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Title: El libro de las mil noches y una noche; t 3
Author: Anonymous
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro de las mil noches y una noche; t 3" ***

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                         [Illustration: LIBROS

                               CÉLEBRES

                               ESPAÑOLES

                                   Y

                             EXTRANJEROS]



                 Director literario: V. Blasco Ibáñez



                        [Illustration: EL LIBRO

                                DE LAS

                        MIL NOCHES Y UNA NOCHE]


                        ES PROPIEDAD. DERECHOS
                       EXCLUSIVOS DE TRADUCCIÓN
                              AL ESPAÑOL.



                        [Illustration: EL LIBRO
                           DE LAS MIL NOCHES
                              Y UNA NOCHE

             TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL
                          DOCTOR J. C MARDRUS

               Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ

                     PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO

                             TOMO TERCERO

         =Historias: Del Jorobado, con el Sastre, el Corredor
              nazareno, el Intendente y el Médico judío=
           (_continuación_).--=De Dulce-Amiga y Alí-Nur.--De
               Ghanem-ben-Ayub y de su hermana Fetnah.=

                               PROMETEO
                       Germanías, 33.--VALENCIA
                         (Published in Spain)]



[Illustration]



HISTORIA DEL JOROBADO...

(CONTINUACIÓN)

[Illustration: Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero]


«Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer
hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía
de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.

Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano
llegase á mendigar á la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin
prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: «¡Oh
donador, oh generoso!», dió con el palo en la puerta.

Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano
Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando,
al llamar á la puerta de una casa, le decían: «¿Quién es?» Y se callaba
para obligar á que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de
abrir, se contentaban con responder desde dentro: «¡Alah te ampare!» Que
es el modo de despedir á los mendigos.

De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen: «¿Quién
es?», mi hermano callaba. Y acabó por oir pasos que se acercaban, y que
se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no
hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente. Pero aquel
era su destino. Y cada hombre lleva su destino atado al cuello.

Y el hombre le preguntó: «¿Qué deseas?» Y mi hermano Bacbac respondió:
«Que me des una limosna, por Alah el Altísimo.» El hombre volvió á
preguntar: «¿Eres ciego?» Y Bacbac dijo: «Sí, mi amo, y muy pobre.» Y el
otro repuso: «En ese caso, dame la mano para que te guíe.» Y le dió la
mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más
escalones, hasta que lo llevó á la azotea, que estaba muy alta. Y mi
hermano, sin aliento, se decía: «Seguramente, me va á dar las sobras de
algún festín.»

Y cuando hubieron llegado á la azotea, el hombre volvió á preguntar:
«¿Qué quieres, ciego?» Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: «Una
limosna, por Alah.» Y el otro replicó: «Que Alah te abra el día en otra
parte.» Entonces Bacbac le dijo: «¡Oh tú, un _tal_! ¿no podías haberme
contestado así cuando estábamos abajo?» A lo cual replicó el otro: «¡Oh
tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contestaste cuando yo
preguntaba desde dentro: «¿Quién es? ¿Quién está á la puerta?» ¡Conque
lárgate de aquí en seguida, ó te haré rodar como una bola, asqueroso
mendigo de mal agüero!» Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la
escalera completamente solo.

Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué
rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la
cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus
compañeros, mendigos y ciegos como él, al oirle gemir le preguntaron la
causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: «Ahora
tendréis que acompañarme á casa para coger dinero con que comprar comida
para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir á nuestros
ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis
confiado.»

Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había
seguido. Y echó á andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin
que nadie se apercibiese, y así llegaron todos á casa de Bacbac.
Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen
cerrado la puerta. Y Bacbac dijo á los dos ciegos: «Ante todo,
registremos la habitación, por si hay algún extraño escondido.»

Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los
ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y
silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor
tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron á buscar por toda la
habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los
rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que
sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo
contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas
juntos. Después, cada cual cogió dos ó tres dracmas, volvieron á meter
todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de
los tres ciegos marchó á comprar provisiones y volvió en seguida,
sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los
tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron á comer.

Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente á lo largo de la cuerda,
se acurrucó junto á los tres mendigos y se puso á comer con ellos. Y se
había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente. Y Bacbac,
oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: «¡Hay un extraño
entre nosotros!» Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido
de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del
ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él,
y empezaron á gritar y á golpearle con sus palos, ciegos como estaban, y
pedían auxilio á los vecinos, chillando: «¡Oh musulmanes, acudid á
socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero
de nuestros ahorros!» Y acudiendo los vecinos, vieron á Bacbac, que,
auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que
intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los
vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: «¡Por
Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos otros tres, que me
niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que
poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán,
por el emir. Y os pido que me llevéis á presencia del walí, donde se
comprobará todo.» Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron
de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos del walí. Y el walí
preguntó: «¿Quiénes son esos hombres?» Y el ladrón exclamó: «Escucha mis
palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si
no quisieras creerme, manda que nos den tormento, á mí el primero, para
obligarnos á confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento á
estos hombres para poner en claro este asunto.» Y el walí dispuso:
«¡Coged á ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que
confiese!» Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le
sujetaba los pies y los demás principiaron á darle de palos en ellos. A
los diez palos, el supuesto ciego empezó á dar gritos y abrió un ojo,
pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir
otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.

Y el walí, enfurecido, le dijo: «¿Qué farsa es esta, miserable
embustero?» Y el ladrón contestó: «Que suspendan la paliza y lo
explicaré todo.» Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón
dijo: «Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos á la gente para que
nos dé limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar
fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta,
seducirlas, cabalgarlas y al mismo tiempo examinar el interior de las
viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo
que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre
todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte á estos hombres, no
sólo se negaron á dármela, sino que me apalearon, y me habrían matado á
golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es
la verdad, ¡oh walí! Ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás
que recurrir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán. Pero que
les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta
verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice.»

Entonces el walí mandó azotar á mi hermano el primero de todos. Y por
más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron
azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los
ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego
trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco
los pudieron abrir, á pesar de los golpes y á pesar de los consejos que
les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.

Y en seguida el walí encargó á este ciego fingido que fuese á casa de mi
hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió á este ladrón dos mil
quinientos dracmas, ó sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo
demás.

En cuanto á mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo:
«¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia
de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y
que no se os vuelva á ver en Bagdad ni un solo día.»

Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca
de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente á Bagdad, lo metí en
mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.

Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.»

       *       *       *       *       *

Y al oirla el califa Montasser Billah, dijo: «Que den una gratificación
á este barbero y que se vaya en seguida.» Pero yo, ¡oh mis señores!
contesté: «¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar
nada sin referirte lo que les ocurrió á mis otros tres hermanos.» Y
concedida la autorización, dije:

[Illustration]

Historia de El-Kuz, cuarto hermano del barbero

«Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz El-Assuaní, ó el Botijo irrompible,
ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de
carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de
larga cola. Y sabía á quién vender la carne buena y á quién despachar la
mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad
sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus
carneros; de modo que en poco tiempo llegó á ser muy rico y propietario
de grandes rebaños y hermosas fincas.

Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los
días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga
barba blanca, que le dió dinero y le dijo: «¡Corta carne buena!» Y mi
hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo
al anciano, que se fué.

Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado
el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura deslumbradora. Y
se apresuró á guardarlas aparte en una caja especial, pensando: «He aquí
unas monedas que me van á dar buena sombra.»

Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué
todos los días á casa de mi hermano, entregándole monedas de plata
completamente nuevas á cambio de carne fresca y de buena calidad. Y
todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero
un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de
este modo, á fin de comprar unos hermosos carneros, y especialmente unos
cuantos moruecos para enseñarles á luchar unos con otros, ejercicio muy
gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que
guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había
ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco.

Y entonces empezó á darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y á
lamentarse á gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeuntes,
á quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera explicarse la
desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y diciendo:
«¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique, para que le pueda
arrancar las barbas y el turbante con mis propias manos!»

Y apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apareció el
jeique. Y el jeique atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi
hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi
hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: «¡Oh
musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!» Pero el
jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi hermano le
dijo de modo que sólo pudiera oirle él: «¿Qué prefieres, callar ó que te
comprometa delante de todos? Y té advierto que tu afrenta ha de ser más
terrible que la que quieres causarme.» Pero El-Kuz contestó: «¿Qué
afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas á
comprometer?» Y el jeique dijo: «Demostraré que vendes carne humana en
vez de carnero.» Y mi hermano repuso: «¡Mientes, oh mil veces embustero
y mil veces maldito!» Y el jeique dijo: «El embustero y el maldito es
quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un
carnero.» Y mi hermano protestó violentamente, y dijo: «¡Perro, hijo de
perro! Si pruebas semejante cosa, te entregaré mi sangre y mis bienes.»
Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo á voces: «¡Oh
vosotros todos, amigos míos! ¿veis á este carnicero? Pues hasta hoy nos
ha estado engañando á todos, infringiendo los preceptos de nuestro
Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día á un hijo de
Adán y nos vende su carne por carne de carnero. Y para convenceros de
que digo la verdad, entrad á registrar la tienda.»

Entonces surgió un clamor, y la muchedumbre se precipitó en la tienda de
mi hermano El-Kuz, tomándola por asalto. Y á la vista de todos apareció
colgado de un gancho el cadáver de un hombre, desollado, preparado y
destripado. Y en el tablón de las cabezas de carnero había tres cabezas
humanas, desolladas, limpias y cocidas al horno, para la venta.

Y al ver esto, todos los presentes se lanzaron sobre mi hermano,
gritando: «¡Impío, sacrílego, asesino!» Y la emprendieron con él á palos
y á latigazos. Y los más encarnizados contra él y los que más cruelmente
le pegaban eran sus parroquianos más antiguos y sus mejores amigos. Y el
viejo jeique le dió tan violento puñetazo en un ojo, que se lo saltó sin
remedio. Después cogieron el supuesto cadáver degollado, ataron á mi
hermano El-Kuz, y todo el mundo, precedido del jeique, se presentó
delante del ejecutor de la ley. Y el jeique le dijo: «¡Oh Emir! He aquí
que te traemos, para que pague sus crímenes, á este hombre que desde
hace mucho tiempo degüella á sus semejantes y vende su carne como si
fuese de carnero. No tienes más que dictar sentencia y dar cumplimiento
á la justicia de Alah, pues he aquí á todos los testigos.» Y esto fué
todo lo que pasó. Porque el jeique de la blanca barba era un brujo que
tenía el poder de aparentar cosas que no lo eran realmente.

En cuanto á mi hermano El-Kuz, por más que se defendió, no quiso oirle
el juez, y lo sentenció á recibir quinientos palos. Y le confiscaron
todos sus bienes y propiedades, no siendo poca su suerte con ser tan
rico, pues de otro modo le habrían condenado á muerte sin remedio. Y
además le condenaron á ser desterrado.

Y mi hermano, con un ojo menos, con la espalda llena de golpes y medio
muerto, salió de Bagdad camino adelante y sin saber adónde dirigirse,
hasta que llegó á una ciudad lejana, desconocida para él, y allí se
detuvo, decidido á establecerse en aquella ciudad y ejercer el oficio de
remendón, que apenas si necesita otro capital que unas manos hábiles.

Fijó, pues, su puesto en un esquinazo de dos calles, y se puso á
trabajar para ganarse la vida. Pero un día que estaba poniendo una pieza
nueva á una babucha vieja oyó relinchos de caballos y el estrépito de
una carrera de jinetes. Y preguntó el motivo de aquel tumulto, y le
dijeron: «Es el rey, que sale de caza con galgos, acompañado de toda la
corte.» Entonces mi hermano El-Kuz dejó un momento la aguja y el
martillo y se levantó para ver cómo pasaba la comitiva regia. Y mientras
estaba de pie, meditando sobre su pasado y su presente y sobre las
circunstancias que le habían convertido de famoso carnicero en el último
de los remendones, pasó el rey al frente de su maravilloso séquito, y
dió la casualidad de que la mirada del rey se fijase en el ojo huero de
mi hermano El-Kuz. Y al verlo, el rey palideció, y dijo: «¡Guárdeme Alah
de las desgracias de este día maldito y de mal agüero!» Y dió vuelta
inmediatamente á las bridas de su yegua y desanduvo el camino,
acompañado de su séquito y de sus soldados. Pero al mismo tiempo mandó á
sus siervos que se apoderaran de mi hermano y le administrasen el
consabido castigo. Y los esclavos, precipitándose sobre mi hermano
El-Kuz, le dieron tan tremenda paliza, que lo dejaron por muerto en
medio de la calle. Y cuando se marcharon se levantó El-Kuz y se volvió
penosamente á su puesto, debajo del toldo que le resguardaba, y allí se
echó completamente molido. Pero entonces pasó un individuo del séquito
del rey que venía rezagado. Y mi hermano El-Kuz le rogó que se
detuviese, le contó el trato que acababa de sufrir y le pidió que le
dijera el motivo. El hombre se echó á reir á carcajadas, y le contestó:
«Sabe, hermano, que nuestro rey no puede tolerar ningún tuerto, sobre
todo si el tuerto lo es del ojo derecho. Porque cree que ha de traerle
desgracia. Y siempre manda matar al tuerto sin remisión. Así es que me
sorprende mucho que todavía estés vivo.»

Mi hermano no quiso oir más. Recogió sus herramientas, y aprovechando
las pocas fuerzas que le quedaban, emprendió la fuga y no se detuvo
hasta salir de la ciudad. Y siguió andando hasta llegar á otra población
muy lejana que no tenía rey ni tirano.

Residió mucho tiempo en aquella ciudad, cuidando de no exhibirse; pero
un día salió á respirar aire puro y darse un paseo. Y de pronto oyó
detrás de él relinchar de caballos, y recordando su última desventura,
escapó lo más aprisa que pudo, buscando un rincón en que esconderse,
pero no lo encontró. Y delante de él vió una puerta, y empujó la puerta
y se encontró en un pasillo largo y oscuro, y allí se escondió. Pero
apenas se había ocultado aparecieron dos hombres, que se apoderaron de
él, le encadenaron, y dijeron: «¡Loor á Alah, que ha permitido que te
atrapásemos, enemigo de Alah y de los hombres! Tres días y tres noches
llevamos buscándote sin descanso. Y nos has hecho pasar amarguras de
muerte.» Pero mi hermano dijo: «¡Oh señores! ¿A quién os referís? ¿De
qué órdenes habláis?» Y le contestaron: «¿No te ha bastado con haber
reducido á la indigencia á todos tus amigos y al amo de esta casa? ¡Y
aún nos querías asesinar! ¿Dónde está el cuchillo con que nos amenazabas
ayer?»

Y se pusieron á registrarle, encontrándole el cuchillo con que cortaba
el cuero para las suelas. Entonces lo arrojaron al suelo, y le iban á
degollar, cuando mi hermano exclamó: «Escuchad, buena gente: no soy ni
un ladrón ni un asesino, pero puedo contaros una historia sorprendente,
y es mi propia historia. Y ellos, sin hacerle caso, le pisotearon, le
golpearon y le destrozaron la ropa. Y al desgarrarle la ropa vieron en
su espalda desnuda las cicatrices de los latigazos que había recibido en
otro tiempo. Y exclamaron: «¡Oh miserable! He aquí unas cicatrices que
prueban todos tus crímenes pasados.» Y en seguida lo llevaron á
presencia del walí, y mi hermano, pensando en todas sus desdichas, se
decía: «¡Oh cuán grandes serán mis pecados, cuando así los expío siendo
inocente de cuanto me achacan! Pero no tengo más esperanza que en Alah
el Altísimo.»

Y cuando estuvo en presencia del walí, el walí lo miró airadísimo y le
dijo: «Miserable desvergonzado, los latigazos con que marcaron tu cuerpo
son una prueba sobrada de todas tus anteriores y presentes fechorías.» Y
dispuso que le dieran cien palos. Y después lo subieron y ataron á un
camello y le pasearon por toda la ciudad, mientras el pregonero gritaba:
«He aquí el castigo de quien se mete en casa ajena con intenciones
criminales.»

Pero entonces supe todas estas desventuras de mi desgraciado hermano. Me
dirigí en seguida en su busca, y lo encontré precisamente cuando lo
bajaban desmayado del camello. Y entonces, ¡oh Emir de los Creyentes!
cumplí mi deber de traérmelo secretamente á Bagdad, y le he señalado una
pensión para que coma y beba tranquilamente hasta el fin de sus días.

Tal es la historia del desdichado El-Kuz: En cuanto á mi quinto hermano,
su aventura es aún más extraordinaria, y te probará ¡oh Príncipe de los
Creyentes! que soy el más cuerdo y el más prudente de mis hermanos.»

[Illustration: Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero]

«Este hermano mío, ¡oh Emir de los Creyentes! fué precisamente aquel á
quien cortaron la nariz y las orejas. Le llaman El-Aschar porque ostenta
un vientre voluminoso como una camella preñada, y también por su
semejanza con un caldero grande. Y es muy perezoso durante el día, pero
de noche desempeña cualquier comisión, procurándose dinero por toda
suerte de medios ilícitos y extraños.

Al morir nuestro padre heredamos cien dracmas de plata cada uno.
El-Aschar cogió los cien dracmas que le correspondían, pero no sabía en
qué emplearlos. Y se decidió por último á comprar cristalería para
venderla al por menor, prefiriendo este oficio á cualquier otro porque
no le obligaba á moverse mucho. Se convirtió, pues, en vendedor de
cristalería, para lo cual compró un canasto grande, en el que puso sus
géneros, buscó una esquina frecuentada y se instaló tranquilamente en
ella, apoyada la espalda contra la pared y delante el canasto,
pregonando su mercadería de esta suerte:

     _¡Oh cristal! ¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de
     mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal, oh
     cristal!_

Pero más tiempo se lo pasaba callado. Y entonces, apoyando con mayor
firmeza la espalda contra la pared, empezaba á soñar despierto. Y he
aquí lo que soñaba un viernes, en el momento de la oración:

«Acabo de emplear todo mi capital, ó sean cien dracmas, en la compra de
cristalería. Es seguro que lograré venderla en doscientos dracmas. Con
estos doscientos dracmas compraré otra vez cristalería y la venderé en
cuatrocientos dracmas. Y seguiré vendiendo y comprando hasta que me vea
dueño de un gran capital. Entonces compraré toda clase de mercancías,
drogas y perfumes, y no dejaré de vender hasta que haya hecho
grandísimas ganancias. Y así podré adquirir un gran palacio y tener
esclavos, y tener caballos con sillas y gualdrapas de brocado y de oro.
Y comeré y beberé soberbiamente, y no habrá cantora en la ciudad á la
que no invite á cantar en mi casa. Y luego me concertaré con las
casamenteras más expertas de Bagdad, para que me busquen novia que sea
hija de un rey ó de un visir. Y no transcurrirá mucho tiempo sin que me
case, ya que no con otra, con la hija del gran visir, porque es una
joven hermosísima y llena de perfecciones. De modo que le señalaré una
dote de mil dinares de oro. Y no es de esperar que su padre el gran
visir vaya á oponerse á esta boda; pero si no la consintiese, le
arrebataría á su hija y me la llevaría á mi palacio. Y compraré diez
pajecillos para mi servicio particular. Y me mandaré hacer ropa regia,
como la que llevan los sultanes y los emires, y encargaré al joyero más
hábil que me haga una silla de montar toda de oro, con incrustaciones de
perlas y pedrería. Y montado en el corcel más hermoso de los corceles,
que compraré á los beduinos del desierto ó mandaré traer de la tribu de
Anezi, me pasearé por la ciudad precedido de numerosos esclavos y otros
detrás y alrededor de mí; y de este modo llegaré al palacio del gran
visir. Y el gran visir cuando me vea se levantará en honor mío, y me
cederá su sitio, quedándose de pie algo más abajo que yo, y se tendrá
por muy honrado con ser mi suegro. Y conmigo irán dos esclavos, cada uno
con una gran bolsa. Y en cada bolsa habrá mil dinares. Una de las bolsas
se la daré al gran visir como dote de su hija, y la otra se la regalaré
como muestra de mi generosidad y munificencia y para que vea también
cuán por encima estoy de todo lo de este mundo. Y volveré solemnemente á
mi casa, y cuando mi novia me envíe á una persona con algún recado,
llenaré de oro á esa persona y le regalaré telas preciosas y trajes
magníficos. Y si el visir llega á mandarme algún regalo de boda, no lo
aceptaré y se lo devolveré, aunque sea un regalo de gran valor, y todo
esto para demostrarle que tengo gran altura de espíritu y soy incapaz de
la menor falta de delicadeza. Y señalaré después el día de mi boda y
todos los pormenores, disponiendo que nada se escatime en cuanto al
banquete ni respecto al número y calidad de músicos, cantoras y
danzarinas. Y prepararé mi palacio tendiendo alfombras por todas
partes, cubriré el suelo de flores desde la entrada hasta la sala del
festín, y mandaré regar el pavimento con esencias y agua de rosas.

»La noche de bodas me pondré el traje más lujoso, me sentaré en un trono
colocado en un magnífico estrado, tapizado de seda con bordados de
flores y pájaros. Y mientras mi mujer se pasee por el salón con todas
sus preseas, más resplandeciente que la luna llena del mes del Ramadán,
yo permaneceré muy serio, sin mirarla siquiera ni volver la cabeza á
ningún lado, probando con todo esto la entereza de mi carácter y mi
cordura. Y cuando me presenten á mi esposa, deliciosamente perfumada y
con toda la frescura de su belleza, yo no me moveré tampoco. Y seguiré
impasible, hasta que todas las damas se me acerquen y digan: «¡Oh señor,
corona de nuestra cabeza! aquí tienes á tu esposa, que se pone
respetuosamente entre tus manos y aguarda que la favorezcas con una
mirada. Y he aquí que, habiéndose fatigado al estar de pie tanto tiempo,
sólo espera tus órdenes para sentarse.» Y yo no diré tampoco ni una
palabra, haciendo desear más mi respuesta. Y entonces todas las damas y
todos los invitados se prosternarán y besarán la tierra muchas veces
ante mi grandeza. Y hasta entonces no consentiré en bajar la vista para
dirigir una mirada á mi mujer, pero sólo una mirada, porque volveré en
seguida á levantar los ojos y recobraré mi aspecto lleno de dignidad. Y
las doncellas se llevarán á mi mujer, y yo me levantaré para cambiar de
ropa y ponerme otra mucho más rica. Y volverán á llevarme por segunda
vez á la recién casada con otros trajes y otros adornos, bajo el
hacinamiento de las alhajas, el oro y la pedrería perfumada con nuevos
perfumes más gratos todavía. Y cuando me hayan rogado muchas veces,
volveré á mirar á mi mujer, pero en seguida levantaré los ojos para no
verla más. Y guardaré esta prodigiosa compostura hasta que terminen por
completo todas las ceremonias.

     Pero en este momento de su relato, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y discreta como siempre, no quiso abusar más aquella noche
     del permiso otorgado.


[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 32.ª NOCHE_

     Siguió contando la historia al rey Schahriar:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió así la
aventura de su quinto hermano El-Aschar:

       *       *       *       *       *

»...hasta que terminen por completo todas las ceremonias. Entonces
mandaré á algunos de mis esclavos que cojan un bolsillo con quinientos
dinares en moneda menuda, y la tiren á puñados por el salón, y repartan
otro tanto entre músicos y cantoras y otro tanto á las doncellas de mi
mujer. Y luego las doncellas llevarán á mi esposa á su aposento. Y yo me
haré esperar mucho. Y cuando entre en la habitación atravesaré por entre
las dos filas de doncellas. Y al pasar cerca de mi esposa le pisaré el
pie de un modo ostensible para demostrar mi superioridad como varón. Y
pediré una copa de agua azucarada, y después de haber dado gracias á
Alah, la beberé tranquilamente.

»Y seguiré no haciendo caso á mi mujer, que estará en la cama dispuesta
á recibirme, y á fin de humillarla y demostrarle de nuevo mi
superioridad y el poco caso que hago de ella, no le dirigiré ni una vez
la palabra, y así aprenderá cómo pienso conducirme en lo sucesivo, pues
no de otro modo se logra que las mujeres sean dóciles, dulces y tiernas.
Y en efecto, no tardará en presentarse mi suegra, que me besará la
frente y las manos, y dirá: «¡Oh mi señor! dígnate mirar á mi hija, que
es tu esclava y desea ardientemente que la acompañes y le hagas la
limosna de una sola palabra tuya.» Pero yo, á pesar de las súplicas de
mi suegra, que no se habrá atrevido á llamarme yerno por temor de
demostrar familiaridad, no le contestaré nada. Entonces me seguirá
rogando, y estoy seguro de que acabará por echarse á mis pies y los
besará, así como la orla de mi ropón. Y me dirá entonces: «¡Oh mi señor!
¡Te juro por Alah que mi hija es virgen! ¡Te juro por Alah que ningún
hombre la vió descubierta ni conoce el color de sus ojos! No la afrentes
ni la humilles tanto. Mira cuán sumisa la tienes. Sólo aguarda una seña
tuya para satisfacerte en cuanto quieras.»

»Y mi suegra se levantará para llenar una copa de un vino exquisito,
dará la copa á su hija, que en seguida vendrá á ofrecérmela, toda
temblorosa. Y yo, arrellanado en los cojines de terciopelo bordados en
oro, dejaré que se me acerque, sin mirarla, y gustaré de ver de pie á la
hija del gran visir delante del ex vendedor de cristalería, que
pregonaba en una esquina:

     _¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza!
     ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal! ¡Ombligo de niño!
     ¡Cristal! ¡Miel coloreada! ¡Cristal!_

»Y ella, al ver en mi tanta grandeza, habrá de tomarme por el hijo de
algún sultán ilustre cuya gloria llene el mundo. Y entonces insistirá
para que tome la copa de vino, y la acercará gentilmente á mis labios. Y
furioso al ver esta familiaridad, le dirigiré una mirada terrible, le
daré una gran bofetada y un puntapié en el vientre, de esta manera...»

Y mi hermano hizo ademán de dar el puntapié á su soñada esposa y se lo
dió de lleno al canasto que encerraba la cristalería. Y el cesto salió
rodando con su contenido. Y se hizo añicos todo lo que constituía la
fortuna de aquel loco.

Ante aquel irreparable destrozo, El-Aschar empezó á darse puñetazos en
la cara y á desgarrarse la ropa y á llorar. Y entonces, como era
precisamente viernes é iba á empezar la plegaria, las personas que
salían de sus casas vieron á mi hermano, y unos se paraban movidos de
lástima, y otros siguieron su camino creyéndole loco.

Y mientras estaba deplorando la pérdida de su capital y de sus
intereses, he aquí que pasó por allí, camino de la mezquita, una gran
señora. Un intenso perfume de almizcle se desprendía de toda ella. Iba
montada en una mula enjaezada con terciopelo y brocado de oro, y la
acompañaba considerable número de esclavos y sirvientes.

Al ver todo aquel cristal roto y á mi hermano llorando, preguntó la
causa de tal desesperación. Y le dijeron que aquel hombre no tenía más
capital que el canasto de cristalería, cuya venta le daba de comer, y
que nada le quedaba después del accidente. Entonces la dama llamó á uno
de los criados y le dijo: «Da á ese pobre hombre todo el dinero que
lleves encima.» Y el criado se despojó de una gran bolsa que llevaba
sujeta al cuello con un cordón, y se la entregó á mi hermano. Y
El-Aschar la cogió, la abrió, y encontró después de contarlos quinientos
dinares de oro. Y estuvo á punto de morirse de emoción y alegría, y
empezó á invocar todas las gracias y bendiciones de Alah en favor de su
bienhechora.

Y enriquecido en un momento, se fué á su casa para guardar aquella
fortuna. Y se disponía á salir para alquilar una buena morada en que
pudiese vivir á gusto, cuando oyó que llamaban á la puerta. Fué á abrir,
y vió á una vieja desconocida que le dijo: «¡Oh hijo mío! sabe que casi
ha transcurrido la hora de la plegaria en este santo día de viernes, y
aún no he podido hacer mis abluciones. Y te ruego que me permitas entrar
para hacerlas, resguardada de los importunos.» Y mi hermano dijo:
«Escucho y obedezco.» Y abrió la puerta de par en par y la llevó á la
cocina, donde la dejó sola.

Y á los pocos instantes fué á buscarle la vieja, y sobre el miserable
pedazo de estera que servía de tapiz terminó su plegaria, haciendo votos
en favor de mi hermano, llenos de compunción. Y mi hermano le dió las
gracias más expresivas, y sacando del cinturón dos dinares de oro se los
alargó generosamente. Pero la vieja los rechazó con dignidad, y dijo:
«¡Oh hijo mío, alabado sea Alah, que te hizo tan magnánimo! No me
asombra que inspires simpatías á las personas apenas te vean. Y en
cuanto á ese dinero que me ofreces, vuelva á tu cinturón, pues á juzgar
por tu aspecto debes ser un pobre saaluk, y te debe hacer más falta que
á mí, que no lo necesito. Y si en realidad no te hace falta, puedes
devolvérselo á la noble señora que te lo dió por habérsete roto la
cristalería.» Y mi hermano dijo: «¡Cómo! Buena madre, ¿conoces á esa
dama? En ese caso, te ruego que indiques dónde la podré ver.» Y la vieja
contestó: «Hijo mío, esa hermosa joven sólo te ha demostrado su
generosidad para expresar la inclinación que le inspira tu juventud, tu
vigor y tu gallardía. Pues su marido es impotente y nunca logrará
satisfacerla, porque Alah le ha castigado con unos compañones tan fríos,
que dan lástima. Levántate, pues, guarda en tu cinturón todo el dinero
para que no te lo roben en esta casa tan poco segura, y ven conmigo.
Pues has de saber que sirvo á esa señora hace mucho tiempo y me confía
todas sus comisiones secretas. Y en cuanto estés con ella, no te encojas
para nada, pues debes hacer con ella todo aquello de que eres capaz. Y
cuanto más hagas, más te querrá. Y por su parte, se esforzará en
proporcionarte todos los placeres y todas las alegrías, y serás dueño
absoluto de su hermosura y sus tesoros.»

Cuando mi hermano oyó estas palabras de la vieja, se levantó, hizo lo
que le había dicho, y siguió á la anciana, que había echado á andar. Y
mi hermano marchó detrás de ella hasta que llegaron ambos á un gran
portal, en el que la vieja llamó á su modo. Y mi hermano se hallaba en
el límite de la emoción y de la dicha.

Y á aquel llamamiento salió á abrir una esclava griega, muy bonita, que
les deseó la paz y sonrió á mi hermano de una manera muy insinuante. Y
le introdujo en una magnífica sala con grandes cortinajes de seda y oro
fino y magníficos tapices. Y mi hermano, al verse solo, se sentó en un
diván, se quitó el turbante, se lo puso en las rodillas y se secó la
frente. Y apenas se hubo sentado se abrieron las cortinas y apareció
una joven incomparable, como no la vieron las miradas más maravilladas
de los hombres. Y mi hermano El-Aschar se puso de pie sobre sus dos
pies.

Y la joven le sonrió con los ojos y se apresuró á cerrar la puerta, que
se había quedado abierta. Y se acercó á El-Aschar, le cogió de la mano y
lo llevó consigo al diván de terciopelo. Y como antes de ejercer de
cabalgador quisiera hablar, la joven, con una mano en la boca, le indicó
que callase, mientras que con la otra le invitaba á que no perdiese el
tiempo con más dilaciones. Y en el mismo instante mi hermano hizo á la
joven cuanto sabía hacer en punto á copulaciones, abrazos, besos,
mordiscos, caricias, contorsiones y variaciones, una, dos, tres veces, y
así durante algunas horas del tiempo.

Después de aquellos transportes, la joven se levantó y le dijo á mi
hermano: «¡Ojo de mi vida! no te muevas de aquí hasta que yo vuelva.»
Después salió rápidamente y desapareció.

Pero de pronto se abrió violentamente la puerta y apareció un negro
horrible, gigantesco, que llevaba en la mano un alfanje desnudo. Y gritó
al aterrorizado El-Aschar: «¡Oh grandísimo miserable! ¿Cómo te atreviste
á llegar hasta aquí, ¡oh tú, producto mixto de los compañones
corrompidos de todos los criminales!?» Y mi hermano no supo qué
contestar á lenguaje tan violento, se le paralizó la lengua, se le
aflojaron los músculos y se puso muy pálido. Entonces el negro le
cogió, lo desnudó completamente y se puso á darle de plano con el
alfanje más de ochenta golpes, hasta que mi hermano se cayó al suelo y
el negro lo creyó cadáver. Llamó entonces con voz terrible, y acudió una
negra con un plato lleno de sal. Lo puso en el suelo y empezó á llenar
de sal las heridas de mi hermano, que á pesar de padecer horriblemente,
no se atrevía á gritar por temor de que le remataran. Y la negra se
marchó después que hubo cubierto completamente de sal todas las heridas.

Entonces el negro dió otro grito tan espantoso como el primero, y se
presentó la vieja, que, ayudada por el negro, después de robar todo el
dinero á mi hermano, lo cogió por los pies, lo arrastró por todas las
habitaciones hasta llegar al patio, donde lo lanzó al fondo de un
subterráneo, en el que acostumbraba á precipitar los cadáveres de todos
aquellos á quienes con sus artificios había atraído á la casa para que
sirviesen de cabalgadores á su joven señora.

El subterráneo en cuyo fondo habían arrojado á mi hermano El-Aschar era
muy grande y oscurísimo, y en él se amontonaban los cadáveres unos sobre
otros. Allí pasó El-Aschar dos días enteros, imposibilitado de moverse
por las heridas y la caída. Pero Alah (¡alabado y glorificado sea!)
quiso que mi hermano pudiese salir de entre tanto cadáver y arrastrarse
á lo largo del subterráneo, guiado por una escasa claridad que venía de
lo alto. Y pudo llegar hasta el tragaluz de donde descendía aquella
claridad, y una vez allí salir á la calle, fuera del subterráneo.

