y leones rampantes, y el de los Reyes Católicos con la cruz
verde sobre fondo blanco, bajo cuyos brazos se leen las iniciales de
Fernando é Isabel.

Los que han vivido en lejanos países y han gozado alguna vez la
emoción honda que causa la vista de la bandera gualda y roja en
tierra extraña, comprenderán que la colonia española que ve hoy tan
enaltecido el pabellón de la patria, al levantarse los estandartes
medioevales en sitio preferente y verlos en todas partes, en la
Exposición y en la ciudad, haya recibido una sacudida que ha pasado
de los ojos al corazón y del corazón á la lengua y á las manos,
para aplaudir con toda el alma las grandezas de este pueblo que
no escatima, él tan intransigente, tan absoluto y tan enamorado
de su civilización apenas esbozada, con sus vehemencias juveniles
y arrebatos mal comprimidos, el pleito homenaje debido á una de
las glorias más puras de la tierra, y á un pueblo que posee la
historia de los descubrimientos, conquistas, colonizaciones y
desfallecimientos más heroicos que registra el gran libro que narra
los acontecimientos del mundo.

Cleveland ha entrado en Manufacturas después de haber inaugurado la
gran máquina motriz de la Exposición, y bajo la rotonda central, las
delegaciones de todos los países, presentadas por los embajadores,
han ofrecido sus respetos al Presidente de la República. La
delegación española ha sido presentada por el delegado general Sr.
Dupuy de Lome, habiendo oído de Cleveland frases de grandísima
simpatía que hemos escuchado todos con vivísimo placer y honda
gratitud. El Sr. Dupuy se ha hecho eco de los votos de España, con
sentido acento, y se ha despedido dando un _shake-hands_ á la
inglesa á todos los que habíamos sido presentados.

No había terminado aún para mí la fiesta de hoy; motivo de júbilo ha
sido también para los españoles ver colmado de obsequios al duque de
Veragua y á su ilustre familia, y observar en su semblante señales
inequívocas de vivísima complacencia.

A los ojos de muchas gentes, la fiesta de hoy habrá sido espectáculo
sublime, para los españoles, alegría honda, fiesta de familia que
calienta y aviva la fibra delicada que vigoriza todos los organismos,
porque alienta grandes y hermosas esperanzas.



[Ilustración: PALACIO DE MANUFACTURAS]

La sección española de Manufacturas


El palacio de Manufacturas es para mí el edificio más notable de esta
Exposición; cubre una superficie inmensa, tiene proporciones de una
belleza espléndida, luces en sus arcos no sobrepujadas hasta ahora,
disposición arquitectónica bien sentida y equilibrada en el conjunto
y los detalles; y la nave principal, cubierta de cristales, llena
de aire y luz, inmensa, tan inmensa que achicaría los monumentos
más altos y notables del mundo al cobijarlos, por exigencias quizá
de administración, por necesidades que no sintió el ingeniero y el
arquitecto al proyectarla, queda desfigurada por una galería que
la circuye, corta los puntos de vista en los ejes de las puertas y
arroja sombra en vastas superficies de la planta, con menoscabo de
las instalaciones que ocupan las galerías, por el pie forzado de que
naciones más avisadas ó expositores más diligentes han ocupado ya los
sitios descubiertos y vistosos.

A España, por haber vacilado tanto tiempo en aceptar la invitación
del Certamen, la ha tocado en suerte un buen pedazo de sitio
cubierto, sitio lleno de sombra y triste que nadie acierta á
comprender como teniendo el autor del proyecto ideas tan grandiosas
en su cerebro, pudo concebir el pensamiento tan mezquino de una
galería de diez y nueve pies de altura, formada de pies derechos y
tablones de canto, con cuchillos de arcos escarzanos que acaban de
achicarla, resultando un contraste tan grande entre esta fealdad y la
belleza del edificio, que cuesta trabajo creer que ambas cosas sean
fruto del mismo autor, y que aun siendo aquella impuesta, la haya
consentido y realizado.

España no forma, pues, en la nave central, en el gran espacio
cubierto de Manufacturas que extasía y enamora; España está en
un sitio modesto, espacioso, demasiado quizá, formado por cuatro
patios, uno grande, dos medianos y otro chico, interrumpidos por
las galerías y una serie de obstáculos que, poniendo en pugna las
necesidades de una buena instalación con las condiciones del local,
nuestra sección de Manufacturas resulta algo así como puesto de
feria replanteado sin atender á las necesidades del estudio y de una
ordenada clasificación; y como tenemos de muchas cosas un poco, este
poco agranda el defecto que sólo en algún patio queda oscurecido por
las grandes instalaciones de los fabricantes de Cataluña y la belleza
de los productos presentados. Porque no olviden los que lean estos
renglones que, siendo escasa la concurrencia de Cataluña para llenar
los 23.000 pies cuadrados de terreno que alcanzó el señor Dupuy de
Lome, con perseverante tenacidad, de la dirección del Certamen, la
del resto de España es tan menguada, que sin el esfuerzo de esas
provincias, la sección de Manufacturas habría sido un fracaso tan
manifiesto que, en mi concepto, deberíamos haber abandonado el local
para no llenar de ridículo la consideración de España ante el mundo
entero.

Cuando llegué á Chicago, á fin de marzo, el señor Dupuy de Lome no
tenía noticia del espacio que necesitaban los expositores españoles
de esta sección, ni sabía yo tampoco las condiciones del local en
que debía trabajar y de buen número de los objetos que había de
exponer. Pero como la Dirección del Certamen exigía la cifra exacta
de los pies cuadrados de superficie que á juicio de la Delegación
debían ocupar las secciones españolas, la petición se hizo sin
datos suficientes para poner en relación el espacio pedido con los
productos que debíamos exponer, corriendo así el peligro de que si
pedíamos poco espacio, resultara la sección deslucida por defecto,
y si pedíamos demasiado, lo quedara también por exceso. Al obrar,
pues, sin conocimiento de causa, sólo por casualidad podíamos salir
airosos, y como el azar favorece pocas veces á los que fían demasiado
en las veleidades de la fortuna, al tener mucho espacio y poca cosa
relativamente que instalar, he debido buscar toda clase de recursos
para mitigar algún tanto el efecto que produce la Sección que, según
acabo de indicar, resulta deficiente en la cantidad y la calidad de
productos expuestos.

Los que se dedican al servicio de Exposiciones saben que una buena
instalación, entendiendo por tal la que clasifica, califica y sabe
sacar partido de los productos que ha de exponer, ha de meditarse y
dibujarse en el plano del local, replanteándola luego y modificando
sólo aquellas cosas que la vista del objeto expuesto indique
claramente el error padecido. Proceder de otra manera es consentir
que una Exposición se convierta en feria, que puede hablar á los
sentidos y aun al espíritu del que sabe sintetizar; pero, poco ó
nada al que se distrae fácilmente y saca sólo partido del análisis,
teniendo á mano los objetos que ha de comparar, y á la vista, los
juicios que ha de resumir. Y si á todo esto, por causas diversas se
suma la multiplicidad de objetos y la escasa cantidad de los que
podían agruparse, ni aun buscando afinidades más ó menos racionales,
se comprenderá lo difícil de conseguirse, en la Sección que estudio,
la ordenada clasificación de objetos, en lucha con cuantos han
intervenido en la construcción del fac-simil de la mezquita de
Córdoba que formó la ornamentación del local, albañiles, carpinteros,
yeseros y pintores, que han invadido el local hasta el día 6 de
junio, en que se derribó el último andamio, para poblar de arcos y
columnas que se cuentan por centenares, las superficies ya cubiertas
por las galerías bajas del palacio de Manufacturas.

He sido, sin embargo, injusto al decir que la suerte no me ha
favorecido, porque las instalaciones más grandes, enviadas por las
casas catalanas, han podido colocarse ventajosamente, excepto una,
que es la de la casa Tayá, que está bajo galería, dándose el caso de
que todas han hallado emplazamiento ventajoso y único, porque de no
caber en los sitios en que están, no habrían podido instalarse.

Y hechas ya estas salvedades y la de que están en un mismo local los
productos que corresponden á Manufacturas y á Artes liberales, por
tener en este departamento espacio tan limitado que no ha habido
medio humano de agrupar en él lo que al mismo corresponde, descartada
la nota amarga que parece ser sino fatal de esta Exposición, voy á
decir ya algo concreto, empezando por el patio de honor, el mayor y
más desahogado, de diez metros de ancho por unos veinticinco metros
de largo, ó sean doscientos cincuenta metros cuadrados de superficie
en números redondos, donde he podido colocar las instalaciones más
grandes y más vistosas de Cataluña, con la de la Felipa Guisasola,
que merece puesto preferente por la belleza y ostentación de las
obras de arte que ha traído á este Certamen. Y al dar á ese patio
preferencia y al llamarle de honor, no vaya á creerse que valen menos
los restantes de la Sección, ni que considere de mayor importancia
los productos que en él se han expuesto: que sólo el mayor
espacio, la luz, la orientación y la facilidad de acceso motivan
su preferencia, formando un conjunto vistoso y de grandísimo valor
artístico é industrial.

Tiene este patio forma rectangular, con una puerta central de arcos
árabes policromados, al Sur; dos puertas de comunicación que dan paso
á la Sección italiana, al Oeste; y arcos de las galerías que simulan
la mezquita cordobesa, en los lados restantes del rectángulo.

Cruza la puerta principal la instalación de la Felipa Guisasola,
compuesta de dos ánforas montadas sobre pedestales tapizados, uno
de estilo Renacimiento y otro griego, que se ofrecen al público
por 40,000 el primero y 20,000 dollars el segundo. Detrás de estos
cuerpos avanzados, que admiran extasiados cuantos entran en la
Sección de España, sin darse cuenta exacta de su valor artístico
é industrial, ya que se ha de repetir á cada momento que aquellas
obras delicadas son un compuesto de acero montado de oro y plata,
dignas de figurar en un museo ó en un palacio de magnates, está
la vitrina llena de objetos primorosos: ánforas, relojes, marcos,
puños, brazaletes... productos escogidos que la casa Guisasola
expone á la ansiedad de estas gentes, que lo ven y tocan todo con la
curiosidad de un niño al formar el primer juicio, en los albores de
su inteligencia.

Adosados á los paramentos están las panas y los veludillos de
Parellada y Compañía, puestos en una vitrina de manera que los
colores, debidamente graduados y convenientemente repartidos,
conserven al producto el matiz, el brillo y las singulares
condiciones de apariencia que convierten un género barato en
decorativo, destinado á tapizar muebles y habitaciones con poco
gasto. Sabido es que los veludillos se cortan mecánicamente, y que
este procedimiento constituye un privilegio especial de la casa.

En el espacio comprendido entre las dos puertas que facilitan el
acceso á la Sección italiana, de 15 metros de anchura, se apoya la
instalación de la casa Sert hermanos é hijos, que figuraba en la
Exposición de Industrias artísticas de Barcelona, sin tener las
condiciones de luz y local que tiene en la universal de Chicago.
Puestos los tres cuerpos del mueble en un solo paramento, luciendo en
el centro el tapiz Smirna ya conocido en Barcelona, las tapicerías
en el fondo, las alfombras de vivísimos colores formando columnas
cilíndricas en los costados, los pañuelos de lana y seda de dibujos
preciosos con las mantas de armiño grandísimas y ostentosas en
los compartimientos laterales, adosadas á las tapicerías de malla
metálica son elementos que, combinados artísticamente, dan al
conjunto un aire de riqueza y una intensidad de color que llama
poderosamente la atención del público, convencido de que no hay en la
Exposición de Chicago instalación que presente mejores productos en
su género, ni á precios más ventajosos.

Sigue la instalación de Godó y C.ª, que expone muestras de yute,
hilados y tejidos, ó sea hilos en rama y sacos, puestos en forma tan
artística que no puedo menos de felicitar al autor, anónimo para mí,
que ha sabido hacer con productos tan bastos un mueble tan vistoso, y
un conjunto de instalación y productos tan lucido.

Sigue luego el mueble de Santacana y C.ª, con tres piezas de algodón
blanqueado, notables por su baratura.

En el otro ángulo se ha puesto la instalación de la casa Hijos de
Ignacio Damians, tan conocida en Barcelona por los que se dedican
á construir: presenta multitud de productos artísticos de latón,
bronce y otros metales, esmeradamente fabricados, puestos en una
instalación lujosa en que los fondos y cortinajes de peluche realzan
los colores y matices amarillos y bronceados de los objetos expuestos.

Al lado y adosada á las columnas de la ornamentación general, hállase
el armario de nogal mate de tres cuerpos, que se expuso en Barcelona
y París, de la casa Fábregas Rafart, de fondos amarillos que realzan
los tonos negros y brillantes de las sederías, rasos y sargas que
fabrica y presenta con exquisito buen gusto.

Viene enseguida el escaparate de la casa Castañé y Masriera, vitrina
que acaba de instalarse, con tejidos de hilo, holandas y granos de
oro, sábanas de Holanda y pañuelos de hilo, que forman una hermosa
colección.

El armario de la casa Marqués, Caralt y C.ª, adosada también á las
columnas, ofrece un ejemplo de que no hay producto ingrato en manos
de una persona hábil y de buen gusto, porque los hilados y torcidos
de cáñamo é hilados de lino que presenta, están dispuestos de manera
que forman una interesante colección, siendo muchas las personas
á quienes interesan las materias textiles que honran la Sección
española.

Pocos fabricantes de tejidos de algodón se han atrevido á luchar
con los americanos del norte; sin embargo, la casa Ferrer y Vidal,
cuya instalación se halla en este patio, ha presentado una colección
completa de tejidos de estambre estampados, y tejidos de estambre
y seda estampados también, que llaman preferentemente la atención
por la belleza del color y la finura del tejido, estando conformes
cuantos la conocen en que puede competir con lo mejor que se hace
fuera de España.

El escaparate de Torrella hermanos, montado con arreglo á los dibujos
de la casa, atrae las miradas codiciosas de las señoras yankees,
encantadas ante los primores de las muselinas de seda, bordados
mecánicos al realce y pañolería de aquella casa, y que se llevarían
de cuajo para adornar sus casas y personas.

En un pequeño fanal están las cintas de Monjo y C.ª, sociedad en
comandita, que es lástima, dada la belleza del producto, no haya
enviado mayor cantidad de cintas de seda y gró para poder formar una
instalación más ostentosa.

Cierra, por fin, este patio, el escaparate de Juan Vidal, con sus
valiosos trabajos de zapatería. La indumentaria del calzado, desde
los tiempos más remotos de la historia, y la colección moderna, que
es una manifestación del buen gusto y arte con que la casa Vidal
fabrica el calzado fino, que parece ser su trabajo predilecto, llenan
el mueble, que ofrece un bonito aspecto.

Rodea el patio descrito ya, la galería que cruza el palacio de
Oeste á Este y de Norte á Sur, en la intersección Sudoeste del
palacio de Manufacturas. La galería contigua al patio, si bien no
recibe luz cenital directa está perfectamente iluminada, de modo
que resultan bien instalados los hules de la Viuda de Juan Rovira
y C.ª, las gorras de uniforme de Faugier, las persianas, de Carlos
Cid, las esteras de Pérez é hijo, la mesa muestrario de papel de
Torras hermanos, Torras y Juvinya y Torres y Morgat, el mueble
caprichoso de los fabricantes de papel Sobrinos de Bartolomé Costas,
la instalación de perfumería de José Font, con los muebles comprados
ó construídos por la Delegación para los géneros de José Dalmau,
Viuda de José Tolrá, Lucena y C.ª, Salas Puigmoler y C.ª, José Soler,
Camilo Mulleras, Gómez Rodulfo, Margui y Esquena, con todo el ramo
de zapatería económica de Miguel Malé, Fernández Palacios y otros,
tintas de Francisco Arroyo, velógrafo Pedrola, pintura submarina de
Porta, imágenes en talla de madera de Vila y Roqué, Llovet y Renart,
Francisco Serra y Rosés y Alsina, la estatuaria en cartón-piedra de
Vayreda y C.ª, las imitaciones de bronces, marfil, etc., de Oliva
y Martí, las mantas y los casimires de Herederos de Juan Vicente,
las arañas para gas de Closa Florensa,—que no he hallado personal
_americano_ que supiera montarlas, con las fotografías á la vista,
lo que parecerá á muchas gentes inverosímil,—y muchos más que sería
prolijo enumerar.

En el patio Noroeste de la Sección, instalé el mueble perteneciente
al Instituto industrial de Tarrasa.

En el centro del patio se levanta la instalación de base elíptica,
cuyo zócalo, imitación de nogal con molduras mecánicas, sostiene el
andamiaje donde se han colocado los tejidos de lana de los diez y
nueve fabricantes agremiados, que constituye una parte importantísima
de la agrupación industrial de Tarrasa. Rematan el mueble los sesenta
pañolones de igual tamaño y variados colores que forman un friso
ancho y vistoso que da realce á los cortes de pantalón, que, en
número crecido, y superpuestos, rodean la instalación, y al rótulo
que, colocado normalmente á la superficie curva sobre que tienen
asiento los géneros, lleva la enseña de aquel importante centro
industrial.

En el mismo patio y formando un tablero apaisado, construído según la
base del plano que me facilitó el gremio de fabricantes de Sabadell,
está expuesto el hermoso muestrario enviado por las veintiuna
fábricas de dicha ciudad que han tenido el buen sentido de enviar á
esta Exposición, sin alardes ni aparatosos muebles, los géneros de
lana y pañería que compiten con lo mejor que existe en este Certamen.
Cuatro mantas puestas en el centro del bastidor cortan la monotonía
de los tableros tan magistralmente montados, con gradaciones de color
que envidiaría un pintor de nota, y dos más, puestos en los extremos,
encuadran el bastidor general, lleno de luz y de colores salientes de
vigorosa entonación. Las instalaciones de Sabadell y Tarrasa llaman
poderosamente la atención de los peritos en la materia; _reporters_
de periódicos industriales y políticos, aficionados y traficantes
en estos géneros, las honran con calurosas manifestaciones y se
hacen lenguas de la perfección, belleza y baratura de los productos
expuestos. Si he de creer lo que aquí se me ha dicho y repetido, los
géneros finos de lana catalanes pueden hallar en América mercados
extensos, habiéndoseme presentado algunos comisionistas que desean
circular muestrarios por las principales ciudades de esta república
y las de la vecina de México, haciéndome proposiciones, bajo la
base de un tanto por ciento de venta, y sin otra remuneración que
pudiera hacer creer que se trata de alcanzar por medio de promesas de
negocio, pocas veces cumplidas, un sueldo ó remuneración conseguido á
expensas de los fabricantes de Cataluña.

En este mismo patio he puesto, como producto similar, aunque en clase
basta, los paños bastos y finos, bayetas y estameñas, mantas, capotes
y fajas fabricados en Cuenca por la casa Pérez Muñoz y hermanos.
Estos géneros, buenos por su clase y notable baratura, fabricados
con las lanas que crían las altas sierras de la meseta central de
España, así como los paños pardos y negros, y las bayetas moradas
y encarnadas de la provincia de Soria, y las mantas de lana y los
casimires de los Herederos de Vicente Juan, de Palma de Mallorca,
quizá no hallen aquí fácil mercado por ser los géneros bastos materia
que se fabrica ya en todas partes, no digo en la América del Norte,
que lo acapara todo y pretende vivir con recursos propios, cerrando
á cal y canto sus fronteras con derechos prohibicionistas más que
protectores, sino en México, en la Argentina y en el Brasil, si no
hay, en lo que exponen, algo que sirve de relleno y que exponen en
condiciones de dudosa procedencia.

Queda ya sólo en este patio la instalación de la casa Ferrando, de
Valencia, que expone abanicos de pacotilla, panderetas adornadas
con cintas y pinturas; objetos, en fin, de mercader que viene á la
Exposición en busca de algunos dollars y sin cuidarse gran cosa de
medallas, diplomas ni mercados que hallar en su camino y marcha
trashumante al través del mundo de las Exposiciones.

Queda, sin embargo, en este patio, algo que se relaciona con Artes
liberales, puesto en las hornacinas del fondo, de lo que daré algunos
detalles cuando me ocupe en tan interesante materia.

El tercer patio, separado del anterior por ancho pasadizo, tiene
en su centro la instalación de cueros repujados, tan conocida
y acreditada en Barcelona, perteneciente á Fargas y Vilaseca,
que tiene su fábrica en la Sagrera de San Martín de Provensals.
Esta instalación debía estar cubierta con un velarium de cuero
también, cuyo dibujo y color producían un bellísimo efecto; pero
circunstancias especialísimas han motivado otro emplazamiento en
donde brillaran por su color, dibujo y labrado.

Rodean esa instalación los muebles enviados por todos los ebanistas
que no la tienen propia, que son: Pascual Maté, Ruiz Valiente, García
Portas, Anido Sánchez; los pianos de Montano, de Madrid; Gómez é
hijo, de Valencia; Ballarín, y González é hijos, con sus hierros
repujados; Riquer y C.ª, y Alejo Sánchez, con las incrustaciones de
oro y plata sobre hierro de su reputada casa de Eibar.

Este patio, pequeñito, rodeado por tres paseos y en cuyo fondo,
perfectamente iluminado, y bajo galería he puesto la instalación de
la casa Carlos Butsems, ventajosamente conocida en Cataluña por los
que se dedican á la construcción de casas y hoteles en que se emplean
baldosas, baldosines, balaustres, bañeras fabricadas con pasta
hidráulica, notables por la belleza del color y su textura compacta,
no resulta tan bello como sería de desear, por no haber enviado
nuestros ebanistas á esta Exposición lo que saben hacer y hacen
cada día con un gusto y una perfección inimitables. Y sin embargo,
la arquilla de Riquer, con sus herrajes repujados, es un verdadero
primor; la mesa y el jarro con flores de hierro forjado y repujado,
los candelabros, el tocador y demás objetos pulidos y niquelados de
González é hijos, y los hierros de Ballarín, son dignos de alabanza
por el esmero y el gusto con que han sido tratados; pero en lo demás
hay algo de pacotilla y pobre que, en mi concepto, no debería haberse
enviado á esta Exposición, incluyendo en ello los pianos de Madrid
y Valencia, que no competirán seguramente, ni en cantidad ni en
calidad, con los grandes envíos de las casas europeas y americanas
que se dedican á la fabricación de estos instrumentos.

