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Title: Niebla - (Nivola)
Author: Unamuno, Miguel de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas como MAYÚSCULAS.

  * Se ha modernizado la ortografía original, pero respetando el uso
    unamuniano de jota en vez de ge.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el
    original impreso.

  * En la p. 268, una línea que falta ha sido tomada de otra edición.



NIEBLA



  MIGUEL DE UNAMUNO


  :: NIEBLA ::
  (NIVOLA)

  PRÓLOGO DE
  VÍCTOR GOTI

  [Ilustración]


  RENACIMIENTO

  MADRID                BUENOS AIRES
  SAN MARCOS, 42       LIBERTAD, 172

  1914



  ES PROPIEDAD


  IMPRENTA RENACIMIENTO.—SAN MARCOS, 42.



PRÓLOGO


Se empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo un prólogo a este
su libro en que se relata la tan lamentable historia de mi buen
amigo Augusto Pérez y su misteriosa muerte, y yo no puedo menos sino
escribirlo, porque los deseos del señor Unamuno son para mí mandatos,
en la más genuina acepción de este vocablo. Sin haber yo llegado al
extremo de escepticismo hamletiano de mi pobre amigo Pérez, que llegó
hasta a dudar de su propia existencia, estoy por lo menos firmemente
persuadido de que carezco de eso que los psicólogos llaman libre
albedrío, aunque para mi consuelo creo también que tampoco goza don
Miguel de él.

Parecerá acaso extraño a alguno de nuestros lectores que sea yo, un
perfecto desconocido en la república de las letras españolas, quien
prologue un libro de don Miguel que es ya ventajosamente conocido en
ella, cuando la costumbre es que sean los escritores más conocidos
los que hagan en los prólogos la presentación de aquellos otros que
lo sean menos. Pero es que nos hemos puesto de acuerdo don Miguel y
yo para alterar esta perniciosa costumbre, invirtiendo los términos,
y que sea el desconocido el que al conocido presente. Porque en rigor
los libros más se compran por el cuerpo del texto que no por el
prólogo, y es natural por lo tanto que cuando un joven principiante
como yo, desee darse a conocer, en vez de pedir a un veterano de las
letras que le escriba un prólogo de presentación, debe rogarle que le
permita ponérselo a una de sus obras. Y esto es a la vez resolver uno
de los problemas de ese eterno pleito de los jóvenes y los viejos.

Únenme, además, no pocos lazos con don Miguel de Unamuno. Aparte de
que este señor saca a relucir en este libro, sea novela o _nivola_
(véase pág. 158)—y conste que esto de la _nivola_ es invención mía—,
no pocos dichos y conversaciones que con el malogrado Augusto Pérez
tuve, y que narra también en ella la historia del nacimiento de mi
tardío hijo Victorcito, parece que tengo algún lejano parentesco con
don Miguel, ya que mi apellido es el de uno de sus antepasados,
según doctísimas investigaciones genealógicas de mi amigo Antolín S.
Paparrigópulos, tan conocido en el mundo de la erudición.

Yo no puedo prever ni la acojida que esta _nivola_ obtendrá de parte
del público que lee a don Miguel, ni cómo se la tomarán a éste. Hace
algún tiempo que vengo siguiendo con alguna atención la lucha que don
Miguel ha entablado con la ingenuidad pública y estoy verdaderamente
asombrado de lo profunda y cándida que es ésta. Con ocasión de sus
artículos en el _Mundo Gráfico_ y en alguna otra publicación análoga,
ha recibido don Miguel algunas cartas y recortes de periódicos de
provincias que ponen de manifiesto los tesoros de candidez ingenua
y de simplicidad palomina que todavía se conservan en nuestro
pueblo. Una vez comentan aquella su frase de que el Sr. Cervantes
(don Miguel) no carecía de algún ingenio y parece se escandalizan
de la irreverencia; otra se enternecen por esas sus melancólicas
reflexiones sobre la caída de las hojas; ya se entusiasman por su
grito ¡guerra a la guerra! que le arrancó el dolor de ver que los
hombres se mueren aunque no los maten; ya reproducen aquel puñado de
verdades no paradójicas que publicó después de haberlas recojido por
todos los cafés, círculos y cotarrillos, donde andaban podridas de
puro manoseadas y hediendo a ramplonería ambiente, por lo que las
reconocieron como suyas los que las reprodujeron, y hasta ha habido
palomilla sin hiel que se ha indignado de que este logómaco de don
Miguel escriba algunas veces Kultura con K mayúscula y después de
atribuirse habilidad para inventar amenidades reconozca ser incapaz
de producir colmos y juegos de palabras, pues sabido es que para este
público ingenuo el ingenio y la amenidad se reducen a eso: a los
colmos y los juegos de palabras.

Y menos mal que ese ingenuo público no parece haberse dado cuenta de
alguna otra de las diabluras de don Miguel, a quien a menudo le pasa
lo de pasarse de listo, como es aquello de escribir un artículo y
luego subrayar al azar unas palabras cualesquiera de él, invirtiendo
las cuartillas para no poder fijarse en cuáles lo hacía. Cuando me lo
contó le pregunté por qué había hecho eso y me dijo: «¡Qué sé yo...
por buen humor! ¡Por hacer una pirueta! Y además porque me encocoran
y ponen de mal humor los subrayados y las palabras en bastardilla.
Eso es insultar al lector, es llamarle torpe, es decirle: ¡fíjate,
hombre, fíjate, que aquí hay intención! Y por eso le recomendaba yo
a un señor que escribiese sus artículos todo en bastardilla para que
el público se diese cuenta de que eran intencionadísimos desde la
primera palabra a la última. Eso no es más que la pantomima de los
escritos; querer sustituir en ellos con el gesto lo que no se expresa
con el acento y entonación. Y fíjate, amigo Víctor, en los periódicos
de la extrema derecha, de eso que llamamos integrismo, y verás cómo
abusan de la bastardilla, de la versalita, de las mayúsculas, de
las admiraciones y de todos los recursos tipográficos. ¡Pantomima,
pantomima, pantomima! Tal es la simplicidad de sus medios de
expresión, o más bien tal es la conciencia que tienen de la ingenua
simplicidad de sus lectores. Y hay que acabar con esta ingenuidad.»

Otras veces le he oído sostener a don Miguel que eso que se llama
por ahí humorismo, el legítimo, ni ha prendido en España apenas, ni
es fácil que en ella prenda en mucho tiempo. Los que aquí se llaman
humoristas, dice, son satíricos unas veces y otras irónicos, cuando
no puramente festivos. Llamar humorista a Taboada, verbigracia, es
abusar del término. Y no hay nada menos humorístico que la sátira
áspera, pero clara y transparente de Quevedo, en la que se ve el
sermón enseguida. Como humorista no hemos tenido más que Cervantes,
y si éste levantara cabeza, ¡cómo había de reírse—me decía don
Miguel—de los que se indignaron de que yo le reconociese algún
ingenio, y, sobre todo, cómo se reiría de los ingenuos que han
tomado en serio alguna de sus más sutiles tomaduras de pelo! Porque
es indudable que entraba en la burla—burla muy en serio—que de los
libros de caballerías hacía el remedar el estilo de éstos, y aquello
de «no bien el rubicundo Febo, etc.» que como modelo de estilo
presentan algunos ingenuos cervantistas no pasa de ser una graciosa
caricatura del barroquismo literario. Y no digamos nada de aquello
de tomar por un modismo lo de «la del alba sería» con que empieza un
capítulo cuando el anterior acaba con la palabra _hora_.

Nuestro público, como todo público poco culto, es naturalmente
receloso, lo mismo que lo es nuestro pueblo. Aquí nadie quiere que
le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se queden con él, y así
en cuanto alguien le habla quiere saber desde luego a qué atenerse
y si lo hace en broma o en serio. Dudo que en otro pueblo alguno
moleste tanto el que se mezclen las burlas con las veras, y en cuanto
a eso de que no se sepa bien si una cosa va o no en serio, ¿quién de
nosotros lo soporta? Y es mucho más difícil que un receloso español
de término medio se dé cuenta de que una cosa está dicha en serio y
en broma a la vez, de veras y de burlas, y bajo el mismo respecto.

Don Miguel tiene la preocupación del bufo trágico y me ha dicho más
de una vez que no quisiera morirse sin haber escrito una bufonada
trágica o una tragedia bufa, pero no en que lo bufo o grotesco y lo
trágico estén mezclados o yuxtapuestos, sino fundidos y confundidos
en uno. Y como yo le hiciese observar que eso no es sino el más
desenfrenado romanticismo, me contestó: «no lo niego, pero con poner
motes a las cosas no se resuelve nada. A pesar de mis más de veinte
años de profesar la enseñanza de los clásicos, el clasicismo que se
opone al romanticismo no me ha entrado. Dicen que lo helénico es
distinguir, definir, separar; pues lo mío es indefinir, confundir».

Y el fondo de esto no es más que una concepción, o mejor aún que
concepción un sentimiento de la vida que no me atrevo a llamar
pesimista porque sé que esta palabra no le gusta a don Miguel. Es su
idea fija, monomaníaca, de que si su alma no es inmortal y no lo son
las almas de los demás hombres y aun de todas las cosas, e inmortales
en el sentido mismo en que las creían ser los ingenuos católicos de
la Edad Media, entonces, si no es así, nada vale nada ni hay esfuerzo
que merezca la pena. Y de aquí la doctrina del tedio de Leopardi
después que pereció su engaño extremo,

    ch’io eterno mi credea

de creerse eterno. Y esto explica que tres de los autores más
favoritos de don Miguel sean Sénancour, Quental y Leopardi.

Pero este adusto y áspero humorismo confusionista, además de herir la
recelosidad de nuestras gentes, que quieren saber desde que uno se
dirige a ellas a qué atenerse, molesta a no pocos. Quieren reírse,
pero es para hacer mejor la digestión y para distraer las penas, no
para devolver lo que indebidamente se hubiesen tragado y que puede
indigestárseles, ni mucho menos para digerir las penas. Y don Miguel
se empeña en que si se ha de hacer reír a las gentes debe ser no para
que con las contracciones del diafragma ayuden a la digestión, sino
para que vomiten lo que hubieren engullido, pues se ve más claro el
sentido de la vida y del universo con el estómago vacío de golosinas
y excesivos manjares. Y no admite eso de la ironía sin hiel ni del
humorismo discreto, pues dice que donde no hay alguna hiel no hay
ironía y que la discreción está reñida con el humorismo, o como él se
complace en llamarle: malhumorismo.

Todo lo cual le lleva a una tarea muy desagradable y poco agradecida,
de la que dice que no es sino un masaje de la ingenuidad pública,
a ver si el ingenio colectivo de nuestro pueblo se va agilizando
y sutilizando poco a poco. Porque le saca de sus casillas el que
digan que nuestro pueblo, sobre todo el meridional, es ingenioso.
«Pueblo que se recrea en las corridas de toros y halla variedad y
amenidad en ese espectáculo sencillísimo, está juzgado en cuanto a
mentalidad», dice. Y agrega que no puede haber mentalidad más simple
y más córnea que la de un aficionado. ¡Vaya usted con paradojas más
o menos humorísticas al que acaba de entusiasmarse con una estocada
de Vicente Pastor! Y abomina del género festivo de los revisteros
de toros, sacerdotes del juego de vocablos y de toda la bazofia del
ingenio de puchero.

Si a esto se añade los juegos de conceptos metafísicos en que se
complace, se comprenderá que haya muchas gentes que se aparten con
disgusto de su lectura, los unos porque tales cosas les levantan
dolor de cabeza, y los otros porque, atentos a lo de que _sancta
sancte tractanda sunt_, lo santo ha de tratarse santamente, estiman
que esos conceptos no deben dar materia para burlas y jugueteos. Mas
él dice a esto que no sabe por qué han de pretender que se trate en
serio ciertas cosas los hijos espirituales de quienes se burlaron
de las más santas, es decir, de las más consoladoras creencias y
esperanzas de sus hermanos. Si ha habido quien se ha burlado de Dios,
¿por qué no hemos de burlarnos de la Razón, de la Ciencia y hasta
de la Verdad? Y si nos han arrebatado nuestra más cara y más íntima
esperanza vital, ¿por qué no hemos de confundirlo todo para matar el
tiempo y la eternidad y para vengarnos?

Fácil es también que salga diciendo alguno que hay en este libro
pasajes escabrosos, o si se quiere, pornográficos; pero ya don
Miguel ha tenido buen cuidado de hacerme decir a mí algo al respecto
en el curso de esta _nivola_. Y está dispuesto a protestar de esa
imputación y a sostener que las crudezas que aquí puedan hallarse
ni llevan intención de halagar apetitos de la carne pecadora, ni
tienen otro objeto que ser punto de arranque imaginativo para otras
consideraciones.

Su repulsión a toda forma de pornografía es bien conocida de cuantos
le conocen. Y no sólo por las corrientes razones morales, sino porque
estima que la preocupación libidinosa es lo que más estraga la
inteligencia. Los escritores pornográficos, o simplemente eróticos,
le parecen los menos inteligentes, los más pobres de ingenio, los
más tontos, en fin. Le he oído decir que de los tres vicios de la
clásica terna de ellos: las mujeres, el juego y el vino, los dos
primeros estropean más la mente que el tercero. Y conste que don
Miguel no bebe más que agua. «A un borracho se le puede hablar—me
decía una vez—y hasta dice cosas, pero ¿quién resiste la conversación
de un jugador o un mujeriego? No hay por debajo de ella sino la de un
aficionado a toros, colmo y copete de la estupidez.»

No me extraña a mí, por otra parte, este consorcio de lo erótico
con lo metafísico, pues creo saber que nuestros pueblos empezaron
siendo, como sus literaturas nos lo muestran, guerreros y religiosos
para pasar más tarde a eróticos y metafísicos. El culto a la mujer
coincidió con el culto a las sutilezas conceptistas. En el albor
espiritual de nuestros pueblos, en efecto, en la Edad Media, la
sociedad bárbara sentía la exaltación religiosa y aun mística y la
guerrera—la espada lleva cruz en el puño—; pero la mujer ocupaba
muy poco y muy secundario lugar en su imaginación y las ideas
estrictamente filosóficas dormitaban, envueltas en teología, en los
claustros conventuales. Lo erótico y lo metafísico se desarrollan
a la par. La religión es guerrera; la metafísica es erótica o
voluptuosa.

Es la religiosidad lo que le hace al hombre ser belicoso o combativo,
o bien es la combatividad la que le hace religioso, y por otro
lado es el instinto metafísico, la curiosidad de saber lo que no
nos importa, el pecado original, en fin, lo que le hace sensual al
hombre, o bien es la sensualidad la que, como a Eva, le despierta el
instinto metafísico, el ansia de conocer la ciencia del bien y del
mal. Y luego hay la mística, una metafísica de la religión que nace
de la sensualidad de la combatividad.

Bien sabía esto aquella cortesana ateniense Teodota, de que Jenofonte
nos cuenta en sus _Recuerdos_ la conversación que con Sócrates tuvo,
y que proponía al filósofo, encantada de su modo de investigar, o
más de partear la verdad, que se convirtiera en celestino de ella
y le ayudase a cazar amigos. (_Synthérates_, con-cazador, dice el
texto, según don Miguel, profesor de griego, que es a quien debo
esta interesantísima y tan reveladora noticia.) Y en toda aquella
interesantísima conversación entre Teodota, la cortesana, y Sócrates,
el filósofo partero, se ve bien claro el íntimo parentesco que hay
entre ambos oficios, y cómo la filosofía es en grande y buena parte
lenocinio y el lenocinio es también filosofía.

Y si todo esto no es así como digo, no se me negará al menos que es
ingenioso, y basta.

No se me oculta, por otra parte, que no estará conforme con esa mi
distinción entre religión y belicosidad de un lado y filosofía y
erótica de otro mi querido maestro don Fulgencio Entrambosmares del
Aquilón, de quien don Miguel ha dado tan circunstanciada noticia en
su novela o _nivola Amor y Pedagogía_. Presumo que el ilustre autor
del _Ars magna combinatoria_ establecerá: una religión guerrera
y una religión erótica, una metafísica guerrera y otra erótica,
un erotismo religioso y un erotismo metafísico, un belicosismo
metafísico y otro religioso, y, por otra parte, una religión
metafísica y una metafísica religiosa, un erotismo guerrero y un
belicosismo erótico; todo esto aparte de la religión religiosa, la
metafísica metafísica, el erotismo erótico y el belicosismo belicoso.
Lo que hace diez y seis combinaciones binarias. ¡Y no digo nada las
ternarias del género, verbigracia, de una religión metafísico-erótica
o de una metafísica guerrero-religiosa! Pero yo no tengo ni el
inagotable ingenio combinatorio de don Fulgencio, ni menos el ímpetu
confusionista e indefinicionista de don Miguel.

Mucho se me ocurre atañedero al inesperado final de este relato y a
la versión que en él da don Miguel de la muerte de mi desgraciado
amigo Augusto, versión que estimo errónea, pero no es cosa de que
me ponga yo ahora aquí a discutir en este prólogo con mi prologado.
Pero debo hacer constar en descargo de mi conciencia que estoy
profundamente convencido de que Augusto Pérez, cumpliendo el
propósito de suicidarse que me comunicó en la última entrevista que
con él tuve, se suicidó realmente y de hecho, y no sólo idealmente
y de deseo. Creo tener pruebas fehacientes en apoyo de mi opinión;
tantas y tales pruebas, que deja de ser opinión para llegar a
conocimiento.

Y con esto acabo.

  VÍCTOR GOTI.



POST-PRÓLOGO


De buena gana discutiría aquí alguna de las afirmaciones de mi
prologuista, Víctor Goti, pero como estoy en el secreto de su
existencia—la de Goti—, prefiero dejarle la entera responsabilidad
de lo que en ese su prólogo dice. Además, como fuí yo quien le rogué
que me lo escribiese, comprometiéndome de antemano—o sea _a priori_—a
aceptarlo tal y como me lo diera, no es cosa ni de que lo rechace,
ni siquiera de que me ponga a corregirlo y rectificarlo ahora a
posmano—o sea _a posteriori_. Pero otra cosa es que deje pasar
ciertas apreciaciones suyas sin alguna mía.

No sé hasta qué punto sea lícito hacer uso de confidencias vertidas
en el seno de la más íntima amistad y llevar al público opiniones o
apreciaciones que no las destinaba a él quien las profiriera. Y Goti
ha cometido en su prólogo la indiscreción de publicar juicios míos
que nunca tuve intención de que se hiciesen públicos. O por lo menos
nunca quise que se publicaran con la crudeza con que en privado los
exponía.

Y respecto a su afirmación de que el desgraciado... Aunque,
desgraciado, ¿por qué? Bien; supongamos que lo hubiese sido. Su
afirmación, digo, de que el desgraciado, o lo que fuese, Augusto
Pérez se suicidó y no murió como yo cuento su muerte, es decir,
por mi libérrimo albedrío y decisión, es cosa que me hace sonreír.
Opiniones hay, en efecto, que no merecen sino una sonrisa. Y debe de
andarse mi amigo y prologuista Goti con mucho tiento en discutir así
mis decisiones, porque si me fastidia mucho acabaré por hacer con él
lo que con su amigo Pérez hice, y es que le dejaré morir o le mataré
a guisa de médico. Los cuales ya saben mis lectores que se mueven en
este dilema: o dejan morir al enfermo por miedo a matarle, o le matan
por miedo de que se les muera. Y así yo soy capaz de matar a Goti si
veo que se me va a morir, o de dejarle morir si temo haber de matarle.

Y no quiero prolongar más este post-prólogo, que es lo bastante para
darle la alternativa a mi amigo Víctor Goti, a quien agradezco su
trabajo.

  M. DE U.



NIEBLA



I


Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho,
con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo
quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No
era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba
si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento
orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la
llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante,
tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan
elegante como es feo un paraguas abierto.

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó
Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye
toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser
contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto
cambiará en el cielo, cuando todo nuestro oficio se reduzca, o
más bien se ensanche a contemplar a Dios y todas las cosas en Él.
Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios;
pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda
suerte de males.»

Díjose así y se agachó a recojerse los pantalones. Abrió el paraguas
por fin y se quedó un momento suspenso y pensando: «y ahora, ¿hacia
dónde voy? ¿tiro a la derecha o a la izquierda?» Porque Augusto no
era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase
un perro—se dijo—y tomaré la dirección inicial que él tome.»

En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras
de sus ojos se fué, como imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.

Y así una calle y otra y otra.

«Pero aquel chiquillo—iba diciéndose Augusto, que más bien que
pensaba hablaba consigo mismo—, ¿qué hará allí, tirado de bruces
en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga, de seguro! ¡La hormiga,
¡bah!, uno de los animales más hipócritas! Apenas hace sino pasearse
y hacernos creer que trabaja. Es como ese gandul que va ahí, a paso
de carga, codeando a todos aquellos con quienes se cruza, y no me
cabe duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que hacer,
hombre, qué ha de tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No,
yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos,
los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el
pensamiento. Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que
se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al rollo majadero, para
que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago?
Y a nosotros ¿qué nos importa que trabaje o no? ¡El trabajo! ¡El
trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo el de ese pobre paralítico que va
ahí medio arrastrándose... Pero ¿y qué sé yo? ¡Perdone, hermano!—esto
se lo dijo en voz alta.—¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis!
Dicen que todos somos hijos de Adán. Y éste, Joaquinito, ¿es también
hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable
automóvil, ruido y polvo! ¿Y qué se adelanta con suprimir así
distancias? La manía de viajar viene de topofobía y no de filotopía;
el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando
cada lugar a que llega. Viajar... viajar... Qué chisme más molesto es
el paraguas... Calla, ¿qué es esto?»

Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entrado la garrida
moza que le llevara imantado tras de sus ojos. Y entonces se dio
cuenta Augusto de que la había venido siguiendo. La portera de la
casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió
a Augusto lo que entonces debía hacer. «Esta Cerbera aguarda—se
dijo—que le pregunte por el nombre y circunstancias de esta señorita
a que he venido siguiendo, y, ciertamente, esto es lo que procede
ahora. Otra cosa sería dejar mi seguimiento sin coronación, y eso
no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!» Metió la mano al
bolsillo y no encontró en él sino un duro. No era cosa de ir entonces
a cambiarlo; se perdería tiempo y ocasión en ello.

—Dígame, buena mujer—interpeló a la portera sin sacar el índice y
el pulgar del bolsillo—, ¿podría decirme aquí, en confianza y para
_inter nos_, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?

—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.

—Por lo mismo.

—Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.

—¿Domingo? Será Dominga...

—No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.

—Pues cuando se trata de mujeres, ese apellido debía cambiarse en
Dominga. Y si no, ¿dónde está la concordancia?

—No la conozco, señor.

—Y dígame... dígame...—sin sacar los dedos del bolsillo—, ¿cómo es
que sale así sola? ¿Es soltera o casada? ¿Tiene padres?

—Es soltera y huérfana. Vive con unos tíos...

—¿Paternos o maternos?

—Sólo sé que son tíos.

—Basta y aun sobra.

—Se dedica a dar lecciones de piano.

—¿Y le toca bien?

—Ya tanto no sé.

—Bueno, bien, basta; y tome por la molestia.

—Gracias, señor, gracias. ¿Se le ofrece más? ¿Puedo servirle en algo?
¿Desea le lleve algún mandado?

—Tal vez... tal vez... No por ahora... ¡Adiós!

—Disponga de mí, caballero, y cuente con una absoluta discreción.

«Pues señor—iba diciéndose Augusto al separarse de la portera—, ve
aquí cómo he quedado comprometido con esta buena mujer. Porque ahora
no puedo dignamente dejarlo así. Qué dirá si no de mí este dechado
de porteras. ¿Conque... Eugenia Dominga, digo Domingo, del Arco?
Muy bien, voy a apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte
mnemotécnica que llevar un libro de memorias en el bolsillo. Ya lo
decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os
quepa en el bolsillo! A lo que habría que añadir por complemento: ¡no
metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! Y la portera,
¿cómo se llama la portera?»

Volvió unos pasos atrás.

—Dígame una cosa más, buena mujer...

—Usted mande...

—Y usted, ¿cómo se llama?

—¿Yo? Margarita.

—¡Muy bien, muy bien... gracias!

—No hay de qué.

Y volvió a marcharse Augusto, encontrándose al poco rato en el paseo
de la Alameda.

Había cesado la llovizna. Cerró y plegó su paraguas y lo enfundó.
Acercóse a un banco, y al palparlo se encontró con que estaba
húmedo. Sacó un periódico, lo colocó sobre el banco y sentóse. Luego
su cartera y blandió su pluma estilográfica. «He aquí un chisme
utilísimo—se dijo—; de otro modo, tendría que apuntar con lápiz el
nombre de esa señorita y podría borrarse. ¿Se borrará su imagen de mi
memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de
unos ojos... Tengo la sensación del toque de unos ojos... Mientras
yo divagaba líricamente, unos ojos tiraban dulcemente de mi corazón.
¡Veamos! Eugenia Domingo, sí, Domingo, del Arco. ¿Domingo? No me
acostumbro a eso de que se llame Domingo... No; he de hacerle cambiar
el apellido y que se llame Dominga. Pero, y nuestros hijos varones,
¿habrán de llevar por segundo apellido el de Dominga? Y como han de
suprimir el mío, este impertinente Pérez, dejándolo en una P., ¿se ha
de llamar nuestro primogénito Augusto P. Dominga? Pero... ¿adónde
me llevas, loca fantasía?» Y apuntó en su cartera: Eugenia Domingo
del Arco, Avenida de la Alameda, 58. Encima de esta apuntación había
estos dos endecasílabos:

      De la cuna nos viene la tristeza
    y también de la cuna la alegría...

«Vaya—se dijo Augusto—, esta Eugenita, la profesora de piano, me ha
cortado un excelente principio de poesía lírica trascendental. Me
queda interrumpida. ¿Interrumpida?... Sí, el hombre no hace sino
buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la suerte, alimento para
su tristeza o su alegría nativas. Un mismo caso es triste o alegre
según nuestra disposición innata. ¿Y Eugenia? Tengo que escribirle.
Pero no desde aquí, sino desde casa. ¿Iré más bien al Casino? No, a
casa, a casa. Estas cosas desde casa, desde el hogar. ¿Hogar? Mi casa
no es hogar. Hogar... hogar... ¡Cenicero más bien! ¡Ay, mi Eugenia!»

Y se volvió Augusto a su casa.



II


Al abrirle el criado la puerta...

Augusto, que era rico y solo, pues su anciana madre había muerto no
hacía sino seis meses antes de estos menudos sucedidos, vivía con
un criado y una cocinera, sirvientes antiguos en la casa e hijos
de otros que en ella misma habían servido. El criado y la cocinera
estaban casados entre sí, pero no tenían hijos.

Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia
había llegado alguien.

—Nadie, señorito.

Eran pregunta y respuesta sacramentales, pues apenas recibía visitas
en casa Augusto.

Entró en su gabinete, tomó un sobre y escribió en él: «Señorita doña
Eugenia Domingo del Arco. E. P. M.» Y enseguida, delante del blanco
papel, apoyó la cabeza en ambas manos, los codos en el escritorio, y
cerró los ojos. «Pensemos primero en ella»—se dijo. Y esforzóse por
atrapar en la oscuridad el resplandor de aquellos otros ojos que le
arrastraran al azar.

Estuvo así un rato sugiriéndose la figura de Eugenia, y como apenas
si la había visto, tuvo que figurársela. Merced a esta labor de
evocación fué surgiendo a su fantasía una figura vagarosa ceñida de
ensueños. Y se quedó dormido. Se quedó dormido porque había pasado
mala noche, de insomnio.

—¡Señorito!

—¿Eh?—exclamó despertándose.

—Está ya servido el almuerzo.

¿Fué la voz del criado, o fué el apetito, de que aquella voz no era
sino un eco, lo que le despertó? ¡Misterios psicológicos! Así pensó
Augusto, que se fué al comedor diciéndose: ¡oh, la psicología!

Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días: un par de huevos
fritos, un bisteque con patatas y un trozo de queso Gruyère. Tomó
luego su café y se tendió en la mecedora. Encendió un habano, se lo
llevó a la boca, y diciéndose: «¡Ay, mi Eugenia!» se dispuso a pensar
en ella.

«¡Mi Eugenia, sí, la mía—iba diciéndose—, ésta que me estoy forjando
a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar
por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!
¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de
las apariciones? La de la sucesión de estas figuras que forman las
nubes de humo del cigarro. ¡El azar! el azar es el íntimo ritmo del
mundo, el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia!
Esta mi vida mansa, rutinaria, humilde, es una oda pindárica tejida
con las mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan
nuestro de cada día, dánosle hoy! Dame, Señor, las mil menudencias
de cada día. Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las
grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen
embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida
es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora surge de ella
Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace
tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba ella me ha salido
al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una
aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su
busca, se le viene al encuentro? ¿No salió la América a buscar a
Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia! ¡Eugenia!
¡Eugenia!»

Y Augusto se encontró pronunciando en voz alta el nombre de Eugenia.
Al oirle llamar, el criado, que acertaba a pasar junto al comedor,
entró diciendo:

—¿Llamaba, señorito?

—¡No, a ti no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?

—Sí, señorito—respondió Domingo sin extrañeza alguna por la pregunta
que se le hacía.

—¿Y por qué te llamas Domingo?

—Porque así me llaman.

«Bien, muy bien—se dijo Augusto—; nos llamamos como nos llaman. En
los tiempos homéricos tenían las personas y las cosas dos nombres,
el que les daban los hombres y el que les daban los dioses. ¿Cómo me
llamará Dios? ¿Y por qué no he de llamarme yo de otro modo que como
los demás me llaman? ¿Por qué no he de dar a Eugenia otro nombre
distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la
portera? ¿Cómo la llamaré?»

—Puedes irte—le dijo al criado.

Se levantó de la mecedora, fué al gabinete, tomó la pluma y se puso a
escribir:

  «Señorita: Esta misma mañana, bajo la dulce llovizna del cielo,
  cruzó usted, aparición fortuita, por delante de la puerta de
  la casa donde aún vivo y ya no tengo hogar. Cuando desperté
  fuí a la puerta de la suya, donde ignoro si tiene usted hogar
  o no le tiene. Me habían llevado allí sus ojos, sus ojos,
  que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de mi
  mundo. Perdóneme, Eugenia, y deje que le dé familiarmente este
  dulce nombre; perdóneme la lírica. Yo vivo en perpetua lírica
  infinitesimal.

  No sé qué más decirle. Sí, sí sé. Pero es tanto, tanto lo que
  tengo que decirle, que estimo mejor aplazarlo para cuando nos
  veamos y nos hablemos. Pues es lo que ahora deseo, que nos
  veamos, que nos hablemos, que nos escribamos, que nos conozcamos.
  Después... Después, ¡Dios y nuestros corazones dirán!

  ¿Me dará usted, pues, Eugenia, dulce aparición de mi vida
  cotidiana, me dará usted oídos?

  Sumido en la niebla de su vida espera su respuesta.

  AUGUSTO PÉREZ.»

Y rubricó diciéndose: «Me gusta esta costumbre de la rúbrica por lo
inútil».

Cerró la carta y volvió a echarse a la calle.

«¡Gracias a Dios—se decía camino de la Avenida de la Alameda—,
gracias a Dios que sé adónde voy y que tengo adónde ir! Esta mi
Eugenia es una bendición de Dios. Ya ha dado una finalidad, un hito
de término a mis vagabundeos callejeros. Ya tengo casa que rondar; ya
tengo una portera confidente...»

Mientras iba así hablando consigo mismo cruzó con Eugenia sin
advertir siquiera el resplandor de sus ojos. La niebla espiritual
era demasiado densa. Pero Eugenia, por su parte, sí se fijó en él,
diciéndose: «¿quién será este joven? ¡no tiene mal porte y parece
bien acomodado!» Y es que, sin darse clara cuenta de ello, adivinó
a uno que por la mañana la había seguido. Las mujeres saben siempre
cuándo se las mira, aun sin verlas, y cuándo se las ve sin mirarlas.

Y siguieron los dos, Augusto y Eugenia, en direcciones contrarias,
cortando con sus almas la enmarañada telaraña espiritual de la calle.
Porque la calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de
deseo, de envidia, de desdén, de compasión, de amor, de odio, viejas
palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos,
toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan.

Por fin se encontró Augusto una vez más ante Margarita la portera,
ante la sonrisa de Margarita. Lo primero que hizo ésta al ver a aquél
fué sacar la mano del bolsillo del delantal.

—Buenas tardes, Margarita.

—Buenas tardes, señorito.

—Augusto, buena mujer, Augusto.

—Don Augusto—añadió ella.

—No a todos los nombres les cae el don—observó él—. Así como de
Juan a don Juan hay un abismo, así le hay de Augusto a don Augusto.
¡Pero... sea! ¿Salió la señorita Eugenia?

—Sí, hace un momento.

—¿En qué dirección?

—Por ahí.

Y por ahí se dirigió Augusto. Pero al rato volvióse. Se le había
olvidado la carta.

—¿Hará el favor, señora Margarita, de hacer llegar esta carta a las
propias blancas manos de la señorita Eugenia?

—Con mucho gusto.

—Pero a sus propias blancas manos, ¿eh? A sus manos tan marfileñas
como las teclas del piano a que acarician.

—Sí, ya, lo sé de otras veces.

—¿De otras veces? ¿Qué es eso de otras veces?

—Pero ¿es que cree el caballero que es ésta la primera carta de este
género...?

—¿De este género? Pero ¿usted sabe el género de mi carta?

—Desde luego. Como las otras.

—¿Como las otras? ¿Como qué otras?

—¡Pues pocos pretendientes que ha tenido la señorita...!

—Ah, ¿pero ahora está vacante?

—¿Ahora? No, no, señor, tiene algo así como un novio... aunque creo
que no es sino aspirante a novio... Acaso le tenga en prueba... puede
ser que sea interino...

—¿Y cómo no me lo dijo?

—Como usted no me lo preguntó...

—Es cierto. Sin embargo, entréguele esta carta y en propias manos,
¿entiende? ¡Lucharemos! ¡Y vaya otro duro!

—Gracias, señor, gracias.

Con trabajo se separó de allí Augusto, pues la conversación nebulosa,
cotidiana, de Margarita la portera empezaba a agradarle. ¿No era
acaso un modo de matar el tiempo?

«¡Lucharemos!—iba diciéndose Augusto calle abajo—¡sí, lucharemos!
¿Conque tiene otro novio, otro aspirante a novio...? ¡Lucharemos!
_Militia est vita hominis super terram_. Ya tiene mi vida una
finalidad; ya tengo una conquista que llevar a cabo. ¡Oh, Eugenia, mi
Eugenia, has de ser mía! ¡Por lo menos, mi Eugenia, ésta que me he
forjado sobre la visión fugitiva de aquellos ojos, de aquella yunta
de estrellas en mi nebulosa, esta Eugenia sí que ha de ser mía, sea
la otra, la de la portera, de quien fuere! ¡Lucharemos! Lucharemos y
venceré. Tengo el secreto de la victoria. ¡Ah, Eugenia, mi Eugenia!»

Y se encontró a la puerta del Casino, donde ya Víctor le esperaba
para echar la cotidiana partida de ajedrez.



III


—Hoy te retrasaste un poco, chico—dijo Víctor a Augusto—, ¡tú, tan
puntual siempre!

—Qué quieres... quehaceres...

—¿Quehaceres, tú?

—Pero ¿es que crees que sólo tienen quehaceres los agentes de bolsa?
La vida es mucho más compleja de lo que tú te figuras.

—O yo más simple de lo que tú crees...

—Todo pudiera ser.

—¡Bien, sal!

Augusto avanzó dos casillas el peón del rey, y en vez de tararear
como otras veces trozos de ópera, se quedó diciéndose: «¡Eugenia,
Eugenia, Eugenia, mi Eugenia, finalidad de mi vida, dulce resplandor
de estrellas mellizas en la niebla, lucharemos! Aquí sí que hay
lógica, en esto del ajedrez, y, sin embargo, ¡qué nebuloso, qué
fortuito después de todo! ¿No será la lógica también algo fortuito,
algo azaroso? Y esa aparición de mi Eugenia, ¿no será algo lógico?
¿No obedecerá a un ajedrez divino?»

—Pero, hombre—le interrumpió Víctor—, ¿no quedamos en que no sirve
volver atrás la jugada? ¡Pieza tocada, pieza jugada!

—En eso quedamos, sí.

—Pues si haces eso te como gratis ese alfil.

—Es verdad, es verdad; me había distraído.

—Pues no distraerse; que el que juega no asa castañas. Y ya lo sabes;
pieza tocada, pieza jugada.

—¡Vamos, sí, lo irreparable!

—Así debe ser. Y en ello consiste lo educativo de este juego.

«¿Y por qué no ha de distraerse uno en el juego?—se decía Augusto—.
¿Es o no es un juego la vida? ¿Y por qué no ha de servir volver atrás
las jugadas? ¡Esto es la lógica! Acaso esté ya la carta en manos de
Eugenia. _Alea iacta est!_ A lo hecho, pecho. ¿Y mañana? ¡Mañana es
de Dios! ¿Y ayer, de quién es? ¿De quién es ayer? ¡Oh, ayer, tesoro
de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla cotidiana!»