Se apresuró entonces á regresar á su casa, á la cual fuí á buscarle, y
le cuidé con los remedios que sé extraer de las plantas. Y al cabo de
algún tiempo, curado ya completamente, mi hermano resolvió vengarse de
la vieja y de sus cómplices por los tormentos que le habían causado. Se
puso á buscar á la vieja, siguió sus pasos, y se enteró bien del sitio á
que solía acudir diariamente para atraer á los jóvenes que habían de
satisfacer á su ama y convertirse después en lo que se convertían. Y un
día se disfrazó de persa, se ciñó un cinto muy abultado, escondió un
alfanje bajo su holgado ropón, y fué á esperar la llegada de la vieja,
que no tardó en aparecer. En seguida se aproximó á ella, y fingiendo
hablar mal nuestro idioma, remedó el lenguaje bárbaro de los persas.
Dijo: «¡Oh buena madre! soy forastero, y quisiera saber dónde podría
pesar y reconocer unos novecientos dinares de oro que llevo en el
cinturón, y que acabo de cobrar por la venta de unas mercaderías que
traje de mi tierra.» Y la maldita vieja de mal agüero le respondió:
«¡Oh, no podías haber llegado más á tiempo! Mi hijo, que es un joven tan
hermoso como tú, ejerce el oficio de cambista, y te prestará el pesillo
que buscas. Ven conmigo, y te llevaré á su casa.» Y él contestó: «Pues
ve delante.» Y ella fué delante y él detrás, hasta que llegaron á la
casa consabida. Y les abrió la misma esclava griega de agradable
sonrisa, á la cual dijo la vieja en voz baja: «Esta vez le traigo á la
señora músculos sólidos y un zib bien á punto.»

Y la esclava cogió á El-Aschar de la mano y le llevó á la sala de las
sedas, y estuvo con él entreteniéndole algunos momentos; después avisó á
su ama, que llegó é hizo con mi hermano lo mismo que la primera vez.
Pero sería ocioso repetirlo. Después se retiró, y de pronto apareció el
negro terrible, con el alfanje desenvainado en la mano, y gritó á mi
hermano que se levantara y lo siguiese. Y entonces mi hermano, que iba
detrás del negro, sacó de pronto el alfanje de debajo del ropón, y del
primer tajo le cortó la cabeza.

Al ruido de la caída acudió la negra, que sufrió la misma suerte;
después la esclava griega, que al primer sablazo quedó también
descabezada. Inmediatamente le tocó á la vieja, que llegó corriendo para
echar mano al botín. Y al ver á mi hermano con el brazo cubierto de
sangre y el acero en la mano, se cayó espantada en tierra, y El-Aschar
la agarró del pelo y le dijo: «¿No me conoces, vieja zorra, podrida
entre las podridas?» Y respondió la vieja: «¡Oh mi señor, no te
conozco!» Pero mi hermano dijo: «Pues sabe, ¡oh alcahueta! que soy aquel
en cuya casa fuiste á hacer las abluciones, trasero de mono viejo.» Y al
decir esto, mi hermano partió en dos mitades á la vieja de un solo
sablazo. Después fué á buscar á la joven que había copulado con él dos
veces.

No tardó en encontrarla, ocupada en componerse y perfumarse en un
aposento retirado. Y cuando la joven le vió cubierto de sangre, dió un
grito de terror y se arrojó á sus pies, rogándole que le perdonase la
vida. Y mi hermano, recordando los placeres compartidos con ella, le
otorgó generosamente la vida, y le preguntó: «¿Y cómo es que estás en
esta casa, bajo el dominio de ese negro horrible á quien he matado con
mis manos?» La joven respondió: «¡Oh dueño mío! antes de estar encerrada
en esta maldita casa, era yo propiedad de un rico mercader de la
población, y esta vieja solía venir á verme y nos manifestaba mucha
amistad. Un día entre los días fué á su casa y me dijo: «Me han invitado
á una gran boda, pues no habrá en el mundo otra parecida. Y vengo á
llevarte conmigo.» Yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Me puse mis
mejores ropas, cogí un bolsillo con cien dinares y salí con la vieja.
Llegamos á esta casa, en la cual me introdujo con su astucia, y caí en
manos de ese negro atroz, que después de arrebatarme la virginidad, me
sujetó aquí á la fuerza y me utilizó para sus criminales designios, á
costa de la vida de los jóvenes que la vieja le proporcionaba. Y así he
pasado tres años entre las manos de esa vieja maldita.» Entonces mi
hermano dijo: «Pero llevando aquí tanto tiempo, debes saber si esos
criminales han amontonado riquezas.» Y ella contestó: «Hay tantas, que
dudo mucho que tú solo pudieras llevártelas. Ven á verlo tú mismo.»

Y se llevó á mi hermano, y le enseñó grandes cofres llenos de monedas de
todos los países y de bolsillos de todas las formas. Y mi hermano se
quedó deslumbrado y atónito. Ella entonces le dijo: «No es así como
podrás llevarte este oro. Ve á buscar unos mandaderos y tráelos para que
carguen con él. Mientras tanto, yo prepararé los fardos.»

Apresuróse El-Aschar á buscar á los mozos, y al poco tiempo volvió con
diez hombres que llevaban cada uno una gran banasta vacía.

Pero al llegar á la casa vió el portal abierto de par en par. Y la joven
había desaparecido con todos los cofres. Y comprendió entonces que se
había burlado de él para poderse llevar las principales riquezas. Pero
se consoló al ver las muchas cosas preciosas que quedaban en la casa y
los valores encerrados en los armarios, con todo lo cual podía
considerarse rico para toda su vida. Y resolvió llevárselo al día
siguiente; pero como estaba muy fatigado, se tendió en el magnífico
lecho y se quedó dormido.

Al despertar al día siguiente, llegó hasta el límite del terror al verse
rodeado por veinte guardias del walí, que le dijeron: «Levántate á
escape y vente con nosotros.» Y se lo llevaron, cerraron y sellaron las
puertas, y lo pusieron entre las manos del walí, que le dijo: «He
averiguado tu historia, los asesinatos que has cometido y el robo que
ibas á perpetrar.» Entonces mi hermano exclamó: «¡Oh walí! Dame la señal
de la seguridad, y te contaré lo ocurrido.» Y el walí entonces le dió
un velo, símbolo de la seguridad, y El-Aschar le contó toda la historia
desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla. Después
mi hermano añadió: «Ahora, ¡oh walí lleno de ideas justas y rectas!
consentiré, si quieres, en compartir contigo lo que queda en aquella
casa.» Pero el walí replicó: «¿Cómo te atreves á hablar de reparto? ¡Por
Alah! No tendrás nada, pues debo cogerlo todo. Y date por muy contento
al conservar la vida. Además, vas á salir inmediatamente de la ciudad y
no vuelvas por aquí, bajo pena del mayor castigo.» Y el walí desterró á
mi hermano, por temor á que el califa se enterase de la historia de
aquel robo. Y mi hermano tuvo que huir muy lejos.

Pero para que se cumpliese por completo el Destino, apenas había salido
de las puertas de la ciudad le asaltaron unos bandoleros, y al no
hallarle nada encima, le quitaron la ropa, dejándole en cueros, le
apalearon y le cortaron las orejas y la nariz.

Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre
El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje á
mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el
resto de sus días.

¡Tal es la historia de El-Aschar!

Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh Emir de los
Creyentes! merece que la escuches antes de que me decida á descansar.»

[Illustration]

Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero

«Se llama Schakalik ó el Tarro hendido, ¡oh Comendador de los Creyentes!
Y á este hermano mío le cortaron los labios, y no sólo los labios, sino
también el zib. Pero le cortaron los labios y el zib á consecuencia de
circunstancias extremadamente asombrosas.

Porque Schakalik, mi sexto hermano, era el más pobre de todos nosotros,
pues era verdaderamente pobre. Y no hablo de los cien dracmas de la
herencia de nuestro padre, porque Schakalik, que nunca había visto tanto
dinero junto, se comió los cien dracmas en una noche, acompañado de la
gentuza más deplorable del barrio izquierdo de Bagdad.

No poseía, pues, ninguna de las vanidades de este mundo, y sólo vivía de
las limosnas de la gente, que lo admitía en su casa por su divertida
conversación y por sus chistosas ocurrencias.

Un día entre los días había salido Schakalik en busca de un poco de
comida para su cuerpo extenuado por las privaciones, y vagando por las
calles se encontró ante una magnífica casa, á la cual daba acceso un
gran pórtico con varios peldaños. Y en estos peldaños y á la entrada
había un número considerable de esclavos, sirvientes, oficiales y
porteros. Y mi hermano Schakalik se aproximó á los que allí estaban y
les preguntó de quién era tan maravilloso edificio. Y le contestaron:
«Es propiedad de un hombre que figura entre los hijos de los reyes.»

Después se acercó á los porteros, que estaban sentados en un banco en el
peldaño más alto, y les pidió limosna en el nombre de Alah. Y le
respondieron: «¿Pero de dónde sales para ignorar que no tienes más que
presentarte á nuestro amo para que te colme en seguida de sus dones?»
Entonces mi hermano entró y franqueó el gran pórtico, atravesó un patio
espacioso y un jardín poblado de árboles hermosísimos y de aves
cantoras. Lo rodeaba una galería calada, con pavimento de mármol, y unos
toldos le daban frescura durante las horas de calor. Mi hermano siguió
andando y entró en la sala principal, cubierta de azulejos de colores
verde, azul y oro, con flores y hojas entrelazadas. En medio de la sala
había una hermosa fuente de mármol, con un surtidor de agua fresca, que
caía con dulce murmullo. Una maravillosa estera de colores alfombraba la
mitad del suelo, más alta que la otra mitad, y reclinado en unos
almohadones de seda con bordados de oro se hallaba muy á gusto un
hermoso jeique de larga barba blanca y de rostro iluminado por benévola
sonrisa. Mi hermano se acercó, y dijo al anciano de la hermosa barba:
«¡Sea la paz contigo!» Y el anciano, levantándose en seguida, contestó:
«¡Y contigo la paz y la misericordia de Alah con sus bendiciones! ¿Qué
deseas, ¡oh tú!?» Y mi hermano respondió: «¡Oh mi señor! sólo pedirte
una limosna, pues estoy extenuado por el hambre y las privaciones.»

Y al oir estas palabras, exclamó el viejo jeique: «¡Por Alah! ¿Es
posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado
de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con
paciencia!» Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo:
«¡Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!» Y el
jeique repuso: «Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa,
para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa.» Y mi hermano dijo:
«Gracias te doy, ¡oh mi señor y dueño! Pues no podría estar más tiempo
en ayunas, como no me muriese de hambre.» Entonces el viejo dió dos
palmadas y ordenó á un esclavo que se presentó inmediatamente: «¡Trae en
seguida el jarro y la palangana de plata, para que nos lavemos las
manos!» Y dijo á mi hermano Schakalik: «¡Oh huésped! Acércate y lávate
las manos.»

Y al decir esto, el jeique se levantó, y aunque el esclavo no había
vuelto, hizo ademán de echarse agua en las manos con un jarro invisible
y restregárselas como si tal agua cayese.

Al ver esto, no supo qué pensar mi hermano Schakalik; pero como el viejo
insistía para que se acercase á su vez, supuso que era una broma, y como
él tenía también fama de divertido, hizo ademán de lavarse las manos lo
mismo que el jeique. Entonces el anciano dijo: «¡Oh vosotros! poned el
mantel y traed la comida, que este pobre hombre está rabiando de
hambre.»

Y en seguida acudieron numerosos servidores, que empezaron á ir y venir
como si pusieran el mantel y lo cubriesen de numerosos platos llenos
hasta los bordes. Y Schakalik, aunque muy hambriento, pensó que los
pobres deben respetar los caprichos de los ricos, y se guardó mucho de
demostrar impaciencia alguna. Entonces el jeique le dijo: «¡Oh huésped!
siéntate á mi lado, y apresúrate á hacer honor á mi mesa.» Y mi hermano
se sentó á su lado, junto al mantel imaginario, y el viejo empezó á
fingir que tocaba los platos y que se llevaba bocados á la boca, y movía
las mandíbulas y los labios como si realmente mascase algo. Y le decía á
mi hermano: «¡Oh huésped! mi casa es tu casa y mi mantel es tu mantel;
no tengas cortedad y come lo que quieras, sin avergonzarte. Mira qué
pan, cuán blanco y bien cocido. ¿Cómo encuentras este pan?» Schakalik
contestó: «Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi
vida he probado otro que se le parezca.» El anciano dijo: «¡Ya lo creo!
La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos
dinares de oro. Pero ¡oh huésped! prueba de esta fuente en que ves esa
admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. Cree que
la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo
mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta. Come, ¡oh pobre
hambriento! y dime qué te parecen su sabor y su perfume.» Y mi hermano
respondió: «Esta kebeba es deliciosa para mi paladar, y su perfume me
dilata el pecho. Cuanto á la manera de guisarla, he de decirte que ni en
los palacios de los reyes se come otra mejor.» Y hablando así, Schakalik
empezó á mover las quijadas, á mascar y á tragar como si lo hiciera
realmente. Y el anciano dijo: «Así me gusta, ¡oh huésped! Pero no creo
que merezca tantas alabanzas, porque entonces, ¿qué dirás de ese plato
que está á tu izquierda, de esos maravillosos pollos asados, rellenos de
alfónsigos, almendras, arroz, pasas, pimienta, canela y carne picada de
carnero? ¿Qué te parece el humillo?» Mi hermano exclamó: «¡Alah, Alah!
¡Cuán delicioso es su humillo, qué sabrosos están y qué relleno tan
admirable!» Y el anciano dijo: «En verdad eres muy indulgente y muy
cortés para mi cocina. Y con mis propios dedos quiero darte á probar ese
plato incomparable.» Y el jeique hizo ademán de preparar un pedazo
tomado de un plato que estuviese sobre el mantel, y acercándoselo á los
labios á Schakalik, le dijo: «Ten y prueba este bocado, ¡oh huésped! y
dame tu opinión acerca de este plato de berenjenas rellenas que nadan en
apetitosa salsa.» Mi hermano hizo como si alargase el cuello, abriese la
boca y tragara el pedazo, y dijo cerrando los ojos de gusto: «¡Por Alah!
¡Cuán exquisito y cuán en su punto! Sólo en tu casa he probado tan
excelentes berenjenas. Todo está preparado con el arte de dedos
expertos: la carne de cordero picada, los garbanzos, los piñones, los
granos de cardamomo, la nuez moscada, el clavo, el jengibre, la pimienta
y las hierbas aromáticas. Y tan bien hecho está, que se distingue el
sabor de cada aroma.» El anciano dijo: «Por eso, ¡oh mi huésped! espero
de tu apetito y de tu excelente educación que te comerás las cuarenta y
cuatro berenjenas rellenas que hay en ese plato.» Schakalik contestó:
«Fácil ha de serme el hacerlo, pues están más sabrosas que el pezón de
mi nodriza y acarician mi paladar más deliciosamente que dedos de
vírgenes.» Y mi hermano fingió coger cada berenjena una tras otra,
haciendo como si las comiese, y meneando de gusto la cabeza y dando con
la lengua grandes chasquidos. Y al pensar en estos platos se le
exasperaba el hambre y se habría contentado con un poco de pan seco de
habas ó de maíz. Pero se guardó de decirlo.

Y el anciano repuso: «¡Oh huésped! tu lenguaje es el de un hombre bien
educado, que sabe comer en compañía de los reyes y de los grandes. Come,
amigo, y que te sea sano y de deliciosa digestión.» Y mi hermano dijo:
«Creo que ya he comido bastante de estas cosas.» Entonces el viejo
volvió á palmotear, y dispuso: «¡Quitad este mantel y poned el de los
postres! ¡Vengan todos los dulces, la repostería y las frutas más
escogidas!» Y los esclavos empezaron otra vez á ir y venir, y á mover
las manos, y á levantar los brazos por encima de la cabeza, y á cambiar
un mantel por otro. Y después, á una seña del viejo, se retiraron. Y el
anciano dijo á Schakalik: «Llegó, ¡oh huésped! el momento de endulzarnos
el paladar. Empecemos por los pasteles. ¿No da gusto ver esa pasta fina,
ligera, dorada y rellena de almendra, azúcar y granada, esa pasta de
katayefs sublimes que hay en ese plato? ¡Por vida mía! Prueba uno ó dos,
para convencerte. ¿Eh? ¡Cuán en su punto está el almíbar! ¡Qué bien
salpicado está de canela! Se comería uno cincuenta sin hartarse; pero
hay que dejar sitio para la excelente kenafa que hay en esa bandeja de
bronce cincelado. Mira cuán hábil es mi repostero, y cómo ha sabido
trenzar las madejas de pasta. Apresúrate á comerla antes de que se le
vaya el jarabe y se desmigaje. ¡Es tan delicada! Y esa mahallabieh de
agua de rosas, salpicada con alfónsigos pulverizados; y esos tazones
llenos de natillas aromatizadas con agua de azahar. ¡Come, huésped,
métele mano sin cortedad! ¡Así! ¡Muy bien!» Y el viejo daba ejemplo á mi
hermano, y se llevaba la mano á la boca con glotonería, y fingía que
tragaba como si fuese de veras, y mi hermano le imitaba admirablemente,
á pesar de que el hambre le hacía la boca agua.

El anciano continuó: «¡Ahora, dulces y frutas! Y respecto á los dulces,
¡oh huésped! sólo lucharás con la dificultad de escoger. Delante de ti
tienes dulces secos y otros con almíbar. Te aconsejo que te dediques á
los secos, pues yo los prefiero, aunque los otros sean también muy
gratos. Mira esa transparente y rutilante confitura seca de albaricoque
tendida en anchas hojas. Y ese otro dulce seco de cidras con azúcar
cande perfumado con ámbar. Y el otro, redondo, formando bolas
sonrosadas, de pétalos de rosa y de flores de azahar. ¡Ese, sobre todo,
me va á costar la vida un día! Resérvate, resérvate, que has de probar
ese dulce de dátiles rellenos de clavo y almendra. Es del Cairo, pues en
Bagdad no lo saben hacer así. Por eso he encargado á un amigo de Egipto
que me mande cien tarros llenos de esta delicia. Pero no comas tan
aprisa, pues por más que tu apetito me honre en extremo, quiero que me
des tu parecer sobre ese dulce de zanahorias con azúcar y nueces
perfumado con almizcle.» Y Schakalik dijo: «¡Oh! ¡Este dulce es una cosa
soñada! ¡Cómo adora sus delicias mi paladar! Pero se me figura que tiene
demasiado almizcle.» El anciano replicó: «¡Oh no, oh no! Yo no pienso
que sea excesivo, pues no puedo prescindir de ese perfume, como tampoco
del ámbar. Y mis cocineros y reposteros lo echan á chorros en todos mis
pasteles y dulces. El almizcle y el ámbar son los dos sostenes de mi
corazón.»

Y el viejo prosiguió: «Pero no olvides estas frutas, pues supongo que
habrás dejado sitio para ellas. Ahí tienes limones, plátanos, higos,
dátiles frescos, manzanas, membrillos, y muchas más. También hay nueces
y almendras frescas y avellanas. Come, ¡oh huésped! que Alah es
misericordioso.»

Pero mi hermano, que á fuerza de mascar en balde ya no podía mover las
mandíbulas, y cuyo estómago estaba cada vez más excitado por el
incesante recuerdo de tanta cosa buena, dijo: «¡Oh señor! He de confesar
que estoy ahito, y que ni un bocado me podría entrar por la garganta.»
El anciano replicó: «¡Es admirable que te hayas hartado tan pronto! Pero
ahora vamos á beber, que aún no hemos bebido.»

Entonces el viejo palmoteó, y acudieron los esclavos con las mangas
levantadas y los ropones cuidadosamente recogidos, y fingieron
llevárselo todo y poner después en el mantel dos copas y frascos,
alcarrazas y tarros magníficos. Y el anciano hizo como si echara vino en
las copas, y cogió una copa imaginaria y se la presentó á mi hermano,
que la aceptó con gratitud, y después de llevársela á la boca, dijo:
«¡Por Alah! ¡Qué vino tan delicioso!» E hizo ademán de acariciarse
placenteramente el estómago. Y el anciano fingió coger un frasco grande
de vino añejo y verterlo delicadamente en la copa, que mi hermano se
bebió de nuevo. Y siguieron haciendo lo mismo, hasta que mi hermano hizo
como si se viera dominado por los vapores del vino, y empezó á menear la
cabeza y á decir palabras atrevidas. Y pensaba: «Llegó la hora de que
pague este viejo todos los suplicios que me ha hecho pasar.»

Y como si estuviera completamente borracho, levantó el brazo derecho y
descargó tan violento golpe en el cogote del anciano, que resonó en
toda la sala. Y alzó de nuevo el brazo, y le dió el segundo golpe, más
recio todavía. Entonces el anciano exclamó: «¿Qué haces, ¡oh tú el más
vil entre los hombres!?» Mi hermano Schakalik respondió: «¡Oh dueño mío
y corona de mi cabeza! soy tu esclavo sumiso, aquel á quien has colmado
de dones, acogiéndole en tu mansión y alimentándole en tu mesa con los
manjares más exquisitos, como no los probaron ni los reyes. Soy aquel á
quien has endulzado con las confituras, compotas y pasteles más ricos,
acabando por saciar su sed con los vinos más deliciosos. Pero bebí
tanto, que he perdido el seso. ¡Disculpa, pues, á tu esclavo, que
levantó la mano contra su bienhechor! ¡Discúlpame, ya que tu alma es más
elevada que la mía, y perdona mi locura!»

Entonces el anciano, lejos de encolerizarse, se echó á reir á
carcajadas, y acabó por decir: «Mucho tiempo he estado buscando por todo
el mundo, entre las personas con más fama de bromistas y divertidas, un
hombre de tu ingenio, de tu carácter y de tu paciencia. Y nadie ha
sabido sacar tanto partido como tú de mis chanzas y juegos. Hasta ahora
has sido el único que ha sabido amoldarse á mi humor y á mis caprichos,
conllevando la broma y correspondiendo con ingenio á ella. De modo que
no sólo te perdono este final, sino que quiero que me acompañes á la
mesa, que estará realmente cubierta de los manjares, dulces y frutas
enumerados. Y en adelante, ya no me separaré jamás de ti.»

Y dió orden á sus esclavos para que los sirvieran en seguida, sin
escatimar nada, lo cual se ejecutó puntualmente.

Después que comieron los manjares y se endulzaron con pasteles,
confituras y frutas, el anciano invitó á Schakalik á pasar con él al
segundo comedor, reservado especialmente á las bebidas. Y al entrar
fueron recibidos al son de armoniosos instrumentos y con canciones de
las esclavas blancas, deliciosas jóvenes más hermosas que lunas. Y
mientras el viejo y mi hermano bebían exquisitos vinos, no cesaron las
cantoras de entonar admirables melodías. Y algunas bailaron después como
pájaros de alas rápidas. Y este día de fiesta terminó con besos y goces
más positivos que soñados.

Pero el jeique tomó tal afecto á mi hermano, que fué su amigo íntimo y
su compañero inseparable, demostrándole un inmenso cariño, y le
obsequiaba cada día con mayor regalo. Y no dejaron de comer, beber y
vivir deliciosamente durante veinte años más.

Pero tenía que cumplirse lo que había escrito el Destino. Y pasados los
veinte años murió el viejo, é inmediatamente el walí mandó embargar
todos sus bienes, confiscándolos en provecho propio, pues el jeique
carecía de herederos, y mi hermano no era su hijo. Entonces Schakalik,
obligado á escaparse por la persecución del walí, tuvo que buscar la
salvación huyendo de Bagdad.

Y resolvió atravesar el desierto para dirigirse á la Meca y
santificarse. Pero cierto día, la caravana á la cual se había unido fué
atacada por los nómadas, salteadores de caminos, malos musulmanes que no
practicaban los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y
la paz de Alah!) Y los viajeros fueron despojados y reducidos á
esclavitud, y á Schakalik le tocó el más feroz de aquellos bandidos
beduínos, que lo llevó á su tribu y lo hizo su esclavo. Y todos los días
le pegaba una paliza y le hacía sufrir todos los suplicios, y le decía:
«Debes ser muy rico en tu país, y si no me pagas un buen rescate,
acabarás por morir á mis propias manos.» Y mi hermano, llorando,
exclamaba: «¡Por Alah! Nada poseo, ¡oh jefe de los árabes! pues
desconozco el camino de la riqueza. Y ahora soy tu esclavo y estoy en tu
poder; puedes hacer de mí lo que quieras.»

Pero el beduíno tenía por esposa á una admirable mujer entre las
mujeres, de negras cejas y ojos de noche. Y era ardiente en la
copulación. Por eso, cada vez que el beduíno se alejaba de la tienda,
esta criatura del desierto iba á buscar á mi hermano para ofrecerle su
cuerpo. Y Schakalik, que se diferencia de todos nosotros en no ser gran
cabalgador, no podía satisfacer plenamente á la ardorosa beduína, que se
insinuaba y ponía en juego todos sus recursos, jugando las caderas, los
pechos y el ombligo. Pero un día que estaban á punto de besarse se
precipitó en la tienda el terrible beduíno, y los sorprendió en aquella
postura. Y sacó del cinturón un cuchillo tan ancho que de un solo golpe
podía rebanar la cabeza de un camello, de una á otra yugular. Y agarró á
mi hermano, empezó por cortarle los dos labios, metiéndoselos en la
boca, y le dijo: «¡Miserable! ¿Cómo te atreviste á seducir á mi esposa?»
Y empuñando el zib de mi hermano se lo cortó de un golpe y luego los
compañones. En seguida, arrastrándolo por los pies, lo echó sobre un
camello, lo llevó á lo alto de una montaña, lo tiró al suelo, y se
marchó para seguir su camino.

Como la tal montaña está situada en el camino por donde van los
peregrinos, algunos de estos peregrinos, que eran de Bagdad, hallaron á
Schakalik; y al reconocer al chistosísimo Tarro hendido, que tanto los
había hecho reir, vinieron á avisarme, después de haberle dado de comer
y beber.

Y fuí en su busca, ¡oh Emir de los Creyentes! me lo eché á cuestas, lo
traje á Bagdad, y luego de curarle, le he dado con qué mantenerse
mientras viva.

       *       *       *       *       *

He aquí en pocas palabras, ¡oh Príncipe de los Creyentes! la historia de
mis seis hermanos, que habría podido contarte con más detenimiento. Pero
he preferido no abusar de tu paciencia, probando de este modo lo poco
charlatán que soy, y que además de hermano de mis hermanos podría
llamarme su padre, y que el mérito de ellos desaparece al presentarme yo
apellidado El-Samet.

Y el califa Montasser Billah se echó á reir á carcajadas y me dijo:
«Efectivamente, ¡oh Samet! hablas bien poco, y nadie podrá acusarte de
indiscreción, ni de curiosidad, ni de malas cualidades. Pero tengo mis
motivos para exigir que inmediatamente salgas de Bagdad y te vayas á
otra parte. Y sobre todo, date prisa.» Y así me desterró el califa, tan
injustamente, sin explicarme la causa de aquel castigo.

Entonces, ¡oh mis señores! empecé á viajar por todos los climas y todos
los países, hasta que supe el fallecimiento de Montasser Billah y el
reinado de su sucesor el califa El-Mostasem. Volví á Bagdad en seguida,
pero me encontré con que todos mis hermanos habían muerto. Y entonces
ese joven que se acaba de marchar tan descortésmente me llamó á su casa
para que le afeitase la cabeza. Y contra todo lo que ha dicho puedo
aseguraros, ¡oh mis señores! que le hice un grandísimo favor, y á no ser
por mi ayuda, probable es que el kadí, padre de la joven, lo hubiese
mandado matar. De modo que todo lo que ha dicho es una calumnia, y
cuanto ha contado sobre mi supuesta curiosidad, indiscreción,
charlatanería y falta de tacto es falso absolutamente, ¡oh vosotros
cuantos aquí estáis!»

       *       *       *       *       *

Tal es, ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--, la historia en
siete partes que el sastre de la China refirió al rey. Y después añadió:

       *       *       *       *       *

«Cuando el barbero Samet hubo terminado su historia, no necesitamos oir
más para convencernos de que era realmente el charlatán más
extraordinario y el rapista más indiscreto de toda la tierra. Y quedamos
persuadidos de que el joven cojo de Bagdad había sido la víctima de su
insoportable indiscreción. Entonces, aunque sus historias nos habían
hecho pasar un buen rato, acordamos castigarle. Y nos apoderamos de él,
á pesar de sus chillidos, y lo encerramos en un cuarto oscuro lleno de
ratas. Y los demás seguimos comiendo, bebiendo y disfrutando hasta que
llegó la hora de la plegaria. Y entonces nos retiramos, y yo fuí en
busca de mi esposa.

Pero al llegar á mi casa encontré á mi mujer de mal humor, y me dijo:
«¿Te parece bien dejarme sola mientras andas de diversión con tus
amigos? Si no me sacas en seguida á paseo, me presentaré al walí para
entablar la demanda de divorcio.»

Y como soy enemigo de disturbios conyugales, quise que hubiera paz, y á
pesar del cansancio salí á paseo con mi mujer. Y anduvimos recorriendo
calles y jardines hasta la puesta del sol.

Y cuando regresamos á casa encontramos por casualidad á ese jorobeta que
se hallaba á tu servicio, ¡oh rey poderoso y magnánimo! Y el jorobado
estaba borracho completamente, diciendo chistes á cuantos le rodeaban, y
recitó estos versos:

     _¡No sé si elegir la copa transparente y coloreada ó el vino sutil
     y purpurino!_

     _¡Porque la copa es como el vino sutil y purpurino, y el vino es
     como la copa coloreada y transparente!_

Y se interrumpía para embromar á los transeuntes ó para danzar,
golpeando la pandereta. Y yo y mi mujer supusimos que sería para
nosotros un agradable comensal, y le convidamos á comer con nosotros. Y
juntos comimos, y mi esposa se quedó con nosotros, pues no creía que la
presencia de un jorobado fuese como la de un hombre regular, pues de no
pensarlo así no habría comido delante de un extraño.

Entonces fué cuando á mi esposa se le ocurrió bromear con el jorobeta y
meterle en la boca la comida que lo ahogó.

Y en seguida, ¡oh rey poderoso! cogimos el cadáver del jorobeta y lo
dejamos en la casa del médico judío que está presente. Y á su vez el
médico judío lo dejó en la casa del intendente, que hizo responsable al
corredor copto.

Y tal es, ¡oh rey generoso! la más extraordinaria de las historias que
te hayan referido. Y esta historia del barbero y sus hermanos es, con
seguridad, más sorprendente que la del jorobado.»

       *       *       *       *       *

Cuando el sastre hubo acabado de hablar, el rey de la China dijo: «He de
confesar que es muy interesante esa historia, y acaso más sugestiva que
la del pobre jorobeta. Pero ¿dónde está ese asombroso barbero? Quiero
verle y oirle antes de adoptar mi decisión respecto á vosotros cuatro.
Después enterraremos á nuestro jorobeta. Y le erigiremos un buen
sepulcro por lo mucho que me divirtió en vida, y aun después de muerto,
pues me ha dado ocasión de oir la historia del joven cojo, la del
barbero con sus seis hermanos y las otras tres historias.»

Y dicho esto, el rey mandó á sus chambelanes que se fuesen con el sastre
á buscar al barbero. Y una hora después, el sastre y los chambelanes,
que habían ido á sacar al barbero del cuarto oscuro, lo trajeron al
palacio y se lo presentaron al rey.

Y el rey examinó al barbero, y vió que era un anciano jeique lo menos de
noventa años, de cara muy negra, barbas muy blancas, lo mismo que las
cejas, orejas colgantes y agujereadas, narices de pasmosa longitud y
aspecto lleno de presunción y altanería. Al verlo, el rey de la China se
echó á reir ruidosamente, y le dijo: «¡Oh Silencioso! Me han dicho que
sabes contar historias admirables y llenas de maravillas. Quisiera oirte
algunas de las que sabes referir tan bien.» El barbero contestó: «¡Oh
rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en
primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor
nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el
suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?» Y el rey de la China se
rió mucho, y replicó: «¿Y por qué me interrogas respecto á la gente que
te es desconocida?» El barbero dijo: «Pregunto solamente para demostrar
á mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo
que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen,
como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por tanto, que soy digno
de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:

     _¡Cuando tus ojos vean á una persona con un sobrenombre, sabe que,
     como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del
     sobrenombre!_»

Entonces dijo el rey: «Mucho me agrada este barbero. Voy á contarle la
historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío,
el intendente y el sastre.» Y el rey refirió al barbero todas las
historias, sin omitir una particularidad. Pero no es necesario
repetirlas.

Cuando el barbero hubo oído las historias y supo la causa de la muerte
del jorobado, empezó á menear gravemente la cabeza, y exclamó: «¡Por
Alah! ¡Cosa extraordinaria es esa y me sorprende grandemente! Á ver,
levantad el velo que cubre el cadáver, que yo le vea.»

Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso
la cabeza del jorobado en sus rodillas y le miró atentamente á la cara.
Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer
de trasero. Y exclamó: «En verdad, toda muerte tiene una causa entre las
causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más
sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con
hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los
hombres futuros.»

Y el rey, pasmado al oir las palabras del barbero, le dijo: «¡Oh
barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras.» Y el
barbero replicó: «¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu
barbero tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas á ver.» Y en seguida sacó
de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo
del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana. Después aguardó
que transcurriese una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas
tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló
en varios sentidos y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de
pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta. Y éste estornudó
estrepitosamente, abrió los ojos, volvió en sí, se palpó la cara con las
manos, dió un brinco, se puso de pie y exclamó: «¡La ilah ile Alah! ¡Y
Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Sean con él la plegaria y la salvación
de Alah!»

Y todos los circunstantes quedaron estupefactos y llenos de admiración
hacia el barbero. Y después, al reponerse de su emoción, el rey y todos
los presentes empezaron á reir á carcajadas al ver la cara del jorobeta.
Y el rey dijo: «¡Por Alah! ¡Qué aventura tan prodigiosa! ¡En mi vida he
visto nada más sorprendente y extraordinario!» Y añadió: «¡Oh vosotros
aquí presentes! ¿Ha visto alguno que así se muera un hombre para
resucitar después? Si, gracias á Alah, no hubiese estado aquí este
barbero, nuestro jeique Samet, el día de hoy habría sido el último de
la vida del jorobado. Y sólo por la ciencia y el mérito de este barbero
admirable y lleno de capacidad hemos podido salvar su vida». Y todos los
presentes dijeron: «Verdad es, ¡oh rey! Pues esta aventura es el
prodigio de los prodigios y el milagro de los milagros.»