En uno de los ángulos de este patio está instalada la casa Alejo
Sánchez, con sus incrustaciones de oro y plata en los varillajes
de los abanicos, puños de bastón, gemelos de teatro, marcos de
espejo y retratos, hecho todo á la perfección, perfección minuciosa
que no aprecia el vulgo que pasea su mirada indiferente por estas
preciosidades de la industria cosmopolita, preguntando precios
por capricho y comprando á veces, y á precios fabulosos, obras de
pacotilla, reproducciones hechas hasta la saciedad, de escaso valor
en Europa, y que aquí se venden extremadamente caras. Me consta
de ciencia cierta que se han dado 1,200 dollars por una estatua
picaresca de mármol de Carrara, que se daría en Florencia por 200.

En el cuarto patio, lindante con la sección de Persia, se halla la
bonita instalación de Jaime Pujol é hijo, que los barceloneses han
podido apreciar á primeros del mes de enero último en el Palacio de
Ciencias, al hacer ostentosa manifestación de la importancia que
tienen las pequeñas industrias y cómo se codean, por su importancia
económica, con las de más alto vuelo, cuando están dirigidas por
manos tan expertas como las que forman aquella razón social.

No deja de ser pintoresco, á mi juicio, el conjunto variado de
industrias reunidas en el patio que describo; al lado y normalmente
á la instalación Pujol, las cartas de Olea, de Cádiz; las de García
Fossas, de Igualada; las de Juan Roura y Presas, y el mueble
caprichoso de Sebastián Comas y Ricart.

Dejando un paso intermedio entre la exposición de lentes y gemelos de
la casa Falk, de Madrid, hállanse los vidrios muselinas de Venancio
N. Díaz, y formando marquesina, apoyada en cuatro columnas de hierro
fundido, los vidrios de colores de Rigalt y C.ª; y en el otro costado
del patio las preciosas acuarelas de Ginés Codina y Sert, dedicadas á
las artes suntuarias, montadas sobre basamentos de madera dibujados
por el señor Espina, alternando con grabados de loza y cristal que,
con la casa Falk, tienen el patio lleno de gente que admira también,
en el centro del mismo, los vidrios de colores de Amigó y C.ª,
montados verticalmente sobre una base trapezoidal, de modo que los
rayos del sol, al herirlos por la tarde hacen resaltar la belleza de
la composición y la viveza de los colores.

Junto á este patio quedan perfectamente iluminadas las instalaciones
de Orsola, Solá y C.ª, que reciben luz cenital; débilmente inclinada,
la hermosa mesa tocador de mármol del escultor cubano Triscornia; los
techos artesonados de Juan Coll, que compiten con los que presenta
Alemania, y algunas más que forman ya, en el interior de la galería,
como son la instalación de la Sociedad Artística y Arqueológica de
Barcelona, extraviada durante tres meses, y que hasta hace unos
quince días no ha entrado en esta Sección; los objetos arqueológicos
de Máximo Fernández, de Madrid, compuestos de un tapiz antiquísimo,
un bargueño, un cañón, un cuadro de azulejos que, con la colección
de papel sellado de Ramona Méndez, constituyen un pequeño centro
arqueológico muy chico, pero muy interesante, y que se ha llevado
á Manufacturas para no dejar un cabo suelto en el palacio de
Arqueología y Etnología, perdido entre las grandes instalaciones
europeas y americanas. También están entre dos patios contiguos y
regularmente iluminadas las instalaciones de Lucas y C.ª, Cabot y
Alabau, Falomir é Ibáñez, de Castellón de la Plana, Valderrama, de
Santander, y otros que sería monótono relatar.

Queda el patio pequeño y el box de cerámica, en donde se ha puesto
algo de lo que debía estar en Artes liberales y que por falta de
espacio ocupa un rectángulo pequeño de Manufacturas. En el centro
he construído un mueble especial para las casas Montaner y Simón,
y Espasa y C.ª, editores tan conocidos en España y en América por
sus trabajos tipográficos y artísticas encuadernaciones; en un
ángulo están los muebles con los libros editados y tan conocidos en
América del Sud por Antonio Bastinos, y los anuarios comerciales de
Bailly-Balliere, de Madrid; en un paramento el espejo decorativo de
Amigó, recubierto en parte para ocultar el daño sufrido en el viaje,
los proyectos decorativos de A. y C. Castelucho; en otro ángulo
la instalación del Centro Asturiano de la Habana y el mueble con
muestras de litografía de Ruiz y C.ª, de la capital de la grande
Antilla, y enfrente, adosada al muro, la vitrina que contiene
el sinnúmero de libros enviados al Certamen, en prosa y verso,
didácticos y literarios, de arte y música, cuya enumeración se
llevaría una hoja entera de este libro. Encima van las fotografías
enviadas por la Asociación de Ingenieros industriales de Barcelona,
que, con una carta de Cuba, los perfiles del Instituto Geográfico y
Estadístico, la colección de obras del laborioso é ilustrado contador
de la Diputación, Sr. Torrens y Monner, los libros del Ateneo
Barcelonés, las fotografías y los libros del Fomento del Trabajo
Nacional, el título y las carpetas de esa Universidad, constituyen
un centro interesante que llama la atención de los concurrentes.—En
un box bien iluminado he reunido los productos cerámicos de la
conocida casa Pickman y C.ª, de Sevilla, cuyo _panneau_ de azulejos
esmaltados colocado en el centro atrae por su color, brillo y
artística disposición; así como los platos, ánforas y tibores de
Díaz Álvarez, de Sevilla; los azulejos de estilo morisco y del
Renacimiento de Jiménez Izquierdo, y las mayólicas hispano-arábigas
que reproduce Ros y Urgell en su fábrica de Valencia, que se llevan
el corazón de las señoras americanas, que las encuentran _very fine_.

A espaldas de esta instalación y bajo galería, poco iluminada,
hállase la exposición de muebles de la casa Tayá, de Barcelona,
y los entarimados ó pavimentos de maderas de Rosell. La fama de
esos industriales la acredita cada día la exposición de la calle
de Fernando, como está acreditada en la Habana por haber decorado
espléndidamente los salones del Centro Asturiano de aquella capital.

Falta ya poco que añadir á todo esto, si no he de cansar la atención
de los lectores con listas interminables de nombres: las fotografías,
los grabados, modelos de encuadernaciones de Sarradó, Balet, Tersol,
Rieusset, dibujos de Lange, los proyectos de arquitectura de Ramón
Salas, Villar Carmona, García Faria, Arsenio Alonso, han tenido que
colocarse en Manufacturas, pero he cuidado de ponerlos en sitios
vistosos y lo mejor iluminados posible.

Los que visiten esta Sección hallarán, sin duda alguna, faltas y
errores que manos menos torpes no habrían cometido; por otra parte
¡qué obra humana no los tiene! pero difícil será desconocer, si
alguien se toma la molestia de estudiar la gestación dolorosa de las
instalaciones españolas en esta Exposición, que sólo la voluntad
más enérgica, sostenida por esa fuerza poderosa que se llama el
cumplimiento del deber, pudieron llevar á término una obra en que
confieso humildemente haber sentido, al realizarla, desfallecimientos
tan hondos y desesperaciones tan crueles, como no los he tenido jamás
en la accidentada vida del funcionario público que, en España, se
ocupa seriamente en el servicio que se le tiene confiado.



[Ilustración: SECCIÓN ESPAÑOLA DE AGRICULTURA]

La sección española de Agricultura


He intentado varias veces explicarme la razón en que se fundan los
directores de este Certamen para considerar como hortalizas los
viñedos. Y como no he hallado solución al problema, me limito á
recordar que el edificio de Agricultura no cobija los vinos de país
alguno, y que, en cambio, las aguas minerales, los chocolates, las
pastas para sopa y los productos de la pesca, en conserva, dominan
allí como en casa propia, sin protesta de la gente americana que no
se fija en tan nimios detalles.

Digo esto para que los viticultores no se asusten, ni se crean
preteridos si empiezo este estudio por la sección cubana, digna de
ello por su importancia, la belleza extrínseca é intrínseca de las
instalaciones, y la serie de datos económicos que debo á la exquisita
galantería del Comisario, representante de la Cámara de Comercio de
la Habana, don Rosendo Fernández, y del Jurado español don Calixto
López.

No ha sido España afortunada en la concesión de terrenos en el
edificio de Agricultura; los productos de nuestra tierra están fuera
de los centros del mismo y poco favorecidos por la concurrencia,
afanosa siempre de lo ostentoso y privilegiado. Y, sin embargo, el
que pasa por el estrecho pasadizo del ala noroeste del palacio,
hállase sorprendido por una instalación que recuerda los claustros
de las iglesias españolas, rica, elegante, adornada en sus ojivas
con vidrios de colores, de columnas en espiral rematadas por
sencillos capiteles, imitación feliz del claustro de San Jerónimo de
Valladolid, rematada por blasones, flámulas, banderas y gallardetes
que resumen la heráldica de nuestra nacionalidad.

El recinto tiene forma rectangular, dividida en dos porciones
iguales, separadas por ancho pasadizo con las instalaciones de Cuba
agrupadas en una de ellas, y las de España, Filipinas y Puerto Rico
en la otra. Fácil es resumir lo que hay en Cuba, porque hay poca
cosa, pero bien y espléndidamente instalado.

Poco digo y, sin embargo, representa una gran riqueza que ofrece
utilísimas enseñanzas.

Empiezo á traducir del inglés las leyendas de las hornacinas
laterales, que serán una revelación para muchas gentes.

«Producción de caña de azúcar en la isla de Cuba durante el año
1892,—974,000 toneladas.

Producción de tabaco durante el mismo año,—27.600,000 kilogramos.
Precio del millar de cigarros, pesando unas 13 libras, en las
primeras fábricas de la Habana, 45 duros. La misma mercancía puesta
en los Estados Unidos, 110'20 dollars, recargo debido al bill
Mac-Kinley y que representa un término medio de 168 por 100 sobre el
valor del producto.

Exportación de minerales de la isla de Cuba durante el año 1892:

  Hierro—300,000 toneladas.
  Manganeso—85,000 toneladas.»

La segunda leyenda explica la resistencia opuesta por los cubanos á
exponer en este Certamen. El bill Mac-Kinley es un enemigo feroz de
nuestras Antillas, y se ha necesitado todo el esfuerzo de la Cámara
de Comercio de la Habana para conseguir que los mejores tabaqueros
de Cuba se decidieran á presentar las hermosas muestras de sus
productos, que miran con ojos codiciosos los que aquí fuman y mascan
el tabaco con una voracidad encantadora.

Sigan leyendo mis lectores y sabrán por informe de don Calixto López,
peritísimo en cuanto se relaciona con los intereses cubanos, que la
isla exporta por los puertos de Baracoa y de la Habana, en cocos,
piñas, naranjas, plátanos y otros frutos de menor importancia por
valor de 5.000,000 de duros; que el 90 por ciento del azúcar de los
ingenios de aquella isla se consume en los Estados Unidos de América;
que en tres años de estar en vigor el bill Mac-Kinley, la exportación
del tabaco torcido ha bajado un 60 por 100, mientras aumentó la del
producto en rama en el doble por lo menos, y como la fabricación
triplica el valor del producto, fácil sería calcular la pérdida que
esto significa para la masa obrera y los patronos de la isla, en
beneficio de los Estados Unidos, cuyas aduanas son una valla poderosa
é infranqueable para todo producto fabricado fuera del territorio
federal.

Y, á pesar de todo esto, la industria tabacalera de Cuba, decidida
ya á luchar en los Estados Unidos, ha presentado una riquísima
colección de muebles, construídos con maderas preciosas de la isla,
que representan en su continente y contenido valores de 3, 4 y 5 mil
duros cada uno.

No sé si olvidaré algún expositor: tomé nota de todos ellos y fijé
mi atención en un fenómeno singular, que ofrezco á mis lectores como
estudio digno de atención.

Los campos de Cuba se dividen, para los efectos del cultivo del
tabaco, en las zonas llamadas respectivamente: llano y pinar, es
decir, tierra llana y tierra ligeramente ondulada.

[Ilustración: SECCIÓN ESPAÑOLA DE AGRICULTURA]

Los tabacos del llano expuestos á luz intensa toman una coloración
extraña, mejor dicho: se decoloran en algunos trozos de la
superficie, convirtiendo la homogeneidad del color pardo negruzco
del tabaco en un abigarramiento extraño que recuerda el color del
lagarto. Los puros que experimentan este cambio de color se dice
que _lagartean_, y desde luego descubren, por ese solo fenómeno, su
procedencia; los tabacos que lagartean proceden invariablemente de
la zona llana; los de la del pinar conservan su color y su mérito,
porque el lagarteo no sólo influye en el aspecto, sino también en el
gusto del tabaco, debido quizá á que siendo el cambio de coloración
producto de la conversión de substancias activas en cuerpos neutros,
la nicotina se hace preponderante y con ella el gusto astringente,
que satura y fatiga fácilmente el paladar. Así lo creen personas
competentes, ya que la rica hoja tan conocida en el mundo con
el nombre de «Vuelta de Abajo», según análisis efectuado en el
laboratorio de don Calixto López, no llega á tener 1 por 100 de
nicotina, siendo debido á esto que el tabaco de aquella procedencia
se distinga por su suavidad, buen gusto y no cansar al consumidor.

Y con esa explicación ya será fácil clasificar y estudiar las
instalaciones de la isla de Cuba y conocer la procedencia del tabaco,
sin necesidad de recorrer los campos y las fábricas de la isla. Hallo
en primer término la primorosa instalación de «La Comercial», de
Fernández Corral y C.ª, cuyos tabacos en su generalidad proceden del
llano; sigue la casa Bances y López, conocida en los mercados con el
nombre de Calixto López, cuyos tabacos han resistido la acción de la
luz en los tres meses de exposición, presentando clases comprendidas
entre 35 y 800 duros el millar.

Si el Jurado inspecciona la sección cubana con algún discernimiento,
verá que la marca «Flor de Cuba» emplea tabaco de las dos
procedencias, llano y pinar, García Cuervo, de Santiago de las Vegas,
pinar únicamente; L. Carvajal, llano y pinar, H. Upman, tabaco
superior bajo todos conceptos, lo mismo que la marca «La Rosa» de
Santiago, siendo ya menos importantes «La Carolina», «La Flor de
Trespalacios», J. Inclán Díaz y C.ª, Juan Cueto y hermano y F. P. del
Río y C.ª, Habana, aunque todos emplean buen tabaco, en la tripa y
capa, que es lo que recomienda especialmente el tabaco de Cuba, cuya
elaboración compite ventajosamente con la producción del resto del
mundo.

La casa Salomón hermanos, de la Habana, presenta dos cajas de hoja de
la Vuelta de Abajo; el producto está tan acreditado que no necesita
acudir á ninguna Exposición para mejorar su crédito y aumentar su
venta.

Sigue, como importantísima, la producción azucarera; pero no
busque el visitante instalaciones ostentosas como las que honran
la industria tabacalera, ni en gran número, pues sólo hay una muy
modesta de Guanajay que produce azúcar centrífugo de 98 grados,
es decir, azúcar casi puro que derrotará al azúcar común y al de
remolacha cuando las amas de casa conozcan la diferencia de dulce que
existe entre ellas, y otra instalación poco ostentosa, pero rica en
datos económicos, del ingenio «Carmen», de Crespo.

Unas cuantas fotografías, unos cuantos botes de azúcar centrífugo
y estas noticias, que copio sin comentario, constituyen la nota
preeminente de estas instalaciones.

Producción diaria del ingenio «Carmen», de Crespo: 600 sacos de 325
libras de peso unitario; producción anual alcanzada en cuatro meses,
72,000 sacos de 23.400,000 libras de peso.

Abunda, y toma cada día incremento, la producción de cacao, crema
de cacao, vermouth y ron de caña, ginebras, coñacs, anís escarchado
y alcohol de caña para usos industriales y medicinales, habiendo
presentado hermosas instalaciones Trespalacios y Aldabó, Bacardí y
C.ª, Díaz Santacana y la marca «El Infierno».

Y al pensar que toda esa inmensa riqueza puede aumentarse de un
modo extraordinario, es triste cosa observar que los que emigran á
la América continental olvidan que hay en Cuba muchos campos que
roturar y muchas fortunas que hacer, arrancadas del seno de la tierra
patria, menos mortífera y menos ingrata de lo que se supone; que en
todo país lejano se levanta la leyenda de la exageración, con sus
preocupaciones y desencantos, propios de todo lo que aleja de la
familia y la patria pequeña.

La agrupación de Cuba, ostentosa, limpia, simétrica, formada de
colecciones que honran á los que han gestionado los intereses de
la gran antilla española, rodeada por la decoración ejecutada por
el tallista italiano Ferrari, que dibuja primorosamente y pule,
talla y abrillanta el boj como si fuera cera, resulta un contraste
desfavorable para España. Es achaque nuestro y sobre todo de la
población rural, cuidar poco de lo externo; aun hay quien cree, en
las montañas y en las llanuras de nuestra península, que el buen paño
en el arca se vende, y mientras Cuba ha empleado las mejores maderas
de sus bosques y los más inteligentes ebanistas de sus ciudades para
levantar verdaderas obras de arte á la poderosa industria tabacalera,
las colecciones de la metrópoli, mezquinas, mal pintadas y peor
construídas, conteniendo productos valiosos y ricos, parecen ser,
ellas que deberían serlo casi todo, la cenicienta de la casa.

Y con ser tanto lo que podíamos haber enviado á esta Exposición, no
para alardear de lo que tenemos, sino para buscar los mercados que
nos faltan, previo el estudio de las necesidades de las naciones
del continente americano que podemos satisfacer, el poco espacio
que tenemos hemos debido compartirlo con Filipinas y Puerto Rico,
quedando para la península un rincón que ha embellecido, aun contando
con tan pobres elementos, la práctica, la discreción y el acreditado
_savoir faire_ de nuestro inteligente comisario de Agricultura, don
Vicente Vera.

Pero como Puerto Rico ha venido á esta Exposición con un presupuesto
copioso, los productos farmacéuticos, los alcoholes diversamente
aromatizados, los cafés, los cacaos, los azúcares que constituyen
sus más valiosos elementos de producción, se han presentado con
lucimiento, pudiendo ostentar al pie de la colección de cafés la
fórmula americana por excelencia: «The coffee of Portorico is the
best of the World».

Pero, dejando á un lado esas disquisiciones, mejor que todo eso,
mejor que el afán inmoderado de publicidad, que raya aquí en lo
ridículo, ha de ser para mis lectores el conocimiento de los
siguientes datos económicos:

Producción media anual de Puerto Rico:

  Café, 30,000 toneladas.
  Azúcar, 60,000 íd.
  Tabaco, 3,000 íd.

La colección de cafés, que ha parecido excelente á los peritos
jurados, está compuesta de muestras de varias clases, presentadas por
Lorenzo Joy, de Ciales; Miguel Perla, de Puerto Rico; Rosés y C.ª, de
Arecibo; Julián Rivera, de Coamo; Bultmann y C.ª, de Aguadilla; Moral
González, de Mayagüez; Fitle, Lunt y C.ª, de Ponce, y otros muchos
que sería prolijo enumerar.

Cuba, que tan poca importancia ha dado á sus azúcares, se halla
supeditada á los de la pequeña antilla, que presenta una colección
completa y tan buena, que personas inteligentes le conceden el
primer lugar entre las que figuran, con mayores prestigios, en la
Exposición de Chicago.

Consulto mis apuntes y leo entre las casas que figuran en el Certamen
como productoras de azúcar centrífugo las de Cintrón de Yabucoa,
Sobrinos de Esquiaga, Hortensia Arribas, Cristóbal Vallecillos, etc.,
etc.

No me parece tan lucida la instalación tabacalera: ni en cantidad, ni
en calidad, puede atreverse Puerto Rico á rivalizar con Cuba, y las
casas de López, Albarado, Sánchez y hermanos, Modesto Bird y otros,
no tienen más pretensión que dar fe de vida y ocupar un segundo lugar
en el concurso de esta poderosa industria en el mundo.

Como productos secundarios ofrece Puerto Rico una variadísima
colección; dejando á un lado su abundantísima fabricación de
alcoholados de malagueta, cremas de todas clases, ron de infinitas
marcas, fríjoles, arroz en cáscara, adriote (materia colorante),
jabón, almidón de yuca, algodón en rama, y cera, queda aún un
artículo importantísimo, el cacao, que abunda en la isla, y se
considera de excelente calidad.

Sitio importante y preferente ocupa la industria rural filipina,
ceñida á tres artículos que son, mejor dicho, pueden llegar á ser
tres veneros inmensos de riqueza, capaces ellos solos de convertir
las Filipinas en un centro comercial de primer orden: el tabaco, el
azúcar y el abacá.

Ya sé yo que la Compañía General de Tabacos de Filipinas no aspira á
competir con los tabacos antillanos; lo que sí observo, es que sus
precios, que oscilan entre cinco y cien duros el millar, pueden ser
un incentivo poderoso para abrir mercados en países cuyos habitantes
fuman y mascan el tabaco de las clases más bajas con una fruición
envidiable, y que los millones que envía España á los Estados Unidos
para comprar hoja para tripa, pueden tener más lógico destino en
nuestras posesiones de Ultramar y en los mercados de la metrópoli
que, tarde ó temprano, concederá á nuestros desdichados labradores
la libertad de cultivar, en los campos que devasta la filoxera, la
preciosa planta, el frugal tabaco que se adapta á todos los suelos
y á todos los climas, ofreciendo una variedad inmensa de productos
más ó menos suaves, más ricos ó más pobres en perfumes, pero siempre
pródigo en bienes para el que lo cultiva.