—¡Jaque!—volvió a interrumpirle Víctor.

—Es verdad, es verdad... veamos... Pero ¿cómo he dejado que las cosas
lleguen a este punto?

—Distrayéndote, hombre, como de costumbre. Si no fueses tan distraído
serías uno de nuestros primeros jugadores.

—Pero, dime, Víctor, ¿la vida es juego o es distracción?

—Es que el juego no es sino distracción.

—Entonces, ¿qué más da distraerse de un modo o de otro?

—Hombre, de jugar, jugar bien.

—¿Y por qué no jugar mal? ¿Y qué es jugar bien y qué jugar mal? ¿Por
qué no hemos de mover estas piezas de otro modo que como las movemos?

—Esto es la tesis, Augusto amigo, según tú, filósofo conspicuo, me
has enseñado.

—Bueno, pues voy a darte una gran noticia.

—¡Venga!

—Pero, asómbrate, chico.

—Yo no soy de los que se asombran _a priori_ o de antemano.

—Pues allá va: ¿sabes lo que me pasa?

—Que cada vez estás más distraído.

—Pues me pasa que me he enamorado.

—Bah, eso ya lo sabía yo.

—¿Cómo que lo sabías...?

—Naturalmente, tú estás enamorado _ab origine_, desde que naciste;
tienes un amorío innato.

—Sí, el amor nace con nosotros cuando nacemos.

—No he dicho amor, sino amorío. Y ya sabía yo, sin que tuvieras que
decírmelo, que estabas enamorado o más bien enamoriscado. Lo sabía
mejor que tú mismo.

—Pero ¿de quién? Dime, ¿de quién?

—Eso no lo sabes tú más que yo.

—Pues, calla, mira, acaso tengas razón...

—¿No te lo dije? Y si no, dime, ¿es rubia o morena?

—Pues, la verdad, no lo sé. Aunque me figuro que debe de ser ni lo
uno ni lo otro; vamos, así, pelicastaña.

—¿Es alta o baja?

—Tampoco me acuerdo bien. Pero debe de ser una cosa regular. Pero
¡qué ojos, chico, qué ojos tiene mi Eugenia!

—¿Eugenia?

—Sí, Eugenia Domingo del Arco, Avenida de la Alameda, 58.

—¿La profesora de piano?

—La misma. Pero...

—Sí, la conozco. Y ahora... ¡jaque otra vez!

—Pero...

—¡Jaque he dicho!

—Bueno...

Y Augusto cubrió el rey con un caballo. Y acabó perdiendo el juego.

Al despedirse, Víctor, poniéndose la diestra, a guisa de yugo, sobre
el cerviguillo, le susurró al oído:

—Conque Eugenita la pianista, ¿eh? Bien, Augustito, bien; tú poseerás
la tierra.

«¡Pero esos diminutivos—pensó Augusto, esos terribles diminutivos!» Y
salió a la calle.



IV


«¿Por qué el diminutivo es señal de cariño?—iba diciéndose Augusto
camino de su casa—. ¿Es acaso que el amor achica la cosa amada?
¡Enamorado yo! ¡Yo enamorado! ¡Quién había de decirlo...! Pero
¿tendrá razón Víctor? ¿Seré un enamorado _ab initio_? Tal vez mi
amor ha precedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha
suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la creación. Pero
si yo adelanto aquella torre no me da el mate, no me lo da. ¿Y qué
es amor? ¿Quién definió el amor? Amor definido deja de serlo...
Pero, Dios mío, ¿por qué permitirá el alcalde que empleen para los
rótulos de los comercios tipos de letra tan feos como ése? Aquel
alfil estuvo mal jugado. ¿Y cómo me he enamorado si en rigor no
puedo decir que la conozco? Bah, el conocimiento vendrá después. El
amor precede al conocimiento, y éste mata a aquél. _Nihil volitum
quin praecognitum_ me enseñó el P. Zaramillo, pero yo he llegado a
la conclusión contraria y es que _nihil cognitum quin praevolitum_.
Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer. Primero el
amor, el conocimiento después. Pero ¿cómo no vi que me daba mate
al descubierto? Y para amar algo, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El
vislumbre; he aquí la intuición amorosa, el vislumbre en la niebla.
Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la
niebla en gotas de agua o en granizo, o en nieve, o en piedra. La
ciencia es una pedrea. ¡No, no, niebla, niebla! ¡Quién fuera águila
para pasearse por los senos de las nubes! Y ver al sol a través de
ellas, como lumbre nebulosa también.

¡Oh, el águila! ¡Qué cosas se dirían el águila de Patmos, la que
mira al sol cara a cara y no ve en la negrura de la noche, cuando
escapándose de junto a San Juan se encontró con la lechuza de
Minerva, la que ve en lo oscuro de la noche, pero no puede mirar al
sol, y se había escapado del Olimpo!»

Al llegar a este punto cruzó Augusto con Eugenia y no reparó en ella.

«El conocimiento viene después...—siguió diciéndose—. Pero... ¿Qué
ha sido eso? Juraría que han cruzado por mi órbita dos refulgentes y
místicas estrellas gemelas... ¿Habrá sido ella? El corazón me dice...
¡Pero, calla, ya estoy en casa!»

Y entró.

Dirigióse a su cuarto, y al reparar en la cama se dijo: «¡Solo!
¡dormir solo! ¡soñar solo! Cuando se duerme en compañía, el sueño
debe de ser común. Misteriosos efluvios han de unir los dos cerebros.
¿O no es acaso que a medida que los corazones más se unen, más se
separan las cabezas? Tal vez. Tal vez están en posiciones mutuamente
adversas. Si dos amantes piensan lo mismo, sienten en contrario uno
del otro; si comulgan en el mismo sentimiento amoroso, cada cual
piensa otra cosa que el otro, tal vez lo contrario. La mujer sólo ama
a su hombre mientras no piense como ella, es decir, mientras piense.
Veamos a este honrado matrimonio.»

Muchas noches, antes de acostarse, solía Augusto echar una partida
de tute con su criado, Domingo, y mientras, la mujer de éste, la
cocinera, contemplaba el juego.

Empezó la partida.

—¡Veinte en copas!—cantó Domingo.

—¡Decidme!—exclamó Augusto de pronto—. ¿Y si yo me casara?

—Muy bien hecho, señorito—dijo Domingo.

—Según y conforme—se atrevió a insinuar Liduvina, su mujer.

—Pues ¿no te casaste tú?—le interpeló Augusto.

—Según y conforme, señorito.

—¿Cómo según y conforme? Habla.

—Casarse es muy fácil; pero no es tan fácil ser casado.

—Eso pertenece a la sabiduría popular, fuente de...

—Y lo que es la que haya de ser mujer del señorito...—agrego
Liduvina, temiendo que Augusto les espetara todo un monólogo.

—¿Qué? La que haya de ser mi mujer, ¿qué? Vamos, ¡dilo, dilo, mujer,
dilo!

—Pues que como el señorito es tan bueno...

—Anda, dilo, mujer, dilo de una vez.

—Ya recuerda lo que decía la señora...

A la piadosa mención de su madre Augusto dejó las cartas sobre la
mesa, y su espíritu quedó un momento en suspenso. Muchas veces su
madre, aquella dulce señora, hija del infortunio, le había dicho: «Yo
no puedo vivir ya mucho, hijo mío; tu padre me está llamando. Acaso
le hago a él más falta que a ti. Así que yo me vaya de este mundo y
te quedes solo en él tú, cásate, cásate cuanto antes. Trae a esta
casa dueña y señora. Y no es que yo no tenga confianza en nuestros
antiguos y fieles servidores, no. Pero trae ama a la casa. Y que sea
ama de casa, hijo mío, que sea ama. Hazla dueña de tu corazón, de tu
bolsa, de tu despensa, de tu cocina y de tus resoluciones. Busca una
mujer de gobierno, que sepa querer... y gobernarte».

—Mi mujer tocará el piano—dijo Augusto sacudiendo sus recuerdos y
añoranzas.

—¡El piano! Y eso ¿para qué sirve?—preguntó Liduvina.

—¿Para qué sirve? Pues ahí estriba su mayor encanto, en que no sirve
para maldita de Dios la cosa, lo que se llama servir. Estoy harto de
servicios...

—¿De los nuestros?

—¡No, de los vuestros, no! Y además el piano sirve, sí sirve... sirve
para llenar de armonía los hogares y que no sean ceniceros.

—¡Armonía! Y eso ¿con qué se come?

—Liduvina... Liduvina...

La cocinera bajó la cabeza ante el dulce reproche. Era la costumbre
de uno y de otra.

—Sí, tocará el piano, porque es profesora de piano.

—Entonces no lo tocará—añadió con firmeza Liduvina—. Y si no, ¿para
qué se casa?

—Mi Eugenia...—empezó Augusto.

—¿Ah, pero se llama Eugenia y es maestra de piano?—preguntó la
cocinera.

—Sí, ¿pues?

—¿La que vive con unos tíos en la Avenida de la Alameda, encima del
comercio del señor Tiburcio?

—La misma. ¿Qué, la conoces?

—Sí... de vista...

—No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla; mira que se trata
del porvenir y de la dicha de tu amo...

—Es buena muchacha, sí, buena muchacha...

—Vamos, habla, Liduvina... ¡por la memoria de mi madre!...

—Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina?
¿A que es el gato?...

Y levantándose la criada, se salió.

—¿Y qué, acabamos?—preguntó Domingo.

—Es verdad, Domingo, no podemos dejar así la partida. ¿A quién le
toca salir?

—A usted, señorito.

—Pues allá va.

Y perdió también la partida, por distraído.

«Pues, señor—se decía al retirarse a su cuarto—, todos la conocen;
todos la conocen menos yo. He aquí la obra del amor. ¿Y mañana? ¿Qué
haré mañana? ¡Bah! A cada día bástele su cuidado. Ahora, a la cama.»

Y se acostó.

Y ya en la cama siguió diciéndose: «Pues el caso es que he estado
aburriéndome sin saberlo, y dos mortales años... desde que murió
mi santa madre... Sí, sí, hay un aburrimiento inconsciente. Casi
todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento
es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado
los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla
de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce. Todos
estos sucesos cotidianos, insignificantes; todas estas dulces
conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida, ¿qué
son sino dulcísimo aburrirse? ¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, flor de mi
aburrimiento vital e inconsciente, asísteme en mis sueños, sueña en mí
y conmigo!»

Y quedóse dormido.



V


Cruzaba las nubes, águila refulgente, con las poderosas alas
perladas de rocío, fijos los ojos de presa en la niebla solar,
dormido el corazón en dulce aburrimiento al amparo del pecho forjado
en tempestades; en derredor, el silencio que hacen los rumores
remotos de la tierra, y allá en lo alto, en la cima del cielo, dos
estrellas mellizas derramando bálsamo invisible. Desgarró el silencio
un chillido estridente que decía: «_¡La Correspondencia...!_» Y
vislumbró Augusto la luz de un nuevo día.

«¿Sueño o vivo?—se preguntó embozándose en la manta—. ¿Soy águila o
soy hombre? ¿Qué dirá el papel ése? ¿Qué novedades me traerá el nuevo
día consigo? ¿Se habrá tragado esta noche un terremoto a Corcubión?
¿Y por qué no a Leipzig? ¡Oh, la asociación lírica de ideas, el
desorden pindárico! El mundo es un caleidoscopio. La lógica la pone
el hombre. El supremo arte es el del azar. Durmamos, pues, un rato
más.» Y diose media vuelta en la cama.

_¡La Correspondencia...!_ ¡El vinagrero! Y luego un coche, y después
un automóvil, y unos chiquillos después.

«¡Imposible!—volvió a decirse Augusto—. Esto es la vida que vuelve. Y
con ella el amor... ¿Y qué es el amor? ¿No es acaso la destilación de
todo esto? ¿No es el jugo del aburrimiento? Pensemos en Eugenia; la
hora es propicia.»

Y cerró los ojos con el propósito de pensar en Eugenia. ¿Pensar?

Pero este pensamiento se le fué diluyendo, derritiéndosele, y al poco
rato no era sino una polca. Es que un piano de manubrio se había
parado al pie de la ventana de su cuarto y estaba sonando. Y el alma
de Augusto repercutía notas, no pensaba.

«La esencia del mundo es musical—se dijo Augusto cuando murió la
última nota del organillo—. Y mi Eugenia, ¿no es musical también?
Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. He aquí que la
divina mañana, virginidad del día, me trae un descubrimiento: el amor
es el ritmo. La ciencia del ritmo son las matemáticas; la expresión
sensible del amor es la música. La expresión, no su realización;
entendámonos.»

Le interrumpió un golpecito a la puerta.

—¡Adelante!

—¿Llamaba, señorito?—dijo Domingo.

—¡Sí... el desayuno!

Había llamado, sin haberse dado de ello cuenta, lo menos hora y media
antes que de costumbre, y una vez que hubo llamado tenía que pedir el
desayuno, aunque no era hora.

«El amor aviva y anticipa el apetito—siguió diciéndose Augusto—. ¡Hay
que vivir para amar! Sí, ¡y hay que amar para vivir!»

Se levantó a tomar el desayuno.

—¿Qué tal tiempo hace, Domingo?

—Como siempre, señorito.

—Vamos, sí, ni bueno ni malo.

—¡Eso!

Era la teoría del criado, quien también se las tenía.

Augusto se lavó, peinó, vistió y avió como quien tiene ya un objetivo
en la vida, rebosando íntimo arregosto de vivir. Aunque melancólico.

Echóse a la calle, y muy pronto el corazón le tocó a rebato.
«¡Calla—se dijo—, si yo la había visto, si yo la conocía hace mucho
tiempo; sí, su imagen me es casi innata...! ¡Madre mía, ampárame!» Y
al pasar junto a él, al cruzarse con él Eugenia, le saludó aún más
con los ojos que con el sombrero.

Estuvo a punto de volverse para seguirla, pero venció el buen juicio
y el deseo que tenía de charlar con la portera.

«Es ella, sí, es ella—siguió diciéndose—, es ella, es la misma, es
la que yo buscaba hace años, aun sin saberlo; es la que me buscaba.
Estábamos destinados uno a otro en armonía prestablecida; somos dos
mónadas complementaria una de otra. La familia es la verdadera célula
social. Y yo no soy más que una molécula. ¡Qué poética es la ciencia,
Dios mío! ¡Madre, madre mía, aquí tienes a tu hijo; aconséjame desde
el cielo! ¡Eugenia, mi Eugenia...!»

Miró a todas partes por si le miraban, pues se sorprendió abrazando
al aire. Y se dijo: «El amor es un éxtasis; nos saca de nosotros
mismos».

Le volvió a la realidad—¿a la realidad?—la sonrisa de Margarita.

—¿Y qué, no hay novedad?—le preguntó Augusto.

—Ninguna, señorito. Todavía es muy pronto.

—¿No le preguntó nada al entregársela?

—Nada.

—¿Y hoy?

—Hoy sí. Me preguntó por sus señas de usted, y si le conocía, y
quién era. Me dijo que el señorito no se había acordado de poner la
dirección de su casa. Y luego me dio un encargo...

—¿Un encargo? ¿Cuál? No vacile.

—Me dijo que si volvía por acá le dijese que estaba comprometida, que
tiene novio.

—¿Que tiene novio?

—Ya se lo dije yo, señorito.

—No importa, ¡lucharemos!

—Bueno, lucharemos.

—¿Me promete usted su ayuda, Margarita?

—Claro que sí.

—¡Pues venceremos!

Y se retiró. Fuése a la Alameda a refrescar sus emociones en la
visión de verdura, a oir cantar a los pájaros sus amores. Su corazón
verdecía y dentro de él cantábanle también como ruiseñores recuerdos
alados de la infancia.

Era, sobre todo, el cielo de recuerdos de su madre derramando una
lumbre derretida y dulce sobre todas sus demás memorias.

De su padre apenas se acordaba; era una sombra mítica que se
le perdía en lo más lejano; era una nube sangrienta de ocaso.
Sangrienta, porque siendo aún pequeñito lo vio bañado en sangre, de
un vómito, y cadavérico. Y repercutía en su corazón, a tan larga
distancia, aquel ¡hijo! de su madre, que desgarró la casa; aquel
¡hijo! que no se sabía si dirigido al padre moribundo o a él, a
Augusto, empedernido de incomprensión ante el misterio de la muerte.

Poco después su madre, temblorosa de congoja, le apechugaba a su
seno, y con una letanía de ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! le
bautizaba en lágrimas de fuego. Y él lloró también, apretándose a su
madre, y sin atreverse a volver la cara ni a apartarla de la dulce
oscuridad de aquel regazo palpitante, por miedo a encontrarse con los
ojos devoradores del Coco.

Y así pasaron días de llanto y de negrura, hasta que las lágrimas
fueron yéndose hacia dentro y la casa fué derritiendo los negrores.

Era una casa dulce y tibia. La luz entraba por entre las blancas
flores bordadas en los visillos. Las butacas abrían, con intimidad de
abuelos hechos niños por los años, sus brazos. Allí estaba siempre el
cenicero con la ceniza del último puro que apuró su padre. Y allí, en
la pared, el retrato de ambos, del padre y de la madre, la viuda ya,
hecho el día mismo en que se casaron. Él, que era alto, sentado, con
una pierna cruzada sobre la otra, enseñando la lengüeta de la bota,
y ella, que era bajita, de pie a su lado y apoyando la mano, una
mano fina que no parecía hecha para agarrar, sino para posarse como
paloma, en el hombro de su marido.

Su madre iba y venía sin hacer ruido, como un pajarillo, siempre
de negro, con una sonrisa, que era el poso de las lágrimas de los
primeros días de viudez, siempre en la boca y en torno de los ojos
escudriñadores. «Tengo que vivir para ti, para ti solo—le decía por
las noches, antes de acostarse—, Augusto.» Y éste llevaba a sus
sueños nocturnos un beso húmedo aún en lágrimas.

Como un sueño dulce se les iba la vida.

Por las noches le leía su madre algo, unas veces la vida del Santo,
otras una novela de Julio Verne o algún cuento candoroso y sencillo.
Y algunas veces hasta se reía, con una risa silenciosa y dulce que
trascendía a lágrimas lejanas.

Luego entró al Instituto y por las noches era su madre quien le
tomaba las lecciones. Y estudió para tomárselas. Estudió todos
aquellos nombres raros de la historia universal, y solía decirle
sonriendo: «Pero ¡cuántas barbaridades han podido hacer los
hombres, Dios mío!» Estudió matemáticas, y en esto fué en lo que
más sobresalió aquella dulce madre. «Si mi madre llega a dedicarse
a las matemáticas...»—se decía Augusto. Y recordaba el interés con
que seguía el desarrollo de una ecuación de segundo grado. Estudió
psicología, y esto era lo que más se le resistía. «Pero ¡qué ganas de
complicar las cosas!»—solía decir a esto. Estudió física y química
e historia natural. De la historia natural lo que no le gustaba era
aquellos motajos raros que se les da en ella a los animales y las
plantas. La fisiología le causaba horror, y renunció a tomar sus
lecciones a su hijo. Sólo con ver aquellas láminas que representaban
el corazón o los pulmones al desnudo presentábasele la sanguinosa
muerte de su marido. «Todo esto es muy feo, hijo mío—le decía—; no
estudies médico. Lo mejor es no saber cómo se tiene las cosas de
dentro.»

Cuando Augusto se hizo bachiller le tomó en brazos, le miró al bozo,
y rompiendo en lágrimas exclamó: «¡Si viviese tu padre...!» Después
le hizo sentarse sobre sus rodillas, de lo que él, un chicarrón
ya, se sentía avergonzado, y así le tuvo, en silencio, mirando al
cenicero de su difunto.

Y luego vino su carrera, sus amistades universitarias, y la
melancolía de la pobre madre al ver que su hijo ensayaba las alas.
«Yo para ti, yo para ti—solía decirle—, y tú, ¡quién sabe para
qué otra!... Así es el mundo, hijo.» El día en que se recibió de
licenciado en derecho, su madre, al llegar él a casa, le tomó y besó
la mano de una manera cómicamente grave, y luego, abrazándole, díjole
al oído: «¡Tu padre te bendiga, hijo mío!»

Su madre jamás se acostaba hasta que él lo hubiese hecho, y le dejaba
con un beso en la cama. No pudo, pues, nunca trasnochar. Y era su
madre lo primero que veía al despertarse. Y en la mesa, de lo que él
no comía, tampoco ella.

Salían a menudo juntos de paseo y así iban, en silencio, bajo el
cielo, pensando ella en su difunto y él pensando en lo que primero
pasaba a sus ojos. Y ella le decía siempre las mismas cosas, cosas
cotidianas, muy antiguas y siempre nuevas. Muchas de ellas empezaban
así: «Cuando te cases...»

Siempre que cruzaba con ellos alguna muchacha hermosa, o siquiera
linda, su madre miraba a Augusto con el rabillo del ojo.

Y vino la muerte, aquella muerte lenta, grave y dulce, indolorosa,
que entró de puntillas y sin ruido, como un ave peregrina, y se la
llevó a vuelo lento, en una tarde de otoño. Murió con su mano en la
mano de su hijo, con sus ojos en los ojos de él. Sintió Augusto que
la mano se enfriaba, sintió que los ojos se inmovilizaban. Soltó la
mano después de haber dejado en su frialdad un beso cálido, y cerró
los ojos. Se arrodilló junto al lecho y pasó sobre él la historia de
aquellos años iguales.

Y ahora estaba aquí, en la Alameda, bajo el gorjear de los pájaros,
pensando en Eugenia. Y Eugenia tenía novio. «Lo que temo, hijo
mío—solía decirle su madre—, es cuando te encuentres con la primera
espina en el camino de tu vida.» ¡Si estuviera aquí ella para hacer
florecer en rosa a esta primera espina!

«Si viviera mi madre encontraría solución a esto—se dijo Augusto—,
que no es, después de todo, más difícil que una ecuación de segundo
grado. Y no es, en el fondo, más que una ecuación de segundo grado.»

Unos débiles quejidos, como de un pobre animal, interrumpieron su
soliloquio. Escudriñó con los ojos y acabó por descubrir, entre la
verdura de un matorral, un pobre cachorrillo de perro que parecía
buscar camino en tierra. «¡Pobrecillo!—se dijo—. Lo han dejado recién
nacido a que muera; les faltó valor para matarlo.» Y lo recojió.

El animalito buscaba el pecho de la madre. Augusto se levantó y
volvióse a casa pensando: «Cuando lo sepa Eugenia, ¡mal golpe para mi
rival! ¡Qué cariño le va a tomar al pobre animalito! Y es lindo, muy
lindo. ¡Pobrecito, cómo me lame la mano...!»

—Trae leche, Domingo; pero tráela pronto—le dijo al criado no bien
éste le hubo abierto la puerta.

—¿Pero ahora se le ocurre comprar perro, señorito?

—No lo he comprado, Domingo; este perro no es esclavo, sino que es
libre; lo he encontrado.

—Vamos, sí, es expósito.

—Todos somos expósitos, Domingo. Trae leche.

Le trajo la leche y una pequeña esponja para facilitar la succión.
Luego hizo Augusto que se le trajera un biberón para el cachorrillo,
para Orfeo, que así le bautizó, no se sabe ni sabía él tampoco por
qué.

Y Orfeo fué en adelante el confidente de sus soliloquios, el que
recibió los secretos de su amor a Eugenia.

«Mira, Orfeo—le decía silenciosamente—, tenemos que luchar. ¿Qué me
aconsejas que haga? Si te hubiese conocido mi madre... Pero ya verás,
ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia, bajo su mano tibia y
dulce. Y ahora, ¿qué vamos a hacer, Orfeo?»

Fué melancólico el almuerzo de aquel día, melancólico el paseo, la
partida de ajedrez melancólica y melancólico el sueño de aquella
noche.



VI


«Tengo que tomar alguna determinación—se decía Augusto paseándose
frente a la casa número 58 de la Avenida de la Alameda—; esto no
puede seguir así.»

En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, en
que vivía Eugenia, y apareció una señora enjuta y cana con una jaula
en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al ir a ponerlo
faltó el clavo y la jaula se vino abajo. La señora lanzó un grito de
desesperación: «¡Ay, mi Pichín!» Augusto se precipitó a recojer la
jaula. El pobre canario revoloteaba dentro de ella despavorido.

Subió Augusto a la casa, con el canario agitándose en la jaula y el
corazón en el pecho. La señora le esperaba.

—¡Oh, gracias, gracias, caballero!

—Las gracias a usted, señora.

—¡Pichín mío! ¡mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Gusta usted pasar,
caballero?

—Con mucho gusto, señora.

Y entró Augusto.

Llevólo la señora a la sala, y diciéndole: «Aguarde un poco, que voy
a dejar a mi Pichín», le dejó solo.

En este momento entró en la sala un caballero anciano, el tío de
Eugenia sin duda. Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza.
Acercóse a Augusto, y tomando asiento junto a él le dirigió estas
palabras:

—(Aquí una frase en esperanto que quiere decir: ¿Y usted no cree
conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto?)

Augusto pensó en la huída, pero el amor a Eugenia le contuvo. El otro
prosiguió hablando, en esperanto también.

Augusto se decidió por fin.

—No le entiendo a usted una palabra, caballero.

—De seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que
llaman esperanto—dijo la tía, que a este punto entraba.—Y añadió
dirigiéndose a su marido:—Fermín, este señor es el del canario.

—Pues no te entiendo más que tú cuando te hablo en esperanto—le
contestó su marido.

—Este señor ha recojido a mi pobre Pichín, que cayó a la calle,
y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted—añadió volviéndose a
Augusto—¿quién es?

—Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez
Rovira, a quien usted acaso conocería.

—¿De doña Soledad?

—Exacto; de doña Soledad.

—Y mucho que conocí a la buena señora. Fué una viuda y una madre
ejemplar. Le felicito a usted por ello.

—Y yo me felicito de deber al feliz accidente de la caída del canario
el conocimiento de ustedes.

—¡Feliz! ¿Llama usted feliz a ese accidente?

—Para mí, sí.

—Gracias, caballero—dijo don Fermín, agregando:—Rigen a los hombres
y a sus cosas enigmáticas leyes, que el hombre, sin embargo, puede
vislumbrar. Yo, señor mío, tengo ideas particulares sobre casi todas
las cosas...

—Cállate con tu estribillo, hombre—exclamó la tía—. ¿Y cómo es que
pudo usted acudir tan pronto en socorro de mi Pichín?

—Seré franco con usted, señora; le abriré mi pecho. Es que rondaba la
casa.

—¿Esta casa?

—Sí, señora. Tienen ustedes una sobrina encantadora.

—Acabáramos, caballero. Ya, ya veo el feliz accidente. Y veo que hay
canarios providenciales.

—¿Quién conoce los caminos de la Providencia?—dijo don Fermín.

—Yo los conozco, hombre, yo—exclamó su señora—; y volviéndose a
Augusto: Tiene usted abiertas las puertas de esta casa... Pues ¡no
faltaba más! Al hijo de doña Soledad... Así como así, va usted a
ayudarme a quitar a esa chiquilla un caprichito que se le ha metido
en la cabeza...

—¿Y la libertad?—insinuó don Fermín.

—Cállate tú, hombre, y quédate con tu anarquismo.

—¿Anarquismo?—exclamó Augusto.

Irradió de gozo el rostro de don Fermín, y añadió con la más dulce de
sus voces:

—Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en
teoría, entiéndase bien, en teoría. No tema usted, amigo—y al decir
esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla—, no echo bombas.
Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo
ideas propias sobre casi todas las cosas...

—Y usted ¿no es anarquista también?—preguntó Augusto a la tía, por
decir algo.

—¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande nadie. Si no manda
nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible?

—Hombres de poca fe, que llamáis imposible...—empezó don Fermín.

Y la tía interrumpiéndole:

—Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Usted me parece un
excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más
que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.

—Tanto honor, señora...

—Sí; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala,
sabe usted, pero caprichosa. Luego, ¡fué criada con tanto mimo!...
Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...

—¿Catástrofe?—preguntó Augusto.

—Sí, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted.
El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil
desgraciadísima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa,
pero gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas. Y la
pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir
con que levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté
dando lecciones de piano sesenta años!

Augusto concibió al punto un propósito generoso y heroico.

—La chica no es mala—prosiguió la tía—, pero no hay modo de
entenderla.

—Si aprendierais esperanto...—empezó don Fermín.

—Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos entendemos en las
nuestras y vas a traer otra?

—Pero ¿usted no cree, señora—le preguntó Augusto—, que sería bueno
que no hubiese sino una sola lengua?

—¡Eso, eso!—exclamó alborozado don Fermín.

—Sí, señor—dijo con firmeza la tía—; una sola lengua: el castellano,
y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son
racionales.

La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, asturiana
también, a la que reñía en bable.

—Ahora, si es en teoría—añadió—, no me parece mal que haya una sola
lengua. Porque este mi marido, en teoría, es hasta enemigo del
matrimonio...

—Señores—dijo Augusto levantándose—, estoy acaso molestando...

—Usted no molesta nunca, caballero—le respondió la tía—, y queda
comprometido a volver por esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi
candidato.

Al salir se le acercó un momento don Fermín y le dijo al oído: «¡No
piense usted en eso!» «¿Y por qué no?»—le preguntó Augusto. «Hay
presentimientos, caballero, hay presentimientos...»

Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es
mi candidato».

Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tía al
verla fueron:

—¿Sabes, Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez.

—Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! Y ¿quién le ha traído?

—Pichín, mi canario.

—Y ¿a qué ha venido?

—¡Vaya una pregunta! Tras de ti.

—¿Tras de mí y traído por el canario? Pues no lo entiendo. Valiera
más que hablases en esperanto, como tío Fermín.

—Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien
educado, fino, y sobre todo rico, chica, sobre todo rico.

—Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para
venderme.

—Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla?

—Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas.

—Tú le verás, chiquilla, tú le verás e irás cambiando de ideas.

—Lo que es eso...

—Nadie puede decir de esta agua no beberé.

—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—exclamó don Fermín—.
Dios...

—Pero, hombre—le arguyó su mujer—, ¿cómo se compadece eso de Dios con
el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie,
¿qué es eso de Dios?

—Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil veces, es místico, es
un anarquismo místico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios
es también anarquista, Dios no manda, sino...

—Obedece, ¿no es eso?

—Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado.
¡Ven acá!

Cojió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos
rizos de blancos cabellos, y añadió:

—Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece...

—Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se
te presenta un gran partido.

—También yo soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística.

—¡Bueno, se verá!—terminó la tía.



VII


«¡Ay, Orfeo!—decía ya en su casa Augusto, dándole la leche a aquél—.
¡Ay, Orfeo! Di el gran paso, el paso decisivo; entré en su hogar,
entré en el santuario. ¿Sabes lo que es dar un paso decisivo? Los
vientos de la fortuna nos empujan y nuestros pasos son decisivos
todos. ¿Nuestros? ¿Son nuestros esos pasos? Caminamos, Orfeo mío,
por una selva enmarañada y bravía, sin senderos. El sendero nos lo
hacemos con los pies según caminamos a la ventura. Hay quien cree
seguir una estrella; yo creo seguir una doble estrella, melliza. Y
esa estrella no es sino la proyección misma del sendero al cielo, la
proyección del azar.

»¡Un paso decisivo! Y dime, Orfeo, ¿qué necesidad hay de que haya ni
Dios ni mundo ni nada? ¿Por qué ha de haber algo? ¿No te parece que
esa idea de la necesidad no es sino la forma suprema que el azar toma
en nuestra mente?

»¿De dónde ha brotado Eugenia? ¿Es ella una creación mía o soy
creación suya yo? ¿o somos los dos creaciones mutuas, ella de mí y yo
de ella? ¿No es acaso todo creación de cada cosa y cada cosa creación
de todo? Y ¿qué es creación? ¿qué eres tú, Orfeo? ¿qué soy yo?

»Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy, e iba
por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras veces
he fantaseado que no me veían como me veía yo, y que mientras yo
me creía ir formalmente, con toda compostura, estaba, sin saberlo,
haciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te
ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aunque no, porque tú eres
joven todavía y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro.

»Pero, dime, Orfeo, ¿no se os ocurrirá alguna vez a los perros
creeros hombres, así como ha habido hombres que se han creído perros?

»¡Qué vida ésta, Orfeo, qué vida, sobre todo desde que murió mi
madre! Cada hora me llega empujada por las horas que le precedieron;
no he conocido el porvenir. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo me
parece se me va a convertir en pasado. Eugenia es ya casi un recuerdo
para mí. Estos días que pasan... este día, este eterno día que
pasa... deslizándose en niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana
como hoy. Mira, Orfeo, mira la ceniza que dejó mi padre en aquel
cenicero...

»Esta es la revelación de la eternidad, Orfeo, de la terrible
eternidad. Cuando el hombre se queda a solas y cierra los ojos
al porvenir, al ensueño, se le revela el abismo pavoroso de la
eternidad. La eternidad no es porvenir. Cuando morimos nos da la
muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia
atrás, hacia el pasado, hacia lo que fué. Y así, sin término,
devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito
que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar
nunca a ella, pues que ella nunca fué.

»Por debajo de esta corriente de nuestra existencia, por dentro de
ella, hay otra corriente en sentido contrario; aquí vamos del ayer
al mañana, allí se va del mañana al ayer. Se teje y se desteje a un
tiempo. Y de vez en cuando nos llegan hálitos, vahos y hasta rumores
misteriosos de ese otro mundo, de ese interior de nuestro mundo. Las
entrañas de la historia son una contrahistoria, es un proceso inverso
al que ella sigue. El río subterráneo va del mar a la fuente.

»Y ahora me brillan en el cielo de mi soledad los dos ojos de
Eugenia. Me brillan con el resplandor de las lágrimas de mi madre.
Y me hacen creer que existo, ¡dulce ilusión! _Amo, ergo sum!_ Este
amor, Orfeo, es como lluvia bienhechora en que se deshace y concreta
la niebla de la existencia. Gracias al amor siento al alma de bulto,
la toco. Empieza a dolerme en su cogollo mismo el alma, gracias al
amor, Orfeo. Y el alma misma ¿qué es sino amor, sino dolor encarnado?

»Vienen los días y van los días y el amor queda. Allá dentro, muy
dentro, en las entrañas de las cosas se rozan y friegan la corriente
de este mundo con la contraria corriente del otro, y de este roce y
friega viene el más triste y el más dulce de los dolores: el de vivir.

»Mira, Orfeo, las lizas, mira la urdimbre, mira cómo la trama va
y viene con la lanzadera, mira cómo juegan las primideras; pero,
dime, ¿dónde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra
existencia, dónde?»

Como Orfeo no había visto nunca un telar, es muy difícil que
entendiera a su amo. Pero mirándole a los ojos mientras hablaba
adivinaba su sentir.



VIII


Augusto temblaba y sentíase como en un potro de suplicio en su
asiento; entrábanle furiosas ganas de levantarse de él, pasearse
por la sala aquella, dar manotadas al aire, gritar, hacer locuras
de circo, olvidarse de que existía. Ni doña Ermelinda, la tía de
Eugenia, ni don Fermín, su marido, el anarquista teórico y místico,
lograban traerle a la realidad.

—Pues sí, yo creo—decía doña Ermelinda—, don Augusto, que esto es lo
mejor, que usted se espere, pues ella no puede ya tardar en venir; la
llamo, ustedes se ven y se conocen y éste es el primer paso. Todas
las relaciones de este género tienen que empezar por conocerse, ¿no
es así?

—En efecto, señora—dijo como quien habla desde otro mundo Augusto—,
el primer paso es verse y conocerse...

—Y yo creo que así que ella le conozca a usted, pues... ¡la cosa es
clara!

—No tan clara—arguyó don Fermín—. Los caminos de la Providencia
son misteriosos siempre... Y en cuanto a eso de que para casarse
sea preciso o siquiera conveniente conocerse antes, discrepo...
discrepo... El único conocimiento eficaz es el conocimiento _post
nuptias_. Ya me has oído, esposa mía, lo que en lenguaje bíblico
significa conocer. Y, créemelo, no hay más conocimiento sustancial y
esencial que ése, el conocimiento penetrante...

—Cállate, hombre, cállate, no desbarres.

—El conocimiento, Ermelinda,...

Sonó el timbre de la puerta.

—¡Ella!—exclamó con misteriosa voz el tío.

Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse,
pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón
a martillarle el pecho.

Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales,
rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a
reinar en él.

—Voy a llamarla—dijo don Fermín haciendo conato de levantarse.

—¡No, de ningún modo!—exclamó doña Ermelinda, y llamó.

Y luego a la criada al presentarse:—¡Di a la señorita Eugenia que
venga!

Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y
Augusto se decía: «¿Podré resistirlo? ¿no me pondré rojo como una
amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa
puerta? ¿no estallará mi corazón?»

Oyóse un lijero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah!
breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de
vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron
como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto
se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y
como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado
de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos
irradiaba. Y sólo al oir que doña Ermelinda empezaba a decir a su
sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...», volvió
en sí y se puso en pie procurando sonreír.

—Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte...

—¿El del canario?—preguntó Eugenia.

