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Title: La Quimera
Author: Pardo Bazán, Emilia, condesa de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Quimera" ***

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  OBRAS COMPLETAS

  DE

  EMILIA PARDO BAZÁN,

  CONDESA DE PARDO BAZÁN

  LA QUIMERA



  EMILIA PARDO BAZÁN

  OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXIX

  LA

  QUIMERA

  [Ilustración]

  ADMINISTRACIÓN

  _Calle de San Bernardo, 37, principal._

  MADRID



  Es propiedad.

  Queda hecho el depósito que
  marca la ley.


  Imprenta LA EDITORA, San Bernardo, 19, Madrid.--Tel. 3.432



PRÓLOGO


Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, advertencia,
aclaración ó prólogo, entregándolas mondas y lirondas al lector, que
allá las interpretase á su antojo, puesto que tanta molestia quisiera
tomarse; y esta costumbre seguiría en _La Quimera_ si, apenas iniciada
su publicación por la excelente revista _La Lectura_, no apareciese en
un diario de circulación máxima un suelto anunciando que “claramente
se adivina, al través de los personajes de _La Quimera_, el nombre de
gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro
será objeto de gran curiosidad y de numerosos comentarios”.

Desde _Pequeñeces_, se me figura que al público se le ha abierto el
apetito. Fué _Pequeñeces_ (tendrán que reconocerlo los más adversos al
Padre Coloma) plato tan sabroso, que trabajo le mando al cocinero que
sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa componer? No vale
cargar la mano en la guindilla, que no por eso saldrá el _carrick_ más
en punto. _Pequeñeces_, á la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin
recurrir á tratar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que
hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de la escala de
sensaciones, se piden nuevos estímulos; vibra irritada la curiosidad,
y la musa ceñida de negras espinas, la de la sátira social, que
levanta ampollas como puños, aguarda su hora. Á todo novelista que por
exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas esferas ó
sacar á plaza tipos más ó menos semejantes á los que por ahí bullen,
se le pregunta con ahinco: “--¿Nos trae usted la continuación de
_Pequeñeces_? Eso sí que nos encantaría. Agotaríamos la edición...”

Reconozco que en la sátira social pueden hacerse maravillas.
Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en la _Divina Comedia_, saca
al sol los trapitos de sus contemporáneos y conciudadanos, sin
omitir lo gravísimo (recuérdese su conferencia, en el Infierno, con
Brunetto Latini)? Los profetas de Israel, que iban clamando contra
las iniquidades de su época, sin respetar ni á las testas coronadas,
¿qué fueron, descontada su sacra misión, sino _satíricos andantes_? La
antigüedad, más realista cien veces que nosotros, no concibió el drama
con personajes inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro
en sucedidos históricos y en interioridades regias. En la _Odisea_, y
aun en la _Iliada_, hizo algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo
las huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas históricos
dramatizó sucesos casi actuales y retrató á los reyes, reinas y
magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres ejemplos, y
que no será desdeñar el género si declaro que no pertenece á él _La
Quimera_, ni fustiga, palabreja tan en uso, á nadie, ni verosímilmente
provocará, siquiera por ese concepto, comentario ninguno.

Si se me permite una breve digresión, antes de indicar, por mi gusto
y no porque interese, qué idea desenvuelvo en _La Quimera_, observaré
que quizás no se ha definido claramente la _sátira social_, y solemos
confundirla con la _sátira de clase_ y la _personal_. Sátira social es
aquella que, en los vicios y faltas de las clases ó de los individuos,
sorprende los síntomas de decadencia y descomposición de la sociedad
entera y se adelanta á la Historia: tales fueron algunas de Quevedo
(no todas, ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena
el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de clase es la que, del
conjunto, ve sólo un factor, y á él endereza sus tiros. Así, Alvaro
Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de la clerecía.
La sátira personal amontona, sobre pocos ó sobre uno solo, las culpas
de todos; es, de fijo, la más apasionada y sañuda, y, como ejemplo,
citaré el _Paralelo_ de Villergas entre Espartero y Narváez. Para ser
víctima de esta última clase de sátira, es preciso descollar.

_Pequeñeces_, aun cuando dejase entrever fisonomías que, no obstante
las protestas del autor, parecieron conocidas, tenía alcance de sátira
social; censuraba un estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás
novelistas españoles se han limitado á la sátira de clase (aunque
haya en Galdós no poco de sátira verdaderamente _social_ difusa). Y
al escribir la sátira de clase (de la aristocrática, única que _como
clase_ ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden á “la
aristocracia” con “la buena sociedad”, que no será todo lo contrario,
pero tampoco es lo mismo.

Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de
clase y es, á lo sumo, de círculo ó cotarro, degenerando en personal
infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido ver, en las novelas
satíricas, esas semejanzas parlantes con Zutano ó Mengano; y más bien
sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado á una realidad,
ni difícil de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y
discurriendo acerca de este efecto, doy en creer que la intención de
la sátira estorba el paso á la verdad, como la caricatura al parecido,
y que para pintar lo que fuere, altas, medianas ó bajas clases ó
individuos, es de rigor atenerse á la verdad sencilla (no á la verdad
_nimia_), y entrar en la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las
cosas deberá evitar el novelista el propósito de adular la maligna
curiosidad y la concupiscencia de los lectores.

Viniendo á _La Quimera_, en ella quise estudiar un aspecto del alma
contemporánea, una forma de nuestro malestar, el _alta aspiración_, que
se diferencia de la ambición antigua (por más que tenga precedentes en
psicologías definidas por la Historia). La ambición propiamente dicha
era más concreta y positiva en su objeto que esta dolorosa inquietud,
en la cual domina exaltado idealismo. Es enfermedad noble, y una de
las que mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acreditando
las profundas verdades de la teología, el dogma de la caída y la
significación del terrible árbol y su fruto. El mal de aspirar lo he
representado en un artista que no me atrevo á llamar genial, porque
no hubo tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto
grado las poseía; pero en cuya organización sensible, afinada quizá por
los gérmenes del padecimiento que le malogró la aspiración, revestía
caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven
hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y enloquecía,
cómo se dejaba arrastrar palpitante en las garras de la Quimera; y
la batalla entre su aspiración y las fatalidades de la necesidad me
pareció tanto más dramática, cuanto que, para un artista en quien la
Quimera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de halagado
retratista de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El _rapín_
bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla, no me importa
tanto como este otro bohemio rápidamente puesto de moda y celebrado,
invitado á las casas de más tono, envuelto en sedas y encajes,
asfixiado de perfumes, pero agonizando de nostalgia, despreciándose
y acusándose de traición al ideal, y resignándose á la suerte y á la
caricia de los poderosos, sólo porque esperaba que le proporcionasen
manera de encaminarse á la cima ruda, inaccesible, donde ese ideal se
oculta. No de otro modo el soldado en vísperas de combate huye de los
brazos amantes para correr á su bandera.

Mientras notaba día por día la curva térmica de la fiebre de aspiración
en Silvio Lago; mientras obsesionaba mi imaginación _La Quimera_, la
veía apoderada de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental
(como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose á las colectividades en el
anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica de justicia;
y conocí que el deseo está desencadenado, que la conformidad ha
desaparecido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y contraen
la tisis del alma, y que ese daño sólo tendría un remedio: trasladar la
aspiración á regiones y objetos que colmasen su medida.

Por la índole del trabajo á que Silvio Lago se dedicó, su medio social
fué en efecto prontamente el más _smart_, y no negaré que su vida se
prestaría á un picantísimo estudio de costumbres elegantes. Á mí me
atrajo en primer término el drama interior de su ensueño artístico; y
por eso, lejos de sujetarme á la menuda realidad, no la he respetado
supersticiosamente, adaptando lo externo á lo interno, procedimiento de
todos los que pretenden reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar
nombres propios á los personajes de _La Quimera_, en el sentido que los
curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las ve tan normales y
sonrientes como en visita ó en el teatro; así las pintaba Silvio.

De la contemplación del destino de Silvio he sacado involuntariamente
consecuencias religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respetos
humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con fines de
apología ó propaganda; pero cuando, sin premeditación, se incorpora
á la obra literaria lo que no quiero llamar _convicciones_ ni
_principios_, porque son vocablos intelectuales y militantes, sino
_sentires_ y _llamamientos_; si bajo la ficción novelesca palpita algún
problema superior á los efímeros eventos que tejen el relato; si un
instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es
esto tan verdad como las funciones del organismo?

  LA CONDESA DE PARDO BAZÁN



SINFONÍA

LA MUERTE DE LA QUIMERA

(TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS, PARA MARIONETAS)


PERSONAJES

  BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto.      30 años.
  YOBATES, rey de Licia.                            60  »
  UN RAPSODA.                                       40  »
  UN PASTOR.                                        20  »
  LA INFANTA CASANDRA, hija de Yobates.             19  »
  MINERVA, diosa de la Razón.
  LA QUIMERA, monstruo. (No habla.)


ACTO PRIMERO


El teatro representa una sala baja del palacio de Yobates. Al través de
la columnata se ven los jardines.


ESCENA PRIMERA

CASANDRA, EL RAPSODA

_Casandra._--Bienvenido. Á ver si con tus canciones me distraes un
momento. Estoy enferma de pasión de ánimo. Dicen que soy feliz... Nada
me falta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino finísimo; mis
arcas de cedro, llenas de túnicas bordadas y de velos sutiles; los
árboles del huerto me dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura
leche... y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las manzanas, ni voy
al establo... Oprímese mi corazón; y cuando la pálida Selene cruza en
su esquife de plata, y la brisa de primavera arranca perfumes á los
nardos, siento que desearía morir, disolviendo mi alma en lo infinito.

_El rapsoda._--Tu estado, Infanta, es igual al de todas las doncellas
y los mozos de este reino, desde que vivimos bajo el terror de la
Quimera, cuyo aliento de llama engendra la fiebre y el frenesí. El
monstruo, á quien nadie se atreve, se habrá aproximado á los jardines
de tu palacio, rondando tus establos ó buscando quizás presa más noble,
y te ha inficionado con ese veneno de melancolía y de aspiraciones
insanas. ¿Cuándo un héroe, un nuevo Teseo, nos libertará de la Quimera
maldita?

_Casandra._--Te aseguro que yo no le tengo miedo á la Quimera. Al
contrario, me agradaría verla y sentir su inflamada respiración.

_El rapsoda._--Ahí está el mal. ¡La Quimera no es odiosa como el
Minotauro! El ansia del misterio de su forma te consume. ¡Ah, Princesa!
Olvídala si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil ante ti como ante
el altar de las divinidades, te recite una epoda?

_Casandra._--¿Una epoda? No.

_El rapsoda._--¿Un sacro Pean? ¿Un alegre ditirambo?

_Casandra._--Tampoco. ¿Por qué no me recitas la historia de Calice?

_El rapsoda._--Porque acrecentará tu pasión de ánimo.

_Casandra._--Mejor. No quiero estar triste á medias, ni á medias
regocijarme. Deseo ahondar en mí misma y rasgar el velo de mi
santuario. Recita, recita esa historia de amor y lágrimas.

_El rapsoda_ (_recitando_):

    Venus cruel, divina y vencedora,
  mira á Calice, la infeliz doncella.
  Fué su delito amar: y el insensible
  á quien amó, la despreció riendo.
  Ante tus aras, Madre de la vida,
  Calice se postró: tórtolas nuevas
  y corderillos tiernos ofrecióte.
  Nada logró: que tú también, oh blanca,
  pisas el corazón con pie de hierro.
  Y Calice, una tarde (cuando Apolo
  su disco de oro y luz sobre las aguas
  reclina para hundirse lentamente),
  sola avanzó hasta el seno misterioso
  del azulado piélago dormido.
  Abriéronse las ondas, y tragaron
  el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas
  de Licia! ¡Traed rosas! ¡traed rosas!
  No lloréis, que Calice ya no sufre.

_Casandra._--Gracias, rapsoda. Me has hecho mucho bien: estoy ahora
triste del todo, y mi alma es como una estancia bañada por la luna. Mas
¿quién llega por el jardín?

_El rapsoda._--Un extranjero, Infanta.

_Casandra._--Vé y dile que pase, que en este palacio se ejerce la
hospitalidad.


ESCENA II

BELEROFONTE, CASANDRA

_Casandra._--Extranjero semejante á los dioses, ¿qué buscas aquí? Pero
antes de explicármelo, descansa y repara tus fuerzas.

_Belerofonte._--Tu vista es al caminante fatigado mejor que el baño y
el alimento sabroso. Vengo, Infanta, de la corte del rey Preto, esposo
de tu hermana Antea, tan igual á ti en el rostro y en la voz, que me
parece verla y escucharla.

_Casandra._--Nos asemejábamos tanto, que cuando su esposo se presentó
para llevarla al ara, yo, por chanza, me envolví en el velo nupcial,
y los propios ojos del enamorado me confundieron con ella. Mas ¿quién
eres tú? ¿No serás el divino Apolo, que disfrazado baja á correr
aventuras entre los mortales?

_Belerofonte._--Mortal soy, Infanta, y muy desdichado: la cólera de los
inmortales me empuja lejos de mi reino y de mi patria. Mi noble padre
es Glauco, rey de Corinto, gran jinete y domador; heredero soy de su
corona, y vago por el mundo sin tener dónde recostar la cabeza.

_Casandra._--La compasión, como un cuchillo que hiere sin lastimar,
me atraviesa las entrañas. Tus males ya son míos. Extranjero, aquí
encontrarás asilo y defensa hasta que la mala suerte se canse de
perseguirte.

_Belerofonte._--No se cansa. Como loba rabiosa, va tras de mí en las
tinieblas. Pero aproxímate, y espantaré de la memoria el dolor. Pena
olvidada es sombra sin cuerpo. Traigo para tu noble padre un mensaje de
Preto, y quisiera entregárselo.

_Casandra._--Ya se acerca.


ESCENA III

Dichos, YOBATES

_Yobates._--¿Conoces tú á este extranjero, Casandra?

_Casandra._--Hijo es de Glauco. Viene de la corte de Antea, y te trae
letras de Preto.

_Yobates._--Salud á ti. ¿Dónde está el mensaje?

_Belerofonte._--Recíbelo (_le entrega las tabletas unidas_). Me ha
encargado que lo abras á solas. Sin duda encierra altos secretos.

_Yobates._--Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú en el palacio de mi
yerno? ¿Por qué no te quedaste al lado de tu padre, aprendiendo á
sujetar corceles sin freno ni brida?

_Belerofonte._--Rey de Licia, no ignoro las hazañas de mi padre. Probé
á imitarlas en mi primera juventud, y me las hube con un corcel que
no nació en la tierra. Dos alas blancas y luminosas arrancan de su
lomo; sus fosas nasales destellan rayos de claridad y despiden vaho de
ambrosía; está loco de ansia de libertad, y no hay ave que así cruce
el azul espacio. No sufre ancas, ni jinete, ni palafrenero. Con sólo
agitar sus vibrantes alas, despide al atrevido que intente cabalgarle.
Ansioso yo de gloria, un día trepé á la sierra en que pace el divino
caballo. Hay en lo más inaccesible de las montañas, donde la nieve
cubre los picos, valles diminutos que riega el deshielo, que el calor
reconcentrado fecundiza, y en que una hierba virgen, jamás hollada,
crece con frescuras de flor. Allí, lejos de la bajeza humana, gusta de
retozar Pegaso. Oculto detrás de una peña, esperé á que se hartase
del pasto delicioso; y cuando estuvo ahito, por sorpresa le eché á la
cerviz pesada cadena, y, asido á ella, cabalgué. Furioso el corcel,
relinchando de ira, coceaba y se encabritaba; apretaba yo los muslos;
mis manos se agarraban á las alas, paralizándolas; mis talones le
hincaban el doble aguijón en el ijar. Por momentos creí ser lanzado al
precipicio; pero ya dos hilos de sangre rayaban el bruñido flanco del
corcel, y, trémulo, espumante, sudoroso, tuvo que darse por vencido y
domado. Entonces ofrecí el Pegaso á mi protectora Minerva. Dos veces ha
intentado quitárselo Apolo, envidioso de tan inestimable don.

_Casandra._--Padre, la clemencia de los inmortales nos ha traído á
nuestro hogar un héroe.

_Yobates._--¡Un héroe! ¡Sea cien veces bienvenido! Y dime, extranjero
igual á Marte, ¿no has encontrado en tu camino al monstruo que nos
tiene atemorizados? ¿No has visto á la Quimera?

_Belerofonte._--Me han hablado de ella los pastores en las majadas
y los enfermos expuestos al borde del camino. Cerca del templo de
Haifestos he sentido su resuello ardiente en la espalda. Me volví, y
nadie había.

_Yobates._--¿Por qué dejaste el palacio de tu padre? Ahora me acuerdo
de haber oído referir una historia... ¿No fuiste tú quien sin querer
atravesó con un dardo el corazón de tu hermano Belero?

_Belerofonte._--Pues es preciso decirlo, sí: yo fuí ese desventurado.
Los dioses, oh Rey, nos tejen la tela del existir; suponemos que
caminamos, y es que invisibles manos nos impulsan. En la Acrópolis de
Corinto hemos elevado un templo á la Fatalidad. La diosa tiene los
brazos de plomo, las manos de bronce, y en una lleva el martillo y en
otra los clavos de diamante que fijan nuestro destino. Nuestras culpas
involuntarias nos pesan como voluntarias: Edipo, sin delito en la
voluntad, vagó ciego y perseguido por las furias; yo vago expatriado y
sin familia.

_Yobates._--En el umbral de mi puerta la Fatalidad se detiene. Te
haremos grata la vida. ¿No es cierto, Casandra?

_Casandra._--Hilaré para tus ropas, y te daré miel de mis colmenas.

_Yobates._--Ahora, refrigérate y descansa. En esa estancia hay una
pila de mármol, agua clara, aceite perfumado para ungirte, túnica
y sandalias para mudarte, mientras se prepara el festín. Salve,
Belerofonte, mi huésped. (_Vase Belerofonte por una puerta lateral._)


ESCENA IV

Dichos, menos BELEROFONTE

_Yobates._--Ya que se ha retirado, descifraré el mensaje de Preto.

_Casandra._--Te dirá que honres á Belerofonte como al propio Apolo.

_Yobates._--Eso será. Veamos. (_Abre las tabletas; una pausa, en que
descifra._) ¡Dioses! ¿Qué acabo de leer? ¡Desgracia, afrenta sobre
nosotros! ¡Maldición al hijo de Glauco!

_Casandra_ (_le arranca las tabletas y descifra_): “Belerofonte el
fratricida ha deshonrado á tu hija y mi esposa Antea. Arbitra medio
de darle segura muerte apenas llegue á tu palacio”. ¡Ah! (_Cae
desvanecida. Yobates la sostiene y la saca afuera por otra puerta
lateral, frontera á la que acaba de cruzar Belerofonte._)


ESCENA V

BELEROFONTE, YOBATES

_Belerofonte._--He oído un grito... Era la voz de tu hija... ¿Corre
algún peligro Casandra?

_Yobates._--Ninguno. Grita de terror porque imagina ver llegar á la
Quimera. Es preciso que tú seas el héroe encargado de exterminarla.

_Belerofonte._--La exterminaré, si me concedes llamarme esposo de tu
hija.

_Yobates._--Después de que hayas vencido á la Quimera, puedo
prometértelo todo.


ACTO SEGUNDO

Los jardines del palacio de Yobates. Una estatua de Eros.


ESCENA PRIMERA

CASANDRA, BELEROFONTE. (Viste aún el traje de viajero.)

_Casandra._--¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie nos espía?

_Belerofonte._--Nadie. Rumor de hojas agitadas por el viento de la
noche es lo que escuchas, amor mío, y sombras movedizas de ramas es lo
que tomas por cuerpos de perseguidores.

_Casandra._--Tengo miedo, miedo delicioso.

_Belerofonte._--Acércate á mí. No tiembles. Aquí hablaremos libremente.
¿Qué es lo que tanto ansías decirme?

_Casandra._--Casi no lo recuerdo. Antes de verte componía mil discursos
para recitártelos; y ahora que estoy á tu lado, ni una sola frase se me
ocurre. Sin embargo, algo grave... (_Dando un grito._) ¡Ah! Sí, ¡ya sé,
ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este palacio! Mi padre tiene encargo
de darte muerte.

_Belerofonte._--¿Encargo? ¿Á mí?

_Casandra._--Las tabletas que trajiste contenían un mensaje de
Preto... ¿Comprendes? (_Pausa. Belerofonte guarda silencio._) ¡Veo que
comprendes! (_Con horror._) ¿Era cierto?

_Belerofonte._--Sí, Casandra. No he de mentir; cierto era.

_Casandra._--¡Mi hermana!

_Belerofonte._--Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan
hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por dentro eres blanca como
el vellón de las ovejas de tu aprisco; á ti, no á ella, aspiraba mi
espíritu, ansioso de algo muy grande. La propuse que siguiese mi
errante destino y rehusó: no quería dejar el palacio donde es reina, el
lecho de marfil, las ricas estancias con artesonados de cedro. No me
quería.

_Casandra._--Yo iré á donde tú vayas, y pisaré tu huella con los pies
descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante; si esclava, esclava.
La helada Escitia y la Líbia ardorosa, infestada de áspides, me son
iguales contigo. Descender al reino de las sombras reunidos, ¡qué
alegría! Tu vista fué para mí como filtro de maga. Quisiera bajar á lo
más secreto de tu espíritu, como bajan al fondo del Océano los buzos
para traerme las perlas de mis collares.

_Belerofonte._--Baja, y sólo encontrarás tu imagen celeste. Casandra,
mañana á esta misma hora huiremos de aquí juntos.

_Casandra._--¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren hacerte
morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la selva: he ido allí
con mis rebaños. Te guiaré.

_Belerofonte._--Antes de arrebatarte de aquí como el milano á la
paloma, tengo que cumplir mi destino heroico: tengo que vencer y
exterminar á la Quimera.

_Casandra._--¡Á la Quimera! ¿Pero no ves que ése es el medio que
han elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá al
monstruo. Hace pedazos á quien se aproxima. No irás: te sujetaré con
mis brazos.

_Belerofonte._--Iré y la venceré. Presiento que la sombría Diosa
que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad, cuyo templo se
eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado que al endriago lo
extermine yo. La sola idea del peligro y del horrendo combate, la
perspectiva del momento en que hundiré mi espada hasta el puño en el
escamoso pecho de la Quimera, mientras sus garras de acero pugnarán
por clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura de la coraza,
¡ah! estremece mi corazón de gozo y de locura, como á la virgen el
abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber
sido concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto la luz
de Apolo y gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vivir en
cobarde obscuridad? Antes morir joven, espiga segada verde aún, que
envejecer en miserable inacción. Déjame ir á la Quimera. La adoro con
rabia: ¡de otro modo que á ti! ¡pero también, también la adoro!

_Casandra._--Yo siento igualmente una especie de atracción extraña por
el monstruo. Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde
que apareció por estos contornos, mi padre no me permite salir al
aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre al monstruo y sufra
la suerte de otras doncellas, que arrastró á su cueva para devorarlas.
Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed de ella, como tienen
sed de ti.

_Belerofonte._--Muerta te la traeré y á tus pies arrojaré sus despojos.
Y mañana, á esta hora...

_Casandra._--¡Juntos!

_Belerofonte._--Para siempre.

_Casandra._--¡Á pesar de todos!

_Belerofonte._--De todos y de todo.

_Casandra._--De aquí á mañana, ¡cuánto tiempo!

_Belerofonte_.--Acortémoslo. No me separo de ti hasta que amanezca.

_Casandra._--De aquí al amanecer, ¡qué corto plazo!

_Belerofonte._--Ya declina la luna.

_Casandra._--Y el aroma del nardo es menos penetrante.

_Belerofonte._--Todavía embriaga.

_Casandra._--Desfallece con él mi espíritu.

_Belerofonte._--¡Qué silencio tan dulce!

_Casandra._--Oigo los latidos de tu corazón.

_Belerofonte._--No; es el tuyo.


Mutación.--Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada de la
cueva de la Quimera.


ESCENA II

CASANDRA, MINERVA

_Casandra._--Aquí debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás
de aquellos peñascales asistiré al combate; y si mi amado perece,
saldré á entregarme al monstruo para que me haga pedazos también.

_Minerva._--¿Cómo en este paraje hórrido, Infanta de Licia? ¿Cómo
has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines
deleitosos, donde músicos y rapsodas, mimos y acróbatas, porfían en
inventar canciones y juegos con que entretenerte? ¿Ignoras cuánto valen
la paz y el honor de que disfrutas? ¿No piensas en la aflicción de tu
padre, si la Quimera te destroza? Vuélvete.

_Casandra._--¿Quién eres para hablarme así?

_Minerva._--Un numen.

_Casandra._--No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los
oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de
la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso
arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos á los
númenes. ¡Númenes somos quizás!

_Minerva._--¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya
arrepentido! Otro consejo, y desóyele si quieres. La Quimera va á salir
de su guarida...

_Casandra._--Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.

_Minerva._--Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.

_Casandra._--¿La tuya no?

_Minerva._--No. Para ella soy invulnerable.

(_Salen Casandra y Minerva._)


ESCENA III

BELEROFONTE (armado con coraza, espada y escudo), UN PASTOR.

_Pastor._--Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada.
Te he guiado bien; ahora déjame volver á mi aprisco. Me tiemblan las
rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino
pobre pastor.

_Belerofonte._--No temas, quédate sin miedo. La Quimera va á perecer.
Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De
pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.

_Pastor._--Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con sus
propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un
reino, para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por
la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá
si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú,
pelearé.

_Belerofonte._--Á tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas.
Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿No percibes tufaradas de
boca de horno?

_Pastor._--¡La Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis
dientes castañetean... (_Huye despavorido._)


ESCENA IV

BELEROFONTE, MINERVA

_Minerva._--Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra á
la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer
la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y
afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi
reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga
encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez
por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.


ESCENA V

BELEROFONTE, después la QUIMERA

_Belerofonte._--Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente
cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se
incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!

(_La Quimera se arroja sobre Belerofonte, que vacila, pero se rehace, é
introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La Quimera
exhala un rugido pavoroso, de agonía._)

_Belerofonte._--¡La espada se derrite al ardor del hálito de la
Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!

(_Cae la Quimera, expirante. Se retuerce y queda inmóvil._)


ESCENA VI

BELEROFONTE, MINERVA, CASANDRA

_Belerofonte._--¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He
corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido á mí en tal
empresa?

_Casandra._--¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi
palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de
cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado
las plantas. ¡Cómo me duelen!

_Belerofonte._--Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente,
á traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en
salvo. (_Vase por la izquierda sin mirar á Casandra._)

_Casandra._--Ea, yo regreso á mis jardines. Allí me lavarán los pies
y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre.
¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro,
cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte á otra
tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar á pie. ¡Es
divertido! (_Vase por la derecha._)

_Minerva_ (_ya sola_).--¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!



LA QUIMERA



I

ALBORADA


Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por
el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto
de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los
linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún
la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de
turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al
retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de
partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría
de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera
de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del
muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.

Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal
á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el
agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al
oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde
el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del
playal.

--¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?

--Venga conmigo, se la enseñaré--contestó en dialecto el muchacho,
tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección
á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas,
guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia
parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El
forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se
quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás
de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la
panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la
escondió en el seno y partió disparado.

La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el
horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró
el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le
alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y
arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días
nos dé Dios”.

--Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?

--¿Qué le quería?

--Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires--contestó el
forastero.--Quería... nada; verle.

--¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.

Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra,
gritó metiéndose adentro:

--Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!

Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie,
al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La
misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote
dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio
ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras
de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente:
opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de
lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.

--Y luego... ¿Tú por aquí?...--murmuró el panadero con retraimiento y
precaución.

Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre
primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en
terreno despejado.

--Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...

--Vamos, ¿á las Torres?--asintió Sendo, tranquilizándose, con
entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...

--Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza
de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado.
Toma--añadió precipitadamente;--esto lo compré en América para tu
chiquilla mayor. ¿Dónde anda?

Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera
exhaló un suspiro de admiración y placer.

--Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños.
Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar
á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo
traigo?

--No--replicó Silvio.--Antes de irme los veré.

--Á ver luego el caldo, mujer--ordenó Sendo imperiosamente.

Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos
primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron.
Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete
de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar
y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no
obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal
le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana?
¿Traería, de seguro, un capitalito?

--No...--y Silvio reía.--¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes
de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer
fortuna.

Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió
prontamente, con algo de nerviosidad:

--Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No
pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí
tienes para comprarle dulces...

Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero,
radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así,
él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta
se acercó á la cocina, y por lo bajo:

--María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas.
Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?

Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de
la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro
llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que
se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por
privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos
de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban
especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios
regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente,
sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un
maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces.
María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.

--Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le
llevan, Jesús!

--Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con
nosotros--suplicó Silvio.

--Tiene cortedá--rió Sendo.--Como es la primer vez que te ve, hombre...
Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...

--Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda,
María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?

--¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?--exclamó la frescachona.

--Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?

--Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi
esposo muy malísimo de calenturas.

--¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?--preguntó
Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.

--¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...

--¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa,
que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo,
tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como
ángeles; ¿no es cierto?

--¡Ay! Eso sí, alabado Dios--respondió Sendo por su mujer, la cual,
avergonzada, se sofocó más.--Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo
á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces
tú--porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,--¿no traes
de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese _allá_ á amasar pan, algo
traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!

--Ya te dije que no iba en busca de cuartos--replicó Silvio, engolfado
en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de
maíz.--¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace
María Pepa!

Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se
embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.

--Algún día--sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba
el pensamiento--puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los
busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y
hago de él una persona.

--¿Y tus hijos? Te casarás--objetó Sendo prudentemente.

--No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito.
Una que sepa hacer estos caldos--añadió.

--¡No se burle!--arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una
criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se
desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso,
de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba
el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un
chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca
untada de leche.

--¿Quién sabe si ésta es la felicidad?--pensaba.--Al menos, es la ley
de naturaleza.

Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída
por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el
pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á
descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en
su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se
le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la
megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo
de luchadores fatigados.

--¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me
guíe?--articuló con sequedad impaciente.

--El nuestro, el mayor, puede ir--ofreció Sendo.

--No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.

--Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán
almorzando.

       *       *       *       *       *

Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida
del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la
mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra
granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores
cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana
de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia
de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia,
presos, ladraban tenazmente.

Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta
de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que
le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad
recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina,
todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura
insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz
auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio,
los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la
caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le
recibiría con desdén ó con repulsa severísima?

La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala
baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos
viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de
la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos
ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el
instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron.
Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió
en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide
de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo,
ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le
distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce
que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar
un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto
álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía
asiento.

La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la
baronesa de Dumbría, madre de la compositora.

--Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted
retratar á mi hija--declaró, leída la carta que servía de presentación
á Silvio.--Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además...
La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que
siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré...
Aguarde usted aquí.

Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos
de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra
vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.

--Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted
tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con
mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no
dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?

--¿Es japonés, señora?--preguntó á su vez Silvio, algo animado ya,
respirando mejor.

--Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en
Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!

El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco
sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.

--En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para
la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la
mano ligera...

--¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes
á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen
habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y
lápices? Caballete lo tenemos aquí.

--Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y
vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?

--Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al
instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?

--Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á
la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi
blusa, los rollos de papel...

--Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi
escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?

El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos.
Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el
retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche
anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la
sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa,
de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones
pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se
estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de
extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las
once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada
como si hubiese pasado allí la vida entera.

Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la
mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de
cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que
no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.

--Lo improvisaremos--añadió.--De cualquier manera.

Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de
tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, _posó_ resignada la
compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.

Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de
papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada
blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas,
frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con
avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho
más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras
manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que
nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.

Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del
pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que
encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la
espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y
realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y á lo lejos
el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una
vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de
beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba,
aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que
Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo
de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de
dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.

    _El aire se serena...
  ¡Oh desmayo dichoso!
  ¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!_

Llegó á prescindir enteramente de que la retrataban, porque la idea del
retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba sin
embargo la _pose_. La voz de Silvio la restituyó á la tierra.

--¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?

Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros
blancos. Sonrió la compositora...

--Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así
cuando se retratan mujeres.

Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio, en un
impulso de los que no sabía reprimir, desatándose á hablar, emocionado,
nervioso.

--¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro
comprende... Yo hermoseo á cuantas pinto: á usted, proporcionalmente,
no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy á
usted toda su edad, su corpulencia,--y su misma expresión, la misma!
Suavizo un poco las líneas.

--¡Falta hace!--interrumpió Minia festivamente.--No sé qué alfarero me
amasaría la cara; escultor no pudo ser.

--¡Bah! ¡Las líneas!--continuó Silvio.--Corregir líneas, corregir tonos
del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas
rosas... eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras
que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y
del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el
vestido sienta mal ó porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos
siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno ó
muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el
espíritu de que carece.

--Según--respondió Minia, interesada por la teoría.--Hay pintores muy
realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz
Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar... ¡Y
hacen prodigios... vaya!

Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios
palpitaron al nombre de los dos pintores.

--¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se
ría usted de mí...; también yo probaría á hacerlo! Eso es lo bueno,
lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no
necesitan falsificar nada! Á veces, señora...

--Mis amigos me llaman Minia--advirtió ella benignamente, apiadada por
lo que ya iba adivinando.

--Mil gracias... Decía que á veces leo en los periódicos que echan
el guante á un monedero falso, y me asombro de que no prendan á los
infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte
la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando
ataques y groserías, escribió usted sus famosas _Sinfonías campestres_,
empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado
á todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí
tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito á usted, no digo más:
creería que soy un adulador...

Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de
infinito.

--¿Allí las oyó usted?

--Todas... Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el
mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él... experimentaba
hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de
usted continuamente... y yo era un niño, y á esa edad no sobra la
benevolencia. ¡Al contrario!--Después, cuando me vi tan lejos... la
nombraban á usted, ó á cualquier persona ó cosa de la tierra... y me
entraba alegría.

--¿Quiere descansar un momento? Me va usted á contar eso; su vocación,
sus viajes.

--No, señora--negó él en seco.--Perdone... Primero he de poner el
retrato á cierta altura.

--Como guste; usted es quien ha de dispensar--respondió Minia en tono
de cortés indiferencia.

--¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes--suplicó
Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.

--De eso sí que no respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía esa
expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba...

Volvió á descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse,
confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de
los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido
murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese
deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que--con
la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio--hervía
dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y
aun del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los
elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.

--¡La expresión de antes!--pensaba para sí.--Si éste es artista, si
posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la
misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.

Silvio, entretanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto,
la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la
entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer
instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían
al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave,
comparable á la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente
velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un
estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni
joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin
embargo, elegante á la moderna, exquisitamente elegante, por la manera
de estar _puesto_, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.

Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que
acababa de entrar, hizo levantarse á Minia. Se situó ante el caballete.
El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora,
echándose atrás, dijo solamente:

--Bien, bien. No tema usted que le diga “¡qué bonito!” Los planos de la
cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.

Y volvió á posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.

       *       *       *       *       *

Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de
paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo
la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con
violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar
miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la
menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía
el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que
ocupaban Minia y Silvio se adosaban á la baranda de hierro enramada de
viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las
liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes
bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su
cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.

--Tiene usted que perdonarme--decía Silvio--aquella negativa exabrupto.
No quería adelantar nada, mientras usted no se convenciese de que no
soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían
interesar á usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no
poseen elementos para llevarlas á la realidad? Y usted me creyó uno de
ellos.

--Así es--respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el
libro.

--Lo comprendí. Yo soy muy listo: nada se me escapa. ¡Ay, lo que
pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una
especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco
á los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra ó un gesto
deduzco... ¡Asusta lo que deduzco!--Usted quería darme despachaderas, y
si no es por la baronesa...

--No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato...

--Sí; entendido... En fin, gracias á Dios, no está usted quejosa del
suyo.

--Al contrario. Contentísima.

--Me atreveré entonces... Echaré mi memorial... Deseo que ese retrato
se lo lleve usted á Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me
encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No
tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

--Mi madre conoció á su padre de usted, y conoce á su tutor. Por ella
supe... Temprano fué usted huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

--Pocos... Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero.
Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar: no busco la
riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta
la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro.
¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en
el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se
vive... Lo que me resta de la escasa hacienda de mis padres, que será
una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré á escape...

--¿Le atrajo á usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven...!

--Veintitrés...--pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés la cara
oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con
encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil
sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dick... Se lo habían
dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para _vandikearse_
más.

--Á los ocho años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. Á
los catorce marché solo y sin amparo á Buenos Aires, porque mi tutor
había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es
oficio de holgazanes. En Buenos Aires... ¡qué lucha! ¿Se lo cuento á
usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la
confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de
albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde
entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de
excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago... Es
que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el
corazón y crió callo. ¿Se da usted cuenta?... Después embadurné frisos,
escocias... decoré... tonterías: pabellones, tocadores galantes...
Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias á los retratos y á
alguna tablita. ¡Volver á Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa
en tres ó cuatro talleres de París y de Londres!

--¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

--¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡gran cosa! Dedos, dedos,--y mucha
triquiñuela y mucha picardigüela en el pulpejo; eso sí... Mejor que
nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable,
agradable, bonito, bonito... ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir,
escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque sólo sea una
vez.

Minia meditaba,--una meditación palpitante.

--¿De modo que vocación, no profesión?

--¡Vocación... ó delirio! una cosa que parece enfermedad. Me posee, me
obsesiona.

--¿Y... finalidad?--Interrogaba precavidamente, con tactación médica.

--¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo!--afirmó Silvio, cuyos ojos color
de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo.--Creo que ni
por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo!
Hágalo yo, y venga luego... lo que venga. Todo lo demás... ¡pch! ¡Ser
alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban, y el rubio ceño se fruncía de
un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el
silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.

--Malo, malo--dijo por último.--El caso está bien caracterizado. Todos
los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.

--¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo
interés en existir. No crea usted: á ratos... se me quita la fe. Ayer
mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí
un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero... Yo venía
desfallecido; me dió caldo, _pifón_ y sardinas, y vi á su mujer y su
patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están
sanos y son dichosos á su manera. Envidié esa manera.

--Tenía usted razón en envidiarla--afirmó lentamente Minia.--Sólo que
es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada á lo
envidiado.

--Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles.
Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno--declaró
Silvio.--No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De
aquí salgo á volar; de aquí... á Europa. Cuando subí por esa calle tan
larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de
oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano,--presentí (soy
muy supersticioso y fío en los _avisos_) que me encontraba en ocasión
decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo
venidero...

--¡Pobre criatura!--murmuró Minia sin mirarle.

--¡Le doy á usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que
poseo condiciones de triunfador.

--Ni lo creo ni dejo de creerlo... Ignoro. Con lo que usted es
capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido
sano, suculento, quizás una comida sólida... ¡y eso es mucho,
amigo!--¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está
espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma
de improvisación, se equivocaría... Es el error de nuestros artistas:
quieren sorprender á la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que
deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas obscuras,
mil pruebas, antes de desencantar á la infanta. ¡Si al menos hubiese
infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe
usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas
heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede
suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y
autodesencantarse.

--¿No podré yo?--Silvio cruzaba las manos con angustia.

--¡Á saber!... De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese
la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de
decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo
es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado,
y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo--lo más
bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven
raíces...

--Habla usted así porque ya ha llegado.

--¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud ó
cualidad antipática por esencia, presencia y potencia...! Y quizás
estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el
aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con
magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado
de alma. No me haga usted caso.

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo,
sin límites, lo que se asomaba á los ojos, á la fisonomía de la
compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio
fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.

--¡Aun así!--exclamó el artista.--¡Aunque me cueste eso y más!

--¡Taikun!--llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí.--¡Aquí,
monigote! Vamos, quieto... Ya tienes la lana llena de hojas, tonto;
ven, te las quito para que te luzcas.--Y con placidez afectuosa,
volviéndose al pintor:--Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?,
es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas
accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías
inofensivas y obscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes,
coleccionar botones ó hebillas de cinturón... Y usted renuncia á ser
feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie.
¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los
grandes artistas desconocidos de la Edad Media... y quizás...! Usted,
hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después
del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una
primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del _Cordero
místico_ de Van Eyck. Cuando sonase el _Angelus_, ¡que está sonando
ahora! ¿no lo oye? allá en la parroquial de Monegro,--vería usted entre
el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas
tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles á la página
del horario... Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame
fama... la imprenta por inventar... ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el
nombre? El arte anónimo es el Romancero, es las Catedrales... Usted,
de seguro, está dispuesto á batallar por la victoria de unas letras y
unas sílabas: _¡Silvio Lago!_ Veneno de áspides hay en el culto del
nombre. Por el nombre nos desempeñamos tras la originalidad--y el arte
uniforme, poderoso, se acaba; sólo hay el picadillo; falta la redoma
que nos integre y amase con el jigote la persona.

--¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?

--No... Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El
arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba
aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la
inspiración nada perdía. Hoy... es un infierno. Y en usted, además, ¡la
complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde
los catorce, y aún no ha juntado sus granos de trigo, pendiente de que
en Madrid le demos á conocer por... por el aspecto industrial... ¿Me
excedo?

--No, no; siga... ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted
fuerte, no duele; al contrario.

--Le damos á conocer... retrata usted... ¿á cuánta gente necesitará
retratar?

--Cuatro retratos al mes, á doscientas pesetas; ocho ó diez días de
trabajo... y me bastará. Los restantes veinte días... para dibujar
mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la
pintura. Así que dibuje... como aspiro, ¡á un estudio de notabilidad!
¡á postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!

--¿Sorolla?--repitió con extrañeza Minia.

--¿No le admira usted? ¡Pinta tanto ó más que Velázquez!

--No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente
adverso, me parece, á los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual
debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No
estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo,
un aristócrata?

--No; yo sólo estimo la fuerza. Ó pintaré como un hombre, virilmente, ó
soy capaz de pegarme un tiro.

El _Angelus_ seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la
atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban
en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada,
se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero
dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran
picapedreros, mozos la mayor parte, y el sábado les alborozaban la
cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Obscurecían la
terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente á
sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

--Tal vez éstos--observó Silvio,--si consiguen lo que se proponen,
si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo,
otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus
apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad,
sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido á bastantes
socialistas... Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del
anonimato, idea á que no me puedo habituar.

--Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las
ambrosías... ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orbayo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana
del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía,
se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran
escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de
las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los
detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación
de misterio, el bosque ensanchado por la obscuridad, las acacias más
grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el
valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y
le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una
delicadeza etérea.

       *       *       *       *       *

El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía,
llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el
otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las
gárgolas, un chorro continuo descendía á estrellarse en la enarenada
tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse á comer en
espera de la escampada. Despachado el caraqueño, trasegado el último
sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo,
se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y
encajándose á lomos de su montura, salió hacia la carretera, á trote
corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó á Minia
una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

--¡Pobre hombre!--sonrió la compositora.--¡Bah! Su misa vale
exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y
tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por
los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de
consagrar un cura pulido, un cura _bien_--que no sea ese casi labriego,
con tierra entre las uñas.

--¡Quién tuviese fe religiosa!--suspiró Silvio.--Á mí el corazón, como
le dije á usted, se me ha encallecido; otro inconveniente para ser el
monje miniaturista, apacible en su celda.

--Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única
que no sabe á ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual á
suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita
usted esa muletilla cargante de la fe deseada é inaccesible. Humildad,
purificación, preparar el nido á la golondrina: ella vendrá.

--¿Y si no se comprenden ciertas cosas?... Vamos á ver: ¿cómo se
arregla uno si los dogmas repugnan á la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba
aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige
una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las
almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas
fuentes... Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba
por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en
desagrado.

--No debí discutir de tales materias con usted...

--¡Discutir!--repitió Minia alzando los hombros.--No hay discusión de
este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la
misma causa que impide á los enamorados, en la mayor ansia de íntima
comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos _nosotros mismos_;
lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la
última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de
esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos
en el seno á toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio:
¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que
tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿Ó con el cura que acaba
de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

--¿Soy, según eso, como Dalín?--pronunció resentido.

--No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada;
está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en
la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, ó cansarse, ó
caer atravesados por el plomo: aguiluchos eran, con pico y garras...
No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado,
un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la
sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe:
no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No
le ha faltado á usted sino negar el milagro--y es milagro todo.--¿Por
qué me contesta usted _razón_ cuando digo _azucenas_? La razón, ¿le
explica á usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de
la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan
nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en
el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos
refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que
nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando
caemos--no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las
acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro
casos _de sucedidos_ y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene
mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor
que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo
rueda porque le empuja la locura, ó mejor dicho, la superrazón, que es
fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los
sistemas que cierran el paso á la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido
en haz, á modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica
con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su
razón, que decía el gran dramaturgo; y es que á la razón, si la concedo
mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza--otro subjetivismo.

--¿Y si los subjetivismos se contradicen?--arguyó Silvio.

--Calma, y á vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad,
creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que
no son Dalín el bizco, ni se reducen á roncar, comer y digerir con
pachorra...

--¡No hable usted mal de la digestión!--imploró festivamente el
pintor.--Digerir es la beatitud.

--¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único
porvenir era perfeccionar la función digestiva!

--¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás!--respondió
Silvio con alarde de prosaísmo brusco.--¿Sabe usted que escampa y
clarea? Voy á leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta
usted el librito que leía ayer?

--_¿La Tentación de San Antonio?_ Voy á casa y se lo envío.

       *       *       *       *       *

Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía
poco á poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de
trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua
desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque.
Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus
ideas; al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las
ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura
circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del
jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las
zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban á
trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar á
sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban,
con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura,
de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.

--Las palomas--calculó Silvio,--de seguro acostumbran beber en este
pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.

Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se
precipitaron, se atropellaron al borde del pilón semicircular, riñendo
á picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El
pintor, abandonando el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó
el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas
y lanceoladas, semejantes á plantas de mayólica, las lustrosas hojas
y las flores duras y tersas del _arum_ ó cartucho. Encontrábase en lo
mejor del apunte cuando llegó la baronesa.

--Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; á lo mejor cae otro
chaparrón.

--Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora,
aprovechando la mañana.

--¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre
despachar á la gente con el estómago vacío. Pero, ¿qué prisa tiene
usted?

--¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la
retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.

--¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas... y al pastel mucho
menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me
figura que usted, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí... aunque sea
sin ganas.

--Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo
que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!

--Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene.
Quédese usted aquí hasta que nos vayamos á Madrid; duerma, coma y
engorde. Hoy le daré á usted pimientos fritos, que le gustan, y
empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan
con manteca fresca, como he dispuesto.

--Lo que me gusta--declaró Silvio riendo de complacencia--es la cordial
franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?

--¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y
píntelas á todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan
indispensable!

--¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?

--Todo será que las señoronas se den unas á otras el santo y seña y
que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna,
exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara,
vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para
verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al
cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre
un retrato bonito...

--¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!

--¿Cómo? Pues no es usted especialista en...

--¿En mentiras?... Ya le dije á su hija de usted...

--¡Ah! mi hija... ¡Le aconseja á usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera
aquella cabeza! De fijo no le predica á usted para que en primer
término se gane el dinerito...

--No por cierto...--repuso riendo otra vez el pintor.--No es eso lo
que me predica. Á mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como
interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, á ver si
junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta... en
gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta
ayunar...

--¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.

--¡Si viese usted qué poco me dura un duro!--continuó Silvio con
indolencia indiferente.--Ahora venderé unas finquillas...

--¡Vender!--clamó la baronesa, horripilada.--¡Por Dios, conserve usted
lo que haya heredado, poco ó mucho! Su madre de usted tenía alguna
renta. Casitas...

--¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos,
contribuciones, administración... En fin, para que no ponga usted esa
cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde
mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres
perales... Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí
me vendré á disfrutar... Su hija de usted dice que si he de acabar
retirándome á Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de
penas. ¡Tal vez!

--¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme!--exclamó Minia, apareciendo
precedida de Votán, el corpulento danés.--¡Votán, al agua,
pícaro!--mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó
vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque.--¿Pues
quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese
usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría
escamotear el destino. No, no; por si acaso... ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso
de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!

--¡Qué afán de desalentar á la gente!--exclamó la baronesa.

--¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta á cualquiera! No vaticinamos
para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es
involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo... Y á sacudirte
lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán
de artista, ¿no quería usted ilustrarme hoy un plato al humo? ¿hacerme
una caricatura?

--Con la cabeza enorme y los pies invisibles--respondió Silvio.--En
cambio, me interpretará usted al piano una de sus _sinfonías
campestres_.

       *       *       *       *       *

Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba
todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas
interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin
alardes de _virtuosismo_, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al
paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón,
acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma
rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo
de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de
hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración,
equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres; el de la
recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la
miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se
exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve á las casuchas sin
chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina;
el del rancio Borde, que conforta; y, dominando á todos, hercúleo,
bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta
en la respiración,--y también nostalgia, la melancolía de las playas y
las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas,
superiores y decadentes... Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de
Poseidon, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de
la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la _Pregunta_ del mar del
Norte: “Explicadme el arcano...”

Á lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes
penetró por la ventana abierta; á distancia, no es inarmónica la queja
interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar
ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento,
asociándolo á la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas
que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vió labriegos y
labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del terruño la patata;
jayanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies;
viejas rugosas, á frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando ó
pidiendo limosna; vió en el playal á los pescadores, negruzcos de
cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del _bou_, que, como
bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de
la sardina... Un transporte, una especie de deliquio de un instante,
puso al artista de pie, le obligó á acercarse á la ventana, porque en
la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero
el dogal era tan suave, que la sofocación parecía caricia.

--¿Qué tiene usted?--preguntó Minia levantándose del taburete.

--Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra
realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo--añadió palpitando--lo que
usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este
país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.

--Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa--asintió Minia.--Aquí
no se han producido pintores... Ello es que apenas los produjeron las
demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido
bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un
realista sincero, ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí:
vea usted en mi estudio una _Ribera de Vigo_...

--Muy buena, muy seria--exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad
que caracterizaba sus elogios á los del oficio.--Sólo que yo no me
reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que
hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por
ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la
hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré
un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Sólo de pensarlo bailo!

Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió á danzar, á la marioneta, uno de
esos bailes ingleses extravagantes, cómicos--zapateando el piso con las
botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos,
ágiles, habituados á tender el color.--La compositora le miraba danzar,
y, en vez de reirse, experimentaba una especie de susto. El repentino
arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como
una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista.
Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo, parecíanle
á Minia--idólatra del _self control_--síntoma de debilidad. “¿Es lo
físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá á que este muchacho de dotes tan
extraordinarias llegue á ser artista completo? ¿Ó me equivoco, y no
sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!” Deseó,
con piedad inmensa. “¡Dios le dé también el método, la paciencia, la
perseverancia!”

Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el
resuello, entrecortada la risa, excusándose.

--No me diga usted nada; conocida es esa fiebre...

--Es que hay momentos... hay ideas... ¡Si se me ocurre que yo podría
abrirme mi surco, el mío, el mío sólo! Porque el resto... patarata.
Seguir á éste, al otro, al de más allá... porquería. ¿Verdad que sí?

--¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Sólo que
por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan
bien, que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar;
pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted á padecer
como un réprobo.

--No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted
hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco
en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas... el diálogo de la Esfinge y la
Quimera...

Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el
diálogo.

--¿Traduce usted bien á libro abierto?--preguntó la compositora.

--No; me costaría trabajo.

--Entonces, yo...

Y Minia recitó, con su voz llena y clara. Veíase que el pasaje se lo
sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de
no comerse un renglón ni un vocablo... excepto los que suprimiese de
propósito.

       *       *       *       *       *

“Y frontera, á la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la
Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba
vientre á tierra.

“Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose
las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y
ladra.

“Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de
sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.

“_La Esfinge._ (Inmóvil, mira á la Quimera).--Detente: ¡aquí!

“_La Quimera._--¡Jamás!

“_La Esfinge._--¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan
recio!

“_La Quimera._--¡No vuelvas á llamarme, para que al fin te calles muy
buenas cosas!

“_La Esfinge._--¡No me soples fuego á la cara, no me ladres al oído: de
piedra soy!

“_La Quimera._--¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!

“_La Esfinge._--¡No te quiero conmigo, loca de atar!

“_La Quimera._--¡Ahí te quedes, pesadota!

“_La Esfinge._--¿Adónde bueno tan aprisa?

“_La Quimera._--Á dispararme por las revueltas del laberinto, á flotar
sobre las cimas, á rasar los mares, á brincar en el hondón de los
despeñaderos, á agarrarme á la faldamenta de las nubes. Con mi rabo
arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma
de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, ó dibujando alfabetos en
la arena con las uñas de tus garras...

“_La Esfinge._--Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El
mar se revuelca en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan,
el polvo vuela, desmorónanse las ciudades--y la mirada fija de mis
pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.

“_La Quimera._--¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre
deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas.
Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de
porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones...
Impulso al largo viaje y á la magna empresa... Busco perfumes nuevos,
flores más anchas, goces desconocidos...”

       *       *       *       *       *

Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra
parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los
ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido
del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la Quimera encendía
sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las
glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola
de dragón, enroscándosele á la cintura, le levantaba en alto, como á
santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los
brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:

--¡Triunfar ó morir! Mi Quimera es esa, y excepto mi Quimera... ¿qué me
importa el mundo?

Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia
se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una
seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver
la cabeza atrás. Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con
la sala, y estaba semiobscura, alumbrada por una lamparilla de aceite
ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer,
también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó á
la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en
contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de
los arcos.--Dirigióse al de la izquierda, que era un sepulcro.--En
la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito,
las piñas de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza
de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el
sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel
hueco y volviéndose después hacia el artista, fué tan elocuente, que
Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.

--¡La única verdad!...--murmuró.

--¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no
ser?--articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al
lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para
preservarse de la humedad.

--Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir
que la muerte me parece absurda--y miró al arco de nuevo, como si le
fascinase.--Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted
que cargue conmigo la Quimera y me lleve á la luna, al sol, á las islas
fantásticas...--Repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó:

--Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también... ¡Vámonos:
al aire, al soto... adonde se vea cielo!

Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y
alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida,
pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más
las mejillas delgadas de Silvio.

--Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted
supersticioso... Procedí impremeditadamente al enseñarle la _isla
de reposo_, que dijo Espronceda... Me parecía tan estético mirarla
sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como
homenaje á las Parcas, á quienes pintan feas y viejas, pero que deben
de ser, en realidad, unas ninfas seductoras. Á mi edad, bueno... cabría
que uno se impresionase... ¿Á la de usted? Á su edad la marea de la
vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón.
¡Bah! ¡Está usted entregado á las carcajadas y á los ladridos de la
Quimera!

--Le juro á usted--declaró Silvio--que nunca creería que iba á
sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé
explicarme. En América he velado á compañeros muertos, he presenciado
escenas realmente trágicas, y me considero insensible... y lo soy en
mil cuestiones--de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase
de un médico amigo mío.--¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó
nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido á
los de San Francisco de Brigos... Un hueco vacío... ¿Será por eso, por
_vacío_, por lo que me espantó? Sudo frío aún--añadió enjugándose con
la mano las sienes.

--Mi pañuelo.--Y la compositora se le presentó, estremecida también.
Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo
atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo,
apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras
de la cañada que cobija la presa del molino, la zona polícroma del
iris ascendía del suelo á lo más alto de la bóveda gris, y volvía á
descender, diseñando un puente para titanes.--No llovería más.--Los
aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y
luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi
invisibles á fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y
el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con
la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.



II

MADRID

  (_Hojas del libro de memorias de
  Silvio Lago._)


_Noviembre._--Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de
la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable,
en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de
las que Balzac llama _chauldes_, y aun de las que echan lumbre: en mi
vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me
importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden
á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas
señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo
sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de
mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir--primer
plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta
qué sé yo;--pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su
mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba
de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico,
porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al
llamarme _el de la mano horadada_. Razón: y sin embargo, me ataca
los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la
dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.

Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas
digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me
desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo
una criada que me ponga á hervir agua--¡el te, una de las contadas
cosas que me sientan admirablemente!--Me acuerdo de Alborada como los
hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana,
á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas
mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos
caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que _luzco_ un gabán
raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de
cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el
hábito no hace al monje.

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron
ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller?
Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas
ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta
la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo),
habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de
la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su
combustible, como el borrego su lana.

He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen
difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas,
y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del
desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de
Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.

Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre
de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se
enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?

En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la
pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo
antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros
embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se
supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados
burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se
pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto
del Museo destrozado de asombro?

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo
que hacía era _copiar_, pintando de una manera bestial: la pincelada,
la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,--y fuera ideas,
que son una peste.

Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de
nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y
no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es
una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si
_pintásemos_, ¿eh? ¡digo _pintar_!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta
nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre;
el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.

Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su
Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas?
Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba?

Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien;
el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me
gustaría tener un modo _mío_ de sentir el natural, y me gustarían
esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno y el cielo, el amor,
la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas
histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas
hasta el alma, hasta la misma medula de sus huesos, enseñando la
sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría
haber sido el primero á sorprender la luz rubia y acaramelada de las
primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas
de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que
interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus
_fusilamientos_, telones--telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu!
¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!--¡ah,
qué envidia!

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas
cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de
cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y
arrodillarse y adorarlo.

El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre
y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus
mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien
alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la _high-life_.
Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano
de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas
venas (¿no es triste que no tenga _venas_ la gente que yo retrato?),
por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados
capitales.

De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez,
Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis
farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle
sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un
sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer--no era la digestión
del boa, era la indigestión,--no salgo; me quedo en mi rincón, me
refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de
manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro
del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré
de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué
hombros los de la _Hilandera_! Lo asombroso de Goya, el misterio de
las pupilas de sus retratos: tienen _húmedo radical_... Bueno, ahora
lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me
faltaba más que eso!

Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de
admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que
ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á
dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal
vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les
veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,--piensan con ahinco en algo más
que el arte.--Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo:
se profesa _impresionista_ (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene
unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo
cogido en la trampa.

Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad.
Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras
me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos
arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo,
¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al
charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?

Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes
de principios de Diciembre llegan.

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la
Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me
paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire--me
determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa
mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles--una mano,
una pierna, la cabeza, el torso.

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos,
pinturas, pinceles, un caballete mecánico--comprendo que no se darán
prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad
y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida
comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de
artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece
que no son nada estas fornituras--tubitos, frasquitos, pinceles,
palitroques,--y sólo el caballete representa un desembolso de treinta
y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico
paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se
dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice
que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es
tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de
préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No
le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance
se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar
doble.

La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo
de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos
encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa;
pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con
esas manos, á morir!

No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi
llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad
áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni
moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles,
sus paseos,--nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya
estoy maduro para mi campaña de retratos.

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un
setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar
grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol.
Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros
y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo
encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma
sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y
su pelambrera--á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es
nazareno--son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos
y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de
colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al
estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos
y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la
derecha.

       *       *       *       *       *

_Final de Noviembre._--¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era;
porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en
todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan
frío, que--se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es
médico--padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación,
engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin
interrupción, una glacial corriente de agua.

Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las
porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi
taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa--y los
planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me
representan como delirios de la calentura.

Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi
romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse
de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo
mitigó... Hay párrafos deliciosos.

“¡Mortal tres veces feliz!”--me escribe.--“De este aburridero, este
rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras--porque detrás
de cada vidriera hay una vieja atisbando,--te envidio el jardín que
ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor
de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor
de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental.
¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón
palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de
Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo
estremece; inundarte el taller de oleadas de _ideal_ y de _brisas
rusas_; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te
hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y
empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de
cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus
bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el
celoso marido, la dama adoptará _pose_ en el estrado, tú agarrarás tus
lápices, el retrato seguirá viento en popa,--y aquí no ha pasado nada,
caballeros.

“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus
blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque
cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si
yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu _la_
retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas
enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica,
incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no
te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer
es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo
lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus
tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales
y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un
nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos
meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón,
desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece
á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía,
no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los
dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un
ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la
sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras
episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no
te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los
arenales de Trouville!”

Así, copiado al pie de la letra.

¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es
leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa
que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo--á tanto la
hora--por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé
muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!

--¿Chica, no tienes más corsé que éste?

--No, sorito...

El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y
blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que
tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante!
De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo,
destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con
un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar
propina: la guita se me va que vuela.

       *       *       *       *       *

_Diciembre._--Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me
hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían
en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos,
lo que hubiese comido en mi taller--fiambres, pastas.--¿Por qué digerí
mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?

Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono--el teléfono del
despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,--para avisarme
que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la
portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver
cuántas cosas me faltan.

--Supongo--dijo Minia--que estará usted encantado, porque esta escasez
es poesía.

--No tal--grité.--¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted!
Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi
existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

--Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...

--Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...

Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados
de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un
salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían
estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas
sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer
á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía...
No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con
esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos
Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno
de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de
dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera
adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”,
dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se
ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que
equiparse.--¿Habrá...?


Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una
digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es
que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable
para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales
yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será--opina la
baronesa--que no salten encargos.

--Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco:
en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de
apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados
miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á
trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...

--Pero la luz...

--La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros
de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita,
retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más
vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso
de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y
pasen á tratar de asuntos de actualidad,--riéndose del mamarrachista
y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura
que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento,
me _siento_ sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino
(me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo
repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan;
ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi
suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje,
recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se
ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria,
nulidad de la vida!

       *       *       *       *       *

Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar
también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.

Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un
caballete dorado, y _drapeé_ la tela antigua, tul bordado de flores
empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por
mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué,
le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las
cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en
las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid,
cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media.
Y así fué.--Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina,
escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas,
exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería
á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las
ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y
las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando
satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.

--¿Un encargo?

--Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro
hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que
exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.

--¿Ha dicho _prodigio_?

--Textualmente.

--¿Y cómo es esa señora?

--Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que
pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía
y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con
relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para
pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de
inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa
señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se
alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates;
verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo
vean; pero el paso inicial está dado con suerte.

--Con el pie derecho--murmuré, acordándome de mis precauciones, y
sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.--De pronto, una inquietud.

--Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?

--¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é
inteligente!--insistió Minia.--No será ella quien se fije en eso; es
decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural
del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia
general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los
pinceles.

¡Minia llama _algo_ á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro
traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay
remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no
me _admitirían_. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con
rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo
que aborrezco el frac!

Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la
subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable
dibujo; el colorido, después.--Se me figura que he conquistado hoy el
pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un
hueso circundado de piltrafas.

       *       *       *       *       *

_Fin de Diciembre._--Además del retrato de la Palma--que en efecto es
como me la ha descrito Minia--han salido de los dos chocolates de casa
de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo
entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto,
envuelto en pieles de chinchilla.

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel
me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un
retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á
barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única
_pintura_ positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas
pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría
no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el
sastre amenazando...

En _La Época_, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos
lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el
retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las
tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la
muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas--y
pronostican que ese retratista puedo ser yo.

¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...

_El Imparcial_ también me dedica un párrafo. Me llama “modesto
artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!

Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un
fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente
en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola,
gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan
la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me
vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? _Ellos_
lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo,
con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es
contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan
tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el
desprecio!

La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por
cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al
intrigante.

--No hagas caso--aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.--Tonterías.
Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser
artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no
tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones
y te sonríen las deidades.

¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!

La Palma--noto que aquí nadie dice _la duquesa de Alba_, sino la Alba,
la Osuna, la Laguna,--la Palma me acoge con bondad suma, y está muy
contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio,
en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los
tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora
sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida--según me dice la
misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir
á alguna _elegante_ á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré
muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se
diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó
se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se
encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos
azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.

--Amigo artista--me dice en su correcto y reposado tono habitual,--no
quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no
es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta.
Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una
hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la
línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.

Pedí detalles, rasgos.

--¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.

Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos
de alto copete, y cómo _ponen_ y cómo hacen... lo propio que yo hago,
¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé
descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que
se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas
soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.

--No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...

¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi
interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:

--La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted
tan bondadosa para mí...

El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y
el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas,
¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como
tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes,
el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van
desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha
conquistado?

Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de
mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en
cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy,
paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo
lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí
la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de
engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena
los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí,
defiende mis pasteles--que atacan sin haberlos visto--y se pasa en
mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis.
“Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de
tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no
huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde,
subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La _señá_ marquesa
de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su
casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la
Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café,
viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:

--¿No estás contento, ahora que los peces pican?

--¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en
harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra
con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la
cara...

Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: “¡Solano, Solano!...” en
tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales
al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos
fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de
puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados
colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y
tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.

--Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar
la sala, señoritos...

Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción,
señalándome á la “firma”, una T gótica.

--¡De Solano!--exclamó.--¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se
embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin
firma, con esa T que significa _Trigo_... y tiene infestados los cafés,
el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti
porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que
no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un
cursi!

Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al
chiquillo. Que viva Solano, porque--aunque no lo crea Cenizate--él
mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo
en los palacios.

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa,
señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de
la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de
casarse--la boda está fijada para la primavera.--Pastel género romanza
de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á
la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller
con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque
esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil.
Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”,
apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del
novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina
Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y
Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas
en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará--Con mi
facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un
poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento
de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía
nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla;
su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal
base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas
minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco
minutos con las telefonistas.

--¿Oye?

--Oigo.

--¿Sabe que _La Época_ ha vuelto á dedicarle un buen retazo de _Ecos_?

--¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.

--Es lo mismo para el caso. Un periódico de _allá_, de la región,
también habla de usted.

--¡Sea por Dios!

--Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa
de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche
tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de
platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.

--Iré, iré, y así me enteraré de los recados.

Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del
menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro,
que parece que acarrean historia.

--Como no saben sus señas--advirtió Minia--preguntan aquí; en este
papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con
ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan
de usted en el _foyer_ del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de
casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto.
Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van
estando pirradas por conocerle á usted.

--Si ven mi taller, salen pitando.

Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama
furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la
marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la
Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir,
debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí
que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan
proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi
instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud
que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone
desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.

Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de
lo más apremiante.

Sofá (Luis XVI ó Imperio).

Dos sillones (ídem).

Un tapiz para el suelo.

Un mueble que sirva de escritorio.

Un par de taburetes ó sillas bajas.

Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin
garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido
por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé
Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato,
un contador italiano aparatoso--falso quizás,--dos ó tres Talaveras
recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera.
Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado;
entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes
de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy
escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo
malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los
dedos tantas pesetas se me figura imposible.

Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita
á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre.
El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos
por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en
panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un
rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista.
Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera
y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de
Dumbría, que vengan á admirar...

Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me
exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo
que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la
pude reprimir cuando se resistieron á aprobar mis gastos.

--Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas--declaró la
baronesa.--Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.

--Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino--advirtió
Minia.--No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición
que no tiene usted paciencia para esperar á ver reunido el dinero.
Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de
nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen
suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y
posee el mundo.

Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las
mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No
hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra
persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me
avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme.
Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es
un espejo donde _me veo_... y me odio.

Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me
atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El
menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto
de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada,
forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su
tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de
encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se
aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al
retrato y al modelo.

La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa.
La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen
público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta.
Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.

Una modelo nueva--he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya
hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano:
_Ajustando el corsé_;--¿qué más había de quedarme?

La de ahora no gasta corsé. Gitana--auténtica,--y veinte años. Tipo de
raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide
imitando coral; tez de cuero de Córdoba--negra soy, pero hermosa, hijas
de Jerusalén;--dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura
egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas
pequeñas, bruñidas por el sol.

Cualquier combinación con esta zíngara hace _asunto_. El pañolito
de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la
chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la
tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las
esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y
primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.--¡Pobre
Churumbela! (la llamo así).--Cuando yo fije, en pedazos de lienzo
ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en
la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy
pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura,
y de pronosticarme fortunones y noticias felices que _van á yegá po el
correo_.

       *       *       *       *       *

_Enero._--Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á
activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo
menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas
y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme
en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento
entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que
acabo de dar base á una situación embarazosa.--¿Embarazosa? ¿Por qué?
En fin, tonterías...

La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y
seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante.
Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que
late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y
cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo,
que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado,
sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer
cuidadosa. Viste bien, pero la falta _chic_. (El _chic_ lo adivino yo;
tengo ese don fatal de inclinarme al _chic_, y á la vez lo detesto,
porque el _chic_ es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la
atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que
encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una
especie de semejanza.

Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el
color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo
como el mío; la aplico un bigotillo rubio, _vandikista_, sobre el labio
superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano--mayor ó
menor ¿quién sabe?--porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen,
cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre
el papel gris las primeras placas de color.

Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien,
miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me
confieso conmigo mismo.

La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería
el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del
contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy
nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes
esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica,
que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el
timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el
gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un
proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya
irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los
crueles brazos de la Quimera!

Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se
alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto
natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana.
¡Darle á _eso_ trascendencia, existiendo el arte!

Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado,
comprendo que se ha conmovido algo por mí.

¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el
vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca
he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa,
que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á
desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados
llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y
siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la
miro--de otra manera que como se mira para retratar,--y absorbe en mi
mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...

El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las
rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso
de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos--con efusión
de temprana complicidad--en que retrataré despacio, despacio... La
Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que
almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes,
es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y
siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro,
raso gris, chiné rosa?

--¡Qué colores para usted!--grito desesperado.--¿No tiene usted algo
crema... algo marfil?

--Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de
cinta nacarada.

--Ese. Y perlas.

Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las
trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto
que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador
te dé Dios!--Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo
de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se
presenta en el taller, la felicito, y empalidece.

El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan
el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es
una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto;
y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés
de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los
labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?--Dentro del género,
este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que
resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los
párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz
de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la
enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria
en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una
organización fina y nerviosa hasta lo sumo.--¿Se parecerá en esto
también á mí?

--¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que
hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?

--Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos
asemejemos--contesta con calma triste.

--¿Tan mala es usted por dentro?

--Mala... no. Malaventurada.

Pausa.

--¿Malaventurada...?--repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo
las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor
después el rostro.

--...ísima--afirma sonriendo un poco.

No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las
suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la
paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme
en la camisa de once varas del galanteo?

       *       *       *       *       *

La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos
días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado
más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he
visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.

Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana,
teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de
chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas
al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar
un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de
buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado
de la Ayamonte, y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.

--Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha educado del modo más
estrafalario su tutor...

Aquí, tos afectada.

--¿Tutor?--repito para estirar una lengua que no lo ha menester.

--Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano;
el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de
Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted,
¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que
le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la
casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del
cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar
la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el...
papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que
Clarita tiene una posición excelente.--Sólo que, ¡la educación! Aquella
cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó
cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...

Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.

--Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más _shocking_!

Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:

--Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una
portera...

       *       *       *       *       *

Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que se retratan, sino á
algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, _flanistas_,
cronistas, clubistas. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde
el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora
retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian; he abierto un libro
con fechas, plazos, indicaciones. Á no ser así, no me entendería.

Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda
en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya
comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los
gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exasperación del
deseo. “¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero
si para entonces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo”. Según
creen personas expertas, no deja de contribuir á este apuro el rumor
de que voy á subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al
abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida
moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos, y no encuentra
preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se
ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando quizás estacionarse en
el período de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa
se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas
aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en general, desproporcionadas
con la posición y las ansias de confortable. La gente vive de pantalla:
palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis
pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario... Total, que me
asaetean á prisas, por si subo. Total, que debo subir.

No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado
dos ó tres retratos ya, he dado un ten-paciencia á los anticuarios y
estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del
sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas
de carbón y plaza, administradas por la portera, hinchan, hinchan;
el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil
imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún
falta tiempo para que llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve
visitado por gente de buen tono; á veces me deslizo á ofrecer una taza
de te incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los
lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me
han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas--y evitaré
prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto...--¡Ah! el
mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada
vez soy más impopular; los bombos de Monteamor en _La Época_ me cuestan
ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé
lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto
así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque
mi tipo afeminado encapricha á las señoras--á las bribonas, es lo
literal;--sigo la brillante carrera de retratista guapo... etcétera.

Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin
y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué
hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara
una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras
las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos,
tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los
retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia
devoradora de _lo otro_...

Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la
noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez;
me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase
á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto
y no puedo recibir--á pesar de ser el día en que me pide otra vez
sesión la Ayamonte.--Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes,
atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la
pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y
cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al
óleo--_Recolección de la patata en la Mariña_.

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas
directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo
y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!--me parecen fuertes y
sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la
mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la
otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por
el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas
ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y
enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el _cómaro_ que
limita el predio.--Y los colores chillones de las ropas, y el verde
insolente de la vegetación, y el cielo brumoso--y la augusta verdad.
Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el
cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.

Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un
chorizo frito.

--Déjelo usted ahí...

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una
onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración.
Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que
sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la
antesala:

--¿Que está enfermo?

--No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.

Y la voz, enronquecida:

--Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á
preguntar.

¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde
las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo,
siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado,
completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo;
las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi
alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me
quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido,
en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la
portera.

--Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras,
tortilla...

--Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...

Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana
temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y
otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una
orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.

       *       *       *       *       *

_Febrero._--¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las
dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera
nevada.

--¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos...
Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que
usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de
Jardines...

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo
fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en
pieles: _jaquette_ de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro;
boa muy largo, manguito enorme.

--¡Por Dios! No se vista hoy, señora--murmuro para hacer olvidar mi
tontería.--Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me
permite usted que?...

Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho
distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

--Vamos, ya está... Me quiere...--pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades:

--Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite?
Tiene usted una mano divina.--En vez de besarla, me bajo y rozo con la
boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás;
luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad
de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno,
monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo,
que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo
la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto
y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un
brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso
el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce
grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es
ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente.
Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga
á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que
tenía que suceder?”--los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste
aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que
me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la
cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con
asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.

Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña
impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me
rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi
alma?--¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?

       *       *       *       *       *


_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._

  _Madrid._

Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre
Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas
_mi huracán_?

Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste
repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en
volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de
Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo
convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á
incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá
de la vida terrestre!

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te
explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote
con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más
y de otro modo que á un padre--¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene
semejante confianza!,--y á pesar de todas tus doctrinas, experimento
siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la
penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría
y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia
admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.

¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente:
si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la
memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo
sin cambio ni tibieza posible.--Si la desgracia de quedar huérfana tan
temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación.
Al principio dedicaste toda tu ciencia--¡mira si es dedicar!--á
robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un
héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el
contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque
de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado
sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas
negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña,
que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente
inteligente, y estás más simpático aún, padrino!

En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de
la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas
de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas--¡con
qué precauciones de floricultor!--el entendimiento. Sin sujetarme á
promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa,
trayéndome aquella _governes_, la célebre y buena Miss Butter (á la
cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo
para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección
profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas
conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías
que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al
concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:

--El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado,
no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se
indigesta lo que se come.

En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí,
al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la
educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de
seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos,
para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter
yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho
pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...

Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á
solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados
exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase
es tuya!--quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno
material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico
y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la
herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á
flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada
secreto, Doctor del alma!--Para ir colocando á interés los réditos de
mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos
de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal!
Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que
no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias
de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la
supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan
puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras
yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas
de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas
mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en
suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te
sobra para traerme finezas caras de París.

Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí,
no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan
singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie,
¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en
que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?

Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas
que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en
ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor,
que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de
muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas.
Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba
yo tan fuerte y tan alegre.--Por experiencia he sabido lo que es la
vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de
violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.

Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No
tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela
de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse
que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor
Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas
que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante,
carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis
hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin,
con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste
cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio
simpático y fino, que me envidiaban todas;--sin poner más condición
sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron
las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas
pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor
cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en
nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la
parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se
ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas
con el padrino”.

Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi
matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la
profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no
hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de
mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro,
su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme
consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia
y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su
hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y
sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa...
Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de
Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos
hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué
la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte,
padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?

La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que
no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó
mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo
á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro
andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la
prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se
adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te
llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y
media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del
polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba
la herradura del caballo...

Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo
del afecto se despertó en ti. “Oye--me decías,--no repruebo la
tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como
enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...”
Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este
memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta
influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba
el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y
hasta las saboreó.

--La casualidad--dijiste--te ha dejado viuda á los veintitrés años.
Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es
otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus
acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la
viudez.

--Lo que es yo...

--¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo.
El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos
son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo
que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo
presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance
de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te
hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad,
y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus
privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa
esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias
externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse
encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no
tenemos un alma libre.

¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en
la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago.
Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el
cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.

--Padrino--exclamé,--¿eso significa que, para no enajenar mi libertad,
no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil
leguas de mi pensamiento...

Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases!
Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos,
cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.

--No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para
asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo
de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el
hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia.
Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus
hierros.--No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es verosímil que
se despierte en ti el sentimiento amoroso, con toda la intensidad que
tu idealismo ha de prestarle...

--¡No lo quiera Dios!--exclamé.

--Supón que lo quiere...--contestaste con la voz atascada por la
faena de encender tu Londres.--Cuando eso suceda, niña, es preciso
que tengas formada la convicción de que tan natural fenómeno y...
sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni quitan ni ponen á tu
personalidad moral, mientras se desarrollen en el terreno propio de tu
carácter, que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo como tuyas,
en nada te deshonrarán: si las sustraes á la malignidad del mundo,
procederás con cordura, como procede el que se defiende de una fiera
dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu interior no te
creas humillada ni culpable porque te suceda lo que viene sucediendo á
la humanidad desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupación,
quisiera defenderte, pertrecharte...

--Padrino--dije de muy buena fe,--se me figura que no llegará el caso.
Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.

Sacudiste la cabeza, sonreíste.

--El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino _¡casos!_

¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has
olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse
de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar
en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas
coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término,
era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa
y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo,
una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un
barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque
ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la
embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de
amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de
todo.

En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa;
seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con
habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no
desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones
de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad
otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y
gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos.
Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses
preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos
en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas
para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en
refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo;
y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi
pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso
hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus
indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos
y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas.
Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan
amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues
yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí
aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en
embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios
que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus
enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste
desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta
idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.

Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido;
y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando
que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran
germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No
ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del
muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana
negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:

--Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar
seda y _pailletés_ negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi
modista.

Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al
soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre,
dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una
chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado
estabas tú de verme tan disipada!

--Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no
está en tu naturaleza; te cansarás.

Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad
urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde
pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo
callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me
decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos
solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada.
Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema
antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te
acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á
ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de
Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y
nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación,
al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,--vi
claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará
conmigo...

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación,
una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi
cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la
tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo
tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres
las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes
locuras.

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me
viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te
reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar
por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se
me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada
real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me
tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este
rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia
los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar
de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos
impresionan, es que no somos impresionables.

¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de
llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo
necesito más que nunca.

  CLARA

       *       *       *       *       *


_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._

  _Berlín._

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios
y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta,
que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te
sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor,
una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos
naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy
existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones
por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y
además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de
salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de
una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la
susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta
la razón.

Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito,
en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado
viva. Ojalá--no me llames bruto--fueses una mujer de más bajas y
materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo
inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la
mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo,
magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no
insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.

Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría
tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases
tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí...
como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la
ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.

No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones,
arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he
estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte,
te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden
de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres
que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos
de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una _idealitis
crónica_. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas
organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías
con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata
y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino--pues para ti, la sola
realidad, es ese mundo que llevas dentro.

¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el
recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han
sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia
de grandeza, de heroísmo sentimental,--parecida á la del artista, que
en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.--Tú eres
inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar
los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo.
Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que
encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y
excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas
de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas
alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa,
das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo,
cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro.
¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro,
de ese barro que cada hora desorganiza--¡si lo sabrá un médico!,--de
ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y
mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del
alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo
corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más
sublime.

¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de
algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido,
á pesar de ciertos ensueños--también los tengo yo,--lo plantaré todo y
me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás
dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida
de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es
lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles
torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre...
Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz
que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su
edad, tu amantísimo padrino,

  MARIANO

       *       *       *       *       *


_La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín._

  _Madrid._

Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir,
y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay
en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en
Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento
sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó
una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto.
Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta;
pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al
convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces
vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya
ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche,
aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la
revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio
corazón.

Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome,
busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi
parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa
mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo
una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería
que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni
él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero
no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.

Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido
en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no
basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la
fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado
en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino,
si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo
que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel
último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar
qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo
la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te
dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la
depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas
tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...

Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista
genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse
todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo
que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al
pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de
luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.

La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el
propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron
las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el
remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo
presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es
incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado
ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi
mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco
lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad,
y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha
milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia
dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio.
Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así.
Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí,
en mis propias entrañas.

Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado,
con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios,
mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos
indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu

  CLARA

       *       *       *       *       *


_El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en
Madrid._

  _Berlín_

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque
debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han
dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto
á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.

¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba
sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y
pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder,
que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á _alguien_
con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se
privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del
cuchillo á la garganta!

Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á
cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué
artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí
que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una
vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas
de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por
abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas.
Tuyo,

  MARIANO

       *       *       *       *       *

_Marzo._--En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día
marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar
dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso
del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal
temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la
marquesa de Camargo:

--¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas
por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de
calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa.
Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho
procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad
y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la
calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al
abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en
alto:

--Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.

La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba
todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de
parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para
la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría,
había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un
retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes,
enfermedades posibles...

La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa
de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad,
desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo
ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa
de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La
Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo,
bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un
poco menos.

--Á ésta--calculó,--escogiendo bien la trapería y sacando partido del
talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme!
Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con
menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos
medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó
al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...

Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á
una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados,
los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían,
cuchicheaban burlonamente:

--¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado
poco. Parecen las que venden en _La Ciudad de Constantinopla_ á peseta
la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?

Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.

--¡Lina Moros!--exclamó la Camargo.--¿Ha venido por fin? Pues si nos
dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la
gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.

Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer
retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste
con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las
airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el
comentario fué una ligera carcajada.

--¡Clarita Ayamonte!--dijeron después, al presentar Silvio un alto
cuadro, casi de cuerpo entero.--¡Qué bien está! La hace usted mucho más
guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y
está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay
parecido, además de una creación poética.

Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á
las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo
copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su
alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el
demontre. En su interior resolvió:

--¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...

Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo
con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.

--Vendríamos... La hora se la avisaríamos á usted por teléfono
cada vez... Porque si no, no seríamos nada exactas, ¿verdad,
Angustias?--añadió, volviéndose á la Camargo.--En esta época del año no
sé cómo se arregla, que está uno _de un ocupado_... ¡Es terrible!

--Lo siento en el alma, duquesa--respondió Silvio expeditivamente.--Ni
fijando hora ustedes, ni fijándola yo, me sería posible, en mucho
tiempo, encargarme de su retrato. Yo estoy _de un agobiado_ de
encargos, que ustedes no se pueden formar idea...

--¡Ah!--repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la
Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las
dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho,
cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte,
no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba
grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable
apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á
los que han estado ausentes, al regresar.

--Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!

--¡Gracias á Dios!--repetía la Camargo--¡No nos estaba usted haciendo
poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos
mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?

--Desde luego, marquesa.

--¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?

--No á eso sólo--declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con
sencillez á sí mismo.--Vengo á que también me retraten á mí: digo, si
el artista está conforme...

--¿Pues no he de estar?--gritó aturdidamente Silvio, emocionado.--No
sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?

--Dé usted las gracias, Doctor--pronunció la incisiva voz de la
Calatrava.--Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba
de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la
dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones
le subía, irresistible, á la boca:

--El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le
sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un
año como ahora.

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando
para despedirse, soltó en voz agridulce:

--La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido
á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...

Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del
pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un
silencio que lo demostrase, cuchicheó:

--Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...

--No entiendo, duquesa.

--Es usted muy nuevo en estos círculos--lanzó la Camargo, que no quiso
guardarse la pulla.

Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia
de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido,
recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los
hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é
interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á
fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:

--Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises,
arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan
inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de
encajes y rasos.

       *       *       *       *       *

Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la _serre_, á la
hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le
arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de
tela rameada, de colorido suave.

--Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado
muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted
á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene?
Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la
campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la
gente punto menos que á tiros...

--¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como
debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente,
prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias
parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un _clown_
acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.

Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:

--¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto
círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos
puede hacer mucho daño.

--Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que
desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted
mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando
veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón
solitario del gabinete árabe que con la _serre_ comunicaba.

--Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted--dijo
al artista;--no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso
se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted.
¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero
conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que
ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que
dijeron algo poco amable de la simpática viuda...

--¿Qué viuda?--murmuró Silvio, muy atortolado.

--Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte;
hizo usted bien en defenderla...

--Pero si ni la atacaron, ni la defendí...

--¡Es muy buena Clara!--declaró la condesa con su seria indulgencia de
mujer intachable.--Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin
freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego,
pero en ese particular...

--¿Padrino?--recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una
curiosidad caprichosa.

--¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le
escapa á usted!--replicó la Palma.--Á un lado maledicencias é historias
añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien
fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el
presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...

--Pero, ¿de dónde sacan todo eso?--protestó Silvio.--Quisiera yo
averiguarlo... ¡Pues es una friolera!

--Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted
de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela
usted y se lo concede inmediato.

--Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en
subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con
ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido _retratar_
y no _contrahacer_... Un estudio de lo real... Es lo primero de que,
en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin
gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que
Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos
hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del
mundo...--añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de
la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió
lentamente hacia la _serre_, á depositar sobre una mesilla la taza de
porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.

Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su
sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos
trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono
á unos jueves de moda--“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay
remedio, no se puede faltar”--la muchacha se prendía el sombrero, se
calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después,
en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de
romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia
el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á
la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de
primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas
y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria.
El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su
ramillete en la ranura, ostentándolo.

--Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te
relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las
compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...

Clara rió, excusándose.

--No, á mí no me engañas--insistió la chiquilla.--Yo no me las trago
como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es
digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas
me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?

--¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para
Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita,
que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.

--¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la
mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que
entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están
casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí?
Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas.
Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra
vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de
arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de
un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!

--¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración,
criatura--pronunció reflexiva la Ayamonte.

--¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba;
después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó
por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno;
pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh,
ideal! Soy golosa...--y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.

--¡Pasión de vejez!--exclamó con extrañeza Clara.--¡Á los diez y siete
no cumplidos!--Y, transigiendo, indiferente, añadió:--Al volver iremos
á Lhardy.

       *       *       *       *       *

Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á
Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol,
paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil
conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los
cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo
raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante;
ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad,
de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los
trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la
vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas
en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre
el verdor del _grass_. Ni siquiera formaba contraste la aparición
de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban
familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo
cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí,
entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos,
conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban,
entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el
sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza
nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas
de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida
al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba
Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba
la hora...

Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba
con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla,
miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa,
algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero _nada_ divisó.
Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes
cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta,
cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara _algo_... Su
delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo,
impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio,
activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar
al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña
imperceptible.

--¡Hola! ¡El retratista guapo!--exclamó Micaelita.--¿Vas allí, eh? Hay
bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá
empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su
gran caparazón _vert amande_, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla
ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de
la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado
diapasón habitual cuando pronunció:

--Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien.
Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago
no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi
padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso
con vulgaridades.

--Perdona, tiíta--murmuró Micaela, entre confusa y avispada.--Si
sospechase que ibas á molestarte...--Y la sorprendió con un abrazo
para convencerse de que palpitaba toda.

--Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias
Camargo y los bobos de su trinca...

El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada.
Ni en Lhardy, al mordisquear los _petits fours_, se aflojó la tirantez.
Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de
la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo
dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó
las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le
colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!

Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce
calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la
Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por
las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una
de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala,
la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en
el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el
sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París,
Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer...
Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la
abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo,
que embarga los sentidos.

Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del
comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de
mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo
encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había
brillado en aquellas pupilas radiantes.

--¡Tal vez ahora sea feliz!--pensó el Doctor.--Y en voz alta, deseoso
de traer la conversación á terreno simpático:

--¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la
intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero,
tan _yo_! Obra maestra, niña.

No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y
expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.

--El talento es innegable--prosiguió él.--Sólo necesita ambiente, y...
salud. No es fuerte, no es demasiado robusto _nuestro_ artista...
Tengo el deber de decírtelo, Clara, _antes_ de que... Noto en él
predisposiciones nada tranquilizadoras.

Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier,
carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la
lentitud que da á las palabras gravedad solemne:

--¡Padrino--articuló,--lo que notas en él son rastros de la miseria,
heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia,
habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!

--Sea como tú quieres--exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de
indulgencia y bondad infinita.

Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é
impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y
el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío
juvenil, del Doctor.

       *       *       *       *       *

Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago
se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al
través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con
el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente
enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos
almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios
de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el
pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la
pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y
arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente
una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo
atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador,
el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El
soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado,
recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la
mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando
los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para
murmurar al oído la última regalada confidencia.

--¿Te aburre mi guitarreo?--preguntó Silvio con resignación.--¿Quieres
que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?

--No...--respondió Clara.--Quiero que vengas aquí, aquí.

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el
movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en
repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se
quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda
cínicamente.

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí
la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de
la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado
y revuelto entonces.

--¿Quieres que dé luz, nena?--interrogó el prisionero, deseoso de
evadirse.

--¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á
charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...

Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada,
obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado
azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo
de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les
rodeaba, se decidió:

--Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes
probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á
los retratos y dedicarte á lo serio?

--¡Pch!--murmuró Silvio, interesado en la conversación.--¡Hija mía, eso
es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha...
héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé
cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de
la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero
es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...

--¡Calla!--gritó Clara, estremecida.--¡Loco! á ver si te pego en la
boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que
el remolino de los retratos _smart_ no te dé resultado para cumplir tus
anhelos... ¿No sería bonito--dí--hacerles una reverencia de corte á
todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte
años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?

Silvio inclinó la cabeza con desaliento.

--¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de
producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa
porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á
qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le
falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño,
arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también
creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de
paño _prune_. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección
desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.

Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la
primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más
torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida
por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.

--He dicho una tontería--murmuró él, percibiendo el movimiento
retráctil de la dama.--Es que Lina es para mí como un modelo: la
estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así...
No estés triste--continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto
infantil mimo.--Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista
seré.

Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo
egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada,
lanzó el gran propósito.

--De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...

--¿Cómo?

Un susurro, especie de caricia al oído.

--Casándonos...

La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué
humildes, qué imploradores!

Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido.
Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir
jovialmente y se puso en pie de un salto.

--¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido?
¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?

--¿Por qué me contestas así?--repuso Clara irguiéndose á su vez,
recobrando energía ante lo que tomaba por burla.--¿Qué motivos tienes?
¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre
nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.

--¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré
que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las
buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te
diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo
para tal vida: serías la mujer más infeliz!

--¡No importa!--gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de
sacrificio.--No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu
pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla
queriendo. ¿Te acuerdas del _primer día_? Lloraba...

--¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!--articuló Silvio, algo
conmovido, abrazándosela.--Hay verdades demasiado descarnadas...
Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo.
Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer,
toser--no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me
juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy
bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...

--¡Ay de mí!--sollozó Clara.--¡Yo también!

--Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la
expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza,
de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico.
Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!

--Es que no me querrás--balbuceó Clara.

--No; de esa manera que tú desearías... no--repitió ferozmente
Silvio.--Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te
quiero _así_, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!

Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.

--Lo sabía--arrancó con dolor inmenso.--Sólo que no quería saberlo...
¡Haces bien en no engañarme!

--No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy.
¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi
loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo...
mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro.
¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas
fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!

--Escucha, Silvio--imploró Clara con humilde
mansedumbre.--Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es
justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te
estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte.
Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la
larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres
grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura,
una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de
ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te
hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo
alguno... ¡Te quiero tanto!

Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer
de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en
los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista
frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían
de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie
frente á Clara, alzó los hombros.

--Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres,
cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más
que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te
lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!

Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba
á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía
tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta
á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!”
pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad,
crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.

--¡Ni mi cuerpo!--repitió.--Es preciso que me conozcas á fondo, y que
me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese
mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele
á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra,
aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu
ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime...
¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por
escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él
amasando sus roscas?

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta
ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos
escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido
imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que
aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la
dama, prosternado.

--Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso,
despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago.
¡Perdón, perdón!

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy
quedo:

--Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!

Y añadió con imperio, irguiéndose:

--Enciende... Voy á vestirme.

Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de
sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez
dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad
positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á
andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el
taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces,
sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía
con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció
Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la
mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente
obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente,
y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se
afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó
hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias
arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.

--¡Nunca te quise sino ahora!--repetía, persuadido de sentir así, en
aquel pronto,--nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita!
¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo
adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...

--Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta
encontrar coche?

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la
obscuridad, murmuró sencillamente:

--Adiós, Silvio.

       *       *       *       *       *

_Marzo-Abril._--Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra
sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no
saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una
cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando
de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido,
redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para
reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la
quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y
solicitaba de rodillas absolución.

--No pondría otra cosa el hombre más prendado--pensaba media hora
después, al lacrar,--y en este instante me sale de dentro escribir
así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy
capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es
como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he
precipitado desde tan alto! ¡Bah!--añadió, viendo entrar á la portera
con el servicio del te.--Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven
más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara
el gran día... Oiga usted--añadió, dirigiéndose á la comadre.--Vaya
usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara
atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta...
Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen
lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de
comida sana, para hoy?... ¿No entiende?

--Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará
el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao...
Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la
Ministración pa unos papeles...

--Bueno; otro día de comer frío...--calculó enervado el artista.--¡Cómo
se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...

Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:

--Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante
campanilla.

--¡Á estas horas!--refunfuñó, corriendo á la puerta.--¡Ah, eres
tú!--murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo
tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más
que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado
terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

--Vienes en mala ocasión--declaró Silvio, atravesado en la puerta, como
obstruyéndola.--Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga.
Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios
invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado
hongo.

--¿Quién te pide nada?--pronunció en tono de herida dignidad.--¿Ó te
desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su
genio que humillar á los menesterosos.

--¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no
han encendido aún.

--Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...

--¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?--gruñó
Silvio, exasperado otra vez.

--Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de
la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo
entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y
solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases
padre de siete criaturas?

--Que era un fenómeno muy raro.

--¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera,
13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la
compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los
chiquillos, rabiosos por tragar...

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera.
Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad
callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de
coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas
al cuidado del dependiente.

--Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me
caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos.
Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer
los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo
recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!--exclamó sin
transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa
de volver para enseñárselo.--¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á
éstas y encima te pagan!

Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.

--No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado,
limpio, serio.

--De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de
dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que
tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

--¿Cuánto trae usted?--preguntó balbuciente.

--Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de
recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza.
Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo.
¡Dinero; doble suma de lo convenido!

--Diga usted á la señora--pronunció extendiendo la diestra para
rechazar el sobre--que los retratos nada valen y que le ruego me
permita enviárselos como recuerdo.

--¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?--saltó Crivelo, agarrándole de la
manga.--¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

--¡Al diablo!--Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el
criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.--¿Quién te mete
en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la
calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.--¡Á
ver!

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil
de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía
bien y sabía tocar el registro conveniente.

--Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han
subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo
viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando
comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á
embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si
esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían
los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el
pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo;
consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian,
á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur,
hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

--Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á
ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

--Unas mil y cien... Menos de eso...

--Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora
lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la
Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora
morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

--¡Olé las jamonas hermosas!

En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista
el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres,
Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos,
importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable
la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca.
Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento
de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo.
Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus
desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los
retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

--¡Canela fina!--repetía entre dientes, con sofocación de
entusiasmo.--¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que
se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora
con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños,
redaños! Á quitarse el sombrero...

--¡Por Dios!--replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa
atestada de papeles, libros y cachivaches.--Me duele la cabeza... ¡No
me marees!

--Los exponemos--insistió Cenizate.--Dentro de un par de meses, van á
exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú
este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo!
Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras
cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo
ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus
ojos, en tal momento felinos.

--¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

--Solicitando autorización...

--¡Necio! ¡Imbécil!--gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más
que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo
inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

--No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me
hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto
afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera
quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los
envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me
envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de
ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.

--Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te
arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El
día está magnífico.

--¿Querrás creer--dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada
movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador--que
me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de
rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda,
se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!

--La dejas meterse aquí con una libertad...

--¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se
encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen.
Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y
vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...

--Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para
que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de
modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la
petaca! ¿Te parece que demos un parte?

--No--contestó el artista.

¡Tilín! La portera, resoplando:

--Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la
tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas
lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse,
cuando ¡tilín, tilintín!--pasos precipitados, una ráfaga de aire frío
de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La
gitana en persona.

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan
pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón
atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada
armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en
el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra;
entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los
sanos dientes,--no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras
del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya
el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego
impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío--hastío,
en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se
complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio
involuntario á la Ayamonte.

--¡Á ver!--gritó.--¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me
estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

--¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

--Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

--¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la
gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene
y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón
con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er
señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté
me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá,
señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!--Y el
mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

--¡Ó te callas, ó...!--rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados
y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la
egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió
para vociferar:

--¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para
que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti
la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á
mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er
pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te
perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió
la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la
escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.

--¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

--Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han
apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

--¡Bah!--murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la
postración.--Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva
de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable
almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La
_governess_ de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con
el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller,
retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y
ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles
negros--la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La _governess_
le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

--Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió
á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con
grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

--_Pray you, Robert..._--refunfuñó la miss, volviéndose;--y como
Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó
un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la
petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á
entregársela á su legítimo dueño!

--Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se
echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo
que exclamaba, guardándose la petaca:

--Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si
gusta, envíe mañana los chicos...

--¿Se siente malo?

--Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio
corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con
un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las
escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de
punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de
una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.

       *       *       *       *       *

Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba
un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró
sorprendida con la visita de Silvio.

--¿Por qué no ha venido á cenar?--preguntó la compositora.

--Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina,
á drogas. ¡Ay!--exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el
sofá.--¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí
del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La
sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero
y á su _deshabillé_ de seda listada, holgado y sin pretensiones.

--Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero
si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían
semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría:
todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor
lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...

Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.

--¿Está en casa la baronesa?

--No; en el teatro.

--¿Volverá pronto?

--La última de Lara se acaba cerca de la una.

--Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.

--Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?

--¡Cómo me conoce usted!--suspiró Silvio, tomando la diestra de su
interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.

--¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre
le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará
al punto lo que le haga falta.--Tranquilícese. Salga ese embuchado...

--¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo,
señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay
serenidad, hay esa flema de usted...

--¡Mi flema!--repitió Minia, hablándose á sí propia.

--Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá
fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi
excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías,
hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que
leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa
encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?

--Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya
profundas! Es propia de _degenerados superiores_, como usted. Sin
embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad
peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...

--¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados,
y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno
de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de
suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...

--¡Incorregible!--gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por
el certero tajo de sable.

--Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo
de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que
me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la
Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto
de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...

--¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?

--Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar,
Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su
adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré,
para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis
envidiosos.

--¿No los tiene usted?

--No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo
ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el
Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La
petaca, la petaca!

--¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres.
Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña!
No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al
cabo les hemos de tener por ladrones...

--Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último
caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa
indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal
fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me
arrodillé para que me absolviese.

--¿Y absolvió?

--Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el
dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto
churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con
haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao,
no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de
música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La
compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

--Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

--Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac,
ñac! Trueno...

Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.

Minia, repentinamente grave, prorrumpió:

--Culpa de usted, de fijo.

--Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...

--¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!

--Y no se equivoca usted--declaró Silvio con calor.--Por eso me odio.
Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios
locos.

--Si es sólo una riña... se arreglará--murmuró la compositora.

--¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que
me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es
que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las
apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer
méritos para ir á presidio.

--¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido--repuso Minia,
curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.

--Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!--que quería...
quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la
repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como
de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.

--¡Casarse con usted!--repitió.--¿Es de veras?

--Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no
haya más cromitos.

La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y
exclamó:

--¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso,
óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar
todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión)
sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia?
Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo
primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos
la vía.

--Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!

--¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? _Aspirar no
es querer._ Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro
retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor
más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro,
son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen
encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad.
Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De
qué le sirve para la _aspiración_ tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni
un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su
ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa
raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á
usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias.
Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted
_snob_, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será
vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible
con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una
mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida,
intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda
preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.

El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.

--¡Y mi libertad!--clamó.--¡Señora, usted es muy ilusa! Clara,
probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en
una palabra, hacerme suyo... comprarme.

--Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas!
¿De dónde saca tales supuestos?--replicó Minia, indignada.--Clara es
incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin
que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee
en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

--Diga usted, al menos, que el desinteresado...--objetó Silvio.

--¡Conforme!--prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe
la salida de un niño.--Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios
más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su
proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al
genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le
aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena
para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de
diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones.
¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

--Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para
usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el
arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre
de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!

--¡Sí se tratará!--rezongó Silvio.--¡Siempre respira usted por la
herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

--¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle _eso_!--Y Minia bajó la fervorosa
voz.--Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la _gracia_...
Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana
las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la
voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede
otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.--Así es que hablaremos... en
profano, en mundano y en crudo.--¿Se figura usted que su aspiración no
sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que
su salud no se resentirá también?

--¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese
usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y
me cuelga la lista de las _mile e tre_... ¿No se ha enterado, señora,
de que no gasto pasiones volcánicas?

--¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el
corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden
moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga
razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos
que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted
picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se
arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura,
el amor.

--Ta, ta, ta...--Señora, señora... No la conocía á usted casamentera.
¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá
que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no
se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho
de dar alas á mi _genio_; mañana, las recortará con sus tijeras de
tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente...
pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor...
y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base.
Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar
que, en mi pellejo, diría _sí_. ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus
alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y
morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta.
Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo...
¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me
crispan!

--Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias?
Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio,
le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el
consejo mejor.

--¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

--Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles
le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á
ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando
á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son;
en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de
nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y
aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido
que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva
hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

--¡Ya sabe que _no puedo_! Cuantos obstáculos se me opongan los
arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio.
Para el trabajo que me cuesta...

--¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque
no le llegue á usted al alma la mujer--está usted en sus manos.--Es el
grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba.
Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer,
llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra
usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión
lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico.
Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la
mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira
de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira...
Sólo le salvaría el _amor_, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando
asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado
exactas, de la compositora.

--Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

--La tengo. Reconcíliese con Clara.

--Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco me gustaría que
la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de
representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote
con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que
se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.

--¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De
vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.

--Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor
que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su
madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?

Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente
nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la
baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los
chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese
compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y
las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y
exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á
aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida
tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para
compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento
ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera,
había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más
estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento
que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la
sabiduría suprema--discurría la compositora.--Salimos muy de mañana en
busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los
pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del
sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros
corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto
jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos
escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada
que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra
cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el
cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y
guardada por los genios”.

La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son:
bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan
dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes,
que menos relación guardan con lo íntimo.

--Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...

--Baronesa, ¡no me pegue usted!

--Se trata del capital...

--Del millar de millares...

--Y no se atreve...

--No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.

La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco,
hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se
precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.

--Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien
contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.

--¡Necesita usted morirse en un hospital!--gritó la señora
revolviéndose furibunda.--Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de
buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni
están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna
despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número
cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos
vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á
ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!

--Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á
un amigo desgraciado...

--Á un pillo redomado.

--¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace
cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.

--¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!--clamó fuera de sí la señora,
reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.--¿No
está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una
enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué
le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo,
bobo, bobo de remate!

No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas
cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en
llana prosa--llana y útil--de la Dumbría, que lejos de convencerle,
tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el
interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba,
como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de
buen sentido.

--Señora--articuló secamente,--ese dinero es mío y dispongo de él. No
pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo
todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...

Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?

--Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...

--Se ha enfadado--murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto
arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.

--Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que
dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso
no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.

--Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca
usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los
miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden...
¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este
dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré
mis excusas...

Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En
la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio
Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.

--Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más
cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para
esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo
con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano
de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su
psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino
salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un
instrumento demasiado tirante y vibrador.

--¿Quiere usted un ponche?--preguntó al verle humilde y callado la
baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino
el ponche--tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;--y bebido
sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se
sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de
una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada
uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el
cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes
de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,--gotas de agua
embebidas por el polvo.--Eran las dos de la mañana; los ruidos de
Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y
distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el
ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las
formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir
adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La
aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó
al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:

--Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo
quiten. La gente anda muy lista.

       *       *       *       *       *

Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz,
procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto.
Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de
confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas
afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien
se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear
periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de
revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos,
su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino
vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.

El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido
hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba
tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y
ocultaba su ansiedad. Hoy--no acertaría á decir por qué--érale
imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando
se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va
derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas
negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin
perder un segundo, á la atrevida operación.

--¡Clara!--exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se
estremeció de pies á cabeza.

--¡Clara, hija mía!--insistió él; y se levantó de la butaca.

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún
llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su
ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar
serenidad ante los jueces.

--Clara--dijo por tercera vez,--¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo
pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo
enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes,
Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?

--Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te
convencerás.

Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud,
con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta
ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la
primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la
tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos
sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta
las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.

--_Esto_--pensaba--no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma
placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en
seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna
noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha
solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales:
desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción,
alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora,
alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y
el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así
se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las
fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque
de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más
envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema
consecuencia que podría traer el dolor mismo!

Los temores de Luz--que le salían á la cara en forma de excaves
plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en
la sangre--coincidían con otra clase de preocupaciones también
absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por
esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la
vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un
momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les
resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La
noche llega; hay que encender la lámpara!--Este afán de sobrevivirse,
propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz
por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno
de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto
grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables
hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando
principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al
través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones
de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las
tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de
esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia
no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados
descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar
el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones
clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las
veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad
brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal
de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para
siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria
humana.--Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara,
padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era
y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las
fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría
de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía
allí,--en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.

--Es el sexo, es la ley fisiológica--pensaba el Doctor.--En ella, en
su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar
poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos
verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.

Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte,
la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á
infundirle un poco de optimismo.

--Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun
maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente
de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura
con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo
trabajar.

Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó
aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los
ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino
hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,--que
su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida
de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida
de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á
trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la
batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico;
con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce
un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera
que sea, por el pudor y la dignidad.--No así en el momento presente.
La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué
alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba.
Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos
éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber
visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación,
semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó
hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola.
Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus
ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones,
que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La
llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.

Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades
para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado
obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era
tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la
curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre
los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y
estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la
incapacidad de vivir, se contaban en este número.--Mariano Luz sostenía
que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y
honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de
Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso
mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador,
el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia
de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual
que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas
de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento
de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba
superficialmente la herida.

Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado,
la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle
exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge,
porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero
de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas,
las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios
quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la
fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de
la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las
maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días
habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más
significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de
la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos,
por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas,
con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella
denunciaba el volcán oculto.

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado
que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias
tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de
hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del
espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce
su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo.
Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el
alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar
la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay--pensaba
Luz--que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra.
Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué
espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra--resolvió--de
cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo
período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque
sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para
el Doctor.

--Hija mía--imploró,--si algo merezco de ti, devuélveme aquella
confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada;
ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido;
nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.

--Pregunta--murmuró.--Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No
creas que lo sé todo, ni mucho menos!

--De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué
natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro.
Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para
nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me
consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que
no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor
rato que tú!

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y
el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el
pasado.

“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”

--Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya--dijo ella.--Lo
sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto
aquí--apuntó á la frente--que debía... casarme con él. Era tal vez
una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí
cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada
y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es
necesario, que eso es indispensable!

--Verdad--contestó Luz.

--Yo--prosiguió ella--así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo.
Y... en concreto... no ha pasado más.

--¿Qué razones dió á su negativa?

--¡Razones!--exclamó Clara.--Aunque me hubiese dado cien... No sé de
cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada
de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...

--En fin, él alegaría algún pretexto...

--No; si él estaba en lo firme. No me quería.

--¿Eso tuvo el valor de decirte?--gritó el Doctor, indignado.

--Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en
explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle
justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me
dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que
imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible.
El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su
contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo
dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad
de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?

--No es poco para la naturaleza humana...

--Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso
en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes
y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman--para mí--el
mundo de tierra.

Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos,
reactivos.

--Eso no es cierto--prorrumpió al cabo.--Si le hubieses borrado de tu
recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses
escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han
arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.

--Dime, por lo que más quieras--insistió el Doctor.--¿Esta vez... fué
_como las otras_? ¿Querías más, ó por otro estilo?

Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que
recorría todas las moradas del alcázar interior.

--Esta vez--pronunció al fin lentamente--hubo una diferencia que tú
sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser
feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga.
Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz...
alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla.
Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la
cara.--“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme
siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.--¡Verdad! ¡Mi generosa
proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!

Respingo impetuoso de Luz.

--¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se
disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello
que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace
descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira,
niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si
te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría
lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay
muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos:
se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo
más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza
que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se
pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!

--Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos
las mujeres con gran frecuencia--observó Clara con fría amargura.

--¡No por cierto!--negó el Doctor.--No he conocido docenas de mujeres
que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la
excepción.

Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.

--De ti--murmuró--habían de salir esas palabras... De ti, que
me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi
paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me
traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y
me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi
estado de ánimo se origina de haberme apartado de _él_... ¡Quiá! Si es
que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!

La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan
persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más
recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto
gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación,
insistió, porfiado.

--¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?

--¡Lo desprecio todo!--repuso ella.--¡Lo aborrezco todo! Me soy
intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se
lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde
chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia,
¿podrás enseñarme dónde está la resignación?

Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no
sabía...

--Cada uno--dijo al fin--busca el consuelo por caminos diferentes... Yo
he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me
refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!

--¿Y pudiste conformarte, padrino?

--¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas;
hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...

--No puedo--murmuró Clara desmayadamente.--No es culpa mía; no es
capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena
de defender lo despreciable.

--Coloca el objeto fuera de ti--advirtió Luz,--y será mejor... ¡Si
supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!--Y añadió, agarrándose
á lo primero que se le ocurría:--Si te decides á aprender, aquí
tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su
aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres
tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de
fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede,
cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de
tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me
gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil
cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín
novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas...
que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me
sostengo.

--Dichoso tú si esperas--pronunció Clara.--Y como viese en la fisonomía
del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror
violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en
los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose,
con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:

--No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde
hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como
yo...

Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de
precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les
pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos,
adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo.
En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y
aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro...
Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las
interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión
brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal
remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer
secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma,
sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade
al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara,
dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más
decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un
resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también
y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El
estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr
el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las
resoluciones.

Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano,
como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas...
Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la
mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.

Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque
las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales
se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor,
conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo
de pueril.--“Se divertirá como una criatura”--pensó--“si la convenzo
de que aprende”.--Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al
igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á
los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de
su abstracción, era probablemente salvarla.

Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada;
pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra
estancia algo más espaciosa.

--Mira--observó--qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no
sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de
nuevo, y me encuentro aquí muy bien...

Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda,
por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo
objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de
electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad,
su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero
dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no
menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la
jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica.
En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X--ya
anticuada, tan de prisa va la investigación,--deslustrados por el
abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que
el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el
centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible
y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la
máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible
pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos
inanimados. El Doctor se paró frente á ella.--Aquí--explicó--hago
yo estas radiografías que voy á enseñarte...--Trajo una caja
donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las
curiosidades, haciéndoselas observar.

--Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia
entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese
quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En
esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de
localizar para extraérsela á la pobre lavandera!

Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino
repetía:--¡Es admirable!

El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.

--¿Quieres--insistió--ver latir tu propio corazón?

Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus
preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de
sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse
y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de
majestuosa.

--Padrino--murmuró,--¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente?
¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal
no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo
desconocido...

Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:

--¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá
ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?

Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad
emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era
sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y
libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión?
Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero
nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á
tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de
_allá_, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba
la geografía del país del misterio.

El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:

--Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de
estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo
sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora,
tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de
trabajo consigo alzar otra puntita del velo...

Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel
corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que
girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se
resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los
métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en
vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir
en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y
porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.

--¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías
curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.

Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma
lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una
ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo
evitar, el Doctor pensó:--“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años,
lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su
organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia,
no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”--Sin
dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer
recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.

--Verás... Así la conservaré...

Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el
dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota
cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano
enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado
anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano
extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la
posición debida.

Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas,
hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la
crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla
del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y
detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos
catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de
ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos
fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de
la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una
luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre
el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta,
trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa,
y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores
de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se
vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería
medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante
objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria.
Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.

Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta,
sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa,
cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más
visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como
estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento,
de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba
fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban
su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese
en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía
trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre
la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo
las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo
esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”--repetíase atónita
la señora.--“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne
se ha disuelto”.--Una asociación de representaciones, involuntaria,
fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra
mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos
manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se
unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines
de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente
musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas
ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos
por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca
musiquilla...

Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del
mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la
manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo
que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la
historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente
cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya
está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los
gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce
la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos
extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es
preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y
mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin
embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer
nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de
una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo
que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido
ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el
engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún
recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y
angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y
embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento
y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en
tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la
ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus
hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,--sólo que ahora se
reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.--De tal
engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este
género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida.
Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se
imprimió el _ut cognobit_ de los corazones mudados, de las almas
plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la
salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba
desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó
hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo
sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su
inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo
material.

Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos
espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la
flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más
que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre
peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto,
acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada,
aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era
sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una
de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.

Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en
cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió
en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El
símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida,
transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se
convertiría en agua y la refrescaría!

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar
operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación
se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose
con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí,
natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á
estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:

--Voy...

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:

--¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien
constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo
meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni
señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que
poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?

--Algo de milagro tiene--repitió Clara.


       *       *       *       *       *


  (_Hojas del libro de memorias de
  Silvio Lago_)

_Mayo._--Al trasladarme á mejor taller, en calle decorosa, cerca del
palacio de Bibliotecas y Museos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo
que me ocurre; sirve para explicarme ciertos cambios que noto en mí, y
reconocer lo que puede desviarme de mi senda. Este procedimiento es más
eficaz que confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo como quien
torció la hebra sacándola de su propia substancia.

¿Qué importa lo material de eso que llaman _lucha_ en nuestro lenguaje
bohemio? Comer poco y mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al
soslayo la misma mancha aceitosa en la misma solapa... eso se ríe y se
pone en ópera. Lo difícil es conservar la disposición de ánimo para tal
género de vida.

       *       *       *       *       *

Inundaba el sol de primavera--de la corta é intensa primavera
castellana--de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes
las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso
igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio
módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando
insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo
y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de
_gentleman ridder_: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de
luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles;
algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del
calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por
la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi
estampa--¡bien plebeyo y bien delator!--que es el pie. Al lado de esta
silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa
de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo
gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado,
las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de
aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan
cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino,
al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con
sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del
ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí
ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac,
hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara
luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito
de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la
cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas
de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos.
¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi
organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de
ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués
se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No;
aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las
ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de
sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza.
Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa
inevitable.

Al aire que prefiere la montura--paso de procesión--avanzo por la casi
solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas,
algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de
tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía,
el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en
casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir
se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y
que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan
con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los
saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de
halagüeño en un gesto la mujer maestra.

Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación
tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso:
“Nuestro eres”.

Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé
más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no
gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la
sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación
de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre
el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún
convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es
sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por
un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.

Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior
nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos
reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño
de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre
circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces,
borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible
que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto
equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la
vejez!

Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo
trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos,
viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las
construcciones que afean el Retiro.

El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal.
Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise
galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo
de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos
del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado
diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que
llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y
la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé
á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se
resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca
esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron
el látigo ni la caricia!

Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol
ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era
Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor
del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor
que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban
animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante.
Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos
al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y
que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino,
influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.--Era nada
menos que aquel... _que yo quisiera ser_; el que--sosegadamente,
firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo
hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros
españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,--se
ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista
secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y
pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de
la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el
corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación
apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación.
Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se
explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones
artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y
los más acibarados odios).--Le miraba sediento, buscando en los rasgos
físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo,
en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la
facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que,
al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa
fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu
que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía
cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados:
¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!

En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal
del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados
discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición,
esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al
menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y
sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa,
trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez
y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos
se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á
intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una
muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección
visible.--Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.--No es
este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un
cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la
gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian
á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.--El golpeteo
de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática
á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que
pasa--y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo,
mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos
de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo
ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte,
cabalmente por su misma indiferencia y distancia.

Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho
constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa
de las impresiones, la vergüenza--en el grado de bochorno y dolor de
haber nacido,--me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita,
visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La
vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace
soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por
su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y
al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas
se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto,
dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos
de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en
resuello y me deslumbró un instante.

Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las
estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba,
hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad
de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas
afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla
quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire,
revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En
Recoletos--ante una iglesia--me crucé con una señora que de ella salía.
La miré como se mira, sin verlas _dentro_, á las mujeres de bonita
silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más.
Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he
causado mal, y es lazo que une.

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por
nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez
de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo--no sé
á que fin.--Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa,
no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me
olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas
resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será
que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!

       *       *       *       *       *

El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía
faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para
llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á
desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa.
Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití
friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar
el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi
respiración era angustiosa.--¡Qué débil soy!--pensaba. ¡Acaso para
llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa
armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que
economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de
ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer _sport_ moderado
sin derrochar energías como hoy...--Según suele ocurrir, al formar
estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos.
Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que
constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la
Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería...
¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que
interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando
entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito
raso.

--Lo que me ha encargado el señorito--dijo muy obsequioso.

¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener
á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes
juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.

La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de
la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico
había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que
asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le
tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una
puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con
dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que
encontró--la nariz de su futuro dueño.

--¿Es macho?--interrogué.

--No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho
ninguno--respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á
mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían
nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio,
cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos,
reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe
Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del
cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su
tajada, amén de un duro que le solté.

Al exclamar yo:

--¡Lástima que sea hembra!--ya me sentía encariñado.--¿No sería mejor
que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me
atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de
Dumbría.)

--¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre
quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el
señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará
leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!

Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café
con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado.
¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué
sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa
de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos.
¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi _plaid_ á la
cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.

       *       *       *       *       *

Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste,
no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra.
Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores
de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro,
semejante, como todo lo que ella viste--á pesar de proceder del gran
modisto,--á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su
cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda
se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes.
Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,--porque esta
gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando
mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi
papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de
esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la
duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida
en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no
inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de
las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no
tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día
su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa,
será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las
cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas
y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro
incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa
esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la
apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de
clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su
nombre. Ella, y no el marido--el cual es realmente quien lleva en las
venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española
cuando aún era gloriosa;--ella, y no el marido, es quien ha consagrado
tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo
que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese
dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de
anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar
los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices
representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas
ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo,
registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se
ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan
grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos,
y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones,
locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal
grandeza. Ella--desde el primer día de su vida conyugal--se ha dado
cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y
entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida,
ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia
por la seriedad de su conducta. Ella--sin llegar á extremos de altivez
como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas
consiente alargar la mano--es toda la casa de Flandes, amenazada como
las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de
honores y títulos.

La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su
tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de
cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome
llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de
mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo
_miroir_ amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo
diferente...

--Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de
diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...

Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con
su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su
larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba
en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las
tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de
extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus
aficiones y las de su marido, siempre entregado al _sport_.

--No va á resultar muy género pastel...--murmuró disculpándose.

--Mejor--exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de
amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas
confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las
mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con
interés; “comprendía” y “encontraba natural”.

--No se preocupe usted--exclamó con simpatía.--Lo que usted necesita es
salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los
artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como
se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar
con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay
de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio
sufrido en el paseo matinal.

--¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me
conocerá, ni yo conoceré á nadie.

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras
obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado
secretamente.

--¿No me conoce á mí?

Tembloroso de esperanza, murmuré:

--¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?

--Esté ó no esté--y si es en la _season_, no tendría nada de particular
que estuviese,--le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita
Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy
útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y
en libras!

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia
tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que
ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:

--Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá
usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima
es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en
qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive
sentada!...

--Bicicleta por lo menos--declaré.--La primavera que viene voy á
seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no
puedo... ¡No puedo de ningún modo!

--No puede usted...--asintió ella,--entre otras cosas, porque ahora va
usted á retratar á Sus Altezas.

--¿Es seguro?--articulé.--Por más que diciéndolo usted... La amistad
que lleva usted con la Reina...

Se hizo atrás, protestando.

--¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada!
Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina
retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita!
Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro.
Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque
no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio,
donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas
perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como
debe estarse.

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido
cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien
intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me
recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en
que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi
facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer
momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que
acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo
hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también
suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del
proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí
en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí
también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí.
¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales
cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un
mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas
y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No
posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su
forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas
de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico,
y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las
once--ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,--y en
que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano,
sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción
de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de
edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la
imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual
desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer
casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy
de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya
estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente
el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi
puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada
por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos
reúnen á los que no _alternan_, y las comidas, muy poco frecuentes,
á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan
esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son
ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia?
¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio
donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior,
infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?

       *       *       *       *       *

Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones,
se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas,
á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen
la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas
no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no
han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas,
cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate
en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la
inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas,
contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta
Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras,
como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.--Y es el
caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían
de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el
Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí
estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro
retratos--las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la
familia, sin exceptuar al grifón favorito,--tres ó cuatro retratos,
digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada
mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre
señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...--Pero el individuo
de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un
medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes
caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro
sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me
dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas,
previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema
de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices).
Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si
ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.

       *       *       *       *       *

Debe de ser así.--Hace lo menos mes y medio que no piso la escalera de
mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas,
á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa.
Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas
no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si
se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su
vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si
tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra
parte, las muchachas, y especialmente Matilde--que se había forjado
ciertas ilusiones,--me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado
que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para
sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y
cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad.
Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no
valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana
espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les
hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni
las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde,
obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes
de su domicilio...

¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses
ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo
se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de
la China.--Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que
yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas
de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros?
¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más
allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si
la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel
suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca
rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún _sportsman_, de
seguro...

       *       *       *       *       *

Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana,
el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de
espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los
rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas
decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al
suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra
cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo
quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con
febril mano, se corrige.

Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me
he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre
los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la
inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos,
individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto
la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el
corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que
cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo
debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante
aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría
mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana
los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar,
preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con
descolgar de mi taller la _Recolección de la patata_ y traérmela...
Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores
que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada
uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la
_Recolección_. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad,
y no sólo de verdad, sino de verdad _suya_, vista por él, no al través
de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es
eso mi _Recolección_? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo
he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de
reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y
ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo,
me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y
en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que
sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por
admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los
demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea,
maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica,
y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no
me acuesto en un lecho virgen--sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar
que en un día de fiebre la _Recolección_ me pareció un paso en mi
carrera!

¡Como la _Recolección_, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos
expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras
el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y
hasta con befa;--y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente
algo entendida.--¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua
desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno!
Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia.
Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles.
Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento
ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo
desazogado...

       *       *       *       *       *

¡El desdén (_anch’io desdeño_) me sugiere resoluciones! En el ángulo de
un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la
epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos)
me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la
mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí
mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la
estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de
Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma
de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me
interpeló.

--¿Has visto mis paisajitos?--preguntó afanosamente.

--No... ¿Dónde los han escondido?

--¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría
que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá
sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más
consideraciones. Ven, verás.

Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado,
apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas
siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe,
costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de
amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma
buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.

--¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay
moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que
leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma--lo
estaba diciendo Ruiz Agudo, el de _La Península_--es el estragamiento
de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se
aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á
respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna
_ciocciara_, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus
paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota,
como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en
el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al
Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse
en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí,
señor: en Chicago, entre tocineros.

--Yo iré á Londres muy pronto--indiqué.

--Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la
ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te
escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No
sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no
vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una
locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que
tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo.
Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro--yo lo he
visto--es... ¡descomunal!

--¿Pero dice algo nuevo?--pregunté interesado.

--¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener
nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo,
y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de
miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en
que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera
vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?

--¡Bien triste!...--murmuré impresionado.

--Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice
horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con
zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de
todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para
medrar. ¡Déjale que se jorobe!

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de
compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del
honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego
á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo
demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción
de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de
que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento
de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En
mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene
perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”

--Habías de ver--prosiguió Cenizate--lo que revolvió el indino para
colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú
no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido
á lo que cuenta Zola en _La Obra_, y que Solano tiene una chispa
genial...

--¿Quién sabe?

--No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la
lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte
á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última,
la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su
cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!

--¿Será capaz de un acto de desesperación?

--¡No eres tú poco romántico!--protestó Cenizate.--¿Lo que él será
capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!

--¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un
alma?--respondí.--Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos
es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de
toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí,
me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte...
no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo
eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden,
quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando:
“¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan
bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”

--¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas
como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado!
Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí
y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró
medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada
del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que
tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que
siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una
_Recoleccioncita de la patata_... Esa sí... Y no has necesitado estarle
dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.

--¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante _Recolección_.
¿Presentarse con ropa prestada?

--¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?

Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los _fusilamientos_. Recorrimos
segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi
amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en
los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que
hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan
concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son...
los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por
ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que
hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para
ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me
atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni
á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi
respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al
de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que _ese_ es _el que yo
quisiera ser_; mi admiración por _ese_ no se ha gastado al contacto de
la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de
admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya
en París ó en Londres, donde existan otros _que yo quisiera ser_, en
cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.

       *       *       *       *       *

Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y
el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo
primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando,
que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate
apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el
te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas,
aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme,
transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme.
Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones
de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle,
antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la
calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo,
en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde
arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie
entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues
le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara
hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados,
inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin
recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la
barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al
sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de
la muerte...

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y
siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas
mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa
en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su
Quimera.

       *       *       *       *       *

Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices
de _extra dry_. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de
disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de
un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la
mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de
cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los
más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al
que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la
ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no
ser.


LAS CUATRO MEDITACIONES


PRIMERA MEDITACIÓN.--EN LA SOMBRA

Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo--tan lejos que su contorno
se pierde--un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal
misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las
tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.

¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y
mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los
cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.

Quiero ver.

En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja
con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero
suavemente, sin malignidad.

Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como
montaña que oprimiese mi pecho.

Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es
música sin notas, me rodea.

Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me
conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen
partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.

Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en
dirección opuesta á mi morada antigua.

Porque yo moraba en paraje horrible.

No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza
de estar cubierto del espeso limo.

Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre
mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del
charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los
escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta
punto de agonía.

Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran
hermosos.

Por lo cual más baja estaba yo que ellos.

Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban
abrirlos.

Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era
turbieza.

¿Será cierto que ahora voy rectamente? ¿Mis párpados habrán soltado su
costra?

Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho siento gravitar barras de
plomo.

Quiero ir ligera, volandera.

Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.

Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y
mejor si es con dolor profundo.

Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los
duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.

Duendes eran, y agitaban el aire.

Sombras eran, y arrastraban.

Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el
cementerio.

Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.

Vida les prestaban mis apetitos.

Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.

Quiero abejas.

Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.

Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.

Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.

Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira,
oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes,
palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de
oro inflamado.

  “Para gustarlo todo,
  no quieras tener gusto en nada.

  Desnuda tu espíritu:
  hallarás quietud.

  Apaga tu fuego:
  llama muy bella y activa se alzará después.

  Avanza en la obscuridad:
  tienta con las manos:
  si caes, levántate y prosigue.

Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.

No tengas miedo.

En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.

Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos
obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos,
tu verdadera figura, la duradera.”


SEGUNDA MEDITACIÓN.--LA ESCALA

Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta
negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se
agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á
trepar.

¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose
conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?

Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea.
Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una
campana al golpe del badajo--campana rota, que no suena y vibra.

Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.

Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme
altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y
á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.

Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha
quedado pegada al hierro raspón.

Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar
peldaño con peldaño y tormento con tormento.

Aún no estoy en la cima.

Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada
y malherida.

Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.

Y entonces advierto que he llegado.

¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de
tinieblas sólidas.

El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante
del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero
ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la
fundición.

La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:

“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.

Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.

Elige.

Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás
transformarte en las superiores y divinas.

Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te
revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los
hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu
centro te abismas en él, serás espíritu feliz.

Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el
presentimiento.

Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.

Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.

Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.

Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.

El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y
negro porque no se recató de la mordedura.

Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su
descomposición.

“¡He pecado, he pecado, he pecado!”

La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.

La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas
hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.

La voz cantaba esta himnodia:

“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte
extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante
y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora
y de primavera en floración.

Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y
verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas
que rebosan”.

Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra
tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas
de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y
sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo
arrojasen lejos de mí.

Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila
y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.

Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una
placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio
de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.

Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis
manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.


TERCERA MEDITACIÓN.--LAS LÁGRIMAS

Y lloré copiosamente, de alegría.

Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:

“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme
también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron
los fríos reptiles.

Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que
no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del
rico.

Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de
nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.

¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana,
tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”

Y la voz de armonía susurró:

“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.

Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.

Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu
envoltura mortal.

Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada,
y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.

Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.

Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y
la bajeza y la dureza humana.

Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.

Bajé la frente y supliqué:

“Un deseo consume á mi nuevo corazón.

Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo
sufrir; despido hedor.

¿Dónde se encuentra el nardo precioso?

¿El nardo espique, el nardo de Judea?

Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy
como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa
extraña, pues muerto está!

Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien
voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que
les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!

Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo
que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.

¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!

Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.

Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.

Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.

Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista
alcanza.

Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta
que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no
quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en
gritos y sollozos.

Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen
animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.

Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y
abrasadas se vuelven fuego.

Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.

Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al
blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.

Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada
del escorpión.

Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.

Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del
Serafín.

Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por
luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.


CUARTA MEDITACIÓN.--CANCIÓN DE BODAS

Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.

Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.

Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas
adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas
finas, de oriente suave.

No merezco esta vestidura de fiesta real.

Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y
con su reverberación se enciende el caos y resplandece.

¡Cuánta iluminación!

Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra
ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.

Ya está hecha la unión, atado el lazo.

Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.

Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te
encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.

¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta
ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es
corrosivo al amor, y lo disuelve.

Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán
las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está,
trastornadas tiene las facultades.

Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.

Mi hermosura ofenderá su vista.

Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo
ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha
puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me
enciende y aviva mi esperanza.

Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con
el que se ha apiadado de mi larga pena.

Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y
falacia.

Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra
mía.

Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y
espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan
verde.

No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del
todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no
saben la senda por donde se va á mi morada.

¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy?
No más de un alma; un alma también.

Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.

Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.

Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.

Hiéreme con la entrañable herida.

No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y
haz cenizas cuanto no eres tú.

Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.

No he de ver sino tu faz, que es el sol.

No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un
átomo.

Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.

Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del
bien, á mí que soy débil y caigo rendida.

Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú
también me abandonaste.

Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que
deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me
entendería, que no sabe lo que es amor.

Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á
oveja muerta de cansancio.

¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?

¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho
con acentos de amor!

“¡Clara! ¡Clara mía!

No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las
majadas.

No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.

No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está
enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de
dolor celeste.

¡No te detengas, apresúrate!”

       *       *       *       *       *

La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo
lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos
plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en
alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es
lo único que me cuesta trabajo”.

Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con
intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de
tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una
credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas
y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de
Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos
de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística,
alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso
retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía
con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos
almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera”
según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando
en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo
delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio
de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban,
alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que
el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía
con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa
era refinada, y pendían en su ropero vaporosos _deshabillés_, y en sus
armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el
crespón de China color rosa te de su _vatteau_ se plegaba incrustado
de rombos de amarillenta _guipure_ antigua, y calzaban sus estrechos
pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro
caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle
de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría
que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias.
Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió
de un modo involuntario.

Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente
de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á
las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se
reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos
en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se
cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.

--¡Entra, Clara, criatura!--dijo la franca y simpática voz del Doctor.

--¿Estás solo?

--Ya no--respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores.
Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama
exclamó:

--Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas
reservadas.

El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar
el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad,
procurando la calma de las conferencias supremas.

--¿De qué se trata?--preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se
había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de
angustia.

--Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy
árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte,
padrino,--á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...

--¿Estado?,--repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se
habría arreglado lo de Silvio?

--Estado... Voy á retirarme á un convento.

El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que
había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de
su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido
á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas
había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una
centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría
quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva
verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo
de laboratorio.

Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.

--Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes
salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado
con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es
materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del
embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...

Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con
lentitud categórica:

--No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente,
porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de
haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me
he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde
hace años! Y _allí, allí_ mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya
quedas enterado, ya sabes tanto como yo.

Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso.
Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y
libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que
se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera
de titán aherrojado, vencido.

--Vamos, un poco de valor--murmuró Clara...--¡Yo te querré igual
desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo,
que ya sabes que vale... bien poco!--añadió con repentino alarde de
humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente,
cubierta por los mechones de la melena.--Luz se retrajo con una especie
de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez
húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.

--Imposible parece que tú...--murmuró; pero el Doctor, brusco y
enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.

--¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos
rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete!
¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles,
que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y
vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del
pecho, ni me has querido en tu vida!

--Tranquilízate, padrino mío, por favor--repitió Clara dos ó tres
veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á
sí propia. Luz proseguía, desatado:

--¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi
nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves
si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado
egoísmo nunca?

--¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa
sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha
sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste,
pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste.
¡Mi... misma conversión es obra tuya!

Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara
en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.

--Te digo que no te irás--balbuceaba, perdida del todo la serenidad
que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían
infundido siempre.--¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de
este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no
me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no
lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar
en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo
oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á
quien debes el ser!

Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse
de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la
cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del
pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo
habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto,
cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había
dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de
veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de
sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la
sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre
remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le
había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer
pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del
cuerpo antes de la expiación.--“Yo expiaré por ti...”--Y despacio,
sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió
del médico.

Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó
suplicante.

--¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he
conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es
decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que
te refiera...

Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó
abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos
ávidos.

--¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no
soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo;
sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi
madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto?
Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.

Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo.
Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo--una misma
carne, dos espíritus de esencia tan distinta,--permanecieron buen
trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la
inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros
y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada
por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de
espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por
la ventana de la boca.

       *       *       *       *       *

Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de
tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso
y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano
Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita
tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las
consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar
de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza
pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos.
Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero
disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y
por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.

Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de
esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres
de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho
extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de
aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por
completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía,
hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar
á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita
y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de
felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino
lozanear, lozaneaba. “He temido--pensaba Luz--cosas peores, si
cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio...
y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar
de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo
insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El
médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había
podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér--el sér, con sus
reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen
del Doctor.--Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se
disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla
en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de
su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el
sexo--repetía,--es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura
del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja!
¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia
así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en
libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad
del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y
de que él también se ha de morir.

Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión.
Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar,
sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios,
útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El
sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía
en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el
dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.

Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo
maldecía. ¡La madre de Clara--á quien había adorado con tal vehemencia
y exclusivismo--sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre
de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó
no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus
infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre
conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento
que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre,
de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado
lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces
ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el
espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia,
menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la
rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades
desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos
que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había
presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace
con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente
el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á
quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,--á
Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor
de tales influencias y prevenídola contra ellas.--Á ser posible, el
Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y
moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal,
el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las
regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho,
que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á
Clara--pensaba él;--pero instinto transformado, complicado. Cuando se
producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere
olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve
al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre
derivativos y vaya á la normalidad.”

No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de
mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse
confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los
infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores
de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte
instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el
camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia
misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece,
se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y
las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley
tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta
flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena
de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía;
había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su
enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior,
su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en
la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por
esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había
conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía,
sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio
de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que
actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel _mundo_
donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos
se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es
objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con
su aire cálido.

       *       *       *       *       *

No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el
torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los
años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca.
Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á
pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí,
amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y
excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una
comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y
para el _aprés dîner_, con Clara, que se presentó, por cierto, bien
prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso
de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío
reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras,
entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de
esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de _sport_
y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que
empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid,
se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones
al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y
cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de
Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo
escogido y contado.

--Figúrate--decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba--cómo
estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar
enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable.
¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope
Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada,
un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe
en su pellejo.--Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no
sabes? estoy invitada.

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora,
que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social
satisfecha.

--¿Adónde iréis?

--No está resuelto aún--contestó Clara.--Lo decidirán mañana; Adolfina
ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de
_brut_ y bocado y bocado de _espuma_ de hígado graso, el programa de
la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de
lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de
Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba
con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á
Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también
por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en
grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo
legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio.
Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.

La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida
en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia
anunciados.

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde
la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara
podía profesarle. Bebió,--lo mismo que se bebe el cordial que ha de
devolvernos fuerzas y en ellas la vida,--aquellos halagos dulces,
aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra;
aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse
en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas
demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara,
quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio
abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un
pichón con las alas extendidas.

--¿Á qué pueblo, por fin?--preguntó.

--Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila--declaró ella con
velada voz.--Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama
llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el
automóvil de Donado...

--¿Tu adorador?--preguntó Luz alegremente.

--Sí... El mismo.

--Te cuidará...

--Al contrario... Querrá lucirse como _chauffeur_, y nos
estrellaremos--murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.--Yo
tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más
pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa,
aprisa...”

Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones
de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único
que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente--al
recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo
tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían
fuertemente en sus barbadas mejillas,--era la amenaza del peligro
físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando
sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.

“¡Cuidado!”--suplicó.--Y Clara, silenciosamente, se desprendió
temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de
cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta
de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...

       *       *       *       *       *

En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de
alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia
de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los
otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados,
cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas
Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy
salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes
fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un
toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al _chauffeur_.

--¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!

--¡Qué barbiana está!--piensa Donado.--¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese
usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas.
Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una
seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio
trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo
les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados,
las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos
de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de
polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de
sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras
el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de
impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de
la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa,
ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los
gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla
de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío
fondo.

--¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!

Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse
adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica,
adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para
ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa.
Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de
mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban
y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil
que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y
los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre
chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en
ventisqueros inexplorados.

Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la
expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella
inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter
eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la
circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación
una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado,
descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí,
pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El
automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero
Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una
breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.

--Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.

Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las
extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba
atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas.
Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó
daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó
de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.

--¡Al convento de Carmelitas descalzas!

La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera
franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.

--Nuestra Madre está en el coro--dijo solícita.--Pase; en seguida
acaban.--Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los
cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre
sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.

--“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”

       *       *       *       *       *

 (_Hojas del libro de memorias de Silvio Lago._)

_Junio._--...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.

Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de
automóviles--creo que la primera organizada aquí,--en obsequio á lady
Mortimer, inglesa muy _smart_, á quien voy á retratar por recomendación
de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de
Londres.--Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo
enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado,
en cuyo vehículo hizo el viaje.

Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta,
con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término
de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros
expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las
Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo
para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada,
expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino,
despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino.
Ahí había algo más que padrinazgo.

Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.

Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra
una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las
Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan
con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el
ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican
á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es
pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo,
el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica
reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo
para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente
por mi causa, vive dichosa una mujer.

¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros
sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora,
libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los
bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer!
¡Vaya unos bordaditos!)

Envidio á Clara. _Se ha realizado._--Por ahí no se habla de otra cosa.
La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo
superficial, no ahonda.

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?

He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y,
sin embargo, no estoy tranquilo.

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios
de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la
vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia
más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo
invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo
destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que
Clara es feliz... en su convento, soñando.

       *       *       *       *       *

Esto no es drama, sino pasillo de risa.

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el
probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que
se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo--la
Camargo y la Calatrava,--en honor de la verdad, no se han ensañado,
quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y
futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.

Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el
aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió,
rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla
turno hasta dentro de dos meses.

--Si no puede usted retratarme en seguida--suplicó ella entonces,--_por
lo menos_ véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza
enteramente.

Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me
figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar
en _tête à tête_. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota
siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría
distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer
todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su
labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que
amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no
la quisiese retratar pronto.--Estaba vestida con alta coquetería, con
ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada
de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban
hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas
verdaderas, colgaban de los remates de su estola.

Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.--¿Qué fué cuando,
bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro
turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando
salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con
cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras?
¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la
llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña
acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me
luzco!

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo
señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja
de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos,
flamantes, excelentes--(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller).
En voz emocionada--voz que salía de muy hondo--ordenó la señora:

--Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin
objeción! ¡No la admito!

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades:
absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media;
me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones,
hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose
delante de la puerta en la actitud de la Valentina de _Hugonotes_,
abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy
flecheros, exclamó:

--¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras
no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la
fuerza... Á menos que me pegue...

La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella
también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse
los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y
zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué
la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más
facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color,
la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:

--No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado.
¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres
somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo,
¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe
Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan
desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido
nunca, en los días de mi vida, en _ningún caso_, emoción como al
prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más
insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase
desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi
capricho!

       *       *       *       *       *

Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio.
Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual
tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos
modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una
chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato
irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado
la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional,
embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata
mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á
Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede
de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.

Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina
Porcel--Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre,
mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y
gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un
ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo
atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre
el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la
majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto
de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor
discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba
á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el
contraste entre estos dos recuerdos.

Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.

Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en
España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta
ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de
garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se
cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis
soliloquios:--“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”

El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por
Espina, acaba de metérseme en el estudio.--De fijo las madamas que
antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos,
su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no
son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras
frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen
hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con
nervios solamente--una carne artificial,--encarnarían en esta mujer.
Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos
de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega
como un Vatteau.

El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación
y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su
aplomo.

--¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?

¡Sí que la tengo dada! En mi _carnet_ figuran los chicos de Jadraque,
la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto
apresuradamente:

--No importa. Ya lo arreglaremos.

No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con
todo el mundo.

--Haremos--la propongo--un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para
mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.

¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre
que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!

Espina indica mohines, reverencias--entre burla y gratitud.

--Amabilísimo... ¿Empezamos?

Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela
de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de
descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que
no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura,
acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo.
Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias
clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo
tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte
facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.

Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante
menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va
rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación,
la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y
antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para
el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del
lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus
ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar,
pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á
la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran
todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo
también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.

No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que
se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto,
de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,--es el ideal maldito
que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la
superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo
bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á
la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me
divierte.--Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el
aburrimiento de la sesión.--Cada palabra, cada ademán, me irrita, me
conmueve, me produce un sentimiento no previsto.

       *       *       *       *       *

Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el
mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien
la propia Espina ha citado aquí.

Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos
ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza.
Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo.
Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de
miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro
oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los
niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San
Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte,
al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que
nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos,
del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo
Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de
anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas _matinées_ á
que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de
cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual
manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de
descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á
los inteligentes,--las solas historias que les interesan.--Todo entre
el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco
nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.

La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta
modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias
versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino,
se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina,
sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas
llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y
brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y
demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de
Espina coinciden con la primavera.

Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio
de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está
saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle,
sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la
enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados,
recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color.
¿En qué consiste su encanto?

¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear
puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga,
delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya
señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á
la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas.
Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas
imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido
sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y
húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga--demasiado vivo,
insolente.

Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me
visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con
tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues
hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni
se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos
los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas
las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una
bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.

Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y
enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la
mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas,
agudamente contemporáneas.

En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel
ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos,
una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de
esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y
apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita.
Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en
Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños,
libres por un instante del trabajo y de la _pose_.

La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre
un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre
desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos
histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á
ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de
Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito,
cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.

--¿Qué haces, bobita?--exclamo.

--¿Es hembra?

--Por desgracia.

--¿Cómo se llama?

--No está bautizada aún.

Espina brincó del asiento.

--Ahora mismo la vamos á bautizar.

Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes
reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca
ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una
botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo
de cristal.

No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y
tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin
el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del
retrato de Lina Moros--el famoso retrato vestido de terciopelo _miroir_
amarillo.--Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.

--¡Estropeada la obra maestra!--gritó triunfante. ¡La gran obra
maestra! ¿Y si la bautizásemos también?

Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y
en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos
negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de
encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan
brutal--como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,--que
su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante
de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos
crímenes morirán así en capullo.--Casi instantáneamente, la reacción
fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo?
Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?

--Es un experimento que hice--dijo acercándose á mí y presentándome la
copa llena de nuevo.--Se corre que está usted enamorado de Lina. Si
fuese cierto, me hubiese usted matado.

Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente,
hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y
tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas
orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y
azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.

--¿Y el nombre?--pregunté subyugado.

--Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita _for ever_.

       *       *       *       *       *

Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de
Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo
exclamar:

--¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!

--¿Quién la puso tal mote?--interrogó sardónicamente Espina.

--Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama,
retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo
así.

--No han sido sino cuatro veces--protesté,--y otras tantas he retratado
á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.

--Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?--preguntó Espina.

Rendido, murmuré:

--Las que usted quiera.

--¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para
la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso,
al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego
retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo
visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.

Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos
á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo,
ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de
Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.

Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué
escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de
facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila,
monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes,
atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos,
jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos,
según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes
auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre
todo, el _Triunfo del Ave María_, me enamora con su reflejo desdorado
y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina
señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.

--¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que
fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas,
con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh?
El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.

¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista.
Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez.
Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la
nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo
á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada
más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros
destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata
cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood,
_terra cottas_ de las que se ven en los escaparates de París;
estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de
_pâte tendre_ danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una
sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel,
elegantes, deliciosos!--El marqués, por último, apeló á mí.

--Yo, ni con usted, ni con usted--respondí señalando á derecha é
izquierda.--Yo... lo real... y nada más que lo real.

--¿Y qué es para usted lo real?--preguntó el arcaizante.--¿Llama usted
real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor,
por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real
únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne,
como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un
realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del
color local, como Goya? Porque hay cien realismos.

No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:

--¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si
estuviese, viviríamos rodeados _naturalmente_ de hermosura, ¡y sucede
lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de
eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos
como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.

Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:

--Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y
esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.

En efecto, poco tardó en argüirme:

--¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos
presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted
la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo?
¡Vamos, señor artista!

¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único
que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no
la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad,
campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.

Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere
enseñarnos sus colecciones. Primero--estratagema--lo menos importante;
dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y
Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de
Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra
de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas,
caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece
recoger por recoger. No veo valor artístico.

Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando
VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase
la estatua--explica el marqués--en el centro de un jardín, y por esa
actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al
suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el
tirano les ordenaba “comer hierba”.

--Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...

--Sin embargo--objetó Espina con el airecito cándido que adopta á
ratos,--el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los
demás, no dude usted que... ¡Oh!

Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y
me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la
humanidad.

Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi
parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de
Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás
de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable
gesto de horror.

Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de
bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas.
Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los
maniáticos, secretea:

--Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á
obtener su posesión...

Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la
presenta.

--Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay
coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo
nacional, se coleccionan sus recuerdos...

En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada
la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III.
De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.

¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras
de Quimera; la tema del coleccionista.--He oído hablar mucho del
carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros,
rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte
para su colección. Se cuenta--no sé si en serio--que hizo creer á una
solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo
preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome
Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en
poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio
bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico;
memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad
perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de
esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.

Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor
hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de
sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez;
y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:

--Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora
á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.

Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de
eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta
pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una
colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar
relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo
desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha
cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el
amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los
prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.

--En vez de corazón tienes esta saboneta--dice Espina señalando á una
de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el
latido.

El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que
ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda
tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin
asustarse, se encoge de hombros:

--¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el
vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?

La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de
las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus
efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII,
que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.

¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda
Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar
de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al
cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á
su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices
los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces
figuraciones, sino vestida.

Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé
distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte
supremo.

El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y
oro, nos hace pasar al último salón--el ojo del boticario.--Aquí se
guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica;
jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me
deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos
en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha
familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me
encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca
y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente
relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente--una
caricia para la vista,--y la labor un portento. En el tesoro de Toledo
hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué
prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y
dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una
modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué
la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había
impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el
Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es
una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras
esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del
Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con
las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de
arte; comprendo lo que no comprendía.

El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye
al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que
me suscitan.

Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos
piel de Suecia.

--Todo esto de plata--dice,--para las iglesias, muy bueno.

--De iglesias procede--declara el coleccionista.--Estas bandejas son de
postular en las catedrales. Y aquí tiene usted--abrió misteriosamente
un armario--algo que todavía huele más á iglesia.

Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante
aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul,
vislumbré tesoros.

Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor
de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas,
una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su
dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el
ojo del ojo--una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la
efigie de Santa Catalina con su rueda.

--Es única--me dijo,--no sólo por su perfección, sino por la
conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré
(secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen
en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada
su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan
singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda
regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!

La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me
parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer
engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.

Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto
verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que
alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por
los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes
de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de
solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino
peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión
altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de
oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un
prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse
en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de
huso--todo divino.--Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera
(adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y
bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma,
la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad
de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á
brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer
tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y
otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en
onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me
cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo
milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones,
bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen
bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en
caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la
fuerza y del triunfo. Solar me dice:

--Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.

Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces!
¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!

--¿No sabes--pregunta de pronto dirigiéndose al marqués--que llega esta
noche Valdivia?

Rióse Solar.

--Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía
mucho...

Nuevo guiño del marqués--ya inequívoco, pues señala hacia mí, como
diciendo:--“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”

Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:

--Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á
las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad.
¿Niéguelo usted?

Yo, realmente, _no lo sabía_. Esta murmuración mundana no había llegado
hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además,
suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos.
Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas
enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia,
se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal
gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando
Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de
polo que se jugaba en el Hipódromo.

--Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra
hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es
en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí.
Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por
Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su
ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur
casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de
Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro,
conformes, pero que está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su
protección no vacila en ponerla en berlina, y para espiarla, la sigue á
todas partes... No; á ese, cuanto le suceda le estará bien empleado. ¿Á
qué se mete en aventuras?