El azúcar filipino ha sido aquí una revelación, así como el abacá,
que con su fibra larga y resistente, es objeto de codicia para esta
raza yankee que se enamora de los textiles que no conoce, y que va
á ensayar con la avidez que siente por todo lo que cree objeto de
explotación apropiada á las necesidades de su industria.

[Ilustración: PALACIO DE AGRICULTURA]

Y ya en tercer término, que justo es, vaya la madre patria
acompañando á sus hijas predilectas, voy á echar una rápida ojeada
á los cajones que constituyen las colecciones peninsulares, ricas
algunas de ellas por su calidad; pobres, pobrísimas por su cantidad
y su instalación, figurando en primer término las frutas secas de
Tarragona, almendras, avellanas, nueces, algarrobas, que no tienen
rival aquí, que son, con los aceites y aceitunas, y los frutos
ultramarinos, las mercancías que pueden hallar en América, mercados
importantísimos; porque pensar que las gramíneas: trigos, cebadas,
maíz, han de hacer la competencia á los inmensos graneros americanos,
es pensar en lo imposible; imaginar que nuestras frutas: naranjas,
limones, peras y manzanas, riquísimas en Florida y California, han
de derrotar las producciones de este país, supone un desconocimiento
profundo de lo que produce la agricultura americana sobre la que se
han dicho y repetido cosas verdaderamente inexplicables, como se han
dicho y escrito sobre vinicultura errores que pueden perjudicarnos
extraordinariamente porque alientan esperanzas, y consienten
ilusiones perturbadoras para el régimen del cultivo de las tierras
españolas.

Las observaciones juiciosas del señor Vera hechas en el fecundo campo
de esta Exposición, prueban hasta la evidencia que los únicos frutos
y productos que podemos aspirar á introducir aquí son: con el café,
tabaco, azúcar y abacá, el aceite de oliva que hemos presentado
limpio y bien filtrado, cuando creían en América que en España sólo
se producían aceites crasos, sucios, llenos de sedimento, ingratos
al gusto y á la vista; las aceitunas de mil variedades puestas en
botes elegantes, las avellanas, las algarrobas, las judías del campo
de Tarragona, los chocolates—y si esto no es agricultura yo no
tengo la culpa de que lo sea para los americanos,—de tantas marcas
como existen en España, las pastas para sopa que han de competir en
bondad y baratura con las pastas italianas que tienen aquí mercados
provechosos, y las conservas alimenticias de pescados y frutas que
hemos presentado haciendo airoso papel, precursor de más preciados
frutos, si sabemos aprovechar las condiciones de estos mercados, y el
conocimiento que aquí se ha adquirido de nuestra producción rural é
industrial.

No lo olviden los que han acudido á este Certamen con tan buena
voluntad y mejor deseo; no lo olviden el campo de Tarragona, las
comarcas olivareras, los que fabrican chocolates y pastas para sopa
en el centro de España, los que elaboran conservas en el noroeste
de la península, los que han enviado aguardientes, ron y anís,
porque los demás, los que han venido con cervezas y sidras, los que
han expuesto aguas minerales, los que han traído trigo, centeno
y maíz, como elementos de información, como dato y quizá como
ensayo, podrán ofrecer al mundo americano objetos de estudio, cuyo
resultado práctico no vislumbro, ya sea que esté enfermo de peligrosa
miopía, ya sea que mi escaso entendimiento no sepa descubrir, en el
desenvolvimiento de nuestra producción, los dilatados horizontes que
quisiera poder ofrecer, como estímulo y esperanza, á la población
rural é industrial de España.



[Ilustración: PALACIO DE HORTICULTURA]

La sección española de vinicultura


La importancia de este cultivo y la de la concurrencia de expositores
españoles á este certamen, me obliga á meditar lo que voy á decir en
este capítulo, temiendo estar desacertado é influir en la opinión con
escaso buen sentido.

Vine á Chicago con todas las preocupaciones y los errores que
circulan y se propagan como artículo de fe en Europa, formando entre
los que se figuran que los vinos americanos no pueden beberlos
sino las personas de paladar avezado á los caldos de California, y
que, con tratados de comercio ventajosos y propaganda juiciosa,
conseguiríamos aquí un mercado poderoso, capaz de asegurar la
viticultura en nuestro país y permitirnos prescindir del mercado
francés, tan veleidoso y tan inseguro siempre, y especialmente en los
tiempos actuales.

¡Qué error, y qué desencanto! El vino de California es un caldo que
no puede desdeñar nadie, el _goût de renard_, tan constantemente
atribuído á los vinos americanos, no he sabido hallarlo en ninguno
de los que he bebido hasta la fecha, y desde que estoy aquí bebo
cada día vino de California, y muy barato por cierto, á 20 centavos
media botella, imitación del claret ó del sauterne, con bouquet
muy pronunciado, color inmejorable y condiciones que no desdeñaría
el vinicultor español más celoso de la buena crianza de sus vinos.
El champagne[1], con gusto pronunciado de moscatel, muy espumoso y
bien presentado, se bebería en nuestro país con deleite, y quizá
alcanzaría mercado más seguro que en los mismos Estados Unidos, que
prefieren las marcas europeas, Moët Chandon, Clicquot, etc., _dry_ y
_extra dry_, fabricadas especialmente para los paladares estragados
por las bebidas alcohólicas de la gente yankee de todos los estados y
todas las categorías del país.

  [1] La visita del autor á California modificó algunas de las
  opiniones apuntadas en este párrafo, conforme lo verá el lector
  más adelante.

Y si alguien ahonda un poco en esta materia y estudia algo las
condiciones de la extensa comarca de la América del Norte, en
donde se cultiva la vid, quizá hallará el triste antecedente de
que en California se arrancan ya muchas viñas, que se produce
tanto y tan bueno, que la baratura, está matando rápidamente la
viticultura californiana y que aquí, donde la cerveza alcanza tanto
predicamento, sólo cambiando radicalmente las costumbres del país,
sólo consiguiendo que los 64.000,000 de habitantes de esta gran
República beban vino, podrá esperarse un cambio en el modo de ser del
mundo vinícola, más amenazado cada día por el desarrollo de nuevos
centros de producción, y el trabajo de selección y elaboración á que
se dedican los cultivadores de varios países con un éxito que juzgo
pavoroso para la riqueza de España.

Ayer pregunté al Comisario general de la República Argentina qué
podría hacerse para introducir los vinos españoles en la América del
Sur, y me contestó categóricamente y sin vacilar un instante:—Nada;
la República Argentina produce ya tanto vino, y de tan buena calidad,
que en breve pensará lo qué ha de hacer para dedicar sus caldos á la
exportación.

Las cepas que cultiva han sido importadas de Francia, y me citó las
variedades más conocidas que se han aclimatado allí perfectamente.

Y si á los nuevos centros de producción americanos sumo los ya
conocidos de África que producen vinos similares á los andaluces,
será lícito preguntar si á los vinos españoles les cabrá la
suerte que cupo á nuestras merinas que, ensayadas y cruzadas en
Francia, Inglaterra, Alemania y en varios puntos de América, y muy
especialmente en las Pampas de Buenos Aires, y Australia, lo único
que nos queda de aquel don de la naturaleza es el recuerdo y el
nombre que conservan todas las naciones para designar el hermoso
vellón que ha enriquecido y enriquecerá á tantas comarcas de la
tierra.

¿Será todo esto una amenaza también para Francia? que duda tiene;
pero nuestra vecina tiene sobre nosotros dos ventajas inapreciables:

1.º Su mercado interior, con sus 36 millones de habitantes, que
consumen una cantidad inmensa de vino, bebiéndolo de buena calidad,
con un promedio superior al que consume el pueblo español, sobrio
quizá en demasía, y

2.º El crédito que disfrutan sus marcas, que responden á bouquets
perfectamente conocidos y que dan nombre á diferentes comarcas,
viniendo en segundo término la firma del vinicultor, que sólo siendo
un gran cosechero se puede imponer una firma en los mejores mercados
del mundo.

No he de insistir en la primera ventaja, cuya importancia salta á
la vista; siendo ya feliz preocupación de nuestros legisladores el
medio de aumentar el consumo del vino en la península, disminuyendo
las gabelas impuestas á este caldo, y favoreciendo, por medios
indirectos, la venta de uno de los productos más importantes del
territorio nacional, por más que en la última reunión de Cortes no se
haya conseguido gran cosa en este sentido.

La segunda, siendo para nosotros de difícil vencimiento, es quizá
de más importancia que la primera. Bien claramente lo dicen los
2,500 expositores con unas 40,000 botellas de vino, que exponen sus
productos en la Exposición de Chicago; con elocuencia desconsoladora
lo manifiestan los cosecheros que han venido con 2 ó 3 botellas mal
tapadas, como si el corcho bueno fuera en España un producto extraño,
que ansiando un premio olvidan que, en lo que se refiere á vinos y
á un comercio regular que pueda influir en los mercados españoles,
sólo las marcas acreditadas que respondan á una producción cuantiosa
pueden tener significación en las Exposiciones destinadas á enseñanza
y á mostrar lo que podemos hacer el día que las necesidades de los
pueblos abran mercados á nuestros caldos, encasillados, formando
tipos de marcas fijas, de vinos bien criados, de bouquet conocido
y que el consumidor conozca sin necesidad de leer la etiqueta de
la botella ni el nombre del vinicultor. Esto, que lo han hecho los
franceses, y que responde á un principio económico bien entendido, en
España empezamos sólo á plantearlo, exceptuando Andalucía, con sus
hermosas bodegas, la Rioja, algunos centros de Cataluña, aun poco
importantes en número y calidad, y la Mancha y Valencia, que debe
mejorar aún sus vinos si han de resultar criados con ventaja para el
viticultor y el vinicultor.

De todo lo expuesto se deduce, en mi concepto, que sobran en este
certamen muchas botellas mal acondicionadas y que no responden, ni
en cantidad ni en calidad, al principio esencial que lo condensa
todo: _la creación de buenas marcas_; y éstas no pueden existir sin
la calidad y la cantidad que mantengan á los mercados constantemente
abastecidos y en condiciones tales, que la competencia de los
productos similares no sea posible en la mesa del consumidor, siempre
satisfecho de la bondad y el precio del vino que consume. No olviden
los productores españoles que cada día será más dura y más difícil
la lucha por la existencia; que el vino flojo, que en tanta cantidad
producimos, ha de consumirse en la península é islas adyacentes; que
los únicos vinos que hemos de exportar, _sin encabezarlos_, son los
de alta y regular graduación natural, que por estar bien criados y
proceder de comarcas acreditadas puedan hacer la competencia como
vinos de postre á todos los vinos del mundo; que los de color, entre
los que llevan ya gran ventaja á los catalanes los de la Rioja, por
su baratura y buen gusto, podrán competir ventajosamente con los
franceses y aun más con los americanos, porque la gente rica de todos
los países, por lujo, por tener más educado el paladar, y sobre
todo, por el mérito real del producto, preferirán siempre los vinos
del Sur y centro de Europa á los que se crían, interviniendo la
química muchas veces, en centros agrícolas menos favorecidos por la
naturaleza para el desarrollo de la vid.

No es fácil, ni me siento tampoco dotado de fuerzas suficientes, para
proponer la modificación que ha de establecerse en el estado legal
de la propiedad rústica española para favorecer el establecimiento
de marcas, de tipos fijos que respondan á la cría racional de los
vinos en cada comarca. Pero sí creo que los cosecheros de algunos
centenares de cargas que pretendan criar vinos de exportación, sin
tener presente que se han de sujetar, en todos sus procedimientos, á
lo que la técnica del arte y los consejos de la experiencia local les
dicten, que los criadores que insistan en vivir desligados de toda
mancomunidad de procedimiento, cuando éste resulte bueno, y quizá de
relación económica cuando los fundamentos de la asociación resulten
sólidos y honrados, en un país como el nuestro, donde la propiedad
rústica está tan dividida, los males que lamento, y conmigo todos los
que dedican su atención á esta clase de estudios, no tendrán remedio;
y tengamos presente todos que cada año, cada día perdido representa
una victoria para nuestros adversarios y una derrota para nosotros.

Todo esto veo, con sentimiento, en nuestra hermosa colección de
vinos en Chicago: mucho vino, muchos nombres y pocas, poquísimas
marcas, porque el vino andaluz de tan rico abolengo, que beben estos
yankees con tanta delicia y cerrando los ojos con beatitud, no forma
más, ni significa otra cosa que el crédito de una comarca española
relativamente poco extensa, y todos sabemos qué extensión tan enorme
alcanza el área de la vid en España y cuánto vino queda en nuestras
bodegas, esperando colocación.

Por lo demás, ¿quién va á disputarnos el primer puesto en el gran
campo de la Exposición de Chicago? Nuestros vinos de postre, algunos
de pasto, los embotellados hace 20, 30 y hasta 100 años, ¿quién va á
atreverse á competir con ellos? Sí, alcanzaremos muchas medallas y
muchos diplomas, volveremos con un botín de victorias _platónicas_
asombroso, nadie dudará de que hemos merecido el primer lugar, y de
que nuestros vinos son ya, en algún renglón y pueden llegar á ser en
muchos de los restantes, los mejores del mundo; pero, yo preferiría
volver con más mercados sólidos asegurados, con más convencimiento
de que hacemos lo posible para merecerlos y ganarlos, con estudios
detenidos de lo que nos conviene hacer para derrotar noblemente
á nuestros adversarios, porque así nuestro porvenir sería menos
incierto, y nuestro presente más fecundo, para que algún día podamos
aspirar y conseguir realidades que pongan término á las desdichas de
la patria.



[Ilustración: PALACIO DE MAQUINARIA]

Las secciones españolas de Máquinas y Minas


El papel de Jeremías, en un siglo y unos tiempos en que todo el mundo
pretende conocer lo que conviene á sus intereses, me parece tan
desairado que casi me falta valor para decir cuanto se me ocurre, al
echar una ojeada á las misérrimas instalaciones españolas de Máquinas
y Minas de esta inmensa Exposición.

En Maquinaria, un motor de gas de cuatro caballos de fuerza, dos
máquinas de coser, una de regruesar, otra de hacer tapones, una
bomba de doble efecto de la conocida y acreditada casa Escuder; las
prensas de Valls hermanos para la fabricación de fideos y pastas para
sopa, la máquina de cascar almendras de Puig y Negre, la de hacer
barquillos y hostias de Duart é hijo, el auto-regulador manométrico
de Ferrer Ganduxer, y poco más, constituyen todo lo que hemos sabido
presentar en este Certamen.

Los que conocen el desarrollo de la metalurgia y la construcción de
máquinas en España, los que no hayan olvidado que nuestros grandes
cruceros movidos por máquinas de once mil caballos se han construído
en Cataluña, alabarán, sin duda, el esfuerzo de industriales más
modestos que los aludidos y que han hecho cuanto han podido para
sostener el prestigio de España en la Exposición de Chicago.

En Minas, nadie creería, por lo que aquí hemos expuesto, que somos
una nación esencialmente minera, y de tal modo me voy acostumbrando
á ver Río Tinto entre las instalaciones inglesas, así lo he visto en
París y en Chicago, que ya voy dudando de mis escasos conocimientos
geográficos, como dudo también de que Almadén sea la primera mina de
cinabrio del mundo, y los criaderos de Bilbao los mejor explotados,
y la metalurgia del norte y noroeste de España una de las industrias
de más porvenir y... pero, qué más, si no hay en Chicago español
medianamente ilustrado y conocedor de los recursos mineros de
nuestro país que no se escandalice del insignificante concurso
que al estudio de la minería presta aquí la sección española,
como si no fueran importante factor en los mercados del mundo sus
mercurios, cobres, hierros, plomos, fosforitas, zinc y otros metales
de aplicación creciente por el desenvolvimiento que alcanzan las
industrias eléctricas destinadas á agotar, con sus cables marinos,
pilas y acumuladores, los hierros, cobres, plomos y zincs de todas
las minas de España.

La sociedad «Altos Hornos y Fábricas de hierro y acero de Bilbao»
ha presentado la instalación más importante de la sección española,
montada en un gran armario acristalado que contiene todas las piezas
rectas, en ángulo y planchas, que fabrica aquella importante colonia
industrial. Sus hierros comerciales, que exporta á Cuba, Puerto-Rico
y Filipinas, sus planchas, piezas angulares y de variado perfil que
usa la marina militar, y los tramos metálicos, ya en servicio desde
larga fecha, constituyen su abolengo industrial, para honra suya y de
la patria.

Y ya que he de describir con alguna extensión la factoría de
Pullman, y tengo á la vista las fotografías de los Altos Hornos
de Bilbao, los lingotes que produce y los hierros de pudlaje, los
aceros en varios perfiles, las planchas que fabrica, siendo tan
necesario conocer lo que tenemos en casa, no ha de parecer ocioso
que dedique cuatro líneas á una Compañía que tiene invertido un
cuantioso capital en sus fábricas de Guriezo y Baracaldo, llamadas
respectivamente «Merced» y «Carmen», y que, situada la última en una
comarca esencialmente minera, presta al país y á la riqueza patria un
concurso valioso, digno de loa y fama.

Produce aquella casa industrial unas 300,000 toneladas, término medio
anual, de lingote destinado á la fabricación de unas

  12,000 toneladas de hierro de pudlaje.
  15,000     »     de aceros en varios perfiles.
   6,000     »     de planchas.
  45,000     »     de carriles y viguería.
   6,000     »     en piezas de fundición.
   3,000     »     en puentes, armaduras y calderas, y
   1,000     »     de maquinaria.

Trabajan en aquellas fábricas unos 3,000 obreros, destinados
al servicio de tres altos hornos que producen 300 toneladas de
lingote al día; de cuatro máquinas soplantes, tres verticales y una
horizontal, que representan una fuerza de 2,000 caballos; de grúas
hidráulicas; de catorce hornos de pudler con dos martinetes y el
correspondiente tren de desbaste; de cuatro trenes de laminación con
ocho hornos de recalentar; de dos sierras para cortar en caliente,
tres tijeras para cortar en frío, un taller de empaquetar y once
tornos para el suministro de cilindros; del taller Bessemer y el
horno Siemens Martín, capaz de producir doce toneladas en cada
operación; de dos grandes cubilotes para fundir hierro; de un taller
de laminado de acero con tres hornos de recalentar, que trabajan á
tiro forzado, dos de recalentar sistema Siemens Martín, y al de dos
máquinas de vapor reversibles de 2,000 caballos una y 8,000 la otra.

Además de tan completo _outillage_, del que sólo menciono lo más
importante, la fábrica tiene un personal inteligente y honrado, que
bajo el patronato social ha fundado:

Una sociedad de socorros para los obreros enfermos y el sostenimiento
de escuelas;

Una caja de ahorros, cuyos ingresos cobran un tanto por ciento de
interés;

Una sociedad cooperativa para la compra de comestibles buenos y
baratos, y

Una escuela de Artes y Oficios, iniciada por la Sociedad Altos
Hornos, sostenida por la Diputación provincial y el Ayuntamiento
de Baracaldo, y enaltecida por la inteligencia obrera, ansiosa de
mejorar su condición por modo honrado y digno.

La fábrica de pólvoras «Santa Bárbara», de Oviedo, cuya instalación
quizá debería estar en Manufacturas, presenta una colección completa
de los explosivos que fabrica, imitación, como es natural, de los
mismos, pues no son las Exposiciones polvorines de guerra, figurando
entre ellos: pólvoras de cañón, granadas, prismáticas y para cañones
de tiro rápido, pólvoras sin humo, de mina y de caza, en serie tan
detallada, que su relación sería interminable.

[Ilustración: PALACIO DE MINAS]

Las sales de Onofre Caba están muy bien presentadas, brillando por
su blancura, grano fino y, según dice el fabricante, su pureza.
La purificación de las sales marinas resulta siempre un elemento
importante de higiene pública.

También figuran las salinas de Cádiz de la compañía «Unión», que ha
alcanzado muchos premios en diferentes exposiciones.

Las colecciones de fosforita concrecionada, cinabrios de Almadén,
Aller y Mieres, calaminas, piritas de hierro, etc., no pueden ser
más pobres en cantidad ni estar peor presentadas; sólo un ejemplar,
un bloque de galena de la mina Arrayanes de Jaén, hace alguna figura
entre tanto ejemplar desmedrado y pobre de la sección española.

De Cataluña he visto poca cosa, algunos mármoles jaspeados de
Tarragona, por cierto pobremente presentados; los minerales de hierro
de Celrá con sus rubios avenados de indudable porvenir, y paren
ustedes de contar.

Como elemento técnico, el plano geográfico de España y su carta
geológica, con multitud de memorias explicativas escritas por nuestro
respetable Cuerpo de Minas; algunos hornos; planos de minas de
Almadén y especialmente de varios pozos de las mismas, es cuanto ha
llamado mi atención.

Más notables y mejor presentadas me han parecido las colecciones
de la Cámara de Comercio de Santiago de Cuba, del Real Colegio de
Escuelas Pías de la Habana, del catedrático de Paleontología de la
Habana, Vidal y Careta, las fotografías de calcedonia cúbica, cuarzo
estalactítico y una bonita colección de piritas de hierro y manganeso
de Tirso Roca, etcétera, etc.

Es también notable un bloque de asfalto bituminoso de la mina «Ángela
Elmira», de Cuba, presentado por Antonio Ragusa, que me ha parecido
digno de mencionarse por su composición:

  Asfalto.  70 por 100
  Agua.      5  »   »
  Sílice.   25  »   »

Y siendo todo esto lo más notable, juzguen los inteligentes en
achaques de minería por lo que falta, del poco lucido papel que en
este ramo hace España, en la Exposición colombina.