—Sí, el del canario, señorita—contestó Augusto acercándose a ella y
alargándole la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!»

Pero no fué así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y como
la nieve fría, tocó su mano. Y sintió Augusto que se derramaba por su
ser todo como un fluido de serenidad.

Sentóse Eugenia.

—Y este caballero...—empezó la pianista.

«¡Este caballero... este caballero...—pensó Augusto
rapidísimamente—este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal
agüero!»

—Este caballero, hija mía, que ha hecho por una feliz casualidad...

—Sí, la del canario.

—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—sentenció el
anarquista.

—Este caballero, digo—agregó la tía—, que por una feliz casualidad ha
hecho conocimiento con nosotros y resulta ser el hijo de una señora
a quien conocí algo y respeté mucho; este caballero, puesto que es
amigo ya de casa, ha deseado conocerte, Eugenia.

—¡Y admirarla!—añadió Augusto.

—¿Admirarme?—exclamó Eugenia.

—¡Sí, como pianista!

—¡Ah, vamos!

—Conozco, señorita, su gran amor al arte...

—¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?

—¡Claro está!

—¡Pues le han engañado a usted, don Augusto!

«¡Don Augusto! ¡Don Augusto!—pensó éste—. ¡Don...! ¡De qué mal agüero
es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero!» Y luego, en voz
alta:

—¿Es que no le gusta la música?

—Ni pizca, se lo aseguro.

«Liduvina tiene razón—pensó Augusto—; ésta después que se case, y si
el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego,
en voz alta:

—Como es voz pública que es usted una excelente profesora...

—Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, y ya que
tengo que ganarme la vida...

—Eso de tener que ganarte la vida...—empezó a decir don Fermín.

—Bueno, basta—interrumpió la tía—; ya el señor don Augusto está
informado de todo...

—¿De todo? ¿De qué?—preguntó con aspereza y con un lijerísimo ademán
de ir a levantarse Eugenia.

—Sí, de lo de la hipoteca...

—¿Cómo?—exclamó la sobrina poniéndose en pie—. Pero ¿qué es esto, qué
significa todo esto, a qué viene esta visita?

—Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te
alteres así...

—Pero es que hay cosas...

—Dispense a su señora tía, señorita—suplicó también Augusto
poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos—; pero no ha
sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación
de usted y amor al trabajo, yo nada he hecho para arrancar de su
señora tía tan interesantes noticias; yo...

—Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de
haberme dirigido una carta...

—En efecto, no lo niego.

—Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando
mejor me plazca y sin que nadie me cohiba a ello. Y ahora vale más
que me retire.

—¡Bien, muy bien!—exclamó don Fermín—. ¡Esto es entereza y libertad!
¡Esta es la mujer del porvenir! ¡Mujeres así hay que ganarlas a puño,
amigo Pérez, a puño!

—¡Señorita...!—suplicó Augusto acercándose a ella.

—Tiene usted razón—dijo Eugenia, y le dio para despedida la mano, tan
blanca y tan fría como antes y como la nieve.

Al dar la espalda para salir y desaparecer así los ojos aquéllos,
fuentes de misteriosa luz espiritual, sintió Augusto que la ola de
fuego le recorría el cuerpo, el corazón le martillaba el pecho y
parecía querer estallarle la cabeza.

—¿Se siente usted malo?—le preguntó don Fermín.

—¡Qué chiquilla, Dios mío, qué chiquilla!—exclamaba doña Ermelinda.

—¡Admirable! ¡majestuosa! ¡heroica! ¡una mujer! ¡toda una
mujer!—decía Augusto.

—Así creo yo—añadió el tío.

—Perdone, señor don Augusto—repetíale la tía—, perdone; esta
chiquilla es un pequeño erizo; ¡quién lo había de pensar!...

—Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Si esta recia
independencia de carácter, a mí, que no le tengo, es lo que más
me entusiasma!; ¡si es ésta, ésta, ésta y no otra la mujer que yo
necesito!

—¡Sí, señor Pérez, sí—declamó el anarquista—; ésta es la mujer del
porvenir!

—¿Y yo?—arguyó doña Ermelinda.

—¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del porvenir! ¡Claro,
no en balde me ha estado oyendo disertar un día y otro sobre la
sociedad futura y la mujer del porvenir; no en balde la he inculcado
las emancipadoras doctrinas del anarquismo... sin bombas!

—¡Pues yo creo—dijo de mal humor la tía—que esta chicuela es capaz
hasta de tirar bombas!

—Y aunque así fuera...—insinuó Augusto.

—¡Eso no! ¡eso no!—el tío.

—Y ¿qué más da?

—¡Don Augusto! ¡Don Augusto!

—Yo creo—añadió la tía—que no por esto que acaba de pasar debe usted
ceder en sus pretensiones...

—¡Claro que no! Así tiene más mérito.

—¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que nos tiene de su parte y
que puede venir a esta su casa cuantas veces guste, y quiéralo o no
Eugenia.

—Pero, mujer, ¡si ella no ha manifestado que le disgusten las
venidas acá de don Augusto!... ¡Hay que ganarla a puño, amigo, a
puño! Ya irá usted conociéndola y verá de qué temple es. Esto es todo
una mujer, don Augusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería
usted conocerla?

—Sí, pero...

—Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío!

—Cierto, cierto, y ahora ¡adiós!

Don Fermín llamó luego aparte a Augusto, para decirle:

—Se me había olvidado decirle que cuando escriba a Eugenia lo haga
escribiendo su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con
ka: Eujenia Domingo del Arko.

—Y ¿por qué?

—Porque hasta que no llegue el día feliz en que el esperanto sea la
única lengua, ¡una sola para toda la humanidad!, hay que escribir el
castellano con ortografía fonética. ¡Nada de ces! ¡guerra a la ce!
Za, ze, zi, zo, zu con zeda, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera
las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la
edad media, el retroceso! ¡Guerra a la hache!

—¿De modo que es usted foneticista también?

—¿También? ¿por qué también?

—Por lo de anarquista y esperantista...

—Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, esperantismo,
espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guerra
a la autoridad! ¡guerra a la división de lenguas! ¡guerra a la vil
materia y a la muerte! ¡guerra a la carne! ¡guerra a la hache! ¡Adiós!

Despidiéronse y Augusto salió a la calle como alijerado de un gran
peso y hasta gozoso. Nunca hubiera presupuesto lo que le pasaba
por dentro del espíritu. Aquella manera de habérsele presentado
Eugenia la primera vez que se vieron de quieto y de cerca y que se
hablaron, lejos de dolerle, encendíale más y le animaba. El mundo le
parecía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como
si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba
aquella palabra de su madre: ¡cásate! Casi todas las mujeres con que
cruzaba por la calle parecíanle guapas, muchas hermosísimas y ninguna
fea. Diríase que para él empezaba a estar el mundo iluminado por
una nueva luz misteriosa desde dos grandes estrellas invisibles que
refulgían más allá del azul del cielo, detrás de su aparente bóveda.
Empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo se puso a pensar en la
profunda fuente de la confusión vulgar entre el pecado de la carne y
la caída de nuestros primeros padres por haber probado del fruto del
árbol de la ciencia del bien y del mal.

Y meditó en la doctrina de don Fermín sobre el origen del
conocimiento.

Llegó a casa, y al salir Orfeo a recibirle lo cojió en sus brazos, le
acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes
que el mundo es más grande, más puro el aire y más azul el cielo?
¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás
la congoja de no ser más que perro como yo siento la de no ser más
que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer si no pecáis, si
vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado
no es tal conocimiento, no es racional».

Al servirle la comida su fiel Liduvina se le quedó mirando.

—¿Qué miras?—preguntó Augusto.

—Me parece que hay mudanza.

—¿De dónde sacas eso?

—El señorito tiene otra cara.

—¿Lo crees?

—Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?

—¡Liduvina! ¡Liduvina!

—Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!

—¿Quién sabe qué es eso?...

—Es verdad.

Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad
estuviese debajo de él.



IX


Al día siguiente de esto hablaba Eugenia en el reducido cuchitril
de una portería con un joven, mientras la portera había salido
discretamente a tomar el fresco a la puerta de la casa.

—Es menester que esto se acabe, Mauricio—decía Eugenia—; así no
podemos seguir, y menos después de lo que te digo pasó ayer.

—Pero ¿no dices—dijo el llamado Mauricio—que ese pretendiente es un
pobre panoli que vive en Babia?

—Sí, pero tiene dinero y mi tía no me va a dejar en paz. Y, la
verdad, no me gusta hacer feos a nadie, y tampoco quiero que me estén
dando la jaqueca.

—¡Despáchale!

—¿De dónde? ¿de casa de mis tíos? ¿Y si ellos no quieren?

—No le hagas caso.

—Ni le hago ni pienso hacerle, pero se me antoja que el pobrete va
a dar en la flor de venir de visita a hora que esté yo. No es cosa,
como comprendes, de que me encierre en mi cuarto y me niegue a que me
vea, y sin solicitarme va a dedicarse a mártir silencioso.

—Déjale que se dedique.

—No, no puedo resistir a los mendigos de ninguna clase, y menos a
esos que piden limosna con los ojos. ¡Y si vieras qué miradas me echa!

—¿Te conmueve?

—Me encocora. Y, la verdad, ¿por qué no he de decírtelo?, sí, me
conmueve.

—¿Y temes?

—¡Hombre, no seas majadero! No temo nada. Para mí no hay más que tú.

—¡Ya lo sabía!—dijo lleno de convicción Mauricio, y poniendo una mano
sobre una rodilla de Eugenia la dejó allí.

—Es preciso que te decidas, Mauricio.

—Pero ¿a qué, rica mía, a qué?

—¿A qué ha de ser, hombre, a qué ha de ser? ¡A que nos casemos de una
vez!

—Y ¿de qué vamos a vivir?

—De mi trabajo hasta que tú lo encuentres.

—¿De tu trabajo?

—¡Sí, de la odiosa música!

—¿De su trabajo? ¡Eso sí que no!; ¡nunca! ¡nunca! ¡nunca!; ¡todo
menos vivir yo de tu trabajo! Lo buscaré, seguiré buscándolo, y en
tanto, esperaremos...

—Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos irán los años!—exclamó
Eugenia taconeando en el suelo con el pie sobre que estaba la rodilla
en que Mauricio dejó descansar su mano.

Y él, al sentir así sacudida su mano, la separó de donde la posaba,
pero fué para echar el brazo sobre el cuello de ella y hacer
juguetear entre sus dedos uno de los pendientes de su novia. Eugenia
le dejaba hacer.

—Mira, Eugenia, para divertirte le puedes poner, si quieres, buena
cara a ese panoli.

—¡Mauricio!

—¡Tienes razón, no te enfades, rica mía!—y contrayendo el brazo
atrajo a su cabeza la de Eugenia, buscó con sus labios los de ella y
los juntó, cerrando los ojos, en un beso húmedo, silencioso y largo.

—¡Mauricio!

Y luego le besó en los ojos.

—¡Esto no puede seguir así, Mauricio!

—¿Cómo? Pero ¿hay mejor que esto? ¿crees que lo pasaremos nunca mejor?

—Te digo, Mauricio, que esto no puede seguir así. Tienes que buscar
trabajo. Odio la música.

Sentía la pobre oscuramente, sin darse de ello clara cuenta, que la
música es preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca
llega, eterna iniciación que no acaba cosa. Estaba harta de música.

—Buscaré trabajo, Eugenia, lo buscaré.

—Siempre dices lo mismo y siempre estamos lo mismo.

—Es que crees...

—Es que sé que en el fondo no eres más que un haragán y que va a ser
preciso que sea yo la que busque trabajo para ti. Claro, ¡como a los
hombres os cuesta menos esperar...!

—Eso creerás tú...

—Sí, sí, sé bien lo que me digo. Y ahora, te lo repito, no quiero ver
los ojos suplicantes del señorito don Augusto como los de un perro
hambriento...

—¡Qué cosas se te ocurren, chiquilla!

—Y ahora—añadió levantándose y apartándole con la mano suya—,
quietecito y a tomar el fresco, ¡que buena falta te hace!

—¡Eugenia! ¡Eugenia!—le suspiró con voz seca, casi febril, al oído—,
si tú quisieras...

—El que tiene que aprender a querer eres tú, Mauricio. Conque... ¡a
ser hombre! Busca trabajo, decídete pronto; si no, trabajaré yo; pero
decídete pronto. En otro caso...

—En otro caso, ¿qué?

—¡Nada! ¡Hay que acabar con esto!

Y sin dejarle replicar se salió del cuchitril de la portería. Al
cruzar con la portera le dijo:

—Ahí queda su sobrino, señora Marta, y dígale que se resuelva de una
vez.

Y salió Eugenia con la cabeza alta a la calle, donde en aquel momento
un organillo de manubrio encentaba una rabiosa polca. «¡Horror!
¡horror! ¡horror!», se dijo la muchacha, y más que se fué huyó calle
abajo.



X


Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Casino, a ver a
Víctor, su amigote, al día siguiente de aquella su visita a casa de
Eugenia y a la misma hora en que ésta espoleaba la pachorra amorosa
de su novio en la portería.

Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la revelación en
ella de la mujer fuerte—fluía de sus ojos fortaleza—le hubiera
arado las entrañas del alma, alumbrando en ellas un manantial hasta
entonces oculto. Pisaba con más fuerza, respiraba con más libertad.

«Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida—se decía—, y es
conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste. Y es lo mismo. En
amor lo mismo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser
vencido es que me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí hay
otro, no me cabe duda. ¿Otro? ¿otro qué? ¿Es que acaso yo soy uno? Yo
soy un pretendiente, un solicitante, pero el otro... el otro se me
antoja que no es ya pretendiente ni solicitante; que no pretende ni
solicita porque ha obtenido. Claro que no más que el amor de la dulce
Eugenia. ¿No más...?»

Un cuerpo de mujer irradiante de frescura, de salud y de alegría, que
pasó a su vera, le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de
sí. Púsose a seguir, casi maquinalmente, al cuerpo aquel, mientras
proseguía soliloquizando:

«¡Y qué hermosa es! Ésta y aquélla, una y otra. Y el otro acaso en
vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado; tal vez
no le corresponde como ella se merece... Pero ¡qué alegría es esta
chiquilla! ¡y con qué gracia saluda a aquel que va por allá! ¿De
dónde habrá sacado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de
Eugenia! ¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte
entre sus brazos! ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne! ¡El
otro...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien
ella quiere; el otro soy yo. ¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!»

Al llegar a esta conclusión de que él era otro la moza a que seguía
entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y
entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Recapacitó
que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de éste. Y
proseguía:

«Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi
todas. ¡Gracias, Señor, gracias; _gratias agimus tibi propter magnam
gloriam tuam_! ¡tu gloria es la hermosura de la mujer, Señor! Pero
¡qué cabellera, Dios mío, qué cabellera!»

Era, en efecto, una gloriosa cabellera la de aquella criada de
servicio, que con su cesta al brazo cruzaba en aquel momento con él.
Y se volvió tras ella. La luz parecía anidar en el oro de aquellos
cabellos, y como si éstos pugnaran por soltarse de su trenzado y
esparcirse al aire fresco y claro. Y bajo la cabellera un rostro todo
él sonrisa.

«Soy otro, soy el otro—prosiguió Augusto mientras seguía a la de
la cesta—; pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro!
Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna! ¡ninguna!
Todas éstas no son sino remedos de ella, de la una, de la única,
¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí; yo por el pensamiento, por el deseo
la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a poseerla
materialmente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es
mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual
estos cabellos de oro? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y
otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con
la suya, y con la mía me quedaré yo. Cuando la tristeza me visite,
sobre todo de noche; cuando me entren ganas de llorar sin saber por
qué, ¡oh, qué dulce habrá de ser cubrir mi cara, mi boca, mis ojos,
con estos cabellos de oro y respirar el aire que a través de ellos se
filtre y se perfume! Pero...»

Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había parado a hablar
con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah,
hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia...!», echó a
andar, volviéndose camino del Casino.

«Si ella se empeña en preferir al otro, es decir, al uno, soy
capaz de una resolución heroica, de algo que ha de espantar por lo
magnánimo. Ante todo, quiérame o no me quiera, ¡eso de la hipoteca no
puede quedar así!»

Arrancóle del soliloquio un estallido de goce que parecía brotar de
la serenidad del cielo. Un par de muchachas reían junto a él, y era
su risa como el gorjeo de dos pájaros en una enramada con flores.
Clavó un momento sus ojos sedientos de hermosura en aquella pareja de
mozas, y apareciéronsele como un solo cuerpo geminado. Iban cojidas
de bracete. Y a él le entraron furiosas ganas de detenerlas, cojer a
cada una de un brazo e irse así, en medio de ellas, mirando al cielo,
adonde el viento de la vida los llevara.

«Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia!—se decía,
siguiendo en tanto a aquella riente pareja—¡esto se ha convertido en
un paraíso!; ¡qué ojos! ¡qué cabellera! ¡qué risa! La una es rubia
y morena la otra; pero ¿cuál es la rubia? ¿cuál la morena? ¡Se me
confunden una en otra!...»

—Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido?

—Hola, Víctor.

—Te esperaba en el Casino, y como no venías...

—Allá iba...

—¿Allá? ¿y en esta dirección? ¿Estás loco?

—Sí, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te
hablé de Eugenia...

—¿De la pianista? Sí.

—Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un...

—Sí, como un enamorado. Sigue.

—Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a
sus tíos; la vi...

—Y te miró, ¿no es eso? ¿y creíste en Dios?

—No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que
creí en Dios, sino que me creí un dios.

—Fuerte te entró, chico...

—¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me
pasa; casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde
que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he
enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una primero que era
todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una
pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he
seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?

—Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte
en el fondo de tu alma, sin tener dónde meterse; llegó Eugenia, la
pianista, te sacudió y remejió con sus ojos esa charca en que tu amor
dormía; se despertó éste, brotó de ella, y como es tan grande se
extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de
una mujer se enamora a la vez de todas las demás.

—Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis,
¡mira qué morena! ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es
lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su
pelo, bajo el azabache de sus ojos? Vamos a seguirla...

—Como quieras...

—Pues sí, yo creí que sería todo lo contrario; que cuando uno se
enamora de veras es que concentra su amor, antes desparramado entre
todas, en una sola, y que todas las demás han de parecerle como si
nada fuesen ni valiesen... Pero ¡mira! ¡mira ese golpe de sol en la
negrura de su pelo!

—No; verás, verás si logro explicártelo. Tú estabas enamorado, sin
saberlo por supuesto, de la mujer, del abstracto, no de ésta ni de
aquélla; al ver a Eugenia, ese abstracto se concretó y la mujer se
hizo una mujer y te enamoraste de ella, y ahora vas de ella, sin
dejarla, a casi todas las mujeres, y te enamoras de la colectividad,
del género. Has pasado, pues, de lo abstracto a lo concreto y de lo
concreto a lo genérico, de la mujer a una mujer y de una mujer a las
mujeres.

—¡Vaya una metafísica!

—Y ¿que es el amor sino metafísica?

—¡Hombre!

—Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento no es sino cerebral,
o como suele decirse, de cabeza.

—Eso lo creerás tú...—exclamó Augusto un poco picado y de mal humor,
pues aquello de que su enamoramiento no era sino de cabeza le había
llegado, doliéndole, al fondo del alma.

—Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura
idea, un ente de ficción...

—¿Es que no me crees capaz de enamorarme de veras, como los demás...?

—De veras estás enamorado, ya lo creo, pero de cabeza sólo. Crees que
estás enamorado...

—Y ¿qué es estar uno enamorado sino creer que lo está?

—¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te figuras!...

—¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que
cree estarlo?

—Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas.

Cuando luego volvió Augusto a su casa tomó en brazos a Orfeo y le
dijo: «Vamos a ver, Orfeo mío, ¿en qué se diferencia estar uno
enamorado de creer que lo está? ¿Es que estoy yo o no estoy enamorado
de Eugenia? ¿es que cuando la veo no me late el corazón en el pecho y
se me enciende la sangre? ¿es que yo no soy como los demás hombres?
¡Tengo que demostrarles, Orfeo, que soy tanto como ellos!»

Y a la hora de cenar, encarándose con Liduvina le preguntó:

—Di, Liduvina, ¿en qué se conoce que un hombre está de veras
enamorado?

—Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted señorito...!

—Vamos, di, ¿en qué se conoce?

—Pues se conoce... se conoce en que hace y dice muchas tonterías.
Cuando un hombre se enamora de veras, se _chala_, vamos al decir, por
una mujer, ya no es un hombre...

—Pues ¿qué es?

—Es... es... es... una cosa, un animalito... Una hace de él lo que
quiere.

—Entonces, cuando una mujer se enamora de veras de un hombre, se
_chala_, como dices, ¿hace de ella el hombre lo que quiere?

—El caso no es enteramente igual...

—¿Cómo, cómo?

—Eso es muy difícil de explicar, señorito. Pero ¿está usted de veras
enamorado?

—Es lo que trato de averiguar. Pero tonterías, de las gordas, no he
dicho ni hecho todavía ninguna... me parece...

Liduvina se calló, y Augusto se dijo: «¿Estaré de veras enamorado?»



XI


Cuando llamó aquel otro día Augusto a casa de don Fermín y doña
Ermelinda, la criada le pasó a la sala diciéndole: «Ahora aviso».
Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacío. Sentía una
profunda opresión en el pecho. Ceñíale una angustiosa sensación de
solemnidad. Sentóse para levantarse al punto y se entretuvo en mirar
los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre
ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto,
al oir unos pasos menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el
pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de
la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de
una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un momento y se quedó
suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le dijo con
voz seca y baja:

—¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?

—No, no es nada; qué sé yo...

—¿Quiere algo? ¿necesita algo?

—Un vaso de agua.

Eugenia, como quien ve un agarradero, salió de la estancia para
ir ella misma a buscar el vaso de agua, que se lo trajo al punto.
El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló éste en manos de
Augusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente, vertiéndosele
agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de
Eugenia.

—Si quiere usted—dijo ella—, mandaré que le hagan una taza de té, o
de manzanilla, o de tila... ¿Qué, se ha pasado?

—No, no, no fué nada; gracias, Eugenia, gracias—y se enjugaba el agua
de la barba.

—Bueno, pues ahora siéntese usted—y cuando estuvieron sentados
prosiguió ella—: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada
de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes,
le hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que
hablásemos a solas.

—¡Oh, Eugenia, Eugenia!

—Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría
tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un
muerto.

—Y más muerto que vivo estaba, créamelo.

—Va a ser menester que nos expliquemos.

—¡Eugenia!—exclamó el pobre, y extendió una mano que recojió al punto.

—Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos
tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver!—y le cojió la mano para
tomarle el pulso.

Y éste empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo,
ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y
no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó
perder el sentido.

—¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!

—¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!

—Don Augusto... don Augusto... don... don...

—Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.

—Pero, permítame...—y le cojió entre sus dos manos la diestra aquella
blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hechos para acariciar
las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.

—Como usted quiera, don Augusto.

Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas
entibiaron la frialdad blanca.

—Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.

—Pero mira, Eugenia, ven...

—No, no, no, ¡formalidad!—y desprendiendo su mano de las de él
prosiguió: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho
concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece
que usted está engañado.

—¿Cómo engañado?

—Sí, han debido decirle que tengo novio.

—Lo sé.

—¿Se lo han dicho ellos?

—No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.

—Entonces...

—Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que
nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir
de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a
embriagarme en el vaho de su respiración...

—Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros;
dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le
antoje, a que me vea y me revea, a que hable conmigo y hasta... ya lo
ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio,
del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.

—Pero ¿de veras está usted enamorada de él?

—¡Vaya una pregunta!

—Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?

—Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Augusto?

—No, no; lo digo porque mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos
que creen estar enamorados sin estarlo...

—Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?

—Sí, por mí lo ha dicho; ¿pues?

—Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...

—Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de
veras enamorado de ti?

—No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oirle la criada...

—¡Sí, sí—continuó exaltándose—, hay quien me cree incapaz de
enamorarme de veras...!

—Dispense un momento—le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole
solo.

Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:

—Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo:—¡Mis
tíos!—A los pocos momentos entraban éstos en la sala.

—Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse,
pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir, ¡y aquí está!

—¡Vendrán tiempos—exclamó don Fermín—en que se disiparán los
convencionalismos sociales todos! Estoy convencido de que las cercas
y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para
los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los
propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas
ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es
naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...

—¡Cállate, hombre—exclamó doña Ermelinda—, que no me dejas oir cantar
al canario! ¿No le oye usted, don Augusto? ¡Es un encanto oirle! Y
cuando ésta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que
oirle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más ésta
daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de
eso, reventado...

—¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros
vicios!—agregó el tío—. ¡Hasta a los animales que con nosotros
conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh,
humanidad, humanidad!

—Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto?—preguntó la tía.

—Oh, no, señora, no, nada, nada, un momentito, un relámpago... por lo
menos así me lo pareció...

—¡Ah, vamos!

—Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto
de una lijera indisposición que trajo de la calle...

—¿Cómo?

—Oh, no fué nada, señora, nada...

—Ahora yo les dejo, tengo que hacer—dijo Eugenia, y dando la mano a
Augusto se fué.

—Y ¿qué, cómo va eso?—le preguntó a Augusto la tía así que Eugenia
hubo salido.

—Y ¿qué es eso?

—¡La conquista, naturalmente!

—¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se ha de casar con
él.

—No te lo decía yo, Ermelinda, ¡no te lo decía!

—Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del novio es una locura, don
Augusto, ¡una locura!

—Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?

—Eso digo yo—exclamó el tío—, eso digo yo. ¡La libertad, la santa
libertad, la libertad de elección!

—Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...?
¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!

—Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede, no se debe
violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de
su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta
sacrificarnos para que la consiga...

—¿Usted, don Augusto, usted?

—¡Yo, sí, yo, señora! ¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la
felicidad de Eugenia, de su sobrina, porque mi felicidad consiste en
que ella sea feliz!

—¡Bravo!—exclamó el tío—¡bravo! ¡bravo! ¡He aquí un héroe! ¡he aquí
un anarquista... místico!

—¿Anarquista?—dijo Augusto.

—Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso
precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que
uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...

—¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te
sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!

—Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico...
me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...

—¡Y la felicidad también es teórica!—exclamó Augusto, compungido y
como quien habla consigo mismo, y luego—: He decidido sacrificarme a
la felicidad de Eugenia y he pensado en un acto heroico.

—¿Cuál?

—¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su
desgraciado padre...

—Sí, mi pobre hermano.

—... está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?

—Sí, señor.

—Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer!—y se dirigió a la puerta.

—Pero, don Augusto...

—Augusto se siente capaz de las más heroicas determinaciones, de
los más grandes sacrificios. Y ahora se sabrá si está enamorado nada
más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar
enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida,
a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gratitud
eterna. Y ahora, ¡adiós!

Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda:

—¡Chiquilla!



XII


—Señorito—entró un día después a decir a Augusto Liduvina—, ahí está
la del planchado.

—¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase!

Entró la muchacha llevando el cesto del planchado de Augusto.
Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendía el
rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas
veces como allí entró. Parecía antes como si el señorito ni la
hubiese visto siquiera, lo que a ella, que creía conocerse, habíala
tenido inquieta y hasta mohína. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarle como
le miraban otros hombres! ¡No devorarle con los ojos, o más bien
lamerle con ellos los de ella y la boca y la cara toda!

—¿Qué te pasa Rosario, porque creo que te llamas así, no?

—Sí, así me llamo.

—Y ¿qué te pasa?

—¿Por qué, señorito Augusto?

—Nunca te he visto ponerte así colorada. Y además me pareces otra.

—El que me parece que es otro es usted...

—Puede ser... puede ser... Pero ven, acércate.

—¡Vamos, déjese de bromas y despachemos!

—¿Bromas? Pero ¿tú crees que es broma?—le dijo con voz más seria—.
Acércate, así, que te vea bien.

—Pero ¿es que no me ha visto otras veces?

—Sí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que fueses tan guapa
como eres...

—Vamos, vamos, señorito, no se burle...—y le ardía la cara.

—Y ahora, con esos colores, talmente el sol...

—Vamos...

—Ven acá, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco,
¿no es así? Pues no, no es eso, ¡no! Es que lo ha estado hasta ahora,
o mejor dicho, es que he estado hasta ahora tonto, tonto del todo,
perdido en una niebla, ciego... No hace sino muy poco tiempo que se
me han abierto los ojos. Ya ves, tantas veces como has entrado en
esta casa y te he mirado y no te había visto. Es, Rosario, como si no
hubiese vivido, lo mismo que si no hubiese vivido... Estaba tonto,
tonto... Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es lo que te pasa?

Rosario, que se había tenido que sentar en una silla, ocultó la cara
en las manos y rompió a llorar. Augusto se levantó, cerró la puerta,
volvió a la mocita, y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo con
su voz más húmeda y más caliente, muy bajo:

—Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es eso?

—Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto...

—¡Ángel de Dios!

—No diga usted esas cosas, don Augusto.

—¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no
viviera, hasta que llegó una mujer, ¿sabes?, otra, y me abrió los
ojos y he visto el mundo, y sobre todo he aprendido a veros a
vosotras, a las mujeres...

—Y esa mujer... sería alguna mala mujer...

—¿Mala? ¿mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que
dices? ¿Sabes lo que es ser malo? ¿Qué es ser malo? No, no, no, esa
mujer es, como tú, un ángel; pero esa mujer no me quiere... no me
quiere... no me quiere...—y al decirlo se le quebró la voz y se le
empañaron en lágrimas los ojos.

—¡Pobre don Augusto!

—¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho! ¡pobre don Augusto!
Pero mira, Rosario, quita el don y di: ¡pobre Augusto! Vamos, di:
¡pobre Augusto!

—Pero, señorito...

—Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!

—Si usted se empeña... ¡pobre Augusto!

Augusto se sentó.

—¡Ven acá!—la dijo.

Levantóse ella cual movida por un resorte, como una hipnótica
sugestionada, con la respiración anhelante. Cojióla él, la sentó
sobre sus rodillas, la apretó fuertemente a su pecho, y teniendo su
mejilla apretada contra la mejilla de la muchacha, que echaba fuego,
estalló diciendo:

—¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que
es de mí! Esa mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha
vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora
que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme
de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me ayudarás tú,
Rosario, me ayudarás a que de ella me defienda?

Un ¡sí! tenuísimo, con susurro que parecía venir de otro mundo, rozó
el oído de Augusto.

—Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario, ni lo que digo, ni lo que hago,
ni lo que pienso; yo ya no sé si estoy o no enamorado de esa mujer,
de esa mujer a la que llamas mala...

—Es que yo, don Augusto...

—Augusto, Augusto...

—Es que yo, Augusto...

—Bueno, cállate, basta—y cerraba él los ojos—, no digas nada, déjame
hablar solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi
madre, conmigo mismo, nada más que conmigo; es decir, dormido. Y no
he sabido lo que es dormir juntamente, dormir dos un mismo sueño.
¡Dormir juntos! No estar juntos durmiendo cada cual su sueño, ¡no!,
sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño! ¿Y si durmiéramos
tú y yo, Rosario, el mismo sueño?

—Y esa mujer...—empezó la pobre chica, temblando entre los brazos de
Augusto y con lágrimas en la voz.

—Esa mujer, Rosario, no me quiere... no me quiere... no me quiere...
Pero ella me ha enseñado que hay otras mujeres, por ella he sabido
que hay otras mujeres... y alguna podrá quererme... ¿Me querrás tú,
Rosario, dime, me querrás tú?—y la apretaba como loco contra su pecho.

—Creo que sí... que le querré...

—¡Que te querré, Rosario, que te querré!

—Que te querré...

—¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!

En aquel momento se abrió la puerta, apareció Liduvina, y exclamando:
¡ah!, volvió a cerrarla. Augusto se turbó mucho más que Rosario, la
cual, poniéndose rápidamente en pie, se atusó el pelo, se sacudió el
cuerpo y con voz entrecortada dijo:

—Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?

—Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.

—Sí, volveré.

—¿Y me perdonas todo? ¿me lo perdonas?

—¿Perdonarle... qué?

—Esto, esto... Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?

—Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que debe hacer es no
pensar en esa mujer.

—Y tú, ¿pensarás en mí?

—Vaya, que tengo que irme.

Arreglaron la cuenta y Rosario se fué. Y apenas se había ido entró
Liduvina:

—¿No me preguntaba usted el otro día, señorito, en qué se conoce si
un hombre está o no enamorado?

—En efecto.

—Y le dije en que hace o dice tonterías. Pues bien; ahora puedo
asegurarle que usted está enamorado.

—Pero ¿de quién? ¿de Rosario?

—¿De Rosario...? ¡Quia! ¡De la otra!

—Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?

—¡Bah! Usted ha estado diciendo y haciendo a ésta lo que no pudo
decir ni hacer a la otra.

—Pero ¿tú te crees...?

—No, no, si ya me supongo que no ha pasado a mayores; pero...

—¡Liduvina, Liduvina!

—Como usted quiera, señorito.

El pobre fué a acostarse ardiéndole la cabeza. Y al echarse en la
cama, a cuyos pies dormía Orfeo, se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto
de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno
solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad,
la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos,
el sueño común?»

Y cayó en el sueño.



XIII


Pocos días después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de
Augusto diciéndole que una señorita preguntaba por él.

—¿Una señorita?

—Sí, ella, la pianista.

—¿Eugenia?

—Eugenia, sí. Decididamente no es usted el único que se ha vuelto
loco.

El pobre Augusto empezó a temblar. Y es que se sentía reo. Levantóse,
lavóse de prisa, se vistió y fué dispuesto a todo.

—Ya sé, señor don Augusto—le dijo solemnemente Eugenia en cuanto le
vio—, que ha comprado usted mi deuda a mi acreedor, que está en su
poder la hipoteca de mi casa.

—No lo niego.

—Y ¿con qué derecho hizo eso?

—Con el derecho, señorita, que tiene todo ciudadano a comprar lo que
bien le parezca si el poseedor quiera venderlo.

—No quiero decir eso, sino ¿para qué lo ha comprado usted?

—Pues porque me dolía verle depender así de un hombre a quien acaso
usted sea indiferente y que sospecho no es más que un traficante sin
entrañas.

—Es decir, que usted pretende que dependa yo de usted, ya que no le
soy indiferente...

—¡Oh, eso nunca, nunca, nunca! ¡Nunca, Eugenia, nunca! Yo no busco
que usted dependa de mí. Me ofende usted sólo con suponerlo. Verá
usted—y dejándola sola se salió agitadísimo.

Volvió al poco rato trayendo unos papeles.

—He aquí, Eugenia, los documentos que acreditan su deuda. Tómelos
usted y haga de ellos lo que quiera.

—¿Cómo?

—Sí, que renuncio a todo. Para eso lo compré.

—Lo sabía, y por eso le dije que usted no pretende sino hacer que
dependa de usted. Me quiere usted ligar por la gratitud. ¡Quiere
usted comprarme!

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

—Sí, quiere usted comprarme, quiere usted comprarme; ¡quiere usted
comprar... no mi amor, que ése no se compra, sino mi cuerpo!

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

—Esto es, aunque usted no lo crea, una infamia, nada más que una
infamia.

—¡Eugenia, por Dios, Eugenia!

—¡No se me acerque usted más, que no respondo de mí!

—Pues bien, sí, me acerco. ¡Pégame, Eugenia, pégame; insúltame,
escúpeme, haz de mí lo que quieras!

—No merece usted nada—y Eugenia se levantó—; me voy, pero ¡cónstele
que no acepto su limosna o su oferta! Trabajaré más que nunca; haré
que trabaje mi novio, pronto mi marido, y viviremos. Y en cuanto a
eso, quédese usted con mi casa.

—Pero ¡si yo no me opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio
que dice!

—¿Cómo? ¿cómo? ¿A ver?

—¡Si yo no he hecho esto para que usted, ligada por gratitud, acceda
a tomarme por marido!... ¡Si yo renuncio a mi propia felicidad, mejor
dicho, si mi felicidad consiste en que usted sea feliz y nada más, en
que sea usted feliz con el marido que libremente escoja!...

—¡Ah, ya, ya caigo; usted se reserva el papel de heroica víctima, de
mártir! Quédese usted con la casa, le digo. Se la regalo.

—Pero, Eugenia, Eugenia...

—¡Basta!

Y sin más mirarle, aquellos dos ojos de fuego desaparecieron.

Quedóse Augusto un momento fuera de sí, sin darse cuenta de que
existía, y cuando sacudió la niebla de confusión que le envolviera
tomó el sombrero y se echó a la calle, a errar a la ventura. Al pasar
junto a una iglesia, San Martín, entró en ella, casi sin darse cuenta
de lo que hacía. No vio al entrar sino el mortecino resplandor de
la lamparilla que frente al altar mayor ardía. Parecíale respirar
oscuridad, olor a vejez, a tradición sahumada en incienso, a hogar de
siglos, y andando casi a tientas fué a sentarse en un banco. Dejóse
en él caer más que se sentó. Sentíase cansado, mortalmente cansado y
como si toda aquella oscuridad, toda aquella vejez que respiraba le
pesasen sobre el corazón. De un susurro que parecía venir de lejos,
de muy lejos, emergía una tos contenida de cuando en cuando. Acordóse
de su madre.