Entonces el rey de la China, lleno de júbilo, mandó que inmediatamente
se escribieran con letras de oro la historia del jorobado y la del
barbero, y que se conservasen en los archivos del reino. Y así se
ejecutó puntualmente. En seguida regaló un magnífico traje de honor á
cada uno de los acusados, al médico judío, al corredor nazareno, al
intendente y al sastre, y los agregó al servicio de su persona y del
palacio, y les mandó hacer las paces con el jorobeta. Y á éste le hizo
maravillosos regalos, le colmó de riquezas, le nombró para altos cargos
y lo eligió como compañero de mesa y bebida.

Pero aún tuvo más extraordinarias atenciones con el barbero; le hizo
vestir un suntuoso traje de honor, mandó que le construyesen un
astrolabio todo de oro, otros instrumentos de oro, tijeras y navajas con
perlas y pedrería; le nombró barbero y peluquero de su persona, y del
reino, y también le tomó por compañero íntimo.

Y siguieron viviendo la vida más próspera y más dichosa, hasta que puso
término á su felicidad la Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de
toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la
Invencible, la Inevitable.

Y Schahrazada dijo al rey Schahriar, sultán de las islas de la India y
de la China: «No creas que esta historia sea más admirable que la de la
hermosa Dulce-Amiga.» Y el sultán Schahriar preguntó: «¿Qué
Dulce-Amiga?» Entonces Schahrazada dijo:

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HISTORIA DE DULCE-AMIGA[1]
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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el trono de Bassra fué
ocupado por un sultán tributario de su soberano el califa Harún
Al-Rachid, que se llamaba el rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.
Amparaba á los pobres y á los necesitados, se compadecía de sus súbditos
desgraciados y repartía su fortuna entre los que creían en nuestro
Profeta Mohamed (¡con él sean la plegaria y la paz de Alah!) Era, pues,
verdaderamente digno de este elogio del poeta:

     _¡Transformó en su pluma la punta de la lanza, el corazón de los
     enemigos en una hoja donde escribir, y en tinta su sangre!_

Tenía dos visires, llamados respectivamente El-Mohin ben-Sauí y El-Faldl
ben-Khacan. Pero hay que saber que El-Faldl era el hombre más generoso
de su tiempo, dotado de buen carácter, admirables costumbres y
excelentes cualidades, que le granjearon el cariño de todos los
corazones y la estimación de los hombres prudentes y sabios, quienes le
consultaban y pedían su parecer en los asuntos más difíciles. Y todos
los habitantes del reino, sin ninguna excepción, le deseaban larga vida
y muchas prosperidades, porque hacía todo el bien posible y odiaba la
injusticia. En cuanto al otro visir, llamado El-Mohin, era muy
diferente: tenía horror al bien y cultivaba el mal, hasta tal punto, que
un poeta dijo:

     _¡Le vi! Y en seguida me dispuse á huir ante la mancilla de su
     aproximación, y me levanté la orla del ropón para evitar su torpe
     contacto! ¡Y confié mi salvación á la ligereza de mi corcel para
     que me llevase lejos de aquel elemento tan impuro!_

De modo que á cada uno de estos dos visires, tan distintos entre sí, se
les puede aplicar cada uno de estos versos de otro poeta:

     _¡Goza la deliciosa compañía del hombre noble, de alma noble, hijo
     de noble, pues siempre observarás que el hombre noble ha nacido
     noble y de padre noble!_

     _¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de
     extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de
     padre vil!_

La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir El-Mohin,
como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohin tenía una
gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de
perjudicarle ante el sultán.

Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní estaba sentado en
el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los
emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y ese día había
llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se
dirigió á su visir El-Faldl, y le dijo: «Quiero que me busques una
esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su
belleza, tenga una admirable dulzura de carácter.»

Al oir estas palabras del rey dirigidas á su visir El-Faldl Fadleddín,
el visir El-Mohin, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su
confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: «¡Pero
si se pudiese encontrar á esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez
mil dinares de oro!» Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad,
llamó inmediatamente á su tesorero, y le dijo: «Toma en seguida diez mil
dinares de oro y llévalos á casa de mi visir El-Faldl.» Y el tesorero se
apresuró á ejecutar la orden.

El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada
encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase á las condiciones
requeridas para la compra. Reunió entonces á todos los corredores que se
ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y les
encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo:
«Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en
seguida, y ya veré si conviene.»

Y desde entonces no pasaba día sin que dos ó tres corredores propusiesen
una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y á la
esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil
muchachas, á cual más hermosa y capaces de infundir virilidad á mil
viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas.

Un día entre los días iba á montar á caballo para visitar al rey y
rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor á
quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y
recitó en honor suyo estas dos estancias:

     _¡Oh tú, que das mayor realce á la gloria del reinado y restauras
     el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso
     gran visir!_

     _¡Das nueva vida á los míseros y á los moribundos con tu
     generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre
     gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!_

Y recitados los versos, dijo el corredor al visir: «¡Oh noble El-Faldl!
te anuncio que ha parecido la esclava que tuviste la bondad de
encargarme que buscara, y está á tu disposición.» Y el visir dijo:
«Tráela para que yo la vea.» Y regresó á su palacio, adonde una hora
después llegaba el corredor con la esclava. Únicamente diré para
describirla que era de una esbeltez deliciosa, de pechos rectos y
gloriosos, párpados oscuros, ojos de noche, mejillas redondas, fina
barbilla adornada con un hoyuelo, caderas poderosas y sólidas, cintura
de abeja y nalgas soberanas. Iba vestida de telas raras y escogidas.
Pero olvidaba decirte, ¡oh rey! que su boca era una flor, su saliva
jarabe, sus labios nuez moscada y su cuerpo fino y flexible como una
tierna rama de sauce. Su voz, canto de la brisa, era más agradable que
el céfiro que se perfuma al pasar entre las flores de los jardines. Y
era digna de estos versos del poeta:

     _¡Su piel es más suave que la seda, su voz canta como el agua, con
     las ondulaciones del agua, y como ella también reposada y pura!_

     _¡Y sus ojos! Alah dijo: «¡Sed!» y fueron hechos. ¡Son la obra de
     un Dios! ¡Y su mirada turba á los humanos más que el vino y su
     fermento!_

     _¡Pensando en ella en las horas nocturnas, mi alma se turba y mi
     cuerpo arde! ¡Y al pensar en su crencha, negra como la noche, y en
     su frente de aurora, iluminadora de la mañana, me siento morir!_

Y á causa de sus gracias y de su dulzura, la llamaron desde la pubertad
Dulce-Amiga.

Por eso cuando la vió el visir quedó completamente maravillado, y
preguntó al corredor: «¿Qué precio tiene esta esclava?» Y el otro
contestó: «Su amo pide diez mil dinares, y en eso hemos quedado, porque
me parece justo. Pero él jura que pierde al venderla en ese precio por
una porción de cosas que yo quisiera que oyeses de sus mismos labios.»
Entonces el visir dijo: «Pues que venga en seguida.»

El corredor salió en busca del amo de la esclava y lo llevó ante el
visir. Y el visir vió que el amo de la maravillosa joven era un persa
viejísimo, aniquilado por la edad, que lo había reducido á huesos y
pellejo. Como dice el poeta:

     _¡El Tiempo y el Destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi
     cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir á la fuerza y la
     violencia del Tiempo?_

     _¡Hace muchos años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el
     sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañía es la enfermedad,
     y la inmovilidad mi amada!_

Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo:
«¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez mil dinares? Has de
saber que no es para mí, sino para el rey.» El anciano contestó: «Siendo
para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio
alguno. Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es
contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del
importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los
magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he
hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió á
escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua
árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios
del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la
jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el
catastro. Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en
tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por
último, ha leído todos los libros de los poetas é historiadores. Y todo
ello ha contribuído á hacer más admirables su ingenio y su carácter; por
eso la he llamado Dulce-Amiga.» El visir dijo: «Verdaderamente tienes
razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y
comprobar inmediatamente.»

Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de
oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de
marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo:
«Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo.» Y el visir
repuso: «Di lo que quieras.» Y prosiguió el anciano: «Aconsejo á mi
señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad
ben-Soleimán El-Zeiní á mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha
llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado
mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu
casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en
el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al
rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria á los ojos
de nuestro sultán.» Y el visir comprendió que el viejo persa era buen
consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio á Dulce-Amiga, mandando
que preparasen un aposento reservado para que descansase.

Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la
luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas
sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar
gris, según dice el poeta:

     _¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos
     en sus racimos!_

     _¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro é inexorable!
     ¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su
     cuerpo?_

     _¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su
     corazón, no sería tan injusto ni tan duro para mi amor!_

     _¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree
     que tengo disculpa, pues no soy ya dueño de mí, y mi cuerpo y
     todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión
     dominadora!_

     _¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón!
     ¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más
     compasivo!_

Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra
de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar á
Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo:
«Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey,
para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener
mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y
comprometerme. Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala
cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no
se haya entregado á él y de cuya flor no haya gozado. Por tanto, evita
su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte
te perderías sin remedio.» Y Dulce-Amiga dijo: «Escucho y obedezco.» Y
el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su
camino.

Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy
diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del
palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle
un baño que fuera el mejor de su vida. Después de haberle lavado los
miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente,
frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron con alheña las uñas de
los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas,
y quemaron junto á ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris,
perfumándole de este modo toda la piel. Después la envolvieron con una
sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un
paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde
la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur. Dulce-Amiga,
al ver á la mujer del visir, corrió á su encuentro y le besó la mano, y
la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: «¡Oh
Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las
delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada!
Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya.» Y
Dulce-Amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, á los labios y
á la frente, é inclinando la cabeza, respondió: «Gracias, ¡oh madre y
señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso!
En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no
compartirlo contigo.» Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen á
Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso á marchar al hammam para
tomar su baño.

Pero no quiso dejar sola á Dulce-Amiga, por temor y por prudencia.
Llamó, pues, á dos esclavas jóvenes, y les mandó que guardasen la puerta
del aposento de Dulce-Amiga, diciéndoles: «No dejéis entrar á nadie
bajo ningún pretexto, porque Dulce-Amiga está desnuda y podría
enfriarse.» Y las dos esclavas contestaron respetuosamente: «Escuchamos
y obedecemos.»

Y entonces la madre de Alí-Nur, rodeada de sus doncellas, se fué al
hammam después de haber besado otra vez á Dulce-Amiga, que le deseó un
baño delicioso.

Pero en aquel momento entraba en la casa el joven Alí-Nur, buscó á su
madre para besarle la mano, como todos los días, y como no la encontrara
en su habitación, la fué buscando por todas las demás, hasta que llegó
frente á la puerta de aquella en que estaba encerrada Dulce-Amiga. Y vió
á las dos esclavas que guardaban la puerta, y las dos esclavas le
sonrieron, porque era muy gentil y le adoraban en secreto. Pero
asombrado al ver aquella puerta tan bien guardada, les dijo: «¿Está ahí
mi madre?» Y las esclavas, intentando rechazarle, le contestaron: «¡Oh,
no, amo Alí-Nur, no está ahí nuestra ama! ¡No está ahí! ¡Ha ido al
hammam! ¡Está en el hammam, amo Alí-Nur!» Y Alí les dijo: «Pues
entonces, ¿qué hacéis aquí, corderas? Apartaos para que pueda
descansar.» Y ellas replicaron: «¡No entres, oh Alí-Nur, no entres ahí!
¡Ahí sólo está nuestra ama joven Dulce-Amiga!» Alí-Nur exclamó: «¿Qué
Dulce-Amiga?» Y ellas contestaron: «La hermosa Dulce-Amiga, que tu padre
y amo nuestro el visir Fadleddín ha comprado en diez mil dinares para
el sultán. Acaba de salir del hammam y está desnuda, sin más ropa que la
sábana del baño. ¡No entres, oh Alí-Nur, no entres! Podría enfriarse, y
nuestra ama nos pegaría. ¡No entres, oh Alí-Nur!»

Entretanto, Dulce-Amiga oía estas palabras desde su habitación, y
pensaba: «¡Por Alah! ¿Cómo será ese joven Alí-Nur, cuyas hazañas me ha
enumerado su padre el visir? ¿Cómo será ese mancebo que no ha dejado en
el barrio doncella intacta ni mujer sin ataque? ¡Por Alah, que desearía
verle!» Y no pudiendo aguantarse, se puso de pie, y perfumada aún con
todos los aromas del hammam, llena de frescura, con los poros abiertos á
la vida, se acercó á la puerta, la entreabrió poco á poco y se puso á
mirar. Y vió á Alí-Nur. Y le pareció como la luna llena. Y sólo con
mirarle le sacudió la emoción y se estremeció toda su carne. Y al mismo
tiempo, Alí-Nur había tenido ocasión de mirar por la puerta
entreabierta, apreciando toda la hermosura de Dulce-Amiga.

Y arrebatado por el deseo, dió tal grito y sacudió tan fuertemente á las
dos esclavas, que llorando huyeron de entre sus manos, refugiándose en
la habitación contigua, y desde allí se pusieron á mirar, pues Alí-Nur
no se había tomado el trabajo de cerrar la puerta después de haber
llegado junto á Dulce-Amiga. Y así vieron todo lo que ocurrió.

Y efectivamente, Alí-Nur avanzó hacia donde estaba Dulce-Amiga, que,
aturdida, se había dejado caer en el diván, y le aguardaba desnuda,
toda temblorosa y con los ojos muy abiertos. Y Alí-Nur, llevándose la
mano al corazón, se inclinó ante Dulce-Amiga y le dijo: «¡Oh
Dulce-Amiga! ¿Eres tú la que ha comprado mi padre en diez mil dinares de
oro? ¿Te pesaron acaso en el otro platillo para contrastar bien tu
verdadero valor? ¡Oh Dulce-Amiga! ¡Eres más hermosa que el oro fundido,
tu cabellera más abundante que la de una leona del desierto y tus pechos
más frescos y más suaves que el musgo de los arroyos!» Ella contestó:
«Alí-Nur, ante mis ojos asombrados apareces más poderoso que el león del
desierto; ante mi carne que te desea, más fuerte que el leopardo, y ante
mis labios que palidecen, más rasgador que el duro acero. ¡Alí-Nur, mi
sultán!»

Y ebrio Alí-Nur, se precipitó sobre Dulce-Amiga. Y las dos esclavas se
asombraban al ver todo esto desde fuera. Pues aquello era para ellas muy
extraño y no lo comprendían. Porque Alí-Nur, después de cambiar ruidosos
besos con Dulce-Amiga, se apoderó de sus piernas y penetró en la casa de
la misericordia. Y Dulce-Amiga le rodeó con sus brazos, y durante algún
tiempo sólo hubo besos, contorsiones y elocuencia sin palabras.

Entonces las dos siervas quedaron sobrecogidas de terror. Y gritando,
huyeron espantadas, yendo á refugiarse en el hammam, cuando precisamente
salía del baño la madre de Alí-Nur, humedecida por el sudor que le
corría por el cuerpo. Y les dijo á las esclavas: «¿Qué os pasa para
chillar y correr de este modo, hijas mías?» Y ellas clamaban: «¡Oh
señora, oh señora!» Y ella insistió: «¿Pero qué ocurre, desdichadas?» Y
ellas, llorando, dijeron: «¡Oh señora, he aquí que nuestro joven amo
Alí-Nur ha empezado á darnos golpes y nos ha echado! Y luego le vimos
entrar en la habitación de nuestra ama Dulce-Amiga, y él gustó su lengua
y ella también. Y no sabemos qué le haría después, porque ella suspiraba
mucho, y él también suspiraba encima de ella. ¡Y estamos aterradas por
todo eso!»

Entonces, la esposa del visir, aunque iba calzada con los altos zuecos
de madera que se usan para el baño, echó á correr á pesar de su avanzada
edad, seguida por todas sus doncellas, y llegó á la habitación de
Dulce-Amiga, precisamente cuando Alí-Nur, habiendo oído los gritos de
las esclavas, había huído más que de prisa, una vez terminada la cosa.

Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó á Dulce-Amiga y le
dijo: «¿Qué es lo que ha ocurrido?» Y Dulce-Amiga repitió las palabras
que Alí-Nur le había enseñado: «¡Oh mi señora! Mientras estaba
descansando del baño, echada en el diván, entró un joven á quien nunca
había visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los
ojos y en las cejas. Y me dijo: «¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha
comprado mi padre en diez mil dinares?» Y yo le contesté: «Sí; soy
Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy
destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.» Y el joven,
riéndose, replicó: «¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! Acaso haya tenido mi
padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda
para mí.» Entonces, ¡oh mi señora! á fuer de esclava sumisa desde mi
nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues
prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme
en esposa del mismo califa que reina en Bagdad.» La madre de Alí-Nur
contestó: «¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo
Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿que ha
hecho contigo?» Dulce-Amiga respondió: «Me rendí á su voluntad, y él se
apoderó de mí y nos enlazamos.» Y la mujer del visir dijo: «¿Pero te ha
poseído por completo?» Y replicó Dulce-Amiga: «Ciertamente, y hasta tres
veces, ¡oh madre mía!» Al oir esto la madre de Alí-Nur, dijo: «¡Oh hija
mía! ¡Cómo te han destrozado!» Y empezó á llorar y á abofetearse, y
todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: «¡Qué calamidad, qué
calamidad!» Porque en el fondo lo que aterraba á la madre de Alí-Nur y á
las doncellas de la madre de Alí-Nur era el temor que les inspiraba el
padre de Alí-Nur. En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía
tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey,
pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del
visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar á su hijo Alí-Nur,
al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su
amor y su afecto.

Y entonces entró el visir Fadleddín y vió á todas las mujeres llorando,
llenas de desolación. Y preguntó: «¿Pero qué os ocurre, hijas mías?» Y
la madre de Alí-Nur se secó los ojos y dijo: «¡Oh esposo mío! Empieza
por jurarme por la vida de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y
la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te
diga, si no, moriré antes que hablar.» Juró el visir, y su mujer le
contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la
virginidad de Dulce-Amiga.

Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos á sus padres, pero Fadleddín,
al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las
vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó
las barbas y tiró por los aires el turbante. Entonces su esposa trató de
consolarle, y le dijo: «No te aflijas de ese modo, pues los diez mil
dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y
vendiendo parte de mis pedrerías.» Pero el visir Fadleddín exclamó:
«¿Qué piensas, ¡oh mi señora!? ¿Se te figura que lamento la pérdida de
ese dinero, que para nada necesito? Lo que me aflige es la mancha que ha
caído en mi honor y la probable pérdida de la vida.» Y su esposa dijo:
«En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia
de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los
diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros
nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora á nuestro hijo. Y es un
verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto
perfecta.» El visir replicó: «¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del
enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado
El-Mohín ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez. Aquel
día avanzará entre las manos del rey y le dirá...»

     Al llegar á este momento de su narración, vió Schahrazada que iba á
     nacer el día, é interrumpió discretamente su relato.


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 33.ª NOCHE_

[Illustration]

     Schahrazada prosiguió:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Fadleddín dijo á su
mujer: «Aquel día mi enemigo el visir Sauí se presentará entre las manos
del sultán y le dirá: «¡Oh rey! He aquí que el visir á quien tanto
ponderas y de cuya adhesión pretendes estar seguro te sacó diez mil
dinares para comprarte una esclava, y efectivamente, compró una esclava
sin igual en el mundo. Y como la encontraba maravillosa, le dijo á su
hijo Alí-Nur, mozalbete corrompido: «Tómala, hijo mío; más vale que la
goces tú que ese sultán viejo, que tiene no sé cuántas concubinas, suya
virginidad no puede disfrutar.» Y el joven Alí-Nur, que es una
especialidad en lo de robar virginidades, se apoderó de la hermosa
esclava, y en un abrir y cerrar de ojos la perforó de parte á parte.
Pero he aquí que sigue pasando agradablemente el tiempo con ella en el
palacio de su padre, y el joven perforador, disoluto y holgazán, no sale
de las habitaciones de las mujeres.»

»Al oir estas palabras de mi enemigo--siguió diciendo el visir
Fadleddín--, el sultán, que me estima, se negará á creerlo, y dirá:
«Mientes, ¡oh Mohín ben-Sauí!» Pero Sauí le contestará: «Permíteme
cercar con soldados la casa de Fadleddín, y te traeré inmediatamente la
esclava, y con tus propios ojos comprobarás la cosa.» Y el sultán, que
es mudable, le dará permiso, y Sauí vendrá aquí con los soldados,
apoderándose de Dulce-Amiga, que arrebatará de vosotras y la llevará
entre las manos del sultán. Y el sultán interrogará á Dulce-Amiga, que
tendrá que confesarlo todo. Entonces mi enemigo Sauí, afirmando su
triunfo, dirá: «¡Oh mi señor! ¿Ves cómo soy para ti un buen consejero?
Pero ¿qué le vamos á hacer? Está escrito que me has de despreciar,
mientras que el traidor Fadleddín será tu preferido.» Y el sultán,
rectificando su opinión con respecto á mí, me castigará severamente. Y
seré la irrisión de cuantos hoy me estiman, y perderé mi vida y con ella
toda la casa.»

Al oir esto la madre de Alí-Nur, respondió á su esposo: «Créeme; no
hables á nadie de este asunto, y nadie se enterará. Confía tu suerte á
la voluntad de Alah, el muy poderoso. Sólo ocurrirá lo que haya de
ocurrir.» Entonces el visir se sintió tranquilizado con estas palabras,
calmándose su inquietud en cuanto á las consecuencias futuras, pero no
por ello se aplacó su cólera contra Alí-Nur.

Por lo que se refiere al joven Alí-Nur, había salido apresuradamente del
aposento de Dulce-Amiga al oir los gritos de las dos esclavas, y se pasó
el día dando vueltas por aquellos alrededores. No volvió al palacio
hasta que fué de noche, y se apresuró á deslizarse junto á su madre, en
el departamento de las mujeres, para evitar la cólera del visir. Y su
madre, á pesar de todo lo ocurrido, acabó por abrazarle y perdonarle, y
lo ocultó cuidadosamente, ayudada por todas sus doncellas, que
envidiaban secretamente á Dulce-Amiga por haber tenido entre sus brazos
á aquel ciervo incomparable. Además, todas estaban de acuerdo para
prevenirle contra la ira del visir. De modo que Alí-Nur, durante un mes
entero, fué amparado por aquellas mujeres, que por la noche le abrían la
puerta de las habitaciones de su madre. Y allí se deslizaba Alí-Nur
sigilosamente, y allí, en connivencia con su madre, le iba á buscar en
secreto Dulce-Amiga.

Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado
que de costumbre, le preguntó: «¿Hasta cuándo va á durar ese persistente
enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos
perdido una esclava del rey; pero ¿quieres que perdamos también á
nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo
Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos á
este hijo, único fruto de mis entrañas.» Conmovido el visir, preguntó:
«¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?» Y la mujer respondió: «Ven á
pasar esta noche con nosotras, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en
paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con
Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es
admirable en todo y quiere á Alí-Nur, que está enamoradísimo de ella.
Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste
en comprarla.»

El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró
Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al
suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de
Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir,
exclamó: «¿Qué intentas hacer?» Y el visir repuso: «Lo voy á matar, para
castigarle.» Y la madre replicó: «¿Pero no sabes que está arrepentido?»
Y Alí-Nur dijo: «¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta
suerte?» Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en
lágrimas, dijo: «¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme
la tranquilidad y acaso la vida?» Y Alí-Nur respondió: «Oye, ¡oh padre
mío! lo que dice el poeta:

     _Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los
     delitos; ¿no sabes que los seres nobles gozan con perdonar,
     concediendo un indulto completo?_

     _¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si
     el enemigo está entre tus manos, ó te implora desde el fondo de una
     sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le
     dominas?_»

Al oir estos versos, el visir soltó á su hijo, á quien tenía sujeto con
las rodillas; entró en su alma la compasión y lo perdonó. Entonces
Alí-Nur se incorporó, besó la mano á sus padres, y quedó en una actitud
sumisa. Y su padre le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que
querías de veras á Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus
caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas á conducirte con ella como es
debido, no habría vacilado en otorgártela.» Y Alí-Nur contestó:
«Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto á cumplir con Dulce-Amiga
como se merece.» Y el visir dijo: «En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el
único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que
siempre te acompañe mi bendición, consiste en que me prometas no
contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni
maltratarla jamás, ni venderla.» Y Alí-Nur contestó: «¡Juro por la vida
de nuestro Profeta y por el Corán sagrado no tomar otra esposa legítima
mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!»

Después de esto toda la casa se llenó de júbilo. Alí-Nur pudo poseer
libremente á Dulce-Amiga y siguió viviendo con ella durante un año,
siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah hizo que olvidase
completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir
Fadleddín para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al
malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se
atrevió á decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era
estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.

Y he aquí que un día el visir Fadleddín fué al hammam, salió
apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le
obligó á meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni
de noche ni de día, y fué tal su consunción, que parecía la sombra de lo
que había sido. Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos
deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó
en seguida con los ojos llenos de lágrimas. Y el visir le dijo: «¡Oh
hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término, ni bien sin límite,
ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca á mí
gustar la copa de la muerte.» Y el visir recitó estas estrofas:

     _¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos
     caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!_

     _¡Para los ojos del muy Altísimo no hay llanos ni cumbres! ¡Todas
     las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño ni hombre
     gigante!_

     _¡Y jamás ha habido rey, Imperio ni profeta que haya podido
     desafiar la ley de la muerte!_

Después prosiguió de este modo: «¡Oh hijo mío! No me queda ahora más que
encargarte una cosa: que cifres tu fuerza en Alah, no pierdas nunca de
vista los fines primordiales del hombre, y sobre todo, que cuides mucho
de nuestra hija y esposa tuya Dulce-Amiga.» Entonces contestó Alí-Nur:
«¡Oh padre mío! ¿Cómo es posible que nos dejes? Desaparecido tú de la
tierra, ¿qué nos quedará? Eres famoso por tus beneficios, y los oradores
sagrados citan tu nombre desde el púlpito de nuestras mezquitas el santo
día del viernes para bendecirte y desearte larga vida.» Y Fadleddín
dijo: «¡Oh hijo mío! sólo ruego á Alah que me reciba y no me rechace.»
Después pronunció en voz alta los dos actos de fe de nuestra religión:
«¡Juro que no hay más Dios que Alah! ¡Juro que Mohamed es el profeta de
Alah!» Y luego exhaló el último suspiro, y quedó inscrito para siempre
entre los elegidos bienaventurados.

Y en seguida todo el palacio se llenó de gritos y lamentos. Llegó la
noticia al sultán, y toda la ciudad de Bassra supo el fallecimiento del
visir Fadleddín ben-Khacan. Y todos los habitantes lo lloraban, sin
exceptuar á los niños de las escuelas. Por su parte, Alí-Nur, á pesar de
su abatimiento, nada escatimó para hacer unos funerales dignos de la
memoria de su padre. Y á estos funerales asistieron todos los emires y
visires, incluso el malvado Ben-Sauí, que, como los demás, tuvo que
ayudar á transportar el féretro. También concurrieron los altos
dignatarios, los grandes del reino, y todos los habitantes de Bassra,
sin excepción. Y al salir de la casa mortuoria, el jeique principal, que
dirigía los funerales, recitó en honor del muerto las siguientes
estancias:

     _¡Al hombre encargado de recoger sus despojos mortales le dijo:
     Obedece mis órdenes, pues sabe que en vida atendió á mis consejos!_

     _¡Si te place, haz correr por encima de él el agua lustral; pero
     cuida de regar su cuerpo con las lágrimas vertidas por los ojos de
     la Gloria, de la Gloria que le llora!_

     _¡Aparta de él los bálsamos mortuorios y los aromas! ¡Sírvete más
     bien para embalsamarle de los perfumes de sus beneficios y del
     suave olor de sus buenas acciones!_

     _¡Bajen del cielo los ángeles gloriosos para rendirle homenaje y
     llevar sus mortales despojos, dejando correr el llanto!_

     _¡Es inútil cansar con el peso de su ataúd los hombros de los
     portadores, pues los hombros de todos los humanos están rendidos
     por el peso de sus beneficios y por la carga del bien que les echó
     encima cuando vivía!_

Alí-Nur, después de los funerales, guardó prolongado luto y estuvo
encerrado mucho tiempo en su casa, negándose á ver á nadie y á ser
visto, y así permaneció entregado á su aflicción. Pero un día entre los
días, estando sentado, lleno de dolor, oyó llamar á la puerta, se
levantó á abrir, y vió entrar á un joven de su edad, hijo de uno de los
antiguos amigos y comensales de su difunto padre. Y este joven besó la
mano á Alí-Nur, y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño! todo humano, aunque
perezca, vive en sus descendientes, y tú tienes que ser el hijo ilustre
de tu padre; por lo tanto, no debes afligirte eternamente, ni olvidar
las santas palabras del señor de los antiguos y modernos, nuestro
profeta Mohamed (¡la plegaria y la paz de Alah sean con él!), que dijo:
«Cura tu alma y no guardes más luto á la criatura.»

Nada pudo contestar Alí-Nur, y resolvió en seguida poner término á su
aflicción, por lo menos exteriormente. Se levantó, fué á la sala de
reuniones y mandó que llevasen á ella todo lo necesario para recibir
dignamente á los visitantes. Y desde aquel momento abrió las puertas de
su casa y empezó á recibir á todos sus amigos, viejos y jóvenes. Pero
tomó particular afecto á diez jóvenes, que eran hijos de los principales
mercaderes de Bassra. Y pasaba el tiempo en su compañía, entre
diversiones y festines. Y á todo el mundo regalaba objetos de valor, y
en cuanto le visitaba alguien, daba en seguida una fiesta en honor suyo.
Pero todo lo hacía con tal prodigalidad, á pesar de las prudentes
advertencias de Dulce-Amiga, que su administrador, asustado de aquel
procedimiento, se le presentó un día y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño!
¿no sabes que es perjudicial la excesiva generosidad, y que los regalos
harto numerosos acaban con las riquezas? Recuerda que el que da sin
contar se empobrece. Ya lo expuso el poeta, que expresó la verdad cuando
dijo:

     _¡Mi dinero! ¡Lo conservo cuidadosamente, y en vez de derrocharlo,
     lo convierto en barras fundidas; el dinero es mi espada y es
     también mi escudo!_

     _¡Dárselo á mis enemigos, á mis peores enemigos, sería una locura!
     ¡Entre los hombres equivale obrar así á transformar la felicidad en
     infortunio!_

     _¡Pues mis enemigos se apresurarán á comérselo y bebérselo
     alegremente, y no pensarán en dar una limosna al necesitado!_

     _¡Por eso hago bien ocultando mi dinero al perverso que no sabe
     compadecer los males de sus semejantes!_

     _¡Conservaré mi dinero! ¡Desdichado del pobre que pide una limosna,
     lleno de sed, como el camello apartado del abrevadero durante cinco
     días! ¡Su alma llegará á ser más vil que la misma alma del perro!_

     _¡Oh! ¡Desgraciado del hombre sin dinero y sin recursos, aunque sea
     el más sabio de los sabios y su mérito resplandezca más que el
     sol!_»

Oídos estos versos, Alí-Nur miró á su administrador, y le dijo: «Tus
palabras no han de influir en mí para nada. Sabe de una vez para siempre
esto que te voy á decir: Cuando hechas tus cuentas resulte que aún me
quede dinero para el desayuno, procura no molestarme con la
preocupación de la cena. Porque tiene razón el poeta cuando dice:

     _Si algún día me viese abandonado por la fortuna y rendido á la
     pobreza, ¿qué haría yo? ¡Pues precisamente privarme de mis placeres
     y no mover ni brazos ni piernas!_

     _¡Desafío á todo el mundo á que me presente un avaro que haya
     merecido alabanzas por su avaricia, y también lo reto á que me
     enseñe un pródigo que haya muerto á causa de su prodigalidad!_»

Al oir estos versos, el administrador no pudo hacer más que retirarse,
saludando respetuosamente á su amo, para ir á ocuparse en sus asuntos.

En cuanto á Alí-Nur, ya no supo reprimir desde aquel día su generosidad,
que le incitaba á dar cuanto poseía, regalándolo á sus amigos y hasta á
los extraños. Bastaba que cualquier convidado exclamase: «¡Qué bonita es
tal cosa!», para que inmediatamente le contestara: «Tuya es.» Si otro
decía: «¡Oh mi querido señor, qué hermosa es esta finca!»,
inmediatamente le replicaba Alí-Nur: «Voy á mandar que la inscriban
ahora mismo á tu nombre.» Y mandaba traer el cálamo, el tintero de cobre
y el papel, é inscribía la casa á nombre del amigo, sellando el
documento con su propio sello. Y así hizo durante todo un año; y por la
mañana daba un banquete á todos sus amigos, y por la tarde les ofrecía
otro, al son de los instrumentos, amenizándolo los mejores cantantes y
las danzarinas más notables.

Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó á
tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la
lectura de los libros de los poetas. Y un día que Alí-Nur entró en su
gabinete, le dijo: «¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:

     _¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida,
     pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!_

     _¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la
     salvación del alma; pero tú derrochas locamente esas horas
     reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda
     súbitamente la desdicha!_»

Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar á la puerta. Y
Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué á abrir, y se encontró con el
administrador, al que condujo á una habitación contigua á la sala de
reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se
separaban de él. Y Alí-Nur preguntó á su administrador: «¿Qué ocurre,
para que pongas esa cara tan triste?» Y el otro dijo: «¡Oh mi señor! ¡Ya
ha llegado lo que tanto temía!» Y Alí-Nur insistió: «Pero ¿qué pasa?» Y
el administrador dijo: «Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no
tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que
valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas
de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital.» Y al oir estas
palabras, Alí-Nur bajó la cabeza y dijo: «¡Alah es el único fuerte, el
único poderoso!»

Pero precisamente, uno de los amigos, que estaba en la sala, oyó esta
conversación y se apresuró á comunicarla á los demás, diciendo: «¡Oh mis
señores, sabed que á Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo!» Y
en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando
con su gesto la exactitud de la mala nueva.