[Ilustración: PALACIO DE TRANSPORTES]

Las secciones españolas de Guerra y Marina


Debo á la cariñosa amistad del Comisario del Ministerio de la Guerra,
D. Juan Cologan, distinguido ingeniero militar que ha instalado
primorosamente la colección de piezas y modelos de los museos de
artillería é ingenieros del ejército, enviada á Chicago por nuestro
ramo de guerra, la relación, razonada para hacer resaltar su
importancia, de los objetos expuestos, con singular lucimiento, en
el edificio de Transportes de esta Exposición Universal. He cuidado
siempre, al escribir estos artículos, de que precediera, al juicio
formado, un estudio serio de los asuntos tratados, para que, donde no
llega mi competencia, la sustituya otra más autorizada por ser propia
de especialistas y de personas de reconocido saber y experiencia.
Y hecha esta salvedad de una vez para siempre, que no padezco el
achaque tonto de quererlo tratar y saber todo, haciendo justicia á
cuantos amigos me han ayudado con su valiosa colaboración alcanzada
con el continuo trato y cruce de ideas, observaciones y comparación
de objetos, creo que todos estos elementos reunidos servirán para
que los benévolos lectores de este libro, formen, al fin de la
jornada, concepto claro de lo que significa el concurso de España
en la Exposición de Chicago, y del resultado probable obtenido para
honra patria, por los diversos elementos acumulados en las secciones
españolas de la misma.

Una de las colecciones más notables del cuerpo de artillería es la de
piezas antiguas prestadas por el museo de Madrid, presentando fases
interesantísimas y dignas de estudio, de la fabricación de cañones
desde fines del siglo XV hasta principios del presente.

  Bombarda verso.         { Hierro forjado.
                          { Duelas, manguitos y aros.

  Medio ribadoquín.       { Principios del siglo XVI.
                          { Hierro forjado de una pieza.

  Medio cañón bastardo.   {
  Sacre.                  { Piezas de bronce construídas
  Falconete.              {   entre 1500 y 1530.
  Sacabuche.              {

  Cañón de hierro batido  { Hierro forjado. Construído
    de los llamados       {   por D. Manuel de Anciola
    de 12 libras.         {   en Tagollaga, en 1763.

  Obús de hierro batido   { Hierro forjado. Construído
    de los llamados de 6  {   para el Pretendiente en
    libras.               {   Tagollaga y en 1837.

La fundición de bronce de Sevilla presenta:

Un cañón de bronce comprimido de 15 centímetros, que proyectó el
coronel Verdes. Pesa tres toneladas y se emplea en servicios de plaza
y sitio.

Un obús de bronce comprimido de 15 centímetros, que, para plaza y
sitio, con peso de una tonelada y cureña de eclipse, proyectó el
comandante Mata, y

Un mortero de bronce comprimido, de 15 centímetros que pesa 475
kilogramos y sirve para sitio y plaza, proyectado también por el
comandante Mata.

El esfuerzo de nuestros artilleros, encaminado á aprovechar las
grandes existencias de bronce de cañones antiguos que tenemos,
fabricando piezas de bronce comprimido, merece un elogio
incondicional, porque no sólo muestran su patriotismo aliviando
las cargas del Tesoro, sino grandes condiciones de inteligencia
y conocimientos técnicos, al vencer las grandes dificultades
que se presentan cuando se quieren fabricar piezas aceptables,
compatibles con las exigencias modernas de la artillería. Y que
estas dificultades se han vencido, lo dicen los datos que he podido
hallar y que al parecer demuestran que las recámaras resisten,
en buenas condiciones, las altas temperaturas producidas por la
deflagración de la pólvora, soportando las rayas, sin contratiempo,
el paso del proyectil. Las experiencias verificadas al ensayar estos
cañones, haciendo unos 300 disparos, han demostrado que las piezas
han resistido tan intenso trabajo sin experimentar, sus condiciones
balísticas, grandes modificaciones. A pesar de esto, las personas
inteligentes opinan que, el empleo de este metal, se limitará á
ciertos y determinados calibres, siendo el máximo admitido para
cañones, el de 15 centímetros; en cambio, en los morteros, por sus
especiales condiciones, podrá emplearse el bronce sin limitación
alguna.

Se emplea, pues, para cañones de mayor calibre, el acero, denominado
metal guerrero por excelencia, como lo demuestra Krupp en su cañón
monstruo de 122 toneladas, y las planchas de blindaje modernas,
atribuyéndose á la asociación del acero y el níquel, los grandes
progresos alcanzados en la fabricación de éstas últimas.

La fábrica de Trubia presenta:

Un cañón proyectado por el capitán Sangran para la artillería de
montaña de Filipinas. Es muy ligero y ha demostrado en las pruebas
poseer excelentes condiciones. Se exhibe sobre polines por estar aun
en estudio el proyecto de cureña.

Un cañón de acero, montado en su cureña, proyectado por el coronel
Sotomayor. No es esta pieza la de campaña que dió tanta fama á aquel
distinguido artillero, y que hoy constituye el cañón reglamentario de
las baterías de á caballo, sino una modificación del mismo, en que el
mecanismo de cierre ha sufrido algunas alteraciones para la adopción
del estopín de percusión, con la idea, según se me indica, de aplicar
la pólvora sin humo.

Pero no son únicamente las condiciones excepcionales de esta pieza
las que han dado á su autor tanta fama y popularidad, sino la prueba
ó el resultado de los esfuerzos titánicos hechos por el coronel
Sotomayor, para emanciparnos del extranjero, en la fabricación del
material de guerra. Este resultado alcanzado ya casi en España, se
debe al coronel Sotomayor, á cuyo nombre parece justo asociar los de
Ordóñez, Mata, Plasencia, Verdes, Francés, Sangran, Ferrer, Lerdo,
Milán, Rivera, Freyre, cuyo cierre se ha aceptado en los Estados
Unidos para algunas piezas, Marcilla y Brull que han perfeccionado
gran parte del armamento moderno.

La fábrica de armas de Toledo, exhibe:

Una rica colección de reproducciones de espadas, dagas, alabardas
y chuzos, figurando, entre las primeras, las de Isabel la Católica,
Hernán Cortés, El Gran Capitán, Pelayo, Felipe II, etc., etc., y una
preciosa rodela, copia del siglo XV, de acero repujado, cincelada,
incrustada y damasquinada en oro y plata.

La Pirotecnia militar de Sevilla expone preciosos estuches con
espoleta, estopines, cartuchos y balas para fusil; el Parque de
Barcelona diferentes fases de fabricación del Baste para el cañón
de montaña Plasencia; el Parque de Sevilla, juegos de armas, un
carretón de trinchera y atalajes y monturas que han llamado la
atención por su buen material y excelente mano de obra; la fábrica
de armas portátiles de Oviedo, cuatro panoplias formadas con las
variadas piezas que el arte transforma para fabricar el fusil que ha
usado últimamente nuestro ejército y que hoy se está reemplazando
para no quedar rezagados, en este período de constante progreso. S.
M. el Rey, el precioso modelo de un cañón de bronce, y el Museo de
Ingenieros del ejército una colección de modelos, conocidos ya, en
su mayor parte, en Barcelona, que llama vivamente la atención del
público por la perfección con que está hecho, y sobre todo, por el
sistema de decorado que da á los modelos un aspecto de realidad, en
los territorios, fielmente representados. Puedo citar entre ellos
los de Cartagena, Jaca, Bilbao, obras del canal de Vento para el
abastecimiento de aguas de la Habana y la batería de Podaderas de
Cartagena, que por su tamaño y la perfección del tallado del mar y
las rocas, y la ingeniosa disposición de las piezas movibles que
constituyen la batería propiamente dicha, atrae constantemente la
atención de la concurrencia.

Se expone también en esta sección una colección de armas,
herramientas, equipos y monturas del arma de caballería, instalada
con mucho gusto y arte en muebles remitidos de España.

De esta colección ha merecido entusiastas elogios la montura flexible
de bandas automáticas del comandante Valdés por las condiciones de
adaptabilidad á caballos de distinta configuración.

Por último, hallo en esta sección una colección numerosa de libros
escritos por oficiales del Ejército. Pasan de trescientos los
volúmenes expuestos, y aunque su número y la extensión de las obras
impida formar concepto de su contenido, sin embargo, por los títulos
que aparecen escritos en los Catálogos, la variedad de los asuntos
tratados y la significación de los autores, conocidos en el Ejército
y fuera de él, nadie juzgará que sea inmerecida la calificación
de notabilísima con que puede honrarse la Sección técnica y
bibliográfica de los institutos armados de España.

Forma sección aparte, en el edificio de Transportes, la Marina de
guerra española, y quien no conozca su valimiento y su significación
en el mundo, desconoce ciertamente la historia universal. Agrúpanse
en la sección tres elementos importantes: un precioso modelo de la
carabela Santa María, lazo curioso de la historia marítima de la
patria, entre la marina de guerra y la comercial; algunos ejemplares,
modelos de antiguos navíos y otras embarcaciones de interés
histórico, y algunos modelos de la Trasatlántica española que preside
el busto del insigne naviero Antonio López.

Como elementos varios, cuento, como más notables, las jarcias de
la fábrica de Cartagena; las lonas y redes de Pedro Alier, de
Barcelona; los modelos de cañones para la marina, sistema Hontoria;
una ametralladora, de valor histórico, construída el año 1830
en Cartagena, y el cañón de tiro rápido Sarmiento, de mecanismo
sumamente ingenioso y probado con gran éxito.

Falta ya sólo citar el solígrafo de Ristori, que inspecciona
automáticamente el ánima de los cañones con precisión admirable, y
que ha sido juzgado muy favorablemente; y la obra de Arqueología
naval, considerada como un trabajo de primer orden, de Rafael Monleón.

Grato es para el que esto escribe, trasladar aquí, la impresión
favorabilísima que ha causado en Chicago, la fecunda y patriótica
labor de los soldados de la patria.



[Ilustración: PALACIO DE LA MUJER]

Las secciones españolas de Señoras y Forestal


La modestia no es virtud americana, y así como estas gentes creen de
buena fe que sus hombres y sus cosas son lo mejor del mundo, de la
misma manera y con igual buen sentido opinaban que la mujer española,
embrutecida por la domesticidad y la esclavitud, no servía más que
para dar hijos al mundo, y doblar humildemente la cabeza ante su
dueño y señor, el hidalgo altivo de las leyendas patrias.

Colocada la mujer española en nivel tan bajo, creyóse que la
preciosa decoración que había de encuadrar los bordados, las
pinturas, los libros, y la música que enviaban las señoras españolas,
sería un pabellón de colores brillantes que escondería lo vil de
la mercancía, y las _ladies managers_ no creyeron nunca que la
señora Dupuy de Lome pudiera presentar un conjunto de trabajos que
respondiera á los ideales de una época de civilización y progreso,
negado hasta hace poco tiempo, á la mujer española.

Pero, en esto, como en muchas otras cosas, han cambiado de opinión
las señoras americanas; lo que parecía ancho espacio para el trabajo
de la mujer española, resultó menguado; la decoración que debía serlo
todo, queda siendo lo que debía ser: un marco digno del cuadro que
con singular pericia ha montado nuestra compatriota la señora Dupuy
de Lome, y como los materiales de que dispuso son una hermosa muestra
de que la mujer española sintetiza todos los encantos, que nadie
más que ella es hermosa, buena, digna é inteligente, la instalación
española de Señoras honra á nuestra patria, poniendo un reparo, que
no podrá ya negarse, á la murmuración y á la falta de conocimiento
que ostentaron hasta ahora, con notoria injusticia y ligereza, las
ladies americanas.

La instalación montada delante del portal del sur del Palacio de
Señoras, reproduce, en escala reducida, el claustro típico de San
Juan de los Reyes, de Toledo. Sus anchos ventanales en ogiva dan
paso á la escasa luz que, por deficiencias del edificio, recibe
del salón central, la puerta de entrada y las ventanas mezquinas
del Palacio, y encerradas dentro de cristales de una sola pieza,
aparecen, en democrático conjunto, las obras de S. M. la Reina
Cristina, las infantas de España, las damas de nuestra aristocracia,
las señoras de la clase media y baja, sin más preeminencia que la
revelada por el mérito del trabajo expuesto, y que constituirá
siempre, pese á la estúpida manía igualataria de la época, la
aristocracia del espíritu, la más alta, la más pura, la única que
sólo puede transmitir la alta soberanía de Dios.

Guiado por la bondad de la comisaria señora Dupuy de Lome, llamó
mi atención la preciosa acuarela de S. M. la Reina; dos acuarelas
bien sentidas de la Infanta Paz, que revela además en sus poesías
la belleza de su alma; dos bordados modelo de Dolores Sivilla y
Enriqueta Menchaca, tan primorosos y acabados que se han puesto
en una vitrina especial á petición de las señoras americanas;
bordados, en forma de medallones del Rey, la Reina y el Rey Alfonso
XII, de María Gutiérrez de Diego; los bordados en blanco de Águeda
de Cansegundo, de Salamanca; Luisa Robres, de Alicante; Polonia
Prieto, de Madrid; Juliana Grajera, de Villafranca de los Barros, y
Exuperancia González Sánchez, de Ciudad Rodrigo.

Los encajes y las blondas de la Viuda é hijos de José Fiter, en
blanco y negro; las blondas y los encajes hechos á mano de la Viuda
Vives, tan conocidos en Barcelona, y cuyos géneros han causado aquí
verdadera admiración; los encajes á mano de Virginia Rodríguez
Sampedro, y los que ha enviado la comisión de señoras de Palma de
Mallorca y Tenerife, todos son notables y dignos de figurar entre los
mejores de esta Exposición.

Entre las composiciones musicales presentadas, figura, en primer
término, Luisa Casagemas, con su «Schiava é regina,» cuyas dos
partituras han sido premiadas por su música agradable y bien escrita;
siendo también notables las obras de Rosa Mestres, Ascensión Martínez
y otras.

En el Congreso de religiones han llamado la atención los libros de
las señoras españolas, entre las que sobresalen las que han dedicado
sus estudios á la filosofía, teología, poesía é historia. El número
total de libros expuestos en la biblioteca es de 283, en cuyas
portadas figuran los nombres ilustres de Santa Teresa, Concepción
Arenal, Pardo Bazán, Duquesa de Alba, Biedma, Isabel de Faber,
Coronado, Juana de la Cruz, García Balmaseda, Gayangos, Guerrero de
Flaquer, Gómez de Avellaneda, Grases, María de Agreda, Massanés,
Pilar de San Juan, Barrientos, y otras que sería prolijo enumerar.

En pedagogía, la cartilla sistema Frœbel, de Gloria Téllez, ha sido
juzgada muy ventajosamente.

Toda la colección de libros ha merecido un premio colectivo en que
se hace resaltar la importancia y el mérito de la obra literaria y
científica de la mujer española.

[Ilustración: PALACIO DE BELLAS ARTES]

Los trabajos expuestos por las señoras de la Habana; los ramos de
flores é imperdibles de plancha de hierro cincelado de Pilar y
Dolores González, de Barcelona; las incrustaciones de las señoritas
de Ibarzabal, de Eibar, las labores y los trabajos de las sordo-mudas
de Valencia y cigarreras de Zaragoza y Valencia, todo ha merecido
plácemes y alcanzado triunfos para la mujer española.

Algo debería decir aquí del Jurado de Bellas Artes que, empezando
por oponer una grandísima resistencia al examen de las obras de la
mujer, en general, después de no pocas discusiones y protestas,
consiguióse el examen _rapidísimo_ de las pinturas y esculturas
presentadas por las artistas españolas, tratadas con un desdén que
sólo puede compararse al dispensado á las obras de los mejores
pintores del mundo entero.

Mucho podría decir sobre esta preterición, y el escándalo producido
por la falta de estudio, por el juicio de impresión, por la
independencia consentida á los artistas-peritos al juzgar las obras,
haciendo caso omiso de las reglas del Jurado, cuando todos los
demás las hemos acatado y obedecido, por más que no las juzgáramos
acertadas; pero, como alguien podría creer que obedezco á miras
interesadas aunque sea justo el sentimiento que me ha causado la
derrota sufrida por los artistas españoles en Chicago, dejo que
personas más peritas que yo aclaren los misterios y traduzcan los
hechos, acudiendo á las causas que han motivado tan triste resultado.

Y antes de terminar todo lo que se refiere á las secciones españolas,
algo he de decir de la sección forestal, que habría podido ser una de
las más interesantes de España y resulta tan pobre y tan deslucida
que siento me haya tocado en suerte su instalación, y no haber
conseguido que se renunciara á presentar colecciones que revelan
descuido y poquísima diligencia en cuantos han intervenido en su
remisión.

No quiero hablar de las mezquinas colecciones enviadas por algunos
Institutos, cuyos nombres no quiero recordar; no he de mentar tampoco
á los taponeros de la provincia de Gerona, que menos diligentes ó
quizás más apasionados que los de las provincias de Extremadura y
Andalucía, no han enviado aquí sus productos, sin rival en el mundo;
Dios me libre de dar cuenta del papel que hacen representar á España
los que envían colecciones oficiales, y muy hermosas por cierto, de
las islas Filipinas, sin estar catalogadas, clasificadas y con el
nombre científico y vulgar de la especie, puesto en las respectivas
etiquetas, porque todo esto me llevaría donde no quiero ir, y me
haría decir lo que más vale callar.

Gracias que Cuba ha enviado tres grandes piezas de caoba que por su
finura y veteado llaman poderosamente la atención; que en el centro
de la instalación he podido montar con cierta fantasmagoría, que
sólo puede engañar á los ignorantes, unos paralepípidos de madera de
Filipinas que, por su variedad de fibra, finura y color, empalmados
al tope, forman un prisma de base rectangular de unos tres metros
de altura que viste y da apariencia á la Sección; que la casa
Torrebadella, de San Martín de Provensals, ha enviado algunas cascas
para curtir pieles, de excelente calidad, y que algunos taponeros
han remitido de Extremadura y Andalucía, con algún ejemplar de
corcho bornizo y segundero en planchas, algunas cajas de tapones
presentables que no dejan olvidar ciertamente los excelentes tapones
para Champagne ni las topetas homeopáticas de la provincia de Gerona,
tan admirados por la bondad de la primera materia y la excelencia de
la mano de obra, en la Exposición de Barcelona.

No menciono tampoco lo que habrían podido enviar los distritos
forestales, y con el sentimiento natural de quien ve lo que habría
podido ser la Sección forestal de España y lo que es, termino las
correspondencias referentes á las secciones patrias, en la Exposición
de Chicago.



[Ilustración: VISTA DE LA COUR D’HONNEUR]

EPISODIOS DE LA EXPOSICIÓN

Los Infantes de España doña Eulalia y don Antonio en Chicago


No es cosa fácil seguir, ni siquiera con el pensamiento, la serie no
interrumpida de banquetes, bailes, conciertos é iluminaciones que
durante la permanencia de los Infantes en Chicago, se han ofrecido
á tan augustos huéspedes, y menos fácil ha de ser para mí, que
ocupaciones precisas me han distraído y privado de lo que ha sido
motivo de honda satisfacción para los españoles.

Excuso, pues, hablar de fiestas que la galantería internacional
ha adornado con todos los encantos del lujo y los atractivos de
la belleza, para relatar las puramente españolas, dadas por los
Infantes, con motivo de la apertura de nuestras secciones en los
palacios de la Exposición, que han honrado con su asistencia, dando
ostentoso realce á nuestros trabajos.

Al día siguiente de su llegada, quedaron abiertas la sección de
Mujeres y la de Vinicultura; ayer lo quedaron también la de Bellas
Artes, Minería, Agricultura, Transportes, Manufacturas y el pabellón
de España, copia de la Lonja de Valencia en escala reducida, obra
primorosa que cobija nuestros mejores cuadros y centro donde se
congregaron ayer tarde las personas más visibles de Chicago, los
jefes de todos los Departamentos de la Exposición, las Delegaciones
extranjeras y público numerosísimo, que invadió la planta baja al
salir los Infantes de la inauguración.

Desde las doce de la mañana, las avenidas de nuestra sección de
Manufacturas estaban invadidas, costando trabajo mantener las vallas
y el orden; pero, siendo el recorrido tan largo, la Infanta, asediada
por la multitud que tocaba sus ropas con una avidez extraordinaria,
llegó á las cuatro y media de la tarde sumamente cansada, siendo
además tanta las afluencia de gente que era imposible dar un paso
por los ámbitos de la sección. Con tanto barullo y cansancio era
difícil poder enseñar á la Infanta los objetos expuestos, por cuyo
motivo fué indispensable pasar rápidamente entre la multitud para
sostener las ansias de este público, y sobre todo las de estas
mujeres, dentro de los límites marcados por la consideración y el
respeto.

[Ilustración: PABELLÓN DE ESPAÑA]

Al frente de cada sección estaban los respectivos comisarios
esperando á la comitiva real, agregándose luego á ella para salir
juntos de Manufacturas y embarcarse en una falúa eléctrica que nos
condujo al Pabellón de España.

La banda del regimiento que lleva el nombre de Zaragoza tocó
la marcha real, mientras entraban los Infantes y su comitiva al
Pabellón, en donde esperaban varias señoras de la colonia española
y cubana, y la multitud de personas que habían sido invitadas á la
fiesta inaugural de las secciones de España en Chicago.

Breve fué también la estancia de las altezas reales en el Pabellón,
el necesario para recorrer la planta adornada con los cuadros que han
enviado el Ministerio de Fomento y varios expositores, cuyas obras
no han cabido en las salas del palacio de Bellas Artes, con plantas,
flores y alfombras, y tomar el _lunch_ ofrecido por la Delegación á
los Infantes, del que participó toda la comitiva, invitados y cuantos
se acercaron á la mesa y se asociaron á la fiesta inaugural de la
gran familia española.