Comprendo, como si leyese en el pensamiento del coleccionista. Éste
no es padre clandestino: es un galán, contemplativo por fuerza. Está
furioso con Valdivia, de esos extraños celos que pueden existir sin
amor, al menos sin lo que por amor se entiende. Yo tampoco estoy ni
estaré enamorado de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que va á
aparecerse me impacienta; daría algo bueno porque no hubiese tenido la
ocurrencia de descolgarse en Madrid ahora.

Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á la ventura por las
calles inundadas de gentío. Como en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace
bochorno, y al mismo tiempo experimento la sensación desesperante
de incurable frialdad en el estómago. Plomo es en él la comida. Allá
dentro debo de tener un glaciar suizo.

Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposición gástrica, me
siento mortalmente triste. Lo vano de la vida, lo inútil del esfuerzo,
lo deleznable de todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me cae
encima como una losa. Salgo del popular café, salto á una manuela y
digo al cochero:

--¡Vaya usted por ahí... por donde se le antoje! Hacia la Florida,
hacia los Viveros. Donde no haga calor.

Las vías céntricas son un horno. La Puerta del Sol está envuelta en
una especie de vapor rosado y ardiente, que parece el hálito de una
boca juvenil. La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, jipíos que
salen de los cafés, violines de ciegos, gritos de chicos pregonando los
periódicos de la tarde, rodar de coches que cruzan apresuradamente,
llevándose á las señoras retrasadas en el paseo, y que regresan á sus
casas con el apremio de vestirse para el Circo ó para la comida...
La melancolía de las multitudes, entre las cuales se siente uno más
abandonando, me asalta. Quisiera estar en las Mariñas de Marineda, á
esta misma hora, cuando la campana de la parroquia de Monegro llama á
la oración y por los caminos se encuentra á los labriegos que vuelven
del trabajo y saludan con un “santas y buenas noches”...

Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras bajamos por la calle
del Arenal, caemos en la plaza de Oriente, donde dan solemne guardia
á la mole del edificio regio las barrocas estatuas de granito; y
bordeando el costado de Palacio, pegados á la verja de los jardines
del Campo del Moro, descendemos hacia la estación y la ermita de San
Antonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi memoria en este
instante, como si los estuviese viendo á toda luz, según los vi. Al
pasar ante la iglesuela, una luna resplandeciente y tibia, de verano,
inunda la fachada y se derrama en olas de flúida blancura por todo el
paisaje. Bajo esa luz siempre fantasmagórica, al paso, por orden mía
muy lento, del desvencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman,
flotan, como formados de neblina y de claridad lunar, en vapores de
plata, del blanco plata de los pintores. De toda la obra de Goya, en
que la luz realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos como
en el tapiz de la _Gallina ciega_ y en el de la _Vendimia_, lo único
esencialmente lunar--prescindiendo de sus terroríficos aguafuertes, que
son nocturnos--me parecen estas ángelas.

Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á fuerza de delicadeza,
vestidas de ropajes que, al igual de los de Espina, se ciñen con
molicie alrededor de formas mucho más sugestivas que ningún desnudo;
veo esa mezcla singularísima de realidad y de ensueño delicuescente que
las ángelas ofrecen; veo que trepan al cielo, cándidas, leves, cuando
son el pecado mismo, la suprema idealización del pecado, la mayor
irreverencia que cometió jamás un artista; y veo sus cortos talles en
contraste con sus larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas,
que las visten como de esas nubecillas azulinas ó violeta que forman
pabellón al disco de la luna. Al sentirme cercado de estos fantasmas
de belleza enteramente actual, con la nota del sentimiento presente,
empiezan á hervir en mí las impresiones del día, y noto una sorda
angustia, una zozobra inexplicable, un tormento que se parece al mareo
de mar.

Lo que se me marea es el espíritu. Mi enfermedad es la duda. Dudo de lo
que siempre creí. Reniego, á pesar mío, de mi ideal estético.

       *       *       *       *       *

Las ángelas desaparecen. Estoy en una calle muy amplia, de un pueblo
antiguo, que no conozco. Se desarrolla á lo largo de la vía una
procesión, precedida de música estruendosa. Desfilan pajes y heraldos,
que llevan en almohadones una armadura de torneo, nielada, repujada,
incrustada de oro, damasquinada, deslumbrante. Destacándose sobre el
gentío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva mirándome con
calma orgullosa. Carlos de Gante, desviando con su mano aristocrática
la vuelta de su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando la
mandíbula prognata, con el tusón de oro al cuello, ladeado el birrete
que prende rico joyel, pasa esperando que yo me incline y le salude
hasta la tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, revestido
de paños de seda, del cual tiran ocho mujeres en la flor de la edad,
vestidas sólo de su hermosura y juventud. La escena no la ilumina
la luna, sino el sol, un sol de victoria, que juega en las largas,
trigales, destrenzadas cabelleras de las vírgenes que arrastran el
carro, de maderas preciosas, guarnecido de brillantes bronces. Los
balcones, llenos de gente, ostentan tapices. En pos del César se
atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas enfundadas en
brocado de plata, preso el cabello en red de perlas; niños rubios,
de cabeza ensortijada, en cueros las carnes lácteas, una gorrita
de terciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos trajes acusan
musculaturas viriles; panzudos burgomaestres de ondulosa barba y
almenada toca; un obispo llevando en alto una cruz procesional de oro,
esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de hadas--y detrás, monagos
frescos y bellos, con el pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de
postulación de labor magnífica, en que fuertes romanos se apoderan de
las Sabinas ó Faunos nervudos aprietan á las Driadas forestales. Y
cuando se ha alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha quedado
desierta la calle, un hombre muy hermoso, calvo, de serena frente
ebúrnea, envuelto en túnica de lana armoniosamente plegada, se encara
conmigo y me dice:

--Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.

       *       *       *       *       *

¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el
Renacimiento! Eso, eso, sólo eso--era el arte. No haremos nada que á
eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado
de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al
lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por
cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me
susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega
de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero?
¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?

“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas
pujantes, formas estatuarias.

“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.

“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de
interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es
en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces
ya la interpretas en ti!

“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente
es pisar la hierba pisada.

“Ríete de esa Naturaleza pura.

“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento
derramó en el mundo.

“Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, sé estoico.

“Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria.

“Sólo hay una fe digna del que no nació con alma de siervo: la
sabiduría antigua, la más alta.

“No seas de estos cobardes vacilantes de la presente generación,
impregnada de la mujer, de su piedad, de sus lágrimas, de su histeria.

“Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento.”

       *       *       *       *       *

Entretanto, el coche, rodando despacito, me conduce á los Viveros, y
echo pie á tierra, y me pierdo entre las frondas en flor, envuelto en
el aroma penetrante, embriagante, de las acacias.

Una mujer viene á mi encuentro.--¡Espina, Espina!--Arrastra un traje
de gasa, de incierto matiz, de esos matices afeminados que la moda
ha bautizado con el nombre de _colores pastel_: tales son de tenues,
como suavizados por un dedo de artista. El traje, sin embargo, es lo
más atrevido que he visto nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un
viso de tela sedeña, nacarada, de transparencias misteriosas. Sobre su
fosco pelo, una original capelina de la misma gasa, orlada é incrustada
con idénticos encajes vaporosos y caídos, como ablandados por la
negligencia, por la languidez.

--“¿Qué tal?--pregunta la deliciosa aparición.--¿Le gustan á usted
mucho los señorones vestidos de reyes de baraja? ¿Las mollazonas
indecorosas, de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La
mitología? ¿Todavía no está usted enterado de lo que es bonito,
hombre? ¡Es usted un pedazo de estuco! Debía de estar ya desasnado;
creí que tenía usted temperamento artístico verdadero, no como el
del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso con lo rancio. Hoy se
hacen cosas más encantadoras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda
á mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo grosero. ¿De dónde
saca usted que lo natural, por ser natural, ya es bello? Al contrario,
tonto, al contrario. Lo bello es... lo artificial.

“¿No soy bella yo?

“Pues en mí, lo natural no existe.

“Soy una civilización entera que ha infundido á lo raro, á lo facticio,
la vibración del arte.

“Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la
exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recatan los
misterios de los santuarios.”

Angustiado, como el creyente á quien se le derrumba el ara de su fe,
exclamo lanzándome hacia la cosmopolita:

--¿Dónde está la verdad?

Ella responde:

“--En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras
chinescas sobre las paredes iluminadas ó lóbregas de nuestra alma.

“Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó la admiración del
populacho, no merece ni la mirada del artista.

“Las opiniones, los sentimientos de la multitud, ignórelos usted. Las
sensaciones sencillas y francas... á los mozos de cuerda. La sensación
hay que pasarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella--pero
exquisita y sobreaguda--y el negro tedio que nos encamina á la
realidad antiestética de la muerte...”

       *       *       *       *       *

Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman
apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...

--¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja
aquí, señorito, ó vamos á seguir?

Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo
en un minuto.

Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.

--No, no me bajo...

Y doy las señas de mi estudio.

       *       *       *       *       *

_Fines de Junio._--En el desconcierto de mis ideas sobre arte--porque
tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se
les viene abajo,--me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño
raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.

Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.

Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la compresión que ejerce
el mundo ajeno. Dormidos, sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos
que llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma forma radiosa la
vaguedad, lo obscuro resplandece.

Soñando se me derrumbaron mis convicciones, me sentí cambiado; otra es
ya mi fe, ó por mejor decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario,
vivo de dudas y de incertidumbres; también dudar es un modo de vivir y
de creer; antes imaginé poseer método para realizar un poco de arte;
ahora no sé por dónde ir: la perfección antigua me desespera y abruma;
los rumbos nuevos me hacen parpadear, lo mismo que si estuviese mirando
á un foco eléctrico muy intenso.

Minia me ha aconsejado:

--No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted no puede seguir las
huellas de ningún pintor antiguo. Entre los modernos, para atravesar
el período de imitación, mortificante pero forzoso, elija al maestro
que mejor se adapte á su modo de ser, y después de chuparle los
tuétanos, mátele dentro de usted mismo. De los antiguos, sin embargo,
podría usted sorprender secretos. Me han asegurado que Lehnbach, de
absolutísimo incógnito, haciendo creer en su país que viajaba por
Grecia, se estuvo un año aquí, copiando á Velázquez en el Prado,
apoderándose de procedimientos que saca á relucir ahora.

--Á Goya copiaría yo más bien--respondí.

--Sí; tiene con su alma de usted mayores afinidades. Cada día
sube Goya. Su decadentismo castizo le preservaría á usted del
afrancesamiento á que está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de
usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira!

La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla los tentáculos al
cuerpo. Sin duda no tiene qué hacer en Madrid, y no sale de mi taller;
me acapara.

Veré si emborronando estas hojas consigo definir lo que me sucede con
Espinita...

En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no estar enamorado de
ella, según la gente diagnostica el enamoramiento... ah, de eso tengo
seguridad completa.

Vería á Espina arrastrada por la corriente de un río, destrozada por
la explosión de una bomba de dinamita; la vería entrar en una casa
inequívoca... y me sería igual.

Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote,
argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que
prefiriese no perder la emoción.

El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras
irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto
imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción
inexplicable, complicada,--una perversión que descubro en mí, y que me
asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona,
de psicología blanca.

Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y
la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y
vulgaronas.

No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre
estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban:
sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y
lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace
de ella una especie de Cleopatra,--pues, como le sucedía á la reina de
Egipto, _su vida es inimitable_. En otros términos: probablemente me
atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.

Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es
dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que
yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se
justifican. Son.

Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa
sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo
he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil
de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes--la Palma, la Baronesa,
Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara
Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.--Y sin embargo me
deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un
fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de
perfume que trastorna.

¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos
instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?

En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me
trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que
profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga--sin que el amor
prevenga la excusa dulce.

Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello
amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando
esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida
en mi diván, confianzuda como en su propia casa.

Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas
excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón
de manos.--Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado,
con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa
superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto,
señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y
simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca
mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas
acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de
salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en
millones, sólo parcialmente comprometida--dicen--por los fantásticos
caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro
país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus
relaciones con un hombre machucho y dispéptico.--La dicha es lo único
que no suele perdonarse.

       *       *       *       *       *

Espina--voy estudiándola--no me parece tan mala como negativa,
inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones
son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor.
Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras,
está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo;
frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora,
jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también
bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella
saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen
talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con
una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo
arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay
electricidad en el aire.

¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en
el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la
desesperación.

Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para
fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción
discurrida, ó quiere que se la discurra yo.

--Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?

La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes,
la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le
impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan
su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente
perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su
desprecio.

Las etéreas figuras de la Florida la seducen.

--Goya--me dice--es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que
pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.

Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco
á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos
del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas,
desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en
escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas
de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos
matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho
tono.

Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:

--¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica
usted, en lugar de posar para el retrato?

Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:

--¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!

No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso,
y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia
todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera
de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal
vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que
nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su
aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el
Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no
preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero
esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo,
consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.

En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es
una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo
destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las
trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me
descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato
medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor
cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de
provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me
las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae
al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.

Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos
tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías,
que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones,
dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de
ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al
portal, me dice imperiosamente:

--Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no,
bótelo usted por la ventana...

¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente
baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en
una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!

No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de
venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada
por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué
hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy
platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los
muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos
á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto,
que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:

--Se viene usted conmigo á París; se viene usted.

Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los
dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más
mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas,
dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas,
diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con
reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo
dedo.

Se las alabo, y responde en tono de tristeza:

--¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de
París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento,
es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas”
es poco exigente. No entiende de tocador.

Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra
perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por
una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las
joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas
hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan
con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas
manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es
un hueso inerte, una reliquia.--La memoria de los sentidos me hace
evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación
de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano
ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me
enloquece Cupidillo...

       *       *       *       *       *

Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido!
Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de
ninguna especie,--lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de
boca...

Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la
cabeza contra las paredes del estudio.

¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían!
Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las
tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no
será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.

Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?

No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué
disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento...
vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las
circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se
hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice
es _vil_, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como
le dije á Churumbela:

--Pégame...

Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:

--Pa no matarte, desalmao, no te toco...

No me sirve de descargo acusarle á _ella_ de haber preparado la
ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su
chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”.
¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!--No, lo que es este
secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué
el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más
inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.

Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano,
hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete.
“Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio,
el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde
Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan
á escasear en Madrid,--pero todo se consigue tirando dinero.--Me
pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan
satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas,
tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina--el que
había de llevarse ella á París,--como anhelaba: algo nuevo, inusitado,
sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules
blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto
de la mujer, entre gloria primaveral.

Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de
memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en
que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas
rosas.

Al entrar la Porcel, antes de hablarme, cerró con llave la puerta del
taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y
como infantil:

--No tengo gana de que nadie nos interrumpa.

La miré sin comprender, absorto en mi boceto.

--¿Qué va á pensar el criado?--fué la simpleza que solté por fin.

--Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son
personas--contestó encogiéndose de hombros.

Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre
contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en
exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría.
¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la
tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver
quién lo hacía de un modo más artístico...

--La rosa, con todo, es flor algo trivial...--murmuró.--Orquídeas
debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el
mismo.--Y, con cierta ansiedad, añadió:--Supongo que aunque el pastel
de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se
le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de
usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden
comparársele.

--¿Qué sé yo?--respondí.--Es difícil dar el premio en concurso. Yo
deseo que el de usted salga admirable...

Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no
perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por
elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que
las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con
revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente
mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía
los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El
_nevimaterno_ ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló
con cierta repugnancia.

--¡Puah!

Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones,
clamó regocijada:

--Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.

Después--al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente
envolvía,--buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que
podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me
apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que
deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso
del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas
moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado
de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad,
libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita
dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la
puerta.--De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie
igualmente, y me dijo, en voz susurradora:

--Nada de abrir sin saber á quién.

Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el
característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo
sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:

--¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para
que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?

Espina hizo seña de que ella abriría--y tardó, aparentando torpeza ó
malagana.--Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había
que ver fulgurar sus negros ojos.

--Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...

Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que
una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á
Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un
beso, murmurando suavemente:

--Al contrario, _ma charmante_, si te avisé porque me arreglaba...
Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser
el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie
de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá
entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch...
banales. Así me lo ha dicho él...

La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su
interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:

--¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo
me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo
_miroir_. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa.
Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual
profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra
maestra?

¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina,
exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo
detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el
ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció
como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en
cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la
muy bribona--¿qué otro nombre puedo darla?--se echó á reir con risa
que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de
sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:

--¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?

Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se
volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:

--Abur, _ma toute belle_, te regalo el retrato y el autor... Están en
el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...

Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato,
el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura
triunfante, indiscutible!--Sin permitirme cumplir el deber de cortesía
de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró
nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...

       *       *       *       *       *

Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con
Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien
sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que
sigue.--Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar,
se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de
sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos...
Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.

Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que
palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre
me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que
iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de
esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de
complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo
bajo, satisfecha, campante, exclamó:

--Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!

La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.

--Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?

Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel
hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me
explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de
enigmas sin clave.

Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero
¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella
debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la
lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues
justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.

Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro,
desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría
viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase.
Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,--y Valdivia la
tiene muy cabal,--hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio
Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos,
turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con
mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que
no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el
instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos
la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:

--Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen
por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no
cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su
tarea...

Y Espina respondió, impávida:

--Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en
venir, como te encargué.

¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina
será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos
al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y
Espina fuman, serenos, amigables.

       *       *       *       *       *

Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la
preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un
cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.

Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar,
rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante _smart_
para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta
yanta...

¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores
cochinadas de este cochino mundo.

Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la
muerte.

Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada
millar de duros, un pulmón.

Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.

Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin
cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una
diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba
era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que
rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.

Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además
en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había
sacrificado neciamente mi manera de vivir,--mi sustento diario.

¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un
codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que
no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de
él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira
por el bolsillo.

Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...

Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de
la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la
leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.

¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá?
¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi
desbarajuste?

Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman;
entra Valdivia, tétrico y ceñudo.

--¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...

¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!

--Tenemos que hablar...--repite.--Pero antes, hágame usted el favor de
un vaso de agua clara...

--¿De agua clara?--repito embobado.

--Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está
gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No
le ha dolido á usted nunca el estómago?

--¡Ya lo creo que me ha dolido!--respondo con expresión.--Sin ir más
lejos, ayer...

Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía,
empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso
que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días
la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo
los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de
qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le
han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un
régimen de lo más severo.

--Pero--objeto yo--entonces...

--Entonces--replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato--tales
prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de
María. Los médicos, ¿qué saben?

--¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?--pregunto.--Allí, con un
poco de voluntad...

Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de
acero--lo he visto, no puedo dudarlo,--se arrasan de lágrimas. Me echa
una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de
la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:

--Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea
á la cabecera de un enfermo...

Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la
confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos,
marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada,
resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de
la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud
perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado
que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se
tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas
lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos
en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y
sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.

--¡Ni un día sin celos!--repetía hecho un ovillo en el sofá, porque
arreciaba la gastralgia.--¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad,
de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces,
créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay
días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar,
desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi
detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría
más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos
traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago,
y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi
desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de
realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que
dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto
aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta
ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa
negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo
celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María...
Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se
muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree
loco?

--Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso
de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura,
los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría
que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más
distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal,
que...

Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á
creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las
espontaneidades.--Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me
pasó el alma como un cuchillo:

--Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto
en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta
conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que
con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha
hecho usted ya.

--No--me apresuré á gritar,--uno solo. El otro es un boceto, un estudio.

--El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía.
Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le
dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo?
Sencillamente, entre amigos...

Al oir la cifra protestó.

--De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí
es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos
mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...

¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de
emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era
demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de _aquel_...
¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...

--Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á
usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo
precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas.
Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta
temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su
culpa, diez ó doce enemigas...

¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la
característica de los enfermos de celos crónicos!

Todavía añadió:

--Y, por supuesto, cuente conmigo en París--adonde espero que se
vendrá ahora en nuestra compañía--para lo que le haga falta, sin
restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á
otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí.
La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.

Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á
retirar la mía, de seguro temblorosa.

--Sea usted mi amigo--dijo melancólicamente.--No soy un hombre
demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á
veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa
mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella
no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una
fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi
pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted
puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy
dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis
penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y
aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico,
harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.--Les
aborrezco.--Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga,
¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia
sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha
engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si
tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es
aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que
divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá
á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo
ahora mi sangre!

--¿Marbley? ¿El del _Harem turco_?

--¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha
impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en
cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted
cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en
los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso!
Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato.
Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele,
aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con
Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!

       *       *       *       *       *

En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no
descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos
insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de
placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui
del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía,
sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por
miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me
paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía
como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el
alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo
de las palabras de Valdivia.

Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia
como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera...
No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en
Espina, en mí--reconozco la contradicción--me parece sencillamente, en
este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré
un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de
Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho
de Espina por mí.

Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no
siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo,
tengo impulsividades honradas.--Cuando empezó á filtrarse el día al
través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución.
Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un
céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus
artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.

Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo,
las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi
pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.

       *       *       *       *       *

Mi fatuidad--porque en este medio me he vuelto fatuo--me sugería que
iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima
con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza,
con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la
píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso
y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio,
sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como
casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de _euforia_, debida,
sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.

Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á
París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida,
irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto
de los que se hacen cuando el destino se impone.

--Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá--pronunció
despacio, con expresión enigmática.

No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves
pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez
por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de
pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que
exigía el retrato.

Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de
su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la
actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale
encantador.

       *       *       *       *       *

Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París
con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en
todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril,
por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.

Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa
de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos
verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que
eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni
siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas
andan escurridas y lo único que se logra es trampear...

Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación
la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á
renovarnos.

Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía
esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la
pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si
entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de
moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.

Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear,
y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra
prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden
la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el
verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único
que importa.

Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?

El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven.
Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre)
de una _etereidad_, de una magia seductora. La cabecita rubia, los
nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles
que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules
y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores
están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á
caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la
cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí--y no exceptúo á
Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa
de las extravagancias de la Porcel,--el efecto de sencillez, un cuadro
sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato
de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida
del monarca portugués.

En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios.
Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor
del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna
mediocridad.

¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á
quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...

Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero
comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si
la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en
desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á
pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi
engañado protector, sin escrúpulos...

Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.

Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.

Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!

       *       *       *       *       *

He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes:
esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he
aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á
despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida
en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar
de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos,
pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que
despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar
en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y
tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan.
Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas--llamémoslas así,
aunque sea presunción,--aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet
para la función regia en el Teatro Real.

       *       *       *       *       *

¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades
han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba
loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco.
Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se
ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se
prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar
sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el _Don Juan_, de
Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los
cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos,
de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al
público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario
con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño--morenos,
mostachudos, serios,--estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he
visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con
las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la
arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...

Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran
palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades,
elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio
de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á
las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la
concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda
eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si
los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos _bien_, ó las
sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas,
de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los
nervios.

Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico
á pasar revista.

Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos
salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas
de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de
blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son
mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus
vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición,
galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las
pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo
por las fauces...

Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un
magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia
militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones
blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés
y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida,
arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada
por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda.
Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero
sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda
dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda
la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal
humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse,
escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas
las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en
criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo,
obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha
engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego
nos encaja esta ridiculez.”

El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben
ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas
Castillas? ¿Una _cocotte_? Está, acabo de verla... Un escándalo...”

Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una
cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están
furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado
el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y
los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de
condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul
ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con
más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó
por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se
dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre
crucifixión colectiva.

Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni
faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,--pero ninguno con
la planta arrogante del que á mi lado se sienta.--Sin embargo, la
vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de
bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de
buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que
algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso
y desnudo, condecorado con tres tallitos de _muguet_ y dos violetas
blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado
solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con
una cinta de colores ni con un trozo de metal.

¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado,
y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea,
con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica
diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota,
luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente _fagotée_...
y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses.
Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene
cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina
Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto
con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata...
Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita,
postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de
Infantes de Castilla y León...

En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de
cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba,
brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de
pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho
apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la
duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita
Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad.
Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento,
recordándome la escena del taller.

Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de
lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una
hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir.
En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y
horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora--la
francesa,--deliciosamente ataviada, con un talle y un _chic_ que á
París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel
Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por
la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente,
la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo
confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los
Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da
postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita
Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con
la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono,
sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la
contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación
de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado
de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...

La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no
parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus
negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico,
que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más
chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe,
se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel
mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda
de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez
de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al
moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y
de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que
Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los
comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura
que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los
gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo
no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre
el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó
entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en
mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas
historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y
la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don
Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los
cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí
del acosón del grupo de muchachos que en el _foyer_ se apiñaban, y tuve
la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre
zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de
triunfador.

Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me
soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo,
por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de
cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno
de olores y de mentiras...

       *       *       *       *       *

Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados
en el sudexprés.

Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más
blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una
novia, que le prometa escribirle.

--Mira--le digo,--las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento
dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya
lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.

--Te la cuidaría yo bien--objeta Marín afanoso.

--No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero
conmigo, ¿sabes?

Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si
los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme
todo lo que ocurra.

--En Septiembre ó en Octubre--murmuro--debieras venirte á París, á
pasar conmigo unos días.

Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me
dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos
franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura,
á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su
cuenta.--¡Madrid, adiós!



III

PARÍS


Sentar el pie en la estación del Quai d’Orsay no causó á Silvio el
efecto que se había figurado. Le sucedía así con frecuencia,--agotar
el contenido de una emoción con la fantasía, desflorándola de
antemano;--previendo todo, y más aún, de lo que la realidad contiene.

La presencia del ayuda de cámara y el lacayito de Valdivia le evitaron
esas molestias de la llegada que influyen en la impresión de una
ciudad desconocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de mantas
y su baúl. Se encontró el equipaje entero estibado en la galería de
un fiacre, y hasta dadas las señas del hotel donde Valdivia le había
retenido habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le esperaba
á almorzar al día siguiente, añadiendo el brasileño que, á ser posible,
le llevaría algún colega distinguido, algún periodista, algún crítico
de arte.

--¡No!--suplicó Silvio, azorado.--Señor Valdivia, ¡otro género de
exhibición! Vengo aquí á estudiar.

--¡Pero también á vivir!--arguyó el protector.--¡Si no le lanzamos, no
le encargarán, no ganará! ¡Es preciso que corra la voz, que se conozca
esa preciosidad que traemos bien encajonada, esa lindísima efigie de
María!

No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero al hollar el
pavimento de París, le dolía sentir otra vez el yugo del maldito
trabajo útil; presentía, con repulsión, el subibaja de los arcaduces de
la noria, el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, sin
ideal, sin tregua...

No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traqueteo del sudexprés, el
más quebrantahuesos de todos los trenes. Apenas el fiacre le soltó en
el zaguán del hotel--uno barato, en la calle Daunou,--y encomendó sus
bagajes, se echó á corretear á la ventura, con ese afán de apoderarse
cuanto antes de la topografía y los aspectos de las cosas, que
caracteriza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la primer
zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, para no perderse y no tener
ni que preguntar, con el conocimiento instintivo de esa ciudad que
nadie ha dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de memoria
el plano de París. Todo era familiar, previsto, manejado, como rostro
conocido, cuyos rasgos se llevan en la memoria. Le sorprendería que
algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba seguro de cobijar
dentro de sí, por incesante frecuentación espiritual, á París, á su
forma, á su esencia.

Los nombres de las calles eran música, cuyos ritornelos tarareaba.
Desde América, se había impregnado de París. En Buenos Aires, de París
hablan los artistas como de la tierra de promisión. En Madrid, hasta
los gatos hacen la naveta, van y vuelven cada verano. Los nombres de
los grandes pintores franceses, como clavos hincados por martillazo
seguro, habían penetrado en su cerebro, y advertía, al perderse en las
vías de la amada Metrópoli, esa impresión á la vez prevista y honda de
los sitios respirados moralmente, antes de haberles bebido el aire.

De la larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la Plaza del Teatro
Francés, y con goce pueril deletreó el anuncio de las funciones para
la semana: _Le Misanthrope, de Molière; Phédre, de Racine_. El teatro
estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió impulsos de pasar
también. Pero el antojo de seguir _flaneando_ pudo más, y echó Avenida
de la Ópera arriba. La Ópera--el edificio neroniano--se erguía más
elegante de noche, apagado el brillo de sus oros y el colorido de sus
mármoles, fundido todo en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux,
entrevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espiritualizada.
Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba de luces, rebosaba gentío; se
agolpaban alrededor de las mesas de los cafés, sacadas á la acera;
circulaban sorbetes y refrescos.

Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la Magdalena; contempló un
minuto el seco monumento; después retrocedió, atraído por el foco de
la animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó en dirección
al antiguo solar del Teatro de la Ópera Cómica, destruido por voraz
incendio; evocó minutas de comidas refinadas al rasar el café Inglés,
letras cobradas y millones removidos rozando el Crédito Lionés, y no
paró hasta llegar cerca de la Puerta de San Martín. Desde allí se
perdió por callejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embriagado de
soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se entretuvo en los desiertos
jardines de las Tullerías, y se enhebró y engolfó en los rincones de
muelles y mercados, á la romántica sombra de las iglesias góticas y de
las torres que hablan de historias muertas... Altas fachadas le echaron
encima su silencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en el
extraño lenguaje del agua que chapotea, que parece calificar de vanidad
y miseria cuanto es acción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y
Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á Nuestra Señora.

No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía la mirada desde
lejos. La luna, roja y ardiente, como de Julio, había salido y
ascendía; y Lago iba á ver y admirar, ni más ni menos que los poetas
melenudos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la luz del
satélite, ironizada por Musset.

Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, bañando las dos
torres, dejando en tinieblas la finísima aguja. El artista veía
resaltar las relevaduras prolijas y delicadas, la fila de estatuas
bajo la enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se alinean
en la base de los profundos arcos avialados del pórtico, y la hilera
de arquitos bilobulados, bajo los cuales se yerguen las veintiocho
figuritas de reyes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora
en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en aquel instante
deseaba ser uno de esos misalistas ó imagineros de que Minia le había
hablado, que sin dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de
nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima para generaciones y
generaciones. La edad presente, por un momento, le repugnó; la serena
hermosura secular de la Catedral se impuso á su conciencia artística.
Se vió deleznable, falso y, sobre todo, pequeño, inútil, impotente. Un
desaliento incurable le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente
los brazos á lo largo del cuerpo. “Nunca, nunca”, escuchaba entre
el silencio de la noche, ese hermoso silencio de los sitios poco
frecuentados de las grandes capitales, silencio nervioso, realzado por
la conciencia del ruido y bullicio alrededor.

“Nunca, nunca”. Era el efecto aplanador de París; la primera emoción
depresiva de sentirse pequeño entre la muchedumbre. Así como en torno
de la paz de aquel atrio, en tales momentos desierto, percibía Silvio
el rumor oceánico de la gran ciudad, notaba también, difuso en el
aire, latente detrás de las paredes de las casas, el esfuerzo enorme,
la suma incalculable de trabajo y de voluntad que en París se gasta
para salir á luz ó sólo para ganar la vida. Acordóse de los poetas del
Cenáculo, de los que venían cada noche como druidas á tributar culto á
la luna. “El mundo era más joven, la celebridad se lograba más pronto”,
pensó. Después se fijó en que entre aquellos melenudos también había
pintores, y un cierto Petrus Borel, universalmente famoso por sus
luengas guedejas y su velida barba, no había marcado la menor huella en
el arte. “Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que nadie me conozca
sino por mis pasteles aduladores y mi tipo Van Dyck?”

Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los ojos por evitar la
divina claridad de la luna, que tiene la virtud de causar una especie
de embriaguez á los felices y hacer insondable la tristeza de los poco
afortunados. Empezó á acusarse, á vituperarse, á macerar su alma en
su propio desprecio. Lo bello de la arquitectura da una sensación de
solidez y supervivencia, que hace encontrar mezquino todo lo efímero.
Para Lago, en aquel momento, los recuerdos de Madrid eran una niebla;
el ansia de crear algo eterno, como un fuego activo, le devoraba
las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evocada de súbito por la
majestad religiosa de la Catedral, por los insidiosos balbuceos de la
leyenda, flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábito, como
disuelta entre la claridad ambiente.

“¡Cuánto la envidio!”--pensó el pintor.--“Yo no sé ni querer lo que
quiero. Yo debiera no vivir sino para mis fines, para mi resolución.
¿Qué hay de común entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de
mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos años todavía de anhelar
y no conseguir! ¿Tengo siquiera lo que se llama vocación? El que
_quiere_ hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á algo! Yo
hasta he perdido la fe con que estudiaba la Naturaleza, sencillamente
la impresión real de la Naturaleza, sin poner en ella nada de mi
alma. ¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo los nervios
desasentados. Muy á menudo siento la corriente de agua fría que me
cruza por el estómago. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!--Dirá
lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome lo de más allá...
Y lo que me consume, este afán, esta locura, ¿me lo va á curar ningún
potingue de farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. Nunca
saldrá de mis manos lo que se llama _un trozo de pintura_. Cuento cerca
de veinticinco años; pinto desde que era un muñeco; no he cesado un día
de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se llama aptitudes ¿eh?,
ya las habría demostrado. Soy un pelele, un blando pelele. ¡No hay que
esperar nada de la inspiración! La inspiración no existe. Una serie de
esfuerzos vigorosos y pacienzudos para libertarse de las admiraciones y
encontrarse á sí propio--ahí está el arte actual.--Los románticos como
Víctor Hugo descubrían genialidad desde los diez y ocho años. ¡Miseria
la nuestra! Estoy á las puertas todavía, no he llegado ni á ese período
de la admiración y la imitación. Iré al taller de un maestro y seré _le
petit espagnol_”.

Rió con risa exasperada, alto.--“Bien, pues todo eso hay que
hacerlo”--gritó con violencia frenética.--“Hay que hacerlo, así
cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia
que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será
inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia,
dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es
necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se
invertirán...”

Abrumado de desolación; convencido--allá en el fondo, muy en el
fondo--de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la
majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria,
de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno
candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando
estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la
inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística,
soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles
extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les
había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la
bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos
de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las
gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo,
se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”.
“Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese,
desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en
la memoria humana...

--¡Qué majadero soy!--murmuró sacudiéndose, desembrujándose.--Necesito
dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al
hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.

Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no
trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto
menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un _beefsteack_ y una
bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:

--Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de
venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.

       *       *       *       *       *

Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la
Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona,
viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la
actualidad y la novedad--artistas, poetas, cantantes, emigrados,
estrellas rabudas,--dando saraos magníficos, en los cuales el mundo
social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir
de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente.
Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la
guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto
á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa
levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se
agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que
sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador
polaco, _authoress_ inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las
uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida
y postcomida en la casa internacional.

--Pienso--declaró Silvio--concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es
rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.

El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y
detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal
de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y
en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas,
por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio,
eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que
habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía
parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en
jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos
descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio
de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal
un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas.
Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca
del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida,
el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París
la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña
sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.

--Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen
la casa preparada--excepto las esculturas en hielo; para eso es
necesario avisar al artista--cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes
son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder
dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!

Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio;
hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas,
escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en
Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay
múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de
Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á
otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad
en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el _barrio_
propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines
del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya
había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba
el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la
verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España,
la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña,
almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un
retrato que agrade.

Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían
Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto,
tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones.
Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su
voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...?
Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á
Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se
abstenía.--Y declaró al brasileño injusto, versátil.

En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos.
El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre
menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En
Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en
una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto
grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte,
de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión,
el clima, la forma de gobierno, las costumbres--sobre una cosa que
él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.--Al recorrer
las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se
dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar
enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era
inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto
de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la
época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte,
por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta
nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del _progreso_ en arte, la
aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más
intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía
para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas,
y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad
sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que
modeló el _Escriba_, ni ceramista que venza en elegancia al autor
de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su
obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio
una aureola. ¡La miseria del nombre!--El caso es haberse realizado
plenamente, en una obra soberbia.--Pensativo, se detenía al pie de
algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica
en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de
entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin
quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos
de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto
ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y
regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo
la última obra de un ilustre de entonces.--“¿Me satisfaría á mí esa
clase de público?--discurría Silvio.--¡No! Necesito gente de ahora, que
siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que
una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á _aquel á quien yo desearía
parecerme_... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es?
¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á
sus camaradas?”

Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios
admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos
de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin
embargo, la estatua del _Escriba_ es el _non plus ultra_ de lo que
pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han
revolucionado el arte en nuestro siglo...

Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído
y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una
calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller
pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las
montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa,
y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó
infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos,
tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos,
sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en
París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en
aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la
frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.

--Tenga usted paciencia--díjole desabridamente Valdivia.--París no es
Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos
podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita
y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?

Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible.
Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien
distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni
señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el
corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de
avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía
la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de
tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la
persistencia del cariño invencible.

Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina.
No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras
continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo
aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?

Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no
le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las
confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo,
de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer
de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad
y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo,
transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de
la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la
cosmopolita.--Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez,
cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces
de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un
oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que
componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que
había llegado á infundirle la singular mujer. Ella--en los primeros
días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que
el viaje ofrece--había intentado disimuladas investigaciones para
averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad
también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos
de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á
otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en
ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni
escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á
fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en
adormilado bienestar.

No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como
le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que
estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso,
se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral,
peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una
naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de
París.

Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie
de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “_rapin
espagnol_” ya al Bosque de Bolonia, ya á las _baignoires_ de los
teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se
codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones
clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta
la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á
pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas
ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la
temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas,
escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior
de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un
apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París,
donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría
hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas
apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías
particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con
el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en
España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica,
antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y
volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar,
hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se
dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió
encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo
sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.

Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció
á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que
sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al
trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia,
Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo
sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á
pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la
gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas
con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al
salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de
paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al
cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el
españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba
la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde
toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo
persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba
sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á
su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta
cuidadosamente emponzoñada.

Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería
dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían
á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad
parisiense el elegante _hidalgo_ español, bulevardista, por otra
parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en
personaje de _Los Reyes en el destierro_... La figura del jerezano,
hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió
de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las
mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones
ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco
traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de
ese París distraído--la imagen, creía él, de Espina.--Con entusiasmo
sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía
del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión
directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema
novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería
ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el
buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista.
“Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el
cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por
el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio
para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años
sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada
ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa
idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de
la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento
de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es
preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.

De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena;
Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué
grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato.
Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No
es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma
París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está
vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el
mal efecto posible de _allá_? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo
perdonaría”.

Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal
recelo, Valdivia respondió con negligencia:

--Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición;
Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.

--¡Ah, vamos, Marbley!--repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora
invocase y acatase la autoridad del belga.

--Marbley... Verá usted--detalló Valdivia,--tiene práctica; dice que
para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie
pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite;
y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de
presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído
inextinguiblemente...

Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del
pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso
pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía
que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo,
á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas--pensaba--hago
lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los
hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la
contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía
de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado
Regnault; ante los Carolus Durán--un estilo tan español;--ante
los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de
cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine,
los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant.
Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las
dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la
lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de
una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito;
y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido
exhibir su estudio al pastel,--un juguete, una miseria.

Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se
pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos
de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que
forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el
arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad,
la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una
generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo
el sol.

Otras veces, en sus correrías--cuando soltaba el yugo de Espina y se
lanzaba solo á apoderarse de París,--la loca esperanza le concedía
besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo,
era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se
habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas
personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con
su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?

Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no
se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta
de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los
nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière--y no era
él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón
para sentir, sangre que derramar en la pelea?

--Ahora--pensaba--paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he
menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable
dibujante.

Le obligó Espina, á pretexto de _lanzamiento_, á hacer efectiva la
invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de
esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu
de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática;
recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida
era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con
esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino
al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de
las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos.
Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer
momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo,
donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse
y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido
por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban
puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista
comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose
limitarse--había dicho con acento desdeñoso--á “dar una vuelta”, una
aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para
evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.

En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio,
estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías
se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros,
vinos, servicio.

Silvio devoró, vencido por una tentación de glotonería. Estaba al
extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el
banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían
colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de
la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba
de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una
morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida
con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul
también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio
á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la
importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar
nada de él:

--La señorita Gregoresco.

Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita,
Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era
una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias,
los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora
en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en
medio de la corrección mundana.

Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba
viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la
que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba
á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de
mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza,
que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa,
que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo
de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo,
parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo
alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados,
la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco
así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero,
protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia,
hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo
diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente,
más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia
en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de
lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que
Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse,
que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de
lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de
la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos
sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de
Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle
pronto á Isabel II, decíase:

--Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que
anhelarían ser...

Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos
aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe,
Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día
anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con
Roldán Bonaparte. ¡París!--Algo así como el propio salón de madama de
Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad
cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega,
siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.--El
sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista.
Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,
adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se
trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan
en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia!
¡Destacarse de entre esta piña!

--Pero--discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz,
que predispone al optimismo,--es imposible, vamos, imposible que yo no
sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión
incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los
colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta
para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia,
posibilidad de hacer valer estas dotes.

Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser
presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes,
en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable
en la exigencia estética:

--La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío
de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...

El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas
vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares
codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia.
Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino
de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido,
ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con
reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no
ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas;
aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto;
sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse
en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la
obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de
la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente,
señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor
podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista--á menos
que sea Moreau?--No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas
las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado,
leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era
dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar
el esplendor de _Los Trofeos_, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo
en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los
Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los
Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver
surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.

Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía
Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los
deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas,
la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos
pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura
en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y
notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al
pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de
la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la
serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en
mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la
belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo
que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado
de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia
sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se
quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes
en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se
humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran
sufrimiento, _querer ser otro_; era la negación del _yo_, de lo que más
se ama.

Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine
Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto
y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de
sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama,
colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la
concurrencia, y decía por lo bajo:

--¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué
ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó
tres notabilidades estrafalarias.

No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con
el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se
aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba
entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo
que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.

--La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita
Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas
poesías no dadas á conocer hasta hoy...

Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!”
de los más vagos y distraídos de su repertorio.

La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,--en primer
término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa
turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien
respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo
con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en
aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.

Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción
pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la
cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible
recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de
las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca.
Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como
la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras,
con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su
derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los
transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas,
aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que
no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido
seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la
existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca
luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella
pregunta ansiosa, triste, repetida--¿cómo se puede olvidar cuando
se ha querido de cierta manera?,--aquello que era fibras vivientes,
sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por
la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos
de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con
carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista
un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su
seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación
involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos
tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se
sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.--Se lo
dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo,
observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un
pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:

--¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de
comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero
en casarse con ella.

Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le
preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía
que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la
realidad. “Una impresión bella no miente nunca”--era su divisa, y fué
su respuesta.

--¿No le parece á usted--añadió--que el amor es la cosa más vieja y más
nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el
amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté
perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la
única emoción que abarca lo infinito!

Espina le fijó sin pestañear y no contestó.

--Tal vez--pensaba Silvio--la Gregoresco, con su emoción perpetua, que
derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada,
más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este
momento.

Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y
apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para
oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado
con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de
brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún,
y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se
había vuelto agua corriente el rocío.

Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso,
la preguntó:

--¿De modo que no le ha olvidado usted aún?

Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda,
quebrantados los huesos y abatida el alma.

--Siempre--indicó el artista--la poesía consuela.

La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la
verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara
delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su
semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules,
la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:

--No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen
los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto
ó me hubiese vuelto loca.

--¡Si supiese usted--balbuceó Silvio--cómo la envidio su pena!
Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi
pena no es de amor.

--¿De qué es entonces?--preguntó sorprendida ella; tal vez no creía
posible que se sufriese por otra cosa.

--De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una
obra fuerte, señalada, que me eleve...

--¡Vanidad!--murmuró Daría.

--¡Delirio quizá el de usted!--declaró Silvio.

La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación
á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se
comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el
gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no
sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se
agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar
y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen
sentido.

Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas.
La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible.
¡Vanidad! ¡Delirio!--Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros
mismos criamos.

       *       *       *       *       *

Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista
tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la
cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en
esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.

Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en
naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros...
y todo cambiado.--Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del
gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier
latitud.

Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el
señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar
indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario
y mercado para Silvio.--Creía tener en la mano el medio infalible
de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita,
magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista,
restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía
lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de
Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía
que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma
traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no
podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del
alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el
romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie
de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un
reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en
esto...

Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el
dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el
inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan
las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó
que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre
los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido
que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo _maître
d’Ornans_, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio
lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos
de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet,
antes, en su imaginación, rey de la pintura,--no era, al verle de
cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas
y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.

Courbet--decidió Silvio--fué una naturaleza burda; tenía mucho de
grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno
fumar y beber cerveza.--Sintió que la devoción cambiaba de santo, que
se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!--Millet le
embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con
la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada
otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del
mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad,
según sus propios ensueños de poeta.--“En Alborada haré yo mis
_Espigadoras_”--resolvía.--“No aquella _Recolección de la patata_, tan
tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.--Pero
Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel
ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á
fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió
que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de
_Salomé_. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y
candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses.
Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de
sus nervios.

Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de
lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría
en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre
y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La
“Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena,
el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los
zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de
bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que
se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera
metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de
Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de
Madrid.

Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en
su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas
lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo
injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se
esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal
en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que
la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía
sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al
echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba
con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que
asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo
de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum
bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que
los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario
que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses,
ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse
con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa,
seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical
disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y
sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y
dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras,
llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas
para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal
lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda
ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de
soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas,
tiendas, desde temprano en plena actividad--repetían que la palabra
de la esfinge parisiense es TRABAJO.--Los ciclistas desfilan,
portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones,
acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud
seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en
cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre
esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa
de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de
uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja
involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni
ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor.
Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el
reposo y repartida la tarea.

Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde
su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares
hasta los barrios semiprovincianos de la _banlieue_. Hay en París zonas
solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se
refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se
leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar
la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías
lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del
tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el
anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase
á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento
nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio
la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo
de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la
aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la
tarea forzosa.

La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza
entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con
risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica
falsedad. El divino grupo de Capeaux, _La Danza_, que Silvio había
creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le
figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el
de tantos cerebros y tantos brazos.

“Cabe bohemia en literatura--deducía Silvio,--porque una estrofa
puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero
nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la
pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en
el milagro, sus esperanzas--las de todos--en el golpe de suerte, en
la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el
cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí
mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca
y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en
estío.

“Un artista bohemio--discurrió--no es bohemio porque deba dinero á
todo bicho viviente, ni por correr juergas, que también los filisteos
corren. La característica de la bohemia es querer triunfar sin
tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza milagrera--he
ahí la bohemia.”--Acordóse una vez más de Minia, de su teoría del
monje miniaturista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el
hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y el alma muda de
esos artistas de antaño, hay en París bastantes obreros que crean
porcelanas, alfombras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte se
disfraza de industria.

“Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, estas decoraciones de
elegancia ideal, estos bronces, estos Gobelinos, los mismos primores,
abrillantados por la imaginación, de la indumentaria femenina, esta
densidad de civilización refinada en el puño de una sombrilla, en
una bujería cualquiera, sellada por el depurado gusto de París, ¿no
son--pensaba Silvio--obra de artistas, que si no bajan á rezar al coro,
se esconden en las grandes manufacturas nacionales, y sin ambición, sin
calentura, resignados á que nadie pronuncie su nombre, crean su porción
de belleza y la expiden, entre el tráfago comercial, á esparcirse por
el mundo, á refinar la vida humana?

“Y los mismos que en París quieren que el aire sufra el peso de su
nombre, ¿cómo lo consiguen? En sus frentes arderá la llamita simbólica,
pero sus hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son recias y
duchas. Sus hombros son de cariátide. Su mirar es abstraído. Hasta en
sueños buscan la fórmula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la
viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el pelo gris, tal vez
laureados, siguen rodando, entre sudor y fatiga, la peña de su gloria,
para que no les recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren
chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el licor que embriaga;
disipada la embriaguez, no pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que
deja apagarse la lámpara!”

Y entonces, espantado del porvenir--cuando aún no tenía
presente,--deseaba la obscuridad, el encierro á solas con la hermosura.
Creía bastarse. Recordando que poseía singulares disposiciones para la
labor del adornista, se veía viejo, habitando en una de esas fábricas
de cerámica ó de tapices en que hay un jardín abandonado á propósito,
donde las plantas y las flores, libremente, adoptan formas gentiles,
indómitas; y se veía cortando brazados de ramaje, componiendo después,
en su estudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa húmeda de
rocío ó la clemátida envuelta en su guirnalda verde.

En los talleres que empezaba tímidamente á frecuentar, Silvio
confirmaba sus observaciones. ¡La pereza ha muerto! ¡La bohemia ha
muerto! Aquellos artistas que desafiaban al calor y sólo se prometían
unas cortísimas vacaciones en la primera quincena de Agosto, tenían,
más que la preocupación, la obsesión del trabajo. Distribuían su
capital de tiempo con una regularidad tan racional, que olía á burguesa
prosa, á oficina. En sus conversaciones, en sus indiscreciones
chismográficas sobre las costumbres de los privilegiados del arte,
se revelaba el método estricto que practica hoy el artista célebre,
cultivador y conservador de su fama. Como el acróbata y el jockey,
que necesitan entrenarse, los artistas hacían gimnasia, salían al
campo á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, seguían
la marcha estética y demostraban una inquietud higiénica sabiamente
fundamentada en consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno
porque se domina el _plein air_, y también porque se hace ejercicio
y se respira. Bastantes escultores y pintores cultivaban el músculo y
quemaban los ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos antiguos
y restos de tapiz, junto al velador árabe que sugiere orientales
indolencias y fumaduras soñadoras, se veían por el suelo las pesas y
las cuerdas, las caretas y los guantones sudados. Saben las cocineras
de estos artistas--ni más ni menos que si sirviesen á esos ricachones
que anhelan conservar la personita muchos años--recetas y condimentos
que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la dominadora, la
embaucadora, la destructora, espera á la puerta del taller, igual que
la lavandera y el brochador del piso, á que llegue su hora y su día
de la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni desasienta el
pulso.

Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuerzo: eso saltaba á los
ojos del joven retratista, como se percibe el congojoso palpitar de
la bayadera, el sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica
y los sartales policromos de su garganta. No: París no tiene el alma
de Espina, insaciable y saturada de sensaciones; esa es, á lo sumo, su
careta, su disfraz de Carnaval, su collar de bayadera danzarina.

Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que se entregaría
venturosamente á la labor. Las aguas frías y serenas de la gran piscina
probática, depuradoras, agitadas por el ala de la inspiración, le
curarían de Espina... ¡Bah! Un gesto de París; lo que fermenta, lo que
gusanea en toda civilización avanzada. Su refinamiento, ¿qué? Fruto del
sudor de tantos laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza
ardían los hornillos de los laboratorios, se destilaban las esencias de
los cálices, se inclinaban sobre la almohadilla frentes de encajeras,
allá en solitarias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibujante,
cosían en domingo á doble precio las modistas, se estropeaba los ojos
la ensartadora de perlas. El gigante árbol de trabajo parisiense echaba
una flor venenosa: Espina.

Sin embargo--reconocía Silvio,--esta mujer, su aparición á una hora
dada en mi camino, fué el cambio de mi credo. Estoy divorciado para
siempre del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza inerte,
de la tiranía de los sentidos. Soy libre y dueño de crearme mi mundo;
ya no venero á los que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si
imitase, sería para dar muerte.

Y comprobaba, en su tendencia perseverante al realismo, la infusión del
ideal, la exigencia del espíritu, algo que va más allá del color y de
la forma. El mundo ya no le parecía solamente tierra fecundada por el
sol. En su superficie corría un agua encantada, y de su seno se alzaban
embrujadas vegetaciones, arborescencias de oro y cristal.

--“Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su individualismo
aristocrático y poético, á su desprecio de la imitación literal y de la
verdad gruesa. ¡Tal vez ella me ha revelado á mí mismo!”

La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, si ella no le
tiranizase, si le dejase en paz. Pero se desesperaba al recibir por el
teléfono de su hotel (donde dormía, no pudiendo hacerlo en el taller)
imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el palacete de los
Campos Elíseos.

Rendida por el calor, Espina se pasaba las mañanas y las primeras
horas de la tarde sin salir, reclinada en su meridiana favorita,
de forma griega, amplia como un lecho, revestida de telas blancas,
incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, de almohaditas
minúsculas, copos de espuma que la envolvían en el aleteo de un bando
de palomas. Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de bronce
y laca, sostenía refrescos y helados, y otra diminuta mesa, toda de
porcelana de Satsuma, los chismes de fumar y un cacharro persa atascado
de gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda,--que rodeaba una
serie de columnas con capiteles de piedras raras, ágatas y jaspes
traídos de Italia,--sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara
de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus fauces, incesantemente,
un surtidor de agua helada, y en los ángulos de la habitación, no
muy grande, pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos
sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía menos de complacerse;
el contraste era encantador; venía de las calles, polvorientas,
trasudantes, de luz cegadora, aturdidas por el estrépito de coches,
carros y ómnibus--los pedestres ómnibus á que recurría el pintor por no
gastar,--y sentía el hechizo de la penumbra, de la frescura, del lujo,
del supremo refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, que le
movía á exclamar: “Mañana traigo lápices”. Al oirlo, la Porcel saltaba:
“No lo sueñe usted. ¿Soy yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de
oficio”.

Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de lo irreprochable de
su proceder, sentía confusión de culpable; comprendía que no era fácil
que el celoso leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, también
leería las páginas de Madrid; sabría el agravio, lo imperdonable,
lo que no se lava ni se borra. Una existencia entera de abnegación
no compensa, ante la exigencia de los celos, un minuto en que se ha
pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes de Arabia no limpian.
El beso es más indeleble que la sangre. Valdivia, al entrar, si
encontraba á Silvio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, fruncía
un ceño torvo.

Silvio no iba á decirle: “Estoy porque Espina me ha llamado”.
Limitábase á exagerar la actitud correcta, el mutis de respeto, el
implícito reconocimiento de los derechos de Valdivia... No era mejor
táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabricado, en la esfera
del sentimiento. Al celoso, una vez alarmado, todo le previene. El
hecho más sencillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, como
la confianza fué incondicional.

Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio retraerse nerviosamente
la diestra, volverse rígida, ó apartarse con un movimiento mecánico,
de los que no domina la voluntad. En los ojos apagados y estriados
de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes ligeras sobre una charca,
fugaces expresiones de odio, de indignación y--lo que más preocupaba á
Silvio--de dolor sin consuelo.

Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia del celoso.

--“Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle...”

¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédito á las verdades?

--“Este hombre sería dichoso y, además, encantador, si no fuese la
víbora que lleva enroscada--pensaba Silvio.--Acabará él también por
mordernos á todos.”

De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del brasileño, nació una
especie de menosprecio hacia hombre tan simpático, cuya felicidad
deseaba sinceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. ¡Bah! ¡El
sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar fué acaso
la excusa que se dió Silvio á sí propio, al sentir reflorecer,
involuntariamente, á cortos accesos, el capricho por Espina Porcel.
Extraña y casi puede decirse monstruosa atracción, análoga á la que nos
lleva á acariciar y jugar con el perro que muerde ó el gato que araña
y saca sangre. En la soledad del gabinete donde Espina le recibía; en
aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hialina de la fuente,
pervertido por los violentos aromas del jazmín y las gardenias, la
tentación nacía del enervamiento, y Silvio la percibía unida al deseo
de herir y hacer daño, á un impulso malévolo, rabioso. ¿Por qué le
llamaba aquella loca? ¿Por qué se figuraba tonterías aquel insensato?
¿Por qué no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole una mano si
podían, y si no, abandonándole de una vez, á luchar nuevamente, solo,
pero suelto y sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor se
delineaba la escena de violencia que le aliviaría y le vengaría: una
carcajada burlona en la cara del celoso, después de una mofadora y
ultrajante caricia á la mujer...

Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel le irritaba. ¿Era
efectivamente, según la afirmación de Valdivia, una víctima de la
fatalidad? Silvio la clasificaba algunas veces, comparándola á Clara
Ayamonte. “Aquélla--pensaba--era una histérica del corazón, y ésta es
una histérica del cerebro.” Pensándolo mejor, esta frase, como todas
las frases, nada decía: no descubría lo substancial de las cosas,
lo que latía en el arcano de un espíritu refinado y desquiciado. La
clave del sentir de aquella hija de la decadencia no la poseía Silvio,
á pesar de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina tendida
lánguidamente sobre la meridiana, fumando con visible beatitud, entre
el bando de palomas de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cinta,
frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de culebra había salido
de aquellos labios retocados con carmín, para que se despertase en
Valdivia la desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el tránsito
de la fe á la negra duda no podía deberse sino á ardides de mujer
herida en su amor propio y resuelta á no perder el goce de vengarse
atormentando.

       *       *       *       *       *

Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la tentación que de
mancomún sugerían el calor, el agua cantadora, la calma musical,
los efluvios del jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente
imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de Espina, ansió
sorprender la forma, desconocida y recatada, de su cuerpo. La dama,
bajo el cubrepiés de rica guipure aplicada sobre transparente de seda
hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de su ropa blanca y
las gasas de su _deshabillé_ flojo, de flotantes mangas y plegados
múltiples. Como siempre, Espina no mostraba sino lo que permite mostrar
la más exquisita corrección. El misterio de Espina irritaba á Silvio.

Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó el golpe. Contó
con la sorpresa de la señora; se acercó arteramente, tomando un
pretexto... y con movimientos pensados é instintivos á la vez, la
atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en un relámpago encajes
y telas... La nube se disipó, y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada.

Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda se inflexiona tan
graciosamente destacándose encima de nacaradas tersuras y morbideces
de raso, había divisado Silvio algo horrendo, una informe elevación
vultuosa y rugosa como la piel de un paquidermo, una especie de bolsa
inflada, que causaba estremecimiento y asco.--¡Allí estaba la fatalidad
á que se refería Valdivia, el estigma del vicio maniático, la señal de
las picaduras de la morfina!--¡Se descubría el enigma de aquel alma, al
ver sin velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, tal vez
el ensueño nunca realizado, la enfermedad de toda una generación, el
lento suicidio, en la aspiración á momentos que hagan olvidar la vida,
y que sólo proporciona la droga de muerte!

La negra hinchazón, el estigma que Silvio acababa de descubrir,
revelaban la verdadera naturaleza de Espina, su exigencia interior, no
menos insaciable y desenfrenada que su lujo exterior. Por redimirse
de la pedestre realidad que tanto despreciaba, era por lo que Espina,
diariamente, introducía en sus venas el veneno. El amor á lo infinito,
el ansia de evadirse del prosaico mundo, podían más que los consejos de
los médicos y las enseñanzas de la experiencia, que dice que no llegan
á viejos los morfinómanos.

El veneno también destruye el alma. El sentido moral desaparece.--Si
Lago lo supiese, comprendería á Espina capaz de todo por engañar el
tedio. La ponzoña que corría por sus venas era la de las civilizaciones
avanzadas en su corrupción, el idealismo prisionero de la materia,
el ansia que busca, allende la realidad, flores de más ancho cáliz,
placeres desconocidos... Era la Quimera también, la Quimera mortal.

       *       *       *       *       *

Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez de Espina, un
observador ya hubiese discernido letal huella, signo de irremediable
descomposición orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga,
obligada por una de esas catástrofes morales que no dan lugar á la
prudencia y sólo reclaman un “olvidadero”, aunque sea transitorio.
La droga no se limita á producir esa peculiar embriaguez venturosa,
esa _euforia_ que tiende un instante velo de luz sobre la opaca vida:
suprime la memoria de lo reciente, aboliendo así, en una especie de
inconsciencia dulce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida,
dolor que ha dejado de existir!

Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de Espina iba en
aumento, que la dosis ha de subir para producir su contingente de
felicidad satánica. No sabía hasta qué punto, al través del cuerpo,
ataca al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades afectivas,
cómo anestesia la conciencia. No sabía, después de los períodos
de postración de Espina (que Silvio en Madrid atribuía al tedio),
cuán extrañas impulsividades, cuán loco remolino de antojos alza su
polvareda turbia. No sospechaba (correspondiendo á las feas bolsas de
piel dura, como lardácea) otra deformación psicológica. El alma de
Espina se ensangrentaba en la lucha del que, advertido, amonestado
por médicos, no puede vencerse, y si se priva del veneno, siente
la necesidad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el goce
maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era complicado, no abarcaba
la complicación de Espina, su goce en el pesimismo, su desprecio
sarcástico de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál era el
ideal monstruoso,--irrealizable dentro de la civilización, semejante
al de las reinas y heroínas fabulosas, decapitadoras del hombre con
quien han palpitado,--de la Porcel herida de muerte. Aquella soñadora,
á quien la morfina había abierto breves instantes el paraíso, guardaba
particular rencor á los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando
fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nubes de púrpura tiendas
asirias, cabezas exangües que agarraban por los negros cabellos blancas
manos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético ha olvidado los
ritos de la fábula hermosa y cruel...

No había leído Silvio palotada de los efectos de la morfina; no sabía
que los médicos califican el estado de alma de los morfinómanos
de _moral insanity_. La flora del mal se desarrolla vivaz en el
espíritu del enviciado. La droga lleva consigo perversión, locura,
suicidio. Aun sin sospechar esto, la vista de los estigmas le reveló
el infierno en el fondo de aquella vida tan intensamente refinada,
aquella “vida inimitable”. No acertó ni á disfrazar su impresión de
espanto. Literalmente dió dos ó tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella,
incorporada sobre la meridiana, altanera, yerta, con una especie de
extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus rotos cendales de aire
tejido, cubriendo las señales delatoras de su perversión. Y en voz
reprimida, que por su propia monotonía y lentitud denunciaba el estado
excepcional del ánimo, pronunciaba:

--¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no tengo secretos para
usted. Puede escribir una bonita carta á Lina Moros, describiendo
mi _bosse_, para que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo que
exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... ¡Dirán que ya entienden
el intríngulis de mi campaña contra el desnudo! En fin, usted estará
satisfecho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no cante
victoria. Si yo fuese nada más que esto...--y por cima de la ropa
señaló al sitio donde se alzaba la _bosse_--con haberlo visto podría
usted decir que me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La piel
engaña, los ojos mienten, la boca sirve para archivar la palabra. No
sabe usted de mí sino lo que sus lápices embusteros de pastelista son
capaces de desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sospecha, en
Espina Porcel...!

Aniquilado, tartamudeó Silvio:

--Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fuí un villano!

Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al implorar tan dulces.

--¡Perdón!--repetía sinceramente desconsolado, humillándose.

--¡Perdón!--respondió ella, encendiendo un largo emboquillado; el otro
se le había caído en la lucha.--¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis
papás que me hayan echado á este planeta!... No sea usted ridículo, y
levántese. Si Valdivia tiene la ocurrencia de entrar y le sorprende
así, buena la hicimos...

Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupilas puntilleadas de oro, y
una carcajada acre satirizó el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio,
triste, incapaz de decir nada que restableciese la normalidad de la
conversación.--Espina se encargó de ello. Principió, entre bocanada
y bocanada de humo suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por
animarse y por sonreir, proyectando una visita al taller de Marbley,
el retratista de elegancias. “Sobre todo, que mi Otelo no se entere.
Sería una historia. Tiene al pobre Marbley atragantado. Es preciso que
yo le quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días muy atareado
con no sé qué pesadez de operación financiera... Discreción, ¿eh? Para
imprudencias bastó la de hace un instante...”

       *       *       *       *       *

Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún tiempo, mientras no se
disipase la impresión de remordimiento y piedad, Espina haría de él lo
que quisiese. La reacción contra sí mismo, que había arrojado á Silvio
á los pies de la noble Ayamonte y de la bravía Churumbela, le sometía
ahora á la voluntad despótica de la Porcel.

Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y conducir hacia el taller
del belga, á las cinco de una tarde neblinosa, sofocante, de esas que
encalabrinan los nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre
transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. Á la memoria de
Silvio acudieron las exclamaciones de Valdivia:

--¡Pobre María! ¡Pobre enferma!

Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con su retal de jardín, en
una de las calles encalmadas y aristocráticas que abundan entre los
Campos Elíseos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba las
calles después de haber regado el _grass_ y las flores, cuando llamó á
la verja el lacayito de Espina.

El vestíbulo ya infundía consideración. La escalera, desalfombrada,
relucía de holandesa pulcritud encerada, y tenía un balaustre torneado
y salomónico, en armonía con los viejos tapices, que vestían la pared
de un desfile de paladines, princesas, caballos paramentados y ciervos
místicos, crucíferos; del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa,
algo sombría, que vierte dignidad.

Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito desde cuya puerta,
al través de alta verja de hierro forjado, gótica, se trasparecía la
biblioteca, ricamente encuadernada, con que Marbley se daba tono de
artista cerebral, muy documentado para disfraces, instalaciones de
casas grandes, palacios y garzoneras con relieve estético. Espina,
dando muestras de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se
acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que sentía por Espina
algo dulce, puro, humano; que la concebía como hermana en sufrimiento.
Durábale todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la vergüenza
del profanador, y tierna y cordialmente dijo á la señora:

--¿Se siente usted mal?

¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos de venturina!
Irradiaban como esas piedras que parecen guardar luz en sus capas
minerales; pero el destello se extinguió, y la voz se hizo infantil,
delicada, para responder:

--Gracias... Un poco deprimida... Hay momentos...

No añadió más. Marbley bajaba ya, apresurado, la escalera, para hacer
los honores, manifestando á Espina rendimiento galante: la actitud
correcta de un hombre versado en el protocolo mundano ante una mujer á
quien debe la más honrosa de las condescendencias... Excusándose de no
ofrecerla el brazo, por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto
caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante ellos subió al
tercer piso, ocupado enteramente por el taller; en el segundo tenía su
vivienda. El taller impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para
sus retratos. Proscribiendo la mescolanza de antiguallerías, ya tan
trillada ó más que los salones amueblados por tapicero, Marbley había
arreglado su estudio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un
mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, sin adulteración
de barroquismo ni confusión de épocas. Tallas doradas, sedas rameadas,
porcelanas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios _paniers_,
todo había sido adquirido por Marbley con fino olfato de coleccionista;
porque el belga, eternamente mediocre, poseía los dones críticos, y
jamás se equivocaba en un regateo ni en una compra. Realizaba negocios
buenos, colocando entre su clientela americana objetos conseguidos á
precios aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios locos.
Primero le asparían que confesase este tráfico, pues aspiraba á que
todo su lujo se atribuyese á la ganancia de sus pinceles. Siempre
que vendía, aparentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones;
pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba jamás. Esperaba al
yanqui, trasudando petróleo, ó al boyero de la América del Sur, que en
capricho, tanto más vehemente cuanto menos razonado, pusiese por el
conjunto, realmente admirable, una fortuna.

Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillones de Beauvais,
tapicería tramada de seda, con su franja mágica de tulipanes y
narcisos, granadas y uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que
han pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la mano de adornista
de Fragonard; los mueblecillos de marquetería, con delicadísimos
bronces cincelados; el reloj rococó, que al dar la hora toca una
música que habla de fiestas pasadas y amores muertos; los Clodiones,
en que travesean amorcitos hoyosos; el techo, obra de Natoire, escena
mitológica, rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórtola,
lazos y carcajes; toda la molicie del siglo.

--Sin talento, sin probidad artística, se puede obtener esto en
París--pensaba Silvio;--y acaso algún muchacho genial muere de hambre y
calor en una buhardilla emplomada.

Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya ofendido por el tiempo,
y se susurraba que, temeroso de la vejez, andaba á caza de algo
pingüe, santificado y asegurado por la bendición. Era alto, robusto
y esbelto aún; bajo su elegante blusa de taller, de seda clara, que
le refrescaba y animaba la tez, salteada por arrugas y pliegues de
fatiga y libertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohemia, en
realidad para no congestionarse, descubierto el bien modelado cuello, y
la garganta blanca y sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban
hilos plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, caracterizando la
figura con sello artístico. Gastaba una barba aparentemente indómita,
sin recortar; pero el descuido era cosa estudiada, y aquella barba la
impregnaban esencias, la había recorrido mil veces el peinecillo de
concha rubia con cifra de plata. Marbley tenía un tipo entre flamenco y
español, una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, sanguínea; raza
de hombres que, de mozos, se gastan por el amor; de maduros, por la
gula. Y, en efecto, Marbley empezaba á abusar de los sabios cocineros
de palacios y clubs.

No era fácil casar la persona y la pintura de Marbley. Silvio conocía
su _Harem turco_, obra de juventud, brote de savia pronto agotada,
y, juzgándole por su mejor página, profesábale cierto respeto. Quedó
estupefacto ante lo que mostraba el belga: el ampuloso retrato de una
dama chilena, uno ó dos estudios de paisaje--composiciones amaneradas,
plagiarias, de colorido falso y pobre.--Por mucho que Silvio se
despreciase y rebajase, en su ardiente humildad de catecúmeno, no le
era posible comparar con aquella desdicha sus pasteles. En éstos,
siquiera, convenía reconocer gentileza, fluidez, elegancia de postura,
leve idealidad, mariposeante por cima de lo facticio y afeminado del
procedimiento; pero en la producción del belga no había sino la nulidad
irremediable, la esterilidad de páramo, la angustia del manantial
seco. Veíase que el talento de Marbley había sido flor de juventud,
ese renuevo de poesía que coincide con la inquietud sexual, brote de
primavera que agosta el estío. Quedaba un fracasado resuelto á pelear,
no por la gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Marbley,
convencido, amargamente desengañado, no cejaba: iba á su fin sin
escrúpulos. Para no carecer de su clientela rutinaria y antojadiza, de
rastacueros y _snobs_, apoyábase en la mujer, tejía complicadas redes
galantes, en que sólo á fuerza de estrategia no se enredaba también;
no perdía ripio en las salonerías. Espina era un alfil de su juego de
ajedrez; últimamente, se había sentido abandonado por ella, y lo creía
imposición de los celos de Valdivia, hasta que llegó á sus oídos el
anuncio de la próxima exposición de un famoso retrato “de las rosas”,
del cual contaban y no acababan; y cuando, poco después, supo que el
españolito retrataba al pretendiente de Albania, olfateó el riesgo.
Una conversación con Aladro previno el primer éxito de Silvio. Quedaba
en perspectiva el segundo, y pendía de un capricho de aquella criatura
tornadiza, la Porcel. Al verla entrar con su _petit espagnol_, sintió
aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola!

Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló analíticamente.
Reparó la distinción y afinamiento del tipo, la dulzura atrayente
de los verdiazules ojos, la juventud y romanticismo de la figura,
inspiradora de simpatías fácilmente transformables, el prestigioso
parecido con los retratos de Van-Dyck... Y percibió además--Marbley
de tonto no tenía un pelo--la pasión estética, el entusiasmo, la
orientación todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, del
artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor del neófito, y
descifró algo más mortificante: la triste sorpresa, la mal disimulada
decepción que su labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le
atravesaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito de caballete,
escena galante, que parecía, á fuerza de lamedura, un esmalte
industrial. Y como en la conversación saliese á plaza el nombre de
Millet, Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio ante los
maestros. Adoptó entonces el belga un continente reservado, la actitud
discreta, hermética, con la cual la superioridad se sitúa á distancia;
su media sonrisa fué condescendencia de soberano que no se digna
descender á discutir. Espina encendía ya su emboquillado, después de
rehusar las golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, de
cofia y mandil de nieve, acababa de servir en tazas de Sajonia muy
auténticas, enguirnaldadas de peonías y rosas. Recobrando su animación
tocada de fiebre, pronunció sonriente la Porcel:

--Maestro, no haga usted mucho caso de las opiniones de este novicio...
Rectifique usted sus errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á
probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á su altura de usted;
pero, como en Madrid le han mimado mucho, se ha salido de sus casillas,
y rebosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de París, porque
en Madrid no se le ha escapado una; y aunque yo le advierto que aquí no
son tan fáciles de contentar...

--¡Oh!--exclamó Marbley, ya en situación, secundando á Espina,--aquí
tiene el público su gusto artístico muy educado...

Silvio estaba absorto, ante una acometida con la cual no contaba.
Sintió unas uñas de gata rabiosa que le arañaban el corazón. Bajo el
destile de ponzoña, palideció. Algo candente subía por su garganta.
Espina le vió inmutado, y amainó.

--Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admirar los prodigios que
hace el muchacho. Me ha retratado en Madrid, y pienso reunir algunas
amigas para que vean... Ha sido en España un acontecimiento el tal
retrato.

--¡España! ¡Qué hermoso país!--murmuró chanceándose el belga.--Allí el
naranjo florece...

La intención satírica de la frase no se le escapó á Silvio. Embromaban
á Espina con él, y explicaban por capricho amoroso la protección que
ella parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó á la palidez de antes.

Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no comprendiese. Nadie la
igualaba en estas comedias de candidez y asombro.

--Maestro, le ruego que no tome en broma á mi protegido--y recalcó la
palabra _protegido_.--Indulgencia: los que llegaron á la cima no deben
ser rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su retrato no
está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. Eso sí que sabe. Yo le digo que
en algunos de nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil
ganar dinero.

Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era mofa, si era odio, si
era aturdimiento, lo que dictaba la inconcebible conversación. Dudaba
entre protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el tonto.

Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo.

--¡Me presenta usted bien--gritó--para que el Sr. Marbley forme de mí
un concepto original! ¡Sastre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará
de mí el ilustre autor del _Harem turco_?

No podía caer peor la reminiscencia. Para desazonar á Marbley, bastaba
recordarle el _Harem_, lo único verdaderamente sentido y franco que su
pincel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el dichoso _Harem_! La
singular rivalidad de un artista consigo mismo, el despecho furioso de
haber tenido talento un solo día de la vida, podían tanto con el belga,
que había momentos en que, no acertando á repetir ó superar su obra,
sentía deseos de quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes:

--¡Ah, sí, el _Harem turco_! Ya recuerdo... Labor de muchacho... Como
usted no conoce lo que hice después... He enviado á los Estados Unidos
mi producción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mercado no está aquí.

Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando en cuando una obra
fundamental á Norteamérica. Las expedía, sí; pero eran ajenas,
antiguas, y algún que otro retrato hecho á las aves de paso en París, y
remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor del envío...

--Nada tendría de extraño--pronunció Silvio incisivamente, pues sus
nervios triunfaban--que algún día conociese yo esas obras de usted.
Deseo recorrer esos países... Suplícole me dé nota de los museos y
colecciones particulares donde pueden verse. Además, me figuro que los
periódicos de arte habrán publicado reproducciones. En el _Estudio_,
por ejemplo, ¿no figura al menos una ó dos de las más notables...?

Marbley, cogido, calló. Un gesto de menosprecio fué su respuesta.
Espina mintió por él.

--El maestro prohibe que se reproduzcan sus cuadros. No quiere que
los deshonre el fotograbado y que rueden por ahí. Los riquísimos
aficionados que forman su clientela no tienen ganas de que por un
franco se adquieran copias. Maestro, dispense la ignorancia de mi
protegido y sus preguntas cándidas. No está enterado el pobre.

Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de acuerdo en una mirada
rápida. El belga respiró: Espina le entregaba á discreción al rival
posible...

       *       *       *       *       *

--¿Qué efecto le hace á usted el maestro?--preguntó la Porcel cuando
subieron al coche y rodaron hacia los grandes bulevares.

--¿Cuál maestro?--chilló Lago.--Señora, ¿se ha propuesto usted burlarse
de mí? En París hay muchos artistas á quienes no soy digno de desatar
la cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama un maestro...
¿Y por qué me rebajaba usted delante de él? Sepa usted que su Marbley
no vale un comino. Hoy no hace sino porquerías.

Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, manoteaba. Impulsos
le venían de agarrar de la muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola
del coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en la ferocidad que
desarrollan las heridas personales, no sentía ni asomos de piedad, ni
siquiera respeto. Ella le clavó sus ojos, puñales de ágata fría.

--¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado con usted, Marbley es un
pigmeo...

--No soy nadie ni nada--murmuró con energía Silvio;--pero si no he de
llegar á más que Marbley, ¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda
mi ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, antes que Marbley!

--Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley ha llegado? Bien se
ve que le han levantado de cascos Lina Moros y otras de su calaña.
¡Estamos en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir una
reputación consagrada?

--Consagrada en los salones, si acaso; consagrada para quien no lo
entiende... En fin, señora, perdóneme; pero ¿á qué hablamos de todo
esto? Con usted sería mucho más discreto charlar de modas. ¡Mujer,
mujer! ¿Qué hay de común entre tú y yo?--profirió cerrando los puños y
ahogando un juramento.--¡Maldita la hora en que descendemos hasta la
mujer!...

--_Stop_--ordenó Espina.--El señor quiere bajarse.

Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, recostándose indiferente, la
Porcel añadió:

--_Allez vite._

El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por la puesta del sol,
ensombrecida por los árboles.

       *       *       *       *       *

En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo ni conjeturar si con
el incidente á la salida del taller del belga quedaban rotas sus
relaciones. Fueron cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de
penosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aquella mujer, al
cabo único asidero suyo en París? Se arrepintió de su arrebato. “Debí
hacerme el sueco”. No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la
Porcel. La temía. “Es ridículo. No me pegará...”--pensaba. Y quedábase.

Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escribiendo á Cenizate,
desahogando penas, el camarero le avisó de que le esperaba en la calle
una bella señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el sombrero,
bajó... La propia Espina, ataviada con caprichoso traje, en que la
incrustación de bordado inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la
pantalla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía bañada en
amortiguados reflejos del sol, y el nácar de sus dientes la iluminaba
con húmedas transparencias.

--Vengo á hacer las paces con usted...--murmuró.--¿Qué es eso? ¿No se
le ha pasado todavía?

Silvio no sabía por dónde salir. No carecía de explicaderas,
seguramente; pero la Porcel, al infundirle mil sentimientos opuestos,
tenía á veces el dón de desconcertarle.

--Vengo--insistió Espina--á raptarle á usted. ¿Vamos, qué aguarda? Suba.

Silvio saltó al coche. Tardaba en encontrar la frase adecuada á su
especial situación, y se la proporcionó su interlocutora.

--Á ver... Pronto, ese acto de contrición.

Lo salmodiaba el pintor con cómicas añadiduras, cuando Espina
interrumpió:

--Por adelantado, la penitencia... Dijo usted que conmigo sólo se podía
hablar de modas... Va á acompañarme á casa del modisto. Figúrese que á
los Crouzat-Salvilly se les ha ocurrido dar un baile en su castillo,
pero un baile que será el de la temporada; han invitado á la _fleur
des pois_... Yo les hubiese agradecido infinito que no se acordasen
del santo de mi nombre, porque esos bailes que obligan á viajar en
ferrocarril no tienen pizca de divertidos... Pero Valdivia, erre con
que no falte; dice que á esa fiesta es preciso asistir... él sabrá por
qué. ¡Tonterías! Cuando menos se preocupa una de las invitaciones, más
le asedian. En fin, necesito arreglar joyas, y un traje que no sea
demasiado ridículo... ¡Estoy tan aburrida de lo poco que los modistos
discurren! ¡Y pensar que los modelos de estos calabazas, con diez
meses de retraso, forman la base de la elegancia vertiginosa de las
madrileñas!

Su antiguo despecho, sus celos sin amor, renacían, se desbordaban en
sátira. Describía el guardarropa de Lina Moros, á la moda de un año
atrás, admirado con la boca abierta por las que todavía daban golpes á
los trapos de hace un trienio.

No tuvo tiempo de completar la descripción. Ya el coche se paraba ante
una joyería en la calle de la Paz. Espina se bajó, ayudada por Silvio,
y el joyero, solícito, enseñó modelos; discutieron el arreglo y aumento
de los largos hilos de gruesas perlas que Espina poseía y pensaba
escalonar sobre el escote, á lo Médicis, y para los cuales deseaba un
broche espléndido, un rubí único en tamaño, color y talla. Aseguró el
joyero que el rubí se encontraría.

--Esta piedrecita--dijo la Porcel á Silvio--debe ser el _leitmotiv_ del
traje. Y maldito si sé cómo combinarlo.

Hablando así, adelantaban por esa calle en que el lujo de la mujer
parece filtrarse al través de las paredes, irradiar incendiando los
escaparates tentadores. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las
britanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos de flexible y
luciente cuero repletos de utensilios de plata y cristal, todo hablaba
de necesidades complicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes
rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la fortuna al través del
mundo. No cabía pensar en pisar aquellos establecimientos sino con
carteras rellenas de billetes, las bombeadas carteras de los americanos
y los ingleses, que hincha una tumefacción de caudal. En la calle
de la Paz, el lujo no se hace adaptable, accesible, como en tantos
puntos de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que anzuelan á
la mujer con el cebo de la baratura. Al contrario. La calle de la
Paz seduce, altanera, con lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á
tal precio, aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscernible.
Los sombreros de la calle de la Paz, las camisas de la calle de la
Paz, las joyas de la calle de la Paz, tienen la pretensión de cifrar
la plenitud é intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche.
Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus vidrios limpios y
altos los que incitan al poderoso. En todos los pisos de las casas, los
balcones están cruzados de letreros de oro, enormes, con el reclamo
del nombre de alguna celebridad ó especialidad de alta fantasía;
allí han fijado su residencia los grandes modistos, pontífices de la
vanidad y dictadores del trapo. Uno de los aspectos de París triunfante
es el trapo: el trapo, una de las maneras seguras que tiene Francia
de imponerse al mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada,
trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, prepara la derrota
del extranjero, el cuele de su fortuna en la caja nacional, fruto de
inmensa economía, que permitirá á la patria afrontar indemnizaciones,
desquites, reorganizaciones de su ejército... Francia se defiende con
el trapo; el trapo vale por muchos regimientos y muchas fortificaciones.

--¿Adónde me lleva usted?--interrogó Silvio.

--Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un
dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya
es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato,
de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y
gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un
impertinente; tiene un _premier_ español que ha sido modisto en Madrid,
un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe
para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín
con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro
estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue...
Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan
á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión
vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese _genre_. Me
gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo
bonito?

En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró
sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran
modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía
desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente
los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de
soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo
rosa, atigrados curiosamente,--lanzándose fuera del barandal de hierro.
Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho
mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así
en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una
galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí
se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura.
Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo
escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.

Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La
puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala,
que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco
y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban
señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver
la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del
buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban
en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con
_chic_; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan
elementos para la temporada próxima; dos grandes _cocottes_, imitadas
en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo
instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la
clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería
lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo
sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es
innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!”
En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría
sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.--Espina,
remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba
allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa
de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía
archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que
hizo traición á Eduardo IV ante Calais.--Las extranjeras, olfateando
categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban
un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del
círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol
pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso
baile de los Crouzat-Salvilly...

--No sé--decía ella, remilgada.--Se me figura que Paquín decae. No
tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito,
sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los
pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas...
¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de
renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos,
hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...

Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio
de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para
mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón,
dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto
de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de
Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos
y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la
hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al
mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los
adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran
mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía
el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase
miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que
un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de
ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días.
Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se
enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando
bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.

Espina pronunció indignada:

--¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos
están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted;
las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de
lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro
se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía
se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de
provincia!

Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él.
¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!

--Y después--indicó la Villars-Brancas,--quiere que traguemos que
fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me
consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros...
Somos unas infelices en creer sus embustes.

En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el
rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el
vendedor.

--Lo peor es--advirtió Espina--que se le vaya acabando la inspiración.
Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese
bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...

Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie
de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso
centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver,
adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios,
piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas,
botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala,
que la miraba entre alarmada y respetuosa:

--Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...

La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de
blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina:
“Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos,
y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y
Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á
quien he conocido en Madrid...”

Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo
afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos
negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar,
asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las
otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía
que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel
empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción
sobre su basta figura.

Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y
murmuró:

--Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se
olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y
que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un
traje en que el rubí...

El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:

--¿Cómo? ¿La señora querría...?

--Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no
reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos,
prense usted la imaginación...

--¡Oh! ¡Señora!--murmuró el bajá dignamente.--Espero que no necesitaré
gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora
Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la
señora...

--¡Sus dibujantes de usted!--recalcó Espina.--¡Si están como los
caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los
Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor,
el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este
terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no
ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...

Sin saber qué responder--no estaba en las costumbres de la casa aceptar
personal en semejante forma,--el bajá guardaba silencio, y Silvio,
atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en
sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:

--¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?

--¿Qué le pasa?--repuso ella.--No sea usted niño, no lleve usted la
modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones
de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su
verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué?
¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.

La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se
entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar.
Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron
expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á
la superficie...”

Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa;
una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le
aproximó. Le prodigaba explicaciones.

--Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor
intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted
me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar
mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan
divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones,
por si le restituímos á su verdadera vocación!...

El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para
contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión
destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de
hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que
así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza
era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así
en el agua amarga del ajeno sufrimiento?

No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio
á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de
naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su
persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la
generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!

Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los
Pirineos,--alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella
nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social
que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje
del respeto,--fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de
la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento
sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de
educación exquisita:

--_Charmante_, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto
acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me
presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un
almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los
propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago
aspira á otra cosa, y sus amigas--la Pirineos recalcó ligerísimamente
la palabra--deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.

No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á
revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.

Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó
su mano y la besó, murmurando:

--Gracias...

Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose,
habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el
cual,--envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los
muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo
de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de
trapo,--continuó oficiando de pontifical.

       *       *       *       *       *

Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron
para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado
sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El
calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio,
en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda
y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes
franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y
achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución
para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso
peculio se disolvía como azucarillo en el agua.

Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían
á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista
maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por
lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado
y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve
sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta
su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad
de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de
ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y
en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del
Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban
libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino
de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas
ensortijadas manos.

En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave
desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la
_cebolla_ del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial
y hasta al artista. Los ricos--¡qué milagro!--se zafaban en busca de
diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del
_Fígaro_ había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes
á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si
se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”--se
dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:--“Á poder, también iría...
Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos
de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las
celestes Mariñas...”

La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra
parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”.
Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra
en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La
dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se
tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.

Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos,
ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus
limpios jardines--la República los cuida regiamente,--ni el cuadro
de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación
quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado
de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de
los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma.
Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera
interrumpida... ¿hasta cuándo?

Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba,
sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones
humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente,
con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma--no podía ser
nadie más--había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle
la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído
á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid
avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en
otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes
perspectivas eran espejismo puro?

Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria,
ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de
locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo,
bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos
antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha
calculado... La parisiense no se deja sorprender.

La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de
entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la
vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el
fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra.
Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para
salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores
estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia
del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le
halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual
se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á
esto--murmuraba para sí,--no sería cobarde: sería sencillamente necio,
pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”

En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que
ya no era de gloria: era sencillamente--achaque de infelices--sed
inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por
compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo,
abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia
ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y
en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á
cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa.
Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten
tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de
prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los
que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las
Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara
Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por
oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés
hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un
periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las _Sinfonías
campestres_, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto,
y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal,
halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma,
cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la
herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por
un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto
rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.

Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un
billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un
alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos
renglones del confesor de la novicia.--¡Era tarde!--frase en que la
cronología responde de tantas irremediables desventuras.--Y, por otra
parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni
ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una
mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble.
Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado
ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo _de allá_.

Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba
entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar
activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido
el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron,
cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio,
impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le
pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto:
nadie se acuerda de mí”.

Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del
verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada
del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos,
hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París
sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso,
instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una
señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más
indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel,
detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su
sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con
Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de
indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba
detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle
subieron á un coche.

“Para regresar á España, como para todo”--pensó Silvio--“se necesita
dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía
en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes
de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había
medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar
la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano,
le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al
pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había
olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la
cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la
respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que
habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras.
Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre
conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.

Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el _cheque_,
su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único
que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La
portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre
del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre,
como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase:
pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez
asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte
terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que
exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras
acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En
cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad
de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su
amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la
entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido,
prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris,
Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se
encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y,
á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas,
bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de
despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con
locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no
decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:

--¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?

Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario,
porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas
horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La
perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz
de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus
caricias locas.

Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente,
cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos
austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos
y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado
Silvio su misión.

Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció
instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha
era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera;
al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se
reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.

--Ahora creo yo--pensaba al bajar las escaleras--que este señor tiene
derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey,
le llamo!

Con recursos ya, se borró--como se borran las ideas de los momentos
obscuros ante la sonrisa de la esperanza--el propósito de regresar á
España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas
y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en
respuesta á una postal de la compositora.

¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué
fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística?
Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban
los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en
el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio
encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que
se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo.
Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus
cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones
en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se
dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su
mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse
en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena
racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la
subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad,
se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en
un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se
le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde
trabajar.

Sus modelos--la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con
algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se
percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo
borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del
alcohol--le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas
famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban
en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos
inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto
lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de
los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba
en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el
alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa,
de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos
figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida,
la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al
perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho,
sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús
por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones,
mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los
tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza
sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres
desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin
que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había
agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta,
la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del
naturalismo y abandonándolas.

Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus
devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe,
era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día
prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación
misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del
espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la
concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que
se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo
surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen
en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de
realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su
propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.

--“Pero--meditaba--no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que
arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como
Moreau”.

Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos:
él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella,
esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde,
la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los
pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia
guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese:
“Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado,
hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba
estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París.
Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro
de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro
vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...

No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería
ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo
lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas
admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del
pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era
posible, “lo que va á ser”.

En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante
á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían
llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo,
con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora
se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar
de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”

El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre
pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto
decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas
sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de
fatalidades lentas.

Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba,
desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran
jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio
sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la
fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo,
pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día
en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado,
definitivamente un frustrado?

No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay
facultades excepcionales, de que no se es un genio--este drama moral
se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.--De una
generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París
como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la
gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?

Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y
desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se
cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino--con tenacidad
que él mismo calificaba de insania--en el de aquel individuo de quien
no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve
la trampa...”

Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el
nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas
horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.

Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa,
que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia--desde que se había
propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para
entrar dispuesto y de refresco en la batalla--que sus estados de
perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo
puramente orgánico.

Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle,
además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de
trabajo más útil aún que la moneda!

Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años
eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad
de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte...
Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni
siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración,
en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba
aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se
deriva.

Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada
en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia
mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba
consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese
la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos
de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de
confianza en sí mismo.

No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método,
porque su situación era provisional y transitoria, aplazó,
despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu,
como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen
demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.

--Cuando me normalice de vida y de trabajo--pensó--me cuidaré mucho.
Ahora... ¿qué más da?

Una carta,--un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris
sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición
demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,--sacó á Silvio de sus
fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel,
letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes
que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que
han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas
características patitas de mosca de antaño.

Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!,
escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y
el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba
vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su
insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos;
ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de
que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla
prosaica”--y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París
hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá
enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.--Al leer
este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como
un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como
la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!

Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su
índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la
gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta
amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre
corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones,
hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la
menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio,
temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo
que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material,
la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos.
Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas,
expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de
adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero
Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para
sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente
más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un
sabor, un perfume, una asociación de líneas.

Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Almorzó en un restaurant
menos promiscuo que los _bouillons_, socorrido recurso de los flacos
de bolsa; se invitó á media botellita de tisana, buena marca, y al
salir del comedero había formado la resolución de emprender un viaje de
arte, porque no iba á poder entretener de otro modo la impaciencia, los
días que faltaban para el regreso de Espina, encontrándose hasta sin
medio de dibujar, porque el dueño de su taller, ya de vuelta, le había
dejado políticamente en la calle. Uno de los españoles tropezados
en el bulevar, hijo de un banquero de Madrid, venía de Holanda y le
había enterado de que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy
escurridos los tres mil francos del candidato al trono. Silvio confió
á Bobita á su camarero, y salió aquella misma tarde hacia Bélgica,
provisto de un billete circular y algunos bonos de hotel.

No por necesidad afectiva, que sólo experimentaba en los momentos
amargos, sino por no dejar evaporarse impresiones vehementes que
hubiese deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces casi
diario y largo á Minia Dumbría, con encargo expreso de que no rompiese
las cartas y se las guardase en un armario vetusto de Alborada, atadas
con una cinta de seda, entre _lesta_ y hojas de hierbaluisa, para
reclamárselas alguna vez, como si fueran “otra cosa”.



IV

Intermedio artístico.


_Bruselas._--Amiga insigne, este viaje es un viaje de muñecas. No
se fatiga uno; casi no siente que se traslada, porque los trayectos
son cortísimos. El más largo, de París á Bruselas, donde fecho esta
epístola, dura cinco horas. Los otros serán expediciones de puro recreo.

Voy á darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria.

¿Encontraré, entre estos grandes muertos, alguno lo bastante vivo para
influir en mí, ahora, en este año de gracia, ó mejor dicho, en el que
viene, y en el cual, es infalible, ha de fijarse mi orientación?

Porque es tiempo, gentil señora... Tengo veinticinco cumplidos; estoy
en la mitad del camino--á los treinta se declina ya--y todavía no soy
nada, ni sé qué va á ser de mí.

¿Se acuerda usted de mi última carta, tan desconsolada? Era una
tontería; me apuraba sin motivo. Espina, ¡pobre enferma!, después de
haberme arañado y mordido un poco, se apiada de mí, y á su regreso, que
tardará unos días, el retrato será expuesto ante una “taza de crema”,
ya que no ante la crema toda.

Esa crema me abre el apetito. ¡Ganar, ganar, comer, comer! La crema me
gusta, por alimenticia.

Entretanto, como no puedo esperar tranquilamente, tan nervioso me
siento (¿será cierto que soy un sistema nervioso predominante y
agitado, un neurótico?), me he venido aquí, á recoger impresiones. Iba
á escribir una bobería: iba á escribir que usted no puede figurarse lo
que uno patalea cuando no encuentra dirección para su aptitud.

Yo tengo disposiciones. Corriente. ¿Con qué salsa las guiso? ¿Qué
género va á ser el mío? ¿Cuál de los maestros va á ejercer sobre mí esa
influencia primera de que no hay medio de eximirse, hasta que logre
matarle dentro de mí, después de que con su ayuda salga á terreno
firme? Quiero empezar por esclavo y acabar por rey.

Si viese usted cómo me hace cavilar y sudar todo esto...--Apenas llego
á Bruselas... (No, no tenga usted miedo á descripciones; sólo de
pintura pienso hablar.) Apenas llego á Bruselas, me entero de que aquí
existe un Museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no
quiso vender ninguna; un pintor de mediados del XIX, Antonio Wiertz.
Hállase el Museo instalado en el mismo taller del artista. Tales y
tan extrañas cosas oigo de él, que corro á visitar ese Museo. ¡Un
mundo de pensamientos me sugiere! Se compone de dos ó tres salas y una
habitación donde, en alacenas, se guardan el sombrero y algunos objetos
que han pertenecido al artista, el cual no murió viejo, y, según su
retrato, tenía una figura romántica, con trova, _à faire rêver_.

Este paisano de Marbley empezó imitando á Rubens. Entonces pintaba,
lo que se dice pintar, admirablemente. Hay un torso de mujer, desnudo,
que es “un trozo” en toda regla; jugoso de color, justo y razonado
de dibujo; inmejorable. Pero después de ser esclavo algún tiempo de
la individualidad ajena, Wiertz, que deliraba por triunfar--¡como
tantos, ay de mí!--quiso aislar la propia; y no sólo quiso eso, sino
que se propuso llevar ventaja ¿á quién dirá usted? á Miguel Angel y á
Rubens, el cual no pensaba; tenía pupila y carecía de cerebro... según
dicen ahora.--Y nuestro Wiertz se echó á inventar símbolos y embadurnó
lienzos, algunos colosales, llenos de extravagancias socialistas y
pacificistas; _El último cañón_, _La carne de cañón_; Napoleón ardiendo
en los infiernos, rodeado de espectros que le increpan; los poderosos
de la tierra oprimiendo á los débiles, figurados por un gigante brutal,
un Polifemo, que con sus patazas aplasta á los compañeros de Ulises...
Todo ello parece pintado al fresco, á borrones desteñidos. Arrastrado
por su delirio, Wiertz llegó á embadurnar cosas tan horribles y tan
macabras, que no se enseñan sino á quien las quiere ver por un agujero,
practicado en un cierre de tablas, que oculta el espantajo. Uno de
los reservados es lo siguiente. Una cripta. En ella ha sido enterrado
vivo un hombre. Consigue alzar una tabla de su féretro, y asoma entre
el sudario una faz lívida y un ojo demente, y lo que este ojo demente
logra ver es una calavera en el suelo de la cripta, y una enorme araña
negra, velluda, que trepa por el cráneo...

Otra concepción, también de las reservadas, es una mujer, joven aún,
que, impulsada por la locura, la miseria y el hambre, ha cortado en
pedazos á un niño suyo de pecho y cuece en una caldera parte de él,
mientras estrecha contra su corazón lo restante...

¿Qué opina usted? ¿Es esto artístico?

Mi pensamiento me traslada á Italia. Veo ese arte sereno, luminoso de
belleza, griego bajo su cristianismo claro y floreal: el arte de los
Luinis, los Peruginos, los Botticelli... y este belga tenido por genial
me parece grotesco y ridículo. ¡Puf! Vámonos de aquí; huyamos de esta
“galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas...”

Wiertz, en su período de “desarrollo individual”, pintaba, oiga usted
esto, mucho peor que al principio, cuando quien pintaba por su mano
eran los Maestros. Entregado á sí mismo, el colorido, la factura,
fueron desapareciendo, y sólo hacía bambalinas á chafarrinones. ¡Y era
un entusiasta nobilísimo, se privaba de todo, desdeñaba el interés,
sólo vivía para el arte!

¿No es cosa de echarse á temblar?

¿Seremos chiquillos, que en cuanto los dejan solitos no hacen sino
disparates?

Aquí tiene usted á Wiertz, á un hombre con innegable talento, con
facultades de primera. Además, este hombre no era un mercader; tenía
corazón de artista, aspiraba con infinita ansia. No se contentaba con
seguir huellas. No era, sin embargo, capaz de pintar como un genio, y
pintó como un loco raciocinador.

Y yo, que le escribo á usted esto, y que he salido del Museo
asqueado,--yo no podré, probablemente, ni pintar así.--Tal vez no
consiga ni disparatar de manera que salve mi nombre, relativamente, del
olvido...

       *       *       *       *       *

_Amberes._--He vuelto á encontrar al amigo Rubens, más deslumbrador que
nunca. ¿Se acuerda usted de la impresión que me produjo en Madrid, en
el Museo, este tiazo?

Aquí me acaba de subyugar (sin serme tan simpático como antes,
por demasiado sensual y carnoso). Ya la he enterado á usted de la
transformación que han sufrido mis convicciones...

Pero, piense uno como piense, Rubens aturde y emborracha.

¡Qué orgías de color regio!

Regio es poco.--Rubens es imperial.

Amberes posee mucho de lo más sorprendente que pintó Rubens.

En la Catedral hay dos trípticos soberbios: el Descendimiento y la
Crucifixión; en el Museo Plantino, infinidad de retratos--y en el
Museo del Estado, un tesoro.--Estoy dominado, más que por las obras
de Rubens, por su persona, por el conjunto de sus cualidades, por su
temperamento de Titán. Su equilibrio me causa envidia. Ese sí que no
padecía de neurosis. Le veo marchar entre una aureola de luz ardiente,
echando chispas de fragua, forjando como un cíclope, sin caer nunca en
la debilidad ni en el descuido.

Vea usted, Minia; esto es lo desesperante para mí. Por momentos, en
París, he creído en la virtud infalible de la paciencia y del trabajo
intenso. Pero hay otra cosa, superior á lo que se hace reflexivamente.
¿Pueden todos los esfuerzos y paciencias del mundo formar un
temperamento de artista como el de Rubens?

No. Eso es obra de la naturaleza. Usted, con su catolicismo, dirá que
de Dios. Bueno, de quien usted guste. De lo incognoscible.--¡Pintar
así, con esta facilidad y esta felicidad; manejar el color de esta
manera; producir esta sensación de realidad, cuando la inmensa mayoría
de sus cuadros reproduce escenas que él no pudo ver, de las cuales no
tiene el menor dato sensible, como son estas cristologías tremendas,
este _Cristo sobre la paja_, del cual envío á usted una fotografía que
nada dice--lo que hay que ver es el color,--y al mismo tiempo tener
á la realidad sujeta, esclavizada á la individualidad! Porque Rubens
grita desde lejos; avisa; planta su bandera. Yo creo á Rubens tan
prestigiosamente rico, que en cualquier época del arte se impondría. Á
todo era capaz de adaptarse, y en todo hubiese triunfado. Tiene hasta
sentimiento, sentimiento católico, muy profundo. Su cuadro _La última
comunión de San Francisco_ se traga á nuestros místicos realistas, á
los Ribaltas, á los Riberas, á los Murillos. Es la característica de
Rubens, que se traga á todo el mundo, y que, donde hay un cuadro suyo,
de los buenos, lo demás palidece, se desvanece.