Al verle, uno de los convidados se levantó y le dijo: «¡Oh mi señor! con
tu venia me voy á retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo
abandonarla, de modo que he de marchar á su lado.» Alí-Nur se lo
permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: «¡Oh mi dueño
Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo á casa de mi hermano, que
celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo.» Y Alí-Nur se lo
permitió. Y todos los demás amigos fueron alegando pretextos para
marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse
solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar á
Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! aún ignoras la desgracia que
se me ha venido encima.» Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y
ella contestó: «¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú,
en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:

     _¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela en
     seguida, y disfruta de ella á gusto, y que la gocen también todos
     tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!_

     _¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de
     ella, pues la generosidad no ha de agotarla, ni tiene por qué
     sujetarla la avaricia!_

De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte.» Y
Alí-Nur le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! bien sabes que nada he escatimado á
mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no
puedo creer que me abandonen en la desgracia.» Pero Dulce-Amiga replicó:
«¡Te juro por Alah que para nada te han de servir!» Y Alí-Nur dijo:
«Ahora mismo voy á verlos, uno por uno; y llamaré á su puerta, y cada
cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un
capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre
del juego y de las diversiones.» Y efectivamente, se levantó en seguida
y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos ellos
vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó á
la primera puerta, y le abrió una negra, que le dijo: «¿Quién eres?» Él
contestó: «Avisa á tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para
decirle: «Tu servidor Alí-Nur besa tus manos y espera una muestra de tu
generosidad.» Y la negra fué á avisar á su amo. Y éste contestó: «Sal en
seguida y dile que no estoy en casa.» Y la negra volvió, y le dijo á
Alí-Nur: «¡Oh señor, no está mi amo!» Y Alí-Nur dijo para sí: «Éste es
un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos.» Y
fué á llamar á la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que
al primero, y recibió de él la misma respuesta negativa. Entonces
Alí-Nur recitó esta estrofa:

     _¡Apenas llegué frente á la casa se apresuraron á dejarla vacía, y
     vi huir á todos sus moradores, temerosos de que pusiese á prueba su
     generosidad!_

Y después dijo: «¡Por Alah! que he de visitar á todos, pues espero
encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado
á hacer.» Pero no pudo encontrar á nadie que le recibiese, ni que le
enviase siquiera un pedazo de pan. Y entonces se consoló recitando estos
versos:

     _¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras
     lo cubren los frutos!_

     _¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar
     otro árbol mejor!_

     _¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no
     he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!_

Y después fué á buscar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Ni
siquiera uno me ha recibido!» Y ella contestó: «¡Oh dueño mío, ya te
había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que
empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa,
y con eso nos podremos sostener algún tiempo.» Y Alí-Nur hizo lo que
Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada
que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose á Alí-Nur, que lloraba
lleno de desesperación, le dijo: «¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras? ¿No
estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga á quien
llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de
los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en
diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta y la
haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y
en cuanto á nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos
hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos.» Alí-Nur
contestó: «¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé á separarme de ti, ni
siquiera por una hora!» Y ella replicó: «Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi
dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:

     _¡No dudes en hacer aquello á que te obligue la necesidad! ¡No
     retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la
     decencia!_

     _¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas
     las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante
     preocupación!_»

Alí-Nur cogió entonces en brazos á Dulce-Amiga, le besó la cabellera, y
con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:

     _¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una
     sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una
     mirada que sirva de remedio á mi alma, herida por esta separación
     mortal!_

     _¡Pero si hasta esto te parece exagerado, no me lo des, y déjame
     entregado á mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!_

Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces á Alí-Nur, que acabó
por decidirle á que tomase la resolución que le acababa de proponer,
pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddín ben-Khacan se
viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con
Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más
experto de los corredores y le dijo: «Es necesario, ¡oh corredor! que
sepas el valor de esta joya que vas á pregonar en el mercado. No vayas á
equivocarte.» Y el corredor respondió: «¡Oh mi señor Alí-Nur! soy tuyo,
y conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo.»
Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan y levantó el velo que
cubría el rostro de Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: «¡Por
Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil
dinares de oro al difunto visir!» Y Alí-Nur asintió: «La misma es.»
Entonces dijo el corredor: «¡Oh Alí-Nur! cada criatura lleva pendiente
del cuello su destino y no se puede librar de él. Te juro que he de
poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del
mercado.»

E inmediatamente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes,
y aguardó á que llegasen, pues en aquel momento llegaban dispersos,
comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto
del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas,
georgianas, abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que
estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de
corredores y compradores, se subió á un poyo y dijo: «¡Oh vosotros
todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es
nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no
todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es
dátil. ¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que
presento hoy á vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única
que si hubiera equidad en apreciarla valdría más que todas las riquezas
reunidas. Á vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como
base de pujas; pero antes venid á ver con vuestros ojos.» Y los hizo
aproximarse, les mostró á Dulce-Amiga, y en seguida, por unanimidad,
acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares como base de
pujas. Entonces el corredor gritó: «¡Cuatro mil dinares la perla de las
esclavas blancas!» Y en seguida un mercader pujó á cuatro mil
quinientos. Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba
á caballo por el zoco de los esclavos, y vió á Alí-Nur de pie al lado
del corredor, y á éste pregonando un precio. Y dijo para sí: «Ese
calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de
haber vendido el último de sus muebles.» Pero pronto se enteró de que lo
que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: «Alí-Nur debe estar
vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría
mi corazón si esto fuese verdad!» Llamó entonces al pregonero, que
acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos.» Y
el visir le dijo: «Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en
seguida para que la vea.» Y el pregonero, que no podía negarse á
obedecer al visir, se apresuró á llevarle á Dulce-Amiga y le levantó el
velo. Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones
de la joven, se maravilló el visir y preguntó: «¿Qué precio es el que ha
alcanzado?» Y el corredor respondió: «Cuatro mil quinientos dinares á la
primera puja.» Y el visir dijo: «Pues bien; á ese precio me quedo con
ella.» Y al hablar así miró fijamente á todos los mercaderes, que no se
atrevieron á pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio,
temiendo la venganza del visir. Después el visir dijo al corredor: «¿Qué
haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de
oro, y te doy quinientos de corretaje.» El corredor no supo qué
responder, y con la cabeza baja se fué á buscar á Alí-Nur, que estaba
algo más lejos, y le dijo: «¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se
nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la
llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu
padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero
precio. Quiere quedarse con ella por solo el importe de la primera puja.
Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar
gracias á Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito
visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y
maldades. Y he aquí lo que va á hacer: te dará una letra de crédito para
uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada.
Y cada vez que vayas á cobrar, el agente te dirá: «Mañana pagaré», y ese
mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que
acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel
firmado por el visir, y el agente se apresurará á hacerlo pedazos, y de
este modo perderás sin remedio el precio de la esclava.»

Y Alí-Nur, desesperado al oir todo esto, preguntó al corredor: «¿Y qué
haremos ahora?» Y el corredor respondió: «Voy á darte un buen consejo.
Me llevaré al zoco á Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de
entre mis manos, le hablarás de este modo: «¡Desdichada! ¿Qué te
propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco
para humillarte y corregir tu mal genio?» En seguida le darás unos
golpes y te la llevarás. Y entonces todo el mundo, incluso el visir,
creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu
juramento.» Le pareció muy bien á Alí-Nur, y dijo: «Es realmente una
buena idea.» Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la
mano á la esclava y la llevó á presencia del visir El-Mohin ben-Sauí, y
le dijo: «Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está
allí, á pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima.» Y
efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de
Dulce-Amiga, le dió un puñetazo y le dijo: «¡Desdichada! ¿No sabes que
no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve á casa
y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta,
pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis
muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en
traerte al zoco.»

Al oirlo, gritó el visir: «¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si
aún te quedase algún mueble ó cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos
todos que no tienes ni un óbolo.» Y al hablar así quiso apoderarse
violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores
miraban con simpatía á Alí-Nur, muy estimado por ellos, que se acordaban
de los favores de su padre, su buen protector. Entonces Alí-Nur les
dijo: «Acabáis de oir las palabras insultantes de este hombre, y os tomo
á todos por testigos de ello.» Por su parte, el visir dijo: «¡Oh
mercaderes! por consideración á todos vosotros no mato ahora mismo á ese
insolente.» Pero los mercaderes se miraban unos á otros, como diciéndose
con los ojos: «Ayudemos á Alí-Nur.» Y añadieron en voz alta: «Este
asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis.» Y Alí-Nur, que era audaz
y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró á
su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla
en el pecho, empezó á darle puñetazos en la cabeza, en el vientre y en
todas partes, le escupió en la cara y le dijo: «¡Perro, hijo de perro,
mal nacido! ¡Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de
tu madre, oh corrompido!» Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada,
que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del
visir, que había ido á caer en medio de un charco de lodo.

Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron
los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero
el gentío se lo impidió y les decía: «¿Qué vais á hacer? Vuestro amo es
visir; pero ¿no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que
mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?» Y los
esclavos vieron que era más prudente abstenerse.

Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se
levantó cubierto de sangre y barro, y se dirigió al palacio del sultán,
seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna
compasión.

En seguida Alí-Nur cogió de la mano á Dulce-Amiga y se volvió á su casa
aclamado por el gentío.

El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad
ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo á la puerta y comenzó á gritar: «¡Oh
rey! ¡Te implora un afligido!» Y el rey mandó que se lo presentasen, y
vió que era su visir El-Mohin ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le
dijo: «¿Pero quién se ha atrevido á tratarte de esa manera?» Y el visir
se echó á llorar y recitó estos versos:

     _¿Es posible que, existiendo tú entre los vivientes, me haga su
     víctima el Tiempo? ¿Es posible que, siendo tú mi intrépido
     defensor, hagan de mí su presa los perros enfurecidos?_

     _¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo
     sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu
     protegido, me muera de sed bajo tu cielo?_

Y después añadió: «¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten á todos los
servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos
semejantes infamias?» Y el rey preguntó: «¿Pero quién te ha tratado de
ese modo?» Entonces el visir dijo: «Has de saber, ¡oh rey! que he salido
hoy á dar una vuelta por el zoco, para comprar una buena esclava que
supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los
días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida.
Y el corredor á quien me dirigí me contestó: «Creo que pertenece al
joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacan.» Ahora bien; recordarás,
¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de
oro al visir Fadleddín para comprar una hermosa esclava que reuniese
todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar
y comprar la tal esclava; pero como era verdaderamente maravillosa y le
había gustado mucho, se la regaló á su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto
su padre, se entregó á tales locuras que no tardó en vender todos sus
bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo
ni un óbolo para vivir, llevó al zoco á la esclava para venderla, y la
entregó á un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes
empezaron á pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó
inmediatamente á cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla
para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante
suma. Llamé al corredor y le dije: «Hijo mío, yo te daré los cuatro mil
dinares.» Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y
éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: «¡Sucia
cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la
vendería á un nazareno ó á un judío, aunque me llenases de oro el velo
que la cubre.» Y yo dije: «Pero joven, si no la quiero para mí, pues la
destino á nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro
bienhechor.» Y al oir estas palabras, en vez de ceder se enfureció más
aún, se tiró á la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó
al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad ni respetar mis barbas
blancas, empezó á pegarme y á insultarme de todas maneras, y acabó por
ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡oh rey
bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer á mi sultán
y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor
de compartir su lecho.»

Entonces el visir se echó á las plantas del rey y rompió nuevamente á
llorar, implorando justicia. Y al verle y oir su relato, se encolerizó
de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y
volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña.
Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas
desenvainadas. Y el sultán les dijo: «Marchad inmediatamente á la casa
del que fué mi visir El-Faldl ben-Khacan, y saqueadla y destruidla por
completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadle los brazos,
arrastradlos sobre el lodo y traedlos á mi presencia.» Los cuarenta
guardias contestaron: «Escuchamos y obedecemos», y se dirigieron en
seguida á casa de Alí-Nur.

Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había
sido mameluco del difunto Fadleddín y se había criado con su amo
Alí-Nur, á quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que
presenciara la queja del visir Ben-Sauí y cómo el sultán daba sus
crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para
llegar á la casa de Alí-Nur, que al oir llamar precipitadamente á la
puerta fué á abrir en persona, y al ver á su amigo el joven Sanjar quiso
abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: «¡Oh mi querido dueño!
no son á propósito estos instantes para palabras cariñosas ni para
saludos, pues oye lo que dice el poeta:

     _¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela en
     seguida! ¡Vuela á lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre
     quienes las construyeron!_

     _¡Oh amigo mío! ¡Encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues
     la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la
     has de encontrar!_

Y Alí-Nur dijo: «¡Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes á anunciarme?» Sanjar
contestó: «Sálvate y salva á la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohin
ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin
misericordia. Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado
contra vosotros á cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados.
Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia.» Y Sanjar
alargó su mano á Alí-Nur, que estaba llena de oro, y le dijo: «¡Oh mi
señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos
momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos
tiempo. ¡Levántate y huye!»

Entonces Alí-Nur se apresuró á avisar á Dulce-Amiga, que se cubrió
inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la
ciudad, y llegaron á orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y
divisaron un bajel que precisamente se disponía á desplegar las velas, y
acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y
decía: «El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el
que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que
haya olvidado algo en su casa vaya ligero á buscarlo, porque he aquí que
vamos á zarpar.» Y todos los viajeros contestaron: «Nada nos queda que
hacer, capitán; ya estamos listos.» Entonces el capitán gritó á sus
hombres: «¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!» Y en aquel
momento preguntó Alí-Nur: «¿Para dónde zarpas, capitán?» Y el capitán
contestó: «Para Bagdad, morada de paz.»

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 34.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó á
Alí-Nur: «Para Bagdad, morada de paz», Alí-Nur suplicó: «Aguarda, que
allá vamos.» Y seguido de Dulce-Amiga, subió á bordo de la nave, que en
seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada
Rokh, según dice el poeta:

     _¡Mira la nave: su aspecto seduce á quien la ve! ¡El viento quiere
     igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran
     carrera de velocidad!_

     _¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese
     precipitado sobre el mar y se balancease en él!_

Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando á todos los viajeros.
Esto en cuanto á Alí-Nur y Dulce-Amiga.

Por lo que se refiere á los cuarenta guardias enviados por el sultán
para apoderarse de Alí-Nur, llegaron á casa de éste, la cercaron por
todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y
comenzaron á buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar á
nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon á comunicar
al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó:
«¡Buscadlos por todas partes y registrad si es preciso toda la ciudad!»
Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y
para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: «¡Te
prometo que sólo yo he de vengarte!» Y el visir le deseó larga vida y
todas las felicidades. Después el rey mandó que los pregoneros
promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: «¡Si alguno de
vosotros, ¡oh habitantes! encontrase á Alí-Nur, hijo del difunto visir
Ben-Khacan, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en
recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien
le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!» Sin embargo, á pesar de
todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.

Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo á Bagdad, y el capitán les
dijo: «He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que
nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive á la
sombra de sus rosales, en una eterna primavera, en medio de flores y
jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras.» Y Alí-Nur dió
las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco
dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de
Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.

Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual,
emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean á la
ciudad. Y se detuvieron á la puerta de un jardín con una cerca muy
grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía á cada lado
un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban
hermosas lámparas de todos colores. Contiguo á ella había un estanque
lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre
dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al
viento.

Entonces Alí-Nur dijo á Dulce-Amiga: «¡Por Alah! ¡Hermoso es este
lugar!» Y ella contestó: «Descansemos una hora en estos bancos.» Y
después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del
estanque, se sentaron á tomar el aire en un banco, y respiraron
deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan á gusto se encontraban
allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una
manta.

Ahora bien; el jardín á cuya puerta estaban dormidos se llamaba el
Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio, llamado de
las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Rachid. Cuando el
califa sentía el cansancio de la ciudad, iba á distraerse y á olvidar
sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio
formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una
gran lámpara, y en el centro había una inmensa araña de oro macizo,
resplandeciente como el sol. Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el
califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían
todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado
de seda, terciopelo y oro, y mandaba á las cantoras que cantasen y á los
músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oir al
ilustre cantor Ishak, cuyos cantos é improvisaciones admiraba todo el
mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire
perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas
de la ciudad.

Había nombrado guarda del palacio y del jardín á un buen anciano,
llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los
paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres
y niños, que podían estropear ó robar las flores y las frutas. Y aquella
noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del
jardín y vió dormidas en el banco á dos personas desconocidas, cubiertas
con una misma manta. Y se indignó, y dijo: «He aquí dos audaces que han
infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer
cualquier castigo á todo el que se acerque á este palacio, voy á
hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está
reservado á los servidores del califa.» Y el jeique Ibrahim cortó una
rama de un árbol y se acercó á los durmientes, é iba á darles de
latigazos, cuando de pronto pensó: «¡Oh Ibrahim! ¿qué vas á hacer? Vas
á golpear despiadadamente á personas que no conoces, que tal vez sean
extranjeros ó mendigos del camino de Alah, á quienes haya encaminado
hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara.» Y el
jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó
encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había
juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín.
Y pensó: «¿Qué iba yo á hacer? ¿Qué ibas á hacer, ciego Ibrahim?
Merecerías que te golpearan á ti, para castigarte por tu injusta
cólera.» Después les tapó nuevamente la cara, se sentó á sus pies, y
empezó á dar masaje á los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa
simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que le acariciaban, no
tardó en despertarse, y vió á un respetable anciano. Avergonzado de que
éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y
cogiendo la mano del jeique Ibrahim, se la llevó á los labios y luego á
la frente. Entonces el jeique le preguntó: «¿De dónde venís, hijos
míos?» Y Alí-Nur dijo. «¡Oh señor, somos extranjeros!» Y se le arrasaron
los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: «¡Oh hijo mío! no soy de los que
olvidan que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!)
recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los
forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado. Venid,
pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis
vuestras penas y respiraréis á gusto.» Entonces Alí-Nur le preguntó:
«¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?» Y el jeique Ibrahim, para no
intimidar á Alí-Nur y algo también por jactancia, dijo: «Este palacio y
este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia.» Entonces se
levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín
precedidos por Ibrahim.

Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado
con uno parecido á aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos
superpuestos, de un efecto grandioso, y la cubrían unas parras que
dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros
como el ébano. Árboles frutales doblados al peso de la fruta madura
sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus
alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su
lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba
como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado
por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra dulce y
amarga; había sabrosos frutales del Khorasán; ciruelos cuyos frutos
tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos
rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como
perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una
mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores
blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se
cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían,
mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban á las rosas con
hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin
cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los
colores alfombraban la tierra; la primavera reinaba en los planteles y
en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales,
y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro,
y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.

Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de
las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las
cosas á medias, les invitó á penetrar en el Palacio de las Maravillas, y
abriendo la puerta les hizo entrar.

Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de
aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas.
Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para
descansar la vista de tanto esplendor, fueron á apoyarse en una ventana
que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles
bañados por la luz de la luna, empezó á pensar en sus penas pasadas, y
dijo á Dulce-Amiga: «¡Oh Dulce-Amiga! Este lugar lleno de encanto ¡me
recuerda tantas cosas! ¡Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y
extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!»

El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido á buscar, y
comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron
de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta
sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: «¡Oh
jeique Ibrahim! ¿tienes que darnos algo para beber? Juzgo muy natural
beber algo después de haber comido.» Y entonces Ibrahim les llevó una
vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: «¿Qué nos
traes? No es esto lo que yo quiero.» Ibrahim preguntó: «¿Acaso deseas
vino?» Y Alí-Nur dijo: «¡Claro que sí!» Y el jeique Ibrahim repuso:
«¡Guárdeme Alah bajo su protección! ¡Hace trece años que me abstengo de
esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz
de Alah!) maldijo á todo aquél que beba cualquiera bebida fermentada, al
que la exprima y al que la venda!» Entonces le contestó Alí-Nur:
«Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras.» El otro respondió:
«Dilas.» Y Alí-Nur dijo: «Si te indico el medio de que me facilites lo
que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el
portador del vino, ¿serás culpable ó maldito?» El jeique repuso: «Creo
que no.» Y Alí-Nur dijo: «Pues entonces toma estos dos dinares y estos
dos dracmas, monta en el burro que está á la puerta del jardín y que nos
trajo hasta aquí, ve al zoco, detente á la puerta de cualquier mercader
de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre
tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeunte que
halles ruégale, dándole el dinero, que entre á comprarte la bebida por
el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el
recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como
será el burro quien lo traiga, el transeunte quien lo compre, y nosotros
los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás
ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador. Y de este modo nada
tendrás que temer por haber faltado á la santa ley del Libro.» El
jeique, al oir á Alí-Nur, se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Por
Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto
ingenio y encanto.» Y Alí-Nur contestó: «¡Por Alah! Muy agradecidos te
estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor,
que te pedimos con insistencia.» Entonces el jeique Ibrahim, que no
había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda
clase de bebidas fermentadas, dijo á Alí-Nur: «¡Oh amigo! Toma estas
llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para
obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes
entrar en ellas y tomar á tu gusto todo lo que te plazca.»

Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que
veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas vasijas y
más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con
incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse,
eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las
preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga,
escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y
él empezaron á beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en
aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después
se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve á
un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les
dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron
los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus
cabellos. Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: «¿Por qué he de
apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me
hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver á estos dos
admirables jóvenes que parecen dos lunas?» É Ibrahim volvió sobre sus
pasos y fué á sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le
dijo: «¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con
nosotros.» Y el jeique Ibrahim se sentó á su lado, y Alí-Nur cogió una
copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: «¡Oh jeique, toma y bebe!
Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo
de la copa.» Pero el jeique Ibrahim respondió: «¡Protéjame Alah! ¿No
sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta?
¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes de hadj en la gloriosa
Meca?» Y Alí-Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano
Ibrahim, viendo que por la persuasión no la lograría, no insistió más;
se bebió la copa llena, la volvió á llenar, se la bebió otra vez, y á
los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó por
echarse al suelo, en donde fingió dormir. Entonces Dulce-Amiga dirigió
una insistente mirada al viejo Ibrahim, y le dijo: «¡Oh jeique Ibrahim!
¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!» Y él contestó: «¡Qué
desventura! Pero ¿por qué hace eso?» Dulce-Amiga dijo: «¡Si fuera esta
la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe, y luego se
emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y
beba conmigo. Y así no le encuentro gusto á la bebida, pues nadie
comparte mi copa, y ni siquiera tengo gana de cantar, porque no hay
quien me escuche.» Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se
estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz
armoniosa, le dijo: «Realmente, así no ha de serte agradable beber.» Y
Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo:
«Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y
de este modo merecerás mi gratitud.» Entonces el jeique Ibrahim tendió
la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de
nuevo é hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: «¡Oh mi señor!
¡nada más que ésta!» Pero él contestó: «¡Por Alah! No puedo complacerte.
Bastante he bebido ya.» Ella volvió á insistir muy afable, é
inclinándose hacia él, le dijo: «¡Por Alah! ¡No hay más remedio!» Y el
jeique tomó la copa y se la llevó á los labios. Pero en aquel momento
Alí-Nur se echó á reir y se incorporó bruscamente...

     Al llegar á este punto de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de
     su historia.


[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 35.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó á reir, se
incorporó bruscamente, y dijo á Ibrahim: «¿Qué estás haciendo? ¿No te
rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste
que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?» Entonces el jeique
Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró á
decir: «¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de
ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme.» Entonces se
echó á reir de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por
acercarse á su oído, y le dijo: «Déjame hacer, y ya verás cómo nos
reímos á su costa.» Después echó vino en su copa y la bebió, escanció
otra á Alí-Nur, que bebió también, y así siguió bebiendo y dando de
beber á Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces
éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: «¿Qué manera es ésa
de convidar á los demás á beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo
que hacéis?» Y Alí-Nur y Dulce-Amiga se echaron á reir y consintieron
que bebiera con ellos, y así estuvieron bebiendo hasta pasada la tercera
parte de la noche.

En este momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: «¡Oh jeique Ibrahim!
¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?» Y él contestó, ya
medio borracho: «¡Sí; puedes hacerlo, pero no enciendas más que una
sola.» Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas
las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió á su sitio.
Entonces Alí-Nur dijo á Ibrahim: «¡Oh jeique, cuánto me place estar á tu
lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas.» Y el
jeique Ibrahim contestó: «¡Bueno; levántate y enciende una, pero nada
más que una! ¡no creas que me vas á engañar!» Y Alí-Nur se levantó, y no
encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta
arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello.
Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron
iluminados. Y el jeique Ibrahim dijo: «Verdaderamente, sois más
libertinos que yo.» Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y
recorrió el salón por uno y por otro lado, abrió las ochenta ventanas,
volvió á sentarse y á seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el
salón con la alegría de sus risas y sus canciones.

Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor
de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa
Harún-Al-Rachid estuviese precisamente á aquella hora tomando el fresco,
á la claridad de la luna, sentado junto á una de las ventanas de su
palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella
dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se
reflejaba á través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar
á su gran visir Giafar Al-Barmakí. Y cuando se le presentó Giafar, le
dijo á gritos: «¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta
de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?» Y Giafar contestó: «No sé lo
que quieres decirme con esas palabras.» Y el califa volvió á gritarle:
«¡Me parece asombroso! Si á estas horas asaltasen á Bagdad nuestros
enemigos, no sería menos estupendo; ¿no ves, ¡oh maldito visir! que mi
Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el
hombre lo suficientemente audaz ó suficientemente poderoso que haya
podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las
ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que,
sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso.» Y Giafar,
todo tembloroso contestó: «¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las
Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?» Y el
califa dijo: «Acércate aquí y mira.» Y Giafar se aproximó, miró hacia
los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el
palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna.
Entonces Giafar comprendió que aquello debía de ser una imprudencia del
jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le
ocurrió inmediatamente inventar algo para disculpar al anciano guardián
del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para
obtener alguna ganancia. Dijo, pues, al califa: «¡Oh Emir de los
Creyentes! El jeique Ibrahim vino á verme la semana pasada, y me dijo:
«¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la
circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la
vida del Emir de los Creyentes.» Yo le contesté: «¿Y qué deseas de mí,
¡oh jeique!?» Y él respondió: «Deseo nada más que por tu mediación se
logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión
de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas.» Y yo le dije:
«¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto á
mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa y le enteraré de tus
deseos.» Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En cuanto á mí, ¡oh Emir
de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto.»
Entonces el califa contestó: «¡Oh Giafar! en vez de una falta has
cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no
me has dado cuenta de la petición del jeique. Y en segundo lugar, no le
has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino á hacerte aquella
súplica fué para darte á entender que necesitaba algún dinero para los
gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que
yo le pudiese dar algo.» Y Giafar contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes!
ha sido un olvido.» Y el califa transigió: «Está bien; por esta vez te
perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando
que vayas á pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre
de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que
lo visitan frecuentemente. Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y
cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento
tendrá en su casa á mucha gente, que albergará y alimentará por amor á
Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro
favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro.
Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que
lo mismo que todos sus amigos, se llenará de júbilo al vernos.» Pero
Giafar repuso: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor
parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya á
dejar el palacio.» Y el califa dijo: «Es mi voluntad que vayamos á
reunirnos con ellos.» Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy
pensativo, sin saber qué partido tomar.

El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de
Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las
Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de
mercaderes.

Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín
de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta
principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo á Giafar:
«He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es
ésa su costumbre.» Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron
al palacio. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! tengo que verlo todo sin que
se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique
Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron á su fiesta y
qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en
su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya
que no se oyen voces, ni vemos á nadie.» Y el califa, señalando á un
nogal cuya altura dominaba el palacio, dijo: «¡Oh Giafar! quiero subirme
á ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí
podré mirar adentro. Conque ayúdame.» Y el califa subió al árbol, y no
dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó á una muy á propósito
para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró á través de una
de las ventanas que estaban abiertas.

Y he ahí que vió á un joven y á una joven, ambos hermosos como lunas
(¡gloria á quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián
de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y
oyó que decía á Dulce-Amiga: «¡Oh soberana de la belleza! La bebida no
sabe bien si no la acompaña la canción. Y para que nos permitas oir el
encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:

     _¡Ya leilí! ¡Ya einí!_[2].

     _¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Observa que el caballo no
     bebe sin el ritmo del silbido!_

     _¡Ya leilí! ¡Ya einí!_

     _¡Después halaga á tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate
     sobre ella y tiéndela! ¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño!..._

     _¡Ya leilí! ¡Ya einí!»_

Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oir de su boca aquella
canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se
encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se
apresuró á descender del árbol, y miró á Giafar y le dijo: «¡Oh Giafar!
En mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos
respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala
para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión.
Esta noche es verdaderamente una noche bendita. Sube ahora tú al árbol,
y apresúrate á mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte,
gracias á las bendiciones de esos santos jeiques.» Cuando Giafar oyó
estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no
pudo vacilar en obedecerle y se apresuró á trepar al árbol, llegó frente
á la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de
los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando
y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce-Amiga mirándole fijamente,
oyéndole y riéndose á carcajadas.

Al verlo Giafar se creyó perdido; pero bajó del árbol y se postró ante
el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! ¡Bendito sea
Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la
purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las
tentaciones y del error, y de la vista de los libertinos!» Y Giafar
estaba tan confuso que no sabía qué contestar. Y el califa, mirando á
Giafar, prosiguió: «Vamos á otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado
hasta este lugar á esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En
verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza,
perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos.» Entonces Giafar
pidió perdón al califa, que se lo otorgó, y le dijo: «¡Oh califa!
ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos.» Y el califa repuso:
«¡Oh Giafar! Subamos otra vez al árbol y observémosles desde la rama.»

Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron
á contemplarle.

Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: «¡Oh soberana
mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la seriedad, que me
parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que
pulses las cuerdas armoniosas.» Y Dulce-Amiga contestó: «¡Por Alah! ¡Oh
jeique Ibrahim! ¿Cómo voy á pulsar las cuerdas si carezco de
instrumento?» Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de
Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo á Giafar: «¿Quién sabe
lo que irá á hacer ahora ese viejo libertino?» Y Giafar respondió:
«¡Quién ha de saberlo!» Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón
con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era
el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el
palacio ó quería distraer á su señor. Y el califa dijo: «¡Por Alah!
¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oir á esa maravillosa joven, y si
canta mal os he de crucificar á todos, y si canta bien perdonaré á esos
tres; pero á ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos.» Y Giafar
exclamó: «¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!» Y asombrado el califa,
preguntó: «¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?» Y contestó
Giafar: «Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del
suplicio, y nos consolaremos mutuamente.» Y el califa, al oirle, rió en
silencio.

Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba
diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron
con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar el hierro, de
despertar á los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce. Y
súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó á cantar:

     _¡Ya leilí!..._

     _Cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en
     apagar mi sed en su manantial, y dijo: «¡Esa agua está turbia!»_

     _¡Ya einí!..._

     _Si mi amigo atiende á esas voces, debe huir lo más lejos posible!
     Pero ¿podrá olvidar que me debe todas las delicias y todas las
     locuras de nuestro amor? ¡Oh locuras y delicias de nuestros
     amores!_

     _¡Ya leilí!..._

Dulce-Amiga, después de haber cantado, siguió tañendo el armonioso laúd
de cuerdas animadas, y el califa tuvo que reprimirse para no contestar
con un «¡Ya einí!» de admiración. Y dijo: «¡Oh Giafar! En mi vida he
oído voz tan maravillosa como la de esa esclava.» Giafar, sonriendo,
dijo: «Espero que se habrá desvanecido la ira del califa contra su
servidor.» Y el califa dijo: «Verdad es ¡oh Giafar! que se ha
desvanecido.» Entonces bajaron del árbol, y dijo el califa: «Quiero
entrar en el salón, sentarme entre ellos, y oir á esa esclava cantar
delante de mí.» Pero Giafar advirtió: «¡Oh Emir de los Creyentes! Si te
presentases entre ellos, les molestarías, y el jeique Ibrahim se moriría
del susto.» Entonces el califa dijo: «¡Oh Giafar! tienes que indicarme
un medio de saber todo lo que se refiere á este lance, sin que ellos lo
adviertan ni me conozcan.»

Y el califa y Giafar, mientras pensaban cómo se las compondrían para
lograr lo que deseaban, iban avanzando hacia el estanque que estaba en
medio del jardín y comunicaba con el Tigris. Contenía una enorme
cantidad de peces, que iban á refugiarse allí en busca del alimento que
se les echaba. Así es que el califa había sabido que allí acudían
algunos pescadores, pues cierto día estaba asomado á una de las ventanas
del Palacio de las Maravillas y vió á los pescadores, y dió orden al
jeique Ibrahim de que no les permitiese la entrada en el jardín ni la
pesca en el estanque, encargándole que castigara severamente al que se
desmandase.

Pero aquella noche, como había quedado la puerta abierta, entró un
pescador, que se había dicho: «¡He aquí una buena ocasión de hacer una
pesca magnífica!» Y se llamaba Karim este pescador, y era muy conocido
entre todos los pescadores del Tigris. Echadas las redes en el estanque,
se puso á esperar, mientras recitaba estos versos:

     _¡Oh tú que viajas por el agua! ¡Al viajar olvidas los peligros y
     la perdición! Pero ¿cuándo dejarás de inquietarte, cuándo te
     convencerás de que la fortuna nunca viene cuando se la busca?_

     _¿No ves al mar enfurecido y al pescador cansado? ¡Rendido está de
     cansancio por las noches, mientras las noches están llenas de
     estrellas, mientras las noches están serenas y llenas de
     estrellas!_

     _¡Echó su red de cuerdas, la golpean las olas, y sus ojos no miran
     más que el seno de la red!_

     _¡No hagas como el pescador, oh viajero! ¡Mira! ¡He aquí al hombre
     que conoce el valor de la vida y de la tierra, que sabe gozar de
     los días y de las noches, de la tierra y de sus bienes! ¡Es
     dichoso, su espíritu está tranquilo, y él vive de todos los frutos
     de la tierra!_

     _¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una
     noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de
     una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le
     pertenecen y le sonríen!_

     _¡Gloria al Señor! ¡Da á unos y priva á otros! ¡Unos pescan y otros
     se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!_

Cuando el pescador Karim acabó de cantar, avanzó hacia él el califa y le
dijo de pronto: «Oh Karim!» Y Karim se volvió sobresaltado al oir su
nombre. Y á la claridad de la luna conoció al califa, y se quedó
paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: «¡Por Alah! ¡Oh
Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus
órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía
me han impulsado á obrar así esta noche.» Y el califa dijo: «Está bien,
¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red
en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo?» Entonces, contentísimo el
pescador, se apresuró á echar la red invocando el nombre de Alah, y
esperó á que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de
pescados de todas clases y en cantidad incalculable. Y el califa quedó
muy satisfecho, y le dijo: «Ahora, ¡oh Karim! desnúdate.» Y Karim se
apresuró á despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas
mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y
pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el
turbante, que no habría desenrollado en tres años, hecho con trapos, y
que encerraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras
clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó
desnudo delante del califa. Entonces el califa empezó también á
desnudarse, quitándose el ropón de seda iskandaraní y el de seda
baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: «Karim,
toma esta ropa y póntela.» Por su parte, el califa cogió el ropón del
pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y
le dijo: «Ya te puedes ir por tu camino.» Y el hombre dió las gracias al
califa y le recitó estas dos estrofas:

     _¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no los ha de
     tener mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar
     cuenta!_

     _¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de
     muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!_

Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando
notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en
aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó á circular activamente
á lo largo de su cuerpo. Y empezó á coger puñados de parásitos que le
corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos,
lleno de repugnancia. Y tal fué su espanto, que llegó á decir al
pescador: «¡Oh desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus
mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?» Y Karim
respondió: «¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus
picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás
dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les
harás pizca de caso.» El califa, á pesar de su horror, se echó á reir, y
dijo: «Pero desdichado, ¿cómo voy á resistir esta suciedad sobre mi
cuerpo?» Y repuso el pescador: «¡Oh Emir de los Creyentes! querría
decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa.» El
rey dijo: «Habla en seguida.» Y así habló el pescador: «Se me ocurre,
¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte
la vida has querido aprender á pescar. Si así fuese, ¡oh soberano emir!
he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy á propósito para
eso.» Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se
despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa
cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba
fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban á
cierta distancia. Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y
Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa,
le dijo: «¡Oh Karim! ¿qué vienes á hacer aquí? Huye á escape, que el
califa está en el jardín esta noche.» Y cuando el califa oyó esto que
decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó:
«¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los
Creyentes!» Y dijo el califa: «¡Efectivamente, ¡oh Giafar! y tú eres mi
gran visir, y al llegar á tu lado no me has conocido! ¿Cómo quieres que
me conozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho? Quédate
aquí y espera á que yo vuelva.» Y Giafar dijo: «Escucho y obedezco.»