Por la noche, la Infanta había convidado á su mesa á los Directores
de la Exposición, siendo recibidos más tarde todos los que, directa
ó indirectamente, hemos contribuído á enaltecer el trabajo español
en Chicago, teniendo para todos frases de halago é interesante
conversación.

Por lo que á Cataluña, y á Barcelona se refiere, muy especialmente,
procuraré reproducir textualmente las palabras que se dignó
dirigirme la Infanta, cuidando de que la memoria no me sea infiel.
«Siento, dijo, no haber podido visitar más detenidamente la sección
de Manufacturas y admirar los productos catalanes; ya sé yo que
Cataluña va á la cabeza de los adelantos industriales, y que aquí,
como á donde vaya, hará siempre un brillante papel; felicítola, pues,
en nombre de la Reina, que me lo ha recomendado expresamente. Además,
diga usted que no olvido, ni olvidaré jamás las atenciones delicadas
que me prodigaron en Barcelona». Y al darme á besar su mano á última
hora, insistió en que supiera Barcelona el recuerdo gratísimo que
guarda de los días pasados en nuestra capital.

Agradecí como pude tan sentidas frases, que recojo y transmito con
exacta fidelidad, como debió ser fiel también mi pensamiento al
manifestar á la Infanta Eulalia que Cataluña y Barcelona agradecerían
vivamente la felicitación de S. M. y la suya, como yo estimaba la
alta honra que me dispensaba al hacerme mensajero de tan gratas y
sentidas manifestaciones.

Hoy, á las ocho de la mañana, dos escuadrones de caballería estaban
ya apostados junto al Palmer House, esperando la salida de los
Infantes; á las ocho y media entraban en el Michigan Depôt, dando
la Infanta el brazo al Mayor de la ciudad, Mr. Harrison, toda la
comitiva real y la Delegación española con las señoras de la colonia,
que han ofrecido por última vez sus respetos á los ilustres viajeros.
A los pocos minutos partió el tren, oyéndose un ¡Viva la Infanta
Eulalia! que fué cordialmente contestado.

La estancia de los representantes de la Reina de España no podía ser
larga si había de evitarse que cediera por cansancio el entusiasmo
que han despertado en los Estados Unidos, las nobles cualidades de
la Infanta Eulalia, que ha cuidado de los prestigios del trono, los
intereses patrios y las susceptibilidades de las democracias con un
tacto exquisito propio de la augusta dama á la cual se ha confiado
una misión delicadísima, cuyas dificultades comprenderán fácilmente
cuantos conozcan la idiosincracia de un pueblo que juzga que todas
las americanas son reinas, y los hombres libres y soberanos en el
seno de una sociedad que, apenas nacida, se cree superior á cuanto ha
existido en el mundo, cantando cada día sus glorias y sus triunfos
con un desenfado y un tono épico que enamoran.

Los Infantes no han abusado de la hospitalidad cordialmente otorgada
por este pueblo y del entusiasmo legítimamente conseguido, y esta
mañana á las ocho y media Chicago los ha despedido con pompa y
afecto, envanecido del pleito homenaje rendido por la realeza á
la democracia americana, y del éxito que ha coronado las fiestas
dedicadas á Colón y á sus ilustres descendientes.



[Ilustración: CONVENTO DE LA RÁBIDA]

La llegada de las carabelas


Una lancha de vapor del buque de guerra «Michigan», nos espera á
las ocho y cuarto de la mañana en Van-Buren; la Delegación española
acude puntualmente á la cita y se embarca pocos minutos después.
Llegamos al vapor, nos recibe galantemente el comandante del buque,
y mientras recorremos el barco, que brilla como una taza de plata,
llega el ministro de Marina, presentan armas los tripulantes, se
iza la insignia de ministro á bordo, y desde el puente, é iluminada
por un sol tropical, contemplamos la ciudad, los yachts empavesados
que siguen la estela del «Michigan», y el movimiento, de algo que
conmueve á estas gentes ansiosas de contemplar el acontecimiento
histórico preparado, discutido y ensalzado hace muchos meses por todo
el pueblo americano. Pásase una hora hablando con las señoras que
han querido asociarse á la gran fiesta hispano-americana, y á las
diez nos avisa un marinero de parte del comandante, que la flotilla
española está á la vista: el vapor acelera la marcha, la tripulación
se agrupa ansiosa en los puentes para ver aquella flota extraña,
remolcada por un buque mercante, á cuyo frente va la «Santa María»,
siguiendo la «Pinta» y la «Niña», moviéndose lentamente en aguas
apenas rizadas por el viento, empavesadas las carabelas, cubiertas
de banderas, celebrando la fiesta memorable y la gloria más pura de
nuestra historia y la más transcendental del mundo entero: la llegada
de Colón al continente americano, la tierra soñada de su ambición,
el paraíso que pintaba en su cerebro su poderosa y ardiente sangre
genovesa.

Nadie tiene alientos para gritar, ni para levantar la voz; el
«Michigan» se pone á media milla de la flota y rompe el fuego
saludando al pendón de Castilla, que flota en sus mástiles, dando la
señal á los demás barcos, que rompen un fuego graneado contestado por
los falconetes de la «Santa María», pigmeos de hace cuatro siglos
saludando á los colosos de los tiempos modernos.

La Delegación española, ansiosa de saludar á nuestros compatriotas, y
algunas señoras españolas y americanas, saltan á la lancha de vapor
que nos espera y en un momento nos ponemos á estribor de la «Santa
María», donde nos recibe el comandante Concas con la cordialidad y el
cariño que es de agradecer al que ha dado á su país tantas pruebas
de abnegación y á las glorias patrias testimonios tan elocuentes
de respeto y amor, mantenidos hasta el fin de la jornada con la
inteligencia y el valor que otorgan al capitán Concas una página
honrosa en la historia de España.

[Ilustración: LA NAO SANTA MARÍA]

Por lo que á mí toca, yo no olvidaré jamás el momento en que pude
abrazar al compañero de colegio, al amigo de toda la vida que llega
rodeado de tantos prestigios á la tierra americana, fiel guardador y
altivo representante de una gloria que nos envidian todos los pueblos
y todas las naciones de la tierra.

Pocos instantes después recorremos la nao, saludando con veneración
aquellas reliquias que son nuestro orgullo, recuerdos de mejores
días, y pedazos de aquella patria que, en tierra extraña, crece
y se agiganta con los esplendores de sus variados climas, de
sus artísticas ciudades y hermosos campos, que recuerda nuestro
pensamiento con amor de hijos apasionados. El «Michigan» lanza un
cable para tener la honra de remolcar la flotilla de _Columbus_;
la marina de los Estados Unidos se pone al frente del convoy, que
treinta yachts, en doble fila, escoltan mientras va en columna de
honor al fondeadero junto al convento de la Rábida. A medida que
nos aproximamos á la Exposición, el número de lanchas eléctricas
y de vapor va creciendo, agitándose alrededor de la escuadrilla,
solicitadas por la ansiedad de las señoras del país que van en ellas
ávidas, de influir directa y poderosamente en los acontecimientos
históricos del pueblo americano.

A media milla escasa de la Exposición, la «Santa María» ancló en
el lago, «El Michigan» recoge el cable, y en medio de un silencio
solemne empieza el cañoneo que contestan los demás buques y la
nao, ante un público numerosísimo que contempla el espectáculo
mudo y como dominado por uno de los acontecimientos más hermosos
que ha presenciado el mundo en este siglo. Al cañoneo sigue la
manifestación de los vapores y lanchas, pitando todos á un tiempo, y
lanzando grandes chorros de agua y de vapor á 6 y 7 metros de altura,
pareciendo _geyseres_ salidos del fondo de las aguas para saludar y
admirar la gloria del gran genovés.

Al propio tiempo, esquifes y piraguas, llenos de indios ostentando
las galas de sus fiestas, con sus cuerpos que brillan al sol, se
dirigen rápidamente á la nao para saludar al _the modern Columbus_,
al representante de aquel hombre blanco que debió parecerles un Dios,
y que trajo á esta tierra la civilización cristiana, desfigurada por
los que persiguen al indio é invaden sus tierras, con tendencia á su
ruina y aniquilamiento.

Los españoles estamos sobrecogidos de admiración, el espectáculo de
hoy vale el viaje y compensa las amarguras de toda clase que aquí
hemos pasado. Es difícil ver ya en este orden de cosas algo semejante
á lo que hemos presenciado y aplaudido.

Concas desembarca seguido por los marinos de guerra y la Delegación
española en la explanada que hay enfrente del palacio de Agricultura,
en donde esperan, en perfecta formación, tropas inglesas, alemanas,
rusas, italianas, infantería, caballería y artillería de los Estados
Unidos, y cerrando el cuadro, caballería árabe, con sus típicos
albornoces y espingardas, dando á todo un colorido riquísimo que sólo
el pincel de Fortuny sería capaz de copiar fielmente.

[Ilustración: LAS CARABELAS NIÑA Y PINTA]

El resto de la fiesta entra ya de lleno en el cliché cursi americano;
cuatro ó cinco señores subidos en alta plataforma peroran largo
rato ensalzando la gloria de Colón y la civilización americana,
aplaudiéndose frases como ésta: «es una gloria ser español, es una
gloria ser inglés, es una gloria ser americano, pero es más glorioso
ser hombre»; y como yo no entiendo el alcance de estos pensamientos,
también aplaudo con los que aplauden, poniéndome á la altura del gran
pueblo americano.

No podía faltar el _lunch_, el champagne, _extra-dry_, los brindis de
rúbrica, y cuanto da á los grandes acontecimientos actuales el aire
de vulgaridad de los tiempos democráticos que atravesamos, y que son
el triste despertar de todo el que siente, piensa y padece en este
mundo de miserias.

No es fácil que baste esta sencilla descripción para formar concepto
claro de lo que he visto en este día memorable; ha sido todo ello tan
hermoso, que ni la imaginación pide más color, ni el pensamiento más
grandeza, ni el corazón goce más sentido. Si el espíritu de Colón
pudo presenciar tanta belleza, bien pudo creer que aquel paraíso
soñado lo crearon los hombres para su gloria, en un solo día y una
sola fiesta, á orillas del gran lago Michigan.



La catástrofe


A la una y media de la tarde de ayer los teléfonos circulaban á
los cuartelillos de bomberos la triste noticia de que ardía el
edificio destinado á la conservación de substancias por medio del
frío, llamado «Cold storage house». Este edificio, situado en el
recinto de la Exposición, era inmenso, pertenecía á una sociedad y
ofrecía al público diferentes servicios, relacionados con aquélla,
siendo á la vez instalación de productos frigoríficos, destinados
á la propaganda y al estudio. Su arquitectura extraña le daba, á
excepción de las torres central y laterales, aspecto de convento, de
grandes paramentos desnudos con puerta central barroca, desligada
completamente del estilo dominante en aquéllas.

Por su arquitectura, no era fácil formar concepto del destino que
tenía aquel inmenso palacio, de cuya torre central se veía salir
constantemente un penacho de humo blanco, no sé si vapor ó gases que
escapaban por la chimenea central á unos 50 metros sobre el nivel de
los campos de la Exposición.

De repente, el cupulino central empezó á arder, la gente á alarmarse
y el personal de bomberos á trabajar con ardor para vencer al
enemigo. Ahí, cuando se quema el hollín de una chimenea, bastan
unos cubos de agua ó el enrarecimiento del aire, tapando la boca de
la conducción de humos para acabar el fuego; aquí, una chimenea de
palastro puesta en contacto con materiales de construcción que arden
como tea, es un peligro tan inminente que nadie duda del resultado,
ni aun contando, como se cuenta aquí, con un servicio de bombas y
un personal entendido y valiente, capaz de todos los sacrificios
y dispuesto á la obediencia ciega y pasiva del soldado. Aquella
llama que ardía en la cúpula parecía de fácil acometimiento, y los
bomberos, obedientes y sumisos al mando del jefe, escalaron la torre
y empezaron á combatir las llamas.

A los pocos minutos, el fuego traidor, escondido en la cubierta,
estalló de repente en la base de la torre, y aquellos hombres,
guiados por un noble sentimiento, vieron con terror que á la altura
de 150 pies se hallaban rodeados de llamas por todas partes,
formando una pira infernal de staff y madera que no tardaría en
consumirse más tiempo que el necesario para formular la resolución
extrema los que habían de elegir, en breves segundos, entre morir en
un brasero ó aplastados contra el suelo.

Un grito hondo de angustia, lanzado por 20,000 personas que
contemplaban la catástrofe, advirtió á aquellos desdichados la
realidad de su situación. De pronto, se observó que aquellos hombres
se arremolinaban, se apoyaban unos contra otros, como buscando
mutua protección, silenciosos, convencidos quizá de que era inútil
pedir ayuda, que sólo milagrosamente podrían alcanzar. Del grupo se
desprende violentamente un bombero, desata una cuerda, forma un nudo,
la cuelga de un ángulo saliente de la torre y empieza á descender.
La atadura cede, y el desdichado bombero se desploma y muere al pie
del muro. Los demás, con la asfixia en el pecho, y el terror de
las llamaradas que suben como un volcán por el perímetro entero de
la torre, no vacilan ya; unos tras otros se tiran, manteniendo el
cuerpo rígido durante algunos segundos, mientras les queda un resto
de vigor y de esperanza, dando vueltas enseguida, como una campana
que voltea para estrellarse contra las aristas vivas del edificio,
desvanecidos ó locos de terror, muertos antes del choque, rendidos
por las angustias de aquella hora suprema. Dos bomberos, dos íntimos
quizá, se abrazan antes de morir; el último, el capitán, coge una
cuerda hallada en una de las aristas, empieza á bajar, y la cúpula
cede, y cede la torre, y el hombre desaparece confundido entre los
materiales que arden, formando un montón informe, brasero inmenso en
donde se calcinaron en un momento los huesos de aquel héroe, víctima
voluntaria de su deber y su propio error.

Las gentes ya no tienen valor para presenciar aquel terrible
espectáculo, los hombres más bravos vuelven la cara, las mujeres
lloran y se desmayan, y el incendio crece azotado por el viento,
viéndose en las innumerables ventanas del edificio puntos luminosos
que corren y se propagan con una velocidad aterradora.

Una hora después todo el palacio ardía, las torres laterales se
desplomaban, y no quedaban en el aire más que los hierros retorcidos,
formando extrañas figuras, obra de un calambre espantoso en el seno
de la muerte. Los bomberos, ya no luchan, miran agitados á todas
partes, temiendo por la Exposición entera; el edificio más cercano,
un cuartelillo de bombas, arde también, y de las casas cercanas al
sitio de la catástrofe, se tiran ya muebles, ropas... es el pánico
que corre como un reguero de pólvora, ante aquella inmensa hoguera
que necesitaría un mar para apagarse.

Y la muchedumbre que ha ido á Jackson Park á divertirse, á gozar
de un día de sol espléndido, de fresca brisa, se siente agitada
y enloquecida por la palabra «explosión», y de repente, hombres,
mujeres, niños, salimos todos corriendo, sin saber á donde
dirigirnos, temiendo que los caballos nos van á atropellar, caballos
furiosos que no sé de donde han salido y que huyen aterrorizados de
aquel fuego que hace estallar los depósitos de amoniaco empleado en
las mezclas frigoríficas, esparciendo la muerte y el terror por todas
partes.

Por fin, á las cuatro de la tarde, cuando ya no quedan más que cuatro
muros ennegrecidos y el esqueleto de hierro del palacio, la _Morgue_,
la triste _Morgue_ de esta Exposición que ha costado centenares de
vidas y contará las ruinas por millares, se va llenando de cuerpos
carbonizados, de seres que han muerto heroicamente, sin un grito, ni
una protesta, de otros que han sucumbido, sin gloria, aplastados, y
entre ellos alguno que dormía el sueño del borracho, todos mezclados
y confundidos por la igualdad aterradora de la muerte.

Treinta muertos van contados hasta hoy, muchos heridos que también
morirán, viudas y huérfanos que amparará la caridad pública,
constituyen el balance espantoso de lo que es obra del descuido y
de la falta de escrúpulo con que se miran aquí los problemas más
importantes de la vida humana. Si ayer hubiese soplado viento del
Sur, casi puede asegurarse que la Exposición habría ardido toda,
produciéndose una de las mayores catástrofes de la historia.

Hoy cunde la noticia de que la municipalidad de Chicago enviará
una comisión de estudio para averiguar las condiciones de solidez
y seguridad, contra incendios, de los edificios de la Exposición;
pero me parece tiempo perdido y satisfacción irrisoria, porque aquí
se vive de milagro, y todos lo sabemos, sin necesidad de que nos lo
digan los procuradores de la grande urbe americana.



[Ilustración: EL MIDWAY PLAISANCE]

El Midway plaisance


El Midway forma en el campo de la Exposición una especie de anexo,
estrambote alegre de un soneto que guarda la nota picaresca para los
dos últimos versos, siendo los doce primeros obra maestra de afamado
é ilustre poeta. Y que esto es así, voy á probarlo, acudiendo á algo
que está fuera de lo que encierran barracones y palacios, casas
de fieras y templos faraónicos, villajes irlandeses, alemanes y
austriacos, teatros turcos, persas y argelinos, poblaciones javanesas
y campos indios, montañas rusas y Ferris-wheel, porque todo esto
con ser muy pintoresco y muy bonito, si se pone la imaginación al
servicio de esas empresas, aun siendo la descripción muy colorista,
de seguro verá el lector un cuadro más animado cerrando los ojos,
que abriéndolos desmesuradamente, para leer los desabridos párrafos
del colaborador corresponsal de _La Vanguardia_ en la Exposición de
Chicago.

Lo que ya no es tan fácil de ver, es lo que voy á describir aquí,
si no se conoce el país y no se estudian con algún cuidado las
costumbres y la idiosincracia de estas gentes. He visto aquí tantas
cosas y tan notables, que valen la pena de ser contadas, que lo
único que me aflige, es no saber narrarlas con el color local cuya
fiel traducción bastaría para acreditar al autor de tan interesante
estudio. Hoy va sólo una hoja suelta, que no sé si tendré valor algún
día de enlazar con un trabajo de mayor alcance que tendría sumo gusto
en publicar, dedicando á la mujer norte-americana la atención que
merece su rápido desenvolvimiento en el fecundo campo de la libertad.

Los que crean que la mujer libre es en la América del norte una
excepción, se equivocan grandemente; la mujer aquí no tiene, ni
pone límites á sus iniciativas: la niña, la mujer casada ó viuda,
la de alta clase y la de mísera condición, todas, absolutamente
todas, viven según cuadra á su fantasía, sin más preocupación que
el ejercicio absoluto é indiscutible de su libre albedrío y omnímoda
voluntad.

[Ilustración: LA RUEDA FERRIS]

No me chocará que alguien dude de afirmación tan categórica,
porque yo mismo he necesitado ver para creer; hoy ya no dudo, ni
tengo inconveniente alguno en afirmar que la familia, tal como la
entendemos en Europa, tal como la necesitamos y exigimos en España,
no existe aquí. Y porque esto es así, las hipocresías de estas gentes
resultarían tentadoras para Paul de Kock si viviera, y muy dignas
de ser contadas, aunque sea sin llevar la vestidura con que podría
adornarlas pluma mejor cortada que la mía.

¿Quién no conoce en Europa y América el célebre Board of Ladies,
con su palacio destinado al trabajo de la mujer en el mundo, sus
congresos y fiestas espléndidas, sus sesiones borrascosas en que
una dama, haciendo oficios sacerdotales, eleva las manos al cielo
para pedir la bendición de Dios,—que no debe concederla si he de
juzgar poco caritativa y cristiana la manera como se acusan unas á
otras de corruptoras y corrompidas,—y cuanto se ha contado y escrito
acerca de la mujer, desde que aspira á probar que vale más moral é
intelectualmente que el hombre? Pues esas señoras se reunieron un día
en sesión y una de ellas, altamente escandalizada de los espectáculos
ofrecidos al público en el «Midway plaisance», presentó á la mesa una
moción encaminada á investigar detenida y concienzudamente cuántos,
en qué forma, y en qué sitios, se efectuaban los actos inmorales
que la habían afectado tan hondamente, pues lloraba con amargura al
narrar los horrores del «Midway» la dama denunciadora del comité de
señoras de la Exposición.

Nombróse una comisión compuesta de tres señoras, no he podido
averiguar si había alguna soltera entre ellas, para que estudiara
detenidamente el asunto y reconociera los sitios de corrupción en
donde, según pública voz y fama, se falta á las reglas de moral.
Las señoras nombradas aceptaron tan triste misión, y levantándose
las sayas para no mancharse con el lodo de la corrupción, fueron
recorriendo tarde y noche los teatros y barracones de _dancing girls_
en donde se baila la _danse du ventre_ y otros bailes parecidos para
distraer á la bohemia universal que, en todas las exposiciones,
representa el papel alegre de fiestas en que la ciencia y el arte, la
industria y el comercio son excusa poco halagadora para toda clase de
corrupciones.

Lo que aquellas señoras vieron allí, Dios y ellas lo saben; tres días
seguidos con sus noches, dan larga tregua para carga tan pesada, y
tras tanto sufrimiento y amargura tanta, las señoras se reunieron y
deliberaron; las investigadoras relataron dichos y hechos capaces de
sonrojar á una estatua, y las tres estuvieron conformes en asegurar
que preferirían ver muertos á sus hijos que saber que frecuentaban
sitios que prostituyen y rebajan la dignidad humana.

Las tres hijas de Sión lloraron amargamente, y con ellas, la mayoría
del _Board of ladies_, que acudieron inmediatamente á la Dirección
general de la Exposición, para que cerrara los sitios del «Midway»
que escandalizan al mundo con sus horrores é iniquidades.

Al día siguiente, la policía ordenaba al director del teatro persa
la clausura del local. Este pobre diablo que había gastado una
crecida cantidad en montar el espectáculo, y adquirir el derecho
de exhibirlo, quiso averiguar la causa de orden tan radical á los
tres meses de abierta la Exposición, y supo, con sorpresa, que la
reclamación que motivaba la orden de cierre del local, estaba fundada
en la queja producida por las señoras que juzgan inmoral el baile que
se ofrece al público en el teatro persa.