Y sin embargo, en Rubens no hay esfuerzo penoso; no hay violencia de
ningún género.

Tampoco hay transiciones de maneras, ni decadencias, ni
arrepentimientos.--¡Semidiós!

Esto desespera: que nazcan hombres así, y no ser uno de ellos.

¡Pensar que Rubens, desde los primeros años de su mocedad, fué dueño de
todos los secretos, encontró su estilo, su color, su _hacer_!

¡Y qué dignidad en este Emperador! Nada trivial, todo
triunfante--porque con este colorido, estos azules, estos nacarados,
estos plateados, estos violetas--no hay asunto repulsivo, no hay
tristeza posible; lujo y fiesta todo.

¡Ay de mí! Rubens tenía lo que sospecho que me faltará siempre: acaso
los temperamentos artísticos son estómago, sangre y vigor.

Por eso su pintura--vengo fijándome, desde Bruselas--me hace un efecto
heroico. Heroísmo y elocuencia--las grandes cualidades de Rubens...

Para consolarme de no ser Rubens, y también porque necesito definir
mi estética, empiezo á buscarle defectos al mago de Amberes. Le
falta--¡vaya si le falta!--la distinción y el misterio de los
italianos, de un Bellini, de un Luini. Gesticula demasiado...

¿No sabe usted lo que me pasa? Tengo aquí un amigo. Á mi lado, en la
mesa del hotel, se sienta un viajero con el cual ligo inmediatamente.
Es un joven periodista sueco, venido á estas tierras para remitir á su
periódico noticias del movimiento socialista, que, según parece, es
importante. Pero me ha confesado que el socialismo no le da frío ni
calor, y que si los socialistas, sobre estropear la sociedad, han de
aburrir á las personas inteligentes, entonces sí que no tienen perdón;
que él escribe á su periódico lo primero que se le ocurre, para salir
del paso; que lo interesante de Bélgica y Holanda son los artistas, y
no concibe que nadie venga aquí á otra cosa que á empaparse de pintura.
Dado este modo de pensar, el sueco, que se llama Nils Limsoe, y yo,
nos hemos entendido como ladrones en feria. Nos juntamos para recorrer
iglesias y museos. Noto, sorprendido, que no está á bien con Rubens,
aunque reconoce su asombrosa personalidad. Él será lo que sea, un
coloso... pero ¿quién le propondrá por modelo, quién ha de seguirle?
Parece fácil de imitar, y no hay tal cosa. Parece que no hace nada, que
trabaja según fórmulas vulgares y previstas; pero el caso es que sus
discípulos, empeñados en sorprenderle los secretos, se quedaron tan
lejos de él... tan por bajo...

Me sublevo.--¿Y Van Dyck? ¿Está Van Dyck muy por bajo de Rubens?

Limsoe se sonríe y murmura (conversamos en francés):

--Ya, ya... Es usted un apasionado de Van Dyck, y, además, la fisonomía
de usted recuerda sus retratos... Van Dyck... Sí; es seguramente mucho
más fino y elegante, y mucho menos teatral que Rubens.

Comprendo, en la indulgencia de la sonrisa, que no le llenan ni uno ni
otro.

       *       *       *       *       *

_El Haya._--Limsoe y yo hemos acordado no separarnos, visitar unidos
la tierra holandesa. Él escribe á su diario como si continuase en
Bélgica--y ni visto ni oído.--Iremos, en comparsa, á el Haya, á
Amsterdam, á Harlem.

Este sueco padece ataques de un entusiasmo frío, especie de
iluminismo--como dicen que les sucede á los nacidos en países del
Norte, cerca del círculo polar.--Yo diría de él que sufre vértigo
manso. No sé por qué me recuerda, en sus arrebatos, en sus accesos, el
célebre remolino de Poe. Lo cierto es que este mozo sabe muchísimo,
sabe una barbaridad, de mi profesión; sabe, teóricamente, lo que los
pintores siempre ignoramos. Le pregunto por qué su periódico, en vez de
consagrarle á la sociología, no le dedica á la crítica artística.

--Porque--me responde--el arte interesa á pocos lectores, y la
sociología, en mi patria, á todos. Ya escribo á veces, en una revista,
estudios sobre los artistas suecos contemporáneos; allí me desahogo...
pero me lee una minoría. Y como siempre les estoy diciendo que pintan
demasiado aprisa, y por lo tanto, mal, no pueden sufrirme.

--Y Rubens, ¿no pintaba aprisa?--le objeté.--¿no hizo en diez días _La
pesca milagrosa_? ¡Y cuidado que hay problemas resueltos en la tal
_Pesca_!

--Rubens debía de ser un fenómeno, una fuerza de la naturaleza; además,
ya sabe usted que entonces los discípulos ayudaban tranquilamente al
maestro, ejecutaban trozos enteros de un cuadro ¡Vaya usted, en estos
tiempos de lirismo, á insinuar solamente que puede ocurrir semejante
cosa!

Visitamos el museo de el Haya. ¡Alerta! ¡Qué sacudimiento!

--¿No es raro--me pregunta el sueco--que un territorio y una división
geográfica produzcan de una vez tantísimo pintor como produjo este
suelo de Holanda en el siglo XVII?

En efecto, es cosa rara. ¿Por qué hay países que crían á patulea, en
momentos dados, el pintor, el poeta, el escultor? ¿Por qué en España,
determinadas provincias son las que dan artistas, sin que exista en
ellas mayor estímulo que en otras? Los artistas, ¿somos una planta,
somos un tubérculo, fruta natural del terruño? Alguna vez que hablé de
esto en Madrid con Solar de Fierro, el buen marqués, muy inteligente en
la práctica, pero muy ajeno á las teorías, me sostenía la vieja tesis
de la superioridad de los países del sol sobre los de nieblas y frío,
explicando así que la zona artística de España sea el Levante y el Sur.
Y Holanda, ¿es acaso un país de sol?

¡Al contrario! Las humedades, las brumas, las tempestades de Holanda
han hecho á sus paisajistas y á sus marinistas.

Mi sueco, inspirado en Taine, dice que lo que determinó este frondoso
florecimiento de arte en Holanda fué la intensidad de la vida civil,
las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el
ciudadanismo de estos bátavos.

Son artistas, porque son ciudadanos, porque son comerciantes;
pero, si no hubiesen sido artistas, ¿no podríamos sostener la
tesis opuesta, que salieron ineptos para el arte por culpa de la
ciudadanía y del tráfico? En fin, por algo un país pequeño, en corto
espacio de tiempo, engendró tal hormiguero de pintores: Cuyp, Van
Ostade, Terburg--¿se acuerda usted de los vestidos de raso blanco de
Terburg?--Rembrandt--¿se acuerda usted de la luz de Rembrandt?; digo
la luz, ¡ojo!, no digo el color--Van der Helst, Gerardo Dow, Berghem,
Ruysdael, ¡qué paisajitos!; Pablo Potter, ¡ah, un tío tremendo!; Steen,
Der Neer, Hobbema...--nada, gentuza--Vandervelde... Wovermans, el del
blanco corcel... En fin, estoy aturdido. Me tienen vuelto tarumba estos
diablos de pintores nacionales, no por nacionales, sino porque sólo
retratan lo que los rodea, porque no adolecen de ideal ninguno--á lo
sumo, como Rembrandt, de un ideal lumínico,--y no sueñan; copian lo que
se les pone delante, reproducen indistintamente lo bonito y lo feo, y
acaso más lo feo... Estoy literalmente hechizado, porque ¡esto fué lo
primero que soñé yo, sugestionado con sus _Sinfonías campestres_ de
usted! Apoderarme con verdad y energía de una comarca. Eso debe bastar,
y aquí basta, ¡vaya si basta! Se confirman todos mis presentimientos.

Mi sueco, mucho menos persuadido, me hace notar que estos pintores en
nada se parecen á los realistas modernos, y si les conociesen, les
despreciarían por lo aprisa que embadurnan. Los holandeses, copien lo
que copien, se recogen, condensan, detallan con paciencia infinita.

--De los lienzos llenos de churretes y sin acabar de cubrir que hoy
se permiten ustedes--declara Limsoe,--se reirían estos artistas á
mandíbula batiente. Les parecerían la obra de un chiquillo ignorante:
monigotes. La luz de estos pintores es contra luz. ¡Váyales usted con
el aire libre moderno!

--Hoy pensarían como nosotros--le respondo.

--¡Nosotros! Pero si nosotros no pensamos nada fijo... Nosotros--digo,
los que no nos confundimos con la muchedumbre--estamos á cien leguas de
las rutinas de taller. Despreciamos la verdad. ¡La belleza! ¡He aquí
nuestra bandera, por la cual moriremos!

Cuando habla así, el sueco está hasta guapo de entusiasmo. Le hago un
apunte al pastel. Es moreno, y tiene unos ojos verdes, que relucen como
los de un gato, fosforescentes, de mirada insostenible.

Noto en él animosidad furiosa contra los holandeses, que tan
celestialmente--digo, tan terrestremente--pintan... ¡quién pudiese
hacer otro tanto! No es esto lo que le puede contentar á él. Está á mal
con la flema de tales artistas, con su materialismo pacífico, su falta
de imaginación, su glotonería animal y su lujuria burda, la insipidez
de sus asuntos, la atrofia de su sentimiento. “Los admito á ratos y
me exasperan”--repite, pasándose la mano por la frente sudorosa, y
suspirando hondo, como si le sucediese una gran desgracia.

Le vi particularmente rabioso ante una obra que me ha dejado con la
boca abierta: el famoso _Toro_ de Pablo Potter.

Ahí tiene usted algo que bastaba para mi felicidad; hacer una cosa así,
un cacho de verdad por este estilo: nada, sencillamente un tajo de
carne cruda; y luego... _E poi morire_, como dicen en esa Italia que
Dios sabe cuándo veré.

Véase el ideal renaciente de este pintorcillo de rasos y encajes,
perlas y rosas; véase, véase el bicho... Lo dibujo al margen. No es
más; nada de composición ni de triquiñuelas. Ese buey, tranquilo,
testarudo, ese animal, que impresiona como un numen antiguo, un Apis,
me infunde hasta devoción.

¡Pensar que Pablo Potter hacía esto cuando contaba veintitrés años de
edad, y que yo he cumplido veinticinco!

Mi sueco mira al _Toro_; al pronto no chista, no resuella; se diría
que le falta, como á mí, la respiración; se lleva la mano al pecho,
como si en él hubiese recibido un fuerte golpe; estriba en el compás
de sus largas piernas; se afianza los quevedos en la nariz; frunce el
ceño, siempre mudo. Al fin se desata, y empieza á poner defectos al
_Toro_. ¡Defectos á miles! No los defectos que cualquiera ve, como la
insignificancia del asunto, reparos de crítica intelectual, en suma,
sino otros del orden técnico, en el cual--¡cómo reconoce uno cada día
su ignorancia!--suponía yo al _Toro_ impecable. Según Limsoe, Pablo
Potter no sabía palabra del ejercicio de su profesión cuando pintó
este buey. Así es que, sobre no estar concebido, está pésimamente
ejecutado: hay en él trozos enteros que revelan inexperiencia pueril.
Por lo mismo que en el lienzo se reconoce algo genial, debemos ser con
él más severos. Son malos guías, son corruptores los que, como este
Potter, parecen aconsejar á la juventud que estúpidamente reproduzca,
para hacer una obra maestra, lo primero que se le pone delante. Yo me
siento herido, como si fuese el mismo Potter, y nos enzarzamos en una
discusión que degenera en disputa, llegando casi á injuriarnos. Á mí me
da por sostener que justamente lo bellísimo del _Toro_ consiste en no
ser nada; una res bajo un firmamento; un sincero estudio, ajeno á todo
tiquis miquis de intención sutil ó simbólica. Nos acaloramos; Limsoe
me impropera; hace ademanes circulares, rasgantes, amenazadores... El
conserje--que pasea tranquilamente por la sala próxima--asoma su faz
rubicunda, de holandés flemático, y nos dice en voz pastosa algo que
no entendemos, pero que será rogarnos compostura. Ve que no le hacemos
caso, y chapurrea en francés el mismo ruego, acercándose ya decidido á
la expulsión. Como me excuso, responde siempre plácido:

--Son frecuentes las disputas ante el _Toro_. Cada cual lo juzga á su
manera.

Y se encoge de hombros. Yo me vuelvo hacia mi amigo, quien en
presencia del mismo conserje, me tiende la mano, se atusa la cabellera
amarillenta, rebelde y erizada, como la de los muñecos que sirven para
las experiencias de electrización.

En fin, amiga insigne: ¡Pablo Potter, cuando pintaba mal, pintaba este
_Toro_!

¡San Lucas bendito, San Amaro milagroso, hacedme pintar mal así!

       *       *       *       *       *

_Harlem._--Una escapatoria á Harlem, desde Amsterdam... Limsoe y yo nos
vinimos con un pedazo de queso en el bolsillo, entre dos trenes, pues
no queremos perder tiempo ni pasar la noche en Harlem... Cálculos de
economía. No somos ricos ni mi sueco ni yo.

Al bajarnos en la estación, el periodista me cuenta que allí hubo un
mar, un vasto mar, hasta fecha reciente, y que lo desecaron enterito;
se lo bebieron en pocos meses, para evitar inundaciones y ganar
terreno, donde establecieron grandes explotaciones agrícolas; y fué
medida prudente, porque si ellos no se tragan al mar, el mar se los
traga á ellos. Esta gente vive de milagro; por lo visto, el peor día
pueden encontrarse con que las aguas sumergen á Holanda toda... Debían
trasladar á sitio seguro los Museos. Lo demás, que se lo lleve el
diablo.

¡Qué pérdida si una inundación sorbiese los Franz Hals!

Franz Hals... ¿Cómo se lo diría yo á usted? Franz Hals es... algo que
me recuerda, sin que sepa explicar la similitud, á Quevedo y á nuestros
novelistas picarescos. Habría quien reclamase para otros pintores
holandeses este mérito; pero yo no puedo reconocerlo sino en Franz Hals.

¿Quién fué el imbécil contemporáneo nuestro que se imaginó haber
inventado el realismo? Es tan viejo como el mundo, y el autor del
_Escriba_ egipcio no fué ni más ni menos realista que el autor del
_Lazarillo de Tormes_ ó que Franz Hals.

Voy haciéndome muy pedante... Todo se pega; Limsoe es pedante mortal de
necesidad. No me deja vivir; me obliga á estar siempre razonando las
impresiones bellas.

Bueno, pues, Hals... Óigalo usted... Hals... Me tiembla la mano...
Hals... Agarrarse... ¡Hals pinta más que Velázquez...!

Más que Velázquez, ¡sí señora, no me vuelvo atrás...!

Es mano más experta (en la plenitud de su carrera, entendámonos), es
mano soberana para la reproducción de todos los elementos plásticos,
cabezas y accesorios. Menos tierra que en Velázquez. Pincelada más
expeditiva y segura que en Velázquez, en el cual hay “arrepentimientos”
inconcebibles. Acierto instantáneo. Ni fatiga, ni improvisación, ni
prolijidad. Le digo á usted que estoy convencido de que éste es el
Júpiter de la pintura.

Nadie le pone el pie delante; nadie pinta más.

Nadie dibuja más tampoco; ¡mentira!

¡La gente, pintada por Franz Hals, está viva, es de carne; sus cabezas
tienen meollo, sus pies caminan!

Aquí triunfo yo de mi sueco. No puede ponerle á Franz Hals--en su
buena época--defecto técnico ninguno, ninguno, ninguno; y ante
esta perfección que parece increíble, se inclina; su recurso es
refunfuñar.--“¡Qué nos importa la verdad! ¡Qué nos importa la misma
perfección!”

Y le respondo en español: “¡Nos importa, caramba!” enviando un beso
á una figura divina vestida de azul y amarillo verdoso, uno de esos
Arqueros del Gremio, que hacen competencia á los inmortales Síndicos de
Rembrandt. ¡Verdad santa!

       *       *       *       *       *

_Amsterdam._--Ya los he visto, ya he visto á los Síndicos. ¡Ya he visto
la _Ronda nocturna_! No me llame veleta. Franz Hals, de quien tales
cosas dije á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... y hace
menos. En fin, en Rembrandt--y aquí nos encontramos conformes mi sueco
y yo--descubro algo que hasta ahora había buscado inútilmente en la
pintura holandesa: la superioridad del artista, de su individualidad,
respecto á la nación en que le ha tocado nacer.

Rembrandt no es “pintor holandés”, sino pintor del alma universal. Es
decir, del alma universal... artística, alucinada, soñadora, apasionada
de lo extraño.

La _Ronda nocturna_, examinada desde el punto de vista rigurosamente
profesional y de factura, muestra flojedades que sería imposible
registrar en un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, sugestiona.
Es tan particular el efecto de luz en este lienzo, que nadie sabe qué
lo ilumina. Quién dice el sol, quién vota por las antorchas ó la luna.
¡Disputa baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él lleva en sus
pupilas de visionario. Limsoe lo asegura, gesticulando, sobando su
rutilante cabellera escandinava: “Una de las cosas más innobles de la
pintura moderna es querer pintar todos los artistas con una misma luz.
La luz va dentro de nosotros”. Rembrandt, fulgurando desde la sombra
transparente, da la razón á mi compañero de viaje.

No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rembrandt que voy viendo, y
los que he visto en París y en Madrid, me subyugan por esa condición,
que algunas veces poseyó Goya; porque emiten una claridad que no
es la natural; porque son luciérnagas. Rembrandt traza una figura
completamente ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opacidad frota
ligeramente un rastro iluminado, un destello misterioso que procede de
una cabellera, de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y sin
embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para mí, lo mejor de Rembrandt
son sus figuras de espléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos
de un brocado que alumbra.

Y á mí no me vengan con que la _Ronda nocturna_ es _Ronda diurna_.
Rembrandt sólo pintaba la noche. Es su inspiración una gran mariposa
negra.

¡Qué pintor tan divino!--Perdóneme Hals. ¡Voy creyendo que ni por ser
tan perfectamente dueño del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals
me sucede lo que me sucedió con Velázquez y Goya: Goya mató á Velázquez
dentro de mí. Está visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar
que acallan las de nuestra razón.

Á Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en el potro del sentido
común, aunque los dos sean, quien lo duda, dos realistas. No hay
que irles con preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? ¿Qué
significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sentido de esta escena?
¿Por qué concentra usted los claros en la vuelta de la hopalanda de
este personaje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, muy boto de
sentido, para no sentir á Goya y á Rembrandt. Los dos aguafuertistas
son dos brujos, y cuando les da la gana, salen montados en su escoba á
recorrer el cielo ó el infierno.

¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por _a_ más _b_ que Rembrandt
no sabía pintar... Es decir, que pintaba imperfectamente. Amiga mía,
pensando en estas cosas que tanto me interesan, que son las únicas que
me interesan en el mundo, que no concibo que interesen otras, temo
volverme loco. Rembrandt y otro pintor que yo no conocía, Van der
Helst, un rival que forma con él un contraste despampanante, vienen á
dar golpe certero á los principios á que me había agarrado, y según los
cuales pensaba dirigir mi carrera.

Escúcheme usted y dígame si esto que discurro es un desatino...

Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, como creí en
París; si ese lauro lo conquistan la regularidad, el método y el
continuado esfuerzo, entonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en
efecto, como labor concienzuda, hizo poco.--Asegura Limsoe que era un
bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas,
anticuarios encubridores de robos y piraterías, corredoras de alhajas,
zurcidoras de voluntades, posaderos, bebedores, gente de la hampa, y
que las personas de cuenta le volvieron la espalda porque sus retratos
no se parecían ni chispa, mientras los de este Van der Helst, que ocupa
en el Museo de Amsterdam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la
competencia después de muerto, como en vida), hablaban, eran la misma
persona fija en el lienzo. Este Van der Helst--ya le había visto en
Harlem, no renunciando á codearse con Franz Hals,--no sé si diga que
en cuanto á pintar, pintar con la mano y con la vista, no tiene que
envidiar nada á nadie. Su ejecución es un prodigio. ¡Qué caras, qué
manos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados de plata, qué copas
de vidrio, qué limones, qué estandartes, qué corazas, qué valonas, qué
cuellos de encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delante, con
su edad, su figura, sus humores, hasta los achaques que padecían. Dan
ganas de tocar ese paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra
á esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de Amsterdam. Y aun
ahora, si cierro los ojos, estoy viendo un portento de abanderado
joven, muy guapo, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que
debió de trastornar tantos corazoncitos! No es pintura; es _el
abanderado_. Respira. Galantea.

Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar con energía y trabajo,
si se tienen algunas condiciones naturales; sí, se puede llegar, como
llegó Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se entiende por un
gran pintor) á pintar mejor que Rembrandt. Pero á ser Rembrandt, ¿cómo
se llega? ¡Qué demonio! Siendo Rembrandt.

Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico orgullo, tendríamos por
desgracia ser Van der Helst, el que pinta estas manos, estos ropajes y
estas caras... ¿qué nos resta?

¡Pegarnos un tiro!

Así se lo digo á Limsoe.--Él me aquieta con una especie de murmurio
afectuoso, dándome palmadas en los hombros y dedadas en la sien. Me
va cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al pronto, no parecen
cordiales; pero apenas se establece confianza...

--Note usted otra verdad muy curiosa--exclama.--Que la originalidad
del asunto falta casi siempre en las obras maestras (excepción, su
_Quijote_ de ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales ni
literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. Su famosa _Lección
de anatomía_, á la cual tantas significaciones se le han atribuído, es
un tema tratado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el pensar
antes que nadie una cosa vale ni sirve. El toque está en pensarla, y,
sobre todo, en expresarla de una cierta manera...

--¡Que yo no sé cuál es!--fué mi triste comentario.

       *       *       *       *       *

_Brujas._--Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y tengo mucho que contar.

En primer término, mi conversión al catolicismo. He renegado de la
pintura protestante; de esa pintura de género, civil, anecdótica y
nacional; y después, las confidencias de Limsoe, que en el tren--en
el tren la gente se vuelve muy expansiva, con sujetos que no hemos
de volver á ver probablemente,--me confía (después de renegar de los
trenes holandeses; los suecos son los mejores del mundo, los mejor
suspendidos, parece que se va en trineo)--el secreto de su vida y sus
convicciones estéticas.

Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar triste nunca, porque,
sin querer, disparándosele un arma de fuego, dejó ciego á un hermanito
suyo, á quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de arte, es...
prerrafaelista.

¡Acabáramos! ¡Cómo había de entusiasmarle Franz Hals!

De su desgracia y sus remordimientos habló poco, en frases cortadas;
después bajó la cabeza, me apretó la mano, y le vi una contracción
en la cara, tan dolorosa, que parece seguro que este hombre no se
consolará.

En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con unción religiosa. Espera
catequizarme.

Me ha contado los orígenes de la escuela, de los cuales, á la verdad,
á pesar de ser para mí obligatorio no ignorar esas cosas, ni la menor
idea tenía.

¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los duendes; todo el mundo
habla de ellos, y nadie los ha visto, al menos en Madrid y París. Sus
obras andan tan desparramadas por galerías inaccesibles, en países
lejanos, que únicamente mediante la fotografía y el grabado se pueden
conocer... mal.

Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela no son sus obras, á
pesar de una gran belleza, sino sus teorías, que resumen el Evangelio
del arte. Por la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto
tanta huella en el mundo.

Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, Millais y Dante Gabriel
Rossetti. Fueron iniciadores, y fueron sobre todo poetas; sintieron,
se elevaron.

Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos hacen sin que les dé
fruto: asociarse, fundar una Revista, y formar un cenáculo. Algo
tendría esta escuela, que ha salido á flote, entre tantas como
naufragan sumergidas por el ridículo.

No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era una perla que ningún
malandrín podía cubrir de barro. ¡Las miserias, los atropellos, las
impurezas de la labor de los modernos pintores, les enseñaron que
era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas que profesaron
el respeto y la dignidad de su arte como fervoroso culto! Pintar
devotamente, con la pulcritud de los místicos, con su atención
grave y sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, respetando
lo escrupuloso del deber y lo tierno y cándido del amor... Pintar
santamente, y si no, no pintar... ¡porque sería indigno!

Ser santo, y á la vez elegante y superior al vulgo, ¿no es un ideal
altamente estético?

Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. La prueba de la
corrupción del arte, que sigue á Rafael y á Rubens, es toda esta
pintura holandesa. Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente
que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata despedazando un
cadáver! ¡Gente que la reproducen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach!

Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de gato rubio, y prosigue:

--Se burlaron mucho de los prerrafaelistas, y alguno de ellos,
descorazonado, no anduvo lejos de plantar la pintura y largarse al
Canadá á labrar una granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á
él no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtuvieron el respeto y
la atención de su época. Cada uno de los tres artistas se abrió paso,
pero, á mi ver, lo envidiable es el destino de Rossetti. Se obscureció
á medida que crecía: cada día tuvo menos público, y ese público, más
rendido, le adoró más. Cada día, los aficionados que adquirían sus
obras fueron más escasos, más inteligentes, más veneradores y más
ricos. Y cada día vivió más inaccesible al vulgacho. Es el mito de las
Sibilas: cuantas más hojas de sus libros se quemaban, más valían las
restantes...

Sin embargo, estos elegidos tienen su descendencia: no demasiado
numerosa, porque la misma substancia de la escuela repugna á lo
numeroso; porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, se
necesita conciencia, humildad, comunión diaria, ser puro, ser hermoso
por dentro...

El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose conmigo, fijándome con
sus ojos de felino dulce é hidrófobo alternativamente, susurra:

--Desde que conozco la verdad en la belleza, no he cometido pecado
impuro; huyo de la mujer como de un abismo; mejor diría, como se huye
de una charca cuando se va vestido de blanco...

Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edificado, el latino malicioso
que hay en mí se echó á reir á carcajadas... El sueco no pareció
desconcertarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento de hombros
resignado, encontrando natural mi escepticismo, dada mi falta de
iniciación, y con sencillez infantil prosiguió su conferencia. Yo
entonces, avergonzado, le pedí excusas.

--No he debido--confesé--reirme de eso que usted me cuenta, puesto que,
al fin y al cabo, si yo no llego al extremo de abnegación de usted, el
sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que me ha privado de la
facultad de amar. Y no he amado, ni amaré.

--¡Eso es peor, más duro, más terrible!--exclamó Limsoe.--¡No saber
amar! Yo no estrago mi vida, yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo
de un modo sagrado, y ¡es delicioso amar así!

Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo lejos, en un vago añorar
de cosas tal vez amargas, tal vez divinas.

Luego prosiguió:

--Hoy, se me figura que el respeto de todos y la admiración de las
generaciones nuevas rodean á la escuela prerrafaelista... Hay ya en
torno de ella una leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el
excelso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra edad prosaica
por bastantes estilos (pues se ha empeñado en que posean todos los
hombres, no lo bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad
de la caballería, el sueño de la humanidad con alas... ¡Y qué artista
admirable es ese discípulo! ¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué
nobleza! ¡Qué altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué
variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repetir por ahí--¡la
muchedumbre no sabe juzgar de otra manera!--que los prerrafaelistas
son monótonos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su estilo
peculiar! Holman Hunt es más religioso (aunque todos son religiosos,
y no se puede ser gran artista, digo artista del ideal, sin
religiosidad); Rossetti... le gustaría á usted más, porque es un poeta
encantador, de imaginación católica, y tiene algo de la iluminación y
del don amoroso de los artistas primitivos franciscanos.

Objeté que ya es vieja la escuela, que ha transcurrido tiempo, sin que
haya logrado hacerse popular.

Me replica mansamente, con fervor de neófito:

--Ha estado en la penumbra; es una de sus grandes fuerzas. Desde
la penumbra ha irradiado sobre las almas exquisitas, sobre las
conciencias de los artistas que la tienen. Una corriente gemela de la
prerrafaelista ha producido la inspiración del inefable Wagner. En el
arte digno de este nombre, en el arte que no da náuseas, no hay sino
religiosidad, religiosidad, caballería andante, alma en busca del
cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del arte? La misma del
amor: el éxtasis.

Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo le dijese, sin mala
intención:

--He oído que los prerrafaelistas son unos histéricos, unos degenerados.

Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, por lo mismo que es un
convencido, no hizo explosión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose
valerosamente:

--Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, que se han dirigido
á la Confraternidad y á la Escuela... Los dogmas prerrafaelistas no
están cortados á la medida general. Por largas que sean las orejas
de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No hay que preguntar
quién ataca al prerrafaelismo y al fecundo movimiento que ha salido
de él. Son los descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, los
representantes de la llamada razón... ¡La razón! ¡Que el Maelstroom se
la trague!

En este anatema andábamos tan conformes, que repetí, como brindando:

--¡Que el Maelstroom se la trague! ¡Amén!

Y en esta hermandad de deseos llegamos á Brujas la Muerta... No tenga
usted miedo de que le coloque la descripción; ya sé que está usted al
corriente, que ha leído á Rodenbach.

No; lo único que le diré á usted es que aquí he tenido el gusto de
ser presentado al señor de Memling... y que me encuentro en un estado
de ánimo que no sé si atribuir á la sugestión de este maniático de
Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (reléase á Rodenbach), y noto
que involuntariamente pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo
de mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de sus trapatiestas y
fumaduras, _kermesses_ y tabernas; de los burgueses empavesados con
trajes de gala, de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento la
náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa!

Esta otra cosa es Memling.

¿Será cierto que el artista murió en un convento de España? De todos
modos, nuestro misticismo no se parece al suyo.

¡Qué detalles, qué flor de sentimiento, qué novela caballeresca es su
_Urna de Santa Úrsula_! No acierto á decir si revela un devoto soñador
ó un poeta con corazón de niño.

Sobre la historia de la santa, narrada en los tableros del divino
cofrecillo, se puede hacer un largo poema. Ahora comprendo mucho de lo
que mi amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia lo religioso
y lo caballeresco, y salva á la religión, por medio del arte, de los
impuros contactos de la multitud. Si me acuerdo de la _Santa Isabel_ de
Murillo, y la comparo á esta _Urna_, me defiendo mal contra el desdén
de obras que admiré mucho.

No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals han pintado asombros; pero
¿pintaba peor, en su estilo, Memling?

En el mismo Hospital de San Juan, tan sugestivo, tan callado y
recogido, donde nos enseñan la leyenda de Santa Úrsula, vemos unos
_Desposorios de Cristo y Santa Catalina_, en que hay dos figuras
insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bárbara. ¡Se descubre
allí la firme resolución del artista de no conceder su pincel sino á
cosas bellas, ilustres, ricas de forma y de materia; de no reproducir
sino caras redimidas de la miseria humana, vírgenes que son reinas
ó emperatrices, y bajo cuyos pies la impureza, la bestialidad y la
violencia no se atreven á desatar sus ondas de fango!

Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de los Desposorios... “Vea
usted qué dos santas esas. Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí
por casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas que desdeñaron
las bajezas materiales del paganismo y entraron en el Cristianismo
por amor de la pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística,
sin confundirse nunca con los ascetas groseros. Á Santa Bárbara en su
torre, á Santa Catalina en su palacio, se las puede uno representar
leyendo un tratado de psicología, coronadas de perlas, veladas de
gasa, con manos tan lilíales como esas que ve usted ahí, las de Santa
Catalina; las que tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la
perfección de la belleza en una cosa ya tan bella como una bella mano
de dama.”

Me acordé de la medalla de Santa Catalina que posee Solar de Fierro,
y, asociando memorias, me avergoncé de haber pensado un día que se
puede hacer un cuadro con la _Recolección de la patata_. Me desprecio,
me desprecio; pequé, pequé... ¡Vengan vírgenes de talle largo,
vengan paladines, renazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el
romanticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; todo esto quiere
decir que me voy volviendo romántico, que me saltan dentro manantiales
que ignoraba, y que si por casualidad, hace dos años, me pongo á
trabajar en Madrid, con el espíritu de un fauno brutal dentro de mi
cuerpo y guiando mi mano inexperta, ¡oh! ¡ah! ¡nada, que yerro la
vocación!

       *       *       *       *       *

_Gante._--¡Última carta! Es decir, última carta de este viaje. Porque
retorno á París en busca de cosas innobles y prosaicas, el alpiste, el
gabán de invierno.--Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, aunque nos
abriga el fuego de nuestras mágicas ilusiones.--Y hemos arrostrado la
emoción suprema... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se razona!
Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifladura, que en parte me ha
pegado.

Si no fuese que hemos remontado la corriente del arte, que subimos
de los holandeses relativamente recientes hasta los inventores de la
pintura, y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling antes que á Van
Eyck, era justo haber guardado la apoteosis final para este Memling,
que es el puro entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido á
Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En Van Eyck se encuentran
mujeres hembras, lo horrible del sexo, mientras Memling sólo nos
presenta princesas Delgadinas como las del romance popular, azucenas
entreabiertas sobre tallos que ninguna mano tocó...--Así poco más ó
menos razona Limsoe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... El
sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, nos guía de aquí para
allí, no nos perdona varias capillitas, nos fuerza á tragar los Crayer
y los Van der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace guiños y señales
de impaciencia y de protesta contra obtusidad semejante. Por fin nos
permite el sacris (después de hacérnoslo desear bien) acercarnos á lo
único que buscamos, el tríptico titulado _El Cordero Místico_.

Por el trecho que media entre el hotel y la catedral, Limsoe me había
explicado detenidamente muchas noticias de este tríptico (que es
fácil que usted sepa también, á menos que las haya olvidado de puro
sabidas). En primer lugar, el capricho violento que inspiró á Felipe II
(lo cual no deja de extrañarme, porque debemos suponer que si Felipe
II tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los peligros que
corrió de arder ó hacerse astillas; cómo lo escondieron, porque un
Emperador se escandalizaba de la desnudez simíaca del Adán y la Eva;
cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor de los hermanos,
porque, al menos, dos paineles consta que no son los originales...
Después de todos estos antecedentes, que debieron prevenirme en contra
de la obra de los Van Eyck, apenas me paro ante ella, quedo en un
estado de arrobamiento, que ahora conozco que no me ha causado ninguna
otra creación artística.

¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he visto? No. Probablemente
es que está, en este momento, más relacionado con mi sensibilidad
especial, en que tan singular transformación viene produciéndose. Habrá
que explicarlo así; si no, no se explicaría.

Desde luego se trata de una obra maestra; eso no se discute; pero,
además, es _la obra maestra_ de este momento de mi vida...

¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces doblemente curioso verse
á sí mismo, verse en plenitud de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á
Franz Hals.

Bueno; el caso es que me he puesto como loco ante _El Cordero Místico_.
Por supuesto, que sólo hicimos caso del painel central todo de la mano
de Juan Van Eyck.

¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no valen ilustraciones ni
monos fantásticos. De esta clase de pintura no se puede decir que esté
bien ó mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á su diseño...
Diseño y colorido son inseparables y no podrían modificarse en un
ápice, dada la perfecta y sublime unidad de la intención del artista.

Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; ríase cuanto
quiera; no me enojo. Figúrese que el sueco y yo, que estábamos de pie y
cogidos maquinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos entendimos,
y muy poquito á poco, sin soltarnos, arrastrándome él y yo cediendo,
doblamos las rodillas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos
estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No sentíamos lo incómodo
de la postura, y devorábamos con la alzada vista el cuadro. Nos lo
queríamos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos apretábamos
las manos de tiempo en tiempo, furtivamente.

Y la del sueco tenía corea, y sus ojos eran un lago verde, en que
había el misterio de las aguas dormidas, pero electrizadas...--Vamos,
ya escribo como en el manicomio. Todo se pega, y las sugestiones
artísticas, en mí, hallan un _sujeto_ admirable.--Sin embargo, no
fué allí donde nos comunicamos mejor y nos convencimos del cambio de
nuestro sér. Fué de noche, después de comer juntos por vez postrera,
con la efusión de afectividad que trae consigo la certidumbre de que
dos personas no han de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo
después de mucho tiempo, cuando ya el placer de estar juntos se haya
disipado, sin culpa de nadie, por la ley de las cosas...

--¡Pero qué divino!--exclamaba el escandinavo.--Cierre los ojos. ¿Lo
ve usted bien? Ya no es el fondo de oro de los bizantinos: he ahí el
arranque, la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus nuevos
procedimientos de pintura, y que la hizo humana, sin quitarle lo
celestial. ¿Ha visto usted aquel campo virgen, aquella primaveral
vegetación, que es la misma de las campiñas de Flandes, y que el
artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de innumerables florecillas
que parecen también vírgenes, impregnadas de un rocío tan puro?

--Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida. Aquella ciudad que se
percibe en último término...

--La Jerusalén celeste--responde el sueco, perdida su mirada en el
vacío,--la Jerusalén celeste, patria de las almas. Ese cuadro, entre
sus condiciones asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima de un
todo, de una ley universal, y es superior á la Divina Comedia (que
tiene igual asunto), porque mucho más sintéticamente, sin las crudezas
de mal gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos presenta esa
ley: la concepción religiosa íntegra. Encierra la revelación y la
redención, la Iglesia militante y la triunfante, y para producirnos
la emoción más honda no necesita recurrir á ningún elemento dramático
bastardo, sino á la simbólica en toda su noble serenidad y hermosura.

--¡Y de qué manera está hecho!--exclamé.--¡Con qué prolijidad sin
pesadez están pintadas aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los
bosquetes de rosales, mirlos y naranjales en flor, las procesiones
de figuras, los mártires, las vírgenes, con sus ropajes semi-azules,
semi-rosados como bañados por los reflejos del éter y de la aurora! ¡Y
las vestiduras que despiden majestad, y las caritas llenas de unción de
esos personajes espléndidos, profetas, patriarcas, apóstoles, papas,
obispos, emperadores de leyenda, solitarios y peregrinos, á quienes
guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soñados, que hacen guardia á la
Fuente de la vida, aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de
mármol, y al Cordero, al cándido Cordero!

Callamos un momento, incapaces de expresar lo inefable con palabras
siempre áridas y pobres, y el sueco, recobrando primero el uso de la
palabra, me balbuceó:

--Voy á confiarle... Porque ya nos separamos, y en usted he hallado
casi un hermano... Yo no habré visto en balde correr el líquido
sacrosanto que llenó el Grial, yo no habré contemplado estérilmente
el misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo que mi conciencia
trabaja, que el remordimiento de males que causé me lleva hacia
Dios, que mi corazón reclama alimento, que necesito sentir mucho,
deshacerme, abrasarme. El amor me ahogaba. Wagner me había despertado;
Van Eyck espero que me dormirá otra vez en extático sueño. ¡Salgo de
Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he sido siempre. Lo
conozco ahora. Mi ideal estético ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos
encontrado en un momento bien decisivo de mi vida! La de usted va á
seguir su curso..., pero este amigo de pocas días le dirige un ruego:
acuérdese de que la belleza no es sino lo profundo y refinado del
sentimiento, y que la flor de la belleza es... lo que hemos sentido
esta mañana en San Bavón: _el éxtasis_.--¡No encanalle su pincel, no
manche su pensamiento, sea casto, sea sencillo, vuelva al arte de
los cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vivir aquí,
entre Memling y Van Eyck, guardando su dignidad, huyendo y renegando
del arte si ha de servir para reproducir sensaciones comunes al
hombre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la Naturaleza. La
Naturaleza no existe; la creamos nosotros; la Naturaleza no es digna
de atraer nuestras miradas sino en la hora mística de su comunión
con lo sobrenatural, cuando la acaricia el soplo del espíritu. ¡La
Naturaleza..., yo diría que es el gran cadáver del Paraíso, y los
gusanos del sensualismo, rebulléndose, son los que prestan apariencias
de vida á ese vasto cadáver!

Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro no le parece loco, y
á mí hay ratos, no crea usted, en que tampoco me lo ha parecido, ni
mucho menos, disertó hasta el amanecer--porque el tren que á él había
de llevarle á Hamburgo para regresar á su patria por el Báltico, salía
á las cinco de la mañana--y nos perdimos en un dédalo de confidencias y
disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. ¡Hablamos también de usted!
Cuando se trató de correspondencia, Limsoe dijo:

--No estropeemos este recuerdo con cartas en que va resfriándose la
amistad entre protestas y mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el
cielo!

Le abracé conmovido. No lo estaba menos el neófito.

Momentos después el tren arrancaba, y desaparecía aquel extrañísimo
periodista, en busca de sí mismo, hacia los nuevos horizontes de su
sensibilidad.

Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde, salgo hoy rumbo á
París. Ya le contaré á usted mis triunfos, mis glorias... es decir,
mis pobres retratos, y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os
quedáis, encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enigmático, Franz
Hals, dueño de los secretos, Rubens imperial, Memling celeste! ¡Allá
te quedas, alférez abanderado, todo vestido de plata, todo viviente,
como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá os quedáis, fantasmas
de la _Ronda nocturna_, graves síndicos, meditabundos doctores que
anatomizáis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, _Cordero Místico_!
Adjunta una fotografía... ¿Pero quién fotografía la beatitud?

El hombre que va á cruzar la frontera francesa--diré reproduciendo unas
palabras de Limsoe--no es el mismo que la ha pasado con dirección á
Bruselas, hace próximamente dos semanas...

       *       *       *       *       *



V

PARÍS


Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio se dirigió á la
residencia de la Porcel. Encontró cara de palo. La señora, algo
indispuesta desde su regreso, apenas recibía. Ya avisaría al señor
cuando la fuese posible dejarse ver.

Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la garzonera de Valdivia,
muy próxima al hotel de su enemiga y señora. Tampoco el brasileño se
encontraba visible. Conferenciaba en aquel momento con su doctor, y
nadie podía distraerle. Ya avisaría..., etcétera.

Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. No sabiendo qué
hacer, escribió á Espina un billete suplicante y mimoso, de paso que
la remitía el consabido retrato de las rosas, que, encajonado, había
permanecido hasta entonces en poder del autor. El billete era un
quejido, una deprecación; todo lo que pueden ser los renglones en que
un hombre pone su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de
exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, las reticencias
tristes, eran sobrado elocuentes.

Respondió al punto Espina. “Se encontraba malucha; sin embargo, no
tardaría en avisar á sus amigos para que admirasen un retrato muy
bello, que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya no se
parecerá al original, habiendo que escribir debajo: Esta fué Espina...
Á la primer racha de mejoría, exhibición; y entonces podré tener el
gusto de ver á usted, y que me cuente sus excursiones por Holanda, y
sus aventuras, que no le habrán faltado... ¿Ha ido usted con alguna
madrileña?”

Silvio temió que tan campechana misiva disfrazase una moratoria; duró
cinco días la aprensión; á la mañana del sexto, otro billetito, esta
vez muy lacónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. “Esta
noche, á las diez, taza de té y exhibición de retrato”.

El día corrió, como corren igualmente todos; los que pensamos empujar
á la sima del tiempo con la violencia del deseo, y los que quisiéramos
eternizar... y la noche vino, como viene sin falta para el día y para
el hombre. Silvio sentía impulsos de danzar su acostumbrada danza
inglesa, al punto de dar á un cochero las señas de la morada de Espina
Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había parado desde que
recibió el billete, parte por necesidad de comprar varias cosillas,
parte por entretener su fiebre de impaciencia. Creía ya pasada la barra
de París, aseguradas subsistencia y fama naciente.

Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. Bien ajustado el
talle por el frac; el pecho bombeado por la pechera de nieve; el pelo
bonito, cenizoso, en calculado desorden, con arreglos de peluquero
que no quitaban el gracioso desgaire natural; los ojos cambiantes,
brilladores y radiosos de alegría; todo su cuerpo confitado en limpieza
y perfumes del baño largo; las manos claras, pulidas; la blancura de la
corbata haciendo resaltar la fresca palidez juvenil del semblante, y el
reflejo de los dientes entre el bigote semidorado,--tenía la apostura
de un triunfador, cuya exterioridad comenta y confirma la leyenda de
sus obras. Á pesar de la impaciencia, se había retrasado á propósito,
para no hacer figura desairada madrugando.

Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio--buen agüero--una
hilera de coches blasonados, en espera. Eran, en su mayor parte, de
esas berlinitas _egoístas_, donde la parisiense, que corretea sola al
través de la Metrópoli, halla modo de acomodar sus bártulos, el espejo
donde se mira para arreglar un rizo, el reloj con funda de plata, que
asegura la exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para el
desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de visitas y señas...
Silvio reconoció el coche y el blasón de la condesa de los Pirineos,
que había visto á la puerta de Paquín.

Indefinible aprensión le salteó á este recuerdo ingrato. Subió
aceleradamente los peldaños de ónix que conducen al vestíbulo, dejó
su abrigo, entró en el salón bajo, que comunica por un extremo con la
galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín de invierno, y se
encontró cogido en un remolino de gente, sin poder avanzar.

Casi estaba atestado aquel salón,--no muy grande, como no lo era
ninguna habitación en la residencia de la Porcel, é idealmente
puesto á estilo modernista, con verdaderos primores de decoración
y mobiliario.--Aunque Silvio no conociese á la inmensa mayoría de
los concurrentes, su sagacidad y lo observado en Madrid le dijeron
que era la reunión lucida y de alto fuste. Había allí señoras del
castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las que mejor decoran,
bellezas profesionales, estrellas del tonismo, figuras salientes de la
colonia española, con la Embajadora á la cabeza, hartos galancetes,
_sportsmen_, agregados, hombres de caballo y club, diplomáticos,
primates de la banca y algún periodista de la prensa diaria. Se
esperaba á la Infanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de
su venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, giraban las
conversaciones. Silvio sorprendió al vuelo dos ó tres. “¡Del autor del
retrato--pensó enojado--no habla nadie; sólo se ocupan de la Alteza...!”

Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consiguió deslizarse entre los
grupos, cada vez más compactos, que obstruían la puerta por curiosidad
de no perder la problemática entrada de la Infanta, y logró divisar
á Espina, asediada de gente, envuelta en homenajes y almíbares. Al
pronto dudó si era ella: tal marca de padecimiento había impreso
aquel corto plazo de dos meses en el espiritual semblante, mucho más
joven que su edad. Al observar el estrago del mal en la fisonomía
de la Porcel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, pues
no creía experimentar por ella nada que se asemejase á ternura,
sino al contrario; pero hay en nosotros un sér, y aun varios seres,
instintivos, que nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las
umbrías de la selva interior.--Si hilamos delgado en nuestros sentires,
locos nos volveremos.--Silvio acaso se ablandaba, porque había
aprendido en su reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, además,
no habiendo creído las quejas escritas de la Porcel, tenía delante de
los ojos su fundamento. Mentalmente, repitió la frase de Valdivia:
“¡Pobre María! ¡Pobre enferma!”

Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de la morfina, el
artificio maravilloso para adornarse y componerse de aquella
idólatra de lo artificial. El tocador de la Porcel, su modistería,
encubrían--para quien no conociese tan á fondo como Silvio, por pericia
de retratista, y por haberlos contemplado horas enteras, empapándose
de ellos, los lineamientos de las facciones y las luces y matideces
del cutis,--la huella del envenenamiento. Vestía la Porcel con más
originalidad que nunca: su traje era como formado de una nube de
pétalos de flor, flor de gasa, con transparencia de seda plateada
debajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un diamantito, y
flecos desiguales de diamantes formaban el corpiño y se desataban sobre
los hombros. La cola del vestido parecía un copo de fina humareda,
entre la cual nieva el almendro su floración y juega el rocío. Sobre
el escote, las sartas, cerradas con el extraordinario rubí. Silvio
pensaba en el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo ensalzaba
á la Porcel: la _toilette_ era un sueño. Y las señoras, en voz baja,
se decían que era preciso sorprender, cuando Espina se moviese, sus
zapatitos de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes,--un
hechizo.--Era la fuerza de Espina, su autoridad en el mundo--aquella
intensidad de elegancia.--Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta
la señora, cuando le detuvo un conocido, el vizconde de Lenzano,
español muy aficionado al arte, que solía pasar temporadas en París.

--¿No sabe usted?--díjole.--Esta mañana tuve un mal rato... He visitado
al pobre Vierge...

--¿Urrabieta Vierge?--exclamó Silvio con interés.--¡Qué gran dibujante!
Es un genio. He visto de él cosas que hay que quitarse no digo el
sombrero, sino el cráneo.

--¡Y qué desdicha la suya!--murmuró el vizconde, arrastrando á Silvio
hacia un rincón, para mejor desahogar, pues sufría depresión y la
aliviaba comunicándola.--¿Usted ya estará enterado?...

--No sé de Vierge sino que es un dibujante colosal.

--Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo trabaja con la mano
izquierda. ¡Paralítico, incurable! ¡Y si al menos le hubiese acometido
el mal en la vejez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando
despertó así una mañana. Precisamente soñaba el hombre con subir (no sé
si es subir) del lápiz al pincel; iba á ilustrar una edición de _Gil
Blas_ que le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y algo ahorrado,
se prometía hacer lo que se le antojase, realizar sus ideales...
Vea usted en que momento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la
nuestra!--añadió, como si dijese cosa muy profunda.

Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia dolorosa á eco de su
historia. El sueño de Vierge, el suyo, la Quimera de todos. Al revolver
del camino, como en las estampas de Alberto Durero, la Esqueletada con
su segur.

Por un instante se absorbió en sombría meditación, abatiendo el vuelo
y abismando el alma. Entretanto, la gente susurraba, chismorreaba,
algunas señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no venía,
resueltamente. La mejor señal de que ya no se contaba con ella--si
alguna vez se había contado--era que la dueña de la casa empezaba á
llevarse á la gente hacia la estufa y el comedor, sin preocuparse de
abandonar el salón. ¡Fiesta _manquée_!