Cerró los ojos y volvió a soñar aquella casa dulce y tibia, en que la
luz entraba por entre las blancas flores bordadas en los visillos.
Volvió a ver a su madre, yendo y viniendo sin ruido, siempre de
negro, con aquella su sonrisa que era poso de lágrimas. Y repasó su
vida toda de hijo, cuando formaba parte de su madre y vivía a su
amparo, y aquella muerte lenta, grave, dulce e indolorosa de la pobre
señora, cuando se fué como un ave peregrina que emprende sin ruido el
vuelo. Luego recordó o resoñó el encuentro de Orfeo, y al poco rato
encontróse sumido en un estado de espíritu en que pasaban ante él, en
cinematógrafo, las más extrañas visiones.

Junto a él un hombre susurraba rezos. El hombre se levantó para salir
y él le siguió. A la salida de la iglesia el hombre aquél mojó los
dedos índice y corazón de su diestra en el aguabenditera y ofreció
agua bendita a Augusto, santiguándose luego. Encontráronse juntos en
la cancela.

—¡Don Avito!—exclamó Augusto.

—¡El mismo, Augustito, el mismo!

—Pero ¿usted por aquí?

—Sí, yo por aquí; enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más,
mucho más que la ciencia.

—Pero ¿y el candidato a genio?

Don Avito Carrascal le contó la lamentable historia de su hijo[1]. Y
concluyó diciendo: «Ya ves, Augustito, cómo he venido a esto...»

  [1] Historia que he contado en mi novela _Amor y Pedagogía_.

Augusto callaba mirando al suelo. Iban por la alameda.

—Sí, Augusto, sí—prosiguió don Avito—; la vida es la única maestra
de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir
viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la
vida de nuevo...

—¿Y la labor de las generaciones, don Avito, el legado de los siglos?

—No hay más que dos legados: el de las ilusiones y el de los
desengaños, y ambos sólo se encuentran donde nos encontramos hace
poco: en el templo. De seguro que te llevó allá o una gran ilusión o
un gran desengaño.

—Las dos cosas.

—Sí, las dos cosas, sí. Porque la ilusión, la esperanza, engendra el
desengaño, el recuerdo, y el desengaño, el recuerdo, engendra a su
vez la ilusión, la esperanza. La ciencia es realidad, es presente,
querido Augusto, y yo no puedo vivir ya de nada presente. Desde que
mi pobre Apolodoro, mi víctima—y al decir esto le lloraba la voz—,
murió, es decir, se mató, no hay ya presente posible, no hay ciencia
ni realidad que valgan para mí; no puedo vivir sino recordándole o
esperándole. Y he ido a parar a ese hogar de todas las ilusiones y
todos los desengaños: ¡a la iglesia!

—¿De modo es que ahora cree usted?

—¡Qué sé yo...!

—Pero ¿no cree usted?

—No sé si creo o no creo; sé que rezo. Y no sé bien lo que rezo.
Somos unos cuantos que al anochecer nos reunimos ahí a rezar el
rosario. No sé quiénes son, ni ellos me conocen, pero nos sentimos
solidarios, en íntima comunión unos con otros. Y ahora pienso que a
la humanidad maldita la falta que le hacen los genios.

—¿Y su mujer, don Avito?

—¡Ah, mi mujer!—exclamó Carrascal, y una lágrima que se le había
asomado a un ojo pareció irradiarle luz interna—. ¡Mi mujer! ¡la
he descubierto! Hasta mi tremenda desgracia no he sabido lo que
tenía en ella. Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando
en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro
reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba,
lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la cabeza,
me decía: «¡Pobre hijo mío! ¡pobre hijo mío!» Nunca, nunca ha sido
más madre que ahora. Jamás creí al hacerla madre, ¿y cómo?, nada más
que para que me diese la materia prima del genio... jamás creí al
hacerla madre que como tal la necesitaría para mí un día. Porque yo
no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí; yo no he tenido madre,
no he sabido lo que es tenerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo
y suyo se ha sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a
la excelente doña Soledad, si no te aconsejaría que te casases.

—La conocí, don Avito, pero la perdí, y ahí, en la iglesia, estaba
recordándola...

—Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!

—No, aquélla no, aquélla no la volveré a tener.

—Es verdad, pero ¡cásate!

—¿Y cómo?—añadió Augusto con una forzada sonrisa y recordando lo que
había oído de una de las doctrinas de don Avito—¿cómo? ¿deductiva o
inductivamente?

—¡Déjate ahora de esas cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes
tragedias! Pero... en fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate
intuitivamente!

—¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?

—Cásate con la mujer que te quiera, aunque no la quieras tú. Es mejor
casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo.
Busca una que te quiera.

Por la mente de Augusto pasó en rapidísima visión la imagen de la
chica de la planchadora. Porque se había hecho la ilusión de que
aquella pobrecita quedó enamorada de él.

Cuando al cabo Augusto se despidió de don Avito dirigióse al Casino.
Quería despejar la niebla de su cabeza y la de su corazón echando una
partida de ajedrez con Víctor.



XIV


Notó Augusto que algo insólito le ocurría a su amigo Víctor; no
acertaba ninguna jugada, estaba displicente y silencioso.

—Víctor, algo te pasa...

—Sí, hombre, sí, me pasa una cosa grave. Y como necesito desahogo,
vamos fuera; la noche está muy hermosa; te lo contaré.

Víctor, aunque el más íntimo amigo de Augusto, le llevaba cinco
o seis años de edad y hacía más de doce que estaba casado, pues
contrajo matrimonio siendo muy joven, por deber de conciencia, según
decían. No tenía hijos.

Cuando estuvieron en la calle, Víctor comenzó:

—Ya sabes, Augusto, que me tuve que casar muy joven...

—¿Que te tuviste que casar?

—Sí, vamos, no te hagas el de nuevas, que la murmuración llega a
todos. Nos casaron nuestros padres, los míos y los de mi Elena,
cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fué para nosotros
un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fué una falsa
alarma...

—¿Qué es lo que fué una falsa alarma?

—Pues aquello por que nos casaron. Pudibundeces de nuestros sendos
padres. Se enteraron de un desliz nuestro, que tuvo su cachito de
escándalo, y sin esperar a ver qué consecuencias tenía, o si las
tenía, nos casaron.

—Hicieron bien.

—No diré yo tanto. Mas el caso fué que ni tuvo consecuencias aquel
desliz ni las tuvieron los consiguientes deslices de después de
casados.

—¿Deslices?

—Sí, en nuestro caso no eran sino deslices. Nos deslizábamos. Ya te
he dicho que jugábamos a marido y mujer...

—¡Hombre!

—No, no seas demasiado malicioso. Eramos y aún somos jóvenes para
pervertirnos. Pero en lo que menos pensábamos era en constituir un
hogar. Eramos dos mozuelos que vivían juntos haciendo eso que se
llama vida marital. Pero pasó el año y al ver que no venía fruto
empezamos a ponernos de morro, a mirarnos un poco de reojo, a
incriminarnos mutuamente en silencio. Yo no me avenía a no ser padre.
Era un hombre ya, tenía más de veintiún años, y, francamente, eso
de que yo fuese menos que otros, menos que cualquier bárbaro que a
los nueve meses justos de haberse casado, o antes, tiene su primer
hijo... a esto no me resignaba.

—Pero, hombre, ¿qué culpa...?

—Y, es claro, yo, aun sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me
decía: «Esta mujer es estéril y te pone en ridículo». Y ella, por su
parte, no me cabía duda, me culpaba a mí, y hasta suponía, qué sé
yo...

—¿Qué?

—Nada, que cuando pasa un año y otro y otro y el matrimonio no tiene
hijos, la mujer da en pensar que la culpa es del marido y que lo es
porque no fué sano al matrimonio, porque llevó cualquier dolencia...
El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del otro; que el demonio
se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal demonio y
llegaron las reconvenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y
«quien no sirve eres tú» y todo lo demás.

—¿Sería por eso que hubo una temporada, a los dos o tres años de
haberte casado, que anduviste tan malo, tan preocupado, neurasténico?
¿cuando tuviste que ir solo a aquel sanatorio?

—No, no fué eso... fué algo peor.

Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.

—Bueno, bueno, guárdatelo; no quiero romper tus secretos.

—¡Pues sea, te lo diré! Fué que exacerbado por aquellas querellas
intestinas con mi pobre mujer, llegué a imaginarme que la cuestión
dependía no de la intensidad o de lo que sea, sino del número, ¿me
entiendes?

—Sí, creo entenderte...

—Y di en dedicarme a comer como un bárbaro lo que creí más
sustancioso y nutritivo y bien sazonado con todo género de especias,
en especial las que pasan por más afrodisíacas, y a frecuentar lo más
posible a mi mujer. Y, claro...

—Te pusiste enfermo.

—¡Natural! Y si no acudo a tiempo y entramos en razón me las lío al
otro mundo. Pero curé de aquello en ambos sentidos, volví a mi mujer
y nos calmamos y resignamos. Y poco a poco volvió a reinar en casa
no ya la paz, sino hasta la dicha. Al principio de esta nueva vida,
a los cuatro o cinco años de casados, lamentábamos alguna que otra
vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos consolamos, sino que
nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos a los hijos,
sino hasta por compadecer a los que los tienen. Nos habituamos uno a
otro, nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no puedes entender
esto...

—No, no lo entiendo.

—Pues bien; yo me hice una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una
costumbre mía. Todo estaba moderadamente regularizado en nuestra
casa, todo, lo mismo que las comidas. A las doce en punto, ni minuto
más ni minuto menos, la sopa en la mesa, y de tal modo, que comemos
todos los días casi las mismas cosas, en el mismo orden y en la misma
cantidad. Aborrezco el cambio y lo aborrece Elena. En mi casa se vive
al reló.

—Vamos, sí, esto me recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del
matrimonio Romera, que suele decir que son marido y mujer solterones.

—En efecto, porque no hay solterón más solterón y recalcitrante que
el casado sin hijos. Una vez, para suplir la falta de hijos, que al
fin y al cabo ni en mí había muerto el sentimiento de la paternidad
ni menos el de la maternidad en ella, adoptamos, o si quieres
prohijamos, un perro; pero al verle un día morir a nuestra vista,
porque se le atravesó un hueso en la garganta, y ver aquellos ojos
húmedos que parecían suplicarnos vida, nos entró una pena y un horror
tal que no quisimos más perros ni cosa viva. Y nos contentamos con
unas muñecas, unas grandes peponas, que son las que has visto en
casa, y que mi Elena viste y desnuda.

—Esas no se os morirán.

—En efecto. Y todo iba muy bien y nosotros contentísimos. Ni me
turban el sueño llantos de niño, ni tenía que preocuparme de si será
varón o hembra y qué he de hacer de él o de ella... Y, además, he
tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente, sin estorbos
de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!

—¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia...?

—¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo. Un matrimonio sin hijos
puede llegar a convertirse en una especie de concubinato legal, muy
bien ordenado, muy higiénico, relativamente casto, pero, en fin,
¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero solterones arrimados,
en efecto. Y así han transcurrido estos más de once años, van para
doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?

—Hombre, ¿cómo lo he de saber?

—Pero ¿no sabes lo que me pasa?

—Como no sea que has dejado encinta a tu mujer...

—Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!

—¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto...?

—Sí, al principio, los dos o tres primeros años, poco más. Pero
ahora, ahora... Ha vuelto el demonio a casa, han vuelto las
disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros culpaba al otro
de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de esto que
se nos viene. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...

—Pues no me lo digas si no quieres.

—Empezamos a llamarle ¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría
una mañana con un hueso atravesado en la garganta...

—¡Qué barbaridad!

—Sí, tienes razón, una barbaridad. Y ¡adiós regularidad, adiós
comodidad, adiós costumbres! Todavía ayer estaba Elena de vómitos;
parece que es una de las molestias anejas al estado que llaman...
¡interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un interés! ¡De
vómito! ¿Has visto nada más indecoroso, nada más sucio?

—Pero ¿ella estará gozosísima al sentirse madre?

—¿Ella? ¡Como yo! Esto es una mala jugada de la Providencia, de la
Naturaleza o de quien sea, una burla. Si hubiera venido... el nene o
nena, lo que fuere... si hubiera venido cuando, inocentes tórtolos
llenos, más que de amor paternal, de vanidad, le esperábamos; si
hubiera venido cuando creíamos que el no tener hijos era ser menos
que otros; si hubiera venido entonces, ¡santo y muy bueno!, pero
¿ahora, ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...

—¿Qué, hombre, qué?

—Te lo regalaba, para que hiciese compañía a Orfeo.

—Hombre, cálmate y no digas disparates...

—Tienes razón, disparato. Perdóname. Pero ¿te parece bien, al cabo de
cerca de doce años, cuando nos iba tan ricamente, cuando estábamos
curados de la ridícula vanidad de los recién casados, venirnos esto?
Es claro, ¡vivíamos tan tranquilos, tan seguros, tan confiados...!

—¡Hombre, hombre!

—Tienes razón, sí, tienes razón. Y lo más terrible es, ¿a que no te
figuras?, que mi pobre Elena no puede defenderse del sentimiento del
ridículo que la asalta. ¡Se siente en ridículo!

—Pues no veo...

—No, tampoco yo lo veo, pero así es; se siente en ridículo. Y hace
tales cosas que temo por el... intruso... o intrusa.

—¡Hombre!—exclamó Augusto alarmado.

—¡No, no, Augusto, no, no! No hemos perdido el sentido moral, y
Elena, que es como sabes profundamente religiosa, acata, aunque a
regañadientes, los designios de la Providencia y se resigna a ser
madre. Y será buena madre, no me cabe de ello duda, muy buena madre.
Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar
su estado, para encubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que...
En fin, no quiero pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana
que no sale de casa; dice que le da vergüenza, que se le figura que
van a quedársela todos mirándola en la calle. Y ya habla de que nos
vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el aire y el sol cuando
esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya gentes que la
conozcan y que acaso vayan a felicitarle por ello.

Callaron los dos amigos un rato, y después que el breve silencio
selló el relato dijo Víctor.

—Conque ¡anda, Augusto, anda y cásate, para que acaso te suceda algo
por el estilo; anda y cásate con la pianista!

—Y ¡quién sabe...!—dijo Augusto como quien habla consigo mismo—¡quién
sabe...! Acaso casándome volveré a tener madre...

—Madre, sí—añadió Víctor—, ¡de tus hijos! Si los tienes...

—¡Y madre mía! Acaso ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una
madre, una madre tuya.

—Lo que voy a empezar ahora es a perder noches...

—O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.

—En fin, que no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí
creo que llegaría a resignarme; pero mi Elena, mi pobre Elena...
¡Pobrecita!

—¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.

—En fin, Augusto, ¡que pienses mucho antes de casarte!

Y se separaron.

Augusto entró en su casa llena la cabeza de cuanto había oído a
don Avito y a Víctor. Apenas se acordaba ya ni de Eugenia ni de la
hipoteca liberada, ni de la mozuela de la planchadora.

Cuando al entrar en casa salió saltando a recibirle Orfeo, le cojió,
le tentó bien el gaznate, y apretándole al seno le dijo: «Cuidado
con los huesos, Orfeo, mucho cuidadito con ellos, ¿eh? No quiero que
te atragantes con uno; no quiero verte morir a mis ojos suplicándome
vida. Ya ves, Orfeo, don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la
religión de sus abuelos... ¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a
ser padre. Aquél no se consuela de haber perdido a su hijo y éste no
se consuela de ir a tenerlo. Y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le
fulguraban cuando me dijo: “¡Quiere usted comprarme! ¡quiere usted
comprar no mi amor, que ése no se compra, sino mi cuerpo! ¡Quédese
con mi casa!” ¡Comprar yo su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra
el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma,
alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella,
de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico,
espléndido, divino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él
vida, todo él significación, todo él idea! A mí me sobra el cuerpo,
Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien
que me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo,
Orfeo, me lo palpo, me lo veo, pero ¿el alma?, ¿dónde está mi alma?
¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un poco cuando tuve aquí
abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre Rosarito; cuando
ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de mi
cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela
en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no
alma. Y ahora vamos a dormir, Orfeo, si es que nos dejan.»



XV


—Pero ¿qué has hecho, chiquilla?—preguntaba doña Ermelinda a su
sobrina.

—¿Qué he hecho? Lo que usted, si es que tiene vergüenza, habría
hecho en mi caso; estoy de ello segura. ¡Querer comprarme! ¡querer
comprarme a mí!

—Mira, chiquilla, es siempre mucho mejor que quieran comprarla a una
que no es el que quieran venderla, no lo dudes.

—¡Querer comprarme! ¡querer comprarme a mí!

—Pero si no es eso, Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por
generosidad, por heroísmo...

—No quiero héroes. Es decir, los que procuran serlo. Cuando el
heroísmo viene por sí, naturalmente, ¡bueno!; pero ¿por cálculo?
¡Querer comprarme! ¡querer comprarme a mí, a mí! Le digo a usted,
tía, que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese...

—¿Ese... qué? ¡Vamos, acaba!

—Ese... panoli desaborido. Y para mí como si no existiera. ¡Como que
no existe!

—Pero qué tonterías estás diciendo...

—¿Es que cree usted, tía, que ese tío...?

—¿Quién, Fermín?

—No, ése... ese del canario, ¿tiene algo dentro?

—Tendrá por lo menos sus entrañas...

—Pero ¿usted cree que tiene entrañas? ¡Quia! ¡Si es hueco, como si lo
viera, hueco!

—Pero ven acá, chiquilla, hablemos fríamente y no digas ni hagas
tonterías. Olvida eso. Yo creo que debes aceptarle...

—Pero si no le quiero, tía...

—Y tú ¿qué sabes lo que es querer? Careces de experiencia. Tú sabrás
lo que es una fusa o una corchea, pero lo que es querer...

—Me parece, tía, que está usted hablando por hablar...

—¿Qué sabes tú lo que es querer, chiquilla?

—Pero si quiero a otro...

—¿A otro? ¿A ese gandul de Mauricio, a quien se le pasea el alma por
el cuerpo? ¿A eso le llamas querer? ¿a eso le llamas otro? Augusto es
tu salvación y sólo Augusto. ¡Tan fino, tan rico, tan bueno...!

—Pues por eso no le quiero, porque es tan bueno como usted dice. No
me gustan los hombres buenos.

—Ni a mí, hija, ni a mí, pero...

—¿Pero qué?

—Que hay que casarse con ellos. Para eso han nacido y son buenos,
para maridos.

—Pero si no le quiero, ¿cómo he de casarme con él?

—¿Cómo? ¡casándote! ¿No me casé yo con tu tío...?

—Pero, tía...

—Sí, ahora creo que sí, me parece que sí; pero cuando me casé no sé
si le quería. Mira, eso del amor es una cosa de libros, algo que se
ha inventado no más que para hablar y escribir de ello. Tonterías de
poetas. Lo positivo es el matrimonio. El Código civil no habla del
amor y sí del matrimonio. Todo eso del amor no es más que música...

—¿Música?

—Música, sí. Y ya sabes que la música apenas sirve sino para vivir de
enseñarla, y que si no te aprovechas de una ocasión como esta que se
te presenta vas a tardar en salir de tu purgatorio...

—Y ¿qué? ¿Les pido yo a ustedes algo? ¿No me gano por mí mi vida?
¿Les soy gravosa?

—No te sulfures así, polvorilla, ni digas esas cosas, porque vamos
a reñir de veras. Nadie te habla de eso. Y todo lo que te digo y
aconsejo es por tu bien.

—Sí, por mi bien... por mi bien... Por mi bien ha hecho el señor don
Augusto Pérez esa hombrada, por mi bien... ¡Una hombrada, sí, una
hombrada! ¡Quererme comprar...! ¡Quererme comprar a mí... a mí! ¡Una
hombrada, lo dicho, una hombrada... una cosa de hombre! Los hombres,
tía, ya lo voy viendo, son unos groseros, unos brutos, carecen de
delicadeza. No saben hacer ni un favor sin ofender...

—¿Todos?

—¡Todos, sí, todos! Los que son de veras hombres se entiende.

—¡Ah!

—Sí, porque los otros, los que no son groseros y brutos y egoístas,
no son hombres.

—Pues ¿qué son?

—¡Qué sé yo... maricas!

—¡Vaya unas teorías, chiquilla!

—En esta casa hay que contagiarse.

—Pero eso no se lo has oído nunca a tu tío.

—No, se me ha ocurrido a mí observando a los hombres.

—¿También a tu tío?

—Mi tío no es un hombre... de esos.

—Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos, habla!

—No, no, no, tampoco. Mi tío es... vamos... mi tío... No me
acostumbro del todo a que sea algo así... vamos... de carne y hueso.

—Pues ¿qué, qué crees de tu tío?

—Que no es más que... no sé como decirlo... que no es más que mi tío.
Vamos, así como si no existiese de verdad.

—Eso te creerás tú, chiquilla. Pero yo te digo que tu tío existe,
¡vaya si existe!

—Brutos, todos brutos, brutos todos. ¿No sabe usted lo que ese
bárbaro de Martín Rubio le dijo al pobre don Emeterio a los pocos
días de quedarse éste viudo?

—No lo he oído, creo.

—Pues verá usted; fué cuando la epidemia aquella, ya sabe usted.
Todo el mundo estaba alarmadísimo, a mí no me dejaron ustedes salir
de casa en una porción de días y hasta tomaba el agua hervida. Todos
huían los unos de los otros, y si se veía a alguien de luto reciente
era como si estuviese apestado. Pues bien; a los cinco o seis días
de haber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de
luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese bárbaro
de Martín. Este, al verle de luto, se mantuvo a cierta prudente
distancia de él, como temiendo el contagio, y le dijo: «Pero, hombre,
¿qué es eso? ¿alguna desgracia en tu casa?» «Sí—le contestó el pobre
don Emeterio—, acabo de perder a mi pobre mujer...» «¡Lástima! Y
¿cómo, cómo ha sido eso?» «De sobreparto»—le dijo don Emeterio. «¡Ah,
menos mal!»—le contestó el bárbaro de Martín, y entonces se le acercó
a darle la mano. ¡Habráse visto caballería mayor...! ¡Una hombrada!
Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.

—Y es mejor que sean unos brutos que no unos holgazanes como, por
ejemplo, ese zanguango de Mauricio, que te tiene, yo no sé por qué,
sorbido el seso... Porque según mis informes, y son de buena tinta,
te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de veras enamorado de
ti...

—¡Pero lo estoy yo de él y basta!

—Y ¿te parece que ése... tu novio quiero decir... es de veras hombre?
Si fuese hombre, hace tiempo que habría buscado salida y trabajo.

—Pues si no es hombre, quiero yo hacerle tal. Es verdad, tiene el
defecto que usted dice, tía, pero acaso es por eso por lo que le
quiero. Y ahora, después de la hombrada de don Augusto... ¡quererme
comprar a mí, a mí!... después de eso estoy decidida a jugarme el
todo por el todo casándome con Mauricio.

—Y ¿de qué vais a vivir, desgraciada?

—¡De lo que yo gane! Trabajaré, y más que ahora. Aceptaré lecciones
que he rechazado. Así como así, he renunciado ya a esa casa, se la he
regalado a don Augusto. Era un capricho, nada más que un capricho. Es
la casa en que nací. Y ahora, libre ya de esa pesadilla de la casa
y de su hipoteca, me pondré a trabajar con más ahinco. Y Mauricio,
viéndome trabajar para los dos, no tendrá más remedio que buscar
trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza...

—¿Y si no la tiene?

—Pues si no la tiene... ¡dependerá de mí!

—Sí, ¡el marido de la pianista!

—Y aunque así sea. Será mío, mío, y cuanto más de mí dependa, más mío.

—Sí, tuyo... pero como puede serlo un perro. Y eso se llama comprar
un hombre.

—¿No ha querido un hombre, con su capital, comprarme? Pues ¿qué de
extraño tiene que yo, una mujer, quiera, con mi trabajo, comprar un
hombre?

—Todo esto que estás diciendo, chiquilla, se parece mucho a eso que
tu tío llama feminismo.

—No sé, ni me importa saberlo. Pero le digo a usted, tía, que todavía
no ha nacido el hombre que me pueda comprar a mí. ¿A mí? ¿a mí?
¿comprarme a mí?

En este punto de la conversación entró la criada a anunciar que don
Augusto esperaba a la señora.

—¿Él? ¡vete! Yo no quiero verle. Dile que le he dicho ya mi última
palabra.

—Reflexiona un poco, chiquilla, cálmate; no lo tomes así. Tú no has
sabido interpretar las intenciones de don Augusto.

Cuando Augusto se encontró ante doña Ermelinda empezó a darle sus
excusas. Estaba, según decía, profundamente afectado; Eugenia no
había sabido interpretar sus verdaderas intenciones. Él, por su
parte, había cancelado formalmente la hipoteca de la casa y ésta
aparecía legalmente libre de semejante carga y en poder de su dueña.
Y si ella se obstinaba en no recibir las rentas, él, por su parte,
tampoco podía hacerlo; de manera que aquello se perdería sin provecho
para nadie, o mejor dicho, iría depositándose a nombre de su dueña.
Además, él renunciaba a sus pretensiones a la mano de Eugenia y sólo
quería que ésta fuese feliz; hasta se hallaba dispuesto a buscar una
buena colocación a Mauricio para que no tuviese que vivir de las
rentas de su mujer.

—¡Tiene usted un corazón de oro!—exclamó doña Ermelinda.

—Ahora sólo falta, señora, que convenza a su sobrina de cuáles han
sido mis verdaderas intenciones, y que si lo de deshipotecar la casa
fué una impertinencia me la perdone. Pero me parece que no es cosa ya
de volver atrás. Si ella quiere seré yo padrino de la boda. Y luego
emprenderé un largo y lejano viaje.

Doña Ermelinda llamó a la criada, a la que dijo que llamase a
Eugenia, pues don Augusto deseaba hablar con ella. «La señorita acaba
de salir», contestó la criada.



XVI


—Eres imposible, Mauricio—le decía Eugenia a su novio, en el
cuchitril aquel de la portería—, completamente imposible, y si sigues
así, si no sacudes esa pachorra, si no haces algo para buscarte una
colocación y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate.

—¿De qué disparate? Vamos, di, rica—y le acariciaba el cuello
ensortijándose en uno de sus dedos un rizo de la nuca de la muchacha.

—Mira, si quieres, nos casamos así y yo seguiré trabajando... para
los dos.

—Pero ¿y qué dirán de mí, mujer, si acepto semejante cosa?

—¿Y a mí qué me importa lo que de ti digan?

—¡Hombre, hombre, eso es grave!

—Sí, a mí no me importa eso; lo que yo quiero es que esto se acabe
cuanto antes...

—¿Tan mal nos va?

—Sí, nos va mal, muy mal. Y si no te decides soy capaz de...

—¿De qué, vamos?

—De aceptar el sacrificio de don Augusto.

—¿De casarte con él?

—¡No, eso nunca! De recobrar mi finca.

—Pues ¡hazlo, rica, hazlo! Si ésa es la solución y no otra...

—Y te atreves...

—¡Pues no he de atreverme! Ese pobre don Augusto me parece a mí que
no anda bien de la cabeza, y pues ha tenido ese capricho, no creo que
debemos molestarle...

—De modo que tú...

—Pues ¡claro está, rica, claro está!

—Hombre al fin y al cabo.

—No tanto como tú quisieras, según te explicas. Pero ven acá...

—Vamos, déjame, Mauricio; ya te he dicho cien veces que no seas...

—Que no sea cariñoso...

—¡No, que no seas... bruto! Estate quieto. Y si quieres más
confianzas sacude esa pereza, busca de veras trabajo, y lo demás ya
lo sabes. Conque, a ver si tienes juicio, ¿eh? Mira que ya otra vez
te di una bofetada.

—¡Y bien que me supo! ¡Anda, rica, dame otra! Mira, aquí tienes mi
cara...

—No lo digas mucho...

—¡Anda, vamos!

—No, no quiero darte ese gusto.

—¿Ni otro?

—Te he dicho que no seas bruto. Y te repito que si no te das prisa a
buscar trabajo soy capaz de aceptar eso.

—Pues bien, Eugenia, ¿quieres que te hable con el corazón en la mano,
la verdad, toda la verdad?

—¡Habla!

—Yo te quiero mucho, pero mucho, estoy completamente chalado por ti,
pero eso del matrimonio me asusta, me da un miedo atroz. Yo nací
haragán por temperamento, no te lo niego; lo que más me molesta es
tener que trabajar, y preveo que si nos casamos, y como supongo que
tú querrás que tengamos hijos...

—¡Pues no faltaba más!

—Voy a tener que trabajar, y de firme, porque la vida es cara. Y eso
de aceptar el que seas tú la que trabaje, ¡eso, nunca, nunca, nunca!
Mauricio Blanco Clará no puede vivir del trabajo de una mujer. Pero
hay acaso una solución que sin tener yo que trabajar ni tú se arregle
todo...

—A ver, a ver...

—Pues... ¿me prometes, chiquilla, no incomodarte?

—¡Anda, habla!

—Por todo lo que yo sé y lo que te he oído, ese pobre don Augusto es
un panoli, un pobre diablo; vamos, un...

—¡Anda, sigue!

—Pero no te me incomodarás.

—¡Que sigas te he dicho!

—Es, pues, como venía diciéndote, un... predestinado. Y acaso lo
mejor sea no sólo que aceptes eso de tu casa, sino que...

—Vamos, ¿qué?

—Que le aceptes a él por marido.

—¿Eh?—y se puso ella en pie.

—Le aceptas, y como es un pobre hombre, pues... todo se arregla...

—¿Cómo que se arregla todo?

—Sí, él paga, y nosotros...

—Nosotros... ¿qué?

—Pues nosotros...

—¡Basta!

Y se salió Eugenia, con los ojos hechos un incendio y diciéndose:
«Pero ¡qué brutos, qué brutos! Jamás lo hubiera creído... ¡Qué
brutos!» Y al llegar a su casa se encerró en su cuarto y rompió a
llorar. Y tuvo que acostarse presa de una fiebre.

Mauricio se quedó un breve rato como suspenso; mas pronto se repuso,
encendió un cigarrillo, salió a la calle y le echó un piropo a la
primera moza de garbo que pasó a su lado. Y aquella noche hablaba,
con un amigo, de Don Juan Tenorio.

—A mí ese tío no acaba de convencerme—decía Mauricio—; eso no es más
que teatro.

—¡Y que lo digas tú, Mauricio, que pasas por un Tenorio, por un
seductor!

—¿Seductor? ¿seductor yo? ¡Qué cosas se inventan, Rogelio!

—¿Y lo de la pianista?

—¡Bah! ¿Quieres que te diga la verdad, Rogelio?

—¡Venga!

—Pues bien; de cada cien líos, más o menos honrados, y ese a que
aludías es honradísimo, ¡eh!, de cada cien líos entre hombre y mujer,
en más de noventa la seductora es ella y el seducido es él.

—Pues qué, ¿me negarás que has conquistado a la pianista, a la
Eugenia?

—Sí, te lo niego; no soy yo quien la ha conquistado, sino ella quien
me ha conquistado a mí.

—¡Seductor!

—Como quieras... Es ella, ella. No supe resistirme.

—Para el caso es igual...

—Pero me parece que eso se va a acabar y voy a encontrarme otra vez
libre. Libre de ella, claro, porque no respondo de que me conquiste
otra. ¡Soy tan débil! Si yo hubiera nacido mujer...

—Bueno, ¿y cómo se va a acabar?

—Porque... pues, ¡porque he metido la pata! Quise que siguiéramos, es
decir, que empezáramos las relaciones, ¿entiendes?, sin compromiso ni
consecuencias... y, ¡claro!, me parece que me va a dar soleta. Esa
mujer quería absorberme.

—¡Y te absorberá!

—¡Quién sabe!... ¡Soy tan débil! Yo nací para que una mujer me
mantenga, pero con dignidad, ¿sabes?, y si no, ¡nada!

—Y ¿a qué llamas dignidad? ¿puede saberse?

—¡Hombre, eso no se pregunta! Hay cosas que no pueden definirse.

—¡Es verdad!—contestó con profunda convicción Rogelio, añadiendo: Y
si la pianista te deja, ¿qué vas a hacer?

—Pues quedar vacante. Y a ver si alguna otra me conquista. ¡He sido
ya conquistado tantas veces...! Pero ésta, con eso de no ceder, de
mantenerse siempre a honesta distancia, de ser honrada, en fin,
porque como honrada lo es hasta donde la que más, con todo eso me
tenía chaladito, pero del todo chaladito. Habría acabado por hacer de
mí lo que hubiese querido. Y ahora, si me deja, lo sentiré, y mucho,
pero me veré libre.

—¿Libre?

—Libre, sí, para otra.

—Yo creo que haréis las paces...

—¡Quién sabe!... Pero lo dudo, porque tiene un geniecito... Y hoy la
ofendí, la verdad, la ofendí.



XVII


—¿Te acuerdas, Augusto—le decía Víctor—, de aquel don Eloíno
Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro?

—¿Aquel empleado de Hacienda tan aficionado a correrla, sobre todo de
lo baratito?

—El mismo. Pues bien... ¡se ha casado!

—¡Valiente carcamal se lleva la que haya cargado con él!

—Pero lo estupendo es su manera de casarse. Entérate y ve tomando
notas. Ya sabrás que don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez
de Castro, a pesar de sus apellidos, apenas si tiene sobre qué
caerse muerto ni más que su sueldo en Hacienda, y que está, además,
completamente averiado de salud.

—Tal vida ha llevado.

—Pues el pobre padece una afección cardíaca de la que no puede
recobrarse. Sus días están contados. Acaba de salir de un achuchón
gravísimo, que le ha puesto a las puertas de la muerte y le ha
llevado al matrimonio, pero a otro... revienta. Es el caso que
el pobre hombre andaba de casa en casa de huéspedes y de todas
partes tenía que salir, porque por cuatro pesetas no pueden pedirse
gollerías ni canguingos en mojo de gato y él era muy exigente. Y no
del todo limpio. Y así rodando de casa en casa fué a dar a la de
una venerable patrona, ya entrada en años, mayor que él, que, como
sabes, más cerca anda de los sesenta que de los cincuenta, y viuda
dos veces: la primera, de un carpintero que se suicidó tirándose de
un andamio a la calle, y a quien recuerda a menudo como _su_ Rogelio,
y la segunda, de un sargento de carabineros que le dejó al morir un
capitalito que le da una peseta al día. Y hete aquí que hallándose en
casa de esta señora viuda mi don Eloíno en ponerse malo, muy malo,
tan malo que la cosa parecía sin remedio y que se moría. Llamaron
primero a que le viera don José, y luego a don Valentín. Y el hombre,
¡a morir! Y su enfermedad pedía tantos y tales cuidados, y a las
veces no del todo aseados, que monopolizaba a la patrona, y los otros
huéspedes empezaban ya a amenazar con marcharse. Y don Eloíno que
no podía pagar mucho más, y la doble viuda diciéndole que no podía
tenerle más en su casa, pues le estaba perjudicando el negocio. «Pero
¡por Dios, señora, por caridad!—parece que le decía él—. ¿Adónde voy
yo en este estado, en qué otra casa van a recibirme? Si usted me
echa tendré que ir a morirme al hospital... ¡Por Dios, por caridad!
¡para los días que he de vivir...!» Porque él estaba convencido
de que se moría y muy pronto. Pero ella, por su parte, lo que es
natural, que su casa no era hospital, que vivía de su negocio y que
se estaba ya perjudicando. Cuando en esto a uno de los compañeros de
oficina de don Eloíno se le ocurre una idea salvadora y fué que le
dijo: «Usted no tiene, don Eloíno, sino un medio de que esta buena
señora se avenga a tenerle en su casa mientras viva». «¿Cuál?»,
preguntó él. «Primero—le dijo el amigo—sepamos lo que usted se cree
de su enfermedad.» «Ah, pues yo, de que he de durar poco, muy poco;
acaso no lleguen a verme con vida mis hermanos.» «¿Tan mal se cree
usted?» «Me siento morir...» «Pues si así es, le queda un medio de
conseguir que esta buena mujer no le ponga de patitas en la calle,
obligándole a irse al Hospital.» «Y ¿cuál es?» «Casarse con ella.»
«¿Casarme con ella? ¿con la patrona? ¿Quién, yo? ¡Un Rodríguez de
Alburquerque y Álvarez de Castro! ¡Hombre, no estoy para bromas!» Y
parece que la ocurrencia le hizo un efecto tal que a poco se queda en
ella.

—Y no es para menos.

—Pero el amigo, así que él se repuso de la primera sorpresa, le hizo
ver que casándose con la patrona le dejaba trece duros mensuales
de viudedad, que de otro modo no aprovecharía nadie y se irían al
Estado. Ya ves tú...

—Sí, sé de más de uno, amigo Víctor, que se ha casado nada más que
para que el Estado no se ahorrase una viudedad. ¡Eso es civismo!