[Ilustración: UNA CALLE DEL MIDWAY]

Las exclamaciones del director resultaron tan expresivas como
pintorescas. «Las señoras del «Board of ladies», dijo, se presentaron
ostentando sus medallas y con la pretensión de que se las colocara
en primer término, sin pagar los derechos de entrada. Accedí gustoso
á la petición, estuvieron muy alegres y satisfechas, tomaron
café _gratis_, y se hacían lenguas de lo bonitas que son _my poor
girls_, y de lo bien que bailan y cantan los típicos aires del país.
Estuvieron _tres horas_ mortales presenciando el espectáculo, y
volvieron al día siguiente con las mismas pretensiones, y alcanzando
los mismos resultados. Si aquellas señoras creen que mi teatro es un
lugar de corrupción, lo mejor que habrían podido hacer era no venir y
no exponerse á manchar sus vestidos en tan inmundo lugar; esto habría
sido mejor para su reputación y mis intereses.»

Lo que ha pasado después no lo sé; registré con cuidado la prensa,
y especialmente _The Chicago Herald_ durante tres ó cuatro días
después de haber publicado la réplica contundente del director del
teatro persa, y no he sabido ver la respuesta de las señoras, que
quizá han creído deber contestar, con el desdén, las insolentes
palabras de aquel galeoto, contentas y satisfechas de haber realizado
tan magistralmente una obra de higiene moral digna de las mayores
alabanzas.

Lo que hay es que, al día siguiente, los teatros se llenaron de
gente de todos colores é iguales vicios; que las _dancing girls_
continúan cantando y haciendo contorsiones y gestos que tienen más de
asqueroso que de lúbrico, y que, después de tantas lágrimas y tantas
exclamaciones que parecen lamentos arrancados de los libros santos,
lo único que se ve claro y evidente es la escasa eficacia que
resulta de emplear plumeros de blando material para barrer y limpiar
cloacas, y que, en cualquiera otra parte que no fuera la América del
norte, lo que se habría visto, sin necesidad de practicarlo, es que,
en aquella prueba quedaría manchada la pluma, quedando la cloaca tan
nauseabunda y tan mal oliente como estaba antes de usar un agente
digno de más altas empresas y más sentidas aspiraciones.



[Ilustración: PALACIO DEL CONCURSO DE LA BELLEZA]

Cosas... de los Estados Unidos


Hace falta aquí una inteligencia de primer orden que estudie
profundamente el movimiento que surge y se desarrolla en este campo
fecundo, donde se aplauden todas las extravagancias, y se conciben y
plantean las ideas más atrevidas y más peligrosas. Estoy tan absorto
y tan fuera de mi centro que á veces se me figura que vivo en un
planeta, que no es La Tierra, y que todos mis prejuicios, ideas y
sentimientos están en rebeldía perpetua en mi cerebro, luchando con
una corriente de fuerzas variadas, cuya resultante no sé hallar, por
más que busco con avidez la verdad, y la dirección que sigue la
novísima y quizás mal definida civilización americana.

Y que esa inteligencia, capaz de abarcar en su conjunto los fenómenos
variadísimos que se realizan en el seno de esta sociedad, es
indispensable que venga á estudiar estos grandes movimientos de la
opinión, lo dice, entre otras cosas, el Congreso de las religiones
que se está realizando en el Art-Palace de Chicago, en donde alternan
las altas dignidades de la Iglesia católica, con protestantes,
mahometanos, budistas, clérigos de levita, señoras... buscando
todos, al parecer, una religión ideal, única, especie de «volapuk»
espiritual que resuma todas las aspiraciones y los ideales místicos
de la humanidad.

Y dijo el presidente en su discurso inaugural: «Nos reunimos aquí
los que buscamos la verdad, las gentes que odiamos el error,
único enemigo de la humanidad». Y han hablado los católicos,
los protestantes de los más variados matices, los judíos, los
mahometanos,—sólo silbados cuando han defendido la poligamia,—los
hijos de Budha y Confucio, y todos han sido estrepitosamente
aplaudidos, porque los concurrentes opinan que en todas las llamadas
religiones hay un fondo de verdad, de justicia y de aspiraciones
elevadas, que son santas y dignas de eterna recompensa.

Y los que nos hemos criado en un rincón de España, donde hemos
aprendido, porque así nos lo han enseñado, que no hay más que una
religión verdadera, y que no debemos admitir siquiera, como no sea
en el santo y fecundo campo de la caridad, á los que profesan ideas
religiosas distintas de las nuestras, al ver á las dignidades más
altas de la Iglesia católica aceptar sin recelos, la cooperación de
personas animadas, sin duda alguna, aun dentro del error, de las
mejores intenciones, en la difusión de diversas ideas religiosas, la
inteligencia mejor templada siente desfallecimientos, pensando si en
este fin de siglo se desatan vientos de rebeldía y de locura en todas
partes ó si de esta civilización, de apariencia externa semejante
á la nuestra, y sin embargo, tan distinta y tan variada porque no
encarna en esta sociedad ferozmente individualista, va á surgir un
mundo nuevo que regenere la sangre y el espíritu de la humanidad.

No tengo fuerzas para dilucidar problemas tan hondos; planteada
queda, en mi concepto, una nueva faz del movimiento religioso en el
mundo, y seguirlo para atajarlo ó encauzarlo, si es menester, será
una obra de alta sabiduría, ya que no es posible sospechar siquiera
que sea sólo episodio de una Exposición, obra en que han intervenido
ó intervienen las más altas inteligencias de todas las iglesias
americanas, y los más templados propagandistas de las religiones
asiáticas y africanas.

Y dejando esta nota, tan llena de preocupaciones y tristezas, otro
signo característico de los tiempos y las sociedades americanas se ha
presentado en los campos de la Exposición con motivo de la fiesta
del Estado de Iowa.

Los Estados de la Unión tienen aquí su casa _payral_, formando los
edificios de cada uno de ellos una calle de variada arquitectura,
extraña á veces, interesantes y dignos todos de visitarse.
Lujosamente amueblados, con salones de lectura, restaurant,
escritorio, miranda, etc., son puntos de reunión para las familias
que visitan la Exposición y hallan aquí un refugio tranquilo y lujoso
en la casa comunal regida á la sombra de la bandera del Estado
respectivo. Cada uno de ellos celebra su fiesta, y los voluntarios
vienen con sus músicas, banderas y uniformes á ostentar su bizarría
en los campos de la _World’s Fair_. Mandados por un jefe de alta
graduación, evolucionan en la gran plaza de la Administración
general, formando en parada y recorriendo las principales calles
de la ciudad blanca. Acude á estas fiestas un gentío inmenso, y
las sociedades desfilan ante gentes curiosas de presenciar los
abigarrados colores de las cintas, los botones y las bandas de la
democracia americana.

El batallón de Iowa ha presentado una novedad que aplauden muchas
gentes, aunque nadie sepa explicarse el entusiasmo que inspiran
cincuenta muchachas uniformadas, que, entre las compañías de
soldados, forman una de amazonas armadas de lanzas, mandadas por
dos muchachas que llevan espada al cinto y evolucionan con cierta
marcialidad á pesar de las faldas y la impedimenta propia del traje
femenino. Nadie explica la misión que se supone á esas muchachas,
porque en tiempo de paz, como no sea por el gusto de lucir unas
faldas y chaquetita azul, una pechera blanca abollada, una gorrita
marinera y unos guantes blancos que suavizan el contacto de un arma
tan inofensiva como es la lanza que llevan, no sé para qué han de
servir.

Por lo demás, y confieso humildemente mi atraso, yo preferiría ver
á esas señoritas remendando las camisas de sus padres y hermanos,
antes que desempeñando un servicio que nadie les exige, y que lucha
abiertamente con la especial condición de la mujer en el mundo.

Pero aquí todo reviste formas tan extrañas, que no hay extravagancia
que no sea acogida con simpatía, capricho que no pueda realizarse, ni
exceso que no pueda consentirse. Figúrense mis lectores, á un jefe de
Estado á quien se le subleva una ciudad, Roanoke-Virginia, en donde
una turba de 3,000 hombres lincha al negro Smith, lo cuelga de un
árbol, forma una pira en la plaza y lo quema; y no contenta con tanto
desmán, persigue al alcalde y al jefe de las tropas para lincharlos
también, y mientras todo eso sucede, el gobernador disfruta de las
delicias de la _World’s Fair_ sin que se preocupe un solo instante
de lo que acontece en su Estado, que cree ser el mejor de los
mundos, y á quien no sobrecogen ni espantan las noticias que lee en
los periódicos, ni cuida nadie de advertirle que ha de regresar á su
país y poner coto á tanto escándalo y desmán, porque confía en que
las cosas se arreglarán por sí mismas, cuando estén allí cansados de
andar á tiros y sablazos, que todo tiene fin en el mundo, hasta la
maldad de las gentes.

Y para consuelo de los que se asustan de lo que ocurre en España,
en donde nos figuramos que nuestro pueblo es lo peor del mundo, y
tener una idea, nosotros, los _desgobernados_, de lo que son estas
autoridades, vean mis benévolos lectores con que calma y sangre fría
se explica el gobernador del Estado de Virginia, acerca del motín de
Roanoke, M. Kinney, según relación del periódico más acreditado de
esta ciudad el _The Daily Inter Ocean_.

Un reporter supo que dicha autoridad se hallaba en el edificio de
Virginia de esta Exposición, y allí se dirigió en busca de Mr.
Mac-Kinney, para saber lo que pensaba de los sucesos de Roanoke.

Dice el reporter: «El gobernador es un anciano de agradable aspecto,
de bigote y cabello cano. Le hallé en mangas de camisa, con los pies
descalzos, apoyados sobre un pupitre y á la altura de su cabeza,
llevando unos calcetines de lana irreprochables, y ofreciendo el
aspecto de una persona que goza de la vida.

Cuando le pregunté acerca de la revuelta de Roanoke, contestóme
complacido que no tenía más noticias que las publicadas en los
diarios, inclinándose á creer que eran exageradas.

«Porque, dijo, los diarios suponen que el alcalde Trout está herido
en un pie, que las tropas hicieron 25 disparos y mataron ó hirieron á
29 personas, lo que no deja de ser una buena puntería; y que no había
preguntado á nadie lo ocurrido, ni nadie se había preocupado del
asunto.»

De todo ello infería que el alcalde, que es un buen ciudadano, habría
obrado con la energía necesaria, consintiendo, y esto lo añado yo,
que lincharan, ahorcaran, arrastraran á un negro, y lo quemaran é
incineraran en una vía pública de Roanoke.

Si todo esto no parece á mis lectores civilizador, patriarcal y digno
de envidia, será porque son difíciles de contentar.



[Ilustración: LA CALLE DEL CAIRO]

Antagonismos entre americanos y europeos acerca del Jurado


Uno de los organismos más importantes de las Exposiciones universales
es el del Jurado. La garantía de los intereses generales y la
cortesía internacional exigen que las naciones extranjeras que
concurren á un certamen, conozcan de antemano, cómo y cuándo ha
de funcionar un organismo que, debiendo reunir las condiciones de
competencia, imparcialidad y saber requeridos en esta clase de
servicios, satisfaga aquellas condiciones, sin las cuales la función
del Jurado se convertiría en una farsa indigna de hombres serios.

Y sin embargo, en América se entiende todo esto de otra manera; en
primero de mayo se abrió la _World’s Fair_, y á estas horas no hay
reglamento especial de jurados, ni fecha en que han de funcionar
estatuída, ni cosa alguna que revele un plan serio y definido. Y
¿cómo ha de haberlo, si acaba de estallar una escisión hondísima
entre la Comisión general de la Exposición y los Delegados generales
de todas las naciones de Europa y de la América Central y del Sud,
excepto la del Ecuador, Costa Rica y Venezuela, por discrepancias tan
esenciales entre una y otros que se han visto obligados á declarar
resuelta y solemnemente, dando de ello cuenta á los respectivos
gobiernos, que si no se modifica el criterio que ha servido de
norma para redactar el proyecto de ley para la constitución del
Jurado, Inglaterra, Rusia, Alemania, Francia, Italia, España, etc.,
quedarán de hecho fuera de concurso, renunciando á que se juzguen
las instalaciones que las representan, y á ser premiadas por la gran
nación de la América del Norte?

Semejante resolución no pudo tomarse sin mediar motivos
trascendentales y opinar que la ley, tal como intentan promulgarla,
no ofrece la garantía de imparcialidad suficiente para que los
expositores extranjeros queden al amparo de las demasías de un
panamericanismo tan exagerado que acabaría por poner á las naciones
de Europa, y á algunas de la América del Sur, á los pies de los
caballos.

Y para que pueda comprenderse el alcance y el motivo de resolución
tan importante, jamás tomada hasta ahora, ni siquiera soñada, ni
comprendida, en el antiguo continente, voy á concretar cuanto pueda
la causa de ello, y que no ha sido otra que suprimir por completo
el Jurado, y sustituirlo por Jueces periciales, en su mayor parte
americanos, que, sin apelación, resuelvan de plano acerca de la
concesión del premio _único_ que pretende otorgar á los expositores
la Dirección y Comisión general de este gran Certamen. De modo que la
nación demócrata por excelencia, suprime el Jurado en la Exposición,
cuando lo aplica á vidas y haciendas, é iguala lo que siempre estará
fuera del alcance del hombre, ó sea, la inteligencia, el mérito, la
pericia y cuanto constituye los más preciados dones del alma humana.

Contra todo esto, Europa debía protestar y ha protestado
enérgicamente; nosotros no podemos entregar á nuestros expositores
atados de pies y manos á las justicias severas de hombres que no
piensan ni sienten como nosotros pensamos y sentimos; y sin discutir
aquí, si esta civilización será algún día superior á la nuestra, y si
los rumbos seguidos hasta ahora son direcciones más ó menos borrosas
que se modificarán en lo porvenir, la verdad es que no podemos
aceptarlos, porque nuestros principios y criterios, propios de una
civilización claramente definida, no pueden conciliarse con los
puntos de vista tan nuevos y tan extraños que informan las leyes de
este país.

Cierto es que admiten peritos extranjeros, pero aun así no se
necesita ser muy lince para ver, en lontananza, el ejercicio
constante de las represalias, hasta tal punto, que todo lo americano
sería malo para nosotros y todo lo europeo detestable para el
americano; y en esta lucha de intereses no es difícil vaticinar que
saldríamos vencidos.

Además, hay aquí tanta ignorancia en lo que al desarrollo intelectual
é industrial de Europa se refiere, que llegaron á ofrecer á Francia,
que ha hecho aquí un grande esfuerzo y que consideran como á su
hermana en el viejo mundo, cuatro jueces peritos, dos para Bellas
Artes, uno para vinos y uno para sederías; de modo que, en lo demás,
Francia no cuenta, ó vale tan poco, que no se la considera digna
siquiera de ser oída.

No sé aun lo que tocaría en suerte á España, cuando uno de los
hombres más reputados por su saber en los Estados Unidos, preguntaba
por qué queríamos terreno en Artes Liberales, no sabiendo, como no
sabía, lo que _podríamos_ presentar en tan interesante sección.

Por lo que respecta al premio único, si piden privilegio de
invención, les auguro poco negocio en Europa. No sé hasta donde pueda
llegar la manía igualitaria; dudo, sin embargo, que nadie admita ahí
que puedan igualarse dos inteligencias, ni siquiera dos productos
de inteligencias distintas. Pensar que dos fabricantes de objetos
similares consientan, cuando no salta á la vista la perfección, la
posibilidad de alcanzar el mismo premio, aun siendo único, y que por
este solo hecho no tiene valor alguno, es tener muy poco conocimiento
de las pasiones y los intereses de los hombres.

Siendo, pues, todo esto tan incompatible con el modo de pensar de las
naciones que concurren á este Certamen, creo que esos criterios van
á modificarse, aun que sea difícil lo segundo, por ser ley votada en
las Cámaras, y que, convencida la Dirección de que el fin principal
de toda Exposición quedaría contrariado desde el momento en que las
naciones extranjeras desisten de entrar en lucha pacífica con las de
este país, volverá sobre su acuerdo, como lo ha hecho ya en puntos de
mucha menor importancia, y en que, más que cuestión de intereses se
trataba de asuntos de amor propio nacional.

Los comisarios extranjeros entramos ya en la Exposición sin haber
puesto el retrato en las entradas de admisión, y se nos obliga
únicamente á entregar en la puerta una tarjeta de visita, _pro
formula_, y para los efectos de la estadística.

Otro punto interesante y que causa á todo el mundo muchos sinsabores,
es el de los robos en los recintos de la Exposición. La queja es tan
general y tan sentida que los Delegados y Comisarios protestan cada
día, sin que se vea el medio de que la Dirección general atienda
eficazmente tan justas reclamaciones. La sección puesta á mi cargo
ha sufrido, como todas, los efectos de la desorganización observada
en todas partes y en todos los servicios, pero hasta ahora se ha
reducido sólo á raterías de escasa importancia que han motivado, sin
embargo, enérgicas reclamaciones y, por mi parte, la propuesta al Sr.
Delegado general de una guardería bien montada que recorra y ampare
constantemente los productos españoles expuestos en Manufacturas,
propuesta que ha aceptado el Sr. Dupuy de Lome con el entusiasmo que
tiene por cuanto se refiere al lucimiento de la producción española
en este Certamen.

La breve interrupción de unas cuantas horas en continuar esta
correspondencia, me permite dar cuenta de un nuevo conflicto; los
que quieren vender en el recinto de la Exposición han de pagar el 45
por 100 del valor de los productos á la aduana, y el 25 por 100 á la
Comisión del certamen. Un suizo, relojero, cayó en la red tendida por
una señora, que resultó ser una _detective_ ó agente de policía, para
que le vendiera un reloj de poco precio, y á las pocas horas se le
puso en la cárcel, imponiéndole dos mil dollars de multa.

No he de ser yo el que abone la conducta incorrecta del suizo; no he
de juzgar tampoco, porque ya lo harán mis lectores, el proceder de
una administración pública que emplea determinados procedimientos
para averiguar el delito tentando al delincuente, lo que sí haré
constar es que salimos á conflicto por día, que la Delegación suiza
mandó cerrar todas las instalaciones de su país y que se produjo
una marejada hondísima, que ha reclamado los buenos oficios del
Ministro de la Confederación helvética en Washington, y una serie de
concesiones y componendas que no han logrado calmar la efervescencia
producida por la mentada causa, en los expositores extranjeros.

Todas estas cosas dan lugar á correspondencias pesimistas que
publican los periódicos españoles, leídos aquí con mucha fruición
por lo que exageran y dicen, sin duda, con más tendencia humorística
que otra cosa. Alguien ha dicho en un periódico, cuyo nombre no
recuerdo en este instante, que la seguridad personal está aquí
constantemente en peligro, dando cuenta con mucha sal de episodios en
que intervienen los porteros, cuando esta _institución_ europea es
planta exótica en Chicago, y no se halla en toda esta ciudad un solo
portero, ni para contado, ni para descrito.



[Ilustración: LAS ACERAS MOVIBLES]

El Jurado


Comprendo la ansiedad de los expositores españoles producida por las
dificultades y desavenencias surgidas entre europeos y americanos,
en la cuestión del Jurado de la Exposición de Chicago, y porque la
comprendo querría dar á mis lectores la grata noticia de haberse
orillado todas las dificultades y vencido todos los rozamientos. Por
desgracia, el conflicto subsiste hasta ahora, y las naciones europeas
y sudamericanas continúan creyendo que es cuestión de decoro cerrar
las instalaciones á la inspección y al juicio del Jurado, mientras
se mantenga por la Dirección del Certamen el criterio cerrado de
nombrar jueces peritos, y únicos, que se encarguen de juzgar el
mérito de los productos, y conceder ó negar el premio único que podrá
otorgarse á los productos expuestos en la _World’s Fair_ de Chicago.

He creído, durante algunos días, que sería fácil hallar una
fórmula de concordia; hoy temo que el camino emprendido, halagando
á determinada potencia para dividir y quebrantar fuerzas, ha de
conducir fatalmente á resistencias invencibles que sostendrán con
tesón Francia, Alemania, Inglaterra, España y otras naciones que
opinan que vale más el mantenimiento de principios fundados en la
justicia y la equidad que una medalla conseguida á expensas de
concesiones que no se compadecen con nuestro modo de ser, pensar y
sentir.

El asunto reviste, sin embargo, tanta importancia, que se me resiste
el creer que no se ha de llegar á una avenencia que comunicaré
inmediatamente á los lectores de _La Vanguardia_ interesados en la
buena solución de este conflicto.

Y aquí podría decirse: bien venido seas mal, si vienes solo; porque
son tantas y de tal índole las dificultades con que tropieza la
Dirección del Certamen, que dudo se halle cosa parecida en la ya
larga y azarosa historia de las Exposiciones universales del mundo
entero.

La subvención concedida á la Exposición de Chicago por las Cámaras
de la gran federación norte-americana se dió en concepto de
indemnización por los perjuicios que sufriría sujetándose á la ley
que prohibe terminantemente abrir la Exposición en día festivo.