Entonces el califa llamó á la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se
levantó para preguntar: «¿Quién llama?» Y contestó el califa: «Soy yo,
jeique Ibrahim.» Y el anciano dijo: «¿Pero quién eres tú?» Respondióle
el califa: «Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta
noche, y he venido á traerte buen pescado, vivito y coleando.»

Precisamente á Alí-Nur y á Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y
al oir hablar al pescador, se alegraron hasta el límite de la alegría. Y
Dulce-Amiga dijo: «Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con
el pescado que trae.» Entonces el jeique Ibrahim se decidió á abrir la
puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún
contratiempo y fué á saludar á los presentes. Pero el jeique Ibrahim le
contestó con una carcajada, y le dijo: «¡Bien venido sea entre nosotros
el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven á enseñarnos ese pescado tan bueno
que traes!» Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que
llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y
Dulce-Amiga exclamó entonces: «¡Por Alah! ¡oh señores míos, qué hermoso
es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!» El anciano Ibrahim asintió
en seguida: «¡Por Alah! verdad dices.» Y volviéndose hacia el califa,
exclamó: «¡Oh pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este
pescado! ¡Cógelo, ve á freirlo y tráenoslo en seguida.» Y contestó el
califa: «Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy á freir y en seguida
lo traigo.» Y todos le contestaron á un tiempo: «¡Sí, sí; fríelo pronto
y tráenoslo!»

El califa se apresuró á salir, y fué á buscar á Giafar, á quien dijo:
«¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado.» Y el visir contestó:
«¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré.» Pero el
califa repuso: «Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie
más que yo ha de freir este pescado.» Y fué á la choza en que vivía el
jeique Ibrahim y empezó á buscar por todas partes, hasta que encontró
los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas
de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo, y exclamó:
«¡Oh Harún! recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina
con las mujeres y te metías á guisar. Ha llegado el momento de demostrar
tus habilidades. Cogió la sartén, la puso á la lumbre, le echó la
manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los
peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina. Bien frito
el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando
estuvo á punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de
plátano. Después fué al jardín á coger algunos limones y los puso
cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó á los
invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique
Ibrahim se pusieron á comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las
manos, y Alí-Nur dijo: «¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran
favor esta noche.» Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de
los que le había dado generosamente el joven chambelán, y se los tendió
al pescador, diciéndole: «Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque
¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos
que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazón
la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos
que mi actual situación me permite darte.» Y obligó al califa á tomar el
oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó á los labios, y
después á la frente, como para dar gracias á Alah y á su bienhechor por
aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.

Pero lo que quería ante todo el califa era oir á la esclava cantar
delante de él, de modo que le dijo á Alí-Nur: «¡Oh dueño y señor! tus
beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero
mi más ardiente deseo se realizaría, gracias á tu bondad, si esta
esclava tocase algo en ese laúd que á su lado veo y me dejase oir su
voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones
acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el
mundo.» Entonces Alí-Nur dijo: «¡Oh Dulce-Amiga!» Y contestó ésta: «¡Oh
mi señor!» Y dijo Alí-Nur: «Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego
que cantes para complacer á este pescador, que tanto desea oirte.» Y
Dulce-Amiga, al oir estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el
laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de
encantar á todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas:

     _¡La joven esbelta y flexible tañía el laúd con las delicadas yemas
     de sus dedos, y al oirla voló mi alma!_

     _Sonó su voz, y los sordos recobraron el oído, y los mudos
     rompieron á hablar de pronto, diciendo: «¡Oh qué encanto el de esa
     voz!»_

Y Dulce-Amiga, después de haber cantado esto, siguió pulsando el laúd
con arte tan maravilloso, que enloquecía á los que allí estaban. Después
sonrió y cantó estas dos estrofas:

     _¡Con tu pie, joven grácil, pisaste nuestro suelo, que se
     estremeció de placer, al mismo tiempo que la claridad de tus ojos
     disipaba las tinieblas de la noche!_

     _¡Oh mancebo querido! ¡cuando te vuelva á ver he de perfumar mi
     morada con almizcle, resina de olor y agua de rosas!_

Y Dulce-Amiga cantó tan admirablemente, que el califa llegó al límite
del placer y se apasionó de tal modo, que no pudo reprimir el arrebatado
entusiasmo de su alma, y exclamó: «¡Por Alah! ¡Por Alah!» Y Alí-Nur le
dijo: «Pescador, ¿te ha encantado la voz de mi esclava y su arte de
pulsar las cuerdas armoniosas?» Y contestó el califa: «Sí, ¡por Alah!»
Entonces Alí-Nur, no pudiendo reprimir su costumbre de dar á los amigos
todo lo que les gustaba, le dijo: «¡Oh pescador! ya que tanto te
entusiasma mi esclava, he aquí que te la ofrezco y te la regalo, como
obsequio de un corazón generoso que nunca recogió lo que dió una vez.
Toma, pues, la esclava. ¡Tuya es desde ahora!» Y Alí-Nur se levantó
inmediatamente, cogió su manto, se lo echó al hombro, y sin despedirse
siquiera de Dulce-Amiga, se apercibió á abandonar el salón y dejar que
el supuesto pescador tomase libremente posesión de la esclava. Entonces
Dulce-Amiga, dirigiéndole una mirada llena de lágrimas, le dijo: «¡Oh mi
dueño Alí-Nur! ¿Vas á repudiarme de este modo? Detente por favor un
momento, sólo para que pueda despedirme de ti. ¡Oye, Alí-Nur!» Y
Dulce-Amiga recitó amargamente estas dos estrofas:

     _¿Vas á huir de mí, ¡oh sangre pura de mi corazón! cuando tu sitio
     está en este corazón herido, entre mi pecho y mis entrañas?

     ¡Ah! ¡Te suplico ¡oh tú, el Clemente sin límites! que reúnas á los
     que se separaron! ¡Que repartas ¡oh Generoso! los beneficios entre
     los hombres!_

Y terminada su lamentación, Dulce-Amiga se aproximó á Alí-Nur y le dijo:

     _El día de la separación, al despedirse de mí, llorando lágrimas
     ardientes me dijo: «¿Qué harás ahora, lejos de mí?» Y yo contesté:
     «¡Oh! ¡Pregúntaselo más bien á quien se queda á tu lado!»_

Al oir estas palabras se impresionó mucho el califa, creyéndose causante
de la separación de los dos jóvenes. Y sorprendiéndole la facilidad con
que Alí-Nur le regalaba aquella maravilla, le dijo: «Explícate, ¡oh
joven! y no temas confesármelo todo, pues tengo tanta edad que podría
ser tu padre: ¿temes ser detenido y castigado por haber robado acaso á
esa joven, ó piensas cedérmela por tus deudas?» Entonces le contestó
Alí-Nur: «¡Por Alah, oh pescador! á esta esclava y á mí nos ha ocurrido
una aventura tan asombrosa, y somos víctimas de desdichas tan
extraordinarias, que si se escribieran con una aguja en el ángulo
interior del ojo, servirían de lección á quien las leyera con respeto.»
Y el califa dijo: «Apresúrate á contarnos detalladamente tu historia,
pues acaso esto sea para ti causa de alivio y hasta de socorro, ya que
el consuelo y el auxilio de Alah siempre están cercanos.» Entonces
Alí-Nur dijo: «¡Oh pescador! ¿Cómo quieres que te lo relate, en verso ó
en prosa?» Á lo cual respondió el califa: «La prosa es un bordado de
sederías y los versos hilos de perlas.» Entonces dijo Alí-Nur: «He aquí
por lo pronto el hilo de perlas.» Y entornando los ojos, bajó la frente
é improvisó estas estrofas:

     _¡Oh amigo mío! ¡El reposo ha huído de mi lecho! ¡Al verme tan
     alejado del país en que nací, me destroza el alma la amargura!

     ¡Sabe que tuve un padre á quien amaba, y que fué para mí el más
     cariñoso de los padres! ¡Ya no está junto á mí, pues la tumba le
     sirve de lecho!_

     _¡Desde entonces, todas las desventuras y todas las aflicciones han
     caído sobre mí de tal modo, que mis entrañas están destrozadas y mi
     corazón hecho trizas!_

     _¡Mi padre eligió para mí una hermosa entre las hermosas, una joven
     esbelta como un tallo nuevo, esbelta y ondulante como una rama que
     cimbrea el viento!_

     _¡La amé apasionadamente, quemé por ella toda la herencia de mi
     padre, y hasta tal punto la quise, que hube de preferirla al más
     querido de mis rápidos corceles!_

     _¡Pero un día me vi falto de todo y tuve que emprender el camino
     del mercado, á pesar de temer con toda mi alma el dolor de la
     separación!_

     _¡El pregonero la subastó en el zoco; y de pronto, un viejo
     libertino pujó para apoderarse de ella!_

     _¡Al ver aquel viejo innoble, me enfurecí, cogí de la mano á mi
     esclava y quise llevármela del mercado!_

     _¡Pero el viejo libertino se creía ya á punto de saciar su
     concupiscencia; el maldito viejo de corazón lleno de fuego
     infernal!_

     _¡Y le di un puñetazo con la mano derecha y otro con la izquierda!
     ¡Y desahogué en él la ira que me devoraba!_

     _¡Después, por temor de que me prendiesen, y para librarme de mi
     enemigo, huí de casa!_

     _¡El rey de la ciudad mandó que me prendieran; pero entonces vi
     acudir en mi ayuda á un joven chambelán hermoso y leal!_

     _¡Y para librarme de las asechanzas de mis enemigos, me aconsejó
     que huyera muy lejos!_

     _¡Y cogí á mi amiga, y en alas de la noche salimos de nuestro país
     tomando el camino de Bagdad!_

     _¡Y ahora, sabe que no tengo más tesoro que mi amiga, y te la
     regalo, ¡oh pescador!_

     _¡Y sabe que te entrego á la amada de mi corazón, y que al quedarte
     con ella te quedas con mi propio corazón, ¡oh pescador!_

Cuando Alí-Nur acabó de desgranar la última perla, el califa dijo: «¡Oh
mi señor! después de haberme maravillado con tu sarta de perlas,
¿querrías darme algunos pormenores sobre los preciosos bordados de esa
historia tan maravillosa?» Y entonces Alí-Nur, que creía estar hablando
con el pescador Karim, le refirió todas las particularidades de la
historia, desde el principio hasta el fin.

Pero cuando el califa se hubo enterado perfectamente de toda la
historia, dijo: «Y ahora ¿adónde piensas ir, ¡oh mi señor Alí-Nur!?» Y
Alí-Nur contestó: «¡Oh pescador! las tierras de Alah son vastas hasta lo
infinito.» Entonces el califa dijo: «Escúchame, ¡oh joven! Aunque sea
como soy un pobre pescador oscuro y sin luces, voy á darte una carta
para que la entregues en propia mano al sultán de Bassra, Mohammad
ben-Soleimán El-Zeiní. Y cuando la haya leído, ya verás qué resultado
tan favorable tendrá para ti.»

     Al llegar á este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer
     la mañana, y no prolongó más el hilo de su relato.


_Y CUANDO LLEGÓ LA 36.ª NOCHE_

[Illustration]


Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa dijo á
Alí-Nur: «Te escribiré una carta, que entregarás al sultán de Bassra,
Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, y ya verás sus resultados favorables»,
Alí-Nur, asombrado, repuso: «¿Cuándo se ha visto que un pescador escriba
directamente á un rey? Es una cosa que no ha ocurrido nunca.» Y el
califa dijo: «Tienes razón, ¡oh mi señor Alí-Nur! pero voy á explicarte
el motivo que me permite obrar de ese modo. Sabe que me enseñaron á leer
y escribir en la misma escuela que á Mohammad El-Zeiní, pues ambos
tuvimos el mismo maestro. Y yo estaba mucho más adelantado que el actual
califa, tenía mejor letra que él, y sabía de memoria las estrofas de los
poetas y los versículos de nuestro Libro Noble, pudiéndolos recitar
mucho más fácilmente que él. Éramos, pues, muy amigos; pero más adelante
le favoreció la fortuna, y llegó á ser rey, mientras Alah hizo de mí un
miserable pescador. Sin embargo, como su alma nada tiene de orgullosa,
mi compañero de escuela, hoy sultán de Bassra, ha continuado en
relaciones conmigo, y no hay cosa que le pida que no la haga
inmediatamente, y si cada día le hiciese mil peticiones, atendería con
seguridad á todas ellas.» Entonces Alí-Nur exclamó: «Escribe, pues, esa
carta, para que yo crea en tu influjo cerca del califa.»

Y el califa, después de sentarse en el suelo, doblando las piernas,
cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, apoyó el papel en la
palma de la mano izquierda, y escribió esta carta:

     «EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES, EL MISERICORDIOSO.

»Este escrito es enviado por mí, Harún Al-Rachid ben-Mahdí
     El-Abbasí, á Su Señoría Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.

»Recuerda que mi gracia te envuelve y que á ella debes haber sido
     nombrado representante mío en un reino de mis reinos.

»Y ahora te anuncio que el portador de este escrito, hecho por mi
     propia mano, es Alí-Nur, hijo de Fadleddín ben-Khacan, que fué tu
     visir y descansa ahora en la misericordia del Altísimo.

»Inmediatamente después de haber leído mis palabras te levantarás
     del trono del reino y colocarás en él á Alí-Nur, que será rey en
     lugar tuyo. Porque he aquí que acabo de investirle de la autoridad
     que antes te había confiado.

»Y cuida mucho que no sufra ningún aplazamiento la ejecución de mi
     voluntad. La salvación sea contigo.»

Después el califa dobló la carta, la selló, y se la entregó á Alí-Nur,
sin revelarle su contenido. Y Alí-Nur cogió la carta, se la llevó á los
labios y á la frente, la guardó en el turbante y salió en el acto para
embarcarse con dirección á Bassra, mientras la pobre Dulce-Amiga lloraba
abandonada en un rincón.

Esto, por lo pronto, en cuanto se refiere á Alí-Nur. Respecto al califa,
he aquí que cuando el jeique Ibrahim, que hasta entonces nada había
dicho, vió todo aquello, se volvió hacia el califa, á quien seguía
tomando por el pescador Karim, y le dijo: «¡Oh tú, el más miserable de
los pescadores! Has traído unos peces que apenas valen veinte mitades de
cobre, y no contento con haberte embolsado tres dinares de oro ¿quieres
llevarte ahora esa esclava? Ahora mismo me vas á dar la mitad del oro, y
en cuanto á la esclava, la disfrutaremos también los dos, pero siendo yo
el primero.»

Entonces el califa, después de lanzar una terrible mirada al jeique
Ibrahim, se acercó á una de las ventanas y dió dos palmadas.
Inmediatamente acudieron Giafar y Massrur, que no aguardaban más que
aquella señal, y á un ademán del califa, Massrur se echó encima del
jeique Ibrahim y lo inmovilizó. Giafar, que llevaba en la mano un ropón
magnífico, que había mandado á buscar á toda prisa por uno de sus
criados, se acercó al califa, le quitó los harapos del pescador y le
puso el ropón de seda y oro.

Entonces el jeique Ibrahim, todo aterrado, reconoció al califa, y empezó
á morderse los dedos; pero aún se resistía á creer en la realidad, y se
decía: «¿Estoy despierto ó dormido?» Y el califa, sin disimular la voz,
le dijo: «¿Te parece bien, jeique Ibrahim, el estado en que te
encuentro?» Y al oirle se le quitó de pronto la borrachera al jeique
Ibrahim, se tiró de bruces al suelo, arrastrando por él su larga barba,
y recitó estas estrofas:

     _¡Perdona mi falta, ¡oh tú que eres superior á todas las criaturas!
     ¡El señor debe generosidad al esclavo!_

     _¡Confieso que hice cosas impulsado por la locura! ¡A ti te
     corresponde ahora perdonarlas generosamente!_

Entonces el califa, dirigiéndose al jeique Ibrahim, le dijo: «Te
perdono.» Y volviéndose hacia la desconsolada Dulce-Amiga, prosiguió:
«¡Oh Dulce-Amiga! ahora que sabes quién soy, déjate conducir á mi
palacio.» Y todos salieron del Palacio de las Maravillas.

Cuando Dulce-Amiga llegó al palacio, el califa le mandó preparar un
aposento reservado, y puso á sus órdenes doncellas y esclavas. Después
fué en su busca, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ya sabes que actualmente
me perteneces, pues te deseo, y además me has sido generosamente cedida
por Alí-Nur. Y yo, para corresponder á su esplendidez, acabo de enviarle
como sultán á Bassra. Y si quiere Alah, pronto le enviaré un magnífico
traje de honor, y serás tú la encargada de llevarlo. Y serás sultana
con él.» Y dicho esto cogió entre sus brazos á Dulce-Amiga, y aquella
noche la pasaron enlazados. Y fué lo que les ocurrió á uno y otro.

En cuanto á Alí-Nur, he aquí que llegó por la gracia de Alah á la ciudad
de Bassra, marchó directamente al palacio del sultán Mohammad El-Zeiní,
y una vez allí dió un gran grito. Y al oirle el sultán mandó que
llevasen á su presencia al hombre que había gritado de aquel modo. Y
Alí-Nur, al verse delante del sultán, sacó del turbante la carta del
califa y se la entregó inmediatamente. Y el sultán abrió la carta,
conoció la letra del califa, y en seguida se puso de pie, leyó con mucho
respeto el contenido, y después de leerlo se llevó tres veces la carta á
los labios y á la frente, y exclamó: «¡Escucho y obedezco á Alah el
Altísimo y al califa, Emir de los Creyentes!» Y en seguida mandó llamar
á los cuatro kadíes de la ciudad y á los principales emires para darles
cuenta de su resolución de obedecer inmediatamente al califa, abdicando
el trono. Pero en este momento entró el gran visir El-Mohin ben-Sauí,
enemigo de Alí-Nur y de su padre Fadleddín, y el sultán le entregó la
carta del Emir de los Creyentes, y le dijo: «¡Lee!» El visir cogió la
carta, la leyó, la releyó, y quedó consternadísimo; pero de pronto
desgarró muy diestramente la parte inferior de la carta que ostentaba el
negro sello del califa, se la llevó á la boca, la mascó y la tiró. Y el
sultán le gritó enfurecido: «¡Desdichado Sauí! ¿Qué demonio te ha
podido impulsar á cometer este atentado?» Y Sauí contestó: «¡Oh rey! Has
de saber que este hombre no ha visto nunca al califa, ni siquiera á su
visir Giafar. Es un bribón dominado por todos los vicios, un demonio
lleno de malignidad y de falsía. Ha debido encontrar algún papel escrito
por el califa, y ha imitado la letra, escribiendo á su gusto todo cuanto
aquí acabo de leer. Pero ¿cómo has pensado, ¡oh sultán! en abdicar,
cuando el califa no ha mandado un propio, ni una orden escrita con su
noble letra? Además, si el califa hubiera enviado tal mensaje, lo habría
hecho acompañar por algún chambelán ó algún visir. Y he aquí que este
hombre ha llegado completamente solo.» Entonces el sultán preguntó: «¿Y
qué haremos ahora, ¡oh Sauí!?» A lo cual respondió el visir: «¡Oh rey!
confíame á ese joven, y ya sabré yo descubrir la verdad. Lo mandaré á
Bagdad acompañado por un chambelán, que se enterará de todo lo ocurrido.
Si lo que ha dicho es cierto, nos traerá una orden escrita con la noble
letra del califa. Pero si ha mentido, volverá el chambelán con este
joven, y entonces sabré vengarme, para hacerle expiar lo pasado y lo
presente.»

Después de oir al visir, acabó el sultán por creer que Alí-Nur era un
maldito embaucador, y lleno de cólera no quiso aguardar á ninguna
prueba, y gritó á los guardias: «¡Apoderaos de este joven!» Y los
guardias se apoderaron de Alí-Nur, lo tiraron al suelo y empezaron á
darle de palos, hasta que lo dejaron sin sentido. Después les mandó que
lo encadenaran de pies y manos, y llamó al jefe de los carceleros, y el
jefe de los carceleros no tardó en presentarse al rey.

Este carcelero se llamaba Kutait. Cuando le vió el visir, le dijo:
«Kutait, el sultán va á ordenarte que cojas á este hombre y lo metas en
un calabozo subterráneo, donde lo atormentarás día y noche con la mayor
dureza.» Kutait contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió á Alí-Nur y lo
llevó en seguida á un calabozo.

Y cuando Kutait entró en el calabozo con Alí-Nur, cerró la puerta, mandó
barrer el suelo y poner un banco detrás de la puerta, cubriéndolo con un
tapiz y colocando en él un almohadón. Después, acercándose á Alí-Nur, le
quitó las ligaduras y le rogó que se sentase en el banco, diciéndole:
«No he de olvidar, ¡oh mi señor! lo mucho que me favoreció tu padre, el
difunto visir; de modo que no tengas temor alguno.» Y desde entonces lo
trató lo mejor que pudo, procurando que no careciese de nada; y sin
embargo enviaba diariamente recado al visir de que Alí-Nur estaba sujeto
á los más tremendos castigos. Todo ello durante cuarenta días.

Llegado el día cuarenta y uno llevaron al palacio un magnífico regalo
para el rey de parte del califa. Y el rey se maravilló de lo espléndido
de aquel regalo, y como no comprendía la causa que había movido al
califa á enviárselo, mandó reunir á sus emires, y les preguntó su
parecer. Opinaron algunos que el califa destinaba el regalo á la
persona enviada por él para sustituir al sultán. Y en seguida Sauí
exclamó: «¡Oh rey! ¿No te dije que lo mejor era deshacerse de ese
Alí-Nur, si es que quieres obrar con prudencia?» Y entonces el sultán
dijo: «¡Por Alah! Haces que lo recuerde á tiempo. Ve á buscarlo
inmediatamente y que se le degüelle sin misericordia.» Y Sauí contestó:
«Escucho y obedezco, pero convendría, ¡oh mi señor! anunciarlo por medio
de los pregoneros. Y que digan: «¡Vayan á la explanada de palacio
cuantos quieran presenciar la ejecución de Alí-Nur ben-Khacan!» Y todo
el mundo vendrá á ver cómo lo decapitan, y así me vengaré, y se alegrará
mi corazón, y quedará saciado mi odio.» Y el sultán le dijo: «Puedes
disponer lo que quieras.»

Lleno de alegría, el visir corrió á casa del gobernador y le mandó
pregonar la ejecución de Alí-Nur con todos los detalles mencionados. Y
así ve verificó puntualmente. Pero al oir á los pregoneros se apoderó de
todos los habitantes de la ciudad una gran aflicción, y todos empezaron
á llorar sin excepción ninguna, hasta los niños en las escuelas y los
mercaderes en los zocos. Y los unos se apresuraban á ocupar un buen
sitio para ver pasar á Alí-Nur y asistir al triste espectáculo de su
muerte, mientras que otros acudían en tropel á las puertas de la cárcel
para acompañarle desde que saliera.

Por su parte, el visir Sauí se dirigió á la prisión, haciéndose
acompañar de diez guardias, y mandó que le abrieran la puerta. Y el
carcelero Kutait, fingiendo ignorarlo todo, preguntó: «¿Qué desea mi
señor el visir?» Y éste dijo: «Trae en seguida á mi presencia á ese
miserable.» A lo cual repuso el carcelero: «Se encuentra en muy mal
estado, á consecuencia de los palos que le di y de los tormentos que ha
sufrido, pero de todos modos, obedeceré en el acto.» Y el carcelero se
dirigió al calabozo de Alí-Nur, y le encontró recitando estas estrofas:

     _¡Ay de mí! ¡Nadie me socorre en mi desventura! ¡Y cada vez son más
     intensos mis males y más difícil su remedio!_

     _¡La ausencia implacable y amarga ha consumido lo más puro de mi
     sangre, arrebatándome el último aliento de vida! ¡La fatalidad ha
     transformado á mis amigos, convirtiéndoles en los enemigos más
     crueles!_

     _Y pregunto á cuantos me ven: ¿No hay nadie entre vosotros que me
     compadezca, que se duela de lo inmenso de mi desdicha y que
     responda á mis llamamientos?_

     _¡Qué dulce me parece la muerte, á pesar de todos sus terrores,
     ahora que se ha acabado toda esperanza engañosa de la vida!_

     _¡Señor! ¡Tú que envías á quienes anuncian buenas nuevas; tú que
     eres el mar de la generosidad; tú que guías á los portadores de
     consuelo!_

     _¡A ti imploro, abiertas todas las heridas de un alma atormentada!
     ¡Líbrame de mis sufrimientos y de los peligros! ¡Perdona mi
     torpeza! ¡Olvida mis errores y mis faltas!_

Cuando Alí-Nur terminó su lamentación, se le acercó Kutait, le explicó
lo que pasaba y le ayudó á quitarse la ropa limpia que le había dado
ocultamente, y le vistió de harapos, llevándole en seguida á la
presencia del visir, que lo aguardaba pateando de rabia. Y apenas le vió
Alí-Nur, acabó de convencerse del odio que le tenía aquel enemigo de su
padre. Pero le dijo: «Heme aquí, ¡oh visir! ¿Crees que te será siempre
favorable el destino para fiar en él de ese modo? Ignoras las palabras
del poeta:

     _¡Al tener que sentenciar lo aprovecharon para extralimitarse en
     sus derechos y faltar á la justicia! ¿Ignoran que su veredicto
     pronto dejará de serlo, y se disolverá en la nada?_»

Y añadió Alí-Nur: «¡Oh visir! ¡sabe que sólo Alah es poderoso, que es el
Único Realizador!» Y el visir le dijo: «¡Oh Alí! ¿crees intimidarme con
todas tus sentencias? Sabe que hoy mismo, contra tu voluntad y contra la
de todos los habitantes de Bassra, te cortaré la cabeza. Y para
imitarte, te recordaré lo que el poeta dijo:

     _¡Deja obrar al tiempo á su gusto, pero disfruta de la satisfacción
     de hacerte justicia!_

Y también es admirable este otro verso:

     _¡El que vive, aunque sólo sea un día, después de haber visto morir
     á su enemigo, consigue el fin deseado!_»

Inmediatamente mandó á los guardias que se apoderaran de Alí-Nur y lo
montasen en un mulo; pero los guardias vacilaron al ver que la
muchedumbre decía á Alí-Nur: «Mándanoslo, y ahora mismo apedrearemos á
ese hombre y lo haremos pedazos, aunque nos arriesguemos á perdernos y á
perder nuestra alma.» Pero Alí-Nur repuso: «¡Oh, no! ¡No hagáis
semejante cosa! Recordad estos versos del poeta:

     _¡Todo hombre tiene que pasar su tiempo en la tierra, y
     transcurrido ese tiempo, ha de morir!_

     _¡Por eso, aunque los leones me arrastraran á su selva, nada
     tendría que temer como no hubiera llegado mi hora!_»

Los guardias se apoderaron entonces de Alí-Nur, lo montaron en un mulo y
recorrieron así toda la ciudad, hasta llegar al palacio, frente á las
ventanas del sultán. Y gritaban: «¡Este es el castigo contra todo el que
se atreva á falsificar documentos!» Después llevaron á Alí-Nur al lugar
de los suplicios, allí donde se encharcaba la sangre de los
sentenciados. Y el verdugo, con el alfanje en la mano, se acercó un
momento á Alí-Nur y le dijo: «Soy tu esclavo; si necesitas que haga
alguna cosa no tienes más que decirla, y la haré inmediatamente. Si
necesitas beber ó comer, manda y te obedeceré en el acto. Pues has de
saber que te quedan muy pocos minutos de vida; sólo hasta que el sultán
se asome á la ventana.» Entonces Alí-Nur miró á derecha é izquierda, y
recitó estas estrofas:

     _¡Decidme, por favor! ¿Hay entre vosotros un amigo compasivo que
     quiera ayudarme?_

     _¡Va á terminarse el tiempo de mi vida y á cumplirse mi destino!
     ¿Hay algún hombre caritativo que me socorra y que merezca ser
     recompensado por su buena acción?_

     _¡Que eche una mirada á mi desdicha, que descubra mi tristeza y me
     dé un poco de agua para calmar los sufrimientos de mi suplicio!_

Entonces todos los presentes empezaron á llorar, y el verdugo fué en
seguida en busca de una alcarraza con agua y se la presentó á Alí-Nur.
Pero inmediatamente el visir Sauí acudió desde su sitio, y dando un
golpe á la alcarraza la rompió en mil pedazos. Y en seguida gritó
enfurecido al verdugo: «¿Qué aguardas para cortarle la cabeza?» Y el
verdugo cogió entonces un lienzo y vendó los ojos á Alí-Nur. Y al verlo,
la multitud se encaró con el visir y empezó á injuriarle, aumentando
cada vez más el tumulto de gritos. Y no cesaba la agitación, cuando
súbitamente se levantó una nube de polvo y resonaron clamores confusos
que iban aproximándose, llenando el aire y el espacio.

Y al ver la nube de polvo y oir el estrépito, el sultán miró por la
ventana del palacio y dijo á quienes le rodeaban: «Averiguad en seguida
lo que es eso.» Y el visir repuso: «No es eso lo más urgente. Antes
conviene degollar á ese hombre.» Pero el sultán replicó: «Calla, ¡oh
Sauí! y déjanos ver lo que es eso.»

Aquella nube de polvo la levantaban los caballos en que galopaban
Giafar, el gran visir del califa, y los jinetes de su séquito.

Y he aquí el motivo de su llegada. El califa, después de la noche de
amor que había pasado entre los brazos de Dulce-Amiga, había dejado
transcurrir treinta días sin acordarse de ella ni de la historia de
Alí-Nur ben-Khacan. Pero una noche entre las noches, al pasar junto al
gabinete en que estaba encerrada Dulce-Amiga, oyó amargo llanto y una
voz dolorida que cantaba estos versos del poeta:

     _¡Oh delicia mía! ¡Tu sombra, estés ausente ó estés conmigo, no se
     aparta de mí! ¡Y mi boca, para alegrarme, gusta de repetir tu
     nombre delicioso!_

Y como los sollozos fuesen cada vez más desesperados, abrió el califa la
puerta, entró en el gabinete, y vió á Dulce-Amiga que lloraba. Y
Dulce-Amiga se echó á sus pies y se los besó tres veces, y recitó estas
estrofas:

     _¡Oh tú, que eres de ilustre raza y producto de sangre famosa, de
     origen noble, rama fértil doblada bajo el peso de frutos
     exquisitos!_

     _¡He de recordarte la promesa que tu bondad me hizo y que me
     ofreció tu generosidad sin par! ¡Ojalá no la olvides nunca!_

Pero el califa, que seguía sin acordarse de Dulce-Amiga, le dijo:
«¿Quién eres, ¡oh joven!?» Y ella contestó: «Soy la que te regaló
Alí-Nur ben-Khacan. Y ahora te ruego que cumplas la promesa de enviarme
junto á él con todos los honores debidos. Y cuenta que pronto hará
treinta días que estoy aquí y no he podido disfrutar siquiera una hora
de sueño.» Entonces el califa llamó apresuradamente á Giafar Al-Barmakí,
y le dijo: «Llevo treinta días sin saber nada de Alí-Nur, y temo que le
haya mandado matar el sultán de Bassra. Pero juro por mi cabeza y por la
tumba de mis padres y mis abuelos, que como le haya ocurrido una
desgracia á ese joven, perecerá el que tenga la culpa, así sea la
persona más querida para mí. Quiero, pues, ¡oh Giafar! que salgas
inmediatamente para Bassra y averigües lo que han hecho con Alí-Nur.» Y
Giafar se puso inmediatamente en camino.

Y al llegar á Bassra se encontró Giafar con aquel tumulto, y vió la
muchedumbre agitada como el oleaje del mar, y preguntó: «¿Pero qué
alboroto es ese?» Y en seguida millares de voces le refirieron cuanto
había ocurrido con Alí-Nur ben-Khacan. Y cuando Giafar oyó sus palabras,
se dió más prisa para llegar á palacio. Y subió á las habitaciones del
sultán, y le deseó la paz, y le enteró del objeto de su viaje, y le
dijo: «Si le ha sucedido alguna desgracia á Alí-Nur, tengo orden de que
perezca quien tuviere la culpa, y de que tú, ¡oh sultán! expíes también
el crimen cometido. ¿Dónde está Alí-Nur?»