—Pero si don Eloíno rechazó indignado tal proposición, figúrate lo
que diría la patrona: «¿Yo? ¿Casarme yo, a mis años, y por tercera
vez, con ese carcamal? ¡Qué asco!» Pero se informó del médico, le
aseguraron que no le quedaban a don Eloíno sino muy pocos días de
vida, y diciendo: «La verdad es que trece duros al mes me arreglan»,
acabó aceptándolo. Y entonces se le llamó al párroco, al bueno de don
Matías, varón apostólico, como sabes, para que acabase de convencer
al desahuciado. «Sí, sí, sí—dijo don Matías—; sí, ¡pobrecito!
¡pobrecito!» Y le convenció. Llamó luego don Eloíno a Correíta y
dicen que le dijo que quería reconciliarse con él—estaban reñidos—,
y que fuese testigo de su boda. «Pero ¿se casa usted, don Eloíno?»
«Sí, Correíta, sí, ¡me caso con la patrona! ¡con doña Sinfo!; ¡yo, un
Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, figúrate! Yo por que
me cuide los pocos días de vida que me quedan... no sé si llegarán
mis hermanos a tiempo de verme vivo... y ella por los trece duros
de viudedad que le dejo.» Y cuentan que cuando Correíta se fué a su
casa y se lo contó todo, como es natural, a su mujer, a Emilia, ésta
exclamó: «Pero ¡tú eres un majadero, Pepe! ¿Por que no le dijiste que
se casase con Encarna—Encarnación es una criada, ni joven ni guapa,
que llevó Emilia como de dote a su matrimonio—, que le habría cuidado
por los trece duros de viudedad tan bien como esa tía?» Y es fama
que la Encarna añadió: «Tiene usted razón, señorita; también yo me
hubiera casado con él y le habría cuidado lo que viviese, que no será
mucho, por trece duros».

—Pero todo eso, Víctor, parece inventado.

—Pues no lo es. Hay cosas que no se inventan. Y aún falta lo mejor. Y
me contaba don Valentín, que es después de don José quien ha estado
tratando a don Eloíno, que al ir un día a verle y encontrarse con
don Matías revestido, creyó que era para darle la Extremaunción al
enfermo, y le dicen que estaba casándole. Y al volver más tarde le
acompañó hasta la puerta la recién casada patrona, ¡por tercera vez!,
y con voz compungida y ansiosa le preguntaba: «Pero, diga usted, don
Valentín, ¿vivirá? ¿vivirá todavía?» «No, señora, no; es cuestión de
días...» «Se morirá pronto, ¿eh?» «Sí, muy pronto.» «Pero ¿de verás,
se morirá?»

—¡Qué enormidad!

—Y no es todo. Don Valentín ordenó que no se le diese al enfermo
más que leche, y de ésta poquita de cada vez, pero doña Sinfo decía
a otro huésped: «¡Quia! ¡yo le doy de todo lo que me pida! ¡A qué
quitarle sus gustos si ha de vivir tan poco...!» Y luego ordenó que
le diese unas ayudas, y ella decía: «¿Unas ayudas? ¡Uf, qué asco! ¿A
este tío carcamal? ¡Yo no, yo no! ¡Si hubiese sido a alguno de los
otros dos, a los que quería, con los que me casé por mi gusto! Pero
¿a éste? ¿unas ayudas? ¿Yo? ¡Como no...!»

—¡Todo esto es fantástico!

—No, es histórico. Y llegaron unos hermanos de don Eloíno, hermano y
hermana, y él decía abrumado por la desgracia: «¡Casarse mi hermano,
mi hermano, un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, con la
patrona de la calle de Pellejeros! ¡mi hermano, hijo de un presidente
que fué de la Audiencia de Zaragoza, de Za-ra-go-za, con una... doña
Sinfo!» Estaba aterrado. Y la viuda del suicida y recién casada con
el desahuciado se decía: «Y ahora verá usted, como si lo viera, ¡con
esto de que somos cuñados se irán sin pagarme el pupilaje, cuando yo
vivo de esto!» Y parece que le pagaron, sí, el pupilaje, y se lo pagó
el marido, pero se llevaron un bastón de puño de oro que él tenía.

—¿Y murió?

—Sí, bastante después. Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona,
decía: «De esto tiene la culpa ese don Valentín, que le ha entendido
la enfermedad... Mejor era el otro, don José, que no se la entendía.
Si sólo le hubiese tratado él, ya estaría muerto, y no que ahora me
va a fastidiar». Ella, doña Sinfo, tiene, además de los hijos del
primer marido, una hija del segundo, del carabinero, y a poco de
haberse casado le decía don Eloíno: «Ven, ven acá; ven, ven que te
dé un beso, que ya soy tu padre, eres hija mía...» «Hija, no—decía
la madre—, ¡ahijada!» «¡Hijastra, señora, hijastra! Ven acá... os
dejo bien...» Y es fama que la madre refunfuñaba: «¡Y el sinvergüenza
no lo hacía más que para sobarla...! ¡Habráse visto...!» Y luego
vino, como es natural, la ruptura. «Esto fué un engaño, nada más que
un engaño, don Eloíno, porque si me casé con usted fué porque me
aseguraron que usted se moría y muy pronto, que si no... ¡pa chasco!
Me han engañado, me han engañado.» «También a mí me han engañado,
señora. Y ¿qué quería usted que hubiese yo hecho? ¿Morirme por
darle gusto?» «Eso era lo convenido.» «Ya me moriré, señora, ya me
moriré... y antes que quisiera... ¡Un Rodríguez de Alburquerque y
Álvarez de Castro!»

Y riñeron por cuestión de unos cuartos más o menos de pupilaje, y
acabó ella por echarle de casa. «¡Adiós, don Eloíno, que le vaya
a usted bien!» «Quede usted con Dios, doña Sinfo.» Y al fin se
ha muerto el tercer marido de esta señora dejándola 2,15 pesetas
diarias, y además le han dado 500 para lutos. Por supuesto, que
no las ha empleado en tales lutos. A lo más le ha sacado un par de
misas, por remordimiento y por gratitud a los trece duros de viudedad.

—Pero ¡qué cosas, Dios mío!

—Cosas que no se inventan, que no es posible inventar. Ahora estoy
recojiendo más datos de esta tragicomedia, de esta farsa fúnebre.
Pensé primero hacer de ello un sainete; pero considerándolo mejor
he decidido meterlo de cualquier manera, como Cervantes metió en su
_Quijote_ aquellas novelas que en él figuran, en una novela que estoy
escribiendo para desquitarme de los quebraderos de cabeza que me da
el embarazo de mi mujer.

—Pero ¿te has metido a escribir una novela?

—¿Y qué quieres que hiciese?

—¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?

—Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya
saliendo. El argumento se hace él solo.

—¿Y cómo es eso?

—Pues mira, un día de éstos que no sabía bien qué hacer, pero
sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo
de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a
escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cojí
unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo
que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según
obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando
poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.

—Sí, como el mío.

—No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.

—¿Y hay psicología? ¿descripciones?

—Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los
personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.

—Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh?

—¿Por qué?

—Porque una vez que me pidió una novela para matar el tiempo,
recuerdo que me dijo que tuviese mucho diálogo y muy cortado.

—Sí, cuando en una que lee se encuentra con largas descripciones,
sermones o relatos, los salta diciendo: ¡paja! ¡paja! ¡paja! Para
ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves tú, puede muy bien
repartirse un sermón en un diálogo...

—¿Y por qué será eso?...

—Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación
misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media
hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la
conversación, de hablar por hablar, del hablar roto e interrumpido.

—También a mí el tono de discurso me carga...

—Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva...
Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no
nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por
supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo...

—Eso hasta cierto punto...

—¿Cómo hasta cierto punto?

—Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil
que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy
frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...

—Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que
se me ocurra, sea como fuere.

—Pues acabará no siendo novela.

—No, será... será... _nivola_.

—Y ¿qué es eso, qué es _nivola_?

—Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de
Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benot, para leérselo,
un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma
heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es
soneto!...» «No, señor—le contestó Machado—, no es soneto, es...
_sonite_.» Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo
dije?, _navilo_... _nebulo_... no, no, _nivola_, eso es, _¡nivola!_
Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género...
Invento el género, e inventar un género no es más que darle un nombre
nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!

—¿Y cuándo un personaje se queda solo?

—Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como diálogo
invento un perro a quien el personaje se dirige.

—Sabes, Víctor, que se me antoja que me están inventando...

—¡Puede ser!

Al separarse uno de otro, Víctor y Augusto, iba diciéndose éste: «Y
esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y
que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es
acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá
en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos
e himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la
liturgia toda de todas las religiones un modo de brezar el sueño de
Dios y que no despierte y deje de soñarnos? ¡Ay, mi Eugenia! ¡mi
Eugenia! Y mi Rosarito...»

—¡Hola, Orfeo!

Orfeo le había salido al encuentro, brincaba, le quería trepar
piernas arriba. Cojióle y el animalito empezó a lamerle la mano.

—Señorito—le dijo Liduvina—, ahí le aguarda Rosarito con la plancha.

—¿Y cómo no la despachaste tú?

—Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía tardar, que si quería
aguardarse...

—Pero podías haberle despachado como otras veces...

—Sí, pero... en fin, usted me entiende...

—¡Liduvina! ¡Liduvina!

—Es mejor que la despache usted mismo.

—Voy allá.



XVIII


—¡Hola, Rosarito!—exclamó Augusto apenas la vio.

—Buenas tardes, don Augusto—y la voz de la muchacha era serena y
clara y no menos clara y serena su mirada.

—¿Cómo no has despachado con Liduvina como otras veces en que yo no
estoy en casa cuando llegas?

—¡No sé! Me dijo que me esperase. Creí que querría usted decirme
algo...

«Pero ¿esto es ingenuidad o qué es?», pensó Augusto y se quedó un
momento suspenso. Hubo un instante embarazoso, preñado de un inquieto
silencio.

—Lo que quiero, Rosario, es que olvides lo del otro día, que no
vuelvas a acordarte de ello, ¿entiendes?

—Bueno, como usted quiera...

—Sí, aquello fué una locura... una locura... no sabía bien lo que me
hacía ni lo que decía... como no lo sé ahora...—e iba acercándose a
la chica.

Esta le esperaba tranquilamente y como resignada. Augusto se sentó en
un sofá, la llamó: ¡ven acá!, la dijo que se sentara, como la otra
vez, sobre sus rodillas, y la estuvo un buen rato mirando a los ojos.
Ella resistió tranquilamente aquella mirada, pero temblaba toda ella
como la hoja de un chopo.

—¿Tiemblas, chiquilla...?

—¿Yo? Yo no. Me parece que es usted...

—No tiembles, cálmate.

—No vuelva a hacerme llorar...

—Vamos, sí, que quieres que te vuelva a hacer llorar. Di, ¿tienes
novio?

—Pero qué preguntas...

—Dímelo, ¿le tienes?

—¡Novio... así, novio... no!

—Pero ¿es que no se te ha dirigido todavía ningún mozo de tu edad?

—Ya ve usted, don Augusto...

—¿Y qué le has dicho?

—Hay cosas que no se dicen...

—Es verdad. Y vamos, di, ¿os queréis?

—Pero ¡por Dios, don Augusto...!

—Mira, si es que vas a llorar te dejo.

La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto, ocultándolo en él, y
rompió a llorar procurando ahogar sus sollozos. «Esta chiquilla se me
va a desmayar», pensó él mientras le acariciaba la cabellera.

—¡Cálmate! ¡cálmate!

—¿Y aquella mujer...?—preguntó Rosarito sin levantar la cabeza y
tragándose sus sollozos.

—Ah, ¿te acuerdas? Pues aquella mujer ha acabado por rechazarme del
todo. Nunca la gané, pero ahora la he perdido del todo, ¡del todo!

La chica levantó la frente y le miró cara a cara, como para ver si
decía la verdad.

—Es que me quiere engañar...—susurró.

—¿Cómo que te quiero engañar? Ah, ya, ya. Conque esas tenemos, ¿eh?
Pues ¿no dices que tenías novio?

—Yo no he dicho nada...

—¡Calma! ¡calma!—y poniéndola junto a sí en el sofá se levantó él y
empezó a pasearse por la estancia.

Pero al volver la vista a ella vio que la pobre muchacha estaba
demudada y temblorosa. Comprendió que se encontraba sin amparo, que
así, sola frente a él, a cierta distancia, sentada en aquel sofá como
un reo ante el fiscal, sentíase desfallecer.

—¡Es verdad!—exclamó—; estamos más protegidos cuanto más cerca.

Volvió a sentarse, volvió a sentarla sobre sí, la ciñó con sus
brazos y la apretó a su pecho. La pobrecilla le echó un brazo sobre
el hombro, como para apoyarse en él, y volvió a ocultar su cara en
el seno de Augusto. Y allí, como oyese el martilleo del corazón de
éste, se alarmó.

—¿Está usted malo, don Augusto?

—¿Y quién está bueno?

—¿Quiere usted que llame para que le traigan algo?

—No, no, déjalo. Yo sé cuál es mi enfermedad. Y lo que me hace falta
es emprender un viaje.—Y después de un silencio: ¿Me acompañarás en
él?

—¡Don Augusto!

—¡Deja el don! ¿Me acompañarás?

—Como usted quiera...

Una niebla invadió la mente de Augusto; la sangre empezó a latirle
en las sienes, sintió una opresión en el pecho. Y para libertarse de
ello empezó a besar a Rosarito en los ojos, que los tenía que cerrar.
De pronto se levantó y dijo dejándola:

—¡Déjame! ¡déjame! ¡tengo miedo!

—¿Miedo de qué?

La repentina serenidad de la mozuela le asustó más aún.

—Tengo miedo, no sé de quién, de ti, de mí; ¡de lo que sea! ¡de
Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿no es eso? ¿volverás?

—Cuando usted quiera.

—Y me acompañarás en mi viaje, ¿no es así?

—Como usted mande...

—¡Vete, vete ahora!

—Y aquella mujer...

Abalanzóse Augusto a la chica, que se había ya puesto en pie, la
cojió, la apretó contra su pecho, juntó sus labios secos a los labios
de ella y así, sin besarla, se estuvo un rato apretando boca a boca
mientras sacudía su cabeza. Y luego soltándola: ¡anda, vete!

Rosario se salió. Y apenas se había salido fué Augusto, y cansado
como si acabase de recorrer a pie leguas por entre montañas se echó
sobre su cama, apagó la luz, y se quedó monologando:

«La he estado mintiendo y he estado mintiéndome. ¡Siempre es así!
Todo es fantasía y no hay más que fantasía. El hombre en cuanto
habla miente, y en cuanto se habla a sí mismo, es decir, en cuanto
piensa sabiendo que piensa, se miente. No hay más verdad que la
vida fisiológica. La palabra, este producto social, se ha hecho
para mentir. Le he oído a nuestro filósofo que la verdad es, como
la palabra, un producto social, lo que creen todos, y creyéndolo se
entienden. Lo que es producto social es la mentira...»

Al sentir unos lametones en la mano exclamó: «Ah, ¿ya estás aquí,
Orfeo? Tú como no hablas no mientes, y hasta creo que no te
equivocas, que no te mientes. Aunque, como animal doméstico que eres,
algo se te habrá pegado del hombre... No hacemos más que mentir
y darnos importancia. La palabra se hizo para exagerar nuestras
sensaciones e impresiones todas... acaso para creerlas. La palabra y
todo género de expresión convencional, como el beso y el abrazo... No
hacemos sino representar cada uno su papel. ¡Todos personas, todos
caretas, todos cómicos! Nadie sufre ni goza lo que dice y expresa y
acaso cree que goza y sufre; si no, no se podría vivir. En el fondo
estamos tan tranquilos. Como yo ahora aquí, representando a solas mi
comedia, hecho actor y espectador a la vez. No mata más que el dolor
físico. La única verdad es el hombre fisiológico, el que no habla, el
que no miente...»

Oyó un golpecito a la puerta.

—¿Qué hay?

—¿Es que no va usted a cenar hoy?—preguntó Liduvina.

—Es verdad; espera, que allá voy.

«Y luego dormiré hoy, como los otros días, y dormirá ella. ¿Dormirá
Rosarito? ¿No habré turbado la tranquilidad de su espíritu? Y esa
naturalidad suya, ¿es inocencia o es malicia? Pero acaso no hay nada
más malicioso que la inocencia, o bien, más inocente que la malicia.
Sí, sí, ya me suponía yo que en el fondo no hay nada más... más...
¿cómo lo diré?... más cínico que la inocencia. Sí, esa tranquilidad
con que se me entregaba, eso que hizo me entrara miedo, miedo no sé
bien de qué, eso no era sino inocencia. Y lo de: «¿Y aquélla mujer?»,
celos, ¿eh? ¿celos? Probablemente no nace el amor sino al nacer los
celos; son los celos los que nos revelan el amor. Por muy enamorada
que esté una mujer de un hombre, o un hombre de una mujer, no se dan
cuenta de que lo están, no se dicen a sí mismos que lo están, es
decir, no se enamoran de veras sino cuando él ve que ella mira a otro
hombre o ella le ve a él mirar a otra mujer. Si no hubiese más que
un solo hombre y una sola mujer en el mundo, sin más sociedad, sería
imposible que se enamorasen uno de otro. Además de que hace siempre
falta la tercera, la Celestina, y la Celestina es la sociedad. ¡El
Gran Galeoto! ¡Y qué bien está eso! ¡Sí, el Gran Galeoto! Aunque sólo
fuese por el lenguaje. Y por esto es todo eso del amor una mentira
más. ¿Y el fisiológico? ¡Bah, eso fisiológico no es amor ni cosa que
lo valga! ¡Por eso es verdad! Pero... vamos, Orfeo, vamos a cenar.
¡Esto sí que es verdad!»



XIX


A los dos días de esto anunciáronle a Augusto que una señora deseaba
verle y hablarle. Salió a recibirla y se encontró con doña Ermelinda,
que al: «¿usted por aquí?» de Augusto, contestó con un: «¡como no ha
querido volver a vernos...!»

—Usted comprende, señora—contestó Augusto—, que después de lo que me
ha pasado en su casa las dos últimas veces que he ido, la una con
Eugenia a solas y la otra cuando no quiso verme, no debía volver. Yo
me atengo en lo hecho y lo dicho, pero no puedo volver por allí...

—Pues traigo una misión para usted de parte de Eugenia...

—¿De ella?

—Sí, de ella. Yo no sé qué ha podido ocurrirle con el novio, pero
no quiere oir hablar de él, está contra él furiosa, y el otro día,
al volver a casa, se encerró en su cuarto y se negó a cenar. Tenía
los ojos encendidos de haber llorado, pero con esas lágrimas que
escaldan, ¿sabe usted?, las de rabia...

—¡Ah!, pero ¿es que hay diferentes clases de lágrimas?

—Naturalmente; hay lágrimas que refrescan y desahogan y lágrimas que
encienden y sofocan más. Había llorado y no quiso cenar. Y me estuvo
repitiendo su estribillo de que los hombres son ustedes todos unos
brutos y nada más que unos brutos. Y ha estado estos días de morro,
con un humor de todos los diablos. Hasta que ayer me llamó, me dijo
que estaba arrepentida de cuanto le había dicho a usted, que se
excedió y fué con usted injusta, que reconoce la rectitud y nobleza
de las intenciones de usted y que quiere no ya que usted le perdone
aquello que le dijo de que la quería comprar, sino que no cree
semejante cosa. Es en esto en lo que hizo más hincapié. Dice que ante
todo quiere que usted la crea que si dijo aquello fué por excitación,
por despecho, pero que no lo cree...

—Y creo que no lo crea.

—Después... después me encargó que averiguase yo de usted con
diplomacia...

—Y la mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo...

—Después me rogó que averiguase si le molestaría a usted el que ella
aceptase, sin compromiso alguno, el regalo que usted le ha hecho de
su propia casa...

—¿Cómo sin compromiso?

—Vamos, sí, el que acepte el regalo como tal regalo.

—Si como tal se lo doy, ¿cómo ha de aceptarlo?

—Porque dice que sí, que está dispuesta, para demostrarle su buena
voluntad y lo sincero de su arrepentimiento por lo que le dijo, a
aceptar su generosa donación, pero sin que eso implique...

—¡Basta, señora, basta! Ahora parece que sin darse cuenta vuelven a
ofenderme...

—Será sin intención...

—Hay ocasiones en que las peores ofensas son esas que se infligen sin
intención, según se dice.

—Pues no lo entiendo...

—Y es, sin embargo, cosa muy clara. Una vez entré en una reunión y
uno que allí había y me conocía ni me saludó siquiera. Al salir me
quejé de ello a un amigo y éste me dijo: «No le extrañe a usted,
no lo ha hecho a posta; es que no se ha percatado siquiera de la
presencia de usted». Y le contesté: «Pues ahí está la grosería mayor;
no en que no me haya saludado, sino en que no se haya dado cuenta
de mi presencia». «Eso es en él involuntario; es un distraído...»,
me replicó. Y yo a mi vez: «Las mayores groserías son las llamadas
involuntarias, y la grosería de las groserías distraerse delante
de personas. Es, señora, como eso que llaman neciamente olvidos
involuntarios, como si cupiese olvidarse voluntariamente de algo. El
olvido involuntario suele ser una grosería».

—Y a qué viene esto...

—Esto viene, señora doña Ermelinda, a que después de haberme pedido
perdón por aquella especie ofensiva de que con mi donativo buscaba
comprarla forzando su agradecimiento, no sé bien a qué viene
aceptarlo pero haciendo constar que sin compromiso. ¿Qué compromiso,
vamos, qué compromiso?

—¡No se exalte usted así, don Augusto...!

—¡Pues no he de exaltarme, señora, pues no he de exaltarme! ¿Es que
esa... muchacha se va a burlar de mí y va a querer jugar conmigo?—y
al decir esto se acordaba de Rosarito.

—¡Por Dios, don Augusto, por Dios...!

—Ya tengo dicho que la hipoteca se deshizo, que la he cancelado, y
que si ella no se hace cargo de su casa yo nada tengo que ver con
ella. ¡Y que me lo agradezca o no, ya no me importa!

—Pero, don Augusto, ¡no se ponga así! ¡Si lo que ella quiere es hacer
las paces con usted, que vuelvan a ser amigos...!

—Sí, ahora que ha roto la guerra con el otro, ¿no es eso? Antes era
yo el otro; ahora soy el uno, ¿no es eso? Ahora se trata de pescarme,
¿eh?

—Pero ¡si no he dicho tal cosa...!

—No, pero lo adivino.

—Pues se equivoca usted de medio a medio. Porque precisamente después
de haberme mi sobrina dicho todo lo que acabo de repetirle a usted,
al insinuarle yo y aconsejarle que pues ha reñido con el gandul de su
novio procurase ganar a usted como tal, vamos, usted me entiende...

—Sí, que me reconquistase...

—¡Eso! Pues bien, al aconsejarle esto, me dijo una y cien veces que
eso no y que no y que no; que le estimaba y apreciaba a usted para
amigo y como tal, pero que no le gustaba como marido, que no quería
casarse sino con un hombre de quien estuviese enamorada...

—Y que de mí no podrá llegar a estarlo, ¿no es eso?

—No, tanto como eso no dijo...

—Vamos, sí, que esto también es diplomacia...

—¿Cómo?

—Sí, que viene usted no sólo a que yo perdone a esa... muchacha, sino
a ver si accedo a pretenderla para mujer, ¿no es eso? Cosa convenida,
¿eh?, y ella se resignará...

—Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi
santa madre que esté en gloria, le juro...

—El segundo, no jurar...

—Pues le juro que es usted el que ahora se olvida, involuntariamente
por supuesto, de quién soy yo, de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz.

—Si así fuese...

—Sí, así es, así—y pronunció estas palabras con tal acento que no
dejaba lugar a duda.

—Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus
explicaciones, que se las agradezco profundamente, que seguiré siendo
su amigo, un amigo leal y noble, pero sólo amigo, ¿eh?, nada más
que amigo, sólo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano en que
se puede tocar a todo antojo, que no soy un hombre de hoy te dejo y
luego te tomo, que no soy sustituto ni vicenovio, que no soy plato de
segunda mesa...

—¡No se exalte usted así!

—¡No, si no me exalto! Pues bien, que sigo siendo su amigo...

—¿E irá usted pronto a vernos?

—Eso...

—Mire que si no la pobrecilla no me va creer, va a sentirlo...

—Es que pienso emprender un viaje largo y lejano...

—Antes, de despedida...

—Bueno, veremos...

Separáronse. Cuando doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina
la conversación con Augusto, Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me
cabe duda; ahora sí que le reconquisto».

Augusto, por su parte, al quedarse solo púsose a pasearse por
la estancia diciéndose: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuese
un piano... me deja, me toma, me volverá a dejar... Yo estaba
de reserva... Diga lo que quiera, anda buscando que yo vuelva a
solicitarla, acaso para vengarse, tal vez para dar celos al otro y
volverle al retortero... Como si yo fuese un muñeco, un ente, un don
nadie... ¡Y yo tengo mi carácter, vaya si le tengo, yo soy yo! Sí,
¡yo soy yo! ¡yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?,
el que haya despertado mi facultad amorosa; pero una vez que me la
despertó y suscitó no necesito ya de ella; lo que sobran son mujeres.

Al llegar a esto no pudo por menos que sonreírse, y es que se acordó
de aquella frase de Víctor cuando anunciándoles Gervasio, recién
casado, que se iba con su mujer a pasar una temporadita en París,
le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a
Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto.

Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto
la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito, esta
nueva edición de la eterna Eva! ¡qué encanto de chiquilla! Ella,
Eugenia, me ha bajado del abstracto al concreto, pero ella me llevó
al genérico, y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡tantas
Eugenias! ¡tantas Rosarios! No, no, con mí no juega nadie, y menos
una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!» Y
sintiendo en esta exaltación de su yo, como si éste se le fuera
hinchando, hinchando y la casa le viniera estrecha, salió a la calle
para darle espacio y desahogo.

Apenas pisó la calle y se encontró con el cielo sobre la cabeza y las
gentes que iban y venían, cada cual a su negocio o a su gusto y que
no se fijaban en él, involuntariamente por supuesto, ni le hacían
caso, por no conocerle sin duda, sintió que su yo, aquel yo del «¡yo
soy yo!» se le iba achicando, achicando y se le replegaba en el
cuerpo y aun dentro de éste buscaba un rinconcito en que acurrucarse
y que no se le viera. La calle era un cinematógrafo y él sentíase
cinematográfico, una sombra, un fantasma. Y es que siempre un baño
en muchedumbre humana, un perderse en la masa de hombres que iban y
venían sin conocerle ni percatarse de él, le produjo el efecto mismo
de un baño en naturaleza abierta a cielo abierto, y a la rosa de los
vientos.

Sólo a solas se sentía él: sólo a solas podía decirse a sí mismo,
tal vez para convencerse, «¡yo soy yo!»; ante los demás, metido en la
muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.

Así llegó a aquel recatado jardinillo que había en la solitaria plaza
del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud
donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí
tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol
en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena
de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber
temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos
de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de
la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta
formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por
una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza;
aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol
sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que
tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro.
En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que
aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos
que les ofrecen unas migas de pan.

¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes
de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y
alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el
contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto,
en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo
de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro
con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre
las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del
encendido ocaso.

Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco,
no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo
cubrían—pues era otoño—, jugaban allí cerca, como de ordinario, unos
chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de
uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú
estabas ahí preso, te tenían unos ladrones...» «Es que yo...»—empezó
malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...»
Augusto no quiso oir más; levantóse y se fué a otro banco. Y se dijo:
«Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú! ¡yo no soy yo! Y
estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho
antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos
esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al
resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado
por la luz eléctrica! ¡Qué extraña, qué fantástica apariencia la
de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella
apariencia metálica! ¡Y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres
árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo,
de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes!
Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les
ha dicho el hombre: “¡Tú no eres tú!”, y para que no lo olviden le
han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no
se duerman... ¡Pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se
juega como con vosotros!»

Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.



XX


Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado, primero a
Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por decir algo, o más bien
como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego
a doña Ermelinda, para probarle... ¿qué? ¿qué es lo que pretendió
probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese!
Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había
dicho que iba a emprender un viaje largo y lejano y él era hombre de
carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra?

Los hombres de palabra primero dicen una cosa y después la piensan, y
por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres
de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han
dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano.

¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué? ¿para qué? ¿cómo? ¿adónde?

Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?»
«Sí—dijo Liduvina—, me parece que es... ¡la pianista!» «¡Eugenia!»
«La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por
la mente la idea de despacharla, de que la dijeran que no estaba en
casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco—se
dijo—, a que la haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo
pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»

—Dile que ahora voy.

Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar
que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!
¡vaya una resolución! ¡vaya unos ojos!; pero ¡no, no, no, no me
doblega! ¡no me conquista!»

Cuando entró Augusto en la sala Eugenia estaba de pie. Hízole una
seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A
usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a
mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué
decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.

—Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a
mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo.

—Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!

—No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado!

—Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera.

—Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi aceptación de su
generoso donativo otro sentido que el que tiene.

—Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación
que la que tiene.

—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos de hablar claro,
he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no
podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación
de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted por
su parte, creo...

—En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo
que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó
su señora tía y de lo que adivino no podría, aunque lo deseara,
pretender cotizar mi generosidad...

—¿Estamos, pues, de acuerdo?

—De perfecto acuerdo, señorita.

—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos
amigos?

—Podremos.

Le tendió a Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de
ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya,
que en aquel momento temblaba.

—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad
a mí...

—¿Qué?

—Acaso ante el público...

—¿Qué? ¡Hable! ¡hable!

—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he
renunciado ya a ciertas cosas...

—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a
medias.

—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted
que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se
sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi
patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí
con ciertas pretensiones?

«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto y bajó la cabeza mirando
al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio
que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.

—¡Eugenia!—exclamó, y le temblaba la voz.

—¡Augusto!—susurró rendidamente ella.

—Pero ¿y qué quieres que hagamos?

—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete
de ella. ¡Es una desgracia!

Augusto fué dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de
Eugenia.

—¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así conmigo! La fatalidad
eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú que me traes y
me llevas y me haces dar vueltas como un argandillo; eres tú que
me vuelves loco; eres tú que me haces quebrantar mis más firmes
propósitos; eres tú que haces que yo no sea yo...

Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó contra su
seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.

—Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni...
ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni
tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de
ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto,
un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y
queriendo no más que premiar tu generosidad...

—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de
otro? ¿a qué ojos?

—¡A los mismos nuestros!

—Y qué, Eugenia mía...

Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los
ojos. Se oía la respiración de ambos.

—¡Déjame! ¡déjame!—dijo ella, mientras se arreglaba y componía el
pelo.

—No, tú... tú... tú... Eugenia... tú...

—No, yo no, no puede ser...

—¿Es que no me quieres?

—Eso de querer... ¿quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no
estoy segura de ello...

—¿Y esto entonces?

—¡Esto es una... una fatalidad del momento! producto de
arrepentimiento... qué sé yo... estas cosas hay que ponerlas a
prueba... Y además, ¿no habíamos quedado, Augusto, en que seríamos
amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?

—Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber
aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a
haber quien te pretenda?

—¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!

—¿Acaso después de aquella ruptura...?

—Acaso...

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso,
encendido de rostro, exclamó con voz seca: ¿qué hay?

—¡La Rosario que espera!—dijo la voz de Liduvina.

Augusto cambió de color poniéndose lívido.

—¡Ah!—exclamó Eugenia—, aquí estorbo ya. Es la... Rosario que le
espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos
amigos, muy buenos amigos?

—Pero Eugenia...

—Que espera la Rosario...

—Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te
quería comprar y en rigor porque tenías otro, ¿qué iba a hacer yo
luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el
despecho, lo que es el cariño desnidado?

—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que
lo pasado, pasado.

—No, no, lo pasado pasado ¡no! ¡no! ¡no!

—Bien, bien, que espera la Rosario...

—Por Dios, Eugenia...

—No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo
el... Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a
nosotros mismos.

Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cojiéndosela se
la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándole
él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y
con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y
le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al
gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha,
le dijo bruscamente:

—¿Qué hay?

—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...

—Y a ti, ¿qué te importa?

—Me importa todo lo de usted.

—Lo que quieres decir es que te estoy engañando...

—Eso es lo que no me importa.

—¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho
concebir no estás celosa?

—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia,
comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas
cosas de celos. Nosotras, las de mi posición...

—¡Cállate!

—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted
engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto,
¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?

—Pero ¿dices todo eso de verdad?

—De verdad.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez y nueve.

—Ven acá—y cojiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso
cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos.

Y fué Augusto quien se demudó de color, no ella.

—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.

—Lo creo.

—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz
perversidad...

—Esto no es más que cariño.

—¿Cariño? ¿y por qué?

—¿Quiere usted saber por qué? ¿no se ofenderá si se lo digo? ¿me
promete no ofenderse?

—Anda, dímelo.

—Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre
hombre...

—¿También tú?

—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la
Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo!

—¿Siempre?

—¡Siempre!

—¿Pase lo que pase?

—Sí, pase lo que pase.

—Tú, tú eres la verdadera...—y fué a cojerla.

—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...

—Basta, te entiendo.

Y se despidieron.

Y al quedarse solo se decía Augusto: «entre una y otra me van a
volver loco de atar... yo ya no soy yo...»

—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así
por el estilo—le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le
distraería.

—¿Y como se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?

—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y... ¡ya
ve usted!

—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de
comer, y dile que quiero echar con él una partida de tute... que me
distraiga.

Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la
mesa y preguntó:

—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a
la vez, ¿qué debe hacer?

—¡Según y conforme!

—¿Cómo según y conforme?

—¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas casarse con todas ellas,
y si no, no casarse con ninguna.

—Pero ¡hombre, eso primero no es posible!

—¡En teniendo mucho dinero todo es posible!

—¿Y si ellas se enteran?

—Eso a ellas no les importa.

—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite
parte del cariño de su marido?

—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero
que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre le ponga a
ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, del lujo; pero si
le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...

—Si tiene hijos, ¿qué?

—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es
una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre
que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para
otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el
vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así
molestias... Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra
que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos
de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le
produce encima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca,
entonces...

—Entonces, ¿qué?

—Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay
Otelas...

—Ni Desdémonos.

—¡Puede ser...!

—Pero qué cosas dices...

—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa
del señorito había servido yo en muchas casas de señorones... me han
salido los dientes en ellas...

—¿Y en vuestra clase?

—¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos...

—¿Y a qué llamas lujos?

—A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas...

—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por
celos, se ven en vuestra clase...!

—¡Bah!, eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas,
que si no.

—Si no, ¿qué?

—Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es,
sino el que le hacen los demás.

—Filósofo estás...

—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le
ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.



XXI


—Sí, tiene usted razón—le decía don Antonio a Augusto aquella tarde,
en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón,
hay un misterio doloroso, dolorosísimo en mi vida. Usted ha adivinado
algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar... ¿hogar?, pero
habrá notado...

—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a
él...

—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, usted le habrá parecido
un hogar sin hijos, acaso sin esposos...

—No sé... no sé...

—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van
siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ámbito misterioso.
Mi pobre mujer...

—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...

—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha
sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien
mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para
figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis
desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.

—Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted
vive como su mujer, lo es.

—No, yo tengo otra mujer... legítima, según se la llama. Estoy
casado, pero no con la que usted conoce. Y ésta, la madre de mis
hijos, está casada también, pero no conmigo.

—Ah, un doble...

—No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero
enteramente loco de amor, con una mujercita reservada y callandrona,
que hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que
decía, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecían
dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces
para chispear fuego. Y ella era toda así. Su corazón, su alma toda,
todo su cuerpo, que parecían de ordinario dormidos, despertaban
de pronto como en sobresalto, pero era para volver a dormirse muy
pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como
si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que
pasó. Era como si estuviésemos siempre recomenzando la vida, como si
la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como
en un ataque epiléptico y creo que en otro ataque me dio el sí ante
el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me quería o no.
Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casarnos, siempre
me contestó: eso no se pregunta; es una tontería. Otras veces decía
que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que
si yo le hubiese escrito: ¡te amo!, me habría despedido al punto.
Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, reanudando
yo cada día la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día
faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por
todas partes, y al siguiente día supe por una carta muy seca y muy
breve que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre...

—Y no sospechó usted nada antes, no lo barruntó...

—¡Nada! Mi mujer salía sola de casa con bastante frecuencia, a casa
de su madre, de unas amigas, y su misma extraña frialdad la defendía
ante mí de toda sospecha. ¡Y nada adiviné nunca en aquella esfinge!
El hombre con quien huyó era un hombre casado, que no sólo dejó a su
mujer y a una pequeña niña para irse con la mía, sino que se llevó la
fortuna toda de la suya, que era regular, después de haberla manejado
a su antojo. Es decir, que no sólo abandonó a su esposa, sino que la
arruinó robándole lo suyo. Y en aquella seca y breve y fría carta
que recibí se hacía alusión al estado en que la pobre mujer del
raptor de la mía se quedaba. ¡Raptor o raptado... no lo sé! En unos
días ni dormí, ni comí, ni descansé; no hacía sino pasear por los
más apartados barrios de mi ciudad. Y estuve a punto de dar en los
vicios más bajos y más viles. Y cuando empezó a asentárseme el dolor,
a convertírseme en pensamiento, me acordé de aquella otra pobre
víctima, de aquella mujer que se quedaba sin amparo, robada de su
cariño y de su fortuna. Creí un caso de conciencia, pues que mi mujer
era la causa de su desgracia, ir a ofrecerla mi ayuda pecuniaria, ya
que Dios me dio fortuna.