La Directiva, ansiosa de recabar recursos para atender á los enormes
gastos que ocasiona este gran Certamen y convencida de que, en días
de labor, los hombres no dejan aquí sus _business_ para estudiar ó
visitar la Exposición, poco favorecida hasta ahora de forasteros y
extranjeros, procuró con gran empeño la apertura de la Exposición en
día festivo, pero se levantó tal cruzada contra este proyecto, que
hasta ayer no consiguió abrir las puertas, sobreponiéndose á la ley,
á la opinión pública y á la protesta de católicos y protestantes
resueltamente contrarios á la infracción del precepto dominical. A
pesar de esto, la Directiva, que recibía á las seis de la mañana de
Washington la orden terminante de mantener cerradas las puertas de la
Exposición, se atrevió á abrirlas, ya sea que se creyera amparada por
la ley, ó que intentara apoyarse en la acción poderosa del sufragio
popular, si, como se creía, invadía la ciudad en masa los palacios de
la Exposición y demostraba así que la opinión estaba con la Directiva
y no con las Cámaras, y el criterio restrictivo de los cristianos,
dictado por los que tienen ó creen tener el derecho de dirigir las
conciencias y recordar á los fieles el cumplimiento de los preceptos
del Señor.

La prueba se ha hecho, con escaso éxito por parte de los infractores
de la ley; los jefes de la Exposición creían que pasarían por los
torniquetes, de 250 á 300,000 personas de pago, y los contadores, con
sentida sorpresa de los agentes de tan colosal empresa, no acusaron
mayor entrada que la de 180,000 almas.

La prueba ha sido, pues, un fracaso; la ciudad no responde á los
deseos de la Directiva; los Estados de la Unión muestran su inquina
y sus simpatías con arreglo á sus ya antiguos resentimientos, ó sea,
del Este contra el Oeste, pues 18 estados han abierto sus palacios,
los demás se han abstenido de ello en nombre de la ley del Señor y
de la nación, y mientras los guardias colombinos, barrenderos y el
numeroso personal de la Exposición reniega del acuerdo, pensando en
el ocio y el whiskey que no pudo beber con la tranquilidad de mejores
días, el Juez ha sentenciado hoy á la Compañía, condenándola al pago
de 5,000 dollars de multa, sin perjuicio del que pueda ocasionarle
el quebrantamiento de la ley, que puede costarle 2.500,000 dollars
que deberá, según opinan algunos, devolver integralmente á la nación,
que subvencionó el Certamen con la condición estricta de no abrir las
puertas, al público, en día festivo.

       *       *       *       *       *

Por fin; se ha dado con la solución del Jurado, puesto que, excepto
Francia y Dinamarca, que no quieren aceptar las condiciones
americanas, las demás naciones entran nuevamente en concurso. A
España nos dan 20 jurados peritos, que formarán parte de las 13
agrupaciones en que se divide el Jurado. En estos grupos formarán por
igual, americanos de esta república y extranjeros que oirán en alzada
las reclamaciones de los agraviados, exceptuando los de agricultura y
ganadería, en que los primeros tendrán mayoría.

A los jurados peritos se les darán 750 dollars de indemnización,
250 en primero de agosto y los 500 restantes en septiembre, si el
gobierno de los Estados Unidos aprueba y ordena el pago. Esto es tan
vago, según opinión general, que muchos creen que no cobrará nadie un
centavo.

No quiero hacer comentarios acerca de la seriedad de estos acuerdos,
tanto por lo que á los americanos se refiere como á lo que á los
extranjeros toca; hágalos á su gusto el piadoso lector, y hágalos, si
puede, con espíritu de benevolencia.



INDUSTRIAS AMERICANAS

Pullman


[Ilustración]Tratando de obsequiar á los obreros catalanes que
llegaron hace pocos días á Chicago, el señor Dupuy de Lome nos ha
invitado á visitar la gran colonia industrial conocida con el nombre
de Pullman, en donde se fabrican los coches-palacios que circulan
por todas las líneas de la gran república norte-americana y que
asombran al viajero por su lujo, su confort y su baratura. Llego
en este momento de allí, y con las ideas frescas en la memoria,
intento _bosquejar_ lo que he visto, que no consiente otra cosa el
sinnúmero de asuntos que pudiendo dar margen á una correspondencia
diaria, llamarían poderosamente la atención de los lectores de _La
Vanguardia_.

Voy, pues, á traducir lo que nos ha dicho en inglés correcto y claro
la persona encargada de enseñarnos todas las dependencias de la
fábrica, añadiendo sólo algo que revele impresiones propias, y que
complete el hermoso cuadro que se presenta á la vista del viajero,
al llegar á la estación «Pullman», de la línea Illinois central que
enlaza Chicago á New-York.

Nos espera junto á la explanada de la colonia, donde está trazado un
jardín inglés de matizada hierba, un señor alto, obeso, sanguíneo,
que ofrece galantemente sus servicios al señor Dupuy, y que empieza
su relato diciendo: «Señores: aquí no hay policía, ni juez, ni
cárcel, ni tabernas; los malos obreros no se conocen en esta colonia;
el que no quiere trabajar está aquí fuera de su elemento; por
desgracia, la fábrica está sufriendo los tristes efectos de la crisis
que aqueja á todos los elementos y á todas las clases de la nación,
y trabaja únicamente lo indispensable para mantener á un reducido
número de obreros.»

«La parte dedicada á tejidos de punto está parada, el número de
carruajes de lujo y vagones en construcción es limitadísimo, y si
bien verán ustedes la fábrica en movimiento, no es sombra siquiera de
la realidad.»

«Ahí tienen ustedes el primer carro Pullman construído por su autor;
esta obra fué un asombro y un escándalo: asombro por su lujo,
escándalo por el atrevimiento de construir un vagón que costó 18,000
dollars, ó sea cuatro veces y medio el valor del vagón de primera más
lujoso construído en aquella fecha; y precisamente Pullman cifró, en
este escándalo, todo el éxito verdaderamente asombroso de una empresa
que, empezada en 1880, ha construído en tan pocos años inmuebles y
talleres valorados en 40 millones de dollars.»

El razonamiento de Pullman, que á los 62 años está en pleno vigor de
la vida, fué el siguiente: «Si construyo vagones que valgan dos ó
tres mil duros más de lo que valen los construídos actualmente, todos
los fabricantes lo harán con ventaja, y en las mismas condiciones que
yo lo hago; lo único que me da ventaja es la suposición de que mis
innovaciones son un derroche y una locura.»

El primer vagón que transportó el féretro de Lincoln, llamado
Pioneer, y que por sus dimensiones obligó á desmontar parte del
material fijo de la vía por donde debía pasar y que tanto asombro
causó, hoy podría construirse por 8,000 dollars, y parece tan pobre
y desmedrado, como ricos y ostentosos son los que se fabrican en la
actualidad.

Dejamos el vagón histórico y entramos en el taller de
vagones-palacios. Poca gente y escaso movimiento en todas partes;
parece aquella inmensidad un cuartel abandonado; muchas cuadras
ventiladas, llenas de luz y unos cuantos vagones en construcción. En
cada cuadra pueden construirse solamente 5 Pullman-cars, subdividido
así el espacio por temor á un incendio. En el primer compartimiento
hay dos vagones, uno con su esqueleto de madera perfectamente
ensamblada y cepillada, el otro, pintado, dorado y barnizado con
una pulcritud admirable. Y mientras hago estas observaciones, dice
nuestro amable cicerone: «El trabajo está aquí muy dividido, pasan
por cada coche y antes de su completa terminación, quince brigadas de
obreros. Las maderas interiores son de caoba fina de México y Cuba,
la parte externa tiene 18 manos de pintura, poniéndose encima de
ella el dorado y después el barnizado. Las cajas van montadas sobre
boggies de seis ruedas y en cada boggy se emplean 450 tornillos.»

Salimos de las cuadras de construcción de Pullman, atravesamos
rápidamente la sala de plantillas, echamos una rápida ojeada al
depósito ó secadero de maderas destinadas á los vagones de viajeros,
y entramos en uno de los edificios más curiosos de la colonia, y que
sería muy conveniente conocieran los que son y los que han de ser
concejales de Barcelona.

Oigamos lo que dice Mr. Duane Doty:

«Este alto edificio cobija el centro donde van á parar los detritus
de la colonia; en este pozo actúa una bomba aspirante tan poderosa
que sería capaz de levantar un carro cargado con su caballería,
y siendo este sitio el punto donde confluyen tantas inmundicias,
observen ustedes que no hay olor alguno; el secreto lo van ustedes
á ver enseguida», levanta la tapa del pozo, aproxima una hacha
encendida á la boca y en seguida se nota que la llama se dirige,
ardiendo con gran fuerza, hacia el fondo. Este fenómeno no es
difícil de explicar: el juego de la bomba produce un vacío enorme
en el fondo del pozo, y la presión atmosférica, actuando sobre el
mismo, produce una corriente de arriba abajo que arrastra con gran
facilidad todos los gases menos densos que el aire, saliendo por el
tubo de aspiración que descarga en la atmósfera, á 195 pies sobre el
nivel del poblado. Todas estas aguas sucias lanzadas á tres millas
de distancia sirven para regar y mejorar las tierras de una extensa
comarca.

Y sigue diciendo el cicerone: «Observen ustedes estos frascos, uno
de agua destilada, otro de agua del Michigan, otro del lago Calumet
y otro de agua de estos pozos, ya saneada; y verán que, después del
agua destilada es la que tiene menos impurezas».

Salimos de allí para ver el gran cuarto de máquinas, la máquina de
2,500 caballos de fuerza que sirvió en la Exposición de Filadelfia
de 1876 para mover todos los elementos de trabajo de aquel gran
Certamen. Y dice Mr. Duane: Mr. Pullman compró esta joya _The
handsomest large engine in the World_—la más hermosa del mundo—en
aquella feria, frase yankee estereotipada que nos persigue como la
sombra de Banquo y que dice, ó quiere decir: mísero mortal, abandona
toda esperanza; después de los Estados Unidos de América, no hay más
allá. _The best in the World_ en calles, plazas, edificios, máquinas,
sombreros, tejas, medicinas, el non plus ultra en todo. Pero aquí
al menos, la máquina Corliss resulta limpia, hermosa, moviendo
majestuosamente su inmenso volante, sin ruido ni trepidación, casi
exclamaría sin rubor: _The best_... si no temiera pecar por donde
pecan tantos en América.

Pero no divaguemos, sigamos á Mr. Duane:

«La máquina trabaja á media presión, sus doce calderas medio apagadas
esperan mejores tiempos, y los tres mil pies de ejes transmisores no
transforman la fuerza más que en corto recorrido.»

Sigue nuestra visita por el taller de maquinaria destinada á la
fabricación de tornillos, y nos dicen que 80 hombres pueden producir
50 toneladas de estas piezas al día; vemos como se empalman las
ruedas á los ejes á la presión de 45 toneladas y todo el material
necesario para la fabricación de llantas, roblones, ejes, etc., etc.,
y sigue Mr. Duane con satisfacción mal contenida: «podemos construir,
con esta maquinaria, 50 vagones de mercancías por día, ó sea un carro
cada 12 minutos; fabricamos también 400 ruedas de hierro fundido
para vagones de mercancías, y sin obstáculo, podemos entregar,
semanalmente, 18 trenes de tranvías, compuestos de tres Pullmans cada
uno, cuando la colonia está en plena actividad.»

«Poseemos 900 máquinas de variadas dimensiones, reparamos 2,500
vagones dos veces al año, y todo esto y más lo producen unos 6,300
obreros que, con sus familias, forman una población que reside en
esta colonia y que suma unas 12,000 almas. «Los obreros» y esto lo
han escuchado los nuestros con mucha atención, «trabajan siempre 10
horas diarias, y en verano un poco más, para que el asueto pueda
empezar el sábado á la una de la tarde.»

«Los jornales se pagan ordinariamente á razón de 2 dollars por
persona; trabajan también á destajo, ganando 3 y 4 dollars diarios.
Por lo general, cobran quincenalmente con cheques del banco Pullman,
cobrándose anualmente términos medios comprendidos entre 467'02
dollars y 610'73.»

Después de almorzar en el Florence hotel, albergue cómodo y elegante,
que podrían envidiar nuestras mejores ciudades, Mr. Duane Doty nos
hizo proseguir la interesante visita, interrumpida á las 12 del día,
de los principales edificios de la colonia Pullman.

Junto á la estación del ferrocarril de Illinois y enfrente de una
gran plaza, la empresa levantó un palacio de piedra, ladrillo
y hierro llamado «Arcade», que, entre otras cosas, contiene dos
grandes centros de civilización para la clase obrera, una hermosa
biblioteca, con 8,000 volúmenes y un teatro espacioso. La primera me
causó envidia; forma su planta una cruz que cubre una alfombra que
amortigua el ruido de los visitantes, y su recinto espacioso, lleno
de anaqueles puestos al alcance de la mano, barnizados y pulidos
como espejos, conteniendo libros hábilmente encuadernados, que
pueden ponerse sobre grandes mesas iluminadas por la luz que filtra
por ancha claraboya, más que biblioteca pública donada á la colonia
para instrucción y esparcimiento de la clase obrera, me pareció
refugio intelectual de un refinado que aviva sus ideas al calor del
lujo y del confort, entre muebles, libros y revistas, que son medio
simpático á toda inteligencia cultivada.

El teatro me pareció menos afortunado en su forma, repartición y
adorno. No tienen los yankees el don de la belleza, y con el afán de
innovar y separarse de los viejos moldes, buscando algo nuevo que
responda á la idiosincracia de las nuevas sociedades, divagan y se
pierden en un mar de líneas y formas extrañas, cuyo alcance no es
posible adivinar.

Salimos de la Arcade y visitamos una casita que dudo tenga más de
dos mil palmos cuadrados, habitada por uno de los dibujantes de la
empresa. Este señor gana 100 dollars al mes, y gasta 22 en casa. No
vi en ella nada nuevo y que valga la pena de describirse, como no
sea la afirmación rotunda de que una familia algo numerosa no podría
vivir allí sin ahogarse.

No olviden ahora mis lectores, que la sociedad Pullman dedica sus
vagones de lujo á la circulación general de la inmensa red de
ferrocarriles de Norte América y que, en sus palacios, se come y se
duerme, corriendo á su cargo la manutención y lo que se necesita para
la cama y mesa de numerosísima clientela. Claro es, por tanto, que la
cuestión del lavado tiene en esta empresa una importancia de primer
orden. Síganme, pues, al lavadero que dista tanto de recordar las
escenas de _L’Assommoir_ como dista un palacio de una pocilga, para
ver cómo se lavan cada día 80,000 piezas de todas clases.

En la planta baja parece natural, ya que de lavar ropa, secarla,
repasarla y plancharla se trata, buscar lavaderos, extensas cuadras
de calefacción y nuestras planchas seculares. Pues lo natural no
resulta serlo aquí, porque el material destinado á este servicio
está completamente transformado, y los viejos moldes que suponen y
exigen aquel bullicio aterrador de mujeres picando y chillando, como
cotorras, en los lavaderos europeos, están convertidos en máquinas
movidas por obreras que parecen señoritas, limpias, atildadas, que
llevan la cabeza cubierta con una gorra de pinche de cocina y que,
sin ruido ni afectación, repasan y planchan ropas lavadas por
medios químicos y secadas por procedimientos mecánicos, centrífugas
que arrojan el agua en forma de surtidor rotativo, y que planchan
cilindros calentados con gas y á conveniente temperatura para no
quemar la ropa.

Todo esto interesaría á nuestras mujeres tan celosas de los cuidados
domésticos, que verían muy pronto dos cosas notabilísimas: que las
ropas no duran un par de meses, quemadas por los agentes químicos y
los procedimientos mecánicos, y que el repaso de las averías, hecho
con máquina, resulta una labor tan chapucera que causaría lástima á
una muchacha de ocho años, educada en la escuela más desamparada de
una aldea española.

Dudo, pues, que el procedimiento americano halle en España imitadores
y pasemos al taller de vagones y luego al de ruedas de papel que
resultan sumamente interesantes, y en donde hallaremos en seguida
lo que da tono y color á toda la civilización norte-americana: el
desarrollo, en toda su plenitud, de la máquina y el aniquilamiento
absoluto del obrero considerado como ser inteligente dedicado á un
ramo cualquiera de la industria. El taller de vagones es inmenso;
entran por sus puertas las maderas de pino sobre vagonetas, apenas
desbastadas, y salen por las opuestas, convertidas en vagones
cepillados, empalmados y pintados, dispuestos á correr por las
líneas americanas, con velocidades aterradoras. El material mecánico
empleado en el taller puede entregarse al obrero más torpe y menos
conocedor de la materia; todos los movimientos son circulares, todas
las máquinas tienen sus palancas, ruedas, piñones y topes apropiados
para que la inteligencia del obrero sea completamente inútil, y
las maderas, moviéndose en sentido del eje del taller van quedando
tronzadas, cepilladas, regruesadas y empalmadas, sin más esfuerzo
que separar los trozos ya labrados en la primera, y colocarlos en
la segunda y siguientes; completándose así, rápidamente, la obra de
transformación del material.

A mitad del taller, el trabajo unitario, el modelado de piezas queda
terminado, todos los despiezos hechos, las ruedas montadas sobre
los rieles esperan la colocación de los tirantes, tableros, bandas,
etc., y á las pocas horas, el vagón, ya construído, pasa á la tercera
sección del taller en donde le dan unas manos de pintura, que seca el
aire circulante, para salir al exterior en busca de carga y destino.

En realidad, no vi en ese taller nada nuevo, ni Mr. Duane tuvo
empeño en presentarlo como á tal; lo que aquí atrae es la magnitud
de la empresa, la extensión del local, la organización del trabajo,
intensidad de labor y capital que se condensa, en mi concepto, y
explica un dato estadístico que anoto cuando dice nuestro amable y
correcto cicerone: «Se calcula en los Estados Unidos que el servicio
ferroviario de esta nación desecha diariamente cuatrocientos vagones
de carga y que, el desarrollo comercial del país exige, hoy por hoy,
un aumento diario de doscientos vagones para satisfacer holgadamente
las necesidades del servicio de transportes.»

Claro es que en España no podemos concebir este inmenso tráfico,
porque siendo la península una porción reducida de territorio al lado
de este inmenso continente, y teniendo una población de 18.000,000
de habitantes en vez de 64, la comparación resultaría infantil,
pero, quizá no sería inútil buscar la relación que existe entre las
carreteras construídas y los ferrocarriles en el territorio de la
Unión y la que hay entre iguales elementos de tráfico en España,
y ver si la comparación nos dice que damos excesiva preferencia á
las primeras con menoscabo de los segundos, y si se ha de pensar
seriamente en transformar el procedimiento para que las empresas de
ferrocarriles vivan con mayor prosperidad, con mira á este principio
hábilmente planteado: «tarifas baratas y gran tráfico».

Es tan hermoso y útil ese estudio que mis lectores me perdonarán este
inciso intercalado en el recorrido de los talleres Pullman. Y antes
de entrar en el último departamento visitado, donde se construyen las
renombradas ruedas de papel, detengámonos aquí un poco, confiando en
que no he apurado aún la paciencia de los que intenten seguirme en
tan interesante excursión.

Los que no ahonden en este estudio creerán que las ruedas de papel
son baratas, que duran menos que las de acero, que su peso reducido
es un elemento de aprecio en el tráfico, y una porción de cosas
igualmente diferentes de la realidad de las mismas, y la equivocación
es tan profunda que, sin rodeos, puedo asegurar que las ruedas de
papel valen diez veces más que las de acero, que cada rueda vale
unos 100 dollars, que mientras las ruedas ordinarias sólo recorren,
en buen estado, unas 60,000 millas, las de papel hacen recorridos de
600,000, y algunas hay, que he visto en el taller, que han viajado
la enorme distancia de 800,000 millas, y aunque en este último dato
ya aparece la ventaja de las de papel sobre las de acero, la real,
la positiva, está en la elasticidad del papel que, impidiendo la
trepidación, impide también la cristalización del acero, y por tanto
su rotura, dando, á mi ver, mayor suavidad al movimiento de los
vagones.

Pero ¿cómo siendo la pasta de papel, y pasta de paja por añadidura,
resulta la rueda tan cara?

Pues, la contestación es muy sencilla, la parte de rueda construída
con pasta de papel es, digámoslo así, el armazón, y éste va cubierto
con una llanta de acero en sus bordes y dos chapas de hierro en
sus caras roblonadas, atornilladas y remachadas con gran cuidado y
precisión.

Además, para que la pasta de papel adquiera la dureza que es
garantía de su gran elasticidad, se necesita que pase por una serie
de operaciones, y durante un espacio de tiempo tan largo, que
contribuyen á que la mano de obra encarezca el producto, que no
alcanza más recomendables condiciones que las debidas á su esmerada
labor.

Mientras tomo estos apuntes, tengo á la vista una serie de roldanas,
agujereadas en su centro para el paso de los ejes, que están
colocándose sobre la plataforma de una prensa hidráulica y que
un muchacho va empastando para que se empalmen perfectamente al
someterlas á la presión de una tonelada por pulgada cuadrada y que,
en número de 13 roldanas, constituirán luego el espesor del ánima
de la rueda para pasar luego al secadero, donde estarán tres meses,
adquiriendo tan gran dureza, que al golpearlas suenan como una
campana, con la elasticidad del marfil y la resistencia de un cuerpo
que trabaja sin desgastarse durante mucho tiempo, bastando cambiar la
llanta para ponerla otra vez en servicio.

Y al dejar esa colonia, con pena, pues sólo un esbozo de la realidad
va apuntado en mi cartera, teniendo tantas cosas que hacer y tantos
puntos que estudiar, nos despedimos todos de Mr. Duane, admirados
y satisfechos de haber visto una de las colonias más interesantes
del mundo, debida á la iniciativa de un hombre que ha adoptado la
franca y quizás brutal divisa de un verdadero yankee: «nada para el
obrero y todo por el trabajo», es decir: «ventilo y caliento mis
cuadras, monto las mejores máquinas, establezco los procedimientos
más adelantados para que el obrero trabaje holgadamente y produzca,
con ánimo tranquilo, la labor más perfecta y acabada posible.» Ni
caridad, ni filantropía, _business forever_.