El sultán mandó entonces que trajeran en seguida á Alí-Nur, y los
guardias fueron á buscarle á la plaza. Y apenas entró Alí-Nur, se
levantó Giafar y mandó á los guardias que prendieran al sultán y al
visir El-Mohin ben-Sauí. É inmediatamente nombró á Alí-Nur sultán de
Bassra, y lo colocó en el trono, en vez de Mohammad El-Zeiní, á quien
mandó encerrar con el visir.

Después Giafar permaneció en Bassra, en casa del nuevo rey, los tres
días reglamentarios de cortesía. Pero al cuarto día, Alí-Nur se dirigió
á Giafar y le dijo: «Tengo vivos deseos de volver á ver al Emir de los
Creyentes.» Y Giafar se avino á ello, y dijo: «Empecemos por hacer
nuestra oración de la mañana, y saldremos en seguida para Bagdad.» Y el
rey dijo: «Escucho y obedezco.» É hicieron la oración de la mañana, y
ambos, acompañados de guardias y jinetes llevando consigo al ex rey
Mohammad El-Zeiní y al visir Sauí, emprendieron el camino de Bagdad. Y
durante el viaje, el visir Sauí tuvo tiempo para reflexionar y morderse
las manos arrepentido.

Alí-Nur marchó todo el camino al lado de Giafar, hasta que llegaron á
Bagdad, morada de paz. Y se apresuraron á presentarse al califa, y
Giafar le contó la historia de Alí-Nur. Entonces el califa mandó
acercarse á Alí-Nur, y le dijo: «Toma este alfanje y corta con tu
propia mano la cabeza de tu enemigo, el miserable Ben-Sauí.» Y Alí-Nur
cogió el acero y se acercó á Ben-Sauí, pero éste lo miró y le dijo: «¡Oh
Alí-Nur! Yo procedí contigo según mi temperamento, al cual no podía
sustraerme. Pero tú debes obrar á tu vez según el tuyo.» Entonces
Alí-Nur tiró el alfanje, miró al califa, y le dijo: «¡Oh Emir de los
Creyentes! este hombre me ha desarmado.»

Y recitó lo que dice el poeta:

     _¡He visto á mi enemigo y no he sabido cómo vencerle, pues el
     hombre puro siempre es vencido por las palabras de bondad!_

Pero el califa exclamó: «¡Está bien, Alí-Nur!» Y dijo á Massrur: «¡Oh
Massrur! Levántate y corta la cabeza á ese bandido.» Y Massrur se
levantó, y de un solo tajo degolló al visir El-Mohín ben-Sauí. Entonces
el califa se dirigió á Alí-Nur, y le dijo: «Ahora puedes pedirme lo que
quieras.» Y Alí-Nur respondió: «¡Oh señor y dueño mío! no deseo reinar,
ni quiero tener ninguna intervención en el trono de Bassra. No siento
más deseo que tener la dicha de contemplar tus facciones.» Y el califa
contestó: «¡Oh Alí-Nur! con todo el cariño de mi corazón y como homenaje
debido.» Después mandó llamar á Dulce-Amiga, y se la devolvió á Alí-Nur,
y les dió grandes riquezas, y un palacio de los más hermosos de Bagdad,
y una suntuosa pensión del Tesoro. Y quiso que Alí-Nur ben-Khacan fuera
su íntimo compañero. Y acabó por perdonar al sultán Mohammad El-Zeiní,
al cual repuso en el trono, encargándole que en adelante eligiese mejor
sus visires. Y todos vivieron con alegría y prosperidad hasta su muerte.

     Al terminar, la discretísima Schahrazada dijo al rey: «No creas,
     ¡oh rey! que esta historia de Alí-Nur y Dulce-Amiga, aunque muy
     deliciosa, sea tan notable y sorprendente como la de Ghanem
     ben-Ayub y su hermana Fetnah.» Y el rey Schahriar contestó: «No
     conozco tal historia.»

[Illustration]

[Illustration]



HISTORIA DE GHANEM BEN-AYUB Y DE SU HERMANA FETNAH

[Illustration]


Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad de los
tiempos, en lo pasado de los siglos y de las edades, hubo un mercader
entre los mercaderes que era riquísimo y padre de dos hijos. Se llamaba
Ayub, y su hijo varón, Ghanem ben-Ayub, fué conocido después con el
sobrenombre de El-Motim El-Masslub[3], y era tan hermoso como la luna
llena, y estaba dotado de una elocuencia maravillosa. La hija, hermana
de Ghanem, se llamaba Fetnah[4], nombre muy merecido por sus encantos y
su hermosura.

Al morir Ayub, les dejó grandes riquezas...

     En este momento de su relato, vió Schahrazada nacer el día y se
     calló discretamente.


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 37.ª NOCHE_

[Illustration]


     Prosiguió en esta forma:

...Al morir el mercader Ayub, les dejó grandes riquezas, y entre otras
cosas, cien cargas de sederías, brocados y telas preciosas, y cien
vasijas llenas de vejigas de almizcle puro. Todo cuidadosamente
empaquetado, y en cada fardo se veía escrito con grandes caracteres:
DESTINADO Á BAGDAD, pues Ayub no pensaba morirse tan pronto, y quería ir
á Bagdad para vender sus preciosas mercaderías.

Pero llamado á la infinita misericordia de Alah, y pasado el tiempo del
luto, el joven Ghanem pensó realizar el viaje á Bagdad que tenía
proyectado su padre. Despidióse, pues, de su madre, de su hermana
Fetnah, de sus parientes y de sus vecinos, y se fué al zoco, donde
alquiló los camellos necesarios, cargó en ellos sus fardos, y aprovechó
la salida de otros comerciantes para Bagdad, á fin de ir en su compañía,
y así marchó, después de poner su suerte en manos de Alah el Altísimo. Y
Alah lo resguardó de tal modo, que no tardó en llegar á Bagdad sano y
salvo con todas sus mercaderías.

Apenas llegado á Bagdad, se apresuró á alquilar una casa hermosísima,
que amuebló suntuosamente, tendiendo por todas partes magníficas
alfombras, colocando divanes y almohadones, sin olvidar los cortinajes
en puertas y ventanas. Después mandó descargar todas las mercaderías y
descansó de las fatigas del viaje, esperando tranquilamente que todos
los mercaderes y personas notables de Bagdad fuesen, uno tras otro, á
desearle la paz y darle la bienvenida.

Pero después pensó en ir al zoco para vender parte de sus mercancías, y
mandó hacer empaquetar diez piezas de telas y de sederías finas que
llevaban marcado el precio en unas etiquetas. En seguida se dirigió al
zoco de los grandes mercaderes, y todos salieron á su encuentro y le
desearon la paz. Después le llevaron á presencia del jeique del zoco,
quien sólo con ver las mercaderías se las compró en el acto. Y Ghanem
ben-Ayub ganó dos dinares de oro por cada dinar de mercancías. Y
satisfechísimo de tal ganancia, siguió vendiendo piezas de tela y
vejigas de almizcle, ganando dos por uno durante todo un año.

Un día, á principios del otro año, fué al mercado, según su costumbre;
pero encontró todas las tiendas cerradas, lo mismo que la puerta
principal del zoco. Y como no era fiesta, se asombró mucho y preguntó la
causa. Le contestaron que acababa de fallecer uno de los principales
mercaderes y que los demás habían ido á enterrarle. Y uno de los
transeuntes le dijo: «Bien harías en ir también á acompañar al entierro,
pues te lo tendrán en cuenta.» Y contestó Ghanem: «Me parece muy justo,
pero quisiera saber dónde son los funerales.» Indicáronle el sitio;
entró en una mezquita cercana, hizo sus abluciones, y se dirigió á toda
prisa al lugar indicado. Mezclóse entonces con la muchedumbre de
mercaderes, y los acompañó á la gran mezquita, en donde se dijeron las
oraciones de costumbre. Luego la comitiva emprendió el camino del
cementerio, que estaba situado fuera de las puertas de Bagdad. Entraron
en él y fueron atravesando tumbas, hasta llegar á aquélla en que iban á
depositar el cadáver.

Los parientes habían levantado una tienda, colocándola de suerte que
cubriera el sepulcro, colgando en ella lámparas, antorchas y faroles. Y
todos pudieron entrar para resguardarse debajo del toldo. Entonces se
abrió la tumba, se depositó el cadáver, y se puso la losa. Luego los
imams y demás ministros del culto y los lectores del Corán empezaron á
leer sobre la tumba los versículos del Libro Noble y los capítulos
prescritos. Y los mercaderes y los parientes se sentaron en corro sobre
las alfombras tendidas debajo del toldo, y oyeron religiosamente las
santas Palabras. Y Ghanem ben-Ayub, aunque tenía prisa por volver á su
casa, no quiso retirarse en seguida, por consideración hacia los
parientes, y se quedó con ellos.

Las ceremonias religiosas duraron hasta el anochecer. Entonces llegaron
los esclavos con bandejas llenas de manjares y dulces, y los repartieron
entre los presentes, que comieron y bebieron hasta la hartura, según es
costumbre en los entierros. Después les presentaron las jofainas y los
jarros, y todos los comensales se lavaron las manos, y en seguida fueron
á sentarse en corro, silenciosamente, como suele hacerse.

Pero pasado un largo rato, como la sesión no se iba á terminar hasta la
mañana siguiente, Ghanem empezó á alarmarse por las mercaderías que
había dejado en su casa sin que nadie las guardase. Y temió que se las
robaran los ladrones, y dijo para sí: «Soy extranjero, y teniendo como
tengo fama de hombre rico, si paso una noche fuera de mi casa los
ladrones la saquearán, y se llevarán mi dinero y las mercancías que me
quedan.» Y como sus temores fuesen mayores cada vez, se decidió á
levantarse y se disculpó con los demás diciendo que iba á evacuar una
necesidad apremiante, y salió á toda prisa. Echó á andar á oscuras, y
fué caminando hasta que llegó á las puertas de la ciudad. Pero como ya
era media noche, encontró la puerta cerrada, y no vió á nadie, ni oyó
ninguna voz humana. Solamente oía el ladrar de los perros y los
chillidos de los chacales que sonaban á lo lejos mezclados con los
aullidos de los lobos. Entonces, asustadísimo, exclamó: «¡No hay fuerza
ni poder más que en Alah! Antes temía por mis riquezas, y ahora he de
temer por mi vida.» Y empezó á buscar un albergue donde pasar la noche,
y al fin encontró una _tourbeh_ junto á la cual había una palmera. Una
puerta estaba abierta, y Ghanem entró por allí, y se tendió para
conciliar el sueño; pero no podía dormir, pues estaba aterrado de verse
solo en medio de las tumbas. Y se puso de pie, y abrió la puerta y miró
hacia afuera. Y vió una luz que brillaba á lo lejos, cerca de las
puertas de la ciudad. Se dirigió hacia aquella luz, pero entonces vió
que ésta se acercaba por el camino que conducía á la _tourbeh_ en que él
se encontraba. Entonces Ghanem tuvo más miedo, retrocedió
precipitadamente, se metió de nuevo en la _tourbeh_, y cuidó de cerrar
la puerta, que era muy pesada. Pero no se tranquilizó hasta que se hubo
subido á lo alto de la palmera para esconderse entre el ramaje. Desde
allí vió que la luz se iba acercando, hasta que acabó por ver á tres
negros, dos de los cuales llevaban un enorme cajón y el tercero una
linterna y unos azadones. Al llegar á la _tourbeh_ se detuvo muy
sorprendido el negro que llevaba el farol. Los demás le dijeron: «¿Qué
ocurre, ¡oh Sauab!?» Y Sauab respondió: «¿No lo veis?» Y dijo uno de los
otros: «¿Pero qué he de ver?» Y Sauab replicó: «¡Oh Kafur! ¿no ves que
la puerta de la _tourbeh_, que habíamos dejado abierta esta tarde, está
cerrada y con el cerrojo echado por dentro?» Entonces el tercer negro,
llamado Bakhita, exclamó: «¡Qué poco entendimiento tenéis! ¿Ignoráis que
los propietarios de estos campos salen todos los días de la ciudad y
vienen á descansar aquí después de examinar sus plantaciones? ¿No sabéis
que cuidan de cerrar la puerta en cuanto anochece, por temor de que los
sorprendamos nosotros los negros, pues saben que si los cogemos los
asamos vivos y nos comemos su carne blanca?» Entonces Kafur y Sauab
dijeron al otro negro: «¡Oh Bakhita! Verdaderamente no puedes presumir
de inteligencia.» Pero Bakhita replicó: «Veo que no me creeréis hasta
que encontremos al que estará escondido, y os advierto anticipadamente
que, si hay alguien en la _tourbeh_, al ver acercarse nuestra luz se
habrá subido, aterrorizado, á la copa de la palmera. Y allí lo
encontraremos.»

Y aterrado Ghanem, pensaba: «¡Qué negro tan listo! ¡Confunda Alah á
todos los sudaneses por su perfidia y su malignidad!» Después, muerto de
miedo, dijo: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Altísimo y el
Omnipotente! ¿Quién me podrá salvar ahora de este peligro?»

Y los dos negros dijeron al que llevaba el farol: «¡Oh Sauab! sube á lo
alto del muro, y salta dentro de la _tourbeh_, y ábrenos la puerta, pues
estamos muy cansados del peso de este cajón encima del cuello y de los
hombros. Y si nos abres la puerta te reservaremos al más rollizo de los
individuos que cojamos ahí dentro, y te lo coceremos muy en su punto,
dorándole la piel, cuidando que no se desperdicie ni una gota de grasa.»
Pero Sauab contestó: «Como tengo tan poca inteligencia, prefiero que
tiremos este cajón por encima de la tapia, ya que nos han dado la orden
de dejarlo en esta _tourbeh_.» Pero los otros dos negros contestaron:
«Si lo tiramos como dices, se hará pedazos.» Y Sauab replicó: «Pero si
entramos en la _tourbeh_, acaso nos sorprendan los bandidos que ahí
suelen ocultarse para asesinar y desvalijar á los viajeros. Ya sabéis
que en ese sitio se reunen por la noche todos los bandoleros para
repartirse el botín.» Los otros dos negros dijeron: «¿Es posible que
seas tan infeliz que creas semejantes majaderías?»

Y dejando el cajón en el suelo, escalaron la pared, saltaron dentro de
la _tourbeh_ y corrieron á abrir, mientras el otro les alumbraba desde
fuera. Metieron entre los tres el cajón, cerraron la puerta y se
sentaron á descansar en la _tourbeh_. Y uno dijo: «Verdaderamente, ¡oh
hermanos! que estamos rendidos de tanto caminar y por el trabajo que
hemos hecho. Y he aquí que es media noche. Descansemos algunas horas, y
después abriremos la zanja para enterrar este cajón, cuyo contenido
ignoramos. Luego del descanso podremos trabajar mejor. Y para pasar
agradablemente estas horas de reposo, cuente cada uno cómo ha llegado á
ser eunuco y por qué se le castró, relatándolo todo desde el principio
hasta el fin. De esta manera pasaremos la noche agradablemente.»

     En este momento de su narración, Schahrazada vió clarear el día, y
     se calló discretamente.


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 38.ª NOCHE_

[Illustration]

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando uno de los negros
sudaneses propuso que cada uno contase la historia de su castración, el
negro Sauab, portador de la linterna y los azadones, tomó la palabra, y
como los otros se rieran, repuso: «¿De qué os reís? ¿De que sea el
primero en contar por qué me castraron?» Y los otros dijeron: «Nos
parece muy bien. ¡Te escuchamos!»

Entonces el eunuco Sauab dijo:

[Illustration]

Historia del negro Sauab, primer eunuco sudanés

[Illustration]

«Sabed, ¡oh mis hermanos! que apenas tenía cinco años de edad cuando el
mercader de esclavos me sacó de mi tierra para traerme á Bagdad, y me
vendió á un guardia de palacio. Este hombre tenía una hija, que en aquel
momento contaba tres años. Fuí criado con ella, y era la diversión de
todos cuando jugaba con la niña, y bailaba danzas muy graciosas y le
cantaba canciones. Todo el mundo quería al negrito.

Juntos crecimos de aquel modo, y yo llegué á los doce años y ella á los
diez. Y nos dejaban jugar juntos. Pero un día entre los días, al
encontrarla sola en un sitio apartado, me acerqué á ella, según
costumbre. Precisamente acababa de tomar un baño en el hammam, y estaba
deliciosa y perfumada. En cuanto á su rostro, parecía la luna en su
décimacuarta noche. Al verme corrió hacia mí, y nos pusimos á jugar y á
hacer mil locuras. Me mordía y yo la arañaba; me pellizcaba y yo la
pellizcaba también, pero de tal modo, que á los pocos instantes el zib
se me levantó y se me hinchó. Y semejante á una llave enorme, se me
dibujaba por debajo de la ropa. Entonces se echó á reir, se me vino
encima, me tiró de espaldas al suelo y se colocó á horcajadas sobre mi
vientre; y empezando á restregarse conmigo, acabó por dejar mi zib al
aire. Y al verlo erguido y poderoso, lo cogió con una mano y frotó y
cosquilleó con él los labios de su vulva por encima del calzón que
llevaba puesto. Pero estos juegos vinieron á aumentar de un modo
alarmante el calor que sentía. Y la estreché entre mis brazos, mientras
que ella se me colgaba del cuello apretándome con todas sus fuerzas. Y
he aquí que súbitamente mi zib, como si fuese de hierro, le atravesó el
pantalón, y penetrando triunfante le arrebató la virginidad.

Una vez terminada la cosa, la niña se echó á reir otra vez, y volvió á
besarme; pero yo estaba aterrado con lo que acababa de ocurrir, y me
escapé de entre sus manos, corriendo á refugiarme en la casa de un negro
amigo mío.

La niña no tardó en volver á su casa, y la madre, al verle la ropa en
desorden y el pantalón atravesado de parte á parte, lanzó un grito.
Después, examinando el lugar que se oculta entre los muslos, ¡vió lo que
vió! Y se cayó al suelo, desmayada de dolor y de ira. Pero cuando volvió
en sí, como la cosa era irreparable, tomó todas las precauciones para
arreglar el asunto, y sobre todo para que su esposo no supiera la
desgracia. Y tal maña se dió, que pudo conseguirlo. Transcurrieron dos
meses, y aquella mujer acabó por encontrarme, y no dejaba de hacerme
regalitos para obligarme á volver á la casa. Pero cuando volví no se
habló para nada de la cosa, y siguieron ocultándoselo al padre, que
seguramente me habría matado, y ni la madre ni nadie me deseaba mal
alguno, pues todos me querían mucho.

Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones á su hija con
un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal motivo iba
mucho á casa. Y la madre le dió un buen dote de su peculio particular y
le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al barbero, que se presentó
con todos sus instrumentos. Y el barbero me ató y me cortó los
compañones, convirtiéndome en eunuco. Y se celebró la ceremonia del
casamiento, y yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entonces tuve que
ir precediéndola por todas partes, cuando iba al zoco, ó cuando iba de
visitas ó á casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan
discretamente, que nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los
parientes, ni los amigos. Y para hacer creer á los invitados en la
virginidad de la novia, degolló un pichón, tiñó con su sangre la camisa
de la recién casada, y según costumbre, hizo pasear esta camisa al
acabar la noche por la sala de reuniones, por delante de todas las
mujeres invitadas, que lloraron de emoción.

Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero. Y así
pude deleitarme impunemente y en la medida de mis fuerzas con la
hermosura y las perfecciones de aquel cuerpo delicioso, pues aunque
había perdido otras cosas, me quedaba el zib. De modo que sin peligro y
sin despertar sospechas pude seguir besando y abrazando á mi ama, hasta
que murieron ella, su marido y sus padres. Entonces pasaron á mí todos
los bienes, y llegué á ser eunuco de palacio, igual que vosotros, ¡oh
mis hermanos negros! Tal es la causa de que me castraran. Y ahora, la
paz sea con vosotros.»

       *       *       *       *       *

Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo negro,
Kafur, tomó la palabra y dijo:

[Illustration]

Historia del negro Kafur, segundo eunuco sudanés

«Sabed, ¡oh mis hermanos! que cuando sólo tenía ocho años de edad era ya
tan experto en el arte de mentir, que cada año soltaba una mentira tan
gorda que á mi amo el mercader se le arrugaba el ano y se caía de
espaldas. Así es que el mercader quiso deshacerse de mí cuanto antes, y
me puso en manos del pregonero, para que anunciase mi venta en el zoco,
diciendo: «¿Quién quiere comprar un negrito con todo su vicio?» Y el
pregonero me llevó por todos los zocos, diciendo lo que le habían
encargado. Y un buen hombre de entre los mercaderes del zoco no tardó en
acercarse, y preguntó al pregonero: «¿Y cuál es el vicio de este
negrito?» Y el otro contestó: «El de decir una sola mentira cada año.» Y
el mercader insistió: «¿Y qué precio piden por ese negrito con su
vicio?» A lo cual contestó el pregonero: «Sólo seiscientas dracmas.» Y
dijo el mercader: «Lo tomo, y te doy veinte dracmas de corretaje.» Y en
el acto se reunieron los testigos de la venta y se hizo el contrato
entre el pregonero y el mercader. Entonces el pregonero me llevó á la
casa de mi nuevo amo, cobró el precio de la venta y el corretaje, y se
marchó.

Mi amo me vistió decentemente con ropa á mi medida, y permanecí en su
casa el resto del año, sin que ocurriera ningún incidente. Pero empezó
otro año y se anunció como bendito en cuanto á la recolección y la
fertilidad. Los mercaderes le festejaban con banquetes en los jardines,
y cada uno pagaba á su vez los gastos del convite, hasta que le tocó á
mi amo. Entonces mi amo invitó á los mercaderes á comer en un jardín de
las afueras de la ciudad, y mandó llevar allí comestibles y bebidas en
abundancia, y todos estuvieron comiendo y bebiendo desde por la mañana
hasta el mediodía. Pero entonces recordó mi amo que había dejado
olvidada una cosa, y me dijo: «¡Oh mi esclavo! monta en la mula, ve á
casa para pedirle á tu ama tal cosa, y vuelve en seguida.» Yo obedecí la
orden y me dirigí apresuradamente á la casa.

Y al llegar cerca de ella empecé á dar agudos chillidos y á verter
abundantes lagrimones. Y me rodeó un gran grupo de vecinos de la calle y
del barrio, grandes y chicos. Y las mujeres, asomándose á las puertas y
ventanas, me miraban asustadas, y mi ama, que oyó mis gritos, bajó á
abrirme, acompañada de sus hijas. Y todas me preguntaron qué ocurría. Y
yo contesté llorando: «Mi amo estaba en el jardín con los convidados, se
ausentó para evacuar una necesidad junto á la pared, y la pared se vino
abajo, sepultándole entre los escombros. Y yo he montado en seguida en
la mula, y he venido á todo correr á enteraros de la desgracia.»

Cuando la mujer y las hijas oyeron mis palabras se pusieron á dar
agudos gritos, á desgarrarse los vestidos y á darse golpes en la cara y
en la cabeza, y todos los vecinos acudieron y las rodearon. Después, mi
ama, en señal de luto (como suele hacerse cuando muere inesperadamente
el cabeza de familia), empezó á destrozar la casa, á destruir los
muebles, á tirarlos por las ventanas, á romper todo lo rompible y á
arrancar ventanas y puertas. Luego mandó pintar de azul las paredes y
echar encima de ellas paletadas de barro. Y me dijo: «¡Miserable Kafur!
¿qué haces ahí inmóvil? Ven á ayudarme á romper estos armarios, á
destruir estos utensilios y hacer trizas esta vajilla.» Y yo, sin
esperar á que me lo dijera dos veces, me apresuré á destrozarlo todo,
armarios, muebles y cristalería; quemé alfombras, camas, cortinas y
almohadones, y después la emprendí con la casa, asolando techos y
paredes. Y entretanto, no dejaba de lamentarme y de clamar: «¡Pobre amo
mío! ¡Ay mi desgraciado amo!»

Después, mi ama y sus hijas se quitaron los velos, y con la cara
descubierta y todo el pelo suelto, salieron á la calle. Y me dijeron:
«¡Oh Kafur! Ve delante de nosotras para enseñarnos el camino. Llévanos
al sitio en que tu amo quedó sepultado bajo los escombros. Porque hemos
de colocar su cadáver en el féretro, llevarlo á casa y celebrar los
debidos funerales.» Y yo eché á andar delante de ellas, gritando: «¡Oh
mi pobre amo!» Y todo el mundo nos seguía. Y las mujeres llevaban
descubierto el rostro y la cabellera desmelenada. Y todas gemían y
gritaban, llenas de desesperación. Poco á poco se aumentó la comitiva
con todos los vecinos de las calles que atravesábamos, hombres, mujeres,
niños, muchachas y viejas. Y todos se golpeaban la cara y lloraban
desesperadamente. Y yo me divertía haciéndoles dar la vuelta á la ciudad
y atravesar todas las calles, y los transeuntes preguntaban la causa de
todo aquello, y se les contaba lo que me habían oído decir, y entonces
clamaban: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah, Altísimo,
Omnipotente!»

Y alguien aconsejó á mi ama que fuese á casa del walí y le refiriese lo
ocurrido. Y todos marcharon á casa del walí, mientras yo pretextaba que
me iba al jardín en cuyas ruinas estaba sepultado mi amo.

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y se calló discretamente.


[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 39.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el eunuco Kafur prosiguió de
este modo el relato de su historia:

«Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás
se dirigían á casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se
levantó y montó á caballo, llevando consigo peones que iban cargados de
herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del
jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.

Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé á golpearme la cara y llegué
al jardín gritando: «¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay!
¡Desdichados de todos nosotros!» Y así me presenté entre los comensales.
Cuando mi amo me vió de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra,
aporreada la cara y gritando: «¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora? ¿Qué mujer
será tan buena para mí como mi pobre ama?», cambió de color, le
palideció la tez, y me dijo: «¿Qué te pasa, ¡oh Kafur!? ¿Qué ha
ocurrido? Dime.» Y yo le contesté: «¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que
fuera á casa á pedirle tal cosa á mi ama, llegué y vi que la casa se
había derrumbado, sepultando entre los escombros á mi ama y á sus
hijas.» Y mi amo gritó entonces: «¿Pero no se ha podido salvar tu ama?»
Y yo dije: «Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi
pobre ama.» Y me volvió á preguntar: «¿Pero y la más pequeña de mis
hijas tampoco se ha salvado?» Y contesté: «Tampoco.» Y me dijo: «¿Y la
mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?» Y dije: «No, ¡oh
amo mío! porque las paredes de la casa y las de la cuadra se han
derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir á los
carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa
informe debajo de las ruinas. Nada queda ya.» Y volvió á preguntarme:
«¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?» Y respondí: «¡Ay! ni siquiera ése.
No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera
quedan ya rastros de ellos. En cuanto á los carneros, los gansos y las
gallinas, deben ser en este momento pasto de los perros y los gatos.»

Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en
tinieblas, quedó privado de toda voluntad, las piernas no le podían
sostener, se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda.
Después empezó á desgarrarse la ropa, á mesarse las barbas, á
abofetearse y á quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta
que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: «¡Ay mi mujer! ¡Ay mis
hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante á la
mía?» Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para
expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.

Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no
cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si
estuviese borracho. Pero apenas había traspuesto la puerta del jardín,
vió una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver
aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos
del barrio y de cuantos transeuntes se habían unido á ellos en el
camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se
lamentaba.

La primera persona con quien se encontró mi amo fué con su esposa, y
detrás de ella vió á todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto,
como si perdiera la razón, y luego se echó á reir, y su familia se
arrojó en sus brazos y se colgó á su cuello. Y llorando decían: «¡Oh
padre! ¡Alah sea bendito por haberte librado!» Y él les preguntó: «¿Y
vosotros? ¿qué os ha ocurrido?» Su mujer le dijo: «¡Bendito sea Alah,
que nos permite volver á ver tu cara sin ningún peligro! Pero ¿cómo lo
has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros, ya ves que
estamos perfectamente. Y á no ser por la terrible noticia que nos
anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa.» Y mi amo exclamó:
«¿Pero qué noticia es esa?» Y su mujer dijo: «Kafur llegó con la cabeza
descubierta y la ropa desgarrada, gritando: «¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi
desdichado amo!» Y le preguntamos: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y nos
dijo: «Mi amo se había acurrucado junto á una pared para evacuar una
necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo.»

Entonces dijo mi amo: «¡Por Alah! Pero si Kafur acaba de venir ahora
mismo gritando: «¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!» Y le he
preguntado: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y me ha dicho: «Mi ama, con todos
sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa.»

Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo, y vió que seguía
echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el
turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara. Al
acercarme me dijo: «¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Hijo
de una zorra y de mil perros! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has
ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alah, que he de castigar tu crimen
según se merece! ¡Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de
los huesos!» Y yo contesté resueltamente: «¡Por Alah, que no me has de
hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fué ante
testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año,
y así lo anunció el pregonero! Pero he de advertirte que todo lo que
acabo de hacer no ha sido más que media mentira, y me reservo el derecho
de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el
año.» Mi amo, al oirme, exclamó: «¡Oh tú, el más vil y maldito de todos
los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una
mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! ¡Vete, oh perro, hijo
de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud.» Y yo dije:
«¡Por Alah, que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy de ninguna
manera! He de soltar la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de
que acabe el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi
vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué
vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por
los jueces cuando me compraste.»

Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir á los
funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron
de todo, lo mismo que al walí, á los mercaderes y á los amigos,
explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron
que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la
estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante
enorme. Y me maldijeron y me brindaron toda clase de insultos, á cuál
peor de todos. Y yo seguía riéndome y decía: «No tenéis razón en
reconvenirme, pues me compraron con mi vicio.»

Y así llegamos á la calle en que vivía mi amo, y vió que su casa no era
más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había
contribuído á destruirla, pues le dijo su mujer: «Kafur ha roto todos
los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto
ha podido.» Y llegado al límite del furor, exclamó: «¡En mi vida he
visto un hijo de zorra como este miserable negro! ¡Y aún dice que no es
más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa?
¡Lo menos la destrucción de una ó dos ciudades!» E inmediatamente me
llevaron á casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me
desmayé.

Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar á un barbero, que con sus
instrumentos me castró del todo y cauterizó la herida con un hierro
candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me
habían hecho eunuco para toda mi vida. Entonces mi amo me dijo: «Así
como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más
quería, así te lo quemo yo á ti, quitándote lo que querías más.» Después
me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo
había encarecido al convertirme en eunuco.

Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas
en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo á otro, de un emir
á un emir, de un notable á un notable, según la venta y la compra, hasta
ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes. Pero he perdido mucho, y
mis fuerzas disminuyeron desde que me quedé sin lo que me falta.

Y tal es, ¡oh hermanos! la causa de mi castración. He aquí que se ha
terminado mi historia. ¡Uassalam!»

       *       *       *       *       *

Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron á reirse y á
burlarse de él, diciendo: «Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu
mentira fué una mentira formidable.»

       *       *       *       *       *

Después el tercer negro, llamado Bakhita, tomó la palabra, y
dirigiéndose á sus dos compañeros, dijo:

[Illustration]

Historia del negro Bakhita, tercer eunuco sudanés

«Sabed, ¡oh hijos de mi tío! que cuanto acabamos de oir es inocente y
vano. Os voy á contar la causa de haberme quedado capón, y veréis que
merecí peor castigo, pues he poseído á mi ama y he fornicado con el hijo
de mi ama. Pero los detalles del fornicio son tan extraordinarios, tan
prolijos en incidentes, que ahora sería muy largo su relato, pues he
aquí, ¡oh primos míos! que se aproxima la mañana y nos va á sorprender
la luz antes de abrir el hoyo y enterrar el cajón que hemos traído, y
acaso nos comprometamos seriamente y nos expongamos á perder nuestras
almas; de modo que hagamos el trabajo para el cual nos han enviado aquí,
y después comenzaré á contaros los pormenores de mi fornicio y mi
castración.»

       *       *       *       *       *

Dicho esto, se levantó el negro Bakhita, y con él los otros dos, que ya
habían descansado, y entre los tres, alumbrados por la linterna, se
pusieron á cavar un hoyo. Cavaban Kafur y Bakhita, mientras que Sauab
recogía la tierra en un capazo y la echaba fuera. Y así abrieron el
hoyo, y luego de depositar en él el cajón lo taparon con tierra y
apisonaron el suelo. Recogieron las herramientas y el farol, salieron
de la _tourbeh_, cerraron la puerta y se alejaron rápidamente.

Y Ghanem ben-Ayub, que lo había oído todo desde lo alto de la palmera,
vió cómo desaparecían á lo lejos. Y cuando pasó un gran rato, empezó á
preocuparle lo que pudiera contener aquel cajón. Pero no se atrevió á
bajar de la palmera y aguardó á que brillase la primera claridad del
alba. Entonces descendió de la palmera y empezó á escarbar la tierra con
las manos, no cesando hasta que logró sacar el cajón, después de grandes
esfuerzos.

Cogió entonces una piedra y rompió el candado con que estaba cerrado el
cajón. Y al levantar la tapa vió á una joven que parecía dormida, pues
la respiración movía acompasadamente su pecho. Estaba indudablemente
bajo la influencia del banj.

Era de una sin igual hermosura, con una tez delicada, suave y deliciosa.
Estaba cubierta de alhajas, y llevaba al cuello un collar de oro con
gemas preciosas, en las orejas arracadas de una sola piedra
inapreciable, y en los tobillos y en las muñecas unas pulseras de oro
cuajadas de brillantes. Aquello debía valer más que todo el reino del
sultán.

Cuando Ghanem reconoció bien á la hermosa joven y se cercioró de que no
había sufrido ninguna violencia de los eunucos que hasta allí la habían
llevado para enterrarla viva, se inclinó hacia ella, la cogió en brazos
y la depositó suavemente en el suelo. Y al respirar la joven el aire
vivificador, adquirió su rostro nueva vida, exhaló un gran suspiro,
tosió, y con estos movimientos se le cayó de la boca un pedazo de banj
capaz de adormecer á un elefante dos noches seguidas. Entonces
entreabrió los ojos, ¡unos ojos adorables! y dominada todavía por el
banj, exclamó con una voz llena de dulzura: «¿Dónde estás, Riha? ¿No ves
que tengo sed? ¡Tráeme un refresco! ¿Y tú, Zahra, dónde estás? ¿Y
Sabiha? ¿Y Schagarad Al-Dorr? ¿Y Nur Al-Hada? ¿Y Nagma? ¿Y Subhia? ¿Y
tú, sobre todo, Nozha, ¡oh dulce y gentil Nozha!? ¿En dónde estáis que
no me respondéis?»[5]. Y como nadie contestase, la joven acabó por abrir
completamente los ojos y miró en torno suyo. Y aterrada, clamó de este
modo: «¿Quién me habrá sacado de mi palacio para traerme entre estos
sepulcros? ¿Qué criatura podrá saber jamás lo que se oculta en el fondo
de los corazones? ¡Oh tú, Retribuidor, que conoces los secretos más
escondidos, tú sabrás distinguir á los buenos y á los malos el día de la
Resurrección!