Convencidos de la decepción los invitados, las conversaciones tomaban
otro giro: la palabra “retrato” zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio
se le enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un vuelco. Estaban
enseñando su obra, y la gente, alrededor, hablaba de ella. Su aguda
percepción le dijo que, bajo la admiración convencional de los salones,
era la indiferencia, era cierto hastío, lo que se difundía por el
concurso,--en gran parte al menos.--Los inteligentes movían la cabeza;
Lenzano, que había desaparecido un momento, retornó cejijunto. Varias
señoras, sin embargo, se extasiaban.--“¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen
gusto! ¡Qué habilidad la de ese hombre!”--Y Silvio, clavado al suelo,
temeroso de romper el encanto. Era, por otra parte, natural; de suyo
se caía que la Porcel viniese á buscarle, le llevase ante la obra. Su
actitud llamó la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, del
brazo del Embajador de España, volvía en aquel momento de la estufa,
murmurando: “Dejo sitio, la gente se agolpa allí”. Al divisar á Silvio,
hizo cortesía al diplomático, y exclamó:

--Permítame; hablaré un instante con uno de sus compatriotas, artista á
quien conozco...

El diplomático se alejó discretamente, inclinándose. Silvio, halagado
por la iniciativa de la gran señora, sin contenerse, preguntó:

--¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opina del retrato?

--¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?--respondió algo
evasivamente la dama.

--¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado quizás. Pero cuando se
expone, el juicio de personas como usted...

--¡Oh!--murmuró la dama.--Usted me adula. No soy inteligente, nada de
eso. Por otra parte, mi criterio disiente poco del de la mayoría. Los
inteligentes verdaderos se muestran reservados, y hasta me parece que
severos; yo, sencillamente, no me embeleso, pero creo que es un bonito
mueble, una pintura agradable. Por otra parte, hace tiempo oigo decir
que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre me pareció algo
falso...

La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, tal aturdimiento,
tal imposibilidad de comprender lo que escuchaba, que la dama,
repentinamente, se alarmó.

--¿Qué tiene usted?--murmuró, inquieta y turbada.

--¿Pero de qué artista habla usted, señora?--balbuceó él.

--¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de
enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.

--¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?--barbotó Lago.--¿Está
usted segura? ¿No hay mala inteligencia?

--¡Dios mío!--afirmó la Condesa.--Vengo de verlo. ¿Qué mala
inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se
extrañe así?

--Es para enloquecer--tartamudeaba él.--¡Es para dudar de que uno
existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...

--No--exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de
aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por
la femenil curiosidad.--No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos
juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...

Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos
se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo
de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de
invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas,
las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas
de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las
estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban
sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida.
La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y
diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban
fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante
vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero
inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor--ya
en París empezaba á sentirse frío--mantenía dulce temperatura. En el
centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una
filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando
la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña
con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina,
obra de Marbley, en efecto,--¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada,
de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad
suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de
arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra,
hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente
flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie
de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo
afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales
pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la
perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino,
bajo un disimulo tan maquiavélico.

--¡Inconcebible!--murmuraba.--¡Inconcebible!--Y no sabía más que
repetir la palabra mecánicamente.

--Señor Lago--insinuó la Condesa,--veo que no está usted bien. No
conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...

Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas,
casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se
acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida
principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals,
y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.

Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora
preguntó nuevamente al artista:

--En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?

No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no
sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un
parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa
del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en
otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La
dama, por su parte, había olvidado--ella, la misma distinción, la misma
mesura--lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de
quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad,
ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades
sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido
del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el
descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia
que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la
Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus
venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de
sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta
situación,--puede infringir alguna vez el código mundano.--Legitimista;
sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes
el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba
recuerdos familiares de María Antonieta--la Pirineos experimentaba
simpatía especial por lo español. España era para ella--como lo fué
para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía
para algunos,--país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas
impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de
infundir algún sentimiento de simpatía.

La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante
una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa,
atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora,
cariñosa:

--¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?

--Gracias, señora...--balbuceó Lago.--Iba á salir de esta casa, iba
á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se
suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene
usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por
Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de
un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que
pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor
Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de
invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista,
cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido
ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para
ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme
la vida en París!

La Pirineos replicó asombrada:

--Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan
poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?

Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último
billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.

--Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación
como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía:
“Retrato, obra de Marbley”.

Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió
la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el
extranjero, y la tendió á la Condesa.

--Estoy siendo indiscreta--murmuró ella como á pesar suyo; pero no
rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se
hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.

--No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que
va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al
original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones
no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente.
¡Miseria!--murmuró hablando consigo misma.

--Sí--confirmó Silvio,--¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente.
Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y
reprobada en casa del modisto...

--Siempre hay algo debajo de estas cosas...--murmuró la dama.

Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del
gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era
preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina
amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:

--Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos
de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso
menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que
me está demostrando...

--Es usted un hidalgo de su patria--declaró afectuosamente la
señora--Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no
profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!

--Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que
tratándose de usted y de ella, pueda decirse _nosotras_. Cuando una
dama como usted dice _nosotras_, debe mirar lo que dice.

La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos
sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante
ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que
son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se
extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite,
de su ilustre interlocutora.

--Acaso tenga usted razón...--articuló.--No he dejado de pensar... En
fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á
Espina, desvíese usted un poco...

Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de
realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin
testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando
discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y
felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á
recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los
íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta,
y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre
lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura
termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado
el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio.
Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina
que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo;
pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la
mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando
sus nervios.

--¿Nos ha enseñado usted, _ma belle_, todo lo que se proponía
hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta
otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago--y con
doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la
palabra,--ardo en deseos de admirar?

Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la
enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en
Silvio, cortantes.

--¿Otro retrato?--silabeó.--¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.

--Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo
tiempo que el del Sr. Marbley?--insistió la Condesa, que se decía á
sí misma:--“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado
ciertas infamias...”

--¡Oh!--dejó caer Espina lentamente.--Para exhibir, para convocarlas á
ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un
juguete, una fantasía...

--Sin embargo--insistió la Condesa,--el señor Lago esperaba, fundado en
palabras de usted...

Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de
indignación:

--Ya sabe Lago que se le protege--declaró altaneramente Espina, que,
al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.--No se puede ir
tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he
presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...

--¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo
el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...

Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la
Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos,
la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos
adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en
las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón,
fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El
brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en
sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró
condescendiente:

--Ya que usted se empeña...

Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos
la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás.
Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la
antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente
para Espina á cartón perdido.

Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda
desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á
la rotonda y al tocador de Espina.

Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas
verbosas.

--Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea
ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una
mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...

--Pues ¿dónde lo ha colocado usted?--preguntó con sarcasmo fino la
Pirineos.

--Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared
disponible...

Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la
Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta,
oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la
pared dos diminutos y lindísimos grabados.

Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas
de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se
encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata,
moduló:

--Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones
enteramente particulares...

Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre
la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró
al oído de la Villars:

--¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que
salir de aquí para siempre...

Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una
delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa
reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.

Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor
del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya,
sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas
habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba
inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto,
Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita
brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado
hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:

--_Eclairez..._

Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las
luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones
útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un
rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre
una fotografía de jockey y un calendario--evidentemente el museo de
la doncella,--el encantador pastel primaveral, el busto de Espina
surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo
un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que
semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón.
Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á
reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó,
dominando la explosión burlona.

--La felicito y la doy el pésame--articuló conteniéndose para mejor
asestar el golpe.--La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la
doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos
verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza.
Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo
inestimable. Señor Lago--añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco
que enyesada pared,--no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha
con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra
maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de
los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si
usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso
renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo
tan brillante, pero el arte lo vence todo.

Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en
cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera
inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de
las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de
un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á
Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:

--Hágame el favor de pedir mi abrigo.

Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como
un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación
nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su
alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de
la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese
él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por
signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos
lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter
que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos
complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y
empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le
parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad,
la justicia, la cólera contra felones y miserables.--Se recreaba en la
majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.

Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la
Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de
humedad.

--Niño, niño...--murmuró dulcemente.--Serénese usted... Esto pasó...
Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto
los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas.
Confío en que retratos no le han de faltar.

Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la
besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la
Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo,
añadió:

--Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de
nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de
la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo
mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la
vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus
antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea
que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.

Tomó de los fuelles de piel de su berlina el _carnet_ donde apuntaba
sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con
un rasgo enérgico del lapicerito de oro.

--Adiós, hasta lo más pronto posible--añadió entre una sonrisa y un
saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:

--¡Á casa!

Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una
esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto,
estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente
para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á
lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su
magnitud.--La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda
salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial
que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente
religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.



VI

ALBORADA


Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias
en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo,
y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:--_Argos
Divina.--Nuestra Señora de los Ojos grandes._--El correo la producía
fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información
telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo
intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre
vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.

Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de
injertar.

--Tienes ahí--exclamó--una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?

--¡Verdad!--respondió la compositora.--Y ya no está en Busot. El timbre
es de Madrid.

Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada,
dibujada, que es la letra de tantos pintores.

--No ha mejorado--advirtió Minia.--Cansancio, sudores copiosos,
inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre...
Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas
y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en
el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le
ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á
reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...

Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada,
á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento,
cruzándose ansiosa con la de su hija.

Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la
primera á formularlo.

--Viene á morir.

Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes
de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera
vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor.
Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de
ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban
sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante
sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las
primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban
nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida
inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de
la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que
recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas
camelias.--Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya
linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y,
pensativa, repite despacio:

--Viene á morir... ¿Qué le respondo?

La baronesa, en un arranque, grita:

--Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el
coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á
enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden
ropa...

       *       *       *       *       *

Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy
preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al
enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje.
No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que
suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó
de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con
rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.

En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la
claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa
avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la
impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del
polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la
cara de Lago.

Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas
de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos,
cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia
acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las
combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.

Para disimular, Minia charló, chanceó. Al pronto Silvio respondía
animado; luego pareció abatirse. Enmudecieron. Á una revuelta, el
artista preguntó;

--¿Llegaremos pronto?

--En seguida--afirmó la baronesa, mintiendo piadosamente.--¿Qué, no
conoce el camino? Media legua faltará.

--Es que no veo la hora de estar en Alborada... Allí en seguida voy á
ponerme bueno.

--¡En seguida!... Es decir, á los pocos días... Le daremos cosas muy
sanas, muy rica leche. Ya le tengo un pellón de manteca fresca, de la
que le gusta. Y pollito asado, _lirpas_ y mariscos.

Silvio sonrió con placer pueril.

--¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y cosas que me sienten. Lo
que yo tengo no es más que eso: la pícara inapetencia, y, de ahí, la
debilidad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted figurarse. Una
desesperación. ¡Ahora que me faltaban manos para tanto retrato como en
el otoño me saldría en París!

--No hable usted mucho; cuidado--advirtió Minia.

Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde caía el bolsillo.
Acordábase de que en él llevaba una carta de Alejandro San Martín, el
cual, habiendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón atacado ya, de
tuberculosis difusa.

--Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar--agregó la baronesa.

--Sí--asintió él;--pero no me ha de embutir usted con el atacador...
¿eh? Comeré de lo que se me antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si
no me enteran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se acuerda usted
de cuando yo decía que la felicidad es una buena digestión?

Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de desfallecer. La baronesa
ordenó al cochero:

--¡Arrea! ¡Aprisa!

Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un granujilla de la aldea,
que iba agarrado al juego trasero sin que le viesen, rodó al polvo,
mientras otros de su calaña, que diableaban en la cuneta, chillaban á
coro con entonaciones burlescas:

--¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás!

Silvio, confortado, sonrió.

--¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo oyen ustedes?, está
la vida.

Revolvían ya por el provincial que entre pinares y labradíos conduce á
Alborada, paisaje más campestre, no profanado aún por la promiscuidad
de tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde que nos acercamos
á Alborada hay más soledad, más rusticidad; huele á trementina, á
madreselva, á lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta
la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolongación de los
arrabales de la floreciente Marineda, y entramos en la región aldeana,
en la Mariña rural. El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna
ramalla encantó á Silvio.

--¡Qué fresco tan delicioso!--murmuró.--En Alicante y Madrid, el calor
me agobiaba. ¡Sudar siempre! ¡Derretirse!

Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra de enverjado moderno;
y á la nueva revuelta surgieron las blancas Torres, caladas por
ventanales atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un fondo de
arbolado sombrío, denso, sin límites visibles de murallas.

Minutos después Silvio descendía del coche en el patio. Su habitación
estaba preparada, su cama hecha. Propusiéronle que se acostase sin
tardanza; se avino, y del brazo de un criado antiguo destinado á
servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero encontró agua
templada, jabón, toallas; el servidor abrió la maleta y le sacó ropa
limpia, le cepilló la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó
el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la mesa de piedra.

En vez de las sillas de hierro le trajeron una butaca ancha y cómoda, y
se dejó caer en ella, rendido pero entusiasmado.

Ansiosamente contempló el panorama. La tarde caía; el crepúsculo
iba á ser interminable. Era difícil explicar en qué se notaba que
el día tocaba á su fin; acaso en que la claridad era mansa, como
enlanguidecida, velada por misterioso tul que no podía llamarse
sombra. Todo reposaba tranquilo. El poniente se esmaltaba de nácares
deliciosos, como los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que
engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro de colinas, se
teñían de matices armoniosos fundidos suavemente, de pastel pasado.
Bajo la terraza, las madreselvas y las grandes daturas venenosas
aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba inmóvil en la paz
del cielo y del suelo. Y, de lo alto de las acacias, llovían con
regularidad, acompasadamente, las blancas florecitas, aljofarando la
arena, y se creería que su descenso era una cadencia musical, un ritmo
de melancolía. El lucero empezaba á ser visible. De la parroquial de
Monegro vino el toque de oración.

Silvio alzó la cabeza transportado.

--No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. ¡Cuando pienso que me
había jurado no poner los pies en Alborada hasta ser célebre!

--No piense ahora en eso... Descanse... Lo que tiene usted será
agotamiento, Silvio--advirtió la compositora.--Ha sufrido usted mil
ansiedades, ha padecido mil privaciones, y eso destruye...

--¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...--murmuró él lleno de
optimismo.--Pero ¡qué contrariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora
debía yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, ó en el castillo
de la Condesa de los Pirineos, pintando un techo para el gran salón...
Y ¡preso! ¡preso!--añadió, olvidándose de los himnos antes entonados á
Alborada.

Miraron hacia el camino: por él cruzaban figurillas pintorescas. Eran,
traveseando, pegándose, los niños de la Escuela de las Hijas de la
Caridad, fundación hecha por una vieja ricacha; era un cura de aldea,
de sombrerón de fieltro, caballero en un rocín; era un inmenso carro
de ramalla que atascaba el anchor de la carretera; era una pescadora
de Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando se despobló el
camino, cuando dejó de pasar gente y se extinguió el chirriar de los
carros, exclamó Silvio:

--Sale la luna... ¡Tengo frío!

Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, mejoró visiblemente.
Una persona inexperta hubiese podido creer que la tuberculosis se batía
en retirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza hacía que el
artista cantase ditirambos al campo, á la existencia sin agitaciones,
á la ubérrima abundancia que las Torres ofrecen. Las bellas
tardes, secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las pasaba
indolentemente echado entre almohadas, ya en la hamaca de cuerda, ya
en la butaca de persia á floripones, considerando, sin saciarse, los
juegos de la luz en el panorama extendido frente á la terraza, y el
espejo azul ó acerado del trozo de ría que se columbra á lo lejos,
entre el marco de felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de las
cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de no tener que pensar en
nada material le causaba hasta humorísticos transportes.

Una tarde gritó:

--¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos!

Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su frescachona mujer se
había parado un poco atrás, sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza
una cesta de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada con un paño
níveo. De su mano derecha colgaba el segundo de sus chicos, el que
llevaba el nombre de Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño
resistía un poco el impulso de la mano materna; era evidente que
entraría contra gusto.

Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la larga calle de
magnolias, con un paso medido, ceremonioso. Se acordaba de su llegada
á Areal, del almuerzo de sardinas saladas á granel y vino _pifón_,
y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuerdo se refiriese á
tiempos de gran felicidad, ya desvanecida, imposible de gozar otra vez.
Y sin embargo, entonces estaba en los comienzos de su lucha, incierto,
abandonado, con leve esperanza. Entonces, el ideal hubiese sido lo de
ahora...

La familia penetró en el circuito que sombrean las acacias, saludando
con premura, insistencia y afectado regocijo. Las señoras creyeron
deber dejar solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, al ver
á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de franca compasión, que le
salió á la cara, más que nunca trigueña y dorada como el bollo que
acaban de desenhornar,--mientras Sendo forzaba la nota de cordialidad
alegre, repitiendo con falsa admiración:

--¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! ¡Estás rufo!

El niño se había ocultado--temeroso de aquella faz cérea, de aquella
morada de señores,--tras las faldas de su madre, y ésta, arrimándole
un moquete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el blanco mantel
rudo una empanada decorada con jeroglíficos de tirillas de masa,
el tradicional dibujo que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor
apetitoso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en el mismo
momento precedida del criado, portador de amplia bandeja, y en ella
bizcochos, mantecadas, una jarra de recién ordeñada leche.

--Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le gustan las sardinas
en empanada--declaró Sendo excusándose.--No se ha podido arreglar cosa
mejor...

--Huele á gloria--afirmó Silvio, engolosinado por capricho súbito.

--Ahora, mejor será que tomen leche todos--ordenó la baronesa,--y este
pequeño, que se acerque; darle mantecadas.

--Aquí, nene--suplicó el artista.--Otro día que vengas temprano te
he de retratar. Eres rubio y bonito. Y á usted también, baronesa,
la retrato seriamente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los
lápices... En Busot nada he pintado, ni estos últimos tiempos en Madrid.

--Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ganabas mucho,
verdad?--murmuró como á su pesar Sendo. Y desmenuzaba atentamente al
primo, buscando en la ropa señales de la ganancia.

--Lo que gané se fué volando--respondió él con alarde de buen
humor.--No creas que vengo millonario... Eran los dineros del sacristán.

La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para emprender su viaje, había
necesitado que le diese mil pesetillas una de sus mejores y más
desinteresadas protectoras. Y se representaba las ideas que bullían en
el cerebro de la pareja artesana, visitada por la prosaica, pero dulce
Quimera del primo poderoso en virtud de aquellos santos y aquellos
monifates que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la razón)
valían tantos cuartos y tanta honra.

El panadero sospechó que su primo “se lloraba”, ocultaba la riqueza por
no compartirla.

--Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste ¿eh?--murmuró en tono
reticente.

--Todo... ó poco menos--recalcó Silvio.--Pero ¡no importa! Ahora es
cuando voy á ganar...--Y el velo de ilusión cubrió sus verdiazules
pupilas.--Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no éste, que
es tan guapo... corren de mi cuenta.

Como en aquel momento se acercase la danesa, impetuosa, brincadora,
ladradora, dispuesta á saltarle el cuello á su amo--el niño, aterrado,
rompió á llorar.

--¡No quiero!--cuchicheó á su madre.--¡No quiero que este señor me
lleve! ¡Está difunto! ¡Está difunto!

La panadera le tapó la boca con su mano recia, carnuda.

       *       *       *       *       *

Los doctores venidos de Marineda mostráronse conformes con el
diagnóstico de su ilustre compañero de Madrid. Tuberculosis difusa...
La más grave, la más rebelde... Existía, sin embargo, una leve
diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más desengañado, no dejó
esperanza alguna. El doctor Lemasis todavía fiaba un tanto en el
régimen, en el descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados de la
baronesa, gran enfermera...

--Al aire libre todo el día... Las ventanas de su aposento, que nunca
se cierren... Que coma lo más posible, platos nutritivos... Si aumenta
de peso, nos hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que cura... La
tisis es un fenómeno de desnutrición... Huevos, huevos, aves blancas...

Y empezó en Alborada una época de incesante preocupación alimenticia.
Pilara, la mayordoma, excelente cocinera al estilo sencillo y suculento
de nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes y golosinas,
á variar, evitando el hastío. Salieron á relucir los flanes, las
natillas, los huevos moles, los ladrillados trasudando almíbar, el
tocino del cielo, las mantequillas, los roscones, las torrijas, las
compotas balsámicas, el chantilly con su toque de vainilla negra sobre
el armiño de la crema untuosa. El doctor había aconsejado “disfrazar”
los huevos y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los asados
y los beefsteacks. Las pescadoras que cruzaban ante el portalón eran
llamadas, para que trajesen en el viaje próximo lo más “vivo” y selecto
de mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la mayor parte de
los platos; pero á veces se entusiasmaba con un manjar, y de aquel
devoraba ávidamente. Hubo almuerzo en que se le presentaron doce ó
quince platos diferentes en fuentes diminutas--pues la comida en
cantidad le repugnaba.--La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno,
qué sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría lo demás...

Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le improvisó una
camacatre, mullida, coquetona, con colcha de pabellones, para que
pasase las horas de sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería
á la terraza ahora, por ser, de los jardines de Alborada, el más
florido y alegre en aquella estación. La musiquita lenta, cristalina,
flébil, como de manucordio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba
al enfermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos febril que el de
la verdadera cama, donde se liquidaba en sudores mortales. Á ratos,
dormitaba; á ratos, abría lánguidamente los ojos, y su mirada,
infinitamente lacia, se posaba, con destellos de placer, en la
floración que le rodeaba y que halagaba su sibaritismo, envolviéndole
en la embriaguez de los efluvios primaverales.

       *       *       *       *       *

Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi nunca lo hace en
Alborada: una brisa deliciosamente húmeda abanica siempre á las
celestes Mariñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, cargado
de penetrante perfume de azucenas y de gotitas microscópicas arrancadas
al surtidor, acababa de acariciarle las macilentas sienes. Medio se
incorporó, suspirando.--Minia estaba allí, en una mecedora.

--¿Por qué se ha vestido usted de un color tan obscuro?--refunfuñó el
artista.

Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres fuese claro,
delicado, y de última moda.

--¿Pero á usted qué le importa cómo me he vestido?--protestó ella
riendo.--Ahora iré á ponerme el traje de batista perla con entredoses,
ya que le da á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á los
picapedreros y se llena uno de arena y de barro... Pero le comprendo
á usted bien. El jardín, con este océano de azucenas en flor, está
muy artístico, y usted no quiere nada que descomponga el cuadro... La
casualidad se lo va á completar. Mire usted...

--¡Qué hermoso!--no pudo menos de exclamar el pintor.

Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida yedra, asomaba un
grupo de tres monjitas. Eran las Hermanas de la Escuela, cuyo edificio
se divisa desde toda la posesión de Alborada. Vestían su humilde traje,
rematado por las tocas, que envuelven en sombra y calma el rostro; pero
una de las hermanas se diferenciaba de las demás en extraños detalles
de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver sobre el pecho de la monja,
al lado izquierdo, un ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una
corona de flores hierática y rígida, alta como las de las imágenes del
siglo XVII. La carita oval, pequeña, de una infancia de líneas, digna
del pincel de un primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de
dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo candoroso, apenas
reprimido, se leía en ellos, en la boca bermeja, en la frente reducida,
hecha para la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la piedad
sustituyó á aquella enajenación de triunfo.

--¿Es el enfermito?--preguntó.--¡Qué jovencito! ¡Pobre!

Y las dos monjas acompañantes de la desposada, más expertas, se
apresuraron á decir:

--¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro!

--Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesado esta
mañana--explicó Minia.--Hoy está de novia; celebra sus bodas.

--De novia está servidora, por cierto--repitió la cándida voz juvenil.

--Refrescaremos luego--advirtió Minia.--Sor Margarita, siéntese junto
al enfermo, para que la vea.

--¡Nuestra Señora le sane!--deseó fervorosamente la desposada.

--¿Por qué la llaman á usted parvulista?--preguntó Silvio á sor
Margarita.

--Porque servidora es la que enseña á los pequeñitos--contestó la
monja.--Los pequeñitos, los párvulos...

Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. Bajaba los ojos,
ruborosa. Silvio la contemplaba, y veía temblar sus negras, pobladas
pestañas, sobre la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de capullo.
Y, detrás de sor Margarita, las azucenas formaban semicírculo, como
el fondo de una página de misal. Las había muy abiertas; otras no
desabrochaban aún, escondiendo en su seno de perla peraltada el oro
de sus pistilos. Silvio no se acordaba del mal. Absorto en el hechizo
de aquella acuarela--la monjita, con su corona hierática y su ramo
de azahar sobre el pecho, rodeada de las flores marianas, envuelta
en el perfume de sus incensarios místicos,--no pensaba en otra
cosa. Entre el canto del agua del surtidor--no menos pura, no menos
musical,--escuchaba un acento que repetía:

--¡Nuestra Señora le sane! ¡Le dé lo que más necesite! Por el día en
que estamos se lo he de pedir...

Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia:

--¿No cree usted que la monjita ha de pensar algo en mí, al quedarse
sola, aunque no quiera?

Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... Lo que había
exclamado sor Margarita al salir del jardín era esto:

--¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? ¡Dichoso él entonces!

Y las dos monjas mayores repitieron:

--¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como un pajarito, á la hora
menos pensada...

Preocupado aún, Silvio murmuraba:

--¡Qué mona es esa esposa... sin esposo!

--¿Sin esposo?--repitió Minia.--De las mujeres que conoce usted, ¿es
ésta la que está sin esposo? Piense en las demás... en sus amigas...
¿Es tener esposo tener al lado un señor de bastón y gabán? La
parvulista tiene esposo; vive por él, con él. Acuérdese usted de lo que
me escribió desde Holanda, cuando pudo usted contemplar el _Cordero
Místico_... Hay una verdad, una verdad que no está en el barro, ni en
la fisiología...

Y el artista, riente como niño que olvida sus miedos, aprobó:

--Está tal vez en las azucenas...

--Está de fijo en las azucenas--confirmó Minia.--Todo lo demás es bien
deleznable.

--Parece una niña la parvulista--observó Silvio.

--Joven es, pero no tanto como representa; su inocencia le sirve de
infancia. ¡Si supiese usted á qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza
es de viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, hecha trizas la
laringe.

--Contraerá una tisis--pronunció Silvio, apiadado, sin reflexionar. Y
Minia, asombrada de la ironía de las cosas humanas, de aquel moribundo
vaticinando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiró.

--No suelen llegar á viejas estas parvulistas...--dijo.--Sor Margarita,
hoy, era una rosa entreabierta, pero á diario está muy pálida,
consumida. Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aunque hagan
mil trastadas, no los castiga jamás. Madre es, madre entrañable... No
diga usted lo contrario.

--Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre esta línea de azucenas,
con su corona de flores y su azahar sobre el corazón. ¡Qué hermosa es
la primavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar la monja?

--¡Estoy segura de que la superiora no se lo permite!...

       *       *       *       *       *

La sacudida se prolongaba en los nervios de Silvio. Llamaradas breves
de arte, de gloria, encendían su diaria calentura. Habiendo comido
un poco mejor, reposado algo, recibido la benéfica influencia del
renuevo, de la germinación y expansión de la naturaleza,--esperanzas,
impaciencias, llamamientos de lo exterior le soliviantaron.--Y una
mañana, al rechazar la bandeja con la copa de leche vacía, susurró al
oído de la baronesa:

--¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He resuelto empezar á pintar.
Iré por ahí, tomaré apuntes de paisajes...

Nadie le contradijo. Levantado al otro día más temprano que de
costumbre, afeitado, aseado, galvanizado, dijérase que, en efecto,
recobraba la salud por instantes. En la sala del piano, donde
acostumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa antigua, de caoba
lustrada por el uso, dispuso el artista que se colocasen y extendiesen
los chirimbolos del oficio. De todo había traído en abundancia: rollos
de papel, cajas de lápices, lienzo imprimado, pinceles, tubos de color;
la baronesa suministró el caballete. Domingo, el criado que atendía al
artista enfermo, sin repugnancias ni aprensiones de contagio, acudió
solícito á evitarle la fatiga, á arreglar y limpiar tanta menudencia.
Mientras el servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de
cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como bruñida, Silvio,
desde su sillón, seguía las operaciones con ansia, pareciéndole que se
tardaba mucho en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel gris
y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si empezar por un pastel
ó un óleo, y también en largo bastidor le clavaron lienzo... Cuando
todo estuvo corriente, formado, en orden los pinceles, las brochas,
las buretas, el frasquito del barniz secante, á buena distancia del
caballete, levantóse Silvio, rechazó la manta con que la baronesa le
había cubierto las piernas, como siempre,--y á paso vacilante se acercó
á la mesa, exprimió color de los tubos, encajó el pulgar izquierdo en
la paleta, agarró el tiento, un puñado de pinceles... Quería “manchar”
cualquier cosa...--De repente un vértigo le cubrió de sombra las
pupilas, una mano de bronce le cayó sobre el pecho: era la palma de
un gigante obscuro, que había entrado por la abierta ventana, y que,
del manotón le arrancaba paleta, pinceles, todo... Y desvanecido,
Silvio soltó los instrumentos, y recayó en el sillón, gesticulando
insensatamente. Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el
primero de los rugidos estertorosos que habían de llegar á ser forma
usual y aterradora de su queja...

Desde aquel momento, los trebejos de pintar desaparecieron; el artista
no volvió á reclamarlos, no porque se hubiese penetrado de la verdad
tremenda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba en ese período
en que el enfermo no atiende sino á sufrir. No era su lenta agonía la
extinción suave, insensible, de la vida del pájaro, que habían predicho
las monjas; entre todas las formas del mal, había tocado en suerte á
Silvio la más cruel. Su enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza.
Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, pero no humorísticas,
sino terribles, delatoras de que un instinto misterioso anuncia
siempre á nuestra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe se
resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que recobraría la
salud, dormido el alma le avisaba, profética, con graznidos de ave
sepulcral.

Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, percibía una, casi
intolerable: la de la disociación.--Silvio, que tanto había aspirado á
sobrevivirse afirmando su individualidad victoriosa, sentía vagamente
disolverse los elementos que la componían.--Era sin duda el trabajo
sordo, obscuro, de la enfermedad en su cerebro, desbaratando esa
trabazón de las percepciones en que se basa la unidad de la conciencia;
era el soplo del mal, haciendo oscilar la luz, columpiándola antes
de extinguirla, dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y
sensitivo afinado y refinado, había reconocido siempre poderosamente la
identidad de su sér; pero al presente, horas enteras, bañado en viscoso
sudor, molidos los huesos por la prolongada estancia en el lecho,
invadida la cabeza por las colonias microbianas, perdía la noción de su
realidad, se sentía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en la
dañina materia. Era una percepción sorda y confusa del aniquilamiento
de lo único que nos sostiene y escuda contra el empuje de las fuerzas
desintegradoras: del _yo_, esa enérgica reacción de un individuo contra
lo que no es él.--Y, alzando la húmeda y descolorida frente, Silvio
repetía con la dolorosa sonrisa de los martirizados:

--¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé que era hierba, y que me
pastaban los bueyes?

--La hierba es una cosa muy bonita--contestó la baronesa afectando buen
humor.--Justamente hoy el día está magnífico, y usted se va á poner
elegante y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no tendido en
la cama, sino sentado, porque es usted muy comodón, y acaba por perder
fuerzas... Ya instalado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba,
que es preciosa...

Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la dulzura aterciopelada
del aire, y en una de esas rachas de leve mejoría que traen á los
enfermos de muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, calzó
las elegantes botas inglesas que gastaba en el castillo de Alorne. Y
con su presunción de niño, murmuró, pavoneándose:

--Me he arreglado como si estuviese en el _manoir_ de la Condesa de los
Pirineos.

Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia que se otorga á los
enfermos:

--¿Hay una _toilette_ para sus grandes amigas de Francia, y otra para
las de España?

Silvio, en vez de responder, tomó la mano de Minia, y la besó. El
amistoso reproche era fundado, y el artista, en su ingenuidad, se
acusaba muchas veces de cierto esnobismo.

--Mis grandes amigas de Francia--murmuró--acaso no serían capaces de
sufrir mis chinchorrerías de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé.

--Ya lo sabemos...--articuló riendo la compositora.--Ea, basta de
etiquetas, y vamos á ver la corta de la hierba, que es una sonatina
pastoral encantadora.

Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan fuerte, de la
baronesa. Costábale trabajo andar; arrastraba los pies como un viejo;
se cansaba, se detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre el
patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató con delicia las
fosas nasales. Era que acababa de inundarlas la bocanada del perfume
más idílico: el de la hierba, no recién cortada (que entonces no
embalsama), sino ya medio seca por el sol encima del mismo prado, y
removida para voltearla.

En efecto, esta era la labor. Á distancia, el prado, cubierto de
hierba extendida, en vez de su color verde tenía tonos de plata
tostada, sedeña; y sobre el fondo de esta cosecha impregnada de sol,
trasegándola con los horcados, nadando en ella, las mozas, de refajo
grana y pañuelos amarillos, trabajaban entre risas y canciones. Era
imposible concebir cuadro más atractivo.

Se habían elegido por volteadoras rapazas aniñadas aún, de rubia
trenza, de pies menudos, ágiles dentro del zueco ó del grueso zapato;
y cumplían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más arriba la
desflecada plata de la hierba.

Alrededor del prado gallardeaban las rosas en flor, y en el horizonte,
el bosque de castaños tendía un tapiz de verdura honda y reciente,
sobre el azul del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio se
extasió desde su butaca. Experimentaba esa impresión de calma y
seguridad que produce una residencia como Alborada, cuando la animan
las labores campestres. El perfume de la hierba le embriagaba.
Y la gran poesía de todo aquello, la formuló con la más vulgar
incongruencia.

--¿No le dan á usted envidia algunas veces los jumentos?--preguntó á
Minia.

--Mil veces. No habría cosa más simpática que poder soltar la
razón, depositándola en una cajita bien cerrada, para recogerla
cuando á uno se le antojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las
sensaciones plácidas del asnillo en el prado nos aliviarían. ¡Porque,
verdaderamente, Silvio, ni aun el sueño nos reposa! Entre sueños, se
activa la vida ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre también.

--Entre sueños--aprobó Silvio--es precisamente cuando se me ocurren
á mí cosas estupendas, y me traigo una batalla de desatinos, que
se disfrazan de concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas
magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras maestras. Y las
veo, las veo concluídas, radiantes... Entre sueños también lucho con
endriagos, fantasmas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! Sobre
todo desde que enfermé, el sueño no me restaura: me aplana ó me excita.

La parte soñadora de nosotros mismos debe de ser la que sueña, y la que
nos restauraría sería la animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo
cumplimiento de funciones puramente naturales... Por esto envidiamos al
jumento cuando se hunde entre los mullidos tablares del prado.

--¡Qué bien me hace el olor de la hierba!--declaró el artista. Y
en efecto, los tres ó cuatro días que duró la labor, la mejoría de
Silvio pareció sostenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa
frecuente en estos males de consunción; pero bastaba para sostener el
optimismo de Silvio, el convencimiento extraño de que no podía morir.
No cabía en la cabeza del joven la idea del desenlace. Las señoras
empezaban á pensar con angustia en el momento en que la Esqueletada,
llamando á la puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y
bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mariposa del alma...

Minia había oído hablar mil veces del tenaz optimismo de los tísicos,
pero lo creía una de tantas leyendas. Al comprobar la realidad del
fenómeno se admiraba.

Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega á la persistencia
de nuestra individualidad) no apreciaba su destrucción. Alentado,
asistía con goce de los sentidos--de la vista, del regalado olfato--al
espectáculo interesante. Lánguidamente miraba alzar, remover, orear
y volcar la hierba, hasta que, seca ya por ambas caras, la apilaban
en montones de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían sobre el
fondo raso, de un verde infantil, del prado afeitado al rape. Con sus
horcados iban las mozas formando las _medas_, dándoles la primitiva
hechura de las _huttes_ salvajes, moradas del hombre cuando abandonó
la vida troglodítica. Realizaban este trabajo con destreza sin
igual, con rapidez graciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas,
en labor que tiene mucho de recreo para jornaleras habituadas al
destripe de terrones, al corte y pise del espinoso tojo, al empile del
estiércol. Y las excitaba además--con prurito de rústica coquetería--el
que desde la otra terraza, frontera á la fachada principal, los
canteros y picapedreros las miraban á hurtadillas, comentando
vigores, robusteces y gallardías anatómicas... Desde las almenas de
la torre de Levante, que aquellos días estaban acabando de coronar,
otros obreros, distrayéndose de su peligroso trabajo, también las
requebraban, con carantoñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba,
las mozas cantaban más despacio y medaban menos: la fatiga, el calor,
retardaban el movimiento de sus brazos y ensordecían las canciones
de sus bocas. En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban un
¡alalalaaá! prolongado con melancolías vespertinas y cadencias lentas
de resignación, de soledad, de ausencia y nostalgia. Cuando por
casualidad las medadoras (en vez de lanzar ojeadas á los fornidos
canteros que silbaban tonadillas como para asociarse al canticio)
se volvían hacia la terraza, donde yacía, recostado, aquel señorito
de cara de cera, á cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de
humo,--su voz se volvía más baja, apagada con sordina de respeto y
compasión. ¿Qué tenía aquel señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni
andar podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la hermana de
Pilara, una medadora, que se le guisaban muchos platos, que de Marineda
venía el médico á menudo... Y susurraban bajo: “¡Tan nuevo! ¡Tan
mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!” Después continuaban erigiendo
sus _medas_ provisionales de oro blanquecino y seda pajiza. La meda
definitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen la hierba los
carros. Vinieron éstos y se reanimó la labor, porque en ella tomaban
parte ahora mozas y gañanes, y los que guiaban el carro dirigían
retadoras miradas, desde el hondo prado que surcaban las _birtas_, á
los picapedreros y canteros, cuando subían las almenas y lanzaban, al
izarlas, un _ahuum_ penoso, salvaje. Andaban los de la parroquia--los
pocos varones que dejaba la emigración,--esquinados con los canteritos
jóvenes venidos de Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle.
Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el carro, acalcaban
la hierba con los pies para cargar de una vez gran partida. Silvio
encontraba hermosísima la escena, deliciosa la nota de color; sobre
el prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos bueyes rojos,
los carros célticos, con sus ruedas macizas, sus _cainzas_ de mimbre
negruzco, y desbordándose de ellas, el rubio colmo de la hierba
encendido por un rayo muriente de sol y el gañán de pie sobre el carro,
dorada también su figura y recortada sobre el cielo... Raudales de
poesía bucólica le brotaban en el alma, y su sentimiento exquisito le
hacía saborear no sólo el cuadro, sino el plañidero toque de oración,
que suspendía la labor campestre.

--El cuadro es más hermoso, porque es religioso, Silvio--observó Minia.

--Sí--respondió el artista.--Es la nota de Millet. No es religioso un
cuadro porque represente una Virgen ó un Cristo; puede representar eso
y ser lo más profano del mundo. Y puede representar esto, unas medas,
unos carros... y si uno supiese traducirlo bien con el pincel, sería no
sólo religioso, sino místico.

--Me agrada que lo comprenda usted... Cada barrera de convencionalismo
que usted salve le hará más artista y más hombre.

--Parece que se me han caído de los ojos unas escamas--declaró
Silvio.--Yo antes fuí esclavo de la naturaleza en su aspecto material.
Ahora, sin salir de ella misma, encuentro tesoros de emoción.
¿Se acuerda usted de mi _Recolección de la patata_? Aquello era
sencillamente una vulgaridad, un rasgo de ordinariez. El asunto,
el modo de tratarlo, el colorido... Compárelo con esto que tenemos
delante, tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, que veo
claro lo mejor, se me caen de las manos paleta y pinceles!

Persuadido, añadió:

--No moriré de este mal; pero suponga usted, por un momento, que
muriese... Es aterrador, Minia... ¿Qué quedaba de mí? Cosas que ya no
responden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo verdaderamente
íntimo, lo que he ido descubriendo... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría
conmigo al otro mundo!

Interrumpióse para escupir su pobre pulmón deshecho, y con rosetas de
fiebre en las mejillas, agregó:

--¿Qué diría usted, si en el techo del castillo de la Condesa de los
Pirineos reprodujese yo la corta de la hierba seca en el Pazo de
Alborada?

El último carro se retiraba chirriando, estridente y fatídico; el
horizonte era violeta; las hojas se estremecían.

La baronesa ordenó:

--Va á caer rocío... Á casa, á la cama los enfermos...

       *       *       *       *       *

Se inició un período aún más angustioso: empezó á faltar el aire á
Silvio.

Por momentos respiraba normalmente; pero de pronto, la ansiedad
se apoderaba de él, y descompuesta la faz, lívidas las mejillas,
principiaba á jadear, á inspirar y espirar con esfuerzo horrible. Un
día que, sentado á la mesa, entre desganado y encaprichado, picaba con
el tenedor blanco filete de lenguado fresquísimo, rociado con limón,
se levantó de pronto llevándose las manos á la garganta, al pecho,
á las sienes después; se precipitó hacia la ventana, abrió la boca
en redondo, aspiró locamente, y como el jadeo de asfixia no cesase,
tambaleándose, se arrojó al suelo, tendido cuan largo era. No podían
las dos señoras, la baronesa muy forzuda, Minia de endebles puños y
delgadas muñecas, levantarle en vilo, ni aun con auxilio del criado,
porque Silvio hacía señas desesperadas, lanzaba ayes para que le
dejasen así, como un cadáver, aplacado al piso. Y daba horror su cuerpo
huesudo, largo, sacudido por el jadeo. Al cabo se logró acostarle sobre
un sofá. La disnea se calmó, dejándole en abatimiento sumo.

Desde entonces no tuvo Silvio comida gustosa, y empezó á cerrársele el
pico, á repugnarle todo, hasta esos alimentos que crían fibra y sangre.

Eran el último refugio, el último baluarte de su enfermera, los huevos,
los sanísimos huevos, blancos y limpios como capullos, que la baronesa
le enseñaba recién puestos, calientes aún del cuerpo de la gallina,
con transparencias rosadas al través de la nitidez de fina escayola de
su cáscara. Y, estando cenando, vió la baronesa que el enfermo movía
la cabeza, hacía un mohín de repugnancia á la yema batida con azúcar
y Jerez, y después, que dos lágrimas se deslizaban, lentas, por las
mejillas enflaquecidas.

--¡Me han repugnado!--repetía Silvio con infinito desconsuelo.--¡Se
acabó! ¡Me han repugnado definitivamente! ¡Mejor comería cualquier
asco! ¡Repugnado, repugnado los huevos!

La baronesa también sentía la amargura profunda de aquel vulgarísimo
y tremendo accidente. ¡Lo más nutritivo, lo que se asimila mejor!
¡Desgracia grande! Y ¿qué darle ahora? ¿qué discurrirle? ¡Perdido ya el
estómago! ¿Cómo defender la plaza? Era la derrota.

Y se empeñó la lucha con lo imposible... La enfermedad se cebaba en su
presa, triunfaba. Los síntomas eran á cada paso más varios y crueles.
Aflicciones nerviosas, síncopes, desfallecimientos, dolores de huesos,
molimiento infinito... Una noche, á las altas horas, la baronesa, que
había trasladado su dormitorio para debajo del del enfermo, á fin de
vigilar la asistencia, oyó la voz del criado de guardia, que la llamaba
con apuro.

--El señorito Lago... El señorito Lago...

La señora saltó de la cama, se envolvió atropelladamente en una bata,
corrió... Silvio parecía agonizar. Sobre la almohada blanca, su faz
era de tierra amasada con yeso, sus ojos se retraían, su nariz se
afilaba, su boca se llenaba de sombra lívida. Mil veces había pensado
la baronesa en la llegada de aquel instante; empero, sintióse aterrada,
como ante un caso imprevisto. Se precipitó á sostener la cabeza del
artista, inerte.

--¡Silvio!--repetía.--¿Qué es esto? ¿Qué tiene usted?

Débilmente, en un soplo, Silvio pronunció:

--Mucho frío... Me hielo...

La baronesa, rehecha ya, empezó á dictar órdenes.

--Calentar una manta... Espíritu de vino... Ron... Coñac. El
calentador...

Toda la casa se había puesto en pie, con la alarma. Pilara reavivaba
el fuego, sacaba brasas para el calentador; el sirviente empapaba
en alcohol franelas, y friccionaba el cuerpo flaco, devorado por la
calentura.

Silvio volvió á suspirar:

--Tengo frío... Tengo frío...

Fuera, la noche era espléndida, estrellada. Llegaba el verano con
sus caricias y sus vitales soplos. La ventana, por orden expresa del
médico, debía permanecer abierta siempre. Pero la baronesa la cerró,
bajo la impresión de aquella queja, y dispuso calentar por dentro á
toda costa.

Á los labios del moribundo acercó una cucharada de coñac. Al
principio, Silvio apretaba los dientes y resistía; pero la baronesa le
entreabrió la boca con el rabo de la cuchara, y deslizó el líquido.
Según iba cayendo, oloroso y fuerte, y por las venas entraba su virtud,
el agonizante resucitaba, sus ojos se entreabrían, mirando á la
baronesa con transporte.

--¡Dios mío!--murmuraba.--¡Qué congoja he pasado! ¡Qué frialdad tan
horrible! ¡Qué bueno es tener calor! ¡Qué bueno es tener quien le
quiera á uno!

Y con efusión de reconocimiento, repitió extendiendo las manos:

--Sólo los buenos, sólo los buenos... Denme la bondad, el abrigo... ¡Me
siento tan bien! Me ha salvado usted, baronesa. ¡Qué trabajo la doy!
¡Qué trabajo á todos los de esta casa!

--Déjese de eso, y duerma... Á ver si concilia el sueño un poquito...

Llegaba tarde la advertencia. Silvio acababa de aletargarse dulcemente,
aturdido por el bienestar.

Al día siguiente estuvo animado, fué por su pie al jardín, tomó leche
con gusto (leche _de engaño_, en la cual la baronesa deslizaba la yema
de un huevo, afirmando que la vaca daba una leche amarilla, de un
color raro, pero sabrosa, muy sabrosa...) Y la idea de la muerte, si
es que un instante había rozado con ala de murciélago su imaginación,
desapareció como desaparecen, en cuanto el sol alumbra, los bichos
nocturnos y las mariposas atropos, que llevan una calavera en el
corselete...

--Es el problema que tenemos aquí--decía Minia en conversación con el
antiguo capellán de la casa, bajo los castaños del soto, en la revuelta
donde no podían llegar sus palabras á los oídos de nadie.--¡Es un
problema bien extraño! Cuando más avanza la muerte, menos cree en ella,
menos siente la presencia de esa definitiva realidad.

--No me sorprende--confirmaba el sacerdote--lo que usted dice... En
mi ejercicio de auxiliar moribundos he visto que, aunque estén con el
estertor, muchos no creen llegado su término... Y en esta enfermedad,
lo que es en ésta... ¡nunca!

--Decírselo... ¡No hay fuerzas para decir una cosa así! Y por otra
parte... yo no sé lo que piensa, yo no he calado su alma. Es probable
que esté petrificado en indiferencia absoluta; quizás no cabe en él más
que su Quimera... ¡Si es así, y se entera de su condena á muerte, y ve
que se va sin realizar lo soñado, se entregará á la desesperación en
vez de aceptar el consuelo de las horas supremas!

--Explórele usted--murmuró el sacerdote, que había venido desde
Marineda con tal fin.--Explórele; usted le conoce mejor... Yo no
acierto... Estos artistas ¡son tan diferentes de todo el mundo!
Persuádale.

--¡Persuadirle!--repitió la compositora.--Me fiaría más en un arranque
de sentimiento...

Entró de mañana en el cuarto del enfermo. Este no se había levantado
aún. Medio incorporado en la cama, intentaba escribir, sirviéndole
de pupitre un elegante portfolio de marroquí inglés, con cantoneras
de plata--regalo de Lina Moros.--Sobre la cama, andaban esparcidas
diez ó doce cartas, cuyo perfume revelaba la procedencia femenina.
Algunas lucían escuditos heráldicos en oro, plata y colores; otras
mostraban, sobre el papel satinado gris, un círculo en que se
encontraba inscrito el nombre en elegantes caracteres. Las formas del
papel eran originales, y aquella correspondencia daba sensación de vida
exquisita, de plena _high life_. Era la clientela de Silvio, sus amigas
momentáneas, las de la sonrisa zalamera, las del galanteo ocasional
y el repentino capricho, las que se encanallaban un día, por variar,
hartas de lo monótono del amorío sin idealidad con los hombres de
caballo y club. Y Minia, frente á sí, en la pared, vió agrupadas, con
la peculiar gracia de Silvio, con su coquetería de arte, fotografías
de las corresponsales, en trajes de elegancia rebuscada y efectista,
escotadas, haciendo resaltar las bellezas de su cuerpo, en la actitud y
con la sonrisa que más favorece.

Á ellas es á quienes Silvio quería responder, asiéndose á aquel interés
frívolo, bastardo, como á forma palpitante y ardiente de la vida que le
abandonaba... Las otras, las protectoras buenas y serias, la Condesa
de la Palma, la Pirineos, se habían informado de su salud preguntando
extrajudicialmente á la baronesa y á Minia. Éstas, las guerrilleras de
vanidad y amor, acaso ni sabrían que sus cartas iban á caer en un lecho
mortuorio.

Silvio empezó á hacer garrapatos; su mano temblaba; la letra era
ininteligible... Sudor penoso trasmanaba de su sien. Agachó la cabeza,
suspirando, soltó la pluma, y exclamó lleno de desconsuelo:

--Imposible... No acierto á trazar dos renglones. No es el pensamiento,
es la mano... ¡Ni pintar, ni aun escribir!

Y al cabo de un instante, buscando el engaño de la fantasía:

--Es la debilidad. No es otra cosa. Así que me fortalezca un poco...

--Entretanto--dijo Minia--¿por qué no olvida usted enteramente este
aspecto de su vida? No hay nada que descanse, que fortalezca, Silvio,
como olvidar. Nuestro sentir es una especie de mosaico, que no debemos
mirar obstinadamente en sus pedazos de piedras de colores, sino en su
conjunto. ¿Le importan á usted las monísimas corresponsales?

--No las tengo ningún cariño... Al contrario... Ya sabe usted mi modo
de ser... pero se me figura que no nos apegamos á la vida por lo que
nos infunde cariño, sino por lo que nos causa irritación, picor de
vanidad... ¡Minia! ¡Qué hermoso será vivir, cuando me cure y vuelva
allá, á realizar mi ensueño de siempre!

Minia callaba.

--¿Cree usted que tardaré mucho tiempo en curarme? ¡Usted no tiene fe
en que yo sane antes del invierno!

--¡Quién sabe, Silvio!--articuló ella.--Las enfermedades vienen pronto
y se van tarde... Escúcheme... La enfermedad tiene algo de serio,
algo de augusto, algo que nos familiariza con lo inmortal que existe
en nosotros... ¿No piensa usted así? Un enfermo es un hombre que
momentáneamente renuncia á vanidades, concupiscencias, flaquezas... La
existencia de un enfermo es necesariamente moral, necesariamente pura...