Milwaukee


[Ilustración]Monótonas y descoloridas resultan siempre las grandes
ciudades de la América del Norte. Todas las calles se parecen, todos
los edificios, aun los más suntuosos, dejan el ánimo del visitante
frío y descontento. Los hoteles deslumbran por su conjunto, pero
no deben analizarse, conténtese quien los habite con gozar la luz
espléndida que se refleja sobre mármoles, cristales, lámparas
caprichosas, estucados de colores vivos y brillantes; el calor que
radía de los tubos encorvados de los caloríferos, excesivo siempre,
y que sólo al que llega aterido de frío le produce un bienestar
delicioso; las escaleras anchas, limpias, tapizadas lujosamente,
que nadie pisa porque todo el mundo aprovecha los ascensores, en
constante movimiento; los cuartos, de indumentaria enrevesada, mezcla
de confort y ruindad; baratillo extraño de camas, espejos y sillas
que revelan un gusto detestable y... contento con esta fantasmagoría,
podrá decir, como dicen muchos, que esto es lo mejor de la tierra
como lujo y confort.

De todo esto hay algo, aunque mejorado, en la ciudad de Milwaukee,
que dista 80 millas de Chicago, pertenece al Estado de Wisconsin y
está sentada á orillas del lago Michigan.

Y con tener Milwaukee la fisonomía americana, cuesta trabajo creer
que una ciudad que tiene en su seno tantos elementos alemanes, los
rótulos de las tiendas, los nombres de sus dueños, la lengua de
algunos de sus diarios y sobre todo, el porte de sus individuos, no
sea un pedazo de territorio alemán, arrancado de las playas europeas
y atracado á orillas del lago Michigan.

Las calles anchas y en cuadrícula, los tranvías eléctricos que las
cruzan, los inmensos establecimientos industriales que las animan,
los bancos, las iglesias, los pórticos que las adornan, forman un
conjunto deleitoso, una nota pintoresca de aquel gran lago que no
refleja, sino en poquísimos días del verano, un cielo puro y risueño
que recuerde la incomparable atmósfera de nuestra España.

Milwaukee tiene además para el industrial grandes atractivos: Pabst
ha montado una fábrica de cerveza como no la soñó jamás el ingenio de
Gambrinus, y aquella sociedad enseña orgullosa sus establecimientos
que ocupan cuatro manzanas de la ciudad, manteniendo un personal de
lisiados, puesto de uniforme, que acompaña cada media hora á los
visitantes que, provistos de una botellita de cerveza y un folleto,
regalo de la casa, van á paso de carga recorriendo los distintos
laboratorios de la fábrica.

Tan rápida fué la visita, que no pude tomar ni un solo apunte;
y así resultan barajadas en mi memoria cámaras de germinación,
salas dedicadas á la limpieza de envases, cajas llenas de botellas
corriendo automáticamente sobre tableros para llenarse, taparse y
ponerse las etiquetas; máquinas de vapor moviendo cantidades enormes
de líquido mezclado con lúpulo; cámaras frigoríficas de conservación
de la cerveza en grandes toneles, y mil otros detalles que no deben
interesar á los españoles, enemigos resueltos de una bebida de
consumo inmenso, rival afortunado entre la raza anglo-sajona de los
vinos que producimos, y que, siendo más higiénicos, más agradables y
menos embrutecedores que la cerveza, hemos de guardar en las bodegas
con honda perturbación de nuestro equilibrio comercial, y menoscabo
de nuestra principal riqueza.

Más afortunado en la fábrica de Allís, cuyo director tuvo la cortesía
de disponer que un ingeniero industrial sueco me acompañara, y
aprovechando también la singular competencia de mi buen amigo y
compañero de jurado D. Fernando Aramburo, vi aquellos inmensos
talleres, dedicados especialmente á la construcción de máquinas de
vapor y de maquinaria para molinos harineros, de manera que pude
formar concepto de la importancia que da la casa al uso de las
herramientas más perfeccionadas, con las que produce un trabajo
copioso y perfecto, empleando obreros de inteligencia escasa, de
aprendizaje cortísimo, formados en cuatro días, en donde la máquina
lo es todo, y el obrero nada ó casi nada. No me interesó gran cosa la
visita; la casa Allís, que ocupa unos 1,500 obreros, no ha tenido,
desde su creación, una sola huelga, pero ahora las cuadras están casi
desiertas, sufriendo la influencia de los mercados que perturba la
honda crisis de la plata y el exceso de producción.

La máquina de mayor importancia, en construcción, no pasará de tener
mil caballos de fuerza; por tanto, preferí dedicar mi atención
á la industria harinera, cuyos molinos modernísimos, construye
Allís con una perfección admirable. Tiene en la fábrica un inmenso
taller dedicado á fundir, acerar, estriar y pulir cilindros para la
molinería, resultando una labor tan acabada que, al salir de las
manos del obrero, brillan como una joya, admirándose la perfección de
las figuras geométricas que la herramienta ha labrado, con precisión
matemática, y sin esfuerzo, como producto hermoso y fecundo de la
inteligencia humana.

En otras cuadras estaban montados los molinos, y como abundan en
Milwaukee, me interesó el estudio de una fabricación que en España se
desarrolla ya con provecho.

A pocos pasos de la fábrica Allís y al pie del Michigan, acompañado
del ingeniero de la casa di con un molino modelo. Allís construye el
99 por 100 de los molinos harineros instalados en el territorio de la
Unión, y con objeto de acaparar tan gran negocio, que el monopolio es
aquí la base de las asombrosas fortunas hechas en los Estados Unidos,
forma parte de las compañías harineras, proporcionándolas capital en
útiles, máquinas y herramientas.

Saben, los que se dedican á fabricar harina, que los molinos de
piedra dan mayor rendimiento, son más sencillos y baratos que los de
cilindro, y que la harina producida en localidades pobres, satisface
únicamente las necesidades de gentes de paladar poco delicado. La
ventaja, pues, real y positiva, de los molinos modernos está en la
calidad del producto, en producir harinas blancas y nutritivas, base
del pan blanco, hermoso y bien tostado, que es el mejor regalo de las
mesas bien servidas.

En los molinos de piedra, el grano ha de estar humedecido, y al
molerlo, la harina se produce enseguida, aplastando juntamente las
sémolas y el salvado, resultando de eso, una mezcla de harina y
salvado de difícil separación; muchas veces el calentamiento de la
masa, y como consecuencia, la cocción de harinas de baja calidad,
produce pan moreno, de escaso valor nutritivo por haberse alterado ó
descompuesto el gluten.

En la molinería moderna, el trabajo resulta más complicado, para
evitar el calentamiento de la masa, conseguir la completa separación
del salvado de las sémolas, la producción de sémolas limpias y de
diferentes clases, y finalmente, la fabricación de harina blanca,
pura, nutritiva y de fácil conservación.

Todo este proceso exige, desde que cae el trigo en la primera tolva
hasta que se convierte en harina, una serie de operaciones que no he
de seguir aquí, porque no tengo tiempo ni competencia para escribir
un libro sobre molinería moderna; pero, que puedo agrupar en dos
series bien definidas, la de las máquinas ó los molinos trituradores
que separan el salvado de la masa general, y que convierten el trigo
en sémolas, y los molinos de cilindro liso, que convierten las
sémolas limpias en harina.

Para comprender la técnica de esta doble operación importa saber
que un grano de trigo está formado de una envolvente, y al hablar
así prescindo del tecnicismo botánico, y de granos aglutinados de
diferente potencia nutritiva llamados sémolas, cuyos granitos
contienen la harina. La operación esencial de los molinos
trituradores, compuestos de dos cilindros estriados que dejan entre
sí un hueco de dos milímetros de espesor sobre el que cae el trigo,
consiste en triturar los granos sin aplastarlos. De esta primera
operación resultan: salvado, sémola y harina, y trozos de trigo; los
tres primeros se separan de los últimos que pasan por otro laminador
de garganta más estrecha, se vuelven á separar los elementos
resultantes, y así continúa la operación hasta tener completamente
separados, por medio de cernederos, el salvado, la harina, que en
cantidad escasa resulta, y las sémolas.

Los cilindros trituradores están estriados en espiral de 15 á 20
grados, formando las estrías de cada par de cilindros ángulos
comprendidos entre 30 y 40 grados, y dispuestos de manera que,
mientras un cilindro da 500 vueltas, el otro del mismo par no da más
que 200.

Separadas las sémolas se guardan ó muelen para convertirse en harina.
Para conseguir esto último, se emplean cilindros lisos de distinto
diferencial en su movimiento, moliéndose tres, cuatro y cinco veces
en laminador de paso cada vez más estrecho.

Los cernederos, de movimiento oscilatorio, debidamente preparados,
van separando los diferentes residuos de la molienda, clasificando
las sémolas y las harinas automática y primorosamente.

Allís fabrica molinos que producen 50, 75, 100, 150 y más quintales
de harina cada veinticuatro horas, empleando fuerzas motrices de 16,
20, 25 y más caballos de fuerza.

El desgaste de los cilindros se rectifica en los talleres de Allís,
marchando aquí este mecanismo industrial con una perfección admirable.

No pretendo haber esbozado siquiera tan interesante estudio, que
recomiendo, por creerlo productivo, á los que tengan interés en
moler cereales con perfección, y conservar harinas puras, blancas y
nutritivas, procedan ó no del territorio nacional.



La clausura de la Exposición


[Ilustración]Al sonar la hora postrera de la Exposición colombina de
Chicago, parece justo recapitular la impresión sentida, y como si
se tratase de historiar la vida de un muerto ilustre, prestar á sus
obras la atención reflexiva que merece todo lo que deja en el mundo,
huella profunda de su paso por la tierra.

Abarcar, en su conjunto, una obra tan grandiosa requeriría la
inteligencia de un sabio, la pluma experta de un literato de raza
y el juicio frío é independiente de un temperamento rigurosamente
equilibrado. Por no ser ninguna de estas cosas aporto aquí la
impresión subjetiva, apuntada con severa imparcialidad, desoyendo las
alabanzas de los entusiastas y los clamores de los pesimistas, pero,
imparcialidad unida á mi temperamento nervioso, expuesto como todo lo
que es pasión á las injusticias de los hombres.

No trato, pues, de sentar afirmaciones rigurosas, ni de dar á cuadro
tan complicado los últimos retoques. Mi pretensión es más modesta;
y sólo pido á mis lectores el convencimiento de que aporto á este
juicio, no la nota justa, sino la impresión sincera de lo que he
visto en la Exposición de Chicago.

No es difícil, después de siete meses de recorrer la White city,
formar concepto de su conjunto; veo su traza holgadísima, abarco su
fisonomía con una sola mirada y la obra me parece genial y digna
de un entendimiento soberano. Marcar en el papel, con la vista
fija en los recursos conque se puede contar y los servicios que se
deben satisfacer, la línea ondulada que se traza sobre centenares
de hectáreas, con pulso firme y sereno, combinando la forma precisa
de lo útil, con la obra de la fantasía, recurso poderoso del arte
que da vida y color al pensamiento, cuando los recursos se cuentan
por millones y los servicios han de compenetrarse con el trabajo
de todas las civilizaciones y todos los pueblos, la inteligencia
más templada y serena ha de sentir desfallecimientos y reacciones
de gigante, ante la solución de un problema, que ha sido base del
desenvolvimiento de la Exposición entera. Arguyan cuanto quieran los
que han clamado contra la extensión exagerada de la White city, causa
primera de sus caídas y fracasos, nadie podrá negar sin injusticia,
que la traza ha sido un portento de hermosura. Los americanos,
autores de las ciudades en cuadrícula, de fisonomía borrosa y fría,
lo son también de la World’s Fair de líneas onduladas y vistosas, de
rasgos artísticos primorosos, con fisonomía propia en cada porción de
su vasto recinto, rico en color y fantasía, marco amplísimo de los
edificios inmensos que se han levantado, con varia fortuna, en la
Exposición de Chicago.

Convertir un pantano en ciudad urbanizada, sanearla y drenarla,
aprovechar las aguas encharcadas para que corrieran encauzadas
en ancho canal, enlazar esta obra quilométrica con el Michigan,
decorar sus márgenes con prados y jardines, levantar con las tierras
arrancadas del fondo del pantano superficies onduladas, formando
suelo al rodal de plantas y arbustos forestales; la estatua escondida
entre flores y hojarasca, la fuente monumental dominando en la Cour
d’Honneur á los dioses de la mitología, las estatuas de soldados,
héroes, sabios... los puentes y las góndolas venecianas y las lanchas
eléctricas, son cosas que, bien dispuestas, constituyen por sí solas
un esfuerzo verdaderamente asombroso.

Los edificios, en cambio, por sus trazas y sus alzados se han
levantado, con varia fortuna. No bastarían las páginas de este libro
para dar una idea de aquellas obras colosales, requiriendo su crítica
justa y severa, minucias de detalle y pinceladas de conjunto que,
quizá, demostrarían que sólo en lo fielmente imitado, por no decir
copiado, han hallado los arquitectos americanos la nota justa de lo
bello y esplendoroso. Pero, sería notoria injusticia involucrar en
criterio tan riguroso al autor del Palacio de Manufacturas que, sin
desdeñar las reglas de la técnica y aun rindiendo pleito homenaje á
los estilos arquitectónicos que han dado al mundo antiguo su fama
artística, se ha mantenido dentro de cierta independencia, rayana al
genio, atreviéndose á cubrir diez hectáreas de superficie con una
sola nave, sin aplastar el edificio, y manteniendo su gallardía en
aquella traza colosal y no superada hasta la fecha.

Aficionados los norteamericanos á lo grandioso, la erección de
cúpulas y cimborios de todos tamaños, formas y colores, ha sido la
pasión yankee en la ciudad blanca; afortunados en los trabajos de
ingeniería, atrevidos y enamorados de las osadías no aventajadas aun,
la proporción entre las diferentes partes de una obra no parece haber
sido la preocupación del proyectista, más interesado en discutir lo
deforme y grandioso que en buscar equilibrios que encarnan en lo
vulgar y conocido.

Nadie habrá adivinado tampoco, por las formas externas, el destino
otorgado á palacios grandiosos adornados fastuosamente, obra en que
el ingenio del artista olvidó completamente la relación que debe
existir entre el continente y contenido de los edificios que tienen
carácter público.

En el desarrollo de los servicios no hubo tampoco la variedad en la
unidad reveladora de una mano experta y segura, propia de un jefe
organizador y dotado del conocimiento hondo de las necesidades de
tan grande empresa. Aplicada la división del trabajo á un organismo
complicadísimo, el procedimiento sólo pudo resultar aceptable
señalando en los puntos generales contactos de tangencia claramente
determinados, encargando á directores expertos el movimiento de
los diferentes campos de acción, pero con mira siempre á evitar
rozamientos y á suavizar asperezas que sólo puede realizar la
Jefatura indiscutible de una persona capaz de mover el mecanismo
entero con criterio propio, sólido, fijo é inquebrantable. Si ese
procedimiento ha tenido aquí feliz desarrollo, confieso que no he
sabido verlo; las aduanas, las agencias de transportes, el servicio
ferroviario, la vigilancia, la fiscalización en las puertas, el
Jurado, no han tenido engranajes que facilitaran el movimiento, antes
bien me parecen cabos sueltos de cables transmisores de energía cuyo
empalme resulta ser obra difícil, enojosa y perturbadora.

En los Palacios, la _mise en scène_, para el que no busca detalles
y primores de organización, para el que no estudia, ni compara, la
obra de conjunto parece harmoniosa y muy lucida; el profano halla
aquí cuanto puede colmar las ansias más exageradas de aire, color y
luz; el inteligente, en cambio, observa forzosamente algo que denota
precipitación en el procedimiento y en la ejecución.

Pero aun así, el que quiera estudiar, halla aquí recursos
agobiadores; el que sabe buscar, siente forzosamente las tristezas de
no poder acaparar los inmensos tesoros que la ciencia universal y el
arte en todas sus manifestaciones han acumulado en este recinto digno
de llamarse pomposamente World’s Fair, la feria del mundo, pero feria
colosal en que los antiguos moldes ni siquiera han merecido respetos
de anticuario, tan radicales han sido los cambios realizados en la
pompa conque se ha desenvuelto en América, la Exposición de Chicago.
Aun prescindiendo del marco, de sin igual hermosura; del edificio
holgado y portentoso, de las solemnidades con que se han festejado
aquí las manifestaciones de las ciencias y las artes, el que recuerde
el tenderete adornado con unos cuantos cabos de vela iluminando
vistosas baratijas, esbozo, con su cubierta de lona contra el sol y
la humedad, de los esplendores de hoy, el ánimo queda sobrecogido
de admiración ante los nuevos horizontes que la ciencia y el arte
del ingeniero descubre cada día, señalando á las sociedades recursos
inagotables de riqueza y bienestar.

El triunfo de la electricidad en Chicago ha de consignarse en la
historia del progreso humano como un suceso glorioso. Y es que el
que ahonda en la materia halla resuelto un problema trascendental;
la aplicación de la electricidad á todos los mecanismos y á todas
las necesidades de la vida no significaría gran cosa, si sólo se
tratara de la luz que deslumbra, de la fuerza que avasalla, de la
electrolisis que admira, ¿que importaría todo eso, aun siendo tan
prodigioso, si en el fondo del problema no se hallara la solución
del aprovechamiento intensivo de las fuerzas vivas de la naturaleza,
y con ella, la modificación radical del trabajo redimido por esas
mismas fuerzas? Durante siglos las hemos contemplado con los brazos
cruzados sin saberlas aprovechar, cegados por la ignorancia,
embrutecidos por la miseria, hasta que la ciencia, esencia purísima
de Dios, nos ha enseñado que la naturaleza trabaja para el bienestar
del hombre diciéndole, «aquí tienes el trabajo incesante de la
materia, mis leyes te muestran que las aguas al despeñarse, el aire
al cambiar de densidad, las olas al agitarse en la superficie de los
mares, los agentes telúricos al correr por los estratos terrestres,
son fuerzas que obran constantemente en el mundo y que te doy gratis
con la única condición de que sepas transformarlas y conducirlas
á tu antojo para tu bien y el de la humanidad. Durante siglos te
he mostrado en las nubes el agente propulsor de la vida, te he
deslumbrado con sus rayos, y su fulgor no te ha dicho hasta ahora
que aquel agente indómito es luz, es calor, es fuerza... es vida, en
fin, de las sociedades hambrientas de paz, amor y caridad.»

Y al reunirse tantos portentos en Chicago, el que ha estudiado su
esencia, prescindiendo de tanta luz y tanto color, en aquel inmenso
mecanismo, obra de una lucha gigantesca, ha visto que la apoteosis
eléctrica es la nota culminante del Certamen, nota reveladora de
un cambio social fundado en la solución de un problema acogido con
simpatía en todas partes: el aprovechamiento intensivo de las fuerzas
naturales, y la modificación honda de todos los instrumentos del
trabajo.

Aquí tienes, lector; sintetizada, en mi concepto, la labor del
gran Certamen americano: no hay en él cosas nuevas reveladoras de
enseñanzas fecundas, pero hállanse aquí realizadas, en espacio
reducido, convertidas en lo tangible y en lo práctico, lo que la fama
pregona por el mundo, como bueno, útil y provechoso.

Descarta, pues, la balumba de las fiestas, las mascaradas, las
democracias americanas luciendo sus abigarrados batallones, las
paradas, los banquetes y los saraos, los congresos y las discusiones,
fárrago indigesto de la garrulería universal y fíjate en lo porvenir,
lleno de esperanzas, porque el bien, que es fecundo, que es obra de
Dios, y por tanto, lo absoluto, ha de vencer aquí, como en todas las
inmensidades del espacio infinito, al mal, que es contingente y forma
pasajera del error y la ignorancia.

       *       *       *       *       *

Todo ha terminado; la fiesta de clausura se ha convertido en día
luctuoso y de vergüenza. Un malvado, un ambicioso, acaba de asesinar
á Harrison, al Mayor de Chicago.

Las fiestas, los discursos, las galas de la ciudad se transforman en
ayes de dolor y fúnebres crespones, concluyendo tristemente una de
las glorias más puras de la América del Norte.

Chicago entera inclina la frente ante el cadáver expuesto en capilla
ardiente, levantada en la casa de la ciudad y á su entierro concurre
todo un pueblo, ansioso de borrar y hacer olvidar el crimen horrendo,
cometido en horas que dan al acto, la significación de delito de lesa
patria.

Yo no sé si la democracia americana olvidará la memoria de Harrison;
en cambio, estoy seguro de que el mundo entero recordará siempre
admirado el esfuerzo colosal del pueblo que ha mostrado tanta energía
y tanta virilidad y pujanza, al levantar una de las obras más
portentosas de este siglo: la World’s Fair de Chicago.


FIN DEL PRIMER TOMO



ÍNDICE

                                                               PÁGS.
  De París á New-York.                                             7
  Cosas de España... y de los Estados Unidos.                     15
  New-York.                                                       23
  Las Cataratas del Niágara.                                      33
  Chicago.                                                        43
  Ingeniería municipal.                                           53
  Los preparativos de apertura de la Exposición.                  61
  Suma y sigue.                                                   69
  Apertura de la Exposición.                                      77
  La sección española de Manufacturas.                            83
  La sección española de Agricultura.                            105
  La sección española de Vinicultura.                            121
  Las secciones españolas de Máquinas y Minas.                   129
  Las secciones españolas de Guerra y Marina.                    137
  Las secciones españolas de Señoras y Forestal.                 145

  EPISODIOS DE LA EXPOSICIÓN:

  Los Infantes de España doña Eulalia y don Antonio en Chicago.  153
  La llegada de las carabelas.                                   159
  La catástrofe.                                                 167
  El Midway plaisance.                                           173
  Cosas... de los Estados Unidos.                                181
  Antagonismos entre americanos y europeos acerca del Jurado.    189
  El Jurado.                                                     197

  INDUSTRIAS AMERICANAS:

  Pullman.                                                       203
  Milwaukee.                                                     219
  La clausura de la Exposición.                                  227





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Viaje a America, Tomo 1 de 2" ***

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