—Adivino el resto, don Antonio.

—No importa. La fuí a ver. Figúrese usted aquella nuestra primera
entrevista. Lloramos nuestras sendas desgracias, que eran una
desgracia común. Yo me decía: «¿y es por mi mujer por la que ha
dejado a ésta ese hombre?», y sentía, ¿por qué no he de confesarle la
verdad?, una cierta íntima satisfacción, algo inexplicable, como si
yo hubiese sabido escojer mejor que él y él lo reconociese. Y ella,
su mujer, se hacía una reflexión análoga, aunque invertida, según
después me ha declarado. Le ofrecí mi ayuda pecuniaria, lo que de mi
fortuna necesitase, y empezó rechazándomelo. «Trabajaré para vivir y
mantener a mi hija», me dijo. Pero insistí y tanto insistí que acabó
aceptándomelo. La ofrecí hacerla mi ama de llaves, que se viniese a
vivir conmigo, claro que viniéndonos muy lejos de nuestra patria, y
después de mucho pensarlo lo aceptó también.

—Y es claro, al irse a vivir juntos...

—No, eso tardó, tardó algo. Fué cosa de la convivencia, de un cierto
sentimiento de venganza, de despecho, de qué sé yo... Me prendé no
ya de ella, sino de su hija, de la desdichada hija del amante de mi
mujer; la cobré un amor de padre, un violento amor de padre, como
el que hoy se lo tengo, pues la quiero tanto, tanto, sí, cuando no
más, que a mis propios hijos. La cojía en mis brazos, la apretaba a
mi pecho, la envolvía en besos, y lloraba, lloraba sobre ella. Y la
pobre niña me decía: «¿por qué lloras, papá?», pues le hacía que me
llamase así y por tal me tuviera. Y su pobre madre al verme llorar
así lloraba también y alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la
rubia cabecita de la hija del amante de mi mujer, del ladrón de mi
dicha.

Un día supe—prosiguió—que mi mujer había tenido un hijo de su amante
y aquel día todas mis entrañas se sublevaron, sufrí como nunca había
sufrido y creí volverme loco y quitarme la vida. Los celos, lo más
brutal de los celos, no lo sentí hasta entonces. La herida de mi
alma, que parecía cicatrizada, se abrió y sangraba... ¡sangraba
fuego! Más de dos años había vivido con mi mujer, con mi propia
mujer, y ¡nada! ¡y ahora aquel ladrón...! Me imaginé que mi mujer
habría despertado del todo y que vivía en pura brasa. La otra, la que
vivía conmigo, conoció algo y me preguntó: «¿qué te pasa?» Habíamos
convenido en tutearnos, por la niña. «¡Déjame!», le contesté. Pero
acabé confesándoselo todo, y ella al oírmelo temblaba. Y creo que le
contagié de mis furiosos celos...

—Y claro, después de eso...

—No, vino algo después y por otro camino. Y fué que un día estando
los dos con la niña, la tenía yo sobre mis rodillas y estaba
contándola cuentos y besándola y diciéndole bobadas, se acercó su
madre y empezó a acariciarla también. Y entonces ella, ¡pobrecilla!,
me puso una de sus manitas sobre el hombro y la otra sobre el de su
madre, y nos dijo: «papaíto... mamaíta... ¿por qué no me traéis un
hermanito para que juegue conmigo, como le tienen otras niñas, y
no que estoy sola...?» Nos pusimos lívidos, nos miramos a los ojos
con una de esas miradas que desnudan las almas, nos vimos éstas al
desnudo, y luego, para no avergonzarnos, nos pusimos a besuquear a la
niña, y alguno de estos besos cambió de rumbo. Aquella noche, entre
lágrimas y furores de celos, engendramos al primer hermanito de la
hija del ladrón de mi dicha.

—¡Extraña historia!

—Y fueron nuestros amores, si es que así quiere usted llamarlos,
unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de
palabra. Mi mujer, la madre de mis hijos quiero decir, porque ésta y
no otra es mi mujer, mi mujer es, como usted habrá visto, una mujer
agraciada, tal vez hermosa, pero a mí nunca me inspiró ardor de
deseos, y esto a pesar de la convivencia. Y aun después que acabamos
en lo que le digo me figuré no estar en exceso enamorado de ella,
hasta que pude convencerme de lo contrario. Y es que una vez, después
de uno de sus partos, después del nacimiento del cuarto de nuestros
hijos, se me puso tan mal, tan mal, que creí que se me moría. Perdió
la más de la sangre de sus venas, se quedó como la cera de blanca,
se le cerraban los párpados... Creí perderla. Y me puse como loco,
blanco yo también como la cera, la sangre se me helaba. Y fuí a un
rincón de la casa, donde nadie me viese y me arrodillé y pedí a
Dios que me matara antes que dejase morir a aquella santa mujer. Y
lloré y me pellizqué y me arañé el pecho hasta sacarme sangre. Y
comprendí con cuán fuerte atadura estaba mi corazón atado al corazón
de la madre de mis hijos. Y cuando ésta se repuso algo y recobró
conocimiento y salió de peligro, acerqué mi boca a su oído, según
ella sonreía a la vida renaciente tendida en la cama, y le dije lo
que nunca le había dicho y nunca la he vuelto, de la misma manera, a
decir. Y allí sonreía, sonreía, sonreía mirando al techo. Y puse mi
boca sobre su boca, y me enlacé con sus desnudos brazos el cuello,
y acabé llorando de mis ojos sobre sus ojos. Y me dijo: «gracias,
Antonio, gracias, por mí, por nuestros hijos, por nuestros hijos
todos... todos... todos... por ella, por Rita...» Rita es nuestra
hija mayor, la hija del ladrón... no, no, nuestra hija, mi hija. La
del ladrón es la otra, es la de que se llamó mi mujer en un tiempo.
¿Lo comprende usted ahora todo?

—Sí, y mucho más, don Antonio.

—¿Mucho más?

—¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.

—No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La
otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.

—Y esa tristeza...

—La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor
que nace y se cría sobre la tumba de otro y como una planta que
se alimenta, como de mantillo, de la podredumbre de otra planta.
Crímenes, sí, crímenes ajenos nos han juntado, ¿y es nuestra unión
acaso crimen? Ellos rompieron lo que no debe romperse, ¿por qué no
habíamos nosotros de anudar los cabos sueltos?

—Y no han vuelto a saber...

—No hemos querido volver a saber. Y luego nuestra Rita es una
mujercita ya; el mejor día se nos casa... Con mi nombre, por
supuesto, con mi nombre, y haga luego la ley lo que quiera. Es mi
hija y no del ladrón; yo la he criado.



XXII


—Y bien, ¿qué?—le preguntaba Augusto a Víctor—¿cómo habéis recibido
al intruso?

—¡Ah, nunca lo hubiese creído, nunca! Todavía la víspera de nacer
nuestra irritación era grandísima. Y mientras estaba pugnando por
venir al mundo no sabes bien los insultos que me lanzaba mi Elena.
«¡Tú, tú tienes la culpa, tú!», me decía. Y otras veces: «¡quítate
de delante, quítate de mi vista! ¿no te da vergüenza de estar
aquí? Si me muero, tuya será la culpa». Y otras veces: «¡ésta y no
más, ésta y no más!» Pero nació y todo ha cambiado. Parece como si
hubiésemos despertado de un sueño y como si acabáramos de casarnos.
Yo me he quedado ciego, talmente ciego; ese chiquillo me ha cegado.
Tan ciego estoy, que todos dicen que mi Elena ha quedado con la
preñez y el parto desfiguradísima, que está hecha un esqueleto y que
ha envejecido lo menos diez años, y a mí me parece más fresca, más
lozana, más joven y hasta más metida en carnes que nunca.

—Eso me recuerda, Víctor, la leyenda del _fogueteiro_ que tengo oída
en Portugal.

—Venga.

—Tú sabes que en Portugal eso de los fuegos artificiales, de la
pirotecnia, es una verdadera bella arte. El que no ha visto fuegos
artificiales en Portugal no sabe todo lo que se puede hacer con eso.
¡Y qué nomenclatura, Dios mío!

—Pero venga la leyenda.

—Allá voy. Pues el caso es que había en un pueblo portugués un
pirotécnico o _fogueteiro_ que tenía una mujer hermosísima, que era
su consuelo, su encanto y su orgullo. Estaba locamente enamorado de
ella, pero aún más era orgullo. Complacíase en dar dentera, por así
decirlo, a los demás mortales, y la paseaba consigo como diciéndoles:
¿veis esta mujer? ¿os gusta? ¿sí, eh?, ¡pues es la mía, mía sola! ¡y
fastidiarse!

No hacía sino ponderar las excelencias de la hermosura de su mujer y
hasta pretendía que era la inspiradora de sus más bellas producciones
pirotécnicas, la musa de sus fuegos artificiales. Y hete que una
vez preparando unos de éstos, mientras estaba, como de costumbre,
su hermosa mujer a su lado para inspirarle, se le prende fuego la
pólvora, hay una explosión y tienen que sacar a marido y mujer
desvanecidos y con gravísimas quemaduras. A la mujer se le quemó
buena parte de la cara y del busto, de tal manera que se quedó
horriblemente desfigurada, pero él, el _fogueteiro_, tuvo la fortuna
de quedarse ciego y no ver el desfiguramiento de su mujer. Y después
de esto seguía orgulloso de la hermosura de su mujer y ponderándola a
todos y caminando al lado de ella, convertida ahora en su lazarilla,
con el mismo aire y talle de arrogante desafío que antes. «¿Han visto
ustedes mujer más hermosa?», preguntaba, y todos, sabedores de su
historia, se compadecían del pobre _fogueteiro_ y le ponderaban la
hermosura de su mujer.

—Y bien, ¿no seguía siendo hermosa para él?

—Acaso más que antes, como para ti tu mujer después que te ha dado al
intruso.

—¡No le llames así!

—Fué cosa tuya.

—Sí, pero no quiero oírsela a otro.

—Eso pasa mucho; el mote mismo que damos a alguien nos suena muy de
otro modo cuando se lo oímos a otro.

—Sí, dicen que nadie conoce su voz...

—Ni su cara. Yo por lo menos sé de mí decirte que una de las cosas
que me da más pavor es quedarme mirándome al espejo, a solas, cuando
nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia e imaginarme,
viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción...

—Pues no te mires así...

—No puedo remediarlo. Tengo la manía de la introspección.

—Pues acabarás como los faquires, que dicen se contemplan el propio
ombligo.

—Y creo que si uno no conoce su voz ni su cara, tampoco conoce nada
que sea suyo, muy suyo, como si fuera parte de él...

—Su mujer, por ejemplo.

—En efecto; se me antoja que debe de ser imposible conocer a aquella
mujer con quien se convive y que acaba de formar parte nuestra.
¿No has oído aquello que decía uno de nuestros más grandes poetas,
Campoamor?

—No; ¿qué es ello?

—Pues decía que cuando uno se casa, si lo hace enamorado de veras, al
principio no puede tocar al cuerpo de su mujer sin emberrenchinarse
y encenderse en deseo carnal, pero que pasa tiempo, se acostumbra,
y llega un día en que lo mismo le es tocar con la mano al muslo
desnudo de su mujer que al propio muslo suyo, pero también entonces,
si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo, le dolería como si le
cortasen el propio.

—Y así es, en verdad. ¡No sabes cómo sufrí en el parto!

—Ella más.

—¡Quién sabe...! Y ahora como es ya algo mío, parte de mi ser, me
he dado tan poco cuenta de eso que dicen de que se ha desfigurado y
afeado, como no se da uno cuenta de que se desfigure, se envejece y
se afea.

—Pero ¿crees de veras que uno no se da cuenta de que se envejece y
afea?

—No, aunque lo diga. Si la cosa es continua y lenta. Ahora, si
de repente le ocurre a uno algo... Pero eso de que se sienta uno
envejecer, ¡quia!; lo que siente uno es que envejecen las cosas en
derredor de él o que rejuvenecen. Y eso es lo único que siento ahora
al tener un hijo. Porque ya sabes lo que suelen decir los padres
señalando a sus hijos: «¡Estos, éstos son los que nos hacen viejos!»
Ver crecer al hijo es lo más dulce y lo más terrible creo. No te
cases, pues, Augusto, no te cases, si quieres gozar de la ilusión de
una juventud eterna.

—Y ¿qué voy a hacer si no me caso? ¿en qué voy a pasar el tiempo?

—Dedícate a filósofo.

—Y ¿no es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de
filosofía?

—¡No, hombre, no! Pues ¿no has visto cuántos y cuán grandes filósofos
ha habido solteros? Que ahora recuerde, aparte de los que han sido
frailes, tienes a Descartes, a Pascal, a Spinoza, a Kant...

—¡No me hables de los filósofos solteros!

—Y de Sócrates, ¿no recuerdas cómo despachó de su lado a su mujer
Jantipa, el día en que había de morirse, para que no le perturbase?

—No me hables tampoco de eso. No me resuelvo a creer sino que eso
que nos cuenta Platón no es sino una novela...

—O una _nivola_...

—Como quieras.

Y rompiendo bruscamente la voluptuosidad de la conversación se salió.

En la calle acercósele un mendigo diciéndole: «¡Una limosna, por
Dios, señorito, que tengo siete hijos...!» «¡No haberlos hecho!»—le
contestó malhumorado Augusto. «Ya quisiera yo haberle visto a usted
en mi caso—replicó el mendigo, añadiendo: y ¿qué quiere usted que
hagamos los pobres si no hacemos hijos... para los ricos?» «Tienes
razón—replicó Augusto—, y por filósofo, ¡ahí va, toma!», y le dio
una peseta, que el buen hombre se fué al punto a gastar a la taberna
próxima.



XXIII


El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase,
como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de
enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale
en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales.

—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le
decía una vez a su criada.

Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza
en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible,
verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello
me voy enamorando... hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda.
Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre
todo bien metida en carnes; y cuando alguna vez sale de la cocina
con los brazos remangados y tan redondos... ¡vamos, que esto es una
locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el
cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»

«Ven acá, Orfeo—prosiguió, cojiendo al perro—, ¿qué crees tú que debo
yo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta, que al fin me decida
y me case? ¡Ah, ya! ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos
a la mujer, que así se me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te
parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré
dos monografías, pues ahora se lleva mucho las monografías; una se
titulará: _Eugenia_ y la otra: _Rosario_, añadiendo: _estudio de
mujer_. ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»

Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea Sánchez—
Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres,
aunque más en los libros que no en la vida.

Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito, un joven que
había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas
glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los
de aquella juventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer
sobre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad
íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al
público y a sí mismo que dilataba la hora de su presentación hasta
que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que
pisaba.

Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequinesca un efímero
renombre de relumbrón cimentado sobre la ignorancia ajena, aspiraba
en cuantos trabajos literarios tenía en proyecto a la perfección que
en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la
sensatez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oir, sino
reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía
genuinamente nacional y castiza.

La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara,
de una transparencia maravillosa, sin nebulosidades ni embolismos
de ninguna especie. Pensaba en castellano neto, sin asomo alguno de
hórridas brumas septentrionales ni dejos de decadentismos de bulevar
parisiense, en limpio castellano, y así era cómo pensaba sólido y
hondo, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo sustentaba y a
que debía su espíritu. Las nieblas hiperbóreas le parecían bien entre
los bebedores de cerveza encabezada, pero no en esta clarísima España
de esplendente cielo y de sano Valdepeñas enyesado. Su filosofía era
la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro
a Schopenhauer aseguraba que no se le habrían ocurrido a éste las
cosas que se le ocurrieron, ni habría sido pesimista, de haber bebido
Valdepeñas en vez de cerveza, y que decía también que la neurastenia
proviene de meterse uno en lo que no le importa y que se cura con
ensalada de burro.

Convencido S. Paparrigópulos de que en última instancia todo es
forma, forma más o menos interior, el universo mismo un caleidoscopio
de formas enchufadas las unas en las otras y de que por la forma
viven cuantas grandes obras salvan los siglos, trabajaba con el
esmero de los maravillosos artífices del Renacimiento el lenguaje que
había de revestir a sus futuros trabajos.

Había tenido la virtuosa fortaleza de resistir a todas las corrientes
de sentimentalismo neo-romántico y a esa moda asoladora por las
cuestiones llamadas sociales. Convencido de que la cuestión social
es insoluble aquí abajo, de que habrá siempre pobres y ricos y de
que no puede esperarse más alivio que el que aporten la caridad de
éstos y la resignación de aquéllos, apartaba su espíritu de disputas
que a nada útil conducen y refugiábase en la purísima región del
arte inmaculado, adonde no alcanza la broza de las pasiones y donde
halla el hombre consolador refugio para las desilusiones de la vida.
Abominaba, además, del estéril cosmopolitismo, que no hace sino sumir
a los espíritus en ensueños de impotencia y en utopías enervadoras, y
amaba a esta su idolatrada España, tan calumniada cuanto desconocida
de no pocos de sus hijos; a esta España que le había de dar la
materia prima de los trabajos sobre que fundaría su futura fama.

Dedicaba Paparrigópulos las poderosas energías de su espíritu a
investigar la íntima vida pasada de nuestro pueblo, y era su labor
tan abnegada como sólida. Aspiraba nada menos que a resucitar a los
ojos de sus compatriotas nuestro pasado—es decir, el presente de
sus bisabuelos—, y conocedor del engaño de cuantos lo intentaban a
pura fantasía, buscaba y rebuscaba en todo género de viejas memorias
para levantar sobre inconmovibles sillares el edificio de su erudita
ciencia histórica. No había suceso pasado, por insignificante que
pareciese, que no tuviera a sus ojos un precio inestimable.

Sabía que hay que aprender a ver el universo en una gota de agua, que
con un hueso constituye el paleontólogo el animal entero y con un asa
de puchero toda una vieja civilización el arqueólogo, sin desconocer
tampoco que no debe mirarse a las estrellas con microscopio y con
telescopio a un infusorio, como los humoristas acostumbran hacer
para ver turbio. Mas aunque sabía que un asa de puchero bastaba al
arqueólogo genial para reconstruir un arte enterrado en los limbos
del olvido, como en su modestia no se tenía por genio, prefería dos
asas a una asa sola—cuantas más asas mejor—y prefería el puchero todo
al asa sola.

«Todo lo que en extensión parece ganarse, piérdese en intensidad»;
tal era su lema. Sabía Paparrigópulos que en un trabajo el más
especificado, en la más concreta monografía puede verterse una
filosofía entera, y creía, sobre todo, en las maravillas de la
diferenciación del trabajo y en el enorme progreso aportado a las
ciencias por la abnegada legión de los pincha-ranas, caza-vocablos,
barrunta-fechas y cuenta-gotas de toda laya.

Tentaban en especial su atención los más arduos y enrevesados
problemas de nuestra historia literaria, tales como el de la patria
de Prudencio, aunque últimamente, a consecuencia decíase de unas
calabazas, se dedicaba al estudio de mujeres españolas de los pasados
siglos.

En trabajos de índole al parecer insignificante era donde había que
ver y admirar la agudeza, la sensatez, la perspicacia, la maravillosa
intuición histórica y la penetración crítica de S. Paparrigópulos.
Había que ver sus cualidades así, aplicadas y en concreto, sobre lo
vivo, y no en abstracta y pura teoría; había que verle en la suerte.
Cada disertación de aquéllas era todo un curso de lógica inductiva,
un monumento tan maravilloso como la obra de Lionnet acerca de la
oruga del sauce, y una muestra, sobre todo, de lo que es el austero
amor a la santa Verdad. Huía de la ingeniosidad como de la peste y
creía que sólo acostumbrándonos a respetar a la divina Verdad, aun en
lo más pequeño, podremos rendirla el debido culto en lo grande.

Preparaba una edición popular de los apólogos de Calila y Dimna con
una introducción acerca de la influencia de la literatura índica
en la Edad Media española, y ojalá hubiese llegado a publicarla,
porque su lectura habría apartado, de seguro, al pueblo de la taberna
y de perniciosas doctrinas de imposibles redenciones económicas.
Pero las dos obras magnas que proyectaba Paparrigópulos eran una
historia de los escritores oscuros españoles, es decir, de aquellos
que no figuran en las historias literarias corrientes o figuran sólo
en rápida mención por la supuesta insignificancia de sus obras,
corrijiendo así la injusticia de los tiempos, injusticia que tanto
deploraba y aun temía, y era otra su obra acerca de aquellos cuyas
obras se han perdido sin que nos quede más que la mención de sus
nombres y a lo sumo la de los títulos de las que escribieron. Y
estaba a punto de acometer la historia de aquellos otros que habiendo
pensado escribir no llegaron a hacerlo.

Para el mejor logro de sus empresas, una vez nutrido del sustancioso
meollo de nuestra literatura nacional, se había bañado en las
extranjeras, y como esto se le hacía penoso, pues era torpe para
lenguas extranjeras y su aprendizaje exige tiempo que para más altos
estudios necesitaba, recurrió a un notable expediente, aprendido de
su ilustre maestro. Y era que leía las principales obras de crítica
e historia literaria que en el extranjero se publicaran, siempre
que las hallase en francés, y una vez que había cojido la opinión
media de los críticos más reputados, respecto a este o aquel autor,
hojeábale en un periquete para cumplir con su conciencia y quedar
libre para rehacer juicios ajenos sin mengua de su escrupulosa
integridad de crítico.

Vese, pues, que no era S. Paparrigópulos uno de esos jóvenes
espíritus vagabundos y erráticos que se pasean sin rumbo fijo por
los dominios del pensamiento y de la fantasía, lanzando acaso acá y
allá tal cual fugitivo chispazo, ¡no! Sus tendencias eran rigurosa
y sólidamente itinerarias; era de los que van a alguna parte. Si en
sus estudios no habría de aparecer nada saliente deberíase a que en
ellos todo era cima, siendo a modo de mesetas, trasunto fiel de las
vastas y soleadas llanuras castellanas donde ondea la mies dorada y
sustanciosa.

¡Así diera la Providencia a España muchos Antolines Sánchez
Paparrigópulos! Con ellos, haciéndonos todos dueños de nuestro
tradicional peculio, podríamos sacarle pingües rendimientos.
Paparrigópulos aspiraba—y aspira, pues aún vive y sigue preparando
sus trabajos—a introducir la reja de su arado crítico, aunque solo
sea un centímetro más que los aradores que le habían precedido en su
campo, para que la mies crezca, merced a nuevos jugos, más lozana
y granen mejor las espigas y la harina sea más rica y comamos los
españoles mejor pan espiritual y más barato.

Hemos dicho que Paparrigópulos sigue trabajando y preparando sus
trabajos para darlos a luz. Y así es. Augusto había tenido noticia de
los estudios de mujeres a que se dedicaba por comunes amigos de uno y
de otro, pero no había publicado nada ni lo ha publicado todavía.

No faltan otros eruditos que con la característica caridad de la
especie, habiendo vislumbrado a Paparrigópulos y envidiosos de
antemano de la fama que preven le espera, tratan de empequeñecerle.
Tal hay que dice de Paparrigópulos que, como el zorro, borra con el
jopo sus propias huellas, dando luego vueltas y más vueltas por otros
derroteros para despistar al cazador y que no se sepa por dónde fué
a atrapar la gallina, cuando si de algo peca es de dejar en pie los
andamios, una vez acabada la torre, impidiendo así que se admire y
vea bien ésta. Otro le llama desdeñosamente concinador, como si el
de concinar no fuese arte supremo. El de más allá le acusa, ya de
traducir, ya de arreglar ideas tomadas del extranjero, olvidando que
al revestirlas Paparrigópulos en tan neto, castizo y transparente
castellano como es el suyo, las hace castellanas y por ende propias
no de otro modo que hizo el P. Isla propio el _Gil Blas_ de Lesage.
Alguno le moteja de que su principal apoyo es su honda fe en la
ignorancia ambiente, desconociendo el que así le juzga que la fe es
transportadora de montañas. Pero la suprema injusticia de estos y
otros rencorosos juicios de gentes a quienes Paparrigópulos ningún
mal ha hecho, su injusticia notoria, se verá bien clara con sólo
tener en cuenta que todavía no ha dado Paparrigópulos nada a luz y
que todos los que le muerden los zancajos hablan de oídas y por no
callar.

No se puede, en fin, escribir de este erudito singular sino con
reposada serenidad y sin efectismos _nivolescos_ de ninguna clase.

En este hombre, quiero decir, en este erudito, pues, pensó Augusto,
sabedor de que se dedicaba a estudios de mujeres, claro está que
en los libros, que es tratándose de ellas lo menos expuesto, y de
mujeres de pasados siglos, que son también mucho menos expuestas para
quien las estudia que las mujeres de hoy.

A este Antolín, erudito solitario que por timidez de dirigirse a las
mujeres en la vida y para vengarse de esa timidez las estudiaba en
los libros, fué a quien acudió a ver Augusto para de él aconsejarse.

No bien le hubo expuesto su propósito prorrumpió el erudito:

—¡Ay, pobre señor Pérez, cómo le compadezco a usted! ¿Quiere estudiar
a la mujer? Tarea le mando...

—Como usted la estudia...

—Hay que sacrificarse. El estudio, y el estudio oscuro, paciente,
silencioso, es mi razón de ser en la vida. Pero yo, ya lo sabe usted,
soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento, que acopio y
ordeno materiales para que otros que vengan detrás de mí sepan
aprovecharlos. La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo
es ni sólido ni durable...

—¿Y las obras de los grandes genios? _La Divina Comedia_, la
_Eneida_, una tragedia de Shakespeare, un cuadro de Velázquez...

—Todo eso es colectivo, mucho más colectivo de lo que se cree. _La
Divina Comedia_, por ejemplo, fué preparada por toda una serie...

—Sí, ya sé eso.

—Y respecto a Velázquez... a propósito, ¿conoce usted el libro de
Justi sobre él?

Para Antolín, el principal, casi el único valor de las grandes obras
maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro
de crítica o de comentario; los grandes artistas, poetas, pintores,
músicos, historiadores, filósofos, han nacido para que un erudito
haga su biografía y un crítico comente sus obras, y una frase
cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un
erudito no la repite y cita la obra, la edición y la página en que
la expuso. Y todo aquello de la solidaridad del trabajo colectivo
no era más que envidia e impotencia. Pertenecía a la clase de esos
comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su
oficina cantando le echarían a empellones porque les estorbaba el
trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un _apax_
cualquiera en ellas.

—Pero, bien, ¿qué opina usted de la psicología femenina?—le preguntó
Augusto.

—Una pregunta así, tan vaga, tan genérica, tan en abstracto, no tiene
sentido preciso para un modesto investigador como yo, amigo Pérez,
para un hombre que no siendo genio, ni deseando serlo...

—¿Ni deseando?

—Sí, ni deseando. Es mal oficio. Pues bien, esa pregunta carece de
sentido preciso para mí. El contestarla exigiría...

—Sí, vamos, como aquel otro cofrade de usted que escribió un libro
sobre psicología del pueblo español y siendo, al parecer, español él
y viviendo entre españoles, no se le ocurrió sino decir que éste dice
esto y aquél aquello otro y hacer una bibliografía.

—¡Ah, la bibliografía! Sí, ya sé...

—No, no siga usted, amigo Paparrigópulos, y dígame lo más
concretamente que sepa y pueda, qué le parece de la psicología
femenina.

—Habría que empezar por plantear una primera cuestión y es la de si
la mujer tiene alma.

—¡Hombre!

—Ah, no sirve desecharla así, tan en absoluto...

«¿La tendrá él?», pensó Augusto, y luego:

—Bueno, pues de lo que en las mujeres hace las veces de alma... ¿qué
cree usted?

—¿Me promete usted, amigo Pérez, guardarme el secreto de lo que le
voy a decir?... Aunque, no, no, usted no es erudito.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Que usted no es uno de esos que están a robarle a uno lo último que
le hayan oído y darlo como suyo...

—Pero ¿ésas tenemos...?

—Ay, amigo Pérez, el erudito es por naturaleza un ladronzuelo; se lo
digo a usted yo, yo, yo que lo soy. Los eruditos andamos a quitarnos
unos a otros las pequeñas cositas que averiguamos y a impedir que
otro se nos adelante.

—Se comprende: el que tiene almacén guarda su género con más celo que
el que tiene fábrica; hay que guardar el agua del pozo, no la del
manantial.

—Puede ser. Pues bien, si usted, que no es erudito, me promete
guardarme el secreto hasta que yo lo revele, le diré que he
encontrado en un oscuro y casi desconocido escritor holandés del
siglo XVII una interesantísima teoría respecto al alma de la
mujer...

—Veámosla.

—Dice ese escritor, y lo dice en latín, que así como cada hombre
tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma
alma, un alma colectiva, algo así como el entendimiento agente de
Averroes, repartida entre todas ellas. Y añade que las diferencias
que se observan en el modo de sentir, pensar y querer de cada mujer
provienen no más que de las diferencias del cuerpo, debidas a raza,
clima, alimentación, etc., y que por eso son tan insignificantes. Las
mujeres, dice ese escritor, se parecen entre sí mucho más que los
hombres y es porque todas son una sola y misma mujer...

—Ve ahí por qué, amigo Paparrigópulos, así que me enamoré de una me
sentí enseguida enamorado de todas las demás.

—¡Claro está! Y añade ese interesantísimo y casi desconocido
ginecólogo que la mujer tiene mucha más individualidad, pero mucha
menos personalidad, que el hombre; cada una de ellas se siente más
ella, más individual, que cada hombre, pero con menos contenido.

—Sí, sí, creo entrever lo que sea.

—Y por eso, amigo Pérez, lo mismo da que estudie usted a una mujer o
a varias. La cuestión es ahondar en aquella a cuyo estudio usted se
dedique.

—Y ¿no sería mejor tomar dos o más para poder hacer el estudio
comparativo? Porque ya sabe usted que ahora se lleva mucho esto de lo
comparativo...

—En efecto, la ciencia es comparación; mas en punto a mujeres no
es menester comparar. Quien conozca una, una sola bien, las conoce
todas, conoce a la Mujer. Además, ya sabe usted que todo lo que se
gana en extensión se pierde en intensidad.

—En efecto, y yo deseo dedicarme al cultivo intensivo y no al
extensivo de la mujer. Pero dos por lo menos... por lo menos dos...

—¡No, dos no! ¡de ninguna manera! De no contentarse con una, que yo
creo es lo mejor y es bastante tarea, por lo menos tres. La dualidad
no cierra.

—¿Cómo que no cierra la dualidad?

—Claro está. Con dos líneas no se cierra espacio. El más sencillo
polígono es el triángulo. Por lo menos tres.

—Pero el triángulo carece de profundidad. El más sencillo poliedro es
el tetraedro; de modo que por lo menos cuatro.

—Pero dos no, ¡nunca! De pasar de una, por lo menos tres. Pero ahonde
usted en una.

—Tal es mi propósito.



XXIV


Cuando salió Augusto de su entrevista con Paparrigópulos íbase
diciendo: «De modo que tengo que renunciar a una de las dos o buscar
una tercera. Aunque para esto del estudio psicológico bien me puede
servir de tercer término, de término puramente ideal de comparación,
Liduvina. Tengo, pues, tres: Eugenia, que me habla a la imaginación,
a la cabeza; Rosario, que me habla al corazón, y Liduvina, mi
cocinera, que me habla al estómago. Y cabeza, corazón y estómago
son las tres facultades del alma que otros llaman inteligencia,
sentimiento y voluntad. Se piensa con la cabeza, se siente con el
corazón y se quiere con el estómago. ¡Esto es evidente! Y ahora...»

«Ahora—prosiguió pensando—, ¡una idea luminosa, luminosísima! Voy a
fingir que quiero pretender de nuevo a Eugenia, voy a solicitarla
de nuevo, a ver si me admite de novio, de futuro marido, claro que
no más que para probarla, como un experimento psicológico y seguro
como estoy de que ella me rechazará... ¡pues no faltaba más! Tiene
que rechazarme. Después de lo pasado, después de lo que en nuestra
última entrevista me dijo, no es posible ya que me admita. Es una
mujer de palabra, creo. Mas... ¿es que las mujeres tienen palabra?
¿es que la mujer, la Mujer, así, con letra mayúscula, la única, la
que se reparte entre millones de cuerpos femeninos y más o menos
hermosos—más bien más que menos—; es que la Mujer está obligada
a guardar su palabra? Eso de guardar su palabra, ¿no es acaso
masculino? Pero ¡no, no! Eugenia no puede admitirme; no me quiere. No
me quiere y aceptó ya mi dádiva. Y si aceptó mi dádiva y la disfruta,
¿para qué va a quererme?»

«Pero... ¿Y si, volviéndose atrás de lo que me dijo—pensó luego—,
me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque
hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me
pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado!
Pero ¡no, no! ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! Entonces no queda sino
resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que saber resignarse a
la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más
difícil. ¿No nos dice Píndaro que las desgracias todas de Tántalo
le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que
digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta,
entonces... ¡venció la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no,
no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por
salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer;
la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón
y constancia en sus propósitos, es capaz de todo... ¡No, no me
aceptará!»

—Rosarito le espera.

Con estas tres palabras, preñadas de sentimientos, interrumpió
Liduvina el curso de las reflexiones de su amo.

—Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que una vez
hayáis dicho? ¿sabéis guardar vuestra palabra?

—Según y conforme.

—Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta derechamente y no como
acostumbráis hacer las mujeres, que rara vez contestáis a lo que se
os pregunta, sino a lo que se os figuraba que se os iba a preguntar.

—Y ¿qué es lo que usted quiso preguntarme?

—Que si vosotras las mujeres guardáis una palabra que hubiéseis dado.

—Según la palabra.

—¿Cómo según la palabra?

—Pues claro está. Unas palabras se dan para guardarlas y otras para
no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es valor entendido...

—Bueno, bueno, di a Rosario que entre.

Y cuando Rosario entró preguntóle Augusto:

—Di, Rosario, ¿qué crees tú, que una mujer debe guardar la palabra
que dio o que no debe guardarla?

—No recuerdo haberle dado a usted palabra alguna...

—No se trata de eso, sino de si debe o no una mujer guardar la
palabra que dio...

—Ah, sí, lo dice usted por la otra... por esa mujer...

—Por lo que lo diga; ¿qué crees tú?

—Pues yo no entiendo de esas cosas...

—¡No importa!

—Bueno, ya que usted se empeña, le diré que lo mejor es no dar
palabra alguna.

—¿Y si se ha dado?

—No haberlo hecho.

«Está visto—se dijo Augusto—que a esta mozuela no la saco de ahí.
Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología, a llevar a
cabo un experimento.»

—¡Ven acá, siéntate aquí!—y le ofreció sus rodillas.

La muchacha obedeció tranquilamente y sin inmutarse, como a cosa
acordada y prevista. Augusto en cambio quedóse confuso y sin saber
por dónde empezar su experiencia psicológica. Y como no sabía qué
decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho anhelante
y le cubría la cara de besos, diciéndose entre tanto: «Me parece
que voy a perder la sangre fría necesaria para la investigación
psicológica». Hasta que de pronto se detuvo, pareció calmarse, apartó
a Rosario algo de sí y la dijo de repente:

—Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?

Rosario se calló, mirándole fijamente y encojiéndose de hombros.

—Pero ¿no lo sabes?—repitió él.

—¿Y a mí qué me importa eso ahora...?

—¿Cómo que no te importa?

—¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.

—Y a mí también me parece, pero...

Y entonces ocurrió algo insólito, algo que no entraba en las
previsiones de Augusto, en su programa de experiencias psicológicas
sobre la Mujer, y es que Rosario, bruscamente, le enlazó los brazos
al cuello y empezó a besarle. Apenas si el pobre hombre tuvo tiempo
para pensar: «Ahora soy yo el experimentado; esta mozuela está
haciendo estudios de psicología masculina». Y sin darse cuenta de
lo que hacía sorprendióse acariciando con las temblorosas manos las
pantorrillas de Rosario.

Levantóse de pronto Augusto, levantó luego en vilo a Rosario y la
echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con el rostro encendido. Y
él, teniéndola sujeta de los brazos con sus dos manos, se le quedó
mirando a los ojos.

—¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así,
así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...

Y al verse a sí mismo en aquellos ojos como en un espejo vivo, sintió
que la primera exaltación se le iba templando.

—Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan
chiquitito... Sólo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de
mujer...

Y el espejo le miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este
hombre no me parece como los demás; debe de estar loco».

Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sí mismo, y luego se
palpó, exclamando al cabo:

—Y ahora, Rosario, perdóname.

—¿Perdonarle? ¿por qué?

Y había en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento
alguno. Sentía deseos de huir, porque ella se decía: «Cuando uno
empieza a decir o hacer incongruencias no sé adónde va a parar.
Este hombre sería capaz de matarme en un arrebato de locura». Y le
brotaron unas lágrimas.

—¿Lo ves?—le dijo Augusto—¿lo ves? Sí, perdóname, Rosarito,
perdóname; no sabía lo que me hacía.

Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».

—Y ahora, ¡vete, vete!

—¿Me echa usted?

—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me iré
yo y te quedas aquí tú, para que veas que no te echo.