Y Ghanem, que seguía de pie, avanzó algunos pasos y dijo: «¡Oh soberana
de la hermosura, cuyo nombre debe ser más dulce que el jugo del dátil, y
cuya cintura es más flexible que la rama de la palmera! ¡Yo soy Ghanem
ben-Ayub, y aquí no hay en realidad palacios ni tumbas, sino un esclavo
tuyo, que soy yo, y á quien el Clemente sin límites puso cerca de ti
para librarte de todo mal y resguardarte de todo dolor! Acaso así, ¡oh
la más deseada! te dignes mirarme con agrado.»

Y la joven, en cuanto se cercioró de la realidad de cuanto veía, dijo:
«¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!» Después se
volvió hacia Ghanem, le miró con sus ojos resplandecientes, y puesta la
mano en el corazón dijo con su voz deliciosa: «¡Oh favorable joven!
¡Aquí me tienes, despertando entre lo desconocido! ¿Puedes decirme quién
me ha traído hasta aquí?» Y Ghanem respondió: «¡Oh señora mía! Te han
traído tres negros eunucos y te traían metida en un cajón.» Y le contó
toda la historia: cómo le había sorprendido la noche fuera de la ciudad,
cómo había sacado á la joven del cajón, y cómo, á no ser por él, habría
perecido ahogada bajo la tierra. Después le rogó que le contase su
historia y el motivo de su aventura. Pero ella dijo: «¡Oh joven!
¡Glorificado sea Alah, que me ha puesto en manos de un hombre como tú!
Pero ahora te ruego que me ocultes en el cajón y vayas en busca de
alguien que pueda llevarlo á tu casa. Allí verás cuán provechoso es para
ti, pues tendrás toda clase de delicias. Y te podré contar mi historia y
ponerte al corriente de mis aventuras.»

Y Ghanem quedó encantado al oirla, y salió inmediatamente en busca de un
arriero, y como ya era entrado el día y brillaba el sol en todo su
esplendor, la cosa no fué difícil. Volvió, pues, en seguida con un
arriero, y como había cuidado de meter á la joven en el cajón, le ayudó
á cargarlo en el mulo, y emprendieron á toda prisa el camino de su casa.
Y durante el viaje comprendió Ghanem que el amor á la joven había
penetrado en su corazón, y se vió en el límite de la dicha al pensar que
pronto sería suya aquella hermosura que vendida en el zoco habría valido
diez mil dinares de oro, y que llevaba encima incalculables riquezas en
joyas, pedrería y telas preciosas. Y estos pensamientos tan gratos
hacían que sintiera impaciencia por llegar cuanto antes. Y al fin llegó,
y él mismo ayudó al arriero á descargar el cajón y llevarlo al interior
de la casa.

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y discretamente interrumpió su relato.


[Illustration]

     PERO CUANDO LLEGÓ LA 40.ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Ghanem llegó sin
contratiempo á su casa, abrió el cajón y ayudó á salir á la joven. Ésta
examinó la casa, y vió que era muy hermosa, con alfombras de vivos y
alegres matices, y tapices de mil colores que alegraban la vista, y
muebles preciosos, y otras muchas cosas. Y vió también muchos fardos de
mercancías y paños de gran valor, y pilas de sedería y brocados, y
jarrones llenos de vejigas de almizcle. Entonces comprendió que Ghanem
era un mercader de los principales, dueño de numerosas riquezas. Quitóse
el velillo con que había cuidado de taparse el rostro, y miró
atentamente al joven Ghanem. Y le pareció muy hermoso, y le amó, y le
dijo: «¡Oh Ghanem! Ya ves que delante de ti me descubro. Pero tengo
mucho apetito, y te ruego que me traigas algo que comer.» Y Ghanem
contestó: «¡Sobre mi cabeza y mis ojos.»

Y corrió al zoco, compró un cordero asado, una bandeja de pasteles en
casa del confitero Hadj Soleimán, el más ilustre de los confiteros de
Bagdad, otra bandeja de halaua y almendras, alfónsigos y frutas de todas
clases, y cántaros de vino añejo, y por último, flores de todas clases.
Lo llevó á su casa, puso la fruta en grandes copas de porcelana y las
flores en preciosos jarrones, y todo lo colocó delante de la joven.
Entonces ésta le sonrió, y se arrimó mucho á él, y le echó los brazos al
cuello, le besó y le hizo mil caricias, y le dijo frases llenas de
cariño. Y Ghanem sintió que el amor penetraba cada vez más en su cuerpo
y en su corazón. Después ambos se dedicaron á comer y beber, y se
amaron, por ser los dos de la misma edad y de igual belleza. Cuando
llegó la noche, se levantó Ghanem y encendió lámparas y candelabros,
pero más que la luz de las bujías iluminaba la sala el esplendor de sus
rostros. Luego trajo instrumentos músicos, y fué á sentarse al lado de
la joven, y siguió bebiendo y jugando con ella juegos muy agradables,
riendo muy dichoso y cantando canciones apasionadas y versos inspirados.
Y así fué aumentando la pasión que se tenían. ¡Bendito y glorificado sea
Aquel que une los corazones y junta á los enamorados!

Y no cesaron los juegos hasta que apareció la aurora, y como el sueño
había acabado por pesar sobre sus párpados, se durmieron uno en brazos
de otro, pero sin hacer aquel día nada definido.

Apenas se despertó Ghanem, corrió al zoco para comprar viandas,
legumbres, frutas, flores y vinos, todo lo necesario para pasar el día.
Lo llevó á casa, se sentó al lado de la joven y se pusieron á comer muy
á gusto, hasta saciarse. Después llevó Ghanem bebidas, y empezaron á
beber, hasta que se colorearon sus mejillas y sus ojos se pusieron más
negros y brillantes. Entonces el alma de Ghanem deseó besar á la joven y
acostarse con ella. Y le dijo: «¡Oh soberana mía! Permíteme que te bese
en la boca, para que refresque el fuego de mis entrañas.» Y ella
contestó: «¡Oh Ghanem! aguarda á que esté ebria, y entonces permitiré
que me beses la boca, pues no me daré cuenta de lo que hagan tus
labios.» Y como empezaba á embriagarse, se puso de pie, se despojó de
sus ropas, y sólo dejó sobre su cuerpo una camisa transparente y sobre
sus cabellos un finísimo velo de seda blanca con lentejuelas de oro.

Al verla así, creció el deseo de Ghanem, y dijo: «¡Oh dueña mía,
permíteme gustar tu boca!» Y la joven contestó: «¡Por Alah! Eso no te lo
puedo permitir, á pesar de que te amo, pues me lo impide una cosa que
está escrita en la cinta de mi calzón, y que no puedo enseñarte ahora.»
Pero Ghanem, por la misma dificultad con que tropezaba, sintió que los
deseos se desbordaban en su corazón, y acompañándose con el laúd, cantó
estas estrofas:

     _¡Imploré un beso de su boca; de su boca, tormento de mi corazón;
     un beso que curase mi enfermedad!_

     _Y me dijo: «¡Oh, no! ¡Eso nunca!» Y yo dije: «¡Pues ha de ser!»_

     _Y ella contestó: «¡Un beso! ¡Eso ha de darse voluntariamente! ¿Me
     darías á la fuerza un beso en mis labios sonrientes?»_

     _Y le dije: «¡No creas que un beso dado á la fuerza carece de
     voluptuosidad!» Y me respondió: «¡Un beso á la fuerza no sabe bien
     más que en la boca de las pastoras de las montañas!»_

Y después que hubo cantado, sintió Ghanem que aumentaba su locura, y sus
transportes, y el fuego de sus entrañas. Y la joven nada le concedía,
aunque no dejaba de expresarle que compartía su pasión. Y así siguieron
hasta que se hizo de noche: Ghanem enormemente excitado, y ella sin
acceder. Por fin, Ghanem se levantó y encendió las lámparas, alumbrando
espléndidamente el salón, y fué á echarse á los pies de la joven. Y pegó
los labios á aquellos pies tan maravillosos, que le parecieron dulces
como la leche y tiernos como la manteca. Y luego subió hasta las
piernas, y aún más arriba, entre los muslos. Y parecía comerse toda
aquella carne sabrosa, que olía á almizcle, á rosa y á jazmín. Y la
joven se estremecía toda, como se estremece la gallina dócil agitando
las alas. Y Ghanem gritó enloquecido: «¡Oh dueña mía! ¡Ten piedad de
este esclavo tuyo, vencido por tus ojos, muerto por tu carne! Desde que
viniste he perdido la tranquilidad.» Y sintió que las lágrimas bañaban
sus ojos. Entonces la joven contestó: «¡Por Alah! ¡Oh dueño mío, oh luz
de mis ojos! ¡Te quiero con toda la pulpa de mi carne! Pero sabe que
nunca podré entregarme á ti, ni que me poseas del todo.» Y Ghanem
exclamó: «¿Y quién te lo impide?» Y ella dijo: «Esta noche te explicaré
el motivo, y entonces me disculparás.» Pero al hablar así, se dejó caer
á su lado y le echó los brazos al cuello y le dió millares de besos,
prometiéndole mil locuras. Y estos juegos duraron hasta el amanecer,
pero la joven nada dijo respecto á la causa que le impedía entregarse.

Siguieron haciendo las mismas cosas incompletas todos los días y todas
las noches, durante un mes. Y su amor aumentaba. Pero cierta noche entre
las noches, estando tendido Ghanem al lado de la joven, ebrios de vino y
de excitación, Ghanem aventuró la mano por debajo de la fina camisa, y
pasándola suavemente por el vientre de la joven, le acariciaba la piel,
que se estremecía á cada contacto. Luego deslizó la mano lentamente
hasta el ombligo, que se abría como una copa de cristal, y con los dedos
le hizo cosquillas en los armoniosos pliegues. Y la joven se estremeció
toda, y se incorporó bruscamente, repuesta de su embriaguez, y
llevándose la mano al calzón, vió que estaba bien sujeto con la cinta de
borlas de oro. Ya tranquilizada, se quedó otra vez medio dormida. Y
Ghanem paseó de nuevo su mano á lo largo de aquel vientre juvenil,
aquella maravilla de carne, y llegó á la cinta del calzón, y tiró de
ella rápidamente para libertar de su prisión al jardín de delicias. Pero
la joven se despertó entonces, se sentó en la cama, y dijo á Ghanem:
«¿Qué intentas, ¡oh luz de mis entrañas!?» Y él respondió: «Poseerte,
amor mío, tenerte por completo, ver cómo compartes mis delicias.» Y ella
contestó: «Escúchame, ¡oh Ghanem! Voy á explicarte al fin mi situación,
revelándote mi secreto. Ahora comprenderás por qué me he resistido á que
me atravesaras deliciosamente con tu virilidad.» Y Ghanem dijo: «Te
escucho.» Y la joven, recogiéndose un poco la camisa, sacó la cinta del
calzón, y dijo: «¡Oh mi señor! lee lo que ahí está escrito.» Y Ghanem
cogió el extremo de la cinta, y en la trama vió bordadas unas letras de
oro que decían: ¡SOY TUYA Y TÚ ERES MÍO, DESCENDIENTE DEL TÍO DEL
PROFETA!

Y al leer estas palabras bordadas con letras de oro en el extremo de la
cinta, retiró en seguida la mano, y dijo: «Explícame qué significa todo
esto.»

Y la joven dijo:

     «Sabe, ¡oh mi señor! que soy la favorita del califa Harún
     Al-Rachid. Las palabras escritas en la cinta de mi calzón prueban
     que pertenezco al Emir de los Creyentes, al cual debo reservar el
     sabor de mis labios y el misterio de mi carne. Me llamo Kuat
     Al-Kulub[6], y desde mi infancia me criaron en el palacio del
     califa. Llegué á ser tan hermosa, que el califa se fijó en mí y
     comprobó mis perfecciones, debidas á la generosidad del Señor. Y le
     impresionó tanto mi belleza, que sintió un gran amor hacia mí, y me
     destinó un aposento en palacio para mí sola, poniendo á mis órdenes
     diez esclavas muy simpáticas y serviciales. Y me regaló todas las
     alhajas y joyas con que me encontraste en el cajón. Y me prefirió á
     todas las mujeres de palacio, y hasta olvidó á su esposa El
     Sett-Zobeida. Así es que Sett-Zobeida me tomó un odio inmenso.

     Habiéndose ausentado un día el califa para luchar con uno de sus
     lugartenientes que se había rebelado, se aprovechó de ello Zobeida
     para combinar un plan contra mí. Sobornó á una de mis doncellas, y
     llamándola un día á sus habitaciones, le dijo: «Cuando tu señora
     Kuat Al-Kulub esté durmiendo, le pondrás en la boca este pedazo de
     banj, después de haberle echado otra dosis en la bebida. Si lo
     haces te recompensaré, y te daré la libertad y muchas riquezas.» Y
     la esclava, que antes lo había sido de Zobeida, contestó: «Lo haré,
     porque la adhesión que te tengo es tan grande como mi cariño.» Y
     muy alegre por la recompensa que la aguardaba, vino á mi aposento y
     me dió una bebida compuesta con banj. Y apenas la hube probado, caí
     en tierra, y me dieron convulsiones, y me sentí transportada á otro
     mundo. Y al verme dormida, fué la esclava á buscar á Sett-Zobeida,
     que me metió en ese cajón y mandó llamar á los tres eunucos. Y los
     gratificó espléndidamente, lo mismo que á los porteros del palacio.
     Y así me sacaron de noche para llevarme á la _tourbeh_, adonde Alah
     te había conducido. Porque á ti, ¡oh amor de mis ojos! debo el
     haberme salvado de la muerte. Y también gracias á ti me encuentro
     en esta casa tan generosa.

     Pero lo que más me preocupa es lo que el califa haya pensado al
     volver y no encontrarme. Y también me atormenta no poder entregarme
     á ti completamente, á pesar de sentirte palpitar en mis entrañas. Y
     todo por estar sujeta por lo que dice esta cinta de oro. Tal es mi
     historia. Ahora sólo te pido discreción y que nadie conozca mi
     secreto.»

Cuando Ghanem hubo oído la historia de Kuat Al-Kulub, y supo que era
favorita y propiedad del Emir de los Creyentes, retrocedió hasta el
fondo de la sala y ya no se atrevió á levantar sus miradas hacia la
joven, pues se había convertido para él en cosa sagrada. Y así, fué á
sentarse en un rincón y comenzó á reconvenirse, pensando cuán poco le
había faltado para ser un criminal y lo audaz que había sido sólo con
tocar la piel de Kuat. Y comprendió lo imposible de su amor y cuán
desgraciado era. Y acusó al Destino por los golpes tan injustos que le
reservaba. Pero no dejó de someterse á los designios de Alah, y dijo:
«¡Glorificado sea Aquel que tiene razones para herir con el dolor el
corazón de los buenos y apartar la aflicción del corazón de los viles!»
Y después recitó estos versos del poeta:

     _¡El corazón enamorado no disfrutará la alegría del reposo mientras
     lo posea el amor!_

     _¡El enamorado no tendrá segura su razón mientras viva la belleza
     en la mujer!_

     _Me han preguntado: «¿Qué es el amor?» Y yo he dicho: «¡El amor es
     un dulce de sabroso jugo, pero de pasta amarga!»_

Entonces la joven se acercó á Ghanem, le estrechó contra su seno, le
besó, y por todos los medios, menos uno, procuró consolarle. Pero Ghanem
ya no se atrevía á corresponder á las caricias de la favorita del Emir.
Se sometía á lo que ella le hiciese, pero sin devolver beso por beso ni
abrazo por abrazo. Y la favorita, que no esperaba este cambio tan
rápido, al ver á Ghanem tan excitado antes y ahora tan respetuoso y tan
frío, multiplicó sus caricias. Y con la mano quiso incitarle á que
compartiese su pasión, que se encendía más cada vez con aquel
apartamiento. Y así les sorprendió la mañana. Ghanem se apresuró á
marchar al zoco, para comprar las provisiones del día. Y permaneció allí
una hora comprando mejores cosas que los demás días, por haberse
enterado del rango de su invitada. Compró todas las flores del mercado,
los mejores carneros, los pasteles más frescos, los dulces más finos,
los panes más dorados, las cremas más exquisitas y las frutas más
sabrosas, y todo lo llevó á la casa y se lo presentó á Kuat Al-Kulub.
Pero apenas le vió, corrió á él la joven, y llena de deseos, restregó su
cuerpo contra el suyo, le miró con ojos negros de pasión y húmedos de
ansiedad, y le sonrió insinuante, diciéndole: «¡Cuánto has tardado,
querido mío, deseado de mi corazón! ¡Por Alah! La hora de tu ausencia me
ha parecido un año. Comprendo que ya no me puedo reprimir. Mi pasión ha
llegado á su límite y me consume toda. ¡Oh Ghanem! ¡Cógeme! ¡Poséeme!
¡Me muero!» Pero Ghanem se resistió, y le dijo: «¡Alah me libre, mi
buena señora! ¿Cómo el perro ha de usurpar el sitio del león? ¡Lo que es
del amo no puede pertenecer al esclavo!» Y se escapó de entre las manos
de la joven, y se acurrucó en un rincón, muy triste y preocupado. Pero
ella fué á cogerle de la mano, y le llevó á la alfombra, obligándole á
sentarse á su lado y á comer y beber con ella. Y tanto le dió de beber,
que le embriagó, y entonces ella se echó encima de él, y se pegó á su
cuerpo, y ¡quién sabe lo que haría con Ghanem sin que él se enterase!
Luego cogió el laúd y cantó estas estrofas:

     _¡Mi corazón está destrozado, hecho trizas! ¡Rechazada en mi amor,
     ¿podré vivir así mucho tiempo!?_

     _¡Oh tú, amigo mío, que huyes como la gacela, sin que yo sepa la
     causa ni haya cometido delito! ¿Ignoras que la gacela se vuelve
     algunas veces para mirar?_

     _¡Ausencia! ¡Separación! ¡Todo se ha juntado contra mí! ¿Podrá
     soportar mucho tiempo mi corazón la pesadumbre de tanto
     infortunio?_

Al oir estos versos, se despertó Ghanem y lloró muy conmovido, y ella
también lloró al verle llorar, pero no tardaron en ponerse á beber de
nuevo, y estuvieron recitando poesías hasta la noche.

Y Ghanem fué á sacar los colchones de las alacenas de la pared, y se
dispuso á hacer la cama. Pero en vez de hacer una, como las demás
noches, cuidó de hacer dos, distante una de otra. Y Kuat Al-Kulub, muy
contrariada, le dijo: «¿Para quién es ese segundo lecho?» Y él contestó:
«Uno es para mí, y otro para ti; y desde esta noche hemos de dormir de
esta manera, pues lo que es del amo no puede pertenecer al esclavo, ¡oh
Kuat Al-Kulub!» Pero ella replicó: «Amor mío, desprecia esa moral
atrasada. Disfrutemos del placer que pasa junto á nosotros y que mañana
estará ya lejos. Todo lo que ha de suceder sucederá, pues cuanto
escribió el Destino tiene que cumplirse.» Pero Ghanem no quiso
someterse, y Kuat Al-Kulub sintió que aumentaba su pasión, más ardiente.
Y dijo: «¡Por Alah! No acabará esta noche sin que nos hayamos acostado
juntos.» Pero Ghanem contestó: «¡Líbreme Alah de ello!» Y ella suplicó:
«¡Ven, Ghanem; toda mi carne se abre para ti; mi deseo te llama á
gritos! ¡Ghanem de mis entrañas! ¡Toma esta boca florida, toma este
cuerpo que maduraste con tu deseo!» Y Ghanem decía: «¡Alah me libre!» Y
ella gritaba: «¡Oh Ghanem! ¡Toda mi piel está bañada del deseo, y mi
desnudez se ofrece á tus caricias! ¡Oh Ghanem! ¡El olor de mi piel es
más dulce que el del jazmín! ¡Toca y huele, huele y te embriagarás!»
Pero Ghanem insistía: «Lo que es del amo no puede pertenecer al
esclavo.»

Entonces lloró la joven, cogió el laúd y se puso á cantar:

     _¡Soy hermosa y esbelta! ¿Por qué huyes de mí? ¡Nada falta á mi
     hermosura, pues estoy llena de maravillas! ¿Por qué me abandonas?_

     _¡He incendiado todos los corazones y he quitado el sueño á todos
     los párpados! ¡Soy flor de fuego, y nadie me ha cogido!_

     _¡Soy una rama, y las ramas han nacido para que las cojan, las
     ramas flexibles y floridas! ¡Soy la rama florida y flexible! ¿No
     quieres cogerme?_

     _¡Soy la gacela, y las gacelas nacieron para la caza, las gacelas
     finas y amorosas! ¡Soy la gacela fina y amorosa, oh cazador! ¡Nací
     para tus redes! ¿Por qué no me coges en ellas?_

     _¡Soy la flor, y las flores nacieron para ser aspiradas, las flores
     delicadas y olorosas! ¡Soy la flor delicada y olorosa! ¿Por qué no
     quieres aspirarme?_

Pero Ghanem, aunque más enamorado que nunca, no quiso faltar al respeto
debido al califa, y á pesar de los grandes deseos de la joven, todo
siguió lo mismo durante un mes. Esto en cuanto á Ghanem y á Kuat
Al-Kulub, favorita del Emir de los Creyentes.

Pero en cuanto á Zobeida, he aquí que cuando el califa se ausentó hizo
con su rival lo que ya se ha referido, pero después reflexionó, y se
dijo: «¿Qué contestaré al califa cuando al regresar me pida noticias de
Kuat Al-Kulub?» Entonces se decidió á llamar á una vieja cuyos buenos
consejos le inspiraban gran confianza desde muy niña. Y le reveló su
secreto, y le dijo: «¿Qué haremos ahora después de haberle pasado á Kuat
Al-Kulub lo que le habrá pasado?» La vieja contestó: «Me hago cargo de
todo, ¡oh mi señora! pero el tiempo apremia, porque el califa va á
volver en seguida. Hay muchos medios de ocultárselo todo, pero te voy á
indicar el más rápido y seguro. Encarga que te hagan un maniquí de
madera que simule el cadáver. Lo depositaremos en la tumba con gran
ceremonial; se le encenderán candelabros y cirios á su alrededor, y
mandarás á todos los de palacio, á todas tus esclavas y á las esclavas
de Kuat Al-Kulub, que se vistan de luto y que pongan colgaduras negras.
Y cuando venga el califa y pregunte la causa de todo esto, se le dice:
«¡Oh mi señor, tu favorita Kuat Al-Kulub ha muerto en la misericordia de
Alah! ¡Ojalá vivas los largos días que ella no ha vivido! Nuestra ama
Zobeida le ha tributado todos los honores fúnebres, y la ha mandado
enterrar en el mismo palacio, debajo de una cúpula construída
expresamente.» Entonces el califa, conmovido por tus bondades, te las
agradecerá mucho. Y llamará á los lectores del Corán para que velen
junto á la tumba, recitando los versículos de los funerales. Y si el
califa, que sabe tu poco afecto hacia Kuat Al-Kulub, sospechase y dijera
para sí: «¿Quién sabe si Zobeida, la hija de mi tío, habrá hecho algo
contra Kuat Al-Kulub?», y llevado de estas sospechas mandase abrir la
tumba para averiguar de qué murió la favorita, tampoco debes
preocuparte. Porque cuando hayan abierto la fosa y saquen el maniquí
hecho á semejanza de un hijo de Adán y cubierto con un suntuoso sudario,
si quisiera el califa levantar el sudario, no dejarás de impedírselo, y
todo el mundo se lo impedirá, diciendo: «¡Oh Emir de los Creyentes! no
es lícito ver á una mujer muerta con todo el cuerpo desnudo.» Y el
califa acabará por convencerse de la muerte de su favorita, y la mandará
enterrar de nuevo, y agradecerá tu acción. Y así, ¡como Alah lo quiera!
te verás libre de este cuidado.»

La sultana comprendió que acababa de oir un excelente consejo, y
obsequió á la vieja regalándole un magnífico vestido de honor y mucho
dinero, encomendándole que se encargase personalmente de la ejecución
del plan. Y la vieja logró que un artífice fabricara el maniquí, y se lo
llevó á Zobeida, y ambas lo vistieron con las mejores ropas de Kuat
Al-Kulub. Le pusieron un sudario riquísimo, le hicieron grandes
funerales, lo colocaron en la tumba, encendieron candelabros y
blandones, y tendieron alfombras alrededor para las oraciones y
ceremonias acostumbradas. Y Zobeida mandó poner colgaduras negras en
todo el palacio y que las esclavas vistieran de luto. Y la noticia de la
muerte de Kuat Al-Kulub se extendió por todo el palacio, y todo el
mundo, sin excluir á Massrur y los eunucos, lo dieron por cierto.

No tardó en regresar de su viaje el califa, y al entrar en palacio se
dirigió apresuradamente á las habitaciones de Kuat Al-Kulub, que llenaba
todo su pensamiento. Pero al ver á la servidumbre y á las esclavas de la
favorita vestidas de luto, comenzó á temblar. Y salió á recibirle
Zobeida, también de luto. Y cuando le dijo que aquello era porque había
fallecido Kuat Al-Kulub, el califa cayó desmayado. Pero al volver en sí,
preguntó dónde estaba la tumba, para ir á visitarla. Y Zobeida dijo:
«Sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que por consideración á Kuat Al-Kulub
he querido enterrarla en este mismo palacio.» Y el califa, sin quitarse
la ropa del viaje, se dirigió hacia el sepulcro de Kuat Al-Kulub. Y vió
los blandones y los cirios encendidos, y las alfombras tendidas
alrededor. Y al ver todo esto, dió las gracias á Zobeida, encomiando su
buena acción, y después regresó á palacio.

Pero como era receloso por naturaleza, empezó á dudar y á alarmarse, y
para acabar con las sospechas que le atormentaban, mandó que se abriera
la tumba, y así se hizo. Pero el califa, gracias á la estratagema de
Zobeida, vió el maniquí cubierto con el sudario, y creyendo que era su
favorita, lo mandó enterrar de nuevo, y llamó á los sacerdotes y á los
lectores del Corán, que recitaron los versículos de los funerales. Y él,
mientras tanto, permanecía sentado en la alfombra llorando á lágrima
viva, hasta que acabó por caer desmayado.

Y así acudieron todos durante un mes, los ministros de la religión y los
lectores del Corán, mientras que él, sentándose junto á la tumba,
lloraba amargamente.

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, é interrumpió discretamente su relato.

[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 41.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa acudió todos los
días á la tumba de su favorita durante un mes. Y el último día duraron
las oraciones y la lectura del Corán desde la aurora hasta la aurora
siguiente. Y entonces cada cual pudo regresar á su casa. Y el califa,
rendido por la fatiga y el dolor, regresó á palacio, y no quiso ver á
nadie, ni siquiera á su visir Giafar, ni á su esposa Zobeida. Y de
pronto cayó en un sueño profundo, velándole dos esclavas. Una de ellas
estaba junto á la cabeza del califa y la otra á sus pies. Pasada una
hora, cuando el sueño del califa ya no fué tan profundo, oyó á la
esclava que estaba junto á su cabeza decir á la que estaba á sus pies:
«¡Qué desdicha, amiga Subhia!» Y Subhia contestó: «Pero ¿qué ocurre, ¡oh
hermana Nozha!?» Y Nozha dijo: «Nuestro amo debe ignorar todo lo
ocurrido, cuando pasa las noches junto á una tumba donde sólo hay un
pedazo de madera, un maniquí fabricado por un artífice.» Y Subhia dijo:
«Pues entonces, ¿qué ha sido de Kuat Al-Kulub? ¿Qué desgracia cayó sobre
ella?» Nozha respondió: «Sabe, ¡oh Subhia! que me lo ha contado todo la
esclava preferida de nuestra ama Zobeida. Por su encargo le dió banj á
Kuat Al-Kulub, que se durmió inmediatamente, y entonces nuestra ama
Zobeida la metió en un cajón y lo entregó á los eunucos Sauab, Kafur y
Bakhita para que lo enterrasen en un hoyo.» Y Subhia, llenos de lágrimas
los ojos, exclamó: «¡Oh Nozha! ¿Y nuestra dulce ama Kuat Al-Kulub habrá
muerto de manera tan horrible?» Nozha contestó: «¡Alah preserve de la
muerte á su juventud! Pero no ha muerto, pues Zobeida ha dicho á su
esclava: «He averiguado que Kuat Al-Kulub ha logrado escaparse, y está
en casa de un joven mercader de Damasco, llamado Ghanem ben-Ayub, hace
ya cuatro meses.» Comprenderás, ¡oh Subhia! cuán desgraciado es nuestro
señor al ignorar que vive su favorita, mientras sigue velando todas las
noches junto á una tumba que no hay ningún cadáver.» Y las dos esclavas
continuaron hablando durante algún tiempo, y el califa oía sus palabras.

Y cuando acabaron de hablar ya no le quedaba nada que saber al califa. Y
se incorporó súbitamente dando tal grito, que las esclavas huyeron
aterradas. Y sentía una ira espantosa al pensar que su favorita llevaba
cuatro meses en casa del joven llamado Ghanem ben-Ayub. Y se levantó, y
mandó llamar á los emires y notables, así como á su visir Giafar
Al-Barmakí, que llegó apresuradamente y besó la tierra entre sus manos.
Y el califa le dijo: «¡Oh Giafar! averigua dónde vive un joven mercader
llamado Ghanem ben-Ayub. Asalta su casa con mis guardias y tráeme á mi
favorita Kuat Al-Kulub, y también á ese insolente mancebo, para
castigarle.» Y Giafar contestó: «Escucho y obedezco.» Y salió con una
compañía de guardias, acompañándole el walí con sus dependientes, y
todos juntos no dejaron de hacer pesquisas, hasta descubrir la casa de
Ghanem ben-Ayub.

En aquel momento, Ghanem acababa de regresar del zoco, y estaba sentado
junto á Kuat Al-Kulub, teniendo delante un hermoso carnero asado y
relleno de manjares. Y lo estaban comiendo con mucho apetito. Pero al
oir el ruido que armaban los de fuera, Kuat Al-Kulub miró por la
ventana, y comprendió la desdicha que se cernía sobre ellos, pues la
casa estaba cercada por los guardias, el portaalfanje, los mamalik y los
jefes de la tropa, y vió á su cabeza al visir Giafar y al walí de la
ciudad. Y todos daban vueltas alrededor de la casa, como lo negro de los
ojos da vueltas alrededor de los párpados. Y adivinó que el califa lo
había averiguado todo, y que estaría celosísimo de Ghanem, que desde
hacía cuatro meses la tenía en su casa. Y al pensar estas cosas, se
contrajeron sus hermosas facciones, palideció de terror, y dijo á
Ghanem: «¡Oh querido mío! Ante todo piensa en tu salvación. Levántate y
escapa.» Y Ghanem contestó: «¡Alma mía! ¿Cómo voy á salir si está la
casa cercada de enemigos?» Pero ella le vistió con un ropón viejo y roto
que le llegaba á las rodillas, cogió una marmita de las de llevar carne,
y se la puso en la cabeza. Colocó en la marmita pedazos de pan y unos
tazones con las sobras de la comida, y le dijo: «Sal sin ningún temor,
pues creerán que eres el criado del fondista, y nadie te hará daño. Y en
cuanto á mí, ya me las sabré arreglar, pues conozco el poder que ejerzo
sobre el califa.» Entonces Ghanem se apresuró á salir, y atravesó las
filas de guardias y mamalik, con la marmita en la cabeza. Y no le
ocurrió nada malo, porque le protegía el Único Protector que sabe
guardar á los hombres bien intencionados, librándoles de los peligros y
de la mala suerte.

Entonces el visir Giafar echó pie á tierra, entró en la casa y llegó
hasta la sala, llena de fardos y sederías. Mientras tanto, Kuat Al-Kulub
había tenido tiempo para hermosearse y vestirse la ropa más rica con
todas sus alhajas. Y se había puesto un brillante como los más
brillantes. Y había reunido en un cajón los efectos más preciosos, las
joyas y pedrerías y todas las cosas de valor. Y apenas penetró Giafar en
la habitación, se puso de pie, se inclinó, besó la tierra entre sus
manos, y dijo: «¡Oh mi señor! he aquí que la pluma ha escrito lo que
había de escribirse por orden de Alah. En tus manos me entrego.» Y
Giafar contestó: «¡Oh mi señora! El califa me ha dado orden de prender
únicamente á Ghanem ben-Ayub. Dime dónde está.» Y ella dijo: «Ghanem
ben-Ayub, después de empaquetar sus mejores mercancías, marchó hace
algunos días á Damasco, su ciudad natal, para ver á su madre y á su
hermana Fetnah. Y no sé más, ni puedo decirte otra cosa. Y este cajón
que aquí ves es el mío, y en él he colocado lo mejor que poseo. Y espero
que me lo guardes bien y lo mandes transportar al palacio del Emir de
los Creyentes.» Giafar contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió el cajón
y mandó á sus hombres que lo llevaran; y después de haber colmado de
honores á Kuat Al-Kulub, le rogó que le acompañase al palacio del Emir
de los Creyentes; y todos se alejaron, no sin haber saqueado antes la
casa de Ghanem, según había ordenado el califa.

Cuando Giafar se presentó entre las manos de Harún Al-Rachid, le contó
todo lo ocurrido, enterándole de que Ghanem se había marchado á Damasco
y que la favorita se hallaba en palacio. Pero el califa estaba
convencido de que Ghanem había hecho con Kuat Al-Kulub todo cuanto se
puede hacer con una mujer hermosa que pertenece á otro, y ni siquiera
quiso ver á Kuat Al-Kulub, y mandó á Massrur que la encerrase en un
cuarto oscuro, vigilada por una vieja encargada de estas funciones.