--Sin duda mi enfermedad es más antigua de lo que creí--respondió
él;--porque hace meses me conduzco como un santo... relativo. Al Doctor
Moragas se lo he dicho, y se hizo cruces. Él creía que, estragado
por los vicios de París... Y á mí lo que me ha consumido, lo que me
tiene tan débil, es... mis sueños... ¡mis sueños, Minia! ¡Eso me ha
emponzoñado las venas! ¡Eso es lo que me devora!

--No lo dudo... Pero al mismo tiempo...--La mirada de Minia se fijó
de nuevo en la pared; buscó las fotografías, las semidesnudeces, las
sonrisas artificiosas,--el que entrase aquí creería... ¡Si Moragas ha
visto todo eso!

Silvio, otra vez abismado en su almohada, hizo un gesto de indiferencia
suprema.

--¡Bah! He puesto eso ahí como podría poner un niño un pliego de
aleluyas...

--Pues desdicen esas fotografías de la dignidad, de la nitidez de una
alcoba de enfermo, Silvio... Ya sabe usted que soy franca.

--Quítelas; haga lo que considere oportuno.

Minia recogió los retratos, y por un refinamiento de delicadeza, no
quiso guardarlos ni en la maleta ni en los cajones. Los archivó fuera,
en un mueble. No se escandalizaba, ni creía que tales retratos fuesen
reprobables, si allí no estuviese un hombre sentenciado. El cuarto
era capilla. Y, al mirar las paredes blancas de cal, desnudas, pensó
que todavía no era tiempo de traer allí á la Madre, á la que los
ángeles rodean y las estrellas coronan; á la que tiende su mano, húmeda
de lágrimas y oliente á incienso, á los moribundos. Ya llegaría la
ocasión...--Por ahora bastaba un violetero, un cuadrito, un jarrón con
rosas blancas. El cuarto perdería su aspecto bohemio, y se purificaría
por la hermosura de esas rosas que apenas dan olor.

El camino tenía que ser insinuar el respeto á la enfermedad. No se
le podría decir á Silvio que se acercaba la gran Acreedora... pero
sí cercarle de lo que inclina á pensar en ella sin sorpresa, sin
incredulidad, sin escepticismo.

Él experimentaba, no obstante, repulsión á cuanto podía traerle un
pensamiento ascético. Su fantasía, repleta de formas sensibles, se
apegaba á apariencias, á los ruidos, á los fenómenos de la vida
terrestre.

Á pretexto de que “podía inspirar un boceto ó un cuadro”, llevó Minia
á Silvio á la sacristía de la capilla de Alborada, donde, sobre la
cajonería severa, lisa y sin adornos, bajo un dosel de terciopelo
granate franjeado de oro, se alza la efigie del Cristo del Dolor.
Visten al Cristo unas enagüillas de raso violeta y lentejuela, y la
larga cabellera obscura, como enmarañada por sudores de agonía, que
vela su faz desencajada y los cárdenos labios, la sujeta una corona
tejida de ramas de espinos del monte, que rodea su frente salpicada de
gotas denegridas de sangre. La palidez del Divino Rostro se acentúa
en ellas, y son aterradoras las melenas al descender sobre el pecho
de saliente costillaje, hasta el costado abierto por la lanza. Es
la imagen del más ardiente romanticismo; trágica, sugestiva.--Dos
cirios la alumbraban, y su luz incierta, amarilla como un diamante
brasileño, deteniéndose un punto en el Rostro, le prestaba apariencia
sobrenatural. Silvio se detuvo impresionado.

--¿Verdad que es hermoso?

--Me da miedo--suspiró Silvio.--No comprendo cómo usted se rodea de
estas imágenes recordadoras de los terrores de la muerte. Allí el arco
sepulcral, que ya una vez... ¿se acuerda? ¡Y aquí, este Cristo que
expira, y que lleva en la peana la lúgubre advocación del Dolor!

--¡De la muerte no hay que olvidarse nunca! ¡Es nuestra compañera
fiel... y cuántas veces bienhechora!

Y él respondió, refractario:

--¡No me quiero morir, no señor, hasta que realice algo siquiera! Hasta
entonces, vivir á tragos. Es preciso que yo sane. ¿Qué hacen esos
doctores que no me curan? ¡Si yo supiese que el Cristo...!

--Su reino no es de este mundo...--sugirió Minia.

Regresaron de la sacristía por la sala, llena de embetunadas pinturas,
lentamente, apoyado Silvio en su bastón, casi arrastrándose, apoyado
después en el brazo rudo del hortelano. Dejóse caer en la butaca, para
contemplar, según costumbre, la puesta del sol. Aquel día era imperial,
esplendorosa. Se anunciaban calor y tormenta, y el sol se reclinaba en
cúmulos de púrpura, inflamados, acuchillados por toques violentos de
plombagina, y esclarecidos con luces de erupción volcánica, focos que
parecen delatar el flamígero lengüeteo de la llama que sube. Era de
esos ocasos extraños, amenazadores, en que el cielo semeja indignado, y
que el pincel no puede reproducir á no caer en amaneramiento. Silvio se
complacía en él con el interés que despiertan en el campo los aspectos
de la Naturaleza, y con la impresión de grandiosidad que en su alma de
inspirado adquirían fácilmente las cosas. El soberano espectáculo le
hacía olvidar por sorpresa sus dolores; le sustraía momentáneamente á
la enfermedad. Los rubíes vivísimos, flúidos, movibles, lisonjeaban
su sentido de colorista.--Y, de pronto, en aquellas nubes ígneas y
caprichosas, entre el incendio del cielo, la fantasía le dibujó una
forma, destacándose entre las restantes. Era la de una alimaña, mezcla
de dragón y serpiente, cuyo dorso se dentellaba en agudos picos, cuyas
fosas nasales espurriaban fuego, cuya cola, de retorcidos anillos,
se tendía azotando el aire y rompiendo las otras nubes á su latigazo
triunfal. La apariencia reinó algunos instantes; pero cuando Silvio
quiso enseñársela á Minia, ya se desvanecía su colosal figura, ya su
brasero se apagaba...

Traído de Marineda, llegó entonces el correo.--Quiso la baronesa
sustraer una esquela de defunción, que timbraba sello extranjero.
Silvio le había echado mano y la abría; y su faz, un momento animada
por la contemplación de un cuadro, se descomponía rápidamente...

Era la esquela mortuoria de doña María de la Espina Porcel de Dión,
fallecida en Niza, “Villa Plaisirs”, según participaba interminable
cáfila de parientes, rogando que se la concediesen oraciones. El
artista dejó caer la cabeza sobre el pecho; la esquela rodó al
polvo.--Los pájaros no cantaban en las acacias corpulentas.

       *       *       *       *       *

--¿La quiso usted mucho?--preguntaba Minia al notar el terrible efecto
de la nueva que contenía y certificaba aquel papel satinado, con
estrechísima orla negra, encabezado por una cruz, atestado de nombres
propios.

Silvio tardó en responder. Parte, por dificultad de respiración, y
parte, por incertidumbre ante la interrogación analítica.

--No he sabido nunca--pronunció al fin lentamente--si la quise, si
me fué indiferente, si la detesté. De todo habría á ratos. No he
sabido si me hizo bien ó mal. Era como la vida: que nos hiere, que nos
despedaza, que nos burla, que nos hace infames á fuerza de desengaños
y de mentiras, pero que... ¡es la vida, qué demonio! Y Espina, Espina
Porcel, era acaso, en el fondo, más artista que yo. Despreciaba más lo
vulgar; sí, lo despreciaba. Ha muerto de su exaltación artística, de
su afán de vivir de un modo refinado y bello, de agotar el ideal. Ha
muerto de no transigir con las sensaciones comunes y prosaicas. ¡Pobre,
pobre María!

--Según eso, ¿la ha perdonado usted?

--Y qué, ¿voy á odiarla, ahora que es un puñado de podredumbre?

--Tiene usted la feliz instabilidad de los geniales...--advirtió
Minia.--Pero no perdone por indiferentismo... Perdone por amor, por
sumisión. ¡Rece por ella!

La campana de Monegro rompió á doblar. No era el _Angelus_. Una
casualidad: doblaba á muerto por algún aldeano que había terminado su
jornada, soltado el azadón y empezado el reposo. Como en la hermosa
poesía de Longfellow, el alma respondía al toque de la campana.
Silvio percibió una mortaja de sombra que le envolvía y lo envolvía
todo. Era, quizás, efecto de la impresión repentina causada por la
esquela mortuoria; era, quizás, que el obscuro presentimiento de su
propia destrucción se concretaba al fin. Imposible es trazar línea
divisoria entre ciertos estados de alma, fijar el momento en que á
la confianza sustituye la sospecha, al respeto el menosprecio, á la
esperanza, el desaliento absoluto; á la seguridad el terror. ¿Qué
había sucedido para que aquellos toques, en una parroquial de aldea,
en otro caso probablemente apreciados por el artista como efecto
estético, suscitasen entonces en él la percepción trágica, honda, no
de la muerte, sino de algo á que la muerte sirve de pórtico de mármol
negro?... Y todo se transformó á sus ojos, adquiriendo la solemnidad
que tiene para el reo la capilla donde ha de esperar su gran hora.
En un instante la realidad se traspuso á la otra margen, que el agua
del trozo de ría, llena de tinieblas, le representaba vivamente. No
fué impresión heroica, sino de espanto; de espanto frío, letal. Los
árboles, ya borrosos, le parecieron fantasmagóricos; la ría, lago
siniestro donde rema el barquero implacable; la silueta de las Torres,
temerosa, cual si fuese la de uno de esos edificios de la Edad Media,
cuyas paredes ahogaron sollozos y cobijaron dramas; y el toldo de las
acacias espléndidas, extendido como regio pabellón, un manto plomizo,
del cual goteaba humedad de tumba. ¡Morir! ¡Morir también, como Espina,
como la modernista radiante, la de inimitable existencia! ¡No ser,
desaparecer, reunirse con la Porcel en la macabra alcoba de la tierra
húmeda, ó entre el informe y caótico silencio de los cerrados nichos! Y
el ataque nervioso vino, fulminante. Silvio gritó ó más bien aulló su
pavor, su adhesión á los fantasmas de la realidad, su voluntad terca
de no sumergirse en el océano sin orillas, de oleaje monótono y fatal,
donde viene á parar todo...

       *       *       *       *       *

Fueron días de prueba los que siguieron á aquél. El cerebro de Silvio,
por momentos, se desorganizaba, y sólo lo visitaban las alucinaciones
del miedo. No asomaba la resignación, ni aun el estoicismo con que la
juventud suele mirar la muerte. ¡Morir ya!--balbucía.--Pero ¿no habrá
quién me salve? ¿No habrá quién me tienda la mano?--Y por una de esas
singulares anomalías patológicas, en el agudo ataque de pavura, el
miedo á morir le hacía intentar arrojarse por la ventana, siempre
abierta, para acabar de una vez.

Mientras él sufría como un réprobo, la Naturaleza desplegaba galas de
fiesta nupcial. Había revoltosos enjambres de mariposas y avispas;
en la playa arealense las olas se tendían acariciadoras, tibias
ya; pintaban las cerezas, y en la noche de San Juan las hogueras,
desde lejos, en la cima de los montes, recordaban el rito sagrado,
la tradición adoniaca. Desde la terraza podía verse á chiquillos y
mozas armar sus lumbraradas rituales, echar en ellas brazados de leña
recogida en el monte, y saltar, riendo, por cima de la llama.

En el patio de las Torres, según costumbre, hízose la lumbrarada
también, más alta que todas, de leña más seca; una pira regular y
monumental.

Hundido en su butaca, Silvio la consideró primero con ojeada
indiferente y atónica, después con algo de goce infantil, cuando
la llama, chisporroteando, se elevó, y brotó centellas volantes,
charamuscas rápidas. Pero así que notó que iba apagándose, le asaltó la
congoja.--Todo lo que se extinguía renovaba en su espíritu aquel pavor
invencible, aquel frío de la nada. Fué preciso cebar la hoguera otra
vez.

Su terror estallaba á cada instante. Un día el capellán, á pretexto de
cortesía, de acompañarle, creyó poder entrar en su cuarto. La negra
sotana le heló la sangre; la poca, lánguida sangre de las venas. No era
la persona, era la ropa. Ni Minia ni su madre se atrevían á vestirse de
negro.

--Ea, ¿qué le pasa? ¡no sea chiquillo!--repetía la baronesa.--¿No
estamos aquí todos? ¿Á qué viene ese miedo? Si es un amigo, si no es
ninguna visión. Tranquilizarse... ¿Un sorbito de leche? ¿No? ¿Y cómo
quiere sanar, si no come?

¡Combate, agonía, tortura, la de aquel alma, incrustada en el vivir,
como en la encía la raíz del diente nuevo! La vida, con su adhesividad
de pulpo, con sus tentáculos recios, se agarraba; no quería soltar la
presa. ¡Deseos, nostalgias, pena de lo incumplido, de lo fallido, de
lo vano é irrisorio del destino; dolor de las flores no cogidas, de
los aromas no respirados, de las glorias soñadas; agua que se derrama
sobre el arenal antes de acercarla á la boca; rabia, calentura, disnea,
fatiga, cansancio infinito, miserias orgánicas, la decadencia total!...
Y, por momentos, otra vez Maia con su velo de oro, con su tul que las
pedrerías rebordan.

--¿No sabe usted? Tengo apalabrado taller en París... Lo voy á decorar
con telas salamanquinas, charras; algo original, porque allí eso no
se conoce... Y me llevaré los muebles de Madrid, mi bargueño, la
arquilla que Solar de Fierro me ha regalado. El taller de Madrid lo
dejo resueltamente... ¿Para qué quiero gastar? En Madrid está agotado
el filón. No: Francia, Inglaterra. Después, probablemente, los Estados
Unidos. Pero ¡alto!... cuando ya haya pintado algo serio, ¿eh? algo de
lo que me propongo. En el retrato voy á cambiar de sistema. Es hora de
salir de cromitos... Y si no lo quieren así...

--No piense usted más que en la salud... Le hace daño formar
planes--repetían las enfermeras.

--¡Vivir!--suspiraba él.--¡Sanar! ¡Correr por los sembrados!

--No se preocupe de eso de la gloria--murmuró Minia.--¿No dice que lo
mejor del mundo es ser bueno? Dedíquese á ser muy bueno... siquiera
mientras está malo.

--Sí--contestaba él, alzando el macilento rostro.--Voy á procurar que
no me importe el arte ni ninguna de esas sublimes tonterías. Nada
más que comer, digerir, dormir... ¡Qué programa bonito! Vivir como
los demás hombres, y no como yo, que casi no me alimento sino de
potingues... ¡La poción de Jaccoud! ¡Puaá! ¡Valiente porquería!

       *       *       *       *       *

La Torre de Levante se había terminado, y con ella quedaba completo
el vasto edificio del Pazo de Alborada. Cierta mañana apareció izado
sobre el almena central un pino joven, entero, que á tal altura sólo
parecía una rama frondosa. Era el _xeste_, signo del fin de la obra de
cantería. Aquel ramo pedía un refresco para los trabajadores. Parecióle
poco á la baronesa el habitual obsequio de aguardiente y pan, y dispuso
un convite en forma. Obras como la de Alborada quieren repique.

Al aire libre, bajo las ventanas del cuarto que ocupaba Silvio, se
dispuso la luenga mesa, y se colocaron los toscos bancos de madera,
afianzando en el suelo sus pies con cuñas. La cocina activó sus
hornillos, y borbotearon al fuego vastas cazuelas atestadas de arroz,
carne, bacalao. El festín debía principiar cuando el trabajo terminase.
Los obreros lo abandonaron una hora antes, para atusarse y vestir
camisa limpia. Era su frac; la camisa como la nieve, sin planchar,
oliendo á menta y lavanda.

Llegado el instante, no se precipitaron los obreros: entraron despacio,
charlando, despachando cigarrillos, aguardando el aviso del mayordomo,
la fórmula de acogida é invitación. Pensaban, sin embargo, en la
comida, sobre todo por curiosidad de los guisos de señores. Aquellos
trabajadores eran campesinos la mayor parte; picaban y sentaban en
verano, regresaban á sus casas en Navidad á matar el puerco, engendrar
los casados el chiquillo anual, y dejar las heredades labradas. El
no despreciable salario se lo llevaban casi entero á las mujeres en
un nudo de pañuelo, porque comían frugalísimamente y no practicaban
vicios. Gente buena, honrada “con vergüenza en la cara”, como ellos
decían. Mantenidos á brona, leche desnatada, pote de berzas, la idea
del convite les divertía, pellizcándoles la embotada imaginación. Sin
embargo, no querían atropellarse; esperaban, correctos y reservados,
muy en su lugar.

Ni aun cuando el mayordomo les gruñó, lleno de cordialidad: “¡Vaya
muchachos, al _xeste_, al _xeste_!”, se decidieron á correr, sino
que emprendieron la marcha con lentitud, la propia pachorra con que
entran á la labor diaria. Guardaban política y mesura. La vista de la
mesa, tan cabal, con sus platos, su pan servido, sus servilletas, sus
tazas para el vino, sus cubiertos, les impresionó. Solían ellos comer
tumbados ó agazapados en tierra, sosteniendo el corrusco de pan con la
izquierda y manejando con la derecha la navaja que pincha el compango
de sardina. ¡Y ahora, aquella mesa servida como para caballeros!

Ya salía de la cocina, remangada, portadora del soperón humeante,
la mayordoma; y los invitados aún no se habían atrevido á llegarse:
manteníanse en pie. Fué necesario que les animase la misma baronesa:

--Á vuestro sitio, ea... á comer, que se enfría... Que luego se hace
noche...

Fueron acomodándose, más respetuosos que diplomáticos, y también
diplomáticamente atribuyeron el puesto de honor á quien le pertenecía:
al maestro de la obra, cantero todavía mozo, pero más entendido que
los restantes. El hortelano, invitado, y un asentador viejo, socarrón,
decidor, obtuvieron lugares de preferencia. Los demás se colocaron al
azar, sin desorden, poco á poco, y se miraban de soslayo á ver quién se
atrevía á trasegar la primer cucharada del gorduroso pote de berzas con
tajadas y costillas de cerdo.

Cerca de un minuto transcurrió así, sin que ninguno se arrojase. Pilara
les animaba, alabando el caldo, que estaba “que se comía solo”; al fin,
el viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, se llevó la cuchara á
la boca, y le imitaron, acompasadamente, cuidando, como manda la buena
crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era manteca pura, y, con
sus tajadas, alborozaba el estómago.

Los servidores acudieron portadores de jarros, y escanciaron negro vino
en las tazas, animando á que los obreros remojasen las fauces, secas
del polvillo de la cantería. Las manos huesudas, recién mal lavadas, se
tendieron hacia los cuencos de barro; y después de beber regaladamente,
por falta de costumbre de utilizar la servilleta, que habían dejado
tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de la mano ó con su propio
pañuelo de hierbas.

El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á hablar sino en voz
baja, cohibidos por los señores que les miraban, por la novedad
del festín. Silvio, hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro
pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo Teniers. ¿Por qué ni
hablaban, ni juraban, ni silbaban sus tonadillas irónicas, lo mismo que
cuando, colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban enorme sillar
para asentarlo? Aquellos pájaros laboriosos no cantaban á gusto sino en
el aire ó bajo el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la palleta...

Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un guisote de carne
que trascendía, estaba roto el hielo. Los cubiertos tilinteaban
alegremente. Se cuchicheaba, surgía alguna risotada. El asentador
viejo, representación de la experiencia y el mundanismo en la
cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico.--¡Que así se volviesen todas
las piedras de la obra! ¡Que así se volviesen cuantas había sentado en
su vida! ¡Y que cayesen riba de él!--Se celebró. Tenedores y cucharas
se activaron; hubo alabanzas á la guisandera.--¡Que guisase así hasta
esfarraparse de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen de guisar!

Entonces fué cuando Silvio, que miraba atentamente la escena desde
su ventana, empezó á sentir una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes
mandíbulas, que masticaban vigorosamente; aquellos hombres entregados
á un deleite hondo, animal, bueno y gozoso; aquellos cuerpos ágiles,
curtidos, no desgastados por el alma, le causaban la fascinación
dolorosa de la envidia, la más torturadora de las pasiones, porque en
ella se sufre de ser quien somos, tal cual somos, de tener nuestro
_yo_ y no un _yo_ diferente. Silvio se acordaba del tiempo que había
pasado queriendo ser _otro_, un maestrazo del arte... Y ahora, bajo
las garras de la enfermedad, que tanto humilla el deseo, que reduce
las magníficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración de una
función fisiológica normalmente cumplida,--sólo ansiaba volverse uno
de aquellos comilones embelesados, que saboreaban la fruición grosera,
franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo en un estómago
virgen. Los rostros se coloreaban, los ojos relucían, y la aparición
del bacalao á la vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento,
fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban al codo, guiñaban el
ojo; y, para mayor contento, el gaitero entró entonces, seguido de su
tamborilero, preludiando la _muiñeira_ mariñana.

--Que no toque, que se siente y coma--ordenó la baronesa. Y la gaita
reposó; las notas agrestes, penetrantes, se cobijaron entre las rosas,
entre los saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exhalaba un
tufo...

Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los tazones. Ninguna
preocupación debilitaba su fuerza digestiva, fuente de alegría, centro
de la felicidad orgánica. Eran como niños, igual los que en la barba
hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, que los mozos de
bigotillo naciente.

Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisionero envidia el aire, la
luz, el solo bien de poder cruzar una calle, de estirar las piernas...
Su envidia tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre conduce
á mayor amargura, á desolación sin límites. ¿Por qué no haber sido
un cantero, uno de los cortadores que grabaron los capiteles de la
capilla, de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber conservado
un alma del siglo XIII, un pulmón que respirase, una sangre pronta
á alborotarse ante la mujer, un estómago de hierro? No quería ser
un obrero á la moderna, de los que leen y piden reivindicaciones y
adelantos; nada de eso: aquello mismo; el cantero de aldea, sumiso,
frugal, muy sano, que, al bajarse de la estadía, rompe á correr hacia
el baile en la carretera...

--¡Qué felices, qué felices!--repetía, moviendo la cabeza, ya
temblona á fuerza de desfallecimiento.--Y ¡qué rico es eso que
comen!--suspiró.--Para mí no sazona tan bien Pilara...

--¿Qué está usted diciendo?--exclamó Minia.--¡Si lo oye ella! ¡Poniendo
sus cinco sentidos la pobre!

--No, lo que hacen para mí no huele tan exquisitamente--insistió el
artista.

--¿Probaría usted?

Una luz de esperanza loca brilló en los cambiantes ojos amortiguados...
La mano demacrada se agitó.

--¡Que me traigan un bocado, nada más que un bocado!

Momentos después, mientras los del _xeste_, ya amparados por la
penumbra del crepúsculo, que les envolvía en velo protector, acogían
con carcajadas y gritos de aprobación las soberbias fuentes de arroz
con leche bordadas de arabescos de canela, le presentaban á Silvio un
plato con el apetecido guisote. El enfermo se incorporó, olfateó...
La saliva cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, pinchó una
patata envuelta en pebre... y, antes de llegarla á los labios, soltó el
tenedor, que cayó al suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la
butaca.

--¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo!

--Un esfuerzo...--rogó la baronesa.

--¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Que me lo quiten de delante!

Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los ojos... De súbito,
pareció calmarse, aceptar todo, despedirse de la vida material,
desarraigarse de la tierra.

--¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? ¡Triste no volver
á comer, lo que se llama comer! ¡Si se comprase un estómago! ¿No
se compran las obras de arte más hermosas? ¿No se compra el amor,
que dicen que es cosa tan sublime y celestial? ¿Por qué no se ha de
comprar lo prosaico y vil? ¡Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras,
falsedades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á uno de esos
bárbaros: “¡Dame tu estómago por mil duros! ¡Quiero hartarme, hartarme
de ese bacalao á la vizcaína!”?

Sobre este tema divagó buen rato, interrumpiendo á veces sus
reflexiones congojas nerviosas, desfallecimientos, risas de insensato
y quejas tiernas, infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían;
amplios manchones de vinazo deshonraban el mantel, y los comensales
empezaban á fumar, á hacer trueques y comistrajos con el postre. El
viejo asentador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con leche,
diciendo que era un estilo de cuando muchacho, que lo había visto comer
siempre así. Bobita había puesto las patas sobre el reborde y zampaba
los corruscos de pan sobrantes. El banco donde se sentaba el hortelano
se hundió, y la caída se celebraba con risotadas, empujones, bromas,
aplausos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba cuentos, y
se apiñaban por oirle. Sonaban vivas entusiastas. Las volteadoras de
la hierba, los caseros, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían
confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmurando que “no tenían
voluntad”, según ley de política. Venían, curiosamente, á admirar
aquel festín cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta café y
copa. Los servidores repartían ruedas de mantecoso queso de tetilla.
El sacristán de la parroquia disponíase á dar fuego á los cohetes,
y Pilara, fregando una contra otra dos conchas veneras, saltando,
acompañaba á su hermana, que repicaba el pandero, entonando una copla
allí mismo improvisada.

Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el frasco de antihistérica
que la baronesa le acercaba á la nariz. Su diestra consumida, de marfil
pálido, asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de cortar.
Expresión de repugnancia le contraía el rostro.

--¡Brutalidad!--murmuraba.--¡Esos guisotes! ¡Apestan hasta aquí! ¡La
bestia humana!

Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la baronesa también; lleváronle
de allí á la sala, donde no percibiese ni los ruidos ni las
exhalaciones de la comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado,
puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. Entonces un
cohete de lucería de color rasgó el aire. Sus lágrimas lentas, de
resplandeciente pedrería, se extinguieron antes de llegar al suelo.
Otro cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fugaces, menudas.
Al apagarse los fuegos artificiales, el firmamento augusto convidaba
á abismar el pensamiento en la infinita majestad de su extensión. La
noche, templada y veraniega, se rebozaba en terciopelos turquíes, y
del mar distante venían soplos salobres, la vida de los océanos en que
se formó tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se alzaron.
No dijo nada. Silencioso, arrojaba entonces al abismo, por siempre, la
carga de esperanzas é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que
iba á emprender, al través de otros mares mudos y sombríos, hacia el
país del misterio...

       *       *       *       *       *

No era todavía, sin embargo, la resignación; no la nueva razón de ser
de un espíritu que se somete y renuncia á los fenómenos y apariencias
sensibles. Eran más bien silencios de pena inconsolable, marasmos,
tormentas y naufragios continuos, insumisiones en que se destroza
el corazón, cual se destroza las uñas el prisionero al atacar las
paredes de granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sordas ó
declaradas irritaciones contra todo y todos; impaciencias transitorias,
seguidas de explosiones de gratitud, efusiones que tomaban forma de
desgarradoras despedidas.

Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su susceptibilidad dolorosa.
Así, los bulliciosos juegos, la salvaje vitalidad juvenil de Bobita,
habían llegado á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la
danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal se escapaba,
saltaba ventanas, empujaba puertas, y de improviso saludaba á su amo
con insensatas caricias. Después solía entretenerse desdeñosamente,
llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el japonesillo.

Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á la Valkiria
escandinava, que ella se divertía en burlarle, en huir, en tenderse en
posición de esfinge, haciéndose la desentendida, con evidente mofa y
crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, arrojándosele al cuello
ó mordiéndole y lamiéndole las manos consuntas, estremecidas bajo la
lengua fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con acento de
hastío inexplicable, volvíase hacia la baronesa, implorando:

--¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... Parece una mujer!

       *       *       *       *       *

Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, dóciles, que no
hablan sino por la insinuación de su aroma, le acompañaban; las pedía;
siempre conservaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato y
vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, sin fuerza para
sostener el tallo casi.

Arriesgándose,--no sin timidez,--el capellán entró á veces en el
cuarto de Silvio. El negro traje talar ya no asustaba al artista.
Sus sentidos se habían habituado á la sombría mancha. Y el capellán,
ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de una Virgen muy
amiga de los enfermos, de un Dios que distribuye la salud al que le
conviene. Asimismo leía noticias de la Prensa, asombrándose de varios
telegramas,--que Silvio entendería mejor.--No era, sin embargo,
constante la serenidad del artista. Por momentos su cerebro sufría
perturbaciones. Desvaríos calenturientos le hacían revolverse en su
cama, y la disnea, obligándole á buscar el aire puro, el aire sin tasa,
le impulsaba hacia la ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte
de locura; y después recaía en la cama, palpitando.

--No es que usted vaya á morirse como cree, Silvio--díjole Minia una
mañana en que le vió algo animoso.--Sosiegue su espíritu, y entréguese
en las Manos que rigen nuestro destino... La vida no es ningún tesoro.
Dolor en ella, dolor por ella: he ahí el fondo, Silvio. ¿Conoce usted
el cuento oriental? Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie
de él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni andar podía. Se
llamaba Pozo de la vida... y este nombre atractivo ilusionaba al
camellero. Con su odre sacó agua el primer día, y el agua era un
cristal, una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó agua al
segundo día, y era buena aún. Fué sacando, sacando... y el agua, poco
á poco, se hizo amarguilla, amarga, amargota... Hiel, de la hiel más
horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó en el pozo, y
desde entonces, ¿sabe usted lo que ocurre? ¡Que el agua del Pozo de la
vida, además de amargar, sabe á muerto!

Minia calló. Recelaba haber dicho de más, suspensa siempre entre el
deseo de despertar y reanimar aquel alma temblorosa, asida al vivir
como un niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con golpe
rudo. Silvio había escuchado el tétrico apólogo sin hacer el menor
comentario. Al fin, gimiendo:

--La vida...--murmuró.--La vida no es joya de gran valer, aunque á
veces encanta... Pero ¡el arte! ¡el arte! ¡Minia!

Y la compositora, derrotada, no pudo sino responder:

¡El arte... sí! El arte... ¡Eso es otra cosa...!

       *       *       *       *       *

Como si la proximidad del fin sacase á luz en Silvio ese verdadero é
íntimo modo de ser que reaparece en las horas críticas, empezó desde
aquella hora á deplorar especialmente (según la hija del gibór hebreo
lloraba su virginidad, el bajar al sepulcro infecunda, sin que en sus
entrañas pudiese formarse el Mesías), á dolerse de lo que no había
hecho, de la obra sin cumplir. Despedíase del color que acaricia las
pupilas, de la línea soberana, que trae á la mente la idea de lo
divino, por la euritmia y la proporción; y cada forma bella era una
elegía que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convidado que se
alza de su silla sin haber gustado el vino, dejando colmada y espumante
la copa), sus lágrimas destilaban otro licor que absorbía callado, en
triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin dejar huella, era
también manifestación inconsciente del inexplicable, del victorioso
apego vital.

En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja de los árboles, ni un
aliento del aire seco, blando, voluptuoso, se resentían de la agonía de
un sér joven, de aquel sufrimiento humano, tan largo y martirizador.
En otoño, la Naturaleza parece asociarse al sentir del hombre; pero
corría el mes de Julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía
á hinojo, y en el ambiente sonaba la campanillita de oro del júbilo
de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío;
gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un
florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. Ante la verja
que domina la terraza de las acacias, pasaban disparados, alzando
polvo, cestos ligeros, faetones, borriquillos con sonajas, jinetes.
Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban contentos, porque
la leche y los huevos y la legumbre y el lavado se pagaban bien; los
caballeros siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban cohetes,
cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose á las parroquias donde se
festejaba al santo. Ruidos, actividad, regocijo, sol; y el artista se
moría allí, en la terraza, donde los gruesos corales del gran cerezo
viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejando en el suelo amplias
manchas, goterones de sangre.

Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; apenas le permitía
moverse de su cuarto la extenuación. Sobre su cama, á la cabecera, una
Madona rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, de esos en que el
grupo de la Madre y el Niño aparecen rodeados de tulipanes y jacintos
de gayos tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La idea de implorarla,
de rogar á la Consoladora, tenía que ocurrírsele, porque cuando se
sufre... Y, en efecto, un día en que sintió perderse, esfumándose,
todo; en que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el existir y
nos vincula á él, se extinguió cual las músicas militares del ejército
triunfador se alejan dejando al herido solo en el campo de batalla, á
la hora del ocaso, con los cuervos que revuelan y graznan... Silvio
secreteó al capellán:

--¿Por qué no pide usted por mí, á... á Esa? ¡Que me sane, que haga un
milagro!

La puerta estaba abierta. La conversación era franca ya. “Es preciso
que no sea yo solo; que usted mismo la implore...”; y así, el artista,
impregnado de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió la
consagración de la postrimera esperanza, cogido á la túnica de
flotantes pliegues de la Mujer divina.

En voz baja, mezclando veras y esas bromas que se gastan con
los enfermos para distraerles (porque todo enfermo vuelve á ser
chiquillo), el sacerdote fué derramando el bálsamo. El germen existía,
bajo capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos cuidadosos,
delicados, apacibles, huyendo de controversias enojosas y pedanterías
apologéticas. Faltaba preparar á las efusiones amantes, á los balbuceos
insensibles del alma, cuando recuerda con deleite íntimo, fresco,
la antigua canción de la cuna. Ese ardoroso sartal de ternezas que
sugiere la más sencilla devoción, una mirada á una estampa, una onda
argentada de luna que la ventana deja trasbordar, era lo que convenía
no interrumpir, como no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó
una meditación grave. La menor intransigencia, la menor torpeza de
catequista, hubiesen irritado á Silvio sin convencerle. Dejar manar la
fuentecilla. Ya se humedecen los helechos que la cubren; ya filtra una
gota, perla de vidrio líquido; ya se escucha el rumor del chorro que
gorgotea... Ya surte, ya empapa la tierra árida del rastrojo...

Y á intervalos--á las horas en que la cabeza se despejaba un instante,
en que la fiebre remitía, en que la disnea abría sus tenazas, en que
los dolores se mitigaban y la desorganización se interrumpía--la fuente
manó.

--¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo!

--Sí, pero un cielo más bonito...--respondía Minia sonriente, señalando
al que se encuadraba en la ventana.

Porque el tiempo había dado cambiazo; el bochorno que suele aportar
entre los pliegues de su esclavina de peregrino el señor Santiago,
el Apóstol batallador, habíase resuelto en tormenta, en vendaval
y, al cabo, en diluvio--de esos chaparrones propiamente galaicos,
en que se aproximan al suelo encharcado y parecen oprimirle con su
negra masa los desfondados odres de las nubes.--Los árboles lloraban
á hilo; el prado era una esponja; la fruta, antes de llegar á
madurez, había sido arrebatada y tumbada por el airote; los rosales
se inclinaban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y de las
gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, caía recto, inagotable, un
chorro impetuoso, que iba abriendo en la terraza hoyas y grietas.
Parecían las Torres un gran buque náufrago, combatido y azotado aún,
á quien las olas persiguen, lobos ensañados, hasta la playa misma. Y
la inclemencia de los elementos las rodeaba de una soledad eremítica;
nadie venía, ni de Marineda, ni de las quintas próximas, á ver á las
señoras, á enterarse del estado del enfermo; las labores del campo se
habían interrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zumbadores,
ni aromas, ni ruidos, más que el desolador sopeteo y chorreo del agua;
hasta las audaces palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de
desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palomar del hórreo, y de
vez en cuando sacaban por el tragaluz la cabecita, el pico rosa, y
giraban los vivos ojuelos de azabaches engastados en esmalte coralino.

Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumergidas, anegadas, hechas
papilla; entre el gorgotear del agua, lento, fastidioso, plañidero é
insistente; bajo la monotonía abrumadora de un horizonte algodonáceo y
turbio, cuando el artista, en un momento de relampagueante lucidez, se
volvió hacia su enfermera y pronunció alto y claro:

--Voy á confesarme... que venga el sacerdote... ¡En seguida!

Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de la victoria. Era
tiempo; quedaba muy poca hebra sin retorcer, y en las descarnadas
falanges de una de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban
ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dispuestas á dar el
corte... Fué un diálogo interrumpido por la fatiga del enfermo, un
cuchicheo ansioso, confidencial. Por primera vez en el curso de su
existir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbitrariamente
indulgente ó severa, sino ante algo que está fuera y por cima de
nuestros lirismos. Era en aquel instante como los marinos que
tripularon las galeras españolas con rumbo á región desconocida--la
última Tule,--y sus ojos, enlanguidecidos, expresaban la admiración de
que más allá del mundo interior del sueño hubiese comarcas, paraísos
surgiendo del agitado mar de la realidad. Para adquirir el derecho de
entrar en los nuevos continentes, bastaba aquello, un murmurio sincero
arrancado á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse pequeño,
débil, confundirse, humillarse, ser verídico, declarar la miseria y el
barro en que se hunde nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre.

--Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de impureza... He palpitado
por glorias y triunfos... ¡Engaño! ¡Polvo! ¡Nada!

Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen las nubes, más plomizas,
más desfondadas en llanto, dejando verterse de sus urnas obscuras el
dolor universal, la voz estertorosa prosiguió:

--He pagado con desprecio y mofa á los que quisieron hacerme bien. Por
la dureza de mi corazón, una mujer vive encerrada en un claustro.

--¡Aleluya!--respondió el confesor.--¡Aleluya! Ella pide por usted.

--¡Pide por mí!--asintió Silvio.--¿Será oída?

--Lo será. Ella le ha precedido á usted en el camino de la
bienaventuranza. Y así y todo, es posible que usted llegue antes...

Absuelto, Silvio experimentó una sensación de alivio, una sedación,
refugiándose en bahía de tranquilas aguas, cerca de una costa fértil.
El problema del “tal vez soñar”, el mayor de los terrores del morir,
no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como en vida--sueños de aurora,
de luz, de desconocidas felicidades,--en que se ensancha el espíritu,
y alcanza lo que nunca ofrece la limitada zona del vivir terrenal.
Y vió--al través del velo de la lluvia, que ahora caía mansa, en
hilos continuos de cardado cristal, como las lágrimas que bañan una
faz resignada, dolorosa--á su Quimera, antes devoradora, actualmente
apacible, hecha no de fuego, sino de brumas suaves y de aljófares
líquidos, de vapores transparentes y de claridad atenuadísima; y,
conformándose, sintióse reconciliado con el universo, con las Manos
que lo guían... Al adormecerse plácidamente las mortales inquietudes,
los hondos espantos; al borrarse la representación del abismo en que
caía, Silvio se quedó sonriente, iluminada la cara por ese reflejo
inconfundible, que se trasluce atravesando las carnes demacradas y los
huesos áridos.

       *       *       *       *       *

Al otro día, de mañana, le trajeron al Señor.

La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo que rebrillaba húmedo,
bajo la caricia dorada de un sol de primeros de Agosto, bebedor
sediento de los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, con
avidez de abeja que liba, los rastros de la lluvia en la vegetación.
Las plantas habían erguido la frente; las flores soltaban tanto aroma,
que para adornar la habitación del enfermo fué preciso elegir las casi
inodoras, por no enloquecer su cerebro, en el fugaz intervalo lúcido.
Eran begonias rosa, de elegantes hechuras y avelludado follaje; eran
dondiegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran rosas blancas y
té, que apenas sugieren la dulzura de una brisa; eran margaritas, que
de cerca tienen un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo lleno
de experiencia; eran salvias carmesíes y moradas, en cuyo cáliz se mece
una gota de almíbar, eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas,
emblemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal de amor...
Dispuestas en jarrones, distribuídas sobre los pocos muebles y sobre la
cama que adornaba la hereditaria colcha de damasco color prelado, con
arabescos de raso enranciado por el tiempo, y cuyos tonos armoniosos
aún placían á la pupila del artista moribundo,--las flores hablaban
su lenguaje lírico, preparando el alma á recibir al Huésped.--En la
fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el mundo real, visto
ya como lo ven los reclusos, por el hueco abierto en la pared del
claustro, se transformaba y revestía de los matices y las refulgentes
irisaciones de la hermosura. La campiña, impregnada, refrescada por
la lluvia honda y caudalosa, que había penetrado hasta sus entrañas;
la campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral otra vez, era la
misma campiña de Flandes, trasladada por Van Eyck al paraíso; tierra
hecha cielo, sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño
atavío de florescencia menuda, rebosante de jugo y salpicada de rocío
mañanero. Y por las lejanías, sobre el anfiteatro de montañuelas y
bosques, que prende con broche de turquesa el trozo de ría, avanzaban
en hilera los personajes vestidos de rosicleres de amanecer y tintas
celestes; las santas, los mártires, los profetas, los reyes, toda la
gloria de la Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una carmelita:
su veste es de jacinto encendido, su rostro parece arder, su expresión
es extática, la luciente substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan,
y su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poemas divinos. Detrás
de ella, entre las vírgenes, una que ostenta corona hierática, toda de
pedrería, y un ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el seno;
trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de rubor... Y cuando
se incorporan y funden estas figuras y fantasmas luminosos en una
sola llama terrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada de
estrellas de más viva luz todavía,--diamantes dentro del piélago de
llama,--aparece la única Mujer celestial, la que espera paciente, al
pie de los lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, el
último gemido libertador...

       *       *       *       *       *

Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su
lengua descansaba la suave partícula. El Cordero místico, manso y
herido, derramando de su costado abierto un río de granates, vino
entonces á recostársele sobre el hombro. Balaba tiernamente; parecía
decir: “También muero; mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero
por ti... Por ti, ¿no lo ves?”

       *       *       *       *       *

La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas. La baronesa
acercaba á sus labios agua, el sorbo que sigue á la comunión. En el
pasillo se oían exclamaciones y sollozos de servidores.

Desde aquel punto el moribundo fué agonizante. Cada hora pesó sobre
él con peso de losa sepulcral. Su cerebro, un instante iluminado,
se ensombreció gradualmente, quedando sólo vigilante la sensibilidad
afectiva, las efusiones en que, agradeciendo los cuidados de su
enfermera con balbuciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba
sin cesar. Algunas veces, en fugitivos lampos, la conciencia parecía
despertarse, y hasta los ensueños fallidos, las ambiciones, volvían
á rozarle con sus alas; después recaía en el estado comatoso, que
interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, ahogos y asfixias
pasajeras.

No se sabía cómo sostener aquella existencia sin raíces. La leche,
los alcohólicos, las pociones, la cafeína... Y la lucecilla temblante
chisporroteaba, para languidecer más y apagarse.

Fué en las primeras horas de la mañana cuando Silvio se alzó de
repente en el lecho revuelto y manchado. Sus manos crispadas azotaban
el ambiente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio lo que no
podían encontrar: aire. Su boca se abría en redondo, ávida, suplicante,
negra. Fué un segundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo, á los
pocos segundos, disminuyó, cesó, y una expresión de beatitud serena se
esparció por la cara desencajada y cárdena, ahora amarilla. La baronesa
se había precipitado á llamar al capellán. Cuando éste llegó, su
experiencia le dijo lo cierto.

--Agua bendita--exclamó.--Rociaremos el cadáver...

La palabra siniestra arrancó á la señora la explosión de llanto, hasta
entonces reprimida.

       *       *       *       *       *

Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la noche, en el
historiado balcón del último piso de la torre de Levante, está de
bruces, recorriendo senda atrás, con la memoria, un ciclo, una vida.
Lo que ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con toques de
gasa de plata,--es un destino humano, corto, intenso, que empezó allí
mismo, en Alborada, y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje
bordamos nuestra emoción del momento, y así la materia se transforma,
se asimila á nuestro espíritu y adquiere realidad en él.

Le veía llegando á buscar recursos para cebar aspiraciones más altas;
le veía manejando con su genial gracia de inspirado los lápices;
le veía en Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el gentil
cuchicheo de salón á que debió su rápido encumbramiento; le veía afinar
su tipo con los retoques de la moda; recordaba á la enamorada Ayamonte,
al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su romántica trova; releía las
cartas de París, pensaba en las perfidias de Espina y fantaseaba en
irónica reconciliación, ó en no menos irónico rencor, el encuentro de
dos esqueletos que se pedían cuentas, ó desdeñosos se perdonaban...
Luego,--en vez de la enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando
silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia fantaseaba
una nube caprichosa, tenue, la forma del blanco Cordero redentor y
expiatorio, cuyos contornos se esfumaban poco á poco, borrándose.--Y
acudía á su imaginación Silvio como en letargo, idealizado por la
liberación final, vestido de frac, cubierto de flores--ahora su perfume
no le dañaba,--depositado en el rincón de un humilde cementerio
campesino, entre la calma del olvido, lejos de la victoria, lejos del
hálito de brasa de la Quimera...

--Dichosos los que yacen en paz--murmuró la compositora, cerrando
un instante los ojos y reclinándose en la columna de granito del
ventanal.--Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes guardadores
de las chozas. Un soplo de fuego la envolvió: unas pupilas de agua
marina alumbraron la estancia con su reflejo, parecido al de los
gusanos de luz... Y,--ya segura de que el monstruo acababa de penetrar
por los huecos del balcón consagrado á las Musas--Minia descubrió el
harmonio, se sentó ante él, y empezó á tantear la composición de una
SINFONÍA, tal vez más sentida que las anteriores.


FIN



INDICE


                                            Páginas

  PRÓLOGO.                                        5

  SINFONÍA.--_La muerte de la Quimera._          11

    I.--Alborada.                                29

   II.--Madrid.                                  73

  III.--París.                                  341

   IV.--Intermedio artístico.                   433

    V.--París.                                  469

   VI.--Alborada.                               491

       *       *       *       *       *

Notas del transcriptor

El texto en cursiva ha sido indicado con _guiones bajos_.

Se ha respetado la ortografía del original, que en ocasiones se
presenta como inconsistente, con excepción de las instancias listadas a
continuación:

  Todas las instancias de “a” se han acentuado.
  Todas las instancias de “o” se han acentuado.
  Página 16, “hartarse” cambiado a “hartase” ("esperé á que se hartase”).
  Página 17, “si” cambiado a “sí” (“es preciso decirlo, sí”).
  Página 42, “Vaya” cambiado a “vaya” (“¡Y hacen prodigios... vaya!”).
  Página 47, “Ultimamente” cambiado a “Últimamente” (“Últimamente ya me
    las arreglaba”).
  Página 51, “qué” cambiado a “que” (“¡que está sonando ahora!”).
  Página 56, “quintesenciada” cambiado a “quintaesenciada” (“naturaleza
    afinada, quintaesenciada”).
  Página 70, “cabria” cambiado a “cabría”(“Á mi edad, bueno... cabría”).
  Página 70, “mi” cambiado a “mí” (“haber pasado por mí algo”).
  Página 87, “ría” cambiado a “reía” (“Minia se reía”).
  Página 89, 95, “La Epoca” cambiado a “La Época”.
  Página 97, palabra repetida “y” eliminada en “y Cenizate menos”.
  Página 98, “destíno” cambiado a “destino” (“y dominar al destino”).
  Página 100, separador de sección insertado antes de “Enero”.
  Página 107, palabra repetida “los” eliminada en “voy á subir los
    precios”.
  Página 110, “la” cambiado a “las” (“desde las siete de la mañana”).
  Página 127, “sorprenderte” cambiado a “sorprendente” (“en esta
    sorprendente clínica”).
  Página 139, “desapecieron” cambiado a “desaparecieron” (“que
    desaparecieron del taller”).
  Página 162, “repetia” cambiado a “repetía” (“repetía entre dientes”).
  Página 169, “sobresaltarian” cambiado a “sobresaltarían”
    (“sobresaltarían semejantes menudencias”).
  Página 182, “benefícencia” cambiado a “beneficencia” (“me río de la
    beneficencia”).
  Página 186, palabra repetida “un” eliminada en “llega un momento”.
  Página 188, “dia” cambiado a “día” (“el Doctor, un día”).
  Página 188, “le” cambiado a “la” (“nadie se la arrancaría”).
  Página 189, “clinico” cambiado a “clínico” (“el ojo clínico”).
  Página 192, “mis” cambiado a “mi” (“mi existencia estragada y
    perdida”).
  Página 192, “El” cambiado a “Él” (“Él lo entendió de distinto”; “Él no
    es insensible”).
  Página 210, “independiencia” cambiado a “independencia” (“mi
    quisquillosa independencia”).
  Página 218, “nombre” cambiado a “nombres” (“los nombres sonoros”).
  Página 227, “domilio” cambiado a “domicilio” (“cuatro paredes de su
    domicilio”).
  Página 256, “dias” cambiado a “días”.
  Página 265, “!ámina” cambiado a “lámina” (“Parece una lámina del
    infierno”).
  Página 268, “Ordenes” cambiado a “Órdenes” (“de las Órdenes
    modernas”).
  Página 278, “grís” cambiado a “gris” (“de calle, sencillo, gris”).
  Página 279, “el” cambiado a “él” (“tal esbeltez á él”).
  Página 290, “sigular” cambiado a “singular” (“Es tan singular, que”).
  Página 302, “periodo” cambiado a “período” (“para atravesar el
    período”).
  Página 311, “habia” cambiado a “había” (“Antes me había”).
  Página 315, “Espína” cambiado a “Espina” (“Espina, la muy bribona”).
  Página 332, “Mas” cambiado a “Más” (“Más que los cantantes”).
  Página 347, “cualidados” cambiado a “cualidades” (“de mis cualidades
    inferiores”).
  Página 364, “diplomátido” cambiado a “diplomático” (“fábula del mundo
    diplomático”).
  Página 366, “Heredía” cambiado a “Heredia” (“igualado á Heredia”).
  Página 377, “Paris” cambiado a “París” (“en París zonas solitarias”).
  Página 389, “contigente” cambiado a “contingente” (“su contingente de
    felicidad”).
  Página 412, “lanza ba” cambiado a “lanzaba” (“se lanzaba hacia la
    señora”).
  Página 418, “salian” cambiado a “salían” (“si no salían retratos”).
  Página 414, “Sivio” cambiado a “Silvio” (“No se acordaba Silvio de”).
  Página 452, “coranzoncitos” cambiado a “corazoncitos” (“trastornar
    tantos corazoncitos”).
  Página 461, “artistica” cambiado a “artística” (“á su elegancia
    artística”).
  Página 461, “Ultima” cambiado a “Última” (“¡Última carta!”).
  Página 466, “exático” cambiado a “extático” (“otra vez en extático
    sueño”).
  Página 472, “Silvió” cambiado a “Silvio” (“Silvio sorprendió al
    vuelo”).
  Página 491, “vaciaba” cambiado a “vacilaba” (“y siempre vacilaba,
    antes de”).
  Página 502, “embago” cambiado a “embargo” (“Existía, sin embargo,
    una”).
  Página 518, “hacías” cambiado a “hacía” (“Silvio hacía señas
    desesperadas”).
  Página 522, “é” cambiado a “él” (“no cabe en él más que”).

Se ha regularizado la puntuación a lo largo de todo el libro, en
particular en lo concerniente al uso de signos de exclamación e
interrogación y de puntos suspensivos.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Quimera" ***

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