«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.

—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh?—le cojió de la barbilla,
acariciándosela—. No me olvides; no olvides al pobre Augusto.

La abrazó y la dio un largo y apretado beso en la boca. Al salir la
muchacha le dirigió una mirada llena de un misterioso miedo. Y apenas
ella salió, pensó para sí Augusto: «Me desprecia, indudablemente me
desprecia; he estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe
ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»

Si el pobre Augusto hubiese podido entonces leer en el espíritu de
Rosario habríase desesperado más. Porque la ingenua mozuela iba
pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así a beneficio de
la otra prójima...»

Íbale volviendo la exaltación a Augusto. Sentía que el tiempo perdido
no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron. Entróle una
rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía y por ocupar el tiempo
llamó a Liduvina. Y al verla ante sí, tan serena, tan rolliza,
sonriéndose maliciosamente, fué tal y tan insólito el sentimiento
que le invadió, que diciéndole: «¡vete, vete, vete!», se salió a
la calle. Es que temió un momento no poder contenerse y asaltar a
Liduvina.

Al salir a la calle se encalmó. La muchedumbre es como un bosque; le
pone a uno en su lugar, le reencaja.

«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «¿No será acaso
que mientras yo creo ir formalmente por la calle, como las personas
normales—¿y qué es una persona normal?—, vaya haciendo gestos,
contorsiones y pantomimas, y que la gente que yo creo pasa sin
mirarme o que me mira indiferentemente no sea así, sino que están
todos fijos en mí y riéndose o compadeciéndome...? Y esta ocurrencia,
¿no es acaso locura? ¿Estaré de veras loco? Y en último caso, aunque
lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no se vuelve
loco es por ser un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto
o pillo. Lo que no quiere decir, claro está, que los pillos y los
tontos no enloquezcan.»

«Lo que he hecho con Rosarito—prosiguió pensando—ha sido ridículo,
sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa
lo que de mí piense una mozuela así?... ¡pobrecilla! Pero... ¡con qué
ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente
fisiológico, nada más que fisiológico, sin psicología alguna. Es
inútil, pues, tomarla de conejilla de Indias o de ranita para
experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológicos... Pero ¿es que la
psicología, y sobre todo la femenina, es algo más que fisiología, o
si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí
para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación
técnica. Nunca asistí a ningún laboratorio... carezco, además, de
aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»

Después de haberse desahogado con estas meditaciones callejeras,
por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas,
sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.



XXV


Fué Augusto a ver a Víctor, a acariciar al tardío hijo de éste, a
recrearse en la contemplación de la nueva felicidad de aquel hogar,
y de paso a consultar con él sobre el estado de su espíritu. Y al
encontrarse con su amigo a solas, le dijo:

—¿Y de aquella novela o... ¿cómo era?... ¡ah, sí, _nivola!_... que
estabas escribiendo? ¿supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás
abandonado?

—Pues supones mal. Precisamente por eso, por ser ya padre, he vuelto
a ella. Y en ella desahogo el buen humor que me llena.

—¿Querrías leerme algo de ella?

Sacó Víctor las cuartillas y empezó a leer por aquí y por allá a su
amigo.

—Pero, hombre, ¡te me han cambiado!—exclamó Augusto.

—¿Por qué?

—Porque ahí hay cosas que rayan en lo pornográfico y hasta a las
veces pasan de ello...

—¿Pornográfico? ¡De ninguna manera! Lo que hay aquí son crudezas,
pero no pornografía. Alguna vez algún desnudo, pero nunca un
desvestido. Lo que hay es realismo...

—Realismo, sí, y además...

—Cinismo, ¿no es eso?

—¡Cinismo, sí!

—Pero el cinismo no es pornografía. Estas crudezas son un modo de
excitar la imaginación para conducirla a un examen más penetrante de
la realidad de las cosas; estas crudezas son crudezas... pedagógicas.
¡Lo dicho, pedagógicas!

—Y algo grotescas...

—En efecto, no te lo niego. Gusto de la bufonería.

—Que es siempre en el fondo tétrica.

—Por lo mismo. No me agradan sino los chistes lúgubres, las gracias
funerarias. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La
risa no es sino la preparación para la tragedia.

—Pues a mí esas bufonadas crudas me producen un detestable efecto.

—Porque eres un solitario, Augusto, un solitario, entiéndemelo bien,
un solitario... Y yo las escribo para curar... No, no, no las escribo
para nada, sino porque me divierte escribirlas, y si divierten a los
que las lean me doy por pagado. Pero si a la vez logro con ellas
poner en camino de curación a algún solitario como tú, de doble
soledad...

—¿Doble?

—Sí, soledad de cuerpo y soledad de alma.

—A propósito, Víctor.

—Sí, ya sé lo que vas a decirme. Venías a consultarme sobre tu
estado, que desde hace algún tiempo es alarmante, verdaderamente
alarmante, ¿no es eso?

—Sí, eso es.

—Lo adiviné. Pues bien, Augusto, cásate y cásate cuanto antes.

—Pero ¿con cuál?

—¡Ah!, pero ¿hay más de una?

—Y ¿cómo has adivinado también esto?

—Muy sencillo. Si hubieses preguntado: pero ¿con quién?, no habría
supuesto que hay más de una ni que esa una haya; mas al preguntar:
pero ¿con cuál?, se entiende con cuál de las dos, o tres, o diez, o
ene.

—Es verdad.

—Cásate, pues, cásate, con una cualquiera de las ene de que estás
enamorado, con la que tengas más a mano. Y sin pensarlo demasiado. Ya
ves, yo me casé sin pensarlo; nos tuvieron que casar.

—Es que ahora me ha dado por dedicarme a las experiencias de
psicología femenina.

—La única experiencia psicológica sobre la Mujer es el matrimonio.
El que no se casa, jamás podrá experimentar psicológicamente el
alma de la Mujer. El único laboratorio de psicología femenina o de
ginepsicología es el matrimonio.

—Pero ¡eso no tiene remedio!

—Ninguna experimentación de verdad le tiene. Todo el que se mete a
querer experimentar algo, pero guardando la retirada, no quemando las
naves, nunca sabe nada de cierto. Jamás te fíes de otro cirujano que
de aquel que se haya amputado a sí mismo algún propio miembro, ni
te entregues a alienista que no esté loco. Cásate, pues, si quieres
saber psicología.

—De modo que los solteros...

—La de los solteros no es psicología; no es más que metafísica, es
decir, más allá de la física, más allá de lo natural.

—Y ¿qué es eso?

—Poco menos que en lo que estás tú.

—¿Yo estoy en la metafísica? Pero ¡si yo, querido Víctor, no estoy
más allá de lo natural, sino más acá de ello!

—Es igual.

—¿Cómo que es igual?

—Sí, más acá de lo natural es lo mismo que más allá, como más allá
del espacio es lo mismo que más acá de él. ¿Ves esta línea?—y
trazó una línea en un papel. Prolóngala por uno y otro extremo al
infinito y los extremos se encontrarán, cerrarán en el infinito,
donde se encuentra todo y todo se lía. Toda recta es curva de una
circunferencia de radio infinito y en el infinito cierra. Luego lo
mismo da lo de más acá de lo natural que lo de más allá. ¿No está
claro?

—No, está oscurísimo, muy oscuro.

—Pues porque está tan oscuro, cásate.

—Sí, pero... ¡me asaltan tantas dudas!

—Mejor, pequeño Hamlet, mejor. ¿Dudas?, luego piensas; ¿piensas?,
luego eres.

—Sí, dudar es pensar.

—Y pensar es dudar y nada más que dudar. Se cree, se sabe, se imagina
sin dudar; ni la fe, ni el conocimiento, ni la imaginación suponen
duda y hasta la duda las destruye, pero no se piensa sin dudar. Y es
la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático,
quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo.

—¿Y la imaginación?

—Sí, ahí cabe alguna duda. Suelo dudar lo que les he de hacer decir
o hacer a los personajes de mi _nivola_, y aun después de que les he
hecho decir o hacer algo dudo de si estuvo bien y si es lo que en
verdad les corresponde. Pero... ¡paso por todo! Sí, sí, cabe duda en
el imaginar, que es un pensar...

       *       *       *       *       *

_Mientras Augusto y Víctor sostenían esta conversación_ nivolesca,
_yo, el autor de esta_ nivola, _que tienes, lector, en la mano
y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis_
nivolescos _personajes estaban abogando por mí y justificando mis
procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡cuán lejos estarán estos
infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de
justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca
razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a
Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos_ nivolescos.»



XXVI


Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última
experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le
rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para
salir cuando él subía para entrar.

—¿Usted por aquí, don Augusto?

—Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro
día; me vuelvo.

—No, está arriba mi tío.

—No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar.
Dejémoslo para otro día.

—No, no, volvamos. Las cosas en caliente.

—Es que si está su tío...

—¡Bah! ¡es anarquista! No le llamaremos.

Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había
ido con aires de experimentador, sentíase ahora rana.

Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el
sombrero, con el traje de calle con que había entrado, le dijo:
Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.

—Pues... pues...—y el pobre Augusto balbuceaba—pues... pues...

—Bien; pues ¿qué?

—Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el
magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que
a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo
puedo!

—Y ¿a qué es a lo que no puede usted resignarse?

—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!

—Y ¿qué es esto?

—A esto, a que no seamos más que amigos...

—¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto? ¿o
es que quiere usted que seamos menos que amigos?

—No. Eugenia, no, no es eso.

—Pues ¿qué es?

—Por Dios, no me haga sufrir...

—El que se hace sufrir es usted mismo.

—¡No puedo resignarme, no!

—Pues ¿qué quiere usted?

—¡Que seamos... marido y mujer!

—¡Acabáramos!

—Para acabar hay que empezar.

—¿Y aquella palabra que me dio usted?

—No sabía lo que me decía...

—Y la Rosario aquella...

—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la
Rosario!

Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla,
volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:

—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre,
no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más
que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la
Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo
que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho
de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la
compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le
dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.

—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.

—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de
ellos—¡cuidadito!

—Pues la otra vez... la última vez...

—¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.

—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden
permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al...
vamos, al... novio!

—Pues no lo comprendo...

—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora,
quietecito, ¿eh?

«Esto es hecho»—pensó Augusto, que se sintió ya completa y
perfectamente rana.

—Y ahora—agregó Eugenia levantándose—voy a llamar a mi tío.

—¿Para qué?

—¡Toma, para darle parte!

—¡Es verdad!—exclamó Augusto consternado.

Al momento llegó don Fermín.

—Mire usted, tío—le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto
Pérez que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.

—¡Admirable!, ¡admirable!—exclamó don Fermín—, ¡admirable! Ven acá,
hija mía, ven acá que te abrace; ¡admirable!

—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?

—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga
es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin
medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para
llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad...
Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia,
¿eh?, _pro formula_, nada más que _pro formula_. Porque yo sé que os
consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre
del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable! ¡admirable!
Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.

—¿Desde hoy?

—Tiene usted razón, sí, lo fué siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa
que habito fué siempre de usted, fué siempre de todos mis hermanos.
Pero desde hoy... usted me entiende.

—Sí, le entiende a usted, tío.

En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo: ¡La tía! Y al
entrar ésta en la sala y ver aquello, exclamó:—Ya, ¡enterada! ¿Conque
es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.

Augusto pensaba: «¡rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».

—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para
celebrarlo...—dijo doña Ermelinda.

—¡Y qué remedio!—se le escapó al pobre rana.



XXVII


Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo
pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología, sino estética.

¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le
llevaron la ropa planchada fué otra la que se la llevó, una mujer
cualquiera. Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya
Rosario. ¿Para qué, si lo adivinaba? Y este desprecio, porque no era
sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo
gracia. Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto,
seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella
para otra cosa!

Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista,
encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:—«¡Me entran unas ganas
de hacer unos versos a tus ojos!», y ella le contestó:—«¡Hazlos!»

—Mas para ello—agregó él—sería conveniente que tocases un poco el
piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.

—Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he
podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que
lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!

—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.

—¡Sea, pero por única vez!

Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió
Augusto esto:


      Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo
    en las brumas perdida de la idea,
    perdida allá en las notas de la música
    que según dicen cantan las esferas;
    y yacía mi cuerpo solitario
    sin alma y triste errando por la tierra.
    Nacidos para arar juntos la vida
    no vivían; porque él era materia
    tan sólo y ella nada más que espíritu
    buscando completarse, ¡dulce Eugenia!
    Mas brotaron tus ojos como fuentes
    de viva luz encima de mi senda
    y prendieron a mi alma y la trajeron
    del vago cielo a la dudosa tierra,
    metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces
    y ¡sólo desde entonces vivo, Eugenia!
    Son tus ojos cual clavos encendidos
    que mi cuerpo a mi espíritu sujetan,
    que hacen que sueñe en mí febril la sangre
    y que en carne convierten mis ideas.
    ¡Si esa luz de mi vida se apagara,
    desuncidos espíritu y materia,
    perderíame en brumas celestiales
    y del profundo en la voraz tiniebla!


—¿Qué te parecen?—le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.

—Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...»

—Sí, es para darle familiaridad...

—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.

—¿Qué? ¿que eres un ripio tú?

—¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...

—Vamos, sí, muy _nivolesco_.

—¿Qué es eso?

—Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.

—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos
casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo
que has de hacer de Orfeo...

—Pero ¡Eugenia, por Dios! ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo!
¡si es además mi confidente...! ¡si es a quien dirijo mis monólogos
todos...!

—Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está
de más el perro!

—Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...

—Si lo tenemos...

—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro? ¿por qué no
el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor
amigo del hombre si tuviese dinero...?

—No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy
segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.

Otro día le dijo Eugenia a Augusto:

—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te
ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte...

—¡Por Dios, Eugenia, habla!

—Tú sabes aquel novio que tuve...

—Sí, Mauricio.

—Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...

—Ni quiero saberlo.

—Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y
sinvergüenza aquel, pero...

—¿Qué, te persigue todavía?

—¡Todavía!

—¡Ah, como yo le coja...!

—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú
crees, sino con otras.

—¡A ver! ¡a ver!

—No te alarmes. Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde,
ladra.

—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con
cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de
él». No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.

—Creo que hay otro medio mejor.

—¿Cuál?

—Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando
a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.

—¿Qué quieres decir?

—Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación
cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...

—Si no...

—Amenaza con perseguirme para comprometerme...

—¡Desvergonzado! ¡Bandido!

—No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitárnosle de en medio
buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea
lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión
porque el pobrecillo es como es, y...

—Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo.
Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese
empleo.

Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le
destinasen bastante lejos.



XXVIII


Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un
joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo
por despedirlo sin oirle, pero le atraía aquel hombre que fué en un
tiempo novio de Eugenia, a la que ésta quiso y acaso seguía queriendo
en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser
mujer de él, de Augusto, intimidades que éste ignoraba; de aquel
hombre que... Había algo que les unía.

—Vengo, señor—empezó sumisamente Mauricio—, a darle las gracias por
el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha
dignado otorgarme...

—No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en
adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.

—Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!

—Sé a qué atenerme.

—Desde que me despidió, e hizo bien en despedirme porque no
soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como
mejor he podido de esa desgracia y respetar, por supuesto, sus
determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...

—Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho
menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la
verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.

—Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor
que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me
consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una
muchachita...

—Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?

—Es que me parece que usted debe de conocerla...

—¿Cómo? ¿cómo? ¿quiere usted burlarse...?

—No... no... Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y
que me parece le solía llevar a usted la plancha...

Augusto palideció. «¿Sabrá éste todo?», se dijo, y esto le azaró aún
más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia
lo que él no sabía. Pero repúsose al pronto y exclamó:

—Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?

—Me parece—prosiguió Mauricio, como si no hubiese oído nada—que a los
despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con
los otros.

—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir?—y
pensó Augusto si allí, en aquel que fué escenario de su última
aventura con Rosario, estrangularía o no a aquel hombre.

—¡No se exalte así, don Augusto, no se exalte así! No quiero decir
sino lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo miente,
me despreció, me despachó, y yo me he encontrado con esa pobre
chicuela, a la que otro despreció, y...

Augusto no pudo ya contenerse; palideció primero, se encendió
después, levantóse, cojió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó
en vilo y le arrojó en el sofá sin darse clara cuenta de lo que
hacía, como para estrangularlo. Y entonces, al verse Mauricio en el
sofá, dijo con la mayor frialdad:

—Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué
chiquitito se ve...

El pobre Augusto creyó derretirse. Por lo menos se le derritió la
fuerza toda de los brazos, empezó la estancia a convertirse en
niebla a sus ojos, pensó: «¿estaré soñando?», y se encontró con
que Mauricio, de pie ya y frente a él, le miraba con una socarrona
sonrisa:

—¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted,
un arrebato... ni sé siquiera lo que me hice... ni me di cuenta...
Y ¡gracias, gracias, otra vez gracias! ¡gracias a usted y a... ella!
¡Adiós!

Apenas había salido Mauricio, llamó Augusto a Liduvina.

—Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?

—Un joven.

—¿De qué señas?

—Pero ¿necesita usted que se lo diga?

—¿De veras, ha estado aquí alguien conmigo?

—¡Señorito!

—No... no... júrame que ha estado aquí conmigo un joven y de las
señas que me digas... alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien
grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿ha estado?

—Pero ¿está usted bueno, don Augusto?

—¿No ha sido un sueño...?

—Como no lo hayamos soñado los dos...

—No, no pueden soñar dos al mismo tiempo la misma cosa. Y
precisamente se conoce que algo no es sueño en que no es de uno
solo...

—Pues ¡sí, estese tranquilo, sí! Estuvo ese joven que dice.

—Y ¿qué dijo al salir?

—Al salir no habló conmigo... ni le vi...

—Y tú ¿sabes quién es, Liduvina?

—Sí, sé quién es. El que fué novio de...

—Sí, basta. Y ahora, ¿de quién lo es?

—Eso ya sería saber demasiado.

—Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os enseñan...

—Sí, y en cambio no logramos aprender las que quieren enseñarnos.

—Pues bueno, di la verdad, Liduvina: ¿no sabes con quién anda ahora
ese... prójimo?

—No, pero me lo figuro.

—¿Por qué?

—Por lo que está usted diciendo.

—Bueno, llama ahora a Domingo.

—¿Para qué?

—Para saber si estoy también todavía soñando o no, y si tú eres de
verdad Liduvina, su mujer, o si...

—¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay otra cosa
mejor.

—¿Cuál?

—Que venga Orfeo.

—Tienes razón; ¡ése no sueña!

Al poco rato, habiendo ya salido Liduvina, entraba el perro.

«¡Ven acá, Orfeo—le dijo su amo—, ven acá! ¡Pobrecito! ¡qué pocos
días te quedan ya de vivir conmigo! No te quiere ella en casa. Y
¿adónde voy a echarte? ¿qué voy a hacer de ti? ¿qué será de ti sin
mí? Eres capaz de morirte, ¡lo sé! Sólo un perro es capaz de morirse
al verse sin amo. Y yo he sido más que tu amo, ¡tu padre, tu dios!
¡No te quiere en casa; te echa de mi lado! ¿Es que tú, el símbolo
de la fidelidad, le estorbas en casa? ¡Quién lo sabe...! Acaso un
perro sorprende los más secretos pensamientos de las personas con
quienes vive, y aunque se calle... ¡Y tengo que casarme, no tengo más
remedio que casarme... si no, jamás voy a salir del sueño! Tengo que
despertar.»

«Pero ¿por qué me miras así, Orfeo? ¡Si parece que lloras sin
lágrimas...! ¿Es que me quieres decir algo? Te veo sufrir por no
tener palabra. ¡Qué pronto aseguré que tú no sueñas! ¡Tú sí que me
estás soñando, Orfeo! ¿Por qué somos hombres los hombres sino porque
hay perros y gatos y caballos y bueyes y ovejas y animales de toda
clase, sobre todo domésticos? ¿Es que a falta de animales domésticos
en que descargar el peso de la animalidad de la vida habría el hombre
llegado a su humanidad? ¿Es que a no haber domesticado el hombre al
caballo no andaría la mitad de nuestro linaje llevando a cuestas a
la otra mitad? Sí, a vosotros se os debe la civilización. Y a las
mujeres. Pero ¿no es acaso la mujer otro animal doméstico? Y de no
haber mujeres, ¿serían hombres los hombres? ¡Ay, Orfeo, viene de
fuera quien de casa te echa!»

Y le apretó contra su seno, y el perro, que parecía en efecto llorar,
le lamía la barba.



XXIX


Todo estaba dispuesto ya para la boda. Augusto la quería recojida y
modesta, pero ella, su mujer futura, parecía preferir que se le diese
más boato y resonancia.

A medida que se acercaba aquel plazo, el novio ardía por tomarse
ciertas pequeñas libertades y confianzas, y ella, Eugenia, se
mantenía más en reserva.

—Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!

—Pues por lo mismo. Es menester que empecemos ya a respetarnos.

—Respeto... respeto... El respeto excluye el cariño.

—Eso creerás tú... ¡Hombre al fin!

Y Augusto notaba en ella algo extraño, algo forzado. Alguna vez
parecióle que trataba de esquivar sus miradas. Y se acordó de su
madre, de su pobre madre, y del anhelo que sintió siempre por que
su hijo se casara bien. Y ahora, próximo a casarse con Eugenia, le
atormentaba más lo que Mauricio le dijera de llevarse a Rosario.
Sentía celos, unos celos furiosos, y rabia por haber dejado pasar una
ocasión, por el ridículo en que quedó ante la mozuela. «Ahora estarán
riéndose los dos de mí—se decía—, y él doblemente, porque ha dejado
a Eugenia encajándomela y porque se me lleva a Rosario.» Y alguna
vez le entraron furiosas ganas de romper su compromiso y de ir a la
conquista de Rosario, a arrebatársela a Mauricio.

—Y de aquella mocita, de aquella Rosario, ¿qué se ha hecho?—le
preguntó Eugenia unos días antes de el de la boda.

—Y ¿a qué viene recordarme ahora eso?

—¡Ah, si no te gusta el recuerdo, lo dejaré!

—No... no... pero...

—Sí, como una vez interrumpió ella una entrevista nuestra... ¿No has
vuelto a saber de ella?—y le miró con mirada de las que atraviesan.

—No, no he vuelto a saber de ella.

—¿Quién la estará conquistando o quién la habrá conquistado a estas
horas...?—y apartando su mirada de Augusto la fijó en el vacío, más
allá de lo que miraba.

Por la mente del novio pasaron, en tropel, extraños agüeros. «Esta
parece saber algo», se dijo, y luego en voz alta:

—¿Es que sabes algo?

—¿Yo?—contestó ella fingiendo indiferencia y volvió a mirarle.

Entre los dos flotaba sombra de misterio.

—Supongo que la habrás olvidado...

—Pero ¿a qué esta insistencia en hablarme de esa... chiquilla?

—¡Qué sé yo!... Porque, hablando de otra cosa, ¿qué le pasará a un
hombre cuando otro le quita la mujer a que pretendía y se la lleva?

A Augusto le subió una oleada de sangre a la cabeza al oir esto.
Entráronle ganas de salir, correr en busca de Rosario, ganarla y
volver con ella a Eugenia para decir a ésta: «¡Aquí la tienes, es
mía, y no de... _tu_ Mauricio!»

Faltaban tres días para el de la boda. Augusto salió de casa de su
novia pensativo. Apenas pudo dormir aquella noche.

A la mañana siguiente, apenas despertó, entró Liduvina en su cuarto.

—Aquí hay una carta para el señorito; acaban de traerla. Me parece
que es de la señorita Eugenia...

—¿Carta? ¿de ella? ¿de ella carta? ¡Déjala ahí y vete!

Salió Liduvina. Augusto empezó a temblar. Un extraño desasosiego le
agitaba el corazón. Se acordó de Rosario, luego de Mauricio. Pero no
quiso tocar la carta. Miró con terror al sobre. Se levantó, se lavó,
se vistió, pidió el desayuno, devorándolo luego. «No, no quiero
leerla aquí», se dijo. Salió de casa, fuese a la iglesia más próxima,
y allí, entre unos cuantos devotos que oían misa, abrió la carta.
«Aquí tendré que contenerme—se dijo—, porque yo no sé qué cosas me
dice el corazón.» Y decía la carta:

  «Apreciable Augusto: Cuando leas estas líneas yo estaré con
  Mauricio camino del pueblo adonde éste va destinado gracias a
  tu bondad, a la que debo también poder disfrutar de mis rentas,
  que con el sueldo de él nos permitirá vivir juntos con algún
  desahogo. No te pido que me perdones, porque después de esto creo
  que te convencerás de que ni yo te hubiera hecho feliz ni tú
  mucho menos a mí. Cuando se te pase la primera impresión volveré
  a escribirte para explicarte por qué doy este paso ahora y de
  esta manera. Mauricio quería que nos hubiéramos escapado el día
  mismo de la boda, después de salir de la iglesia; pero su plan
  era muy complicado y me pareció, además, una crueldad inútil. Y
  como te dije en otra ocasión, creo quedaremos amigos. Tu amiga

  _Eugenia Domingo del Arco_.

  P. S. No viene con nosotros Rosario. Te queda ahí y puedes con
  ella consolarte.»

Augusto se dejó caer en un banco, anonadado. Al poco rato se
arrodilló y rezaba.

Al salir de la iglesia parecíale que iba tranquilo, mas era una
terrible tranquilidad de bochorno. Se dirigió a casa de Eugenia,
donde encontró a los pobres tíos consternados. La sobrina les había
comunicado por carta su determinación y no remaneció en toda la
noche. Había tomado la pareja un tren que salió al anochecer, muy
poco después de la última entrevista de Augusto con su novia.

—Y ¿qué hacemos ahora?—dijo doña Ermelinda.

—¡Qué hemos de hacer, señora—contestó Augusto—, sino aguantarnos!

—¡Esto es una indignidad—exclamó don Fermín—; estas cosas no debían
quedar sin un ejemplar castigo!

—Y ¿es usted, don Fermín, usted, el anarquista...?

—Y ¿qué tiene que ver? Estas cosas no se hacen así. ¡No se engaña así
a un hombre!

—¡Al otro no le ha engañado!—dijo fríamente Augusto, y después de
haberlo dicho se aterró de la frialdad con que lo dijera.

—Pero le engañará... le engañará... ¡no lo dude usted!

Augusto sintió un placer diabólico al pensar que Eugenia engañaría al
cabo a Mauricio, «Pero no ya conmigo», se dijo muy bajito, de modo
que apenas si se oyese a sí mismo.

—Bueno, señores, lamento lo sucedido, y más que nada por su sobrina,
pero debo retirarme.

—Usted comprenderá, don Augusto, que nosotros...—empezó doña
Ermelinda.

—¡Claro! ¡claro! Pero...

Aquello no podía prolongarse. Augusto, después de breves palabras
más, se salió.

Iba aterrado de sí mismo y de lo que le pasaba, o mejor aún, de
lo que no le pasaba. Aquella frialdad, al menos aparente, con que
recibió el golpe de la burla suprema, aquella calma le hacía que
hasta dudase de su propia existencia. «Si yo fuese un hombre como
los demás—se decía—, con corazón; si fuese siquiera un hombre; si
existiese de verdad, ¿cómo podía haber recibido esto con la relativa
tranquilidad con que lo recibo?» Y empezó, sin darse de ello cuenta,
a palparse, y hasta se pellizcó para ver si lo sentía.

De pronto sintió que alguien le tiraba de una pierna. Era Orfeo,
que le había salido al encuentro, para consolarlo. Al ver a Orfeo
sintió, ¡cosa extraña!, una gran alegría, lo tomó en brazos y le
dijo: «¡Alégrate, Orfeo mío, alégrate! ¡alegrémonos los dos! ¡Ya no
te echan de casa; ya no te separan de mí; ya no nos separan al uno
del otro! Viviremos juntos en la vida y en la muerte. No hay mal que
por bien no venga, por grande que el mal sea y por pequeño que sea
el bien, o al revés. ¡Tú, tú eres fiel, Orfeo mío, tú eres fiel!
Yo ya supongo que algunas veces buscarás tu perra, pero no por eso
huyes de casa, no por eso me abandonas; tú eres fiel, tú. Y mira,
para que no tengas nunca que marcharte, traeré una perra a casa, sí,
te la traeré. Porque ahora, ¿es que has salido a mi encuentro para
consolar la pena que debía tener o es que me encuentras al volver de
una visita a tu perra? De todos modos, tú eres fiel, tú, y ya nadie
te echará de mi casa, nadie nos separará».

Entró en su casa, y no bien se volvió a ver en ella, solo, se le
desencadenó en el alma la tempestad que parecía calma. Le invadió un
sentimiento en que se daban confundidos tristeza, amarga tristeza,
celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre
todo vergüenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del
ridículo en que quedaba.

—¡Me ha matado!—le dijo a Liduvina.

—¿Quién?

—Ella.

Y se encerró en su cuarto. Y a la vez que las imágenes de Eugenia y
de Mauricio presentábase a su espíritu la de Rosario, que también se
burlaba de él. Y recordaba a su madre. Se echó sobre la cama, mordió
la almohada, no acertaba a decirse nada concreto, se le enmudeció el
monólogo, sintió como si se le acorchase el alma y rompió a llorar.
Y lloró, lloró, lloró. Y en el llanto silencioso se le derretía el
pensamiento.



XXX


Víctor encontró a Augusto hundido en un rincón de un sofá, mirando
más abajo del suelo.

—¿Qué es eso?—le preguntó poniéndole una mano sobre el hombro.

—Y ¿me preguntas qué es esto? ¿No sabes lo que me ha pasado?

—Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho
ella; lo que no sé es lo que te pasa por dentro, es decir, no sé por
qué estás así...

—¡Parece imposible!

—Se te ha ido un amor, el de a; ¿no te queda el de b, o el de c, o el
de x, o el de otra cualquiera de las n?

—No es la ocasión para bromas, creo.

—Al contrario, ésta es la ocasión de bromas.

—Es que no me duele en el amor; ¡es la burla, la burla, la burla! Se
han burlado de mí, me han escarnecido, me han puesto en ridículo; han
querido demostrarme... ¿qué sé yo?... que no existo.

—¡Qué felicidad!

—No te burles, Víctor.

—Y ¿por qué no me he de burlar? Tú, querido Augusto, fuiste de
experimentador y has sido experimentado; la quisiste tomar de rana
y es ella la que te ha tomado de rana a ti. ¡Chapúzate, pues, en la
charca y a croar y a vivir!

—Te ruego otra vez...

—Que no bromee, ¿eh? Pues bromearé. Para estas ocasiones se ha hecho
la burla.

—Es que eso es corrosivo.

—Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo,
confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la
realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola
niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para
nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia.
Quisiste hacerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti
mismo rana.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Experimenta en ti mismo.

—Sí, que me suicide.

—No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no
la mejor.

—Entonces, que les busque y les mate.

—Matar por matar es un desatino. A lo sumo para librarse del odio,
que no hace sino corromper al alma. Porque más de un rencoroso se
curó del rencor y sintió piedad, y hasta amor a su víctima, una
vez que satisfizo su odio en ella. El acto malo libera del mal
sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.

—Y ¿qué voy a hacer?

—Habrás oído que en este mundo no hay sino devorar o ser devorado...

—Sí, burlarse de otros o ser burlado.

—No; cabe otro término tercero y es devorarse uno a sí mismo,
burlarse de sí mismo uno. ¡Devórate! El que devora goza, pero no se
harta de recordar el acabamiento de sus goces y se hace pesimista; el
que es devorado sufre, y no se harta de esperar la liberación de sus
penas y se hace optimista. Devórate a ti mismo, y como el placer de
devorarte se confundirá y neutralizará con el dolor de ser devorado,
llegarás a la perfecta ecuanimidad de espíritu, a la ataraxia; no
serás sino un mero espectáculo para ti mismo.

—Y ¿eres tú, tú, Víctor, tú el que me vienes con esas cosas?

—¡Sí, yo, Augusto, yo, soy yo!

—Pues en un tiempo no pensabas de esa manera tan... corrosiva.

—Es que entonces no era padre.

—Y ¿el ser padre...?

—El ser padre, al que no está loco o es un mentecato, le
despierta lo más terrible que hay en el hombre: ¡el sentido de la
responsabilidad! Yo entrego a mi hijo el legado perenne de la
humanidad. Con meditar en el misterio de la paternidad hay para
volverse loco. Y si los más de los padres no se vuelven locos es
porque son tontos... o no son padres. Regocíjate, pues, Augusto, que
con eso de habérsete escapado te evitó acaso el que fueses padre.
Y yo te dije que te casaras, pero no que te hicieses padre. El
matrimonio es un experimento... psicológico; la paternidad lo es...
patológico.

—¡Es que me ha hecho padre, Víctor!

—¿Cómo? ¿que te ha hecho padre?

—¡Sí, de mí mismo! Con esto creo haber nacido de veras. Y para
sufrir, para morir.

—Sí, el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la
conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo.
Pero si te has hecho padre de ti mismo es que te has hecho hijo de ti
mismo también.

—Parece imposible, Víctor, parece imposible que pasándome lo que me
pasa, después de lo que ha hecho conmigo... ¡ella!, pueda todavía oir
con calma estas sutilezas, estos juegos de concepto, estas humoradas
macabras, y hasta algo peor...

—¿Qué?

—Que me distraigan. ¡Me irrito contra mí mismo!

—Es la comedia, Augusto, es la comedia que representamos ante
nosotros mismos, en lo que se llama el foro interno, en el tablado
de la conciencia, haciendo a la vez de cómicos y de espectadores.
Y en la escena del dolor representamos el dolor y nos parece un
desentono el que de repente nos entre ganas de reír entonces. Y es
cuando más ganas nos da de ello. ¡Comedia, comedia el dolor!

—¿Y si la comedia del dolor le lleva a uno a suicidarse?

—¡Comedia de suicidio!

—¡Es que se muere de veras!

—¡Comedia también!

—Pues ¿qué es lo real, lo verdadero, lo sentido?

—Y ¿quién te ha dicho que la comedia no es real y verdadera y sentida?

—¿Entonces?

—Que todo es uno y lo mismo; que hay que confundir, Augusto, hay que
confundir. Y el que no confunde se confunde.

—Y el que confunde también.

—Acaso.

—¿Entonces?

—Pues esto, charlar, sutilizar, jugar con las palabras y los
vocablos... ¡pasar el rato!

—¡Ellos sí que lo estarán pasando!

—¡Y tú también! ¿Te has encontrado nunca a tus propios ojos más
interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene un miembro si no le
duele?

—Bueno, y ¿qué voy a hacer yo ahora?

—¡Hacer... hacer... hacer! ¡Bah, ya te estás sintiendo personaje de
drama o de novela! ¡Contentémonos con serlo de... _nivola!_ ¡Hacer...
hacer... hacer! ¿Te parece que hacemos poco con estar así hablando?
Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan
muchas cosas en un drama cuando los actores pueden hacer muchos
gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y... ¡pantomima!
¡pantomima! ¡Hablan demasiado!, dicen otras veces. Como si el hablar
no fuese hacer. En el principio fué la Palabra y por la Palabra se
hizo todo. Si ahora, por ejemplo, algún... _nivolista_ oculto ahí,
tras ese armario, tomase nota taquigráfica de cuanto estamos aquí
diciendo y lo reprodujese, es fácil que dijeran los lectores que no
pasa nada, y sin embargo...

—¡Oh, si pudiesen verme por dentro, Víctor, te aseguro que no dirían
tal cosa!

—¿Por dentro? ¿por dentro de quién? ¿de ti? ¿de mí? Nosotros no
tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando
pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El
alma de un personaje de drama, de novela o de _nivola_ no tiene más
interior que el que le da...

—Sí, su autor.

—No, el lector.

—Pues yo te aseguro, Víctor...

—No asegures nada y devórate. Es lo seguro.

—Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una
ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco
de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un
personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o
desahogarse; pero ahora, después de lo que me ha hecho, después de lo
que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla,
¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi
existencia real!

—¡Comedia! ¡comedia! ¡comedia!

—¿Cómo?

—Sí, en la comedia entra el que se crea rey el que lo representa.

—Pero ¿qué te propones con todo esto?

—Distraerte. Y además que si, como te decía, un _nivolista_ oculto
que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas
un día, el lector de la _nivola_ llegue a dudar, siquiera fuese un
fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez
no más que un personaje _nivolesco_, como nosotros.

—Y eso ¿para qué?

—Para redimirle.

—Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a
uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas
para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...

—No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que
exista.

—Y ¿qué es existir?

—¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa
pregunta. _¡Ser o no ser...!_, que dijo Hamlet, uno de los que
inventaron a Shakespeare.

—Pues a mí, Víctor, eso de _ser o no ser_ me ha parecido siempre una
solemne vaciedad.

—Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay profundidad
mayor que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de
todo?

—Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy».

—No, sino esto: A = A.

—Pero ¡eso no es nada!

—Y por lo mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra
vaciedad de Descartes, ¿la crees tan incontrovertible?

—¡Y tanto...!

—Pues bien; ¿dijo eso Descartes?

—¡Sí!

—Y no era verdad. Porque como Descartes no ha sido más que un ente
ficticio, una invención de la historia, pues... ¡ni existió... ni
pensó!