Y envió jinetes para que buscasen por todo el mundo á Ghanem. También se
lo encomendó al sultán de Damasco, su vicario Mohammad ben-Soleimán
El-Zeiní, para lo cual cogió el cálamo, el tintero y un pliego de papel,
y escribió la carta siguiente:

     «A SU SEÑORÍA EL SULTÁN MOHAMMAD BEN-SOLEIMÁN EL-ZEINÍ, VICARIO DE
     DAMASCO, DE PARTE DEL EMIR DE LOS CREYENTES HARÚN AL-RACHID,
     QUINTO CALIFA DE LA GLORIOSA DESCENDENCIA DE LOS BENI-ABBAS.

»EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES Y MISERICORDIOSO.

»Después de pedir noticias de tu salud, que nos es querida, y de rogar á
Alah que te conserve largos días en la dilatación y el florecimiento,

»Sabe, ¡oh nuestro vicario! que un joven mercader de tu ciudad, llamado
Ghanem ben-Ayub, ha venido á Bagdad, y ha seducido y forzado á una de
mis esclavas, y ha hecho con ella lo que ha hecho. Y ha huido de mi
venganza y de mis iras, y se ha refugiado en tu ciudad, donde debe estar
en estos momentos con su madre y su hermana.

»Te apoderarás de él y le mandarás dar quinientos latigazos. Y luego le
pasearás por todas las calles montado en un camello. Y delante irá un
pregonero, gritando: «¡Este es el castigo del esclavo que roba los
bienes de su señor!» Y después me le enviarás, para darle el tormento
que se merece y hacer de él lo que haya de hacerse.

»Y saquearás su casa, destrozándola desde los cimientos hasta la
techumbre, y harás desaparecer el rastro de su existencia.

»Y te apoderarás de la madre y la hermana de Ghanem, y durante tres días
las expondrás desnudas á la vista de todos los habitantes, y luego de
esto las arrojarás de la ciudad.

»Pon gran diligencia y celo en ejecutar estas órdenes.

»¡Uassalam!»

Un correo fué el portador de esta carta, y viajó con tal celeridad, que
llegó á Damasco á los ocho días, en vez de tardar veinte cuando menos.

Y cuando el sultán Mohammad tuvo en sus manos la carta del califa, se la
llevó á los labios y á la frente. Y luego de leerla, ejecutó sin ninguna
dilación las órdenes. Y los pregoneros anunciaron por todas partes:
«¡Los que quieran saquear la casa de Ghanem ben-Ayub, vayan á saquearla
á su gusto!»

Inmediatamente el sultán se dirigió en persona á la casa de Ghanem,
acompañado de los guardias. Llamó á la puerta, y Fetnah, hermana de
Ghanem, salió á abrir. Y preguntó: «¿Quién llama?» Y el sultán
respondió: «Yo soy.» Entonces Fetnah abrió la puerta, y como nunca había
visto al sultán Mohammad, se tapó la cara con una punta del velo y
corrió á avisar á su madre.

Y la madre de Ghanem estaba sentada bajo la cúpula del sepulcro que
había mandado construir en recuerdo de su hijo, al cual creía muerto,
pues desde un año que no sabía nada de él. Y no hacía más que llorar, y
apenas comía ni bebía. Y ordenó á su hija Fetnah que dejase entrar al
sultán. Y el sultán entró en la casa, llegó hasta la tumba, y vió á la
madre de Ghanem que lloraba. Y le dijo: «Vengo á buscar á Ghanem, pues
lo reclama el califa.» Y ella respondió: «¡Desdichada de mí! Mi hijo
Ghanem, fruto de mis entrañas, nos abandonó hace más de un año, y no
sabemos lo que ha sido de él.»

Pero el sultán Mohammad, á pesar de su generosidad, tuvo que ejecutar lo
ordenado por el califa. Y mandó que se apoderaran de las alfombras,
jarrones, cristalería y demás objetos preciosos, y después echó abajo
toda la casa, y arrastraron los escombros fuera de la ciudad. Y aunque
le repugnara mucho hacerlo, mandó desnudar á la madre de Ghanem y á su
hermana la hermosa Fetnah, y las expuso tres días en la ciudad,
prohibiendo que se las cubriera ni con una camisa sin mangas. Y después
las expulsó de Damasco. Así fueron tratadas la madre y la hermana de
Ghanem, por el odio del califa.

En cuanto á Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub, al salir de Bagdad con
el corazón hecho trizas, fué caminando sin comer y sin beber. Y al
terminarse el día estaba muerto de cansancio. Así llegó á una aldea, y
entró en la mezquita, cayendo extenuado sobre una esterilla, apoyado
contra la pared. Y allí permaneció sin sentido, palpitándole
desordenadamente el corazón y sin fuerzas para hacer un movimiento ni
pedir nada. Los vecinos del pueblo que fueron á orar á la mezquita por
la mañana lo vieron tendido y exánime. Y comprendiendo que tendría
hambre y sed, le llevaron un tarro de miel y dos panes, y le obligaron á
comer y beber. Después le dieron para que se vistiera una camisa sin
mangas, muy remendada y llena de piojos. Y le preguntaron: «¿Quién eres,
¡oh forastero! y de dónde vienes?» Y Ghanem abrió los ojos, pero no pudo
articular palabra, no haciendo más que llorar. Y los otros estuvieron
allí algún tiempo, pero acabaron por irse cada cual á sus quehaceres.

Las privaciones y el dolor hicieron que Ghanem cayera enfermo, y siguió
echado sobre la esterilla de la mezquita durante un mes, y se debilitó
su cuerpo, y cambió de color, y le devoraban las pulgas. Al verle
reducido á tan mísero estado, los fieles de la mezquita se concertaron
un día para llevarlo al hospital de Bagdad, que era el más próximo. Y
fueron á buscar á un camellero, y le hablaron así: «Colocarás á este
joven en tu camello, lo llevarás á Bagdad y lo dejarás á la puerta del
hospital. Y seguramente el cambio de aires y los cuidados del hospital
acabarán por curarle del todo. Y vendrás después á que te paguemos lo
que se te deba por el viaje y por el camello.» Y el camellero dijo:
«Escucho y obedezco.» Y ayudándole los demás, cogió á Ghanem y la
esterilla en que estaba echado y lo colocó sobre el camello, sujetándole
bien para que no se cayese.

Y cuando iban á marchar, lloraba Ghanem sus desdichas, y entonces se
aproximaron dos mujeres miserablemente vestidas que estaban entre la
muchedumbre. Y al ver al enfermo, exclamaron: «¡Cuánto se parece á
nuestro hijo Ghanem! Pero no es posible que sea este joven reducido á
su sombra.» Y aquellas dos mujeres, que estaban cubiertas de polvo y
acababan de llegar al pueblo, se pusieron á llorar pensando en Ghanem,
pues eran su madre y su hermana Fetnah, que habían huído de Damasco y
seguían ahora su camino hacia Bagdad.

En cuanto al camellero, no tardó en montar en el burro, y cogiendo al
camello del ronzal, se encaminó hacia Bagdad. Y en cuanto llegó, se fué
al hospital, bajó á Ghanem del camello, y como era muy temprano y el
hospital no estaba abierto todavía, lo dejó en la escalera y se volvió
al pueblo.

Y allí permaneció Ghanem hasta que los vecinos salieron de sus casas. Y
al verle echado en la esterilla y reducido al estado de sombra,
empezaron á hacer mil suposiciones. Y mientras tanto, pasó uno de los
jeiques entre los principales jeiques del zoco. Apartó la muchedumbre,
se acercó al enfermo, y dijo: «¡Por Alah! Si este joven entra en el
hospital, lo veo perdido por falta de cuidados. Lo voy á llevar á mi
casa, y Alah me premiará en su Jardín de las Delicias.» Mandó, pues, á
sus esclavos que cogieran al joven y lo llevasen á su casa, y él los
acompañó. Y apenas llegaron, le preparó una buena cama, con magníficos
colchones y una almohada muy limpia. Y luego llamó á su esposa, y le
dijo: «He aquí un huésped que nos envía Alah. Lo vas á asistir con mucho
cuidado.» Y ella respondió: «Le pondré sobre mi cabeza y mis ojos.» Y se
arremangó, mandó calentar agua en el caldero grande, le lavó los pies,
las manos y todo el cuerpo. Le vistió con ropas de su esposo, le llevó
un vaso de sorbete y le roció la cara con agua de rosas. Entonces Ghanem
empezó á respirar mejor y á recuperar las fuerzas poco á poco. Y con las
fuerzas le acudió el recuerdo de su pasado y de su amiga Kuat Al-Kulub.
Esto en cuanto á Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.

En cuanto á Kuat Al-Kulub, el califa se encolerizó tanto contra ella...

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, é interrumpió discretamente su relato.


[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 42.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se
encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto
oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí
ochenta días, sin comunicarse con nadie. Y el califa la había olvidado
por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde
estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos. Y oyó
también que decía lo siguiente: «¡Qué alma tan hermosa la tuya, ¡oh
Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que
te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las
mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio á la mujer de aquel que derramó
la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que
tú y el califa os veáis ante el Único Juez, el Único Justo, y saldrás
victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por
testigos.»

Al oir el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas
quejas, sobre todo cuando nadie podía oirlas. Y se convenció de cuán
injusto había sido con ella y con Ghanem. Se apresuró, pues, á volver á
palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese á buscar á Kuat
Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con
la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy
triste. Y el califa dijo: «¡Oh Kuat Al-Kulub! he oído que te dolías de
mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo.
¿Quién ha respetado á mis mujeres mientras que yo perseguía á las suyas?
¿Quién ha protegido á mis mujeres mientras que yo deshonraba á las
suyas?» Y Kuat Al-Kulub contestó: «Es Ghanem ben-Ayub El-Motim
El-Masslub. Te juro, ¡oh mi señor! por tus mercedes y tus beneficios,
que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca
censura. No hallarías en él ni el impudor ni la brutalidad.» Y
convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: «¡Qué
desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay
sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme
lo que quieras y satisfaré todos tus deseos.» Y Kuat Al-Kulub dijo: «¡Oh
Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré á Ghanem ben-Ayub.»
Y el califa, á pesar de todo el amor que aún le inspiraba su favorita,
le dijo: «Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la
generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha
ofrecido. Será colmado de honores.» Y Kuat Al-Kulub prosiguió: «¡Oh Emir
de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi
persona, para ser su esposa.» Y el califa dijo: «Cuando vuelva Ghanem te
concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya.» Y contestó
Kuat Al-Kulub: «¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de
Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su
paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah
me permitirá encontrarle.» Y el califa dijo: «Te autorizo para que hagas
lo que te parezca.»

Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el
corazón, se apresuró á salir de palacio, habiéndose provisto de mil
dinares de oro.

Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando á los jeiques de
los barrios y á los jefes de las calles. Pero les interrogó sin
conseguir ningún resultado.

El segundo día fué al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y
fué á ver al jeique, á quien entregó una gran cantidad de dinares para
que los repartiese entre los forasteros pobres.

El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los
orífices y de los joyeros. Y se encontró con el jeique entre los
principales jeiques, á quien entregó otra cantidad de oro para que lo
repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: «¡Oh mi
señora! precisamente tengo recogido en mi casa á un joven forastero y
enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy
rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un
joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas las
perfecciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes
deudas ó por algún amor desgraciado.» Al oirlo Kuat Al-Kulub, sintió que
el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le
estremecían. Y dijo al jeique: «¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar
el zoco, haz que alguien me acompañe á tu casa.» Y el jeique dijo:
«Sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» Y llamó á un niño y le dijo: «¡Oh
Felfel! lleva á esta señora á casa.» Y Felfel echó á andar delante de
Kuat Al-Kulub, y la llevó á casa del jeique, donde estaba el forastero
enfermo.

Cuando Kuat Al-Kulub entró en la casa, saludó á la esposa del jeique. Y
la esposa del jeique la conoció, pues conocía á todas las damas nobles
de Bagdad, á quienes solía visitar. Y se levantó y besó la tierra entre
sus manos. Entonces Kuat Al-Kulub, después de los saludos, le dijo:
«Buena madre, ¿puedes decirme dónde se encuentra el joven forastero que
habéis recogido en vuestra casa?» Y la esposa del jeique se echó á
llorar y señaló una cama que allí había. Y dijo: «Ahí le tienes. Debe
ser un hombre de noble estirpe, según indica su aspecto.» Pero Kuat
Al-Kulub ya estaba junto al forastero, y le miró con atención. Y vió un
mancebo débil y enflaquecido, semejante á una sombra, y no se le figuró
ni por un instante que fuese Ghanem, pero de todos modos le inspiró una
gran compasión. Y se echó á llorar, y dijo: «¡Oh, qué desgraciados son
los forasteros, aunque sean emires en su tierra!» Y entregó mil dinares
de oro á la mujer del jeique, encargándole que no escatimase nada para
cuidar del enfermo. En seguida, con sus propias manos, le dió los
medicamentos, y cuando hubo pasado más de una hora á su cabecera, deseó
la paz á la esposa del jeique, montó de nuevo en su mula y regresó á
palacio.

Y todos los días iba á distintos zocos, en continuas investigaciones,
hasta que un día la fué á buscar el jeique, y le dijo: «¡Oh mi señora!
como me has encargado que te presente todos los extranjeros de paso por
Bagdad, vengo á poner en tus manos generosas á dos mujeres, casada la
una y soltera la otra. Y ambas son de categoría, pues así lo dan á
entender su cara y su continente, pero van muy mal vestidas, y cada una
lleva una alforja á cuestas, como los mendigos. Sus ojos están llenos de
lágrimas. Y he aquí que te las traigo, porque sólo tú, ¡oh soberana de
los beneficios! sabrás consolarlas y fortalecerlas, evitándoles el
oprobio de las preguntas impertinentes, pues no deben ser sometidas á
tales indiscreciones. Y espero que, gracias al bien que les hagamos,
Alah nos reservará un puesto en el Jardín de las Delicias el día de la
Recompensa.» Kuat Al-Kulub contestó: «¡Por Alah! que me inspiras un
ardiente deseo de verlas. ¿Dónde están?» Entonces el jeique salió á
buscarlas, y las puso en presencia de Kuat Al-Kulub.

Al ver la hermosura de Fetnah y la nobleza que se adornaba en su madre,
y ambas cubiertas de harapos, Kuat Al-Kulub se puso á llorar, y dijo:
«¡Por Alah! Son mujeres de noble cuna. Veo en su rostro que han nacido
entre honores y riqueza.» Y el jeique exclamó: «¡Verdad dices, oh mi
señora! La desgracia debe de haber caído sobre su casa. Les habrá
perseguido la tiranía, arrebatándoles sus bienes. Ayudémoslas, para
merecer las gracias de Alah el Misericordioso.» Y la madre y la hija
prorrumpieron en llanto, y se acordaron de Ghanem ben-Ayub. Y al verlas
llorar, Kuat Al-Kulub lloró con ellas. Y entonces la madre de Ghanem
dijo: «¡Oh mi señora, llena de generosidad! ¡Plegue á Alah que podamos
encontrar á quien buscamos con el corazón dolorido! ¡El que buscamos es
el hijo de nuestras entrañas, la llama de nuestro corazón, á nuestro
hijo Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub!»

Al oír este nombre, lanzó un gran grito Kuat Al-Kulub, pues acababa de
comprender que tenía delante á la madre y á la hermana de Ghanem. Y cayó
sin sentido. Cuando volvió en sí se echó llorando en sus brazos, y les
dijo: «¡Tened esperanza en Alah y en mí, ¡oh mis hermanas! pues este día
será el primero de vuestra dicha y el último de vuestras desventuras!
¡Salid de vuestra aflicción!»

     En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
     mañana, y se calló discretamente.


[Illustration]


_PERO CUANDO LLEGÓ LA 43.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que después que Kuat Al-Kulub
dijo á la madre y á la hermana de Ghanem: «¡Salid de vuestra
aflicción!», se dirigió al jeique, le dió mil dinares de oro y le dijo:
«¡Oh jeique! Ahora irás con ellas á tu casa y dirás á tu esposa que las
lleve al hammam, y les dé hermosos trajes, y las trate con toda
consideración, sin escatimar nada para su bienestar.»

Al día siguiente, Kuat Al-Kulub fué á casa del jeique á cerciorarse por
sí misma de que todo se había ejecutado según sus instrucciones. Y
apenas hubo entrado, salió á su encuentro la esposa del jeique, y le
besó las manos y le dió las gracias por su generosidad. Después llamó á
la madre y á la hermana de Ghanem, que habían ido al hammam y habían
salido de él completamente transformadas, con los rostros radiantes de
hermosura y nobleza. Y Kuat Al-Kulub estuvo hablando con ellas durante
una hora, y después pidió á la mujer del jeique noticias del enfermo. Y
la esposa del jeique respondió: «Sigue en el mismo estado.» Entonces
dijo Kuat Al-Kulub: «Vamos todas á verle y á tratar de animarle.» Y
acompañada de las dos mujeres, que aún no lo habían visto, entró en la
sala donde estaba el enfermo. Y todas le miraron con ternura y lástima,
y se sentaron en torno de él. Pero durante la conversación se pronunció
el nombre de Kuat Al-Kulub. Y apenas lo oyó el joven, se le coloreó el
rostro y le pareció que recobraba el alma. Levantó la cabeza con los
ojos llenos de vida, y exclamó: «¿Dónde estás, ¡oh Kuat Al-Kulub!?»

Y cuando Kuat oyó que la llamaban por su nombre, conoció la voz de
Ghanem, é inclinándose hacia él, le dijo: «¿Eres tú, querido mío?» Y él
contestó: «¡Sí, soy Ghanem!» Y al oirlo, la joven cayó desmayada. Y la
madre y la hermana de Ghanem dieron un grito y cayeron desmayadas
también. Al cabo de un rato acabaron por volver en sí, y se arrojaron
en brazos de Ghanem. Y sólo se oyeron besos, llantos y exclamaciones de
alegría.

Y Kuat Al-Kulub dijo: «¡Gloria á Alah por haber permitido que nos
reunamos todos!» Y les contó cuanto le había pasado, y añadió: «El
califa, además de protegerte, te regala mi persona.» Estas palabras
llevaron al límite de la felicidad á Ghanem, que no cesaba de besar las
manos de Kuat Al-Kulub, mientras ella le besaba los ojos. Y Kuat les
dijo: «Aguardadme.» Y marchó á palacio, abrió el cajón donde tenía sus
cosas, sacó de él muchos dinares, y se fué al zoco para entregárselos al
jeique, encargándole que comprase cuatro trajes completos para cada uno,
y veinte pañuelos, y diez cinturones. Y volvió á la casa, y los llevó á
todos al hammam. Y les preparó pollos, carne asada y buen vino. Y
durante tres días les dió de comer y beber en su presencia. Y notaron
que recuperaban la vida y les volvía el alma al cuerpo. Los llevó otra
vez al hammam, les hizo mudarse de ropa, y los dejó en casa del jeique.
Entonces se presentó al califa, se inclinó hasta el suelo, y le enteró
del regreso de Ghanem, así como el de su madre y su hermana. Y el califa
llamó á Giafar, y le dijo: «¡Ve en busca de Ghanem ben-Ayub!» Y Giafar
marchó á casa del jeique; pero ya le había precedido Kuat Al-Kulub, que
dijo á Ghanem: «¡Oh querido mío! Va á llegar Giafar para llevarte á
presencia del califa. Ahora hay que demostrar la elocuencia de tu
lenguaje, la firmeza de tu corazón y la pureza de tus palabras.»
Después le vistió con el mejor de los trajes que habían comprado en el
zoco, le dió muchos dinares, y le dijo: «No dejes de tirar puñados de
oro al llegar á palacio, cuando pases por entre las filas de los eunucos
y servidores.»

Y cuando llegó Giafar montado en su mula, Ghanem se apresuró á salir á
su encuentro, le deseó la paz y besó la tierra entre sus manos. Y ya era
otra vez el gallardo mozo de otros tiempos, de rostro glorioso y
atractivo continente. Entonces Giafar le rogó que lo acompañase, y lo
presentó al califa. Y Ghanem vió al Emir de los Creyentes rodeado de sus
visires, chambelanes, vicarios y jefes de sus ejércitos. Y Ghanem se
detuvo ante el califa, miró un momento al suelo, levantó en seguida la
frente, é improvisó estas estrofas:

     _¡Oh rey del tiempo! ¡Una mirada bondadosa se ha dirigido á la
     tierra y la ha fecundado! ¡Nosotros somos los hijos de su
     fecundidad feliz en tu reinado de gloria!_

     _¡Los sultanes y los emires se te prosternan, arrastrando las
     barbas por el polvo, y como homenaje á tu grandeza, te ofrecen sus
     coronas de pedrería!_

     _¡La tierra no es bastante vasta ni el planeta bastante ancho para
     la formidable masa de tus ejércitos! ¡Oh rey del tiempo! ¡Clava tus
     tiendas en las tierras planetarias del espacio que gira!_

     _¡Y que las estrellas dóciles y los astros numerosos se sumen á tu
     triunfo y acompañen á tu séquito!_

     _¡Que el día de tu justicia ilumine al mundo! ¡Que acabe con las
     fechorías de los malhechores y recompense las acciones puras de tus
     fieles!_

El califa quedó encantado con la elocuencia y hermosura de los versos,
su buen ritmo y la pureza de su lenguaje.

     En este momento de su narración, Schahrazada vió que aparecía la
     mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.


[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 44.ª NOCHE_

     Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Rachid,
encantado por la elocuencia de Ghanem, le hizo acercarse á su trono. Y
Ghanem se acercó al trono, y el califa le dijo: «Refiéreme toda tu
historia, sin ocultarme nada de la verdad.» Entonces Ghanem se sentó, y
contó al califa toda su historia, desdo el principio hasta el fin; pero
nada se adelantaría con repetirla. Y el califa quedó completamente
convencido de la inocencia de Ghanem y de la pureza de sus intenciones,
sobre todo al saber cómo había respetado las palabras bordadas en el
calzón de la favorita, y le dijo: «Te ruego que libres á mi conciencia
de la injusticia cometida contigo.» Y Ghanem le contestó: «¡Estás libre
de ella, ¡oh Emir de los Creyentes! pues cuanto pertenece al esclavo es
propiedad del señor!»

Y el califa, complacidísimo, elevó á Ghanem á los más altos cargos del
reino, le dió un palacio, y muchas riquezas, y muchos esclavos. Ghanem
se apresuró á instalar en su nuevo palacio á su madre, y á su hermana
Fetnah, y á su amiga Kuat Al-Kulub. Y el califa, al saber que Ghanem
tenía una hermana maravillosa y virgen todavía, se la pidió á Ghanem. Y
Ghanem contestó: «Es tu servidora, y yo soy tu esclavo.» Entonces el
califa le expresó su agradecimiento, y le dió cien mil dinares de oro. Y
después llamó al kadí y á los testigos para redactar su contrato con
Fetnah. Y el mismo día y á la misma hora entraron el califa y Ghanem en
los aposentos de sus respectivas mujeres. Y Fetnah fué para el califa, y
Kuat Al-Kulub para Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.

El califa, al despertarse por la mañana, se halló tan satisfecho de la
noche que acababa de pasar en brazos de la virgen Fetnah, que mandó
llamar á los escribas de mejor letra para que escribiesen la historia de
Ghanem desde el principio hasta el fin, y la encerró en el armario de
los papeles, á fin de que pudiera servir de lección á las generaciones
futuras, y fuera asombro y delicia de los sabios que se dedicasen á
leerla con respeto y admirar la obra de Aquel que creó el día y la
noche.

«Pero no creas, ¡oh rey de los siglos!--prosiguió Schahrazada
dirigiéndose al rey Schahriar--que esta historia sea más agradable ni
más sorprendente que la historia guerrera y heroica de Omar Al-Nemán y
sus hijos Scharkán y El-Makán.» Y el rey Schariar dijo: «Ciertamente,
puedes contar esa historia que no conozco.»

[Illustration]

[Illustration]



ÍNDICE


                                                       _Páginas_

HISTORIA DEL JOROBADO... (CONTINUACIÓN)                    7-59

_Historia de Bacbac_                                       7-13

_Historia de El-Kuz_                                      14-21

_Historia de El-Aschar_                                   22-38

_Historia de Schakalik_                                   39-59

HISTORIA DE DULCE-AMIGA                                  61-154

Empieza á mediados de la 32.ª noche y termina á fines de
la 36.ª

HISTORIA DE GHANEM BEN-AYUB Y DE SU HERMANA FETNAH      155-219

Empieza á fines de la 36.ª noche y termina durante la 41.ª

Tiene tres cuentos intercalados:

HISTORIA DEL NEGRO SAUAB, PRIMER EUNUCO SUDANÉS.        163-166

HISTORIA DEL NEGRO KAFUR, SEGUNDO EUNUCO SUDANÉS.       167-176

HISTORIA DEL NEGRO BAKHITA, TERCER EUNUCO SUDANÉS.      177-181

[Illustration]

       *       *       *       *       *

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México de Porfirio Díaz.--Hombres y cosas. _5 ptas._--UGARTE: El
porvenir de la América española. _3 ptas._--CASTILLO: Dos Américas
(Estados Unidos). _2 ptas._--_Viaje de recreo_, por CLORINDA MATTO DE
TURNER: Europa vista por una gran escritora americana. Profusas
ilustraciones. _5 pesetas._


LA NOVELA DE AVENTURAS.--Obras de acción y de gran trama
episódica.--GUITTON Y ROUGE: La conspiración de los millonarios. El
regimiento de los hipnotizadores. El desquite del viejo mundo.--SANTERO:
Don Juan de Austria.--REYBAUD: Jerónimo Paturot.--BELOT: El crimen de la
calle de la Paz.--Volúmenes en cartoné, á _1’50 ptas._--DUMAS: _La corte
de Luis XIV_. (2 tomos en rústica, á _1’50 ptas._)


AVENTURAS DE SHERLOCK HOLMES, por ARTURO CONAN-DOYLE.--Esta serie de
novelas, la más interesante de cuantas se han publicado, consta de los
siguientes volúmenes: Un crimen extraño. La marca de los cuatro. El
perro de Baskerville. Policía fina. Triunfos de Sherlock Holmes. Nuevos
triunfos de Sherlock Holmes.--_2 ptas. volumen._


LO QUE CANTAN LOS NIÑOS.--Canciones de cuna, de corro, coplillas,
adivinanzas, relaciones, juegos y otra cosas infantiles, anotadas y
recopiladas por FERNANDO LLORCA.--Profusamente ilustrado y en cartoné
con tapa á todo color.--Precio, _2 pesetas_.


NUEVA BIBLIOTECA DE LITERATURA.--Anatole France, Daudet, Víctor Hugo,
etc.--_2 ptas. vol._


BIBLIOTECA FILOSÓFICA Y SOCIAL.--Altamira, Büchner, Darwin, Kropotkine,
Renán, Schopenhauer, Spencer, etc.--_2 ptas. vol._


NOVELAS Y TEATRO.--Obras de gran amenidad, interés y emoción
novelesca.--_1’25 ptas. volumen._


COLECCION POPULAR.--Filosofía, Historia, Pedagogía, Política, Crítica,
Viajes, Arte, etc.--_1 peseta volumen._


LOS GRANDES NOVELISTAS.--Obras de Tolstoi, Dumas, Sué, Conan-Doyle,
Mayne-Reid, Fernández y González, Ortega y Frías, etc. Colección
Rocambole (la traducción más completa). Clásicos españoles.--Volúmenes á
_35 céntimos_. Edición de _La Novela Ilustrada_.



Editorial PROMETEO.--Llorca y C.a S.d L.a Apartado 130,
VALENCIA


OBRAS DE V. BLASCO IBAÑEZ

Director literario de esta Editorial

NOVELAS: Arroz y tartana. Flor de Mayo. La Barraca. Entre naranjos.
Sónnica la cortesana. Cañas y barro. La Catedral. El Intruso. La Bodega.
La Horda. La maja desnuda. Sangre y arena. Los muertos mandan. Luna
Benamor. Los argonautas (2 tomos). Los cuatro jinetes del Apocalipsis.
Mare nostrum. Los enemigos de la mujer. El préstamo de la difunta. El
paraíso de las mujeres. La tierra de todos. La reina Calafia. Novelas de
la Costa Azul. _5 ptas. vol._--CUENTOS: La Condenada. Cuentos
valencianos. _5 ptas. vol._--VIAJES: En el país del arte. Oriente. La
vuelta al mundo de un novelista (3 t.) _5 ptas. vol._--ARTICULOS: El
militarismo mejicano. _5 ptas._

El Papa del mar (novela). _5 ptas._


NOVÍSIMA HISTORIA UNIVERSAL

escrita por individuos del Instituto de Francia, dirigida á partir del
siglo IV por E. Lavisse y A. Rambaud.--Traducción de V. Blasco
Ibáñez.--20.000 grabados. Historia por la imagen más completa y
detallada que ninguna.--Publicados hasta el tomo XIV. En prensa el
XV.--_10 pesetas volumen encuadernado._


NOVÍSIMA GEOGRAFÍA UNIVERSAL

Por Onésimo y Eliseo Reclús.--Traducción de V. Blasco Ibáñez.--6
tomos.--Millares de grabados y mapas.--_7’50 ptas. vol._


NOVELAS Y TEATRO

Obras de gran amenidad, interés y emoción novelesca.--_1’25 ptas.
volumen._


BIBLIOTECA FILOSÓFICA Y SOCIAL

Altamira, Büchner, Darwin, Kropotkine, Renán, Spencer, etc.--_2 ptas.
volumen._


BIBLIOTECA CLÁSICA

HOMERO: _Ilíada_. 2 t.--_Odisea._ 2 t.--ESQUILO. 1 t.--SÓFOCLES. 2
t.--HESIODO. 1 t.--EURÍPIDES. 4 t.--TEÓCRITO. 1 t.--ARISTÓFANES. 3
t.--JENOFONTE. 1 t.--PLAUTO: _Comedias_. 3 t.--FEDRO: _Fábulas_.--SYRO:
_Sentencias_. 1 t.--CICERÓN: _La República_.--_Las paradojas._ 1
t.--ARISTÓTELES: _La política_. 1 t.--LA CANCIÓN DE ROLDÁN. 1
t.--QUEVEDO: _Obras satíricas_. 1 t.--CERVANTES: _Teatro selecto_. 1
t.--VIDA DE CERVANTES, por su primer biógrafo Mayáns y Siscar. 1
t.--LOPE DE VEGA: _Novelas_. 1 t--_Comedias._ 1 t.--GUILLEM DE CASTRO:
_Teatro_. 1 t.--CALDERÓN: _Teatro_. 2 t.--SHAKESPEARE: _Obras
completas_. 12 t.--_2 ptas. vol._


LA CIENCIA PARA TODOS

Volúmenes ilustrados á _1’50 pesetas_.


CULTURA CONTEMPORÁNEA

E. FAGUET: _El arte de leer_. 3 ptas.--E. BERGSON: _La risa_. 3
ptas.--W. WILSON, ex presidente de los Estados Unidos: _La nueva
libertad_. 3 ptas.--W. SOMBART: _Socialismo y movimiento social_. 4
ptas.


NUEVA BIBLIOTECA DE LITERATURA

Anatole France, Daudet, Víctor Hugo, etcétera.--_2 ptas. vol._


LOS CLÁSICOS DEL AMOR

Obras de Apuleyo, Longo, Marcial, Voltaire, Casanova, etc.--_2 ptas.
volumen._


LAS NOVELAS DEL MISTERIO

Aventuras del famoso detective Sherlock Holmes, por Conan Doyle. 8
t.--_2 ptas. vol._


COLECCIÓN POPULAR

Filosofía, Historia, Pedagogía, Política, Crítica, Viajes, Arte,
etc.--_1 pta. volumen._


LOS GRANDES NOVELISTAS

Tolstoi, Dumas, Sué, Conan-Doyle, etc.--A _35 cénts_.--Edición _La
Novela Ilustrada_.


LA NOVELA LITERARIA

Amplia y selecta colección dirigida por Blasco Ibáñez, que cuenta con el
apoyo de los novelistas de todos los países para esta obra de difusión
literaria. Todos los volúmenes llevan un estudio biográfico y critico
del autor de la obra escrito por Blasco Ibáñez. Novelas de Paul Adam,
Barbusse, Bazin, Bourges, Bourget, Duvernois, Frapié, Harry, Hermant,
Huysmans, Jaloux, Lavedan, Louys, Margueritte, Miomandre, Regnier,
Rosny, Tinayre y otros muchos maestros de la novela contemporánea.--_4
pesetas volumen en rústica._

     J. FRANCÉS: _La danza del corazón_ (novela). 3’50 ptas.--_Teatro
     de amor._ 3 ptas.

     F. LLORCA: _Lo que cantan los niños_. Canciones y juegos
     infantiles. 2 ptas.


HISTORIA DE LA GUERRA EUROPEA DE 1914

ESCRITA POR V. BLASCO IBÁÑEZ.
Ilustrada con millares de grabados.

     _Las grandes batallas._--_El heroísmo._--_Los horrores de la
     lucha._--_La guerra en el mar y en los aires._--_Tipos y costumbres
     de los beligerantes._--_Personajes de la tragedia, retratos,
     caricaturas y documentos._--_Planos y mapas._--_La vida en el
     campamento, en los campos de batalla y hospitales._--_Panoramas
     trágicos._--Nueve tomos, lujosamente encuadernados.--Precio de cada
     tomo. _25 pesetas._


El libro de las mil noches y una noche.

Traducción directa y literal del árabe por el doctor Mardrus.--Versión
castellana de V. Blasco Ibáñez.--Prólogo de E. Gómez Carrillo.--23
tomos.--_2 ptas. volumen._


_Pídanse Catálogos especiales de estas obras y Bibliotecas_


NOTAS:

[1] Para mayor facilidad en la lectura, se sustituye este nombre al
correspondiente en árabe: _Anis Al-Dialis_.

[2] Estas frases, que quieren decir: «¡Oh noche! ¡Oh tus ojos!», son el
_leitmotiv_ de toda canción árabe, y se emplean frecuentemente como
preludio, como acompañamiento ó como final.

[3] Esclavo del amor que arrebata.

[4] Seducción encantadora. También se llama así á la acacia (_Acacia
farnesiana_), flor muy olorosa.

[5] Estos nombres significan respectivamente: Brisa, Flor del jardín,
Alba de la mañana, Rama de perlas, Luz del camino, Estrella de la noche,
Estrella de la mañana, Delicias del jardín.

[6] Fuerza de los corazones.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro de las mil noches y una noche; t 3" ***

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