—Y ¿quién dijo eso?

—Eso no lo dijo nadie; eso se dijo ello mismo.

—Entonces, ¿el que era y pensaba era el pensamiento ese?

—¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que
no piensa no es.

—¡Claro está!

—Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empeñas en pensar...

—¿Qué?

—¡Devórate!

—Es decir, ¿que me suicide...?

—En eso ya no me quiero meter. ¡Adiós!

Y se salió Víctor, dejando a Augusto perdido y confundido en sus
cavilaciones.



XXXI


Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible
calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que
era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo
su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla,
ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato.
Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de
pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así
como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo
sin haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió, pues,
un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para
visitarme.

Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé
pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un
retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y
a una seña mía se sentó, frente a mí.

Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos
filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó,
¡claro está!, de halagarme, y enseguida empezó a contarme su vida y
sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo,
pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo
demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más
secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a
un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del
semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.

—¡Parece mentira!—repetía—¡parece mentira! A no verlo no lo
creería... No sé si estoy despierto o soñando...

—Ni despierto ni soñando—le contesté.

—No me lo explico... no me lo explico—añadió—; mas puesto que usted
parece saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi
propósito...

—Sí—le dije—, tú—y recalqué este _tú_ con un tono autoritario—, tú,
abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de
suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno
de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.

El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído
miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No
disponía de sus fuerzas.

—¡No, no te muevas!—le ordené.

—Es que... es que...—balbuceó.

—Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

—¿Cómo?—exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.

—Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester?—le
pregunté.

—Que tenga valor para hacerlo—me contestó.

—No—le dije—, ¡que esté vivo!

—¡Desde luego!

—¡Y tú no estás vivo!

—¿Cómo que no estoy vivo? ¿es que me he muerto?—y empezó, sin darse
clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.

—¡No, hombre, no!—le repliqué—. Te dije antes que no estabas ni
despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

—¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios! ¡acabe de
explicarse!—me suplicó consternado—, porque son tales las cosas que
estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.

—Pues bien; la verdad es, querido Augusto—le dije con la más dulce
de mis voces—, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no
estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

—¿Cómo que no existo?—exclamó.

—No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre
Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos
de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y
malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela,
o de _nivola_, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.

Al oir esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas
miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más allá,
miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros,
le volvió el color y el aliento, fué recobrándose, se hizo dueño de
sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí,
y la cara en las palmas de las manos, y mirándome con una sonrisa en
los ojos me dijo lentamente:

—Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y
que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y
me dice.

—Y ¿qué es lo contrario?—le pregunté alarmado de verle recobrar vida
propia.

—No sea, mi querido don Miguel—añadió—, que sea usted y no yo el ente
de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No
sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue
al mundo...

—¡Eso más faltaba!—exclamé algo molesto.

—No se exalte usted así, señor de Unamuno—me replicó—, tenga calma.
Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...

—Dudas no—le interrumpí—; certeza absoluta de que tú no existes fuera
de mi producción novelesca.

—Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la
existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha
sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que Don Quijote y
Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

—No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...

—Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un
hombre dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más
existe, él como conciencia que sueña o su sueño?

—¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador?—le repliqué a mi vez.

—En ese caso, amigo don Miguel, le pregunté yo a mi vez, ¿de qué
manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí
mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me
reconoce ya existencia independiente de sí.

—¡No, eso no! ¡eso no!—le dije vivamente—. Yo necesito discutir, sin
discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí
quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis
monólogos son diálogos.

—Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos...

—Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...

—Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no
existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree
haber inventado. Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito
Carrascal y el gran don Fulgencio...

—No mientes a ese...

—Bueno, basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de
mi suicidio?

—Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo
repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé
la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te
suicidarás. ¡Lo dicho!

—Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero
es muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo
no existo de veras y usted sí, de que yo no soy más que un ente de
ficción, producto de la fantasía novelesca o _nivolesca_ de usted,
aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama usted su
real gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen
su lógica interna...

—Sí, conozco esa cantata.

—En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto
lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción
novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector
esperaría que hiciese...

—Un ser novelesco tal vez...

—¿Entonces?

—Pero un ser _nivolesco_...

—Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo.
Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado,
según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica
interior, y esta lógica me pide que me suicide...

—¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!

—A ver, ¿por qué me equivoco? ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted
en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es
la de conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y
que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras,
pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel,
ese conocimiento propio o de sí mismo, hay otro conocimiento que me
parece no menos difícil que él...

—¿Cuál es?—le pregunté.

Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:

—Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que
un novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que
finge o cree fingir...

Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder
mi paciencia.

—E insisto—añadió—en que aun concedido que usted me haya dado el ser
y un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque
le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide.

—¡Bueno, basta!, ¡basta!—exclamé dando un puñetazo en la
camilla—¡cállate! ¡no quiero oir más impertinencias...! ¡Y de una
criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer
de ti, decido ahora mismo no ya que no te suicides, sino matarte yo.
¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡muy pronto!

—¿Cómo?—exclamó Augusto sobresaltado—¿que me va usted a dejar morir,
a hacerme morir, a matarme?

—¡Sí, voy a hacer que mueras!

—¡Ah, eso nunca! ¡nunca! ¡nunca!—gritó.

—¡Ah!—le dije mirándole con lástima y rabia—¿conque estabas dispuesto
a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la
vida y te resistes a que te la quite yo?

—Sí, no es lo mismo...

—En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió
una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida,
salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a
uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida
por la de otro renunció a su propósito.

—Se comprende—observó Augusto—; la cosa era quitar a alguien la vida,
matar un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los
más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos
por falta de valor para matar a otros...

—Ah, ya, te entiendo, Augusto, te entiendo. Tú quieres decir que
si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio o a los dos no
pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?

—¡Mire usted, precisamente a esos... no!

—¿A quién, pues?

—¡A usted!—y me miró a los ojos.

—¿Cómo?—exclamé poniéndome en pie—¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la
imaginación matarme? ¿tú? ¿y a mí?

—Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que
sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama,
matara a aquel a quien creyó darle el ser... ficticio?

—¡Esto ya es demasiado—decía yo paseándome por mi despacho—, esto
pasa de la raya! Esto no sucede más que...

—Más que en las _nivolas_—concluyó él con sorna.

—¡Bueno, basta!, ¡basta!, ¡basta! ¡Esto no se puede tolerar! Vienes
a consultarme, a mí, y tú empiezas por discutirme mi propia
existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me dé
la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que
me salga de...

—No sea usted tan español, don Miguel...

—¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy español!, español de
nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y
hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo y el
españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una
España celestial y eterna y mi Dios un Dios español, el de Nuestro
Señor Don Quijote, un Dios que piensa en español y en español dijo:
¡sea luz!, y su verbo fué verbo español...

—Bien, ¿y qué?—me interrumpió, volviéndome a la realidad.

—Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme? ¿a mí? ¿tú?
¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No tolero más. Y para
castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes,
anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras.
En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te
morirás!

—Pero ¡por Dios...!—exclamó Augusto, ya suplicante y de miedo
tembloroso y pálido.

—No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

—Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...

—¿No pensabas matarte?

—Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré,
que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado; se lo
juro... Ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir,
vivir...

—¡Vaya una vida!—exclamé.

—Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque
otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir,
vivir, vivir...

—No puede ser ya... no puede ser...

—Quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo...

—Pero si tú no eres sino lo que yo quiera...

—¡Quiero ser yo, ser yo! ¡quiero vivir!—y le lloraba la voz.

—No puede ser... no puede ser...

—Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más
quiera... Mire que usted no será usted... que se morirá...

Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:

—¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

—¡No puede ser, pobre Augusto—le dije cojiéndole de una mano y
levantándole—, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no
puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué
hacer de nosotros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente
la idea de matarme...

—Pero si yo, don Miguel...

—No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te
mato pronto acabes por matarme tú.

—Pero ¿no quedamos en que...?

—No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya
escrito y no puedo volverme atrás. Te morirás. Para lo que ha de
valerte ya la vida...

—Pero... por Dios...

—No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!

—¿Conque no, eh?—me dijo—¿conque no? No quiere usted dejarme ser
yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme,
sentirme, dolerme, serme; ¿conque no lo quiere? ¿conque he de morir
ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también
usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que
salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá,
aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean
mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción
como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo
yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, _nivolesco_ lo mismo
que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted
más que otro ente _nivolesco_, y entes _nivolescos_ sus lectores, lo
mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...

—¿Víctima?—exclamé.

—¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá!
El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don
Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir,
pues!

Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad, le
dejó extenuado al pobre Augusto.

Y le empujé a la puerta, por la que salió cabizbajo. Luego se tanteó
como si dudase ya de su propia existencia. Yo me enjugué una lágrima
furtiva.



XXXII


Aquella misma noche se partió Augusto de esta ciudad de Salamanca
adonde vino a verme. Fuése con la sentencia de muerte sobre el
corazón y convencido de que no le sería ya hacedero, aunque lo
intentara, suicidarse. El pobrecillo, recordando mi sentencia,
procuraba alargar lo más posible su vuelta a su casa, pero una
misteriosa atracción, un impulso íntimo le arrastraba a ella. Su
viaje fué lamentable. Iba en el tren contando los minutos, pero
contándolos al pie de la letra: uno, dos, tres, cuatro... Todas sus
desventuras, todo el triste ensueño de sus amores con Eugenia y con
Rosario, toda la historia tragicómica de su frustrado casamiento
habíanse borrado de su memoria o habíanse más bien fundido en una
niebla. Apenas si sentía el contacto del asiento sobre que descansaba
ni el peso de su propio cuerpo. «¿Será verdad que no existo
realmente?—se decía—¿tendrá razón este hombre al decir que no soy más
que un producto de su fantasía, un puro ente de ficción?»

Tristísima, dolorosísima había sido últimamente su vida, pero le era
mucho más triste, le era más doloroso pensar que todo ello no hubiese
sido sino sueño, y no sueño de él, sino sueño mío. La nada le parecía
más pavorosa que el dolor. ¡Soñar uno que vive... pase, pero que le
sueñe otro...!

«Y ¿por qué no he de existir yo?—se decía—¿por qué? Supongamos que es
verdad que ese hombre me ha fingido, me ha soñado, me ha producido en
su imaginación; pero ¿no vivo ya en las de otros, en las de aquellos
que lean el relato de mi vida? Y si vivo así en las fantasías de
varios, ¿no es acaso real lo que es de varios y no de uno solo? Y
¿por qué surgiendo de las páginas del libro en que se deposite el
relato de mi ficticia vida, o más bien de las mentes de aquellos
que la lean—de vosotros, los que ahora la leéis—, por qué no he de
existir como un alma eterna y eternamente dolorosa? ¿por qué?»

El pobre no podía descansar. Pasaban a su vista los páramos
castellanos, ya los encinares, ya los pinares; contemplaba las cimas
nevadas de las sierras, y viendo hacia atrás, detrás de su cabeza,
envueltas en bruma las figuras de los compañeros y compañeras de su
vida, sentíase arrastrado a la muerte.

Llegó a su casa, llamó, y Liduvina, que salió a abrirle, palideció al
verle.

—¿Qué es eso, Liduvina, de qué te asustas?

—¡Jesús! ¡Jesús! El señorito parece más muerto que vivo... Trae cara
de ser del otro mundo...

—Del otro mundo vengo, Liduvina, y al otro mundo voy. Y no estoy ni
muerto ni vivo.

—Pero ¿es que se ha vuelto loco? ¡Domingo! ¡Domingo!

—No llames a tu marido, Liduvina. Y no estoy loco, ¡no! Ni estoy, te
repito, muerto, aunque me moriré muy pronto, ni tampoco vivo.

—Pero ¿qué dice usted?

—Que no existo, Liduvina, que no existo; que soy un ente de ficción,
como un personaje de novela...

—¡Bah, cosas de libros! Tome algo fortificante, acuéstese, arrópese y
no haga caso de esas fantasías...

—Pero ¿tú crees, Liduvina, que yo existo?

—¡Vamos, vamos, déjese de esas andróminas, señorito; a cenar y a la
cama! ¡Y mañana será otro día!

«Pienso, luego soy—se decía Augusto, añadiéndose—: Todo lo que piensa
es y todo lo que es piensa. Sí, todo lo que es piensa. Soy, luego
pienso.»

Al pronto no sentía ganas ningunas de cenar y no más que por hábito y
por acceder a los ruegos de sus fieles sirvientes pidió le sirviesen
un par de huevos pasados por agua, y nada más, una cosa lijerita.
Mas a medida que iba comiéndoselos abríasele un extraño apetito,
una rabia de comer más y más. Y pidió otros dos huevos, y después un
bisteque.

—Así, así—le decía Liduvina—; coma usted; eso debe de ser debilidad y
no más. El que no come se muere.

—Y el que come también, Liduvina—observó tristemente Augusto.

—Sí, pero no de hambre.

—¿Y qué más da morirse de hambre que de otra enfermedad cualquiera?

Y luego pensó: «Pero ¡no, no! ¡yo no puedo morirme; sólo se muere
el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo
morirme... soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que,
cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y
una idea es siempre inmortal...»

—¡Soy inmortal! ¡soy inmortal!—exclamó Augusto.

—¿Qué dice usted?—acudió Liduvina.

—Que me traigas ahora... ¡qué sé yo!... jamón en dulce, fiambres,
_foie gras_, lo que haya... ¡Siento un apetito voraz!

—Así me gusta verle, señorito, así. ¡Coma, coma, que el que tiene
apetito es que está sano y el que está sano vive!

—Pero, Liduvina, ¡yo no vivo!

—Pero ¿qué dice?

—Claro, yo no vivo. Los inmortales no vivimos, y yo no vivo,
sobrevivo; ¡yo soy idea! ¡soy idea!

Empezó a devorar el jamón en dulce. «Pero si como—se decía—, ¿como
es que no vivo? ¡Como, luego existo! No cabe duda alguna. _Edo,
ergo sum!_ ¿A qué se deberá este voraz apetito?» Y entonces recordó
haber leído varias veces que los condenados a muerte en las horas
que pasan en capilla se dedican a comer. «¡Es cosa—pensaba—de que
nunca he podido darme cuenta...! Aquello otro que nos cuenta Renan
en su _Abadesa de Jouarre_ se comprende... Se comprende que una
pareja de condenados a muerte, antes de morir sientan el instinto de
sobrevivirse reproduciéndose, pero ¡comer...! Aunque sí, sí, es el
cuerpo que se defiende. El alma, al enterarse de que va a morir, se
entristece o se exalta, pero el cuerpo, si es un cuerpo sano, entra
en apetito furioso. Porque también el cuerpo se entera. Sí, es mi
cuerpo, mi cuerpo el que se defiende. ¡Como vorazmente, luego voy a
morir!»

—Liduvina, tráeme queso y pastas... y fruta...

—Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer
daño!

—¿Pues no decías que el que come vive?

—Sí, pero no así, como está usted comiendo ahora... Y ya sabe mi
señorito aquello de «más mató la cena, que sanó Avicena».

—A mí no puede matarme la cena.

—¿Por qué?

—Porque no vivo, no existo, ya te lo he dicho.

Liduvina fué a llamar a su marido, a quien dijo:

—Domingo, me parece que el señorito se ha vuelto loco... Dice unas
cosas muy raras... cosas de libros... que no existe... qué sé yo...

—¿Qué es eso, señorito—le dijo Domingo entrando—, qué le pasa?

—Ay, Domingo—contestó Augusto con voz de fantasma—, no lo puedo
remediar; siento un terror loco a acostarme...

—Pues no se acueste.

—No, no, es preciso; no puedo tenerme en pie.

—Yo creo que el señorito debe pasear la cena. Ha cenado en demasía.

Intentó ponerse en pie Augusto.

—¿Lo ves, Domingo, lo ves? No puedo tenerme en pie.

—Claro, con tanto embutir en el estómago...

—Al contrario, con lastre se tiene uno mejor en pie. Es que no
existo. Mira, ahora poco, al cenar me parecía como si todo eso me
fuese cayendo desde la boca en un tonel sin fondo. El que come vive,
tiene razón Liduvina, pero el que come como he comido yo esta noche,
por desesperación, es que no existe. Yo no existo...

—Vaya, vaya, déjese de bobadas; tome su café y su copa, para empujar
todo eso y asentarlo, y vamos a dar un paseo. Le acompañaré yo.

—No, no puedo tenerme en pie, ¿lo ves?

—Es verdad.

—Ven que me apoye en ti. Quiero que esta noche duermas en mi cuarto,
en un colchón que pondremos para ti, que me veles...

—Mejor será, señorito, que yo no me acueste, sino que me quede allí,
en una butaca...

—No, no, quiero que te acuestes y que te duermas; quiero sentirte
dormir, oírte roncar mejor...

—Como usted quiera...

—Y ahora, mira, tráeme un pliego de papel. Voy a poner un telegrama
que enviarás a su destino así que yo me muera...

—Pero ¡señorito...!

—¡Haz lo que te digo!

Domingo obedeció, llevóle el papel y el tintero y Augusto escribió:

  «Salamanca.

  Unamuno.

  Se salió usted con la suya. He muerto.

  Augusto Pérez.»

—En cuanto me muera lo envías, ¿eh?

—Como usted quiera—contestó el criado por no discutir más con el amo.

Fueron los dos al cuarto. El pobre Augusto temblaba de tal modo al ir
a desnudarse que no podía ni aun cojerse las ropas para quitárselas.

—¡Desnúdame tú!—le dijo a Domingo.

—Pero ¿qué le pasa a usted, señorito? ¡Si parece que le ha visto al
diablo! Está usted blanco y frío como la nieve. ¿Quiere que se le
llame al médico?

—No, no, es inútil.

—Le calentaremos la cama...

—¿Para qué? ¡Déjalo! Y desnúdame del todo, del todo; déjame como mi
madre me parió, como nací... ¡si es que nací!

—¡No diga usted esas cosas, señorito!

—Ahora échame, échame tú mismo a la cama, que no me puedo mover.

El pobre Domingo, aterrado a su vez, acostó a su pobre amo.

—Y ahora, Domingo, ve diciéndome al oído, despacito, el padre
nuestro, el ave maría y la salve. Así... así... poco a poco... poco
a poco...—y después que los hubo repetido mentalmente: ahora, mira,
cójeme la mano derecha, sácamela, me parece que no es mía, como si
la hubiese perdido... y ayúdame a que me persigne... así... así...
Este brazo debe de estar muerto... Mira a ver si tengo pulso... Ahora
déjame, déjame a ver si duermo un poco... pero tápame, tápame bien...

—Sí, mejor es que duerma—le dijo Domingo mientras le subía el embozo
de las mantas—; esto se le pasará durmiendo...

—Sí, durmiendo se me pasará... Pero, di, ¿es que no he hecho nunca
más que dormir? ¿más que soñar? ¿Todo eso ha sido más que una niebla?

—Bueno, bueno, déjese de esas cosas. Todo eso no son sino cosas de
libros, como dice mi Liduvina.

—Cosas de libros... cosas de libros... ¿Y qué no es cosa de libros,
Domingo? ¿Es que antes de haber libros, en una u otra forma, antes de
haber relatos, de haber palabra, de haber pensamiento, había algo?
¿Y es que después de acabarse el pensamiento quedará algo? ¡Cosas
de libros! ¿Y quién no es cosa de libros? ¿Conoces a don Miguel de
Unamuno, Domingo?

—Sí, algo he leído de él en los papeles. Dicen que es un señor un
poco raro que se dedica a decir verdades que no hacen al caso...

—Pero ¿le conoces?

—¿Yo? ¿para qué?

—Pues también Unamuno es cosa de libros... Todos lo somos... ¡Y él se
morirá, sí, se morirá, se morirá también, aunque no lo quiera... se
morirá! Y esa será mi venganza. ¿No quiere dejarme vivir? ¡Pues se
morirá, se morirá, se morirá!

—¡Bueno, déjele en paz a ese señor, que se muera cuando Dios lo
haga, y usted a dormirse!

—A dormir... a dormir... a soñar... ¡Morir... dormir... dormir...
soñar acaso...! Pienso, luego soy; soy, luego pienso... ¡No existo,
no! ¡no existo... madre mía! Eugenia... Rosario... Unamuno...—y se
quedó dormido.

Al poco rato se incorporó en la cama lívido, anhelante, con los
ojos todo negros y despavoridos, mirando más allá de las tinieblas,
y gritando: «¡Eugenia, Eugenia!» Domingo acudió a él. Dejó caer la
cabeza sobre el pecho y se quedó muerto.

Cuando llegó el médico se imaginó al pronto que aún vivía, habló de
sangrarle, de ponerle sinapismos, pero pronto pudo convencerse de la
triste verdad.

—Ha sido cosa del corazón... un ataque de asistolia—dijo el médico.

—No, señor—contestó Domingo—, ha sido un asiento. Cenó horriblemente,
como no acostumbra, de una manera desusada en él, como si quisiera...

—Sí, desquitarse de lo que no habría de comer en adelante, ¿no es
eso? Acaso el corazón presintió su muerte.

—Pues yo—dijo Liduvina—creo que ha sido de la cabeza. Es verdad que
cenó de un modo disparatado, pero como sin darse cuenta de lo que
hacía y diciendo disparates...

—¿Qué disparates?—preguntó el médico.

—Que él no existía y otras cosas así...

—¿Disparates?—añadió el médico entre dientes y cual hablando consigo
mismo—¿quién sabe si existía o no y menos él mismo...? Uno mismo
es quien menos sabe de su existencia... No se existe sino para los
demás...

Y luego en voz alta agregó:

—El corazón, el estómago y la cabeza son los tres una sola y misma
cosa.

—Sí, forman parte del cuerpo—dijo Domingo.

—Y el cuerpo es una sola y misma cosa.

—¡Sin duda!

—Pero más que usted lo cree...

—¿Y usted sabe, señor mío, cuánto lo creo yo?

—También es cierto y veo que no es usted torpe.

—No me tengo por tal, señor médico, y no comprendo a esas gentes
que a cualquier persona con quien tropiezan parecen estimarla tonta
mientras no pruebe lo contrario.

—Bueno, pues, como iba diciendo—siguió el médico—, el estómago
elabora los jugos que hacen la sangre, el corazón riega con ellos
a la cabeza y al estómago para que funcione, y la cabeza rige los
movimientos del estómago y del corazón. Y por lo tanto este señor don
Augusto ha muerto de las tres cosas, de todo el cuerpo, por síntesis.

—Pues yo creo—intervino Liduvina—que a mi señorito se le había
metido en la cabeza morirse y, ¡claro!, el que se empeña en morir, al
fin se muere.

—¡Es claro!—dijo el médico—. Si uno no creyese morirse, ni aun
hallándose en la agonía, acaso no moriría. Pero así que le entre la
menor duda de que no puede menos de morir, está perdido.

—Lo de mi señorito ha sido un suicidio y nada más que un suicidio.
Ponerse a cenar como cenó viniendo como venía es un suicidio y nada
más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!

—Disgustos acaso...

—Y grandes, ¡muy grandes! ¡mujeres!

—¡Ya, ya! Pero, en fin, la cosa no tiene ya otro remedio que preparar
el entierro.

Domingo lloraba.



XXXIII


Cuando recibí el telegrama comunicándome la muerte del pobre Augusto,
y supe luego las circunstancias todas de ella, me quedé pensando en
si hice o no bien en decirle lo que le dije la tarde aquella en que
vino a visitarme y consultar conmigo su propósito de suicidarse. Y
hasta me arrepentí de haberle matado. Llegué a pensar que tenía él
razón y que debí haberle dejado salirse con la suya suicidándose. Y
se me ocurrió si le resucitaría.

«Sí—me dije—, voy a resucitarle y que haga luego lo que se le antoje,
que se suicide si es así su capricho.» Y con esta idea de resucitarle
me quedé dormido.

A poco de haberme dormido se me apareció Augusto en sueños. Estaba
blanco, con la blancura de una nube, y sus contornos iluminados como
por un sol poniente. Me miró fijamente y me dijo:

—¡Aquí estoy otra vez!

—¿A qué vienes?—le dije.

—A despedirme de usted, don Miguel, a despedirme de usted hasta la
eternidad y a mandarle, así, a mandarle, no a rogarle, a mandarle
que escriba usted la _nivola_ de mis aventuras...

—¡Está ya escrita!

—Lo sé, todo está escrito. Y vengo también a decirle que eso que
usted ha pensado de resucitarme para que luego me quite yo a mí mismo
mi vida es un disparate, más aún, es una imposibilidad...

—¿Imposibilidad?—le dije yo; por supuesto, todo esto en sueños.

—¡Sí, una imposibilidad! Aquella tarde en que nos vimos y hablamos en
el despacho de usted, ¿recuerda?, estando usted despierto y no como
ahora dormido y soñando, le dije a usted que nosotros, los entes de
ficción según usted, tenemos nuestra lógica y que no sirve que quien
nos finge pretenda hacer de nosotros lo que le dé la gana, ¿recuerda?

—Sí, que lo recuerdo.

—Y ahora de seguro que, aunque tan español, no tendrá usted real gana
de nada, ¿verdad, don Miguel?

—No, no siento gana de nada.

—No, el que duerme y sueña no tiene reales ganas de nada. Y usted y
sus compatriotas duermen y sueñan, y sueñan que tienen ganas, pero no
las tienen de veras.

—Da gracias a que estoy durmiendo—le dije—, que si no...

—Es igual. Y respecto a eso de resucitarme he de decirle que no le
es hacedero, que no lo puede aunque lo quiera o aunque sueñe que lo
quiere...

—Pero ¡hombre!

—Sí, a un ente de ficción como a uno de carne y hueso, a lo que llama
usted hombre de carne y hueso y no de ficción de carne ni de ficción
de hueso, puede uno engendrarlo y lo puede matar, pero una vez que
lo mató no puede, ¡no!, no puede resucitarlo. Hacer un hombre mortal
y carnal, de carne y hueso, que respire aire, es cosa fácil, muy
fácil, demasiado fácil por desgracia... matar a un hombre mortal y
carnal, de carne y hueso, que respire aire, es cosa fácil, muy fácil,
demasiado fácil por desgracia... pero ¿resucitarlo? ¡resucitarlo es
imposible!

—¡En efecto—le dije—, es imposible!

—Pues lo mismo—me contestó—, exactamente lo mismo sucede con eso que
usted llama entes de ficción; es fácil darnos ser, acaso demasiado
fácil, y es fácil, facilísimo, matarnos, acaso demasiadamente
demasiado fácil, pero ¿resucitarnos?, no hay quien haya resucitado
de veras a un ente de ficción que de veras se hubiese muerto. ¿Cree
usted posible resucitar a Don Quijote?—me preguntó.

—¡Imposible!—contesté.

—Pues en el mismo caso estamos todos los demás entes de ficción.

—¿Y si te vuelvo a soñar?

—No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar
y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido
y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y
reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le
excitó cuando la otra vez se lo dije: mire: usted, mi querido don
Miguel, no vaya a ser que sea usted el ente de ficción, el que no
existe en realidad, ni vivo ni muerto... no vaya a ser que no pase
usted de un pretexto para que mi historia, y otras historias como la
mía, corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo,
llevemos su alma nosotros. No, no, no se altere usted, que aunque
dormido y soñando aún vive. ¡Y ahora, adiós!

Y se disipó en la niebla negra.

Yo soñé luego que me moría, y en el momento mismo en que soñaba dar
el último respiro me desperté con cierta opresión en el pecho.

Y aquí está la historia de Augusto Pérez.



ORACIÓN FÚNEBRE

POR MODO DE EPÍLOGO


Suele ser costumbre al final de las novelas y luego que muere o se
casa el héroe o protagonista dar noticia de la suerte que corrieron
los demás personajes. No la vamos a seguir aquí ni a dar por
consiguiente noticia alguna de cómo les fué a Eugenia y Mauricio, a
Rosario, a Liduvina y Domingo, a don Fermín y doña Edelmira, a Víctor
y su mujer y a todos los demás que en torno a Augusto se nos han
presentado, ni vamos siquiera a decir lo que de la singular muerte de
éste sintieron y pensaron. Sólo haremos una excepción y es en favor
del que más honda y más sinceramente sintió la muerte de Augusto, que
fué su perro, Orfeo.

Orfeo, en efecto, encontróse huérfano. Cuando saltando en la cama
olió a su amo muerto, olió la muerte de su amo, envolvió a su
espíritu perruno una densa nube negra. Tenía experiencia de otras
muertes, había olido y visto perros y gatos muertos, había matado
algún ratón, había olido muertes de hombres, pero a su amo le creía
inmortal. Porque su amo era para él como un dios. Y al sentirle ahora
muerto sintió que se desmoronaban en su espíritu los fundamentos
todos de su fe en la vida y en el mundo, y una inmensa desolación
llenó su pecho.

Y acurrucado a los pies de su amo muerto pensó así:

«¡Pobre amo mío! ¡pobre amo mío! ¡Se ha muerto; se me ha muerto! ¡Se
muere todo, todo, todo; todo se me muere! Y es peor que se me muera
todo a que me muera para todo yo. ¡Pobre amo mío! ¡pobre amo mío!
Esto que aquí yace, blanco, frío, con olor a próxima podredumbre, a
carne de ser comida, esto ya no es mi amo. No, no lo es. ¿Dónde se
fué mi amo? ¿dónde el que me acariciaba, el que me hablaba?

»¡Qué extraño animal es el hombre! Nunca está en lo que tiene
delante. Nos acaricia sin que sepamos por qué y no cuando le
acariciamos más, y cuando más a él nos rendimos nos rechaza o nos
castiga. No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe él
mismo. Siempre parece estar en otra cosa que en lo que está y ni mira
a lo que mira. Es como si hubiese otro mundo para él. Y es claro, si
hay otro mundo, no hay éste.

»Y luego habla, o ladra de un modo complicado. Nosotros aullábamos y
por imitarle aprendimos a ladrar, y ni aun así nos entendemos con él.
Sólo le entendemos de veras cuando él también aúlla. Cuando el hombre
aúlla o grita o amenaza le entendemos muy bien los demás animales.
¡Como que entonces no está distraído en otro mundo...! Pero ladra a
su manera, habla, y eso le ha servido para inventar lo que no hay y
no fijarse en lo que hay. En cuanto le ha puesto un nombre a algo,
ya no ve este algo; no hace sino oir el nombre que le puso o verlo
escrito. La lengua le sirve para mentir, inventar lo que no hay y
confundirse. Y todo es en él pretextos para hablar con los demás o
consigo mismo. ¡Y hasta nos ha contagiado a los perros!

»Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo! ¡Sólo
parece gozar de alguna salud cuando duerme, y no siempre, porque a
las veces hasta durmiendo habla! Y esto también nos ha contagiado.
¡Nos ha contagiado tantas cosas!

»¡Y luego nos insulta! Llama cinismo, esto es perrismo o perrería,
a la imprudencia o sinvergüencería, él, el animal hipócrita
por excelencia. El lenguaje le ha hecho hipócrita. Como que la
hipocresía debería llamarse antropismo si es que a la impudencia
se le llama cinismo. ¡Y ha querido hacernos hipócritas, es decir,
cómicos, farsantes, a nosotros, a los perros! A los perros, que no
fuimos sometidos y domesticados por el hombre como el toro o el
caballo, a la fuerza, sino que nos unimos a él libremente, en pacto
sinalagmático, para explotar la caza. Nosotros le descubríamos la
pieza, él la cazaba y nos daba nuestra parte. Y así, en contrato
social, nació nuestro consorcio.

»Y nos lo ha pagado prostituyéndonos e insultándonos. ¡Y queriendo
hacernos farsantes, monos y perros sabios! ¡Perros sabios llaman
a unos perros a los que les enseñan a representar farsas, para lo
cual les visten y les adiestran a andar indecorosamente sobre las
patas traseras, en pie! ¡Perros sabios! ¡A eso le llaman los hombres
sabiduría, a representar farsas y a andar sobre dos pies!

»¡Y es claro, el perro que se pone en dos pies va enseñando impúdica,
cínicamente, sus vergüenzas, de cara! Así hizo el hombre al ponerse
de pie, al convertirse en un mamífero vertical, y sintió al punto
vergüenza y la necesidad moral de taparse las vergüenzas que
enseñaba. Y por eso dice su Biblia, según les he oído, que el primer
hombre, es decir, el primero de ellos que se puso a andar en dos
pies, sintió vergüenza de presentarse desnudo ante su Dios. Y para
eso inventaron el vestido, para cubrirse el sexo. Pero como empezaron
vistiéndose lo mismo ellos y ellas, no se distinguían entre sí, no
se conocían siempre y bien el sexo, y de aquí mil atrocidades...
humanas, que ellos se empeñan en llamar perrunas o cínicas. Ellos,
los hombres, que son quienes nos han pervertido a los perros, quienes
nos han hecho perrunos, cínicos, que es nuestra hipocresía. Porque
el cinismo es en el perro hipocresía, así como en el hombre la
hipocresía es cinismo. Nos hemos contagiado unos a otros.

»Se vistió el hombre, primero con el mismo traje ellos y ellas,
mas como se confundían, tuvieron que inventar diferencia de trajes
y llevar el sexo al vestido. Esos pantalones no son sino una
consecuencia de haberse el hombre puesto en dos pies.

»¡Qué extraño animal es el hombre! ¡No está nunca en donde debe
estar, que es a lo que está, y habla para mentir y se viste!

«¡Pobre amo! Dentro de poco le enterrarán en un sitio que para eso
tienen destinado. ¡Los hombres guardan o almacenan sus muertos, sin
dejar que perros o cuervos los devoren! Y que quede lo único que
todo animal, empezando por el hombre, deja en el mundo: unos huesos.
¡Almacenan sus muertos! ¡Un animal que habla, que se viste y que
almacena sus muertos! ¡Pobre hombre!

«¡Pobre amo mío! ¡pobre amo mío! ¡Fué un hombre, sí, no fué más que
un hombre, fué sólo un hombre! ¡Pero fué mi amo! ¡Y cuánto, sin él
creerlo ni pensarlo, me debía...! ¡cuánto! Cuánto le enseñé con mis
silencios, con mis lametones, mientras él me hablaba, me hablaba,
me hablaba. «¿Me entenderás?»—me decía. Y sí, yo le entendía, le
entendía mientras él me hablaba hablándose y hablaba, hablaba,
hablaba. Él, al hablarme así hablándose, hablaba al perro que había
en él. Yo mantuve despierto su cinismo.

»¡Perra vida la que ha llevado, muy perra! ¡Y grandísima perrería, o
mejor, grandísima hombrada la que le han hecho esos dos! ¡Hombrada la
que Mauricio le ha hecho: mujerada la que le ha hecho Eugenia! ¡Pobre
amo mío!

»Y ahora aquí, frío y blanco, inmóvil, vestido, sí, pero sin habla ni
por fuera ni por dentro. Ya nada tienes que decir a tu Orfeo. Tampoco
tiene ya nada que decirte Orfeo con su silencio.

»¡Pobre amo mío! ¿Qué será ahora de él? ¿Dónde estará aquello que
en él hablaba y soñaba? Tal vez allá arriba, en el mundo puro, en
la alta meseta de la tierra, en la tierra pura toda ella de colores
puros, como la vio Platón, al que los hombres llaman divino; en
aquella sobrehaz terrestre de que caen las piedras preciosas, donde
están los hombres puros y los purificados bebiendo aire y respirando
éter. Allí están también los perros puros, los de San Humberto el
cazador, el de Santo Domingo de Guzmán con su antorcha en la boca, el
de San Roque, de quien decía un predicador señalando a su imagen:
¡Ahí le tenéis a San Roque, con su perrito y todo! Allí, en el mundo
puro platónico, en el de las ideas encarnadas, está el perro puro, el
perro de veras cínico. ¡Y allí está mi amo!

»Siento que mi espíritu se purifica al contacto de esta muerte, de
esta purificación de mi amo, y que aspira hacia la niebla en que él
al fin se deshizo, a la niebla de que brotó y a que revertió. Orfeo
siente venir la niebla tenebrosa... Y va hacia su amo saltando y
agitando el rabo. ¡Amo mío! ¡Amo mío! ¡Pobre hombre!»

Domingo y Liduvina recojieron luego al pobre perro muerto a los
pies de su amo, depurado como éste y como él envuelto en la nube
tenebrosa. Y el pobre Domingo al ver aquello se enterneció y lloró,
no se sabe bien si por la muerte de su amo o por la del perro, aunque
lo más creíble es que lloró al ver aquel maravilloso ejemplo de
lealtad y fidelidad. Y dijo:

—¡Y luego dirán que no matan las penas!



ÍNDICE


       PRÓLOGO   6
  POST-PRÓLOGO   19
             I   21
            II   29
           III   37
            IV   41
             V   49
            VI   61
           VII   69
          VIII   73
            IX   83
             X   87
            XI   97
           XII   107
          XIII   115
           XIV   123
            XV   135
           XVI   143
          XVII   149
         XVIII   161
           XIX   169
            XX   181
           XXI   193
          XXII   203
         XXIII   209
          XXIV   225
           XXV   235
          XXVI   241
         XXVII   247
        XXVIII   253
          XXIX   259
           XXX   267
          XXXI   277
         XXXII   291
        XXXIII   303
       EPÍLOGO   307





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